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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

Cyrano de Bergerac y la tradición heroica de los Mosqueteros

Infokrisis.- Recientemente, hemos visto las dos versiones del film "Cyrano de Bergerac" y repasado la obra original de Rostand, al mismo tiempo que releíamos "Los Tres Mosqueteros" de Dumas. Todo esto nos induce a realizar unos comentarios sobre la tradición guerrera de los mosqueteros, como heredera de la tradición militar espartana.

 

[foto de José Ferrer como Cyrano, en la versión de 1950]

El Cyrano de Bergerac histórico

Su padre, Abel de Cyrano, fue diputado en el Parlamento parisino mientras que su madre, Espérance Bellanger, era hija del tesorero de la Casa Real. Recibió de sus padres tierras en el pueblo de Bergerac. Pero, en 1636, su falta de habilidad para gestionar el patrimonio familiar le lleva a liquidar sus posesiones, conservando de ellas solamente la alusión a la villa que le vio nacer. Nace en 1618, el mismo período en que aparecen los manifiestos rosacrucianos atribuidos a Johann Valentín Andreae (1614), en un período sangriento marcado por la Guerra de los Treinta Años que se prolongará hasta la Paz de Westfalia en 1848. Es la última guerra de religión y su fin sella la balcanización de Europa.

Es posible que Cyrano perteneciera a alguno de los círculos rosacrucianos de la época. Esto explicaría algunos de los símbolos utilizados en su “viaje al sol”, cuando es recibido por un pequeño ser desnudo que lo recibe sobre una piedra: símbolo de la pureza (desnudez) situada por encima de todas las formas (la piedra). Asimismo, las obras herméticas de Cyrano entran dentro de la tradición rosacruciana y de la práctica de la alquimia por parte de los afiliados a estos círculos. El hecho mismo de que Cyrano, ingenuamente, presentara como una posibilidad de volar llenar esferas de cobre con rocío que luego al evaporarse las elevaría hasta la luna, es apenas un símbolo cuando se conoce el papel del rocío en las manipulaciones alquímicas (ver la primera tabla del “Liber Mutus”). La obra de Cyrano de Bergerac es, sobre todo, una obra de contenidos herméticos, con referencias a la ciencia de su tiempo aún no liberada del pensamiento mágico.

En 1639 entra en el cuerpo de los mosqueteros a las órdenes del Capitán Carbon de Casteljaloux. Rostand recuerda este episodio en la presentación que hace Cyrano de los mosqueteros al Duque Guiche: “Estos son los cadetes de la Gascuña y Carbón Jaloux su capitán…”. Nadie dudó en su época de sus habilidades como notable espadachín. Movilizado con su unidad en el sitio de Arrás, recibe una herida en la garganta y se licencia poco después. En París se une a un grupo de “libertinos” (calificación que englobaba a gentes sin religión, más que a personas carentes de ética y moral). Se unió al filósofo materialista Gassendi y escribió en ese período la mayor parte de sus obras. “La muerte de Agripina”, mencionada en el texto de Rostand, acaparó polémicas y escándalos al ser considerada blasfema. Participó en la revuelta de La Fronda al lado de Mazarino, sucesor de Richelieu y, tal como refleja Rostand, hasta el último momento de su vida siguió siendo un personaje polémico capaz de ganarse continuamente enemigos. La enemistad con los jesuitas, por ejemplo, fue recíproca y virulenta. Cyrano es coetáneo de Descartes, a quien tiene como maestro de filosofía. Es posible que ambos pertenecieran a algunas de las muchas fracciones del movimiento rosacruciano de la época. En su simbólico “Viaje a la Luna”, Cyrano incluye referencias al “Discurso del Método” y multiplica envites contra el catolicismo y la moral. Duda de todo –la duda es para Descartes la primera obligación del filósofo- o de lo contrario la verdad puede ser tan sólo apariencia y la auténtica realidad estar en otra parte.

En 1654, tal como refleja Rostand, un accidente callejero, fortuito o provocado, merma su salud cuando vive en medio de dificultades económicas y no ha obtenido el reconocimiento artístico que cree acorde con sus cualidades. En ese momento era secretario personal del duque de Arparon, al que dedicaría sus últimas obras. El 23 de julio de 1655 Cyrano pidió ser trasladado a la quinta de su primo en Sannois. Cinco días después moriría a la temprana edad de 36 años. Desde 1911 se conoce su certificado de defunción, conservado en el archivo municipal de Sannois, en cuya iglesia de San Pedro y San Pablo se encontraba su tumba, en la capilla de San Sebastián.

Edmond Rostand, absorbido por su obra

La obra del dramaturgo y poeta francés Edmond Rostand (1868-1918) estuvo en auge en el tránsito del siglo XIX al XX. Marsellés de origen, desde muy pronto abordó la creación literaria y, a partir de 1888, entregará diversas obras de teatro todas las cuales gozaron de un gran éxito. Pero se trataba de éxitos puntuales que no estaban todavía en condiciones de hacerse con un hueco en las letras francesas.

Será en 1897 cuando, solamente por “Cyrano de Bergerac”, pase a la historia de la literatura mundial. La obra se estrenó por primera vez en 1897 en el teatro de la Porte-Saint-Martin de París.

Tras su “Cyrano”, Rostand compondrá otras obras que gozaron de gran éxito, pero ninguna alcanzó la perennidad de aquella. Ingresó en la Academia Francesa y en los últimos años de su vida se retiró a las estribaciones de los Pirineos.

Llegó a reconocer que “Cyrano” de Bergerac eclipsó cualquier otra cosa que compuso, incluso su propia vida. Falleció en 1918.

A poco de ser estrenada, el famoso actor francés Coquelin hizo una gira mundial con su Cyrano, que llegó a representarse en el Teatro Principal de Barcelona. No volvería a ser interpretada en nuestro país hasta cincuenta años después, en 1955, dirigida por José Tamayo. Manuel Dicenta y María Dolores Pradera encarnaron a Cyrano y a Roxana, estando a la altura de la obra. Por el contrario, mucho más débil y quebradiza fue la versión de 1985 protagonizada por Josep María Flotats. Hasta hace poco, Manuel Galiana encarnó al protagonista en el Teatro Español de Madrid, con Manuel Gallardo como el Conde de Guiche y José Carabias en el papel de Ragueneau, el “pastelero poeta”.

Los valores del “Cyrano”, valores de la tradición guerrera: amor y guerra

¿Qué nos quiere transmitir Ronsard con su “Cyrano”? Sería demasiado simple reducir la trama a una simple historia de amor. Lo es, pero es mucho más que eso, desde luego. Es una historia de amor y de guerra. Contrariamente a lo que sugirieron los hippies en los sesenta –“haz el amor, no la guerra”-, Rostand parece querer decirnos, justo lo contrario: “el que no sabe hacer la guerra, no sabe hacer el amor”. La ética guerrera se desprende de cada uno de los versos del “Cyrano”.

“Cyrano” es, desde luego, la cúspide de una literatura que gira en torno al cuerpo de los mosqueteros del Rey, ambientada en pleno siglo XVII, durante el gobierno de Richelieu. Mucho más simple, y también mucho más conocida, es la novela por entregas de los Dumas, “D’Artagnan y los tres mosqueteros”. Vale la pena preguntarse por qué este cuerpo de élite ha inspirado y sigue inspirando relatos de amor y de guerra.

Para los que no conozcan la trama de la obra de teatro, ésta alude a un personaje que realmente existió, Cyrano de Bergerac, gascón, espadachín y alquimista, poeta y científico; dotado, al parecer, de una gigantesca nariz. A partir de los escasos datos y de algunas obras atribuidas al Cyrano histórico, Rostand compone su personaje y el entorno histórico en el que se desarrolla la trama.

La fealdad física de Cyrano le hace imposible conquistar el amor de su prima Roxana. Ésta se siente enamorada de un joven alistado en los mosqueteros, cuerpo en el que Cyrano es un notable veterano. Roxana le pide que le proteja de las novatadas que otros “gascones locos” pueden propinarle. Así, Cyrano se ve ante la tesitura de apoyar a su rival y mantener secretos sus sentimientos hacia Roxana. Pero el apuesto joven es un completo inepto en el terreno que a Roxana le interesa: la expresión de los sentimientos amorosos; carece del don del ingenio y es un absoluto negado para la poesía. Así que Cyrano pacta con él prestarle sus habilidades literarias para que Roxana pueda valorarlo. Esta “joint venture” permite a Cyrano expresar justamente las sensaciones que Roxana le inspira y, al joven cadete, quedar a la altura que ella desea. En el sitio de Arrás, frente a los tercios españoles, Cyrano sigue enviando en nombre del cadete –que ya ha contraído matrimonio con Roxana- cartas henchidas de amor y sensibilidad. Pero el cadete muere en la batalla y Cyrano decide seguir manteniendo el secreto de quién es el verdadero autor de las cartas. En la última escena, situada treinta años después, Roxana entiende finalmente quién ha sido durante todos estos años el objeto real de su amor y Cyrano muere satisfecho de saber que, en su hora postrera, su amor silencioso y oculto es, por fin, recompensado.

La obra contrapone el “amor físico” al “amor espiritual”, siendo el propio Cyrano la quintaesencia de la “belleza interior” y su alter ego, el cadete imperito, un superficial –aunque no malvado- exponente de la “belleza exterior”. Pero esta trama, bastante sencilla, discurre sobre un trasfondo de heroísmo, honor y lealtad, espíritu de camaradería y de sacrificio.

Los mosqueteros como herederos de Esparta

En el año 1622 se crea en Francia la unidad de los Mosqueteros de la Casa Real. Barrés, en su “Viaje a París” cuenta que, en esos días, el mariscal de Bassompierre, al recibirlos un día mientras leía un fragmento de la “La vida de Licurgo” escrita por Plutarco, les dijo: “Verdaderamente, señores, yo juraría que todos los lacedemonios tenían tanto de cartujos como de mosqueteros”. Y, sin embargo, la fama que acompañaba a los mosqueteros era como explicaba Rostand atribuyendo sus palabras a Cyrano: “Son los cadetes de la Gascuña, / que a Carbón tienen por capitán, / son quimeristas y embusteros; / y a la vez nobles, firmes y enteros, /blasón viviente por doquier van. / Ojos de buitre, pies de cigüeña, / dientes de lobo, fiero ademán; / cuando arremeten a la canalla, / no ciñen casco ni fina malla; / rotos chambergos luciendo van… / Punza-barrigas y Rompe-hocicos / son los dulces nombres que ellos se dan. / Ebrios de gloria, sueñan conquistas, / corren garitos, dan entrevistas; / donde haya riñas, allí estarán… / Tras las coquetas, corren ansiosos, hacen cornudos a los celosos…”, el estilo de los mosqueteros difería, evidentemente, de la austeridad y el autocontrol espartano, pero había un idéntico poso de alegría y austeridad que se reconoce en ambos cuerpos.

En el fondo, alguna diferencia había. Los hoplitas espartanos habían sido educados para la guerra desde la más tierna infancia, mientras que los “carabinos” o “mosqueteros” eran considerados soldados de fortuna, rufianes desarrapados, la mayor parte surgidos de la Gascuña francesa y el Perigord. Pero la escuela de mosqueteros, creada a imagen y semejanza de las “fatrias” espartanas, demostraría su valor convirtiendo a una tropa heterogénea y turbulenta en un cuerpo disciplinado, henchido de valores y dispuesto a demostrarlo hasta el esfuerzo final y la entrega absoluta.

Enrique IV de Francia, a finales del siglo XVI, organizó el “Cuerpo de Carabinos” a la vista de la importancia que progresivamente iban cobrando las armas de fuego en las batallas. Su habilidad en el tiro aseguraba la iniciativa táctica en las largas distancias y la posibilidad de golpear al adversario antes de llegar al cuerpo a cuerpo, algo que los antiguos hoplitas espartanos hubieran considerado una táctica “poco honorable”, ellos, que luchaban a distancia mínima permitiendo al enemigo que pudiera ver la abeja de tamaño natural que tenían dibujada en su escudo circular. En 1615, los “carabinos” habían sido distribuidos entre distintas unidades de choque, especialmente entre la caballería ligera, con misiones de reconocimiento. Esta dispersión fue negativa para todos. Mantenían su espíritu de cuerpo, orgulloso y rebelde. Allí donde fueran destinados abundaban las pendencias, y los duelos se habían convertido en habituales, siempre con ellos como protagonistas y retadores. Luis XIII volvió a reunirlos en un sólo cuerpo, encomendando al capitán Epernon su mando. Había destacado en el asalto a Montpellier y era un militar valeroso y enérgico, acaso el único capaz de reimplantar la disciplina en tan turbulenta tropa. Pero Luis XIII no contemplaba la reconstrucción de una unidad específicamente dedicada al tiro con arma larga, sino que había diseñado para ellos una nueva misión. Se podía decir que eran pendencieros y caóticos, pero nadie hubiera osado acusarles de falta de valor y empecinamiento heroico en los combates. Así pues, disponían de las cualidades necesarias para constituir una guardia personal, de lealtad y valor reconocidos, afecta a la persona del monarca. Poco después de la entrevista del Rey con Epernon, un real decreto transformó el Cuerpo de Carabinos en Cuerpo de los Mosqueteros de la Casa Militar del Rey, y él mismo fue eligiendo individualmente a los integrantes de la tropa. Desde el principio (1622) y hasta su disolución (1749), esta unidad sería la preferida de los monarcas franceses.

Se reclutaba a los mosqueteros muy jóvenes, apenas a los dieciséis años. Ni era necesario un título de nobleza ni buenos caudales, bastaba simplemente una recomendación dirigida a su capitán y era éste quien realizaba la primera selección, que luego el rey solía confirmar. Esto explica el porqué la mayor parte de los mosqueteros procedían del sur de Francia, de la Gascuña y el Perigord y algunos del Languedoc y Aquitania. En general, se trataba de hijos segundones de la nobleza de provincias, empobrecida o sin muchos bienes, tal como nos los pintan en “Los Tres Mosqueteros”. Se les ve en los figones y tabernas situados en torno al Louvre, tocados con anchos chambergos con plumero, capa con largas cintas y mano en la espada. Pero aunque fueran con atuendos más habituales, se les distinguiría por su acento. Dice Dominique Venner: “para aquellos jóvenes flacos, de silueta felina, venidos a pie o montados en lastimosos pencos, su espada era toda su riqueza y su honor la única razón de vivir”.

Si hay algo que, tanto Rostand como Dumas, tienen razón al reflejar en sus obras, es la íntima relación de los mosqueteros con el duelo a espada. Desde 1616, un decreto los ha prohibido, pero es evidente que, no solamente no lo respetan, sino que incluso buscan el duelo, y sus movimientos fuera del cuartel son una pura provocación. Quien no responde a una afrenta pública, quien no toma la espada para defender su honor, es porque no lo tiene. Y quien ha emitido este decreto ignora lo que es el honor, esto es, carece de honor. Además, si los duelos están prohibidos, hay que tener doble valor para aceptarlos y batirse. ¿Por qué el duelo? En primer lugar, por circunstancias históricas. Francia vive un período en el que ha concluido la Guerra de los Treinta Años, hay una paz precaria, y los campos de batalla hace tiempo que se han transformado de nuevo en tierras de cultivo. Los mosqueteros, hombres de armas y entrenados para la guerra, difícilmente pueden soportar las largas guardia en el Palacio del Louvre, o cabalgar junto al rey y otros notables persiguiendo liebres y ciervos. Lo hacen por lealtad a su compromiso, pero piden algo más: demostrar aquello para lo que han sido educados. De otro lado, a su espíritu provinciano le repugna el carácter de la nobleza parisina e, incluso, de los burgueses preocupados siempre por la buena marcha de sus negocios. Ni lo comprenden, ni les interesa. De París aman tan solo la belleza de sus mujeres y el ambiente de las tabernas. El resto se lo puede llevar el diablo o la punta de su espada. Consideran el duelo como un deporte, el más realista y mejor entrenamiento militar posible. No se aprende a matar ni a morir en los entrenamientos casi circenses a los que son sometidos. Se aprende en la “prueba” y no hay ocasión mejor para demostrar el valor y la propia habilidad que el duelo. Los oficiales e incluso la Casa Real no dan mucha importancia a la vulneración de una ley, conocen el fuego que arde en el interior de los mosqueteros y comentan las últimas novedades sobre los últimos duelos y sus protagonistas con la fruición y el interés puesto hoy en los asuntos del “colorín” y en las botillerías sobre el famoseo. En el Prado de los Clérigos situado en las inmediaciones de la Iglesia de Saint Germain, tal como le ocurre a D’Artagnan a poco de su llegada a París, acuden una y otra vez los mosqueteros y sus rivales y dirimen sus disputas; frecuentemente, no sólo hasta la primera sangre sino hasta la muerte. En apenas diez años 8000 muertos son el resultado de estas disputas, muchos de ellos mosqueteros. Ningún otro cuerpo armado ha sufrido tal hemorragia de bajas en aquellos años de recobrada paz. Richelieu no sabe apreciar estas habilidades –él, cardenal de la Iglesia, que ha pactado con los turcos para debilitar a sus enemigos, España en primer lugar-, las considera solamente como una sangría sin sentido que podría evitarse y que debilita la función principal asignada al cuerpo: la protección del Rey.

Hacia 1628 este período de paz concluye y se inician nuevas guerras contra el último reducto hugonote en La Rochelle y contra los ingleses que no dudan en aliarse con ellos. No llegaron a tiempo de combatir, pero lograron impresionar a Richelieu que, a partir de ese momento, los incorporará a todas sus campañas. Es en 1629 cuando tiene lugar su bautismo de fuego real, en la campaña contra el duque de Saboya apoyado por España. La vanguardia del asalto al Pas-de-Suse estaba formada por la Compañía de Mosqueteros. El rey les dio la señal de asalto y, en apenas unos minutos, la lucha ha concluido con la derrota total de los saboyanos. El propio Luis XIII se lanzó también al asalto tras los mosqueteros. La unidad está dirigida por un nombre que Dumas se encargará de popularizar en el siglo XIX, el heroico Troisvilles, pronunciado “Treville”, que en esa acción recibirá los galones de teniente.

A partir de ese momento, los elogios prodigados por el rey a “sus mosqueteros” se hacen casi obsesivos, especialmente a oídos de Richelieu, que ha organizado su propia “Guardia”. Entre ambos cuerpos empieza a existir una rivalidad irracional de la que, frecuentemente, los mosqueteros salen victoriosos, sellándose con afrentas acumuladas a la guardia del cardenal . Pronto empieza a planear un odio cerval del cardenal hacia estos hombres de armas que escapan a su disciplina (y, en realidad, a cualquier disciplina) y tienen a bien, incluso, excitar al combate al propio rey que, tal como dijo en cierta ocasión, de no haber nacido para el trono hubiera amado pertenecer a aquellos “gascones locos” (tal como los define el Duque de Guiche durante el sitio de Arrás en la obra de Rostand). La campaña de Lorena en 1630 aplaza estas disputas y, nuevamente, el ya capitán Troisvilles se cubre de honor dirigiendo la carga contra los loreneses. Ya son casi todos gascones, e incluso el grito de guerra propio de aquella raza indómita –“Billegañé, billegañé”- se ha convertido en el grito de asalto de la unidad que, por si mismo, basta para causar terror en el adversario. Cuando lo oyen pronunciado con el acento duro del sur, saben que tienen delante a mosqueteros. Este origen gascón es reflejado por Rostand en su “Cyrano” cuando durante el cerco de Arras, para animar a la tropa, el protagonista pide al músico que toque su flauta. Dice Cyrano: “Oíd: mientras sus notas desentraña, / el pífano suspira: / suspira recordando tiernamente / que si de ébano es hoy, fue ayer de caña (…) / Gascones escuchad… bajo sus dedos, / no es la trompa guerrera / no es en sus labios el marcial sonido / que al combate nos llama: es el silbido / que oíamos antaño / es la flauta grosera / del pastor que apacienta su rebaño / Escuchad, escuchad… es la espesura / es el monte, el arroyo, la llanura; / el rabadán inculto y atezado / el pastor avezado / al rigor de las frías estaciones / que calza abarcas y cayado empuña; / es el campo, es la paz… Oíd gascones / ¡es toda la Gascuña”. Mientras los mosqueteros, en el tiempo de Troisvilles, fueron mayoritariamente procedentes del sur, siguieron experimentando la indómita atracción de su tierra natal, al igual que otros como Christian de Neuvillete, normando, seguía arraigado en el norte. Por eso, Christian pregunta a Carbón: “Cuando a un joven forastero / humilde, si no menguado, / le llegan a provocar / meridionales matones / y por demás fanfarrones / ¿qué ha de hacer?”. Y el capitán le responde: “Debe probar / que, aun siendo del Septentrión / también puede ser valiente”. La región de origen –lo que hoy se llamaría “nacionalidad”- sirve sólo para estimular rivalidades y competencias, a ver quién se distingue más por su valor. Pero, a fin de cuentas, todos están de acuerdo en que, sea cual sea la nacionalidad de la que se proceda, es una nación, un Estado y una Corona lo que se trata de defender. A fin de cuentas, no es la rivalidad por el origen, sino la rivalidad por el valor y el honor lo que forja la dureza diamantina del Cuerpo de los Mosqueteros.

Resuelta sin grandes complicaciones la campaña, regresan a París en un momento en el que, tanto el Rey como el Cardenal, han asumido el patronazgo de los Mosqueteros y de la Guardia respectivamente y no les importan los duelos si con ellos unos muestran su superioridad con la espada frente a los otros. Es el año 1632. Dos años después, el rey Luis XIII se nombrará “Capitán de los Mosqueteros”, mientras que Troisvilles recibe el mando en plaza de la compañía. Con este aval, los mosqueteros son conscientes de su prestigio e inician una espiral de duelos sin precedentes. Como siempre, los Guardias del Cardenal suelen llevar la peor parte.

Más o menos en esas fechas aparece un joven gascón en las abigarradas calles de París. Se llama Carlos de Baatz de Castelmore, pero su figura aparecerá en el relato de Alejandro Dumas como el padre de D’Artagnan. Se sabe, asimismo, que poco después fueron admitidos en el cuerpo Armando de Sillegues de Athos, en 1640, Henri de Aramitz, su sobrino, y quizás hacia 1641, Isaac de Portau. D’Artagnan, Atos, Portos y Aramis, los cuatro protagonistas de la novela de Dumas, existieron realmente e, incluso, tal como la novela refleja, se vieron envueltos en conspiraciones palaciegas y embrollos sin fin.

Son los años en los que la Compañía de Mosqueteros asienta sus valores y fija su perfil definitivo. Dominique Venner nos cuenta de ella: “Su disciplina era muy severa. Habituados a vivir juntos, los Mosqueteros se tenían mutuamente en gran estima. No había entre ellos uno sólo que no fuera un valiente; se era particularmente exigente en lo tocante al valor personal. El espíritu de cuerpo era muy pujante, porque se asentaba en la amistad y la confianza recíproca entre todos los hombres de cada destacamento. La compañía había llegado a ser la mejor escuela para aprender a la vez el menester del soldado y los deberes del hombre de la corte”. Aparentemente, estamos ya lejos de aquellos primeros tiempos del cuerpo descritos por Rostand en la presentación de los mosqueteros al Duque de Guiche. Es cierto que habían asimilado algo el estilo de la corte. Como Cyrano, había entre ellos poetas tan hábiles con la pluma como con la espada. Dominaban las buenas maneras y la cortesía, pero nadie había conseguido erradicar ni su tendencia al duelo, ni sus desplantes. Lo había comprobado Richelieu y lo comprobó después Mazarino, que no dudó en dispersar la compañía en otras unidades. Tresvilles, promovido al cargo de gobernador de Foix, terminó retirándose a su amada Gascuña muriendo en 1672 con el grado de Teniente General concedido por Luis XIV.

