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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

ORIENTACIONES

Infokrisis: 50 meses, 750 artículos, 10.000 folios para entender nuestro tiempo

Infokrisi.- En mayo de 2008, infokrisis cumplió su quinto aniversario. Lamentablemente el primer año de vida de Infokrisis (bajo el dominio krisis.info) se perdió a causa de la actividad de “hackers de las alcantarillas” que afectaron a la DNS del portal. Reconstruida pocos meses después en forma de blog, Infokrisis ha llegado hasta aquí con 750 artículos y casi 10.000 folios de texto sobre las más inverosímiles materias. Nuestro quinto aniversario ya ha pasado y no tuvimos ocasión de celebrarlo a causa del mucho trabajo en el que estábamos comprometidos en aquel momento. Lo hacemos ahora sirviendo los índices de estos últimos 50 meses.Pedimos disculpas a nuestros amigos y lectores por las muchas faltas de ortografía y errores de sintaxis que puedan haber encontrado; un blog se hace robando tiempo al ocio y no siempre se dispone del suficiente como para cuidar forma y estilo. Agradecemos así mismo los cientos de e-mails -verdaderamente cientos- que hemos recibido en este tiempo y de las palabras de ánimo que nos habéis dado. Si alguien quiere ayudar a este blog le sugerimos que se suscriba a la publicación IdentidaD en formato tabloide y aparición mensual.

 

 

 

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Ante las próximas elecciones europeas (I de V). Las contradicciones de la construcción europea

Infokrisis.- Iniciamos una serie de cinco artículos sobre Europa y sobre la construcción europea que vienen dados de manera natural por los apuntes que estamos tomando en estos días de cara a establecer cuáles son las prioridades y las necesidades de nuestro continente en el actual momento histórico. Como siempre, las anotaciones son bastante anárquicas y desordenadas, pero deberían contribuir al propósito de elaborar un documento coherente, orgánico y estructurado sobre este tema.

 

En el momento en el que cualquier proyecto científico requiere la colaboración de distintas naciones, cuando el presupuesto de cualquier proyecto de investigación de vanguardia excede con mucho los de una nación concreta, y cuando los problemas del área geográfica europea son comunes (remontar la crisis económica, supervivencia de la propia identidad, garantizar la propia defensa y la independencia, evitar la desertización industrial y detener la deslocalización), es inevitable que los Estados-Nación busquen aproximarse entre sí y colaborar.

Unión Europea: Un balance incompleto

En este sentido el proceso de construcción europea no ha sido negativo para nuestro país ni mucho menos para el resto de naciones europeas. De hecho, España se ha beneficiado hasta 2006 de los fondos estructurales que contribuyeron a relanzar la obra pública y la modernización de la red de comunicaciones. La existencia de un espacio económico europeo ha permitido que aumentemos exportaciones y ha creado la sombra de un poder europeo que ha impedido en algunos momentos que los niveles de corrupción se hayan extendido, durante 15 años ha contribuido a auto imponer una disciplina económica y la creación de una moneda única ha hecho que el dólar finalmente tuviera un rival.

Ahora bien, el balance no es completamente positivo:

1) El balance de la construcción europea dura más de 50 años, tiempo suficiente como para haber coagulado una estructura más sólida, y no ha sido así; subsisten grandas (y graves) incertidumbres sobre la Unión e incluso sobre su alcance y límites.

2) Aún hoy se ignora cuál es el futuro de la Unión Europea y si, finalmente, tendrá la forma de federación, de confederación, de unión de Estados Nacionales o de algo completamente diferente y, mucho más opacos, son los plazos que se desarrollarán.

En su actual configuración Europa (que es mucho más que la Unión Europea que, a fin de cuentas no sería más que intento burocrático de construir una estructura supranacional a golpes de decreto) sigue siendo un proyecto inorgánico que se mueve a velocidad de tortura con los ojos vendados y sin brújula ni hoja de ruta.

Historia y futuro de la UE

En tanto que Europeos tenemos el derecho de exigir un pronunciamiento a nuestras autoridades sobre el futuro de la Unión. Es imposible permanecer por más tiempo sumidos en un mar de dudas viendo como caen uno tras otro acuerdos, constituciones y pactos que al ser rechazados en un punto de Europa pasan a ser automáticamente invalidados.

Las etapas en la construcción de la UE han sido fundamentalmente tres:

1) Prehistoria de la UE: desde el llamamiento de Schuman a la creación de la CECA (Comunidad Europea del Carbón y del Acero), creación de la Comunidad Europea de Defensa en 1952,

2) Arranque de la UE: firma del Tratado de Roma en 1957 piedra angular de la Comunidad Económica Europea (o “mercado común”), creación de las primeras instituciones europeas en 1965 (comisión Europea y Consejo de Europa) que son foros de colaboración entre los distintos gobiernos de la CEE. Hasta 1987 no hay grandes variaciones salvo las incorporaciones de más países.

3) Vacilaciones de la UE: Tratado de Maastrich firmado en 1992 que transformaba a la CEE en Comunidad Europea trascendiendo el carácter económico originario y adquiriendo una vertiente política. El tratado crea la “ciudadanía europea” y el euro.

A esta última etapa debería seguir una última en la que se aprobara una “constitución europea”. Sin embargo, las ambigüedades contenidas en el proyecto originario fueron suficientes como para que se rechazara en Holanda y Francia, colocando el proyecto en situación de atasco.

La UE surgió inicialmente como un “mercado” (la denostada “Europa de los tenderos”), pasó luego a expresar una voluntad política (y por tanto a adquirir una formulación como tal) y ahí se estancó.

Evolución del mundo y evolución de la UE

Los avances en la construcción europea han estado muy por detrás de los cambios que se han producido en los últimos 50 años en el mundo. La clase política europea ha dado muestras sobradas de incapacidad

a) para clarificar el proyecto y definir las intenciones finales clara y detalladamente.

b) para llevar adelante un proyecto tenuemente definido, sin plazos ni estrategias.

c) para identificar lo europeo de lo no-europeo y en concreto para situar (a partir de 1989) a los EEUU como “adversarios” de Europa y a redimensionar el papel de Rusia después de la caída del comunismo.

d) para adelantarse a la globalización y ser capaces de diseñar un proyecto europeo que fuera capaz de responder a esta pregunta: ¿cuál es el papel de Europa en un mundo globalizado?

A fin de cuentas, desde 1945 lo único que suscita el entusiasmo y el interés de los partidos políticos de izquierda y derecha es cómo seguir controlando el poder o como desalojar de él al partido de la oposición. El oportunismo, la falta de objetivos políticos a medio y largo plazo, la demagogia, los niveles de corrupción cada vez más alarmantes, los miedos de los conservadores y las piruetas sin red de los progresistas, han contribuido a que los cambios en el mundo tuvieran lugar a mucha más velocidad de la capacidad de adaptación de la política europea a los tiempos nuevos.

La extrema ralentización en el proceso de construcción europea y el hecho de que habiendo estado en condiciones de responder a la realidad inmediatamente posterior al final de la II Guerra Mundial, a partir de finales de los ochenta (con la caída del Muro de Berlín y el inicio del proceso globalizador) haya ido quedando poco a poco retrasado en relación al momento histórico presente, se debe especialmente a la ausencia en la clase política europea de la figura del “estadista” (el que “construye” la política en función de una voluntad y un destino definidos y que persigue inexorablemente). La clase política europea carece por completo de figuras de la talla de los grandes estadistas y apenas agrupa a poco menos que gestores –más o menos honestos, más o menos eficaces- del día a día.

Mientras Rusia se reconstruye y replantea su proyecto “nacional”, mientras China ha optado por la vía del crecimiento económico sacrificando al mismo las libertades políticas, mientras India intenta hacer una mixtura de lo uno y de lo otro, mientras los EEUU viven los años previos a su colapso y desplome interior, Europa ha ido desperdiciando su capital humano, su tiempo y renegando de su propia cultura, de su misión civilizadora y, a fin de cuentas, de su identidad.

Identificar las grandes contradicciones del momento presente

Los factores que entran en juego y que vale la pena analizar con más detalle son cinco: la unión Europa, los Estados Nacionales que la componen, las potencias ajenas a la UE (y en particular los EEUU), las ideas con las que ha nacido la UE y la población del conjunto. Estos elementos se relacionan entre sí generando distintas contradicciones.

Las contradicciones que se producen en el interior de la UE se dan en siete niveles:

1.  Contradicciones entre el proceso de construcción europea y la globalización: para algunos de nuestros políticos la construcción de la UE es una fase local de un proceso mucho mayor, la globalización. Toda la clase política profesional, sin excepción, de la UE asume como propio el proceso de globalización aún cuando se trata de una mecánica impuesta por los grandes consorcios multinacionales y por la clase política al servicio de la plutocracia (poder del dinero). El problema es que la globalización debilita sobre todo a Europa en la medida en que genera un doble movimiento de sentido contrario: deslocalización empresarial desde Europa hasta fuera de Europa e inmigración masiva desde fuera de Europa hasta Europa, todo ello para optimizar los beneficios del capital mucho más que para racionalizar los procesos de producción. Así pues, tiende fatalmente a ocurrir que en un mundo globalizado Europa es cada vez más débil, tanto si está formada por un conglomerado de Estados Nacionales como si es una federación. El hecho de que el tejido industrial europeo vaya siendo liquidado y que el mismo tejido agrícola en algunos países (España entre ellos) sea progresivamente laminado convirtiéndonos en dependientes no sólo de manufacturas sino también de alimentos de zonas geográficas muy distantes, generan un futuro incierto e incluso un problema de viabilidad continental: cada vez con menos puestos de trabajo y con un trabajo de menos calidad, cada vez con mayor mano de obra extranjera, cada vez más dependientes de los suministros exteriores… Esta contradicción no puede resolverse positivamente para Europa dentro del actual orden de cosas. Para conseguir superar la contradicción es preciso romper el juego de la globalización. Solo en un mundo no globalizado, Europa podrá sobrevivir en la medida en que se verá obligada a reconstruir tejido industrial y agrícola, conseguirá una autonomía en suministros y será lo menos posible dependiente del exterior. Esa Europa por supuesto es lo que podemos llamar “Europa Extendida” desde Lisboa a los Urales. Y en este sentido la lucha contra la globalización debe convertirse en el nexo de unión entre Europa y Rusia.

2.  Contradicciones entre los distintos Estados Nacionales que forman la Unión: las desconfianzas entre España y Francia son habituales, en los países del Este existen distintos puntos de fricción territorio y distintas reivindicaciones. Sin olvidar el problema de la retrocesión de Gibraltar. El caso inglés es particularmente visible en la medida en que se trata de un país que siempre ha mirado con recelo a la Europa continental y que prefiere mantener abierto el vínculo atlántico con los EEUU. Históricamente para los ingleses la Commonwealth y las relaciones con el mundo anglosajón siempre han sido más importantes que cualquier otro proyecto. En este sentido, desde el siglo XIX, los estrategas anglosajones han visto con horror la posibilidad de que cristalizara un eje París-Berlín-Moscú. Pero esta no es la única contradicción de este nivel que aparece en el horizonte. La persistencia del nacionalismo en los distintos países europeos hace que frecuentemente salga a la superficie el espíritu anti-alemán en Francia o el espíritu anti-polaco en Alemania, o fricciones entre Rumania y Bulgaria o entre los Países Bálticos y Rusia, o incluso entre España y Francia. Tales fricciones no pueden ser consideradas más que como residuo del tiempo en el que los Estados Nacionales eran omnipotentes. En tanto que contradicción anidada en el subconsciente colectivo de algunos pueblos es de difícil solución y no desaparecerá más que cuando se inserte el nuevo espíritu de una idea europea común.

3.   Contradicciones entre los Estados Nacionales y la Unión Europea: no siempre las decisiones de los primeros convienen a los segundos, y lo mismo ocurre en sentido inverso. Una decisión del Banco Europeo puede general dificultades en España y las veleidades del gobierno ZP en muchos terrenos, perjudican al conjunto de la UE. Al no existir una “clase política europea”, sino estar formada ésta por las “clases políticas nacionales” suelen aparecer conflictos e incomprensiones entre las necesidades de una política europea común y las necesidades de los Estados miembros. El concepto que los europescépticos manejan contra la idea europea es la de “pérdida de soberanía”, cuando en realidad quiere decir que temen dejar de tener las manos libres para aplicar las políticas demagógicas y oportunistas. En estos momentos, el Banco Central Europeo ha optado por aprestarse a políticas contención de la inflación para lo cual sube los tipos de interés respondiendo a la solución técnica para el conflicto, cuando los Estados Nacionales, especialmente los de Europa del Sur hubieran defendido las bajadas de tipos de interés. Contradicciones de este tipo surgen constantemente. El desinterés europeo por el olivo y el aceite de oliva en los años 90 deriva de que la comisaría de agricultura de la UE estaba en manos de centroeuropeos ajenos por completo a la cultura mediterránea del aceite. Las contradicciones de este tipo solamente podrían superarse mediante la creación de una clase política europea que tomara el relevo a las viejas clases políticas de los Estados Nacionales.

4.   Contradicciones en el interior de los Estados Nacionales: a todo lo anterior se suman los conflictos latentes en el interior de cada uno de los Estados que forman la UE. Estas contradicciones son, fundamentalmente cuatro:

a.   contradicciones entre los intereses de la población y los intereses de la clase política: el “país real” nunca ha estado tan distanciado como ahora del “país oficial”, nunca la población ha estado tan de espaldas a la clase política y a la política misma. El Estado tiene presupuesto suficiente para satisfacer las necesidades de la población, elevar las pensiones y mantener el Estado del bienestar… sin embargo el egoísmo de la clase política impone el que solamente esté dispuesto a “repartir” en función de sus necesidades electorales.

b.   contradicciones entre los intereses de la población y los intereses de la oligarquía económica: los partidos políticos son los mediadores entre los poseedores del capital y los recursos jurídico-administrativos del Estado, sirven a los poseedores del capital y sólo a ellos y, de la misma forma que la televisión vende publicidad y para hacerla digerible inserta entre los anuncios programación, la clase política vive por y para servir a las grandes concentraciones de capital y para hacer digerible esta situación genera el pequeño zoo de la política cotidiana, con su oportunismo y su demagogia, su ilusión de libertades políticas y de democracia-ficción.

c.   contradicciones en el interior de la partitocracia e inadecuación creciente del sistema: sin embargo, la clase política de cada Estado Nacional dista mucho de ser homogénea, existen distintos grupos de intereses y distintas alianzas, la clase política ni siquiera tiene actitudes unificadas ante muchos problemas y en el interior de cada partido está en perpetua tensión debido a las ambiciones de unos y de otros. Por otra parte, las necesidades de las poblaciones y la viabilidad de los Estados modernos solamente pueden sostenerse mediante la aplicación de criterios técnicos libres de los condicionantes políticos y económicos. Al no existir esa posibilidad dadas las vinculaciones entre las clases políticas y los intereses económicos, resulta una inadecuación creciente del sistema a la realidad tecnológica y a las necesidades sociales.

d.   contradicción entre el poder del Estado central y las periferias: particularmente en España se vislumbra un proceso de dramáticas consecuencias, la fragmentación del Estado en distintas administraciones cada una de ellas dotada de una burocracia paquidérmica favorece la aparición de conflictos y contrastes entre el “centro” y la “periferia”. Hasta ahora estos conflictos estaban atenuados por la convicción de que se pertenecía a una misma nación-Estado, sin embargo, los nacionalismos periféricos se han convertido en la “coartada ideológica” para las burocracias periféricas. Así pues, hoy la clase política está ubicada en el aparato central del Estado y en los aparatos autonómicos y cada vez son más visibles las contradiciciones entre uno y otros, hasta el punto de que en determinados partidos –PSOE, pero también el PP- tales contradicciones llegan hasta el punto de carecer de un “proyecto nacional” y de la imposibilidad de reconstruir uno. Agitar el elemento “nacionalista” o “localista” es un factor emotivo y sentimental de singular capacidad movilizadora y que cualquier demagogo puede revitalizar o poner en marcha.

