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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

Ultramemorias (I de X): Recordando a Enzo desesperadamente

En 1973 yo estaba en el mejor de los mundos. Tenía 21 años cumplidos y llevaba varios gozando de la vida. Para mí solamente existía la “causa” y la “causa” tenía nombres y apellidos. Si te llamaba alguno de esos apellidos, fuera para lo que fuera, todo consistía en cumplir las órdenes. No era disciplina ciega, férrea y absoluta, porque en 1973 no existía “organización”, era simplemente el “dharma” del militante que le lleva a hacerlo todo contando con nada –como había aprendido a raíz de leer los Cahiers del CDPU, una publicación francesa de la época que solía glosar el voluntarismo y la militancia-, con una entrega absoluta y una renuncia completa de uno mismo. Yo entonces pensaba eso, sin sombra de duda.

En esa ocasión, la voz que estaba al otro lado del teléfono era la de Della Chiaie. Debía ir a buscar a un camarada italiano atascado en Perpiñán y traerlo sano y salvo a Barcelona. Estaba “mal de salud” y necesitaba una “temporada de reposo”. Añadió algo así como que “tenía problemas con el informe médico”. Lo primero estaba claro: había debido huir de Italia por algún motivo y lo del “informe” seguramente era que portaba documentación falsa. Yo no tenía carné de conducir así que Bernardo era la persona adecuada para acompañarme. Habíamos hecho muchos de estos viajes y siempre había respondido bien, así que recurrí a él otra vez.

Bernardo era un tipo extraordinario que terminó deslizándose por la pendiente de la hipocondría y los tranquilizantes, aunque a decir verdad su compañera consumiera más tranquilizantes que él acaso por tener que soportarlo. Era su segunda compañera. Por aquellas fechas, tuvo gracia cuando me dijo que se casaba con la que sería su primera esposa y madre de sus hijos: “Me caso… su padre es falangista”. El “aval” para Bernardo, no era que la chica fuera un monumento a lo Venus de Milo o que lo quisiera con locura, sino la filiación política de su padre. Nunca logré entenderlo. Bernardo fue siempre difícil de entender.

El camino a Perpiñán duró un par de horas que aprovechamos para departir como lo que éramos: camaradas. Se sinceró conmigo. Tenía un problema de salud. Hacía unos meses, estando en casa del suegro falangista envió a su mujer a comprar unas cervezas al bar de abajo. Ella estaba de siete meses de embarazo, pero la chica era voluntariosa y abnegada así que bajó. Como tardaba más de una hora en regresar, Bernardo, fue a buscarla y lo que vio le dejó horrorizado: un camión estaba empotrado contra el bar al que había enviado a su mujer. Me contaba que solamente oía una voz lastimera que decía algo así como: “Pobre mujer, estando embarazada…”. Quedó en estado de shock. Como un zombi volvió a su casa, subió en el ascensor y antes de llegar al séptimo piso -el suyo- se fue la luz, quedando encerrado entre el tercer y el cuarto piso. Está visto que las desgracias nunca vienen solas. El shock se transformó en ataque de nervios. Cuando vino la luz, nuestro Bernardo ya era un hombre que había añadido una enfermedad muy real a su hipocondría, la claustrofobia. La mujer a todo esto, al ver un camión empotrado contra el bar se había ido a buscar otro.

Y ahí estaba yo en aquella primavera del 74 yendo a buscar a un desconocido a Perpiñán acompañado por un claustrofóbico en un Citröen Dianne 6 “para gente encantadora” como decía la publicidad engañosa de la época.

La cita era en el hotel que todavía se encuentra delante de la estación de Perpignan. Es curioso como determinados lugares se repiten con insistencia en la vida. En 1974 todavía no sabía que Dalí dedicó a este lugar uno de sus mejores cuadros, inspirado por la teoría del caos y por lo que llamaba la corpuscularización de la materia. En los 20 años siguientes ese lugar se convirtió en habitual en mi vida. El hotel en cuestión era propiedad de un antiguo OAS que había participado en atentados anti-ETA en España y que años después sería arrojado del expreso Perpiñán-París en marcha, nunca supimos por quién. Quien nos esperaba un italiano bajito, tirando a bajísimo, con tez olivácea, vestido con gabardina tres cuartos, blanca y cara de despiste absoluto. Perpiñán no es España, pero le falta poco, así que si se trataba de hacer buenas migas con un desconocido debía hacerse como en España: en la mesa de un bar. Tres cervezas, tres bocadillos de fromage avec beurre y tres cafelitos, y a la hora de pagar, claro, nosotros no teníamos francos, así que el desconocido pagó la ronda. “Deux mil francs, siuplé”. “Enzo”, que así resultó llamarse, puso cara de estreñimiento, sacó un portamonedas como el de la abuela, y empezó a contar: sólo llevaba 420 francos… La camarera, sonrió y en perfecto castellano aclaró: “Joder, que perdidos estáis; en francos nuevos, veinte…”. Enzo se relajó.
 
Enzo llevaba unas joyas de las que nos dijo que era un regalo de Romano Mussolini para los “camaradas exiliados”. No preguntamos. De hecho, ni Bernardo ni yo, preguntábamos nunca. No sabíamos, en general, ni a quien íbamos a buscar, ni a quien dejábamos en Perpiñán o en cualquier otro lugar de la frontera: todos eran camaradas, todos estaban en apuros, todos debían compartir necesariamente nuestras posiciones fueran cuales fueran y, como en la Legión, a nadie se le preguntaba por su vida anterior. Al tal Enzo tampoco le preguntamos nada y solamente seis años después pude relacionarlo a un nombre y a un episodio siniestro: Peteano. Cuando eso ocurría, Enzo ya había iniciado la primera de sus tres cadenas perpetuas.

En el camino de retorno a Barcelona, departimos con Enzo sobre diversos temas, que si la política Mediterránea de Ghadaffi, que si el pentapartito italiano, que si el Movimento Sociale Italiano; una conversación, en general, bastante intrascendente. En aquella época Enzo tenía tendencia a hablar con una voz de tono cibernético y nasal que he visto en bastantes italianos del Norte. Demostraba leer la prensa todos los días y en general estaba bien informado. No era ningún idiota ni parecía un tipo peligroso.

Ahora tocaba lo peor: pasar la frontera. Lo primero era esconder las joyas. Nos pusimos algunas en los calzoncillos, otras en los tubos de respiración del coche y otras en los bolsillos. Era difícil que nos cachearan. A última hora de la tarde muchos vehículos estaban cruzando la frontera. Sin darnos cuenta nos vimos atrapados en un embotellamiento a cincuenta metros de la garita española y prácticamente delante del puesto de los aduaneros franceses. Notaba que Bernardo se estaba poniendo nervioso: “¿Te ocurre algo?”. Algo le ocurría, parecía como si le fuera a dar una embolia fulminante de un momento a otro. Bruscamente, salió del coche con andares inseguros y dando trompicones, jadeando y sudando. Por una pernera del pantalón iban cayendo las joyas presuntamente donadas por Romano Mussolini… Tuve que bajar y calmarlo. Los efectos de la claustrofobia son así y aparecen no solo en espacios cerrados, sino en embotellamientos, aglomeraciones y colas: “Podías haber avisado, capullo”, le repetí una y otra vez, verdaderamente furioso, tras superar la aduana. Enzo, sentado detrás parecía tranquilo, como ausente.

Con Bernardo hubo muchas más ocasiones en las que reapareció el mismo problema de la claustrofobia. Como cuando a otro camarada, “Juan el Boinas” (excuso explicar el origen de su nombre de guerra, por demasiado obvio), lo dejó en la escalerilla del avión del Puente Aéreo con la excusa de que se había dejado no sé qué en el lavabo del aeropuerto. O en aquella otra ocasión en la que íbamos en su vehículo bajo el subterráneo de Plaza de España y otro atasco lo puso de nuevo al borde del infarto claustrofóbico.

Llegamos a Barcelona y entregamos al “enfermo”. Pasaron meses antes de que lo volviera a ver. Años después supe que “Enzo” era Enzo Vinciguerra, que había militado en el MSI, pasó a Ordine Nuovo, por algún motivo tuvo que huir de Italia y luego, ya en España, había ingresado en Avanguardia Nazionale. Hacia 1976 su foto aparecía en Il Corriere della Sera con la misma gabardina blanca tres cuartos, esposado detrás de Adriano Tilgher, que casi le sacaba casi un metro de altura, y junto a toda la dirección de Avanguardia Nazionale, detenidos en Roma.

En 1975 se publicó otra foto en la prensa en la que aparecía Vinciguerra. En Madrid se había creado el Exercito do Libertaçao de Portugal (ELP) a imagen y semejanza de la OAS. No en vano su núcleo estaba compuesto por antiguos galos que militaron por la causa de Argelia Francesa y que terminaron refugiados en Lisboa donde habían creado una agencia de prensa que, además de serlo y muy sui generis, era también una agencia de servicios especiales. Al frente estaba Ralf Guérin-Serac, un tipo extraordinario del que ya habrá ocasión de hablar. En aquel tiempo, Madrid era un hervidero de portugueses exiliados. A partir de media tarde, en el locutorio de telefónica en la Gran Vía solamente se oía la encantadora lengua de Comoens y de Pessoa. Entre los exiliados había periodistas políticos demasiado comprometidos con el régimen salazarista, antiguos miembros de la policía política (PIDE), burgueses inofensivos que huían del caos, e incluso repatriados de las colonias y, por supuesto, los re-exiliados de la OAS. Portugal en esas fechas, era un completo y absoluto caos. Solamente quedaba organizar la respuesta. Y para eso estábamos nosotros; en Madrid existía un buen número de elementos susceptibles de ser organizados para hacer “algo”. Ralf y Delle Chiaie los reunieron e instaron a que se organizaran. Al poco tiempo se convocaba la primera reunión de la que saldría el ELP.
 
Entre los reunidos, como es habitual, se había colado un “infiltrado”. Siempre cuando se reúnen más de 4 activistas de extrema-derecha hay la posibilidad de que uno al menos, sea un infiltrado. He visto grupos –obviemos cual– que tenían localizado al infiltrado desde hacía años, pero no lo expulsaban porque el coste de deshacerse del 25% de los efectivos era excesivo y no se lo podían permitir. Al día siguiente, la prensa portuguesa fiel al gobierno izquierdista daba cuenta de la conspiración e incluso añadía una foto en la que podía verse a Enzo sentado en una silla en el curso de la reunión. La izquierda portuguesa clamó contra la permisividad del régimen español y se produjeron las movilizaciones antifascistas de rigor en el vecino país.

Entre tanto, el ELP empezaba a organizarse. Un camarada madrileño construyó dos emisoras de radio del tamaño de una mochila de alta montaña que pasamos a Francia a través de las propiedades de un conocido rejoneador portugués que era fronterizo con España. Una de las emisoras se perdió cuando el camarada que transportaba a sus espaldas cayó sobre las piedras del lecho de un río. Se pudo oír el crash de las válvulas hechas añicos y rematadas por el agua. Quedaba otra emisora que durante varios meses fue retransmitiendo programas contra el gobierno portugués.

Por cierto, el camarada que construyó estas dos emisoras, falleció cuando su vehículo se empotró contra un carro blindado que circulaba por la carretera de El Pardo a El Goloso en la noche y sin ningún tipo de luz. Cuando Bardem filmó la película Siete Días de Enero, la primera escena en la que un grupo de extrema-derecha cantan un triste Cara al Sol en un cementerio, alude precisamente al sepelio de este camarada que murió justo en días previos a la Semana Trágica.

A lo que vamos. Enzo se había integrado en la red construida en España por Della Chiaie y allí se llevó mejor con unos y peor con otros. Gino, Gino Cicuttini, era su más próximo colaborador en la época. Gino había entendido el primero lo que Enzo y Della Chiaie entendieron más tarde: que hacía falta una fuente de financiación porque las presuntas joyas de Romano Mussolini (o de quien fueran) hacía tiempo que se habían agotado. Y Gino era el “empleado” de la agencia de import-export puesta en pie por la “red” y que respondía al rimbombante nombre de “Import-Export Enterprise”, operativa desde unas oficinas del Barrio de Salamanca, si no recuerdo mal en la calle Hermosilla o en Núñez de Balboa. Pero, a pesar de los esfuerzos de Gino y del nombre más propio de una multinacional que de una empresa de pocas ventas, la iniciativa no terminaba de arrancar. El “producto estrella” era un antiexplosivo que mezclado con el crudo de las refinerías evitaba que pudieran detonar ante cualquier fallo en el procesado. Tenía gracia que gente que había manejado con cierta soltura todo tipo de explosivos –Gino y Enzo lo habían hecho–, ahora se dedicaran, como acto de contrición a comercializar justamente el antídoto. No es un producto que puedas vender en la sección de bricolaje de El corte Inglés. Los clientes eran pocos y el conocimiento del medio escaso. Así que Gino se desesperaba de día en día. Intentó importar también  botellas de Chianti, luego infames lotes de raciones de alimentos militares que ofrecieron unos amigos chilenos; años después lo volveríamos a intentar con pescado; tras pedir una “muestra” de merluza a Argentina y tras un mes de espera, logramos localizarla en un depósito de Barajas por puro olfato. No había forma de cerrar ningún trato comercial. Lo nuestro, siempre lo supe, no era hacer dinero. Gino me decía en esa época: “Sólo nos queda intentarlo con preservativos”. No se llegó a tanto. De hecho, estoy seguro de que tampoco habría funcionado.

En ese momento, ignoraba que Gino Cicuttini era compañero de sumario de Vincenzo Vinciguerra, más conocido en el ambiente como “Enzo” y, “Enzino” sólo para los íntimos a causa de su estatura. Cicuttini de niño, jugando con un detonante procedente de la primera guerra mundial, se había saltado la mano. Lo queríamos mucho, lo suficiente como para bromear con él sobre la utilidad que le daba a su muñón cuando estaba con alguna chica. A Gino le gustaban “pequeñitas y nerviosas”. El exilio le fue amargando poco a poco. Su destino también fue trágico. En 1998, cuando todo esto le quedaba muy lejos, se había casado en España y las influencias del suegro eran suficientes para asegurarle una estancia aquí, Gino seguía intentando hacer su agosto con los antiexplosivos de refinería. Recibió una llamada de un tipo al que, finalmente, le interesaba el producto. En breves días iría a Tolosa del Languedoc y se podían encontrar, “por ejemplo, en Andorra”. La operación era segura. Pero en Andorra surgieron los problemas: el individuo en cuestión debía permanecer unos días más en Tolosa y le sugería a Gino que recorriera los 150 km que median desde Andorra. La ambición pudo más que el instinto de autoconservación y Gino pensó que, a fin de cuentas, ya nadie se acordaría de él. Llevaba dos décadas al margen de cualquier actividad política y se había olvidado que era un “latitante” que se movía con documentación falsa. Además en Francia no tenía la protección del suegro. Acudió a la cita, cenaron con el presunto cliente y al salir, la manzana del restaurante estaba rodeada por la policía. Gino Cicuttini acudió en 1998 a la cita con la cadena perpetua que tenía pendiente desde 1972. Él había sido la persona que telefoneó al puesto de carabineros de Gorizia, simulando un acento dialectal y señalando la ubicación de un vehículo abandonado. Entonces era miembro del MSI y el propio Giorgio Almirante, secretario general del partido, le hizo llegar 34.560 dólares americanos a través de un abogado para que se operara las cuerdas vocales y disimulara su voz.
 
Cicuttini había llegado a España poco después del atentado. Su vehículo, un Fiat 1500 azul marino, llegó a altas horas de la madrugada a Barcelona después de salir de Italia. En pocas horas recorrió toda la costa mediterránea francesa y no paró hasta llegar al Hotel La Rotonda de Barcelona, allí donde termina la calle Balmes y empieza la Avda. del Tibidabo. Allí descansó, se repuso y al día siguiente se puso en contacto con la red, con la mayor tranquilidad del mundo. No reparó en que la ficha realizada en el hotel, llegaría al día siguiente a la policía, en un momento en el que ya estaba en las listas de busca y captura de todo el mundo. Un policía falangista, afortunadamente, consiguió dar con la ficha y destruirla a tiempo. A mí me tocó esconder el coche en una granja cuyo propietario, cada seis meses me fue llamando regularmente para saber a qué atenerse con el vehículo hasta que finalmente, seis o siete años después, decidió venderlo a un desguace. Gino, a todo esto, no era Gino sino Carlo y de su apellido me enteré después. De su vida y milagros también lo ignoraba todo.

La discreción necesaria en la clandestinidad –y la red era clandestina a pesar de que Della Chiaie se hubiera entrevistado con Carrero Blanco y el Comandante Borghese con el propio Franco, por el que había combatido durante la guerra– hacía que nunca preguntáramos y que, solamente con el paso del tiempo, pudiéramos ir relacionando nombres, datos, situaciones, personas y episodios.

Enzo Vinciguerra había colocado una bomba en un vehículo. Era una bomba-trampa que debía matar a cuantos más carabinieri mejor. Tras la llamada de Gino, tres carabinieri divisaron el coche que mostraba dos agujeros en el parabrisas. Al intentar abrirlo saltó por los aires. Murieron tres funcionarios policiales y otros dos resultaron gravemente heridos. Esto le costó tres “ergastolos”, cadenas perpetuas a la italiana. Era un atentado absurdo, estúpido e irresponsable, ayer y hoy. Para colmo, inicialmente, el atentado fue cargado a espaldas de la extrema-izquierda y determinados servicios de inteligencia ejecutaron una campaña de “despiste” y crearon falsas líneas de investigación. En cuanto al explosivo C-4 utilizado había salido de un depósito clandestino de la red GLADIO, creada por la OTAN ante la eventualidad de una caída de Italia en la órbita de Moscú.

De todo esto, como digo, me fui enterando poco a poco y muchos años después. Entonces, en 1973 creíamos que era mejor no preguntar, escudándonos en que en la clandestinidad recomendaba ignorarlo todo. Sabíamos que algunos de los italianos que iban llegando tenían delitos de sangre, pero no queríamos saber de qué se trataba. No tengo el más mínimo inconveniente en reconocer que si Enzo hubiera llegado aquí con la etiqueta de lo que había hecho en Italia también lo habríamos acogido. No era relativismo moral, sino que entonces situábamos a la camaradería por encima de la moral. ¿Lo haría ahora mismo? No. Soy de los que opina que sólo lo justo es hermoso y que sólo vale la pena apoyar los proyectos con cara y ojos, no las locas aventuras. No se puede ir matando gente alegremente por ahí y mucho menos si son pobres diablos que bastante tienen con ganarse la vida de uniforme. El terrorismo tiene buen motivo para ser denostado por todo el mundo. No hay atentados “buenos” y atentados “malos”.

En un atentado absurdo, Enzo Vinciguerra había logrado de un solo golpe asesinar a tres personas (es decir, robarles la vida y, con ello todo lo que tenían), “cagar” como dicen en Argentina, la vida a los camaradas que le acompañaron en su loca aventura y, finalmente, destrozar la suya propia y, por supuesto, como guinda, no lograr ningún resultado político. Casi cuarenta años después de ese atentado, Vincenzo Vinciguerra sigue alardeando ante quien quiere escucharle de que fue el “único” atentado cometido por el neofascismo después de 1945 no inducido por los servicios de seguridad del Estado (algo, por lo demás discutible). Ni ayer ni hoy era como para vanagloriarse del episodio.

Enzo podía realizar esta afirmación con cierta seguridad. Su estancia en España a la sombra de Della Chiaie le sirvió para conocer datos a los que de otra manera, desde su oscuro papel de dirigente de un pequeño grupo neofascistas de provincias, jamás hubiera tenido acceso. A España llegaron en los años 1972-1976 decenas de exiliados italianos y fueron acogidos por lo que llamaremos “la red”. La red, en principio, no tenía prejuicios, los acogía a todos, con independencia del grupo al que pertenecieran o de lo que hubieran hecho. Una vez aquí, se hablaba con ellos, se les observaba, se recibía sus confidencias y se anotaban los detalles significativos. En ocasiones incluso se grababan las conversaciones. En la inmensa mayoría de los casos, siempre contaban lo mismo: “alguien” extraño, ajeno al neofascismo, les había dado armas y municiones, incitándoles a cometer tal o cual atentado. En España se tardó poco en trazar un mapa de los nombres, las descripciones y los personajes extraños –siempre los mismos– que inducían tales acciones. Enzo pudo conocer así la mayoría de estas situaciones y pronto se hizo una composición de lugar sobre la que, luego, construiría su coartada moral para justificar la llamada “masacre de Peteano” ideada y planificada por él.

Volví a ver en unas cuantas ocasiones en Madrid y Barcelona a Enzo. En 1975 perdí completamente el contacto. Seguía sin hacer preguntas, así que cuando veía a algún otro italiano exiliado evitaba conversar sobre temas escabrosos; era mejor hablar de pizzas y modalidades de pasta fresca. Hasta que en un día de junio de 1978 varios camaradas nos encontramos en París en una reunión que tendría múltiples secuelas, felices inicialmente, funestas –en lo personal– a medio plazo.

Estábamos cenando en la pizzería de unos amigos –el Príncipe Sixto, Ramón Graells que años después denunciaría mi presencia a la policía en Barcelona, su hoy ex esposa con la que sigo teniendo una estrecha amistad, Rafael Tormo, Alfredo Alemany, etc.– en plena avenida de Montparnasse y a mi  lado estaba sentada Leda Minetti, esposa de Della Chiaie. No recuerdo a cuento de qué, Leda recordó algo que Enzo había protagonizado en Madrid; rompí la regla y pregunté: “¿Qué tal le va a Enzo?”. Leda me miró con una expresión de irreprimible tristeza: “¿Enzo? Ma non sai cosa ha suceso con Enzo”. Lo ignoraba y ella me lo contó: creí entender que Enzo había atravesado un mal momento personal y retornó a Italia; un buen día, harto de su situación de clandestinidad, se plantó ante un cuartel de carabinieri, se puso a despotricar contra ellos y a insultarles. Lo detuvieron. Lo juzgaron. Lo condenaron. Ahora habrá cumplido su trigésimo aniversario en prisión. Lo lamenté profundamente y perdí el apetito esa noche. En aquel momento, seguía sin saber exactamente cuáles eran los motivos que habían llevado a Vincenzo Vinciguerra a ser condenado a cadena perpetua. Y todavía pasó tiempo antes de que me enterase de su vinculación con la “masacre de Peteano”.

La siguiente vez que recuerdo oír hablar de Vinciguerra fue en la cárcel de Alcalá-Meco donde me había enviado un juez de la Audiencia Nacional –que un lustro después empezaría a aparecer en los períodos hasta llegar a ser decano de los “jueces estrella”, Baltasar Garzón–. En aquella ocasión, el entonces subinspector de la Brigada de Información, Alfonso Simón Viñao –y hoy eterno subinspector perdido en una comisaría de Navarra a donde fue a parar por las, digamos, peculiaridades, de su gestión– tras detenerme, hizo saber a su superior jerárquico que “habían detenido al Ernesto”, añadiendo que yo estaba implicado en los atentados de la Sinagoga de París y de la Estación de Bolonia, que estaban a punto de recuperar varias armas de guerra y que Stefano delle Chiaie también estaba a punto de ser detenido. La noticia llegó un martes al ministro del interior justo antes de que empezara el consejo de ministros.

Aquel tosco carlistón del que Felipe González era el primero en decir que debía su cargo sólo y nada más que a su “cara de represor”, José Barrionuevo, hacía solamente 90 días que había estrenado cargo y todavía se movía como un elefante en una cacharrería (y así siguió dando la cara por la X en el asunto de los GAL, en los desvíos de fondos públicos del ministerio del interior). Bastante torpón en el ejercicio de su cargo –es todavía el único ministro del interior español que ha acabado en la trena–, al enterarse de mi detención, Barrionuevo pensó en que tenía al alcance de la mano un “éxito internacional”. Total, yo era casi el único español vinculado a lo que entones se llamaban “tramas negras”, así que yo debía saberlo todo y lo cantaría todo. El Pais registró mi detención a grandes titulares y en primera página. Y en la senda de El País, todos los demás.

Una semana después de mi detención, el asunto se había deshinchado y Barrionuevo optó por tener el teléfono comunicando para quien le requiriera por ese asunto. Todo esto lo supe porque estando aún en Meco vino a verme el periodista de El País que había cubierto la información: “Tuvimos la sensación de que nos habían colado un gol”. Y me explicó las circunstancias en las que se generó la noticia, disculpándose por haber estado implicado en la fenomenal metida de pata. Claro está que la rectificación jamás se produjo y mi exculpación total sobre los crímenes de Bolonia y de la Sinagoga de París, no merecieron espacio alguno en la prensa. El periodista en cuestión era Carlos Yarnoz, que después pasó a cubrir la sección de “Temas militares”, muy animada en la época por el proceso de Campamento contra los considerados responsables del 23-F y más tarde fue subdirector de El País.

Ni aparecieron armas, ni Della Chiaie fue detenido, ni se esclareció nada sobre Bolonia, ni sobre el atentado a la sinagoga de París (del que la policía francesa desde el principio tenía la idea de que era un atentado palestino, consiguiendo detener casi 30 años después, al autor, efectivamente, un palestino). La única acusación que pesaba sobre mí era una manifestación intrascendente ante la sede de UCD en Barcelona. Era una manifestación ilegal y a eso se aferró la judicatura para empitonarme. Pero la noticia de mi detención había llegado a un juez italiano: Felice Casson, que vino hasta Meco para interrogarme.

Casson era un juez joven, el Garzón de aquellos pagos, sólo que con una vocación de estrellato infinitamente menor y que, en principio, parecía distar mucho de lo que nosotros llamábamos en la época jueces “profesionales del antifascismo” que, en Italia, por el solo hecho de ser detenido por “reconstrucción del partido fascista” empezaban a sumar años de prisión. Casson me dio la impresión de querer sinceramente averiguar qué estaba detrás del terrorismo que había matado en 10 años a más de 200 personas en Italia. No veía claro que todo fuera tan fácil como planteaba en aquellos días el cotidiano del Partido Comunista, Unitá, cosa de unos fascistas sin escrúpulos, así que decidió tirar de la manta.

La vida en la cárcel es aburrida y aunque en Meco teníamos una “comuna” compuesta por seis o siete camaradas, la falta de actividad hacía que cualquier posibilidad de hablar fuera bien recibida, incluso con un juez. Así que durante un par de horas, Felice Casson me estuvo tomando declaración. Cumplí la consigna: “todo lo que contribuya a aclarar la participación de los servicios de seguridad del Estado en la comisión de los atentados debe ser declarado sin restricciones, todo lo que contribuya a colgar acusaciones contra camaradas, sean quienes, sean, debe ser evitado”. Contesté a cuanto puede para salvar de responsabilidades a camaradas que habían sido injustamente acusados y me negué a responder a aquellas preguntas que pusieran en riesgo o permitieran ubicar a otros, con la muletilla “No estoy autorizado para contestar a esta cuestión”.

Fue en el curso de esa entrevista oí por primera vez el nombre de “Peteano”. Casson lo vinculaba a Vinciguerra, pero seguía sin saber que había ocurrido. Al acabar la toma de declaración elaboré un informe con todos los nombres que habían salido a relucir (Vinciguerra, Delle Chiaie, la banda Cavallini, el NAR de Roma, el NAR de Milán) y lo remití a mi mujer para que lo hiciera llegar a los camaradas.

Unos meses después me enteré de las dimensiones de la masacre de Peteano, pero yo en aquel momento, tenía que reconstruir mi vida y la de mi familia y no tenía mucho tiempo para pensar en eso ni juzgar el episodio. Debió ser en  la primavera de 1984 cuando volé a Caracas con un conocido periodista italiano que volvió a hablarme de Enzo: “Se considera una especie de soldado político y ha tomado una posición acorde con esa imagen”. Su planteamiento en esa época sostenía que todos los atentados atribuidos al neofascismo en los años 60, 70 y 80, fueron instigados y frecuentemente cometidos por los servicios especiales del régimen, salvo uno: el que había cometido él. Su autoinculpación tenía como finalidad validar el resto de su declaración y obligar a la magistratura a investigar en esa dirección. En aquel Boeing que nos llevó de Lisboa a Bogotá y de Bogotá a Caracas, admiré la autoinmolación de Vincenzo Vinciguerra en el altar de la verdad histórica. El problema es que luego, en la calma del retorno, tras un mes en Centroamérica, examiné las cosas más de cerca.

Todos nos equivocamos, pero solamente las equivocaciones de algunos matan. Matar a tres jóvenes -carabineros o no- es absurdo, cruel e innecesario, se mire como se mire; es un crimen sin justificación posible. En la Italia de los años 70, las acciones de los NAR contra la extrema-izquierda o incluso contra medios de la judicatura podía explicarse por la saña con que activistas de ultraizquierda perseguían llave inglesa en mano a los considerados como neofascistas por el solo hecho de serlo. Asesinaron a muchos. Algunos se revelaron y mataron en represalia. No era aceptable pero había una razón. Se puede entender aunque sea más difícil compartirlo. Pero tres carabineros asesinados sin provocación previa, difícilmente se puede entender y desde luego hace falta ser contorsionista, equilibrista y acróbata para tratar de justificarlo.

Hay algo peor: querer justificar a posteriori lo hecho asumiendo la actitudes del soldado que mata al enemigo y la del soldado que no se arrepiente de lo hecho porque está en guerra y lo propio de la guerra es dar y recibir la muerte. Son los tópicos a los que se aferra cualquier terrorista de cualquier grupo. Enzo, todavía hoy, 40 años después del crimen, no sé que haya tenido ninguna palabra de respeto y conmiseración por los pobres chavales que mató en su estúpido atentado, ni por ellos ni por sus familias. Es tan fácil decir: “me equivoqué, lo siento y os pido perdón por el daño que os cause robándoos a vuestros seres queridos”. No había “guerra” más que en la mentalidad de Vincenzo Vinciguerra. El “enemigo” quizás era el Estado, pero no el carabinero que lo servía. ¿Puede haber algo más terrible que un “error” de este tipo? Sí, y Enzo lo cometió.

Un buen día alumbró la idea de que su atentado no era el único atentado que había evidenciado la voluntad de combatir al “sistema” sino que él era el único soldado político llamado a dar ejemplo a las jóvenes generaciones. Empezó a lanzar acusaciones sobre todos los camaradas sin ninguna excepción, por supuesto sobre los que habían pasado por el exilio, sobre los que estuvieron en la cárcel y ya habían salido. He leído todo lo que ha escrito en los últimos diez años cuando rompió los puentes con cualquiera de sus camaradas de otras luchas, con los que compartió exilio en España y militancia política organizada. En sus escritos hay muchos datos ciertos (en la Comisión de Encuesta sobre las Masacres de Estado hay muchos más datos e incluso en programas de TV hay información así mismo válida pero menos cargada de odio contra sus excamaradas), pero también mucho dato improvisado, deliberadamente falso, vertido con voluntad de desprestigio y resentimiento hacia quienes están ahora en la calle, no porque colaboraran con ningún “sistema”, sino porque extinguieron sus condenas, muchos de ellos hoy lamentan lo que hicieron y están “arrepentidos”. Cuando alguien se arrepiente tras haber cumplido su condena tiene mucho más valor que cuando el arrepentimiento es motivado por la posibilidad de acortar condena. El arrepentimiento y la disculpa no parecen entrar en los cálculos de Enzo Vinciguerra cuando entra en su 30º año de cárcel.

