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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

Demografía española y foránea

Demografía española y foránea

Infokrisis.- Cada año, el 1º de enero, los informativos nos guardan algo que ha ido dejando de ser sorpresa a pesar de cierto impacto casi desagradable: los primeros recién nacidos en España son cada vez son menos españoles. En 2012 se produjo la misma tendencia que ya venía afirmándose comunidad autónoma a comunicad autónoma, desde el año 2000, cuando los cuatro primeros recién nacidos en las cuatro provincias catalanas, fueron hijos de inmigrantes.

El 1 de enero de 2012, el 75% de los nacidos en España era hijo de inmigrantes. El lobby inmigracionista no se inmutó, a fin de cuentas, desde 1999 nos venían advirtiendo de que la aportación de la inmigración a la demografía era esencial para pagar las pensiones de los abuelos, así que contra más inmigrantes vinieran, más trabajaran y más hijos tuvieran en nuestro país, más mano de obra habría, más altas a la seguridad social y más dinero dispondría el Estado. Pues bien, ni una sola de estas previsiones optimistas, ni una sola, se ha cumplido y no solamente por que ningún análisis puede realizarse desde el optimismo desbordante y las rentabilidades económicas, ni siquiera porque la crisis económica haya ralentizado relativamente la llegada de nuevas oleadas de inmigrantes, sino porque desde el principio, las previsiones y proyecciones eran una auténtica locura.

En 2004 el descontrol de los fenómenos migratorios era evidente para todo aquel que quisiera advertirlo. Solamente el ministerio del interior español seguía negándolo a pesar de que en los últimos años la llegada de la primera oleada migratoria se había traducido en un aumento de la delincuencia y, por supuesto, del número de extranjeros en situación de ilegalidad. En cuanto a los socialistas todavía en la oposición estaban próximos del “papeles para todos” que había enarbolado la izquierda desde mediados de los años 90 e incluso antes cuando se produjo el triste asesinato de Lucrecia Pérez. José Luis Rodríguez Zapatero desde el año 2000 se había convertido en el valedor más firme de la inmigración al incluir en su programa para aspirar a la secretaría general de su partido a la inmigración, como primer punto, aun a pesar de que en aquel momento, en su León natal, apenas residirían en toda la provincia un centenar de inmigrantes…

Así estaban las cosas en 2004

España en al iniciarse 2004, más o menos cuando los socialistas llegaron al poder, superaba los 43 millones de habitantes y de ellos había algo más de tres millones que eran extranjeros. En realidad, el gobierno de Aznar había insistido hasta el aburrimiento en que apenas había contabilizados dos millones, pero se trataba del habitual subterfugio para no crear alarma social. Bastaba salir a la calle y ver que en algunos barrios, los inmigrantes empezaban a ser mayoría y que difícilmente podían haber sido tan pocos. La trampa deliberada radicaba en que Aznar no contabilizaba a los casi 800.000 ilegales con los que se despidió su mandato, ilegales que todos sabíamos que existían, que estaban ahí, pero que él no tuvo el valor de reconocer porque ello equivalía a asumir el fracaso de su gestión en materia migratoria: no solamente con él se había iniciado el fenómeno, sino que él no había sido capaz de controlarlo una vez iniciado. Subía el PIB, pero en buena medida lo hacía porque subía también el número de consumidores adultos. Decir que en torno a un 40% de la subida del PIB se debía a la inyección de población adulta foránea equivalía a minimizar los resultados económicos de su político: a fin de cuentas, todo el truco residía en el ladrillazo y en la llegada de 600.000 inmigrantes al año.

Sin embargo, en los siete primeros meses de 2004 la inmigración experimentó cierta desaceleración y quizás hubiera seguido así (el efecto llamada generado por la reforma de la Ley de Inmigración impuesta por todos los partidos al PP cuando éste no tenia la mayoría absoluta en 1999, empezaba a disiparse) de no ser porque en agosto de ese año se anunció una “regularización masiva” de ilegales: a partir de ese momento empezaron a llegar masivamente pro todas las fronteras navales, terrestres y aéreas, inmigrantes procedentes de todo el mundo, alertados porque unos irresponsables (Caldera y su equipo) habían anunciado que les abrirían las puertas de Europa. Antes del anuncio de la regularización se preveía que llegarían en 2004 apenas 474.000 inmigrantes, casi 150.000 menos que en los dos años anteriores. Sin embargo, finalmente, lo harían 800.000…

Así pues, a principios de 2004, los extranjeros suponían un 7% del total de la población cifrada en 42.717.064 habitantes. Algunos demógrafos se atrevieron a decir que existía más inmigración de la que podía advertirse en manejando las cifras del padrón municipal. Joaquín Arango, catedrático de la Complutense y demógrafo, afirmó que seguramente superaba el 8%: "existe un número nada desdeñable de ciudadanos comunitarios, sobre todo en Canarias, Baleares, Málaga y Alicante, que pese a residir en España no se empadronan". De hecho, lo que decía Arango era cierto, pero había algo mucho más terrible: si los inmigrantes alemanes, holandeses e ingleses establecidos en las islas y en el Levante español no daban mucho que hablar era porque se trataba de jubilados que percibían pensiones altas y tenían un buen nivel de consumo. En realidad, el problema es que existían muchos inmigrantes que, no solamente eran ilegales, sino que preferían no dejar huellas de su presencia a fin de evitar posibles redadas. Pero había otro fenómeno igualmente inquietante: los nacimientos de hijos de inmigrantes.

El 1 de enero de 2000, Catalunya recibió la primera sorpresa del nuevo milenio: en las cuatro provincias catalanas, los primeros recién nacidos habían sido inmigrantes. En realidad, desde 1998 la inmigración ya estaba haciendo que se produjeran más nacimientos que muertes. En efecto, ese año, según el Instituto Nacional de Estadística, se inscribieron 364.427 bebés de padres españoles y 20.054 de padres extranjeros, que aseguraron un superávit de 6.477 dado que se habían producido 357.950 fallecimientos. El año siguiente el fenómeno fue todavía más evidente. Las autonomías en las que apenas había inmigración, registraron un descenso de población: Galicia, Castilla y León, Asturias, Aragón, País Vasco, Cantabria, Castilla-La Mancha, Extremadura y La Rioja.

La buena noticia era que el saldo poblacional volvía a ser positivo. La mala noticia es que ese salvo era positivo solamente gracias a la inmigración a la vista de que las españolas figuraban a la cola de la natalidad mundial con un promedio de 1,2 hijos por mujer. La última encuesta de fecundidad elaborada por el INE en 1999 incluso añadía un dato aún más patético: el 50’10% de las mujeres españolas de entre 19 y 49 años no tenían absolutamente ningún interés en tener hijos en ningún momento de su vida. Los motivos de esta negativa eran varios: paro femenino (entonces un 57% del total), precariedad de los salarios y de los empleos temporales, y el hecho de que a mayor nivel cultural las mujeres respondieran con una menor natalidad).

La misma encuesta añadía que si bien el 47% de las españolas ni tenían ni pensaban tener un hijo, en cambio el 42% de las mujeres andinas presentes en España tenían dos hijos y el 30% de las africanas llegaban a tres o más hijos…

La cuestión que se planteaba en la época era si la inmigración era la opción más adecuada para frenar el envejecimiento de la población española. Y las autoridades, todas ellas, coincidían en que sí. Eran los tiempos en los que se afirmaba con una seriedad pasmosa que en breve solamente se podrían pagar las pensiones de los abuelos gracias a los inmigrantes. A fin de cuentas estaba entrando población joven y se estaba incrementando el número de nacimientos, todo ello gracias a la inmigración. Por tanto, la respuesta a la pregunta inicial parecía clara: en efecto, la inmigración frenaría el envejecimiento de la población española. Ahora bien, si se examinaba todo esto más de cerca se percibía que en, en realidad, lo que ocurría es que se estaba sustituyendo a la población española por población inmigrante. Lo más probable es que hubiera bastado con una campaña demográfica o con crear estímulos fiscales a la natalidad para que la natalidad hubiera reflotado sin necesidad de recurrir a la sustitución de población. Porque, en efecto, cuando se altera el sustrato étnico y cultural de una nación, es inútil pensar que no va a generar efectos secundarios. Y el primero de todos es que los inmigrantes ni se integran en nuestra forma de vida, sino que siguen haciendo rancho aparte y que cuando en un país como España existe casi un millón de marroquíes concentrados en determinadas zonas, pueden vivir sin necesidad de integrarse: ellos mismos forman su círculo de afinidad. En zonas como Miami en las que hace treinta años los latinos empezaron a crecer, tras una fase de equilibrio, la población hispana sustituyó casi por completo a la anglófona.

Por otra parte, pensar que la llegada masiva de población joven inmigrante contribuiría a rejuvenecer a la población, era percibir solamente una parte del problema e ignorar que esa población también envejecería y lo haría antes en la medida en que llegaba a España con entre 20 y 35 años, en tres décadas o algo más, estos inmigrantes se jubilarían a su vez y, por otra parte, como veremos, determinadas encuestas indican que una vez establecidos en un país y mejorado su nivel cultural y de vida, los inmigrantes tienden también a reducir su tasa de natalidad. Con lo que, finalmente, la llegada de inmigrantes, a medio plazo no resuelve ni remotamente el problema del rejuvenecimiento de la población que es, para colmo, un falso problema: en efecto, Europa es un continente superpoblado, en donde una disminución de la población no sería un drama ni siquiera en lo relativo a las pensiones (bastaría con recaudar más de otras partidas, o apenas administrar mejor los fondos de la Seguridad Social para poder abonarlas, solución mucho más sencilla que la inyección artificial de millones de inmigrantes llegados de otras culturas).

En el año 2001 las Naciones Unidas emitieron un documento en el que se trasladaba su “ideología” en relación a los movimientos migratorios. El documento en cuestión se titulaba Migraciones de reemplazo: ¿una solución ante la disminución y el envejecimiento de las poblaciones? En este estudio, se sostenía con toda seriedad que la Unión Europea precisaría 47,5 millones de inmigrantes en la primera mitad del siglo XXI para conservar su tamaño actual, 79,4 millones para estabilizar el volumen actual de población en edad de trabajar y 674 millones para mantener constante la relación entre población activa y población jubilada… El estudio recibió muchas críticas especialmente por la metodología utilizada y por el hecho de que se basara en la suposición absurda de un crecimiento económico ilimitado. La “ideología” de la ONU (gestada en las esferas de la UNESCO) implica reconocer que los movimientos migratorios que se daban a principios del milenio no eran suficientes para resolver la pérdida de demografía en Europa. Hacía falta, no un poco más, sino mucha más inmigración.

Tras leer el informe uno duda de si el informe propone resolver los problemas económico-sociales de Europa o más bien construir una sociedad mestiza y multicultural, exigencia que en ningún momento aparece con claridad en el informe pero que sobrevuela cada una de sus páginas: el informe no fue más que la traslación del principio de “un único gobierno mundial, una única religión mundial, una única cultura mundial… y una única raza mestiza” que constituye el leit motiv de la “ideología” de UNESCO y que está presente desde la fundación de la organización internacional. A pesar de su nulo interés científico, de su metodología deficiente y de sus apriorismos ingenuos e ignorantes, dicho informe fue el documento utilizado por el lobby pro-inmigracionista para justificar sus políticas de apertura a la inmigración. Zapatero creyó en él a pie juntillas, y Aznar aun sin creer en él adoptó ciegamente la política que auspiciaba, seguramente porque su amigo Bush se lo habría aconsejado…

Realidades, proyecciones y ficciones demográficas

A lo largo de todo el siglo XX la esperanza de vida de la población española se duplicó pasando de 34,8 años en 1900 a 78,8 en 1999 y ascendiendo hasta 80,9 años en 2007. Realmente, no es que los españoles vivamos el doble… sino que las mejoras en la sanidad y en la higiene hace que cada vez mueran menos niños, con lo que la edad media tiende a aumentar. Sin embargo, la fecundidad femenina ha ido descendiendo a lo largo de todo ese tiempo: de los 2,8 hijos por mujer en 1975 se ha pasado a 1,15 en 1998 y a 1,46 diez años después, por debajo de la media europea. Si se realizan proyecciones para los próximos cuarenta años resulta una pirámide de población en la que abundan las edades por encima de los 55 años, lo que implica que la población activa laboralmente es inferior a la población ya jubilada. Tal es el escenario que nos aguarda en las próximas décadas y que parece dar la razón a los que concluyen que el sistema de seguridad social es inviable. Sin embargo, la supervivencia del sistema de pensiones no depende solamente de la pirámide de población, sino de otros muchos factores: cuantía de las poblaciones, rigor en la administración de los fondos, la solidaridad intergeneracional y la consideración de que el dinero de las pensiones proceda solamente de los fondos de la seguridad social o bien esté abierto a otras aportaciones llegadas vía impositiva. 

Entre 2000 y 2009, según las cifras oficiales, la presencia de población inmigrante en España pasó de 2.3% al 12%, pasando la población española de 40,5 millones a 46,7 millones. Si tenemos en cuenta que la inmensa mayoría del crecimiento demográfico español desde 1999 se debe a la inmigración y que, tal como hemos establecido antes, la población española hubiera perdido volumen de no ser por la inmigración, hay que concluir que ya en 2009, la presencia de inmigrantes en nuestro país estaba por encima de los seis millones de personas. El INE sostenía que el 89% del crecimiento de la población española se debió al saldo migratorio y sólo el 11% al crecimiento natural (nacimientos menos defunciones).

Un dato importante es que la edad media de los inmigrantes que llegaron entre 2002 y 2007 era de 29 años con una concentración entre los 25 y los 39 años, en el momento en que excluimos a los jubilados procedentes de la UE de la cifra de inmigrantes. Así pues, es evidente que, a corto plazo –y recalcamos lo de “a corto plazo”- la inmigración tiene un factor de “rejuvenecimiento” –ignorando todos los problemas que genera, claro- y para demostrarlo entre 2002 y 2008 la edad media de la población residente en España descendió de 41 a 40 años. Pero, la demografía es algo móvil: los inmigrantes también envejecen. Dicho de otra manera: la presencia de inmigrantes solamente mitiga por un breve espacio de tiempo el problema del envejecimiento de la población. ¿Y luego? Luego al problema de la integración de los inmigrantes se suma el problema de su envejecimiento, con lo que para ese viaje no deberían de hacer falta alforjas.

Según las simulaciones que realizó EUROSTAT indicarían que de no existir inmigración, España perdería en el 2060 el 20% de la población que tenía en 2008. Pero si las entradas de inmigrantes fueran del orden de 225.000 anuales, la población aumentaría un 15% respecto a 2008. Lamentablemente no existe una tercera simulación, acaso la más interesante y la menos arriesgada: ¿qué ocurriría si algún gobierno realizara una campaña de estímulo de la demografía y beneficiara fiscalmente a familias para que tuvieran hijos? No es raro que cualquiera de las dos variantes contempladas por Eurostat dé unos resultados negativos o muy negativos: en la primera (la hipótesis de inmigración igual a cero), en 2060, por cada 74 personas jubiladas habría 100 trabajando (suponiendo que hubiera trabajo, presunción, hoy por hoy, excesivamente optimista…). Pero si cada año entraran hasta el 2060, 225.000 inmigrantes año (lo que equivaldría a 11.700.000 inmigrantes, lo que supondría, no un 15% de la población española en 2008, sino en torno al 25%, sin contar con que la tasa demográfica de la inmigración podría hacer que esa cifra se elevara hasta como mínimo por encima del 30%... lo que supondría, es decir, un tercio de la población total…) por cada 60 jubilados habría 100 trabajando, lo que tampoco es ninguna ganga y ni siquiera resolvería el problema. Es más, contribuiría a agravarlo –desde el punto de vista desde el que se ha hecho el estudio- porque aumentaría la masa inerte de población inmigrante, población no productiva (mujeres que no trabajan, niños que no tienen edad de trabajar e inmigrantes que a la vista de su escasa preparación profesional carecen de trabajo estable), aumentaría extraordinariamente.

Pero hay algo peor: dado que los inmigrantes que llegan están concentrados en las franjas de edad de entre 20 y 50 años (dos tercios de los inmigrantes tienen esas edades), cuando algunos de estos lleguen a la edad de jubilación, coincidirán parcialmente con la edad de jubilación de los hijos del “baby boom” que en la actualidad tienen entre 35 y 55 años. Lo que empezará a ocurrir a partir del 2020. Para el 2040, los inmigrantes que hoy están en activo –que en un 81% ya han expresado su intención de permanecer en España- se habrán casi completamente jubilado. A partir de ese momento existirá una asimetría creciente y todavía más grave entre las personas en activo y las personas jubiladas, bastante más espectacular que en la hipótesis de que no hubieran entrado inmigrantes a partir de 2008.

Luego está la perspectiva demográfica de la inmigración. Desde la década de los 80, la población española ha estado por debajo del nivel de reemplazo generacional (2,1 hijos por mujer fértil). Esto implica un proceso de envejecimiento progresivo que puede ser extremo o moderado. Durante el período 1993-2002, cuando se inició el fenómeno migratorio, la natalidad española estaba en torno a 1,2 pero en el segundo período, cuando se produjeron reagrupaciones familiares en masa y se dejó sentir el peso de la demografía inmigrante, se elevó hasta el 1,3 entre 2004 y 2007 y 1,46 en 2008. Esta cifra, todavía estaba lejos de la tasa de reposición, y, por tanto, generaba más problemas de los que resolvía (problemas sociales, aparición de guetos, aumento de la delincuencia, pérdida de señas de identidad, etc).

