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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

CULTURA

¿Hay que prohibir los “toros” o los “castellers”?

¿Hay que prohibir los “toros” o los “castellers”?

Redacción.- Los antitaurinos no tienen el más mínimo inconveniente en llorar por la muerte de un toro y permanecer indiferentes cuando se arrancan masivamente fetos en el útero materno. No tienen el más mínimo inconveniente en llorar por el toro y permanecer indiferentes ante los lloros de los “anchenetas” que deben coronar los “castells”. Se dicen catalanistas, pero atacan a la fiesta tradicional de buena parte de Catalunya, los “correbous” y olvidan que buena parte de los mejores toreros de ayer y hoy, son catalanes. [éste artículo ha sido actualizado y revisado el 7 de julio de 2009, día de San Fermín, como tributo a los que prueban su valor corriendo detrás de los toros. Hay que decir que este artículo ha sido citado en una treintena de webs y blogs nacionalistas e independentistas y cubierto por todo tipo de improperios. Nos satisface: evidentemente, la intención de este artículo es tan provocadora como el sello de 1,50 pesetas con que lo hemos ilustrado, impreso durante el franquismo. ¿O alguien pensaba que nos interesaban los castellers? Quizás algunos términos con los que hemos apostrofado al nacionalismo parezcan excesivos; de hecho lo son, pero hay enemigos a los que se respeta y otros a los que se desprecia, adivinen la consideración que tengo para el nacionalismo y el independentismo]


La fiesta española es también la fiesta de Catalunya

Las plañideras de ERC y los comedores de forraje de ICV-EUiA-de-los-ferrocarriles-de-la-generalitat, han presentado casi medio millón de firmas contra las “corridas de toros”. Hace unos años, la tribu urbana dirigida por el hoy diputado de ERC, entonces dirigente de las JERC, Puigcercós, se entretuvo impunemente en desatornillar los paneles del “toro de Osborne” de toda Catalunya. En más de una ocasión, cuando el gran panel cayó sobre los sembrados, los propios agricultores catalanes, con espardenyas y faixa, corrieron a barretinazos a los “intrépidos” púberes de Ángel Colom i Colom, prominente miembro de la comunidad gay, cuyas historias vinculadas a desintoxicaciones de todo tipo circulaban ya desde los tiempos en los que era secretario general de ERC, justo antes de fundirse la VISA-Platino del partido y ausentarse sin dejar señas.

A las plañideras de ERC, en el fondo, les trae al fresco la “fiesta brava”, el toro y la integridad del torero. Lo que ocurre es que la fiesta se identifica con España y ellos son catalanistas e independentistas, así pues, todo lo que huela a España, por catalán que sea, debe ser zaherido, arrojado al estercolero y denostado como bárbaro. El problema no es que no les “gusten” las corridas de toros, es que no les gusta como producto de su fe política. El problema es que las corridas de toros son tan catalanas como españolas. Pequeño detalles que se les había escapado a estos “figuras” del pensamiento catalán.

Que sepamos –y no somos especialistas en corridas de toros- hubo plazas de toros en Barcelona desde el siglo XVII. Famosa fue, desde luego, la construida por el maestro de obras Fontseré a principios del siglo XIX, en el emplazamiento hasta hace poco ocupado por la Estación de Cercanías, en las inmediaciones del barrio de la Barceloneta. En aquel tiempo, era el lugar más céntrico de Barcelona y por eso se construyó allí. Esa plaza fue famosa, porque, a lo largo de todo el siglo XIX, se multiplicaron las corridas de toros con amplia asistencia de un público al que le gustaba jalear a los toreros nacidos en la tierra. Desde esa plaza, una tarde de julio de 1835, ante la mansedumbre de los toros y el calor bochornoso y húmedo de la tarde, se inició la bullanga que sumió en incendios y destrucciones a la parte baja de la ciudad. Más tarde se construyó la plaza de toros de las Arenas anexa al recinto de la Exposición Internacional de 1928 y la Plaza de Toros Monumental que aún existe y contra la que apuntan sus baterías los independentistas y ecolocos.

Cuando ERC te dice cómo debes divertirte

Los amigos de los animales tienen todo el derecho para manifestarse a favor del sufrimiento del toro. Harían mejor, desde luego, en experimentar el mismo dolor de un feto cuando se le arranca del claustro materno, pero, en fin, esta es otra historia. Tienen también derecho a manifestar su disconformidad, en el fondo, este es un país democrático y libre en donde cada cual tiene derecho a manifestar su opinión, por ridícula que sea.

Y, sobre todo, tienen el derecho, si no les gustan las corridas de toros, a no ir. Lo que no tienen el derecho es a prohibir la fiesta nacional, los correbous y los símbolos de España, en esta zona de España que se llama Catalunya. ERC, como antes CiU, nos dicta la lengua en la que imperiosamente debemos hablar, nos dice lo que debemos amar y rechazar, nos da una versión de la historia que, más que historia, es historieta, pero, que nos diga como debemos divertirnos o dejar de divertirnos es abusivo incluso para un independentista. Estamos hablando de ocio.

Hoy te dicen como debes divertirte, mañana terminarán imponiendo el menú vegetariano y adorando a la “vaca sagrada” como en la India (y conste que no nos referimos al 3% de mordida a la que tanto veneran y a la que tanto deben todos los que de la Generalitat viven y han vivido, vividores que les dicen…).

Un período dorado de la “fiesta nacional” en Catalunya

Serafín Marín ha triunfado. Es el torero de moda en este momento. Serafín Marín es catalán. Nació en Montcada i Reixac y es socio del Club Taurino de Sabadell. El otro domingo salió a hombros de la Monumental. En su cabeza lucía orgulloso una tradicional barretina catalana. Serafín Marín, de hecho, estaba escupiendo, sin hacerlo, a la cara de ERC y de los comedores de forraje de ICA-EUiA-de-los-ferrocarriles-de-la-generalitat. Se considera “torero catalán”. Es una figura de la fiesta. Una estrella ascendente. Para él, la “fiesta nacional” es tan catalana como española. Se merece, oreja y rabo. Y no nos referimos ni a la oreja de Carod-Rovira, ni al rabillo de Puigcercós. Nadie del PP, le aconsejó ponerse la barretina. Se la puso por el mismo motivo que se hacen todas las cosas en el arte del toreo: por instinto. En ERC, ese día, no daban crédito: “¿torero y catalán?”… Pues si. Un periodista le pregunta a Serafín: “¿Qué votaste en las últimas elecciones?”, y él responde: “En blanco, a los socialistas ni en pintura, vamos”. Un diez, para Serafín Marín.

Por cierto, “Finito”, el otro diestro que toreó con él, es también catalán. Finito es de Sabadell. Otro que siempre se ha manifestado español. Como antaño lo fue Joaquín Bernadó. Gran figura, fue éste Bernadó. Como “Chamaco”. O José Carlos Lima, discípulo de Palomo Linares y del propio Bernadó, afincado en Castelldefels. Y tantos otros.

Sólo un ignorante (o un imbécil, o una mezcla de ambos, esto es, un independentista) puede ignorar que los toreros catalanes han sido tan figuras como los que han nacido en las otras “Españas”. Y los aplausos catalanes han sido tan buenos como los aplausos de la Maestranza o de Vistalegre. A diferencia de la tontería independentista que está específicamente ligada a una forma de psiquismo extraviado y contradictorio. Y es que, en Catalunya, además de contra el 3% de mordida, hay muchas cosas para protestar. ¿Han oído hablar de los “castellers”, por ejemplo?

Más alto, más ligero… más leñazos

Desde hace una década los encuentros de castellers se obstinan en batir sus propios records, como si los catalanes de antes, fueran sólo una banda de mindundis, esmirriados, sin fuerza para levantar “castells” de más de seis pisos y ahora, los “veinticinco años de Generalitat” hayan creado una superraza catalana más fuerte, más alta y con un vigor más demostrado. En realidad, no es así, es justamente lo contrario.

Se levantan “castells” más altos porque los pisos superiores están formados por niños cada vez más pequeños. Más altos, si, pero porque pesan menos. Mientras que las bases del “castell” están formadas por tipos cuadrados y enfajados, a partir del segundo nivel, estamos hablando de chicos y chicas adolescentes que apenas superar los 40 kilos y en torno a 20, los últimos pisos y el sufrido “ancheneta”.

¿Qué ocurre? Frecuentemente, algo dramático. Hemos visto, personalmente, a los niños que “coronan” el “castell”, llorar mientras subían, por que no querían subir más alto. Les intimidaban los gritos del “cap de colla”, el público que gritaba todo tipo de frases, no siempre agradables de oír, ver como cambia el panorama a medida que se va ascendiendo por los pisos del “castell”, o las increpaciones del propio padre, de estricta observancia nacionalista, etc. Repito: hemos visto, y no un caso ni dos, a pobres críos, llorar, dudar y echarse atrás, a media ascensión, porque estaban literalmente asustados de afrontar lo que les quedaba para coronar un “castell”.

Es, sorprendente, que las asociaciones protectoras de la infancia, los defensores del menor y toda la patulea preocupada por los derechos humanos, los de las focas, los de la mosca de la patata y, por supuesto, los que sienten como propio (sin duda por lo cornúpetas que son y parecen) el “sufrimiento” del toro en el ruedo, se callen bochornosamente ante el riesgo, el miedo y los leñazos que sufren los “anchenetas” que coronan los “castells” tradicionales de Catalunya. Por que leñazos, haberlos, haylos.

Como media Catalunya se rompió el espinazo ante la mirada de la otra mitad

Hemos asistido a innumerables fiestas mayores y visto las evoluciones de decenas de “collas castelleras”. Así que sabemos de lo que hablamos. Hace poco estuvimos entreviendo la posibilidad de elaborar un libro de fotografías realizadas en este tipo de fiestas, que debería titularse “Como media Catalunya se partió en el espinazo ante el regocijo de la otra media”. En estos certámenes, eso es precisamente, lo que ocurre.

Los “castells” son una encomiable costumbre, relativamente tradicional, no excesivamente antigua, aparecida en algunas comarcas de Tarragona que luego, con la aparición del nacionalismo, se exportó al resto del Principado a efectos de reforzar una identidad difusa y un rasgo diferencial forzado… reservada, hasta hace poco, para hombres fuertes y recios, “fadrins” hechos de vigor de la tierra y “carn d'olla”. Sin embargo, hemos visto como se incluían chicas y adolescentes, no tanto por integrarlos en la fiesta, ni mucho menos por el prurito de la igualdad sexual, como para romper records de manera fraudulenta y abusiva.

Pero a pesar de los “estudios estructurales”, frecuentemente, los “castells”, “fan llenya”, esto es, se derrumban. El instante del derrumbe de un “castell” es fácilmente previsible: primero tiemblan, luego tiemblan más y, a partir de ahí, ya están todos preparando la caída durante unos interminables segundos. Porque la caída, finalmente, se produce. ¡Y qué caídas!

Llama la atención que el Canal 33 K-33, que inevitablemente suponen el acompañamiento de la “temporada de castellers”, sirve siempre las imágenes de las caídas, pues, no en vano, dan cierto morbo a la competición (en estos concursos se suelen resolver y poner de manifiesto las tradicionales rivalidades entre poblaciones catalanas vecinas y, los de una villa, celebran jubilosos, el leñazo de los castellers de la población rival), pero jamás, y somos tajantes, jamás, sirven los planos medios en las que podrían percibirse las expresiones de dolor, de miedo y de tensión angustiosa, que se producen justo cuando todos los cuerpos han tocado tierra o han caído sobre alguien

Es evidente, que los operadores y realizadores de Canal 33, no actúan por su cuenta, evitando las escenas de dolor, las luxaciones de músculos, las roturas de huesos (costillas, clavículas, brazos, vértebras, etc.), es evidente que siguen las consignas del “censor” y del “comisario político”, que siempre, inevitablemente, actúa en los medios de comunicación catalanes y que, en este terreno, tiende a demostrar que los “castelles” es una actividad inocua, festiva, lúdica, sin ningún tipo de riesgo y en el que todos sus participantes, gozan, incluso cuando caen de 8 metros de altura. La “solidaridad catalana”, el “hacer país”, que simbolizan perfectamente los brazos extendidos que sostienen a la base del “castell” y que constituyen el único amortiguador, es una muestra de esta actividad, en la que se opera el milagro de que nadie caído de 8 metros de altura, sufre el más mínimo daño.

Y daños, haberlos, haylos.

¿Una diversión inócua?

Quien diga que los “castellers” son una costumbre inocua, inofensiva e inocente, miente como un bellaco. Ya hemos dicho que –a pesar de que las cámaras de Canal 33 huyan de los accidentes, eviten incluso dar imágenes de las expresiones de dolor y de las roturas de clavículas y brazos que se producen al "fer llenya"– estos se producen con frecuencia. Abundan los “castells que fan llenya” (castillos que se caen) y las luxaciones y roturas de huesos. En ocasiones son dramáticas. Por que, a más de un “casteller”, se ha roto la columna vertebral y ha terminado con las cervicales pulverizadas, desde entonces, acude a las concentraciones en silla de ruedas

Por no hablar de Mariona Galindo, de 12 años, murió como consecuencia de un traumatismo craneoencefálico que sufrió el pasado 23 de julio de 2006 al caerse de un castell de nueve pisos durante la fiesta mayor de Mataró. El accidente se produjo cuando el grupo estaba a punto de coronar la torre. No tardó en estallar la polémica sobre el posible peligro de los castells. En los últimos 150 años, sólo había habido dos casos de accidentes mortales de castellers. O al menos eso es lo dice la Generalitat.

Está claro que cualquier deporte implica un riesgo y que, cuando un adulto, acepta subirse encima de otros cinco, y arriesgarse a descender a plomo, para que le caigan encima otros cuatro pisos… está en su derecho democrático de partirse la crisma, cuando guste y como guste. Pero, habría mucho que hablar sobre si un adolescente, impulsado por sus padres, por sus hermanos, no muy convencido o convencido del todo, puede subir a más de diez metros de altura para mayor gloria de su “colla castellera” y del departamento de traumatología del hospital más próximo.

Resulta curioso que quienes se preocupan tanto por la salud del toro de lidia, les traiga al fresco, la salud de los “anchenetas” que coronan las torres. Los "niños de la Generalitat" son mayores de edad para asistir a unos festejos como actores activos a más de 10 metros de altura, pero tienen prohibido ver los toros desde la barrera. Dos pesos, dos medidas y una sola estupidez.

Prueba de la peligrosidad de esta actividad, es que las “collas castelleras” cubren la salud de sus miembros con un seguro no precisamente barato. El ayuntamiento de Vvila-Seca, por cierto, acordó hace poco la concesión de una subvención de 175.000 pesetas a la “colla castellera” de la localidad para cubrir parte del seguro en caso de accidente. Y no hay que negar que las aseguradoras si que saben valorar sus riesgos...

La falta de redaños del independentismo y el gobierno de los “castrati”

El nacionalismo es un estado de espíritu. Un estado irracional, habría que añadir. El independentismo, es ese estado llevado al límite de la irracionalidad. El independentismo terrorista, la irracionalidad hecha salvajismo. Pero en toda forma de nacionalismo, lo irracional está anidado en su psicología más profunda. Para servidor, que ama la ciencia, la racionalidad y el orden, el nacionalismo es una bicha reptante, repugnante y que segrega la baba fétida, venenosa y maloliente del independentismo. No es raro que detrás de todo nacionalista haya un personaje acomplejado perseguido por terrores de los que solamente le reconforta el pensar que pertenece a una comunidad completamente diferente a cualquier otra.

De entre todos los nacionalismos aparecidos en las Españas, el catalán es, sin duda, el más cobarde y conejil. Cuando se planta cara al nacionalismo catalán, recula, en todas las acepciones del verbo "recular". En Catalunya no ha cuajado nada parecido a ETA, no porque faltarán ganas, ni vocaciones (intento ha habido todos los que se quiera desde los años veinte), sino porque faltaban caracteres y redaños. Los grupos terroristas en Catalunya han sido poco más que una broma, frecuentemente, más peligrosa para sus propios militantes que para el público en general. “Terre Lliure”,  por citar al último, tuvo cuatro muertos propios, tres de los cuales fallecieron al estallarles la bomba que intentaban colocar. y el primero –Martí Marcó– por que no se acababa de atrever a arrojar una bomba sobre la delegación del gobierno, pasó tres veces con el coche delante del guardia de la puerta y éste termino reparando en él. Al darle el alto, pisó el gas y recibió una ráfaga de ametralladora. De haber sobrevivido se habría enterado que el terrorismo no era lo suyo. El resto, deben de agradecer a la Guardia Civil que los detuviera antes de las Olimpiadas del 92, o hubieran terminado saltando por los aires, a tenor de lo inútiles que eran como “terroristas”. Antes, hubo otros intentos.