Pasó el tiempo. Un día en Madrid me encontré a un querido camarada italiano que pagó sus errores de juventud con años de cárcel y exilio, Gian Carlo Rognoni. En su momento Rognoni reconoció sus errores y pagó por ellos. Estaba en libertad y había reconstruido su vida. Es uno de los camaradas más responsables que he conocido y no me importan sus errores pasados. A fin de cuentas fue víctima de una provocación de agentes especiales de los servicios de inteligencia italianos. Enzo no tiene esa excusa: a él no lo provocaron, actuó de motu propio. Era un 20-N en Madrid, pero no, hace mucho que no voy a esos actos litúrgicos en recuerdo del régimen anterior, y me encontraba en Madrid por pura casualidad:

- Gian Carlo ¿qué le ha pasado a Enzo? ¿por qué escribe lo que escribe?, le pregunté.

Había muchas explicaciones y el odio especial vertido por Enzo contra Rognoni justificaba la más hostil de las respuestas, sin embargo, mMe dio la que menos esperaba:

- Sai, tutti noi aviamo conosciutto alguna volta nella nostra vita el sonrisso d’una donna. Enzo, invecce, no.

No añadió más. Hay gente que parece estar más cómoda dentro de la cárcel. En ocasiones, hay gente que no sabe vivir en libertad. Para algunos es más seguro ser “soldado prisionero” a “soldado en el frente”. Enzo huérfano de organización, Enzo sin grandes cosas que hacer en la calle, Enzo viendo como los demás camaradas que han pasado por el exilio y la cárcel se reinsertan en la vida normal, intentan reconstruir sus situaciones personales, en ocasiones heroicamente; Enzo día tras día durante 30 años en la cárcel, hace mucho que no ha conocido la sonrisa de una mujer. Apostaría a que no la ha conocido nunca. Venus ayuda a vivir, tanto como Marte ayuda a combatir. Pero una vida sin Venus y con Marte girado contra los propios camaradas a los que se odia por unos u otros motivos, es una vida desperdiciada, inútil e inservible. Enzo, hoy, sigue aferrándose a que su atentado está justificado como único clavo ardiendo que le da un sentido a su vida. El día en que concluya que allí se equivocó y que esa equivocación costó dos muertes, su vida carecerá de principio de razón suficiente.
 
La mayoría de camaradas de su edad hemos olvidado a Enzo. Por experiencia sabemos que la vida en la cárcel es dura y preferimos no recordarle en cuáles de sus escritos la información está sesgada, deformada voluntariamente o es, pura y simplemente una mentira ideada a su conveniencia para reforzar la imagen que quiere dar de sí mismo: la de soldado político inmolado en el altar de la verdad revolucionaria. Un contacto superficial con sus escritos evidencia que destilan más resentimiento que otra cosa.
 
Todo esto viene a cuento de que en la misma noche que me encontré a Rognoni me presentaron a un tipo extraño y a otro que iba con él y que me dio la impresión de ser el “Igor” que sempiternamente acompaña al doctor Frankenstein. Me “exigían” “abrir un debate sobre el neofascismo” (como si, a estas alturas, uno no tuviera mejores cosas que hacer) y discutir los escritos de Vinciguerra. No me sentía con ganas de reconstruir lo inextricable, cuando, como digo, el primer principio de la clandestinidad, es no preguntar, no hablar, no difundir, ni mucho menos comadrear. Por lo demás, no era yo la persona más adecuada para desentrañar algo que había vivido no como protagonista, sino siempre como actor secundario. Evité añadirles lo obvio, que para “abrir un debate” hace falta tener alguna talla y traducir los escritos de Vinciguerra no era precisamente una garantía de que su aportación en un debate fuera lo que se dice rica-rica. Así que decliné la oferta.

Poco después, estos empezaron a darme un curioso calificativo, al parecer, ideado por el pobre Enzo: “neofascista de servicio de la OTAN” (o algo parecido). Como toda secta –y Enzo ha terminado siendo el gurú de una pequeña sectilla de “admiradores” que han convertido el crimen de Peteano en una especie de pivote de la historia reciente de Italia– crearon su propia jerga. Y heme aquí convertido en “neofascista de servicio de la OTAN” sea lo que sea lo que ese agregado fonético quiera decir.

No me acordaría de este individuo –que luego resultó llamarse Bertrán- ni de su “Igor” particular, de no ser porque, de tanto en tanto, ellos sí parecen acordarse de mí. La última vez hará unos días.

No puedo evitar ser una catástrofe en materia de informática. Un amigo y camarada de Madrid me instó a que, después de cinco o seis años de ausencia, me diera un garbeo por el foro Disidencias, uno de los primeros foros de cierta extrema derecha evolucionada que apareció hacia finales de los 90 en Internet y que todavía subsiste. Así lo hice. Tardé exactamente cinco minutos en meter la pata y confundir el correo personal de mi amigo con una aportación suya en el foro en el que me acababa de dar de alta. Le di al reply y lo que era personal pasó a ser público. Y eso tuvo consecuencias lamentables.

La nota enviada hacía referencia a mi toma de posición personal en el conflicto de Gaza. Esta posición era simple y se basaba en dos principios: una derivación del teorema de Gödel sobre la incompletitud y en la llamada lógica borrosa. Por lo primero, cuando en un sistema se van añadiendo elementos que hacen que el sistema no tenga solución, el problema no puede resolverse dentro del sistema, sino que hay que salir de él para resolverlo. Las causas del conflicto palestino son tan extremadamente complejas que, simplemente, no hay salida. Reconocerlo es obligado. La lógica borrosa, a su vez, recusa la matemática booleana basada en el par 0-1, blanco-negro, abierto-cerrado, y nos dice que hay una amplia gama de grises y de estados intermedios entre cada par. Eso, llevado al conflicto palestino implica que es imposible tomar partido por algo que ni es blanco ni negro. Resumiendo y abreviando: si un problema no tiene solución, mantente alejado de él.


Esta actitud rompía con la tradicional “amistad con los árabes” practicada por la extrema-derecha española, pero tenía el defecto de generar un pequeño caos en un mundo pequeñito y ordenado que, sistemáticamente, se solidarizaba con los palestinos como una forma de enmascarar el “tradicional odio a los sionistas”, igualmente propio de la extrema-derecha española. Lo que se les planteaba era: “cuidado que en el tema palestino nadie tiene razón porque la “ley del Talión” contra el “espíritu de la Yihad” dan malas combinaciones…  y a nosotros, desde Europa, muchachos, ni nos va ni nos viene”. Además –añadía– es tarea propia de un funambulista manifestarse por la mañana contra la inmigración masiva y por la tarde volver a manifestarse acompañado de miles de inmigrantes magrebíes en protesta contra el sionismo. Peor es, desde luego, tratar a Zapatero de berzotas y a la izquierda-caviar (lo que en tiempos de Carrillo eran “las fuerzas de la cultura”) de titireteros a sueldo y al día siguiente ir detrás de la pancarta que portan todos ellos juntos en unión.

Algunos chicos reaccionaron mal, especialmente los que más partido habían tomado por la “causa palestina” y por la “revolución islámica”, esos mismos que a una hora se fotografiaban con el pañuelo palestino y a la siguiente con las obras completas del pobre Enzo. Reconozco que me porté mal y así me lo afearon algunos amigos: les había roto su pequeño mundo perfecto en el que todo encajaba; les había recordado que el Irán de hoy es tan “solidarizable” como cualquier potencia emergente a la que le sobran algunos dólares e invierte en armamento con la intención de convertirse en potencia regional. ¿Quién era yo para recordarles a estas almas de cántaro que las cuatro características del gobierno de los ayatolahs son: aburrimiento, oscurantismo, corrupción y toxicomanías? Su pequeño mundo dañado y ellos con estos pelos y sin muchos argumentos. No me extraña que no me lo perdonaran y que intentaran matar al mensajero. A partir de ese momento, dejé para ellos de ser solamente un “neofascista de servicio” para ser un “prosionista”. A Enzo, al menos lo aprecié, de estos ni me acordaba.

En 1979 toda la extrema-derecha estaba a favor de la revolución islámica. Tenía dos “activos”: satisfacía el antisemitismo recurrente propio de ese sector y le daba un lustre nuevo; de otro lado, los ayatolahs eran antiamericanos en un tiempo en el que se vivían todavía las consecuencias del último conflicto mundial y Europa estaba dividida en dos zonas de influencias en las que los que menos influenciaban eran los europeos. Así que todo lo que debilitara ese statu quo nos parecía bueno. Jhomeini por tanto, era bueno. Antes nos había dado por apoyar a Ghadafi. Y antes que a Ghadafi a Nasser y, antes  Mosadegh y antes aún al Gran Muftí de Jerusalén y así sucesivamente. A veces dudo de por quién hubiera tomado partido este excéntrica extrema-derecha española de hoy en el siglo XI, si por el Cid o por Almanzor.

Para colmo, René Guénon, el metafísico que gozaba de cierto predicamento en determinadas áreas sofisticadas de la ultraderecha, había sentenciado –y quienes seguían a Guénon lo tenían como infalible– que el Islam era una “vía” para llegar a la tradición. Puestos a decir, Guénon decía también que la masonería era otra vía. En su juventud pensó que por la parte del ocultismo también había “vía” (de hecho, siempre le quedó el pelo de la dehesa ocultista) y, finalmente, volvió a decir que el catolicismo era una “vía” más (justo cuando vendía artículos a la revista católica Regnabit). Guénon terminó haciéndose musulmán, consecuente con una de las muchas “vías” (muertas, todas) que había recomendado a quien quisiera oirlo para “vivir la tradición”.

Guénon hizo estragos en la extrema-derecha europea. Como, por lo demás, hubo musulmanes al lado del ejército hitleriano en la II Guerra Mundial, y daba la sensación de que el Islam era lo más opuesto a Marx, muchos buenos bebedores de grappa y chianti, de moriles y sangría, impenitentes comedores de prosciuto y longaniza, de un día para otro, se apuntaron al Islam y no sentían el menor empacho en poner arrojarse al suelo con sus nalgas y su frente alineadas con La Meca; incluso en cárcel utilizaban brújula para orientarse hacia dónde orar. A estos les cabía el título de “perdidos”. Eran las legiones perdidas de René Guénon.
 
Yves Bataille me dijo un día hacia 1969, cuando yo me consideraba remotamente católico: “No me gustan los curas. Ni católicos, ni mulahs”. No es que no nos gustaran, es que no eran los más adecuados para dirigir una nación. Me volvió a reiterar la frase en París en 1980.

Hubo en la época situaciones curiosas: en 1978, el jefe de la SAVAK iraní se entrevistó con exponentes de la extrema-derecha en un intento de estimular manifestaciones de apoyo al gobierno del Sha. Luego lo fusilaron. En España habló con Blas Piñar y con los que luego se escindirían dando vida al Frente de la Juventud, Juan Ignacio Rodríguez González y Pepe las Heras. A parte de estos contactos y algunos personales que tendría años después con la propia hija del Sha, a la que conocí en Palma de Mallorca, cuando ella había emprendido la peligrosa senda de la droga que le llevaría a la tumba (tan encantadora como delgada, aquella chica llamaba la atención donde iba: apenas comía, pero siempre pedía una taza de agua caliente como única consumición, a la que ni siquiera teñía con una bolsita de té), la verdad, es que unánimemente, entre 1977 y 1986, la mayor parte de formaciones de la extrema-derecha europea apoyó a los islamistas por razones políticas, ideológicas o por compartir su antisemitismo. En 1987 algunos dijimos, basta.

Enzo era de los que apoyaron a Gadaffi. Supo transmitir a los alegres muchachos que leían sus elucubraciones escritas desde la celda, esta admiración, hasta hacer de ellos individuos inclasificables, exóticos y con un punto freaky que ya habrá tiempo de ir ilustrando. Los guenonianos llegaron al mismo grado de freakysmo y en sus filas se multiplicaron las conversiones al islam. Europa, que había tardado 2000 años en superar su “pasada por el cristianismo”, veía como algunos de sus hijos dejaban la “segunda religión del Libro” para adherirse a la “tercera”. Y aunque parezca, esta fiebre pasajera alcanzó a los medios de la extrema derecha española. Un grupo de falangistas canarios, especializados en marginalidades varias, se adhirieron al islam, cedadianos gallegos y granaínos hicieron otro tanto. Y en su momento multiplicaremos los ejemplos que, desde luego, no faltan.

Todo eso estaba muy bien, cuando la imagen personalizada que se tenía de un islamista era aquel personaje ilustrado de la embajada de cualquier país árabe o cualquier estudiante árabe más occidentalizado que islamizado. El problema vino cuando a partir de 1996 empezaron a llegar oleadas de magrebís a las mezquitas hasta entonces frecuentadas solamente por una élite intelectual europea (en la que figuraban no pocos izquierdas que, puestos a renovarse, habían cambiado el Capital por el Corán). Los Centros Islámicos, empezaron a verse desbordadas por legiones de menesterosos para los que la religión no pasaba de ser un formalismo en el comportamiento y, en lugar de la sofisticada metafísica sufí que tanto atraía a los europeos, apenas traían en sus maletas unas pocas supersiticiones, voluntad de coleccionar cuatro esposas y la idea de que Al-Andalus era tierra sagrada del Islam usurpada por cruzados e infieles. El drama de los islamistas europeos empezó  entonces. Y en eso están.

Enzo no les puede aportar mucho. Realmente, éste tema no le interesa mucho. Le queda fuera de su abanico de justificaciones a posteriori para salvar la cara en la “masacre de Peteano”. No hay forma, Enzo, desengáñate, aquello fue un error y algo peor que un error, fue un crimen estúpido que no sirvió para nada más que para destrozarte la vida, destrozársela a tus camaradas que te siguieron entonces y que hoy siguen distribuidos en distintas cárceles y, sobre todo, para destrozar a unos carabinieri que seguramente no habían destacado ni en tareas represivas, ni en menesteres odiosos. Sería mejor que les explicaras a los pobres chavales que creen que todos somos “neofascistas de servicio de la OTAN” que metiste la pata hasta el remo y que a casi 40 años de distancia, destilas más resentimiento que camaradería y más obcecación que realismo.

Ayer volví a pensar en Enzo, en el tal Beltrán y su “Igor” que creen a pie juntillas todo lo que dice este “soldado político” especializado en las trincheras carcelarias, pero ya muy alejado de la realidad política de su país. Por eso he empezado estas “ultramemorias” aludiendo al pobre Enzo, cuyo destino es trágico y cuyo ejemplo, casi macabro.
 
                                       *    *    *


¿Y Bernardo? Lo de Bernardo fue terrible. Cuando regresó el President de la Generalitat en el exilio, Josep Tarradellas, Bernardo rompió él solito y sin ayuda de nadie el cordón de protección, arrojándose sobre el Mercedes blindado con la extraña intención de agredirlo (al coche y a su ilustre pasajero). No causó ni una pequeña abolladura, pero al día siguiente salía fotografiado en todos los medios de comunicación catalanes: “Intento de agresión a Tarradellas”. No se partió el puño contra la chapa blindada de puro milagro. Entonces trabajaba en la Pegaso. Sus compañeros de Comisiones Obreras que lo odiaban regularmente vieron su foto y ellos mismos desvelaron a la policía de quien se trataba.

Bernardo era conocido en el ambiente falangista barcelonés de los sesenta y setenta. El 29 de octubre de 1968, al salir del Palau de la Música tras el acto de aniversario del discurso de José Antonio en el Teatro de la Comedia, volcamos el coche del gobernador civil, Tomás Garicano Goñi (que luego sería ministro del interior). Aquello tuvo gracia y el pobre gobernador no lo debió pasar muy bien. El coche oficial fue zarandeado al ritmo de “goñi-goñi”, con el gobernador dentro, hasta volcarlo. Tuvo que salir de allí como se sale de un submarino: por la puerta convertida en escotilla. Los grises a caballo cargaron y en la siguiente hora y media se sucedieron incidentes y choques extremadamente violentos entre el Palau de la Musica y la Plaza de Urquinaona. Mientras que la izquierda ha practicado siempre el victimismo, en la extrema-derecha se cultiva la agresividad como fruta del tiempo. Si le habías arrancado un galón o te llevabas un gorra de plato de un gris, eran un “gran militante”. En la izquierda, en cambio, los méritos se contaban por los lamentos exhalados y las marcas de la goma de los guardia en la espalda. Dos sectores, dos visiones.

Siempre que había este tipo de incidentes, por algún motivo, nos acordábamos de que en Urquinaona se encontraba el consulado británico, así que nos lo ponían a huevo; el grito de “Gibraltar Español” era el que se terciaba en esas citas anuales en el Palau o en el monumento a José Antonio de la entonces avenida de la Infanta Carlota. En aquella ocasión estábamos decididos a asaltar el consulado en el raptus adrenalínico que siguió al volcado del coche del gobernador. Lamentablemente, el edificio en el interior del que se encuentra el consulado es un laberinto de escaleras y puertas, así que los pocos que conseguimos entrar nos perdimos. Bernardo fue el primer que encontró la puerta del consulado. No se le ocurrió nada mejor que llamar a la puerta vestido de camisa azul mahón; los policías que estaban dentro lo arrastraron al interior y lo esposaron. Alguien se dio cuenta y al cabo de unos minutos unos trescientos falangistas gritaban en fenomenal cadencia “¡¡Queremos a Bernardo, queremos a Bernardo!!” por toda consigna. Lo soltaron al cabo de unos días, cuando todavía no era un claustrofóbico consumado. A raíz de la agresión al coche de Tarradellas, en cambio, no le pudieron encerrar en la mazmorra fría por prescripción facultativa.

Dentro del consulado inglés, Bernardo, la había armado. Siguió gritando y forcejeando hasta que se le fisuró un pulmón. Al menos así me lo conto después, reforzando la que luego se convertiría en su proverbial hipocondría que ya por entonces despuntaba. Le volvió a pasar algo parecido cuando a principios de los años 8, montó él solito y por iniciativa propia La Voz de la España Nacional, una radio de FM en el local del Círculo Cultural Eugenio d’Ors. Desde allí retransmitía programas incendiarios contra el nuevo régimen hacía poco inaugurado en España, hasta el día en que lo localizaron y Bernardo tuvo sus 5 últimos minutos de fama radiofónica narrando en directo su nueva detención.
 
Con Bernardo era imposible hacer política; de hecho me enseñó por vía del ejemplo, que con algunos camaradas podías irte de copas, de putas o de fiesta, pero hacer política jamás. Quizás al acabar estas notas los lectores entiendan porque la extrema-derecha nunca ha logrado en España el impacto que sus partidos hermanos han tenido desde Narvik a Sicilia y desde Bucarest hasta el East End londinense. Aquí todo es diferente, al menos en lo que a la ultra se refiere. No se imaginan hasta qué punto. Bernardo era tan falangista como su suegro. En 1974 empezaba a tener claro que era imposible hacer política con los falangistas. En las décadas siguientes me convencí hasta la saciedad a base de tratar a distintas promociones de falangistas. De hecho, con toda la extrema-derecha era imposible realizar una intervención efectiva en el terreno político. Y el que hoy, el tal Beltrán y su “Igor”, loen, glosen y alaben el atentado cometido por Enzo Vinciguerra con resultado de tres muertes y dos heridos graves, es una muestra de que contra más evolucionada es una forma de extrema-derecha es todavía peor. Con Bernardo, al menos, reías con él. De estos te tienes forzosamente que reír de ellos. Si te los tomaras en serio lo más piadoso sería recomendarles un buen psiquiatra.

                                           *    *    *

Estas ultramemorias son el hijo directo de algo que siempre he observado en los ambientes de extrema-derecha y que me ha inducido a preguntarme: ¿por qué algunos individuos aceptan encasillarse en el freakysmo para defender sus ideales? Anticipo la respuesta: por qué no son ideas lo que defienden, sino “hobbys”.
 
Algunos leen lo escrito en la celda por el pobre Enzo como otros se saben de memoria la edad de Argorn, la estatura de un hobbit y su talla de pie tras años dedicados a estudiar El Señor de los Anillos o el nombre de cualquier cliente de la taberna galáctica de la Guerra de las Galaxias. El acopio de saber obsesivo e inútil es la característica propia del freaky. Si para colmo, las actitudes morales son ambiguas y la sintonía con Enzo (y que como los muchos Enzos que he conocido, Ynestrillas sería el equivalente étnico-racial, también él justifica con una sorprendente racionalidad la justificación a sus comportamientos irracionales) deriva de haber tenido el aplomo y la frialdad para matar a tres carabinieri, lo simpático que puede existir en el fondo de todo freakismo se transforma en estupor primero, náusea después y, finalmente, en  repugnancia. Si algo he aprendido en 40 años de frecuentar a la “ultra” es que la estupidez nunca es aceptable, ni se puede ser condescendiente con la estupidez.

Estas ultramemorias, en buena medida, son una denuncia contra la estupidez humana y sus múltiples rostros. Elsa Maxwell dijo aquello de que había “conocido al gran mundo”. En mi modestia, les aseguro que puedo confesar que he visto de cerca la estupidez humana a través de un espacio político en el que rigen temperaturas extremas. En efecto, en la ultraderecha te puedes encontrar a lo mejor y a lo peor; lo mediocre, en cambio, es más reducido que en otros sectores sociales.

Lo verán a través de mis ojos en las páginas que siguen.

Ernesto Milà.
Santander, 11 de enero de 2009

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar fuente.

Acaba de salir IdentidaD nº 16 - Suscríbete o pídela en tu kiosco

Acaba de salir IdentidaD nº 16 - Suscríbete o pídela en tu kiosco

Acaba de aparecer el numero 16 de la revista IdentidaD, cuyo sumario se puede leer en el siguiente enlace: IdentidaD 16. Vale la pena destacar que la revista lanza una oferta para renovar suscripciones (regalo del libro "Diálogos con mi hija sobre la inmigración") y regalo del libro "Problemas de la identidad española" para todo aquel suscriptor que aporte un nuevo suscriptor. Así mismo, la editorial IdentidaD anuncia la publicación de la obra de Alain de Benoist, "Mañana el Decrecimiento", subtitulado, "Pensar la ecología hasta el final". Recomendamos la lectura de este número de IdentidaD que viene cagado de informaciones necesarias para entender nuestro tiempo y los grandes problemas de la época.

La conspiración de los Iluminados

Infokrisis.- Pocos temas históricos como la "conjura de los iluminados" han hecho verter tanta tinta. De hecho, se trata de la "madre de todas las conspiraciones" e incluso del origen de toda teoría conspiranoica. Este hecho nos impulsó, a la vista de las notorias exageraciones sobre la conspiración de los iluminados, a estudiar brevemente el estado de las investigaciones históricas sobre el asunto. Lo que nos encontramos fue menos de lo que los conspiranoicos venían sosteniendo y más de lo que hast hace poco le ha reconocido la crítica histórica. El artículo se publicó en el número especial de Más Allá titulado "¿Quién mueve los hilos?".

 

Un antiguo alumno de los jesuitas, Adam Weishaupt, profesor de derecho en Ingolstad, elaboró durante años el primer proyecto conspirativo de la Edad Moderna. Hasta entones la masonería y el rosacrucianismo habían sido escuelas de pensamiento. Con Weishaupt se tratra de llevar los principios a la práctica. Antimonárquico y anticristiano, creerá que sobre las ruinas de las monarquías y de la iglesia se podrá levantar un Orden Nuevo. Esta es su portentosa aventura...

ADAM WEISHAUPT Y SU PROGRAMA

En 1775, un alumno de Weishaupt, Arnold Massenhausen, antiguo afiliado a las Corporaciones Estudiantiles (que ostentaban rituales, signos y palabras de paso secretas) funda la Orden de los Perfectibilistas. Proponían que la sociedad fuera regida por seres humanos en camino hacia la perfección. Estaban inspirados en el aristotelismo griego. Adam Weishaupt se incorporó pronto. Dos años despues, tras concretar su programa, se transformaron en la Orden de los Iluminados de Baviera, la Noche de Walpurgis de 1776.

En 1778 contaban con 18 miembros y 38 dos años después. En 1779 la orden empezó a jerarquizarse interiormente. Eso lo que Weishaupt llamaba "Círculos Concéntricos" cada uno de los cuales ampliaba la información, los datos sobre la Orden y concretaba los proyectos, más que el anterior. Los tres grados iniciales fueron "Novicial", "Minerval" e "Iluminado".
No se trataba de una asociación "discreta" como la masonería, sino completamente secreta. Existía un código cifrado y cada afiiado tenía un nombre iniciático. Durante el primer período de su prendizaje el nuevo afiliado tenía solo relación con la persona que lo había introducido en la Orden. El ingreso se preparaba con un ayuno prolongrado; durante la noche se le presentaba desnudo y con los genitales atados ante los iniciadores enmascarados. Tras el juramento de lealtad a la orden, el afiliado debía redactar un "pensum", en el que describía su vida anterior, explicaba los motivos que le impulsaban a ingresar y su grado de compromiso. La fase de "noviciado" solía durar un par de años.

El grado siguiente, "Minerval", comenzaba con la iniciación propiamente dicha. Debía estudiar ciencias físicas, matemáticas y morales. El rito consistía en un diálogo entre iniciado e iniciador seguido de nuevo juramento de lealtad. A partir de entonces, el afiliado podía introducir a nuevos miembros en la orden. El acceso al grado siguiente se realizaba sin pompa ni boato. Simplemente, se alcanzaba el grado de "Iluminado" mediante una ceremonia a la que solo asistían el aspirante y los miembros del mismo grado de la localidad donde tenía lugar la ceremonia.

Hasta ese momento el afiliado desconocía la existencia de grados superiores. Si mostraba una dedicación y entrega total a la orden se le daba a elegir entre los signos reales (corona, báculo y armiño) y los de la sabiduría (túnica de lico y cinto de seda). Si elegía los segundos tenía acceso a los grados superiores. El segundo bloque eran los "grados de masonería" (Iluminado Mayor e Iluminado Diligente) y finalmente, los "grados de los misterios" (sacerdote, regente, mago y rey). En total un sistema copiado de la masonería y dividido en nueve grados o círculos concéntricos. El grado de Iluminado marcaba la separación clásica entre "Pequeños", dominio sobre las capacidades humanas, y "Grandes Misterios", dominio y poder sobre el mundo. Cuando los Iluminados hablaban de "poder sobre el mundo" se referían efectivamente a poder político, entendido, no como un fin en sí mismo, sino como un medio para alcanzar un fin, la transformación de la sociedad.

La orden destacó pronto por su propaganda anticlerical. Weishaupt, antiguo alumno de los jesuitas, cargó duramente contra sus educadores. En 1777 Weishaupt ingresa en la Logia "De la Prudencia" de Rito Templario. La idea de Weishaupt consistía en utilizar la masonería, por entonces muy extendida en Baviera, para captar nuevos militantes y copiar los rituales de los altos grados masónicos. Pronto contaron con maestros masones en número suficiente para tener logias propias. En 1779 resucitaron la logia "Teodoro del Buen Consejo" de Munich e incorporaron al barón Ferdinand von Knigge, alquimista fracasado y miembro de la Estricta Observancia Templario (un rito masónico disidente). Knigge daría a la Orden de los Iluminados su aspecto definitivo. Sus fracasos en la práctica de la alquimia lo habían vuelto escéptico en cuanto a las posibilidades de la magia y del esoterismo; conocía el racionalismo francés y lo incorporó a la filosofía de la Orden. Knigge, creía que era necesario un entendimiento con la masonería para asegurar la expansión de la Orden. Propuso a las autoridades masónicas francesas e inglesas un pacto de federación en el que la Orden de los Iluminados aceptaba los tres grados "azules" de la masonería (aprendiz, compañero y maestro) a cambio de que ésta reconociera los tres primeros grados iluministas. El pacto, que pudo concretarse con algunas obediencias masónicas alemanas, extendió la Orden de los Iluminados fuera de Baviera, en Renania, Austria, Hungría, Tirol, Suiza y Francia. El total de efectivos ascendió entre 1776 y 1789 a 3000 afiliados de los que se conoce el nombre de 650. Se trataba de aristócratas, profesores universitarios y burgueses enriquecidos, gente, en definitiva, con poder político, económico y cultural. Entre otros se encontraba un antepasado de Metternich, el escritor Goethe y el filósofo Herder.

EL FIN DE LOS ILUMINADOS


Mientras existió, la orden demostró sobradamente su eficacia. El reclutamiento entre las élites fue imparable y no existieron fisuras. Weishaupt preconizó la delación interior, el espionaje y la observación de otros miembros para garantizar la estanqueidad y seguridad interna ("El segundo grado convierta a cada uno en espía de los otros", decía el ritual de acceso).

Las diferencias entre Von Knigge y Weishaupt, el primero más dotado para el ocultismo y la parafernalia ocultistas y el segundo, agitador eminentemente práctico, agrietaron interiormente a la orden y constituyeron el principal obstáculo para su progresión futura. El pacto con la masonería se rompió y la logia "De los Tres Globos" el 11 de noviembre 1783, declaró la guerra a los Iluminados mediante una proclama, en la que se les definía como "una secta masónica que quiere destruir la religión cristiana y hacer de la masonería un sistema político". Los rosacruces de Viena y Munich secundaron a la masonería cuando quedó suficientemente claro que los Iluminados estaban llevando a la práctica proyectos de desestabilización política.

El 22 de junio de 1784, Carlos Teodoro, elector de Baviera, proclamó la prohibición de los Iluminados, después de que un correo de la Orden resultara muerto y en el doble fondo de su casaca se encontraran documentos que probaban el carácter conspirativo de la asociación. Weishaupt fue procesado en 1876 y consiguió fugarse prisión tres años después. Murió en 1830 cuando, indirectamente, se habían consumado algunos de sus planes. Históricamente, la Orden de los Iluminados de Baviera murió con él.
  
ILUMINISMO Y REVOLUCION FRANCESA


La implicación de "Iluminados" en la revolución francesa está fuera de dudas. El introductor de la Orden en Francia, fue el Conde de Mirabeau. Saint-Just, Camile Desmoulins, Danton, Hebert y, seguramente, Marat, combinaron su militancia masónica con la iniciación "iluminista". Salvo en el caso de Mirabeau, el resto eran jacobinos extremistas. Y otro tanto puede decirse del Giuseppe Balsamo, más conocido como el Conde Cagliostro, iniciado por el propio Weishaupt en una ermita próxima al castillo de los Knigge que se ha conservado hasta hace poco.

