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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

Doce años que cambiaron la geopolítica. (VI de VII). 5. Las doce aristas del mundo cúbico (a)

Doce años que cambiaron la geopolítica. (VI de VII). 5. Las doce aristas del mundo cúbico (a)

Infokrisis.- En nuestro análisis pormenorizado de la mutación que está sufriendo el sistema mundial, llegamos a aspectos concretos. Antes hemos definido la actual situación como el tránsito del mundo esférico al cúbico. Ya hemos definido el significado de cada una de las seis caras del cubo, ahora vamos a abordar el análisis de la problemática de las doce aristas que unen a sus caras.

 

 

5. Las doce aristas del mundo cúbico

Ahora bien, cada una de las caras de este modelo cúbico no es interiormente uniforme. Como en la figura geométrica, existen unas “aristas”, los segmentos de contacto entre cada una de las caras que nos ayudará a entender con más precisión el “mapa” de los tiempos modernos. Las seis caras definen doce aristas.

1) Los damnificados de la globalización con los actores energéticos y científicos.

Los propagandistas de la globalización y aquellos otros que no se sienten con fuerzas de oponerse a la tendencia general, anuncian el fenómeno como aquel en el que todos saldremos beneficiados y nadie resultará perjudicado, como máximo más que en períodos muy breves. Esto se ha demostrado absolutamente falso. Para quienes pierden el tren de la globalización, les resultará muy difícil volver a acceder a él. Así pues existen, lo que hemos dado en llamar, damnificados de la globalización, aquellos que no solamente se benefician del proceso, sino que, además, resultan extraordinariamente perjudicados. Hoy estas mentiras cuestan mucho más de mantener que hace una década. Y dentro de un lustro será mucho más evidente que el rechazo a la globalización no es solamente obra de unas minorías disidentes, crême de la crême de la intelectualidad occidental, antiguos izquierdistas tripudos, canosos y barrigones, y unos cuantos jóvenes díscolos.

En Europa y EEUU, ya han quedado fuera de la globalización amplios sectores sociales sin formación suficiente para competir en el mercado laboral o con una formación inadecuada. Por lo demás, aunque dispongan de esa formación, incluso técnico y científica, eso no les garantiza el acceso al mercado de la vivienda –por ejemplo- ni siquiera a trabajos estables y bien remunerados. La posibilidad de ahorro se esfuma. La seguridad también. En cuando a jóvenes sin esa formación, el trabajo les resulta ya hoy un bien escaso y el salario ni siquiera salva de la precaridad. Además se une otro fenómeno a tener en cuenta. Mientras que los jóvenes del Tercer Mundo han nacido y vivido en plena precariedad, eso mismo no ocurre entre los jóvenes del Primer Mundo que han conocido y vivido, en una abundancia más o menos sostenida y, van a reaccionar mal ante el proceso de pauperización que les aguarda y que solamente será paliado con la caridad pública, los subsidios, el trabajo negro y el apoyo de los padres hasta edades muy adultas. La mutación sociológica que va a tener lugar no puede escapársele a nadie. Por otra parte, estos jóvenes de escasa cualificación laboral, van a tener que competir en el mercado del trabajo con legiones de inmigrantes dispuestos a vender su fuerza de trabajo aún más barata.

En cuanto a las distintas zonas del Tercer Mundo, la situación es mucho peor, incluso. La situación es particularmente grave en África, incluso en las zonas –como Guinea Ecuatorial- en las que el PIB ha crecido más en los últimos años gracias a la existencia de cuencas petroleras. Los contratos firmados por los gobiernos, inevitablemente autoritarios, sanguinarios, dictatoriales y siempre no democráticos, y las compañías petroleras, siempre ha aportado ingresos miríficos para esos países, que, inevitablemente, han sido distribuidos en los entornos del poder. Tales ingresos, por otra parte, han tenido como efecto colateral, el que los gobiernos autoritarios africanos han reforzado sus estructuras y se han aferrado más y mejor al poder, gracias a medidas represivas y a los medios técnicos para reforzar la represión, adquiridos gracias a la riada de ingresos petroleros. Paradójicamente, el petróleo termina siendo una maldición. Situaciones similares se dan en el Cáucaso, Arabia Saudí, Irak y las cuencas petroleras de Iberoamérica.

Pero en donde la bolsa de damnificados por la globalización va a ser más extensa es en aquellos países del Tercer Mundo, especialmente en los países que actualmente tienen las tasas de desarrollo más altas (China, India, Corea del Sur) pero donde apenas existen asociacionismo laboral, unido a una alta demografía. En estos países, los trabajadores están condenados a ser verdaderas máquinas de producir, desconociendo prácticamente lo que son las coberturas sociales y los subsidios de desempleo. Lo exiguo de sus salarios, tampoco les va a permitir vivir una economía que vaya mucho más allá de la de subsistencia.

Los damnificados de la globalización, difícilmente soportarán su situación eternamente. A los países en vías de desarrollo todavía les queda vivir el período de las incipientes luchas sindicales, la organización para la defensa de sus intereses, que la clase obrera europea y norteamericana ya vivió entre 1848 y 1950. Esto no dejará de sembrar el proceso de globalización en los próximos años de inestabilidad social y, muy probablemente, de luchas civiles en esos países.

En cuanto a Europa, en la actualidad, se mantiene todavía el equilibrio, gracias a dos factores de desigual importancia pero igualmente relacionados: de un lado el que los jóvenes se han habituado a vivir con sus padres, retrasan el máximo posible su emancipación y por supuesto el contraer matrimonio y tener hijos. De otro lado, los marginados de la globalización van a tener que competir en Europa con la inmigración. Lo que nos lleva a la segunda arista.

2) Los damnificados de la globalización con los actores tradicionales.

Las dos tendencias espaciales más acusadas del fenómeno globalizador son: de un lado, un fenómeno de Oeste a Este, que supone el traslado de los plantas de ensamblaje de manufacturados de Europa Occidental hacia Asia y de otro lado, un fenómeno de Sur hacia el Norte, protagonizado por la inmigración, tanto hacia Europa Occidental como hacia los EEUU. Estos dos fenómenos son aparentemente contradictorios, pero en su conjunto tienen como resultado el abaratamiento de los costos de producción y de los servicios: al haber más mano de obra a causa de la inmigración, el coste del valor salario disminuye; al mismo tiempo, al haberse desplazado las plantas de montaje a donde los salarios son más bajos y las coberturas sociales inexistentes; así se pretende abaratar los precios para los consumidores del primer mundo especialmente y aumentar los beneficios simultáneamente de los consorcios industriales. A nadie se le escapa que esto puede llevarse hasta cierto límite, pero no más allá.

La idea de los defensores de la globalización es que los puestos de trabajo que se pierdan en el Primer Mundo a causa del traslado de las factorías, se recuperará en otros terrenos de la economía, especialmente en el sector servicios. Pero es una ilusión, por lo demás, peligrosa: las “naciones de servicios” difícilmente podrán estar en condiciones de sobrevivir en caso de que un desajuste en el sistema mundial (a causa de una epidemia, por ejemplo, que interrumpa los flujos comerciales de Este a Oeste, o bien a causa de revueltas e inestabilidad política que pueden estallar en los países “fabricantes”). Bruscamente Europa puede encontrarse con que el abastecimiento de maquinillas de afeitar fabricadas o que las últimas hilaturas radicadas en Europa, no pueden tejer más mantas ni tejidos, que sustituyan a las fabricadas en China a causa de la interrupción de flujos comerciales a causa de una eventual inestabilidad política. Otro tanto puede ocurrir con alimentos traídos del Tercer Mundo. Eso supondría la carestía para Europa, el alza insoportable de los precios y los descontentos sociales que podrían llegar a producir disturbios y aumentar la inestabilidad política haciendo aumentar el peso de las opciones radicales y concluyendo en Europa el período histórico iniciado tras la II Guerra Mundial en la que el sistema se mantenía gracias a una columna de centro-derecha y otra de centro-izquierda que se iban alternando en la gestión del poder.

El fenómeno de la inmigración masiva no hay que olvidarlo como germen de futuros conflictos étnicos, religiosos y económico-sociales en la UE y en los EEUU. La inmigración ha resultado ser un fenómeno globalmente negativo, desde el momento en el que ha sido instrumentalizado –como veremos- por las mafias y no respondía ya a las necesidades de las economías receptoras. Desde hace ya muchos años, la inmigración ha llegado en contingentes que el mercado laboral de Europa Occidental ya no podía absorber. El humanitarismo y el progresismo de las clases dirigentes, especialmente de izquierdas que calculaban, en un gesto absolutamente irresponsable e ingenuo que la inmigración se iba a convertir en la “nueva clase obrera”, que actuaría como electorado de sustitución a la clase obrera europea tradicional, cada vez más conservadora y progresivamente reducida, ha constituido el gran “efecto llamada” que se registra desde principios de los años 80 y que solamente hace siete años hizo sentir sus primeros efectos en España.

Problema étnico-identitario, problema social, problema de integración cultural, problema religioso en el caso de los musulmanes, a todo ello, además, se unen profundos desajustes generados por la imprevisión de las autoridades: en España en apenas ocho años han ingresado cinco millones de inmigrantes. Este contingente, sin precedentes en Europa, explica la inmensa mayoría de los desajustes que está sufriendo nuestro país: en el terreno de la educación, en la seguridad ciudadana, en el alza de los precios de los alquileres y de la vivienda de compra, en el aumento del consumo de energía eléctrica (con los subsiguientes cortes del suministro en períodos álgidos del invierno), en el aumento desmesurado de los costes de la sanidad pública y del déficit que en este terreno tienen las comunidades autónomas, en la violencia doméstica, en la sobrecarga brusca del aparato de justicia, del aparato penitenciario, en el aumento brutal de los presupuestos de asistencia social…

Esto es lo sorprendente: que la inmigración ha generado todos estos desajustes, que el Estado ha debido financiar y enjugar (es decir, gracias a la contribución impositiva de todos los españoles), algo que solamente ha repercutido positivamente en sectores empresariales muy concretos: en la patronal de hostelería, en la patronal de la construcción, en la patronal agraria, y en el sector de telecomunicación e hipotecario… En otras palabras: los prejuicios de la inmigración nos afectan a todos, los beneficios solo a unos pocos.

