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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

Estado del Bienestar: réquiem

Estado del Bienestar: réquiem

Infokrisis.- Desde hace más de quince años se nos viene repitiendo que el Estado del Bienestar está acabado, que no responde a las necesidades de la sociedad y que está llamado a desaparecer por excesivamente costoso. Nadie nos aporta cifras suficientemente incontrovertibles como para pensar que así es, sin embargo, se ha convertido en un dogma neoliberal el dar por finiquitado al Estado del Bienestar. Lejos están los tiempos en los que en España todos los partidos políticos proponían caminar hacia una sociedad como las de los países nórdicos en los que se procuraba que todos los habitantes tuvieran, no solamente un elevado nivel de vida, sino que estuvieran siempre aseguradas la satisfacción de sus necesidades básicas. A esto se le llamaba concepción “distributiva” del Estado, se trataba de que los que tenían más pagaran más impuestos –a fin de cuentas lo podían hacer porque sus necesidades básicas las tenían muy bien cubiertas- y el Estado lo único que tenía que hacer era redistribuir esa riqueza. Por otra parte, el Estado disponía de un sector público que abarcaba empresas estratégicas necesarias para asegurar la previsión de bienes y/o servicios. Se trataba además que, determinadas industrias que eran básicas para la subsistencia de una nación, no cayeran en manos privadas pues, si así ocurría, la sociedad estaría inerme ante depredadoras iniciativas privadas.

Y todo esto pareció lógico durante mucho tiempo. Se discutía sobre si el sector público debía de ser más o menos grande, sobre si debía de abarcar a tales o cuales empresas, pero no se discutía su existencia. Se trataba simplemente de alcanzar los niveles de bienestar de las sociedades nórdicas en las que el Estado del Bienestar se realizaba de una manera más serena y disciplinada. Y ese era el objetivo de todos los partidos políticos en nuestro país. De repente todo cambió.

Hacia principios de los años 80, cuando coincidieron en el poder la Tatcher y Ronald Reagan, se adoptaron políticas económicos que hasta ese momento habían sido consideradas como meras locuras. Estas doctrinas, fundamentalmente derivadas de la Escuela de Chicago y de la Escuela Austríaca, consideraban que cualquier injerencia del Estado en la vida económica era una forma de… socialismo, pues limitaba la iniciativa de la propiedad privada. Los “mercados” eran considerados como inapelables y capaces de autorregularse. Ante ellos el Estado solamente tenía que aceptar el juego económico de los agentes privados, sin inmiscuirse. Era evidente que el papel del Estado debía consistir en proteger a los débiles ante los fuertes y evitar los procesos depredadores que podían darse en un mercado completamente libre y desregulado.

Todo se puso a prueba en el Chile de Pinochet

Los primeros intentos se realizaron en Chile en 1974 y la experiencia se prolongó hasta 1978. Los “chicagos boys”, discípulos de Milton Friedman, desembarcaron en aquel país, se aprovecharon de la existencia de un gobierno militar que carecía de economistas capaces de entender los procesos del mercado e impusieron unas medidas económicas ultraliberales que contrastaban con la forma de gobierno autoritaria. El país había quedado tan decepcionado por la experiencia de la izquierda allendista que, inicialmente, no existieron resistencias… hasta que a los pocos meses de su aplicación esta política resultó nefasta.

La fosforera nacional cerró sus puertas porque era más barato traer cerillas canadienses antes que fabricarlas allí. “Bien para el consumidor” decían los “Chicago boys”… ¿bien? ¿y qué ocurrirá con los trabajadores de la fosforera en paro que ni siquiera tendrán dinero para comprar cerillas canadienses? Bien, no hay problema –dijeron los “Chicago boys”- se reciclarán en otros sectores. Era el precio del levantamiento de aranceles. Pero ¿qué ocurría si sistemáticamente se iban desmontando todos los sectores de la economía y no existían sectores de sustitución? Pasaría que todo el país se iría empobreciendo progresivamente… Hacia 1978, Pinochet debió prescindir de los “Chicago boys” y el intento de aplicar una economía desregulada se había saldado con el primer gran fracaso. A este siguió otro y en un lugar mucho más “central”: el Reino Unido.

El ultraliberalismo en el poder: Tatcher y Reagan

La Tatcher subió al poder influida por las enseñanzas de la “Escuela Austria” de Von Misses y Hayek y pronto se aprestó a privatizar todos los servicios hasta entonces en poder del Estado: la producción y distribución de electricidad, las líneas aéreas, el agua, los transportes públicos, etc. Y, por supuesto, se abolieron aranceles: si salía más barato traer carbón de Polonia había que cerrar la minería británica, tal como se hizo. El resultado de toda esta política fue catastrófico: se sucedieron manifestaciones y protestas sociales, la huelga de mineros se prolongó por espacio de un año entero y las privatizaciones acarrearon la pérdida en la calidad de los servicios y el aumento de los precios. Difícilmente hubiera soportado la Tatcher esta situación de no ser porque los EEUU indujeron a la Junta Militar Argentina a ocupar las islas Malvinas prometiéndoles que permanecerían neutrales y pacificarían al Reino Unido. Si la Tatcher resistió y recibió su apoyo de la “Dama de Hierro” fue precisamente por la actitud inflexible de su gobierno ante Argentina y por su voluntad de levantar el orgullo nacional mediante una victoria que prácticamente podía definirse como “colonial”. No fueron los “éxitos” inexistentes de la Tatcher en materia económica lo que la mantuvo en el poder durante todo un largo ciclo político.

En los EEUU ocurrió algo parecido. Entre 2000 y 2008, la llamada “era Reagan” tuvo algunos éxitos económicos, pero su gran activo y lo que le valió la reelección fue el debilitamiento de la URSS y la victoria sobre el bloque comunista mediante la llamada “guerra de las galaxias”. El complejo militar-petrolero-industrial “tiró” de la economía. También aquí, las privatizaciones acarrearon una catástrofe nacional que todavía hoy vive aquel país y que llevó a que las carreteras construidas en la postguerra tuvieran un deficiente mantenimiento y que zonas enteras del país se situaran en el límite del subdesarrollo en una situación que terminó evidenciándose ante la opinión pública mundial en 2005 cuando el huracán “Katrina” devastó Nueva Orleans y tanto el gobierno estatal como el federal no estuvieron en condiciones de reaccionar.

El fracaso en Iberoamérica

Idénticas catástrofes se sucedieron en los años 80 en América Latina cuando los gobiernos democráticos apenas asentados hicieron caso al “amigo americano” e iniciaron las privatizaciones: ventas de puertos, de edificios de ministerios, de compañías estatales, etc. Una vez más se produjo el mismo fenómeno que ya se había advertido desde la experiencia chilena: caída en la calidad de los servicios, aumento en su precio. En definitiva, retroceso del Estado del Bienestar.

En una primera fase, cuando el Estado pone en venta sus empresas, estas se encuentran en pleno funcionamiento y puestas al día. Se producen algunos despidos, pero el Estado que acaba de ingresar el dinero por la venta de estas empresas no se preocupa: simplemente ofrece indemnizaciones y cree que otros sectores económicos lograrán absorber a los nuevos parados. El Estado utiliza el dinero que tiene para realizar obras públicas que, efectivamente, alivian el problema del paro. Pero, rápidamente el dinero se acaba y el Estado entra en déficit. Justo en ese momento, aparecen los funcionarios del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional ofreciendo créditos que ese Estado acepta…

Es el principio del drama: porque pronto son necesarios más créditos para pagar los créditos previamente concedidos y el Estado cada vez dispone de un margen de maniobra más exiguo. Entonces los funcionarios del FMI y del BM acceden a dar nuevos créditos… a condición de plantear “reformas estructurales” unas reformas que lo que tienden es a empequeñecer al Estado, devaluar la moneda, despedir funcionarios públicos, rebajar salarios, aumentar impuestos y, por supuesto, desregular la economía y eliminar aranceles. El resultado de estas políticas constituyó un fracaso tan rotundo que en la actualidad en la mayoría de países de América Latina, especialmente en los “bolivarianos”, les causa hilaridad el ver que en Europa se están adoptando las mismas medidas que ya fracasaron hace 20 años en Iberoamérica y que llevaron a momentos tan dramáticos como “el corralito” o la hiperinflación en algunos países.

La hora de los economistas a sueldo del capital financiero

Ya es significativo que el país que con mayor énfasis predica la política de privatizaciones y la desregulación de la economía sean los EEUU… país en el que buena parte de la producción, especialmente agrícola, está subvencionada por el Estado. Hoy resulta evidente que la “economía desregularizada” propuesta por los “Chicago boys” es una entelequia suicida en la que solamente algunos elementos de la derecha liberal pueden creer como bálsamo universal para los pueblos y los Estados. Cuando estalló la crisis económica, a pesar de que los principios neoliberales y el fetichismo del mercado estaban excepcionalmente extendidos en todo el mundo, los bancos y las grandes empresas en crisis solicitaron y obtuvieron ayudas públicas. Las excusas para que los Estados incumplieran su promesa de no participar en la vida económica, fueron, cínicamente, el “bienestar general”. Se decía, por ejemplo, que salvando a los bancos lo que se estaba era salvando a los ahorradores, se alegaba que algunas empresas eran “demasiado grandes para quebrar”, o que había que generar empleo realizando inversiones públicas (tal como se hizo en España con el Plan E y el Plan E2010, o con el Plan VIVE). Aun hoy, cuando se nos habla en España de crear un “banco malo” lo que se está ocultando es que se trata de que el Estado absorba la deuda incobrable de la banca, saneándola y colocándola en trance de ser apetecible por compradores extranjeros.

Por supuesto, los popes de la economía neoliberal, siguen explicando con una seriedad pasmosa que si existe hoy una crisis de dimensiones planetarias se debe a que… la economía sigue regulada. Llama la atención la suficiencia con la que este atajo de cretinos dan lecciones de economía a toro pasado y prevén recuperaciones de la economía para pasado mañana desde las columnas de Intereconomía hasta las de Libertad Digital, por no aludir a cierto profesor de economía, mejor cantante de tangos, que saluda a sus contertulios con un “buenos días, liberales” que casi parece un insulto en los momentos en los que el liberalismo económico extremo nos ha llevado hasta donde estamos.

Este fenómeno no ocurre solamente en España. De hecho, recientemente Le Monde Diplomatique demostraba que doce economistas que predican soluciones neoliberales, absolutamente inviables y a todas luces lesivas para la mayor parte de las poblaciones, lo hacen con tanta suficiencia como falta de argumentos sólidos… y, están al servicio de los grandes consorcios financieros internacionales. Esto es que les entra en el sueldo realizar campañas de publicidad del ultraliberalismo…

Algunas explicaciones y algunos porqués

Hace falta explicar por qué el sistema financiero mundial tiene como objetivos el insistir en la desregulación si esta desregulación es simplemente nefasta para el conjunto de las comunidades. Es fácil entenderlo. Desmantelar el Estado del Bienestar implica dejar grandes sectores de la economía que actualmente están en manos de los Estados en venta a los consorcios privados. El siglo XXI va a ser el gran siglo de la sanidad. Ingeniería genética, biomecánica, criogenia, nanotecnología, están convergiendo y alumbrando una nueva medicina que se cotizará a precio de oro y que para los diosecillos del capital será (está siendo) el negocio más tentador en las próximas décadas. De ahí el interés en la privatización de la sanidad. Pero, por otra parte, de lo que se trata para los “señores del dinero” es de disminuir la soberanía de los Estados. Estados fuertes, con recursos, con un arsenal legislativo y conciencia de su misión, pueden negarse a privatizar estos últimos sectores económicos. Se trata de que no lo hagan y se trata de algo más: de alcanzar las consecuencias finales del capitalismo en los que la política no solo está por debajo de la economía, sino que la política es el terreno en el que los “señores del dinero” hacen y deshacen a su antojo y en su beneficio. Ya no se trata de que grandes líderes guíen a los pueblos a través del devenir histórico, ni siquiera que sean los propios pueblos a través de instituciones democráticas las que se forjen su destino: se trata de limitar la soberanía de los Estados dando prioridad absoluta a depredadores económicos.