Los "iluminados" franceses jamás tuvieron que enfrentarse a problemas con la justicia, ni persecuciones, contrariamente a sus hermanos del otro lado del Rhin. Cuando se examina al detalle la historia de la revolución francesa se percibe -especialmente en sus primeros momentos- una inteligencia que actúa entre bastidores y va quemando etapas. Algunos analistas han creído descubrir esa mano conspirativa en la masonería. Pero la masonería francesa en aquella época estaba fuertemente fraccionada y, en buena medida, compuesta por nobles y sacerdotes que fueron guillotinados en el curso de los sucesos. Parte de los masones de la época eran monárquicos e incluso tomaron las armas para defender a Luis XVI una vez estallada la revolución y hubieran detectado perfectamente (y denunciado) una conspiración antimonárquica urdida por las logias. Si bien no hay duda de que la masonería generó el caldo de cultivo que facilitó el derrocamiento de la monarquía, como máximo puede ser tachada de "responsable intelectual" de la revolución. El brazo ejecutor y la estructura organizativa hay que encontrarla en otra parte.

Los datos fragmentarios de que disponemos inducen a pensar que es, a partir del Convenio Masónico de Wilhelmsbad (16 de julio de 1782), cuando se produjeron los intercambio e iniciaciones entre los Iluminados alemanes y los masones franceses.

El Convenio fue convocado por el Duque de Brunswik para responder a 10 preguntas que se repetían insistentemente los masones y que carecían de respuesta: antigüedad de la Orden, existencia de "superiores desconocidos", origen de los rituales, etc. La asistencia era sumamente heterogénea: de un lado místicos católicos afiliados a las logias (Willermoz, de Maistre), de otro ocultistas (los "filaletos" de Chefdebien de Zagarriga, representantes del Rito Egipcio de Cagliostro), finalmente ambiciosos interesados en obtener poder político-social (núcleo que luego daría vida al Rito de Menphis-Misraïm). Una de las cuestiones que polarizó las discusión fue si el objetivo de la masonería era "mandar o instruir". El historiador masónico T. Clavel reconoce que en las 29 sesiones celebradas no se aclaró ni una sola de las preguntas planteadas. Sin embargo quienes pensaban que la finalidad de la masonería era "mandar" (mandar para alcanzar el poder político, efectuar la "venganza templaria" contra la monarquía francesa y una vez en el poder instruir a las masas), se conocieron entre sí y coaligaron sus fuerza. Si bien era imposible concebir la masonería de ese momento como una estructura capaz de organizar una operación clandestina de envergadura, los Iluminados aportaron sus experiencias, su sistema iniciático y su programa de acción.

Una vez iniciado el proceso revolucionario, en 1789, y a partir de cierto momento -tras la toma de la Bastilla y el posterior guillotinamiento de Luis XVI- resultó muy difícil poder controlar los acontecimientos. Las logias masónicas estaban diezmadas y la mayoría de ellas habían "abatido columnas" (disuelto) o bien estaban "en sueños" (inactividad temporal). A las dificultades en la comunicación se unieron las diferencias en los proyectos; había moderados como Mirabeau, pero sobre todo una gama de radicalismo que iba endureciéndose progresivamente: Dantón, Desmoulins, Marat, y finalmente Hebert, literalmente un asesino sanguinario con la excusa de los "nobles principios". Uno tras otro, terminaron por enfrentarse entre sí y llevarse unos a otros al patíbulo.

Cuando Napoleón liquida el Directorio y se coloca la corona imperial, ni uno solo de los Iluminados franceses ha sobrevivido. La transmisión iniciática se ha roto. A partir de ese momento, las conspiraciones contra la Restauración serán asumidas por otras organizaciones republicanas (a partir de 1820 la masonería francesa y europea volverá a destacar como fuerza antimonárquica, junto con nuevas sectas conspirativas: carbonarios en Italia, Francia, España y Polonia, Sociedad Comunera en España, etc.). Pero ¿desaparecieron completamente los Iluminados? 
 
SU PROLONGACION EN EL TIEMPO: NAZISMO Y COMUNISMO

No existe ninguna duda sobre la extinción de la Orden de los Iluminados de Baviere a finales del siglo XVIII.  Si bien en el siglo XX, distintos grupos marginales han intentado resucitar la Orden fundado por Weishaupt y Knigge, se trata de intentos insignificantes y anecdóticos, constituidos por individuos de muy escaso relieve y sin ningún enlace con la orden histórica.

Pero es rigurosamente cierto que el espíritu de la "Orden de los Iluminados" fue heredado por otras organizaciones. Distintos historiadores han encontrado similitudes entre el programa de los Iluminados y movimientos tan diferentes como el nazismo y el comunismo.

Fuera de sus diferencias formales, comunismo y nazismo se constituyen como dos formas de totalitarismo. Son, acaso los representantes extremos, de movimientos políticos de masas, encuadradas por una "clase política dirigente" (un partido fuertemente ideologizado y jerarquizado con un encuadramiento y una disciplina férreas). Defienden -como los Iluminados- algo más que un programa político, una concepción del mundo y una revolución que altere los valores dominantes hasta ese momento en la sociedad. Ambos se quieren "expresiones populares de la voluntad de las masas" (Hitler apeló en diversas ocasiones a referendums que le dieron resultados aplastantes; la constitución rusa de Stalin, dice que el Partido Comunista es la "expresión organizada de la voluntad de la clase obrera"). Ambas ideologias mantuvieron corrientes ocultas y subterráneas (en el Partido Nazi la Sociedad Thule, grupo desgajado de la "ariosofía", rama desgajada de la Sociedad Teosófica alemana; el Partido Comunista Ruso contó hasta mediados de los años 60 con la secta "cosmista", de la que hoy empiezan a llegar los primeros datos a Occidente, pero de la que se sabe que su peso fue extraordinario en el momento de desencadenarse la revolución comunista de 1919). El nacionalismo de los nazis aparece por primera vez en la ideología de los Iluminados. Igualmente está presente la noción de explotación de las clases desfavorecidas por los "tiranos" (identificados con la monarquía) en una temática que el comunismo llevará hasta el límite.

Comunismo y nazismo, al igual que los Iluminados, consideraron que la monarquía era su principal enemigo (el comunismo derribó a la dinastía de los Romanov, el nazismo ironizó cruelmente al último emperador alemán y en el libro "Mi Lucha" de Hitler, abundan los ataques a la institución monárquica). Finalmente ambas corrientes intentan alcanzar la "felicidad de la raza humana" mediante el ejercicio de un despotismo excepcionalmente cruel.

El foco inicial del Partido Nazi alemán fue Baviera, la tierra privilegiada de los Iluminados. Munich, la capital bávara, es elegida por Hitler para que la svástica irradiara a toda Alemania. Por cierto que el príncipe de Hesse-Cassel, uno de los asistentes al Convenio de Wilhelmsbad, tras reorganizar el Grado Masónico de los Caballeros de la Ciudad Santa, les dará la svástica como símbolo de reconocimiento. A partir de 1919, la Liga Espartakista agitaba la bandera roja de la revolución comunista. Probablemente el nombre de "Espartaco" hubiera sido olvidado por los comunistas alemanes de no haber sido por que fue el nombre iniciático de Adam Weishaupt. ¿No conmemoraría algún espartakista la fecha de la fundación de los Iluminados en el Día del Trabajo, el 1 de mayo?

[RECUADROS FUERA DE TEXTO]

EL "ILUMINISMO": CLAUDE DE SAINT MARTIN Y MARTINEZ DE PASQUALLY

Habitualmente se confunde la organización de los "Iluminados de Baviera" con el "iluminismo". Se trata, en realidad, de dos movimientos completamente diferentes. En realidad el único vínculo que pudieron tener fue a través del alquimista y rosacruz alemán Franz von Baader, discípulo de Louis-Claude de Saint Martin. Von Baader había formado parte del grupo "Erwckten" (los "despiertos") del que Armand Beyer escribe: "vivían en un estado de felicidad interior por que Cristo estaba en ellos. Decían no conocer el pecado mortal. Solo aquel que está "despierto" puede despertar a otro mediante un beso". Baader, por lo demás, fue iniciado en la masonería en 1793 y prosiguió su militancia hasta su muerte en 1822. Su padre, Ferdinand-María había introducido a Adam Weishaupt en la masonería (logia "Teodoro del Buen Consejo"). Tal es el único vínculo entre las dos corrientes.

Mientras la "Orden de los Iluminados" es un fenómeno fundamentalmente alemán, los iluministas suelen ser franceses. Sus dos teóricos son Louis-Claude de Saint Martin, Martinez de Pasqually y el monje benedictino dom Pernety, fundador del grupo "Iluminados de Avignon".

La diferencia fundamental entre esta corriente y el grupo de Weishaupt es el absoluto desinterés de los primeros en la acción política y la organización de conspiraciones contra las monarquías. Saint Martin y Pasqually desarrollaron métodos -no precisamente simples- para favorecer el "despertar interior". Frecuentemente a los "iluministas" franceses se les llama "martinistas". Su doctrina está directamente inspirada en los estudios del místico sueco Emmanuel Swedemborg.

Pasqually creó la "Orden de los Elegidos Cohens", grupo místico-masónico que se extinguió tras su muerte. Resucitada en 1890 por Gerard d’Encausse, más conocido por su nombre iniciático, "Papus", estuvo nuevamente al borde la extinción, tras el fallecimiento de éste. El conocido escritor Robert Ambelain reconstituyó la Orden en 1942, llamándola "Orden Martinista de los Elegidos Cohens" que aun existe contando con un millar de afiliados. No confundirla con la "Orden Martinista Tradicional", especie de "círculo interior" vinculado a AMORC, la Antigua y Mística Orden Rosacruz, fundada por Spencer-Lewis.

ILUMINADOS Y ALUMBRADOS

Por defectos de traducción, se confunde la "Orden de los Iluminados de Baviera" con los "iluministas" y ambos con los "alumbrados". Estos últimos corresponden a una secta organizada en Europa Central cien años antes de que Adam Weishaupt concibiera su siniestra organización conspirativa.

De carácter cristiano, pero contraria a la jerarquía y a la autoridad de Roma, los "alumbrados" aborrecían de cualquier tipo de práctica religiosa externa. Concebían que el cristianismo debía vivirse interiormente y propugnaban el ejercicio continuo de la oración y las prácticas meditativas para alcanzar un estado de lucidez interior al que llamaban "alumbramiento". De hecho, todas las corrientes místicas insisten en que el éxito de sus prácticas llevan al sujeto a un estado similar al "despertar", que produce una claridad interior y una forma diferenciada y directa de ver el mundo. Mircea Eliade, el famoso historiador de las religiones, ha podido reunir un abundante material sobre las experiencias de la "luz interior", una especie de fogonazo iluminador que sufre el sujeto cuando su aventura espiritual empieza a dar sus frutos.

Lo más sorprendente es que los "alumbrados" tuvieron su origen en España, donde aparecieron en torno a 1509. Resultaron exterminados por la Inquisición pero pudieron extender sus doctrinas por Europa Central. Su principal foco de expansión fue Andalucía. Se sabe de ellos en Guadalajara (1512) y Salamanca (1515). Menéndez Pelayo afirma que hubo colonias "alumbradas" en Guadalajara, Segovia, Madrid, Avila, Toledo y Valladolid. Los focos iniciales estuvieron constituidos por judíos conversos. Puede comprenderse por qué llamaban idolatría a la genuflexión, "palo" a la cruz, etc. En 1544 se produce el último proceso inquisitorial contra una monja "alumbrada" (la clarisa Sor Magdalena de la Cruz). A partir de entonces, los "alumbrados" desaparecerán de la historia de España.

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La sinarquía: la conspiración del dinero, la política y la cultura

Infokrisis.- Este artículo pertenecía también al estudio frustrado que iniciamos y abandonamos sobre la historia de España. Parte  de este material lo aprovechamos para nuestro libro Gaudí y la Masonería, rectificando algunos elementos e introduciendo otros. Así mismo, otra parte del mismo artículo lo utilizamos para elaborar un estudio más pormenorizado -publicado en infokrisis- sobre la conspiración de la Cagoule y de los cagoulards.

 


El 510 antes de nuestra Era, Clisteneo, abuelo de Pericles, instauró en Atenas un gobierno colegiado, compuesto por sabios y místicos, al que llamó "sinarquía". Clisteneo reformó la constitución pitagórica de la ciudad y logró mantenerse en el poder unas décadas.
 
Desde entonces la tentación de aunar poder religioso, poder económico y poder cultural, no dejará de reaparecer una y otra vez. Los templarios, en la Edad Media, Francis Bacon y Tomás Moro, más tarde, los humanistas del renacimiento luego y, finalmente los Iluminados de Baviera, los socialistas utópicos, constituyen distintos eslabones de un mismo proyecto utópico. No se trata solo de ideas, sino de la voluntad inquebrantable de llevarse a la práctica.

Durante el siglo XIX el proyecto sinárquico tomo forma definitiva gracias a dos pensadores franceses: Fabre d’Olivet y Saint Yves d’Alveydre. También en España esta escuela tuvo sorprendentes representantes.

Esta es la historia del linaje sinárquico.

EL DETONANTE: FABRE D’OLIVET

Los padres de Fabre d’Olivet (1768-1825) lo destinaron al mundo de los negocios. La vocación de nuestro hombre era otra y dedicó las noches a adquirir un gran bagaje cultural. Tras arruinarse en el período de la Revolución, sus padres marcharon a Renania; mientras, él se estableció en París. Inicialmente apoyó a los revolucionarios y en 1801 se comprometió en una conjura contra el terror jacobino, salvando la vida por poco. A partir de entonces multiplicó sus contactos en medios masónicos y ocultistas. Fue discípulo del francmasón, Court de Gibelin. Se interesó por Egipto, aprendió sánskrito, latín y hebreo.

Hacia 1802, conoció al académico Delisle de Sales quien lo introdujo en una logia pitagórica. A través del senador Lenoir Laroche conocerá a los medios iluministas y teósoficos. En 1804 publica el primer estudio sobre la poesía occitana del siglo XIII que aun hoy es apreciado por los especialistas. Su mujer, fallecida en 1800, se le aparecerá varias veces en sueños y también, según cuenta, en estado de vigilia. Estas materializaciones le convencerán de la posibilidad de establecer contacto entre vivos y muertos. Su segunda mujer es una médium y practicará con ella espiritismo, magnetismo animal, hipnosis y necromancia. Desequilibrada por todas estas actividades, acudirá a un sacerdote explicándole en confesión las curaciones que ella y su marido realizan sobre ciegos y sordomudos. Tras divorciarse contraerá nuevo matrimonio.

De manera imprevista, en 1825 Fabre d’Olivet se suicida. Ante su cama figuraba un altar con los bustos de Hermes, Pitágoras y Heráclito. Desconocido en vida, Fabre d’Olivet será el pensador que más influirá en el ocultismo francés del siglo XIX.

Su traducción de los Versos Aureos de Pitágoras será publicada tras su muerte y sus dos libros La lengua hebraica restituida e Historia Filosófica del Género Humano, tendrán gran éxito. En el segundo sustituye la trinidad cristiana por la trilogía Providencia-Voluntad-Destino. A partir de la combinación de estos tres elementos interpreta la historia de la humanidad deduciendo leyes constantes. Formará una masonería particular inspirada, no en el arte de la construcción, sino en el de la jardinería, a la que llamará "El Celeste Cultivo".

LA MISION DE SAINT YVES D’ALVEYDRE

El principal discípulo de Fabre fue, sin duda, Saint Yves. Al casar con la condesa de Keller, bruscamente se convirtió en noble y rico. La estabilidad esconómica le permitió escribir varios libros titulados "Misiónes" (Misión de los Judíos, de los Hindúes, de los Soberanos, etc.). Además de las lenguas dominadas por Fabre, conocía el árabe a la perfección. La transmisión iniciática entre Fabre y Saint Yves se realizó mediante la discípula del primero, Julie Faure.

La influencia de Fabre sobre Saint Yves, siendo determinante no fue la única. Por caminos ocultos y dífíciles de precisar, conoció a corrientes desgajadas del hinduismo. Supo así de la existencia de un "centro oculto", al que llámó Agartha, donde residiría el "Rey del Mundo". Su informante, al parecer, era un afgano, Hardjij Scharipf, del cual extrajo lo esencial para su libro "Misión de la India en Europa". La edición fue destruida por el propio Saint Yves antes de ponerse a la venta sin que explicara los motivos. La idea de Agartha tuvo un éxito extraordinario entre el ocultismo europeo a pesar de ser desconocida en la India (la ciudad oculta de la tradición oriental es Shambala) y no encontraríamos ninguna referencia anterior a Saint Yves, lo cual no deja de ser sospechoso.

A pesar de su improbabilidad, la Agartha constituyó un modelo a partir del cual Saint Yves elaboró toda una teoría sobre la organización de la sociedad, la teocracia y el poder, utilizándola como modelo, tal como Platón había hecho con la Atlántida.

LA SINARQUIA: PODER Y ESPIRITUALIDAD

La principal diferencia entre Saint Yves y su maestro, era la valoración del cristianismo. Mientras Fabre era pagano y aristotélico, él se consideraba católico y "sinárquico". Por primera vez quiso aplicar el esoterismo a la política. Consideraba que la nueva y verdadera revolución debía modificar las relaciones del hombre y lo sagrado: lo sagrado debe de presidir la organización social. El sistema que propone Saint Yves es una teocracia, pero ¿en dónde encontrar la nueva clase sacerdotal que esté en condiciones de restablecer el lazo entre el hombre y Dios? A pesar de sentirse cristiano, Saint Yves no expresa gran confianza hacia el clero católico; es la nueva aristocracia económica -con la que pudo relacionarse a través de las privilegiadas relaciones de su esposa- con sus medios para operar sobre la realidad social, la que estaba en mejor disposición para modificar y mejorar la situación socio-económica de la población. Elevándose el nivel económico, se elevaría el nivel cultural y las masas estarían en mejor disposición para comprender la esencia de lo divino. A esto le llamaba "solución social pefecta bajo la égida del Reinado del Sagrado Corazón". Tal era, en síntesis, la argumentación que presentaba Saint Yves en sus largas y farragosas obras.

Este sistema recibía el nombre de "sinarquía", términos derivado de las palabras griegas "sun", con y "arche", mando. Sinarquía sería el gobierno ejercido por varios jefes; y en la práctica consistía en atribuir a una aristocracia económica dotada de ideas altruistas y humanitarias la capacidad de transformar la sociedad hacia un modelo más justo. Muerto Saint Yves otros asumirían sus ideas.
 
LA EVOLUCION DE LA SINARQUIA

Jean Robin y algunos historiadores han considerado a la "sinarquía" como una "utopía social inofensiva". Olvidan, al parecer, que Saint Yves tuvo amistades en el mundo de la aristocracia económica y que varios discípulos suyos se codearon con las monarquías europeas. No en vano Papus, amigo y admirador de Saint Yves, acompañado por el "maestro" Philipe de Lyon, famoso curandero y ocultista, viajó a la Corte de Nicolás II, permaneciendo allí en 1900 y 1906. Rudolf Steiner, disidente del teosofismo y fundador de la Sociedad Antroposófica, fue, así mismo, admirador de Saint Yves y parte de su obra se inspira en él.

Fuera del continente, tanto Fabre como Saint Yves, influyeron en la evolución del socialismo utópico, es decir, de las corrientes socialistas no-marxistas. Ya hemos hablado del ascendiente de Fabre sobre el conde de Saint-Simon y Fourier, los dos máximos exponentes de esta corriente en Francia. El fracaso de las distintas experiencias socialistas utópicas y, sobre todo, de la Comuna de París, hicieron que se empezara a imponer el socialismo marxista y el utópico, evolucionara hacia posiciones más realistas. Saint Yves influyó decisivamente en la obra de Jhon Ruskin, el último de los socialistas utópicos. Ruskin mezclaba ideales humanitarios, principios estéticos y contactos con la aristocracia económica inglesa.
Ruskin, profesor en Oxford, formó un círculo de poder con sus más notorios ex-alumnos: Henry Borchenoug, lord de su Majestad, Philip Lyttleton, Ministro de Colonias, Alfred Milner, masón y Vigilante de la Gran Logia Unida de Inglaterra, hombre de confianza de Cecil Rhodes, gran hacedor del Imperio Británico, William Morris, economista, Arnold Toymbee, historiador.
Este grupo influyó decisivamente a partir de 1883 en la creación de la Sociedad Fabiana, eslabón entre el socialismo utópico de Ruskin y el socialismo laborista británico, precursor de las socialdemocracias europeas actuales. Las ideas fabianas coincidían en casi todo con las de Saint Yves; simplemente concretaban un poco más, definiendo estrategias y tácticas. Los fabianos ingleses constituyeron la London Economic School en donde se han formado las élites financieras que han liderado el capitalismo liberal occidental en los últimos cien años, empezando por los Rotschild, siguiendo por los Rockefeller y terminando por algunos ministros del primer gobierno del PSOE.

Las ideas de Saint Yves, a través de Ruskin y de la Sociedad Fabiana, inspiraron directamente la creación de la Comisión Trilateral a principios de los años 70, entidad que -continuando con el viejo proyecto sinárquico- agrupaba a gentes del mundo de la alta finanza, la política y la cultura, sobre un programa humanista, defensor de la calidad de vida y del desarrollo equilibrado. De tal manera que puede considerarse a la Comisión Trilateral y a sus correas de transmisión como herederas del proyecto sinárquico.

LA "LA CAGOULE" CON FRANCO, CONTRA LA REPUBLICA

A mediados de los años veinte un grupo de estudiantes de la Escuela Politécnica de París, constituyeron el "Movimiento Sinárquico del Imperio". La existencia de este grupo fue clandestina. Eliminaron los rituales establecidos por Saint Yves en 1887 y la iniciación se transmitió individualmente. No existían reuniones de grupo, ni rituales colectivos, tan solo transmisión de maestro a neófito

En 1937 se produjeron diversos atentados en Francia. Dimitri Navachine, economista ruso exiliado fue cosido a bayonetazos en París. Poco después, Laetitia Touroux era asesinada de idéntica forma y en junio le tocaba el turno a dos refugiados políticos italianos. Ese mes saltaba por los aires, cerca de Lyon, un tren cargado de aviones de combate para la República Española; ni uno solo llegó a su destino...

Poco a poco tomó cuerpo la posibilidad de que exista una red clandestina de extrema-derecha, financiada por algún régimen fascista. Cientos de registros domiciliarios dieron como resultado la desarticulación del "Comité Secreto de Acción Revolucionaria", más conocida con el nombre de "la cagoule" (la capucha). Los nuevos adheridos juraban ante sus jefes provisto de capucha roja y guantes blancos, ante una inmensa bandera negra. Resultó detenido Eugene Deloncle, considerado dirigente de la siniestra organización.
Deloncle, tenía 47 años en la época, hacía quince que había sido graduado en la Escuela Politécnica de París. La mayoría de los dirigentes de la "cagoule" habían salido de este centro. Se sabía que algunos profesores, alumnos y ex-alumnos habían constituido una especie de masonería tecnocrática. Los miembros eran los alumnos y profesores mejor dotados y con más inquietudes. Esta masonería tecnocrática se llama oficialmente "Centro Politécnico de Estudios Económicos"; su jefe visible, Jean Coutrot, sinárquico convencido, es discípulo de Saint Yves d’Alveydre.

Una parte de los dirigentes de la "cagoule", procedían del Movimiento Sinárquico del Imperio, cuyo proyecto se conoce suficientemente gracias a distintos documentos ocupados por la policía francesa entre 1937 y 1944. La otra parte procedían de la derechista Accion Francesa. Tras la victoria alemana sobre Francia en junio de 1940, la sinarquía se partió en dos. Existieron discípulos de Saint Yves d’Alveydre entre quienes colaboraron con los nazis y entre los resistentes. Los primeros fueron, en buena medida, liquidados tras la victoria aliada. Los segundos lograron mejorar sus posiciones y situarse en primer fila en la construcción de Europa.

DE LA CABALLERIA SINARQUICA A LA UNION EUROPEA

Durante los años 30, Marconis de Negre, alias "Marcus Vella", antiguo secretario del líder rosacruciano Josephin Peladan (a cuyo círculo perteneció el padre Berenger Sauniére famoso por su implicación en el "affaire" de Rennes-le-Château), fundó la organización Alfa-Galatas. Pierre Plantard, luego Gran Maestre del Priorato de Sión, fue el presidente de éste círculo.

Alfa-Galatas, proponía una "orden de caballería" capaz de generar un "nuevo orden occidental", cuya primera etapa serían "los Estados Unidos de Europa". Podían reconocerse los temas clásicos de la sinarquía. Entre los fundadores de Alfa-Galatas se encontraba Louis Le Fur. Economista y tecnócrata, Le Fur había sino miembro del Movimiento Sinárquico del Imperio y del grupo "Energia", un desdoblamiento del primero, cuyo personaje más significativo fue Robert Schumann, uno de los dos máximos constructores de la Comunidad Económica Europea...

El otro europeista era Jean Monnet, nacido en 1888 y que, a partir de 1914 se relacionó con círculos sinárquicos a través de Paul Clementel, entonces Ministro de Comercio e Industria francés. Monnet será elegido Secretario General Adjunto de la Sociedad de Naciones y en 1922 entrará a formar parte de la dirección sinárquica. En los años 30 constituirá el Movimiento Paneuropeo, precursor de la actual Unión Europea.

La sinarquía optó por los dos frentes en conflicto durante los años 30 y 40. Mientras unos de sus miembros (Deloncle, Joseph Darnand) se situaron a la derecha del espectro político, otros (Schumann, Monnet), lo hicieron a la izquierda. Los primeros vieron en las regímenes nazi-fascistas el vehículo que precisaban para constituir un "Nuevo Orden Europe". Los segundos, aprovecharon la victoria aliada para impulsar el "Movimiento Paneuropeo". La velocidad con la que se extendió el proyecto paneuropeo se debió a que otros grupos discretos, como la masonería o los círculos fabianos, habían sido impregnados en parte por el ideal sinárquico.

LA SINARQUIA EN ESPAÑA

No existe ningún estudio, ni siquiera algún pequeño artículo, sobre la sinarquía en España. Sin embargo los vínculos existieron desde principios del siglo XIX. Encontramos algunas huellas en las biografías de distintos personajes y en las trayectorias de algunos empresarios suficientemente conocidos. Las influencias afectaron fundamentalmente a Cataluña, canal natural para la entrada de ideas francesas en España.

Un extraño aventurero español nacido en Barcelona, Domingo Badía, ha pasado a la historia de las exploraciones con el nombre "Alí Bey". Badía convenció a Godoy, el valido de Carlos IV, para que financiara una expedición a Marruecos. La verdadera intención de Badía era descubrir un mar que situaba al sur del desierto del Sahara. En efecto, Badía, siguiendo a Fabre d’Olivet, creía que el fin de la Atlántida no se había producido como consecuencia de un cataclismo, sino por el ascenso del fondo del mar que habría acarreado la retirada de las aguas. Ese fondo del mar lo reconocían en las arenas del Sahara. Así, en el Africa Subsahariana deberían existir los restos del mar Atlántico y civilizaciones surgidas de la dispersión de la población atlante. Todos estos detalles los explica Badía en su libro "Los viajes de Alí Bey", verdadero best-seller en su época.

Las peripecias de la expedición a Marruecos impidieron que Badía pudiera dirigirse hacia el Sur, sin embargo, admirador de la cultura árabe -él mismo utilizaba el disfraz de "Alí Bey el Abassi" para desplazarse por Africa- se dirigió a La Meca en donde fue el primer europeo que entró en la Mezquita y vió la piedra de La Kaaba. Previamente en Londres había sido iniciado en la masonería.

De regreso a España colaboró con las tropas napoleónicas. Fue gobernador civil de Segovia y abandonó el país tras la retirada francesa. Radicado en la capital gala, su hija se casó con Delisle de Sales, el Académico que había introducido a Fabre d’Olivet en una logia pitagórica. Es seguro que Badía conoció a Fabre. Sus biógrafos han podido establecido que leyó "Historia Filosófica de la Humanidad" hacia 1815. Verosímilmente se trata del libro de Fabre, "Historia Filosófica del Género Humano", libro que solo fue publicado en 1823. Es fácil deducir que Badía leyó el manuscrito original y que su suegro, Delisle de Sales, le presentó a Fabre.
Muerto Badía, pasan cuarenta años antes de que su figura sea rescatada del olvido y revalorizada por un grupo de intelectuales, politicos y empresarios catalanes. Ese círculo puede ser considerado, en rigor, como el núcleo español de la sinarquía. Por entonces Saint Yves ya ha publicado sus obras y expuesto su filosofía sinárquica.
 
El primero en volver a hablar de Badía es el embajador español en Egipto, Eduardo Todá. Notorio egiptólogo, Todá publicó artículos enviados desde El Cairo firmados con el seudónimo "Alí Bey". Paralelamente, se constituía la Asociación Catalana de Excursiones Científicas (embrión del actual Centro Excursionista de Cataluña, en cuya sala de juntas está presidida por el retrato de Ali Bey). La asociación reunía a algo más que aficionados al excursionismo. Estaba inspirada, en primer lugar, por las ideas geográficas de los hermanos, Paul, Elias y Eliseo Reclus, franc-masones y ánarquistas; participaban en la asociación antiguos socialistas utópicos influidos por Saint-Simon y Fourier.

Durante años, la Asociación de Excursiones contó como miembro al arquitecto Antonio Gaudí. Gaudí y Todá no solo se conocían, sino que habían sido amigos de infancia. Juntos, naturales de Reus, proyectaron la restauración del monasterio de Poblet en el reverso de un manifiesto revolucionario masónico que todavía se conserva hoy en la Cátedra Gaudí de Barcelona. Es casi seguro que Todá introdujo a Gaudi en la masonería durante su juventud. Otro miembro de la asociación fue el poeta Jacinto Verdaguer, quien no solo escribió los versos de "La Atlántida", sino que además fue sacerdote satanista y conoció perfectamente al archiduque Luis Salvador de Hansburgo-Lorena, hermano de "Juan Orth", uno de los habituales visitantes del pequeño pueblo francés de Rennes-le-Château donde se encontraba el sacerdote rosacruciano Berenger Saunière. Otro miembro de la asociación, el poeta Juan Maragall había sido el traductor de las obras de Jhon Ruskin.

