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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

Ultramemorias (V de X) Tipologías insólitas. El falangista valeroso (1ª parte)

Tienen razón los falangistas, especialmente los de izquierda en que lo más próximo a ellos es la CNT. Nacional-sindicalismo y anarco-sindicalismo están muchísimo más próximos de que incluso los falangistas de izquierdas más conspicuos creen. He conocido bien a ambos sectores, así que sé de lo que estoy hablando. Las similitudes van mucho más allá de la mera casuística del nombre o del hecho de que José Antonio Primo de Rivera y Durruti murieran un 20-N con apenas un año de diferencia. La similitud es, fundamentalmente, caracterológica. He conocido a miembros de la CNT intercambiables con miembros de cualquiera de las falanges, y viceversa. Y aún operando el cambio, estoy seguro de que nadie lo advertiría. En el fondo de la personalidad del falangista de base siempre he advertido una irreprimible tendencia a deslizarse hacia la anarquía y en lo más profundo del alma libertaria hay un algo que remite al autoritarismo más duro: el querer, sino exigir, que otros actúen en función de principios libertarios. Así pues, no voy a ser yo quien niegue este parentesco entre la falange y la anarquía, prefiero centrarme en la personalidad falangista como algo insólito y que no he encontrado fuera del mundillo azul.

Pinceladas de la época


Mis relaciones con la falange se remontan a febrero de 1968. Resulta sorprendente que lo puede fijar en ese momento pero es que realmente me causó impresión a mis 16 años ir a una ceremonia de homenaje a la Legión Cóndor y cantar por primera vez el Cara al Sol (o intentar hacerlo, porque hasta unos meses después no supe la letra, surrealista por cierto, ni me la habían enseñado en el colegio, ni los medios de comunicación franquistas solían difundirla en esa época). En Barcelona, como mínimo en 1957 ni se cantaba el Cara al Sol en los colegios, ni los compañeros de más edad lo recordaban. Para colmo, en aquel colegio de 1.500 alumnos no encontré a ningún falangista (si bien por allí pasaron varios miembros de CEDADE o futuros tales a uno de los cuales tuve el placer de saludar en la Librería Europa no hace mucho, 40 años después…). Así pues, hay que cuestionar cuando se nos explica que bajo el franquismo la escuela vivía una disciplina militar y un adoctrinamiento falangista. En cuanto a la tan denostada asignatura de Formación del Espíritu Nacional, a pesar de que sea políticamente muy incorrecto, la recuerdo como algo políticamente aséptico, en donde se explicaba el sistema legal de la época –todo aquello de las Leyes Fundamentales que a nadie interesaba mucho entonces y que hoy no interesa a nadie-, normas de estilo y de comportamiento social –que entonces apenas interesaban y hoy me parecen urgentes restaurar en una  sociedad huérfana de valores y para la que Gran Hermano y la Casa de tu Vida ocupan los prime time televisivos- y lecciones de economía y sociología –que entonces interesaban a algunos y hoy a bastantes más-.

Reconozco que el interés de la asignatura de FEN dependía de la persona que la impartiera: tuve dos buenos profesores en la materia, el “señor Villar” y el “señor Manzano”. Ambos eran falangistas y, quizás más que falangistas, franquistas, pero nadie podrá atribuirles pulsiones autoritarias o fascistoides en el peor sentido de la palabra, ni resultaban odiosos para sus alumnos. En cualquier caso, de ellos, reconozco que aprendí bastante y que si hoy sé algo sobre la ley de la oferta y la demanda fue gracias a las lecciones de Manzano y  mientras que  los libros de autores consagrados, entre otros, de Torrente Ballester, quizás una de sus obras elaboradas con más cariño y que generalmente se suele olvidar en su bibliografía, alumbraron mi interés por la literatura.

Por lo demás, justo es reconocer que mis profesores de FEN jamás realizaron proselitismo y nunca se les ocurrió encarrilarnos por los senderos de la Organización Juvenil Española o del Frente de Juventudes. Había en el colegio un local frente al patio de recreo del que se decía que pertenecía a los “boy-scouts”. Debió ser hacia 1959 cuando volvimos de fin de semana (por entonces se asistía a clase el sábado por la mañana) y encontramos el local de los boy-scouts arrasado. Los de la OJE habían pasado por ahí. Nunca más –que yo recuerde- volvieron a acondicionarlo y fue una pena porque aquel local tenía algo de encantador. Las paredes estaban forradas de madera y dado lo alto del techo, se había construido un altillo de madera que daba a la estancia un extraño aire acogedor e íntimo. Curiosamente, en junio o julio de 1968 visité por primera vez un “hogar” del Frente de Juventudes, el “Extremadura”, en la calle Ancha (o carrer Ample como se prefiera), allí también existía una sala exactamente igual a la de los boy-scouts y allí estaba Paco Caballero cantando él sólo y sin ayuda de otros, el “Envío”, seguramente la canción que mejor expresaba el estado de ánimo de los falangistas de la época.

La rivalidad entre los miembros de la OJE y los boy-scouts era en realidad injustificada. Ambos eran, simplemente, lo mismo. O, como mínimo, algo parecido. Las dos formaciones estaban dedicadas a la formación del carácter de los jóvenes, las dos mantenían ademanes paramilitares, las dos tenían canciones y hacían del canto comunitario en torno al fuego de campamento, el momento más inolvidable para los adolescentes que pasaron por una u otra. Y ambos practicaban un culto a la montaña y a la naturaleza hoy dramáticamente ausentado sin dejar señas. Sí, porque, aun cuando sigan existiendo la OJE y los boy-scouts, han cambiado sus métodos y, por supuesto, su audiencia. Cuando dos de mis hijos se apuntaron al grupo de boys-couts Makarenko de Barcelona, consideraban que una excursión al campo cada tres meses era algo, tirando a excepcional. Hubo un tiempo en el que en los hogares de la OJE y entre los boy-scouts se esperaban los fines de semana para triscar por el monte. Y en cuanto a la OJE, la despolitización total que se había iniciado ya en los años 60, alcanzó el climax en los 70 y se consumó en los 80, el problema era parecido. Debió ser había 1997 cuando visité por última vez un hogar de OJE en Barcelona, creo que era el "Navarra", estaba instalado en un piso de la izquierda del Ensanche (o Eixample, ya saben, como gusten) y compartían local con una fundación taurina. Luego derribaron el edificio y aquello debió acabar, los taurinos por su parte y la OJE seguramente rejuntados con algún otro hogar de la ciudad condal.
 
El ir a un colegio religioso que sostuviera a los boy-scouts como algo propio y conocer a un ambiente político que “trabajaba” en los ambientes de la OJE (en realidad, esta organización servía a los distintos grupos falangistas para reclutar miembros, mucho más que al Estado para formar partidarios, habida cuenta de la mayoría de esos grupos era antifranquista o, al menos, vivían en la evocación de la “revolución pendiente”) me pusieron en la pista de que debían existir dos Españas como mínimo, a tenor de las dos escuelas de juventud que, por lo demás, insisto, en que eran fundamentalmente idénticas. Tan sólo variaba la letra de las canciones y las afinidades que los jóvenes progresivamente adoctrinados por falangistas disidentes o por militantes de la oposición democrática, les iban llevando hacia el camino de la media docena de grupos falangistas o de la docena y media de grupos de la oposición democrática.

Los domingos por la noche, en la Plaza de Sant Jaume (o San Jaime) se reunían los boy-scouts que regresaban de las excursiones. Era a finales de los sesenta. Allí bailaban sardanas y luego terminaban con el Adeu siau. Esto parecía no gustar a los miembros de la Guardia de Franco de Barcelona que frecuentemente asistían con la única intención de repartir estopa. Y a fe que lo hacían. Algunos ni entendíamos ni nos gustaba esa violencia gratuita del domingo noche y solamente logramos entenderlo cuando uno de los miembros del Distrito VII de la Guardia de Franco me lo explicó con una brutalidad digna de encomio: “Mira, Catalunya es un país ocupado y nosotros, la Guardia de Franco, somos el ejército de ocupación”. Me lo decía mientras le tomaban medidas en una sastrería de Vía Layetana para hacerle a medida el uniforme de la Guardia: pantalón de montar con botas altas, guerrera tres cuartos y quepis con los consiguientes correajes y trinchas. Lo más parecido al uniforme de las SS, negro éste, azul mahón el de la Guardia. Así que la pregunta de “¿Y esto lo piensas tú solito hijo o es la doctrina oficial de la Guardia?” quedó sin contestar cuando el sastre le preguntó si le tiraba mucho la sisa.

A decir, verdad, tampoco hay que dramatizar. Había que ir a los desfiles que la Guardia de Franco realizó hasta el 75 frente a las Atarazanas de ayer, Drassanes de hoy (como verán esto del bilingüismo de estricta observancia termina siendo un coñazo a partir de la quinta página) para ver que aquella estructura paramilitar del régimen era el ejército de Pancho Villa. Desfilaban por centurias que, curiosamente, jamás llegaban a cien; en realidad, lo mismo le ocurría a la centuria romana formada por 80 hombres, pero ese no era el motivo, sino que empezaban a faltar simpatizantes y militantes. Además, la mayor parte se afiliaban sin que existieran profundas motivaciones político-ideológicas. Unos porque creían que así serían contratados con más facilidad en empresas del INI y es posible que hubiera algo de esto, pero no como política oficial del régimen franquista, sino como opción personal de quien dirigía esta o aquella empresa. La Pegaso de Barcelona, por ejemplo, era un coladero para militantes de la Guardia, el que buscase trabajo en aquella época y estuviera encuadrado en algún “hogar de la Guardia” ya sabía a dónde ir. Otros estaban allí porque en algunos hogares en plena fiebre del sábado noche, se organizaban bailongos. En el de calle Blay, por ejemplo, era frecuente que asistieran los gallegos de Pueblo Seco en masa. En aquellos bailongos y en aquella época se prodigaba Alberto Royuela que hizo de aquel distrito su “centro de operaciones”.

El Movimiento Nacional franquista tenía un local en cada distrito municipal y en cada uno de ellos existía una centuria de la Guardia de Franco. También había un “Hogar” en la calle Consejo de Ciento cerca de Rambla de Catalunya y una “lugartenencia” en el edificio anexo a la Jefatura Provincial del Movimiento en el chalet modernista de Mallorca esquina Roger de Lauria (o de Lluria, claro). Las “juventudes” de la Guardia –porque las había– estaban refugiadas en las golfas de ese chalet y para llegar a él, había que subir la escalera noble del lujoso edificio y luego otra menor que llevaba a donde en tiempos vivió el servicio de la mansión. Desde allí a principios de los 70, en una escueta y destartalada habitación de apenas 8 metros cuadrados se intentaba dirigir a unos jóvenes que empezaban a escasear y que tenían poca vocación de asumir la disciplina militar de la Guardia. El día que estuve en esa ominosa estancia, el jefe de los jóvenes que comentaba que estaban a punto de sacar una revista para jóvenes que se llamaría Yugo, “¿Y por qué no opresión o esclavitud?” le dije, pero puso cara de no entenderme, así que se lo tuve que explicar: “hombre, lo digo por que lo de yugo suena a opresión…”,  “No, que no lo has pillado, es por el yugo y las flechas…”. Aquel hombre no tenía sentido de la ironía ni tampoco aquella publicación en la que pretendía embarcarme salió jamás.

Un suicida en la Guardia de Franco y una Guardia de Franco suicida


José Luis Saura era hijo de un doctor y excombatiente franquista murciano afincado en Barcelona. Entró en contacto conmigo a través de un vecino que tenía por amigo a un compañero de clase que había captado para el PENS. Vivía en Tres Torres y su afición era armar maquetas de aviones con una minuciosidad propia del neurótico obsesivo que, a fin de cuentas era. Me recibió en su casa, muy formal, con blazer azul, camisa y corbata, si bien su exuberante caspa constituía una nota de desdoro a tanta pulcritud. Me enseñó su colección de maquetas y entendí su neurosis cuando conocí a su padre autoritario, más volcado hacia las hijas menores que al primogénito de la familia. Saura se sentía solo en su propia familia así que buscó compañías políticas. Era, ante todo, militarista. Lo nuestro, en principio, le iba, así que se afilió y pronto hicimos buenas migas.

Era en la época un tipo extraordinariamente activo que no dudaba en hacer activismo en su barrio a la luz del día. En cierta ocasión quedamos y me dijo que le acompañara a hacer unas pintadas en el barrio: “… ejem, son las dos del medio día”. Y además hacía buen día. “No pasa nada, no hay casi nadie en las calles”. Era cierto, así que por qué no. Estábamos pintando aquello tan original como rotundo de “Rojos no” o aquello otro que se hace quilométrico cuando se tiene un spray en la mano de “Ni capitalismo ni comunismo, revolución nacional”, cuando una ama de casa madura vino hacia nosotros gritando. Me costó trabajo entender lo que decía y mucho más entender la situación. Era la madre de Saura que simplemente le decía “Te he dicho que no pintes cerca de casa”… era toda una madraza la buena mujer.

Saura era “nuestro hombre en la Guardia de Franco”. Le gustó en “entrismo” en aquella organización porque, como he dicho, su militarismo era inherente a su persona y pasó con singular satisfacción por el sastre que le armó el consabido uniforme que incluso se ponía en el hogar cuyo padre alternaba ironías con hostilidad maliciosa ante el gesto.

Tras la disolución del PENS en 1972 le perdí de vista durante mucho tiempo. Hacia 1976 ó quizás 77, vi en un kiosco un titular del Cataluña Express, efímero diario que ya entonces intentaba convertir en lectores de prensa a quienes no la leían a base de titules espectaculares y mucha fotografía. No solía comprarlo, ni lo compré entonces cuando leí el titular: “Suicidio por amor en Gracia”. Mi querida madre, en cambio, solía comprarlo y aquel día vino con él. Fue entonces cuando leí el nombre del suicida: José Luis Saura. El muy energúmeno se había descerrajado un tiro en la boca, con dos cojones. Me extrañaba porque no era hombre del que le conociera la posesión de ningún arma. El querido Liberato Egea, vecino suyo, entró con la portera del inmueble, pocos segundos después de la detonación y de que nadie abriera. El espectáculo era dantesco. Prácticamente toda la cabeza había saltado en mil pedazos y estaba desperdigada por la habitación con trozos adheridos a la pared teñida, por lo demás, con el chorro de sangre consiguiente. Saura se había suicidado con una pistola de avancarga. En tanto que neurótico y coleccionista adquirió una de esas armas de colección que se vendían en aquel momento libremente en armerías, la cuidó con singular primor, él mismo se fabricaba su pólvora siguiendo la mejor de las fórmulas y para colmo, él mismo, fundía sus balas de plomo. Aquello no eran balas, eran como pelotillas de plomo, sólo algo más pequeñas que las de ping-pong y equivalentes a una bellota del 38; si se cuenta que son capaces de frenar a un coche, puede imaginarse el efecto que hizo en el cráneo del pobre Saura.

No era un hombre que se prodigara en ligues ni francachelas. Como hombre serio que era, buscaba a la mujer de su vida, nada más. Creyó encontrarla en una chica dedicada al descorche y, en tanto que santo varón español, albergaba la fantasía de retirarla del oficio. Ella le siguió la corriente, pero en aquella época todavía un macarra era un macarra y el suyo le tiró más que el bueno de Saura. Así que lo dejó a poco de haber obtenido una plaza en el Instituto Nacional de Previsión y cuando ya incluso se había emancipado y solo aspiraba a casarse. Llamó a su padre y le comunicó su decisión de suicidarse. Éste no se tomó en serio la llamada: “Ya te ha jodido la tía aquella ¿verdad? Pues búscate otra y no des más pol culo”. Respuesta incorrecta. Colgó el teléfono, sacó la pistola de su caja, colocó primero la pólvora, luego un taco, luego la bala, finalmente el fulminante, se metió el cañón en la boca y disparó, todo ello en menos de minuto y medio. No dudó. Descanse en paz.

Fue Saura quien mayo de 1972 me convenció para que visitara al lugarteniente de la Guardia de Franco. Cambié unas palabras con él y me presentó a Griñó, el jefe de información de la Guardia en aquel momento (moriría luego a causa de un cáncer de páncreas). Era curioso y sorprendente, pero tanto la Guardia de Franco como el Movimiento Nacional tenían un “servicio de información”. El del Movimiento, al menos en Barcelona, era completamente inexistente. En cuanto al de la Guardia de Franco era posible que pasara informaciones a la policía o al SEDEC. Recuerdo aquella conversación porque a los pocos días, otro camarada me llamó: “la policía está preguntando sobre ti”. Había una relación causa-efecto. Yo me había presentado en la Guardia de Franco como militante del PENS y la policía me buscaban como tal. Fue la primera vez que mi nombre llevó al IV Grupo de la Brigada Político-Social de Barcelona. Años después habían logrado recopilar legajos y legajos sobre mí. Un amigo policía me comentó que en los archivos se guardaba en 1984 solamente los últimos legajos con una nota: “Sobre este tipo hay una cantidad impresionante de papeles en el almacén”. La verdad es que no había para tanto, ni yo fui nunca un peligro para la seguridad del Estado. Todo el tiempo que me dedicaron se lo podían haber dedicado a cualquier otro tema de más interés y muchísimo más riesgo.

Pero de aquella primera y única conversación con el “jefe de información” de la Guardia de Franco hubo otro detalle curioso que no he podido olvidar 35 años después. En un momento dado, me preguntó si conocía a izquierdistas. Hombre, claro que los conocía, pero eran amigos de infancia, también recordaba a los escolapios, pero habían sido mis profesores y no albergaba un odio particular contra ellos. Desvié el tema preguntándole qué grupos se mostraban más activos en ese momento. Sacó un paquete de 4 centímetros de grosor envuelto en papel de periódico. Eran ejemplares del órgano del Partido Obrero Revolucionario (trotskista). En aquella época todavía me era difícil distinguir las diferencias entre un “lambertista”, un “posadista” o un “trotskista del Secretariado Unificado de la IV Internacional”, esto es, un “mandeliano”. El POR(t) era un pequeño grupo surgido de una escisión en el Secretariado Latinoamericano de la IV Internacional en torno al “camarada Posadas”. Todos los que les conocieron con el tiempo me confirmaron lo mismo: sostenían tesis particularmente estrafalarias como aquella de que “los marcianos son trotskistas”: si los marcianos llegaban a la tierra es que tienen un alto nivel tecnológico y esto solo es posible sin han adoptado el marxismo como método científico y, dentro del marxismo, el trotskismo en la interpretación más correcta y depurada. Tal era su análisis. Pero es que, además, dormían con las ventanas abiertas para ser los primeros en ver la llegada de los marcianos que estaban convencidos de iba a producirse de un momento a otro como preludio del apocalipsis. Sí porque además tenían una curiosa teoría sobre el “fin de la historia” a base de escatología y locura pura y simple a partes iguales. Joan Colomar me explicó que durante su estancia en cárcel como miembro de la Liga Comunista Revolucionaria, había conocido a militantes presos del POR(t) que no tenían inconveniente a sumarse a todas las acciones de protesta, incluso a las más suicidas, aunque ello comportara sanciones y una prolongación de su estancia en prisión: “Total, como estaban convencidos de que el mundo acabaría antes de extinguir su condena no tenían nada que perder”.

Lo curioso era que una organización como la Guardia de Franco dispusiera de ejemplares recién impresos de la revista ciclostylada del POR(t), un grupo, a decir verdad, minúsculo. O tenían a algún infiltrado dentro del grupo o bien todo el grupo estaba teledirigido por algún servicio de información con el que colaboraba la Guardia de Franco. Y en la época no había muchos: o bien la policía o bien el SEDEC. Y me inclino más bien por este último. Por lo demás, cuanto más loco y desmadrado es un grupo político, más permeable es a la infiltración y a verse manipulado por cualquiera que pase por allí.

El ambiente de la Guardia de Franco nunca me atrajo. En aquella época (desde 1972 hasta 1976) yo era un “buscador”, buscaba ubicarme políticamente y la Guardia de Franco no parecía ser el lugar más sofisticado para hacerlo. En realidad, agrupaba a un buen número de lo que los marxistas llaman “desclasados”, con cierta presencia, al menos en Barcelona, del lumpen proletariado urbano. Y, como en botica, había de todo. Conocí a algunos miembros de la Guardia que, desde el punto de vista personal, eran –y son- excelentes personas. Recuerdo en particular a Millán Lavín, durante un tiempo lugarteniente de la Guardia en Barcelona, al que luego volví a encontrar en la transición y más tarde en los años 80 presidiendo una asociación cultural, ACAE, Afirmación Española. Pero, estas figuras no podían hacer olvidar el nivel de mediocridad general de la Guardia.

El Movimiento Nacional estaba aún peor. Desde 1970 los locales estaban prácticamente vacíos y no existía militancia, si bien cada “distrito” –cada “delegación”– tenía invariablemente su jefe de distrito, su secretario de distrito, su secretario de excombatientes y su delegado de la Guardia de Franco. Es cierto que todos ellos percibían emolumentos, pero no es menos cierto que se trataba de cantidades ridículas que por lo que recuerdo apenas alcanzaban las 1.500 pesetas al mes en un tiempo en que el salario medio ya estaba en torno a las 15.000. Tampoco es que tuvieran mucho trabajo. Cada mes tenían que rellenar unos estadillos de actividades y enviarlos a la jefatura local, la cual las refundía y las remitía a la jefatura provincial la cual, finalmente, las hacía llegar al gigantesco edificio madrileño de la Secretaría General del Movimiento adornado por unas flechas gigantescas que ocupaban toda la fachada de la calle de Alcalá. Ángel Ricote, fundador de CEDADE y luego del Círculo España/Occidente, era secretario político del Distrito VI del Movimiento (cuya sede estaba en Rambla de Catalunya esquina Mallorca), me enseño uno de estos estadillos: eran literalmente increíbles, se decían enormidades del tipo “El día tal de tal tuvo lugar la asamblea general del Distrito asistiendo 150 camaradas y se habló sobre el último discurso del Jefe del Estado ante el Consejo Nacional del Movimiento, recibiendo la adhesión general de todos los asistentes”. En realidad la reunión era completamente ficticia. Nunca había reuniones, al menos en ese distrito y sospecho que análoga situación se produciría en muchos otros. Acaso en todos.

Por un juicio crítico rápido sobre el franquismo

Cuando en 1975, Antonio Torrens, uno de los raros militantes que se sintieron atraídos por los aspectos intelectuales del asunto, organizando la primera distribuidora de libros –Sármata– de nuestro ambiente que existió en España (cuando en Italia existían desde había 30 años), se intentó afiliar al Movimiento porque creía que podría optar con más facilidad a algún piso de protección oficial, se sorprendió al comprobar que los primeros sorprendidos eran los funcionarios del Movimiento que ni siquiera recordaban dónde habían colocado los impresos de afiliación. Cuando alguien compara el franquismo a cualquier régimen comunista está evidentemente exagerando. Aún hoy, en China, ser miembro del PCCh sirve para estar en la élite del poder; en la España franquista era completamente irrelevante el pasar o no por la “base” militante del Movimiento si se aspiraba a estar entre la élite del poder, incluso el paso por la Guardia podía ser un desdoro. Era mucho mejor, tener un tío o un concuñado que estuviera apalancado ya para optar con más garantías a cualquier escalón del Estado.

Todas estas experiencias y algunas más determinaron mi más completa indiferencia hacia el franquismo. El franquismo no fue un régimen monstruoso y odioso como se le suele presentar hoy, la prueba es que la oposición democrática jamás tuvo fuerza social suficiente como para abatirlo, ni siquiera en 1977, cuando triunfó en unas elecciones libres la candidatura de UCD en su inmensa mayoría compuesta por hombres del antiguo régimen. Eso que a principios de los 70 se denominaba “mayoría silenciosa” apoyaba al franquismo que se pareció mucho más al régimen paternalista y católico de Petain que al de Hitler o Mussolini. En realidad, en 1939 lo que quedaba de España era un país pulverizado y no puede extrañar que a partir de ese momento, al menos en lo que respecta a Franco, el mayor énfasis se pusiera sobre todo en el desarrollo, en paliar la miseria, vaya. Las consecuencias de la guerra no empezaron a remontarse hasta 1956 cuando se firman los acuerdos con los norteamericanos y se volatiliza definitivamente el aislamiento internacional. Poco después, entramos de la mano del Opus en pleno desarrollismo y en 1975, España era, en general, un país diferente al de 1939. El subdesarrollo había quedado muy atrás, a pesar de que existieran bolsas de miseria (las últimas chabolas de Barcelona se abatieron a mediados de los años 80).

El franquismo no fue más que una concentración de esfuerzos en el desarrollo económico. Para lograrlo fue preciso el poder centralizado y la planificación a ultranza. Eso o un plan Marshall. De esto no hubo así que sólo se pudo y se quiso sacrificar las libertades políticas (sólo ejercibles cuando se tiene la barriga llena) al desarrollo. El fin de esta etapa coincidió con la muerte de Franco. Hacia 1970, tanto Carrero Blanco como sus partidarios ya habían entendido que el futuro sin Franco sería poco franquista e intentaron organizar a la derecha política ante un marco democrático limitado hasta los socialistas (sin los comunistas como en Alemania). En 1972 los servicios secretos de Carrero ya trabajaban sobre esta hipótesis. Lo que pasó a continuación es ocioso traerlo a colación. En 1975 el todavía escuálido capitalismo español precisaba entrar en Europa para obtener más beneficios. El régimen que hasta ese momento le era necesario e imprescindible había dejado de serlo: a partir de ese momento se precisaba una estructura democrática formal que abriera las puertas de Europa. Eso fue la transición, nada más. La transición se puede reducir a una transformación profunda del marco político cuyos objetivos eran entrar en el Mercado Común y en la OTAN.

Con el tiempo he aprendido a rebajar los juicios emitidos sobre tal o cual fenómeno político. Todos son relativos: el franquismo favoreció el desarrollo de la sociedad española sin pasar por la II Guerra Mundial que nos hubiera hecho partícipes del Plan Marshall y de la democracia con treinta años de anticipación, eso sí, a cambio de que la España pulverizada de 1939 hubiera sido una España micro pulverizada en 1945. Está claro que quienes pasaron por las cárceles franquistas no guardan un buen recuerdo de aquella época. Y quienes querían expresar un ideal marxista lo tuvieron crudo. Pero los períodos históricos son lo que son y así hay que juzgarlos, y la España franquista no fue más que un ciclo en el que España abandona el subdesarrollo y concentra esfuerzos en la planificación. Por tanto, no puedo juzgar al franquismo con demasiada dureza, pero tampoco lo percibo con especial simpatía. Entonces me parecía un régimen extraordinariamente mediocre, pero el tiempo hace que todo lo redimensionemos: el burócrata franquista más gris seguramente era más brillante que muchas ministras de cuota zapaterianas o que los funcionarios arribistas del aznarismo. Se suele decir que las Cortes franquistas eran mudas; serían mudas seguramente, pero asistían a las sesiones a diferencia del actual parlamento que no solamente está compuesto por muditos sino que ni siquiera tienen a bien acudir al hemiciclo más allá del día de cobro.

El tiempo, como digo, ha hecho que redimensionara muchos de estos juicios: es la política vulgar concebida como ejercicio de arribismo y sumisión lo que he terminado por detestar. Y eso es una culpa de las personas más que de los sistemas. Bajo el franquismo se hizo un cine excepcional y películas miserables, empezando por Marisol y terminando por Pili y Mili. Y lo mismo vale para la TV franquista. De todo esto ya aludí en su momento en Infokrisis cuando descubrí el cine de Edgar Neville o redescubrí al Chicho Ibáñez Serrador de finales de los 60, un verdadero prodigio. Dejando aparte el período de la transición en donde en España no se hizo más cine que el de destape y resulta difícil encontrar algo que haya superado la prueba del tiempo, el cine filmado en el período democrático tiene, así mismo, algunas obras interesantes y una gran mayoría de mediocridades que no aumentan su dignidad solamente por haber recibido un Goya. He conocido a gente excepcional en las cárceles y, junto a ellos, a miserables para los que el emparedamiento sería una pena leve. Pero también en conocido en los palacios a cretinos que no valían más que sus defecaciones y, junto a ellos, a gentes con una sensibilidad cultural y una creatividad fuera de serie. De todo hay en todas partes, de todo hay en todos los lugares, de todo en todas las épocas, por tanto me niego en esta rememoración de recuerdos a jugar con los adhesiones soberanas y las condenas absolutas. Si algo he aprendido en la vida es que tales juicios son siempre erróneos.

Pero en 1968 yo no pensaba todavía eso. Lo que había visto del franquismo no me había gustado excesivamente. Experimentaba más atracción hacia los medios falangistas “disidentes”. Esta calificación de “disidentes”, si no recuerdo mal, fue ideada en los ambientes del SEDEC. Este servicio concebía al sistema político español como sostenido a finales de los años 60 por dos columnas: la Falange y el Opus Dei. Para esta concepción, todo falangista tenía su madre y maestra en el Movimiento y quienes no lo aceptaban eran llamados “disidentes”, disidentes del Movimiento. También había carlistas disidentes, pero estos pesaban mucho menos dada su concentración geográfica en Navarra. Recuerdo todavía cuando un capitancete del SEDEC me explicó esta teoría haciendo un gráfico: dos columnas sostenían un triángulo y sobre el triángulo una bandera. Las columnas eran la falange y el opus, que dicho sea de paso se odiaban mutuamente, el triángulo o frontispicio era el Estado y la bandera eran las “Leyes Fundamentales del Reino”. Tal era el esquema en virtud del cual un falangista no franquista “disentía” del grueso de la Falange.