La misma perspectiva se da en otros países europeos y en EEUU. El límite extremo de este proceso no puede ser otro más que las repatriaciones forzadas y la interrupción del efecto llamada mediante políticos “brutales” de reversión del fenómeno que ya empiezan a despuntar en países como Suiza que, por referéndum, ya permiten el encarcelamiento de inmigrantes entrados ilegalmente. La inmigración es uno de los grandes problemas que van a tener que afrontar los Estados occidentales y que, más vale que todos nos vayamos haciendo a la idea, de que va a causar tensiones desconocidas desde hace décadas.

3) Los damnificados de la globalización con los actores emergentes.

La cara del cubo correspondiente a los actores geopolíticos emergentes tiene en su parte superior a las élites económicas y financieras de esos países y en su parte media y superior al resto de la población. En estos países la característica sociológica principal es que el desarrollo económico se ha iniciado sin que existiera una clase media potente. Esto ha impedido el que se consolidaran democracias formales, más o menos estables. Salvo la India –en donde, por lo demás, la corrupción, como veremos, es omnipresente y supera a los estándares occidentales- en el resto de lo que hemos llamado “actores emergentes” no se perciben más que tenues rastros de democracia representativa. Y eso seguirá así, mientras no exista una clase media potente tanto desde el punto de vista cultural como desde el punto de vista político.

El argumento que sostiene que la evolución del capitalismo en Europa se produjo en idénticas circunstancias, es falso y mendaz. En principio, cuando el capitalismo irrumpió en Europa ya existía un burguesía pujante derivada del poder gremial del Renacimiento y del ejercicio del comercio durante generaciones. Además, tras este poder, existía un poder cultural –la ilustración primero, la masonería después- que se convirtió en un verdadero laboratorio de ideas y proyectos. Cuando irrumpió el capitalismo en Europa, lo hicieron también movimientos utopistas, carbonarios, socialistas y comunistas utópicos, libertarios, que, frecuentemente, no estaban solamente compuestos por miembros de las clases trabajadoras, sino que, inicialmente, con mucha más frecuencia, correspondían a intelectuales, miembros de la alta burguesía y de la burguesía media, que, frecuentemente, terminaron siendo empresarios dotados de un sentido humanista. La imagen de las hilaturas inglesas con niños trabajando 18 horas al día, constituyó solamente un momento –por lo demás, muy puntual- del capitalismo inglés pre-victoriano, en absoluto una constante. En muchos de los capitalistas de la primera revolución industrial existía, o bien la influencia de la doctrina social de la Iglesia (que condenaba la explotación, el hacinamiento, el sobreesfuerzo, el trabajo de menores, la falta de coberturas sociales) y el hecho de que muchos de estos capitalistas, estaban influidos por ideas sociales de tipo progresista. La existencia de “colonias industriales” en el último tercio del siglo XIX y la primera mitad del XX, supuso que el empresario, no solamente daba trabajo, sino que también aportaba seguridades de vivienda, enseñanza para los hijos, economatos, etc. Por otra parte, hay que recordar que la oposición al reconocimiento del sindicalismo fue más fuerte en los países anglosajones que en la Europa continental.

Estos motivos hicieron que el “arranque” del capitalismo en Europa –aun cuando no hay que olvidar las situaciones de explotación, e incluso de sobreexplotación que se dieron en algunos casos o, lo que es peor, de pistolerismo patronal frente a los brotes de anarcosindicalismo y de pistolerismo obrero que también existieron- fuera mucho más “sostenible” que el desarrollado en la actualidad en los países del Tercer Mundo. En efecto, en estos países, por los motivos que sean, no existe una burguesía nacional digna de tal nombre. La clase media está casi por completo ausente, o bien, como es el caso de Iberoamérica, las oscilaciones político-económicas, la han, literalmente, desmantelado y reducido a la mínima expresión, o bien han iniciado un proceso de proletarización del que ya no pueden salir.

Junto a la práctica inexistencia de clase media, en los actores geopolíticos emergentes encontramos otro factor sorprendente y destacable: la polarización extrema de las rentes, entre una minoría extremadamente rica a un lado y otra extremadamente pobre a otro. Nosotros mismos percibimos esta realidad a principios de los años 80 en Iberoamérica: bastaba situarse en el centro del Country Club de Caracas, situado en el lugar más lujoso y exclusivo de la capital, para mirar alrededor y percibir como la ciudad estaba rodeada por un cinturón de miseria que volvimos a encontrar en Lima, en donde desde el aeropuerto de la ciudad hasta la acera inmediatamente anterior del Hotel Sheraton era una sucesiòn interminable de barracas y chabolas pobladas por depauperados, o bien en Bogotá donde desde lo alto del hotel Tequendama podían percibirse los barrios depauperados situados a pocos metros, por no hablar de los barrios de Obrajes y Calacoto de la capital boliviana, que contrastaban por su opulencia con los altos que rodean la ciudad, poblados por mestizos e indígenas. Hemos visto idénticas paisajes en prácticamente toda África subsahariana y en la inmensa mayoría de países árabes. La constante de estas zonas es que sólo parece haber lugar para los muy ricos o para los muy pobres, estando las clases medias, reducidas al mínimo. Y, en el actual estado de cosas, el crecimiento de la clase media solamente se está produciendo de manera muy lenta y limitada, sin excluir que puedan ocurrir eventuales recesiones.

La inestabilidad climática que, más o menos, se vive en todo el planeta, genera migraciones constantes del campo a la ciudad: en Marruecos se sabe que cada año de sequía –y van varios- genera la migración de medio millón de campesinos a los arrabales de las grandes ciudades. Pero el fenómeno es universal: lo encontramos entre los campesinos ecuatorianos, peruanos y bolivianos, lo volvemos a encontrar entre los campesinos chinos e hindúes, en Turquía y Senegal…

Lo que hemos dado en llamar “actores emergentes” basan su desarrollo en el comercio y las manufacturas esencialmente. Esto hace que los beneficios obtenidos puedan invertirse en sectores estratégicos, empezando por el armamentístico. En realidad, los actores emergentes tienden a ser potencias militares de alcance regional (China, India, Corea del Sur, Irán, Venezuela, Brasil…) que tienden a desarrollar una industria bélica propia. Es precisamente el rearme de estos países el que multiplica su importancia estratégica mucho más allá de su importancia productiva. El paradigma de estos países es, desde luego, Irán y su campaña de rearme nuclear y convencional.

Este grupo de países sufre una deficiencia notable: carecen de experiencia en los terrenos del desarrollo. Al anteponer el desarrollo económico a cualquier otra necesidad, corren el riesgo de generar a corto plazo catástrofes mediambientales similares a las que sacudieron las dos últimas décadas de la URSS en la zona del mar de Aral. Por otra parte, el abandono sistemático de tierras de cultivo corren el riesgo de convertirse en un factor de modificación del clima, con tanto impacto como la tala sistemática de árboles en la Amazonia o la negativa a aplicar el protocolo de Kyoto por parte de los EEUU.

Buena parte de estos países, además, son productores de inmigración. Una inmigración que se va para no volver. La mayoría de inmigrantes, al llegar a Europa, permanecen absolutamente fascinados por lo que aquí encuentran, especialmente porque, aun a pesar de existir focos incipientes de racismo, su nivel de vida y su dignificación como personas, son incomparables con las situaciones de opresión, miseria, desprecio, violencia y abandono, que vivieron en sus países de origen. Por eso muchos entran, pero pocos quieren volver. Países como Bolivia o Ecuador han perdido el 25% de su población en apenas diez años en flujos migratorios orientados hacia distintos horizontes. Otros, como los del Magreb, quedarían, literalmente, vacíos, si todos los que desearan irse (más de un 50% de la población) pudiera hacerlo. De todos los países del mundo, sin duda Colombia, es el que registra una intención migratoria mayor de todo el mundo. Nuestra experiencia directa nos induce a pensar con poco margen de error, que entre el 75 y el 80% de la población colombiana desearía emigrar a cualquier lugar del Primer Mundo, aun sin saber exactamente lo que iban a encontrar allí.

Los países emergentes aportan impresionantes contingentes de población situada en la arista con los damnificados de la globalización. Esa arista representa la convergencia de la miseria entre los que no tienen nada y pertenecen a países en los que no son nada y aquellos otros excluidos de sus propios países y erradicados de la más mínima posibilidad de promoción.

4) Los damnificados de la globalización con la neodelincuencia.

Al igual que la arista anterior la que une a los damnificados de la globalización con la neodelincuencia es particularmente evidente. La falta de perspectivas económicas, lo poco rentable de la mayoría de los cultivos, y la precariedad, hace que el instinto de supervivencia se imponga sobre la ética y la moral. Cada vez más, gentes que, en condiciones normales, jamás habrían entrado en los circuitos de la delincuencia, terminan por engrosar en niveles de base, las filas de la neodelincuencia. La necesidad crea el órgano y cuando se trata de la supervivencia, cualquier posibilidad, por peligrosa que sea, termina siendo considerada.

El drama estriba en que mientras unos sectores de los países en vías de desarrollo termina en la inmigración o en la pauperación, otra, menor en número, pero no desdeñable, ingresa en los circuitos de la delincuencia. Sería impensable que los carteles del narcotráfico tuvieran el peso que han llegado a tener, de no ser por lo rentable del cultivo de la coca. Los proyectos de sustitución de éste cultivo por otros, de carácter convencional –como el café- no han logrado cuajar: el beneficio que aporta la coca es mucho mayor. En los años 80, la guerrilla marxista-leninista-alucinada de Sendero Luminoso llegó a pagar por anticipado los cultivos de coca a los campesinos de Ayacucho. Para el campesino afgano, el cultivo de la adormidera es un negocio mucho más rentable que cualquier otro, y otro tanto ocurre para el rifeño marroquí, que, además, goza del apoyo de un decreto de Mohamed V, abuelo del actual monarca, para cultivar hectáreas de hachís a su antojo. En general, estos campesinos no salen de la pobreza gracias a estos cultivos, pero si es rigurosamente cierto que viven mucho mejor que quienes han decidido solamente trabajar cultivos “lícitos”.

