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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

Ultramemorias (VIII de X). El fin de la transición (2ª Parte). El golpe para acabar con todos los golpes

Entre 1975 y 1980 había conocido a muchos golpistas. Todos extranjeros. Había conocido a los civiles y militares que golpearon contra De Gaulle a principios de los 60 y que luego se refugiaron en España. Había conocido a golpistas de media docena de países iberoamericanos, había conocido a la gente de Bob Denard que luego golpearían en Las Comores. Sabía por tanto cómo funcionaba una operación de este tipo y no era desde luego como creyeron hasta el último tercio de los años 80 los medios ultras. Los problemas del golpismo son, siempre, fundamentalmente tres:

- Debe existir siempre un extendido deseo de cambio que impregne a buena parte de la sociedad civil y política y, por supuesto, esté presente en la milicia.

- Ese extendido deseo de cambio debe cristalizar en dos estructuras unidas solamente en la cúpula: un frente político que programe la agitación en las calles y las “operaciones especiales” a favor del restablecimiento de la “ley y el orden” y una estructura militar conspirativa sólida y arraigada.

- Finalmente debe existir una estrategia golpista en la que el punto culminante táctico sea el elemento desencadenante de la movilización de tropas.

Nada de todo esto existía en la España de 1979-80: existían militares descontentos, algunos de ellos incluso horrorizados por lo que estaba ocurriendo. Y no eran pocos. Un año después exactamente del 23-F el comandante Sáez de Ynestrillas me explicaba en el interior de un vehículo que en ese momento, en las salas de banderas, los oficiales cogían monedas de 25 pesetas escupían en la cara del Rey y las arrojaban con desprecio al suelo. Ningún periodista especializado en información militar ignoraba que la opinión en los cuarteles era extremadamente crítica en relación a la transición. Ciertamente no todos expresaban su opinión en voz alta, pero eran muchos más los que compartían la idea de que “el honor está por encima de la disciplina” y muy pocos –si es que había alguno- se atrevían a defender a la clase política. El ministro Rodríguez Sahagún –el “puercoespín”, llamado así por su peculiar corte de palo al cepillo- era criticado con la mordacidad propia de las cantinas militares a última hora de la tarde; a Gutierrez Mellado se le trataba de “espía” y se le despreciaba como tal. Y no se trataba de actitudes adoptadas por unos pocos extremistas. Aunque la mayoría callaba, muy pocos estaba dispuestos a salir en defensa de la legalidad vigente, incluso de Gutierrez Mellado. Y esta era la realidad de la época y el estado de ánimo en los cuarteles guste o no guste recordarlo hoy.

Pero tampoco existían redes golpistas propiamente dichas. En realidad, la estructura particular de las fuerzas armadas hace que, la forma habitual de desencadenamineto de un golpe de Estado sea desde el vértice militar, no desde redes surgidas en las bases o en determinados niveles de oficialidad. Además, los partidos civiles que podrían apoyar un golpe, esto es, los partidos ultras y poco más, apenas tenían representación en el parlamento, podían movilizar grandes masas cada 20-N y en algunas fechas señaladas, pero no tenían entidad y consistencia suficientes como para poder ser considerados como “apoyo civil” de nada.

Y luego estaba el problema estratégico y especialmente el diseño del elemento táctico  culminante del pronunciamiento militar. En España, todo lo que emergió a partir del “Caso Galaxia” demostraba que los militares españoles desconocían lo que habían sido los pronunciamientos militares de los últimos 15 años en Europa e Iberoamérica y seguían teniendo como modelo conspirativo al 18 de julio de 1936, simplificado al alzamiento de un general y santas pascuas... Se olvidaba, por lo demás, que Franco había elaborado una estrategia golpista y… que se alzó en nombre de la legalidad vigente al considerar que el asesinato de Calvo Sotelo y la violencia política generalizada la estaba haciendo peligrar. Un grupo de carabineros extremistas había facilitado a Franco el “casus belli” para ponerse en marcha. Además, en 1936 estaba el “frente político” que apoyaría sin reservas el movimiento golpista, con la CEDA a la cabeza y, de manera mucho más activista, los nacionalistas de Albiñana, los falangistas de Primo de Rivera y Hedilla, los carlistas y tradicionalistas y una decena larga de grupos activistas juveniles. Nada de todo esto existía en 1979-80. El “frente político” estaba esquelético con un solo diputado en Madrid, y no era seriedad precisamente lo que evidenciaban el contenido de los gritos ultras, las soflamas de sus lídres o la negación misma de la marcialidad en sus formaciones paramilitares.

Además se daba otra circunstancia. Blas Piñar jamás apoyó ni se comprometió con ningún intento golpista, ni siquiera se interesó por tender puentes en esa dirección, tal como algunos le habíamos aconsejado tiempo antes. Por lo que se refiere a los falangistas, seguían en otra galaxia. Además, para el ciudadano medio, la ultraderecha era en grandísima medida culpable de la oleada de violencia: ¿No había matado un grupo vinculado a Fuerza Nueva a Yolanda González? ¿No habían pretendido los instigadores de la Operación Galaxia, esos militares ultras, invadir La Moncloa, secuestrar al presidente y obligarle a dimitir? ¿el Batallon Vasco Español no estaban asesinando a abertzales? ¿No se habían asesinado a 7 abogados laboralistas en Atocha? Incluso ¿no se insinuaba que detrás de los secuestros de Antonio María de Oriol y del general Villaescusa estaba la ultraderecha hasta el punto de que el propio Delle Chiaie debió entrevistarse con el hermano de Oriol para desmentirlo? ¿Con qué derecho hablaba la ultraderecha de “restablecer el orden” cuando esa misma ultraderecha era fuente de desorden e inquietud? En esa situación nosotros afirmábamos textualmente en un informe interior para la Dirección del Frente de la Juventud que “faltaban condiciones objetivas para desencadenar un proceso golpista”. Negábamos luego que “existieran redes golpistas cristalizadas y solidificadas”. Y acabábamos “Puede y debe crearse un aparato político favorable a una intervención militar dentro de la estrategia de fractura vertical dentro del sistema aprobada en el último congreso del Frente de la Juventud” y, llamábamos a estrechar relaciones y multiplicar contactos con militares golpistas, a la vista de la pasividad de Fuerza Nueva, en cuyas filas era habitual creer que el ejército ya se movería por su cuenta.

Antes decía que el “truco” de todo golpe de Estado es su concepción estratégica y algunos aspectos tácticos de indudable importancia: ¿Cómo se presenta el golpe ante la opinión pública nacional e internacional? ¿Cómo se justifica? ¿Cómo se presenta, en definitiva, entre los países del entorno geográfico y entre los alidos? Desde que salió a la luz el “Caso Galaxia” hasta que Antonio Assiego me intentó “vender” el enésimo golpe de Estado en la tardía fecha de 1988, la concepción táctica del golpe era invariablemente la misma: un grupo de militares, cojonímetro en mano, hacen una machada, ocupan la Moncloa, secuestran al presidente del gobierno, a todos los ministros y a María Santisima de paso si se deja, así el país queda indefenso… y, finalmente, los militares ocupan el poder, habría que concluir que “siendo felices y comiendo perdices”. Nada más. Dicho de otra manera: el ejército acude para salvar al país… de una situación que ese mismo ejército, a la luz de todos, ha creado. Así fue el 23-F y así fue como no se dan golpes de Estado, salvo en algún país africano claro está.

Todo esto se percibirá con más claridad cuando intente explicar, en la medida de lo posible y de mis conocimientos, lo que ocurrió aquel 23-F. Los hechos fueron poco más o menos como resumo.

Hacia octubre de 1980 un militar de nombre y rango perfectamente identificados que decía estar en el “entorno de Tejero” (pero del que otros decían que trabajaba para el CESID…) entro en contacto con un conocido responsable madrileño del Frente de la Juventud que sólo unas semanas antes se había reunido conmigo en París. Este dirigente era hijo de militar de alta graduación. El suboficial presentó una propuesta sorprendente: si el Frente de la Juventud estaría dispuesto a entrar armado en el Congreso de los Diputados.

La respuesta fue, naturalmente, positiva, por dos motivos: en primer lugar porque daba la sensación de que existía una conspiración lo suficientemente avanzada como para que durante unas semanas, el suboficial en cuestión y nuestro dirigente se reunieran en una cafetería de las inmediaciones del Congreso de los Diputados y fueran repasando, una a una, las características técnicas de lo que debía ser el asalto. Y, en segundo lugar porque una negativa hubiera supuesto el perder el hilo del asunto. Nuestro militante tuvo ocasión de ver el famoso “dossier” con los elementos esenciales de la planificación del asalto que luego, tras el 23-F, daría tanto que hablar. Supo así, dónde  se encontraban los escoltas, por dónde había que entrar y el camino para irrumpir en el hemiciclo. Conoció también lo esencial que debía de contener el espectáculo –porque era un espectáculo al fin y al cabo, uno más de una sociedad hecha de espectáculo-: violencia, disparos, gritos y, sobre todo, ausencia completa de signos externos. Se trataba –y este era el elemento táctico desencadenante del golpe de Estado- de que un “grupo terrorista” irrumpiera en el congreso de los diputados, secuestrara temporalmente al gobierno… permitiendo al ejército que, ante el vacío de poder, ocupara los resortes del Estado y recompusiera la deteriorada situación política.

Se trataba, pues, de elegir a una cuarentena de militantes con experiencia, valor probado en enfrentamientos con la izquierda y en las "acciones armadas" –eufemismo empleado para aludir a los atracos- y, preferentemente -se insistió en esto- que hubieran hecho su servicio militar. Las armas deberían salir del Gobierno Militar de Madrid. Y en cuanto a los uniformes los estaba comprando en esos mismos momentos Tejero, en el rastro de Madrid los domingos por la mañana.  Por lo que se refiere a los autobuses Tejero también se había encargado adquiriéndolos al promotor de boxeo Martín Berrocal con el dinero de un crédito solicitado por su esposa. Estos dos detalles que salieron a relucir en el Proceso de Campamento contra los militares implicados en el 23-F, confirman que la versión de que el proyecto inicial del 23-F contemplaba la posibilidad, no de que un grupo de Guardias Civiles entrara en el Congreso de los Diptados, sino que lo hiciera un “grupo terrorista no identificado” no es una construcción a posteriori para asumir un protagonismo inexistente.

Además, este dato tiene una ventaja adicional: da coherencia al golpe del 23-F. Lo absurdo, surrealista y grotesco de cómo se desarrolló finalmente –con Tejero entrando en el congreso- el episodio restaba toda coherencia y posibilidades de triunfo a la iniciativa golpista. En efecto, el coronel San Martín, entonces jefe del Estado Mayor de la División Acorazada, en ese momento de maniobras en las inmediaciones de Zaragoza, explicó en la mañana del 23-F que se iba a producir un “acontecimiento de máxima gravedad” y quienes lo oyeron no dudaron que aludía a un episodio terrorista. En esa situación, el golpe SI adquiría coherencia estratégica, porque el ejército “salvaba” a la sociedad y evitaba el vacío de poder. Era evidente que, desde el momento en el que se desencadenaba el elemento táctico y se restablecía la normalidad, las FFAA hubieran impuesto correcciones a la marcha de la transición. Toda esta coherencia (y la “presentabilidad” del golpe) se perdía si era el propio ejército (o una institución militarizada como la Guardia Civil) el que creaba directamente y sin tapujos el vacío de poder… ¿Cómo entonces ofrecerse para salvar el país movilizando los tanques en la calle cuando hubiera bastado un telefonazo de Milans o de Armada a Tejero para decirle: “Te ordeno que evacues inmediatamente el Congreso de los Diputados” en términos imperativos?

Esto explica también el porque la mayoría de capitanías generales comprometidas con el intento golpista, finalmente no respondieron al estímulo: efectivamente, reconocieron, no sólo que “algo había salido mal” y que, al entrar Tejero en el Congreso, el golpe era absolutamente impresentable, optando una jubilación tranquila en lugar de asumir el compromiso de poner a los tanques en la calle en sus capitanías. Lo que estaban viendo por la televisión no era lo que les habían dicho que iba a ocurrir. Solamente salió a la calle Milans; Pardo Zancada dio el paso al frente en la acción absurda de unirse a Tejero con su compañía de la Policía Militar de la División Acorazada… y poco más. El resto de militares entendieron perfectamente que con Tejero en el Congreso y el “se sienten coño” se había acabado la hipótesis golpista en medio de un aire sainetesco y chusco. De ahí la importancia de que fuera Tejero quien entrara en el Congreso. Con un guardia civil de uniforme, tricornio incluido, con los mostachos y el físico de Tejero, el guardia civil más conocido de toda España, nadie podía alegar que se trataba de “terroristas disfrazados de guardias civiles”: era Tejero, reconocible a años luz, era él, sin sombra de dudas posible, con su voz, con su acento, con su físico inconfundible es que había entrado de riguroso uniforme en lugar de los “terroristas desconocidos”...

¿Qué proponía el plan de ocupación del congreso de los diputados que fue memorizado y transmitido a nuestro camarada madrileño? Pues una serie de elementos que luego asumió Tejero. Se trata, por ejemplo, de entrar disparando al aire. Si revisan el vídeo de la toma del Congreso verán que en un momento dado se producen unos disparos absurdos al aire, aburdos porque ningún diputado estaba dispuesto a jugarse la vida, pero se trataba –espectáculo obliga- de que la población española tuviera, inicialmente, la sensación de que el asalto al Congreso registraba una máxima violencia. ¡Lo que Tejero jamás entendió era que el planteamiento de la acción táctica central desencadenante del golpe –el asalto al Congreso- variaba mucho si lo ejecutaba un “grupo terrorista” que si lo hacía él mismo! De hecho, no se trataba tanto de “tomar el congreso”, como de dar la sensación de que existía un vacío de poder generado por la actividad terrorista de un grupo desconocido.

El proyecto de asalto al congreso registraba también la forma de escape. Un Boeing esperaría en Barajas para trasladar a los “terroristas” al país que ellos elijieron (y que debía haber sido Chile…). Si repasan todas las informaciones publicadas en aquella tarde y en los dos siguientes, comprobarán que ese avión, efectivamente existía y que estaba dispuesto a despegar… ¡con supuestos terroristas, no con guardias civiles!

La pregunta siguiente a contestar es ¿por qué diablos el plan inicial –que durante un tiempo estuve convencido que había sido diseñado por el coronel San Martín, sobre lo que en la actualidad tengo mis dudas- no se cumplió? La respuesta es simple y enlaza con lo que he planteado en las notas de los capítulos anteriores sobre el Frente de la Juventud: desde el 14 de enero de 1981, lo esencial del Frente de la Juventud, incluidos Pepe Las Heras, treinta y tantos militantes más, incluido el dirigente madrileño que había sido contactado con el núcleo golpista… estaban en la cárcel. Sí, la policía, finalmente, había hecho la redada que yo esperada desde un año y medio antes, deteniendo a la columna vertebral del Frente, algo que hubiera podido hacer en cualquier momento, pero que resultaba sumamente sospechosa 30 días antes exactamente del 23-F.

Fue, en esos 30 días que mediaron entre el 12 de enro y el 23-F, cuando es presumible que Cortina, Iglesias o cualquiera de los “colaboradores” de Tejero cuyo entorno estaba literalmente trufado de funcionarios del CESID, le convencieran de que no podía fiarse de los civiles ultras, que no podía contar ni con la Primera Línea de Falange, ni mucho menos con los alegres muchachos de Fuerza Joven, sino que podía fiarse únicamente de sus guardias civiles de tráfico… lo que hacía inútil la utilización de los autobuses comprados anteriormente a Martín Berrocal y de las guerreras de deshecho compradas por él en el rastro de Madrid: no eran precisamente ni autobuses ni guerreras lo que faltaba en la unidad de tráfico de la Guardia Civil de donde Tejero sacó a sus hombres para ocupar el Congreso. Tiene gracia que “periodistas de investigación” como Pilar Urbano que en su libro “Con la venia, yo investigué el 23-F” explicara que Tejero había comprado autobuses, de los que dice con una seriedad pasmosa, que “no se utilizaron por la precipitación de aquellos momentos”, para decir unas páginas más adelante que el día antes del golpe, Tejero estaba jugando al dominó con sus guardias civiles de trafico… Así se hace en este jodido país el “periodismo de investigación y la madre que lo parió”.

Repasemos las fechas y los datos. El Frente de la Juventud estaba dirigido por una troika de tres personas: Pepe Las Heras como Presidente, Juan Ignacio González como Secretario General y el que suscribe como secretario político. Este grupo podía haber sido desarticulado en cualquier momento pues era unánimemente conocido que se financiaba mediante atracos y que en su local corrían armas a raudales. Sin embargo, durante dos años, nada había ocurrido como si el Frente de la Juventud hubiera estado blindado y protegido contra una desarticulación general. Y no sólo eso, sino que en alguna ocasión, elementos de un cuerpo de seguridad, incluso habían solicitado “favores”, algo tan “ingenuos y extraños” como el disparar contra una manifestación de Comisiones Obreras desde el tejado de las viviendas militares próximas al antiguo Ministerio del Aire. Por supuesto, se rechazo realizar la acción. Si se de ella fue precisamente por que me la relató Juan Ignacio González con todo lujo de detalles. Lo sorprendente es que en el curso de esa manifestación, justo en el momento en que otra manifestación de estudiantes intento sumarse, se desencadenaron violentísimos incidentes que causaron dos muertos entre los manifestantes… Alguien había decidido que justo en esa manifestación debía de haber muertos. La persona que decidió esta infamia, nunca habrá sido molestada por juzgado ni investigación alguna.

Y entonces la pregunta siguiente a plantear es ¿por qué el Frente no fue desarticulado antes y sí, en cambio, lo fue el 14 de enero de 1981?

La pregunta es muy sencilla de responder: por la sencilla razón de que, un mes antes, Juan Ignacio González Ramírez había sido asesinado. Con él desaparecía el elemento que, por algún motivo que ignoramos exactamente, pero que podemos suponer, taponaba la acción policial contra el Frente. Nadie podrá acusar a Juan Ignacio de haber traicionado a sus camaradas, ni de haber dejado tirado a ninguno, pero lo más probable es que se hubiera asegurado lo que nosotros llamábamos “protección aérea” para acometer la delicada tarea de ir financiando al Frente de la Juventud mediante atracos, con la garantía de que la policía no iba a llegar hasta el fondo de la cuestión.

Sobre el asesinato de Juan Ignacio vale apuntar algunas líneas. Yo en aquel momento me encontraba muy lejos de España y tuve conocimiento mediante los partes de Radio Exterior de España. Lo sorprendente es que dos horas después de cometido el crimen, ya habí llegado a la Radio la versión del mismo: “Se sospecha que ha sido asesinado en un ajuste de cuentas entre bandas de extrema-derecha”… Si tenemos en cuenta que el asesinato tuvo lugar a altas horas la madrugada, que debió venir la ambulancia, la policía, el juez de guardia, los periodistas, era rigurosamente imposible que solamente dos horas después, la policía ya hubiera improvisado una “versión oficial”. Veinticuatro años después, “alguien”, seguramente distinto, pero formado en la misma escuela, volvió a improvisar otra versión oficial el 11-M descubriendo diez minutos después del crimen que eran “los islamistas”… Decididamente no hay nada nuevo bajo el sol.

