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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

Ultramemorias (VIII de X) Visicitudes políticas en la transición (15ª parte). El "islamismo" del Frente de la Juventud

Uno de los aspectos más curiosos y que, de haber sido conocido, habría dado lugar a todo tipo de comentarios, fueron las relaciones del Frente de la Juventud con la “revolución islámica” del ayatollah Ruhola Jomeini. La cosa es todavía más chusca si tenemos en cuenta que el último jefe de la Savak, la policía secreta del Sha de Persia, había venido a España cuando todavía Pepe de las Heras y Juan Ignacio eran dirigentes de Fuerza Nueva, entrevistándose con ellos y, por supuesto, con Blas Piñar buscando apoyos para su tambaleante régimen. Pocos meses después sería fusilado por los islamistas triunfantes.

Desde que a principios de los años 70, el coronel Gadaffi había llegado al poder en Libia multiplicando sus declaraciones antinorteamericanas y difundiendo su Libro Verde a través de la embajada de ese país, habíamos podido observar dos elementos que considerábamos interesantes: su inequívoca posición antinorteamericana y la imposibilidad de reducir el modelo identitario islámico al marxismo. No es raro que a partir de 1973 todo lo que oliera a islamismo fuera considerado, más o menos, como algo nuestro o al menos algo con lo que podíamos y debíamos solidarizarnos en la “lucha común” contra los EEUU y la URSS, en defensa de la “libertad de nuestros pueblos”.

A esto se añadían elementos históricos que venían de lejos o de no tan lejos. La posición pro-islámica había sido ya ensayada por las potencias del eje con la loable intención de crear problemas en las colonias británicas y francesas durante la Segunda Guerra Mundial. Expontáneamente, en algunos países árabes surgieron partidos a lo largo de los años treinta que, de alguna manera, eran la traducción a sus sociedades nacionales de las experiencias del fascismo europeo. Uno de ellos, el Baas, extendido a Libia, Siria, Irak e Irán, estuvo en el poder con Saddam Hussein hasta que fue desalojado por los marines y, más que por ellos, por los misiles lanzados a 600 km de distancia. En plena guerra mundial, el Gran Mufti de Jerusalen encontró asiento en la mesa vegetariana de Hitler y, en general, los dirigentes nazis multiplicaron sus declaraciones de amistad y simpatía hacia la causa árabe. Aun antes de la creación de Palestina, judíos y árabes se llevaban a la greña y el antisemitismo hitleriano era la invitación más explícita para que los dirigentes árabes intuyeran que ahí había un aliado seguro. Esto, por lo que se refiere a la historia.

Luego está lo que ocurrió tras la Segunda Guerra Mundial. Existe una famosa foto del coronel Gamal Adbel Nasser inaugurando la sede del Movimiento Social Italiano en El Cairo, brazo en alto, tras un gigantesco retrato de Mussolini, cuando ya era presidente de la República Árabe Unida (efímera unión de Egipto y Siria, tras la desastrosa intervención anglo-francesa en Suéz). Por lo demás, algunos soldados perdidos alemanes e italianos, terminaron entrenando a los ejércitos de aquellos países e incluso hasta el “Septiembre Negro” de 1973, hubo en Al-Assifa, el grupo armado de Al-Fatah, ex combatientes de la República Social Italiana que instruyeron a la guerrilla palestina. El coronel SS Otto Skorzeny, desde su sombrío despacho de la calle de la Montera, dirigía una agencia de “trabajos especiales” que tuvo entre sus clientes preferenciales a varios países árabes. Por su parte, Gadaffi, desde el primer momento, tuvo amistades entre los medios neofascistas italianos. El propio Delle Chiaie, durante su estancia en España, mantuvo estrechos contactos con los representantes de la causa palestina, habitualmente estudiantes residentes en España, uno de los cuales me presentó en el remoto 1973. Se trataba de un estudiante de medicina de la Facultad de Barcelona, un palestino con aspecto híbrido de mediterráneo y nórdico que nunca antes hubiera asociado a aquel pueblo. Desde algún “piso franco” editaban el boletín ciclostilado “Al Assifa” que distribuían entre las varias decenas de estudiantes palestinos y entre los que como yo aspirábamos a ser investidos oficialmente con la categoría de “simpatizantes de la causa palestina”. Años después, en Iberoamérica, ya en los años 80, conocí a varios representantes palestinso en distintos países, alguno de ellos, alemán de pasado incierto. Otros árabes y palestinos odiaban a los norteamericanos (que consideraban como una prolongación del Estado de Israel) tanto como al marxismo y todo eso, sumado, parecía situarnos en la misma línea.

Hubo más anécdotas, como la de aquel militante de CEDADE, enamorado de los cohetes desde mediados de los años 60, a la vista de que el pomposamente llamado por el franquismo “Campo de Lanzamientos Aeroespaciales” situado en las inmediaciones de Arenosilla (Huelva) no le daba cancha, terminó en distintos países árabes con los planos de sus cohetes bajo el brazo, recalando finalmente en el Irak donde un comprensivo Saddam Hussein le dio un puesto clave en el perfeccionamiento de sus misiles que remedaban a los Sam VII. Omar Silva, otro de los personajes que más vinculación tuvieron con la causa palestina, tanto en España como en su país natal, Brasil, fue durante muchos años redactor de la revista Fuerza Nueva en donde publicó una curiosa serie de artículos titulada “Hablan las Estatuas”, cuyas fotos realizaba “Alberto Santos”, alias utilizado por un exiliado argentino de la Tacuara [ver sobre esta organización lo publicado en Infokrisis, que no es poco].

También se contaba (y se sigue contando de manera recurrente en los medios ultras) desde finales de los años 60, que un belga, antiguo militante de Jeune Europe de Thiriart y suscriptor de su revista La Nation Européenne, había caído al frente de un comando de Al Assifa luchando por la causa palestina. Por cierto que el corresponsal en Argel de La Nation Européenne se convirtió dos décadas después en el hombre de Saddam Hussein en Francia, gestionando el programa “petróleo por alimentos” y, posteriormente, tras la invasión norteamericana, fue el hombre de la insurgencia basista en Europa Occidental cuyas actividades va difundiendo desde Internet. Nunca he podido aclarar si la historia de este belga, Roger Coudroy, es cierta o se trata de un “mito”. Todas las fuentes que hablan del “primer europeo caído junto a la resistencia palestina”, parten de Thiriart y ni siquiera hay unanimidad. Se cuenta también que a Coudroy se le disparó su arma y murió, o que murió accidentalmente en un entrenamiento. O que era agente del Mosad y lo mataron los propios palestinos… Lo realmente extraño es que ni la familia, ni los compañeros de armas de Coudroy, lo recuerden en lugar alguno y la mayor parte de las 231 referencias que aparecen en Internet, reproduzcan textualmente y con pocas variaciones lo que ya escribió Thiriart en “La Nation Européenne”. Y, para colmo, en el libro “Israel’s secret Wars: a history of Israel’s intelligence services” (no particularmente favorable a Israel) de Ian Black, Coudroy aparece como agente del Mosad infiltrado en filas palestinas… En cuanto a su libro “J’ai vécu la résistance palestinienne” de 87 páginas, es la única referencia de la familiaridad de Coudroy con la resistencia palestina… si bien también es cierto que podría haber sido elaborado como la “tarjera de presentación” para facilitar la penetración en un medio concreto. Conociendo a Thiriart, hábil propagandista, es muy posible que tomara al caso de Roger Coudroy y lo publicitara en su revista, dando por sentado su familiaridad con los ideales antisionistas y propalestinos… En cualquier caso de las 231 referencias a Roger Coudroy encontradas en Google, más de 200 parten del “testimonio único” (y, por tanto, “testimonio nulo”) que dio Thiriart. El resto son referencias bibliográficas del libro en el que está recogido el artículo de Coudroy, depositado en media docena de bibliotecas de países árabes… A pesar de que los sectores más marginales de la ultra española (y europea) han enarbolado habitualmente el nombre de Roger Coudroy, lo cierto es que el personaje está envuelto en el mayor de los misterios y un mínimo respeto al “principio de prudencia” debería haber evitado que fuera presentado como “camarada caído en defensa de la causa palestina”… que equivalía a incitar a otros a que siguieran el mismo –problemático- camino. No existen ni testimonios de sus familiares, ni de sus camaradas, ni de otros miembros del comando palestino al frente del cual, como sostenía Thiriart, cayó.

Todo esto alcanzó tal intensidad que hacia 1984, cuando había conocido a Xavier Vinader e incluso mantenido una relación correcta a pesar del pasado imperfecto que nos desunía, éste me presentó a un periodista norteamericano llegado a estos pagos para realizar un libro sobre la extrema-derecha y el islamismo. En esa época, la ultra de por aquí multiplicaba todavía sus soflamas a favor de la revolución islámica y Jomeini seguía siendo la bestia negra de los EEUU. La intención de escribir este libro por parte de un periodista norteamericano, era indicio de que las relaciones entre islamistas y ultras, se veía en la época como algo inquietante.

No era para tanto. Habitualmente se trataba de contactos esporádicos, sin mucho calado, que unían más bien a personas que se caían bien de uno y otro lado, que de una corriente organizada y estructurada. En algunos, esta simpatía hacia lo árabe tenía aspectos aún más problemáticos. Una de las corrientes de pensamiento de la ultra es la “tradicionalista” (a no confundir con el “tradicionalismo carlista”). Esta tendencia hacía de Julius Evola y René Guenon sus máximas referencias ideológicas. En realidad, Evola había penetrado en España de la mano del que fuera primer delegado de CEDADE en Madrid, Antonio Medrano, que escribió un largo artículo sobre este autor en uno de los boletines de esta organización hacia 1971. Yo, por mi parte, recibía los catálogos de libros de distribuidoras neofascistas italianas y había visto que las obras de Evola gozaban de un singular predicamento. Además, algunos títulos eran, de por sí, suficientemente evocadores: “Los hombes y las ruinas”, “Revuelta contra el mundo moderno”, y, cómo no, “Metafísica del Sexo”. Así que los pedí. Poco después, editoriales de primera línea, empezaron a publicar algunas obras “técnicas” de Evola. Plaza & Janés lanzó “El misterio del Grial” y Martínez Roca “La Tradición Hermética”. Isidro Palacios, que en esa época había sustituido a Antonio Medrano al frente de CEDADE de Madrid, publicaba en 1974 la primera revista de orientación evoliana (“Ruta Solar” que luego, claro, demandada por una agencia de viajes, debió cambiar el nombre por “Graal”). En general, los “tradicionalistas” en sentido evoliano –entre los que me incluyo- nos damos una primera sobredosis de los textos escritos por el autor de referencia y luego pedimos más. La lectura de Evola lleva inevitablemente a Guénon, sin embargo entre los dos hay grandes diferencias. Guénon habla habitualmente excathedra. Evola, en cambio, no. Guénon desde su juventud hasta su muerte en los años 50 en El Cairo con chilaba y asistido por un marabú, dio piruetas ideológicas casi circenses; Evola, en cambio siguió una línea de evolución que se inició con las vanguardias artísticas y terminó con la redacción de “Cabalgar el Tigre”, en el que llega a las mismas posiciones de su juventud, eso sí, avaladas con cuarenta años de experiencia.

Al hablar excathedra, Guénon ha logrado desviar a la vía muerta a cientos de jóvenes militantes, algunos de los cuales se han orientado hacia el cristianismo ortodoxo, otros hacia la masonería, otros hacia el islam, otros hacia el ocultismo, otros se han hecho sedevacantistas, otros lefevrianos y algún que otro, ha visto en el Vaticano la luz… todos ellos, porque Guénon, en algún momento de su vida ha considerado a cada una de estas instituciones como “referencias”. Así pues cada cual, para seguir la vía que deseaba, ha encontrado en la obra de Guénon la casuística apropiada para avalar su opción. En alguna delegación de CEDADE, a lo largo de los años 80, se terminó uniendo una admiración que era, inicialmente política hacia las revoluciones islámicas, a las sugestiones generadas tras una lectura rápida de la obra de René Guénon. Y unas cuantas decenas se hicieron islamistas. Éramos pocos y pario la burra. Hasta aquí no hay nada raro, porque otras decenas nos orientamos hacia el budismo y los que sobrevivimos terminamos tirando hacia su expresión más sencilla, acaso por huida de todos los aditamentos accesorios impuestos por doctrinas que llegaban acompañadas por formas antropológicas tibetanas o hindúes.

En todo ese tiempo, se había operado un salto de cualidad: de una simpatía política se había pasado a una identidad ideológica en la medida en que al asumir el islamismo como religión, lo que se asumía también era un concepto político-religioso. Esto era solamente una excentricidad más de la extrema-derecha local, y así siguió siéndolo mientras los centros islámicos en España estaban formados por unos cuantos diplomáticos de países islámicos, algunos empresarios procedentes de esos mismos países, algún que otro “converso” español, entre los que abundaba gente con pasado izquierdista (el promio Mansur Escudero)… y los islamistas de la ultraderecha celtibérica. Hasta aquí, la convivencia era franca, las discusiones demostraban un interés en llegar a un conocimiento exacto y a una práctica correcta de la religión islámica y, ciertamente, por lo que ví y conocí en aquella época (años 80 y hasta mediados de los 90), el clima cultural en esos centros era sofisticado e incluso agradable. Luego llegó la inmigración masiva y arruinó todo este mundo feliz y erudito.

A partir de 1996, el islamista español llegado de la ultraderecha (unas decenas en toda España) empezaron a encontrarse incómodos en los “centros de oración”. Los recién llegados tenían poco que ver con los islamistas ideales que hasta ese momento habían conocido, en general gentes de un alto nivel cultural y adquisitivo. Muchos de los nuevos islamistas evidenciaban un primitivismo en el que lo religioso estaba más próximo a lo supersticioso que a lo “tradicionalista”, las discusiones eruditas sobre sufismo o sobre el sentido de tal o cual haddith del Profeta fueron sustituidas por una práctica de estricta observancia en la que todo se justificaba con el proverbial fatalismo islámico: “Alá lo quiere”… En pocos meses, a partir de 1996 se evidenció un fenómeno que algunos ya intuimos desde 1990 cuando Barcelona se llenó de albañiles marroquíes trabajando en las obras de la ciudad olímpica.
La mayoría de “islamistas” ultras se retiraron de los centros islámicos y regresaron a la cerveza y a los tacos de jamón que jamás debieron abandonar. Los que se quedaron, habitualmente, eran especialistas en “marginalidades varias”, gentes que ya desde muy jovencitos llevaban en la sangre la noble aspiración de “epater le bourgeois” y, cuando ya no quedaban vías para sorprenderlo, se reafirmaron en su fe cerrando los ojos a la realidad de un país que empezaba a afrontar un proceso de islamización y pérdida de identidad que a algunos se nos aparecía ya como repugnante.

Hacia 2005 publiqué en Infokrisis un artículo visceral y no excesivamente meditado sobre los destrozos que la obra de René Guénon había causado en muchos amigos y camaradas, llevándolos por los horizontes más insospechados e incluso desviándolos del eje de todo pensamiento “tradicional”: el intento de llegar al eje de uno mismo mediante una práctica, contra más simple mejor. Sorprendentemente, a los pocos días, empecé a recibir correos de los lugares más insospechados de gente que había llegado a las mismas conclusiones: Guénon es una catástrofe a la hora de dar desembocaduras a sus teorías. Ese artículo sigue colgado en Infokrisis sin modificaciones y ahí puede consultarse [véase el link].

La inmigración, como todo lo masivo, ha alterado esquemas ideológicos aparentemente perfectos: la ultra ha solido camuflar un antisemitismo de baja cota con la adhesión a la causa palestina; se ha arrojado en manos de regímenes islamistas antieuropeos solo porque odiaban más a los judíos mucho más de lo que se sentía atraídos hacia la identidad europea. Mientras el islamismo era algo que se circunscribía al otro lado del Estrecho, aquí a este lado, se podía ser islamista y ultra de pro sin grandes conflictos interiores, pero cuando la inmigración masiva trajo a un millón de islamistas procedentes del Magreb, el Shael, el África negra y Paquistán, ninguno de los cuales parecía ser doctor en teología islámica, sino fieles de a pie procedentes de sociedades primitivas y subdesarrolladas, todo el esquema se derrumbó.

Gustavo Morales, uno de los pro-hombres de la Falange Auténtica por algún motivo terminó trabajando en la Embajada iraní en Madrid, redactó la consiguiente obra sobre la revolución de Jomeini y terminó su contrato de mala manera hacia principios de los 90, en un tiempo en el que yo todavía mantenía relaciones con esos medios. Morales, al menos, tuvo el buen gusto de no islamizarse pero si de convertir a las formación por las que pasó al pro islamismo político. Manolo Caracuel, delegado de CEDADE en Granada, luego pasado a Democracia Nacional,  mantuvo siempre relaciones preferenciales con Libia, aunque era demasiado cachondón para asumir el islam sin reservas mentales. El primer número de la revista semanal que antiguos militantes de CEDADE de esa provincia realizaron hacia 1986, mostraba en su primera página toda la solidaridad de la que eran capaces de expresar hacia la causa de la revolución islámica. Hubo ultras en todas las manifestaciones de apoyo a las intifadas palestinas y no faltaron reparto de bofetadas con los ultraizquierdistas que estaban en las mismas posiciones “anti-imperialistas”.

Pero, a partir de 1996, toda esta corriente de simpatía hacia las revoluciones islámicas se hizo más difícil de mantener. El panorama en la calle había cambiado: ya no eran manifestaciones de españoles acompañados por algunos palestinos quienes desfilaban contra el sionismo… sino una masa ingente de rostros llegados de otras tierras, hablando otras lenguas, sin la sofisticación de los medios islámicos originarios, los que constituían la mayoría de asistentes, entre los cuales, los étnicamente españoles se buscaban como intentando reconocer a alguien de los suyos. Y para colmo, entre los pocos rostros pálidos que se reconocían, más del 50% resultaba ser ultraizquierdista… Cuando la invasión de Gaza, ya quedó claro que algunos sectores de la ultra empezaban a ver todo esto de la solidaridad con los palestinos como un berenjenal en el que no se les había perdido gran cosa. Sí, los sionistas eran muy malos y, además, se les caía el moco, vale, bien, pero es que los inmigrantes islamistas eran de lo más intranquilizadores y, para colmo, a esas manifestaciones acertaba a acudir el grueso de las fuerzas pro-inmigracionistas… [ver a este respecto]

En la actualidad, si alguien en la ultra se manifiesta a favor de la causa palestina no es ya por identidad ideológica (quedan en la ultra cuatro gatos postrándose hacia la Meca y rechazando los taquitos de jamón, el morcón de Burgos y el rioja, que pueden ser considerados a título de excentricidad) sino solamente por antisemitismo más o menos recubierto por la patina de antisionista que a algunos se les antoja más presentable. Salvo alguna que otra ominosa web dedicada a reproducir malamente los comunicados de la embajada iraní eludiendo considerar la realidad del país, la “revolución islámica” ha dejado de interesar a la ultra…

Y miren por donde yo fui uno de los instigadores de esta corriente. Es hora de volver al primer congreso del Frente de la Juventud. Por insondables caminos había conocido a unos “estudiantes islámicos” justo en el momento en el que los “estudiantes islámicos” había ocupado la Embajada norteamericana en Teherán. Uno de ellos, sirio de nacionalidad, había pasado una temporada en mi casa y junto a otro, iraní-iraní, asistió como representante de su organización (los “estudiantes islámicos”) al congreso. Cuando tomó la palabra hubo un equívoco que a algunos nos hizo pensar. El iraní explicó que se había sentido identificado con nuestro lema: “Dios – Patria – Justicia”. Esto tenía gracia porque era el lema de Fuerza Nueva y así se lo recordó el auditorio con cierto grado de cabreo. El lema nuestro era: “Patria – Justicia – Revolución”, que tampoco era manco. “Dios” se había caído de la terna como rechazo al nacional-catolicismo que hubo que sorportar durante el tránsito por el piñarismo. Poco después, cuando al salir de misa, Blas Piñar, divisó frente a la parroquia una mesa de propaganda del Frente de la Juventud, salió disparado, presa del furor divino, derribó el solito la mesa gritando “Dios, Patria, Justicia”. Los chavales jóvenes del Frente allí presentes no daban crédito. Tampoco era para responder la agresión, en el fondo era Blas, y los chicos del Frente estaban educados en que no era el “enemigo principal”, sino un compañero de viaje.

En aquel parlamento del iraní me empecé a plantearme si no estaríamos apoyando a la opción equivocada. No era baladí el hecho de que el “estudiante islámico” se hubiera identificado con el lema de Fuerza Nueva, eso equivalía a decir que los obispos –ayatolas de lo católico- deberían modelar el futuro de España tal como habían hecho en Irán… Una visión dantesca y terrorífica. Unos meses después llegué a París justo cuando el Parti des Forces Nouvelles, socio francés de Piñar en el seno de la “eurodestra”, había convocado una manifestación a favor del nuevo régimen islámico iraní. Debían ser unos 300 los asistentes, no muy entusiastas por cierto, los que se manifestaron. Pero a poco que uno penetrara en sus filas, podía percibirse que no había siquiera unanimidad entre los manifestantes, muchos de los cuales hubieran preferido vitorear al Sha y, mucho más a la hermana de éste, Ashraf Pahlavi, conocida como “la pantera negra”, mucho más beligerante y decidida que su hermano y que en la época mantenía contactos en Francia… con el mismo PFN. Contradicciones no son precisamente lo que le falta a la extrema derecha europea.

Años después, en las noches locas ibicencas conocería a Leila Pahlevi, la “princesa triste”, hija del Sha. Era una mujer curiosa de ojos extraordinariamente expresivos, tan hermosos como tristes, delgadez extrema, acompañada siempre por un rufián del que no pude aclarar de qué país árabe procedía, que era, a la postre, su camello. Apenas comia, incluso en los mejores restaurantes y pubs de la isla siempre pedía lo mismo: una taza de agua caliente. Se ha dicho que no pudo soportar el exilio en el que se encontraba desde que tenía 9 años. Yo creo que sus problemas eran mayores y su carácter depresivo acentuado por el consumo de fármacos y seguramente de algunas drogas habituales en la isla, abrieron el camino hacia su tumba. Subsistirá la duda si se suicidó o murió de alguna sobredosis. Creo, sinceramente, que todo el problema de Leila consistió en ir con malas compañías. Lo que pude ver en su entorno eran personajes irrevelevantes deseosos de fotografiarse junto a la “hija del Sha”, algunos de ellos fortunitas del exilio dorado iraní o bien rufianes como el que he aludido que llevaban en la cara escrito a fuego su condición de delincuente lombrosiano. Lo irrelevante del exilio iraní le produjo más vacío aún que le muerte de su padre o la lejanía de su tierra. Ese vacío fue llenado por camellos sin escrúpulos. A ambos sectores me refiero cuando hablo de “malas compañías”.

Pero en 1979, las relaciones del Frente de la Juventud con los estudiantes iraníes eran todavía prometedoras. Pocos días después empezamos a recibir propaganda del régimen islámico. Desde Canarias me llegaron dos cajas de biografías de Jomeini, libritos por los que tuve que pagar tasas de aduana… por increíble que pueda parecer, cualquier envío llegado de las islas debía de pagar alguna tasa; bonita forma de integrar a Canarias en “las Españas”. Luego llegaron más ejemplares de folletos editados por la embajada iraní en los que, más que de política, se hablaba de religión. Uno de ellos tenía título prometedor: “La poligamia en el Islam”. Su lectura fue muy instructiva para mí: ¿poligamia? Sí, pero solo hasta cuatro esposas y siempre que se las pueda mantener… Poco después, ya en el exilio parisino, supe que el famoso concepto de Banca Islámica que rechazaba el cobro de interés y que tanto me había atraído, era un bluf. Bastaba con eludir la prohibición colocando al frente de la banca a un cristiano. Así la banca iraní seguía cobrando intereses como la banca judía o la Caja de Ahorros de Bobadilla… Otro mito que se me cayó. Huibo otro camarada que se fue unos años a Irán por aquello de comprobar si aquello era la Jauja de los revolucionarios o el bluf que a algunos nos empezaba a parecer. El diagnóstico de este camarada fue demoledor: corrupción, drogas y muermo. Ese era el “Irán revolucionario”. A decir verdad, la corrupción es propia de todos los regímenes del Tercer Mundo entre los que por el momento se sitúa Irán si bien con la coletilla de “país en vías de desarrollo”. Sobre la droga es el tributo de estar geopolíticamente situado en la ruta de la Seda hoy convertida en ruta de la heroína que transita a toneladas desde el Irán post-talibán hasta la Albania pro-americana, pasando por el “corredor turco de los Balcanes”, todo ello con la bendición de los EEUU, no en vano esa heroica debilita a Europa. Pero lo dedl muermo era lo más imperdonable y se debía sólo a los oficios de la “revolución islámica”.

Un buen día, debió ser hacia 1987, a poco de extinguir mi condena a prisión por manifestación ilegal, cuando me presentaron a un grupo de pasradanes, guardias de la revolución iraní, que habían salido con la vista descalabrada de la Primera Guerra del Golfo, cuando un Saddam apoyado por todo Occidente, les roció con gases químicos. Recalaban en la clínica oftalmológica del Doctor Puigvert y de paso multiplicaban contactos en la Ciudad Condal con los medios islámicos y pro-islámicos. Estábamos en un bar de la Avenida Pearson cuando pedí una cerveza, y los dos iraníes otras dos, eso sí, sin alcohol; “la religión, ya sabes” me dijo uno. Ya sabía, lo que no sabía y me enteré entonces era de la sutil diferencia entre “cerveza sin alcohol” y “cerveza 0’0 de alcohol”. La otra, al parecer tiene un 0’5% de alcohol lo que basta para situarla en el índice de lo prohibido por el islamismo. Cuando trajeron las cervezas sin alcohol, pasaron todavía un buen rato mirando si era 0’0% ó 0’5%... y entonces a mí me asaltó la duda de si valía la pena tomar en serio a una religión que influyera incluso en los clientes de un bar y si todo aquello no pasaba de ser una superstición dictada acaso por la necesidad de Mahoma de disciplinar a un sustrato étnico caótico y primitivo mediante la sanción superior de la  improbable figura de un Alá, último de los dioses creados por el hombre que les dijera lo que estaba autorizado y lo que no. Casi todo en la religión islámica es mero formalismo a efectos de disciplina social: que si lavarse, que si no comer alimentos que se pudren demasiado rápidamente bajo el calor del sol, que si evitar un alcohol que puede ganar voluntades excesivamente débiles, que si la guerra santa para quemar adrenalina y extender el patrimonio, que si cuatro esposas y no más que el follar con cierta variación siempre es bueno, que si distribuir algo de la riqueza entre los necesitados, que si la política guiada por la religión…Para colmo, se me ocurrió leer un libro titulado "El pensamiento político de Jomeini" que, en realidad, era una recopilación de frases del ayatolah. Hubiera sino mas agradable leer páginas en blanco que no la síntesis de ideas peregrinas y/o primitivas que encontré. ¿Qué puede pensarse de un pensamiento político que entre otras lindezas recomienda no mear en las tapias de los cementerios...?

Todo esto parece muy alejado de las grandes especulaciones upanishádicas, de  la noble simplicidad del budismo palî o de la esencialidad minimalista del Zen, del culto iranio zoroástrico primo hermano de las sagas del norte, por no hablar de la concepción clásica greco-latina de lo sagrado, del dios considerado como fuerza de la naturaleza, del estoicismo que muestra el camino de la austeridad o de la teología católica que, a fin de cuentas, fue capaz de generar productos como la mística renana, alumbrar a nuestras grandes figuras del siglo de Oro o a gigantes de la embergadura de San Bernardo de Claraval. Incluso en los momentos en los que expresaba mi solidaridad y buscaba la colaboración con los regímenes islámicos debo reconocer que, a pesar de sentirme siempre atraído por todas las “escuelas tradicionales”, he experimentado el Islam como algo completamente ajeno a mí y al patrimonio cultural en el que me sitúo.

Por lo demás, en aquel infausto encuentro con los pasradanes me ocurrió otra cosa no menos lamentable. Después de dos horas de conversación me dí cuenta de que solamente habíamos hablado de “lo suyo”. Ni les interesaba un pito lo que ocurría en España, ni mucho menos en Barcelona, ni preguntaban nada sobre la sociedad o las costumbres españolas, no demostraban absolutamente ningún interés por nada que no fuera lo suyo, hablar sobre lo suyo y dar la barrila sobre lo suyo. Y entonces, mientras me estaban hablando del último discurso del ayatolah Jamenei ante el Parlamento iraní y con lo malo que era Saddam Husseim, de repente pasé revista mentalmente a lo que había hablado con palestinos en España, en distintos países iberoamericanos o en Oriente Medio: con todos ellos sólo había hablado de lo suyo, solamente se habían sentido interesados por lo suyo, siempre me habían largado un discurso lastimero –lo que en el lenguaje cheli, versión taleguera, se conoce como “currarse la página de la pena”- y nunca, absolutamente nunca, se habían interesado por encontrar lugares comunes con un europeo. Nunca les había interesado saber nada de Europa, sagrada tierra sobre la que se encontraban ellos y bajo la que nosotros tenemos enterrados a generaciones de nuestros antepasados, nunca habían perseguido nada que no fuera movido por el interés hacia "su" causa., seguramente porque consideraban que el Islam era el no va más de las relevelaciones, de los sistemas socio-religiososo y que todo está en el Islam, no hay nada fuera del Islam que valga la pena ser considerado, ni nada que puera interesar a un fiel de Ala. Por lo mismo se quemó la Biblioteca de Alejandría. El expolio, lo justificó Omar con aquella chorradita telecomandada en la que sostenía que si el contenido de la biblioteca decía lo mismo que el corán, en este libro estaba mejor dicho y por tanto lo otro sobraba y si decía lo contrario del Corán, merecía arder.