Todos estos personajes se reunen en torno a un figura de especial relieve en el proceso de industrialización de España: Eusebio Güell Bacigalupi. Güell -hijo de un indiano multimillonario, diputado y senador en varias legislaturas- había estudiado en Londres, París y Nimes, donde conoció a Valentí Almirall, franc-masón y político federalista catalán. Ambos, Güell y Almirall, fundarán el Centre Catalá, una de las primeras entidades catalanistas. Antes, Güell había financiado secretamente la asociación "Joven Cataluña", cuyo nombre delata influencias carbonarias.
En torno a Güell se concentró un núcleo de intelectuales, políticos y artistas, cuyas obras financió generosamente. A su sombra Gaudí realizó sus más famosas construcciones (la cripta Güell, el Parque de Güell, el Palacio Güell, etc.). "Joven Cataluña" fue, a su vez, matriz de una serie de instituciones cada vez más decantadas hacia al actividad política que Güell impulsaba, frecuentemente sin aparecer en público, limitándose a dar instrucciones junto a cheques de cifras importantes. A esta asociación siguió el "Centro Catalán", luego la "Liga de Cataluña" y finalmente la "Liga Regionalista" de Francisco Cambó. El propio Gaudí, antes de caer en la crisis mística hacia finales del siglo XIX, había estado próximo a círculos socialistas utópicos y anarquistas, como otros muchos hombres públicos nacidos en Cataluña en la época: Narciso Monturiol, comunista utópico, Ildefonso Cerdá, urbanista, francmasón y socialista utópico, al igual que Anselmo Clavé, fundador de las masas corales que todavía hoy existen, etc. Todos ellos conocieron la obra de Fabre d’Olivet y los escritos utópicos del siglo XIX. Gaudí, por su parte, planificó la "Cooperativa Obrera de Mataró", a cuenta del grupo anarquista moderado y socialista utópico de esa localidad. Realizó el plano (que aun se conserva) a la peculiar escala 1:666...

La ideología de Güell y de un grupo de indianos (comerciantes españoles enriquecidos con el comercio de ultramar) se identifica exactamente con el pensamiento sinárquico, tal como fue enunciado en la época por Saint Yves. Intentan generar, desde el poder y utilizando su peso económico, una sociedad más justa; se trata de filántropos. Paralelamente, procuran elevar el nivel cultural de las masas. Muchos de ellos (Güell, Gaudí, Maragall, Verdaguer, el Marqués de Comillas, etc.) son católicos y, como Fabre, demuestran una devoción particular hacia el "Sagrado Corazón". Con sus fondos y apoyo se crean en Barcelona, al mismo tiempo, dos "templos expiatorios", uno consagrado al Sagrado Corazón en el Tibidabo. El otro es la Sagrada Familia. Algunos, como Todá y Valentí Almirall, indiferentes en lo religioso, terminan por ubicarse en posiciones más radicales, fruto de su militancia masónica.

La huelga general de Barcelona a principios de siglo demostrará lo peligroso de estas posiciones. Con un movimiento obrero descontrolado, no es posible hacer grandes experiencias sociales, ni políticas. El catalanismo conservador de inspiración sinárquica, debió abandonar sus primeras espectativas autonomistas y recurrir al ejército para que restableciera el orden y pusiera el cintura a la clase obrera. La evolución de la Liga Regionalista derivó a partir de entonces hacia posiciones moderadas y buena parte de sus miembros optaron por el franquismo en el momento de iniciarse la guerra civil. Sin embargo, en la personalidad y en las actividades financieras de Francisco Cambó, su líder histórico, se perciben hasta última hora, huellas de la ideología sinárquica: en efecto, políticos dotados de una ideología humanista, amaparados en el gran capital, deben realizar una tarea paternal sobre las masas para guiar al conjunto hacia un orden social más justo.

Si tenemos en cuenta que la última reunión de la Comisión Trilateral celebrada en España se realizó en Barcelona, los días 15 a 17 de octubre de 1993 -en los salones del Ayuntamiento de la ciudad, presidida por Pascual Maragall, descendiente del poeta que tradujo a Ruskin, Juan Maragall y educado en universidades fabianas norteamericanas y por Jordi Pujol, heredero político de la Liga Regionalista- veremos como el círculo sinárquico se cierra muy sospechosamente.

Como organización internacional la sinarquía se extinguió; sin embargo, sus principios sobrevivieron y han sido heredados por movimientos políticos democrático-liberales que hoy todavía no renuncian a la conjunción entre el poder el poder cultural, poder económico y el poder político.
No aspiran al poder, en buena medida, son el poder.
 
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Falange contra el Opus: la gran contradicción bajo el franquismo

Infokrisis.-Dentro de nuestra iniciativa de recopilar escritos elaborados hace años, hemos encontrado éste, inacabado, que debería haber formado parte de un estudio más amplio sobre la historia de España en el que intentábamos realizar una aproximación a nuestro pasado desde el punto de vista de la doctrina evoliana. Para esta doctrina el elemento central es el reconocimiento de la antítesis de dos fuerzas a las que Evola llama "Luz del Norte" de tipo viril,  guerrero, masculino, solar y de otra la "Luz del Sur" de carácter femenino, telúrico, sacerdotal y lunar. Nos pareció que en el siglo XX, la antítesis desarrollada bajo el franquismo entre la Falange y el Opus Dei respondía con una precisión asombrosa a este esquema interpretativo. Ahora recuperamos el artículo escrito hace 15 años.

 

Estabilizada la España de la postguerra, resuelto el contencioso entre el nazismo y las democracias y aislados del resto del mundo, la vida siguió en nuestro numantino país. Aquella manifestación en la Plaza de Oriente que contestó el aislamiento internacional fue el desfío que lanzó la España vencedora en la guerra civil. "Si ellos tienen ONU, nosotros tenemos dos". El humor de "La Codorniz", conducido por antiguos voluntarios de la "División Azul", humoristas próximos a la Falange y cínicas gentes de derecha, junto al surrealismo cultural, hizo posible aguantar las precariedades de la postguerra.

La España vencida desapareció en el exilio, las cárceles, los silencios y las sentencias de muerte, ejecutadas o no. El maquís representó poco, numérica y efectivamente. La "invasión" del Valle de Arán, fue una gesta apreciada solo para sus protagonistas. España permaneció indiferente. A principios de los sesenta los últimos maquisards fueron cazados como conejos sin que sus muertes merecieran algo más que escuetas notas de prensa en las que inevitablemente se hablaba de "bandoleros" y atracadores. La España republicana estuvo ausente durante 40 años ("Cien años de honradez y 40 de vacaciones", fue la irónica adaptacion del lema del PSOE en la transición) y solo los comunistas, con sus rígidos criterios organizativos, su esquematismo mental y utilizando la estrategia de la hormiga laboriosa consiguieron salir del franquismo con un activo político que, luego, Carrillo se encargó de dilapidar.

Estábamos en 1946. El régimen había sufrido una evolución desde que los militares se alzaran diez años antes apoyados por grupos activistas de derecha y extrema-derecha y con la adquiescencia de un sector de la sociedad y el apoyo de los fascismos internacionales. Mientras la victoria sonrió a las tropas del Eje, Franco, gallego él, apostó sin fanatismo por la alianza germano-italiana. Colocó en el tablero a los 18.000 voluntarios de la División Azul. Y subrayo lo de voluntarios; los he conocido bien y doy fe de que fueron los que quisieron, incluso los que lo hicieron no por idealismo sino para redimir su apellido de pasadas colaboraciones republicanas. Pero Franco se reservó alguna que otra carta. No entró en la guerra. La victoria de las armas aliadas, iniciada a partir del desembarco en el Norte de Africa, hubiera resultado imposible de estar las dos orillas de Gibraltar en manos de un Eje ampliado con España asociada. A partir de ahí todo fue coser y cantar y, por lo demás, los contingentes judíos asilados por España, justificaban el que, en caso de victoria de los aliados, Franco pudiera presentar algún as en la manga.

Venció el bando aliado. Hasta ese momento, Franco había utilizado la retórica imperial de la Falange para dar empaque y tono al régimen. Probablemente él mismo se sintiera atraído por este discurso ampuloso que hundía sus raíces en una parte de nuestra historia. Nadie cuestionaba -solo algunos falangistas- que el partido fundado por José Antonio Primo de Rivera, Ramiro Ledesma y Onésimo Redondo, era el "fascismo español". Si vencía el Eje, la carta de Franco era tener un partido único de características similares al fascismo y al nazismo. Al resultar derrotado, hubo que buscar una ideología de sustitución. Esa fue el nacional-catolicismo; con él la "Luz del Sur" prendió de nuevo en nuestro país.

Las críticas e ironías a las que se ha hecho acredor el franquismo proceden en buena medida de este giro ideológico. "El florido Pensil", el catecismo de Ripalda y los rosarios del Padre Peyton, la censura en manos eclesiales y la mojigatería, eran propias del nacional-catolicismo, no de la Falange. Un somero estudio sobre la Sección Femenina o sobre el carácter de los intelectuales falangistas, los hace muy distantes del espíritu sacerdotal y pacato de sus colegas nacional-católicos. Estos, surgidos del adaptacionismo de la derecha liberal (la CEDA) que, con los años, tras percibir que lo del franquismo iba para largo, se convirtieron en la cuarta fuerza del régimen (tras al falange, el carlismo y el ejército), con pretensiones hegemónicas. Los falangistas fueron recluidos en algunos ministerios arquetípicos y en consonancia con sus ideales sociales. Girón de Velasco instituyó la Seguridad Social y el grueso de la legislación laboral franquista; por más que antiliberales, tales leyes podrían ser hoy reivindicadas por las organizaciones obreras situadas más a la izquierda, en caso de que supieran algo de la historia social de éste país. En cuanto al carlismo, se le encasilló en el Ministerio de Justicia y poco más, a la espera de que se fuera desleyendo como un azucarillo, como así ocurrió. El ejército ya había tenido una guerra (la civil), algunos militares tuvieron dos (la civil y el frente del Este junto con la Wermatch) y los más veteranos, incluso tres (la civil, la División Azul y las anteriores campañas de Africa). Los hubo con cuatro (a las anteriores hubo que añadir la miniguerra del Ifni). Todos ellos querían tranquilidad y disfrutar los galones y condecoraciones ganadas. Los "propagandistas" católicos subieron enteros en el gobierno.

Y así llegamos a los años cincuenta cuando aparecen elementos nuevos. España tenía que salir, no solo del subdesarrollo, sino del hambre secular. Había restricciones eléctricas, racionamiento y carestía, estraperlo; miseria, en definitiva.

Cuando Franco e Eisenhower firman los acuerdos de cooperación, España entra en la recta del desarrollismo y, oh maravilla de maravillas, ni los carlistas, ni la falange, ni los propagandistas, ni mucho menos el ejército, estaban en condiciones de liderar la nueva etapa y facilitar una clase política tecnocrática. Un oscuro grupo, en cambio, sí: el Opus Dei. A partir de ese momento se instaló una contradiccion fundamental en el interior del régimen, entre los sectores de la Falange (no específicamente conservadores, sino dotados de ideales patrióticos y sociales) y el Opus Dei (no necesariamente progresista, sino simplemente tecnócratico). Todos ellos, como los carlistas, propagandistas y militares, eran "franquistas" en el sentido de que el adaptacionismo de Franco, permitió que en unos momentos del régimen se jugara con una alineación y en otros con otra; o incluso que en el mismo tiempo unos peones fueran puestos a trabajar en unas posiciones y otros en otras. Y la cosa duró hasta el último aliento del eufemísticamente llamado "anterior jefe del Estado".

Pero todas estas vivas muestras de pragmatismo, oportunismo de escasos principios, realpolitik y adaptacionismo, no pueden eludir el hecho fundamental, a saber, que entre la Falange y el Opus Dei existió una contradicción metafísica que hacía de ambos, quintaesencias de dos principios opuestos desde la fundación de nuestro país: el elemento guerrero y el sacerdotal, lo solar y lo lunar, lo guerrero y lo sacerdotal, lo viril y lo telúrico, la "Luz del Norte" y la "Luz del Sur", se manifestaron nuevamente e imprimieron carácter a esos años.

Influyente, primero, en la Corte del "anterior jefe de Estado", residual en el decenio de la rosa, el Opus Dei, en el momento de escribir estas líneas, cabalga de nuevo a lomos del centro-derecha [recordar que este artículo se escribió durante la primera legislatura del "aznarato"]. Por lo demás, Juan Pablo I, al buscar apoyos sobre los que reconstruir la Iglesia, tras la desbandada postconciliar, buscó y obtuvo sostén en "Comunión y Liberación" y el "Opus Dei". Agradecido, el polaco, tuvo a bien hacer aquello que iba mucho más allá del surrealismo religioso: intentar llevar a Escribá de Balaguer a los altares. Y uno se pregunta, si los santos de hoy son como son -y en el caso de Escribá, sabemos cómo son- ¿qué podremos pensar de los santos de ayer que, a lo peor, les concedieron tal título por cualquier componenda de baja estofa?.

No vemos gran cosa de santo en el Opus, como no sea la candidez de sus más abnegados miembros. Lo que vemos en el Opus es la quintaesencia acrisolada del Espíritu del Sur, oscuro, sufriente y lunar, telúrico y ginecocrático (a pesar de su misoginia), en la que se entremezclan lo peor del modus operandi masónico, la piedad más beata y, finalmente, los trucos de ilusionismo propios de cualquier espectáculo de "music hall".

Se diría que, con el Opus Dei estamos ante un tipo de espiritualidad femenina químicamente puro, enemigo jurado e irreconciliable de cualquier otra posición y que, a la postre, explica la conflictualidad con la Falange, e incluso con los jesuitas (los "soldados del papa") y otras órdenes religiosas de distinta inspiración. Difícilmente el Opus Dei podría entenderse con los Jesuitas. El hijo de comerciantes que era Escribá estaba espiritual y anímicamente alejado del espíritu militar de los hijos de Ignacio de Loyola y en cuanto a las órdenes mendicantes, Escribá no podía sino despreciarlas. Dios debía ser adorado con pompa, boato y ostentación.

Casi a modo de caricatura, el Opus Dei remite a los aspectos más problemáticos de la "Luz del Sur". Luz lunar, el Opus prefiere el secreto y la clandestinidad a los espacios abiertos y a las claridades solares. Para justificar tal opción gusta hablar de discrección y silencio. La máxima 970 del "Camino" dice: "Es verdad que he llamado a tu apostolado discreto "silenciosa y operativa misión" y no tengo nada que rectificar" y "que pase inadvertida vuestra condición como pasó la de Jesús durante treinta años". Hay otras muchas referencias más en el librito caótico, y en ocasiones delirante, escrito por Escribá; el mismo tema del secreto vuelve a repetirse en las Constituciones de la Obra: "Con el objeto de alcanzar su fin con eficacia, el Instituto como tal quiere vivir oculto"; más adelante especifican "Los miembros numerarios y supernumerarios deben estar convencidos de la necesidad de guardar un prudente silencio acerca del nombre de otros miembros y no revelar a nadie su propia filiación a la obra". En cuanto a las propias Constituciones "no han de divulgarse, ni siquiera han de traducirse a lenguas vulgares".

Junto al secreto, el desprecio por la naturaleza humana que se considera fuente de pecado en sí misma, remite igualmente a la temática propia de la "Luz del Sur", del ser caído, incapaz de superar por sí solo su miseria existencia y al que sólo la Gracia de Dios puede redimir. La Gracia es administrada por el sacerdote que opera en el Opus en forma de director espiritual y al que se le debe sumisión total. Las desafortunadas comparaciones entre el hombre y el borrico (una canción cantada a menudo en centros del Opus dice así "Vas a ser burro de noria, borrico siempre serás") que ya hiciera Lutero cuatro siglos antes ("El alma del hombre es como un asno que puede ser cabalgado por Dios o por el diablo"), el cerco de censuras y prohibiciones al que está sometido el miembro de la Obra (las revistas de información general están prohibidas), la falta de autonomía personal de los miembros que deben consultar cualquier pequeña decisión de sus vidas a su director espiritual al que le deben, no fidelidad, sino sumisión absoluta ("Ocultar algo personal a los directores era tener un pacto con el diablo" decía una ex-miembro del Opus), su consideración enfermiza de la sexualidad en la que los llamamientos a la castidad son todavía más desagradables que en lo más desagradable de la concepción evangélica, y, finalmente, la consideración mesiánica de que solo hay salvación posible en el interior de la institución y, fuera de ella, aguarda una irremisible condenación eterna ("El que se va de la Obra traiciona y vende a Jesús", "Nadie que se ha ido de la Obra ha sido feliz"), y finalmente, el papel atribuido a la Virgen en la fundación de la Obra (las biografías "oficiales" sostienen que la Virgen se apareció a Escribá con una rosa en la mano pidiéndole la fundación del Opus), todo ello definen un tipo de espiritualidad enfermiza idéntica a la que ha dado origen a otras manifestaciones de la "Luz del Sur".

En cuanto a la vida y a la personalidad del fundador, existe en él una apetencia de lujo y ampulosidad propias de una espiritualidad telúrica y lunar. No se recató de utilizar estrategias subrepticias y ladinas, callar, esconder, permanecer en la sombra, ocultos, estudiar cómo alcanzar más influencia y peso (tema titánico de la búsqueda de poder). Escribá dijo en cierta ocasión a un colaborador, "cuando tengamos las cátedras, todos tendrán sus carreras, sus doctorados, muchos títulos, porque eso atrae mucho a la gente (...) Nuestro fin es acaparar todas las carreras para que así podamos dar a los nuestros sus carreras hasta sin examinarse, muchos títulos y condecoraciones". Nosotros mismos nos hemos sorprendido de leer estas líneas y confirmar, por nuestros conocimientos directos, que efectivamente algunos miembros del Opus Dei están modelados en esta óptica. Hemos conocido incluso a uno que ha llegado a falsificar burdamente el título de periodista y a llenar las paredes de su despacho con decenas de títulos de dudosa catadura. Seguramente eso es lo que Escribá alababa en su "Camino" llamándolo "santa desvergüenza".

Junto a todo este cúmulo de despropósitos, la personalidad de Escribá se muestra pobre, justo en aquel punto en donde debería de aquilatar más riqueza el fundador de una Orden religiosa: en su espíritu. Ególatra despiadado, orgulloso y engreído, caprichoso, altivo, despreciativo incluso para con la figura del Papa y de la jerarquía ("He conocido siete papas, cientos de cardenales, miles de obispos. Pero fundadores del Opus solo hay uno"), altamente inmaduro (en una discusión intrascendente durante una comida, al verse sin argumentos contra su oponente, Escribá fue acalorándose y en un momento dado sacó la lengua a su oponente), esclavo de la gula (en una ocasión pidió la séptima tortilla porque las seis anteriores no estaban a su gusto) y de la avaricia (ya desde pequeño confiesa que le gustaba tocar las monedas que entraban en el comercio paterno), proclive a los accesos de ira (bastaba con que alguien no lo tratara como creía que merecía ser tratado o que ocurriera un error de protocolo para que se enfureciera. Ruiz Jiménez, entonces Ministro de Educación, al encontrárselo en Roma se dirigió a él diciéndole "¿Qué tal padre Escribá?". Escribá se volvió enfurecido y sin recoger la mano que Ruiz Jiménez le tendía. En efecto, quería que se le llamara Padre o Monseñor, pero no "Padre Escribá" como a cualquier otro sacerdote. Otros han dicho de él que sus maneras eran "bruscas y violentas", a la más mínima contrariedad perdía los estribos y empezaba a gritar), en cuanto a la envidia no podía evitar sentirla hacia los jesuitas (el padre Arrupe, General de la Compañía de Jesús hubo de llamarlo tres veces y por tres veces recibió la respuesta de que "el Padre no se encontraba en casa". Escribá jamás devolvió la llamada)... Escribá no ahorraba en demasía ninguno de los siete pecados capitales.

Desgraciadamente para el Opus Dei, la figura de Escribá de Balaguer está demasiado próxima a nuestro presente como para que podamos mitificarla y hacer de él un santo. Falta materia prima y sobran medios de comunicación. La característica de nuestro tiempo es la inmediatez en la transmisión de la información y esto va en detrimento de que nos podamos tomar en serio el proceso de beatificación y su presumible resultado final.

Las biografías oficialistas cuentan que la Virgen se apareció al joven Escribá de Balaguer, cuando aún no se llamaba así, y le pidió la fundación del Opus Dei, organización que, ya desde el principio, se sitúa bajo el signo de la Madre. Para colmo, en cierta correspondencia Escribá firma como "Mariano" detalle, ya de por sí, suficientemente significativo de su fe en la "Mediadora".

Es suficientemente conocido que nuestro hombre nació en Barbastro, pero mucho menos que fue bautizado con el nombre de José María Escriba Albás. Y decimos bien, Escriba y no Escribá. La sutileza del acento o no acento en la "a", marca la diferencia. Por algún motivo que se nos escapa, el "Padre", tal como gustan referirse al fundador del Opus sus miembros, desfiguró hasta tal punto su nombre que, con el paso de los años, este inicial se transformó en Josemaría Escribá de Balaguer. El segundo apellido, Albás, fue relegado al olvido; un "de Balaguer" que parecía otorgarle prosapia y patente de nobleza, vino de Dios sabe dónde y el José María se hizo uno, transformándose en Josemaría sin que se sepan los motivos exactos que justificaron la transformación.

Su juventud no fue ni edificante edificante ni aplicado. Estudiante más que irrelevante, vocación tardía, Jesús Ynfante llega a decir de él que fue "oscuro, introvertido, y con notable falta de agudeza, un hombre -concluye- de pocas luces". Hubo en 1920 una expulsión del seminario de Logroño por motivos no suficientemente aclarados. Algunos se imaginan lo peor que, por respeto a los muertos, preferimos silenciar. En el seminario de Zaragoza destacó, no por arriba, sino por abajo; Salvador Bernal lo califica de "inconstante y altivo".

La mitología del Opus explica que el 2 de octubre de 1928, en el momento de la consagración de la Hostia y el Cáliz, el curita tiene una visión: ve lo que Dios espera de él. Es el pistoletazo de salida del Opus Dei. Pero nadie se entera, ni siquiera sus amigos más íntimos de la época, para los que el único proyecto fundacional era una asociación universitaria que debería de haberse llamado "Caballeros Blancos". Ninguna crónica registra nada mas de tales caballeros. El nombre, en cualquier caso, sugiera que el gusto por los títulos y los nombres altisonantes le venía ya de lejos.

Pocos años después se sabe que Escribá utilizaba un látigo de nueve colas y cadena con púas para flagelarse. Las paredes del cuarto de baño estaban frecuentemente bañadas con su propia sangre que salpicaba las paredes. Cuando uno se azota es, fundamentalmente, por tres motivos: por perversión, porque le provoca placer o por trastorno psíquico. Los místicos pertenecen al segundo grupo; sinceramente, no sabemos en cuál de los tres situar a Escribá. Esta y otras costumbres y rumores que circulaban en aquellos años sobre su persona, nos dan de él un cuadro particularmente sombrío. Y desde luego, poco sano. A esto hay que añadir la misoginia. Escribá y su Opus opinan que el estado natural de la mujer de la Obra debe ser el embarazo y el padre Urteaga, uno de los mejores comunicadores de la Obra allá por los años sesenta, sostenía que "las mujeres se salvan teniendo hijos".

Esta misoginia, demasiado evidente, por lo demás, parece en contradicción el espíritu telúrico del Opus al cual ya hemos aludido. No es así. El telurismo está presente en toda la obra a y en todo el espíritu de Escribá. La "Luz del Sur" no exige fidelidad sino sumisión (Escribá aborrecía que le besaran solo el anillo pastoral, exigía que le besaran la mano de rodillas). La "Luz del Sur" se caracteriza en su arte por una frondosidad exuberante y desenfrenada, bien presente en los oratorios de la Obra y el de Escribá en particular, "opulento e inaccesible". Nada que ver con la austeridad olímpica de la "Luz del Norte". Escribá viajó siempre, a partir de sus años de gloria, acompañado de un séquito encargado de servirle. Una ex-miembro del Opus declaró que había tenido que dar por inservivle un colchón recién comprado por que no alcanzaba por 3 cm. las dimensiones establecidas. Cuando se desplazaba a América se hacía enviar los melones por avión. Comía siempre con platos de la mejor porcelana, cubiertos de plata. En Roma, durante el Concilio, un obispo invitado por Escribá se sintió sumamente incómodo comiendo con cubiertos chapados en oro. Todo eso que hoy se llama "imagen", que no es realidad sino reflejo de la realidad, pertenece a la concepción sudista del mundo, hoy en marcha triunfal hacia el precipicio. Escribá, para eso de la imagen, era único. Amaba los títulos universitarios y de nobleza, convencido de que podían atraer dinero e influencia. Tras la "Luz del Sur" y tras el Opus, en definitiva, lo que se percibe es un amor al dinero, no en tanto que tal, sino como vehículo de poder. Es el dominio de la naturaleza, una vez más, lo que interesa, incluso con un cierto desprecio sobre sí mismo. Escribá, por cierto, decía que "para fundador bueno, el que viene embotellado", refiriéndose a la conocida marca de coñac. A partir de 1968, cultivando su imagen, recibe -mejor, compra- el título de Marqués de Peralta. Ese gusto por la imagen alcanzó más allá de la muerte. Su proceso de beatificación hay que considerarlo como el maquillaje final de su imagen.

¿Dónde radica la fuerza del Opus Dei? ¿por qué sus afiliados están tan comprometidos con la asociación y tienen tanta fe en la obra del "Padre"? No basta con decir que se trata de un grupo de presión y que, por tanto, sus miembros extraen beneficios e influencia social. Esto equivaldría a dar la razón a quienes han comparado al Opus con una "masonería blanca". No es así, conozco bien a ambos bandos y puedo decir que mientras el compromiso masónico es extremadamente débil (un ágape, una tenida a la semana y poco más), el miembro del Opus Dei lo es desde que ingresa en la Obra hasta que muere, lo que se le exige es de tal calibre que nadie que no haya sufrido un lavado previo de cerebro, puede aceptar. Si a un masón se le pidiera que utilizara el cilicio y el flagelo veríamos donde quedaba su "compromiso con la humanidad". La masonería y el Opus, fuera de alguna coincidencia formal, son estructuras radicalmente diferentes y que, en absoluto, responden a una misma mentalidad. La fuerza del Opus radica en algo muy distinto que la convicción de que en sus filas se va a obtener promoción social. En cuanto a las similitudes formales, es cierto que los miembros del Opus se reconocen entre sí mediante palabras secretas ("Pax" dice uno para reconocer si hay algún miembro de la Obra; "in aeternum", se le responde), como también es cierto que en las reuniones de cúpula se llamen por un número y no por su nombre. En un momento dado hubo incluso un código secreto para la correspondencia en el que cada numeral o combinación de numeral con vocales tenía un significado. "El código se guardaba en un libro llamado de San Girolano", recuerda una ex-miembro de la Obra.

La lectura de algunas obras de místicos y sus biografías dan la sensación de que les ha sonado la flauta por casualidad. En el Siglo de Oro, ya hemos visto, hubo muchos de estos casos. Se trató de místicos autodidactas que sufrieron una experiencia paranormal trescientos años antes de que Aldoux Huxley escribiera "Las puertas de la percepción". En la historia y en las vivencias de algunos miembros del Opus se divisan los mismos elementos tratados por Huxley. ¿Espiritualidad? Más bien habría que hablar de trucos, meros trucos generados a partir de una alteración en la química de la sangre que producen visiones beatíficas. El sujeto interpreta tales visiones y las dramatiza en forma de experiencias místicas, pero en realidad se trata de fenómenos suficientemente conocidos y explicados, sobre los que no hay duda. Caso diferente de las auténticas experiencias místicas de, por ejemplo, San Juan de la Cruz o en nuestro siglo de Teresa Neumann que, efectivamente, se sitúan en un terreno más próximo a la experiencia trascendente.

Javier Ropero en su libro "Hijos del Opus Dei" profundiza brillantemente en este terreno y a él remito. Con todo, hay otros testimonios y rumores que corren por la "Obra" que abundan en la dirección interpretativa de Ropero.

España en los años 20 y 30 es un hervidero de espiritismo, mesmerismo, teosofía y doctrinas ocultistas. Incluso los medios anarquistas fueron un receptáculo de estas corrientes. Al leer "Camino", da la sensación de que Escribá de Balaguer estaba familiarizado con esta temática y, por lo demás, no hay que olvidar que las 999 sentencias de su libro han sido colocadas deliberadamente. El era consciente e ironizaba al respecto que 999 es el número de la Bestia, 666, invertido. Se decía, igualmente, que en el primer oratorio del Opus, Escribá, mediante un hábil juego de luces y espejos, daba la sensación de que levitaba. Más elementos, confirman que Escribá conocía algunos "trucos" que facilitaban el acceso a engañosas experiencias seudo-místicas. 

Cito a Huxley: "Una mezcla -completamente no tóxica- se siete partes de oxígeno y tres de anhídriho carbónico produce en quienes la inhalan ciertos cambios físicos y psicológicos que han sido descritos minuciosamente. Entre estos cambio el más impotante, es un notable incremento en nuestra capacidad para "ver cosas" cuando los ojos están cerrados (...) Estas largas suspensiones de respiración llevan a una alta concentración de anhidrido carbónico en los pulmones y en la sangre y este aumento de la concentración de CO2 disminuye la eficiencia del cerebro como válvula reductora y permite la entrada a la conciencia de experiencias visionarias o místicas del más allá". Ropero, recuerda que los oratorios del Opus Dei son reducidos, cerrados, con escasa ventilación, hay en ellos velas, flores y se consume incienso, suelen utilizarse para sesiones de oración comunitaria, se entonan cánticos religiosos y oraciones decenas de veces repetidas. Es fácil intuir lo que sucede: la atmósfera del lugar se empobrece de oxígeno, mientras la proporción de CO2 crece. De manera monocorde se recitan jaculatorias que inhiben la consciencia. Tras un cuarto de hora de recitar una jaculatoria (frase breve), permaneciendo en silencio y con los ojos cerrados, con la química de la sangre alterada, se accede a un estadio diferente al de la conciencia ordinaria y, por tanto, se tiene tendencia a creer que se ha vivido una experiencia mística. Tal experiencia está además facilitada por las mortificaciones (el cilicio, las flagelaciones, el dormir poco cambiando incluso la almohada por una guía telefónica y el colchón por una tabla). Huxley escribe: "si se analizan los efectos de la autoflagelación resulta muy claro que provocaban experiencias visionarias. Para empezar, liberaban gran cantidad de adrenalina y gran cantidad de histamina, y ambas tienen efectos muy extraños sobre la mente. En el Medievo, cuando no se conocía el jabón ni los antisépticos, cualquier herida que pudiese infectarse lo hacía y los productos proteínicos de emergencia entraban en la sangre. También sabemos que estas cosas tienen efectos psicológicos muy interesantes y extraños. El cura de Ars, a quien un obispo prohibió las flagelaciones escribió nostálgicamente: "Cuando se me permitía hacer lo que quería con mi cuerpo, Dios no me negaba nada"".

