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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

ORIENTACIONES

Los micropartidos ultras ven decepcionadas sus maxi-ilusiones

Infokrisis.- Estas elecciones han constituido un holocausto para las ilusiones de los pequeños partidos de los que solamente Rosa Díez ha conseguido colocar su propio escaño. Se ha demostrado que “en democracia” –o a menos en esta pobretona democracia española- los pequeños son cada vez más pequeños y los grandes cada vez más grandes, correlación que se corresponde con la realidad económica que acompaña a la democracia liberal, el liberalismo salvaje, la práctica económica que permite que los más ricos lo sean siempre cada vez más y con los más pobres ocurra que son cada vez más en número y cada vez más pobres en capacidad adquisitiva. A la justicia social que ya conocemos impartida por ese engranaje que algunos se empeñar en llamar “el sistema” corresponde la simétrica “justicia política”. Ni hay lugar para los micropartidos ni lo hay para los pobres en “el sistema”.

Un vistazo a la extrema-derecha

La extrema-derecha no tuvo lugar en nuestro sistema político desde la transición. Ni la extrema-derecha ni la extrema-izquierda. Uno de los pactos de la transición consistió en aislar a los extremismos. Esos pactos hace tiempo fenecieron por el olvido, pero quedó la dinámica impresa en la constitución y en la ley d’Hont que hacen del sistema político español el menos representativo de todos los sistemas europeos.

Aún así la extrema-derecha sigue presentándose invariablemente a las elecciones por aquello de jugar y perder. Desde que Blas Piñar salió elegido diputado en 1979 hasta el 9-M, la extrema-derecha ha vivido un permanente “holocausto electoral” del que nunca termina de reponerse y nunca le incita a la reflexión. En las tres últimas elecciones, la extrema-derecha, sea cual sea, el número de candidaturas que se presentan –cada vez más- obtiene un número estable de votos que oscila entorno a los 30-40.000. En cada convocatoria se “depura” un poco más el sector, pero las siglas olvidadas son reemplazadas por otras nuevas que fenecen al cabo de poco tiempo y así eternamente seguirá sucediendo hasta el fin de los tiempos. Porque a este ambiente no lo salva ni Dios. Repito: ni Dios ni todos los santos de la corte celestial.

En esta ocasión se han extraviado varias siglas: inútil recordar al MSR que se jactó en 2004 de presentar “por primera vez” candidaturas “nacional-revolucionarias” (sea lo que sea eso de lo NR, pues siempre existe un misterio al respecto) en toda España. Alguien se ofendió cuando le dijimos: “oye, lo importante no es presentarse sino obtener resultados apreciables”. Para el MSR no los hubo y hoy es un desvencijado aparejo de “comités centrales”, “federaciones” y qué se yo, que se resiste –por no imagino qué- a disolverse, como decía aquel, como lágrimas bajo la lluvia.

Se ha extraviado el PADE dirigido por el ínclito Cutillas, que pretendió hacer lo que ya existía: un PP bis y que hasta última hora creyó que la “derecha del PP” se iba a apuntar el masa al PADE para luego renegociar su reingreso en el PP. Si hubo surrealismo en política, el PADE la acaparó y Cutillas la encarnó.

Otro extraviado –hay que decirlo- es La Falange, escisión de una escisión (o al revés) que no se presentó porque ya no se llama La Falange, a pesar de que siga funcionando como La Falange, pero estructuró el Frente Nacional sin que La Falange dejara de existir y después de que la otra fracción se escindiera pero no pudiera presentarse a las elecciones con el nombre de La Falange –que utiliza habitualmente- sino con el de Frente Español… ¿ustedes entienden algo? Yo nada. Pero es así.

Junto a estas desapariciones ha habido reapariciones. Diego Márquez, cadáver político desahuciado hace unos años, mira por donde, ha acaparado los restos del voto falangista (quien tiene la sigla FE-JONS tiene el voto azul), reducido a la mínima expresión y, posiblemente, con un 25-30% de “error técnico” y un 200% de autocomplacencia.

Reaparición por reaparición, también han reaparecido los émulos de Blas Piñas a los que ya se les advirtió de partida que su planteamiento difícilmente podía funcionar sobre el papel. De todos los fracasos históricos de la extrema-derecha este es el más llamativo porque ahí nadie puede alegar que no se utilizaron ingentes medios económicos. Tiene gracia que Familia y Vida haya bajado tantos votos como ha obtenido AES. No podía ser de otra manera.

Lo que podemos llamar “candidaturas díscolas”, las de NyR al Senado y de A.u.N. al congreso no se han saldado con nada nuevo ni significativo. Demasiado amateurismo, buena voluntad, pocas ideas, ninguna preparación política y muchos aires de suficiencia para cosechar poco más que el error técnico.

Sobre los carlistas, cabe decir que podemos tranquilizar a la opinión pública anunciando que por la dimensión de sus votos no parecen en condiciones de abordar la cuarta o quinta guerra carlista y da, incluso, la sensación de que les ha caído algún voto que podría haber ido a Ciutadans por la similitud de sigla. En cuanto al Partit per Catalunya, escisión de la Plataforma per Catalunya, la cosa tampoco se ha saldado positivamente.

Y en cuanto a los dos partidos anti inmigración, DN y E2000, hace falta realizar un análisis más pormenorizado. E2000 fue, desde luego, más realista y no anticipó el resultado que iba a obtener. DN, en cambio, se jactó de que alcanzarían 30.000 votos con facilidad. Al final perdieron sólo 3.000 en relación a las anteriores elecciones y se quedaron en 12.000. Podía haber sido peor a tenor de que el partido y su dirección tienen menos luces que una lancha de contrabando.

Por lo que se refiere a E2000 –nuestro partido-, no basta con decir que “hemos ganado votos” respecto a 2004. Los votos obtenidos han sido pocos, sólo que en este partido nadie se hacía ilusiones. El partido fue consciente y reconoció pocas horas después que los resultados obtenidos no se correspondían con las esperanzas depositadas ni con los esfuerzos realizados.

De toda esta campaña, seguramente, el aspecto más odioso ha sido la iniciativa sistemática de DN en Madrid y Valencia de tapar los carteles de E2000. Es difícil intuir lo que pasa por la mentalidad del zumbado que ordenó esta “táctica”, pero sí es fácil presumir el efecto buscado: era cuestión de tiempo que un grupo de militantes de E2000 hicieran papilla a los críos de DN que les tapaban los carteles. El jefe de esa secta en lo que se ha convertido DN, calculaba que un enfrentamiento de este tipo le permitiría aparecer en los medios –aunque fuera en la página de sucesos. Canduela ya probó la “doctrina Ynestrillas”, según la cual cualquier episodio mangantón y/o violento posibilitan estar en el candelero y llamar la atención de los medios de comunicación. Y ¡qué importa si tres o cuatro críos salen descalabrados! Las sectas son así.

Y esto es todo. Nada más. Es decir, poco a casi nada.

En todas partes cuecen habas, pero…

La extrema-derecha puede estar orgullosa en la desgracia. No solamente les ha ido mal a ellos, sino que grupos ecologistas, pequeños grupos antisistema que presentaban listas, grupos estrafalarios de fumadores de cannabis, amigos del motor, y extrema-izquierda, han obtenido todavía menos votos. Claro está que el dudoso honor de ser el farolillo de estas elecciones es el Movimiento Falangista de España con 60 escuálidos votos, pero en su conjunto, a los pequeños les ha ido mal o muy mal.

El problema no es este, sino que el problema consiste en demostrar que queda un mínimo de responsabilidad política. Y esto es algo que, en este momento, no existe, por lo general, en la extrema-derecha. Si las formaciones políticas tuvieran algo de entidad, lo más lógico es que se reaproximaran de cara a las elecciones europeas. Pero hoy, toda reagrupación es imposible. Nadie cree en la extrema-derecha –tan solo algún pelmazo que se obstina en insistir una y otra vez en foros- que uniéndose al de al lado puedan obtener mejores resultados, ni que el problema sea que su línea política tienen menos audiencia que un rasta en una asamblea del Ku-Kux-Klan.

Ya hemos insistido en que DN es una secta mesiánica en manos de un ilumineta que ha llegado al tope de sus posibilidades, ni creemos que AES pueda entender que el tema del aborto no da mucho más de sí planteándolo como lo han planteado, ni por supuesto le digas a un falangista que lo suyo es de otro tiempo. O a uno del MSR le niegues que la santísima trinosofía “federalismo – socialismo – república” tenga menos futuro que Torrebruno contra los Lakers.

El problema de la extrema-derecha es que sus temas son los propios de la derecha (unidad nacional, antiterrorismo) en los que solamente está en condiciones de ofrecer una solución algo más radical que la derecha: en unidad nacional ni hablar con los nacionalistas e incluso liquidar los estatutos de autonomía; en antiterrorismo insistir en la cadena perpetua. En cuanto al “patriotismo social” podría llegar a las masas a condición de que se enunciara con simplicidad y corrección en lugar de emplear retruécanos con sabor a extraño: una cosa es proclamar un “patriotismo social” y otra incomprensible ser “socialpatriota”. Lo primero es una propuesta, lo segundo una autodefinición indefinida.

Sobre la inmigración cabe decir algunas cosas. Es, efectivamente, un gran caballo de batalla, pero eso no quiere decir que todo aquel que levante la bandera de la lucha contra la inmigración masiva va a ser seguido por las masas. Y ello por varios motivos.

El primero de todos es que hay que conocer la temática y no basta con un vago pronunciamiento anti-inmigración. La mayor parte de las cúpulas políticas de la extrema-derecha desconocen la naturaleza del fenómeno y sus implicaciones. Simplemente, van de oídas y desde 2000 su “teorización” sobre este tema no ha progresado al ritmo que lo hacía la inmigración en la sociedad.

Pero es que además, la inmigración en sí y en España puede ser un revulsivo y generar, a partir de la protesta popular que provoca, un formidable impulso político para quien lo utilice y lo sepa manejar diestramente.

El problema estriba en que la inmigración mezclada con otros temas es increíble.

Por ejemplo, va y dice: “los trabajadores estamos contra los inmigrantes… Viva la unidad de España”. Error. Mezclar la velocidad con el tocino no es el mejor camino para llegar a ningún sitio. Lo hemos explicado muchas veces y lo explicaremos por última:

- Los destinatarios de la primera parte del mensaje son los trabajadores que viven en los barrios más castigados por la inmigración.

- Esos trabajadores experimentan una necesidad de liberarse de la presión que supone la inmigración, pero no están dispuestos a seguir una opción “facha”.

- El que se trata de una opción “facha” lo indica la segunda parte del mensaje: “Viva la unidad de España”, mensaje propio de un estilo que remite directamente al franquismo.

- Dado que esos trabajadores están dispuestos a luchar contra la inmigración masiva, pero no a favor del franquismo, el mensaje se neutraliza y se pierde, llegándose al cero patatero y a la vulnerabilidad absoluta: se es vulnerable, porque, en el fondo, se muestran los signos latentes de franquismo.

Sobre este planteamiento no vale la pena discutir: gusta o no gusta, pero es así y así lo han reconocido desde periodistas e historiadores especializados en la extrema-derecha hasta el Instituto Elcano.

La extrema-derecha a fuerza de querer defender la unidad nacional pura y dura, neutraliza el efecto que pudiera tener sobre las masas un proyecto anti-inmigración. Y de este círculo vicioso no se podrá salir nunca en unas elecciones generales, ni siquiera en unas europeas.

Gritar “No a la inmigración masiva” con una camisa azul de a 20 euros vendida por infonacional puede parecer muy patriótico, especialmente si se hace brazo en alto, prietas las filas y con las banderas al viento… pero luego no te quejes si te quedas más solo que la una.

Y, entonces la extrema-derecha dice: “La unidad nacional es irrenunciable”. Fíjate si es irrenunciable que está suscrita por la constitución. Y fíjate si está en peligro que el PP la defiende sin fisuras. Por tanto, competir con el PP a ver quien está más a favor de la unidad nacional es absurdo.

Por lo demás, éste tema de la unidad nacional plantea algunos problemas teóricos: ¿de qué estamos hablando? ¿sirve el mismo concepto de unidad nacional surgido de la crisis finisecular del XIX? ¿si una nación es una unidad de destino, cuando es el destino actual de la nación española? ¿cómo se vertebra la unidad del Estado con las realidades autonómicas? Y ya puestos a entrar en vereda, ¿cómo diablos se vertebra España en Europa? Si es que se vertebra porque las posiciones antieuropeístas tienen su pedigrí en cierta extrema-derecha. Incluso hay preguntas básicas que la extrema-derecha no está en condiciones de responder: ¿Qué diferencia existe entre Nación y Patria? ¿es lo mismo nacionalismo que patriotismo? ¿por qué habría que estar contra el primero y a favor del segundo concepto? Y así sucesivamente. La palabra “España”, por sacrosanta que sea, no cierra el camino a cualquier discusión sobre todo si lo que se pretende es arraigar en los estratos populares. Insiste mucho en “España” y terminarán confundiéndote con el franquismo y así te enajenarás las simpatías de los sectores sociales que están más a favor de la inmigración… las clases trabajadoras que, por cierto, durante el franquismo, en gran medida fueron… antifranquistas y hoy tienden a votar socialista.

Hasta que la extrema-derecha no comprenda que en la frase: “En España, los españoles primeros” ya existe una profesión de fe patriótica sin que sea necesario insistir mucho más en ello y hasta que no comprendan que “España” es un concepto que debe ser, por este orden: ACTUALIZADO, REVISADO y REDEFINIDO, aquí, señores, no hay nada que hacer.

La negación de una negación, es una afirmación

Lo resumimos en una sola frase: no hay futuro en la extrema-derecha, ni siquiera posibilidad de obtener un 3-5% de votos. Se ha demostrado en seis elecciones sucesivas en donde la bolsa de votos de la ultra ha ido reduciéndose hasta estabilizarse a partir del 2.000 en 30-40.000 votos. Nada más. Ese es su techo, error técnico en los recuentos incluido.

Así que las posibilidades son dos: o se insiste en esa misma línea o se cambia de línea. Insistir en la misma línea supone revalidar la fórmula física que dice que a iguales condiciones de presión y temperatura se obtienen los mismos resultados en un experimento. Sigue como hasta ahora y tendrás lo que has tenido hasta ahora: o avances lentos e inseguros o fracasos asegurados.

¿Cambiar de línea? Eso quiere decir abandonar todos los usos y costumbres de la extrema-derecha sin ahorrar ni uno. Y ese latiguillo permanente de “unidad nacional – unidad nacional – bip, bip, bip” que no llega a ningún sitio, justamente porque ya hay un PP que agita en condiciones mucho mejores, o se supera o es el lastre absoluto que incapacita, inmoviliza y retrata. Por ahí no hay camino.

El problema radica en que la extrema-derecha ha agitado el problema de la inmigración, pero no ha aprendido a manejar el tema como caballo de batalla político. Y el problema es mucho más complejo que decir “hay demasiados inmigrantes”… coño, si es que eso hasta lo dicen los partidarios del “papeles para todos”. El problema no es ese, sino hacer trabajo político sobre los sectores sociales que están de acuerdo en que “hay demasiados inmigrantes” y que hay que hacer algo.