Entonces, mientras los pasradanes miraban si la cerveza era 0’0 o 0’5% de alcohol, recordé que al día siguiente de conocer al jefe de los estudiantes palestinos de Barcelona, él mismo personaje se entrevistaba con la cúpula aún clandestina del PSUC y al día siguiente con la de Bandera Roja. Ni siquiera tenían el “pudor ideológico” de distinguir quien figuraba más cerca de ellos en lo doctrinal, ni les interesaba un pimiento: todo consistía en vender el propio producto  a no importa quien como el mormón de turno o el testículo de Jehová asalta a cualquiera que se pone a su alcance en plena calle vendiéndole las lindezas de su fe. Será humanamente comprensible, me dicen, por aquello de que los palestinos llevan como 70 años puteados. Es posible, pero, dejando aparte, que los “estrategas” palestinos nunca han sido capaces de elaborar más que la estregia de la metida de pata permanente, lo peor es que esa sempiterna y lastimosa cantinela es, cómo diría yo… simplemente aburrida, ni siquiera partía ni ayer ni hoy, de un análisis global objetivo  ni hundía sus raíces en la causa última del problema. Todo se reducía a explicar lo malos que son los judíos. Y cuando ya estabas convencido de que son más malos que la quina, te insisten todavía en que hoy son más malos que ayer y hoy lo son menos que mañana. Este mismo discurso lo he oído en tres continentes. Afortunadamente, desde mediados de los ochenta, he tenido tendencia a informarme sobre la naturaleza del conflicto palestino en fuentes independientes y creo haber entendido el fondo de la cuestión, pero no ha sido gracias a ningún palestino que a fuerza de contar desgracias lo único que han logrado ha sido perder la perspectiva del problema. Quizás sea lo normal, porque la situación de tres generaciones de palestinos que no han vivido un año de normalidad, es como para volver tarumba a cualquiera. Pero eso no les exime ni mucho menos les justifica de su increíble tendencia a “curarse la página de la pena”, ni mucho menos a ser unos pelmazos con “lo suyo”.
 
Las conclusiones que saqué y las posiciones que sostengo ahora sobre esta materia, me alejan completamente de las que adopté desde 1979 y hasta principios de los noventa. El problema palestino es irresoluble y no es un problema de Europa. Tuve que reformular mi posición cuando estalló el problema de Gaza, lo que me valió el infamante sambenitiño de "pro-sionista", lanzado por todos aquellos que tienen tendencia a ocultar su antisemitismo de baratillo bajo la patina de la "causa palestina". [por ahí he dejado mis consideraciones sobre el asunto en forma de artículos en infokrisis. Véase el link correspondiente]. Es un problema de los EEUU y de su minoría judía (a fin de cuentas, Israel es casi otra estrella de la Unión) y de los Países Árabes. Así que las soluciones son tres: o los palestinos exterminan a todos los judíos, o los judíos siguen puteando eternamente a todos los palestinos o… las partes se sientan a negociar. Ellos tienen la elección. No nosotros. Y en cuanto al Islam baste decir que es una religión ajena a lo que ha sido siempre Europa, llegada en otro tiempo manu militari a España y frenada en seco en Poitiers, y hoy retornada con la inmigración. ¿Y los regímenes islámicos? Irán no es más que una potencia de tamaño medio que busca afirmar su hegemonía regional en la zona. Nada más. ¿Y el Islam? Es la religión tradicional propia de los países árabes; por lo demás, un agnóstico como yo ¿qué quieren que les diga sobre el Islam? No considero que el Islam deba ser considerado como una “religión” normal y corriente en pie de igualdad con el catolicismo, no solo porque  en su concepción lo político y lo religioso están inextricablemente ligados, sino por que, a pesar de saber abandonado la religión de mis padres, estoy agradecido a que el catolicismo les hubiera dado, a ellos y a mis antepasados, fuerzas y fe para vivir y para morir. El catolicismo es la religión tradicional a esta parte del Estrecho. El islam lo es  en la otra parte. El bosque no está allí donde gobierna el desierto.

A fin de cuentas, la aparente superficialidad y frivolidad que he manifestado en relación a palestinos e islamistas tachándolos de "aburridos y pelmazos", no es más que una exteriorización deliberadamente fatua a efectos de llamar la atención sobre un rechazo más profundo y casi instintivo: el islam es la religión del desierto, surgida de la contemplación de un paisaje monótono, monocorde, sin matices; cualquier religión europea es hija de la frondosidad de los bosques, de los dioses situados en altas cumbres nevadas, de dioses que caminan junto a los hombres. Lo que el monoteísmo islámico tiene de radical y absoluto, incluso en el cristianismo se relativiza con las tres personas de la trinidad, los santos, los apostoles, los miles de altares paganos que con un leve toquecillo de nada pasaron a ser altares de santos  cristianos que encarnaban los mismos valores de una ciudad, de una cofradía, de un pueblo. El aburrimiento monocorde irreprimible que genera todo lo islámico, su formalismo, es hijo del desierto. Y esto, colegas, esto es Europa.

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Ultramemorias (VIII de X) Visicitudes políticas en la transición (14ª parte). Soboreando la camaradería del Frente

De aquel primer viaje para contactar con el Frente de la Juventud recuerdo que todo fue como la seda. Nos recibió Beatriz K., nos encontramos con Pepe Las Heras y Juan Ignacio y no se nos ocurrió discutir ni las condiciones de nuestra integración en el partido (la camaradería nos eximía de formalismos y discusiones estratégicas, de la misma forma que cuando los hermanos empiezan a discutir de herencias algo va mal en la familia). Concretamos algunos proyectos a realizar inmediatamente. Yo me encargaría de la revista “Frente” que hasta entonces era un pequeño folleto fotocopiado en tamaño cuartilla de 12 ó 16 páginas. Estuvimos viendo la posibilidad de realizar algunos carteles de relanzamiento del Frente y de solidaridad con los camaradas presos. Hablamos de la situación de nuestro sector político: Juan Ignacio, tras su salida de Fuerza Nueva, siempre se sintió mucho más próximo a la Primera Línea de Falange que a cualquier otro grupo, acaso porque éstos practicaban un activismo que rivalizaba en desmesura con el nuestro. Y digo en nuestro, porque a esas alturas ya estábamos implicados hasta las trancas en la vida del Frente. De hecho, en noviembre de 1980, sólo unas semanas antes de su muerte, Juan Ignacio propuso la integración del Frente de la Juventud en la Primera Línea de Falange. Cuando dos camaradas de la dirección madrileña del Frente me fueron a ver a París, les transmití mi oposición a este proyecto y en los días siguientes elaboré en la distancia otro alternativo: el Frente de la Juventud debía transformarse en un partido que dejara atrás esa sempiterna obsesión por lo juvenil e intentara crear un polo extraparlamentario en condiciones de realizar con Fuerza Nueva el “juego de las partes”: nosotros asumiríamos el quemarnos en la pira del activismo desenfrenado, asumiríamos la posibilidad de tener una mala imagen y de hacer el trabajo sucio, mientras que al partido de Blas le correspondería la imagen pulcra de partido moderado con vocación parlamentaria al estilo de lo que estaba haciendo en ese momento el MSI. La tarea del Frente, en los momentos previos a su transformación, no podía ser otra mas que la de ir recogiendo a descontentes que fueran saliendo de Fuerza Nueva y de FE-JONS y constituirse como el verdadero polo activista de la ultraderecha. En los meses previos al asesinato de Juan Ignacio, entre noviembre y diciembre de 1980, estaba claro que “algo iba a ocurrir”, todos los militantes de la dirección del Frente de Madrid experimentaban la intuición de que se aproximaba un momento de mutación radical y que las cosas, a partir de ese momento, ya no serían como en los tres años anteriores. Era una sensación oscura, apenas una intuición que incluso se dejaba sentir en la lejanía del exilio en donde yo me encontraba ya en ese momento.

Pero en aquel primer viaje a Madrid en 1979 nada de todo esto podía preverse. La aventura primaba por encima de la necesaria estrategia política. La camaradería entre “guerreros” era mucho más importante que las sesudas discusiones sobre como alterar el curso de la transición. Al menos en aquel primer viaje de teoría se habló poco, de análisis político lo justo y las copas, francachelas y desmadres varios allanaron el camino. En la noche quedamos para tomar unas copas en unos bares alejados de la sede. Uno de los camaradas madrileños se puso de paquete en la moto para guiarme. Salimos a escape por la calle Velázquez y ya en el momento de arrancar me dio la sensación de que la punta de ver la punta de un pie por la rabadilla del ojo izquierdo. Tres manzanas más adelante me detuve en un semáforo en rojo y pregunté al “paquete” hacia dónde había que tirar. Sorprendentemente detrás no había nadie. A lo lejos, tres manzadas antes, era posible ver, a la altura de Claudio Coello a un grupo de gente en medio de la calle: eran los camaradas que estaban recogiendo al “camarada-paquete” caído al dar gas a la moto. Veintisiete años después de aquel episodio, cuando me llamó en los días previos al veinticinco aniversario de la muerte de Juan Ignacio, todavía recordaba aquel episodio que terminó con jarras cerveza chocando hasta la intoxicación etílica o poco menos.

En realidad, descendiendo a un terreno menos poético para la militancia y el activismo, hbía que decir que entre los “Patriotas Autónomos” y el Frente de la Juventud, existió en aquellos primeros momentos la clara noción de que era precisa una “joint venture”. Nosotros superábamos la crisis ocurrida con el desmadejamiento del FNJ y ellos sumaban militantes capaces de dar algo de coherencia teórica al grupo. Ese era el cometido que ya entonces asumía regularmente en los grupos en los que militaba: elaborar documentos, carteles y revistas. Y a esa tarea me dediqué con entusiasmo. Existían limitaciones económicas, pero no excesivas… Juan Ignacio me había transmitido el “pedid y se os dará” en la medida de las posibilidades. Salieron unos cinco o seis números de “Frente” con el mismo formato y los mismos grafismos que el antiguo “Patria y Libertad” del FNJ, indicando cierta continuidad y también registrando ciertas mejoras a la vista de la experiencia acumulada. En cuanto a los carteles fueron, con mucho, los mejores que había impreso la ultraderecha en aquella época, entre otras cosas, porque me beneficiaba de los contactos previos que tenía con organizaciones hermanas europeas y que me posibilitaban el que tomara ideas y elementos gráficos que había dado buenos resultados en Europa. Por lo demás, como realizaba el trabajo en aquella época y cómo lo realizo hoy, no puedo por menos de sentir cierto vértigo: en 1979 todavía se maquetaba cortando y pegando galeradas a mano, a poco que te despistaras, algunas columnas quedaban inclinadas, había que calcular mucho para igualar columnas y para colmo carecíamos de máquina para la fotocomposición, lo que nos obligó durante unos números a utilizar una máquina de escribir normal justificando los textos a ojímetro. Cada número de “Frente” se convertía en una verdadera odisea, angustiosa, artesanal… y mucho más desde que inicialmente, salvo en un período de mi vida, no había trabajado en prensa. Y esta experiencia se había limitado a un trabajo juvenil en los talleres de La Vanguardia. Tuve que descubrir, poquito a poco, los pequeños trucos del oficio, hacerme mi propia mesa reflectante, gastar ingentes cantidades de dinero en letraset, consumir fotocopias y fotocopias hasta obtener los efectos gráficos que pretendía. En fin, una odisea que hoy es sustituida por un ordenador de apenas un mega de RAM y con un par de programas de diseño gráfico y autoedición moderadamente sencillos de manejar. Y de ahí a la imprenta a través de FTP. Hace treinta años incluso transportar los originales al polígono industrial donde se encontraba la imprenta suponía una odisea.

Volvimos a Barcelona entusiasmados por lo que habíamos visto. El paquete ni siquiera notó la estrechez del sillín y llegamos en una sola tirada a BCN superando la media de 150 por hora. Personalmente experimentaba una especie de borrachera de la velocidad. Y era curioso experimentar como en aquella conducción suicida, mi consciente se había inhibido completamente, y me guiaban algo más profundo que llegó a asustarme: no era el cerebro el que conducía sino algo diferente, un impulso interior, lúcido, inefable, que no dejaba lugar al error, que permitía alcanzar los 170 por hora en algunos momentos, esquivando a otros vehículos de la autopista sin que el cerebro apareciera en escena para imponer prudencia, refrenar velocidad o calcular si cada adelantamiento era más o menos suicida. Era otra cosa: había algo de salvaje e instintivo en aquella forma de conducir que nunca antes se había apoderado de mí, pero sería demasiado simple atribuirlo a entusiasmo o al efecto de las cervezas de la noche anterior. Era otra cosa: era la lucidez absoluta del aquí y del ahora, la sensación de que algo profundo conducía por mí, impulsaba las caderas a un lado o a otro para facilitar los giros, un impulso supra-racional que retorcía el gas hasta más allá del límite del motor, de un impulso ajeno por completo a las neuronas que movía mi pie cambiando marchas a una conveniencia que no era juzgada por consideraciones de conducción. Supongo que esa misma sensación es la que cualquier piloto de carreras experimenta o a la que tiende a vivir en la pista de competición. Por entonces no practicaba ni yoga, ni zen, así que ese estado de arrobamiento mental no tenía nada que ver con técnicas que empecé a ensayar dos años después en la cárcel parisina de La Santé, sino con un estado mental específico. No creo que fuera nada que otros motoristas no han sentido antes, pero sí fue la primera vez en la que, conduciendo, eludí cualquier otra consideración  surgida de mi cerebro y fui uno con la máquina y uno con la ruta. Creo recordar que solamente paramos en Zaragoza para saludar a los camaradas de por allí.

Zaragoza era un lugar curioso. Existía un pequeño grupo del FNJ que estaba a punto de pasar al Frente de la Juventud. Como ocurría con todo grupo que realiza poco nivel de actividad militante, el grupo había pasado a ser una especie de peña de amiguetes que terminaban mirando con cierta desconfianza a algún eventual recién llegado. Y acababa de llegar uno de estos al que su primo, Manolo Bonilla, llamaba “el Comandante Cero” a la vista de que solía vestir tres cuartos militar y boina negra. El grupo era de esos entrañables que, con el paso del tiempo, han seguido más o menos mantener su cohesión vincular y los lazos de amistad a pesar de las vicisitudes de la vida. “El Comandante Cero”, por supuesto, desapareció de escena a la vista de que no terminaba de encajar con el resto y el Frente de la Juventud tampoco llegó muy lejos en mañilandia. Volvimos en otras ocasiones en aquel período a Zaragoza y acudieron incluso camaradas de Asturias y Navarra que luego terminarían integrándose en el Frente de la Juventud. También en Valencia se pudo implantar a un grupo activista que sustituía al grupo de Tormo, como siempre obsesionado por los uniformes, los correajes paramilitares y sin entender que esa no era la línea del Frente. Andalucía fue la zona que estuvo más huérfana de militancia frentista. Allí la presión de Fuerza Nueva era asfixiante e incluso en las primeras elecciones regionales, el partido movilizó a todas sus fuerzas convencido de que podría obtener algún resultado que no llegó y que, por lo demás, tampoco podía llegar a la vista de que el partido seguía sin advertir sus carencias dramáticas: objetivos, estrategia, programa…

En Barcelona, el Frente debía movilizar en aquella época por encima de 50 militantes de partida, incluidos chivatos, infiltrados y confidentes, que de todo había, pero que fieles a la teoría del limón, si uno de estos elementos quería realizar su trabajo entre nosotros ya sabía que le tocaba palmar activismo como el que más. El activismo esta vez se convirtió en frenético. Nada de reposo, nada de meditación, nada de haraganería, o de eso que suelen hacer los infiltrados, llegar tarde a las reuniones, llevarse sólo un ejemplar de todos los papeles que se distribuyen e irse antes de acabar con cualquier excusa. Si querían vender sus confidencias sobre el frente que asumieran el hecho activista y se esforzaran, que a fin de cuentas, en un cartel pegado sobre un murio no deja consancia de si lo ha colocado allí un chivatillo o un abnegado activista. En Sabadell, un camarada fue detenido colgando carteles, no llevaba el DNI encima y camino de la comisaría abrió la puerta y saltó del coche policial escapando ante el asombro de sus custodios. Se realizó una campaña contra la revista Interviu que obligó a los kiosqueros a colocarla en lugares no visibles lo que facilitó el que de una semana a otra su venta cayera el picado,  más de un 50%. Un kiosquero recalcitrante se llevó el consabido cóctel molotov. No nos habíamos olvidado de Vinader y de los asesinados a raíz de los dos artículos que publicó en aquella revista con las declaraciones de aquel desaprensivo ex policía nacional. Nos enfureció particularmente el que la Cadena Zeta publicara una nota en la que afirmaba que “ETA no necesitaba las informaciones Interviu para establecer sus objetivos”. Así pues nosotros, en la primera página de Frente colocamos la dirección de Vinader añadiendo que ese dato era una minucia a la vista de que “los guerrilleros de Cristo Rey” (organización que sabíamos inexistente) deberían tener un servicio de información suficientemente desarrollado como para que aquella modesta publicación no les dijera nada nuevo... Era como darle a Zeta de su propia medicina. El mismo día en que apareció ese número de Frente, el apartamento de Vinader  en Sant Gervasi fue asaltado por desconocidos. La hybris activista proseguía y estaba a punto de alcanzar su climax.

No hay partido que se precie que no convoque antes o después un congreso. El Frente de la Juventud no lo había convocado hasta entonces pero a partir de ese momento era urgente realizar lo más parecido a una asamblea nacional que presentara en sociedad a los nuevos militantes y a los grupos locales que se estaban integrando en la organización. Dado que el local del Frente era pequeño para albergar una asamblea de este tipo, hubo que recurrir al Centro Cubano que tenía la ventaja de la proximidad al local y de los mojitos que siempre podían elevar el tono de las discusiones. Me tocó a mí hacer las ponencias. Aquellos escritos eran todavía juveniles, pretenciosos y aureolados de cierto maximalismo, pero, mentiría sino reconociera en ellos cierta voluntad de configurar un partido que se pareciera al máximo posible con los grupos extraparlamentarios italianos que eran, para nosotros, el modelo a seguir, al margen de que en aquel momento estaban reciendo una oleada represiva que mantenía a unos doscientos activistas en las cárceles. Por lo demás, desde el punto de vista formal eran documentos “correctos”: un análisis de la situación política española en la que se insistía en los problemas y desajustes que estaba llevando a cabo la transición, en la cada vez más catastrófica situación económico-social, en la denuncia de los mitos de la transición que por entonces ya estaban completamente perfilados, y en la oscuridad que se percibía en el horizontes. España, contrariamente a lo que la mitología posterior, ha querido imponer, estaba muy mal en aquella época. El terrorismo etarra ni siquiera merecía las primeras páginas de los diarios y había noticias de asesinatos de dos o tres guardias civiles que aparecían en páginas interiores, siempre en las de la izquierda, en la parte inferior y sin apenas titulares. Ahora bien, bastaba con que un vecino del cuñado del primo de un amigo de Blas Piñar, le diera una hostia a un rojillo como para que el caso se presentara como una “intolerable agresión fascista”. Y luego estaba el descoyuntamiento autonómico que se adivinaba en el horizonte, los inicios del café para todos, y las declaraciones de una clase política que dos años después de estrenar democracia eran incapaces de utilizar un lenguaje que fuera más allá del tópico exigido por un marketing político común que, por lo demás, sigue en vigor. En aquel informe político denunciaba que el país había entrado en la vía de la liquidación, pero, leer aquella ponencia, al margen de algunas expresiones “iniciáticas” (el recurso a las “fuerzas nacionales” por las que entendíamos los partidos patrióticos y las organizaciones más o menos ultras), el ver a UCD solamente como “franquistas vergonzantes” en lugar de percibirlo como areópago de ambiciones desmedidas y de no haber percibido a tiempo que Carrillo había vendido al PCE tras su visita al Consejo de Relaciones Exteriores o que el marxismo se preparaba para entrar en el basurero de la historia), a pesar de todos estos errores de apreciación, insisto en reivindicar aquellos textos como los más lúcidos que fue capaz de emitir la ultra en la transición. Me encargué también de la ponencia de estrategia. Era más difícil porque se trataba de elaborar una línea y, no sólo eso, sino que la base militante la asumiera y la siguiera. Y eso era prácticamente imposible. Insistí en los tres puntos que ya había elaborado para el FNJ:

-    Gobierno dimisión (sentir cierta conmiseración por el triste destino de la familia Suárez y por el estado de postración mental en la que se encuentra el expresidente en el momento de escribir estas líneas no es suficiente para olvidar que en su gestión política al frente del país fue un oportunista de pocas ideas, capaz solamente de ejecutar un plan que le vino impuesto por los poderes fáctivos internacionales)

-    Gobierno de “salvación nacional”, formado por técnicos y expertos (algo que hoy vuelve a ser necesario y que lo es siempre que las crisis económico-sociales tienden a confirmar que las “élites políticas” son brillantes en el reparto de la riqueza, pero absolutamente inútiles para gestionan situaciones de precariedad).

-    Disolución de las instituciones surgidas tras el 10-N-75 (y en esto debo decir que ya por entonces el parlamento era una asamblea de mediocres oportunistas que luchaban por lo suyo sin mucho recato;, y aun así, había muchas más personalidades brillantes de la que hoy calientan las bancadas del hemiciclo; en el antiguo régimen existía un principio que aún hoy considero interesante: la “democracia orgánica”. Desprestigiada por que bajo el franquismo nunca fue capaz de apurar sus potencialidades, el hecho era que en el parlamento (y no digamos en el senado), los representantes públicos en lugar de ser elegidos en función de su pertenencia a la lista de tal o cual partido, deberían ser elegidos por los “cuerpos intermedios” de la sociedad: sindicatos, universidades, asociaciones, ONGs, corporaciones locales, colegios profesionales y demás grupos que componen lo esencial de la sociedad civil. Yo creo que, a la vista de los últimos 30 años de democracia inorgánica (o partidocracia, o plutocracia), al menos en lo que se refiere al senado, habría que empezar a pensar en convertirlo en una “cámara orgánica de la sociedad”, en lugar de cómo pretenden algunos giliflautas, en “cámara de las autonomías”, como si el diputadillo de a pie no representara a su propia autonomía).

Intenté presentar la estrategia de la “fractura vertical dentro del sistema” en términos poco comprometidos. Pero era claro que el Frente de la Juventud se declaraba implícitamente por el golpismo. Y había algo más: no solamente nos declarábamos a favor de la “fractura vertical”, sino que estábamos dispuestos a colaborar con quien sostuviera la misma orientación.

Debieron asistir unos 100 congresistas. Entre ellos estaba Luis Pineda que sostuvo con una obstinación digna de mejor causa, una teoría curiosa: defendió que, así como que en plena ortodoxia marxista, la contradicción entre burguesía y clase obrera debería de cristalizar en una síntesis en la que la clase obrera fuera hegemónica, Luispi sostenía que deberíamos de hacer lo posible porque la síntesis final fuera patriótica. En aquel momento estudiaba COU y empezaban a ser palpables los destrozos de la nueva ley de educación. En el curso de aquella magna asamblea lo que saqué en conclusión es que la extrema-derecha no se ha hecho para debatir sino para batir el cobre. Uno de los camaradas asturianos lo decía con una serenidad pasmosa: “Ernesto, hay que batir el cobre”. Y por batir el cobre entendía trabajar políticamente, realizar más activismo y convertir ese activismo en el eje de gravedad del partido. No me debía de convencer de algo que ya estaba convencido, así que, a fin de cuentas, el Primer (y único) congreso del Frente de la Juventud, sirvió para dar un basamento teórico al activismo. El Frente de la Juventud debía ser, tal como el pelo púbico es un receptor de aromas, un polo activista y dejémonos de más hostias y complicaciones: “¿Dónde está el enemigo? ¿allí? Pues a por ellos y maricón el último”. ¿Para qué complicarse más la vida? Sin embargo, hacía falta algún documento sobre el que apoyar el activismo y eso fue lo que salió del primer congreso.

Había en el Frente de la Juventud un trasfondo sexual indudable. Recuerdo que en cierta ocasión Juan Ignacio vino a Barcelona y, claro está, terminamos tomando jarras de cerveza en la Plaza Reial. Uno de los camaradas –aquel que saltó del coche de la policía sabadellense en marcha- tenía mal beber y le arreó una colleja de impresión a uno de esos tipos barbudos que quintaesenciaban el estilo de los independentistas de la época. Peor fue la segunda que llegó cuando ya me había preocupado por refrenar su agresividad. En aquella ocasión le expresé a Juan Ignacio mi interpretación hermenéutica sobre el símbolo que utilizaba el Frente de la Juventud. Era, a la sazón, un triángulo invertido formado por la siglas “F” y “J”, coronado por una llama más bien amazacotada, lejanamente inspirada en la del MSI y todo ello dentro de un óvalo. Se me antojaba que el triángulo invertido era el símbolo del pubis femenino, acentuado por el hecho de que el palo ascendente de la “J”, indicaba a las claras, la ubicación exacta de la raja femenina. Para colmo, la llama era el símbolo inequívoco del fuego masculino que, en la forma de semen hirviente, terminaba depositado en la vagina femenina. Todo ello, dentro de un óvalo parecía encerrar dentro de sí la concepción del mundo de la que era partícipe el Frente: todo lo que vale la pena en la vida es la tensión dialéctica entre lo masculino y lo femenino, entre el follador y lo follado… La interpretación ocasionó en primer lugar unos ojos de sorpresa por parte de Juan Ignacio (bien es cierto que  llegaba cuando apurábamos la segunda jarra de cerveza) y luego una estruendosa carcajada que no desmentía mi interpretación hermanéutica que, aun hoy sigo sosteniendo. Juan Ignacio me explicó que aquel símbolo había surgido del de los “artilleros de la Sección C”, aquellos que lanzaban cohetes contra el adversario a través de tuvos de PVC en los enfrentamientos callejeros. Lo cierto es que nadie cuestionaba este símbolo que el Frente de la Juventud siguió manejando hasta su disolución y del que me reafirmo en la interpretación hermanéutica que di en aquella memorable velada de camaradería en la Plaza Reial.

El local del Frente estaba situado en uno de los lugares más caros de Madrid. Y había que pagarlo todos los meses. Luego estaba el esfuerzo de propaganda: carteles, revistas, pins, panfletos que eran caros de producir. Y, finalmente, las fianzas que depositar para liberar a los camaradas detenidos, desde aquel que le había dado una hostia fortuita a un rojo, hasta aquel otro que con un cuchillo de monte había rajado de arriba a bajo a un pobre chaval que esperaba en la cola de un cine de la Gran Vía. En esto el Frente de la Juventud fue la antítesis del principio que regía en los medios piñaristas: mientras que estos no ayudaban ni siquiera a sus propios camaradas presos, no fuera que les terminaran dando mala imagen, (algo incomprensible a esas alturas que se preocuparan de la imagen cuando ya de por sí era catastrófica con sus mesnadas de adolescentes uniformados, pero enfin...)  para el Frente de la Juventud bastaba con que alguien hubiera terminado en la cárcel para que mereciera el arrullo de la solidaridad militante. La que luego sería “señora de Pineda” se encargaba de coordinar la solidaridad con los presos (y alguno de ellos le escribía cartas en las que reproducía párrafos enteros de José Antonio Primo como si hubieran nacido de su propia pluma). Como en la legión, nadie preguntaba por qué coño tal o cual camarada había terminado en la cárcel: ya fuera por un palo en un super, por una agresión gratuita, por siete abogados apiolados en Atocha, o por que lo habían trincado colocando carteles del Frente, cualquier camarada encerrado era objeto de solidaridad. Se había pasado de un extremo a otro: de negar cualquier forma de solidaridad militante con presos, tal como era la práctica piñarista, a la de solidarizarse incluso con el caco Bonifacio si éste en un momento de su infancia perteneció a la OJE. Ni tanto, ni tan calvo, o como decía el Buda: si una cuerda no está tensa no suena, si se tensa demasiado, se rompe. En Fuerza Nueva no sonaba, en el Frente a fuerza de tensarla, se rompió y a muchos nos cogió en mala situación.
 
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Ultramemorias (VIII de X) Visicitudes políticas en la transición (13ª parte). Algunas pinceladas previas sobre el Frente de la Juventud

El Frente de la Juventud fue, sin ningún género de dudas, el grupo más agresivo de la ultraderecha en la transición. No se piense que estaba formado por descerebrados y vertebrado por líderes toscos o brabucones o simplemente por esbirros de tal o cual servicio policial. Los dos personajes más representativos en Madrid eran, sin duda, Pepe de las Heras, un antiguo veterano de las Defensas Universitarias, pasado luego a Fuerza Nueva, y Juan Ignacio Rodríguez que si nos tuviéramos que remontar a su primera militancia adolescente habría que decir que perdió la virginidad política –arrastrado por sus amigos de la época- en el Partido Comunista Obrero de España de Enrique Líster que, al parecer siempre estuvo bien acompañado (ya he contado que otro de los próximos al muy estalinista ex jefe del Quinto Regimiento en sus últimos años fue otro querido camarada).
 