Hubo un FAC del que las malas lenguas decían que fue estructurado por los medios próximos al nacionalismo moderado, a fin de tener un “ala radical” similar a ETA. El FAC, nunca fueron más de 15 personas, todas detenidas en 1974, después de matar a un pobre Guardia Civil que custodiaba la Delegación de Hacienda de Barcelona. Sin olvidar la anciana sobre la que se desplomó el edificio en el que Terra Lliure había colocado un explosivo, falleciendo en el acto. Puig Antich resultó agarrotado en 1973, después de asesinar a un policía y de practicar una docena de atracos con la presunta intención de financiar una “biblioteca obrera” y la intención real de vivir como anarquista o así.  La "teoría" política que había detrás de Puig Antich era confusa, superficial, mal definida y peor proyectada. Detrás del MIL no había nada. Luego hubo algo de terrorismo anarquista en Catalunya, en la transición, frecuentemente teledirigido desde las alcantarillas más profundas del Estado. ETA ha reclutado en Catalunya e incluso en distintas épocas, ha colaborado con grupos independentistas catalanes (el PSAN, por ejemplo en los años 70). De esa colaboración, ETA ha perdido, históricamente, militantes, armas, infraestructura y todo lo que podía perder, incluso la camisa. Finalmente, renunciaron a cualquier colaboración con medios independentistas catalanes, a la vista del pobre resultado que daban como militantes.

Y luego estaban los “imaginativos”. Por ejemplo, en 1976, el exalcalde de Barcelona, Viola Sauret y el industrial Joaquín Bultó, fueron asesinados con el repugnante método de colocarles una bomba en el pecho a la espera de que pagaran un rescate. Los asesinos fueron detenidos y esto llevó a la desarticulación de EPOCA, el Exercit Popular de Catalunya, cuya presunta responsabilidad recayó sobre un venerable abuelete, que en su ancianidad todavía era un destacado exponente del escultismo catalán de la preguerra. Omitimos su nombre, por respeto al fallecido, pero no el recuerdo de aquellos crímenes repugnantes y de sus víctimas. Al ser detenidos los asesinos, literalmente, se cagaron en los pantalones.

La tradición de la autocagada se repitió de nuevo cuando resultaron detenidos como tres docenas de miembros y exmiembros de Terra Lliure. Caso notable fue el de aquel “líder” de Terra Lliure –volvemos a omitir el nombre por respeto al chaval, luego devenido fotógrafo de un semanario catalán- que realizó un atraco a un estanco y la estanquera lo vio tan nervioso que prefirió hacerle pasar a la trastienda, darle un vaso de agua, un tranquilizante y animarle un poco, por que el chaval se había venido abajo en pleno atraco… Volvió a derrumbarse ocho años después, cuando lo detuvieron. Por cierto, en aquella ocasión, el "capitán araña", que les embarcó a todos, un histórico del independentismo catalán, que para colmo se apellidaba Castellanos (ironías de la vida), no fue molestado a petición de las autoridades de la Generalitat y se limitó a “refugiarse en Catalunya Nord” durante el verano del 92. Terrorista de pastel, de opereta y organizaciones radicales de Pin y Pon.

Todo lo cual no es óbice para que los niños díscolos del independentismo radical, parezca que se coman el mundo con poses ultrarradicales, tras las cual lo que hay son meras crisis de pubertad y sarpullidos de una adolescencia mal digerida y de una falta de competitividad social que les impulsa a la marginalidad. Lo dicho, el nacionalismo catalán, carece de redaños. Claro está que el gobierno ZPlus tiene todavía menos. Es el gobierno de los “castrati”. Por eso se entienden bien: “yo nada y tú menos”.

El nacionalismo y el independentismo catalán han establecido una imagen propia de Catalunya hecha a medida de sus mitos psicológicos: culpabilizar al “otro” (a “España”) de cualquier carencia, el narcisismo ensimismador hacia lo propia y la caricatura abusiva hacia el “otro” (Catalunya es “seria”, España es un país de charanga y pandereta), la recreación de una historia-ficción en donde personajillos de escaso calado o más bien nefastos son elevado al rango de héroes nacionales (ese pobre diablo de Companys, seguramente el político más nefasto, ambicioso, mediocre que dio el siglo XX catalán), o cuya figura histórica ha sido adulterada hasta la saciedad y hasta extremos ridículos (Rafael de Casanovas, que luchaba por "otra idea de España"), en un “país” de ficción, cuyas fronteras se extienden hasta donde nunca existieron (“de Fraga a Mahón y de Salses a Guardamar”), y, finalmente, creer en el paraíso independentista final, comparable al Edén Bíblico (“donde esté la Catalunya libre y plena, allí está el Edén").

Pues bien, “Papá independentista” se cuida de sus “hijos”, incluso de los más díscolos e intenta educarlos: decirnos lo que debemos hablar, la tasa que debemos sufrir para mantener el ritmo de vida de “papá” (el  famoso 3%), no importa que “papá” sea alcohólico o acomplejado, lo que importa es que él nos “quiere bien”, nos quiere educar en sus valores, y como padre autoritario que es, a los que nos resbala su visión nacionalista, nos pretende educar, con la misma intolerancia que el estalisnismo educaba a los residentes en el GULAG. Vale, el independentismo es así, una forma de paranoia en la que la idea obsesiva es “Madrid es culpable, Catalunya rica y plena”. Vale, son nacionalistas, están enfermos. No dan más de sí. Pero que pretendan prohibir cualquier forma de ocio… nos parece abusivo incluso para el cerebro autoritario de un independentista.

Fíjense en nosotros, nos encanta ver los “castellers” y jamás se nos ocurriría pedir al Defensor del Menor, la prohibición de esa fiesta –subvencionada hasta la saciedad, por cierto, por todos los escalones de la administración catalana– pues, no en vano, reconocemos la libertad de cualquiera para subirse encima de otro y, a la postre partirse la crisma. Eso es lo que nos diferencia a “ellos” y a “nosotros”. Y que sea por muchos años.

© Ernesto Milá – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

El Palmar de Troya: así empezó todo...

El Palmar de Troya: así empezó todo... Redacción.- La muerte del "anti-Papa Clemente", fundador de la secta de El Palmar de Troya, nos sirve como excusa para viajar al origen del fenómeno: la consagración realizada por el obispo católico Monseñor Ngo Dinh Thuc, que elevó a la categoría de "obispo" a Clemente Domínguez. La ordenación, considerada, desde el punto de vista de la ortodoxia fue "válida, pero ilícita" y, a partir de ella, se inicia la portentosa y loca aventura del antipapa de El Palmar de Troya.

Debió ser un clérigo oriental, es decir, ajeno al núcleo originario de la cristiandad -Occidente- quien estuviera en el origen de lo que, a pesar suyo, constituye una disidencia. Se trata de Monseñor Ngo Dinh Thuc.

UN MANDARIN EN LA IGLESIA

Este sorprendente obispo vietnamita nació en Phu-Cam el 6 de octubre de 1897 en el seno de una familia de origen mandarín y profundamente católica. A los doce años ingresó en el seminario de Anninh y luego prosiguió sus estudios en el de Hué, para culminarlos en Roma y París. Obtuvo los doctorados en filosofía, teología y en Derecho Canónico por la Universidad Gregoriana y será también diplomado en la Sorbonne. Desde su juventud fue un hombre tan discreto como brillante. El 20 de octubre de 1925 fue ordenado sacerdote y volvió a Hué en 1927 como profesor de seminario.

A finales de los años 20, el Vaticano creó un episcopado autónomo en el sudeste asiático y eligió a Monseñor Thuc para ser el tercer obispo vietnamita, siendo consagrado el 4 de mayo de 1938 por Monseñor Dumortier, vicario apostólico de Saigón . Monseñor Thuc fue particularmente activo en la diócesis de Vinh-Long, confiada a sus cuidados pastorales. Inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, fundó en Dalat, la primera universidad católica de Indochina.

En 1954, Ngo-Dinh-Diem, hermano de Monseñor Thuc, se convirtió en jefe de gobierno y al año siguiente fue nombrado primer jefe de Estado y Presidente de Vietnam del Sur. Católico y nacionalista, se opuso duramente al dominio francés. El 2 de noviembre de 1960, Monseñor Thuc recibe el título de Arzobispo de Hué y el de Asistente al Trono Pontificio. Con la apertura el Concilio Vaticano II partió a Roma; ese viaje resultó providencial para que Monseñor Thuc sobreviviera a la matanza que acabó con toda su familia. El Presidente Diem fue derribado por un golpe de Estado el 1º de noviembre de 1963 y masacrado con toda su familia. Esas ejecuciones marcaron el inicio histórico de la guerra del Vietnnam. Incluso sus adversarios vietnamitas consideran que Monseñor Thuc fue un “excelente obispo”, pero, por razones obvias, jamás pudo reintegrarse a su diócesis y comenzó sus años de exilio.

TRAGICO ERROR EN EL PALMAR DE TROYA

El 17 de febrero de 1978, Paulo VI lo obligó a dimitir. Desprovisto de pensión vivió en la más absoluta miseria en Roma, Casamari y Arpino, ayudando a los sacerdotes en sus ministerios respectivos, hasta que algunos clérigos que había conocido en Ecône le invitaron a desplazarse al Palmar de Troya en España en la Navidad de 1975. Allí parecían producirse apariciones marianas (que jamás han sido reconocidas por la Iglesia) y la Virgen emitía “mensajes” particularmente anti-modernistas que alertaban a los fieles contra las nuevas orientaciones conciliares y las reformas litúrgicas.

No queda establecido que Monseñor Thuc diera crédito a las apariciones, pero si es cierto que constató el carácter, aparentemente tradicional, de la congregación fundada por Clemente Domínguez. Fue éste el motivo por el que consagró a Clemente y a otros cuatro miembros de su comunidad, primero como diáconos y sacerdotes y luego como obispos el 11 de enero de 1976.

Este gesto obligó a Paulo VI a lanzar el mandato de excomunión contra Monseñor Thuc. Algunos sacerdotes afectos al Vaticano le dieron a conocer nuevos documentos sobre la personalidad de Clemente Domínguez y lo improbable de sus visiones. Estos documentos y testimonios, junto a la evolución del sevillano, le hicieron romper y condenar a la iglesia palmariana. Hecho esto, inmediatamente la absolución. La Iglesia Palmariana quedó como una extraña aventura personal de Clemente Domínguez, situada en el terreno de la anécdota y lo sainetesco que perpetúa el error de apreciación del obispo vietnamita, pues, a la postre, la Iglesia Palmariana encuentra su legitimidad en sus consagraciones.

Tras este incidente se retiró a Toulon donde vivió en una pequeña habitación en situación de extrema pobreza. Sin embargo, poco tiempo después, entraron en contacto con él algunos católicos tradicionalistas, formándose un círculo muy cerrado y extremadamente discreto de discusión sobre los peligros que acechaban a la Iglesia. Uno de los asistentes a estas reuniones, Jean Laboire, fue consagrado obispo en secreto por Monseñor Thuc.
Posteriormente, conoce a un grupo tradicionalista de Munich que está en contacto con un sacerdote francés, el padre Guérard des Lauriers, un sostenedor de la misa tridentina, convencido de que la Sede Vaticana estaba vacante. Guérard será consagrado obispo el 7 de mayo de 1981 y en octubre de ese mismo año consagrará a dos sacerdotes mejicanos. A pesar de las apariencias, estas consagraciones apostólicas son radicalmente diferentes a las oficiadas en El Palmar, varias se realizaron sobre personalidades tradicionalistas de reconocido prestigio en la Iglesia. Tal es el caso de Monseñor Guérard des Lauriers.

EL PADRE GUERARD DES LAURIERS

Nacido en Suresnes en 1898, realizó brillantes estudios de ingeniería en la prestigiosa Escuela Politécnica de París y luego en la Escuela Normal Superior. En 1924 pasó a ser profesor titular de Matemáticas, pero dos años después, ingresó en la Orden de los Dominicos. El 29 de julio de 1931 fue ordenado sacerdote por el obispo de Tounai. Los veinte primeros años de su ministerio transcurrieron discretamente; el padre Guérard cumplió con lo que se esperaba de él; aprende y lee hasta convertirse en un hábil polemista cuyos escritos destilan oposición contra los despuntes de la nueva teología. Teilhard du Charden, los modernistas y lubacistas, son considerados por él como enemigos de la Iglesia.

Tras el conciclio, en 1969, elaborará el primer examen crítico sobre la nueva liturgia y se adherirá a las tesis de los cardenales Bacci y Ottaviani. Poco a poco, ira perfilando la idea de la "Sede vacante". El Padre Guérard des Lauriers sostuvo que, a partir de Paulo VI, los papas han profesado la herejia modernista y por tanto, al hacerlo, dejaban de ser papas "sustancialmente", para serlo solo "materialmente". La tesis así resumida es, sin embargo, compleja y delicada desde el punto de vista teológico. Fue inicialmente publicada en los "Cahiers de Cassiaciacum" y tiene la virtud de ser la primera refutación completa, desde el punto de vista teológico, de la legitimidad de los últimos papas. A partir de aquí y de la actividad de Monseñor Thuc, cobra forma la corriente "sedevacantista" que hasta ese momento solo había sido un estado de ánimo de una pequeña fracción integrista radical. Los seguidores del Padre Guérard des Lauriers sostienen que hasta ese momento solo existía un sedevacantismo que definen como "puro y duro": el Papa ha sido elegido fraudulentamente por un colegio cardenalicio indigno y a su vez fraudulento o degenerado. Tal juicio carecía de fundamentación teológica y se basaba en rumores, opiniones subjetivas o simplemente juicios temenarios. En buena medida, las tesis "sedevacantistas" que sostendrá a partir de principios de los años 80, Monseñor Thuc, se basarán en los estudios teológicos del Padre Guérard. En una carta enviada hacia finales de su vida a un correligionario, pareció variar sensiblemente su opinión y endurecer su postura, negando que Juan Pablo II -a quien llamaba simplemente con la "W" de Wojtila- fuera ni siquiera papa "materialiter", es decir, negando toda legalidad y legitimidad a su elección. La carta -mencionada en el Web consagrado al Padre Guérard- indica que este teólogo siguió analizando la situación del Vaticano hasta el final de sus días y cuando falleció distaba mucho de haber completado el estudio; sin embargo, lo esencial de la materia estaba ya tratado: "Como ésto no cambia nada en relación a lo que por el momento debemos hacer -sigue el Padre Guérard en su carta-, espero aun antes de plantear públicamente la cuestión".
Finalmente, el Padre Guérard será consagrado obispo por Monseñor Thuc en 1981 y consagrará a su vez a otros tres obispos. Morirá el 27 de febrero de 1988 a la edad de 90 años. Sin embargo son muchos los católicos "sedevacantistas" que recuerdan su vida, su obra y que, diez años después de su muerte, siguen sosteniendo sus ideas. En Italia el "Instituto Mater Boni Consilii", manifiesta una vitalidad inusitada con la edición de una revista periódica, "Sodalitium", que tiene también su traducción electrónica en Internet. Sin embargo son los obispos norteamericanos, consagrados por Guérard des Lauriers, quienes se muestran más dinámicos y con mayor capacidad de crecimiento en el momento de escribir estas líneas. Poco despues de su muerte publicaron un documento que resume los puntos esenciales del "sedevacantismo" .

El documento comienza afirmando que la Iglesia vive una situación excepcional -"la privación de un verdadero Pontífica"- y que, por tanto, corresponde adoptar medidas igualmente excepcionales. "Aunque en ausencia formal del soberano pontífice legítimo no reivindicamos para nosotros mismos la jurisdicción, es decir, el poder de gobernar propio a los Ordinarios diocesanos, sin embargo, en tanto que legítimamente consagrados para continuar la misión apostólica en ausencia formal de soberano pontífice, tenemos, no solo los poderes sacramentales del episcopado, sino también el encargo de la enseñanza inherente y propia de éste. En virtud de esto llamamos al clero y a los fieles a unirse a nosotros para rechazar, como totalmente ilícitas, las reformas instituidas por el llamado concilio Vaticano II o nacidas de él y, según la unición del Apóstol, "guardar fielmente las tradiciones" (...) La tradición sagrada, la tenemos, como enseña la Iglesia, como guardiana e intérprete de la verdad católica, expresando en sí misma el magisterio infalible de la Iglesia cuya autenticidad garantiza".

Posteriormente el documento señala a la bestia negra del "sedevacantismo", las corrients ecuménicas surgidas del Concilio. "Este veneno que es el Ecumenismo se revela de forma evidente en el nuevo culto nacido del concilio, es decir en la misa del "nuevo orden" (...) Todo se ha protestantizado manifiestamente. Todo lo que constituía la marca propia y la belleza del catolicismo, representado por la sacro-santa lengua latina de la Iglesia en Occidente, ha sido despiadadamente suprimido de las antiguas oraciones litúrgicas". Señalan luego que los males que habían previsto desde la conclusión del Concilio y el establecimiento de la nueva liturgia, "no hacen más que acrecentarse (...) La anarquía, tanto doctrinal como disciplinaria, invade con frenesí escuelas y parroquias y resultan incontables los escándalos perpetrados por los sacerdotes y los obispos apóstatas". Ven "pueblo de Cristo" disperso y desorientado, señalan la quiebra de las vocaciones, la reducción de los asistentes a los oficios religiosos, la eclosión de las sectas, defecciones en el clero y en los monasterios, la "vida religiosa prácticamente destruida". La concepción del papel de la Iglesia como una parte del "Pueblo de Dios" y las relaciones entre católicos y protestantes, merecen las invectivas de estos obispos disidentes: "La era introducida por el concilio lleva las marcas de la gran apostasía que debe preceder al advenimiento del Anticristo, predicho por Pablo en la Segunda Epístola a los Thesalonicenses". Cualquier componenda debe ser rechazada: "La conciencia católica no puede aceptar el compromiso. No podemos, como pretenden algunos, reconocer la autoridad divina en los papas conciliares de una parte, y al mismo tiempo desobedecerles bajo pretexto de que su enseñanza no es infalible". Reconocen luego la dificultad que estriba en solicitar a los sacerdotes que abandonen sus parroquias y se adhieran a la disciplina estricta de los católicos tradicionales. Pero los principios son irrenunciables: "La Fe no puede ser comprometida. La profesión y la práctica externas de la fe deben estar en plena conformidad con la verdad de la enseñanza católica". Recuerdan que hubo muchos católicos que en la Inglaterra de Enrique VIII rechazaron, al precio de su vida, la escisión anglicana e hicieron profesión pública de su fe. Proponen a los católicos que se nieguen a participar en los nuevos ritos, incluso aunque se trate de misas en latín en las que se celebre la comunión con el "falso papa y los obispos que le sirven".