El Rey Sol era un apasionado del arte militar y Mazarino, para congraciarse con él, le propuso reconstruir el Cuerpo de los Mosqueteros como Guardia Real. Quien los disolvió, volvía a sugerir su reorganización en 1656. A pesar de que el sobrino del Cardenal Mazarino recibe la jefatura de la unidad, el mando real corresponde a D’Artagnan. Estos nuevos mosqueteros, son diferentes a los anteriores. Propuestos por D’Artagnan es, finalmente, el Rey quien los selecciona. Y ya no basta una simple recomendación. Se exige un título de nobleza o, si no se posee, caudales suficientes para asegurar uniforme y manutención. Es el precio por estar próximo al Rey. Porque, prácticamente, en esa época los mosqueteros departen cada día con el Rey. Es él quien dirige sus entrenamientos en el Louvre o en el Castillo de Vincennes, él quien diseña uniformes y les pasa revista u observa sus maniobras con fuego real en Neully. En 1657 la unidad reconstituida entrará de nuevo en combate. El propio Luis XIV va con ellos a Calais para combatir a los españoles con ayuda de Cromwell. El 23 de junio la ciudadela capitula y los mosqueteros regresan a París habiendo pagado un elevado tributo de sangre, pero también confirmando a Luis XIV las expectativas que había depositado en el cuerpo. Tanto es así que, en 1659, cuando se concierta la Paz de los Pirineos y se pacta el matrimonio de la hija de Felipe IV con Luís XIV, el rey elegirá a D’Artagnan y a un contingente rigurosamente seleccionado para que le acompañen en su boda. La boda, celebrada en San Juan de Luz, facilitará que la comitiva real recorra entre vítores y muestras de adhesión la Gascuña, tierra natal de D’Artagnan, e incluso se detenga en Castelmore, su ciudad natal.

En la cúspide del reinado de Luis XIV, la compañía se divide en cuatro brigadas, cada una dotada de penachos específicos. Su uniforme característico, el jubón azul, está adornado con la cruz en las mangas y en la espalda. Luego, cada brigada recibirá una casaca de distinto color y, más tarde, se les distinguirá también por el color de sus caballos. Se diría que, desde la rusticidad inicial de los mosqueteros, Luis XIV parece haberlos convertido en un juego cortés de la época. Pero se trata solamente de una pátina frívola impuesta por un monarca no menos frívolo. En realidad, los mosqueteros vuelven a mostrar su valor en el sitio de Munster frente a los mercenarios movilizados por el obispo de esa ciudad. Incluso la más novata, la segunda compañía, compuesta por jóvenes reclutas, mostró su efectividad en el combate. A partir de entonces, los mosqueteros destierran el tratamiento de “Señor” y se llaman unos a otros, incluidos los oficiales, “compañeros”, palabra que expresa la tradición del cuerpo expresada en la divisa de la novela de Dumas: “Todos para uno, uno para todos”. Una vez más, un cuerpo de élite recuperaba la vieja idea espartana: el individuo aislado, el acto de valor individual, no sirve para nada. Es preciso un espíritu colectivo, una disciplina, en la que la personalidad quede abolida y emerja de entre sus restos el “espíritu de cuerpo”. Y para ello, lo primero se trata de estimular la solidaridad vincular entre cada uno de sus miembros. Nadie es más que otro; todos tienen la seguridad de que, en caso de resultar heridos en combate, no serán abandonados en el campo de batalla.

En los años siguientes los mosqueteros participarán en todas las campañas de Luis XIV, distinguiéndose, inevitablemente, como los más efectivos en combate. D’Artagnan seguirá siendo su capitán, aunque no participe en los combates por decisión expresa de Luis XIV que lo reserva para su guardia personal. Sin embargo, el viejo mosquetero no rehuía el combate, y en él encontró la muerte a manos de un arcabucero holandés; justo cuando le atravesaba con su espada, éste le disparó un balazo en la garganta. Allí habían acudido los mosqueteros para participar en el cerco de Maastrich defendido por españoles y holandeses. En su epitafio se leía: “D’Artagnan y la gloria tienen el mismo féretro”. Y no se trataba de un relato novelesco. Muy frecuentemente, en especial en el caso de los mosqueteros y, por extensión, en toda la tradición guerrera, la realidad supera a la ficción. No es raro que, a partir de Maastrich, toda la nobleza francesa que aspiraba a realizar la carrera de las armas aspirara a un puesto entre los mosqueteros. Y así fue hasta la batalla de Fontenoy en 1745 en la que, una vez más, se impusieron sobre sus adversarios.

Lo que podríamos llamar el estilo de los mosqueteros se ha forjado a imagen y semejanza del estilo espartano. Hay, naturalmente, diferencias. En el siglo XVII el individualismo, no sólo se insinúa en el horizonte, sino que lleva ya dos siglos ganando fuerza y empuje. Los mosqueteros tienen algo que, para nosotros, resulta más accesible y comprensible que el viejo estilo espartano: existe en su interior un régimen de pesos y contrapesos. Al espíritu de cuerpo y a la disciplina que solamente es capaz de forjarse aboliendo las distinciones individuales, se añade un deseo de honor individual y de gloria personal inexistente y condenable en Lacedemonia. El espartano no busca gloria individual, su “aurea mediocritas” reside en el cumplimiento del deber y en el mantenimiento de la disciplina. El mosquetero, cuando está desmovilizado, resuelve su vida en los burdeles y figones, en tabernas de mala reputación, o cultivándose, si le apetece, en los múltiples teatros de la capital. Procura que sus frases sean aceradas e incluso provocativas, pero ya está lejos del laconismo espartano. Solamente mantiene ese laconismo en las órdenes que recibe. Hay un común orgullo de raza en ambas experiencias guerreras. Un guerrero no puede buscar protector, tal como le sugiere Lebrel a Cyrano, el cual, asiendo la espada enfundada le contesta: “No tengo protector, ésta es mi protectora”; o cuando, tras la presentación de los mosqueteros al Duque de Guiche, tiene lugar el famoso monólogo –recogido casi íntegramente en ambas versiones cinematográficas- en el que Cyrano rechaza en bloque los valores burgueses y vender su talento, certificando su abominación con el estribillo: “No, gracias”, exaltando su dorada soledad: rechaza un protector y un mecenas al cual deba alabar y bendecir por sus favores, “No, gracias”; rechaza “¿arrastrarme, cual serpiente / ante estúpido anfitrión, / y ejercitar contorsiones con habilidad dorsal?”, “No, gracias”; “¿Publicar versos por cuenta propia / y así la fama de autor alcanzar?”, “No, gracias”; “¿lograr que diez botarates / en su cónclave risible / me proclamen infalible?”, “No, gracias”. Y tras esta retahíla de rechazos indignos, traza su credo: “En cambio… ¡oh, dicha, vencer / gracias al propio heroísmo / fiando sólo en ti mismo / pudiendo siempre a placer / himnos de gloria entonar / o denuestos proferir / soñar, despertar, sentir / lo que es hermoso admirar; / tener firme la mirada / la voz que robusta vibre, / andar sólo, pero libre”. Y sigue: “no escribir nunca jamás / nada que de ti no salga / y, modesto en lo que valga / pensar que otro vale más; / ¡y contentarte, por fin, / con flores, y hasta con hojas / como en tu jardín las cojas / y no en ajeno jardín!”. Para concluir al fin: “En resumen: desdeñar / a la parásita hiedra / sea fuerte como la piedra / no pretender igualdad / al roble por arte o dolo, / y, amante de tu trabajo, / quedarte un poco más bajo / pero sólo siempre sólo”. El espíritu individualista y retador de la época está también presente en este fragmento: “Ah, Lebrel! ¡si comprendieras / cuánto se siente halagada / mi alma bajo una mirada / insultante! ¡si supieras / lo bien que mancha el jubón / la baba de los cobardes…”.

En el fondo, hay algo en Cyrano y en los mosqueteros que remite a la antigua Esparta. No en vano, ambos son vástagos de la misma tradición. Hijos de tiempos distintos, uno es su espíritu y una su vocación.

Dos filmes, dos épocas, dos éxitos

Debió ser cuando apenas teníamos 14 años, que TVE, la única de la época, emitió la película “Cyrano de Bergerac”, protagonizada por José Ferrer. Aquella obra nos impresionó vivamente por la belleza de sus poemas y una mezcla de dramatismo, socarronería, amor y guerra. Poco después tuvimos ocasión de leer el texto de la obra (publicado por Espasa Calpe, en la colección Austral y reeditado desde entonces en decenas de ediciones). Pero no sería sino hasta 1991 cuando –en unas circunstancias interiores muy tensas- pudimos ver el remake realizado por Repennau y protagonizada por Gerard Depardieu.

Vale la pena decir que las dos películas son extremadamente fieles a la obra original. Realmente, pocas obras de teatro han sido llevadas al cine alterando tan pocos elementos y manteniendo, incluso entre sí, unos paralelismos extraordinarios. La obra de teatro, por supuesto, es más extensa y ha sido, en cierta medida, concentrada; pero en ambas traslaciones cinematográficas se han mantenido los fragmentos más vibrantes y bellos del libreto original.

Otro paralelismo entre ambos filmes es que los dos han sido premiados. La primera versión (1950) recibió el Oscar a la mejor interpretación masculina, mientras que la segunda (1990) también recibió una granizada de premios en Europa y América. Pero estas películas, de Michael Gordon y de Jean Paul Rappeneau, siendo las mejores, no han sido las únicas. Otras dos versiones anteriores, en 1945 (versión francesa debida a François Rives) y la versión muda de Auguste Genina en 1925, evidenciaron que, a medida que el cine ha ido avanzando y perfeccionándose, del mismo modo las versiones del Cyrano han sido progresivamente más atractivas.

Una obra como ésta descansa, inevitablemente, en el actor que encarna el papel de Cyrano. José Ferrer, desde luego, tuvo la fuerza interpretativa para realizar una versión particularmente enérgica y, más tarde, Depardieu logró igualarla, si no superarla. La versión de 1950 tiene el atractivo de la banda sonora original de Dimitri Tionkim, mientras que la de Rappeneau consigue un entorno musical incluso superior.

Los tiempos en los que ambas obras fueron elaboradas son diferentes. En 1950, el blanco y negro y los decorados a lo largo de toda la película, evidencian que todavía estamos más cerca del teatro que del cine moderno. La película no debió contar con un presupuesto excesivo, los decorados son limitados, como si esta película, de matriz norteamericana, fuera rodada sin excesivas ambiciones. Por lo que se refiere a la versión de 1991, fue la gran película francesa de aquel año, con vocación de producto internacional y amparado en un esfuerzo económico notable, especialmente para el cine europeo. Con una fotografía muy superior y unas ambientaciones que, ni siquiera el mismo Rostand fue capaz de definir es, incluso hoy, una de las más altas cotas del cine europeo; donde se muestra nuestra posibilidad de competir ventajosamente, y con productos culturales mucho más afinados, con el cine norteamericano. Resulta extremadamente reconfortante saber que no todo el cine europeo es Almodóvar o los hacedores de ese cine de tantas pretensiones intelectuales (es decir, de izquierdas); o de un intimismo intrascendente habitualmente galardonado en ese esperpento nacional que son los “Goya”.

© Ernesto Milà Rodríguez – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 28.05.06

No al Estatut (II de X). La cuestión nacional.

No al Estatut (II de X). La cuestión nacional.

Infokrisis.- En esta segunda entrega aludimos al punto capital del Estatut, la inclusión del término "nación". Con esta inclusión concluye un largo proceso de confusiones y despropósitos que ha llevado desde la idea de "nacionalidad" a la de "nación", gracias a las circunstancias políticas del momento presente. Además, es a partir de este texto en donde empieza a entenderse el verdadero problema de este texto: su ambigüedad y falta de concreción.

 

II. Las naciones no se crean ni desaparecen en virtud de una votación

Una misma realidad no puede ser, a la vez, dos cosas completamente diferentes. Catalunya no puede ser a la vez “nación” y “nacionalidad”, de la misma forma que España no puede ser “nación” compuesta por “naciones”. Si Catalunya es Estado y España también lo es, el Estado Español está diferenciado del Estado Catalán.

Además, se añade otro término para que la confusión provocada por el Estatuto sea completa: la Unión Europea. Dice el texto estatutario: “Cataluña, a través del Estado, participa en la construcción del proyecto político de la Unión Europea, cuyos valores y objetivos comparte”. Llama la atención ese interés estatutario en vincularse de alguna manera con la UE. Además, el texto miente. No hay que olvidar que estamos todavía en el preámbulo, más adelante veremos que “Cataluña” no solamente participa en la UE “a través del Estado”, sino que exige tener representantes propios en las negociaciones con la UE. Pero ésta es otra historia que veremos más adelante.

En el último párrafo del “maravilloso” preámbulo elaborado por el inextricable legislador se dice textualmente: “El Parlamento de Cataluña, recogiendo el sentimiento y la voluntad de la ciudadanía de Cataluña, ha definido de forma ampliamente mayoritaria a Cataluña como nación”. Tal era la magna aspiración de los diputados de ERC y de CiU, con la pusilanimidad y la apatía de los diputados del PSC. Desde nuestro punto de vista, es completamente irrelevante que la referencia a la “nación catalana” vaya incluida en el preámbulo o en el articulado. El término ya se ha deslizado y con él la confusión.

Porque todo este embrollo tiene mucho que ver con las confusiones derivadas del “espíritu de la transición”. En efecto, al considerar a España como “nación compuesta por nacionalidades y regiones”, se deslizaba el término “nacionalidad”, sin la consiguiente definición. Ha faltado que llegara a la Moncloa un ignorante absoluto en materia política (o bien un cínico redomado) para que la confusión entre “nación” y “nacionalidad” fuera explotada hábilmente por nacionalistas e independentistas. Tiene razón el preámbulo del Estatuto cuando dice que: “La Constitución Española, en su artículo segundo, reconoce la realidad nacional de Cataluña como nacionalidad”. Pues bien, “realidad nacional” es una cosa, “nación” es otra y “nacionalidad” otra distinta.

Quizás no sea éste el lugar más oportuno para aludir a las diferencias, pero vale la pena recordarlas mínimamente para poder establecer dónde reside la gran falacia de este aborto estatutario.

Una “nación” es una unidad histórica provista de una “misión” y un “destino”. La definición es de Ortega y Gasset, pero se acepta unánimemente. España no puede ser ignorada como “nación” en tanto que todos los pueblos peninsulares han sido contemplados como una unidad desde el exterior y se han comportado en la mayor parte de su Historia como un mecanismo político único. Roma llamó a este rincón del Mediterráneo ”Hispaniae” y, solo a efectos administrativos, la dividió en dos (Citerior y Ulterior) y luego en tres (Bética, Lusitana y Tarraconense). Más tarde los visigodos instauraron aquí su reino y, finalmente, liquidaron el reino suevo de Galicia, acto que evidenciaba el concepto unitario. Después se formaron los reinos de la Reconquista, contemplando todos y sin excepción la posibilidad de reconstruir la unidad del reino visigodo. El propio Carlomagno llamó a la marca del sur, “marca Hispánica”. Posteriormente, la convergencia dinástica facilitó la consolidación de una “nación” que, poco a poco, terminó siendo unitaria. España no precisa demostrar que es una “nación”.

A lo largo de la Historia de todas las naciones, la idea de “misión” y “destino” ha estado muy presente o bien se ha diluido. Ha estado presente en la medida en que han existido patriotas y hombres de Estado, capaces de redefinirlo. Hoy esta raza de políticos está ausente.

La “nacionalidad” es otra cosa. Es, sobre todo, una unidad geográfica y cultural con relativa homogeneidad que forma parte de una entidad política mayor. Desde la más remota antigüedad, los “imperios” han estado formados por “nacionalidades”. Catalunya tiene especificidades suficientes como para ser consideradas una “nacionalidad”, pero en absoluto una “nación”. La lengua (dejando aparte las distintas variedades dialectales), la cultura (dejando aparte que la Cataluña actual es un agregado de distintas identidades), cierta unidad étnica y antropológica, mucho más que la historia (muy diversa, por otra parte…, por ejemplo, “Catalunya” no apoyó unánimemente al archiduque austriaco en la Guerra de Sucesión, ni toda Catalunya se opuso a los borbones en el mismo conflicto) y el continuum geográfico definen a Catalunya como “nacionalidad”. Lo mismo podría aplicarse a Galicia y otro tanto al País Vasco. Pero es rigurosamente falso que se trate de “naciones” en el sentido moderno de la palabra.

La Historia es importante para definir la diferencia entre “naciones” y “nacionalidades”. El mundo antiguo conoció “nacionalidades” e “imperios”. Los imperios estaban formados por nacionalidades a partir de un pueblo que se imponía por su potencia militar y su superior cultura y modelo de civilización. El concepto de nación, por el contrario, es relativamente reciente. Aparece con las revoluciones burguesas de finales del siglo XVIII, como cristalización última de un proceso que se había iniciado en los últimos siglos de la Edad Media, cuando se destruye el ecumene medieval. A decir verdad, el gran problema del nacionalismo y del independentismo es demostrar que Cataluña en alguna ocasión haya sido “nación”. No lo ha sido más que en los cerebros calenturientos de los nacionalistas e independentistas actuales. Sus precedentes, los fundadores del regionalismo romántico catalán aludían solo a “nacionalidad” (el título de la obra de Prat de la Riba es significativo al respecto: “La nacionalidad catalana”).

Cataluña nunca ha sido nación y no lo será por decisión de unos tristes parlamentarios procedentes de una legislatura que ha defraudado en gran medida al electorado catalán, ni por el resultado de un referéndum. Hay algo que define a las naciones reales y es la continuidad generacional. España sigue existiendo porque sigue habiendo hombres y mujeres que creen en su destino nacional. La continuidad generacional es la persistencia tácita de la idea de nación a lo largo de las generaciones. Una votación o un referéndum pueden tener consecuencias políticas, pero no desde luego históricas. Indica solamente la cristalización de una determinada coyuntura política, nada más. Para que exista una nación es preciso algo más. La clase política catalana, aquejada de un irreprimible complejo de tiranismo, se ha creído capaz de “crear naciones” mediante un mero debate parlamentario, argumentando que representan al “90% de los parlamentarios catalanes”. Si, pero en un momento concreto. Ni antes ha existido una voluntad de considerar a Cataluña como “nación”, ni probablemente mañana tampoco se dará esa misma circunstancia. Ni siquiera, si no hubiera estado presente un político irresponsable, carente de idea del Estado y de cualquier cosa digna de llamarse patriotismo, como Zapatero, esa idea hubiera logrado ser llevada a referéndum.

El Estatuto pretende variar la continuidad generacional necesaria para definir el término nación, por un providencialismo inmediatista del que se han aureolado los diputados que lo han aprobado. Por eso lo rechazamos.

Pero lo más sorprendente es que en el Artículo 1 del Estatuto se dice: “Cataluña, como nacionalidad, ejerce su autogobierno constituida en Comunidad Autónoma de acuerdo con la Constitución y con el presente Estatuto, que es su norma institucional básica”. Lo que era nación en el preámbulo, ahora, por arte de las conveniencias parlamentarias y del equilibrio de la confusión, se convierte nuevamente en nacionalidad. La clase política catalana del 3% ha pretendido hacer de Cataluña una “nación” y también una “nacionalidad” y de seguir los consejos de Prat de la Riba en su libro antes citado, seguramente también un “imperio”, pues no en vano uno de los capítulos de esta obrita se titula significativamente “El imperialismo catalán”.

Estas consideraciones son las que permiten a los “legisladores” poner “patas arriba” todo lo que ha sido Catalunya hasta este momento. Se trata, simplemente, de dar marcha atrás a la rueda de la historia y restablecer las instituciones que habían existido antes. Sustituir las provincias por “veguerías”, especialmente, creando un sistema administrativo excepcionalmente denso y tupido en el que la intención inicial con la que se aprobaron los estatutos de autonomía en la transición (la descentralización del Estado y la disminución de la burocracia) dé nacimiento a un fenómeno completamente nuevo presente en este Estatuto desde el Artículo 2.2.: la creación de una burocracia catalana omnipresente y la burocratización de la vida catalana, tal como veremos más adelante. Se dice: “Los municipios, las veguerías, las comarcas y los demás entes locales que las leyes determinen, también integran el sistema institucional de la Generalitat, como entes en los que ésta se organiza territorialmente, sin perjuicio de su autonomía". “Municipios”, “veguerías”, “comarcas” e incluso “demás entes locales”… generan unos mecanismos tan complejos de decisión que constrastan con la realidad de Cataluña cuya primera característica es el desequilibrio territorial entre un “Área Metropolitana” de Barcelona en la que se agrupan dos terceras partes de la población catalana, y el resto de comarcas catalanas, algunas de las cuales particularmente deprimidas. El Estatuto no reconoce esta realidad, sino que la traviste en una innecesaria multiplicación de niveles administrativos y burocráticos capaces de absorber todo el clientelismo derivado de la clase política nacionalista y socialista.

En el Artículo 3 se vuelve a aludir a la política de equilibrios en la que se mueve el nacionalismo, el independentismo y el socialismo pusilánime catalán. Se trata de establecer distancias que permitan aparecer a Cataluña como “realidad nacional” (término vago que no se sabrá jamás si se refiere a “nación” o “nacionalidad”. Se dice, por ejemplo en el parágrafo 2 de dicho artículo: “Cataluña tiene en el Estado español y en la Unión Europea su espacio político y geográfico de referencia e incorpora los valores, los principios y las obligaciones que derivan del hecho de formar parte de los mismos”. Si se aludiera solamente al “Estado español” quedaría muy clara la vinculación de la Generalitat con “España”, pero si se introduce la innecesaria referencia a la Unión Europea, esta vinculación queda diluida. Y decimos innecesaria porque es evidente que, con mención o sin ella, Cataluña está vinculada a través de España a la UE. Dicho sea de paso: es significativo que se escriba con minúsculas “Estado español” pero con mayúsculas “Unión Europea”. Hasta en los pequeños detalles este estatuto evidencia la mezquindad y estupidez de quienes lo han redactado.

Asimismo, parece increíble que el parágrafo 1 de dicho Artículo 3 haya sido aprobado por los diputados de partidos “estatales” como el socialista en el parlamento español. Se dice en este artículo: “Las relaciones de la Generalitat con el Estado se fundamentan en el principio de la lealtad institucional mutua y se rigen por el principio general según el cual la Generalitat es Estado, por el principio de autonomía, por el de bilateralidad y también por el de multilateralidad”. Depende de quien lea esto y de la voluntad con la que se lea, este artículo puede aludir al mismo Estado o a dos Estados diferentes. ¿Qué se quiere decir con la expresión “la Generalitat es Estado”? ¿No hubiera sido mucho más claro explicar que la Generalitat es un organismo incluido en el Estado Español? ¿O era precisamente esa idea la que se intentaba esquivar? ¿Y qué se quiere decir afirmando que las relaciones entre la Generalitat y el Estado se “fundamentan en el principio de la lealtad institucional mutua”? Lo que se está queriendo decir es que entre la Generalitat y el Estado existe una igualdad intrínseca, en lugar de un principio de jerarquía: el Estado es el “todo” y la Generalitat una “parte”. Las partes son siempre inferiores al todo.

Por otra parte, y ya que estamos en esto, ¿qué “lealtad” puede ofrecer una Generalitat que hace de la colocación de una bandera “estatal” en el Castillo de Montjuich una cuestión de principios? ¿De qué lealtad puede hablar un Carod-Rovira que se ha declarado independentista o un nacionalismo cuya lealtad solamente queda asegurada por la contrapartida económica en la que se tasa? ¿De qué lealtad puede hablar una Generalitat que intenta erradicar completamente las tradiciones “españolas” del ámbito catalán? ¿O que afirma con una seriedad pasmosa la “co-oficialidad” del catalán, entendiendo que es la única lengua oficial en Cataluña y que es en el resto del Estado en donde el catalán debe ser cooficial? El recurso a la patraña de la “lealtad” viene obligada para dar una salida honorable a los diputados socialistas que, después de meses y meses de abominar del Estatuto, a la hora de la verdad, votaron SI en el parlamento español.

Por todo ello VOTAR NO, no es solamente una obligación política, sino una alta tarea moral.

Próxima entrega:

¿Estatuto o constitución frustrada por las circunstancias?


© Ernesto Milà Rodríguez – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 25.05.06

No al Estatut (I de X). El peor de todos los preámbulos posibles

No al Estatut (I de X). El peor de todos los preámbulos posibles

Infokrisis.- Abordamos una serie de diez artículos sobre los motivos de nuestro NO al Estatut. Iniciamos la serie con un estudio sobre el polémico preámbulo, exceptuando la definición de Catalunya como "nación" que abordaremos en la segunda entrega. Esperamos que esta serie sea útil para todos aquellos que precisan argumentos para apoyar su opción de voto en el referéndum del 18 de junio.