Las mujeres inmigrantes tienen más hijos y los tienen antes: mientras que las españolas suelen tener el primer hijo como promedio a los 30,3 años, las extranjeras los tienen a los 26,9 años, sin olvidar que tienen un promedio de fecundidad mucho más elevado (1,92 hijos por mujer, mientras que las españolas están por debajo del 1,2). Pero habría que precisar más: las mujeres africanas tienen 3,5 hijos por mujer, por encima del umbral de reemplazo, mientras que las asiáticas se sitúan e torno al 2,43 y las latinas hacia el 1,43. ¿Conclusión? Cuanto más alejada está la identidad inmigrante de la española, su tasa de natalidad es mayor y aunque con el paso del tiempo vaya disminuyendo, es difícil que esta diferencia desaparezca.

Pero hasta 2008 se puso de manifiesto que la contribución de la inmigración al aumento de nacimientos iba en aumento. En 1996, solamente el 3,3% de los nacimientos eran de madre extranjera, pero en 2008 la cifra se había elevado al 20,7% y al año siguiente llegarían al 24%. Es decir, uno de cada cuatro nacimientos era hijo de inmigrantes (y al cabo de un año de vida, si había permanecido en España, recibiría la nacionalidad española). Si tenemos en cuenta que la población inmigrante es inferior a ese porcentaje (17% del total), su contribución a la natalidad es muy superior. ¿Cómo puede explicarse eso? Por dos vertientes: en primer lugar porque en sus países de origen, la inmigración tiene unas tasas de natalidad similar a las que tiene en España y, en segundo lugar por que el 69% de las mujeres inmigrantes tienen entre 15 y 49 años, es decir, son más jóvenes que las españolas y, por tanto, más fértiles, mientras que apenas el 48% de las españolas tienen esa edad.

Todos estos datos demográficos indican que en 2008 la inmigración ya tenía una importancia creciente, pero que no iba a resolver ni remotamente el que se consideraba el principal problema de cara a la viabilidad del sistema de pensiones. Ya hemos indicado que existían otras soluciones y que la inmigración, por no ser, ni siquiera era la solución más fácil, ni la más viable, ni la más sostenible. O dicho de otra manera, no era solución. Lo que era, en definitiva, era un parche técnico que tendía a reemplazar a la población española por población inmigrante y a desfigurar la identidad étnica y cultural de nuestro país, lo que no podía en ningún caso considerarse un avance: allí donde han existido sociedades “mestizas”, éstas se han mostrado extraordinariamente inestables. Para ese viaje no hacían falta alforjas.

La última evolución del fenómeno 2008-2012

A partir de 2008, a medida que la crisis económica se fue afianzando, distintos medios de prensa, convirtiéndose en voceros del gobierno de turno, fueron difundiendo la idea de que “la inmigración estaba disminuyendo”. La noticia, como veremos era falsa y las cifras indicaban justamente lo contrario, a saber, que incluso en tiempos de crisis, cuando en todo el mundo se sabía que España era uno de los países más afectados, seguían llegando inmigrantes, atraídos no tanto por nuestro mercado laboral, como por nuestros servicios sociales y asistenciales y entendiendo que nuestro país seguía siendo el eslabón más débil para acceder a los hipotéticos mercados de consumo europeos.

El 1º de enero del 2012 se produjo un nuevo hecho significativo: el 75% de los primeros nacidos ese día en todas las comunidades autónomas era hijo de inmigrantes. Repetimos: el 75%, es decir, 3 de cada 4… En algunas comunidades como Madrid y Cataluña, el 20% de la población total procedía de la inmigración (sin contar a los hijos de la inmigración nacidos en España y ya considerados como españoles al cumplir un año). El 1º de enero de 2012, a las 00:00 horas nacía en Ceuta, Fátima Sora, hija de musulmanes y, desempleados ambos. En Cataluña, el primer bebé del año fue un ecuatoriano. Y en Gerona se trató de un gambiano cuyos padres son de religión musulmana. Musulmán de padres fue también el primer bebé del año en Lérida. Lo mismo ocurrió en Murcia, siendo el segundo un hijo de bolivianos. En Lorca se trató de un bebé de padres ecuatorianos. Y en el País Vasco, no se trató de ningún Aitor, Andoni, o Edurnes, sino de un chino originario de Fujian. Sobre los nacimientos el 1º de enero se disponen de abundantes datos que tradicionalmente son aireados por la prensa…. Pero sobre el resto del año debemos conformarnos con las estadísticas que nos ofrece el INE al año siguiente. Lo que indican va en la misma dirección.

Durante el año 2011 fueron regularizados 268.322 inmigrantes a los que hay que sumar los que nacieron en nuestro país y los que fueron llegando ilegalmente. Sobre estos últimos hay datos contradictorios, pero sobre los regularizados, la cifra es de algo más de setecientos diarios. No es raro que las cifras de extranjeros residentes en España hayan experimentado un aumento. El 1 de enero de 2011, según el INE, la población española era de 47.190.493 personas, un 0’4% más que en 2010. El aumento se debe, por supuesto, a la llegada de más inmigrantes, especialmente porque a lo largo del año un número significativo de españoles, la mayoría jóvenes con alta cualificación técnica y profesional, huyeron de la crisis emprendiendo el camino del exilio económico. En otras palabras: el número de ciudadanos españoles que se iban de España aumentaba, pero al mismo tiempo la población también aumentaba un 0’4%, por lo que hay que pensar necesariamente que ese aumento se debe solamente a la inmigración (¿a qué otro factor podría deberse?). No hay que olvidar el número de concesiones de la nacionalidad española que ha ido en aumento desde 2003 y que a partir de 2010 se ha convertido en extremadamente significativo: ese año se concedieron 123.721 nacionalidades españolas a inmigrantes y solamente entre enero y septiembre de 2011 se concedieron otras 82.301 por lo que hay que pensar que se superó ampliamente la cifra del año anterior.

La llegada del Partido Popular al poder, contrariamente a lo que algunos habrían podido suponer, no ha variado en absoluto la situación. En ningún lugar del programa del Partido Popular se habla de repatriar a los inmigrantes, ni siquiera está presente una intención de resolver el problema, tan solo se dice que “se cumpla la ley de extranjería”… lamentablemente, el problema (y no la solución) es la Ley de Extranjería y sus sucesivas reformas cada vez más erráticas. Para colmo, cuando Aznar recogió en Quito su doctorado “honoris causa” en octubre de 2011, resumió la percepción que tiene el PP del problema de la inmigración. Vale la pena citar las palabras de Aznar: “Nosotros lo que hemos dicho siempre, y lo he promovido, es que la historia de la prosperidad de España no se puede escribir sin los inmigrantes, y en particular sin la aportación de los migrantes ecuatorianos. Téngase en cuenta que cuando llego al gobierno, en el 96, hay aproximadamente 300 mil inmigrantes en España, y cuando yo salgo del gobierno hay más de 3 millones. Es decir, la explosión de la inmigración en España se produce en esos años. La prosperidad de España no se puede construir sin la migración”. El mensaje del PP estaba más que claro ¿cómo iba Aznar a renunciar a la inmigración de la que él mismo fue el iniciador y desencadenante y que ocupó un lugar esencial en el desarrollo de su modelo económico, ese que fue capaz de dar una sensación de crecimiento económico ficticio durante poco menos de una década?

Fue inevitable, de todas formas que los inmigrantes se resintieran en parte del estallido de la crisis económica. No regresaban pero si se veían obligados a adoptar medidas de austeridad. Los nuevos nacimientos disminuyeron aunque no de manera muy significativa. Los nacimientos de madres extranjeras disminuyeron en 2011 siendo 43.942 (el 19,1%) cuando el año anterior habían sido de 47.084 (el 20,2%). En 2011, las mujeres españoles seguían tenido 1,33 hijos (entre ellas ya había en torno a 400.000 antiguas inmigrantes que habían recibido la nacionalidad), un 0’10 más que diez años antes, mientras que las mujeres extranjeras tenían 1,61 hijos (1,64 en 2010).

En 2011 se publicaron los resultados del padrón municipal que indicaban que la población solamente había crecido en 22.000 personas, indicándose así mismo que el número de extranjeros habría descendido un 0’7%... Estas cifras hay que ponerlas bajo caución. En efecto,  si la cifra total había caído ligeramente es porque algo más de 100.000 inmigrantes han desaparecido de las listas de inmigración y han reaparecido como “nacionales”. A esto se suman los españoles que se han ido a trabajar al extranjero, 114.000 a lo largo de 2011, una cifra récord. Así pues, la suma de los nacionalizados y de los que se van alcanza las 214.000 personas, y la distancia entre los que se van y los que quedan en España (47.212.990 personas, 22.497 más que un año antes) es de 236.497 personas… Estos son los “nuevos españoles”, tratándose en su inmensa mayoría de inmigrantes que han ido entrando a lo largo de ese año. ¿Se ha ido alguno? Sí, claro que alguno se ha ido; es más, pero la mayoría de los que se han ido lo han hecho sin darse de baja del padrón municipal, para poder volver de nuevo en cuanto encuentren trabajo o lo deseen. Por otra parte, muy pocos se han dado de baja voluntariamente en el padrón municipal… simplemente no han renovado (por desidia, desinterés o desorden personal) su inscripción en el padrón.

En 2007, el primer año de la crisis, llegaron a España 749.208 inmigrantes. Desde entonces las cifras han ido disminuyendo, pero es completamente falso lo que se publicó a principios de 2011 sobre que casi medio millón de inmigrantes habían abandonado España ese año. Si el saldo migratorio es negativo es sobre todo y muy especialmente por la concesión de la nacionalidad española, y la prueba es que mientras estuvo en vigor, la llamada “operación retorno” apenas consiguió que menos de 10.000 inmigrantes se acogieran a ella. Dicha operación subsidiaba el retorno a cambio de no regresar durante tres años… algo que no interesaba a la mayoría de inmigrantes.

No solamente siguen regularizándose inmigrantes por la discutible vía de la “regularización por arraigo”, sino también por la “regularización familiar” (los inmigrantes ilegales que tengan hijos nacidos en España reciben el permiso de residencia), al tiempo que siguen llegando tanto ilegalmente como a través de la  “reagrupación familiar”… Las cifras no aumentan más rápidamente porque quedan compensadas sólo en parte, por la concesión de nacionalizaciones que disminuye entre 100 y 125.000 personas la cifra de inmigración anual.

Ahora bien, si reconocemos –y es fácil hacerlo a través de la interpretación de las cifras- que la inmigración no se va en proporción significativa, sino que sigue aumentando y quienes se van son nuestros muchachos mejor preparados, la pregunta siguiente es ¿por qué no se van si el mercado de trabajo está hundido y sin posibilidades de recuperación a corto ni medio plazo? La respuesta la dan las cifras de remesas: no disminuyen, aumentan. ¿Para qué van a volver a sus países de origen si aquí tienen sus servicios sociales básicos (sanidad y educación) cubiertos por el Estado sea cual sea su situación laboral y si para colmo, entre alguna subvención, la alimentación cubierta por Caritas o por cualquier organismo asistencial, y el trabajo negro, viven mejor aquí que en cualquier otro lugar incluido su país de origen? Sin olvidar, claro está, que en muchos de estos países, a esa misma inmigración se la trata a patadas, mientras que aquí son considerados como objeto de atención preferencial por parte de ONGs y del lobby inmigracionista.

© Ernesto Milá – infokrisis – ernesto.mila.rodir@gmail.com

 

 

RHF en Youtube



 

Infokrisis.- Hemos colocado un vídeo dividido en dos partes celebrando los 12 primeros números de la Revista de Historia del Fascismo. A partir de ahora, trataremos de dar mayor importancia a la parte audiovisual de la RHF. Esperemos que atraiga vuestra atención. Gracias.

Manifiesto contra el fútbol

Manifiesto contra el fútbol

Infokrisis.- ¿Qué queréis que os diga? Odio el fútbol. De joven, de estudiante, jugaba al fútbol (como extremo-izquierdo, sí, soy diestro con las manos y siniestro con las piernas, en todo lo demás ataco por el centro), me divertía, simplemente. Cuando acabé los estudios, el fútbol dejó de interesarme. Una cosa es “jugar al fútbol” y otra “ver el fútbol”. Lo segundo me aburría; peustos a ver hay otras cosas mucho más interesantes. Por entonces, la izquierda decía: “el fútbol es el opio de las masas” y lo decían simplemente porque en la tarde del 1º de mayo, TVE, la única televisión de la época, se retransmitía algún partido con lo que la oposición democrática pensaba que disminuiría la asistencia a las ilegales manifestaciones convocadas por CCOO y por el PCE. ¡Qué dirían hoy, cuando raro es el día en el que no hay en alguna de las 50 emisoras de TV algún partido, nacional o extranjero, de interés regional o estatal!

El fútbol quita tiempo a la vida: se ve fútbol casi obsesivamente (hay incluso un canal sobre el CF Barcelona que emite partidos de hace diez, veinte o treinta años y me temo que algo parecido tendrán otros clubs), se habla de fútbol constantemente, parece como si no se pueda vivir sin el fútbol y si la honrilla nacional o autonómica dependieran de los resultados de tal o cual partido. Para colmo, los jugadores de unos cuantos equipos cobran unos salarios obscenos que constituyen un verdadero desprecio a quienes se ganan la vida con su trabajo y con salarios de miseria que, por cierto, no tienen inconveniente en dilapidar pagando la entrada al estadio.

Los hay incluso que realizan su tránsito de la pubertad a la juventud en los estadios. De la misma forma que los niños de cualquier tribu africana, llegada la edad se realizan una mutilación corporal y luego realizan la aventura iniciática de cazar un león, nuestros jóvenes se rapan el pelo, y asumen la aventura de enfrentarse con la hinchada rival en el estadio. Esta es su “aventura iniciática”, su “rito de tránsito” de la pubertad a la juventud.

Por cierto, ¿habéis visto algo más parado que un futbolista? Sí, se les paga para que den patadas, no para que respondan a ruedas de prensa, pero cuando lo hacen demuestran su rematada sosez y sus escasos recursos acaso porque la mayoría solamente sirven para dar patadas a un balón. Los misters son, desde luego, quienes mejor controlan los medios pero tampoco son la alegría de la huerta. Y, para colmo, ¿qué interés puede tener una liga de fútbol como la española –sin duda la más competitiva de todo el mundo- cuando solamente dos clubes tienen acceso permanente a los puestos de cabeza y se han tenido que inventar otras competiciones, no solamente para que otros equipos tengan acceso en ocasiones a alguna copa, sino también para tener entretenidas a las masas cuando la liga acaba?

A la empresa de ingeniería de un amigo la Seguridad Social le requisó sin previo aviso el dinero de las cuentas corrientes simplemente porque se había retrasado dos meses en el pago de las cuotas a la seguridad social. Sin embargo, los principales deudores a la Seguridad Social son los clubes miembros de la Liga Nacional de Fútbol: exactamente 752 millones de euros en 2012. Nadie, por supuesto, piensa en intervenirles las cuentas. Dos pesos, dos medidas. Resulta inmoral, así mismo, que la mayoría de presidentes de los clubes sean empresarios, habitualmente del sector de la construcción, que hasta hace poco utilizaban su cargo para realizar grandes pelotazos inmobiliarios o simplemente para despistar dinero negro; o para cambalachar con los ayuntamientos tal o cual terrenito o este o aquel permiso de obras.

Pero, sin duda, lo más deletéreo del fútbol es su impacto sobre las masas. Hoy un número creciente de población no vive sino para el fútbol, por el fútbol y en el fútbol. La vida familiar anulada salvo que la mujer y los hijos acepten ser integrados en la hinchada (la familia que va al estadio unida permanece unida). El fanatismo transmitido de padres a hijos. Esposas que se ven libres para cornear a sus maridos o departir con las amigas, en las horas del fútbol. Omnipresencia del fútbol, omnipotencia del fútbol… y, para colmo, preocupación por el fútbol. Si el equipo va bien, se diría que aquello a lo que representa (¿y qué representa? ¿A una ciudad? ¿A sus aficionados? ¿A sí mismos? O más bien ¿a una sociedad anónima que, como todas, no es más que un negocio, solamente un negocio y nada más que un negocio para el cual es necesario encontrar consumidores?) eso supone que está tocado por la mano divina, pero si el equipo pierde inexplicablemente es que existe alguna conspiración y el hecho de que el árbitro tenga un primo de un cuñado del vecino del quinto que sea jugador del equipo rival, eso implica una puñalada por la espalda para los propios colores.

El fútbol además tiene dos vertientes políticas. De un lado estimula el nacionalismo. Todo nacionalismo. Si España gana el Mundial, España es una caña. No hay quien nos gane. Somos, simplemente, la hostia: “Ser español es lo más serio que se puede ser en el mundo”. Si apenas llegamos a los cuartos de final, el orgullo nacional se siente erosionado: “Español es aquel que no puede ser otra cosa en el mundo”. El nacionalismo español depende en buena medida del fútbol. Casi se diría que las costuras de España resisten por la Liga Nacional de Fútbol y por la posibilidad de conquista de nuevas glorias futbolísticas. Y ¿qué decir de los nacionalismos regionalistas? El Barça es, como rezaba un lema antiguo, “algo más que un club”. En efecto, es una sociedad anónima. Bastante más que un club, ciertamente. Pero, de ahí a decir que el CF Barcelona representa a la sociedad catalana sería excesivo, como máximo sería más adecuado decir que representa a los ciudadanos de Barcelona a los que les gusta el fútbol y siguen a este club. De la misma forma que decir que el Real Madrid es franquista es una simplificación ridícula. Pero es que, las filias y las fobias despertadas en torno al fútbol son ridículas. Todas, sin excepción.

La alianza entre fútbol y nacionalismo es simplemente una forma de fanatizar a masas que de otra manera ni se interesarían por los colores nacionales o regionales. La desintegración de Yugoslavia comenzó con un partido de fútbol al que siguieron tres largas guerras balcánicas con miles de muertos. Es un caso extremo, pero es que fanatizar a las masas en un partido de fútbol cuesta menos que fanatizarlas por una causa política. Se debe a Gustav Le Bon el primer estudio no superado todavía sobre la psicología de las multitudes. Decía Le Bon que la inteligencia de una masa no se sitúa en la media aritmética, sino en el nivel más bajo de sus integrantes. Mirad las reacciones de la peña en los partidos de fútbol: gritos al unísono, arrebatos de ira, de aplausos, de entusiasmo, de violencia incluso, al unísono, como si la personalidad se disolviera y emergiera un yo colectivo superior a cualquiera de sus partes y siempre primitivo e infantil.