El razonamiento no era del todo falaz, a pesar de su obvio infantilismo. El 18 de julio de 1936, la Falange era un grupúsculo clandestino que había obtenido un resultado despreciable en las elecciones de febrero y constituía uno de tantos grupos activistas de la época. Contaba con la bendición de Mussolini y una pequeña ayuda económica de Italia y, desde luego, José Antonio Primo de Rivera, era el dirigente más conocido y con más relevancia social de todos esos grupúsculos, seguido por el doctor Albiñana y su Partido Nacionalista Español. Es difícil saber qué habría ocurrido con la Falange en caso de no haberse producido la malhadada Guerra Civil. No vale la pena perderse en disquisiciones ni sobre hacia dónde habría derivado la Falange, sobre si habría logrado abandonar la etapa grupuscular y si habría jugado algún papel político a partir de entonces y no exclusivamente activista como había sido el suyo hasta 1936.

En 1939, de la Falange fundacional quedaba poco. Unos muertos en combate, otros desengañados de todo, otros viviendo de glorias bélicas, otros gestionando las más diversas oficinas oficiales y muy pocos con ganas de enmendarle la plana a Franco. Narciso Perales fue de los pocos que se atrevieron a hacer valer ante Franco su fidelidad a los ideales originarios de la Falange. Me contaron la anécdota hará unos años así que es posible que equivoque algún dato. Era, a la sazón, Perales, gobernador civil de una provincia castellana que debía visitar Franco. En la “frontera” provincial, Perales esperó al Jefe del Estado, le paró el coche y le lanzó la pregunta del millón a través de la luna del coche a medio bajar: “Mi general ¿para cuando la revolución nacional?”. Y Franco, imperturbable y con aire de fastidio le contestó: “No es el momento, Narciso, no es el momento”. El particular acento de Perales, con el frenillo de la lengua corto, no alteró al dictador. La realidad, es que bajo el franquismo, pocos falangistas pidieron la “revolución nacional”. En 1971 la revista mensual del Distrito Centro de la Guardia de Franco de Madrid, En Pie, entrevistó a Raimundo Fernández Cuesta y le realizó la misma pregunta. Fernández Cuesta, seguramente por su contacto prolongado con Franco había asumido algunos de sus tics y tampoco se inmutó ante la cuestión: “Hombre –respondió- es que si en 1939 se hubiera hecho la revolución nacional hubiera sido el reparto de la miseria”. Y tenía toda la razón, el horno no estaba para bollos.

Un aparte sobre la izquierda falangista

De la falange fundacional quedó poco en 1939 y lo poco quedó se vio anegado y subsumido por la oleada de nuevas adhesiones, no ya a la Falange sino al Movimiento Nacional de Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, nombre tan kilométrico como surrealista para un partido único. Hubo decepcionados, hubo arribistas, hubo entusiastas, hubo de todo. Dado que la Falange no había podido cerrar una teoría política durante sus primeros años y que el “fundador” había muerto, subsistían las dudas sobre cómo cerrar los vacíos doctrinales que quedaban. Por ahí empezaron las disidencias. Unos cogieron el material que faltaba de la izquierda, otros del anarquismo, otros del pensamiento de la derecha, más tarde del acervo socialdemócratas, etc. El período que va de 1943 a 1967, es decir del cambio de actitud del régimen que pasa de ser “falangista imperial” a “integrista católico” a raíz del giro que adopta la II Guerra Mundial, hasta el momento en que Hedilla funda el Frente Nacional de Alianza Libre, son 25 años en los que la Falange deja de ser una y pasa a ser múltiple.

En la constelación de siglas falangistas de esa época se encuentra de todo. El FNAL, a pesar de contar con Manuel Hedilla Larrey como cabeza visible se definía como no-falangista. En efecto, las decepciones políticas de Hedilla y seguramente algunos resentimientos personales le habían alejado del ambiente azul mahón. En 1976 un falangista barcelonés veterano me había contado una anécdota que aquí reproduzco: “En Barcelona éramos un grupo de falangistas disconformes con la línea de Franco así que fuimos a ver a Hedilla que estaba desterrado en Mallorca para pedirle consejo. Nos envió literalmente a freír espárragos”. La cosa se entiende menos, si tenemos en cuenta que uno de los grupos que formaron el FNAL era el Frente Sindicalista Revolucionario. Y se entiende menos porque, al menos en esa época, el FSR sí era falangista.

Narciso Perales, precisamente, lo había formado a partir de un grupo minúsculo, el Frente Nacional de Trabajadores, formación efímera que no se recordaría de no haber sido por que fue matriz del Frente de Estudiantes Sindicalistas que cubre un espacio de más de 10 años en la militancia falangista universitaria, de 1965 a 1975. En el 76 Perales se convenció de que era muy difícil actualrcon los símbolos falangistas en pleno franquismo, especialmente cuando de lo que se trataba era de realizar una crítica al franquismo que utilizaba justo esos mismos símbolos. Así que decidió cambiar de estrategia y fundar el Frente Sindicalista Revolucionario en 1966. Fue el primer intento de alejarse de la estética falangista: el símbolo ya no era el yugo y las flechas sino la espiral levógira y la bandera antaño roja y negra se transformó en negra del todo acaso para acentuar una proximidad al anarcosindicalismo y un alejamiento del leninismo. Y así surgió el FSR en Barcelona (con gente de aquel semillero de militancia que fue el Círculo José Antonio) y en Madrid con disidentes del FES.

Pero en todo ello había una contradicción. Perales había realizado un buen diagnóstico de la situación pero no había sabido transmitirlo a su gente. En realidad, lo que Perales había enunciado era una tesis sobre la “autonomía histórica” ante litteran, esto es antes de que Laureano Luna la hubiera enunciado treinta años después como piedra de base de Democracia Nacional. Básicamente esta teoría decía que para llevar adelante una lucha política en la actualidad no es preciso tener un “modelo histórico”, o lo que es lo mismo, que la utilización de determinado modelo histórico puede desviar y confundir a un partido político sobre sus verdaderos objetivos. En DN, todos, salvo Canduela (al que las cuestiones doctrinales le han traído siempre al fresco salvo las más estrafalarias teorías sobre los “ancestros”) y Nacho Mulleras (el único fundador de DN que queda en el partido y cuyo pensamiento político empieza y termina con el franquismo), habían asumido la tesis de “autonomía histórica”. No así en el FSR en cuya revista, Frente, se alternaban loas, glosas y alabanzas hacia los aspectos “revolucionarios” del nacionalsindicalismo. En Wikipedia he encontrado un párrafo en el que se resume esta problemática seguramente por alguien que pasó por allí: “En 1968, se publicaron los primeros números de Frente, órgano de la Junta Local de Madrid del FSR. Su contenido revela las contradicciones del proyecto de Perales y el riesgo, consumado más tarde, de que una organización desprovista de referencias explícitamente falangistas e involucrada en la lucha obrera y estudiantil, acabara en las antípodas del falangismo. Se mezclaban planteamientos de abierta simpatía con el movimiento libertario y el sindicalismo de Pestaña junto con posiciones próximas al nacional-sindicalismo y defensoras de un falangismo antifranquista. Las críticas al dirigismo leninista se simultaneaban con teorizaciones sobre la necesidad de una vanguardia política jacobina; la reivindicación de una revolución hecha por los trabajadores con la afirmación de que la revolución debe ser dirigida por un partido elitista”.

El problema de fondo era que muchos falangistas que habían ingresado en el FSR por “lo revolucionario” se negaban a dejar de ser falangistas y había otros que seguían el camino opuesto: querían olvidarse de que un día fueron falangistas. No es raro que el FSR cayera en la atonía en Barcelona después de unos comienzos esperanzadores y que en Madrid, donde se encontraba la mayor parte de su militancia, las escisiones fueran constantes. Con todo, hacia 1973 quedaban allí pocos falangistas. Otros, a fuerza de ocultar las Obras Completas de José Antonio y recomendar las de Ángel Pestaña se habían convertido en “pestañistas”.

Llegado a este punto vale la pena recordar que Ángel Pestaña, sindicalista de la CNT, tuvo contactos con José Antonio Primo de Rivera en vistas a su integración en la Falange. La izquierda falangista siempre ha recordado estos contactos como muestra de la vocación obrerista de la Falange. No hay tal. Felipe Ximénez de Cisneros en su Biografía Apasionada de José Antonio da algunos datos que explican el porqué tales contactos no progresaron. Recuerda que, efectivamente, esos contactos tuvieron lugar. Al parecer, Pestaña, a fuerza de leer la propaganda de izquierda y sus juicios sobre la Falange, creyó que este partido era la “guardia armada del capital” y que detrás del partido existía el apoyo de grandes capitales. No era así y cuando Pestaña lo comprobó cortó una relación en la que no tenía nada que ganar y sí todo su prestigio sindicalista que perder. Tengo tendencia a creer en esta anécdota. Pestaña se concentró en su Partido Sindicalista que quería ser a la CNT lo que el PSOE era a la UGT, lo que demuestra que sus ambiciones no eran pocas.

En realidad, el FSR fue evolucionando cada vez más hacia el “pestañismo” y terminó integrándose en el nuevo Partido Sindicalista constituido en 1976 a partir de restos varios entre los que figuraban pequeños núcleos surgidos del estallido y reconversión final del FSR que, a todo esto, había terminado expulsando a Narciso Perales y con él a los restos del recuerdo originario falangista. En Barcelona viví relativamente de cerca todo ese proceso.

En la Facultad de Derecho existía en 1970 un pequeño grupo del FSR que era el prototipo del drama de esta organización. Por una parte, el grupo estaba dirigido por Ramón Graells Bofill, falangista de aquellos que habían hecho de las Obras Completas su libro de cabecera. De otro, en esa misma facultad estaba un tal Cid, obrero que tenía cierta tendencia a mostrar sus manos en las asambleas: “miradlas son las manos de un trabajador y no como las vuestras”... y entonces señalaba a los izquierdistas de la izquierda caviar. Conocí a Cid en un compartimento de tren con seis literas cinco de la cuales estaban ocupadas por un grupo heterogéneo que se dirigía a Madrid para asistir a un curso organizado por el SEDEC bajo la cobertura de un “curso para monitores de tele clubs urbanos”. y al sexta por el policía  encargado de vigilarnos. Yo empezaba a tener una idea de dónde me estaba metiendo, pero no así Cid que se había limitado a cumplir la sugerencia de su jefe. Andaba perdido el hombre y mucho más cuando llegamos al Valle de los Caídos y nos esperaba una cuarentena de estudiantes franquistas, carlistas, fuerzanuevistas, guardias de Franco, etc, una compañía impropia para aquel que se sentía “verdadero sindicalista revolucionario”. El hombre aguantó bien los cuatro días de cursillo. Ocultó sus verdaderas afinidades políticas, se calló y seguramente se mordió la lengua y nunca jamás volví a saber de él. Aún así hablé con él lo suficiente para advertir que el “sindicalismo revolucionario” era tan sumamente aburrido y gris como cualquier otro sindicalismo y que con ese bagaje difícilmente se podría construir algo sólido y atractivo. Un par de años después, volví a preguntar por el tal Cid. Desapareció del FSR y dios sabe que habrá sido de él. Físicamente, era la fotocopia de Pedro Conde Soladana, el líder hedillista que presidió la Falange Auténtica en la segunda parte de los 70 después de haber tenido cierto protagonismo en la huelga de FASA Renault de Valladolid en 1973 ó 74. Ambos tenían la misma fisonomía y la misma perilla y su pensamiento, más que político, sindical, era exactamente él mismo. Ya saben aquello de que todos tenemos un doble –el mío todavía circula por el Ensanche (Eixample de nuevo) barcelonés- al que cuando encontramos, uno de los dos muere. Se trata de una vieja historia de los bosques de Baviera. Espero que Pedro Conde no se haya encontrado jamás con su sosias político, como yo tampoco me he cruzado nunca al mío.

La izquierda falangista y la anarquía

La existencia de aquel grupo del FSR en Barcelona no duró más allá del 73, en el 74 los universitarios falangistas estaban organizados en un grupo autónomo “Aula Azul”. No eran más de dos docenas, y buena parte parecía cortado con el mismo patrón: aires de suficiencia, edades entre 18 y 21 años, se consideraban de “izquierdas”, intentaban mantener la equidistancia entre el franquismo y la oposición democrática. Y, en general, todos ellos se consideraban “intelectuales”, distantes y orgullosos de su condición. Políticamente estaban en las nubes. Se situaban un paso atrás del FSR y en su publicación, Aula Azul, seguían ostentando el yugo y las flechas. Se les ocurrió repartir la revista en la Facultad de Filosofía y Letras de la Plaza de Universidad (Universitat). Ocurrió la tragedia. Era difícil entrar a repartir revistas con el yugo y las flechas en una facultad dominada por la ultraizquierda. Lo intentaron y al cabo de pocos segundos se había entablado una batalla campal en la que se mostraron capaces de batir sobre el terreno a los agresores. Pero el mal estaba hecho: la orientación “de izquierdas” de Aula Azul era increíble para quienes los habían visto luchar contra la militancia de izquierdas con la misma decisión que en otras ocasiones habían visto a grupos de extrema-derecha.

Aula Azul que había nacido, si no recuerdo mal, al calor de algún Hogar de la OJE, se fue desvinculando poco a poco del medio falangista siguiendo un proceso parecido al del FSR. Coincidiendo con la muerte de Franco leí una publicación, Eje, de la que me explicaron que era la “antigua Aula Azul”. Eje, seguramente no era el nombre que mejor le cuadraba y que remitía necesariamente al pacto germano-italiano, pero ya no se trataba de una publicación falangista, sino sindicalista cuya insistencia en la “autogestión” era tan obsesiva como aburrida. Para mí era un misterio, como unos chicos de la OJE, estudiantes y con pretensiones intelectuales, se habían acostado un día como falangistas y al día siguiente eran capaces de impulsar una sedicente “federación de grupos autogestionarios” a partir del “Grupo  de Acción Auto Gestionario” que ellos mismos habían constituido y que, con el paso de las semanas y los pajotes mentales mal administrados pasaría a converger con el FSR y con el Partido Sindicalista reconstruido en plena transición por el profesor Rubio Cordón. Mutaciones sin historia, sin gracia, sin aventura, sin gran novedad intelectual.

Entre aquellos falangistas estada el hijo de José Maluquer Cueto, intelectual falangista y antiguo concejal del Ayuntamiento de Barcelona a quien conocí en el Círculo José Antonio de Barcelona y del que puedo contar que tuvo a su cargo las llaves y el mantenimiento de la Biblioteca Arús, la biblioteca masónica de Barcelona, durante el franquismo. Maluquer, un hombre que amaba los libros, preservó de cualquier expolio a aquella biblioteca que, una vez reabierta, conservó el mismo fondo que tenía en 1939. Por lo demás, si alguien quería consultar el fondo de la Biblioteca, el propio Maluquer le acompañaba, le abría la puerta y aprovechaba él mismo para recrearse con aquellos tesoros. Precisamente, cuando se produjo el Caso Scala (incendio del local de fiestas durante una manifestación convocada por la CNT y que costó la vida a 4 trabajadores), aquella misma mañana una llamada reivindicó el atentado, dejando incluso su apellido: ”Jordi Maluquer”. La reivindicación era, por supuesto, falsa…

El caso Scala fue pura provocación. Desde muy pronto se supo que el instigador era un conocido confidente policial infiltrado en la CNT. Si se alguien utilizó el nombre de Maluquer fue precisamente porque este chaval había seguido el rastro que llevaba desde Aula Azul hasta los medios radicales periféricos a la CNT. No todos los miembros de aquel grupo originariamente falangista se integraron en el Partido Sindicalista, los hubo que siguieron caminos mucho más radicales. El joven Maluquer había sido detenido unos meses antes en una manifestación comando contra la Comisaría de Policía de Calle Santaló (por cierto próxima a su domicilio familiar) sobre la que arrojaron unos cuantos cócteles molotov. Detenidos varios, entre otros, el propio Maluquer, fue la primera –y última acción- de este tipo que realizaron los post-falangistas, devenidos ardientes sindicaleros.
 
Este tipo de grupos suscitaban cierta perplejidad y desconfianza en la extrema-izquierda barcelonesa de la época. No estaba claro su origen y era posible que fueran grupos provocadores. No lo eran, desde luego, pero la extrema-izquierda lo sospechaba. Por tanto, cuando se produjo el atentado del Scala no era una mala idea introducir en la ecuación a un antiguo falangista (esto es, al miembro de un sector que quedaba identificado con la extrema-derecha). Eso daba la posibilidad de que el atentado hubiera sido planificado en medios “involucionistas”… cuando en realidad el objetivo era cortar la influencia de la CNT sobre la juventud de Barcelona e impedir que el sindicato taponara (como había ocurrido en la pre-guerra civil) el crecimiento de la UGT en Catalunya. El atentado, no fue más que una acción táctica programa desde los sectores que impulsaban la transición. Esta era imposible con una extrema-derecha y con una extrema-izquierda fuertes, así pues, había que desactivarlas lo antes posible. El Caso Scala fue el principio del fin para la CNT que, desde entonces, no ha logrado recuperarse.

Tras aquel atentado contra la Comisaría de Santaló debió exiliarse un tal Pedregal cuyo trágico destino fue paradigmático de aquella pequeña generación de falangistas que quisieron dejar de serlo sin saber muy bien como hacerlo. Pedregal era un tipo de voz dura y tan cortante como su apellido. Lo conocí en el Círculo José Antonio de la mano de Ramón Graells. Sus primeras acciones políticas se habían originado, si no recuerdo mal, en las Juntas Promotoras de FE de las JONS, de ahí pasó a Aula Azul –época en que lo conocí- y luego siguió esa dinámica endiablada e indigesta de grupos autogestionarios, sindicalistas y postfalangistas. En Francia tuvo también problemas al participar –seguramente de la mano de la Federación Anarquista o de la ORA, Organización Revolucionaria Anarquista- en una manifestación de apoyo a la banda Baader-Meinhoff. Por si todas estas peripecias no hubieran sido suficientes, finalmente se mató en un accidente automovilístico en el vecino país. Pedregal era todo entusiasmo, voluntad y solidaridad. De tanto en tanto le salía el pelo de la dehesa falangista, pero en mi opinión era el más sincero y el mejor de todo aquel grupo.

El líder de Aula Azul era un tal Luis García (nada que ver con el otro Luis Gardía barceloneés, más conocido como "Mataestudiantes"), hombre que se movió incluso hasta muy avanzada la transición en los medios falangistas socialdemócratas afectos a la Asociación de Antiguos Miembros del Frente de Juventudes regentada por el recientemente fallecido Manuel Cantarero del Castillo. Lo conocí en cierta ocasión, quizás hacia 1972. Ejercía de antifranquista y fino estilista del falangismo más puro, lo que no era óbice para que si el SEDEC les convocara, fueran. En aquella ocasión, el SEDEC organizó en el Albergue Xifré de Arenys de Mar (quién me iba a decir que años después reconstruiría la vida de aquel indiano y penetraría en su biografía esotérica presentando la Casa Xifré de Barcelona como una “morada filosofal”…) un encuentro de estudiantes anticomunistas. Me llamaron. Advertí que no podía ir: ese día me habían convocada al ayuntamiento de Distrito para “tallarme”, primer acto del ritual de tránsito que terminaba en la búsqueda del petate un año después  e incorporase a algún campamento de reclutas. Me dijeron que no me preocupara, que ellos se encargarían de avisar que no acudiría a la ceremonia del “tallado”. Cuando al lunes siguiente fui, me comunicaron que estaba declarado desertor. La persona que tenía que avisar –el coronel Clavero– o no lo había hecho o no habían recogido su llamada. Así que tuve que dar el teléfono milagroso y todo se aclaró.

En el encuentro de Arenys había tres tendencias: el clan de los falangistas, el de los ultras y el de los espectadores. La gran mayoría de los asistentes eran espectadores, en torno a 130 personas, y los otros dos clanes estábamos representados por apenas 10 cada uno, así que aquello se convirtió en un partido de ping-pong en donde la mayoría del público miraba alucinado a dos grupos que se peleaban uno por parecer de izquierdas sin serlo y el otro por parecer de extrema-derecha aun teniendo muy poco que ver con la derecha ultramontana de la época. La conclusión que saqué es que con aquellos tipos se podía hacer poca cosa en común. El PENS en aquel momento estaba disuelto y una de las vías posibles era adherirnos al medio azul. Pero, claro, aquel medio azul, practicaba un antifascismo visceral que no compartíamos, y un progresismo precursor de lo políticamente correcto, que nos parecía igualmente odioso. El choque era inevitable. A partir de esa reunión empecé a ser considerado como la bestia negra de los falangistas puros y duros de Barcelona. Para mí también aquella reunión tuvo su secuela psicológica. A partir de ese momento empecé a ver con desconfianza al mundo azul… lo que no fue obstáculo para que unas semanas después ingresara en el Círculo José Antonio de Barcelona.

Stanley Payne desmoralizando a la izquierda azul

Anteriormente a este había ocurrido otro episodio que supuso para mí la primera señal de ALT! cada vez que intentaba aproximarme a la falange. Un buen día, no recuerdo por qué, tuvimos que ir a la Facultad de Económicas en misión de apagafuegos. Al parecer algunos alumnos de extrema-izquierda estaban amenazando a un profesor falangistas, un tal Rivilla. La sangre no llegó al río y todo discurrió normalmente, pero me encontré a Manolo Parra que me invitó a asistir a un seminario que daba el propio Rivilla en el Hogar Extremadura y al que acudiría Stanley Payne que en aquella época era conocido solamente por su libro sobre la Falange. Parra se había encontrado casualmente a Payne y le había invitado.

Allí estaba Payne sentado en el extremo de una larga mesa, meditabundo mientras Rivilla largaba un rollo interminable y tirando a tostón sobre economía nacional-sindicalista y transformación de la estructura económica capitalista en una estructura nacionalsidicalista, lo cual, a su juicio, era coser y cantar.

El tema del seminario era sobre estructura económica nacional-sindicalista, así que nadie se llamaba e engaño, aquello iba a ser duro. Intenté seguir la exposición pero al cabo de media hora estaba saturado de plusvalías, estructuras económicas, medios de producción y propiedad de los mismos. No era el único. El resto de la decena de asistentes ahogaba como podía  los bostezos sin poder evitar que la presión sobre los lacrimales diera un tono cristalino a los ojos. El único que parecía fresco como una rosa, atrincherado tras unas enormes gafas de pasta, era Payne. Nadie, por supuesto, tomó la palabra para pedir aclaraciones o formular dudas a Rivilla el cual terminó su alocución diciendo: “A la vista de todo esto la transformación de estructura económica capitalista en la estructura propia de un Estado Nacional Sindicalista podría realizarse sin excesivos problemas…”. Quedamos anonadados. El propio Rivilla, a la vista del incómodo silencio general, preguntó a Payne qué le había parecido la exposición. El americano no lo dudó y salió por donde menos me lo esperaba, pronunciando unas cuantas frases que yo esperaba protocolarias y dichas con el peculiar acento de Idaho o Montana: “Mire, creo que lo que usted ha expuesto es muy parecido y me recuerda extraordinariamente a los treinta meses de colectivismo en Catalunya durante la guerra civil…”. Hizo un alto y luego sentención: “Me parece que ustedes no tienen grandes posibilidades en el futuro para llevar a la práctica ese modelo económico”. La reunión se levantó. Desde entonces y mientras permanecí próximo a la Falange pude comprobar esa increíble tendencia de los falangistas a diseñar cómo sería un Estado Nacional Sindicalista, hasta en los más pequeños detalles y, sin embargo, eludir por completo el enunciado de una estrategia que permitiera llegar a él. Hoy esa tendencia está más atenuada por dos motivos: primero porque los teóricos falangistas han desaparecido de escena (Rivilla se mantuvo unos años discretamente y luego desapareció por completo; en Valencia tenía otra réplica, Manuel Martínez Sospedra, también profesor universitario, capaz de describir con minuciosidad obsesiva las estructuras políticas de un Estado Nacional Sindicalista. Diego Márquez habitualmente lo traía a sus mítines como telonero. Terminó en el PSOE) y, en segundo lugar, por que la contracción numérica de estos grupos les ha obligado a optar por otros caminos.

En el Círculo Doctrinal José Antonio

El encuentro de Arenys de Mar y, antes, el seminario con Payne, lograron que a partir de ese momento, siempre que oía hablar de la Falange, algo en mi corazón se pusiera en s ituación de prevengan. El encuentro con Payne tuvo lugar cuando apenas tenía 18 años y el de Arenys con 20, cuando el PENS ya se había disuelto. Me había dado cuenta de que era inútil intentar hacer política con una etiqueta inadecuada, así que casi automáticamente me volví hacia la Falange a pesar de las reservas mentales siempre crecientes que tenía. Estaba muy influenciado por el concepto marxista de "objetividad" que había visto de nuevo en las primeras obras de Evola que habían caído en mis manos. A pesar de leerlas mal al estar impresas en italiano, había podido entender la importancia de la noción de “objetividad”. Así mismo, la izquierda marxista, utilizaba también el palabro de manera machacona. Objetividad era percibir las cosas tal cual eran y aceptar la realidad tal como venía. Entonces tuve la insensatez de pensar: “Ernesto, si de lo que se trata es de adherirse a un movimiento alternativo y revolucionario, en España, el movimiento objetivo nacional-revolucionario es la Falange”.

Hay que decir que en 1973 había cambiado con Fernando Gallego (o Ferrán Gallego a partir de su adhesión al PSUC) mi reproducción facsímil del semanario La Conquista del Estado publicado por Ramiro Ledesma en 1931-32, contra su volumen de Las Ideas políticas de Jean Touchard. Creo que gané con el cambio. Ya entonces me sorprendió conocer la existencia de los “no conformistas de los años 30” en Francia: Thierry Maulnier, Drieu la Rochelle, el propio Mounier, Armand Dandieu, el Grupo Ordre Nouveau, etc. Entonces supe que “eso era lo mío”. Lamentablemente hasta una década después no logré profundizar en esa dirección. Había algo en el pensamiento joseantoniano que remitía a estos “no conformistas” y que se le escapada a la izquierda falangista. Incluso Mounier, que gozaba del predicamento de esos medios azules que devoraban sus obras completas publicadas por ZYX -una editorial de culto en la primera mitad de los años 70 en la izquierda alternativa- no parecían entender lo esencial de su pensamiento. Era difícil que un falangista criado en la opinión de que José Antonio y su obra eran algo completamente nuevo y original, inédito en la historia mundial, pudieran apreciar que había elementos interpolados en el pensamiento de José Antonio, dispersos aquí y allí, que permitían establecer cierta familiaridad con los “no conformistas franceses de los años 30”.

Así que un buen día me afilié al Círculo José Antonio de Barcelona, en su sección juvenil. Por ahí andaba Ramón Graells que se acababa de casar con María Victoria que no había cumplido ni los 20 años. Me invitaron a la boda; las cosas no empezaron bien para el matrimonio. María Victoria (Mariví para los amigos) en el momento de la ceremonia dijo aquello de “Yo Ramón Graells quiero como legítima esposa a María Victoria y prometo, etc”. El cura prefirió no aclarar el error y el marido sonrió benevolente. Luego, cuando me dirigíamos al banquete en el Mini Morris de Arturo Alonso, otro antiguo del FSR, falangista y luego delegado comarcal de Fuerza Nueva en Alicante, pudimos ver horrorizados como se abría la ventanilla del coche nupcial, emergía la cabeza Marivi soltando un vómito que sólo el limpiaparabrisas del Mini logró eliminar. En el convite me tocó junto a una chica del Hogar Extremadura del que recuerdo  unos hermosos ojos rasgados muy particulares que nunca más volvería a ver. Unos años después, los cónyuges se separaban.

Cuándo Ramón Graells me invitó a participar en las actividades del Círculo José Antonio, no podía negarme entre la invitación a la boda y mi reflexión pedestre sobre el “movimiento nacional-revolucionario objetivo” que a la vista de los años, revisándola, carecía de pies, cabeza, tronco y extremidades. Allí, en el Círculo José Antonio conocí a tres personas que constituían lo mejor de la Falange barcelonesa, vale la pena recordar sus nombres: Luis de Caralt, editor, Enrique Chinchilla, arquitecto y Joaquín Encuentra, médico. No solamente eran personas distinguidas en sus trabajos cotidianos, sino que además los recuerdo como modelos de honestidad. Caralt era un pozo de conocimientos. Con apenas 16 años, afiliado a la Falange, había conocido la cárcel en la confusión que siguió a los incidentes de Salamanca que defenestraron a Manuel Hedilla. Liberado y siendo un chiquillo, fue Alférez Provisional y ya en la paz, editor de relieve y prestigio. Encuentra, afectado de una pequeña cojera, había conocido al fascismo francés en los años 30, durante la guerra se vinculó a los medios que editaban la revista Occident y en la paz siguió siendo un montañero avezado y un médico apreciado por sus pacientes. En cuanto a Enrique Chinchilla, había ejercido parte de su carrera como arquitecto en Argentina y entre los tres formaban una troika dirigente que, a pesar de su categoría humana y moral, y, sobre todo, a pesar de mantener con su patrimonio todas las actividades del Círculo, era odiado por los falangistas “disidentes”, que, dirigidos por Roberto Ferruz, ocuparon el local durante un fin de semana antes de ser conducidos esposados a la Jefatura de Policía situada 100 metros más abajo en la Vía Layetana.