Y en esto la Unión Europea tiene una buena parte de responsabilidad. Dos medidas de la UE han sido absolutamente incomprensibles y suponen una traición a las poblaciones europeas: la normativa del Banco Central Europeo que impide que este organismo preste dinero a los Estados y el llamado Mecanismo de Estabilidad que prohíbe déficits superiores al 3%. Veamos cada uno de estos elementos.

La prohibición de prestar dinero a los Estados se basa en que estos podrían tender a endeudarse. Argumento falaz porque como en cualquier operación de crédito lo primero que el prestamista mira es si el cliente está en condiciones de devolver el crédito. No, esa normativa tiene un único beneficiario: la banca. En efecto, hoy los bancos europeos piden créditos al BCE al 1% para con ese dinero comprar deuda pública que los Estados pagan entre el 4 y el 7%. Es decir, la banca, por el simple hecho de realizar operaciones de este tipo sin ningún riesgo obtiene entre el 3 y el 6% de beneficio. No es raro que el dinero destinado a créditos lo absorba el Estado en forma de pagarés, bonos y letras del Tesoro, en España desde 2008. No hay crédito, en cambio, ni para las PYMES ni para los ciudadanos. Una legislación así debería haberse modificado en el momento en el que se demostró su incapacidad: en efecto, estaba destinada a aumentar solamente los beneficios bancarios y a endeudar más y más a los estados que, como el español, deben de pagar cada vez más intereses por su deuda que, además, esta al albur de las oscilaciones de los mercados y de la voluntad de las agencias de ratting (que trabajan para la banca internacional y para los grandes fondos de inversión) con calificaciones que nunca han sido realistas: ni antes de la crisis económica cuando se calificaba a Lehman Brothers de entidad solvente, ni ahora cuando se aumenta la prima de riesgo de manera no menos artificial y artificiosa. De hecho, si ha habido un culpable de esta crisis son precisamente las agencias de calificación que actúan no para asegurar el fair play sino para garantizar mayores beneficios a los “señores del dinero”. Se pudo evitar, se puede evitar, pero no se hace: y lo que es peor, ningún dirigente político europeo está dispuesto a jugarse nada para proponer que la lógica y el sentido común imperen en este terreno. Está claro el motivo: bastaría con que cualquier dirigente europeo lesionara los intereses de los grandes consorcios financieros para que sobre él se abatieran campañas de desprestigio que lo liquidarían de la escena política en apenas unas semanas.

Igualmente pernicioso es el llamado Mecanismo Europeo de Estabilidad que prohíbe a los estados tener déficits superiores al 3%, superado el cual se prevé la intervención económica de ese Estado. Esta consiste en que, a partir de ese momento, ese Estado deja de ser dueño de su política económica que estará gestionada por funcionarios y técnicos de la Unión Europea. Dicho de otra manera: eso equivale a restar soberanía y convertir en inútiles a las instituciones democráticos. En el fondo esto es lo que ya está ocurriendo a la vista de que, elección tras elección, se comprueba que podemos elegir gobiernos (esto es, podemos elegir al figurón que estará al frente del gobierno durante cuatro años), pero no podemos elegir políticas (puesto que las reglas del juego son tales que solamente es viable una sola política económica. En efecto, en España, el gobierno ZP y el gobierno Rajoy han tenido las mismas respuestas económicas ante los mismos problemas. Una de las características del “pensamiento único” instaurado a partir de los años 90, es la posibilidad de prácticamente solamente una política económica única que no depende de los gobiernos elegidos democráticamente sino de instituciones que nadie ha elegido o de agencias privadas que trabajan para intereses muy distantes de los populares.

Precisamente estas condiciones de dependencia son las que corresponden a los protectorados. España se está convirtiendo a marchas forzadas en un protectorado de la UE (como ya lo es Grecia que después de cuatro planes de austeridad y recortes sigue peor que nunca y sin levantar cabeza porque no son las políticas de recorte las que generan empleo sino las de inversión pública) que a su vez, desde el punto de vista económico no es más que un instrumento de la alta finanza para realizar su plan ultraliberal de desmantelamiento del Estado del Bienestar, privatizaciones y pérdida de soberanía.

Y ante todo esto vale la pena prepararse para la revuelta social y política. O nosotros o ellos.

© Ernesto Milà – infokrisis – ernestomila@yahoo.es

Monarchia delenda est

Monarchia delenda est

Quien esto escribe hasta hace relativamente poco era absolutamente indiferente a la institución monárquica. Partía de la base de que la monarquía era una institución tan débil, en el sentido de que tenía tan pocas atribuciones que era absolutamente irrelevante, algo así como el premio de consolación que le tocó a los franquistas en la transición para que creyeran que había algo del antiguo régimen en la nueva construcción democrática que se estrenaba. Y como todo premio de consolación apenas tenía un interés casi exclusivamente simbólico.

Todos sabíamos que el Rey no era un tipo particularmente espabilado, pero tampoco debía ser un lince para asumir simplemente un papel simbólico y representativo. Sabíamos también que, a pesar de lo alardeado durante la noche del 23-F, su papel en aquel momento fue deslucido y que más que operar sobre las circunstancias se vio arrastrado por ellas. Hacia mediados de la década de los 80, la monarquía empezó a entender que valía mucho más una portada en el ¡Hola! que decenas de editoriales monárquicos en el ABC y, por tanto, la monarquía se hizo habitual de la prensa del colorín. Tampoco era sorprendente. Lo único interesante que parecía emanar de la institución monárquica eran unas vacaciones a Baleares, la niña que se casa, la otra que liga con un tipo altito, guapito y con cara de buena persona y el chaval, al final que logra beneficiarse a una conocida locutora de TVE. Y tras las bodas, los bautizos… Nadie hacía mucho caso al mensaje real de fin de año, acaso porque todos sabíamos lo que iba a decir: lo que le había escrito tal o cual asesor de relumbrón, leído sin mucha convicción y única tarea ineludible a realizar a lo largo del año. Tan irrelevante como todo lo demás.

La posición histórica de la Falange

Nunca he compartido la actitud de los falangistas que es, en cualquier caso, contradictoria con lo que dijeron los “fundadores”. En efecto, la frase de José Antonio Primo de Ribera sobre la “monarquía gloriosamente" se mencionó en el famoso Discurso sobre la Revolución Española el 19 de mayo de 1935 y la frase concreta vino a decir que los jóvenes falangistas no podían luchar en defensa de la monarquía. Textualmente: no podemos lanzar el ímpetu fresco de la juventud que nos sigue para el recobro de una institución que reputamos gloriosamente fenecida”… y la cuestión es: ¿de dónde sacó Primo de Rivera la idea de que la monarquía había fenecido “gloriosamente”…? En realidad, feneció porque un rey pusilánime ni siquiera esperó el escrutinio final de las elecciones municipales de 1931, presumió que la votación iba a dar la mayoría a los republicanos (algo que todavía hoy se discute y que era imposible saber salvo que los republicanos habían ganado en las grandes ciudades y los monárquicos en todo el resto del país…), hizo las maletas y se autoexilió apresurada y cobardemente. De hecho, si luego estalló una guerra civil fue precisamente por la desidia del monarca que prefirió la seguridad de una villa romana antes que tratar de pacificar el país que, como se vio luego, no estaba preparado para una monarquía.

Según las Obras Completas de Primo de Rivera, en versión on line, encontramos en ellas 21 referencias a la monarquía ninguna de las cuales puede ser considerada como hostil a la institución. Sin olvidar que Valdés Larrañaga, amigo íntimo del fundador de la Falange, comentó en el curso de un mitin de los Círculos José Antonio en Toledo, que aquel, “a orillas del Manzanares”,  le había comentado “la conveniencia de restaurar la monarquía en España”.  

En lo que se refiere a Ramiro Ledesma, ciertamente, cuando realiza su análisis histórico de la historia de España, no puede evitar ejercer cierta crítica sobre la institución monárquica, pero atemperada en la medida en que sus escasas fuentes de financiación procedían precisamente de industriales monárquicos bilbaínos a través de José María de Areilza, Conde de Motrico, y que el propio Ledesma había colaborado con la revista Acción Española, órgano doctrinario de los monárquicos en vías de “fascistización”.

A la vista de la tibieza de estos textos de los fundadores de Falange y del nacional-sindicalismo, sorprende el radicalismo con que los falangistas juzgaron a la monarquía en la postguerra y que no dejó de aumentar a medida que el régimen fue discurriendo. Tampoco los fundadores, a decir verdad, habían expresado gran afección hacia la república. La cosa se explica mejor si tenemos en cuenta que existió una rivalidad entre los antiguos miembros de Renovación Española (derecha monárquica que se fascistizó durante la República y la guerra civil y, posteriormente, se convirtió en buena medida en nacional-católica, desplazando a los falangistas del centro del poder a partir de 1943 y con los que nunca la convivencia fue buena. Los falangistas creían que ellos aportaban el apoyo popular y eran la levadura de las masas, mientras que consideraban a los ex miembros de Renovación Española como a personalidades ilustres pero carentes de base social. Esto no era del todo cierto: de hecho, los resultados electorales anteriores a la guerra demuestran que Renovación Española era un partido de derecha radical con una amplia base electoral y Falange Española un movimiento juvenil con gran potencial pero exigua base electoral. El papel de los antiguos miembros de Renovación Española dentro del franquismo se reconoce incluso en la Ley Orgánica del Estado en donde, finalmente, se aplicaron algunos de los principios que ya se habían teorizado treinta años antes en la revista Acción Española.

Será por esta rivalidad histórica por lo que los falangistas mantuvieron siempre entre sus prioridades, a partir de los años 50 el combatir a la monarquía incluso a despecho de la levedad de la institución, de su escasa penetración en la sociedad española y de que el mapa político de España en las últimas décadas cambiaría poco con o sin la monarquía.

Justamente ahora, cuando la sustitución de la monarquía por otro tipo de forma de Estado (las repúblicas no han dejado nunca buena impresión en España y mitificarla sería tan negativo como no aceptar el hecho de que la monarquía borbónica ha fenecido, y no precisamente de manera heroica, gloriosa, sino entre aromas de corrupción.

El papel histórico de la monarquía juancarlista en la transición

Franco era monárquico pero estuvo dudando durante mucho tiempo a quién considerar como legítimo heredero del trono. Finalmente se decantó por Juan Carlos de Borbón a quien trajo a España y facilitó la educación, mientras su padre, Don Juan de Borbón hijo de Alfonso XIII permanecía en Estoril rodeado de su Consejo Privado sin preocuparse en absoluto de lo que ocurría en España y solamente airado porque Franco deparara una atención especial a su hijo. Éste, por su parte, no dudó ni por un momento en jurar en las Cortes franquistas su nombramiento a título de sucesor tras la aprobación en referendo nacional de la Ley Orgánica del Estado en 1967. Es decir, si Juan Carlos es hoy rey fue única y exclusivamente porque Franco quiso y porque lo consideraba como la posibilidad de perpetuar el régimen… perpetuarlo con algún cambio. Cambios que se realizaron en los últimos años del franquismo.