Gracias a la pobreza de los campesinos, el narcotráfico encuentra fácilmente su materia prima. Y la paga bien. Ni el cultivo de la naranja en Marruecos, ni el del café en Colombia, Bolivia o Perú, ni el de los cereales en Afganistán, suponen el nivel de ingresos que el de los cultivos “ilícitos” que caracterizan a todos estos países. Por otra parte, la propuesta que ha recorrido transversalmente distintos gobiernos bolivianos sobre la posibilidad de que el Estado, a través de un “Estanco Nacional”, comprara a precio de mercado la totalidad de la producción de hoja de coca y la orientara hacia la industria farmacéutica, los refrescos, el consumo interior o cualquier otra aplicación “lícita”, es ilusoria: tanto el Estado Boliviano, como cualquier otro, son extremadamente débiles como para pensar que podrían asumir esta tarea. Todo lo contrario: los niveles de corrupción y la debilidad endémica de todos estos estados les haría imposible cumplir su cometido.

No hay que olvidar que tras el negocio de la droga –que en la actualidad mueve tanto dinero como el del armamento- ya no se encuentran pequeños núcleos de delincuentes que actúan amparados en sus propios recursos, sino carteles propietarios de grandes recursos económicos y, frecuentemente, capaces de rivalizar con los Estados en los que desarrollan su actividad. El narcotráfico es hoy un inmenso poder económico y coercitivo, en el Primer Mundo y, no digamos, en sus países de origen. Las industrias delictivas han pasado de un nivel artesanal a un nivel multinacional, implicando esta transformación una formidable acumulación de capital y de poder. Por eso, determinado tipo de delincuencia ya no puede ser tratado, medido, ni llamado como la anterior: estamos ante nuevos tipos de delincuencia. Por eso le hemos llamado “neodelincuencia”.

La mafia siciliana, la n’dragheta calabresa, la camorra italiana, la garduña sevillana, todo el bandolerismo español del siglo XVII-XIX, etc., eran asociaciones de autodefensa de esas comunidades, situadas al margen de la ley, pero integradas en la dinámica de esas sociedades. Puede entenderse este tipo de actividad fuera apoyado y considerado como “propio” en esas comunidades. Nada de todo eso caracteriza hoy a la neodelincuencia. Ni siquiera los carteles de la droga actuales tienen mucho que ver con los que aparecieron a finales de los años 70. Hasta que las necesidades de financiación de la contra nicaragüense abrieron un canal al tráfico de cocaína desde Colombia a los guetos negros, los “narcos” colombianos se encontraban en un desarrollo artesanal. Había destacado algún pequeño y excéntrico líder, pero, en general, solamente puede hablarse de narcotráfico internacional a partir de 1983. El proceso de formación de los carteles de Medellín y Cali, supuso el tránsito a la etapa industrial. Pero, la acción policial combinada logró desmantelar lo esencial de dichos grupos delincuenciales. Hacia mediados de los años 90, se produjo la recomposición del narcotráfico sobre la base de carteles mucho más discretos que no solamente agrupaban a los “delincuentes” que sobre el terreno compraban la materia prima, la procesaban, la transportaban y la distribuían, sino que apareció la “neodelincuencia” formada por asesores financieros, policías y magistrados corruptos, dirigentes políticos financiados por los narcos, que les abrían puertas, les daban seguridades, los cubrían y les facilitaban información privilegiada para sus inversiones.

Cuando los EEUU propagaron su teoría sobre los “Estados Canallas” y los “Estados Gamberros”, incluían en los primeros a aquellos que habían caído en manos de los narcotraficantes y daban como ejemplo a la República Islámica de Afganistán controlada por los talibanes. Era falso. De hecho, los talibanes lograron que la producción de adormideras se redujera a mínimos históricos. Ha sido luego, tras la invasión norteamericana, cuando el gobierno de Karzai no ha podido impedir –o, simplemente, no le ha interesado- el recrudecimiento del cultivo de la droga.

Lo que sí resulta rigurosamente cierto es que en Colombia –y no solamente en Colombia, sino con mucha más frecuencia incluso, en África- existe una colusión entre movimientos guerrilleros y delincuencia vinculada al narcotráfico. Desde hace un década las distintas guerrillas colombianas, siguiendo los pasos de la guerrilla peruana de Sendero Luminoso, se convirtieron en “narcoguerrillas”: la primera –y casi única actividad- de las FARC, por ejemplo, consiste en escoltar a un lado y otro lado de la selva a camiones que trasportan cocaína ya procesada hacia los centros de distribución. Por supuesto, cobran sus servicios, hasta el punto de que algunos narcotraficantes prefieren tener a su disposición, guerrillas contra guerrilleras –las Auto Defensas Cívicas- con la misión de hostigar, alejar y liquidar a las FARC, a precio de mercado, es decir, mejorando la oferta de “protección” de éstos últimos.

El panorama se complica todavía más cuando individuos que han recibido entrenamiento militar y están preparados para actuar con disciplina inexorable, muchos de ellos veteranos de guerras del Cáucaso y de los Balcanes, se integran a la vida civil. En el ejército han pasado experiencias y adquirido conocimientos que no pueden aplicar a la vida civil. Muchos de ellos carecen de estudios suficientes para poder reciclarse en trabajos que no sean del incipiente sector de la seguridad. Otros no están dispuestos a trabajar jornadas interminables en puestos difíciles, peligrosos y mal retribuidos, como escoltas, porteros de discoteca, vigilantes jurados y demás, así que optan por el camino de la delincuencia; se integran en bandas paramilitares, algunas de ellas, como el Ejército de Liberación de Kosovo, tuvo, vagamente, un origen político, pero en el momento en que desaparecieron las circunstancias políticas, la delincuencia kosovar llegó hasta España.

En general, los damnificados de la globalización tienden a ocupar los estratos más bajos de la neodelincuencia y se convierten en la carne de cañón de la misma. Y este proceso es tanto más rápido cuanto más acelerado es el proceso de empobrecimiento del Tercer Mundo y aumenta el número de desfavorecidos de la globalización, incluso en el Primer Mundo.

5) Los actores energéticos con los actores tradicionales.

El mundo de los hidrocarburos cobró forma a principios del siglo XX cuando el motor de explosión empezó a generalizarse y a partir de la Segunda Guerra Mundial, la victoria o la derrota de los ejércitos, se demostró que tenían mucho que ver con el control de las pozos petroleros. La victoria sonrió a las potencias aliadas en función de dos factores principales: el papel de los EEUU, resguardados de cualquier ataque por parte de las potencias del Eje y la seguridad en el suministro petrolero (Bakú, Texas, Golfo de México), mientras que las potencias del Eje se vieron castigadas dramáticamente con las limitaciones de recursos petroleros (Ploestri en Rumania y las pizarras bituminosas de Prusia Oriental). Los EEUU extrajeron consecuencias de esta situación y pactaron el mantenimiento de la dinastía de los Saud en Arabia Saudí, a cambio de la garantia de suministro de petróleo. Diez años después de concluir la Segunda Guerra Mundial, el suministro de petróleo ya se había reorganizado. Las “siete hermanas” (las grandes compañías petroleras hasta los años 90) acometieron la explotación sistemática de los pozos petroleros, utilizando capital occidental. Por su parte, la mayoría de los países productores de petróleo se organizaron en la OPEP que jugó un papel capital en la regulación de los precios y de los volúmenes de extracción, alcanzado su momento álgido con motivo de la primera crisis del petróleo en 1973, tras la Tercera Guerra Árabe-Israelí. La OPEP estableció cuotas de producción, dirigió flujos petroleros, reguló los precios y, así, contribuyó a la estabilidad del sistema mundial y, especialmente, garantizó la regularidad en el suministro de energía a precio estable hacia el Primer Mundo. La URSS, por su parte, era autosuficiente en materia energética y la industria formaba parte del gigantesco conjunto estatizado propio de una economía comunista.

El hundimiento del superpetrolero “Torrey Canyon”, en 1969, provocó la primera marea negra y supuso el primer momento de concienciación ecológica, justo en el momento en que empezaban a generalizarse la aplicación pacífica de la energía nuclear. A esto se unió el impacto de la crisis del petróleo en 1973. Estos dos hechos hicieron que algunos empezaran a advertir los riesgos de depender exclusivamente del petróleo y el carbón, primeros productores de polución atmosférica y con riesgo de agotamiento. Entre 1969 y 1989, la energía nuclear se consideró la más ventajosa alternativa a los combustibles fósiles. Sin embargo, a partir del desastre de Chernobil, la abolición de la energía nuclear se convirtió (especialmente en el Primer Mundo) un slogan electoral, asumido primero por los ecologistas, luego por la izquierda progresista y más tarde por la derecha conservadora. Hasta que en el Forum 2004 de Barcelona, el ex presidente soviético Gorbachov, reivindicara la necesidad de la energía nuclear para asegurar el crecimiento económico, cuando ya se advertía el punto de inflexión entre un consumo petrolero en crecimiento continuo y el descenso en el hallazgo de nuevos pozos petroleros, la energía nuclear estuvo prácticamente proscrita en el Primer Mundo, incluso hoy se siguen cerrando centrales, mientras que en el Tercer Mundo –especialmente en China- prosigue la construcción de nuevas.

La contradicción estriba en que mientras la energía nuclear se muestra a medio plazo como la única posibilidad de obtener energía a precio asequible, en tanto los proyectos de energía de fusión no puedan concretarse y comercializarse (lo cual no ocurrirá antes del 2035 ó 2040), la “conciencia ecológica” (más o menos superficial) de las poblaciones acomodadas del Primer Mundo, impide que cualquier gobierno resuelva abordar la construcción de nuevas centrales nucleares, salvo que esté dispuesto a asumir los costes electorales de la decisión. En estas condiciones, el futuro energético del Primer Mundo, especialmente de Europa, se presenta como problemático.