El resto de militancia había hecho sus primeras armas en Fuerza Nueva y, por tanto eran jóvenes o muy jóvenes. Todos, sin excepción, echaos p’adelante y todos, incluidas las hembras de tronío, con  alta puntuación en el ranking virtual establecido por el cojonímetro. Por sus propias características no había lugar para cobardones en el seno del Frente de la Juventud. Para los que veníamos de haber aguantado unos años a alguien que podría ser definido como miedica entre los miedicas, y rajado entre los rajados, era todo un contraste encontrar a gente de mirada directa, carcajada insolente, choque de manos franco y entre cuyas costumbres no existiera la del retroceder ante nada. Todo eso se ha valorado siempre en las sociedades tradicionales de las que sentíamos formar parte. Juan Ignacio era un tipo que inspiraba confianza desde el primer momento en que lo conocías, daba la sensación de ser todo sinceridad y era de los personajes más directos y carusmáticos que he conocido. No creo exagerar si digo que era el mejor entre todos nosotros y, sin duda, el mejor que circulaba en aquella época en la ultra. Ya se sabe que los amados de los dioses mueren jóvenes.

A pesar de ser un tipo sincero, directo y sin complicaciones, era también alguien que tenía un instinto político para más desarrollado de lo normal. Con su afectuosidad características era difícil darse cuenta de la importancia de sus silencios, con sus comentarios que incitaban a menudo a la carcajada sobre tal o cual anécdota no se solía percibir que en el fondo de su personalidad maniobraba evitando exponer a sus camaradas bajo riesgos innecesarios. Ambos, tanto Pepe Las Heras como Juan Ignacio fueron extraordinariamente criticados por el partido al que habían servido lealmente en los años anteriores, Fuerza Nueva. De los mentideros de nacional-catolicismo surgieron contra ellos ataques que excedían con mucho lo calumnioso y que demostraban que, a fin de cuentas, un católico podía mentir a placer a la vista de que un arrepentimiento a tiempo le redimiría de cualquier hijoputez anterior que hubiera cometido. No era que un bel moriré honorase toda una vida sino que lo que se sostenía implícitamente en esos medios era que una vida de calumnias sería a la postre redimida por los santos oléos en el momento del espiche. Sobre Pepe Las Heras se dijo por activa y por pasiva que era “agente del Cesid” y sobre Juan Ignacio que “trabajaba para el Cesid”. En el Cesid les constaba que ni uno ni otro estaban en nómina, pero tendían a pensar que ambos trabajaban para la policía y que, por extensión, todo el Frente hacía otro tanto. Créanme que era así. Lo cierto es que Pepe conocía a todo lo que valía la pena conocer del Madrid ultra incluidos los servicios que estructuó Carrero Blanco, el SEDEC. Ya he dicho en otra ocasión que todos los que estudiamos en aquella época, y éramos anticomunistas (y en esto incluso a democristianos y socialdemócratas) antes o después fuímos contactados –y los que se dejaron, formados- por el SEDEC. No era por tanto raro que Pepe, que procedía de una estructura anterior, las Defensas Universitarias madrileñas, creadas antes de que el SEDEC existiera y que fueron sustituidas por la AUN (Acción Universitaria Nacional) en el curso 1969-70, hubiera conocido a capitancetes de esta organización que luego debieron pasar al CESID. Ahora bien, “conocer a” no quiere decir “trabajar para”. Pepe Las Heras no trabajaba para nadie más que para el partido al que había entregado su lealtad, durante unos años Fuerza Nueva, y tras la ruptura, el Frente de la Juventud. Y lo mismo cabe decir de Juan Ignacio al que le unían vínculos de amistad pre-políticos con el comisario Marín, uno de los implicados en la muerte del etarra Arregui en las peores semanas previas al 23-F.

Por otra parte, en aquella época todo era extremadamente confuso y era muy posible que hubiera gente dentro del aparato de seguridad del Estado que jugara con dos y hasta con tres barajas e incluso con ases de la baraja francesa y española en la manga por lo que pudiera resultar. Para muchos funcionarios de un cuerpo de seguridad del Estado, lo normal era cobrar del suyo, de otro que requería su colaboración y hacer juegos personales intentando quedar bien con todos incluso con aquellos a los que espiaba, provocaba o simplemente engañaba. Eso explica muchas de las confusiones que se produjeron, especialmente en Madrid –capital de todo el empastre de servicios interactuando con ultras, militares golpeteros y para colmo amigos de la guardia civil montando festivales a go-gó. Y todo esto con un Blas que si lo oías parecía que el país quedaría descalabrado de un momento a otro por el separatismo, los comunistas de carné y los “lobos con piel de cordero”, peores que ellos, que eran los del PSOE. Asistir a uno de esos mítines, con la parafernalia de los años treinta redivida, con una retórica inflamada de patriotismo ultramontano, henchida de fervor católico más allá del papismo y saturada de escatología y catastrofismo, era una experiencia inolvidable. Luego, claro está, como el discurso no terminaba con la definición de estrategias (es muy probableme que Blas no tuviera claro jamás qué quería decir la palabra “estrategia” en política) la gente salía alarmada y dispuesta a hacer cualquier cosa para “salvar a España”. Por eso en torno a Fuerza Nueva ocurrieron tantos y tantos incidentes violentos: quien conoce la estrategia de su partido, sabe cómo actuar en cualquier momento, quien cree que esto se hunde, no tiene tiempo de plantearse qué hacer, sino de hacerlo a la voz de ya, guiado por su  propio entender. Así que los chavales salían de un mitin ultra, veían a un melenudo y le daban matarile. Pasaban ante la sede del PSOE y creían que allí se había instalado alguna cheka dirigida por el mismísimo Andropov. Sucedieron episodios bochornosos y trágicos en los años que mediaron entre las segundas elecciones democráticas y el 23-F.

En ese momento ya se habían cerrado los pactos de la transición que implicaban –lo ignorábamos entonces- el acoso y derribo de los restos de la ultraderecha y el impiderles formar una opción política a la derecha de Alianza Popular. Así pues, existieron maniobras provocadoras contra la extrema-derecha desde el arranque mismo de la transición hasta los días antes de las elecciones de 1982 que dieron la victoria al felipismo. Es difícil establecer cuando terminó la transición: realmente debería ser con la aprobación de la constitución de 1978, oficialmente con el golpe-trampa del 23-F y realmente con las elecciones que entronizaron a Felipe González. A partir de ese momento se inician los “años de la corrupción”, más tarde la “pasada por la derecha” y luego el “quinquenio negro” en el que estamos. A eso se pueden reducir los últimos 30 años en la vida de España y en eso ha consistido la tragedia de este país sin remedio y sin esperanza.

En este panorama lo único que le faltaba a la ultra eran dirigentes poco hábiles y un vacío absoluto en el sitial de los estrategas. Eso fue lo que tuvimos y por eso la ultraderecha ni pesó entonces, ni la resaca de la época le permitirá volver a pesar jamás. En un partido de “derecha nacional”, “a la Europea”, gentes como Juan Ignacio o Pepe Las Heras, hubieran llegado lejos, tenían la suficiente energía interior como para imponerse a la bandada de catolicarras tan piadosos como falsos, a los cobardones oportunistas sin escrúpulos que nunca faltan en estos pagos y a la mediocridad general propia de todo partido en democracia, y todo esto con una ventaja: eran buenas personas, la traición no entraba en sus planes y vender a un camarada era para ellos el peor de los delitos que les hubiera abochornado a sí mismos. Por eso, soporté y soporto mal que se hable de ellos como “chivatillos”, como “agentes de presidencia” y como “parapoliciales”.

El membrillo que movió al mundo

Debió ser hacia finales de 1977 cuando Blas Piñar había dado un mitin en Logroño. Por esa época el tesorero del partido, don Ángel Ortuño, un antiguo consejero de La Papelera Española proponía la compra por 100 millones de la época del antiguo edificio de esta empresa, un viejo caserón como sede del partido. Se trataba a todas luces de una compra desmesurada. Ni el partido era tan grande, ni precisaba una sede tan faraónica. Ambos episodios, el mitin de Logroño y la sede, interactuaron para que la Sección C, parte de Fuerza Nueva, la delegación Vallisoletana y el secretario general del partido terminaran dejando plantado a Blas.

En Logroño ocurrió un episodio de “gran calado” nunca jamás aclarado que estuvo en el arranque la guerra de guerrillas interior. Como solía ocurrir en ese partido de tintes muy formalistas y burgueses, cuando Blas acudía a dar algún mitin, la delegación le solía obsequiar con algún presente de interés regional. En Logroño le obsequiaron, claro, con un membrillo. Un fenomenal, esplendoroso y suculento membrillo. En la vorágine de esas situaciones, Blas y su esposa perdieron de vista el dichoso membrillo. Era normal, a fin de cuentas no se trataba de dar un discurso patriótico enarbolando un membrillo ante el auditorio, ni tampoco dejar a la vista de la platea el membrillo sobre la mesa presidencial. Así que se lo dieron a un chaval y el membrillo desapareció. Ya desde esa misma noche, en la capital riojana, el membrillo dio que hablar. Al parecer, Doña Carmen Gutierrez de Piñar y alguna otra dama ilustre del partido achaban a los de la Sección C infidelidad en la custodia del membrillo. Sea como fuere, Pepe las Heras y Juan Ignacio, años después de este chusco episodio me juraban y perjuraban que no tenían ni la más remota idea de lo que se había hecho con el membrillo. Y no hay motivo para descreer sus afirmaciones.

El episodio del membrillo menoscabó el concepto que la cúpula del partido tenía en los muchachos de la Sección C. A partir de entonces, fueron colocados en el índice y vistos como gentes de poco fiar que anteponían el buen yantar a la lealtad debida al “caudillo del Tajo”. Sí, por que en aquellos años (entre 1972 y 1979) circulaba una leyenda dentro del partido. Una profecía mariana de dudoso origen –que luego pertenecería al magma ultramontano que terminó dando origen a la secta de El Palmar de Troya- consideraba a Blas Piñar poco menos que “el elegido” por la providencia, para salvar a España –“nacerá un caudillo al pie del Tajo que salvará a España y a Europa…”, Blas era toledano, ergo…- la profecía no se expresaba ni en la revista ni en las reuniones del partido, pero sí circulaba, especialmente en los ambientes madrileños y mucho más a nivel del entorno más próximo a los Piñar. Como se podía intuir a un “caudillo” elegido por la providencia no se chuleaba un membrillo así como así.

Para colmo, por tosca que fuera la reflexión estratégica del partido, empezaba a haber divergencias. Pepe Las Heras, por su posición, era perfectamente consciente de que comprar una sede faraónica, desmesurada y de difícil mantenimiento, iba a suponer un lastre para el partido que tampoco nadaba en la abundancia. Por otra parte, ni AP, ni UCD, ni el PSOE, tenían en aquella época edificios de esa magnitud a pesar de que por sus dimensiones les correspondían. Pepe y Juan Ignacio estaban a pie de obra en la vida del partido, tenían las más altas responsabilidades militantes y eran, sin lugar a dudas, los que estaban más cerca de los militantes de base. Sabían por ejemplo que el partido crecía mucho menos en el Barrio de Salamanca que en los barrios populares y que era allí en donde se necesitaban sedes. La administración cabía perfectamente en los locales de Núñez de Balboa. Con los 100 millones que costaba la nueva sede se podían comprar más de 40 locales de barrio y convertirlos en centros de expansión del partido. Así pues las estrategias eran dos: la de la fantasía “ostentórea” de la cúpula y aquella otra del realismo de las bases: por que, a fin de cuentas, en los barrios eran en donde se votaba, era en los barrios era de donde salían los candidatos y no en cúpulas perdidas en profecías y en consideraciones místicas, escatológicas y milenaristas que siempre han sido malas amigas de la política real. Era cuestión de tiempo que ambos puntos de vista terminaran por chocar. Y si a eso añadimos el episodio del membrillo, la suerta estaba echada…

Ganó Ortuño, aquel santo varón valenciano que le colocó el edificio a Blas, seguramente con la coletilla de que Dios proveería. Aquello fue un error de dimensiones incalculables que se pagó en los años siguientes, no solo con la escisión sino con un partido enfeudado en su sede desmesurada y con cada vez menos contacto con los problemas de la España real. Se reformó todo el edificio. Los chicos de la Sección C propusieron que en los sótanos se creada un corredor de tiro. Naturalmente, el centro orgánico de la sede era la capilla. Cada tarde un pánfilo infante con la casulla propia del monaguillo de posguerra, puntillas y puñetas incluidas, recorrían los largos corredores de la sede, agitando la campanilla y llamando a la misa de 20:00 horas. Si alguien quería hacer carrera dentro del partido, debía posar en las primeras hileras de bancos. No hacerlo equivalía a hacerse sospechoso de la falta de fe necesaria para el proyecto político-religioso del caudillo del Tajo. Decenas de despachos hacían que incluso los “jefes de línea” tuvieran el suyo a pesar de lo irrelevante de su cometido (la responsabilidad de 30 militantes), y dado que no tenían una misión clara, ni línea política, el despacho se convertía en un local de maledicencias, macutazos e ineficacias varias y, por supuesto, miradas lánguidas, manoseos y algún que otro aquí te pillo aquí te mato. Se colocó una lápida en el hall en honor al “primer caído de Fuerza Nueva de Madrid”, del que se decía que había sido víctima de un “atentado rojo” durante la campaña electoral del 79. Se trataba, en efecto, de uno de los militantes más fieles a Blas al que, colgando carteles, un coche se lo llevó por delante. Luego resulto que el “atentado rojo” no lo había sido tanto y que el volante homicida estaba en manos de otro simpatizante del partido que aquella desgraciada noche se había metido más cubatas entre pecho y espalda de los que podía soportar.

Fuerza Nueva no tenía suerte con las lápidas. En Madrid había un militante al que todos llamábamos “el marmól”, no en vano se dedicaba al lúgubre oficio de cincelar lápidas de cementerio. Se le encargó “al mármol” una lápida en honor de Blas en el que tenía que poner aquella frase de José Antonio Primo que decía: “La vida no vale la pena si no es para quemarla al servicio de una empresa grande”. Y “el mármol” afrontó el pedido con el entusiasmo que correspondía a un esforzado militante del partido, sólo que una semana después al traer la lápida, su falta de preparación política e incluso cierto déficit cultural le había inducido a poner por conveniencias de la disposición de las letras: “La vida no vale la pena si no es para quemarla al servicio de una fábrica grande”. Al parecer la "m" de empresa ocupaba demasiado. Y “el mármol” extrañado ante la reacción iracunda de los presentes se escudaba confuso: “pero, vamos a ver, ¿no es lo mismo una “empresa” que una “fábrica””… anécdota chusca pero real que precedió sólo unos meses a la gran ruptura.

Me dieron varias versiones de los momentos previos de la escisión, incluida una con reparto de bofetadas en el interior del local de Fuerza Nueva en la que los receptores máximos fueron los pobres chicos de Fuerza Joven cuyo pecado era no entender nada de lo que pasaba. Indudablemente, el cuadro que he pintado de Fuerza Nueva es incompleto y estoy seguro de que algún valor deberían encarnar los miembros del partido, pero no me pregunten cuál era. Soy perfectamente consciente de que peco de subjetividad, pero no me lo reprochen. Dos personas han hecho imposible –y tal es la tesis que va subyaciendo a medida que repaso todos estos episodios- la existencia de un partido de la derecha nacional en España. Uno es Blas Pilar. Otro Antonio Tejero. Ni uno ni otro se han creído obligados jamás a realizar autocrítica de su gestión en aquellos años, como máximo Blas ha redactado unos gruesos volúmenes de sus memorias en donde demuestra la minuciosidad propia del notario, a menudo intrascendente y en toda aquella caterva de datos y de referencias exactas en fecha y hora, lo que se deja sentir es la ausencia de una autocrítica global y sincera. Ya sé que a Blas, la palabra “autocrítica” le abre ronchones y le produce escoceduras, decantándose por aquella otra que está más próxima a su fe, la de “examen de conciencia”. Pero un examen autocrítico (por que eso es, en el fondo) de este tipo implica, le llames como le llames, reconocer los propios errores, las propias limitaciones y las carencias de un partido que, a fin de cuentas, todo él fue un completo disparate, empezando por lo doctrinal.
 
Blas tomó la parte por el todo, desconociendo que Franco fue el pragmatismo personificado y que su régimen fue un permanente adaptacionismo a las condiciones siempre cambiantes de un mundo en continua mutación, Blas, como decía, se identificó con el nacional-catolicismo que fue el norte ideológico del régimen tras la derrota de Stalingrado y hasta el abrazo con Eisenhower. En ese período de unos 13 años, Franco dejó atrás el “falangismo imperial” anterior de 1943 que le había servido para establecer puentes con el Eje y precedió al desarrollismo opusdeista que inauguraría una nueva etapa en la vida del régimen tras la bienvenida a mister Marshall. El gran error político de Blas fue extrapolar ese período de 13 años a un ciclo de 40 y terminaron presentando su versión personal y subjetiva del franquismo como la única aceptable... cuando ya ni siquiera el Vaticano aceptaba en política nada más que la democracia cristiana. A partir de ahí, era imposible interpretar cualquier evolución del régimen posterior a la muerte de Franco… que implicaba explicar por qué el propio Carrero Blanco –que no era precisamente un liberal cualquiera- ya propuso en vida una evolución del régimen hacia la democracia limitada.

Si a esto unimos que esta posición era sostenida ostentando un rigorismo católico desusado en la sociedad española de la época (la Conferencia Episcopal en aquellos años no tuvo más que dos o tres monseñores que coincidieran con la visión del catolicismo de Fuerza  Nueva) se entiende el fracaso del “blasismo”. El último servicio que Blas hubiera debido aportar a su grey era la autocrítica: “me he equivocado en esto y en lo otro, así que ya sabéis por donde no tenéis que andar”. En lugar de decir esto, echó la culpa de un fracaso que a él le correspondía en primer lugar, responsabilizando del destrozo a la Iglesia, a la patronal y al ejército… Sin comentarios. Y para colmo, disolvió el partido. E hizo aún algo peor: lo volvió a reconstruir un lustro después, exactamente con la misma fisonomía de lo que había fracasado. Pero aún hizo algo todavía más imprevisible: a la vista del éxito (Blas debió olvidar nuestra tesis estratégica sobre la “fractura vertical dentro del sistema” cuando le decía: “contra más tiempo pase, más atrás quedará el franquismo y menos política se podrá hacer con la etiqueta franquista”), disolvió su segundo partido. Y no contentos con esto, cuando la generación familiar siguiente de los Piñar volvió a creer que la provindencia les había investido la santa misión de salvar a España, no dudaron en reconstruir otra sigla de fortuna (AES en este nuevo salto mortal) con la bendición de Blas que, en el fondo, era exactamente lo mismo que las dos siglas anteriores. A la tercera va la vencida, debieron pensar y, o el espíritu santo demuestra de una jodida vez su eficacia o bien espero que estos santos varones terminen por comprender que en la lucha política más vale creer en los análisis de un buen secretario general que en los buenos oficios del espíritu santo y de las otras dos ramas de la Trinidad.
Los chicos de la Sección C, que eran hombres de su tiempo, jóvenes que estaban creciendo con la transición y que no asociaban el franquismo más que a algunos recuerdos de su adolescencia, no podían sino terminar chocando con aquellos poderes fácticos anidados en el entorno de Blas y que hacían de Fuerza Nueva, el partido menos democrático de la España democrática, en la que el “congreso” se sustituía por la “reunión de delegados” y estos los elegía la cúpula en función de criterios tales como la fortunita personal, la fila de bancos en donde se sentaba el susodicho en sus visitas a Madrid o, simplemente, el tamaño del membrillo o del regalo recurrente. También había nepotismo (el cáncer de Andalucía volvió a serlo en Fuerza Nueva con la saga de los Del Nido controlando la totalidad del aparato), cierto desenfoque ingenuo-oportunista (un tal Cutillas fue nombrado gran capitoste de Fuerza Joven simplemente por el hecho de que su padre era propietario de una de las constructoras más activas en la época, que cotizaba para AP, pero del que Blas nunca perdió la esperanza de que podría terminar recibiendo sus fondos si el vástago de los Cutillas pasaba a ser jefe de Fuerza Joven con el único mérito –y lo puedo asegurar- de ser hijo de su padre) y un completo desmadre que, al menos, la energía y el prestigio militante de los Juan Ignacio o de los Pepe Las Heras, y sus experiencias políticas pasadas, habían contenido. Fue precisamente cuando estos se largaron asqueados del partido, cuando la olla de grillos alcanzó su máximo apogeo y todo terminó por descontrolarse: aparecieron extraños “grupos de acción” (los 4+1) en algunos locales que terminaron creando más problemas que otra cosa y cuyo episodio emblemático fue el asesinato de una pobre chica trotskista, Yolanda González, cuatro político del PST, una escisión de las Juventudes Socialistas.
 
Estaba en París en 1978 cuando pude leer una noticia publicada en Le Monde: “Los ultras asaltan la facultad de Derecho de Madrid”. Se mezclaba al Frente de la Juventud, a la Primera Línea de FE-JONS y al Frente de la Juventud, indiscriminadamente. En realidad, el asalto –que efectivamente se produjo- fue capitaneado por Fuerza Joven y más en concreto por el que en la época era uno de los yernos de Blas, en un intento de jugar la carta activista, no fuera a ser que los del Frente de la Juventud se quedaran con ese sector militante… el problema era que el Frente no aspiraba a tener buena imagen de cara a unas elecciones, y en cambio Fuerza Nueva debía de haber cuidado mucho más este aspecto. Digámoslo ya: si Fuerza Nueva tuvo una imagen catastrófica durante toda la transición, fue por méritos propios tanto como por el enfangamiento de que fue objeto por parte de los medios fieles a los pactos de la Transición. Cuando en un partido existe desmadre organizativo, la formación de los militantes se reduce a cero, no hay programa, no hay estrategia y solamente unos cuantos dirigentes de prestigio activista frenan a las bases y les imponen autocontención, cuando esos dirigentes faltan, las compuertas que impedían que la olla de grillos saltara por los aires y el partido se convirtiera  en un problema para sus propios militantes. Esto ocurrió al producirse la escisión del Frente de la Juventud. Los que se quedaron y los que emergieron luego carecían de “prestigio militante”, entre “nipotes”, entre hijos de papá colocados estratégicamente para sablear al papá y entre gentes que desconocían lo que era el activismo. Algunos creían que con una carta de Blas en el bolsillo iban a obtener inmediatamente el respeto de las bases –por definición difícilmente controlables-. Todo esto hizo que en los meses que precedieron al Caso Yolanda y que llegaron hasta la disolución del partido, el desmadre orgánico, la indisciplina de las bases (mucho más peligrosa en la medida en la que estaban fanatizadas por el verbo inflamado de Blas, pero carecían de salidas y propuestas estratégicas), terminaran actuando en sinergia y sepultando a un partido que pudo ser y no fue.

También para los militantes de la Sección C, para Pepe Las Heras, para los camaradas que se fueron en aquel momento, abandonar la nave piñarista constituyó una liberación. Blas, hasta entonces respetado, a pesar del episodio del membrillo, se convirtió en objeto de risotadas y chascarrillos. El partido ni siquiera había sido capaz de darles un  programa de gobierno, un paradigma de sus propuestas. Desde la modestia del FJ hicimos todo lo posible para dotar al medio ultra de un remedo de programa basado en tres puntos: “Gobierno dimisión”, “Gobierno de salvación nacional compuesto por técnicos y expertos” y “Disolución de las instituciones creadas desde 1977”). Era poco, ni siquiera era creíble, pero bastante más de la catarata de juicios catrastrofistas y a la tendencia escatológica inherente al piñarismo que jamás cristalizaron en ningún programa comprensible. Lo sorprendente no es que los dirigentes no lo redactaran, lo realmente impresionante es que la base militante de Fuerza Nueva jamás se lo exigiera, ni delegado provincial alguno se plantara obligando a Blas a elaborar algo parecido.

Lo primero que los escindidos hicieron fue proverse de un local. Debía de estar cerca de la antigua sede de Núñez de Balboa, en el Barrio de Salamanca, en plena “zona nacional”, a cientocincuenta metros, para colmo, de donde Carrero había saltado por los aires. Para más INRI, el local estaba a tres pisos de distancia del Centro Cubano de Madrid en donde se pregonaba -con razón- que se servían los mojitos más ricos de Madrid. Y doy fe de que era así. El último piso del edificio que debió ser de los construidos por el propio Marqués de Salamanca, no era tan “noble” como los cuatro inferiores. El techo era bajo, hacía mucho calor en verano y un frío graciar en invierno. Era pequeño y tosco. Mal decorado y peor amueblado. El retrere era ominoso. El escritorio más moderno debía datar del “bienio negro” o acaso de la dictadura de Berenguer. No había ascensor, así que llegabas con la lengua fuera. Dentro siempre había camaradas que iban y venían, muchos de uniforme como resaca del fuerzanuevismo del que procedían. De tanto en tanto se oía un ruido seco, como si una pistola cayera al suelo y cuando te volvías resultaba que era, efectivamente, una pistola –a la sazón habitualmente alguno de los revólveres Arminius del 38 del que, luego lo supe, se había comprado una treintena- de frío acero se había estrellado contra el parqué. Habían chicas, muchas y majas. A algunas las recuerdo como las chicas más majas de Madrid. Y en todos los sentidos: buenas camaradas, agradables, afables, educadas y de formas rotundas o que siempre, en todos los casos, albergaban alguno o muchos encantos.

¿Cómo no íbamos a afiliarnos al Frente de la Juventud? Tenía lo que buscábamos: hybris activista, jefes enérgicos y con prestigio militante alejados del nacional-pacatismo blasista o del no-te-muevas-que-es-peor de Graells, mujeres bravas y militantes que no dudaban en ir a donde nadie en la ultraderecha se había atrevido a llegar. ¿Cómo los autotitulados “Patriotas Autónomos” no íbamos a afiliarnos a un grupo que era lo que para nosotros constituía el “ideal” adrenalínico que requeróia nuestra insultalte y agresiva juventud? Algunos experimentábamos en aquella época la necesidad de quemarnos de una vez por todas y para siempre por un ideal. El Frente de la Juventud no dio esa posibilidad.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.

Ultramemorias (VIII de X) Visicitudes políticas en la transición (12ª parte). "Patriotas Autónomos" o la hybris del activismo

No éramos más de 25, rebañando las agendas. Dentro del FNJ se habrían quedado otros 25. ¿Y el resto? Evaporados como en una fórmula química en la que el ácido acético cae sobre una masa de bicarbonato sódico, genera una efervescencia puntual que emite gas dióxido de carbono… y tras unos instante de turbulencia, todo queda convertido en una balsa de aceite, en la que los elementos iniciales han perdido su capacidad de operar otros cambios químicos y buena parte de ellos o se ha evaporado en forma de CO2 o bien se ha transformado en agua sucia. Eso fue lo que quedó del FNJ tras la crisis: nada. La mayoría vaporizado y el resto convertido en corriente de agua en dirección a sus domicilios particulares de donde casi ninguno volvería. Sólo unos 25 nos fuimos (o nos echaron, que siempre sobre estos extremos existen las más serias dudas) y otros 25 se quedaron. A partir de aquí las rutas se diversificarían. Quizás una docena (pero no mucho más de una docena) de los que se quedaron terminaron yéndose unas pocas semanas después y, finalmente, logramos estabilizar algo que, por definicón, no era estabilizable. Se trató de la formación de transición, efímera e informal, tras la que nos atrincheramos antes de ingresar en el Frente de la Juventud y que atendía al nombre de “Patriotas Autónomos”. Así que precedimos en unos cinco años a cualquier otro en el uso de la “autonomía” para definir que íbamos a hacer lo que nos salía de los cojones. Sí, por que, a partir de ese momento y en los próximos años, el cojonímetro pasaba a ser la medida de toda la “eficacia”.

Seguramente fuimos a parar a esta actitud bronca y desmadrada por rechazo a lo que habíamos visto en los dos años anteriores: un partidito formalito y redondito, pequeñito él, que hacía cosas que jamás dieron que hablar o muy poco. Cuando se producen situaciones larvarias de tensión interior en un partido ultra, finalmente, los que lo abandonan, sienten una sensación de liberación y como si tuvieran ganas de recuperar el tiempo perdido, se dedican a un desenfreno activista que ningún dique es capaz de contener. Las nociones de estrategia, de objetivos políticos, la formación de una clase política dirigente, los criterios organizativos, todo eso, parece saltar por los aires y uno lo único que se dedica es a agotarse en un activismo frenético y sin más sentido que el desahogo y el éxtasis adrenalínico. Afortunadamente aquel período fue breve, porque de haberse prolongado todos hubiéramos terminado descalabrados.

Los “Patriotas Autónomos”, íbamos de radicales entre los radicales, de duros entre los marmóreos y más activos que un turbodiesel intercooler con doble inyección, o así. Ninguno de nosotros estaba con una economía como para echar cohetes, así que tendíamos al activismo de baratillo. Llenar ocho o diez cócteles molotov en aquellos tiempos de petróleo barato era una posibilidad a considerar. Así que los llenamos y preparamos para arrojarlos en la sede de un partido que se nos antojaba como de los más payasos de la ultrafizquierda: el PCE(m-l). Tenían su sede en la calle de Aragón, frente al Colegio Reyes Católicos. Yo vivía en la época a 100 metros de allí y todos mis hijos fueron al colegio público situado justo en frente (hasta que dejé de creer en la enseñanza estatal a la vista de los destrozos ocasionados optando por meter a las criaturas en las Esclavas  (acaso puteadas) del Sagrado Corazón.) El PCE(m-l) [véase una historia de esta formación en estas mismas páginas de Infokrisis, porque no tiene desperdicio] tenía su sede en un primer piso con balcón que iba a dar a la calle de Aragón. Aquello noche tenían la luz encendida a altas horas de la noche. Tanto peor para "el comité central". Les arrojamos una decena de cócteles molotov tamaño utilitario, alguno de los cuales no alcanzó su objetivo rebotó contra la fechada estallando en la calzada. Yo mismo sentí el calor de la llama, como si una estufa te relamiera la cara. El mío entró y dejó la huella del hollín en la fachada. Creo que algún medio se hizo eco del atentado (que el PCE(m-l) aireó como una forma de salir del anonimato en el que se encontraba desde que el FRAP se hubiera extinguido entre detenciones, fusilamientos y aromas de actividad frenética de servicios en su interior).