Entonces ¿qué pueden hacer los fieles? Hay lugar para la esperanza: "Todo esto no implica que no haya solución y que no se pueda practicar la fe más que en privado. Cuando no se pueda asegurar los servicios de un sacerdote fiel, vemos una solución en el rezo del Santo Rosario. Nadie perecerá si tiene auténtica devoción al Rosario. Se debería recitarlo no solo en privado y en familia, sino también en común, sobre todo en domingo y en compañía de otros católicos. Así la obligación de culto público sería realizado de la mejor manera posible mientras fuera imposible celebrar la misa (...) El deseo ferviente y explícito de recibir la santa comunión puede obtener una gran parte de las gracias que da el sacramento. Al mismo tiempo la doctrina y la espiritualidad católicas ortodoxas deben ser buscadas en los libros que ostentan el imprimatur oficial de la Iglesia anterior al Concilio Vativano II. En cuanto a los niños, es preciso enseñarles las bases del catecismo católico tradicional, e incluso bautizarlos, si no hay otro remedio, en ausencia de un sacerdote católico".

Era inevitable que los católicos "sedevacantistas" terminaran preguntádose la razón de las causas que afligen hoy a la Iglesia. ¿Por qué está crisis? ¿por qué la Iglesia afronta su desintegración? ¿es la voluntad de Dios? La respuesta demuestra que el mensage de Fátima y de La Salette sigue vivo entre estos católicos tradicionalistas. Son las culpas de los fieles las que han acarreado el castigo de Dios, es la relajación del clero y los pecados de la humanidad lo que ha obrado la retracción de la protección divina a la Iglesia. No hay otro culpable que el pueblo de Dios y solo un "verdadero pastor" (un verdadero Papa) será capaz de restaurar la Iglesia en todo su esplendor.

El mensaje causó impacto en la facción tradicionalista de la Iglesia se vió engrosada por nuevas adhesiones. Fue así como la obra del Padre Guérard y de Monseñor Thuc continuó en la "Congregation of Mary Immaculate Queen" de Mount Saint Michael en Spkane y en otras instituciones menores similares. La congregación regenta la no despreciable cifra de una treintena de capillas dirigidas por los obispos McKenna y Pivarunas. Este último dirige el seminario "Mater Dei" en Nebraska. A esta comunidad pertenece un laico notable y signicativo, el Doctor Rama P. Coomaraswamy, hijo de Ananda K. Coomaraswamy, uno de los discípulos más destacados de René Guenon.

OBRA Y TRAGEDIA DE MONSEÑOR THUC

Compartiendo las doctrinas del Padre Guérard, Monseñor Thuc, a principios de 1982 declarará públicamente en Munich que Juan Pablo II no es verdadero Papa y que la sede está vacante. El documento firmado el 25 de febrero dice textualmente: "¿Qué nos parece la Iglesia Católica de nuestros días? En roma, reina el "papa" Juan -pablo II, asistido por el Colegio Cardenalicio, así como por un gran número de obispos y prelados. Fuera de Roma, la Iglesia Católica precía floreciente con sus sacerdotes y obispos. Los católicos son numéricamente importantes. Cada día, la Misa se celebra en gran número de Iglesias y, el día del Señor, las iglesias acojen a un gran número de fieles para asistir a la Santa Misa y recibir la Comunión...

Pero a ojos de Dios ¿cómo se presenta la Iglesia actual? estas misas cotidianas y dominicales ¿son agradables a Dios? En ningún caso, por que esta misa es idéntica para los católicos como para los protesantes. Por esta razón, no es agradable a Dios y es inválida. La Misa agradable a Dios es la Misa de San Pío V que celebran el pequeño número de sacerdotes y obispos de los que formo parte. Por ello, en la medida en que me sea posible, abriré un seminario para los candidatos a un sacerdocio agradable a Dios.

En además de "Misa" que ofende a Dios, hay numerosos elementos que son objeto de un rechazo por parte de Dios, por ejemplo en la ordenación sacerdotal, en la consagradación episcopal, en los sacramentos de Confirmación y Extremaución.

Además, estos "sacerdotes" citados antes profesan:

1) El Modernismo.
2) Un falso ecumenismo.
3) El culto al Hombre.
4) El indiferentismo religioso
5) El rechazo a condenar herejes y la excomunión de los heréticos.

Es por ello que, en mi calidad de obispo de la Iglesia Católico Romana, juzgo que la Sede de la Iglesia Católica en Roma está vacante y que es mi deber de obispo hacer todo lo posible para que la Iglesia Católico Romana perduce en vistas de la salvación eterna de las almas".

De regreso a Francia, consagrará un nuevo obispo y viajará a Estados Unidos. Residirá durante algunos meses en el monasterio de un obispo de su linaje donde será literalmente secuestrado por vietnamitas católicos residentes en EE.UU. Durante más de un año y medio nadie sabrá nada de él hasta que el 11 de julio de 1985, el “Osservatore Romano” publica una “retractación” de su declaración de Munich, así como una “petición de perdón” para sus consagraciones “ilegítimas”. El mismo diario pontificio publicó la muerte del obispo vietnamita en su edición del 13 de diciembre de 1985. Algunos testimonio afirman que Monseñor Thuc fue asesinado por sus secuestradores quienes le habrían introducido azúcar en su alimentación, mortal para un diabético como él. Sea como fuere, su nombre no fue jamás retirado del Anuario Pontificio, contrariamente al de Monseñor Lefevre que desapareció a partir de 1988 .

En total los obispos consagrdos por Monseñor Thuc fueron 15, consagrando estos a un total de 43 obispos.

LO LEGAL Y LO LICITO EN LAS CONSAGRACIONES

Las consagraciones de Monseñor Lefevre, Thuc o Guérard des Lauriers ¿son válidas? ¿son lícitas? ¿y las de los obispos por ellos consagrados? Uno de los obispos disidentes consagrados por Monseñor Thuc dedicó un libro a tratar sobre la cuestión que, efectivamente, ha preocupado a estos católicos sinceros, como antes había preocupado a los "veterocatólicos" o a los "católicos liberales".

Para alcanzar sus fines la Iglesia , históricamente ha debido dotarse de ministros. Cada ministro tiene un poder, emanado de Dios y transmitido hasta él por medio de ritos específicos , regulares. Remontando esta transmisión llegaríamos a San Pedro y a la misión conferida por Jesucristo. Gracias a esta transmisión, el sacerdote recibe un carácter indeleble que le confiere tres poder:

- poder doctrinal, para la enseñanza de la doctrina de la iglesia y de la teología.
- poder sacerdotal para impartir los sacramentos y realizar los ritos sagrados.
- poder judicial para el bien común y el bien particular .

En los primeros años de la Iglesia Primitiva la dirección espiritual de las comunidades cristianas se encargaba a los ancianos, presbíteros o "episcopos". Poco a poco, la función de los rectores de estas comunidades fue asumiendo rasgos similares a los que conservan en la actualidad. A partir del siglo XI, en los escritos de Ignacio de Antioquía se definen los rasgos de los "episcopos" como idénticos a los "obispos" actuales. Ya en esa época aparecen dos tendencias que se afirman pronto en la concepción del episcopado: "la tradición paulina -sigue Monseñor de La Thibauderia"- caracterizada por San Agustín y que marca el catolicismo occidental (romano) y la tradición juanista, ilustrada por San Cipriano y que explica la posición del catolicismo oriental (ortodoxo). La primera está en la perspectiva del misterio de la redención universal. Uno solo había muerto para todos, es preciso que el mundo tome conciencia de su unidad en Cristo, único jefe de la humanidad redimida y que cede todo particularismo local". Toda la Iglesia depende, según esta concepción, de una cabeza única, factor de unidad y control, el obispo de Roma. En esta perspectiva San Agustín afirma que los poderes de orden una vez conferidos no pueden, en ningún caso, ser retirados . En la Iglesia Oriental todo gira en torno a la cuestión del "filioque". La vida eterna gira en torno al Padre manifesado, es el misterio de la Encarnación al que es preciso que los hombres se adhieran para unirse al Padre y al Hijo. Así pues, en cada comunidad se cristaliza en torno a un ministro, imagen viviente de esta unidad mística. Según esta perspectiva solo existe Obispo cuando existe Eklesia, unión de los fieles.

Así pues, sigue argumentando Monseñor de a Thibauderie, la discusión sobre la validez de los obispos consagrados, puede plantearse solo dentro de la perspectiva del catolicismo romano, pero carece de sentido en la Iglesia Ortodoxa: un obispo sin grey, sin Eklesia, es impensable.

La consagración episcopal otorga el poder de Orden y el de Jurisdicción. En tanto que deriva directamente de Cristo, el poder de Orden es "inmediato e inalienable". La Iglesia actual considera que los obispos no son vicarios del Papa, sino sucesores de los Apóstoles que conducen una grey. El poder de jurisdicción les permite gobernar la Iglesia mediante la autoridad que reciben. La cuestión es, si desde esta perspectiva ¿es posible concebir un obispo sin Iglesia?. La respuesta es ampliamente positiva y no falta la casuística: obispos dimisionarios, obispos titulares, obispos depuestos... también hay casos de obispos que tomaron posesión de su sede antes de recibir consagración, vicarios apostólicos, capitulares, etc., unos tienen poder de orden sin jurisdicción, en los otros ocurre lo contrario.

Desde la Edad Media se estima que el poder de orden es indeleble en los obispos que lo han recibido , dado que la consagración episcopal confiere igualmente una alta "potestas ordinis" que la Igesla no da en su nombre personal, sino en nombre de Cristo. "Los obispos heréticos en virtud de su poder de orden, puede pues consagrar válidamente, aunque pueden no hacerlo lícitamente, pues en tanto que apóstatas pierden el uso de su autoridad".

En las consagraciones episcopales normales griegas y ortodoxos se requiere que participen tres obispos, pero los teólogos -recuerda Monseñor de la Thibauderie- católicos no están de acuerdo sobre este punto. Unos declaran que son necesarios dos o tres obispos y que ni siquiera una dispensa papal puede suplirlos. Otros sostienen que basta con un obispo mientras actúe con autorización del Papa. La tercera opción teológica considera que de los tres obispos, solo uno es quien opera la consagración, siendo los otros dos, simples testigos. En caso de faltar los testigos, la consagración sería válida pero ilícita y otro tanto ocurriría si no existiera la autorización papal.
Otras circunstancia, como la edad o incluso el estado previo a la consagración, no entran en juego. Desde Trento, solo se exige que el candidato haya recibido el sacramento de la Confirmación y el propio Santo Tomás negó que fuera preciso ser ordenado antes sacerdote o diácono para poder ser promovido a la condición de Obispo. Sin embargo, teólogos posteriores pusieron en duda esta opinión. La tradición de la Iglesia, a partir de Bellarmino, tendió a que los obispos fueran previamente sacerdotes, lo que implica que consagraciones realizadas sobre laicos son válidas, pero ilícitas. Tal es el caso de buena parte de los obispos consagrados por Monseñor Ngo Dhim Thuc. Pero los "sedevacantistas" más radicales ven las cosas de otra forma. Para ellos las consagraciones del obispo disidente y las que, a su vez, han realizado los obispos así consagrados, son "válidas y lícitas". El argumento sobre la validez es el mismo que el utilizado por Monseñor de La Thibauderie, pero el relativo a la licitud, varía en la medida en que los "sedevacantistas" sostienen que no hay un Papa en Roma, por lo tanto, difícilmente la autoridad ausente podría autorizar la consagración . Los "sedevacantistas" destacan que Monseñor Thuc estaba en plenitud de facultades, incluso lúcido, cuando realizó las consagraciones episcopales; en las ceremonias mantuvo una observación estricta de los ritos, tal como pueden atestiguar las pocas personas que estuvieron presentes.

Aun en el supuesto de que las retractaciones que le atribuyen los medios vaticanistas, fueran ciertas, esto no implicaría que las consagraciones que realizó antes fueran inválidas. Diferente es el caso de las consagraciones realizadas en El Palmar de Troya; Monseñor Thuc, no solo se retractó acto seguido, sino que, además, las consagraciones realizadas por Clemente Domínguez, se realizaron sin el más mínimo respeto y consideración por los ritos; su adulteración supuso que las consagraciones eran inválidas. En cuanto a lo clandestino de las consagraciones de Monseñor Thuc, los "sedevacantistas" arguyen que Pío XI, por necesidades obvias, consagró, sin luz ni taquígrafos, a algunos obispos que debían desarrollar su ministerio en la URSS. Son las circunstancias las que permiten que la consagración se realice de una manera u otra, es aspecto, en cualquier caso, parece secundario desde cualquier punto de vista, en la medida en que, a pesar de no tratarse de consagraciones públicas, existieron testigos cualificados.

Tras la desaparición de Monseñor Thuc, el sedevacantismo radicalizó sus posiciones y se dedicó a una lucha inmisericorde -y aparentemente incomprensible- contra otros sectores tradicionalistas, en especial contra Lefevre. Es lo propio de la marginalidad, la lucha fraccional.

(C) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es"

Los Gays vistos por un Hétero: habla el autor

Los Gays vistos por un Hétero: habla el autor Redacción.- Acaba de aparecer la segunda edición de “Los Gays vistos por un hétero”, subtitulado “pros y [RE]contras” de Rafael Pi. Aprovechamos esta segunda edición para entrevistar al autor y que nos explique las líneas centrales de este libro polémico, así como sus próximos proyectos literarios. Realmente, hemos reído con la lectura de "Los Gays vistos por un hétero".

[El libro "Los Gays vistos por un hétero" de Editorial PYRE, puede ser adquirido en Tienda PYRE y así contribuirás al mantenimiento de este blog]


P.- Después de tu libro “¿Fumas porros, gilipollas?”, abordas ahora la cuestión de los gays… ¿es que te satisface particularmente apuntar a la línea de flotación del progresismo más acrisolado?

R.- Hay que estar allí en donde se producen los despuntes más extremos de la filosofía “progresista”. Uno de ellos es, indudablemente, el “antiprohibicionismo”, esto es la doctrina de la manga ancha en materia de estupefacientes. El progresismo, experimenta una particular tendencia a aceptar el uso de haschisch y, deliberadamente, confunde el uso terapéutico con el uso lúdico-festivo.

P.- ¿…y no es lo mismo?

R.- En absoluto. Un petardo de cannabis contiene en torno a 60 productos diferentes, solo uno de los cuáles puede contribuir a paliar los efectos de algunas enfermedades. Es un sedante que suele utilizarse en dolencias con una alta componente de dolor. Ahora bien, el resto de componentes químicos del cannabis son tan peligrosos o más que los que contiene el tabaco. Resulta grotesco ver como los progresistas protagonizan las más radicales campañas contra el uso del tabaco, mientras que, por otra parte, incitan a fumar… porros. Pero es inútil plantearse el por qué de tanta inconsistencia: simplemente son así.

P.- Ahora afrontas el segundo caballo de batalla del progresismo: los derechos de los homosexuales…

R.- Si, creo que vale la pena abordar el tema, desde el mismo punto de vista que utilicé en “¿Fumas porros, gilipollas?”, es decir, cogiendo el toro por los cuernos y utilizando una perspectiva racional y razonable, alejada de criterios religiosos y, no por qué no tengan importancia, sino por que vivimos una sociedad progresivamente más laicizada, y enfocar la cuestión desde un punto de vista que pueda entender toda la sociedad y no sólo los fieles de una determinada confesión religiosa que, por lo demás, ya ha hecho pública su oposición a la escalada gay.

P.- ¿No compartes las críticas de la jerarquía católica hacia el mundo gay?

R.- Digamos simplemente que examino la cuestión desde otra perspectiva.

P.- ¿Cuál?

R.-El libro “Los Gays, vistos por un hétero” es, en realidad, la búsqueda de un paradigma de normalidad. Repito: de n-o-r-m-a-l-i-d-a-d. La transformación de nuestra sociedad a partir de los años 60 ha hecho que se pierda todo criterio de normalidad. Si se pierde la perspectiva, como hacen los progresistas, es posible caer en cualquier exceso e incoherencia.

P.- ¿Y cuál es el fundamento del paradigma de normalidad?

R.- Se basa en algo tan sencillo como la naturaleza humana. Somos animales racionales y como toda especie animal estamos sometidos a una serie de leyes definidas por la biología, el primero de las cuales es el principio de la supervivencia de la especie. Y eso, querido amigo, solamente puede realizarse a través de algo tan simple y elemental como es el coito. Está claro que la investigación científica ha hecho posible la fecundación in vitro y demás medidas para paliar problemas de infertilidad… pero se trata de un recurso límite, una especie de “ultima ratio” a la que se recurre cuando no existe una situación “normal”. Así pues, para cumplir el instinto de reproducción de la especie y de supervivencia de la misma, lo “normal” es aceptar la heterosexualidad como norma.