En esa época, la Falange disidente o, si se quiere, levantisca, tenía unos cuantos nombres señeros. Los primeros que conocí fueron los de Ferruz, Royuela y Caballero. Roberto Ferruz era hijo de su padre y éste un anarcosindicalista faiero del que había recibido los ideales de revuelta social y de sindicalismo. A Royuela ya lo he mencionado como habitual del bailongo del Distrito del Movimiento de la Calle Blay desde donde empezó a editar una revista ciclostylada no particularmente mal hecha y de título provocativo: Cuadernos para el Monólogo, réplica ultramontana al Cuadernos para el Diálogo que agrupaba las grandes firmas de la oposición democrática. Salieron media docena de números. Ferruz en cambio consiguió llegar en distintas etapas a los cien e incluso superarlos con su revista ciclostylada No Importa que publicó desde finales de los 60 hasta mediados de los 70. Las revistas de Ferruz, para ser ciclostylada, tenían una muy buena presencia gracias a la mano derecha de Márquez, quien las ilustraba con dibujos alegóricos que fascinaban a muchos. La colección de estas revistas sería una muestra inestimable de lo que fue la falange barcelonesa en esa época. Ferruz, dirigió desde las Juventudes Falangistas hasta el Círculo Eugenio D’Ors en los últimos meses del tardofranquismo y que prosiguió hasta bien entrados los años 80. No se comprometió con ninguna de las falanges, ni con fuerzas nuevas ni nada parecido. Lo suyo era el nacional-sindicalismo y no encontró ninguna opción que lo encarnara. Finalmente para satisfacer tantas ansias sociales creó un sindicato independiente en la Compañía de Aguas. En cuanto a Paco Caballero, a medida que se fue haciendo mayor, abandonó la política activa y se limitó a concentrarse en los medios juveniles de la OJE. De tanto en tanto todavía se le ve en conferencias, charlas y mítines. Creo que fue en el 68 cuando Caballero y el mayor de los hermanos Oriente, hijos de padre divisionario (de casta le viene al galgo), asaltar el furgón de Radio Nacional que retransmitía el acto de homenaje a José Antonio en el aniversario de su fusilamiento en el monumento hace poco desmontado en la avenida en un tiempo de la Infanta Carlota, hoy Pau Claras. Lograron hacerse con los micrófonos antes de que el famoso locutor Luis Soriano leyera ritualmente el Testamento de José Antonio y la oración por los caídos de Rafael Sánchez Mazas. “Franco traidor a la falange” junto al consabido “Falange sí, opus no” fueron las consignas que pudieron gritar mientras tuvieron el micrófono en sus manos. Lo que siguió después fueron cargas policiales a pie y a caballo y un espectáculo dantesco de violencia inusitada. Los falangistas, a diferencia de la oposición democrática, plantaban cara a las “grises”. En aquella ocasión hubo leña para todos, incluso para los que pasaban por allí.

Ninguno de estos tres falangistas –ni Caballero, ni Ferruz, ni Royuela- participaron en las actividades del Círculo José Antonio en los seis meses que permanecí allí. Fueron, sin duda alguna, los seis meses políticamente más inútiles de mi vida. En ese tiempo solamente se dio una conferencia (y me tocó darla a mí), nunca se redactó un texto político, pero sí en cambio fueron meses de desgaste y permanente pugna interior. Como recién llegado podía alinearme con unos o con otros, pero jamás entendí –al menos mientras se desarrollaban aquellas pugnas- el fondo de los conflictos. Para colmo, los del Distrito VII de la Guardia de Franco, ocuparon las dependencias del círculo otro fin de semana. La “ocupación” del círculo se había convertido en algo habitual, por lo que la parecía. Otro día, sin venir a cuenta –o viniendo poco a cuento- Ana María Fernández Llamazares, procedente del PENS y que más adelante sería jefa nacional de Falange Española Auténtica le dio un sopapo seco y sonoro a uno de los miembros de la Junta, un excombatiente por cuyos ojos –lo pude ver- debieron pasar las escenas de la batalla del Ebro, de Belchite y de la estepa rusa, quedándose sin saber que hacer durante un par de segundos, lo justo para que otros evitáramos que la cosa fuera a mayores. Aquello más que un partido o un círculo (oficialmente era círculo cultural pero realmente era la sección barcelonesa de un partido, entonces las cosas eran así de complicadas), era la guerra civil rediviva. Nos fuimos a Valladolid en autobús a un acto político de conmemoración de la fusión de Falange con las JONS (la ruptura posterior, al parecer, no era oportuno celebrarla). Allí, de madrugada me presentaron a Pedro Conde Soladana quien no me produjo una impresión particular salvo la de ser una buena persona, pero cuyas cualidades políticas permanecieron inéditas para mí entonces y siguieron siendo inéditas más tarde cuando fue nombrado jefe nacional de la Falange Auténtica.

En otra ocasión me fui con unos camaradas a Toledo donde tendría lugar el Acto Nacional de los Círculos de ese año en el Teatro Rojas: entre aquel mar de camisas azules nosotros desentonábamos con atuendo desenfadado. La cosa no terminó trágicamente porque ese día no tocaba. Diego Márquez cedió la palabra primero a Martínez Sospedra, que largó un royo bastante infumable, aburrido, denso e interminable como pocos, y luego a Manolo Valdés Larrañaga, que fuera amigo personal de José Antonio y en ese momento ocupaba un cargo prominente en la Secretaria General del Movimiento.  La primera frase de Valdés fue antológica y la repito textualmente: “Paseando con José Antonio por la ribera del Manzanares, me habló sobre la conveniencia de restaurar la monarquía en España…”. No pido decir más, Pedregal, todavía en el medio azul, casi se lanza sobre él desde un palco del primer piso y a partir de ese momento aquello se transformó en una batalla campal, ante la cual optamos por abandonar el teatro y esperar fuera acontecimientos no fuera a ser que nosotros a quienes ni nos iba ni nos venía el tema nos lloviera una piña. La trifulca debió durar como una hora. Para colmo los organizadores habían instalado altavoces en el interior del teatro pensando que acudirían ingentes masas populares, sin embargo, el teatro estaba lleno hasta la bandera, pero no más. Nosotros los únicos que permanecíamos en la plaza situada ante el teatro escuchando en riguroso directo y por megafonía el formidable alboroto interior, con un Diego Márquez que oscilaba entre la desesperación y la cólera, gritos atronadores por todas partes y alguna que otra silla lanzada al escenario. Una familia que regresaba de misa pasó ante nosotros azuzada por el padre que decía a sus amados hijitos y a su oronda esposa “Vamos, vamos… antes de que estos se maten”. La sangre no llegó al río, afortunadamente, pero la trifulca recomendó a Torcuato Fernández Miranda, a la sazón Ministro Secretario General del Movimiento que cerrara los círculos durante tres meses. En Barcelona nadie comunicó el cierre por lo que seguimos acudiendo regularmente, si bien en esa época ya estaba desvinculado de sus actividades.

Esos “Actos Nacionales” había arraigado en el ambiente falangista desde que el 20-N de 1970, las Juntas Promotoras de Falange Española de las JONS, convocaran el primero en Alicante. Fui por pura curiosidad en un autobús repleto de azules cantando interminablemente canciones de campamentos y pasean provocativamente por los pueblos de la geografía mediterránea camino del sur con las habituales pancartas de “Falange sí, opus no” y demás lindezas. Como no podía ser de otra manera, a la entrada en Valencia nos pararon. Mientras se discutía si seguíamos o no y a la vista de que no seguíamos, aproveché con otro camarada para lanzarme a correr entre los naranjales en dirección a Valencia. Luego hicimos autoestop y finalmente llevamos, tarde pero llegamos a Alicante, el tiempo justo para ver y sufrir sucesivas cargas de los grises, a pie, a caballo y en tanqueta. Sobre 30.000 falangistas, solamente habíamos conseguido llegar a Alicante 4.000, mucho más de lo que hoy pueden movilizar todas las falanges en toda España. Aquello era políticamente inútil, pero iba acorde con nuestro carácter: Ya por entonces, era perfectamente consciente de que sobre todo y por encima de todo, lo que yo buscaba en la acción político –o en la presunta tal- era la aventura. De ahí hasta bien cumplidos los 40, realmente, lo que me llamaba la atención de la actividad política y que constituía su más irreprimible imán era la posibilidad de vivir la aventura. Y contra más desmadrada, mejor. El problema es que pronto percibí que dentro de la Falange no había aventura posible, al menos para mí.

(c) Ernesto Milà - infokrisis - http://infokrisis.blogia.com - infokrisis@yahoo.es - Prohibida la reproducción sin indicar origen

Ultramemorias (IV de X). Tipologías insólitas: los odiadores

La imagen del odiador corresponde a la de un tipo obsesivo que, por algún motivo, la ha tomado contigo y es lo más parecido a una ladilla culera: no hay forma de zafarse de él. A diferencia de la ladilla, terminas habituándote a su constante hostigamiento. De la misma forma que la ladilla tiene a la zona púbica como teatro de operaciones, el odiador ha hecho de Internet su campo privilegiado de actuación. Constituye un fastidio y una molestia, pero poco más, especialmente para los que nos sentimos queridos y arropados por nuestros amigos y familiares.

En ocasiones he llegado a experimentar cierta sensación de conmiseración hacia esos pobres sujetos que se pasan horas y más horas poniéndote verde en Internet, en la oscuridad de la noche, en la soledad de un cuarto oscuro, frecuentemente entre tranquilizantes, ansiolíticos o química rica en alcaloides. La vida de un internauta pajillero es incluso más rica y, desde luego, mucho más agradecida que la de los odiadores profesionales. Entre Baco y Hefaisto, el primero es más simpaticote, el segundo apenas un amargado perdido en las profundidades.

La vida es hermosa, salvo para el odiador que habita en un mundo sórdido de rencores y frustraciones proyectados sobre el objeto de su resentimiento. En este caso, yo... Estaría tentado de pensar que soy un tipo importante porque mis cuatro odiadores de cámara han inundado literalmente Internet con todo tipo de ataques en los últimos 10 años. En realidad, si es por eso, no soy importante: mis cuatro odiadores son personajes irrelevantes sino grotescos. Lo que más lamento hoy es que los enemigos que me quedan son enanos, no hay en ellos ni grandeza ni poder. Tan sólo mediocridad y comportamientos clínicos. El nivel de mis odiadores me impone, en sí mismo, una cura de modestia.

Antes de Internet, los había tenido también pero eran de otro tipo, apenas odiadores ocasionales. Con Internet ha irrumpido un nuevo tipo de odiador: el ciclotímico obsesivo, categoría clínica que indica a aquellos sujetos que sufren altibajos en su carácter y una patología mental bien definida: apenas una forma de paranoia. Te odian hoy, mañana se toman la medicación y te olvidan para volver a la carga y al cabo de unas semanas. Y así eternamente. Tienen algo de enfermos y como tales hay que tomarlos.

La vida debería haberme enseñado que la peor forma de tratar a un loco es recordarle que está como las maracas de Machín de la manera más descarnada posible. Sin embargo, desde que muy de joven leí La Vida de Don Quijote y Sancho sigo el consejo de Unamuno: “Encuentras a uno que roba, grítale a la cara “ladrón” y adelante, si encuentras a uno que miente grítale “mentiroso” y adelante… adelante siempre”. Y si te encuentras ante un petardo, ya sabes lo que hay que recordarle. En el fondo es simple: dar a cada uno lo suyo, a pesar de que no sea lo recomendado por Dale Carnagie en su curso sobre cómo ganar amigos.

Decirles la imagen que otros tienen de ellos es seguramente la mejor forma de ayudarles;  callar, implica hacerles todavía más daño. Si a un cocainómano o a un alcohólico no les echas en cara su vicio, lo más probable es que, antes o después, revienten. Si a un tipo de mente inestable no le recuerdas que sus altibajos son enfermizos y que cuando llegue a los 50 tendrá el cerebro completamente desbaratado, así ocurrirá inevitablemente. Y, en cuanto a un gilipollas, si no se lo recuerdas su estado, seguirá haciendo el gilipollas lo que equivale a decir que seguirá haciéndose daño a sí mismo.

Todo esto viene a cuento de que hoy a las 12:30 había en Internet en torno a 6.500 referencias a mi modesta persona, de las cuales un número no desdeñable, simplemente, me ponen verde. Si tuviera 20 años me preocuparía porque, literalmente, no habría empresa que me pudiera contratar a la vista de todas estas polémicas webs. Afortunadamente, tengo la vida bien orientada y en esa dirección poco daño pueden hacerme. Cuando ya empezaban a emerger en Internet los ataques de mis odiadores particulares, no tuve ningún problema en trabajar para distintas editoriales y revistas. Y así sigue ocurriendo hoy. Qué esas menciones calumniosas me restarán “partidarios” y “simpatías” tiene muy poco valor e interés para quien nunca ha entrado en sus planes ni buscar discípulos, ni ir de mesías, ni aquilatar simpatías. Los que me conocen saben perfectamente como soy y los que me desconocen pueden intuir mis inquietudes simplemente leyendo el índice de esta web, así qué ¿para qué preocuparse de lo que digan los calumniadores?

En cierta ocasión acudí a la policía de Barcelona. Un perfecto deficiente mental había enviado a la revista Kale-Gorria un dossier sobre mí. Me enteré casualmente gracias a un amigo que fue invitado junto con otros estudiantes que habían participado en un campus-line por Pepe Rey (q.e.p.d.) a la redacción de Kale-Gorria. El propio Pepe Rey, al saber que era de Barcelona, le preguntó sobre mí por pura casualidad y le explicó que había llegado a esa redacción un dossier: así la noticia llegó a mí. La cosa estaba clara: un tarado catalán me odiaba lo suficiente como para perder unas horas elaborando un dossier absurdo; la prudencia y la cobardía le indicaban que era mejor odiarme a distancia y confiar a ETA los datos suficientes sobre mí en la esperanza de que fueran ellos los que acabaran conmigo (Kale-Gorria era el órgano “legal” de ETA que marcaba a los que luego eran asesinados). El comisario con el que hablé me sorprendió: “¿Sabes quién es?”. “Sí, lo sé”. “Pues dale una mano de hostias”, me espetó… No hay nada como la sinceridad, siempre lo he dicho, pero no me negarán que es algo preocupante que un servidor de la ley, a la vista de la ausencia de recursos legales para frenar la difamación en la red, lo único que esté en condiciones de aconsejar es “Dale una mano de hostias”. Decliné la oferta: si bien era cierto que contratar a un par de búlgaros en la época costaba 1.500 euros que parecían algo más convertidos a pesetas, incluidos gastos de desplazamiento, no era menos cierto que la vida de algunos tarados vale bastante menos que esa cantidad y, por otra parte -¿qué quieren que les diga?- soy una persona respetuosa con la ley y que no está dispuesta a infringirla aunque sea otro servidor de la ley el que se lo recomiende. Nunca he aspirado a contratar matones para que solucionen problemas que solamente un buen psiquiatra, medicación y tratamiento podrían lograr en otros.

Las páginas que siguen están dedicadas a mis odiadores particulares. Si se sienten identificados, no se trata de pura coincidencia, es que me estoy refiriendo a ellos, no a otros.

Niveles de odio

El odio es un gusano con dentadura postiza que tiene como máximo ideal de vida roer las vísceras del odiador; el odio convierte en sombríos a los sujetos, les reconcome como si acabaran de zamparse un litro de nítrico y sulfúrico recalentados, está presente en su cerebro como un imán que atrapa sus ideas y bloquea su voluntad, convirtiéndose en una obsesión enfermiza de la que son incapaces de liberarse. La única salida a esta olla a presión consiste en exteriorizar el odio y focalizarlo en alguien, esto es, contra alguien. Eventualmente contra mí.

No considero a Manolo Canduela un odiador particular, si bien creo que tiene un lugar en este capítulo por méritos propios. El sempiterno presidente de Democracia Nacional es otro de esos tipos particulares que tiene un alto concepto de sí mismo mucho más allá de sus capacidades reales. Lo conozco lo suficiente como para poder afirmar con total "ausencia de malicia" que le falta flexibilidad, le sobra ego, desconfía demasiado de todo aquel que no le dé siempre la razón y tiene carencias de curriculum, carácter y de formación que lo inhabilitan por completo para jugar algún papel político de importancia. No es ni un ideólogo, ni mucho menos un estratega brillante, ni siquiera mediocre, simplemente no desconoce el sentido de la palabra estrategia, ni tampoco es un táctico que vaya más allá de seguir la “doctrina Ynestrillas”, a saber: que poco importa el motivo por el que se ocupe una primera página, lo importante es estar en primera página, eso "ayuda a dar a dar a conocer la sigla". Ynestrillas, ciertamente repetía en otro tiempo “yo [esto es, él] soy el único que doy primeras páginas”… le faltaba añadir que era por juicios, por atracos, por trifulcas o por ingresos en el talego. No, lo importante no es estar en “primera página”, sino si lo que te lleva allí aumenta tu prestigio político y personal o lo termina de machacar. Canduela comparte la “doctrina Ynestrillas”. En efecto, ambos tienen su prestigio tan pulverizado como el contenido de un bote de borotalco.

Democracia Nacional fue un gran proyecto: la idea básica enunciada por Laureano Luna era que había que romper definitivamente con la ultraderecha para poder despegar. Todo consistía en “soltar lastre” y el “lastre” era la extrema-derecha y su imagen impresentable. Entre 2001 y 2004, los años en los que permanecí en DN, el partido fue creciendo, pero no lo suficiente, ni a la suficiente velocidad; el partido era una perpetua polémica interna. Laureano paría documentos doctrinales (ahí está su libro sobre el mundialismo del que el editor me decía, hace unas semanas, no sin cierta desesperación, si le podía conseguir un ejemplar, tan sólo uno…) y, aunque lo suyo no era la elaboración de una línea política, era relativamente fácil, partiendo de la línea ideológica, plasmar una forma de hacer política. Así que la experiencia era esperanzadora y la única, hasta ahora, que ha supuesto una innovación real en la derecha radical peninsular.

Entré en contacto con DN en 1999. Sus dirigentes de la época, Pérez Corrales y Pedro Alonso, me invitaron a la Universidad de Verano de ese año en Granada; intenté salir hacia el Albaicín pero la bocanada de aire caliente que me abofeteó la cara convenciéndome de que la forma de evitar la deshidratación era permaneciendo bajo el paraguas protector del aire acondicionado del hotel; así que mi visión de Granada se reduce al Hotel y al Corte Inglés que estaba enfrente, íntimamente unidos ambos por la refrigeración. Año y medio después me integré en el partido. A poco de entrar, la persona que asumía buena parte de la financiación dejó de hacerlo. Pérez Corrales fracasó en su intento de integrar a Martín Beaumont (que, en mi opinión, jamás tuvo intención de integrarse pero que tampoco tuvo la menor intención de ser claro en su negativa) y, por causas que no llegué a entender muy bien, se dio de baja poco después junto con Pedro Alonso. Les sustituyó una Mesa Nacional de la que emergió la figura de Canduela cuyo único mérito había sido una intervención en un programa dirigido por Ana Rosa Quintana.
 
En el siguiente congreso, Laureano que jugó mal sus cartas y quedó excluido de la dirección. Aprovechando la situación, Canduela aprovechó para expulsar a una docena de militantes de los que intuía que no le apoyaban (de Sevilla, de Málaga, de Asturias…). En ese momento, hacia 2003, DN llegó a su situación de máximo desarrollo. En las elecciones de 2004 el partido se presentó sólo, emergiendo entre la media docena de grupos de extrema-derecha como el más sólido y el único que progresó. Pero su techo seguía siendo bajo, en torno a 15.000 votos, si no recuerdo mal. Las elecciones europeas que siguieron no fueron mucho mejor. A todo esto, el partido parecía como paralizado: en el congreso que tuvo lugar en octubre de 2004, "saltó" la delegación de Alcalá, la más fuerte, con mucho y Canduela apenas logró salir elegido por un número muy exiguo de votos, aportados por la delegación de Alicante, la misma que poco después resultaría expulsada por una nimiedad. El partido, se estaba deshilachando por la vía de las expulsiones, las dimisiones y los abandonos por la puerta trasera.

Yo había resultado elegido para la Mesa Nacional, pero en la primera reunión en Madrid, lo que vi me demostraba ampliamente que el partido en esas circunstancias estaba muy tocado: la inmensa mayoría de miembros del organismo de dirección apenas había cumplido los veinte años y casi todos carecían de experiencia política; la mayoría ni siquiera llevaba un año en el partido. Y, sobre todo, la delegación de Madrid era un caos inenarrable. ¿Qué diablos hacia yo entre adolescentes? Para colmo, en marzo o abril de 2005, una de las muchas falanges convocó una manifestación a la que Canduela personalmente se adhirió, cuando sólo diez días antes había aprobado el envío de un comunicado redactado por mí en unos términos muy diferentes. Supongo que debió ser para congraciarse con Roberto Fiore (líder de un curioso grupo italiano, Forza Nuova, católico tradicionalista que, a pesar de ser italianos y de que en aquel país no ha faltado jamás imaginación en la extrema-derecha, ostentaban el nombre del partido de Blas Piñar traducido a la lengua de Dante y tenían el carpetobetónico Cara al Sol por todo himno, todo lo cual no deja de sorprender) que lo ignoraba todo sobre el significado y en sentido de la “autonomía histórica”. Fiore, jamás se enteró de lo que significaba este concepto y era de los partidarios de la “unidad con los falangistas”. Esto vulneraba flagrantemente la tesis de la “autonomía histórica” que había dado origen a DN. Al sentirme desautorizado, dimití. Al dimitir, Canduela comprobó que la que hasta entonces le había parecido mi “adhesión incondicional” hacia su persona, no lo era tanto. “Amigo de Platón, pero más amigo de la verdad”. Y con más razón si Platón no es Platón, sino Canduela.

En realidad, yo siempre había manifestado (y demostrado por vía de la práctica) que no tenía ninguna ambición de mando, ni afán de protagonismo alguno dentro del partido. Por tanto,  Canduela jamás  me tuvo como un rival que pudiera amenazar su cargo. En esa época se proliferaba declaraciones que me abochornaban presentándome como “la mente más preclara de DN” y otras lindezas. Ni yo tenía la sensación de ser la mente más brillante de DN (en todo caso este sitial le correspondía a quien había dado vida a las tesis que se situaban en el origen del partido), ni este tipo de halagos desmesurados me han producido nunca nada más que incomodidad (conozco demasiado bien mis límites), ni podía permanecer en una organización que vulneraba el tema central que había inducido a afiliarme a él: la “autonomía histórica”. Así que mis tiempos dentro del partido estaban contados: ya era cuestión solamente de si me iba o si me expulsaban. Yo me fui y Canduela me expulsó junto a una cincuentena larga de militantes.

Tras exponer los motivos de mi disidencia hacia Canduela, lo normal hubiera sido pactar las condiciones del desenganche mutuo –la persona adecuada para mediar era Ignacio Mulleras– y procurar que todo aquello fuera lo más apacible posible. No hubo tal. Canduela prohibió todo contacto incluso por email conmigo y el blog infokrisis vio como Alvaro Peñás, el brazo derecho de Canduela y responsable del partido en Madrid empezó a bombardearlo con mensajes onomatopéyicos e insultantes. Me hizo un favor porque mantener un foro de discusión en el blog me llevaba más tiempo que el redactar los artículos. Lo dicho, gracias don Álvaro.

Canduela era uno de esos tipos convencidos de que “quién no está conmigo está contra mí” y que cualquier cosa que no sea una “adhesión incondicional y para siempre” se transforma en una traición. Mide poco sus actos, impulsivo y con carácter áspero tirando a papel de lija del 10 no valora las consecuencias que sus actos de hoy puedan tener en el futuro. A partir de ahí se organizó la tradicional escalada de reproches y ataques mutuos. Por lo que a mí respecta, me responsabilizo solamente de lo dicho en el blog El Caracol, no de lo escrito en otros blogs con los que no tengo absolutamente nada que ver. Y lo digo, en concreto, por “Los Candueleros.com”. Ni lo he inspirado yo, ni he colocado artículo alguno ahí, ni siquiera creo que valga la pena perder el tiempo en ese tipo de iniciativas, por mucho que el otro haya sido el primero en abrir el fuego. Lo sorprendente es que en pocos días pasé de “ser el cerebro más preclaro de DN” a ser “un provocador al servicio del CNI entrado en DN para destruirla desde dentro”. Hombre, ni tanto ni tan calvo, Manolete…

Con todo, no tengo a Canduela como odiador profesional, simplemente defiende lo suyo. Y lo suyo es DN entendido como modus vivendi. Afortunadamente no ocupo más que un lugar completamente secundario en sus preocupaciones; lo central para él es qué hacer con DN porque, a fin de cuentas, no creo que desvelar ningún misterio si digo que su futuro personal depende de la sigla DN. Por eso digo que su actitud es completamente diferente a la de un Farrerons o un Ynestrillas. Tipos curiosos, ambos, cara y cruz de una misma moneda: el de mis odiadores profesionales. Conozcámoslos un poco mejor.

Empecé a comprender el problema de Farrerons el día en que un amigo me comentó que había acabado un libro sobre Heidegger y buscaba editor… al parecer no lo encontraba. Pero yo no tengo la culpa de que el umbral de ventas de un texto sobre Heidegger escrito por él no alcance los mínimos aceptables para realizar una pequeña inversión económica con esperanzas de recuperarse. Me fijé que Farrerons en determinadas alusiones contra mí resaltaban tenuemente el que yo me considerara y me considerasen como “periodista y escritor”… hombre, me gustaría más ser “top gun”, incluso tocoginecólogo o, si cabe, astronauta titulado, pero es que me dedico a escribir para revistas y a escribir para editoriales. Lo lamente si ofendo la sensibilidad de este heideggeriano, pero alguien que se dedique a esos menesteres se le llama “periodista y escritor”, no es sastre ni tragasables, ni tampoco barquillero o picapleitos. Voy por la treintena de libros editados, de algunos de ellos vendidos en varias ediciones por editoriales de primera fila; de cierta colección que escribí en el 2001-2003 para editorial Freelive, las tiradas alcanzaban los 50.000 y lo que no se pudo vender en España se vendió en Iberoamérica; e incluso si nos remontamos a lo que escribo en el blog infokrisis, la difusión de hoy mismo, cuando escribo estas líneas, ha sido de 1.143 artículos diferentes leídos en un solo día y una media de 30.000 artículos diferentes leídos al mes. ¡Qué le voy a hacer si me gano la vida escribiendo aun sin tener ninguna titulación especial para ello! La carrera de periodista es un pasaporte para el paro tras una larga estadía como becario, y no existe escuela alguna de escritores. Simplemente, escribes y te lo publican o escribes y los editores juzgan que lo tuyo es un peñazo infumable y no te lo publican. En este segundo caso, no eres un escritor, sino un fracasado. Y yo ¡qué le voy a hacer si así son las cosas! ¡qué puedo hacer yo si un libro con título desaprensivo como ¿Fumas porros, gilipollas?, o aquel otro de La depresión y la madre que la parió, sin olvidar tampoco aquel de título impresentable ¿Aun votas, merluzo?, o el que non nato por prohibición impuesta por toda la familia en pleno de Satanás y su puta madre, en poco tiempo llegaron a dos ediciones de 4.000 ejemplares o si mi Guía Mágica de Barcelona va por la tercera edición! ¡qué puedo hacer si para la mayoría de lectores una obra sobre Heidegger no suscita pasiones o si el mundo académico que podría aceptarla y considerarla, ni la acepta ni la considera! Ni puedo hacer nada; ni, por  lo demás, me interesa todo ese tema.

El día que llegué a la conclusión de que el problema de Farrerons era albergar resentimiento contra mí por algo tan sencillo de entender como que no consiguiera asumir el hecho de que un tipo como yo, que escribe desordenadamente, sin aspirar a transmitir grandes mensajes filosófico-existenciales, le han publicado algo así como una treintena de libros y unos cuantos cientos de artículos en revistas y diarios de todo tipo, aun sin tener el título de periodista, empecé a entender el drama –que tendría su encaje como capítulo interpolado en La Colmena de Camilo José Cela– de este tipo con su manuscrito de Heidegger bajo el brazo, y decenas de cartas de editoriales con los mismos mensajes: “Lo lamentamos, pero esta obra no entra dentro de nuestra línea editorial”, o aquel otro de “Lo lamentamos, pero este año ya tenemos cubierto nuestro plan de publicaciones”, por no recordar aquel demoledor y lacónico: “Aquí le devolvemos su obra. No interesa su publicación”.

