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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

Ultramemorias (VIII de X) Visicitudes políticas en la transición (7ª parte). La dura vida del militante...

Acabada la campaña en solidaridad por los detenidos en el Caso Papus, la nueva formación política, el FNJ, había quedado bautizada. En abril de 1978 organizamos una primera campaña de colocación de pancartas. Era la primera vez que se hacía en la ultraderecha. Alguna de las pancartas media hasta 10 metros y el resto una media de 5. Todas se colocaron en una mañana en lugares espectaculares, la más visible de las cuales colgó durante varias horas en el puente situado entre las torres del Pórtico de la Pasión de la Sagrada Familia que estuvo a punto de costarle a un militante el partirse la crisma y algo más que la crisma al colocarla. Las pancartas eran contradictorios con el espíritu de lo que algunos creíamos y si no nos opusimos ahora solamente puedo atribuirlo a la confusión que reinó en todos los sectores políticos durante la transición. En efecto, para un partido que se decía “de la juventud”, y que para colmo, sólo unos meses antes se había escindido de Fuerza Nueva, era perfectamente contradictorio el que se asumiera implícitamente al franquismo. Las pancartas decían solamente: “1º de abril: victoria”. Estábamos en 1978 y la “victoria” había tenido lugar 39 años antes. Seguramente fue el ambiente de ex combatientes en el que nos movíamos y cierta repugnancia hacia el oportunismo generalizado que había asaltado a la clase política española, por lo que elegimos esta vía. En aquel momento el franquismo carecía de “defensores”. Nadie parecía haber sido franquista, salvo la empequeñecida y acomplejada ultraderecha. Todos los que habían medrado bajo el franquismo aspiraban solamente a seguir haciéndolo bajo la democracia. Suárez –redimido hoy a causa de su enfermedad neurológica degenerativa y a sus tragedias familiares mucho más que a su labor en la transición: desmanteló simplemente un régimen para construir de mala manera otro, improvisado y cogido con alfileres- era la quintaesencia de lo que todos nosotros odiábamos. No hacia ni 8 años que el Círculo José Antonio de Barcelona, había invitado a aquella estrella ascendente del “Movimiento comunión de todos los españoles en los ideales del 18 de julio” a dar una conferencia en sus locales. Se le pidió, eso sí, a Suárez que adelantara un resumen de lo que iba a hablar a fin de evitar problemas (en aquellas fechas, los círculos veían obstaculizada su labor por las autoridades) y la conferencia debió anularse a la vista de que hubiera dejado como unos boy-scouts timoratos a los más radicales hedillistas de ultraizquierda. Así era Suárez hasta que entendió que había que seguir la vía que marcaban los poderes fácticos nacionales e internacionales. En realidad, Suárez tenía todo el derecho de buscar un lugar bajo el sol de la política y, por lo demás, si otros pasaron del sindicalismo revolucionario y la defensa del juancarlismo, con más razón el desgraciado presidente del gobierno –no puedo evitar cierta conmiseración por esa tara genética introducida en su familia por vía femenina que ya ha costado varias vidas y seguramente precipitado esa degeneración neuronal que aqueja al ex presidente y que no desearía ni a mi peor enemigo- que, a fin de cuentas, se encontró entre las manos con un marrón a lidiar y un país que, sin Franco ya no podía permanecer en una situación de provisionalidad como hasta el 20-N, ni tampoco había garantías de éxito en una fuga hacia delante.  Sin embargo, en aquel momento y hasta el 23-F, Suárez era indiscutiblemente la bestia negra de la ultraderecha, al mismo nivel que Carrillo o a González.

Toda esta larga parrafada viene a cuento de las pancartas de “1º de abril: victoria”. Esa campaña, que aportó buenos beneficios al FNJ y que supuso la exteriorización de que, desde su fundación, habíamos duplicado efectivos, también supuso una incapacidad para superar los altos muros de la extrema-derecha clásica, verdadera tragedia de todos los que, en su tiempo no nos consideramos franquistas, pero luego renunciamos a separarnos del franquismo, quizás –y esta es nuestra única justificación- para evitar hacer causa común con opciones en las que tampoco nos identificábamos sino que percibíamos como igualmente negativas. Éramos partidarios –y ese era el telón de fondo sobre el que se desarrollaba el drama- de una “tercera vía”, pero incapaces de construirla. ¿Qué podían hacer 100 jóvenes mal dirigidos y peor orientados, sin medios, sin excesiva cultura política y que ni siquiera interiormente tenían identidad de criterios? De ahí que la experiencia del FNJ fuera completamente irrelevante. Se ensayaron algunas tácticas nuevas, se enfatizó algo la envoltura de las ideas y se afinó bastante más en el análisis político y, en este sentido tengo que decir que en los documentos que publicó el FNJ –y que los que en gran medida fui autor- iban bastante más lejos que los textos habituales de la ultraderecha de la época que se limitaban a denunciar apocalipsis para pasado mañana, eran incapaces de entender que el país había iniciado la ruta de un cambio que no sería solamente político sino económico y sociológico. Con ser poco, esto era bastante más que los desenfoques de los grupos falangistas vendiendo “sindicalismo” a una sociedad que pedía “política” o asumiendo un nacional-catolicismo que apenas interesaba en la sociedad española y todo esto bajo el denominador común de un patriotismo exaltado que consideraba que España era algo radicalmente diferente a Europa y, no sólo eso, sino que para colmo odiaba todo lo que era europeo, en beneficio de una “hispanidad” mal definida que al otro lado del charco tenía como eco.

Poco después del 1º de abril, retornados de las vacaciones de Semana Santa, el local de la División Azul se quedó pequeño y, cuando había asamblea general, el piso amenazaba con hundirse. Las griegas en las paredes no hacían sido ampliarse pasando a ser verdaderas brechas. Hacía falta un local propio y se encontró en un antiguo edificio de la Vía Layetana frente al edificio de Sindicatos, transformado hoy en hotel. Era un edificio feo, sucio, oscuro, con la fachada cubierta de carbonilla añeja. Los tres despachos alquilados de unos 25 metros cuadrados cada uno estaban, por supuesto, situados en el último piso y el ascensor tenía sus achaques cada vez que subían más de cinco militantes. El rellano era amplio y era frecuente que los militantes estuvieran allí bebiendo o hablando. En general, todo era decadente, polvoriento, oscuro y atrotinado, incluida la portera, una mujer al borde de los 70 años, oronda de carnes, primitiva hasta las trancas y con permanente mirada de desconfianza hacia todo aquel que osaba penetrar en sus dominios. Jamás logré identificarme por aquel local que costaba unas 12.000 pesetas de la época. El lugar tampoco era de lo mejorcito. Estaba cerca de zonas habitualmente frecuentadas por militantes de izquierda (y algún 11 de septiembre los incidentes generados en el no muy lejano Fossar de les Moreres, acabaron en la cancela del edificio en donde nos encontrábamos), si bien tenía el aliciente de la proximidad de la Plaza Real que terminó siendo una prolongación del local. De todas formas, lo sorprendente es que el FNJ, a pesar de la agitación diaria en la que se embarcó, apenas tuvo incidentes con militantes de izquierdas. Solamente en cierta ocasión se produjeron choques en la Universidad Autónoma de Bellaterra cuando un grupo de ocho militantes fue a distribuir publicidad y la ultraizquierda que desde su fundación había considerado a aquella facultad como su Nanterre particular, respondió malamente, recibiendo –claro está- fuerte y flojo. En aquella ocasión, aun a pesar de que para el rector (que luego sería capitoste de la Generalitat en materia de Educación) la agresión procedió de la izquierda, no dudó en responsabilizar a nuestra gente. Eso o se lo comían y ya se sabe que en medios de CiU nunca han existido héroes sino pequeño-burgueses que ante todo han adoptado posiciones morales en función de su supervivencia.

Salvo este incidente, no recuerdo otros de gravedad especial, si bien en algunos momentos hubo tensión. A poco de formarse el FNJ, Blas dio un mitin en el Palacio de los Deportes de Barcelona. Debieron ir unas 7.000 personas porque el aforo estaba casi completamente lleno. Se podía distinguir a nuestra gente por los jerseys negros con una banda en el pecho con los colores de la bandera nacional. Aquel sarao coincidió con el primer Día de Andalucía que tuvo su reflejo en la movilización de andaluces residentes en Barcelona. La manifestación discurría por el Paral.lel y a doscientos metros Blas y sus teloneros desgarraban gorgoritos patrióticos. La ultraizquierda se había sumado a la convocatoria andalucista así que los incidentes estaban servidos. Decidimos colocar una mesa de propaganda ante el mitin, más que nada para recaudar fondos y popularizar nuestra sigla. Dada la tensión de la época decidimos preparar la autodefensa por lo que pudiera ocurrir. En la noche antes un grupo de camaradas compraron una caja de cervezas (y se la bebieron convenientemente) transformando los cascos en cócteles molotov, añadiéndoles la correspondiente bolsita de nitrato y el sulfúrico dentro. Otros reunieron la colección de barras de hierro, cascos y demás utensilios propios del perfecto militante de la transición. Los aparcamos apenas a 10 metros de la mesa de propaganda cuyo mantenimiento quedó asegurado por una treintena de militantes. En caso de que se divisara la proximidad de la ultraizquierda no había nada más que proceder al reparto de cócteles molotovs y barras de hierro, encomendarse a Odín y a la carga. El plan en estos casos era simple: lanzar primer los cócteles molotov lo más lejos posible y luego cargar saltando entre las llamas. El efecto escénico quedaba asegurado y, además, los de enfrente habían experimentado la sensación de pánico en situaciones que no implicaron consumo de petróleo.

Allí conocimos a los alegres muchachos de la “Sección C” y a Juan Ignacio González que lo dirigía. Iban con un equipamiento ante el cual parecíamos aficionados: escudos, tubos para lanzar cohetes, y toda una panoplia de recursos para la guerrilla urbana. Pero, a la vista de que todos eran madrileños, nosotros jugábamos en casa. Además, ellos venían mentalmente acondicionados para darle duro al independentismo catalán, pero no al nacionalismo andaluz en Catalunya del que jamás habían tenido noticia. Le expuse el plan de Juan Ignacio, ya saben, lanzábamos los cócteles molotov y a la carga… táctica depurada pero, sin duda, eficaz. No vale la pena ocultar que deseábamos el enfrentamiento y poco importaba con quién. Sólo hacía falta que alguien lanzara el guante en señal de desafío para que nos hubiéramos lanzado como lobos propulsados por la testosterona, la adrenalina y alguno por las cervezas de la noche anterior.

Los ultras de izquierda hicieron amago de venir, pero a la vista de lo que tenían delante, optaron por gritar lo de “fascistas asesinos” justo allí donde no habían fascistas. En un momento dado vimos a algunos que hacían amago de subir la calle Lleida 150 metros más abajo y estalló el zafarrancho como si de un reloj de cucú se tratara. Formamos un círculo en medio del cual se descargaron cócteles molotov y barras de hierro y, como en el cómic de Astérix, los fuimos repartiendo entre cada militante. Una de las botellas había vertido su líquido dentro de la bolsa y estaban todas húmedas y resbaladizas así que al distribuirlas, una se escurrió entre las manos de un militante, rompiéndose sobre la bolsa en la que todavía quedaban algunas botellas incendiarias. El nitrato tarda unos interminables segundo en asociarse al sulfúrico y emitir el calor suficiente para prender la gasolina, así que pudimos alejarnos. Dado que había mucha policía en las inmediaciones, lo único que se me ocurrió gritar es que “los rojos están lanzando cócteles molotov”. El incendio fue mayúsculo y contribuyó a aumentar la tensión. A la vista del fuego, de los escudos, los tubos para lanzar cohetes y el centenar de militantes que se habían concentrado aspirando a medir su valor, los pocos insensatos que en la otra parte buscaban el enfrentamiento, optaron por lo más sensato, doblar la esquina y refugiarse en la masa andalucista.

Era una victoria táctica, porque se establecieron buenas relaciones con los de la “Sección C” de Fuerza Nueva (que un año después se escindirían y con los que dos años después algunos de nosotros coincidiríamos en el “segundo Frente”, el de la Juventud, apeada la N de “nacional” que tampoco pintaba mucho), teníamos la convicción de la combatividad de nuestros militantes y en cuanto a la mesa de propaganda había generado dividendos políticos (se afilió bastante gente in situ) y económicos (en torno a 25.000 pesetas).

Este episodio, el choque en la Universidad Autonóma y un pequeño incidente el 11-S de 1978, en el que unos pocos camaradas, por su cuenta y riesgo, se aproximaron a la concentración independentista que tenía lugar en el Fossar de les Moreres, fueron todos los incidentes en los que se vieron implicados militantes del FNJ. Casi un milagro. Y para muchos de nosotros, una decepción. Abundaban entre nuestros militantes los que buscaban la lucha, el enfrentamiento física, no solamente para demostrar al 40% de chicas afiliadas que eran hombres y que entre sus planes no estaba el retroceder, tanto como para reforzarse en su convicción de que ya eran hombres, hombres con los cojones bien puestos y que rivalizaban como los machos de una manada en ser los más arrojados. Que a nadie le extrañe, es el cuadro propio de todo grupo de adolescentes que en el fondo era el FNJ. El problema era que algunos ya habíamos dejado atrás la adolescencia y no precisábamos de ritos de tránsito de este tipo.

Después del I Congreso de Fuerza Nueva remití a Blas un escrito de unos 30 folios en la que le resumía una serie de reflexiones sobre la estrategia que, en mi opinión, debía de adoptar el partido. Me llevé una copia en papel carbón del mismo documento para discutirlo en una reunión que debería tener lugar en Valencia hacia noviembre de 1976. Para mi desgracia, cargué el documento en la bolsa, la acomodé en la moto y en plena noche enfilé para el sur. Hacia el segundo peaje de la autopista me di cuenta de que el pulpo que debía fijar la bolsa se había desprendido y, vaya usted a saber dónde habría caído la bolsa. Por un momento pasaron por mi mente las consecuencias de aquel percance: la bolsa habría caído en manos de la Guardia Civil que, a fin de entregarla a su propietario, la habrían abierto y leído el documento en cuestión… la acusación de “conspiración” y una larga temporada en la cárcel se me aparecieron como más que posibles. Así que di la vuelta al salir del segundo peaje. Entre la noche y los nervios no pude ver que la moto, con el motor acelerado, pisaba un bordillo. Yo salí despedido hacia un lado oyendo como el casco chocaba varias veces contra el asfalto, vi con la rabadilla del ojo como la moto salía volando.

Afortunadamente ni yo salí descalabrado, ni la moto tuvo más que unas rascadas. Volví al primer peaje, recorrí lentamente los kilómetros en los que podía haber perdido la bolsa, pero nada, no hubo forma de encontrarla jamás. Afortunadamente para mi futuro aquel documento no cayó en manos de nadie. A cazadora de cuero y un impermeable debieron ser el regalo que compensó el silencio de quien encontró la bolsa. Y, a todo esto, ¿Qué se planteaba en este documento?

Era una reflexión estratégica que definía con detalle lo que nosotros llamábamos “Estrategia de fractura vertical dentro del sistema”. No se cansen, es la única reflexión estratégica que realizó la ultraderecha durante la transición y, por supuesto, quedó inédita. Poco después, ya expulsado de Fuerza Nueva, entre los humos de los cócteles autoexplotados y el trasiego de militantes de la “Sección C” y de nuestra gente, y a la vista de que Blas había conseguido llenar el Palacio de los Deportes de Barcelona, completé esa reflexión con otra adaptada a la nueva situación. Tampoco se cansen: ni todo el rollo sobre la “factura vertical”, ni este otro, tuvieron la más mínima repercusión en la transición. Se diría que “estrategia” es un término incompatible con “ultraderecha”. No era raro que, siendo victoriosos en todos los episodios tácticos y enfrentamientos, la ultraderecha no se comiera ni una rosca estratégica. O dicho en clave de los hermanos Marx: “Hemos logrado recorrer el camino entre la nada y la más absoluta miseria”, eso sí, “de victoria en victoria, hasta la derrota final”.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.

El Zen en el arte del tiro con arco. Eugen Herrigel (texto completo)

Infokrisis.- Hace algo más de dos años emprendimos la digitalización de esta obra de Eugen Herrigel, el único relato existente de un europeo que marchara al Japón y aprovechara su estancia allí para iniciarse en el arte del tiro con arco. En aquella ocasión, por falta de tiempo, no pudimos concluir la digitalización de esta obra que ahora presentamos a nuestros amigos precedida por la introducción de D.T. Suzuki. Vale la pena advertir que la belleza y la intensidad de la experiencia de Herrigel tienen un único pero: tienden a reducir el Zen a una dimensión casi exclusivamente psicológica, minimizando el hecho de que a través suyo pueda alcanzarse una experiencia trascendente. Así pues, recomendamos que este texto no sea se lea aislado sino junto a los textos clásicos del Zen o de lo contrario se puede tener un conocimiento, sino equivocado, sí incompleto de esta práctica.

Introducción de D. T. Suzuki

Introducción

Una de las características determinantes de la práctica de la arquería, y en realidad de todas las artes según son encaradas en el Japón, y probablemente también en otros países del Lejano Oriente, es que no tiene un fin meramente utilitario ni se limita al puro goce estético, sino que está destinada a adiestrar la inteligencia ya ponerla en contacto con la realidad esencial. De ahí que el objeto de la práctica de la arquería no consista única y exclusivamente en "dar en el blanco"; que el esgrimista no esgrima la espada sólo para derrotar a su antagonista, y que el bailarín no baile sólo para ejecutar ciertos movimientos rítmicos del cuerpo. Antes que nada, la mente debe ser armonizada con lo Inconsciente.

Si se quiere realmente ser Maestro en un arte, su conocimiento técnico no basta; es necesario trascender el aparato de la técnica, de manera que el arte se convierta en un "arte sin artificio", surgido del Inconsciente.

En el caso particular de la arquería, quien acierta el blanco y el blanco mismo, dejan de ser dos objetos antagónicos para transformarse en una sola, única realidad. El arquero pierde conciencia de sí como persona empeñada en dar en el blanco que tiene ante su vista; y este estado de "inconsciencia" se cumple cuando, absolutamente vacío y libre de sí, se vuelve uno, indivisible, con el arte de su destreza técnica, aunque haya en él algo, de un orden totalmente diferente, que no puede ser aprehendido a través de ningún estudio progresivo del arte.

Lo que distingue esencialmente la doctrina Zen de todas las demás doctrinas religiosas, filosóficas o místicas es que, al par que no trasciende jamás los límites de nuestra vida cotidiana y pese a su concreción y pragmaticidad, posee algo que la mantiene apartada de la sordidez y la inquietud humanas.

Llegamos así a la relación entre la doctrina Zen y el arte de los arqueros, y otras artes afines como la esgrima, el arreglo floral, la ceremonia del té, la danza y las bellas artes en general.

La doctrina Zen no es otra cosa que el "espíritu cotidiano", según la feliz expresión de Baso (Matsu; muerto en 788) ; "espíritu cotidiano" que consiste simplemente en "dormir cuando se está fatigado", en "comer cuando se tiene hambre". Apenas reflexionamos, meditamos y conceptuamos, la inconsciencia original se pierde y se interpone un pensamiento. Ya no comemos cuando estamos comiendo ni dormimos cuando estamos durmiendo. La flecha se desprende de la cuerda pero no se dirige rectamente hacia el blanco ni el blanco permanece donde está. El cálculo, que es por naturaleza erróneo, interviene, y toda la experiencia de la arquería misma toma el camino equivocado. La mente confusa del arquero se traiciona a sí misma en todo sentido y en todos los planos de su actividad.

El hombre es una flecha pensante pero sus más grandes obras sólo las realiza cuando no está pensando o calculando. La "puerilidad" debe ser recuperada a través de largos años de adiestramiento en el arte del olvido de sí, y cuando lo logra, el hombre piensa aunque no piense. Piensa como la lluvia que cae del cielo, como las olas que se agitan en el océano, como las estrellas que iluminan el cielo nocturno, como el verde follaje mecido por la suave brisa de la primavera. En realidad, él es la lluvia, el océano, las estrellas, el follaje.

Cuando un hombre alcanza esta etapa de desarrollo "espiritual", se convierte en un artista Zen de la vida. No necesita, como el artista pintor, un lienzo, pinceles y colores, ni como el arquero el arco, la flecha, el blanco y otros utensilios. Tiene para ello sus miembros, su cuerpo, su cabeza; y su vida "Zen" se expresa por medio de todos estos instrumentos naturales, de cardinal importancia para su manifestación; sus manos y pies son sus pinceles y el universo todo el lienzo donde "pintará" su vida durante setenta, ochenta, y aun noventa años de existencia. Esta "pintura" recibe el nombre de Historia.

Hoyen de Gosozen (muerto en 1140) dice: "He aquí un hombre que, habiendo convertido la vacuidad del espacio en una hoja de papel, las olas del océano en un tintero y el monte Sumeru en un pincel, traza estos cinco caracteres: so-shi-sai-rai-i (1). Ante ellos, extiendo mi zagu (2) y me inclino reverentemente".

Podríamos preguntarnos: ¿qué significa esta extravagante declaración? ¿Por qué alguien capaz de ejecutar esta acción debe ser considerado por ello digno del mayor respeto? Un Maestro del Zen respondería: "Como cuando siento hambre, duermo cuanto estoy cansado". Si siente inclinación hacia la naturaleza tal vez conteste: "Ayer hacía buen tiempo; hoy llueve". El lector sin embargo quizá aun no haya visto la respuesta a su pregunta: ¿donde está el arquero?

En este breve y maravilloso libro, Eugen Herrigel, filósofo alemán que llegó al Japón y allí se entregó a la práctica del arte de los arqueros en la esperanza de adquirir a través de ella el conocimiento profundo de la doctrina Zen, nos ofrece un esclarecedor relato de sus experiencias personales en la materia. A través de sus palabras, el lector occidental podrá entrar en contacto, de una manera más familiar, con algo que muy a menudo debe de haberle parecido una extraña y en cierto modo inaccesible experiencia oriental.
DAISETZ T. SUZUKI
Ipseich, Massachusetts
Mayo de 1953


I

A primera vista, debe de parecer una intolerable degradación para la doctrina Zen - sea cual fuere el significado, que el lector atribuya a esta doctrina- su asociación con algo tan mundano como el arte de los arqueros. Aun cuando quisiera hacer una gran concesión y aceptara considerar la arquería un "arte", difícilmente se sentiría inclinado a buscar en él algo más que una forma decididamente deportiva de la hazaña. De ahí que espere que se le narren las asombrosas proezas de los ardidosos japoneses, que tuvieron la ventaja de contar con una tradición intacta y consagrada por el tiempo en el manejo del arco y de la flecha. Pues en el Lejano Oriente sólo hace apenas unas pocas generaciones los antiguos instrumentos de combate fueron reemplazados por armas modernas y la familiaridad en su manejo no ha caído de ninguna manera en desuso; por el contrario, siguió propagándose y desde entonces ha ido cultivándose en círculos cada vez más amplios de aficionados.

¿Puede, pues, esperarse una descripción de las formas características en que la arquería es actualmente practicada en el Japón como deporte nacional?

Nada más lejos de la verdad. Por arquería en su sentido tradicional, considerada un arte y honrada como una herencia nacional, los japoneses no entienden precisamente un deporte sino, a pesar de lo extraño que esto pueda parecer al comienzo, un ritual religioso. De ahí que por "arte" de la arquería no quiera en el Japón significarse la destreza de los deportistas, que puede ser más o menos desarrollada o cultivada mediante la educación física, sino un arte cuyo origen debe buscarse en los ejercicios espirituales y cuya meta es acertar en un "blanco" espiritual, por lo que fundamentalmente el tirador apunta a sí mismo y busca acertar en sí mismo.

Esto parecerá sin duda sorprendente. ¿Cómo? , dirá el lector, ¿debo creer que la arquería, practicada en una época con fines guerreros, en una lucha de vida o muerte, no ha sobrevivido ni siquiera como deporte, sino que ha sido rebajada al nivel de un mero ejercicio espiritual ? ¿Para qué entonces el arco, la flecha y el blanco? ¿No niega acaso todo esto el antiguo y varonil arte, el honesto significado de la arquería, sustituyéndolo por algo confuso, nebuloso, si no positivamente fantástico?

Sin embargo, debe tenerse presente que el peculiarísimo espíritu de este arte, lejos de haber tenido que ser nuevamente infundido en épocas recientes en el uso del arco y de la flecha, estuvo siempre esencialmente vinculado a ellos y ha resurgido con mucha más fuerza y convicción ahora que ya no necesita ponerse a prueba en luchas sangrientas. No puede de ningún modo decirse que la técnica tradicional de la arquería, desde que ha perdido su antigua importancia agonística, ha acabado por convertirse en un mero y agradable pasatiempo, volviéndose por ello mismo inocua. La Gran Doctrina del Arte de los Arqueros nos dice algo diametralmente distinto. Según ella, la arquería sigue conservando su prístino significado agonístico, sigue siendo una cuestión de vida o muerte, en la medida en que es una contienda del arquero consigo mismo; y esta forma de contienda no es un mezquino sustituto, sino el fundamento de todas las luchas dirigidas hacia el mundo exterior, por ejemplo, contra un adversario corpóreo. En esta lucha del arquero consigo mismo revélase la esencia esotérica de este arte y su instrucción no suprime nada esencial al abolir los fines utilitarios a los cuales estaban destinadas las pujas caballerescas.

Además, quienquiera que en la actualidad se proponga practicar este arte obtendrá, de su evolución histórica, la indiscutible ventaja de no ser tentado a obnubilar su comprensión de la Gran Doctrina con fines meramente prácticos - aún cuando se los oculte a sí mismo- y hacerla quizá con ello absolutamente imposible. Pues el acceso al arte de la arquería, y en esto concuerdan los Maestros arqueros de todos los tiempos, será sólo concedido a los puros de corazón, no perturbados por fines secundarios.

Si se preguntara, desde ese punto de vista, cómo entienden los Maestros japoneses esta lucha del arquero consigo mismo y cómo la definen, la respuesta resultaría demasiado enigmática. Para ellos, la lucha consiste en que el arquero, que apunta hacia sí y no a sí mismo, sin embargo, se acierta sin acertarse, convirtiéndose así, simultáneamente, en el tirador y en el blanco, en el que acierta y en el blanco mismo. Para emplear expresiones más caras a los Maestros, es necesario que el arquero se convierta, a pesar de sí mismo, en un centro inmóvil. Es entonces cuando se produce el último, supremo milagro: el arte se trasciende, se desprende de todo "artificio", haciéndose "no-arte"; el tiro se convierte en un "no-tiro", esto es, un tiro sin arco ni flecha; el instructor vuelve a ser alumno, el Maestro principiante, el fin comienzo y el comienzo perfección.

Para los orientales estas misteriosas fórmulas no son sino verdades simples y familiares, pero a nosotros los occidentales nos dejan perplejos. Debemos, pues, penetrar más profundamente en este problema. Desde hace mucho tiempo, no es ya ningún secreto, ni siquiera para nosotros los europeos, que las artes japonesas retroceden, para alcanzar su forma interior, a una raíz común, el budismo. Y esta ley rige tanto para el arte de los arqueros como para el de la pintura a tinta, para el arte teatral y la ceremonia del té, para el arreglo floral y el arte de la esgrima.

Todas estas formas de arte presuponen una actitud espiritual que cada uno debe cultivar a su manera; una actitud que, en su forma más exaltada1 es característica del budismo y determina la naturaleza sacerdotal del hombre.

No me refiero al budismo en el sentido común de la palabra, ni estoy ocupándome aquí de su manifestación intrínsecamente especulativa, que en razón precisamente de su literatura pretendidamente accesible, es la única que conocemos en Occidente y hasta nos atrevemos a afirmar que comprendemos. Me refiero al budismo "Dhyana", conocido en el Japón con el nombre de "zenismo" o Doctrina Zen, y que no es en absoluto una especulación sino la experiencia inmediata de cuanto como el insondable fundamento del Ser - no puede ser aprehendido por medios intelectivos y no puede ser concebido o interpretado ni aun después de haber pasado las más inequívocas e indiscutibles experiencias: se lo conoce precisamente no conociéndolo. A raíz de tales experiencias cruciales y en consideración a ellas, el budismo Zen ha abierto caminos a través de los cuales, mediante una metódica inmersión en sí mismo, el hombre puede acceder a la conciencia, en las mayores profundidades del alma, de la innominable sinrazón y el innominable desposeimiento, y lo que es más, a la unión con ambos. y esto, vinculado al arte de los arqueros y expresado en un lenguaje aproximativo y sujeto, por ende, a toda clase de falsas interpretaciones, significa que los ejercicios espirituales, gracias a los cuales (únicamente) la técnica de la arquería puede convertirse en arte y si todo va bien llega a perfeccionarse hasta el estadio de "arte sin artificio", no son otra cosa que ejercicios místicos. De ahí que la arquería no pueda, en ninguna circunstancia, representar el logro de algo en un plano exterior, mediante el arco y la flecha, sino sólo interiormente y con uno mismo. El arco y la flecha no son sino un mero pretexto para alcanzar algo que podría igualmente suceder sin ellos; son sólo el camino hacia una meta y no la meta misma; ayudan a lo sumo a dar el último paso, el decisivo.

Considerando todas estas particularidades, convendría tener acceso a las exposiciones realizadas por budistas Zen, a fin de facilitar nuestra comprensión. Ellas en realidad no faltan. En sus Ensayos sobre el budismo Zen D. T. Suzuki ha conseguido demostrar exhaustivamente que la cultura japonesa y la doctrina Zen están íntimamente ligadas y que el arte japonés, la actitud espiritual del samurai, el modo de vivir japonés, la vida moral, estética, y hasta cierto punto, aun la vida intelectual de los japoneses, deben sus características determinantes a este fondo "Zen" y no podrán ser fielmente comprendidos por quien no esté familiarizado con él.

Tanto la trascendental obra de Suzuki como las investigaciones de otros eruditos japoneses sobre el particular, han despertado un vivo interés en todo el mundo. Se admite por lo general que el budismo "Dhyana", que nació en la India y después de sufrir profundos cambios alcanzó pleno desarrollo en China para ser finalmente adoptado por el Japón - donde es cultivado hasta nuestros días como una tradición viviente- ha revelado formas insospechadas de existencia cuya comprensión es de extraordinaria importancia para nosotros.

A pesar de todos los esfuerzos de los especialistas en Zen, el conocimiento divulgado entre nosotros los occidentales sobre la esencia de la Doctrina Zen, ha seguido siendo, sin embargo, por demás escaso. Como si ella se resistiera a una penetración más honda, después de unos pocos tímidos pasos, nuestra titubeante intuición halla barreras insalvables. Envuelta en una impenetrable oscuridad, la doctrina Zen debe parecer el enigma más extraño e insondable que haya sido ideado por la vida espiritual de Oriente; insoluble y no obstante, irresistiblemente atractivo.

La razón de esta penosa sensación de inaccesibilidad reside, hasta cierto punto, en el estilo de exposición adoptado hasta hoy para tratar de ella. Ninguna persona razonable podría esperar que un adepto al Zen haga otra cosa que insinuar las experiencias que lo han liberado y transformado, ni que intente describir la "Verdad" inimaginable e inefable por la cual y en la cual vive. En este sentido, el Zen tiene gran afinidad con el misticismo puro introspectivo. A menos que nos internemos en las experiencias místicas por participación directa, permaneceremos fuera de ellas, y esta regla, a la cual todo misticismo genuino obedece, no tiene excepciones. y no puede hablarse de contradicción cuando se advierte que en realidad existe una enorme cantidad de textos Zen considerados sagrados, ya que éstos tienen la peculiaridad de revelar su significado infundidor de vida sólo a quienes se han demostrado dignos de las experiencias cruciales y por lo tanto están en condiciones de obtener de tales textos la confirmación de cuanto son y cuanto poseen, independientemente de su lectura. En cambio, para quien no haya pasado por esas experiencias, no sólo permanecen mudos, infranqueables -¿cómo se podría leer allí entre líneas?- sino que habrán de conducirlo fatalmente, infaliblemente, a la más desesperada confusión espiritual, aun cuando se haya aproximado a ellos con cautela y desprendida devoción. Como todo misticismo, la doctrina Zen sólo puede ser comprendida por un verdadero místico, quien por ende no tratará jamás de adquirir por métodos clandestinos cuanto la experiencia mística misma no le haya otorgado.