P.- Y el resto de opciones sexuales, son… ¿anormales?

R.- La palabra “anormalidad” es quizás inadecuada. Habría que hablar, más bien, de” distintos niveles de alejamiento del centro de normalidad”. Está claro, que determinadas prácticas sexuales o parafilias, se sitúan en posiciones tan extremas que podemos hablar, sin riesgo a ser malentendidos, de “anormalidad” pura y simple.

P.- ¿Dónde sitúas el amor en todo este tema? En el fondo, los gays se aman…

R.- Mal asunto esto del amor. Es un invento relativamente reciente que procede de la revolución sentimental del siglo XIX. Hasta entonces el amor entraba poco en la formación de las parejas. La gente se casaba para perpetuar el linaje, forjar alianzas familiares, ampliar el patrimonio o, simplemente, para tener una descendencia. Si, una vez casados, aparecía el “amor”, mejor que mejor. El amor es un nexo débil y quebradizo. Primero aparece como pasión, luego la pasión se atenúa y, finalmente, aparece otra pasión… pero fijada en otro cuerpo. Antes no ocurría eso: se distinguía perfectamente entre la “madre” y la “amante”, entre Venus, diosa del amor, y Démeter, diosa de la familia.

P.- Pero esta moral sexual fue condenada por el cristianismo…

R.- Si, pero en la posición cristiana hay un elemento interesante: formula a las claras el principio de que es necesario dominar el sexo y no ser dominado por él. El cristianismo lo hace exaltando los valores de la familia y de la fidelidad conyugal y, para los que han elegido la vía sacerdotal, la castidad pura y simple. Ahora bien, detrás de todo esto, no hay que ver un régimen de represiones o de hábitos pacatos, sino más bien un intento de ser dueños de la propia sexualidad, tener una capacidad de control sobre ella y gobernarla… en lugar de ser gobernados por el sexo. Julius Evola la explicó que hay que distinguir entre la “libertad sexual” y la “lidertad del sexo”. En este sentido, la Iglesia tiende a lo segundo.

P.- Pero, al mismo tiempo, limita el principio del placer.

R.- En cierto sentido, pero hay que matizar. El principio del placer está presente en la naturaleza humana, así que negarlo es un puro sinsentido. Está ligado al principio de la supervivencia de la especie. Lo he dicho antes: somos animales racionales, tenemos conciencia de nosotros mismos, esto es lo que nos difiere de otras especies animales; y, por lo mismo, tenemos la noción de gozo y placer; en este sentido, el principio de la supervivencia de la especie está, inevitablemente, ligado al del placer, al de un placer físico y orgiástico. La doctrina de la Iglesia, en aras de un gobierno sobre lo instintivo, limita el principio del placer a la procreación. Aquí reside el punto central de la discusión: habitualmente, el uso de la sexualidad excede, incluso en las familias más católicas, el número de hijos tenidos. Por otra parte, controlar y gobernar la sexualidad, no implica reducir al máximo su utilización, sino simplemente, no dejarse arrastrar por el sexo hasta hacer de él el centro de la existencia y la única preocupación. No te olvides que vivimos lo que puede definirse como un proceso de pansexualización en donde hasta para vender un coche o una chocolatina los publicistas recurren a estímulos sexuales.

P.- Me ha llamado la atención tu repaso a la mitología gay

R.- Si, a mi también me ha gustado escribir sobre este tema. El universo gay se ha creado una mitología a su medida en donde los símbolos evidencian estados de ánimo. Luego, los propios gays reconducen esos símbolos, los intelectualizan y les dan simbolismos sociales que… nada tienen que ver con la realidad. Por ejemplo, el símbolo del marino que ejerce una fascinación particular sobre los gays. Ya se sabe lo de aquella cancioncilla: “... el vino en un barco, de nombre extranjero”. Los iconos gays muestran a marinos musculosos y de formas abultadas, penes amorcillados. Para ellos, el marino es el gay quintaesenciado. Es un extranjero que llega a un país, a menudo hostil, en busca del amor… del amor gay, por supuesto. Los gays explican que el mito del marino evidencia el ostracismo sexual al que han sido sometidos. Ese simbolismo queda reforzado por el ambiente de barrio chino en el que transcurren estas historias y se sitúan tales iconos: su sordidez sería el producto de la marginación que ha pesado sobre el mundo gay.

P.- Hay un concepto que tratas ampliamente: el de “espacios situacionales homófilos”…

R.- Efectivamente, un espacio situacional homófilo es, presuntamente, aquel que favocere “de suyo”, la homosexualidad. Un barco, por ejemplo: los marinos, jóvenes y bellos, sin mujeres a bordo, sintiendo la presión de sus hormonas, tenderían a aproximarse unos a otros y fraguarían relaciones amorosas y eróticas. La cárcel sería otro espacio situacional homófilo… Bien, yo he conocido ambos espacios, como tu sabes, y no he visto ni en la cárcel –en la que he estado, como tú, por motivos políticos- ni en los barcos, más homosexualidad que en cualquier otro lugar de la sociedad. Se trata de un mito: no existen los espacios situacionales homófilos, más allá de los creados en el propio ambiente gay. Esto es más evidente en la transformación producida de los guetos en zonas gays. Para mí, no existe más “espacio situacional homófilo” que las zonas gays de moda en las grandes ciudades.

P.- En lo personal, ¿tienes alguna reserva u hostilidad hacia el medio gay?

R.- Pues no. En realidad, en la empresa privada he tenido como colaboradores a distintos gays la relación ha sido correcta. No hay ningún tipo de animosidad personal, pero si un compromiso social: en efecto, si no se afirma una situación de “normalidad” –que, en el fondo, es lo que he intentado- nuestra sociedad corre el riesgo de salir triturada. Ese proceso está en marcha desde la “revolución sexual” de los años 60 y en el último año de gobierno de ZPlus ha tomado una velocidad asindótica.

P.- ¿Por qué crees que Zapatero tiene una tendencia a beneficiar al mundo gay?

R.- Vamos a ver, los gays hoy tienen una situación social mejor a otros períodos, no gracias a sus “reivindicaciones y luchas”, sino gracias a que se han convertido en un segmento del mercado. A partir de que, a finales de los años 70, Calvin Klein, una marca de calzoncillos entre otras muchas, descubriera que entre un 3 y un 5% de la población respondían a estímulos gays, pasaron a realizar unas políticas de marketing y publicidad enfocadas hacia ellos. El PSOE, descubrió tempranamente, que apoyándose en distintas minorías podría alcanzar… la mayoría. En 1982, el PSOE centró su campaña en conquistar el voto de dos millones de porreros. A partir de ese momento, el problema de las drogas se desmadró. Actualmente, el gobierno de ZPlus se apoya en una pequeña ventaja y en el soporte de partidos de escasa credibilidad. Le interesa a ZPlus ampliar esa ínfima ventaja apuntando hacia colectivos gays y feministas y para ello ha puesto un énfasis prioritario en seducirlos.

P.- En algún punto tocas las prácticas sexuales gays, pero no pareces darle mucha importancia…

R.- No se trata de eso, se trata de que es un tema demasiado evidente como para extenderse. Te lo resumo. Eso del amor entre gays está muy bien y es muy legítimo y, etc, etc… todo lo cual no quita que la forma en la que se expresa ese amor, sea una guarrada. Lo lamento, pero nadie me va a convencer de que la penetración anal es tan “normal”, como las prácticas sexuales heterosexuales. El ano no es particularmente un lugar adaptado para la penetración, ni tiene un lubrificación particular. Digamos que no es un “entorno amigable” para la sexualidad… ahora bien, es la forma en la que cristaliza una relación erótica homófila. No es raro que en la literatura y los ensayos sobre los gays realizados por gays, eludan este sórdido tema. En lugar de eso prefieren grandes alegatos a favor de la hemofilia y la cultura gay.

P.- Por cierto, ¿estás de acuerdo en la existencia de una “cultura gay”?

R.- No, es otra broma. Hacen gracia los historiadores gays cuando rastrean en la historia a intelectuales y artistas solteros o de los que no se conocen relaciones con el otro sexo… los señalan y dicen: “son gays”. Y, por tanto, deducción abusiva, toda su producción forma parte de la “cultura gay”. En realidad, todo es mucho más pobre. No hay más cultura gay que unas cuantas novelitas, frecuentemente intrascendentes, en las que el tema gay aparece como tal. ¿Y el resto? Cuando a la cultura se le colocan adjetivos –“cultura gay”, “cultura feminista”, etc.- mal asunto. La cultura es cultura a secar. O no lo es: cuando se habla de “contracultura”, por ejemplo, en realidad de lo que se está hablando es de “subcultura” o “infracultura”. No existe cultura gay, acabemos, como tampoco existe una “cultura sadomasoquista”, o una “cultura pedófila”, o una “cultura exhibicionista”…

P.- Por último, ¿por qué crees que en este momento hay más gays que en cualquier otro momento de la historia?

R.- No creo que haya que exagerar, hay sólo algo más homosexualidad que antes, y tu me preguntarás ¿a qué puede deberse? Los gays responden: “gracias a que cada vez vivimos un mayor régimen de libertad y un mayor nivel cultural”. Es discutible. En mi opinión somos química y la ingestión de determinados productos y hormonas a través de algo tan habitual como el agua que bebemos, o algunos conservantes, afectan a nuestra sexualidad: hoy se sabe que se están produciendo cambios en la conformación de la sexualidad humana a causa de los aditivos que ingerimos: a las niñas les crecen antes los pechos y tienen antes las primeras menstruaciones, a los niños, los espermatozoides, desde muy pequeños, van perdiendo movilidad. Hay aditivos que desvirilizan y feminizan. Desde este punto de vista, el aumento de la homosexualidad sería una derivada de los aspectos más problemáticos de la vida moderna. Nada, desde luego, de lo que alegrarse. Cualquier desequilibrio hormonal es considerado como una enfermedad… cualquiera, salvo la homosexualidad. Bueno, creo que sería cuestión de abordar el tema, nuevamente, desde el punto de vista clínico, aunque sea políticamente incorrecto afirmarlo y rubricarlo.

P.- ¿Cuál va a ser tu próximo libro? ¿irá en la misma dirección que los dos últimos?

R.- Hay un tema que me interesa particularmente, las fuerzas armadas, la defensa y el servicio militar. Creo que este es otro frente en el que el progresismo ha hecho desmanes que han terminado por liquidar cualquier posibilidad de que exista una defensa nacional digna de tal nombre. Y, no lo olvidemos, la paz y la armonía universal no existe, es un invento de las doctrinas humanitaristas del siglo XIX, lo que existe es la competencia entre las naciones y entre los bloques geopolíticos. Solamente un cretino puede pensar en el “diálogo de civilizaciones” (¿te sueno, no?). Las civilizaciones no dialogan: se enfrentan. Hoy hay un choque de civilizaciones, innegable. Y lo peor es que no se produce entre dos bloques sino que está ocurriendo, aquí y ahora, en el corazón mismo de la vieja Europa. Mi próximo libro va a ser un ensayo, como los dos anteriores, con concesiones a lo hilarante, destinado a desmitificar el pacifismo y la objeción de conciencia y sostener la necesidad de una defensa nacional digna de tal nombre.

P.- Lo leeremos con cariño…


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© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

El joven Gaudí, la restauración de Poblet y la masonería

El joven Gaudí, la restauración de Poblet y la masonería Redacción.- Traemos un nuevo artículo sobre Antonio Gaudí. Alude a su juventud en Reus y a su ambiente. El clima de laicismo masónico que compartió con sus amigos y que les llevó a programar la reconstrucción del monasterio de Poblet… pero no a la restauración del culto. Así mismo, en el curso de aquella restauración Gaudí y sus amigos se topó con una tumba providencial.

Capítulo I.

La restauración de Poblet y los amigos del Gaudí Joven

Nuestra historia empieza cuando tres adolescentes acaban de saltar la tapia de la abadía de Poblet, abandonada primero, destruida y saqueada después, y se pasean por la Iglesia en la que no queda de valor, más que las piedras talladas con maestría, para realzar la grandiosidad del lugar. Uno de los adolescentes es un modesto hijo de caldereros con unos ojos azules, penetrantes e hipnóticos. Se llama Antonio Gaudí. Junto a sus dos amigos, recorren, una tras otra, las capillas desmanteladas. En la del Santo Sepulcro, en el lado del Evangelio, les llama la atención los altorrelieves de una de las tres sepulturas cuyas losas tapizan el suelo; no es desde luego la del abad Juan de Guimerá que ganó el derecho a estar enterrado allí al haber costeado los gastos de la capilla, ni la de un doctor que yace a su lado, cuyo oficio puede comprobarse por los instrumentos de la ciencia médica que muestra la losa, sino la tercera, que pertenecía a un caballero de nombra extranjero. De retorno a su casa, debieron preguntar quién era el desconocido que figuraba sin relieve alguno. En el cenobio derruido de Poblet, Gaudí inicia su portentosa aventura.

* * *

Estamos ahora en el Londres de principios del siglo XVIII. Una ciudad de calles abigarradas que vivía uno de los períodos más libertinos de la historia de Inglaterra; fue entonces cuando los londinenses bebieron más pintas de buena cerveza y se entregaron al hedonismo más absoluto. De hecho, las tabernas eran los lugares de reunión de las más variadas asociaciones y círculos intelectuales. Algún crítico ha dicho que las tabernas no son el lugar más adecuado para la espiritualidad y la cultura, sin embargo, en uno de esos centros nació la masonería moderna (1). Pero había otras tabernas, donde acudía gente con menos preocupaciones filosóficas.

Cuando Christopher Wren (2)[i] dimitía de su cargo al frente de las hermandades de constructores y los protestantes realizaban su sigiloso entrismo en esas logias, en algunas tabernas de alta alcurnia se reunían jóvenes libertinos con ganas de alternar orgías con bromas pesadas. Se llamó a estos centros "Hell Fire Clubs", Clubs del Fuego del Infierno. Para hacer gala a su nombre, blasfemar era una obligación a la que se comprometían sus miembros; ateos impenitentes, se daban a sí mismos “nombres iniciáticos" relacionados con sus presuntas o reales cualidades amatorias ("Jhonny pijo largo", "Lady Vagina", "Mary Orgasmos", “Edwards Treshuevos”, etc) e imponían a sus miembros un brindis al diablo en noche de luna llena y en el interior de un cementerio, como rito de admisión. A partir de 1720, los Clubs del Fuego del Infierno experimentaron un crecimiento espectacular en un tiempo que la masonería seguía casi con sus mismos efectivos que en 1717, cuando se creó la Gran Logia Unida de Londres en la Taberna del Ganso y la Parrilla.

El ídolo de todos estos clubs, no era otro que el joven Duque Philip de Wharton, un personaje, oportunista, provocador, alcohólico, libertino y, globalmente, depravado. Sus vaivenes políticos le llevaron a jurar fidelidad a Jacobo III en Avignon, cuando apenas tenía 18 años, aprovechando la ocasión para sacarle 2000 libras a la viuda de Jacobo II (2), cuando ésta residía en Saint Germain en Laye; la cantidad fue suficiente para convertirlo, en poco tiempo, en el mejor conocedor de los burdeles de París. Pero nada le impidió, de regreso a Inglaterra, tomar partido por la causa contraria. Su comportamiento fue progresivamente más escandaloso, sin duda, trastornado por el alcoholismo que le pasaría factura en la segunda parte de su vida. Tan escandalosas maneras, conocidas de todos, no fueron óbice para que se le admitiera en la masonería (a pesar de exigir a sus miembros que fueran “hombres libres y de buenas costumbres”). No tardaría en crear problemas a la recién creada institución en la que logró escalar, muy pronto, hasta la cúpula.

El 25 de marzo de 1722, la Gran Logia de Londres sostuvo la candidatura del Duque de Montagu para ocupar el cargo de Gran Maestre. Montagu no era santo de la devoción del Duque de Wharton, así que éste decidió impedir la elección. Clavel, historiador masónico por excelencia, cuenta la significativa anécdota que ocurrió: "El 21 de junio [Wharton] convocó una gran asamblea, para la cual había hecho preparar un suntuoso banquete. Estando ya en los postres, y por consiguiente, cuando ya las cabezas estaban algo acaloradas con los vapores del vino, que se había servido con profusión, los partidarios de Wharton, tomando a un tiempo la palabra, atacaron vivamente la reelección del Duque de Montagu, que reputaron como un acto impolítico y suficiente para desalentar a los hermanos, cuyo acto e influencia social podían ser empleados en beneficio de la masonería (...) Los partidarios de Wharton obtuvieron un triunfo completo, resultando aquél elegido por unanimidad" (3).

Todo volvió a la normalidad cuando la Gran Logia declaró nulo e irregular un procedimiento tan expeditivo para nombrar Grandes Maestres. Montagu se comportó moderadamente y, en la asamblea convocada para resolver el contencioso, renunció a su cargo en beneficio de Wharton. Clavel explica que "su administración fue sumamente favorable para la sociedad. El número de logias se aumentó considerablemente en Londres y en los demás condados y la Gran Logia se vio obligada a crear el oficio de Gran Secretario, a fin de poder despachar la correspondencia" (4).