Carrero Blanco contemplaba una “democracia limitada” en el que las libertades políticas alcanzaran hasta los socialistas y excluían a los comunistas y a la extrema-izquierda de la posibilidad de acceder a los cargos institucionales; se crearon embriones de partidos políticos (a partir de la Ley de Asociaciones Políticas que se empezó a trabajar en 1969 y que tardó todavía casi cinco años en ser aprobada); e incluso se convocaron elecciones para “procuradores por el tercio familiar” (los antiguos miembros de Renovación Española habían introducido la figura de la “democracia orgánica” y de la representación corporativa, una de las cuales era el “tercio familiar” en cuya elección podían participar los “cabezas de familia” en votación directa a candidatos que se representaban a sí mismos y que, a su vez, eran cabezas de familia. Lo esencial de la transición estaba en marcha con Carrero Blanco y se perfiló entre 1971 y 1973 y se trataba de una democracia limitada bajo la forma de una monarquía en la que Juan Carlos ocuparía el trono accediendo a través –Franco insistió en ello- de una “instauración, no de una restauración”.

Nadie, absolutamente nadie, dudaba de que Juan Carlos carecía de opinión propia y de que carecía de criterios políticos. Y tampoco a nadie le preocupaba mucho porque la frase habitual entre los franquistas de la época era “después de Franco, las instituciones”. Y el franquismo había creado instituciones –el Consejo del Reino- cuya utilidad era guiar los pasos de la monarquía. El problema vino porque al ser asesinado primero Carrero Blanco y luego morir Franco, la presión sobre el Estado Español que llegó desde el extranjero (especialmente de los sectores económicos interesados en que España ingresara en el Mercado Común Europeo y de los sectores de la alta finanza internacional reunidos en Palma de Mallorca en el verano de 1975 en el seno de la conferencia de la Comisión Trilateral, verdadero estado mayor de la banca y las finanzas mundiales, el poder político y el poder mediático en EEUU, Europa y Japón) fue absolutamente insoportable, especialmente porque buena parte de los franquistas “evolucionistas” querían tener un futuro no tanto en la “democracia orgánica” franquista, sino en un Estado democrático homologado por los países occidentales.

Por otra parte, a partir de 1960 se había constituido un pujante capitalismo español que se benefició de las medidas proteccionistas vigentes en la época y que había generado una importante acumulación de capital. Poco a poco, este sector advirtió que para aumentar sus beneficios precisaba, no solamente de un marco económico liberal sino de un marco político que hiciera que el gobierno español fuera admitido e incorporado a lo que hoy es la Unión Europea. Estos sectores se colocaron entre los que financiaron y promovieron la transición democrática en España, unidos a los intereses extranjeros que veían en nuestro país un mercado creciente. Sin olvidar que, desde 1972 existía un plan de “normalización” del Sur de Europa (Grecia, Portugal y España) y abolición de los gobiernos autoritarios constituidos que contaba con la aprobación del Pentágono y de la CIA. Ante todas estas fuerzas y ante su magnitud, Juan Carlos no era más, como se decía en la época, que “un pelele”, sin opinión, sin criterio político, sir personalidad, sin historia y sin tradición ni carácter. Todos (franquistas del bunker, franquistas evolucionistas, liberales moderados, e incluso socialistas, fuerzas económicas y financieras nacionales e internacionales) pensaban que podían manipularlo en beneficio propio.

A lo largo de todo este período, entre la firma de los bochornosos acuerdos de retirada del Sáhara (primer acto institucional de Juan Carlos cuando Franco estaba organizando) en noviembre de 1975, hasta la noche del 23-F de 1981, el tiempo conocido como “la transición española”, un verdadero e inmenso caos político, económico y social (con períodos de inflación del 25%, con 200 muertos víctimas de episodios de violencia política y terrorismo, con una pérdida de capacidad adquisitiva), la monarquía fue una caña mecida al viento. Los únicos que la apoyaron en aquellos años eran los “franquistas evolucionistas” que lo consideraban como la única posibilidad de mantener sus intereses y una posibilidad de que no todas las estructuras creadas por la Ley Orgánica del Estado desaparecieran en el marasmo de la transición. Pronto, los “franquistas del búnker” (nacional-católicos, falangistas, carlistas, franquistas de estricta observancia) entendieron que el rey era pusilánime y que estaba rodeado de un círculo de consejeros al que no tenían acceso y que, a fin de cuentas, a la vista de que hacía falta encontrar un chivo expiatorio para realizar ese “gran acuerdo nacional” que fue la transición, ellos iban a ocupar ese papel… con el silencio del monarca. El “búnker” cesó su apoyo a la monarquía a partir de finales de 1976 cuando ya se veía criminalizado como el “obstáculo” para una sociedad democrática. Por otra parte, los socialistas, presionados por el SPD alemán, aceptaron a la monarquía, mientras que los comunistas se mantuvieron sobre cautos y dejaron la consigna de “abajo el rey pelele” (que había difundido la Junta Democrática de España a partir de noviembre de 1975) como patrimonio de una extrema-izquierda republicana cada vez más debilitada.

La “transición” no fue más que un acuerdo entre fuerzas económicas nacionales e internacionales, utilizando como intermediarios a sus peones políticos en el interior de España para lograr que la oposición democrática y los franquistas evolucionistas crearan un nuevo Estado que los integrara a través de la creación de una constitución que facilitara el acceso al poder de dos partidos centristas: uno de centro-izquierda y otro de centro-derecha en lo que era un bipartidismo imperfecto en el que las terceras fuerzas eran los grupos nacionalistas vasco y catalán. Cada parte debió de ceder algo: los franquistas facilitaron la liquidación de la “democracia orgánica” pero salvaron la monarquía; la oposición democrática renegó de la “ruptura democrática” y la forma de Estado republicana, pero obtuvo partidos, autonomías y amnistía general…

¿Qué hizo Juan Carlos durante ese tiempo? Poco o nada y, desde luego, nada por iniciativa propia. Se limitó a pedir dinero a las monarquías del Golfo Pérsico para… financiar a UCD y, de paso, lograr un patrimonio no precisamente escaso. Todavía hoy los monárquicos sostienen que en 1975 la Casa Real española era “pobre” y recuerdan que Franco daba una asignación (no precisamente extraordinaria) para el mantenimiento de Juan Carlos. Olvidan decir que su padre, Don Juan y el propio Juan Carlos, jamás dieron un palo al agua y que las borracheras y juergas (en tierra y mar) del jefe de la Casa Real, Don Juan Conde de Barcelona eran memorables y quedaron como el rasgo más acusado de su personalidad.

Cuando se aprobó la constitución se percibió que las funciones atribuidas a la monarquía eran mínimas, pero la institución se había salvado y con ella la honra de los franquistas evolucionistas que podían alegar que no se había producido la “ruptura democrática”, sino una “transición pacífica” (a pesar de los 200 muertos del período…). La levedad de la institución monárquica empezó a percibirse desde entonces: Juan Carlos tenía que “sancionar” las leyes y los decretos (esto es, limitarse a firmarlos), tenía que representar al Estado, era el jefe de las fuerzas armadas… pero limitado a seguir las indicaciones del Estado Mayor. No tenía capacidad para vetar leyes, ni decretos y en la práctica era el pelele de los demócratas y el títere de los franquistas evolucionistas. La monarquía no era nada, pero sirvió especialmente en aquella época para que conjurar el riesgo de golpe militar.

De hecho, todos los militares golpistas, con Armada y Milans a la cabeza, eran monárquicos y la figura del rey fue aprovechada para contenerlos primero y, finalmente, para sacrificarlos el 23-F. El seudo-golpe de Estado, no fue nada más que un golpe generado por los servicios de inteligencia para acabar con todos los golpes. Al igual que para cazar un conejo hay que sacarlo de la madriguera, para acabar con el golpismo en España y estabilizar definitivamente la democracia, fue necesario estimular un golpe de Estado y hacerlo fracasar. El golpe se aprovechó para ensalzar la figura del rey que a media noche lanzó su famoso mensaje en el que ordenaba el retorno de los militares a los cuarteles y explicitaba su falta de apoyo al golpe… cuando ya era evidente que el golpe había fracasado. A decir verdad, el 23-F, el papel de Juan Carlos fue tan irrelevante como en cualquier otro momento y esta irrelevancia es lo que ha permitido a algunos lanzar la sospecha de que estaba comprometido, inicialmente, con los golpistas.

El papel histórico de la monarquía juancarlista entre 1982 y 2012

Juan Carlos se sintió bien con la subida al poder de los socialistas. Estos se limitaron a felicitarle por su papel el 23-F y Felipe González le dijo textualmente que no debía de preocuparse por el destino de la nación, que para eso estaban ellos (para eso y para iniciar el saqueo) y que se tomara unas largas vacaciones, algo que el rey hizo sin pensarlo dos veces. A partir de ese momento, Juan Carlos se convierte en material de la prensa del corazón. Pero ocurrió algo mucho peor: a partir de ese momento, en prácticamente todos los grandes escándalos económicos de la época, está implicado algún “amigo” de la Casa Real, empezando por Ruiz Mateos, continuando por Mario Conde, siguiendo con Javier de la Rosa y dominando todo este período la figura de Prado y Colón de Carvajal, amigo del rey, gestos de intimidades y escándalos. Lo menos que puede decirse de ese período es que Juan Carlos se ha rodeado de gente que tenía como única intención aprovecharse de su privilegiada proximidad a alguien que, constitucionalmente, no es jurídicamente responsable de nada, es decir, que no puede ser juzgado por ningún delito por grave y evidente que sea.

Pero Juan Carlos (y más que él sus ayudantes y sus jefes de la Casa Civil) han optado siempre por la misma actitud ante los amigos procesados: abandonarlos a su suerte, no romper ni una sola lanza por ellos, negar cualquier tipo de relación y vinculación. Esto ha generado el que, con mucha frecuencia, quienes han protagonizado estos escándalos, posteriormente, al verse abandonados hayan intentado presionar a la Casa  Real realizando fugas de información en la prensa nacional o extranjera. Sin embargo, hasta bien entrados los años 90, la prensa española se ha negado a publicar gran cosa de interés sobre la Casa Real e incluso, para congraciarse con ella, han informado a la corona de la fuga de información, comprándola pero no publicándola. Y esto no solamente en lo que respecta a los escándalos financieros (que no han sido pocos: en el asunto KIO protagonizado por Javier de la Rosa, éste siempre aludió a que la desviación de fondos que generó durante la guerra de Kuwait se debió a la compra de favores políticos y que parte de ese dinero había ido a parar a la Casa Real, por citar un solo ejemplo), sino también a los líos de faldas protagonizados por el monarca de los que, sin duda, los más famosos son los chantajes realizados una actriz del destape y por la princesa Olghina de Robiland, ninguno de los cuales apareció en la prensa española, a pesar de que las interesadas vendieron información a la prensa del colorín nacional.

Pero se produjeron interferencias entre esta parte chusca y la política. Los propios socialistas pronto advirtieron, gracias al CESID, las fugas del rey para acudir a citas que tenían muy poco de servicio público. Esto ocurría cuando los amigos del rey se habían hecho habituales de los juzgados (Miguel Arias, Manuel Prado, Mario Conde, el príncipe de Tchokotua, Pedro Sitjes, etc, etc.). Para colmo, en 1992, Felipe González filtró la noticia de que el rey no estaba en España desde hacía 15 días… ¿Dónde estaba? En Suiza con una periodista descocada que le había hecho una entrevista y con la que mantuvo una tórrida aventura. Lo importante no era esto –que, a fin de cuentas, era una característica común a todos los borbones- sino el hecho que en los quince días anteriores, el Boletín Oficial del Estado seguía publicando decretos firmados por el Rey… decretos que el Rey no firmaba y que, por tanto, no tenían validez constitucional y hubieran podido ser muy bien impugnados a poco que se comprobara la validez de la firma. Ésta, se supo, había sido realizada por un plotter… en lo que constituye un verdadero desprecio a nuestro ordenamiento constitucional.