La falta de alimento, los ayunos prolongados, unido a todo lo anterior, contribuyen a aumentar la facilidad para tener experiencias seudo-místicas que no son sino respuestas fisiológicas del cuerpo ante situaciones distintas de las habituales pero que nada tienen que ver con la verdadera espiritualidad. La "Luz del Sur" está plagada de estos casos en los que los coribantes, los sacerdotes de Atis, los flagelantes medievales, se azotaban hasta la saciedad o se castraban simplemente para alabar a la Diosa y obtener de ella visiones beatíficas. Stanley Krippner recuerda que "... algunas sectas judías también utilizaban los vapuleos rituales para obtener experiencias de éxtasis; tal era una de las grandes ceremonias del Día del Perdón. La flagelación voluntaria tuvo lugar como devoción extática o exaltada en casi todas las religiones. Los egipcios se azotaban a sí mismos durante los festivales anuales en honor de su diosa Isis; en Esparta, los niños eran flagelados ante el altar de Artemisa Ortia hasta hacerlos sangrar. En Alea, en el Peloponeso, se azotaba a las mujeres en el templo de Dionisos; y en el festival romano de las lupercalias se azotaba a las mujeres en una ceremonia purificadora"... Cultos femeninos (Artemisa, Isis) o telúricos (Dionisos, las lupercalias, el hebraismo), henos aquí en las antípodas de la serenidad olímpica que busca la experiencia trascendente en la serenidad y en la quietud, no por la vía del martirio del cuerpo, sino por el distanciamiento consciente y voluntario del mundo de los sentidos. La misma iglesia católica -y más en concreto la Regla de San Benito y el propio San Francisco- condenó la búsqueda de la experiencia mística si era, a la postre, una búsqueda del placer.

Habría que añadir que la abundancia de oro o de irisaciones doradas en las salas del Opus reservadas al culto, con sus reflejos, facilita el engaño de los sentidos. A partir de todo esto puede entenderse que los crucifijos -ricamente labrados en oro y piedras- vistos por gentes que han pasado por las pruebas descritas antes (cilicio, látigo, ayunos, jaculatorias, respirando atmósfera rica en CO2), crean ver que Cristo se mueve en su cruz, les habla o flota en el aire... Se trata de un simple "truco" del que Escribá no fue el único en beneficiarse. Hoy, buena parte de las sectas destructivas -entre las que el Opus figura para muchos- obtienen el control de sus miembros generando visiones de esta forma. Tal es la fuerza de atracción del Opus. En un mundo en el que la verdadera espiritualidad está ausente, cualquier "emoción fuerte" neoespiritualista, puede cautivar al más escéptico.

Junto a esto, hay algo en el Opus que no está complementamente clarificado. No me voy a referir a sus inextricables orígenes, a la imposibilidad histórica de confirmar la historia ideal del Opus dictada por Escribá, sino a las influencias que sufrió. No creo que tomara un modelo en la masonería, más bien creo que lo encontró en "El Abetal" (La Sapiniere, organización clandestina y secreta católica de finales del sgilo pasado y principios de este) de Monseñor Benigni y en los jesuitas. ¿Eso es todo?

Hay algo más que se escapa al analista pero que planea en los primeros años de la Obra. Hay algunos elementos tomados de la mística masónica ("sobre este aparente desorden cada uno tiene que construir su propio orden" escribía el opusdeista Salvador Bernal parafraseando el "Ordo ab Chao" masónico). Miguel Fisac, uno de los primeros afiliados al Opus, cuenta que cuando fue por primera vez al primer oratorio de calle Ferraz, 50, se alarmó. El confesor de Escribá, el padre Valentín Sánchez, vislumbró también aroma de herejía en el Opus y rompió con Escribá. Algún testimonio remite a la residencia de la calle Jenner de Madrid, donde existía un oratorio "adornado con signos cabalísticos y masónicos". Un profesor de Derecho Internacional afirmó que la palabra "SOCOIN" (Sociedad de Cooperación Intelectual, sigla con la que el Opus dió sus primeros pasos) corresponde a una secta hebraica. En 1941, tras crearse el Tribunal para la Represión de la Masonería y el Comunismo, Escribá debió compadecer al sospecharse que "bajo el nombre de Opus Dei se escondía una rama judaíca de la masonería"... Exajeraciones, quizás, pero todas van en la misma dirección y, por lo demás, me parece excepcionalmente sólida la opinión de quienes hacen de Escribá de Balaguer un judío converso, cuya psicología responde a la del "marrano" tal como ha sido acotada y definida por Julio Caro Baroja.

Ya hemos visto la portentosa historia de los criptojudíos españoles, veamos ahora las pistas que nos da la biografía de Escribá. Su propio nombre, aquel con el que fue bautizado, Escriba, delata su origen. Un escriba es un "doctor e intérprete de la ley judía". Caro Baroja, bromeando, decía que este apellido no era el mejor para pasar camuflado. El acento cambia poco, apenas transforma un apellido grave en agudo. Su padre, comerciante en paños, tenía la misma profesión que los judíos altoaragoneses. Barbastro, por lo demás, fue en el siglo XV una de las más prósperas juderías del reino. En el siglo XI, durante el reinado de Pedro I, ya se registraron falsas conversiones de Judíos en Huesca. El propio Escribá parecía querer delatar este origen: "somos el resto del pueblo de Israel" decía frecuentemente. Las sucesivas modificaciones del nombre de Escriba corresponde a la traducción judía. Mendizábal, el factotum de al desarmotización, era un judío converso de apellidos Alvárez Méndez. La costumbre judía de evitar que los muertos judíos o "marranos" reposaran en cementerios consagrados, fue seguida por Escribá al enterrar a sus progenitores en la cripta de la casa del Opus en la madrileña calle de Diego de León.

También es posible establecer vínculos con una especie de neo-templarismo adulterado del que existieron pequeños núcleos en España desde 1820 como ya hemos visto. Durante mucho tiempo los supernumerarios, para acentuar su carácter de pobreza, dormían en parejas en los pisos del Opus, lo que dió lugar a que la falange les acusara repetidamente de prácticas homosexuales. Quizás fuera en imitación de la leyenda templaria que mostraba a dos caballeros sobre una sola montura. El Opus y los templarios tienen como característica común utilizar cruces sin que aparezca el cuerpo de Cristo, ni la notación INRI. Y también la extraña tendencia a utilizar patas de oca. Se sabe que monseñor Escribá solía dibujar patos, e incluso en el Molino Viejo, en la provincia de Segovia, se conserva pintado un pato dibujado por él. Los templarios y las hermandades de constructores que de ellos dependieron utilizaban el grafiti de la pata de oca como símbolo de reconocimiento y firma. Otros han querido ver en la insistencia de la cruz sin la imagen de Cristo y la reiteración de rosas en toda la iconografía del Opus, una alusión a la secta de los rosacruces. ¿Dónde empieza la exageración y dónde termina la realidad?

En los primeros tiempos, Escribá acarició la la idea de forjar una orden católica y caballeresca, los "Caballeros Blancos", y siempre tuvo presente el deseo de entroncar con la nobleza. Caro Baroja recordaba que una característica de los conversos fue "buscar entronque con linajes aristocráticos". Dado el voto de castidad y su alejamiento de la nobleza tradicional, su único camino, como hemos visto, fue la adquisición del título nobiliario a buen precio.

Lo que más llama la atención en los encontronazos entre la Falange y el Opus es que los primeros, que contaban entre sus fundadores con una buena cantidad de títulos nobiliarios (como también existieron en el Partido Fascista y el en Partido Nazi, especialmente en las SS), quisieron proletarizarse, mientras que los miembros del Opus (y, muy en especial, su fundador) buscaron recubrirse del manto de nobleza. Ya hemos expuesto las razones de la ubicación del Opus Dei en las cotas iluminadas por la "Luz del Sur". Vayamos a por su oponente.

En la Falange distinguimos dos elementos perfectamente diferenciados; de un lado aquellos que le confieren un carácter excepcionalmente vitalista y aristocrático, frecuentemente enunciados a nivel simbólico y existencial, y de otro, un grado de confusionismo ideológico que, lejos de desaparecer, fue creciendo a medida que avanzaba en su andadura política. Estos dos elementos se contrarrestaron frecuentemente; ninguno de sus miembros estuvo en condiciones de superar la contradicción y las influencias opuestas, ni siquiera el mismo Primo de Ribera y mucho menos Manuel Hedilla. Así pues, oscilando entre las altas cimas de la metafísica y las más bajas cotas de la demagogia social, entre lo más vertical y lo horizontal por definición, la Falange supuso el último intento de encarnar la "Luz del Norte", de la que lo único que nos queda es un compendio de libros y escritos, buscados por los bibliófilos y coleccionistas y que, nadie hasta ahora, ha sabido "aggiornar".

Hemos hablado de símbolos. Mal que les pese a los falangistas, su organización jamás tuvo una ideología digna de tal nombre; como máximo una concepción del mundo y en absoluto cerrada. No, la Falange fue entre 1933 y 1936, entre su fundación y el desencadenamiento de la guerra civil, un estado de espíritu, en absoluto una ideología. Antes de esa fecha no existía y después estuvo combatiendo en los frentes. Entre ambas, las necesidades de la lucha política hicieron que no pudiera elaborarse ninguna doctrina coherente. Pero existieron símbolos, allí donde las teorías callan, que nos hablan de un impulso vital en el cual se reconocen, si bien que atenuados, confusos y de forma inconsciente, los rasgos de la "Luz del Norte".

El yugo y las flechas (la Y de Ysabel y la F de Fernando, blasón de los Reyes Católicos que herederá Carlos V), el hecho de que sean cinco las flechas (número de perfección y límite de las posibilidades humanas), el cisne (emblema del Frente de Juventudes y del Sindicato Español Universitario, ave solar por excelencia junto al aguila y el león, identificada con Helias, el caballero del Sol), el rojo y el negro de la bandera (símbolos de la dualidad, de la muerte y de la vida, de la tradición y la revolución), la garra irradiante (la garra del león, otro animal solar, de la que irradia el sol), el "Cara al Sol" (título suficientemente explícito del espíritu solar que animaba a la primera Falange), el recuerdo a los muertos, "presentes" (al igual que los antiguos pueblos nórdicos germánicos que se sentían acompañados por sus ancestros), las alusiones a la "guardia de los luceros" (entendida como la compuesta por aquellos camaradas que han muerto en circunstancias heroicas), las continuas referencias a un estilo austero y duro, desprovisto de lujo y oropeles, castellano, en definitiva, la valoración de la Edad Media como quintaesencia de lo español, los llamamientos a una vocación heroica, las asimilaciones del militante como "mitad monje mitad soldado", o de la sociedad ideal con "ángeles armados en las jambas de las puertas", todo esto, si bien no conforma una ideología en el sentido estricto de la palabra, si en cambio conforma una concepción del mundo emanada directamente de la "Luz del Norte".

No queremos entrar en las polémicas sobre las implicaciones reales o supuestas de la Falange en episodios indignos y rechazables; los años en los que dió a luz fueron turbulentos y precedieron la gran catástrofe de nuestro país en el siglo XX, la guerra civil. El fusilamiento de García Lorca (refugiado en casa de falangistas sevillanos), la represión contra los militantes republicanos, las "patrullas del amanecer", son solamente episodios aislados en la historia de la Falange y, más bien, forman parte de la historia de la guerra civil. Es suficientemente conocido que los entendimientos entre anarquistas y falangistas, incluso hasta los años sesenta, habían empezado con el trasvase de militantes de la CNT y del pestañismo a filas falangistas en los años de la preguerra. A efectos del presente estudio, lo que hace que podamos valorar un movimiento histórico como Falange Española, no es su participación en tal o cual episodio concreto, afortunado o desgraciado, sino lo que puede deducirse de su espíritu. A este respecto, incluso los más acérrimos detractores reconocerán que una élite falangista  -en la que podemos situar a Dionisio Ridruejo- no solamente proclamaron unos valores y principios generales, sino que estuvieron dispuestos a vivir y a morir, inspirados en ellos. Eso les llevó a muchos de ellos a las estepas rusas enrolados como voluntarios en la División Azul y que solo recibieron una cruz de palo como recompensa; otros, prefirieron desligarse del régimen que nació de la sublevación de julio de 1936, y que, en su criterio, no se adaptaba a la imagen que se hacían de su estado ideal; muy pocos formaron organizaciones disidentes, inspiradas en Miguel Hedilla, segundo Jefe Nacional de Falange. Estos fueron los menos y, en una condiciones políticas muy favorables, no estuvieron en condiciones de completar los principios apenas enunciados por Primo de Rivera, Onésimo Redondo y Ramiro Ledesma. Falange se fue extinguiendo poco a poco.

Respecto a los tres fundadores hay en ellos diferencias no desdeñables. Están, bien es cierto, unidos por lo que podríamos llamar "sentimiento imperial", la sensación de que el mejor momento de la hispanidad fue el período iniciado con los Reyes Católicos y concluido con los últimos austrias. Las ideas de centralidad, de ímpetu político-religioso, el carácter antiburgués, el culto a la juventud, el sentido de disciplina y sacrificio, esto es, el espíritu de milicia heroica, el gusto por la aventura y, finalmente, la síntesis entre la Tradición española y la Revolución, hacen de Falange Española, lo que algunos han llamado "Vía Solar". Pero, al margen de esto, Primo de Ribera, Ledesma y Redondo, sostenían orientaciones sensiblemente diferentes. Redondo era un castellano viejo; católico, antisemita, su austeridad y entereza fueron siempre proverbiales; cuando uno se aproxima a su biografía cree estar ante aquellos castellanos que combatieron a la morisma y tiene la sensación de que las gentes de Fernán González debieron estar, más o menos, cortadas con el mismo patrón. Onésimo es el católico militante de viejo estilo que tiene muy pocos puntos en común con Ramiro Ledesma, ateo impenitente, vitriólico, activista, intelectual frío que unos días colocaba un petardo y al día siguiente publicaba un ensayo en "La Revista de Occidente". Partidario de "nacionalizar a las masas anarcosindicalistas", hubo en él rasgos de populismo y demagogia que compartió con Primo de Rivera. Este, por su parte, hijo del General del mismo nombre, pertenecía a los círculos aristocráticos madrileños y estaba relacionado con una pléyade de intelectuales y artistas de vanguardia que constituyeron el núcleo fundacional de la Falange. Formado por Rafael Sanchez Mazas, Agustín de Foxá, Alvaro Cunqueiro, Eugenio Montes, Rafael García Serrano, Luys Santa Marina, Felipe Ximenez de Sandoval, Gonzalo Torrente Ballester, Dionisio Ridruejo, Ernesto Giménez Caballero, Mourlane Michelena, Víctor de la Serna, pintores como Alfonso Ponce de León o Cossío, Samuel Ros, José María Alfaro, con el patronazgo espiritual de Eugenio d’Ors, Maeztu y Ortega, estamos ante un grupo de intelectuales, más que ante el grupo activista que hoy recordamos.

Pero Falange Español no representaba la "Luz del Norte" en estado puro sino adulterado y con la tensión metafísica rebajada. Su "vocación imperial" no tuvo posibilidad de manifestarse en una opción política concreta, simplemente se tradujo en un nacionalismo extremo, al igual que la oposición a la burguesía y al capitalismo no llevó a fórmulas de superación, sino a una admiración indecorosa y acrítica hacia los movimientos sociales de izquierda, por igualitarios y uniformizadores que fueran. Ramiro Ledesma, desde su revista "La Conquista del Estado" pudo gritar "Viva la Alemania de Hitler, viva la Italia de Musolini, viva la Rusia de Stalin", y escribir luego que más le lucía la camisa roja de Garibaldi que la negra de Mussolini, expresiones desgarradas de un deseo de revancha social e igualitarismo uniformizador, en contradicción con los ideales jerárquicos que exhibía en otros escritos.

Especialmente, en Ramiro Ledesma se percibe la falta de sensibilidad hacia lo sagrado. Viendo en la Edad Media, una edad oscura, percibe en las formas renacentistas su estilo ideal.  Alguién pudo decir con justicia que mientras Marx practicaba un materialismo económico, Ledesma profesaba un materialismo guerrero. La "idea imperial" no es tomada sino en función del poder que le atribuye para relanzar un nacionalismo español, un nacionalismo laico y de masas. Ledesma, pero también José Antonio y Onésimo Redondo, no dudan a la hora de utilizar y predicar la violencia para alcanzar los objetivos políticos. Se trata de un pragmatismo exajerado y de un activismo a ultranza derivados de su particular visión del mundo. Hubo en Falange una desviación titánica y prometeica, en ocasiones incluso fálica, única vía en la que supieron hacer desembocar la visión militar y heroica de la vida. Por lo demás, cuando José Antonio aludía a la "dialéctica de los puños y las pistolas" no hacía otra cosa más que abrir o insertarse en una espiral de violencia que terminó por anegarle a él y al propio movimiento.

Pero allí donde el espíritu de la Falange es más distante de la "Luz del Norte" es en la concepción del Estado. Ni Ramiro Ledesma, ni Primo de Rivera, consiguieron consolidar una teoría del Estado, pero las pocas frases, esparcidas aquí y allí, en sus escritos, dan pie a pensar que junto a la idealización del papel de las masas (la "nacionalización de las masas sindicales" que pedía Ramiro Ledesma), ambos perciben el Estado como un "instrumento totalitario". En sus escritos no se encuentran alusiones a la sociedad trifuncional, mucho menos a los cuerpos intermedios, tan solo vagas y preocupantes alusiones al papel de los sindicatos. Fueron los teóricos del franquismo quienes se encargaron de completar estos enunciados y dar forma a la "democracia orgánica" como alternativa a la "democracia liberal".

El elemento que permite situar a José Antonio Primo de Rivera por encima de los otros dos fundadores y ver en él al receptáculo de la "Luz del Norte" es su vocación poética. Solo José Antonio como figura central del grupo de intelectuales falangistas, supo apreciar el valor de la poesía en la formación de una visión del mundo.

Cuando faltaron los fundadores de la Falange y los elementos más representativos, poco dados a tareas de gobierno, prefirieron optar por enrolarse en la División Azul, nadie se preocupó de completar la doctrina falangista. El franquismo utilizó a la Falange como levadura de las masas; sus ideales sociales, su consigna mil veces repetida de "Patria, Pan, Justicia", podían constituir un reclamo, como de hecho así ocurrió durante veinticinco años, entre 1939 y 1964. Al cerrarse este ciclo, el Opus Dei ya despuntaba como la fuerza hegemónica en los gobiernos de Franco.

La lucha entre la Falange y el Opus Dei fue larvando durante los años 60 y estalló con el "affaire" MATESA. Por esas fechas la Falange ya estaba excepcionalmente debilitada y reducida a una mera cáscara sin vida. Los locales del Movimiento Nacional estaban vacíos, el Frente de Juventudes, la Sección Femenina, los Sindicatos, la Guardia de Franco, no eran sino estructuras burocráticas esclerotizadas que apenas podían hacer nada frente al Partido Comunista y a la extrema-izquierda.

El Opus Dei, sus bancos y ministerios, sus industriales, sus tecnócratas, no preveyeron que al trabajar por la construcción de un capitalismo tardío, estaban generando una estructura económica de tipo liberal-capitalista que entraba flagrantemente en contradicción con la estructura política del Estado, autoritaria y paternalista. Cuando, para sobrevivir, esa estructura económica precisó impulsar un cambio para promover un mayor crecimiento, sacrificó a la estructura política. Eso ocurrió a mediados de los años 70.

En el momento que Franco muere, la derecha carece de organización política, está en el poder, es el poder, pero no tiene estructura de partido y, por tanto, no estará en condiciones de afrontar una etapa democrática formal. Es el período de las Asociaciones Políticas, el "espíritu del 12 de febrero" y la Ley de Reforma Política. La derecha intenta ganar tiempo, liderar el proceso de cambio. Ahí está el Opus Dei intentando no perder el tren. Sin embargo, a partir de 1977, los mayores éxitos los consigue en el extranjero y, a partir de la entronización de Juan Pablo II, en la propia Roma.

En cuanto a la Falange, llegó a la transición en un estado de total descomposición y con un alto grado de confusionismo político. Multifraccionada, perdidos los líderes e intelectuales que le dieron vida, habiendo dado la espalda incluso a los propios orígenes, sufrió un proceso continuado de empequeñecimiento y gropuscularización en el que todavía se encuentra hoy.

Lo que tuvo de "Luz del Norte" hace sesenta años, hace ya mucho que se extinguió.

© Ernest Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Se prohíbe la reproducción de este artículo sin indicar procedencia

España, frente a bandidos y piratas

Infokrisis.- Todos los Estados occidentales, sin excepción -por no hablar del Tercer Mundo-, han acabado sufriendo el flagelo de la corrupción. La corrupción no es una fatalidad de nuestros días; es la consecuencia lógica de la anomia, palabreja que indica la ausencia de valores y principios. Antepenútima consecuencia de las leyes no escritas del mercado, deriva de la regla de oro de nuestros días, a saber, que solo vale la pena aquello que reporta el máximo beneficio y exige el mínimo esfuerzo. A eso se le llama "rentabilidad" y se acepta universalmente como la única forma de organización económica, acaso para justificar al pereza mental de los economistas, resignados, o acaso incapaces, de establecer nuevas fórmulas desde hace trescientos años.

En el momento en que los Estados modernos se laicizaron por la acción de la masonería y el positivismo -pero también por la claudicación de quienes defendían opciones contrarias- perdieron toda posibilidad de dotarse de una ley superior inconmovible. De estar regidos por principios venidos de lo alto, pasaron a gobernarse por leyes escritas por los hombres; ni siquiera por los mejores entre los hombres, sino por los más numerosos. La anacrónica ley de la mayoría por la que se rigen las partitocracias occidentales subordina el principio de la calidad al de la cantidad. Y los más suelen -siempre- dejarse seducir por quienes les alaban y cubren de promesas. Es el tiempo de los demagogos, el tiempo extremo de la decadencia, tiempo del hierro y del lobo tal como decía la saga goda. Nuestro tiempo, en definitiva.

Las leyes del mercado, la anomia, el materialismo efectivo de gentes que jamás han oido hablar de filosofía materialista pero se comportan como catedráticos en la temática, generaron grupos de presión a los que termina subordinándose cualquier interés. Los partidos políticos, no son sino títeres de tales o cuales grupos de presión y sus dirigentes, los funcionarios delegados. Una simple firma capaz de recalificar un terreno puede generar tantos beneficios como un abogado o un profesional puede obtener en una vida de trabajo y no digamos un obrero manual. Un mero gesto determina una fortuna y la ruina de miles de gentes, insignificantes en lo económico. Nunca época alguna se ha visto tan huérfana de valores y sometida al único valor del "pelotazo, ya". Nadie se sorprenda por ello; se trata, más bien, de la consecuencia lógica e irreversible de un proceso de decadencia iniciado hace siglos. Primero, con la fuerza de una piedra que se desliza desde lo alto de una pendiente, luego creciendo en volumen y aumentando su velocidad de caída, finalmente arrasándo cualquier oposición y todo lo que encuentra a su paso, el mundo moderno, y con él nuestra esquilmada España, esperan la crisis desintegradora final en un plazo más o menos breve.

Lo extraño no es la naturaleza de este proceso; lo que sorprende al observador es que los Vedas ya habían previsto tal coyuntura con varios milenios de adelanto. La edición del "Vishnu Purana" de H.H. Wilson se publicó en Londres en 1868; ya entones llamó la atención de los estudiosos por su cuadro profético. Siglo y cuarto después la sorpresa de quienes hemos tenido la ocasión de consultar esa misma edición ha sido aún mayor. "La tierra será apreciada por los tesoros minerales que esconde" es una de las características que el discreto profeta que escribió el "Vishnu Purana" entrevió en su delirio. Puede ser una casualidad para hacer las delicias de los ecologistas de fin de milenio y no videncia, pero el resto de visiones son aun más precisas: "La raza dejará de producir nacimientos" (los hombres occidentales hemos perdido el 40% de nuestra capacidad genesíaca en los últimos 25 años), "los hombres conceptrarán su interés en la adquisición de riquezas aunque sea de forma ilícita", "quienes dispongan de más dinero dominarán a los hombres", "las mujeres solo serán objeto de satisfacción sexual". En cuanto a los "jefes" se dice de ellos que serán tiranos crueles y demagogos que solo pensarán en su beneficio. Decididamente no hay que escuchar los telediarios para estar al cabo de la calle de nuestra cotidianeidad.

Sirva esto de introducción para hablar de España y los bandidos, piratas y delincuentes. Todos ellos, no son solo patrimonio de nuestros desgraciados días. Están dentro de nuestra historia, casi tanto como el Quijote, la Reconquista y el motor de agua. Junto a lo ideal, lo heroico y lo fingido, los siglos vieron gentes que valoraron la delincuencia como único camino para sobrevivir. La historia misma de España, en sus mejores momentos, dependió de los ataques de corsarios y filibusteros que llegaron a estrangular el comercio con América. Una vez más, la historia "en profundidad", difiere de la historia "bidimensional"; la delincuencia que atentó -y atenta- contra España, no es fruto de la casualidad o de una malhadada época. Es la consecuencia directa de percepciones erráticas de historia, reflejos siempre  -a poco que se examinen los hechos objetivos y se engarcen unos con otros- de concepciones titánicas y prometéicas en unos casos y simplemente demoníacas y luciferinas en otros.

Quedan rastros en las crónicas generales que en tiempos de Alfonso IX y San Fernando los delincuentes se organizaron en poderosas sociedades de bandidos. Ambos reyes los persiguieron y desollaron sin piedad. Más adelante, en las circulares de la Santa Hermandad y en las novelas picarescas de los siglos XVI y XVII se tiene noción de "cortes de milagros" que agrupaban a mendigos, delincuentes y minusválidos, en curiosa amalgama.

Sabemos que en la edad media hubo sociedades de mendigos organizados y que, en un momento dado, algunas derivaron hacia la delincuencia pura y simple. Nuestros clásicos dan abundantes pistas como para que podamos deducir que tales hermandades de mendigos y ladrones tenían sus signos de reconocimiento, su lenguaje secreto y sus ritos de iniciación. Mucho antes que la maffia, la camorra o la n'dragheta arraigaran en la bota italiana, aquí ya teníamos a La Garduña desde el tiempo de los Reyes Católicos.
 
En la Edad Media hubo tres cofradías de mendigos, la de los ciegos patroneados por San Martín, la de los cojos con San Andrés al frente, mientras que los oracioneros se ponían bajo la custodia del Espíritu Santo. Las tres ramas se fusionaron luego en la Cofradía del Espíritu Santo. Sus miembros tenían una medalla que los acreditaba y les daba el privilegio de mendigar. Pobres pero no pícaros. Solían vivir en comunidad. En Barcelona existió una casa en el Barrio de Jesús que los albergaba y luego, al ser derribada, pasaron a inmuebles comunales en las calles de la Boquería, Ripoll y Capellans. Los ciegos solían formar orquestinas que se trasladaban de barrio en barrio para mostrar sus habilidades. Los había rapsodas. Algunos gozaron de gran reputación como Cayetano Parera que en 1784 tocó para la Duquesa de Alba en la visita que esta hizo a Barcelona. En el último tercio del siglo XVIII las crónicas hablan de una conspiración de mendigos que hicieron desaparecer de la circulación las monedas pequeñas de 1 y 2 céntimos. Esto ocurrió  en la Ciudad Condal y en pueblos del Principado de Cataluña. También hubo cofradías de jorobados y tullidos de las que a finales del siglo XIX todavía quedaban huellas. Algunos se colocaban en la puerta de las iglesias para que los feligreses pasaran los billetes de lotería por sus jorobas. Los cojos se ofrecían para realizar penitencias por delegación... desde la Colegiata de Santa Ana recorrían el foso de la muralla y volvían al punto de partida musitando oraciones.

Estos datos no hay que tomarlos a la ligera. Muestran que la sociedad española intentó integrar en la sociedad a aquellos minusválidos que, esa misma sociedad rechazaba. Existen huellas abundantes que permiten pensar que la sociedad de nuestro país  -como por lo demás, todo Occidente- consideraba las minusvalías y deformaciones físicas como reflejos de un trastorno del alma. La máxima "mens sana in corpore sano" se había adaptado, con el paso de los siglos, a esta percepción. Otros, frenólogos y fisiognomos, todavía sostienen que "el rostro es el reflejo del alma".

Se estableció una relación directa en la que el cuerpo físico, era una materia modelable cuyo artífice era un estrato más profundo de la personalidad, el alma y el espíritu. Si éste era deforme y torturado, el cuerpo debía de salir a su imagen y semejanza. Como eco de esta tradición, el Opus Dei en nuestros días mira con malos ojos a aquellos que no alcanzan cierto patrón de belleza. Los feos, en efecto, tienen poco que hacen en las filas de Escibá de Balaguer, al que Dios haya perdonado. La Iglesia Católica ha mantenido viva hasta hace poco creencias de este tipo. Los principales reproches que tuvo el inquisidor Torquemada en su tiempo aludían a sus deformidades físicas (era cojo y jorobado) antes que a su afición por la quema de herejes. El horror por las deformidades físicas llegaba a extremos insospechados. Robert Ambelain cuenta que la Santa Congregación de los Ritos intervino para permitir decir misa a unos jesuitas a quienes los indios iroqueses les habían arrancado las uñas. Sabido es que Orígenes de Alejandría, uno de los padres de la iglesia, fue desposeído del episcopado por haberse castrado siguiendo la palabra evangélica que animaba a convertirse en eunucos...

En las antípodas de la Iglesia se repetía el mismo tabú. La masonería, durante siglos no admitió a quienes sufrían ciertas anormalidades. Era lo que llamaban "el ostracismo de la letra B". Solamente la lengua francesa permite entender a que se refiere esta tradicion masónica, hoy erradicada en la mayoría de obediencias. Para la masonería originaria existían siete categorías de "indeseables" a los que se les impedía el acceso a las logias. Se trataba de tartamudos (bègue en francés), bastardos, tuertos (borgne), bizcos, cojos (boiteux), jorobados (bossu) y bribones, las "siete letras B". Los masones de la época no se planteaban el acceso de homosexuales, ciegos, lisiados sin piernas, iletrados y retrasados mentales. Se daba simplemente por supuesto que, marginados por la sociedad, ni eran libres, ni de "buenas costumbres", tal como exigían los landmarks masónicos. En cualquier caso esta tradición masónica, refleja una concepción generalizada en las sociedades occidentales que nos limitamos simplemente a constatar a efectos de introducción.

Tal concepción difícilmente podía ser aceptada por los desgraciados que se agruparon en las sociedades de autodefensa que ya hemos mencionado. La marginación seguía y las humillaciones continuas se sucedían a la miseria material. No fue de extrañar que esta legión de humillados y ofendidos franqueara la frontera de la legalidad justo en el momento en que España vivía una transmutación histórica.
Granada había caído, los Reyes Católicos impusieron un poder centralizador basado en el ideas religioso. Todavía no se manifestaba la vocación imperial, pero sí una extendida corrupción en los organismos judiciales y policiales. Todo eso debió coagularse en una peligrosa asociación secreta que se mantuvo durante algo más de tres siglos y que precedió en el tiempo, prefigurando sus estructuras, a la mafia.