Así nos estrenamos los “Patriotas Autónomos”. La adrenalina liberada en aquellos segundos valía por toda la modorra de los años del FNJ. En aquel momento no nos estábamos dando cuenta pero habíamos cambiado de “estrategia”. Si en el FNJ de lo que se trataba era de “crear cuadros” y hacernos la ilusión de que con unos documentos aparentemente serios y con cursos de formación, nuestros cuadros estarían mejor capacitados que los de otros grupos ultras, ahora se había emprendido un camino diferente. Verán. El formalismo del FNJ sirvió para poco: cuando los cuadros estaban formados… se iban a su casa, pillaban novia, acababan los estudios, se iban a la mili o desaparecían sin dejar señas. Así que ¿para qué formar cuadros? Si, en el fondo, la inmensa mayoría de activistas ultras solamente iban a permanecer en activo año o año y medio, dos como máximo, lo esencial –y en esto radicaba la “nueva estrategia”- consistía en aplicar la teoría del limón: exprimir al militante para que entregara todo su potencial activista durante los meses que permanecería en activo y luego, cuando se fuera a casa, ya habría sido sustituido por otros que le sustituirían en ardor guerrero, amor patrio y corazón henchido.

No es que en aquel momento fuéramos completamente conscientes ni hubiéramos enunciado expresamente esta teoría organizativo… pero así era. Como rechazo a la etapa anterior del FNJ, a partir de ahora, iba a haber, durante un año y medio poca reflexión y mucha aplicación del cojonímetro. Lo que en mi version finolisis calificaría como hybris activista, la desmesura y el despiporre de la acción.

La acción siguiente fue simbólica para éste que suscribe y al que algún mendrugo trata de “prosionista”. Estaba una mañana en la universidad repasando un libro sobre la historia de Barcelona cuando leí que en un edifició del Call, existía una inscripción judía del siglo XII y que venían judíos norteamericanos de viaje para rendirle una especie de culto fetichista. Inmediatamente lo vi como “objetivo militar”. Y allí estábamos esa misma noche unos cuantos “Patriotas Autónomos” con un saco de portland, una gaveta de peón albañil y demás instrumentos del oficio plantados ante la lápida judía con la sana intención de dejarla plana a ver si los “yanqui-sionistas”, como les decíamos en la época, se llevaban un buen chasco.

Como siempre, hubo problemas. La falta de fuentes públicas en la Barcelona del Call era endémica. Creo recordar que tuvimos que comprar un litro de agua mineral  con gas (la única que tenían a la venta) para hacer la mezcla. Para colmo, luego, no se adhería a la piedra. Estudiantes, recién licenciados y funcionarios, ninguno de nosotros de nosotros tenía la experiencia de probo proletario así que tuvimos que aprender sobre la marcha. Al final, efectivamente, caímos en la cuenta de que echando algo de agua sobre la piedra, el portland se adheriría mejor. Nos fuimos dejando casi la piedra pulida e irreconocible, con la sensación de haber hecho otra gran machada. El cojonímetro seguía su curso.

Realmente, aquella acción de entre todas las de los “Patriotas Autónomos” fue quizás la más miserable, la más intemperante y que definía mejor nuestro estado de confusión activista. Años después, en mi libro Guía de la Barcelona Mágica, me tocó escribir sobre las leyendas del Call, el kahal, el barrio judío de mi ciudad y lamenté profundamente ser autor “intelectual” de aquel destrozo. No sé como diablos se me ocurrió pensar en atentar contra una de las piedras más antiguas  y evocadoras de mi ciudad.  Yo no tengo la coartada que suelen tener los asesinos en Brasil cuando dicen aquello de que "que no fui yo señor juez, que fue cachaza...", (un licor bastante infame que embruteca tanto como una samba mil veces repetida). En compensación rebañé las leyendas tradicionales del Call barcelonés en una de los capítulos de mi libro que creo más completos. Cuando lo pienso ni creo que fuera una acción “antisionista”, ni mucho menos que tuviera algún contenido político. Fue una gamberrada pura y simple, como la de aquellos chicos que arrancan una señal de tráfico y se la llevan a casa, o como aquellos otros que con un spray dejan su firma en el lugar más visible e inoportuno: nuestra firma, la de los “Patriotas Autónomos” era gris como el portland y plana como nuestro proyecto político. Y aún hubo más acciones.

Fuerza Nueva, en aquella época, en Barcelona estaba relativamente bien dirigida por un antiguo miembro de la LCR que vió la verdad y la luz del patriotismo nacional-católico y consiguió dar algo de cuerpo al piñarismo lugareño. No recuerdo con qué excusa, Fuerza  Nueva convocó una manifestación. Era importante porque sería la primera (y creo que la única vez) que este partido saldría a la calle en aquella ciudad. No dudábamos que habría mucha gente y era un buen momento para dar “el campanazo”. Por aquellas fechas habían ocurrido ya los asesinatos de ETA sobre dos personas que no tenían nada que ver con la ultraderecha pero que habían sido “delatados” por un ex policía nacional que realizó sus confidencias al periodista de Interviu Xavier Vinader. No albergábamos la menor duda de que Vinader había publicado esas informaciones sin comprobarlas e, incluso, a sabiendas de que eran falsas, con tal de alimentar el antifascismo de la época. Era, más o menos así. Años después, cuando por casualidades de la vida conocí a Vinader, hablamos en varias ocasiones sobre este tema que para él también tuvo algún perjuicio. Me pareció entender que Vinader realizó un hábil dribling explicándome que a él simplemente, su director, le ordenó que entrevistara al tipo aquel y él se limitó a grabar la entrevista, recoger lo esencial y presentársela al director, explicándole que todo aquello no tenía mucha verosimilitud. Pero, en aquel tiempo todo estaba permitido, aun cuando costara la vida a la gente: “Si han sido asesinados por ETA, algo habrán hecho”. Y este era el asunto: que no habían hecho nada, porque  por no ser ni siquiera eran simpatizantes ultras, sino simplemente personas que se habían cruzado en la vida de un policía armado alucinado  y desaprensivo que, a falta de dinero, había vendido información averiada a Interviu. Así que realizamos un monigote como remedo del pobre Vinader, lo paseamos en medio de la manifestación en lo alto de una horca y al llegar al recientemente desmantelado monumento a José Antonio, encima del mismo, lo quemamos entre los aplausos y el alborozo de los 14.000 manifestantes (por fueron 14.000 en un tiempo en el que el 11 de septiembre ya había dejado de movilizar masas y nadie era capaz en la Ciudad Condal de poner en la calle a este número de personas).

El patriotismo en la época estaba a flor de piel en Barcelona. Al pasar frente a unos puticlubs, las chicas salieron a vitorearnos y los “Patriotas Autónomos” les invitamos a que se sumaran, no sin cierta hostilidad de algunos santos varanes y el entusiasmo morboso de otros. Dos años después, un camarada, habitual de puticlubs y discotecas de alto voltaje erótico, consiguió que dos docenas de travestís firmaran el llamamiento para la constitución de Juntas Españolas. Decididamente, la vida golfa y el patriotismo siempre han tenido nexos comunes mal que les pese a los exponentes del más puro nacional-catolicismo.

En aquella ocasión, pude ver como la policía se movilizaba para identificarnos. En la confusión no pudieron detener –ni, por lo demás, se atrevieron a hacerlo- a los camaradas que habían quemado a Vinader en efigie. Pero era una mala señal: en pocos días empezábamos a tener fama de desmadrados, de ser capaces de cualquier barbaridad para hacer competir en el cojonímetro. No pasaron dos días sin que un nuevo episodio volviera a precipitar baldes de adrenalina sobre nuestro riego sanguíneo.

Esta vez fue en las Ramblas. Había una manifestación antifascista. Desde los incidentes de dos años antes en el “Jueves Negro”, despreciábamos al antifascismo que solamente se atrevía a agredir a elementos aislados, tirar unas piedras furtivas sobre una fachada y salir cortando al grito desvahído de “fascistas asesinos” que, por algún  motivo solamente enarbolaban cuando tenían la seguridad de que el "fascista" de enfrente es cualquier cosa menos un asesino. No creo que a Al Capone  se lo hubieran gritado estos "héroes del antifascismo".  Afirmábamos gustosos que a los “antifascistas” solamente les habíamos visto el culo, por que siempre corrían delante nuestro. De entre toda la izquierda, los que entre nosotros tenían más fama de cobardones y gallináceos eran los independentistas catalanes. Pero a diferencia de los antifascistas a los que les podíamos oler el culo (iban camino de mutar de "antifascistas" a simplemente "guarros"),  los independentistas corrían bastante más incluso en proporciones de 10 a 1. De hecho, de toda la izquierda solamente respetábamos al Movimiento Comunista de España, que nos hacía frente. En la plaza de Catalunya tuvimos tiempo atrás un enfrentamiento fortuito con ellos y al acabar la ensalada de hostias por aquí y por allí, dispersos en el suelo quedaron gafas de todo tipo, fragmentos de gafas y, fue curioso, porque las mías despacieron por completo. Y eso cuando se tienen seis dioptrías es un problema.
 
A todo esto, habíamos aprendido a hacer bombas de humo rudimentarias. Como siempre en estos casos, la movilización fue precedida por la compra de una caja de latas de cerveza que conveniente engullidas, fueron convertidas en fumígenas. Los incidentes empezaron pronto. Uno de los nuestros lanzó una bomba de humo sobre el grueso de los antifascistas, pero, por algún motivo, estalló en el aire y no precisamente dando humo, sino con una explosión como de traca verbenera, a lo que se unió un lanzamiento de esquirlas incendiadas en todas direcciones. Los antifas –y los transeúntes, que casi había mas- se arrojaron al suelo, se pisotearon unos a otros y seguramente alguno que vivió el “Jueves Negro” debió pensar que las Ramblas empezaban a ser un mal escenario para el ejercicio de su profesión de fe. Lo sorprendente fue que ni hubo heridos ni detenidos no tanto por nuestra actitud como por la avalancha humana que se formó.
 
Estas cosas nos satisfacían, pero, como todo, a fuerza de descargar más y más adrenalina, llegó un momento en el que era necesario decir: “¿Qué tal si paramos un poco?”. Total, ya habíamos demostrado que, a pesar de los años del FNJ que discurrieron como una balsa de aceite, éramos capaces de dar y de dar duro.. Estábamos en forma, como nunca. Eso era vida. Eso era propinarnos chute tras chute de adrenalina. Estoy seguro de que en aquella época algunos se sintieron vivos como nunca volverían a sentirse. El riesgo era que nos ocurriera como dos años y medio antes ya le había ocurrido a Bosh y a sus alegres muchachos del JEP: que la policía les había dado cancha y en el momento en que precisaron unos culpables perfectos les encolomaron ominosamente el Caso Papus en el que -no está de más repetirlo- fueron completamente ajenos.

Entre tanto activismo casi se nos había olvidado que uno de los puntos de fricción con Graells, sólo un mes antes, había sido la relación con los del Frente de la Juventud en Madrid y allí estaban todavía esperándonos. En algún momento teníamos que ir a establecer el primer contacto que, a la postre, debería convertirse en un amor a primera vista. Ellos, dita sea, también funcionaban cojonímetro en mano. Esas cosas unen mucho. El comandante Borghese nos decía aquello de que "sólo la acción une". Especialmente cuando la adrenalina tiraba de nosotros como una yunta de bueyes en aquel inicio de la primavera de 1979, cuarto de la transición.

En una Ducatti 500 bicilíndrica, lo más sofisticado en concepto de motocicletas de turismo en la época, que alcanzaba con un simple golpe de gas los 160 por hora, otro camarada y yo fuimos primero a Valencia y luego a Madrid, creo que sin casco o con el casco bajo el brazo. Para matarnos. El paquete diez minutos antes de llegar a Madrid se derrumbó: la estrechez del sillín de la Ducatti –y no otra cosa- le había reventado el culo prácticamente. El periplo valenciano tuvo algo de inolvidable. Acabamos cenando –no me pregunten cómo, pero les aseguro que por mi experiencia en la ultraderecha es relativamente normal comer en palacio y cenar entre el lumpen o vicerversa, hablar con un tipo sofisticado de visión cultural sibarítica y acto seguido saludar a un cafre energémeno con bate de beisbol al hombro- con el que decía ser el “rey de los gitanos” de Valencia (para que luego me achaquen racismo) terminando la velada en un colmao de flamenco con batas de cola estampados a lunares, alcohol y mujeres hermosas. Algunas. En un momento dado, alguien clarificó lo que querían de nosotros: “Vamo a ve: ¿vozotro podei hazé perica ful?”. Cuando nos lo tradujeron a román paladino quedó claro que nos estaban pidiendo si podíamos fabricarles un remedo de cocaína. No era por supuesto la primera vez que oía la palabra cocaína, pero sin duda era la primera vez que alguien me la relacionaba directamente. “¿Y eso de la cocaína de qué va?" Nos lo explicó: que si al probarla en las encías se duermen, que si tiene un sabor amargo, que si acelera el corazón. Estábamos en las sexto o séptimo cubata y  nos atrevíamos a todo, incluso a no medir palabras desenfadas y frívolas: “Chupao: con centramina el corazón te va que te cagas, le metes jengibre y ya tienes el sabor amargo y algo de anestésico dental destilado y la encía te roncará”. El tipo tomó nota de todo, incluso de los comentarios. Poco después él mismo elaboraba un kilo de esta cocaína sintética, de improbable efecto, dejándola como se ve que es ley entre el manguteo, en la nevera. Llegó otra de la banda  no advertido al piso, abrió la nevera y vio un kilo de algo que parecía cocaína y que si lo parecía debía serlo. Así que se pegó un picotazo de aquella mezcla infame. El tipo acabó en la clínica de la Fe a punto de palmar, renovándole varias veces la sangre por que se iba.

Desde entonces supe que la droga mata. O, como mínimo, vuelve gilipollas que es como morir para la normalidad.

Con estos precedentes –y con el culo roto del camarada-paquete- llegamos a Madrid. Media hora después de los abrazos de rigor,  ya nos sentíamos miembros del Frente de la Juventud (que no Frente Nacional de la Juventud) tanto como los más veteranos del lugar. La nueva andadura terminaría mal para todos nosotros. Yo lo pude contar. Mi interlocutor, Juan Ignacio González, en cambio, no.

Con los “Patriotas Autónomos” (cuyo único “documento” fue un panfleto de a octavo en el que explicábamos por qué quemábamos a Vinader en efigie…) se había iniciado un período de agitación histérica en el que nuestro activismo había alcanzado su desmesura, su hybris. No me sorprendió que todo acabara desplomándose sobre nosotros.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.

Ultramemorias (VIII de X) Visicitudes políticas en la transición (11ª parte). La muerte del FNJ: aburrida y sin historia

Y así siguió la lánguida vida del FNJ, con pocos sobresaltos, ni con excesivo crecimiento, ni con una pérdida masiva de militantes, a lo largo el segundo semestre de 1978. Cada día se ponían las dos mesas de publicidad de rigor y cada día venía el jefe del grupo con el dinero para pagar el local, para imprimir más propaganda y para poco más. Tiene gracia que con el paso del tiempo, el FNJ haya sido mitificado por algunos: que si fue la primera organización “nacional-revolucionaria” (hombre, habría que definir primero qué diablos era eso de nacional-revolucionario), que si allí se hicieron experiencias nuevas (algunas, pero tampoco hay que exagerar, el problema era que en el país de los ciegos el tuerto parece ser aspirante a rey), que si fue el grupo equivalente a lo que era en Italia Avanguardia Nazionale u Ordine Nuovo, que si era un ejemplo para las generaciones futuros… No hay que exagerar sobre los méritos del FNJ que, a decir verdad, fueron pocos y aprecibles solamente por un público como exijente.

A decir verdad, el FNJ fue más de lo mismo con un ropaje relativamente distinto y con interpolación a nivel de documentos de algunas ideas que estaban en boga en Europa y que en España no habían llegado todavía ni por asomo. Y si esta es la parte “novedosa” del FNJ, el copyright es mío y los derechos de autor devengados por la reedición de los documentos de aquella época irían directos a mi cuenta corriente si algún editor espabilado del medio tuviera la sana costumbre de pagarlos. Aunque no creo que con ellos pudiera pagar más de una docena cubatas.

Se ha dicho que el nivel doctrinal del grupo era medio-alto. Mentira. Era medio-bajo, tirando a bajo-bajísimo, como es rigor en la ultra, lo que ocurría era que a tenor de la lectura de las publicaciones y de los cuadernos daba la sensación de que había más debate ideológico y más rigor doctrinal que en cualquier otro grupo. Pero no era tal. Si eliminábamos de la superficie de las publicaciones todas las referencias a la religión y al pasado reciente franquista quedaba un espacio que había que llenar con algo; era la necesidad de cubrir esos huecos que me inspiraba en artículos e ideas que me venían de fuera. En realidad, no creo que hubiera más de una decena de personas en el FNJ que pensáramos con la cabeza. Y paradójicamente la cabeza del partido no pensaba más que en función de sus obsesiones y de sus problemas interiores que en la época no eran pocos. Lo dicho, en los intrincados y oscuros corredores del cerebro de Graells era posible inspirarse para escribir todo un tratado de psiquiatría. Centrémonos en lo político, porque en lo personal, el haber conservado la amistad con su ex mujer da ciertas ventajas a la hora de valorar otras performances.

Ahora tengo la sensación de que a finales de 1978 Graells empezó a estar escindido interiormente entre una irreprimible ambición a jugar un papel en el seno de las “fuerzas nacionales” (esto es, a “figurar”) y  su no menos irreprimible ambición de mando en un pequeño grupo en el que, al menos, él era el presiente, es decir, capo de tutti i capi y jefe supremo a esta parte de la Galaxia. Ambos papeles eran contradictorios: el principio de razón suficiente del FNJ era su voluntad de ser algo diferente a Fuerza Nueva. Por eso se estaba fuera del partido, porque para nosotros la religión no era un elemento esencial en la lucha política, ni mucho menos el franquismo era la referencia política máxima. Pero a Graells todo esto se la traía al fresco, para él todo el problema consistía en cómo “figurar”. Si se hubiera quedado en Fuerza Nueva, lo habría hecho sólo (sin el apoyo del presidente regional y sin base militante) y por tanto le hubiera sido imposible recuperar confianza ante Blas. Y esto ocurrió poco después de que presentara una ominosa y pelotillera ponencia en el II Congreso de FN que, siguiendo la tradición del resto de ponencias, se situaba en un universo platónico de guardarropía y cartónpiedra. Creo recordar que en aquel mismo congreso, la ponencia de juventud y enseñanza –en función de la cual se deberían de haber movilizado los miles de chicos jóvenes que poblaban el ambiente- la realizó un “joven” que debía bordear los ochenta y que, como era de esperar, llamaba la atención por su desenfoque absoluto. Por otra parte, Graells quería un pequeño huerto en el que él fuera el amo indiscutible. Todas estas tendencias interiores de su alma eran imposibles de compatibilizar, a pesar de que lo intentaba malamente.

Poco antes de las elecciones de 1979 apareció Graells exultante por la sede. No se quién le había sondeado sobre la actitud del FNJ en las segundas elecciones democráticas. A Graells le ofrecían el tercer puesto en la lista por Barcelona y él estaba presa de la mayor excitación. Tuvo la poca habilidad de transmitir la propuesta en una de las asambleas generales de los martes (en donde frecuentemente se alcanzaban los 60-75 asistentes). Si teníamos en cuenta que de los allí presentes, nadie tenía absolutamente ninguna ambición política y en mi caso, aparecer en el puesto 14 de la lista de Alianza Nacional un par de años antes ya me había podido aportar todo lo que la presencia de una candidatura electoral puede aportar, Graells propuso algo que a la mayoría les importaba el pedúnculo de un rábano y que una minoría considerábamos como insultante pues no en vano, a buena parte se habían ido del partido, a mí me habían expulsado y los recién llegados habían elegido la sigla FNJ en lugar de Fuerza Nueva por rechazo al nacional-pacatismo y al recurso invariable al franquismo muerto y enterrado. Así que la propuesta fue rechazada. Graells no iría el número 3 por la candidatura de la Unión Nacional por Barcelona. Pero se había demostrado lo que era peor y lo que he visto en varios grupos ultras.

¿Cómo era posible que Graells fuera el presidente del FNJ si tenía un apoyo mínimo en las bases? Es simple de entender: tanto en el caso de Graells como en el de otros muchos líderes y lidercillos de este submundo político, no se está al frente por méritos propios, sino porque no hay nadie interesado en ocupar la plaza. Cuando aparece ese alguien la situación recuerda la leyenda del Rey de los Bosques de Nemi que oí por primera vez contada por Evola en Rivolta contro il Mondo Moderno y luego en la versión original indicada por el autor que me remitía a la Rama Dorada de Sir James Frazer que tuve que leer en francés. La leyenda arcaica y primitiva –por tanto originaria y próxima a la luz originaria de nuestros pueblos- nos hablaba de un oscuro bosque selvático en Nemi, tierra itálica. Allí ocurría lo que Frazer definía brillantemente como una “extraña y recurrente tragedia”. Allí, “al norte del lago, bajo los riscos cortados a pico sobre los que está suspendido el actual pueblo de Nemi, se encontraba la floresta sagrada y el santuario de la Diana Nemorensis”. Frazer sigue: En este sagrado bosque crecía un cierto árbol junto al cual, a cualquier hora del día, y probablemente en lo más profundo de la noche, una triste figura podía ser vista merodeando. En su mano llevaba una espada desenvainada, y se mantenía observando cautelosamente a su alrededor, como si en cada instante esperase ser sorprendido por un enemigo. Esa figura era un sacerdote y un asesino; y el hombre a quien esperaba iba, más tarde o  más temprano a asesinarle y tomar el sacerdocio en su lugar. Tal era la norma del santuario (…) El puesto que desempeñaba con precaria titularidad llevaba en sí mismo el título de rey; pero, sin duda, ninguna testa coronada había estado nunca tan atribulada, o había sido visitada por más ominosos sueños, que la suya. Puesto que, un año tras otro, en verano e invierno, con buen o mal tiempo, había de mantener su solitaria guardia, y, si en algún momento se entregaba a un agitado sueño lo hacía a costa de ver peligrar su vida. El más mínimo descuido en su vigilancia, el menor decaimiento de la fuerza de sus miembros o de su habilidad en la defensa, le ponían en trance mortal; los cabellos grises podían sellar su sentencia de muerte”.

La cita ha sido amplia pero justificada: Frazer, además de ser antropólogo era un pulcro escritor que sugería imágenes de singular belleza plástica. Hubiera valido la pena que en Fuerza Nueva se hubiera conocido al sire escocés. El centro de su tesis era que, antes de la religión existió la magia y que las fallas de procedimiento en la magia llevaron a algo menos comprometido basado en la reflexión teológica y en las promesas en el más allá, visto que modificar las leyes de la física en el más acá, no estaba al alcance de cualquiera y tenían un punto problemático. Para Frazer la magia precedió a la religión, tanto como la astrología a la astronomía o la alquimia a la química. Por algún motivo siempre me ha gustado más lo originario que lo derivado y el producto antes que el subproducto. Entiendo al cartesianismo como subproducto de la religión, cuando incluso falta el impulso emotivo de la fe y el fulano de a pie busca un clavo ardiendo al que asirse (la razón). Por eso siempre he tenido a la religión como esperanza para desesperados y a la arzón como adormidera para poco exigentes. Pero volvamos a Nemi y a su efímero rey de sus bosques.

Decía que esta leyenda es el paradigma de la ultra. Cuando en un partido existe, aparte del líder, alguien más que tenga ambición política (o lo que es peor, que el líder máximo intuya o suponga, con razón o sin ella, que tiene ambición política) aquel siente amenazada su posición y se ve obligado a estar en guardia como el encanecido Rey de los Bosques de Nemi, a la espera, siempre a la espera, de que llegara el enérgúmeno de turno y la partiera una cachiporra en la cabeza. Así andaban las cosas cerca del templo de la Diana Nemorensis, y así anduvo la extrema-derecha. El líder siempre está amenazado y si no hay más golpes interiores, escisiones y broncas es, porque pocos tienen ambiciones de mando. La ambición de mando se justifica en función del rigor ideológico, de que el otro se ha llevado la pasta o de si es más o menos maricón o simplemente un anormal  mental.

A Graells le pasaba que o estaba en la cúspide de la jerarquía o no estaba. Y quería estar. Y estar solo. En el FNJ seguía al frente porque nadie quería asumir su sustitución, a pesar de que sus discursos de encendido patriotismo en el que intercalaba furtivas citas de José Antonio, no suscitaban ningún entusiasmo entre las bases sino algún que otro bostezo. Tampoco demostraba una energía particular en el ejercicio del mando, ni mucho menos la audacia necesaria –sino, más bien, todo lo contrario-, en cuanto a sus análisis políticos y directrices eran inexistentes y su preparación ideológica empezaba y terminaba en el volumen del Pequeño Libro Azul, con el que algún jerarca del Movimiento franquista quiso contrabandear al Pequeño Libro Rojo de Mao. La obirta no pasaba de ser una recopilación de frases brillantes de Primo de Rivera. Mandaba… porque no había nadie interesado en disputarle el mando. Pero ni siquiera eso le bastaba, como el Rey de los Bosques de Nemi veía enemigos en la sombra, su psicología profunda le generaba enemigos inexistentes y esto tenía algo de ofensivo para los que estábamos cerca.

En primer lugar porque era ridículo pelear por ver quien mandaba una pequeña formación de chicos jóvenes. Se puede disputar el mando de un partido parlamentario o en camino de serlo, pero hacerlo en un pequeño grupo ultra, juvenil por más señas, parecía absurdo. En segundo lugar porque lo esencial de la militancia estaba formado bien por gentes que no tenían ambición de mando ni interés (y ahí me incluyo), luego estaban los chicos jóvenes que querían vivir su aventura iniciática (como el adolescente simba que se va a cazar a la selva en su ceremonia de tránsito para pasar del estado de infante a la hombría reconocida por la tribu) y luego estaban las chicas de buen ver y los chicos de buen folgar a la búsqueda, unos y otros, de partido (y no precisamente político). Quedaba finalmente el bloque de los transeúntes, gentes que pasaban por allí como podían pasar por cualquier otro espacio sin saberse exactamente que les motivaba: en el FNJ los hubo que pipeaban para cualquier servicio de información, anarquistas y antiguos izquierdistas en brusca e incomprensible conversión interior, hijos llevados por sus padres y algún que otro que pasaba sin tener ni remota idea de qué diablos hacía. Ambiciosos con afán de disputar el mando a Graells, ni uno. Pero el Rey de Nemi se sentía acechado.

Años después, volví a ver este mismo esquema en Democracia Nacional, partido en el que casi nadie ostentaba ambición de mando. Cuando apareció uno de ellos, el tal Canduela, el presidente que fuera hasta entonces, Paco Pérez, no se resistió mucho al embite: ¿quieres el mando? Ahí está… Desde entonces, si Canduela sigue al frente es porque nadie tiene interés por asumir el marronazo que supone estar al frente de DN y que nada está en condiciones de compensar. En ambos casos, el gran lastre de estos partidos fue la psicología profunda de sus dirigentes que evidenciaban algún tipo de trastorno interior. En el caso de Canduela era evidente que se trata de cierto resentimiento social, lo que piadosamente podemos llamar “lucha por la vida” y  una sensación de marginalidad insuperable (y justificada, por lo demás), mientras que en el caso de Graells se unían problemas que databan ya del destete y, si se me apura, de su etapa prenatal, o dicho de otra manera, de su genotipo.

Este tipo de gente es ciclotímica con ganas. Repiten una y otra vez los tránsitos que ya han realizado, sin importarles finalmente que se volverán a ver ante las mismas desembocaduras que ya han vivido. Canduela, por ejemplo, pasó en una semana de considerarme como “el cerebro mejor amueblo de DN” (tampoco era un gran mérito, carajo) a denunciarme como “espía del CESID introducido en DN para hundir a un partido imparable”. De eso hace ya cinco años, un ciclo completo que Canduela ha recorrido de nuevo con otro afiliado que entró en el partido cuando nosotros salimos y que ha tardado cinco años en comprobar que no mentíamos sobre las “prácticas políticas anómalas” (sino mangantonas) del presidente del partido. Como siempre, bastaba con que alguien pidiera revisar el estado de las cuentas o manifestar una sombra de duda para ganarse el odio eterno del baranda. En el caso de Graells, el episodio final del FNJ se le volvió a repetir en Juntas Españolas con diez años de diferencia: exactamente formulado en los mismos términos.

Muy mal, eso de dar “cursillos particulares personalizados” a chicas tanto del FNJ como de JJEE y exigirles una “fidelidad absoluta”, con todo lo que ello implica en una estructura que, al menos inicialmente, era política. Como en el chiste aquel: “¿Dónde dejo las bragas señor profesor?”. “Encima de mis calzoncillos”.

Era curiosa aquella historia que explicaba a cada persona que le presentaban, y a poco de conocerla, acaso como signo de amistad, confianza y proximidad: Que si en una estación del metro había visto como un padre pegaba a un niño y él había salido en defensa del niño, pero el padre le había acusado a él de agredir al niño ante los viajeros que iban llegando al anden que creían la versión del luciferino padre… una historia extraña que Graells explicaba a distintos interlocutores con una diferencia de años como si hubiera ocurrido  siempre ayer o anteayer. Hará cincuenta años la psiquiatría hubiera liberado de tanta tontería al fulano aquejado de ese ciclotimia, electroshoks va, electroshok viene.