Podríamos también aludir al fútbol y a la “identidad”. En efecto, en la selección francesa, al parecer, todavía queda algún jugador que parece hijo de galos, la mayoría tienen colores y fisonomías que demuestran que tienen tanto de francés como la paella o el pepito de lomo. Ese mismo problema tienen algunos clubs españoles en los que, entre otras lindezas, en la propia camiseta aparece el nombre del patrocinador “Qatar”… ¡Eso es identidad y lo demás son gaitas!

No es que el fútbol sea el “opio del pueblo”, a fin de cuentas el opio lo consume un adulto consciente de lo que está haciendo. El niño, en cambio, se ve arrastrado por otros niños, por sus instintos, por cualquier cosa salvo por la racionalidad. Tal es el comportamiento del público presente en un estadio. La irracionalidad es su comportamiento y su ley suprema. No tiene otro. Se dice que el público que asiste a un estadio consigue liberar allí las tensiones que reprime en su trabajo, en su vida social o entre su familia y que allí se libera gritando y, a la postre, termina sintiéndose bien. Pobre resignación esa de tener que desfogarse para sentirse bien. ¿No sería mejor que el individuo aprendiera a controlarse a sí mismo y a generar un mundo y un entorno social en el que no tuviera que sufrir represiones ni se convirtiera en una especie de olla a presión que solamente se puede liberar en un estadio o ante una TV panorámica?

En 1973, Zbigniew Brzezinsky, fundador de la Comisión Trilateral, que luego sería secretario de Estado con Jimmy Carter y que aún hoy sigue siendo uno de los hombres más influyentes de los EEUU, escribió en su obra La Era Tecnotrónica que lo esencial para mantener la estabilidad social en unas décadas siguientes que iban a estar marcadas por la pérdida de derechos sociales y unas dificultades crecientes a la vista de que a ningún observador avispado se le ocultaba ya por entonces que nos dirigíamos hacia una “convergencia de catástrofes”, lo esencial era, decía Brzezinsky, el “entertaintment”: el entretenimiento. Se “entretiene” a la gente para que no advierta la miseria que le rodea, la oscuridad que tiene por delante y viva en medio de un estado de narcosis en el que no basta con convertirlo en un tubo digestivo, sino que se le da la posibilidad de que “entretenga” su tiempo entre digestión y digestión, mediante TV, videojuegos y espectáculos deportivos. Si hoy el sistema mundial consigue que el absurdo generalizado (la globalización, la economía desregulada, las burbujas económicas, la creación de dinero, incluso que se llame “democráticos” a gobiernos que no gobiernan sino que son gobernados por la plutocracia) consiga mantenerse sin que existan oposiciones notables, se debe, entre otras cosas, a que unas masas narcotizadas por el “entartaintment” no solamente comulgan con ruedas de molino sino que han visto como sus neuronas se convertían en puro teflón.

Creo que el próximo viernes hay una final en Madrid. Y creo que la juegan dos equipos de la “periferia” en donde el nacionalismo es el rey de la fiesta. Así que la final a celebrar en Madrid, será de máxima tensión y los nacionalistas tratarán de convertir el encuentro en un acto de afirmación separatista… Se silbará al himno nacional y se silbará al príncipe Felipe. Y esto, al parecer, será una tragedia nacional. Para colmo, pequeños grupos de extrema-derecha quieren llevar la contra y convertir el acto en uno de “afirmación nacional y patriótica”. Y yo me pregunto… ¿qué tiene que ver algo tan banal como una final de fútbol (hay tantas “finales”, tantas “copas”, tantas “ligas” que una mas debería de importar muy poco) con el himno nacional ¿es que hay que tocarlo necesariamente? ¿Y qué diablos hace el príncipe allí? ¿Cómo? ¿Qué es la copa del Rey y debe entregarla? ¡que la envíen por MRW! Claro está que la banalidad de la casa real se demuestra y confirma en espectáculos banales como éste, ¡menudo ejemplo el del rey dando su título a una competición como muestra de que si hay monarquía es porque la gente no solamente sabe del rey en la prensa del colorín o últimamente en las páginas de sucesos (por los castañazos reales y la corrupción en la propia casa real) sino también en la entrega de trofeos deportivos.

Que suene o no el himno nacional en una final de fútbol es irrelevante y si se me apura, en lo personal, preferiría que los símbolos de algo tan importante como es la patria no tuvieran nada que ver con algo tan banal e irracional como el fútbol. El problema es que todo nacionalismo no pierde comba a la hora de excitar a las masas. El nacionalismo –todo nacionalismo- es pura irracionalidad, como el apoyo a tal o cual club o equipo. Por tanto, no es raro que exista una alianza entre nacionalismo y fútbol, alianza que, como en el caso de Yugoslavia, terminó resultando siniestra. Gane quien gane el viernes, ganará el nacionalismo. Y perderá el sentido común y la nacionalidad.

Los ultrillas que vayan allá convocados por pequeñas formaciones que subsisten a título residual se llevarán la peor parte y no terminarán de entender porqué a sus convocatorias siempre acude tan poca gente. Pero también ellos tendrán su momento de gloria dentro de unas semanas si España pasa de los octavos a los cuartos y de los cuartos a las semifinales en próximos campeonatos internacionales. Seguirán siendo pequeñitos y redonditos, pero felices.

Seamos positivos: la alegría de un triunfo deportivo no es algo necesariamente negativo. Alegrarse, siempre es mejor que mesarse los cabellos o rasgarse las vestiduras. Lo que nos tememos es que una muestra creciente de población acude a los estadios, no para alegrarse, para ver un espectáculo, sino para, además de “desfogarse”, para demostrar filias y fobias que tienen poco que ver con el deporte. Es un signo propio de estos tiempos de masificación, despersonalización y entertaintment. Hay cosas más importantes en la vida que gritar en un estadio o ver a veintidós tipos con pantaloncito corto corriendo detrás de un balón, está bien verlos como está bien ver cualquier espectáculo. El problema es cuando para alguien solamente termina existiendo ese espectáculo y todo lo demás pasa a segundo plano. Entonces se llega a un estado de narcosis.

Nuestra sociedad ha llegado, globalmente considerada, a ese estado detestable en el que las realidades objetivas, los problemas, las posibilidades de obtener satisfacción real, incluso física, los proyectos personales, la vida misma, todo, pasa a segundo plano ante un partido de fútbol. Como si durante los 90 minutos del encuentro el sol parara su curso y los tiempos se detuvieran. Y es que nuestra sociedad ha sacralizado el fútbol: el estadio se convierte en un espacio sagrado como lo fueron los templos; los 90 minutos es el tiempo sagrado intocable e inmarcesible en el que nada ni nadie puede distraer nuestra atención; los oficiantes laicos son los jugadores y el gran miste el árbitro; el rito está marcado en el reglamento; pero, lamentablemente, esta nueva religión laica no nos llevará mucho más lejos del estado de narcosis. Es la religión de las masas, la única que pueden seguir las masas hoy, cuando por delante no tienen más que crisis, precariedad y miseria. Haría falta convertir en obligatoria la lectura del último capítulo del Rivolta contro il mondo moderno de Julius Evola, para que aquellos elementos de las masas a los que todavía les queda una pizca de racionalidad pudieran ver la lógica de este fenómeno. El futbol es una cobertura al nihilismo, sirve para ocultar al hombre moderno, la miseria existencial y material en la que vive y que tiene por delante.

Definitivamente ¿Cómo queréis que no odie el fútbol?

© Ernesto Milá – ernesto.mila.rodri@gmail.com

 

 

Inmigración 2012 en las aulas

Inmigración 2012 en las aulas

Infokrisis.- El primer balance que puede realizarse y lo que vamos a intentar hacer en las páginas que siguen es demostrar que la inmigración ha sido uno de los factores que han contribuido a aumentar la crisis de la enseñanza, no el único pero sí el factor exógeno que más impacto ha tenido. Nadie puede pensar que la inyección de un porcentaje altísimo de nuevos alumnos, muchos de los cuales ni siquiera dominan el  castellano y llegados de horizontes muy distintos que atribuyen distinto interés a la educación, puede realizarse sin pagar un alto coste.

Nadie había previsto en 1996 la llegada masiva de inmigrantes en el país y la forma en la que repercutiría en todos los servicios (sanidad, consumo de energía, accidentes laborales y de tránsito, prisiones, delincuencia y, por supuesto, educación). Además de la irresponsabilidad que supuso el establecer un modelo económico en el que la inmigración fuera uno de los cuatro pilares (siendo el resto el ladrillo, los salarios bajos y el acceso fácil al crédito), hay que añadir la absoluta imprevisión de cómo ese flujo podía alterar a la sociedad española. Quienes orientaron el flujo de inmigrantes, ni siquiera se preocuparon sobre cómo podía afectar a la marcha de la sociedad. Seguramente porque ni siquiera les importaba nada que estuviera más allá de las “cifras macroeconómicas”…

Esta es la crónica de cómo se destruyó un poco más al sistema educativo.

Dificultades de rendimiento académico

Los sociólogos han intentado establecer porqué los inmigrantes tienen un rendimiento escolar más bajo que los autóctonos, pero las conclusiones a las que han llegado no resuelven lo esencial del problema: si tienen un rendimiento más bajo, ¿qué puede hacerse para que lo igualen al resto de alumnos?

En 2011, la American Sociological Association realizó un estudio en más de 13 países occidentales sobre una muestra de 7.000 adolescentes inmigrantes, procedentes de 35 países distintos. Se trataba de establecer si los jóvenes inmigrantes se ven afectados en sus estudios por las influencias que sobre ellos ejercen los países de origen. La respuesta es que sí, existen esas influencias y actúan negativamente en el rendimiento académico de los escolares inmigrantes. Los hijos de inmigrantes procedentes de países políticamente inestables tienen un rendimiento académico más bajo que el de otros niños inmigrantes. Pero, en general, tanto este informe como el de PISA, reconoce que el gran peligro es que los colegios que tienen un alto porcentaje de inmigrantes cada vez ven como este número aumenta hasta convertirse en pocos cursos en colegios a los que solamente acuden inmigrantes.

El nivel de abandono escolar es bastante más alto y su porcentaje de ingreso en la universidad mucho más bajo. ¿Las soluciones? Estos estudios no aportan soluciones viables que no impliquen medidas autoritarias contrarias al derecho a la libre elección del centro de estudios, o bien inyección de fondos con dudosos resultados o ­­más bien con resultados voluntaristas como lo que implica “integrar la creciente diversidad de lenguas maternas y perspectivas culturales y desarrollar habilidades interculturales; cómo adaptar las capacidades de enseñanza o cómo estrechar los lazos con las familias y las comunidades inmigrantes”.

Pero hay algo todavía más increíble y muy difícil de interpretar: los alumnos de origen inmigrante de segunda generación obtienen peores resultados escolares que los de primera generación, cuando en principio debería de ser todo lo contrario, a medida que una comunidad inmigrante y todos sus miembros aumentan la permanencia en el país debería de producirse un fenómeno de integración progresivo.

Sin embargo, ocurre todo lo contrario: los inmigrantes de primera generación vienen a trabajar y se integran a través del trabajo, pero sus hijos, en cambio, quieren vivir como sus compañeros de clase autóctonos. Lamentablemente para ellos el trabajo realizado por inmigrantes es casi siempre por franjas salariales más bajas que los autóctonos e incluso antes del estallido de la crisis económica era un trabajo habitualmente precario y temporal por lo que la igualdad salarial con los autóctonos era imposible.

Es evidente, tal como señalaba el estudio, que “se aprecian indicios claros de una intensificación de la tendencia a la segregación en función de la situación socioeconómica, dado que los padres que gozan de una buena situación social tienden a retirar a sus hijos de los colegios con muchos alumnos inmigrantes”… claro que para ese viaje no hacían falta alforjas. Dicho de otra manera: el problema no tiene remedio porque la ventaja que aporta la inmigración y en la que reside su atractivo para la economía es precisamente porque tira a la baja de los salarios y acepta vender su fuerza de trabajo más barata que la autóctona. Ese es el único factor por el que se han orientado riadas migratorias hacia Europa: para bajar el valor de la fuerza de trabajo, para nada más.

Qquienes planificaron los procesos migratorios eran perfectamente conscientes de que a la inmigración le esperaba ocupar el escalón socio-económico más bajo y si lo hicieron fue conscientemente para que, aumentando el flujo económico (el PIB) disminuyera la renta per cápita, aumentando paralelamente los beneficios de determinadas patronales (construcción y hostelería, especialmente).

En España el nivel de fracaso escolar entre la inmigración es alto. Mucho más alto que entre los alumnos autóctonos cuyo fracaso es superior a la media de la Unión Europea. En un informe publicado el 31 de enero de 2012 por la Comisaría Europea de Educación sobre las estadísticas de fracaso escolar en la UE muestran que cada año más de seis millones de jóvenes abandonan los estudios en la UE sin concluir la ESO, lo que a su vez comporta un gran obstáculo para el normal desarrollo económico y social. El informe explicaba que la situación se agrava en el caso de los jóvenes de origen extranjero, ya que hay una mayor concentración de fracaso escolar entre los inmigrantes, con unas tasas que doblan las de los nativos.

El 26% de los inmigrantes de los países de la UE de entre 18 y 24 años abandonan el sistema escolar sólo con el título de Primaria o habiendo cursado parte de la Secundaria, mientras que ese porcentaje se reduce al 13% entre los autóctonos, pero en España las cifras son muchísimo más altas: un 45% de los inmigrantes no concluyen sus estudios cuando el fracaso escolar es del 30% entre los alumnos autóctonos (teniendo solamente por delante a Malta y Portugal). El mayor porcentaje de abandono de los estudios a edades tempranas es en general mayor entre los inmigrantes que entre los nativos en prácticamente toda la UE. Todo esto se atribuye a las condiciones socioeconómicas familiares y las de adaptación entre los jóvenes extranjeros de entre 10 y 15 años. A nadie se le escapa el coste económico que supone para España el fracaso escolar: alumnos que reciben servicios gratuitos pero que no los aprovechan. El responsable de educación de la Unión Europea, Androulla Vassiliou definió este coste como “inasumible”.

Las explicaciones al fracaso escolar parecen no reconocer los factores culturales y se centran solamente sobre los económicos. No reconocen que los magrebíes, por ejemplo, apenas otorgan importancia a la educación, apenas ven rentable e interesante cualquier otra cosa que no sea el que sus hijos empiecen a trabajar inmediatamente y no atribuyen –dada su cultura fatalista- importancia a la formación. Y ante este factor no hay absolutamente nada que hacer: es como un muro ante el cual cualquier presupuesto, toda inyección de fondos, cualquier medida de discriminación positiva, son completamente inútiles e ineficaces. Véase por ejemplo la medida con que el Ayuntamiento de Barcelona intenta beneficiar a la inmigración.

A partir de 2012, Barcelona reserva en cada centro plazas escolares para hijos de inmigrantes. Los padres  de alumnos que inscriban a sus hijos a partir del curso 2012-2013 podrán elegir entre doce centros (el doble que desde 2007), seis públicos y seis concertados. Además, el proceso de preinscripción es la reserva de plazas para alumnos inmigrantes tanto en escuelas públicas como concertadas. En cada clase deberán hacer dos plazas para alumnos con “necesidades educativas especiales”, es decir, para inmigrantes. Con ello se pretendía evitar las llamadas “escuelas gueto”, mayoritariamente públicas, donde el porcentaje de inmigrantes llega hasta el 95%. No se trata de un “regalo”, sino de una imposición. Si se considera, por ejemplo, que un alumno tiene una “condición social desfavorable” al desconocer el catalán y el castellano, podrá obligarse a los padres a que lo matriculen en otro centro donde existan plazas de reserva. Con ello se pretende ir equilibrando la distribución de estudiantes inmigrantes… Lo que ocurrirá previsiblemente, es que en aquellos centros en  donde hasta ahora la enseñanza no se veía ralentizada por la presencia de alumnos inmigrantes, a partir de ahora, empiecen a tener problemas por la inclusión de este alumnado. Una vez más el “mal de todos” se convertirá en el “consuelo de tontos”…

Pero como el que no se conforma es por que no quiere, fuentes de la Generalitat de Catalunya indicaron el 11 de octubre de 2011 que "El 75% de los niños inmigrantes de colegios públicos son culés"… así que ¿para qué preocuparse? 

El curso 2011-2012

Al iniciarse el curso (con unas elecciones a la vuelta de la esquina y ante las que no era cuestión generar alarma social) se publicó lo que aparentemente era una noticia tranquilizadora: “El alumnado de origen inmigrante desciende”, un 6% en la Comunitat Valenciana (Levanta 02.11.11). Otros medios regionales difundieron la noticia en primera página. No era verdad. El descenso era tan leve que podía deberse no tanto a, como se sugería, que los inmigrantes estaban retornando, como al hecho de que miles de ellos habían dejado de ser inmigrantes para recibir la nacionalidad española. Por otra parte, la cuestión era: ¿cuántos de los alumnos considerados como “españoles” desde el punto de vista administrativo eran hijos de inmigrantes y por tanto, desde el punto de vista cultural tenían poco o nada que ver con la cultura, el Estado y la Nación españolas? De hecho, según el “ius solis” que en parte está vigente en la legislación española, basta con que un hijo de inmigrantes nazca en nuestro territorio para que al cabo de un año reciba la nacionalidad española… En Valencia, con un Partido Popular en el poder y un área de inmigración hasta hacía poco en manos del conseller Rafael Blasco, multiculturalista convencido y mundialista ferviente, la noticia debía divulgarse en su aspecto “tranquilizador”, a pesar que se tratara de una mentira estadística. En otras comunidades –como en La Rioja- nuevamente se volvió a asistir a un aumento de la presencia de alumnos inmigrantes en ese curso: un 3,5%. ¿Qué ocurría a nivel nacional? ¿cuál era la tendencia a principios del curso 2011-2012 cuando se preveía una inflexión de la situación política y el zapaterismo era evidente que iba a ser sustituido por el neoliberalismo del PP?