Si rompes ese frente añadiendo que “y además de que hay demasiados inmigrantes, es que la unidad de España está en peligro” (lo cual es cuestionable), empiezas a complicar el tema y tu interlocutor empieza a pensar si no serás un facha redomado que le intenta estafar políticamente. ¿Para qué seguir? Está tan claro que quien no lo vea es más ciego que un murciélago con Ray-Ban.

Bien, vamos a lo positivo.

Dos ejes a desarrollar

Es evidente que la lucha contra la inmigración masiva es un aspecto de un tema más amplio que es, efectivamente, el patriotismo social. Tal es uno de los ejes necesarios de trabajo. El otro es la regeneración del Estado. Nuestro sistema representativo, tal como lo demuestra la irremisible tendencia al bipartidismo, unido a la Ley d’Hont y a las listas cerradas y bloqueadas, a la brecha entre gobernantes y gobernados, ha hecho que nuestra democracia haya degenerado en partitocracia y nuestro sistema representativo sea de escasa calidad democrática.

Estos dos ejes permiten un discurso sencillo, en cuyo desarrollo no hay riesgo de interferencia con los resabios del franquismo y los estímulos negativos que suscita en las capas trabajadoras.

No es que adoptando estos dos ejes esté garantizado un éxito, es, simplemente, que, a partir de ahí, el camino está desbrozado. Hacen falta nombres de edades intermedias, no quemados, que puedan liderar el proceso; hacen falta medios económicos; hace falta un esfuerzo militante; y hace falta, finalmente, una paralela reflexión intelectual.

Y no nos extendemos más. La cosa tampoco es que sea excesivamente compleja. Es que quien quiera verlo lo ve y quien esté predispuesto a negar todo esto, no habrá forma humana de convencerle de lo contrario, así que no vale la pena discutir en ninguno de los dos casos.

© Ernesto Milà – Infokrisis – iInfokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com

Hacia la reforma del Estado (I) - ¿Monarquía o República?

Infokrisis.-Llevamos demasiadas legislaturas aplazando el necesario encuentro con la reforma de la constitución. Esta nueva legislatura que se inicia ahora ¿abrirá las puertas a esa reforma o la Constitución actual sobrevivirá otros cuatro años? No hay nada que permita pensar en reformas y si estas se producen nos tememos que serán sobre aspectos secundarios y parciales de nuestro sistema político. Muy pocos tienen intención de suscitar una discusión sobre la forma del Estado. Nosotros entre ellos. Éste es nuestro análisis.

La alternativa: dejar las cosas como están o cambiar la forma del Estado

El Partido Popular se declara tibiamente monárquico y afirma serlo solamente porque es la forma de gobierno descrito en la Constitución. El PSOE, por su parte, es tibiamente republicano. De tanto en tanto, alguno de sus dirigentes protagonizan algún exabrupto republicano, pero a quienes les corresponde un republicanismo militante es a los últimos mohicanos de Izquierda Unida. Aparte, naturalmente, de ERC que lleva la “república” implícita en su sigla. A nacionalistas catalanes y vascos el tema ni les va ni les viene, lo consideran “cosa de españoles”. Y en cierto sentido tienen razón. Sólo que si miraran su DNI verían que ellos también son españoles. De todas formas, los resultados obtenidos por ambas formaciones en las pasadas elecciones son un índice del interés de los españoles por la república.

El origen de la monarquía actual

Los Borbones no han constituido jamás una dinastía excesivamente popular, ni mucho menos brillante en España. La cosa empezó mal con Felipe V y su proceso de nivelación, y siguió mucho peor con algunos de sus sucesores: Carlos IV cedió simplemente España al Imperio Napoleónico y a Fernando VII a lo largo de su vida no le quedó nadie a quien traicionar. Isabel II tenía fama, solamente, de ser ligera de cascos. De Alfonso XII se recuerda especialmente su melancolía. Alfonso XIII, por su parte, en cuanto oteó problemas se fue a Roma dejando aquí un proceso caótico que culminó en la guerra civil. De Don Juan, Conde de Barcelona y Almirante de Castilla, sus exegetas se las vieron y se las desearon para demostrar que en algún momento, durante los 40 años de franquismo, se preocupó algo por su país.

Y es así como llegamos a 1967 con la aprobación de la Ley Orgánica del Estado. Franco lo dijo en las Cortes cuando el príncipe Juan Carlos fue nombrado sucesor: “Esto no es una restauración, es una instauración”. No era para menos. Históricamente, los Borbones habían dejado el peor de los recuerdos.

La supervivencia de la monarquía

En noviembre de 1975, la mayoría de españoles no dábamos un duro por la continuidad de la monarquía. Y son embargo 33 años después la monarquía sigue gozando de buena salud. Esto se ha debido a las circunstancias particulares en las que se operaron los consensos de la transición.

En noviembre de 1975 la oposición democrática carecía de fuerza social suficiente como para desencadenar un proceso de lo que entonces se llamaba “ruptura”. Por su parte, el franquismo político aislado internacionalmente y necesitado del balón de oxígeno europeo, precisaba un cambio en las formas. Era evidente que, antes o después, ambas “Españas” iban a tener que entenderse.

De esta situación surgió el “consenso” que permitió la transición democrática. La derecha franquista cedería en el punto esencial (legalización de todos los partidos y convocatoria de elecciones libres) y la izquierda daría su brazo a torcer en el tema de la monarquía para que el cambio tuviera la forma de una evolución más que de una ruptura.

La monarquía quedó salvada aunque fuera lo único que quedó del antiguo régimen.

La monarquía en la transición

A pesar de presentarse como un “anhelo popular” (ciertamente había algo de eso, pero no era, en modo alguno lo esencial) la transición no fue más que un acuerdo entre las cúpulas de estos dos sectores. A partir de las elecciones de 1977 se trataba de ver cómo podía hacerse digerir el proyecto a la población.

En aquella época, tanto la extrema-derecha como la extrema-izquierda tenían un peso político muy real. Así pues, otro de los acuerdos de la Transición fue desmantelar a ambos sectores políticos. Se hizo de muchas maneras y, habitualmente, mediante la vía de la provocación. Ahí las alcantarillas del Estado se esmeraron. Después del incendio del local barcelonés Scala, el anarcosindicalismo entró definitivamente en la historia de España y tras los distintos episodios de violencia en los que se vio envuelta la extrema-derecha, tanto por sus errores como por las provocaciones de que fue objeto, ubicarse en ese ambiente suponía un suicidio político que muchos ultraderechistas de pro evitaron optando por salidas más aceptables.

Quedaban, claro está, las Fuerzas Armadas como expresión del continuismo franquista que tenían como única referencia política a la monarquía (ese fue otro buen motivo para conservar la institución). Aún queda por escribir la historia exacta de lo que ocurrió en la conspiración del 23-F, pero básicamente puede decirse que fue un señuelo: los militares comprometidos con el sector ultra salieron a la superficie en la tarde en que Tejero ejecutó su fantasmal y absurda entrada en el Congreso de los Diputados y fueron liquidados para siempre. Gracias Tejero, porque alejaste el golpismo por siempre jamás.

Entre la madrugada del 20-N de 1975 (muerte de Franco) y las 24:00 del 23-F de 1981 (intentona golpista), la monarquía no vivió un momento particularmente brillante. Parecía difícil que pudiera perpetuarse. La intervención del Rey –aunque fuera tardíamente- ante las cámaras de TV en la noche del 23-F constituyó un punto de inflexión que salvó la monarquía.

Con su acción Tejero, Milans y demás, lograron muchas cosas, aunque ninguna fuera la que se habían propuesto: lograron que el golpismo desapareciera de las FFAA, lograron que una vez desaparecido el golpismo nada impidiera el acceso al poder de la izquierda, lograron, así mismo, que en aquella España dividida anterior al 23-F, sumida en la crisis política y en el caos económico, terminaran desfilando Carrillo, Fraga, González y los sindicalistas, codo a codo por la Castellana, restituyendo la confianza de la población en la clase política. Lograron, en definitiva, asentar el sistema democrático y, con él la monarquía “instaurada” por Franco pasó a ser la monarquía democrática.

¿Ha funcionado la monarquía?

Si la mejor forma de demostrar la eficacia de un monarca es que pasara completamente desapercibido, hay que decir que Juan Carlos I ha sido un gran monarca: no ha intervenido absolutamente nada en la vida política del país, limitándose estrictamente a su papel constitucional. Es decir a muy poco. Mejor dicho: a nada.

En el fondo alguien tenía que representar a España en los foros internacionales y alguien también tenía que estar por encima de los partidos y de sus luchas, aunque fuera para dar mensajes de Navidad tan bienintencionados como asépticos.

La monarquía ha funcionado, sencillamente porque su margen de actuación era tan escaso, limitado y sin poder real, que no había lugar a que fracasara. Bastaba con que un ploter estampara la firma del monarca cada mañana en las leyes que aparecerían al día siguiente publicadas en el BOE para que cumpliera con su trabajo.

La popularidad de la monarquía se ha mantenido especialmente gracias a una prensa del corazón que durante años ha ocultado las vergüenzas de la institución a cambio de obtener exclusivas y posados preferenciales.

Solamente en raros momentos, el monarca ha asumido su papel de tal y ha hecho que los españoles se sintieran “orgullosos” de tenerlo como máximo representante del Estado.

La corrupción galopante de la clase política ha hecho olvidar que el entorno de la familia real y los “cuñados” se habían convertido en una clase parasitaria habituada a los buenos negocios con el mínimo esfuerzo. Algunos personajes surgidos al calor de la Casa Real han revestido rasgos particularmente siniestros y un olor a corrupción similar a cualquier otra institución del Estado.

Es difícil realizar un balance objetivo de la monarquía en estos años. Lo que generalmente se pone en su haber es, sin duda, el resultado de haberse abstenido de descender al ruego de la política, haber evitado polémicas políticas e incluso haberse callado cuando la situación de corrupción de la clase política clamaba al cielo.

Tampoco las culpas de la monarquía juancarlista han sido excesivas: se ha limitado a sobrevivir, tal como aprendió en sus seis primeros años de corona. Sobrevivir implica plegarse a las reglas del juego. Y Juan Carlos I ha desarrollado un sexto sentido para realizar esos equilibrios.

A fin de cuentas, ese también ha sido el problema de la monarquía: a fuerza de pretender estar por encima de la política y de sus vaivenes, Juan Carlos I se ha situado lejos de la sociedad. La prensa del corazón era el único vínculo que mantiene un relativo interés de la sociedad por la familia real. Más divorcios más interés; más bodas más interés. Sólo eso

Una polémica fuera de la sociedad

¿Valdría la pena elegir cada cinco años un Jefe del Estado republicano cuyas atribuciones fueran las mismas que las de un monarca constitucional? ¿Otro circo electoral a añadir a los ya existentes? ¿llevar la lucha de partidos a la primera institución del Estado? No parecen desde luego las ofertas más tentadoras por muy republicanas que sean. Ciertamente sería elegido en las urnas… pero eso supondría trasladar la lucha de partidos a un nuevo terreno. Y este país, precisamente, lo que precisa es una desintoxicación de luchas entre partidos políticos, no de la apertura de nuevos frentes de conflicto.

Ni monarquía ni república son objeto de una demanda social evidente, ni suscitan un clamor popular extendido ni a favor ni en contra. Así pues, si bien es necesario reformar al Estado, lo es en aspectos muchos más próximos a los ciudadanos y que tienen muchos más que ver con la representatividad, la separación de poderes, la legislación electoral o la vertebración del Estado.

Salvo que se aprobara una futura constitución presidencialista como la francesa, el problema de monarquía o república no tendría ni interés, ni vigencia. Hoy la monarquía es una institución gris e irrelevante. No es la única: el senado, los parlamentos autonómicos o las diputaciones provinciales existen, pero, como la monarquía o no tienen unas funciones particularmente brillantes y bien definidas, o simplemente apenas tienen funciones aun cuando tengan sueldos no precisamente mínimos.

En el modelo francés, el presidente de la república tiene atribuciones que envidiaría un monarca absoluto, mientras que en Alemania e Italia es completamente irrelevante. La vida de los italianos o de los alemanes no cambiaría mucho si en lugar de un presidente de la república tuvieran a un Saboya o a un Hohenzollern al frente del Estado.

¿Debemos preocuparnos por la monarquía? ¿vale la pena luchar por una república? Ninguna de estas dos cuestiones suscita el más mínimo entusiasmo en la sociedad; son, por tanto, irrelevantes. Cuestión irrelevante, cuestión liquidada.

El problema de la monarquía o república no es la primera cuestión que debe abordarse a la hora de reformar al Estado. En el contexto de una reforma sería la monarquía quien debiera presentar su proyecto y sus ideas -alguna debería tener- y, en función de eso, plantearse su continuidad o su sustitución por otra forma de gobierno. Mientras esas ideas no estén claras y la monarquía se esfuerce en pasar desapercibida, es inútil pronunciarse sobre ella. Es como si no existiera.

Anexo

¿Monarquía o república?

Salvo para la redacción de ABC y para los últimos afiliados a Izquierda Unida y a ERC, nadie en España es “excesivamente” monárquico o republicano. Existe el consenso tácito de no cuestionar la monarquía, simplemente por lo desapercibido que pasa. Si no fuera por la prensa del corazón, apenas sabríamos de su existencia.

El problema no es elegir entre monarquía o república, sino entre qué tipo de monarquía y qué tipo de república.

Históricamente, las razones para inclinar la balanza a favor de la monarquía son históricas: España ha sido a lo largo de su historia y salvo breves paréntesis, una monarquía. Sin embargo, resulta imposible pronunciarse sobre la monarquía en función de sus actuales representantes.

Por otra parte, la monarquía de los Austrias y la de los Borbones fueron extremadamente distintas: es lo que va de “las Españas” (lo que hoy sería la “España plural”, a la que debería unirse el calificativo de “imperial”) a la “monarquía absoluta” (precedente del jacobinismo uniformizador). Juan Carlos I, siendo Borbón, es la cabeza de una monarquía liberal a la que Zapatero ha podido tildar “parajódicamente” de “monarquía republicana”…

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com

La idea imperial del Emperador Carlos V: del "imperio universal" al "imperio cristiano"

Infokrisis.- Tras la publicación del artículo titulado “O la España de los Austrias o la España de los borbones” que ha tenido como resultado un abundante intercambio epistolar con amigos que han enriquecido el debate y, en sus discrepancias, nos han ayudado a trabajar más el tema, damos otro paso intentando concretar un punto: ¿cuál era la idea imperial de nuestros “Grandes Austrias”? Este es el resultado de las reflexiones sobre el tema.

La idea que los Austrias se hacían de España era la de la “España Imperial”. Lo cual es decir poco porque a esta definición hay que darle contenidos. De hecho, la mejor página de nuestra historia encierra también el germen de la decadencia. En la historia de España, el último despuntar de la idea imperial aparece con nuestros “Grandes Austrias” de la misma forma que en la historia del Reino Unido la idea imperial aparece en el siglo XIX de la mano de la Compañía de Indias dando al Imperio Inglés el aire de una prolongación del poder de la alta burguesía, es decir de la casta de los sacerdotes, de la misma forma que en la idea imperial de Carlos V lo que está presente, especialmente, es el concepto de “Imperio al servicio de la fe” y, por tanto, el elemento preponderante es el clero.

En este sentido, mientras el Imperio Inglés está al servicio de la tercera casta, de la función productiva, el Imperio Español lo está al servicio de la casta sacerdotal. Y en este sentido, el Imperio Español tiene una inspiración superior al inglés… pero dista de la idea imperial romana o incluso del Sacro Imperio Romano-Germánico tal como se concibió en la Edad Media gibelina.