Partidos así son inviables: para alcanzar su eficacia en una democracia formal, una formación política debe tener ambiciones y ambiciosos. Con uno no basta y, mucho más, si ese uno está tarumba perdido. Hace falta gente con la ambición suficiente para llevar a la práctica el propio proyecto político. Y, por consiguiente, hace falta gente que tenga convicciones profundas y una voluntad inquebrantable, a la nietzscheana, de luchar hasta el agotamiento. Pero en la ultra hay muchos “pequeños” y casi ningún “grande”, de ahí que cuando se habla de este sector se tiende más a distinguir entre “buenos” y “malos”, calificaciones que no tienen lugar en la política.
 
En mi mentalidad de menestral, la ambición de mando no está presente en mi ecuación personal. Consciente de mis limitaciones, sé cuál es mi lugar y no estoy dispuesto a abandonarlo por promociones o laureles. La mentalidad propia del menestral es la del “aurea mediocritas”, un principio universal que en Oriente supone “cumplir el Dharma”, la propia ley, la propia misión, los propios objetivos. O como explica uno de los siete yogas: “realizar la acción, pero renunciar a los frutos de la acción”. Al no conocer la ambición de mando, tampoco me ha preocupado jamás disputar el mando. Manda quien quien mandar y quien lo ambiciona, harina de oro costal es que tenga capacidad para hacerlo… Cuando se evidencia que no la tiene, la cuestión es de qué manera abandonar el barco, mucho más que acechar al Rey de Nemi. Pero los “líderes” de la ultra suelen ser como los protagonistas de aquella parábola de Bertold Brecht en la que un buda está meditando en una estancia. La vela que ilumina el espacio cae y prende la esterilla, poco después toda la habitación está en llamas y nuestro buda se aproxima a una ventana abierta a nivel de calle. Antes de saltar, cuando las llamas ya la están prendiendo las cejas, pregunta a un paisano que ve en la calle: “¿Qué tal se está ahí fuera?”. A diferencia del buda de la historia de Brecht, Graells ni siquiera preguntaba el tiempo que hacía afuera, prefería arder antes de “abrirse”. Si Graells ya estaba recalentándose peligrosamente en aquel tiempo, Canduela es hoy pura colilla política depositada en triste cenicero: lídercillos del tres al cuarto, pastores sin grey, ayatollahs sin fieles postrados.

                                                       *   *   *

El FNJ fue hasta mediados de 1978 un fenómeno específicamente barcelonés con unas pocas delegaciones en la provincia (Hospitalet, Granollers, Badalona y poco más), sin embargo, cuando ya había alcanzado su breve cúspide en Barcelona, surgieron unas cuantas delegaciones provinciales. Primero en Málaga, luego en Asturias, más tarde en Navarra, algunos buenos contactos en Baleares y nada en Madrid en donde el Frente de la Juventud bloqueaba lógicamente cualquier crecimiento por esos lares. Tampoco nada en Valencia en donde la gente de Tormo si no iba de riguroso uniforme pardo, nada. Pues nada, que la cuestión no era reproducir otro ejército de Pancho Villa con camisa de distintos color. Para eso ya estaba Fuerza Joven. Desde 1978 y hasta la disolución efectiva del FNJ, estas delegaciones crecieron algo más que el centro barcelonés. La totalidad de estas delegaciones pasaron luego al Frente de la Juventud en 1979 e incluso de ellas existieron rastros activos hasta mediados de los años 80, participando algunas en el nacimiento de Juntas Españolas.

Pero, a pesar de las delegaciones y de que llevábamos ya algo así como 12 números de la revista Patria y Libertad y media docena de cuadernos de formación política, lo esencial era que el partido estaba embarrancado en Barcelona, no crecía y lo que un año antes había sido un trabajo político sistemático y novedoso, se había transformado en una rutina con pocos altibajos y sin intensidad. Para colmo, los problemas personales de Graells y su permanente actitud de Rey de los Bosques de Nemi, repercutían muy negativamente en la convivencia interior del FNJ. En las últimas semanas, entre las bases del partido había un ambiente de camaradería juvenil y alegría irresponsable, pero cuando aparecía Graells por el ascensor, todo eso se dilapidaba, la militancia optaba por irse a tomar el cafelito o a dar una ronda pegando adhesivos del partido. Era imposible prever, en efecto, con qué humor llegaría Graells ni de qué manera haría lo posible por evidenciar su autoridad. Además estaba para él el espinoso problema del Frente de la Juventud madrileño que con cierta frecuencia daba signos de existencia en la prensa. Una mayoría creciente de militantes aspiraba a fusionarse con ellos. Algo que iba arrinconando a Graells cada día más.
 
Por fin ocurrió la ruptura. Había dos líneas: la de los que queríamos irnos, simplemente dejando de pasar por la sede o bien haciéndonos expulsar, adoptando una forma de resistencia pasiva. Otra línea aspiraba a armar un bonito escándalo e irse, eso sí, dejando huella. Inicialmente los había que aspiraban a convocar una asamblea general y deshacerse de Graells. a patadas o vía la ventana más próxima. Cuando todos estos problemas se dejan caer en el tapete de un partido político, no hay salvación posible: ese partido ya está condenado y nadie con dos dedos de frente, lucha por las migajas resecas y minúsculas que sobrevivirán a la crisis. Si el FNJ perdía una veintena de militantes que constituían el núcleo más capaz de la organización, podía darse por liquidado y era cuestión de tiempo que desapareciera con muchas más pena que gloria. En cuanto a desalojar a Graells, no me costó mucho convencerles de que, dada la tesorería del partido, el gran problema sería como pagar la sede. Así que lo que propuse era irnos y tomar contacto lo antes posible con el Frente de la Juventud. No valía la pena montar un número en la sede, sino más bien vaciar lo más posible aquella barca a la deriva.

Como siempre que se producen rupturas en la continuidad de la acción en un grupo político, tras la escisión, lo que queda del partido no es la masa que tenía antes menos los escindidos, sino mucho menos. En efecto, entre un 30 y un 60% de la militancia, siempre, se retira de las dos fracciones en disputa. Así ocurrió y a 30 años de distancia de este episodio intrascendente la gracia estriba en que la decena de militantes de valía que se quedaron buena parte por nostalgia hacia la sigla FNJ y otros por fidelidad personal a Graells, ni uno solo de ellos, mantenía año y medio después relaciones personales con éste al que tomaron por líder en un momento de su vida. Meses después con algunos y años después con oros, volvimos a vernoslos que nos fuimos y los que se quedaron –y aun hoy sigo manteniendo buenas relaciones con ellos- celebrando el reencuentro con cerveza y chascarrillos sobre la gestión de Graells posterior a la escisión. Éste, a falta de que alguien le rogara que reingresara en Fuerza Nueva (en ese momento Fuerza Joven ya se había reconstituido y el partido daba la sensación de que estaba en su mejor momento), terminó integrándose en aquella escisión que se produjo en FE-JONS, cuando Fernández Cuesta expulsó a un sector del partido. Éstos alquilaron un local a dos pasos de la Plaza de Universidad y operaron durante unos años con el nombre de Unidad Falangista, otro grupo que se unió a la sopa de siglas de la ultraderecha. Graells llegó a esa etapa con un activo de media docena de militantes, que no pudieron impedir que hacia finales de 1980 todo aquello se desleyera como un azucarillo, lo que ya empezaba a ser un fatum para los grupitos ultras.

Cuando me vi relevado de la obligación de ascender al quinto piso de aquel destartalado edificio de la Via Layetana experimenté una sensación de liberación. El FNJ había empezado como la ilusión de un grupo de jóvenes que logró capturarme y había terminado como un muermazo de la peor especie dirigido por un fulano más inestable que el Ibex 35 en tiempos de crisis.

No creo que sobre la historia del FNJ se pueda aportar mucho más. Por ahí un editor, como todos los que nos dedicamos a esta profesión, en búsqueda del best-seller de su vida ha publicado un volumen sobre aquella peripecia. No sé lo que se contará allí y el hecho de que esté escrito por un antiguo miembro del FNJ no implica que sea completamente coincidente con lo que he recordado aquí. Créanme: el FNJ fue un muermazo de triste final, nada más, mitificarlo sería un insulto a la inteligencia. La historia de la ultraderecha es, en grandísima medida, una historia de miserias humanas frecuentemente intrascendentes, pobres ambiciones, ideales arrastrados por el fango y poco más. Ahora bien, eso sí, debo de reconocer que más del 50% de lo que sé de psicología (y creo saber bastante y haber seguido cursos suficientes en España y Francia, y leído los textos canónicos tanto de esa rama del saber como de la psiquiatría) se lo debo a mi paso por la ultraderecha. Eso que debo de agradecer, y agradezco.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.

Ultramemorias (VIII de X) Visicitudes políticas en la transición (10ª parte). Golpistas de opereta y cursillos de pichiglás

Debió ser hacia finales de la primavera de 1978 cuando se produjo en Madrid una ruptura en el interior de Fuerza Nueva. No era la primera, ni fue tampoco la más importante, pero sí la más numerosa porque el partido perdió buena parte de su base juvenil en Madrid, casi todo el servicio de orden –la Sección C- e incluso la delegación de Valladolid al completo. Algo así como dos años antes, cuando Blas abrió las puertas de la sede del partido a Monseñor Lefevre para que oficiara allí una misa de rito tridentino, los católico-vaticanistas de la cúpula, dieron el portazo. Y, poco después, tras el asesinato de Yolanda Ruiz y la detención –injustificada por lo demás- de David Martínez Loza, jefe de la seguridad del partido, muchos cuadros madrileños que habían participado en la campaña electoral que llevó a Blas obtener su acta de diputado en 1979, a la vista de que juzgaron “riesgos insuperables” en la militancia y albergaban las más serias dudas sobre que la actitud del partido en caso de que ellos mismos se vieran envueltos en episodios extraños de ese tipo, abandonaron discretamente el partido, sin escindirse, sin alharacas, por la puerta pequeña y yéndose a su casa para no volver más.

Los escindidos de Madrid debieron ser unos 300 y una cifra algo menor en Valladolid. En general, era todos bastante jóvenes, quizás con una edad media de 21-22 años, si bien entre los escindidos se encontraban Pepe de las Heras, hasta ese momento secretario general del partido y Juan Ignacio González, jefe de la Sección C. No hicieron gala de excesiva imaginación cuando, una vez fuera de los altos muros del partido, llamaron a la nueva formación “Frente de la Juventud”, prescindiendo de la “N” de “nacional” cuyo copyright pertenecía a Graells. No creía en aquel momento ser un lince si juzgaba en la época que en España no había espacio para un Frente Nacional de la Juventud radicado en Barcelona y un Frente de la Juventud radicado en Madrid. Además, a mediados de 1978 ya me había convencido de que el FNJ tenía un techo bajo-bajísimo y que, a pesar de los esfuerzos reiterados y diarios de la militancia, la verdad es que ni habíamos aparecido en la prensa con la frecuencia suficiente, ni crecíamos a velocidad de pandemia, ni siquiera de progresión aritmética y si bien había altas, también había gente que desaparecía sin dejar señas tras unas semanas o meses de frenético activismo. Así pues, en mi óptica –y creo que en la de cualquier persona con dos dedos de frente y mucho más con frentes de dos dedos de espesor- desde el momento en que tuvimos noticia de la constitución del FJ madrileño lo normal hubiera sido coger el primer puente aéreo y pactar la creación de una nueva organización unitaria que, de partida habría tenido en torno a 600 militantes. Pero, como ya he dicho en otras ocasiones, la lógica no rige para la extrema-derecha.
 
Graells le tenía verdadero pánico a una “fusión”, eso implicaría que dejaría de ser líder indiscutible y gran timonel y, seguramente sería desbordado por gente mucho más brava, menos calienta asientos y con más prestigio entre la militancia. Contemplaba, no sin cierta preocupación, que era más posible que tíos echaos p’adelante se entieran entre sí, que no que lo hicieran con alguien que si algo le faltaba precisamente era historial activista y episodios que confirmaran que no sólo pensaba con la cabeza sino también con los testículos. Así que durante ocho meses eludió por todos los medios plantear la cuestión de tomar simplemente contacto con los escindidos madrileños. Pero llegó el verano y con el calor los desplazamientos a Madrid. Así que ocurrió lo inevitable. Madrid, la capital del Reino, la meca de la ultra recalcitrante, la mayor reserva humana del franquismo sociológico y del nacional-catolicismo impenitente, registraba en los veranos peregrinaciones que Santiago de Compostela hubiera envidiado en el siglo XIII.

Sin ir más lejos, el verano anterior un grupo de cuatro militantes del FNJ habíamos acudido a Madrid a un episodio singular por muchos motivos. El numerito es, en sí mismo, muestra de cómo se “conspiraba” en Madrid y de la naturaleza de los prolegómenos del 23-F. Verán…

Se puso en contacto con nosotros un viejo amiguete, Joaquín Soro, un ex divisionario veterano, pequeñito y peleón, maño por más señas –por tanto más peleón- que ostentaba el cargo de presidente de la Confederación de Combatientes de Catalunya. Era el jefe de la tropa de policías armados que asedió el convento de los capuchinos de Sarriá, cuando la memorable capuchinada del 68. Y suerte que no le dieron carta blanca para desalojarlo a la brava. Era, por lo demás, un tipo simpático, sencillo, accesible y que no iba de jefe carismático. Nos había ofrecido el local de la Hermandad de la División Azul en los balbuceos del FNJ. Falangista de pro, para Soro, no existían grandes problemas ideológicos. Se había educado en las doctrinas “antisubversivas” traídas de EEUU en los años 60 y había recibido el cursillo habitual que el SEDEC impartía a todo aquel que se dejaba, sobre cómo combatir a la “subversión”.

Soro, ya fallecido, nos explicó que en Madrid se estaba “moviendo algo” y que la Confederación contaba con nosotros. A esas alturas yo no era muy optimista, ni sobre las posibilidades de la Confederación, ni mucho menos en sus análisis sobre la situación política que, a la vista de lo publicado diariamente por El Alcázar eran extremadamente simplistas, miopes e iban, siempre, inevitablemente, por detrás de la realidad, yo diría incuso, años luz por detrás del día a día político de la transición. Por lo demás, “Madrid” era, como he dicho, Meca de todas las conspiraciones y Edén de todos los conspiradores; allí, la ultra de la periferia iba al centro desde el que se impartían órdenes. Debo decir que, en lo personal, nunca confié en lo que se movía en Madrid y que hoy puedo afirmar más alto pero no más claro, que si la ultra es un cero a la izquierda en España –y lo seguirá siendo durante décadas- es simplemente porque en el centro madrileño es un pozo de confusiones, un areópago de ineficacias y una fábrica de [malas] ideas, todas ellas formuladas en aras de la “unida unida” y del “arriba epaña”, a lo que en aquel momento se añadía el “viva la polissía” y aquel otro grito impagable de “ejército al poder”, sin olvidar el “Tarancón al paredón” que siguió gritándose incluso años después de que Tarancón fuera jubilado por Roma.
 
En aquella época ya intuía todo esto e incluso se lo había comentado a Soro y otros dirigentes de la Confederación de Combatientes. Comprendían mi escepticismo pero la triste realidad era que todos ellos habían seguido el consejo que dio Franco a uno de sus colaboradores: “Hágame caso, no se dedique a la política”. Los de la Confederación, sostenían por ejemplo, la peregrina idea de que ellos de política nada, que lo suyo era patriotismo a secas, sin adjetivaciones políticas… lo que les daba la posibilidad de apostar a la vez por Alianza Popular, o por la ultra sin experimentar la más mínima sensación de tener el corassón partío.

En esa ocasión lo que nos proponía Soro era que un grupo de cuadros del FNJ participáramos en Madrid en un cursillo que nos ofrecía la Confederación. En ese momento, era perfectamente consciente de que la Confederación carecía de gente suficientemente preparada como para ofrecer cursillos de capacitación política, a la vista de que ellos mismos eran la muestra más fehaciente de incapacidad. El alojamiento y los gastos de estancia los cubría la Confederación, así que, en el peor de los casos, aquello era la posibilidad de pasar una semanita en la capital del reino. El curso resultó ser uno de los episodios más estrafalarios y despiporrantes a los que asistí durante toda la transición.

En principio, fuimos cinco los “cuadros” políticos del FNJ. Nos alojamos en el Colegio Mayor Antonio Ribera que, en otro tiempo había sido un pequeño edificio de apenas dos plantas y que ahora era una gran torre en la Ciudad Universitaria batido por el sofocante sol del verano madrileño. La confederación, al parecer, lo había comprado como “inversión” y para ofrecer un servicio a los hijos de sus miembros. Asistimos solamente militantes de la ultra periférica, de aquellas regiones que, por algún motivo, parecían conflictivas: Catalunya, Euzkadi y… Canarias. No me pregunten por qué Canarias era entonces el paradigma del independentismo. Acaso porque un pequeño grupo de activistas teledirigido desde Argelia por Antonio Cubillo y que respondía al nombre de MPAIAC habían puesto algunos petardos. Si la peligrosidad política de un grupo pretendidamente terrorista se mide por la onda expansiva de sus bombazos, el MPAIAC era poco menos que una formación insignificante, pero en sus devaneos por la Organización de la Unidad Africana, Cubillo se había hecho acreedor de que Martín Villa –a la sazón ministro del interior- le enviara a un exparacaidista que le propinara unas cuentas puñaladas que, si bien no acabaron con su vida, lo mermaron para siempre y fueron el desencadenante de su prematuvo fallecimiento no hace mucho. Se trataba, claro está, de que un par de “mojás” (puñadalas en el cheli versión taleguera) hicieran pensar que, el jefe in pectore del independentismo canario había sido apuñalado por delincuentes comunes en lugar de por un confite de las alcantarillas del Estado que ya entonces gozaban de una salud envidiable. Las anécdotas que podría contar sobre Cubillo son interminables y quizás las más jugosas son dos: en cierta ocasión, intentó ponerse en contacto con el Partido Carlista que se pretendía “autogestionario y federalista”, en busca de apoyos para su causa. Dio a llamar al Château de Lignieres pensando que allí hablaría con Carlos Hugo de Borbón, sin embargo el teléfono lo descolgó su hermano, Sixto (sí, también los príncipes y las altezas reales descuelgan los teléfonos). Cubillo, durante un buen rato pensó que “S.A.R. le prince de Bourbon-Parma”, con el que hablaba era Carlos Hugo, se despachó a gusto atacando al “fascismo” y a los esbirros de la Internacional Negra que dispararon sobre el “pueblo carlista” en Montejurra. Sixto, antes de colgar, le dio el consiguiente chorreo al pobre Cubillo pocos días antes de las “mojás”. ¿Quién me iba a decir que años más tarde trabaría cierta amistad con uno de los responsables del MPAIAC en Fuerteventura que coqueteó durante un tiempo con Democracia Nacional antes de horrorizarse con el nivelazo político del Canduela recién elegido presidente de la formación?

Volviendo al curso, como digo, las cosas no fueron bien desde el principio. Se nos insistió en que todo aquello era clandestino e incluso el militar en activo que parecía ser el capitoste mayor del dislate utilizaba un alias para eludir llamar la atención del CESID. Ni que decir tiene que todos conocíamos su nombre verdadero,  su cuerpo, su graduación y su destino. Y como aquello era de un clandestino que tiraba de espaldas, lo primero era presentarse ante la asamblea con nombres, apellidos, formación político de pertenencia y lugar de origen. Los cuatro primeros fueron vascos: “Me llamo tal de tal y soy de Arrigorrieta, soy de Falange… ¡y español!”. Y al decir “español”, el resto aplaudía enfervorizado. Si no lo hacías te miraban mal. Al quinto que salió con la cantinela, Soro tuvo que interrumpir: “Hombre, en principio todos somos españoles así que no vale la pena que insistáis en algo que se da por sentado… y otra cosa, no aplaudaís o no acabaremos nunca”. Una ruidosa ovación cerró sus palabras y el siguiente insistió: “Me llamo tal de tal y vendo de la Palma, soy de la Confederación… ¡y español!”. Era evidente que con este personal iba a ser imposible hacer gran cosa. Pero el problema, sin embargo, no eran las bases, sino los “coordinadores” del cursillo. Gente rara, sin duda alguna.

El militar en activo en cuestión, no era una mala persona, sino –como es habitual- alguien que se estaba jugando su carrera y se había embarcado en algo para lo que no servía. Sí, porque a fin de cuentas de lo que se trataba era de crear una organización con gente que perteneciera a las demás organizaciones y que supusiera una especie de “centro político” de decisión de toda la ultra de cara al golpe militar que en esos momentos se prevía como para pasado mañana. La candidez de todo aquel personal clamaba al cielo. Si bien el militar en cuestión –que por la edad deberá estar hoy más que jubilado- parecía un hombre desinteresado y patriota, en el sentido de que para él lo primero era el “servicio a España”, incluso en los recovecos más marginales de la ultraderecha, el que parecía hombre dinámico del asunto, un tal Marin de extracción carlista, suscitaba las mayores sospechas. Primero porque, así de entrada, daba la sensación de no tener ni puta idea del terreno que pisaba, simplemente la confederación le había habilitado un presupuesto y él se lo pateaba de la manera más inútil posible.

Pronto, fue éste Marín el que abrió el fuego de las charlas. Pidió un voluntario que dibujara bien y me faltó tiempo para salir como impulsado por un resorte en la rabadilla. Había en la sala una impensa pizarra en la que debía de dibujar el “esquema organizativo” de la estructura clandestina en la que se nos proponía ingresar.  Aquel esquema era lo más alejado posible del que el "Coronel Mathieu" de La Bataille d'Argel de Godard, presentaba a sus oficiales. Con sólo verlo advertí la completa falta de conocimientos de este tipo sobre lo que es la clandestinidad y, lo que era peor, sobre lo que era una organización digna de tal nombre. Algo así como una cuarentena de recuadros, flechas en todas direcciones y una cúspide en la que no hacía falta ser un lince para saber que se situaba él mismo, componían un organigrama más complicado que un tratado sobre astrofísica de venguardia. Yo había sido educado por Delle Chiaie y por el master en marketing y publicidad que había realizado unos años antes, en la idea de que, para ser efectivo, un organigrama debe de ser más simple que el mecanismo de un botijo y aquello para lo que me falta pizarra para trasladar, era justo lo contrario. A los cinco minutos de haber empezado la charla me sumí en otros pensamientos porque no valía la pena perder ni cinco minutos más en aquella payasada. Lo realmente impresionante es que alguien en la Confederación (que había aportado hasta no hacía mucho ministros, miembros del consejo de regencia y del consejo de Estado, procuradores en cortes y consejeros del movimiento a titiplé) hubieran considerado que el autor del desaguisado hubiera tenido capacidad para trazar el organigrama de un puesto de castañas. Y ahí lo tenía, dando un cursillo con aires de suficiencia, como queriendo decir, “yo si sé de qué va esto de la política”.

La cosa se complicó luego cuando el pobre Soro, clase pasiva con el grado de coronel, nos dio, a primera hora de la mañana, un tostón sobre cómo combatir a la subversión comunista. Cabe decir que en ese momento, el PCE ya empezaba a desmigajarse: había estallado su crisis en el País Vasco y en el Ayuntamiento de Madrid, perdía militancia y simpatizantes a goteo en beneficio de un PSOE esquelético pero que ofrecía mejores posibilidades de medrar. Y lo mismo ocurría con la extrema-izquierda que se desleía como un azucarillo en el jarabe del PSOE. Además, el problema es que Soro nos estaba ando la conferencia que a él le habían dado hacía algo más de 10 años, cuando era un brillante mando de la policía armada, esto es, cuando era una especie de sable del poder. Soro –y como él muchísimos funcionarios del antiguo régimen- no había advertido que la característica de la transición fue el tránsito del poder del franquismo al no-franquismo. En 1978 ya no eran poder, sino “oposición”, pero seguían manejando textos de cursillo y esquemas mentales de cuando eran todavía “poder”. Así que a los cinco minutos de empezar su conferencia, el propio Soro dudaba de que sus palabras sirvieran para mucho y terminó explicándonos el miedo que pasó en la estepa rusa cuando, pepinazo, pepinazo viene, los ruskis les hicieron pasar las de Caín. En los cuatro días de cursillo, la charla de Soro siempre fue la primera. Debía comenzar a eso de las 9:00. El primer día asistimos casi todos, el segundo faltó un 30%, el tercera el absentismo superó el 50% y en el último ni siquiera los más concienciados aguantamos aquella pérdida de tiempo y preferimos visitar el Madrid castizo y saludar a algunos camaradas de por allí. Además, en otro Colegio Mayor había una fiesta convocada por chicas norteamericanas y la asistencia era obligada. Fue en aquel momento cuando me convencí de la superficialidad de la mujer norteamericana y de la inviabilidad de aquella sociedad. Las chicas bailaban como si fueran chers-leaders, sus conversaciones eran del rollo dos y dos son cuatro y si hubiéramos pasado a las restas no nos hubieran podido seguir. Opté por irme a un pub con otro camarada, donde había chicas con fama de casquivanas. Lo eran pero también estaban próximas a la tercera edad. Así que opté por regresar al Colegio Mayor. En los pasillos de nuestro piso se oía un lúgubre sonido que salía de la habitación de un camarada del FNJ bautizado por todos, unánimemente, como “el Cabra del Santo Cristo” dado que aquella localidad andaluza había sido el fatal escenario de su nacimiento. El único sonido similar a los ronquidos inhumanos de “el Cabra” –años después lo supe- era una piara de cerdos avanzando hacia el matadero. Puedo jurar que pensar en un ronquido similar es absolutamente imposible. Su suegro nos había alertado al respecto, advirtiéndonos que, para colmo, era una especie de marmota y que no debíamos tener piedad a la hora de despertarlo. Y, de hecho, no había manera. Entrar en su habitación era introducirse en un escenario dantesco. Dormía a la desesperada, en el calor de la noche madrileña, en pelotas, desparramando su abundante humanidad por toda la superficie de la cama. En sí mismo, el espectáculo ya era lamentable y mucho más cuando advertían que no había forma de que cesara en sus ronquidos ni arrojándole agua a la cara, ni siguiendo el consejo de su suegro de despertarlo a hostias. En dos mañanas nos dimos por vencidos y el muchacho siguió roncando hasta mediodía con unos gruñidos que produjeron una indeleble impresión en nuestros tímpanos. Algo inhumano, queda dicho.
 
Los ronquidos de “el Cabra” contribuyeron a hacer más insoportable aquel cursillo ya de por sí infumable. Entre los tipos curiosos que asistieron merece destacarse un canario al que llamábamos “el Cazador” y que, efectivamente lo era. Tocado con un sombrero Indiana y con un chaleco propio de cazador titulado, desde el primer momento se definió como tal y nos explicó la forma de acechar a los elefantes. En realidad, el cazador, en sí mismo, constituía él solito una plaga ecológica que había  medio despoblado África de proboscídeos. Alardeaba de haber cazado como a 600 él solito y sin ayuda de nadie. Nos explicaba que el mejor lugar para darles era sobre la trompa y entre los ojos. Guiaba safarís y era el de mayor edad entre los presentes. Poco importaba de lo que se hablara con él o del tema que se tratase en el cursillo, inevitablemente sabíamos que cuando tomaba la palabra siempre iba a terminar con un símil de cazadores y elefantes despanzurrados. Decía, por ejemplo: “… eso que planteas no es correcto, cuando tienes que cazar a un elefante, lo mejor es estar quieto y esperar que el elefante cargue contra ti”, ante lo cual, Marín, que no parecía haber cazado más que moscas o alguna perdiz, le respondía diplomáticamente: “sí, pero es que el elefante ya marcha a la carga… así que hay que hacer algo… tal como os estoy proponiendo”. En realidad, Marín solamente parecía proponer una “organización de organizaciones” en la que él estuviera al frente y que le evitara el pesaroso y siempre difícil reclutamiento de afiliados. En otras palabras: como estar por encima de Fuerza Nueva, de las Falanges, del FNJ y de la Confederación, siendo un cero a la izquierda y teniendo por toda bendición los dineros de Girón y sus cofrades. El “concepto” era tan inútil como suicida y tan ingenuo como infantil, pero era una de las respuestas de la ultraderecha ante la infernal cadencia con que se sucedieron los años de la transición.

En algún momento, le dije a Marín lo que pensaba de todo eso: “El problema no es diseñar una organización, dejando aparte que una organización contra más simple, mejor, el problema es definir primero la estrategia y en función de ella una organización adaptada para ejecutarla”. Por supuesto, el “ponente” no entendió nada y siguió con lo suyo explicando que cada departamento de su florido y selvático organigrama tendría su “piso franco”. Los ojos de uno de los nuestros se iluminaron. Se trataba de “el Virilo”. “El Virilo” era un tipo curioso de uno noventa de alto, barba florida y voz engolada, empleado de la Telefónica, era falangista de toda la vida y le echaba bemoles a la vida; su fama de ligón trascendía a su organización, el Círculo Cultural Eugenio d’Ors presidido por Roberto Ferruz. Era un tipo algo castizo, escéptico, irónico y desconfiado por naturaleza, capaz de formular la pregunta clave: “Entonces, si lo he entendido bien, se trata de que cada departamento tenga su propio piso franco”. Cuando Marín le contestó con un rotundo y scueto  “sí”, no me costó mucho entender la expresión de satisfacción de “el Virilo”: allí tendría un tranquilo lugar para practicar el noble arte del ligoteo sin tener que pagar una pensión o hacérselo dentro de un vehículo allá por la Rabassada o en el espigón del puerto.