Introducción

El Estatuto surgido del parlamento de Catalunya, aprobado, como pomposamente se dijo, por el “90% de los parlamentarios catalanes”, era un texto extremadamente malo donde no sólo ni siquiera se tenía en cuenta los manifiestos elementos anticonstitucionales que figuraban en su articulado, sino que todo se había quedado en una mera carrera para demostrar quién era “más nacionalista”, esto es, quién situaba el listón autonómico a más altura. Lo que ocurrió desde el momento en que se empezó a debatir el texto fue una enloquecida carrera centrífuga, sin orden ni concierto ni consideración alguna para nuestra “ley de leyes”, la Constitución Española.

El texto originario que llegó a Madrid no puede desvincularse del hecho de que había sido construido por los partidos nacionalistas (CiU), e independentistas (ERC), a los que el PSC no había sabido poner en su lugar. En las elecciones de 2003 Maragall no obtuvo la mayoría. Si gobernó fue gracias a que la “llave” estaba en manos de Carod-Rovira. En el momento de firmar el Pacto del Tinell el “tripartito” estaba convencido de que el PP seguiría otros cuatro años en el poder, tiempo en el que cualquier reforma estatutaria sería rechazada en el Parlamento Español y les permitiría agudizar el proceso de “victimización” que tantos beneficios ha rendido al nacionalismo catalán. Pero las bombas del 11-M decidieron otra cosa y, a partir de entonces, y de la simetría electoral creada en el Parlamento de Madrid, Carod-Rovira primero y Artur Mas después, supieron extraer ventajas.

Ahora bien, el Estatuto que llegó a Madrid era el producto de un acuerdo entre un gobierno autonómico que durante tres años ha mostrado la más absoluta incompetencia para gobernar, de cuya honestidad es lícito dudar y que apenas ha hecho otra cosa que promover y trabajar por un Estatuto que, luego, con una conversación entre dos personas (Zapatero y Mas) quedó completamente recortado y desnaturalizado de su forma originaria. No es que el resultado de este pacto haya sido completamente diferente, pero sí que ha rebajado evidentemente su carga independentista.

Es preciso no olvidar que el tripartito catalán, en sus tres años de gobierno, no ha hecho otra cosa que hablar y promover la reforma del Estatuto. Nada más. El gobierno tripartito puede ser calificado como el “trienio de la ineficacia y la ineptitud”. Pues bien, en este trienio la única actividad de los “ineficaces y de los ineptos” ha sido promover el nuevo Estatuto. Este Estatuto pasará a la historia como el “Estatuto de los Ineptos”.

Ni siquiera se puede añadir al “tripartito” un título de honestidad. No, el tripartito ha sido el “gobierno del 3%”. ¿Hay que recordar que en plena crisis del Barrio de El Carmelo, el propio Maragall sacó a la superficie el tema del 3% para que, luego, tanto su partido como ICV-EUiA y ERC bloquearan la posibilidad de constituir una Comisión Parlamentaria de investigación? No, el tripartito ha sido un gobierno tan ineficaz como deshonesto. Pues bien, este gobierno es el “padre” del Estatuto.

La ineficacia y la deshonestidad son los peores acompañamientos para un “legislador” y mucho más si lo que se pretende es promover una “ley orgánica”.

Simplemente el hecho de que este texto estatutario hubiera sido promovido por el PSC, ERC e CiU, hubiera bastado para rechazarlo. Pero, en democracia, la sensación de que un partido es corrupto no puede tenerse en cuenta si no ha sido proclamado por un tribunal ordinario o por una comisión parlamentaria. Y, dado que la apreciación de ineptitud es subjetiva –aunque no por ello menos real–, hará falta dar algunos argumentos objetivos para apoyar el NO a este engendro legislativo.

Estas son nuestras razones. Esperamos que sean también las de muchos ciudadanos honestos que decidan votar NO y frenar esta locura colectiva inducida por los políticos nacionalistas e independentistas, junto con la pusilanimidad del PSC.

I. Un preámbulo inextricable

Cuando, en noviembre de 2005, el parlamento español había recibido el texto estatutario y quedaba claro el carácter anticonstitucional de la inclusión del término “nación” en el articulado, el presidente del gobierno, Rodríguez Zapatero dijo que existían muchas maneras de orillar este obstáculo. Una de ellas era utilizar sinónimos –se planteó el de “comunidad nacional”– y  otra desplazar el término “nación” del articulado al Preámbulo. Así se hizo finalmente. Y así es presentado a votación en el referéndum del 18 de junio.

Llama la atención la ligereza con que el presidente del gobierno utiliza las palabras. Una nación es una nación en el preámbulo o en el articulado. Las sutilezas jurídicas sirven para los especialistas en derecho, pero no para el grueso de la población. En un texto estatutario se trata, simplemente, de ser lo más claro posible. Esta claridad está completamente ausente en el preámbulo del Estatuto, una parte mal redactada, con una sintaxis defectuosa, absolutamente incomprensible y ante la que cualquiera puede demostrar lo que desea.

En tanto que ciudadanos no podemos votar algo tan ambiguo y mal redactado como el preámbulo que se nos presenta. Es el primer motivo para VOTAR NO.

Se dice, por ejemplo, “Cataluña ha ido construyéndose a lo largo del tiempo con las aportaciones de energías de muchas generaciones, de muchas tradiciones y culturas, que han encontrado en ella una tierra de acogida”. Haría falta enumerar cuáles eran esas “tradiciones” y “culturas” o, de lo contrario, todos podemos llamarnos a engaño. Tradiciones y culturas tienen nombres y apellidos, no se ve exactamente por qué eludirlas, salvo que se pretenda ignorar que más de la mitad de los habitantes de Catalunya proceden del resto de regiones del Estado. Además, la ambigüedad de este texto se amplía si tenemos en cuenta que en la actualidad residen en Catalunya algo más de un millón de inmigrantes extranjeros, especialmente marroquíes y ecuatorianos. ¿Se intenta equiparar a los inmigrantes españoles que llegaron a Catalunya y que se han asimilado perfectamente, con los inmigrantes llegados en los últimos siete años sin la más mínima intención de integrarse?.

Luego el texto realiza una particular interpretación de la Historia, o mejor dicho, la habitual falsificación nacionalista de la Historia, cuando dice: “El pueblo de Cataluña ha mantenido a lo largo de los siglos una vocación constante de autogobierno, encarnada en instituciones propias como la Generalitat —que fue creada en 1359 en las Cortes de Cervera— y en un ordenamiento jurídico específico recogido, entre otras recopilaciones de normas, en las «Constitucions i altres drets de Catalunya»”. No, resulta muy peligroso utilizar nociones y conceptos del siglo XIV con el significado del siglo XXI. En la Edad Media jamás se utilizó noción alguna de “autogobierno”. Los Condados catalanes, que no Catalunya, estaban integrados en la Corona de Aragón, que no era en modo alguno una “federación” (tal como sostiene el nacionalismo), sino un ente formado por los Condados catalanes, el Reino de Aragón, el Reino de Valencia y el Reino de Mallorca. Las relaciones “feudales” con las que se articulaban todas estas piezas no tenían nada que ver con “federalismo” alguno. Es inadmisible que en el texto estatutario, aunque sea en el preámbulo, se contribuya a satisfacer las necesidades de falsificación histórica de los partidos nacionalistas e independentistas.

A esto sigue una frase inextricable, ambigua y mal redactada a efectos de incluir el concepto de “libertad colectiva”. Véase el aborto: “La libertad colectiva de Catalunya encuentra en las instituciones de la Generalitat el nexo con una historia de afirmación y respeto de los derechos fundamentales y de las libertades públicas de la persona y de los pueblos; historia que los hombres y mujeres de Catalunya quieren proseguir con el fin de hacer posible la construcción de una sociedad democrática y avanzada, de bienestar y progreso, solidaria con el conjunto de España e incardinada en Europa”. El “legislador” ha querido satisfacer a nacionalistas, independentistas y al propio partido del gobierno. Pero una ley orgánica no puede incluir términos tan ambiguos y mal definidos como “sociedad democrática avanzada”, “libertad y progreso”, o el mismo de “libertad colectiva”. En párrafos siguientes se sigue repitiendo esta inclusión de términos vagos y con carga ideológica diferente según sea quien los utilice: “El pueblo catalán sigue proclamando hoy como valores superiores de su vida colectiva la libertad, la justicia y la igualdad, y manifiesta su voluntad de avanzar por una vía de progreso que asegure una calidad de vida digna para todos los que viven y trabajan en Cataluña”.

Es preciso, además, desmantelar la idea tópica arrastrada desde los inicios de la transición, según la cual “es catalán todo aquel que vive y trabaja en Catalunya”. No, por esta regla de tres, un marroquí recién llegado a Catalunya puede ser considerado “catalán” con tanto derecho como alguien con los cuatro apellidos catalanes, que durante siglos ha contribuido con su esfuerzo y sus impuestos a construir Catalunya. No, si hay que definir a “los catalanes” de una manera objetiva y razonable, bastará decir que “catalán es todo aquel ciudadano español que vive y trabaja en Catalunya”. Ni un magrebí, ni un subsahariano, ni un andino, aspiran a ser considerados catalanes, ni lo son por el mero hecho de residir en territorio catalán. Marruecos, Ecuador, Ghana, no han compartido ningún episodio histórico, ni antiguo ni reciente, como para que haya nexos que permitan aplicar “graciosamente” la “nacionalidad catalana” a sus ciudadanos residentes en Catalunya. En cambio, esos nexos y la pertenencia a una Nación y a un Estado, son comunes cuando se habla de ciudadanos procedentes de otras regiones y nacionalidades españolas.

Hay algo más que llama la atención en este ominoso preámbulo y que, luego, a lo largo del texto, volverá a emerger en varias ocasiones. Se trata de la irreprimible tendencia a meterse en lo que habitualmente se llama “camisa de once varas”. ¿De qué otra manera hay que entender frases como la que sigue? “Cataluña, desde su tradición humanista, afirma su compromiso con todos los pueblos para construir un orden mundial pacífico y justo”. ¿Su “tradición humanista”? La de Llull, por ejemplo, era justo todo lo contrario. La del “rector de Vallfogona lo era tanto como cualquier literato de su tiempo. Y en cuanto a la de Jaime Balmes, sería mucho más oportuno aludir a la “tradición católica española” más que a cualquier otra. ¿La de mossen Collell? ¿ La de Verdaguer? ¿A quién se refieren y de qué se refiere el texto? Siempre nos quedará la duda hasta que el programa de estudios de un futuro gobierno nacionalista nos lo aclare por vía de la falsificación histórica.

Y lo peor del preámbulo es cuando se intenta reconciliar a los opuestos. La ambigüedad llega a extremos exasperantes: “El autogobierno de Cataluña se fundamenta en la Constitución, así como en los derechos históricos del pueblo catalán que, en el marco de aquélla, dan origen en este Estatuto al reconocimiento de una posición singular de la Generalitat. Cataluña quiere desarrollar su personalidad política en el marco de un Estado que reconoce y respeta la diversidad de identidades de los pueblos de España”. Si se habla de la Constitución española, inevitablemente hay que equilibrar aludiendo a los “derechos históricos” (que nadie se preocupa de definir, enumerar y describir). Si se alude al “Estado Español”, inmediatamente es preciso tranquilizar a los nacionalistas realizando una precisión que les resulte cara y reconocer sus “diversas identidades”. Antes muerto que claro…

Pero peor es cuando de la ambigüedad se pasa a la mentira pura y simple: “Cataluña es una comunidad de personas libres para personas libres donde cada uno puede vivir y expresar identidades diversas, con un decidido compromiso comunitario basado en el respeto a la dignidad de todas y cada una de las personas”. No, más adelante cuando veamos cómo trata el texto estatutario las ideas consideradas como “no progresistas”, entre las que se encuentran las propias ideas católicas, o simplemente, el absolutismo idiomático de la Generalitat, veremos que esta declaración es, pura y simplemente, falsa. Lo realmente triste es que el pueblo catalán es particularmente solidario e integrador, pero no así la clase política nacionalista. Y es ella la que ha redactado el Estatuto.

Así pues, cuando se dice en el mismo preámbulo: “La aportación de todos los ciudadanos y ciudadanas ha configurado una sociedad integradora, con el esfuerzo como valor y con capacidad innovadora y emprendedora, valores que siguen impulsando su progreso”, la clase política nacionalista está mintiendo. No sólo porque no tiene ningún interés integrador, sino porque aspira solamente a la asimilación de cualquier diferencia cultural a su propio concepto de Catalunya, sino porque además, lo que en un tiempo fue cierto, hoy ya no lo es. Veamos: aludir en el siglo XXI a la “capacidad innovadora y emprendedora de Catalunya” es aludir al pasado. Hoy, esa capacidad es la misma en cualquier lugar de España. Los tiempos en los que Catalunya era la única parte del Estado industrializada y donde, frente al caos decimonónico que reinaba en Madrid, Barcelona era “faro y guía” del desarrollo español, papel al que aspiraba la burguesía catalana en la dirección de España, ya ha pasado. Hoy Barcelona es una ciudad en declive, cuyo consistorio se mira eternamente el ombligo frente a la pujanza mediterránea de Valencia o frente a Madrid. La “seriedad”, que antes era una cualidad considerada como específicamente catalana, hoy no lo es tanto. Han bastado tres años del chusco gobierno de Pascual Maragall para que el mito del “seny” catalán saltara hecho pedazos. La idea expresada en el preámbulo del Estatuto ha sido sistemáticamente repetida desde que los regionalistas del siglo XIX la formularon por primera vez. Pero la “europeización” de España por un lado, su industrialización y, finalmente, el lastre que para Catalunya ha supuesto la hegemonía política del nacionalismo desde 1979, han alterado el escenario. Cualquier otra región española tiene hoy “capacidad innovadora y emprendedora”.

Y por lo demás, ¿a qué viene aludir otra vez a una “sociedad integradora”? A la vista de los últimos veinticinco años de política lingüística más habría que hablar de política “asimilacionista”. Y si nos referimos a los últimos sesenta años, veremos que la burguesía catalana creó verdaderos guetos para la inmigración llegada de otras regiones. Ciudades dormitorio, inhóspitas, sin infraestructuras, apenas sin comunicaciones, sin mantenimiento, fueron el lugar destinado para las migraciones interiores. ¿A quién ha logrado “integrar” la Generalitat? La trampa está en que se alude a la “sociedad”, intentando equiparar la “Generalitat de Catalunya” con la “sociedad catalana”, la “Catalunya oficial” con la “Catalunya real”. Este desfase se percibía ya en el ventenio “pujolista”, pero ha quedado en evidencia en el trienio “maragallano”. La Generalitat, a través de un control y una tutela absoluta sobre los medios de comunicación catalana, ha conseguido dar la sensación de que no existe una brecha entre instituciones y población. Pero esa brecha existe, ayer, cuando la corrupción se apoderó de la Catalunya pujolista, sin duda el área del Estado en donde las corruptelas estaban más extendidas y más cubiertas por los medios, y existe hoy, cuando un gobierno fantoche ha empleado tres años en elaborar un mal Estatuto eludiendo su responsabilidad de gobernar día a día.

La obsesión lingüística tiene su parte en el preámbulo del Estatuto. Se dice: “La tradición cívica y asociativa de Cataluña ha subrayado siempre la importancia de la lengua y la cultura catalanas, de los derechos y de los deberes, del saber, de la formación, de la cohesión social, del desarrollo sostenible y de la igualdad de derechos, hoy, en especial, de la igualdad entre mujeres y hombres”. Es evidente que la tendencia a la igualdad entre hombres y mujeres, la cohesión social, el desarrollo sostenible y demás, no son “rasgos diferenciales” ni con el resto de regiones y nacionalidades españolas, ni con el resto de países europeos. Están presentes en todas partes y con la misma fuerza. ¿Para qué mencionarlo? Simplemente para acompañar al elemento emotivo y sentimental de la “lengua catalana” que, tradicionalmente, el nacionalismo considera como el único y verdadero rasgo diferencial a falta de otras diferencias marcadas de tipo étnico, cultural o antropológico. Más adelante volverá a salir la omnipresente cuestión lingüística.

Queda todavía algo que merece ser tratado al margen del Preámbulo, dada su importancia. La definición de Catalunya como “nación”.

Próxima entrega:

II. Las naciones no se crean ni desaparecen en virtud de una votación


© Ernesto Milà Rodríguez – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 25.05.06

 

La Sagrada Tierra de Europa (III). Islandia:

La Sagrada Tierra de Europa (III). Islandia:

Infokrisis.- Los grandes historiadores romanos Dios Casio y Diodoro Sículo reproducen, con abundante lujo de detalles, la peripecia de un marino masaliota que, en el 330 antes de Cristo, desde las orillas del Mediterráneo, emprendió la ruta hacia el Norte en Busca de Thule. Los historiadores modernos sostienen que Thule constituía un mito sin base real, sobre el que el mundo clásico se forjó la idea de la Edad de Oro, equivalente al "paraíso" judeo-cristiano. Thule, en el lejano Norte, era la tierra de los orígenes.

THULE: TIERRA DEL NORTE, PAIS DE LOS ORIGENES

En el año 330 antes de JC, Massalia -la actual Marsella- era una colonia griega que extendía su influencia en una franja costera de poca profundidad, pero cuyo arco alcanzaba desde el actual Principado de Mónaco hasta la frontera pirenaica. Los masaliotas situados entre Liguria e Hispania, cerraban la salida al mar de los Celtas; su negocio era el comercio, no sólo en el Mediterráneo sino con el centro de Europa.

En esa época los arcontes que gobernaban la ciudad se pregunta­ban si existía una vía marítima hacia el Norte capaz de regularizar la llegada de estaño de Cornualles y ámbar del Báltico. Pero además de soluciones comerciales querían respuestas. Les preocupaba el misterio de sus orígenes. Los masaliotas, descendientes de los dorios, doblegaron a cretenses y minoicos y dieron a Grecia los mejores momentos de su historia. Los dorios, a su vez, habían descendido del Norte y los arcontes, sus últimos descendientes, querían no solo vías comerciales, sino renovar el contacto con su patria originaria y con sus raíces míticas. Phiteas armó su navío para remontar la ruta que habían seguido sus ancestros.

Hoy se ha perdido buena parte de la documentación de la época. El relato completo de Phiteas, el marino, ardió con el resto de la Biblioteca de Alejandría. Su diario de navegación -llamado "En torno al Océano"- se conoce gracias a algunos fragmentos citados por Estrabón, mientras que otros textos y hallazgos arqueológicos han desvelado las técnicas de la navegación masaliota. Se sabe que la quilla de sus barcos estaba construida en roble, la proa reforzada con bronce y los laterales recubiertos de plomo. Se llamaban "pentecóntores" y estaban propulsadas -como los drakars vikingos posteriores- por velas cuadradas o por los cincuenta remeros que formaban su tripulación. Ágiles y veloces, con buena capacidad de carga, la potencia naval de Massalia derivaba de estas naves.

Antes de abandonar los abigarrados muelles de su ciudad Phiteas había consagrado su barco a Apolo, el dios del Sol, el dios del Norte.

EL LARGO PERIPLO EN POS DE THULE

El "pentecóntore" se dirigió primero a las Columnas de Hércules, contorneó la costa de Iberia, luego se puso rumbo Norte hasta la península armoricana y llegó a la isla de Ouessant cuyas costas suelen ser teatro de enfurecidas tempestades y aparatosos naufragios. Finalmente divisó Cornualles, atravesó el Canal de la Mancha y remontó hasta el extremo Norte de Escocia. Cuenta un fragmento de su crónica que al llegar allí preguntó a los pictos si era ese el fin del mundo. Los indígenas le hablaron de una isla situada allende los mares a donde solamente llegaban los marinos de corazón puro: Thule. Algunos vacilaron en seguir adelante, pero Phiteas se mostró inflexible en su voluntad de llegar al lugar de donde descendieron sus antepasados. Cuando dejó atrás las costas de Escocia, acompañado de algunos pilotos pictos, era consciente de que iba a llegar donde nadie había llegado jamás.

Superó las islas Orcadas en la primera jornada de navegación. Cuando suena de nuevo el grito de "tierra", Phiteas ordena pasar de largo. Son las islas Faroe, no es todavía Thule. Con un vigor titánico, los marinos empuñan los remos. Phiteas, cuando no grita exhortándoles a un mayor esfuerzo, otea el horizonte. El quinto día de navegación muchos de los suyos empiezan a experimentar un terror irracional. Al mismo Phiteas le asalta la duda de si los pictos le habrán engañado. Si han dicho la verdad, Thule deberá aparecer de un momento a otro.

A lo largo del sexto día de navegación suena por fin el grito esperado. La amplitud de las costas indica que el navío no se encuentra ante un pequeño archipiélago. Phiteas sabe que es Thule. El avistamiento tuvo lugar en las inmediaciones del solsticio de verano, cuando los días tienen 19 horas. Thule está, pues, situada a seis días de navegación del Norte de Escocia, en torno a 1000 km.

THULE, HIPERBOREA, LA ATLANTIDA...

Thule se encontraría, para los greco-latinos, en el mar que lleva precisamente el nombre de Cronos, dios de la Edad de Oro, Mare Cronium, y que corresponde a la parte más septentrional del Atlánti­co. En esta misma región las tradiciones más tardías situaron las islas que, sobre el plano del simbolismo, se convirtieron en Islas Afortunadas, Islas de los Inmortales o Isla Perdida, que, tal como lo describió un autor del siglo XII, "se oculta a la vista de los hombres, siendo descubierta solo casualmente". Thule se confunde con el país legendario de los hiperbóreos situado en el extremo norte, de donde los linajes aqueos originarios llevaron el Apolo délfico, pero también con la isla Ogigia, "ombligo del mar", que se encuentra lejos, sobre el ancho océano y que Plutarco sitúa, en efecto, en el norte de Gran Bretaña, cerca del lugar ártico donde permanece aún, sumido en el letargo, Cronos. Allí el sol no desaparece más que una hora por día durante todo un mes y las tinieblas, durante esa única hora, no son muy espesas sino que recuerdan a un crepúsculo... exactamente como en el Ártico. La noción confusa de la noche clara del Norte contribuyó, por otra parte, a hacer concebir la tierra de los hiperbóreos como un lugar de luz sin fin, desprovista de tinieblas. Estos recuerdos fueron tan vivos que subsistieron como eco en la romanidad tardía. La tierra primordial fue asimilada a Gran Bretaña y se dice que el glorioso Constancio Cloro se adelantó hasta allí con sus legiones, no tanto en busca de laureles de gloria militar, sino para alcanzar la tierra "más próxima al cielo y más sagrada" y contemplar al padre de los dioses gozando de un "día casi sin noche".

Según Lactancio, el Príncipe poderoso que restablecerá la justicia tras la caída de Roma deberá viajar hacia el Norte. Es igualmente en el Norte donde "renacerá" el héroe tibetano, el místico e invencible Guesar de Ling, para restablecer un reino de justicia y exterminar a los usurpadores. Es en Shamballa, ciudad sagrada del Norte, donde nacerá el Kalki Avatara, aquel que pondrá fin a la "edad sombría". Es el Apolo Hiperbóreo, según Virgilio, quien inaugurará una nueva edad de oro y de los héroes bajo el signo de Roma. Todo un grupo de pueblos, efectivamente, miran hacia el Norte como a su patria originaria. Hiperbórea y Thule son, pues, una misma y única realidad universal: la matriz y la cuna del genio de Europa. Aqueos, dorios, romanos, celtas, germanos, indo-europeos en definitiva, proceden del Norte, de la Ultima Thule que buscó Phiteas. En ocasiones se confunde Thule y la Atlántida.

Cuando el frío fue avanzando por efecto del desplazamiento progresivo del eje del globo terráqueo o quizás por un brusco cataclismo, los habitantes de Thule e Hiperbórea debieron abandonar sus lugares de origen y trasladarse más al sur, a la mítica Atlánti­da. Las sagas islandesas recuerdan perfectamente este episodio. El "Vôluspa", uno de los Eddas, dice "Recuerdo los gigantes, nacidos en los orígenes y el glorioso árbol del mundo, hundido bajo la tierra desde la primera era (Hiperbórea y Thule)". Pero luego siguió una gran convulsión: "El Sol no sabía cual era su lugar; la Luna ignoraba la fuerza que tenía. Las Estrellas desconocían donde tenían su sitio". De esta gran convulsión nació nuestro mundo. Buscar la Tierra de Thule supone para muchos de nosotros viajar a los orígenes. Quizás no sea casual el hecho de que una de las especies marinas más frecuentes en Islandia sea la concha de Santiago: el emblema del peregrino.