Sin embargo, el individuo transformado por el Zen y que ha franqueado el "fuego de la verdad", vive una vida demasiado convincente como para que pueda ser pasada por alto. De ahí que en realidad no sea pedir demasiado si, impulsados por un sentimiento de afinidad espiritual y deseosos de hallar un sendero que nos conduzca hacia el innominable poder que obra tales milagros - pues el meramente curioso no tiene derecho a pedir nada- esperamos que el adepto al Zen nos describa al menos el sendero que conduce a la meta. Ningún místico, ningún estudioso del Zen es, al comenzar, el hombre en que luego puede convertirse en el sendero de la autoperfección. ¡Cuánto queda aun por conquistar y cuanto por dejar detrás de sí antes de hallar finalmente la verdad! ¡Cuán a menudo será atormentado en el trayecto por la desolada sensación de que está tratando de alcanzar lo imposible! Y, sin embargo, ese imposible habrá de ser un día posible y hasta llegará a adquirir evidencia propia. ¿No podemos abrigar entonces la humilde esperanza de que una minuciosa descripción de este largo y difícil camino nos permita al menos preguntarnos si deseamos verdaderamente recorrerlo?

Tales descripciones, del sendero y de sus sucesivas etapas, casi no existen en la literatura Zen. Débese ello, en parte, al hecho de que el adepto al Zen halla reparos insuperables en dar cualquier clase de instrucciones para la vida feliz. Sabe por experiencia personal que nadie puede recorrer el camino sin la dirección consciente de un preceptor experto o la ayuda de un Maestro. No menos decisivo resulta, por otra parte, el hecho de que sus experiencias, sus logros y sus transformaciones espirituales, en tanto sean "suyas", deben ser conquistadas y transformadas una y otra vez, hasta que todo lo "suyo" sea destruido. Sólo así podrá lograr una base para sus experiencias que, como la "Verdad Omnímoda", lo conducen a una vida que ya no es su vida cotidiana y personal; vive, pero lo que vive no es ya él mismo.

Podemos, pues, comprender desde este punto de vista por qué el adepto al Zen rehuye toda conversación sobre sí mismo y sus progresos, y no porque crea que el hecho de hablar signifique falta de modestia, sino porque lo considera una traición a la doctrina. Aun el mero hecho de decidirse a decir algo sobre el Zen le cuesta graves exámenes de conciencia. Tiene ante sí el aleccionador ejemplo de uno de los más grandes Maestros, quien, al ser interrogado sobre el sentido de la doctrina Zen, mantuvo un inmutable silencio, como si no hubiera oído la pregunta. ¿Cómo puede entonces un adepto sentirse tentado a decirnos cuánto y qué ha desechado y no echa ya de menos? De ahí que yo eludiría mi responsabilidad si me limitara a urdir una serie de paradojas o me refugiara simplemente detrás de una barrera de palabras altisonantes, pues mi intención no era otra que arrojar un poco de luz sobre la naturaleza del Zen en la medida en que incide en una de las artes en las que han estampado su sello. No puede decirse de esta "luz" que se trate, en verdad, de iluminación en el sentido fundamental de la doctrina Zen, pero al menos demostrará que debe haber algo detrás de los impenetrables muros de niebla, algo así como el relámpago estival que anuncia la tormenta lejana. Entendido de este modo, el arte de los arqueros es algo así como una escuela preparatoria para el Zen, por cuanto permite al principiante obtener, con el trabajo de sus propias manos, una visión más clara de hechos que en sí mismos no son inteligibles. Hablando objetivamente, sería muy posible abrir un camino hacia el Zen desde cualquiera de las artes que he mencionado. No obstante, me parece que puedo lograr mi propósito de una manera más efectiva describiendo el curso que debe seguir un alumno del arte de los arqueros. Para ser más preciso, trataré de resumir el curso de instrucción de seis años que me fue impartido por uno de los más grandes Maestros de este arte durante mi estadía en el Japón. Por lo tanto, son mis propias experiencias personales las que me autorizan a emprender esta obra, ya fin de ser absolutamente inteligible - pues aun esta escuela preparatoria presenta innumerables escollos- no tendré otra alternativa que compilar detalladamente, enumerándolas, todas las resistencias que debí vencer, todas las inhibiciones que debí superar, antes de conseguir penetrar en el espíritu de la Gran Doctrina. y hablo de mí mismo por cuanto no veo otra manera de alcanzar la meta que me he señalado. Por esa misma razón limitaré mi relato a lo esencial, a fin de que ello se destaque con mayor claridad. Conscientemente me abstendré de describir el lugar donde se dictaban los cursos, de evocar escenas que se han grabado en mi memoria y, sobre todo, de bosquejar un retrato del Maestro, por muy tentador que resulte hacerlo. Todo debe girar únicamente en torno del arte de los arqueros que, según pienso a veces, resulta más difícil de explicar que de aprender; y la exposición deberá ser llevada hasta el punto en que se comienzan a vislumbrar esos remotos horizontes tras los cuales la doctrina Zen vive y respira.


II

La razón por la cual decidí adoptar la doctrina y con ese propósito me dispuse a aprender el arte de los arqueros, requiere explicación. Ya en mis épocas de estudiante me había interesado, como movido por un secreto impulso, en el misticismo, pese a las características de esa época en la que tales intereses tenían muy escasa aplicación. Gracias a mis esfuerzos fui adquiriendo una conciencia cada vez más clara de que sólo podría tener acceso desde el exterior a estos escritos esotéricos; y aunque sabía cómo "rodear" lo que podríamos llamar fenómeno místico primordial, la verdad es que me sentía incapaz de franquear la frontera que circundaba el misterio como un alto muro. Tampoco pude hallar exactamente lo que buscaba en la abundante literatura mística, y, decepcionado y desalentado, fui comprendiendo en forma gradual que sólo el verdaderamente "desprendido" puede penetrar en el significado real del "desprendimiento", y que sólo el contemplativo, que se halla totalmente vacío y libre de sí mismo, está realmente preparado para "volverse uno, ser uno" con el "Dios Trascendente". Había llegado, por lo tanto, a comprender que existe y no puede haber otro sendero hacia el misticismo que el de la experiencia y el sufrimiento personales y que, si falta esta condición, todo cuanto se pueda decir sobre él no será más que una charla hueca. Pero, ¿cómo llegar a ello? ¿Cómo alcanzar el estado de desprendimiento real y no meramente imaginario? ¿Acaso hay un camino para quienes están separados de los grandes Maestros por el abismo de los siglos; para el hombre moderno, que se ha
desarrollado en condiciones totalmente distintas? En ninguna parte hallé respuestas más o menos satisfactorias a mis preguntas, aún cuando supe de las estaciones y etapas de un camino que prometía conducir hacia la meta. Para transitar ese sendero yo carecía de las metódicas, precisas instrucciones que sólo un Maestro hubiera podido darme y no las hallaba ni siquiera para un tramo del viaje. Pero, en caso de hallarlas, ¿bastarían esas instrucciones, si alguna había? ¿No sería más probable, aun en las mejores circunstancias, que ellas sólo supieran desarrollar una aptitud para recibir algo que ni siquiera el método mejor y más eficaz puede proporcionar, y que la experiencia mística, por lo tanto, no pueda ser producida por ninguna disposición conocida por el hombre? Por más que pensaba en todo ello, sólo veía ante mí puertas cerradas y, no obstante, no podía evitar el tratar constantemente de abrirlas. Pero el deseo persistía y, cuando se marchitó, subsistió el deseo de ese deseo.

Cuando me preguntaron (entre tanto había sido honrado con una cátedra universitaria) si quería enseñar filosofía en la Universidad de Tokio, acogí con especial alegría esta oportunidad de conocer el Japón y su pueblo, sobre todo porque me ofrecía la posibilidad de entrar en contacto con el budismo y por ende con una práctica introspectiva del misticismo pues en incontables ocasiones había oído hablar de la existencia en el Japón de una tradición viviente de la doctrina Zen, cuidadosamente conservada; un arte didascálico que había sido ensayado a través de los siglos y, lo que era más importante, maestros del Zen, extraordinariamente versados en el arte de la dirección espiritual.

Apenas comencé a actuar en mi nuevo medio, me dispuse a concretar mis deseos, pero inmediatamente recibí turbadas negativas. Nunca, me dijeron, ningún europeo se había interesado seriamente en la doctrina Zen y puesto que ella repudiaba el más mínimo vestigio de "enseñanza", no podía yo esperar que me satisfaciera "teóricamente". Me costó muchas horas perdidas hacerles comprender la razón por la cual quería dedicarme a la forma no especulativa del Zen. Me informaron entonces que prácticamente resultaba casi imposible que un europeo penetrara en este reino de la vida espiritual -quizás el más extraño entre cuantos puede ofrecer el Lejano Oriente- a menos que comenzara por aprender una de las artes vinculadas a la doctrina.

La idea de que debía franquear un estadio de instrucción preliminar no me desanimó. Me sentía plenamente dispuesto a hacer todo lo que fuera necesario con tal de acercarme un poco más al Zen; y un camino indirecto, por fatigoso que fuera, me parecía siempre mejor que ninguno.

Pero, ¿por cuál de las artes Zen me decidiría? Mi esposa, después de algunas vacilaciones, escogió el arreglo floral y la pintura; por mi parte, me pareció que el arte de los arqueros era el más adecuado para mí, creyendo equivocadamente -según pude comprobar más tarde- que mi experiencia en el tiro con carabina y con pistola facilitaría
el aprendizaje.

Rogué a uno de mis colegas, Sozo Komachiya, un profesor de Derecho que había tomado lecciones de arquería durante veinte años y que, en la Universidad era considerado con razón el mejor exponente de ese arte, que me presentara a su antiguo preceptor, el célebre Maestro Kenzo Awa y me recomendara como alumno. Al principio el Maestro rechazó mi pedido, sosteniendo que ya una vez había incurrido en el error de pretender enseñar a un extranjero y que desde entonces no hacía sino lamentar la experiencia: no estaba dispuesto a hacer una segunda concesión malgastando en un alumno el peculiar espíritu de ese arte.

Sólo cuando repuse que un Maestro que tomaba tan en serio su trabajo bien podía tratarme como su alumno más joven, y al advertir que realmente deseaba aprender el arte, no por placer, sino por amor a la Gran Doctrina, me aceptó como alumno junto con mi esposa, ya que desde hace mucho tiempo es habitual en el Japón que las jóvenes también sean instruidas en las reglas de este arte, y la esposa y las dos hijas del Maestro lo practicaban con diligencia.

Así se inició el largo, intenso curso de instrucción en el cual nuestro amigo Komachiya, que defendiera tan obstinadamente nuestra causa, ofreciéndose casi como garantía nuestra, participaba como intérprete. Me invitaron a concurrir al mismo tiempo a las clases de arreglo floral y pintura en las que intervenía mi esposa, lo cual me brindaba a su vez la posibilidad de obtener una base aun más amplia de comprensión mediante la permanente comparación de estas artes, mutuamente complementarias.


III

Ya en el transcurso de la primera lección comprendimos que seguir el sendero del "arte sin artificio" no es cosa fácil. El Maestro empezó por mostrarnos varios arcos japoneses, explicándonos que su extraordinaria elasticidad se debe a su particular construcción y al material con que están hechos, el bambú. Pero según su opinión, lo más importante era que observáramos la noble forma que el arco (de más de un metro ochenta de longitud) adopta no bien es extendido y que resulta tanto más sorprendente cuanto más se lo estira. Cuando se lo despliega en toda su extensión, nos explicó, abarca en sí el "Todo"; de ahí que sea tan importante aprender a extenderlo adecuadamente. Luego, escogió el mejor y más fuerte de sus arcos y, asumiendo una actitud ceremoniosa y digna, dejó volver varias veces a su posición original la cuerda levemente estirada. Este movimiento produce un agudo chasquido, acompañado de un profundo rasguido que, después de haberlo escuchado cierto número de veces, es imposible olvidar, tan extraño resulta, tan conmovedoramente se apodera del corazón. Desde la más remota antigüedad se le ha atribuido el secreto poder de ahuyentar los malos espíritus, y no me resulta difícil creer que esta interpretación se haya arraigado profundamente en el corazón de todo el pueblo japonés. Después de este significativo introito de purificación y consagración, el Maestro nos ordenó que lo observáramos atentamente. Hizo una muesca y colocó una flecha en el arco - extendiéndolo en tal forma que temí por un momento que no resistiera la tensión necesaria para abarcar el Todo- y disparó la flecha. Todo esto no sólo resultaba conmovedoramente hermoso, sino que parecía haber sido ejecutado con muy poco esfuerzo.

El Maestro nos dictó entonces sus instrucciones: "Ahora haced otro tanto, pero recordad que la arquería no tiene por objeto fortalecer los músculos. Cuando estiréis la cuerda, no debéis ejercer toda la fuerza de que vuestro cuerpo es capaz; antes bien, debéis aprender a dejar que sólo vuestras dos manos actúen, dejando relajados los músculos del hombro y del brazo, como si éstos contemplaran la escena impasibles. Sólo cuando podáis hacer esto, habréis cumplido una de las condiciones que logran que el acto de estirar el arco y disparar la flecha sean actos “espirituales”. Con estas palabras, se apoderó de mis manos y las fue guiando lentamente a través de las distintas fases del movimiento que deberían ejecutar en el futuro, como si tratara de acostumbrarme a él.

Aun en el 'primer intento con un arco de práctica de mediana resistencia, observé que tenía que hacer mucha fuerza para curvarlo. Esto se debe a que el arco japonés, a diferencia del clásico arco deportivo europeo, no se sostiene al nivel del hombro, posición en que el cuerpo puede ceñirse mejor a él. Por el contrario, una vez colocada la flecha, debe sostenerse el arco con los brazos totalmente extendidos hacia adelante, de manera que las manos del arquero queden situadas un poco más arriba de su cabeza.

Lo único que, en consecuencia, el arquero puede hacer en tal circunstancia es extenderlas separadamente a derecha e izquierda y, cuanto más distantes se hallan, más se curvan hacia abajo, hasta que la izquierda, que sostiene el arco con el brazo extendido, viene a descansar al nivel del ojo, en tanto que la diestra, que estira la cuerda, es sostenida con el brazo doblado sobre el hombro derecho, de manera que la extremidad de la flecha de tres pies sobresale un tanto del borde exterior del arco, tan grande es la distancia. Antes de disparar el tiro, el arquero debe permanecer en esa actitud durante un rato. La fuerza necesaria para practicar este singular método de sostener y extender el arco hacía que mis manos, después de unos instantes, comenzaran a temblar, y que mi respiración se hiciera cada vez más difícil, inconveniente que ni siquiera en las semanas que siguieron logré subsanar. La acción de extender el arco seguía siendo un problema para mí, ya pesar de la práctica tanto más esmerada, resistíase a hacerse "espiritual". Para alentarme, pensé que debía de haber algún ardid para hacerlo, que el Maestro por alguna razón no quería divulgar, y puse todo mi empeño en descubrirlo.

Firmemente resuelto a lograr mi propósito, continúe practicando. El Maestro seguía atentamente mis esfuerzos, corregía con serenidad mi rigidez, elogiaba mi entusiasmo, me censuraba por dilapidar mis fuerzas, pero en otros sentidos casi no me daba indicaciones, aunque siempre ponía el dedo en la llaga cuando al estirar yo el arco, me decía: "relájese, relájese" - palabra que acababa de aprender - (éste era mi punto débil) aunque, es justo decirlo, nunca perdió la paciencia ni dejó de mostrarse amable. Pero llegó el día en que fui yo quien perdió la paciencia y admití que me resultaba materialmente imposible extender correctamente el arco.

"No puede hacerlo -explicó el Maestro- porque no respira correctamente. Retenga suavemente el aire después de inspirarlo, de modo que la pared abdominal esté tensa y dilatada, y manténgalo dentro un rato. Luego, vaya expirando con la mayor lentitud y uniformidad posibles y, después de unos momentos, aspire nuevamente un breve sorbo de aire, inspirando y expirando continuamente, siguiendo un ritmo que acabará por mantenerse solo. Si hace esto correctamente, notará que cada día el disparo de la flecha se hace más y más fácil pues por medio de esta manera de respirar descubrirá no sólo la fuente de toda energía espiritual, sino que hará que esa fuente fluya con mayor abundancia y se expanda más fácilmente propagándose por sus miembros cuanto mayor sea su relajamiento." Como si quisiera demostrármelo, estiró su resistente arco y me invitó a colocarme a sus espaldas y palpar los músculos de su brazo. En efecto, estaban totalmente relajados, como si no estuvieran realizando esfuerzo alguno.

Al principio practiqué la nueva forma de respiración sin arco ni flecha, hasta que se convirtió en un acto natural y la leve sensación de incomodidad que observé al comienzo fue desapareciendo rápidamente. El Maestro concedía tanta importancia al acto de expirar el aire hasta el fin de la manera más lenta y uniforme posible que, para una mejor práctica y- un mayor control, hizo que lo combináramos con un ruido semejante a un zumbido, y solo cuando éste se había acallado con nuestro último aliento nos permitía inspirar nuevamente. La inspiración, dijo cierta vez, une y combina; al retener el aire en los pulmones, se facilita la acción, y el acto de expirarlo libera y completa mediante la abolición de todas las limitaciones. Pero aun no estábamos preparados para entender el verdadero sentido de sus palabras.

¡El Maestro procedió luego a relacionar la respiración -que naturalmente hasta ese momento no había sido practicada sólo por ella misma-, con el arte de los arqueros. El proceso unificado de extensión del arco y disparo de la flecha fue dividido en dos partes: tomar el arco, colocar la flecha en su muesca, levantar el arco, estirarlo y dejarlo fijo en el punto de tensión máxima; luego disparar.

Cada uno de estos movimientos comenzaba con la inspiración de aire, era seguido por la firme contención del aliento y finalizaba con la expiración. El resultado fue que la respiración acabó adecuándose espontáneamente, y no sólo ponía de relieve las posiciones y los movimientos de cada una de las manos, sino que los aunaba en una rítmica secuencia que sólo dependía de nuestra capacidad torácica individual. A pesar de estar fraccionado en partes, todo el proceso parecía una sola cosa viviente, íntegramente contenida en sí y ni siquiera remotamente comparable a un ejercicio gimnástico, al cual se pueden agregar o suprimir fragmentos sin que por ello se altere su significado y carácter.

No puedo evocar aquellos días sin recordar, una y otra vez, lo difícil que me resultó aprender a respirar correctamente. Aunque inspiraba técnicamente bien, cada vez que intentaba mantener relajados los músculos de mis brazos y hombros mientras extendía el arco, los músculos de las piernas se me ponían rígidos, como si toda mi vida dependiera de un pie firme y de una posición segura, o como si, a semejanza de Anteo, tuviera que extraer mis fuerzas de la tierra. A menudo al Maestro no le quedaba otra alternativa que apoderarse, con la rapidez del rayo, de uno de los músculos de mi pierna, y presionarlo en un punto particularmente sensible. En una ocasión en que para excusarme advertí que estaba esforzándome conscientemente por mantenerme relajado, el Maestro me respondió: "Ése es precisamente el problema. Usted se esfuerza en pensar en ello. Concéntrese enteramente en su respiración, como si no tuviera otra cosa que hacer". Me llevó mucho tiempo lograr lo que el Maestro quería, hasta que por último lo conseguí. Aprendí a "perderme" en la respiración y con tanta facilidad que a veces tenía la sensación de no estar respirando, sino -a pesar de lo extraño que ello pueda parecer- siendo respirado. Y aún cuando en momentos de reflexión me debatía contra esta atrevida idea, no podía dejar de reconocer que la respiración brindaba realmente todo cuanto el Maestro me había anunciado. En algunas ocasiones -cada vez más menudo a medida que iba pasando el tiempo- extendía el arco y lo mantenía tenso hasta el momento del disparo mientras todo mi cuerpo permanecía en total relajamiento, sin que pudiera explicarme cómo había ocurrido. La diferencia cualitativa entre estos pocos tiros satisfactorios y los incontables fracasos era tan convincente que estaba dispuesto a admitir que al fin había acabado por comprender lo que significaba en realidad extender el arco "espiritualmente".

Así, lo que había estado tratando vanamente de lograr no era un ardid técnico, sino la liberación del dominio de la respiración a través de nuevas y fabulosas posibilidades.

Y digo esto no sin experimentar ciertos recelos pues conozco muy bien la tentación de sucumbir a una poderosa influencia y, dejándose cegar por el autoengaño, exagerar la importancia de una experiencia sólo por el hecho de que es insólita. Pero, a pesar de toda posible equivocación y de tanta grave reserva, la verdad es que los resultados obtenidos merced a la nueva técnica de respiración -pues con el tiempo llegué a estirar el resistente arco del Maestro con los músculos relajados- eran demasiado evidentes para ser negados.

Cierto día, comentando todo esto con nuestro amigo Komachiya, le pregunté por qué razón el Maestro se había limitado durante tanto tiempo a contemplar mis infructuosos esfuerzos por estirar "espiritualmente" el arco, y por qué no había hecho hincapié desde el principio en la necesidad de respirar correctamente. "Un gran Maestro -respondió Komachiya- tiene que ser al mismo tiempo un gran preceptor. Aquí entre nosotros las dos cosas van a la par. Si hubiera comenzado las lecciones con ejercicios respiratorios, nunca habría podido convencer a usted de que debe precisamente a esos ejercicios algo decisivo. Era necesario que usted fracasara primero en sus esfuerzos, que naufragara en sus propios intentos antes de estar preparado para recoger el salvavidas que le ofrecía. Créame, sé por experiencia personal que el Maestro lo conoce muy bien a usted, como a cada uno de sus otros alumnos, mejor de cuanto nos conocemos usted y yo. Él lee en las almas de sus alumnos mucho más profundamente de cuanto ellos mismos quisieran admitirlo."

IV

Ser capaz, después de un año de esfuerzos, de extender "espiritualmente" el arco, esto es, con una especie de "fuerza sin esfuerzo", no es ninguna hazaña. No obstante, me
sentía satisfecho pues había empezado a comprender por qué la técnica de autodefensa mediante la cual se derriba al adversario cediendo inesperadamente, con fácil elasticidad, a su enérgico ataque y volviendo así contra él su propia fuerza, es conocido con el nombre de "el arte gentil". Desde las épocas más remotas, su símbolo ha sido el agua, dócil y no obstante indomeñable, por lo que Lao-Tsé pudo decir con profunda veracidad que la vida recta es como el agua, "de todas las cosas la más dócil y que sin embargo puede dominar a la más fuerte de todas las cosas" (3). Por lo demás, solía repetirse en la escuela una frase del Maestro, que había dicho que "aquel que en el comienzo hace buenos progresos tropieza luego con las más grandes dificultades". Para mí el comienzo había estado lejos de ser fácil; ¿no tenía derecho, pues, a sentir confianza con respecto a lo que se avecinaba, es decir las dificultades que ya había empezado a sospechar?

El segundo paso consistía en el aprendizaje de la "liberación" de la flecha. Hasta ese momento se nos había dejado hacerlo al azar: esta fase de la enseñanza estaba, podríamos decir, "entre paréntesis", como si se hallara al margen de los ejercicios, y lo que le sucedía a la flecha no había tenido entonces mayor importancia. En tanto penetrara en el rollo de paja prensada, blanco y banco de arena a la vez, el honor estaba satisfecho. Además, acertar el blanco no era en sí mismo ninguna hazaña, ya que el rollo de paja estaba a lo sumo a unos diez pasos de distancia del arquero.

Hasta ese momento yo no había hecho otra cosa que soltar la cuerda tensa cuando el acto de sostenerla en el punto de mayor tensión se había hecho insoportable, cuando sentía que, si quería que mis manos separadas volvieran a unirse naturalmente, no me quedaba otro recurso que ceder. La tensión no es en ningún sentido dolorosa.  Un guante de cuero con un pulgar rígido y forrado impide que la presión de la cuerda moleste y reduzca prematuramente la fuerza de su asimiento en el punto de mayor tensión. Cuando se extiende el arco, el pulgar es "arrollado" en torno de la cuerda, inmediatamente debajo de la flecha, y recogido hacia adentro.

Los tres primeros dedos deben ser apretados con fuerza sobre él, sosteniendo al mismo tiempo la flecha por lo tanto con firmeza. El disparo significa abrir los dedos que oprimen el pulgar y luego soltarlo. Mediante el fuerte tirón de la cuerda, el pulgar es arrancado de su sitio y extendido, la cuerda se sacude y la flecha vuela hacia el blanco. Hasta ese momento, cada vez que disparaba, mi tiro siempre estuvo acompañado por una fuerte sacudida que se hacía sentir en una intensa, visible vibración de todo mi cuerpo y que afectaba tanto al arco como a la flecha. Salta a la vista la imposibilidad de lograr con este sistema un tiro suave y sobre todo certero; estaba condenado a que mi tiro fuera siempre vacilante.

"Todo lo que ha aprendido hasta ahora -me dijo un día el Maestro, cuando no halló ya nada que objetar a mi técnica de relajamiento para extender el arco-, no ha sido otra cosa que una mera preparación para el disparo.

Ahora debemos enfrentar una tarea nueva y especialmente ardua, que nos conducirá a una nueva etapa en el arte de la arquería." Con estas palabras el Maestro se apoderó de su arco, lo extendió y disparó hacia el blanco. Sólo entonces, al contemplarlo expresamente, observé que aunque su mano derecha, súbitamente abierta y liberada por la tensión, volvía hacia atrás con una sacudida, no repercutía en ninguna vibración del cuerpo. El brazo derecho, que antes del disparo había formado un ángulo agudo, se abría con un tirón, pero volvía luego suavemente a su posición normal. La inevitable sacudida había sido amortiguada y neutralizada.

Si la fuerza de la "descarga" no se traicionara en el agudo "tup" de la cuerda trémula y en el poder de penetración de la flecha, nunca se sospecharía siquiera su existencia. Al menos en el caso del Maestro, el disparo parecía tan simple y fácil como un juego de niños.

La ausencia de esfuerzo en una acción que exige una gran dosis de energía, es un espectáculo cuya belleza estética es reconocida en Oriente en forma asaz sensible y complacida. Pero aun más importante para mí -y en esa época difícilmente podía yo pensar de otra manera- era el hecho de que la certeza de dar en el blanco pareciera depender de la suavidad del disparo. Conocía por propia experiencia en el tiro con carabina, la importancia que adquiere el hecho de desviarse, aunque sea levemente, de la línea de visión. Todo cuanto había aprendido y logrado hasta entonces, de pronto se había tornado claramente inteligible desde este punto de vista: extensión relajada del arco, asimiento relajado en el punto de tensión máxima, disparo relajado del tiro, amortiguamiento relajado del retroceso; ¿acaso no estaba todo esto al servicio del propósito de acertar el blanco y no era ésta precisamente la razón por la cual estábamos aprendiendo el arte de la arquería a través de tantas dificultades y paciencia? ¿Por qué entonces el Maestro nos había dado a entender que el proceso al cual estábamos dedicados excedía ampliamente todo cuanto habíamos aprendido y practicado hasta ese momento ya lo que ya nos habíamos habituado?

Sea como fuere, seguí practicando, diligentemente y conscientemente obediente a las instrucciones del Maestro, a pesar de lo cual todos mis esfuerzos resultaban vanos.

A menudo solía parecerme que disparaba mejor antes, cuando me limitaba a soltar la flecha al azar, sin pensar en lo que estaba haciendo. Sobre todo, notaba que no podía abrir la diestra, especialmente los dedos que oprimían el pulsar, sin hacer un esfuerzo. La consecuencia era una sacudida en el momento de lanzar la flecha, de manera que ésta vacilaba en su trayectoria; pero aun era menos capaz de amortiguar el movimiento de la mano súbitamente liberada. El Maestro, impertérrito, seguía demostrándonos prácticamente cuál era el disparo correcto, y yo, sin amilanarme, trataba ansiosamente de imitarlo, obteniendo como único resultado de mis afanes que mi inseguridad inicial fuera haciéndose cada vez más acentuada. Parecíame a un ciempiés, incapaz de moverse del lugar en que se hallaba después de haber tratado
infructuosamente de adivinar qué orden debían seguir sus patas.

Evidentemente el Maestro estaba menos horrorizado que yo por mi fracaso. ¿Sabía por experiencia que tenía que suceder así? "¡No piense en lo que tiene que hacer; no reflexione en cómo hacerlo! -exclamaba-. El tiro sólo se produce suavemente cuando toma al arquero por sorpresa. Debe ser como si la cuerda atravesara súbitamente el pulgar que la sostiene. No debe abrir la diestra deliberadamente."

Se sucedieron así semanas y semanas de infructuosa práctica. Podía tomar una y otra vez por modelo la forma en que el Maestro disparaba, observar con mis propios ojos, atentamente, cómo se originaba el disparo correcto; pero ni una sola vez mis esfuerzos fueron coronados por el éxito. Si, esperando en vano el disparo, cedía a la fuerza de la tensión porque ésta comenzaba a hacerse insoportable, entonces mis manos eran lentamente separadas al unísono y el tiro fracasaba. Si resistía firmemente la tensión hasta quedar jadeante, sólo podía hacerlo pidiendo ayuda a los músculos de hombros y brazos.

Quedaba entonces de pie allí, inmóvil -"como una estatua" solía decir burlonamente el Maestro- pero tenso, ya que todo mi relajamiento se había evaporado.

Quizás por azar o porque el Maestro así lo hubiera deliberadamente dispuesto, un día nos encontramos reunidos en torno de una taza de té. Aproveché la ocasión para hablar de la cuestión y le dije claramente lo que sentía.

"Comprendo perfectamente -le dije- que la mano no debe abrirse con una sacudida para que el tiro no se eche a perder. Pero por más que lo intento, siempre me sale mal. Si aprieto la mano lo más fuerte posible, no puedo evitar que se sacuda cuando abro los dedos. Si trato en cambio de mantenerla relajada, la cuerda se suelta antes de haber alcanzado su punto máximo de extensión, inesperadamente, es verdad, pero demasiado pronto sin embargo. Me debato entre estos dos fracasos y no veo ninguna salida." "Debe sostener la cuerda extendida -repuso el Maestro-, como un niño de pecho se aferra al dedo que se le ofrece. Se aferra tan firmemente que uno se maravilla ante la fuerza del diminuto puño. Y cuando suelta el dedo, no produce la menor sacudida. ¿Sabe por qué? Porque un niño no piensa: “ahora soltaré el dedo para tomar esta otra cosa”. Totalmente inconsciente de sí, sin propósito, se vuelve de una a otra cosa y diríamos que juega con ellas si no fuera igualmente verdad que las cosas están jugando con el niño".

-Creo comprender la alusión que encierra su comparación observé. Pero, ¿no estoy en una situación diametralmente distinta? Cuando he estirado el arco, llega un momento en que siento: a menos que el tiro se precipite, no podré seguir soportando la tensión. ¿y qué sucede entonces? Simplemente, me quedo sin aliento y por lo tanto debo disparar el tiro de una buena vez, lo quiera o no, pues ya no puedo esperar más.

-Acaba de hacer una excelente descripción -replicó el Maestro- acerca de dónde reside precisamente la dificultad. ¿Sabe por qué no puede esperar el tiro y por qué se queda sin aliento antes de que haya llegado? El tiro correcto en el momento debido no llega porque usted no se deja ir. No espera la realización, sino que se asegura el fracaso. Mientras sea así no tiene otra alternativa que producir usted mismo algo que debería ocurrir independientemente de su voluntad, y mientras sea usted quien lo produzca su mano no se abrirá en la forma debida, como se abre la mano de un niño, como la piel de una fruta madura.

Tuve que admitir ante el Maestro que esta interpretación me dejaba más perplejo que nunca. "Fundamentalmente -dije- lo que hago es extender el arco y disparar la flecha con el objeto de dar en el blanco. La extensión del arco es, por ende, un medio orientado hacia un fin y no puedo pasar por alto esta relación. El niño ignora todo esto, pero para mí ambas cosas no pueden disociarse."

-El verdadero arte -exclamó el Maestro- carece de propósito, de fin determinado. Cuanto más obstinadamente trate de aprender a disparar la flecha para acertar el blanco, menos logrará lo primero y más se alejará de lo segundo. Lo que se interpone en su camino es el hecho de que usted posee una voluntad demasiado terca. Usted piensa que lo que no hace por sí mismo simplemente no sucede.

-¡Pero si usted mismo me ha dicho a menudo que la arquería no es un pasatiempo, un juego sin objeto, sino una cuestión de vida o muerte!

