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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

¿Vale la pena presentarse a las elecciones europeas?

Infokrisis.- Estamos a las puertas de unas nuevas elecciones europeas. Las primeras que se van a celebrar en un ambiente de crisis generalizada en Europa. Son también las primeras celebradas después de aquel malhadado referéndum convocado por ZP sobre la constitución europea y que no sirvió absolutamente para nada. Las anteriores elecciones europeas se celebraron con la innovación del euro, éstas de ahora, en cambio, no registran ninguna innovación seria en el proceso de construcción europea. En estos años, los EEUU han ido acentuando su presencia en Europa: bajo Bush en la Europa del Este (especialmente en Polonia y Chequia) y con Obama en Europa Occidental. Europa, sigue siendo un enano político que sigue con fidelidad perruna a EEUU en su aventura colonial en Afganistán y permanece silencioso ante esa falacia del “terrorismo internacional” que lo mismo sirve a los EEUU para un roto que para un descosido. 

Unión Europea: situación real


Desde el punto de vista económico, las instituciones europeas no han abordado la lucha contra esos agujeros negros que son los “paraísos fiscales”, no han hecho nada para detener la contaminación europea procedente de las finanzas anglosajonas y sus “fondos de alto riesgo”. No ha evitado que las bolsas fueran pasto de los mercados especulativos detrayendo billones de euros de la economía productiva. En la última cumbre del G-20, Sarkozy, después de un inicio en el que amenazó con irse si no se pactaban medidas concretas, regresó a París conformándose con una breve declaración sobre los “paraísos fiscales” y una más vaga referencia al control de los hedge founds… nada, en definitiva. Por lo que se refiere a la política monetaria del Banco Central Europeo, basada en el control de la inflación, no hay que exagerar su importancia: las políticas económicas no se controlan sólo regulando los tipos de interés sino habilitando baterías de medidas complementarias… estas baterías de medidas no están unificadas a nivel europeo, por lo que, las política deflacionistas pueden tener éxito en un país y fracasar estrepitosamente en otro o generar –como ha sido el caso español- fenómenos perversos como el aumento desmesurado del sector inmobiliario en la economía.

La Unión Europea, sin política exterior común (¿cómo van a tenerla si “mister PESC”, Luis Solana, más que “europeo” es un perro de presa de los EEUU tan como demostró durante los bombardeos de Yugoslavia cuando era secretario general de la OTAN?), sin política económica unificada, sin una constitución común, sin tener conciencia de su misión ni de su destino, sin estar en condiciones siquiera de establecer una política de inmigración efectiva, sin tener una idea clara de sus límites, de sus aliados y de sus enemigos, sin una política de defensa (colocando su defensa bajo el paraguas protector de la OTAN, esto es, de los EEUU), absolutamente paralizada en su proceso de construcción, huérfana de estadistas y repleta de enanos políticos de baratillo, dirigida por verdaderos bufones mediáticos a la derecha (Sarzoky), a la izquierda (Zapatero), con unos sistemas educativos cada vez más degradados… ¿Vale la pena pensar en esta Europa?

La necesidad de Europa y la impotencia de ésta Europa

Quien esto escribe es europeísta hasta la médula. No reconozco más que a la antigua civilización europea, hija de los sustratos étnicos originarios indoeuropeos, hija de la cultura clásica greco-latina e hija de la catolicidad medieval. Reconozco que la dimensión nacional de los actuales Estados europeos ya no responde a la realidad de un mundo globalizado que solamente deja espacio a los grandes bloques continentales y que si una nación se caracteriza y define por una “misión y un destino” la única forma de redefinir estos parámetros es dentro de una dimensión europea (y llevamos años desafiando sin éxito a los “nacionalistas españoles” para que nos indiquen cuál es la misión y el destino de España en el siglo XXI).

Llevamos más de 50 años de “construcción europea” y parece que el proyecto ha llegado al límite. Lo que los regímenes democristianos y socialdemócratas podían hacer “por Europa”, ya lo han hecho: han sido capaces de crear un espacio económico común, repartir fondos estructurales, ampliarse a oleadas, ganar en cantidad, en definitiva, en calidad, pero no en profundidad. La crisis económica corre el riesgo de estancar durante una década la construcción europea… ¿será el tiempo suficiente para que el lobby norteamericano en Europa favorezca la entrada de Turquía? Hoy, da la impresión de que si Sarkozy y la Merkel son contrarios a el ingreso turco en la UE se debe no tanto a sus convicciones íntimas como al riesgo de sufrir una caída de votos en caso de dar el visto bueno a la entrada de 30 millones de inmigrantes islamistas turcos en Europa Occidental.

Las opciones ideológicas que construyeron inicialmente Europa, ya no son preeminentes en el actual momento histórico: la democracia cristiana solamente resiste en Alemania, la socialdemocracia está en crisis en toda Europa. La nueva izquierda, al estilo de ZP, no logra encontrar su acomodo, ni sus sectores sociales preferenciales, ni siquiera unas pautas ideológicas que vayan más allá de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Pero hoy, el mapa político europeo está en plena recomposición. La crisis favorecerá y acelerará esa recomposición política y resulta difícil prever hacia dónde se orientarán las masas a la búsqueda de nuevas opciones.

Con estas sombrías perspectivas, se convocan nuevas elecciones europeas. ¿Para qué? ¿para qué alimentar una institución irrelevante que existe desde hace tres décadas pero que no logra encontrar acomodo ni generar interés en la opinión pública. En las elecciones europeas vota en torno al 50% del electorado. Así pues, los diputados electos tienen el 50% de legitimidad para representar a alguien. Hasta ahora la influencias del parlamento europeo en la sociedad europea ha sido nulo. Habrá que esperar que una reforma política, surgida no tanto de una proceso de rectificación como de una convulsión política, modificara las funciones de esta institución. Mientras esto no ocurra ¿para qué participar en unas elecciones europeas?

Elecciones europeas ¿para qué?

La sorprendente elección de tres parlamentarios europeos en 1987 por la lista encabezada por Ruiz Mateos, hizo pensar a algunos que el “distrito único” propio de nuestro sistema electoral en esa convocatoria, era la opción más favorable para que los pequeños partidos destacaran. Era, evidentemente, un error. La cristalización del voto en torno a Ruiz Mateos era solamente una manifestación del “voto loco” que tan pronto apoya a ecologistas, como a fumadores de porros, a Fuerza Nueva o a cualquier nombre que “suene” en aquel momento.

Paradójicamente, las elecciones europeas son el peor escenario en España para obtener un diputado a la vista de la escasa participación electoral. y de los muchos medios necesarios para poder dejarse oir en una "circunscripción única". El paso del tiempo no ha servido para convencer a los distintos grupos minoritarios de que esta convocatoria es solamente para “los grandes”. Así, por ejemplo, partidos como AES o FN, apuestan por esta convocatoria cada una realizando la “cuenta de la vieja”. Esta sería la tercera vez que DN aspira a “tener suerte” y la primera que E2000 se presentaría. En cuanto al MSR, me cuentan que ya ha convocado su mitin de campaña, anunciando la presencia de Luca Romagnoli y añadiendo en letra pequeña que, se ignora si obtendrán los avales para presentarse.

En realidad, existen serias dudas sobre si alguno de estos grupos políticos minoritarios obtendrán los avales suficientes. A diferencia de en ocasiones anterior, en ésta, hace falta que los concejales que se comprometen a avalar a las candidaturas, certifiquen ese aval a través del Secretario del Ayuntamiento… lo que implica que no el aval no quedará como algo desconocido para el resto del consistorio, sino que será público y notorio. Es fácil prever lo que ocurrirá: los que en otro tiempo, por amistad, por desconocimiento, por desinterés o por respeto a la libertad de expresión, apoyaban a no importa qué candidatura, ahora se lo pensarán más. A diferencia de otras ocasiones en las que los nombres de los concejales permanecían en el anonimato y todo quedaba entre el concejal avalista y la persona a que le firmaba el aval, ahora esto no va a ser posible, como tampoco lo será el falsificar –porque se ha hecho- avales salvo que se quiera ser procesado por falsificación documental…

Por otra parte, estos grupos minoritarios tampoco tienen estructura suficiente como para visitar sistemáticamente a concejales hasta lograr los 50 avales. Pero, aun en el caso de que algún grupo lograra obtener los avales, a nadie se le escapa que los resultados van a ser exiguos, difícilmente superiores a 10.000 votos. ¿Vale la pena todo el esfuerzo que supone obtener los avales, elaborar la lista y el programa, realizar la campaña solamente para obtener 10.000 votos en el mejor de los casos? La respuesta es ampliamente negativa.

Lo que indica la lógica más elemental

Si la lógica más elemental rigiera entre los pequeños partidos, haría meses que se habría intentado promover una coalición única, sumando medios, voluntades, brazos y… avales. Pero hace mucho tiempo que la previsión dejó de regir en el ambiente de los pequeños partidos.

De todas formas, para estas formaciones, esta prueba va a ser necesaria: tanto si ninguna candidatura logra presentarse, como si logra presentarse alguna y obtiene resultados escandalosamente bajos (en torno o por debajo de 10.000 votos), valdrá la pena que todos estos grupos se detengan y se pongan a pensar (hace demasiado tiempo que algo no funciona) y que intenten desbrozar el panorama de siglas e individuos más o menos estrafalarios y/o iluminados.

La "carrera de caracoles" empieza a ser una carrera de caracoles paralíticos. Y aquí no pasa nada. Cada cual sigue "en su rollo" amparado en esperanzas que jamás cristalizarán: DN, como suela Canduela, tampoco ahora ocupará primeras portadas por algo que no sea conflictivo, Frente Nacional evidenciara sus auténticas dimensiones y comprobará que las cosas no son como uno quiere que sean, sino como son y una siglo que pudo tener éxito en Francia, en España puede pasar desapercibida,. En cuanto aAES percibirá definitivamente que el tema del aborto suscita simpatías para su sigla y votos para el PP (máxime en estas elecciones en las que el PP movilizará más que nunca el voto útil al ser la primera vez que puede batir en cinco años al PSOE) y E2000 advertirá que, a pesar de su crecimiento, precisa adoptar una vía más ambiciosa, lo que implica cambios estructurales y de imagen, en definitiva. De todos estos grupos, E2000 es, sin duda, quien apuesta más por las elecciones municipales y menos por las europeas. Su estructura actual, por lo demás, es más efectiva en el ámbito municipal que en cualquier otro, quizás por que es el único que tiene arraigo real en municipios de cierta importancia, fuera de la PxC.