5.   Contradicciones entre los Estados Nacionales y los EEUU: durante medio siglo la lucha por la hegemonía mundial tuvo como escenario preferencial la disputa sobre una Europa vencida primero y dividida después. Tras la caída del Muro de Berlín Europa hubiera podido recuperar su independencia, pero los EEUU mantuvieron sólidos apoyos en el interior de Europa y especialmente entre los régimen de Europa del Este. Hoy los intereses entre Europa y los EEUU son contradictorios e incompatibles, sin embargo los EEUU siguen influenciando en el interior de Europa a través de tres canales:

-   Partidos políticos ganados para la causa del americanismo.

-   Consorcios multinacionales cuya sede social está en los EEUU.

-   La hegemonía cultural norteamericana mucho más fuerte que su hegemonía política y que su hegemonía económica.

A medida que los EEUU vayan viendo más erosionada su situación interior (por la deuda pública, por la crisis económica, por el problema étnico, por la debilidad estructural y de valores de la sociedad americana, por su incapacidad militar para mantener por mucho tiempo su situación hegemónica, por un cambio étnico debido al ascenso de la etnia hispana) intentarán imponer a sus “aliados” europeos un sistema de alianzas tendentes a poder mantener el liderazgo (con excusas tales como la “lucha contra el terrorismo internacional) y para ello utilizarán a los tres canales de influencia que hemos descrito. Gane quien gane el próximo proceso electoral en EEUU no tendrá interés en varias políticas de Estado que se mantienen desde el enunciado de la doctrina del “destino manifiesto”.

La OTAN es en Europa el canal preferencial a través del cual los EEUU aseguran “protección” (¿ante el terrorismo internacional?) a sus aliados europeos los cuales descargan su desinterés por las cuestiones militares fiándolas al arbitrio de los EEUU y, por tanto, prolongando su situación de debilidad. La contradicción no podrá resolverse en beneficio de Europa más que cuando cese la hegemonía cultural americana en el continente, cuando se cree una ala europea de la OTAN primer paso para una política europea común en materia de defensa y cuando el electorado haya arrojado a la cloaca de la historia a los partidos y a los políticos ganados por el americanismo.

6.   Contradicciones entre la población autóctona europea y 20 millones de inmigrantes no europeos: Europa es un viejo continente que procede troncos étnicos comunes y de unos sustratos culturales que alcanzan desde Moscú a Lisboa y de Narvik a Sicilia. El viejo paganismo europeo que alumbraba desde su alba a los pueblos indo-europeos que poblaron el continente, el mundo clásico y la catolicidad medieval suponen algunas de las señas de identidad comunes que otorgan carta de naturaleza a Europa. Esas son, en definitiva, las raíces de nuestra identidad. Pues bien, el proceso globalizador introduce –utilizando miles de excusas todas ellas falaces: caída de la natalidad en Europa, necesidad de mantenimiento de los sistemas de seguridad social y protección, necesidad de mano de obra, habituales en la derecha y multiculturalismo, universalismo, cosmopolitismo, mestizaje habituales en la izquierda descerebrada- a un elemento nuevo y ajeno histórica, étnica y culturalmente a nuestro continente: la inmigración. No se trata de “asimilarlos” (lograr que pierdan sus raíces) o “integrarlos” (enclaves étno-culturales alógenos en territorio europeo que no deberían crear problemas), sino de que son ajenos a Europa, su presencia carece de sentido y contribuye solamente a crear problemas de todo tipo, rompe la unidad cultural y étnica del continente, difumina su identidad y genera un sin fin de problemas sociales que contrarrestan con creces las presuntas ventajas –en el supuesto de que hubiera alguna- de su presencia. Es esencial entender este punto: si debe cerrarse la puerta a la inmigración extraeuropea es, ante todo, porque desfigura la identidad europea. Y esa identidad es, precisamente, lo que se trata de afirmar y defender, o de lo contrario Europa dejará de tener sentido en la historia. Europa ha existido porque ha tenido una misión y un destino: ser el faro de la cultura, ser el centro civilizador por excelencia. Y eso ha podido ser así porque el sustrato etno-cultural europeo es común desde los albores de la prehistoria: en unas ocasiones unos países europeos ha sido civilizadores y en otras la antorcha ha pasado a oros. Desfigurando la identidad europea mediante el mestizaje, el cosmopolitismo o el universalismo, lo único que se logra es que la antorcha se vaya extinguiendo.

Los conjuntos jurídico-administrativos como la UE son más viables en tanto que más homogéneos son. Si pierden homogeneidad se convierte en mosaicos, frecuentemente mal avenidos como sucedió con las repúblicas de la antigua Yugoslavia; en efecto, la política de trasvases de población para “homogeneizar” una realidad antropológicamente muy diversa, sirvió sólo para crear enclaves étnicos de un grupo en el seno de otro y para alterar mayorías de población (las diferenciales demográficas entre unas y otras comunidades nunca son iguales y siempre terminan beneficiando a alguna, caso de los musulmanes de Kosovo, santuario supremo de la identidad serbia). Reivindicar, pues, otra cosa que no sea la homogeneidad antropológica, étnica y cultural del continente es contribuir a la disolución de Europa en un magma inestable en el que a la vuelta de 50 años nuestros hijos serán una minoría marginada en su propio continente.

Finalmente, entran en juego los problemas económico-sociales: Europa es un continente superpoblado, aquí no necesitamos población y no vendría mal una disminución relativa… a condición de que el Estado supiera administrar sabiamente sus recursos humanos y económicos y cesara la dilapidación de fondos en las tareas más absurdas (enterrar el 0’7%, por ejemplo, en las bombas de absorción que son los países de África) o en unas cargas burocráticas insoportables. Dadas las actuales tendencias de los procesos productivos, con una mecanización creciente incluso en zonas rurales, no importa que disminuya la población, e incluso puede llegar a ser saludable –como cualquier otra táctica para el “decrecimiento”- para aumentar el bienestar y mejorar las condiciones de vida en el continente. Si esto es así –y es innegable que lo es- de lo que se trata es de que sean los europeos quienes trabajen, que no existan bolsas de paro entre europeos, que cualquiera que sea su edad, nunca jamás le falte trabajo a un europeo. Y, finalmente, que los salarios que se cobren en el continente dan acceso a una vida digna y saludable. Y la inmigración perjudica todo este planteamiento.

Por todo ello la única solución para esta contradicción consiste en aplicar políticas de:

-   contención de la inmigración

-   reversión del fenómeno con repatriación de inmigrantes en paro

-   evitación de las políticas de reagrupamiento familiar

-   seleccionar la inmigración necesaria marcando los contingentes

-   endureciendo las medidas para adquirir nacionalidad europea

-   acelerando los procesos de expulsión, no prolongándolos 18 meses como establece la nueva Directiva Europa de Retorno, sino acortándolos a 72 horas y retornando al inmigrante al último país del que procede.

7.   Contradicciones entre los valores del siglo XVIII y las exigencias de lo “actual”. Utilizamos la palabra “actual” (o “actualidad”, es decir, lo que está presente y lo que se aproximará en el tiempo) antes que “modernidad” por la connotación ideológica que tiene (la modernidad no es un concepto temporal sino filosófico que ha sido definido como el intento de imponer la razón como única norma verdaderamente trascendental de la sociedad). Sea como fuere la “modernidad” está hoy regida por valores que nacieron en el siglo XVIII:

-   el liberalismo económico:

-   la democracia política:

-   el racionalismo mecanicista:

-   la concepción progresista:

Todos estos valores tuvieron su ciclo que abarca un período situado entre 1789 y mediados de los años 80. A partir de ese momento, todos estos valores empezaron a ser cuestionados: el liberalismo económico arrastrado por la globalización terminará generando la imposibilidad de far play en el mercado mundial, la democracia ha terminado siendo sinónimo solamente de plutocracia y de partitocracia; el nacionalismo mecanicista está siendo sustituido en las ciencias y en la filosofía por un paradigma holístico que vuelve a considerar el cosmos como totalidad en lugar de estudiar cada una de sus partes o mecanismos aisladamente de las demás y que ha llevado a la “especialización”, el gran vicio de la modernidad. Y en cuanto al progresismo cabe decir que hoy más que nunca es evidente que la historia no discurre siempre en sentido ascendente y que los valores “mas avanzados” no son siempre los mejores, sino que frecuentemente en su intento de responder a problemas existentes terminan generando otros mayores.

Es absolutamente increíble que una sociedad extremadamente compleja y “nueva” como la del siglo XXI puede estar gestionándose con valores cristalizados a lo largo del siglo XVIII.

Esta última contradicción es, a la postre, una contradicción liberadora y a través de la cual se pueden resolver todas las demás. Hemos intentado establecer desde el principio que la mayor parte de contradicciones que hemos enumerado no tendrán salida mientras persistan las actuales circunstancias políticas, culturales y económicas que dominan en Europa. Hemos insistido en que solamente la emergencia de una nueva clase política dirigente europea podrá revitalizar la idea europea y darle un sentido que hoy no tiene y que, en buena medida, explica el atasco en el proceso de construcción europeo.

La forja de una nueva clase política es inseparable de la inyección de nuevos valores. En realidad, tampoco es que haga falta una gran capacidad creativa y de síntesis: esos valores han existido siempre y existen aún hoy, son los valores que han hecho a Europa y que nos han convertido en el faro de la civilización. Se trata sólo de rescatar esos valores tradicionales para un determinado momento histórico.

Las contradicciones que pueden surgir en el seno de un sistema solamente pueden ser superadas mediante respuestas contundentes y enérgicas que generen nuevas condiciones objetivas y favorezcan la emergencia de procesos históricos hasta ahora situados en vía muerta o simplemente atascados. Si la construcción de Europa (y el concepto mismo que debería alumbrar tal construcción) están hoy agonizando, se debe exclusivamente a que para abordar un proyecto de tal naturaleza hace falta dotarse de un nuevo espíritu y de unos valores diferenciados en relación a lo que existe hoy. Al haber abandonado los valores tradicionales europeos ha resultado imposible construir “Europa”, como máximo se hubiera podido aspirar a construir una especie de coordinadora inestable de Estados Nacionales, pero no reconstruir la superación de todas las contradicciones en forma de un proyecto histórico ambicioso que no puede ser otro más que el de transformar los rasgos comunes de la identidad europea en una cristalización jurídico-administrativa capaz de jugar un peso decisivo en el tercer milenio.

© Ernesto Milá – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com

 

 

Aullidos (II). José Luís Rodríguez Zapatero y la “new age”

Infokrisis.- Distintos medios de la derecha han tachado a ZP de “masón”. Si non e vero e ben trovato, a condición de definir que es lo que se entiende por “pensamiento masónico”. Coincidencias haberlas, haylos, pero no con el tronco central de la masonería, sino con obediencias para-masónicas exóticas a su vez próximas a sectores de la “new age”. Todo esto nos lleva al inicio de un estudio sobre las “fuentes ideológicas de ZP”.

Las medidas de Corbacho...

Caldera “el eficaz” no quería empañar su imagen con cuatro años seguidos de malas noticias económicas que se avecinan. Para “Mister eficacia” hubiera sido muy duro tener que poner cara de circunstancias al dar las cifras de paro o de baja de las cotizaciones de la SS. Así que prefirió ceder el cargo a Celestino Corbacho.

Corbacho, da la cara con un aplomo digno de encomio. Hasta ha dado algunas medidas que prometen ser notorios fracasos. Su “plan” establece el retorno de 20.000 inmigrantes en paro que hayan capitalizado su percepción del seguro de desempleo. ¿20.000 solo? ¿Y el resto hasta llegar a los 380.000 actuales que se habrán duplicado en menos de un año?

Su segunda medida estrella es “proponer” limitaciones a la “reagrupación familiar”, ¿ahora lo piensan? ¿limitaciones cuando están llegan mujeres, hijos, abuelos, suegros de inmigrantes desde hace un año y medio acogidos a la reagrupación familiar? ¿ahora piensan en esto? Claro está que ha hecho falta ver las cuentas de las autonomías en materia de asistencia sanitaria para entender que el desembarco masivo de abuelotes llegados de todos los rincones del planeta, no solamente no iba a contribuir a pagar las pensiones de los nuestros sino que iba a acelerar el desplome de la Seguridad Social.

Por lo demás, ni Corbacho ha dicho cuando se aplicarán estas medidas que ni hay fecha para su aprobación por el consejo de ministros (con minúscula, que ya les vale, a tenor de su cualificación). Pero hay que decir algo más sobre Corbacho.

Corbacho y la masonería de l'Hospitalet

Procede de l’Hospitalet, segunda ciudad catalana en volumen de población y primera en porcentaje de inmigrantes residentes. Quien diga que l’Hospitalet es una balsa de aceite es que no conoce la ciudad, no ha paseado por sus calles y no ha oído los comentarios. Servidor si lo ha hecho.

L’Hospitalet es una ciudad “multiétnica” situada al borde del estallido social. Con unos precios de la vivienda disparados (cualquier chamizo de 30 metros cuadrados costaba 30.000.000 de las antiguas pesetas), con unas comunicaciones deficientes, un intrincado tramado urbano, con un 20% de inmigración, ya se produjeron en 2004 protestas vecinales por la presencia de bandas étnicas en algunas plazas públicas. La policía de Corbacho prefirió entonces retener e identificar quienes protestábamos por este estado de cosas, mientras los delincuentes llegados con la inmigración realizaban su “trabajo”. En cierta ocasión, los propios vecinos increparon a la policía de Corbacho, defendiendo a los que protestaban e indican que los delincuentes eran otros…

L’Hospitalet tiene una larga tradición masónica que se remonta a mediados del siglo XIX en donde existían varias logias de las distintas obediencias. Uno de los masones locales, Rosend Arús i Arderiu, acumuló una considerable fortuna y gracias a su munificencia legó la joya de la masonería española actual –la biblioteca Arús- y el actual edificio del Ayuntamiento de L’Hospitalet. Desde entonces siempre la masonería siempre ha tenido presencia en la ciudad e incluso se cuenta que en el interior del propio edificio del Ayuntamiento existe una logia masónica. Por otra parte, es rigurosamente cierto que la masonería ha estado presente en la vida ciudadana de L’Hospitalet. ¿Es masón Celestino Corbacho? No lo puedo afirmar, como tampoco se puede afirmar otro tanto de ZP. De hecho, si ambos nombres están en los registros de afiliados de alguna logia, eso es un problema secundario a la vista de que la masonería es una institución legal. El problema no es ese, sino otro que tiene poco que ver con la masonería como institución. El problema de fondo es que, con demasiada frecuencia, en los últimos tiempos, la masonería europea ha encarnado una línea que nunca ha tenido nada que ver con su patrimonio ideológico. En efecto, la masonería ha sido uno de los motores del lobby inmigracionista en todos los países de Europa.

La masonería anti-tradicional

La masonería ha asumido como propia la ideología de la “multiculturalidad”, las proclamas hacia una “sociedad multiétnica”, los elogios al “mestizaje”, etc. Y es contradictorio que una asociación que, en 1717 nace como evolución de las hermandades de artesanos, es decir, de la mejor tradición europea, termine defendiendo justamente todo aquello que es ajeno y opuesto a la tradición de la que ha surgido la masonería.