Su recuerdo se mantiene aun en la masonería española cuya Logia de Investigación (en un tiempo financiada por Mario Conde), dependiente de la Gran Logia de España, lleva su nombre. A pesar de esta tarea misional en España, el Duque de Wharton pasará a la historia de Inglaterra por ser el representante mejor conocido y más representativo de los "Clubs del Fuego del Infierno". Puede entenderse entonces el interés que puso el pastor Anderson y Teófilo Desaguliers en denunciar a los "estúpidos ateos" en sus "Constituciones". Efectivamente, el Artículo I del reglamento establecido en 1723 obligaba al masón "a obedecer a la ley moral; y si comprende bien el Arte, nunca será un estúpido ateo ni un religioso libertino". Estas frases han hecho verter ríos de tinta, pero, conociendo el dato de los “Clubs del Fuego del Infierno”, más parecen dardos dirigidos contra el Duque de Wharton que principios dictados por la tradición ancestral de los maestros masones.

El 20 de abril de 1721, el dean de Windsor, presentó un proyecto de ley contra estos clubs blasfemos, pero la iniciativa era excesivamente radical y permitía perseguir incluso a cualquier indiferentista religioso o disidente de la iglesia anglicana. Wharton fue el principal opositor a dicho proyecto. En esa ocasión actuó como un cínico redomado. Extrajo una Biblia del bolsillo y leyó distintos fragmentos de los Hechos de los Apóstoles, adoptando las poses propias de un predicador. El proyecto fue rechazado y el propio duque blasfemó a gusto esa misma noche en su taberna habitual.

En junio de 1725, Wharton, viajó al continente y tomó contacto con los medios jacobitas romanos y españoles. Al año siguiente se convirtió al catolicismo para casarse con la irlandesa Maria Teresa O’Neill O’Brian. En 1728, llegó a España y, junto con otros ingleses residentes en Madrid, fundaría la logia "Las Tres Flores de Lis", situada en la fonda del mismo nombre, en la calle San Bernardo, esquina con la calle de la Garduña. La logia es conocida como "Logia Matritense" e, históricamente, puede ser considerada como la primera en España y, también, la primera establecida fuera de Inglaterra (6). A fines de 1728, Wharton volvió a Francia y permaneció en París, entre septiembre de 1728 y abril de 1729, federando varias logias existentes en la capital del Sena.

A los 31 años tenía el hígado deshecho por los excesos. En 1729 regresó a España, muriendo fortuitamente en el Monasterio de Poblet cuando lo visitaba. Allí fueron depositados los restos del Duque de Wharton y Marqués de Malbury, bajo una losa en la capilla del Santo Sepulcro (7).

Esos mismos restos fueron los que, casi ciento cuarenta años después, debieron llamar la atención de Antonio Gaudí y sus dos amigos.

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“La mejor prueba de su precoz audacia fue el proyecto que, en unión de toda y del que, andando el tiempo, fue doctor José Ribera, imaginó desde el 1868 al 1870, para restaurar Poble y que se conserva como un reliquia en el castillo de Escornalbout” (8).

Aquellos tres jóvenes de apenas 15 años, “escribían poesías y hablaban de caballeros, de historia de Catalunya y de la restauración de los modelos nacionales” (9); tras haber inspeccionado hasta la saciedad el monasterio de Poblet, impresionados por su decadencia y enfebrecidos por el clima de romanticismo de la época, entre ruinas y arrebatos del espíritu, Antonio Gaudí, Eduardo Toda y José Ribera, se reunieron en casa de la hermana de éste último, en Espluga de Francolí, para tratar la restauración del lugar. Era el año 1870. El proyecto juvenil, fue pergeñado a mano en el dorso de varios panfletos jacobino-republicanos (10) firmados por el “Comité Democrático Republicano Federal de Reus” y rubricado, entre otros, por José Güell Mercader, pariente de Toda. El monasterio había sido abandonado en 1835 y sus restos fueron incendiados y saqueados, encontrándose en un estado lamentable.

José Ribera Sans (1852-1912), que luego sería un reputado médico, Gaudí y Toda refrendaron las líneas escritas por éste último: “Poblet debe ser restaurado, si, y no debe volver a pesar en él este ominoso poder de buitres negros, que un día devoraron la conciencia del pueblo hispano para así ahogar el recuerdo de sus maldades” (11). La alusión a los “buitres negros” parece, bastante evidentemente, dirigida contra el clero. Joan Bassegoda (por cierto, vicepresidente de la Hermandad de Benefactores del Monasterio de Santa María de Poblet) ha explicado que alude a los “profanadores del monasterio” y, sería imposible negarse a aceptarlo, de no ser por que el resto de la frase no parece guardar relación con la profanación y sí con la temática anticlerical de la época (la frase “devoraron la conciencia del pueblo”, se repite en muchos textos de librepensadores y francmasones de la época y es característica de los ataques que, los jesuitas particularmente, recibían desde las logias masónicas y los medios librepensadores; por otra parte, si utilizando la misma retórica, se aludiera a los saqueadores del templo, la frase hubiera dicho: “devoraron el recuerdo del pueblo” (o la “memoria del pueblo”, en alusión a los bienes históricos depredados). Sin olvidar que el tiempo verbal en el que aparece –“devoraron”- es el pretérito y el saqueo continuado se estaba realizando en presente.

Pero es que, además, hay que insertar la frase de los “buitres negros” en el contexto en que fue escrita. Vanamente buscaríamos en todo el proyecto de restauración de Poblet elaborado por los tres jóvenes, alguna referencia a la restauración del culto y a la vuelta de los monjes. Bassegoda realiza una trascripción completa del documento y sorprende hasta que punto los tres lo tenían todo pensado: “Podría establecerse un café para así hacer contraer hábitos de amor al naciente pueblo e incitar a los vecinos de los inmediatos a reunirse en el monasterio en los días festivos”. “Podrían tenerse criaderos de animales como gallinas, cerdos, conejos, etc. (…) Podrían venderse legumbres, hortalizas, etc. Imprimiéndose y vendiéndose la historia de Jaime I. (…) Hacer vinagre. (…) Hacer jabón. (…) Una caja de ahorros para los trabajadores…”, y así hasta una veintena de proyectos económicos. Pero de restauración del culto, nada y de reintegración de la comunidad cisterciense al lugar, tampoco hay una sola línea. Así pues, no vale la pena recordar, como suelen hacer los “gaudianianos de estricta observancia”, una y otra vez, que Gaudí estudiaba en los Escolapios… En ningún punto, los tres jóvenes demuestran el más mínimo celo religioso. Les importa la restauración del lugar y su conversión en una especie de “mix” de hotel, balneario, red cooperativa, museo o falansterio… cualquier cosa, menos la restauración de la vida monástica. Digámoslo claramente: aquellos adolescentes, podían ser alumnos de los Escolapios, pero la religión les resultaba completa y visiblemente indiferente.

Hay una serie de frases incluidas en el documento que indican el entorno cultural del que se habían nutrido: “Poblet merece –escriben- y debe ser arrancado de las garras del tiempo, que amenaza sepultarlo en el abismo del olvido; las glorias que entraña, los héroes que lo eligieron para última morada, el arte escarnecido, la ciencia vilipendiada, nos lo demandan a gritos”. Y, tras la famosa frase de los “buitres negros”, siguen: “[Poblet] debe, para que forme singular contraste con sus antiguos días, ser erigido en sublime templo de la humanidad, donde las ciencias y las artes tengan sus museos y academias”… A nadie que esté mínimamente familiarizado con la literatura masónica y utopista del siglo XIX, se le escapa que esta alusión al “sublime templo de la humanidad” es propia de ese ambiente y no de la enseñanza escolapia. Los tres jóvenes lo consideran un “templo de la humanidad”, no un “templo de Dios”, como había sido hasta antes de la catastrófica desamortización de Mendizábal.

Con estos comentarios, creemos suficientemente demostrado que en esa época, tanto Gaudí como sus dos amigos, se situaban en el mismo (o similar) campo que los redactores del manifiesto jacobino en cuyo dorso escribieron el proyecto, y no en el campo católico. También, en algunas partes, el manuscrito evidencia cierto romanticismo catalanista, por ejemplo: “Azotado por los vendavales que aventan las desparramadas cenizas de los héroes catalanes (…) álzase Poblet”. Pero luego, se alude al “pueblo hispano” (referencia que algunas transcripciones del texto eluden por aquello de resaltar el catalanismo gaudiniano que estaría inherente desde su primera juventud y que sería incompatible con cualquier reconocimiento a “lo hispano”). En aquella época, da la sensación de que los tres adolescentes valoraban el que allí estuvieran enterradas “las cenizas de los héroes”… pero, en realidad, no son “héroes” quienes allí yacen, sino los monarcas de la Corona de Aragón. Lo cual refuerza el que se trataba de adolescentes impregnados del jacobinismo masónico y republicano que en ese momento era extremadamente influyente en Reus. Sólo desde el punto de vista jacobino podía eludirse mencionar la figura del “rey” (no en vano, los jacobinos franceses habían guillotinado a Luis XVI y arrojado al Delfín de Francia –un niño de apenas siete años- a la Torre del Temple, donde moriría).

Allí, en aquel cenobio fundado en 1150, se encontraban enterrados buena parte de los monarcas de la Corona de Aragón, desde Jaime I hasta Juan II. Los tres jóvenes habían viajado a Poblet en un momento en el que el catalanismo político apenas tenía influencia, aún cuando los Juegos Florales habían sido restaurados en 1857 y Buenaventura Carlos Aribau había escrito su Oda a la Patria en 1833. Jove Catalunya (12) sólo será fundada en 1870, promovida por Eusebio Güell y el Centre Català, primer partido catalanista, inspirado también por Güell y por el francmasón Valentí Almirall, nacería en 1882. Así pues, el año en que los tres jóvenes abordan precozmente la restauración de Poblet, no puede concluirse en que el cenobio les inspirara, solamente, un sano sentimiento identitario… la frase que hemos destacado de Ribera, así como la trayectoria posterior de Toda dentro de la francmasonería, inducen a pensar sino ejerció también sobre ellos un particular atractivo el hecho de que allí estuviera la tumba del Duque de Wharton, fundador de la masonería española y del que, en esa época, no se conocían todavía –al menos en España- su aspecto frívolo y desordenado. De hecho, aún hoy, la figura del Duque de Wharton es emblemática y señera en la masonería española, no es un masón más entre otros muchos, es, como hemos visto, el fundador de la masonería española que fue, además, la primera logia establecida fuera de Inglaterra. Y su tumba está en Poblet.

De Eduard Toda i Güell, Josep Pla dice que era “de poca estatura, aspecto triste, que hablaba poco, pero a veces se lanzaba” (13); y sobre su evolución –por que Toda también evolucionó en su larga vida- la resume diciendo “fue un hombre de su tiempo. Primero anarquistoide, después liberaloide y después europeizante” (14); tras separarse de sus otros dos compañeros, estudió la carrera diplomática y ejerció como embajador de España en distintos destinos hasta su jubilación. A lo largo de toda su vida no pudo olvidar el entusiasmo de aquel proyecto juvenil y, en cuando se jubiló, dedicó sus últimos años a promover la restauración del monasterio. En 1940, un año antes de su muerte, pudo ver como los monjes restablecían en aquel lugar la vida monástica, algo que Toda no había previsto en su juventud. De los tres amigos, fue el único que pudo ver realizado el proyecto.

La trayectoria de Toda es significativa. Había nacido en Reus en 1855. Era algo más joven que Gaudí. Estudió derecho en Madrid y estableció una gran amistad con Víctor Balaguer (francmasón de amplio historial y cuyo nombre han llevado varias logias masónicas de Vilanova i la Geltrú hasta nuestros días (15) ) y, utilizando la influencia de Emilio Castelar (asimismo francmasón), en 1873, Toda ingresó en el Ministerio de Estado como diplomático. Fue vicecónsul en Macao, Hong-Kong y Shangai. A partir de 1871 colaboró con distintos medios de prensa, en especial, con revistas de la “Renaixença” (La Ilustració Catalana y La Renaixença). En 1884 fue destacado como cónsul en Egipto y participó en excavaciones arqueológicas en Tebas, donde obtuvo el núcleo de su valiosa colección de antigüedades egipcias que, en la actualidad, pueden visitarse en el Museo Arqueológico de Madrid y en el Museo Víctor Balaguer de Vilanova. No cabe duda de su pertenencia a la masonería. Son también los años en los que Helena Petrovna Blavatsky acaba de fundar la “Sociedad Teosófica”, dedicada oficialmente al “estudio de las religiones”, pero, realmente, se trató de un grupo ocultista convencional, especialmente interesado por el antiguo Egipto. Existe una famosa foto suya tomada en un almacén de sarcófagos de El Cairo, en el que Eduard Toda se ha ataviado de Faraón egipcio con todos los atributos y, por la seriedad de su rostro, resulta evidente que no se trata de ninguna broma. Mientras estaba en El Cairo envió varios artículos a la prensa española firmados con el seudónimo de “Alí Bey”, el aventurero nacido en Barcelona de verdadero nombre Domingo Badía Leblich, así mismo, francmasón, primer europeo que viajó a la Meca. En 1888 se convirtió en el redescubridor de la cultura catalana en la ciudad de l’Alguer (Cerdeña). Al producirse la crisis del 98, Toda fue secretario de la Comisión Española encargada de negociar la paz con los EEUU. Poco después, abandonó la carrera diplomática y se estableció en Londres dedicándose a los negocios particulares. Allí pasó los años de la Primera Guerra Mundial, a cuyo fin regresó a Cataluña provisto de una considerable fortuna personal que le permitió la reconstrucción del antiguo monasterio de Escornalbou (próximo a Reus) donde se estableció, convirtiéndolo en una residencia señorial. En 1930, fue nombrado presidente del recién constituido Patronato de Poblet que llevaría a cabo la restauración del monasterio. En 1926 cedió el castillo de Escornalbou al obispado de Tarragona con la condición de que pudiera seguir viviendo allí hasta su muerte y ser enterrado en el lugar. Pero la donación, aceptada demasiado fácilmente, no tenía en cuenta lo deficitario de la propiedad. El cardenal Vidal i Barraquer intentó vender la propiedad para aludir las cargas, sin conseguirlo; a todo esto, la Guerra Civil y los vaivenes económicos, entrañaron la ruina de Eduard Toda que murió en Poblet en 1941.

Gracias a Pla sabemos que en el curso de su vida Toda atemperó sus opiniones juveniles. De “anarcoide” en sus tiempos de amistad con Gaudí y Ribera, pasó a liberaloide (cuando Víctor Balaguer le adornó con su amistad) y, finalmente, “europeizante” cuando se convirtió en gerente de una compañía vasca de navegación. Pla lo llegó a apreciar. Dijo de él: “El señor Toda contribuyó a desprovincianizar el país”. Él mismo le explicó que jamás le atrajeron ni los Juegos Florales, ni la poesía, “ni todas aquellas nimiedades”. Recordó a Pla un poema de su amigo Joaquín Bartrina (“Todo lo sé / del mundo los arcanos / ya no son para mí misterios sobrehumanos”), manifestándole que jamás hubiera sido capaz de escribir cursiladas como esa. Así mismo le confesó también sus “pecadillos” de juventud: “Un día, de muy joven, fui partidario del General Prim y del Rey Amadeo y del liberalismo que la situación creó. A Prim lo asesinaron; el Rey Amadeo dimitió del cargo por el asco que le producía el país: la única cosa que me quedó fue el liberalismo que entonces mamé” (16). Con Bartrina, precisamente, Toda había fundado una revista de la que apenas aparecieron dos números, “El Sorbete”, el 25 de junio de 1868 y el 2 de agosto del mismo año. Gaudí, necesariamente, conocía esa revista, que elaboraban sus amigos de juventud pues ese verano estuvo en Reus y, por lo demás, se sabe que siguió manteniendo correspondencia con Toda.

A Toda, el clero nunca terminó de agradarle, ni siquiera en su vejez, a pesar de que la edad y la vida le hicieran un hombre ecuánime y moderado. Cuando explicaba cómo se destrozó la arquitectura religiosa de Reus en las bullangas de 1835, decía a Pla: “La confusión entre la Iglesia y el Estado ha llegado a extremos inconcebibles… Cuando pienso en las salvajadas cometidas en el año 1835 pienso en estos casos. Las revoluciones no las hace el pueblo espontáneamente. Siempre hay unos “meneurs” [en francés en el texto, agitadores], que ordenan lo que se ha de hacer. A veces la cosa parece clara. La Iglesia ha tenido una manera de hacer prepotente, excesiva, literalmente desaforada. Antes las cosas desaforadas, el contragolpe es siempre violento, excesivo, anormal” (17). En relación a Poblet había en su criterio cierto cinismo e ironía, voluntarias y estudiadas. Decía que “cuando sea posible, hay que llevar allí a cuatro monjes para mantener lo pintoresco del monasterio” (18). La restauración de la vida monacal en el cenobio no era, pues, para él, asunto de religión, sino de pintoresquismo…

El episodio juvenil de la restauración de Poblet (1870), supone la primera vez en la que probablemente se cruza la masonería con Antonio Gaudí. No solamente un texto, incuestionablemente anticlerical, escrito de común acuerdo por los tres, ha podido llegar hasta nosotros, sino que el tercer amigo, se convierte en los años siguientes en un diplomático de éxito, miembro, de la masonería que, sin embargo… es enterrano en un cementerio católico, aun manteniendo hasta el final de sus días, la trayectoria anticlerical (atemperada, eso sí) que adoptó desde su juventud.