Y este es el centro de la polémica: la idea imperial de los Austrias pudo ser una idea superior al concepto sacerdotal, pero se quedó en este nivel demostrando sus limitaciones. Porque en los primeros años del gobierno de Carlos V, todavía no existía una idea imperial definida. Y justo en esos primeros años dos tendencias contrapuestas modelan las ideas aun frágiles del jovenzuelo de mandíbula caída que apenas hablaba holandés, tenía las opiniones mal definidas y delegaba en su corte de flamencos. Esas dos tendencias son las que vamos a intentar entrever en el presente estudio.

Dos personajes frente a frente: Gattinara y Mota

Hasta Menéndez Pidal, la figura de Mercurino Gattinara había pasado prácticamente desapercibida a los historiadores que lo consideraban una especie de funcionario aventajado de palacio, pero en absoluto un hombre influyente en las ideas del joven Emperador Carlos. Menéndez Pidal fue el primero que reclamó atención sobre esta figura, a partir de los trabajos de Karl Brandi (Kaiser Karl V). Menéndez Pidal se lamentaba de que la figura del Emperador Carlos no atrajera el interés de los historiadores en España, a pesar de haber hecho de nuestro país el centro del Imperio y sí en cambio en Alemania. y, a partir suyo, la historiografía le ha reconocido el lugar que le corresponde como uno de los “máximos estadistas del Renacimiento”.

Aparte de los documentos históricos exhumados por todos estos historiadores, el elemento central es la propia autobiografía de Gattinara: Historia vite et gestorum per dominum magnun cancellarium. Menéndez Pidal puntualiza que esta obra cae en exageraciones y coge en falta en varias ocasiones al canciller del Emperador Carlos, aun reconociéndole, efectivamente, la gran influencia que tuvo sobre él.

Se ha presentado a Gattinara como un humanista español con vocación europeista en la misma órbita que Erasmo de Rotterdam que muchos lo tienen por su inspirador. Así pues es frecuente que muchos historiadores consideren que las ideas de Gattinara eran simplemente “humanistas”, sin más. No es así. Gattinara estaba muy influido por Dante, el gran gibelino y su idea imperial la recogió de la célebre obra del florentino De monarchiae.

Por otra parte, lo que se tiene generalmente como “humanismo” en el Renacimiento es algo muy distinto a lo que consideramos hoy con el mismo nombre. El “humanista” de hoy sería un perfecto imbécil en el Renacimiento. Francis Yates en su libro sobre Giordano Bruno y el Humanismo Mágico ha explicado que esa forma de humanismo estaba vinculado al neoplatonismo, no como filosofía sino como pensamiento mágico. Son los Pico Della Mirandola, los Tomasso Campanella, los Giordano Bruno, los grandes humanistas italianos quienes rescatan el Corpus Hermeticum y los grandes libros de magia. El propio Bruno no es condenado tanto por sus teorías astronómicas… como por sus prácticas de magia ceremonial y “simpática”. La obra de Yates, exhaustiva y crítica no deja lugar a dudas sobre este extremo. La conclusión a la que llega es que el humanismo renacentista fue algo muy diferente a lo que generalmente pensamos hoy.

Gattinara se había educado en ese ambiente y no es de extrañar que el gibelinismo tal como fue expuesto por Dante se convirtiera en su idea política central.

Nacido en 1465 como hijo de la pequeña nobleza piamontesa, estuvo inicialmente al servicio de la Casa de Saboya y luego de los Habsburgo. En 1510 Gattinara fue enviado a España por primera vez al servicio de Carlos V. En 1518 fue nombrado Gran Canciller de Carlos V. Hombre de gran experiencia diplomática, sus ideas no coincidían con las de otros consejeros del círculo íntimo del Emperador: Chièvres por un lado (partidario del alineamiento con Francia) o el clérigo Pedro Ruiz de la Mota, el verdadero rival ideológico de Gattinara.

De Mota dice Menéndez Pidal: “Era Mota un clérigo español que, por rozamientos con Fernando el Católico, se había ido a Bruselas a la corte del príncipe Carlos, antes de ser éste rey y estuvo a su lado catorce años, desde 1508 a 1522. Allá en Flandes fue limosnero del príncipe; ahora era obispo de Badajoz. Su dominio de varios idiomas y su elocuencia le daban un gran puesto en la corte; ocupaba el tercer lugar en el Consejo real, después de Chièvres y de Gattinara”.

Lo que se produjo en el interior de la corte del Emperador Carlos no fue un choque frontal sino una lucha ideológica en sentido propio de la que ambos, Gattinara y Mora fueron cristalizaciones de dos corrientes de su época: el gibelinismo declinante y la idea sacerdotal que alcanzaría su expresión más concreta en el Concilio de Trento. Vistas las personas, vayamos ahora a sus ideas.

La situación de la idea imperial en el Renacimiento

Dice Menéndez Pidal que “la idea imperial no la inventa Gattinara ni sugiere hoy nada de lo que sugería a los hombres de antes” y explica que en el siglo XX podía haber un emperador de Alemania, un Zar de todas las rusias, un emperador inglés o cualquier otro, pero en el Renacimiento el título de emperador indicaba a una figura única señor de todo el mundo y monarca universal y añade: “Tal concepción revestía para los hombres una grandeza verdaderamente romana”. Para concluir: “El Imperio era la forma más perfecta de la sociedad humana”.

Menéndez Pidal juzga que la cumbre de la idea imperial fue romana y se prolongó durante seis siglos, que luego conocio un breve revival en los siglos IX y X durante el imperio carolingio si bien atenuada y que luego, atenuada más aun, subsistió en el Sacro Imperio Romano-Germánico. Esta misma idea es la que sostiene Julius Evola a lo largo de todas sus obras.

Carlos V se educa inicialmente en el marco de un imperio capidisminuido que es sólo una sombra de lo que un día fue con los Hohenstaufen y del que solamente es posible encontrar una inspiración lejana con la idea imperial romana. Dicho de otra manera: no había política imperial propiamente dicha en el período de juventud de Carlos V y no estuvo presente en su educación. Esta le vendría después.

Es más, en aquel momento la idea imperial se había degradado hasta ser en cierto sentido la antítesis de la romana. Para Roma, el emperador se debía consagrar al bien del súbdito y súbdito terminó siendo, desde César a Justiniano, todo aquel que habitaba en alguna región del imperio por alejada que fuese. Era, por el contrario, práctica habitual en el Renacimiento que los emperadores esquilmaran a las regiones periféricas del Imperio tal como en sus primeros años hicieron los consejeros de Carlos V con España.

Así llega Carlos V a España, sin las ideas claras y con unos patrones de gobierno heredados de anteriores emperadores. Gobierna en España pero no habla ni una sola palabra de español y delega en flamencos. Menéndez Pidal recuerda que no es esta la única contradicción de aquel reinado: se dice “emperador romano”, pero sólo gobierna de hecho en Alemania, de hecho en una parte; es el “rey del mundo” pero ha sido elegido en Alemania; no es emperador si no es ungido por el Papa, pero no gobierna en los territorios temporales del Papa. Finalmente, en España ocurre lo inevitable: la hostilidad de nuestro pueblo, la revuelta de las comunidades de Castilla, la guerra civil.

La grandeza de Carlos V reside en el hecho de que su dilatado reinado no está presidido por otra cosa que por resolver las contradicciones que encontró en la idea imperial, depurarla, intentar reconstruir una idea coherente y viable en la que doctrina y realidad converjan.

Las ideas políticas de Gattinara

En cierto sentido, Gattinara podría ser llamado “el último gibeino” y, desde luego, si hay una orientación a la que puede adherirse el consejero saboyano de Carlos V es a esta corriente ideológica que tuvo en Dante a su gran inspirador. De hecho, Gattinara tiene en la De Monarchia del poeta florentino su libro de cabecera. La historiografía, empezando por Menéndez Pidal, acepta unánimemente que fue de esa obra de la que Gattinara extrajo su idea imperial que quiso trasladar al Emperador Carlos.

No se trataba solamente de conservar los reinos recibidos en herencia, sino de ampliarlos aspirando a la monarquía universal y a un gobierno efectivo sobre todo el mundo. Solamente cuando ese gobierno se obtuviera el Imperio podía considerarse culminado y la “pax romana” sobrevenida. En ese momento el “orden” se impondría definitivamente sobre el “caos”.

En 1519, Gattinara transmitió esa idea al futuro emperador animándole a presentar su candidatura al Imperio. En la práctica esa política implicaba una actitud antifrancesa. Gattinara en esa y en otras ocasiones recomendó al y Emperador Carlos la recuperación del Delfinado y la desmembración de Francia, así como promover una política de expansión de la influencia en la península itálica como caminos únicos para una paz permanente.

Gattinara en el siglo XVI como Dante en el XIV, propone una monarquía universal. La figura del Emperador equivale a la del Rey del Mundo de las leyendas arcaicas. En esta óptica, no había lugar para la sumisión al papado, y la “defensa de la fe” se planteaba en términos políticos, no religiosos. La gran misión de España no era la lucha contra los príncipes alemanes que habían abrazado las distintas formas de protestantismo, sino la unión de todos los europeos –protestantes, católicos- bajo un proyecto común. En la lucha por la destrucción del Islam no solamente tenían un puesto de combate los países católicos, sino también los príncipes cristianos no afectos a Roma.

Mota: o la primacía de la fe

La primera declaración imperial, cuando Carlos V parte de España para ser coronado en Alemania, tiene lugar en 1520. Ahí encontramos un atisbo de la idea imperial que presidirá su gobierno. Esa declaración es atribuida por la historiografía al arzobispo Pedro Ruiz de la Mota en la declaración antes las cortes de A Corunha.

Mota introduce en su discurso el término “emperador” e “imperio” que terminarán por hacerse habituales en lengua castellana. El tiempo está maduro porque en esa época estos términos ya gozan de suficiente difusión gracias a la popularidad de las novelas de caballería, en especial el Amadís de Gaula y el Tirant lo Blanc.

En ese discurso Mota define a Carlos V como “rey de reyes” y “único en la tierra”, reconoce que ”este imperio es continuación del antiguo”, aludiendo al Romano. Recuerda que mientras otras tierras enviaban a Roma tributos, Hispaniae enviaba emperadores y concluye la introducción diciendo que: “ahora vino el imperio a buscar emperador a España, y nuestro rey de España es hecho, por la gracia de Dios, rey de los romanos y emperador del mundo”.

Pero la parte ideológica y los contenidos aparecen luego: ¿por qué existe el Imperio? Dice Menéndez Pidal comentando el discurso: “[Carlos V] Aceptó el Imperio par cumplir las muy trabajosas obligaciones que implica, para desviar grandes males de la religión cristiana” y, en el texto original Mota alude a “la empresa contra infieles enemigos de nuestra santa fe católica, en la cual entiende con la ayuda de Dios, emplear su real persona”.

En la concepción de Mota reflejada en el discurso de A Corunha, España es el corazón y el centro del Imperio cuya misión es la defensa de la fe.

Así pues, resumiendo, la idea de Mota es la un Imperio cristianizado, cuyo núcleo duro es España, dedicado a la defensa de la fe católica.

Esta idea volverá a estar presente unas semanas después en Works bajo la sombra de Lutero. Es entonces, en 1521, cuando Carlos V escribe “de su puño y letra” la declaración político-religiosa en la que asume abiertamente la defensa de la cristiandad empleando “mis reinos, mis amigos, mi cuerpo, mi sangre, mi vida y mi alma” e invoca a “sus antepasados” en alusión a su abuela Isabel la Católica. En esta segunda declaración, parece evidente que Carlos V ha asumido la idea de Mota: el “Imperio Cristiano” que intenta establecer la armonía entre “los príncipes católicos” basado en la “universalitas christiana”.

La victoria de la idea imperial católica: triunfo y tragedia

Es significativo que, cuando los comuneros recuerden a Carlos V el testamento de su abuela, que se deshaga de los consejeros flamencos y mire por el bien de su pueblo [entendiendo por tal a Castilla]. En esa misma época, el condestable de Castilla le recomendaba que se casara con Isabel de Portugal añadiendo “por que es de nuestra lengua”, expresión que Menéndez Pidal clifica de “inexactitud filológica, pero que revela la fraternidad fundamental hispanoportuguesa”. Todos estos elementos, unidos a las ideas de Mota, tienden a hispanizar la idea imperial de Carlos V y a impregnarla de una evidente patina católica que estará presente hasta sus últimos días en Yuste.

Esta concepción juega malas pasadas al Emperador. Tras la victoria de Pavía, Francisco I , vencen los consejeros de Carlos V que preconizan un trato deferente hacia el prisionero esgrimiendo la idea del “imperio de paz cristiana” que supondrá poco después la liberación del rey vencido y el que no se atuviera a su palabra dada reanudando la hostilidad contra España. Carlos V hace gala de “modestia principis” y se preocupa mucho más del “bien de la cristiandad” que de la pujanza del Imperio, renunciando a aprovechar los frutos de la jornada de Pavía.

Hoy los historiadores reconocen el error. Gattinara, por el contrario, había recomendado desmembrar Francia, incorporar algunos territorios al Imperio y desbaratar el poder económico (luego el peso político) de ese reino, para poder establecer con más facilidad la “monarquía universal”.

No hay que olvidar que en ese momento la idea del “imperio cristiano” presidida por Carlos V era contemplada con ambigüedad desde el Vaticano. Las dudas sobre la postura del Papa provocaron en 1526 el “Saco di Roma”, con el asalto de la ciudad por nuestras tropas dirigidas por el condestable de Borbón y el encierro del Papa en Sant’Angelo. En 1526, en un escrito firmado por Carlos V al Papa Clemente VIII y redactado por Alfonso de Valdés reafirma su plan: guerra contra los turcos en defensa de la fe, cuando éstos fueran vencidos, Lutero volvería al redil o se estaría en condiciones de eliminar a sus partidarios. Si el papa se opusiera y no apoyara a Carlos V, al emperador le cabría apelar al juicio de un Concilio general. La carta de Valdés fue entregada al nuncio Baltasar de Castiglione, pero el papa, inicialmente se niega a la convocatoria del concilio y Caros V apela al Colegio de Cardenales. Dicho con otras palabras: Carlos V termina situando su defensa de la catolicidad por encima del papado, como último y lejano reflejo de las ideas de Gattinara sobre el Imperio como institución superior al Papado.

En 1528 las cosas vuelven a su lugar: Carlos V reconoce al papado superior al Imperio y marcha a Roma a ser coronado emperador. Mantiene la idea del concilio (que será, finalmente, la asamblea de Trento). Resume su proyecto en el discurso del 16 de septiembre de 1528 que, hoy se acepta fue redactado por el obispo de Guadix, uno de sus consejeros, fray Antonio de Guevara, predicador de palacio y cronista imperial. Como era de esperar, ese discurso se orienta hacia la “monarquía católica” y la “defensa de la fe”.

Tras ser coronado emperador, Carlos V se entrevista con en Bolonia con el embajador Contarini al que le desmiente que aspire a ser “monarca universal”. Carlos V aspira a “hispanizar Europa”, trasladar el sentido de cruzada y de guerra contra el turco que había experimentado nuestro pueblo durante los ocho siglos de dominación islámica.