-Y lo sostengo. Los Maestros arqueros decimos: ¡Un tiro, una vida! El significado de esto aun no lo comprendo, pero quizás le ayude otra imagen que alude a la misma experiencia. Los Maestros arqueros decimos: con el extremo superior del arco el arquero penetra el cielo; del extremo inferior, como si estuviera sujeta por un hilo, pende la tierra. Si el tiro es disparado con una sacudida, corremos el peligro de que el hilo se rompa. Para la gente voluntariosa y violenta, la ruptura es definitiva y quedan
suspendidos en el terrible centro, entre la tierra y el cielo.

-¿Qué hacer entonces? - pregunté meditativamente.

-Aprender a esperar como es debido.

-Y ¿cómo se aprende eso?

-Dejándose ir, dejando atrás a usted mismo y todo lo suyo en forma tan decisiva que sólo quede de su persona una tensión sin objeto.

-¿Debo, pues, tornarme voluntariamente involuntario? - me oí decir.

.-Ningún alumno me ha hecho jamás esa pregunta, así que en realidad no conozco la respuesta.

-Y ¿cuándo empezaremos con los nuevos ejercicios?

-Espere a que llegue el momento.


V

Esta conversación, la primera de carácter íntimo que tuve oportunidad de mantener con el Maestro desde que se iniciara mi instrucción, me dejó extraordinariamente perplejo. Habíamos tocado al fin el tema, la razón por la cual me había decidido a aprender el arte de los arqueros. ¿No era acaso ese "dejarse ir" -del que había hablado el Maestro-, una etapa en el camino hacia la vacuidad y el desprendimiento? ¿No había llegado por fin al punto donde la influencia de la doctrina Zen en el arte de los arqueros comenzaba a hacerse sentir? Qué relación podía existir entre la capacidad de espera gratuita y el disparo de la flecha en el momento adecuado, cuando la tensión alcanzaba espontáneamente su cenit, era algo que no podía absolutamente imaginar. Pero, ¿por qué tratar de anticipar in mente lo que sólo puede enseñar la experiencia ?

¿No era tiempo ya de que renunciara a este estéril hábito?

¡Cuán frecuentemente había envidiado en secreto a todos aquellos alumnos del Maestro que dejaban como niños que se les tomara de la mano y se los guiara ¡Qué maravilloso debe resultar poder hacerlo sin reservas! Tal actitud no debe necesariamente llevar a la indiferencia y al estancamiento espiritual. ¿No pueden los niños al menos hacer preguntas?

Para mi gran desilusión, en la clase siguiente el Maestro continuó con los ejercicios anteriores: extender el arco, sostenerlo y disparar. Pero todo su estímulo de nada me servía. Aunque, obedeciendo sus instrucciones, trataba de no ceder a la tensión, luchando más allá de ella, como si la naturaleza del arco no impusiera límites, aunque trataba de esperar hasta que la tensión, simultáneamente, se colmara y se liberara en el disparo, a pesar de todos mis esfuerzos, todos los tiros se malograban, embrujados, vacilantes, tiros de chapucero. Sólo cuando se hizo evidente que no tenía sentido continuar con estos ejercicios, sino que por el contrario estaban resultando positivamente peligrosos, pues me sentía cada vez más oprimido y aplastado por un presentimiento de frustración, el Maestro resolvió cambiar de táctica.

- En adelante, cada vez que asistan a clase -nos advirtió-, traten de concentrarse en el camino. Concéntrense, fijen su pensamiento en lo que sucede en el aula. Pasen junto a las cosas 'Sin notarlas, como si hubiera una sola, única cosa en el mundo verdaderamente importante y real: la arquería.

El proceso del "dejarse ir" estaba también dividido en etapas, que debían ser franqueadas cuidadosamente; y también en este caso el Maestro se contentó con unas breves sugestiones. Para ejecutar estos ejercicios basta con que el alumno comprenda -o en algunas ocasiones solamente adivine- lo que se exige de él. De ahí que no sea necesario conceptuar las distinciones que son tradicionalmente expresadas en imágenes. y quién sabe si estas imágenes, nacidas de siglos de práctica, no pueden llegar a profundidades mayores que las accesibles a todo nuestro conocimiento cuidadosamente elaborado.

El primer paso en esta dirección ya había sido dado. Había conducido a un relajamiento del cuerpo, sin el cual el arco no puede ser correctamente extendido. A fin de disparar con acierto el tiro, el relajamiento físico debe ser apoyado por un relajamiento mental y espiritual, de modo de conseguir una mente no sólo ágil, sino libre: ágil por su libertad y libre por su misma agilidad; y esta agilidad es esencialmente distinta de todo cuanto por lo común se entiende por agilidad mental. Así, entre estos dos estados de relajamiento físico por un lado y de libertad espiritual por el otro, hay una diferencia de nivel que no puede ser superada por el mero control de la respiración, sino, y únicamente, por la renuncia a las ligaduras de todo tipo, desprendiéndose enteramente del ego, de manera que el alma, sumergida en sí misma, alcance la plenitud de su innominado origen.

La exigencia de que la puerta de los sentidos sea cerrada no es satisfecha apartándose enérgicamente del mundo sensible, sino más bien mediante la disposición a ceder sin resistencia. A fin de poder realizar instintivamente esta actividad inactiva, el alma necesita un punto de apoyo interior y lo consigue concentrándose en la respiración.

Este paso es ejecutado conscientemente y con una escrupulosidad que linda con lo pedantesco. La inspiración, y asimismo la expiración, son practicadas una y otra vez con el mayor esmero y no es necesario esperar mucho para comprobar los resultados. Cuanto más nos concentramos en la respiración, más quedan relegados a segundo plano los estímulos externos; se hunden en una especie de sordo bramido que se empieza por oír con sólo la mitad de un oído y, al fin, no resulta más perturbador que el distante rumor del mar, el cual, una vez que nos hemos acostumbrado a su reclamo, ni siquiera existe para nosotros. Con el tiempo nos vamos haciendo inmunes a estímulos mayores y simultáneamente el desprendimiento de ellos es cada vez más rápido y fácil. Sólo se debe prestar atención a que el cuerpo esté bien relajado, ya sea en posición de pie, ya sea sentado o acostado, y si entonces nos concentramos en la relajación, no tardamos en sentirnos envueltos en capas impermeables de silencio; y lo único que sabemos y sentimos es que respiramos, y para desprenderse de esta sensación, de este conocimiento, no es necesario tomar ninguna nueva decisión pues espontáneamente la respiración va adquiriendo un ritmo cada vez más pausado y haciéndose cada vez más económica con respecto al aliento, hasta que, por último, se desliza gradualmente en una borrosa monotonía que escapa por completo a nuestra atención.

Este exquisito estado de indiferente inmersión en uno mismo no es por desgracia muy duradero, pues puede ser interrumpido por un agente interior. Como si surgieran de la nada, estados de ánimo, sensaciones, deseos, inquietudes y hasta pensamientos aparecen incontinentemente en una mezcla sin sentido y, cuanto más absurdos son, menos los hemos buscado voluntariamente y menos tienen que ver con aquello en lo cual hemos fijado nuestra conciencia, y, asimismo, mayor es su obstinación. Es como si quisieran vengarse de la conciencia por haber penetrado a través de la concentración en reinos que de otro modo jamás hubiera podido alcanzar. La única forma de subsanar esta perturbación es seguir respirando, tranquilamente, apaciblemente, a fin de "entrar en" relaciones amistosas con cualquier cosa que aparezca en escena, acostumbrarse a ella, contemplarla serenamente y cansarse al fin de mirarla. De tal modo se va entrando gradualmente en un estado que se asemeja a la fundente somnolencia que precede al sueño.

Penetrar enteramente en él es el riesgo que debemos evitar en todo momento. Esto se logra mediante un peculiar "sobresalto" de la concentración, comparable tal vez al de un hombre que ha permanecido despierto toda la noche y que sabe que su vida depende de que todos sus sentidos permanezcan alerta; y si este peculiar sobresalto logra su propósito aunque más no sea una vez, puede repetírselo con confianza y seguridad. Con su ayuda, el alma llega a un punto en el cual vibra de sí y en sí, una serena pulsación que puede ser sublimada en el sentimiento y que se puede experimentar sólo en raros sueños increíblemente livianos, y la arrobada certeza de poder poner en actividad energías en cualquier dirección, intensificar o liberar tensiones graduadas con el máximo de precisión.

Este estado, en el que no se piensa, proyecta, busca desea o espera nada definido, que no apunta en ninguna dirección en especial y que se sabe sin embargo capaz de lo posible y lo imposible, tan indomeñable es su poder, este estado que en el fondo es ausencia de propósito y de ego, era llamado por el Maestro un estado verdaderamente "espiritual". La verdad es que está cargado de conciencia espiritual y de ahí que también se lo llame "auténtica presencia del espíritu". Esto significa que la mente, inteligencia o espíritu está presente en todas partes pues no está arraigada en lugar alguno en especial y puede permanecer siempre presente ya que, aun cuando esté relacionada con este o aquel objeto, no se adhiere a él por reflexión ni pierde por ello su movilidad originaria. Como el agua que colma una laguna, siempre dispuesta a fluir nuevamente en cuanto se la deje en libertad, puede poner en acción su inagotable poder pues es libre y está abierto a todo ya que está vacío. Tal estado es esencialmente un estado primordial y su símbolo, el círculo vacío, no carece de significado para quien se halla en su interior.

De la plenitud de esta presencia del espíritu, que no es perturbada por ningún motivo ulterior, el artista libre de todo apego debe extraer su propio arte. Pero si bien debe entregarse plenamente al proceso creador, confundiéndose con él, es necesario al mismo tiempo allanar el camino para la práctica del arte. Por cuanto si en su autoinmersión vióse enfrentado por una situación que no pudo superar instintivamente, tendrá primero que allegarla a la conciencia. Penetraría nuevamente entonces en todas las relaciones de las cuales hubo de desprenderse; se asemejaría a una persona despierta que estudia su programa de la jornada y no a un "Despertado", que vive y trabaja en el estado primordial. Nunca le parecería que las diversas fases del proceso creador fueran manejadas a través de sus manos por un poder superior, no experimentaría jamás la forma embriagadora en que la vibración de un acontecimiento le es comunicada, a él que en sí mismo no es más que una vibración, y cómo todo cuanto hace ha sido hecho antes de que él pudiera saberlo. El necesario desprendimiento y la liberación de sí, la introspección e intensificación de la vida hasta alcanzar plenamente la presencia de espíritu, no son por lo tanto librados al azar o a las condiciones favorables, y menos aun al proceso de la creación misma -que exige ya de por sí todas las energías y talentos del artista- con la esperanza de que la concentración anhelada aparezca espontáneamente. Antes de toda acción y toda creación, antes de que comience a dedicarse y adaptarse a su labor, el artista convoca su presencia de espíritu y se asegura de ella mediante la práctica; pero a partir del momento en que la ha conseguido y no sólo en intervalos aislados, sino que la tiene en pocos minutos- en la punta de los dedos, la concentración, como la respiración, comienza a relacionarse con el arte de los arqueros. A fin de penetrar más fácilmente en el arduo proceso de extensión del arco y disparo de la flecha, el arquero, arrodillado hacia un costado y que ha comenzado ya a concentrarse, se pone de pie, avanza ceremoniosamente hacia el blanco y, con una profunda reverencia, ofrece arco y flecha como objetos consagrados, coloca luego la flecha en la muesca, eleva el arco, lo extiende y espera en actitud de suprema vigilancia espiritual. Después de la aligerante liberación de la flecha y de la tensión misma, el arquero permanece en la postura que adoptó inmediatamente después del tiro, hasta que, una vez expelido lentamente todo el aliento de sus pulmones, se ve obligado a inhalar una vez más. Sólo entonces deja caer los brazos, se inclina ante el blanco y, si no tiene ya flechas que tirar, retrocede calladamente hacia el fondo del recinto.

El arte de los arqueros se convierte así en una ceremonia ejemplificadora de la Gran Doctrina. Aun cuando el alumno no capte debidamente en esta etapa la verdadera significación de sus tiros, comprenderá al menos por qué la arquería no puede limitarse a ser un mero deporte, un ejercicio gimnástico. Descubrirá por qué la parte técnicamente asimilable del arte debe ser practicada hasta la plenitud. En la medida en que el logro depende de que el arquero no se haya fijado ningún fin determinado y de que abstraiga su propia persona de ese logro, la ejecución exterior debe producirse automáticamente, prescindiendo de la inteligencia que reflexiona y gobierna.

Es precisamente este dominio formal lo que el método japonés de instrucción trata de inculcar en el neófito.

La práctica, la incansable repetición son sus características distintivas durante buena parte de los cursos, y esta regla es ley para todas las artes tradicionales. La demostración, el ejemplo; la intuición, la imitación; tal es la relación fundamental que une a Maestro y alumno, aunque con la introducción en estas últimas décadas de
nuevas materias de estudio, los métodos europeos de enseñanza han ganado también fama y han sido aplicados con una comprensión indiscutible. ¿Cómo puede entonces entenderse que, pese al entusiasmo inicial por todo lo nuevo, las artes japonesas no hayan sido afectadas en su esencia por estas reformas educativas?

No es fácil responder a esta pregunta. Debemos intentarlo, sin embargo, aunque más no fuera bosquejando, a fin de arrojar un poco más de luz sobre el estilo mismo de la enseñanza y el verdadero significado de la imitación.

El alumno aporta tres cosas: buena educación, amor apasionado por el arte que ha elegido y una veneración incondicional por su Maestro. La relación maestro-alumno forma parte desde la más remota antigüedad de los compromisos básicos de la vida y presupone; por lo tanto, de parte del Maestro, una enorme responsabilidad que rebasa ampliamente los límites de sus deberes profesionales.

Al principio no se exige al alumno otra cosa que la mera imitación consciente de cuanto el Maestro hace. Éste, para evitar largas y engorrosas explicaciones e instrucciones, se contenta con dar algunas órdenes superficiales y pasa por alto las preguntas del alumno. Contempla impasible sus esfuerzos más desatinados, sin esperar siquiera independencia o iniciativa, y aguarda pacientemente el desarrollo, la evolución, la madurez. Ambos (alumno y Maestro) disponen de tiempo; el Maestro no insiste y el alumno no se recarga de trabajo.

Lejos de pretender despertar prematuramente al artista que duerme en el discípulo, el Maestro entiende que su primer deber consiste en convertirlo en un experto artesano con absoluto dominio de su oficio, y el alumno persigue ese objetivo con infatigable laboriosidad. Como si careciera en realidad de mayores aspiraciones, se inclina ante su carga con una especie de terca, obtusa devoción, sólo para descubrir con el correr del tiempo que las formas que ya domina perfectamente no son en modo alguno medios de opresión y sujeción, sino antes bien, por el contrario, instrumentos de liberación. Diariamente se va haciendo más capaz de obedecer a cualquier inspiración sin el menor esfuerzo técnico y de dejarla penetrar en él a través de una escrupulosa observación. La mano que guía el pincel ha aprendido ya y ejecutado lo que flotaba en la mente en el mismo instante en que la mente comenzaba a concebirlo, y, al final, el alumno ya no sabe a cuál de las dos -mente o mano- atribuir la paternidad de lo creado.

Pero, para llegar a ese estadio, para que la pericia se vuelva "espiritual", es necesaria una concentración de todas las fuerzas físicas y psíquicas igual que en el arte de los arqueros que, según se podrá apreciar en los ejemplos siguientes, es en todas las circunstancias, absolutamente imprescindible.

Un pintor se sienta ante la clase, examina su pincel y lo prepara lentamente, lo embebe con cuidado en la tinta, endereza la larga tira de papel que se extiende delante de él sobre la estera y, finalmente, después de sumergirse por un momento en una profunda concentración, en la que parece estar rodeado por un halo de inviolabilidad, pinta, con trazos seguros y rápidos, un cuadro que no necesita ya de correcciones ni modificaciones y puede, por ende, servir de modelo a la clase.

Un maestro del arreglo floral inicia su clase desciñendo cautelosamente la cuerda que mantiene unidas en un haz las flores y las ramas, y las va depositando cuidadosamente a un costado. Examina luego las ramas, una por una, elige la mejor, la curva prudentemente imprimiéndole con minuciosa exactitud la forma que corresponde al papel que le tocará desempeñar en el conjunto y finalmente las arregla en un exquisito florero. La obra, una vez terminada, da la impresión de que el Maestro hubiera adivinado lo que la Naturaleza misma vislumbra en sus sueños más recónditos.

En estos dos casos (y debo limitarme a ellos) los Maestros se comportan como si en realidad estuvieran solos.

Difícilmente condescienden a mirar a sus alumnos y mucho menos a dirigirles la palabra. Realizan los movimientos preliminares de una manera contemplativa y serena, se abstraen de sí mismos en el proceso de modelamiento y creación, que tanto para ellos como para sus alumnos es un logro absoluto desde las primeras maniobras introductorias    hasta que la obra alcanza su ápice de perfección; y,    ciertamente, todo el proceso tiene un poder expresivo tal que actúa en el espectador como un cuadro.

Pero, ¿por qué el Maestro no deja que estas operaciones preliminares, inevitables en sí mismas, queden simplemente a cargo de un alumno adelantado? ¿Acaso el hecho de que sea él mismo quien desciña cuidadosamente la cuerda, en vez de cortarla simplemente y arrojarla a un canasto, y embeba el pincel en tinta, presta alas a su inspiración? Y, ¿qué lo impulsa a repetir esta operación en cada clase y con la misma rigurosa, inflexible insistencia, a invitar a sus alumnos a copiarla hasta en el más mínimo detalle, sin permitir la más leve modificación? El Maestro se ciñe a esta costumbre tradicional pues sabe por experiencia que tales preparativos le permiten tener    simultáneamente acceso a la estructura mental indispensable para el proceso de creación. El reposo meditativo en el cual realiza esta minuciosa labor le permite lograr el relajamiento y la uniformidad vitales de todas sus capacidades y potencias, ese sosiego y presencia de espíritu sin los cuales el verdadero trabajo es prácticamente imposible. Sumergido sin propósito determinado en cuanto está haciendo, es enfrentado así ese momento ideal en que la obra, revoloteando ante él en líneas ideales, acaba por realizarse a sí misma casi espontáneamente. Así como en el arte de los arqueros los pasos y posturas son fundamentales aquí, otros preparativos, que han ido sufriendo modificaciones, tienen el mismo profundo significado. Sólo cuando esto no se cumple, como en el caso de los actores y danzarines religiosos, la concentración e inmersión en sí mismo son practicadas antes de presentarse en escena.

Como en el caso del arte de los arqueros, no puede dudarse que estas artes son ceremonias. Más claramente que lo que el Maestro podría expresarlo con palabras, ellas dicen al alumno que el artista sólo consigue la disposición mental requerida cuando la preparación y la creación, la parte técnica y la artística, lo material y lo espiritual, el propósito y el objeto, fluyen aunados, consubstanciados, sin interrupción. y de aquí un nuevo motivo de emulación. Se le exige, entonces, que ejerza un perfecto control en las diversas formas de concentración y abstracción de sí mismo. La imitación, que ya no es aplicada a contenidos objetivos que cualquiera sería capaz de copiar con un poco de buena voluntad, se torna más relajada y rápida, más espiritual. El alumno vislumbra así nuevas posibilidades, pero descubre al mismo tiempo que su realización no depende en absoluto de su buena voluntad personal. Suponiendo que su talento pueda sobrevivir a la creciente tensión, tropezamos con un peligro difícilmente evitable que acecha al alumno en su camino hacia la maestría. Y no es precisamente el riesgo de dilapidarse en una inútil auto complacencia -pues el oriental carece en verdad de aptitud para este culto del ego- sino más bien el peligro de estancarse en su realización, confirmada por el triunfo y magnificada por el renombre: en otras palabras, el riesgo de comportarse como si la existencia artística fuera una forma de vida que atestiguara su propia validez.

El Maestro prevé este peligro. Cuidadosamente y con el arte sutil de un psicoanalista, trata de detener a su alumno a tiempo y de desprenderlo de sí mismo. Lo hace señalando casualmente, y como si apenas fuera digno de mención en vista de todo cuanto el alumno ya ha aprendido, que todo logro sólo puede ser perfeccionado en un estado de verdadera abstracción de sí, en que el actor ya no puede estar presente como “él mismo”. Sólo está presente el espíritu, una especie de conciencia sin vestigios de egotismo; de ahí que se extienda sin límites a través de todas las distancias y profundidades, con "ojos que oyen y oídos que ven".

De este modo el Maestro permite al alumno que siga viajando por sí mismo. Pero el alumno, cada vez más receptivo, deja que el Maestro lo induzca a ver algo de que ha oído hablar a menudo pero cuya realidad tangible sólo entonces comienza a captar a través de sus propias experiencias. El nombre que el Maestro le da es inmaterial, aunque lo domine totalmente. Y el alumno lo comprende aunque permanezca callado.

Lo importante es que de esta manera se inicia un movimiento hacia adentro, hacia el interior. El Maestro lo persigue pacientemente y, sin tratar de influir en su curso con nuevas instrucciones, que no harían sino perturbarlo, ayuda a su alumno en la forma más íntima y secreta que conoce: por transferencia directa del espíritu, como se dice en los círculos budistas. "Así como nos servimos de una vela encendida para iluminar a otros", así el Maestro transfiere el espíritu del verdadero arte de corazón a corazón para que este último también pueda iluminarse. Si esto es trasmitido así al alumno, éste recordará que mucho más importante que todos los trabajos y pasos anteriores, por atractivos que parezcan, es el trabajo interior que debe cumplir si verdaderamente quiere realizarse como artista.

El trabajo interior consiste, sin embargo, en la conversión del hombre que el artista es y del yo que el artista siente y perpetuamente descubre que es, en la materia prima de un adiestramiento y modelamiento cuyo fin es la maestría. En ella, el artista y el ser humano se hacen uno en algo más elevado pues la maestría prueba su validez como una forma de vida cuando reside en la verdad sin límites y, sustentada por ella, se convierte
en arte del origen. El Maestro ya no busca, encuentra.

Como artista es el hombre hierático; como hombre, el artista cuyo corazón, en todo su hacer y no hacer, trabajar y esperar, ser y no ser el Buda clava su mirada.

El hombre, el arte, el trabajo, todo es una sola y misma cosa. El arte del trabajo interior, que a diferencia del exterior no se separa del artista, que éste no "hace" y sólo puede "ser", surge de profundidades de las cuales nuestra época nada sabe.

Arduo y escarpado es el camino hacia la maestría. A menudo lo único que mantiene al alumno firme en su propósito es su fe en su preceptor, cuya maestría está ahora empezando a comprender verdaderamente. El Maestro es para él un ejemplo viviente del trabajo interior y convence por su sola presencia.

Hasta dónde llegará el alumno no es incumbencia del instructor y Maestro. Apenas ha alcanzado a mostrarle el sendero cuando ya debe dejarlo que continúe solo.

Hay una única cosa más que puede hacer para ayudarlo a soportar su soledad: alejarlo de él, del Maestro, exhortándolo a ir aún más lejos de donde él ha podido llegar y a "subir sobre los hombros de su preceptor".

Dondequiera pueda llevarlo su camino, el alumno, aunque deje de ver a su Maestro, nunca podrá olvidarlo.

Con una gratitud tan grande como la veneración incondicional del aprendiz, tan intensa como la fe salvadora del artista, ocupa ahora el lugar del Maestro y se dispone a cualquier sacrificio. Innumerables ejemplos que llegan hasta un pasado próximo, atestiguan que esta gratitud supera ampliamente lo habitual en el género humano.


VI

Cada día que pasaba descubría que iba penetrando con mayor facilidad en la ceremonia preliminar que sirve de antesala a la Gran Doctrina de la arquería, cumpliéndola sin esfuerzo o, para ser más preciso, sintiéndome llevado a través de ella como en un sueño. En este sentido las predicciones del Maestro se hicieron realidad. Sin embargo, me era literalmente imposible evitar que la concentración disminuyera en el preciso instante en que debía "llegar" el disparo. El acto de esperar en el punto de mayor tensión no sólo se hizo tan fatigoso que la tensión se reducía hasta aflojarse, sino tan penoso que me sentía constantemente "arrancado" de mi autoinmersión y tenía que dirigir inevitablemente mi pensamiento hacia el acto de disparar el tiro.

-¡Deje de pensar en el tiro! -exclamaba el Maestro.

De ese modo está condenado a fallar .

-No puedo evitarlo -contestaba-; la tensión se vuelve demasiado dolorosa.

-La siente sólo porque no ha conseguido desprenderse realmente de sí mismo. Todo es muy simple. Puede aprender qué debe hacer de una hoja de bambú, que se va inclinando cada vez mas bajo el peso de la nieve y, de pronto, la nieve se desliza hasta el suelo sin que la hoja se haya siquiera estremecido. Permanezca de esa misma manera en el punto de mayor tensión hasta que el tiro "caiga". Así en verdad: cuando la tensión ha llegado al colmo, el tiro debe "caer" por sí mismo, debe caer del arquero como la nieve de una hoja de bambú, antes de que él haya podido siquiera pensarlo.

Pese a todo cuanto hiciera o dejara de hacer era incapaz de esperar hasta que el tiro "cayera" y, como antes, no me quedaba otra alternativa que la de dispararlo deliberadamente. Este obstinado fracaso me deprimía aún más por cuanto ya había cumplido mi tercer año de instrucción. No negaré que he pasado muchas horas sombrías preguntándome si podía justificar este derroche de tiempo que no parecía tener ninguna relación concebible con lo que había realmente aprendido y experimentado hasta entonces. La sarcástica observación de un compatriota de que en el Japón había otras muchas cosas que hacer y que aprender además de ese "miserable arte", volvía a mi memoria, y aunque la había desechado en aquel momento, su pregunta acerca de qué me proponía hacer luego con mi arte una vez que lo hubiera aprendido -si llegaba a aprenderlo- ya no me parecía tan absurda.

El Maestro debe de haber comprendido lo que estaba ocurriendo en mí. Como Komachiya me contara luego, había tratado de leer una introducción japonesa a la filosofía tratando de hallar la manera de ayudarme desde un plano que me fuera familiar. Pero había dejado el libro con enojo y había observado que por fin comprendía la razón por la cual a una persona que podía interesarse en esas cosas le resultaba tan excepcionalmente difícil aprender el arte de los arqueros.

Pasamos nuestras vacaciones de verano a orillas del mar, en la soledad de un paisaje tranquilo y de ensueño, que se singularizaba por su delicada belleza. En nuestro equipaje y como lo más importante, habíamos llevado nuestros arcos. Día tras día me concentraba apasionadamente en el disparo de la flecha. Se había ya convertido en una idée fixe que me hacía olvidar cada vez más la advertencia del Maestro de que lo único que debía practicar era la inmersión en el autodesprendimiento.

Después de examinar cuidadosamente todas las posibilidades, llegué a la conclusión de que el error no podía residir donde el Maestro suponía, esto es en mi incapacidad de autodesprendimiento y olvido de mí mismo, sino en el hecho de que los dedos de mi mano derecha oprimían exageradamente el pulgar. Cuanto más tiempo tenía que esperar el tiro, más convulsamente lo apretaba sin advertirlo, y precisamente en este sentido, me dije a mí mismo, debía encauzar mis esfuerzos. Había, pues, encontrado una solución simple y evidente. Si después de extender el arco, disminuía cuidadosamente la presión de los dedos sobre el pulgar, éste, libre de ella, era "arrancado" de su posición original, como si todo hubiera sucedido espontáneamente: de tal manera el disparo "rayo" se hacía posible y la flecha evidentemente "caería como desde una hoja de bambú". Este nuevo descubrimiento me parecía aún más feliz por su seductora afinidad con la técnica del tiro con carabina, en que el índice es curvado lentamente hasta que una presión cada vez más leve y suave vence la última resistencia.

No tardé en convencerme de que estaba en el buen camino. A mi modo de ver, casi todos los tiros se producían suavemente e inesperadamente, aunque no dejaba por cierto de advertir la otra cara de este triunfo: el trabajo de precisión de mi diestra exigía una cuidadosa vigilancia. Pero me autoalentaba con la esperanza de que esta solución técnica fuera haciéndose gradualmente tan habitual que pudiera prescindir del cuidado, hasta que llegara al fin el día en que pudiera, gracias a ella, disparar el tiro haciendo abstracción de mí mismo e inconscientemente en el momento de mayor tensión y que en este caso la destreza técnica acabaría espiritualizándose. Cada vez más confiado y convencido acallé mis propias objeciones, ignoré los consejos de mi esposa y partí con la satisfactoria sensación de haber realizado un progreso decisivo.

El primer tiro que disparé apenas reanudadas las clases, fue en mi opinión espléndido. Absolutamente suave, inesperado. El Maestro me observó un momento y luego, vacilante, como alguien que no acaba de creer en lo que ven sus ojos, murmuró: "¡Otra vez, por favor!" El segundo tiro me pareció aun mejor que el primero. El Maestro se acercó sin decir una palabra, tomó el arco de mis manos y se sentó en un almohadón, de espaldas a mi. Yo sabía muy bien qué significaba eso, y me retiré en silencio.

Al día siguiente Komachiya me informó que el Maestro se negaba a seguir enseñándome pues había tratado de engañarlo. Horrorizado hasta lo indecible por su interpretación de mi conducta, expliqué a Komachiya la razón por la cual, con el propósito de salir del estancamiento en que me hallaba desde hacía tiempo, había ideado ese método. Komachiya intercedió en mi favor y por último el Maestro cedió, pero con la expresa condición de que le prometiera formalmente no reincidir ofendiendo una vez más el espíritu de la Gran Doctrina.

Si una profunda sensación de vergüenza no hubiera bastado para curarme, la actitud del Maestro lo había sin duda conseguido. No hizo la más mínima alusión al desdichado incidente; sólo me dijo con voz serena:

-Ya ve cuáles son las consecuencias de no saber esperar sin propósito ni designio alguno en el momento de mayor tensión. Ni siquiera puede aprender a hacerlo sin preguntarse continuamente: ¿seré capaz? ¡Espere con paciencia y vea lo que sucede y cómo sucede!

Le hice recordar que estaba ya en mi cuarto año de instrucción y que el tiempo de mi estadía en el Japón era limitado.
-¡El camino hacia la meta no debe medirse! ¿Qué importancia tienen las semanas, los meses o los años?

-Pero, ¿qué ocurrirá si me veo obligado a interrumpir las clases a mitad de camino? -pregunté.

-Una vez que haya conseguido desprenderse realmente del ego, podrá interrumpirlas en cualquier momento. Siga practicando.

Y así volvimos a comenzar desde el principio, como si todo lo que había aprendido hasta entonces hubiera sido inútil. Pero el acto de esperar en el estado de mayor tensión no resultaba más fructuoso que antes, como si ya me fuera imposible hacer el más mínimo progreso.

Un día me atreví a preguntar:

-¿Cómo puede dispararse el tiro si "yo" no lo hago?

-Ello lo hará -respondió.

-Le he oído decir eso mismo en varias oportunidades, de modo que permítame que le formule la misma pregunta de otra manera: ¿cómo puedo esperar el tiro si yo ya no estoy allí?

-Ello espera en el punto de máxima tensión.

-Y ¿quién o qué es ese Ello?

-Cuando lo haya comprendido ya no necesitará de mí. Y si yo tratara de darle el menor indicio en detrimento de su propia experiencia, sería el peor de los Maestros y merecería ser despedido. Por lo tanto, basta de hablar de eso y siga practicando.

Pasaron semanas sin que pudiera adelantar un paso, pero descubrí que esto no me inquietaba en lo más mínimo.

¿Acaso me había cansado de todo el asunto? Que aprendiera o no los secretos del arte, que experimentara o no lo que el Maestro quería significar con su Ello, que encontrara o no el sendero que me conduciría hacia el Zen, todo me parecía de pronto tan ajeno, tan indiferente, que ya no me preocupaba. Varias veces quise hablar con el Maestro del asunto, pero cuando abría la boca para empezar perdía el valor; estaba convencido de que nunca oiría otra cosa que la misma monótona respuesta: "¡No pregunte, practique!" Dejé, pues, de preguntar y también me habría gustado dejar de practicar, de no haber sido porque el Maestro me tenía completamente en sus manos. Vivía al día, hacía mi trabajo profesional lo mejor posible y al final dejé de lamentar el hecho de que todos
mis esfuerzos de los últimos años hubieran sido prácticamente inútiles.