La secuencia de los hechos es la siguiente: asesinado Juan Ignacio, quedaba la vía libre para una desarticulación del Frente que con Juan Ignacio vivo no podía realizarse, seguramente porque conocía situaciones, complicidades y silencios que hubieran comprometido a mandos de la seguridad del Estado.

Los hechos en política no ocurren por que sí. Ocurren por que existe algún diseño lógico que los justifica. Los militantes del Frente eran los candidatos a entrar en el congreso de los diputados, pero no pudieron hacerlo… porque estaban todos encarcelados. El golpe así tomó otro signo: el de la chapuza y el sainete tragicómico, el de la incoherencia táctica. Fueron encarcelados tras la muerte de Juan Ignacio y con ellos, Pepe Las Heras, el presidente de la formación. Pero ahí no acaba la cosa, porque hubo algo que me afectó directamente.

A mediados de noviembre de 1980, la tercera persona que dirigía el Frente de la Juventud -esto es, el que suscribe estas líneas- y que había asumido su secretaría política desde el Primer Congreso, vivía en esos momentos en el exilio parisino. No era, desde luego, un exilio dorado pero tenía todo lo que necesitaba. Además, en Francia me movía con mi propio pasaporte ya que el delito por el que se me buscaba en España –apenas una manifestación- no era objeto de extradición. Era muy fácil para mí utilizar un pasaporte falso solo para desplazarme fuera de Francia y el mío propio para hacerlo en el interior del país. Pero eso cambió cuando L’Humanité, el cotidiano del Partido Comunista Francés publicó mi foto y mi supuesta vinculación al atentado contra la Sinagoga de París en rue Copernic. A partir de ese momento había dos posibilidades: o bien entraba en clandestinidad también en Francia o bien me entregaba a las autoridades ante la perspectiva de que en un plazo razonable se aclararía el asunto: pero ¿y si no se aclaraba? Había conocido casos de estos en los que un militante italiano era encerrado y solamente cinco o seis años después se desmotraba que no había tenido nada que ver con los hechos de los que fue inicialmente acusado. Las órdenes que había recibido eran, por lo demás, no dejarme coger. Y eso fue lo que hice recurriendo a la propia red de contactos completamente desconocida por la policía francesa y española, e incluso por los propios camaradas. Me apoyé en amigos y amigas personales, en editores, incluso en el Ejército de Salvación… y logré salir de Francia indemne. Pero, a partir de ese momento, la lejanía me impidió seguir de cerca la dirección política del Frente de la Juventud. Bastante había con sobrevivir.

Inicialmente no entendí por qué se me acusaba del crimen horrendo de rue Copernic. Lo atribuía a una venganza de algunos funcionarios de la policía española o quizás a un intento de cercar y desmantelar lo que entonces se llamaba “la internacional negra”. Pero, cuando un mes después resultó asesinado Juan Ignacio y cuando unas semanas después Pepe Las Heras y cuarenta militantes del Frente fueron encarcelados, no había duda: era toda la cúpula de la organización la que había sido diezmada en apenas 90 días… Los tres episodios estaban indudablemente vinculados entre sí. Dicho de otra manera: quien juzgó que había que vincularme a la ignominia del atentado de rue Copernic, quien decidió que había que asesinar a Juan Ignacio para “quitar el miedo” a la policía y permitir la desarticulación del Frente de la Juventud y el desmantelamiento de la organización, se albergaban en la misma estructura de la inteligencia española responsable de haber ideado el 23-F.

¿Y qué era, a la postre, el 23-F? Era el golpe que debía acabar con todos los golpes... No era el golpe de los “patriotas”., ni el de los ultras, ni siquiera el de los militares golpistas... Tampoco era el “golpe del rey”. Era simplemente el golpe “nassío pa morir”, esto es, diseñado para fracasar y sobre cuyo fracaso debía asentarse denitivamente el sistema político que todavía hoy tenemos.
 
© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.

Ultramemorias (VIII de X). El fin de la transición (1ª Parte). La sensación de que algo no estaba claro...

La transición termina el 23-F de 1981. Esa fecha se cierra un ciclo iniciado el 20-N de 1975, cinco años y tres que solamente una mitología servil e imaginativa ha conseguido transformar de lo que fue el realidad, católico y frecuentemente construido a base de engaños a casi todos, en un “cambio modélico” envidiado en todo el mundo. La ultraderecha se convirtió con demasiada frecuencia en “protagonista” de la transición. En todos los fenómenos sociales tiene que aparecer una figura que polarice todas las hostilidades y en función de la cual, todo el resto se siendo identificado al combatirla. La ultraderecha ocupó ese triste papel y ofreció a todo el sector que iba desde la derecha liberal y el franquismo sociológico hasta las marginalidades varias de la extrema-izquierda, una imagen frecuentemente odiosa que justificaba el “a por ellos que son pocos e hijoputas…” que, en buena medida, fue el verdadero motor de la transición.
 
La ultraderecha, a diferencia de cualquier otra fuerza política, no ha eludido su relación con la violencia. Un tipo pacífico y tranquilo como yo, amante de la vida en la montaña, de los deportes que solamente a mí me pudieran suponer un riesgo y un chorro adrenalínico bombeado en la sangre, a pesar de disponer de una formación intelectual correcta, y catalán educado en el "parlem-hi" (hablemos como forma de resolver los problemas por vía del diálogo) frecuentemente me había visto envuelto en episodios problemáticos y, para colmo, así que pueden imaginar lo  que pasaba por la cabeza de un chaval recién superada la adolescencia, sin ningún tipo de educación política, con un uniforme recién estrenado y un orador fogoso que le explicaba que había que hacer algo para salvar a la patria.

Lo más habitual en la ultraderecha ha sido el que sus bases carecieron casi siempre de educación política, algo que emanaba de sus direcciones. Éstas anteponían sus “fidelidades ideológicas” a cualquier otra consideración. No habían leído, sin duda, "El Ocaso de las ideologías" escrito por uno de los nuestros, Fernández de la Mora. Si eran falangistas, les resultaba imposible pensar en un partido con tendencias en la que los falangistas ocuparan un ala con identidad bien definida. Y si eran católicos y piñaristas, por definición, les era imposible colaborar con alguien que no hiciera de una percepción integrista y ultramontana de la fe, el eje de su participación política; ya me lo dijo Blas cuando me expulsó del partido: “Te falta la fe necesaria para nuestra lucha política”…(y a él seguramente también, pues no en vano disolvió el partido a la primera que sus esperanzas y fes se vieron decepcionadas). Si eran franquistas con cierto grado de sensibilidad política al estilo de Fernández de la Mora, no terminaban de verse en la misma tribuna de los oradores con un Blas del que nunca estaban seguros de lo que iba a decir. Entre Blas y Fraga, la derecha franquista optó por Fraga sin dudarlo. Gentes habitualmente maduras, con un pasado político preñado de responsabilidades de gobierno y que sabían de la vida, no podían por menos que deplorar la presencia de formaciones paramilitares presididas por banderas al viento, desfilar esforzándose malamente en mantener el paso, y a oradores que no terminaban de advertir que España estaba cambiando y que había que anticiparse a los cambios en nombre del futuro y no del pasado reciente.
 
Blas –y, por extensión toda Fuerza Nueva- les reprochaba a todos estos franquistas moderados el que sus ambiciones  fueran excesivas y  se recalcaba que detrás tenían poco apoyo consistente. Fernández de la Mora solamente pudo agrupar a unos cuantos cientos de jóvenes en su Unión Nacional Española, la mayoría de los cuales en los meses siguientes terminarían integrándose en Fuerza Nueva o directamente en AP. Era posible que también hubiera algo de razón en ello. Pero el tiempo nuevo que se aproximaba no estaba hecho ya de masas oceánicas expresando adhesiones inquebrantables y entusiasmos épicos, sino por votantes. Poco importaba que en la Plaza de Oriente llegara a haber en 1978 y 1979 mas de medio millón de franquistas entusiastas… si no existía partido alguno capaz de capturar esa corriente de rechazo al caos de la transición. Puedo asegurar que no fue sino hasta el asesinato de Miguel Ángel Blanco cuando en España tuvieron lugar manifestaciones como la de aquellos 20-N. En los medios ultras, el optimismo expandido por El Alcázar, llevaba a una curiosa escalada: en 1978 ya se dijo que los manifestantes llegaban a un millón… así que en el 79 debían ser “algo más de un millón”, realmente poco, porque en 1980 ya habían pasado a ser millón y medio, o como tituló El Alcázar, “la manifestación mas grande jamás contada”. En 1979, había gente que ocupaba, no sólo la Plaza de Oriente, sino la del Teatro y las calles adyacentes. Pero ¿cómo unos oradores instalados en la incomprensión política sobre lo que estaba sucediendo podían aprovechar aquella corriente de entusiasmo? Era imposible por tres motivos: El Alcázar y la Confederación de Combatientes, por algún motivo, seguían sosteniendo que aquellas eran “movilizaciones patrióticas” y en absoluto políticas. Particularmente deletérea fue el papel jugado por El Alcázar en aquel período. Creo haber escrito en algún lugar que si leías El Alcázar había que comprar algún que otro diario para saber qué estaba pasando en la calle pues el grado de desinformación y los desenfoques palmarios que difundía este diario eran de una magnitud desconocida en los anales del periodismo a esta parte de la Vía Láctea.

En cierta ocasión volviendo de Madrid a Barcelona, me encontré en la carretera con un gigantesco embotellamiento, sirenas de policía, ambulancias y bomberos.  Hacía menos de 10 minutos que había saltado por aires el restaurante El Descanso, en lo que constituyó el primer y único atentado islamista cometido en nuestro país. Llamé a la redacción. No había nadie y todavia no eran las 23:00 horas. La noticia no apareció al día siguiente sino al otro a pesar de que la explosión había tenido lugar a las 22:30… Y eso que el terrorismo era el fenómeno al que recurría habitualmente el diario para componer sus titulares de primera página. De hecho, si querías publicar algún artículo en El Alcázar, bastaba con enviar alguno que tratara del terrorismo. Yo mismo logré varias terceras páginas (las más leídas) a costa de despotricar sobre tal o cual atentado. Debió ser en 1979, recuerdo un titular de El Alcázar maravilloso, a seis columnas y a grandes caracteres: “Los comunistas asesinan a 12 personas”… luego, en letra muy pequeña, casi invisible, se leía “Nuevo atentado de la guerrilla filipina. Izquierdo trabajaba así y nadie le reprochaba nada a pesar de que El Alcázar fue el principal elemento de desinformación política que proyectó su sombra sobre la ultraderecha.

Ni en las columnas semanales de Fuerza Nueva, ni en las diarias de El Alcázar se explicaron jamás las dos alternativas de aquel momento: o prepararse para las elecciones democráticas o para el golpe de Estado. En lugar de eso, todo se quedó en una defensa del pasado, en una denuncia del presente y en agitar amenazas  y miedos al futuro… pero nunca, absolutamente nunca, nada sobre cómo modificar el futuro, ni siquiera sobre cómo insertarse en ese futuro.

Pero hubo algo más peligroso y oscuro. Antonio Izquierdo era amigo íntimo del entonces ministro del interior, Rodolfo Martín Villa. Ambos habían compartido vida bajo las lonas del Frente de Juventudes. Izquierdo había hecho una modesta carrera en la Cadena de Prensa del Movimiento, formada por una cuarentena de cabeceras diarias vinculadas al régimen. Era la “prensa oficial” y, por tanto, la menos leída. Como último director de Arriba, Izquierdo había logrado sumirla en una absoluta inanidad de lectores. No debñia vender más de 1.000 ó 2.000 ejemplares y el resto hasta 5.000 eran suscripciones a instancias oficiales. Y, sin embargo, Arriba, la histórica cabecera falangista que ostentaba el yugo y las flechas, era el “buque insígnea” de todo este grupo de prensa subvencionado por el régimen, con menos ventas de los que merecían la calidad de algunos colaboradores (en mi casa se compraba el vespertino La Prensa de esa misma cadena, solamente por la gratificante lectura diaria de la columna de Carmen Kurtz), pero en línea con lo que es una prensa oficial y frecuentemente pelotillera con el poder. Cuando durante la transición se disolvió todo este entremado de prensa, Izquierdo quedó en paro y terminó haciéndose cargo de El Alcázar. Y en mi opinión -y sobre la base de algún dato que me pasarón otros y sobre comentarios que me realizo el propio Izquierdo años después- siguió manteniendo la amistad con Martín Villa, sólo que éste ya había dejado de ser una "joven promesa de provincias" para pasar a ser Ministro del Interior en la capital. Y es por aquí por donde se deslizaron las confusiones, los malentendidos, las sospechas y, acaso, las traiciones.

Sí, porque El Alcázar, increíble e invariablemente, en momentos de tensión solía tirar balones fuera y terminaba  planteando salidas políticas a la ultraderecha que beneficiaban sobre todo a UCD o a AP. En las elecciones de 1979, por ejemplo, era evidente que Blas Piñar subiría en votos y que saldría elegido diputado por Madrid. Pues bien, hasta el último momento, El Alcázar mantuvo la ficción de que era posible una entente desde Alianza Popular a la Unión Nacional 18 de julio, ticket electoral formado por Falange Española de las JONS, el Partido Nacional Sindicalista de Diego Márquez y Fuerza Nueva, cuyo nombre ya de por sí generaba una irremediable tortícolis a la vista de que aquella referencia del calendario que incluia en su nombre ya decía muy poco a los españoles de 1979. Hasta última hora, Cruz Martínez Esteruelas ofició de corre-ve-y-dile entre Fraga y Blas… afortunadamente algo no estaba muy claro, así que la Unión Nacional decidió tener preparadas las listas por si, como ocurrió, a última hora, poco antes de cerrarse el plazo de admisión para las candidaturas, Alianza Popular se echaba atrás, como de hecho así ocurrió. Seguramente artimañas de este tipo debió aprenderlas Fraga en Londres, comprobando que,  a fin de cuentas, no eran tan ajenas a las prácticas del funcionariado franquista. En las elecciones a procuradores en Cortes por el “tercio familiar” se habían visto cosas parecidas y en las elecciones a “enlaces sindicales” la triquiñuela, como el valor al soldado, se le suponía.

Poco antes del 20-N, el 11 de noviembre de 1978, había salido a la superficie la noticia de la detención del comandante Ricardo Sáez de Ynestrillas y del teniente coronel Antonio Tejero Molina. Parece que habían realizado algunos comentarios sobre la posibilidad de dar un golpe de Estado. A eso se le llamó la “Operación Galaxia”. No parece que detrás hubiera nada importante y lo más probable era que estos militares hubieran resultado detenidos para dar ejemplo a otros golpistas que figuraban como nombres ilustres en el escalafón y que, todavía no habían dado que hablar. Los dos interesados sostuvieron siempre que se trató de una “conversación de café”. Antes, Tejero se había hecho significar por revelarse contra la indiferencia general con la que eran considerados los asesinatos de sus Guardias Civiles en el País Vasco. A partir del “Caso Galaxia”, la peculiar fisonomía de Tejero, con sus grandes mostachos bajo el tricornio de charol, alta estatura, hicieron de él el Guardia Civil más conocido de toda España (dato importante de retener por la importancia que tiene y que, a menudo, no ha sido valorado en toda su magnitud). Tejero era fácilmente reconocible desde el momento en que se veía por primera vez su imagen.

Aquel 20-N resultó sorprendente que ninguno de los oradores, ni mucho menos El Alcázar, mencionaran absolutamente para nada a los dos militares presos, a pesar de que en ese momento proseguía su arresto. Y aquella omisión no dejaba de ser extraño. Nosotros mismos, los militantes del Frente de la Juventud, distribuimos varios miles de panfletos en la Plaza de Oriente pidiendo la libertad de Tejero e Ynestrillas, sin embargo desde la tribuna de oradores existió una absoluta omisión que no podía ser el resultado ni de la casualidad ni de desconocimiento de su situación de arrestados. Al acabar el acto seguía distribuyendo las octavillas cuando me invadió la sensación indeleble de que algún sector de la extrema-derecha estaba pactando con el ministerio del interior. Y el nexo solamente podía establecerse a partir de Antonio Izquierdo. Años después, cuando regresé del exilio y conocí a Izquierdo advertí sin ninguna dificultad que era capaz de eso y de mucho más. Era fácil suponer que Interior habría hecho llegar a los organizadores del 20-N la necesidad de que no hablaran sobre el golpismo. Más de 500.000 personas gritando “Ejército al poder” hubieran sido una imagen demasiado amarga para UCD y la exteriorización de que no eran exiguas minorías las que reclamaban la intervención militar para atajar el desmadre de la transición, sino masas populares que podrían generar un “efecto contagio” en la opinión pública. Era importante para la culminación final de la transición demostrar que el golpismo era un fenómeno aislado de cualquier movimiento de masas  y que afectaba solamente a unos pocos cientos de lunáticos. Nosotros mismos habíamos visto como nuestros gritos de solidaridad con Ynestrillas y Tejero eran sistemáticamente acallados por la tribuna y cubiertos con el grito de “Franco, Franco” con la misma entonación y brío que cuando empezó el "aislamiento internacional".

Izquierdo era uno de esos personajes, muy habituales en el antiguo régimen, que por una parte habían asumido mentalmente -quizás por oportunismo, quizás por lavado de cerebro, quizás por que no tenían otras inquietudes intelectuales, esto es, por conformismo, o incluso es posible que por identidad-  los valores que habían recibido en los muy oficiales campamentos del Frente de Juventudes durante sus años de formación, luego habían emprendido una carrera funcionarial al servicio del franquismo y terminaron haciendo cualquier cosa que pudiera favorecer y mejorar su situación personal, algo muy comprensible por lo demás, pero que les sumía frecuentemente en pozos de contradicciones sin fondo y  perseguidos por la sombra de la traición hacia el ambiente del que sentían formarse parte. Terminaron jugando con dos barajas: con la de sus antiguos camaradas devenidos figuras prominentes de la transición y con sus antiguos camaradas que permanecían en las trincheras del antiguo régimen, a pesar de que carecían de la inteligencia y el maquiavelismo suficientes como para asumir ese rol.  Quisieron servir a ambos, unos por que les pagaban y otros por fidelidades ideológicas pasadas. Al final lograron quedar mal con casi todos: los unos les consideraron gentes que se vendían baratas y los otros simplemente los tuvieron como chorizos. Ese tipo de gente ambigua por definición son los elementos que los servicios de inteligencia colocan en los puestos centrales de una conspiración: demasiado ambiciosos para negarse a figurar en una trama golpista, eran también demasiado ciegos como para identificar su orientación, su motor y dónde se situaba su núcleo. Así se hizo la "trama civil" del 20-N.