Es en este caldo de cultivo ideológico en el que luego florecerá la mística española del siglo de Oro, en el que se producirá la colonización española de América bajo el signo de la cristiandad. Así mismo, es inseparable el fenomenal impulso literario de la lengua castellana de la adhesión que experimentó el Emperador Carlos por esa lengua que hizo suya (“es tan noble que merece ser sabida y entendida por todo la cristiandad” dijo al obispo de Macon, embajador francés que no hablaba correctamente castellano). Ese impulso empieza ya bajo Carlos V con La Celestina y El Lazarillo de Tormes, con la recopilación del Romancero y con la difusión del Amadis y el Tirant.

Subsiste la “idea unitaria” (Menéndez Pidal dice que Carlos V “al hispanizar su imperio propaga la hispanidad por Europa”). Pero, a decir verdad, la correlación de fuerzas no le es favorable.

Basando en la fe católica la salud y la unidad del Imperio se enfrenta inevitablemente a los príncipes centroeuropeos que han abrazado las distintas formas de protestantismo. La salud del Imperio queda vinculada a la del catolicismo y si el Emperador puede responder por él mismo, no puede hacerlo por la aptitud y dimensiones de los papas de la época.

Esta vinculación Imperio-España-Catolicidad hace que el imperio termine fragmentándose y desangrándose en las guerras de religión que cubrirán una dilatada época hasta principios del siglo XVII con la paz de Utrech. Si, ciertamente, ha sido el mejor momento de la historia de España… breve y fugaz, por lo demás, pero con errores políticos y de orientación que vale la pena sopesar.

Se venció en Lepanto y se contuvo a los turcos (¿hubiera actuado de otra manera ante una ofensiva enemiga un imperio que aspirase a la Monarquía Universal? ¿Acaso no hubiera reunido más fuerzas, no sólo para derrotar a los turcos en Lepanto, sino para devolverlos a Asia Central de donde nunca debieron salir?); el Imperio salió renovado tras la crisis que se prolonga desde el siglo XIV hasta Carlos V, pero la renovación se realiza en función del catolicismo. Las guerras de religión demostraron la sumisión del Imperio a la fe. Y el imperio se perdió precisamente por la aceptación de esa misión y de esa sumisión. Diferente hubiera sido si el Imperio en sí mismo, hubiera agrupado la doble espada “espiritual y temporal”, si el Emperador se hubiera considerado superior al Papado, si el “orden de Melkisedec en función del que se consagraba a los emperadores gibelinos, se hubiera reconocido como superior al “orden de Abraham”, si el Emperador, en definitiva, hubiera estado por encima del sacerdocio.

Pero esto hubiera supuesto rescatar el ideal gibelino; contrariamente a lo que se tiene tendencia a pensar, este ideal suponía la primacía del imperio sobre el papado, solamente entendiendo el Imperio como la síntesis del ideal espiritual y temporal encarnado en la figura del Emperador. Esa era la idea de Mercurino Gattinara y del “humanismo mágico” de su tiempo. Esa idea fue derrotada en la polémica ideológica que envolvió a la corte del Emperador Carlos. Y se pagó, como todo error –porque a la postre las guerras de religión fueron un error que debilitaron al Imperio y terminaron por dejarlo exangüe-, caro.

La idea imperial fracasó pronto. Carlos V renunció al Archiducado de Austra que entregó a su hermano Fernando de Habsburgo y, más tarde, haría lo mismo con la corona húngara. La dinastía de los Austrias se partió irremisiblemente en dos: la española y la vienesa. La idea del imperio español católico, en su decadencia, favorecería la multiplicación de los Estados Nacionales,

El error de fondo fue reducir toda sacralidad al papado y, por tanto, la misión del imperio solamente podía ser la defensa de la fe católica… cuyo centro no era España, sino el Vaticano. El centro del Imperio no estuvo en la Península, tras llegar de Flandes, terminó estando, tampoco en Roma como concepto imperial, sino en el Vaticano. Pero el Vaticano tenía otros intereses que no siempre coincidían con los del Imperio. Fue un error y se pagó. Seguramente de haber triunfado las tesis de Mercurino Gattinara, la historia de Europa habría tomado una orientación diferente.

La idea imperial que defendió Gattinara era superior a la idea que finalmente el Emperador Carlos terminó asumiendo, de la misma forma que la idea de Mota implicaba una renovación de la decaída idea imperial anterior y que sería también superior a los episodios históricos que seguirían luego. Pero, si hay que situar a la idea imperial de Carlos V en la escala de la historia hay que concluir necesariamente que, siendo elevada, había otras opciones más elevadas todavía.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com

O Austrias, o borbones...

O Austrias, o borbones...

Infokrisis.- Resulta absolutamente imposible encontrar una tercera vía para la subsistencia histórica de España. Desde el punto de vista de los modelos, en España solamente existen dos formas de concebir la vertebración del Estado. O la España imperial, descentralizada, que no dudaba en referirse a “las Españas”, o la España unidimensional, centralizada y centralizadora, niveladora de las peculiaridades regionales que fue la España de los Borbones desde el Decreto de Nueva Planta hasta nuestros días. Esta es una reflexión sobre el futuro de España.

I

Importancia del tema 

La existencia de una “nación” implica la existencia de una “misión” y de un “destino” que den causa y principio de razón suficiente a esa nación. Cuando Ortega (y más tarde José Antonio Primo) definen a la nación como una “unidad de destino en lo universal” aciertan con precisión, pero la definición era coja ayer y es todavía más coja hoy.

En efecto, porque si una nación es una “unidad de destino en lo universal” hace falta preguntarse ¿cuál es el destino universal de España? Esto es algo más que un trabalenguas o un juego de palabras. Es una exigencia necesaria para actualizar y renovar el patriotismo español.

Durante el franquismo –una forma de jacobinismo católico y, por tanto, anómalo- se respondía a esta pregunta dando algunas fórmulas que databan de la historiografía de finales del XIX: la misión universal de España consistía en ser el bastión y la defensa de la catolicidad.

El planteamiento no era excesivamente original. De hecho, el patriotismo francés y el patriotismo inglés proponen exactamente lo mismo. Los legitimistas franceses no dudan en asegurar que la monarquía franca está emparentada con la dinastía de David y, por tanto, en ella se encuentra el rey legítimo ungido por Dios. Los ingleses opinan exactamente lo mismo e incluso se consideran –en tanto que la madre del Emperador Constantino era natural de las Islas Británicas- como depositarios de una legitimidad de origen. Y, en el fondo, los conservadores norteamericanos hacen una mixtura entre la defensa del occidente cristiano, su naturaleza de "pueblo elegido de la modernidad" relacionada con el "pueblo elegido de la antigüedad" (el judaísmo bíblico) de donde aparece la misión de los EEUU. Así que limitarnos a hacer una simbiosis religión-España es cualquier cosa menos una respuesta al problema de ¿cuál es hoy el destino universal de España? ¿Cuál es su misión histórica en estos momentos?

Si no hay respuesta no hay posibilidades de actualizar el concepto de nación española tal y como se ha sostenido en las últimas décadas, especialmente desde el 98 hasta finales del franquismo.

¿Hay respuesta? Para extraer algo de luz hay que abordar la cuestión desde otro punto de vista.

1. La España de los Austrias, heredera de la Reconquista y de la España Gótica. 

Hemos dicho en la introducción: existen solamente dos concepciones sobre la vertebración del Estado. O bien la concepción propia de los Grandes Austrias que deriva de la concepción que sostenían los distintos reinos de la España medieval, o bien la concepción propia de los Borbones.

La primera se refería a “las Españas” y cristalizaba en la idea de Imperium. La idea se remonta a la visión que tenían de sí mismos los reinos de la Reconquista. Para ellos, tal o cual reino eran solamente una parte de un todo superior que se identificaba con el pasado imperial romano, reinterpretado y reconducido por los godos. Esta idea estuvo presente a lo largo de toda la Reconquista, desde sus orígenes. Terminado este ciclo histórico, al abrirse la etapa imperial, no es una “nación” lo que se articula, sino un “imperio”. Todos los imperios son inviables sin reconocer la autonomía de las partes, a cambio de la cual se responde con un principio de lealtad.

El ejército “español” de Flandes, que luchaba por los derechos del Imperio en aquella región, era un ejército multinacional. Bajo los estandartes del Duque de Alba lucharon soldados ingleses, alemanes, italianos y, por supuesto, españoles, llegados por mar o por el “camino español” que atravesaba el norte de Italia, el oeste de Suiza y el sur de Alemania hasta Flandes y que todavía lleva hoy ese nombre. Frecuentemente las rivalidades nacionales entre los voluntarios de distinto origen se saldaban compitiendo en valor y heroísmo. Así se forjó el Imperio.

La idea de Imperio está tan alejada de la idea de centralización como próxima a la idea de imperialismo o de jacobinismo está el nacionalismo nivelador y reduccionista.

La idea imperial de los Austrias surgía del medioevo, cuando en toda Europa se experimentaba la nostalgia del “orden imperial” romano. Los godos (visigodos y ostrogodos) intentaron la reconstrucción de la parte occidental del Imperio, y así hubiera sido de no haber sido derrotados por los francos en Vouillé. A partir de ese momento, los godos trasladan su capital de Tolosa a Toledo y conservan solamente la Galia Narbonense (Septimania) más allá de los Pirineos, donde reinará Akhila, el último rey godo, sucesor de Roderic (Don Rodrigo).

Es esa idea imperial la que se transmite a los reinos de la Reconquista y la que llega hasta los Austrias.

Es evidente que en esta concepción la “nación española” era inexistente (de hecho, entonces ni siquiera existía la idea de de "nación"). Lo que existían eran “las Españas” (los distintos reinos cristianos de la Península, las taifas islámicas estaban por supuesto ajenas a este concepto) de un lado, y el Imperio y la Catolicidad de otro.

Julius Evola ha demostrado ampliamente que la catolicidad medieval surge de la fusión entre la idea imperial romana y la idea nórdico-germánica. El cristianismo se había hecho con el control del Imperio, pero a partir de Constantino y, mucho más, después de que Odoacro, rey de los hérulos, depusiera a Rómulo Augústulo, Roma fue cada vez más católica a costa de irse alejando del cristianismo primitivo. La inyección de sangre nórdico-germánica a través de las invasiones del siglo V-VI hicieron que se reinsertaran en Europa Occidental nuevamente los valores que habían sido específicamente romanos y que se habían ido difuminando en los primeros siglos del cristianismo. Así surgió el feudalismo y así resucitó la idea imperial.

Cuando Odoacro asalta Roma envía las insignias imperiales romanas a Constantinopla, indicando explícitamente que allí se trasladaba la capital imperial. Para todos los pueblos germánicos que atraviesan las fronteras del Rhin, el Imperio Romano tenía algo de sagrado y misterioso y lo asumen sin restricciones. Ellos mismos se consideran foederati del Imperio, una parte del mismo. Finalmente serán ellos –especialmente los godos- quienes recuperarán la idea que el propio Pelayo y sus sucesores tenían en el cerebro mientras se fortificaban en los contrafuertes de las montañas astures y cántabras.

La idea de un poder centralizado y ubicuo era absolutamente ajena a la mentalidad imperial romana, goda o medieval. Eran perfectamente conscientes de que la imposición de una unidad artificial generaba reacciones de supervivencia en la periferia. Por otra parte, lo que interesaba era el vínculo de la fides, la lealtad que ambas partes de debían mutuamente. Como en todo pacto feudal, las dos partes estaban comprometidas a una serie de deberes, derechos, obligaciones y prebendas; esto es, estaban comprometidos por los fueros que definían todos estos aspectos.

2. La España de los Borbones, contra el imperio por la uniformidad

Cuando muere el último de los austrias y Francia pone sobre la mesa sus aspiraciones sobre España, se desencadena la Guerra de Sucesión. Este momento se produce en plena crisis de la España imperial, cuando se han producido las derrotas en Flandes, se debilita el vínculo ultramarino con las colonias a causa de la piratería y se afronta el ascenso de Inglaterra como gran potencia oceánica. La batalla de Almansa y la toma de Barcelona figuran entre los episodios más dramáticos de esa contienda, que termina con la entronización de Felipe V y la aplicación de las reformas que los borbones estaban llevando a cabo en el vecino país. Estas reformas tenían que ver con la “modernización” del país, sí, pero también eran intentos de restar autonomía a las partes, reducir al mínimo o eliminar la legislación foral y crear un nuevo poder centralizador en el que el nexo de unión no fueran los vínculos de lealtad entre las partes y el todo, sino la existencia de un poder exterior, fuerte, nivelador, homogeneizador y, en buena medida, asfixiante.

A decir verdad, a pesar de que fueron los jacobinos quienes cortaron la cabeza al último de los borbones franceses, Luis XVI, el proceso de centralización, que se exasperó en el período revolucionario, ya se había iniciado con Luis XIV y era previsible desde entonces. Los revolucionarios apenas se limitaron a otra cosa que dar un nuevo golpe de tuerca y accionar la guillotina.

Y éste fue el origen del problema en España. En el fondo, las guerras carlistas fueron una respuesta de algunas zonas de España contra los intentos de nivelación del liberalismo jacobino.

Cuando en el siglo XX el franquismo termina derrotando a la República, no acompaña su fraseología “imperial” (que en el franquismo siempre quedó en un mero esteticismo y en un mito retórico sin traducción en la práctica y sin llegar al fondo de lo que significaba esta opción) de una “práctica imperial”, sino que esa fraseología grandilocuente cristaliza en una práctica niveladora y jacobina. Incluso en una primera fase de desarrollo del régimen, la imagen del separatismo como el “enemigo” hace que cualquier tipo de regionalismo, por tibio que fuera, termine siendo considerado como mero “separatismo antiespañol”.

Lo realmente paradójico –o casi mejor “parajódico”- del franquismo fue que su nacional-catolicismo adoptó, en la práctica, no la doctrina católica del Imperio, sino la doctrina atea, masónica y jacobina de la “nación centralizada”.

3. La degeneración de la idea imperial: nacionalismo periférico

El nacionalismo periférico catalán y vasco aparece a mediados del siglo XIX. En Cataluña como subproducto de medios carbonarios (a los que pertenecía Buenaventura Carlos Aribau y el conde de Güell, en su juventud, fundador de Jove Catalunya), pero también a causa del desengaño de medios carlistas por las sucesivas derrotas. Esa primera generación nacionalista catalana y vasca vio como los púlpitos se convertían en predicadores de la nueva idea. ¿Qué había ocurrido?

Cuando el vínculo feudal se debilita por traición de una de las partes o falta de lealtad de cualquiera de ellas hacia la otra, se produce una ruptura del sistema de pesos y contrapesos que aseguraron la estabilidad política europea durante siglos.

La aparición del jacobinismo y del absolutismo borbónico primero, hizo que amplios sectores sociales ya no respondieran con “lealtad” a un sistema que pretendía amputarles sus áreas de autonomía. Roto el vínculo de lealtad, se produce el estallido de las partes, cada una de las cuales intenta recuperar su propia autonomía.

Llama la atención que, inicialmente, el nacionalismo catalán fuera más bien un regionalismo. La segunda generación nacionalista (Güell, Prat de la Riba, etc.) no aspiraba a otra cosa más que a que Cataluña “dirigiera a España” en tanto que consideraban que eran los únicos que podían hacerlo. Cataluña era para ellos la parte “seria y trabajadora” de España y, por tanto, le correspondía asumir su dirección. Cuando se produce la huelga general, la semana trágica, a principios del siglo XX, esta generación –vinculada a la alta burguesía catalana- entiende que solamente el ejército español puede conjurar los estallidos sociales protagonizados por los anarquistas y, por tanto, renuncia a su nacionalismo, insistiendo en un regionalismo, a menudo ingenuo, que hará que durante la guerra civil algunos de sus exponentes opten por apoyar al franquismo (Cambó y su Lliga).