Con estas elecciones europeas se cierra un ciclo político completo (municipales, autonómicas, generales y europeas). Todas estas formaciones políticas minoritarias habrán tenido ocasión de cubrir todo un ciclo electoral y de plantearse si los resultados obtenidos son acordes con las esperanzas depositadas, cuando se trata de tirar la toalla o de imprimir rectificaciones necesarias. Si a esto unimos el que con el paso del tiempo y a la vista de la falta de resultados de estas formaciones, se han ido creando al margen de ellas, redes a través de Internet, a través de círculos y revistas, se percibirá que sumados son bastante más de lo que parecen, pero que dispersos se convierten en una constelación de estrellas lejanas.

Pero el recurso a la unidad no es necesario en tanto que tal (la mayor parte de las piezas son demasiado pequeñas como para que la “unidad” tenga algún impacto positivo como suma de partes), sino más bien como estrategia para despejar el panorama de siglas. La “unidad” no es la condición suficiente para “arrancar”, pero si necesaria para clarificar el ambiente y simplificar la sopa de letras en que se ha convertido.

En los últimos años los “intentos unitarios” se han reducido a blogs y webs que se limitaban a expresar su afán unitario publicando noticias de todas estas pequeñas formaciones, hasta el punto que de algunas se sabe solamente de su existencia por algunos comunicados que publican y poco más. Estos intentos son, no sólo inútiles, sino contraproducentes, porque tienden a dar alas a cadáveres políticos y a eternizar su presencia, complicando la percepción que se tiene desde fuera del ambiente y eternizando la presencia de verdaderas “chabolas políticas”. ¿Unidad? Sí, pero sólo a efectos de despejar ese bosque de siglas existente hoy. Para otra cosa no servirá.

Todo esto nos confirma en nuestros puntos de vista expresados hace cuatro años: el modelo “partido” no es el más adecuado para el momento actual. ¿Existe otro modelo? Sí, claro: el modelo “red” que sería el que mejor respondería a la situación actual. En este mismo blog hemos expuesto lo que supone la adopción de ese modelo. Ante todo y sobre todo, un cambio mental: trabajar en la sociedad civil en áreas en base a los temas que estemos predispuestos para trabajar, generar estructuras de todo tipo (y no solamente políticas, sino culturales, asistenciales, profesionales, corporativas) capaces de realizar tareas de expansión en sus áreas respectivas y de cristalizar en momentos electorales en forma de candidaturas unitarias o plataformas cívicas. No es hora de repetir lo que ya escribimos hace unos años (ver nota al final), pero sí de recordar que si se quiere “estar” en política, hace falta adecuar el pensamiento a la realidad socio-política de una época, y no esperar que con concepciones y modelos de hace veinte, cuarenta o sesenta años, puedan rendir beneficios.

Esperamos y deseamos que, aun cuando las elecciones europeas, no sean un escenario particularmente interesante, ni necesario para las opciones minoritarias, es, al menos, una ocasión para reflexionar y tomar medidas. No es que tengamos mucha esperanza en que sirva para eso, pero creemos que teníamos la obligación de recordarlo.

© Ernesto Milá – Infokrisis - Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción sin indicar procedencia.

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Ultramemorias (VII de X) Personajes y situaciones del exilio

En dos meses y pico, solamente había salido una vez de La Santé y no por voluntad propia. Por algún motivo la esposa de Jacques Mesrine había pedido que me interrogaran sobre la muerte de su marido, así que los mismos policías que habían irrumpido en la habitación de mi hotel en Montmartre, me alejaron durante unas horas de la aburrida rutina carcelaria. El mismo policía con aspecto de Lord inglés me explicó la situación: “¿Ha oído hablar de Jacques Mesrine?”. “Un bandido”, le respondí. “Si, ejem, un bandido… la esposa de Mesrine dice que usted puede tener algo que ver con su muerte; ha presentado denuncia y tenemos la obligación de pedirle que nos diga lo que sabe sobre el asunto”. Mesrine era algo más que un bandido antes de ser encarnado por Vincent Cassel en la película biográfico “Enemigo público nº 1”. Traficante, hampón, atracador y asesino, por algún motivo estaba reputado de ser un “hombre de izquierdas” y de encarnar a una especie de Robin Hood que robaba a los malos para entregarlo a los pobres. Era falso. Mesrine era sólo un bandido y nada más que un bandido cuyo único aliciente era que se disfrazaba. Con el paso del tiempo los “disfraces” de Mesrine presentados en otro tiempo como caracterizaciones de Fantomas, no pasaban de ser lo usted y yo hacemos si nos ponemos unas cojas, unas gafas y un bigote de Harpo Marx. Mesrine gozaba de gran popularidad en la extrema-izquierda antifascista francesa, acaso porque fumaba tantos porros como ellos. La viuda, al parecer, al haber leído lo que publicaba la prensa francesa sobre mi vinculación a la “internacional negra” y, especialmente, la implicación que se me atribuía en el atentado de la rue Copernic, creyó que yo podría tener algo que ver con su muerte… El problema era que Mesrine había sido muerto por la policía en circunstancias no muy bien aclaradas. No se sabe cómo, la policía había localizado el vehículo del bandido y, tras bloquearlo, resultó muerto en el tiroteo. Para colmo, un policía le dio el tiro de gracia. Y existía el misterio de cómo la policía había encontrado el paradero de Mesrine. Dado que la prensa francesa aireaba mi vinculación a Aginter-Press (que ya no existía en esa época) y a las tenebrosas redes de la “internacional negra”, la viuda dedujo que era yo –mire usted por dónde- quien me había infiltrado en el grupo de Mesrine.

La policía abordó el interrogatorio con cierto escepticismo: “¿Qué hacía usted en la mañana del 2 de noviembre de 1979?”. De eso hacía ya tres años, pero lo recordaba: “estaba trabajando en la universidad”… es lo que suele hacer un funcionario en su jornada laboral. Yo era funcionario en aquella época, así que debía estar trabajando. Años después supe que lo comprobaron. Todo se redujo a una diligencia y poco más. Ni entonces me interesaba Mesrine, ni ahora despierta en mí ni siquiera curiosidad. Con decir que tengo la película de Vincent Cassel desde hace un mes bajada de E-mule y sigo sin tener el más mínimo interés en verla, está todo dicho.

Tras Mesrine, Germancito

Pero en aquella visita a la Prefectura de Policía, todos estábamos mucho más calmados que un mes y medio antes, cuando la policía francesa estaba presionada por una campaña mediática que les acusaba de haber eludido investigar la “pista española” y yo seguía trazando rallitas en la pared de la celda y era consciente de que permanecería en La Santé solo algo más de tres semanas. El comisario aprovechó para darme algunos datos que podían interesarme. Me tendió una foto sin decir nada, seguramente para escrutar en mi reacción. El tipo de la foto era greñudo, una especie de heavy-metal avant la lettre; bastante grueso, sino rollizo, con barba absolutamente desordenada y aspecto grasiento y sudoroso. “¿Lo conoce?”. En aquella época consideraba prudente no aportar ningún dato a la policía, más de los que pudieran contribuir a mi descargo. Pero en esta ocasión evidencié cierta perplejidad: no lograba reconocer al individuo en cuestión, pero tampoco me era completamente desconocido. Había algo en el fondo de sus facciones que me remitía a alguien familiar. Devolví la foto al policía sin poder evitar una expresión de extrañeza: “¿No lo conoce? Él si dice que lo conoce a usted…”. Y yo con la mejor de mis expresiones de no saber de qué iba el asunto. “Es Germán Sanchís”. Hostia, pues claro que era Germancito.

Germán debió entrar en el PENS valenciano cuando la organización ya se había disuelto en Barcelona. Había sido instructor de un grupo de la policía valenciana, se las daba de profesor de kárate y cinturón no-se-cuántos-Dan y era difícil saber cuando hablaba en serio o cuando la mitomanía hablaba por él. Durante un tiempo, el grupo del PENS de Valencia lo habían dirigido entre Tormo y él, alternando disputas, peleas, celos y rivalidades. Nada, precisamente, que tuviera algo edificante. Finalmente, Germán, entrevió que Fuerza Nueva de Valencia tenía un futuro más prometedor, así que se ofreció al “señor Ortuño”, brazo derecho de Blas Piñar para casi todo, piadoso varón y hombre honesto a carta cabal como se decía en román paladino hace unas décadas. Era Ortuño quien había tramitado la venta del local faraónico en el que el partido de Blas Piñar había instalado su cuartel general. Se decía que era miembro del Opus –muy probable a tenor de que su catolicismo era piadoso a machamartillo- y que era ex combatiente de la División Azul –a pesar de que me era muy difícil imaginármelo en la estepa rusa con un chopo- pero de lo que no cabía la menor duda era que ejercía como tesorero de Fuerza Nueva, seguramente la persona más escrupulosa que podía desarrollar esa tarea.

Prueba del talante de Ortuño era que, en 1978 sondeó al padre de un amigo para que encabezara la lista de Fuerza Nueva a las elecciones municipales. El solicitado preguntó cuál sería, según él, la misión de los concejales del partido que resultaran electos. Ortuño, sin pestañear contestó: “cristianizar las tareas municipales”. Allí se perdió un candidato, pero Ortuño –que en paz descanse- se alzó un peldaño más en su irreprimible marcha hacia el sueño de los justos.
Hacía muchos años que no pensaba en Ortuño (mantuve contactos con Blas después de ser expulsado del partido por haberme casado por lo civil en julio de 1977, y hacía pocos días, en la cárcel parisina de La Santé había recibido una carta de Blas) y, mira por dónde, aquel policía me iba a refrescar la memoria. Me puso en entecedentes: “El señor Sanchís fue detenido hace unos meses en Strasbourgo. Se le ocupó una importante cantidad de joyas robadas. Fue juzgado y condenado por receptación y sigue en la cárcel. Mire su declaración…”. Y me abrió el cuaderno de declaraciones de Germán en la parte más suculenta que me afectaba. Venía a decir que él era activista de extrema-derecha y que las joyas robadas eran para financiar a un movimiento de esa tendencia en España. Se ve que le preguntaron nombres y datos y, dado que yo aparecía en las crónicas francesas como buscado en aquel país, debió intentar validar su filiación como preso político, metiéndome a mí por medio. Decía que el atentado de rue Copernic había sido cometido por la ultra-derecha española con dinero… entregado por Don Ángel Ortuño.
 