La ideología que sostiene ZP y Corbacho es propiamente, la ideología masónica reconvertida por la interpolación en los 40-70 de elementos disidentes del ocultismo de la Blavatsky, grupos inspirados por Alice Ann Bailey y sus grupos para-masónicos (Triángulos, Servidores del Mundo, Buena Voluntad Mundial) presentes en algunas instituciones internacionales (UNESCO, NNUU, FAO).

La ideología de estos grupos es simple: “a un gobierno mundial (de la que las NNUU serían el embrión) corresponde una nueva religión mundial (la propagada por Ann Bailey y algunas tendencias de la New Age) y una nueva raza mundial (de ahí el énfasis en el mestizaje y lo multiétnico)”. Eso daría a la “humanidad” un aspecto “homogéneo” y contribuiría a la definitiva “paz mundial”.

Tal es la ideología y tal es también el núcleo de la ingeniería social zapateriana. A la vista de esto, el que sea o no masón es secundario, porque, al margen de su pertenencia a una estructura masónica, lo incuestionable es la coincidencia del pensamiento para-masónico de Ann Bailey con el de ZP. Pero hay algo más.

Zapatero y la New Age

ZP pertenece a una generación del PSOE que ya no ha leído ningún texto de Marx. Tampoco consta que tenga ninguna afición particular por ninguna tendencia filosófica. Al menos de Guerra se sabía que oía a Malher y leía a Gertrud Stein. De Aznar, por ejemplo, se supo que en su juventud leyó a José Antonio y a Ortega. Pero de ZP hay un misterio absoluto sobre cuales fueron sus “fuentes” ideológicas.

En alguna ocasión hemos estado a punto de decir que ZP es ambición” pura y simple, sin más, ambición de poder y estudio telegénico de cómo acceder a él. Hoy creemos que hay mucho de eso. Pero, evidentemente, hay algo más.

Antes hemos aludido a las ideas de Ann Bailey y de una serie de grupos atrabiliarios, disidentes de la teosofía (en Internet hay toda la información sobre estos grupos y se pueden “bajar” todas las obras –infumables, por cierto- de su inspiradora, de la misma forma que a la sede suiza y neoyorkina de estos grupos se pueden encargar decenas de folletos sobre NNUU, religión mundial, paz mundial, hambre en el mundo, etc., enviados gratuitamente y que demuestran que detrás hay sólidos apoyos económicos y que son grupos ocultistas con voluntad de intervención política). Hemos dicho que estos grupos formaban el alma de una parte sustancial del movimiento conocido por New Age.

La otra parte de este deslabazado movimiento son las escuelas terapéuticas y en concreto las que sostienen la absurda idea de que “el pensamiento construye la realidad”, pero no en el sentido de voluntad y determinación, sino en un sentido mucho más siniestro y casi animista.

Estos grupos de New Age (en torno a Louis Hay, Napoleón Hill, y dos docenas más) sostienen que somos víctimas de nuestros pensamientos positivos, pero que si logramos tener únicamente pensamientos positivos, la realidad nos contestaría adaptándose a ellos. Un libro de Louis Hay se titula precisamente “Los milagros del pensamiento positivo”.

Todos estos libros (y los cursos presenciales que les acompañan) son extremadamente peligrosos y solamente podrían haber surgido del caldo de cultivo del calvinismo americano: Dios ayuda a los justos con la riqueza. Esta idea, laicizada, ha dado lugar a las distintas corrientes del “pensamiento positivo”: “la realidad ayuda a los que piensan positivamente”.

Es evidente que la realidad objetiva responde a leyes perfectamente establecidas. Incluso la economía. Un déficit en la formación personal de alguien no es la mejor forma de contribuir a que encuentre un puesto de trabajo, por muy positiva y justa que sea su vida. Así pues, es frecuente, que cuando algún partidario de estas corrientes se ve decepcionado por la realidad, tienda a explicar su fracaso, porque no ha sido todo lo positivo que debía ser o porque hay algo en él que es fundamentalmente injusto y por tanto Dios o la realidad le dan la espalda.

Y esto nos lleva al presidente del gobierno español. Desde hace un año viene proclamando que no hay crisis en España. En un principio parecía que todo estaba justificado por la proximidad electoral y que, cuando pasaran las elecciones, adoptaría medidas. Hoy es legítimo dudar de todo esto. Da la sensación de que, verdaderamente, el presidente del gobierno considera un error reconocer la existencia de la crisis, se limita simplemente a no pensar en la crisis y a… pensar positivamente. Se le ha escapado en alguna ocasión (en la SER cuando creía que e micrófono estaba cerrado). A estas alturas –y a falta de datos sobre su formación intelectual- es lícito pensar que los únicos de “fuentes” intelectuales que dispone ZP es ese pensamiento newager.

Los cursos y los libros sobre pensamiento positivo son, literalmente, infames. Sustituyeron a finales de los años 50 a los manuales escritos habitualmente por jesuitas que trataban los temas de ayuda a la formación de los jóvenes y ayuda a adultos con problemas de conciencia. Habitualmente, estos manuales repiten las mismas ideas una y otra vez con distintas frases: “hay que ser positivos”, “hay que creer en lo que hacemos”, “hay que desterrar la negatividad de nuestro entorno”, “aunque no lo percibamos inmediatamente el pensamiento positivo crea una realidad igualmente positiva”, etc.

¿Empiezan a comprender ustedes la política de ZP? Entre Ann Bailey y Louise Hay nos ha caído una buena. Claro que peor hubiera sido si ZP de jovencito se le hubiera ocurrido leer algún texto de la Comunidad de Findhorn (emblemática en el ámbito de la New Age) que sostenía la necesidad de “hablar con las fuentes y con los árboles”… claro que hay ministro que parecen leños. Como diría el anuncio de “Aquarius” (otra referencia de la new age): “El ser humano es extraordinario”.

© Ernesto Milá – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com

Reflexiones sobre Madrid y el casticismo (III de III). La casta de lo castizo

Infokrisis.- Hablar de casta es hablar de diferencias, identidades y especificidades. Decía Schuon que la casta es al espíritu lo que la raza a la materia y debía tener algo de razón porque en la Edad Media era más fácil que se entendieran dos de la misma casta pertenecientes a comunidades y religiones diversas que dos de casta diferente pertenecientes a la misma comunidad.

De todas formas este planteamiento se hizo ocioso después de las expulsiones de judíos y moriscos, que no tenían más objetivo que crear una comunidad homogénea y coherente, la diferenciación de castas siguió existiendo pero con notables alteraciones. Entre 1492 (expulsión de los judíos) y la de los moriscos en 1504 en Castilla y en 1526 en Aragón, así como tras la guerra de las Alpujarras, ser judío o morisco, aun adinerado, queda sumido en el desprestigio. La clase aristocrática autóctona era la única que, a partir de ese momento, se arrogaba la preeminencia social.

Muchas de las conversiones, especialmente de judíos, fueron forzadas por las conveniencias sociales. Los “cristianos nuevos” fueron cientos de miles. El judío salió del kahal (judería, call, calle), tuvo acceso a todas las profesiones que antes le estaban vedadas. España reacciona ante esto de manera diversa: mientras que, por una parte, aparece un interés por la pureza racial y por los “estatutos de limpieza étnica”, por otra, especialmente, un sector de la aristocracia que ha casado con millonarios de conversos, comprueba que su sangre no es pura. Es el pueblo llano y un sector de la nobleza el que sigue jactándose de ser “cristiano viejo” y dando importancia al elemento étnico y racial, mientras que la aristocracia dirigente descubre entre sus antepasados a linajes judíos.

El catolicismo, referente de lo español en aquel momento (siglo XVI y todo el XVII), influye en todo este proceso de manera sorprendentemente doble: por una parte, la Inquisición multiplica sus investigaciones sobre judaizantes, criptojudios y marranos (conversos que seguían practicando en secreto sus ritos). Lo sorprendente es que, en cierta medida, la represión contra estas actividades corre a cargo de personajes de ascendencia judía (lo que evoca la frase de Louis Ferdinand Celine: “Si en Francia se creara una asociación antisemita, el presidente, el secretario y el tesorero serían judíos”… Otro tanto ocurrió en España). Tomás de Torquemada no fue una excepción. Y muchos judíos más colaboraron con la Inquisición en la represión contra sus propios hermanos de raza.

Existe una palabra en el español de las Américas de la época inquisitorial, "malsinar", que viene del hebreo "lehalshín", delatar. Dentro de las comunidades secretas sefardíes, existían "malsines", judíos que se habían convertido y que querían mostrarse más católicos que sus correligionarios para no quedar ellos bajo sospecha, algo que hicieron denunciando a sus camaradas. Aparece así la proverbial “fe del converso”, mucho más papista que la del papa y que está en el origen de cierta intransigencia del catolicismo español: demostrar mediante la exasperación de la propia fe que no se es, lo que a fin de cuentas se es, judío converso. Estamos más ante un drama psicológico que ante otra cosa y el drama de estos conversos conviene analizarlo desde un punto de vista psiquiátrico. Incluso en pleno siglo XX hemos conocido a integristas ultramontanos de lo más sinceros –y si se nos apura, también de lo más enfermizos- que hacían gala de un fundamentalismo religioso católico que no tendría nada que envidiar al de Torquemada, entre otras cosas, porque en ambos casos, la sangre judía aparecía directa o indirectamente.

Para colmo, la nobleza de sangre que no ha emparentado con conversos huye de la posibilidad de que se sospeche que está contaminada. En esas época hay profesiones “sospechosas” de ser practicadas por los conversos: el negocio, el comercio… ¡e incluso el estudio! Tenemos, pues, una nobleza que llega en algunos casos extremos a jactarse de que son analfabetos porque el serlo es un indicio de ser “cristiano viejo”. A nadie se le escapa que entre los siglo XVII y XVIII se produce un declive acelerado de la nobleza del blasón lastrada por estos tópicos. Así como en Europa, ajena a estos prejuicios –o mejor dicho, habiendo adoptado el prejuicio opuesto y protestante de la riqueza como signo de bendición de Dios y del trabajo como forma de expiar la “culpa”- se produjo luego un desarrollo industrial, en buena medida ligado a la aristocracia y a una burguesía emergente a partir de los menestrales, en España no hubo nada de todo esto. La figura del Hidalgo que tiene blasones y nobleza, pero ni un real de vellón, ni el hábito del trabajo, es más, que rechaza el trabajo por principio, es una figura típicamente española y que corresponde al período del Lazarillo y a algunas figuras de El Quijote. De hecho, el propio Alonso Quijano es el hijodalgo que dedica su tiempo a revivir las gestas de sus antepasados en las novelas de caballerías: hubiera sido un buen guerrero, sin duda, honra de sus ancestros, doscientos años antes, pero es pura irrisión en la España del Siglo de Oro, cuando la caballería y la nobleza de la sangre han muerto, limitándose Cervantes a extender su acta de defunción.

En el límite de este proceso tenemos a una aristocracia de la sangre y del blasón empobrecida y que alardea de “sangre pura” y de su condición de “cristiano viejo”. A esto se suma, la otra componente de la nobleza que, más pragmática, no ha tenido problema en cruzarse con los conversos y que, a la postre, termina siendo más papista que el papa; y tenemos, finalmente, también a un pueblo llano en el que la pureza racial se convierte en obsesión autotitulándose “cristianos viejos”, algo equivalente al “orgulloso de ser español” actual… y exasperando también la práctica del catolicismo. No es raro que a lo largo del siglo XVIII estas dos tendencias confluyan… en el casticismo. La primera componente va perdiendo fuelle poco a poco. A cada generación que pasa, el patrimonio está más empequeñecido. Sobreviven a costa de vender patrimonio ya que el trabajo les sigue estando vedado por imperativo moral. En el siglo XXI todavía he reconocido en zonas rurales a los últimos mohicanos de esta tendencia que recorriendo los valles te cuentan que aquella era la casa de sus bisabuelos, la montaña pertenecía a sus tatarabuelos y el valle entero era de la propia familia ducal en un tiempo remoto. Hoy el patrimonio queda reducido a unas pocas hectáreas y no sobrevivirá más de 10 años a tenor de los gastos y de que todo se acaba en esta vida. Otro de estos me comentaba que de pequeño había dicho a su padre a la vista de unos vendedores de horchata: “Parece que ese negocio permite vivir bien” a lo que el padre le repuso: “Sí, pero ¿y la vergüenza que pasas?”. Para el venerable padre, trabajar era, ante todo, algo bochornoso. Y si bien es cierto –como Evola apuntó en varias de sus obras- que el trabajo no es, desde luego la actividad más alta que pueda hacer un ser humano, la negativa a trabajar por “dignidad” o por vergüenza torera, no es tampoco un síntoma de buena salud mental.

Pero lo sorprendente fue que las otras dos componentes de la sociedad española del XVII y XVIII terminaran por converger. La nobleza adaptada a las circunstancias y convertida de nobleza del blasón en nobleza del dinero tenía su espíritu de casta relajado –estaba dejando de ser “casta” para convertirse en “clase”- y quería confluir con los villanos (con el “pueblo”) no sólo porque sentía que la rústica simplicidad del pueblo llano estaba más cerca de su origen que la aristocracia del blasón de la experimentaba su desprecio a causa de sus orígenes “contaminados” por la sangre conversa.

Además, el “pueblo” aportaba diversión: toros, tabernas, bailes, francachelas, alegría y fiesta. El arquetipo de esta nobleza son las duquesas de Alba tan dadas a folgar con toreros y torerillos, a hacerse ver en paradas de cante jondo, a buscar compañía de bailaores de flamenco y palmiseros asilvestrados, y, naturalmente, a vestir en los saraos el traje de gitana con más porte que el traje de noche. Lo mismo ocurrió con todos los borbones a partir de Carlos III de los que, prácticamente como única virtud –y en algunos sin el “prácticamente”- profesaban el culto a lo popular. Se dice que Alfonso XIII arrancó un aplauso en la Academia Militar cuando presionando la colilla del cigarrillo con el pulgar, manteniéndola sobre el índice de la mano, acertó a arrojarla al cenicero. De Alfonso XII se glosa su romanticismo más lánguido y melancólico que el de cualquier poeta del XIX, sus amores y desgracias sentimentales eran seguidos por el pueblo con el interés que hoy se siguen las peripecias de la corona monegasca. De Isabel II –denominada “reina castiza”- se glosan sus performances sexuales, la promiscuidad con la que elegía a sus amantes en el cuerpo de palafreneros reales, así como su gusto por los tugurios y lupanares. De los borbones actuales, mejor ni comentarlos aun cuando, bueno es recordar, que todo el mundo coincide en que el tal Juan Carlos I es un “tipo enrollado” y simpaticote.

Pues bien, esa forma de ser de cierta aristocracia, con su proximidad al pueblo, llevó a episodios como el motín de Esquilache y vacunó a este país contra estallidos revolucionarios similares al francés. Aquí no había noble a quien tumbar ni guillotinar porque su populismo desarmaba a los agitadores. La sociedad cambiaba, la Europa del Tratado de Westfalia empezó a distanciarse del anterior modelo europeo… y España siguió como antes, oscilando entre Trento de un lado y la sucesión de fiestas, celebraciones, jolgorios y saraos que imprimieron carácter a un país que si sabe de algo es divertirse. No en vano aquí hay lo que no hay en ningún lugar de Europa: tapeo, verbenas y fiestas mayores sin fin, fiestas autonómicas, carnavales, ferias de abril, romerías de mayo, semanas santas kilométricas y puentes que son acueductos.