En el curso 2000-2001 apenas estaban matriculados 141.916 niños hijos de inmigrantes en las escuelas españolas. La mayoría de ellos habían llegado en la primera oleada de inmigración que se dio entre 1997 y 2000, durante la primera legislatura de José María Aznar. Parecían pocos, pero eran muchos si tenemos en cuenta que en aquel momento el número de inmigrantes presentes en el país estaba en torno al millón y que se tenía la sensación de que los inmigrantes que iban llegando eran sobre todo varones jóvenes en edad de trabajar. No era así: estaba llegando mano de obra poco cualificada e inmediatamente, una vez asentados, traían a sus familias. Pero eso se ocultada a la población porque, en la óptica de la época, generaba “alarma social”.

Si bien el año 2005 fue el que registró más llegadas de inmigrantes (fue el año de la “regularización masiva de febrero-mayo que regularizó a 600.000 ilegales y generó la entrada de 800.000 nuevos ilegales más desde que se anunció la medida en agosto de 2004 hasta que concluyó el año 2005) es significativo que el mayor aumento del número de inmigrantes en las aulas se produjera en el año 2001-2002: exactamente, 100.039 alumnos más. Esto da la razón a los que pensamos que el problema de la inmigración, contrariamente a la opinión latente en la sociedad española, no se inició durante el período de José Luis Rodríguez Zapatero, sino en el de José María Aznar. La única diferencia entre ambos era que Aznar defendía el flujo masivo de inmigrantes como forma para aumentar artificialmente el PIB y abaratar el precio de la mano de obra en la construcción, mientras que Zapatero era un partidario convencido de la multiculturalidad, el mestizaje y la ingeniería social.

Pues bien, desde el curso 2000-2001 hasta el curso 2010-11 la presencia de alumnos inmigrantes no ha dejado de crecer  de 141.916 hasta los 770.384, tal como puede verse en el siguiente cuadro procedente del documento Datos y Cifras. Curso escolar 2011-2012, publicado por el Ministerio de Educación:

 

En cuanto al aumento del número de inmigrantes por niveles de enseñanza, el mismo documento aporta este cuadro:

 

En este cuadro puede percibirse que el número de alumnos en Enseñanza Infantil (pre-escolar) aumentaron casi seis veces, mientras que los alumnos inmigrantes en Educación Primeria aumentaron casi cinco veces y los de bachillerado seis veces. El mayor aumento, sin embargo, se dio entre los alumnos de Formación Profesional: aumentó doce veces en apenas diez años…

Hasta el momento no se han publicado las cifras totales correspondientes al curso 2011-2012, si bien se disponen de cifras parciales publicadas por el Gobierno de la Comunidad Valenciana. Según este estudio, en la totalidad del Estado existen un 12,4% de alumnos procedentes de la inmigración. La cifra, en principio, no parece alarmante si tenemos en cuenta que existe un 15% de inmigración en la totalidad del país. Ahora bien… esta cifra es manifiestamente falta porque registra únicamente a niños y niñas matriculados en nuestras escuelas, de nacionalidad extranjera… ¡pero no a los hijos de inmigrantes que han nacido en España y que han recibido la nacionalidad en su primer cumpleaños constando administrativamente como “españoles”! Una vez más, la mentira estadística tiene como objeto minimizar el impacto de la inmigración.

Estadísticas como esta son las que permiten explicar que la inmigración está reduciéndose y que los inmigrantes están regresando a su país, algo completamente falso, torpe y mendaz. El estudio sostiene que en la Comunitat Valenciana, en el curso 2011-2012 el número de inmigrantes en las aulas se ha reducido un 5,8%, pero elude decir la nacionalidad de los padres (lo que permitiría ver el número real de hijos aportados por las familias inmigrantes, dato mucho más claro e interesante y definitivo). Sin embargo, ni siquiera manejando estos datos las cifras de inmigración tienen a la baja. El caso de La Rioja, por ejemplo, es paradigmático. Esta comunidad es la que cuenta con una mayor presencia inmigrante en las aulas (el 16,5%), seguido por Baleares (un 15,6%), mientras que Madrid (con el 13,4%) y Cataluña (con el 13%) están por detrás, hasta llegar a Murcia (12%) y Valencia (11,1%). La estadística queda completamente desvalorizada cuando insiste en que en el curso 2010-2011 la presencia inmigrante se redujo un 0’75%: cuando la estadística oficial del Ministerio, aun sin tener en cuenta los hijos de inmigrantes nacidos en España a los que se les ha hecho el regalo de la nacionalidad española, indicaba que el número de alumnos inmigrantes había aumentado en neto en 8.000 plazas…

Ahora bien, ¿qué ocurre en La Rioja que sin ser la comunidad con mayor número de inmigrantes residentes en su territorio, si en cambio, tiene al mayor número de alumnos procedentes de la inmigración? Es simple: buena parte de esos alumnos son de origen pakistaní, sin embargo sus padres ya no están en La Rioja, se han ido a cualquier otro destino (incluido su propio país de origen) para trabajar (a la vista de que aquí en España no hay trabajo), pero dejando a sus mujeres y a sus hijos en España, viviendo de subvenciones y subsidios y beneficiándose de un sistema asistencial (pagado por los ciudadanos autóctonos pero abierto a cualquiera que pase incluso accidentalmente por nuestro territorio nacional) desconocido en su país de origen. Dicho de otra manera, los pakistaníes han entendido que si de lo que se trataba era de trabajar, España no era el país más adecuado para ello, pero sí lo era para mantener aquí a sus mujeres e hijos con un grado de comunidad ausente en su propio país. En síntesis: nos quedamos con la inmigración pasiva y parasitaria, mientras que la inmigración activa se va a su país de origen. Este retorno no se publica en las estadísticas, para que conste que el padre está en paro en España, no se indica que haya retornado y se así su estado laboral cuenta para hacerlo acreedor de subvenciones y subsidios públicos… cuando en realidad están trabajando en su país de origen.

En realidad, la inmigración ha sido un fenómeno que nunca, ni durante el período Aznar cuando se originó el problema, ni durante el período Zapatero cuando estalló con toda su brutalidad especialmente a partir de la “regularización masiva”, ni durante el período Rajoy, cuando la inmigración constituye una de las principales causas del déficit del Estado, en ninguno de estos períodos ha estado bajo control, siempre ha estado desbocado y nunca ningún gobierno ha manifestado la más mínima intención en regularlo y disciplinarlo, sino todo lo contrario. Véase por ejemplo esta medida adoptada por Zapatero en su último período, cuando ya el déficit público era insoportable…

En el reglamento que desarrollaba la Ley de Extranjería, aprobado en 2010, se contemplaba el dar papeles a los inmigrantes cuyos hijos han nacido en España. Este requisito formaba parte de una nueva figura creada por el zapaterismo y denominada “arraigo familiar” mediante la cual se regularizará la situación de los padres de los menores con nacionalidad española, "siempre que el niño esté a cargo del progenitor/a y conviva con quien solicite la autorización". Así mismo, el mismo reglamento “regularizaba” inmediatamente a las mujeres en situación de inmigración ilegal que hubieran sido víctimas de malos tratos… A nadie se le escapaba que esto era un coladero más urdido para regularizar al mayor número de inmigrantes (féminas) en el menor tiempo posible y, a partir de ese momento, se abría la veda para que cualquier mujer inmigrantes en situación de ilegalidad que quisiera ser regularizada inmediatamente presentando simplemente una denuncia por malos tratos… Luego, con no acudir al juicio, el supuesto maltratador sería absuelto pero la regularización ya no daría marcha atrás.

La cuestión más sorprendente es: ¿cómo es posible que un hijo “español” sirva para regularizar la situación de padres inmigrantes en situación de ilegalidad? Sencillo: porque al cabo de un año del nacimiento de ese hijo, administrativamente ya es considerado como español. Es como una pescadilla que se muerde la cola: inicialmente, la legislación zapateriana atribuye una discutible nacionalidad española en función de un “ius solis” y a despecho del “ius sanguinis”, y en una segunda etapa, dado que el hijo “es español” los padres deben serlo también… y por eso se cesa en su situación de ilegalidad y se les regulariza inmediatamente a pesar de que su perspectiva de futuro sea simplemente vivir de la caridad pública y del trabajo negro ante la imposibilidad de encontrar trabajo en un mercado laboral que permanecerá quebrado por tiempo indefinido.

La martingala para regularizar a ilegales dio con este reglamento una nueva vuelta de tuerca tan increíble y jurídicamente discutible como la que el zapaterismo había introducido en la reforma de la ley de inmigración con la figura de la “regularización por arraigo” en el que la vulneración de la ley de inmigración (que prescribía que la forma normal de acceder al permiso de trabajo y residencia en España era solicitarlo en el consulado español más próximo al lugar de origen) y el fraude (el entrar en España con visado turístico cuando en realidad se entraba con la intención de quedarse en nuestro país), se recompensaban con la regularización automática (por “arraigo”) al cabo de tres años (que fueron reducidos a dos en el Reglamento de Extranjería)… O como la vulneración y el fraude de ley se premiaban y estimulaban. La nueva figura de la “regularización familiar” iba en la misma dirección.

Pues bien, no existe ni una sola estadística del Ministerio de Educación en la que se alude a “hijos de inmigrantes” (que incluiría a los que habiendo nacido en España, una año después obtienen la nacionalidad española), en lugar de a “inmigrantes”. De ahí que seamos extremadamente cautos a la hora de valorar el porcentaje de niños de otras culturas presentes en nuestras aulas. Esto es lo que hace que se produzcan situaciones increíbles como la que muestra el siguiente recuadro en el que la Comunidad Autónoma en la que hay menos alumnado inmigrantes es… Ceuta con apenas un 3%.

 

Cuando Ceuta es una de las comunidades que, simplemente por su ubicación geográfica, son más permeables a la inmigración y registran un mayor tránsito de inmigrantes, muchos de los cuales, especialmente magrebíes, se quedan a residir allí, pero eso sí, el número de inmigrantes en aquella comunidad es oficialmente el 4,5%... a pesar de ser una de las ciudades con más población de origen extranjero. No cuesta mucho, como vemos, engañar a las estadísticas.

De hecho, para percibir la importancia y el alcance de la inmigración en España y su impacto en las escuelas basta con aproximarse a cualquier colegio público, al azar, en cualquier lugar de la geografía española y ver los rostros de los padres que van a recoger a sus hijos. Se percibe con extrema facilidad que están muy por encima de ese  15% tan oficial como tranquilizador.

Por otra parte, hay que tener presente que no todos los niños inmigrantes están escolarizados. Casi el 40% de los magrebíes que vienen a España carecen completamente de formación y tampoco entienden que sus hijos necesiten formación académica para abrirse paso en el futuro. En cuanto a los hijos de los gitanos rumanos caracterizados por una gran movilidad, tampoco puede decirse qué porcentaje jamás ha acudido a una clase en territorio español. De ahí que podamos establecer que 770.000 alumnos inmigrantes en las escuelas españolas no sea en absoluto representativa del total de niños inmigrantes que se encuentran sobre nuestro territorio; para obtenerla habría que sumar los hijos de inmigrantes nacidos en España y nacionalizados españoles y los hijos de inmigrantes residentes en España que no han considerado necesario escolarizar a sus hijos. De ahí que, sin miedo a equivocarnos podemos decir que la cifra total de menores hijos de inmigrantes residentes en España se sitúe cómodamente por encima del 1.000.000.

Para aproximarnos un poco más a esta cifra deberemos establecer cuántos hijos de inmigrantes han nacido en España. Y tal es la próxima etapa de nuestro estudio.

© Ernesto Milá – Ernesto.mila.rodri@gmail.com

El caso de las remesas

El caso de las remesas

Infokrisis.- El estudio del movimiento de remesas demuestra que en plena crisis económica, la inmigración cada vez aumenta más el envío de fondos a sus países de origen, hasta el punto de que puede decirse que existe en España un comportamiento contradictorio entre los niveles de paro de la inmigración y su prosperidad económica demostrada con el envío de remesas. El asunto de las remesas es una de las cuestiones menos estudiadas del fenómeno migratorio. Vamos a intentar en las páginas que siguen resumir el estado de la cuestión.

Concepto e importancia de las “remesas”

Se entiende por “remesa” los fondos que los inmigrantes envían a sus países de origen y que pueden ingresar en cuentas propias o destinados a sus familiares. Desde que existe constancia en la historia del inicio de los flujos migratorios siempre se ha producido trasvase de fondos de unas zonas del planeta a otras, desde las zonas de residencia de los inmigrantes a las zonas de origen, pero a finales del siglo XX con la mejora de los sistemas informáticos y de los servicios bancarios, estos tránsitos económicos se convirtieron en masivos y, en su mayor parte, desregulados, lo que constituyó un poderoso incentivo para estimular migraciones.

Según las estimaciones del Banco Mundial, los países que más remesas recibieron en 2010 fueron por este orden India (55.060 millones de $, dado su volumen de población y la capacidad técnica de buena parte de sus inmigrantes), China (40.500 millones de $, fundamentalmente a causa del volumen de su inmigración), y a mayores distancias Pakistán (8.700 millones de $) y Marruecos (7.000 millones de $). Salvo India, cuya inmigración en España apenas es significativa, los otros países, especialmente los dos últimos tienen una abundante colonia inmigrante en nuestro país. Dicho de otra manera: en 2010 se fugaron varios cientos de millones de euros a esos países y, en la medida en que se trataba de dinero procedente como veremos de la economía sumergida, se trató, simplemente de lo que en rigor puede llamarse una “fuga de capital” que disminuyó el dinero circulante en España y, desde luego, tiene algo que ver con la caída del PIB (cuando desaparece dinero de un país y se trasvasa a otro, ese dinero ni se utiliza como ahorro, ni como inversión en ese país, sino que cruza fronteras, disminuye el dinero circulante, disminuye, por tanto, el consumo y, finalmente, disminuye el PIB (que no mide nada más que el total de movimientos económicos que se producen).

Todavía está por estudiar lo que afecta este fenómeno a la inflación en la medida en que si dentro de un país disminuye el volumen de dinero, los precios deberían de tender a bajar, y por tanto, la inflación disminuiría, lo que explica el porqué ninguna autoridad económica ni monetaria presta el más mínimo interés a estas cifras que, en sí mismas, como veremos, son el síntoma de una enfermedad. Dada la obsesión antiinflacionista difundida desde el Banco Central Europeo, parece como si la única enfermedad de la economía fuera la inflación (la pérdida del valor del dinero) y, por tanto, cualquier fenómeno que tienda a contenerla (y el envío de remesas tiene cierta parte de responsabilidad en la contención del fenómeno) fuera considerado como positivo. Sin embargo, si disminuye el circulante en un país, disminuye también el consumo y si disminuye el consumo aumentan las cifras del paro, los cierres de empresas y la pérdida de riqueza... Dado que el único interés del Banco Central Europeo es el control de la inflación (y defender los “ahorros” de los países con una economía más fuerte, concretamente Alemania), cualquier otra consideración (fuga de capitales, pérdida de consumo, descenso de PIB) pasan a segundo plano.

El aumento en el envío de remesas desde el inicio de la crisis

Resumimos la situación de la inmigración: llegada en oleada a España a partir de 1997 alcanza hoy un volumen de 7.250.000 inmigrantes según cifras oficiales. De estos apenas trabajan 1.800.000 en los meses altos y casi siempre por las franjas salariales más bajas. El paro entre la inmigración es más alto que en cualquier otro colectivo social. Su comportamiento económico debería de ser coherente con esta situación de crisis y precariedad: a medida que han ido disminuyendo el número de inmigrantes dados de alta en la Seguridad Social y han ido, paralelamente aumentando las cifras de paro y la inmigración se ha ido transformando en un fenómeno subsidiado que recibe muchos beneficios social y que cuesta al Estado y a la sociedad española cada vez más dinero en materia de sanidad, educación, prisiones, policía y asistencia social, parecería lógico que el dinero enviado por los inmigrantes al exterior fuera disminuyendo sensiblemente. Sin embargo el fenómeno que puede constatarse a poco que se examinen las cifras oficiales, es que desde que comenzó la crisis económica, como veremos, los envíos de remesas han ido aumentando.

La explicación al fenómeno es simple y demuestra que la precariedad de la inmigración no es tal. Los inmigrantes en paro, los que reciben el seguro de paro y las prestaciones posteriores a su término, además, integran las bolsas de trabajo negro. Eso implica que el Estado (esto es, la sociedad española de la queo se  el Estado es su encarnación jurídica) sufre un doble perjuicio: de un lado hoy en España un 23% de la economía está fuera de control de la Hacienda pública (no toda es protagonizada por la inmigración, pero sí la mayoría, a la vista de las cifras de envíos al exterior) y no existe ningún tipo de recaudación fiscal, ni IVA, ni IRPF, a través del cual el Estado obtenga algún ingreso y queden compensadas las partidas que se invierten en la inmigración, sino que, de otro lado, esos inmigrantes que están fuera del marco de la Hacienda Pública reciben prestaciones como si estuvieran al corriente de sus tributaciones.