En la ultraderecha de la época, cuando aparecía un galón y no digamos un entorchado, inmediatamente se le consideraba como un golpetero de pro., de la misma forma, como ya he dicho, que cuando aparecía un norteamericano se le tenía como agente de la CIA que venía a “ayudar”. La ultraderecha se declaraba golpista sin ambages, esto es, sin rodeos., en un momento en que los "ambages" empezaban a ser lo más frecuente en la clase política. El problema es que concebían el golpe como una operación exclusivamente militar, en la que los militares debían tener la iniciativa, la preeminencia y la voluntad. No se concebía que en una red golpista participaran civiles, ni mucho menos que existiera un debate entre unos y otros sobre estrategia y tácticas golpistas. Cualquier tenientillo o capitancete del montón, incluso sargentos chusqueros, eran tratados en la ultra como si capitanes generales y usías varios. Podría contar anécdotas de este tipo hasta la saciedad. Había ultras que literalmente hubieran estado dispuestos a pagar por dejarse fotografiar junto a un tenientillo recién salido de la academia y no digamos junto a un oficil con fajín de Estado Mayor. El militar siempre ocupaba el sitial de honor en las recepciones y cenas con ultras. Sus palabras, aunque apenas comentara el último derby regional de fútbol Yeclano-Orihuela, eran escuchadas con un silencio casi religioso y una reverencia que inducían al respeto ante un poder inefable y metafísico. Lo mismo ocurría con los Guardias Civiles que llegaban del País Vasco e incluso con algunos comisarios de policía que se movían en los medios ultras, especialmente en Madrid (pero no sólo en la Villa y Corte).

Todo este clima acrítico facilitaba el que militares, guardias civiles y policías tuvieran las puertas abiertas de la ultraderecha para lo que quisieran. Muchos de estos funcionarios no estaban frecuentando esos ambientes para engordar sus egos o sentirse queridos, sino simplemente porque se lo habían ordenado sus superioes a fin de controlar el golpismo en la extrema-derecha, intuir sus límites, sus sectores más comprometidos y los lugares y personas a través de las que podía generarse una ósmosis entre el sector militar golpetero y el sector civil de admiradores incondicionales.

Digámoslo ya: el golpismo estuvo controlado casi por completo desde el primer momento de la transición. Salvo un grupo extremadamente reducido de militares formados en torno al Coronel San Martín, el resto de redes golpistas, desde el principio mismo de la transición, estuvieron bajo control. El golpismo, en realidad, jamás fue un peligro real para la transición que no tenía más riesgo que el desplomarse víctima de sus propios errores, ambigüedades y oportunismos. De hecho, si el 23-F fue algo, no fue más que un golpe de Estado promovido por el CESID y… desarticulado por el mismo CESID fiel a la estrategia que indica que para cazar a un conejo –a la sazón, para desarticular un movimiento golpista- hace falta que éste salga de su madriguera. Y en el centro de esta conspiración se situó el Comandante Cortina, verdero cerebro de toda la operación. Si la democracia española debe a alguien su supervivencia, e incluso si la monarquía sienta  todavía sus posaderas en el mismo trono, se debe a la eficacia conspirativa del comandante de infantería José Luis Cortina. Años después sabría algunos datos más sobre Cortina a través de Manolo Vázquez Montalbán que tuvo a bien unirnos en un libro de entrevistas titulado “Almuerzos con gente inquietante”. Pero esta es, como siempre, otra historia.

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Ultramemorias (VIII de X) Visicitudes políticas en la transición (18ª parte). Hacia una estrategia y una estructura internacional

A finales de 1979 en uno de mis habituales viajes a París, Delle Chiaie me llevó a la oficina de una agencia de comunicación gestionada por miembros de Forces Nouvelles, en la rue Malakov a dos pasos de la Avenue de la Grand Armée. Se estaba elaborando en aquel momento el primer número de la revista Confidentiel, subtitulada “política, estrategia, conflictos”. Se trataba de una revista de unas 100 páginas en formato holandés a dos columnas abundamentemente ilustrada y con una cuidada maquetación, dedicada al análisis político internacional. En una estancia de la oficina se situaba la redacción y los archivos de esta publicación que salió trimestralmente durante tres años en cuatro ediciones nacionales, francésa, italiana, española y argentina. Oficialmente la revista estaba publicada por el IREP, Instituto de Investigaciones y Estudios Políticos, presidido por Sixto Enrique de Borbón-Parma. En abril de 1980 salió el primer número de la edición española de la que yo era el responsable.

Hay situar esta iniciativa en el contexto que le era propio: la red de relaciones internacionales constituida en aquel momento era, ante todo, una red informal de relaciones basadas en experiencias y colaboraciones pasadas formada en torno a un grupo relativamente reducido de personas que mantenían lazos y vínculos comunes desde algo más de un década. No era solamente una estructura militante, sino también y sobre todo una red de relaciones informales que cristalizaba en determinados momentos y para determinadas acciones. Su gestación había sido larga y, en realidad, sumaba distintas redes.

En 1972 se estableció una especie de “comité de patronato”, lo que llamábamos “el presídium”, formado por cuatro “históricos”: el coronel SS Otto Skorzeny que había liberado a Mussolini de la prisión del Gran Sasso y tenido un papel relevante en las operaciones especiales del III Reich, Radu Ghenea exiliado rumano residente en España y jefe de la Guardia de Hierro Rumana, el comandante Junio Valerio Borghese, exiliado entonces en España después de verse obligado a emprender el camino del exilio tras un intento abortado de golpe de Estado en Italia y, finalmente, Leo Negrelli, antiguo embajador de la Italia fascista en Lisboa, residente en Madrid. Con estas cuatro personalidades lo que intentábamos era establecer un vínculo entre la “vieja generación” y la “nueva generación” de militantes.

El problema es que la “vieja generación” empezaba a ser demasiado vieja... Con una diferencia de dos años, los cuatro personajes históricos fallecieron de muerte natural. En esa misma época falleció también Roma, Julius Evola. Hubo un momento en el que nos sentimos solos. La diferencia entre estos históricos y otros, era que los cuatro miembros del “presídium” conservaban un indudable atractivo romántico para unos jóvenes como nosotros. No eran vedettes interesadas en contarnos lo que habían hecho o dejado de hacer en la Cota X del Frente Y, sino que se trataba de gente que blomeaba con nosotros, nos ilustraba con sus comentarios sobre la actualidad política y, sobre todo, nos enseñaba. Los cuatro eran personajes de una lucidez y de un carisma ausente por completo en nuestra desgraciada época. Era la voz de la historia la que oíamos a través suyo. Nunca ninguno de ellos habló excathedra. Nunca argumentaron sus canas ni sus cicatrices para imponerse. Como la antigua máxima taoístas “actuaban sin actuar”, su mera presencia era un incentivo para nosotros, un ejemplo a imitar. Observábamos cada gesto, recordábamos cada frase que habían pronunciado, los mirábamos con admiración y respeto y si nos hubieran ordenado arrojarnos por un precipicio seguramente lo habrímos hecho sin dudar. Se nos antojaban como personajes nietzscheanos: nos era imposible medirlos en términos de bondad o maldad, para nosotros eran “grandes”, incomparablemente grandes en relación a la clase política del tardofranquismo en donde ya se adivinaban los rasgos de oportunismo que se evidenciarían sin duda apenas dos años después, que se nos antojaban "pequeños" sino miserables. Siempre nos indujeron a intentar “hacer política”, nunca testimonialismo, no nos dieron jamás grades parrafadas teóricas, ni arengas huecas: simplemente nos sugerían ideas, nos explicaban mecanismos de la política internacional, nos enseñaban aspectos de lo humano que ellos conocían tan bien y que nuestra juventud todavía nos había impedido percibir. Sus gestos nunca fueron imperiosos, pero inducían a seguirlos hasta la muerte. Pudimos entender porque muchos murieron al lado del coronel Skorzeny y del comandante Borghese, había algo en ellos de la grandeza pasada de los condotieros renacentistas. ¿Cómo diablos no íbamos a considera su ejemplo? Lamentablemente, cuando apenas los habíamos conocido, ya debíamos asistir a sus entierros…

Negrelli, Ghenea y algunos otros, solían reunirse en las viejas oficinas de Fuerza Nueva en la calle Velazquez una vez a la semana. Aquel ambiente no le gustaba mucho a Skorzeny,  un hombre esencialmente práctico, y en cuanto a Borghese se encontraba en situación de clandestinidad en nuestro país, a pesar de que pudo entrevistarse con Franco. Aquel local era a menudo frecuentado por jóvenes diferentes a nosotros: no tenían gran voluntad de intervenir en política y buscaban solamente la compañía de gente notable a los que requrían para que les explicaran andanzas de otro tiempo… A ellos, que la historia les traía al fresco y vivían en el presente.

En torno a este “presídium” se realizó uno de los intentos más interesantes de cristalizar lo que luego se llamaría a nivel mediático “internacional negra”. Existían otros canales.

En los años 50 y 60, la Delegación Exterior del Frente de Juventudes (a no confundir con el Frente de la Juventud) convocaba cursos de verano a los que invitaba a delegados de otros países o a jóvenes españoles que habían emigrado al extranjero y aspiraban a seguir vinculados a la organización. En esas reuniones veraniegas, habitualmente realizadas en cómodos paradores de montaña o en albergues del Frente de Juventudes habían asistido falangistas bolivianos y libaneses, franceses de Jeune Nation, argentinos de la Tacuara, italianos del MSI y de los distintos grupos juveniles periféricos, chilenos, venezolanos, cubanos, suecos, alemanes, austríacos, etc. Se trataba de reuniones estivales y no existía la intención de constituir ninguna organización estable, ni nada parecido a lo que luego se conocería como “Internacional Negra”, pero aquellos congresos facilitaron el que gentes de muy distintos países se conocieran y colaboraran entre sí fuera del marco del Frente de Juventudes. En aquellas reuniones, Stefano della Chiaie ya era un habitual cuando se había configurado como fidelísimo del Comandante Borghese.

En los años 60 apareció la primera red intereuropea que actuaba como un partido supranacional, Joven Europa, fundado por el belga Jean Thiriart. En Madrid estableció su sede a dos pasos de la Puerta del Sol y a él afluyeron unas cuantas decenas de estudiantes falangistas que buscaban “algo más” que el pensamiento joseantoniano que ya entonces se adivinaba con olor a naftalina. Hubo en sus filas periodistas madrileños, médicos zaragozanos y corresponsables de primera fila en la época y todo ello quedó bajo el mando de Pedro Vallés, un cántabro que travó buena amistad con Thiriart y con el que contacté hacia 1969, cuando todavía los antiguos de Jeune Europe seguían “conspirando” en el marco de la revista La Nation Europeenne. La organización de Thiriart cubrió buena parte de Europa Occidental e incluso tuvo contactos en algunos países del Este bajo la órbita de Moscú. La sección italiana fue particularmente importante, dirigida por Claudio Mutti y Claudio Orsi. Los franceses eran en su inmensa mayoría estudiantes, muchos miembros de la Federation d’Etudiant Nationalistes en la que hicieron sus primeras armas los que menos de diez años después impulsaron la Nouvelle Droite. También en Suiza hubo un grupo de Jeune Europe dirigido por un personaje interesante, Roland Gueisaz. El grupo portugués estuvo dirigido por Zarco Moniz Ferreira. La organización de Thiriart no resistió algunos reveses y problemas internos y hacia 1967 ya estaba reconvertida en la publicación La Nation Europeenne, en la que Thiriart inició una evolución ideológica que le ocuparía los veinte años siguientes. Aunque el grupo de Thiriart no pudiera mantener una estructura orgánica, también sirvió para que gente de distintos países estableciera vínculos de amistad y camaradería que sobrevivieron a la organización, constituyendo otra red de relaciones.

Estas redes habían sido constituidas por generaciones de militantes, anterior a la nuestra. Nosotros también tuvimos la ocasión, a finales de los 60, cuando apenas éramos unos críajos, de contactar con gente de nuestra edad en otros países. Yo establecí en aquellos años una buena amistad con un estudiante de Ordre Nouveau que antes había pertenecido a Occident, en Nantes y que era oriundo de Perpignan, Yves Bataille. Bataille, por su parte, contactaría con los italianos de Lotta di Popolo y formaría una sección paralela en Francia (Lutte du Peuple) que a su vez logró extenderla entre disidentes de las juventudes del NPD, formando Sache des Volkes. Nosotros les apoyamos en España con el grupo Europa Joven (que nada tenía que ver con Thiriart, sino que era mera sigla de fortuna). Este grupo estaba próximo de otro que operaba desde Niza formado en torno a Michel Schneider un antiguo miembro del Mouvement Jeune Revolution que publiaba unos interesantes Cahiers del Centro de Documentación Política y Universitaria. Habitualmente nos reuníamos en Girona, en Toulouse, en Bayona, intercambiábamos información, consignas y contactos.

Antes de que los medios descubrieran que la estructura propia de la monernidad eran las “redes”, nosotros ya trabajábamos en función de ese concepto. Yo mismo, al iniciar mi exilio, debí en una primera fase, cuando me encontraba todavía en España, recurrir a una “red histórica” para proveerme de nueva documentación; luego me integré en París en  la red de Delle Chiaie, más tarde trabajé con la agencia de prensa AFIPE y con los redactores de Confidentiel; cuando cruzamos el charco y empezamos a trabajar políticamente en Iberoamérica, nos beneficiamos de la red de contactos fraguados en las reuniones del Frente de la Juventud y, finalmente, durante mi período de clandestinidad en París, me apoyé solamente en mis propios contactos. Este tipo de estructura facilitaba la penetración capital en los ambientes más inverosímiles, intercambios de información y datos entre países muy lejanos, y también de documentación y medios.

El grupo Confidentiel, en realidad, el IREP, era otra de estas redes que se beneficiaba de la existencia de una revista extremadamente bien hecha tanto en forma como en contenido. El hecho de que existieran cuatro ediciones nacionales facilitaba los contactos y los desplazamientos y el hecho de que se tratara, aparentemente de una revista y no de un partido, favorecía el que se pudiera llegar a cualquier instancia con su tarjeta de visita.

Todo este coglomerado aparentemente confuso, muy bien definido para nosotros, pero que para los medios y para los servicios de seguridad del Estado, constituía una trama opaca y extremadamente difícil de penetrar a la vista de los años de conocimiento que unían a unos y otros de sus miembros. A finales de los 70 y principios de los 80, todo este ambiente estaba en efervescencia, cada parte de cada red estaba operando en su área de influencia. Seguian los contactos y, de paso, se teorizaba una estrategia internacional. Uno de los foros que facilitaban el intercambio de ideas y la cristalización de esa estrategia fue la revista Confidentiel.

¿Cuál era nuestro análisis en la época? Relativamente simple de exponer. Desde hacía veinte años existía una discrepancia fundamental entre el Coronel Skorzeny y otros ex combatientes alemanes e italianos. Algunos, como el Klaus Altman sostenían la imposibilidad de seguir luchando en Europa a favor de unos ideales anticapitalistas y anticomunistas que intentaran abordar una lucha contra la hegemonía mundial de los EEUU y de la URSS. Altman sostenía que la situación geopolítica de Europa, ocupada y dividida, teatro principal de un enfrentamiento entre el Este y el Oeste en caso de que la Guerra Fría hubiera pasado a ser “caliente”, impedía que en el continente se pudiera afrontar una lucha con garantías de éxito. Skorzeny, por el contrario, creía que siempre era posible trabajar en Europa, si bien era preciso hacerlo con prudencia y generando una estructura clandestina y de información capaz de jugar con ventaja. El comandante Borghese era de la misma opinión.

Pero entre 1973 y 1977 ocurrieron muchas cosas en Europa (cayeron los regímenes de Portugal, Grecia y España) y sobre países como Francia e Italia se abatió una oleada de represión que liquido a organizaciones enteras y envió a cientos de militantes a la cárcel. Además se unía una ofensiva general de la extrema-izquierda que no dudaba en disprar contra nuestros militantes e incluso quemarlos dentro de sus hogares a ellos y a sus familias (tal como ocurrió en Italia). Además, la actividad de los servicios de inteligencia, tendía a realizar provocaciones que recaían directamente sobre militantes de la ultraderecha europea y en esas condiciones era muy difícil, sino imposible, realizar una lucha política con mínimas garantías de éxito.

En 1977 conseguimos reconstruir una estrategia internacional. Si bien en Europa se había vuelto imposible trabajar, en otras zonas geográficas si existía una situación mucho más favorable. En dos en zonas geográficas en concreto disponíamos de muy buenos contacto. Uno era en Iberoamérica en donde amigos nuestros, miembros de algunas de las redes que hemos definido, estaban en el poder o próximos al poder en Chile, Argentina, Brasil, Bolivia, varios países centroamericanos, Uruguay y Venezuela. Así mismo en África había cuajado otra red formada en torno a un ex diputado del parlamento portugués como representante de las colonias, de raza negra, Antonio Batica, había constituido en torno suya a la Organización África Libre que agrupaba a guerrillas anticomunistas del continente africano, entre otras a la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA) o a los llamados Soldados de la Oposición Argelina. Esta red, a su vez, había colaborado con otra que funcionaba desde Lisboa, la agencia de prensa Aginter-Press formada por franceses exiliados de Argelia. Tras la Revolución de los Claveles, los miembros de Aginter-Press pasaron a Madrid y con ellos hubo oportunidad de colaborar en la constitución del Ejército de Liberación de Portugal, entre cuyos miembros fundadores, por lo demás, se encontraba un miembro de la redacción de Confidentiel. Algunos miembros del grupo internacional permencieron durante algunos meses en Angola instruyendo y colaborando con las guerrillas de UNITA en el cerco de Lobito y en la lucha contra los cubanos y alemanes del Este que apoyaban a la guerrilla procomunista del MPLA.

Este cuadro de contactos en Iberoamérica y África, eran suficientes como para poder establecer una estrategia internacional. Se trataba de mantenerse a la defensiva en Europa, mejorando posiciones en Iberoamérica y África de tal manera que estuviéramos en condiciones de establecer “santuarios” en estas zonas y, al mismo tiempo, las bases para generar los medios económicos que nos permitirían más adelante “retornar a Europa”.

En función de esa estrategia fue por lo que intervenimos directamente en algunos países iberoamericanos, centroamericanos y africanos entre 1975 y 1985.

Cuando salté por la ventana an junio de 1980, lo que tenía en mente era integrarme directamente en estas redes en las que confiaba mucho más que en el destino de la ultraderecha española.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.