6) Los actores energéticos con los actores emergentes.

A partir de finales de los años 90 se produce un fenómeno importante: el cambio político en Venezuela con el consiguiente ascenso del presidente Chávez al poder. Si tenemos en cuenta que Venezuela es el principal exportador de petróleo a EEUU (por la proximidad), el papel “díscolo” de Chávez impulsó a los EEUU a promover nuevas prospecciones petroleras especialmente en la plataforma costera de África Occidental. Pero el cambio venezolano no iba a venir solo. Venezuela no era el único productor de petróleo que había sufrido un cambio político. Casi veinte años antes se había producido el derrumbe de la monarquía iraní y su sustitución por un régimen fundamentalista religioso. Irán es un productor petrolero de segunda división, pero a partir de 2002, la creciente escasez de petróleo, ha tendido a realzar su papel.

En 2003, se produjo un acercamiento histórico entre los gobiernos venezolano e iraní, al que pronto se sumó el cubano y, más tarde, el boliviano. A partir de ese momento, Cuba recibió suministro gratuito de petróleo venezolano. El ascenso al poder de Evo Morales y la intervención de la industria petrolera, supuso un nuevo refuerzo para este “eje”.

Por otra parte, desde principios de los años 80, la OPEP –los productores tradicionales de petróleo- se iba debilitando, por la defecciones interiores y, especialmente, por el ascenso de la producción de países que no estaban integrados en dicha organización. Hoy, la OPEP representa un canal de producción minoritario en relación al total de las extracciones petroleras mundiales, realizadas al margen de sus directrices.

Por esto, la arista formada por los actores geopolíticos emergentes y los actores energéticos es hoy más importante que nunca. Todo induce a pensar que en los próximos años el eje propulsado por Venezuela va a ir aumentando y que los principales beneficiarios serán los actores políticos emergentes. A nadie se le oculta que Hugo Chávez practica un antiamerianismo radical que le lleva a apoyar cualquier iniciativa surgida del antiguo Tercer Mundo, y especialmente se siente próximo de países que, por algún motivo, mantienen polémicas con los EEUU.

La línea de tendencia en este momento consiste en que algunos productores de petróleo no integrados en la OPEP se sienten solidarios con los actores emergentes o bien ellos mismos lo son.

Por otra parte, los actores geopolíticos emergentes precisan, cada vez más, mayores recursos energéticos. La falta de experiencia de algunos en política internacional y, especiamente, la particular problemática interna de la mayoría (con fuerte presencia de movimientos religiosos fundamentalistas, o bien con problemas sociales agudos e irresolubles) hace imposible prever cuáles van a ser los desarrollos de este conflicto. ¿Cómo puede reaccionar China si se ve acosada por intentos de desestabilización norteamericanos (a partir del Tíbet, del Turkestán chino, del Falung Gong o de la disidencia interior) y ve su crecimiento económico estancado? ¿cómo puede reaccionar India si su adversario geopolítico tradicional, Pakistán puede ser espoleado a crearle problemas en la región de Cachemira? ¿cómo puede reaccionar Irán si el gobierno norteamericano aumenta su presión por la cuestión de su proyecto nuclear? O lo que es mucho más inquietante: ¿cómo puede reaccionar el nuevo “eje del mal” formado por Hugo Chávez en cuanto se produzca un inevitable ascenso de partidos similares al MAS boliviano en los países andinos?

Si la energía es el puntal del desarrollo, los países en vías de desarrollo son los que, desde luego, no pueden renunciar al suministro energético y detener su crecimiento económico, so pena de que se produzcan situaciones de inestabilidad interior absolutamente insuperables.

 

Biblioteca Julius Evola: Evola en lengua castellana, en Internet.

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Biblioteca Julius Evola: un proyecto para incorporar toda la obra de obra de Julius Evola y obre Julius Evola en Internet, grauitamente y a disposición de todos. Biblioteca Julios Evola. Por una visión tradicional de la vida y de la sociedad. Colabora con esta web aportando textos, traducciones y originales

Doce años que cambiaron la geopolítica. (V de VII). 4. El modelo cúbico y sus caras

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Infokrisis.- El modelo que proponemos para entender el proceso globalizador es el cubo regular de seis caras. A cada una de estas caras le puede ser ubicada un actor geopolítico o económico-social. En esta entrega abordamos las características de cada una de las seis caras de este cubo. ¿Por qué un cubo? Siguiendo a Guénon, podemos decir que hasta ahora el mundo ha "tenido la forma de una esfera", el sólido más perfecto, en el que cada uno de los puntos de su superficie distan lo mismo del centro y puede desplazarse con el menor coste de energía en todas las direcciones del espacio. Sin embargo, en las últimas décadas el mundo ha tendido a "solidificarse". Por eso consideramos que su mejor representación es el cubo: la más sólida y estática de todas las figuras de la geometría de los volúmenes.

 

4. El retorno de la geopolítica: el mundo cúbico y sus caras

La aceleración de la historia tiene como efecto la contracción del espacio. La irrupción de nuevos fenómenos tecnológicos y económicos ha producido el fenómeno del “aplanamiento” del mundo. Y todo eso, operado en apenas 12 años, es considerado por algunos como extraordinariamente “positivo”. Permítasenos dudarlo: de hecho, es cierto que el mundo se ha empequeñecido –desde que se inició el boom de las comunicaciones al concluir la Segunda Guerra Mundial-, pero también es cierto que el mundo se ha solidificado y, en consecuencia, se ha fragilizado. Vamos a ver estos procesos.

En realidad, el mundo no se ha “aplanado”, si consideramos algún aspecto más allá del meramente económico. Lo que sí es rigurosamente cierto es que se ha producido un “morfing” geométrico. La esfera se ha transformado en cubo.

El mundo estaba configurado como una esfera en la que cada civilización tenía las mismas posibilidades que las demás en destacar y mostrarse competitivas. En unos períodos de la historia, los avances y progresos aparecían en unos lugares y siglos después lo hacían en lugares distantes; en otros emergían algunas civilizaciones sobre otras, pero en períodos posteriores, el centro emisor de cultura aparecía en otro lugar; solamente en el siglo VI a de JC se produjo uno de esos momentos extraños en la historia en el que, prácticamente, en todo el mundo se produjeron fenómenos culturales paralelos, pero en el resto de períodos, existió una alternancia de civilizaciones. Estas nacían, crecían, decaían y morían sin solución de continuidad. Luego, en otro punto del planeta, el proceso volvía a repetirse. Solamente en tiempos modernos se ha creído posible sustituir toda esta dinámica por el concurso de la economía globalizada. La esfera en la que cada parte tenía igualdad de posibilidades (pero solamente algunas zonas de la esfera eran capaces en momentos concretos de llevar sus posibilidades a estados de acto) ha dejado de ser fluida. El sólido con mayor movilidad, la esfera, pasa a la forma de cubo, la más estática de la geometría de los volúmenes.

En un “mundo cúbico”, cada una de las seis caras, de las doce aristas y de los cuatro vértices, tiene significados muy concretos, gracias a los cuales puede entenderse perfectamente el momento que estamos viviendo.

Cara Superior.- Representa los intereses de las élites dominantes y de los grupos económicos más favorecidos por el proceso de globalización. Se trata de un grupo extraordinariamente reducido pero que, sin embargo, acapara la mayor parte de la renta. Numéricamente aumenta en muy escasa medida, aun a pesar de que otros países se vayan integrando al pelotón del desarrollo y de la globalización. Estamos hablando de unos pocos miles de individuos, extraordinariamente poderosos, verdaderas máquinas de mover dinero y multiplicar beneficios, casi con una energía inhumana. Una clase que jamás ha existido antes en la historia, producto de la acumulación de capital. Precisamente, su endeblez numérica es compensada por sus extraordinarios recursos económicos y tecnológicos. Menos demografía, más recursos. Carecen de otra ideología política que no sea la del lucro y el beneficio. Los más cultivados y preocupados por dar un sentido a su vida son lectores empedernidos de Ayn Rand, o bien pertenecen a la élite de los círculos neo-conservadores y evangélicos norteamericanos. Pero cometeríamos un error si considerásemos que estos núcleos existen en el antiguo Primer Mundo. En realidad, han surgido por imitación en zonas del antiguo Tercer Mundo (especialmente en China, India, Brasil y los “dragones asiáticos”).

Cara inferior.- Es el reflejo especular de la anterior. Agrupa a los damnificados de la globalización, es decir, a la inmensa mayoría del Tercer Mundo, cuya renta per cápita apenas llega a un dólar al día. Más demografía, menos recursos. No tienen absolutamente ninguna posibilidad de salir de su estado de postración y marginación. Crecen numéricamente a la misma velocidad que decrece su capacidad económica. Están ubicados en la inmensa mayoría de África negra, en buena parte de los países árabes, son los contingentes indígenas y mestizos de Iberoamérica, son los campesinos chinos y las legiones de parias hindúes, pero también las clases europeas empobrecidas, la inmensa mayoría de negros norteamericanos y los blancos pobres, los inmigrantes en el Primer Mundo. Ni tienen sentimiento de “clase” como se les atribuía a los antiguos proletarios, ni mucho menos tienen opciones políticas. Los movimientos antiglobalización, en realidad, apenas son otra cosa que la iniciativa de pequeños núcleos de intelectuales y jóvenes pertenecientes a las clases medias del Primer Mundo.