Se ha olvidado demasiado rápidamente que para la masonería española –aún hoy, pero, sin duda, mucho más en el siglo XIX- el monasterio de Poblet (19) es un centro importantísimo a causa de que allí fue enterrado el fundador histórico de esta sociedad en nuestro país. A fuerza de ver cuál fue la trayectoria posterior de Gaudí y la evolución de sus ideas, se ha concluido –acaso demasiado rápidamente- en que él y los otros dos jóvenes, solamente se sentían atraídos por el cenobio, entendido como mausoleo de buena parte de los Reyes de la Corona de Aragón. Además, no puede eludirse el hecho de que el proyecto de restauración fuera escrito en el dorso de un manifiesto jacobino. Como también el tono de la redacción indica una innegable sintonía con los ideales jacobinos y masónicos. Ni tampoco, finalmente, puede eludirse el hecho de que Toda, durante buena parte de su vida, militase en la masonería y se interesase extraordinariamente por la vida de otro francmasón catalán, “Alí Bey”.

Precisamente con Toda ocurre como con “Alí Bey” o el propio Ildefonso Cerdá… no se tiene ningún documento objetivo, emanado de fuentes masónicas, que confirme su pertenencia a la Orden, sin embargo, lo cierto es que Cerdá “llevaba el mandil prácticamente colgado” o que, incluso, -como insistiremos más adelante- “Alí Bey” estuvo relacionado con los medios ocultistas franceses de finales del siglo XVIII y principios del XIX, en especial con el entorno de Fabre d’Olivet y el grupo neopitagórico de París, que tenía como inspirador a Delisle de Sales (20). En cuanto a Toda, la militancia masónica está confirmada por tradición oral, así como por la amistad y colaboración que deparó hacia Víctor Balaguer, de quien sí se conoce con seguridad su filiación masónica. No en vano, Toda legó al Museo Víctor Balaguer de Vilanova i la Geltrú, una momia y otros bienes egipcios que aún pueden contemplarse. El Museo, por cierto, tiene un trazado y una arquitectura de la que difícilmente puede negarse su inspiración masónica.

Se ha dicho que la colaboración de Gaudí en el proyecto juvenil de restauración de Poblet fue mínima o, incluso, que no participó. Se acepta que la memoria fue redactada en 1870 y que su transcripción se debe a Toda, del cual es también el plano de la abadía, pero se admite también que Gaudí colaboró dibujando el sello del abad Cuyàs, “magnum sigillum populatanum” (21). La fecha de 1870 da mayor credibilidad a la presencia de Gaudí. Sus biógrafos reconocen que volvió a Reus en noviembre a causa de la epidemia de fiebre amarilla que azotó Barcelona. El sello lo copia de un grabado al cobre del libro del padre Jaime Finestres, pero suprime el capelo abacial y las correspondientes ínfulas trenzadas y colgantes a los lados del blasón populetano. El dibujo es importante por que es el más antiguo conocido del arquitecto. Las carencias son, así mismo significativas: tienden a eludir su carácter religioso. Eufemià Fort en un artículo publicado en “El Correo Catalán” del 2 de octubre de 1926, tras dar cuenta de las significativas carencias del escudo, comenta: “… los noveles argonautas, los jovenzuelos patricios, tratan de restaurar Poblet dejando en deliberado olvido su esencial significación eclesiástica y su carácter monacal, van a restaurar sencillamente una obra de arte, un monumento de la patria”. El documento y el mapa, por cierto, están escritos y rotulados en castellano.

¿Todo esto a dónde nos lleva? Bastante más lejos de donde han querido llegar los biógrafos gaudinianos ¿Por qué nos hemos extendido en todos estos extremos? Nos lleva a fijar la fecha de 1870 como el primer momento en el que el nombre de Gaudí aparece relacionado con un “entorno” masónico o para-masónico. A raíz de la minuciosidad con la que los tres jóvenes examinaron las ruinas del monasterio, es muy presumible que, a partir de 1870, la masonería ya no fuera un enigma para el futuro arquitecto.

La tumba del Duque de Wharton en Poblet puso en la pista a aquellos tres jóvenes de los atributos simbólicos de la masonería… Herramientas que simbolizan altos valores éticos y morales: la escuadra simboliza la equidad; el compas, el equilibrio; el nivel es símbolo de igualdad; la ploma de rectitud; el mallete o mazo, la voluntad de crear; el cincel, la atención y la concentración… (22) que no son otros, precisamente, que herramientas propias del noble arte de la Arquitectura. La carrera por la que Antoni Gaudí i Cornet, finalmente, optaría.



1) Como textos accesibles sobre la masonería pueden consultarse: “Historia de la Francmasonería” de F.T.B. Clavel, Edicomunicación, Barcelona 1988; “El Secreto masónico” de Robert Ambelain, Martínez Roca, Barcelona 1985 e “Historia General de la Masonería”, de Oscar Rodrigo Albert, Editorial Mitre, Barcelona 1985.

2) Gaudí no ignoraba la existencia de Christopher Wren: “El Palacio Güell, cuya cúpula, como ya se dijo, parece inspirada en los modelos renacentistas, tiene también relación con la de San Pablo de Londres, de sir Christopher Wren. La de Londres es triple, aunque la exterior es solamente decorativa, mientras que la intermedia es un tronco de cono. Gaudí suprimió la cúpula inútil del exterior y dejó visto el cono entero, coronado por la veleta, como si fuera la cabeza de un proyectil” [“El Gran Gaudí”, J. Bassegoda, pág. 282]. Christopher Wren (1632-1723), arquitecto inglés de tendencia marcadamente clasicista, proyectó, entre otras la construcción del Sheldonian Theatre en Oxford en 1663 y de la capilla del Penbroke College en Hampton Court (Greenwich). Pero fue tras el incendió que destruyó buena parte de Londres en 1666, cuando realizó sus obras más importante. Encargado de la reconstrucción de la ciudad, restaura 50 iglesias de las 87 que el fuego había destruido y establece los planos de la Catedral de San Pablo (1675-1702). Según el manuscrito de Aubrey, “Historia Natural del Wiltshire”, habría sido “Hermano adoptado” de una logia de constructores, en 1691. Anderson indique que fue Gran Maestre de la Franmasonería operativa, algo que jamás ha sido confirmado y que parece inverosímil. Su hijo, sir Christopher Wren (1678-1747) fue arquitecto, escritor y miembro del Parlamento. Fue Venerable de la Logia Antiquity nº 1 en 1729 [“Dictionire de la Fran-Maçonnerie”, Op.cit., pág. 1256].

3) Los datos biográficos sobre el Duque de Wharton han sido extraídos de “Francmasonería”, Alec Mellor, Editorial AHR, Barcelona 1977-

4) “Historia de la Francmasonería”, Op.cit., pág. 30.

5) “Historia de la Francmasonería”, Op.cit., pág. 46.

6) El “Dictionnaire de la franc-maçonnerie”, PUF, París, reconoce la existencia de esta logia y da abundantes datos: fue constituida el 25 de febrero de 1728, por el Duque de Wharton y otros cinco ingleses residentes en Madrid, con el nombre de «Frenh’s Arms in St. Berdanard’s Street y The Flower of Luces”, abierta con patente de la Gran Logia Unida de Inglaterra. Hasta 1734 recibió el nº 50, para luego convertirse en la nº 44 hasta 1756 y la nº 22 a partir de esa fecha y hasta 1768 en la que fue “rayada” (dada de baja) ante la falta de signos de vida. Así mismo, entre 1748 y 1756 se sabe de la presencia masónica en Barcelona. Se tiene la convicción de que se trató de franmasones vinculados al estamento militar que dejaron en el Cuartel de Artillería de la calle del Comercio (hasta hace poco Caja de Reclutas) los símbolos de su credo en forma de grabados sobre el dintel de las puertas laterales, que aun pueden verse. Así mismo existió una Gran Logia Independiente fundada por el Conde de Aranda.

7) “En el centro del pavimento, junto a los peldaños del altar se encuentra “lápida sepulcral, sin relieves, con texto en latín, conteniendo los restos el caballero inflés, fallecido en 1731, Felipe de Wharton. Esta sepultura se encuentra emplazada actualmente en el antiguo cementario de monjes y nobles”. Felío A. Villarrubias, “El altar del Santo Sepulcro del Real Monasterio de Poblet”, Abadía de Poblet, 1960, pág. 16.

8) “Antonio Gaudí”, José F. Ráfils, Canosa Editorial, Barcelona 1929, pág. 12.

9) Gijs van Hensbergen, “Antoni Gaudí”, Plaza & Janés, Barcelona 2001, pág. 42.

10) Citado entre otros por Ana María Ferrín en “Gaudí, de Piedra y Fuego”, Jaraquemada Editores, Barcelona 2001, pág. 70.

11) “El Gran Gaudí”, Joan Bassegoda, pág. 39.

12) Eusebio Güell no figura entre los fundadores, pero sí su hombre de confianza, el poeta Pico i Campanar que, de paso, era su administrador. Picó hacía nacido en 1848 en Mallocar y a los 11 años se desplazó con su familia a Barcelona. A partir de 1889 se convierte en apoderado de Eusebio Güell. El propio Picó presidió Jove Catalunya en 1873. Así mismo fue cofundador de otra asociación promovida por Güell, la Asociació de la Llengua Catalana (1881). Fue Mestre en Gai Saber y resultó premiado en los Juegos Florales de 1867, 1868, 1871, 1873, 1884 y 1885. De 1900 a 1902 es presidente del Centro Excursionista de Catalunya y en 1902 del Ateneo de Barcelona. En 1894 conpuso el libreto de la ópera “Garraf”. Falleció en 1916.

13) “Guía fundamental y popular del Monasterio de Poblet”, Joseph Pla, Publicaciones de la Abadía de Poblet, 1980, pág. 148.

14) “Guía fundamental y popular del Monasterio de Poblet”, Joseph Pla, Publicaciones de la Abadía de Poblet, 1980, pág. 150.

15) “La Masonería a Catalunya”, Pere Sánchez i Farré, Ajuntament de Barcelona – Ediciones 62, Barcelona, 1990, pág. 339

16) “Homenots – 4ª Serie”, Obras Completas, Vol 29, Josep Pla, Barcelona 1975, pág. 53 y sigs.

17) “Homenots – 4ª Serie”, Obras Completas, Vol 29, Josep Pla, Barcelona 1975, pág. 87.

18) “Guía fundamental y popular del Monasterio de Poblet”, Op.cit., pág. 148.

19) No es el único edificio religioso que ha atraído el interés de la masonería. Otro edificio particularmente apreciado por los masones en la Ciudad Condal, es la Iglesia de Santa María del Mar, considerada como la “catedral de los constructores”. Allí fue velado el cadáver del Gran Maestre de la Gran Logia de España, Luís Salat Gusils. Salat fue el reorganizador de la masonería tras los años de prohibición del franquismo. La primera residencia de Gaudí en Barcelona, estaba situada en la placeta de Montcada, anexa al ábside de Santa María del Mar.

20) “Misterios de Barcelona”, Ernesto Milà, Editorial PYRE, Barcelona 2001, pág. 33 y sigs.

21) Las informaciones sobre el sello de Poblet han sido extraídas de “El Gran Gaudí”, Op.cit., pág. 34 y 35.

22) El simbolismos constructivo de la masonería está expuesto con particular brillantez en “Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada” de René Guénon, Editorial Universitaria de Buenos Aires, Buenos Aires 1969, especialmente en la parte titulada “Simbolismo Constructivo”, págs. 221-275

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es

Los GAYS vistos por un HETERO

Los GAYS vistos por un HETERO Redacción.- Acaba de aparecer el libro de Rafael Pi, “Los GAYS vistos por un Hétero – pros y [RE] contras”, tercer libro de la Colección Impacto. Siguiendo la tónica de esta colección, con un tratamiento del tema desenfadado, se llegan a conclusiones que desdicen la política socialista de equiparación de las parejas homosexuales o los matrimonios héteros. El ambiente gay queda perfectamente retratado con unas pinceladas que son una denuncia de la fatuidad de quienes desean alagar la bolsa de votos que supone el mundo gay, fuera de cualquier otra consideración.

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Sumario de la Obra:

Palabras previas 5
I
De la autocensura al delito 9
II
El paradigma de normalidad 17
III
Apresurada historia de la
«revolución sentimental» 29
IV
El andrógino platónico y las raíces teóricas de la
homofilia postmoderna 37
IV
El calambrazo de la sexualidad 54
V
La «cuestión gay» existe8 60
VI
En los senderos de la mitología gay 80

[capítulo de muestra]

Punta de partida del autor:

No hay libro sin tesis y no hay tesis sin que el autor se moje. Así que partamos de una autodefinición que disipe lo que, a estas alturas, ya deben ser pocos equívocos. Pues bien, efectivamente, tal como habían presumido desde el pie de imprenta, nos oponemos frontalmente a las reivindicaciones que el movimiento gay realiza en el momento de escribir estas líneas. Creemos que en 2004, los gays han alcanzado un razonable nivel de integración jurídica y social, más allá del cual el horizonte se vuelve problemático, no para ellos, pero si para la sociedad... Una reivindicación exagerada deja de ser una reivindicación para convertirse en el desmadre. Con esto de las reivindicaciones gays, estamos desde hace tiempo, instalados en el desmadre.

Nuestra oposición a las reivindicaciones de lo que podríamos llamar el «movimiento gay radical» no la realizamos, precisamente, desde una postura homófoba, sino desde la defensa del derecho a nuestra libertad de expresión. Se discrepa de los argumentos de un colectivo radical organizado y se argumenta con otros razonamientos. Faltaría más. Este proceso discursivo es lo que ha hecho avanzar a la civilización, tanto como la invención de la rueda que ha culminado en el CD o la evolución de la garrota al láser (que todo ha contribuido).

Hemos procurado racionalizar al máximo nuestras argumentaciones y evitar cualquier tendencia homofóba subjetiva, de la que nos manifestamos no contaminados; y, sobre todo, se ha procurado no ofender ningún tipo de sensibilidad sexual. Los argumentos del movimiento gay, en tanto que argumentos, son contestables. Y esto es lo que hacemos en esta pequeña obra polémica.

Lo mejor para empezar, es entonar el credo. Pues bien, este es mi credo sobre la materia:

Creo que el sexo y la sexualidad son algo polimorfo. Existen muchas formas de vivir el sexo y la sexualidad. Una de ellas es la opción gay.

Creo que cualquier opción sexual pertenece al dominio de lo íntimo. Entiendo que haya gente atraída por este tipo de relación y no voy a ser yo quien lo juzgue: en tanto que acto íntimo, pertenece al dominio de lo privado. Pero si puede resultar contestable el intento de elevar este tipo de relaciones de lo íntimo a lo público y su aspiración a equipararse con la pareja heterosexual.

Creo firmemente en los dos roles sexuales: masculino y femenino encarnados en dos tipos fisiológicos concretos: hombre y mujer, que la evolución ha adaptado física y fisiológicamente, para complementarse.
Creo que la sexualidad tiene dos funciones: el placer y la reproducción y que ambos son instintos básicos, inseparables de la condición humana. Cuando se niega el principio del placer o cuando se pierde el instinto de la perpetuación de la especie, es que existe una patología social.

Creo que en la capacidad reproductiva da la pareja heterosexual radica su diferencia y superioridad sobre la homosexual, no apta para esa finalidad.

Creo que lo colectivo es superior a lo privado.

Creo que el principio del placer y como lo resuelva cada individuo, pertenece al dominio de lo privado, pero la reproducción, hasta cierto punto, tiene mucho que ver con lo público: en efecto, cuando no hay nacimientos, peligra la vida de un Estado, de una familia, de un linaje y de una Comunidad; así pues, la paternidad y la maternidad, «hasta cierto punto», rebasan el dominio de lo privado. Las parejas gays, obviamente, carecen de la posibilidad de la paternidad o de la maternidad. Luego son un «menos», en relación a un «más».

Creo que todo lo que no encuentra lugar en ese patrón de normalidad, no es «anormalidad», sino que supone distintos niveles de distanciamiento del «estándar razonable de normalidad»; más allá de un determinado punto, se alcanza, efectivamente, la anormalidad. En el sexo no todo es admisible: determinadas prácticas y formas extremas de sexo evidencian niveles obvios de anormalidad.

Creo que hay que impedir al poder público que yazca en el lecho de los amantes; no son buenas las leyes que pretendan regular el ejercicio del placer; pero el Estado si tiene mucho que decir a la hora de estimular la natalidad: todo lo que hace el Estado para estimular la natalidad es bueno; cuando un Estado desconsidera la natalidad es que ahí existe un problema. Por cierto, hoy no existen políticas de natalidad dignas de tal nombre. Luego... aquí hay un jodido problema.

Creo que las reivindicaciones gays relativas a la abolición de cualquier tipo de discriminación por razón de sexo son asumibles por la sociedad (y, de hecho, ya han sido asumidos y difícilmente el mundo gay podría hablar hoy de discriminación).

Creo, por el contrario, que las reivindicaciones destinadas a equiparar en derechos a las parejas homosexuales con las parejas heterosexuales son muy discutibles, especialmente en lo que se refiere a la adopción.