Pero en la segunda mitad del siglo XX este fenómeno interfiere con otro.

4. La degeneración de la idea borbónica: el nacionalismo independentista

El fenómeno descrito no puede desvincularse de otro aparecido en la segunda mitad del siglo XIX y que ya podía intuirse en los primeros intentos carbonarios (Jove Catalunya). El fenómeno que vamos a describir es analizado hasta la saciedad en dos obras de Julius Evola: Gli Uomine e le Rovine y Rivolta contro il mondo moderno (lo esencial de estas obras puede leerse en el blog Biblioteca Evoliana, http://juliusevola.blogia.com).

La tesis de Evola es la siguiente:

- El concepto imperial supone la existencia de una idea y de unos valores superiores (autoridad y lealtad fundamentalmente). Mientras esa idea se mantenga como central, las partes que forman el todo imperial tendrán una referencia superior.

- En el momento en el que la tensión se relaja y se diluyen los valores superiores, no puede apelarse al vínculo de la fides para mantener la unión de las partes (todo imperio por el mero hecho de su extensión territorial es, necesariamente, “diverso”) sino que hay que apelar a la fuerza bruta para imponer la nivelación y la cohesión de las partes.

- En el momento en que se produce este fenómeno ya nada impide que las “partes de las partes”, esto es, las regiones y/o nacionalidades en las que está dividida la nación, reivindiquen exactamente el ser lo mismo que la nación, a modo de fotocopias reducidas de la misma.

- No es raro que el nacionalismo catalán sea profundamente centralizador (barcelonés) reproduciendo el esquema jacobino en una escala más reducida.

- Cuando se deja de creer en unos principios superiores para aferrarse a elementos ligados a la materia (y la “nación” está vinculada al “demos”, a los “enfants de la patrie”), una “nación” puede dividirse hasta el infinito y cualquier parte encontrará una justificación para salvaguardar y mantener su “especificidad” y sus “rasgos diferenciales”.

El centralismo borbónico que se inicia con Felipe V no podía sino generar un rechazo de las partes. Ese rechazo ya se evidenció en la pérdida de las colonias americanas, cuando la aparición de una burguesía local ligada solamente a sus intereses económicos generó el proceso de independencia de las colonias en tanto esas burguesías entendían que la autonomía les evitaba pagar impuestos y aumentaba sus beneficios. Pues bien, ésta es la concepción burguesa de la nación.

Paradójicamente, el franquismo que se declaraba católico adoptó –acaso como respuesta a la vinculación del nacionalismo catalán y vasco a la República- en el tema nacional posiciones indudablemente jacobinas, especialmente en sus dos primeras décadas. Es realmente significativo que los últimos mohicanos del franquismo que formaron en Fuerza Nueva, un partido que alcanzó cierto renombre en la transición como única encarnación del franquismo, tuviera como lema: “Dios, Patria, Justicia” en lugar del “Dios, Patria, Rey, Fueros”, sellando la desaparición de los “fueros”.

5. Algunas conclusiones

Si la nación española está en crisis es, sencillamente, porque está en crisis la idea de España. En el marasmo de la segunda mitad del siglo XX, las naciones-Estado –como España- perdieron el ritmo de la historia. El boom de las comunicaciones, la irrupción de las nuevas tecnologías y de las culturas de masas, hicieron que la idea nacional debiera de ser revisada y actualizada. Pero nada apreciable se hizo. Los “patriotas” siguieron defendiendo una concepción de España que databa de la crisis del 98… cuando la historia entraba en el siglo XXI.

Esto supuso el desmoronamiento del “frente patriótico”. La derecha alumbró como eslogan la idea del “patriotismo constitucional”, que suponía la adhesión a la idea de Patria suscitada solamente por la lealtad a una norma constitucional (que, como todas, es pasajera, transitoria y mutable). Por otra parte, uno de los rasgos de la crisis de la izquierda han sido sus contradicciones en lo que se refiere al Estado y a su articulación. Los maoístas de los años 70 se decían “patriotas y antifascistas” y los zapateristas de ayer declaraban que “ser patriota supone pagar impuestos y no criticar al gobierno” (especialmente si es del PSOE). Por su parte, los sectores marginales de la extrema-derecha siguieron defendiendo las formas de patriotismo contradictorio derivados del jacobinismo franquista y menendezpelayano.

En nuestra opinión:

- La Nación Española, en su actual configuración, no tiene posibilidades de sobrevivir en un mundo globalizado, ni su economía tiene la más mínima posibilidad de responder a los desafíos del tiempo nuevo (el proyecto de caza europeo, el Airbus, el ciclotrón y cualquier otro proyecto científico ambicioso del siglo XXI tiene un presupuesto que excede con mucho el de cualquier Estado Nación europeo).

- Esa crisis de la idea del Estado Nacional se evidencia en el silencio con el que los nacionalistas españoles responden a la pregunta que hemos formulado al principio: “¿cuál es el destino universal de España?”-

- La crisis se ve agudizada desde el momento en el que las clases políticas periféricas aspiran a tener un control directo de los recursos del Estado en sus autonomías. No hay nacionalismo ni independentismo que no aspire a controlar las llaves de la “caja”. Por lo tanto, es previsible que en los años siguientes aumenten las tensiones en esa dirección.

- El punto de inflexión de la crisis del Estado y de la idea de Nación tiene lugar con el Decreto de Nueva Planta y la modernización del Estado sobre la base del modelo absolutista borbónico. Ese proceso, como hemos visto, lleva primero al absolutismo centralizador y luego al jacobinismo nivelador.

- Ir en esa dirección, inercialmente, lleva a una centrifugación creciente del Estado en beneficio de las formas de jacobinismo independentistas encarnadas en los partidos nacionalistas periféricos.

- La única posibilidad de asumir un “nuevo curso” y romper con estas dinámicas es abandonar de una ve y para siempre el modelo borbónico del Estado, tomando nuevamente como referencia el modelo austriacista o modelo imperial.

- Ese modelo, por lo demás, tiene la ventaja de que, no solamente respeta la autonomía de las partes, sino que, además, responde perfectamente a las exigencias del tiempo nuevo en la medida en que la idea imperial es una idea supranacional que determina una “nueva dimensión nacional” adecuada al actual momento histórico.

- Para alcanzar esa “nueva dimensión nacional” existen varios recursos: el actual aparato del Estado, la existencia de la Unión Europea que debe de ser algo más que un “mercado” o una zona de librecambio, afirmando una vocación imperial y civilizadora.

- Una vez más, Europa, teatro del Imperio Romano, que intentaron reconstruir los pueblos godos, que configuró la catolicidad medieval y que asumieron los Grandes Austrias, vuelve a ser nuestro destino histórico.

Así pues, podemos articular estas conclusiones en tres principios:

1) Crítica al modelo de Estado borbónico y centralizador.

2) Defensa del modelo imperial de los Grandes Austrias.

3) Traslación de la idea imperial a la Unión Europea.

Entendemos la dificultad que tiene para los nacionalistas de toda Europa la defensa del último punto. Y, sin duda, para cristalizar una idea imperial europea serían necesarias distintas etapas intermedias. Una de estas etapas la vamos afrontar a la vuelta de pocos años: la lucha contra el Islam infiltrado en la tierra europea.

Quien conoce de cerca al Islam conoce su intolerancia, su rigidez y su incapacidad para adaptarse a situaciones nuevas, así como su total imposibilidad de modernización e integración en la cultura europea.

La clase política europea ha permitido la instalación del Islam sobre la sagrada (sagrada en la medida en que aquí están enterrados nuestros antepasados y en la medida en que este continente ha sido el faro de la civilización) tierra de Europa, sin medir las consecuencias. Esa clase política degenerada ha “respetado” y promovido el mantenimiento de la identidad islámica en Europa, sin pensar que quien dice “identidad” dice “territorialidad”. Hoy en Europa ya hay zonas que “están en Europa”, pero que “ya no son Europa”. Son los guetos islámicos que se extienden por toda Francia, por Flandes, por Inglaterra, Alemania del Oeste, Norte de Italia, Suiza, y por la costa mediterránea española y la aglomeración de Madrid.

La sucesión de crisis económicas que se avecina y la situación explosiva en el Magreb, así como las peculiaridades religiosas y antropológicas de los islamistas, hacen inevitable el conflicto final.

Pues bien, en el momento en el que se desencadene ese conflicto, será la hora en la que todos debemos estar dispuestos para la batalla final que, no solamente tendrá como desembocadura la conjuración del peligro islamista en Europa, sino también el hundimiento de las redes de intereses y de las clases políticas surgidas en Europa en la segunda mitad del siglo XX. En la convulsión de esos momentos, la idea imperial deberá alzarse como el mito movilizador de las mejores energías europeas. Y los españoles estaremos ahí también presentes porque ese será el momento en el que el modelo borbónico podrá ser sustituido por el modelo austriacista que nos llevará un proceso de convergencia con Europa sobre bases históricas, culturales, de “misión y destino”, en lugar de meramente coyunturales y económicas.

Tal es la primera aportación para este debate necesario sobre el patriotismo y la nación.

© Ernest Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com

Sobre la crisis de la izquierda mundial y el “Que te calles Karmele”

Sobre la crisis de la izquierda mundial y el “Que te calles Karmele”

Infokrisis.- Hace años, alguien que había militado en el trotzkysmo me dijo a mí que venía justo de lo opuesto cuando ambos ya estábamos muy distanciados de nuestros fervores juveniles: “No toquéis nada de vuestra ideología, nosotros tocamos un poco y todo el edificio se derrumbó”. Este ex trotzkysta estaba resumiendo el drama de la izquierda: mientras el marxismo fue el referente, había diferencias pero el edificio se mantenía en pie; perdida la referencia doctrinal lo que queda hoy no es “la izquierda”, sino “las izquierdas”. No es que el castillo de naipes haya caído, es que en ese cajón de sastre que son las izquierdas hay piezas de todos los juegos

Donde el Rey dijo aquello de “Que te calles Karmele”

La mesa presidencial de la cumbre hispanoamericana de Chile era un zoológico de las distintas izquierdas europeas y americanas. No era de extrañar que Juan Carlos I, un hombre que, en principio, tiene poco de izquierdas, se fuera calentando hasta estallar en el “Que te calles Karmele” dirigido a Hugo Chávez. Junto a Zapatero, con ara de circunstancias, el canciller cubano, más allá, el otrora “comandante Ortega” tan impresentable hoy como cuando lucía su uniforme verde oliva casposo en la Managua de los años 80, al fondo de la mesa el perfil indio de Evo Morales; fuera de campo, la Bachelet y Kirchner, el ecuatoriano Correa despendolado. Moratinos y su compinche la frustrada candidata a la alcaldía de Madrid y hoy directora de cooperación con Iberoamerica, con aspecto de monolitos de Tihuanaco para hacer juego.

Poca chicha ideológica para tanto potaje. Así pues, a Chávez no se le ocurrió otra cosa –suponemos que al alcohol ya habría hecho su primera pasada- que ejercer lo que en metafísica de llama “el principio de la razón suficiente” (el que da sentido a la existencia de algo en sí mismo, diferenciado de cualquier otro ente similar y que, por tanto, da razón a su existencia). A Chávez le dio por ejercer de “bolivariano” convicto y confeso, doctrina más simple que el mecanismo de un botijo que se basa en dos principios “la lucha contra el imperialismo yanqui” y la equiparación de cualquier empresa extranjera en Venezuela como parte de la trama del imperialismo yanqui.

Ese discurso, por increíble que pueda parecer responde a la realidad sociológica de Venezuela. En ese país, con una mayoría de la población en el umbral de la pobreza o poco menos, básicamente población mestiza e indígena, basta cacarear unas cuantas consignas facilonas que den explicaciones sencillas a problemas complejos, se hable en nombre de los desheredados y se exalte “lo indígena”, para ser seguido por una mayoría étnico-social, fundamentalmente indígena y mestiza.

Lo hizo Chávez y lo repitió Morales en Bolivia y Correa en Ecuador. En Perú se intentó hacer pero el cholito de turno salió tan desaprensivo como mediocre y ni siquiera las mayorías étnicas se atrevieron a darle una segunda oportunidad. El hecho de que lo sustituyera el otrora chorizo titulado Alan García (otra muestra de la izquierda iberoamericana, por cierto), ya da la medida de hasta qué punto que caótica su gestión.

De las distintas formas de la izquierda iberoamericana

El indigenismo es la tabla de salvación de la izquierda autóctona iberoamericana. Una de las izquierdas realmente existentes. Pero esto crea problemas.

Los comentarios del “comandante Ortega” (y seguramente el precedente próximo de Isabel Sansebastián en “59 segundos”), hicieron que Juan Carlos I, terminara abriéndose en forma de paraguas. Sin embargo, Ortega se disculpó al día siguiente, mientras que Chávez ajustó un poco más las clavijas, implicando al Rey en el golpe de Estado de 2002. La diferencia entre la actitud de Chávez y la de Ortega se explican por un solo motivo: mientras Venezuela siga bombeando petróleo (y vendiéndoselo a los EEUU, su principal cliente) el Chávez de turno se podrá permitir el lujo de beberse una botella de cualquier caldo chileno (muy buenos, por cierto) y soltar su retahíla de tópicos bolivarianos, a diferencia del “comandante Ortega” cuyo sueldo, en buena medida depende de los 2.000 millones de euros que el gobierno español ha destinado para “cooperación con Iberoamérica” en los Presupuestos Generales del Estado.

La disculpa del “comandante Ortega” implica que asume con sinceridad la rectificación. En absoluto: muestra el estado carencial de uno de los países “peor administrados” (Nicaragua no es pobre, está mal administrada que es muy diferente). En realidad, mientras que la izquierda bolivariana es la izquierda del nuevo rico, la izquierda “orteguiana” sigue siendo la izquierda resentida porque sus ideales de juventud, una vez puestos en práctica, lejos de traer la prosperidad, le convirtieron en el Pol-Pot centroamericano y, de ahí, y de todo lo que vino con el “sandinismo” deriva, en buena medida la miseria nicaragüense actual.

De todas formas, el sandinismo tiene poco que ver con el indigenismo, salvo en que se nutre de las mismas clases sociales desfavorecidas. En Bolivia y Ecuador es mucho más evidente que el remedo ideológico de la izquierda, es el aprovechamiento de la frustración del indígena al que se le halaga diciéndole aquello de “si no hubiera sido por Colón, habríamos llegado antes a la luna”, olvidando que, cuando llegó Colón la civilización de Tiwanako ya se había disuelto y que aquellas culturas vivían el “Apocalipto” que hace poco pintó Mel Gibson.

Esa es, en el fondo, la esencia de la izquierda indigenista en sus distintas fracciones (indigenismo absoluto de Morales, indigenismo relativo de Correa y bolivarismo de Chávez): encontrar una mayoría social que apoye con sus votos la estancia en el poder de una clase política que, en el fondo, no se distingue de las habituales en cualquier país sudamericano (con su retórica infumable, sus gestos dramáticos, su recurso a los descamisados, sus llamamientos antiimperialistas y demás) salvo por sus “fórmulas magistrales”: nacionalizaciones y expropiaciones que dan pan para hoy y que suponen históricamente el hambre para mañana, llegado al cual el péndulo llega al otro extremo, con las privatizaciones habituales.