Primera Cara Lateral.- Aquí están situados los actores geopolíticos tradicionales y las zonas que satelizan. Entendemos que los EEUU y la Unión Europea constituyen el núcleo central del Primer Mundo y desempeñarán en el futuro el mismo importante papel geopolítico que habían desempeñado hasta ahora. En cuanto a Rusia, si bien los 12 años “que cambiaron el mundo” sumieron a este país en la confusión, la pauperización y la centrifugación, a partir del ascenso del poder de Vladimir Putin se ha abordado la reconstrucción nacional rusa que, como mínimo, ha logrado detener la marcha hacia la disolución. Parece difícil que cualquiera de estos actores renuncie a su papel preponderante en la política internacional. Si hasta el 9 de noviembre de 1989 existían dos actores principales (EEUU/OTAN y URSS/Pacto de Varsovia), en los doce años siguientes EEUU queda como único dueño del tablero pero, a partir del 11 de septiembre de 2001, Europa toma conciencia de que los EEUU han iniciado aventuras incontrolables en busca de recursos energéticos para sí mismo. A partir de ese momento ya son tres los actores tradicionales. Pero no son los únicos sino, solamente, los que tienen mayor experiencia acumulada.

Segunda Cara Lateral.- El mundo moderno depende de la cantidad de recursos energéticos disponibles y de los nuevos horizontes de la ciencia. Durante un siglo, la economía mundial ha dependido especialmente de hidrocarburos, pero esta situación no podrá prolongarse más allá de treinta años. Y eso no es todo: a partir de 2001-2002 se pone de manifiesto que las prospecciones petrolíferas y las escasas nuevas reservas encontradas ya no están en condiciones de compensar los aumentos en la demanda. Así pues, la era del petróleo barato ha concluido. Y las consecuencias del fin de esta era se mantendrán mientras no se encuentren fuentes energéticas alternativas (energía de fusión), se tenga el valor de recurrir a fuentes hoy demonizadas (energía nuclear) o el precio del petróleo aumente hasta el punto de hacer rentables nuevamente la explotación de recursos hoy secundarios (carbón). Por otra parte, la criogenia, la nanotecnología y la ingeniería genética relevarán a la informática como motores del mundo, pero sus beneficios solamente serán accesibles para pequeñas minorías. Esto acentuará las diferencias entre la minoría de favorecidos con acceso a estas tecnologías y la mayoría de desfavorecidos a los que les estará vedadas.

Tercera Cara Lateral.- Los nuevos actores geopolíticos emergentes que día a día van ganando peso pueden situarse en esta cara. Durante la Guerra Fría estos actores eran inexistentes o irrelevantes y afrontaban graves problemas interiores, pero a partir de los años 80, y más decididamente en los 90, estos países renovaron sus clases dirigentes, subieron al tren de la renovación tecnológica y liberalizaron sus mercados. China, India, Irán y Brasil figuran entre este pelotón de países. Por el momento, el rasgo más característico es que todos estos países carecen de una clase media amplia, el campesinado todavía forma la parte más importante de su población, existe una pequeña élite tecnológica y científica sobre la que recae el impulso renovador y una concentración de capital suficiente para basar sobre ella un desarrollo industrial, avalado por una clase trabajadora cuyos bajos salarios y escasas coberturas sociales les han convertido en centros mundiales de manufacturas.

Cuarta Cara Lateral.- A partir de los años 80, con el paso del narcotráfico de la etapa artesanal a la industrial y, especialmente, con el derrumbe del bloque soviético, se forma un nuevo poder que, por primera vez, no es un actor estatal ni político, sino mafioso. Bandas de delincuentes que utilizan cada vez medios más brutales para lograr sus fines, que llegan incluso a controlar Estados y, en cualquier caso, a desafiarlos; cárteles de la droga cuyos presupuestos igualan y superan a los de Estados de tamaño medio, han desbaratado la noción de “legalidad” y la han convertido en inviable. Los métodos de estas mafias, el contenido mismo de su actividad, el volumen de sus presupuestos, su misma actividad, hacen imposible a medio plazo el desarrollo normal de las sociedades. Nuevamente vuelve a ocurrir como en la “época dorada de la piratería”, cuando el 25% del comercio entre España y sus colonias Americanas no llegaba a su destino. La “población” dedicada a actividades al margen de la ley va creciendo en todo el mundo a distintos ritmos, pero siempre en aumento, así mismo, sus beneficios crecen también de forma imparable.

Queda ahora la forma en que las caras de este cubo se interrelacionan y analizar cuáles son sus puntos más sensibles.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es 

Doce años que cambiaron la geopolítica. (IV de VII). 3. El "aplanamiento" del mundo

Doce años que cambiaron la geopolítica. (IV de VII). 3. El "aplanamiento" del mundo

Infokrisis.- En 2006, la Editorial Martínez Roca (Grupo Planeta), publicó el libro de M. Friedman "El mundo es plano" en el que el autor sostenía la tesis de que en los últimos años del siglo XX y los primeros el nuevo milenio, se había operado un fenómeno nuevo que daba título a la obra. Ese "aplanamiento" se debía a que por primera vez en la historia, los países más remotos tenían acceso a los mismos medios y tecnologías que hasta ahora estaban en manos de los actores principales. Permítasenos dudar de esta tesis, aparente bien construida pero errónea.

 

3. El “aplanamiento del mundo”

En realidad, desde 1945 la historia –al menos la historia de Europa- parecía haberse estancado. Durante casi 45 años Europa había permanecido dividida, con una sensación de inamovilidad y estancamiento obsesivos. Con la caída del Muro de Berlín, esa situación cambió radicalmente: pero eso no significó la entrada en el “fin de la historia”, sino una etapa previa, la de “aceleración de la historia”. Desde entonces la historia, lejos de desaparecer, se ha ido desarrollando a velocidad creciente. Lo que ocurrió entre el 9.11.1989 y el 11.9.2001, sentó las bases de los desarrollos posteriores, especialmente del fenómeno algunos han podido llamar el “aplanamiento del mundo”.

En esos años se generalizó el outsourcing (la subcontratación) de servicios requeridos en el Primer Mundo en las islas tecnológicas del Tercer Mundo (especialmente en Bangalore, India), la deslocalización empresarial, el tendido de miles y miles de kilómetros de fibra óptica (especialmente tras el reventón de la “burbuja tecnológica” y el hundimiento en bolsa de las “puntocom”), la revolución informática, la fabricación de microchips cada vez con mayor capacidad de procesado y menor tamaño, y, especialmente, la creación de cadenas de distribución extendidas por todo el mundo, la creación de un software cada vez más perfeccionado, especialmente en dos terrenos: la creación del primer navegador de Internet, el Nestcape, que permitió viajar por la red con facilidad y comodidad, y la creación de paquetes integrados capaces de ser manejados en todo el mundo, lo que permite la creación de plataformas de trabajo internacionales; además, el era “digital” tendía a integrar distintos vehículos de comunicación y expresión: imagen, sonido, datos, voz, música, televisión, etc.; el “código abierto” permite que creadores informáticos ofrezcan sus hallazgos y mejores del software para uso público y gratuito… Todos elementos y algunos otros más que aparecen en esos años, uniformizan el planeta, especialmente el mercado, “democratizan” el acceso a la información y generan el fenómeno que se ha llamado “aplanamiento de la tierra”. Este aplanamiento surge de la igualdad de posibilidades que tienen cada vez más zonas del globo para competir en el mercado mundial. Ya no hay dos colosos, situados “por encima” de todos los demás, con acceso exclusivo a nuevas tecnologías, sino que estas están al alcance de todos. El lugar más distante del globo está integrado en el mercado mundial. Los programadores informáticos hindúes, a partir de la subcontratación de servicios tecnológicos en la India para paliar el “efecto 2000”, el crecimiento económico chino sostenido desde 1990, el acceso de países como Irán a las tecnologías nucleares, todo ello hace que cada vez haya más actores en condiciones de jugar un papel de primer orden en el mercado mundial, en condiciones de igualdad con los antiguos “colosos”. Por eso Friedman y algunos más han podido hablar del “mundo aplanado”.

Pero ese mundo aplanado, en realidad, no es un mundo más perfecto. De hecho, la figura más perfecta es la esfera, en la que todos los puntos de su superficie distan lo mismo del centro. Así pues, desde el punto de vista simbólico, un mundo perfecto es un mundo esférico. El mundo plano, por el contrario, supone un reduccionismo en el que todo lo que está fuera del mercado es excluido y minimizado. Pero el ser humano es algo más que un consumidor alienado y un productor integrado, tiene otras dimensiones más allá de las económicas; el ser humano es “cultural”: a partir de los elementos culturales, regenera un régimen de identidades. Cuando estas identidades se uniformizan primero y quedan abolidas después por el mercado, se produce un empobrecimiento cultural que, a fin de cuentas, no es otra cosa que el reflejo de la crisis de lo humano y del triunfo de la economía como ente autónomo con una lógica propia que ya no tiene nada que ver con el bienestar, la felicidad, la satisfacción de las necesidades de los seres humanos. La búsqueda de los mayores beneficios con los menores costos, más allá de ciertos límites, beneficia solamente a minorías exiguas, incluso en el Primer Mundo. Así pues, la economía ha dejado de ser un elemento auxiliar para lograr la felicidad del ser humano, para convertirse en un fin en sí mismo, una especie de “golem” dotado de una dinámica propia, incontrolable (a fin de cuentas ¿quién controla la economía mundial?) y que camina fatalmente hacia su destino final: la globalización de la economía tiende, inevitablemente, hacia el colapso de la economía. El “mundo plano”, como los encefalogramas planos, no es el símbolo más que de la muerte de lo humano. Una monstruosidad.

Pues bien, ese “mundo plano” es el surgido de las transformaciones habidas entre el 9 de noviembre de 1998 y el 11 de septiembre de 2001. La informática, el germen de la globalización, las leyes de la economía, todo esto, existía en germen mucho antes, pero solamente en el interior de esos doce años fermentan, larvan y, bruscamente a partir del 11-S, salen a la superficie. En ese momento nos damos cuenta de que se ha diseñado un mundo nuevo. Y nos damos cuenta de que nos habían mentido: la geopolítica, lejos de haber sido “superada”, es el inspirador de las nuevas políticas internacionales. La geopolítica del petróleo, la geopolítica del agua, la geopolítica de las drogas, la geopolítica de los conflictos, la geopolítica de las migraciones, la geopolítica del hambre, etc… todo ello tiene hoy más importancia que nunca antes en la historia y está presente en las salas de operaciones de todos los Estados Mayores: porque, hoy más que nunca, de la geopolítica y de sus leyes, depende el destino de los pueblos.