Creo que, tanto en el terreno de los derechos de la mujer y de los derechos de los homosexuales, ya se ha alcanzado el nivel de «normalidad». Ir más allá de ese nivel, con «discriminaciones positivas» o leyes protectoras desmesuradas, es innecesario salvo por los partidos que aspiran a ganar la sumisión clientelar de determinadas bolsas de votantes. Algunos sectores políticos han intentado cosificar en forma de votos al mundo gay asumiendo las reivindicaciones de los sectores más radicales sin creer en ellas.

Creo que algunas manifestaciones extremas del «universo gay» evidencian profundos desequilibrios interiores en sus exponentes y una obsesión enfermiza por exteriorizar la propia opción sexual.

Creo que determinadas prácticas eróticas o alteraciones físicas voluntarias evidencian tales desequilibrios.

Creo que hay que distinguir entre virilidad y machismo, entre tolerancia y homofilia, entre reivindicaciones asumibles y reivindicaciones fuera de toda medida, y para ello es preciso redefinir el estándar de «normalidad». En lugar de eso, la consecuencia de la «revolución sexual» iniciada en los 60 ha sido dinamitar cualquier noción de normalidad y la filtración en el curso de la confusión de propuestas razonables con reivindicaciones reprobables, derechos a la libre opción individual con obligaciones y reconocimientos por parte de la sociedad.

Creo que la madre de todas las batallas en este terreno consiste en una necesaria redefinición de un paradigma de normalidad.
Y a eso vamos.

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© Ernesto Milá – infokrisis – infokrisis@yahoo,es

1860: El Segundo Gran Despertar Religioso norteamericano

1860: El Segundo Gran Despertar Religioso norteamericano Redacción.- El Primer Gran Despertar espiritual norteamericano daría lugar al movimiento que cristalizó en la independencia nacional. A partir de ese momento, se inicia un período de rápido desarrollo económico, afluencia masiva de inmigrantes europeos que huían de las guerras napoleónicas y de los destrozos de la Revolución Francesa, y un espectacular crecimiento demográfico que hacía necesaria la producción de bienes en cadena. Mientras todo este proceso socio-económico se activaba, los valores de Norteamérica, especialmente religiosos, seguían vivos. Pero a partir de 1790, cuando la lucha por la independencia empezaba a quedar lejos, apareció una nueva forma de religiosidad que ha dado en llamarse «Segundo Gran Despertar». Todavía harían falta 200 años más para que se generase el «Tercero», el que conocemos nosotros.

Ya ese Segundo Despertar tuvo como instigadores a predicadores itinerantes que organizaban grandes asambleas públicas generando histeria colectiva y crisis liberadoras para muchos asistentes. El movimiento irradió a partir del Estado de Kentucky. Los predicadores excitaban al frenesí a los asistentes hasta situarlos en una especie de trance profundo e innegable. En el punto culminante, algunos de los asistentes caían al suelo con un grito penetrante, se convulsionaban primero, moviendo la cabeza de un lado a otro vertiginosamente y luego parecían como muertos. Algunos caían en una risa espontánea e irrefrenable pero, en absoluto, contagiosa; en otros se producían extraños fenómenos paranormales, el sujeto, tras danzar, parecía estar ausente con una sonrisa beatífica en el rostro. Los había que «huían por miedo» según un testigo, y otros cantaban «con el cuerpo», sin que el sonido surgiera de sus labios. Puede parecer algo extraño, e incluso alguien sospechará que las descripciones están falseadas, pero, en realidad, nada de lo dicho es diferente de lo que ocurre, aquí y ahora, en las asambleas de los «cristianos renacidos», ni en sus principios, ni en su fenomenología.
Este movimiento, que alcanzó a prácticamente toda la sociedad norteamericana, generó las grandes organizaciones religiosas específicamente norteamericanas en los años siguientes: cuáqueros, mormones, e incluso al movimiento dietista del doctor Kellogg, ya en la segunda mitad del siglo. El Segundo Gran Despertar duró casi 75 años y llevó directamente a la Guerra de Secesión.

En buena medida, el desencadenante emotivo de la guerra fue la novela de Harriet Beecher Stowe «La Cabaña del Tío Tom». El libro presentaba una situación de inhumanidad con la que eran tratados los esclavos que no se correspondía absolutamente en nada a la realidad. De hecho, la Beecher jamás había viajado al Sur y los suplicios y crueldades a los que eran sometidos los negros, salió de su imaginación. Se trataba de una fanática presbiteriana que creía que el espíritu del Segundo Gran Despertar era imprescindible para la formación de la conciencia nacional americana. Pensaba que la sociedad de su tiempo vivía una fuerte corriente materialista que sólo podía ser contrarrestada mediante la práctica religiosa intensiva y enérgica. Religión, política y cultura debían caminar al mismo paso y ser hijas de la misma matriz, sostenía la Beecher. La única forma, para ella, de alcanzar esa meta era realizando un esfuerzo mesiánico que tensara las cuerdas de la sociedad americana y le diera un nuevo impulso. Ese esfuerzo era la conquista del Oeste (había dicho «está claro que el destino religioso y político de la nación habrá de decidirse en el oeste») y el «evangelismo» como medio para unir a los hombres y mujeres de la frontera en un mismo ideal. Lo que entendía por «evangelismo» era exactamente el mismo concepto que hoy tenemos de «fundamentalismo cristiano». Y si era preciso movilizar conciencias contra el Sur en nombre de la lucha contra la esclavitud, no iba a reparar en los costes y en el dolor de esa iniciativa: simplemente, para ella, era necesaria por el bien de Norteamérica.

En aquel momento, las dos confesiones más arraigadas eran los metodistas que en 1844 eran la confesión más extendida, seguidos de los baptistas en el sur. Fue entonces cuando aparecieron los movimientos escatológicos y mileranistas que hoy, nuevamente, han recuperado la iniciativa con los «cristianos renacidos».

En 1818, William Millar, un baptista del sur, estudió detenidamente los textos bíblicos y concluyó que el mundo terminaría en 1844. Reclutó a miles de seguidores. Llegada la fecha, nada ocurrió. Para la mayoría de sus fieles se produjo la «gran decepción», pero no así para un grupo de ellos instalados en Battle Creek que pasaron a llamarse Adventistas del Séptimo Día. Desde allí irradiaron a todo el mundo, hasta nuestros días, y se convirtieron en el centro de un imperio vegetariano desde que el doctor John H. Kellogg se hizo cargo del lugar. Kellog basaba su teoría nutricionista en el desayuno con cereales. Parece banal, pero insertaba su estudio en las raíces culturales norteamericanas. La popularización de los cereales estaba, para Kellog, cargada de virtudes morales. Su mentora, Ellen Harmon, había tenido de adolescente un éxtasis místico en la que «vio» la santidad de los alimentos del desayuno. Gracias a los copos de maíz, los Padres Peregrinos habían salvado la vida y nada como el maíz era más norteamericano. De hecho, lo cultivaban los indios, pero, inicialmente, era inexistente en Europa. El maíz era un regalo de Dios, no podía ser un azar que se lo hubieran encontrado los colonos. A partir de este principio visionario, el doctor Kellog utilizó todo su saber y sus artes como busines management, en encontrar justificación al consumo de copos de maíz.

En la película «El Balneario de Battle Creek» se pinta un cuadro extremadamente realista que no puede ser desconocido para quienes nos hemos relacionado en alguna ocasión con el movimiento de la «New Age» que irrumpió un siglo después. En efecto, si los movimientos religiosos del Segundo Gran Despertar, volvieron a emerger en los años 80, en forma de «cristianos renacidos», el movimiento de Kellogg se reencarnó en los distintos sectores de la «New Age».

De aquel Segundo Gran Despertar surgieron, igualmente, los mormones. Fue mucho lo que aportaron a la conciencia nacional americana. De hecho, Joseph Smith lo que hizo fue proporcionar a América «raíces históricas profundas». Lo de menos era que se trataba de pura invención, lo importante es que, Norteamérica, a partir de Smith era, como mínimo tan «antigua» como la Vieja Europa. En 1827 «un ángel», Moroni, reveló a Smith el emplazamiento de unas planchas de metal en las que estaba escrito la historia de una de las tribus perdidas de Israel. Gracias a unas piedras, Urim y Thurim, y a la colaboración de otro ángel, logró traducir el texto que, editado con el nombre de «Libro de Mormon», describe la historia de un pueblo precolombino procedente de la torre de Babel, que cruzó el Atlántico -¡en barcazas!- y logró sobrevivir en el nuevo mundo. Así que «América» procedía, no de la oleada de navegantes y descubridores del siglo XV-XVI… sino del período incierto, pero, en cualquier caso, remoto, de la Torre de Babel. En el 384 de nuestra era, Moroni, hijo de Mormon, enterró las tablas que luego Joseph Smith «descubriría» y que, por cierto, nadie más que él logró ver. Esta locura colectiva logró asentarse y modelar hasta nuestros días el Estado de Utah, hoy uno de los Estados más prósperos de los EEUU, en el que la influencia mormona sigue siendo absoluta.

En el curso de este Segundo Gran Despertar norteamericano, aparecieron conceptos e ideas que venían de Europa en las valijas de los inmigrantes, pero que solamente en EEUU llegaron a convertirse en verdaderos movimientos de masas. Del místico sueco Emmanuel Swedemborg y de los 38 densos volúmenes de sus escritos, emanaron las sectas más exóticas. Así mismo, fueron extremadamente bien acogidos el mesmerismo y la homeopatía que encontraron el territorio americano su tierra de promisión. El hijo directo del messmerismo, el espiritismo, fue un producto típicamente americano que irradió a partir 1847 generando fenómenos de histeria colectiva en los que los protagonistas, mediums, afirmaban ponerse en contacto con «entidades desencarnadas» (muertos). Roberto Owen, hijo del famoso socialista utópico inglés, dio una conferencia sobre el tema en la Casa Blanca, ante el escepticismo de Lincoln y la adhesión entusiasta de su mujer que, tras el asesinato del presidente, recurrió a médiums y técnicas espiritistas para comunicarse con él. En 1870, los espiritistas tenían 11 millones de adeptos en EEUU.

El pragmatismo norteamericano y la tendencia al misticismo de pacotilla dio como resultado una nueva formulación religiosa basada en la aplicación práctica y utilitaria de los principios religiosos. Lo que aportó el Segundo Gran Despertar, fue la conciencia de que «no hay problema, por grave que sea, que no tenga solución». Cualquier enfermedad, por terrible y destructora que sea, puede curarse mediante la fe. Es la «auto-ayuda» (¿les suena el término?) llevado a sus últimas consecuencias. Esta corriente tuvo en Mary Baker Hedí a su principal exponente. Aquejada de dolores terribles que ninguna medicina oficial lograba paliar, fue, finalmente, curada por el un tal Quimby, que practicaba el mesmerismo, una forma de curación mediante una mezcla de imposición de manos e hipnosis. A partir de ahí, intuyó el origen mental de cualquier dolencia y creó su propio sistema de curación espiritual basado en el principio de que toda realidad está en la mente y cualquier otra cosa es pura ilusión, tal como, por lo demás, afirmaba Swedemborg.

Pero este Segundo Gran Despertar y sus procedimientos de «autoayuda» debían de tener todavía otro profeta, junto a Mary Baker, el doctor Kellog, Joseph Smith y los adventistas, etc, se trataba de Ralph Waldo Emerson cuyos libros y tratados sobre el carácter han inspirado a generaciones de buscadores de textos de «auto-ayuda». Emerson era utopista, promovió una comunidad que terminó en bancarrota, pero de él, quedan sus libros reaprovechados en sucesivos tratados editados desde entonces (mediados del siglo XIX, hasta nuestros días). Y aún hubo más.

Los emigrantes alemanes, ciertamente influidos por los socialistas utópicos, crearon comunidades florecientes como la Harmony de Pensilvania. Eran pietistas y proponían la confesión auricular, pero eran hábiles trabajadores y hubieran logrado perpetuar sus comunidades de no ser por que rechazaban el matrimonio y la procreación. Evidentemente, tenían fecha de caducidad y, en apenas una generación, se extinguieron. Otra de estas comunidades, la de Oneida, realizó experimentos avanzados y «sicalípticos». Practicaban el amor libre, practicaban el «matrimonio complejo» (decidido comunitariamente) y, finalmente, educaban a sus hijos como en los kibbutz actuales.

Todo este enjambre de sectas y confesiones exóticas cristalizó en el gran hallazgo de América: el impulso dado al sistema educativo. Educación es, ayer y hoy, progreso. A mediados del siglo XIX, ya existía un denso tejido educativo, público y privado, en los EEUU. El Estado se había hecho cargo de sostener económicamente la educación de millones de niños y adolescentes. Las escuelas públicas no estaban controladas por ninguna secta religiosa, pero extendían valores religiosos: para ellos, religión y educación eran terrenos inseparables. Pragmáticos, como siempre, intentaron que, más que una forma de culto, la educación difundiera una forma de comportamiento y actitud social. Que luego, los padres, en el hogar, podían o no fortalecer.

Decir que aquello era una balsa de aceite religiosa es completamente inexacto. Las tensiones religiosas existieron desde los comienzos de la nación americana. No hace falta aludir a la «caza de brujas» que tuvo lugar en Salem en el siglo XVIII y que evidenció hasta dónde podía llegar la histeria colectiva y qué mínimos podían ser los desencadenantes. También hemos aludido a las desventuras de Merton tras su fiesta del «Palo de Mayo». A partir del primer cuarto del siglo XIX, empezaron a llegar de forma masiva inmigrantes irlandeses, esto es, católicos, que encajaron, inicialmente, mal con este panorama religioso. En los veinticinco años que siguieron establecieron diócesis por todo el territorio de los EEUU y a partir de 1834 tuvieron que afrontar campañas anticatólicas procedentes de distintos sectores evangélicos y masónicos. Aparecieron panfletos difamatorios, especialmente contra los conventos. No faltaban, al igual que en la literatura anticatólica europea, elementos pornográficos que colocaban un punto de picante en el relato. Tuvieron inmenso éxito. En 1834, un convento de monjas ursulinas fue incendiado en Boston. No hubo tribunal capaz de condenar a los instigadores y, los propios jueces, estaban convencidos de que en los inexistentes calabozos subterráneos del convento se asesinaba a niños ilegítimos.

También apareció el temor a una «conspiración católica» destinada a conquistar el valle del Misisipí, dirigida por el Papa y el emperador austríaco. Escritores notables (Lyman Beecher o Samuel Morse) afirmaron que los emperadores europeos enviaban a América a sus súbditos para que se apoderaran del país. Era cierto que los inmigrantes católicos aceptaban salarios bajos y rompían el mercado de trabajo, pero era incuestionable que la riada migratoria no estaba inducida por ningún «centro oculto» de poder europeo. De todas formas, esta tendencia al «conspiracionismo» ha estado, a partir de entonces, implícita en un reducto de la población norteamericana que siempre ha integrado cualquier acontecimiento en su particular visión del mundo, por irracional que fuera. Aún hoy, en la América profunda, se cree que la ONU es una conspiración comunista destinada a esclavizar a América y quienes justifican este criterio no tienen dificultades en encontrar una amplia panoplia de argumentos paranoides…

Desde la autora de «La Cabaña del Tío Tom» hasta los conspiracionistas anticatólicos, pasando por los mentores del movimiento cuáquero, los mormones, los adventistas, los mesmeristas, espiritistas, nutricionistas, etc, lo que se había creado era una propia «religión nacional» que influía decisivamente en la vida norteamericana y en la formación de la mentalidad y el carácter a través del sistema educativo público. Ciertamente, esta religión era indefinida, carecía de un culto único e incluso sus enfoques eran radicalmente distintos… pero coincidían en su rechazo a la esclavitud. Sin embargo, la esclavitud era tan antigua en Norteamérica como el gobierno representativo. Efectivamente, éste se había adoptado en 1619, el mismo año en el que un navío holandés llevó a los primeros esclavos al territorio.

Progresivamente, a lo largo del segundo tercio del siglo XIX, pudo comprobarse que el esclavismo y el espíritu religioso eran altamente incompatibles y terminaron desembocando en la guerra civil. No en vano Paul Jonson dice en su «Historia de los EEUU»: «el Segundo Gran Despertar, con su aguda intensificación de la pasión religiosa, significará la sentencia de muerte de la esclavitud, del mismo modo que el Primer Despertar había firmado la sentencia de muerte del colonialismo británico».

Una vez terminada la guerra civil, América irradiará poderosamente, primero en Centroamérica (guerra contra México e intervención en distintos países centroamericanos), después en el Caribe (guerra contra España), finalmente en el Pacífico, para luego proyectarse sobre Europa (con las dos guerras mundiales), sobre el sudeste asiático (frustrada intervención en la Península Indochina) y más tarde sobre Oriente Medio y Asia Central (directamente o a través de la alianza privilegiada que EEUU mantiene con el Estado de Israel). Es indudable que esta expansión tiene una motivación fundamentalmente geopolítica y económica, pero que el gran hallazgo de Norteamérica ha sido justificarla, no en función de las ambiciones territoriales o la intención manifiesta de depredación económica, sino por argumentos éticos y morales.
En la última parte de esta pequeña obra, insistiremos en el Tercer Gran Despertar norteamericano, cuyos primeros despuntes se producen en los años 60, fraguan a finales de los 70, condicionan el poder durante la administración Reagan y se convierten en el elemento movilizador y levadura de las masas capaz de llevar a un tipo como George W. Bush a la Casa Blanca.