Sin darse cuenta, las castas fueron desapareciendo y, tras unos siglos de tímido ascenso, las clases de fueron imponiendo. En el XIX la casta era lo viejo y la clase social lo nuevo. Este proceso vino favorecido por las acumulaciones de capital que se produjeron en las colonias de América. La actividad de algunos colonos hizo que aumentara la movilidad social: se gestaron fortunas que luego –especialmente en Catalunya- se utilizaron para arrancar el proceso de industrialización. La clase terminó imponiéndose porque no dependía del lugar de nacimiento, sino de la escala ocupada en el proceso de producción. Los “ricos de sangre humilde” que tan a menudo aparecían ya en El Quijote (dando a entender lo mucho que sorprendían a Cervantes) se hicieron habituales en nuestro suelo. Entre ellos, los borbones fueron eligiendo una nueva nobleza que ya no era casta, sino clase. 

Tras el motín de Esquileche y mucho más tras la entrada de las tropas francesas, da la sensación de que la tragedia se evidencia en toda su magnitud: el tiempo de las reformas necesarias que podían realizarse ya ha pasado y no se hicieron; ahora, cuando parecía claro que Europa avanzaba a otra velocidad y nos estábamos quedando atrás, habíamos entrado en el tiempo de las reformas imposibles. La tragedia de la guerra de la independencia es que tanto la España de las Cortes de Cádiz como la de la corte de José I, estaban persuadidos de la necesidad de imponer unas reformas a la sociedad española que nos llevaran a la modernidad. La incapacidad para emprender esta vía condujo al “estúpido siglo XIX” y a que apenas fuera otra cosa que una larga ristra de discordias civiles. La época de las reformas imposibles se prolongó hasta 1898. Después se abrió el tiempo del lamento y la reflexión.

Entre la retirada francesa y la derrota que 1898, España hace de la necesidad virtud. Es entonces cuando Andalucía se convierte en paradigma de “lo español”, no tanto por los rasgos de lo esencial de su población, sino por el exotismo, el morbo y la curiosidad que suponían para los extranjeros y para la aristocracia económica, el cante jondo, el flamenco, el traje de gitana y el lupanar con aroma de fritanga. Es en ese momento en que nuestros antepasados empiezan a alardear de los tópicos nacionalistas más desgraciados: “somos descendientes  de los árabes y el islam es nuestra religión” (Blas Infante), “no somos europeos” (como reacción antifrancesa y olvido de que la victoria sobre los franceses se debió militarmente mucho más a la acción de la tropas de Wellington que a las guerrillas), “nuestras raíces son exóticas” (indicando por “exotismo” al folklore de etnia gitana que es tan español como el chop-chuey o el kebab). Y, finalmente, Fraga, padre de la constitución, gran timonel del PP, ayatolah del desarrollismo en los 60 y adelantado de la democracia en tiempos de la oprobiosa, cristalizó todo esto en el “Spanish is different”, para poco después, nombrado embajador en Londres, cambiar el sombrero cordobés y la chaquetilla corta por el bombín, la gabardina de exhibicionista y el paraguas propios de los brokers de la city en aquella época.

Dado que la casta se consideraba anterior a la clase, castizo y casticismo se convirtieron en sinónimos de búsqueda de los orígenes y retorno a las fuentes, pero el problema es que esos orígenes y esas fuentes ya no se estaban analizando con los ojos de la aristocracia del blasón –la única que podía alardear de haber forjado a las Españas con las armas en la mano durante la Reconquista- sino a la aristocracia del pelotazo y al pueblo del jolgorio y la pandereta, con lo que la búsqueda quedó lastrada desde el principio y no es raro que algunos intelectuales del 98 y del 27, insistieran en la facilidad con que “lo castizo” degenera en forma de “casticismo”.

Cuando Machado mira la áspera meseta de Castilla le es imposible reconocer en ella el casticismo de lo exótico y, sin embargo, en buena medida Castilla era uno de los puntales de la Reconquista y de lo español. Machado alude a la llanura como el lugar “por donde pasó herrante la sombra de Caín” e imagina el cabalgar del Cid por aquellas tierras: El ciego sol, la sed y la fatiga. / Por la terrible estepa castellana, / el destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- , el Cid cabalga”
. Para Machado, a fin de cuentas, lo importante es cabalgar en busca de un destino, antes que el destino te arrastre. El “cabalgar” de Machado es el “vivere non est necese, navigare necese est” de la vieja Roma patricia.

La generación del 98 y la del 27 alumbraron una España mística basada en mitos históricos que el franquismo en sus distintas formulaciones (nacional-sindicalismo de 1937 a 1943, nacional-catolicismo de 1943 a 1956 y desarrollismo tecnocrático en los veinte años siguientes) aupó terminaron en el “Spanish is different” fraguista y en la Constitución que abrió el camino al Estado de las Autononías (por cierto, Constitución con su pizca de fraguismo).

España cayó víctima de una “especialización”, mal derivado del paradigma newtoniano. El mecaninismo es aquella doctrina según el cual un organismo está compuesto por distintos aparatos cada uno de los cuales funciona, por sí mismo, independientemente del resto. Adoptar esta concepción mecanicista de España traída por la constitución del 78, llevó a concebir España como sumatorio de 17 autonomías. Pero ni las partes eran el todo, ni todo eran las partes. Cuando se llega a la Constitución del 78 las futuros autonomías ya tienen muy adulterada su naturaleza: así se llega a que en las autonomías extremeña y andaluza el verde del Islam y el blanco de los Omeyas luzcan en las banderas autonómicas, a que el 11 de septiembre sea considerado en Cataluña como una fecha de reivindicación nacionalista e independentista y así sucesivamente. Los nacionalistas han pervertido cualquier idea regional porque la han exasperado, han convertido factores marginales de las identidades regionales en “rasgos diferenciales” solamente para asumir una especificidad creciente y exigida por quien desea verse dotado de un techo autonómico más alto.

Ya que parecía imposible deducir un casticismo estatal, éste se “especializó” en 17 comunidades cada una de la cual aportaba su propia especificidad al Estado de los Autonomías. El remedio fue peor que la enfermedad y explica el porqué ahora más que nunca lo madrileño y lo español se identifiquen como no ocurre en lugar alguno de España, ni en Castilla ni en León, ni en tierras de Aragón… Lo madrileño se considera como lo español quintaesenciado y así se encuentra en Madrid más que en ninguna otra parte a tipo que dan y quitan patentes de españolidad. La falta de una tradición específicamente madrileña y el fracaso de los debates de postguerra entre los que veían a “España como problema” (Laín) o los que veían justo lo contrario “España sin problema” (Calvo Serer), así como el alejamiento de la progresía más acrisolada de los espacios de poder autonómicos, llevó nuevamente a considerar a lo madrileño como sinónimo de lo español. Pero no era así.

Habían ocurrido dos fenómenos nuevos: la integración en la UE (y lo que es más importante, la demostración práctica de que solamente una dimensión continental basta para que una nación afronte los retos del siglo XXI) y el arraigo actual de la división autonómica de España (con la aprobación de los 17 Estatutos de Autonomìa). Y en esos momentos –a partir de 1978- cuando era más necesario actualizar el nacionalismo español, resulta que éste no actualizó sus principios (que por lo demás, estaban inmóviles desde 1898).

Una nación existe cuando tiene una misión y un destino (tal es la concepción orteguiana de nación). Mientras eso se definió con paradigmas no había problemas: “Por el Imperio hacia Dios”, “la defensa de la fe”, “la hispanidad y la catolicidad”, unían destino nacional a defensa y promoción de la fe. Pero eso valió hasta que el Vaticano II chapó cancelas. A partir de ese momento, el Vaticano quería “Estados amigos”, no “defensores de la fe”, quería democracias cristianas y no vociferantes ultramontanos, quería concordatos y no dirigentes políticos bajo palio o naciones consagradas al Sagrado Corazón. Bruscamente, el nacionalismo español dejó de estar asentado en una doctrina sólida y pasó a pender sobre el vacío. No es de extrañar que el nacionalismo español goce de achaques constantes cuando la selección de fútbol es derrotada y de euforias breves cuando obtiene un 1 a 0 a su favor; fuera del fútbol valdría la pena preguntarse si España existe como idea: no ha estado en condiciones de responder a las dos preguntas claves, a saber, ¿cuál es hoy el destino de España? Y ¿cuál es hoy la misión de España?

Las respuestas de los últimos nacionalistas españoles en estos dos terrenos son tristes y anacrónicas. Están todavía ancladas en el “Por el Imperio hacia Dios”, para un pueblo que ha dejado de tener Dios y para una religión que sigue estando presente en la sociedad española, pero de manera mucho más disminuida y, por lo demás, en el mismo Vaticano soplan otros vientos.

El silencio ante estas dos preguntas es lo que ha permitido la emergencia de conceptos anómalos como el “patriotismo constitucional” o el “patriotismo del Gobierno de España” en donde la idea de patria se tiende a identificar con su contrato de organización (constitución) que siempre es puntual y temporal, o con un gobierno que se mece como una caña al viento.

Nota.- somos perfectamente conscientes de que estas notas inconexas y apresuradas carecen de coherencia y de valor probatorio, no representando nada más que intuiciones personales y percepciones directas. Pero es que esto es un blog, no es un tesis doctoral. Así que esperamos que nos sepáis disculpar.

© Ernesto Milà – Infokrisis - infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com

 

Reflexiones sobre Madrid y el casticismo (II de III). El casticismo y lo castizo

Infokrisis.- Resumamos las ideas que hemos intentado transmitir: la modernidad de Madrid hace que, a diferencia de toda la periferia, no tenga una tradición propia. De ahí que, dadas las aportaciones población peninsular a la Villa y Corte, Madrid sea un caso aparte: llega a la “españolidad” directamente, sin pasar a través de tradiciones periféricas y sea muy difícil de entender desde Madrid, porque otras regiones alardean de sus propias tradiciones que son vistas como incompatibles con la idea de España. Finalmente, Madrid termina generando su propia tradición específica: lo castizo. En esta segunda entrega vamos a dar vueltas sobre este tema.

Las tres ramas de la nobleza del XVIII

Lo castizo cuaja durante el período previo al motín de Esquilache, cuando a los vientos renovadores que proceden de la corte con la inserción en el entorno real de los “ilustrados” o “afrancesados” (las ideas de la ilustración ya otorgaban mucho antes que las tropas napoleónicas entraran en España, el título de “afrancesados” a quienes las compartían) reacciona el pueblo de Madrid –sobre todo el pueblo de Madrid- oponiendo “lo propio”. Pero lo propio es poco: como máximo el sombrero de ala ancha, la capa larga que sirve de embozo, la redecilla en el pelo, y poco más. Eso es lo que Esquilache quiere combatir porque individualiza en estos usos formas arcaicas que impiden el “progreso” y las “luces”. Aspira a introducir usos y costumbres europeas y, sobre todo, el farol de gas.

Oponerse a estas reformas era “lo castizo” ¿Por qué se elige la palabra “castizo” para definir esta tendencia que era eminentemente reaccionaria en su época? Casticismo viene de “casta” y, en general, se utiliza para definir el “carácter nacional español”.

Las reformas de los primeros borbones implicaron también un cambio en la aristocracia. Si hasta entonces los aristócratas eran descendientes de familias que habían destacado por hechos de armas en la Reconquista o en las guerras imperiales, con la llegada de Felipe V y de los borbones apareció una nueva aristocracia basada, especialmente en el amiguismo o en los servicios prestados no de carácter estrictamente militar. Esta nueva aristocracia, a diferencia de la anterior, tenía cierto sentido de lo popular y se sentía más próxima al “pueblo” que a la aristocracia de la sangre.

A lo largo del siglo XVIII esos cambios en la composición de la casta aristocrática y su “proximidad” al pueblo, fueron mutando la sociedad. Si hasta ese momento solamente existía el toreo a caballo, esto es, el toreo aristocrático –pues, no en vano, el caballero era, fundamentalmente, aristócrata- a partir de ese momento aparece el toreo a pie, esto es, popular. En esa misma discusión tercia el tercer grupo de la aristocracia, los ilustrados… contrarios a cualquier forma de toreo por entender que, a pie o a caballo, era un arte bárbaro.

Así pues, ya tenemos definidos –a través del toreo- los tres grupos de la nobleza que participan en la historia de España del XVIII: el grupo tradicionalista que no había entendido que el Estado debía modernizarse y que vivía de glorias pasadas; el grupo de cortesanos que recibieron títulos de nobleza por mero amiguismo y cuyo único programa era aproximarse al pueblo, en sus fiestas, en sus celebraciones y en su idiosincrasia; y, finalmente, el tercer grupo de los nobles ilustrados partidarios de reformas radicales, cuyos modelos eran europeos. Estos veían al pueblo como un colectivo infantil incapaz de guiarse por sí mismo, lo merecían todo… pero había que actuar sin contar con ellos según los principios ilustrados (“todo el pueblo, pero sin el pueblo”).

La revuelta contra Esquilache (exponente de este tercer grupo), instigada por el segundo, corta la posibilidad de las reformas radicales. Es nuestra opinión, si en España ese motín que en algunas ocasiones se ha sido considerado como similar al desencadenante de la Revolución Francesa, no tuvo continuidad y se quedó en una mera algarada contra un valido muy cuestionado, fue simplemente porque un movimiento del tipo francés precisa de la existencia de una burguesía media que estaba en España casi completamente ausente y de una aristocracia distante como la existente en Francia que, como hemos visto, en España tenía una presencia mucho menor.

El gusto por lo exótico de la Carmen de Merimée al Spain is different de Fraga

Después de las guerras napoleónicas, esa burguesía apenas emerge y por eso la periferia española sigue conservando un costumbrismo y unas tradiciones que llamarán la atención de los visitantes del exterior: desde Washington Irving hasta próspero Merimée pasando por Frederic Chopin y George Sand. Lo que deslumbra a todos estos viajeros es que reconocen en España un arcaísmo que ya se ha perdido en sus respectivos países o que quizás no ha existido jamás.

En esas mismas fechas –reinado de Isabel II- se produce un fenómeno que recientemente hemos tratado en el número 9 de la revista IdentidaD en el artículo de Enrique Ravello, Andalucía, ni mora ni gitana. La nobleza populista encabezada por Isabel II puso de moda acudir a los colmaos de flamenco y vestir batas de cola y lunares que no tenían nada que ver con la vestimenta tradicional andaluza (de origen castellano, pues castellanos fueron los contingentes que la repoblaron tras la Reconquista) y que eran propios de los ambientes desclasados. No es por casualidad que ese vestido de lunares se llamara “traje de gitana”, pues no en vano era solamente utilizado por gitanas. Las marquesonas y condesas, la nobleza populista buscaba el contacto con “el pueblo” y con “lo popular” que identificaban como lo más exótico y excitante… y, en realidad, lo era, pero no formaba parte ni de la cultura andaluza, ni de la española, sino que se trataba de interpolaciones foráneas y muy marginales respecto al eje central de la cultura española.

Lo dramático fue que el desastre continuado de nuestro siglo XIX se cerró con la pérdida de los restos del Imperio y de ahí emergió una frustración nacional y un resentimiento hacia una Europa que al ver imposible de alcanzar entonábamos el “no están maduras” del cuento infantil. En ese período entre la crisis finisecular y la guerra civil hay toda una tendencia que hace de la necesidad virtud: es el “que inventen ellos”, el “españolizar Europa”, el “África empieza en los Pirineos”, el desprecio por todo lo europeo y la tendencia a resaltar las diferencias y roces con cualquier nación europea, la ideología de la Hispanidad que sirvió como justificación para dar la espalda a esa Europa a la que siempre estuvimos ligados y de la que las culturas peninsulares forman parte. Todo esto forma parte de lo que podemos llamar “ideología del rechazo” terminó plasmándose en doctrina oficial cuando el Ministerio de Información y turismo, con Fraga al frente, a mediados de los años 60 lanzó la campaña “España es diferente” como reclamo para el turismo. Y España es tan diferente de Francia como puede serlo Dinamarca, de la misma forma que Grecia es tan diferente de España como distante es de Inglaterra. Puestos a encontrar diferencias, Europa es un mosaico… con tantas interferencias históricas, étnicas, culturales y antropológicas que más que de diferencias podemos hablar de un continuum.