No había policía alguna en el mundo capaz de tomarse en serio aquella sarta inconexa de estupideces. Si Germán había querido ingresar en el sistema carcelario francés con la aureola de “preso político”, no había elegido la mejor vía. Las declaraciones sobre todo lo que no fuera el banal traslado de joyas robadas era lo único que tenía credibilidad y lo que dio con sus huesos en la cárcel. El resto era una mala historia que llegó a la prensa francesa (si no recuerdo mal fue Liberation quien unas semanas antes había publicado algo sobre el asunto sin excesiva convicción y alertando sobre las dudas de la información) y que ningún diario en España se atrevió a publicar.

Parece ser que las joyas eran el producto de un atraco en España y que el interesado fue a Holanda con la intención de deshacerse del botín –de ahí la acusación de “receptación”- pero el perista que debía comprarlas, ante la importancia del alijo y a la vista de que quería seguir en libertad, hizo lo que todo perista con rodaje en el oficio hace: denunciar la existencia del gran alijo, para poder seguir traficando con pequeños alijos. La policía siguió a Germán y, finalmente, lo detuvo en Strasburgo, donde fue juzgado y condenado fulminantemente.

No volvería a saber absolutamente nada de Germán hasta al cabo de 23 años cuando una revista especializada en artes marciales hacía una entrevista a un tal “coronel Sanchís”, ilustrándola con varias fotos que denotaban que el aspirante a “preso político” de 1981 había pasado a ostentar el grado de coronel sin haber pasado antes ni por capitancete, ni por sargento, ni por cabo, ni haber hecho la mili.

La mañana había sido entretenida: Mesrine, Germán, una charla animada sobre lo mal que estaba Francia, sobre la inmigración y un nuevo paseo desde la Prefectura hasta La Santé que me sirvió para recordar que París no es una ciudad más, sino “la ciudad” europea por excelencia: acaso por el contraste entre lo sombrío y gris de La Santé, los Campos Elíseos se me aparecían como singularmente luminosos.

De nuevo en España

Hacia mediados de septiembre, me volvía a mover por París en libertad. Cecilia estaba en Freury a punto de ser juzgada. O se le concedía la extradición a Italia o la ponían en libertad. Así que decidí quedarme hasta saber el resultado. No pudo ser peor: el tribunal retrasó la sentencia. Así que decidí volver a España. Problema: no tenía documentación. Lo que sí tenía era mucha urgencia. Mi mujer estaba a punto de parir y quería estar cerca de ella. Los funcionarios del consulado español me parecieron unos completos ineptos: “¿Pasaporte? Bien, eso tardará unas semanas, usted tiene que demostrar su personalidad mediante sus huellas”. El proceso tardaría entre dos y tres semanas y, para colmo, me darían un pasaporte con el que llegar hasta La Junquera. Lo que equivalía a decir que, una vez en el puesto de frontera español sería detenido. Dejé con la palabra en la boca al funcionario consular y me fui escaleras abajo. Mientras que desgranaba toda la estupidez burocrática que debía seguir para… ser detenido en la frontera, había decidido cruzarla a pie.

Unos cuantos camaradas me ayudaron a atravesar la frontera. Inicialmente tomé el tren hasta Perpignan. El tren estaba cargado de españoles que regresaban de la vendimia. Cantaban sus canciones con cierto fastidio de los pasajeros autóctonos. En Perpginan había pedido un coche para que me fuera a buscar a la parte española de la frontera, un plano del Pirineo y equipo para cruzar la montaña. Y, sobre todo, una brújula. Allí estaban tres ex militantes del FNJ (Manolo Frías y su esposa Elisa y Pepe Llacuna). Me alegró verlos. Debían ser las 19:00 horas.
Mi idea era ver el plano del Pirineo y decidir in situ la zona mejor para atravesarlo. Lamentablemente, en lugar de un plano de montaña me habían traído una Guía Michelín de caterretas. Con todo, se veía una carretera que se desviaba a la derecha antes de llegar a Perpignan y terminaba en un lugar que parecía próximo a la frontera. ¿Qué podía haber de distancia entre esa carretera y la frontera. Apenas 10 kilómetros como máximo. Así que bastaba con caminar hacia el sur, cruzar la frontera y esperar en alguna carretera al coche que, dando vueltas, antes o después lograría cruzarse conmigo. Era insensato y sin posibilidades de salir bien. Algo así como buscar una aguja en un pajar.

Me dejaron en un pueblo y me vestí con el traje de montaña: anorak, rochetores y mochila con el equipo mínimo de supervivencia, agua y frutos secos. Los camaradas me dejaron en un pueblo pequeño, debía ser una pedanía. Los Pirineos se alzan delante, increíblemente majestuosos y enormes, mucho más si uno tiene la intención de cruzarlos por vaya usted a saber dónde. El sol se acababa de poner y empecé mi tura hacia el sur, mientras los tres camaradas volvían a cruzar la frontera y se situaban por la zona en la que yo debía de cruzar.

Estuve andando algo así como cinco horas, guiado por la brújula. A razón de 4 kilómetros por hora, debía de haber recorrido 20 cuando vi una carretera de tierra que llevaba a un pueblecito… a la misma pedanía donde cinco horas antes me había apeado del coche. La brújula, la maldita y jodida brújula iba con el culo. Estropeada, tenía una leve desviación de unos grados, los suficientes como para que quien se guiada por ella realizara un círculo perfecto. Para colmo la pila de la linterna hacía rato que se había acabado, afortunadamente la luna estaba en su mejor momento. En esas cinco horas me había perdido en medio de un rebaño de vacas, me había caído por una pendiente hasta que el lecho de un arroyo consiguió detenerme dejándome, como contrapartida, empapado. Y luego, para colmo, había subido montañas, bajado montañas, se me habían enredado en mis piernas todos los espinos del Pirineo, las zarzas me habían dejado las pantorrillas asaeteadas. Y buena parte de las almendras eran amargas. Así las cosas, era imposible orientarse. Decidí encontrar un lugar cómodo para hacer el vivac y esperar a verlo todo más claro en cuanto saliera el sol.

En la verde ladera de una montaña me acomodé. Ni fuego, ni tienda de campaña, solo saco y mochila. Estaba lo suficientemente cansado como para dormirme enseguida. Lo que ocurrió después fue otra auténtica experiencia mística. Me desperté con la salida del sol, el lugar estaba completamente bañado por la niebla –o quizás fueran nubes bajas- y al fondo se oía el rumor de un arrollo que sin duda unas horas antes no había podido percibir a causa del cansancio. El viento era suave, lo justo para generar un rumor en el bosque cercado pero no lo suficiente como para ahogar los cantos de los pájaros. En la cárcel me había habituado a hacer ejercicios de yoga y aquella primera sesión matinal me indicó que, efectivamente, las prácticas de meditación, antes o después, terminan abriendo puertas de nuestro interior que no sospechábamos que existían. Para los que no creemos en dios ni en el diablo, este tipo de experiencias tienen otras connotaciones que para los devotos de tal o cual religión. Son, simplemente, una forma de abrir lo que Huxley llamó “las puertas de la percepción”. Yo había llegado al atrio del templo de la percepción en aquel lugar olvidado del Pirineo.

Me levanté renovado y emprendí el camino. Un pastor, todavía en el lado francés, me indicó hacia dónde estaba la frontera. La encontré en apenas una hora de marcha. Luego fue fácil: vi la alambrada, la cruce y seguí el primer camino forestal que encontré: antes o después pasaría el coche con los camaradas. Dos horas después, coincidimos. La aguja había sido localizada en el pajar. Tomamos una cerveza en un discreto bar de carretera. A la hora de pagar me di cuenta de que las cosas habían cambiado en España: los precios habían subido y de qué manera.

Dos días después mi mujer dio a luz a nuestro segundo hijo. Pude estar cerca de ella en este momento. Servidor, que no cree ni en la reencarnación, ni en el castigo a los malvados, ni en el premio a los justos, ni en el karma, ni en nada que se le parezca, tuvo una extraña sensación al ver al bebé recién nacido: era como algo de mi padre estuviera de nuevo presente en él.
 
Unos meses después volvería a Latinoamérica, esta vez con pasaporte boliviano.

Algo no va bien: el crimen Pagliai

En aquel país me hice con otro pasaporte con el que regresé a unos meses después a España tras una indecible peripecia que me llevó de Bolivia, a Colombia, pasando por Yunguyo, Arequipa y Lima, en Perú. Habíamos salido cuatro personas de Bolivia y cruzado el Titicaca en lancha cuando supimos, a través de una fuente de la embajada norteamericana, que nos buscaban. Pocos días antes había tenido lugar un tiroteo en Santa Cruz de la Sierra en el que había sido fríamente asesinado un exiliado italiano, Pier Luigi Pagliai, por un grupo de carabinieri italianos llegados ex profeso a Santa Cruz. El crimen se perpetró justo en el día y en la hora en el que se estaba produciendo el cambio de gobierno.

Della Chiaie se había ido de La Paz unas semanas antes y media docena de franceses, italianos y yo, seguíamos viviendo en un bonito chalet de Calacoto. Todavía hacía yoga, si bien en aquel momento estaba en fase de mutación. Las virguerías circenses propias del hatha yoga terminaron por aburrirme. No tenía muy claro si esa “vía espiritual” llevaba a algo, o simplemente al contorsionismo. Había logrado mover algún músculo del estómago de esos que uno no advierte siquiera que los tiene y siempre lograba extraer alguna expresión de admiración y/o sorpresa cuando se lo mostraba a alguna chica. Pero, claro, lo que yo buscaba era una “vía espiritual” apta para agnósticos y me estaba perdiendo en algo parecido al faquirismo de cabaret. En esa época empezaba a considerar que las prácticas espirituales que en Europa se habían perdido casi completamente (a excepción del hesicasmo), todavía estaban vivas en Oriente. Bien, esto no era ninguna novedad. La novedad para mí estribaba en percibir que el budismo era la forma más accesible de práctica para nosotros occidentales. Había dos vías que me interesaban: el budismo tibetano y el zen. Pero para acceder a ellas era necesario resolver mis problemas judiciales (que, en realidad, se reducían a una simple manifestación ilícita) y eso solamente podía ocurrir cuando terminase esa dinámica de activista que me llevaba de un sitio para otro.