Cumplimos hoy el VIº Aniversario de la aparición de infoKrisis. Inicialmente concebido como "portal" elaborado en PHP con la URL de www.krisis.info, dos sucesivos sabotajes llegados de las alcantarillas nos obligaron a reformar la idea inicial y transformarlo en uno de los primeros blogs que aun siguen renovándose periódicamente. En la actualidad, están colocados en línea más de un millar de artículos que consultados a una media de 1.300 al día en los dos últimos meses, alcanzando un promedio desde que blogia instaló los contadores internos de 1050 visitas/día y, en términos absolutos de algo más de 600.000 visitas en los dos últimos años. Algunos artículos han sido leídos en más de 14.000 ocasiones. Así mismo, varias decenas de webs, blogs y portales han establecido links. Finalmente, en varios temas estamos muy bien situados en los buscadores y somos un blog de referencia. Diariamente contestamos varias decenas de emails despachando consultas e intercambiando puntos de vistas con nuestros amigos y lectores. Gracias a vosotros hemos podido alcanzar estas cifras. Incluso estamos agradecidos a nuestros "odiadores de cámara" el haber levantado una cortina de calumnias  tan escandalosa que ha estimulado la curiosidad de muchos. Nunca tanto odio como el vuestro sirvió para estimular tanto interés y poder establecer comparaciones y contrastes. Así mismo, hemos realizado en el último año 6 series de artículos sobre temas de actualidad como Mayo del 68 o la Doctrina Zapatero. Lamentablemente no hemos podido disponer de todo el tiempo necesario para concluir algunas de las series iniciadas. En las próximas semanas aparecerán innovaciones en este blog a fin de multiplicar la audiencia y lograr superar las limitaciones del ancho de banda del servidor. Os reiteramos nuestro más sincero agradecimiento y os animamos a que cada uno de vosotros, asuma su parte en la construcción de miles de blogs capaces de crear redes paralelas de información e intercambios.

Postdata:

En esta fecha, por pura casualidad, pero siguiendo la tendencia ascendente de visitas, hoy infokrisis ha registrado 1.506 artículos leídos, cifra récord hasta la fehca. Lo dicho: Gracias a todos vosotros.

 

El problema de Catalunya: el mismo que hace cien años, pero… (II de II)

A finales del siglo XIX los catalanistas eran pocos y divididos y seguramente hubieran seguido así de no ser por la crisis finisecular y por el fracaso del regeneracionismo de Polavieja y por el mantenimiento de algunas medidas de la Hacienda Pública que tenían que ver con la pasada guerra de Cuba. Las juventudes catalanistas exteriorizaron ese descontento en la que puede ser considerada como la primera acción antiespañola de importancia cuando visitó el puerto de Barcelona una escuadra francesa a la que se tributó un recibimiento entusiasta, se cantó por primera vez Els Segadors y se pitó al himno español. Un año después cuando dato, a la sazón ministro de Gobernación, llegó a Barcelona, Cambó movilizó a sus partidarios que lo persiguieron con pitos por toda Catalunya, incluido en el interior del Liceo. Ya en aquella época existía el deseo de que el castellano fuera completamente erradicado de Catalunya tal como se preconizaba en las Bases de Manresa en las que se concretó el programa del catalanismo político. Y eso debió hacer pensar, porque el catalanismo, ni entonces ni luego aceptó la co-oficialidad sino solamente la oficialidad del catalán. Es más, cuando un nacionalista alude a la co-oficialidad… se está refiriendo al bilingüismo, ¡en el resto del Estado, nunca en Catalunya!

En cuando a la definición de Catalunya como nación, ni siquiera aparece en los primeros textos regionalistas que aluden siempre a “nacionalidad catalana” (tal es incluso el título de un conocido libro de Prat de la Riba). Coroleu y Pella Fargas emplean en 1878 el término “nacionalidad”, nunca “nación”. En una segunda fase el regionalismo tenderá a confundir voluntariamente ambos términos que sin embargo no son lo mismo (la nacionalidad define a un pueblo situado sobre un marco geográfico diferenciado por una lengua, habitualmente suele ser parte de un conjunto mayor, un Estado  o un Imperio, mientras que nación es una unidad política dotada de misión y destino propios. Los cantones griegos serían nacionalidades, pero sin embargo, la única nación es la Confederación Helvética).

En el momento en que Prat empieza a utilizar indistintamente “nación” y “nacionalidad”, tiende también a extender la “nación catalana” a otras “nacionalidades” que, históricamente habían constituido reinos diferenciados y que incluso hablaban variedades del catalán, en algún caso, muy diferenciadas. Y lo hace con un lenguaje (y una ingenuidad) propia de la época. Prat se refiere en un capítulo de su libro al “Imperialismo catalán” y así lo titula (capítulo que ha desaparecido en algunas reediciones recientes de la obra…), extendiendo ese “imperialismo” a todo aquel territorio que en algún momento estuvo vinculado a la Corona de Aragón. A partir de ahí ya era posible hablar de “Països Catalans” y, dar el último golpe de tuerca llamando a todo el conjunto definido como yendo “desde Fraga a Mahón y desde Salses a Guardamar” como “Catalunya”, pirueta que realizó el vecino del 5º piso de España 2000, Josep Guía (en efecto, Guía vive en el mismo inmueble que el partido nacionalista español E2000) cuando escribió su opúsculo “No mes digueu-li Catalunya” (El Llamp, Barcelona 1987).

A medida que el regionalismo se fue afirmando, ganó en agresividad y en Barcelona tuvo que competir muy duramente con el Partido Radical de Lerroux que lo aventajó en las municipales de 1909 y en otras convocatorias de la época. Lerroux practicaba una demagogia social, esencialmente anticatalanista, apoyada, no solamente entre los emigrantes de otras zonas del Estado, sino también por las clases populares catalanas.

Sin embargo, antes se habían producido dos hechos trascendentales: de un lado, una caricatura aparecida en el semanario satírico “Cu-Cut” provocó la reacción de un grupo de oficiales de la guarnición de Barcelona que asaltaron y arrasaron la redacción de la revista (en calle Avinyó) y luego la de La Veu de Catalunya (semanario de la Lliga). Los incidentes tuvieron mucha repercusión y fueron debatidos en el parlamento tras suspenderse las garantías constitucionales en la ciudad. Poco después, cuando Segismundo Moret se hizo cargo del gobierno promulgando la llamada “Ley de Jurisdicciones” que ponía bajo jurisdicción militar los delitos de lesa patria. De nada sirvió que pocos días después el mismo gabinete aprobara la “Ley Constitucional Económica” favorable a las pretensiones proteccionistas de la burguesía catalana.

El episodio del “Cu-Cut” hizo que el estamento militar asumiera a partir de entonces un encono extremo contra el catalanismo político en el que no distinguían entre moderados y radicales, regionalistas e independentistas, sino al que veían como un enemigo a combatir.

El otro elemento indisociable de la época fue la agitación obrera y la irrupción del terrorismo vinculado al anarquismo y a las provocaciones policiales. En efecto, el 24 de septiembre de 1893, el anarquista Pauli Pallás arrojó una bomba contra el capitán general Martínez Campos en la Gran Vía esquina calle Montaner. Menos de dos meses después, explotó la famosa bomba del Liceo causando 21 muertos y un centenar de heridos arrojada por Santiago Salvador, otro anarquista que quiso así solidarizarse con el fusilamiento de Pallás, siendo a su vez, agarrotado en la antigua prisión de la calle Reina Amalia. En 1896, finalmente, estalló la extraña bomba de la calle Canvis Vells, durante la procesión del Corpus. Los anarquistas –a diferencia de los atentados anteriores que siempre asumieron- negaron la autoría de este nuevo atentado. Posteriormente, la investigación demostró graves dudas sobre su autoría que, como mínimo estaba  vinculada a un conocido confidente policial que terminó instigando a anarquistas para que cometieran atentados y antes los denunciaba a la policía a cambio de una fuerte remuneración...
 
En los años siguientes el clima barcelonés era de fuerte agitación estallando una primera huelga general en 1902 que seguía a la agitación creciente iniciada desde 1900 al grito de “una peseta de más y una hora de menos”. En 1904, el presidente Antonio Maura fue agredido mientras visitaba Barcelona, ese mismo año, el 17 de noviembre estalló una potente bomba en la Plaza Sant Jaume, al año siguiente otra en la Rambla de las Flores que causó varias víctimas entre las más conocidas floristas (bomba que tampoco nadie reivindicó y sobre las que existen las más serias dudas). Para colmo, el cardenal Casañas sufrió una agresión en el claustro de la Catedral. En 1909 todo esto estalló definitivamente después del descalabro del Ejército Español en Marruecos al que siguió la movilización de las quintas y su embarque en los muelles de Barcelona. La guerra era completamente impopular al resultar demasiado evidente que era por la defensa de los intereses económicos, entre otros, de Romanones y del Marqués de Comillas. Además, bastaba pagar una cantidad para salvarse de cumplir el servicio militar… algo que solamente estaba al alcance de la  alta burguesía.

En este marco estalló la famosa Semana Trágica, huelga general que alcanzó todos los barrios populares, con la consiguiente quema de conventos e Iglesias. La revuelta alcanzó toda la ciudad, que se cubrió de barricadas, y estuvo en manos de los insurgentes descontrolados durante una semana con un saldo final de 150 muertos, 550 heridos, 12 iglesias parroquiales incendiadas y 52 conventos destruidos.

El impacto que sobre la ciudad tuvo la Semana Trágica era la coronación lógica de la huelga general de 1902, del terrorismo aparecido desde 1893 y de la tensión creada por la “Ley de jurisdicciones” y la actitud del ejército. En ese clima, la burguesía catalana entendió algo que no olvidó en los sesenta años siguientes: su destino y sus intereses estaban ligados a la actitud que tomase el Ejército Español. Era el Ejército Español la única institución que podía salvarle de las iras desencadenadas de la clase obrera. Y, para que el Ejército Español asumiera esa tarea era preciso, en primer lugar, que la burguesía atenuara su carga regionalista y su incipiente nacionalismo y se hiciera solidario con la idea de España.

A partir de ese momento, la burguesía catalana no dudó en apoyar a la monarquía, hasta el punto de que en 1926, los herederos del Vizconde de Güell, el gran impulsor del catalanismo, regaló su Palacio de Pedralbes a la monarquía de Alfonso XIII e hizo algo más. En los jardines del palacio se encontraba un fuente romántica diseñada por Gaudí en un paraje adornado por la reproducción de una estatua con la cabeza de un emperador romano, una fuente con un caño forjado con forma de dragón (el dragón Ladón que en el poema de Verdaguer “L’Atlántida”, custodia el Jardín de las Hespérides) que manaba sobre una fuente de mármol que mostraba un relieve con las cuatro barras catalanas. Al regalar el palacio, los Güell, intentaron borrar cualquier rastro de catalanismo del lugar y destruyeron a martillazos la pila de mármol y las barras catalanas que luego resultarían cubiertas por la maleza hasta ser halladas en tal estado en los años 60 y restauradas definitivamente en los 90). De esta manera la burguesía catalana estaba dispuesta a renunciar a sus ideales de “construcción nacional de Catalunya” si ello debía de servir para una mejor defensa de sus intereses y para que el Ejército Español constituyera la punta de lanza contra la clase obrera insurgente.

Tal es el punto al que queríamos llegar

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Los paralelismos con nuestro tiempo son los justos para quien quiera verlos. En los últimos 30 años, la configuración de Catalunya ha variado extraordinariamente. No solamente llegaron 2.000.000 de emigrantes del resto del Estado en la postguerra y hasta finales de los años 70, sino que luego llegó 1.300.000 inmigrantes especialmente marroquíes, pakistaníes y subsaharianos. La demografía catalana a partir de los años 60 fue descendiendo y hoy es la más baja del mundo, mejorada algo por la aportación de la emigración interior y disparada por la inmigración exterior. El primer nacido en 2009 en cada una de las cuatro provincias catalanas fue hijo de extranjeros (colombianos, uruguayos y marroquíes). Desde 2000 este hecho no era nada nuevo.

La burguesía catalana ya no detenta una posición preeminente en una industria textil deslocalizada  primero a Marruecos y luego a China. Galicia produce hoy más textil que Catalunya. Una tras otra, las grandes firmas de la industria catalana van desapareciendo o simplemente cambian su accionariado y terminan en manos no-catalanas. A partir de la postguerra y en los años 50 se creó una nueva burguesía sobre el eje de la construcción (ya entonces, muy frecuente "obra pública") y la hostelería. Las huelgas de los años 70 hicieron que buena parte de los dineros de la burguesía se orientaran hacia la especulación bursátil. La figura del “viajante de comercio catalán” desapareció en España, a pesar de que hoy el Estado Español sigue siendo la principal fuente de clientes de los bienes y servicios catalanes.

Ya no hay agitación obrera. A partir del “extraño caso” del incendio de la Sala de Fiestas Scala tras una manifestación de la CNT, el anarcosindicalismo resultó completamente barrido de la escena laboral catalana sin conservar absolutamente ningún feudo. Su hegemonía fue sucedida por sindicatos domesticados a base de subsidios. Tanto el PSUC como la Federación Catalana del PSOE (anterior a la fundación del PSC), asumieron el catalanismo como reivindicación durante el franquismo, no tanto por identidad con sus fines históricos, como por el hecho de que buena parte de sus cuadros eran hijos díscolos de la burguesía catalana, y, especialmente, por el anticatalanismo del que siempre hizo gala, incluso hasta lo patológico, el franquismo. Esto llevó al fenómeno actual en el que el 75% de la política catalana gira en torno al “hecho nacional”, pero esta omnipresencia del catalanismo está ensombrecida por la declinante demografía de los catalanes de origen y de los catalanes de adopción. Ahora ya no cabe decir como en los años 80 proclamó victoriosa aquella campaña de la Generalitat de Catalunya: “Som sis millons” (somos seis millones), sino que la población catalana está sobre 7.250.000 habitantes, no por crecimiento de la etnia autóctona, sino por llegada de inmigrantes.

Estos inmigrantes tienen una característica más acusada que en el resto del Estado: en efecto, mientras que en Madrid la inmigración andina y europea del Este, siempre ha sido mayoritaria, en Catalunya, la propia Generalitat se encargó desde finales de los años 80 en estimular una inmigración que procediera especialmente del Magreb. Esta tendencia se sostenía  con el peregrino razonamiento de que si eran andinos, hablarías castellano, se entenderían con la población autóctona y, por tanto, no harían ningún esfuerzo por aprender el catalán. Si, por el contrario, hablaban árabe, estarían obligados a aprender el idioma autonómico para insertarse en el mercado laboral. De ahí que la Generalitat abriera en Rabat su primera delegación exterior y se la entregara a Ángel Colom, expresidente de ERC, ex dirigente de la Crida a la Solidaritat per la Llengua i la Cultura Catalanes y gay impenitente. Los buenos oficios de Colom generaron una riada de inmigración marroquí hacia España. Mientras que los pakistaníes llegaron por su cuenta desde mediados de los años 90, desviándose del que había sido su destino final hasta esa época (el Reino Unido). En cuanto a los subsaharianos ya estaban presentes en pequeños núcleos en el Maresme desde finales de los 80, cuando empezó a verse su presencia especialmente en los campos de cultivo. Todos ellos eran de religión islámica.

No fue sino hasta los primeros años del milenio cuando varios episodios empezaron a poner de relieve la naturaleza del nuevo problema. En los incidentes de Premiá de Mar desencadenados por la construcción de una nueva mezquita aborrecida por la población, emergió la figura de Josep Anglada y de la Plataforma per Catalunya en 2002. En ese momento se evidenció que la llegada de inmigrantes islámicos a Catalunya iba a traer problemas muy diversos a los que había acarreado la emigración interior del Estado en las décadas anteriores. La ocupación de la Iglesia del Pi en 2001 y de la Catedral en 2005, la expulsión de subsaharianos de la Plaza de Catalunya en el verano de 2003, los incidentes de Hospitalet en 2004, en Ca’n Oriach en 2000 y en otras ciudades catalanas, las declaraciones primero de Marta Ferrusola, esposa de Pujol y luego de Heribert Barrera, hasta ese momento presidente de ERC, así como la percepción cada vez más acusada de que se estaban formando guetos ante la mirada pasiva de las autoridades autonómicas y municipales, hicieron que en apenas 7 años el panorama y la diferencial demográfica catalana se alterara considerablemente.

La Plaza de Sant Jaume se encuentra entre el barrio del Raval y el barrio de la Rivera, las dos zonas más islamizadas de la ciudad. El parlament de Catalunya se encuentra al otro extremo de la Rivera. Por tanto, resulta absolutamente increíble que los diputados catalanes y las autoridades autonómicas no hayan advertido un cambio del paisaje que se concentraba precisamente en las inmediaciones de donde deberían ejercer su trabajo. Para colmo, a partir del barrio del Raval empezó a extenderse a inmigración como una mancha de aceite que hoy ocupa buena parte de la ciudad situada bajo la Gran Vía hasta el mar con prolongaciones en Hospitalet, Badalona, Santa Coloma, San Adrián, Sabadell, Tarrasa y todo el Alt y el Baix Llobregat. La importancia de la hostelería en Girona ha hecho que también esa provincia y algunas zonas agrícolas de Lleida y Tarragona hayan visto la llegada de una inmigración masiva… ¡que hoy en Catalunya tiene la tasa más alta de paro de toda Europa! Sí, porque, dramáticamente, Catalunya tiene hoy la mayor densidad de inmigrantes de todo el Estado, la mayor densidad de inmigrantes de toda Europa y la etnia autóctona la menor tasa demográfica autóctona de todo el mundo…

Pero eso no es todo: el carácter mayoritariamente islámico de la inmigración residente en Catalunya la hace, tal como se ha demostrado en todo el mundo, absolutamente inasimilable. Nadie, nunca, en ningún país, por democrático y liberal que sea, por progresista y generoso que demuestre ser, nunca la minoría islámica ha consentido ser integrada en otro cuerpo social. Las minorías islámicas, entran como un elemento halógeno que tiende a eternizar su presencia. A medida que pasa el tiempo, amparados en su demografía explosiva que contrasta con la catalana, van aumentando su presencia en barrios de población envejecida que, por algún motivo, poco tiempo después de la llegada de los primeros islamistas, va abandonando el barrio que, cada vez es ocupado por mas y más islamistas hasta, finalmente, convertirse en un gueto.

Mientras la población inmigrante no supera el 5%, precisan “integrarse”, aprender el idioma catalán, pero cuando se supera esa cifra y se crean los guetos (Catalunya está ya por el 20% de población inmigrante), la inmigración ya no tiene necesidad de integrarse en nada: viven en un enclave identitario situado en el territorio de otra nacionalidad. Es cuestión de tiempo que no exijan una completa autonomía y una total soberanía sobre lo que ocurre en su gueto. Este proceso ya se ha producido en casi 2.000 municipios franceses con mayoría inmigrante y desencadenó la “intifada” de noviembre de 2005.

Hoy, en Sallent y en algunas zonas de Catalunya, la inmigración llega incluso al 45%... La Generalitat no advierte que no se trata de una inmigración que venga con intención de integrarse como vino la emigración interior en los años 50-70, con la que, incluso en materia lingüística, existían una continuidad. Lo que existe con la inmigración magrebí, pakistaní y subsahariana es una brecha lingüística, religiosa, cultural y antropológica que explican el por qué todos los intentos de integración que, con muchos más medios a su disposición que los que es capaz de habilitar el Estado Español, no han logrado su objetivo. Catalunya no va a ser diferente, al menos en esto.