EL MITO DE THULE Y EL OCULTISMO NAZI

Desde la prehistoria del nazismo, siempre ha existido un hilo que lo ha unido al ocultismo. Antes de la Primera Guerra Mundial la Sociedad Teosófica, uno de los grupos ocultistas más poderosos fundado por H.P.Blavatsky, había sufrido varias escisiones en Alemania. Mientras una de ellas, formada en torno a Rudolf Steiner, daba vida a la Sociedad Antroposófica, la otra, vinculada a distintas personalidades ocultistas, Jöris Lanz, Hans Horbiger, Guido von List, etc., dieron vida a la corriente "ariosófica", la teosofía germani­zada. Esta corriente desembocó en dos órdenes iniciáticas: la Orden del Nuevo Temple y la Orden de los Germanos, que sufrió una escisión en 1916, constituyéndose la "Germanenorden Walvater der Santo Grial" en torno a Herman Phol. Este grupo estaba organizado, como la masonería, en logias; su logia bávara estaba dirigida por Rudolf von Sebotendorf y tomó el nombre de "Thule". En 1918 la Logia Thule encargó a un cerrajero, Karl Harrer, la constitución de su desdobla­miento político, el Partido Socialista de los Trabajadores que luego, ya con Hitler, se transformó en el Partido Nacional-Socialista Alemán. Al igual que los teósofos, sus hermanos separados alemanes se organizaron en dos grados, "visitadores" o "huéspedes" (en teosofía "probacionistas") y "hermanos" o inicia­dos. Hitler fue sólo -y durante un breve tiempo- un "huésped". Sin embargo, Rudolf Hess (lugarteniente de Hitler), Alfred Rosemberg (ideólogo del nazismo y Ministro de Exteriores) y Karl Frank (gobernador nazi de Checoslova­quia), alcanzaron el rango de "herma­nos". Durante la sublevación comunista de Baviera, la logia organizó un cuerpo de voluntarios armados, el "Overland", que entró en Munich donde los comunistas habían fusilado a siete miembros de la Logia Thule.

Después de estos enfrentamientos armados, la Logia Thule entró en decadencia. Su fundador, Sebotendorf, marchó a Suiza; Hitler prefirió dedicarse al "trabajo de masas", seguido por los más activos de "Thule". En 1925 sabemos, por propia confesión de Sebotendorf, que la logia apenas contaba con 25 miembros en activo. Un año después solo quedaban 5 y en junio de 1930, la logia es oficialmente disuelta. Tres años después, Hitler llegaría al poder. Los caminos del esoterismo nazi, a partir de 1921, pasaban por vías diferentes a las trazadas en la logia "Thule". Sin embargo, miembros de éste grupo y de las organizaciones ariosóficas, supieron escalar posiciones dentro del régimen y especialmente en las SS, donde diseñaron los emblemas y ritos de la "orden negra".

JULIO VERNE Y OTTO RHAN EN ISLANDIA

Toda la isla está cubierta de fumarolas, geisseres (palabra de origen islandés), sulfataras y aguas termales, hasta el punto de que el agua caliente en casas y  piscinas es producida directa­mente por la naturaleza. Las fumarolas arrojan gas carbónico e hidrógeno sulfuroso; éste, al contacto con el oxígeno del aire, precipita cristales de azufre. En islandés "reykur" quiere decir humo y "reykja" vapor; abundan los topónimos con esta raíz; Reykja­vik, la capital, es solo un ejemplo. Basta lanzar jabón a los géiseres calmados para excitar la expulsión de agua ardiente, disminuyendo su tensión superficial.

Otto Rhan, miembro de las S.S. y renovador de los estudios sobre el catarismo, llegó hasta Irlanda en busca de herejías anticatólicas. En su relato "La Corte de Lucifer" cuenta como la explosión de un geisser le produjo la sensación de estar próximo al infierno. Rhan es recordado por los islandeses amantes del esoterismo, y los círculos ocultistas locales continúan buceando en la senda emprendida por él. Para ellos Islandia es la "isla del Grial", un lugar amado por los dioses. Pero el diablo está siempre presente.

Los valles y zonas volcánicas con abundancia de estos fenómenos se llaman en Islandia "marmitas del Diablo". La isla está salpicada por más de 200 volcanes. Hoy todavía, algunos de ellos siguen en activo. El Hekla es, sin duda, el más famoso. Una vieja tradición afirma que el Etna en Sicilia y el Hekla en Islandia están comunica­dos bajo tierra. Julio Verne -rosacruz- se tomó muy en serio esta leyenda que le sirvió como base argumental de su novela más famosa: "Viaje al Centro de la Tierra". Parte de la trama se desarrolla en tierra islandesa.

El protagonista de la novela, el profesor Lidenbrok, antes de penetrar por la boca del Snaefells, un volcán apagado, se entrevistó en la capital islandesa con el profesor Fridriksson a quien ganó para su expedición. Fridriksson existió verdade­ramente, era un profesor islandés amigo del cónsul francés y del comandante Charcot, hijo del famoso hipnotizador, director del hospital psiquíatrico de la Salpetriere en París y maestro de Freud. Verne presentó su novela como un auténtico viaje iniciático que terminó en la isla de Strómboli, próxima a Sicilia. El viaje, un verdadero "descenso iniciático a los infiernos", se inspiró en las leyendas sobre el Hekla, "morada del infierno" en la tradición islandesa y residencia de entidades maléficas. Aun hoy, cuando los islandeses pasan cerca del Hekla, se encomiendan a sus genios protectores.

VICTORIA SOBRE EL INFIERNO

En la Edad Media se tenían los rugidos del Hekla por los lamentos de los condenados a las penas del infierno que sufrían en los abismos; sus erupciones eran anuncio de nuevos y más terribles tormentos para los pecadores. Pero el Hekla ha resultado, a la postre, beneficioso para la economía islandesa. Aparte de pescado la isla exporta la piedra pómez producida por las erupciones.

En 1973, otro volcán, el Helgafell (la raíz "hell-" indica infierno) provocó en las islas Vestruarum una lluvia de 10 metros de cenizas que cubrió por completo la población. Es frecuente oír a los guías turísticos alardear orgullosos de que los volcanes islandeses han expulsado la tercera parte de lava que ha caído sobre la tierra desde el 1500. Las cenizas volcánicas cubren el 10% del país; con razón los islandeses dicen que la formación de su país constituye una victoria sobre el infierno. Si los volcanes son las puertas del infierno, Islandia debería ser, sin duda, la zona más visitada por el diablo.

 

[recuadros fuera de texto]

[RECUADRO I]

UNIVERSALIDAD DE THULE

Las etimologías de Thule no aportan gran cosa. Algunos dicciona­rios hacen derivar el misterioso nombre del término griego "tholos", niebla, o "tele", lejos. En lo que se ha podido reconstruir de la antigua lengua céltica, el vocablo "thual", muy próximo a Thule, significa "Tierra del Norte".

René Guenon sostiene que Tulâ alude a Libra, signo zodiacal que une a la Osa Mayor y a la Osa Menor, asimiladas a los dos platillos de la balanza; en la Estrella Polar que forma parte de ésta constela­ción, residiría el equilibrio del mundo.

Asimismo, existe una Tula al Sur de Moscú y otra en Centroaméri­ca. Todos estos centros habrían nacido del avance de los hielos y del desplazamiento de la población en busca de climas más benignos.

[RECUADRO II]

CRISTIANISMO Y PAGANISMO EN ISLANDIA

Los islandeses son habladores; es fácil comunicarse con ellos en inglés, idioma que aprenden desde la infancia. El islandés pertenece al tronco escandinavo y no ha evolucionado desde finales de la Edad Media. Entienden sin dificultad los Eddas y las Sagas nórdicas en la versión en la que fueron escritas hace casi mil años, contrariamente a suecos, noruegos y daneses, que deben realizar esfuerzos de traducción. No hay grandes museos en la isla, ni monumentos que nos aporten pistas sobre el pasado. Las antiguas construcciones se realizaban en madera y de ellas no queda ni rastro. Tampoco existen monumentos megalíticos; estos fueron construídos por otros linajes que tenían como origen el "extremo-occidente" (la Atlántida), no el "extremo-norte" (Thule-Hiperbórea).

Las grandes catedrales -la luterana y la católica- datan solo del siglo XIX. Cristianizada a principios del siglo X, quinientos años después pasó al protestantismo; la cabeza del obispo católico rodó sin juicio previo.

[RECUADRO III]

ISLANDIA: CRISTIANOS Y ESPIRITISTAS

A mediados del siglo XX una nueva confesión irrumpió en la isla: el espiritismo; hacía casi 100 años que su fundador, Allan Kardec había muerto. Como tantas otras cosas, fue traída por los norte­americanos durante la Segunda Guerra Mundial. Existen en la isla millar y medio de espiritistas, el 1'5% de la población, el porcenta­je más alto de afiliados a esta pseudo-religión que se ha dado jamás en el mundo.

Los espiritistas locales pretenden tener comunicación privilegia­da, a través del más allá, con los primeros vikingos que llegaron a la isla. La falta de rastros arqueológicos y de fuentes objetivas permite que cualquiera busque las piezas que faltan por procedimien­tos heterodoxos. El espiritismo es uno, el recurso al mito y a la leyenda es otro.

[RECUADRO IV]

MASONES Y NEO-NAZIS AL ENCUENTRO CON SU PASADO

La Islandia actual es un país sorprendente. Todos sus habitantes conocen sus raíces y están orgullosos de ser descendientes de los vikingos que colonizaron la isla. En los últimos años ha aparecido un extraño nacionalismo islandés teñido de ribetes esotéricos, más cultural que político. Pequeños círculos -en Islandia todo es pequeño- intelectuales realizan un sincretismo prodigioso entre la religiosidad nórdico-germánica, el lenguaje sagrado de las runas y el esoterismo.

España e Islandia tienen algo en común: constituyen los dos extremos míticos de Europa. El Jardín de las Hespérides y la Ultima Thule son dos importantes jalones de nuestro más misterioso pasado. Es a través de un miembro de la masonería española como entramos en contacto con el "Círculo Halgadom". La Gran Logia Nacional de Islandia, fundada en 1951, que hoy cuenta con unos dos mil "hermanos masones" que siguen el Rito Sueco, muy influido por las doctrinas del místico Emmanuel Swedemborg. Algunos templos masónicos locales tienen las inscripciones en alfabeto rúnico como muestra de fidelidad a sus orígenes. Islandia, con un cuarto de millón de habitantes, tiene el mismo número de masones que España con una población 120 veces superior: en torno a los 2000. Asgeir Asgeirson, antiguo presidente de la República fue Gran Maestre de la organización que cobró renovado vigor durante la Segunda Guerra Mundial, cuando ingleses y norteamericanos establecieron "logias militares".

 

En el otro extremo, los estudios sobre el pasado ancestral interesan igualmente. Antiguos miembros del grupo neo-nazi Nordiska Righs Partiet (NRP), fundado por Goran Asän Oresson en los años 60, se extendieron por todos los países nórdicos y constituyeron una sección en Islandia. Hoy el grupo está disuelto, pero algunos antiguos miembros se dedican a investigaciones esotéricas.

© Ernesto Milá Rodríguez – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 27.05.06

Esparta: la madre de todos los guerreros (II) La Falange Hoplítica

Esparta: la madre de todos los guerreros (II) La Falange Hoplítica

Infokrisis.- En esta segunda entrega, describimos el núcleo del ejército espartano y, por extensión, de los ejércitos griegos: la falange hoplítica. Abordamos su forma de combate, su organización y armamento y los combates en los que participó hasta la batalla de Leuctra que marca el inicio de la decadencia espartana. El ejército espartano constituyó el nervio de la ciudad libre.

 

Esparta en combate (I): la falange hoplítica

La falange era la formación de combate habitual en Grecia desde mediados del siglo VII a. JC. No se tiene una idea exacta de si la falange surgió espontáneamente o si fue el resultado evolutivo de formaciones anteriores de combate. Se tiene tendencia a pensar que su concepto estaba relacionado con las competiciones atléticas teatralizadas; la evolución colectiva y mil veces repetida, el culto a la fuerza, al empuje físico y a la resistencia, así lo hacen pensar. Anteriormente, en todas las ciudades griegas existía la casta de los guerreros profesionales que combatían preferentemente a caballo y constituían una especie de aristocracia. En la falange hoplítica este concepto queda superado: son los ciudadanos libres de Esparta los que participan en ella como combatientes de a pie. No hay casta guerrera: todos los hombres libres en edad de empuñar un arma son guerreros.

Es posible que esta idea de la falange hoplítica influyera decididamente en la formación de un sistema tan sofisticado de pesos y contrapesos como era el espartano. En la falange hoplítica combate desde el rey hasta el ciudadano poseedor del lote de tierra más apartado. La idea de igualdad en la batalla debería de arrastrar, casi de forma automática, la igualdad política. El guerrero, en el fondo, pasa a ser un reformador político. No es la democracia la que modela la función del guerrero, como en las actuales democracias, sino justo al revés: el guerrero reproduce las condiciones del combate, que vive constantemente, en las instituciones políticas.

A pesar de la enorme innovación que supuso en la organización militar del mundo antiguo la irrupción de la falange hoplítica, hay que reconocer que tácticamente estaba muy limitada. Tenía muy escasa movilidad, costaba mucho pasar del “orden grueso” al “orden delgado”. Por otra parte, el hecho de que se tratara de una formación de infantería contribuía a limitar aún más la rapidez de movimientos. Si la falange hoplítica pudo imponerse sobre los adversarios de Esparta e incluso una pequeña ciudad, con demografía limitada, se enfrentó y venció al Imperio Persa, fue gracias a su entrenamiento ininterrumpido y a la moral impresa en sus guerreros por la “agogé” y, especialmente, por el sentido del honor y la lealtad que sabía transmitirles.

La estructura interna de la falange era extremadamente complicada y seguramente fue ganando complejidad con el paso del tiempo y a la vista de las experiencias adquiridas en combate. La estructura básica de combate era el “sintagma”, formado por cuadrados de 16 combatientes por cada uno de sus lados. Su elemento básico era la “fila”, formada por un frente de 16 combatientes; cuatro filas formaban una “enomotia”. En el interior de la “enomotia”, las filas impares recibían el nombre de “protóstatas” y las pares el de “epístatas”. Cuatro “enomotias” formaban una “hilera”, dos “hileras” una “diloquia”; dos “diloquias” una “tetrarquía”; dos “tetrarquías”, una “taxiarquía” y, finalmente, dos “taxiarquías”, un “sintagma”. En total, el bloque, equivalente a nuestros actuales batallones, estaba formado por 256 hombres. Existían unidades mayores. Dos “sintagmas” formaban una “pentacosiarquía”; dos “pentacosiarquías” formaban una “quiliarquía”; dos “quiliarquías”, una “menarquía” y dos “menarquías”, una “falange”. El total de combatientes era de 4.096 guerreros, con 256 “hileras”. Dos “falanges” formaban una “difalangarquía” con algo más de 8.000 hombres como núcleo de combate, y unos 2000 más de reserva, intendencia y algunos jinetes. Ahora bien, estas proporciones fueron variando con el paso del tiempo y corresponden sobre todo al período más arcaico del que se tiene noticia. La organización tuvo su origen en Esparta pero fue adoptada por todas las ciudades griegas, siempre con algunas modificaciones. En tiempos tardíos, la falange macedónica de Alejandro Magno correspondía, en realidad, a una “menarquía” y, en tiempos de su padre, se sabe que una falange estaba formada por 6.500 hombres.

La formación de combate de la falange se constituía a partir de la “hilera”. Marchaba como un bloque compacto cuadrado con 16 soldados de fondo (“orden cerrado”), que podía evolucionar hasta los 32 (“orden grueso”) o alcanzar los 8 (“orden delgado”). Al parecer, era frecuente que estuviera formada por un frente de 256 soldados (16 “filas”) por 16 de fondo. Su jerarquía interior era bastante simple: el general, “estratego”, ocupa la cúspide jerárquica de la falange; luego estaba el “taxiarca” o centurión, oficial fuera de fila que mandaba sobre dos “tetrarquias” (128 soldados); luego estaba el hoplita o soldado raso. Cada división de la falange tenía un jefe: “diloquita”, “tetrarca”, “sintagmatarca”, “pentacosiarca”, “quiliarca”, “merarca” y “falangarca”. En combate, a estas jerarquías correspondía transmitir las órdenes a los hoplitas que dirigían y combatir codo a codo con ellos.

Los hoplitas se configuraban como una especie de infantería pesada, armada y equipada como tal. Casco de metal, escudo (“hóplon”), espada corta, pica larga de 6 ó 7 metros (“sarisa”). Marchaban en formación, separada cada hilera por unos dos metros. Iban seguidos por los sirvientes (peltastas) que les llevaban el bagaje y algunas armas de repuesto. Los hoplitas constituían el núcleo central de la falange. Existía también una infantería ligera, los “psilites”, desprovista de armas defensivas y cuya función era proteger con ondas y jabalinas el avance de los hoplitas. El equipamiento se completaba con las grebas o canilleras metálicas que protegían la parte del cuerpo no cubierta por el escudo. La formación hoplítica estaba muy condicionada por el escudo que llevaba cada uno de sus combatientes. El mismo nombre de “hoplita” procede del escudo, hóplon, fabricado en bronce o bien en madera o incluso en mimbre recubierto de piel; su diámetro era ligeramente inferior al metro. Hasta la aparición del hóplon, los escudos griegos solían colgarse del cuello mediante una correa durante la batalla, o bien, en las marchas o en las retiradas esa misma correa se pasaba por el hombro y el escudo se colocaba a la espalda. Con la aparición del hóplon todo esto varía extraordinariamente. Una correa servía de asa y una abrazadera por la que pasaba el antebrazo izquierda aumentaba su maniobrabilidad. Las armas ofensivas se manejaban con el brazo derecho. La envergadura del escudo dificultaba movimientos e, incluso, en determinadas situaciones hacía descender su visibilidad; pero todo esto se compensaba con la seguridad que daba, no solamente sentirse protegido por el propio escudo, sino por el del compañero situado a la derecha. El hóplon, en el fondo, es el elemento que más contribuye a la solidez de la falange hoplítica y a la solidaridad entre sus miembros. Era extremadamente pesado y se sujetaba con el antebrazo. Cubría la parte izquierda del hoplita y la derecha del compañero que formaba a su lado. Así pues, la vida y la seguridad de cada combatiente dependía tanto de él como de los que le seguían y precedían en la hilera. “Con tu escudo o sobre él, espartano”, era la frase ritual que repetían las madres y las esposas de los guerreros cuando marchaban al combate. En la tradición guerrera espartana regresar sobre el escudo significaba morir en combate. Los compañeros del guerrero caído transportaban el cuerpo de éste sobre su propio escudo. Regresar sin el escudo suponía haber sido derrotado colectivamente o bien haber perdido el honor.

En el combate se evitaba romper esta formación. La primera línea estaba constituida por esa muralla de escudos de la que sobresalían las lanzas de la segunda y tercera hileras. El espartano consideraba que los arcos y las flechas eran armas poco honorables porque hacían innecesario el cuerpo a cuerpo; no las utilizaba, pero se protegía de ellas mediante la muralla de escudos. En algunos momentos una loriga bastante simple, especialmente estudiada para atenuar el impacto de la flecha, formaba parte de su uniforme.

Grecia no era rica en pastos, por lo tanto el caballo, aunque se conocía y se dominaba el arte de la doma, nunca constituyó el elemento central de los combates. A partir de las guerras contra Persia y, en especial, en la batalla de Platea, el general persa Mardonio utilizó unidades de caballería pesada. A pesar de que las fuerzas de ambos bandos eran equivalentes, la presencia de estas unidades daba cierta ventaja y, desde luego, más movilidad a los persas. Pero, a la hora del combate, el rey espartano Pausanias y sus hoplitas lograron rechazar los ataques de la caballería pesada (gracias a sus picas) y evitar los estragos que podían haber causado las constantes lluvias de flechas (mediante el escudo). El pequeño núcleo hoplítico espartano quedó desconectado del resto de fuerzas griegas, pero, tras rechazar a la caballería persa, logró romper las líneas de Mardonio (el cual murió durante la batalla) y sus fuerzas se desbandaron. A partir de Platea, algunas ciudades griegas constituyeron unidades de caballería. Se constituyeron “tagmas” formadas por 500 jinetes, “drongos” con 2000 y escuadrones de 64 caballos o “ilas”. Cuatro “ilas” constituían una “terantinarquía”, cuatro “terantinarquías”, una “hiparquía” y cuatro “hiparquías”, una “epitagma” con 4.096 jinetes.

El hoplita avanzaba siempre en formación cerrada, hileras densas erizadas de lanzas y protegidas con escudos, una verdadera muralla en movimiento buscando el choque frontal. No existía nada más alejado al modelo homérico de combatiente que el hoplita espartano. Si Homero había exaltado al héroe aislado que lucha en solitario y vence o muere, la falange hoplítica es una tarea colectiva. No se concibe el combate como exhibición individual de heroísmo, sino como evolución colectiva. No se pide al hoplita que tenga iniciativa personal, sino que se comporte con disciplina, evite que la formación se rompa y evolucione colectivamente con precisión milimétrica. Era el heroísmo colectivo y no el arrojo individual lo que se exaltaba y lo que tenía lugar en la táctica espartana.

El 13 de septiembre del año 409 a. JC, el general ateniense Milcíades, al mando de 10.000 combatientes griegos, volvió a afrontar a los persas lanzados contra las ciudades helénicas. Darío había conseguido desembarcar  20.000 guerreros y tomar posiciones en la llanura de Maratón. Milcíades, a pesar de contar con la mitad de efectivos, desplegó  sus tropas en una línea igual en extensión a la persa, dio a los flancos la máxima densidad y avanzó a la carrera contra las filas persas. Estos, sorprendidos, no pudieron hacer uso de sus arqueros y, al verse rebasados, se retiraron hacia sus naves. Grecia, una vez más, se había salvado del asalto de Asia. El soldado Filípides llevó la noticia de la victoria a Atenas, distante 42 kilómetros del campo de batalla, muriendo al llegar. Hoy, los Juegos Olímpicos evocan esta gesta en la prueba del maratón. La victoria griega se debió a la superioridad táctica, al armamento y a una moral de combate más perfilada que la persa. Además, los griegos defendían su libertad y su integridad territorial.

La estructura y las tácticas de la falange fueron trasplantadas a todas las ciudades griegas. Cada una aportó sus propias modificaciones, obedeciendo a sus características, a la funcionalidad que pretendían dar a su milicia y a sus propias tradiciones militares. Atenas primero y Macedonia después, contaron con las organizaciones más complejas, adaptadas para proteger su comercio, Esparta era la más simple y, sin duda, la mejor entrenada, con una finalidad puramente defensiva. Otras ciudades apenas tenían una milicia que no llegaba a la categoría ni a la complejidad de la falange; el “Batallón Sagrado” de Tebas, formado por parejas de hombres que se juramentaban para defenderse mutuamente hasta morir, o los eparitas de Arcadia, y los “Mil de Argos”, etc. La falange hoplítica pasó a ser una realidad espartana extendida a todas las ciudades griegas. Paradójicamente, su punto álgido y su máxima complejidad militar la alcanzó en tiempos de Filipo de Macedonia, y no en territorio espartano. Esparta solamente había forjado un ejército para defender sus límites territoriales. El espartano, a lo largo de casi toda su historia, apenas albergó ninguna vocación imperialista, ni expansionista. El apego a sus tradiciones seculares le hacía considerar como “ajeno” el territorio que estaba más allá de los límites de su ciudad. El “demos”, originariamente, aludía al terreno a distribuir entre los miembros de la comunidad. Se forma así una potente clase de campesinos-soldados que constituye el armazón central de la falange hoplítica espartana. El soldado se costea a sí mismo su equipo y combate para conquistar nuevos campos de cultivo. Se ha dicho que la “guerra hoplítica” no es expansiva ni imperialista, su objeto solamente consiste en ocupar nuevas tierras de cultivo, cuando estas son necesarias.