Pero la Casa Civil del Rey había advertido que era muy fácil realzar el “prestigio” del monarca yeso no debía hacerse no podía hacerse, a través de los editoriales que publicaban los Ansón en ABC, y que lograban aburrir incluso a los monárquicos, sino a través de artículos publicados en la prensa del colorín que eran seguidos por millones de amas de casa. Se utilizaron los noviazgos de los hijos, los matrimonios, los nacimientos y bautizos de los hijos, las vacaciones familiares en Baleares, etc, para que los miembros de la Casa Real estuvieran presentes en el couché, unas veces entre el lujo de palacio y otras en barrios normales de cualquier ciudad, como queriendo seducir tanto a las modistillas como a las mujeres de la burguesía media. Cuanto mayores eran los escándalos en los que se veían implicados miembros del entorno del Rey, mayores eran las campañas mediáticas aparecidas en la prensa del corazón. La botadura de un nuevo barco regalado por empresarios mallorquines, o la aparición de alguna biografía “oficial”, escrita incluso por individuos de la peor catadura (José Luis de Vilallonga pasado del antimonarquismo furibundo al peloteo miserable en apenas un lustro), etc. Curiosamente se ensalzaba casi exclusivamente a los elementos más mediocres e irrelevantes de la familia real, pero se ignoraba incluso el trabajo de ayuda humanitaria efectivo y real, de personajes secundarios del entorno (la princesa Irene de Grecia) en los que todavía puede encontrarse restos de la antigua grandeza de las familias reales europeas.

A lo largo de todo este período, el papel de la monarquía es completamente gris como si desde el 23-F, Juan Carlos se hubiera jubilado y supiéramos de él solamente por la prensa del corazón y por los partes médicos publicados tras sus batacazos habituales.

La monarquía se convierte en todavía más irrelevante. Cosa de lectores de la prensa del corazón. Nada más. Los rumores sobre los escándalos privados y financieros están ahí, pero nadie se atreve a alardear de ellos. Incluso los pocos republicanos lo son por inercia no por estar al tanto de lo que se cuece tejas abajo en la Zarzuela. Aparecen algunos artículos críticos en la prensa extranjera e incluso fotos comprometidas que sirven para que el peloteó monárquico a esta parte de los Pirineos se ponga una vez más en marcha glosando incluso el volumen del salami regio…

Y entonces llegó la crisis económica.

La crisis de la monarquía es una parte de la crisis total del sistema nacido en 1977

República y monarquía suelen ser vasos comunicantes. Más disminuyen los monárquicos, más deberían aumentar los republicanos. Sin embargo esta ley no se cumple siempre. La república española no ha dejado en sus dos primeros intentos un buen recuerdo. Cosa de inestabilidades y aventuras políticas, siempre ligado a las izquierdas o a los “progresistas”. Aun hoy con un deterioro creciente de la monarquía no puede decirse que las manifestaciones republicanas hayan aumentado en el mismo volumen que han disminuido los apoyos a la institución regia. Algunos podrían pensar que se trata porque la dicotomía monarquía-república no es absoluta. Existen otras posibilidades: la regencia, por ejemplo. En realidad, la actitud que va creciendo no es tanto el apoyo a la república, como la hostilidad a la monarquía. Poco a poco, la mayoría del país, que siempre ha sido indiferente hacia la monarquía y que se toleraba como se toleraba a los sindicatos o a los partidos, va cambiando su actitud y se va convirtiendo en hostilidad. Lo que explica por sí misma esta actitud es la gravedad de la crisis iniciada en el verano de 2007 con el inicio del escándalo de las subprimes en EEUU que unos meses después desembocó en la quiebra de Lehman Brothers y contaminó a todo el mundo, especialmente a los países europeos y muy en concreto a España.

Esta crisis ha generado la duda sobre el funcionamiento de las instituciones. Poco a poco, la población empieza a entrever –entre partidos de fútbol diarios, permisividad absoluta en el consumo de cannabis, ocio y entertaintment transmitido cada vez por más canales de tv que envuelven como en una nube sutil la mente de las poblaciones aislándola de las realidades objetivas- que algo está fallando en las instituciones: no hay organismos más desprestigiados a ojos de la población que los partidos políticos, seguidos a corta distancia de los sindicatos y, por supuesto, de la clase política nacional y autonómica. La crisis se experimenta como algo objetivo en la propia piel: paro, crisis económica, pérdida de poder adquisitivo, delincuencia, inmigración, cambio del paisaje ciudadano, incapacidad para mejorar la propia situación, perspectivas de futuro sombrías y la sensación de que hay sectores que se están aprovechando de la crisis, medrando y acaparando beneficios, recursos y prebendas: gobiernos autonómicos, banca, grupos financieros y, finalmente, la propia monarquía.

La corona, a decir verdad, tiene parte de responsabilidad en esta crisis. Se trata, por supuesto, de una responsabilidad tangencial, más por omisión que por acción (si bien la casa real ha especulado y se ha lucrado como cualquier otro subproducto sociológico nacido del felipismo y perseguidor del “pelotazo”): ninguna de las instituciones del Estado, ni siquiera la monarquía que estaba en teoría por encima de los partidos, de los agentes sociales, de las instituciones, y era el representante de todos los españoles, ni siquiera la corona advirtió públicamente que la vía emprendida por Aznar en 1996 cuando definió el nuevo modelo económico de este país, era absolutamente inviable, pan para aquel momento y hambre y ruina para el momento en el que las burbujas reventaran y nos quedáramos con 7.000.000 de inmigrantes y 6.000.000 de parados, con una deuda superior al billón de euros y un Estado de las Autonomías que para sobrevivir debe de asfixiar al Estado del Bienestar. El monarca no alertó sobre los abusos de la patronal de la construcción, de los ayuntamientos que podían en venta suelo público a precio de oro, la inviabilidad de un Estado autonómico creado para alimentar clases políticas periféricas, no alertó de que por encima de la banca estaban los españoles, por encima de la patronal de la construcción estaban los ciudadanos que no se vieron beneficiados ni con los planes irresponsables del zapaterismo de ayuda a la banca y de creación de empleo (Planes E y E 2010), si bien es cierto que en los mensajes de fin de año, según iban las cosas, lanzaba alguna puya contra la corrupción, nunca hizo nada por evitar que la corrupción se extendiese incluso por la Zarzuela y en su propio entorno familiar… porque si la casa real debía de ser la cúspide del Estado pero también el ejemplo de comportamiento ético y familiar para todos. Y no solamente no lo era, sino que pronto se supo que era todo lo contrario: una familia desestructurada o en vías de desestructuración que no solamente no aportaba ejemplo alguno sino que es justo lo contrario: un ejemplo de lo que no debe ser una familia tradicional.

A lo largo de 2012 la erosión de la monarquía ha sido meteórica. A ello han contribuido tres factores: el Caso Urdangarín con la sospecha de que, no solamente la propia princesa Elena, sino el propio Juan Carlos, está implicado en el asunto; las constantes fugas del rey que en momentos de crisis le llevan a los paraísos turísticos más alejados para cazar elementas a 35.000 euros pieza, asunto que se une al último escarceo sexual del monarca en la figura de una seudo princesa alemana dedicada a las relaciones públicas; y el deterioro físico del monarca que no ha percibido todavía que va camino de la ancianidad y que como jubilado que debería ser, precisa el relevo.  Estas son, en orden de importancia decreciente, los tres factores que están arruinando a la monarquía española y convirtiéndola en una entidad de problemática continuidad.

Por otra parte, la crisis de la institución monárquica no forma parte sino de la crisis generalizada de TODAS las instituciones del Estado nacido en 1978 que se ve incapaz de servir al que debería ser su único fin, la satisfacción de las necesidades de los ciudadanos y la adopción de políticas sociales distributivas, la educación de las nuevas generaciones y dar seguridad sobre el futuro. Ni uno solo de estos fines está en condiciones de ser cubierto por el actual modelo de Estado que tiene cuatro características esenciales: un Estado de las Autonomías que se come al Estado del Bienestar; unos niveles de corrupción insoportables favorecidos por el hecho de que no estamos en una democracia sino en una partidocracia; una pérdida de soberanía política y económica generada por una adhesión mal negociada con la Unión Europea y una aceptación acrítica del sistema económico mundial globalizado; y una aceptación de las doctrinas neoliberales tendentes a privatizar servicios y bienes del Estado con lo que podemos elegir responsables políticos entre el PP y el PSOE pero no podemos elegir políticas económicas porque en ambos partidos son la misma para congraciarse con “los mercados”, esto es “con los señores del dinero”, gestores de los grandes consorcios financieros y fondos de inversión.

Esta situación solamente puede tener dos finales: o bien el régimen construido en 1978 cede a las presiones y se convierte en un Estado modélico neoliberal en el que todos los servicios estén privatizados y solamente pueda existir tranquilidad económica para una minoría de privilegiados o bien la mayoría de la población reacciona y obliga a realizar una profunda reforma constitucional que, en esta ocasión sería un verdadero período constituyente. El que se dé una u otra salida dependerá de la capacidad de reacción de la sociedad española.

En este contexto es evidente que la experiencia habida en los últimos casi cuarenta años con la monarquía, hace inevitable que en una futura reforma constitucional esta institución deba casi necesariamente estar ausente a la vista de lo poco o nada que ha aportado en este ciclo que ahora parece terminar.

Desde este punto de vista, la monarquía es una de las muchas estructuras del Estado que deben ser reformadas y su reforma no es algo único que afecte solamente a la forma de Estado, sino que debe incluirse dentro de una reforma general de TODAS las estructuras del Estado: parlamento, partidos, autonomías, “instituciones florero”, etc.

Vale la pena recordar algo que no está carente de interés. El valor de la institución monárquica de hoy no puede ser medido en relación a las monarquías del pasado. España ha sido hecha por linajes de nobleza que, espada en mano, construyeron este país. Las monarquías medievales, la monarquía de los Habsburgo, no pueden ser consideradas con el mismo patrón que la monarquía en España en el período moderno, especialmente a partir de Carlos IV. La legitimidad de la monarquía lo daba el hecho de que se situaba al frente de un pueblo, espada en mano; esa monarquía tenía los máximos privilegios pero también las máximas responsabilidades, una idea que luego estuvo completamente ausente y cuyo primer estadio de degeneración fue la idea de la “monarquía de derecho divino”. La historia de los borbones españoles ha sido en general la historia de un despropósito histórico: desde Carlos IV preocupado solamente de sus cacerías, hasta Fernando VII que no dejó ocasión de traicionar a cualquiera que se le acercase, pasando por Isabel II a la que no quedó palafrenero de palacio con el que no yaciera, o a Alfonso XII permanente lánguido con sus líos de faldas o la pusilanimidad de Alfonso XIII, la historia de los últimos borbones es suficientemente desalentadora como para seguir considerándola una dinastía que pueda aspirar a ningún tipo de legitimidad.

Por eso cuando decimos MONARCHIA DELENDA EST estamos recordando la frase que pronunció el virtuoso Catón cuando mostró en el Senado Romano unos higos traídos del Norte de África limitándose a decir Carthago delenda est (Cartago debe ser destruida). Catón pronunciaba esta frase cada vez que concluía un discurso a modo de idea obsesiva que se persigue sin descanso hasta que es, finalmente, realizada. Catón consiguió finalmente que las legiones romanas atravesaran el Mediterráneo y lograran abatir el poder de Cartago y su imperio comercial, democrático y marítimo, sembrando de sal las ruinas de la capital. Hoy, más que nunca, es preciso abatir, no solamente a una monarquía verdaderamente vacía de contenidos, sino a una monarquía que se sitúa en la cúspide de un Estado concebido no para beneficio de la totalidad de la población, ni siquiera como estructura jurídica de la nación, sino como coto de caza del neoliberalismo. Un Estado así no tiene razón de ser, salvo para los consorcios económico-financieros y carece de legitimidad. Y si ese Estado es una monarquía por eso hay que repetir una y mil veces, MONARCHIA DELENDA EST, la monarquía debe ser destruida, porque, la otra alternativa es que el Estado, perdida la soberanía, perdido el objetivo de defensa de los intereses de sus ciudadanos, sea una verdadera amenaza para todos nosotros, para nuestro futuro y el de nuestro hijos.