Nos han mentido. Nos han dicho que la globalización era nuestro destino, nos han dicho que la globalización era inevitable e irreversible. Y nos han mentido. La globalización era viable solo en la medida en que existía una suficiencia energética de la humanidad, pero, a partir de que en 2001 se constatara que el consumo energético aumentaba a mayor velocidad que la capacidad de los yacimientos de hidrocarburos para abastecer el mercado, el precio de la gasolina empezó a subir. En 2005, esos ascensos ya eran absolutamente incontenibles: cuando el precio del barril Brent supere los 100 dólares, enviar mercancías a través de las cadenas de distribución, recorriendo medio mundo, va a resultar mucho más caro que fabricar esos bienes “en casa”. Por otra parte, nos hemos forjado excesivas ilusiones con el crecimiento económico sostenido de China o con las posibilidades de la India, o con las perspectivas de crecimiento de países como Irán, Brasil, México o Venezuela. El hecho de que la élite tecnológica hindú advirtiera a su gobierno del descalabro que significaría la guerra con Pakistán para su propia economía, no quiere decir que siempre los argumentos económicos impongan su peso sobre los geopolíticos. No puede olvidarse que en apenas 25 años, los pozos de petróleo de la mayoría de países se secarán y que países que basaban todo su desarrollo (y su despilfarro) en los beneficios del petróleo, se verán sacudidos por tensiones sociales interiores. Por otra parte, doctrinas como el Islam son difícilmente compatibles con otras corrientes espirituales o políticas (puesto que el Islam es tanto una “religión” como una forma de entender la política). Tampoco puede excluirse el efecto que tendrá un desarrollo que solamente beneficiará a algunas clases privilegiadas de los países iberoamericanos, pero que no supondrá ningún avance sustancial para la mayoría de la población; si a estas diferencias económicas se unen las diferencias étnicas (los elementos mestizos y aborígenes están condenados a la inmigración -¿a dónde?- o a la pobreza), no es difícil prever que algunos de estos países están en la antesala de una guerra civil que será a la vez racial y social y que tal como demostraron las inundaciones de Nueva Orleáns en septiembre de 2005 o los incidentes de Francia de Noviembre del mismo año, pueden afectar al corazón mismo del Primer Mundo. Y en lo que se refiere a China, solamente una minoría de sus 1400 millones de habitantes, se ha beneficiado de 15 años de crecimiento económico sostenido. Pero ¿qué ocurrirá en un país tan grande cuando este crecimiento tienda a ralentizarse?, o ¿qué ocurrirá cuando las minorías islamistas del Este de China quieran hacer valer sus derechos religioso-políticos?, incluso, cuando China se enfrente al gran reto que tiene por delante: la democratización que equipare su forma política a su forma económica.

La doctrina del “mundo plano” no supone más que una prolongación del error progresista: el mundo, no necesariamente, camina hacia estados más elevados de convivencia, formas más perfectas de bienestar y un mundo más pacífico y seguro. El error progresista consiste en tomar fracciones de tiempo excesivamente pequeñas como para que sea posible proyectarlas hacia el futuro. Esta visión de la historia es excesivamente voluntarista (= la intención de vivir en un mundo feliz se considera como necesaria y suficiente para construir ese mismo mundo feliz) y “teleológica” (= apunta a una sola dirección previamente definida: el progreso indefinido).

La realidad es otra: lo 12 años “decisivos”, lejos de modelar un mundo perfecto, han creado una imagen virtualmente perfecta, pero realmente supone uno de los peores mundos posibles, especialmente en un tiempo en el que los avances científicos, los medios de producción y las nuevas tecnologías, permitían pensar –hoy con muchas más razón que cuando lo apuntaba Herbert Marcusse hace casi cuarenta años- en que era posible materializar el “final de la Utopía”.

 

Doce años que cambiaron la geopolítica. (III de VII) 2. El aspecto metafísico

Doce años que cambiaron la geopolítica. (III de VII) 2. El aspecto metafísico

Infokrisis.- La geopolítica es al espacio lo que la historia es al tiempo. Espacio y tiempo están vinculados inevitablemente. El espacio tiende a devorar el tiempo, tanto como el tiempo devora al espacio. Todas estas cuestiones fueron tratadas en su momento por René Guénon en "El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos" y ahora las traemos a colacion para enmarcar con más precisión nuestro objeto de estudio.

2. El aspecto metafísico de la cuestión

Existe una relación matemática entre el espacio, el tiempo y la velocidad. A medida que aumenta la velocidad, disminuye el tiempo que se tarda en recorrer un espacio concreto. Por eso se puede decir que el espacio se ve “desgastado” por el tiempo. El tiempo “contrae”, mientras que el espacio “expande”. Ambos son antagonistas. El ser humano, por algún motivo, tiene una tendencia innata a romper records de velocidad; para ello el tiempo debe contraerse para que así esté en condiciones de “devorar” más espacio. Pero hay algo muy extraño en todo este proceso.

Da la sensación de que el tiempo no es algo homogéneo ni objetivo. Eso lo saben aquellos que han cumplido más de cuarenta años: vuelven la vista atrás y se dan cuenta de que los primeros veinte años de su vida se eternizaron, parecía como si el tiempo no pasara; sin embargo, a partir de los treinta años, perciben que los años parecen pasar cada vez más rápidos. Si esa persona de cuarenta años llega hasta los ochenta, siempre dirá lo mismo: “de joven el tiempo transcurría lentamente, pero ahora parece que, a medida que mi tiempo se agota, discurre a mayor velocidad”. Es una sensación universal. La hemos percibido, o la percibiremos todos, antes o después. Esta experiencia personal puede resumirse de dos formas: a medida que el tiempo va pasando, tiende a acelerarse; o también, a medida que nos acercamos a la decadencia de nuestra vida, el tiempo se acelera, pero cuando estábamos más cerca de nuestro origen, el tiempo parecía dilatarse.

Las civilizaciones antiguas trasladaron esta sensación a su cosmovisión. Si todos tendemos a mitificar nuestra juventud y recordarla como algo mucho más ideal y brillante de lo que realmente fue, esto es indicativo de que, tal como recuerda el antiguo refrán: “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Y estas civilizaciones antiguas o tradicionales terminaron por trasladar esa sensación a la misma Historia. De ahí surgió una doctrina “regresiva” de interpretación de la misma. El presente, lejos de ser el producto de una “evolución”, que iba de estados inferiores e imperfectos a estados superiores y progresivamente más perfeccionados, es todo lo contrario. Es la crónica de una decadencia que nos conduce de estados “originarios”, próximos a la perfección, a estados “modernos”, cada vez más problemáticos y conflictivos. Así nació una interpretación de la Historia, no como “progreso”, sino como “decadencia”. La conclusión de esta visión es que, a medida que nos aproximamos hacia el final del ciclo de nuestra vida, el tiempo discurre más rápidamente. Y lo mismo pasa con la Historia del mundo. Las doctrinas upanishadicas, las mitologías célticas y nórdicas, el mismo Antiguo Testamento, las creencias de los pieles rojas, el pitagorismo griego, el paganismo romano, los antiguos iranios, los confucionistas y taoístas…, todos ellos sostenían la misma visión de la Historia como decadencia. El tiempo no se consideraba, pues, de manera homogénea: los días duran 24 horas, cada hora 60 minutos y cada minuto 60 segundos… pero el tiempo cuantitativo no es el que interesaba a las civilizaciones antiguas, sino el tiempo cualitativo y cualificado. Una antigua tradición hindú dice que el “toro del Dharma” se sostiene inicialmente sobre cuatro patas (luego es extremadamente estable) en la “primera edad”, pero en cada una de las tres siguientes va perdiendo una pata (lo que indica que cada vez se vuelve más inestable y, por tanto, su estabilidad dura cada vez menos tiempo). Así pues, cuanto más lejos se esté del origen, el tiempo tenderá a contraerse a una velocidad cada vez mayor.

René Guénon, en su análisis sobre “El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos”, acertaba en escribir: “En su grado más extremo, la contracción del tiempo desembocaría en reducirlo finalmente a un instante único, y entonces la duración habría dejado de existir verdaderamente, ya que es evidente que, en el instante, ya no puede haber ninguna sucesión”. En otras palabras: “el tiempo devorador acaba por devorarse a sí mismo”. Por eso, puede afirmarse sin temor a equivocarse que antes del estallido del big-bang no hubo tiempo, y que cuando culmine la reabsorción del cosmos y su repliegue sobre sí mismo en un gigantesco y único agujero negro, el tiempo habrá desaparecido. El “fin del mundo” no es más que la contracción final del tiempo: “la rueda ha cesado de girar”. En ese momento preciso el tiempo se trasmuta en espacio; sólo queda un infinito espacio vacío, sin tiempo, ni luz: el “negro más negro que el negro”.

En el límite de la decadencia del tiempo resucita, bruscamente, el espacio: ya no hay nada más que espacio, sólo espacio, eterno, sin límite y sin medida. Es entonces cuando tiene sentido la frase de Parsifal cuando llega a Montsalvat, el castillo del Grial: “Aquí el tiempo se cambia en espacio”. En el “último momento”, cuando el tiempo parecía devorarlo todo, bruscamente triunfa el espacio, queda como único dueño del terreno y es, finalmente el espacio el que ha devorado al tiempo.