Así, un día, después de haber disparado uno de mis tiros, el Maestro hizo una profunda reverencia e interrumpió la lección:

-¡Ahora! -dijo, mientras yo lo contemplaba asombrado- ¡Sólo ahora se disparó!

Cuando al fin comprendí qué quería decir, no pude evitar un grito de alegría.

-Lo que he dicho -me advirtió severamente el Maestro- no fue un elogio, fue sólo una afirmación que no debe importarle demasiado. Tampoco mi reverencia estaba destinada a usted, pues usted fue absolutamente inocente de ese disparo. Esta vez permaneció completamente abstraído de sí y sin designio en el estado de mayor tensión, de manera que el tiro se desprendió de usted como una fruta madura. Ahora siga practicando como si nada hubiera ocurrido.

Sólo después de un considerable lapso volvieron a producirse, ocasionalmente, tiros perfectos, que el Maestro señalaba con una profunda inclinación. Cómo había sucedido que se dispararan sin que yo hiciera el menor esfuerzo por lograrlo; cómo había sucedido que mi mano, prietamente cerrada, retrocediera de pronto completamente abierta, eran cosas que no me podía explicar y que sigo sin explicarme. Pero ocurría, yeso era lo que realmente importaba. Al menos llegué a distinguir sin ayuda los tiros "buenos" de los "falsos". La diferencia cualitativa es tan grande que es prácticamente imposible pasarla por alto una vez experimentada. Exteriormente, para el observador, el tiro "bueno" se distingue por el amortiguamiento de la diestra cuando retrocede, de modo que el cuerpo no es agitado por ninguna vibración. Además, después de los tiros "falsos" el aliento hasta entonces contenido es expelido explosivamente y no se puede volver a inspirar con suficiente rapidez, mientras que, después de un tiro "bueno", el aliento brota sin esfuerzo hasta el final y el aire es nuevamente inspirado sin premura. El corazón sigue latiendo uniformemente, tranquilamente, y con la concentración intacta se puede ya esperar el segundo disparo. Pero, interiormente, es decir, para el arquero, los tiros correctos tienen la virtud de hacerle sentir que el día acaba en realidad de comenzar. Se siente en disposición de ánimo para todo correcto actuar y, lo que es quizá aún más importante, para todo correcto no-actuar. Es un estado realmente delicioso. Pero aquel que ha llegado a poseerlo, dijo el Maestro con una sonrisa sutil, haría bien en poseerlo como si no lo poseyera. Sólo la ecuanimidad ininterrumpida puede aceptarlo de tal manera que él no tema retornar.

-Bueno; al menos hemos pasado lo peor- dije al Maestro, cuando me anunció que íbamos a comenzar con nuevos ejercicios.

-Aquel que tenga que andar cien millas deberá considerar noventa la mitad del camino -replicó, citando el proverbio-. Nuestro nuevo ejercicio será disparar a un blanco.

Lo que hasta entonces había servido de blanco receptor de las flechas no era más que un rollo de paja instalado sobre un soporte de madera, colocado a una distancia de dos flechas. El blanco verdadero en cambio estaba situado a una distancia de unos dieciocho metros, sobre un banco de arena elevado y de base ancha. La arena estaba amontonada contra tres paredes que, lo mismo que el lugar destinado al arquero, era cubierto por un techo de tejas hermosamente curvado. Estas dos "galerías", la que ocupa el arquero y la destinada al blanco, están unidas por altos tabiques de madera que separan del exterior el espacio destinado a esas extrañas actividades. El Maestro procedió a hacernos una demostración de tiro al blanco y las dos flechas que lanzó fueron a clavarse en el disco negro. Luego nos ordenó que representáramos la ceremonia exactamente en la misma forma en que lo habíamos hecho hasta entonces y, sin dejarnos distraer por el blanco, esperar el punto de mayor tensión hasta que el tiro "se desprendiera". Las delgadas flechas de bambú volaron en la dirección correcta pero ni siquiera llegaron al banco de arena y mucho menos al disco que hacía de blanco; fueron a clavarse justo delante de él.

-Vuestras flechas no dan en el blanco -observó el Maestro- porque no llegan suficientemente lejos espiritualmente. Debéis actuar como si la meta estuviera infinitamente lejos. Entre los Maestros arqueros es bien sabido, y todos han hecho esa experiencia, que un buen arquero puede disparar más lejos con un arco de mediana potencia que un arquero no-espiritual con el más potente de los arcos. Pues ello no depende del arco, sino de lá presencia de espíritu, de la vitalidad y la conciencia con que se dispara. Para liberar esta conciencia espiritual en toda su potencia, debe ejecutarse la ceremonia de manera distinta, así como un buen danzarín baila.

Al hacerlo, los movimientos surgirán del centro, del lugar donde reside la respiración correcta. En vez de interpretar la ceremonia como algo que se hubiera aprendido de memoria, deberá ser como si se la estuviera creando según la inspiración del momento, de modo que danza y danzarín sean una sola y misma cosa. Cumpliendo la ceremonia como una danza religiosa, la conciencia espiritual podrá desarrollar plenamente toda su fuerza.

No se hasta qué punto logré "danzar" la ceremonia y de tal manera darle vida desde el centro. El radio de alcance de mis tiros ya no era demasiado corto, pero aun no conseguía que dieran en el blanco. Esto me llevó a preguntar al Maestro por qué nunca nos había enseñado a hacer puntería. Debía existir, así por lo menos me parecía, una relación entre el blanco y la punta de la flecha y por lo tanto un método adecuado para dirigir la visual de manera de afinar la puntería.

-Naturalmente lo hay -dijo el Maestro- y usted mismo puede hallar fácilmente el modo de afinar su puntería. Pero si acaba acertando casi todos los tiros, no será más que un tramposo que se complace en exhibir su destreza. Para el profesional que cuenta sus aciertos, el blanco es sólo un miserable disco de papel que acribilla a flechazos. La Gran Doctrina considera esto algo definitivamente diabólico. La Gran Doctrina prescinde del blanco que está situado a una determinada distancia del arquero; sólo le interesa la meta, a la cual no se puede apuntar técnicamente, y la denomina -si le da alguna denominación- el Buda.

Después de estas palabras, que pronunció como si fueran evidentes en sí, nos pidió que observáramos atentamente sus ojos cuando disparara. Mientras representaba la ceremonia sus ojos permanecían entornados, casi cerrados, y no nos daba la impresión de que en realidad estuviera apuntando.

Obedientemente practicamos el disparo sin tomar puntería. Al principio no me preocupé en absoluto por la dirección que tomaban mis flechas y ni siquiera los aciertos ocasionales me interesaban, pues sabía bien que en cuanto a mí se refería no eran sino pura casualidad. Pero al final este tirar al azar acabó por hartarme y caí nuevamente en mi vieja tentación de preocuparme. El Maestro simulaba no notar mi inquietud, hasta que un día le confesé lisa y llanamente que mi paciencia había llegado al límite.
 
-Lo que pasa es que usted se preocupa sin necesidad -me dijo el Maestro, para alentarme-. ¡Sáquese simplemente de la cabeza la idea de acertar! Usted podrá ser todo un Maestro aunque sus tiros no den en el blanco.

Los aciertos son sólo la prueba, la confirmación superficial de su falta de designio en el punto máximo de tensión, de su desprendimiento del ego, de su abandono de sí o como quiera llamar a ese estado. Hay varios grados de maestría y sólo cuando haya alcanzado el último podrá tener la absoluta seguridad de no errar el tiro.

-Eso es precisamente lo que no consigo meterme en la cabeza -le dije-. Creo comprender lo que usted quiere significar con la meta real, interior, en la que se debe hacer blanco. Pero cómo puede acertarse la meta exterior, el disco de papel, sin que el arquero tome puntería, y cómo los tiros “buenos” son sólo confirmaciones exteriores de acontecimientos interiores, son cosas cuya relación está sinceramente más allá de mis posibilidades de intelección.

-Usted se engaña -dijo el Maestro después de un momento- si se imagina que una comprensión, digamos aproximativa, de estas oscuras relaciones bastará para ayudarlo. Hay procesos que van más allá de toda posibilidad de comprensión. No olvide que aun en la naturaleza existen relaciones prácticamente imposibles de desentrañar y sin embargo son tan reales que nos hemos acostumbrado a ellas, como si no pudieran ser de otra manera. Le daré al respecto un ejemplo: es un problema que he estudiado muchas veces. La araña teje su tela sin saber siquiera que existen moscas que serán apresadas por ella. La mosca, que revolotea indiferente en un rayo de sol, es apresada por la red sin saber lo que le espera. Pero a través de la una y de la otra actúa Ello y ambas están unidas exteriormente e interiormente en la ocasión. Así el arquero da en el blanco sin haber apuntado. Es todo lo que puedo decirle.

Por más que esta comparación ocupara mis pensamientos -sin que pudiera por supuesto considerarla una conclusión satisfactoria -algo en mí se resistía a ser apaciguado y no me dejaba seguir practicando serenamente. Una objeción, que en el curso de las semanas siguientes había ido tomando cuerpo en mi mente, se agitaba imperiosamente en mí. Pregunté pues al Maestro:

-¿No es al menos concebible que usted, después de sus largos años de práctica, levante involuntariamente el arco y la flecha con una seguridad de sonámbulo, de manera que aunque en el acto de tender el arco no apunte conscientemente debe dar en el blanco; simplemente no puede errar el tiro ?

El Maestro, ya acostumbrado a mis tediosas preguntas, sacudió la cabeza:

-No niego -dijo, después de un breve silencio- que pueda haber algo de verdad en lo que usted dice. Enfrento la meta de modo tal que debo verla forzosamente, aun cuando no haya dirigido voluntariamente mi mirada en esa dirección. Por otra parte, sé que esta visión no es suficiente, no decide nada, explica, ya que veo la meta como si no la viera.

-Entonces tiene que poder acertar con los ojos vendados - exclamé.

El Maestro me dirigió una mirada que me hizo temer haberlo insultado y me dijo:

-Venga a verme esta tarde.

Así lo hice. Me senté frente a él en un almohadón. Me sirvió el té en silencio y permanecimos así, sin hablar, un buen rato. El único ruido era el de la pava sobre los
carbones encendidos. Luego, el Maestro se incorporó y me hizo señas de que lo siguiera. La sala de práctica estaba apenas iluminada. Me ordenó que colocara una pequeña vela, larga y delgada como una aguja de tejer, en la arena situada delante del blanco, pero de manera tal que no arrojara ninguna luz sobre el soporte del blanco.

La oscuridad era tan densa que ni siquiera podía ver sus contornos y de no haber estado allí la diminuta llama de la vela, quizá habría podido adivinar la posición del blanco, aunque sin ninguna precisión. El Maestro "danzó" la ceremonia. Su primera flecha surcó la densa penumbra y por el leve rumor que produjo supe que había dado en el blanco. El segundo disparo dio también en el blanco. Cuando iluminé el soporte descubrí con asombro que la primera flecha se había alojado exactamente en el centro geométrico del disco negro, mientras que la segunda había astillado la punta de la primera y se había clavado a su lado. No me atreví a arrancar las flechas una a una y las llevé tal como estaban junto con el blanco.

El Maestro las examinó con mirada crítica.

-El primer tiro -dijo- no fue una gran hazaña, pensará usted, porque después de todos estos años estoy tan familiarizado con el soporte del blanco que debo saber con precisión, aun en la oscuridad más absoluta, donde se halla el blanco. Puede ser y no trataré de afirmar lo contrario. Pero la segunda flecha fue a clavarse prácticamente en la primera; ¿qué piensa usted de eso? Por mi parte se que no he sido yo el autor de este tiro. Ello disparó y Ello acertó. ¡Inclinémonos pues ante la meta como ante el Buda!

Evidentemente el Maestro también había "hecho blanco en mí" con ambas flechas; como transformado de la noche a la mañana no volví a sucumbir a la tentación de preocuparme por mis flechas ni por saber qué ocurría con ellas. El Maestro me indujo a perseverar en esta actitud no mirando jamás el blanco, sino simplemente observando al arquero, como si bastara con ello para obtener la prueba (y la más precisa) de la calidad del tiro y de sus resultados en el blanco. Cuando se lo pregunté, admitió sin titubear que así era en efecto, y pude comprobar una y otra vez por mí mismo su seguridad de juicio en la materia, que no era ni un ápice inferior a la seguridad de sus disparos. De este modo, mediante la concentración más profunda, transfería a sus discípulos el espíritu de su arte y no temo confirmar por mi propia experiencia -de la cual dudara en demasía- que la conversación de comunicación inmediata no es una mera figura retórica sino una realidad tangible. Había otra forma de ayuda que el Maestro nos prestaba, al mismo tiempo, ya la que solía también referirse llamándola "trasferencia inmediata del espíritu". Si yo había estado disparando continuamente en falso, el Maestro tomaba mi arco y disparaba unos cuanto tiros. El progreso luego era francamente asombroso, como si el arco se dejara extender de distinta manera, más voluntariamente, más inteligentemente. Y esto no sólo sucedía conmigo; hasta sus alumnos más antiguos y experimentados, hombres de todas las procedencias y formas de vida, lo consideraban ya algo establecido y se asombraban ante el hecho de que yo les hiciera preguntas como alguien que quiere estar bien seguro. Análogamente, ningún Maestro de esgrima puede ser apartado de su firme, inconmovible convicción de que cada una de las espadas modeladas con tanto arte, trabajo y esmero, asume el espíritu de su artífice quien, por lo tanto, ejecuta su trabajo en traje ritual. Sus experiencias son demasiado sorprendentes y ellos mismos demasiado expertos como para no percibir cómo reacciona una espada en sus manos.

Cierto día el Maestro exclamó de pronto, en el mismo momento en que el tiro "se disparaba":

-¡Allí está! ¡Inclínese ante la meta!

Cuando miré luego el blanco (desgraciadamente no pude evitarlo) vi que la flecha apenas había rozado el borde.

-Fue un tiro perfecto -dijo el Maestro- y es así como debe empezar. Pero basta por hoy; de otro modo se afanaría en el segundo tiro y estropearía tan buen comienzo.

Ocasionalmente varios de estos tiros correctos se sucedían íntimamente encadenados los unos a los otros y daban en el blanco, excepto, naturalmente, la gran mayoría, que se frustraba. Pero si alguna vez mi rostro reflejaba la más mínima señal de satisfacción, el Maestro se volvía hacia mí con inusitada violencia:

-¿Qué está pensando? -exclamaba-. Ya sabe que no debe lamentarse por los malos tiros; aprenda ahora a no regocijarse con los buenos. Debe liberarse de las acechanzas del placer y del dolor y aprender a elevarse sobre ellos en una ecuanimidad natural, a alegrarse como si no hubiera sido usted quien disparó con tanta perfección, sino otro cualquiera. Esto también debe practicarlo sin cesar; no se imagina la importancia que tiene.

En esas semanas y meses atravesé por la experiencia más ardua de toda mi vida y no me era nada fácil acceder a la disciplina que se me imponía, hasta que llegué a comprender cuánto le debía. Ella destruyó los últimos vestigios de toda posible preocupación por mi persona y las fluctuaciones de mis estados de ánimo.

-¿Comprende ahora -me dijo un día el Maestro, después de un disparo especialmente excelente- qué quiero significar con Ello dispara, Ello acierta ?

-Me temo que ya no comprendo nada -respondí-; hasta las cosas más simples se hacen confusas. ¿Soy yo quien tiende el arco o es el arco el que me tiende en el estado de mayor tensión? ¿Soy yo quien da en el blanco o el blanco el que da en mí? Es el Ello espiritual cuando es vislumbrado por los ojos del cuerpo y corpóreo cuando es visto por los ojos del espíritu; ambas cosas o ninguna ? Arco, meta y ego, todos se han fundido inextricablemente entre sí y ya no puedo separarlos pues, tan pronto como tomo el arco y disparo, todo se vuelve tan claro, tan recto y tan ridículamente simple. . .

-¡Al fin! -me interrumpió-. ¡Ahora sí que la cuerda del arco se ha tendido a través de usted!

VII

Habían transcurrido más de cinco años cuando el Maestro nos propuso presentarnos al examen de graduación.

-No es cuestión simplemente de que demostréis vuestra habilidad -explicó-. Se asigna un valor aún mayor a la conducta espiritual del arquero, hasta a su más mínimo ademán. Espero que sobre todo no os dejéis confundir por la presencia de espectadores, que cumpláis la ceremonia sin perturbaros, como si estuviérais solos.

Durante las semanas siguientes trabajamos sin pensar en el examen, ni siquiera se dijo una palabra sobre el tema ya menudo la clase era interrumpida después de unos pocos disparos. En cambio, se nos invitó a representar la ceremonia en nuestras casas, ejecutando sus posturas y etapas con especial cuidado de que la respiración fuera profunda y correctamente realizada.

Practicamos como se nos había dicho y descubrimos que apenas nos hubimos acostumbrado a "danzar" la ceremonia sin arco ni flecha, comenzamos a sentirnos excepcionalmente concentrados desde los primeros pasos. Esta sensación se hacía más evidente cuanto más cuidado poníamos en facilitar el proceso de concentración mediante el relajamiento del cuerpo. y cuando, en el momento de la lección, practicábamos nuevamente, pero en ese caso con flecha y arco, comprobábamos que los ejercicios hechos en nuestras casas eran tan fructíferos que desde entonces pudimos lograr sin mayor esfuerzo el estado de "presencia de espíritu". Nos sentíamos tan seguros de nosotros mismos que esperábamos ansiosos, pero serenos y ecuánimes, el gran día de la prueba y la presencia de público.

Pasamos el examen con tal holgura que el Maestro no tuvo que reclamar indulgencia a los espectadores con una sonrisa turbada y se nos extendieron los diplomas de Maestros en el acto. El Maestro, ataviado con una túnica de suprema magnificencia, puso un broche de oro a la prueba con dos tiros magistrales. Algunos días después mi esposa recibía en un certamen público el título de Maestro en el Arte del Arreglo Floral.

A partir de ese momento, las lecciones tomaron distinto cariz. Dándose por satisfecho con unos pocos tiros de práctica, el Maestro procedía a exponer la Gran Doctrina y su vinculación con el arte de la arquería y a adaptar sus fundamentos a la etapa a la que hasta entonces habíamos llegado. Aunque se valía de misteriosas imágenes y de oscuras metáforas, la más pequeña insinuación bastaba para que comprendiéramos lo que quería decir. Se refirió especialmente al "arte sin artificio", que debe ser la meta de la arquería si ésta desea alcanzar la perfección. "Sólo de aquel que puede disparar con el cuerno de la liebre y el pelo de la tortuga y puede acertar el centro sin arco (cuerno) ni flecha (pelo), sólo de él puede decirse que es Maestro en el más alto sentido de la palabra, Maestro del arte sin artificio. En realidad es él mismo arte sin artificio y por ende Maestro y no-Maestro en uno. En este punto la arquería, considerada el movimiento inmóvil, la danza no bailada, penetra en la Doctrina Zen."

Cuando le pregunté cómo podríamos hacer para prescindir de él cuando volviéramos a Europa, me contestó:

-Su pregunta ha sido ya contestada cuando le hice pasar el examen. Ha alcanzado ya un estadio en el cual Maestro y alumno no son ya dos personas sino una. Puede alejarse de mí cuando quiera. Aunque anchos mares nos separen, estaré desde ahora siempre con usted, cada vez que practique lo que ha aprendido conmigo. No necesito pedirle que persevere practicando regularmente, que no suspenda las prácticas por ningún motivo, sea cual fuere, y que no deje pasar un día sin representar la ceremonia, aun sin arco ni flecha, o al menos sin haber respirado adecuadamente. No necesito pedírselo porque sé que nunca podrá ya renunciar a esta arquería espiritual.   Nunca me escriba una palabra sobre ella, pero envíeme alguna fotografía de vez en cuando para que yo pueda ver cómo tiende el arco. Me bastará con eso para saber todo cuanto necesitaré saber.

-Sólo debo advertirle una cosa -continuó-. En el curso de estos años usted se ha convertido en otra persona pues es esto precisamente lo que el arte de la arquería significa: una contienda profunda y trascendente del arquero consigo mismo. Quizás usted apenas lo haya notado, pero lo sentirá profundamente cuando vuelva a su país y se encuentre con sus amigos y sus relaciones; las cosas con ellos ya no armonizarán como antes. Verá con otros ojos y medirá con otras medidas. Me ha ocurrido a mí también y les sucede a todos cuantos son tocados por el espíritu de este arte.

En el momento del adiós (y no del adiós, sin embargo) el Maestro me entregó su mejor arco: -Cuando dispare con este arco -dijo- sentirá cerca de usted el espíritu del Maestro. ¡No lo ponga en manos de curiosos! y cuando haya llegado más allá de él, no lo guarde como una reliquia o un recuerdo. Destrúyalo, de modo que nada quede de él, salvo un puñado de cenizas.

VIII

Después de todo lo dicho, mucho me temo que haya nacido en la mente de algunos lectores la sospecha de que, puesto que la arquería ha perdido su importancia en los combates de hombre a hombre, sólo ha podido sobrevivir como una forma extremadamente sutil y elaborada de espiritualidad y por ende sublimada de un modo no muy saludable. No creo que pueda censurarlos por entenderlo así.

De ahí que deba insistir una vez más en que las artes japonesas, entre las cuales se cuenta el arte de la arquería, no han sido puestas bajo la influencia de la Doctrina Zen en épocas recientes, sino que lo han estado durante siglos. En realidad, un Maestro arquero de aquellos lejanos tiempos, de haber sido puesto a prueba en tal sentido, no habría podido decir nada sobre la naturaleza misma de su arte que fuera radicalmente distinto de lo que puede decir un Maestro de nuestra época, para quien la Gran Doctrina es una realidad viviente. A través de los siglos el espíritu de este arte se ha mantenido sin variantes, tan poco alterable como la Doctrina Zen misma.

A fin de disipar cualquier duda -que, bien lo sé por experiencia propia, sería más que comprensible- propongo, con el propósito de comparar, que echemos una mirada a otra de estas artes cuya significación marcial no puede ser negada ni siquiera hoy: el arte de la esgrima. Lo propongo no sólo porque el Maestro Awa era también un excelente esgrimista "espiritual" sino también, y sobre todo, porque existe un documento literario de capital importancia, que data de la época feudal, en la que la caballería estaba en su apogeo y los Maestros esgrimistas debían demostrar su habilidad de la manera más irrevocable, a riesgo de perder la vida. Me refiero al tratado del gran Maestro Zen Tawuan, titulado La comprensión inmutable, donde se estudia in extenso la relación que une a la Doctrina Zen con el arte de la esgrima y la práctica de torneos de espadachines. No sé si éste es el único documento que expone la Gran Doctrina de la Esgrima con tanto detalle y tanta originalidad, y menos aún si existen testimonios similares sobre el arte de la arquería. Sea como fuere, es verdaderamente una suerte que se haya conservado este notable informe de Takuan y un gran servicio el que ha rendido D. T. Suzuki al traducir en forma más o menos completa esta carta de un famoso maestro de esgrima, poniéndola así al alcance de un gran sector de lectores (4). Ordenando y resumiendo dicho material a mi manera, intentaré explicar en la forma más sucinta y clara posible qué se entendía en el pasado por esgrima y qué, según opinión unánime de los grandes maestros, debe entenderse por ello en la actualidad.

Entre los Maestros de esgrima y en base a su propia experiencia ya la de sus discípulos, se da por descontado que el principiante, por más fuerte y belicoso que sea y por más valeroso e intrépido que se sienta al principio, no bien comienza sus lecciones pierde no sólo su conciencia de sí sino inclusive la confianza en sí mismo. Llega a conocer todas las posibilidades técnicas que pueden poner en peligro su vida en el combate y aunque no tarda en mostrarse capaz de concentrar su atención al máximo de mantener una penetrante vigilancia sobre su adversario, de rechazar correctamente sus ataques y de lanzar estocadas efectivas, está en realidad en peores condiciones que cuando, mitad en broma y mitad en serio atacaba al azar de la inspiración del momento y según se lo sugiriera el rigor y el regocijo del combate. Ahora, en cambio, se ve obligado a admitir que está a merced de todo aquel que sea más fuerte, más ágil y más diestro que él. No ve, pues, otra salida que la práctica incesante y su instructor tampoco puede aconsejarle otra cosa por el momento. Así, el principiante se dedica de lleno a superar la habilidad de los otros y aun la propia; adquiere una técnica brillante que le devuelve parte de la perdida confianza en sí mismo y piensa que se está acercando a la meta anhelada. El instructor piensa, sin embargo, de muy distinta manera, y -afirma Takuan- está en lo cierto, pues toda la habilidad del principiante sólo lo conducirá a que "su corazón sea arrebatado por la espada".

No obstante, los primeros pasos de la instrucción no pueden ser impartidos de modo distinto y este sistema es el más apropiado para el principiante, aunque no conduzca hacia la meta, cosa que el instructor no ignora. El hecho de que el alumno no pueda convertirse en maestro de esgrima a pesar de su celo y aun a pesar de su habilidad natural, es más que comprensible. Pero, ¿qué razón hay para que él, que desde hace tiempo ha aprendido a no dejarse arrebatar por el calor del combate, y sí a mantenerse sereno, a conservar sus energías, y que ahora ya se siente preparado para entablar largos combates, y que difícilmente pueda hallar en su medio un adversario que lo iguale, juzgado por standards más elevados, fracase a último momento y sea incapaz de todo progreso?

La causa -siempre según Takuan- reside en el hecho de que el alumno no puede dejar de observar a su antagonista ni lo que éste hace con su espada; que constantemente está pensando en cuál será la mejor manera de atacarlo, esperando el momento de hallarlo desprevenido.

En resumen, lo que ocurre es que está dependiendo todo el tiempo de su arte y de sus conocimientos. Al hacerlo -asevera Takuan- pierde su "presencia de ánimo", la estocada decisiva llega siempre demasiado tarde y es incapaz de "volver la espada de su adversario contra el que la empuña". Cuanto más trata de hacer que dependa la excelencia en el manejo de la espada de su propia reflexión, de la utilización consciente de su habilidad y su experiencia y tácticas de lucha, más inhibe el libre "trabajo del corazón". ¿Qué debe, pues, hacerse? ¿Cómo se espiritualiza la habilidad y cómo el supremo control de la técnica se convierte en arte magistral del manejo de la espada? Según se nos informa, esto sólo es posible mediante el desprendimiento de sí mismo y la liberación de todo designio por parte del alumno. Debe enseñársele a desprenderse no sólo de su adversario sino también de sí mismo. Debe superar la etapa en que se halla y dejarla para siempre atrás, aun a riesgo de un fracaso irreparable.

¿No suena todo esto tan absurdo como la exigencia de que el arquero deba acertar sin tomar puntería, deba despreocuparse totalmente de la meta y de su intención de dar en el blanco? Conviene, no obstante, recordar que la esgrima magistral, cuya esencia describe Takuan, se ha vindicado en mil contiendas.

El papel del instructor no es señalar el camino en sí, sino permitir al alumno adquirir una clara percepción de este camino hacia la meta mediante su adaptación a las
características individuales del sujeto. De ahí que comenzará adiestrándose para evitar instintivamente los ataques, aun cuando éstos lo tomen completamente por sorpresa. D. T. Suzuki describe, en una deliciosa anécdota, el método asombrosamente original empleado por un instructor para cumplir esta difícil tarea:

El Maestro de esgrima japonés emplea a veces el método Zen de adiestramiento. Cierta vez un alumno pidió a un Maestro que lo instruyera en el arte de la esgrima, y éste, que llevaba una vida recoleta en su choza en la montaña, accedió. Le asignó la tarea de ayudarlo a cortar y recoger leña, acarrear agua de una fuente cercana hacer el fuego, cocinar arroz, barrer las habitaciones, cuidar el jardín y encargarse de todos los trabajos domésticos mas no le impartía ninguna enseñanza regular o técnica en el arte de la esgrima. Pasado un tiempo, el joven comenzó a impacientarse ya que en efecto no había acudido al anciano para ser su sirviente sino para aprender el manejo de la espada. De ahí que un día se decidiera y hablara al respecto con el Maestro, pidiéndole que empezase realmente a enseñarle. El Maestro consintió. Lo que el joven ganó con ello fue que ya no pudo trabajar tranquilo; en las primeras horas de la mañana, cuando empezaba a cocinar arroz, aparecía el Maestro y lo golpeaba con un palo en la espalda. Cuando estaba barriendo, el mismo golpe estallaba en su espalda, sin que pudiera atinar a saber de dónde venía. Perdió la tranquilidad y la paz de espíritu; tenía que estar constantemente sobre el "quién vive". Pasaron algunos años antes de que pudiera sortear con astucia y agilidad los golpes, vinieran de donde viniesen, pero el Maestro aun no parecía satisfecho con los progresos del alumno. Un día, el Maestro estaba tranquilamente cocinando sus verduras en el fuego cuando el joven decidió aprovechar la oportunidad y armándose de un enorme palo lo dejó caer sobre la cabeza del Maestro que estaba inclinado sobre la olla revolviendo su contenido, pero el palo fue ágilmente detenido con la tapa de la olla. Esto iluminó al joven sobre los secretos del arte que hasta entonces le habían sido vedados.
Por primera vez tuvo conciencia de la extraordinaria  bondad del Maestro. (5)

El alumno debe desarrollar un nuevo sentido o, más exactamente, una nueva vigilancia, un nuevo estado de alerta de todos sus sentidos, que le permita evitar las estocadas
más peligrosas como si las sintiera venir. Cuando ha llegado a dominar este arte de eludir los golpes ya no necesita observar con vigilante atención los movimientos del
adversario ni de varios adversarios a la vez. Más bien, ve y siente lo que va a suceder y al mismo tiempo ha eludido ya su efecto sin que medie "el grosor de un cabello" entre la percepción propiamente dicha y el acto de esquivar. Es esto, pues, lo que importa: una reacción veloz que no necesite ya de la observación consciente.

Al menos en este sentido el alumno se independiza de todo designio consciente, lo cual es ya un gran progreso.

Lo más difícil y de una importancia realmente decisiva es hacer que el alumno deje de pensar en el comportamiento de su adversario y de observarlo; toma en serio su "no-observación" y sabe controlarse en todo momento, pero no nota que, al concentrar su atención en sí mismo, se ve inevitablemente como el combatiente que a cualquier costo tiene que evitar observar a su antagonista.

Haga lo que hiciere, sigue teniéndolo secretamente presente. Sólo en apariencia se ha desprendido de él y cuanto más se esfuerza por olvidarlo, más íntimamente se liga a él.

Se necesita una sutil guía psicológica para convencer al alumno de que no ha ganado nada fundamental con esta desviación de su atención. Debe aprender a no prestar
atención a su persona de la misma resuelta manera en que no tiene en cuenta a su antagonista, y despojarse radicalmente de todo propósito, abstraerse también visualmente de sí. Como en la arquería, se requiere suma paciencia y práctica, pero una vez que esta práctica ha conducido al adepto a la meta, desaparece el último vestigio de autovisión en una definitiva y radical abstracción de sí.

Este estado de desprendimiento es seguido automáticamente por una forma de conducta que muestra una sorprendente semejanza con la etapa anterior, de evasión instintiva. Así como en esta etapa no había el grosor de un pelo entre la percepción de la estocada y el acto de esquivarla, no existe aquí tampoco ninguna transición entre la evasión y la acción. En el momento mismo de la  evasión el combatiente se recoge para golpear y como un relámpago se produce la estocada mortal, segura, irresistible. Es como si la espada se manejara a sí misma, y así como decimos en la arquería que Ello apunta y acierta aquí también Ello sustituye al ego actuando con una facilidad y una destreza que el ego sólo es capaz de adquirir mediante el esfuerzo consciente. También aquí Ello es
sólo el nombre de algo que no puede ser comprendido ni aprehendido y que sólo es revelado a quienes lo han experimentado.

La perfección en el arte de la esgrima se alcanza, según Takuan, cuando el corazón deja de preocuparse por pensamientos sobre el yo y el tú, sobre el adversario y su espada, la propia espada y cómo blandirla y manejarla y aun sobre la vida y la muerte. "Todo es vacuidad: el propio yo, la espada centelleante y el brazo que la esgrime. Aun el pensamiento mismo de la vacuidad ya no está allí." De esta vacuidad absoluta, afirma Takuan, "surge el más maravilloso replegamiento del hacer".