Todo esto de la práctica espiritual viene a cuento porque seguía haciendo yoga y notaba como la intuición se me iba agudizando progresivamente. Desde finales de julio de 1981, notaba que había algo que no funcionaba. Era una sensación extraña, de riesgo. En aquel momento vivíamos en el piso 18 del Edificio Fernando el Católico de la paceña plaza de Isabel la Católica. Todo muy español, como se ve. El domicilio estaba vigilado, pero no sabíamos por quién. No era normal que el gobierno del general Vildoso nos pusiera bajo vigilancia, pero era indudable que “alguien” realizaba un servicio de control periódico sobre nuestra pequeña comunidad militante. Así pues decidimos cambiar de domicilio y fue así como llegamos al chalet en el barrio de Calacoto. Pero la situación no mejoró. Delle Chiaie decidió partir para Caracas. En la última noche celebramos una reunión en medio de las perspectivas políticas más sombrías. Delle Chiaie defendía que hubiéramos tomado partido en Bolivia y que hubiéramos trabajado con los sectores que creíamos más sanos de las Fuerzas Armadas. Hicimos un catálogo de amistades y contactos en el país y, aparentemente, ni había narcotraficantes, ni chorizos, ni estafadores, ni gente de mal vivir. Habíamos sido queridos y apreciados en el país. Della Chiaie incluso se había identificado con el país. Yo no era de la misma opinión: buena parte de las amistades que teníamos lo eran porque percibían detrás nuestro buenos contactos y posibilidades de promoción. Otros eran aventureros. Claro está que había buenos camaradas, pero yo personalmente no estaba muy seguro de su capacidad política, ni de cómo actuarían en los próximos meses en los que el gobierno Vildoso había anunciado que cedería el poder al congreso de los diputados elegido en junio de 1980 (estábamos en septiembre de 1982). En mi opinión nos habíamos equivocado significándonos excesivamente en Bolivia a favor de determinada opción política. Hubiera valido más tomar el país como base de retaguardia y dedicarnos solamente a hacer fructificar los distintos negocios que teníamos en pié (un par de minas de oro en Mapiri y Chungamayo, una gigantesca plantación de árboles gomales en el Chaparé, un par de minas de cobre que no habíamos empezado a explotar y una explotación forestal de 2000 hectáreas dentro de las cuales existía incluso un criadero de caimanes). Teníamos unos cuantos proyectos económicos a considerar pero, en el momento en que se produjera el cambio de gobierno, era evidente que bastante tendríamos con salir cortando. Lo que no calculábamos es que iba a ser tan pronto.

En el mismo momento en el que se estaba produciendo el cambio de poderes de la junta militar al congreso elegido en junio de 1980, me llamaron de la Sección VII del Estado Mayor en el que estaba contratado como asesor de Operaciones Psicológicas. Me informaron del tiroteo de Santa Cruz y de la muerte de Pagliai, así como de las circunstancias en las que se había producido: eran policías italianos operando en territorio boliviano con la cobertura de la embajada americana, esto es, de la CIA. No solamente buscaban a Pagliai sino a Delle Chiaie. Ambos aparecían en la época como implicados en la masacre de Bolonia junto a Carmelo Palladino, Adriano Tilgher y un francés, Olivier Danet. Palladino había sido asesinado en la cárcel en Italia por un loco homicida con el cerebro intoxicado por sus carceleros (de cuyo nombre prefiero ni acordarme). Pagliai acababa de ser asesinado (en realidad fue herido de gravedad con varios tiros en la nuca disparados a quemarropa, trasladado en avión a Italia, moriría diez días después). En esa “saca”, los organizadores (el Estado Italiano) estaba previsto también asesinar a Delle Chiaie (de ahí la vigilancia que habíamos experimentado semanas antes). La idea de los “maestros de la orquesta” era que los acusados de haber perpetrado la masacre de Bolonia murieran todos… por lo tanto jamás habría juicio. “Muerto el perro se acabó la rabia” o, dicho a la manera taleguera: “el muerto siempre se come el marrón”. Fracasada la operación por la salida de Della Chiaie del París, nuevas pruebas archivaron estas acusaciones que fueron olvidadas primero y sepultadas después, emergiendo solamente años después en la Comisión de Encuesta sobre las Masacres en el parlamento italiano.

La operación de los carabinieri italianos en Bolivia tuvo bastantes percances. El tiroteo que costó la vida a Pagliai tuvo lugar en la plaza situada frente a la catedral de Santa Cruz justo en el momento en que salían los fieles de asistir a un oficio. Entre ellos se encontraba Mabel Azcuy, corresponsal del diario madrileño El País que presenció lo gratuito del tiroteo y jamás albergó ninguna duda de que los policías italianos iban a matar. Para colmo, cuando el avión con los 40 carabinieri intentó despegar del aeropuerto de Santa Cruz, una vieja deuda contraído por Alitalia con el ente que administraba los aeropuertos en aquel país, bastó para que las autoridades le impidieran la salida. Menos de una hora después el cónsul americano apareció con los 15.000 dólares en efectivo que saldaban la deuda… En el interín de la espera, los medios de comunicación cruceños habían sido alertados y un fotógrafo del diario El Mundo de Santa Cruz fotografió a todos los policías, incluido al que había efectuado el disparo contra Pagliai. La decena de fotos ilustraron una página entera del diario al día siguiente. Yo me llevé una copia de ese diario a España. Lo que ocurrió con ese diario y con  esas fotos es propio de El Gran Hermanos de George Orwell.

En enero de 1983, cuando llevaba unos meses entre España y Francia, viviendo en clandestinidad, me entrevisté en una pizzería de la barcelonesa calle Pelayo con Fermín Bocos que entonces, sino recuerdo mal, era redactor jefe de Interviu. Me lo presentó Viladot y acordamos la publicación de una entrevista hecha a Delle Chiaie. Me pidió algunas fotos para ilustrarla y pocos días después le pasé la hoja del diario El Mundo de Santa Cruz con las fotos de todos los carabinieri que habían participado en la operación. La entrevista se publicó firmada por León Klein, pero las fotos de los carabinieri no se publicaron. Y no solamente eso: sino que jamás volvieron a verse. Según Bocos se perdieron en la confusión de una redacción. Es posible. Pero es mucho menos posible que ni en Bolivia, ni en lugar alguno, haya quedado algún ejemplar de esas fotos, de las que ni siquiera el autor tiene los negativos. Los ejemplares de la Biblioteca Nacional, y de cualquier otra biblioteca en Bolivia han desaparecido. Los ejemplares de ese número que deberían haber permanecido en la redacción del diario, no existían.

La constatación de todo esto la realizó un periodista español que entonces ejercía en los servicios informativos de TV3 y posteriormente pasó a El País. Se trató de una desaparición sistemática de pruebas que no podía haber sido realizada accidentalmente, sino deliberada y metódicamente.
 
El mismo día en que se producía la muerte de Danet, Alberto C. (un militante italiano) y nos sentimos seguidos en La Paz por gente que lucía americanas de corte italiano. Logramos despistarlos. En ese momento pensábamos quedarnos en el país hasta no recibir órdenes concretas. Dos días después –días excepcionalmente tensos– una fuente de información procedente de la Embajada americana nos alertaba que “iban a por nosotros”. En pocas horas organizamos la fuga. Primero alcanzamos el pueblo fronterizo de Copacabana (con el mismo nombre que la ciudad mexicana, era, sin embargo, un pequeño y típico pueblo con un santuario famoso en todo el país dedico a la Virgen de Copacabana). Fuimos a visitar al “sheriff”, uno de esos tipos que parecen extraídos de una película de vaqueros: dos pistolas al cinto, mostacho, sombrero con la estrella metálica de cinco puntas y aspecto temible. Era el tío de un boliviano que nos acompañaba y, desde luego, la persona más indicada para saber si la frontera estaba particularmente vigilada.

Este boliviano carecía por completo de convicciones políticas, era un chaval deseo de inmigrar a los EEUU, en concreto a Miami, en donde la había prometido trabajo otra de las personas que nos acompañaban, un ciudadano norteamericano de origen dominicano. Optamos por cruzar el Titicaca en lancha hasta la parte peruana y una vez allí alquilar un coche hasta Yunguyo, luego a Arequipa y, finalmente, llegar en avión a Lima en donde teníamos un buen contacto, miembro de la familia del presidente peruano Fernando Belaunde Terry, que nos estaba esperando.

Tuvimos que ir de Yunguyo a Puno y de ahí a Arequipa, más grande y mejor comunicado. De Puno a Arequipa hubo que ir en un trenecito cargado de indios que atravesaba los Andes y que seguramente fue el que inspiró al genial Hérgé en su aventura “Tintín y el templo del Sol”. Aunque en aquella época la RENFE no fuera el mejor de los ejemplos de una empresa de transportes ferroviarios, debo reconocer que era un ejemplo para aquella línea férrea sobre la que el tren traqueteaba fatigosamente cuando iba ascendiendo por una montaña y parecía descarrilar cuando tras llegar la cumbre emprendí la bajada. Había indios dentro del vagón, en los portaequipajes, en el techo y colgados de los lugares más peligrosos e inverosímiles. El tren avanzaba con tal parsimonia que los apenas 80 kilómetros los hicimos en casi ocho horas. A pie hubiéramos tardado sólo un poco más.

Entre la suciedad y el polvo de las carreteras bolivianas, entre la suciedad del tren (yo, harto del viaje terminé acomodándome debajo de los bancos y durmiendo allí), el no ducharnos durante un par de días, llegamos al Hotel Presidente de Lima en estado ciertamente lamentable. Nos cobraron por anticipado. Para llegar al hotel habíamos tenido que cruzar un  cinturón de chabolas de quizás más de 10 kilómetros, bruscamente en lo que va de una calle a otra, llegamos al centro de Lima: y el panorama cambió. Las chabolas se transformaron en los hoteles más lujosos que había visto, desde luego mucho más lujosos que los cinco estrellas de la época. Era un país curioso.

Mientras estaba trabajaba en el Estado Mayor del Ejército Boliviano, un informador miembro de la secta Moon, nos había pasado fotos tomadas vía satélite (y seguramente cuyo origen era la CIA) tomadas sobre las zonas que empezaba a controlar Sedero Luminoso. Yo mismo hice el primer artículo que se publicó en aquel país sobre la naciente guerrilla maoísta y a efectos dramatización de la situación inventé la noticia de que los senderistas hacían pasar convoyes de armas procedentes de Brasil a través de Bolivia en un pueblo frontero entre las tres naciones llamado Bolpebra (nombre formado por las primeras sílabas de los tres países). En lugar de publicar la “noticia” directamente en algún medio boliviano, le di más credibilidad enviándola a la única agencia de prensa que existía en los EEUU transmitiendo partes en lengua española, el SAN-News (Servicio Americano de Noticias). El SAN-News la rebotó hacia todos los medios de prensa iberoamericanos, siendo reproducida, por supuesto, en Bolivia. No me enorgullece particularmente esa intoxicación informativa, pero sí me plantea la cuestión de ¿cuántas de estas intoxicaciones se producen al día, deliberadamente y con alguna intención que se escapa al lector? O dicho de otra manera ¿podemos fiarnos de las noticias que proceden de agencias? O más taxativamente: ¿llega hasta nosotros información veraz? Si yo había sido capaz de improvisar una operación psicológica de intoxicación informativa utilizando medios pedestres, ¿qué no serán capaces de hacer aquellos que han hecho de la intoxicación su medio de vida? He leído libros de historia en los que todavía se da como cierto este tránsito de armas y municiones a través de Bolpebra y puedo asegurar que allí, por no suceder, nunca ha sucedido nada.