Pero hay más.

Con la Bachelet estamos ante una izquierda que es lo más parecida a la izquierda europea, pasada la fiebre del allendismo. La izquierda argentina de Kirchner, por el contrario, es una forma atenuada de peronismo, desprovisto de cualquier otro aditamento social y reducido exclusivamente a su expresión demagógica y oportunista. Por aquello de las fotocopias reducidas, Kirchner ha querido que fuera su mujer la que lo sucediera en un guiño a la historia del peronismo. Pero eso no basta para formar un cuerpo de doctrina, ni mucho menos una práctica política, en la que los políticos “de izquierda” han adoptado los mismos usos y costumbres de los “de derecha”: sueldos altos, dedicación escasa, ojo avizor a los buenos negocios, demagogia mucha y efectividad poca.

Todo esto sin contar con la izquierda fosilizada del castrismo que merece un lugar en la historia más que en la actualidad política y al que no vale la pena dedicar más allá de dos líneas.

La izquierda europea no va mejor

Al menos, en Iberoamérica, existe cierta “esencialidad” que ha perdido completamente la izquierda europea. Esa esencialidad, justamente, es la que le confiere cierto aire de radicalismo, mientras que en Europa la izquierda se ha convertido en el paradigma del castizo “ni chicha ni limoná”.

Desde el Congreso de Bad Godesberg en el que la socialdemocracia alemana renunció al marxismo, incluso como método de análisis, hasta el XVIII Congreso del PSOE celebrado 20 años después en el que los hasta ese momento ultraizquierdistas Felipe González y Alfonso Guerra, entendieron que por ahí, ni iban a recibir los buenos fondos de la Fundación Ebert (es decir, los dineros del SPD) y que el camino hacia el poder pasaba por la larga marcha hacia el centro, llovió bastante, pero no tanto como volvió a llover desde el congreso socialista del 77 hasta la Caída del Muro de Berlín algo más de 10 años después.

El 9 de noviembre de 1989, la izquierda ya no tenía nada a lo que renunciar: la caída del muro y la reunificación de Alemania, indicaban muy a las claras que el marxismo ideológico y el comunismo institucional habían pasado al basurero de la historia y por ahí había poco que recuperar.

Hasta entonces, algunos oportunistas sin escrúpulos (los Marchais, los Berlinguer y los inefables autóctonos supervivientes de Paracuellos, del maquis y de veinte huelgas generales frustradas, como Carrillo) habían intentado esa entelequia del “eurocomunismo” que se gestó a partir de que los tanques soviéticos ahogaran la primavera de Praga y para no alarmar a la OTAN ante una eventual entrada de los comunistas en los gobiernos de Francia e Italia durante los años 70. El eurocomunismo era el stalinismo rebajado con gaseosa. Los intelectuales se lo tomaron en serio durante unos años, hasta que fue demasiado evidente su carácter oportunista. Ceaucescu siguió pagado a Carrillo un generoso subsidio hasta que afrontó sus culpas ante un pelotón de ejecución. El “eurocomunismo” fue tan creíble como un etarra con boina y pasamontañas ayudando a cruzar a una anciana la calle.

Muerto el “eurocomunismo” (en los primeros años 80 con la derrota del PCF en las elecciones generales francesas de 1981, inolvidable Georges Marchais cuando en la noche electoral dijo aquello de “Ha sido una gran victoria”… y había perdido la mitad de los votos y dos tercios de los diputados), el comunismo tuvo aún una vida de zombi en el lustro siguiente, hasta que el Muro de la Vergüenza cayó.

El PCE percibió que estaban ascendiendo lo que eufemísticamente llamó “nuevas fuerzas sociales” y que, con propiedad, eran los primeros subproductos de la crisis de la izquierda tradicional que ya no estaban en condiciones de integrar: el feminismo, los movimientos gays y lesbianos, los verdes, y más tarde los ocupas y durante un tiempo los “psiquiatrizados en lucha”…

Fue así como el PCE pasó de la lucha de clases y del “centralismo democrático” como forma de organización del partido, estructurado en células y con una férrea disciplina, a tener como máximo reclamo electoral, el “carril bici”. Pa’ mear y no echar gota, que se dice.

En el fondo, en el PCE-IU quedaban todos aquellos que no habían encontrado el momento para pasarse al PSOE. Ni eran los más avispados, ni los más listillos, ni los más ortodoxos, ni siquiera los más honestos, eran, simplemente, los más retrasadillos en la larga marcha de la izquierda hacia posiciones acomodaticias, que había seguido, por este orden, primero el PSOE, luego toda la extrema-izquierda (el PTE, la ORT, la mayor parte de la LCR y del MCE, Bandera Roja, etc.), y finalmente, lo esencial del propio PCE, Carrillo incluido. El batiburrillo que quedó asumió el ecologismo como ideología de sustitución… sin tener ni idea de conservación del medio, ni otro concepto que fuera más allá del “nucleares no gracias” y poco más.

La sustitución del marxismo por el ecologismo facilitó el que los viejos estalinistas vieran disputadas sus poltronas por jóvenes generaciones de ecolocos, con pocas ideas y muchas ambiciones. Y en eso están disputando la marginalidad con otras variantes de la izquierda radicalosa.

Peor les fue a aquellas gentes de izquierdas que, a partir de algunos textos de Stalin descubrieron la “cuestión nacional”. Allí se encontraron con independentistas radicales de ideas fijas y obsesivas y, la mayoría, fueron a parar al sumidero de los extremismos en donde pacen desempolvando las viejas consignas antifas de tanto en tanto.

Esto por lo que se refiere a los radicales. En cuanto a los moderados, los hay de todos los colores. Perdida la doctrina queda el talante. Y en esto del talante, Zapatero marcó tendencia hasta teñir a la desgraciada Ségolène Royal, una especie de Zapatero con faldas, con su mediocridad humanitarista y su remedo de ideología soft. El electorado francés se miró en el espejo español y votó cualquier cosa que no fuera a alguien que les condujera al mismo barrizal. Sarkozy fue el gran beneficiado y, en el fondo, la ruptura entre Royal y su marido, François Hollander, no fue sino la escenificación familiar del desencuentro entre las distintas familias de la izquierda francesa. La ideología de ONG ha sustituido malamente al marxismo.

Más hacia el sur, la izquierda italiana vive la misma situación de pérdida de identidad. Se sabe que Prodi es de izquierdas –o al menos se intuye- porque es “progre”. Lo progre, hoy más que nunca, es de izquierdas. Y el progresismo y su encarnación sociológica, la progresía, la izquierda divina, la izquierda caviar, es un racimo de tópicos que se resumen en esto: en lugar de los experimentos en casa y con gaseosa, los experimentos se hacen desde el Estado y manejando los recursos públicos. Ah, y cuanto más osados mejor.

Podríamos seguir nuestro análisis taxonómico de las distintas formas de izquierdas casi hasta el infinito. Lo que no está claro es que valga la pena. No puede decirse que la crisis de la derecha sea de la misma magnitud. A la izquierda se le han hundido todos y cada uno de los ideales. Por no disponer, ya ni siquiera dispone del ecologismo como patrimonio exclusivo desde que Sarkozy dijo que en Francia se había acabado construir autopistas. Le queda el progresismo que es el último resto de la resaca de mayo del 68, patrimonio solo de los jóvenes lobos de ayer, hoy tripudos, canosos y divorciados que siguen con lo de “imaginación al poder” y contando las historias del abuelo Cebolleta. Esa es la izquierda. Es decir, no hay izquierda. Si hay una palabra que podría resumir la grandiosidad del drama de la izquierda es “frustración”. “Mira, allí hay un tipo de izquierda”, que quiere decir: “Mira allí hay un frustrado”.

Tendremos que llegar a la conclusión de que el esquematismo “derechas” e “izquierdas” tiene hoy muy poco sentido. Se trata de buscar nuevas catalogaciones políticas. De hecho, no hay que olvidar que estamos gestionando la modernidad con las ideas surgidas a mediados del siglo XVIII. Y eso empieza a pasar factura. Especialmente a la izquierda que todavía cree encarnar mejor que nadie los valores de la Ilustración y de la Revolución francesa, a pesar del resbalón de Alfonso Guerra cuando dijo aquello de “Montesquieu está anticuado”. Montesquieu estará anticuado, pero Guerra y el felipismo son la enésima forma de izquierda postmarxista: la de “zus vais a enterar”, “mi hermano y su comisión”, “el GAL y yo somos así señor juez”, etcétera. No valen más que el resto de formas de la izquierda.

© Ernesto Milá – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

 

La memoria histórica hemipléjica, enésima estupidez de un bobo ilustre

La memoria histórica hemipléjica, enésima estupidez de un bobo ilustre

InfokrisisLa historia nunca perdonará a José Luís Rodríguez Zapatero y a sus aliados políticos el haber cubierto su incapacidad intrínseca para el ejercicio del poder creando señuelos y ejecutando maniobras de diversión como ésta. La Ley de Memoria Histórica no es sino un nuevo aborto legislativo que merece muy poca atención. Los argumentos en contra de esta ley son muchos y multiformes, los hemos resumido para los amigos de infokrisis.

Argumentos en contra de la ley de memoria histórica:

1)   Era innecesaria: desde 1979 los militares republicanos ya había obtenido compensaciones, tanto ellos como sus huérfanos. En tiempos de UCD ya se establecieron dotaciones presupuestarias para compensar en la medida de lo posible los perjuicios causados a los oficiales de carrera republicanos y a sus huérfanos.

2)   Es inoportuna: nuestro país tiene hoy problemas mucho más graves que afrontar en medio de la crisis económica y social que se avecina. Pensar que un país en el que está a punto de reventar la burbuja inmobiliaria, con 6.000.000 de parados, en pleno proceso de desertización industrial y con un problema de modelo de Estado bien presente, pueda dedicarse ahora a “revisar” la historia, constituye un puro sinsentido.

3)   Es hemipléjica: no considera una “memoria histórica” global, sino que solamente alude a los derechos de los represaliados por el franquismo, callando los excesos y desmanes del otro bando. No se entiende por qué, setenta años después de concluida la guerra, se intenta establecer por ley que un bando era asesino y el otro puro y virginal, cuando absolutamente toda la opinión pública sabe que en aquella guerra se cometieron excesos en ambos bandos y, desde luego, los defensores de la República lo van a tener crudo para evitar que la mirada se vuelva sobre los crímenes cometidos en ese bando.

4)   Es inaplicable: en la medida en que los procesos del franquismo están fallados y se atienen a la legalidad vigente en aquel momento. La revisión de todos los procesos de aquella época es algo tan inútil como innecesario y está carente de efectos jurídicos. De la guerra civil emergió una nueva legalidad en función de la cual se dictaron las sentencias. Las leyes van cambiando con el paso del tiempo y lo que en un momento dado es delictivo, deja de serlo en años siguientes. Resulta imposible declarar en bloque “injustas” las sentencias dictadas después de la guerra, especialmente porque nadie duda de que cierto número de condenados lo fueron por delitos de sangre particularmente odiosos. La revisión, juicio por juicio, es una monstruosidad que solamente contribuiría a paralizar aún más los servicios jurídicos de nuestro país.

5)   Es conflictiva: porque  ni siquiera hay líneas claras sobre los símbolos que deben desaparecer obligatoriamente y porque se corre el riesgo de eliminar símbolos históricos o esculturas de interés arquitectónico. Se tiende a pensar que todos los fusilados, encarcelados o represaliados por el bando franquista lo fueron injustamente, y se olvidan los excesos cometidos por el otro bando, lo que lleva a avivar en unos y en otros el recuerdo de la guerra civil y reactualizarla sólo para intentar compensar la debilidad política de ZP. A nadie se le escapa que el intento de ZP, en su esquematismo de manual, de asimilar franquismo – derecha – PP y de otro lado legalidad republicana – izquierda – PSOE. Ese, como todos los esquematismos es falso y mendaz.

Argumentos políticos:

1)    Esta ley obedece a la necesidad de ZP de compensar su debilidad parlamentaria especialmente en el momento del debate presupuestario y precisar el apoyo de IU que aparece como el partido del “carril bici”, cuando en realidad lo único que ha quedado en el PCE es el residuo de nostálgicos de la guerra civil. Algo así como una falange de la izquierda.

2)    El debate sobre esta ley permite a ZP, además, desviar la atención de otros temas de mucho mayor calado: estamos zambullidos en plena crisis económica, con un riesgo de estallido de la burbuja inmobiliaria para el segundo semestre de 2008 y con un PIB hinchado artificialmente gracias a la inyección de 6.000.000 de consumidores en la economía española que han dado la sensación ficticia de crecimiento. Los “logros” económicos son el único argumento de ZP para seguir gobernando… pero ahora ya es imposible ocultar la realidad de la crisis, así que hay que crear espantajos que centren el debate mediático y desvíen la atención. La ley de memoria es uno de estos espantajos.

Argumentos institucionales:

1)    La “memoria histórica” es algo resuelto desde los consensos constitucionales de 1978 que abrieron la presente etapa en la historia de España.

2)    En 1975, la izquierda no tenía fuerza social suficiente para desencadenar una ruptura democrática y en el franquismo ya existía desde 1972-73 una intención de evolucionar hacia formas, más o menos democráticas, especialmente por la necesidad del incipiente empresariado español a ingresar en el entonces llamado Mercado Común. Para eso era necesaria una democracia formal. Así pues, se alcanzaron los consensos que implicaban:

-        Una tabla rasa, sin vencedores ni vencidos: no se producirían juicios de responsabilidades por la gestión de las autoridades franquistas durante el ejercicio de su cargo y a cambio se ofrecía una amnistía general, incluso para delitos de sangre.

-        Un marco jurídico que en el que la izquierda democrática estuviera en condiciones de gestionar el poder en cuanto las urnas lo decidieran, sin limitaciones. A cambio la izquierda reconocía a la monarquía que instauró Franco y renunciaba a la bandera y a las reivindicaciones republicanas.

-        Se aislaba a la extrema-derecha y a la extrema-izquierda mediante maniobras mediáticas y provocaciones: desde el Caso Scala y Montejurra 76 hasta el 23-F y se impedía a ambos sectores extremos el participar en la nueva situación democrática

-        Se evitaba hurgar en el tema de la guerra civil, eludiéndose volver a debatir las responsabilidades: sobre si hubo más o menos fusilados en Málaga o en Paracuellos y si Carrillo era o no responsable de estos últimos (a cambio se le reconocía su papel fundamental en la reconducción del partido comunista por la vía democrática.

3)    Todo esto se respetó hasta que apareció ZP y la falta absoluta de logros en sus políticas (mucho más que sus estúpidos recuerdos sobre su abuelito y demás), hicieron necesario sacar el tema de la memoria histórica del desván y reactualizarlo.

4)    La historia de España ha dado una marcha atrás de 30 años. La irresponsabilidad de ZP puede generar un efecto dominó sobre nuestro ordenamiento constitucional: si una parte rompe el consenso ¿por qué la otra debería respetarlo? En este tema, mucho más que en las cuestiones puntuales del “proceso de paz”, la “alianza de civilización”, la “regularización masiva”, etc., ZP ha mostrado su absoluta incapacidad para gestionar el poder y su falta completa de visión de Estado y de perspectiva histórica.