Todavía asistió otro personaje curioso, con mucho, el más interesante que cayó por allí. Se trataba de un norteamericano del que en aquel momento sabía solo que había aparecido por el diario El Alcázar con el manuscrito de un libro sobre la División Azul, escrito en comandita con un historiador español. Se trataba de Lewis Abraham Tambs, por entonces profesor de historia en la universidad de Wacco, Texas. En aquel momento no sabía que mi camino y el de Tambs se cruzaría no muchos años después en Bolivia  y poco después en Colombia,. A La Paz, de tanto en tanto enviaba al cotidiano El Diario, artículos en los que expresaba sus particulares ideas sobre geopolítica. Tambs llegó a ser durante la administración Bush-hijo uno de los gurús inspiradores de la política de la administración en relación a Iberoamérica. A él se debe una parte sustancial de los llamados “Documentos de Santa Fe”. Mucho, antes, durante el gobierno de Bush-padre, Tambs había sido embajador de choque en Colombia. Algo me dice que fue él quien inventó el término "narco-guerrilla". Me he preguntado muchas veces qué diablos hacía en aquel cursillo deleznable un experto norteamericano en geopolítica… y en subversión. Hay una respuesta, claro está.

Tambs tenía el aspecto de misionero mormón (rubio, pelo corto, delgado, mofletes carnosos, camisa de manga corta y corbata estrecha y de nudo ínfimo) pero también de “agente de campo de la CIA”. ¿Lo era? No hace falta ser de la CIA para tener ese aspecto. En EEUU hay una docena de servicios de información y Tambs podría pertenecer a cualquier otro.  O a ninguno. También existen agentes de grupos de influencia, funcionarios a sueldo del Departamento de Estado o de cualquier institución privada. ¡Vaya usted a saber!

Marín nos lo presentó a cuento –cómo no– del libro sobre la División Azul pero, sorprendentemente, nos dijo que iba a hablarnos de geopolítica. En aquel caluroso verano madrileño, en aquel curso peripatético e inútil, por primera vez oí hablar de “geopolítica”, una ciencia auxiliar de la política sobre la que desde entonces he ido leyendo todo lo que ha caído en mis manos. Había valido la pena soportar los sofocantes calores madrileños para ser iniciado en geopolítica por un peso pesado como Tambs. Éste alardeaba de haber estado en los principales focos de tensión iberoamericana en los años 70: había asistido al desmantelamiento de los “tupamaros” uruguayos, lo que era el "Plan 24 horas", explicaba con todo lujo de detalles como los Ford Falcón negros iban y venían por las calles de la República Argentina pescando a guerrilleros peronistas y trotskos. Contaba en primera persona el golpe de Estado de Chile, aportando algunos detalles que tomé al vuelo. También contaba con un lujo desusado de detalles la peripecia del Ché en el Altiplano. que luego confirmé in situ y en la Sección 2ª del Estado Mayor del Ejército Boliviano. No había duda de que conocía todos estos episodios muy directamente. En aquella época hacía más de siete años que conocía la historia de las guerrillas urbanas y rurales iberoamericanas y era perfectamente consciente de que delante de mí, tenía a un testimonio vivo de aquellos episodios. Tambs, nunca he albergado ninguna duda, estaba en esos escenarios de tensión sin duda a causa de su dominio del castellano y de su conocimiento muy en profundidad de la política iberoamericana. Y si estaba en aquel caluroso verano del 78 mariposeando en la periferia de la Confederación, no me cabe la menor duda de que era para cumplir otra misión. No creo que fuera un agente operativo, pero sí un analista: observaba, analizaba, informaba de la situación real. Si estaba allí en un ambiente golpista era, sin duda, para valorar las condiciones en las que se estaba llevando a cabo la transición española.

Se había dotado de la “tarjeta de visita” adecuada: su libro sobre la División Azul. Era evidente que se trataba de una cobertura que le iba a facilitar el acceso a unos medios que vivían más de cara al pasado que al presente. No me dio la sensación de conocer  particularmente en profundidad el tema. Cuando uno de nuestros camaradas le explicó que su padre había estado en la División Azul, Tambs solamente preguntó “¿En qué batallón?” y luego, acto seguido, pasó a otro tema evidenciando pocas ganas de hablar sobre su libro… Además, Tambs había adoptado voluntariamente el aspecto exterior de un agente de la CIA, lo suficiente como para que los medios de la Confederación y, en concreto, Antonio Izquierdo, el director de El Alcázar le abrieran las puertas empezando por las más reservadas… incluido el curso para golpistas titulados en el que Soro y la Confederación nos habían embarcado. Por algún motivo, la ultraderecha ha sido siempre o muy pro-americana o muy anti-americana. Izquierdo era de los muy pro-americanos en la creencia de que había que servir al emperador del mundo para que nos protegiera de los malvados comunistas. Para él, como para muchos otros conservadores y no solamente ultrillas, la CIA era la garantía de ayuda anticomunista. Estos verdaderos analfabestias políticos no se habían enterado todavía de que los EEUU no, solamente no eran el “gran aliado” de los golpistas españoles, por el pequeño hecho de que la transición había sido estimulada precisamente desde Washington… pero, dado que El País había proclamado que el golpe de Pinochet era cosa de la CIA, la ultra carpetovetónica aspiraba a que también aquí se acordaran de realizar ejercicios anticomunistas avanzados. En aquellos años, para los dirigentes ultras, cualquier norteamericano anticomunista era un santón y un gurú que merecían ser seguidos incluso cuando solicitaban arrojarse por el precipicio.

Mi análisis de la época –confirmado con el paso del tiempo– dio como resultado el que Tambs estaba allí simplemente para informar sobre las redes golpistas del momento, sobre si eran serias o no, sobre si valía la pena establecer puentes con ellas porque pudieran jugar algún papel en el futuro o si se trataba de unos pobres diablos capaces solamente trenzarse la cuerda con la que ellos mismos se ahorcarían o bien suceptibles de ser manipulados por unos o por otros. ¿Qué importaba si trabajaba para cualquiera de los servicios de inteligencia norteamericanos, para instituciones privadas o para el Departamento de Estado (como creí durante un tiempo)? Lo realmene importante es que estaba allí para realizar una instantánea del golpismo en el verano de 1978.

Al hablar con él era fácil percibir que intentaba mirarte detrás de los ojos: oía la pregunta que le formulabas, la reconvertía en lo que a él le interesa y veía tu reacción. Igual que el comandante Cortina, Tambs era un cajón en el que podía intuirse un doble, triple, cuádruple o séxtuple fondo. Dado lo escuálido de la extrema-derecha en aquel momento (la Alianza Nacional del 18 de julio apenas había obtenido 150.000 votos sólo un año antes en junio de 1977), no hacía falta trasladar a ningún analista desde Texas para advertir que ese sector carecía de capacidad para jugar un gran papel en el futuro… salvo por el hecho de que en los poderes fácticos, especialmente en las Fuerzas Armadas, sí existía una amplia corriente de opinión contraria a la forma en la que se estaba haciendo la transición y que, con el tiempo, podrían jugar algún papel. Desde Washington se sabía lo que desconocía la ultra, a saber, que un golpe de Estado es una operación político-militar y Tambs, con seguridad, lo que estaba encargado era de establecer una instantánea del golpismo en aquel momento y bucear sobre sus relaciones con grupos políticos.

Le hice algunas preguntas a Tambs sobre Brzezinsky y sus concepciones geopolíticas, sobre la Comisión Trilateral y su definición del Nuevo Orden Mundial que no le inmutaron. Atribuir algún peso en la Administración a la Trilateral era “conspiranoico” y fantasioso. Para él, lo único claro aquel verano de 1978 era que la administración Carter retrocedía ante una ofensiva generalizada (y así seguiría en los próximos dos años) promovida por Moscú. Nicaragua estaba madura para caer y las guerrillas se enseñoreaban de América Central. Irán estaba a punto del desplome. Los rusos se preparaban para acometer su marcha inexorable hacia los mares cálidos del Sur, planificando la futura invasión de Afganistán, los gobiernos comunistas en África ocupaban el espacio dejado por los colonialistas portugueses. Para colmo, los efectos de la guerra del Vietnam habían demostrado que la política interior norteamericana pesaba mucho en la elección de una política exterior. Fue el peso de la opinión pública norteamericana lo que determinó la retirada de Vietnam y la huida hacía apenas año y medio desde el terrado de la embajada USA en Saigón. Tambs preveía que esos obstáculos proseguirían en el futuro por lo que el sistema de seguridad mundial debería de contar con “aliados regionales” que garantizaran la contención del expansionismo soviético en los distintos escenarios mundiales. Para determinar qué países podían jugar ese papel, Tambs aplicaba las leyes de la geopolítica: las naciones transoceánicas como Brasil o India tenían todos los números para jugar el papel de gendarmes regionales. Años después, cuando a poco del golpe de Estado en Bolivia de julio de 1980, Tambs se puso en contacto con El Diario, el artículo que envió (que ocupaba una página densa y apretada Times en cuerpo 7 del diario) reproducía este mismo orden de ideas. El artículo fue leído por muchos militares… los mismos que habían golpeado unos días antes contra la presidenta constitucional Lidia Gueiler, tras haberse negado a aceptar las asignaciones realizadas por la Embajada Norteamericana que trabajaba –cómo no- contra el golpe militar.

El equívoco era este: ya a principios de los años 70, los EEUU no buscaban instaurar gobiernos militares salvo en situaciones excepcionales. Ya entonces se mostraban propensos a admitir sólo a gobiernos democráticos de centro derecha o bien de centro izquierda. Sólo Moscú, esto esto, los Partidos Comunistas, les incomodaban. Habían entendido que los militares iberoamericanos son frecuentemente nacionalistas y, el haber sido formados en la Escuela de las Américas por el Southern Command, no era el elemento determinante ni les había vacunado de tentaciones populistas; la ideología determinante para los militares iberoamericanos era el nacionalismo. En Chile, es rigurosamente cierto que la CIA financió las huelgas de mineros de El Teniente y las huelgas de camioneros… para imponer un  gobierno en el que la Democracia Cristiana desplazara a los comunistas. Si un sector de las FFAA no se conformó con esto y siguió llamando a Frei “el Kerensky chileno”, no fue por instigación de la CIA… sino del SNI (Servicio Nacional de Información) brasileño. Los militares brasileños que detentaban el poder estaban muy influidos por las concepciones geopolíticas y aspiraban a ser la potencia determinante el Iberoamérica. Ciertamente no era una nación transoceánica, pero estaban en camino de serlo: la carretera transamazónica cumplía ese papel, como el hecho de que hasta Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, se utilizara el cruzeiro brasileño, y, por lo demás, la instauración de un gobierno “amigo” en Chile, las otorgaba el rango de nación transoceánica virtual con aguas en el Atlántico y en el Pacífico, aislando de paso a Argentina, el gran rival geopolítico do Brasil... ¿Hay que recordar que Pinochet había formado lo esencial de sus concepciones geopolíticas en la escuela militar brasileña?

Por otra parte, resultaría injusto olvidar que todos los gobiernos militares norteamericanos fueron condenados con mayor o menor énfasis por los EEUU, incluso por la administración Reagan. Viví esa época en Bolivia antes y después de la subida de Reagan al poder.  Algunos tenían la esperanza de que Reagan, en nombre de la "lucha anticomunista mundial," establecieran relaciones de amistad con el gobierno militar boliviano. Lo que ocurrió fue justamente lo contrario: durante los primeros años del gobierno de Reagan, los EEUU completaron el cerco diplomático y lanzaron al mercado grandes reservas de estaño y de cobre que mantenían almacenadas desde la II Guerra Mundial, para hundir el precio de esos minerales de los que dependía la economía boliviana. Para colmo, los EEUU trataron de erradicar el cultivo de la coca con la excusa del narcotráfico (el término “narcoguerrilla” definía a todo aquel que se oponía a la presencia asfixiante de los EEUU como potencia neocolonial en la zona; ese término se nos llegó a aplicar a nosotros, incluso por gente como Lyndon Larouche que nos conocía bien y sabía perfectamente que era falso), cuando en realidad, los intereses de los EEUU eran muy diferentes: se estaban haciendo pruebas para cultivar hoja de coca en territorio norteamericano y ensayos farmacéuticos para sintetizar un compuesto químico que debería sustituir a la coca boliviana en fármacos y bebidas refrescantes. Esa coca era más cara que la cultivada en Bolivia (y como todo invento norteamericano, seguramente, produciría cáncer…), por tanto era necesario destruir la industria boliviana de la coca y, poco importaba, que se tratara de un alimento natural de los habitantes del Altiplano y de un cultivo tradicional en el país. Nosotros sosteníamos en Bolivia que el Estado debería de crear una “Empresa Nacional de la Coca” que centralizara la totalidad del comercio de coca en el país y evitara que una sola hoja fuera derivada hacia el narcotráfico y encarrilada por el Estado hacia la farmacopea o las bebidas refrescantes. Esta actitud –y la influencia que teníamos en el gobierno militar- estuvo en el origen de nuestras desgracias en aquel país.

El cursillo terminó tan peripatéticamente como había empezado. El militar en activo nos recibió en un oscuro despacho situado en la planta baja, bajo la oquedad de una escalera. Todos, los cursillistas, uno a uno, pasamos para tener una conversación privada con él. Le dije lo que pensaba: el nivel había sido muy bajo, sino bajísimo, para crear un modelo organizativo era preciso establecer antes el modelo estratégico, Marín tenía menos capacidad y conocimientos políticos que una estatua de  corcho del Gran Buda, el nivel medio de los cursillistas era bajo o bajísimo y ninguno actuaría sin permiso de la organización a la que pertenecían y si eso era así, hubiera valido más la pena, hablar primero con los dirigentes de cada grupo en lugar de arriesgarse a que alguien considerara que se estaba intentando robar a sus militantes. El hombre –que me pareció un pobre hombre– empezó primero a justificarse, luego a pedir consejo y finalmente a decir que ya nos veríamos más adelante. No nos volvimos a ver jamás. Aquel curso no tuvo continuidad. La fabulosa estructura clandestina con decenas de pisos francos era una locura y como locura quedó. La gente que luego se escindiría de Fuerza Nueva, envió a algunos observafores para establecer qué diablos se pretendía con aquella patochada. Nadie se tomó aquello en serio que, a la postre, servía solo para que alguien se pateara el presupuesto asignado por la Confederación.

Habíamos pasado una semana de calor asfixiante. Habíamos visitado a algunos camaradas madrileños. En casa de Isidro Palacios asistimos a una pequeña reunión en la que participó un individuo enorme con aspecto de bombona de butano que ponía mala cara cada vez que yo me refería a Fraga Iribarne no precisamente para glosarlo. Cuando Palacios –que ya por entonces tenía la idea de una revista sofisticada de ambiciones culturales– nos despidió, nos dijo casi confidencialmente que se trataba del hijo de Fraga.

Salvo anécdotas de este tipo, aquella semanita fue inolvidable por el calor y la estupidez que vimos ante nosotros. Entonces nos negábamos a valorar algo que era escandalosamente manifiesto: nosotros éramos jóvenes, pero estábamos en el mundo real; por el contrario, quienes nos habían llevado a Madrid y habían organizado el cursillo estaban viviendo en mundos imaginarios en los que ellos creían que todavía eran alguien (jefes de ejércitos, de compañías de policías armados, de masas populares oceánicas que vitoreaban al antiguo jefe del Estado, de miles de militantes enfervorizados), cuando en realidad ya no eran nada y no advertían que en pocos años todas esas masas se orientarían hacia opciones  más creíbles, el franquismo sería historia, solo historia y nada más que historia. Ya lo era en el veráno de 1978. Pero había algo peor: no es que existiera un “mando perdido” sino que empezaba a ser consciente de que el gran problema era que existían muchos mandos a cual más inútil. Si la ultraderecha no dio entonces la talla –cuando disponía de medios ingentes, de simpatías innegables en sectores populares y de miles de militantes– era porque carecía de dirigentes que entendieran lo que era la política en un marco democrático, que fueran capaces de establecer estrategias y realizar análisis y, sobre todo, que creyeran en lo que estaban haciendo.

Yo entonces era joven, y a decir verdad, era de los que no creía mucho en todo aquello. Había algo que me indicaba que el camino emprendido no era el correcto y que no había dirigentes capaces de enderezar aquel petardo en el que se había convertido la extrema-derecha. Lo más juicioso en aquel momento hubiera sido irse a casa o irse de España. De hecho ésta segunda posibilidad era la que más me atraía. Un antiguo miembro de la OAS que luego moriría en el curso de un atentado firmado por los GAL, Jean Pierre Cherid, me había dicho en cierta ocasión en que dormí en su casa en Madrid cuando le pregunté si había vuelto a Francia: “No, Francia es como una de aquelles mujeres a las que se ha amado mucho y que en un momento dado te engaña. Entonces lo único que se puede hacer es darle la patada y olvidarla”. La verdad es que yo expermentaba en aquellos años una sensación similar. No es que me “doliera España” (me dolía mucho más el cálculo renal) como tenían tendencia a decir los falangistas, la lectura de Jean Thiriart y lo esencial de la doctrina expuesta por Julius Evola, me habían hecho inmunes a las exageraciones nacionalistas. Para mí todo nacionalismo era, en aquellos años, el individualismo de los pueblos quintaesenciado. Siempre fui poco nacionalista y desde principios de los 70 me consideré, primero hijo de una patria imposible que era Europa y luego de una patria improbable que era, como nos había dicho Evola, “el lugar donde se combatía por la idea”. Por algún motivo, en ningún país del mundo en donde haya estado he experimentado la sensación de moriña y siempre, a despecho de la distancia, jamás he tenido sensación de extraneidad ni nostalgia por la lejanía. [años después escribiría un artículo para una conocida revista que sintetizaba algunas ideas tradicionales sobre el viaje como hecho iniciático y el viajero como modelo de vida, anda por este link]

Siempre consideré por lo demás, que el momento clave en el que había tenido que irme lejos o, en cualquier caso, separarme de toda la locura seudo política que había conocido, fue a finales del verano de 1977, cuando Blas me expulsó de Fuerza Nueva, pero mi vi embarcado en una dinámica que yo no había creado, pero que otros estimularon esgrimiendo como excusa el que me habían irradiado del partido, para satisfacer su necesidad de contar con una grey. Me ví envuelto en una aventura que no deseaba y ahora todo el problema era ver cómo se podía liquidar con el mínimo de destrozos. Los errores se pagan y yo lo he pagado, no vale la pena lamentarse. Por lo demás, lo que seguía contando para mí en ese momento era la aventura, su posibilidad y su potencialidad para afectar al núcleo de lo humano. Me era indiferente en nombre de que se realizara la aventura, pero no estaba dispuesto a perder más tiempo en cursos absurdos y en iniciativas estúpidas.

Volviendo de Madrid, tuve la conciencia muy clara de que el FNJ se había convertido en algo aburrido, rutinario y sin perspectivas. Cuando volví a visitar la sede del FNJ, recuerdo que ví una mancha de humedad en el techo del despacho del presidente y un pensamiento afloró a mi mente: “Sé como he llegado hasta aquí, lo que no sé es como me iré de aquí”. De la misma forma que todo lo que sube baja, de todo lugar donde se entra, se sale de una forma u otra. Solamente no se sale de la caja de pino. En ese momento tuve la certidumbre de que aquella experiencia empezaba a estar agotada y todo el problema era como se lo transmitía a la gente. Por que me daba la sensación de que había contraído responsabilidades que no deseaba: de alguna manera era el referente para varias decenas de militantes que me tenían como “dirigente”. No podía irme a casa por las buenas, ni desaparecer rumbo a cualquier otro país como me pedía el cuerpo. Y ese ha sido, a fin de cuentas, el problema: que no me sentía con cuajo para dejar colgado a la militancia. En esto he mejorado: actualmente me cuesta muy poco enviar a la mierda a no importa quien. Lo dicho: a la vejez, viruelas.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.

Ultramemorias (VIII de X) Visicitudes políticas en la transición (9ª parte). Cenar en Montparnasse es peligroso

El Frente Nacional de la Juventud a principios de 1978 iba viento en popa dentro de sus posibilidades, extremadamente pequeñas por lo demás. Se seguía creciendo y la formación había aparecido en varias ocasiones en los medios. Habíamos realizado una presentación en un conocido hotel barcelonés. Asistieron pocos periodistas y menos aún dieron cuenta del evento, pero, por primera vez se había intentado conectar con los medios a la forma de los partidos tradicionales. También en esto fuimos pioneros. En el curso de la entrevista acusé a Suárez y a la UCD de ser “franquistas vergonzantes” y Catalunya Express reprodujo la frasecita. Era una pequeña victoria personal sin más trascendencia que me indicó que la prensa funcionaba a base de titulares. Si se los dabas hecho, eso que se ahorraban.

Albert Viladot era entonces un periodista recién salido de la Universidad Autónoma en la que apenas había realizado una pequeña estancia de no más de 15 días en la Organización Comunista Bandera Roja, tránsito obligado en aquel centro universitario en el que las opciones eran o PSUC, o BR, o LCR, o PTE, o en el peor de los casos, el PORE, apto sólo para amantes de los exotismos políticos. Viladot –que de estudiante imberbe pasaría años después a dirigir el diario Avui, tras ser director de informativos de TV3, y aspirar a la dirección de medios de la Generalitat, cargo al que sin duda habría llegado de no ser porque una enfermedad se lo llevó prematuramente a la tumba- siempre sostuvo que esas dos semanas de militancia comunista siempre fueron un mero accidente en su vida de estudiante. Viladot nos pidió una entrevista que reprodujo el semanario de DOPESA, el Mundo, en el cual reproducía más o menos las declaraciones de Graells. No recuerdo porqué, yo quedé algo descontento con la entrevista, acaso poque había ironizado en algún punto, así que lo cité en un bar de las inmediaciones de Plaza Molina con la intención de darle una advertencia. En esa época parecía aspirar ingenuamente a dar la imagen del “hombre más peligroso de España”. A poco de estar hablando, entraron en el bar cuatro militantes del FNJ, seleccionados por tamaño y aspecto agresivo, tocados todos con el uniforme extraoficial del partidillo: cazadora de cuero, gafas de sol y mandíbula disparada hacia adelante. Cada uno rivalizaba con los otros tres en ofrecer el aspecto más agresivo posible. Todos eran estudiantes, así que sus modales eran aún más preocupantes por ser educados, nada estridentes. Era el aspecto y la serenidad propia del pistolero titulado lo que sugería su imagen. No se crean, no es fácil de conseguir, pero el efecto es más demoledor que entrar con cuatro yonkis navaja en mano. Por un momento Viladot se alarmó, así que le tranquilicé. La cosa no iba con él, pero en sucesivas ocasiones sí podría ir... Sí, ya lo sé, era una amenaza mafiosa, velada y poco sutil, pero, a la postre, efectiva. Tuve ocasión años después de disculparme con él por aquella muestra de petulante inmadurez. Por algún motivo, después de aquel encuentro. Viladot y yo iniciaríamos una relación personal que se iría intensificando con el paso del tiempo. hasta su prematuro fallecimiento.

Cuando yo me encontraba en clandestinidad, Viladot era una de las pocas personas que sabía que me encontraba en España y la única a la que puse en contacto directo con Della Chiaie después de que él se fuera a Venezuela y yo volviera a España, hacia principios de 1983. Fue Viladot, también, quien me presentó a Fermín Bocos y a varios periodistas de TV3 con los que hubo ocasión de colaborar en varios trabajos sobre temas de candente actualidad en Iberoamérica.

París, la interminable

Hacia enero de 1978 ocurrió algo inesperado. Me tuve que desplazar a París, junto con Tormo y Alemany requeridos por Delle Chiaie para tratar un par de temas urgentes. Dio la casualidad de que los Graells en ese mismo momento habían realizado un viaje de placer invitados por Chantal Blanchet, una joven militante de Ordre Nouveau pasada luego a Forces Nouvelles, que durante su período de estudiante había permanecido un par de años en Barcelona vinculándose a nuestros medios.

Chantal era pequeñita y bonita, aparentemente parecía una chica frágil y delicada. Rubia y de formas tirando a perfectas, era, sin embargo, una mujer agresiva que se desplazaba entre Barcelona y París a lomos de su Suzuki 125 con la cazadora de cuero de rigor. Había algo extremadamente atractivo en ella, acaso ese contraste entre fragilidad y fuerza. Chantal vivía frente al bois de Boulonge en lujoso apartamento del cuarto piso provisto de una terraza que daba al pulmón verde de París. Desde ese misma se arrojó al vacío unos años después a raíz de un desengaño amoroso con un jordano... Pero en 1978 seguía siendo la muchacha simpática y atractiva que todos admirábamos y cuya compañía disputábamos. Al llegar a París la llamé. Los Graells, que estaban con ella, no podían creerse que yo estuviera en esos mismos momentos en París. Quedé con ellos en una pizzería de Montparnasse. Aquella cena tendría una trascendencia imprevista en los años siguientes.

Por algun motivo siempre he considerado, desde la primera vez que viajé a París, como una ciudad muy especial para mí. Viví allí más de un año durante mi período de exilio y cada día conocía algún lugar insólito en la capital francesa. Aún hoy en cada visita a la capital francesa logro siempre descubrir un detalle que no había advertido antes. He vivido prácticamente en todos los barrios de la capital y lamento profundamente el proceso de islamización acelerado que se percibe en las calles. Hoy mismo, la prensa publicaba que el 60% de los menores de 20 años son magrebíes o subsaharianos. Dentro de 20 años, ese porcentaje sin duda se habrá elevado al 80% y a mediados del siglo, la antigua Lutetia será una ciudad “multicultural”, esto es, africana, en el corazón de Europa. No creo que, por entonces, salvo en Neully o en el XVIº queden muchos ciudadanos de etnia franco-gala en la ciudad de Notre Dame, Saint Germain y el barrio Latino.

Ya en 1977 algunas zonas de la capital me sorprendieron: Stalingrad era ya un zoco que se preveía desde el arranque de la Place Clichy. El ascenso al Sacre Coeur suponía introducirse en un barrio con presencia magrebí cada vez más asfixiante. En Tolbiac durante mi período de exilio me ocurrió algo curioso. Cuando la prensa francesa publicó mi foto, abandoné apresuradamente el apartamento de boulevard Versailles esquina Exelmans, por un discreto piso de seguridad vacío en un rascacielos de Tolbiac, próximo a Place d’Italie. Apenas reparé que subiendo las escaleras del metro me crucé primero a dos, luego a cuatro y después a ocho orientales. Luego, cuando llegué al rascacielos, tuve que esperar un buen rato al ascensor, el tiempo justo en el que llegaron otros muchos orientales y, finalmente, cuando se abrieron las puertas todos los que descendieron eran, así mismo, camboyanos, chinos o vietnamitas en proporciones variables. Así pues, estaba intentando pasar desapercibido en un barrio oriental y en un edificio en el que yo era el único inquilino europeo. Afortunadamente, todos aquellos orientales preferían el Pekín Informa a L’Humanité, pero, con todo, estaba dando, literalmente, el cante. Duré allí una sola noche y huí camino del Atlántico hacia Nantes y Pournic en donde me esperaba otro camarada de nuestra red, Jean Denis Reingeard de la Bletiére con el que pasé una temporada antes de abandonar Francia en dirección desconocida. Jean Denis tenía una casa familiar en Pournic, situada ante las aguas bravas del Atlántico. La biblioteca familiar era simplemente impresionante. No había en ellas últimos best-sellers, sino volúmenes del siglo XVII y principios del XIX. La cocina por lo demás estaba asentada sobre la roca pura que podía pisarse cuando uno freía un huevo en lo que era un antiguo faro construido por las legiones romanas. Jean había militado en la OAS, luego en la Federatión d’Etudiants Nationalistes y siempre suponía un contacto seguro, bien relacionado por lo demás con Frederic Laurent, entonces director de Liberation.

Si cuento todo esto es porque ya entre 1978 y 1980, París vivía una pérdida de su identidad europea y un proceso de cosmopolitización innegable que, por algún motivo –y no era desde luego por racismo o xenofobia, sino por simple estética- un camboyano junto a la tumba de Napoleón y un zoco islámico a dos pasos de Notre Dame no eran precisamente lo que uno esperaba ver en la ciudad de las luces. Ni tampoco a un negro patinando en los jardines del Trocadero. Aquello me parecía más chocante y “parajódico” que peligroso. En aquella época no intuía que el Raval de Barcelona se convertiría en algo parecido a la Asamblea General de Naciones Unidas o que la Plaza de Sant Jaume tendría el aspecto de un fort Apache rodeado por razas hostiles. O que pakistaníes, magrebíes y subsaharianos desplazarían a gallegos, extremeños y murcianos del Poble Sec. El paisaje de Europa está cambiando desde mediados de los años 70 y aquí, que somos exajerados para todo, en materia de inmigración hemos recuperado el tiempo perdido en apenas 15 años. Mi identidad está vinculada a un pueblo, a unos edificios y monumentos, a un paisaje, humano y físico determinado, a un acento concreto, si ese paisaje cambia radicalmente, hay algo como que me parece que no encaja. Nadie debería abandonar su tierra natal por motivos económicos, ni ninguna tierra natal debería de verse alterada por la llegada de quienes no le dieron su fisonomía tradicional. Soy capaz de razonar hasta la saciedad los motivos por los que estoy contra los trasvases constantes de población acarreados por la globalización, pero les aseguro que fundamentar racionalmente estas posiciones no supone para mí más que aportar un fundamento a un rechazo que experimento instintivamente.