 

RHF-XI. Acaba de aparecer

RHF-XI. Acaba de aparecer

Infokrisis.- Acaba de aparecer el número XI de la Revista de Historiad el Fascismo que incluye un dossier que ocupa una tercera parte de las 200 páginas dedicado a “Nacional-revolucionarios versus identitarios” (en el que se explica los orígenes y contornos doctrinales de este sector político y cómo terminó transformándose a principios del siglo XXI en “movimiento identitario”). Se aluden a las distintas corrientes del sector nacional-revolucionario (solidaristas, nacional-bolcheviques, socialistas-europeos, etc.) . En la rúbrica sobre antisemitismo presentamos el artículo “Leo Taxil: antisemitismo y antimasonismo” en el que se explica la biografía de este mistificador que estuvo en el arranque de la corriente que introducía el satanismo en los escritos sobre masonería y judaísmo. Un interesante artículo sobre el pensamiento de Alfred Rosemberg nos sitúa ante sus concepciones de “Voluntad, Personalidad y Ordenstadt” y nos sirve de introducción para una selección de textos de este autor que publicaremos en el número XII. Un artículo en la rúbrica de Cultura nos situará ante la posición de los escritores fascistas ante el tema del “antiindividualismo y el espíritu comunitario”, una de las características de la producción intelectual de los escritores fascistas. Presentamos también en el apartado de Documentos el Manifiesto de La Destra, el partido político italiano que supone el avatar más importante del antiguo Movimiento Social Italiano. El documento va precedido por un estudio histórico sobre los orígenes y evolución de esta formación. Finalmente, incluimos una pequeña entrevista a Ernesto Milá que nos introduce en un tema que desarrollaremos ampliamente en los próximos números: la violencia política en España durante la transición

Ficha técnica:

200 páginas, tamaño 15x2º1 cm, portada en cuatricomia plastificada con sopala.

Pedidos y PVP:

Pedidos a eminves@gmail.com - 18,00 euros + 3,00 euros de gastos de envío (a España).

La Gran Europa: un proyecto

La Gran Europa: un proyecto

El proyecto de la Gran Europa

(un proyecto geopolítico de un mundo multipolar por venir)

Alexander Dugin

1. Tras el declive y la desaparición del bloque socialista en Europa del Este a finales del siglo pasado, disponer de una nueva visión geopolítica del mundo se ha convertido en algo necesario. Sin embargo, la inercia del pensamiento político y la falta de imaginación histórica entre las élites políticas de Occidente ha dado lugar a que triunfe una visión simplista: las bases conceptuales de la democracia occidental, una sociedad de economía de mercado, y la dominación estratégica de los Estados Unidos en todo el mundo se han convertido en las únicas soluciones planteadas a todos los desafíos emergentes y en modelo universal que debería ser imperativamente aceptado por toda la humanidad.

2. Una nueva realidad está surgiendo ante nuestros ojos: la realidad de un mundo organizado en su totalidad por el paradigma americano. Un think tank neoconservador influyente en los modernos EEUU se ha referido a él abiertamente con un término específico: "imperio global" (ocasionalmente " imperio benevolente" utilizado por R. Kagan). Este imperio es unipolar y concéntrico en su verdadera naturaleza. En el centro se encuentra el "Norte rico", la comunidad atlántica. El resto del mundo -el área de los países subdesarrollados o países en vías de desarrollo, considerada periférica- se supone que debe seguir la misma dirección y el mismo curso que ha emprendido mucho antes el país considerado como del corazón de Occidente.

 

3. En esta visión unipolar, Europa es considerada como un suburbio de EEUU (presentado como capital del mundo), y como cabeza de puente del Occidente americano en el gran continente euroasiático. Europa se ve como simplemente una parte del Norte rico, no como un actor con capacidad de decidir, sino como un socio de menor rango sin intereses propios y sin ninguna función específica. Europa, en tal proyecto, es percibida como un objeto y no como un sujeto, como una entidad geopolítica privada tanto de una identidad y de una voluntad autónomas, como de soberanía real y reconocible. Gran parte de la especificidad del patrimonio cultural, político, ideológico y geopolítico europeo se considera como perteneciente al pasado: todo lo que alguna vez fue considerado como útil ya se ha integrado en el proyecto global de Occidente, que sigue siendo descalificado y considerado como irrelevante. En este contexto, Europa está geopolíticamente privada de su propio ser y de su independencia. Se encuentra próxima sobre el plano geográfico, a regiones y civilizaciones no europeas, Europa puede entonces perder su forma cultural y política.


4. En todos los casos, la democracia liberal y la teoría del libre mercado no representan más que una parte del patrimonio histórico europeo y no se contemplan otras opciones y alternativas propias de los grandes pensadores, científicos, políticos , ideólogos y artistas europeos. La identidad de Europa es mucho más amplia y más profunda que unos cuantos fast-foods ideológicos simplistas del complejo del imperio global con su mezcla caricaturesca de ultra-liberalismo, ideología de libre mercado y democracia y cuantitativa. En la época de la Guerra Fría, la unidad del mundo occidental (a ambos lados del Atlántico) tenía como base más o menos sólida la defensa mutua de valores comunes. Pero ahora el reto ya no tiene ninguna actualidad, la vieja retórica ya no funciona. Debe ser revisada y precisa de nuevos argumentos. Desde hace mucho tiempo no hay más enemigo común, claro y realista. La base positiva para un mundo occidental unido en el futuro, está casi totalmente ausente. La opción social de los países y de los estados europeos, está en completa contradicción con el opcional de ultra-liberal anglosajona (sostenida hoy por los Estados Unidos).

5. Actualmente, Europa tiene sus propios intereses estratégicos que difieren completamente de los intereses de Estados Unidos así como del planteamiento del proyecto global de Occidente. Europa tiene su tropismo especial hacia sus vecinos del sur y el este. En algunos casos, el interés económico, las soluciones energéticas y la defensa común no coinciden en absoluto con los de América.

6. Estas consideraciones generales nos llevan a nosotros, los intelectuales europeos profundamente preocupados por el destino de nuestra Patria, Europa, y de nuestra historia cultural, a la conclusión de que necesitamos desesperadamente una visión alternativa del mundo futuro, donde por el contrario, el papel y la misión de Europa y de la civilización europea sean diferentes, más grandes, mejores y más seguras que en el marco del proyecto del imperio global con sus características imperiales demasiado evidentes.

7. La única alternativa viable en las actuales circunstancias es buscar anclajes en el contexto de un mundo multipolar. La multipolaridad puede garantizar a cualquier país y civilización del planeta el derecho y la libertad de desarrollar su propio potencial, para organizar su propia realidad interna, de conformidad con la identidad específica de su cultura y de su pueblo, así como para proporcionar una base fiable para las relaciones internacionales justas y equilibradas en el concierto de las naciones. La multipolaridad debería basarse en el principio de equidad entre los diferentes tipos de organizaciones políticas, sociales y económicos de estas naciones y Estados. El progreso tecnológico y la creciente apertura de los países deberían promover el diálogo y la prosperidad entre todos los pueblos y naciones, pero al mismo tiempo, para no poner en peligro sus identidades respectivas. Las diferencias entre las civilizaciones no tienen necesariamente que culminar en un inevitable choque a diferencia de la lógica simplista de algunos escritores americanos. El diálogo, o más bien el “polílogo”, es una opción realista y viable que todos deberíamos compartir en este sentido.

8. En lo que respecta directamente a Europa, y en contraste con otros planes para la creación de algo "grande" en el viejo sentido imperialista del término -sea el proyecto para un Gran Oriente Medio o el programa pan-nacionalista para una Gran Rusia o una Gran China- proponemos, para concretar y aproximarnos a un mundo multipolar, una visión equilibrada y abierta de la Gran Europa como nuevo concepto para el futuro desarrollo de nuestra civilización en sus dimensiones estratégicas, sociales, culturales, económicas y geopolíticas.

9. La Gran Europa consiste en el territorio contenido dentro de los límites que coinciden con los límites de una civilización. Este tipo de frontera es algo completamente nuevo, como lo es el concepto de Estado-civilización. La naturaleza de estas fronteras supone una transición gradual, no una línea abrupta. Este Gran Europa debería estar pues abierta a interacciones con sus vecinos del oeste, al este o al sur.

10. Una Gran Europa en el contexto general de un mundo multipolar se concibe como rodeada por otros “grandes” territorios, apoyando sus unidades respectivas sobre la afinidad de las civilizaciones. Podemos así postular la aparición eventual de una Gran América del Norte, de una Gran Eurasia, de una Gran Asia-Pacífico y, en un futuro más lejano, de una Gran América del Sur y de una Gran África. Ningún país, fuera de los EEUU, en el estado actual de cosas, carece de medios suficientes para defender su verdadera soberanía, al no contar más que con sus propios recursos internos. Hoy, nadie puede ser considerado como un polo autónomo capaz de contrarrestar el poder de atlantista. La multipolaridad reclama un proceso de integración a gran escala. Se la podría llamar una “cadena de globalizaciones” –pero una globalización sin límites concretos- coincidiendo con las fronteras aproximadas de las diversas civilizaciones.

11. Nos imaginamos a esta Gran Europa como a una potencia geopolítica soberana, con su propia identidad cultural fuerte, con sus propias opciones sociales y políticas –basadas sobre los principios de la tradición democrática europea- con su propio sistema de defensa, incluidas las armas atómicas, con su estrategia energética y accesos a los recursos minerales, elaborando sus opciones de paz o guerra con otros países o civilizaciones con una total independencia -todo ello apoyado en una voluntad europea común y en un proceso democrático en la toma de decisiones.

12. A fin de promover nuestro proyecto de la Gran Europa y el concepto de multipolaridad, hacemos un llamamiento a las fuerzas de los diferentes países europeos, así como los rusos, americanos, asiáticos, para apoyar activamente nuestra iniciativa más allá de sus opciones las políticas, las diferencias culturales y sus opciones religiosas, para crear en cada uno Comités para un Gran Europa u otros tipos de organizaciones que compartan este enfoque multipolar, rechazando la unipolaridad, el creciente peligro que constituye el imperialismo norteamericano, y desarrollen un concepto similar para las demás civilizaciones. Si trabajamos juntos, afirmando con fuerza nuestras identidades diferentes, estaremos en condiciones de fundar un mundo mejor, equilibrado y justo, un Mundo más Grande, donde cualquier forma digna de cultura, de sociedad, de fe, de tradición y de creatividad humana encontrará su lugar adecuado y correcto.


(c) Traducido por Ernesto Milà y extraído de VoxNR

 

Nada es lo que parece...

Nada es lo que parece...

Infokrisis.- Tiene gracia que hoy precisamente hayan inhabilitado mi perfil de Facebook. No ayer, ni hace un mes, ni siquiera dentro de una semana, sino hoy, precisamente cuando el que suscribe se preparaba para ejercer sus dotes de videncia. Ayer lo comenté con quienes tuve ocasión: “El asesino de los niños judíos, será sitiado, morirá y la gran prueba de su responsabilidad en el crimen será… la cámara y la filmación que realizó”. Era fácil preverlo, ¿de qué otra manera podía encajarse la anormalidad de un asesino que llevara una cámara? Simplemente para autorresponsabilizarse: aquel a quien se encuentra con la cámara a dos metros de su cadáver, aquel será, impepinablemente, el asesino de los niños judíos. El crimen, una vez más, apesta a servicios de inteligencia (o a “agencias de intoxicación”). Ahora explicaré por qué.