Conocí a Farrerons de la mano de Joan Colomar. Estaban intentando “hacer algo”. Colomar procedía del trotskismo y fue uno de los fundadores de la Liga Comunista Revolucionaria, a través del grupo Proletario, tras militar en el Front Obrer de Catalunya. Durante la campaña contra la OTAN, creo recordar que ambos se conocieron. Colomar le invitó a tomar la palabra en un acto anti-OTAN que tuvo lugar en el antiguo local de CEDADE y en el que había puesto lo esencial de la audiencia, antiguos izquierdistas como él. Como es habitual en todo pelmazo, en cuando se le da un micrófono y una tribuna, Farrerons se despachó a gusto: lo que debía ser un acto sobre la OTAN, esto es contra la OTAN, terminó siendo una exótica crítica a la “doctrina de Auswitchz” que no venía al caso, pero que, en cualquier caso, logró sorprender a todos por su inoportunidad. Colomar, cuando me comentó el episodio, lo recordaba como uno de los más lamentables de su dilatada carrera como agitador político. En sí mismo, el episodio era suficiente como para que Colomar empezara a saber con quien se jugaba su tiempo, pero, sin embargo, poco después me lo presentó. Sin saber exactamente cómo, me vi embarcado en el Círculo Cultural Nueva Europa, inspirado especialmente por el propio Colomar. Farrerons asistió a varias reuniones en las que inevitablemente sacaba, como quien no quiere la cosa, un ejemplar manoseado de El Ser y el Tiempo de Heidegger del que leía páginas selectas a quien quisiera escucharlo. No recuerdo el motivo por el que Farrerons se desenganchó del asunto de Nueva Europa. Lo que sí recuerdo es que el círculo vivía en el debate permanente: sobre el “hombre nuevo”, sobre economía, sobre el futuro de la Europa de Maastrich, sobre el capitalismo, etc.

La desgraciada muerte del cuñado de Colomar, hizo que la compañera de éste cediera al Círculo un millón de pesetas de la época, procedente del cobro de un seguro, para publicar una revista. Salieron unos cuantos números. Me desenganché (la verdad es que no veía desembocaduras políticas al debate sobre el “hombre nuevo” y en esa época ya había entendido que para hacer político era precisa la existencia de un grupo “target” que pudiera acoger y entender el mensaje a difundir) hacia finales de 1991. Un lustro después Colomar, retirado a áspera meseta castellana, la del desnudo brazo en alto y de la pertinaz sequía, buen comedor y mejor bebedor, dio vida al Partido Nacional Republicano, si bien es probable que se hubiera sentido mucho más cómodo en Izquierda Unida  donde quizás habría llegado lejos; en cuanto a sus análisis hubieran tenido más eco en El País o en cualquier diario de provincias que en un partido de escasas posibilidades. Por lo demás, las ideas del PNR, por lo que sé, eran contrarias a las del Nueva Europa: el tema del "hombre nuevo" había desaparecido y la cuestión europea se había transformado en jacobinismo republicano. El “debate” es lo que tiene: se sabe cómo se empieza, pero nunca cómo termina.

Debió ser hacia 2007 cuando un nuevo militante llamó a la puerta del PNR: Farrerons en persona, mira por donde. Error imperdonable por parte de Colomar:  la experiencia universal dice que si Farrerons llama a la puerta de un grupo, lo más probable es que en breve se produzca un pifostio de envergadura en el seno de ese grupo. Algo así debió ocurrir, como antes había ocurrido en la Plataforma per Catalunya en la que nuestro hombre –Farrerons– pasó de ser ponente e ideólogo en el Primer Congreso a impenitente denunciador del “infame Anglada” a quien no dudó en tachar en el semanario El Triangle como un títere de CiU, o algo así, con la vehemencia y el odio eterno a los romanos que le caracteriza. Los odiadores son polivalentes, lo mismo sirven para un roto como para un descosido; todo depende del humor y del día que toque. Para colmo, Farrerons se obstinó en presentarse en 2007 como candidato a la alcaldía de Vic por el PNR en un intento de denunciar a Anglada ante la ciudadanía… en fin, que debió ser en esa época cuando Colomar cortó, por tercera vez, amarras con Farrerons. La placidez de la áspera meseta castellana casa mal con la rauxa de un heideggeriano catalán obsesionado en aquel momento con Anglada. Tras fracasar en el PNR, Farrerons terminó como factótum de unos disidentes leridanos de la PxC. Y en eso debe seguir. O quizás, ya no. Vaya usted a saber.

Por cierto que recuerdo que cuando me encontré a Farrerons en el Primer Congreso de la Plataforma per Catalunya –yo estaba de oyente y él había presentado una ponencia sobre lo suyo, prisiones o algo así– la frase que me dijo fue inolvidable cuando le pregunté “¿Qué haces por aquí?”. Respuesta textual: “Es que a mí, ya sabes, eso del fascismo catalán siempre me ha atraído”… Doble error: porque no tenía conciencia de que algo tan excéntrico como el “fascismo catalán” le atrajera y (fallo, más importante aún) ignoraba que la PxC fuera “fascismo catalán” (cuando precisamente su éxito radica en que se descolgó completamente de cualquier forma de fascismo). La anécdota sirve para explica el drama personal del tal Farrerons: entra en alguna organización pensando –por alguna frase perdida o una intuición ignota surgida en lo más profundo de su corazón o, simplemente, por azar– que coincide con sus planteamientos o que, en su defecto, es capaz de llevarla hacia sus planteamientos. Luego ocurre lo inevitable: que o bien la organización en cuestión va por otros derroteros que no son los que él creía, o bien la gente no está dispuesta a que les suelten rollos que no les interesan. En la última fase ocurre el drama: en lugar de reconocer “me he equivocado” (o aquello otro mucho más duro de “si es que soy un pelmazo”), cree intuir una conspiración, maniobras de infiltrados o la mano oculta de fuerzas secretas. Todas las paranoias son así y tienen en su origen una falta de empatía con el ambiente que lleva a considerar a Anglada como un monigote de CiU y a mí como un perverso agente de la TIA.

Con Ynestrillas todo es algo más casposo, casi diría “elemental”; verán...

A poco de cumplir mi condena por manifestación ilegal, oí que Ynestrillas había montado un partido con Eduardo Arias y José Luis Corral, AUN, sigla que en sí misma ya indica cierta languidez y nostalgia. Debía ser hacia 1987, quizás en el 88. Acertó a venir Ynestrillas al local barcelonés de ADES (los ex fuerzanuevistas) y tuve curiosidad por oír la buena nueva de la gran esperanza blanca de la ultraderecha de la época. Le Pen, incluso, le había tocado con su mano e investido con el marchamo de “valor de futuro”. Oí la conferencia desde la puerta lateral de la sala de conferencias de ADES. Fue un discurso, cómo decir, tópico, de esos que la ultraderecha repite con singular insistencia: España se rompe, todos son traidores, todo está en peligro y se cae, dicho con una retórica infumable, completamente fuera de lugar. Nada nuevo hasta ahí, era como ver compendiados los titulares de El Alcázar en boca del nuevo valor ejerciendo de panfleto parlante. Pero hubo una idea nueva que me sorprendió: la consideración de los Mossos d’Esquadra como “futuro ejército popular de Catalunya”… justo en ese momento quedó claro que Ynestrillas era, literalmente, un ignorante en política que ni siquiera era capaz de entender que los Mossos d’Esquadra era un cuerpo funcionarial aséptico y que CiU eran nacionalistas y regionalistas, mucho más que separatistas. Si a su edad –y el muchacho sin haber llegado a la edad provecta, estaba ya hecho todo un hombrecito– no había entendido esto, es que su problema era de cultura política. Simplemente, tenía un déficit grave. Eso era todo.

Con todo, la gente que llevaba AUN en Barcelona eran antiguos amigos así que en las elecciones de 1990, cuando un camarada me dijo que Ynestrillas iba a dar un mitin en el ExpoHotel próximo a la estación de Sans, no tuve inconveniente en asistir. El mitin empezaba a las 11:00, pero a esa hora solamente faltaba Ynestrillas. Al parecer venía de Valencia y se retrasaba. Tenía desconectado el teléfono móvil y no apareció hasta las 14:00 horas cuando solamente quedábamos en la sala una decena de personas, Fernandito Durán y yo entre ellos, junto a Pepe Ruiz Hernández (q.e.p.d.), exdivisionario, exfuncionario sindical y exjefe de Fuerza Nueva de Barcelona devenido delegado de AUN. Lo peor hasta ese momento había sido la espera de tres horas, a partir de ese momento lo peor fue escuchar la voz gangosa de Ynestrillas –unido a su ya habitual discurso desgarrado y caótico– que denotaban una resaca reciente no superada y muy poco respeto hacia sus camaradas. No fui a la comida que siguió, para mí estaba suficientemente claro que aquel claval era cualquier cosa menos un líder político. Acaso el jefe de una banda. Poco más. Luego vino el tiroteo en la discoteca y su condena, en firme primero y extinguida después.

Realmente, no creía que Ynestrillas después de aquella primera condena por delito común volviera a pasearse por ambientes políticos, pero la ultraderecha desafía siempre la lógica y el sentido común. Ynestrillas volvió con ganas de liderar los restos en putrefacción de la ultra. Era 1998. AUN, por supuesto, se había desintegrado en la nada a poco del tiroteo en el malhadado parking de la disco. Pero no importa: Ynestrillas era capaz de fascinar a cuatro críos en Madrid y con eso podía empezar de nuevo.

Entonces, Internet despuntaba por primera vez como vehículo movilizador de la ultraderederecha. En el foro Disidencias se había propuesto la formación de un Frente Nacional que contaba con el apoyo de un amplio sector dentro de Falange, convencido, sino de las tesis de autonomía histórica, sí de que había que poner las siglas históricas en barbecho. Y empezamos a trabajar por ese Frente. Ynestrillas se creía predestinado a liderarlo. Era el único que lo creía. Ya, por entonces, tener cerca a Ynestrillas suponía, en sí mismo, un puro desprestigio (además de trifulcas tumultuarias varias, estaba el tiroteo en el parking generado simplemente porque no aceptaron fiarle la perica), así que si alguien no tenía lugar en la dirección del non nato frente, era precisamente él. Cuando al mesías le dices que no es a él a quien se espera se lo suele tomar a mal (Cristo, rey de los judíos, sin ir más lejos, maldijo a Betsaida y Corazain que le habían recibido mal y eso que era el manso cordero pascual) y, especialmente, si le recuerdas implícitamente que ni siquiera es el mesías sino apenas un metepatas de tomo y lomo.

En esa época Ynestrillas ya había iniciado la pendiente que le llevó a su segunda condena en firme por delitos comunes. El episodio que sucedió entonces tiene, incluso, cierta gracia por lo esperpéntico que fue. Estábamos trabajando en la idea del Frente Nacional con los de la tendencia Vértice de Falange, Democracia Nacional y algunos independientes y quedaba el espinoso tema de AUN, el grupo de Ynestrillas. Me habían comentado que, Martín, su hermano era un tipo accesible, inteligente y mucho más centrado que su hermano, así que me puse en contacto con él e intercambiamos algunos mensajes con la intención de vernos en Madrid en el curso de un encuentro que debía tener lugar en el local de DN en Avda. General Perón. Creo recordar que el email llegó tarde y Martín no asistió a la reunión. Sin embargo, a primera hora allí ya se encontraba su hermano junto a Pedro Pablo Peña y otro miembro de AUN (o de lo que quedaba de AUN). Empezó la reunión y en un momento dado, este tercero alegó que se iba a buscar unos papeles que había dejado en el coche. Al cabo de un rato llamaron a la puerta, abrió Álvaro Peñas y en lugar de aparecer solo el que se había ido aparecieron él más unos ocho encapuchados con pasamontañas que irrumpieron en la sala de reuniones. Eran “los hombres de Ynestrillas” intentando aparentar su mejor aspecto amenazador. Éste, me achacó haberlo querido marginar: le dije que, en efecto, no era la persona más adecuada para encabezar una lista electoral, acababa de extinguir una condena por delito común y las personas con problemas de imagen teníamos –y dije “teníamos” porque los comentarios que sobre mí habían aparecido en la prensa a principios de los 80 no hacían recomendable el que yo estuviera en posiciones de dirección, a pesar de que mi nombre solamente fue vinculado a episodios políticos y mi única condena fue por una manifestación ilícita, y jamás fui procesado por terrorismo, no podía evitar que la prensa me hubiera vinculado con episodios truculentos– que situarnos en segunda fila. La respuesta fue inmediata: hostia en la mandíbula. La mandíbula resistió pero no las gafas que se partieron en dos. En la refriega, Pérez Corrales recibió otra hostia de Ynestrillas. Me llevaron a otra habitación, el despacho de dirección de DN, acompañado por Ynestrillas y dos de los payasos con pasamontañas: fue entonces cuando tuve a Ynestrillas a un palmo de distancia. Sus pupilas eran pozos sin fondo dilatadas hasta calirse de las órbitas como en los cómics de Mortadelo y Filemón.

Intentó interrogarme sobre la financiación de DN y quién estaba detrás de DN… pura paranoia, oiga. A todo esto los dos payasos disfrazados de etarras me mantenían agarrado e Ynestrillas, a lo suyo, repartiendo estopa. No eran golpes que dolieran –de hecho, tras la primera hostia, las siguientes que caen en el mismo punto ya no duelen, lo supe cuando me detuvieron en Barcelona en 1983: el primer bofetón dolía, el segundo ya no; el primer golpe con porra flexible en los pies dolía, el segundo más, el tercero simplemente te cagabas en la madre que los pario y eso aliviaba– y la impresión que me dio es que  se trataba de golpes propios de anabolizado, esto es, volumen sin potencia.

Al cabo de un rato, me llevaron de nuevo a la sala donde los payasos encapuchados seguían custodiando al resto que había oído perfectamente los golpes que había recibido en la otra habitación. Ynestrillas dio su última proclama: “Estáis avisados… etc.”, propia de un alucinado. El pobre Pedro Pablo Peña, inseparable de Ynestrillas en la época, intentó que prosiguiera la reunión. Lo tenía sentado delante y tuve que decirle: “No ves que ya está todo dicho…”. De hecho, aún hoy no atribuyo responsabilidad a Ynestrillas sobre este caso concreto: los hechos demostraron que apenas cinco días después de suceder, la policía detenía a Ynestrillas como autor de dos atracos con objeto de procurarse dinero para obtener droga. Así lo decía en la sentencia. Por tanto, no era dueño de sus actos… pero Pedro Pablo Peña, nunca ha necesitado dinero para obtener droga, ni nunca ha sido un toxicómano; así que Pedro Pablo, era dueño de sus actos; y lo mismo vale para la chica que suele acompañarlo y testificar a su favor también. Era a ellos a los que les correspondía alertar a la familia de Ynestrillas de que su vástago se estaba deslizando por la pendiente que inevitablemente le llevaría a cumplir unos años de cárcel y a destrozar un poquito más su vida. Ni Pedro Pablo, ni ningún otro camarada de Ynestrillas hicieron nada por evitar que se acercara al borde del abismo y saltara al vacío con la grácil torpeza de una morsa calzada con tacón de aguja. No lo hicieron: eludieron su responsabilidad. Son pues culpables.

Decía que el episodio tenía gracia ¿en donde radica la fina ironía del asunto? En tres actos: el primero, que los afectados en el episodio (macarrónico donde los haya, sin duda el más esperpéntico que haya conocido jamás) decidimos no denunciar el asunto que hubiera dado una publicidad sobre las siglas DN que no deseábamos. Por lo demás, estábamos convencidos de que la loca carrera de Ynestrillas terminaría en breve estampado contra la justicia, como de hecho así ocurrió menos de una semana después. El segundo aspecto que incita a la sonrisa de conmiseración fue la alocución de Ynestrillas al día siguiente en la celebración del 20-N… Unos cuantos cientos de admiradores del antiguo régimen le aplaudieron a rabiar cuando les largó un discurso con su imagen de marca: inconexo una vez más y desde luego  más que exaltado, apocalíptico . Vamos, lo normal. Un pasado de vueltas y unos cuantos cientos de ultras era lo único que quedaba del regimen de los cuarenta años, casi 25 años después de la muerte del anterior jefe del Estado. Cuatro décadas habian dejado solamente esa herencia. Sería triste sino fuera grotesco. Tercer elemento gracioso: en llegando a casa abrí el ordenador y allí estaba una afable y calurosa respuesta de Martín Ynestrillas a mi e-mail del jueves anterior. No se había enterado de nada. Le respondí, resumiéndole lo que había ocurrido y añadiéndole al relato: “Tu hermano tiene un problema y sería bueno que os preocuparais de ese problema”. La respuesta fue la esperada: “Es mi hermano y no voy a hacer nada contra él”. Tres días después, el hermano caía preso tras un par de tristes e intrascendentes atracos. No volví a saber nada de Martín, ni sé que continuara ninguna actuación política, hasta que al cabo de seis o siete años junto a su hermano irrumpieron en el juicio contra el etarra que había asesinado a su padre. Allí Ynestrillas, dirigiéndose al etarra que había asesinado a su padre dijo aquello de “Mírame a los ojos, será lo último que veas”. Yo le había mirado unos años antes y lo que vi fue una pupila dilatada.

Por cierto, la historia, en todos sus detalles puede ser corroborada por Álvaro Peñas, Pedro Alonso, Pérez Corrales, Galocha (que era el representante de Vértice) y otro nombre vinculado a Vértice que se me escapa, además, por supuesto, de Pedro Pablo Peña, así como los encapuchados (que, a fin de cuentas eran los más inteligentes, a tenor de que evitaron la vergüenza de que se vieran sus rostros). En cuanto a la eterna testigo de Ynestrillas, estaba también por la zona, siempre dispuesta a presentar el testimonio que hiciera falta.

Todo este episodio, en sí mismo, no es sorprendente: era un espasmo agónico más de una extrema-derecha terminal que en aquel momento tenía como máximo exponente a un pobre chaval atrapado en su adicción y que la pagó cara. Lo más sorprendente es que, al salir de la cárcel Ynestrillas, en esta segunda ocasión, también prosiguió su tour por la extrema-derecha como si nada hubiera ocurrido. Es cierto que en los años que pasó en la cárcel, de los activistas de extrema-derecha que le habían acompañado en su loca aventura, ya no quedaba ni uno; se había renovado la sangre y siempre hay media docena de adolescentes y otra media de maduritos descerebrados para seguirle en nuevas aventuras. Ahí lo tenemos hoy en una de las seis falanges, en la misma vía muerta que el resto de grupos ultras. Sus partidarios cuentan que ha sido víctima de “provocaciones del sistema” (como si el “sistema” tuviera a gala preocuparse por un tipo alocado y desmadrado) y se quedan tan anchos. Bueno, siempre tendrán tiempo de crecer y madurar. Seguro de que antes que terminen ese proceso personal, Ynestrillas ya ha dado que hablar nuevamente en primera página de los diarios.

Está claro que a Ynestrillas le interesaría que este episodio no se recordara. Es demasiado bochornoso para él, infamante incluso, pero, sobre todo, casposo. Contra menos se hable del episodio, mejor… mejor, para Ynestrillas, claro está. Y yo no hubiera aludido a él, si no fuera porque un camarada me comentó que Ynestrillas había publicado en su blog un artículo sobre mí. El artículo no era más que un “corta y pega” de los artículos colocados por Farrerons en Indimedia. Dios los cría y ellos se juntan. El heideggeriano de la “izquierda nacional-revolucionario” y el “ultraderechista impenitente” y “panegirista del antiguo régimen” odiaban a la misma persona: servidor.
 
Los ciclos del odio

Habitualmente no hay odios que cien años duren. Un odio así sería un “Gran Odio”, un odio casi nietzscheano y por tanto, incluso respetable y dotado hasta de magnificencia y grandeza. El odio que he visto, percibido y sentido siempre en la extrema-derecha denota más “manguificencia” que “magnificencia”. Ese “pequeño odio” nace de un estado de frustración y de una obsesión paranoica y enfermiza sobre alguien –aleatoriamente yo– al que se señala como origen de los propios males que, a fin de cuentas están dentro de los odiadores.
 
Mis odiadores son ciclotímicos, están sometidos a ritmos. Es curioso –será porque el primavera florecen los capullos– que demuestren más vigor cuando llega esa época del año. Todos ellos tienen un “factor desencadenante”: en uno de ellos es la medicación; Pepe Rodríguez, hace unos años, hizo un dossier sobre él: sus crisis coincidían con su abandono de la medicación, algo normal entre los esquizoides. Con Ynestrillas, por ejemplo, el problema es otro, acaso mucho más simple, simplemente que determinados consumos desmadejan la personalidad. Así pues, es muy fácil saber el día y la hora en que ha consumido algo que ni  a usted ni a mi seguramente se nos ocurriría consumir.
 
Los ciclotímicos son tan previsibles como un reloj suizo. A finales del milenio se paseaba por Internet un tipo, falangista por más señas, del que todos sabíamos que había entrado en crisis etílica por el contenido de sus mensajes cuando éstos, bruscamente, se volvían desmadrados, surrealistas, inexplicables, ininteligibles: “Ya está bolinga…” intuíamos todos. La crisis le duraba entre cinco y siete días, luego se detenía e iniciaba un período de reflujo silencioso tras el cual podía adivinarse una profunda depresión, pero algo más tarde recuperaba una precaria normalidad y así hasta la siguiente recaída. Lo dicho, ciclotímicos de tomo y lomo.

Con Farrerons, el elemento desencadenante es sin duda las crisis generadas por su oficio de carcelero, a pesar de ser un oficio digno. Tengo muchos amigos funcionarios de prisiones que ejercen este oficio con dignidad y entrega, pero ninguno de ellos, se cree el gran intérprete de Heidegger a esta parte de la Galaxia. Es fácil entender que, para quien aspira a seguir los pasos del maestro y creerse intérprete de las más sublimes cotas del existencialismo alemán, cerrar celdas y contar presos es una tarea ingrata. He visto funcionarios de prisiones con menos ínfulas caer en las depresiones por distintos motivos, y todos ellos justificados (el percibir la propia miseria de las prisiones, el estar demasiado cerca de la maldad humana, el situarse en la línea de fuego de hepatitis y sidas con riesgo de contagio, el permanente riesgo de sufrir agresiones e insultos por parte de galeotes que tienen poco que perder o simplemente, caminando entre el desprecio habitual prodigado por los presos), con más razón, alguien que ha puesto su vida al servicio de Heidegger, debe ser necesariamente proclive a las estados depresivos más sombríos y endiablados.

Tampoco me hubiera acordado de Farrerons de no ser a que tiene tendencia a sublimar sus crisis personales poniéndome verde en foros y webs. Va siendo hora de que entienda que donde las dan las toman. La diferencia estriba en que yo no estoy dispuesto a realizar una investigación policial sobre él, ni creo que merezca mucho más la pena que estas notas redactadas no sin cierta ironía.

El otro elemento desencadenante es el momento en que reactualizan lo que opino de ellos: que precisan ayuda especializada. Ninguno de los miles de Napoleones que han aparecido detrás del genuino Bonaparte, toleran bien a quien les niega directamente el trato de Alteza Imperial. En cualquier caso, a partir del primer Napoleón, convendrán en que todos los que han venido detrás, solamente pueden calificarse con un calificativo geográfico: chalados.

Hay un elemento curioso en mis odiadores particulares. Se retroalimentan. Hacia 1998, alguien difundió que yo era “agente del CNI”. Nunca he tenido ocasión de desmentirlo. Hacerlo sería dar algún valor a todas esas informaciones de las que he podido reconstruido su origen e incluso el momento exacto en el que nació y el tonto baba que inició su difusión. Pues no, nunca he sido agente del CNI ni de nada parecido. He reconocido, eso sí, que en los años 60 conocí a gente del SEDEC, añadiendo a continuación: “como todos los estudiantes anticomunistas, desde la democracia cristiana a la extrema-derecha”. Nunca he actuado como agente del CNI, como tampoco lo hice del SEDEC. Cuando tuvo lugar el proceso en el que se me condenó, junto a una docena de camaradas por una manifestación ilegal convocada en junio de 1980, uno de los abogados defensores me preguntó –concretamente Tuero Madueño, hasta hacia poco lugarteniente de la Guardia de Franco de Barcelona, luego aspirante a presidir Falange Española compitiendo con Diego Márquez y hoy diputado de la Gran Logia Federal de España– si yo tenía algo que ver con los servicio de inteligencia. Tuve ocasión de decirle textualmente: “Nunca he trabajado para servicios una de cuyas misiones es la destrucción del ambiente político del que procedo”. Ah, y añado, no me negaría jamás a colaborar con nadie, con ningún servicio de seguridad, en la lucha contra el terrorismo de ETA, del GRAPO o de cualquier otro grupo de cretinos asesinos.

En los años en los que he sido activista político, nadie, absolutamente nadie puede acusarme de haber trabajado para ningún servicio, ni de haber traicionado mi causa: y desafío a quien diga lo contrario a que lo demuestre. Ningún camarada ha terminado en prisión por mi culpa, ni por delación alguna que tuviera su origen en mí. Ningún camarada ha sido condenado jamás por un testimonio que yo diera en su contra.

También puedo añadir que yo, en cambio, si he tenido que cumplir 16 meses de cárcel (3 meses de prisión preventiva y 13 más de cumplimiento de condena) por declaraciones realizadas por otros camaradas ante la policía (obviemos sus nombres porque no les guardo hostilidad ni resentimiento; cabría simplemente recordar la canción del Duo Dunámico: “Jóvenes, éramos tan jóvenes”). Puedo añadir que, si no recuerdo mal, la única denuncia por malos tratos y torturas que ha presentado algún militante de extrema-derecha a la Comisión de Derechos Humanos del Parlament de Catalunya fue la que presenté contra el grupo de la Brigada de Información que me interrogó durante una semana en Barcelona. Añado, además, que en los años 80 no fueron camaradas, pero sí servicios de seguridad del Estado los que urdieron tramas en las que se me responsabilizaba de atentados odiosos en función de determinadas coyunturas políticas de la transición de las que habrá tiempo de tratar… Raro este “agente del CNI”, que es el primero es ser objeto de represión, y en sufrir en sus carnes algunas maniobras de desprestigio por parte de servicios de seguridad del Estado y por parte de algunos medios que, más que canallescos, casi calificaría de hijoputescos.

Este sujeto que habitualmente coloca datos cada vez más enloquecidos sobre mí en Indimedia insiste en que se me responsabilizó del atentado antisemita de la calle Copernic en París o de incendios de librerías en Barcelona. Difícilmente: nunca fui acusado de nada de todo eso, lo cual, aún sabiéndolo, no es óbice para que lo repita una y otra vez… para acto seguido contar que yo soy “agente del CNI”. Elude, por ejemplo, explicar que el atentado de rue Copernic estuvo claro para la policía francesa desde su comisión y que veinticinco años después en 2008, se logró detener al autor material del atentado: un palestino… Si a la prensa francesa le llegaron datos sobre mi participación en el execrable crimen fue, precisamente, por que el servicio de seguridad del Estado al que se me vincula ¡fue quien dio los datos a través de un sindicalista policial! El cómo pude reconstruir todo esto es cosa mía y sólo a mí compete. Tengo facilidad para obtener los datos que me interesan verdaderamente.

En cuanto a los incendios en librerías en 1973 y 1974, mi "vinculación" estriba en que, por teléfono tuve una conversación con Ignacio Castells en la que valorábamos quién podía ser el autor. Estábamos convencidos de que era un conocido militante de la Guardia de Franco barcelonesa, que conoció cierta fortuna mediática. La policía tenía intervenido nuestros teléfonos, así que me detuvo para que repitiera esa conversación con luz y taquígrafo, lo cual habría implicado la detención de ese militante de la ultra barcelonesa. Por supuesto, no lo hice. El papel de delator no es el mío. Y aún hoy tampoco voy a hacerlo dado el aprecio que siento, más que por este representante de la ultra, por alguno de sus hijos. Las cosas del honor tienen esto, que la propia satisfacción no puede obtenerse señalando con el dedo a los otros.

Y, a todo esto, ¿qué importancia tiene hoy todo esto? Poca, en realidad. Muy poca. Casi diría que todo esto no tiene más importancia que el sonido de la lluvia de primavera que ahora mismo está repiqueteando en el cristal de mi estudio en las faldas del Montseny. Algo banal que interesa a mis odiadores mucho más que a mí.
 
El factor odio en la extrema-derecha

La extrema-derecha está más que muerta. Me hace gracia cuando algunos antiguos camaradas, en nombre de la "unidad", se nieguen a hacer tabla rasa con la docena larga de siglas ultras dándoles cancha y vidilla en webs “unitarias”. El resultado es que este ambiente nunca termina por desaparecer. Tampoco es un gran problema. Si ellos no quieren desaparecer, con alejarse de él se obtiene el mismo resultado. Desde hace veinticinco año vengo diciendo que la extrema-derecha está muerta y enterrada, lo único de lo que se me puede acusar es de no haber roto completamente puentes con ella, seguramente por pura inercia y porque siempre queda allí un "último amigo". ¿Se quiere alguien quedar con ese ambiente en nombre de una “izquierda nacional-revolucionaria” o así? ¿se quieren quedar con ese ambiente en nombre del “patriotismo exaltado y antiseparatista”? Que se lo queden. Un ambiente que permite que gente visiblemente inestable se pasee entre sus filas como Pedro por su casa, es un ambiente que ya no tiene pulso. Me molesta la compañía de los cadáveres. Ya lo dijo el poeta: “Allá los muertos que entierren como Dios manda a sus muertos”.