Sé que hay en mi posición alguna contradicción. Tengo amigos en prácticamente todas las comunidades nacionales de inmigrantes que hoy residen en España, son buena gente y tan sólo piden el lugar bajo el sol que no pudieron disfrutar en su tierra natal. El problema de la inmigración no es ese, sino que se trata hoy de un fenómeno de masas. Conocer a otros individuos de otras razas es siempre algo positivo, pero cuando este fenómeno se convierte en algo masivo e invasivo, se corre el riesgo de perder la propia identidad –esto es, las raíces- como pueblo. Ocurre como con las drogas o la locura. Siempre han existido y siempre se han consumido drogas, pero sólo ahora revisten el carácter de masas; y por eso son un problema. Y en cuanto a la locura o al carnaval han ocupado tradicionalmente un espacio muy pequeño en la vida de los pueblos, tan solo la necesaria para comparar razón y normalidad con locura y desmadre. A tenor de la marcha de nuestra sociedad, hoy, cada día es carnaval y todos compartimos más o menos neurosis. Éste es el problema: que todos los fenómenos de masas generan alteraciones profundas.

Una zona del París mágico

Encontré a Chantal y a los Graells en un bistró de l’Avenue de la Grand Armée de ahí nos fuimos, Campos Elíseos adelante ,hacia la pizzería de Montparnase. El tráfico era endiablado y tuvimos que dar la vuelta varias veces a L’Etoile antes de poder desembocar en la dirección requerida. La pizzería estaba, en realidad en una pequeña travesía de Montparnase, la rue Vavin, situada a su vez frente al conocido restaurante La Coupole que cuarenta y cinco años antes había albergado a las tertulias surrealistas frecuentadas por Tristán Tzara, Breton, Eluard, pero también por Miró, Dalí y Gala. Otros menos recomendables se reunían también allí en la misma época, como María de Naglowska, rusa, nacida en Kazán, tierra de la que era oriunda Gala, la esposa de Dalí. La Naglowska conoció cierta fama en las entreguerras ostentando el título de “sacerdotisa de Lucifer”, fundando una secta a la que pertenecieron algunas eminencias de la intelectualidad y las artes de la época.

Cuando compuse mi libro “Dalí entre Dios y el Diablo” descubrí que Dalí asistió durante unos meses a las tertulias surrealistas de La Coupole y era absolutamente imposible que él y su esposa, no hubieran conocido a Maria de Naglowska. Mi tesis –que espero poder demostrar algún día- era que tanto Gala como Dalí habían extraído de la Naglowska lo esencial de sus ideas sobre el sexo y la magia (que no eran pocas y que, en realidad, Dalí situaba en el centro de su disparatada y paranoica visión del mundo). La lectura de algunos párrafos de los libros de la Naglowska (y muy especialmente de “Magia Sexual”, firmada por H.P. Randolph, pero que ella compiló y editó con un prólogo de Julius Evola) encuentran paralelismo en distintos episodios en la vida de los Dalí. La afición de Gala a los chicos jóvenes y la creencia de que el semen de macho recién estrenado podían alargar su vida y restaurar sus células procedía de la Naglowska, la idea de que la causalidad mágica gobierna nuestros días procedía también de ella, la obsesión por los objetos transformables en vehículos mágicos mediante poderes de evocación y que llevó a Dalí a construir el Museo de Figueras también era patrimonio de aquella extraña mujer; y en cuanto a la consideración de que el sexo abría la posibilidad de ir más allá del sexo, no tenía otra raíz intelectual que el pensamiento de la oscura “sacerdotisa de Lucifer” que, sin embargo, iba cada tarde a meditar a una iglesia situada en las inmediaciones, antes de sumergirse en la vorágine de discípulos que la visitaban en La Coupole.

Era imposible que en un microcosmos intelectual concentrado en los 400 metros cuadrados de La Coupole no hubieran acarreado una ósmosis entre una Gala siempre interesada por lo mágico, con la exiliada rusa que era la Naglowska mestra de magia y luciferismo, que para colmo compartía ciudad natal con la desagradable musa de los surrealistas. La Naglowska formaba casi parte de la plantilla de La Coupole, cada tarde estaba allí puntualmente a finales de los años 20, invitada por la administración del local a la vista de la cantidad y calidad de los clientes que atraía. Y en cuanto a Dalí, sus estancias en la capital francesa empezaron a proliferar desde aquella época. París era para Dalí el espacio de promoción, tanto como Nueva York supuso para él dinero y Port Lligat las raíces de su arte ancladas en el sol y en el viento del Alt Empordà. Lo dicho, era inevitable que los Dalí y la Naglowska no se hubieran conocido a dos pasos de donde me encontraba aquella tarde con Chantal y con los Graells.

Por otro lado, la rue Vavin, con todo lo minúscula que era, apenas cien metros entre Montparnasse y el boulevard Raspail, concentraba todo tipo de historias sorprendentes. Había allí un hotel miserable gestionado por unas zíngaras peripatéticas que en viajes sucesivos llegaría a conocer bien. El hotelito era miserable pero discreto. Nadie pedía documentación alguna –que, a fin de cuentas, era lo impotante- y el hecho que de tanto en tanto apareciera algún gusano en la cama (como me ocurrió) era un mal que consideraba menor. Por otra parte, podías estar durmiendo, abrirse la puerta y aparecer un fontanero que no albergaba el menor respeto para tu sueño. Leyendo la “Historia de la Magia” de Eliphas Levi, supe que él propio mago y nigromante de la belle epoque se había albergado en aquel hotelito miserable y, cuando años después, volví a la capital francesa en una semana que pasé allí con una muy querida camarada, el hotel estaba remodelado y convertido en un agradable nido de amor. Cada habitación llevaba el nombre de un viajero notable que se había alojado en algún momento de la historia del inmueble. Las habitaciones eran una especie de “gotha” del ocultismo y la magia europea de finales del XIX y principios del XX. Nos alojamos en la habitación a nombre de Alaister Crowley, otro satanista de pro. Eliphas Levi también tenía su estancia y Papus no quedó atrás.  La pizzería estaba situada justo en frente.

En la cena asistieron algunos camaradas italianos exiliados (el antiguo jefe de Avanguardia Nazionale de Triste, Gianfranco Susich (que entonces era el chef del local), Mario Scarpa, otro avanguardista triestino, dos camaradas franceses, Sixto Enrique de Borbón, Chantal, los Graells, nosotros tres, Delle Chiaie y su esposa, Leda Minetti. Siempre era un placer encontrar a los camaradas más variados en torno a unas pizzas con peperoni. Nos pusimos al día de lo ocurrido en los últimos meses que no era poco.

En un momento dado, en la mesa de al lado, un norteamericano medio borracho al oir que buena parte de la conversación era en italiano se volvió e hizo un comentario insolente sobre Mussolini, el peor posible en el peor momento a la peor gente que podía recibir aquel comentario. Uno de los italianos lo sacó literalmente a patadas del local. Estábamos sentados en el fondo así que tuvo que recorrer todo el espacio rebosando clientela a un lado y otro. Gianfranco, ejerciendo su cometido de chef, se creyó obligado a mediar, restablecer el orden y llamar a la calma a los clientes del local. Estos espectáculos siempre suponen algo desagradable para quienes buscan sólo un plato de lasagna o unos gnoquis con queso de buffala. Es curiosa la reacción de los medios ultras cuando ocurre un incidente de este tipo. Mientras en otros ambientes lo normal es llamar a los camareros para que resuelvan el incidente y llamen al orden al descarriado, en el ambiente ultra lo que se mide es la velocidad de respuesta y quién es el primero en enganchar al alborotador. En este caso, obviamente, fue el que estaba más próximo al núcleo del problema. La cosa distaba mucho de terminar ahí. El norteamericano, compungido –aunque tan borracho como antes- imploró a Gianfranco el poder terminar su cena y éste que, a fin de cuentas, era una persona sensible y comprensiva, lo devolvió a la mesa acompañándole con la mano derecha sobre el hombro. Era la señal de que estaba bajo su protección. Seguimos la cena y no pasaron ni dos minutos antes de que el norteamericano susurrara algo en el oído a Gianfranco para que éste lo agarrara del cuello y lo volviera a sacar del local con la novedad de que a cada zancada le propinaba un puñetazo en la cara en perfecta coordinacion. El americano llegó ante el pizaiolo, situado a la entrada, completamente hecho un guiñapo. Y es raro porque Gianfranco jamás nos quiso decir que le había susurrado al oído.

En el curso de esa cena se habló de todo. Relajados como estábamos, no respetamos la primera norma de la clandestinidad, acaso por que salvo los italianos ninguno de nosotros se encontraba en aquel momento en clandestinidad. Allí supe por Leda Minetti que Enzo Vinciguerra, “Enzino”, se había entregado a los carabinieri e iniciado la primera de sus tres cadenas perpetuas. Y en ello sigue treinta años después. Supe también que la policía había detenido a Alemany y a Tormo unas semanas antes a raíz de unos atracos cometidos por el grupo de exiliados italianos que habían quedado en España fuera de toda disciplina política. Si bien ambos fueron liberados tres días después y jamás fueron procesados, Alemany contó que su padre había tenido que deshacerse de dos ametralladoras Ingrams M-10 “Marietta” que tenía en depósito. Comentamos con Sixto Enrique también algunos detalles de lo ocurrido en Montejurra y sobre las últimas novedades políticas. Una velada, en fin, de camaradas, como cualquier otra, pero, eso sí, realizada en aquel lugar sorprendente de París.

En junio de 1980, cuando yo tuve que huir de España a causa de la redada posterior a las primeras detenciones en la manifestación contra el local de UCD en Barcelona, y, como ya he contado, me encontré casualmente a Alberto Viladot, el cual al día siguiente publicó en El Periódico un artículo cuyo subtítulo era “La policía busca a un abogado ultra de Barcelona”. Era evidente que Viladot había confundido al “dirigente del FNJ, abogado” (Graells) conmigo. Graells leyó el artículo y fue voluntariamente a declarara la Jefatura de Policía de Barcelona. Años después me dijo que lo había hecho acompañado por Eduardo Oriente, un camarada para realizar la asistencia como letrado. Lo dijo en el domicilio de otro camarada, Carlos Blasco, delante de otro, Mario Blanco y de nuestras esposas. No hace mucho –en realidad menos de quince días antes de escribir estas páginas- me enteré por el propio interesado que era falso: Eduardo jamás acompañó a Graells a la Jefatura en calidad de abogado.

Pocas horas después de su declaración, Alemany fue detenido y sometido a malostratos y torturas que, literalmente, hostia va, hostia viene, lo dejaron destrozado. Las dos “Mariettas” aparecieron, finalmente. No era raro que unos años después, un antiguo camarada, a la sazón funcionario de policía, me comentara que Graells estaba considerado como “informador”. Alemany se llevó, además de los palos, doce años de cárcel. Evitó la detención, huyendo y pasando diez años de clandestinidad hasta que la causa prescribió. El resto de la declaración de Graells ante la policía –repleta de inexactitudes, invenciones, detalles irrelevantes y tintas más cargadas que un café stretto- fue utilizada contra mí de manera irregular en el montaje urdido por el CESID en torno a mi implicación en el atentado contra la sinagoga de París…

Así era Graells. Con camaradas de este tipo no era raro que uno prefiriera la compañía de antiguos militantes de Bandera Roja como Viladot, cargos del PSUC como Vázquez Montalbán e incluso antiguos periodistas de estricta observancia antifascista como Xavier Vinader al que finalmente conocí al retorno de mi exilio. Lo dicho: “Camerata, camerata, fregatura asigurata”.

Quedaría por explicar por qué motivos Graells actuó así. Pero a decir verdad, se trata de algo casi irrelevante, mucho más jugoso sería explicar qué mecanismos mentales le llevaron del sindicalismo revolucionario del FSR a ser capaz de vestirse como general de opereta de los Reales Tercios cuarenta años después. Siempre he dicho que el doctor Freud se frotaría las manos si tuviera a Graells como cliente en la ansesala. La traición como el oportunismo siempre es atributo de lo humano demasiado humano. Pero esta es, como siempre, otra historia.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.

Ultramemorias (VIII de X) Vicisitudes políticas de la transición. (8ª parte). Italianos estrafalarios.

La idea que a algunos nos “ponía” en 1977-80 era la de “fractura vertical dentro del sistema” que se convirtió en el eje de nuestra reflexión estratégica. La idea se basaba en un análisis de la sociedad española de la transición. Sosteníamos entonces –y no andábamos equivocados- que la sociedad española estaba escindida en dos mitades e intuíamos lo que luego se nos confirmó que la transición consistía en soldar esas dos mitades, generando un régimen “centrista” con dos componentes, un centro-derecha y un centro-izquierda que, a partir de ese momento constituirían los dos polos del bipartidismo español. Para nosotros, la “libertad de partidos” se reducía solamente a elegir entre dos opciones, centro-derecha (entonces representada por UCD) y centro-izquierda (PSOE). Intuíamos que todo lo demás estaría llamado a desaparecer en los próximos años. A medida que se iba elaborando el texto constitucional era evidente que, además de una larga parrafada de “derechos y libertades”, lo esencial era el sistema electoral y éste estaba diseñado para que durante muchas décadas se mantuviera siempre un inevitable bipartidismo. En cuanto al nacionalismo catalán y vasco no pasaría de ser un “centro derecha” regional que colaboraría con unos o con otros, según conveniencias. ¿Y el PCE? A la vista de cómo quedó el panorama electoral en 1977, era evidente que la izquierda se concentraría en las siglas PSOE. En realidad, ya en esos momentos se estaban realizando los primeros tránsitos, más a chorro que por goteo (el goteo dura todavía hoy y el caso de Rosa Aguilar es una muestra), de las filas de Carrillo a las de Felipe González. En 1979 esa tendencia se generalizó a pesar de que el PCE alcanzó entonces su techo electoral. Siempre sospeché que uno de los pactos secretos de la transición fue el desmantelamiento del PCE y que Carrillo fue completamente consciente de su tarea de desguace que abordó tras las elecciones de 1979.

Episodios como el Caso Papus o el Caso Scala iban en la misma dirección: amputar del panorama político a los extremos. La única forma de hacerlo era criminalizándolos ante la opinión pública. El tiempo haría lo demás. En mi informe a Blas Piñar, entre otras frases, le comentaba: “En diez años el 20-N se celebrará en un teatrito”. Me equivoqué por un par de años solamente. En 1987, en efecto, las “masas oceánicas” ya habían desertado de la conmemoración. Aun hoy,  a pesar de que el 20-N sigue celebrándose, quienes acuden carecen de voluntad política, incluso lo de menos es recordar al anterior jefe del Estado o a la figura del fundador de la Falange, forzados a morir el mismo día. Aun hoy millar o millar y medio de personas acuden cada año al 20-N, bien para saludar a gente de otras provincias a la que no ven en todo el año o bien para vender algo. Lo dicho, el tiempo trabajaba inexorablemente en contra de la ultraderecha: contra más tiempo pasara más se consolidaría la soldadura operada durante la transición entre las dos españas, el franquismo cada vez quedaría más atrás, y salvando los inevitables ajustes que requiere la instauración de todo nuevo régimen, contra más tiempo pasara más estabilizado quedaría el sistema.

Lo único que garantizaba que la ultra regresara nuevamente al poder era persistir en la división de la sociedad española en dos bloques. Eso, o de lo contrario, habría partidocracia para unas décadas. Nuestro drama en la época consistía en que no existía ningún grupo social sobre el que apoyarse si de lo que se trataba era de llevar una lucha política en lo que nos jugábamos era el todo o nada. Este análisis sobre la sociedad española nos llevaba a enunciar al estrategia de “fractura vertical”: era absolutamente imprescindible para poder trabajar políticamente en el futuro que persistiera una ruptura en las dos Españas y, en consecuencia, había que realizar un trabajo para aumentar y ensanchar la brecha entre ambas formas de concebir el futuro y… lanzar a cada una de las partes contra la otra. De aquí a enunciar una estrategia golpista no había más que un paso. Sí, porque la conclusión lógica de una temporada de inestabilidad era el golpe político-militar. No había otra. La ruptura democrática no había podido realizarse simplemente porque la oposición al franquismo jamás tuvo la fuerza social suficiente para forzarla como había ocurrido en Portugal con el movimiento del 25 de abril. Eso implicaba decir que una parte sustancial de la sociedad española se sentía vinculada al franquismo… por eso la transición no se presentaba como una “ruptura” sino como una forma de “continuismo”. Pero no lo era, llevaba hacia otra cosa que nosotros percibíamos que iba a ser nefasto para nuestro país. Todo lo que se hacía durante la transición tenía el signo de la ambigüedad y del doble sentido; odiábamos esa duplicidad y estábamos convencidos de que iba a ser el germen de males futuros.

¿He de pedir hoy disculpas por eso? No sé sinceramente, si había posibilidades distintas al futuro que nos forjaron en la transición, ni tengo muy claro que ese futuro fuera necesariamente más conveniente para nuestro pueblo. Pero, a fuer de ser sincero, no creo que la estrategia golpista que manejábamos en la época fuera la correcta. A fin de cuentas, en España se tenía necesidad de cambiar. Lo gris del franquismo legitimaba para pensar en un futuro democrático en tecnicolor y panavisión como el que nos anunciaban. Algunos de nosotros que no nos sentíamos vinculados ni emocional, ni políticamente al franquismo, pensábamos sin embargo, que la situación en Italia con una corrupción galopante, un terrorismo de Estado y un terrorismo de extrema-izquierda que criminalizaba a nuestros camaradas y una inestabilidad política a la orden del día, era nuestro futuro. Y no estábamos dispuestos a pasar bajo las horcas caudinas de un sistema que se anunciaba para el futuro y que nos traía eso precisamente: la italianización de España.

Intuíamos como iba a ser el futuro y nos causaba abominación y náusea. El problema era que no teníamos nada creíble que ofrecer. Según la “teoría de la escalera”, la democracia formal, suponía retroceder un peldaño en la marcha hacia nuestro modelo ideal de Estado construido sobre la base de tres valores: Orden, Autoridad y Jerarquía. Elegimos la vía golpista y, al menos en nuestro grupo de activistas, queríamos creer que ofrecíamos algo más: no era que el golpe político-militar supusiera el canto a la dictadura y al sacrificio de las libertades políticas, ni siquiera era para nosotros –aunque sí para la inmensa mayoría de la ultraderecha- un retorno al franquismo. Sabíamos que Franco había muerto y que su régimen ya no era recuperable porque faltaba la pieza clave. Queríamos evitar, solamente, que el país cayera en manos de políticos corruptos y oportunistas que actuaran sin el temor a un anciano atrincherado en el Pardo que, por su mera presencia, contuviera lo peor de la partidocracia: la confusión entre el interés de una parte con el interés general. Sabíamos que eso ocurriría. Sabíamos también que el nacionalismo utilizaba un doble discurso en el que “nacionalidad” quería decir lo mismo que “nación” y este concepto llevaba inevitablemente hacia el escalón siguiente, la independencia de las partes. Creíamos sinceramente que las autonomías no iban a ser más que una etapa intermedia entre el jacobinismo franquista que despreciábamos y la secesión de partes del Estado que preveíamos. No era necesario para nosotros que pasaran 30 años de democracia para saber que  el nacionalismo regionalista siempre iba a pedir más y que tras el nacionalismo no se escondía la reivindicación de la tierra natal, sino simplemente un proyecto en el que unas clases políticas locales querían aprovechar el tirón emotivo y sentimental de la región simplemente para medrar. El abogado Samuel Jhonson no tenía razón cuando dijo aquello de que el patriotismo era el último refugio de los sinvergüenzas, en realidad el nacionalismo es mucho más simple: es la cara dura quintaesenciada.

Todos nosotros teníamos una vida sexual bastante activa y desde siempre concebimos a las relaciones entre hombre y mujer como situadas mucho más allá de un sacramento o de un contrato entre cónyuges a rubricar ante el alcalde o el concejal de turno. La moral sexual del franquismo nos parecía absolutamente pacata e insalvable, pero no terminaba de gustarnos eso de que en las Ramblas de Barcelona, los kioscos en los que en otro tiempo habíamos comprado libros, ahora se vendiera solamente pornografía. Intuíamos ya entonces que eso de folgar era sano y natural y lo practicábamos siempre que podíamos, pero que aquello otro de matarse a pajas ante cualquier revistucha surgida al calor de la transición era una triste forma de reivindicar la libertad sexual. Los años 1976-1979 fueron en este sentido pura locura. Viendo hoy el cine del destape se percibe en él una neurosis sexual que no era la de la sociedad española, sino muy especialmente la de unos directores y productores a los que les daba morbo ver a sus hembras favoritas desnudas ante la cámara o folladas por terceros. Y aún debían pasar unos años antes de que Almodóvar diera rienda suelta a sus fantasías eróticas  personales haciendo de Luisito Bosé un juez por las mañanas y travelo por las noches. Ese cine, francamente, valía tanto como una mierda bien aplanada y era completamente prescindible. Y, a fin de cuentas, entre el pacatismo franquista y el despiporre de la transición, algunos preferíamos una sexualidad que no fuera tan omnipresente y invasiva. A pesar de que el porno irrumpiera como un canto a la libertad, aquello era demasiado degradante y fatuo como para olvidar que las grandes actrices del porno de la época (quienes las llamaban “musas de la transición” evidenciaban haber conocido a muy pocas musas) no pasaban de ser unas pedorras que habían inventado la sopa de ajo conocida por las hetairas de todos los tiempos: a falta de algo mejor comercia con tu cuerpo si es que hay alguien dispuesto a dar dos duros por él.

Se mezclaba la libertad con el porno con la misma facilidad con la que se decía que esa misma libertad aboliría todo el terrorismo. Para nosotros era otra falacia. Existía terrorismo porque existían terroristas. Ni antes de la muerte de Franco ni después existían argumentos válidos como para justificar un bombazo o el asesinato de alguien. Lo que existía era mucho acomplejado con ganas de hacer algo grande para impresionar a la peña de amigotes o a la chica de sus desasosiegos, o simplemente demasiado psicopatón y, poco importaba si había que matar a alguien o matar a una docena en una sola tacada. Contra más se relajara la tensión antiterrorista, más libres se sentirían los terroristas para superar sus  complejos por vía del cancarrazo y el tiro en la nuca. Teníamos la convicción de que, contrariamente a lo que proclamaba Cuadernos para el Diálogo, “contra terrorismo, democracia”, lo que ocurriría era justo lo contrario: “más democracia, más terrorismo”. Italia, tan similar a nuestro país, había seguido ese camino y teníamos la presunción de que en España ocurriría otro tanto.

Paréntesis sobre el “stragismo”

Entre 1973 y 1977, personalmente había conocido a algunos de los llamados “stragisti” italianos. La traducción exacta de este término es “masacradores”. Se conocía como “stragisti” a los neofascistas que sostenían la necesidad de practicar el terrorismo para castigar a una sociedad corrupta en la que –como, por otra parte decía Cohn Bendit- “cada cual merecía la bala que se disparaba contra él”. Esa tendencia empezó a aparecer entre 1968 y 1969 en los medios más radicales del neofascismo italiano. Buena parte de los “stragisti” italianos se basaban en las últimas formulaciones del pensamiento de Julius Evola, quien, sin embargo, rechazaba las conclusiones a las que habían llegado estos “discípulos” descarriados. Evola en plena contestación había escrito un libro del que me cupo el honor de haber traducido al castellano: Cabalgar el Tigre. La tesis de Evola era que cuando una sociedad entra en decadencia lo único que puede realizarse es, apartarse y ver como llega hasta los últimos estadios del proceso desintegrador (y esto es lo que las sociedades orientales llaman “cabalgar el tigre”) o bien acelerar ese mismo proceso. Algunos “stragisti” sostenían que las masacres indiscriminadas eran una forma de lograr la “desintegración del sistema” acortando los plazos.
 
Existían dos riesgos: que los “stragisti” tuvieran, efectivamente, los santos cojones y la carencia de neuronas necesaria para acometer esa locura de “acelerar la desintegración del sistema”, lo cual era poco probable, o bien que su acumulación de odio intelectual fuera aprovechado por determinados servicios del sistema político italiano para… reforzar al sistema. Desde 1969, cuando estalló la bomba de la Banca de Agricultura de Milán, era evidente que el efecto inmediato de este tipo de atentados indiscriminados era que la población tendiera a refugiarse bajo el paraguas protector del sistema, por puro pánico, renunciando a sus libertades, incluso al pensar en libertad. No era por casualidad que entre 1969 y 1983 detrás de cada célula “stragista” descubierta en Italia las pistas llevaran siempre a determinados servicios de a seguridad del Estado. No existía un “stragismo” autónomo, sino unos “stragistas” cuyos escritos eran todo lo que el Estado italiano precisaba para responsabilizarlos de un terrorismo que ni podía ni tenían capacidad para desencadenar. A cuarenta años de distancia releer el  opúsculo de Giorgio Freda (que influyó extraordinariamente en todos esos ambientes) de título característico, La Desintegración el Sistema, implica advertir las dimensiones del monstruo creado. No hacía falta más. Freda se limitó a enunciar unas tesis teóricas que luego los servicios de inteligencia italianos publicitaron. Como “alternativa política” no se le ocurrió nada mejor que llamar a la unión entre la extrema-derecha y la extrema-izquierda para combatir al sistema. Era todo lo que los servicios necesitaban para presentar al atentado contra la Banca de Agricultura de Milán como el primer efecto de esta estrategia, pues no en vano, primero se responsabilizó a anarquistas, luego a neofascistas y finalmente a una célula compuesta por anarquistas y neofascistas. La habilidad de los servicios de inteligencia consistió en presentar como culpable al Círculo XXII de Marzo… en el interior del cual trabajaba políticamente –y no como informador como se ha dicho- un querido amigo de singular sensibilidad intelectual: Mario Michele Merlino. Merlino, militante de Avanguardia Nazionale se había especializado en captar activistas de extrema-izquierda, no para reciclarlos en una estrategia de “extremismos opuestos para derribar al sistema”, sino para convertirlos en militantes de Avanguardia. Doctor en Filosofía, utilizaba para ello una argumentación que llevaba del nihilismo anarquista, al nihilismo nietzscheano y de ahí a Julius Evola. Por eso, no por otra cosa, Merlino estaba infiltrado en la extrema-izquierda. La debilidad de la posición de Mario Merlino consistía simplemente en que era un neofascista infiltrado en un círculo izquierdista para captar militantes. El sistema lo presentó como un ejemplo de “colaboración entre extremismos opuestos”.

Entre 1968 y 1973, en Italia fueron desactivados, uno a uno, varios núcleos “stragisti”. En el arranque de estas ultramemorias hemos relatado el caso de Enzo Vinciguerra. La diferencia con otros es que Vinciguerra llegó a cometer “su” atentado, mientras que las acciones de los otros grupos no pasaron de ser pequeños actos de terrorismo urbano y, en la mayoría de los casos, meras declaraciones de intenciones. Freda, por su parte, víctima del monstruo que él mismo había creado, infiltrado hasta las trancas por gentes que trabajaban para el Servicio de Información de la Defensa, inició en aquella época un largo periplo por las cárceles de toda Italia que duró más de diez años, fuga incluida de la Isla de Giglio a Puerto Rico y de Puerto Rico a la isla de Giglio acompañado por unas cuentas docenas de carabinieri.

El 4 de agosto de 1974 tuvo lugar el atentado contra el tren Italicus con un resultado de 12 muertos y 50 heridos. La bomba estaba preparada para estallar en el interior del túnel que lleva a San Benedetto Val di Sambro. De no haber sido por un providencial retraso, los muertos se hubieran podido contar por centenas. Pocas horas después ocurrieron dos sucesos paralelos: de un lado, los carabinieri habían descubierto lo que se presentó como un “campo paramilitar neofascista” matando a uno de sus integrantes, Giancarlo Esposti; por otra parte estalló una bomba cuya paternidad fue reivindicada por “Ordine Nero”. Estos dos episodios merecen ser ampliados con cierto detalle.
Inexplicablemente, pocos minutos después del estallido del tren Italicus, la policía italiana difundía un dibujo realizado no se sabe bien por quien del terrorista que había colocado la bomba. Ese dibujo representaba inequívocamente el rostro de Giancarlo Esposti, el cual, a mayor abundamiento no tenía coartada… se encontraba en pleno bosque acompado junto a un Land-Rover cargado de armas y explosivos. Luego, no podía ser sino culpable. Milagrosamente, en pocas horas, la policía logró localizar a Esposti y a sus compañeros en medio del bosque. Los carabinieri les anunciaron que estaban rodeados y que se rindieran. Esposti fue el primer en salir y resultó inmediatamente abatido con un tiro lanzado por un capitán del cuerpo con un rifle dotado de mira telescópica… cuando estaba manos en alto. Esposti asesinado ¿por qué? Los muertos siempre se “comen el marrón” y si el “marrón” era la bomba del Italicus, Esposti era el culpable perfecto: había sido identificado y su rostro dibujado, además había sido localizado junto a armas y explosivos. Todo perfecto, salvo por un pequeño detalle: Esposti, en los últimos meses se había dejado crecer el pelo y la barba. Este pequeño detalle hizo que toda la construcción sobre el terrorista responsable del crimen se derrumbara. Por lo demás, el Land Rover cargado de armas le había sido entregado por un provocador el cual les hizo creer que en toda Italia se estaban creando grupos de guerrilleros rurales a la espera de la señal para el golpe de Estado, obviamente, otro provocador al servicio del SID.

Respecto a la bomba reivindicada por “Ordine Nero” cabe decir que no sería la primera vez que un grupo es inducido a cometer un pequeño atentado intrascendente que contribuye a dar credibilidad a su vinculación con un gran atentado. Hace unos capítulos hablábamos de la “cancha” que la policía de Barcelona había dado al grupo ultra creado en torno a Juan Bosch, para, permitiendo que durante meses sus pequeños delitos y atentados quedaran impunes (aun cuando todos, incluidos los confidentes habituales de la policía, supiera con todo lujo de detalles quién los había cometido)… para esperar a responsabilizarlos de un gran atentado. En Italia había ocurrido lo mismo. Me lo explicó personalmente uno de los que vivieron en primera línea todos estos episodios.