Las fuentes de lo castizo

El casticismo había surgido de ese gusto por lo arcaico y por la diferencia que ya se percibe en los sainetes de Ramón de la Cruz o en las obras de Mesonero Romanos, cronista oficial de la Villa y Corte durante muchos años.

Una de las primeras sintonías del magazine presentado por Tico Medina y Yale que a las 14:00 horas precedía al telediario a finales de los años 50, era la suite España de Chabrier. El músico auvernés, había pasado varios meses viajando por España en 1883 y plasmó sus impresiones en esa partitura. Ya en esta obra se percibe un aroma a zarzuela que luego eclosionará en el “género chico” y muy especialmente en La Verbena de la Paloma, no por casualidad ambientado en Madrid. La Carmen de Bizet (y la de Merimée) terminaron por rizar el rizo y hacer que de “lo castizo” lo más significativo de “lo español” y presentado como su quintaesencia hasta el punto de que Unamuno pudo decir que «Se usa lo más a menudo el calificativo de castizo para designar a la lengua y al estilo. Decir en España que un escritor es castizo es dar a entender que se le cree más español que a otros» (En torno al casticismo).

Los hitos del Madrid castizo

Así pues el casticismo encontró algunos  elementos tópicos en el organillo, caja de música procedente de Inglaterra que aparece en zarzuelas y en la vida callejera de los barrios más castizos, acompañado inevitablemente por el barquillero y el vendedor de horchata de cebada. Incluso hasta la posguerra, estos elementos eran inseparables del Retiro o el Rastro. Ese Madrid tenía en los chulos, chulapas y chisperos a sus elementos más populistas; la palabra “chulo” deriva de “cheol” o “scheol” que en lengua sefardí indica a los más jóvenes de la comunidad que por serlo son también conflictivos. Los chisperos por su parte eran, originariamente, los herreros, por su profesión “vendedores de chispa” y, por extensión, todo lo relativo al ambiente pícaro. Inevitablemente, el chispero iba en pos de la maja; éstas, por su parte, no terminan su vida en los cuadros de Goya o antes alentando la revuelta contra Esquilache, sino que prolongan su existencia a lo largo del XIX, no tan desnudas como la pintada por Goya sino más bien cubiertas con mantones de Manila tal como las pinta Bretón.

Todos estos personajes eran especialmente relevantes en los aledaños de la Puerta del Sol, en torno al reloj que desde el XVII da las campanas de fin de año y donde se sitúan algunos de los símbolos del Madrid más castizo: la señal del kilómetro cero en donde empiezan y terminan todos los caminos. La estatua de la Mariblanca y de Carlos III, el símbolo del oso y del madroño y el recuerdo a los héroes del 2 de mayo.

Sería imposible sintetizar en tan poco espacio todos los mitos madrileños ntre los cuales los héroes tienen su parte. Al Madrid castizo siempre le ha gustado honrar a sus héroes. Hoy, muy pocos madrileños saben quien fue Eloy Gonzalo, pero nadie ignora donde está la imagen “de Cascorro”. En pleno Lavapies, hoy sucursal de Naciones Unidas y festival continuado del multiculturalismo, por donde parte la ribera de Curtidores y arranca el Rastro, aparece la estatua triunfal de este soldado, madrileño de origen y héroe de la guerra de Cuba que roció las cabañas desde las que les hostigaban con petróleo obligando a los insurrectos a abandonar sus refugios. Eso le valió dominar hasta hoy la escena madrileña como recuerdo de las glorias imperiales que fueron y ya no serán.

Es habitual que el turista –como fue mi caso las primeras veces que visité Madrid rápidamente- tienda a visitar primero la Plaza Mayor y sus alrededores. Nosotros, en aquellos primeros viajes asociábamos lo castizo al Arco de Cuchilleros y a la Cava de San Miguel y, por supuesto, a sus mesones. Cerca de allí, el Mercado de san Miguel era otro de los puntos inseparables del Madrid más castizo que hundía sus raíces en los años más turbulentos del siglo XIX, años de bullangas y disturbios civiles (1835).

El Madrid castizo, sobre todo estaba asociado a la música y a lo musical. Ya hemos visto que uno de sus elementos inseparables era el organillo y otro de sus símbolos será la zarzuela, emblemática del llamado “género chico” que no aspiraba a rivalizar con la ópera, pero que era la “respuesta nacional” al género de Wagner y Donizzeti, Puccini y Bizet. Seguramente, de entre todas las Zarzuelas, La Verbena de la Paloma es la que pinta mejor el Madrid castizo, su tipología, su jerga y su alegría. Cuando se oyen las notas de la obra de Tomás Bretón, es inevitable retrotraerse a aquel Madrid ya desaparecido subsusimido entre edificios burocráticos, inmigrantes procedentes de todo el mundo y turistas acalorados. De ese Madrid queda sólo la obra de Bretón y algunas calles con el sabor perdido.

Así mismo del Madrid de los couplets apenas quedan los teatros en los que hicieron furor. En la calle de Alcalá abundaban las salas de fiestas que servían couplets como las máquinas expendedoras sirven tabaco. De todo esto queda solo la atrabiliaria Sarita Montiel detrás de algún puro, recordada por sus miserias del corazón más que por sus gorgoritos de El Último Couplet. Pero el Madrid castizo tenía todavía más productos que ofrecer a sus buenas gentes inconscientes de que la modernidad los estaba dejando atrás. Si había un “género chico”, especie de ópera minimal, también hubo un “género ínfimo”, la revista picarona y  mordaz, con su humor de sal gruesa, sus vedetes monumentales alzadas sobre tacones imposibles dominando una escena en la que sus oponentes eran hombres esmirriados en estado permanente de cherchez la femme. Del género, el maestro Guerrero obsequió a los madrileños especialmente con decenas de piezas que cimentaron el éxito de Celia Gámez.

El colofón del Madrid castizo eran las verbenas populares. Había tantas como barrios. Los escenarios tenían que ver con lo religioso pero eran expresiones de lo mundano: eran las fiestas de San Isidro patrón de Madrid, con su romería en la pradera y en la ermita que le dedicaron los madrileños, la verbena de San Antonio cuando empieza a apretar el calor el 13 de junio; la fiesta de San Cayetano cuando el calor ha ganado en intensidad transformándose en “el calor” o la verbena de San Lorenzo en Lavapies cuando ya no vale la pena hablar de “el calor”, sino multiplicándolo por “n”, aludir a “las calores” el 15 de agosto.

Visitante: si buscas algo de todo esto en el Madrid del siglo XXI, abandona toda esperanza de encontrarlo. Ese Madrid ha desaparecido y sólo lo verás en museos o bien en representaciones teatrales o en libros de antropologia. Ni barquillero, ni cantante de couplets, ni organillero, todos han sido sustituidos por individuos de razas ignotas al son de bongos en las calles y música de rap; ni un chulapo, pero sí miles de miembros de bandas latinas; las majas y chulapas tocadas con el mantón de Manila, cambiadas por patibularias prostitutas de a 20 euros, “francés” incluido. Las calles del Madrid de los Austrias y de Lavapies, de Vallecas y de Carabanchel, están donde siempre, pero el paisaje ha cambiado. El Madrid tradicional ha desaparecido y de nada sirve que Esperanza Aguirre o el alcalde Gallardón intenten asentar su poltrona sobre una base “tradicional”. Ni él ni ella son el chulapo y la chulapa de La Verbena de la Paloma, ni siquiera el héroe y la heroína del Madrid del 2 de mayo. Son, como máximo, los héroes quintaesenciados de la especulación y la multiculturalidad, es decir, de la ausencia de riqueza y de la negación de la cultura.

Lo castizo y lo casticista como problemas

La palabra castizo había aparecido mucho antes del siglo XVIII en la lengua castellana. Se tenía por castizo al hijo de mestizo y español. Era un concepto nacido de la España colonial que había recuperado un concepto anterior. El “castizo” era el sinónimo por el que se mencionaba al castellano antiguo del que derivaría el sefardí. De estos antecedentes nadie se acuerda y el casticismo está asociado al costumbrismo literario madrileño que aparece en el siglo XIX de la mano de los sainetes de Ramón de la Cruz o de las obras de Mesonero Romanos.

Tras la derrota de 1898 las dos generaciones literarias que siguieron (la del 14 y la del 27) insistieron en la reflexión sobre lo castizo y el casticismo. Unamuno, Azorín y Ortega y Gasset se preocuparon sobre todo del asunto. Todos ellos lanzaban elogios hacia lo castizo y denostaban el casticismo. Ortega en su elogio a Azorín decía que el casticismo es una de las infinitas maneras entre que un poeta puede elegir para no serlo”. Denostaba la permanente búsqueda del purismo y de la identidad y sostenía que Grecia fue solamente grande y expansiva mientras estuvo abierta a lo extranjero, lo cual resulta, como mínimo peligroso si no se define qué es lo extranjero. En realidad, Ortega estaba aludiendo al “aldeanismo” y “provincianismo” en el que empezaba y terminaba el casticismo literario. Y ya que estamos en esto, esto fue una de las interpolaciones en nuestra cultura que realizaron extranjeros con una visión parcial, exótica y turística del país en sus viajes a lo largo del siglo XIX. Como si el llegar a Bolivia uno visitara la “calle de los brujos” del mercado indígena de La Paz y concluyera que todo lo boliviano es pura brujería. La Carmen de Merimée y la de Bizet, dan que pensar sobre sí ambos habían reducido lo español a lo gitano. Y en algunas obras de Heminway da la sensación de que el autor pasó demasiado tiempo en los colmaos de flamenco (menos mal que tuvo su ración de adrenalina ante algún toro en Pamplona).

En cuanto a lo castizo, Ortega –como Unamuno o Azorín- le profesaban un culto no enmascarado. Decía Ortegea: “Lo castizo, precisamente porque significa lo espontáneo, la profunda e inapreciable sustancia de una raza, no puede convertirse en una norma. Las normas son siempre abstracciones, rígidas fórmulas provicionales que no pueden aspirar a incluir las ilimitadas posibilidades del ser. ¡Por amor a la España de hoy y de mañana no se nos quiera reducir a la España de un siglo o de dos siglos que pasaron! La psicología de una raza ha de entenderse como una fluencia dinámica, siempre variable, jamás conclusa. (...) Creer que depende de nuestra voluntad ser o no castizos, es conceder demasiado poco al determinismo de la raza. Queramos o no, somos españoles, y huelga, por tanto, que encima de esto se nos impere que debemos serlo”.

Sí, porque en el fondo, manejando el Diccionario de la Real Academia se encuentran algunas explicaciones que legitiman el uso de determinados palabros. Estaba yo hablando el otro día de lo gilipollas que resultaban los 12.000.000 de españoles que votaron al PSOE y no lo estaba haciendo por gusto a la malsonancia sino porque el “gilipollas” es aquel que se hace daño a sí mismo sin tener conciencia de hacérselo. Así mismo, el castizo es aquel “de buen origen y casta”, “lo genuino de cualquier país, región o localidad”, se aplica a “lo puro, y sin mezcla de voces ni giros extraños”.

Ese mismo diccionario, unas columnas después señala da la razón de por qué los grandes del pensamiento español del siglo XX condenaron al casticismo, pues no en vano, no supone un permanecer en lo auténtico, sino la mera “afición a lo castizo en las costumbres, usos y modales”. Una cosa es “el ser” y otra la “afición a ser” que, a fin de cuentas, por sí misma, no puede ser más que exterior al ser que se pretende. Unamuno, grande entre los grandes, pero también pensador de vaivén que rectificó y rectificó siempre con una sinceridad intelectual que le honra escribía cuando aún no tenía la barba cana en 1894 en su obra En torno al casticismo: « Decir en España que un escritor es castizo es dar a entender que se le cree más español que a otros». Había dado en el clavo. Porque éste a fin de cuentas es el problema de cierto casticismo madrileño que en su percepción de “lo nacional” termina siendo más papista que el Papa y, como hemos dicho antes [véase primera entrega de estos apuntes] el desarraigo de buena parte de sus habitantes llegados de todos los rincones de España y que han dejado atrás sus tradiciones y hábitos, unido a la ausencia de una tradición específicamente madrileña, hace que este vacío y aquella distancia se suplan con el recurso a lo español. De ahí que el “español de Madrid” tienda a sentirse más “español” que el de la periferia y que desde Madrid se tienda a desconfiar de las expresiones culturales, antropológicas o  lingüísticas regionales aunque estas den por sentado que son españolas y no planteen de manera continua lo que son y a lo que pertenecen, como si una estrella tuviera necesariamente que llevar colgado el cartel de la constelación de la que forma parte. Desde la periferia no se considera tan necesario recordar constantemente lo que es obvio, pero en Madrid, en cambio, sí.

Y esta contradicción está en la base del problema de España y de lo español: porque el casticismo se convierte en específicamente madrileño y, como decía Unamuno, tiene tendencia a creer que es más español que otros. Y eso es lo malo que la reflexión sobre el casticismo nació en Madrid como búsqueda de la “autenticidad” de lo español… pero lo español no estaba sólo en Madrid sino también en la periferia y, sobre todo, podríamos decir, en una periferia más auténtica y con más raíces españolas que el propio Madrid.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com

 

Reflexiones sobre Madrid y el casticismo (I de III). Del centro a la periferia

Infokrisis.- Hemos pasado dos días en Madrid presentando la revista IdentidaD y saludando a los amigos de la capital. A diferencia de otras visitas a Madrid, en esta ocasión no hemos salido del Madrid de los Austrias. El hábito del madrugón hizo, además que pudiéramos darnos una vuelta por el amanecer madrileño, cuando las calles están casi desiertas y se experimenta el frescor de la reciente noche que excluye el olor a gasolina quemada, el calor sofocante y el gentío abigarrado y “multicutural” de algunas zonas. Eso nos ha permitido reflexionar sobre Madrid, el casticismo y España. Tómense estas líneas como apuntes y reflexiones de uno de provincias vagando por los amaneceres de la capital, nada orgánico en definitiva.

“El París de la Francia” o “la Francia de París”

Desde tiempo inmemorial a nadie se le ha ocurrido discutir a París el carácter de capital francesa. Puede decirse, sin temor a equivocarnos, que París ha hecho a Francia especialmente a partir del siglo XVII, aunque siempre, desde la formación del reino en los siglos XII y XIII, el impulso de construcción nacional ha tenido como centro a París.

En buena medida, la historia de Francia es la historia de París y mucho más desde la revolución francesa. El jacobinismo exasperó esta tendencia convirtiendo a París en denominador común de toda Francia y “lo parisino” fue exportado a todo el territorio nacional convirtiéndose en estándar de “lo francés”. Y en eso están. Ayer mismo, mientras leía la prensa en la Plaza de la Ópera de Madrid supe que la Asamblea Francesa había rechazado el proyecto sobre las lenguas regionales (75 en Francia) con los votos del Partido Comunista, el Partido Socialista y buena parte del centrismo francés. Y es que la izquierda francesa es jacobina por definición y uno de los “valores de la República” es, precisamente, el jacobinismo. Donde hubo mucho todavía queda algo.