Por que sí hay otra diferencia sustancial que, por su paralelismo, remite a hace 100 años. Si en aquella época, el catalanismo debió renunciar a sus ínfulas independentistas y atenuar sus ímpetus nacionalistas se debió, como hemos vista exhaustivamente, a la actitud de una clase obrera bajo control de los elementos más radicales y turbulentos. Solamente el Ejército Español era capaz –como muy bien entendió la burguesía catalana- de asegurarle la integridad de sus negocios y la de sus exponentes. Ahora, la clase obrera catalana está minimizada en buena medida por los períodos de crecimiento económico que facilitaron el que la clase obrera cumpliera con su objetivo de clase: integrarse en la clase media. La crisis económica y la llegada masiva de inmigrantes junto con la deslocalización empresarial, han laminado extraordinariamente a la clase obrera, disminuyéndola en número. Por otra parte, la precariedad laboral y la amenaza de despido, junto con la traición de los sindicatos (verdaderas élites burocráticas obreras, sin gran contacto con el clima de las empresas, y que defienden solamente sus intereses individuales), ha cortado las uñas a la clase obrera que hoy, ni demuestran un ímpetu reivindicativo, ni mucho menos tienen una decidida voluntad de cambio social.

El problema en Catalunya ya no es socio-laboral, sino étnico-social: la actitud levantisca y agresiva de la clase obrera de principios del siglo XX, ha sido sustituida por un grupo étnico completamente diferenciado, frecuentemente hostil, verdadera bomba de absorción de recursos y ayudas sociales, permanentemente exigiendo discriminaciones positivas en detrimento de los grupos autóctonos, presupuestos para una “integración” que jamás se consuma y que, como corresponde a la característica propia hasta ahora de los nacionalistas, siempre exija más… pero ese más, nunca sirva para nada, ni nunca termine de saciar sus apetencias de exigir más todavía.

Catalunya va a pagar el error de sus autoridades de permitir deslocalización, abandono de las industrias tradicionales, admisión de más de un millón de inmigrantes en gran medida procedentes de países islámicos y de negarse a reconocer el error, especialmente, cuando en toda Europa ese error es suficientemente visible y en términos incluso mucho más moderados que en Catalunya. A decir verdad, la burguesía catalana es culpable: para la buena gobernanza de sus asuntos inmobiliarios y hosteleros, ha precisado mano de obra barata llegada en forma de inmigración. Ahora le tocará pagar la factura. Y la pagará caro.

Hoy, el proyecto catalanista está más embarrancado que nunca por dos motivos. No solamente porque la clase media catalana y la alta burguesía han perdido la exuberancia y la lucidez que tuvo hace cien años (y que estaba presente en las figuras de Cambó, Robert, Güell, Maragall, Verdaguer y tantos otros), habiéndose convertido más bien en una casta funcionarial amiga de hacer buenos negocios a la sombra del poder y para los que Catalunya es solamente la excusa emotiva y sentimental más fácil para excitar y atraer el voto de las masas autóctonas (una vez más, el patriotismo es el último refugio de los bribones), sino porque a pesar de la política del avestruz practicada por la Generalitat, lo cierto es que absolutamente nadie con dos dedos de frente puede considerar que la “integración” de los inmigrantes se cerrera exitosamente. La inmigración se va a convertir en Catalunya –se ha convertido ya- en un factor desestabilizante de impacto similar al que tuvo la clase obrera catalana hace 100 años.

Si sustituimos el terrorismo obrero por el terrorismo islámico, si sustituimos los suburbios en los que se gestó la huelga general de 1902 y la semana trágica de 1909 por los guetos donde la inmigración es ya hoy mayoría, si sustituimos el hacinamiento y las malas condiciones de los trabajadores de otro tiempo con las tasas de paro insoportables que registra la inmigración en Catalunya, si en lugar de centros de librepensadores, ateneos libertarios, círculos masónicos extremistas que abordaron hace 100 años la quema masiva de iglesias, por el anticristianismo y el desprecio que practica el islamismo hacia cualquier otra religión, veremos que la burguesía catalana sigue afrontando un riesgo sobre su cabeza: no es ya la clase obrera… sino la inmigración masiva.

Si ayer fue la ofensiva de la clase obrera lo que detuvo la profundización en la senda abierta por el Conde de Güell y la “renaixença”, ahora la inmigración es el elemento desestabilizante de la sociedad catalana y lo que frustrará definitivamente el proyecto nacionalista-socialista de una Catalunya que haya reducido al mínimo su vinculación con el Estado. Porque, a la vista de la demografía catalana, a la vista del crecimiento de la diferencial demográfica de la inmigración en Catalunya, a la vuelta de 15-20 años, dos quintas partes de los habitantes de Catalunya serán de origen magrebí, pakistaní o subsahariano.

Contrariamente a las esperanzas de algunos, la crisis económica, la recesión y la depresión, no harán que la inmigración retorne a sus países de origen (en donde la situación es todavía peor a causa de la ausencia completa de seguridad y coberturas sociales) sino que exijan más y más recursos para “integrarse”, hasta generar una situación explosivo en materia de orden público y seguridad ciudadana. Esto sin olvidar, que parte de la emigración interior que llegó en los años 50-70 retornará a su lugar de origen e incluso muchos de sus hijos a la vista de la presión de la inmigración.

Catalunya tiene hoy un gran problema que no es ni la financiación autonómica, ni su tasa de paro, ni siquiera la deslocalización empresarial, ni el que haya apostado en los últimos 15 años por unos sectores que hoy han dejado de funcionar o se están agotando (construcción y hostelería). El problema que Catalunya tiene por delante es la inmigración.
 
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Queda el ejército que hace 100 años “salvó” a la burguesía catalana de los envites del proletariado radicalizado. Siempre existe la posibilidad de que, una vez más, en el momento del desencadenamiento de una crisis similar a la que se produjo durante la intifada en Francia, intervenga y restablezca el orden en los guetos de la inmigración catalanes, antes de que recorran los cinco kilómetros que separan el Raval de Pedralbes…

Pero en esto radica la única diferencia con la situación de hace 100 años: ya no hay ejército en Catalunya, a pesar de ser región de frontera, a pesar de tener casi 300 km de costa, ya no hay absolutamente ninguna unidad operativa –repito, absolutamente ninguna- en el territorio catalán. En Barcelona, las únicas “unidades” militares son burocráticas, sin ninguna capacidad defensiva, ni mucho menos ofensiva. En cuanto a la Guardia Civil, el despliegue de los Mossos d’Esquadra la ha reducido a la mínima expresión… ¿Entonces?

Entonces es cuestión de tiempo que, o bien la burguesía catalana dé marcha atrás y acepte que debe “pagar” por su seguridad y de que en el territorio catalán hoy no existen ni fuerzas ni voluntades suficientes como para asegurar la respuesta ante un proceso insurreccional de una inmigración que puede estallar en función de su precaria situación económica, del primitivismo propio de sus países de origen y del elemento religioso islamista siempre dado a deslizarse por la senda del radicalismo.

A fuerza repetir los tópicos de “convivencia”, “integración”, “multiculturalismo” y de aspirar solamente a que los recién llegados hablaran en catalán (como si el contenido del Corán variara en su espíritu de expresarse en árabe a hacerlo en la lengua de Pompeu…), la sociedad catalana, salvo minorías hasta ahora muy exiguas, no está en condiciones, por sí misma, de afrontar una respuesta: allí donde la tensión es mayor, la voluntad de resistencia es menor. El pueblo catalán no es amante de los conflictos –eso lo sabe perfectamente la prensa catalana que ha evitado en todo momento aludir a Catalunya como problema e incluso de reconocer la existencia de algún problema en Catalunya- y, por tanto, no está mentalmente acondicionado para articular su propia defensa. Ocurrió en 1902-1909 y volverá a ocurrir ahora. Pero ya no hay ejército español en territorio catalán (algún ayuntamiento en la inopia se ha declarado pomposamente “zona desmilitarizada”… pero ha evitado declararse “zona desislamizada” y es aquí donde existe el riesgo), ni siquiera la burguesía catalana está dando los pasos para pactar con el Estado Español las condiciones para su seguridad.

Una “bullanga” protagonizada por inmigrantes puede destruir en apenas una hora los edificios administrativos de la Plaça de Sant Jume, el Ayuntamiento y la Generalitat y puede marchar sobre el Eixample, Sant Gervasi y Pedralbes en otra hora más…  Otra más y una eventual revuelta alcanzaría Sant Cugat y las zonas de refugio de la burguesía. Hora y media más y Monserrat podría ser convertido en Mezquita y la República Islámica con capital en Sallent y una jaima instalada en el Pati del Tarongers como centro del nuevo califato donde se firmaría la implantación de la sharia… Exageramos, naturalmente, pero no tanto. El riesgo existe y no hay defensa posible. Incluso la intervención de unidades de élite aerotransportadas tardarían un par de días en llegar y un motín en los guetos islamistas tendría capacidad suficiente para parar a los Mossos, si es que la Consellería de Interior apostara por movilizarlos.

Una perspectiva de este tipo podría no desencadenarse inicialmente en Catalunya sino en cualquier zona del arco mediterráneo que va desde Génova hasta el Delta del Ebro. Es posible, incluso, que una repetición de la intifada del 2005 en Francia terminará generando un efecto contagio en la zona mediterránea en la que están anidados contingentes de inmigración magrebí extraordinariamente elevados.

Hay que dudar de la combatividad y eficacia de los Mossos d’Esquadra a la hora de contener motines. Hasta ahora esas cualidades han resultado inéditas. Por lo demás, no puede olvidarse que los Mossos son un cuerpo surgido –a diferencia de la Guardia Civil-, no en función de un ideal de defensa de la sociedad, sino con el incentivo de unos cientos de euros más de salario fijo y estabilidad en el empleo en tiempos de precariedad laboral y salarios bajos. A lo que se añade que en el momento de escribir estas líneas, la Consellería de Interior está en manos seguramente del personaje más inadecuado para el ejercicio de ese cargo: en manos de un Joan Saura, máximo pope del multiculturalismo, la tolerancia, apóstol de la integración y progre entre los progres y gran timonel del mestizaje etno-cultural… es decir, el tipo de personaje mas ciego que pueda existir.

Ya se sabe que la historia se repite, en ocasiones como sainete y en otras como tragedia.

Sea como fuere el resultado de este conflicto cuyo riesgo hemos intentado exponer con brevedad va hacer que la situación en Catalunya cambie extraordinariamente en los próximos diez años. A la vista de la indefensión de Catalunya ante un conflicto de este tipo, la burguesía catalana debería realizar un gesto de realismo:  reconocer que está ante el mayor de los riesgos. Hablar catalán no basta para integrar a 1.250.000 inmigrantes llegados especialmente de países islámicos. Si alguien lo creyó, no es quizás este el mejor momento para las recriminaciones, pero si la hora de las rectificaciones.

La burguesía catalana ha perdido la memoria de su historia reciente y es incapaz de extraer conclusiones y anticiparse a los conflictos como hicieron sus abuelos, quienes construyeron verdaderamente Catalunya. Ensimismados en sus ensoñaciones nacionalistas no advierten el riesgo que su exigencia de máximos beneficios, salarios bajos y “monocultivos industriales” (construcción, hostelería y turismo, los mismos que en Andalucía...) han generado. Y eso, Catalunya lo pagará.

El pueblo de Otger Khatalon y de los nueva barones de la fama, la saga del buen Rey Jaime, de los almogávares y de los defensores de los baluartes de la Ciudad Condal en 1714, los que respondieron a la Convención francesa invadiendo el Rosellón y la Cerdaña, los que respondieron masiva y popularmente en la “guerra del francés”, en el Bruc y en Girona, los que marcharon a Maracaibo y La Habana, los que modelaron el Eixample y sembraron  la cuenca del Llobregat de Colonias Textiles, son hoy un recuerdo, apalancado en inversiones bursátiles, en finanzas volátiles, o controlando desde sus mansiones a sus inmobiliarias y a sus cadenas hoteleras…

Hasta ahora en Catalunya se decía que los abuelos forjaban las fortunas, los padres las acrecentaban y los hijos las dilapidaban. En cierto sentido así ha sido: hoy son pocos los nombres en otro tiempo ilustres del empresariado catalán los que tienen vástagos en activo. La mayoría o vive de rentas o se dedica simplemente a la tarea especulativa. Pero es la primera vez en el que la ceguera de la burguesía catalana y de su clase política está a punto de liquidar definitivamente a la tierra catalana.

© Ernest Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.

Catalunya hace 100 años

Catalunya hace 100 años

Infokrisis.- Repasando algunas notas que tomamos para la elaboración de nuestro libro Gaudí y la Masonería, hemos encontrado algunos paralelismos entre la situación de Catalunya a principios del siglo XX y la que se da en estos momentos. Se trata, por supuesto, de generalidades pero que a principios del siglo XX frustraron el proyecto nacionalista moderado y lo volverán a frustrar en el siglo XXI… e incluso es posible que la cosa termine todavía peor, a la vista de que hace 100 años existían cabezas preclaras en el nacionalismo y en el regionalismo catalán y en la actualidad brillan por su ausencia.

Incluso determinados historiadores catalanes (Antoni Jutglar, Vicens Vives) y extranjeros (Pierre Vilar) sostienen una tesis contraria a la línea habitual de interpretación de la Guerra de Sucesión; para ellos, el Decreto de Nueva Planta y la abolición de los fueros de Catalunya y la derrota del bando austriacista, lejos de ser una tragedia, suponer una tragedia “representó paradójicamente, una etapa positiva para Catalunya” (Antoni Jutglar, “Els Burguesos catalans”. Barcelona 1966). Si no fuera por el origen catalán de Jutglar y por su prestigio como historiador, es posible que la frase fuera tomada como simplemente provocadora, pero la explica un poco más adelante: “insospechadamente de la nueva orientación borbónica, que no solamente obligaba a los catalanes a mirar hacia el futuro y les liberaba de las trabas paralizadoras de un mecanismo legislativo inactual, sino que ofrecía a Catalunya las mismas posibilidades que a Castilla en la monarquía común. Pacificado el país definitivamente, por la requisa general e armas (fue esta la medida más sentida de la época) pudo dedicar íntegramente sus energías al trabajo. De este período arranca el tópico ritual para referirse a los catalanes”… ese tópico es, sin duda “Los catalanes, de las piedras sacan panes”.

Jutglar, por lo demás, no fue un “historiador franquista”, sino más bien alineado con la oposición democrática, amigo íntimo de algunos personajes de la gauche divine de la época, ex militante del Frente de Liberación Popular y fundador del Sindicato Democrático de Estudiantes de Barcelona. Se le ha definido como marxista antidogmático, pero también como nietzscheano. Herético se preocupó de señalar que la burguesía catalana siguió el concejo dado por Cambó desde Buenos Aires en plena guerra civil: “Cuideu en Franco” (cuidad a Franco)… Esa burguesía, a partir del 20-N del 75 pareció como si jamás se hubiera entendido con Franco y hubiera militado en la oposición democrática, cuando en realidad fue todo lo contrario. Hasta mediados de los años 50, la burguesía catalana entregó a sus hijos al Frente de Juventudes para que hiciera de ellos funcionarios del régimen. Luego, las cosas cambiaron, pero lo que no cambió fue la opinión de gente como Jutglar, observador impenitente de los rasgos de esa burguesía que construyó Catalunya. Por todo ello la opinión de Jutglar (y también la de Vicens Vives que opinaba exactamente lo mismo) no es sospechosa de “españolismo”, ni mucho menos de “franquismo”.

A decir verdad, cuesta poco demostrar esta tesis: fue a partir del Decreto de Nueva Planta cuando Catalunya, es cierto, ve disueltos sus órganos de autogobierno. Pero también es cierto que en ese momento se abre el comercio catalán hacia América y como resultado se producen las primeras acumulaciones de capital que generan el nacimiento de la industria catalana, algo completamente inexistente antes de 1714. La relación catalana con el textil se inicia en 1741 con las primeras hilaturas de algodón, entre 1745 y 1760 se botan naves de cabotaje y se inicia un moderno comercio marítimo. Barcelona en 1760 tiene ya un puerto que puede rivalizar con otros europeos. El calzado se implanta en Barcelona ciudad y en Sitges y es famoso que hacia finales del siglo de esas factorías se exportaban 700.000 pares de calzados cada año, cuando 80.000 catalanes (¡muchos más que ahora!) participaban ya en la industria textil.

Esto es hasta tal punto así que Marcelo Capdeferro en su “Otra historia de Catalunya” (ediciones Acervo, 1985) afirma sin dudar: “Puede decirse que cuando Catalunya dejó de hacer política y fue privada de sus anacrónicas instituciones, se operó un renacimiento económico”. A partir de ahí nació una generación de industriales, educados en buena medida en Inglaterra, que operaron el milagro económico catalán del siglo XIX. Ese milagro tuvo reveses: la “guerra del francés” (en la que Catalunya rechazó la tentación napoleónica de integrarse en Francia a cambio de oficializar el uso del catalán y de reconocer las instituciones tradicionales), la pérdida de las colonias y el desbarajuste político del “estúpido siglo XIX”. Pero en 1827 volvió a aparecer un reverdecimiento industrial y en 1832 supuso una revolución la introducción del primer telar mecánico en la Ciudad Condal.
 
En ese tiempo aparece una contradicción entre la burguesía catalana y la del resto del Estado. Mientras la catalana es “proteccionista”, la otra es profundamente liberal. El capitalismo catalán en la época es proteccionista, paternalista y, como el vasco, profundamente católico. En ese período, en el resto de España –salvo en Euskalherria- embarranca la industrialización y, acaso, por eso, la burguesía tiene otro aroma completamente diferente generando una clase funcionarial, militar y política, mientras que en Catalunya el modelo para la educación de los hijos de los burgueses es convertirse en “industrial”.

Los inicios del maquinismo hicieron que el mercado laboral sufriera un ajuste brutal a finales del primer tercio del siglo. Un telar mecánico dejaba sin empleo a 19 trabajadores. Como ya había ocurrido en Inglaterra, se produjo una reacción violenta contra el maquinismo: la fábrica “El Vapor” de Sans, fue incendiada por los trabajadores que percibían en la máquina un elemento “antisocial”. Esto generó una polarización de la sociedad catalana: burguesía conservadora y proletariado progresista. Entre 1835 hasta 1845, se sucede un largo período de agitación social en el que el fenómeno característico son las “bullangas”, revueltas populares instigadas por elementos difícilmente identificables pero que parecían vinculados a grupos masónicos, o carbonarios y comuneros reorganizados dentro de ligas socialistas utópicas.
 
La ausencia casi total de carbón y hierro, hizo que Catalunya no pudiera tener una industria variada. De haber existido minas de estos minerales, sin duda, Catalunya hubiera alcanzado un desarrollo industrial como los grandes centros europeos, en lugar de especializarse en el textil. También floreció la industria química, se dieron los primeros pasos para la construcción de una red ferroviaria pionera en España y, sobre todo, emergió la importantísima figura del “viajante de comercio”, especie de embajador de la industria catalana en el resto de España y responsable de la conquista de la conquista de esos mercados peninsulares.

Al término del período de las “bullangas” sociales ya se han gestado las primeras grandes acumulaciones de capital y formado los primeros bancos específicamente catalanes y las empresas de promoción industrial. En 1879 se funda el Fomento del Trabajo Nacional y poco después, antes de la Exposición Internacional de Barcelona, la Cámara Oficial de Comercio, Industria y Navegación. La industria catalana iba viento en popa... y el movimiento obrero también.