Y lo que es así en cuanto a la arquería y la esgrima, también lo es aplicado a las demás artes. De ahí que la maestría en la pintura tradicional japonesa sólo pueda lograrse cuando la mano, dueña ya su técnica, ejecuta lo que "ronda" ante el ojo del pensamiento en el mismo instante que el pensamiento comienza a concebirlo, sin que medie entre ellos el grosor de un cabello. La pintura se convierte entonces en una caligrafía. Aquí también las instrucciones -en este caso del pintor- podrían ser: pase diez años observando bambúes, conviértase usted mismo en un bambú, luego olvide todo y póngase a pintar.

El Maestro de esgrima es tan inconsciente de sí mismo como el principiante. La indiferencia que perdió al comienzo de su instrucción, la recupera al final como una
característica indestructible. Pero, a diferencia del principiante, se mantiene en reserva, es calmo y modesto y no siente el menor deseo de exhibirse. Entre las etapas del aprendizaje y las de la maestría hay luengos años de infatigable práctica. Por influencia de la Doctrina Zen, su pericia se hace espiritual, y él mismo, cada vez más libre mediante la lucha espiritual, es transformado. La espada que a partir de ese momento se ha convertido en su “alma”, ya no sale fácilmente de su vaina; sólo la desenfunda cuando es inevitable hacerlo. De este modo puede suceder que evite combatir con un adversario indigno, un fanfarrón que se jacta de sus músculos, aceptando con risueña indiferencia la acusación de cobardía; mientras que, por estima a su contrincante, insistirá en un combate que no puede tener otro resultado que su muerte de un modo honorable. Éstos son los sentimientos que gobiernan el ethos del samurai, el incomparable "sendero del samurai" conocido con el nombre de Bushido, pues muy por encima de todo lo demás -victoria, fama, y hasta la vida misma- se halla la "espada de la verdad", que lo guía y lo juzga.

Como el principiante, el Maestro de esgrima es intrépido, pero a diferencia de él se torna cada día menos accesible al miedo. Años de incesante meditación le han enseñado
que la vida y la muerte son en el fondo lo mismo y pertenecen al mismo estrato de realidad. Ya no sabe ni del miedo a la vida ni del terror a la muerte; vive -y esto es plenamente característico de la Doctrina Zen- suficientemente feliz en el mundo, pero está dispuesto a abandonarlo en cualquier momento, sin que le inquiete en absoluto la idea de la muerte. Por algo los samurai han elegido el frágil capullo del cerezo como su símbolo más auténtico. Como un pétalo desprendido bajo el sol matinal y que flota serenamente hacia la tierra, así el intrépido debe desprenderse de la vida, silencioso e interiormente impasible.

Estar libre del temor a la muerte no significa fingir ante uno mismo, en los buenos momentos, que no se temblará en presencia de la muerte y que nada hay que temer.

Antes bien, quien domina tanto la vida como la muerte, está exento de todo tipo de miedo hasta el punto de que ya no sabe siquiera qué es ni cómo es el miedo. Quienes no conocen el poder de la meditación rigurosa y prolongada, no tienen idea de las grandes conquistas sobre uno mismo que ella permite lograr. De cualquier manera el Maestro, cuando ha llegado a la perfección, demuestra en todo momento su valor, no a través de las palabras, sino en su misma conducta; basta con mirarlo para sentirse profundamente afectado por ella. Esa intrepidez inconmovible significa maestría y la maestría en la naturaleza misma de las cosas, es algo que pocos pueden alcanzar. En prueba de ello citaré un pasaje del Hagakure, que data de mediados del siglo XVII:

Yagyu Tajima-no-kami era un gran esgrimista y Maestro en el arte de la época del Shogun Tokugawa Iemitsu.
Cierto día, uno de los guardias personales del Shogun se presentó ante Tajima-no-kami y le pidió que lo instruyera.

El Maestro dijo:

-Según puedo ver usted parece ser ya un Maestro de esgrima. Dígame, por favor, a qué escuela pertenece antes de que entablemos nuestra relación de Maestro y alumno.

El guardia respondió:

-Me avergüenza confesar que nunca he aprendido el arte.

-¿Se burla de mí? Soy Maestro del honorable Shogun y sé que mi "ojo" no falla.

-Lamento ofender su honor, pero realmente no sé absolutamente nada.

La resuelta negativa del visitante hizo que el Maestro meditara un instante y luego:

-Si así dice, así debe ser; sin embargo, estoy seguro de que usted es Maestro de algo, aunque no acierto a precisar de qué.

-Ya que insiste, se lo diré. Hay algo de lo cual puede decirse que soy un maestro completo. Cuando aún era un niño, pensé que en mi condición de samurai no debía,
en ninguna circunstancia, temer a la muerte y he luchado con el problema de la muerte durante años, hasta que  dejó de preocuparme. ¿Será esto lo que usted intuye?
 
-Exactamente -exclamó Tajima-no-kami- eso es lo que quería decir. Me alegro de no haberme equivocado, pues los secretos últimos de la esgrima residen también en
liberarse del pensamiento de la muerte. He adiestrado centenares de alumnos pero hasta la fecha no he hallado ninguno que merezca realmente el título de Maestro. Usted no necesita adiestramiento, es ya un Maestro.

Desde la más remota antigüedad la sala de práctica donde se aprende el arte de la esgrima es denominada "Lugar de la Iluminación".

Todo Maestro que practica un arte moldeado por la Doctrina Zen es como un relámpago nacido de la nube de la Verdad Omnímoda. Esta Verdad está presente en el libre movimiento de su espíritu y la encuentra una vez más en Ello como su propia esencia original e innominada.

Encuentra esta esencia una y otra vez como las posibilidades extremas de su propio ser, de manera que la Verdad asume para él -y para otros a través de él- mil formas y aspectos. A pesar de la rigurosa disciplina a la que se ha sometido con paciencia y humildad, aun está lejos de hallarse tan penetrado e iluminado por la Doctrina que pueda sentirse sostenido por ella en todo cuanto hace, de manera que su vida esté hecha sólo en momentos perfectos. La libertad suprema aun no se ha convertido para él en una necesidad.

Si es atraído irresistiblemente hacia la meta, debe emprender de nuevo su camino, tomar el sendero del arte sin artificios. Debe atreverse a penetrar en el Origen, a fin de vivir con la Verdad y en la Verdad, como alguien que se ha vuelto uno con ella. Debe convertirse de nuevo en alumno, en principiante; conquistar el último y más arduo tramo del sendero, sufrir nuevas transformaciones. Si sobrevive a sus riesgos, entonces su destino estará cumplido y contemplará de frente la Verdad intacta. La Verdad está más allá de todas las virtudes, el Origen informe de los orígenes, el Vacío que es el
Todo; es absorbido por él y de él emerge, renacido.

NOTAS

1 Estos cinco caracteres chinos, traducidos literalmente. significan: "El motivo del Primer Patriarca para venir de Occidente". El argumento es utilizado a menudo como un tópico de mondó (preguntas y respuestas a la manera del Zen). Es lo mismo que inquirir sobre la esencia misma de la doctrina Zen. Una vez comprendido esto, todo la doctrina Zen cabe en estos cinco caracteres.

2 Zagu es una de las prendas que lleva consigo el monje Zen, quien la tiende frente a él cuando se inclina reverentemente ante el Buda o el Maestro.

3 The way and its power, trad. de Arthur Waley, Londres, 1934; cap. XLIII, pág. 197.

4 Daisetz Teitaro Suzuki, Zen Buddhism and its Influence on Japanese Culture, Kyoto, Sociedad Budista Oriental, 1938.

5 Daisetz Teitaro Suzuki, Zen Buddhism and its Influence on Japanese Culture, págs. 7 y 8.

Ultramemorias (VIII de X) Visicitudes políticas en la transición (6ª parte). La irrelevante levedad del Frente Nacional de la Juventud

Es difícil explicar por qué nació el Frente Nacional de la Juventud. Seguramente porque en aquel tiempo existía un exceso de militancia y había siglas para todos. Las elecciones de junio de 1977, en las que alguien tuvo a bien incluirme en la lista de Alianza Nacional del 18 de Julio por Barcelona en el puesto 14 (lo que me daba pocas opciones para iniciar una prometedora carrera política…), dieron poco lustre a Fuerza Nueva y mucho menos a Falange, unidos coyunturalmente por los días que duró la campaña. Los resultados iniciaban una larga serie de desastres electorales que –salvo en 1979- coronó la andadura democrática de la ultraderecha. Sin embargo, en lo que media entre el cierre de las urnas de aquellas primeras elecciones democráticas y el inicio del curso escolar en octubre, algo ocurrió que, bruscamente, sin hacer prácticamente tareas de agitación y propaganda sistemáticas, los locales de todos los partidos de extrema-derecha empezaron a rebosar de afiliados. No fui consciente de lo que estaba ocurriendo sino en los primeros días de septiembre cuando en la barra del Drugstore David en la calle Tuset, pude oír la conversación de un par de gilipollas: “El otro día en Madrid me vinieron unos virguillos de Fuerza Nueva, unas tías que te cagas con sus revistas y su propaganda, mira no me fui con ellas porque me esperaban que si no…”. Era inevitable que chicas jovencitas, con falda tubo negra, medias de malla con costura trasera, zapatos con tacón de aguja, camisa azul y boina roja, destilaran un sex-appel irreprimible. Esa tarde volví al local y vi a las chicas afiliadas al partido con otros ojos: para qué nos vamos a engañar, tenían un indudable atractivo, aunque muchas de ellas parecieran sacadas de un cómic sado-masoquista. Para acentuar el efecto, alguna solía llevar incluso guantes de cuero negro. Era imposible adoptar una estética más fetichista, ante las cuales resulta inexplicable que la dirección del partido no moderara toda aquella olla a presión de pasiones desencadenadas. Hubo en aquel partido una carga sexual increíblemente intensa que, por algún motivo, la cúpula madrileña se negaba a reconocer.

En junio me había casado por lo civil. En aquella época era duro: había que acudir a la parroquia a pedir el “certificado de apostasía”. Es decir, oficialmente, te dabas de baja de la Iglesia Católica. Claro está que mi mujer y yo podríamos haber hecho lo que otros muchos: subir al altar y no volver a él sino para el bautizo del primer hijo, luego unos años después para su comunión y, quién sabe, incluso mucho más adelante, para su boda. Pero esto no iba ni con mi mujer ni conmigo. Ella era nietzscheana y yo, simplemente, agnóstico, así que no existían motivos con suficiente peso como para engañarnos ni engañar a nadie, por mucho que Fuerza Nueva fuera una estrella aparentemente ascendente en la política español.

Pronto aparecieron críticas contra mí. Vinieron, como no podía ser de otra manera, del sector más católico del partido, que, puedo asegurar, que era uno minoría muy minoritaria. Tienen nombres y apellidos pero están muertos, así que no vale la pena recordarlos. Poco a poco se fue gestando un molesto run-run en torno a mí que llegaba a Blas actualizado día a día. En realidad, tenían razón en identificarme como algo diferente a la mayoría de cuadros políticos del partido. Por mi parte, seguía enviando artículos a la revista, redactaba algún comunicado de prensa de tanto en tanto y poco más. No tenía una vida partidaria muy intensa. Pasaba por el local, pero a decir verdad, no había mucha actividad. Entonces ocurrió algo: una bomba estalló en la redacción de la revista El Papus. Murió el conserje del inmueble. Nadie dudó desde el primer momento que el crimen había partido de la ultraderecha. Hubo juicio y condenas, pero, sinceramente, treinta años después, albergo las más serias dudas sobre quien cometió el atentado.

Alguien entregó un paquete al conserje del inmueble que se dirigió a la redacción de la revista, pero antes de llegar le estalló entre las manos. Se llamaba Juan Peñalver Sandóval, murió sin saber por qué. En aquel tiempo, la ultraderecha en Barcelona movilizaría a unos 300 activistas, los suficientes como para que todos nos conociésemos más o menos. Solamente existían dos posibilidades: o bien el crimen lo había cometido el grupo que en otro tiempo actuaba con el nombre de JEP (Juventud Español en Pie) o bien el grupo del que unos años antes teníamos la certidumbre de que usurpaba las siglas PENS para cometer sus atentados. Así pues, se trataba de preguntar y esperar hacia donde se orientaba la investigación policial.

Por mi cuenta hice algunas averiguaciones. En esas fechas ya había ocurrido el atentado a la sala Scala de Barcelona y era posible que “alguien” intentara hacer con la ultraderecha lo que había logrado hacer a la CNT: un atentado de pura provocación que sellaría el aislamiento de los extremismos. Así pues, había que ir descartando grupos. Me entrevisté con Juan Bosch. El JEP ya no existía o estaba dando sus últimas bocanadas: “Oye, ¿habéis sido vosotros los del Papus?”, le pregunté directamente. Conocía a Bosh lo suficiente como para saber que si había sido él contestaría con ironías, insinuaciones y sonrisas burlonas, especialmente aquella frase recurrente que solía utilizar con su acento leridano: “Amb la barra de ferro es poden fer maravellas…”, acompañada de un gesto con las manos como si estuviera manejando esa misma barra. Y se hubiera quedado tan ancho. Lo que me sorprendió fue, precisamente, que me encontré la actitud contraria: alguien que negaba evidenciando perplejidad. Me comentó que unos meses antes Miguel Gómez Benet, el lugarteniente leridano de la Guardia de Franco le había entregado unos cartuchos de dinamita, pero no le había dado los detonantes… con lo cual eran completamente inservibles, además estaban exudados, y servían más como velas que para explosionar. Además los seguía teniendo… luego no los había utilizado. Me comentó que había pedido los detonantes a un conocido ultra barcelonés de la generación anterior… que, por lo demás, siempre había traficado notoriamente informaciones con la policía. Luego en la Jefatura de Policía debían saber que Bosh no tenía detonantes y que, por tanto, no podía haber cometido el crimen.

Gómez Benet era un viejo zorro de la Guardia de Franco. Durante la resistencia armada en Argelia, la OAS francesa contactó con él a través de José Antonio Llorens-Borrás, propietario de Ediciones Acervo, un ex combatiente de la División Azul, abogado y editor, casado con la hermana de Narciso Perales, que oficiaba como introductor de embajadores de la OAS en España. He comentado todas las andanzas españolas de la OAS en nuestro país en un artículo que viene al pelo y que reproduzco a continuación.

Paréntesis sobre la OAS en 1977

Hace falta tener algo más de cincuenta años, ser un apasionado de la historia contemporánea o bien ser un “pied-noir” (un francés nacido en Argelia antes de la independencia) para saber qué fue exactamente la OAS, siglas francesas de la “Organisation de l’Armée Sécrete”. En España, en los últimos treinta años no se ha publicado ninguna obra sobre la OAS, por lo tanto, la obra de Segura Valero, A la Sombra de Franco, es todavía más de agradecer en la medida en que cubre un vacío documental. Ahora bien, alguien preguntará, ¿la OAS no es una organización francesa, nacida de una crisis francesa y cuyos integrantes fueron franceses? ¿Qué tiene que ver la OAS con España? Mucho: de hecho, la OAS nació en Madrid y se disolvió en tierras de España, sus dirigentes encontraron en nuestro país un precario refugio y, luego, muchos “pied noires” terminaron en nuestro país (muchos amigos nuestros todavía permanecen, ya como españoles, en las costas alicantinas, en Baleares o Canarias o han rehecho su vida en Madrid, Barcelona o Navarra. Además, muchos españoles ayudaron activamente y de manera militante a los miembros de la OAS y apoyaron la causa de la Argelia Francesa. Por tanto, la obra de Segura Valero es interesante y atañe a nuestro país.

Entre los méritos de este libro de trescientas páginas, se encuentra el hacer una génesis de cómo se llegó a la crisis de Argelia y desde qué momento España empezó a interesarse por la cuestión. No hay que olvidar que España y Francia tuvieron intereses comunes en Marruecos hasta la independencia de ese país y, posteriormente, se vieron envueltos en las distintas ofensivas que lanzó el reino alhauita contra Ifni español y la zona de Tinduf y Bechar en Argelia, todavía bajo control francés. Pues bien, los dos primeros capítulos de esta obra se dedican a detallar las dimensiones de la aquella crisis.

Hay que decir que Segura Valero restringe al máximo valoraciones personales sobre el régimen franquista y sobre las vicisitudes, utilizando una encomiable objetividad. Recuerda, que fueron más de doscientos los soldados españoles asesinados por las bandas marroquíes del ALN (Armé de Liberation Nacional) en Ifni y describe con detalle las odiosa gestión que le cupo realizar a Mohamed V.

Así mismo, la descripción de cómo se gestó el problema de Argelia es, igualmente, clara y escueta, sin que falte ni sobre una línea. La figura de De Gaulle no sale bien parada. La crisis argelina, desde luego, no fue lo mejor de su gestión, sino, precisamente, allí en donde demostró sus carencias. De Gaulle traicionó a toda una comunidad: los “pied noires” –y no solamente ellos- lo sacaron de su retiro en Colombey les-Deux-Eglises como hombre que prometió mantener a “Argelia Francesa”. Al poco de ser encumbrado en el poder y finiquitar la IV República francesa, De Gaulle TRAICIONO a su país, TRAICIONÓ a sus compañeros de armas y TRAICIONÓ a los “pied-noires”. No solamente, no mantuvo su promesa, sino que aceleró la entrega de Argelia y abandonó a su suerte a los argelinos de origen francés y a los argelinos musulmanes que habían colaborado con Francia (los “harkis”). El hecho de que en otros terrenos, De Gaulle actuara con una encomiable lucidez –especialmente en no limitarse a ser un comparsa de los EEUU en la OTAN- no implica que durante la crisis de Argelia, se comportó como el mayor de los traidores que haya dado Francia en el siglo XX. La obra de Segura Valero, no carga las tintas en relación a De Gaulle, pero da datos suficientes como para que el lector se haga una idea del fuste del personaje.

Finalmente, esta obra reconstruye –que nosotros sepamos, por primera vez- la andanza española de los dirigentes de la OAS. Las informaciones son de primera mano y el autor no se ha limitado a una habitual recopilación de datos ya publicados en otras obras editadas en Francia. Y, en esto reside su principal atractivo y, también, su principal limitación. Por que se trata de una historia incompleta de la OAS. Los episodios narrados lo son a grandes rasgos. Pero faltan algunos elementos centrales que hubieran contribuido a completar más el relato. Veamos, lo que, por nuestra parte, podemos añadir al texto de Segura Valero.

En las obras sobre la OAS editadas en Francia se ignoraba la figura de Narciso Perales. Cuando el General Raoul Salan llega a España, después del episodio de las barricadas en Argelia (el primer gesto de la insurrección de la comunidad “pied noire”), lleva varias direcciones de posibles contactos. Se las han dado amigos suyos y de los grupos civiles que apoyaron la insurrección. Quizás algún día en los archivos de las Falanges Exteriores o de la Delegación Exterior del Frente de Juventudes (si es que existen en algún oscuro almacén) den cuenta de las relaciones que ambas organizaciones tuvieron con la organización de los hermanos Sidos, “Jeune Nation”, que habitualmente suele ser calificado como el primer grupo neofascista –era más bien “nacionalista”- francés de cierta importancia en la postguerra. Esos contactos existieron.
De hecho, desde los años 50, se celebraban en España “universidades de verano” y encuentros organizados por la Delegación Exterior del Frente de Juventudes, a las que asistían como invitados delegaciones de organizaciones afines de otros países: desde las Falanges Libanesas hasta la Falange Boliviana, pasando por los jóvenes del Movimiento Social Italiano o por… los estudiantes nacionalistas franceses de Jeune Nation. Es seguro que algunos amigos de Salan, sin duda, miembros de Jeune Nation, le habían pasado las direcciones con las que entró en nuestro país. De todas ellas solo una le interesó: la de Narciso Perales.

Las conversaciones entre Salan y Perales fueron francas y profundas. Ambos sintonizaron y Salan vio en Perales a un indómito predicador del ideal falangista, es decir, de las ideas que a él, le faltaban. Más tarde, cuando se incorporó Lagaillarde –el dirigente más atractivo de la insurrección “pied noire” y de las barricadas de Argel, un verdadero hombre de acción, diputado de la Asamblea Nacional, paracaidista heroico, Perales se entendió bien con él y mucho más cuando empezaron a afluir –perdida ya la esperanza de mantener el vínculo entre Francia y Argelia- los dirigentes de la OAS católicos y políticamente antidemócratas, como Dufour, el doctor Lefevbre y Château-Jobert.

Una de las carencias del libro de Segura Valero es, precisamente, que no repara en uno de los temas que, desde el punto de vista periodístico sería más prometedor –el tráfico de armas para la OAS realizado a través de España-; por que ese tráfico efectivamente existió.

Al parecer, la OAS había logrado sacar de Argelia ciertas cantidades de armas y explosivos y su problema era cómo dirigirlos a la metrópoli. Allí, existían comandos suficientemente dispuestos para la acción –la OAS-Metropolitaine- pero carecían de armamento suficiente y, especialmente, de explosivo plástico.

Algunos “pied noires” disponían de pequeñas embarcaciones de recreo con calado suficiente como para cruzar el estrecho y situar las armas en los puertos de Málaga o Alicante. Pero más allá de Alicante, estos barcos no estaban en condiciones de llegar a los puertos franceses del Mediterráneo que, por lo demás, estaban bien vigilados. Así pues, se estableció una “ruta segura” que llegaba de los puertos del Sur de España a la frontera pirenaica. El problema era cómo pasar las armas. Hacía falta gente que conociera bien la zona fronteriza y, además, que fuera de “confianza”, sin fisuras, y con cierta identificación con la causa de la Argelia Francesa.

En Lérida existía un cuadro falangista de mediana edad, en aquel momento jefe de la Falange de Sió, y que luego llegaría a ser Lugarteniente de la Guardia de Franco de la provincia de Lérida en los últimos años del franquismo y primeros de la democracia, Miguel Gómez Benet.

Gómez-Benet conocía perfectamente los caminos de montaña y los pasos fronterizos no vigilados por la Guardia Civil. Por lo demás, él mismo era suficientemente conocido por los mandos de la Guardia Civil del norte de la provincia de Lérida, así que habían pocas posibilidades de que esos cargamentos de armas fueran interceptados, al menos, en la parte española.

En dos ocasiones, Gómez-Benet, logró establecer contacto con el militante del partido de Pierre Poujade, encargado de recibir las armas en Francia. Como se sabe la Unión de los Comerciantes y de los Artesanos (UDCA), el partido poujadista, tenia una sección autónoma en Argelia, diriga por Pierre Ortiz, junto con Lagaillarde, alma de la insurrección de las “barricadas”. Desde el principio, la mayor parte de la UDCA tomó partido por los combatientes de la Argelia Francesa y, a pesar de su fundador, el partido pasó a ser una estructura aprovechada por los activistas de la OAS. Pues bien, Gómez Benet, en dos ocasiones consiguió establecer el contacto con el militante pujadista –cuyo nombre preferimos no citar- y las armas y los explosivos consiguieron ir a parar a manos de los activistas de la OAS.

En la tercera ocasión, las cosas se complicaron, Gómez-Benet recibió las armas en cuestión, pero cuando acudió a la cita, el militante poujadista no se presentó; acababa de ser detenido y pasaría cuatro años en prisión. Este episodio coincidió con el derrumbe general de la OAS. Así que Gómez-Benet, sin comerlo ni beberlo, se encontró poseedor de un pequeño depósito de armas (pistolas y revólveres de ordenanza en el Ejército francés de la época, subfusiles MAT-42 y cierta cantidad de explosivos.
De 1962 a 1976, estas armas permanecieron escondidas y no se utilizaron. También es cierto, que nadie las reclamó. En el verano de 1976, cuando Gómez-Benet ya era Lugarteniente de la Guardia de Franco, organizó, en colaboración con algunos italianos exiliados en España, un campamento paramilitar en Castell del Remei, del que la prensa dio cuenta en su momento. Sin embargo, la investigación periodística no fue capaz ni de establecer el tipo de armas que se habían utilizado, ni, mucho menos, su procedencia.

Si no recordamos mal, Gómez-Benet falleció a finales de los años 80 y los restos de ese arsenal  (seguramente ya deteriorados e inservibles) seguirán escondidos en donde estuvieron por espacio de 14 años. Por cierto, hay que recordar que Gómez-Benet fue el único lugarteniente provincial de la Guardia de Franco que se negó a la colaboración requerida por su superior jerárquico, Adolfo Suárez González, para ayudar a la creación de UCD. “Vamos a hacer lo mismo, pero con otra sigla”, fue lo que Suárez dijo en la reunión con los lugarteniente provinciales pocas semanas antes de la convocatoria de las primeras elecciones democráticas en junio de 1977.

No creemos que Perales conociera a Gómez-Benet. A principios de los años 60, Narciso Perales era un exgobernador civil, falangista de toda la vida, católico, que no rehuía el contacto con los militantes falangistas disidentes del Movimiento franquista. Por su parte, Gómez-Benet era un oscuro militantes falangista de la provincia de Lérida sin muchos contactos en Madrid o Barcelona. Así pues, subsiste la duda, sobre cómo pudo Gómez-Benet contactar con Perales y como actuó de “transportista” de material perteneciente a la OAS.

Pero las cosas se comprenden mucho mejor si tenemos en cuenta que en 1962, la Editorial Acerco, radicada en la calle Papua de Barcelona, había publicado la obra “El Occidente en Peligro”, firmada por el doctor Lefevbre. La obra es un típico alegato anticomunista escrito desde las posiciones católicas tradicionalistas que el doctor homeópata había sostenido siempre. Quizás lo más interesante es la reproducción de un “Manifiesto Corporativo” de René de la Tour Du Pin como anexo y algunas notas sobre la “Guerra Revolucionaria”.

Un año después, esta misma editorial Acervo inició la publicación de una revista quincenal, titulada “Juanpérez” de la que aparecieron unos 150 números durante cuatro años. Pues bien, en el número 1, un redactor, entrevistaba al coronel Château-Jobert, como hemos dicho, último jefe de la OAS-Metro. Así mismo, esta editorial publicó la obra “El proceso al general Salán”.

Hay que añadir que la editorial Acervo era propiedad de un excombatiente de la División Azul, José Antonio Llorens-Borrás, autor, por otra parte, de un libro sobre el proceso de Nuremberg, examinado desde el punto de vista jurídico (era abogado). Pues bien, Llorens-Borrás, estaba casado con la hermana de Narciso Perales.

Así puede entenderse que, en esa época, su editorial se convirtiera en difusora de textos sobre el drama argelino y que en “Juanpérez” se publicaran distintos artículos (especialmente durante su primer año de vida) sobre la diáspora de los “pied noires”.

El libro de Segura Valero termina con cierta brusquedad cuando un funcionario francés gaullista viene a España a proponer la “reconciliación” con los miembros de la OAS y a pactar el desarme de la organización. Hubo más. Ciertamente, la historia oficial de la OAS termina con esta “operación reconciliación”, pero entonces quedaba lo más apasionante: la historia de los militantes perdidos de la OAS surgidos de la diáspora de los “pied noires”.

Personalmente hemos conocido a decenas de exOAS en las circunstancias mas diversas. No es el caso relatar estas experiencias personales, pero si recordar que, entre los “plastiqueurs” de la OAS que terminaron residiendo en España, no todos se acomodaron –como Lagaillarde- a los negocios y a recordar en las barras de bar y en las cenas entre camaradas, los que sin duda constituyeron los años en los que “vivieron peligrosamente”.

Casualmente, conocimos en Madrid a Jean Pierre Cherid. Se me ocurrió preguntarle si había vuelto a Francia después de lo de Argelia; la respuesta me llamó la atención: “No, para mi Francia es como una mujer a la que se ha querido mucho, pero te ha traicionado, entonces se le da la patada y nunca más se la vuelve a ver”. Sin embargo, Cherid volvió a Francia, o al menos, al País Vasco Francés, años después. Eran los tiempos del GAL. Cherid, en ese momento, era la punta de lanza del GAL. Al parecer, Cherid creía haber localizado el piso en el que se reunía la ejecutiva de ETA y estudió las posibilidades de eliminarla de un solo golpe. Algo salió mal y Cherid, al colocar la batería de la bomba para activarla, saltó por los aires.

No fue el único miembro de la OAS que colaboró con el GAL. Hay otros nombres para esta historia sin gloria y sin sentido.

A Portugal fue también a parar otro grupo de franceses ex miembros de la OAS, irreductibles y dispuestos a afrontar nuevas aventuras en el campo anticomunista. Ralf Guerin-Serac y otros dieron vida a “Aginter Press”, una agencia de prensa anticomunista, radicada en Lisboa, que, en el fondo, era la cobertura para operaciones anticomunistas en todo el mundo. “Aginter Press” contaba con el apoyo de las autoridades portuguesas, hasta el 23 de abril de 1973 cuando se produjo el “Golpe de los Coroneles”. Una de las operaciones más brillantes de la agencia había consistido en fundar en Suiza el Partido Comunista de los Trabajadores y su órgno de prensa “L’Etincelle”. Al mismo tiempo, Guerin-Serac había realizado su “autocrítica” en la embajada de la República Popular China en Bruselas (desde allí, los chinos contactaban con los partidos maoístas que se habían formado en Europa Occidental… la mayoría patrocinados por la CIA) renunciando a su “pasado pequeño burgués”. “L’Etincelle” tomó contacto con los representantes de los movimientos de liberación del África portuguesa y consiguió visitarlos… poco antes de que las FFAA portuguesas los arrasaran con una precisión asombrosa.

Así mismo, en Portugal publicaba la revista “Decouvertes”, Jacques Ploncard d’Assac, teórico del nacionalismo, próximo a la OAS y del que Ediciones Acervo publicó su obra “Doctrinas del Nacionalismo”.

                                             *    *     *

Hasta aquí el artículo sobre la OAS que describe el papel de Gómez Benet y explica cómo llegaron hasta él las armas utilizadas en el campo paramilitar de Castell del Remei. Juan Bosch era una especie de hijo político de Gómez Benet.
Tras hablar con Bosch lo descarté como posible autor del atentado contra la revista El Papus. Quedaba el núcleo que unos años antes había cometido atentados en Barcelona contra varias librerías, arrasado la revista Agermanament y asaltado la sede de la Gran Enciclopedia Catalana. Este grupo, no hacía mucho, había lanzado una bomba contra la imprenta del obispado de Barcelona. Descartando a Bosch no había otros en Barcelona capaces de realizar una acción así. El problema era cómo llegar hasta ellos y plantear la pregunta: “¿habéis sido vosotros?”. Conocía, sin embargo, al hijo de uno de ellos, así que lo sondeé. Nada. Sondeo negativo e incluso también, cierta perplejidad. Era posible, claro está, que alguien hubiera mentido o que fuera un actor excepcional.

Un par de provocadores, además de impresentables

Bruscamente, unas semanas después del atentado, dos individuos extraños, que figuraban en el entorno del JEP, resultaron detenidos en la sala de espera de la redacción de El Diario de Barcelona. Se trataba de un tal Ángel Blanco y de un tal Carmona que habían aparecido intentando vender informaciones sobre la preparación de un supuesto atentado de la “Triple A” contra el president de la Generalitat de Catalunya. Vale la pena hacer un aparte en este punto y tocar el papel de cierta prensa durante la transición.

Era del dominio público que Interviu y, no solamente esta publicación, sino también Diario 16 y varias mas, compraban información sobre la extrema-derecha. Pagaban al parecer entre 14 y 20.000 pesetas. Y no faltaban informadores que, a falta de buen material con el que traficar, vendían cuatro tonterías más o menos inventadas. Xavier Vinader era uno de los que recibían y canalizaban este material en Interviu y Gregorio Morán hizo otro tanto en Diario 16. Finalmente, esta bromas terminaron pasando factura a Vinader que se vio implicado en un lamentable asunto bien entrada la transición. Un policía nacional apareció por la redacción de Interviu vendiendo material sobre la extrema-derecha en Euzkadi. Era diferente vender chorradas en Villarriba, Vallecas o el Eixample, a aportar datos ficticios sobre la extrema-derecha vasca. Allí estaba ETA en su mejor momento. Las informaciones en cuestión eran increíbles para los que teníamos algún conocimiento de la ultra vasca. El policía nacional –que unos años antes había sido tiroteado por puro azar por ETA cuando al robarla el coche vieron que era policía- improvisó toda la información de principio a fin, sin ni un solo dato real. Vinader hizo la entrevista e Interviu lo publicó. Poco después ETA asesinaba a dos de los citados en el artículo que ¡nunca habían tenido relación con la ultra! A partir de este episodio y a la vista de que la fiscalía actuó enviando a la mazmorra fría al policía nacional (que en ese momento ya era ex) y al autoexilio a Vinader, este tipo de artículos se limitaron progresivamente a uno cada 20-N con singular precisión, pero en el período 1976-79 eran el pan de cada día. Ángel Blanco y el tal Isidro Carmona eran habituales de este tipo de tráfico de chorradas; tenían a los periodistas como perfectos imbéciles que se creían cualquier dato que les facilitaran por increíble que fuera, y además lo publicaban sin rubor, pagándoles sumas modestas, pero importantes para las economías de estos lumpen de la vida. A fuerza de muñir la vaca de Interviu y de que otros hicieran otro tanto, finalmente debieron “ampliar negocio” frecuentando otras publicaciones. Aquella tarde en El Diario de Barcelona se encontraron con la horma de su zapato.