En general, las ciudades griegas no estuvieron dotadas para el espíritu expansionista e imperial que luego encontramos en Roma. Atenas era una potencia comercial capaz de sembrar el Mediterráneo de colonias y factorías, pero no de sumar territorios. Esparta era una potencia guerrera continental, poco apta para la navegación y mucho menos para la conquista. Frecuentemente, las ciudades griegas mantenían polémicas agrias entre sí que terminaban en conflictos armados. Solamente la sombra de un riesgo exterior les animaba a abandonar sus diferencias y luchar codo a codo contra el enemigo común.

Filipo de Macedonia fue el único, junto a su hijo Alejandro Magno, en contemplar posibilidades expansivas para Grecia. A tal fin adaptó la estructura de la falange. Su gran creación fue el “argiráspides”, verdadero Estado Mayor del ejército, capaz, no solamente de dirigir tácticamente las batallas, sino de establecer estrategias en campañas. Filipo reimplantó la disciplina y el riguroso entrenamiento como no se conocía desde el período áureo espartano y creó el cuerpo de “pedhetairoi”, compuesto por campesinos libres. En tiempos de las guerras asiáticas de Alejandro, la falange macedónica agrupaba a 13.000 hombres, aproximadamente el equivalente a una división moderna. El Estado Mayor dirigía, no sólo a combatientes, sino también a unidades de ingenieros y de exploradores (“bematistas”). El rey iba protegido por una guardia personal (hipastistas).

Esta estructura, con ligeras modificaciones en cuanto al número de combatientes, se mantuvo hasta que se produjo el choque con el naciente Imperio Romano. La derrota de Cinoscéfalos supuso un grave quebranto para la estructura de la falange hoplítica. La estructura de la Legión Romana se mostraba mucho más móvil y adaptable a la realidad de los combates. Pero fue en Pydna cuando fue barrida definitivamente el 22 de junio de 168 a. JC. Durante la Tercera Guerra Macedónica. El general Lucio Emilio Paulo, después de un inicio incierto del combate, logró derrotar a Perseo de Macedonia. En el primer choque la potencia de las falanges fue tal, que la primera línea romana quedó deshecha y los legionarios se retiraron hacia las colinas que protegían su campamento. El ejército macedonio creyó que la batalla estaba decidida y deshizo sus filas, persiguiendo a los legionarios. Lucio Emiliano consiguió reagrupar sus fuerzas y contraatacar a los macedonios en los flancos y en la retaguardia. La caballería macedónica no actuó, protegiendo el tesoro del rey Perseo, cuya proverbial avaricia decidió el combate en su contra. Cuando percibió las primeras dificultades, se retiró con la caballería. Una hora después todo había terminado. Veinte mil macedonios resultaron muertos y once mil cayeron presos. Las pérdidas romanas fueron insignificantes. Esta victoria marcó, no solamente la incorporación de amplios territorios al Imperio Romano, sino el fin definitivo de la falange hoplítica. Su hora había pasado. Llegaba la hora de la Legión.

El combate de Pydna muestra el punto débil de la concepción táctica de la falange hoplítica. Tal como fue concebida por atenienses y macedonios, solamente podía evolucionar con ventaja táctica en un terreno excepcionalmente llano, sin obstáculos y con un patrón preestablecido –agon- que no dejaba lugar a improvisaciones. En los habituales conflictos entre las ciudades griegas, casi todo obedecía a un ritual preestablecido que se repetía siempre de forma rutinaria. Las batallas entre las distintas ciudades griegas eran rápidas (apenas una mañana) y las campañas rara vez se prolongaban más allá de unas pocas semanas. No existían, por tanto, grandes problemas de avituallamiento, ni se precisaba una logística sofisticada. Las guerras solían tener lugar en el verano, justo antes de las cosechas. Así existía la posibilidad de conquistar las cosechas del enemigo, mientras las propias ya estaban aseguradas. Se elegía el campo de batalla de mutuo acuerdo, de manera que no diera ventaja a ninguna de las partes. Antes de la batalla solían realizarse sacrificios a los dioses pidiendo de ellos apoyo, valor y fortuna en el combate. Luego ambas formaciones se colocaban una frente a otra y avanzaban, primero lentamente y luego a paso ligero. Se evitaba por todos los medios romper la formación, ni los escudos se separaban unos de otros. El ejército espartano avanzaba siempre en silencio y los únicos murmullos que salían de sus movimientos eran los producidos por las fricciones entre los escudos de bronce; este sonido casi insonoro, unido a la música austera de la flauta causaba una honda impresión en quienes no lo habían oído jamás. Era frecuente, en otras ciudades griegas, que el avance fuera acompañado por gritos de guerra, tambores y trompetas y salves a los dioses de la guerra. Iniciado el combate, se trataba de que la totalidad de la falange presionara colectivamente. Las bajas producidas eran cubiertas con los soldados situados inmediatamente detrás. Los flancos estaban cerrados por tropas auxiliares y se tendía solamente al ataque frontal. Las maniobras de envolvimiento y los ataques laterales apenas fueron utilizados. Se sabe, eso sí, que las falanges no avanzaban de manera completamente rectilínea. El peso del escudo, situado a la izquierda, les hacía adquirir una tendencia natural a avanzar hacia la derecha para compensar ese peso. Solamente existían dos posibilidades en la batalla. O bien se rompía el frente en el centro, o en los flancos. A medida que se perforaba el centro de la formación o una de sus alas, se trataba solamente de evitar que la brecha fuera taponada y conseguir una especie de efecto dominó en el cual el soldado enemigo muerto dejaba el flanco derecho de su compañero desprotegido y, a su vez, pasaba a ser vulnerable. Primero se combatía con la lanza y cuando la proximidad de las fuerzas enfrentadas la hacía inhábil para combatir, se desenfundaban las espadas que sobresalían entre las filas de escudos. La bajas podían llegar –y frecuentemente llegaban- al 15% de los efectivos entre los derrotados y al 5% entre los vencedores. Concluido el choque se construía un monumento a la batalla, habitualmente una torre de madera decorada con las armas y estandartes de los enemigos caídos. Mientras, ambas partes retiraban a sus muertos y realizaban sacrificios a los dioses.

Esparta en combate (II): guerras de Esparta, guerras contra Esparta

Esparta constituyó el modelo de ciudad dórica por excelencia. Los dorios, conocidos como griegos del noroeste, se instalaron en el Peloponeso, en las costas de Asia Menor y en algunas islas del Egeo. En tanto que pueblo indo-europeo, estaba organizado de manera trifuncional. Míticamente, los dorios descendían de los hijos de Eginio; uno de estos hijos, Hilo, es en realidad hijo de Hércules, adoptado luego por Eginio. De estos parentescos surgió la leyenda del “retorno de los Heraclidas”. La tradición se refiere al retorno de los Heráclidas como acontecimiento posterior a la guerra de Troya, fundamento de una imagen de Esparta como ciudad típicamente dórica. La aristocracia espartana se consideraba heredera y descendiente de los Heráclidas. En realidad, el ciclo de leyendas en torno a la guerra de Troya se situaba en la época micénica.

Esparta, cuando fue presionada por su propia demografía en el siglo VII a. JC, inició la conquista de la vecina Mesenia, situada al suroeste; pero el carácter específicamente espartano, guerrero y austero, parece haberse formado en el siglo VI a. JC. En esa época se inició la educación militar de los adolescentes. Tras las Guerras Médicas y con el episodio de las Termópilas en el 480 a. JC, Esparta demostró la terrible eficacia de tales criterios educativos. La Guerra del Peloponeso, en la que logró imponerse sobre Atenas en el 404 a. JC, le dio una hegemonía temporal sobre las ciudades griegas que Epaminondas se encargó de destruir en el 371 a. JC, derrotando a Esparta en la batalla de Leucra. A partir de ese momento, la ciudad-guerrera se redujo a sus dimensiones geográficas tradicionales. Finalmente, en el 396, los visigodos de Alarico la destruyeron definitivamente sin que quedara ya nada de su antiguo régimen militar.

Después del dominio aqueo de Grecia, Esparta se convirtió en una ciudad doria. La leyenda no contribuye mucho a esclarecer la fundación de Esparta. Al parecer, los dorios, dirigidos por Aristodemo, aparecieron en la llanura Mesenia ochenta años después de la Guerra de Troya. Después de una serie de conflictos internos, Esparta conquistó toda la región de Laconia, partiendo de la vega del río Eurotas. Más tarde rechazaron la irrupción de Argos y se anexionaron la ciudad de Mesenia. Después de dos siglos de tensiones y desconfianzas, Esparta terminó destruyendo Argos y Acadia, sus principales rivales en la zona. Estamos en el siglo VII-VI a. JC.

En el año 506 a. JC, el rey Cleómenes de Esparta organiza una coalición en la que participan todas las ciudades del Peloponeso, pero ni explica sus objetivos, ni siquiera el alcance de la misma. Cuando en el santuario de Eleusis los corintios y el otro rey espartano, Demarato, advirtieron que se trataba de luchar contra Atenas, se produjo el “divorcio de Eleusis”. Cleómenes resultó abandonado por sus aliados y por su socio en el gobierno de la ciudad. Un año después, Esparta convocó una nueva alianza para restablecer en el trono de Atenas al rey Hipias, dando lugar a la fundación de la Liga del Peloponeso. Desde el inicio del siglo V a. JC nadie duda que Esparta es la gran potencia indiscutible en el Peloponeso.

Cleómenes I había decidido centrar la influencia de Esparta solamente en el Peloponeso, eludiendo acudir en defensa de las ciudades de Asia Menor amenazadas por los persas, a diferencia de anteriores gobernantes que habían llegado a fraguar alianzas con los reyes de Lidia. En el 491 a. JC, Cleómenes arroja a un pozo a los embajadores persas llegados para reclamar tributo de sumisión a la ciudad. Acto seguido, enviará refuerzos a los atenientes que no lograrán llegar a tiempo para participar en la victoria griega de Maratón. Diez años después, Jerjes vuelve a intentar la sumisión de Grecia, pero la formación de la Liga Panhelénica con Atenas y Esparta a la cabeza logra retrasar el avance persa en las Termópilas y permite la reorganización del ejército conjunto y de la flota ateniense, al mando de generales espartanos. La victoria naval de Salamina es un triunfo de la escuadra ateniense mandada por el espartano Euribíates. Dos años después, las victorias de Platea y Mícala tienen lugar bajo el mando espartano.

Sin embargo, una vez restablecida la paz, la coalición se deshace, cuando Atenas considera que hay que defender a las ciudades situadas en Asia Menor y Esparta considera que están demasiado alejadas. Además de este conflicto, Esparta empezó a inquietarse por la hegemonía ateniense. La exigencia espartana de que Atenas no reconstruyera las murallas destruidas por los persas fue la excusa para que la ciudad abandonara la Liga Panhelénica y pasara a constituir la Liga de Delos. Hasta el 462 a. JC no se produjo un conflicto armado. Ese año se produjo la revuelta de los ilotas y Atenas envió un contingente dirigido por Cimón para auxiliar a Esparta. El contingente fue rechazado por la gerusía y el episodio marca un enfriamiento rápido de las relaciones entre ambas ciudades. En el 457 a. JC, la tensión precipitó una situación de guerra abierta. Entre ese año y el 440 no se produjo el triunfo decisivo de ninguno de los dos bandos. La paz firmada ese año solamente logrará mantenerse durante cinco años hasta que, en el 446 a. JC, el conflicto se recrudeció. El ejército espartano ésta vez sí estuvo en condiciones de invadir Ática, mientras que los atenienses, dirigidos por Pericles, deciden refugiarse tras los muros de la ciudad. Sin embargo, logran capturar en un islote a 120 hoplitas pertenecientes a las familias más nobles de Esparta. Los rehenes serán recuperados tras la rendición de la flota espartana. Es la primera vez que un grupo de hoplitas deciden rendirse en lugar de morir con las armas en la mano. La paz de Nicias firmada en el 421 apenas se prolongará tres años.

En el 418 a. JC el conflicto vuelve a estallar a causa de una nueva disputa territorial. En los años siguientes, las armas atenienses no tendrán fortuna y la defección de los aliados jonios permite a Esparta alcanzar la iniciativa estratégica y lograr la capitulación de Atenas en el 404 a. JC. El tratado obligará a Atenas a derribar buena parte de sus murallas e impondrán el gobierno de los “treinta tiranos”. La victoria en la Guerra del Peloponeso hará durante un tiempo de Esparta la ciudad que gobierne toda Grecia. Cobrará tributos a las ciudades vencidas, les enviará guarniciones militares, impondrá gobiernos colaboracionistas y restará, en definitiva, libertad y autonomía a las ciudades vencidas. A partir de ese momento, Esparta mira hacia Persia y asume la dirección de la lucha enviando 10.000 combatientes procedentes de todas las ciudades griegas, que son derrotados en el 401. Jenofonte narra las vicisitudes de esta expedición en su “Anábasis” o “La Retirada de los Diez Mil”. En el 306 a. JC, Atenas, Tebas y Argos se han sublevado contra Esparta y Agesilao, enviado para socorrer a las ciudades de Asia Menor, debe regresar precipitadamente para participar en la Guerra de Corinto que se desencadena a partir de ese momento. Esparta salió triunfante en el 394 a. JC en las batallas de Coronea y Nemea y tebanos, atenienses, beocianos y corintios resultaron aplastados por los hoplitas de Agesilao, pero estos triunfos no impidieron que Esparta perdiera la hegemonía marítima y que los persas, a la vista de los conflictos entre las ciudades helénicas, intentaran aprovechar la situación lanzándose de nuevo a la ofensiva. A partir de este momento, Esparta empezó a ser consciente de que la situación estratégica le era altamente desfavorable y firmó con atenientes y persas la paz de Antalcidas en el 386 a. JC. Sin embargo, ésta no sería la última vez en la que Atenas y Esparta se desangrarían. En el 378 a. JC se producen nuevos ataques espartanos contra El Pireo iniciándose un nuevo conflicto que durará siete años más. No fue la victoria de ninguna de las dos partes la que impuso la firma de la paz en el 371 a. JC, sino el ascenso de Tebas a potencia regional. Tardaría poco en dirigir sus tropas contra la ciudad, pero aquí, Tebas consiguió la victoria histórica de Leuctra.

Leuctra, o la derrota de la rutina

El 3 de agosto del 371 a. C, en las inmediaciones de Leuctra, las fuerzas de la Liga Beocia, dirigidas por Epaminondas, se enfrentaron contra los espartanos de Cleómbroto. Inicialmente la relación de fuerzas era favorable para los espartanos, que consiguieron movilizar a 10.000 combatientes, entre ellos 3200 hoplitas, por apenas 7000 sus adversarios. La habilidad de Epaminondas consistió en entender desde el principio que no podría obtener una victoria mediante la estrategia clásica. Le costó más vencer la oposición de sus aliados para imponer un ataque poco convencional. Hasta ese momento se sabía que los ladecemonios atacaban siempre en formación cerrada, la única para la que estaban entrenados. Los estrategas militares griegos y persas siempre habían pensado que si ésta era la estrategia empleada por los espartanos, es que se trataba de la mejor concebible, y la imitaban. El problema era que, en el terreno del adiestramiento, Esparta siempre se mostró superior y, por tanto, en el combate en orden cerrado llevaba siempre las de ganar. Epaminondas, por el contrario, ideó una táctica distinta: el “orden oblicuo”, con el flanco derecho en vanguardia y el izquierdo en retaguardia; en ésta añadió una columna de 50 hileras de profundidad. La idea era golpear la formación espartana en un solo punto, mientras procedía al envolvimiento con el ala derecha. Una vez iniciada la batalla la caballería espartana fue casi completamente diezmada y Cleómbroto no pudo deshacer la punta del flanco izquierdo beocio. El “Batallón Sagrado” de Tebas, al contraatacar, deshizo el orden cerrado espartano. Cleómbroto murió en combate junto con 400 ciudadanos libres, 1000 periecos y 2500 enrolados. Esparta jamás logró recuperarse, no sólo demográficamente, sino también desde el punto de vista de su prestigio militar. Tebas pasaba a ser la primera potencia de Grecia. La Batalla de Leuctra demuestra que las rutinas estratégicas suelen tener éxito hasta que terminan enfrentándose con un adversario hábil e innovador. Cuando se dice rutina, no hay lugar para el factor sorpresa.

Leuctra desarticuló completamente el dominio espartano sobre Mesenia. El primer efecto fue la disolución de la Liga del Peloponeso. Si Leuctra marca el inicio de la decadencia espartana, las guerras posteriores confirman y afianzan esta decadencia. La campaña de Agis III contra Macedonia en el 33 a. JC se salda con un nuevo fracaso en Megápolis; y durante la Guerra Lamiana iniciada tras la muerte de Alejandro Magno, Esparta no dispone de fuerza suficientes para participar a favor de ninguno de los dos bandos. La derrota de Selasia contra la Liga Aquea dirigida por Macedonia lleva por primera vez a la ocupación de la ciudad. Este episodio supone un hito: Esparta está vencida. La historia que le queda por delante no tiene nada que ver con el glorioso y heroico pasado de la ciudad.

En el 205 a. JC Esparta se alía con Roma, pero ocho años después las alianzas se invierten y, ésta vez, la ciudad lacedemonia está sola frente a Roma y las demás ciudades griegas. La paz del 195 a. JC sella su debilidad. Es obligada a ceder el puerto de Giteo con su flota, se le prohíbe reclutar periecos y resulta amputada de buena parte de su territorio. En el 192 a. JC la ciudad ingresa casi por la fuerza en la Liga Aquea, con la condición de derribar los muros que habían sido construidos no hacía mucho por el rey Nabis, los primeros de su historia. También se le obliga a abolir la “agogé” y liberar a los ilotas. En el 148 a. JC, tras un corto período de paz, la Liga Aquea vuelve a derrotar a los restos del ejército espartano. El gran beneficiario de todos estos conflictos es Roma, que impone definitivamente su dominio sobre Grecia.

A partir de ese momento se evidencia una extraña neurosis en la sociedad espartana. Destruida su potencia militar, vencida, la ciudad renuncia a dirigir ninguna coalición ni a intentar recuperar su influencia en la política griega. Esparta lo había perdido todo. Sus murallas, sus ilotas, su área de influencia, su prestigio militar. Sólo le quedaba una cosa: la “agogé”. Paradójicamente, ésta, lejos de relajarse, recrudece su crueldad y si ya hasta entonces había sido particularmente dura, ahora se vuelve inmisericorde y sangrienta. La imposibilidad de vencer enemigos exteriores hace que la agresividad espartana se vuelva contra los más débiles: sus propios hijos, los teóricos beneficiarios de la “agogé”. De todo el mundo conocido acuden gentes ávidas de asistir a los ritos sangrientos realizados en público y que prefiguran los juegos de gladiadores. Los niños de menor edad son castigados con una dureza sin precedentes en el mundo civilizado. Tras cualquier falta, por pequeña que sea, son azotados. Muchos mueren bajo el látigo. Finalmente es preciso construir un anfiteatro para que un público extranjero, cada vez más numeroso, pueda asistir a estos espectáculos. Ya no volverá a haber nada notable ni digno de mención en la ciudad. Sus últimos cinco siglos de existencia son de una tristeza exasperante. En el siglo IV estos espectáculos seguían siendo representados para sorpresa y satisfacción de los recién llegados a la ciudad. Los hérulos terminaron saqueándola en el 267 y los visigodos de Alarico terminaron destruyéndola en el 395 y dispersando a su población. La fundación de la ciudad de Lacedemonia por el Imperio Bizantino no supuso, ni remotamente, un acercamiento al antiguo prestigio de Esparta.
 

© Ernesto Milà Rodríguez – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 26.06.05


Esparta: la madre de todos los guerreros (I) La Sociedad Espartana



Infokrisis.- En nuestra serie de artículos sobre la tradición guerrera presentamos la primera de dos entregas sobre Esparta. Esparta puede ser considerada como la madre de todas las tradiciones guerreras. Todas las unidades militares de élite, incluso en nuestros días, se han inspirado en las tradiciones militares y en la educación espartana.

 

Esparta. La madre de todos los guerreros

“Que cada uno siga firme sobre sus piernas abiertas,

Que fije en el suelo sus pies y se muerda el labio con los dientes.

Que cubra sus músculos y sus piernas, su pecho y sus hombros

Bajo el vientre de su vasto escudo.

Que su diestra empuñe su fuerte lanza

Que agite sobre su cabeza el temible airón”.

Elegía de Tirteo recitada por Leónidas

al inicio de la Batalla de las Termópilas

“Las murallas de Esparta son sus jóvenes,

y sus límites el hierro de sus lanzas”

Antacildas, rey de Esparta

 

Uno de los últimos videojuegos para PC, lanzado por Friendware, lleva por título “Esparta”. El jugador tiene ocasión de “organizar su propia civilización” para resistir frente a los demás imperios. No es raro que el nombre de Esparta ejerza todavía cierto atractivo, aunque la idea de “imperio” fuera completamente ajena a la ciudad. Hace más de 2.500 años, la ciudad libre de Esparta sólo tenía dos propósitos: entrenarse para la guerra y luchar en ella. Nadie dudaba que sus combatientes eran los más fuertes, rápidos y mortíferos del mundo conocido. Gracias a ellos, los espartanos crearon su propio Imperio, denominado “Lakeidamon”, que hizo frente a los rivales griegos (Atenas, Tebas, Corinto, Macedonia) y al Imperio Persa. Los usuarios de este videojuego cuentan con decenas de unidades, recursos y tecnologías para llevar a cabo inmensas batallas y asedios en partidas individuales o de dos jugadores por red local o a través de Internet. El juego dispone de un mapa de campaña randerizado en 3D y de batallas con “zoom” y cámara giratoria, también tridimensionales. La antigua Esparta está presente en la modernidad.

Sin embargo, Esparta murió como mito invencible cuando Epaminondas, tebano y comandante en jefe de la Liga Beocia, deshizo a las falanges hoplíticas en la batalla de Leuctra. Era la primera vez que la ciudad conocía la derrota. Epaminondas fue enterrado en Mantinea y cuenta la leyenda que viajó a la Península Ibérica y plantó sus estandartes a orillas del Manzanares, fundando la ciudad de Mantua Carpetana que corriendo el tiempo se convertiría en Madrid. Se trata, evidentemente, de una leyenda extraída de los cronicones renacentistas, pero muestra el afán de algunos autores imaginativos y poco escrupulosos en demostrar que sus pueblos descendían de razas heroicas.

Asimismo legendaria es la consulta que el espartano Phalantos hizo al oráculo de Delfos sobre la expedición colonizadora de Italia que iba a comenzar, y se le respondió que tomaría Tarento cuando “sintiera caer la lluvia de un cielo claro”; Phalantos comprendió el oráculo cuando sintió en su cuello las lágrimas de su mujer Aithra (literalmente, "cielo claro"). Mucho más real, sin embargo, es la prescripción que realizó Licurgo, el legislador espartano, de ordenar arrancar las vides que rodeaban a la belicosa ciudad lacedemonia, pues consideraba que el vino tendía a hacer perder el control del carácter y le restaba firmeza.

A los griegos les gustaba contar con admiración y respeto las anécdotas que generaba la ciudad libre de Esparta. Hoy, todo lo que se refiere a Esparta parece pura invención legendaria, sin embargo la investigación arqueológica ha demostrado que la realidad, a menudo, es más sorprendente que la leyenda.

Esparta: laconismo y austeridad

La Batalla de las Termópilas constituye el monumento a la raza de Esparta y al genio de Europa. Los poetas y los rapsodas cantaron durante siglos las “frases lacónicas” atribuidas a Leónidas en vísperas del combate. Cuando se le advirtió que las flechas medas cubrían el sol, no dudó en decir entre desafiante y displicente: “Entonces combatiremos a la sombra”. Y cuando hubo de recibir a los enviados de Jerjes quienes le solicitaron la rendición y la entrega de armas, se limitó a decir: “Decid a vuestro rey que venga y las gane”. Tras los primeros combates, en los que el ejército persa fue duramente castigado, Leónidas volvió a lanzar una de sus afiladas frases: “Los persas tienen muchos hombres, pero ningún guerrero”. Pero todas las historias de heroísmo y grandeza tienen un final trágico. No existen finales felices en la guerra antigua ni moderna. Un pastor griego, Efialtes, traicionó a los héroes de las Termópilas, mostrando a Jerjes un paso alternativo que permitía envolver a los espartanos. Se dice que cuando Leónidas advirtió la maniobra de envolvimiento ordenó la retirada de sus aliados, permaneciendo él y sus 300 espartanos, unos pocos tepisteos y tebanos, sobre el desfiladero. Al amanecer del quinto día de batalla, Leónidas aconsejó a sus hombres: “Desayunad bien que hoy no habrá cena”. Luego todos murieron, pero su sacrificio retrasó unos días la marcha del ejército persa y permitió a los griegos reorganizarse. Una lápida colocada allí, tan austera como los protagonistas cuya gesta recordaba, decía: “Caminante, hemos muerto aquí en obediencia a las leyes de Esparta”.