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La llegada de los borbones y la nueva legislación había hecho que los gremios tradicionales gestados en la Edad Media y que detentaban la exclusiva para el ejercicio de sus profesiones vieran inicialmente como se obstaculizaba su trabajo y, finalmente, resultaran abolidos por las Cortes de Cádiz y, tras un breve período de reverdecimiento, el “trienio liberal” (1820-1823) los terminó suprimiendo por completo, tal como habían hecho la Revolución Francesa en 1791 mediante la Ley Chapellier o Inglaterra en la misma época. Incluso en la Confederación Germánica se suprimieron las Guildas aunque bastante más tarde y el mismo Pio VII hizo otro tanto en los Estados Pontificios. A partir de entonces no existió una organización de defensa, cooperación y  solidaridad que encarnara a los menestrales y a los trabajadores.

A mediados del siglo aparecen los primeros precedentes de los actuales sindicatos en Barcelona antes que en cualquier otro lugar de España. Se trata de la Asociación Mutua de Obreros de la Industria Algodonera fundada en 1840 por Josep Muns. Cuando esto ocurría ya estaba claro que la cooperación que habían tenido burgueses y proletarios en el desencadenamiento de las revoluciones liberales se había roto: los burgueses buscaban la “libertad” (especialmente en materia económica y para acceder a los mecanismos de poder en tanto que clase hegemónica) y los trabajadores buscaban la “igualdad”. Ya en la revolución francesa aparecen algunas tendencias “comunistizantes” (la de Graco Babeuf, especialmente), pero es más tarde cuando aparece toda una corte de teóricos disidentes del modelo democrático-burgués: son los socialistas utópicos, Saint-Simon, Owen, Fourier, Pierre Leroux, Blanquí, Compté (véase a este respecto el maravilloso libro de Saranne Alexandrian El socialismo romántico, Laia, Barcelona 1982). En 1841 aparece de la mano de Owen el término “socialismo” y siete años después el Manifiesto Comunista y la Primera Internacional.

El socialismo utópico en España había penetrado a través de Catalunya por dos vetas: determinadas corrientes de la masonería y por la secta fundada por Etienne Cabet, autor de Viaje a Icaria, que influyó decisivamente en el núcleo de Narciso Monturiol, Abdón Terradas, Anselmo Clavé (que por lo demás, eran también masones). La Avenida Icaria de Barcelona queda como recuerdo y tributo a este grupo que influyó extraordinariamente en el segundo tercio del siglo XIX catalán. Sin embargo, este grupo no identificaba muy bien la esfera de lo social de la esfera política. Creados inicialmente para responder a las reivindicaciones sociales de los trabajadores, estos grupos se enzarzaron pronto en discusiones políticas que alarmaron a las autoridades. Estas respondieron con la represión y, pronto, la clase obrera catalana se declaro, primero republicana y luego anarquista.

En 1854 se crea la “Unión de Clases” en Barcelona, como primer intento de unir distintas sociedades obreras, pero las convulsiones políticas posteriores hicieron que todos estos intentos se situaran al margen de la legalidad de la época. En ese período y hasta el final del segundo tercio del siglo XIX, lo esencial de la organización obrera en Catalunya se plasmó en sociedades cooperativas que florecieron en todos los centros industriales. En 1868 un obrero catalán, Antoni Marsal, participó al lado de Bakunin en el III Congreso de la Internacional Obrera. El líder anarquista ruso, percibiendo que en España había un buen campo para la difusión de sus doctrinas envió a los franceses Eliseo Reclus (masón), Aristides Rey y al italiano Giuseppe Fanelli (antiguo carbonario). De sus gestiones en España surgió la Federación Obrera Regional de España. En mayo de 1869 se constituyó oficialmente en Barcelona la sección de la AIT. Desde el principio, los delegados que esta organización envía a los distintos congresos de la internacional forman parte de la tendencia bakuninista. Cuando los miembros de la tendencia marxista organizada en España por Paul Lafargue pretenden implantarse en España, son expulsados de la organización fundando en Madrid (dato importante) la Nueva Federación Madrileña que, desde el principio contó con el apoyo de Marx.

Esta génesis hace que el movimiento obrero catalán, mucho más numeroso, estuviera desde su origen controlado por bakunistas, cooperativistas y, finalmente por anarco-sindicalistas, mientras que el madrileño, más débil, estuvo más cerca del marxismo y del socialismo científico. Este rasgo duró hasta el final de la guerra civil.

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Si esta es la evolución de la clase obrera catalana, la evolución de la burguesía es, así mismo diferente a la del resto del Estado. La historiografía catalana establece un período arbitrario y muy discutible que se inicia con la publicación de Oda a la Patria del carbonario Bonaventura Carles Aribau y termina con los Juegos Florales de 1877 en los que L’Atlántida de Verdaguer obtiene la “flor natural” para definir lo que se conoce como la “ranaixença catalana” (renacimiento catalán). Esta Renaixença se realiza en torno a la lengua, habida cuenta de que en Catalunya no existe ni un Rh específicamente catalán, ni un cráneo catalán, ni siquiera unos límites geopolíticos para el “espacio catalán”. Es la lengua lo que define, para la Renaixança, lo catalán.
 
A principios del siglo XIX, la Universitat de Cervera, a donde Carlos II trasladó los Estudios Centrales de Barcelona como castigo a la ciudad, contaban con una buena corte de intelectuales catalanes que se expresaban habitualmente en castellano y que, en rigor, pueden ser considerados como precursores de la Renaixença: Campany, Bofarrul, Cabanyes, Torres Amat y el mismo Jaume Balmes. La propia Universitat de Cervera se convirtió en centro de estudio de la historia y el derecho catalán.

Seguramente, todo esto hubiera tenido una importancia limitada de no haber sido por la irrupción de un verdadero signo de los tiempos que marcó buena parte de la primera del siglo XIX: el romanticismo. Impulso confuso, desordenado, a menudo caótico, siempre irracional, absolutamente emotivo y sentimental, el romanticismo suponía una mirada hacia atrás, un idealismo exaltado, una melancolía triste y una tendencia indudable por lo pasional y lo fantástico. Inicialmente, esas teorías son asumidas, entre otros, por Aribau, quien funda, con sus amigos carbonarios italianos exiliados, la revista luego aparecerán El Europeo,El Vapor en la que se publicará la Oda a la Patria. Inicialmente, esas ideas románticas se expresan en castellano, pero en 1843 aparece la primera revista en catalán: “Lo verdader catalá” y en 1859, Milá i Fontanals restaura los Juegos Florales… tal como había hecho mistral en la Occitania francesa. Es en ese momento en el que se inicia verdaderamente la “renaixença”. La primera organización político-cultural que asume sus tesis es “Jove Catalunya” que, no en vano, lleva el mismo nombre que las asociaciones carbonarias fundadas veinte años antes por Giusepe Mazzini: Joven Italia, Joven Polonia, Joven Alemania, Joven Inglaterra (a la que perteneció D’Israeli), Joven España (a finales de los años 20 del siglo XVIII) y, federándolas, Joven Europa. Ya en Jove Catalunya encontramos a los personajes que luego, en su madurez, se dedicarán “hacer país”, en especial a Eusebio Güell, hijo de indianos, multimillonario y Vizconde de Güell.

Eusebio Güell dedicará toda su vida y una parte de su fortuna a impulsar el renacimiento cultural catalán. Financiará los Juegos Florales, subvencionará incluso la creación de una “ópera catalana” para cerrar el paso a la influencia wagneriana que había calado según él demasiado profundamente en la burguesía catalana y en su “templo” del Liceo. Impulsará una “arquitectura nacional de Catalunya” con Domenech i Montaner (que en realidad no dejó de ser una copia servil de Viollet le Duc), Gaudí (con sus desmadrados y/o personalísimos conceptos estéticos) y su maestro Elías Rogent. Subvencionará los trabajos de Maragall y Verdaguer para crear a partir de leyendas olvidadas una verdadera mitología catalana.

En nuestra obra “Gaudí y la masonería” seguimos con mucho detalle todo este proceso de “construcción nacional de Catalunya” abordado por el Conde de Güell y a ella remitimos. Baste decir que la impronta “romántica” estuvo presente con todo lo que ello implicaba. En el acto de apertura de los Juegos Florales de 1901, el Conde de Güell –que a fin de cuentas era quien pagaba el sarao- tomó la palabra en el discurso inaugural sosteniendo que el catalán no desciende del latín, sino del retho-romanche (dialecto hablado en los Alpes Rhéticos que tiene una musicalidad que recuerda a la entonación catalana, si bien aquí empieza y terminan todas las similitudes), sostenía Güell en aquella ocasión –tenemos el texto original de la conferencia- que el catalán era anterior al latín y negaba su condición de lengua romance. La enormidad lingüística, ni se sostenía entonces, ni mucho menos ahora, cuando los estudios filológicos ya han demostrado hasta la saciedad que el catalán es una lengua hispano-romance (y no franco-romance como todavía hoy sostienen algunos catalanistas radicales a fin de evitar al máximo el enganche con “lo español”). La enormidad de Güell no fue obstáculo como para que la crema de la intelectualidad catalana de la época aplaudiera a rabiar… pues no en vano estaba, en gran medida, subvencionada por Güell (y ya se sabe el dicho catalán de “qui paga, mana”, el que paga, manda).

Teorías como esta, o como los poemas de Verdaguer y buena parte de la obra de Maragall, entran dentro de los parámetros románticos. Güell, finalmente, aprovechó el hecho de que el clero catalán (de origen integrista, tradicionalista y carlista) apoyaba la renaixença para situar a la iglesia catalana de su parte. De hecho, la construcción misma de la Sagrada Familia obedeció a este principio político-cultural: Güell intentaba remodelar Barcelona, creando un nuevo centro de la ciudad en ruptura con el centro histórico. La Sagrada Familia debía ser el centro del centro de la nueva ciudad y para ello, a partir de 1890, multiplicó sus colectas y donaciones consiguiendo transformar el proyecto de templo expiatorio que, inicialmente, había salido de los sectores católicos integristas y tradicionalistas, hacia los sectores católicos comprometidos con la ranaixença.

A pesar de los orígenes carbonarios del conde de Güell, sus puntos de vista cambiaron extraordinariamente cuando dejó atrás su juventud y se convirtió en la desmesurada herencia de su padre (Antoni Güell i Ferrer) que aumento exponencialmente. Tras la experiencia de Jove Catalunya, Güell –y, por tanto, el movimiento que encabezaba- derivó hacia el conservadurismo regionalista. Eso hizo que se sumaran a él los “provincialistas” que habían aparecido en el tradicionalismo español en la década de 1820-1830. Entre los “provincialistas” y la Iglesia existía un estrecho nexo de unión. Al advertir durante el período de las “bullangas” que los “progresistas” la emprendían contra los templos y conventos, la Iglesia empezó a utilizar en sus sermones y en sus documentos el catalán. La violencia de las “bullangas” hizo que la inmensa mayoría del clero catalán asumiera el tradicionalismo y el integrismo. Así pues, a medida que fue avanzando el siglo, la renaixença tendió a identificarse con el conservadurismo, mientras que los liberales catalanes (ahora es Jutglar quien lo afirma) “trabajaban en un sentido contrario, emperrándose en la realización de un unitarismo centralista y jacobino que representaba para Catalunya, ente otras cosas, la división en tres o cuatro provincias”.

La aparición en la segunda mitad del siglo XIX de dos fenómenos políticos, el federalismo y el particularismo terminó por definir el cuadro sobre el que podría afirmarse la doctrina de la burguesía catalana: el regionalismo. Los “cabetianos” de Monturiol y Abdón Terradas habían evolucionado hacia el federalismo socialista. Sin embargo el gran impulso al federalismo vino de Pi i Maragall, Figueras, Salmerón, Valenti Almirall, etc, y personalidades culturales como Anselm Clavé y Serafí Pitarra. Los federalistas catalanes mantuvieron durante un tiempo la esperanza en que el general Prim, reusense y partidario del proteccionismo, asumiría sus tesis, pero la constitución de 1869 decepciono sus esperanzas y, a partir de entonces, las filas federalistas catalanas se orientaron hacia el regionalismo. Almirall fue de los que buscaron nuevos horizontes en lo que él mismo llamó “paricularismo” sentando directamente las bases para el alumbramiento del catalanismo político. Almirall era federalista… asimétrico, sostenía que el “particularismo” solamente se dirigía a regiones con características propias muy acusadas. Sostenía además que su particularismo era más amplio que el federalismo porque en aquel cabía el independentismo. Almirall durante su juventud fue amigo del Vizconde de Güell, pero su evolución no fue paralela a la de este, acaso porque Güell tenía muchos más negocios que defender y los sabía vinculados… a España. De ahí que mientras que de Güell partió un regionalismo de derechas (que luego encarnó Cambó y hasta no hace mucho, Pujol), siempre existió otra concepción más próxima a la izquierda y más radical en sus planteamientos (que encarnó primero Almirall, luego Maciá y, casi como caricatura, actualmente Carod).

Sin embargo, frente a estos dos bloques de la burguesía catalana, en frente formaba una clase obrera encuadrada progresivamente por el anarcosindicalismo. Ambas fracciones, casi como en una traslación de manual de la lucha de clases, terminaron chocando y el desenlace de este choque tiene mucha importancia para los paralelismos que podemos establecer con nuestro tiempo.

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Ultramemorias (VIII de X) Visicitudes políticas en la transición (17ª parte). El misterio de los atracos del Frente de la Juventud

Había algo en el ambiente de aquella época –a principios de 1980- que inducía al vértigo. No era desde luego el mejor momento para tener al primer hijo de la serie y yo lo había tenido unos meses antes, ahora recién treintón. No hay nada  como tener hijos lo antes posible que luego, una vez adultos, te dan entera libertad para llevar una vida casi de pareja joven con la experiencia de la edad. Nada peor que esperar lo más posible para tenerlos, más allá de los 40 porque a poco que te descuidas, ellos van por la veintena y tú por la jubilación y entonces sí que cualquier diálogo es imposible. Y, luego, la biología es la biología y tanto el cuerpo de la mujer como los espermatozoides están para mejor parir cuanto menos usados.

Reflexiones sobre la paternidad no era lo que mi esposa y yo nos planteábamos en 1979, sino cómo salir adelante en un país que se caía. Se ha hablado mucho de las convulsa España de la transición aludiendo a la crisis política, pero mucho menos a la crisis económico-social tan solo comparable con la que estrenamos en otoño de 2007, oficialmente demorda hasta el verano del 2008. Aquella crisis era monstruosa sólo que apenas la percibíamos a la vista de cómo andaba la tensión política del momento. Cada año veía mi sueldo elevado un 10 y un 15%, sí, pero la inflación monstruosa de la época y las constantes alzas en los precios hacían que no me lucieran unas pocas pesetejas de más. Y para colmo, mi mujer se había quedado en paro. Mi padre murió en aquellos meses, con la satisfacción, eso sí, de haber conocido durante unos años a su nieto. Todos debemos pasar por ese amargo trance, pero es imposible olvidar esa imagen de un padre al que se ha admirado y querido y que nada fue capaz de sustituir ni en buenos consejos, ni en estilo, ni en inteligencia. En realidad, hubo algo de providencial en la muerte de mi padre que al menos se evitó el dolor de verme camino del exilio y en primera página de los diarios como “ultra más buscado” durante un período.
 
El período  que se abre, en lo personal, tuvo un alto coste que, a largo plazo, fue beneficioso para la forja de mi carácter. Ya se sabe aquello de que lo que no me derrumba me fortalece, formulación nietzschana del castizo, lo que no mata engorda.
 
Afortunadamente, la vida no es algo lineal sino con oscilaciones y, en ese período me pude aplicar la vieja máxima oriental que sostiene que “allí donde las montañas son altas, los valles son profundos”, lo que traducido querría decir algo así como que, cuando conoces a gente de alta talla ética, política y moral, siempre cerca, está algún hijoputa para recordarte cuál es el otro extremo de lo humano. Fue uno de esos tiempos de “pruebas” en las que no hay forma posible de engañarse: o uno se derrumba y muestra que no es más que un molusco (duro por fuera pero blandurrio por dentro) o que está hecho de la misma naturaleza del pedernal (con dureza y fuego interior, esto es, energía).

En todo ese ciclo que se inicia cuando tuve que huir saltando por una ventana y terminó seis años después cuando dejé atrás la Sexta Galería de la Cárcel Modelo de Barcelona, las pruebas fueron muchas, incluso muchas más de las que requería para darme cuenta de, hombre, algo de dureza si había adquirido, la justa y necesaria para comprobar que ocurriera lo que ocurriera en la vida, había que tomársela como una extraña aventura que cada día es susceptible de ofrecernos algún aliciente nuevo. Incluso el tipo de que decide tirarse de un quinto piso le queda el consuelo de haber volado sin alas durante un par de segundos.

Esos años me dieron la oportunidad de viajar a todo el mundo, de relacionarme con gente muy diversa, de hacer y aprender artes que no suelen estar al alcance de las vidas plácidas y sin tensión. Empecé el ciclo con un hijo y acabé con tres. Empecé con ilusión y terminé todavía más ilusionado por la vida. Conocí a miserables que valían menos que la bala que merecían y a gente extraordinaria que valía bastante más que todo el oro del mundo. Y a mujeres hermosas que me recompensaron con su amor, causando sobresaltos a mi sufrida esposa que hoy todavía sigue siéndolo treinta y cuatro años después. Aprendí oficios y aquilaté conocimientos, no hay clase social con la que no me haya relacionado. Dejé amigos en cuatro continentes y, por algún motivo, siempre logré conectar con los países en los que me encontraba. La morriña fue y sigue siendo algo desconocido para mí. ¿Cómo podría renunciar a unos años de dureza increíble que me enseñaron tantas cosas? Supe desde entonces que la vida hay que tomarla como viene, sin más, y que todo es relativo. Antes de que me hubiera encarrilado por el Zen y mucho antes de que hubiera memorizado el Sutra de la Gran Sabiduría, era perfectamente consciente de que todo es ilusorio, que el vacío es la forma y la forma el vacío, o como me había dicho tantas veces mi padre, citando el Eclesiastés, todo es vanidad de vanidades. Y si todo es así ¿para qué preocuparse excesivamentecon lo que viene y como viene dado?

Literaturas aparte, el año 1979 se inició para mí con una brutal piedra en el riñon, sin duda fruto de la situación de tensión que la precedió inmediatamente. Uno puede hacer que su cerebro absorba cualquier situación de tensión, pero la biología es la biología y tiende a reaccionar por su cuenta. El segundo cálculo renal afloraría en la celda 41 del Cuatro Módulo de La Santé. Y desde entonces mi cantera particular sigue excretando oxalato cálcico laminado en forma de bonitos cristales parduscos.