Al bajar del avión en Lima nos dimos cuenta horrorizados de que el parque de taxis que teníamos ante nosotros era ciertamente deprimente. Al que no le faltaban las puertas, le faltaba el parabrisas y el que no era el motor cubierto solamente con una chapa oxidada y arrugada. Todos los taxis eran puro desecho. Coches de origen norteamericano, enormes, pesados, que más que consumir gasolina la absorbían y que tenían una media de veinte años. Elegimos aquel al que le faltaban menos piezas. Conducido por un loco homicida del volante –“Soy Charly, el rey de los piratas”, presentación que hizo de sí mismo y que no animaba a tomárselo muy en serio, solamente al salir comprobamos que, aun aparentemente estando entero el vehículo, tan solo tenía un problema de frenos que nos puso en peligro en varias ocasiones.
Era bastante patético ver como cuando el coche aminoraba la velocidad, los niños y no tan niños que se encontraban en las inmediaciones se ponían alerta para ver de qué manera podían robar algo del coche. “Charly, el rey de los piratas” nos lo había advertido: “No pierdan de vista las maletas”. Y el cinturón de miseria no se acababa y seguía y seguía hasta más allá de lo angustioso.

Compartí habitación con el americano-dominicano. Entonces empezaron los problemas de convivencia: “Oye, chico, yo tengo que chingar, si no chingo una vez al día me pongo malo”. Su peculiar acento caribeño le eximía de cualquier otra explicación adicional. Pero, hombre, y no te puedes hacer un pajote y relajarte: “¡Qué dices chico! ¿un pajote yo?, eso es para los comemierda, para los remamagüevos y coñosdemadre…”. No había nada que hacer. Se quería pegar un polvo. Eludamos el nombre del interesado que todavía aparece con cierta frecuencia en la prensa, especialmente latina y cuya vida daría para unas ultramemorias diez veces mayores que estas. “Tengo el teléfono de una periodista limeña, voy a ver sí…”, le oí decir cuando yo estaba ya sumergido en un baño relajante.

Fuimos a ver a la periodista en cuestión. Era peruana de raza blanca quizás con una décima de antepasados indígenas. Una mujer de estilo y que, sin duda, pertenecía a la alta sociedad criolla de la capital. Resulta que poco antes había conocido a uno de los Ansón en el curso de un encuentro de periodistas. Alberto C., el italiano que nos acompañaba y yo nos retiramos y ellos se quedaron como dos tortolitos. Estaba claro que no se trataba de “en tu casa o en la mía”, sino en la casa de ella y allí que se fueron. Hora y media después, nuestro hombre ya estaba de retorno, eso sí, mucho más relajadito. Yo estaba dormido como un leño cuando oí la puerta que se abría, la ducha, cierto canturreo y al compañero de habitación que se acostaba. Había dejado la luz encendida. “¿Quieres haces el favor de cerrar la luz, coño?”. “No jodas chico, no puedo…”. “Pero, como coño que no puedes dormir con la puta luz apagada”… nuestro hombre había pertenecido durante un período de su vida a la CIA y allí le habían enseñado que había que dejar una luz encendida mientras se dormía para evitar dar la sensación que se estaba inerme y con la guardia baja. Me pareció algo completamente estúpido que parecía más sacado de las películas de James Bond que de la CIA. Pero, a decir verdad, la CIA había fallado a la hora de localizarnos en Bolivia. Estaban utilizando información obtenida dos meses atrás y por eso fracasó el intento de captura de Della Chiaie e incluso la suposición de que el pobre Pier Luigi Pagliai pertenecía a nuestro pequeño círculo. Si la CIA era capaz de tener esos errores de bulto, me creía que en los cursos para sus agentes de campo les dieran instrucciones estúpidas como esa de dejar la luz encendida.

Quizás por el cansancio excesivo me costó dormir y fui el primero en despertar. Desayuné y en el hall del hotel leí la prensa: en primera página y a grandes titulares el diario limeño La República publicaba la detención del familiar del presidente Belaunde que teníamos que ver esa mañana. Y por chorizo. Definitivamente, la política andina era cosa de locos. Aquella misma tarde compramos el billete para Bogotá con la intención de alcanzar Caracas unos días después. Lamentablemente yo iba con pasaporte boliviano y no había previsto la necesidad de un visado para entrar en Venezuela. Así que el boliviano que nos acompañaba y yo nos quedamos en Caracas, esperando resolver este asunto: o falsificábamos el visado, o nos trasladábamos a Bucaramanga y de ahí, otros se encargarían de hacernos pasar a Venezuela.
 
Nos albergamos en un discreto hotel próximo al Tequendama y allí esperamos la llamada con las instrucciones. Esperamos un día, dos, tres… la llamada no se producía. Vi mucha televisión aquellos días en el hotel. Nunca antes había visto nada parecido a un culebrón latinoamericano. Tuve la ocasión de ver el inicio de uno de ellos. El primer día, la chica de servicio es violada por un señoritingo y queda embarazada. Por supuesto la echaban de su trabajo a cajas destempladas. En el segundo capítulo la chica volvía a su pueblo y daba a luz ante la indiferencia y la hostilidad de sus vecinos que la tachaban de puta degenerada y viciosa. Fin de la segunda parte. En la tercera, dejaba en su chabola al bebé recién nacido, entraba un cerdo –sí, un cerdo- y se comía –sí, se comía- al bebé… Preferí no ver el cuarto capítulo y recuerdo que sentí una inmensa conmiseración hacía los televisionarios latinoamericanos que tenían que ver culebrones de ese jaez. Dos años después, esos culebrones empezaban a causar furor en España.
 
De todas formas al cuarto día de estar pendientes del teléfono ocurrió algo anómalo. Mi compañero boliviano, ese del que he dicho que nunca había participado en política y que simplemente nos acompañaba para llegar a Miami, salió a dar una vuelta… y desapareció. Nunca más nadie lo ha vuelto a ver. A última hora de la mañana, cuando ya tenía la sensación muy evidente de que algo volvía a ir mal, cogí un billete en la central de Iberia y regresé a España.

(c) Ernesto Milá - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

Zapatero ante la disyuntiva: las dos vías para el suicidio político

Infokrisis.- Hay algo absurdo en la reciente renovación ministerial operada por ZP especialmente si tenemos en cuenta las necesidades del momento presente. Es como para preocuparse si de todos los técnicos al alcance del Estado para resolver (o siquiera paliar) el destrozo económico social, ZP haya tenido que echar mano a una burócrata como Elena Salgado cuyos conocimientos en materia económica son tan escasos como los del propio presidente. Cambiar a Malena Alvárez por Pepinho Blanco es ir de Guatemala a Guatapeor.  Gabilondo es quizás lo menos malo de esta reforma, mucho mejor que la González-Sinde que supone un pago a los servicios prestados a pesar de que suponga perder el voto de todos los internautas y de cuantos se muestran contrario a la rapacidad de la SGAE. De Chávez nadie duda que hará todo lo que esté en su mano para trasladar el marasmo andaluz a todo el país y suscitará recelos de catalanes y vascos. Poco que decir sobre Trinidad Jiménez salvo lo gris e irrelevante de su persona. E igualmente poco puede decirse sobre varios de los que se quedan, empezando por Moratinos y terminando por Bibiana Aído y demás ministras de cuota.

El gobierno en sí es extremadamente mediocre, quizás el de perfil más bajo de toda la democracia que, contradictoriamente, llega en el momento en que más falta hace un gobierno de técnicos y expertos. Así pues, si algo ha generado este gobierno es escepticismo en que puedan resolver problema alguno y no contribuyan a crear más problemas. No puede decirse que haya sido una decepción, a la vista de que si Zapatero sabe hacer algo a conciencia es decepcionar. Lo que sí es cierto es que no ha generado ningún tipo de confianza.

¿Por qué este gobierno y por qué ahora?

Es curioso constatar los motivos de las destituciones de los ministro. La titular de Fomento estaba quemada desde hacía un lustro. Es la única ministra de la democracia que ha sido censurada en el parlamento. Molina estaba tan harto como Solbes y, cada vez que se sinceraba con algún periodista le explicaba que esto de la política no era como él creía y que prefería dejar la cartera. Bernat Soria resultó ser un bluf y no podía esperarse nada de él a partir del momento en que se supo que su curriculum estaba hinchado. En cuanto a Mercedes Cabrera, ha pasado casi completamente desapercibida por su departamento.

Ninguno de los ministros salientes tenía responsabilidades partidarias, no se movían bien en campañas electorales y no estaban en absoluto integrados en el aparato del PSOE, a diferencia de los Chávez, Blanco, Trini Jiménez, gente que ha hecho toda su carrera a la sombra de la sigla. La interpretación que se ha dado a este rasgo del nuevo gobierno es que ZP necesita “militantes” y “gente de confianza”. No es así. O al menos, no es solamente así.

El 7 de junio tendrán lugar las elecciones europeas. Los sondeos publicados en el primer día de ejercicio del nuevo gobierno empiezan a ponerse muy cuesta arriba para ZP: de celebrarse hoy las elecciones, el PP aventajaría en 4,5 al PSOE. Si esto es así, aun cuando el PP todavía experimenta los efectos de la “operación Gürtel”, hay que pensar que en las próximas semanas, a menos que ocurra un marasmo interior, el PP irá acentuando su ventaja.

Con un gobierno aislado y con una oposición en alza, agravándose de día en día la situación económica, el desplome del mercado laboral (ya se empieza a hablar de un 20% de parados a finales de 2010 y algunos llegan incluso a augurar un 30%), le bastaría solamente a ZP una derrota en junio y unas cifras superiores a 4.000.000 de parados en septiembre, la salida de la disolución de las cámaras y las elecciones anticipadas se impondrá como el recurso más saludable para este país.
Y todo induce a pensar que ZP contempla este escenario. De lo contrario no habría colocado a sus primeros espadas dentro del partido en los rangos ministeriales. Probablemente tampoco es por casualidad que el Gabilondo ministro sea hermanísimo del Gabilondo comunicador, y, desde luego, el riesgo de enajenarse a la juventud usuaria de P2P en Internet (ni un solo habitual de estos sistemas votará a ZP) que supone el nombramiento de González-Sinde solamente puede explicarse como una mano tendida al mundo del espectáculo que en la anterior campaña electoral tantos réditos reportó a la candidatura socialista.