Siempre se elije emotividad

Existe antisemitismo, claro está, pero incluso el antisemita más antisemita no puede evitar tener un bagaje cultural. Todas las civilizaciones, todos los horizontes culturales, abominan de matar a niños. Es casi un tabú. No en vano incluso en los despiadados EEUU se ejecuta a jóvenes… una vez cumplida la mayoría de edad, nunca antes. Solamente los psicópatas no tienen ningún reparo en matar a niños. El problema es que psicópatas hay en todas partes (un 2% de la población, lo es). Los hay en grupos terroristas, al frente de empresas, sentados en el gobierno, y los hay, claro está, en los “servicios especiales” y, por supuesto, entre los grupos de delincuentes.

Para los terroristas matar a un niño implica inmediatamente desprestigiar su propia causa. Supone apelar a la fibra emotiva y sentimental de la población: “Yo estoy con la causa árabe, pero eso de que maten a niños judíos me repele”. Lo coloco entre comillas, pero ese es mi pensamiento y el de casi toda España. Doy por sentado que solamente pueden matar a niños judíos, gentes xenófobas, racistas, fundamentalistas islámicos, antisemitas recalcitrantes y psicópatas de todos los pelajes. Luego, haciendo un ejercicio crítico empieza a pensar que alguien que efectivamente fuera antisemita apuntaría más alto: ¿para qué matar a cuatro niños judíos habiendo un Embajador del Estado de Israel o un presidente de la comunidad judía de Francia, varias docenas de rabinos titulados o incluso adultos judíos? Cualquier rabino, por ejemplo, es accesible para una bala de 9 mm y un anciano indefenso no es mucho menos vulnerable que unos niños. Máxime cuando los rabinos son, desde el período de la diáspora, los que han dado forma a la comunidad judía modelándola como el alfarero actúa sobre el barro.

Si han elegido como víctimas a niños es por el impacto emotivo y sentimental que la muerte de todo infante provoca en la opinión pública. No se trataba de matar a “judíos”, sino de matar a “niños judíos” para que el impacto fuera mayor. Y también, dicho sea de paso, para desprestigiar absolutamente a la causa que se dice defender: la causa palestina, la causa del mundo árabe contra Israel, la causa del “repatriacionismo” de inmigrantes, etc.

No es el primer atentado “extraño” que se comete en los últimos 200 años de historia, atentados que no benefician en nada a la causa que dicen defender sus autores reales o supuestos. En Sarajevo murió el archiduque Francisco-José y no puede dudarse de que Gavrilo Prinzip lo asesinó a la vista de todos. El archiduque era una buena pieza de caza… pero no los niños judíos.

A veces es preciso que mueran pobres gentes para que las masas reaccionen. Fijaros en el 11-S, se dijo inicialmente que habían muerto 30.000 personas, luego fueron solo 3.000, pero la inmensa mayoría de esas 3.000 eran pobres genes, turistas extranjeros, personal de limpieza, bomberos de Nueva York y policías. O fijaros en el 11-M, sin ir más lejos: un atentado que hace bascular 2.000.000 de votos del PP al PSOE a cambio de las vidas de 192 personas modestas, en buena medida inmigrantes y trabajadores que acudían a sus puestos de trabajo. En todos estos crímenes no hay ni una sola persona con capacidad económica suficiente y valorada socialmente como para inducir a abrir una investigación más exhaustiva sobre estos crímenes. Todos son pobres gentes cuyas familias enjugarán su dolor con una indemnización más o menos modesta, pero que para ellos supondrá una ayuda incalculable. Y callarán sus dudas sobre el crimen. En el Caso Papus, por ejemplo, quienes no están dispuestos a hacer declaraciones son los herederos del conserje asesinado: como si una indemnización les hubiera taponado la boca, las entrañas y el corazón. A pesar de que ellos son los primeros en saber que el asesino de su ser querido sigue en la impunidad.

En esta ocasión ha sido preciso que murieran cuatro niños judíos para edificar otro altar a la infamia. En “operaciones psicológicas” nada es lo que parece: se trata de crear un impacto en la opinión pública partiendo de un hecho traumático que, o bien se genera o bien se aprovecha habiendo sido generado por otros.

¿A quién beneficia el crimen?

El principio de toda investigación criminal es responder a esta cuestión “¿a quién beneficia el crimen?”. Podemos establecer dos hipótesis “conspirativas” (más no conspiranoicas):

- En Francia, en 2012, en la primavera, resulta imposible separar cualquier episodio traumático de la campaña electoral para las elecciones presidenciales que tendrán lugar próximamente. En ellas hay tres candidatos muy igualados: Hollande, Sarkozy, Marina Le Pen… Sarkozy ha decepcionado en estos cinco años, tras fotocopiar el programa electoral, los gestos y las actitudes del Front National, una vez conocidos los resultados electorales, dejó esas buenas intenciones en el baúl de los recuerdos y en Francia, tanto la situación del orden público, como de la inmigración, por citar dos temas sensibles de la derecha, han ido empeorando. En condiciones normales, varios millones de votantes de 2007 no le volverían a votar y el voto originario de la derecha-dura volvería a su caladero originario, el Front National que parte con candidato e imagen renovada. La acusación que se suele hacer al Front National es que es “xenófobo, racista y antisemita” que es precisamente la catalogación que se ha dado al asesino de los niños judíos… aun a pesar de que se trate de un argelino. Habrá que esperar las declaraciones de Sarkozy que tronarán contra los inmigrantes procedentes de Argelia para satisfacer al electorado de la derecha-dura y le permitirán articular un discurso anti-inmigracionista y de orden público sobre bases que satisfarían a los electores naturales del Front National (porque si Sarkozy llega a la segunda vuelta de las elecciones será porque logra retener esos votos, no por otra cosa). Desde este punto de vista, el crimen habría estado organizado por “servicios especiales” (públicos o privados, que los hay) a efectos de alterar la campaña electoral. Realmente poco, si tenemos en cuenta que en España fueron necesarios 192 víctimas para lograr el efecto que se pretendía de desplazar dos millones de votos de una candidatura a otra.

- A nivel internacional, cada vez resulta más evidente que buena parte de los contenidos de la información diaria están vinculados a la guerra que estallará en Oriente Medio, la guerra para salvar al capitalismo y poner en marcha de nuevo los mecanismos de producción, consumo y enjugar grandes beneficios por la reconstrucción de las zonas afectadas. Toda guerra precisa de una etapa de “preparación psicológica” de las poblaciones, hasta que estas se hacen a la idea, no solamente de que la guerra es inevitable, sino de que es necesaria, justa y conveniente. Se hace la guerra a los “malvados”, y los malvados son, en primer lugar y sobre todo, los que matan a niños. En la otra “acera” ocurre exactamente lo mismo: cuando se quiere desprestigiar a la causa judía se colocan fotos de niños palestinos asesinados. ¿O es que creéis todavía que hay alguien “inocente” en cualquier escenario de cualquier conflicto?  Este tipo de atentados, con víctimas inocentes judías (o árabes), proliferarán en los próximos meses en Europa. Los EEUU (y los “señores del dinero” que se atrincheran en el skyline neoyorkino) precisan el concurso de los países de la OTAN en la agresión contra Irán y contra el mundo árabe. Hace falta, pues, crear entre la opinión pública europea un clima favorable a la intervención al lado de Israel: para ello hace falta que mueran niños judíos… y que el asesino sea de origen árabe.

Hay “operaciones psicológicas” (auténticos crímenes sin justificación) que se realizan obedeciendo a varias orientaciones. Tras ellos no hay solamente una mente criminal y unos intereses concretos, sino que responden a un “pool” (un grupo de intereses) que los instiga, siendo realizados por una agencia de “trabajos especiales” (pública o privada, que las hay, como decía antes). Es pronto para intuir a qué obedece todo esto. Y si redactamos estas líneas que tienen algo de ambiguo es, sin duda, para estimular el espíritu crítico de los lectores: “¿A quién beneficia el crimen?”… lo iremos viendo con más claridad a medida que pasen los días.

PD.- ¡Que mala mata que, precisamente hoy, me hayan inhabilitado el perfil de Facebook! Este artículo lo podrían haber leído 4.000 personas solamente apretando una tecla y hubiera podido ser reproducido para otras 8-12.000… ¿Es que hay alguien que no quiere que se estimule el espíritu crítico? ¿o es que el que suscribe se está volviendo conspiranoico? Me temo que es lo primero porque lo que he aprendido en la vida –Evola me lo enseñó- era la objetividad: ver el mundo tal cual es, no tal como nos quieren presentarlo.

© Ernesto Milà – prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

 

Resumen semanal - II

Infokrisis.- Segundo programa de prueba de TV-Identitaria. Comentario político de Ernesto Milá sobre "Estado de las Autonomías o Estado del Bienestar", una opción que tenemos a nuestro alcance y sobre la que la ciudadanía se debe pronunciar.

Israel al acecho

Israel al acecho

Infokrisis.- ¿Qué está pasando en Siria? Hace falta plantearse en batería una serie de cuestiones sin las que es imposible entender y valorar lo que está pasando en ese país. Digamos para empezar que el régimen sirio es como cualquier otro régimen árabe laico, alejado de una democracia pero alejado también del fundamentalismo islámico. Tolerante en lo relativo al origen religioso de sus funcionarios, tiene, como cualquier otro régimen no europeo, un modelo que no es, desde luego, democrático (¿por qué habría de serlo, por cierto? O es que obligatoriamente los países no europeos deben ser democracias a la europea, como si esta forma de gobierno fuera la panacea…). Gobierna el Baas, partido laico que ha generado unos niveles de corrupción que no son ni mejores ni peores que los de cualquier otro país de la zona. Dicho lo cual, vale la pena formular tres preguntas:

- ¿Por qué se está desestabilizando al régimen baasista sirio? Es fácil entenderlo si tenemos en cuenta la situación geopolítica de este país. En efecto, Siria, situada entre Israel e Irán es el paso obligado para un eventual ataque aéreo de Israel contra las instalaciones nucleares de iraníes. El régimen baasista sirio es aliado del régimen iraní. Mientras, Siria siga manteniendo ese estatus le va a ser muy difícil a la aviación judía salir indemne de un vuelo de ida y vuelta sobre 800-1.000 km de territorio hostil dotado de mísiles tierra-aire de fabricación rusa. Para poder realizar esa incursión –vital para la subsistencia del Estado de Israel- será preciso desestabilizar por completo al régimen sirio y lograr que ocurra lo mismo que sucedió en Libia en las últimas semanas del régimen de Gadafi: que el ejército se desmorone y el país caiga en el caos.

- ¿Por qué Israel estaría interesado en atacar a Irán? Porque Irán tiene la ambición de convertirse en la potencia hegemónica de la zona y lo hará esgrimiendo el factor religioso. De la misma forma que la democracia americana exporta neoliberalismo, los regímenes comunistas justificaban su dominio sobre la sociedad sobre el marxismo, el régimen iraní se justifica a sí mismo mediante el factor religioso y mediante la fe coránica. Históricamente, el enemigo de los países árabes es el Estado de Israel. Mientras los judíos han tenido la bomba atómica (y no han firmado el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares), la existencia de Israel no ha corrido peligro. Pero ahora, Irán está a punto de poder fabricar ingenios nucleares y ya está ensayando vectores de largo alcance para situarlos sobre la vertical de Tel-Aviv o Haifa. Cuando el programa nuclear iraní haya llegado a su fin, Israel habrá perdido la hegemonía militar en la zona.