Desde hace años no albergo la menor duda de que el odio es la última trinchera de los últimos mohicanos de la extrema-derecha. Es imposible que ninguna de la decena larga de siglas ultras destaque sobre las demás porque todas ellas, sin excepción, gastan más tiempo en atacarse unas a otras que en realizar trabajo político, hasta el punto de que, en el remoto supuesto en que una de ellas lograra despuntar sobre cualquier otra, las restantes concentrarían sus ataques en taponar a la estrella emergente y no cesar hasta que lograran arrastrarla en el mismo fango en que ellos reptan. Cuando un entorno político gasta más esfuerzos en bloquear a sus competidores que en destacar sobre ellos, mal asunto: ahí lo que existe es una putrefacción del espíritu. Es lo que le pasó a Farrerons ante la estrella emergente de Anglada: que, desde entonces sólo piensa en hundirla como tarea que dará sentido a su vida.

En un ambiente emergente e investido de confianza en su misión histórica, el odio queda lejos. Se odia al enemigo lo necesario, recordando que más que enemigo es adversario y, odiado y/o despreciado, nunca puede constituir una obsesión. Además, el enemigo es el enemigo. Con o sin odio, combatirlo es la única alternativa. En cambio, el odio endógeno que practican los restos de la extrema-derecha, además de ser la garantía de que jamás logrará ninguna de sus partes levantar cabeza, es signo de una enfermedad terminal, de un agotamiento de la propia vitalidad. Siempre es más fácil combatir a aquel que es tan débil como tú que a aquel otro que es todo fuerza y vigor. Por eso la extrema-derecha se autofagocita sin interrupción.

Me di cuenta por primera vez de esto entre mediados de los años 70 y principios de los 80. Había un tipo en el entorno de Fuerza Nueva particularmente curioso, no recuerdo su nombre, pero si su rostro y, por supuesto, algunos de sus opiniones. En los mentideros madrileños  de la ultra se le conocía como “Saldovalito Gazmoño” en la medida en que era un tipo bastante cargante y con un punto repipi. Hacía relativamente poco que Blas Piñar me había expulsado por el único motivo de haberme casado por lo civil, esto es, de haber reconocido que no era católico y de negarme a realizar la pantomima de casarme ante un altar en el que había dejado de creer. Sin embargo, a principios de los 80, estábamos trabajando en el período post-fuerzanuevista, en lo que debían ser las Juntas Españolas. Hube de entrevistarme con “Saldovalito” para tratar de que cesara sus ataques contra las todavía non natas Juntas. Le planteé la situación de manera bastante gráfica: “Mira, estamos todos dentro de una ciudadela sitiada y es absurdo que sigamos tirándonos piedras entre nosotros”, que era como decirle de manera educado: “Mira, macho, no jodas más”, algo que posiblemente el fulano no terminaría de entender. En realidad, tampoco entendió mi planteamiento algo más edulcorado. Fue la única vez que le vi sonreír: “Pues no –me dijo- para mí es más importante eliminar a los enemigos de España dentro de la ciudadela”. No había nada que hacer. Otro que estaba como las maracas de Machín. El tipo era un fanático religioso y se comportaba con la lógica estalinista de “somos demasiado pocos, así que  mejor hacer una purga no sea que crezcamos algo”. O como los judíos dentro de la Jerusalén sitiada por las legiones de Tito que seguían peleándose entre ellos. Aquel tipo –Sandovalito– llevaba la parálisis política escrita en la cara. Pero, al menos, este chaval tenía sinceridad. No llegaba a la mentira ni a la calumnia, sino que siempre atacaba tomando como base unas sinceras creencias religiosas. Está claro que esas creencias le nublaban la perspectiva y le conducían a una inenarrable vía muerta, pero, al menos, tenía el don de la sinceridad y de la honestidad. No era, digámoslo así, un odiador profesional.

Luego he visto gente que realiza razonamientos similares pero no ya desde una óptica tan sincera, sino esgrimiendo las más estrafalarias excusas. Hay por ahí un blog en donde aparece un individuo tocado con un pañuelo palestino (y será de Carabanchel o casi, el jodido) que tiene el hábito de apostrofar como “pro-sionista” a todo el que no comparte su particular moda estética reflejo de sus islamofilias. Yo no la comparto, luego yo soy pro-sionista y así me proclama como gesto máximo de desdén hacia mi persona. En la medida en que soy “pro-sionista” de mí se puede decir cualquier cosa y apostrofarme con cualquier disparate. Si fuera visitador médico le recomendaría un reforzante cerebral. Ni soy visitador médico ni siquiera cocinero, así que n otengo receta para aliviar lo suyo; allá se las componga con su neurosis.

No he logrado fijar en el tiempo el momento en que el heideggeriano exaltado que corre por ahí me convirtió en objeto de su odio. Debió ser a inicios del milenio o, como máximo en el 2003. En realidad, ¿a quién le importa? Me preocupan más los motivos. Él asegura –y no es el único, los temas de ataque terminan siendo compartidos por todos los odiadores aun cuando cada uno acentúe aquella parte a la que es más sensible– que soy “agente del CNI”. No lo soy,  ni lo he sido nunca, ya lo he comentado. Pero eso poco importa. Este individuo está convencido en que tengo algún interés, peso o ascendiente sobre los ambientes “nacional-revolucionarios” de los que él se postula como ideólogo: si yo soy denunciado como agente del CNI, seré irradiado de esos ambientes y, por tanto, estos terminarán reconociéndole “su rango”. Es inútil, por supuesto, intentar explicarle –un tipo así sólo entiende a sus obsesiones interiores– que ni me considero nacional-revolucionario, ni a fin de cuentas, sé ni dónde está ese sector, ni siquiera si existe y, desde luego, que no tengo nada que ver con él más de la relación que puedo tener con la Iglesia Evangélica de Peret y su rumba catalana. En realidad el tal Farrerons debería pensar más bien: “Me muevo entre los nacional-revolucionarios como un pulpo en una cacharrería, frecuento foros y ambientes por los que el Ernesto ni está interesado, ni se mueve en absoluto, ni probablemente sabe que existen ¿a ver si me equivoco y resulta que el Ernesto, tal como dice, no tiene nada que ver con ningún medio nacional-revolucionario?”. Pero esto implicaría renunciar a su obsesión y dar una explicación a sus fracasos personales: no soy yo el que boicotea su presencia en el medio “nacional-revolucionario”, sea cual sea a lo que se refiere, es él mismo, con sus modales de pulpo en cacharrería, con sus faltas de tacto hacia unos o hacia otros, quién hace todo lo posible para ser expulsado de foros y debates, algo que inevitablemente logra en pocos días. En otras palabras: el problema es él, no yo, si bien es cierto que es más cómodo atribuir a otros los propios errores.

Este tipo, o el propio Ynestrillas, o el individuo este del pañuelo palestino, verdaderos fracasos en la evolución de las especies, confirman, eso sí, al bueno de Nietzsche cuando explicaba en su Zarathustra aquello de que “hemos recorrido el camino entra el gusano y el hombre y aún queda en nosotros mucho de gusano”. Necesitan “culpables” para explicar sus miserias personales; no señalar a un “culpable” equivaldría a que ellos mismos albergaran la sensación de que son culpables de sus propios fracasos personales. Aunque yo desapareciera, Ynestrillas nunca podría negar que su abrakadabrante vida y sus hazañas se encierran en dos: un tiroteo en el garaje de una disco y un par de atracos a bares para lo que declara la sentencia que no es, desde luego, nada político ni honorable. Y si lo niega tampoco hay problema: hay están dos sentencias en firma y dos penas cumplidas para confirmarlo. Nada político, mangutadas puras y simples. En cuanto al heideggeriano, ¿díganme qué necesidad tiene de “enemigo” un tipo que, ya mayorcito él, bautiza a su organización como ENSPO, esto es, “Entre Potencialista”? (o “Ens Potencialista” en catalán) y pretende hacer política explicando El Ser y el Tiempo como otros explican los 27 puntos de la Falange... ¿Cómo no iba a fracasar una organización así? No fui tampoco yo quien lo desalojó de la Plataforma per Catalunya, ni del Partido Nacional Republicano, ni siquiera de no sé que foro nacional-revolucionario… fue él, por méritos propios quien se colocó en la puerta de salida, con el culo en pompa, esperando que alguien pasara por allí para darle la correspondiente patada.

Lo interesante es constatar que este tipo de gente no son militantes de base: Ynestrillas es, no sé que cargo, en una de las seis falanges; a Farrerons le gusta ser presentado como “intelectual nacional-revolucionario” y en calidad de tal peroró en unas jornadas alternativas no ha mucho. Así pues, se trata de “dirigentes”. Díganme si con dirigentes así, ese ambiente político, multiforme y poliédrico, puede llegar a algún sitio…

El odio en la izquierda

Lo sorprendente de todo el asunto y la gran contradicción de mi vida, es que aun siendo antimarxista he tenido muy buenos amigos en el marxismo. Siendo antilibertario, he tenido excelente relación en la anarquía. Sin ocultar mis afecciones políticas he amado a mujeres de izquierdas que incluso me han ayudado cuando he sido detenido o cuando he debido huir por motivos políticos. Cuando la policía me detuvo para cumplir la única condena que he tenido en España (por desórdenes públicos en el curso de una manifestación), fue Vázquez Montalbán (q.e.p.d.) el primero que llamó a mi esposa para expresar su lamento y ofrecerse por si ella necesitaba algo. Dentro de la cárcel, fue el entonces diputado de Euzkadiko Ezkerra, José María Bandrés  quien tramitó generosamente mi petición de indulto. Vázquez montalbán nos había unido en su libro de entrevistas Encuentros con gente inquietante, publicado en Espejo de España por Planeta. Fue con el secretario general de la CNT, con quien montamos una granja en Osona, y allí pude conocer a gentes de la CNT y de la FAI, con alguno de los cuales colaboré en la publicación Saber MAS. Fue una inolvidable mujer próxima a la Joven Guardia Roja y un amigo próximo al anarquismo, quienes fueron a retirar lo que pudiera haber en mi casa de “comprometido” después de que la policía barcelonesa me detuviera en 1974 por una bomba en el cine Balmes, con la que no tuve nada que ver, y por lo que nunca fui procesado. Yo, en esa época, era “sospechoso habitual”, detenido por orden de Martín Villa cuando la presión mediática obligaba a detener a alguien y liberado inevitablemente tres días después por el juzgado cuando certificaban que no tenía nada que ver con el hecho investigado. Fue junto a una antigua trotskista italiana, conocida de Henry Weber y Livio Maitan, con quien fui detenido en París. He tenido amigos situados en la dirección del PSUC. Tengo amigos –y buenos amigos– en las distintas obediencias masónicas, algunos ellos socialistas, que conocen perfectamente mi posición sobre la masonería… lo cual no ha sido óbice para que presentara libros en círculos masónicos o me invitaran a “tenidas blancas”. Y así sucesivamente. Mis relaciones con gente de izquierda han sido, como mínimo, menos malas que con una parte sustancial de la extrema-derecha, aun cuando la lógica pareciera indicar que yo, presunto ultra de derechas, debía de ser considerado en la extrema-izquierda como Lucifer redivivo. Está claro, por lo demás, que todos esos amigos y conocidos de izquierdas, nunca han experimentado la sensación cuando estaban conmigo de estar con un “agente del CNI”, ni que yo vendiera a alguien informaciones que les hubieran perjudicado de alguna manera.
 
Claro está que en la extrema-izquierda el modelo humano es muy parecido al que circula en la extrema-derecha: a climas extremos corresponden tipos humanos no menos extremos. Lo mejor se alterna con lo peor y en proporciones similares. No es raro, por tanto, que recuerde con cariño y considere como excelentes amigos a gentes de uno y otro lado. Faltaría más que por un quítame allá esos pajotes ideológicos, me olvidara de que en el ambiente político que tengo enfrente hay gente excepcional… y gilipollas casi en el mismo número y proporción  que en aquel en el que habitualmente se me encasilla.

Creo que será bueno recordarlo en este momento: he estado buena parte de mi vida en la extrema-derecha, pero especialmente a partir de 1983 he dejado de considerarme de extrema-derecha e incluso en un período situado entre 1973 y 1976 tenía serias dudas sobre dónde ubicarme políticamente. Mi error personal ha consistido en no romper todas las amarras y puentes con este ambiente. Cuando estaba ya separado de la militancia política, en 1999, acepté establecer contactos con la Democracia Nacional de la época simplemente porque en el programa elaborado por Laureano Luna se hablaba de la “autonomía histórica” y eso encontró un eco en mí. Laureano, en tanto que filósofo, fue capaz de formular una teoría que respondía a lo que para mí era solamente una intuición: no soy ideólogo, ni teórico, ni nada que se le parezca, no tengo preparación suficiente para formular teorías, sino sólo para experimentar sensaciones susceptibles de reconocerse en teorías elaboradas por otros. La de la “autonomía histórica” fue una construcción personal de Laureano que compartí sin reservas ni fisuras.

Lamentablemente, cuando DN abandonó esta doctrina y el pobre Canduela creyó tener cierto protagonismo político abrazando a Blas Piñar con treinta años de retraso o bien poniéndose a la cola de manifestaciones falangistas, ya no tenía ningún sentido el que permaneciera bajo esas siglas. La extrema-derecha está maldita y tiene un estigma que la marca por siempre jamás: ha muerto, sólo que no ha enterado de su fallecimiento; es un no-muerto, como un vampiro que, en lugar de mamonear sangre fresca, destila odio hacia los que están más cerca (otros extremistas de derecha como ellos) e incomprensión hacia la política.

En la izquierda, ayer y hoy se ha intentado mantener cierta perspectiva: digamos, que la mayor parte de la izquierda ha estado algo más –no mucho más, pero sí algo más, especialmente en cierta izquierda no zapateriana– inmersa en la sociedad, a diferencia de la extrema-derecha que no sólo ha sido segregada de la política, sino también incluso de la sociedad, configurándose como pura marginalidad en un mundo pequeñito y redondito en cuyo interior, diversas facciones siguen una especie de movimiento browniano de partículas cuyo único destino es el choque de unas con otras y ninguna de las cuales tiene posibilidades de salir del recipiente que las contiene y las aisla del resto de la sociedad.

Perfil de mi odiador particular


Costaría poco liquidar el tema despachando el tema y diciendo simplemente que mis odiadores particulares son casos patológicos, sin más. Es cierto que, al haber permanecido demasiado tiempo en el entorno de la extrema-derecha, he conocido a más chalados de los que nos corresponde a todos por cuota estadística. En efecto, hay entre un 2 y un 5% de psicópatas, un 3% de esquizofrénicos, neuróticos casi todos, en mayor o menor grado, incluido el que suscribe… así que si al cabo del día nos cruzamos a 500 personas, es casi seguro que entre ellas figurarán entre 10 y 25 psicopatones de tomo y lomo. Lo llevan escrito en la cara, en su código genético y en su comportamiento habitual: carecen completamente de empatía, hacen daño sin percibirlo, creen que son seres especiales que se lo merecen todo y al servicio de los cuales todos deberían estar; habitualmente, no son muy inteligentes, tienen un fugaz atractivo personal y, por supuesto, desconocen lo que son “valores”, de los que apenas tienen una aproximación literaria y libresca como máximo, pura retórica. En general, mis odiadores no son siquiera psicopatones de perfil bajo, es decir, no son particularmente peligrosos. Más que peligrosos, se quedan al nivel de pelmazos.

No es gente ni muy mayor, ni excesivamente joven. Suelen tener edades intermedias, en torno a los 45-55 años. A esa edad ya se tiene perfecta constancia de si se ha fracasado en la vida y empieza a aparecer la sensación de que lo que queda por vivir es menor a lo ya vivido e incluso menos interesante. Si en esa época se tiene la sensación de que no se han cubierto los objetivos de la vida, lo que aparece es una sensación de frustración e incluso un complejo de culpabilidad que solamente se logra sublimar convenciéndose de que hay alguien más culpable, frente al cual las culpas propias son pura fruslería. Alguno me ha elegido a mí como presunto culpable. Bueno… si eso les hace feliz, para los que nos hemos educado en los principios de la Tradición para la que el individuo no es nada y la persona es poco, apenas una máscara, el que dos o tres chalados, la tomen conmigo quizás pueda suponer una tragedia para otros, pero no desde luego para el que suscribe. Preferimos el vago “nosotros” al siempre concreto y personalista “yo”.  Buena parte de nuestros libros y artículos han sido firmados –y son firmados– con seudónimo. El seudónimo nos ayuda a evitar que nuestro ego engorde. Distancia a libros y artículos de nosotros mismos. La idea es simple: si lo que hemos escrito es pura mierda –que de todo hay como en botica– carece de sentido el que asumamos su autoría, y si tiene algún valor es, sin duda, porque no expresamos ideas propias sino universales, por lo tanto sería todavía más inconsecuente que intentáramos vincular esa parcela de verdad universal a nuestra personalidad transitoria y efímera. No hay ninguna tragedia en ello: el pillao aquel inundando Indimedia con sus fantasmagorías sobre mí o sobre cualquier otro, Ynestrillas evidenciando que cada vez que se mete algo en el cuerpo lanza un exabrupto, o el otro colgado que cuando se olvida de medicarse se acuerda de mi existencia vía Internet, no son nada grave, pueden erosionar a la “persona”, pero no a su núcleo ni a nada esencial, mientras que ellos –sus freakadas y sus adicciones en el mejor de los casos serían atenuantes relativos, pero no eximentes– reducen su vida a una triste obsesión a la dedican tanto tiempo que no cabe ver su vida sino como esclava de su obsesión y de su intento de sublimar sus propias frustraciones, complejos de culpabilidad y sensaciones de fracaso. Algo sombrío, vaya.

Heidegger probablemente se colgaría del palo de la bandera de la universidad de Heidelberg de enterarse que su más acérrimo partidario a este lado de los Pirineos dedica buena parte de su tiempo a investigar y, especialmente, calumniar sobre un tipo gris que solamente aspira a vivir y a gozar como el que suscribe estas líneas. No creo que Ynestrillas padre (q.e.p.d.) –a quien conocí, por cierto– se sintiera particularmente orgulloso de un hijo dos veces encarcelado por episodios que nada tenían que ver con algo mínimamente honorable. No es pues a mí a quien deben preocupar tanta energía colocada en torpedear a la “persona Ernest Milà” como a ellos la vergüenza que generarían en quienes admiran y respetan. Soy hijo del pensamiento evoliano y de éste he aprendido a “cabalgar el tigre”: el veneno puede no ser tal y terminar constituyendo un remedio. Benditos mis odiadores que al machacar mi individualidad me lo ponen más fácil para tener siempre presente que el camino de la Tradición pasa por la renuncia del ego.

Por lo demás, los odiadores –al menos los míos, suerte tiene si usted dispone de otros de más talla– son una drama, pero no tanto para el objeto de su odio como para sí mismos. Créanme, lo peor de una mierda seca bien aplanada no es su situación y estado, sino el pretender convertir a otros a su mismo estado y condición.

[sobre Ynestrillas ver el siguiente link con lo que nos evitamos el consabido cortar y pegar]


© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción sin indicar origen

Marruecos, “el aliado”… o el patriotismo zapateriano

Infokrisis.- Tenemos un presidente del gobierno que raramente se entera de algo y que dista mucho de pensar en función de los parámetros de una lógica racional, sino razonable. Cuando uno encuentra que individuos mediocres, sino por debajo de la media, al frente de los destinos de nuestro país, no puede por menos que dudar sobre las bondades de la partidocracia. Lo que está ocurriendo ante nuestra vista –habituada a los sainetes políticos tras cinco años de zapaterismo- es la quiebra del sistema político. Un episodio de importancia histórica que solamente la insignificancia política de Zapatero puede hacer que esté pasando casi completamente desapercibido.

Pequeña historia del zapaterismo

Es bueno recordar por qué Zapatero está al frente del gobierno español: es secretario general del PSOE gracias a los votos aportados en el congreso del PSOE del 2000 por la delegación del PSC presidida por Maragall, un político ya entonces mermado físicamente. Llama la atención la endeblez política de Zapatero en aquel momento. Un diputado mudo de provincias reunió a la ejecutiva del PSOE de León y les propuso su programa… cuyo primer punto ¡era la defensa y el impulso de la inmigración en una provincia que en aquella época apenas tenía un centenar de inmigrantes! Zapatero llegó a la cabeza del PSOE con un equipo mediocre construido según el “principio de Peter” según el cual un incompetente sitúa como colaboradores a gente aún más incompetente que él para no ver su posición amenazada.

Era difícil que en un período de crecimiento económico y con un gobierno de mayoría absoluta, el PP dejara escapar la posibilidad de una reelección. Sin embargo, la nefasta gestión de Aznar de la cuestión de Irak, su alineamiento radical con las posiciones anglosajonas y la famosa foto de las Azores le crearon un problema que, en realidad, por sí mismo, no era suficiente como para apearlo del poder. Entonces llegaron las bombas del 11-M, la provocación, la intoxicación, la mala gestión de la crisis… y la sustitución de Aznar por Zapatero aupado en la pirámide 192 cadáveres. No es raro que el PSOE considerase una prioridad cortar cualquier posibilidad de llegar al fondo de la cuestión, so pena de encontrarse con una verdad que no hubiera gustado a los electores.

Sí, porque sea cual fuere el director de orquesta del 11-M, los servicios secretos marroquíes entraban por algún lugar. Fueron ellos los que el 15 de marzo de 2004 enviaron a España a funcionarios encargados de recordar que los detenidos el día antes eran “peligrosos terroristas islámicos vinculados a la red que cometió los atentados de Casablanca” en mayo de 2003. Esos informes se han revelado completamente falsos y ni Zougan ni sus compañeros tenían nada que ver ni con el radicalismo islámico ni con redes fundamentalistas nacidas en los barrios pobres de Tánger y Casablanca. La “verdad oficial” solamente podía establecer que una célula terrorista sin padre ni padre, sin líderes ni inspiradores, sin estrategas y sin tácticos, una célula inexistente mató a 192 personas.

Zapatero ya estaba el frente de la administración. Hubiera sido difícil que cualquier otro presidente de gobierno hubiera cometido tantos errores en tan poco tiempo. De hecho toda la primera legislatura de Zapatero había sido un inmenso error: error en el tema antiterrorista, error en el episodio del Estatuto Catalán, error en la modificación del Plan Hidrológico, error en el área de inmigración, error en el tema de matrimonios gays, error en la ley contra la violencia doméstica que pareció estimularla mucho más que contenerla, error en el enfrentamiento con la Iglesia, error en su alianza con los nacionalistas más radicales en Galiza y Catalunya, error en convocar un referéndum sobre la Constitución Europea sin saber lo que se votaba, errores, uno tras otro, en política internacional, en asignaturas tan simples como el canon digital y en tantos pequeños asuntos de política cotidiana. Y sainetes como el de la Alianza de Civilizaciones, las ministras florero, el lobby gay de La Moncloa, los malentendidos generados por la increíble tendencia de Zapatero a decir a cada cual lo que desea oír y, por tanto, a no poder mantener sus promesas.

Era difícil que en 2008 el que fuera definido como “el peor presidente de la democracia” (calificación bastante suave, por cierto) resultase elegido. Lo fue gracias al despliegue mediático y, especialmente, gracias a dos factores: el providencial asesinato de un ex concejal socialista que hizo olvidar la inmensa cagada (no hay calificativo mejor para expresar la política zapaterista) que fue la política antiterrorista entre 2004 y 2007 y una mentira mil veces repetida que creyeron 12 millones de electores: la de que no existía crisis económica.

En un año hemos pasado de un optimismo desmesurado en materia económica a una situación de crisis nacional y a una sensación de bancarrota del Estado. Ya no quedan ases en la manga. Zapatero no es todavía un cadáver político, es simplemente un no-muerto. Su capacidad de liderazgo, credibilidad y gestión están literalmente pulverizados. Ya no quedan conejos en el sombrero ni ases en la manga. Zapatero es un líder político amortizado. En caso de que las elecciones europeas le sean ampliamente desfavorables y dadas las simetrías parlamentarias, a Zapatero le puede ser muy difícil gobernar a partir de septiembre. Si en ese momento la situación económica no ha mejorado (el plan de empleo municipal del gobierno se está desarrollando caóticamente y solamente generará un mínimo efecto benéfico sobre el empleo en las semanas previas a las elecciones europeas…) y en lugar de bajar en porcentaje de votos, sufre un desplome, las elecciones anticipadas están cantadas para invierno o incluso para el final del otoño.

En el episodio Chacón-Kosovo, se ha reiterado esa increíble tendencia de Zapatero a hacer el ridículo en temas internacionales. Ni siquiera El País ha salido en defensa de la ministra de Defensa (y no sólo porque su marido, antiguo responsable de comunicación del PSOE tuviera ajustes de cuentas pendientes con PRISA), sino porque la postura de Zapatero es literalmente indefendible. No es solamente el prestigio de la ministra del embarazo ha salida hecha puré, sino que son los restos de credibilidad de Zapatero en la esfera internacional los que han desaparecido sin dejar señas. Es un anticipo de lo que le espera.

El “gran aliado de España”: Marruecos

Nada de todo esto es sorprendente. Cuando se elije como presidente del gobierno a un tipo que se ha limitado a tener suerte y a escalar hasta el poder con la pirámide de muertos amontonada por otros o a repetir mil veces la mentira de la inexistencia de la crisis, ningún episodio por surrealista que sea resulta completamente increíble.

Zapatero en pleno congreso, tras reprochar el PP la participación en la guerra de Irak (en realidad fue solamente un envío de tropas en la posguerra iraquí), se le ha calentado la boca y, a falta de mejores argumentos, ha recordado el episodio de Perejil que según él puso en peligro las relaciones con “ese gran amigo de España que es Marruecos”. Decididamente el presidente del gobierno no es más tonto porque no se entrena. Volvemos al “primer Zapatero”, a aquel que fue llamado el presidente de la “renuncia permanente” que ahora manifiesta en un calentón parlamentario su deseo oculto: entregar parcelas de territorio español a otra potencia. Porque aunque Zapatero lo niegue y lo dude, Perejil, grande o pequeño, es España. Como lo es Ceuta y Melilla y como lo son Canarias, por mucho que su amiguito del alma, el rey de Marruecos, el único político internacional que se toma en serio (¿se lo toma verdaderamente en serio?) a Zapatero.

La frase de Zapatero es elocuente: para él, ese humanista y universalista, las fronteras son cosa del pasado, la soberanía nacional una antigualla en tiempos de globalización, el honor nacional un arcaísmo y la seguridad nacional cosa de militares, por tanto, algo de lo que hay que desconfiar. ¿Qué Marruecos pide Perejil? Tendrá sus razones, hay que dárselo. ¿Qué pide Ceuta y Melilla? Bueno, en el fondo las dos ciudades están en tierra Africana… ¿Qué Marruecos tose? Zapatero se acongoja. ¿Qué Mohamed pide dinero? Zapatero tira de talonario. ¿Qué el reino alauita intenta invadir con sus exportaciones agrícolas de ínfima calidad (tomates que no saben a tomates, zanahorias con aroma a corcho, solamente el hachís, la gran exportación hortofrutícola marroquí sabe al parecer a hachís)? No hay problema, Zapatero le abre la puerta de Europa aun a costa del harakiri de nuestra agricultura. Ese es Zapatero, el “estadista” de la renuncia permanente.

Cuando estuvo en Turquía en el lanzamiento de la Alianza de Civilizaciones, a la pregunta de un periodista sobre qué le parecía la discriminación de la mujer en el Islam, Zapatero se limitó a decir como única y escueta respuesta que “en Europa tenemos muchas cosas de las que no podemos estar orgullosos”… La respuesta era significativa: está dispuesto a reconocer al varón islámico el derecho a apalizar a su mujer con tal de que Marruecos y Turquía le sigan apoyando en su loca y patética aventura de la Alianza de Civilizaciones, así pues ¿qué no daría a Marruecos si Marruecos se lo pidiera? ¿soberanía compartida en el reino de Granada? ¿retirada del ejército español de Canarias? ¿mejorar las infraestructuras de Ceuta y Melilla antes de poner una alfombra roja al sátrapa de Rabat? ¡Cualquiera sabe lo que carbura dentro del cerebro de un ignorante.

Porque, a fin de cuentas, el problema de Zapatero es su ignorancia en materia internacional. No le ha bastado recibir mensajes de indiferencia y hostilidad en foros internacionales, no le ha bastado codearse solamente con mangui-naciones, ni con las ironías frecuentes de sus colegas europeos, sino con tirones de orejas (Chirac y Schröder tras la regularización masiva de inmigrantes en 2005), no le ha bastado simplemente con leer la prensa todos los días o pedir asesoramiento de la Defensa, para saber que tener a Marruecos como “gran aliado” es como quien tiene un tío en Graná (que ni tiene tío, ni tié ná).

A Zapatero no se le ha olvidado que a poco de ser elegido secretario general del PSOE, en el momento álgido del “desencuentro” con Marruecos, solamente fue recibido por Mohamed VI, poco después de que resultara coronado sultán. Ya en aquella ocasión, el sátrapa marroquí expresó que “ese era el mejor presidente para España”… que era como decir “elijan a este que es con el que yo me podré beneficiar más”.