Esto ha hecho que toda Francia se intentara construir a medida y modelo de París, lo que ha tenido como contrapartida el arrinconamiento de las riquezas culturales y antropológicas de las regiones que si bien ha desterrado la posible irrupción de cualquier movimiento separatista, también ha estado en el origen del chauvinismo, esto es, de la desmesura nacionalista llevada más allá de todo límite razonable. Francia, afortunadamente, es algo más que París, es Normandía y Bretaña, es Aquitania y Auvernia, es la Costa Azul y Saboya, son los “tres Pirineos” (tan diferentes cada uno de ellos de los otros dos), es Alsacia, etc.

A diferencia de la derecha española y no digamos de la extrema-derecha carpetobetónica, en Francia, es frecuente que las banderas regionales estén muy presentes en sus manifestaciones y actos. Lo que aquí es un desdoro allí se ve como una riqueza e incluso como una revuelta contra el jacobinismo y la república. La derecha tradicional francesa, en tanto que antijacobina, prefiere partir de la “Francia profunda” y de la “Francia real”, aludiendo a aquel tiempo anterior al marasmo de 1789 en la que las regiones sumadas daban como resultado “Francia”. La visión de la derecha nacional francesa es pre-revolucionaria en tanto que antijacobina: las regiones sumadas más París dan Francia. El propio Maurras desconfiaba de la vida parisina que veía la quintaesencia de la relajación y la pérdida de valores. Él y toda la primera generación de intelectuales que dieron vida a Action Française (en particular Leon Daudet autor de las Cartas desde mi molino y Tartarin de Tarascón) confiaban mucho más en la Francia profunda, más auténtica y sencilla –aquí diríamos, más castiza- que en el Gran París cosmopolita. Esa generación de intelectuales que dieron vida con Maurras al frente al “nacionalismo integral” desconfiaban de aquel París que había impreso su carácter a Francia y se había convertido en el sinónimo de Francia y de “lo francés”. En España, naturalmente, las cosas han ido de otra manera.

Los madriles, refugio de desarraigos y azote de periferias

Madrid no es París, ni Lutetia era la presunta Mantua Carpetana en el que se situaría el origen del Madrid mítico. París era capital de Francia desde que Clovis se instaló allí en el 508 y la ciudad había sido fundada en el 250 a. de C. con un primer núcleo de población del que hay constancia arqueológica indiscutible en la Isla de la Cité. Así que no estamos hablando de una capitalidad joven sino de una ciudad que, prácticamente desde hace 2000 años ya era emblemática.

Mucho más nebulosa es la existencia de una Mantua Carpetana que estaría en el origen de la actual Madrid [tratamos este tema en un artículo ya lejano titulado: Madrid, el misterio de los orígenes]. Si existió no debió tener importancia y no fue sino hasta un período relativamente reciente, a partir de 1561 cuando Felipe II estableció la corte. De hecho, los visigodos ignoraron a la presunta Mantua Carpetana y asentaron su capital en la no muy lejana Toledo. Para colmo, capital de facto, hubo que esperar hasta 1931 para que la II República oficializara el rol de Madrid como capital reconocida.

El fondo de la cuestión es que:

- Madrid es una ciudad joven, mucho más jóvenes que Burgos, Santiago, Pamplona, Barcelona o Valencia.

- Todos los reinos peninsulares, sin excepción, son anteriores a la irrupción de Madrid en la historia.

- Esto hace que exista en toda la periferia identidades y tradiciones específicas y muy ricas, pero no así en Madrid.

- Las tradiciones y costumbres madrileñas de las que se tiene constancia se forman en los siglos XVII-XVIII y especialmente en el XIX son, pues, recientes, y desde luego muy posteriores a la formación de las tradiciones satures, leonesas, castellanas, vascas, o a las procedentes de los antiguos reinos y condados catalano-aragoneses.

Para colmo, el crecimiento originario de Madrid se debe sobre todo a que ha sido elegida como lugar en el que se asienta la Corte. Madrid crece porque es corte y quien desea algo de la realeza debe de acudir a Madrid para obtenerlo.

Madrid está en el eje de las dos Castillas… pero es otra cosa y siempre ha aspirado a ser otra cosa diferente a Castilla, al margen de que la ciudad tomara partido por el bando comunero antes de ser sede capitalina. Con el paso del tiempo Madrid ha sido poblado por gentes que iban a Madrid, vivían en Madrid, pero no eran de Madrid. Aún hoy es difícil encontrar madrileños de origen en la capital y si ellos lo son, los padres de estos son de cualquier lugar de España. En apenas 100 años, Madrid ha pasado de estar poblada por 500.000 habitantes a tener en toda la provincia 6.500.000 de habitantes. Es difícil encontrar algún madrileño cuyos abuelos hayan nacido en la capital.

Madrid es una ciudad hecha a base de migraciones interiores venidas de todos los puntos de España. Barcelona, por su parte, solamente registró llegada de inmigrantes de otros puntos de España durante la primera revolución industrial e incluso entonces los principales contingentes seguían procediendo de las zonas rurales deprimidas de la propia Catalunya que tenían mucho más reforzado incluso que los propios barceloneses de origen su identidad regional. Esto ha hecho que la tradición catalana pudiera pervivir –hasta cierto punto- en el seno de la modernidad.

El proceso de formación de la población madrileña ha tenido otras consecuencias. Madrid creció con aportaciones por goteo procedentes de todas las regiones. El hecho de que fuera por goteo dificultó el que esos contingentes, una vez llegados a la capital, conservaran sus tradiciones y su identidad regional de origen. Madrid se convirtió en eso que Camilo José Cela llamaba “una mezcla de Navalcarnero y Kansas City poblada por subsecretarios”.

No es raro lo que siguió: a la inexistencia de una tradición específicamente madrileña siguió la identificación del casticismo madrileño con lo español. Dicho de otra manera: desde Madrid es muy difícil percibir la riqueza regional de España y se tiende a considerar esa riqueza como rival y concurrente de “lo español”. Desde Madrid apenas se percibe que Catalunya es infinitamente más que ERC y Euskal Herria mucho más que el PNV. La falta de tradición específicamente madrileña hizo que “lo madrileno” y “lo español” se confundieran. Y “lo español” terminó siendo visto desde Madrid como concurrente de “lo regional”.

Aún hoy es frecuente que los catalanes se sientan “catalanes” y no entren en discutir lo obvio que, por historia, también son españoles y por eso se entiende que utilicen un lenguaje propio, tengan unas fiestas propias, unas tradiciones específicas e incluso una forma de ser que, hasta la irrupción del proceso de nivelación operado por la globalización, era acusado y específico. Salvo en sectores muy minoritarios y enfermizos, lo normal en Catalunya es que la selección española de fútbol tenga el mismo seguimiento que en cualquier otro lugar del Estado. A nivel de calle el problema lingüístico no existe y es raro encontrar a algún cenutrio que se niegue a hablar castellano por principio y por pura cabezonería. El problema lingüístico ha sido creado por la clase política y por la reaparición del nacionalismo catalán en los años 60 que ya tenía poco que ver con el regionalismo anterior de Cambó y de la Lliga Regionalista con su carácter católico de derecha regionalista dotado de un proyecto muy claro y rotundo: que los catalanes aspiraran a llevar las riendas de España (y estaba en su derecho a la vista de que en el siglo XIX el empresariado catalán había logrado lo que fracasó en otros lugares de España, la industrialización).

A diferencia del PNV que sostiene la existencia de un grupo étnico diferenciado para basar su nacionalismo, en Catalunya éste solamente podía tener la lengua como elemento diferenciador. De ahí la importancia que el nacionalismo ha puesto siempre en la promoción del catalán. Veinticinco años después de acelerar este proceso, la Generalitat ha terminado comprobando –como le ha ocurrido al gobierno vasco- que el catalán cada vez se conoce más… y se habla menos (noticia leída en el ABC del viernes 20 leída en un bar de la plaza de la Ópera en Madrid). Esta constatación les ha inducido a nuevas medidas de proteccionismo lingüístico por pura desesperación (exigencia de hablar catalán para los profesores universitarios… si Einstein hubiera querido dar clases en Catalunya hubiera debido aprender catalán y su tesis sobre la relatividad habría valido tanto a la hora del currículo como su Nivel C de catalán…) o bien anular toda enseñanza en castellano en Euskal Herria, medidas ambas aprobadas en la semana que concluye.

Paréntesis sobre la “guerra del francés”

Mientras que en Madrid, el jacobinismo fue un producto ideológico de la revolución francesa, en España existió un jacobinismo ante litteram que emergió desde Madrid unido a otros factores (la crisis imperial, la formación de la mentallidad castiza, la irrupción del siglo de las luces y de las ideas de la ilustración, la implantación de la dinastía borbónica) y contribuyó a la laminación de los particularismos de la periferia en beneficio de un centralismo cada vez más nivelador que concluiría bruscamente, no con una revolución, sino con el inicio de la “guerra de la independencia”.

Los hechos que siguieron al 2 de mayo de 1808 tienen mucho más de verdadera guerra civil en el que una España ilustrada partidaria de la renovación del Estado y de la administración sirviendo a la nueva monarquía de José I, se enfrenta a otra España ilustrada reunida en Cádiz y dotada de los mismos objetivos, a la que se añaden una España profunda que combate desde las guerrillas; los primeros est´n apoyados por los ejércitos napoleónicos y los segundos por los ejércitos ingleses de Wellington. Las ideas de la ilustración y de las luces estaban presentes en ambos bandos y ambos bandos encontraron el mismo impulso ideológico solo que uno creyó que José I podía encarnar las ideas de reforma y los oros creyeron que podían ser encarnadas por Fernando VII. Obviamente, unos y otros se equivocaron.

De hecho, el 2 de mayo es importante porque sobre él se cimenta el mito (entendido en el sentido positivo y soreliano de “idea indiscutible”, situada por encima del razonamiento lógico) del nacionalismo español. El cuadro de Goya sobre los fusilamientos de la Moncloa, el bando del Alcalde de Móstoles, el “¡Se nos los llevan!” (marcado hoy a pocos metros de la entrada principal del Palacio Real), se convirtieron en dramáticas declaraciones de independencia de la “Nación Española”.

Además, el hecho de que el primer centenario del 2 de mayo, tuviera lugar a muy poca distancia de la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, hizo que el tema de “la revuelta contra el invasor” dominara sobre cualquier otro factor. Lo que nos había hecho el extranjero en Cuba, rememoraba lo nos había hecho el otro extranjero en 1808. Ambos hechos contribuyeron a exacerbar ese frente del rechazo que fue el nacionalismo español y el desprecio hacia todo lo que procedía del exterior, tics que todavía conservan buena parte de los nacionalistas españoles en sus últimas trincheras.

Finalmente se consiguió la victoria sobre “el francés” como suma de muchas circunstancias (desgaste de los ejércitos napoleónicos tras el fracaso de su marcha hacia Moscú y unido a la eficacia de las tropas inglesas desplegadas en España). También sería erróneo no recordar que entre los 12.000 exiliados afrancesados (a los que hay que sumar el séquito de cada uno de ellos, compuesto por familiares, sirvientes, secretarios, etc., que probablemente elevaran la cifra hasta 50-60.000 personas) pertenecientes a todas las clases sociales, la inmensa mayoría de ellos no tenían conciencia de haber “traicionado a España”. Los bandos del “intendente de Segovia” (cargo equivalente al de delegado del gobierno) de origen catalán, aventurero y explorador, Domingo Badía, más conocido como “Alí Bey”, son ilustrativos a este respecto.

Cundo Alí Bey retorna de su viaje a La Meca como primer europeo que, disfrazado de árabe, ha conseguido entrar en la Gran Mezquita, ver la Kaaba y dar las res vueltas rituales en torno suyo, el 9 de mayo de 1808, corre inmediatamente a Bayona sin preguntar nada, para ponerse al servicio de Carlos IV. Éste le dice que “España ha pasado a Francia en virtud de un pacto” y que se ponga al servicio de Napoleón para lo cual le da una carta de recomendación. Domingo Badía se presenta ante Napoleón, departe con él sobre Egipto y, a partir de ese momento empieza a trabajar para la administración de José I, como intendente de Segovia.

Sus biógrafos, dada a relevancia del personaje, nos han detallado su drama: las tropas francesas cada vez exigen más, especialmente después del desembarco inglés. Los guerrilleros queman las cosechas, roban los almacenes y sabotean la producción… pero da la sensación de que no se trata de un movimiento organizado, con un mando único y que responde a una estrategia militar unificada, sino que estamos ante un fenómeno muy similar al bandolerismo en el que unos grupos situados en la montaña sabotean para sobrevivir y han entrado en una dinámica de vendettas más que de operaciones de guerrilla rural propiamente dichas.

Para colmo, el ejército francés, poco dotado para la política, considera que España es “territorio ocupado” y, por tanto, son dueños de comportarse como en cualquier otra país doblegado militarmente, buscando el botín y el saqueo. Muchos de los mariscales hacen un juego propio: enriquecerse al máximo en menos tiempo. Las exacciones están a la orden del día y los militares ni siquiera respetan a la administración que surge en torno a José I de quien, a estas alturas, no cabe la menor duda que aspiraba a una profunda reforma y modernización del país. La España de 1808 es un gigantesco caos inestable e ingobernable en el que se esté donde se esté, se está siempre en el lugar equivocado y/o difícil

Malasaña, Agustina de Aragón, el timbaler del Bruch, los guerrilleros de La Mancha y de Castilla, de Andalucía ¿han hecho bien luchando por Fernando VII el más  bandido y vil que haya visto la institución monárquica en lugar alguno de la tierra? Unos terminarán en el bando liberal, otros gritando “viva las caenas”… El mito fundador de la nación española estalla pronto a poco de terminado el conflicto. Se ha luchado contra el opresor y por Fernando VII que, a poco de llegar, se convierte en el opresor…

Esta no es la menor de las contradicciones de aquella época: los grandes nombres de nuestra marina –y nuestra marina entera que jamás se recuperó precipitando la desconexión con las colonias de América- muertos en Trafalgar combatieron codo a codo junto al almirante Villeneuve y los marinos franceses… algo que frecuentemente se olvida, pocos años antes de 1808. La Francia napoleónica y la España de Carlos IV eran naciones aliadas. Los afrancesados durante la Guerra de la Independencia estaban donde siempre habían estado, al lado de Francia y al lado de Carlos IV… que finalmente firma los acuerdos con Napoleón (que despreciaba a todo lo borbónico) el cual pone como rey a su hermano.

Como todo mito –y la Guerra de la Independencia es un “mito fundacional”- funciona siempre y cuando sea indiscutible. Y este mito tiene sobre todo impacto en Madrid con los hechos del 2 de mayo. Cuando se cumpla en Barcelona el bicentenario de la sublevación frustrada contra los franceses, se recordará muy poco a los menestrales escondidos en los tubos del órgano, detenidos allí y fusilados en la playa del Somorrostro por las tropas napoleónicas y, en cualquier caso, en el resto de España tendrán un nivel de conmemoración menor que el que ha tenido lugar en Madrid.

Los hechos de 2 de mayo en Madrid, desarrolados sobre todo en la capital, dan a los madrileños la sensación de que ellos tienen la patente de la idea de España Nación y contribuye a aumentar el distanciamiento entre la periferia y el centro y hacer del centro el intérprete de “lo español” y el único detentador de la patente de marca.