El gran año de la inmigración fue 2006. Se había producido la regularización masiva de 2005 y ese año entrarían 600.000 inmigrantes más en nuestro país. El fenómeno no era alarmante para el Estado a pesar de que para mantenerse los inmigrantes que entraban ilegalmente pasaran inmediatamente a integrar los circuitos de trabajo negro. Las proclamas del ministro Caldera al cerrarse la regularización masiva indicando que a partir de ese momento cualquier empresario que contratase a ilegales sería duramente castigado y que aumentarían las inspecciones de trabajo en las empresas, habían quedado en agua de borrajas. Por otra parte, la inmigración se integraba en los circuitos de la construcción y de la hostelería y en esos momentos, se alcanzaban los picos histórico de volumen de negocio en ambos frentes. Pero luego, en 2007, antes incluso de que se produjera la crisis de las subprimes en EEUU (julio de 2007, episodio con el que se inicia la crisis económica actual), se había llegado al punto de inflexión en el desarrollo del sector de la construcción. Como a los cadáveres, todavía le crecerían las uñas y el cabello a este sector, pero prácticamente desde principios de 2007 las ventas de la vivienda se habían estancado y se estaba lejos de los aumentos espectaculares de los años anteriores. En realidad, la inflexión se preveía desde antes. Ya en 2003 empezaron a disminuir las compras de chalés y apartamentos en los lugares habituales de establecimiento de jubilados ingleses. En efecto, el aumento del valor del euro con el consiguiente encarecimiento del valor de los inmuebles comprados en libras, generó esta ralentización de la actividad constructora en las provincias del Levante. Por su parte, en Canarias y Baleares, las llegadas masivas de inmigración y el aumento de la delincuencia, empezó a disuadir a los jubilados europeo de establecerse allí, unido, por supuesto, a los precios desmesurados que se pedían por un chalet o por un apartamento, así que empezaron a orientarse hacia el Adriático y las islas croatas de ese mar.

En 2007 disminuía el número de inmigrantes en activo en el sector de la construcción y, sin embargo, el volumen de las remesas enviadas al extranjero habían aumentado en 1.390 millones de euros (7.059 en 2006 y 8.449 en 2007). Y si comparamos las cifras de ese año con las de 2010 veremos que se produjo también aumento de 140 millones de euros a pesar de la ralentización general de la economía. En cuanto a las cifras en relación solamente al primer y al segundo trimestre de 2011, se produjo un aumento de 412 millones de euros más que en 2006, el mejor año de nuestra economía y de la cifras de empleo de la inmigración.  Las cifras son del Banco de España y, por tanto, difícilmente cuestionables, y sin embargo están ahí como muestra de que desde 2007 deberían de haberse tomado medidas y aumentado las inspecciones para evitar que un sector de prácticamente 4.000.000 de inmigrantes quedaran fuera de todo control económico y de cualquier forma de recaudación de impuestos. No se hizo nada y el problema se fue enquistando: a medida que fue disminuyendo la actividad económica, aumentó el volumen de la economía sumergida, protagonizada, no lo olvidemos, por inmigrantes especialmente. Por que la pregunta esencial es: ¿cómo es posible que habiendo aumentado la población inmigrante en paro y pasado del 11,96% en el segundo trimestre de 2006 al 32,87% en el segundo trimestre del 2001, haya aumentado paralelamente en 412 millones de euros el envío de divisas a los países de origen? (las cifras del paro son del Instituto Nacional de Estadística y las de las remesas del Banco de España). La explicación a este fenómeno la da el mismo Banco de España en su informe sobre las remesas emitido en el tercer trimestre del 2011: la inmigración, nos dice, se ha adaptado muy bien a la crisis económica y supone el principal contingente de la economía “informal”. Las cifras de esta, 23% del total de movimiento económico, están por encima de las cifras totales de inmigración presente en España en 2011, el 15% de la población. Se insinuaba, por ejemplo: “Parece que los extranjeros que trabajan en esa economía informal están aumentando su masa salarial lo que les permite enviar más remesas”. Y lo que era peor: “Podría también ocurrir que inmigrantes que ya no viven en España estén cobrando ayudas públicas y reenviándolas íntegramente desde España a sus actuales domicilios”. Se trataría en este caso de inmigrantes que tienen  doble residencia una en España y otra en su país de origen, al que se han vuelto dadas las dificultades que hay en España de encontrar trabajo.

Desde que comenzó el fenómeno migratorio, siempre han existido en España “pisos patera” donde han llegado a estar empadronados más de 100 inmigrantes, la mayoría sino todos cobrando rentas mínimas de inserción o subsidios de desempleo. ¿Cómo se realiza el fraude? Basta con que un solo inmigrante provisto de varios pasaportes cruce el Estrecho, venga a España, y cobre los subsidios en España en nombre de bastantes que están en Marruecos. Después ese dinero se envía desde España en forma de remesas. Dado que siempre las cantidades que se envían, son inferiores a 3.000 euros, no están sujeto a retención fiscal y por tanto no se declaran ni pagan impuestos. Se sabía que estas operaciones se realizaban desde el inicio de la crisis y si no se hizo nada fue por las causa que apuntábamos en el inicio.

Existen países como Marruecos o Ecuador cuya primer fuente de ingresos son las remesas que envían sus inmigrantes residentes en el extranjero. En Marruecos, por ejemplo, las remesas solamente están por detrás de los ingresos generados por las exportaciones ilegales de haschisch (80.000 hectáreas en el valle del Rif) y muy por delante de los ingresos procedentes del turismo (que están estancados). En Ecuador, estos ingresos están por detrás... de los beneficios de la industria petrolera y, por supuesto, de los generados por la exportación de bananos, el artículo “estrella” ecuatoriano para la exportación. Buena parte de todo ese dinero es español. Tanto los EEUU, como Francia o Bélgica mantienen sobre los envíos de remesas un mayor control que el Estado Español que apenas se fija en la cantidad de 3.000 euros para dar notificación a Hacienda. Si ante cualquier transacción de este tipo se exigiera explicar el origen de los fondos, se hubiera evitado el descontrol total de la economía sumergida que está alcanzando una cuarta parte del total del movimiento económico en nuestro país.

El fenómeno inverso: remesas hacia España

Lo más dramático de toda la cuestión de la inmigración y de las remesas es constatar que, mientras por una parte, nos ha ido llegando una masa inerte de inmigración en absoluto cualificada y que, desde su llegada ha tenido como ocupación esencial acarrear escombros en obras y servir cañas, nuestros jóvenes, por el contrario, en la mayoría de los casos, con preparación universitaria, perfectamente preparados para el ejercicio de su profesión, han cruzado fronteras y se han instalado en el extranjero en proporción creciente desde 2010. Y esto ha generado un curioso flujo de remesas en dirección contraria: del extranjero a España. Vale la pena examinar también este fenómeno y extraer de él algunas conclusiones.

En 2011 las remesas transmitidas por residentes españoles en el extranjero alcanzaron los 5.702 millones de euros en el 2011. Hace falta decir que el número total de emigrantes españoles en todo el mundo en aquel momento era de 1.800.000 españoles, con lo que resulta posible establecer una proporción. Si en 2010, algo más de 7.000.000 de inmigrantes enviaban al extranjero 7.199 millones de euros y 1.800.000 españoles (cuatro veces menos) remitían a su país 5,702 millones (solamente un tercio menos que el total de las cifras remitidas por la inmigración extranjera en España), esto quería decir ni más ni menos que los trabajadores españoles que cruzaban fronteras y se iban eran extraordinariamente más productivos que los que venían de fuera y residían entre nosotros hasta el punto de que cuando aludimos a ellos como “masa inerte” o “losa”, estamos utilizando el término más preciso y más inevitable.

España se ha convertido, según lo que puede deducirse de las cifras oficiales publicadas por el INE y el Banco de España: en un país emisor de emigración productiva y regularizada en sus países de origen y, en cambio, en un país receptor de masa inerte improductiva, subvencionada y de escasa o nula cualificación profesional que gasta mucho más de lo que genera.

Por otra parte, la realidad es que del total de 1.800.000 emigrantes españoles en el extranjero solamente 654.000 han nacido en España y los que se han ido en los últimos años desde que empezó la crisis, tratándose de jóvenes con alta cualificación técnica. El resto se trata de inmigrantes de segundo y tercera generación o bien de nacionalizados por la Ley de Memoria Histórica, uno de los intentos dramáticos del zapaterismo

Y si de lo que se trataba era precisamente de defender que las remesas enviadas por los inmigrantes tenían un efecto benéfico sobre el control de la inflación... las llegadas de remesas procedentes de emigrantes españoles, hacen que incluso ese fenómeno quede completamente compensado y anulado.

Así pues, el estudio sobre las remesas nos confirma nuevamente en que la aportación de la inmigración a la economía nacional es, globalmente considerada, un verdadero lastre y que solamente, durante unos años, entre 1998 y 2006 contribuyó a aumentar la riqueza, no del conjunto de la nación, sino de las patronales de la construcción y de hostelería. Luego, la factura nos ha quedado para pagarla toda la nación.  

 © Vicente Torrico – Ernesto Milá – prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

Inmigrantes en España: cifras

Inmigrantes en España: cifras

Infokrisis.- Existe una extraña entidad en el interior de la Secretaría General de Inmigración y Emigración llamado Observatorio Permanente de la Inmigración (OPI). Llama la atención de un “observatorio” no observe, si bien desde George Orwell y su 1984 sabemos que “la verdad es la mentira y la mentira la verdad” (lema del Ministerio de la Verdad de la novela) o que “nada es lo que parece” o que, en definitiva, determinados organismos han sido construidos solamente para mentir justificando sus alteraciones de la realidad con el pobre argumento de que determinadas verdades podrían causar “alarma social” y, lo que es mucho más importante, podrían espolear el apoyo del electorado a opciones que desde hace años vienen alertando sobre el riesgo que la inmigración masiva y descontrolada.

Todo esto viene a cuento de que el 1 de marzo de 2012 el OPI explicó con una seriedad pasmosa que El número de extranjeros residentes en España al finalizar el año 2011 asciende a 5.251.094, según los últimos datos del Informe Trimestral Extranjeros residentes en España. Principales Resultados”. Es decir que, oficialmente, estas son las cifras de inmigración para un organismo oficial. Y sin embargo, son pura ficción, una mentira absoluta, mentira estadística al fin y al cabo.

Lo sorprendente no era solamente eso, sino que en ese mismo documento se añadía hecho público por el Ministerio de Empleo y Seguridad Social, “refleja un incremento total de 324.486 residentes extranjeros, durante el año pasado”… ¿Cómo es posible que en tiempos de crisis, cuando España está en las portadas de toda la prensa mundial, un organismo gubernamental reconozca con una indiferencia pasmosa que siguen llegan masivamente inmigrantes que, de hecho, son inexpulsables simplemente por haber llegado hasta aquí y que en apenas dos años de residir ilegalmente (mantenidos por quién) obtendrán su “regularización por arraigo” teniendo en cuenta que en los años de llegada de más inmigración esta era apenas el doble de la que llega ahora? La medida de lo que estas cifras suponen para nuestro país lo da el hecho de que en Francia, Sarkozy, durante la campaña electoral de las elecciones presidenciales de 2012, proponía que la entrada anual de inmigrantes descendiera de 200.000 a 100.000 y Marina Le Pen de 200.000 a 10.000 y, siempre y cuando fueran necesarios para un mercado laboral extraordinariamente más vigoroso que el español.

La verdad solo es una pero la mentira siempre encuentra por muchos voceros. Estas cifras de la inmigración rondado los 5.000.000 aparece en estudios de todo tipo, incluso de los más sesudos, sobre la inmigración: la conclusión que extrae la prensa es “se están yendo” (véase El Mundo, 04.04.12, entre otras decenas de informaciones similares publicadas en los tres últimos años…) con el corolario de que “dejan de ser un problema”. Y no es así, es justamente lo contrario. El Estado sigue permitiendo que vayan llegando inmigrantes, no desde luego los 600-650.000 que llegaban en los años 2004-2006, sino de manera algo más ralentizada, pero nunca inferior a 325.000 al año tal como reconoce la OPI en su estadística publicada en marzo…

Ahora bien, como en todo, hay oficinas “más serias” y oficinas “menos serias”. La función de la OPI no es otra que tranquilizar a la población propagando la idea de que “bueno, no hay tanta inmigración como parece, y, por supuesto, no hay ningún problema”. La OPI parece un  negociado del Ministerio de la Verdad orwelliano. Así pues, nada de “alarma social”, nada de movilizaciones en defensa de lo autóctona ante una aparentemente inexistente invasión, etc. Ahora bien, la experiencia dice que cuando exista una contradicción entre las cifras aportadas por una estadística y lo que percibe tu vista, haz caso a tus ojos… y si lo que percibes en vivo y en directo está avalado, además, por alguna estadística, créetela, no por sí mismo, sino porque confirma lo que tienes ante la vista.

Ya es significativo que, dando una de cal y otra de arena, la OPI reconozca la llegada de 325.000 inmigrantes más en 2011, pero mucho más significativo es que los datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística el 19 de abril de 2012, un avance del padrón municipal a 1 de enero de 2012, las cifras sean un 25% distintas y al alza: según el INE existían en ese momento 7.173.999 personas extranjeras empadronadas en España representando un 15,20% de la población).

¿A qué se debe este desfase entre las cifras de la OPI y las del INE? ¿a qué estadística hay que creer? En realidad, las estadísticas de la OPI son incompletas y, por tanto, deliberadamente construidas para ser engañosas: se publican durante el primer trimestre del año, y por tanto incluyen las cifras del padrón municipal de 1 de enero del año anterior… que ya han dejado de ser actuales y reflejan, no una fotografía del momento en el que se publica la estadística, sino una retrospectiva de cómo mínimo 15 meses atrás. Es la primera mentira: dar por ciertos datos que solamente lo eran hace 15 meses.

Luego hay otra falsedad no menos importante. Inmigrante es todo aquel que ha nacido en el extranjero, ha tenido otra nacionalidad y ha venido a España para residir y, en principio, para trabajar. El hecho de que alguien lleve diez años en España y pida la doble nacionalidad, no quita el hecho de que esa persona, aunque tenga la nacionalidad española por un mero acto administrativo, sigue siendo un inmigrante. Una de las cifras mejor guardadas en los últimos cinco años es el número de inmigrantes que han sido obsequiados con la nacionalidad española.

Si tenemos en cuenta que la nacionalidad española se da después de 10 años de residencia, es evidente que este año tendrán acceso a la naturalización todos los inmigrantes que llegaron en 2002 o antes: por entonces la cifra de inmigrantes era de 3.000.000 (2.200.000 según las estadísticas oficiales de la época…), es decir, que en la actualidad buena parte de esos inmigrantes ya han solicitado y obtenido la nacionalidad española.

Como se sabe en España se sigue considerando el Ius sanguinis (la nacionalidad se transmite por la sangre, esto es, por la familia) sin embargo y de manera creciente se ha incorporado el Ius solis (según el cual los nacidos en territorio nacional obtienen la nacionalidad de manera automática si alguno de los progenitores hubiese nacido en España o si los padres proceden de países que permiten la transmisión automática de la nacionalidad a los hijos). Siendo el tiempo para solicitar nacionalidad española de 10 años de residencia permanente en España, en algunos casos los plazos son más breves: los refugiados políticos pueden obtener la nacionalidad a los cinco años, los ecuato-guineanos, filipinos, iberoamericanos, y sefardíes ¡a los dos años! Y los nacidos fuera de España cuyos abuelos sean españoles, apenas un año; los niños que hayan estado bajo tutela de un ciudadano o de instituciones españolas durante dos años, les basta un año. Finalmente, a cualquier nacido en territorio nacional, hijo de inmigrantes, le basta con un año para ser considerado español… Ius sanguinis sí, pero relativo y arrinconado por un Ius solis cada vez más presente y dominante.

Y este es el problema: que no existe absolutamente ninguna cifra ni estadística que indique el número de naturalizaciones que se han realizado en España en los últimos años. Es el gran secreto nacional. Se sabe solamente el número de inmigrantes que han obtenido la nacionalidad española después de 10 años de residencia aquí: algo más de un millón.

De tanto en tanto la prensa ha dado algunas cifras parciales y casi crípticas: El Mundo, por ejemplo, afirmaba que se habían producido un total de 386.863 casos de inmigrantes que habían obtenido la nacionalidad española a partir del 2000… sí, pero sólo hasta la fecha en que se emitió la noticia: el 26 de julio de 2009. Es decir, que estos eran los naturalizados que habían llegado, en su mayoría, en 1998… ¡pero es que la riada migratoria se inició un año antes y en ese momento no habría en España más de 500.000 inmigrantes!

Sin embargo, la noticia de El Mundo tiene un comentario interesante: Según datos de la Dirección General del Registro y Notariado, la cifra de nuevas nacionalidades por residencia no ha parado de crecer desde el año 2000, cuando fueron 11.996 las personas que accedieron al D.N.I, frente a las 21.805 de 2002, las 38.334 que lo hicieron en 2004 o las más de 62.300 que juraron la Constitución en 2006. Así, los datos oficiales revelan que en 2007 el número de nuevos nacionales ascendió a 71.806, cifra que se vio incrementada en 2008, cuando fueron 84.171 los extranjeros que se nacionalizaron. Sólo entre enero y abril de 2009, la cifra de solicitudes ascendió a 47.900, de las que se cristalizaron 10.291. Y aquí terminan las cifras. En otras palabras: el problema empieza justamente en 2009, porque fue a partir de 1998 cuando empezó la riada migratoria. Y si tenemos en cuenta que en 2009 fueron en torno a 200.000 los nacionalizados, en los tres años siguientes (y en los que vendrán) como mínimo hasta 2019 ¡las cifras de naturalizados no dejarán de crecer! Es posible incluso que en 2015 (a diez años de la regularización masiva de 2005, año en el que entraron casi 800.000 inmigrantes, cifra récord) soliciten la nacionalidad en torno a 500.000 inmigrantes.