Así pues, en nuestra opinión, este es un gabinete de “bajo perfil técnico” y “alto perfil militante” que muestra cada vez más materializado el fantasma de unas elecciones anticipadas. Pero el último dato que abunda en esa dirección es que el propio Zapatero se haya reservado la cartera de Deportes… No se trata, desde luego, de un ministerio “estratégico” y hubiera sido mucho más oportuno nombrar a un catalán, por ejemplo, que apoyara a la pobre Carme Chacón, desbordada, despistada y con síntomas crecientes de quemazón que precisa urgentemente la presencia de algún otro miembro del PSC. Pero ese ministerio garantiza el que ZP va a intentar identificar su imagen con la de los “triunfos” deportivos de España. Es tan evidente como burdo, que ZP precisa empezar su precampaña electoral… pero no para unas elecciones remotas, a tres años vista, sino para una próxima campaña que, en principio ya tiene perdida y de la que solamente se trata si perderá por la mínima o por goleada y si el PP coronará una mayoría absoluta que podría suponer incluso el derrumbe del PSOE, el paso de algunos de sus cuadros a las filas nacionalistas en Catalunya y a la integración de amplias franjas madrileñas en el partido de Rosa Díez.

Pero hay otra hipótesis con la que ZP se mueve.

Euzkadi como síntoma

Llama la atención la extraordinaria facilidad con la que se ha constituido una nueva mayoría en Euzkadi. Tras 30 años de gobierno, el PNV todavía tiene que digerir el haber pasado a la oposición y el que, a pesar de seguir siendo el partido mayoritario, ya no es partido de gobierno. Más de 50.000 paniaguados del PNV van a engrosar las listas del paro en un momento en que el reciclado laboral les va a ser muy difícil sino imposible.

Se ha atribuido la nula tensión en las negociaciones a una voluntad de poner fin al ciclo de gobierno nacionalista, perspectiva ante la cual todas las partes se han plegado. Seguramente hay algo de esto. Es evidente que ni PP, ni PSE han querido decepcionar a su electorado. Ambos podían haber formado ticket con el PNV, pero han preferido coaligarse contra el nacionalismo, a pesar de las consecuencias que esto tendrá en la gobernabilidad del Estado.

La exigua mayoría que el PSOE tiene en el parlamento se ha ido compensando hasta hace poco con pactos de gobierno con nacionalistas: pero con CiU las relaciones están rotas durante mucho tiempo a la vista de que por segunda vez, Artur Mas quedó apeado del gobierno por un nuevo tripartito con presencia socialista. El pacto PP-PSE ha terminado por arruinar la posibilidad de que el PNV apoye la ley de presupuestos para el próximo año en Madrid. Y en cuanto a ERC, los sondeos certifican su caída en picado e incluso parte de la militancia se muestra a favor de abandonar el tripartito catalán. Por otra parte, la impresión que se han llevado los nacionalistas sobre el nombramiento de Chávez como ministro de Administraciones Territoriales es muy negativa. Además existe otro problema: la situación económica es tan absolutamente catastrófica y la impericia del gobierno Zapatero tan evidente que cualquier partido político con mínimo instinto de supervivencia, huye de la compañía de un gobierno apestado.

Paradójicamente, Zapatero que durante cuatro años sentenció el aislamiento del PP, ahora, a su vez, se encuentra completamente aislado y sin margen de maniobra.
Es difícil que Patxi López tuviera plena autonomía para utilizar las siglas de la franquicia PSOE a su antojo y que en los cálculos que han llevado a los socialistas vascos a pactar con el PP no existiera algún tipo de aquiescencia por parte de ZP.

En esta óptica, ZP estaría trabajando en crear un “precedente” a la colaboración PP-PSOE. Si en los próximos meses el acuerdo en Euzkadi se mantiene sin problemas, será muy fácil insinuar que, a la vista de la gravedad de la crisis, es posible extenderla a todo el Estado. Sería la hipótesis de una “Gros Koalición”, una gran coalición que haría que se cumpliera el calendario electoral, sin elecciones anticipadas, y, en contrapartida, el PP recibiría algunas migajas (o no tan migajas) del poder.

En principio, desde el punto de vista político y a la vista de lo negro del horizonte, todo induce a pensar que una “gran coalición” sería mucho más razonable que un gobierno debilitado y sin programa, constantemente hostigado por una oposición crecida, pero sin programa ni propuestas para salir de la crisis.
Pero la hipótesis de una “gran coalición” PP-PSOE es como para echarse a temblar: ambos partidos actuarían como un rodillo y, en la práctica, darían lugar a un nuevo régimen de “partido único”. ZP alcanzaría su objetivo: concluir un segundo mandato y Rajoy el suyo: tocar poder de una vez por todas. Un gobierno de ese tipo impondría una reforma en el mercado laboral y no en el sentido de una mayor estabilidad en el empleo sino de imponer mayores sacrificios a la masa laboral y acentuar los efectos de la globalización en nuestro país. No sería, desde luego, el mejor de los gobierno, aunque sí sería el mas estable…

Ninguno de los dos escenarios es bueno

Si bien es cierto que sería difícil encontrar un gobierno más nefasto que el zapaterismo, no es menos cierto que existen serias dudas sobre lo que podría aportar el PP para solucionar la crisis económica. El PP –y su equipo económico- se han mostrado como unos buenos analistas de lo que se nos venía encima (sin olvidar que buena parte de los efectos más perniciosos que hoy se viven, tuvieron su origen en el período aznarista), pero de su programa en materia económica no sabemos nada. Sabemos que están a favor de la entrada de Turquía en la UE (como Zapatero). Sabemos que en las comunidades en las que gobiernan practican la misma política en materia de inmigración que el PSOE aplica en el Estado. Y, finalmente, sabemos que son diferentes, pero no excesivamente diferentes: acaso por eso un acuerdo entre ambos no nos extrañaría excesivamente.

No hay, a corto plazo un tercer escenario: o elecciones anticipadas entre invierno 2009 y la primavera del 2010, o gobierno de coalición en otoño. De lo que no hay la menor duda es que conviene empezar a hablar de Zapatero como de un quinquenio negro en nuestra vida como Nación, como un político amortizado y moribundo del que apenas quedará constancia en los libros de historia, pero sí en cambio en las antologías del disparate político.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción sin indicar origen.

Ultramemorias (VI de X) Tipologías insólitas. Tipos Carcelarios (3ª parte)

Tras la publicación de mi falsa vinculación en el atentado de la calle Copernic, salí de Francia. El asunto cayó en el descrédito más absoluto y ni uno sólo de los medios de comunicación solventes de Francia atribuyó la más mínima credibilidad a aquel libelo vehiculizado por L’Humanité y reelaborado en los laboratorios del CESID (sí, del CESID). Unos meses después, tras peripecias que me llevaron de un sitio para otro, me refugié en Reveillón. Florecieron los almendros y pasó el 23-F. Pasó la primavera  y mi mujer quedó nuevamente embarazada. A principios del verano debía haberme ido a Argentina, pero los pasaportes no terminaban de llegar. Finamente, me aseguraron que llegarían un lunes. Para esas fechas, había ido a París a despedir a mi mujer y a mi hijo. Nos acompañaron a París la pareja italiana exiliada con la que convivíamos en el château de Reveillon. Nos alojamos los tres en una mansarda próxima a la Gare du Nord propiedad de una falangista libanés. Por un desgraciado incidente fortuito, él resultó detenido e identificado, así que debimos abandonar la mansarda y trasladarnos a un segundo punto de apoyo en la Montaigne de Sainte Genevieve, sin duda uno de los lugares más hermosos de París (aunque malamente, Cecilia y yo estábamos para apreciar las bellezas del lugar). Para colmo de males, tres días después, el Corriere della Sera traía una muy mala noticia: en la frontera italo-suiza había sido ametrallado un coche que había intentado eludir un control policial. Uno de los pasajeros resultó muerto y los otros dos heridos de gravedad. Entre ellos estaba “Mimo” Magneta, miembros de los NAR que nos debía traer los pasaportes. La prensa, hablaba de Doménico Magneta, así que le pregunté a Cecilia si “Mimo” y “Doménico” eran los mismo… lo eran. En ese momento nos quedamos en París, literalmente colgados. Por si eso fuera poco, unos días después la prensa volvió a la carga en relación a mi relación con el atentado de la rue Copernic. En esa nueva ofensiva las informaciones eran completamente diferentes a las que se habían publicado en noviembre. Procedían de diarios de obediencia socialista y se limitaban a decir que la prefectura de policía había eludido investigar la “pista española”. La cosa no iba contra mí, sino contra el Prefecto de Policía y aparecía justo en el momento en que se producía la transmisión de poderes de Giscard a Mitterand. Yo era el “chivo expiatorio”, en francés de ”bouc emisaire” que suena igual de mal e incluso ligeramente siniestro. La lectura atenta de las informaciones publicadas evidenciaba que los redactores estaban convencidos de que había abandonado Francia e incluso se publicaba que residía en ese momento en un país iberoamericano, Chile en concreto. Daban por supuesto que tras las informaciones publicadas en noviembre había abandonado el territorio francés, por tanto, se sentían libres para lanzar alguna calumnia más y, sobre todo, informaciones tendenciosas y erróneas. Había que responder y hacerlo rápido. El problema era reconstruir la situación, entender qué es lo que sucedía y establecer los centros de imputación. Tardé solamente unos días en lograr los datos necesarios para reconstruir el mecanismo de la intoxicación informativa. Cuando la tuve, mi esposa llamó a Juan Lago, entonces redactor de Interviu para utilizar esta revista como vehículo para publicar el mecanismo de la publicación. Lago y la redactora de Interviu en París –Evelyn Mesquida, si mi memoria no me falla- acudieron a la cita frente al pórtico principal de Notre Dame. Allí, algunos amigos habían organizado un dispositivo de seguimiento para comprobar si la policía francesa o la española habían sido alertadas. La entrevista tuvo lugar en un hotel de Montparnasse y duró en torno a tres horas. Se publicó al cabo de 15 días en Interviu y, en general, respondía a la conversación real si bien estaba titulada con el aire de suficiencia que utilizaba esta publicación en la época: “Interviu encuentra al ultra más buscado por Interpol”. Realmente, no sé si era el ultra español más buscado por Interpol, ni cómo Lago o quien fuera logró encontrar un título tan escandaloso. Unos días después le envié las fotos que unos camaradas franceses me realizaron de espaldas… frente a la Prefectura de Policía. Algo que la policía francesa consideró una provocación.  