- ¿Qué pude ocurrir si se produce el ataque? En caso de que los aviones judíos ataquen las instalaciones nucleares iraníes es fácil prever que Irán respondería culpabilizando a EEUU y a sus aliados de haber facilitado el ataque, exigiría represalias diplomáticas y económicas contra Israel y bloquearía el Estrecho de Ormuz a través del cual pasa la mayor parte de petróleo de Oriente Medio a Europa a través de superpetroleros. Eso precipitaría el conflicto con EEUU a la vista de que, desde la llamada “Doctrina Carter”, la amenaza contra los suministros energéticos norteamericanos será, en cualquier caso, considerada como un “casus belli”. Es fácil suponer que los gobiernos europeos, incluido el español –y casi diríamos, especialmente el español- se verían arrastrados por el consorcio EEUU-OTAN al conflicto e incluso que este conflicto podría generar en  toda Europa trastornos con los 20 millones de inmigrantes en su mayoría árabes o de religión islámica que se encuentran en el Viejo Continente.

- ¿Por qué una guerra ahora en Oriente Medio? Es bien simple: desde hace cuatro años ha ido cobrando forma la idea de que solamente una guerra de destrucción masiva puede salvar al capitalismo y poner en marcha de nuevo los mecanismos de producción y consumo. No es la primera vez que se resuelve una crisis del capitalismo recurriendo a la guerra. De hecho, la crisis de 1929 no se superó en EEUU ni con el new-deal rooseveltiano, ni con una década de espera, la crisis se superó solamente cuando Inglaterra y Francia declararon la guerra a Alemania a causa de un conflicto fronterizo intrascendente (por la ciudad libre de Danzig). Solamente, a partir de ese momento, las fábricas norteamericanas empezaron a producir armamento de nuevo y esa producción arrastró al resto de sectores, de la misma forma que luego, tras 1945, la reconstrucción de Europa consolidó el poder hegemónico de EEUU sobre media Europa. La crisis de 1929 fue un juego de niños comparado con la que se generó a partir del verano de 2007 con la crisis de las subprimes que contaminó a todo el sistema financiero mundial, evaporó activos en segundos y generó un estallido económico que todavía no ha terminado y que ha mutado en Europa en crisis de la deuda soberana. A partir de la reunión de Sitges del Club Bilderberg, el estado mayor de la alta finanza, de los consorcios económicos e informativos y de la clase política, llegaron a la conclusión de que solamente una guerra pondría en marcha de nuevo al capitalismo y que esa guerra solamente podía tener un escenario: Oriente Medio. Hay que recordar que buena parte de los “señores del dinero son de origen judío… pero no son sionista y son ellos los que hoy están pagando buena parte del déficit del Estado de Israel. Su desaparición les tiene absolutamente sin cuidado e incluso les puede beneficiar en su irreprimible tendencia a presentarse como víctimas (los ecos del “holocausto” se van extinguiendo y, entre otros, por acción del régimen iraní, cada vez surgen más dudas sobre lo que ocurrió en aquellos años). Este escenario del conflicto ha sido elegido además por imposibilidad de encontrar otros teatros de destrucción masiva: imposible en Europa (la “Unión Europea” empezó a formarse de hecho para evitar que Francia y Alemania se enzarzasen en una cuarta guerra en menos de cinco generaciones que sería la definitiva), imposible en Cachemira (tanto India como Pakistán son conscientes de que un conflicto les arruinaría y les haría perder las cuotas de mercado que hay tienen y les imposibilitaría por mucho tiempo para ser potencias regionales), imposible en África (por muchas guerras que hubieran las destrucciones hubieran sido débiles y el gasto armamentístico limitado a la vista de que las grandes masacres en ese continente todavía se realizan a machetazos), imposible en Iberoamérica (en donde las tensiones regionales entre todos los países –tensiones que existen- no son lo suficientemente fuertes como para llegar a conflictos armados de gran calado, sino que, como máximo apenas pueden llegar al nivel de choques fronterizos y más bien a choques verbales entre mandatarios). Así pues, solamente quedaba Oriente Medio en donde la incapacidad de judíos y árabes para sentar las bases de una paz duradera y los odios atávicos entre ambos, presentan las mejores condiciones para un conflicto de proporciones regionales.

- ¿Y quién piensa en los millones que van a morir? Quizás lo más terrible de todo este escenario es la frialdad con la que unos miserables atrincherados en los rascacielos desde donde se dirige la alta finanza internacional decidan, con el visto bueno de una clase política que solamente piensa en seguir comiendo de la mano de los poderosos, el destino de millones de personas. Resulta absolutamente intolerable que individuos que detentan acumulaciones inhumanas de capital piensen día y noche en acumular todavía más en detrimento de la vida de millones de personas, de su dolor y de su sufrimiento. Pero es que el “sistema” (es decir, la infraestructura económico-burocrática que tiende siempre a las últimas consecuencias de su lógica interior: más beneficios acumulados en cada vez menos manos) hace décadas que ha dejado de tener una dimensión “humana” e incluso de estar gestionado por “personas”: es un mecanismo enloquecido que para sobrevivir precisa actuar precisamente como lo está haciendo como lo haría un robot pre-programado. Pero, así mismo, es también lacerante la indiferencia y la extrañeidad con que las poblaciones, incluso de buen nivel cultural, europeas permanecen de espaldas a lo que está precipitando. Con los cerebros entumecidos por sobredosis de “entertainment”, con sus drogas físicas y mentales, con su ocio, con su repliegue a lo personal, privados completamente de sentido crítica a causa de décadas de un sistema educativo ineficaz, preocupados por el shock de sobrevivir a la crisis, encontrar trabajo y situarse, aunque sea levemente, sobre el umbral de la pobreza, los pueblos de Europa callarán –están callando- y mirando a otra parte, ajenos a lo que vendrá y que repercutirá también en Europa en forma de alzas inmediatas y brutales en el precio de los carburantes y en subidas generalizadas de precios que limitarán aún más el valor de los salarios ya precarizados. Por unos motivos o por otros, nadie piensa, pues, en los millones de personas que van a morir.

- ¿Quién está detrás de las “primaveras árabes”? Con este nombre se conoce a distintos movimientos ocurridos desde enero de 2011 en distintas partes del mundo árabe que han ocasionado la caída de los regímenes que hasta entonces habían gobernado en Túnez, Egipto, Libia, etc. Dejando aparte que existen “causas objetivas” para todos estos movimientos, lo cierto es que su coincidencia en el tiempo y sobre el trasfondo inquietante de la crisis económica mundial, no es del todo casual ni inocente. Reiteradamente se ha denunciado a la CIA como arquitecto de las distintas “revueltas populares” (y de la intoxicación informativa sobre la que se han levantado). Todas ellas han tenido como resultado la formación de gobiernos más o menos islamistas y la radicalización antisionista de ese entorno geopolítico. Y aún hay que esperar el desenlace de las elecciones Argelinas y de las revueltas marroquíes especialmente en la región del Rif, como para dar por concluidas estas “primaveras árabes”. En algunos casos –Libia– la CIA ha delegado en otros servicios occidentales su papel desestabilizador. No es lo mismo lo ocurrido en Egipto, Túnez, Yemen, donde la CIA, el Mossad israelí y los servicios británicos operaron (y operan) para sustituir a dictadores prosionistas gastados y en desuso, por "procesos democráticos" digitados por Washington, que Bahrein, una base estratégica de la Quinta Flota USA, donde Irán, a través de la rebelión de la mayoría chiíta intenta derrocar a la monarquía aliada de EEUU. En cuanto a Libia, se trataba de un aliado inestable y, por eso, fue liquidado. En cuanto a Siria es un aliado tanto de Rusia como de China que recibe información de los movimientos del “ejército rebelde” de los satélites espía de estas potencias. Así mismo, en el caso de la desestabilización en Siria, está fuera de dudas que el “ejército rebelde” cuenta con el apoyo del Mosad israelí. El objetivo global de las “primaveras árabes” es eliminar a todos los regímenes que tengan autonomía propia y no sigan la estrategia del eje EEUU-OTAN-Israel. Y esa estrategia es hoy: generar una guerra para salvar al capitalismo. Las “primaveras árabes” no eran pues ni una lucha contra “el eje del mal”, ni una propuesta de “democratización” del mundo árabe, ni, por supuesto, la “guerra contra el terrorismo”. El objetivo es, simplemente, facilitar las bases para un conflicto regional.

- ¿Qué desembocaduras puede tener el conflicto? Solamente puede haber dos finales. O el Estado de Israel resulta definitivamente masacrado por los ejércitos árabes o bien el mundo árabe queda completamente derrotado por una coalición Israel-EEUU-OTAN. En el primer caso, el mundo árabe triunfante logra su victoria histórica que le hace olvidar todo lo pasado desde la Declaración Balfour y desde las tres guerras anteriores. Y no solamente, los árabes terminan venciendo militarmente sino que quedan como dueños absolutos del petróleo de Oriente Medio imponiendo sus precios y precipitando una nueva crisis energética mundial. En este caso, Israel desaparece produciéndose un verdadero holocausto y los EEUU son arrinconados definitivamente de la política en Oriente Medio. En el segundo caso –victoria de Israel sobre los árabes– se detiene el avance de las revoluciones islámicas, el mundo árabe reviviría las peores pesadillas del tiempo en el que fue colonizado por las potencias imperialistas europeas y se asistirá a una aparición de un terrorismo islámico muy real tanto contra el ocupante en su territorio como en el interior de los países agresores. El petróleo quedará sustraído al control árabe y cualquier régimen de la zona que quiera sobrevivir deberá ser necesariamente vasallo de los EEUU. En el fondo, esta no es solamente la guerra para salvar al capitalismo, sino también la guerra para dirimir quién termina controlando el petróleo de Oriente Medio.

© Ernesto Milà – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

 






 

¿Defender las Autonomías?

¿Defender las Autonomías?

Infokrisis.- Era 1975 y se nos decía: “el Estado tiene que descentralizarse” y todos pensamos, “sí, el Estado tiene que descentralizarse”. A fin de cuentas no era normal que para matricular un coche en Barcelona hubiera que enviar los papeles a Madrid. Por otra parte, en lo que estábamos todos pensando era en que los centros de decisión estuvieran cerca de los ciudadanos. Eso debía ser democracia. Y dijimos, bueno, de acuerdo... descentralicemos.

La primera sorpresa vino porque, una vez se aceptó esto, se nos dijo que había una serie de instituciones radicadas en el extranjero a través de las cuales debía de iniciarse la descentralización. La Generalitat de Catalunya, por ejemplo, seguía existiendo y en Francia vivía alguien que se decía su presidente, un anciano de rostro venerable y no particularmente malvado que atendía al nombre de Joseph Tarradellas. Durante la guerra civil no había tenido un comportamiento particularmente sectario y, en realidad, todo lo que decía tenía sentido común. Era cierto que traer a Tarradellas como presidente “legítimo” de la Generalitat de Catalunya en el exilio parecía dar la razón a los que consideraban que eso equivalía a retrasar las manecillas del reloj de la historia la friolera de 40 años. Además, aquella Generalitat nació en un contexto histórico muy diferente –la república- por lo que encajaba como una cerradura en un ano de un elefante. Y por lo mismo, también existía un presidente de la República en el exilio, así que ¿por qué no lo traíamos también, le entregábamos el poder y le dábamos una pensioncilla? ¿Y por que se trajo a Tarradellas y no se hizo lo mismo en Euzkadi? Pero, lo cierto es que, a la vista de que Tarradellas en todas sus declaraciones parecía ser uno de los políticos más razonables de la transición, ¿por qué no traerlo a España y concederle de manera no democrática la presidencia de la Generalitat restaurada? Y se le dio.