Todo el año 1979 y hasta junio de 1980 fue pródigo en episodios de activismo político. Tras el atentado a la Cafetería California 47 que nos marcó a todos, estaba claro que los medios eran en buena medida responsables de la oleada de odio que nos rodeaba y que que no hacían sino  excitarlo deliberadamente, entre otras cosas para ocultar aquel formidable caos que fue España en la segunda mitad de los 70. La falta de estructuras políticas en Fuerza Nueva generada un activismo incontrolable y mucho más violento que el del Frente de la Juventud y que, para colmo, unos descerabrados manipulados por vete a saber quién, iban a por nosotros. Así que había que responder y eso fue lo que hicimos, una respuesta que, en lo que se refiere al Frente de la Juventud fue bastante mesurada. Dejando aparte los primeros momentos del Frente en los que, efectivamente, la sigla se vio envuelta en episodios de violencia habituales, lo cierto es que tras el congreso todo pareció encarrilarse por la senda de la normalidad. Se multiplicaron los carteles, las revistas y las mesas de propaganda. La pregunta del millón era ¿de dónde salía el dinero para pagar local de Madrid, el esfuerzo propagandístico y las fianzas de muchos camaradas detenidos? La respuesta la sabíamos todos en aquellas época: ¿de dónde iba a proceder? De atracos, claro.

No es que nadie me dijera exactamente que el Frente estaba atracando para financiar su aparato. Es que era evidente. Llamaba, por ejemplo, a Juan Ignacio y le decía: “Oye, tengo que ir a retirar los carteles, ¿cómo andamos de dinero?” y él me respondía, “no te preocupes mañana lo tenemos”. Y al día siguiente (o al otro en algún caso), el dinero llegaba y era evidente que no por vía de apremio en el cobro de cuotas. Y así varias veces. Desde hacía tiempo sabía que siempre es importante preguntar poco y no meterse en terrenos que no son los que afectan a propio trabajo. Y mi terreno era la propaganda y la elaboración de carteles y documentos. Así que pierde el tiempo el odiador de turno que quiera ligar mi nombre a atracos.

Luego supe que los atracos los realizaba en el Frente un pequeño grupo de gente joven, unos echaos p’adelante. Había algunas filtraciones. Algún amigo madrileño me indicó que era relativamente conocido que el Frente se financiaba por este método y en Valencia, donde el grupo local de la organización dio uno de estos palos, me llegó la información por la doble vía de un camarada que conocía el episodio por sus protagonistas y por una amiga de las víctimas. El problema no era que lo supiera yo, sino que empezaba a pensar que era completamente imposible que esta actividad no hubiera llegado a oídos de la policía. Era imposible que la policía desconociera que el Frente había comprado un lote de revólveres Arminius de 38 mm y, entre otras cosas, era imposible porque la operación la realizó un aeromozo de Iberia… que informaba puntualmente a la policía hasta el punto de que cuando se produjo la redada a principios de 1981, la policía disponía de la numeración de todas las armas compradas e iba preguntando: “Vamos a ver, chaval, el 38 con la numeración BO-3123584 ¿quién cojones lo tiene?”. Esto sin olvidar que el Frente, como cualquier otra organización de aquella época, tenía en Madrid y luego en Barcelona, infiltrados de todos los servicios de seguridad del Estado. Era absolutamente imposible que estos atracos pasaran desapercibidos para la policía, el CESID y la Guardia Civil. Y la cosa era todavía más increíble si tenemos en cuenta que el ministro del interior Rosón había especificado en una reunión de mandos provinciales de la policía que “después de ETA y del GRAPO, el Frente de la Juventud es la organización más peligrosa”, algo que sabíamos porque el padre de uno de nuestros militantes era jefe superior de policía de una provincia castellana. El registro de los bolsillos del hijo a su padre, nos facilitó datos importantes sobre lo que se cocía en Interior. Y si nos situaba en tercera posición en el ranking de peligrosidad era porque conocía perfectamente las armas, las municiones y las actividades del Frente. Había pues algo muy extraño en todo esto.

Mi primer pensamiento era que la policía nos estaba dejando actuar para, en un momento dado, asestar el golpe definitivo –Rosón y todos los que han pasado por Interior desde que tengo uso de razón política, siempre han sido muy amigos y han buscado el gran titular en primera página- en cuanto las circunstancias lo requirieran. Pero pasaban las circunstancias y no ocurría –para mi asomblo- nada. Caía asesinada Yolanda González, el Batallón Vasco Español asesinaba a media docena de personas… eran buenos momentos para alardear de éxitos de la “policía democrática” ante la extrema-derecha. Y sin embargo, nada. El golpe demoledor de la policía a los grupos de acción del Frente se demoraba. En esto hablé con Juan Ignacio.

“Oye, no sé si eres consciente de que la policía tiene que saber exactamente de dónde sale el dinero. ¿Por qué no hacen nada?”. La respuesta fue críptica: “No te preocupes, eso está controlado”. A pesar de estar dicha con afabilidad y tono de buena camaradería, lo cierto era que no daba lugar a réplica, especialmente porque, como ya he dicho, preguntar demasiado siempre es mala cosa. Creí –o quise creer- que era posible que algún camarada, bien situado en el grupo antiatracos, bloquease la investigación, o simplemente la llevase él directamente, desviándola hacia otros parajes. En cualquier caso, Juan Ignacio me dio la impresión de estar totalmente tranquilo en esa dirección.

Y así siguieron saliendo carteles, ejemplares de la revista, adhesivos, gadgets para vender en los puestos de propaganda, etc. La competencia en este terreno era mucha, especialmente en Madrid. La escisión del Frente con ser la más importante, no había sido la única; año y medio después, el que era secretario general del sindicato de Fuerza Nueva (Fuerza Nacional del Trabajo), Antonio Asiego, un malagueño que procedía de los hedillistas, se iba con armas y bagages y, de paso, con el dinero de las cuentas del sindicato y con todo el material (llaveros, pegatinas, insígneas) que fue capaz de enconrar a su paso. De hecho, FNT en ese período, más que sindicato parecía un bazar de chapas y adhesivos. No sé, por cierto, porque una idea recurrente en la ultra es eso de montar un sindicato propio a la primera de cambio. Cómo si hubiera espacio para ello y como si a cada sigla política debiera corresponder necesariamente una sigla sindical. Esa fiebre sindical todavía dura hoy. FNT en Barcelona llegó a tener cienta implantación gracias a la actividad de su responsable, Carmelo Amezcua. Amezcua era un tipo exuberante y con carisma andaluz. En cierta ocasión, en el curso de un mitin con Blas, en el que él actuaba, extendió su parlamento más de lo que solía corresponder a un telonero causando vivas muestras de inquietud en Blas y en la corte madrileña que le acompañaba. Cuando llevaba más de una hora perorando, Amezcua advirtió que algo no iba bien y lanzó al público aquella pregunta inefable que quedó inscrita en los anales de la ultra local: “¿Zuz guzta? ¡Poz zigo…!”. Y siguió hasta casi generar una ambolia entre la cúpula piñarista.

Debió ser hacia el 14 de junio cuando Fuerza Nueva volvió a convocar una manifestación en Barcelona, un año después de aquella en la que había quemado a Xavier Vinader en efigie. Sólo que, en esta ocasión, el gobierno civil de Barcelona la prohibió con el débil argumento de que se preveían incidentes violentos con la extrema izquierda independentista. Era cierto en el curso de aquel año, todo el empuje que habían perdido la extrema izquierda marxista, parecía haberlo ganado las distintas siglas independentistas, especialmente el PSAN e IPC. Pero, a decir verdad, se trataba de gentes de muy escasa combatividad que jamás se hubieran atrevido a acercarse a una manifestación de Fuerza Nueva, salvo con escolta policial. Ya he dicho que en aquella época considerábamos a los independentistas catalanes como la cobardía personificada y era frecuente que en nuestras conversaciones saliera a colación el chascarrillo de la última vez en la que habían corrido delante nuestro como liebres que llevaba el diablo. Por lo demás, si fuera cierto que se preveían incidentes, la obligación del gobierno civil era salvaguardar el derecho a la libertad de manifestación de Fuerza Nueva, pero dado que se hubiera demostrado por segundo año consecutivo que el partido tenía cierta fuerza en Barcelona, y que era capaz en aquel momento de movilizar como mínimo tanto como cualquier otro partido, esto hubiera resultado un desdoro para las siglas democráticas y, no digamos para la UCD que en aquel momento solamente era capaz de movilizar a sus cargos electos en Catalunya en dos autobús de 60 plazas y si el partido se hacía cargo del viaje y de los bocatas.

Fuerza Nueva no se tomó muy a pecho la prohibición. En aquel momento, si no recuerdo mal, se había producido otra retahíla de esas convulsiones intermitentes que tan habituales eran y habían saltado algunos de los mandos de Fuerza Joven. Nosotros en cambio vimos la posibilidad de llegar allí donde el partido renunciaba a llegar: así que mantuvimos la convocatoria de la manfiestación. Se trataba simplemente de realizar una “manifestación relámpago” que, para nosotros debía constituir un pequeño ejercicio de guerrilla urbana. Ya se sabe: morder y huir.

El local de UCD estaba situado en la Diagonal a la altura de calle Villarroel y la cita fue en plaza Calvo Sotelo, después rebautizada Frances Maciá. Se trataba de cortar el tránsito en la Diagonal, lanzar unos cócteles molotov y bombas de humo sobre el local de UCD, organizar un atasco que impidiera a la policía llegar hasta el lugar de los incidentes y dispersarse. Era como decirle al gobernador civil: puestos a evitar incidentes, toma dos tazas. El cojonímetro seguía marcando la agenda.

Debieron asistir entre 75 y 100 jóvenes, parte de los cuales del Frente, otros de Fuerza Nueva y los habituales indendientes. Las cosas salieron como estaba previsto. Se arrojaron clavos al duelo dispuestos de tal manera que siempre quedaba alguno boca arriba, botes de humo a mansalva, y más que “cócteles molotov”, lo que se arrojó fue una garrafa molotov, de esas conocidas como damajuana que al estallar generó una bola de fuego que durante un segundo nos dejó fascinados por lo que éramos capaces de hacer. Recuerdo que fue en un estudio sobre la guerrilla urbana en EEUU donde supe de la existencia de esos artefactos incendiarios llamados allí “black power bomb”. Se atravesaron algunos coches y entre los botes de humo, los coches con dos, tres y hasta cuatro ruedas reventadas y el fuego de la damajuana, el embotellamiento debió llegar de la Zona Universitaria a Pueblo Nuevo y restablecer la normalidad del tráfico duró seguramente más de hora y media. Lamentablemente, lo que no habíamos calculado era que los militantes que no pertenecían al Frente actuarían por su cuenta. Emborrachados por lo que podríamos llamar la “estética de los incidentes” se mantuvieron en la zona bastante más tiempo del aconsejable y, finalmente, algunos furgones policiales lograron llegar a calles adyacentes y detener a tres de los manifestantes que ostentaban signos externos.

En los días siguientes se colgaron varios cientos de carteles en “Solidaridad con los patriotas presos” y de paso, los que quedaban de remesas anteriores de propaganda del Frente de la Juventud. Una semana después a eso de las 6:30 de la mañana alguien llamó al timbre en mi casa. Era evidente que se trataba de la policía. Estaba aquel día albergando a una pareja de exiliados italianos en casa, así que hubo que actuar rápidamente. Mientras mi mujer les cerraba la puertas en las narices, los dos italianos y yo saltábamos por la ventana interior, nos introducíamos por la claraboya de una academia a la que accedimos por uno de los amplios y despejados patios del ensanche y salimos por el lado opuesto de la manzana. El italiano que con las prisas había saltado descalzo tuvo la fortuna de encontrar unos zapatos en la escuela. Lo de la italiana fue peor porque se dejó en sujetador y, opulenta de carnes, a cada paso parecía que se le despendolaran las tetas.

Recuerdo que en el momento en el que estaba saltando por la ventana, el único pensamiento que afloró a mi mente fue: “Por fin, ahora sí; ahora ha llegado la hora de la verdad”.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.

Ultramemorias (VIII de X) Visicitudes políticas en la transición (16ª parte). Dudas hasta el atentado a California 47

En el congreso del Frente de la Juventud salió una “troika” elegida para regir los destinos de la organización… en la medida de lo posible. Pepe de Las Heras fue nombrado presidente, Juan Ignacio Rodríguez secretario general y yo secretario político. Así quedaban definidas la imagen pública, la organización y la dirección política respectivamente. Nada mejor que un antiguo veterano de las Defensas Universitarias, durante muchos años en la cúpula de Fuerza Nueva como Pepe para acentuar la imagen de dureza, entre el pedernal y el acero finamente templado, que legítimamente aspiraba a detentar el Frente. Nada mejor que alguien que había levantado de la nada la Sección C y estado presente desde el principio en la expansión de Fuerza Joven, la rama juvenil de Fuerza Nueva y que, de paso, mantenía buenas relaciones con la Primera Línea de Falange, para asumir las tareas organizativas. En cuanto a mí, empezaba a tener fama de “plumífero”, de escribir cuatro líneas sin muchas dificultades y de leer la prensa todos los días, así que andaba bien informado de lo que se cocía. El año anterior había publicado dos libros en Ediciones Acervo con el seudónimo de “Ernesto Cadena”: “La Ofensiva Neofascista” y “Los Marginales” con una tirada de 10.000 ejemplares. El primero, todavía hoy, se busca y se paga bien en los circuitos de libros usados y de eBay y es apenas un catálogo de la extrema-derecha mundial a fecha de 1978, por países y por corrientes ideológicas. El segundo es lo que su nombre sugiere: un catálogo de marginalidades varias, políticas, sociales, sectarias, etc. Si bien, Acervo era una editorial puntera en Ciencia Ficción, solía tocar temas de actualidad y ambos libros se vendieron bien, dándome la satisfacción de haber escrito un libro. Todavía no tenía un hijo, pero mi mujer ya estaba embarazada y aún me faltarían dos años para plantar un árbol…

Además, desde hacía años mantenía contactos con partidos hermanos del exterior y mi inclusión en la dirección suponía abrir el Frente a todos esos grupos en un momento en el que la “euroderecha” impulsada desde Italia por Giorgio Almirante, colaboraba estrechamente con Blas Piñar. Y esto también tenía gracia por que la tercera pata de la “eurodestra” era el Parti des Forces Nouvelles con cuya dirección me unía una relación de amistad y trabajo político desde hacía tiempo. De hecho, cuando tuve que exiliarme, el secretario general de Forces Nouvelles, Alain Robert, fue quien me facilitó un apartamento para albergarme en las primeras semanas de estancia en París. Robert era un antiguo dirigente del Movimiento Occident que tuvo una parte relevante en el desencadenamiento de los incidentes que llevaron al “mayo francés” de 1968 [parte esta que he tratado con cierto detenimiento en la serie de artículos agrupados bajo el título de “Mayo del 68 no fue como nos lo contaron” a los que remito y, especialmente en LINK sobre el desencadenamineto de los incidentes y el papel de Occident y en LINK, sobre los contactos tomados por Occidente con el ejército durante al revuelta].

También en la cúpula del PFN se encontraban Gerald Pencionelli, Jean Marc Brissaud y Catherine Barnay, apenas unos críos durante el período de Occident pero a los que luego asumieron tareas importantes en la dirección de Ordre Nouveau y, especialmente, en el desarrollo de la revista del patido. Con ellos se pondría en marcha la revista Confidentiel a la que aludiré más adelante. El partido tenía como presidente a Pascal Gauchon que, en Ordre Nouveau estuvo a cargo de las relaciones internacionales. En realidad, Ordre Nouveau constituyó el núcleo duro del nacionalismo francés en torno al cual se constituyó, a modo de extensión, el Front National, sumando el pequeño grupo formado en torno a Jean Marie Le Pen, a su Parti de Unité Française y al grupo Militant. A pesar de su debilidad numérica y militante, Le Pen era más conocido por la sociedad francesa que Robert y la gente del Ordre Nouveau, por lo que la convergencia de ambos grupos en el Front National (que efectivamente fue un “frente” y no una nueva sigla) se apareció como necesario. Sin embargo, el problema vino porque a raíz de unos incidentes desencadenados por la izquierda trotskistas de la Ligue Communiste y de los maositas de La Cause du Peuple, en general agresiones contra distribuidores de la revista “Ordre Nouveau”, el gobierno aprovechó para disolver a unos y otros. Así que el Front National perdió coherencia interior y quedó en manos de Le Pen. Tras unos años de tensiones y rupturas más o menos escandalosas, los antiguos de Ordre Nouveau lograron encontrar los medios suficientes como para reagruparse y fundar el PFN, tras un breve período transitorio previo bajo el rótulo de Comités Faire Front.

Cuando se produjeron las protestas internacionales por los fusilamientos de 5 terroristas de ETA y del FRAP, el PFN organizó su primera movilización en París en apoyo al gobierno español. Análoga iniciativa la tomó en Italia Avanguardia Nazionale que convocó en Reggio Calabria una gran manifestación en la que tomó parte José Luis Jérez, redactor de Fuerza Nueva y el príncipe Felice Genovesi Zerbi, alias “Fefe”, responsable de Avanguardia en la Cabria.

Todo esto sirve para decir que, aun no estando integrados en la “eurodestra” (que, a fin de cuentas, era un intento de extender la línea moderada y parlamentaria del MSI a otros países europeos a la vista de la convocatoria de las primeras  elecciones europeas), teníamos la misma información –y seguramente más, en la medida en que había amistad y confianza con otros partidos de la cúpula- que Blas Piñar. En principio, desde el Frente de la Juventud veíamos bien esta iniciativa. De hecho, lo que nosotros planteábamos a Fuerza Nueva era realizar el “juego de las partes”, nosotros radicales haríamos en “trabajo sucio” y ellos deberían de concentrarse en obtener representación electoral y por tanto debían huir como de la peste de cualquier elemento que manchara su imagen. Para eso ya estábamos nosotros que ambicionábamos seguir siendo el polo activista. Así podríamos hablar de la existencia de un “movimiento”, formado por una “vanguardia activista”, el Frente de la Juventud, y de un “partido parlamentario”, Fuerza Nueva.

En lo personal, preveía que Falange Española y, por extensión, todo el sector falangista, iría declinando con el tiempo a medida que se pusiera de manifiesto la imposibilidad de lograr su propia unidad y de asumir la peliaguda tarea de actualización doctrinal. En mis previsiones en 1979, Falange duraría en torno a 10 años más, declinante y luego, finalmente, perdería cualquier posibilidad de jugar algún papel en el seno de las “fuerzas nacionales”. Así mismo, en el curso de esos 10 años siguientes, la Confederación de Ex Combatientes se iría extinguiendo por causas naturales y tampoco jugaría un papel determinante. Así pues, en 1989 solamente debería quedar, en mis previsiones, el “partido” y la “vanguardia”, Fuerza Nueva y el Frente de la Juventud.