La intención de la entrevista era simplemente recordar: “sé por qué me habéis utilizado como chivo expiatorio, pero ahora sabéis que puedo reconstruir cómo lo habéis hecho y a través de quien, así que la próxima vez saldrán más nombres”. No hubo “próxima vez”. Pocos días después de la publicación de la entrevista, volví de Reveillon a París para realizar algunas gestiones y resolver el problema de los pasaportes falsos a la vista de que había recibido la orden de trasladarme a sudamérica. Visité el local de una representación diplomática iberoamericana que estaba bajo vigilancia policial y allí me localizó la policía francesa, siguiéndome a lo largo del día hasta el hotel en el que me albergaba. Algo me decía que las cosas no acababan de ir bien, dos días antes había soñado que resultaba detenido. Por algún motivo, solamente he soñado algo tan siniestro en tres ocasiones en mi vida y en las tres, unos días después, se produjo la detención real o, al menos, tuve que salir a escape con la policía pisándome los talones. La obsesión agudiza la intuición. No hay nada paranormal en ello.

Aquella noche, a eso de las cuatro de la madrugada noté que alguien estaba hurgando en la cerradura del hotel. Me levanté con la intención de arrojar los documentos falsos por la ventana y comprobar si podía huir por allí. Antes de que pudiera abrir la ventana, la policía derribaba la puerta. Una etapa había terminado. Debíamos haber partido para Iberoamérica esa misma semana. Dos días antes, decidimos quemar algo de dinero en una de esas roulotes de videntes que proliferaban en  Clichy y en el boulevard Stalingrad. Con una seriedad pasmosa, la vidente nos auguró: “emprenderéis un largo viaje”. Bingo. Lo que ignorábamos era que el viaje era, yo a prisión parisina de La Santé y Cecilia a la de Fleury-Merogis. Años después, en un período bohemio, tiraría las cartas en un pub barcelonés solamente a chicas de buen ver, a todas les decía lo mismo -"Conocerás a un desconocido y emprenderás un largo viaje"- y todas quedaban contentísimas. Alguno incluso que confirmó semanas después ambas predicciones. Lo dicho, no hay nada paranormal en todo esto.

La detención de Cecilia se produjo cuando la policía percibió que no llevaba ninguna maleta en el hotel, sino tan solo una pequeña cartera. Así pues, debía de tener una base. Examinando los documentos incautados, la policía me ocupó un tiquét de tren que llevaba a Esternay. Examinaron la relación de simpatizantes de la extrema-derecha en la región, realizaron sus comprobaciones y, finalmente, irrumpieron en Reveillón. Cecilia huyó en medio de la tormenta por el bosque y solamente regresó al Château en cuanto comprobó que la policía se había alejado. Una sirvienta de la marquesa, avisó a la policía cuando la vio reaparecer de nuevo cada hasta los huesos y con taquicardia. No es que ella no pudiera resistir una situación así… es que estaba embarazada de tres meses.

A diferencia de la Brigada Político-Social, que tenía una irreprimible tendencia a jugar al “policía bueno – policía malo” y llegar a soltar desde un grito destemplado hasta una o varias hostias duramente templadas, la policía francesa actuaba con flema inglesa. Antes de detenerte, ya lo sabían todo sobre ti. La declaración era prácticamente irrelevante y apenas se trataba de una mera formalidad. Mientras me conducían del hotel en el que me habían detenido a la Prefectura de Policía, el que parecía llevar la voz cantante me preguntó: “¿Tiene inconveniente en que le tratemos como Ernesto Milá o con cuál de las tres documentaciones prefiere?”. En efecto, después de tres meses de esperar el nuevo juego de documentaciones, finalmente había podido hacerme con tres carnés de identidad, tres carnés de conducir y tres pasaportes italianos, todos con mi foto y ninguno con mi nombre. Hubiera sido absurdo negar que yo era quien era, especialmente porque mis huellas dactilares hablaban por mí y en unas horas identificarían mi identidad. Stefano, el marido de Cecilia, había optado, sin embargo, unos meses antes por la vía melodramática: en el momento de ser detenido sin documentación –se había cambiado de cazadora y la había olvidado- no dudó en abrirse la cabeza contra un cristal en cuanto se pusieron pelmazos preguntándole por su verdadera identidad. Aquella misma noche, de todas formas, supieron quién era. En Francia, por lo que me explicaron, es básico establecer la verdadera identidad del sospechoso para poder juzgarlo. No iba a ser yo quien negara cuál era mi nombre, por lo demás no tenía nada que decir y respondí a las cuestiones comprometidas con un “no estoy autorizado para hablar sobre ese tema”, enfatizando cuando me preguntaron de dónde había sacado los pasaportes. Un policía entrado en años y en carnes y con la nariz propia de un pimiento ironizó: “En estos casos se suele decir que la documentación te la ha dado un moro”.

A la mañana siguiente me llevaron al despacho del prefecto que había manifestado interés en conocerme. No era raro. Sobre la mesa tenía el ejemplar de Interviú en donde Julián Lago me entrevistaba y en el curso de la cual había salido en su defensa. En efecto, si había estallado una campaña contra mí en la prensa francesa era para intentar demostrar que el prefecto había eludido profundizar en la “pista española” y ser éste uno de los elementos que justificaran su sustitución. En realidad, todo estaba motivado por el cambio de gobierno y por la larga pasada por la izquierda que el Estado francés iniciaba en aquellos momentos.

A media tarde durante el tránsito del calabozo a una oficina pude ver a Cecilia y supe que la habían detenido. Lo acepté mal y mi primera reacción de cólera fue golpear la pared que tenía más fuerte con la cabeza a la vista de que estaba esposado. Los policías se echaron sobre mí intentando impedir que me diera una segunda y una tercera hostia. A pesar de que el tabique retumbó y que quedé ligeramente conmocionado, mi cabeza soportó bien aquella pérdida momentánea de control. Uno de los policías que custodiaban a Cecilia le preguntó con una seriedad pasmosa: “¿Le ocurre eso a menudo?”. En realidad no, pero las últimas 18 horas me habían supuesto un cúmulo de emociones que, acumuladas una sobre otra, me habían hecho perder el control: además ni siquiera sabía cómo podía acabar la acusación sobre el atentado de rue Copernic. Gobernando la izquierda, el antifascismo de oficio, era un riesgo y a falta de presentar al culpable auténtico, alguien del entorno de Mitterand podía optar por recurrir al bouc emissaire, al chivo expiatorio. Todo esto y el ver a Cecilia detenida precipitó el que intentara derribar un tabique a cabezazos. Lo único que logré destrozar en mil pedazos fueron mis gafas.

Aquella primera noche en la prefectura fue inolvidable. A eso de las 20:00 horas el edificio se vació y, por algún motivo, en lugar de llevarme al calabozo me encerraron en una especie de jaula en las dependencias de la prefectura. La soledad contribuyó a que pudiera reconstruir mi estado de ánimo. Y entonces ocurrió una experiencia única de esas que casi pueden considerarse "religiosas": una mujer de faenas a la que ni siquiera vi el rostro, realizaba su trabajo cotidiano cantando una canción italiana. Era una tarantela. Aquella era la voz más angelical y perfecta que he oído jamás, digna rival de una Renata Tebaldi o de una Maria Callas, sus inflexiones eran capaces de levantar el ánimo hasta a aquel tipo momentáneamente hundido que era yo en aquel momento. Debió estar por la zona, limpiando, durante media hora, luego su voz de fue alejando hasta desaparecer. Si creyera en apariciones o en fantasmas hubiera apostado que aquella voz era celestial, un mensaje llegado de la trascendencia que me animaba a seguir en pie. El efecto terapéutico de aquella voz me sirvió para reconstruir mi estado de ánimo y valorar la situación con calma: sobre rue Copernic, era evidente que la propia policía se burlaba de lo publicado en noviembre L’Humanité y que coincidían con mi teoría de que lo publicado en junio de 1980 respondía a un intento de facilitar la sucesión del prefecto de París, Así que rue Copernic no iba a ser un problema, en cuanto a lo de la documentación falsa, no había vuelta de hoja: lo único que me esperaba era una condena. No sería grande, y seguramente una parte la haría en libertad condicional. Aquella noche, las tarantelas derramadas por la desconocida me habían traído una riada de realismo: de esta salía. Jodido, pero salía.

Al día siguiente, la policía empezó de buena mañana a pedirme mi coartada para el atentado de la rue Copernic: “Sabemos que no ha sido usted, pero es rigurosamente necesario que nos dé una coartada… ejem… por cierto ¿tiene algún problema en bajarse los pantalones?”. En esta vida nunca se puede estar seguro de nada, especialmente de que no te sodomicen a traición y por la espalda, así que la pregunta no tenía nada de tranquilizadora a pesar de que la formulara un policía con aspecto de gentleman británico, incluido bigotillo y aspecto repeinado, o quizás a causa de esto. Al ver mi cara de extrañeza, el funcionario prosiguió: “Verá, no le pediría esto si no fuera rigurosamente necesario” y me explicó el asunto: el terrorista que había puesto la bomba de la rue Copernic, estaba identificado y antes de cometer el atentado se había corrido una juerga flamenca con una prostituta. Ésta había contribuido a identificarlo y, además, dato importante, recordaba que el fulano estaba circuncidado. Si yo conservaba la integridad de mi santo prepucio, yo sería inmediatamente descartado de la investigación y no habría ni prefecto de izquierda, ni prensa-basura al estilo de la bazofia estalinista de L’Huma, capaz de acusarme del crimen. Además, la pilingui me podría identificar de manera negativa. Así que accedí a bajarme el pantalón ante un forense, el cual se limitó a levantarme la picha con una tarjeta y a negar con la cabeza: “Il n’est pas circouncidé”, le dijo al policía que procuraba mirar a otro sitio con cara de embarazo. La prostituta,, de aspecto coqueto y pizpireta, por supuesto, tampoco me reconoció como su cliente y, por si esas pruebas fueran poco, Yves Bataille reconoció que había estado conmigo en el momento de la explosión justo ante la Prefectura de París, al otro lado del Sena, en un bistró de Saint Michel. Asunto resuelto, por lo que se refería al crimen de rue Copernic.