Era la coyuntura que esperaba la policía. En la misma tarde me llegó la noticia y casualmente vi a Bosch en el local de CEDADE: “Te están buscando, casi mejor que te abras en forma de paraguas”. Y se “abrió”. Abandonó Barcelona y se dirigió al hogar familiar en Lleida. Allí lo detuvo la policía al día siguiente escondido en un doble techo. Con él detuvieron a Gómez Benet, a un jardinero exaltado, Rico Cros, acusados de haber bajado la dinamita que se ocupó a Bosh hasta Barcelona. Esa dinamita fue ocupada por la policía –dato importante- y jamás fue utilizada. Luego resultó detenida gente del entorno de Royuela que tenía más o menos relación con lo que había sido el JEP. Al día siguiente la prensa publicó las fotos en portada de todos los detenidos al margen de que algunos de ellos serían inmediatamente puestos en libertad. Todos fueron presentados como culpables y es cierto que alguno firmó declaraciones en las que afirmaba que había visto a uno o a otro preparando el explosivo… pero la juventud de quienes realizaron estas confesiones, la presión a la que fueron sometidos en la jefatura de policía, para la que no estaban mentalmente acondicionados, hicieron que firmaran eso y mucho más, incluso declaraciones completamente imposibles.

Desde el principio del asunto no tuve la menor duda de que la policía se había equivocado de culpables. O quizás era que se habían limitado a detener a los “culpables perfectos”. Bosch y su grupo en los últimos cuatro meses habían realizado todo tipo de acciones que los definían como “terroristas”: librerías incendiadas (la PPC), artefactos en la Sala Villarroel, reivindicaciones de atentados inverosímiles (la desaparición de Pertur), el tiroteo en el interior del local de juventudes del PSC y así hasta una docena de acciones. Quien ha estado relacionado con todo este tipo de atentados, fácilmente puede ser presentado como autor de la bomba del Papus. De hecho, era por pura casualidad que antes no habían causado ya uno o varios muertos. Pues bien, aún así, sostenía que eran inocentes de este atentado. ¿En qué dato me basaba para tener esa convicción? Simplemente en que los cartuchos de dinamita, inútiles y exudados, sin detonantes, dados por Gómez Benet eran exactamente los mismos que los ocupados por la policía en Barcelona. Por otra parte, creo recordar que el explosivo utilizado en el atentado no fue Goma-2, sino C-4, algo que no estaba al alcance de Bosch ni de ninguno de su entorno.
 
Pero en 1977 no se trataba de que los detenidos fueran los culpables, sino que su culpabilidad fuera creíble para los medios de comunicación. Y lo era. Los detenidos componían un grupo de “culpables perfectos”, aun sin formar ningún grupo organizado. Bosch tenía sus “chavales” en Barcelona, Gómez-Benet no tenía nada que ver con ellos, ni estaba dispuesto a jugársela con ellos (prueba de ellos es que dio cartuchos, pero no detonantes que sí tenía, como forma de “quedar bien” sin comprometerse). Unos cuantos gritos en jefatura y unas cuantas presiones, el consabido juego de policía bueno – policía malo, algún sopapo y amenazas a tutiplé, construyeron línea  a línea unas confesiones que cerraban el asunto: eran los culpables perfectos. Pero no eran ellos, así que juzgué oportuno crear un Comité de Solidaridad Militante en los últimos días que milité en Fuerza Nueva. Ramón Graells se presentó en el juzgado junto con algún otro camarada para asumir la defensa de los detenidos. Diseñé un cartel que por toda leyenda tenía: “Libertad Caso Papus – son inocentes” y que se imprimió en formato A2. Aquel cartel fue el primero concebido con criterios estéticos y publicitarios al uso. Se tiraron 10.000 y se imprimieron igualmente 15.000 adhesivos que reproducían el cartel, en una imprenta de calle Villarroel, no lejos del cubil de Royuela que nos presentó el padre de uno de los detenidos. Se imprimieron algunos panfletos y se enviaron comunicados de prensa que, por supuesto, jamás nadie osó publicar. No nos dábamos cuenta pero era la primera campaña coherente que estaban realizando las “fuerzas nacionales” en toda su historia reciente.
 
El nacimiento del Frente Nacional de la Juventud

Cabalgando con esos días se produjo la crisis en Fuerza Nueva. Después de recibir la carta de Blas en la que si no recuerdo mal me decía que me faltaba la fe necesaria para acometer esta lucha política. Rompí el carné del partido recortándolo en forma de runa de Odín e incluso creo que se lo envié por correo. A decir verdad, experimenté una sensación de liberación. Había estado en el partido lo justo para saber que ese no era mi lugar y que el nacional-catolicismo jamás arraigaría en la sociedad española. Dada por concluida esa aventura. Otros camaradas que habían entrado en el partido conmigo en 1976 o se habían ido o habían sido expulsados, o simplemente, se habían desengañado. Ya he dicho que, como no había mal que por bien no viniera, inhibirme de la lucha política en España me permitiría integrarme en lo que nosotros llamábamos el “frente internacional”.

A pesar de la expulsión seguí unos días visitando la sede del partido. La militancia juvenil deseaba hacer algo a favor de los detenidos por el Caso Papus. Algunos de los que se encontraban en ese momento en Fuerza Joven conocían a Bosch y si bien se habían separado de él hacía meses, no albergaban –no albergábamos- la menor duda sobre su extraneidad al atentado. Cuando a mí expulsan definitivamente de Fuerza Nueva en Barcelona, la situación dentro del partido se hace insostenible y no solamente entre la gente joven. La dirección del partido, mayoritariamente formada por ex combatientes de la División Azul vio como el sector ultracatólico del partido se hacía con el control del mismo. José Ruiz, el presidente regional, y su adjunto José Fernández dimitieron. El grupo de Fuerza Joven estaba dirigido por Ramón Graells quien, en principio no tenía mucho interés en abandonar el partido. Sin embargo, la militancia juvenil, incluso los recién llegados, no estaban dispuestos a subordinarse a una dirección que consideraban políticamente poco atractiva. Graells se creyó obligado a explicarme su postura: “Me quedo para mantener la llama…” que era como decir “igual hago carrera aquí”, sin embargo, dos días después, a la vista de que la totalidad de la base militante juvenil se fue del partido, él se fue con ellos no fuera a ser que perdiera el liderazgo. Fue así como nación el Frente Nacional de la Juventud. Al día siguiente Graells ya tenía pensado el nombre, la explicación al nombre y el distintivo de la nueva organización…

¿Por qué Frente Nacional de la Juventud? Habría que desglosar las tres palabras para ver el inmenso error en el que nos estábamos metiendo. ¿”Frente” por qué? Sencillo por que había gente de procedencia falangista y de lo que se llamaba procedencia “nacional-revolucionaria”, eufemismo para nombrar a los que se creía tenían origen “nazi”. No era así, ni remotamente. De hecho, lo “nacional-revolucionario” era algo completamente diferente (una forma de nacionalismo social, mucho más que de nacional-socialismo, en el cual ni estaba presente  la temática racista). Además, eso suponía olvidar que en las últimas semanas había entrado mucha gente en Fuerza Joven que ni tenía procedencia falangista, ni mucho menos “nazi”. Así que empezaba a haber un problema ideológico de partida. El problema de fondo era que Graells nunca se había preocupado mucho de ideologías: fue sindicalista-revolucionario en el Frente Sindicalista Revolucionario, tuvo algún contacto con Aula Azul, falangistas exaltados de izquierdas moderadita, fue pasó de ahí al nacional-sindicalismo de estricta observancia en los Círculos José Antonio, aterrizó por Fuerza Nueva, luego pasaría al Frente Nacional de la Juventud, luego intentaría volver en 1979 a Fuerza Nueva, pero la militancia se le volvió a oponer, liquidado el FNJ, retornaría a una obediencia falangista en un grupúsculo local, Unidad Falangista, para desaparecer un lustro y emerger de nuevo en Juntas Españolas de las que tras ocupar el liderazgo sería excluido… por el mismo motivo por el que los últimos mohicanos del FNJ le dieron la espalda, exactamente por lo mismo, algo que cierto pudor impide describir. Tras su eyección de Juntas, que a fin de cuentas, era una partido de derecha nacional, el antiguo sindicalista-revolucionario emergió luego como “general” de los Reales Tercios y allí lo tienen ustedes repartiendo despachos y nombramientos a una oficialidad de pastel, con uniformes, entorchados y parafernalia militar que haría las delicias de una revista satírica. Hay que añadir que los llamados Reales Tercios no tienen nada que ver con los Tercios de Requetés carlistas, sino que agrupa a juancarlistas. Si estos son los que van a defender a la monarquía, negro va a ser el futuro de la institución. Entre el antiguo sindicalista-revolucionario y el “general” de guardarropía median 40 años. Todos tenemos derechos a rectificar, el problema es que entre la espiral del FSR y los entorchados, galones, bandas y fajines de los Reales Tercios, me da la sensación de que hay evoluciones que van a peor.

En cuanto a la referencia a la “juventud”, desde el primer momento lo consideré un error. Un partido no puede estar dirigido a un grupo social definido por la edad. ¿Qué haríamos si se intentaran afiliar mayores de 30 años? La respuesta fue retórica: “Es que nuestro mensaje es juvenil y en la vieja falange ya se prohibía a mayores de 40 años que ocuparan puestos de mando…”. Era falso, pero, en fin, es cierto que en las JONS de Ramiro, al menos en sus estatutos había un artículo sobre la necesidad de ser jóvenes para ostentar puestos de mando. Quizás por eso las JONS nunca pasó de ser un grupúsculo juvenil. Al FNJ le pasaría otro tanto 45 años después.
Sobre la palabra central, “nacional”, no me pregunten por qué. En aquella época era frecuente que todos los partidos ultras ostentaran esa coletilla, como si no hacerlo sugiriera cierto “internacionalismo”. Tampoco me gustaba mucho el adjetivo. Siempre me he sentido europeo y, por lo demás, objetivamente, no era algo definitorio: todo lo que está contenido en una nación es, a la postre, “nacional”. Así que era una forma de no decir nada.

En cuanto al símbolo se adoptó la llama del Fronte della Giuventú italiano, los jóvenes del MSI. Y es raro porque esta organización eludía lo de “nacional”. Graells tenía una lejana idea de la existencia de este grupo y había visto en algún folleto editado por ellos, el símbolo de la llama al viento con los colores de la bandera italiana. Su gran hallazgo fue sustituir esos colores por el rojo y gualda carpetovetónicos. “¿Qué te parece?” A mí bien, a decir, verdad, a mí me daba absolutamente lo mismo. En aquel momento, no estaba mucho por la labor política, me dejaba llevar preocupado por que hacía tres meses que me había casado y sin mucha convicción sobre el futuro de aquella organización neonata.

Instalamos la primera sede del FNJ en el local de la Hermandad de Ex combatientes de la División Azul, en la Gran Vía, justo encima de la pastelería Escrivá que cada año destaca por alguna “mona” espectacular. Era un local pequeño y discreto, con alguna que otra griega en las paredes que se ensanchaba peligrosamente. La cocina la habilitamos como bar gestionado por un camarada diestro en patatas bravas y poco más. Era suficiente. Desde allí se empezó la campaña de solidaridad con los detenidos en el Caso Papus y aquella campaña arrastró gente, poco después ya nos habíamos juntado unos 75 y algunas semanas después duplicamos militancia. La organizamos de una manera extremadamente simple. Teniendo en cuenta que la calle Balmes y su prolongación Pelayo-Ramblas cortan Barcelona verticalmente y la Gran Vía hace otro tanto en la horizontal, los cuatro cuadrantes en los que quedaba dividida la ciudad nos daban la posibilidad de crear cuatro secciones. A pesar de ser de una simplicidad apabullante, lo extraño es que, hasta ese momento, ningún grupo ultra había desarrollado un sistema tan “sofisticado” de organización de las bases. Cada “sección” tenía un responsable encargado de la agitación en su zona.
 
Existía la obligación de que dos días a la semana, cada “sección” realizara actividades callejeras. Habitualmente consistían en colocar mesas de propaganda en lugares céntricos. Además se recaudaban fondos que oscilaban entre 3.000 y 7.000 pesetas. Con eso se imprimían más carteles, adhesivos y revistas. Pronto el FNJ lanzó su revista Patria y Libertad, de la que debieron salir unos 17 números en meses sucesivos. Poco después una revista teórica La Antorcha, de la que salió un solo número pero suplido por media docena de Cuadernos de La Antorcha con propósito de formación. Finalmente, apareció el primer número de El Cadenazo, revista satírica, la primera que publicaría la ultraderecha en España. Yo me encargaba de las publicaciones y de la redacción y diseño de los carteles, panfletos y adhesivos, pero no recuerdo a quien exactamente se le ocurrió la idea de la revista de humor. Posiblemente fuera a J.C. Castillón o a Mario Blanco. Éste último tenía cierta habilidad para el dibujo, así que entre los tres lanzamos realizamos los primeros números de la revista que luego, una vez disuelto el FNJ, tuvo un cierto revival. Castillón, eso sí, ideó el lema de la publicación: “No es cierto que seamos inmovilistas, nos encanta la marcha atrás”, lema de evidente polisemia que nos lleva a la vida sexual del FNJ.

Para que nos vamos a engañar. Conciencia política no hubo mucha en el FNJ. Podemos decir que hubo la misma que en cualquier otra organización ultra (salvo quizás en CEDADE donde la vida se tomaba demasiado en serio), esto es, poca o muy poca. Tanto en Fuerza Nueva como en el FNJ el crecimiento máximo se produjo cuando se integró, sin leyes de paridad ni madre que las parió, un número anormalmente crecido de chicas. En el FNJ doy fe de que el 40% de la militancia era femenino. Frecuentemente buen o de muy ver. Esto creaba tensiones lógicas y el que existiera una tensión erótica dentro del FNJ que contribuía a excitar el activismo y a llevarlo en ocasiones a sobreactuaciones. Cada militante varón se creía obligado a asumir más riesgos, realizar más activismo y más frenético que cualquier otro y en competencia con todos los demás, simplemente para cortejar a las hembras. La edad media estaba en torno a los 21 años, así que muchos militantes tenían exceso de testosterona y si buena parte de ellos tenían entre 19 y 20, para muchos, varones y hembras, aquella etapa fue la de su iniciación sexual. Era lógico que así fuera y raro si no hubiera sido así. Ya he dicho que en la ultra, follar se follaba como en cualquier partido libertario. También había gays e incluso individuos con sexualidad mal definida y morbos demasiado complejos para ser descritos sin que el pudor se resintiera. Y también existían trazas de pacatismo heredado de la organización matriz, Fuerza Nueva. Casados éramos dos parejas (los Graells y nosotros), luego se casó una tercera que duró poco y en los años siguientes Graells se separaría. Había algo en su matrimonio que no terminaba de funcionar. Evito los comentarios que su esposa realizaba en público, frecuentemente con él delante, pero a tenor de ellos era evidente que nadie daba un duro por su matrimonio. El problema fue que en el penúltimo período del FNJ esa situación de tensión personal repercutió muy negativamente en la marcha del grupo. Era difícil saber el humor con el que aparecería Graells por la sede. Así que la tensión fue subiendo en aquel microcosmos que debió tener su momento álgido en el año siguiente a abril de 1978. Pero eso sería adelantarnos demasiado en el tiempo.

Un mal giro en el Caso Papus

Un buen día, Graells nos comentó como iba el asunto de los detenidos en el Caso Papus. Era, desde luego, un feo asunto: “Soy partidario –me dijo- de que los detenidos se acojan a la amnistía de 1977. Si intentamos demostrar su inocencia podemos tardar mucho y nunca se sabe cómo puede acabar la cosa”. El caso es que los detenidos ya habían sido condenados por la prensa… pero yo seguía albergando la convicción moral de que ellos no habían sido. Fue buscando y preguntando, nadie sabía nada del atentado, y toda la ultraderecha en bloque lo condenaba o se negaba a hablar de él. Así que no había nada más que realizar una “comparativa”.  Era imposible que se hubiera utilizado C-4 y explosivos sofisticados en un solo atentado. Si esto era así, el Caso Papus hubiera sido una excepción y nadie que tiene un explosivo de esa potencia se contenta con realizar un solo atentado. Y si solamente se había cometido uno, el atentado era todavía más sospechoso. Los atentados que había cometido el entorno del JEP eran simples y primitivos, apenas lanzamientos de cócteles molotov y latas de gasolina vaciadas ante los anaqueles de librerías y teatros. Nunca –y esto era importante-, nunca se había utilizado en Barcelona ningún explosivo activado por detonante. Ni antes ni después de la explosión del Papus, en Barcelona, ningún grupo ultra utilizó jamás detonantes ni C-4. Ni entonces ni ahora entendí por qué la policía había deducido que si el atentado se había cometido en Barcelona debía de haberlo hecho algún ultra catalán. ¿Por qué no buscaban en otras regiones del Estado en las que se habían cometido atentados muchos más coincidentes con el del Papus. En Levante, por ejemplo. Y dejo ahí en el aire la pregunta porque no es ni entonces ni ahora era mi obligación investigar algo que solamente correspondía a la policía pero de lo que no tengo la menor duda de que la policía optó por la vía fácil: Bosch y su grupo eran los “culpables perfectos” y acaso por eso durante los seis meses anteriores les habían dejado campar con toda impunidad, sin interferir en tiroteos, atentados o agresiones, algunas de ellas que estuvieron a punto de causar muertos. Que cada cual piense lo que quiera.
 
Ya se sabe aquello de que “Por la boca muere el pez”. Bosh era de estos. Concedió una entrevista a Interviu ilustrada con fotos en las que se le podía ver fumando un gigantesco puro habano (él que hasta hace poco había sido vegetariano y que nos deleitaba a todos con disertaciones sobre el color de sus heces, de las que supimos que eran, por cierto, blancas). Explicaba malamente su inocencia anudándose un poco más la soga, si ello era posible. Decía textualmente: “Me han culpado a mí del atentado por ser experto en explosivos”. Era como decir, “soy carnicero, pero el tipo ese que se ha encontrado trinchado no he sido yo a pesar de que podría haberlo hecho y a las mil maravillas”. Para rematar la faena, en el juicio “aclaró” un poco más su posición explicando con una seriedad pasmosa: “El atentado lo cometió Luis Prats del CESID”, añadiendo: “Me lo ha dicho Royuela”. El pobre Prats, por cierto, era el alias de un coronel destinado a los archivos militares de Barcelona, antiguo director del SEDEC en Catalunya, de ascendencia carlista al que frecuentemente me cruzaba por Barcelona, él siempre sobre una Ducati 250 procedente de subastas militares y yo con mi petardeante  Sanglas 400. Se podía pensar cualquier cosa sobre el trabajo de Prats, pero no desde luego que fuera un hombre capaz de ordenar un atentado de este tipo. Si había una forma inútil y contraproducente de abordar su defensa, Bosch la eligió sin pestañear. No es raro que cumpliera años de cárcel (los suficientes para acabar la carrera de exactas y luego liarse la manta a la cabeza con la de económicas) por un delito que no cometió. Resumo: el caso Papus, resuelto judicialmente, sigue impune y Juan Peñalver Sandoval no ha sido resarcido por una justicia eficaz.

Y esto nos lleva al asunto central: si no existían pruebas suficientes, sino tan solo circunstanciales y completamente periféricas, para condenar a Juan Bosch, cómo diantres es posible que unos abogados optaran por evitar resaltar esta ausencia de pruebas directas, tirando por el sendero más increíble: intentar que se les aplicara la amnistía de 1977… lo que en la práctica equivalía a reconocer su culpabilidad e intentar un subterfugio que, por supuesto, jamás se aplicaría. Decididamente, hay acusados cuyo principal enemigo es su abogado defensor, hasta el punto de que tanto en el Caso Papus, como entre los acusados del 11-M, vale la pena recordar que las condenas finales tienen su origen en malas asistencias iniciales a los detenidos por parte de sus abogados. No será la última vez que este tema sale en estos apresurados recuerdos.

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24 de abril: fecha del genocidio armenio. Homenaje a un pueblo. Vergüenza a sus verdugos

En 1915 y 1916, un pueblo europeo y cristiano fue masacrado sistemáticamente por otro pueblo asiático e islámico. Cada 24 de abril se conmemora el aniversario de aquella masacre. En 2005, el gobierno turco declaraba que el genocidio jamás existió y se limitó a aludir a “trágicos acontecimientos”. “Trágico” era, efectivamente, el aniquilamiento de un pueblo, con la muerte de millón y medio de sus miembros y la diáspora del resto. Hoy, en la Turquía que se encuentra en las puertas de la UE avalada ayer por Aznar y hoy por Zapatero, recordar el genocidio armenio es un delito castigado con fuertes penas.

Armenia, un pueblo europeo

Los armenios son un pueblo indoeuropeo; ellos mismos consideran que su pueblo fue fundado por el patriarca Haík y llaman a su país Hayastán. En el siglo VII a. JC, poblaban las regiones del monte Ararat y del lago Van. Conquistada la zona por los romanos, en el siglo III se convirtieron al cristianismo. Los primeros en convertirse fueron Gregorio “Illuminator” y el Rey Tiridates, que recibieron las aguas bautismales en Capadocia; tras ellos, siguió el resto de su pueblo. Había nacido la Iglesia armenio-gregoriana cuando aún faltaban cincuenta años para la conversión de Constantino. Así pues, le cabe a la Nación Armenia haber sido la primera del mundo en asumir el cristianismo. En el siglo V, los prelados armenios no pudieron acudir al concilio de Calcedonia a causa de la ofensiva que contra su pueblo habían desatado los persas. Este conflicto prefiguraba el drama histórico de Armenia.

Situado en el cruce entre Oriente y Occidente, la tierra armenia es una de esas zonas de interés geopolítico vital para cualquiera que intentara aproximarse a Europa o contener a Asia. Las luchas entre romanos y partos, entre persas y bizantinos, las invasiones árabes del siglo VII y de los turcos en el X, marcaron a fuego a este pueblo y lo trataron con una dureza inusitada. Y, sin embargo, a pesar de todos estos avatares, la cultura armenia, lejos de desaparecer, floreció como ninguna otra en la zona. Sus catedrales e iglesias, aún hoy, son buena muestra de ello.

A lo largo de la Edad Media, Armenia se encontraba presionada entre turcos y bizantinos. En el 885, Rubén Bragatida federó unos cuantos principados menores situados en el Sudeste de Asia Menor fundando el reino de Cilicia. Al tratarse de un reino cristiano, cuando los cruzados iniciaron sus campañas en Tierra Santa, Cilicia supuso una posición avanzada. En 1198, León II, fue consagrado Rey y reconocido por el papa y por el Emperador Enrique II del Sacro Imperio. León II se había comprometido volver a establecer la supremacía del Papa sobre la Iglesia armenia. Los dominicos se establecieron y permanecieron allí hasta el siglo XVIII. Hetún II, uno de los reyes armenios, llegó a hacerse franciscano.

El apogeo de este reino logró mantenerse y prosperar gracias al comercio y a la habilidad de sus gobernantes, pero cuando se hundió el Reino Latino de Jerusalén, Cilicia volvió a encontrarse en una difícil situación. Los mamelucos egipcios terminaron invadiendo el reino y expulsando a los armenios de Cilicia. Por entonces ya se produjo una primera diáspora armenia que llevó a los más brillantes de sus mentes a los Balcanes. Armenia languideció durante tres siglos, hasta que a finales del XVII, David el Sunio, consiguió batir en retirada a los invasores. A su muerte, en 1728, Armenia volvió a afrontar su sino, atacada por turcos, persas y rusos. La mayoría de la población cayó sobre la férula turca, pero también, bolsas de población fueron administradas por el Imperio Ruso. Los turcos, particularmente, sometieron duramente a los armenios y no es raro que en las revueltas terminales que sacudieron al Imperio Turco en 1908, los armenios tomaran partido por los revolucionarios. Pero la resistencia armenia no había caído en la cuenta, de que la nueva élite gobernante –los Jóvenes Turcos- tenían un carácter nacionalista que encajaba mal con el respeto a las minorías nacionales como la armenia. Como todo movimiento nacionalista, los Jóvenes Turcos aspiraban a “homogeneizar” el país y transformar al Imperio en Nación. Este nacionalismo llevó a las masacres de 1915-16.

El tratado de Sevres, en 1920, previó la constitución de un Estado Armenio. Pero turcos y rusos boicotearon este proyecto. El Ejército Soviético, constituido tres años antes, jamás se retiró de la parte conquistada a Turquía en donde se constituyó la República Soviética de Armenia. Algunos voluntarios armenios se unieron a las tropas alemanas en la II Guerra Mundial, no sólo por anticomunismo, sino con la esperanza de que un eventual triunfo alemán permitiría la independencia armenia. Pero la derrota de las armas alemanas hizo que debieran de pasar cincuenta años mas hasta que Armenia fuera independiente, agrupando solamente una parte de su territorio y de su población.

Las dimensiones del genocidio armenio

Se conoce como “genocidio armenio” a la masacre de millón y medio de turcos realizada entre 1915 y 1917 durante el gobierno de los llamados “Jóvenes Turcos”. Ningún gobierno turco en los últimos noventa años, ha admitido que se tratara de un genocidio planificado y llevado a cabo sistemáticamente, sino que, para ellos, se trató “solamente” de un conflicto interétnico localizado, al que se añadieron las epidemias y la hambruna causada por la Primera Guerra Mundial. Desde el punto de vista formal, las cifras son elocuentes y el resultado final fue un genocidio, porque, sobre los dos millones de armenios censados por el Imperio Otomano en 1914, solamente sobrevivieron medio millón.

En esa turbulenta época, el grueso de la población armenia estaba situada en el Este de la Península Anatolia, con una importante comunidad de algo menos de cien mil miembros en la antigua Constantinopla (Estambul). Jamás habían tenido problemas con otras etnias, incluso los otomanos los conocían con el sobrenombre de "Nación Leal" y esto, a pesar de que, jurídicamente, al pertenecer a otra confesión religiosa, se veían lesionados por la ley coránica que les confería un estatuto de inferioridad social y política.

Las reiteradas ofensas a las que fueron sometidos los armenios en la gran crisis del Imperio Otomano durante el siglo XIX, generó la aparición de un movimiento de liberación nacional. Pero si Turquía había concedido la independencia a las provincias balcánicas de su Imperio, no estaba dispuesta a ceder ante los armenios y mucho menos al existir la posibilidad de que un Estado Armenio, inmediatamente, se configurara como aliado de Rusia.

Hamid II, entre 1849 y 1897 realizó las primeras masacres sistemáticas entre los armenios. Se calcula que en ese período fueron asesinados doscientos mil miembros de esa etnia, a la que siguieron otros treinta mil asesinados en 1909. Ya en esa época, nadie lloró por los armenios. Lo peor estaba todavía por llegar.

Un genocidio premeditado

Del 23 al 24 de Abril de 1915 fueron detenidos y asesinados 650 notables de la comunidad armenia en Constantinopla. El perfil era siempre el mismo: personalidades influyentes, mayores de 15 años y susceptibles de configurar la clase dirigente de un futuro Estado Armenio independiente. Quienes no correspondían a este perfil (mujeres, ancianos, niños) fueron deportados al desierto sirio y mesopotámico. El mismo esquema de arresto y asesinato de los líderes y de los hombres mayores de 15 años, así como la deportación del resto de la población -mujeres, ancianos y niños-, hacia los desiertos de Siria, se repitió en todos las localidades armenias.

Por su parte, el gobernador turco de Van, Cevdet bey, azuzó a los nacionalistas turcos para que multiplicaran sus exacciones sobre la población armenia; se trataba, de un plan más ambicioso que el de satisfacer meramente los deseos de venganza de los extremistas; con estos ataques se pretendía provocar a la población armenia para justificar una represión indiscriminada. Entre las tropas turcas servía un curioso personaje con el grado de oficial e instructor. Se trataba de Rafael de Nogales Méndez, mercenario de nacionalidad venezolana, que, al acabar el conflicto, escribió un testimonio titulado “Cuatro años bajo la Media Luna”, en el cual se aportaban datos sobre estas provocaciones y la represión que siguió.

Cuando el ejército ruso penetró en territorio turco en enero de 1915, tras la batalla de Sarikamis, numerosos armenios se integraron en el ejército del general Vorontsov para vengar estas masacres. La mayoría de estos voluntarios pertenecían a formaciones nacionalistas que había acogido favorablemente la promesa del Zar Alejandro II sobre la formación de un Estado Armenio independiente al concluir el conflicto. No es raro que en abril estallara una revuelta pro-rusa en la ciudad de Van y que se cometieran excesos contra los musulmanes. La situación se agravó por que en el curso de 1915, la ciudad fue ocupada sucesivamente por los rusos (mayo), luego por la contraofensiva turca (agosto) y, más tarde, la reconquistaran los rusos (septiembre). Este baile de avances y retiradas prosiguió a lo largo de 1916, pero en 1917, el frente ruso se desmoronó a causa del estallido de la revolución bolchevique. Los turcos se sintieron con fuerzas de contraatacar en la zona del Caspio y llegaron a conquistar Bakú, entonces en poder de los británicos. Sin embargo, la derrota turca en la guerra fue total y solamente en el frente anotolio consiguieron mantener posiciones e incluso avanzar.

Paralelamente a estos vaivenes militares, la situación política se agravó mucho más. Enver Pasha atribuyó la derrota de Sarikamis a la revuelta armenia y ordenó que los reclutas de esa nacionalidad que servían en el ejército turco fueran desarmados e internados en campos de concentración. Al desplomarse el Imperio Otomano, la inmensa mayoría de estos reclutas habían muerto, unos a causa de la guerra, otros debido a la dureza del internamiento, la élite había sido fusilada y los más afortunados fueron incorporados como trabajadores esclavos. Por otra parte, nada más se inició la revuelta de 1915, el gobierno de los “Jóvenes Turcos” deportó a la población que estaba en el territorio por él controlado, al actual desierto Sirio, deteniendo primero y fusilando después a prácticamente toda la clase dirigente e intelectual. En los meses siguientes se alcanzaría la pavorosa cifra de un millón de deportados. Pero lo importante no era la deportación en sí –en el fondo se había producido una revuelta nacional- sino los excesos de los soldados turcos en el traslado y la falta de recursos y condiciones de la zona que debía albergar a los deportados, un verdadera desierto. Pues bien, fue allí donde se instalararon los veinticinco campos de concentración que albergaron a la población armenia.

En Anatolia Oriental y Antioquía, los armenios no se dejaron detener, sino que ofrecieron resistencia. En Musa Daga, la resistencia fue feroz, durante cuarenta días, hasta que los supervivientes fueron rescatados por la marina francesa.

Según las cifras dadas por el Patriarcado Armenio de Constantinopla, de los 2.000.000 de armenios que vivían en el interior del Imperio Otomano en 1912, se pasó a 77.435, en 1927, concentradas especialmente en Estambul y aproximadamente 50.00 en 1993.

El “negacionismo” pro-turco

Existían responsables ideológicos del genocidio; eran los “Jóvenes Turcos” que habían pasado de ser un movimiento liberal partidario de la modernización del país, a un movimiento nacionalista, progresivamente radicalizado y excluyente. El nacionalismo turco, para realizar su proyecto, precisaba liquidar al nacionalismo armenio y eliminar de una y por todas, la posibilidad de secesión.

Aún hoy, no solamente el genocidio armenio es ignorado sino que, además, se intenta borrar todo rastro cultural de este pueblo. Cualquier resto arqueológico es atribuido por el Estado Turco a cualquier otro pueblo, todo, con tal de evitar cualquier dato que pudiera confirmar lo evidente: que hubo un tiempo en el que el pueblo armenio se extendía por Anatolia (mucho antes que los otomanos), el Cáucaso y la Meseta de Armenia.