Hoy, 24 de marzo de 2009, Zapatero ha demostrado en el Parlamento que ni siquiera entendió lo que pasó en Perejil hace siete años: una potencia extranjera invadió un trozo de territorio nacional y se negó a abandonarlo por vía diplomática haciendo necesaria una operación militar. Es simple, no ocurrió otra cosa, sólo eso: un atentado a nuestra integridad territorial. Zapatero ni siquiera es capaz de reconocerlo.

No es raro que España no tenga ni política exterior, ni política de defensa, ni políticas de Estado y que, por no tener ni siquiera tenga claro quién es el “adversario” y por dónde pueden venir los problemas de seguridad. Marruecos exporta especialmente drogas, inmigración y terrorismo, por este orden. Y sobre todo lo hace en dirección a España: de Marruecos están llegando fundamentalistas islámicos, de Marruecos ha llegado más de un millón de inmigrantes y de Marruecos están llegando anualmente más de 25.000 toneladas de hachís y unos cuantos miles de toneladas todavía no cuantificadas de cocaína colombiana. Y, por supuesto, tomates insaboros y zanahorias que podrían servir como tapones de botella. Zapatero ni siquiera se ha enterado de cuáles son los problemas en las relaciones con Marruecos. O quizás es que se ha enterado y siente una mezcla de vértigo y miedo. ¡Menudo aliado y menudo presidente!

Marruecos es el gran aliado de EEUU en la zona. En este sentido, Marruecos ha logrado desplazar a España como potencia aliada de EEUU en la zona del Estrecho. La monarquía inestable de Mohamed VI basado en la eficacia represiva de media docena de servicios de inteligencia difícilmente podrá contener el fundamentalismo islámico que bulle en los arrabales de Casablanca, de Marraquech, de Tánger y Rabat. ¿Qué hará entonces ZP? ¿Intentará apuntalar a la corrupta monarquía alauita? Es lo más probable. Afortunadamente, para cuando eso ocurra, Zapatero será un recuerdo y una dolorosa irrisión en la historia de España.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@blogia.com  http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

"Takfires": dando una explicación absurda a lo inexplicable

Infokrisis.- Hemos recuperado este artículo publicado en nuestro blog www.krisis.info (hackeado desde las alcantarillas y que fue sustituido por infokrisis)  en junio de 2004, a poco de haberse cometido los atentados del 11-M. El sabotaje de www.krisis.info hizo que este artículo desapareciera, sin embargo, lo hemos recuperado para nuestros lectores a la vista de la importancia del tema. Lo importante de este artículo es las fuentes que cita, en gran medida, de intoxicación pero que tienden a explicar y a justificar el por qué los responsables del 11-M (como también los del 11-S) considerados como integristas islámicos tenían un comportamiento tan poco islamista.


Redacción.- El problema que encuentra el "centro de operaciones psicológicas" que está detrás de toda al campaña curgida tras el 11-S y el 11-M consiste en explicar porqué los islamismas "normales" no conocen absolutamente la fe islámica de los "terroristas internacionales". En efecto, se trata -siempre- de gentes que no visitan la mezquita o que son completamente desconocidos en las mezquitas. De ahí que sea preciso "inventar" nuevas vinculaciones y estructuras que, al menos durante unas semanas, mantengan cierto nivel de "despiste" y sorpresa en la opinión pública, hasta que, finalmente, se desvanecen y son sustituidos por otros del mismo calado. Ahora han saltado a la palestra los "takfires".

Pero el problema no es si Al Qaeda organiza a sus comandos en base a estos presuntos "tafkires": sino si Al Qaeda sigue existiendo después de casi 3 años del 11-S, cuando perdió su base en Afganistán o desde hace ocho años, desde el atentado al USS Cool, con una persecución a escala internacional por parte de todos los servicios secretos del mundo... incluidos los de los países islámicos. En esas condiciones, una organización, por clandestina que sea, no puede soportar la persecusión y su única actividad es la autodefensa.
La primera vez que se habló de los "takfires" fue hace casi un mes, exactamente el 21 de abril. La información llegó también a La Razón; decía así:

"¿Quiénes son los «tafkires»?

Los miembros de la facción fanática que pudieron profanar el cadaver del geo fallecido en Leganés, son una secta salafí, de origen wahabí, fundada en Egipto en los años 40, bajo el nombre de Takfir Oual. Se la considera como una herejía («aljvarij») dentro del Islam.

Se trata de una fación radical escindida de los Hermanos Musulmanes de Egipto fundado por Shukri Mustafa, juzgado y ejecutado por el asesinato del presidente Annuar el Sadat en 1981.

De Egipto saltaron a Argelia y Marruecos de la mano de los salafistas. En los noventa también se establecieron en Líbano y Sudán, donde algunos de sus miembros se asociaron a la red terrorista de Al Qaida y Ben Laden, que se encontraba refugiado allí tras la Guerra del Golfo.

Desde hace varios años, se han establecido en España bajo el paraguas de salafistas marroquíes, argelinos y tunecinos. En Marruecos, seguidores de los «takfires» han protagonizado extraños sucesos como la profanación de tumbas en cementerios judíos.

Este movimiento ultrareligioso permite incluso a sus adeptos asesinar a musulmanes, incluídos niños y mujeres, que no cumplan los preceptos más rígidos del Islam, para así evitar que se conviertan en infieles («kafires»).

Tras los atentados del 11-S, esta secta de corte nihilista está cogiendo muchos adeptos islamistas en Europa, principalmente entre los salafistas magrebíes y tiene su cuartel general en Londres, Reino Unido".

A su vez, la información reproducida por La Razón hoy dice así:

[De La Razón]

Al Qaida ha radicalizado sus comandos en toda Europa al incorporar «takfires»

Los servicios de inteligencia alertan de que esta ideología controla las «células durmientes»

Los servicios antiterroristas europeos han alertado de que la ideología de Al Qaida se ha radicalizado aún más con la expansión de los «takfires», grupo islamista que ha logrado hacerse con el control de las «comandos durmientes» en Europa. Forman pequeñas células, siguen los comunicados de Ben Laden, se camuflan como inmigrantes totalmente integrados en el país de acogida, con un trabajo legal y, en el caso de ser detenidos, «niegan que son devotos musulmanes, llegando incluso a beber vino y tomar jamón», según el informe policial al que ha tenido acceso LA RAZÓN.

Pedro Arnuero

Madrid- Los informes de los servicios antiterroristas destacan que la nueva Al Qaida tiene seis características comunes a los grupos salafistas asociados a la red terrorista que lidera Osama Ben Laden y que les diferencia de los antiguos. Primero, son células más pequeñas, formadas por seguidores de la ideología islamista llamada «Takfir wal Hijra» (Anatema y Exilio).

En segundo lugar, este núcleo duro de la organización es más fanático y agresivo. Tercero, son refugiados o inmigrantes con trabajos legales que han constituido «células durmientes que se activan para llevar a cabo atentados concretos. Cuarto, siguen devotamente los comunicados de Ben Laden que emiten los canales de televisión por satélite y las páginas web árabes. Quinto, saben como evitar los controles policiales, ya que son buenos conocedores del país donde residen. Y sexto, saben utilizar el «factor político» para sus fines, tal como ocurrió en los atentados del 11¬M en Madrid.

Sobre los «takfires» salafistas, los documentos de los servicios antiterroristas a los que ha tenido acceso LA RAZÓN señalan que están compuestos principalmente por marroquíes, argelinos, sirios y casi siempre tienen en el país donde están instalados un líder ideológico de origen egipcio. «Dentro de la nueva organización de Al Qaida en Europa, los takfires son los más duros y manipuladores. Están totalmente integrados y viven como un inmigrante más, lo que dificulta su localización. Son educados, amables y sus miembros suelen vivir juntos, como en una comuna o secta. Algunos de ellos pueden ser interrogados por la policía o los jueces, e intentan engañarlos negando ser buenos musulmanes, llegando incluso a beber vino y tomar jamón», apunta el informe.

«Takfir wal Hijra» ha conseguido aglutinar en torno suyo a dos grupos salafistas ejecutores el 11¬M: el Grupo Islámico Combatiente Marroquí (GICM) y su honónimo el Grupo Combatiente Tunecino. Estas tres organizaciones están fuertemente implantadas en España. Según las mismas fuentes, el grupo de los «takfires» fue el que jugó un papel más destacado en la planificación y, sobre todo, la «concienciación ideológica» de los atentados del 11¬M. Para los investigadores policiales los «takfires» tienen su centro espiritual europeo en Londres con un imán radical conocido con el apodo de Oman Ben Salawi. Son considerados por el Islam como herejes, ya que no les importa atentar contra musulmanes sean niños o mujeres. Tal como adelantó este periódico el pasado 21 de abril, los «takfires» estarían trás el ritual macabro contra el cadáver del subinspector del GEO (Grupo Especial de Operaciones) muerto en Leganés en el asalto al piso de los terroristas kamikazes, presuntos autores de los atentados de Madrid
.

Lamentablemente, esta información no explica por qué, si se trata de una organización con cierta tradición en el mundo islámico... su nombre sólo aparece en Internet en relación con los dos artículos de La Razón [al menos en junio de 2004, nota de infoKrisis]. Vanamente encontraríamos en cualquier otro idioma referencias a esta secta. "Testimonio único, testimonio nulo".

Si se lee con detenimiento la información, se entiende por qué ha sido filtrada; vean el siguiente párrafo: "se camuflan como inmigrantes totalmente integrados en el país de acogida, con un trabajo legal" y, en el caso de ser detenidos, «niegan que son devotos musulmanes, llegando incluso a beber vino y tomar jamón»... lo que contribuye a explicar el por qué la mayoría de los detenidos por el 11-M o lo que se sabe de los suicidas del 11-S, no cumplen absolutamente ninguno de los reflejos que cabría explicar de un integrista islámico... Una maniobra que no podemos calificar sino de infantil. Repetimos: los detenidos del 11-M y los suicidas de Leganés eran chorizos, pequeños narcotraficantes, delincuentes comunes... su perfil no correspondía al de peligrosos terroristas internacionales.

Sin embargo, lo más sorprendente es que la persona que aludió por primera vez a los "takfires" fue... "Abu Dahdah", encarcelado y procesado por el sumario de Al Qaeda, como presunto jefe de la célula durmiente española. Entrevistado por El Mundo, Dahdah, explicó que:

«ABU DAHDAH» / Presunto responsable de Al Qaeda en España
"Doné sangre tras el 11-M. Sólo una herejía del Islam pudo hacerlo"

Imad Eddin Barakat Yarkas, de 42 años, de origen sirio y casado con una española, lleva encarcelado dos años y medio en la prisión de Soto del Real después de que el juez Baltasar Garzón le acusara de ser uno de los máximos responsables de la célula de Al Qaeda en España. Conocido en los ambientes islámicos como Abu Dahdah, su historia vuelve a aparecer ahora en todas las líneas de investigación tras conocerse que el nombre de Jamal Zougam, uno de los detenidos por los atentados del 11-M en Madrid, figuraba en su agenda.

En su módulo le llaman El peregrino, porque mantiene su apostolado coránico entre los más necesitados, y hace apenas tres meses recibió la noticia del nacimiento de su sexto hijo, concebido en un bis a bis en prisión. El nacimiento de su quinto vástago se produjo también varios meses después de su detención. Tras declarar por voluntad propia ante el juez Garzón el pasado jueves, Imad concedió esta entrevista a CRONICA mediante un cuestionario entregado a su abogado Jacobo Teijelo.

PREGUNTA.- ¿Cuál es su grado de relación con el detenido Jamal Zougam?

RESPUESTA.- Le conocía como cliente de sus tiendas de Lavapiés.Primero le compraba fruta, pepinos sobre todo, y después lotes de tarjetas para mis móviles. Me movía mucho por ese barrio porque es un lugar obligado para comerciantes como yo y su tienda de móviles era especialmente famosa por lo barato. Tomamos café alguna vez y teníamos amigos comunes. Nada más. Es incierto que viajásemos juntos. No éramos amigos.

P.- ¿Pensó en él cuando se enteró de los atentados de Madrid?

R.- En absoluto. Lo primero que sentí fue una preocupación enorme por mis hijos porque algunos toman el tren para Atocha a esas horas. Nosotros vivimos en Vallecas y, por lo tanto, mi familia podría haberse visto afectada. Me parece terrible, inasumible para nadie lo sucedido. Eso no puede ser obra de un buen musulmán porque nuestra religión condena claramente este tipo de matanzas.Y más si hay mujeres y niños.

P.- Entonces, según usted, ¿quién puede haber concebido semejante salvajada?

R.- Eso es lo que he tratado de explicarle a Garzón. Como estudioso del Islam puedo afirmar que existe una herejía denominada Aljuarij o Aljanerej, que traducido significa algo así como Anatema y Exilio, cuya materialización es un grupo nacido en Egipto en los años 40 llamado Takfir Oual para los que todos los musulmanes son susceptibles de ser asesinados por no cumplir los preceptos más rígidos de la religión. Incluso las mujeres y los niños para que en un futuro no sean infieles. Sólo gente así puede haber hecho esto. En Egipto se esconden en cuevas del interior del país estudiando el Corán. Son difíciles de detectar porque actúan individualmente y no se suicidan en los atentados. Ellos fueron quienes mataron a Sadat y actuaron con terrible violencia en Argelia. Es una especie de movimiento nihilista o anarquista, como los de principios de siglo en Europa, que está cogiendo muchos adeptos entre la gente más pobre de los países musulmanes.Precisamente, conocí a uno de sus miembros en un viaje a Londres, discutiendo con el mulá Abu Qatada, quién le echó fuera de la mezquita por lo radical de sus ideas.

P.- Entonces, ¿ni ellos ni usted tienen que ver con Al Qaeda?

R.- Al Qaeda, tal y como la han presentado en Occidente, no existe.No es como una especie de Demiurgo que todo lo controla. Se trata de grupos independientes entre sí que actúan con un fin común.Es un cajón de sastre que se han inventado para explicar estas tramas. Yo nunca oí hablar de ellos hasta poco antes de los atentados del 11-S. Creo que los servicios de investigación están mal enfocados porque es imposible infiltrarse en estos grupos terroristas.Y, por supuesto, yo no tengo nada que ver con ellos. Todo esto es una locura.

P.- ¿Cómo es su situación en la cárcel?

R.- Después de los atentados me aislaron por si sufría alguna represalia. Pero fue todo lo contrario. Los mismos que al principio me llamaban Talibán ahora me daban ánimo. Leo y pienso mucho.Ese jueves recé más que nunca y estuve dos días casi sin comer.Doné sangre y he rechazado esos atentados públicamente, ante todo el que ha querido oírme. Porque soy musulmán y quiero que oigan mi versión de los hechos. Después de lo que ha pasado tendría todo perdido. Pero soy inocente...


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Las "gargantas profundas" que intoxican a los medios de comunicación, se limitaron a recuperar este relato de Abú Dahdah y "adornarlo" con los detalles que explican el porque los presuntos terroristas islámicos, son... poco islámicos.

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción sin indicar procedencia

 

La pira de Kosovo quema a la Chacón ante un ZP acabado

Infokrisis.- Sería ridículo sino fuera grotesco. En tanto que ciudadanos de un Estado llamado España estamos seriamente preocupados por el grado de descrédito del gobierno español en el extranjero. Ese descrédito hace que nuestro país no sea tomado en serio en ningún foto internacional: después de alardear de cifras triunfales en materia económica, ahora resulta que nuestra situación es la más catastrófica de toda Europa; después de achacar a la administración Bush el enfriamiento de las relaciones con España, ahora resulta que el problema no está en la Casa Blanca, sino en La Moncloa; en ningún país de Europa se entiende que se haya cerrado en falso la investigación del 11-M, ni que la España zapateriana se apresurara a votar el primero sobre la Constitución Europea con un clamoroso SI, para luego despreocuparse de ese SI y aceptar silencioso el Tratado de Lisboa. En ningún país de Europa se entiende que España sea el coladero de Europa en inmigración y que se haya admitido muchas más población foránea de la que se puede soportar. En su momento no se entendió ni la fe de Aznar en Bush, ni la foto de las Azores, como luego no se entendió la retirada unilateral, aprisa y corriendo, de Irak, ni mucho menos la insistencia en enviar más tropas a Afganistán. Toda Europa ha estado literalmente sorprendida de la baja calidad de la clase política española y de su impreparación para gestionar la cosa pública a este lado de los Pirineos.

Los chascarrillos y las cuchufletas abundan entre los dirigentes europeos: la insistencia de ZP en ir a la cumbre del G-20, aun con la silla plegable y el bocata bajo el brazo, fue descorazonadora, como descorazonadora fue también la ausencia de ideas que ZP llevó a esa reunión. Peor todavía, el documento redactado por la fundación IDEAS (presidida por Jesús Caldera que es, sin duda, uno de los políticos españoles con más ausencia precisamente de buenas ideas) ni siquiera pudo leerse. Era evidente que, por su contenido demagógico, progre y superficial, hubiera suscitado carcajadas. ZP ni siquiera tuvo ocasión de lanzar sus habituales intervenciones de “buen rollito”. La crisis no está para tonterías ni en el G-20 ni en parte alguna. Y aquí debatiendo sobre el Proyecto Gran Simio, sobre el aborto libre y sobre cuestiones de tan palpitante actualidad como si se habilita una partida presupuestaria para ayudar al gobierno de Zimbaue. Lo dicho, sería grotesco, si todo esto no suscitara una irreprimible tristeza.

Todo esto viene a cuento del anuncio hecho por Carme Chacón sobre la retirada de tropas de Kosovo. El problema, en realidad, no era retirar tropas, sino haberlas llevado. Y, puestos a retirarse, hay formas y formas de hacerlo. Entre una mala política internacional y una peor, indudablemente el gobierno ZP elije siempre, con intranquilizadora constancia, la peor y, si hubiera una aún más infame, a buen seguro que optaría por ella. Su lema es, sin duda: “Si las cosas pueden hacerse mal, por qué no hacerlas peor”.

Anunciar de sopetón una retirada de tropas sin avisar a los aliados es, sin duda, lo propio de un maleducado que ni siquiera tiene eso que se llama “mundo” y que consiste, simplemente, en haber adquirido una sabiduría en las relaciones humanas que evita decisiones ofensivas para terceros. Pero la Chacón pensaba en el futuro radiante que le había prometido ZP: su sucesión al frente del partido y su candidatura a la presidencia del gobierno en 2.012 o 2016. La nena de Hospitalet se veía como “primera presidenta del gobierno”, jurando su cargo con nueve meses de embarazo o acaso llevando un carrito con dos bebés. Como ministr@ del interior, sin duda, hubiera elegido a un transexual, quizás a Pedro Zerolo o, por qué no, a un inmigrante recién naturalizado. El caso es “romper los esquemas” como ZP intentó romperlo nombrando a la chica ministra de defensa.

A ZP poco le importaba que la chica no tuviera literalmente ni puta idea de cómo funcionaba un ministerio. Bastaba con que se limitara a ponerse seria y con voz de marimandona en las ceremonias oficiales para que diera la talla de lo que se esperaba de ella. Y la chica lo ha hecho así. Los técnicos han gobernado un departamento muy complejo, importante y comprometido. Sí, por que España afronta una situación internacional difícil, muy difícil en materia de defensa. Al patito feo de los presupuestos generales del Estado se le está exigiendo mucho más de lo que puede dar: demasiadas misiones y compromisos en el extranjero y muy poca planificación de la defensa nacional. Ésta, por lo demás, solamente puede contemplar a un enemigo geopolítico: el Sur… justo a quien Zapatero considera el amigo del alma. En estas condiciones, no lo neguemos, ni lo dudemos, es imposible tener una política de defensa. Falta dinero y faltas ideas procedentes de la Presidencia del Gobierno.

La falta de presupuesto de defensa hace que nuestros soldados se sacrifiquen y vivan penurias salariales, o que los contingentes destacados en el extranjero vivan en la precariedad más absoluta. Esta precariedad presupuestaria afecta también a la política de defensa. Zapatero, para congraciarse con Obama deberá aumentar el contingente simbólico en Afganistán. Eso vale dinero. Mucho dinero en realidad. Ya no se trata de que la población española no entienda (es, por lo demás imposible de entender) qué hacen tropas de la OTAN en Afganistán, ni que tenemos allí que defender. Se trata, simplemente de “mejorar las relaciones con la administración Obama” que pasa, como decimos, por aumentar las tropas en Afganistán. Pero no hay presupuesto y el Estado está en las puertas de la suspensión de pagos. Así que se trata de realizar una “hábil jugada”: restar tropas de Kosovo para aumentar las de Afganistán. Brillante.

Además, de lo que se trata es de obtener un titular que eluda la insistencia mediática en la crisis económica. Por tanto, la ministra de cuota tuvo que ir a Kosovo y anunciar allí que la “misión se había cumplido”. Todos nuestros soldado que han estado por allí saben que allí no se ha cumplido nada: ni el país está pacificado, ni hay la más mínima garantía de que el Estado Delincuente Kosovar no siga realizando operaciones de limpieza étnica y asesinatos de ciudadanos serbios en cuanto el último paraca diga adiós a aquella desgraciada tierra.
Es cierto que la “coherencia” estaba a favor de la retirada: el gobierno español, sin duda por  equivocación, acertó al no reconocer la independencia de Kosovo. Entonces ¿por qué envió tropas? Y lo que es peor ¿por qué retirarlas sin anunciarlo antes al Comité Militar de la OTAN?

Lo que Carmen Chacón buscaba era simplemente eco mediático con lo que mejorar sus posiciones para el post-zapaterismo. El resbalón ha sido fundamental. El Secretario General de la Alianza lamentó la decisión y echó en cara el que no se comunicara previamente. Obama, para colmo, hizo saber su “profundo disgusto”. La esperanza de mejorar relaciones con la administración americana desaparecía de un plumazo. ZP se vio nuevamente aislado y sin que el nuevo inquilino de la Casa Blanca le estrechara la mano (de hecho ni siquiera se detuvo en España durante su visita a Europa). Zapatero aterrorizado a la vista de las reacciones, desautorizó a la Chacón: la retirada sería escalonada y sin fecha fija. Es decir, ni la misión estaba cumplida, ni nos retirábamos de Kosovo.

Los medios de comunicación, hasta ese momento extremadamente moderados con la Chacón tocaron a degüello. Se levantó la veda de la ministra que juró embarazada y ordenó “firmes” con un feto de ocho meses en sus entrañas. La chacón se acostó el viernes como sucesora in pectore de ZP y se levantó el domingo con un pie fuera del ministerio. Los medios proclives al PSOE dudaban que la proclama de la ministra hubiera sido oportuna y los opuestos a ZP, simplemente, la acusaban de incompetente. Esperemos que un día una mujer sea presidente del gobierno español, pero estamos seguros de que esa mujer ya no será la Chacón.

Es lo que tiene una ministra de cuota: que cuando su embarazo es más importante que su preparación e idoneidad para el cargo y cuando se coloca a alguien –varón o hembra- en un cargo sobre el que no tiene ni la más remota idea, fracasa y su fracaso es estrepitoso. En dos legislaturas, el zapaterismo no ha logrado colocar a ninguna mujer sobre la que pudiera decirse: “coño, esa tía es eficacísima”. Todas, sin excepción, todas las mujeres del zapaterismo o bien han tenido escaso éxito en sus carteras o bien han sido contraproducentes.

Tanta incompetencia ha llevado al zapaterismo al aislamiento absoluto: hoy nadie duda de que aquel que ceda un voto para mantener al zapaterismo en el machito, se la juega. Lo que quede de legislatura va a esta presidido por la soledad más absoluta del inquilino de La Moncloa. Se lo ha buscado. Sus ministras de cuota, sus ministras florero no han resistido el choque con la realidad. La Aído ha conseguido que incluso gente que habitualmente sostenía la Ley del Aborto haya variado su posición ante la salvajada que suponen las “innovaciones” en el nuevo texto que, afortunadamente no tiene la más mínima posibilidad de salir adelante en el parlamento. Incluso la vicepresidenta del gobierno, hasta hace unos meses la figura mejor valorada del gobierno, es hoy un despojo sumido en el descrédito y tan consumido como su imagen física. El propio Moratinos ha reaccionado mal ante la iniciativa de la Chacón.

El gobierno español, ante la crisis más grave que ha vivido nuestro país, está completamente desbordado. No se trata de que, en materia económica, no sea capaz de aportar medidas paliativas más allá de dar dinero a espuertas a la Banca o de repartir bombillas de bajo consumo. Se trata de que, en todos los frentes, incluso en los que no tienen nada que ver con la materia económica (como es el caso de Defensa o del ministerio florero de la Aído), esos ministerios que podrían contribuir a desviar la atención del eje central del problema, se han convertido en focos de erosión del propio gobierno.

Los ministros del lobby gay de La Moncloa convertidos en objeto de chascarrillos y rumores malitencionados. Las ministras de cuota cuestionadas. El presidente envejecido y sin recursos para ilusionar siquiera a sus propios electores, desbordado y sin esperanzas. Rajoy tiene razón: en estas condiciones no es posible que el gobierno ZP llegue al final de esta legislatura. Los resultados electorales de Galiza y Euskalherria han contribuido por motivos bien distintos a aislar un poco más al PSOE. En Catalunya le va a costar reconstruir una alianza con algún partido, máxime cuando las encuestas indican que de producirse ahora elecciones autonómicas, CiU obtendría mayoría absoluta.  No solamente nadie se fía del zapaterismo en el interior de España, sino que en el exterior suscita idéntica desconfianza: ZP no es un aliado seguro. La retirada de Kosovo lo demuestra. Y, paradójicamente, la retirada de la retirada de la propuesta de retirar las tropas de Kosovo, acentúa esa sensación de inseguridad que el zapaterismo siempre ha generado en Europa.

No albergamos la menor duda de que Zapatero es un cadáver político, sólo que él –como el marido engañado- es el último en enterarse. El problema no es este, sino si los vicios de zapaterismo se han extendido a toda la clase política: de hecho, parte de los temas que maneja hoy el PP son de matriz zapateriana y, a decir verdad, en las comunidades gobernadas por el PP la política que se sigue en materias de inmigración, bienestar social, economía, son las mismas que las practicadas por el gobierno socialista. Tanto el PP como el PSOE se disputan las mismas bolsas de votos por lo que deben tratar de contentar a esos electores prometiéndoles poco más o menos lo mismo: feministas, gays, inmigrantes, etc. No hay, por lo demás, ninguna diferencia entre la admiración deparada por Rajoy hacia la globalización o la que experimenta ZP por el mismo fenómeno. Ninguno cuestiona nuestra presencia en la OTAN, ninguno de los dos es capaz de ser tomado en serio en Europa (tardarán mucho en olvidar la foto de las Azores en la Europa continental).

El zapaterismo ha transmitido su sífilis a toda la sociedad. Ha generado un estilo humanista-universalista, ha hecho estallar problemas que van a pesar como una losa sobre nuestro país durante años. ZP es un cadáver político, pero su hedor seguirá prolongándose más de una década.

 © Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com– prohibida la reproducción sin indicar origen


Acaba de salir IdentidaD nº 17 - Suscríbete o pídela en tu kiosco

Acaba de salir IdentidaD nº 17 - Suscríbete o pídela en tu kiosco

Acaba de aparecer el numero 17 de la revista IdentidaD, cuyo sumario se puede leer en el siguiente enlace: IdentidaD 17. En este nuevo número, los artículos están diseñados con una única intención: entender el presente y entender porqué los acontecimientos políticos actuales se desarrollan en la dirección hacia una progresiva desintegración del sistema político-económico. El hecho de que el dossier se haya dedicado íntegramente a l "cuestión europea" se debe a la proximidad de las elecciones al Parlamento de la UE.

Vale la pena destacar que la revista lanza una oferta para renovar suscripciones (regalo del libro "Diálogos con mi hija sobre la inmigración") y regalo del libro "Problemas de la identidad española" para todo aquel suscriptor que aporte un nuevo suscriptor. Así mismo, la editorial IdentidaD anuncia la publicación de la obra de Alain de Benoist, "Mañana el Decrecimiento", subtitulado, "Pensar la ecología hasta el final". Recomendamos la lectura de este número de IdentidaD que viene cagado de informaciones necesarias para entender nuestro tiempo y los grandes problemas de la época.

El “sistema imposible” o la tragedia política española

Infokrisis.- Los años de la transición económicamente supusieron un verdadero desastre. La inflación llegó al 30% anual, una cifra hoy incomprensible e impensable. Todo eso ocurrió justo en los momentos en los que el sistema político español estaba mutando de una forma autoritaria que sacrificaba las libertades políticas en beneficio del desarrollo económico y la planificación, a una forma democrática en la que la participación era el eje central del nuevo discurso, la ausencia de planificación y el mercado sin dirigismos ni restricciones intervencionistas, el objetivo. En 1977 la situación economía y el marasmo político eran de tal magnitud que, concluidas las elecciones de junio de ese año, los partidos con representación parlamentaria se pusieron acuerdo en los llamados “Pactos de la Moncloa”.