A la autonomía catalana siguió la vasca y luego la gallega. Realmente nadie en Galicia –o casi nadie- parecía interesado en restaurar allí un gobierno autónomo. Los únicos que parecían interesados eran las clases políticas locales que, bruscamente, sin excepción de partido, todas se convirtieron al regionalismo y todas alabaron los nuevos estatutos de autonomía. A la hora de votar el Estatuto de Autonomía de Galicia, es bueno no olvidarlo, apenas acudieron a las urnas el 28% de la población y de estos, una cuarta parte no votó a favor... parecía evidente que a la inmensa mayoría de gallegos el Estatuto de Autonomía les traía al fresco.

Los resultados de otros referendos autonómicos demostraron algo parecido: en Andalucía votó, por ejemplo, el 53%. En Catalunya, en 2006 votó el 48% del electorado con una cuarta parte de los electores votando en sentido negativo a la propuesta de “nou Estatut”. Cifra que resultó rebasada durante la votación para aprobar el nuevo referéndum autonómico andaluz el 18 de febrero de 2007 que salió adelante, mal que bien, con apenas el 36% de participación... En otras autonomías, ni siquiera se consideró necesario convocar referendos a la vista de que posiblemente la participación hubiera sido mucho menor.

Estaba claro que la cuestión autonómica no interesaba mucho a la población, pero a partir de principios de los años 80 los medio de comunicación y todos los partidos políticos sin excepción empezaron a cantar glosas, loas y alabanzas al “Estado de las Autonomías”. No estaba muy claro el motivo de todas estas loas porque el coste de la vida se encarecía muy rápidamente y los salarios daba la sensación de que iban perdiendo poder adquisitivo. Afortunadamente las autonomías empezaron a cumplir sus funciones: carreteras, infraestructuras de nuevo cuño, todo parecía ir bien. Así que ¿por qué no aceptar el hecho consumado de que las autonomías no habían centrifugado España sino que estaban constituyendo un factor de progreso? A fin de cuentas, la extrema-derecha se había equivocado y España no se rompía.

No, no se rompía pero la corrupción había empezado a aflorar un poco por todas partes y daba la sensación de que estaba corroyendo ago más que el aparato central de la administración del Estado. Quien dice “autonomías” dice “dispersión” y quien dice “dispersión” dice falta de control. Eso es justamente lo que había ocurrido. Pronto, hasta el líder regional más gris promovía el nacionalismo regionalista como excusa para defender “lo suyo”, esto es, defender sus intereses. Aparecieron partidos regionalistas en zonas en donde nunca antes lo habían hecho (La Rioja, Cantabria), líderes de la derecha (en Murcia, Comunidad Valenciana) o de la izquierda (en Andalucía y Extremadura), se convirtieron al regionalismo y en los principales defensores de los derechos “regionales”... Aplausos para ellos.

¿Qué estaba ocurriendo? Hacia mediados de los 80 advertimos que no estábamos en una democracia sino en plena orgía partidocrática. Y partidocracia no es democracia. Y en partidocracia habíamos observado como se formaban en todos los partidos castas políticas regionales que velaban por sus propios intereses y no por los de su región. Es más, tendían a confundir sus propios intereses de casta con los de su región. Por eso pedían más transferencias, más fondos, más recursos... porque así las comisiones a percibir eran mayores, los fondos públicos a repartir entre los “amigos”, mas jugosos y los proyectos faraónicos más enloquecidos podían adquirir carta de naturaleza con facilidad. Todas las Cajas de Ahorro, penetradas por los partidos políticos pasaron a financiar esta locuras antes de desaparecer una tras otra. Hacia finales de los años 80, allí en donde las autonomías estaban más arraigadas, las corruptelas eran más profundas. Catalunya, sin duda, ocupaba la vanguardia de la corrupción: desde el Palau de la Generalitat una banda de salteadores de caminos habían pasado a ser la mano derecha y la izquierda de Pujol. Él mismo había hundido a Banca Catalana al financiar con sus depósitos la llamada “construcción nacional de Catalunya”. Y la prensa catalana recibía jugosos subsidios para que no proclamar la mala nueva: a saber, que Catalunya era la región más corrupta del Estado. A poca distancia, eso sí, de Andalucía, en donde el socialismo había transformado a aquella autonomía en su jardín particular durante más de 30 años. El franquismo duró 40, pero nunca expolió teniendo la cara dura de alardear de que estaba al servicio del pueblo. Los socialistas andaluces, en cambio, sí lo hicieron.

Y este era el problema en 2005: España estaba parcelada en 17 autonomías, cada una con una arsenal de leyes nuevas, intrascendentes casi todas, que no se respetaban por pura ignorancia y que solamente se aprobaban para justificar el que los pequeños y redonditos parlamentitos autonómicos servían para algo. Un pescador que descendiera por el Ebro debería adquirir para ejercer su afición cuatro diferentes licencias de pesca en cada Autonomía por la que discurría sus aguas. La locura estaba institucionalizada. Y cada vez más daba la sensación de que las loas, glosas y alabanzas hacia el Estado de las Autonomías contrastaban más y más con la realidad de los hechos, cada vez más terribles.

Era cierto que hubo un período dorado de las autonomías que se prolongó entre nuestra entrada en la UE y los años del aznarismo. España recibía fondos estructurales de la UE –enormes pero pobre contrapartida a la “reconversión industrial” que liquidó sectores estratégicos enteros de nuestra industria- que dieron la sensación ficticia de una vitalidad de nuestra economía... que se agotó cuando se agotó esta llegada de fondos estructurales y cuando en lugar de recibir empezó a tocarnos dar a otros ayudas. Pero ese agotamiento no se percibió inmediatamente porque su final coincidió con el momento más álgido de la burbuja inmobiliaria. Durante este ciclo –un ciclo que une la llegada masiva de fondos estructurales buena parte invertidos (y en gran medida, dilapidados) por las autonomías, con la burbuja inmobiliaria- nadie se preocupó porque el monstruo autonómico iba creciente, nadie atendía a que se estaban construyendo aeropuertos que nadie utilizaría pero que devengarían millones en comisiones y, nadie advirtió que se estaba cavando la fosa de las Cajas de Ahorro. Y bruscamente, en julio de 2007, unos negros que habían recibido hipotecas que todo el mundo sabía que no podrían pagar jamás, dejaron de abonar sus mensualidades. Había estallado la crisis de las hipotecas subprime que pronto contaminaron a todo el sistema bancario mundial y en España fueron una de las causas del estallido de la burbuja inmobiliaria.

Entonces, y solo entonces, nos dimos cuenta de que el Estado de las Autonomías había crecido demasiado, que era un paquidermo hipertrofiado que nos costaba demasiado y que no nos aportaba gran cosa (lo que nos podía aportar, lo podía aportar igualmente el Estado central, incluida la promoción de las lenguas regionales). Y, lo peor, nos dimos cuenta de que las clases políticas autonómicas no estaban dispuestas a renunciar a su modus vivendi aunque esto supusiera arruinar al país. Tiene gracia que cuando se planteó el Portugal un referéndum para la descentralización del país, ganara el NO; en efecto, la campaña del NO fue muy fuerte: se puso a España como ejemplo de lo que podían convertirse.

Entonces se planteó el gran problema: cómo financiar todo esto. Era imposible. El optimismo antropológico del zapaterismo se disolvió como un azucarillo en los dos primeros años de su segunda legislatura: se vio que ya no había dinero para comprar los votos de los partidos nacionalistas en el parlamento de Madrid  y que las autonomías no estaban dispuestas a reducir y a disciplinar su gasto: chupaban demasiados militantes inútiles, demasiados cuñados golosos, demasiados amigotes corruptos, demasiados funcionarios a dedo, demasiadas empresas públicas creadas para engañar los déficits, etc. Y entonces cundió el pánico.

Nadie volvió a hablar de “estatutos de segunda generación”: el valenciano, el catalán, el andaluz, habían sido aprobados sin que existiera demanda social y sin que las discusiones suscitaran el más mínimo interés en la opinión pública. Rápidamente se relegaron al olvido a partir de 2009 y nunca nadie más ha vuelto a hablar de ellos.

Zapatero pensó inicialmente que la crisis duraría entre dos y tres años, sería superficial y pronto las cosas volverían a su lugar, demostrando con ello lo limitado de su celebro y lo nulo de su capacidad de previsión. Pero se equivocó al pensar que era una crisis coyuntural y no estructural. Y la recuperación tardó. Hacia principios de 2011 ya era evidente que el Estado de las Autonomías pesaba demasiado y no había fondos suficientes para mantenerlo. Y entonces, a socialistas y populares se les ocurrió la idea más absurda que hayan visto los siglos: ahorrar en gastos sociales. Había, en efecto, que lograr que los costes sanitarios y de educación disminuyeran, que los subsidios y ayudas se redujeran al máximo y que se ahorrara en materia social. La única ley con pies y cabeza aprobada por el PSOE (la de acompañamiento) no se pudo poner en práctica en la mayoría de autonomías por falta de fondos...

Así que los gestores del régimen elaboraron una teoría: el Estado de las Autonomías era un gran hallazgo de nuestra democracia, un faro y una luz para occidente. Sin embargo, en todo occidente el Estado del Bienestar venía a ser una antigualla insostenible a la que debíamos renunciar de buen grado o por la fuerza. En otras palabras: para mantener al Estado de las Autonomías era necesario liquidar el Estado del Bienestar. ¡Qué gran idea! ¡Cómo no iba a apoyarla una clase política corrompida y corrupta que vivía de las ubres autonómicas! ¡Y cómo no iba a apoyarla una prensa que cada vez vendía mes y precisaba de más y mas recursos y subvenciones! ¿Y los intereses de la sociedad? ¡A quién coño le importaban los intereses de la sociedad que esa misma sociedad no es capaz de defender sino es a través de instituciones como los sindicatos subsidiados o la clase política devoradora de fondos y vaga hasta la exasperación!

Y esta es la situación: o Estado de las Autonomías o Estado del Bienestar. Ambos son demasiado caros para un país de tamaño medio y de recursos escasos que hoy ni siquiera tiene modelo económico y ni siquiera dispone de una clase política capaz de planificar modelo alguno que vaya más allá del pelotazo. La sensación que algunos tenemos es que el Estado de las Autonomías cuesta demasiado y el ciudadano se beneficia muy poco y que el Estado del Bienestar cuesta mucho pero cubre las necesidades de previsión social de la población. Si hoy se hipertrofia el Estado de las Autonomías y se pone la piqueta en el Estado del Bienestar es solamente porque el primero cubre los intereses de la clase política y el segundo los de la sociedad. Y no olvidemos que hoy más que nunca los intereses de la sociedad están en contradicción con los intereses de la clase política. Ah, y si esto no estalla se debe a que los medios de comunicación desvían la atención difundiendo diariamente miles y miles de informaciones intrascendentes y de datos filtrados por las clases políticas regionales, no sea que haya alguien que despierte de la ilusión y se dé cuenta de que “el Rey está desnudo”, o, mejor dicho, de que no hay nada tan inútil como un “Estado de las Autonomías”.

¿Se puede liquidar el Estado de las Autonomías? No, en condiciones normales. Para hacerlo hará falta el “cirujano de hierro” que pidiera Joaquín Costa hace más de cien años. Con políticos de blandyblup, coriáceos, pelotilleros y soft, no se puede hacer otra cosa más que ir paso a paso hacía el abismo. Y en eso estamos en este país que en otro tiempo se llamó España y hoy es un amasijo de 17 autonomías a cual más dilapidadora.

© Ernesto Milà – Prohibida la difusión de este texto sin indicar origen.