Por su parte, el 25 de julio de 2011, El País dio unas cifras fragmentarias pero que indicaban las dimensiones que está adquiriendo el problema: cada día se estaban naturalizando 300 extranjeros, lo que permite pensar que ese año se naturalizaron 100.000 personas. Añadía El País: Las naturalizaciones de inmigrantes por residencia se han disparado hasta multiplicarse por diez en una década: 123.718 en 2010; 11.996 en 2000, según datos del Ministerio de Justicia”. Y más adelante añade otro comentario no carente de interés ¿Por qué adquieren la nacionalidad? "Piden la nacionalidad para evitar la legislación de extranjería que cada día es más dura. Si se quedan en paro y no tienen papeles, les podrían expulsar. Si son españoles, el riesgo desaparece”… dicho de otra manera: piden la nacionalidad para que los mantenga el Estado Español. O si se quiere, dicho de manera aún más clara: no buscan la nacionalidad ni por patriotismo, ni por identidad, sino simplemente porque tener doble nacionalidad es mucho más cómodo que tener una sola…

Podemos intuir pues que si en 2008 la cifra de naturalizaciones era de en torno a 400.000 inmigrantes y a partir de ahí la cifra empezó a subir (por pura lógica de las llegadas masivas producidas diez años antes) y si en 2010 se habían naturalizado casi 125.000, habrá que pensar que el año anterior lo hicieron otros 100.000 y en los dos siguientes debieron ser –a falta de cifras, pero por la progresión lógica- 150.000 en 2011 y en torno a 200.000 en 2012… no es raro que el Ministerio de Justicia guarde estos datos como uno de sus secretos mejor guardados. La cifra de naturalizados españoles ronda el millón, seguramente por encima. Y eso sin tener en cuenta la cifra de nacidos hijos de extranjeros que llevan un año en España…

© Vicente Torrico y Ernesto Milá.

Marine Le Pen ha vencido

Marine Le Pen ha vencido

Infokrisis.- Ha ganado François Hollande una especie de Zapatero con las “erres” arrastradas… Nada nuevo bajo el sol. Es un cambio de estilo más que un cambio de política. Los electores franceses se han limitado a elegir entre la dureza tosca del judío húngaro, visiblemente psicópata, y la blandura coriácea de un Hollande; una cuarta parte del electorado ha optado por quedarse en casa, cuatro puntos más que en la anterior convocatoria. La desconfianza hacia la clase política francesa crece.

Muy pocos creen que vaya a existir un verdadero cambio de rumbo. No se tiene la seguridad de que Hollande vaya a imprimir un nuevo rumbo a la UE y se vaya a enfrentar a la mala bestia neoliberal de la Merkel, ni siquiera se cree que tenga carácter para discutir sobre la conveniencia de variar las políticas de recorte por otras de inversión. Pero algo tendrá que hacer si no quiere decepcionar al electorado en las primeras semanas de mandato. Hasta ahora y en los últimos cuarenta años solamente Georges Pompidou no había renovado un segundo mandato (y esto porque estaba aquejado de una grave enfermedad que lo llevó a la tumba en apenas unos meses). El resto (De Gaulle, Giscard, Mitterand y Chirac) habían gobernado en dos mandatos. Esto da una idea de cómo el pueblo francés ha apreciado la gestión del judío-húngaro (y si lo calificamos así es porque, efectivamente, lo es, de la misma forma que el que fue su enemigo durante unos meses, Strauss-Khan era, judío, socialista y millonario): ni el caso del “moro loco asesino solitario” con el que se inició la campaña electoral, ni el jugar al pequeño Napoleón impulsando la agresión a Libia (que la ha sumido en un verdadero caos y en una guerra civil repleta de vendettas que todavía dura hoy), ni las declaraciones contra “la racaille” (la “canalla” como calificó a la inmigración) seguida de inhibiciones constantes sobre el tema, ni los llamamientos a restablecer el “orden republicano” que no tuvieron traducción práctica, ni siquiera el ir colgado del brazo de lo que en estas latitudes se conoce como “una tía buena”, nada, absolutamente nada de todo esto, le ha servido para repetir mandato. Y en cuanto a sus logros, simplemente no existían… en una república presidencial como es Francia y en donde el electorado tiene más memoria que en España, esto se paga con una llegada temprana al basurero de la historia. Esto es lo que le ha pasado a Sarkozy… el judío húngaro. De todas formas, el dato más interesante de estas elecciones no está ahí, sino en la tercera fuerza. Esto es, en Marine Le Pen.

El papel de Marine Le Pen en la campaña electoral

No es la primera vez que una campaña del Front National ha llamado la atención. Guillaume Faye ya recordaba hace diez años que varios intelectuales franceses insistían en que centro-derecha, centro-izquierda y centro-centro “venden imagen”, pero sólo el Front National hace política. Y hace política porque presenta propuestas concretas. Estas serán más o menos aceptables para el electorado, más o menos discutibles, pero son, al fin y al cabo, propuestas inéditas que se salen del encefalograma plano del resto de programas políticos.

Sarkozy basaba toda su campaña electoral en la recuperación del voto que se inclinaba desde hace seis meses de manera inequívoca hacia la derecha-nacional. En los sondeos la intención de voto que recogía Marine Le Pen llegó a alcanzar el 35%, eso fue lo que decantó a Sarkozy por cifrar el destino de su campaña en recuperar esa masa electoral. De ello dependía su reelección. Lo único que consiguió fue no quedar en ridículo recuperando buena parte de esos votos, pero no los suficientes, entre otras cosas porque el electorado del Front National ha ido variando con el paso de los años. Algo que los estrategas de Sarkozy no entendieron: pensaron que bastaría una pequeña campaña “imperial” en Libia para recuperar a los amantes de “la grandeur” que, por algún motivo, esperaba que fueran mayoritarios en el Front; pensó que mediante una operación visiblemente montada por servicios de inteligencia (públicos o privados) en el arranque de la campaña que generaron por enésima vez el viejo truco del “loco asesino solitario”, en este caso Mohamed Merah, que le sirviera como excusa para poder situarse en el centro de la polémica anti-inmigracionista, los votos “islamófobos” le afluirían en riada; y, entre la primera y la segunda vuelta, cuando percibió que solamente el 18% de votantes que había entregado su confianza a Marine Le Pen, y acentuó sus declaraciones antiinmigracionistas, lo que estaba haciendo era confesar que su reelección dependía precisamente de los votos de la derecha nacional. O mejor dicho, de los votos que el electorado había entrado a Marine Le Pen y al Front National. Pero algo había cambiado en el interior de esta formación, algo que Sarkozy no entendió y que François Hollande entendió pero no quiso creer. Si Hollande se sentará en el Elíseo es gracias a que Marine Le Pen se negó a entregar sus votos al judío húngaro y no gracias a sus propios méritos o al tirón que pudiera tener en el electorado…

Algo ha cambiado en el Front National

Hace un año se produjo el relevo: Le Pen sucedió a Le Pen, la hija tomó la llama del padre, pero los analistas no percibieron que esto iba a ser algo más que un simple relevo generacional. La hija ha hecho lo que el padre se negó a hacer a pesar de que todo le arrastraba a hacerlo: la conversión del Front National de un partido de la derecha nacional clásica a un partido transversal con una implantación preferencial entre los jóvenes y los trabajadores. A partir de los años 90 era evidente, los estudios sobre el origen de los votos del Front National así lo demostraban, que papá Le Pen tenía tirón creciente entre los jóvenes y entre los trabajadores… pero su política distaba mucho de estar orientada hacia esos sectores. De hecho, las propuestas de aquel Front National y del propio Le Pen eran las de un hombre de derecha nacional más o menos convencional y, si se nos apura, a la antigua usanza, casi un petainista, o un antiguo lector de Maurras que parecía de espaldas a la realidad de los años 90 acaso por la edad. Las ideas de Jean Marie Le Pen no habían cambiado mucho desde que fue el diputado más joven de Francia en la bancada del partido poujadista, ni cuando dimitió de su cargo para presentarse voluntario para combatir en Argelia como teniente de paracaidistas…

Si Jean Marie Le Pen logró alcanzar la segunda vuelta en las elecciones de 2002 fue precisamente porque en Francia el problema de la inmigración había ido demasiado lejos. El hecho de que en aquel momento existieran varios cientos de barrios, verdaderos guetos, en los que la legalidad republicana ya había dejado de existir y el hecho de que la clase política se negara a reconocerlo o que la progresía pidiera más inmigración, más multiculturalismo y más mestizaje, fue el causante de que unos sectores crecientes del electorado popular votara a J.M. Le Pen no tanto por afinidad hacia el programa del Front National como por rechazo a la inmigración masiva. Bastaba entonces con que un candidato desaprensivo y psicópata como Sarkozy, a última hora, el último día de campaña, hiciera un alegato desaforado contra la inmigración masiva, para que ese electorado fuera recuperado por la derecha liberal. Si entre las elecciones de 2002 y las de 2007, J.M. Le Pen perdiera la mitad de sus votos en las presidenciales, eso se debió precisamente a que Sarkozy los recuperó simplemente fotocopiando las propuestas del Front en materia de inmigración repitiéndolas a través de sus altavoces mediáticos, de bastante más volumen que los del lepenismo. Pero eso ya ha terminado.

Ahora hay otro Front National diferente del de hace cinco años. El relevo ha sido mucho más profundo que si se tratase de un mero relevo generacional. Marine Le Pen no se ha limitado a realizar las mismas propuestas que su padre. Eso le ha llevado a un éxito sin precedentes: su candidatura ha sido la más votada entre los jóvenes y entre los trabajadores. La diferencia estriba en que ahora el programa del Front ya no es fácilmente asumible a última hora por el candidato más desaprensivo, ya no se puede copiar impunemente. Y esto por varios motivos.

En primer lugar, la campaña electoral y los resultados de la primera vuelta han servido para transformar lo que hasta ahora era una opción marginal (se puede obtener el 15% de los votos y ser marginal en política, el Movimiento Social Italiano, se acercó a estos resultados a principios de los 70 y en los años 80 y no pudo nunca ser considerado como un partido más, sino que siempre siguió siendo una fuerza marginal) en la tercera fuerza en discordia. Esta campaña ha llevado al Front National de la periferia de la política, al pelotón de cabeza. El hecho de que Marine Le Pen fuera capaz de debatir (y de qué manera y con qué combatividad y, por supuesto con qué argumentos, demostrando que está al tanto del debate político, económicos y cultural que está abierto en Francia en este momento) y que en el curso de los debates, sus argumentaciones fueran sólidas, ha conseguido que el Front National fuera “desdemonizado”… ahora les va a ser muy difícil a los profesionales del antifascismo y del antirracismo, seguir presentándolo como un peligro para la democracia; era evidente que nunca lo había sido y que ni la hija ni el padre han albergado nunca la intención de derribar las instituciones democráticas ni de abolir las libertades, ni realizar progroms ni atentados a los derechos humanos fueran cuales fuesen…

Además Marine Le Pen es mujer. Seguir presentando al Front National como una fuerza retrógrada, machista, dirigida solamente por hombres acompañados de mujeres sumisas e invisibles, era un arquetipo que solía esgrimir la derecha liberal, el centro y los socialistas y que a partir de ahora ya no podrán utilizar nunca más. De hecho, ha sido la única mujer que se ha presentado a la campaña electoral (a excepción de la candidata ecologista que apenas recogió el 2,31% en la primera vuelta). Estamos aquí muy alejados de otras mujeres que habituales en la derecha nacional. Se nos ocurre, por ejemplo, la figura de Alessandra Mussolini, cuyas oscilaciones políticas casi copernicanas, se unían a una falta de capacidad para enarbolar un discurso coherente en los debates y todo se limitaba a utilizar las “artes napolitanas” en los mismos (gesticulaciones, descalificaciones, excitación de los bajos instintos de los presentes, etc.). Con Marine Le Pen estamos –afortunadamente- ante otro estilo. Y ante otras ideas…

Hace unos meses se publicó el libro Pour que vive la France escrito por la candidata (asesorada por un equipo de intelectuales y técnicos) en el que se recogían las ideas que iba a defender el Front National y su candidata en esta campaña electoral. Hasta después de la segunda vuelta, la existencia de esta obra apenas ha sido conocida fuera de Francia pero en el vecino país ha sido, sin duda, la obra más comentada y, seguramente, la más leída.

¿Qué nos cuenta Marine Le Pen en esta obra? Nos señala a un enemigo: la globalización y el mundialismo, el neoliberalismo y los “señores del dinero”. A diferencia de su padre, que en las últimas declaraciones todavía seguía considerando que uno de los enemigos era “el comunismo” (que hoy ocupa un papel residual en la política francesa y que, en ningún momento, ni siquiera “por tradición” puede ser considerado como “enemigo principal”), su hija en cambio ha situado con mucha más precisión y actualidad al enemigo. Y con mucho más realismo. Esa es la primera gran diferencia. El discurso anticomunista clásico propio de los años de la guerra fría ha estado completamente ausente. Es más, algunos “intelectuales de derechas”, los equivalentes aquí a libertaddigital o a interecomonia, han acusado a Marine Le Pen de “comunista”… Ahí está Yvan Blot, antiguo cuadro del Front, fugado durante la escisión de Bruno Mégret y dirigente del Club de l’Horloge, un nacional-liberal, que no dudó en calificar a Marine Le Pen como “la última marxista de Occidente” y la ha llamado “Marine La Roja”. Como puede verse, la estupidez de la derecha liberal no es privativa de este lado de los Pirineos.

¿A qué se deben estos exabruptos de la derecha liberal? Hay que leer las páginas de Pour que vive la France para entenderlo: Marine Le Pen establece una relación casi gramsciana entre la superestructura cultural y la infraestructura económica y, así por ejemplo, nos dice sobre la globalización: “Es una alianza entre el consumismo y el materialismo para sacar al hombre de la Historia y precipitarlo hacia (…) la era del vacío”. Si hasta ahora la única forma de oponerse a la globalización era “desde la izquierda” (el movimiento de los indignados, por ejemplo, en España debatió sobre quién podía indignarse y en su democratismo ridículo resultó que la indignación era privativa… de la izquierda. No es de extrañar que la indignación esté a un año de su irrupción en el baúl de los recuerdos) ahora esto ha terminado… Quien intente aislar al Front National como “fuerza del sistema, autoritaria y fascista” está llamado a caer en el ridículo (notorias progresistas de izquierdas como Ignacio Ramonet tienen hoy las más serias dificultades para explicar por qué las clases populares y los jóvenes están siguiendo a una opción “fascista” y cómo es que esta llama a la lucha contra la globalización y el mundialismo de manera mucho más creíble que quienes, como el propio Ramonet, defienden –pobres diablos- “otra globalización”…).

Luego están las fuentes argumentales. Jean Marie Le Pen, como hemos dicho antes era un hombre de derecha nacional clásica. Sus fuentes eran Maurras especialmente y especialmente Maurras, quizás algún otro intelectual contemporáneo (Jean Cau, y algún otro) pero siempre vinculados a su área política. Esto suponía una limitación, algo así como decir, lo único que nos interesa es lo que teorizamos nosotros y nuestra gente, fuera de nuestros altos muros no hay nada que nos atraiga. Y eso contribuyó durante treinta años (entre 1982 y 2012) al aislamiento del Front National y a que sus intentos de participar en el “debate nacional” que se estaba dando en esos momentos en Francia fuera marginal y se permaneciera en el aislamiento. Pero esto ha cambiado. Hay toda una cohorte de intelectuales que son interesantes para la teorización del Front National en tanto que aportan nuevos puntos de vista susceptibles de ser integrados en su discurso, sin duda mucho mejor que en el de cualquier otro partido político. ¿Qué valor pueden tener para el Front National los trabajos del sociólogo Emmanuel Todd, o los de Philipe Azkenazy y sus “economistas aterrados” o los trabajos de Jean Claude Michéa? Un partido que hasta hace poco se alimentaba solamente de las lecturas de Rivarol, Minute y Present, dignos medios de expresión de la derecha nacional pero incapaces de “saltar al otro lado”, ha pasado a incorporar un tipo de análisis nacido en escuelas de pensamiento que quizás no tengan nada que ver con la derecha nacional, pero que sirven para la construcción de un discurso antimundialista y anclan su crítica a la modernidad sobre datos de aquí y de ahora. La palabra trasversalismo se ha convertido en un tópico en el discurso políticamente correcto francés, pero si hay un partido a la vez transversal en el análisis y defensor de los principios, ese es el Front National.

Jean Claude Michéa realiza un análisis extraordinario en el que demuestra en su obra sobre Adam Smith, por qué el capitalismo no puede ser superado desde la izquierda y por qué el fracaso de la izquierda se produjo desde el momento en el que dejó de interesarte por la suerte de los trabajadores franceses y empezó su larga marcha hacia “los excluidos”, los “indocumentados” y las minorías sexuales siguiendo con fidelidad perruna las consignas de la UNESCO y del progresismo más acrisolado. Y también, por supuesto, su propio oportunismo: cuando la clase obrera francesa disminuía en número y se aburguesaba, los “pensadores” de la izquierda creyeron ver en la inmigración a un “nuevo proletariado” que reemplazaría al proletaria tradicional y en una primera fase se entregaron a él y a su defensa, para luego, abandonados por el proletariado tradicional a lo largo del Ventennio 1985-2005, entregarse en brazos de líneas parecidas al zapaterismo español. La propia Segolene Royal, antigua candidata de la izquierda, ex compañera de Hollande, defendía las mismas señas de identidad del socialismo francés, una especie de zapaterismo con faldas. El drama para la izquierda ha sido que hoy sus votos ya no proceden de las clases populares, sino de la progresía ilustrada, es un electorado procedente de la burguesía “progre”, en absoluto un voto popular. A la izquierda europea le toca expiar ahora su pecado contra la racionalidad: el haber creído que una sustitución étnica de la población iba a ser irrelevante para el futuro del país.