Situada en el Peloponeso, justo en el valle de Eurotas y rodeada de las altas montañas de Lacedemonia, la más famosa de las cuales era el monte Taigeto, Esparta apenas distaba 32 kilómetros del mar. En el año 900 a. JC. los dorios fundaron la ciudad.  Los montes eran el mejor muro defensivo de esta ciudad que se negó a construir empalizadas durante la mayor parte de su historia por entender que relajarían la tensión guerrera de sus habitantes. En el 640 a. JC, los mesenios se sublevaron contra Esparta en un conflicto que duró años y que concluyó con la victoria espartana. La dureza del conflicto y la posibilidad de que pudiera reproducirse, indujo a Esparta a forjar sus tradiciones guerreras.

Los 43 templos de divinidades y los 22 templos de héroes, 15 estatuas a los dioses y 4 altares distribuidos por la ciudad indican, sin sombra de dudas, que los piadosos espartanos atribuían, más que cualquier otro griego, gran importancia a sus dioses. Lejos de ser una sociedad machista y sexófoba, las divinidades femeninas gozaban de gran prestigio; entre los templos de mayor prestigio figuraban los de Artemisa y Diana. Aparte de Apolo, que recibía un culto particular, como también los gemelos Castor y Pólux (que la tradición presentaba como espartanos), Hércules era particularmente venerado por los jóvenes. Los héroes de la guerra de Troya habían sido elevados al rango de dioses: Aquiles, Agamenón, Menelao… Incluso sus santuarios marcaban los límites de la ciudad. El santuario de Artemisa estaba situado a orillas del Eurotas, el de Atenea también estaba junto al río, pero en el extremo opuesto.

Los griegos se referían a Esparta con el nombre de Lacedemonia, una de cuyas derivaciones semánticas solemos utilizar en nuestros días. En su período de educación a los jóvenes espartanos se les enseñaba el arte de la conversación. Austeros en su comportamiento, debían serlo también en la conversación; aprendían a hablar poco, utilizar escasas palabras, concentrar ideas y lograr que cada frase fuera tan incisiva como el aguijón de las abejas que estaban pintadas en sus escudos de combate. Este hablar “lacónico” deriva, precisamente, de la región de Lacedemonia donde se practicaba como un arte espartano.

Los habitantes de la ciudad estaban estratificados en tres categorías: los “hombres libres” figuraban en la cúspide de la jerarquía. Eran llamados “astoi” o “ciudadanos” (término más aristocrático que el de “polités”, habitual en otras ciudades griegas). También se les conocía como “Homoioi” (“Pares” o “Iguales”). Eran pocos y todos descendían de los antiguos dorios que habían invadido la Península Helénica en el siglo XI a. JC. Se consideraban los verdaderos espartanos, y este exclusivismo les llevaba a ser los únicos que gozasen de todos los derechos políticos. A ellos se les encargaba el gobierno de la ciudad y sólo ellos podían formar parte de la élite del ejército: la infantería pesada u hoplítica. Heródoto explica que en el siglo V a. JC apenas existían 8000 hoplitas. Cuando llegó la batalla de Leuctra, en el 371 a. JC, eran sólo 1200, 400 de los cuales murieron en este combate que supuso el inicio de la decadencia espartana.

No todos los espartanos fueron “iguales”. Los considerados cobardes en el combate, llamados por los historiadores latinos “tresantes” (“los temblorosos”), eran despreciados y vejados: debían pagar el impuesto de soltería, se les expulsaba de las tareas colectivas, incluidos el deporte, la comida y los cantos; y vivían en un estado de marginación similar al de los ilotas. A pesar de que, en teoría, les estaba permitido redimir su deshonra mediante actos de valor en la guerra, en la práctica, incluso muriendo en el combate se les solía negar un homenaje. En la batalla de las Termópilas, dos hoplitas de los que se conocen sus nombres, Aristodemos y Eritos, sufren una grave dolencia en la vista y se les autoriza a regresar a su hogar. Pero cuando comienza la batalla, Eritos se coloca la coraza, acude al combate y muere con honor. Aristodemos regresa a Esparta, pero es despreciado por todos. Sus amigos y vecinos le llaman “el cobarde Aristodemos”. Se le niega el pan y la sal y, lo que es peor, la leña para hacer fuego. Además, todos evitan hablarle. De nada servirá que al año siguiente muera heroicamente en la batalla de Platea; sus camaradas le negarán el homenaje debido a los valientes. Dominique Venner, quien nos cuenta esta anécdota, añade: “En Lacedemonia una muerte honorable no basta para lavar una falta de honor”.

Ni las distinciones honoríficas ni los castigos recibían mucha atención en Esparta. Las acciones heroicas apenas suponen otra cosa que el cumplimiento del deber. Si el heroísmo ha sido extremo, al protagonista se le concede una corona de laurel y una mención ante sus ciudadanos. Nadie, ni el propio protagonista, considera que tiene derecho a recibir más. Y si ha muerto en combate ¿a qué fin más alto podía aspirar un combatiente? Cuando se conoció la derrota de Leuctra la ciudad estaba celebrando la fiesta de las gimnopedias. Los magistrados de la ciudad no permitieron que nada se modificara. El coro de hombres, ya en el escenario, siguió actuando y los juegos continuaron hasta el final. Sólo cuando la fiesta terminó los éforos leyeron la lista de los muertos. Esparta había perdido a dos terceras partes de sus hombres en edad militar. Al concluir, los éforos recomendaron a las esposas de los caídos que llevaran en silencio y con dignidad su dolor. En los días siguientes, los padres de los muertos lucieron sus mejores galas y caminaron sonrientes por las calles. Solo permanecieron tristes aquellos que no habían perdido a ninguno de sus hijos. Esparta seguía siendo Esparta.

En el segundo nivel de jerarquía, los periecos eran hombres libres encargados del comercio. Estaban agrupados en un centenar de asentamientos –de ahí que Estrabón recordara que Esparta era conocida como “la ciudad de las cien villas”. Los asentamientos periecos eran sometidos a la autoridad y el control de los “harmostes”, magistrados espartanos. Existían veinte magistrados, uno por cada asentamiento. Habitaban en la periferia de la ciudad y, aunque eran ciudadanos libres, la reforma legislativa de Licurgo les negó cualquier derecho político y no podían participar en las decisiones que afectaban a la ciudad. Tenían, eso sí, el derecho en exclusiva de comerciar, y compartían con los ilotas la artesanía. Algunos eran agricultores, pero estaban reducidos a cultivar los terrenos menos productivos. Podían comprar esclavos y poseer casa propia. Los periecos descendían de los estratos originarios de población, previos a las invasiones aqueas y dorias, que habían aceptado voluntariamente su dominio. Estaban obligados a proporcionar contingentes que combatían junto a los espartanos en unidades separadas y constituían la tripulación de la marina espartana. Pagaban los mismos tributos que los ciudadanos espartanos. Tampoco podían casarse con espartanas. A pesar de la limitación de sus derechos, los periecos jamás se sublevaron contra la autoridad espartana, lo que permite pensar que su situación era soportable, mucho más, desde luego, que la de los ilotas.

Tiende a confundirse el estado de los ilotas con la esclavitud cuando, en realidad, se trataba de siervos. Cultivaban los campos, pagaban tributos y, de manera excepcional, podían ser reclutados para el ejército. Eran la clase más numerosa; Tucídides cifra su número entre 150.000 y 200.000 personas. Los ciudadanos libres temían su revuelta y les declaraban ritualmente la guerra cada año y castigaban con una dureza infinita cualquier voz discordante. Finalmente, la sublevación se produjo y costó diez años de revuelta, y guerra de guerrillas. En el 192 a.C. la Liga Aquea obliga a la ya decadente Esparta a derruir sus muros (los primeros de su historia, que Nabis había mandado edificar), libertar a los ilotas y abolir la “agogé” o educación específicamente espartana.

A pesar de esta estratificación social, Tucídides observa el hecho de que entre todas las clases existía una similitud en el estilo de vida. En efecto, todos llevaban una vida austera.

“Agoge”. La educación espartana

Uno de los capítulos más importantes de la legislación de Licurgo era el consagrado a la forja del carácter de los jóvenes, el “agogé” o educación. Era obligatoria y a cargo del Estado. Inicialmente reservada solamente a los ciudadanos libres, aunque a partir de cierto momento se admitieron también a periecos y luego a ilotas. También hubo griegos que fueron enviados a Esparta para ser educados en la austeridad. Jenofonte fue uno de ellos. El modelo educativo de Licurgo estaba basado en una dureza que se manifestaba desde el momento mismo del nacimiento. Justo al nacer el niño era examinado por los ancianos para determinar si podría convertirse en un buen guerrero. En caso de que se tratara de un bebé débil o con malformaciones, era llevado al pie del monte Taigeto donde se le arrojaba por un barranco. Se consideraba que la ciudad no debía tener lastres y que a cualquier ser que no fuera lo suficientemente fuerte como para sobrevivir era mejor evitarle una vida de deshonra constante para él y carga para la comunidad. Ahora bien, si superaba la primera prueba de su vida recibía un lote de tierra y se autorizaba a su familia para que lo criara. Desde entonces su destino estaba trazado: si había nacido varón no podía ser otra cosa más que soldado.

Sus padres ponían especial énfasis en liberarlos de los terrores de la infancia. Debían ser valientes desde que eran capaces de andar por sí mismos y demostrar que no tenían miedo a la oscuridad, que la soledad del bosque no les infundía temor y se les prevenía contra las supersticiones: el destino lo forjaban ellos, no otros. La voz de los dioses podía escucharse, pero el fuerte debía demostrar su fortaleza especialmente cuando estaba sólo. Estos valores eran infundidos a los niños por sus nodrizas, una de las instituciones más apreciadas de la vieja Esparta.

A los siete años abandonaba el entorno familiar y se integrada en el grupo militar con el que compartiría el resto de su vida. Su educación seguiría hasta los veinte años ya en régimen militar. El niño espartano aprendía pronto a resistir el frío y el calor, su vestimenta no variaba a lo largo del año y siempre era ligera. Por las noches dormía sobre cañas trenzadas que él mismo construía con sus manos. Era alimentado por el Estado con la famosa sopa de bodrio, compuesta por tocino hervido con sal y vinagre. Si quería comer más –y era necesario comer más para soportar el esfuerzo– debía proveerse él mismo de alimento, sin descartar ningún medio incluido el hurto. Se admitía el hurto para alimentarse, pero si era sorprendido cometiéndolo se le castigaba con una dureza que podía ir desde morderle el pulgar hasta azotarlo. Así se desarrollaba el espíritu de supervivencia, la habilidad, mientras que el niño se familiarizaba con el riesgo. Se conoce el caso de un joven que acababa de robar un cuervo; cuando fue sorprendido lo ocultó bajo su túnica y el cuervo le desgarró el vientre, aún así, el niño no evidenció dolor alguno. Desde niños caminaban descalzos por la montaña y solamente recibían una túnica al año y ningún manto. Algún viajero contaba que sabía que había llegado a Esparta por la imagen de sus adolescentes desnutridos pero siempre ágiles y activos.

La educación espartana se basaba en la “prueba”. El niño primero, el adolescente después, y el joven finalmente, debían superar cada día y durante años, más y más pruebas. Esas pruebas sólo tenían un objetivo: endurecer al soldado, habituarlo a las condiciones más adversas. Si el enemigo no tendría piedad de él, la mejor educación para la guerra consistía en tener educadores que, asimismo, lo trataran sin piedad aunque con cariño. Los educadores solían estimular peleas entre ellos para observar sus reacciones, su acometividad, su capacidad de autocontrol, su fuerza, su determinación y su valor personal. Aprendía también disciplina, espíritu de cuerpo y se fortalecía mediante ejercicios constantes. Los atletas espartanos sobresalían habitualmente en los Juegos Olímpicos. Pero nos equivocaríamos si pensáramos que esta educación no infundía también lo que hoy entendemos por cultura. Se les enseñaba a leer y a escribir, pero también a expresarse de forma concreta y concisa, esto es, lacónica. También aprendían música y danza.

¿Y las niñas? A ellas también se las educaba de manera diferente al resto de Grecia. Se trataba de hacer de ellas madres fuertes, aptas para engendrar hijos vigorosos. También ellas estaban sometidas a una rigurosa selección eugenésica que llevaba a muchas de ellas al pie del monte Taigeto. La sexualidad que desarrollaban era muy diferente de la que podemos conocer hoy. Las mujeres no dudaban en mostrarse desnudas ante los varones, así, éstos podían apreciar su idoneidad para criar hijos. Formada la pareja, estaban solamente obligados a tener hijos. En caso de no hacerlo, por el motivo que fuera, se les humillaba públicamente, obligándoles a dar vueltas en la plaza de la ciudad.

Asimismo era frecuente que, tanto hombres como mujeres, tuvieran además del marido, el amante, e incluso que todos convivieran en el mismo hogar sin que aparecieran rastro de celos, ni se conociera el delito de adulterio. Legalmente ambos cónyuges podían tener amantes. Si existía acuerdo entre las partes, una mujer joven casada con un hombre mayor podía llevar a su casa a un amante joven y, un hombre enamorado de una mujer casada, podía solicitar –y frecuentemente obtener– permiso del marido para visitarla con la frecuencia acordada. De hecho, el matrimonio lo único que debía asegurar era la procreación; el placer se situaba en otra área. El matrimonio no era convenido por los padres, sino realizado de acuerdo con la voluntad de los dos futuros cónyuges. A diferencia de la Grecia clásica, donde los jóvenes se casaban muy pronto, en torno a los 14 ó 15 años, en Esparta el matrimonio solía concretarse hacia los 20 años. Ellas se dejaban “raptar” por el joven elegido y luego vivían una temporada cada uno en su casa. Solamente se veían fugaz y esporádicamente, habitualmente en la noche o al atardecer. Se decía que algunos hombres eran padres sin haber visto a su mujer bajo la luz del sol.

Las mujeres espartanas vivían en régimen de igualdad con los hombres. Tenían voz en las asambleas políticas y recibían herencias de sus padres. A diferencia de otras ciudades griegas, las mujeres espartanas practicaban deportes como los hombres y peleaban completamente desnudas. Sus responsabilidades eran muchas. Dado que sus maridos se dedicaban al oficio de las armas y que la educación de los hijos estaba asumida por el Estado, de ellas dependía todo lo relativo al hogar y, en este terreno, tenían el poder de decidir. La famosa anécdota referida por una extranjera que conoció a la esposa de Leónidas es significativa; cuando la visitante le preguntó por qué sólo las mujeres espartanas dominaban a sus hombres, ella le respondió: “Porque sólo nosotras parimos verdaderos hombres”. 

La vida de los jóvenes era extremadamente dura hasta los 18 años y, a pesar de que a esa edad, el legislador consideró que ya habían adoptado los valores que a partir de ese momento tendrían presentes toda su vida, hasta los 30 años seguían careciendo prácticamente de vida privada. Hasta esa edad no podían viajar al extranjero, ni poseer joyas. Sin embargo debían contribuir con el trabajo en su lote de tierra a las comidas en común. Se juzgaba que si lo perdían todo era porque no habían sabido trabajar la tierra o la habían descuidado; eso implicaba un fallo y, por tanto, eran desposeídos de la ciudadanía.

Y valores. Sobre todo, se les inculcaba valores. El primero de todos era la austeridad. El soldado en el frente debe hacerlo todo contando con nada. Debe estar preparado para la guerra pero no incitar a la guerra. Licurgo había dado la fórmula para liberarse de los enemigos: “ser pobres y no desear más poder que otro”. Pero el eje del “agogé” era un valor diferente al resto de Grecia. Buenos combatientes hubo siempre en todas las ciudades griegas pero, mientras que en el resto se ensalzaba el valor personal y se consideraba como arquetipo al héroe homérico en busca de gloria personal, en Esparta el combatiente debía fundirse con sus compañeros y sacrificar cualquier impulso personal al beneficio y  la gloria de la comunidad.  Se cuenta que, observando una colmena, Licurgo tuvo la revelación de que el destino de la comunidad era más importante que el del individuo. Nada distingue a unos individuos de otros dentro de una colmena, sin embargo todos, cumpliendo su cometido, hacen que la colmena progrese.

Esparta era una ciudad alegre. El “agogé” y el entrenamiento militar permitía a sus ciudadanos disponer de abundante tiempo libre. Plutarco nos explica el motivo: “Licurgo proporcionó a sus conciudadanos abundante tiempo libre; pues en modo alguno se les dejaba ocuparse en oficios manuales y, en cuanto a la actividad comercial, que requiere una penosa dedicación y entrega, tampoco era precisa, al carecer por completo el dinero de interés para los espartanos”. En efecto, el dinero no era nada para Esparta. Sus monedas eran de hierro, pero ni siquiera valían lo que pesaban, pues se habían templado con vinagre para evitar su perennidad. Eran grandes y una cantidad relativamente importante solamente habría podido transportarse sobre un carromato. A nadie se le escapan los motivos de esta extraña norma económica: era raro que algún ladrón pudiera estar tentado de conquistar un botín que no hubiera podido transportar sin llamar la atención y, por lo demás, la codicia quedaba erradicada de la ciudad. Un hombre cargado de monedas inútiles de hierro inspiraba más comicidad que otra cosa. Porque al espartano le gustaba reír. A Licurgo incluido. Fue él quien introdujo la estatua al dios de la Risa en la “fidicia”, otra tradición espartana a tener en cuenta.

La fidicia era una especie de comida pública en la que participaban quince compañeros. La palabra indica “amistad”, pero también “ahorro”. En realidad, se trataba de estimular una amistad entre los hombres tan fuerte que los convirtiera en combate en una unidad de choque sin fisuras y en el que cada combatiente podía estar seguro del apoyo que recibiría de su compañero. En cuanto al sentido del ahorro, remitía al valor de austeridad, primero de todos los que insertaba la “agogé” y que rechazaba la gula y su manifestación externa, la obesidad. Era una obligación para todos los varones pertenecer a una de estas fidicias y aportar cada mes la parte alícuota de higos, carne, queso, harina y vino. El plato que inevitablemente se servía era la “sopa negra” (hecha con carne y vísceras hervidas en sangre y vino) precedida de queso, seguida por unos cuantos higos, y acompañada por una simple torta de harina.

Contrariamente a lo que se tiene tendencia a pensar, aunque lo comunitario pesara más que lo individual, el espartano se quería tanto a sí mismo como quería a su comunidad. Es conocida la anécdota de aquel virtuoso y heroico espartano que no fue elegido entre los 300 mejores ciudadanos de la ciudad y, en lugar de regresar humillado y triste a su hogar, lo hizo contento de saber que en la ciudad había 300 mejores que él.

La ciudad jamás contó con más de 20.000 espartanos dotados de todos los derechos. Todos se conocían entre sí y, por ello, el prestigio individual y el honor eran para ellos extremadamente importantes. La cobardía en el campo de batalla o cualquier mancha en el honor podía acarrear la marginación completa de la sociedad. Los ancianos eran extremadamente respetados. Había pocos y, los pocos que habían alcanzado los 60 años, recibían de sus vecinos respeto y admiración. Al morir se limitaban a envolverles en un lienzo, colocaban unas ramas de olivo entre sus manos y los sepultaban. Ni su familia ni sus vecinos podían celebrar duelos superiores a doce días.

La “eumonia” o el buen gobierno

Licurgo modeló Esparta. Seguramente se trató de un personaje más o menos mitológico que aparece en un momento clave en la historia de la humanidad. A pesar de que Plutarco lo sitúa entre los siglos IX y VIII a.C, realmente empiezan a existir referencias históricas suyas a partir del siglo VII a.C.  A Licurgo se atribuye la redacción del código de costumbres por las que se regía Esparta. Y, como hemos visto, no era una legislación precisamente permisiva ni blanda. Aristóteles la criticó en su “Política”, pero el hecho de que un pueblo pequeño pudiera hacer frente durante siglos a sus enemigos, da muestras de su eficacia. La piedra se modela con el martillo y el cincel, no con sedas ni afeites. Más que piedra, el ciudadano era un fragmento inseparable de una roca llamada Esparta. En la concepción que Licurgo transmitió a sus ciudadanos el hombre era sólo miembro del Estado. Lo comunitario estaba por encima de lo individual y el destino del individuo era consagrarse a la comunidad. Pero es a partir del siglo VII a.C cuando se produce el verdadero cambio en la vida de la ciudad, y la figura de Licurgo aparece cada vez más como central en la historia de Esparta. En ese tiempo cobra forma el poderío militar de la ciudad que se convertirá en paradigma de la tradición guerrera para los siglos venideros.

El sistema político espartano había sido también diseñado por Licurgo. Era tío del rey Leobotas de Esparta y fue llamado por la profetisa de Delfos (la Pitia) "Dios más que hombre". Fue en Delfos donde Licurgo recibió la aprobación del oráculo para la futura constitución de la ciudad, la "Gran Retra". En realidad, jamás se trató de una constitución escrita y ni siquiera es seguro que su creador fuera Licurgo, sino que más parece que la Gran Retra fue un conjunto de usos y costumbres ancestrales, compilado durante las Guerras Mesenias. El principio de esta constitución era la llamada “eunomia” o el “buen gobierno”, que garantizaba la igualdad absoluta de todos los ciudadanos ante la ley, eliminando cualquier privilegio. Resulta difícil definir el sistema. En realidad tenía algo de todos los sistemas políticos conocidos. Era monarquía, aunque en realidad había dos reyes por falta de uno, con funciones religiosas y militares. Era también una oligarquía porque existía un consejo de ancianos (la “gerusía”). Tenía algo de democracia porque las grandes decisiones se tomaban en asamblea popular y, por supuesto, la tiranía estaba presente en el consejo de los cinco “éforos”. Resulta difícil resumir cómo fue posible que este sistema mixto apareciera y diera buenos resultados en Esparta.

Debió ser en el siglo VII a.C cuando apareció el ejército hoplítico, típicamente espartano. Hasta entonces, al parecer, existían guerreros que combatían sobre carros tirados por caballos y unidades de jinetes que pertenecían a los estratos más acaudalados de la población. A partir de ese período, la aristocracia renuncia a sus privilegios y queda absorbida por el grueso de la población; es en ese momento cuando aparece la “eunomia”, en el contexto de una igualdad total. La aristocracia renuncia también a sus propiedades y las pone en común al servicio de la comunidad. El gobierno de la ciudad distribuye todas estas tierras entre los casi 8000 “homoioi”, los “iguales”, que no pueden vender ni hipotecar. El trabajo en el campo queda reservado para los “ilotas” que son asignados a estos lotes de tierra con la obligación de entregar los beneficios en especie al propietario; con ellos podrá mantener a su familia, pero no enriquecerse. Los ciudadanos libres tenían prohibido el comercio y estaban disponibles en todo momento para la guerra. En este período, la igualdad democrática cristaliza en la institución de la asamblea de ciudadanos (“espartíatas”).

La “eunomía” se fundaba en tres valores. En primer lugar la obediencia de todos hacia las leyes de la comunidad: nadie era libre ni tenía rango suficiente para hacer algo no permitido por la ley; los propios espartanos decían que sus leyes obligaban a sus dioses y a sus reyes a cumplirlas. La igualdad de los ciudadanos libres era el punto de partida indiscutible de la tradición espartana. En segundo lugar la idea del honor concebido como una renuncia a la propia individualidad y a la búsqueda de ventajas, subordinándolo todo a la defensa de la comunidad. Finalmente, todos los ciudadanos libres de Esparta tenían la obligación de llevar estos conceptos hasta el límite, incluida la muerte. No debía existir para ellos satisfacción más grande que morir en defensa de la comunidad.