Argumentos históricos:

1)    El franquismo y la guerra civil son historia. Ocurrieron hace más de 30 años y eso los sitúa dentro de la historia. Haría falta saber por qué no la “memoria histórica” no abarca los sucesos de Asturias y por qué no se empiezan a investigar los asesinatos políticos cometidos en tiempo de la República, o los hechos de octubre de 1934 en Catalunya y Asturias.

2)    La historia no puede estar permanentemente sometida a revisión por ley. La historia es una ciencia que tiene sus leyes y sus procesos. Stalin ya intentó regular la biología a través de leyes dictadas de espaldas a la lógica científica. La investigación científica y la investigación histórica deben estar siempre abiertas, pero no en absoluto reguladas por ley y mucho menos sometidas a dogmas establecidos por ley.

3)    Las guerras civiles son siempre terribles para un país y dejan heridas que es preciso cicatrizar lo antes posible. Un país no puede estar permanentemente enfrentado por cuestiones históricas. A las autoridades les corresponde que el debate histórico sobre los crímenes de los unos o de los otros discurran por canales científicos, no políticos.

4)    El peor escenario es cuando se resucita toda la cuestión de la guerra civil para establecer un nuevo dogma histórico, a saber: que el bando republicano llevó adelante una guerra limpia y humanitaria y que toda la responsabilidad y los crímenes corresponden a los franquistas. Eso es una memoria histórica “hemipléjica” de consecuencias imprevisibles.

5)    Incluso en las profundidades del franquismo se procuró olvidar y superar la guerra civil. No en vano en el Valle de los Caídos fueron enterrados un 55% de muertos del bando republicano y un 45% de muertos del bando franquista.

Argumentos sobre los símbolos:

1)    Ya durante la guerra civil, grupos anarquistas destrozaron todos los símbolos del yugo y de las flechas que encontraron considerándolos símbolos de la Falange cuando eran símbolos de los reyes católicos.

2)    Resulta absurdo que se exija la retirada de los símbolos de los fusilados católicos de las Iglesias con la  amenaza de retirar subvenciones. A eso se le llama chantaje para ocultar una realidad histórica: la de que hubo crímenes también en la zona republicana. Ahora no podemos entrar en la mezquindad de señalar que bando fue más asesino, y mucho menos de establecerlo por ley. Esto es todavía más grotesco cuando se subvencionan placas de homenaje a los muertos del otro bando.

3)    Sobre el Valle de los Caídos vale la pena resaltar su valor artístico y monumental. Más que por “trabajadores esclavos” fue construido por presos que recibían reducciones notables de sus condenas.  El resultado fue una obra monumental de indudable interés artístico o arquitectónico que está ahí y que no debe ser modificado. Es el testimonio de una época y el hecho de que allí descansen los restos del anterior jefe del Estado no implica que deban ser ni desplazados ni destruidos. Bajo la Cúpula de los Inválidos en París se encuentra el féretro del que probablemente fue el hombre más sanguinario de Europa, Napoleón Bonaparte que incendió en continente desde Cádiz hasta Moscú y desde Prusia hasta Egipto. Nadie ha cuestionado nunca la presencia del cadáver de Bonaparte en Los Inválidos, ni siquiera cuando su recuerdo estaba próximo. El franquismo, para bien o para mal, eso lo establecerán los historiadores, supuso 40 años en la historia de España. Y esos 40 años deben recordarse de alguna manera. Un país no puede tener un vacío histórico, además, hemipléjico. La ley de memoria histórica, condenando al franquismo como si se tratara de un fenómeno político actual, contribuye a establecer ese agujero negro en nuestra historia en el cual no se puede penetrar sino es con una predisposición condenatoria. La historia, como ciencia, exige objetividad.

Aspectos contingentes:

1)     No hay ningún partido –salvo los pequeños grupos falangistas o los herederos de fuerza nueva interesado en reivindicar la memoria del franquismo. Mucho menos España 2000 que mira hacia delante y procura dar solución a los problemas reales de la población.

2)      Ahora bien, es preciso reconocer que en 1936 la República era inviable, especialmente a partir de las sublevaciones de Asturias y Catalunya, protagonizados por los socialistas. Los tiroteos entre unas y otras facciones eran diarios. La inestabilidad política constante y el estancamiento económico del país, unido al atraso que se prolongaba desde el siglo XIX, hacían inviable que pudiera despegar el país en aquellas circunstancias.

3)     Debates de este tipo para ser fructíferos solamente pueden ser desarrollados en el ámbito académico y fuera de los condicionamientos políticos o de las conveniencias temporales.

Todo esto puede sintetizarse en cuatro ideas:

-        La consideración de los 40 años de franquismo y de la guerra civil como parte natural de la historia de España.

-        Juzgar a los gobiernos de hoy por los problemas que son capaces de resolver, no por los que son capaces de rescatar y reactualizar, o generar.

-        Superar de una vez y para siempre la simplificación partidista de un conflicto de las dimensiones de la República, la Guerra Civil y el Franquismo.

-        La condena a quienes pretenden mantener viva la Guerra Civil.

Por todo esto creemos poder decir: ¿Ley de Memoria Histórica? No gracias.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

12 de Octubre: día de la Hispanidad. Balance global.

12 de Octubre: día de la Hispanidad. Balance global.

Infokrisis.- Durante los días previos al 12-O el debate político español estuvo centrado en el vídeo seudo-institucional colgado por Rajoy en Youtube, asumiendo el patriotismo como el eje central del discurso político del PP. Todos los sucesos que ocurrieron el día 12 merecen ser examinados en clave política. Esto es lo que vamos a hacer en las líneas que siguen que han intentado ser todo lo sintéticas que requiere la ocasión.

 1.     Rajoy: gol a ZP

ZP está preso en primer lugar de sus tópicos progresistas y globalizadotes para los que la “nación” es algo relativo, y luego su minoría parlamentaria (que en el mejor de los casos proseguirá en la próxima legislatura) no sólo en la gobernabilidad del Estado sino en la de buena parte de regiones en las que gobierna, que le obliga a entregarse a los apetitos nacionalistas.

El lastre inolvidable que supuso la negociación del Estatuto Catalán, el malhadado “proceso de paz” y el relativismo del que suele hacer gala ZP le van a suponer su principal dificultad para movilizar al electorado centrista-españolista en las próximas elecciones. De ahí que en los últimos meses se haya abierto la campaña publicitaria “Gobierno de España”, poco, realmente poco, para olvidar todo lo que ha caído hasta ahora y para contrapesar una evidente falta de patriotismo e incluso de “convicción nacional”.

En este contexto, a partir de marzo, Rajoy entendió que uno de los elementos sociológicos que tenía que cuidar era al elemento patriótico. Desde Fraga, la política del PP ha sido siempre evitar tener “enemigos a la derecha”. Aznar y Rajoy han sido diestros en presentarse como acaparadores del “patriotismo español”, identificando una carencia en la actitud ambigua de ZP. Pero también es cierto que con Aznar el patriotismo fue pisoteado poniéndolo en el furgón de cola de la Cumbre de las Azores y de la política errática de Bush. El vídeo de Rajoy corresponde más al de un presidente de gobierno en ejercicio que el de un candidato de la oposición; es evidente que esa declaración le correspondía hacerla a ZP y ante la deserción de éste del campo del patriotismo, Rajoy intentó ocupar el vacío. ¡Bingo! Durante cinco días el vídeo ha estado en el candelero y ha ocupado el centro de la atención informativa.

El PSOE, absolutamente descolocado, intentó responsabilizar a Rajoy de los incidentes que todos sabíamos que iban a producirse al día siguiente en Donostia, Barcelona y, quizás en Valencia, en donde distintos grupos políticos habitualmente identificados con la extrema-derecha habían convocado manifestaciones.  Era una débil reacción porque resulta increíble pretenden identificar al PP con la falange o con un subgrupúsculo absurdo como Democracia Nacional.

El resultado final es que a cinco meses de las elecciones generales, la bandera del patriotismo ha quedado indisolublemente ligada el PP y no existe la más mínima posibilidad de que el PSOE recupere crédito en este terreno. A partir de ahora, pasados los eventos del 12-O, con el flanco del patriotismo seguro, el PP insistirá en temas centristas. Rajoy está a un paso de la victoria electoral, pero sólo utilizando el patriotismo como elemento movilizador no está claro que obtenga la victoria: hace falta el voto centrista para vencer y si este es masivo puede asegurar la mayoría absoluta. Así pues, que a nadie le extrañe que, a partir de ahora, el discurso del PP se vuelva meramente economicista y tienda a criticar las cifras económicas ofrecidas por el gobierno. Esperanza Aguirre cederá protagonismo a Gallardón y Rajoy deseará que éste, a su vez, lo ceda a Rato. Es la eterna marcha hacia el centrismo que todos los partidos inician en períodos pre-electorales.

2.     Pitos a ZP en la Castellana

Los militares son los parias de la democracia. Suárez les engañó y luego les conminó a optar por la vía golpista perdiendo la carrera, o plegarse a la legalidad vigente y medrar. La mayoría optaron por lo segundo. Felipe González les dio el caramelo de la OTAN y les compró armamento nuevo y sofisticado. Aznar transformó en una de sus decisiones más irresponsables, al ejército de leva en ejército profesional. Para ZP el ejército es una especie de ONG hecha para repartir bocadillos e integrar a la mujer y a los excedentes de inmigración. Si hoy hay algo que el ejército está incapacitado técnicamente para hacer es asegurar la defensa nacional. Ni tiene medios, ni tiene personal suficiente, ni tiene claros cuáles son los enemigos, ni siquiera existe una política de defensa en la que se pueda confiar.

Así que el ejército, políticamente, pesa menos que una oblea; es como una especie de caña que se mece al viento. Y es triste, porque la defensa nacional debería de estar por encima de la sucesión de partidos que se turnan para ejercer el poder. Al menos si pretende ser eficaz. La defensa nacional debe ser independiente de las políticas cotidianas, porque la defensa nacional es permanente. Y hoy no lo es. Nuestros muchachos están presentes jugándose la vida en guerras en las que no tenemos nada que ganar: ¿qué hacemos en el Líbano? ¿qué se nos ha perdido en Afganistán? ¿Cómo es que ningún militar da el do de pecho y dice lo que todo el estamento piensa en silencio? Que mientras estamos presentes a 20.000 km de distancia en la absurda guerra de Afganistán, en Catalunya y en el País Vasco no hay unidades operativas, que la defensa de Ceuta y Melilla es imposible y que Marruecos no es el amigo del sur” que pretende ZP sino el “enemigo del sur” que reivindica zonas de territorio español.

Las cúpulas militares no se eligen por su prestigio y preparación sino por su sumisión al poder político. Se busca funcionarios, no conductores de tropas, burócratas, no estrategas, gentes que subordinen la defensa nacional a las exigencias de su carrera. Y, para colmo, casi el 10% de nuestras tropas están formadas por inmigrantes a los que se les ha prometido la nacionalidad española al término de su contrato. Nuestros jóvenes no están motivados por sueldos bajos, disciplina, ni tienen incentivos profesionales para cuando termine su contrato: simplemente estarán en la calle con treinta y tantos años y el seguro de paro a cuestas.

El ejército no pesa nada… y la institución monárquica, cada vez más cuestionada y cuyos apoyos son en su inmensa mayoría protocolarios, disminuye progresivamente su peso en la medida en que el principal grupo social que lo ha apoyado hasta ahora –las FFAA- tienen un peso político próximo al cero absoluto.

Un desfile y un par de recepciones al año son los premios de consolación que el poder político concede a las FFAA. La Pascua Militar y el 12-O son esas fechas en las que la sociedad española se acuerda que tiene ejército.

En esta ocasión como en las dos anteriores, ZP ha resultado abucheado por los asistentes al desfile militar de la Castellana. Ni siquiera tuvo el valor para ascender a la tribuna por la escalinata, sino que debió hacerlo por la parte trasera. Cada vez que ZP se movía un inmenso abucheo afloraba en el público arrinconado a 200 metros de la tribuna presidencial. Los aplausos al rey fueron sofocados por los abucheos al presidente del gobierno.

Para colmo, ni Montilla ni Ibarretxe se atrevieron a acudir al desfile para no contrariar a sus aliados en el caso del primero y a sus electores en el segundo. Justo en el momento en que Ibarretxe cuestiona la unidad nacional mediante un referéndum y Montilla –ese enano político- reza cada día para que Carod no se levante con el pie izquierdo, cuando la guerra de las banderas se encuentra en su peor momento y se queman como nunca retratos del Jefe del Estado y banderas nacionales, ZP quita hierro y afirma que todo esto no es más que un resfriado. Con razón recordaba El Mundo que hay gente que muere de un resfriado mal curado.

3.     Incidentes en Barcelona y Donostia

Convocados por los neopiñaristas de Adelante España y Nacho Mulleras en nombre del inexistente partido que atiende al nombre de DN (un mero listado cambiante para el cobro de cuotas vía banco), se convocó a los “patriotas españoles en Catalunya” en el habitual acto de Montjuich que como es habitual cada año registra una merma sostenida de entre el 3 y el 5% en relación al año anterior.

Los más optimistas hablan de 125 personas. Los más pesimistas de “un centenar”. En realidad, esta guerra de las cifras importa muy poco. Lo trágico es que los “patriotas españoles en Catalunya” sean una cifra ridícula, unidos en torno a banderas nostálgicas y a líderes que raramente ven concentrados ante sí a más de 20 fieles. Si alguien quería descalificar al patriotismo español en Catalunya que vaya a Montjuich y vea lo que se reúne allí cada 12-O. Apenas nada.

La buena noticia es que esos 100-125 asistentes no son representativos de nada. En Catalunya existe un patriotismo español que no está negado con el saber apreciar los valores de la catalanidad. Este patriotismo carece de expresión política: el PP no puede evitar ser el “partido de la derecha” y ese patriotismo no es necesariamente de derechas. Vidal Quadras estuvo cerca de capitalizarlo para el PP, pero los pactos de Azanar con Pujol, lo enviaron en patada para arriba hacia el Parlamento Europeo. Con Piqué, el PP vivió la ambigüedad previa a la liquidación en la que se encuentra actualmente y que pesará como una losa en sus resultados electorales de marzo.

Sobre los incidentes de San Sebastián provocados por la presencia de un grupo falangista y por la intolerancia abertzale, ya hemos hablado en otro lugar, así que no insistiremos.

4.     España 2000 en Valencia

De todas las manifestaciones realizadas fuera del ámbito del PP en recuerdo del día de la Hispanidad merece destacarse la convocatoria realizada por España 2000 en Valencia que consiguió atraer a 5.000 personas según los organizadores y a 2.000 según la Guardia Urbana. Las fotos evidencian que estaríamos más cerca de la primera cifra que de la segunda. Sin olvidar que una parte sustancial de gentes (entre los que nosotros mismos nos encontramos) que tenían previsto acudir no pudieron dadas las adversas condiciones climáticas en zonas de la provincia de Valencia y de Alicante. No solamente E2000 consiguió atraer a más manifestantes que el año anterior sino que ni siquiera se produjo un pequeño incidente. Fotos cantan.

Para colmo, la convocatoria se había realizado con una consigna que desbordaba el patriotismo del PP: “En España, los españoles primero”, en alusión al derecho de preeminencia de los españoles ante los inmigrantes en puestos de trabajo, ayudas y becas institucionales, etc.