También ha sorprendido que Marine Le Pen haya utilizado citas y frases de políticos que no pertenecían a la tradición política de la derecha nacional. Ha llamado la atención que en su libro se contuvieran referencias al antiguo dirigente comunista Georges Marchais (que en 1981 ya aludió a las tensiones que iba a generar la construcción de la gran mezquita de París) o de Pierre Mendes-France, dirigente centrista (que en 1957 ya alertó sobre la necesidad de no abrir las fronteras a no importa qué inmigrantes, sino que lo condicionaba a las necesidades del mercado laboral y del país). ¿Por qué Marine Le Pen  ha utilizado estas citas? ¿Por oportunismo? ¿Para sorprender y romper los esquemas derecha-izquierda? En absoluto, por algo mucho más básico: estas citas son historia, pertenecen a personalidades de la política francesa del pasado que son historia, nada más que historia y solo historia y en la medida en que se trata de personalidades respetadas en su tiempo y en la actualidad, vale la pena recordar lo que dijeron porque no estaban diciendo nada distinto a lo que propone hoy el Front National.

Ha sorprendido, así mismo, especialmente a los observadores poco avisados que creían que las razones del antiinmigracionismo del Front National eran simplemente “xenófobas y racistas”. Y resulta que no: que se está contra la llegada masiva de inmigración y contra la alteración del sustrato étnico de Francia y de Europa también y sobre todo por cuestiones sociales. Lo que Marine Le Pen ha pedido es que las entradas de inmigrantes desciendan de las 200.000 anuales de hoy, a 10.000, es decir, que los que lleguen sean los que la sociedad francesa necesita, ni uno más. Y no solo en defensa de Francia, sino también en defensa de la propia inmigración: esta es la novedad. La llegada masiva de mano de obra innecesaria, contribuye a abaratar los salarios y a generar lo que Marine Le Pen ha llamado “la esclavitud moderna” y las “deslocalizaciones a domicilio”.

Finalmente hay algo más. El Front National propone medidas económicas concretas y viables: pide la “política de relocalizaciones e industrialización” (y es el único en hacerlo, porque todos los demás partidos dan la globalización e incluso el altermundialismo como irreversibles), pide “superar la división entre izquierdas y derechas” (en la que solamente los hemipléjicos mentales pueden creer aquí y ahora), exige “la supresión del derecho de suelo” y la “prioridad nacional”  (que consiste en “reservar las diversas ayudas sociales y sus asignaciones familiares únicamente a los franceses” tal como había propuesto Jean Marie Le Pen definiendo la “preferencia nacional”, un concepto rectificado en forma de dar preferencia “a iguales competencias, a personas que tengan nacionalidad francesa”; en viviendas sociales se propone lo mismo). Pero hay diferencias mucho más profundas entre el Front National de Jean Marie Le Pen y el de Marine Le Pen.

En lo relativo a política internacional, por ejemplo. Mientras el padre se había declarado siempre admirador de Ronald Reagan (por su éxito en la lucha mundial contra el comunismo especialmente), su hija es excepcionalmente crítica tanto con la OTAN, como con el “atlantismo” y con el neoconservadurismo que arrancó en aquel período de la historia norteamericana. Es más, si el padre hacía hincapié en la “libre empresa” y denunciaba el “estatismo y el fiscalismo”, su hija –que irrumpe en otro momento histórico y ha comprendido finalmente que las exigencias son otras- dice alto y claro algo que buena sintoniza con buena parte de los intereses de Francia y de los franceses: que hay que “reforzar el Estado y que éste debe controlar la actividad financiera, que hay que poner coto a la especulación y al poder de la banca” y que no hay que temer nacionalizar, antes que recurrir a más y más privatizaciones, aquellos bancos que no funcionen. El modelo económico no es ni remotamente el ultraliberal o neoliberal, sino el de economía mixta, con un fuerte sector público, una legislación social proteccionista y un salario mínimo interprofesional digno, un Estado capaz de planificar a largo plazo y de mantener en propiedad “sectores estratégicos” de la economía.

Una de las propuestas es particularmente novedosa: aumentar el salario mínimo en 200 francos… financiados no por las empresas sino por una tasa sobre las importaciones. Porque, a fin de cuentas de lo que se trata es de que producir en Francia sea tan rentable como importar y si los aranceles están prohibidos, habrá que recurrir a otras fórmulas para desanimar a quienes pretenden que un tornillo o una coliflor deban producirse allí en donde más barato sea…

Mientras el padre sostenía la necesidad de elevar la edad de jubilación, la hija propone justo lo contrario y lo argumenta: cuarenta años de trabajo son muchos años, no pueden ser más. La jubilación que pueda realizarse a los 60 años, no debe realizarse a los 65. No todo en la vida es trabajar y quien mucho ha trabajado también debe de vivir.

A lo largo de la campaña electoral, el Front National ha logrado conectar por primera vez con los intereses de algunos sectores profesionales, con los enseñantes, por ejemplo. Antes, el Front consideraba que los maestros y profesores eran cómplices en el hundimiento del sistema educativo. Ahora, en cambio, se les ve como víctimas de un sistema perverso generado por unos gobiernos que han querido privar a los jóvenes franceses de espíritu crítico. Y ese sector, que hasta hace poco estaba controlado por la izquierda, a partir de ahora ha visto un camino abierto y sincero en las tesis del Front National.

Podríamos seguir enumerando las diferencias entre lo que hemos dado en llamar “el viejo Front National” y los rasgos del “nuevo Front National”. Habrá otras ocasiones para hacerlo y, desde luego lo que proponemos es una relectura del programa del Front para percibir qué no solamente ha cambiado su imagen pública, sino sus contenidos y orientaciones.

Profundizar en esa línea política, no abandonarla, no temerla

Por supuesto, cuando una nueva línea política irrumpe, hace falta constatar en primer lugar si es coherente y en segundo lugar si llega al electorado. La segunda cuestión la confirman los mismos resultados electorales obtenidos en la primera vuelta y la derrota final de Sarkozy que se ha debido especialmente a la negativa de Marine Le Pen de apoyar al psicópata que durante sus cinco años de gobierno ha hecho de la mentira y el desprecio al electorado su norma habitual de comportamiento. Sobre la coherencia del programa, quedan por supuesto algunos elementos problemáticos.

Cuando se aborda una nueva línea política (y el Front National esto es lo que ha hecho) siempre subsiste la duda de si logrará captar a nuevos electores y sobre si los electores tradicionales no se sentirán decepcionados. Por otra parte, un partido no puede negar su propia identidad en un momento dado de su trayectoria. El Front National nació como partido de la derecha nacional y su actual trasversalismo no puede ignorar ese origen. En los años 80, buena parte del apoyo del Front procedía del electorado conservador. Ahora proceden más bien del electorado popular. En temas como el aborto las posiciones entre ambos electorados pueden ser contradictorias. Marine Le Pen propone en ese terreno la “libertad de la mujer para no abortar”, que no es justamente lo que los sectores católicos del Front proponen “¿aborto? En ningún caso”. Por otra parte, habría la línea divisoria entre el “sector estratégico” de la economía y la “iniciativa privada” son muy difusos y no siempre están claros.

Pero todas estas dudas son poco comparadas con los que el nuevo Front National ha aportado a la política francesa: nuevamente se vuelve a hablar de política, nuevamente hay debates en los que alguno de los participantes disiente del pensamiento único y de lo políticamente correcto, por primera vez en mucho tiempo, en décadas, no hay solamente una “única política económica” sino que alguien está planteando otra diferente y disonante. Lo “políticamente correcto” no es la ley ineluctable de todo programa político. Y, finalmente, alguien llama a las cosas por su nombre: la globalización ha fracasado, el mundialismo es una amenaza, la volatilidad de la economía un riesgo, los EEUU y el “atlantismo” una ruina, la amistad con Rusia un objetivo y el restablecimiento de un eje París-Berlín-Moscú, mucho más importante que el mantenimiento de una Unión Europea, experiencia que hoy puede darse también como próxima al fracaso de no tomarse medidas reformistas urgentes tanto en la estructura política de Europa, como en la económica y especialmente en el concepto de Euro y de Banco Central Europeo.

El tiempo juega a favor del Front National y de Marine Le Pen. En primer lugar porque el grueso de su electorado es joven y porque es la opción francesa más votada por los jóvenes. Lo que implica que, de saber mantener a este sector social, en apenas 5 ó 10 años, cuando el electorado de los partidos tradicionales vaya menguando y el del Front ampliándose con nuevas promociones de jóvenes, el tránsito a la segunda vuelta estará asegurado. Sea quien sea la mala bestia neoliberal que la derecha francesa puede presentar dentro de cinco años contra Hollande, lo que parece claro es que le resultará todavía más difícil evitar que Marine Le Pen pase a la segunda vuelta. Y, a medida que el Front vaya normalizando su presencia en la vida política francesa, las posibilidades de que en una confrontación en segunda vuelta el electorado opte por las opciones nuevas en lugar de por los dejà vû, cobra cada vez más cuerpo.

Quien ha vencido en estas elecciones es, una vez más, un residuo del pasado, la vieja forma de hacer política se resigna a morir, su última esperanza es un tipo parecido a Zapatero que no irá mejor en Francia de lo que fue en España y que en poco tiempo suscitará odios y protestas especialmente en un país mucho más dado a expresar ruidosamente y en la calle sus filias y sus fobias. Sarkozy era el ayer, Hollande (de quien dudamos que vaya mucho más allá de proponer calma y tranquilidad a las fórmulas neoliberales y a las exigencias tiránicas de destrucción del Estado del Bienestar emanadas por los mercados) es el fracaso anunciado. Marine Le Pen, la tercera fuerza de peso creciente entre quienes tienen un futuro por delante (los jóvenes) y, que, por tanto, también tiene futuro.

Y lo importante es que un cambio radical de política en Francia puede repercutir desdemonizando a opciones similares en el resto de Europa. Nuestra generación (los que tenemos entre 55 y 60 años) vimos caer a la URSS, algo que en nuestra juventud nunca creímos posible; ahora estamos asistiendo al derrumbe del imperio americano y a sus ominosas retiradas de Afganistán e Irak; nos queda, sin duda, ver como los regímenes políticos nacidos en la postguerra y llegados en el furgón de los vencedores, se disuelven como un azucarillo. Sólo esperamos tiempo y salud suficiente como para brindar en su entierro. Una nueva Europa puede nacer y probablemente Francia sea una de sus cunas.

© Ernesto Milà – infokrisis@yahoo.es

 

 

 

 

O Gran Acuerdo o Dictadura

O Gran Acuerdo o Dictadura

Infokrisis.- Resumo la situación: vivimos en una partidocracia acosada por los mercados, esto es, por los “señores del dinero”. El poder de los mercados es tan grande que ningún político, ni en España ni en Europa, se siente con ánimo de enfrentarse a ellos. Bastaría por ejemplo con que cualquier político manifestara una leve insinuación de que está dispuesto a tomar medidas contra la omnipotencia de los mercados o contra las agencias de ratting, sería inmediatamente objeto de una inmisericorde campaña de descrédito que no ahorraría mentiras, exageraría datos y situaciones reales y menoscabaría en un abrir y cerrar de ojos su imagen. Nadie, por su puesto, quiere arriesgarse a una campaña de este tipo (dejando aparte que en partidocracia, no están al frente de la cosa pública los mejores, sino los más rapaces, los más ambiciosos y frecuentemente los que tienen más cosas que ocultar). Y, por tanto, el egoísmo y el interés particular, habituales en toda partidocracia, una vez más, sepultan el interés general. Ningún gobierno europeo tomará medidas contra los mercados y las agencias de ratting… de lo que hay que deducir que la política de demolición del Estado del Bienestar y de privatizaciones a ultranza, los criterios neoliberales, la globalización y la omnipotencia del capital financiero, persistirán y aumentarán su presión sobre las poblaciones: y todo, porque la partidocracia es un régimen que no genera líderes, ni estadistas, sino apenas gestores oportunistas y mediocres.

La cuestión es cómo salir de este embrollo porque en ello nos jugamos el futuro. Y solamente hay dos caminos. El primero es lograr un GRAN ACUERDO NACIONAL, el otro una DICTADURA NACIONAL. Eso, o la dictadura de la barbarie impuesto por los “señores del dinero” con el beneplácito y la aquiescencia de los pusilánimes.

¿Qué es un Gran Acuerdo Nacional?

¿Qué entendemos por un “Gran Acuerdo Nacional”? Sería el pacto entre todas las fuerzas políticas sin exclusión presentes en el panorama político nacional y autonómico, de los sindicatos, de los grupos mediáticos y de los distintos estamentos que componen el país (colegios profesionales, judicatura, fuerzas armadas, mundo de la cultura, universidades), para defender el Estado del Bienestar y poner coto a las políticas neoliberales agresivas impuestas desde el núcleo duro de la UE en connivencia con los “mercados”.

Un acuerdo de este tipo implicaría que TODA LA NACION aceptaría como principio la defensa del Estado del Bienestar, la justicia distributiva y las políticas económicas que impliquen inversiones, creación de empleo y normalización económica. Es evidente que un acuerdo de este tipo implica la necesidad de abordar reformas tanto a nivel español como europeo y que la primera medida es romper con la globalización, crear áreas estratégicas de economía homogénea (Europa-Rusia) y ruptura con la globalización y con el libre tránsito de capitales y de mercancías. Sí, lo que estamos proponiendo es una economía proteccionista y lo más autosuficiente posible (especialmente en materia alimentaria y en altas tecnologías) en el marco de la Unión Europea extendida hasta Rusia. Y esto implicaría igualmente la propuesta de ruptura de la OTAN y la creación de un mando europeo de defensa desvinculado del Pentágono. Pero la dimensión europea sería una segunda fase del Gran Acuerdo Nacional: en la primera, de lo que se trataba es de que nuestro pueblo e incluso su clase política, tomara conciencia de que por encima de los partidos están las instituciones y por encima de ellas la ciudadanía: ninguna institución es legítima (por muy legal que fuera en 1978 cuando se aprobó la constitución) sino demuestra un mínimo de eficacia. Y la eficacia en política implica: bien común. El modelo a alcanzar es el Estado del Bienestar, no solamente su mantenimiento, sino su profundización.

Es indudable que esto implica abordar reformas urgentes en todo el país, especialmente en el sistema educativo y normalizar el mercado laboral minimizando al máximo el problema de la inmigración (mediante cierre de fronteras y repatriaciones masivas, consecuencia lógica de regularizaciones masivas insensatas realizadas en años anteriores y de esa infamante “regularización por arraigo” en la que las situaciones de ilegalidad se resuelven en apenas dos años transformando a quien ha vulnerado la ley de extranjería en inmigrante “con papeles”). El Estado del Bienestar es costoso y solamente puede mantenerse mediante una disciplina y una seriedad interna que excluya en primer lugar la llegada masiva de extranjeros que quieren aprovecharse de nuestro esfuerzo y del pago de nuestros impuestos y en segundo lugar la de parásitos que están dispuestos a beneficiarse de él sin aportar absolutamente nada.

El Estado del Bienestar implica necesariamente un alto grado de civismo y de formación humana y ética. Algo que hoy está completamente ausente. La moral del pelotazo, el parasitismo, la ley del mínimo esfuerzo y las excusas para haraganear, para beneficiarse servicios sociales que no se merecen y que se exigen sin contraprestaciones. Para eso hará falta modificar completamente el sistema educativo introduciendo los valores comunitarios, el valor del esfuerzo, del sacrificio, de la austeridad, del trabajo bien hecho, de la responsabilidad y del mérito. Y también es preciso que para acometer esta reforma exista un Gran Acuerdo Nacional que solamente puede partir del reconocimiento de que desde principios de los años 70, las doctrinas educativas nos han llevado de mal en peor hasta la cola de la educación en Europa.

Un Gran Acuerdo Nacional solamente puede surgir de un proceso catarsis de la sociedad española y de sus grupos dirigentes, así como del reconocimiento de que el régimen nacido en 1978 está atravesando su peor momento y es preciso introducir rectificaciones en todos los terrenos bajo la forma de una profunda reforma constitucional. Esto implicaría la reconciliación entre los partidos políticos mayoritarios y la sociedad: estos deberían de pedir disculpas por sus exacciones y reconocer lo que es un secreto a voces, que allí donde existe un partido político, allí hay un núcleo de corruptelas. Los partidos deben pedir disculpas a la sociedad por lo ocurrido en nuestro país en los últimos 25 años: programas incumplidos, burocratización, enriquecimientos ilícitos, mala gestión, proliferación desmesurada de niveles administrativos y cesión a las presiones del gran capital y de los mercados. No se trata solamente de un “acuerdo” entre fuerzas políticas, sino entre los distintos sectores de la sociedad, uno de los cuales son las fuerzas políticas que deben reconciliarse con la sociedad.

Un pacto de este tipo solamente puede cristalizar en un GOBIERNO DE SALVACION NACIONAL compuesto por técnicos y expertos imbuidos de indudable patriotismo. Es indudable de que en condiciones normales, una institución de este tipo debería ser presidida por el Jefe del Estado, el monarca, pero a la vista del deterioro de la institución monárquica y de la escasa personalidad del actual rey y de las nulas esperanzas de mejorar con su sucesor, es evidente que habría que recurrir a poner en barbecho temporalmente la institución monárquica, hasta decidir la forma de Estado, nombrando a un Regente en la persona de alguna personalidad de indudable patriotismo, no contaminado por escándalos de corrupción, ni por políticas partidocráticas y consciente de los riesgos que estamos atravesando en estas horas sombrías para nuestra patria.

Un Gran Acuerdo Nacional implica también que durante un período de tiempo en el que se consiga normalizar el país el sistema electoral debería quedar en suspenso y formarse una especie de “consejo consultivo” formado por representantes de todos los partidos y fuerzas sociales, sindicatos y patronal, estamentos (estudiantes y profesorado, fuerzas armadas, colegios profesionales) y asociaciones culturales. Las necesidades de planificar la economía a largo plazo hacen imposible la existencia de un parlamento sometido a vaivenes electorales cada cuatro años y, por otra parte, si de lo que se trata es de dar estabilidad interior a un país para evitar que la alta finanza y los “señores del dinero” sitúen sus cuñas (siempre hay traidores dispuestos a medrar a cambio de asumir su papel de vendepatrias odiosos) en la comunidad nacional y realicen un trabajo de disgregación del Gran Acuerdo Nacional.