Ahora bien, nada de todo esto hubiera sido posible, ni la política agresiva de EEUU, ni el cenit imperial alcanzado entre 1990 y 2003, sólo por la acción de unos fanáticos religiosos, tan crédulos y timoratos en el siglo XXI como lo fueron en los dos primeros Grandes Despertares anteriores. El cambio que tiene lugar en las postrimerías del siglo XXI era previsible. Con la mentalidad americana generada en los dos siglos anteriores, ciertamente, se podía galvanizar a un país… pero no dirigirlo en un mundo tan complejo como el moderno. Las viejas ideas ya no servían, los viejos ideales que dieron vida a la lucha de las colonias por su independencia y luego que llevaron a la guerra civil, eran inoperantes para un mundo complejo, habían servido para inspirar el trabajo de los granjeros y modelas su mentalidad, pero ahora estaban completamente fuera de lugar… sólo que esta «verdad» era inconfesable. Nadie que hubiera osado proclamarla en público, habría logrado ser escuchado, como máximo, se le tendría por un antipatriota, sino por algo peor en función de las teorías conspiranoicas que tan fácilmente surgen en los EEUU.

Y esto es lo más sorprendente de la América contemporánea: que a nivel de colectividad social, con Bush lo que ha triunfado son los valores típicamente americanos que, como hemos visto, son inherentes a la sociedad independizada de Inglaterra el 4 de julio de 1776… pero no son esos valores los compartidos por la élite que dirige la sociedad norteamericana. Esto, como veremos en el capítulo siguiente, son, precisamente, su negación. Por que hoy, los EEUU están dirigidos por una logia que lejos de estar inspirada en los valores tan exóticos como tradicionales, que hoy están encarnados en el movimiento evangélico de los «cristianos renacidos», se inspira en los escritos de un extraño filósofo, Leo Strauss, el cual podía ser tildado, pura y simplemente de «nazi», en el peor sentido de la palabra… de no ser por su ascendiente judío.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

Gaudí en el Parque de la Ciudadela con los Fontseré

Gaudí en el Parque de la Ciudadela con los Fontseré Redacción.- En esta cuarta entrega de la serie Gaudí, abordamos uno de los primeros trabajos de Gaudí antes de recibir el título de arquitecto fue en el estudio de los dos hermanos Fontseré. Ambos eran altos cargos de la masonería barcelonesa y pertenecían a la dirección de la Gran Logia Simbólica Catalana-Balear, dirigida y formada por Rosendo Arús i Arderiu. Gaudí realizó varios diseños en el marco de remodelación del espacio de la Ciudadela.

Capítulo V
En el Parque de la Ciudadela con los Fontseré

En la gran cascada del Parque de la Ciudadela de Barcelona, al llegar al Aquarium, justo ante la entrada, podemos ver dos pequeño plafón redondo en cuyo interior está representada una salamandra y un tritón, excepcionalmente naturalistas, rodeadas de hojas. Casi es posible palpar la rugosidad de su piel y seguir sus ondulaciones. Ningún sitio mejor para situar una salamandra que en un lugar húmedo. Se la ha considerado signo hermético del fuego a causa de que al desplazarse, su movimiento ondulante, evoque el de las llamas al crepitar. Por eso mismo, los antiguos creían que podía vivir entre las llamas sin consumirse y que era una manifestación del fuego. Su tacto, excepcionalmente frío, no escapó de la atención de los antiguos egipcios que lo tenían como hieroglifo del hombre muerto de frío. La salamandra, no es como el Fénix que nace de sus cenizas, sino que se alimenta del fuego. En la masonería es el símbolo del hombre perdido entre tribulaciones pero dispuesto a vencerlas. Gaudí colocó esta salamandra diseñada primorosamente con entusiasmo juvenil. Volvería a colocar otra en su madurez en la escalinata de acceso al Park Güell. Con casi cuarenta años de diferencia entre ambas, el recuerdo de éste símbolo permaneció indeleble en la mente del arquitecto. En aquella primera ocasión no era dueño de su trabajo, pero quienes le contrataron –los hermanos Fontseré, maestros de obras- debieron apreciar bien éste diseño.

* * *

Aún hoy, los especialistas no han logrado ponerse totalmente de acuerdo y disipar las dudas sobre la envergadura y los trabajos que Gaudí realizó en el Parque de la Ciudadela, pero, en cualquier caso, son significativos. Hay dos elementos a resaltar en este trabajo: el estudio de arquitectura para el que lo realizó, el de los hermanos Fontseré y, el contenido del mismo. Vayamos a lo primero.

José y Eduardo Fontseré eran hijos del maestro de obras José Fontseré que había construido la plaza de toros de la Barceloneta (situado en el emplazamiento que ocupó durante años la llamada “Estación de Cercanías”, donde empezó la bullanga de 1835 que supuso la destrucción de la mayoría de edificios religiosos del casco antiguo de la ciudad). La familia Fontseré era oriunda de Riudoms, en donde también se encontraba el Mas la Calderera, hogar de los Gaudí. Pero, de hecho, la vinculación de los Fontseré con la comarca tarraconense del Camp de Tarragona no debía ser muy fuerte en el período en que Gaudí estudiaba en la Escuela de Arquitectura; el padre, José Fontseré, la había abandonado en su juventud, cuando se estableció en Barcelona e interrumpió el linaje de carpinteros en el que se había criado.

El 15 de octubre de 1868, a un mes del triunfo de la revolución liberal, José Fontseré Mestres, trazó un primer proyecto sobre la remodelación del espacio ocupado por el fuerte de la Ciudadela. Dicha fortaleza, construida por el ingeniero Próspero de Werboom, después de la ocupación de Barcelona por las tropas de Felipe V, evocaba malos recuerdos entre los barceloneses. A la vista de la resistencia que opusieron las milicias gremiales, particularmente en el barrio de la Ribera, Felipe V ordenó el derribo del barrio (sus escombros fueron arrojados al mar y sobre ellos se construyó el barrio de la Barceloneta) y la construcción en el mismo emplazamiento, del fuerte. No era raro que, al arrancar el “sexenio revolucionario”, uno de los primeros objetivos simbólicos del nuevo gobierno fuera el derribo del fuerte. Pero éste no fue aprobado por el Ayuntamiento hasta 1869 y, solamente en 1872, se convocó el concurso para un proyecto de parque público en la zona. Fontseré presentó su proyecto el 30 de septiembre de 1873. El jurado de 13 miembros, encontró tan malos los tres proyectos presentados, que prolongó el plazo de entrega diez días para que los concursantes mejoraran su trabajo. Luego resultó que ninguno de los proyectos presentados estaba firmado por ningún arquitecto. El propio Fontseré era “maestro de obras”. Pero no hubo ningún obstáculo capaz de evitar que fuera él quien se viera favorecido. Una vez más, aparece la sombra del “apoyo mutuo”. Bassegoda lo resume: “Está muy claro que el Ayuntamiento quería que Fontseré se llevara el premio y lo consiguió” (1). Y no es raro que así fuera, por que tanto José como Eduardo Fontseré, eran prominentes miembros de la masonería barcelonesa.

Los Fontseré tienen un historial masónico fraguado a la sombra de Rosendo Arús i Arderiu, inspirador de una corriente masónica, disidente y herética en su tiempo, pero que dejó como legado la Biblioteca Pública que aún hoy puede visitarse en el Paseo de Sant Joan. En 1889, el nombre de Eduard Fontseré figura entre los miembros de la directiva de la Liga Internacional de la Paz y la Fraternidad de los Pueblos (2), una de las muchas iniciativas pacifistas de la aquella época promovidas por las distintas obediencias masónicas. El presidente de esta liga era, por supuesto, Rosendo Arús, el vicepresidente, el espiritista Torres Solanot y el resto de vocales pertenecían, así mismo, a la masonería barcelonesa, destacando el librepensador Tarrida del Mármol. En 1890, Fontseré figura entre los promotores de un nuevo partido radical, junto a una corte de masones reconocidos (Odón de Buen, Salas Antón) como miembro del Gran Oriente Ibérico, de la que Sánchez Ferrer, dice que “era la mas politizada, partidista y abiertamente defensora de la lucha masónica para conseguir el advenimiento de la república” (3). Dos años después, los Fontseré seguían en la brecha y el nombre de Eduardo volvía a aparecer junto a Arús; en esa ocasión, había sido elegido “Primer Vigilante” de la Logia Avant (4), fundada por Arús, núcleo originario de la Gran Logia Simbólica Regional de Catalunya, la obediencia masónica irregular promovida por él. Fontseré participó, junto a otros dos miembros de la Logia Avant (Llorenç Frau Abrines, autor del diccionario masónico más completo del siglo XIX, y Rosendo Arús), como delegado en la Asamblea Constituyente de la Gran Logia Simbólica, en la que participaron otros trece talleres más, entre ellos la Logia Fortuna de Tortosa. La Constitución de la obediencia fue redactada por Fontseré y por otros cuatro ponentes, siendo elegido a continuación el Soberano Consejo de Gobierno que tenía como Gran Presidente a Eduardo Fontserè Mestre, masón de grado 30º que pasó, así mismo, a formar parte de la Gran Comisión de Estatutos y Reglamentos Generales (5). El 16 de julio de 1886 la GLSRC aprobó, con el voto favorable de Fontseré una moción que aprobaba el catalán como “lengua oficial de la obediencia”. El dato es relevante por que, como cuenta Sánchez Ferre, “Hizo falta esperar a la segunda década del siglo XX para encontrar una logia que realice los trabajos masónicos en catalán” (6). Por que, en realidad, la obediencia de Rosendo Arús, tuvo corta vida y a la muerte de éste, periclitó y terminó disolviéndose. Pues bien, Gaudí colaboró con Eduardo y José Fontseré de los que era imposible dudar de su adscripción a la masonería. De hecho, resulta demasiado evidente que los Fontseré se beneficiaron –como antes lo hizo Ildefonso Cerdá con el proyecto del Ensanche- de su adscripción a la masonería para ganar el concurso de urbanización de la Ciudadela.

A partir de 1873 empiezan las obras que se prolongaron hasta 1885, año en el que se colocó la cuádriga de la cascada. César Martinell explica que la participación de Gaudí en los trabajos de la Ciudadela se limitó solamente a ser delineante, pero Rafols y, posteriormente, Bassegoda, a partir de los datos de aquel, señalan “la colaboración de Gaudí estudiante en los trabajos del parque a las órdenes de Fontserè” (7). Rafols debía saberlo por que compartió conversaciones con Gaudí, prácticamente a diario entre 1914 y 1924; anotaba las frases y los recuerdos que el arquitecto le comunicada en pequeñas agendas y con ellas compuso una importante biografía en 1929. Habitualmente se explica que la relación de Gaudí con los Fontseré derivaba de que los padres de ambos eran de Riudoms. Sea como fuere, el caso es que el Gaudí estudiante, entra a trabajar en el estudio de los Fontseré en 1876 y a su lado realizó sus primeros trabajos: las columnas de la cascada, las astas que sostienen las garzas reales, la reja y la balaustrada de la plazoleta de Aribau (8), los templetes gemelos de las escaleras de la cascada, la gruta artificial desaparecida hoy, y, por supuesto, la reja de entrada al parque en donde coloca cascos alados sobre las farolas que, como hemos dicho, aparecen también en la cornisa de la Casa Xifré.

La colaboración con los Fontseré, al parecer, se limitó a las obras del Parque de la Ciudadela, pero, se trató de un proyecto de envergadura. Los Fontseré no eran masones de base, ocupaban, especialmente Eduard, altos cargos en la obediencia masónica que se mostraba políticamente más activa y comprometida. Por la duración y persistencia del historial masónico de Eduard Fontseré, está claro que tenía un alto nivel de compromiso con el entorno de Arús y con la GLSRC en cuya fundación, como hemos visto, participó activamente. Es fácil suponer que Fontseré también intentaba reclutar nuevos masones. Es muy probable que tuviera conversaciones con Gaudí sobre esta temática. No olvidemos que la urbanización del Parque de la Ciudadela se realizó dentro de un clima antimonárquico, republicano y mitológico. La cascada del parque es un compendio de mitología clásica: tritones (hay que mirar a la cornisa de la Casa Xifré para ver también tritones, por cierto), el carro de la Aurora y dos faunos, cuatro grupos de genios, Venus y dos náyades, Neptuno, Leda, Danae, cuatro glifos guardianes del oro… Sería difícil encontrar en la Ciudad Condal una construcción que incluyera tantos elementos mitológicos. Hay que recordar que, en el siglo XIX, un sector de la masonería, albergaba la quimérica idea de sustituir los temas religiosos del cristianismo por unas evocaciones, vagamente deístas y panteístas, inspiradas en la mitología clásica. Esta tendencia alcanzo su paroxismo entre los librepensadores positivistas de los hubo verdadera inflación en todos los barrios de Barcelona entre 1870 y 1910.

Ya hemos visto que Xifré utilizó entre sus símbolos, algunas alusiones mitológicas que luego vuelven a encontrarse en la cascada del Parque de la Ciudadela. En ambos casos, encontramos a masones de amplio historial ya sea como promotores del inmueble o como diseñadores del proyecto. ¿Y Gaudí? Estamos persuadidos de que fue precisamente en esa época, cuando tuvo contactos con la francmasonería y conoció su sistema simbólico. De hecho, es sorprendente el número de francmasones que orbitan en torno a Gaudí en esa época… pero, sobre todo, es sorprendente que un joven arquitecto, que todavía no ha tenido tiempo de dar la medida de su valor, participe en proyectos que, o bien tienen una gran importancia (las farolas, el proyecto de la ciudadela) o bien son promocionados desmesuradamente (el proyecto de Cooperativa Obrera en la Expo de París). De entre todas las explicaciones posibles a este fenómeno, una, no precisamente infundada, es las buenas relaciones de Gaudí en esa época con los medios masónicos barceloneses.

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La colaboración de Gaudí con los Fontseré se limitó a las obras del Parque de la Ciudadela. En las biografías que hemos consultado no parece que la relación se prolongara más allá de los trabajos. Según Collins, los trabajos se prolongaron entre 1877 y 1882. Había recibido el título de arquitecto en 1878 y de esa época debió datar su colaboración con Joan Martorell quien en muchas biografías es presentado como su mentor y al que Gaudí guardó siempre un extraordinario aprecio: “Martorell era un santo y un sabio”, dijo en cierta ocasión (9). Entre 1875 y 1877 (las fechas varían según los autores) participó en el proyecto de construcción del camarín de la Virgen de Montserrat (a pesar de que algún autor –Martinell, en concreto- niega que tuviera cualquier implicación en la obra. De ser cierta, se trataría de la primera participación en un trabajo que tuviera que ver con la Iglesia y lo Sagrado. Existe una confusión en el nombre del arquitecto que realizó el proyecto. Al parecer, no se trataría de Francisco de Paula del Villar Carmona, sino de su padre, Francisco de Paula del Villar Lozano. Sea como fuere, la participación de Gaudí se limitó –como máximo- a tareas de delineación y se limitó a 1876.

De la impresión de que en aquellos años, Gaudí intentaba hacerse un nombre en el terreno de la arquitectura y aceptaba colaborar con arquitectos que gozaban de reconocido prestigio en la sociedad de su tiempo. O con proyectos que, por algún motivo, le reportasen beneficios. Uno de estos proyectos fue el llamado “Kiosko Girossi”, en realidad, un retrete público que debería haber sido colocado en las calles más importantes de la ciudad, pero que, por algún motivo, se estancó entre el papeleo minucipal y la quiebra del promotor. Era mayo de 1878; en enero del mismo año el Ayuntamiento había dado generosamente a Gaudí el encargo de diseñar las farolas de la Plaza Real. El encargo, a pesar de su aparente banalidad, era importante. Se trataba de situar una veintena de urinarios públicos en distintos puntos de la ciudad, dotados con alumbrado de gas, con publicidad comercial y con una concesión municipal de 50 años. Además, Girossi pedía dos metros cúbicos de agua diarios por urinario para asegurar la limpieza y exención de impuestos. El asunto hubiera llegado a buen término de no ser por la quiebra que sufrió Girossi cuando ya tenía todos los permisos y licencias municipales, en lo que podía considerarse un “pelotazo” de la época. Al parecer, en 1883, nuevamente Girossi volvió a la carga con sus urinarios públicos, sólo que en esta ocasión recurrió a otro arquitecto para que diseñara un proyecto… que tampoco pudo llevarse a cabo.

© Ernesto Milà – infokriris – infokrisis@yahoo.es

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1) Joan Bassegoda en “El Gran Gaudí”, Ob. Cit, pág 109 y sigs., ofrece una sucinta biografía y un resumen de las vicisitudes que atravesó el proyecto Fontseré de urbanización de la ciudadela.

2) La relación aparece en el “Boletín Oficial del GONE”, III, núm, 49, 15-VII-1889 y es citado en “La masonería catalana…”, Ob., Cit., pág 145.

3) “La masonería catalana…”, Op. cit., pág 210.

4) “La masonería catalana…”, Op. cit., pág 239.

5) “La masonería catalana…”, Op. cit., pág 244-245.

6) “La masonería catalana…”, Op. cit., pág 249.

7) “El Gran Gaudí”, Ob. Cit, pág 110.

8) “El Gran Gaudí”, Ob. Cit, pág 111.

9) “Antonio Gaudí”, José F. Ráfols, Canosa Editorial, Barcelona 1929, pág. 45.