La Asamblea era la reunión de los ciudadanos libres e iguales. Se reunía en determinados momentos del año con la misión de aprobar o rechazar las propuestas para el buen gobierno de la ciudad realizadas por los “éforos”. Estas eran leídas pero generalmente no se discutían; al parecer, ante la gravedad de algunos temas, se permitía excepcionalmente que los ciudadanos tomaran la palabra; las propuestas, finalmente, se aprobaban o rechazaban por aclamación. Cuando existía duda se procedía a la votación personalizada. Pero la última palabra la tenía la “gerusía”, que podía aceptar la decisión de la asamblea o considerar que el pueblo se había equivocado. También la asamblea de los libres elegía a “éforos” y “gerontes” mediante el sistema de aplausos. Un grupo de magistrados se encerraba en una caseta sin ventanas; a su alrededor el pueblo aplaudía a los candidatos a gerentes sin mencionar sus nombres; los magistrados debían decidir cuál había sido el más aplaudido. El poder de la asamblea era limitado. Uno de los lemas de la Gran Retra era “Que el pueblo tome las decisiones. Pero si se equivoca, rechácenlas los ancianos y los reyes”.

El hecho de que existieran dos reyes impide que el sistema espartano pudiera ser llamado con propiedad “monarquía”. Uno de los reyes pertenecía a la dinastía de los Agíadas y el otro a la de los Europóntidas, gemelos descendientes de Hércules. Ambas dinastías tenían prohibido cruzarse en vida e, incluso, sus tumbas debían estar en lugares alejados unas de otras. Sus poderes eran religiosos y militares.

El poder real pasaba del padre al primer hijo nacido cuando el monarca ya había sido entronizado. Los hijos primogénitos, si habían nacido antes de su advenimiento al trono, no tenían derecho a ser coronados reyes. Hacia el siglo VII a.C correspondía a los reyes declarar la guerra pero, posteriormente, en el siglo V a.C esta decisión correspondía a la asamblea. Lo que permaneció inamovible fue el poder del rey sobre la conducción de la guerra, el “hegemón”. Hasta la batalla de Leuctra correspondía a los reyes situarse en primera línea en el flanco derecho junto a los “hippeis”, su guardia personal.

El consejo de ancianos o “gerusía” estaba formado por los dos reyes y veintiocho hombres ancianos mayores de sesenta años; sus miembros se llamaban “gerentes” y pertenecían a las familias libres de Esparta, y no se tenía en cuenta ni su fortuna ni su rango. Estos eran elegidos por aclamación de la asamblea; se tenía en cuenta su sensatez y capacidad militar. Elaboraba las leyes y gestionaba los asuntos de la comunidad. A pesar de que no solían ejercerla, tenían la prerrogativa de vetar las decisiones de la asamblea. Asumían también el poder judicial y a ellos les correspondía emitir sentencias y tratar las denuncias presentadas por los ciudadanos. Podían imponer desde la pena de muerte a la pérdida de derechos cívicos o el destierro.

Los “éforos” eran “supervisores”, representaban el poder ejecutivo y contrapesaban la figura de los dos reyes. Elegidos anualmente en número de cinco por la asamblea, se constituían en “colegio”. No podían ser reelegidos y debían rendir cuentas al finalizar su año de gestión. Vigilaban el respeto por las tradiciones, seguían la actividad de los reyes, a los que incluso podían juzgar y condenar a penas de prisión o imponerles sanciones. Sus funciones llegaban incluso a censurar a algunos ciudadanos por su aspecto abandonado, obeso, o contrario a las costumbres espartanas. Eran los encargados de ir como embajadores a las ciudades vecinas, decretaban las movilizaciones para la guerra y tomaban la iniciativa ante cualquier asunto urgente. Juraban respetar el poder real y las leyes al mismo tiempo que eran los representantes de los ciudadanos. Eso les daba un carácter análogo a los tribunos de la plebe romanos.

© Ernesto Milà Rodríguez – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 26.06.05

Las únicas fórmulas para contener a la inmigración masiva

Las únicas fórmulas para contener a la inmigración masiva

Infokrisis.- Cíclicamente éste país recuerda que tiene un problema llamado "inmigración ilegal y masiva". Desde la llamada "crisis de las vallas" en el otoño de 2005, el gobierno había logrado que el tema quedara relegado a segundo plano de la actualidad. Lamentablemente, los asaltos con agresión a domicilios privados y los muertos en cayucos llegados desde Mauritania, han puesto nuevamente de relieve la cuestión. Veamos algunas fórmulas drásticas para resolver el problema.

Desarmar los argumentos de los países africanos

Inevitablemente, ya sea con Marruecos o con Mauritania, siempre cuando se procede a la repatriación de inmigrantes ilegales, se produce la misma situación: “no son nuestros, no hay pruebas de que hayan salido de nuestro país, por tanto, el derecho internacional nos ampara a la hora de rechazarlos”. Y contra este argumento hay poco que hacer, aparte, naturalmente, de amenazar con cortar la ayuda al desarrollo, romper relaciones económicas y comerciales, amenazar con no renovar visados ni permisos de residencia a ningún ciudadano de esa nacionalidad y demás, lo que ya es algo. Ahora bien, contra ese argumento también pueden oponerse medidas que lo inhabilitarían.

En estos momentos existe una red de vigilancia a través de satélites de comunicaciones, con suficiente precisión como para vigilar permanentemente las costas africanas desde Ghana hasta Libia y filmar cualquier patera o cayuko que pudiera partir en dirección a Canarias, España o Italia. Con filmaciones de este tipo, técnicamente posibles, se evitaría que los gobiernos africanos dieran argumentos desaprensivos para evitar la repatriación de quienes han salido de sus costas.

Por otra parte, la UE debe MULTAR a aquellos países sobre los que existan datos suficientes para pensar que permiten o estimulan la inmigración masiva. Casos de este tipo deberían ser llevados al Tribunal Internacional de Justicia.

El argumento final de los países africanos es: la inmigración está causada por el hambre… No. La inmigración masiva está causada por la acción de las mafias que actúan sobre el terreno abonado por el caos en el que se ha visto sumida África tras la independencia, a causa del desgobierno y la corrupción extrema de su clase dirigente, incluidos los grandes nombres de la “liberación nacional” africana.

“Efecto patada” frente a “efecto llamada”

Los distintos gobiernos españoles y sus malhadadas leyes de inmigración son culpables de lo que ha ocurrido. Más de cinco millones de inmigrantes, millón y medio de ilegales, ochocientos mil regularizados de febrero a mayo de 2005, son el resultado de esta política. Ha fallado el PP por no haber dado importancia al problema. Pero, sobre todo, el PSOE ha traicionado a este país con leyes de inmigración permisivas, blandura ignorante, humanismo zafio y progresismo agilipollado. La acción de unos y de otros ha llevado, finalmente, a un “efecto llamada” sostenido e incontenible que solamente puede ser desactivado mediante un efecto de signo opuesto y de la misma intensidad. A eso le hemos dado en llamar el “efecto patada”. Ambos efectos obedecen a leyes físicas: cuanto mayor es uno, tanto mayor debe ser el otro, cuanto menor es uno, tanto menor deberá ser el contrario.

¿Para qué un “efecto patada”? : Para que una política de CONTENCION muestre su eficacia. Esto implica adoptar algunas medidas drásticas:

1. La introducción en el código penal de la figura del “inmigrante ilegal” que vulnera la ley de inmigración y, por tanto, se hace acreedor de una pena por el mero hecho de intentar forzar la legalidad de nuestro país, con el agravante de que hacerlo en grupo –patera, cayuko, autobús- sea considerado vulneración colectiva de nuestra integridad territorial.

2. Eliminar la red de “centros de acogida” y sustituirlos, mientras dure la “cresta” de la invasión, por “campos de acogida”, centralizados en el sur de la Península, reduciendo el tiempo de permanencia en España al mínimo imprescindible para organizar los retornos al país de origen.

3. Excluir absolutamente la posibilidad de que un inmigrante pueda ser puesto en libertad dentro del territorio nacional con un papel en el que indique que está expulsado. Al ciudadano extranjero que entra ilegalmente se le interna en “campo de acogida” a la espera, solamente, de que el barco que lo repatriará esté completo. No es el certificado de expulsión, sino la seguridad con que el ilegal ha sido expulsado, lo que garantizará que una expulsión se ha cumplido.

4. Desplazar las peticiones de asilo político a los consulados españoles más próximos a los países de los que, presuntamente, se intenta escapar. Es inadmisible que un “refugiado” de Liberia pida “asilo político” cuando intenta entrar ilegalmente en España, en lugar de haberlo solicitado en la media docena de países previos. Si realmente es refugiado político, es el consulado español más próximo a Liberia el que debe determinar si lo es o no.

Pero hace falta que las medidas de este tipo vayan acompañadas de otras no menos drásticas. En primer lugar, la inmigración africana procede de determinadas zonas, pueblos o aldeas, en los que los primeros llegados a Europa hacen que lleguen otros muchos más. Se conocen los nombres de estas zonas y su ubicación. Se trata, simplemente, de que los consulados españoles en estos países publiquen anuncios y realicen campañas de propaganda en estas zonas explicando: “Todos los que llegan ilegalmente a España, y no mueren por el camino, regresan a su lugar de origen”. Se trata, en definitiva, de desactivar la actividad de las mafias.

En el momento en que la actual crisis remita, será posible rebajar la tensión y la dureza del cerrojazo de fronteras. Ahora no, desde luego.

¿Un Plan Marshall para África?

El “Plan África” solamente puede ser eficaz en la medida en que las medidas policiales y la vigilancia de fronteras en nuestro país contribuyan a desalentar la inmigración masiva. Ayudar económicamente a África pensando que un eventual desarrollo económico servirá para hacer desaparecer la necesidad de la inmigración supone no conocer nada de los mecanismos psicológicos de este continente. España, por ejemplo, se benefició en reservas de divisas de la inmigración que en los años 60 y 70 trabajó legalmente en Francia, Benelux y Alemania. África, por el contrario, se ha empobrecido a causa de los millones de trabajadores que han acudido a Europa.

Cualquier ONG y cualquier diplomático europeo que vive allí conoce perfectamente los motivos. Un inmigrante subsahariano que envíe a su familia 300 euros al mes, lo que está haciendo es garantizar a su familia que puede sobrevivir durante un año con esa cantidad. Y si vive con el dinero recibido desde el exterior ¿para qué va a trabajar? Allí en las zonas donde se ha producido una mayor inmigración, los campos están más abandonados, prefigurando futuras hambrunas.

Por otra parte, los “Planes Marshall” para África olvidan dos elementos: la falta de honestidad de las clases políticas africanas cuyos niveles de corrupción son desconocidos en Europa y que implica que cualquier ayuda al desarrollo termine en bancos suizos y en segundo lugar porque África desde la independencia ha tragado miles de millones en ayudas que no han conseguido ni estabilizar la miseria africana, ni mucho menos hacer que retroceda. Lo lamentamos, pero la “ayuda” ya ha demostrado su ineficacia. Hay que ser realista. África solamente ha vivido ajena de epidemias, guerras tribales, dictaduras caníbales y hambrunas, cuando allí estuvieron colonizadores europeos. La descolonización sumió a África en el caos y hoy se calcula que solamente hacia el 2500 –repetimos, en el 2500- los países subsaharianos estarán en condiciones de vivir en condiciones parecidas a las que se vive hoy en el Primer Mundo.

Si ha fracasado la política de ayudas, si ha fracasado la política de independencia, si ha fracasado la política de multinacionales que compran al peso zonas de África, solamente queda una vía aceptable: que los países africanos renuncien a algunas de las prerrogativas que implica la independencia, elijan a “naciones parteners” con las que se configuren como Estados Asociados y confíen en ellas a la hora de garantizar su desarrollo. El país africano X, solicita a un país europeo o a la propia UE, ser considerado como “Estado Asociado”, inmediatamente ese país europeo crea una administración económica y de desarrollo en ese país y empieza a administrar DIRECTAMENTE las ayudas, y a organizar económicamente el país.

Alguien podrá llamar a este sistema “recolonización”. Bien… ¿y? Si preguntan a los africanos que mueren de hambre, por guerras civiles, hambrunas o desgobierno, si prefieren que europeos cuiden por su desarrollo o seguir como han estado en los últimos cuarenta años, veremos cuántos son los que eligen cada opción.

Violencia urbana y “doble pena”

La inmigración es una carga muy pesada para España y, desde luego, mucho más de lo que puede soportar en los próximos años. Hoy ya tenemos la seguridad de que la inmigración es un mal negocio para el país de acogida. Los gastos generados para el Estado son mucho mayores a los beneficios que percibe. La inmigración beneficia solamente a determinados sectores empresariales (hostelería, construcción y agrario), pero perjudica al conjunto de la nación y al erario público. Pero sobre todo, en los últimos tiempos, la inmigración lo que ha hecho saltar es cualquier concepto de “seguridad ciudadana”.

Los asaltos a domicilios privados con máxima violencia se han recrudecido desde principios de año, alcanzando unos niveles de agresividad inusitados. Los protagonistas son inevitablemente ¿”ciudadanos del este”? No, en la mayoría de los casos son albano-kosovares. Repetimos: albano-kosovares. A partir de finales de los años 90, argumentando la existencia de una “agresión serbia”, llegaron a Europa Occidental miles y miles de kosovares, buena parte de los cuales estaban ligados a las bandas de delincuentes que constituyeron la UCK. Ya en aquellas fechas cometían robos y exacciones en Europa Occidental, enviando parte de los beneficios para el mantenimiento de las bandas armadas que fueron saqueando y asesinando las aldeas serbias de Kosovo. Esa banda de asesinos, repartida por Europa, terminó confluyendo masivamente sobre España. Para ello se beneficiaron del “Espacio Schengen” y, especialmente, de la relajación y laxitud de las penas por robo con violencia y violación de la propiedad privada. A esto se unía la blandura fofa del sistema penal español, lo cómodo de las cárceles españolas y la facilidad con que una condena de 6 años se transformaba en apenas una estancia en prisión de apenas dos años seguida de un papel de “expulsión” que jamás se llevaba a efecto. En 1998, el 75% de los ciudadanos de la antigua Yugoslavia residentes en cárceles españolas eran kosovares. Hoy prácticamente son el 95%, siendo bosnios el resto.

Aparte de este tipo de delito existen otros no menos odiosos. Bandas de estafadores nigerianos, ladrones y descuideros marroquíes, asaltantes de automóviles andinos en las autopistas, navajeros argelinos, traficantes de drogas de todos los países del mundo, están convirtiendo nuestro país en un lugar inhabitable y peligroso. El gobierno de turno tiene dificultades extremas en maquillar cada vez más las estadísticas sobre la delincuencia para demostrar la “eficacia” de las políticas de seguridad ciudadana. La realidad es que, desde el primer semestre de 2002, la delincuencia está fuera de control y la población penitenciaria sigue ascendiendo, a pesar de que solo un 10% de los delincuentes detenidos terminan ingresando en prisión. Esto explica la discontinuidad entre ciudadanos extranjeros detenidos (en torno al 85%) y los ciudadanos extranjeros en prisión (en torno al 55%).

Construyendo nuevas cárceles no se va a lograr gran cosa. Hace falta introducir alguna corrección en el código penal y, al mismo tiempo, modificaciones en el reglamento penitenciario. ¿Con qué objetivo? Simple: disuadir a inmigrantes de que elijan nuestro país para cometer delitos. Eso implica dureza. Aquí las políticas humanistas de reinserción deben necesariamente ser olvidadas en beneficio del objetivo: dureza para evitar que España siga siendo el paraíso de la delincuencia.

Estas medidas son fundamentalmente tres:

1. “Doble pena”: cualquier ciudadano extranjero detenido y condenado por un tribunal español, debe cumplir íntegramente su pena en España y luego ser expulsado al país de origen por la Guardia Civil.

2. Introducción en el código penal de la consideración de ser extranjero como “agravante” a la hora de establecer las penas. Nadie puede venir impunemente a nuestro país a delinquir. Otra medida necesaria es la inclusión de “agravante” en los delitos cometidos por extranjeros en situación ilegal.

3. La apertura de cárceles especiales para extranjeros con obligación de trabajar para cubrir las indemnizaciones civiles a las que haya dado lugar el acto delictivo por el que hayan sido condenados y los gastos de retorno a su país. Cumplimiento completo de la pena mientras no se hayan satisfecho ambos importes.

Al gobierno no le importa Canarias. A España si

El movimiento nacionalista y secesionista canario está consiguiendo argumentos para reforzar sus tesis. El gobierno no está haciendo nada para contener la inmigración masiva a Canarias, ni para resolver el problema que supone para unas islas un flujo masivo de población. Las Canarias parecen estar demasiado lejos. Ni ayer ni hoy, Canarias parece interesar y algún día todos los gobiernos que han pasado por este país deberán explicar por qué no negociaron con más fuerzas los acuerdos pesqueros con Marruecos, por qué permitieron que Canarias fuera sólo y nada más que un paraíso turístico y por qué, a partir de cierto momento, están dejando incluso que este paraíso quede desmantelado por una invasión de menesterosos. Esa invasión no es nueva: desde 1998 se vienen registrando llegadas masivas de pateras a Lanzarote y Fuerteventura y solamente en los últimos tiempos han aparecido los “cayukos” llegados de Mauritania.

El gobierno canario está pidiendo algo que, en principio, parece extremadamente justo: competencias en materias de inmigración y medios para contener la invasión. El gobierno ZP solamente ha accedido a enviar a la península a los inmigrantes ilegales capturados en las playas. Muy poco. Nada en realidad. Lo que se está haciendo es facilitar la inmigración a España, destino final de la misma. Ningún inmigrante llega a Canarias salvo con dos objetivos: permanecer el tiempo suficiente para legalizarse, o bien ser enviado a la Península y evitarse el tramo más duro del viaje que pasa a través de Marruecos. El gobierno de ZP les facilita y sufraga esta parte del viaje. Cuanto más se realice esta dinámica, más inmigrantes llegarán en cayukos.

Por otra parte, la opinión pública ignora los posibles acuerdos a los que ZP haya llegado con Marruecos sobre el destino de Canarias. Gentes como ZP, progresistas inconscientes e ignorantes por completo de nuestra historia y de la realidad de las islas, están convencidas de que los argumentos del adversario son ciertos y ante ellos no se sienten con fuerza para contestarlos. ZP tiene “la sensación” de que Ceuta y Melilla “son” de Marruecos y que España está actuando allí como potencia colonialista. No sabemos lo que opina de las Canarias, reivindicadas también por Marruecos y sometidas desde hace diez años a una verdadera colonización, lenta pero implacable. Parece una enormidad pero, gentes como ZP, simples y con un bagaje intelectual mínimo, al ver a las Canarias en el mapa concluyen que están “más cerca de África que de Europa” y “por tanto, son África” y España, en alguna medida, es potencia colonizadora…

Ahora bien, el hecho de que un atentado criminal llevara al poder a un gobierno de inconscientes no quiere decir que a España no le importe Canarias. Canarias precisa, ante todo, de una ley de residencia que debe, necesariamente, encajar con una nueva y definitiva ley de inmigración. Canarias precisa industria que genere puestos de trabajo para las jóvenes generaciones golpeadas por el paro. Canarias precisa ser literalmente “limpiada” de todo aquello que pueda menoscabar la industria turística y que en estos momentos ya está haciendo que ciudadanos de origen europeo que habían decidido instalarse allí emigren, o bien hacia Levante o hacia Baleares. Canarias precisa seriedad que no es, desde luego, la que ZP le da en intervenciones parlamentarias como las de hoy 24 de mayo cuando, en un rasgo de cinismo calculado o de ignorancia supina, o de ambos, ha dicho que “la situación en Canarias está controlada”. Pues no: la situación de Canarias está en este terreno como en el resto del territorio nacional -porque estamos hablando de nuestro “territorio nacional”, de España-, fuera de control. Y, desde luego, no albergamos la menor duda que el gobierno ZP no va a controlar nada más que el pago de prestaciones no contributivas a la inmigración masiva e ilegal.

© Ernesto Milà Rodríguez – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 24.05.06


El Código Da Vinci, como signo de los tiempos

El Código Da Vinci, como signo de los tiempos

Infokrisis.- El estreno de la película "El Código Da Vinci" y el éxito de la novela del mismo nombre, nos sitúan ante el problema fundamental del hombre moderno, el anonimato, la vida gris y la necesidad de emociones fuertes. Vale la pena revisar los motivos del éxito de lo que puede calificarse como el mayor éxito de ventas del siglo XXI. "El Código Da Vinci" nos ayudará a comprender las profundidades de la crisis de civilización.

Novela floja, película plúmblea…

Se sabe cuál es el tema de la novela, la supuesta descendencia de Cristo y la consideración de la María Magdalena como novia primero y esposa después de un Jesús, padre de familia. Leonardo lo sabía y dejó pistas en sus cuadros para que los admiradores de su arte pudieran comprender la “verdad”. Leonardo sería el representante de una antigua orden secreta, creada para velar por la descendencia de Jesús. Frente a esta asociación, los guardianes de la ortodoxia se preocupan por que el secreto no sea conocido. En el fondo es una novela de capa y espada, con incursiones en una presunta “investigación histórica” y que debe mucho al género negro.

Mi hija pequeña había leído la novela y me la prestó. Francamente, no vale un pimiento, ¿La película? Un coñazo, bien interpretado, eso sí, por la pareja Forrest Gump – Amelie. Si “El Código Da Vinci” no fuera un éxito de masas, no valdría perder ni cinco minutos en comentarla. Pero en todo el mundo se está hablando en estos momentos de la novela y la película, así que si no es por sus valores literarios o estéticos, existirá algún motivo en el que se encuentre el secreto del éxito.

¿Tuvo descendencia Cristo?

Yo que sé y a mí que me importa. Por este orden. Para un cristiano puede ser que el tema tenga alguna importancia, no para mí. De todas formas la Iglesia tampoco tendría gran inconveniente en que una eventual prueba histórica demostrara que Cristo estuvo casado o que tuvo descendencia. Si la tradición quiere que Cristo fue célibe, eso ni es dogma ni implicaría una alteración de los valores del cristianismo. Y si la Magdalena fuera su esposa, tampoco habría ningún cataclismo. Ahora bien…

Aparte de los textos evangélicos, existen muy pocas pruebas de la existencia de un personaje histórico llamado “Jesús”. Parece que hubo en la época una serie de líderes político-religiosos, alguno de los cuales terminó crucificado por los romanos. Pero, realmente, las pruebas son muy vagas. El célebre párrafo de Flavio Josefa en la que se alude a Cristo es una simple interpolación. Y el resto de datos son poco concluyentes.

¿Los evangelios? En condiciones normales, la Iglesia debería insistir en la interpretación simbólica de los evangelios, más que en su carácter de texto histórico, que no lo es. Pero una interpretación simbólica conduce inevitablemente hacia el “esoterismo” (que no es más que la doctrina “interior” de una religión “exotérica”), pero a lo largo de toda su historia, la Iglesia ha cercenado cualquier posibilidad de una doctrina reservada a una élite. Lo que existe de esoterismo en el cristianismo está reducido a la doctrina de los sacramentos. Nada más.

Desde nuestro punto de vista, los evangelios fueron escritos bajo inspiración carismática y, por tanto, no reflejan “verdades históricas”, sino símbolos integrados en una doctrina de “salvación” (en su aspecto exotérico) y de “liberación” (en el aspecto esotérico, que, aunque rechazado por la Iglesia sigue ahí, perceptible entre líneas).

¿Los datos facilitados por los evangelios apócrifos? Interesante desde el punto de vista cultural e incluso muy interesante para comprender el magma de los tres primeros siglos del cristianismo. Ya en los Hechos de los Apóstoles de San Pablo se intuye la extrema confusión y la variedad de los núcleos que se llamaban “cristianos” en aquella época. Es evidente que la Iglesia, especialmente cuando dispuso de manos libres a partir de la conversión de Constantino, se preocupó de “poner orden”. Si hasta ese momento era muy difícil trazar una divisoria entre los cristianos y la “gnosis” cristiana (cuando Celso, el filósofo de cámara del Emperador Juliano, atacaba a los cristianos, sus argumentos da la impresión de que, en realidad, van dirigidos contra gnósticos cristianos, más que contra lo que hoy entendemos por cristianismo), a partir de entonces la ortodoxia fue quedando cada vez más clara.

Los evangelios apócrifos fueron desterrados, fundamentalmente, por cuatro motivos. Veámoslos por orden de importancia.

En primer lugar porque suponían visiones personales de la “revelación”. En segundo lugar porque esas visiones no eran “católicas”, esto es “universales”, sino utilizadas por sectas locales. En tercer lugar, porque contenían elementos procedentes de gnosis egipcias, alejandrinas, griegas y romanas. Y, finalmente, porque, en general, eran bastante toscos y, a su lado, los cuatro evangelios canónicos tienen una brillantez que no encontramos en ninguno de los apócrifos.