Resulta curioso que sean tres países los que se niegan a utilizar el término “genocidio” para calificar la masacre sistemática de armenios: uno de ellos es Israel que, al parecer, no quiere competencia en este tema; ellos se consideran las únicas víctimas de los genocidios del siglo XX; ellos y nadie más. Los otros dos países son los que históricamente han formado el eje atlántico o anglosajón, EEUU e Inglaterra, los principales valedores del ingreso de Turquía en la UE. Por el contrario, Alemania, Grecia, Italia, Holanda, Bélgica, Austria, Portugal, Eslovaquia, Suiza, Suecia y Ciudad del Vaticano, han reconocido oficialmente la tragedia. ¿Qué espera el aprendiz de brujo, hacedor de diálogos de civilizaciones y demás lindezas, para unirse a Europa también en este terreno? ¿están los armenios excluidos de tal “diálogo”? ¿Es que no sabe Moratinos que en Erivan el gobierno legítimo del Estado Armenio ha levantado un monumento a este genocidio?

A todo esto, Turquía el “paciente candidato a ser Europa”, ¿que dice sobre este episodio de la historia reciente? La “versión oficial” turca sostiene que no se trató de un plan organizado, sino que se trató de la lucha contra una sublevación ilegal estimulada por un país extranjero, que si no fueron tantos los muertos, que si los armenios asesinaron más (¿?)… en el colmo del absurdo, las cifras del actual gobierno turco, sitúan este macabro regateo de cifras, en 500.000 turcos asesinados por los armenios por 10.000 armenios asesinados por los turcos. O como el gato aplastó al elefante… El caso es que, todavía hoy la mera mención del genocidio armenio acarrea una queja formal de los embajadores turcos, y de tratarse de un turco, corre el riesgo de ser condenado a prisión.

En 2005, el Primer Ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, ante las protestas internacionales, propuso la formación de una comisión internacional para establecer qué fue lo que realmente ocurrió. La oferta iba dirigida especialmente al gobierno armenio y a historiadores de todos los países. Armenia solamente ha puesto una condición previa: el establecimiento de relaciones diplomáticas entre ambos países y regularizar el tráfico fronterizo sin limitaciones de ningún tipo. Pero Turquía se negó alegando que estas medidas implicarían aceptar la ocupación de Nagorno-Karabagh.

Una estela de 44 metros simboliza el renacimiento nacional de los armenios y doce losas colocadas en un círculo (representando a las 12 provincias armenias todavía en poder de territorio turco) en el centro del cual se encuentra la llama eterna. En el centro del círculo, a una profundidad de 1,5 metros, se halla una llama eterna. Cada año, el 24 de abril, dentro del Estado Armenio y de las comunidades armenias de todo el mundo, se celebra el “Día de la Conmemoración del Genocidio Armenio”. El monumento fue elevado por las autoridades soviéticas en 1965, cuando se cumplió el cincuentenario de la masacre. En Erivan, caminan hasta el monumento donde arde la llama de los antepasados muertos y depositan claveles rojos.

Hoy, esta conmemoración está más viva que nunca.

Amigos del Pueblo Armenio – Armenios residentes en España
24 de abril de 2009


(c) Ernest Milà - infokriksis - infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com

Ultramemorias (VIII de X) Visicitudes políticas en la transición (5ª parte). Tiempos agitados

Lo sorprendente de Fuerza Nueva fue que entre el referéndum para la reforma política y las elecciones de junio de 1977, el partido no realizó grandes actividades y, sin embargo, fue creciendo. Se realizó, eso sí, alguna movilización en la calle que demostró que existía una posibilidad para atraer masas a diferencia de la Unión del Pueblo Español promovido por el “franquismo sociológico” del que solamente se sabía que “estaba en conversaciones”, pero que en la calle no dejaba rastros de su existencia. Con razón decían representar a la “mayoría silenciosa”; más que “silenciosa” era una “mayoría ausente”. Era un buen momento para que Blas hubiera reconocido los hechos consumados, a saber que caminábamos hacia una democracia formal, a la europea, en la que tendría que acomodarse… o bien, tirarse al monte. Y yo era el partidario, en primer lugar, de asimilarnos a un partido democrático de cara al futuro (y en esa línea estaban escritos todos los artículos que había publicado en el semanario), o en caso de que la dirección del partido se viera incapaz de homologarse a cualquier otro partido, tirar al monte, lo que en la época equivalía a asumir una estrategia “golpetera”.

Vale la pena preguntarse si defender el golpismo en aquella época era legítimo. Hay que recordar el contacto político español entre 1976 y 1980: la crisis de hoy se experimenta con brutalidad porque no existe ninguna otra noticia que la cubra, sin embargo, en 1976-77, el aumento de la inflación, las oleadas de huelgas, el aumento del paro (para una sociedad habituada a no conocerlo desde hacía mucho), el encarecimiento diario del coste de la vida, todo ello quedaba cubierto por la declaración de tal o cual lidercillo del tres al cuarto y por noticias de indudable calado político que eclipsaban cualquier otra noticia. Los asesinados por ETA, salvo que se tratara de un capitoste de la banca o de la patronal, apenas merecían pequeñas noticias en páginas interiores. El sol de la “reforma política” conseguía desplazar cualquier otra noticia y deslumbrar sobre el futuro radiante que nos esperaba.

Un paréntesis sobre ETA

Algunos que empezábamos a tener uso de razón política, que habíamos viajado ya por el extranjero, leído la prensa de los partidos hermanos y mantenido relaciones epistolares en toda Europa, sabíamos que la democracia formal que se avecinaba no era ninguna ganga. No albergábamos la menor duda de que la democracia formal era, fundamentalmente, debilidad y ausencia de “responsabilidad”. En 1976 augurábamos para España grandes dosis de corrupción y caos político-social. Y sin embargo, ni éramos profetas, ni siquiera en la época, alcanzábamos en rango de modestos analistas políticos. Cuando Cuadernos para el Diálogo titulaban “Contra terrorismo, democracia”, personalmente sonreía: contra más democracia, habrá más terrorismo, me decía. O aquel otro titular de “Vosotros fascistas sois los terroristas” que repetido tantas veces eludía considerar que el único terrorismo realmente existente en España era el de ETA y en mucha menor medida el de los GRAPO y que si había atentados “ultras” eran acciones aisladas de elementos individuales que jamás constituyeron ninguna organización estable, ni voluntad de tal. Y así fue durante los 30 años siguientes. Toda la prensa democrática clamaba por la amnistía y la liberación de todos los presos políticos, algo en lo que todos estábamos de acuerdo… salvo en los condenados por delitos de sangre. Por lo demás, en la trena se encontraban los responsables del atentado de la calle del Correo en el que murieron casi 20 personas, gratuitamente, simplemente porque tomaban un café con churros al lado de la Dirección General de Seguridad, hoy edificio de la Comunidad de Madrid. Al típico lumbreras etarra se le ocurrió que si estaba a dos pasos de la DGS todos los clientes y seguramente los camareros serían policías. Pues bien, todos eran civiles, incluida aquella pareja de recién casados que estaban de viaje de novios por la capital. No había ningún policía en el establecimiento.

Vale la pena hacer un alto y sintetizar en unas líneas lo que pensaba de ETA en la transición. Los tenía por asesinos, sin más matices. Hubo un antes y un después del atentado de la calle del Correo. Antes cabía la posibilidad de que ETA estuviera embarcada en una guerra particular “contra la represión en Euzkadi”, además, sea lo que fuera lo que ocurrió con Carrero Blanco, se trataba indudablemente de un atentado “político”. Las objeciones eran muchas: Carrero no sólo era presidente, era también persona. Como Melitón Manzanas del que, por activa y por pasiva se ha intentado justificar su asesinato en tanto que “torturador”. También era una persona con su familia y sus hijos. Podía entender que se asesinara al funcionario o al presidente, pero no que se asesinara a las personas que estaban tras estos cargos. Y en eso estaba cuando en el atentado de la Calle del Correo disipa cualquier duda sobre la legitimidad de ETA: no existe ninguna justificación porque ninguno de los muertos ocupa puesto alguno en lo que ETA llamada “el aparato represivo del Estado”. Pero ocurrió algo peor. ETA, al ver que, literalmente, había metido la pata, no reivindicó el crimen. Además de asesinos, cobardes. Hubo algo más.

Tirando del hilo, la policía llegó a un núcleo de madrileños vinculados a la oposición democrática que estaban colaborando con ETA. Había un albañil y también un piloto de Iberia, pero lo esencial del bolsón de detenidos pertenecía a lo que se llamaba “fuerzas de la cultura”. Había actores de teatro, intelectuales, psiquiatras, abogadas, un pastiche muy heteróclito que ni siquiera correspondía a ninguna organización realmente constituida. Solamente Genoveva Forest Tarrat, estaba, más o menos incluida en el aparato etarra. Fue ella la que alertó sobre la frecuencia con la Carrero Blanco acudía a oír misa. Fue ella quien escribió “Operación Ogro: cómo y por qué ejecutamos a Carrero”. Y fue ella cuando la que albergó a los que ejecutarían la masacre de la Calle del Correo. Su marido, Alfonso Sastre, era autor teatral de prestigio. En aquella época acababa de escribir “La Taberna Fantástica” que intentaba reproducir, mal que bien, la vida de los quinquis y su lenguaje marginal, a la vista de que entre la oposición democrática de la época, el paradigma del marginal era Eleuterio Sánchez, “el Lute”, quinqui ayer y presunto maltratador hoy. Reconociendo sus méritos, nunca he podido digerir el teatro de Sastre que me parecía preñado de un exceso de demagogia social, muy del gusto, eso sí, de aquella época. Como era habitual, algunos de los detenidos recibieron algún que otro bofetón, pero no todos: los famosillos y pudientes recibieron un trato exquisito.

La policía sabía a quien propinada un tortazo y la Forest pertenecía a “los intocables” de la oposición democrática, al encarnar a “las fuerzas de la cultura”. Sin embargo, en la cárcel publicó un estremecedor relato de las torturas de que había sido objeto que indicaba un carácter con pulsiones sadomasoquistas demasiado visibles. Desnuda en medio de una habitación sórdida, mojada en sus propios orines, una y otra vez policías anónimos la sometían a humillaciones, vejaciones, malos tratos y torturas e incluso en el cuadro pintado por ella aparecía una sanitaria, bajita, regordeta y pintarrajeada que le inyectaba algún suero de la verdad… todo demasiado novelesco y casi extraído del reparto de “La Taberna Fantástica”. Era cierto que la policía no se andaba con miramientos con el obrerete detenido en una manifestación, cuidaba mucho más las formas con los estudiantes, esos hijos de la burguesía de los que ignoraban las influencias que podía tener papá y mamá y trataban con una cortesía casi versallesca a los detenidos representantes de las “fuerzas de la cultura”. Y esto, con Franco vivo.

Para desgracia de Eva Forest, en la celda de al lado estaba presa Lidia Falcón, feminista de pro, que, literalmente, pasaba por allí; el hecho de que su nombre figurara en la agenda de la Forest y que existiera una confusión en torno a un piso que le había facilitado la Forest, hizo que se viera implicada en el asunto. Al salir de la cárcel la Falcón negó tener relación con el grupo (ella y su marido, Eliseo Bayo, habían pertenecido al PSUC, creo que pasaron un breve período por el PCE(m-l), luego publicaron una revista ciclostilada, La Verdad, como comunistas independientes y finalmente recalaron en el PCOE de Lister… pero siempre se habían mantenido al margen del terrorismo) y puso especial énfasis en asegurar que la Forest ni había sido torturada ni vejada, ni humillada, ni enfermera bajita y regordeta le habían puesto inyección alguna, todo lo contrario, le habían tratado con exquisitez y ella, con la misma educación les había dicho a los policías todo lo que querían saber.  El testimonio de Lidia Falcón, “Viernes y 13, calle del Correo” dice muy poco a favor de Eva Forest, pero mucho sobre la mentalidad de las “fuerzas de la cultura”. Cualquier exageración y mentira pura y simple, eran admisibles para desprestigiar y denunciar al franquismo. Hasta su muerte, no hace mucho, la Forest siguió sosteniendo la realidad de las torturas de que fue objeto. Y la Falcón sigue sosteniendo que todo aquello fue una patraña urdido por una desequilibrada o poco menos.

No es cierta la imagen que los ex etarras que militaron en aquella época han dado de sí mismos: antes del 20-N de 1975, serían unos idealistas que lo estaban dispuestos a dar todo por su pueblo, a partir del asesinato de Miguel Ángel Blanco, unas bestias sedientas de sangre. En realidad, el material del que se nutría ETA fue el mismo siempre: chicos, más o menos descerebrados, que querían vivir una aventura y que, en la lógica de una organización terrorista, esa aventura pasaba por el asesinato. Quizás la única diferencia estribe en que antes ETA se cuidaba más de justificar sus crímenes, mientras que hoy simplemente los ejecutan sin más problemas de conciencia y, entre crimen y crimen, un porrito que siempre relaja. Esto hacía que, en otro tiempo, el número de intelectuales o presuntos tales, fuera mayor en ETA, mientras que hoy se limita a ser una jauría de perros de presa con la neurona declara en huelga.
 
Además, por algún motivo, hubo un tiempo en el que en Euzkadi se ligaba más con el marchamo de ETA. Esto incluso lo descubrió Hellín, un ultra madrileño que se las iba dando de misterioso vasco en Madrid en bares frecuentados por gente de izquierda. Siempre había alguna que “picaba”. Luego se “curraba la página” de que estaba solo en Madrid, dejaba intuir que era etarra en misión en la capital. En ocasiones, ya en el “piso franco”, dejaba ver algún arma y la chica fascinada creía que estaba ante el “gran vengador euskeriko”. Cuando eso ocurría, las pobres chicas ya habían dejado las bragas sobre el cañón del fusil y se habían entregado al vengador de sus amores. Una no cayó en la trampa. Identificó al falsario como tal. Unas semanas después era asesinada. Se llamaba Yolanda González y militaba en un partido escindido de las Juventudes Socialistas y vuelto hacia el trotskismo, el PST. Compartí módulo penitenciario en la cárcel de Meco con algunos de los implicados en el asunto y fue esto lo que me contaron por todo “móvil”.

Otro paréntesis sobre “Pertur”

Eduardo Moreno Bergareche, alias “Pertur”, era un chico al que le había dado por apuntalar ideológica y estratégicamente la andanza de su organización, ETA(p-m). Le habían destinado a elaborar documentos y comunicados, a la vista de que el muchacho era un palizas, pero él, lo que verdaderamente hubiera querido era participar en los “golpes” de los comandos. No lo cuento yo, sino que sus biógrafos lo resaltaron y beatificaron. Pero para esas acciones había que tener un carácter que “Pertur” no tenía. Estaba preparando un escrito –la Ponencia Otsagabía– para la Asamblea de ETA cuando desapareció y desde entonces nadie ha vuelto a saber nada de él. El texto de la ponencia, es sin embargo, descorazonador sobre sus cualidades intelectuales. La única novedad era la propuesta de crear un partido que actúe en la legalidad democrática que preveían hasta los más ciegos (salvo, claro está, en la extrema-derecha).

En los últimos 30 años se ha hablado mucho de quién asesinó a Pertur. En los momentos de escribir estas líneas el caso ha tomado un nuevo giro cuando un juez italiano ha interrogado a “arrepentidos” italianos de extrema-derecha, un tal Sergio Calore y a algún otro, sobre un asunto que desde 1983 se creía resuelto. En efecto, a poco de desaparecer “Pertur” una llamada “Alianza Apostólica Anticomunista” (grotesca forma de salvar las tres aes que causaban espanto en Argentina) reivindicó la desaparición, añadiendo incluso un logo primorosamente elaborado. El logo no era otro que el símbolo “ummita” que mostraba la nave extraterrestre de ese país que presuntamente “aterrizó” en San José de Valderas… Por supuesto, ni jamás hubo “ummitas”, ni nave que aterrizara en la periferia madrileña, y todo era un “experimento sociológico” urdido por Jordán Peña, un sociólogo, a cuenta de vaya usted a saber quién. Pero el logo popularizado ocho años antes, quedó en la mentalidad de un tal Carmona, un ex miembro del JEP, que reivindicaba todo lo reivindicable. El chaval, que no estaba muy en sus cabales, se ve que le daba morbo que durante días la prensa estuviera mareando la perdiz con los comunicados que enviaba con cierta regularidad y que, por cierto, le llevaron a la cárcel.

Con esos vagos indicios, entre 1977 y 1983, fue creencia generalizada el que a “Pertur” lo había asesinado esta “Triple A” carpetovetónica de origen y “apostólica” por vocación. Pero la familia de Pertur había indagado por su cuenta y llegó a sus oídos, por declaraciones de sus antiguos camaradas, que la situación en ETA en el momento de la desaparición estaba muy enrarecida. Múgica Garmendía, “Pakito”, fue responsabilizado directamente de la desaparición en cuanto la familia tuvo la seguridad de que fue la última persona a la que vio. Y así fue hasta que Sergio Calore (un pequeño chivatillo “arrepentido” que, desde 1980 viene explicando lo poco que sabe, lo mucho que se inventa y lo que le sugieren que diga jueces de pocos escrúpulos) dijo que lo sabía todo sobre el tema: “fue Della Chiaie”. Así que creo que puedo aportar algo sobre la materia, por vía de la negación.

Desde diciembre de 1976, Della Chiaie estaba fuera de España. Abandonó España cuando Martín Villa estaba a punto de firmar su orden de captura. Una de las últimas entrevistas que tuvo en España fue con Girón y con la familia Oriol negando que tuviera algo que ver con el secuestro de José Maria Oriol y Uquijo, secuestrado en aquel momento por el GRAPO, pero del que la “prensa democrática” sostenía con una seriedad pasmosa que estaba secuestrado por la gente de Della Chiaie. Así pues no pudo estar implicado en la desaparición de “Pertur”, simplemente porque se encontraba en el momento de producirse muy, pero que muy, lejos de España… algo, por supuesto que el bobo de Sergio Calore no podía saber. Divagaciones de este tipo se han difundido últimamente en el documental “El año de todos los demonios”… en donde algunos etarras intentan salvar lo salvable y reafirmar que ellos no asesinaron a “Pertur”. Ni reconocer el crimen de la Calle del Correo, ni la desaparición de “Pertur”. Dentro de 20 años seguro que niegan que a Miguel Ángel Blanco lo asesinaran ellos.

El falso diario de Argala y como funcionan los servicios

Así es ETA. En torno al terrorismo ha existido siempre intoxicación informativa. Repasando recuerdos sobre ETA, me encuentro esta perla. Tras el atentado de la calle del Correo, el SEDEC pasó al ataque para lograr el aislamiento de ETA incluso dentro de la oposición democrática. Entre otras acciones –lo reconoce el propio coronel San Martín en sus memorias, así que no desvelo ninguna teoría– el SEDEC elaboró un “diario secreto de Argala” en el que se pretendía demostrar que ETA estaba tras el atentado de la calle del Correo (sobre el que permanecían completamente silenciosos e incluso negaron con la boca pequeña). En un momento dado, el falso “Argala”, escribe: “Se ha puesto en contacto con nosotros J.M. del PENS, dicen que son revolucionarios”. Añade: “Esos malditos nazis, no podemos fiarnos de ellos”. El texto, aparecido en 2004 es de una ingenuidad portentosa, pero en la época tenía una mala uva elevada a la enésima potencia. Las siglas “J.M.” no son ingenuas, puestos a crear confusión, casi mejor poner las siglas de alguien fácilmente localizable aunque ni siquiera perteneciera al PENS –que, por otra parte, se había disuelto dos años antes– “Jorge Mota”. Así trabajaba el SEDEC.

Otra perla. En cierta ocasión, en la última época del PENS, un capitancete del SEDEC me pasó una caja de clisés de ciclostil. Los fui utilizando hasta llegar al último, en el cual me encontré un clisé ya picado pero no utilizado de lo que debía ser un panfleto non nato firmado por la Coordinadora de Entidades Ciudadanas de Barcelona… en donde se acusaba al PENS de quemar librerías, cuando el SEDEC sabía perfectamente que no éramos nosotros quienes quemábamos librerías. De ese período aprendí mucho sobre cómo trabajan los servicios de inteligencia. Con la mano derecha te dan la mano, con la izquierda te la meten doblada.

Por todo ello, ya desde aquella lejana época me resulta muy difícil creer a pie juntillas todas las informaciones que se difunden sobre terrorismo. Siempre se trata de informaciones interesadas. Nunca está claro si se detienen terroristas para evitar que sigan asesinando o simplemente por conveniencias políticas. Ni siquiera está claro si la detención de un dirigente terrorista se deba al deseo de verlo entre rejas por necesidades de orden público, para prestigiar al ministro de turno, o simplemente para desplazar de la dirección del grupo terrorista a dirigentes hostiles y colocar en su puesto a los que sean más fácilmente accesibles.

En el lejano 1969, Fernando Poveda, le fundador del PENS, de retorno de un curso para estudiantes anticomunistas organizado por el SEDEC me comentó: “Fíjate si en España los servicios de inteligencia son primitivos que no han creado ningún grupo de extrema-izquierda”. No entendí bien lo que quería transmitirme. Me lo tuvo que volver a repetir una segunda vez: “Sí, hombre, es la mejor forma de tener controlado a un ambiente político, si lo creas directamente siempre lo tienes bajo control, de lo contrario vendrá otro, lo creará y no podrás controlarlo”. Fue una gran lección, tanto por su extraordinaria simplicidad como para que entendiera de una vez por todas que en el terrorismo internacional “nada es lo que parece”. Lo entendí a finales de los 60 y desde entonces es un principio que sigue en vigor. El terrorismo, cuando se ve incapaz de generar una estrategia propia (en ETA, desde la desarticulación de Vidart) deja de servir a sus propios intereses para servir a cualquier otro. El impacto emotivo de un atentado puede ser aprovechado por cualquiera, no solamente por quienes cometen el crimen. Créanme, no se fien de lo que le cuenta cada día la prensa sobre el terrorismo ni nacional ni internacional; pónganlo sistemáticamente en solfa. En el terrorismo, lo único realmente innegable son los muertos. Y esto es, precisamente, lo que cuestiona la legitimidad de una estrategia terrorista.

Pequeña introducción al golpismo y a los golpeteros

Lo del “golpismo” es, igualmente, complejo. Algunos de nosotros no creíamos en 1976 que la democracia fuera a ser un régimen puro, limpio y cristalino. Personalmente, en esa época, me encontraba muy influido por Solzhenitchin. La diferencia entre el mundo comunista y Occidente –venía a decir Solzhenitchin– es que en el primero no puede decirse nada, y en el segundo se puede decir todo, pero no sirve para nada. Con la democracia ocurría lo mismo: no te detendrían tres veces en cuatro meses (como me había ocurrido a mí en 1973), pero ni en Italia, ni en Francia, países que conocía bien, la democracia formal servía para gran cosa. Si vamos a eso, el plan Marshall había sido mucho más útil para la población que las luchas cotidianas de partidos.

Por otra parte, de José Antonio Primo de Rivera lo único que consideraba que todavía tenía vigor era la crítica a la democracia. En realidad, el pensamiento no conformista de los años 30, el que procedía del fascismo directamente o de las periferias intelectuales (Maulnier, Dandieu, Mounier, etc.), todos, sin excepción habían hecho una crítica demoledora a la democracia, crítica no superada hasta hoy. Lo que no impide que la democracia sea el único gobierno mundialmente aceptable y políticamente correcto. Yo me sentía muy identificado con la crítica: la democracia rompía la unidad de la nación en partes (“partidos”) que, inicialmente se presentaban como opciones ideológicos y que a la postre terminaban siendo grupos opuestos de bajos intereses, influencias y amiguismo. La democracia, antes o después, degeneraba en partidocracia (poder de los partidos) o plutocracia (poder del dinero). Las campañas electorales no son más ejercicios de quien miente más y mejor. Y luego estaba la frase definitoria: “En democracia 51 imbéciles tienen la razón sobre 49”. En uno de los primeros programas de Protagonistas de Luis del Olmo, no recuerdo a santo de qué me invitaron y le solté la frase cuando me preguntó que qué me parecía la democracia. No la entendió y se la tuve que explicar de nuevo. Claro está, a la vista de los vientos que soplaban, y de que yo en ese período no tenía inconveniente en mostrar cierta voluntaria tosquedad provocadora, jamás volvió a invitarme a su programa. En realidad tendría que haber mejorado su expresividad: “En democracia 51 violadores tienen la razón sobe 49 Premios Nobel”, creo que lo hubiera entendido antes. En cualquier caso, la ley del número implica sólo cantidad, cuando lo que el gobierno de la nación lo que precisa es calidad.

Así pues, casi siempre he permanecido muy ajeno a los valores democráticos formales que se reducen a uno: vota y calla. No fue sino hasta el año 2000 cuando en el curso de una cena en Barcelona convocada por Democracia Nacional, Laureano Luna tomó la palabra y vino a explicar que la ley del número era un acuerdo entre las partes para hacer gobernable un país y mientras no se encuentre otro mejor, no podía rechazarse. Consideré el argumento de Laureano y lo acepté sin reservas, como mal menor. De todas formas, sigo considerando a los partidos políticos como estructuras completamente artificiales e irrelevantes mucho más ahora que han abandonado cualquier forma de ideología para ser solamente foros de tráfico de influencias, corruptelas e intereses espurios.

Por lo demás, creo que la democracia actual está en crisis y que la crisis económica se está en estos momentos convirtiendo en crisis social y en breve pasará a ser crisis política generalizada. Ese será el momento cuando se tratará de aplicar reformas en profundidad al sistema de representación democrática. Pensar que el ciudadano solamente puede estar representado en las instituciones a través de los “partidos” es muy aventurado. A pesar de que en los años 60 y 70 no gasté ni un solo esfuerzo del más olvidado músculo y que me siento tan alejado del franquismo como de Raticulín, ahora creo que la “democracia orgánica” era mucho más razonable que la partidocracia y la plutocracia que tenemos hoy. El que puedan sentarse en los escaños parlamentarios representantes de los sindicatos, de las universidades, de los consejos de la juventud, del tejido asociativo, del ejército, del mundo de los deportes, no en función del partido al que pertenecen sino del lugar que ocupan en la sociedad civil, es algo que debería considerarse.

En 1976 me movía en otro esquema. Había llegado a dos conclusiones: no había posibilidad de realizar revolución alguna, ni el país estaba para más saltos al vacío y aventuras que los que diariamente nos servía la prensa, y solamente había dos vías políticas a seguir: el golpismo o la democracia. A diferencia de otros sectores de la extrema-derecha que hacían del golpismo un fin en sí mismo, para algunos de nosotros, el golpe no era más que un medio para alcanzar un fin: mejorar las propias posiciones y prepararse para ascender otro peldaño en la larga marcha hacia una sociedad orgánica y estructurada como la que éramos capaces de definir. Habíamos ideado la “teoría de la escalera”: para llegar al poder situado en el peldaño superior, había que ascender antes por los peldaños que nos separaban del límite superior. Pero también había otros peldaños inferiores, el último de los cuales sería el llegar a una sociedad comunista en la que la masificación era absoluta, la capacidad por expresar puntos de vista disidentes reducida a cero y cualquier forma de libertad pulverizada en nombre de las masas. Esa era la peor visión que podíamos concebir y, por tanto, ocupaba el peldaño inferior, el más distanciado de nuestro ideal. Así pues, concebíamos la lucha política como un subir o bajar peldaños, como el llegar a estadios más próximos a nuestro ideal y otro más alejados. Se trataba de ascenderá los primeros y evitar caer en los segundos. Esto implicaba que el golpismo era una forma de mejorar posiciones, pero en absoluto un fin en sí mismo.

Eso llevaba a nuestra concepción del “golpe” que difería extraordinariamente del resto de fuerzas que se movían en el mismo ámbito, incluidas las opiniones de buena parte de los militares. En la extrema-derecha se ha practicado siempre un culto a los entorchados y a los galones. Si un militar opina, tú te callas, aunque lo que diga el uniformado sea una estupidez lacerante. Nosotros no éramos del mismo jaez. El golpe, para nosotros, no era un hecho simplemente “militar”, sino un proceso político-militar, en el cual el elemento castrense solamente entra en juego en el momento puntual del golpe. Así pues, es imposible dar un golpe de Estado si no existe un amplio sector de la población que lo pida y que esté dispuesto a movilizarse en su favor. En la ultraderecha, el golpe se consideraba como “asunto de los militares” y en la casi totalidad de ambientes políticos ultras se esperaba que los mílicos se movieran en esa dirección, pero nunca se hizo nada concreto para impulsarlos, salvo, de tanto en tanto, gritar aquello de “Ejército al poder”, cuando vienes oyéndolo desde 1970, ya no te dice nada. A nosotros, esta consigna nos parecía ya desprovista de todo sentido como aquellas palabras que, a fuerza de repetirlas, pierden todo su sentido. El golpe era pues, un hecho político-militar y, se trataba por tanto de establecer puentes con las FFAA y empezar a trabajar un terreno particularmente difícil e inseguro.

Luego estaba la otra vía, la democrática. El partido –Fuerza Nueva– debía homologarse lo más posible a cualquier otro partido democrático. Ejemplos en Europa no faltaban. Existían partidos hermanos a los que se podía pedir concurso y que podían ayudarnos en la formación de cuadros. Existían, en síntesis dos días estratégicas: la golpetera y la democrática. El problema no era decidirse por una o por otra (esto dependía, a fin de cuentas,  de las condiciones siempre cambiantes) sino ser consciente de que había que decidir. Y, a medida que pasaban los meses, la dirección del partido no decidía nada. Se permitían los gritos de “ejército al poder” en los mítines de Blas, pero no se hacía nada absolutamente por sistematizar los contactos con los sectores militares disconformes con la evolución política. Se llamaba a votar a nuestras candidaturas pero no se hacía nada por evitar esa imagen paramilitar de ejército de Pancho Villa que restaba toda credibilidad al partido, ni esos discursos apocalípticos de Blas en el que se nos hablaba de la desintegración de España, pero no de la forma en la que se podía revertir el fenómeno. No se nos asignaban ni objetivos políticos, ni estrategia y así ocurría lo que ocurría. Yo creo que inconscientemente, pero el hecho era que Blas estaba fanatizando a grupos de chicos jóvenes que salían de sus discursos con la sangre caliente: todo se estaba hundiendo, España, la sociedad, la Iglesia, la familia, el Estado, así pues había que hacer algo… y Blas no les decía qué hacer y si intentaba apuntar algo en esa dirección (el votar a Fuerza Nueva) lo irrelevante de lo que pedía (el voto) contrastaba con los tintes apocalípticos de la situación descrita por tan fogoso orador. El resultado era que, en aquellos años, chavales políticamente inmaduros, se fueron radicalizando y generando una constelación de incidentes violentos que, en muchos casos, les afectaría en sus vidas futuras. En el otro lado, la extrema-izquierda hacía exactamente lo mismo, por lo que a nadie le podía extrañar que la situación del orden público se degradara de día en día.

El I Congreso de Fuerza Nueva

En eso que se convoca el I Congreso del partido y Blas me encarga la “ponencia de organización”. Hasta ese momento solamente había hablado con Blas en una ocasión y durante muy poco tiempo, así que entiendo que si pensó en mí fue a causa de los buenos oficios de Pepe Ruiz, el divisionario delegado del partido en Catalunya y teniendo como referencia los artículos que con mucha frecuencia publicaba en el semanario del partido. No me indicó nada más así que me las compuse como pude. La ponencia tenía unas 24 páginas y se abordaban todos los aspectos, no sólo organizativos, sino estratégicos. En aquella época no existían ordenadores y la tarde en que empecé a escribirla el único papel que tenía a mano eran unos cuadernillos de papel de barba que utilizaba para dibujar. Ocupó cuadernillo y medio, esto es 24 páginas.

Mis padres aprovecharon para acompañarme al aeropuerto a tomar el puente aéreo para Madrid. Las fotos que sacó mi madre me definen en aquella época: cazadora de cuero, gafas de sol, aspecto de intelectual autosuficiente y cierta seriedad escéptica en la mirada. No tenía muy claro en dónde me iba a meter. En el avión me encontré a Jaime Serrano el delegado de Gerona que también acudía al congreso. El avión salió tarde, tirando a muy tarde, y llegamos con el congreso ya iniciado. Tras pasar por el control, abrimos la puerta del congreso e inmediatamente percibir que llamar congreso a lo que no pasaba de ser una mera asamblea de delegados era demasiado aventurado. Nada de delegados elegidos democráticamente por cada tantos afiliados, nada de delegados de las organizaciones militantes, nada de invitados de otros partidos, ni nada de presencia de la prensa. Todo se reducía a 40 delegados de las 40 provincias en las que el partido tenía presencia. Un invitado (Horia Sima, ex jefe de la Guardia de Hierro rumana). Blas y, a su vera, Pepe las Heras. Eso era todo. Las ponencias por supuesto no se habían repartido previamente entre los congresistas para que pudieran aportar mociones. En realidad, ni el propio Blas sabía exactamente que coño les iba a contar. Si hubiera dado una conferencia sobre el “centralismo democrático marxista-leninista” no lo habría sabido sino hasta una vez entrado en el discurso.