A treinta años de los Pactos de la Moncloa

Los firmantes fueron finalmente Adolfo Suárez en nombre del gobierno, Leopoldo Calvo-Sotelo (por UCD), Felipe González (por el Partido Socialista Obrero Español), Santiago Carrillo (por el Partido Comunista de España), Enrique Tierno Galván (por el Partido Socialista Popular), Josep María Triginer (por el Partido Socialista de Cataluña), Joan Reventós (por Convergencia Socialista de Cataluña), Juan Ajuriaguerra (por el Partido Nacionalista Vasco) y Miquel Roca (por Convergència i Unió). Manuel Fraga (por Alianza Popular) no suscribió el acuerdo político, pero sí el económico. Sin embargo, en aquella época AP era un partido minúsculo de derecha y lo seguiría siendo durante cinco años más hasta que se inició la decadencia del centro-derecha representado por UCD.

Han pasado treinta años desde esos pactos. Nuevamente la situación de nuestro país es explosiva en el frente económico, si bien la ciudadanía se siente hoy mucho más divorciada de la clase política que en los albores de la democracia.
 
La “burbuja inmobiliaria” no ha estallado… aún


No es cierto que la “burbuja inmobiliaria” haya estallado. Solamente lo hará cuando los precios de la vivienda desciendan por debajo del coste de las hipotecas por reembolsar, esto es, cuando los propietarios vean sus inmuebles devaluados mucho más allá de lo que les toca pagar al banco. A eso deberá unirse la certidumbre de que los precios no se recuperarán a corto plazo, esto es, que el coste de las viviendas no se reavivará e incluso que el mercado inmobiliario permanecerá atascado. De momento, los precios han caído un 20% en año y medio como promedio y algunos propietarios ni siquiera han estado en condiciones de vender su vivienda aun rebajándola un 40%. No ha llegado el estallido de la burbuja, pero nos aproximamos a él, especialmente porque se sigue construyendo: antes del verano estarán en venta un total de casi dos millones de viviendas de nueva construcción y usadas, una cantidad que el mercado, en condiciones normales, tardaría en absorber ¡cinco años!

Pero quien vea en esto el eje de la gran crisis económica, se engaña. Sólo a un tonto integral como Zapatero cuyos análisis van un año por detrás de la realidad, se le ocurre defender hoy que la crisis económica española tiene como eje central la construcción: esto ocurría hace seis meses, cuando este sector era el primero en perder fuerza de trabajo. Hoy ya ha sido sustituido en la cabeza del paro por el sector servicios y con el sector industrial. La única duda es si el estallido definitivo de la burbuja inmobiliaria ocurrirá antes, después o durante, del estallido de la burbuja bancaria.

El próximo sobresalto: el estallido de la “burbuja bancaria”


En efecto, la morosidad bancaria ha llegado ya al 4% y en algunas cajas hasta el 12%, cifras incompatibles con la supervivencia de nuestro sistema bancario. Ya se empiezan a conocer los nombres de las Cajas de Ahorro más afectadas y que, inevitablemente, entrarán en situación de quiebra técnica en las próximas semanas. Y no lo harán por culpa de los pequeños propietarios hipotecados, sino de los grandes constructores a los que sus incompetentes direcciones entregaron decenas de miles de millones de euros para comprar terrenos sobrevalorados pensando que, simplemente, elevando el precio de venta estarían en condiciones de reembolsar las líneas de crédito. A ninguno de estos lumbreras, aureolados de los mejores masters en economía y administración, se les ocurrió pensar que la crisis iba a aflorar en algún momento.

El problema es grave y largo en su manifestación: la banca española concedió alegremente líneas de crédito para la construcción hasta el otoño de 2008. Esas líneas de crédito suelen tener una duración de cinco años, en el curso de los cuales, el beneficiario solamente tiene que reembolsar los intereses vencidos, pero quedando el reintegro del mayor de la deuda ¡para cinco años después! Lo que implica, necesariamente, que hasta 2013 seguirán produciéndose impagos y morosidades multimillonarias y no precisamente por cantidades modestas, sino por miles de millones de euros.

En esas condiciones, es evidente que los bancos no van a conceder créditos, ni siquiera van a rebajar el precio del dinero que presten –por mucho que éste haya descendido prácticamente según las directivas del Banco Central Europeo- y, por tanto, es altamente improbable que la economía pueda reactivarse, como mínimo antes de esa fecha fatídica: 2013.

La burbuja bancaria está a punto de estallar y se va a llevar a Cajas de Ahorros y bancos. Y aquí ningún banco, por fuerte que quiera mostrarse, tiene garantías seguras de supervivencia. Por de pronto el Santander ya dejó de pagar dividendos este año a los inversores en su fondo inmobiliario, Banif. Es el primer síntoma de lo que vendrá. Realmente, quien hoy mantenga en su cuenta corriente bancaria más dinero del que utiliza mensualmente para realizar sus pagos, no tendrá derecho a quejarse por el “corralito” que se prepara.
 
La, hasta hace tres meses, tan cacareada “salud de nuestro sistema bancario” no es tal. En el momento de escribir estas líneas, la prensa ha publicado el angustioso llamamiento de las Cajas de Ahorro al ministro Solbes, solicitando ayuda. Se ha sabido también que el Fonde de Garantía de Depósitos apenas cuenta con un patrimonio de 7.222 millones para garantizar el ahorro de los españoles y evitar las quiebras financieras. Lo peor no es lo misérrimo de esta cantidad sino que el desplome de la que hasta ahora parece la Caja más afectada, la de Castilla-La Mancha, se llevará solamente la mitad de esa cantidad. Lo dicho, quien mantiene en su cuenta corriente más dinero del que absorben sus pagos al mes, está realizando sin saberlo una ruleta rusa y como en este malhadado deporte, siempre, antes o después, resuena el estampido y se produce la tragedia.

El estallido de la “burbuja del crédito”

El sistema económico-social español actual, cuyos primeros antecedentes se encuentran precisamente en los Pactos de La Moncloa, se basó en salarios bajos (que primero se mantuvieron incorporando masivamente a la mujer al mercado de trabajo y, posteriormente, a se acentuó ya en los años 90 mediante la importación masiva de mano de obra), construcción y especulación.

Desde hacía quince años los trabajadores no advertían lo miserable de sus sueldos y el encarecimiento del coste de la vida, gracias a que obtenían créditos para cualquier compra: bastaba con tener un piso y pagar una hipoteca para recibir una “tarjeta oro” de crédito literalmente regalada. A partir de 2004, el crédito medio de estas tarjetas se situaba en torno a los 6.000 euros. Un televisor de plasma de 3.000 euros podía comprarse con créditos de hasta 50 meses y se podían comprar vehículos pagando apenas una modesta entrada y plazos de 150 euros casi durante tiempo indefinido. Ordenadores a 30 euros/mes. Equipos de alta fidelidad al mismo precio. Joyas anunciadas en TV a 40 euros. Se vivió la ilusión de que se disponía de poder adquisitivo, cuando en realidad de lo que se disponía era de capacidad de endeudamiento. Era peligroso y bastaba con que el mecanismo se detuviera para que las entidades crediticias entraran en números rojos.


Ahora ya estamos en esta situación: antes de devolver la tarjeta de crédito, miles de usuarios han preferido, recién estrenada su situación de paro, retirar todo el crédito que el cajero automático les permitía. Luego no han hecho efectivos los plazos de reembolso. Entidades como VISA, AmericanExpress o MasterCard se encuentran en estos momentos en difícil situación y parece muy difícil que logren salvar los muebles en el plazo de entre seis y doce meses. La caída de estas entidades terminará bloqueando el pequeño consumo y será una puñalada para el mercado de trabajo. ¿Qué seguirá?

El estallido social a año y medio vista

Poco importa lo que venga después. Cuando ocurra todo eso se habrá llegado ya a los 5.000.000 de parados reales. En estos momentos estamos rondando los 4.000.000 aunque el gobierno reconoce solamente 3.500.000, pero ¿quién cree a estas alturas en las cifras del gobierno? Si el mercado laboral no se recupera antes de un año –y no hay ni un solo economista serio que entrevea un horizonte esperanzador- más de tres de esos cinco millones de parados no cobrarán ningún subsidio.
 
En esas circunstancias dramáticas, el Estado debería de garantizar la ayuda a las legiones de necesitados que se prevén en el horizonte: pero el Estado estará en ese momento en situación de ruina. Y no todo se va a solucionar mediante emisión de deuda: en primer lugar porque las garantías crediticias de nuestro país han disminuido, en segundo lugar porque para superar este hándicap hará falta dar más intereses a los compradores de deuda y, aun así, resultará difícil colocar deuda pública española en un mercado internacional saturado de deudas públicas de países mucho más solventes que el nuestro.

Hoy se perciben signos agónicos por parte de las administraciones: más multas por cualquier inevitable e inofensiva infracción, más inspecciones fiscales, más presión, más reclamaciones por deudas… técnicas utilizadas por la administración del Estado, por las Autonómicas y por los Ayuntamientos. El Estado ya no tiene dinero para pagar sus compromisos. Va a ser difícil que los Ayuntamientos no utilicen buena parte de los fondos del Plan de Empleo de ZP para pagar sus deudas que para el objetivo inicialmente fijado en dicho plan. Va a ser mucho más difícil que las Comunidades Autónomas rectifiquen sus políticas de despilfarro, de hecho solamente han servido para generar una administración parasitaria con el cerebro puesto únicamente en aumentar la caja. Y en lo que se refiere el Estado habrá que preguntarse qué relación existe entre la realidad económica del país y el idílico oasis previsto en los Presupuestos Generales del Estado para 2009. No existe absolutamente ninguna posibilidad –repetimos, ninguna- de compaginar un aumento del gasto público con una reducción de la recaudación fiscal, fundamentalmente por el descenso de la actividad económica. Y si esta situación no puede compensarse con la deuda, al Estado solamente le quedará la posibilidad de declarase en un plazo máximo de dos años, en situación de quiebra.

Apartado sobre las Comunidades Autónomas


Que el Estado de las Autonomías se planteó mal desde un principio es algo que hoy cualquiera puede aceptar. Que diecisiete comunidades autónomas, cada una de ellas con su gobierno, su parlamento, sus consejerías, sus estructuras burocráticas, son demasiadas y, lo que es peor, son tan inútiles como insoportables para el gasto público. Sea cual sea la fórmula para resolver el “sodoku” de la financiación autonómica (¿hay necesariamente solución al sodoku?), la cuestión no varía: el Estado de las Autonomías que, inicialmente se nos presentó como una alternativa “de proximidad” al centralismo y una forma de aligerar la administración ha operado el efecto justamente contrario. Durante los años de crecimiento económico esto no parecía preocupar a nadie, así fue creciendo el gasto del Estado hasta límites insoportables. Ahora toca plantearlo de manera directa y definitiva. Y solamente hay cuatro soluciones:

-    O se sigue pensando que el Estado de las Autonomías es una maravilla de la ciencia política española y todo sigue como hasta ahora…

-    O se reconoce que el Estado ha entrado en una deriva insoportable y que, por tanto, ya va siendo hora de liquidar la experiencia…

-    O se acepta la propuesta de Otero Novas realizada al principio de la transición: tres autonomías con potestad legislativa (Gal-Euz-Cat) y el resto apenas con una descentralización administrativa.

-    O finalmente se actúa como actúan las instituciones bancarias: fusiones en tiempos de crisis, esto es, reducción del número de autonomías.

La primera solución es la que satisfaría a las clases políticas autonómicas pues, no en vano, son ellas las únicas beneficiarias de la situación. La segunda es descartable en las actuales circunstancias. La tercera es una fórmula asimétrica que difícilmente aceptarían 14 de las 17 autonomías, especialmente Andalucía. La cuarta no ha sido planteada por ninguna fuerza política y, por tanto, aún siendo la más lógica, lo único que demuestra es que la lógica no rige entre nuestra clase política.

El descrédito general del sistema

Cualquiera de las fórmulas que se adopten en materia autonómica implica un gran acuerdo nacional de los dos grandes partidos. Algo parecido a lo que ocurrió durante los Pactos de La Moncloa. Pero las situaciones son muy diferentes.

Por de pronto, el PP de hoy, no es la UCD de ayer y el PSOE de hoy no tiene nada que ver con el de hace treinta años. En lo que se refiere al resto de firmantes: si bien es cierto que sigue existiendo CiU y el PNV, también ellos han sufrido mutaciones interiores y, en cuanto al PCE ha dejado literalmente de existir. En general, el nivel de la actual clase política es inferior, muy inferior o extremadamente inferior a la que suscribió los acuerdos de la transición. Zapatero es un personaje irrelevante, como lo es Rajoy. Artur Mas está encaneciendo como “joven promesa” de CiU y Durán i Lleida ha sido el personaje más ministrable de toda la democracia. En cuanto al PNV, aun siendo el partido con más soporte social en Euzkadi, no es menos cierto que, globalmente, el nacionalismo parece haber entrado en situación de declive.

Entre Suárez, Santiago Carrillo y Felipe González existían lógicas rivalidades y desconfianzas, pero todos ellos parecían dirigidos por un interés superior –que muy bien pudiera ser la manifestación de presiones exteriores que sufrieron- que los aproximó ante la gravedad de la crisis de la época. Eran adversarios, no enemigos. La situación actual es diferente y se remonta a finales de los años 80: González no era solamente adversario de Aznar, sino también enemigo. Literalmente se odiaban. Era imposible que pudieran cruzar dos palabras sin adoptar cara de perro. La cosa no ha variado, Zapatero odia a Rajoy y el aprecio es mutuo. Son, además de adversarios, enemigos y si no fuera porque les restaría votos, se apuñalarían mutuamente.

Por lo demás, la clase política está hoy más desprestigiada que nunca. Cuando los estrategas del PSOE llegaran a la conclusión de que era imposible que, a la vista del caos económico, obtuvieran mejores resultados electorales, cayeron en la cuenta de que se trataba mejor de adoptar una estrategia de acoso y derribo del PP que intentar vender un mensaje de confianza entre el electorado.
 
El fruto de esta estrategia fue la Operación Gürtel y el caso de espionaje en la comunidad de Madrid. Sea lo que fuere que hay detrás, a nadie se le escapa que estos casos salieron a la superficie en un providencial período pre-electoral. Sin embargo, la estrategia se desarrolló mal y terminó peor: con el descrédito absoluto de una de las piezas (el ministro Bermejo), con olor a requemado por lo que se refiera a Garzón (qué veremos en qué condiciones sale de este lío), con sospechas de corrupción en los entornos del PP. El resultado de esta estrategia no ha sido ni el hundimiento del PP, ni el aumento del descrédito sobre Garzón o el PSOE, sino una erosión general de todo el sistema: del concepto de división de poderes, de localidad humana y moral de las clases dirigentes de los DOS partidos y de la confianza de la población en los medios de prensa que TODOS han quedado caracterizados por difundir informaciones tendenciosas en una u otra dirección.

Nuevos Pactos de la Moncloa

En estas condiciones, el drama del sistema político español consiste en que, ante el estallido social inevitable que se prepara para dentro de un año, la única salida es un “gran acuerdo nacional” entre el PP y el PSOE… pero un acuerdo de este tipo es imposible dado el estado de crispación entre los dos partidos y dado el raquítico nivel de sus dos clases políticas dirigentes.  Dicho de manera más descarnada: no hay salida.

Durante 25 años, los dos grandes partidos se han ido desgarrando unos a otros olvidando que el sistema político español se mantenía sobre las columnas que ellos representaban. En ese tiempo el divorcio entre la clase política y la población ha ido aumentando. El hecho de que un 60-65% de la ciudadanía acuda a las urnas es el único vínculo que existe entre un político y su elector. Aun cuando el porcentaje de votantes no es particularmente bajo, lo que si está a la altura del betún es la opinión que la sociedad española tiene de sus políticos. En ese tiempo la democracia mutó en partidocracia primero y, finalmente, bajo el zapaterismo demostró su naturaleza exclusivamente plutocrática. Ni la clase política de hoy es la misma que la de 1977, ni la situación internacional es similar (la globalización sustituyó a la bipolaridad), ni las esperanzas de la población hoy son las que en 1977 unánimemente unían a la mayor parte de la población a la clase política que intentaba sustituir a un régimen por otro y hacerlo viable. En aquel momento la democracia formal pudo presentarse como una panacea universal. Hoy ya pocos se lo creen.
 
Parece pues difícil que en España se genere una “Gran Koalición” a la alemana. Y no es porque la situación objetiva no lo reclame (es la única salida para solucionar el sodoku de la financiación autonómica, avalar un pacto económico-social y la única que daría estabilidad parlamentaria suficiente para acometer reformas de envergadura en la estructura económica española), sino porque la situación subjetiva (los odios eternos del PP y del PSOE) la hace literalmente imposible.

Los dos mejores consejos que podemos dar en este blog son, por este orden: retirar el dinero en efectivo de nuestras cuentas corrientes bancarias antes de que nos encontremos bonitas colas ante el cartel de “No queda ni un euro” y cesar todo apoyo a los partidos mayoritarios: si no son capaces de entender la gravedad de estos meses, es que no merecen ni gobernar, ni recibir nuestros votos. Las europeas serán un momento para expresarse en las urnas y, si entonces estos partidos no han llegado a un acuerdo para salir de la crisis es que no ven más allá de sus ambiciones de “parte”, de partido al que subordinan el interés de la Comunidad del Pueblo.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@blogia.com – http://infokrisis.blogia.com

Ultramemorias (III de X). Tipologías insólitas. El camarada delincuente

Mirando hacia atrás me sorprende la cantidad de atracadores que se han cruzado en mi vida. Educado en valores de orden y honestidad, nunca jamás participé en atraco alguno, pero en cierta época de mi vida, a causa de un extraño relativismo moral que me hizo subordinar precisamente la honestidad a la lógica de algunas organizaciones en las que milité, acepté el hecho de que algunos camaradas se convirtieran en atracadores. Era lo propio de las agrupaciones políticas que vivían en climas extremos. Desde hacía más de veinte años no había vuelto a pensar en todo esto que fue propio del clima enrarecido de la España de finales de los 70 y principios de los 80, sin embargo, un suceso hizo que todos aquellos recuerdos y personajes reafloraran de nuevo.

En noviembre de 2008 hubo un atraco en Elda. Un par de enmascarados había penetrado en una sucursal bancaria; localizados por la policía antes de que pudieran hacerse con el botín intentaron huir. Se produjo un tiroteo y de los dos atracadores, uno resultó herido y el otro muerto tras resbalar sobre el pavimento húmedo de la calzada, pistola en mano, momento que aprovechó la policía para tirotearlo. Al día siguiente la prensa explicó que se trataba de dos atracadores “veteranos y peligrosos, con múltiples antecedentes”. Un camarada de Madrid me llamó: “¿Viste el atraco de Elda? El muerto era camarada”. Efectivamente, cuando apenas tenía 18, aquel a quien los medios atribuían las iniciales “L.S.F.R.” era, junto a su hermano, uno de los más jóvenes militantes del Frente de la Juventud. Sus antecedentes penales –que luego serían kilométricos– habían arrancado en aquella época. No era el primer atracador que se cruzaba en mi vida.

Cuando yo tenía la edad en la que “L.S.F.R.” había cometido su primer robo con intimidación me involucré en el activismo ultra. Yo apenas era un despistado bachiller que cursaba estudios en un aburrido colegio de escolapios. Mis tutores conjugaban el hábito de San José de Calasanz con su afiliación al clandestino PSUC. Ya en las primeras semanas de mi compromiso político, empecé a experimentar la sensación de que en la ultraderecha corrían demasiados atracadores y, en ocasiones, demasiado peligrosos. Un día Vázquez Montalbán me lo preguntó: “¿Qué hace un chico como tú en un ambiente como ése?”. Mis padres me habían educado en la rectitud más absoluta, algo que nunca les agradecí suficiente. Cuando me inicié en el budismo no me sorprendió que el llamado “noble óctuple sendero” exigiera el karmānta • kammanta o lo que es lo mismo, el “actuar correcto”, lo que otros traducían como  “los justos medios de vida”. La ética es importante en la vida y si se empieza a introducir excepciones en la norma, al final lo que resulta es un monstruo que termina devorándote a ti mismo. Hubo un momento en el que hoy sé que estuve al borde del abismo.

Pertenecí a una organización a finales de los 70 y principios de los 80 que, aún hoy tiene a gala ser la única organización de ultraderecha que se financió, desde principio a fin, con el botín producido por una cuarentena de atracos realizados en cuatro años de vida: el Frente de la Juventud. Pero desde finales de los años 60, ya había conocido a los primeros atracadores emanados por los sectores marginales de la ultraderecha.

Recordarán que les dije que lo más atractivo de la Guardia de Franco eran los consabidos repartos de armas en situaciones excepcionales. Añadí también no hará muchas páginas que costaba devolver algunas de estas armas y que otras se recuperaban directamente por el Grupo Antiatracos de la Jefatura Superior de Policía. Ventura era uno de los más remolones a la hora de devolver las armas y cuando lo hacía –si lo hacía– era que ya las había amortizado. No lo conocía personalmente, ni siquiera había oído hablar de él. Por algún motivo que nunca he entendido del todo, la ultraderecha siempre tenía a gala en la época el acudir al “desfile de la victoria”. El de 1968 sería mi primer “desfile de la victoria”. Era una fiesta multicolor en la que era posible ver a “mandos” de la Guardia de Franco luciendo un uniforme que parecía calcado de las mismísimas SS. Algunos, para reforzar esa impresión, eran excombatientes de la división Azul y lucían cruces de hierro y otras medallas ganadas en Rusia.

El uniforme era importante en la Guardia de Franco. Cualquier nuevo afiliado tenía que proveerse de uno, completo. Los hacían en una sastrería de la Vía Layetana, casi en frente de la Jefatura de Policía y justo delante del Distrito I. En 1968 costaban mil pesetas pero incluían guerrera y pantalón de montar (¿de montar en dónde? Seguramente en los vehículos de la Compañías de Tranvías donde el número de miembros de la Guardia de Franco empleados era inusualmente alto). Se exigía rigor en la uniformidad, fundamentalmente porque la sastrería daba una comisión a quien le traía a una nueva afiliación. Era el trabajo ideal para una sastrería: confección a medida, por lo tanto más cara que el pret-a-porter, y con unos clientes poco exigentes. Total, con los correajes, las trinchas y las botas de montar, cualquier  defecto en la confección quedaba disimulado de partida.
La ciudad, en aquella época no había dejado de ser franquista. Era cierto que los hijos de la burguesía catalana ya no eran llevados a los hogares del Frente de la Juventud sino entregados a los grupos scout que proliferaban al abrigo de las parroquias o de los colegios religiosos. Era cierto también que existía un fuerte movimiento sindical de izquierdas y que en la universidad no quedarían más de 50 estudiantes falangistas, en un tiempo en el que la más escuálida escisión de una escisión del trotksysmo disponía ya de ese número de militantes. Pero en la calle, seguía existiendo una clase media católica y franquista que explica el por qué el régimen anterior no tuvo ninguna dificultad para encontrar cuadros y reemplazos. De toda la extrema-derecha barcelonesa de la época, la denostada Guardia de Franco, era, sin duda, el “cuerpo” con más componentes populares, incluso buena parte estaba formado por el lumpen segregado en todas las sociedades industriales. El lumpen de ayer era la corte de los milagros de anteayer y Ventura era uno de los muchos Rinconetes y Cortadillos de la época.
Poveda, un murciano estrafalario, era el que se había parado a hablar con el desconocido. Cuando se despidieron me comentó: “Es Ventura, uno de la Guardia de Franco que acaba de salir de la cárcel por unos atracos”. Había tenido a menos de un metro de distancia al primer atracador que se cruzaba en mi vida. Después vendrían otros muchos más.

En un ambiente, como la extrema-derecha en la que se cultiva el valor, la fuerza, el arrojo, la audacia, el atracador no está fuera de lugar y, desde luego, es en donde puede sentirse más integrado. En Valencia he conocido atracadores que experimentaron una sensación de marginalidad hasta que se afiliaron a alguna formación política ultra que dio un sentido a su vida. Si el Lute tenía derecho a reivindicarse por la vía progre, ellos lo hicieron a través de la regre con el mismo derecho. Salvo en los sectores más bienpensantes y edulcorados de la ultraderecha –el entorno de Blas Piñar, por ejemplo, o el ambiente de CEDADE–, en el resto de formaciones ultras habíamos terminado por considerar la figura del atracador como una más, habitual y desdramatizada, del paisaje ultra que figuraba con igualdad de derechos junto al estudiante de farmacia o al fresador.

Mientras estás inmerso en la dinámica activista, no reparas en nada de todo esto. Consideras normal guardar una pistola en casa y que se dispare mientras tu padre se está afeitando al otro lado de la pared, o que tu hijo de un año aparezca empuñando una “marietta”, afortunadamente descargada. Nos lo tomábamos como algo normal, pero era monstruoso. Y el día que te apeas, te das cuenta de que, aunque tú hayas intentado mantener toda tu vida cierta contención en lo que a “justos medios de vida” se refiere el noble óctuple sendero budista, el estar demasiado cerca de gentes que no hecho otro tanto, ha terminado afectándote en tus juicios y valores.

No crean que el atracador de la ultra era un tipo desalmado o un lumpen. También los hubo que eran hijos de la burguesía acomodada madrileña. Debió ser en marzo o abril de 1972. Por la mañana el llamado V Comando Adolf Hitler había asaltado a mediodía la redacción de la revista El Ciervo en Barcelona; esa misma tarde en el Instituto Hispánico se presentaba un nuevo círculo cultural de extrema-derecha que intentaba implantarse en Barcelona: Cruz Ibérica. El círculo estaba a medio camino entre un grupo político y una orden religiosa. Era la plasmación del mitad monje – mitad soldado que enunciara José Antonio para su Falange Española, pero que se había quedado solamente como una “poesía que promete”, sin plasmación práctica. Cruz Ibérica además tenía la ambición de ser reconocida por la Santa Sede como un estatuto parecido al del Opus Dei. El fundador era Fernando Alcázar de Velasco, digno hijo de su padre, un falangista de la primera hora, desmesurado y excesivo, genial y pinturero durante toda su vida. Su hijo, en cambio, era más comedido y extremadamente serio. Reía poco. Luego he aprendido a desconfiar de la gente que ríe poco. No era propiamente falangista sino “hispanista católico”. Para Fernando Alcázar hijo, Blas Piñar era un liberal cualquiera y los protestantes (siempre los protestantes), los enemigos de España. De su percepción católica de la vida y del ser y sentir español dimanaba un antisemitismo que debía más a Mauricio Carlavilla y a los Protocolos de los Sabios de Sión que a una percepción real del papel del judaísmo en la modernidad. Si en su padre todo era excesivo, en Fernando también había algo desmesurado no sólo en sus ideas sino en la exposición que hacía de las mismas y que le había costado en los mentideros ultras madrileños el sobrenombre de “Fernando Alcázar de los Alcázares”.

Aquella tarde en Barcelona dio una charla sobre los ideales de Cruz Ibérica (“ibérica” por que defendía la unidad peninsular con Lisboa como capital para acentuar la proyección atlántica e hispanista y el alejamiento paralelo de la Europa protestante) ante un local medio vacío. José María Foret, antiguo alférez provisional durante la guerra y propietario del Agua Oxigenada Foret –la única que se consumió en España durante muchos años– eran tan multimillonario como despistado. Envió todas las invitaciones al acto con un franqueo inferior al requerido en la época. La misma mañana del acto las recibió todas devueltas. Los que fuimos fue gracias al boca-oído, etapa comunicaciones superior al tam-tam y que siempre ha funcionado (y funciona en estos tiempos de messenger, skype y facebook) mejor que cualquier innovación tecnológica. Nadie de los asistentes estábamos dispuestos a afiliarnos a Cruz Ibérica así que no prestamos excesivo caso a una conferencia ni al talento expositivo de Alcázar en el que repararía sólo años después al leer alguno de sus libros. Al acabar, unos cuantos nos fuimos a tomar unas copas con los madrileños de Cruz Ibérica.