Durante el reinado de los Reyes Católicos, algunos corchetes y jueces empezaron a admitir sobornos de delincuentes. Aprendieron pronto a abusar de su autoridad. Vieron en la represión contra judíos y moriscos una ocasión de enriquecerse. Algunos corchetes falsificaban órdenes de detención, otros procedían al arresto y requisa de los bienes de judíos y moriscos. Los abusos proliferaron entre 1492 (expulsión de los judíos) y 1609 (expulsión de los moriscos). El Estado no existía aún, consolidado, tal como lo entendemos en nuestros días. El feudalismo había caído y los nobles locales, los únicos que podían haber atajado estos abusos, estaban contra las cuerdas por una legislación que rebajaba sus privilegios y atribuciones. Como en todo período de asentamiento de una nueva forma de Estado, se produjeron conflictos y vacío de poder. Corchetes, leguleyos y jefes de bandidos supieron aprovecharse.

Hacia finales del siglo XV la Garduña estableció su sede en Sevilla y unas décadas después, a la vista de lo boyante de los negocios, trece hombres elegidos entre corchetes corruptos y bandidos de fama, se reunieron en la capital andaluza para deisgnar por votación puestos de mando y establecer una jerarquía en la sociedad. Dictaron también un código de contraseñas para anunciar riesgos y transmitir mensajes aun estando presos.

La asamblea estableció tres grados, cada uno de ellos divididos en especialidades. El grado inferior, por ejemplo, estaba compuesto por chivatos, coberteras y soplones. Los chivatos espiaban simplemente a personas, las coberteras, mujeres de mala vida, servían en casas nobles y los fuelles o soplones eran espías de avanzada edad y aspecto honorable. Este primer grado no tenía otra finalidad que la de espiar y dar informaciones que otros grados superiores aprovecharían con finalidades delictivas. El segundo grado, podría decirse que era el de los ejecutores. Compuesto por floreadores, punteadores y guapos, los primeros eran asesinos a suelto; sabían que si fallaban un golpe la Garduña los eliminaría. Los punteadores eran asesinos especialistas  los guapos, duelistas y espadachines mercenarios. El tercer grado, finalmente, era el de dirección. La jerarquía máxima de la sociedad estaba presidida por un Gran Maestre o Hermano Mayor; los capataces eran los responsables locales y los ancianos tenían como misión recordar a los afiliados el reglamento y cuidarse de la administración.

La Garduña, hacia finales del siglo XVI había abierto sucursales en Sevilla, Madrid, Toledo y Valencia. En otras ciudades tenía colaboradores. Muchos de ellos eran itinerantes, pasaban de provincia en provincia alertando sobre tal o cual golpe. Hasta principios del siglo XIX sobornaron e integraron en su organigrama a funcionarios procedentes de todos los estamentos, gobernadores, jueces, alcaldes e incluso prohombres de los gremios.

Sus delitos eran los más audaces de la época: raptos, violaciones, secuestro de niños, petición de rescate, desvalijamiento de diligencias, cortijos, falsificación de moneda y asesinato por encargo.

Como toda sociedad secreta que quiera seguir siéndolo, La Garduña no tuvo documentos escritos en los primeros siglos de existencia. La falta de datos objetivos es lo que ha permitido a algunos historiadores sostener que La Garduña es una fabulación urdida por mentes imaginativas. Por nuestra parte pensamos que se trata de una tradición sobre la que existen demasiados datos y muy concretos como para pensar que fue solo una patraña.

En otras latitudes se han visto sociedades secretas de bandidos que, durante siglos persistieron en la sombra, sin que apenas se filtraran noticias de su existencia. Las tríadas chinas son difícilmente penetrales y se sabe algo de ellas gracias a que muchos de sus lideres locales entraron en el Partido Comunista Chino en los años 20. Los movimientos de resistencia antibritánica en la India fueron asumidos por sectarios de Shiva, organizados y, frecuentemente, revistieron los rasgos de sociedades secretas de asesinos y bandoleros. No es extraño, pues, que fenómenos análogos se hayan producido en España.
 
En agosto de 1822, en pleno trienio liberal, se descubrieron los cadáveres de una muchacha secuestrada días antes, María de Guzmán, y los de sus tres asesinos y violadores. El dueño de la casa, un personaje influyente en la Sevilla decimonónica, confesó y delató a otros. Al parecer los tres secuestradores violaron y asesinaron a la joven sin autorización de su jefe, que les asesinó a su vez al enterarse que habían desobedecido sus órdenes. En la misma casa donde apareció el cuerpo de María de Guzmán se halló un texto manuscrito que era la crónica de La Garduña. Los estatutos que jamás habían sido transcritos, las cuentas de la sociedad que nunca se llevaron a pergamino, y las actas de las tropelías sin contabilizar, ampararon el secreto durante siglos; el error de los garduños ochocentistas fue pretender redactar una crónica "heroica" de su sociedad.

Sus jefes fueron ajusticiados en la Plaza Mayor de Sevilla en noviembre de 1822. Se sabe que los mayores centros operativos se encontraban en Sevilla, Toledo, Madrid, Valencia, Jaén, Málaga y Córdoba. Jamás se sabrá el número total de afiliados, pero las crónicas de la época remontan hasta 26.000 entre hombres, mujeres y niños, a todas luces desmesurado. En 1825 decayó del todo.

La leyenda y la realidad de La Garduña persistió durante todo el siglo XIX. En 1857, el Ministro de la Gobernación de la época, atacado por el Sr. Cánovas, declaró que los bandidods andaluces formaban "una vasta y formidable asociación que era preciso extirpar con energía. A mediados del siglo, delincuentes portugueses, juramentados, robaban en Iglesias castellanas. Zaragoza albergaba una sociedad de jugadores de azar; el tahur que perdía todo su caudal recibía una pensión del resto de cofrades hasta que se recuperaba, curioso sistema que prefigura ciertos aspectos de la Seguridad Social. El 24 de octubre de 1865 el diario "El Universal" hablaba de una asociación de secuestradores que contaba con un Comité Directivo formado por personas de posición y rango. Se decía que el jefe de la tenebrosa asociación era un presbítero... Tales son las noticias significativas que hemos querido destacar entre un material muy rico que está al alcance de quien quiera releer las amarillentas páginas de la prensa del siglo XIX.

En todos estos movimientos fuera de al ley encontramos una serie de características suficientemente significativas de la temática que estamos tratando. De un lado, los gremios y cofradías de mendigos entran dentro del cuadro de la sociedad estamental, fuertemente jerarquizada y estructurada en su interior. Era un intento de insertar en la sociedad y "normalizar", lo que se consideraba una anormalidad, no tanto del cuerpo, recuérdese, como del espíritu. Como cualquier otro gremio artesanal, los mendigos tenían sus reglas, jerarquías, lenguaje secreto y ritos de admisión. Hasta aquí todo es normalidad dentro de una sociedad trifuncional que, tal como Georges Dumezil ha demostrado, es la que corresponde a los indo-europeos.

Pero luego algo se complica en el período de los Reyes Católicos. Algunos sectores de las cofradías de mendigos, los humillaos y ofendidos, tienen ansias de revancha social. Carecen de fuerza para organizar revueltas o revoluciones, por lo demás su proyecto no va tan lejos, sino simplemente pretenden sobrevivir. En ese momento, algo está cambiando en la sociedad; los valores feudales se han derrumbado pero no han sido sustituidos temporalmente por nada de profundo, auténtico, ninguna idea-fuerza ha conseguido arraigar suficientemente. España aun no vive una vocación imperial. Es un tiempo de anomia para algunos, especialmente comerciantes, mercaderes y funcionarios sin escrúpulos. Son ellos quienes dirigirán La Garduña, sirviéndose de escalones inferiores reclutados en ambientes mercenarios (también el ejército ha cambiado y el guerrero se ha transformado en "soldado", etimológicamente aquel que lucha por la "soldada", el sueldo) y mendigos. Estos últimos no tienen nada que perder. Marginados y erradicados por una sociedad en la que aun imperan, aunque a título residual, valores de nobleza y lealtad, constituirán una asociación de rasgos luciferinos.

Soterrada durante el mejor período imperial con Carlos de Europa y Felipe II, la crisis que siguió y el repliegue ulterior generarán una eclosión de La Garduña y de otras formas de delincuencia. La delincuencia organizada solamente ha aparecido en momentos de crisis del Estado, y no solo de crisis estructural, sino cuando aparece crisis en la idea de Estado. Hoy vivimos uno de esos momentos como, en cierta forma, la sociedad recién salida del Medievo vivió una crisis de valores a finales del siglo XV.

Es preciso desvincular este tipo de delincuencia el bandolerismo histórico del siglo XVIII y XIX cuyas raíces son muy diferentes. La palabra "bandolero" es suficientemente significativa de cual era la extracción de sus gentes. Bandolero deriva de "bando" (facción que toma partido por una causa u otra); bandera es la enseña de un bando y bandería el lugar de reclutamiento. Bandido es, si bien en sentido despectivo, el que actúa bajo una bandera, pertenece a un bando o bandería. Y se trata de términos esencialmente políticos.

Las luchas entre nyerros y cadells en Cataluña, genera, acto seguido, movimientos de "bandidos" como consecuencia directa. Las partidas de la guerra de la independencia no siempre se desmovilizaron tras la retirada del francés y los movimientos liberales y carlistas actuaron como verdaderos bandidos (en realidad lo eran en tanto que bandos sostenedores de distintas causas). Ante estos grupos no estamos ya en presencia de organizaciones tradicionales de carácter neo-gremial como en las Cofradías de Mendigos o en la "Corte de los Milagros", tampoco estamos en presencia de una oligarquía sin escrúpulos que manipula a mendigos y pequeños delincuentes, como en el caso de La Garduña, estamos en presencia de combatientes políticos a los que solo la adversidad y el afán de supervivencia, así como la lealtad a sus ideales, han arrojado a la marginalidad.

En algunas partidas de bandidos del XVIII y XIX encontramos verdaderos jefes con carisma y valor suficientes como para ser respetados, no solo por sus hombres, sino por sus propios enemigos; partidas en que solamente procuraban robar al poderoso, no para distribuirlo, sino para sobrevivir en una sociedad hecha por los poderosos y para su beneficio; gentes, en muchos casos, nobles, verdaderos hombres de armas, que tenían, en la clandestinidad e ilegalidad, vivos y activos los principios de honor y lealtad, sacrificio y camaradería, y cuya fama transpasó las órdenes de captura de la Santa Hermandad, arraigando en la mitología popular como seres de virtudes excepcionales; en algunos de ellos -especialmente en los jefes de algunas partidas carlistas y entre bandoleros catalanes surgidos de las luchas entre nyerros y cadells- se percibe incluso un espíritu aristocrático y heroico del que están desprovistos sus adversarios. Todo eso desaparecerá en las décadas siguientes. Cuando la marginación deja de ser causada por motivos políticos (identidad con un ideal), religiosos (defensa de la propia confesión), pasa a serlo solo por motivos sociales primero (reivindicación del propio derecho a una vida digna) y luego por motivos meramente economicistas y hedonistas (el deseo, no de vivir una vida digna, sino de vivir de espaldas al heroísmo cotidiano del trabajo bien hecho, sin gloria, fama, ni prebendas), sin medida ni autocontrol y con características literalmente luciferinas. Hoy hemos alcanzado ese último estadio, presente ya en nuestra historia desde principios del XVI.

Pero España tuvo como enemigo declarado a otro fenómeno al que debe buena parte de su ruina económica: la piratería. Aquí la componente luciferina, es todavía más acusada y se sitúa en primer plano con sorprendentes derivaciones.

Si alguien pensara que la piratería estaba formada solamente por románticos bandoleros de los mares, sea anatema. Si alguién pensara que la piratería era un fenómeno exclusivamente social, sea anatema. Si alguien pensara que la piratería carece de causas y objetivos más allá de los estrictamente delincuenciales o de rapiña, sea anatema...

La piratería contra España que estranguló el comercio con ultramar y obligó a redoblar esfuerzos en la protección de los barcos de mercancías, que generó convoyes protegidos que cruzaron el Atlántico, atentó no solamente contra la idea y la estructura imperial española, sino que luego viró contra quienes hasta ese momento habían sido sus patronos e inspiradores, el Almirantazgo inglés. La piratería pasó a ser uno de los elementos más importantes que contribuyeron a la emancipación de las colonias y a la creación de los Estados Unidos, nación líder de nuestros días y faro del actual momento de desintegración.

Un somero examen de la piratería contra España demuestra fehacientemente que existieron "fuerzas ocultas" y causas metafísicas que hicieron discurrir a la piratería por unos canales anti-imperiales, siempre identificados con utopías y comportamientos luciferinos.

Los elementos que componen el "estilo pirata" tienen un origen que casi siempre se desconoce. En los siglos XVII, XVIII y hasta bien entrado el XIX, existieron "ideales piratas" dignos de tal nombre e incluso proyectos utópicos llevados a la práctica. 

El negro de su bandera con la calavera y las dos tibias son un emblema suficientemente significativo que nos dice mucho acerca de su inspiración. El símbolo del color negro relacionado con la muerte queda reforzado por la calavera y las tibias cruzadas. El nombre que los piratas daban a su pabellón es "Jolly Rogers", sin que nadie haya sabido explicar el por qué. "Jolly", en cualquier caso, es la transcripción fonética de "Holly", sagrado; en cuanto a "Rogers" es posible que se trate de uno de los millares de extremistas religiosos que entre 1640 y 1650, huyeron de Inglaterra y se refugiaron en El Caribe, particularmente ubicados en Barbados y Jamaica. Arruinados, aislados y exiliados de la metrópoli por sus ideales igualitarios y revolucionario, debieron de sobrevivir grancias a la piratería. Daniel Defoe en su libro "La vida de los Piratas más ilustres", escrito con el seudónimo de Capitán Jhonson, había sido puesto en la picota por sus ideas extremistas en materia socio-religioso. Gracias a él ha podido reconstruirse la "pista caribeña".

Así pueden entenderse muchos de los motivos piratas y, en particular su forma de organización, absoluta y sorprendentemente democrática. El capitán pirata era elegido en asamblea general. Podía ser revocado por cobardía o crueldad; se alimentaba del mismo rancho que sus hombres y todos tenían derecho a sentarse en su mesa. Antes de zarpar el capitán y la tripulación debían firmar un "contrato de caza" que definía las reglas, reparto del botín y distribución de la autoridad. Un "cabo de marineros" asumía la representación y defensa de la tripulación. A él y al capitán le correspondían una parte y media del botín, al resto de la tripulación una parte. Si el capitán fallecía, caía preso o daba muestras de incapacidad, lo sustituía un Consejo emanado de la asamblea general.

Una parte del botín iba destinado a engrosar el fondo común. Al contramaestre le correspondía la administración de ese dinero que se destinaba a auxiliar a heridos, mutilados y jubilados. Los piratas recibían ayuda por la pérdida de un dedo, el brazo, piernas u ojos. El ojo era lo que más se tasaba.

Nadie era embarcado contra su voluntad. Sin embargo, si aceptaba subir a bordo la disciplina era férrea y quienes no consentían ser sometidos a la ley común aprobada por todos, eran abandonados en islas desiertas o simplemente lanzados por la borda.

Los disidentes religiosos ingleses del siglo XVII -no hay que olvidarlo- se encuentran en el punto de partida de dos fenómenos de capital importancia: el debilitamiento del Imperio Español y la formación de los Estados Unidos. Ya hemos referida que la piratería estranguló el comercio entre España y las colonias, pero también fue determinante para que las colonias de Nueva Inglaterra salvaran las prohibiciones de la Metrópoli y recibieran aprovisionamiento de productos a bajo precio llegados en buques piratas. En ese momento -cuando el Imperio Español está muy debilitado- los piratas se declaran enemigos jurados de la Corona Inglesa. Barbanegra, Henry Morgan, Stiff Bonnet, Edward Teach, John Rackman, no ahorrarán crueldad y violencia. Barbanegra, cuyos ataques de furia homicida eran bien conocidos, encendía mechas en su barba para aterrorizan al enemigo. En cierta ocasión cortó los labios a un prisionero y se los comió; en otra cortó las orejas a un oficial inglés y obligando a comérselas con sal.

Cuando Inglaterra insistió en mantener el monopolio del comercio con sus colonias, abrió el camino para que Boston, Rod Island, Nueva York, etc. fueran aprovisionadas por piratas, establecidos en Nassau y New Providence, a pocas millas de las costas norteamericanas. Poco a poco, los piratas trabaron amistad con gobernadores y oficialidad, sus precios eran los más baratos, sus mercancías las mejores. Por lo demás, muchos de ellos habían compartido militancia en los grupos puritanos extremistas del siglo XVII, que se exiliaron hacia el Nuevo Mundo. De los descendientes del "May Flower", organizados luego en logias masónicas, partió la revolución y la independencia americana.
Pero había otro elemento común que la piratería compartía con la naciente "ideología americana": el concepto de igualdad a ultranza. Ya hemos visto que las constituciones y reglas piratas eran de un democratismo absoluto. Allí donde ondeaba el "Jolly Rogers" reinaba la igualdad. Los piratas intentaron en El Caribe crear un Nuevo Mundo, armados con la convicción de defender una causa justa: la causa de los extremistas religiosos ingleses del XVII.

Su persecución y expulsión del Viejo Mundo supusieron para ellos una sacudida. A sus temas religiosos añadieron un calado político-social. Querían venganza contra una sociedad que no los admitía en su interior. "Revenge" (venganza) fue el nombre de muchos de los buques piratas (así se llamaba el de Barbanegra y también el de Steef Bonnet) y su grito de guerra.

La piratería fue un fenómeno de revancha social, sangriento, irracional y luciferino. El pirata Bellamy tenía muy presente una concepción de la piratería como surgida de la lucha de clases; insultaba a unos prisioneros: "Marionetas rampantes que aceptais ser gobernados por leyes dictadas por los ricos". Y luego añadía: "Esos crápulas nos condenan, cuando solo nos diferencia que ellos roban a los pobres amparados en sus leyes y nosotros saqueamos a los ricos amparados en nuestra valentía".

En décadas posteriores, incluso hasta bien entrado el siglo XIX, esta conjunción entre extremismo religioso surgido de un proyecto religioso fracasado, que conlleva persecuciones y marginalidad, seguirá siendo una constante. A principios del siglo XVIII, François Mission, oriundo de Provenza, se lanzo a la mar. Un biógrafo dice de él que "su filosofía social, aunque cruda y extraña, era democrática y la pasión más profunda en su vida era el amor por el hombre". Se hizo pirata. En Italia buscó alivio en el confesionario y alli conoció a Piero Caraccioli, un extremista religioso que estaba, en esos momentos, en plena efervescencia intelectual. Caraccioli, examinando el mundo de su tiempo, sostenía que la "Creación" había fracasado y había que repensar de nuevo el mundo. Caraccioli quería "rehacer la Creación", en otra manifestación de la vocación titánica que ya hemos denunciado en la piratería. Caraccioli colgó los hábitos definitivamente y se embarcó con Mission; después de un combate con un barco holandés, los dos socios se hicieron con el control de su buque, el "Victoire". Caraccioli se dirigó a la tropa: "... habéis hablado, a menudo, ocasiosamente, de no querer estar sujetos a ningún rey, sino ser ciudadanos libres en un mundo mejor, en el ual la libertad y la igualdad de derechos prevalecieran. Habeís deseado una República ideal. Ahora está aquí". El barco fue rebautizado "La República del Mar".

Caraccioli y Mission prohibieron la bebida y la blasfemia a bordo. La ley de oro era la igualdad y la libertad. Capturó a esclavos negros y los hizo ciudadanos de su República anfibia. En las islas Comores construyeron su república pirata, Libertaria. Su primera proclama fue: "Nos dedicaremos a esparcir la libertad y el amor a la libertad, la tolerancia y el amor a la humanidad de cualquier fe y de cualquier color". Se dotaron de imprenta y se enseñó un nuevo idioma. Al principio estableció la castidad, pero luego permitió la poligamia; raptaron 100 mujeres que se dirigían en un barco hacia La Meca. Dirigida por Caraccioli (italiano), Mission (francés) y Thomas Tew (norteamericano), la comunidad cosmopolita prosiguió durante unos años, hasta que los indígenas la asaltaron e incendiaron. Pocas semanas después Mission se hundió con su barco.

A estas alturas están claras las relaciones entre los principios de libertad e igualdad y los ideales piratas. Lo que los piratas caribeños no consiguieron -establecer una república libertaria- se plasmó en la Constitución Americana y en la Declaración de Independencia. El espíritu era el mismo: la "Luz del Sur", finalmente, terminaba imponiendo su fuerza y marcando fatalmente el final de nuestro ciclo.

Los ideales piratas, por su extremismo y estilo violento, sanguinario y cruel, no pudieron captar más allá de los primeros filibusteros, los disidentes religiosos exiliados y las tripulaciones de navíos capturados que habían sido embarcados contra su voluntad. Estos místicos perseguidos, soñadores de una nueva edad de oro, prefiguran los movimientos anarquistas y comunistas del siglo XIX y su fracaso es, así mismo, el de estos ideales.

No es sin duda por casualidad que Jean Laffite, último "rey de Galvestone", pirata de pro, financió la primera edición del Manifiesto del Partido Comunista.

El espíritu del Imperio Español entraba en flagrante contradicción con la "ideología" pirata. El Imperio, cualquier idea Imperial, es, por definición un concepto vertical y jerarquizado, organizado en torno a un ideal encarnado en un personaje -la figura del Emperador- a la que se atribuyen rasgos no humanos, superiores. En torno a esta idea y a su coagulación, se ordena el todo. La autonomía de cada parte es posible en función de su identificación con el todo. La idea imperial, por tanto, es lo opuesto a la promiscuidad democrática e igualitaria. Está claro donde se encuentra la piratería y donde el Imperio. No es raro que surgiera entre ambos una lucha a muerte con el beneplácito y la satisfacción del Almirantazgo inglés. Pero tras ser desarticulado el comercio con ultramar, la piratería volvió su vista hacia las colonias de Nueva Inglaterra. Fue entonces cuando, amamantados por el contrabando procedente del desvalijamiento de navíos, la piratería facilitó, más que ninguna otra institución, salvo la masonería, la emancipación de las colonias inglesas y un giro en la historia. Cayó primero el Imperio de los Hidalgos, luego el de los Comerciantes ingleses, finalmente nació un imperialismo. El último capítulo del ciclo moderno es, en definitiva, el momento álgido de la ideología americana.
 
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Alí-Bey: aventurero y descendiente del profeta

Infokrisis.- El siglo XIX es un siglo turbulento y extraño donde lo peor se junta con lo infame. Hay muy poca luz en el XIX y en la que hay priva lo que hasta aquí hemos definido como espíritu sudista. Con todo, durante el siglo surgieron individualidades notables, hijas del caos en muchos casos y de una búsqueda cuyo Norte se había perdido, autodidactas que jamás distinguieron lo importante de lo accesorio. Hijos todos de la confusión.  El siglo XIX registra una caída de nivel en todos los sentidos. Las logias masónicas se convierten en compañías gestoras de intereses y solo unas pocas individualidades dan que hablar en medio de un contexto general de oportunismo y olvido de los orígenes. La magia y la espiritualidad sufren una lenta transformación hacia el ocultismo; esto es, un proceso de decadencia. Lo esotérico se convierte en sinónimo de lo clandestino y conspirativo. Carbonarios, comuneros y masones, compiten por la misma clientela y un proyecto político común cuyos reales se asentaron sobre el liberalismo de allende fronteras. Los “napoleónidas” entraron por el Norte, pero el mismo espíritu, liberal y burgués, apareció en Cádiz. Los intelectuales que optaban por uno u otro bando, compartían los mismos ideales, solo que para unos, los franceses eran ángeles y para otros demonios. Malasaña y sus vecinos, el timbaler del Bruch, Castaños, los defensores de Zaragoza y Gerona, los menestrales ejecutados en Barcelona, ni uno solo sabía algo del liberalismo y sus “inmortales principios”. Lo suyo fue una reacción de autodefensa que luego otros intentaron –y lograron- capitalizar. En la “guerra del francés” se luchó contra una agresión extranjera y no por una causa sociopolítica. Tuvo algo de guerra civil. Por primera vez no existieron en España, no una sino dos “Luces del Sur”: la de Cádiz y la de los Afrancesados.

    Nuestra pesquisa por el XIX se inicia con un hombre que llegó a la madurez recién iniciado el siglo. Su vida es propia de un aventurero. Su estilo el de un condottiero. Tras el personaje lo que aflora es el genio de la raza y el drama quienes debieron elegir entre patriotismo y pragmatismo. Uno de ellos fue “Ali Bey”. Reconstruir la biografía de Domingo Badía Leblich, más conocido por "Ali Bey", es una tarea casi imposible. Si bien existen de él varias biografías, todas ellas son incompletas, y eluden aquellos aspectos que a nosotros más nos interesan; unas repiten lo ya dicho en otras que, en el fondo, no es sino la transcripción literal de lo que él mismo quiso comunicarnos sobre sus viajes y aventuras, a través de su libro, un auténtico best-seller de la época. Pero Ali Bey calló mucho. Y eso es lo que precisamente nos interesa.

    Por otra parte, quien desee reconstruir la biografía de Domingo Badía deberá ir con sumo cuidado. Pocas figuras como esta han sufrido una tergiversación por parte de historiadores demasiado celosos por defender al personaje. El nacionalismo hace siempre un flaco servicio a la historia y cuando se mezclan pretensiones nacionalistas no cabe duda que aquellos aspectos que un personaje pueda tener contrarios a esta ideología son menospreciados o simplemente se prescinde de ellos por importantes que pudieran ser. Esto ocurrió con Domingo Badía que, periódicamente, es objeto de intentos de recuperación por el nacionalismo catalán.

    Finalmente queda una última advertencia. Nuestro aventurero y explorador tiene, como el Jano bifronte, dos aspectos completamente distintos: Domingo Badía es uno de ellos, Ali Bey el Abassy, otro. Si el hombre nacido en Barcelona pudo aparentar ser un descendiente del profeta, fue porque, efectivamente, una parte de él, pensaba en términos de cultura islámica. Ali Bey llevó su papel mucho más allá de lo que le exigía la importancia de la misión encargada por Godoy. Predicó el Islám en tierras musulmanas sin que nadie se lo pidiera. Cuando el cirujano le circuncidó en Londres, una parte de él murió también. Pero cuando murió a pocas jornadas de Damasco, la cruz que llevaba colgada al pecho era el último recuerdo de la personalidad de Domingo Badía.

Quizás sea este el personaje más misterioso de cuantos se traten en este libro, y, desde luego, aquel cuya vida, aun hoy ha dejado más incógnitas en suspenso.

LOS PRIMEROS AÑOS: EL NIÑO PRODIGIO Y SUS VALONES

Es fácil suponer que Domingo Badía fue un inadaptado en su infancia y que esta característica cinceló drásticamente su carácter. Nacido en Barcelona en 1767 se le bautizó en la Catedral. Nunca pisó un aula universitaria pero su cultura era muy superior a la media, y no solo en lengua árabe y cultura islámica, sino que también estudio por su cuenta astronomía y física, historia natural, matemáticas y filosofía. Trabó amistad con Simón de Rojas Clemente otro orientalista apasionado. A los 14 años ya ocupaba un puesto de funcionario en Granada y poco después aparece como Contador de Guerra con honores de comisario, pero resultaba evidente que un espíritu tan cultivado no iba a resignarse a pasar los mejores años de su vida trás una escribanía. Carlos IV le nombró luego administrador de tabacos de Córdoba. Contaba entonces nuestro hombre 26 años y seguía acumulando saber y erudición.
No está clara cual era su psicología. Debía ser, en cualquier caso, muy compleja. Ya desde los 14 años desempeñó funciones muy superiores a lo que sería de esperar en un adolescente de su edad. Nunca explicó de donde procedía su identificación con el mundo islámico. ¿Es posible que en algún momento se creyera reencarnación de algún descendiente del profeta? Lo ignoramos; pero sí estamos seguros que el ambiente provinciano de los destinos que le iba concediendo la Corona debían fastidiarle profundamenta a un joven de sus aspiraciones y con sus conocimientos.

El análisis del personaje nos dice que sufría una extraña ezquizofrenia: de un lado era un erudito occidental, Domingo Badía, de otro un príncipe abassida, Ali Bey y tal dualidad va mucho más lejos de lo que podría esperarse de un hombre investido de las misiones oficiales que le correspondieron. Son dos papeles que asume como propios como veremos más adelante.
En 1791 se casa con Maria Berruezo, su entrañable "Mariquita" de la que no se separará salvo en sus aventuras y viajes.  Inducirá a su suegro a participar en una aventura económica fracasada cuando se apasionó por los "balones aerostáticos". Se le verá en 1799 en la c/Puebla, 33 de Madrid y al año siguiente, corto de caudales, en Leganitos, 3. Su cerebro de aventurero ya no puede más. Y entonces va a ver al "Príncipe de la Paz".

El 7 de abril de 1801, presenta a Godoy un proyecto en el que ha trabajado con Clemente, durante varios años. Es la memoria de una expedición científico-geográfica que debería recorrer la mayor parte de Africa. El Príncipe de la Paz se sintió a traído por el proyecto. No se trataba de un valido tan caprichoso -al menos no era solamente eso- como hoy le solemos considerar, sino un hombre de cierta perspicacia política, frecuentemente muy intuitivo. En esta ocasión acertó al preveer que el imperio español en América terminaría por derrumbarse y urgía buscar territorios nuevos y más próximos sobre los que extender el dominio español. Africa quedaba, en orden de proximidad, en primer lugar. Así que Godoy, cuando examinó detenidamente el proyecto de Badía, se limitó a reconducirlo en interés del Estado.

A todo esto Badía y Clemente se habían ido a París y a Londres, a recabar informaciones de todo tipo y adquirir instrumentos científicos de reciente invención. No se sabe exactamente ni a quienes visitaron ni que otra cosa hicieron. Era difícil en la época, tanto en una como en otra capital, hablar de ciencia de vanguardia y no recibir, antes o después la propuesta de "entrar en logia". Es muy probable que fuera en el curso de estos viajes cuando Badía fue iniciado como franc-masón. Esto explicaría buena parte de sus amistades y los recursos que inmediatamente obtenía de lugares y países en donde nunca antes había estado y que los historiadores suelen atribuir a su "encanto personal" que, efectivamente, existía pero que no basta para explicar como logró escalar, sin título alguno, ni fortuna, las más altas cancillerías europeas, cuando era un simple funcionario. A este respecto hemos de decir que, desde el principio sospechamos que lo esencial del proyecto de Badía -que desarrolla en cinco partes- era realizar un viaje por Africa: entrar por el Estrecho, ganar el Atlas y bajar por el Sahara hasta el Golfo de Guinea; de ahí ganar el Nilo, remontarlo hasta el Cairo y luego, orillando el Mediterráneo cruzar el desierto líbico hasta el Estrecho. En total 3250 leguas. Argumentaba con razón Badía que los diferentes jalones de esta ruta eran recorridos habitualmente por caravanas y si ningún europeo había conseguido completarlas era por su vestimenta y aspecto que estimulaba a los saqueadores y bandoleros. Había, pues, que disfrazarse de musulmán y hacer el recorrido como uno de ellos.