El hecho de que algunos apócrifos contuvieran datos sobre el papel de Judas o sobre Tomás, como hermano de Jesús, o incluso sobre María de Magdala, dice mucho sobre lo simple de sus contenidos. Si los evangelios de Lucas, Marcos, Mateo y Juan no pueden considerarse como relatos de hechos históricos, otro tanto ocurre con los apócrifos. Ahora bien, tanto en unos como en otros, cada cual puede encontrar lo que guste y el material contenido es susceptible de ser retorcido y forzado en beneficio de la más disparatada hipótesis.

En buena medida la Iglesia ha sido víctima de su propia tendencia a considerar los evangelios como textos históricos. Porque si lo son ¿por qué no pueden serlo los apócrifos? Ahora bien, si los evangelios no son el relato de hechos históricos, sino de símbolos susceptibles de ser interpretados en función de una metafísica más que de una teología, entonces si que la Iglesia –propietaria de la “marca”- puede trazar la divisoria entre lo que constituye su doctrina y las doctrinas ajenas.

Ninguna tradición surgida del tronco evangélico ha sostenido jamás que Cristo tuviera descendencia, ni existe culto alguno a su linaje. Si en el evangelio se insiste en relacionar a la dinastía de David con la genealogía de Cristo esto es, sin duda, tributo a la influencia inicial del judaísmo en la naciente doctrina. Si era descendiente de David era, por tanto, el rey legítimo. Solamente en la Edad Media, Carlomagno envió emisarios a Palestina para traer a Francia a los descendientes de la dinastía de David y entroncar su linaje con ellos. Esos descendientes fueron alojados en Septimania y mezclaron su sangre, primero, con los carolingios y luego con las distintas monarquías europeas, en un hecho histórico que está suficientemente comprobado y que ha dado lugar a estudios pormenorizados y de indudable solvencia.

Ahora bien, Dan Brown ha tomado como elemento central de su novelita la existencia de un linaje secreto. Pero la idea ni siquiera es suya.

La fuente de “El Código Da Vinci”

En 1963, Gerard de Sede publicó un libro que tuvo éxito, “Templiers parmi nous”, Templarios entre nosotros, que fue publicado en España por Editorial Bruguera con el nombre bastante aséptico de “Los templarios”. De Sede era periodista, solía publicar artículos en “Paris Match” y decía haber conocido a un porquerizo que, por su cuenta, había excavado los fundamentos del castillo de Gisors. En el subsuelo dijo haber encontrado una sala en la que se ocultaría el famoso tesoro de la Orden del Temple. Dejando aparte el primer capítulo en el que el porquerizo pormenorizaba su improbable aventura, el resto del libro era aceptable, especialmente en aquella época en la que no existían best-sellers sobre el templarismo. Sin embargo, en el último capítulo, De Sede publicaba una entrevista titulada “El punto de vista de un esoterista”, del que no daba el nombre. Evidentemente, se trataba de alguien con formación esotérica sólida y que conocía las técnicas de criptografía de las hermandades medievales de constructores. El personaje decía ser “documentalista al servicio del gobierno suizo” y al parecer había encontrado planos de capillas templarias medievales, con medidas y disposición similares a la presunta capilla hallada por el porquerizo. Con esa entrevista De Sede cerraba su libro que constituyó un verdadero éxito en Francia, mientras que en España pasó casi completamente desapercibido.

Tres años después, Gerard de Sede volvía a la carga con un nuevo best-seller, “El Oro de Rennes”. Se trataba de un tesoro escondido en el pequeño pueblo pirenaico de Rennes le Château que habría sido descubierto por un misterioso cura rural, el padre Berenguer Sàuniere a finales del siglo XIX. Esta obra volvió a ser un éxito en Francia y causó cierto impacto en España, aumentado diez años después de su publicación por la emisión en el programa de ocultismo y paraciencias de Jiménez del Oso en TVE de un reportaje elaborado por la BBC sobre el tema de Rennes. A partir de entonces miles de curiosos se desplazaron (nos desplazamos) a los Pirineos a visitar el lugar. En nuestra obra “Guía del catarismo” (Editorial Martínez Roca, Barcelona 1997) incluimos un apéndice en el que describíamos la “Ruta de Rennes le Château” que debería seguir el visitante para conocer los extraños sucesos que ocurrieron en aquel lugar mientras el padre Berenguer Sauniere fue rector de la iglesuela. Pues bien, la persona que había colocado a De Sede en la pista del “misterio de Rennes”, no era otro que el “documentalista” a quien conoció durante la redacción de “Templiers parmi nous”. De Sede todavía no quiso revelar el nombre de su ilustrado y esotérico informante. Otros lo hicieron por él.

Los autores del reportaje de la BBC sobre Rennes, oliendo la posibilidad de un best-seller, siguieron trabajando el tema con posterioridad a la emisión del mismo. En 1984, Baignet, Leigth y Lincoln, publicaron “El Enigma Sagrado” realizando algunas “revelaciones” que De Sede no había querido hacer. Recuperaban el tema de Rennes-le-Château y del tesoro del padre Sauniere, pero lo ampliaban. El informador de De Sede, quedaba identificado. Se trataba de Pierre Plantard “de Saint Claire”, perteneciente a una noble y antigua familia francesa. Plantard no sería otro que el último vástago de Cristo: la dinastía de David se habría perpetuado a través de Cristo, para pasar luego a la saga de los merovingios y de ahí hasta la familia “Plantard de Saint Claire”. Para custodiarla, los descendientes de los merovingios –amenazados de muerte y eternamente perseguidos por los carolingios y los capetos- habían creado la Orden de Sión, que luego pasó a llamarse, tras la pérdida de San Juan de Acre y la retirada de Tierra Santa, el “Priorato de Sión”. Los grandes maestres de esta “peligrosa organización secreta” habrían sido hombres relevantes de la política, la cultura y el esoterismo occidental, desde Jean de Nevers hasta Claude Debussy y desde Johan Valentin Andreae hasta… Leonardo Da Vinci. El último gran maestre sería Jean Cocteau y su sucesor, Pierre Plantard. El secreto de esta orden residía en el pequeño pueblo pirenaico de Rennes  donde se habían refugiado los herederos de la dinastía merovingia. En otras palabras y para concluir el cronicón: Pierre Plantard era el descendiente de David y de Cristo y el legítimo rey de Francia. Durante el gobierno Mitterrand el tema fue investigado por los servicios secretos; el propio Mitterrand acudió a Rennes y Pierre Plantard fue interrogado sobre sus pretensiones al trono de Francia y sobre la naturaleza de su organización. Ahora bien…

Las pruebas aportadas por Baignet, Leigth y Lincoln eran de una debilidad pasmosa. En primer lugar confundían la “Orden de Sión” con el “Monasterio de Monte Sión” que, efectivamente, existió. No daban ni un solo dato aceptable o aceptado por los historiadores en apoyo de su tesis. Entonces ¿de dónde había salido semejante insensatez? Los tres autores daban la sensación de haber “trabajado el tema”, habían pasado semanas enteras en la Biblioteca del Arsenal “buscando documentos”. Los habían encontrado todos, todos. En realidad, esos documentos habían sido depositados a lo largo de los años sesenta. Se trataba de folios mecanografiados o manuscritos firmados por individuos desconocidos y que incluían complejas genealogías. Se trataba de los “Dossier Secrets” escritos por un tal Henry Lobineau. Otra pieza fundamental del dossier eran los documentos hallados por el padre Sauniere en un pilar hueco de su iglesia de Rennes que ya había hecho público De Sede. Media docena de documentos más y unos cuantos testimonios completaban las fuentes de los autores de “El Enigma Sagrado”.

El libro tuvo una secuela, “El legado mesiánico”, en el que los tres autores dejaban entrever que todo había sido una trama urdida por Pierre Plantard, el cual, literalmente, les había “llevado al huerto”, por motivos que ellos desconocían. En 1989, Gerard de Sede, publicó un nuevo libro sobre Rennes-le-Château en el que reconocía que, también a él, Plantard consiguió engañarle en un primer momento. Esta última obra de De Sede (murió en 2005), es muy seria y sincera; explica los motivos por los que Plantard se fijó en Rennes-le-Château, detalla cómo fue él mismo quien sembró las bibliotecas francesas con “dossier” falsos y quien, cuidadosamente, a lo largo de 30 años elaboró las piezas con las que tanto él como el trío de “El Enigma Sagrado” elaboraron sus best-sellers. No es el caso despiezar el tema –que no tiene interés a efectos del presente análisis- sino explicar la influencia que ha tenido no solamente sobre “El Código Da Vinci”, sino también sobre otras obras del mismo tipo.

A partir de la publicación de “El Enigma Sagrado”, la irresponsable teoría de la existencia del “Priorato de Sión” tuvo un enorme éxito. Hoy, millones de personas en todo el mundo, están convencidos de la existencia de esta sociedad “esotérica” y dispuestos a ingresar en ella a costa de cualquier sacrificio. Plantard, a todo esto, había muerto en 2000, según parece tras dimitir de la presidencia de esta sociedad que, en el fondo, no era otra cosa que una banal asociación “cultural” creada en 1962… ni merovingios, ni guardia de la monarquía sagrada, ni asociación fundada en Tierra Santa… Apenas una jodida asociación cultural dirigida por un mitómano que ni descendía de Cristo, ni, por llamarse, no se llamaba siquiera “Saint Claire”…

Existe otra fuente de Dan Brown. Una norteamericana, literalmente obsesionada con sus “investigaciones” esotéricas, Margaret Starbird, de quien extrajo lo esencial sobre el papel de María de Magdala y su interpretación sobre el grial. El grial no sería otra cosa que la “sangre de Cristo”, esto es, la semilla que Cristo depositó en el vientre de María de Magdala, su descendencia y que llegó a las costas del sur de Francia tras la muerte del “esposo”. La Starbird, ni es medievalista, ni especialista en las antigüedades judías, ni siquiera historiadora. Simplemente es una mujer obsesionada con sus “investigaciones”, surgidas, en buena medida, de libros de ocultismo de baratillo, sin gran profundidad, contenido, ni siquiera conocimiento del tema.

Desde Umberto Eco hasta Dan Brown

La idea de una conspiración que se mantiene durante siglos, implacable, y cuyos miembros pertenecen a los grandes nombres de la cultura y de la política, era lo que emanaba de “El Enigma Sagrado”. No es raro que la obra fuera vendida junto a libros de ufología o de tarot, si no de autoayuda o temática new-age. Editado por Martínez Roca, “El Enigma Sagrado” y su secuela, fue el best-seller de 1984-85 y fascinó a multitudes. En realidad se trataba de una novela de capa y espada, redactada en forma de ensayo de investigación. El hecho de que careciera de credibilidad y que no resistiera ningún análisis pormenorizado, no fue obstáculo para que buena parte de sus lectores lo consideraran como “documento histórico”.

Umberto Eco fue el primero en advertir el filón que podría explotarse, no ya con el rótulo de “ensayo de investigación”, sino como lo que era, una novelita, pura y simple. Eco, aprovechando su formación académica, aprovechó para redactar su famosa novela negra medieval, “El nombre de la Rosa” y en el momento en el que aparece “El Enigma Sagrado”, acababa de vivir las mieles de su gran éxito. Así que empezó a trabajar en su segundo best-seller, “El péndulo de Foucault”,  en el que la inspiración de “El Enigma Sagrado” es demasiado evidente como para que pueda negarse. El tema de “El Péndulo de Foucault” es la “sociedad secreta” que nadie conoce y que, por no conocerse, ni siquiera se sabe si existe, pero esto no es óbice para que “influya”.

En la obra de Eco existe un distanciamiento y una sinceridad de fondo. Eco ni creía en sociedades fantásticas, ni en conspiraciones ocultas, ni siquiera en versiones alternativas de la Historia, pero cree que estos conceptos pueden influir; y el hecho de que un pobre diablo –Plantard- no haya dudado en presentarse como descendiente de Cristo y heredero legítimo al trono de Francia, es el caso extremo. Eco es un escéptico, brillante, y cuyos dos best-sellers contribuyeron más que ninguna otra obra a situar en primer plano el género de la novela histórica. Otros muchos siguieron por los pasos que él trazó.

Cuando empezó a apagarse el eco de “El Péndulo de Foucault” apareció la saga de Peeter Berling sobre el Grial. Literalmente, Berling no tenía ni idea de lo que era el Grial, ni siquiera de los principios rectores de la sociedad medieval, ni, por supuesto, conocía lo que era la solvencia histórica. Además sus libros son aburridos y mal construidos, pero apoyados por un formidable aparato mediático que logró hacer de ellos unos best-seller que se mantuvieron en el mercado hasta finales de la década de los noventa.

Y, finalmente, es Dan Brown quien funde distintos géneros literarios, realiza un refrito de géneros y compone su “Código Da Vinci”. ¿Hay algo de original en su obra? De hecho, no. Todos los elementos que “ha investigado” o “ha revelado” eran preexistentes: sobre el Priorato de Sión, sobre el padre Sauniére, sobre el Grial, sobre María Magdalena, incluso es relativamente frecuente que, en novelas y novelitas, el “malo” sea un albino; ahora bien, hay que reconocerle el mérito de haber introducido al Opus Dei como la “siniestra organización” cuyo “killer” es un monje albino…

Las bases del éxito de “El Código Da Vinci” (I). El secreto da poder.

Somos pequeñitos, redonditos e irrelevantes. No es raro que Zapatero sea presidente de éste país, como antes lo fue Suárez o cualquier otro: “lo semejante se reconoce en lo semejante”, la mediocridad en la mediocridad. La excelencia no puede ser reconocida ni exaltada por la mediocridad que solamente está dispuesta a promover lo que se reconoce idéntica a él. Por eso, en democracia, no puede sobresalir más que el político que responda al estándar de mediocridad más absoluto. Habitando en pequeños cubículos de propiedad hipotecada o en casas adosadas planas y grises. Trabajando, los más, en ocupaciones alienadas, algunos se sienten a gusto disolviendo su personalidad en la oscuridad y el estruendo de las discotecas. Otros, siguiendo las novedades del colorín y del corazón de otros. Pero hay algunos que no tienen más “ambiciones”. Desean conocer lo que le está vedado a la mayoría, como el niño que guarda un secreto y en él basa una supuesta superioridad sobre sus compañeros de juegos. El niño aprende pronto que conocer un secreto da la sensación de “poder”, si no el poder mismo. Poseer un secreto supone la posibilidad de huir, u olvidar la mediocridad y las tonalidades grisáceas de la vida moderna. Hay muchos tipos de secretos: políticos, económicos, históricos… Pero el secreto de los secretos consiste en viajar al fondo de nuestra cultura y conocer la “verdad” que se ha ocultado a generaciones y generaciones de europeos y que solamente compartieron algunos hombres notables de otro tiempo, como Da Vinci. Cristo estaba casado, la Iglesia tiene interés en que su descendencia no salga a la superficie; su esposa era la Magdalena; existe una peligrosa sociedad secreta que vela por la saga del grial; y la Iglesia no duda en asesinar a los disidentes… “yo lo sé, tu lo ignoras, por tanto, yo estoy por encima de ti, pobre ignorante”.

En el ambiente neonazi actual goza de cierta reputación la obra del autor chileno Miguel Serrano. Su idea es que al analizar el nacional socialismo hay que tener en cuenta su dimensión oculta. ¿Hitler? El último avatar. ¿La ideología nacional socialista? El anuncio del tiempo que vendrá. ¿Los neonazis? Los llamados a liderar la “nueva era solar”. Es evidente que las posibilidades de que los pequeños grupos neonazis puedan dejar de ser, alguna vez, algo más que expresiones de tribus urbanas juveniles, es remota. No existe futuro político para los movimientos neonazis, así que, teorías seudo mitológicas como las elaboradas por Serrano encontrarían en esos ambientes terreno abonado: “mi misería política actual, mi marginación política, no es más que el signo de los tiempos, llegará el tiempo en el que las fuerzas cósmicas nos darán la razón y entonces vengaremos todas las ofensas recibidas. Entre tanto, casi mejor seguir leyendo a Serrano para confirmarme en la grandeza cósmica de nuestra opción”. El que no se consuela es porque no quiere. Ni existe doctrina esotérica alguna que vaya en la dirección de las teorías de Serrano, ni siquiera los elementos “esotéricos” presentes en el nacionalsocialismo permiten elaborar teoría alguna en ese terreno. También los neonazis se sienten a gusto conociendo secretos que otros ignoran. La posesión de un secreto insondable permite huir de la mediocridad de lo cotidiano. Por eso Dan Brown ha tenido tanto éxito entre las masas: les ofrece conocer un secreto facilón, espectacular, y que solo unos pocos grandes de la cultura han poseído.

Las bases del éxito de “El Código Da Vinci” (II). La ley del mínimo esfuerzo.

Existen las fuentes originales de la historia, accesibles solamente para los historiadores profesionales o los investigadores titulados. Son los documentos antiguos, generalmente difíciles de leer, en otras idiomas, en otras grafías, de complicada interpretación. Investigar la historia es caro y complejo, obra de especialistas, frecuentemente entusiastas de los temas que investigan. Estos historiadores, a partir de los documentos, elaboran sus interpretaciones de la historia. Suelen ser densos volúmenes, frecuentemente repletos de referencias a los documentos originales, en la mayoría de los casos aptos para especialistas o tenidos como textos docentes en facultades y departamentos de historia. A partir de estos textos, otros autores suelen componer obras de divulgación que, de tanto en tanto, obtienen cierto éxito y logran contar con el favor de las masas. Existe todavía otro nivel, aún más simplista, el de la novela histórica. Para cultivar este género no es preciso tener una sólida formación histórica (solamente coincide de tanto en tanto), sino solo conocer obras de divulgación histórica y algún texto “ocultista” de solvencia mínima.

A diferencia del historiador, el eje de cuyo trabajo es el conocimiento en profundidad de la materia tratada y trillar en caminos nunca antes explorados, o poco explorados, el novelista histórico-esotérico, practica un sincretismo de géneros. A un esqueleto de novela policíaca se le superpone cualquier paisaje histórico del que apenas se retiene lo esencial. Y como el tiempo pasado, especialmente la edad media, es considerado como el paraíso de cualquier doctrina secreta, basta con tener una vaga idea de cuatro banalidades ocultistas para empotrarlas en aquel paisaje histórico (o presunto tal).

El novelista histórico no se complica mucho la vida. Miente Dan Brown cuando dice que ha “realizado una investigación profunda”. Ya hemos aludido a sus “fuentes”. Banales y mediocres. El novelista histórico, salvo honrosas excepciones, trabaja según la ley del mínimo esfuerzo y de la frivolidad absoluta. Quiere construir un best-seller, no alcanzar el rigor histórico. El 10% de derechos de autor es el objetivo, no la verdad histórica. En los últimos veinte años, la novela histórica es el género que más rápidamente se ha extendido y alcanzado las más altas cotas de ventas. Situar una novela en el siglo XX, en los años 50 o 60, por ejemplo, es peligroso: siempre puede salir alguien que recuerde que las cosas no fueron así. Pero la Edad Media es otra cosa. Los medievalistas suelen entrar poco en el juego de estas banalidades, y el lector medio, salvo que tenga cierta formación, lo ignora casi todo sobre los siglos X al XVI.

Porque si, para el autor, la fabricación de un best-seller se resuelve aplicando la ley del mínimo esfuerzo y las orientaciones comerciales de los gabinetes de marketing; para el lector se trata también de buscar textos que no compliquen excesivamente la vida, ni cueste mucho leer y, en el menor número de páginas, “revelen” el mayor número de secretos. La “emoción fuerte” debe estar garantizada o, de lo contrario, el best-seller no logrará imponerse. Hoy los best-sellers se construyen a medida del lector. Hoy los capítulos de una novela no pueden tener más de cuatro a cinco páginas. Si no son breves, no podrán leerse entre dos estaciones de metro. Se trata de que el lector pueda consagrarle los viajes del trabajo a casa y de casa al trabajo. Hay que dárselo todo mascado al lector o, de lo contrario, dejará el libro a las pocas páginas.

Cuando las editoriales contratan futuros “best-sellers”, tienen especial cuidado en dar al autor todas las orientaciones precisas emanadas de los gabinetes de sondeo de opinión. Los best-sellers se escriben por encargo y a medida de las necesidades estadísticas de las masas en ese momento. Hoy vivimos unos momentos de repliegue de lo literario. Los grandes autores laureados con el Premio Nobel venden cada vez menos. La brillantez literaria se consume cada vez menos mientras que la novelita hecha a medida vende más.

En el fondo esta perspectiva no sería tan mala. Los adolescentes deben agradecer a “Harry Potter” el haberles inducido a la lectura. El afán de leer, el gusto por la cultura, precisa de “mechas” que lo estimulen. “Harry Potter”, seguramente, habrá estimulado a muchos adolescentes a consumir posteriormente libros mucho más elaborados. Bienvenido sea cualquier libro, en tanto contribuye a excitar el afán por la lectura. Pero el problema es que, por su naturaleza, cuando un lector de Dan Brown lee otra obra más seria o sólida, simplemente, le decepciona. No es el afán por la lectura lo que “vende” Dan Brown, sino las “emociones fuertes”. El lector de hoy, convertido en consumidor alienado de productos pseudoculturales, difícilmente podrá admitir productos que no vayan más allá de lo que ya ha leído. El propio Brown, en sus obras posteriores, ha querido adelantar sus fronteras aludiendo a conspiraciones de “iluminados” tras la política mundial, la intervención de grupos satanistas o pseudosatanistas y a lindezas por el estilo.

De hecho, si nos fijamos en el proceso de libros que han llevado hasta “El Código Da Vinci”, veremos que desde las obras de Gerard de Sede que, en tanto que periodista de “París Match”, buscaba descubrir secretos históricos sin apartarse mucho de los trabajos de los historiadores ( e incluso bebiendo en sus fuentes) se pasó al “Enigma Sagrado” cuyos autores lo fiaron todo a los datos proporcionados por un falsario mitómano –Plantard- dudando seriamente de la veracidad de lo que publicaban. La verdad histórica se sacrificaba a las necesidades del best-seller. Aún tenía que llegar un nivel todavía más bajo: el de la novelita hecha a medida del patrón elaborado mediante estudios de marketing. Mínimo esfuerzo para el lector, mínimo esfuerzo para el autor, mínimo esfuerzo para el editor. Máximo esfuerzo para el director de marketing y el responsable de los sondeos sobre las necesidades culturales de la franja de población que lee.

Finalmente, los productores culturales entran en el mercado como cualquier manufactura. Vender un producto cultural es como vender un electrodoméstico. Si usted ha comprado una batidora, seguramente será capaz también de adquirir una tostadora y si la ha adquirido, habrá comprendido la necesidad de una freidora o una máquina de café. Un producto lleva a otro. La cosificación de la cultura produce un fenómeno idéntico. Si un determinado producto literario ha tenido éxito se trata, en primer lugar, de realizar secuelas, más tarde, de filmar la película y de sostener en ese primer éxito otros productos colaterales.

La mediocridad es la ley de nuestro tiempo. No es el “mejor” y más sofisticado producto cultural el que triunfa –salvo raras excepciones, precisamente a título de excepciones- sino el que encaja más exactamente con las aspiraciones y capacidades de las masas. El hecho de que en política haya triunfado un José Luís Rodríguez Zapatero, mediocre entre los mediocres, o el hecho de que el libro más vendido en España en 2004 y 2005, haya sido “El Código Da Vinci”, no son hechos ajenos y sin conexión entre sí. Son las consecuencias del proceso de empobrecimiento socio-cultural de nuestras sociedades. Cuando los criterios de rentabilidad de la cuenta de beneficios y adaptabilidad de los productos a las masas pasan a aplicarse también a la cultura, podemos decir que hemos llegado al límite inferior, sin retorno, de la Cultura, allí donde deja de tener mayúsculas, para ir adjetivada como “de masas”. La “cultura de masas” no es cultura, es apenas expresión psicológica de las necesidades de las masas en un momento de crisis de civilización. A una crisis terminal de civilización, corresponden productos culturales igualmente terminales. No es cultura sino consumo lo que se esconde tras “El Código Da Vinci” y, como todo consumo, éste también está motivado por las necesidades psicológicas de las masas.

© Ernesto Milà Rodríguez – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 19.05-06