Por otra parte, a lo largo del siglo XIX cuaja el “casticismo” que ya se había adivinado desde mediados del siglo XVIII cuando empiezan a ponerse de relieve las reformar de los primeros Borbones y Madrid experimenta un salto cualitativo y empieza a ser “capital” y no solamente “sede de la corte”. La segunda parte de nuestra digresión irá precisamente centrada en el casticismo entendido como intento de creación de una tradición madrileña propia.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yhoo.es – http://infokrisis.blogia.com

 

Reflexiones sobre la crisis de la idea de España (I)

Infokrisis.- Los problemas internos del PP han resucitado la sensación de que el PP quiere relativizar su patriotismo y dejar de enfatizar la “unidad nacional” abriéndose a los nacionalismos. Así pues, está claro, la “unidad nacional” peligra y ha llegado el momento de abandonar cualquier otro tema de agitación para concentrarse en la defensa de “España”. Pero ¿realmente es así? ¿O se trata más bien de un error en la evaluación de la situación?

 

1. Tranquilizarse, que la “unidad de España” no corre más peligro del que ha corrido hasta ahora

Efectivamente, parece que María San Gil alberga las mayores dudas sobre la futura línea política del PP que saldrá aprobada en el próximo congreso. Eso se la hecho perder toda la confianza en Rajoy. Está en su derecho, pero lo que ha ocurrido ahora no es algo que no haya ocurrido antes en el PP.

Baste recordar que cuando Aznar venció las elecciones de 1996, mientras los alegres muchachos de las Nuevas Generaciones coreaban aquella consigna de “Pujol enano, habla en castellano”, Aznar, sonriente en la tribuna de Génova los miraba y pensaba ya en cómo pactar con esos mismos nacionalistas denostados por las bases. Y lo hizo.

En aquella legislatura, Aznar se atrevió a decir la cursilada increíble de que “en familia hablaba catalán” sólo para agradar a los nacionalistas y aún hizo más: accedió a desplazar de la dirección del PP catalán a Aleix Vidal-Quadras a petición de Pujol. En efecto, con Vidal-Quadras en la dirección del PP se corría el riesgo de que creciera demasiado y fuera lamiendo, elección tras elección, al electorado del cinturón industrial de Barcelona defraudado por la política de catalanización llevada a cabo por CiU y decepcionada por la política aun más catalanista del PSC y la todavía más de IU.

Accediendo a las exigencias de Pujol, Aznar pudo mantenerse durante cuatro años en el poder y obtener luego una mayoría absoluta que le permitió desembarazarse de tan molesta compañía.

Así pues, si Rajoy opta como línea política por pactar con nacionalistas no habrá hecho nada que no hubiera hecho antes Aznar, ni nada que Fraga –el inefable “padre de la constitución”- no hubiera previsto antes. Porque, en efecto, la constitución pactada en 1978, estaba diseñada de tal manera que los dos partidos mayoritarios bendecidos por la Ley d’Hont deberían necesariamente recurrir al concurso de los partidos nacionalistas periféricos para poder gobernar en caso de que no tuvieran mayoría absoluta.

¿Qué novedad hay pues en la nueva situación creada en el interior del PP? Absolutamente ninguna. Es la vieja historia de siempre. Centro-derecha y centro-izquierda están OBLIGADOS a contar siempre con los nacionalistas periféricos si quieren gobernar de manera estable cuando no tiene mayoría absoluta.

2. El “debate ideológico” en la derecha

Ni Rajoy renuncia a la defensa de la unidad de España, como no lo hizo ayer Aznar y como no entraba en las previsiones de Manuel Fraga en 1978. A un partido como el PP lo que realmente le interesa por encima de cualquier otra cosa es el ejercicio del poder. ¿O es que vamos a pensar que los miles de concejales y cargos electos del PP están ahí por una “convicción doctrinal” y para “servir al pueblo”? Están ocupando cargos públicos como los de cualquier otro partido mayoritario, sabedores de que los buenos negocios se realizan a la sombra del poder. Nada más.

Resulta absolutamente grotesco que Esperanza Aguirre aludiera a que su interés era suscitar un “debate ideológico” en el seno del PP… ¿Debate ideológico? ¿de qué? En el PP no existen corrientes ideológicas –como tampoco en el PSOE- lo que existen son familias de intereses. Estas familias, a efectos de encontrar justificantes presentables para dar carta de naturaleza a su existencia, aluden a “ideologías”. Mala cosa sería si aludieran sólo a “Yo estoy con Espe por que con ella trinco y, en cambio, no soy del círculo de amigos de Gallardín…”. En lugar de eso, parece más “elegante” plantearlo como una lucha de “liberales” contra “centristas”...

En los partidos democráticos españoles el debate ideológico no interesa a nadie. Lo único que interesa es que los ponentes de línea política en cada congreso sean capaces de establecer un programa capaz de hacerles tocar poder. Nada más. Unas veces aciertan y otras se equivocan, pero se trata solamente de eso: de establecer unas líneas que atraigan al mayor número de votantes. ¿Y la ideología? Bien gracias… en el baúl de los recuerdos de otro tiempo.

La diferencia entre la anterior etapa de Rajoy (2004-2008) y la actual es muy simple: en este cuatrienio, Rajoy siguió exactamente las indicaciones llegadas desde grupos mediáticos que marcaban la línea de su partido. Creyó que insistiendo en la participación de ETA el 11-M durante dos años, creyó que movilizándose un fin de semana sí y otro también contra la política antiterrorista del gobierno y que centrándose en los destrozos ocasionados por la ausencia total de convicciones de ZP en materia de vertebración del Estado, iba a llegar al poder. No ha sido así. Todo esto no fue suficiente como para olvidar la pesada herencia del aznarismo (ver artículo en Infokrisis: “Aznar y su puta guerra de Irak”).

Con todos estos temas a la espalda, Rajoy llegó con el pie cambiado al 9-M. En ese momento, ya nada de todo esto interesaba. ZP había dejado atrás todas sus “cagadas” políticas –repetimos conscientemente lo zafio de esta expresión: “cagadas políticas” porque llamar “ingeniería social” a todos los proyectos que ZP puso en marcha en sus dos primeros años de legislatura es demasiado cursi para almas nietzscheanas como la nuestra- y bastó un muerto socialista cuatro días antes de las  elecciones para que el electorado olvidase que durante casi tres años, la política antiterrorista de ZP fue un auténtico desastre nacional. Bastó que en el último año, los anuncios estatales de TV fueran firmados por “Gobierno de España” para que el destrozo organizado por ZP en materia de vertebración del Estado, quedara olvidado para el electorado y relegado a un oscuro recuerdo muy secundario.

Cuando llega el 9-M, el PP no ha previsto que ZP se presentaría con otro programa electoral que sería la negación de todo lo que había hecho hasta entonces y que el gran problema de la campaña sería la situación económica… para la que el PP no estaba en condiciones de insistir mucho en la medida en que hasta ese momento ¡el PP había elogiado reiteradamente la política Solbes como “continuista” en relación a la practicada durante ocho años por el PP!

El PSOE no lo pudo hacer peor, pero lo realmente sorprendente es que en esas condiciones, en ningún momento de la legislatura, ni siquiera en los momentos más duros del debate sobre el “estatut de Catalunya” y del atentado a la T4, el PP pudiera adelantar en intención de voto al PSOE. El PSOE lo hizo mal. Pero el PP no pudo hacer peor su tarea de oposición.

Para un partido como el PP, en el que la ideología es una mera coreografía a efectos de aproximarse al poder, y en donde no hay gran cosa de profundo, el único problema lo acaba de plantear Gallardón en ABC: el PP perdió porque no se supo presentar como un partido centrista. Y tiene toda la razón. El centro es la ambigüedad: gana quien es lo suficientemente ambiguo para que todos quieran ver en una sigla aquello a lo que aspiran.

En el momento en el que el PP recupere el “centro político” y credibilidad como partido centrista, volverá al poder. Así pues, el debate ideológico en la derecha –como en la izquierda- no es más que una discusión sobre lo que puede dar más o menos votos. Nada más.

3. El PP y los nacionalismos periféricos

Aznar pactó con el PNV y con CiU. Negoció con ellos los presupuestos de 1997-1999. Y el PP lo volverá a hacer todas las veces que haga falta. Esto no gusta especialmente a los militantes del PP que viven en las autonomías más conflictivas, especialmente en Catalunya y Euskalherria. Especialmente a los que más se han comprometido en sus opiniones políticas antinacionalistas o bien que han sido puestos en el índice por los nacionalistas, como le ocurrió a Vidal-Quadras.

En nacionalismo catalán y vasco no van a pactar con nadie que les impida proseguir el proceso de “construcción nacional” que han iniciado desde hace treinta años. El nacionalismo no es algo radicalmente diferente al resto de los partidos mayoritarios. De hecho, algunos solemos aludir a la “banda de los cuatro”: dos partidos nacionalistas y dos partidos estatalistas.

Salvo algunos fanáticos del PNV que estarían dispuestos a una Euskalherria deshecha pero independiente, la inmensa mayoría de nacionalistas son pragmáticos: les importa mucho más trincar que enzarzarse en “construcciones nacionales” que son apenas una simple excusa para el saqueo de los fondos públicos. Hoy mismo, en Catalunya se sigue subvencionando la edición de libros en catalán… ¿todos? No, solamente los libros editados por los amigos del poder, no por cualquiera. Ser nacionalista no es más que una forma de velar por los propios intereses individuales poniendo la idea de “construcción nacional” al servicio del propio bolsillo.

Los partidos nacionalistas intentan proseguir una política de “construcción nacional”, no tanto por fidelidad a sus raíces ideológicas como por pensar que en un marco “nacional” creado ad hoc, pueden crecer más y mejor.

Seríamos ingenuos si pensáramos que los partidos nacionalistas son diferentes a los dos partidos estatalistas: la misma es la naturaleza de su clase dirigente, los mismos son sus intereses, la misma es su mentalidad pequeño-burguesa consistente en reducir la política a un mecanismo para obtener mayores beneficios con el mínimo esfuerzo, etc.

Las luchas entre los distintos partidos de la “banda de los cuatro” no son en absoluto por convicciones políticas sino por intereses personales. Quien gana lo obtiene todo ¿o acaso sabéis de algún político que haya tenido que trabajar después de abandonar el cargo?

4. ¿Estamos asistiendo a la desintegración de España?

Desde las elecciones no hemos vuelto a ver los anuncios signados como “Gobierno de España”. Y ahora sólo faltaba que el PP abandonara la “trinchera patriótica” justo en los momentos en los que CDC intenta “refundar el nacionalismo catalán” convirtiéndolo en independentismo atenuado puro y simple e Ibarreche se apresta a convocar elecciones anticipadas si fracasa su plan soberanista. Todo esto son malas señales para el patriotismo español que percibe estos movimientos como un nuevo impulso centrífugo.

Y, efectivamente, es un impulso centrífugo… atenuado. Todos los planetas giran en torno al sol con un movimiento centrífugo… que es atenuado por la atracción gravitacional del sol. La mayoría de nacionalistas periféricos cultivan las declaraciones de independentismo altisonante como tributos de cara a su electorado. Su cálculo consiste en alcanzar techos autonómicos suficientemente avanzados como para depender lo menos posible del Estado –controlando, lo más importante, los recursos económicos de la autonomía- pero sin llegar a escindirse completamente en cuyo caso deberían asumir costes adicionales (en defensa y exteriores, fundamentalmente) que reportarían más gastos que beneficios.

Si realmente algún partido político tuviera intención de llevar al límite sus reivindicaciones nacionalistas extremas (la independencia), ya lo habría hecho. Pero falla el marco jurídico europeo. La UE es una “unión de Estados nacionales”, no de regiones libres y autónomas y difícilmente los países de la UE darían el visto bueno a secesiones en uno de sus países miembros para que el proceso se repitiera luego en el interior de cada uno de ellos.

La “unidad de España” no está en peligro, porque nadie está interesado en asumir unos costes tan excesivamente altos como los que implicaría las secesiones autonómicas en cadena que se producirían. Hay muy poca gente tan estúpida como Carod-Rovira, perfectamente conscientes de que un proceso secesionista, literalmente, hundiría económicamente a Catalunya… y aún así, anteponer su fanatismo independentista propio de conversos al bienestar de los catalanes: entre una Catalunya rota y una Catalunya vinculada al Estado Español, Carod prefiere lo primero sin inmutarse... Hay en ello algo enfermizo. El independentismo catalán y vasco es propio de adolescentes o de neuróticos afectados por un complejo de culpabilidad personal (por cualquier motivo) que les lleva a redimirse considerando que siempre hay alguien “más culpable” que ellos: España. El independentismo no es un fenómeno político, sino psiquiátrico. No evidencia una voluntad de “construcción nacional”, sino un déficit de conocimientos políticos y de cultura general. El verdadero problema es otro.

Hoy no es la “unidad de España” lo que está en peligro. El verdadero peligro es la unidad del régimen surgido de la Constitución de 1978. Y no es lo mismo.

La crisis es la de la Constitución de 1978 que en su misma redacción encerraba los mecanismos de su propia disolución y de su crisis. En el momento en que una ley fundamental crea un marco jurídico en el que lo importante no es ser representativo de las distintas corrientes de opinión, sino garantizar que permanentemente el poder va a seguir en las manos de la “banda de los cuatro”, y en lugar de garantizar mecanismos de honestidad y transparencia política, de lo que se preocupa es de un sistema de pesos y contrapesos, de equilibrios tendentes a crear un marco mucho más PLUTOCRATICO y PARTITOCRATICO que democrático, es evidente que un sistema así concebido, antes o después entrará en crisis por que las ambiciones de los gestores de la periferia sentirán que pueden obtener más beneficios aumentando la burocracia autonómica y reduciendo al mínimo imprescindible la burocracia estatal.

¿Es posible que la crisis de la Constitución haya arrastrado la crisis de la idea de España? No, ambas son dos crisis de naturaleza diferente. Un Nación es anterior y superior a su marco jurídico que es, por definición, temporal y modificable. La crisis del Estado de las Autonomías y, por tanto, de la Constitución, va por un lado, pero la crisis de la idea de España discurre en otro plano y es anterior a la propia Constitución.

5. Pero ¿está en crisis la idea de España?

Claro que está en crisis. ¿Cómo no iba a estarlo? La crisis de la idea de España es una crisis de inadecuación al tiempo nuevo. El nacionalismo español actual es idéntico al que se respiraba tras el desastre del 98… ¡pero la sociedad ya no es la misma! Desde el 1898 el nacionalismo español no ha sido reactualizado. Salvo la “generación del 98” nadie ha vuelto a reflexionar sobre

         - el papel de España en la modernidad

         - la identidad española

         - sobre la historia de España

         - sobre el modelo de Estado

El nacionalismo español hace gala cada vez más de una profunda inadecuación al tiempo nuevo, un tiempo que no dará marcha atrás, sino que cada vez más se alejará de la situación de 1898 y del primer tercio del siglo XX. En esas condiciones ¿qué atractivo tiene la idea de España para las nuevas generaciones?

Hay que reconocer que en los años 70 existieron algunas reflexiones bienintencionadas sobre la vertebración de España en el futuro. De estas reflexiones surgió la idea del “Estado de las Autonomías” que no debía ser inevitablemente negativa. Pero tras 20 años de Estado de las Autonomías hemos visto como éste se saldaba con un fracaso absoluto. El Estado de las Autonomías nunca ha sido una realidad estable: siempre se ha visto sometido a tensiones crecientes (generadas por los intereses de las clases políticas autonómicas y por su rapacidad sin límite ni mesura) y hoy puede considerarse como un fracaso histórico sin precedentes.