Tras la mesa de un bar de la calle Urgel, Alcázar nos comentó su proyectos: quería lanzar un semanario. Eso de escribir ya me interesaba más así que le animé a comunicarme el proyecto: “Oye ¿y el dinero?” le pregunté. Ni se inmutó, no se le escapó ni el más leve rictus delator (que gran jugador de póker perdieron los casinos) sino que se limitó a preguntarme: “¿Dónde está el dinero?”. ¿El dinero? En la cartera tenía mil pelas de la época, el inicio de mi fortuna. “No, me dijo, el dinero está en los bancos”. Luego alguien volcó una jarra de cerveza y el tema se cortó. Unas semanas después, Fernando Alcázar de Velasco y cinco de sus camaradas eran detenidos tras un espectacular atraco en la central madrileña del Banco Atlántico que les reportó casi diez millones de pesetas de la época. Menos de una semana después, entraban en la prisión de Carabanchel repleta de quinquis y presos políticos. Hay que reconocer que su carrera fue breve, pero intensa.
Alcázar y los suyos atracaron en la época por la causa más digna y justa por la que concebían que nadie hubiera podido luchar jamás: su fe religiosa, a diferencia del “Carioco”, que, como a Ventura, le importaban muy pocos los nobles principios del “iberismo católico”. “Carioco”, veréis… Debió ser a principios de 1976 cuando apareció en el local del Círculo Cultural Eugenio D’Ors en Barcelona, este curioso y trágico personaje del “Carioco”. Era de esos atracadores surgidos al calor de los bajos fondos de la Guardia de Franco que entraban y salían de prisión con la naturalidad que lo hacían de la Jefatura Local del Movimiento o de la Lugartenencia de su propia organización. Nunca supimos como se llamaba realmente. Estaba en la calle con una mano delante y otras detrás, así que recurrió a los camaradas. Sabía a quién tocar y cómo hacerlo. Roberto Ferruz Camacho, cuya vida política cubrió todo un período de 25 años de la Falange barcelonesa entre 1960 u 1985, hombre cuya generosidad estaba inyectada en su ADN por un padre veterano cenetista y faiero, le echó una mano: podía encargarse del bar del círculo y obtener algunos ingresos hasta que se le presentara algo mejor. Los camaradas se lo merecen todo. Al cabo de pocos días ocurrió algo extraño. Llamaron al timbre y al abrir unos niños arrojaron unas botellas a la escalera al grito de “Maricones, maricones”. No era normal. Lo normal en el popular barrio de La Meridiana y lo que se terciaba era un cóctel molotov o una pintada antifacista mientras se oía aquello de “fascistas, asesinos”. Y además, los niños no parecían formar parte de ningún grupo organizado. Ataques de este tipo se repitieron durante los dos días siguientes. Al tercero apareció una comisión de padres del colegio vecino. El “Carioco”, aquellos días optó por ausentarse alegando un resfriado. No podía dudarse de unos padres enfurecidos pero correctos que informaban a Ferruz que alguien del círculo había realizado tocamientos obscenos a uno de los críos. La descripción correspondía al “Carioco” que jamás volvió a aparecer por el Eugenio D’Ors. Sus días de gloria en la ultraderecha local habían terminado.
La siguiente vez que vi el rostro del “Carioco” fue en la portada del desaparecido diario Tele|Express. No, no había protagonizado ningún atraco escabroso, ni siquiera un delito sexual, simplemente se lo había comido un león. Repito: había resultado devorado por un león. Tras su eyección del Eugenio D’Ors, había emprendido una vida de mendigo. Es curioso pero he conocido a varios ultras que siguieron ese mismo camino; uno incluso llegó a vivir temporadas enteras de su vida en las cuevas del Tibidabo; a este le llamábamos “el troglodita”, por obvias razones, hasta que sus camaradas del FES (Frente de Estudiantes sindicalistas), católicos devotos y solidarios como pocos, le permitieron dormir en su local. Se había quedado durmiendo al refugio de unas rocas, sin darse cuenta de que había penetrado en área de uno de esos “safaris fotográficos” que proliferaron a mediados de los 70. Descanse en paz. Seguramente el “Carioco” merecía otro final, nadie merece ser devorado por un león drogado.

Hubo casos menos dramáticos pero que me afectaron mucho más directa y desagradablemente. Es lo que ocurre cuando se banaliza un atraco y se olvida que no solamente es importante que uno siga el “noble óctuple sendero” sino que lo sigan también los que te rodean.

En 1974-76, España se saturó de exiliados neofascistas italianos. Había de todo: gente extraordinaria y gente tirando a desaprensiva. El exilio es duro siempre, pero los duelos con pan son menos, así que algunos de estos exiliados iniciaron una oleada de atracos en las costas levantinas. Participaban algunos españoles procedentes de la ultraderecha, de los que no estaba claro si atracaban porque querían un deportivo y su padre no se lo daba llaves en mano o por su militancia política. Pronto quedó claro que un núcleo de exiliados italianos, situados ya fuera de toda disciplina, atracaba para sobrevivir y darse algún lujo en un exilio que aspiraran a que fuera dorado; los españoles que participaban en estas fechorías lo hacían para pagarse caprichos. Hay que decir que estos eran hijos de familias valencianas muy conocidas y de militares de alta graduación. Quizás por todo esto, nunca los detuvieron, mientras que, inexplicablemente alguna pista llevó a la detención de los italianos. Conocía a este grupo pero, afortunadamente, siempre me mantuve lejos de sus actividades.

En aquel momento sosteníamos lo inadecuado de que “el fin justifica los medios”, pero lo estropeábamos añadiendo que “sólo un fin justifica muchos medios”. Y ese fin era una “revolución nacional” que solamente existía en nuestras cabezas. Me había apartado del “noble óctuple sendero” asumiendo que la revolución precisaría fondos y que no importaba de donde procedieran. Caímos muchos en esta percepción y algunos quedaron impregnados de ella para siempre. Primero atracaron para el partido, luego de los fondos obtenidos empezaron a sisar cantidades cada vez mayores, finalmente terminaron atracando para vivir y algunos como “L.S.F.R.” hicieron de esta actividad el eje de sus vidas hasta el trágico desenlace que he relatado. En esto de los “justos medios de vida” es preciso reconocer que “ceder un poco es capitular mucho”.

Los italianos finalmente resultaron detenidos y la policía, sorprendentemente, encerró también a dos españoles: Tormo (a quien he aludido en el capítulo anterior) y uno de los hermanos Alemany de Madrid (que nada tenían que ver con el Alemany aludido en el capítulo anterior). Realmente, ni Tormo, ni Alemany tenían absolutamente nada que ver con los atracos, pero sí es cierto que se habían relacionado con el núcleo de exiliados italianos y en la confusión de aquella época, cuando se produjo la escisión entre el “sector sobrevive-como-puedas” y el “sector político-militante”, vieron de tanto en tanto a algunos de los primeros. Eso determinó que la policía –y el confidente que los ilustró, hijo de una conocida familia militar valenciana– se fijaran en ellos. No habían cometido ningún delito así que salieron a los tres días indemnes.
Desconocía todos estos particulares hasta que Della Chiaie nos convocó en París en 1978. Fuimos Tormo, Alemany y yo, en un destartalado Seat 850 que iba perdiendo pernos a media que devoraba kilómetros. El viaje fue angustioso. En la misma cena en la que Leda Minetti me comentó el triste destino de Enzo Vinciguerra, Tormo y Alemany aludieron al episodio de las detenciones y los atracos. Uno de los presentes tomó nota de una información que utilizaría meses después como se verá en el capítulo reservado a chivatos, chivatillos, traidores y traidorzuelos, delatores todos. El relato de los hecho nos lo tomamos con toda naturalidad. “Sono camerati sbagliati”, camaradas equivocados, pero que luchaban por sobrevivir, así que no íbamos a ser nosotros quienes les afeáramos su conducta. No era nuestra vía, pero el exilio es lo que es y en tesituras así no se suelen atar los perros con longaniza.

Unos meses después debería volver a París por una historia similar. Por entonces ya había aparecido el primer número de Confidentiel, una lujosa revista subtitulada “Política, Estrategia, Conflictos”. Dedicada a la geopolítica y a la política internacional, estaba impulsada por el núcleo central que animaba al Parti des Forces Nouvelles, rama francesa de la “euroderecha” que tenía a Piñar y a Giorgio Almirante como sus puntales en España e Italia. Le Pen entonces era un personaje considerado como marginal en la extrema-derecha francesa. La revista era publicada por un círculo que operaba como una empresa de publicidad desde la parisina rue Malakoff a dos pasos de la Avenue de la Grand Armée, el Instituto de Investigaciones y Estudios Europeos. El nombre era un problema porque en francés “estudios” es “recherches” y eso dificultaba la traslación de las siglas a otros idiomas. Della Chiaie sugería que en España utilizáramos el término “rebúsquedas” para salvar la “R” y afirmaba con la pasión que le caracterizaba que la palabra existía en castellano. Existía pero para El Pulgarcito, como repámpanos o requeteguasón, pero en los veintisiete años que tenía entonces nunca la había visto más allá del lenguaje informal y se trataba de que el Instituto tuviera una apariencia seria.
 
Se trataba simplemente de crear una red internacional cuya “tapadera” fuera una revista de geopolítica y que nos permitiera movernos de una frontera a otra con alguna excusa. En Francia la iniciativa la patrocinaban Gérard Pencionelli y Jean Marc Brissaud, ambos procedentes de Occident y luego  dirigentes de Ordre Nouveau de donde pasaron al PFN. En Italia, el motor era Adriano Tilgher, presidente de Avanguardia Nazionale. En España, el responsable era yo que, al mismo tiempo me encargaba de las ediciones argentina y chilena, traslación literal de la española. La revista era trimestral. Al frente de todo esto se encontraba un conocido miembro de la nobleza europea con el que yo había residido durante el verano de 1980 en su lujoso apartamento de la Place des Invalides. Su palacete estaba a hora y media de París hacia el sur. Por ahí había venido el problema que me llevaba a París.

Este miembro de la nobleza europea es una persona afable, confiada, amigo de sus amigos y siempre dispuesto a ayudar a quienes acuden a él en la medida de sus posibilidades e incluso, si hace falta, más allá de ellas. En España había conocido a algunos de los italianos exiliados en España, pero ignoraba que, en los años siguientes, algunos de estos se desvincularon de cualquier acción política y emprendieron la vía del atraco de la manera más desaprensiva. Uno de estos había llegado a París, explicándole que tenía un compromiso y que debía residir unos meses en Viena. Nuestro noble se ofreció a dejarle las llaves de un apartamento de su propiedad en la capital austríaca y a dejarle un vehículo para que pudiera moverse con comodidad. Lo que Sixto el conocido miembro de la nobleza ignoraba era que el italiano en cuestión estaba preparando el atraco a un alcaldía de barrio en Viena.
La “banda”, harta de sucursales bancarias levantinas de segundo orden aspira a realizar un rififí espectacular. Uno de los conserjes del inmueble les planteó la operación y se ofreció a darles las llaves que conducirían hasta la caja fuerte. Faltaba pues el especialista en forzar cajas y la banda lo encontró en un inglés con experiencia curricular demostrada en el menester. Se reunieron todos en Viena, estuvieron unos días observando el objetivo y, finalmente, penetraron en la alcaldía (un edificio del gótico civil vienes) amparados en la noche. El inglés cumplió como los buenos con el soplete y la palanqueta, pero en lugar de las “riquezas inimaginables” que debía contener la caja fuerte, había dinero de calderilla que ni siquiera cubría los gastos. Así que el inglés, encolerizado, soplete en mano prendió fuego al inmueble.

A la policía le costó poco detener al conserje al percibir entre las brasas que todas las puertas estaban abiertas con llaves y ninguna forzada. Y el conserje llevó a todos los demás, incluidas las matrículas del vehículo y el apartamento en el que habían residido… propiedad del conocido miembro de la nobleza. El asunto fue publicado por la prensa vienesa que, afortunadamente, nunca ha sido muy leída ni en Francia ni en España. El problema que se planteaba era que los italianos desmadrados responsables del destrozo asumieran sus culpas y escribieran una declaración en la exoneraban de cualquier responsabilidad al príncipe en cuestión. Era lo justo. Como residían en España me tocó a mí hacer la gestión. Afortunadamente, la cosa no salió a la superficie. En ese momento, el mundo del atraco parecía empeñado en realizar circunvalaciones en torno mío. Sí, porque en esas fechas, el Frente de la Juventud ya estaba escindido de Fuerza Nueva y había emprendido su enloquecida carrera.

Es un misterio –un gran misterio, aunque en las páginas que siguen quedará más o menos desvelado– el porqué el Frente de la Juventud pudo estar atracando durante tres años sin que absolutamente ninguna fuerza de seguridad del Estado lo desarticulara y hubiera que esperar a enero de 1981 para que sucediera la gran redada que, perfectamente, se podía haber desencadenado tres años antes. Todos en el Frente eran perfectamente conscientes, no sólo de dónde salían los abundantes fondos para pagar multas, revistas, carteles, etc., sino quiénes formaban parte de los grupos de “choque” que realizaban estas operaciones. Además, el Frente estaba carcomido por infiltrados procedentes de todos los servicios de seguridad de esta parte de la Galaxia. Incluso “Coco” fue un habitual en las tenidas nocturnas del Frente.

“Coco” era “Cocoliso” y “Cocoliso” no era otro que Jesús Arrondo Martín, un turbio individuo que en mayo de 1974 se había infiltrado en ETA y logró atraer hacia la playa de Fuenterrabía a un grupo armado disidente de la organización. Al pisar tierra, “Coco” saltó a la carrera de la Zodiac mientras la Guardia Civil ametrallaba al comando que llegado para secuestrar al presidente de Hojas de Afeitar Palmera (una institución en la época) cuyo rescate debía servir para poner en pie una ETA paralela mucho más radical y activista. Nadie hace un trabajo así por cuenta propia, así que “Coco” trabajaba para alguien e importa poco para quién exactamente. Dos años después, en Madrid se movía en los ambientes de la ultraderecha y estaba próximo a los grupos más conflictivos y allí siguió hasta que Juan Ignacio González, el secretario general del Frente de la Juventud fue asesinado. Para una parte de nosotros las sospechas de quien había facilitado la información sobre la hora en la que Juan Ignacio regresaría a Casa recaían sobre “Como”. Éste murió en un accidente de tráfico cuando había hecho buenas migas con “el Dioni”, el otro desaprensivo que desapareció con su furgón blindado y reapareció en Brasil semanas después con peluquín y ojos extrávicos. “El Dioni” declaró que “Coco” le prestaba su apartamento para “echar un polvete de tanto en tanto”. Todos sabíamos que la amistad y el interés iban más allá, pero esta es otra historia que no tiene nada que ver con la ultraderecha.

Así que no eran infiltrados los que faltaban en el Frente que, para colmo, había instalado su sede justo encima del Centro Cubano de Madrid en la calle Claudio Coello. Era fácil encontrar allí a caribeños devenidos agentes de la CIA o que contaban, invitándote a un daikiri (en aquel lugar durante muchos años se hicieron los mejores daikiris de Madrid, con permiso de Chicote), las más extraordinarias aventuras cargadas a lomos de la inteligencia americana.
 
Pero tampoco hacía falta que la seguridad del Estado recurriera a infiltrados propios o ajenos, el ambiente de la ultra madrileña era puro compadreo y todos estaban al cabo de la calle de lo que hacían los otros. Era fácil encontrarse en California 47 a militantes de la vecina Fuerza Nueva o del Frente de la Juventud alejado sólo doscientos metros. “¡Deja! que a esta ronda invito yo; precisamente hoy hemos dado un palo y me he quedado con lo suelto”. Fueron innumerables los camaradas que pagaron por la tarde fianzas a otros camaradas con el dinero obtenido en algún atraco por la mañana. No era un secreto, el misterio es porqué la policía no actuaba contra nosotros. Yo, entonces, no lo entendía a pesar de ser el secretario político del Frente. Tuve tiempo para meditarlo y encontrar las respuestas que faltaban. Por lo demás, lo mío era el análisis políticos y las consignas; seguía con la funesta manía de “no preguntar” para evitar tener acceso a informaciones peligrosas. Aunque también en esa época practicaba el relativismo moral implícito en “una causa –la revolución– justifica todos los medios”.

Los atracos del Frente de la Juventud, habitualmente, no eran tales. La técnica consistía en ubicar a “gente de dinero”, llamar a su casa de buena mañana, antes de que hubieran ido a trabajar. ¿Quién podía sospechar que aquellos chicos y chicas tan majas, simpáticas y simpáticas que llamaban a la puerta albergaran malas intenciones? Les abrían siempre. Luego aparecía la pistola y el consabido: “Pa’dentro y tranquilito no vayas a joderla”. Se informaba a la familia de la situación: “Nos firman un talón, ésta va a cobrarlo y cuando lo haya hecho nos vamos”. No era el secuestro-exprés, pero casi. Dado que el tiempo en la que se encañonaba a las víctimas era mínimo, técnicamente no era “secuestro” sino “retención”. Salvo en una ocasión en el que la camarada que había ido a cobrar el talón se encontró con un atasco, luego con un suburbano que quedó parado entre dos estaciones y, finalmente, sin cambio para llamar desde un cabina. Cuando tuvo cambio, no encontró cabina en buen estado, superando por minutos la barrera en la que la “retención” pasaba a ser “secuestro”.

Así salieron bastantes millones de pesetas con los que se pagaron todas las actividades y fianzas que hubo que afrontar en tres años y medio de vida del Frente, incluido el alquiler de la calle Claudio Coello y una treintena de revólveres Arminius de 38 mm., adquiridos en Bélgica y que, de alguna forma la policía dispuso de todos los números de serie. Los revólveres se entregaban a los militantes que habían seguido el curso de formación de mandos, como quien entrega un diploma. Luego pasaba lo que pasaba: en el curso de una reunión con simpatizantes el revólver se caía del cinto del militante. El acero al golpear contra el parqué del local causaba estupor en unos –que no volvían– animando a otros a empezar una aventura que, a muchos les costaría caro, sino carísimo. Así practicaba el Frente de la Juventud su “selección natural”.

En junio de 1980, el Frente era, con mucho, la formación más “dura” de la extrema-derecha y estaba en la niña de los ojos del ministro del interior, Juan José Rosón, que la situaba como tercera organización en peligrosidad después de ETA y del GRAPO. Si lo sabíamos era porque el padre de unos de nuestros militantes eres jefe superior de policía de una provincia castellana y reprendía a su hijo utilizando los datos aportados en las reuniones con Rosón. Lo que hace del misterio del Frente de la Juventud, algo casi indescifrable, pues si el ministro estaba alarmado con nuestra organización, se entendía menos porqué no la borraba de un plumazo. Cuando se decidió era enero de 1981, pocas semanas antes del 23-F.

En esa época, Valencia se había convertido en un hervidero de atracadores que revoloteaban en torno a la ultraderecha. Uno de ellos alcanzó fama mediática. Era “Paski”, conocido en los medios de comunicación locales como “el atracador elegante”. Impecablemente vestido, le encantaba el gris marengo y los blazers azul marino cruzados, con buena planta y modales exquisitos, su técnica consistía en entrar en la sucursal bancaria a pecho descubierto, pedir entrevista con el director y limitarse a enseñarle el arma que portaba en la sobaquera en la intimidad de su despacho, utilizando las fórmulas de cortesía más empalagosas. A partir de ahí, mientras le preparaban el dinero discretamente, los directores de sucursal solían hablar con él de algo intrascendente, no fuera que aquella serenidad y los modales primorosos encubrieran a un psicópata a punto de perder los estribos. “Paski” nunca los perdió. Su rostro llegó a ser tan conocido en las sucursales valencianas como cualquier busto parlante de los telediriarios de la transición. Su carrera se dilataba demasiado y un buen día sin saber cómo llegaron hasta él. Ese día siguió sin perder la compostura. Dijo su lapidaría frase “Hay que saber perder…” y confesó todos sus atracos, incluso aquellos cuya autoría no les constaba a los policías. Se perdió en las nieblas de la cárcel. La figura del “atracador elegante” es habitual en las cárceles. Su problema es que una vez han sido fichados, la policía ya conoce, no sólo su modus operandi, sino sus coordenadas. Y lo peor es que tras su primera condena nunca terminan dejando la profesión.
 
A principios de 1979, la estructura internacional en la que me movía había decidido la creación de “La Legión”. El nombre no venía ni por la legión española ni por la francesa, sino por la Legión del Arcángel San Miguel, estructura del fascismo rumano de la pre-guerra. Pero si es cierto que había un espíritu “legionario”, esto es, aventurero e internacional, en el proyecto. Se trataba de no más de tres militantes en cada país europeo, que pudieran desplazarse de un lugar a otro de Europa, para realizar acciones “especiales” que incluían atracos. El perfil era: individuo responsable, preferentemente sin novia o esposa, curtido en este tipo de acciones, arrojado, de valor personal demostrado, hablando varios idiomas, sin antecedentes penas y de entre 25 y 35 años. En las listas del paro del INEM no habría muchos, pero en la ultra europea era un perfil fácil de encontrar.
Uno de las primeras operaciones que se planificó fue un atraco a una joyería valenciana –ya saben: “un fin -la revolución- justifica todos los medios”–. Vinieron los “especialistas” de “La Legión”, vieron el lugar, cronometraron los tiempos y emitieron dictamen: “Imposible, esto es un suicidio, la joyería está próxima a una comisaría de policía y las salidas son difíciles”. Lo dejaron correr. En el Chase Manhatan Bank de Milán, poco después, mostraban que estudiar una operación si lo que se quiere hacer es ejecutarla limpiamente. En aquella ocasión los camaradas se llevaron un millón de dólares redondos. La sorpresa para nosotros vino cuando, pocas semanas después, una banda local valenciana de delincuentes comunes, realizaron ese mismo atraco a las bravas, por pura furia y sin ningún estudio previo, ni sesudos cronometrajes de los tiempos de respuesta y de huida.

La policía sabía lo que hacer en estos casos. Se limitaron a alertar a los peristas, cobrándoles el peaje: si quieres seguir receptando, informa. Y ellos informaron. El atraco no lo habían cometido camaradas, pero si amigos de camaradas y el botín fue a parar a uno de ellos, encargado de venderlo. Lo detuvieron con una bolsa con unos treinta kilos de joyas apoyada en una barandilla del cauce del Turia. Sé lo que pesaba una bolsa porque la otra iría a parar a mis manos.

En el momento de ser detenido pudo enviar un mensaje, a través de su compañera, a otro camarada indicándole dónde estaban el resto de las joyas. La policía le planteó un acuerdo: “devuelve el resto y nos olvidamos del asunto contigo”. La “banda del Sebas”, autora del atraco, a todo esto, ya estaba a buen recaudo. Cuando, el detenido accedió al “libertad a cambio del consumao”, era tarde porque Tormo y yo habíamos pasado por el garaje y nos habíamos llevado la otra bolsa de oro sin ser conscientes exactamente de lo que contenía. Tuvo gracia porque nadie, ni el propietario del garaje, nos vio. Subí la bolsa a Barcelona. Al día siguiente por la mañana, a las 6:30 llamaron a la puerta. No podía ser nada bueno: era Tormo con la policía. “Hay que devolver la bolsa”. Le contesté si no sería mejor que dejáramos a la policía en la puerta y saltáramos por la ventana. El otro me resumió el pacto: “libertad a cambio del consumao”. Hubo que ir a buscar la bolsa. Quince días después, saltaba por esa misma ventana, huyendo de otros policías. Y sin bolsa.
Al devolver la bolsa, el funcionario que acompañaba a Tormo la abrió. Para salvar lo salvable, le dije que ignoraba lo que contenía su interior y que no pensaba moverme de esa declaración. Para mi sorpresa, ni pretendía de mí una declaración ni siquiera un resumen del proceso de cómo la bolsa había llegado a mis manos. Se limitó a llamar a la jefatura de Valencia y tras colgar me invitó a que cogiera algunas joyas de la bolsa: “Para tu mujer, hombre”. Aquello podía ser una trampa, así que decliné. Luego resultó que la bolsa fue disminuyendo de tamaño y que en aquellos meses se regalaron muchas joyas en Valencia. El problema vino con el juicio por el atraco porque la aseguradora y la policía no se ponían de acuerdo ore lo recuperado; el propietario de la joyería, víctima la postre del destrozo de unos y de otros, oscilaba entre la desesperación y la depresión postrautmática
De este episodio se enteró uno de nuestros militantes, un tal Castillón que, unas semanas después al ser detenido tras una manifestación organizada por el Frente de la Juventud en la Diagonal barcelonesa, ante la sede de UCD, creyó necesario sincerarse con la policía no fuera que recibiera un guantazo (o quizás, realmente, llegara a recibirlo) y les explicó que yo había tenido circunstancialmente la bolsa obtenida por la “banda del Sebas”. Años después, en 1984, una grácil y estilizada fiscala me preguntó con ademanes inquisitoriales: “¿No es más cierto que usted trabajaba con la banda del Sebas?”. Hacía años que ni me acordaba de este episodio ni había vuelto a pensar en el Sebas a quien nunca conocí ni en todo el desgraciado asunto: “No tengo nada que ver con ninguna banda de delincuentes, ni sé qué es la “banda del Sebas, pero creo que ese tema ya fue sustanciado por la Audiencia de Valencia y yo no aparezco en aquel sumario”. El juez me atajó con una violencia inusitada: “¡Usted no es nadie para creer!”. De hecho no creía ni en el Dios verdadero. Era el juez Fernández Oubiña, una institución en la judicatura barcelonesa de aquella época y cuyas reacciones a lo largo del juicio oscilaban entre la ecuanimidad más aséptica y verdaderos actos hostiles hacia los que nos sentábamos en el banquillo. Años después, cuando intimé con una secretaria judicial pude enterarme de todos los cotilleos que sobre él circulaban en los juzgados y que daban para rellenar un volumen similar a este. Sea como fuere, salí con una condena de dos años de prisión, el máximo al que se me podía condenar por una miserable manifestación ilegal, única condena que ha pesado sobre mí. No hay nada como la cárcel para conocer la naturaleza humana y los motivos que impulsan a alguien delinquir.

Un delincuente es, fundamentalmente, alguien que no tiene posibilidades de ganarse la vida de otra forma y sigue las indicaciones de su testosterona a la hora de satisfacer sus necesidades. He conocido a atracadores generosos, capaces de entrar en una sucursal bancaria pistola en mano para regalarle un Vespino a su hermanito. He conocido a atracadores de la CNT que robaban para alimentar las cajas de resistencia de los sindicatos. Y, claro está, he conocido a muchos más que robaban para alimentar la vena o para mantener un ritmo de vida insoportable para cualquier economía mediana. Nunca hay justificación posible: “justos medios de vida”, “noble óctuple sendero del Buda”, tal es la vía. O eso, o la selva.

En la cárcel parisina de La Santé, los atracadores eran una especie de élite. Ellos mismos cuando les preguntabas el delito que les había llevado a la celda respondían orgullosos: “bracage” (atraco) y añadían “Je suis braqueur” con el orgullo y la dignidad de un ingeniero de caminos, canales y puertos (el único, por cierto que conocí en la ultraderecha terminó tan alcoholizado como quien se atascó en 4º de Bachillerato). Eran la élite de la élite del “milieu”. En España, en los años 80, se había perdido ese orgullo profesional que un día tuvieron en la postguerra (véase el filme A Tiro Limpio, extraordinaria muestra del talento del cine español de postguerra que, además muestra aquella Barcelona gris presente en mis recuerdos adolescencia, con el olor a mar en la escollera del puerto y en el faro bajo el cual un merendero emitía olor a fritanga y mejillones a la marinera como nunca he comido). Hacia el 85, cuando ingresé en la Cárcel Modelo de Barcelona para extinguir la condena por la manifestación ilegal, todos los atracadores, sin excepción, eran toxicómanos. La mayoría murieron en la primera oleada de SIDA. Con algunos, contraviniendo la norma carcelaria de “nunca hagas amigos en el talego”, hicimos buenas amistades y hoy, apartados del oficio y reciclados por el buen camino, se han convertido en amigos entrañables.

La militancia política es un quemadero de ilusiones y de normas morales. Si en 1969, cuando me embarqué en estos embrollos, alguien me hubiera dicho que esa vida me iba a llevar a codearme con lo más granado de la profesión del atraco a mano armada, me lo hubiera pensado dos veces. Dos meses después de mi enganche, ya conocía a “Ventura” y, cada semana que pasaba mi relativismo moral aumentaba hasta el punto de terminar considerando “normal” y “revolucionario” el entrar en una vivienda, amenazar a padres, hijos y servicio y salir de allí con talones o bien transportar “consumao” (llamado así al producto de los robos y las exacciones según el Diccionario del Talego cuya elaboración me mantuvo intelectualmente activo en la cárcel Modelo) de aquí para allá.

El juez Felice Casson al que ya he aludido al referirme a Vinciguerra, me reconoció que, efectivamente, había “un rasgo diferencial” entre nuestra gente y otras franjas de la extrema-derecha. Al menos nosotros no nos pateábamos el dinero de atracos en nuestros caprichos personales. Fuimos austeros en esto y mantuvimos ciertos principios. Pero no nos engañemos: todo aquello era moralmente condenable y las justificaciones que encontrábamos nos dejaban un regusto amargo en el fondo de nuestra mentalidad al contradecir la educación que habíamos recibido. Nuestros padres nos habían educado en la satisfacción del comportamiento justo, no porque lo dijera la ley sino porque el “noble óctuple sendero” a la europea son los “Diez Mandamientos” y entre ellos –también aquí- figura el “no robarás”. Se empieza vulnerando uno y se termina encontrado razones suficientes para vulnerar otro y otro y, finalmente, para considerar lo más normal del mundo, vulnerar el no matarás y terminar colocando un coche bomba simplemente para asesinar a tres carabinieri como le pasó al pobre Vinciguerra. Nuestra única justificación es que creíamos en algo. Entonces nos bastaba. Hoy, ésta justificación nos parece pobre y, ante algunos delitos, miserable.

Créanme quedan cientos de anécdotas por contar sobre los atracadores de extrema-derecha, como aquel camarada que, abandonada la acción política y en un intento de reconstruir su vida personal, atracó varias veces la misma sucursal bancaria cuyo director le informaba de los días y horas más adecuados. El primer atraco resultó bien y con el beneficio se compró un terno nuevo gris marengo de alpaca. El segundo atraco a la misma sucursal lo realizó sólo un mes después luciendo el nuevo traje. El cajero se limitó a decirle: “Vamos progresando…”. Y, efectivamente, progresó. Hoy dirige una empresa de alta tecnología. Cuando nos vemos reímos contando anécdotas de este tipo. Son interminables. Interminable y, al mismo tiempo, intrascendentes.

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