Este esquema teórico permite explicaciones de una precisión insultante, que ya hubieran querido para sí las “ideologías”, que no hace tanto tiempo quisieron explicarlo todo mediante esquemas rígidos que jamás soportaron el paso del… tiempo. En el proceso negación del espacio que, según las tradiciones antiguas, se vive en la actualidad, la irrupción del ciberespacio supone asestar un golpe importantísimo al espacio real. El espacio real queda inutilizado, absorbido y negado por el espacio virtual. La RAND Corporation, a finales del segundo milenio, ya estableció que “las batallas del futuro se librarán en el ciberespacio”; y contemplaba nuevas formas de guerra: la ciberwar (la guerra tecnológica) y la netwar (la guerra en red). El Pentágono aspira desde Vietnam a reducir el número de bajas propias a cero, lo cual resulta imposible sin transformar el campo de batalla en un espacio virtual a través del cual se pueden dirigir las unidades de combate y las máquinas teleguiadas para destruir al adversario.

Mientras que la geopolítica es la ciencia del espacio, la Historia es la ciencia del tiempo. Cuando Fukuyama decretó en 1990 el “fin de la Historia”, se trataba más de una intención que de una constatación. Para Fukuyama, el desmantelamiento de la URSS era la señal de que la democracia era nuestro destino y el libre mercado nuestro fatum. En esas condiciones sería cierto que “los pueblos felices no tienen historia”; el libre mercado y la democracia eran las dos únicas vías para la felicidad, ya no habría lucha ideológica sino una sola doctrina posible: el “pensamiento único”. Pero Fukuyama se equivocó. El “fin de la Historia” solamente podía suceder en un momento de contracción total del tiempo… y todavía faltaba mucho (tiempo) para ello. Hubiera sido mucho menos comercial pero, sin duda, mucho más acertado decir que, a partir del 9 de noviembre de 1989, lo que se estaba produciendo no era el “fin de la Historia”, sino la “aceleración de la Historia”.

 © Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

 

Doce años que cambiaron la geopolítica. (II de VII). 1. Cuando sentenciaron el final de la geopolítica

Doce años que cambiaron la geopolítica. (II de VII). 1. Cuando sentenciaron el final de la geopolítica

Infokrisis.- En esta segunda parte de nuestro estudio, abordamos los argumentos esgrimidos por aquellos que se dejaron seducir por la doctrina del "Fin de la Historia" y supusieron que tras la Guerra Fría desaparecerían las tensiones geopolíticas entre el Este y el Oeste en beneficio de un Nuevo Orden Mundial unipolar. Los argumentos eran excesivamente optimistas y voluntaristas y en pocos años se han disipado. Hoy, vale la pena recordarlos, como testimonio de una época en la que surgieron doctrinas inconsistentes y fatuas.


1. Cuando sentenciaron el final de la geopolítica

Si la guerra fría fue una clásica “guerra geopolítica”, parecía claro que concluida ésta la geopolítica entraría en crisis. No había lugar para los teóricos de lo que se ha llamado la “gran guerra de los continentes” en un mundo globalizado, sin Historia, y en el que la democracia y el capitalismo eran nuestro destino. Así que en esa época proliferaron las obras y los artículos sentenciando el ocaso de la geopolítica. Los argumentos de toda esta patulea de enterradores eran, básicamente, tres:

1) La geopolítica sostiene que el destino de los Estados está íntimamente relacionado con el territorio y los recursos geográficos. Pero esto parecía tener poco sentido en un mundo globalizado en el que la economía era nuestro destino. ¿A quién podía interesarle, a partir de entonces, una ciencia cuyo sujeto ya no era preeminente respecto a su momento histórico? La economía, y no la geografía, era lo que importaba a partir de ahora. En la era de la globalización, el territorio –objeto de estudio de la geopolítica- se devalúa y sólo importa la economía.

2) Desde las guerras del Peloponeso y las Guerras Púnicas, hasta las dos Guerras Mundiales e, incluso, durante la Guerra Fría, se enfrentaron dos modelos de Estado (el que daba prioridad a la política y el que lo daba a la economía), dos tipos de potencias (la terrestre y la marítima), dos concepciones del mundo. Pero las ideologías ya no tenían lugar en el mundo globalizado. La única ”lucha” será la comercial y, hablando con propiedad, no se trata de “lucha”, sino de “libre concurrencia”. La “competencia” ha sustituido a la guerra. Ya no hay geopolítica sino economía. Como máximo geoeconomía.

3) El espacio es el elemento sobre el que giran todas las reflexiones y los análisis geopolíticos. La geografía, en el fondo, es la ciencia de los espacios. La economía lo es de los beneficios. Pero a partir de 1997, el espacio físico fue desvalorizándose progresivamente para aparecer una nueva dimensión del “espacio”: el “ciberespacio”, forma virtual del espacio. La globalización sería incomprensible sin la aparición de este nuevo concepto. El “mercado” ya no es el centro de la vida de las ciudades donde se resuelven las compras-ventas, sino un espacio virtual en el que se resuelven todos los procesos de la economía. No existe, ni puede existir, una geopolítica del ciberespacio. Para que haya algo remotamente similar a la geopolítica debe existir espacio, sólo espacio y nada más que espacio.

Así pues, de la unión de estos tres factores emana el acta de defunción de la geopolítica. Y hay que reconocer que cada uno de estos factores es, en sí mismo, real y objetivo. Si Nietzsche había decretado hace cien años la muerte de Dios, ahora lo que se decretaba era la muerte del Espacio. Estas especulaciones se pusieron de moda en los últimos años del milenio. Por algún motivo siempre se ha tendido a pensar que el cambio de milenio supone una “renovación” y en 1999 se creía que en la noche del 31 de diciembre todo iba a cambiar. Pero cuando el 1 de enero de 2000 se disipó la resaca, todo seguía igual. Fue entonces cuando algunos empezamos a creer que, efectivamente, todas las especulaciones del nuevo milenio se estaban equivocando. Timothy Lukés, en el paroxismo de toda esta tendencia especulativa, decretó que las fronteras habían muerto, sólo había un nuevo tipo de frontera posible: "los lindes o las fronteras actuales son electrónicas y especialmente digitales en las comunicaciones del ciberespacio”. Era algo, como mínimo, exagerado, dado que los había permanentemente empeñados en trazar fronteras especialmente en esta nuestra España menguante, o en la docena de repúblicas que surgieron del estallido de la URSS, o incluso en la obstinación con que países absolutamente inviables y peripatéticos seguían defendiendo sus presuntas o reales “identidades nacionales”.

En el terreno de las revoluciones y los movimientos sociales, las cosas tampoco estaban tan claras. Los teóricos de la eliminación del espacio solían citar en esos años al Ejército Zapatista de Liberación Nacional, que de ser un cero absoluto, pasó a protagonizar unas pocas acciones simbólicas y a saltar al primer plano de la actualidad mundial gracias a la utilización de las nuevas redes informáticas que emergían en 1994. Incluso la RAND Corporation elaboró una teoría sobre la “netwar” y la “ciberwar” que aún no ha sido completamente desacreditada, según la cual, las grandes batallas serían batallas informáticas y los ejércitos en combate serían sustituidos por legiones de internautas que lucharían en red contra su adversario, intentando romper sus defensas digitales, destruyeron sus almacenes de información e imposibilitando la respuesta. Y no era necesario siquiera que se tratara de actores estatales: podrían chocar redes de cualquier tipo, delincuentes contra el Estado, extremistas contra el Estado o entre ellos mismos; cualquier posibilidad podía, en teoría, darse. Uno de los jefes de los paramilitares serbios, el comandante Arkan, al iniciarse los bombardeos de la OTAN, armó una red de cuarenta superordenadores de la época con los que aspiraba a destruir los sistemas informáticos de la Alianza Atlántica.

Mientras que los movimientos de liberación nacional o las guerrillas tercermundistas aspiraban a conquistar espacios, mientras que las guerras revolucionarias pretendían conquistar el corazón de las poblaciones, los movimientos de nuevo cuño nacidos en el “período de transición” se contentaban con hacerse con el control de “espacios virtuales”. La nueva “ruta Ho Chi Min” eran los miles de kilómetros de fibra óptica tendidos a lo largo de todo el mundo.

No había geopolítica posible en estos nuevos campos de operaciones virtuales. Así pues, la ciencia de Ratzel y McKinder, la de Kjellen y Haushoffer, no era más que una antigualla cuyos últimos mohicanos eran el Almirante Gorskhov y el Departamento de Estado Norteamericano. La geopolítica ha muerto. Que Plutarco la tenga en su seno.

Pero había en todo esto algo más profundo, casi esotérico, porque nada de todo esto se ha demostrado cierto, ni real. Lo que estaba en juego no era el fin de la geopolítica, sino otro problema: el conflicto entre civilizaciones del “espacio” y civilizaciones del “tiempo”. Y, por lo demás, la geopolítica iba a retornar.

 © Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

Doce años que cambiaron la geopolítica. (I de VII) Del mundo esférico al cúbido

Doce años que cambiaron la geopolítica. (I de VII) Del mundo esférico al cúbido

Infokrisis.- Iniciamos la publicación de un amplio estudio que estamos elaborando en estos momentos en torno a la geopolítica. Nos centramos particularmente en el mundo surgido entre el 9 de noviembre de 1989 (caída del Muro de Berlín) y el 11 de septiembre de 2001 (ataque a las Torres Gemelas de Manhattan). En estos 12 años se produjeron convulsiones -a menudo casi imperceptibles- que dieron al mundo moderno su actual configuración y fisonomía. Hemos dividido este ensayo en siete partes, ofrecemos ahora la introdución.

 

Doce años que cambiaron la geopolítica

Del mundo esférico al cúbico

«Aquí, el tiempo se cambia en espacio»

Richard Wagner. “Parsifal”

Por un extraño azar cabalístico que algunos conspiranoicos tacharán de deliberado, del 9.11.89 al 11.9.01, mediaron 12 años, un número sagrado en todas las tradiciones ancestrales. Doce es el número que indica un ciclo completo y por aquellas sorprendentes casualidades el tiempo que va de la Caída del Muro de Berlín (9.11 de 1989) a los atentados de Nueva York y Washington (11.9 de 2001) encierra en sí mismo un período completo en la historia de la modernidad. Fueron estos doce años que cambiaron al mundo.