A diferencia de otras organizaciones, E2000 no aspira a competir con el PP en el patriotismo, sino a movilizar a amplias franjas de la población en nombre de la protesta contra la inmigración masiva. Esto le permite articular un discurso “social” en primer plano que sitúa la defensa de los derechos de los trabajadores españoles. El “patriotismo” se da por supuesto, como el valor al soldado, pero es inútil alardear de él y hacerlo el eje de un discurso político, cuando el PP lo copa como elemento movilizador.

El tiempo dirá si E2000 está en condiciones de convertirse en el partido contrario a la inmigración masiva que existe en todos los países de Europa Occidental. Para ello deberá acentuar su sentido social y someter a revisión su patriotismo justo en el momento en el que esta revisión es más necesaria que nunca y constituye una tarea pendiente de revisión ideológica que ni siquiera el PP se ha sentido en condiciones de realizar. Si una nación es una “unidad de destino” hace falta plantearse las características de esta unidad y cuál es su destino en este momento. Y, desde luego, la respuesta no puede ser la misma que la que se dio entre 1898 y 1929.

El patriotismo es algo que debe revisarse y aggiornarse, o de lo contrario, se convierte en algo perfectamente inútil. En la España de 2007, después de 30 años de constitución, 40 de franquismo, 30 de preeminencia intelectual de los valores del 89, con un “estúpido siglo XIX” a cuestas que supuso la irrupción de los nacionalismos periféricos y la pérdida del paso en la industrialización y el progreso, habría que dejar a un lado la concepción borbónica de la nación y retrotraernos a la concepción de los Austrias, trasladada a la Europa del siglo XXI a la que ineludiblemente está ligada nuestra historia.

Mientras esto no se haga, el riesgo de toda forma de patriotismo es su inactualidad y el poder ser confundido con el concepto franquista de patriotismo, más próximo del jacobinismo francés que del patriotismo de los Austrias.

5.     La Manifestación de la Hispanidad en Madrid

Lo anterior enlaza con lo que vamos a decir: la manifestación más masiva que se produjo en España el 12-O, no la protagonizaron españoles, ni en la Castellana aplaudiendo a lo que queda del ejército español, ni en la digna y esperanzadora manifestación de E2000 en Valencia, ni desde luego no en las demostraciones grupusculares y ridículas de Montjuich y Donostia. La mayor demostración pública en la tarde del 12-O tuvo lugar en Madrid protagonizada por cientos de miles de inmigrantes latinoamericanos en España.

Hay que meditar bien sobre este detalle porque nos da la clave de la situación que estamos viviendo: el 12-14% de la población española es de origen inmigrante. La mitad, aproximadamente, de origen hispanoamericano. A efectos prácticos no existe gran diferencia entre un inmigrante andino y otro magrebí, tan sólo su dominio del idioma. Pero el efecto sobre los trabajadores españoles es el mismo: sea andino, sea magrebí, la cuestión es que esa fuerza de trabajo entra en contradicción con los intereses de los trabajadores españoles. Y este es el gran problema que en este momento tenemos planteado y del que no está tan claro como vamos a salir.

Existen unos excedentes de inmigración que el mercado laboral español no está en condiciones de absorber y que solamente ha podido incorporar durante unos pocos años, mientras ha durado la fantasía del crecimiento económico. Este espejismo ha saltado en pedazos y ahora la única forma de que parte de la inmigración sobreviva en nuestro país es que esté subsidiada. Pero España no es un país rico, ni en condiciones de subsidiar a amplios sectores de la población. Las reservas s agotarán en pocos años. La construcción ha sufrido un brusco parón, el sector inmobiliario sufre los estertores previos al estallido de la burbuja inmobiliaria, el PIB crece solo en la medida en que va creciendo la población mediante la inyección de inmigración. No hay salida: si la inmigración cesa de crecer, el PIB empezará a ser negativo; si, por el contrario, sigue aumentando, los desequilibrios sociales y étnicos serán de tal magnitud que en menos de 10 años tendremos una situación similar a la francesa caracterizada por guetos y por conflictos étnicos.

Lo dramático de la situación actual es que no tiene salida si no se recurre a soluciones radicales y a golpes de timón realizados con decisión. Y esto no están en condiciones de hacerlo ni el PP (que abrió las puertas a la inmigración), ni el PSOE (que ha consagrado la inmigración como el único recurso para garantizar el crecimiento económico).

Cuando se manifiestan cientos de miles de inmigrantes “hispanos” en Madrid, justo en el momento en el que en algunas zonas de España, está completamente ausente la idea de Nación, el hecho esencial es que no es la cuna de la hispanidad la que transmite fuerza, vigor y cultura al “conjunto”, sino el “conjunto” el que ha asaltado la cuna en un momento de crisis. No es lo mismo: es justamente lo contrario. Hay mucha diferencia entre exportar música de Falla, de Turina o de Albéniz a recibir salsa, merengue y cualquier otra variedad musical andina o caribeña. Hay mucha diferencia entre ofrecer una identidad cultural a los países andinos a albergar a sus ciudadanos dentro de nuestras fronteras. Existen grandes diferentes entre exportar a nuestra dramaturgia clásica a importar culebrones. Hay mucha diferencia entre el proceso de hispanización de los EEUU y el proceso de latinoamericanización de España. Y no son lo mismo. Digámoslo claro: los productos culturales que nos llegan del mundo andino y caribeño, en lugar de enriquecer la cultura española, la bastardizan y la empobrecen.

Todo esto es lo que nos sugiere este 12-O. Y, en gran medida, no es tranquilizador.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es                   

¿Provocadores o simplemente tontorrones?

¿Provocadores o simplemente tontorrones?

Infokrisis.- El 12 de Octubre uno de los más de media docena de grupos falangistas convocaron a sus menguadas huestes en Donostia en un intento de destacar sobre el resto de grupos azules que languidecen en el limbo político. La izquierda abertzale vio confirmadas sus tesis: Euskal Herria sufre una “invasión españolista”. Se manifestaron e impidieron la manifestación falangista. Los azules, escoltados por la Ertzaina sobrevivieron… Pasados los incidentes no está claro si el grupo cuya presencia en Euskal Herria desencadenó los incidentes fue “provocador consciente” o simplemente “tontorrón alucinado”. No hay una tercera posibilidad.

No hay nada nuevo bajo el sol

La acción del grupo falangista en cuestión no tiene justificación. No es la primera vez que ocurren incidentes de este tipo, que siempre responden al mismo patrón: un grupo de extrema-derecha alucinado y salvapatrias acude a defender la españolidad del País Vasco convocando una manifestación en el corazón del mundo abertzale.  

En la segunda mitad de los años 90, la tropa de Ynestrillas protagonizó el mismo esquema, suscitando idéntico resultado: la Ertzaina logró salvar a los “expedicionarios” madrileños, mientras la izquierda abertzale amenazaba con un linchamiento colectivo y, a falta de poder acercarse a los “pichones”, se contentaba con utilizarlos como excusa para ejercer la kale-borroka. Ynestrillas, al menos, tenía la excusa de estar, literalmente, como las maracas de Machín, carácter y actos que le llevaron a la cárcel por motivos muy poco dignos: Un tiroteo en una discoteca a causa de una “postura de perica” y dos atracos a locales nocturnos para proveerse del cuarto y mitad que necesitaba.

Años después, cuando se estaba constituyendo el Frente Nacional y uno de sus mentores vascos que atendía al nombre-alias de “Santiago Olabarría”, aspiraba a tener un protagonismo, se preocupó de que todo el eje de la acción de este frente pasara por Euskal Herria. Eludamos la malhadada entrega de datos selectivos a una revista pro-etarra y recordemos sólo la concentración en Bilbao que terminó justo como terminaron las idas y venidas de Ynestrillas a la misma zona.

Como no hay nada nuevo bajo el sol, a este nuevo grupo falangista no se le ocurrió mejor idea que convocar a sus menguadas huestes, nuevamente –imaginación al poder- en San Sebastián. Las anteriores experiencias no habían servido de nada, ni nadie en el medio azul las tomó en consideración, ni fue capaz de reflexionar sobre ellas. No hay científicos en aquel ambiente político, ni siquiera gente que utilice el sentido común: cuando se dan las mismas circunstancias y un proceso físico se produce en las mismas condiciones de presión y temperatura, se produce el efecto esperado. Las leyes físicas también sirven en política. Ocurrió lo que tenía que ocurrir, que era, justamente, lo que había ocurrido en las anteriores ocasiones.

Tienes menos futuro que la Falange en Euskal Herria

El problema no es que un grupo de falangistas quieran ejercer su legítimo derecho a la libertad de expresión manifestándose en el lugar que lo estimen oportuno. De hecho, en una situación normal, la manifestación falangista debería haberse podido celebrar normalmente, y unos 100 individuos vestidos de las maneras más sorprendentes y demodés hubieran hecho literalmente el ridículo en San Sebastián sin suscitar el más mínimo encono, dejando su demostración como una muestra de mero exotismo político. El problema es otro y es doble.

De un lado, constatar la evidencia de que no existe libertad de expresión en Euzkadi. Cualquier cosa que haga fruncir el ceño a los abertzales e, incluso, a los nacionalistas, el ondear una bandera española, por ejemplo, constituye la excusa para desatar la guerrilla urbana. El nacionalismo –todo nacionalismo- es una forma de irracionalismo y el irracionalismo no se expresa mediante la razón, sino mediante los sentimientos, la fuerza y la intolerancia. Siempre. Eso es lo que está ocurriendo en Euskal Herria, cuya historia está tan íntimamente ligada a la del resto de España que solamente el impulso nacionalista puede retorcer la Historia y falsearla hasta el punto de presentar como contradictoria y antagónica la relación entre el resto de España y Euskal Herria. Y llegamos al segundo problema.

Los “viriles muchachotes azules” que vanamente intentaron manifestarse en San Sebastián, no eran capaces de comprender nada de nada, ni siquiera qué diantres hacían allí, ni de entender que sus actos maltrataban y arrastraban por el barro el ideal que decían defender.

Es muy difícil explicar a estos últimos mohicanos del falangismo lo que es el jacobinismo, o el error de confundir jacobinismo con unidad nacional, o el daño que supuso para la unidad nacional el Decreto de Nueva Planta, y el hecho de que el franquismo desconsiderara y relegara al terreno de los Coros y Danzas las peculiaridades y las identidades regionales.

En ocasiones, una causa se defiende tal mal que solamente hace daño al ideal que se pretende defender. Que se lo pregunten a Bin Laden. Es absurdo e inútil pedir a los falangistas que se manifestaron y a sus jefes irresponsables que los convocaron, simplemente, que piensen. Que piensen en el modelo de Estado que quieren. Que piensen que estamos en el siglo XXI y que el patriotismo que defienden –o al menos, en sus sugestiones básicas- derivan de los efectos del desastre de 1898, lejano, muy lejano como para pretender actualidad. Que sean capaces de revisar el patriotismo y adaptarlo al tiempo nuevo.

Si son tan tontos como para dar una excusa a los abertzales para sus fechorías ¿cómo diablos podrían plantearse otro problema que no fuera el de dónde comprar hoy una camisa azul con el yugo y las flechas bordadas? Tema, por lo demás, complicado… El fondo de la cuestión no es que unos descerebrados absolutos hayan querido manifestar su concepto de patriotismo yéndose a Donostia, sino que el patriotismo español precisa ser REVISADO, ACTUALIZADO Y REDEFINIDO.

Y ellos ni tan siquiera son capaces de percibir estas necesidades: de ondear una bandera española en Donostia “por cohone”, seguro que se ocupa una “portada” (Ynestrillas, entre colocón y colocón, hace poco iba diciendo que él es el único que da “portadas” a la extrema-derecha…). Aquí no hay pedagogía posible, simplemente, porque no hay capacidad de razonamiento lógico que valga en estos patéticos sujetos; hay que reconocer que estos grupos falangistas son mera anécdota y que quien a estas alturas no se ha enterado de la época en la que vive, no se va a enterar nunca jamás.

La opinión de Luis del Pino

Hace poco, el blog de Luis del Pino, habitualmente dedicado a investigar los aspectos que no encajan en la “versión oficial” del 11-M, ha puesto el dedo en la llaga atribuyendo a algunos servicios una capacidad de maniobrar y manipular a la extrema-derecha. Mencionaba explícitamente a “los falangistas”. Pero no hace falta ir tan lejos. Es rigurosamente cierto que algunos grupos de extrema-derecha son extremadamente manipulables y se prestan –como los anarquistas- a ser utilizados por unos o por otros. ¿Es éste el caso de los tontorrones que fueron a Donostia?

Es rigurosamente cierto que cada escisión falangista es más extraña que la anterior y que es completamente vano e infructuoso intentar entender por qué se producen estos desgajamientos, frecuentemente violentos. La escisión del grupúsculo capitaneado por un tal Andrino permanece inexplicable. No es algo nuevo. Desde que Ramiro Ledesma y José Antonio Primo se separaron por causas poco razonables, ninguna escisión falangista ha tenido motivos transparentes y comprensibles.

En la actualidad, a nadie mismamente razonable se le escapa que la Falange es un cadáver como la vieja extrema-derecha superviviente del franquismo. Quien permanece en esos ambientes solamente puede responder a estas características: o bien es un idealista alucinado de pocas luces, o bien es un aprovechado que medra obteniendo fondos de las cuotas de aportaciones de “millonetis históricos”, un infiltrado, o bien solemnes tontos de baba.

No hay más opciones. En ese sector, ya no queda nadie razonable. Si fueran razonables no estarían allí. Esta tipología es lo que se le escapaba a Luis del Pino en su artículo. En ocasiones, los factores subjetivos explican muchas más cosas que las conspiraciones.  

¿Es posible una manipulación de la extrema-derecha hoy?

¿Qué sentido podría tener manipular a un grupúsculo azul hoy?¿Quién podría estar interesado en hacerlo? En el momento en el que se debate sobre la Ley de Memoria Histórica y Zapatero ha abierto la caja de los truenos, es conveniente tener a mano a un grupo de energúmenos que demuestre que también en el otro bando hay gente que no está dispuesta al paso de página y a la superación de la guerra civil. Unos pobres diablos enfundados en los mismos uniformes que en los años 30, es innegable que facilitan las cosas. Por otra parte, la frase de Pepiño Blanco el día anterior, atribuyendo al mensaje institucional de Rajoy y a su petición de que el patriotismo se demostrara de alguna manera, la responsabilidad de los incidentes que se perpetraran el 12-O, da otra clave del asunto.

Esto sin olvidar que mientras la reacción de la extrema-izquierda abertzale fue extremadamente tibia cuando se produjo la detención de los 23 miembros de la Mesa Nacional de Herri Batasuna, estuvo en condiciones de movilizar a varios cientos de activistas y a resucitar unos niveles de kale-borroka que desde hacía tiempo no era capaz de ejercer, gracias a la convocatoria falangista que daba, insistimos, la razón a sus tesis: “Los españolistas nos invaden”… pues no en vano la totalidad de los falangistas venían de fuera de Euskal Herria.

No creemos que existan posibilidades ni interesados en manipular a los que, por sí mismos, ya están dispuestos a hacerlo todo de la peor manera posible. La falta de educación política de estos grupos es tal, que cualquier acción que hagan, de por sí, ya será provocadora. Hay gente que supone un desdoro y un desprestigio para los ideales que dicen defender, cualesquiera que sean.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es