Pero, claro, en 1979 estábamos todavía escindidos entre la hipótesis electoralista y la hipótesis golpista que siguió estando formulada implícitamente en las ponencias del congreso del Frente de la Juventud cuando seguí manteniendo la teoría sobre la “fractura vertical dentro del sistema” que no pasaba de ser una formulación pretenciosa y culterana del golpismo tradicional… ahora bien: en esa formulación –hecho importante- el golpe no era un “hecho militar”, sino “político-militar” y el proceso no podía consumarse si no existía una fuerza político-social importante que apoyara al movimiento golpista. Además, en caso de triunfo del golpe, desde el mismo día de creación del nuevo gobierno sería preciso contar con cuadros políticos y profesionales para reorganizar la sociedad y asumir nuevas orientaciones. Y éste era el problema…

Para algunos de nosotros, la reflexión estratégica nos llevaba a un drama personal. Existían dos vías: la electoral (basada en la sinergia entre el partido y la vanguardia) y la golpista. Para los que estábamos familiarizados con la “tradición hermética” y los textos clásicos del hermetismo alejandrino, las dos vías equivalían a la “vía húmeda” y a la “vía seca” respectivamente. En la primera la “materia prima” se va depurando poco a poco, progresivamente. En la “via seca”, por el contrario, de lo que se trata es “de tomar el cielo por asalto”. El golpismo implicaba precisamente eso: era la “vía difícil”, la “vía seca” en la que más riesgo existía de quemarse en pleno sentido de la palabra. La “vía húmeda”, en cambio, era más reposada y dilatada en el tiempo: en el fondo el Movimiento Social Italiano ha tardado sesenta años en pasar de ser un grupo de jóvenes entusiastas de la República Social Italiano, neofascistas por más señas, organizados clandestinamente en los barrios romanos en 1948, a ser en su avatar Alleanza Nazionale, postfascistas, un partido de gobierno. En nuestra insultante juventud, sesenta años suponía toda una vida: teníamos prisa por hacer “cosas grandes” y nos importaba un rábano quemarnos y requemarnos y luego quemarnos todavía un poco más. En nuestra hybris activista, buscábamos la “prueba” definitiva de que servíamos para algo, la aventura, la válvula de escape a los excedentes de testosterona y a un fuego que ardía en nosotros desde dentro y recorría los oscuros corredores de nuestro cerebro. En ese estado febril, que no era sólo el nuestro, sino el de una parte de nuestra generación, compuesta por eternos adolescentes que nos nos identificábamos con las cambios que estaban teniendo lugar en nuestro país en aquellos momentos y que, a causa de haber viajado y mantenido contactos fuera de España desde finales de los 60, desconfiábamos de lo que era la democracia formal hacia la que se encamaba el país. Sabíamos que la democracia implicaba corrupción, no albergábamos la menor duda de que había dos tipos de partidos en las democracias: los vendidos a los EEUU y los que actuaban por cuenta de Moscú. Luego estaban los que venderían a su madre por un escaño, los que hoy dicen A y manaña no-A sin inmutarse, el vacío de poder, la falta de centros de imputación, las promesas electorales que nadie tiene intención de cumplir, con el consiguiente engaño permanente a las masas, las campañas electorales tan fascinantes como alienantes y la exteriorización de todos los oportunismos y demagogias que es capaz de exteriorizar la miseria de lo humano… ¿cómo íbamos a aceptar lo que se nos ofrecía como panacea universal?

Pero el golpismo traía algún problema moral. Muchos de nosotros teníamos amigos íntimos que militaban en formaciones de izquierda, unos habían sido compañeros nuestros de clase, con otros y con otras habíamos compartido momentos inolvidables. Nuestros recuerdos de infancia y juventud, los de ayer mismo, estaban íntimamente unidos a ellos, algunos ocupaban puestos de dirección en partidos de izquierda y extrema izquierda. ¿Qué les ocurriría en caso de un golpe de Estado? Era evidente que no se podía ser muy optimista y que, un fenómeno de este tipo, en general, acarrearía un retroceso en las libertades políticas. ¿Cómo podíamos negarnos a aceptar el derecho de reunión, expresión y manifestación? Es cierto que argumentábamos que el mal uso de esos derechos estaban acarreando un desplome del país y sabíamos perfectamente que el uso que la clase política empezaba a hacer amparado en esos derechos no era sino un ejercicio de la mentira. Intuíamos que no había valor más elevado que la verdad y por eso odiábamos a una clase política que en pocos meses se había habituado a utilizar tópicos miles de veces repetidos solamente por su rentabilidad electoral. Además era rigurosamente cierto que cada día comprobábamos un cambio de camisa espectacular y lacerante. En 1979 se diría que en España jamás había habido franquistas. A algunos como a mí el franquismo nos nos atraía en absoluto, pero lo que repugnábamos era que los funcionarios de primera fila del franquismo, los que no habían dudado en lamer la bota del anciano de El Pardo si ello les valía una canonjía, ahora jugaran al despiste e hicieran como si nada les hubiera ligado al “antiguo régimen”.

Suárez encarnaba todo aquello que odiábamos. Y tras Suárez, Martín Villa quien por lo demás había ordenado varias veces mi detención mientras fue gobernador de Barcelona. La UCD se había hecho con ese mosaico de oportunistas sin escrúpulos divididos en varias familias que rivalizaban en mediocridad y oportunismo. En las Juventudes Liberales, en las estructuras de UCD reconocíamos a antiguos colaboradores del SEDEC, a consejeros locales del Movimiento y de la Guardia de Franco, a paniaguados que ya desde que advirtieron que  la salud de Franco renqueaba habían hecho posible por salvaguardar su puesto alimentado por los presupuestos generales.

Algunos no podíamos evitar dudar de la estrategia golpista. Estaba claro que al día siguiente del triunfo de un golpe de Estado, unos colaborarían por ambición, otros por miedo y otros por identidad con los fines del movimiento golpista. Pero ¿qué fines iban a ser esos? ¿Un gobierno militar-militar? ¿un gobierno cívico-militar que preparara nuevas elecciones? ¿un gobierno que riendiera pleitesía al rey que nosotros considerábamos como responsable por omisión de todo lo que estaba ocurriendo? ¿apoyado por quién? ¿por los que vociferaban en las manifestaciones del 20-N huérfanos de programa político y permanentemente instalados en la contra pero incapaces de proponer algo más que el dejà vû del retorno al franquismo? ¿No existiría la posibilidad de que el remedio fuera peor que la enfermedad? ¿Y si huyendo de un mal que preveíamos cayéramos en otro peor que causara todavía mas dolor? Y, finalmente, ¿no fue el franquismo el reino de la mediocridad? ¿no era el régimen que se estaba implantando en esos años una mera intensificación de esa mediocridad cuyo hilo conductor no era solamente la figura del rey sino también la patronal que precisaba ser aceptada en Europa para ensanchar su horizonte de negocios, la idea de una Europa sometida política, económica y militarmente a los EEUU?

Pero había que decidirse y hacerlo pronto. La posibilidad de jugar con Fuerza Nueva al “juego de las partes”, como ya he dicho, desapareció cuando elementos de este partido asaltaron la Facultad de Derecho de Madrid, cuando Yolanda González fue asesinada por un miembro de Fuerza Nueva o cuando los “bateadores del retiro”, en su mayoría vinculados a Fuerza Joven (y no al Frente de la Juventud como dijo la prensa en la época, que no terminaba de creerse que el partido piñarista tuviera un desmadre organizativo interior de tal magnitud) asesinaron gratuitamente a un joven por el mero hecho de llevar el pelo largo (años después, uno de los asesinos, tras haber extinguido su condena, terminó siendo asesinado casi en el mismo lugar después de haber caído en las peores toxicomanías. Vueltas que da la vida). A falta de programa y estrategia política, algunos en Fuerza Nueva pretendían competir con nosotros en unas formas irracionales de activismo que les invalidaban para obtener éxitos electorales.

Por lo demás, ocurrió un suceso traumático para la extrema-derecha. El 29 de mayo de 1979, a eso de las 17:00 un grupo del Frente de la Juventud instaló una mesa de propaganda frente a la Cafetería California 47. Poco después llegó la policía nacional, cacheó a todos los militantes que se encontraban allí poniéndolos brazos en alto contra la vidriera de la cafetería y levantando el puesto, incautando el material que se encontraba a la venta. Uno hora y media después esa misma vidriera saltaba por los aires cuando estalló un potente artefacto explosivo en el interior de la cafetería causando 9 muertos y 40 heridos. De no ser por el celo puesto por la policía en impedirnos el ejercicio de la libertad de expresión, seguramente alguno de nuestros militantes hubiera muerto alcanzado por los fragmentos de la explosión. La impresión que nos causó aquel atentado fue brutal. Yo mismo, tras conocerlo, tuve que montarme en la moto y refugiarme en la embriaguez de la velocidad para recuperar la calma. Iban a por nosotros. Si el GRAPO había elegido la cafetería California 47 era porque era frecuentada por muchos militantes a raíz de que a menos de 50 metros, en Núñez de Balboa, se encontraba el antiguo local de Fuerza Nueva y a 200 el local del Frente de la Juventud.

El cerebro del atentado fue uno de los fundadores del PCE(r) y de los GRAPO, José María Sánchez Casas, presentado por esa banda de anormales, como genio del teatro popular, amigo de juventud intelectual de Alfonso Guerra y que tras haber sido detenido con otros de sus compinches, se atrevió a negar la autoría del atentado. Moriría poco después de cumplir 20 años de cárcel por éste y por otros crímenes similares. Se sabe incluso el nombre de los autores materiales del crimen: Alfonso Rodríguez García y María del Carmen López Anguita. Tantos estos asesinos como su jefe Sánchez-Casas acusaron en el juicio a “los fascistas” de haber sido autores del atentado, algo que ya había insinuado insidiosamente la prensa a raíz de que la policía levantara el puesto del Frente de la Juventud situado ante la Cafetería hora y media antes. Los mismos abogados de la defensa, en el ejercicio de la misma hicieron un paralelismo entre el atentado contra la cafetería California 47 y los perpetrados en la estación de Bolonia, el del tren Itálicus, y el de la Fiesta de la Cerveza de Munich. También relacionaron el atentado con el asalto al Banco Central de Barcelona, ya que ambos se produjeron en vísperas del Día de las Fuerzas Armadas… y los dos suponían, a su juicio, un claro intento desestabilizador y de provocación a las Fuerzas Armadas. No se les puede acusar, evidentemente, de falsear la realidad en beneficio de sus defendidos, si bien a estos sí se les puede acusar con tres calificativos: cretinos, asesinos e irresponsables.

Toda la duda que siempre he tenido sobre los GRAPO era sobre si eran tan burros y asesinos como parecían o simplemente estaban manipulados por algún servicio de inteligencia que estaba creando la estrategia de la tensión en España. La prensa solía aludir a “los extraños GRAPO” y, hasta ahí, había que darles la razón. Por que “raros”, lo que se dice raros, si eran. El problema era que terminaban insinuando que los GRAPO formaban parte de “tramas desestabilizadores”, esto es, que estaban teledirigidos por la extrema-derecha. En mi trabajo sobre la revolución de mayo dediqué un capítulo sobre el papel que los servicios de inteligencia tuvieron en la formación del maoísmo y en España, en la formación de PCE(m-l) y del FRAP [Véase el LINK en general sobre el maoismo y este otro sobre la totalidad de los apuntes: LINK]. Pero el GRAPO era otra cosa. Mucho más sectario, formado en su primera época por familias, compuesto en su primera época por lumpenproletarios entre los cuales figuraban algunos “chicos bien” con cierta formación e inquietud intelectual, luego pasaron a ser solamente marginados, sin tener detrás nada más que un partidillo clandestino que nunca pasó de los 150 afiliados en el mejor momento, y que a lo largo de su historia provocó episodios tan bochornosos como negar la autoría del atentado a la cafetería California o afirmar que habían liberado a Publio Cordón cuando en realidad lo habían asesinado antes de cobrar el rescate. Pero sí es rigurosamente cierto que el Guardia Civil Espinosa lo tuvo demasiado fácil para infiltrarse en el GRAPO a través del MPAIAC y que, siempre el GRAPO actuaba en momentos muy exactos para excitar la tensión. Más adelante veremos en qué consistía la estrategia de la tensión que vivía España en aquellos momentos.

El olfato que he podido desarrollar a lo largo del tiempo me indicaba que había algo poco claro en aquella época en el terrorismo de los GRAPO. Era evidente que, en sus orígenes el PCE(r) no era más que una simple escisión del PCE(m-l) y un producto de la extrema-izquierda de la época, de la misma forma que luego, tras la conclusión de la transición el GRAPO no pasó de ser una secta de marginados que de tanto en tanto realizan asesinatos y atentados para hacer olvidar que su principal función era cometer atracos y secuestros para asegurar el nivel de vida del “camarada Arenas” y de su mujer. Poco más. Pero durante la transición, entre septiembre de 1975 y el 23-F de 1981, el GRAPO fue “otra cosa”: una organización que actuaba en función de una estrategia que no era la suya pero que contribuía con una precisión milimétrica a aumentar la tensión en la calle. El mismo atentado contra la cafetería California era evidente que excitaría el activismo ultra, como de hecho así ocurrió. Sin embargo, me consta que en los años del felipismo, a las fuerzas de seguridad del Estado les costaba localizar a comandos del GRAPO que, por lo demás, dejó de jugar un papel central incluso en la comisión de atentados espectaculares y traumáticos. Pero no albergo la menor duda de que en la transición los “extraños GRAPO” fueron mucho más “extraños” que lo que Juan Tomás de Salas (inventor de este calificativo y que, además alardeó de ello atribuyéndole a él el aislamiento de los GRAPO y su desprestigio, lo que no deja de ser tan sorprendente como miope).

Lo que ocurrió poco después del atentado fue así mismo significativo. Como era de prever, cientos de militantes de la ultraderecha confluyeron frente a la cafetería California y allí permanecieron durante casi dos días. El tránsito en la calle se vio completamente interrumpido. Los militantes del Frente de la Juventud se encontrban también allí y pudieron asistir a un espectáculo increíble. Haciéndose sitio entre el gentío, lograron llegar hasta la vidriera destrozada de la cafetería, frente a la cual unos cuantos cientos de afiliados a Fuerza Nueva estaban arrodillados rezando un rosario, tras haber colocado velas y cirios ante los restos de la cafetería. Era evidente que aquella piadosa muestra de religiosidad era también la más increíble evidencia del carácter absolutamente antipolítico del partido dirigido por Blas Piñar. Justo cuando lo que se prestaba era una movilización general de afiliados, una llegada de miles y miles de militantes de toda España y una marcha de protesta ante el ministerio del interior y una demostración de fuerza y ponderación similar a la que había realizado sólo dos años antes el PCE tras la matanza de Atocha (y seguramente en ese momento, Fuerza Nueva hubiera logrado movilizar como mínimo al mismo número de simpatizantes), Blas Piñar no reaccionó y dejó que todo empezara y concluyera con un devoto rosario que, para colmo, fue interrumpido por la policía a porrazo limpio. Fueron los militantes del Frente de la Juventud, los que hicieron frente a la policía que en aquella memorable jornada apaleó a mujeres de avanzada edad, cuyo único delito era no entender los mecanismos de la política y seguir pensando que la policía estaba de su parte.

Como muestra del desenfoque de aquella militancia sólo católica y nada más que católica, algunas mujeres, tras percibir que los militantes del Frente se estaban enfrentando a la policía, la emprendieron también contra ellos: en caso de enfrentamiento entre policía y gentes del Frente, optaban por solidarizarse con la policía que era, justamente, quien estaba zurrando de lo lindo a los devotos católicos que estaban rezando el rosario ante la pira de California 47. Increíble. Completamente increíble. Allí, en aquel escenario dantesco hecho a base de cargas de la policía, humo irrespirable de granadas lacrimógenas, santas mujeres con la frente sangrando, restos de equipamientos policiales en la calzada, sonido de disparos de pelotas de goma, gritos e insultos salvajes de uno y otro lado, con el trasfondo siniestro de las vidrieras de la cafetería deshechas y revelando el estado del destrozo del local, el mismo Juan Ignacio se vio en un momento rodeado por mujeres histéricas que lo agredían con paraguas y bastones achacándole el enfrentamiento con la policía. Las insidias lanzadas a conciencia y sistemáticamente dentro de Fuerza Nueva sobre que Pepe Las Heras y Juan Ignacio trabajaban para la policía y el CESID, había dado, como puede verse, sus frutos.

Para colmo la “eurodestra” no terminaba de funcionar. La parte francesa era demasiado débil para pesar y la esperanza que algunos albergábamos (a saber, que Giorgio Almirante lograra “civilizar” a Blas Piñar y llevarlo por la senda de la construcción de un partido parlamentario) se disipó. Por algún motivo, Almirante, que acudió unas cuantas ocasiones a los actos políticos del 20-N, debió de quedar absolutamente maravillado por las “masas oceánicas” de la plaza de Oriente y las centurias formadas en la explanada del Valle de los Caídos… Aquello daba la sensación de funcionar bien, quizás incluso –debía pensar el viejo zorro de Almirante- mejor que el MSI en Italia, así que ¿para qué aconsejarles que cambiaran de línea política, desmilitarizaran el partido y se dedicaran a crear un programa creíble?

Uno de los acompañantes Almirante me comentaba que se había quedado literalmente schockado cuando un jefe de centuria de Fuerza Joven en Madrid le había preguntado a bocajarro cuál era su opinión sobre la intervención del Espíritu Santo en la lucha política. El italiano, debió de pedirle por dos veces que le repitiera la pregunta no fuera a ser que hubiera entendido mal. Optó por responderle que en la lucha política prefería tener un buen secretario general que el apoyo del Espíritu Santo. El otro se lo tomó como una ofensa personal y se largó murmurando y refunfuñando sobre el “paganismo” de la derecha nacional italiana. En esas mismas fechas, cuando alguien propuso la ampliación de la “eurodestra” al Movimiento Nacional portugués del general Kaulza de Arriaga, a lo que Blas se negó a la vista de que la componente católica no estaba suficientemente marcada en este partido.

Todo esto era bastante deprimente y descorazonador, no sólo porque indicaba que el nivel medio de comprensión del fenómeno político de la militancia fuerzanuevista era próximo al cero absoluto, sino porque la dirección daba síntomas de estas más o menos al mismo nivel y lo que era peor: no había nada que hacer… Tras el asesinato de Yolanda González y todo lo que aconteció en el interior de Fuerza Nueva, resultó demasiado evidente que era imposible hacer el “juego de las partes” con un partido que no tenía claro cuál era su espacio político (agrupar a la derecha de Alianza Popular e irle royendo sus bases especialmente en Madrid y Castilla mediante una acción política que conjugase la movilización de masas con una transformación hacia lo presentable del partido), ni era capaz de elaborar un programa sintetizado en unas pocas frases con las que una parte sustancial del franquismo sociológico pudiera identificarse, ni mucho menos una estrategia. Quienes eran conscientes de estas necesidades, fueron haciendo mutis por el foro tras el asesinato de la infortunada Yolanda.

En abril de 1980 empezaba a dudar de que Blas pudiera revalidar su acta de diputado por Madrid. Para colmo, Falange Española se reducía progresivamente a la actividad de su Primera Línea que también se vio implicada en distintos incidentes violentos.

Tras el atentado a California 47, algunos resolvimos nuestras reservas mentales y optamos por decantarnos hacia el gopismo. Luego ya veríamos. En esa época, casi con una frecuencia mensual iba a París. Se estaba alumbrando un proyecto nuevo en el que participaba. La creación de la revista Confidentiel que no tenía nada que ver ni con el Frente de la Juventud, ni con la “eurodestra”, ni con los lamentables sucesos que estaban ocurriendo en España.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.