Un proyecto de esta naturaleza suscitó el encono de los medios científicos; su autor no esgrimía título alguno y la ligereza de  disfrazarse no se escapaba a los académicos bienpensantes de la época. Godoy, estaba  muy alejado de estas sutilezas: le importaba solo el bien del Estado y autorizó a Badía y su socio, Clemente, a realizar el "viaje preliminar" explicitado en el proyecto. Fue así como llegaron a Londres. Una mañana, mientras Clemente recogía hierbas, Badía fue circuncidado. Algún autor malintencionado ha dicho que en la mente de Badía estaba ya la idea de engañar a su mujer y era necesario, para ello, si quería ser tomado como árabe, proceder a la dolorosa operación... argumento que señalamos mas a título anecdótico que por su rigor.

De regreso, Godoy lo llamó a despacho. El proyecto seguia adelante, solo que con una orientación diferente. Lo político se impondría sobre lo científico. Marruecos atravesaba una delicada situación y había que ver de qué forma España podía aprovecharse. Para eso enviaba a Badía a la zona. Su misión era contactar con el Sultán de Marruecos, ponerse en contacto con los rebeldes y estimularles para que atacaran. España entonces intervendría para ofrecer su protección al Sultán.

DONDE NACE ALI BEY EL ABASSY

Badía y Clemente abandonaron Madrid luciendo lujosos atuendos árabes. Ignoraba Clemente que Godoy había prohibido que acompañara a Badía; aquel era un científico, en absoluto el aventurero que se requería para la operación. Badía se lo quitó de encima adelantando el viaje a Marruecos; atavesó el estrecho el 25 de mayo de 1803. En la correspondencia que cruzaron ambos utilizaban sus nombres musulmanes. A efectos de la operación, Badía pasó a llamarse -y a "ser"- Alí Bey el Abassy, príncipe de los Abassidas, hijo de Othman Bey. Badía había falsificado documentos y genealogías escritas en árabe antiguo en los que se demostraba "fehacientemente" su origen y linaje santo: era descendiente del tío del Profeta y, por tanto, merecía un trato especial.

Pronto entró en contacto con el Sultán y cumplió su cometido político, fiel y eficazmente. Frecuentó, no solo las casas nobles sino también al pueblo llano. Describe sus impresiones y las escenas, en ocasiones truculentas, de las que fue testigo, con un estilo directo y apasionante. Predijo un eclipse de sol gracias a las tablas astronómicas que llevaba. El pueblo llano se manifestó temeroso ante su casa gritando "Sávanos Ali Bey". Muchos le consideraban brujo, hechicero y nigromante. Otros un santo, hasta el punto que debió trocear su chilaba y repartir los fragmentos entre la multitud.
El sultán le regaló una mujer blanca y una negra; no se atrevió a rechazarlas, pero tampoco les hizo mucho caso. Manifestó que no quería gozar con mujer hasta visitar la ciudad del Profeta, la Meca. Compartía la opinión que le dió un sabio judío: "La mujer es una perturbación para el sabio".
En cuanto a su misión, si hemos de creerse, afirma que logró azuzar la rebelión de las tribus opuestas al Sultán y crear las condiciones objetivas óptimas para una intervención española. Sin embargo, el plan de Godoy fracasó; lo único que se le había escapado al taimado estadista era el carácter timorado de su patrón, Carlos IV, que nada queríaa saber de nuevos problemas e intervenciones militares. Preocupado solo por sus cacerías eludía, como gato el agua, afrontar cualquier problema de Estado. Godoy escribió a Badía cancelando el proyecto y éste empezó a operar por su cuenta. Pidió autorización al Sultán para desplazarse a La Meca y éste lo despidió con lágrimas en los ojos.

Meses después, tras indecibles peripecias, llega al patio del templo, la Casa de Dios y besa la piedra negra de la Kahaba, traida por el Arcángel Gabriel. Dió seis vueltas en torno suyo y volvió al día siguiente a dar siete vueltas más. Conoció al jefe de los envenenadores, estremeciéndose cada vez que le ofrecía un vaso de agua. Ali Bey le regaló valiosos presentes induciéndole a qué pensara que era mejor que viviera. Tiró siete piedras contra la "Casa del Diablo" y otras siete en el paraje en donde vivió el infame Abugehel, enemigo del profeta. Antes de abandonar La Meca encontró al envenedador quien le obsequió con el último vaso de agua.
El relato del viaje prosigue por otros horizontes. Damasco, El Cairo, Constantinopla, Tierra Santa. Hoy todo esto parece fácil de realizar pero no hay que olvidar que Domingo Badía Leblich fue el primer europeo que vió y besó la piedra negra de la Kahaba. Solo por eso ya hubiera merecido pasar a la historia.

Hay un par de detalles que Alí Bey no cuenta en su libro pero de los que hay constancia en la correspondencia que mantuvo con Godoy. El primero es relativo a sus pretensiones sobre el Imperio Marroquí. Durante su andadura, albergó el sueño quimérico de asumir la corona mediante un golpe de Estado; para ello afirmaba contar con 3.000 combatientes. Se creía una especie de Hernán Cortes en territorio islámico: "O me da Muley el cetro buenamente para la organización y reforma del Imperio, o Yo me lo tomo... Creo que dije que tengo un Montezuma entre las uñas y lo repito, los Guardias de Palacio me hacen los honores"... Godoy comentaba a sus íntimos todas estas proezas que, obviamente eran meras exajeraciones. Como exajeración también era su dominio sobre la religión y la lengua árabes. En las siete primeras líneas de su introducción a "Los Viajes de Ali Bey", escritas en árabe, después de olvidar la basmala (invocación obligada en el encabezamiento de todo escrito musulmán, "En el nombre de Dios misericordioso y Clemente), comete no menos de media docena de faltas de ortografía. Todo induce a pensar que Ali Bey exajeraba; afortunadamente España no envió tropas a Marruecos para apoyar a unos rebeldes con los que Ali Bey jamás contactó.
 
En la ecuación personal de Ali Bey hay, junto a rasgos de esquizofrenía, una componente mitomaníaca. Años después, cuando se ponga al servicio de Luis XVIII, intentará elaborar unas falsas raíces galas en su genealogía. En esa misma ocasión afirmará que su gestíón en Marruecos tenía como objetivo dotar al país de una "Constitución". Hay en todo ello mucho oportunismo, todo lo cual empaña siquiera levemente la exhuverancia del personaje.

EN BUSCA DE LA ATLANTIDA

El capítulo XIX de "Los viajes de Ali Bey" lleva un título curioso "De la antigua isla Atlántida". Ali Bey creía en la existencia de restos del continente desaparecido en medio del océano y veía en la cordillera del Atlas su último apéndice. Ali Bey conoce a la perfección el relato de Platón; cree que el reino atlante llega desde la parte, hoy desaparecida bajo las aguas, fronteriza con la cordillera del Atlas, hasta Libia, Cirenaica y Egipto. Se le hace cuesta arriba creer que el continente se hundió por catástrofes naturales, piensa que el terremoto ha sido limitado y solo habría tragado a algunas islas, mientras que en otros puntos habría sucedido el fenómeno contrario, a saber, la elevación de las tierras antes ocupadas por las aguas, de tal forma que el desierto del Sahara sería el fondo del mar atlante y de ahí la abundante arena...

Alí Bey menciona "La Historia filosófica del mundo primitivo", del que ningún comentarista ha encontrado referencias; se trata en realidad de "La historia filosófica del género humano" escrito por Fabre d'Olivet publicada hacia finales del siglo XVIII. Fabre menciona a los atlantes y a Pitágoras y su libro influenció todo el ocultismo francés del siglo XIX... El conocimiento de esta obra es otra prueba de que Ali Bey estuvo familiarizado con este tipo de pensamiento.

El tema atlante no fue, naturalmente, mencionado para nada en la memoria que envió a Godoy. Sin embargo, resulta evidente, sobre todo tras la lectura de "Los viajes de Ali Bey" que la ruta inicialmente propuesta por el aventurero estaba destinada a confirmar sus tesis sobre la Atlántida. Badía pensaba que existía un mar interior en Africa que se extendería al sur del Sahara y alcanaría las Fuentes del Nilo. Las zonas subsaharianas estaban muy deficientemente exploradas en la época y la tesis de Badia era que al elevarse el fondo del océano y sacar a flote las arenas habían aislado una porción de agua en el continente, al estilo del mar Caspio.
Se trataba de una superchería y de una mala lectura de Platón, deformada por otra deficiente lectura de Fabre d'Olivet, a lo que se unían sus apreciaciones personales. Demuestran en cualquier caso que Ali Bey conocía -y hasta cierto punto quiso rectificar- el pensamiento ocultista de fines del XVIII y principios del XIX.

ARMADO CABALLERO CRUZADO

Las biografías de Badía Leblich se fijan más en la espectacularidad y colorido de sus viajes y aventuras que en algunas misiones que desempeñó. Particularmente curiosa es su plan de reforma de la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén que, paradójicamente, apenas es mencionada en sus biografías más difundidas.
Entre 1806 y 1814, distintos miembros de la Orden del Santo Sepulcro, habían constatado la difícil situación en que se encontraban los religiosos que desempeñaban tareas misionales en Tierra Santa. Los turcos les exigían cada vez tributos más pesados y existía un ambiente generalizado de menosprecio y marginación de los cristianos del lugar. Entre los patricios que denunciaron esta situación figura el Conde de Chateaubriand y el propio Ali-Bey ejerciendo, para esta ocasión, de Domingo Badía. Chateaubriand y Badía llegaron a conocerse, en su "Itinerario de París a Jerusalén", el famoso escritor francés menciona a "un rico turco, viajero y astrónomo, llamado Ali Bey el Abassy" que habría leido "Atala".
Badía se presentó en Jerusalén y el 28 de julio de 1807 llamó discretamente a la puerta del convento de los Frailes Menores; pudo entrevistarse con Fray Ramirez de Arellano, natural de Ocaña, quien le preparó una visita con el procurador de lo Orden ese día enfermo. La inoportuna llegada de la autoridad turca interrumpió la entrevista que se reanudó al día siguiente. Las indagaciones de Badía le llevaron a establecer una cuadro extremadamente realista -y dramático- de la situación de los cristianos en Tierra Santa y en particular de la Orden del Santo Sepulcro.
Su amigo el Marqués de Almenara, embajador plenipotenciario de Carlos IV en la Sublime Puerta, preparó la entrada de Ali Bey en Constantinopla, llegando a prepararle unas habitaciones "al estilo de su religión" para acallar las voces musulmanas que decían que se había "cristianizado". A los pocos días salió para Viena en donde empezó a ordenar sus apuntes sobre la cuestión de Tierra Santa. El documento, manuscrito, consta de tres partes: una valoración sobre el estado de los religiosos en Tierra Santa, medios propuestos para remediar la dramática situación y un plan concreto de remedio para los males compuesto por 31 artículos, de los cuales 22, cifra cabalística, están dedicados a la Orden del Santo Sepulcro. El 9 de agosto de 1808 terminó la memoria en Bayona. Un mes antes había sido armado Caballero Cruzado, en el nombre de San Miguel y San Jorge e investido en la Orden del Santo Sepulcro el 18 de julio.

En sus 22 artículos Badía describía como debería reconstruirse la Orden del Santo Sepulcro, descendiendo incluso a los particulares más nimios, como el uniforme y los grados de los caballeros. Un "manto roxo con cuello blanco bordado en oro al cuello" debería ser el distintivo de las Grandes Cruces y sin oro el del grado inferior. Proponía que no se tratara solo de títulos honorarios, sino que la Orden dispusiera de fuerza militar propia, presta a la intervención. Cifraba los efectivos de la orden en 1250 caballeros, de los que 420 serían españoles, 20 de ellos "grandes cruces" y 940 franceses, 40 del grado distinguido. Deberían de cotizar y financiar con su peculio la presencia cristiana en Tierra Santa.
 
El París de aquellos años parecía querer olvidar la resaca del terror jacobino y el sonido de la guillotina, con fugas románticas hacia Oriente. Fabré Palaprat, un pedicuro, había reconstruido la Orden de los Caballeros Templarios, sobre la base de unos documentos espúreos -"El Levitikon", libro de inspiración juanista, "El manuscrito de Maestre Roncellin" y la "Regla del Maestre Larmenius"-; pero, a pesar de la falacia, el experimento tuvo éxito y varios miles de caballeros hasta entonces manestrales y pequeños industriales vistieron el manto blanco con cruz roja al pecho, símbolo de la Orden Templaria. Badía y su proyecto discurrían por un camino mucho más serio; quizás por ello su gestión no tuvo eco alguno. Carlos IV, el indolente rey Borbón, se desentendió de él; Napoleón I prefería obtener cosas más concretas y políticamente rentables de Badía.
 
La Orden del Santo Sepulcro fue creada por los caballeros cruzados a modo de orden militar, del mismo estilo que los hospitalarios y templarios, pero restringida a la defensa de los Santos Lugares. El segundo monarca del Reino Latino de Jerusalén y de los Santos Lugares, Balduino I -sucesor de Godofredo de Bouillón quien, a pesar de ser nombrado rey, no quiso llevar corona en aquel lugar en el que Cristo fue coronado de espinas- en 1103 asumía el Gran Maestrazgo de la Orden, delegando en su ausencia en el Patriarca de Jerusalén. Pero en la retirada de Tierra Santa éste último murió ahogado en el puerto de San Juan de Acre, cerca de donde un marino templario que luego haría fortuna en el Mediterráneo, Roger de Flor, al frente de sus almogávares, comandaba un buque de su Orden.

El papa, a la vista del descalabro del Reino Latino decidió abstenerse de nombrar un nuevo Patriarca y el maestrazgo de la Orden del Santo Sepulcro quedó en manos del Rey de Francia. Pedro III de Aragón, al casarse con una nieta de Federico II Hofenstahufen, tomó partido por el Imperio contra la Casa de Anjou y, consiguientemente, contra el papado. Sicilia fue conquistada en pocas jornadas por las tropas catalano-aragonesas. Conradino, nieto de Federico II, Rey legítimo de Jerusalén, recibió la corona de la isla. El contraataque de la Casa de Anjou y del papado no se hizo esperar y Conradino fue ejecutado. La leyenda señala que mostró gran valor en el cadalso y despojándose de su guante lo arrojó a los presentes; uno de ellos lo guardó, exclamando: "lo recojo en nombre del Rey de Aragón". Poco después los sicilianos se sublevaron contra la tiranía de los Anjou y enviaron una delegación a Pedro III, entre ellos el poseedor del guante. La nueva expedición dió a Pedro la corona de Sicilia y la de Jerusalén, pues no en vano, Conradino al morir sin descendencia, transmitió la corona de los Santos lugares y el maestrazgo de la Orden a la hija de su hermano Manfredo, nieta de Federico II... casada, a su vez, con el Rey Pedro III de Aragón. Esta corona pasó a los Reyes Católicos y de la dinastía de los Austrias a la de los borbones...
 
 Alí-Bey no pareció dar mucha importancia a esta gestión de la que solo queda como huella el documento manuscrito que, por insondables caminos, caería en manos de Eduard Todá, igualmente aventurero y explorador, cualidades que unía a las de hijo de Reus, amigo de infancia del que sería gran arquitecto Antonio Gaudí y, finalmente, notorio franc-masón. Todá depositó el manuscrito en la biblioteca del Arcediano, situada frente a la Catedral.

A decir verdad, la gestión de Badía fue sorprendente. Lo que estaba proponiendo en sus artículos del proyecto era la defensa de los Santos Lugares y, como Federico II, llegar a un entendimiento con la autoridad musulmana. Por una parte, preconizaba la fuerza de una posición decidida, casi llamaba a una nueva cruzada, mientras que por otra, solicitaba entendimiento y negociación con los turcos.

EL REGRESO DEL AFRANCESADO. LO INCONFESABLE

El 9 de mayo de 1808 fue a ver a Carlos IV en Bayona. Una semana antes habían ocurrido los luctuosos sucesos de la insurrección popular madrileña contra las tropas napoleónicas. Ali Bey, volvía a ser Domingo Badía. Carlos IV seguía siendo el mismo de siempre, amante de la caza, apático, debil y temeroso, ansioso de evitar problemas y sobrevivir como fuera.
Badía se puso a su servicio para cualquier gestión e incluso acompañarlo al exilio. Carlos IV prefirió disuadirlo de seguir su suerte; se limitó a decirle que "España ha pasado al dominio de Francia por un tratado" y le recomendó que tan brillantes proyectos fuera a exponérselos al Emperador: "Ve de nuestra parte a Napoleón y dile de tu persona". Es de suponer el estado de ánimo de Badía. Carlos IV, no solamente había echado por tierra su misión en Marruecos, sino que además se desentía de la lealtad de sus súbditos. Con todo, a decir verdad, el afán de aventura, pesaba más que su patriotismo. Se entrevistó en París con Napoleón varias veces. El gran corso tenía una particular predilección por Africa. Es de suponer que se sentía a gusto conversando con el aventurero; de no haber sido por los múltiples problemas que debía afrontar, Napoleón lo hubiera puesto a su servicio y Badía quizás sería hoy recordado tanto como puede serlo Champolion en el vecino país. El emperador ordenó que se trajeran de Madrid los papeles de Badía y eso da la medida del interés que puso en el aventurero.

De regreso a España en octubre de 1809, Jose I, el injustamente conocido como "Pepe Botella", hermano del Emperador, lo designó Intendente General de la Provincia de Segovia. Si los historiadores nacionalistas eluden esta parte de su vida, no es porque dejara en la provincia una particular mala impresión, sino porque dice mucho de las convicciones políticas de nuestro hombre. Ciertamente, Badía se vió desbordado por las exigencias de abastecimiento de las tropas napoleónicas de ocupación y debió requisar víveres y tributos en cantidades mayores de las posibilidades de la provincia. En alguna ocasión debió recurrir a una pequeña guarnición y en otras a bandos amenazadores. Solía terminar sus cartas de respuesta a los requerimientos de las tropas de ocupación con un latiguillo que se hizo habitual: "He aquí cuando un Intendente puede hacer desde su bufete para el servicio de la Tropa".

En noviembre de 1809 los campesinos amenazaban con no sembrar, cogidos entre dos fuegos, las exigencias napoleónicas y los abusos de los guerrilleros. Badía escribió una proclama apelando a que los párracos convencieran a los campesinos de la conveniencia de sembrar, exortando "su Religión, su Filantropía y patriotismo propios". La alusión a la "filantropía" es sospechosa, una vez más, el concepto solo era utilizado por los franc-masones y pertenecía a su jerga particular.

De nada sirvió que estableciera premios para los cultivadores que más grano aportaran. La actividad de los guerrilleros crecía de todo y las proclamas del Intendente también: llamaba a los guerrilleros "partidas de bandoleros", decía de ellos que estaban "capitaneados por hombres más o menos soeces", que se ganaban la vida "robando y salteando los pueblos y los caminos". Les amenazaba con la presencia del Emperador, "Vereis las águilas del Gran Napoleón arrojarse sobre las víboras que envenenan vuestra existencia" y añadía "la suerte de España está fixada por el Héroe de Europa". Terminaba sus bandos con otra frase sospechosa: "El Rey lo manda y la Humanidad lo exige"; esta referencia a la "humanidad" decía mucho en aquel tiempo de su profesión de fé. José I honró su lealtad condecorándolo con la "Orden de España", por él creada.

Otro testimonio de su paso por Segovia es elucidador. Estuvieron con él dos catalanes, Jaime Amat y su sobrino, Torres Amat, el primero siendo Tesorero de Intendencia y Administrador de Bienes Nacionales, el cual escribe en sus memorias: "A pesar de tratarle familiarmente y de no poder ignorar que estábamos allí, jamás supimos que fuera catalán" (...) "oíamos, si, la voz popular de que era judío, que estaba circuncidado, que había sido musulmán y otras mil especies con que el pueblo se complacía en presentarle, no solo como afrancesado, sino como masón e impío"... pues bien, es posible que todas estas acusaciones tuvieran un poso de realidad.

¿JUDIO, MASON, IMPIO?

Nuestra tesis es que la personalidad de Domingo Badía hay rasgos ezquizofrénicos, quizás propios del niño prodigio que fue. Una parte de él fue musulmana y no creemos que fuera por burla o engaño, ni siquiera por exigencia del papel político que debió representar. Cuando habla sobre el Islam lo hace con tal fervor que diríase que, efectivamente, estamos ante un descendiente del profeta. En la introducción a "Los Viajes de Ali Bey" escribe: "Alabanza sea dada a Dios; a él que es altísimo, el inmenso; a él que nos enseña por el uso de la plegaria, que sirve a los hombres a salir de la ignorancia. Alabanza a Dios que nos guió a la verdadera fé del Islam, hasta Tierra Santa".

Podría haber obviado el viaje a La Meca que no era requerido por ninguna misión diplomática. Ni siquiera estaba contemplado en el proyecto original; si realmente hubiera tenido afán de investigación científica, hubiera recorrido el Africa subsahariana. Pero su decisión era ir a La Meca, donde "todo verdadero creyente debe hacer el viaje", tal como explicó al Sultán de Marruecos. Escribió al peregrinar al Monte Aarafat: "El habitante del Caucaso, presentando una mano amiga al etíope o al negro de la Guinea, el indio y el persa hermanados con el berrismo y el marroquí, el hombre llano y el de la montaña, de la choza y el del palacio... todos mirándose como hermanos. Qué espectáculo más sencillo, más tierno y majestuoso". Y llegó a predicar en la falda del monte: "Filósofos de la tierra, permitid a Ali Bey, defender su religión, como vosotros defendeis el espiritualismo o el materialismo"...

Una parte de Domingo Badía fue, efectivamente, Ali Bey y, como tal, fiel súbdito de Mahoma y devoto de Allah. Pot eso cuantos le tachaban de "impío" en Segovia, probablemente tenían algo de razón. Luego estaba la acusación de "judío". El retrato más antiguo que se conserva de él tiene ciertamente un parfil casi caricaturescamente hebreo. El apellido "Leblich", a pesar de ser belga de origen, no garantiza la ausencia de sangre judía. A decir verdad el apellido tiene resonancias israelitas, y muy concretamente de judíos llegados a Bélgida de alguna migración del Este Europeo, acaso de judíos polacos, probablemente conversos.

Llama la atención, igualmente, el encendido elogio que hace de las mujeres judías de Marruecos: "Estas judías andan descalzas y se ven obligadas a postrarse a los pies ricamente adornados de negras horribles que disfrutan el amor brutal de sus amos", anota y la descripción que hace de aquellas mujeres judías, de cabellos rubios y ojos encantadores, demuestra una gran admiración hacia el pueblo judío como desprecio a las razas de color. En Marruecos le entregaron una mujer de raza negra, la bañaron y purificaron, escribe: "Yo la dejé encerrada en una habitación. No sé en que consiste, pero no puedo vencer mi repugnancia a una negra de labios gruesos y nariz aplastada". En Rabat travó amistad con un sabio astrónomo de nombre Matte Moreno, oriundo de España, a quien regaló sus tablas astronómicas.
¿Badía judío converso? corramos un tupido velo. Faltan datos, pero el apellido Leblich da cierta verosimilitud a la hipótesis. Su falta de patriotismo, propia del judaismo transhumante y desarraigado de su tierra originaria hasta mediados del presente siglo, es otro de los factores que juegan a favor de la tesis.

En cuanto a la acusación de franc-masón nos parece mejor obviarla. No se trata de que en una pequeña ciudad como Segovia, en donde los secretos apenas podían ser mantenidos, se le considerara como tal, sino que son muchas las referencias y alusiones que emplea Badía en ese período que remiten a la temática masónica, o por lo menos a un cierto tipo de masonismo. No hay que olvidar que buena parte de los "afrancesados" militaban en las logias de la época. Badía escaló mucho y muy rápidamente en la corte de José I quien, por lo demás, fue Gran Maestre de la franc-masonería española tras ocupar el trono, hasta el punto que en enero de 1812 aparece en Cádiz una real célula que ratifica el decreto de 1751, prohibiendo la masonería. Lo sorprendente es que, entre los miembros de las Cortes de Cádiz la proporción de masones no es menor. La explicación a esta aparente contradicción hay que encontrarla en que la masonería a la que pertenecen los afrancesados es de obediencia gala, mientras que los miembros de las Cortes de Cádiz habían sido ganados por logias, o bien preexistentes, o bien, y sobre todo, traidas por las tropas inglesas que combatieron en España.

Se habían creado logias en Barcelona, Burgos, Cádiz, Figueras, Gerona, La Coruña, San Sebastián, Tenerife, Santander, Santoña, Sevilla, Talavera, Vitoria y Zaragoza. En Madrid se crean la "Beneficencia de Josefina", "Santa Julia", "Almagro" y "San Juan de Escocia de la Estrella de Napoleón". De aquí deriva la "Gran Logia Nacional de España". En un principio, las logias están compuestas solo por oficiales franceses, luego ingresarán en ellas profesores, funcionarios, médicos, sacerdotes y abogados. Humanistas, su primer objetivo será la abolición de la Inquisición. La marcha de José I acarreará el desmantelamiento de las logias afrancesadas.

El perfil funcionarial de Badía en aquellos años responde al de "afrancesado franc-masón". Ocupará cargos de relevancia, después de su tránsito por Segovia, en Córdoba, Lucena y Ecija. El 13 de junio de 1811 es llamado a Madrid después de su enfrentamiento con el mariscal Soult y el conde de Montarco, comisario regio para Andalucía. Queda constancia de este traslado en una noticia de "El correo de Córdoba" donde se explicita que "Ha sido llamado a un destino más importante". Ese destino era la prefectura de Valencia, cargo del que no llegó a tomar posesión. El mariscal Suchet, gobernador de la zona, prefirió imponer a sus amigos parisinos en un momento en que las tropas de ocupación empezaban a pensar que las cosas se les ponían excesivamente cuesta arriba y no podían confiar ni siquiera en los españoles afrancesados.

Badía en 1813 emprendió la huida a Francia con José I.

EL SEGUNDO VIAJE A ORIENTE.

A partir de aquí los datos que hay sobre su vida son especialmente escasos; el misterioso Badía-Ali Bey es, a partir de ese momento, aun más misterioso. Nunca regresará a la patria carnal, si bien solicitará el perdón a Fernando VII. Su misiva jamás fue contestada. Corto de dinero, decidirá publicar sus recuerdos en un libro que ha pasado a la historia de la literatura de exploración como un clásico: "Los viajes de Ali Bey". El libro fue un éxito en Francia y se tradujo a todos los idiomas europeos, la edición más tardía en aparecer fue la española...

En el libro no se habla para nada de Domingo Badía, es Ali Bey quien cuenta su historia. El mismo editor fue engañado y en el prólogo llegaba a escribir: "Ciertas personas contrariadas en sus intrigas por la rectitud de las intenciones de Ali Bey y no pudiendo atacarle por su conducta, quisieron despertar sospechas o suscitar dudas sobre su origen. Ligeras nubes que el menor viento ha sido bastante en disipar". Este párrafo hace pensar que en buena medida, incluso en París, Badía siguió siendo Ali Bey.

En 1815 casó a su hija con un Académico, D'Isle de Sales. Al producirse la caida de Napoleón y la subida al trono del hermano de Luis XVI, Luis XVIII (el XVII fue el desgraciado Delfín, del que jamás se sabrá si murió en la Torre del Temple de París o bien sobrevivió en la persona de Naundorf en uno de los enigmas más apasionantes de la historia francesa), éste requirió la colaboración de Domingo Badía. Pocas semanas después partía para su segundo viaje a Oriente. El rey le otorgó el grado de Mariscal de Campo. El rey, por cierto, había sido iniciado en la franc-masonería y altos personajes -el duque de Berry, sobrino del rey y heredero del trono, fue dignatario del Gran Oriente, el primer ministro, duque de Decazes, el duque de Choiseul, el conde de Segur, altos cargos de la restauración borbónica, fueron así mismo Grandes Comendadores del Supremo Consejo del Gran Oriente Francés. ¿Fue gracias a todas estas militancias que Badía Leblich pudo contar con la confianza del monarca? Es muy posible. Su misión al partir a finales de 1817 de París era secreta. Sus credenciales no iban a nombre de Ali Bey, sino del padre de este, Otman Bey. La razón de ello era que muchos conocían ya la verdadera identidad del aventurero.

El 18 de enero de 1818 escribió desde Milán una última carta a su familia, carta premonitaria y verdadero presagio de muerte: "Escribiendo este papel, que me ha costado algunas lágrimas y bastante esfuerzo, para llevar a cabo, me parece que os tengo delante de mis ojos, que os ven por última vez". Una última carta llega, por vía diplomática desde Constantinopla el 20 de marzo del mismo año. A partir de ese momento ya no hay noticias suyas.
El rumor generalmente aceptado fue que murió asesinado cerca de Damasco en 1819 según unos y en 1822 o 1824 según otros. Los mandatarios de su envenenamiento serían los diplomáticos ingleses que tendrían su misión como un intento del gobierno francés de ganar influencia en la zona. A mediados del siglo pasado el gran cronista madrileño Ramón de Mesonero Romanos escribió una apasionada biografía de Ali Bey e investigó su desaparición. Mesonero dijo haber visto una carta del guardián del convento español de San Francisco en Damasco, donde dice que Domingo Badía murió de desentería en 1822. Otra versión, coincidente con esta, sitúa los hechos a finales de 1818. Encontrándose en Damasco, camino para la Meca, encontró al médico francés Chabassou, quien a lavista de su estado de salud le pidió que desistiera del viaje. Se encontraban a dos días de Mazarib cuando murió.
Al registrar sus pertenencias encontraron una cruz que llevaba pendida en el pecho y un compañero de caravana, Abd-el-Carim, "Agá de los Africanos" se quedó con una parte de sus papeles. El resto fue adquirido por una dama inglesa, Lady Lucy Hester Stanhope, sobrina del primer ministro inglés Pitt; en 1810 se había establecido en las cercanías de Alepo, rodeada de una guardia personal y ejerciendo autoridad sobre los pastores y montañeses de la zona... el sueño de Ali Bey realizado. Lady Stanhope y el "Agá de los Africados". Ambos creían que en sus notas se encontraban secretos para encontrar tesoros ocultos... ¿Eran quizás notas escritas en el alfabeto masónico tan de moda en el siglo pasado? Jamás lo sabremos, llama la atención que los papeles criptografiados, tuvieran tanto interés. Sabemos que Badía era muy aficionado al símbolo y a la criptografía e incluso utilizaba los signos astrológicos para referirse a cada día de la semana. Así para mencionar el domingo (sunday) utilizaba el signo del Sol, para el lunes, el de la Luna, etc.