Esta idea supone la asunción de un programa común para toda la nación. Este programa puede ser sintetizado en los siguientes puntos:

- Es preciso luchar contra la globalización económica y contra el mundialismo.

- Es preciso pensar en relocalizar la industria y en planificar la economía en función de los intereses nacionales.

- Es preciso salvar el Estado del Bienestar quebrando sin piedad el poder de sus adversarios.

- Es preciso aligerar la administración pública y abordar una profunda reforma constitucional que sea un verdadero proceso constituyente.

- Es preciso reformar la educación.

- Es preciso reconstruir un sector público que agrupa a servicios vitales para la comunidad y empresas de interés estratégico. Hay que abandonar las perniciosas ensoñaciones ultraliberales cuya aplicación nos ha llevado hasta la crisis en la que nos encontramos.

- Es preciso repatriar a los excedentes de inmigración y no albergar más inmigrantes que los estrictamente necesarios para el buen funcionamiento del mercado de trabajo.

- Es preciso pactar un período de entre 8 y 10 años en el que se apliquen todas estas reformas en el que las partes comprometidas se comprometen a no erosionarse unas a otras y a trabajar por el despertar de la nación.

- Es preciso, desde el punto de vista internacional, quebrar el vínculo con la OTAN y el atlantismo para evitar verse arrastrados por las aventuras coloniales norteamericanas, crear un mando militar europeo unificado. Es preciso trabajar por la construcción de un eje Madrid-París-Berlín-Moscú en el que el papel de España sea el puente con el mundo hispanoparlante. Es preciso renegociar el Tratado de Adhesión a la EU y cambiar las bases de funcionamiento del Banco Central Europeo, o bien abandonar el euro.

- Es preciso entender que en momentos de crisis, cuando lo que se juega es nuestro futuro y el de nuestros hijos, los egoísmos y los intereses de parte deben ser relegados a un plano muy secundario y es preciso concentrar esfuerzo en las políticas de reconstrucción nacional.

¿Qué es la Dictadura Nacional?

Podemos albergar las más serias dudas sobre la posibilidad de que las partes representativas de la Nación suscriban un Gran Acuerdo Nacional. Los egoísmos, la falta de visión de Estado, las políticas alicortas y las pequeñas ambiciones se han ido acumulando durante décadas especialmente en las fuerzas políticas, a lo que se unen los pequeños nacionalismos catalán y vasco, verdadero cáncer de la nación. Por lo tanto, si hemos diseñado las líneas por las que debería discurrir un Gran Acuerdo Nacional en pleno uso de la lógica y del sentido común, estas mismas facultades nos dicen que para la clase política la lógica por la que se mueve es la del lucro personal y el sentido común es siempre sustituido por el absurdo. No hay que ser optimistas porque, a fin de cuentas, son los actuales actores políticos, desde Aznar hasta Zapatero y desde Rajoy a Rubalcaba, los que nos han llevado a la situación en la que nos encontramos. Si hemos enunciado esa posibilidad es, porque implicaría los menores costes y una transición consensuada y tranquila hacia un nuevo modelo de Estado y de economía y, al mismo tiempo, lograría un plazo de tregua en las querellas intestinas entre los partidos hasta salir de la crisis.

Existe otra posibilidad. El electroshock. Técnica casi completamente abandonada por la neurología moderna, el electroshock partía de la base de que los comportamientos anómalos del cerebro se debían a conexiones neuronales erróneas. Así pues, de lo que se trataba era de provocar en el cerebro una ruptura de esa dinámica, un instante en el que las neuronas, mediante el paso de una corriente eléctrica rompieran las conexiones entre sí (conexiones, no se olvide, erróneas) y a partir de ahí volvieran a recuperarlas esperando que fuera de manera normal. El electroshock suponía un traumatismo cerebral para el paciente que, sin embargo, en un altísimo porcentaje se recuperaba totalmente o en parte. Eso es precisamente lo que precisa una sociedad que está inmersa en una crisis que ya no es coyuntural sino estructural.

Vivimos una situación muy similar a la de los primeros años de la Revolución Francesa de 1789 o durante el período posterior a la Revolución Soviética de 1917, cuando quienes se sentaban en el poder estaban literalmente asediados y respondieron con el terror, la guillotina y los fusilamientos… Solo que en la actualidad, no somos nosotros quienes afrontamos un período revolucionario, sino el mundialismo y la globalización. En 1989, con la caída del Muro de Berlín y luego con la Guerra de Kuwait, se produjo la primera revolución planetaria que llevó al poder a una nueva doctrina, el neoliberalismo, y a una nueva clase “los señores del dinero”, a través de una estructura de poder económico, el poder financiero. Pero ese nuevo sistema, esa verdadera revolución que empezó en las postrimerías del siglo XXI no funciona bien: esta crisis es la primera crisis de la globalización, el mundo globalizado es inviable porque es excesivamente diverso como para que las partes puedan competir con fair play y siempre, inevitablemente, la globalización arrastrará los salarios a la baja y generará miseria y desertización industrial en la mayor parte del mundo. Los “nuevos revolucionarios” tienen ahora necesidad de acelerar su proyecto de dominio planetario. Por eso están diezmando y acabando con los islotes de resistencia. Son las guerras que los EEUU han emprendido en los últimos quince años y que apuntan contra el corazón de los pueblos libres: son los bombardeos de la OTAN sobre Yugoslavia, son los ataques al régimen de los talibán que se habían estabilizado logrando disminuir la producción de heroína y pacificando el país salvo una pequeña franja del norte, fue el ataque contra Irak (es país de la región que contaba con el mejor sistema educativo y más permisivo que cualquier otro de la zona), fueron las ejecuciones de Milosevic, Saddam, de Ghadaffi, la fabricación del mito Bin Laden, los asesinatos masivos en autoatentados como el 11-S verdadero casus belli para desencadenar a nivel planetario una “estrategia de lucha contra el terrorismo”, las “primaveras del Este”, las “primaveras árabes” que terminaron siempre en fiascos o en guerra civiles, es la crisis económica creada artificialmente a través de las agencias de ratting y a través de fraudes a gran escala y la promoción deliberada de burbujas económicas, es la destrucción del Estado del Bienestar que apunta contra la nuca de todos nosotros, son las nuevas tecnologías  de la sanidad que solamente serán accesibles previo pago para quien se las pueda costear pero que estarán vedadas a la inmensa mayoría de la población… ¡POR ESO DECIMOS QUE EL “NUEVO ORDEN MUNDIAL” ESTÁ HACIENDO LO MISMO QUE LA REVOLUCIÓN RUSA Y LA REVOLUCIÓN FRANCESA EN EL PERÍODO DE LOS FUSILAMIENTOS Y LA GUILLTINA!

A un enemigo criminal y asesino no se le combate sino con sus mismas armas: con la fuerza y la contundencia, presentes en una lucha sin perdón que tendrá como fin la desaparición de las libertades y los valores tradicionales de nuestra civilización (y con ellos nuestra misma civilización). La lucha, digámoslo ya, es a muerte. Y los adversarios son irreconciliables: o con la civilización o con la barbarie. O con los “señores del dinero” en calidad de esclavos o con los que son como nosotros, los hombres y mujeres que aspiran a sobrevivir y a tener simplemente un lugar bajo el sol.

A la vista de la importancia de este combate vale la pena considerar la utilización de medios extremos. No es que el fin justifique los medios, sino que un solo fin (evitar la extinción de la llama de la civilización que heredamos sobre la tierra) justifica cualquier medio. Incluido la fuerza. De ahí la necesidad de que las fuerzas sanas de la Nación reaccionen a la altura del momento histórico que nos ha tocado vivir. Y esa reacción solamente puede ser de un impulso, como mínimo, superior al contrario si es que se pretende derrotarlo. No es un camino fácil, es lo que en alquimia se llama la “vía seca”, aquella que consiste en “tomar el cielo por asalto” y una vez allí depurar las escorias generadas en el interior del país (politicastros que sigan colocando el interés personal por encima del interés comunitario, quintacolumnista de la alta finanza, irresponsables que hacen el juego a los enemigos de la comunidad, y dogmáticos partidarios contra toda lógica del neoliberalismo, la globalización y la destrucción del Estado del Bienestar. Y cuando digo depurar, me refiero, efectivamente, a aplastar a los enemigos de la comunidad con la mista virulencia con que ellos están intentando asfixiarla.

Para que pueda darse una Dictadura Nacional es inevitable que existe el consenso al menos en un amplio sector de la sociedad, junto con sectores de la administración, técnicos, fuerzas armadas y de seguridad del Estado y al menos una parte sustancial de la clase política. En un momento en el que las instituciones se muestran absolutamente incapaces de aportar una salida en la medida en que desde su origen fueron concebidas para eternizar en el poder a una opción de centro-derecha y a otra de centro-izquierda incluso en el supuesto de que una o ambas cayeran en el mas absoluto descrédito a causa de protagonizar indecibles episodios de corrupción, en un momento en el que el gobierno de los EREs y el saqueo sistemático de los fondos públicos en Andalucía, gracias al sistema electoral vuelve otra vez a gobernar, en el momento en el que Rajoy aplica el “programa oculto” que todos sabíamos que existía y que nunca sacó a la superficie durante la campaña electoral, cuando el PSOE hace una oposición anclado en la más absoluta ignorancia de la realidad olvidando que hace seis meses todavía gobernaba en España y es tan culpable como Aznar del desmantelamiento del Estado del Bienestar, en un momento así, hay que pensar que, ante la falta de salidas y alternativas, una parte sustancial del país terminará protagonizando un estallido social. El hecho de que los analistas económicos reconozcan hoy que no habrá recuperación del empleo hasta los próximos años veinte y en un contexto de eliminación de prestaciones y servicios, hay que pensar que la revuelta social estallará a plazo fijo.

Una revuelta de este tipo llevará a saqueos de supermercados, enfrentamientos con los servicios de seguridad del Estado, provocaciones por parte de Interior y de organismos de inteligencia internacionales, disturbios generalizados y una situación de inestabilidad creciente del sistema. Optar por la represión ante esta oleada de disturbios será la opción del centro-izquierda y del centro-derecha, así como de los nacionalistas catalanes y vascos, la “banda de los cuatro”. Pero esa opción aumentará la conflictividad y generará una situación represiva al servicio del capital financiero internacional y para servir a la liquidación del Estado del Bienestar. Tenemos muy claro que entre optar por la represión propulsada por la “banda de los cuatro” y el estallido social, nosotros estaremos del lado de la protesta. Es una situación así solamente puede estarse a un lado de las barricadas. Y estas, tener por cierto, que se levantarán antes o después por mucha que sea la anestesia con que la “banda de los cuatro” induce a la narcosis social: entertaintment, drogas, deportes de masas, telebasura, etc.

En situaciones como las que se avecina la población está dividida en tres sectores: una pequeña minoría beneficiaria del status del momento (compuesta por dirigentes políticos y élites económicas), una gran mayoría silenciosa y una minoría operante que no duda en salir a la calle a defender los derechos de toda la comunidad. La protesta social terminará generando una “nueva legitimidad” que sustituirá a la legalidad emanada de la constitución de 1978 y que se tratará de cristalizar en un formidable movimiento de defensa de la comunidad. Este movimiento no podrá ser “ultrademocrático” como quiso ser el movimiento del 15-M, la asamblea y la discusión permanente solamente son admisibles entre gentes que no tienen las ideas claras sobre lo que hay que hacer, pero en un movimiento armado con una voluntad inquebrantable de llevar un programa de salvación nacional a la práctica. Este movimiento deberá ser jerárquico, vertical, organizado y la discusión solamente se realizará sobre las tácticas, nunca sobre los objetivos.

La posibilidad de una Dictadura Nacional emergerá en el momento en el que de la protesta social evidencie la necesidad de cristalizar en una opción de poder que ni respetará, ni a la que le interesarán las elecciones democráticas (¿puede ser democrático un sistema que permite la alternancia de partidos pero solamente admite una política económica en la práctica?), sino solamente la solución de los problemas. La gravedad de la crisis hará que toda la fraseología seudodemocrática utilizada hasta ahora para justificar lo injustificable (la pervivencia de las estructuras nacidas en 1978 a pesar de su evidente ineficacia y de su falta de talla para responder a la embestida de los mercados y del neoliberalismo e incluso para dar muestras de un mínimo de eficacia.

En el momento en el que se desencadene la protesta social hará falta restablecer el orden y calmar los ánimos y esto no estará al alcance de quienes han generado con sus errores y su pusilanimidad  la crisis. En ese momento hará falta que las fuerzas sanas del país (que antes hemos enumerado) se reúnan y proyecten un Programa de Salvación Nacional dotado de un programa similar el que hemos enunciado antes. En torno a un regente y bajo el control de las fuerzas sociales que participen en el movimiento deberá formarse un Gobierno de Unidad y Reconstrucción en torno a una personalidad enérgica y prestigiosa y formada por técnicos y expertos de indudable patriotismo y capacidad de gestión.

En ese contexto las fuerzas de seguridad del Estado y las Fuerzas Armadas deben reconocer de una vez por todas que ellos, sus miembros, figuran entre los damnificados por la globalización, que su lugar no está en defender a un sistema vendido a los “señores del dinero”, sino que está del lado de los que son como ellos. A estas unidades militares o militarizadas corresponderá la salvaguardia de la nueva legitimidad y la defensa de la población, pero también la represión contra quienes pretendan retornar a viejas legalidades superadas por los hechos o aquellos otros que actúen de mala fe al servicio de la alta finanza internacional y del capital financiero mundialista y globalizador. Y su pulso no debe temblar a la hora de los castigos ejemplares contra todos estos traidores e irresponsables. Si hace falta aplastar a la “contrarrevolución neoliberal” a sangre y fuego, es preciso que así sea.

Las libertades públicas quedarán reducidas a lo estrictamente necesario para evitar que el derecho a la libertad de expresión sea utilizado por los quintacolumnistas del neoliberalismo para fracturar el movimiento de renovación nacional. Será el momento de la reconstrucción, no el momento de la distracción, el momento de emprender un nuevo curso político-económico-social-cultural, no el momento de mirar atrás y recordar los tabúes que han permitido al neoliberalismo desmantelar el Estado del Bienestar y situarnos ante las puertas de una privatización generalizada de todos los bienes y servicios del Estado.

Será una Dictadura al servicio de la Nación, esto es al servicio de sus ciudadanos. Una Dictadura necesaria durante un corto período de tiempo para enderezar las cosas, trazar políticas de planificación e inversión a largo plazo, constituir un faro para otros países europeos, una Dictadura capaz de abrir un período constituyente y que entregará el poder cuando haya llegado a su fin. Una Dictadura fuerte para los enemigos de la Nación y de los ciudadanos y que exprese la voz de los damnificados de la globalización, de las clases trabajadores, de los pequeños empresarios, los jubilados y los jóvenes y las clases medias, no de la minoría de arribistas, aprovechados, politicastros corruptos y personal de servicio de los “señores del dinero”. Y contra estos no habrá piedad. El mayor crimen es el crimen concebible, el más odioso es, sin duda, el crimen contra la comunidad porque no se lesionan los derechos, intereses y bienes de una persona física, sino de todo un pueblo que es algo más que un momento puntual en la historia, es una suma de generaciones que han construido la nación y de las que vendrán en el futuro. Por eso resulta odioso e intolerable, reo de las mayores penas, quien defienda o trabaje para los que lesionan los intereses populares.

Estamos hablando de una Dictadura Nacional precisamente porque es una Dictadura para defender a la Nación, para salvaguardar los derechos de las clases populares que componen los sectores más sanos de la Nación.

Hace falta explicar porqué en este terreno solamente la fuerza es asumible. Actuar con debilidad supone dar alas a los enemigos de la Comunidad: ellos no dudarán en organizar campañas, comprar voluntades, organizar resistencias mercenarias, sabotear, calumniar, mentir, para acabar con la resistencia a la globalización. Hace falta, pues disuadir a quienes estén dispuestos a trabajar a favor de este plan miserable de que lo hagan: al mayor crimen, el crimen contra la Comunidad, corresponde el mayor castigo.

Conclusión

Nos gustaría presentar una tercera opción, más realista que la primera y menos radical que la segunda. Quien nos conoce bien sabe perfectamente que la tolerancia y el diálogo nos caracterizan, pero a su vez, nosotros sabemos que hay momentos en los que no puede cederse a hacer gala de un gran sentido democrático, cuando el enemigo de la Patria y de la Comunidad acecha y está dispuesto a llevar sus ajustes salvajes a la práctica. En esos momentos es cuando hay que actuar con decisión y contundencia.

Y más vale que nos vayamos haciendo a la idea que la salida a la actual crisis no va a ser suave, ni pacífica, ni tranquila: va a ser violenta, destructiva y excluyente. O ellos o nosotros. O Estado del Bienestar o Protectorado sin soberanía económica, con políticas mediatizadas e impuestas por la alta finanza, con una democracia que no es más que pura ficción… una palabra sin contenido.

No hay una tercera opción. No puede haber entendimiento entre las dos opciones, ni un punto de acuerdo. Los intereses populares están en contradicción flagrante con los intereses de los “señores del dinero” de la misma forma que las gacelas no pueden convivir con los leones. En lo personal nos en indiferente un Gran Acuerdo Nacional o una Dictadura Nacional, pero reconocemos la inexistencia de una tercera opción. Así pues, las posibilidades se reducen a tres: o la esclavitud, o el acuerdo nacional o la dictadura. No hay más. Y en realidad, se reducen a dos: todo o nada. Que nadie nos reproche que aspiremos al todo para nuestros hijos y para nuestra Comunidad.

© Ernesto Milá – infokrisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com