En septiembre de 1974 un camarada me anunció la llegada de un italiano exiliado que recaló en el local de CEDADE a falta de algún contacto mejor. Un amigo mío lo había conocido allí y me lo presentó. Se trataba de Augusto Cauchi, que en aquel momento era una especie de play boy del terrorismo neofascista. Procedía de Ordine Nuovo y anteriormente había realizado una estancia en el Fronte della Giuventú del MSI, a las órdenes de Marcho Tarchi (que poco después disputaría con poca fortuna a Fini la dirección de esta organización juvenil) a quien conocía desde 1970. Cauchi y Tarchi eran los personajes más opuestos que podía concebirse. El segundo, un intelectual, frecuentemente espeso que alguna vez ha sido llamado con cierta ironía “il grefiero fiorentino” (que viene a ser algo así como el “escribano florentino”). En cuanto al primero, era la única persona que he conocido en mi vida que se autodefinía como “terrorista”, nada de cómo “guerrillero urbano” o “activista contra el sistema”, simplemente “terrorista” (¿para que vamos a ir con mariconadas? Debía pensar).

Desfile de ultras extranjeros por Barcelona

Cauchi había cruzado la frontera un par de días antes dejando al camarada con el que había huido –creo recordar que era Luciano Franchi o quizás Piero Malentachi- en un hotelito de Perpignan. Así que hubo que enviarle a alguien para contactar con él y tratar de preparar el cruce de la frontera. Fue un camarada que me había presentado Bosch, procedente de Lérida como él, a quien envié. De retorno me comentó que el tipo estaba muy nervioso y que lo más probable era que decidiera volver a Italia y entregarse. Además, añadió, era posible que fuera armado, lo que complicaba todavía más las cosas. De pasaporte válido para cruzar la frontera española, nada, por supuesto. Sin embargo, Cauchi, más previsor había conseguido huir con un pasaporte recién falsificado y allí estaba en un bar de la calle Junqueras, explicándome los motivos que le había llevado a emprender un viaje apresurado. Su abogado, le había avisado de la redada y él no había preguntado que por qué. Simplemente se limitó a liar tres maletas y salir cortando.
 
Lo primero era acomodarlo. Y lo acomodé en casa de los Graells, a la espera de ver de vincularlo a la red de exiliados formados en torno a Delle Chiaie. Al principio, a Graells le hizo gracia eso de conocer al primer neofascista italiano de su vida. Hasta ese momento, su único contacto con grupos más o menos ultras extranjeros, se había reducido a un peculiar portugués que le presenté, más por quitármelo de encima que por otra cosa. Era éste un monárquico ultralegitismista que consideraba a los falangistas como “subversivos” pues no en vano eso de que afirmaran ser revolucionarios le producía acidez de estómago. El momento clave del encuentro fue cuando Graells, que lo desconocía todo sobre la historia de Portugal –cosa muy extendida entre la ultraderecha española a pesar de las declaraciones “iberistas” que con cierta frecuencia se reinteran- le preguntó si en el vecino país había muchos monárquicos. El otro, con un aplomo y una dignidad propia de un hidalgo viejo español contestó de manera ponderada: “Monárquicos auténticos, en realidad, somos mi primo y yo”, lo que equivalía a decir que estaban más solos que la una. Nunca entenderé porqué aquel tipo apareció por el Círculo José Antonio.

Mucho más justificada fue la visita en aquella misma época de cinco militantes franceses del Mouvement Jeune Revolution, procedentes de París y de Toulousse. Yo tenía por allí a un corresponsal, del MJR, Jacques Camredon, así que pronto sintonizamos. Dos de estos eran chicas de buen ver lo que facilitó todavía más las cosas. El otro era Francis Bergeron que todavía corre por la ultra francesa moviéndose en círculos intelectuales y escribiendo algunos libros sobre cultura de derecha. Iban todos en un Fiat al que no había forma de que le entraran las marchas y se sentían extremadamente próximos del pensamiento falangista que conocían bien. El MJR había sido creado en los años 60 por antiguos cuadros de la OAS-Metropolitana, muy influido por las tesis del coronel Château-Jobert. En el MJR militaba también Michel Schneider quien, desde Niza editaba los Cuadernos del Centro de Documentación Política y Universitaria que recibía regularmente y que eran una especie de revistas de difusión restringida que contenían artículos de mucha calidad y muy originales en cuanto a su planteamiento. Schneider entraría luego en el Front National junto a Alain Boinet (su novia era una de las que visitaron el Círculo José Antonio en 1974) y Jean Pierre Stirbois que llegaría a ser secretario general del partido de Le Pen, y la persona que logró que esta formación arrancara. Cuando esto ocurría (1981), el MJR había pasado a denominarse Mouvement Solidariste Français y luego a partirse en varios trozos de los que salió el Groupe Action Jeunesse de Malliarakis y la Union Solidariste en la que se encontraban Boinet, Schneider y Stirbois. Estos se habían especializado en acciones de protesta contra el comunismo que les llevó a hacerse detener en la Plaza Roja de Moscú distribuyendo propaganda antisoviética del NTS (la única estructura política organizada clandestinamente que existió en la URSS, los “solidaristas” rusos). Trabajaban con una organización anticomunista radicada en Munich, el Bloque Antibolchevique de las Naciones del que se decía que estaba organizado por la CIA y que recibía una cobertura exhaustiva desde Radio Europa Libre, lo que no implica por supuesto que los solidaristas franceses tuvieran esta servidumbre.

Augusto Cauchi, “il terrorista”

Graells estaba muy satisfecho de que los franceses conocieran perfectamente a la figura de José Antonio Primo de Rivera y lo esencial del pensamiento falangista. Así que debió pensar que Cauchi estaba en una línea parecida. No era así. A Cauchi le traían al fresco las cuestiones teóricas y si bien había oído hablar de José Antonio y de la Falange, le importaban tres pitos. Lo suyo era el “terrorismo” sin complejos. Era, en cualquier caso sorprendente. Me explicaba que en algún momento todas sus ropas –y solía vestir de marca- olían a gasolina. Los bombazos y los incendios provocados en locales de izquierda, de centro y de derecha, eran incontables. También las anécdotas que contaba sobre el MSI no tenían desperdicio. No había duda de que era un tipo echado p’adelante capaz de cometer cualquier atentado sin pestañear. Sin embargo, en un momento dado, hablando sobre lo que le había traído a España me dio algunos datos importantísimos para valorar lo que estaba pasando en esos mismos momentos en Italia.

Me explicaba que él había reorganizado Ordine Nuovo en Arezzo, su zona de influencia: “En principio no había nada, pero luego logramos sacar dinero de médicos, de militares, de masones…”. Fue la primera vez que oí hablar de la existencia de un grupo masónico que apoyara a la extrema-derecha. Cauchi entonces lo ignoraba casi todo de este grupo, lo único que le constaba era que se trataba de masones muy bien relacionados que daban dinero para estimular el terrorismo neofascista. Anoté estos y cualquier otro dato esperando la mejor ocasión para pasarlos a la red de ayuda. Fue el primer rastro de la existencia de una logia masónica cuyo nombre se conocería solamente dos años después, la Logia Propaganda 2, de carácter irregular formada en torno a Licio Gelli, cuya residencia de Villa Wanda, se encontraba precisamente en Arezzo, la ciudad donde residía Cauchi.

Como quien juega con fuego resulta chamuscado, Cauchi no se percató de que “alguien” estaba creando a otro “culpable perfecto”. No lo detuvieron por ninguno de los incendios ni de las bombas de escasa entidad que colocó… pero cuando estalló la bomba del Italicus la célula formada en torno suyo y a Mario Tutti, recibió el mazazo final. Tutti, a todo esto, cuando tres carabinieri lo fueron a detener (y era raro porque en, en general, cuando se detenía a algún neofascista movilizaban a decenas de carabinieri), entendió que algo no iba bien y disparó una ráfaga con su Sten matando a dos de ellos. Luego desapareció para refugiarse durante unos meses en la Costa Azul en donde fue localizado. Tras participar en el asesinato en cárcel de Ermano Buzzi, uno de los eslabones entre el medio neofascista y los servicios especiales del régimen italiano, tuvo una crisis mística, se arrepintió de todo lo hecho y se convirtió en una especie de ONG ambulante. Lejos quedaba el período en que tenía 29 años, con la cadena perpetua recién estrenada, y tras reafirmar su radicalismo neofascista había respondido a un periodista: "¿Quién le ha dicho que voy a quedarme en la cárcel toda la vida? Detesto la vida sedentaria".

En cuanto a Cauchi, las cosas se empezaron a torcer ya en casa de los Graells. Cauchi, de buen comer y mejor beber, se me quejaba de que lo mataban de hambre y que la entonces señora Graells apenas realizaba sus primeros pinitos en el arte de Arguiñano, así que había optado por tomarse un bocata cada noche antes de regresar a su hogar provisional. Así estuvo mes y medio hasta que alguien lo localizó. Me llamó con la voz temblorosa: “Mi hanno individuato. Fai cualque cosa”. Y lo que quería era que alguien le sacara de aquel piso de la calle Sicilia que se había convertido para él en una trampa.

Lo primero era ver si se trataba de una realidad o acaso de una paranoia, así que tuve que desplazarme al lugar. Efectivamente, había gente que no debía haber en la parada de bus situada ante el domicilio de los Graells. Subí e intenté tranquilizarlo: “No te preocupes, en una hora pasaré delante de la casa, estate preparado porque habrá que subir con el coche en marcha”.

Aquello ya le gustó más. Una hora después, subía de nuevo al piso; luego, ambos nos preparamos en el portal para meternos en plancha en el Mini de Arturo, otro camarada de los echados p’adelante que no dudaba en presentarse voluntario ante situaciones complicadas. El coche apenas se detuvo, simplemente moderó la velocidad; salimos corriendo del portal y nos metimos en plancha dentro del vehículo que salió corriendo con una puerta abierta. Un todo terreno se nos echó encima intentando cerrarnos el paso, pero Arturo, en plan conductor suicida, consiguió evitarlo a riesgo de que todos, empezando por el vehículo, saliéramos hechos trizas. El todoterreno nos siguió durante unas manzanas hasta que finalmente, encontramos en las inmediaciones de la Sagrada Familia a un vehículo que intentaba desaparcar y que logramos superar por la mínima, cortando el paso al Land Rover que nos seguía. Los Graells, a todo esto, habían seguido desde la terraza la azarosa fuga. Tardamos cuatro horas en llegar a Valencia y acomodar a Cauchi en un piso de la Gran Vía Marqués del Turia. Nos había ido a todos por los pelos. Lo más probable era que fuera la policía italiana o gente de los servicios quienes habían localizado a Cauchi, vaya usted a saber cómo.

Unas semanas después lo volví a buscar a Valencia. Llegamos a eso de las 2:00 de la madrugada. Ni había teléfono ni timbre en el portal así que hubo que despertarlo tocando la bocina algo así como hora y media. Valencia era en aquella época una ciudad de tráfico desmadrado y en el que la policía municipal contaba con uncatálogo variado de ultras ilustres, así que no había riesgo de que nos detuvieran como merecíamos simplemente por el escándalo organizado. A todo esto, Cauchi no podía dormir, había unos capullos que no dejaban de tocar la bocina… finalmente cuando se despertó con la sana intención de lanzarnos un pisapapeles, supo que éramos nosotros.

De nuevo en Barcelona, no volvería a ver a Cauchi hasta cuatro meses después en circunstancias no menos anómalas que las anteriores.
 
Vicenzo Salciolli, "il dottore"

Habitualmente compraba la revista italiana Epoca, más por darme aires de intelectual políglota que por sus contenidos que oscilaban entre lo banal y lo miserable. Pero en aquel número que compré en el invierno de 1974 había una entrevista deliciosa de leer. Puestos a provocar, el entrevistado, un tal Enzo Salciolli, lanzaba un órdago a la grande: no solamente anunciaba la existencia de un “gobierno italiano de derechas en el exilio”, sino que además, se autotitulaba “jefe del Estado Mayor”. Y todo esto en la misma época en la que los medios responsabilizaban a la ultraderecha italiana de los atentados del tren Italicus y de la bomba que estalló en la Piazza della Loggia de Brescia. Evidentemente, o se trataba de un provocador o de un simple mitómano o de las dos cosas. O solamente de un gilipollas, sin más, que se habría llevado cuatro duros por la exclusiva. En aquel momento siempre había un medio italiano dispuesto a publicar cualquier barbaridad increíble.

Salciolli era un tipo que aparentaba en torno a 45 años en las fotos publicadas por Epoca. A pesar de estar fotografiado tras una mesa de oficina, adornada por una calculadora y un curioso dispositivo para colocar rotulares y bolígrafos, se adivinaba una barriga prominente o incluso desbordante. Nariz pequeña pero puntiaguda y una calvicie consumada, completaban el cuadro físico de alguien que no parecía pestañear a la hora de fantasear a tutiplé. Decía haber sido guardaespaldas del ex presidente de la República Giovanni Gronchi (y efectivamente luego supe que lo había sido y que esta era, de hecho, la única verdad que contaba en toda la entrevista). Decía haberse autoexiliado, pero la revista no aportaba ningún detalle que permitiera localizarlo geográficamente. Insinuaba encontrarse en un país mediterráneo, pero podía ser tanto Grecia, como Libia, Argelia o España. El sujeto dio que hablar durante unas semanas y casi no me acordaba de él cuando Cauchi reapareció por Barcelona. Todavía no estaban claras las cosas en torno a su juego, así que no lo había conectado con la red de camaradas italianos residentes en España. Por insondables caminos se había establecido en Sant Feliu de Guixols y tuvo ocasión de conocer, adivinen a quien: a Enzo Salciolli.

Me lo definió como “un empresario multimillonario que tiene una empresa en la Vía Augusta de Barcelona” Una empresa ¿de qué? Fabricaba y vendía máquinas de pin-pong electrónicas que en 1974 eran lo más parecido a un videojuego y se situaban en la vanguardia tecnológica más puntera. Hoy hace sonreír la dimensión la máquina –equivalente a un volumen de bidón y medio de barril Brendt- dotada con una pantalla de 14’ en la que un punto recorría la pantalla de un lado a otro esperando que a cada lado los jugadores la devolvieran al otro lado. Había gente con tendencias adictivas que gastaba fortunas en aquellas estúpidas máquinas que, sin embargo, rivalizaban con los recién aparecidos “matamarcianos”. Las fabricaba Salciolli en un pequeño taller situado en los bajos de un edificio de oficinas de la Vía Augusta próxima a la calle Muntaner. En el tercer piso tenía un despacho y allí me lo presentó Cauchi. Pude reconocer con facilidad la calculadora Olivetti y el utensilio para colocar bolígrafos y rotuladores e incluso los mismos rotuladores que aparecían en las fotos del Epoca.

Cauchi me comentó volviendo de Sant Feliu de Guixols que Salciolli promovía la creación, cómo no, de un “grupo terrorista”. Terrorista, a secas. Era el sueño dorado de Cauchi: un grupo terrorista para él solo que operara a nivel internacional. Incluso tenía pensado el nombre: “Frente de Liberación Mediterráneo”. Se trataba tan solo de elegir a unos cinco activistas en cada país. Salciolli se encargaría de organizar un curso para formarlos en el que debían participar desde una mujer “especialista en lanzamiento de cuchillos”, hasta un experto en terrorismo “procedente de las SS” (cuando el propio Salciolli me lo comentó no pude sino ironizar: “Ejem… creo que las SS fueron disueltas en el 45”. Y él no se inmutó: “Ya, pero se han reconstituido”. Y me lo dijo sin pestañear, con un aplomo digno de Manolete o del Platanito). La única condición para seleccionar a los miembros era que no estuvieran casados ni tuvieran ataduras y fueran de fidelidad probada. Cauchi, hay que decirlo, había pensado en mí y me pedía que hiciera una lista de militantes para participar en ese “Frente de Liberación” de Francia y España. Poco después, Salciolli, ya en su oficina de Barcelona, me contaba exactamente lo mismo incluso con las mismas palabras. En estos casos, uno dice siempre que sí, que adelante, que vale, que todo lo que usted quiera, ¿”frente de liberación”? perfecto, y además dos huevos duros, que dio dos huevos duros, tres huevos duros en vez de dos, ¿cinco activistas en Francia y en España?: no hay problema. Los que haga falta. Luego ya se vería. La idea en estos casos es siempre la misma: si uno se hecha para atrás y dice aquello de “Verá usted, yo es que, en el fondo, soy muy buena persona; y terrorismo, lo que se dice terrorismo, mire, yo es que no sirvo para eso”, entonces lo que puede ocurrir es que uno pierda el contacto, el baranda en cuestión siga con su plan buscando a otros “pringaos” y se pierda definitivamente la posibilidad de dar con lo que había detrás de todo esto. Decir sí a este tipo de propuestas enloquecidas es lo único que garantiza la posibilidad de acercarse a lo que hay detrás. Y de eso se trataba, a fin de cuentas: de saber qué tenía Salciolli detrás de sí. O dicho de otra manera: si era provocador, faltaba saber al servicio de quién y si solamente era un mitómano hacía falta saber si lo manipulaba alguien o es que llevaba la provocación en las fibras y le gustaba salir en los medios aunque fuera para quedar como un imbécil ante toda Italia.

Salciolli tenía algunos gestos curiosos propios de su zona de origen, el norte de Italia. Solía, por ejemplo, cerrar el puño con el dedo índice extendido y con él hacía ademán de rascarse la mejilla cuando aludía a alguien. Eso quería decir que el aludido era un tipo duro, a toda prueba, alguien en el que podía confiarse a ciegas. En esa época, con los encuentros entre Cauchi y Salciolli, conseguí familiarizarme con el lenguaje gestual italiano, extremadamente significativo por lo demás: golpear con la palma de la mano derecha la parte superior de la izquierda en vertical, acompañando ésta con un movimiento de muñeca venía a querer decir algo así como “fuera”, “dale puerta”, “lárgate”, “me largué”, todo ello quedaba comprendido en el hispánico “a tomar po’l culo” que en italiano tiene su equivalente casi textual.  El gesto contenía una polisemia de ideas y significados sin parangón en el lenguaje gestual cispirenaico. Luego estaba aquel otro gesto tan italiano de agitar una mano o las dos uniendo todos los dedos al pulgar que suponía tanto una pregunta como la exigencia de una respuesta, como una imprecación o incluso –según la palabra que lo acompañara- una maldición. No había frase en la que Salciolli dejara de utilizar alguno de estos gestos. En ocasiones, contra más visible y ostentoso fuera el gesto, mayor énfasis se quería poner en la dirección implícita y en otras –el alabar las dotes para la clandestinidad- el gesto era casi imperceptible, como si se expresara un juicio en voz baja para que nadie lo captara, sólo el interlocutor. En fin, recuerdo aquella época como un tratado de antropología gestual de la Italia del centro-norte.

En un momento dado de nuestra primera conversación, Salciolli me pidió si conocía a algún abogado. Efectivamente, conocía a varios, pero el que tenía más cerca y el que estaba más urgido de efectivo (no en vano se había casado no hacía mucho) en aquel momento era a Ramón Graells, así que se lo presenté. Era la forma de disponer de más fuentes de información acerca de Salciolli. Luego precisó una telefonista y le presentamos a una militante juvenil del Círculo José Antonio. Era la forma de saber quién llamaba al “Dottore Salciolli”. Fue entonces cuando me puse en contacto con Delle Chiaie para circuitar a Cauchi y sacarlo de aquel entorno que parecía excepcionalmente peligroso y anómalo.

Viajé a Madrid apenas estrenado el Puente Aéreo. Delle Chiaie, se había instalado allí desde hacía unos meses y su red había abierto tres establecimientos que servían de cobertura, mucho más que como fuente de ingresos: la Import-Export Erterprise, la pizzería L’Apuntamento y La Transalpina, una agencia de viajes. Nos reunimos en la sede de la Enterprise. Delle Chiaie sostenía que detrás de Salciolli no había nada importarte, de todas formas, valía la pena tener un encuentro con él, aunque solamente fuera para evitar que siguiera creando “alarma social” (el término no existía en 1974 y Della Chiaie se refirió en todo momento a que habría que “evitar nuevas provocaciones” por parte de Salciolli, que era como decir que no hiciera más el borde.

Pocas semanas después, Delle Chiaie se desplazó a Barcelona con un grupo de militantes de Avanguardia Nazionale. El objetivo era secuestras a Salciolli y convencerle de que no insistiera más por la vía que había emprendido. No estaba bien eso de inventarse un “gobierno italiano de derechas” y mucho menos autotitularse “jefe de su Estado Mayor”. Las cosas no salieron como preveíamos y mi problema fue que no reparé en lo que había ocurrido en pocas horas.

Era cierto que Salciolli tenía cierta preparación que solamente los servicios de inteligencia podían aportar. En cierta ocasión, no recuerdo por qué, coincidimos en la sede de la empresa, Cauchi, Mariví la esposa de Graells y Cauchi. Salciolli nos pasó a la sala de juntas y allí estuvo departiendo con nosotros. Sin embargo cada diez minutos salía alegando cualquier excusa para volver luego y reintegrarse en la conversación. En una de estas ausencias, Mariví, una verdadera fuerza de la naturaleza, intuitiva como pocas ricashembras que he conocido, se sintió impulsada a mover un cuadro bastante horrible que mostraba a un clown descompuesto que más parecía un sioux con pinturas de guerra. Detrás apareció un minúsculo micrófono de última generación. Era evidente el juego de Salciolli: lanzaba un tema, luego se ausentaba para oír qué opinábamos en realidad y saber si desconfiábamos de él o no. Luego volvía y reconducía la conversación hacia otro tema. Inútil decir que tras aparecer el micrófono, cada vez que se ausentaba, loábamos su nombre y cantábamos encomiásticamente sus presuntas virtudes. Algo más tarde, él volvía hinchado como un pavo real.

A las pocas semanas me di cuenta de que Graells que estaba allí para informar sobre los movimientos de Salciolli… no informaba y que la chica falangista colocada como telefonista no aportaba ningún dato de interés. Era raro, pero aquella oficina era una casa de locos. La secretaria de dirección parecía cada vez más lánguida y acto seguido, agresiva, luego distante y más tarde insolente y faltona, un día sí y otro también se mareaba y luego tenía constantes caprichos. Además, se estaba hinchando por momentos. Blanco y en botella. Cauchi fue el primero en advertir que estaba embarazada. Ella lo negaba, pero su volumen aumentaba de día en día. Luego estaban los acreedores, los impagados y el peloteo bancario, pero lidiar con todo esto era cosa de Graells. Al final, él y su mujer se sinceraron: Salciolli les pagaba 14.000 pesetas al mes que les eran esenciales para su ritmo de vida así que no estaban dispuestos a hacer nada que pudiera peligrar su continuidad en la empresa. En cuando a la otra chica, tampoco había que obsesionarse sobre quién llamaba o dejaba de llamar. Lo malo fue que el novio de esta chica, otro falangista del Círculo José Antonio, que aspiraba también a colocarse en la empresa, le comentó la intención que teníamos de secuestrarlo… así que el día en el que estaba prevista la cita con Della Chiaie, “il Dottore” se aferró a la poltrona como lapa a una roca y no hubo manera de sacarlo de allí. La idea inicial que entre un avanguardista y yo lo metiéramos en un coche y lo lleváramos a la zona de Plaza de España. Allí nos esperaría Delle Chiaie y otros avanguardistas. Dado que se negó a salir y que tampoco la cosa parecía tan importante, optamos por alterar el plan: si el “bulto” no venía, iríamos nosotros. Así que volví a la oficina pero esta vez acompañado por un avanguardista romano, una especie de armario de tres puertas y cara como de comerse crudo al más pintado. Éste advitió a Salciolli que se habían acabado los jueguecitos con la prensa. Simplemente se le prohibían so pena de recibir más hostias que lentejas, lo cual dicho en léxico italiano y con abundancia de metonimia, acompañada frases que dejaban sugerir todo tipo de desgracias, dicho todo ello con voz calmada, profunda y reposada, mirada amenazante, creaba un efecto demoledor ante el que sucumbió el “jefe del Estado mayor del gobierno italiano en el exilio”. Nunca más volvería a conceder entrevistas a ningún medio. Sabía lo que se jugaba. No hizo falta más.

De todas formas aquella misma tarde ocurrieron dos cosas. De un lado registré una oficina situada no lejos de allí en la calle Santaló que “il dottore” había cedido a un ultra barcelonés de pro. Tardé varias horas en registrar los archivos de la empresa. Allí encontré de todo, desde un descomunal vibrador (supe que lo era cuando examinándolo, el jodido se encabritó, empezando a vibrar como un loco; obviamente era el primer vibrador que veía en mi vida, lejos de los sofisticados aparatos de última generación) hasta una colección de soldaditos de plomo. Pero también había cartas y documentos, facturas por artículos e informaciones vendidos a revistas y cartas en las que se solicitaban las fotos prometidas, misivas de ex agentes de la PIDE que habían pasado por Barcelona y, para colmo, un naranjero, fusil ametrallador de proverbial peligrosidad al que siempre precedió la fama de dispararse sólo. José Sibina, el jefe de la Guardia de Franco de Sant Celoni, tras haber vaciado un cargador sobre Quico Sabater, el último o penúltimo maquis, estuvo a punto de vaciar otro por accidente sobre el alcalde al que había dado cuenta del episodio. Los “naranjeros” tenían esa fama de inseguros por lo que si te encontrabas con uno apuntándote era mejor empezar una oración. Por algún motivo, en la extrema derecha, hasta 1977, siempre hubo algún “naranjero” próximo, que o bien no funcionaba o funcionaba demasiado. Evité acercarme mucho al que encontré en la oficina.

Aquel registro nos hizo saber quiénes estaban aportando información sobre la comunidad de exiliados. No vale la pena desvelar sus nombres hoy. En general se trató de gente que sufría las penurias del exilio, andaban como todos los exiliados, a dos velas e intentaban ganar unas liras traficando con unas informaciones que, originariamente, solamente aspiraban a demostrar su inocencia ante los graves delitos de que se les acusaba y luego intentaron prolongar este modus vivendi, informando sobre otros o simplemente inventándose las informaciones. Nada, en definitiva, que no pasara tres años después en la España de la transición.

Más preocupante era el hecho de que cuando entré con el avanguardista en el despacho de Salciolli observara que estaban cambiando la cerradura. El novio de la telefonista le había comentado al “dottore” que disponíamos de una llave de la empresa. Como dicen los italianos “Camerata, camerata, fregatura asigurata”, que incluso los menos intuitivos y dotados para la lengua de Dante entiende su traducción precisa.

Por aquello de que Roma no paga a traidores y mucho menos si el romano en cuestión es un farsante, Graells prefirió quedarse para seguir percibiendo sus emolumentos. Por supuesto, Salciolli dejó de pagarle la nómina a las pocas semanas. Cuando lo volví a ver de nuevo en Fuerza Nueva, algo así como un año y medio después, me comentó que, efectivamente, yo tenía razón y que Saciolli, no era “trigo limpio”. En aquel momento no me pregunté –y debía hacerlo- si seguiría sin ser “trigo limpio” para Graells en caso de que le hubiera pagado religiosamente el estipendio. Creí que un momento de debilidad lo tenía cualquiera y preferí olvidar este bochornoso episodio en el que el honor personal y la camaradería se sacrificaban ante la perspectiva de cobrar 14.000 putas pelas. Y, claro, como el que hace un cesto hace ciento, pagué el error.

Aprovechando la coyuntura, integré a Cauchi en la estructura de apoyo a los exiliados. Cuando fui a ver a Della Chiaie a Madrid, me entregó una mini grabadora para que registrara las conversaciones con Cauchi y con Salciolli a ver qué conclusiones podía sacarse. Lo que no me explicó es que las cintas, que apenas duraban 15 minutos, hacían sonar un intenso y molesto pitido indicando que debía volverse la cinta al revés. A poco de estrenar la grabadora se me disparó el pitido en el interior de un tren cuando estaba grabando una conversación con Cauchi. Ambos lo oímos, pero inicialmente no lo atribuí a la grabadora y ambos empezamos a mirarnos y a buscar el origen del ruido. Con Salciolli volvió a ocurrirme, si bien a esas alturas ya había descubierto el mecanismo para desactivarlo.

La última vez que vi a Salciolli debió ser en el otoño de 1975, cuando ya ni me acordaba de él. Quería entrevistarse con Della Chiaie para presentarle a un periodista. No me tomé siquiera la molestia de llamar al interesado.

En cuanto a Cauchi, lo tuve que acompañar a Madrid en el invierno de aquel año, con Franco ya muerto. Las carreteras estaban bloqueadas por la nieve. Cauchi afirmaba que sabía conducir sobre la nieve así que tomó el volante. No nos matamos de puro milagro. Cuatro Guardias Civiles empujaron el coche y evitaron que nos deslizáramos por el camino al que nos dirigían las habilidades de Cauchi, esto es directos hacia el precipicio más próximo. Luego, pasado el susto, Cauchi todavía se creyó con derecho a bromear: “estos guardias civiles no saben que han tenido el ascenso al alcance de la mano y que hubieran podido detener al terrorista más peligroso del mundo”. Él, por supuesto. Lo dicho, incorregible. La vez siguiente que vi a Cauchi fue en las fotos tomadas durante los incidentes del Montejurra 76. Como siempre, estaba en primera fila.

Cuando llevaba ya más de veinte años de clandestinidad fue detenido en Argentina.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.