DONDE ALI-BEY RESUCITA

El 26 de noviembre de 1879 se colocó un retrato de Alli Bey, obra de Modesto Teixidor, en el Salón de Sesiones del Centro Excursionista de Catalunya. Esto demostraba que su recuerdo no se había difuminado completamente. Siete años despues, en 1886, en "El Globo", periódico madrileño, se publicaron 19 artículos titulados "Cartas de Egipto", firmados por "Ali Bey". El anónimo autor no era otro que Eduard Toda y Güell, reusense, de quien ya hemos dicho que era amigo íntimo de Gaudí y fundador con él de la revista "Arlequín"; ambos cursaron juntos el bachillerato. Toda, franc-masón, fue diplomático de carrera y desempeñó destinos de importancia en varios países del mundo, incluido Egipto, donde se interesó por la presencia del aventurero en aquel lugar ochenta años antes. De regreso a España en 1882 se afilió la Asociación Catalana de Excursiones Científicas, uno de los círculos socio-culturales próximos a la "Renaixença Catalana". Dos años después volvería a Egipto desde donde enviaría nuevas crónicas, en esta ocasión firmadas con su inicial, T, que es también la "tau" templaria y la esquematización de la escuadra masónica.

Por razones que cuestan de entender el movimiento patriótico-cultural de la "Renaixença" ensalzaba la figura de Domingo Badía y su imagen figuraba en la ACEC, junto a las de Lluís Vives y Ramón Llull. Toda se entrevistó con Víctor Balaguer -franc-masón como él y cronista de la ciudad de Barccelona- a cuya biblioteca-museo legó algunas de las antigüedades que había traído de Egipto. Balaguer, fue otro de los que más colaboraron para rescatar del olvido la memoria de Ali Bey, seguramente en nombre de la fraternidad masónica. A su actividad se debe que en Barcelona exista una calle que lleve su nombre. En 1888 el diario "La Renaixença" realizó la traducción catalana del libro de Ali Bey. En 1920, Toda sostenía el proyecto de escribir una biografía del aventurero y a lo largo de su vida recuperó varios documentos inéditos escritos por el el propio Badía. Sin embargo el libro jamás vería la luz, acaso por que, a esas alturas, a Toda se le habría diluido el atractivo inicial que tuvo para él el personaje, entre otras cosas porque su presunto catalanismo brillaba por su ausencia.

Esto fue sintomático. El fin de la Reinaxença como movimiento cultural acarreó el olvido de Alí Bey. Hemos oído como muchos barceloneses, y no precisamente incultos, nos decían que Ali Bey era el nombre de un "almirante turco"...

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Arnau de Vilanova: médico, profeta y cabalista

Infokrisis.-Este artículo es el resultado de nuestra interpretación particular de los conocimientos adquiridos durante el curso dado en 1990 por el Padre Colomer, especialista en Teilhard du Chardin y Arnau de Vilanova, una gran figura de la erudición catalana. Conocíamos el estudio del Padre Colomer sobre Teilhard en donde en unas pocas páginas resumió la filosofía y la visión del mundo del polémico teólogo, pero ignorábamos que otra parte de sus investigaciones se centraba en el estudio de Arnau de vilanova y, especialmente, de las relaciones entre la cábala y Arnau. Cuando leímos la obra de Francis Yates sobre Giordano Bruno y el cabalismo cristiano, nos sorprendió el porqué la generación de humanistas renacentistas se había sentido tan atraída por la cábala. Yates no lo explica, seguramente porque ignora la existencia de Arnau de Vilanova. De haberlo tomado en consideración hubiera concluido que los humanistas renacentistas habían llegado a la cábala... a través de Arnau. Escribimos este artículo, publicado en su momento en la revista Sabes MAS, como tributo a la erudición del malogrado Padre Colomer, del que guardamos un entrañable recuerdo.

 

Arnau de Vilanova se quería ciudadano de aquello que se llamó “la catolicidad” en un tiempo en el que la Nación –cualquiera que fuese- era completamente inexistente.  Su drama consistió en que su figura, no solamente se adelantó a su tiempo, sino que también fue "testigo de la tradición" en  un momento en la que ésta se empezaba a diluir. Arnau, efectivamente, prefigura a los hombres del Renacimiento en su polifacetismo, en el interés que tuvo por todas las ramas del saber; frecuentemente se le ha comparado a Paracelso, pero también pueden encontrarse sin dificultad similitudes con Giordano Bruno, Marsilio Ficino, Pico della Mirandola y otros muchos. Al mismo tiempo, Arnau es heredero de la gloriosa tradición esotérica anterior, personificada en figuras como San Alberto Magno, Roger Bacon, Joaquín de Fiore, Avicena o Galeno a quienes leyó y tradujo. Arnau es profundamente universal y, en tanto que tal, es decir, al no sentirse ligado a ninguna tierra, encarna los valores de lo que, con Evola, hemos dado en llamar “Luz del Norte”.

Esta es pues la vida y la obra de un hombre excepcional, que percibiendo la proximidad del fin de los tiempos, propuso renovar la Cristiandad. La Inquisición –esos impenitentes y renovados representantes de la “Luz del Sur”, del sacerdocio y del dogma incuestionable, lo procesó por ello y la quema de sus libros años después de su muerte creó un dramático vacío documental.

Se tienen pocos datos sobre la vida de este hombre que fue llamado en rigor "Médico de Reyes y Papas". El mismo nos dice en su "Espejo Médico" que nació en Vilanova de Filoca, cerca de Daroca, en 1240, cuando el territorio hacía poco que había sido conquistado por nuestro "Buen Rey Jaime". La zona había sido repoblada con cristianos venidos de las tierras de Lleida.

A los veinte años fue a estudiar a Montpellier y logró graduarse en la Escuela de Medicina célebre de esa ciudad. Quinientos años después, los médicos barceloneses, seguían viajando a esta ciudad del Mediodía francés a la vista de la decadencia de los estudios de medicina en los Estudios Generales de Barcelona, traspasados luego a Cervera. Los judíos establecidos en Avignon, Narbona y Montpellier, habían ejercido la ciencia médica mucho antes de establecer la escuela en 1201. Arnau permaneció hasta 1270 en Montpellier y tuvo como profesor a Antón Martí quien "sembró en su espíritu la semilla del hebreo", al decir de sus propias palabras.

Por esas fechas, Arnau había acumulado una notable biblioteca compuesta por libros de inspiración joaquinita, platónica y aristotélica sin que faltarán obras de Santo Tomas -imprescindibles en la época- textos de medicina y otras ciencias.

Pasó a ser médico de Pedro II de Aragón al que tratará de distintas dolencias hasta 1289, fecha en que vuelve a Montpellier donde residirá los diez años siguientes componiendo buena parte de su obra; en ese tiempo tradujo a Avicena y Galeno. También escribe obras de carácter profético que empiezan a ser miradas con desconfianza por los inquisidores que ven indicios del pensamiento de los begardos, fatricellis y otras herejías medievales.

En 1297 publicará su "Introducción a Joaquín de Fiore" y se hará portaestandarte del profetismo cristiano y del milenium apocalíptico que se originará con la llegada del anticristo que Arnau anuncia a fecha fija. El estudio de la cábala hebrea y su contacto con antiguos alumnos del Studium Hebraicum de Barcelona y Montpellier le induce a intentar la sistematización de una cábala cristiana a partir del análisis del nombre seccreto de Dios, "Yhavhé".

Su actividad como médico de Jaime II le dará gran prestigio entre la corte catalano-aragonesa y, de médico de palacio, pasará a ser consejero del Rey. A finales del siglo XIII escribirá para Jaume II un "Tratado sobre la Prudencia de los Estudiantes Católicos" y otro para contribuir a la educación del hijo del Rey.

En 1298 Felipe el Hermoso, rey de Francia, lo envía en una embajada al Valle de Arán. Aprovecha su estancia en París para difundir sus ideas escatológicas sobre la llegada del anticristo. Esto le valdrá un primer proceso del que solo le salvará su cargo de embajador y la inesperada influencia a su favor de Nogaret, el canciller del rey Felipe el Hermoso;  este hombre, que ha pasado a la historia con el nombre de "el chacal" por haber expoliado y destruido a la Orden del Temple, preferirá alinearse con Arnau, y salvarle la vida. Gracias al apoyo de Nogaret, pudo apelar a Roma contra la sentencia de la Sorbona y ser recibido por el papa Bonifacio VIII al que sanará de sus enfermedades crónicas.

Lo vemos en el 1302 en Calatuña polemizando con los dominicos de Gerona. Al año siguiente se ve forzado a escribir varios opúsculos contra los dominicos de Marsella que también le acusan de herejía, impiedad y contactos excesivamente estrechos con el cabalismo hebreo y los sabios islámicos. Estos ataques le obligan a pedir la protección del nuevo papa Benedicto XI del que será su médico, pero no podrá evitar que muera al poco tiempo, según algunos rumores, envenenado por un "espiritual", Bernardo Delicieux.
Marcha a la corte de Federico III de Sicilia, al que la cristiandad tiene por gran protector de los franciscanos "espirituales". Los disidentes franciscanos, en su intento de predicar una vida pura y ascética, huyendo de oropeles y vanidades, no hacían si no mirar hacia el interior de sí mismos y rechazar lo que representaba la Roma papal: el sacerdocio, la mediación entre Dios y el Hombre, la imagen y el formalismo sobre lo real y auténtico. No en vano encontramos en la prédica de Francisco de Asís elementos tan absolutamente relacionados con una concepción del mundo antitética a la sostenida por la Iglesia que no podía sino terminar alineándose con las posiciones del Imperio. La catolicidad está en estas cuando Arnau establece su programa de reforma de la cristiandad. Es significativo que el eje de su programa gravite en el aspecto guerrero –y, en definitiva, Imperial- y caballeresco: no será el sacerdote, sino el guerrero al servicio del Imperio, quien reconquiste los Santos Lugares en una nueva cruzada. Arnau considera que solo la derrota del Islam puede crear un clima favorable para una vigorización y un fortalecimiento de la catolicidad. Sus escritos quieren ser el tambor que llama a la “Guerra Santa”.

Clemente V, su amigo será elegido papa poco tiempo después, cuando se ciernen sombras amenazadores sobre los templarios y las concepciones tradicionales de la humanidad medieval. Dos años después, en 1309, concluida la primera parte del drama templario, todos los reinos de Occidente han tomado medidas, más o menos duras, para disolver la orden en sus territorios; ese año, Arnau llega de nuevo a la corte de Sicilia con la esperanza de poder formular el paradigma de una nueva política cristiana para toda la catolicidad capaz de sustituir el plan templario.
Sus adversarios verterán sobre él las calumnias más abyectas, dirán que ha calumniado a Jaime II ante el Papa. El rey lo cita en Málaga y le retira su confianza; aquí se iniciará el principio del fin. Envejecido y enfermo decide desplazarse de nuevo a la corte de Sicilia en donde le soplan vientos más favorables, pero fallece en el navío que lo traslada ante los baluartes de Génova. Era el año del Señor del 1311.

ARNAU, MEDICO Y ALQUIMISTA

Hasta aquí llega la biografía "oficial" de Arnau de Vilanova. ¿Puede decirse algo más? Si nos detuviéramos aquí estaríamos solo ante un médico notable y gran erudito; pero Arnau era mucho más que eso. Un maravilloso cuadro de Josep María Sert expuesto actualmente en la "Sala de la Ciencia Catalana" del Ayuntamiento de Barcelona, nos muestra a Arnau tomando el pulso a un enfermo y acariciando con la otra mano la panza de una retorta alquímica. Sert se hizo eco de la tradición que ligaba indisolublemente el nombre de Arnau de Vilanova al noble arte de la alquimia. Alquimia, o si se quiere, “Arte Real”.

Michel Maier, alquimista y rosacruz alemán del siglo XVII en su tratado "Symbola aureae mensae" cita un texto de Johan Andreae en el que alude a una transmutación de plomo en oro realizada por el mismo Arnau de Vilanova: "En vida nuestra, hemos recibido en la curia Romana al Maestro Arnau de Vilanova, médico y teólogo supremo (...). Era también gran alquimista que había fabricado varillas de oro, las cuales no presentaron ninguna dificultad a dejarse someter a todas las pruebas". Giovanni Francesco Mirandola, añade en su "Tratado sobre la Fabricación del Oro", que las láminas fundidas por Arnau nada tenían que envidiar al oro extraído de las minas de Aruzzo.

Estos testimonios prueban que existió una tradición renacentista que consideraba a Arnau como uno de los grandes alquimistas medievales, si bien es cierto que entre el centenar largo de obras firmadas por Arnau de Vilanova de las que se tiene constancia, muchos son tratados de alquimia, si bien es cierto que buena parte de ellos son apócrifos.   

Los teólogos católicos actuales tienden a considerar que cualquier obra firmada por Arnau, por el mero hecho de tratar de alquimia, es automáticamente apócrifa. Pero esto dista mucho de ser evidente; en las obras incuestionablemente escritas por Arnau se perciben igualmente ecos de la vieja alquimia, aunque traten de medicina o escatología; por lo demás, algunas, como "El camino del camino" o el "Gran Rosario", siendo aceptados como escritas por él, tocan directamente aspectos alquímicos. En "El camino del camino" puede leerse en la introducción: "Aquí da comienzo este tratado somero, breve, sucinto y útil para quien quiera comprenderlo. Los indagadores hábiles encontrarán en sus páginas una parte de la piedra vegetal que han ocultado con celo de otros filósofos". El libro fue remitido a Benedicto XI en 1303.

En un manuscrito que el bibliógrafo francés Poirier atribuye a Arnau se describe el proceso de rejuvenecimiento que deben seguir aquellos adeptos que han alcanzado la eterna juventud; estos afortunados alquimistas deberán periódicamente untarse "dos o tres veces por semana con el meollo de la cañafístula. Cada noche antes de acostarse pondrán en la cabeza un sinapsismo compuesto por azafrán oriental, pétalos de rosas rojas, esencia de sándalo, acíbar y ámbar, todo ello disuelto en aceite de rosas a lo que se añadirá un poco de cera".

Esto puede parecer extraño e ingenuo, pero no lo es tanto si tenemos en cuenta que algunos de los tratados alquímicos atribuidos a Arnau suponen una renovación en las concepciones herméticas y orientaron el trabajo futuro de generaciones de alquimistas hasta llegar a Fulcanelli. Este, en efecto, considerado como el gran alquimista del siglo XX, cita en sus dos obras -"Las moradas filosofales" y "El misterio de las catedrales"- textos de Arnau.

Comentando los relieves hermétidos del pórtico principal de Notre Dame de París, Fulcanelli trae a colación un párrafo del "Gran Rosario": "Nuestra agua toma los nombres de las hojas de todos los árboles, de los árboles mismos y de todo lo que presenta un color verde a fin de lograr engañar a los insensatos". Pues bien, este interés por el verde coincide con otras apreciaciones incuestionablemente arnaldianas. En la Edad Media se consideraba que el verde era el color propio del Espíritu Santo, color de la esperanza y de la redención futura, Arnau vió la Tercera Persona, el símbolo de la "era del Paráclito" descrita por el Apocalipsis y por los textos joaquinitas.

Arnau es importante en la historia de la alquimia; no en vano fue el primer "filósofo por el fuego" que dividió la "obra filosofal", necesaria para alcanzar la transmutación de los metales, en fases o "regímenes", costumbre que luego seguirían todos los alquimistas posteriores a él. En el capítulo titulado "Práctica de la obra" incluído en su libro "El camino de los caminos" escribe: "... todos los cuerpos deben ser llevados a la materia prima para hacer posible la transmutación"; y en las páginas siguientes define por vez primera las cuatro etapas de este proceso: disolución, limpieza, reducción y fijación, estando cada uno de estos "regímenes" está sometido a un elemento: agua, tierra, aire y fuego, respectivamente.
En el curso de sus escritos alquímicos Arnau cita frecuentemente a Morieno y Geber, alquimistas árabes, lo cual coincide perfectamente con su conocimiento de la cultura islámica. Sus tratados escritos en Montpellier sobre "Del húmedo radical" y la "Filosofía Natural", son incuestionablemente suyos y evidencian su saber hermético y su práctica operativa en el laboratorio alquímico.

Tampoco es posible dudar de su conocimiento sobre los procedimientos de laboratorio. Se le tiene como descubridor de algunos compuestos químicos. Poco antes de morir escribió una fórmula que decía conducir inefablemente a la piedra filosofal: "Coge tres partes de limaduras de plata pura, tritúralas con una parte de mercurio hasta que resulte de ello una materia pastosa; cuécelo a fuego lento con una mezcla de vinagre y sal y sublímalo todo"... fórmula para la obtención del bicloruro de mercurio. Así mismo se le tiene por descubridor del ácido sulfúrico, el nítrico y el clorhídrico... En aquella época no existía la química tal como la entendemos hoy, la práctica con matraces y retortas, hornos y metales, no constituía sino prácticas alquimistas. Otro tanto puede decirse del ejercicio de la medicina, fronteriza con la magia y el hermetismo, un campo en el que Arnau destacó con luz propia.

Bonifacio VIII fue el gran protector eclesiástico de Arnau de Vilanova, mientras gobernó la cristiandad. A pesar de haber atacado al papado con una violencia irrespetuosa inusitada para la época, Bonifacio VIII lo salvó de las garras de la Inquisición y se limitó a llamarlo a Roma y reprenderlo, suave y amorosamente. No en vano Arnau había curado la dolorosa enfermedad de Bonifacio VIII, una litiasis renal crónica.

Llegado a Roma en agosto, Arnau confecciona un talismán que ostentaba el signo del león, correspondiente a ese mes. Mientras lo "magnetizaba", iba recitando salmos y versículos de la Biblia; colgado el amuleto en la región lumbar del Papa, tardó muy poco en hacer efecto y disolver sus cálculos renales. El Papa olvidó las altivas palabras que Arnau pronunciara meses antes: "La infalibilidad del Papa está tan garantizada como la de sus diagnósticos"...

El concepto que tenía Arnau de la ciencia médica entroncaba directamente con el saber hermético de su tiempo. Percibía en todas las cosas un "spiritus" que se manifestaba de distintas maneras, algo así como la fuerza vital que nos mantiene en pié y activos. Ese "spiritus" equivale, en su concepción, a una forma de energía capaz de ser transmitida de un ser a otro, mediante un proceso de sanación o bien susceptible de ser mermada por distintos factores que generarán enfermedad.

La posibilidad que el "médico" tiene de influir sobre el "spiritus" deriva de la estructura misma del cosmos. El hombre no puede influir sobre lo que es superior a él -Dios, los ángeles, etc.- pero sí sobre aquellas fuerzas "elementales" que se sitúan debajo suyo en la escala jerárquica. Captar y reconducir la fuerza de estos principios "elementales" de la naturaleza es la tarea del médico.

Esta concepción fue completada con otra derivada de su admirado Galeno. Arnau era contrario a la prescripción sistemática de fármacos; consideraba que aquel fármaco que servía para una persona era inocuo con otra. El tratamiento de la enfermedad debía ser personalizado; cada médico tenía necesariamente que establecer un vínculo personal y único con su paciente, si quería hacer honor a su juramento hipocrático.

El tratamiento debía ser pues personalizado y esto por tres motivos que hacen de Arnau, un adelantado a su tiempo. En primer lugar por que cada déficit de "spiritus" responde a una problemática concreta que tiene que ver con el sujeto como tal, con su comportamiento moral, su estilo de vida y su actividad; toda enfermedad es, pues, la manifestación de un desarreglo más profundo. En segundo lugar, porque el médico debe penetrar en el conocimiento de la enfermedad a través de la "experiencia"; esto le ha valido a Arnau el ser considerado como un precursor del empirismo, pero más bien, cuando se refiere a "experiencia" Arnau aludiendo a la "intuición mística" esto es a prescindir de todo apriorismo y situarse con una mixtura de amor, caridad, unión con Dios y vacío interior, ante el paciente, estado de conciencia en el que aparecerá la "intuición mística". Finalmente, Arnau es un precursor de los tratamientos psicológicos: considera que la fuerza de voluntad y la convicción del paciente en su curación, le conducirán inexorablemente a ella. Para Arnau la curación puede ser, en el fondo, autocuración.

Arnau, médico de poderosos, no utilizó su influencia para alcanzar fama y poder, sino antes bien, aprovechó su privilegiada situación para difundir sus ideas espirituales sobre el fin de los tiempos y la necesaria reforma de la cristiandad.

ESCATOLOGIA, MILENARISMO Y CABALA

Hacia finales del siglo XI Joaquín de Fiore había escrito tres textos proféticos que fueron agrupados en lo que se ha dado en llamar "El Evangelio Eterno". En su conjunto se trata de un intento de interpretación de las profecías contenidas en el Apocalipsis. Joaquín de Fiore describe un ciclo de 2160 años compuesto por nueve siglos de "incubación" completados por 1260 años (42 generaciones de 30 años cada una), esto es, el período que va desde el año del nacimiento de Cristo hasta el 2160. Estas profecías culminaban con la "segunda llegada de Cristo" o "advenimiento de la Era del Divino Paráclito" y tuvieron gran repercusión en su momento. Esta visión derivaba directamente de la astrología, ciencia tradicional cuya materia es la observación de las posiciones del Sol y de los Astros. Estamos, una vez más, en presencia de una ciencia tradicional emparentada con los principios olímpicos y solares que informan la “Luz del Norte”.

Por extraño que parezca, en cierta forma, las profecías de Joaquín de Fiore se cumplieron y el año 1260 estuvo marcado por distintas convulsiones: se extendieron la cábala y la brujería que obligaron a los papas a tomar medidas promulgando bulas condenatorias y endureciendo la actividad de la Inquisición. Los dominicos impusieron sus conceptos escolásticos. Es en torno a esa misma fecha cuando se precipitan los mesianismos de todo tipo: aparecen varios falsos mesías judíos y en distintos puntos del Islam surgieron autotitulados "Imanes ocultos".

La Era del Divino Paráclito se inaugurará 900 años después de esta fecha. El tiempo comprendido entre 1260 y el 2160 estará cubierto por "cinco períodos de prueba" (un tema que luego recuperarían los Hermanos del Libre Espíritu y otras herejías medievales). De Fiore estableció un paralelismo entre los cinco períodos que precedieron la llegada de Cristo (asirio-babilónico, persa, griego, helenístico y romano) y los que se sucederían a partir de 1260. No dudó que el exilio de los papas en Avignon equivalía a la cautividad del pueblo judío en Babilonia.

Arnau de Vilanova tomó este pensamiento escatológico y lo rectificó, uniéndolo a un proyecto de reforma espiritual de la cristiandad. Esto ocurrió entre 1297 y 1305, cuando Arnau compuso su obra "Del tiempo de la llegada del Anticristo"; se preocupó de justificar la necesidad profética en los textos evangélicos con objeto de evitar la acusación de herejía: era lícito, desde el punto de vista evangélico, estudiar las Escrituras "para descubrir los planes de Dios", al mismo tiempo que es bueno conocer las características del fin de los tiempos y saber cuando llegan, para estar preparados.

Lo que le mueve en esta investigación escatológica es la consideración de que el miedo al fin de los tiempos inducirá a la mayoría al arrepentimento y al ejercicio de la caridad, mientras que, paralelamente, creará un clima apto para aceptar la reforma de la cristiandad. Los teólogos que lo condenaron en el Concilio de Tarragona adujeron el versículo de San Pablo en "Los Hechos de los Apóstoles": "No conoceréis ni el día ni la hora"; pero Arnau alegó en su defensa que San Pablo, si bien excluye una investigación racional, no descarta una revelación sobrenatural.

El punto de partida de Arnau es la respuesta que da Jesús a sus discípulos remitiéndolos a las profecías de Daniel, cuando estos le preguntan sobre el fin de los tiempos. A partir del material profético contenido en el "Libro de Daniel", Arnau infiere la existencia de un ciclo de 1290 "días" -que entiende alude a años- desde la destrucción del Templo de Salomón y el inicio de la Diáspora, hasta la venida del anticristo. Dado que el Templo fue destruido por los legionarios de Tito en el año 70 de nuestra era, hay que sumar a los 1290 "días", estos primeros 70 años, lo cual nos da como fecha de la llegada del Anticristo el año 1360.
 
El anticristo no vino, pero Arnau tuvo razón en preveer grandes convulsiones para ese año: toda Europa se vio recorrida por cofradías de flagelantes que se azotaban para expiar sus pecados; su inspirador, Conrad Schmid, conocía la obra de Arnau. La sociedad medieval, a partir de esas fechas, fue resquebrajándose y ya nada pudo evitar la aparición del humanismo y el tránsito cada vez más acelerado hacia el mundo moderno y, por consiguiente, acarrear la ruina de la catolicidad. Las luchas entre partidarios del imperio y del papado arruinaron a las dos instituciones y abrieron el camino a la reforma protestante, muy alejada de la idea que Arnau se forjaba de la necesaria reforma de la Iglesia.

Hasta aquí la influencia netamente olímpica y solar que recibió y emitió Arnau. Pero su pensamiento se vio condicionado por otro tipo de pensamiento más polémico, el cabalismo hebreo, que supo reconducir y llevar por los caminos que luego, ya trillados, recorrieron buena parte de los humanistas del siglo XVI. En efecto, Arnau de Vilanova fue el primero en trasladar el cabalismo judío a la cristiandad e interpretar el misterio de la Trinidad cristiana en clave cabalística. A partir de Arnau se formó la escuela de cabalistas cristianos que tuvo entre sus más conocidos representantes a los grandes humanistas del Renacimiento: de Giordano Bruno a Marsilio Ficino y de Pico della Mirandola a Tomasso Campanella.

Arnau se explaya abundantemente en las nociones de cábala cristiana en su obra "Alocución sobre el significado del Tetragramaton". Tetragramaton quiere decir, literalmente, "cuatro letras". Los judíos tenían 72 nombres para llamar a Dios, solo uno era sagrado y no podía ser pronunciado más que por el Gran Sacerdote y solo en determinadas ceremonias. Estaba formado por cuatro letras que, según los cabalistas, hacían comprender la totalidad de lo creado representado por el Arbol Sefirótico.

Aquí existe un punto de confluencia entre pitagorismo y cabalismo hebreo. La "tetratkys" pitagórica (suma de los cuatro primeros números 1 + 2 + 3 + 4 que da como resultado 10, esto es un ciclo completo), tiene su equivalente en las cuatro letras del nombre sagrado de Dios (iod, he, vau y he) que dispuestas una sobre otra, esquematizan el Arbol Sefirótico compuesto por las 10 séfiras o "emanaciones de Dios".

El tetragramaton, encierra para Arnau, el misterio de la Trinidad: aunque el nombre oculto de Dios esté compuesto por cuatro letras, en realidad sólo son tres puesto que He se repite.

Iod, la primera letra, en leerse -el hebreo se lee de derecha a izquierda- significa el punto que genera una línea: el "principio principiante sin principio" que hay en Dios Padre. He, al estar compuesto por un ángulo que une dos lados, contiene en sí mismo, el lazo de unión entre el principio y lo que se origina a partir de él. Iod es el "principio procedente del principio". Así pues, en el nombre de Dios existe un "principio si principio" concebido por El, que genera por simple aspiración (en latín He equivale a la H, letra muda, sin sonido, pero con aspiración; de ahí la importancia del aliento en algunas ceremonias mistéricas). Las tres personas de la trinidad son pues "el verdadero y perfecto Padre, el perfecto Hijo y el elemento que los une". El principio de la generación es el Padre, el principio generado el Hijo, y la unión de ambos procede de su común amor.
Mediante la cábala cristiana, Arnau de Vilanova, intenta lograr la conversión de los judíos al cristianismo persuadiéndolos de que los misterios de la religión católica ya se encontraban implícitos en los textos del antiguo Testamento.

El cabalismo alcanzó gran fuerza y repercusión en el Languedoc y la Provenza francesa pasando luego a la península ibérica en donde irradió a partir de la Escuela de Gerona, entre el 1200 y el 1260. Su método consiste en el análisis de los nombres y las letras de cada palabra mediante unos valores numéricos que se atribuyen a cada signo y unos patrones de análisis basados en la ley de las correspondencias.

Sobre la biografía de Arnau planea el misterio de sus contactos con cabalistas judíos muy famosos como Abulafia, de quien algunos biógrafos  -Joaquín Carreras entre ellos- sostienen que se conocieron. Abulafía alcanzó la iluminación meditando sobre las páginas del sagrado "Sepher Yetsira" y fue a Roma con la quimérica idea de convertir al Papa. Abulafia estuvo intelectualmente próximo a los "espirituales", franciscanos disidentes. En su biografía se cita que tuvo contactos con un "místico católico" al que logró convertir al cabalismo; algunos sostienen que ese místico no era otro que Arnau... Ubertino da Casale (uno de los líderes "espirituales" franciscanos, que aparecerá como co-protagonista de la conocida novela de Umberto Eco "El nombre de la rosa") aceptará la interpretación del tetragramaton de Arnau y la incorporará a su obra que gozó de gran prestigio y favor en la Corte de los Reyes Católicos, más de un siglo después. No en vano, el Cardenal Cisneros, como veremos, se sentía próximo a la corriente "espiritual" y joaquinita y mandó imprimir las obras de Ubertino da Casale, al tiempo que enviaba a los últimos franciscanos "espirituales" a predicar en el Nuevo Mundo, recién descubierto por Colón.

ARNAU Y "LO HOLISTICO"

Cuando esto ocurría, la obra de Arnau había entrado en el terreno mítico. Ciertamente no se había producido la venida del Anticristo y su polémica escatológica parecía haber sido estéril. La aparición de los apócrifos arnaldianos, la condena de su obra y la quema de buena parte de sus libros, hicieron que, a principios del siglo XVI, su figura quedara muy difuminada y se perdiera entre las brumas de la leyenda. En los últimos tiempos se ha pretendido hacer de Arnau una especie de avanzado de la ciencia médica moderna y se ha intentado despojar a sus escritos de todo lo que supusiera colusión con la magia, la cábala y la alquimia; se ha minimizado incluso su profetismo escatológico, reduciéndolo a una aportación anecdótica en el seno de su obra epistemológica y antropológica.
 
Pero todo esto supone olvidar que Arnau fue perseguido precisamente por eso que hoy se niega que estuviera presente en su obra. No fue perseguido por obtener derivados del mercurio sino por su práctica de la alquimia; no fue perseguido tanto por su apelación a la experiencia como por su voluntad de penetrar en los secretos del futuro mediante la interpretación profética; curó por procedimientos muy distintos de lo que hoy se entiende por "método científico", curó con una mezcla de magia, intuición espiritual y terapia psicológica. Su teología y su antropología deben más a Joaquín de Fiore y a la cábala herética que a la escolástica o el tomismo.
 
Disidente en su época, el pensamiento de Arnau es una suma coherente y completa -hoy diríamos "holística"- que incluye muchas disciplinas y resume el saber de su tiempo.
 
No en vano fue considerado un "set ciencies".

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