Blas estaba concluyendo su alocución cuando entramos. No tuve ni tiempo de sentarme, 10 segundos después ya estaba a la izquierda de Blas largando mi rollo, ante un auditorio que no parecía el más adecuado para recibirlo. No lo era, desde luego. Por lo demás, leer 24 folios a doble espacio tampoco es ninguna ganga. En aquel tiempo era capaz de hablar en público, pero iba a piñón fijo, no me importaba mucho la actitud del auditorio ni reparaba en si aburría hasta las piedras o si me excedía en el tiempo. En las asambleas públicas no hablaba mal, pero en las conferencias y en las reuniones formales como esta, no hacía concesiones ni al tiempo, ni a la dicción, ni a la necesidad de entretener al auditorio. Hasta muy adelante no supe que si quería que algo fuera admitido por la audiencia debía entretenerla previamente, contar algún chiste, realizar inflexiones de voz, alternar momentos de gran intensidad con otros de cadencia parsimoniosa y serena, en fin, en aquel tiempo no utilizaba los recursos del espectáculo para hacerme oír.

Veinticuatro páginas dan para mucho: para exponer la teoría de la escalera, para anunciar un futuro democrático o golpista, para explicar cómo es la organización interior de un partido, para aludir a los partidos hermanos, para proponer la creación de una escuela de cuadros, etc. Al cabo de una hora, estaba desgranando los temas cuando de repente se abrió la puerta y apareció Juan Ignacio González a quien entonces todavía no conocía. Iba con el uniforme de la Sección C, el servicio de orden del partido, una camisa gris con boina negra, pantalón negro y botas de media caña. Se susurró unas palabras al oído de Blas y éste interrumpió mi alocución: “parece que nuestros enemigos han dejado un maletín bomba en la recepción, pero está todo resuelto, han venido los artificieros y se han llevado ya el artefacto”… luego seguí. Grave eso de que algún grupo terrorista hubiera tenido los santos arrestos de llegar hasta la antesala del congreso y dejar allí un bombazo que de haber estallado se hubiera llevado al tacho a los 40 delegados del partido. Seguí con lo mío y al concluir hubo un pequeño debate.

José María Rebate, delegado por Castellón, fue el primero en tomar la palabra afeándome el que considerara a Fuerza Joven como algo diferenciado del partido y dijo aquello de que “aquí todos somos combatientes y todos tenemos espíritu joven”. Rebate, que superaba los 66 años y a quien conocía desde hacía tiempo, era de esos excombatientes con cara de permanente cabreo. Le contesté que los jóvenes llevaban una vida diferenciada de los adultos y que había que pensar como podían hacer trabajo específico en la universidad, en las escuelas, y que los que habíamos dejado atrás o muy atrás nuestro período de estudiantes no teníamos nada que hacer en esos frentes.

De todas formas aquella intervención me dejó un mal sabor de boca, no solamente porque el bueno de Rebate que era de aquellos de “o coincides en todo conmigo o pasas a ser mi peor enemigo” sino porque la intervención indicaba que el nivel de educación política de los dirigentes provinciales no era el óptimo. Horia Sima, en cambio, alabó mi alusión a la Guardia de Hierro y a los “cuibs” en los que se había organizado. Personalmente guardaba el más profundo aprecio a Sima a quien no esperaba encontraren aquella asamblea, pero eso no me impedía echar en falta a los delegados del MSI o del Front National. La Guardia de Hierro, en aquel momento, era solamente un pequeño grupo de ancianos exiliados sin contacto con la realidad interior de su país. Hablaron algunos delegados más preguntando aspectos de la ponencia que acababa de presentar y a los que contesté lo mejor que pude.

En un momento dado, Blas juzgó que ya había suficiente y que era hora de pasar a otro tema así que realizó el resumen de la ponencia. “Entre las frases que ha dicho Ernesto, yo me quedaría con una en la que seguramente él ni siquiera ha reparado de su importancia cuando la ha pronunciado”. Ay madre de Dios, a ver por dónde me sale Blas, pensé. “Organizarse hoy, para vencer mañana”. Suspiré desterrando mi intranquilidad. El caso es que no recordaba haber dicho esa frase y tuve que buscarla luego entre los 24 folios y allí estaba, mira por donde, perdida entre sugerencias organizativas, propuestas estratégicas e ideas críticas. A partir de ese momento, la frasecita de marras apareció en todas partes en la vida del partido: Blas ordenó que se colocara en todos los locales, en muchos mítines apareció la frase en pancartas. Bueno, no estaba mal la iniciativa, en realidad un congreso es precisamente para eso, para “organizarse hoy y vencer mañana”. Lamentablemente, ninguna de las líneas aportadas en la Potencia de Organización se llevó a la práctica. Ni hubo definición estratégica, ni tampoco escuela de cuadros, y el partido siguió con ese aspecto paramilitar que satisfacía a unos pocos y sellaba el aislamiento de la organización. Dicho de otra manera, los 24 folios no sirvieron para nada. Y lo de “organizarse hoy para vencer mañana” no pasó de ser la expresión de un deseo que no vino avalado luego por nada concreto.

Al salir, me esperaban dos camaradas de Valencia. Uno de ellos había perdido su maletín: “Oye, has visto mi maletín, es que no logro encontrarlo”, preguntaba angustiado. “Oye, ¿no será ese que se han llevado los artificieros…?”. Lo era, efectivamente. Poco después, un compungido artificiero llegaba al local con los restos del maletín. Lo había llevado a la Casa de Campo, acordonaron la zona e hicieron estallar un detonante. El maletín quedó literalmente escacharrado. Esa misma noche, el camarada valenciano lucía un pijama exactamente con 16 quemaduras simétricas pues no en vano lo había doblado con precisión obsesiva.

Esto es todo lo que puedo recordar del I Congreso de Fuerza Nueva. En congresos siguientes, yo ya había sido expulsado del partido, pero por lo que leí, realmente no se aportaron grandes innovaciones. Existía en muchas ponencias una especie de esquizofrenia. Recuerdo alguna en la que se insistía en cuáles debían ser las líneas por las que debería discurrir una educación católica, o cuales debían ser las políticas de juventud, pero ninguna, absolutamente ninguna sobre cómo poner en práctica tan loables intenciones. Los congresos siguieron siendo asambleas de delegados. Dado que todos ellos habían sido nombrados “por la superioridad”, era difícil que hubiera alguien con ideas propias o, en cualquier caso, alguien que en un momento dado le dijera a Blas: “Blas, te equivocas”.

Al día siguiente, hubo mitin en la sede del partido. Todo fue bien hasta que Carmen Apolo se puso a cantar unas coplillas. Muchas mujeres abandonaron el local refunfuñando. Carmen Apolo era de las actrices del destape, actividad para la cual no le faltaban, desde luego condiciones, empezando por un par de pechugas lo que se dice rotundas. Solía ir a los actos del partido con una camisa azul desabotonada, de la cual afloraba un vertiginoso canalillo que era el deleite de los varones del partido y denostado por buena parte de las ricashembras. Años después, cuando se produjo la escisión del Frente de la Juventud, Carmen Apolo se desvinculó del partido. Por entonces había estrenado junto a la “reina del destape”, Susana Estrada, una obra de café teatro, tirando no ya a porno, sino a pornísimo, en la que a un robot se le ponía tiesa una pieza metálica que la Estrada se metía hasta la bola. Unos diálogos picantuelos entre la Susana Estrada progre-progrísima y Carmen Apolo ultra-ultrísima, sazonaban la obra.

En 1978 vería a la Apolo por última vez en Barcelona. Quedamos en el Drugstore-Liceo, bien entrada la noche y pasó lo que tenía que pasar: que no era ni la mejor hora ni el mejor lugar para quedar. Estábamos tomando algún combinado cuando un borracho le dijo algo así como “joder, que par de tetas”, algo, como se ve, con poca elaboración intelectual. Me estaba dirigiendo hacia el fulano por aquello de que el caballero español no permite este tipo de actitudes, cuando la Apolo me rebasó, “deja que ya me encargo”. El tacón de aguja golpeado insistentemente y con furia irracional sobre el borracho lo dejó desparramado en el suelo a la espera de la ambulancia. Cuando nos tocó explicar a la policía el incidente, el maderamen no podía levantar la mirada del canalillo de la Apolo. Lamenté mucho su fallecimiento unos años después.

No era el único caso de persona relacionada con el ambiente del destape que ingresó en un partido confesionalmente católico y en el que existía oficialmente un rechazo al modelo sexual que acompañó a la transición. En cierta ocasión –debió ser hacia 1977– coincidí en un programa de radio con Pablo Villamar. Nos habían hecho coincidir a la vista de que los dos veníamos precedidos por una justa fama de ultras. Sabía de Villamar porque había aparecido en distintas ocasiones en el semanario Fuerza Nueva y dirigido una especie de réplica católica al Jesucristo Super Star, Jesucristo Libertador creo que se llamaba. Sin embargo, en esa ocasión Villamar no venía acompañado de ningún aspirante al papel de Jesús o de Juan, ni siquiera por un Judas de guardarropía, sino por una chica muy bonita pequeñita y delgadita en la que no reparé mucho. Una vez en el estudio, yo iba a lo mío (y creo recordar que lo mío era publicitar el libro que acababa de sacar –era el primero que una editorial de cierto prestigio, Ediciones Acervo, me publicaba– titulado La ofensiva Neo-Fascista del que se vendieron 10.000 ejemplares sin muchas dificultades) y Villamar a publicitar su nueva obra de teatro: “África, el amor ardiente de los negros”, muy en la línea de la época. La chica en cuestión que le acompañaba, estrella de la obra, desnudita ganaba mucho. El resto pueden imaginarlo. Lo menos que podía decirse de la obra, eso sí, es que se caracterizaba por una ausencia total de prejuicios raciales. En efecto,  media docena de negros se pasean, ciruelo al aire, en pos de la chati. No era de extrañar que Villamar terminara siendo expulsado del partido (o yéndose a la vista de que en Fuerza Nueva no terminaban de compartir sus gustos estéticos ni la línea principal de sus obras). No volví a saber nada de él sino hasta hará un par de años cuando se hizo habitual durante unos días de ciertos espacios de la telebasura al revelarse una relación que mantuvo con Norma Duval.

Tras el acto y los gorgoritos de la Apolo, nos fuimos a un conocido restaurante madrileño donde Blas pudo despachar nuevamente su fogoso y arrebatado verbo. Al despedirme me dijo que había leído algún otro papel que le había enviado y que hablara con Villamea (el responsable de la revista) para ver cómo podíamos abrir unas páginas para noticias de otros partidos hermanos en Europa. No dio tiempo. Meses después se complicó todo. Yo me casé por lo civil. Blas me expulsó por eso.

A decir verdad, le agradecí a Blas aquella decisión. Tenía pensado dedicarme al “frente internacional” que me parecía mucho más prometedor y apto para las “emociones fuertes” que buscada. Quién me iba a decir que en los tres años siguientes me esperaría una actividad política rutinaria y en la que jamás creí del todo. Acabada la experiencia de Fuerza Nueva, se abrieron los tres años de los dos “frentes”: el Frente Nacional de la Juventud y el Frente de la Juventud.

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Un estudio sobre la "cuestión judía" (X de X). EEUU: Estado Judío. Conclusión

La cuestión de los judíos en la URSS, como se sabe, constituye recientemente uno de los graves motivos de desacuerdo en el interior del condominio ruso americano y está en el origen del chantaje comercial a la URSS  y, tras la URSS, a otros países socialistas  que ha debido sufrir por parte de los EE.UU.

Preferimos considerar estos últimos  con sus seis millones de judíos  como el verdadero y más sólido Estado de Israel, el Estado sionista de Palestina no representa nada más que un enclave criminal del sionismo en el Mediterráneo, una simple "base" de agresión y genocidio. El Estado judío surgido sobre el territorio árabe palestino, en suma, es más el punto visible de un iceberg que el iceberg mismo (109). La parte más considerable del poder judío, la que domina por medio de la Alta Finanza y las multinacionales, tiene su punto de referencia política en los Estados Unidos de América, en Washington y en Jew York (110).

El 10 de octubre de 1974, el general George Brown, jefe del Estado Mayor americano, declaraba: "América está dominada por el lobby judío, que dispone de la prensa, la televisión y tiene el Senado en el bolsilo". En el senado, de hecho, los sionistas disponen del 70% de los votos; los grandes diarios ("New York Times", "New York Post", "Washington Post", "Los Angeles Times", etc...) pertenecen a sionistas y son dirigidos por sionistas; la televisión es, efectivamente, en su gran mayoría, propiedad de sionistas.

Figuraban tres ministros judíos en el gabinete Ford (el secretario de Estado Kissinger, el ministro de defensa Schlesinger  al principio del mandato de Ford , el ministro de Justicia Levi); el presidennte del Consjeo Económico, Greenspan,. y el presidente de la Reserva Federal, es decir de los Bancos del Estado, Burns, eran judíos; un porcentaje muy elevado de judíos se encontraba entre los funcionarios de los ministerios... y así sucesivamente.

Con la llegada al poder de Carter, el lobby judío no hizo más que reforzar su impronta sobre la clase política americana. Elegido solamente con el 27% de los votos del electorado potencial (se registraron un 46,7% de abstenciones), Carter, según los términos mismos de un diario tan poco sospechoso de hostilidad hacia las plutocracias como Le Monde Diplomatique (noviembre de 1976), escribía: "debe tenerse en cuenta las potencias económicas que lo han sostenido y que, por su parte, no se han expuesto jamás al juicio de los electores. Sería el caso de hablar de un "poder oculto" muy ostensible... Y hasta tal punto conocido que desanima de acudir a las urnas a millones de ciudadanos". De hecho, si Roosevelt, tal como hemos dicho antes, era un judíos rodeado de judíos, Carter, por su parte, el el tipo mismo de goi al que se coloca entre bastidores para tirar más tranquilamente de los hilos. El director adjunto de su campaña electoral fue el judío E. Sander, presidente del American Israël Public Affairs Comittee, y sus discursos fueron escritos por el abogado judíos Stuart Eizenstat. Su experto económico fue Lawerence Klein y Alvin Winger, director del Instituto de Análisis de la Energía, formó también parte de su "brain trust". Llegado a la Casa Blanca, Carter nombró al judío Michel Blumenthal ("un humanista de los negocios", "Le Monde", 16 de noviembre de 1976) secretario del Tesoro; el judío Harold Brown secretario de Defensa; el judío Robert Lipshutz consejero jurídico; mientras que Schlesinger, mencionado precedentemente, entró en el gobierno como Consejero para Asuntos Energéticos y Greenspan y Burns, miembros del Gabinete Ford, conservaban por el momento, sus funciones. Los únicos miembros del Gabinete Carter que no eran judíos eran Cyrus Vance, encargado de relaciones internacionales, Zbigniew Brzezinski, doctirnario del muy poderoso Council of Foreing Relations (111) (emanación de la Chase Manhattan Bank de Rockefeller, que fue nombrado presidente del Comité de Asuntos para la Seguridad Nacional; y Sorensen, colocado a la cabeza de la tristemente célebre CIA.) Además, en el seno de su propio partido, Carter debió contar con incondicionales de Israel como Moynihan, elegido senador del Estado de Nueva York, y Humphrey, antiguo candidato a la presidencia.

Que los Estados Unidos sean el verdadero Estado de Israel bajo todos los aspectos queda demostrado además por el hecho de el número de judíos que abandonan USA para ir al "hogar judío" en Palestina es despreciable, mientras que es enorma la cifra de judíos de Palestina que eminan a los Estados Unidos.

CONCLUSION

Tal como hemos visto anteriormente, la judaidad ha formado a su modo no solo las fases de la historia judía despues de la crisis universal de civilización, sino que también modelaron la mentalidad del hombre moderno, llevándola hasta concebir la vida en términos materiales, a medir la grandeza sobre al base de principios técnicos, mecanicistas y pragmáticos.

A esta gran conquista de las armas, llevada a su término por la judaidad sobre el plano de la ética, han correspondido, sobre el plano más material, las conquistas territoriales y económicas efectuadas por el sionismo mundial por mediación de sus diferentes ramas: el imperialismo americano, la alta finanza, las multinacilnales, el Estado judío de Palestina. Es así que el sionismo ha sometido a su dominación y a su explotación a estas partes de la tierra contra las cuales se han dirigido, desde la segunda guerra mundial hasta nuestros días, las agresiones militares norteamericanas: de Europa a América Latina, de Palestina al Sud Este asiático. Y, paralelamente a la sumisión política, se ha desarrollado la obra de judaización ética, es decir de imposición del American way of life.

Pero si Europa parece haberse resignado a su destino de manera democráticamente bovina, las luchas del liberación llevadas por los pueblos no dispuestos a conocer el fin de Europa demuestran que el sionismo no ha vencido todavía.

Según algunas versiones acreditadas, Ernesto "Ché" Guevara, tras haber sido herido y capturado, fue abatido de un disparo por el judío Andrés Selnich (112). Esto asumió, a nuestro entender, un significado emblemático

El "Ché" está muerto, pero los correligionarios de Selnich han sido expulsados del Vietnam y de Camboya. La suerte del conflicto entre guerreros y mercaderes no está decidido todavía.

Notas a pie de página:
 
(108) Sobre este grupo de presión y su ideología mundialista, ver las obras muy documentadas de J. BORDIOT: Une main cachée dirige y L'Occident démantelé, ambas editadas por La Librairie Française (NdT).

(109) Antes de las elecciones presidenciales de noviembre de 1976m A,. Scemama, corresponsal de "Le Monde" en Israel, no dudó en escribir: "Las elecciones americanas son una verdadera ganga para Israel, y el voto judío parecía deber jugar un papel considerable" (15 de octubre de 1976). Que Israel tenga casi exclusivamente para la ayuda masiva y permanente del "pulmón" americano es reconocido por los más altos dirigentes del judaismo mundial. Así Arthur Hertzberg, presidente del Congreso judío americano y vice presidente del Congreso Mundial Judío: "Era concebible ser antisionista en la comunidad judía americana hace cuarenta años. Hoy esto es imposible. De hecho, lo que nos interesa es la cantidad de ayuda militar y económica que los Estados Unidos pueden aportar a Israel. Es a Washington y no en el Golán, donde Israel podría perder la batalla decisiva" (citado en Virage á droite et lobby israélien, "Le Monde", 20 de octubre de 1976) (NdT).

(110) "El Estado de Israel forma parte del Medio Oriente en sentido geográfico, y esto, generalmente, es un elemento estático. Desde el punto de vista determinante del dinamismo, de la creación y el desarrollo, Israel es una parte del judaismo mundial. De este judaismo recibirá la fuerza y los medios para la creación de una nación en Israel; mediante la fuerza del judaismo mundial será construida y reconstruida" (David Ben Gurion).
Pero aunque simple punta del iceberg, Israel no juega menos un papel importante en el plano general del sionismo mundial: "La creación de Israel no fue un error, fue un cálculo; no fue decidida con la intención de poner fin a la desgracia de la comunidad judía (muchas otras soluciones pacíficas se le podían ofrecer...) sino con el fin de poner en tierra en un momento crucial del mundo un germen de discordia desgarradora a partir del cual se expandieran en las mejores condiciones pasionales los designios estratégicos del Nuevo Mundo" (P. ROSSI, Op. cit., pág. 48) (NdT).

(111) Reproducimos el texto de la declaración de Gomulka (casado con una judía), secretario general del partido, que incitó a los sionistas acontra atacar: "La agresión israelí contra los países árabes ha sido aplaudida por judíos sionistas que son ciudadanos polacos y que han vaciado botellas en esta ocasión. Quisiera decir esto: nosotros no hemos planteado dificultades a los ciudadanos polacos de origen judío que quieran emigrar a Israel. Estamos siempre de acuerdo en que los ciudadanos polacos no deben tener más que una sola patria: la Polonia popular... No queremos una quinta columna en nuestro país" (discurso al VI Congreso de los sindicatos polacos el 19 de junio de 1867. Reproducido por "Le Monde" del 21 de junio de 19767) (NdT).

(112) El coronel Selnich era comandante del "Grupo Táctico nº 3", instituido por los judeo americanos en el Centro antiguerrilla de Fort Gluck, junto al canal de Panamá.



(c) Por el texto: el autor [desconocido]

(c) Por la traducción: Ernest Milà

Un estudio sobre la "cuestión judía" (IX de X). Stalinismo y judaismo

Stalin, tal como hemos  señalado anteriormente, ha había enfrentado al sionismo; su reorganización conservadora del Estado, su concepción nacionalista y autoritaria, su recuperación del gran pasado ruso no podían sino suscitar contra él la oposición de los judíos que habían marcado con su espíritu la revolución de 1917. El hecho notable es que Kamenev Apfelbaum y Zinoniev Radomlisky fueron fusilados en agosto de 1936, pocos meses antes de que fuera promulgada la nueva constitución (5 de diciembre de 1936), en la cual la "restauración" stalinista encontraba su expresión jurídica. En febrero de 1937 son fusilados Radek y Sokolnikov, en marzo de 1938 es organizado el proceso contra Bujarin, Rakovsky, Jagoda, Rikov y otros "opositores de izquierda", ligados al trotskysmo y a la plutocracia judía cosmopolita (103). Incontestablemente la alianza guerrera al lado de las democracias burgueses constituyó, justo despues de la guerra, un alto de la lucha de Stalin contra los sionistas de la URSS. Esta lucha se reactivo, sin embargo, en diciembre de 1948, con el arresto de "centenas o miles de intelectuales y artistas" (104) y continuó con campañas de prensa contra el internacionalismo en la cultura. Fuera de las fronteras de la URSS, los episodios más notables de la nueva batalla del stalinismo contra los sionistas fueron el arresto de los jefes sionistas de Checoslovaquia y Rumanía (1949) y el proceso Rajk en Hundría (1949). A estas medidas siguieron, en Checoslovaquia, la primera batida contra los partisaron de Slansky, de los que "la gran mayoría, por no decir la totalidad, eran judíos" (105).

La celebración del proceso Slansky (abierto el 20 de noviembre de 1952), la precedente destitución de Anna Rabinson Paulker de todos los cargos que había asumido en el partido y en el gobierno rumanos (julio de 1952) y el arresto de los médicos judíos del Kremlim (enero de 1953) fueron los primeros episodios de la batalla antisionista de Stalin. "La muerte del dictador  escribió el judío François Fejtö  fue pues providencial para los judíos soviéticos y para los de las democracias populares"  (106). Los sucesores de Stalin, de hecho, liberaron a miles de judíos internados y rehabilitaron a muchas "víctimas del terror neo zarista". De esta época hasta hoy [1977, fecha en que fue escrito este texto. NDT], la historia de Europa oriental es en gran parte una historia de las relaciones entre círculos sionistas y regímenes comunista: así  la revolución húngara de 1956 fue, bajo algunos aspectos, una insurrección judía contra el stalinismo (107) , la llamada "primavera de Praga" fue en realidad una primavera sionista, la caida de Gomulka fue debida en buena parte a estos mismos círculos sionistas que habían organizado las manifestaciones "estudiantiles" de marzo de 1968 , la "disidencia de los intelectuales soviéticos" de la que se habla en Occidente coincide más o menos, con la "disidencia judía".

notas fuera de texto:

(103) Sobre el proceso Rakovsky, ver el ya citado "quaderno del Veltro" titulado Stalin, Torckij y e l'alta finanza.

(104) L. POLIAKOV, Dell'antisionismo all'antisemitismo, Florencia, 1971, pág. 35. Cfr. también SCHWARZ, Les juifs en Union sovietique, New York, 1966, pág., 214.

(105) F. FETJO, Gli Ebrei e l'antisemitismo nei paesi comunisti, Milán 1962. Pág. 68. De los catorce acusados, todos reconocidos culpables de alta traición y de otros crímenes, tres solamente no eran judíos: Frank, Clementis y Svab. En el Acta del proceso contra los dirigentes del centro de conspiración contra el Estado llevado por Rudolf Slansky, publicado en los primeros días de enero de 1953 por el ministerio de justicia, la actividad sionista del grupo Slansky estaba muy bien documentada. En la página 326, por ejemplo, Eugen Löbl declara: "Durante las negociaciones comerciales con los países capitalistas, he concluido acuerdos favorables a los capitalistas y a los comerciantes judíos en particular, en detrimento de la República Checoslovaca". Y más adelante: "Con el fin de reforzar el imperialismo americano en el Estado de Israel, he buscado sostener el plan Uererall (el embajador israelita en Praga, NdT) y obtener con la ayuda de las organizaciones sionistas internacionales un préstamo en dólares para los judíos americanos. Quería destinar el préstamo al aumento de la producción de artículos de la industria ligera y exportarlos a Occidente, de forma que los frutos del trabajo de la industria checoslovaca pasaran a los capitalistas israelitas". Por su parte, Slansky confiera: "Para desarrollar mi actividad al servicio del enemigo junto con los otros del centro de conspiración contra el Estado, me he servido del apoyo de diferentes grupos y organizaciones enemigas: trotskystas, sionistas, nacionalistas burgueses, francmasones, seudo partisanos y demás" (E. LOBL, Testimonanza sul processo Slansky, Florencia 1969). Y Geminder: "Las organizaciones sionistas formaban la base avanzada del imperialismo americano en su lucha contra los países de democracia popular y la URSS" (op. cit., pág. 161).
Fue, por lo demás en Praga, centro oculto del sionismo internacional, desde el principio del siglo, que fue organizada una ayuda militar masiva y determinante a Israel durante el conflicto de 1948 49: "¿Se sabe qué la capital de la organización terrorista sionista Haganah fue y sigue siendo Praga? ¿qué fue con armas checoslovacas, es decir, comunistas, como los palestinos no comunistas fueron masacrados en 1948?" (P. ROSSI, Les Clefs de la guerre, Ed. Jerome Martineau, París, 1970, pág., 112). Pocos saben que la famosa metralleta israelita UZI no es otra cosa que la metralleta checoslovaca M 23 25, ligeramente modificada.
Durante el mes de diciembre de 1976, diecisiete millones de telespectadores franceses pudieron asistir, en el marco de la emisión "Les dossiers de l'ecran", a la proyección del film "La confesión" de Costa Gravas, según el libro de Arthur _London, antiguo vice ministro de asuntos exteriores en la época de Slansky. En buena lógica, los papeles de Arthur London y de su mujer Lisa estaban interpretados por Yves montand (nacido Ivo Levi) y por Simone Signoret, igualmente de origen judío. En cuando al debate que siguió, su "objetividad de sentido único" estaba garantizada por anticipado, ya que todos los participantes a excepción del "animador", que estaba allí como el goi de servicio, eran judíos: Arthur y Lisa London, Jiri Pelikan, antiguo director de la radio checoslovaca durante la "primavera sionista de Praga", Jean Kanapoa, miembro del Buró Político del PC, ayer stalinista puro y duro, "eurocomunista" hoy, lacayo servil de los mandarines de cada momento, y el matemático Laurent Schwartz, troskysta de siempre. No se le ocurrió a ninguno de los participantes interrogarse sobre el porcentaje de judíos entre los inculpados del proceso Slansky, y mucho menos sospechar que pudiera tratarse de una conspiración... (NdT).
    
(106) F. FETJO, op. cit., pág. 36.

(107) "No es por casualidad si esta revuelta fue organizada por los servicios secretos americanos, no es una casualidad si las componentes nacionales y populares fueron neutralidas, no es un azar si la dirección de la revuelta permaneció entre las manos del grupo reformista y liberal de Imre Nagy. Y no es una casualidad tampoco, si entre los principales animadores de la revuelta del 56, encontramos judíos como Tibor Dery, Gyula Hay, Tibor Tardos, György Lukacs, Zoltan Zelk, Joszef Gali, Miklos Gimes y muchos otros" (Kitartás, op. cit., pág. 72) (NdA).Se puede por lo demás pensar que en Hungría los círculos sionistas son todavía poderosos, ya que Arpad Pullai, que ocupaba el puesto muy importante de secretario de la organización y de la política de cuatros, ha sido variado al ministerio de transportes y correos porque "en algunas ocasiones  nos dice discretamente Le Monde del 30 de octubre de 1976  no habíadudado en hacerse portavoz de los sentimientos hostiles a la fuerte presencia de judíos en los aparatos del partido" (NdT).

(c) Por el texto: el autor [desconocido. Se agradecerán datos]

(c) Por la traducción: Ernesto Milà

Un estudio sobre la "cuestión judía" (VIII de X). La preparación de la II Guerra Mundial

En su libro de 1946, el americano Burnham ha escrito algunas observaciones esclarecedoras: "(Inglaterra y los Estados Unidos) han desencadenado sus mayores guerras teniendo por objetivo político impedir la unificación de Europa (...). La mayor parte del poder mundial estaba situado sobre el continente europeo; si este poder hubiera sido unificado, habría dominado toda la tierra comprendidos los Estados Unidos e Inglaterra. Estas dos naciones debían pues mantener el poder europeo dividido, equilibrado, a fin de conservar su propia independencia" (100). La necesidad anglo americana de agredir a Europa, constatada retrospectivamente por el lúcido historiador americano, había sido proclamada, en su tiempo, por los corifeos del sionismo. Lundwig, por ejemplo, había anunciado en junio de 1934: "Hitler no quiere la guerra, pero será obligado, no este año sino pronto... La última palabra, como en 1914, la tiene Inglaterra". Y un órgano del judaismo inglés, el "Jewish Chronicle", declaraba el 3 de marzo de 1939: "No daremos paz al mundo (...) la cabeza de la famosa hidra aparecerá en todos los medios diplomáticos y cerrará el paso a todo intento de distensión internacional (...). Nosotros judíos, no dejaremos el mundo en paz, quialquiera que sea el celo que puedan desplegar los hombres de Estado y los ángeles de la paz para obtenerla".

El judaismo tenía buenas razones para expresarse  con tal arrogancia; en Inglaterra, podía contar con un gobierno tan favorable que había dado a un judío, Hore Belisha  (101) el Ministerio de la Guerra. Pero, sobre todo, contaba con la mayor potencia judía del mundo, los Estados Unidos, a la cabeza de los cuales se encontraba un judío rodeado de judíos. Ya en octubre de 1937, en Chicago, Roosevelt (102) había afirmado que Alemania constituía un peligro para el imperialismo americano; su clan había decidido impedir que un gran Estado europeo se formara en torno a Alemania y, al mismo tiempo, a asegurar los mercados del Pacífico. Todo el mundo sabe como terminó esto. La guerra querida por las democracias inglesa y americana, que consiguieron "capturar" para su causa a la Unión Soviética igualmente, engendró una situación política que pareció hecha a imagen y semejanza del sionismo mundial. Las tropas de ocupación americanas y el plan Marshal, aseguraron al sionismo la dominación política, militar y económica sobre el "mundo libre", mientras que el judaismo de Europa oriental colaboró con la URSS para mantener en estado de subordinación a los pueblos del Este Europeo. Pero, mientras que en Occidente imperialismo americano y poder sionista se entendían perfectamente entre ellos y se identificaban cada vez más, las relaciones entre judíos y regímenes comunistas no fueron tan fáciles en la URSS y en los países satélites.

Notas a pie de página:

(100) Hore Belisha había nacido en Marruecos, en Mogador. Su verdadero nombre era Isaac Horeb Elisha.

(101) J. BURNHAM, The strugle for the World.

(102) Giovanni Preziosi publicó en la "Vita Italiana" del 15 de noviembre de 1937 el pedigree de Roosevelt. Las fuentes citadas por Preziosi eran el "Revealer" (Wichita, 15 de octubre de 1937) y las investigaciones del célebre Institut Carnegie de Washington. Perú fue el mismo Roosevelt quien declaró su origen judío, en un discurso referido por el "New York Times" del 14 de marzo de 1935. El verdadero nombre del presidente era, según estas afirmaciones, Rosenvelt.

(c) Por el texto: el autor [se agradecerán datos]

(c) Por la traducción: Ernest Milà