Pero el reconocimiento de este fracaso no implica volver a unos modelos anteriores completamente superados e inadecuados en el siglo XXI. Hoy sabemos que muchos conceptos sobre el origen étnico y cultural de España que han dominado en el siglo XX son completamente falsos. Hoy los avances de las ciencias humanas, del análisis genético de las poblaciones, de la historia, nos permiten establecer un marco mucho más preciso sobre la Identidad Española que el que podíamos tener hace 15 ó 20 años. Hoy, más que nunca, es posible iniciar sobre la base de elementos nuevos, una revisión de la historia de España, de nuestro origen y de nuestras necesidades de la sociedad española que nos servirá para establecer un nuevo marco del patriotismo español en el siglo XXI, insertado en otras realidades imprescindibles: la realidad europea, especialmente.

© Ernesto Milà – Infokrisis infokrisis@yahoo.es -  http://infokrisis.blogia.com

 

 

Un texto esrito hace 22 años: "Por un futuro alternativo". Revista Totalité

Infokrisis.- Jamás he sido coleccionista de lo que escribo ni siquiera guardo ejemplares de los medios convencionales que han publicado artículos míos. Sin embargo, me ha producido una cierta satisfacción haber encontrado, precisamente en Internet, un texto escrito hace 22 años en una situación personal y anímica muy diferente y en medio de una situación política absolutamente diferenciada. El texto había sido elaborado en la prisión Modelo de Barcelona en la que permanecí 12 meses porque un juez poco equilibrado y con fama de excéntrico me había enviado por delito de "manifestación ilícita". Fue en ese tiempo en el que Vázquez Montalbán decía que yo experimentaba una permanente sensaciónde exilio interior. Pues bien, ese exilio interior se trasluce en este texto que hoy no sería capaz de redactar, pero en cuyas respuestas creía sinceramente hace 22 años. El texto fue inicialmente solicitado por la revista francesa Totalité, publicada por el embrión de lo que luego sería la Editorial Pardes. En aquel momento, Totalité estaba considerada como la revista "de referencia" para los que, como yo, seguíamos los enfoques ideológicos de Julius Evola. De hecho, el texto estaba inspirado por la lectura de Cavalgar el Tigre que, poco después empecé a traducir para Editorial Thor junto a un querido amigo.

En aquel momento, la polémica en el interior de los medios "evolianos" era en torno a las "desembocaduras" de la obra de aquel que fue nuestro maestro pero que nunca aspiró a ser otra cosa más que un "hombre diferenciado". La obra de Evola en efecto es polimorfa, no solo por el tratamiento de los temas sino por su enfoque. Después de la II Guerra Mundial, Evola escribe sus dos grandes obras "políticas": Los hombres y las ruinas y El Fascismo visto desde la derecha. En la primera anima a los "hombres diferenciados" a descender al terreno de lo políticoy "mojarse" en la acción. De esas orientaciones surgirá Ordine Nuovo y Avanguardia Nazionale, junto a sectores del MSI dirigidos por Adriano Romualdi que harán suyo el pensamiento evoliano. Sin embargo, poco antes de irrumpir la contestación de los años 60, Evola lanza su última gran ora, Cabalgar el tigre, en la que niega las posibilidades de éxito de una "acción exterior", es decir de la acción política. ¿Cuál es la orientación "buena"?, ¿el Evola militante o el Evola escéptico?
En lo personal, había sostenido entre 1973 y 1982 las bondades del activismo político. Los cambios habidos en la sociedad española, la imposibilidad de realizar un trabajo militante, me impulsaron a abrazar al "último Evola", el escépticol. Y el texto que una desconocida página web ha recuperado y traducido del francés, fue mi aportación al debate de la época del que la revista Totalité se había erigido como portavoz de la corriente antipolítica.
¿Y ahora que pienso de todo aquello? No fue una polémica absurda, sino un intento de buscar salidas al planteamiento doctrinal propio del "pensamiento tradicional". Hoy creo que la polémica está superada: son dos vías para dos tipos de carácteres distintos. La vía de la acción política es aquella que se adapta particularmente a un tipo de carácter activista; la vía del "cabalgar el tigre", es la vía de quienes tienen una vida interior particularmente rica e intensa y, por las razones que sean, no se sienten particularmente proclives a la acción politica. No son, en definitiva, más que dos enfoques de un mismo tipo de pensamiento.
Sigo siendo "tradicionalista" en el sentido que fue definido como por Julius Evola y René Guènon. Por eso no me interesan las discusiones doctrinales. Probablemente, la mejor forma de seguir siendo "tradicionalista" es mantenerse al margen de los medios evolianos y guenonianos. En definitiva, aquí está este texto añejo y que alguien, desconocido para mí, se ha tomado la molestia de rescatar y traducir. Gracias a quien haya sido.

Un proyecto alternativo

Ernesto Milá

El “pensamiento tradicional” posee una serie de ventajas subjetivas: por una parte, es un pensamiento que no puede asumirse de manera doctrinaria, sino que es necesario vivir y practicar; es un pensamiento que se ve privado de límites: es una síntesis que afecta todas las ramas del saber y del conocimiento; facilita la elaboración de un modelo interpretativo que permite analizar todas las tendencias de la civilización (sexualidad, ecología, política, estética, ética, ciencias, etc.); es un pensamiento operativo (a través de la acción, a través de la meditación, a través de la investigación in situ de las ciencias tradicionales, etc.); es un pensamiento perfectamente definido que ayuda establecer barreras diferenciadoras, sin equivoco posible, entre el pensamiento moderno y ella misma; por último, es un pensamiento que ayuda establecer el significado de la crisis actual, su inclusión en una visión cosmogónica del mundo y del papel del hombre que quiere escapar del mundo del devenir para descubrir el del ser en la crisis actual de civilización. Aunque, en este caso, es necesario vivirla intensamente, se podrá también añadir que el pensamiento tradicional, por su radicalismo, permite al hombre que lo asume y lo experimenta, poder, más que cualquier otro, enfrentar y sobrevivir a las desintegraciones que se acercan: hoy día es quizá ya imposible salvar la humanidad que avanza hacia las últimas consecuencias de su "huida hacia adelante", pero es aún tiempo de salvar nuestro ser.

OBJETIVOS, ESTRATEGIA Y TÁCTICA

Lo hemos dicho: para nuestra generación, luchar por un simple cambio de Gobierno es un objetivo tan tenue que no merece la pena de ser tenido en cuenta; un cambio de sistema que sería problemático y complicado no es tampoco un objetivo válido. ¿Se puede imaginar que el poder de las multinacionales, el poder de los imperialismos va a dejar el campo libre una nueva sociedad? Al contrario, va a precipitar la crisis destructiva, que abrirá únicamente las puertas al único objetivo por el que valga la pena luchar: el advenimiento de una nueva Edad de Oro, la Revolución del siglo XXI.

La Edad de Oro es el objetivo de una larga marcha de vuelta a los orígenes, el resultado de un triunfo del reino de la calidad sobre el de la cantidad, de lo Absoluto sobre lo relativo, de lo espiritual sobre lo material, de lo eterno sobre lo temporal, del ser sobre el devenir, de lo trascendente sobre lo contingente, en definitiva del Orden sobre el Caos.

Hoy día, en la noche obscura de Occidente, como antes del Solsticio de invierno, el Sol parece no recalentar más la tierra y perderse en el espacio infinito, hundiendo el planeta en el frío y la noche. Es preciso, incluso si solo se trata de un pequeño puñado de hombres, ser capaz de permanecer de pie, en vigilia, en el curso de la noche caótica del tiempo moderno, ya que el día del Solsticio de invierno es, finalmente, el anuncio de la nueva primavera que vendrá y de la victoria del Sol sobre las potencias telúricas de la noche y la oscuridad. Este pequeño puñado de hombres en vigilia debe hoy ya, y desde ahora, organizarse, ser el espejo de la nueva edad de Oro, ser un punto de referencia para el que busca una orientación, una pista, una guía; debe constituir una roca en el océano, ante las desintegraciones que anuncian las señales del tiempo; debe ser comparable a los alquimistas de la disolución moderna que, utilizando el elixir de la Tradición, coagulan este Edad de Oro.

En lo que los concierne, hoy, su reino no es de este mundo; es posible que estén físicamente aquí pero sienten sus cuerpos exiliados sobre de este planeta que ya no nos destila más que la miseria espiritual y la tragedia material. Se sienten extranjeros esta tierra y sus estructuras, sus leyes, sus instituciones y sus fronteras; participan en otra realidad, más elevada, demasiado elevada para permitir al hombre participar en la civilización moderna y de integrarse y darse cuenta. Pero al igual que una colonia de exploradores aislados sobre otro mundo, se ven obligados a construir, allí donde se encuentran, esta nueva sociedad que llevan en ellos; no se resignan solamente a vivir el "pensamiento tradicional", no quieren solamente constituir una referencia abstracta: quieren llevar a la práctica lo que llevan en ellos a fin, para emplear una vez más las palabras de Hofmansthal, que "los que velan en la noche obscura, dan la mano a los que nacen en la nueva alba". Y de allí surge una estrategia precisa: la contrasociedad.

Los "hombres de la Tradición" viven en el "mundo moderno" que experimentan y consideran como su lugar de exilio. Pero esta sensación causa en ellos un deseo de libertad. Deben pues aprovecharse de las características, de los mecanismos, de las posibilidades de la sociedad moderna para crear la nueva sociedad de la Edad de Oro: tienen que vivir de su trabajo, por eso estos hombres pueden agruparse en cooperativas de producción y consumo, pueden construir cooperativas de artes gráficas, cooperativas artesanales o agrícolas; con este fin, pueden pedir créditos a los bancos, a las instituciones de ayuda; pueden pedir exenciones de impuestos; pueden recurrir a las instituciones sociales; no deberán enajenarse trabajando en las obras y las grandes fábricas, en los inmensos cadenas de producción; serán los propietarios de su propio trabajo; no trabajarán para acumular grandes fortunas, sino para adquirir el mínimo indispensable la supervivencia. Esta red de hombres que desean del otro modelo de sociedad podrá, gracias a sus iniciativas personales, estar en condiciones de constituir redes que cubrirán todas sus necesidades vitales.

Entre ellos, los que son médicos responderán a las necesidades sanitarias, redescubrirán la medicina natural; otros, que sientan la llamada la tierra, experimentarán los viejos sistemas de cultivo, producirán alimentos sin agentes, sin aditivos y sin carroña; los que se sienten atraídos por la comunicación y la información, utilizarán sus propias imprentas, sus radios libres y crearán pequeños boletines periódicos, revistas donde analizarán la información, los acontecimientos de la "otra humanidad", no se limitarán informar de los hechos con objetividad sino, además, guardarán sus distancias." Los que son atraídos por las artes manuales constituirán el equipo que elaborará todo lo que es necesario el hábitat (muebles, vestidos, objetos de consumo, etc.) de estos nuevos civilizadores. Se sentirán tan alejados de la sociedad que un simple combate electoral, un cambio de Gobierno o una crisis económica no los afectará; serán "apolíticos" al sentido griego del término: no por desinterés por la política, sino por menosprecio y por deseo de tomar sus distancias con respeto a los hombres políticos, sus esquemas y sus instituciones.

Los deseos culturales estarán cubiertos por profesionales de la cultura; los profesores se agruparán en escuelas libres, no sometidos al control del Estado. Aparecerán escuelas diferenciadas para los que se sienten sobre todo atraídos por la vocación ascética, así como escuelas guerreras para los que llevan en ellos el fuego del combate y la acción, escuelas profesionales para los que se sienten atraídos por el trabajo de las materiales y las formas, las escuelas campesinas destinadas los que quieren identificarse con una tierra y con su llamada - en definitiva, una enseñanza para que los hombres sean verdaderamente hombres, íntegros en su virilidad, y para que las mujeres sean mujeres en su femineidad; de esta manera finalizará la promiscuidad temática de la enseñanza moderna; se tenderá diferenciar los caracteres, a observar las tendencias innatas de los jóvenes. Se organizarán en grupos, según sus afinidades, estando dirigido cada uno de ellos no por el que ha recibido más votos en su favor sino por el que halla llegado lo más lejos posible en las etapas de realización del ser: así resurgirá el viejo sentido de la autoridad y, de nuevo, el Orden triunfará del Caos. Estas comunidades diferentes, dispersas, estarán en interrelación. Las unas y los otros intentarán responder la totalidad de sus necesidades con el fin de reducir al mínimo su dependencia frente al mundo exterior.

Considerarán la ecología y las energías alternativas con simpatía y tratarán de aplicarlos. Buscarán practicar una vida comunitaria; por su ejemplo, intentarán en primer lugar suscitar una convicción teórica y, a continuación, intentarán pasar a la realidad práctica con vecinos y amigos; el proselitismo no constituirá una obsesión y no hipotecará su tiempo: "los que quieren entender, que entiendan". Sus comunidades se distinguirán de las experiencias contraculturales, las palabras autoridad, orden y jerarquía serán sus normas internas. Todas estas redes constituirán los embriones de una contrasociedad ejercitada conjuntamente en la sociedad moderna, pero que no participa más en ella. Se ingeniarán en no tomar parte ninguna de las absurdidades de la sociedad moderna. Si las trompetas de guerra suenan, no será la patria de los banqueros y oligarcas, ni la patria de los políticos corrompidos, ni la de los hombres-masa a quienes servirán, defenderán solamente a su comunidad , procurarán que en tiempos de crisis agudas y destrucción espectacular, su comunidad se repliegue en ella misma. No esperarán que los tanques soviéticos o las bombas de neutrones los destruyan en las trincheras de la Europa social-democrática, de los burgueses conservadores o comunistas tan alienados como los que los combaten. Su patria estará allí donde se encuentra a su comunidad. Pero no serán pacifistas: si deben combatir para defender su comunidad, combatirán, pero no sacrificarán el más grande tesoro del que disponen - su vida - para defender ideales cuyo pobreza no merece incluso el sacrificio de un perro: la democracia liberal, la sociedad del bienestar y del consumo, el proyecto socialista, el "Occidente libre", etc.

Con el tiempo, el debilitamiento y la desintegración de la sociedad moderna se volverán más palpable." Irán acentuándose. Paralelamente, estos hombres que se cuelgan al polo inmóvil de la Tradición irán aumentando. Este embrión de contrasociedad se volverá un germen de contrapoder y este poder tenderá superponerse al poder oficial. No se tratan de crear "jerarquías paralelas", como lo hace la subversión en el curso del proceso de la guerra subversiva: "las jerarquías paralelas nacen para sustituir a las de un régimen considerado como caduco, el contrapoder nace para sustituir a la Edad de Hierro por el Edad de Oro. El contrapoder no debe instalarse por la fuerza, de la misma manera que el luchador de aikido sabe que no es su fuerza la que le dará la victoria o como el practicante de kendo sabe que es su calma y su estabilidad impasible que le hace experimentar la debilidad del adversario. Se trata precisamente de eso: de ser impasible, impasible cara la posibilidad de asistir al advenimiento de un nuevo mundo, impasible ante la crisis, las desintegraciones y los fuegos fatuos, y de seguir, inflexible, su propio camino, colocando ante todo el ejemplo de la fidelidad y el rigor frente al pensamiento tradicional, sin compromiso, sin expedientes, oportunismos y vacilaciones. La impasibilidad de los brahmanes, mucho más que su número - reducido -, les permitió imponerse millones de habitantes de la India y de ser reconocidos y amados como los jefes de las comunidades; no es la cantidad que importaba, sino su calidad interior, su temple y su espíritu de decisión: eran el "motor inmóvil".

Un Project alternative pour les forces nationales ,Ernesto Milá ,Totalité nº 25 , Puisaux 1986

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