El 9 de noviembre de 1989, el mundo se forjaba esperanzas. Finalmente, se había disipado de una vez y para siempre el riesgo de conflicto armado entre el Este y el Oeste. Con la apertura de la frontera entre Berlín Este y Berlín Oeste concluía oficialmente la Guerra Fría, el largo tira y afloja de cuarenta años cuyo teatro principal de operaciones –Europa- siempre permaneció en paz, pero en el que los frentes periféricos (las “3A”: Asia, África y América Latina) se vieron sacudidos por los peores enfrentamientos “calientes”. Pero cuando los Boeing se estrellaron contra las torres Norte y Sur del WTC, de aquellas esperanzas de paz universal, fin de la historia y período de progreso sin fin, quedaba ya muy poco, apenas nada.

El período que va de la “Guerra Fría” a lo que –de manera discutible- se ha dado en llamar “Era del Terrorismo Internacional” puede ser llamado de “transición”. En él se forjó la globalización -lo que no es poco-, emergieron nuevos actores geopolíticos, se abrieron nuevas crisis (la escasez de petróleo y de agua, el ascenso de lo que podemos llamar “neodelincuencia”, los primeros despuntes de la “bomba demográfica”, la aparición de nuevos focos de tensión geopolítica y la implantación de un mundo nuevo basado en las tecnologías de la información). Todo esto ocurrió en 12 años. Y con la misma velocidad que vino, entró en crisis a poco de disiparse el polvo surgido de la caída de las dos torres de Manhattan.

Pero estos doce años supusieron el proceso que algunos han llamado de “aplanamiento del mundo” y que nosotros consideramos como diferente: un proceso en el que el mundo ha pasado de un modelo “esférico” a un modelo “cúbico”. El resultado de esta transformación ha sido el retorno de la geopolítica: tras un período en el que el espacio ha sido devorado por el tiempo, finalmente, la aceleración de la historia a partir del 11-S ha generado el triunfo del espacio y, consiguientemente, el retorno de la geopolítica.

Este proceso es el objeto de estudio de este ensayo.


(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es

El peor de todos los acuerdos posibles sobre Gibraltar.

El peor de todos los acuerdos posibles sobre Gibraltar.

Infokrisis.- Moratinos necesitaba un “éxito” para compensar dos años y medio de errores e ineptitudes. Y lo ha conseguido: es el acuerdo sobre Gibraltar. Lamentablemente, a poco que se revise lo firmado y rubricado por el gobierno ZP se percibe que lejos de ser un “éxito”, constituye la peor insensatez cometida por la diplomacia española en este período negro de nuestro país abierto el 14-M.

No ha sido un éxito: ha sido una concesión

Hasta ahora, la diplomacia española, incluso en los tiempos de Felipe González, había negado voz y voto en cualquier negociación al “gobierno de Gibraltar”. No es difícil saber el motivo: si Gibraltar está incluido en la Corona Inglesa, se supone que el gobierno británico es también representante de la población gibraltareña y, por tanto, sobra en cualquier mesa de negociación. Esa tradición de más de doscientos años de nuestra diplomacia, ha sido rota por Moratinos.

Desde el punto de vista diplomático, la negociación a tres bandas y la firma de un acuerdo sienta un peligroso precedente. A partir de ahora, existe una base para que los gibraltareños estén SIEMPRE presentes en cualquier negociación sobre su destino. Y ya sabemos lo que en una negociación van a pretender: mantener sus privilegios de colonia pirata, prácticamente al margen de toda legalidad internacional, refugio de capitales ilícitos, de dinero negro y base para el contrabando. Y los gibraltareños no van a ceder ni un ápice si de lo que se trata es de restaurar e imponer la legalidad internacional en la ominosa colonia.

Moratinos, una vez más, la ha hecho buena. El gobierno, habituado a negociar a tres bandas a causa de su tendencia a ceder a las presiones autonómicas (siempre que España negocia algún acuerdo con un gobierno vecino, deben estar presentes, imperativamente, representantes de la comunidad autónoma “fronteriza”), cree que el caso de Gibraltar es similar y que “hay que oír a los gibraltareños”. Lamentablemente el texto y el contexto son completamente diferentes. Gibraltar es una colonia y la inmensa mayoría de sus habitantes viven en franca ilegalidad. El gobierno gibraltareño no es más que el representante de la mafia local. Se sabe perfectamente lo que va a aportar a una negociación. Pues bien, el gobierno español ha reconocido por la firma de este acto, la legalidad del gobierno gibraltareño.

Pues bien, el acuerdo firmado por el gobierno ZP, en la práctica, implica que el gobierno gibraltareño se sienta en plano de igualdad con los gobiernos español e inglés. No estamos hablando de una negociación paritaria, sino de una negociación de 2 a 1, evidentemente desequilibrada.

Tres voces, tres banderas

Existe un formidable equívoco generado por la ineptitud consuetudinaria al gobierno ZP. La política oficial de Moratinos (con el visto bueno de ZP, por supuesto) se resume en la frase "tres voces, dos banderas". Pero, en la práctica, hay que reconocer que la población de Gibraltar no tiene absolutamente nada que ver con la del Reino Unido, no étnicamente, ni, sobre todo, en lo que a medios de vida se refiere: la colonia, insistimos, vive de la ilegalidad más absoluta. Así pues, los gobiernos españoles lo que habían hecho negándose a sentarse en la misma mesa que los representantes de la piratería gibraltareña, lo que habían hecho era defender la legalidad vigente. A partir de ahora, la dinámica misma de los hechos, va a hacer que el paradigma “tres voces dos banderas”, sea superado por “tres voces, tres banderas”… algo que, en cierto sentido, ni siquiera beneficia al gobierno británico que, a partir de ahora, se limitará a utilizar Gibraltar como base militar, mientras que la población del Peñón irá tomando, poco a poco, conciencia de su especificidad y de su personalidad negociadora.

Estas negociaciones no han sido libres: las dos partes opuestas, desde el principio han dejado claro que no estaban dispuestos a negociar cuestiones de soberanía… y si eso era así, entonces, ¿para qué negociar? ¿para mantener el status pirata de la colonia? ¿para que ZP pudiera hacer gala nuevamente de su política de la “renuncia permanente”? ¿para eternizar el conflicto?

De hecho, en Londres el acuerdo no ha sido tomado como un éxito más que del gobierno gibraltareño. Cuando hace dos años, Peter Caruana amenazó con realizar un referéndum de autodeterminación en la Roca, lo que estaba haciendo era recordar a los ingleses que son dueños de la base militar… pero de nada más. Y que los ingleses, sobre todo, no eran dueños de devolver el Peñón a España.

Lo cedido y lo obtenido

Por lo demás, examinando los puntos del acuerdo, uno por uno, se percibe ese mismo desequilibrio: lo cedido es absolutamente incomparable con lo obtenido. ¿En qué se ha cedido? En esta negociación, el gobierno británico y el gibraltareño tenían un solo objetivo: lograr un acuerdo sobro el uso conjunto del aeropuerto que permitirá el establecimiento de vuelos domésticos desde el Peñón a cualquier punto de España sin controles policiales previos. En otras palabras, lo que se está dando es un nuevo balón de oxígeno a la colonia. A partir de ahora, el dinero negro, el contrabando y la droga podrán circular libremente a partir del aeropuerto de Gibraltar… un aeropuerto que, dicho sea de paso, fue construido en un terreno que el Tratado de Utrech no declaraba integrante de la colonia. ¿Es concebible una insensatez mayor?

Es rigurosamente cierto que el acuerdo firmado es “histórico”. Todo depende del sentido que se dé a esta palabra: existen también “desastres históricos”. Este acuerdo es buena muestra de ello. En breve será necesario mejorar y reformar la pista del aeropuerto.

Es posible que Moratinos y sus asesores ni siquiera recordaran que la actual fase del conflicto gibraltareño se inició con la construcción de la pista de aterrizaje hace 30 años en aguas de la bahía de Gibraltar. El Gobierno español de Franco, protestó, porque los aviones al aterrizar y al despegar, invadían territorio español. Dado que lo que el gobierno de Franco –como los posteriores gobiernos de la democracia- lo que pretendían cerrando la verja en señal de protesta era presionar para obtener la devolución del Peñón, los ingleses lanzaron la idea del “derecho a la autodeterminación” de los gibraltareños. La propuesta inglesa consistía en que "los llanitos" tuvieran libertad para elegir patria… sabiendo de antemano que se inclinarían hacia Inglaterra.

En 2004, a poco de llegar al poder, ZP aceptó la creación de un foro tripartito entre España, Reino Unido y Gibraltar, en el que la colonia inglesa participa en igualdad de condiciones con los dos estados. Hasta ese momento, Caruana y sus predecesores nunca habían tenido voz en las negociaciones, pero, a partir de entonces, el gobierno gibraltareño se siente extremadamente fuerte e incluso se atreve a poner condiciones: no hará concesiones de tipo “soberanista, territorial o jurisdiccional”… lo que traducido quiere decir: solamente negociaremos aquello que reporte ventajas para la población gibraltareña, tienda a eternizar sus privilegios de piratería e ilegalidad, pero nunca cederemos en lo único que España puede estar interesada en negociar.

¿Qué ha obtenido el gobierno español en la negociación? Apenas nada. El gobierno británico reconoce los derechos de unas pocas decenas de pensionistas que resultaron afectados por el cierre de la verja a finales de los 60. Si de so se trataba, tanto el Estado como la Junta de Andalucía, podían haber asumido esos pocos millones de pesetas y satisfacer las reivindicaciones de los antiguos trabajadores españoles en la Roca. Cualquier cosa antes que romper una el consenso que la diplomacia española ha mantenido durante dos siglos.

Y luego está la broma: la bandera española –nos dice Blanco y los papanatas portavoces del gobierno- “ondeará finalmente en Gibraltar”… ¿Dónde? En el Instituto Cervantes que en algún momento se abrirá en la Roca. Más parece una concesión al fino humor inglés que un éxito de nuestra diplomacia.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es