Luego estaba lo de los documentos falsos, el verdadero marroncillo que debía de afrontar con la perspectiva de una breve pena de prisión. La cuestión era a cuánto ascendería. La abogada me decía que, al carecer de antecedentes, todo se militaría a una pena en “sourci”, esto es, en condicional que solamente se haría efectiva si me implicaba en algún otro hecho delictivo. Nunca creí que eso pudiera ser así, sino que el ruido mediático induciría a los jueces a aplicarme la pena correspondiente en el máximo grado, como de hecho así ocurrió. Salí con tres meses de prisión en firme y tres más en condicional. Eso suponía, de hecho, dos meses y una semana de prisión, dicho de otra manera, un veranito a la sombra de los muros de la histórica prisión parisina de La Santé.

De todas formas mi caso fue, en cierto sentido, histórico, poco más o menos. En efecto, no fui juzgado por un tribunal ordinario sino por la Corte de Seguridad del Estado, creada por De Gaulle en los años sesenta cuando el Estado francés debió afrontar la resistencia armada de la OAS (Organisation de l’Armé Secrete) partidaria de la presencia francesa en Argelia. La OAS defendió esta idea a base de dinamita y de ráfagas de Mat-49, el fusil ametrallador de ordenanza en el Ejército Francés. Lógicamente, De Gaulle soltó a sus perros de presa –los “barbouzes”- y habilitó un sistema jurídico demoledor, una especie de Santa Veheme a la francesa, cuya única sentencia era culpable o culpable y si era muy culpable, ni siquiera sentencia: pasaban primero los barbouzes y despedazaban, trocito a trocito al “plastiqueur”. Tras la debacle de la OAS, la Corte de Seguridad del Estado siguió existiendo y tratando los temas que tenían que ver con el terrorismo sobre el territorio francés. El mío fue el último caso que vio este tribunal especial, estando en La Santé, leí la noticia de la disolución del tribunal. De ahí la relativa historicidad de mi caso.

Por lo demás, debo reconocer que la experiencia en La Santé no me aportó gran cosa. Las cárceles son una reserva completamente inútil pero, puesto a pasar allí el verano, había que tomárselo con filosofía y, a ser posible, aprovechar el tiempo para leer y escribir. Los muros de La Santé no me sorprendieron. Eran similares a los que había visto en la cárcel Modelo de Barcelona, apenas a trescientos metros de donde había transcurrido mi infancia, adolescencia y juventud. El sistema de justicia francés de la época me pareció genial: nada de pérdidas de tiempo inútiles, nada de esos razonamientos de sentencia patateros y pedrestres que retrasan la emisión de la sentencia en España y nada de largas y angustiosas esperas. Llegué ante el tribunal (la sala, por lo demás, estaba llena de periodistas, curiosos y algún que otro observador de la Embajada Española), me preguntaron, contesté, no hubo testigos, la abogada hizo su papel, me preguntaron si tenía algo que decir y vine a decir algo así como “apelo a la clemencia de este tribunal”. A la viste de que el traductor era tirando a catastrófico tuve que expresarme en la lengua de Moliére con acento castellano, sin raspar excesivamente las erres, ni distinguir entre “es” abiertas y cerradas. Me entendieron y allí mismo dictaron la sentencia: tres meses de prisión en firme y tres en “sourci”. Lo dicho: un veranito a la sombra. Nada excesivamente grave. Otra aventura que contar. Es bueno, en cualquier caso, eso de entrar en la cárcel con fecha de caducidad. En España se sabe el día que se entra pero nunca el que se sale.

Tenía a mi lado a Cecilia con tacones y una gabardina gris oscura con cinturón. Antes de entrar en la sala, nos mantuvieron separados unos metros. Un gendarme me quitó las esposas, pero no a ella, le pregunté por qué: “Esa chica de las Brigadas Rojas ha matado a varios”. El gendarme no era más tonto porque no se entrenaba. Luego en la sala, compartimos el banquillo de los acusados. La mía fue una sentencia rápida y leve, pero el gobierno italiano había pedido la extradición de ella y el tribunal se retrasó la vista de extradición unas semanas. Mucho más siniestro fue el tránsito desde el Palacio de Justicia hasta los calabozos.

Ese recorrido supone algo así como 200 metros de subterráneo mal iluminado e interminable. Cada uno iba acompañado por un par de gendarmes a lo Louis de Funes por unos pasillos similares a los corredores de la Línea Maginot. El ruido de los pasos solamente quedaba cortado por el rumor de los ventiladores que apenas lograban renovar un aire visiblemente viciado. En un momento dado, llegamos a la cancela de los calabozos para mujeres. Allí nos despedimos. Habíamos pasado mucho juntos y no volveríamos a vernos hasta 18 meses después. Al día siguiente por la mañana me llevaron a La Santé. El furgón policial estaba compartimentado en algo así como 12 compartimentos divididos por tabiques metálicos de apenas 75x75 cm, sin más ventilación que una pequeña rejilla en la puerta metálica y una pequeña ranura trasera que daba al exterior. El lugar ideal para claustrofóbicos titulados. Los ruidos indicaban a las claras por dónde pasábamos: ahora por Franklin Roosevelt, ahora por Nation, ahora por ¿cuál coño será este barrio? Era el barrio donde estaba instalada desde tiempo inmemorial la prisión parisina de La Santé.

Por allí pasaron Ben Bella y los presos notables del FLN argelino y también los de la OAS francesa. Tuvieron un módulo para ellos solos como en 1981 había uno solo para argelinos (al que ni siquiera los argelinos querían ir pues, la óptica antropológica de aquel país implica el reconocimiento de que un argelino es un lobo para otro argelino, esto es, casi lo peor) y otro para negros (al pasar a su lado los presos veteranos comentaban lo mal que olía y, efectivamente, no se trataba de una leyenda carcelaria. Algo así como 200 africanos sudando se bastan por sí mismos para dar negocio a toda una empresa de ambientadores y desodorantes. Terrible, se lo aseguro). Durante la guerra mundial la cárcel se llenó de resistentes (insurgentes de hoy), y durante la depuración de colaboracionistas. La cárcel, a decir, verdad, comparad con lo que había visto de La Modelo de Barcelona era limpia, coqueta y a ratos hasta hogareña.

Además no se comía mal. Dos veces a la semana nos daban pamplemuse de postre (pomelos que en Francia es, sin duda, la fruta más apreciada y en España de las más freucentemente ignoradas) y dos unidades de Petit Suis. Y tenía gracia ver a atracadores osados, asesinos sin escrúpulos, tíos más grandes que un castillo, a los mas malos de toda Francia, comiendo con singular fruición un petisuis que se les perdían entre las manos con minúsculas cucharitas de café. El contraste era, ciertamente, grotesco.

Además de comerse bien, cada día podía rellenarse un pedido al economato que incluía desde un par de latas de cerveza hasta hilo y aguja, sellos, sobres y papel de carta. No había dinero ni vales dentro de la cárcel. La oficina contable te detraía el dinero del pedido de tu cuenta y nadie se mataba como en las cárceles españolas por un quítame allá esa paperina de droga o aquella postura de hachís. Estaba bien organizada aquella maldita Santé.

Sin embargo, el primer paso fue –hay que decirlo- ciertamente desagradable. A poco de entrar, en una habitación aséptica y alicatada un funcionario me dijo aquello que ya empezaba a ser tradición en esta aventura: “Bájese los pantalones”. Bueno, no perdía nada. “Inclínese”. Y me indicó una mesa para que me apoyara. Aquello ya tenía más enjundia y mucho más cuento me introdujo una cuchara en el ano e inspeccionó con una linterna mis intimidades como quien buscase un tesoro .Decididamente, los franceses se toman la cárcel mucho más en serio que en España. Aquí este tipo de inspecciones son una broma. Se le pide al preso puesto en pie que cierre la boca y la nariz y haga fuerza como si fuera a tirarse un pedo. La teoría carcelaria española es que si se lleva algo oculto esfínteres para arriba, el peo simulado lo expulsará como si de un paquete de tabaco se tratara. Al parecer ignoran lo prietos que pueden conservarse esfínteres sólo estrenados con las deposiciones cotidianas. Pero esta es otra historia, naturalmente.

Después de la ominosa experiencia me llevaron al módulo 8 y a la celda 21 de primer piso. Allí estaban otros tres fulanos muy peculiares que me enseñaron mucho sobre la vida en prisión. El más gigantesco era un francés que parecía extraído de la aldea de Asterix. Enorme, primitivo y atrabiliario, leía solo “El Pato Donald” y cada vez que terminaba una historieta lanzaba al aire el cuaderno. Le pegunté que hacía por allí: “Je suis braqueur” me dijo con indisimulado orgullo. En Francia en aquella época el “bracage” (atraco) era propio solamente de la élite de la delincuencia. En Italia existe “la mafia”, en España “la basca” y en Francia “le milieu”, los atracadores eran la élite de "le milieu". De tanto en tanto, el atracador me preguntaba si a “los políticos” nos sonreía la vida y nos defendíamos bien, que era como preguntar si robábamos lo suficiente. Evité darle una lección de ética militante, ociosa en aquellos momentos. A pesar de ser “braqueur” el delito que le había llevado a la cárcel era menos honroso y costaba  que lo reconociera: en pleno invierno alquiló un camión de 20 toneladas y con otro par de cofrades forzó la puerta de un hotel cerrado por fuera de temporada y empezó a cargar todo el mobiliario. Para colmo de desgracias, los cogieron cuando el camión estaba que se salía. Eso era lo que más le desesperaba: “Estos cabrones, si al menos nos hubiera trincado al principio de la faena”. Ese concepto de “faena” me llamó extraordinariamente la atención y otro inquilino de la celda terminó de aclarármelo.

Era portugués y se alegró de que me hubieran ingresado allí. Su novia era gallega. El tipo apenas levantaba metro y medio del suelo y era evidente que tenía complejo de bajito. Camino de la calvicie, sus pocos pelos estaban ordenados en forma de un tupé que hubiera hecho envidiar a muchas damas que adoptaron en la postguerra española el peinado “arriba España”. Entre el tupé, los tacones de los zapatos y las alzas introducidas dentro del calzado, ganaba entre 12 y 15 centímetros. Con todo, seguía viéndosele bajito. Hicimos buenas migas en aquellos meses. Gracias a él me di cuenta de lo absorbente que había sido mi vida como militante político. De música, por ejemplo, yo no entendía nada. Mi mujer me había intentado aleccionar, pero a fuerza de ser sinceros, no le hice mucho caso y ahora me encontraba con una especie de roquero portugués que suponía para mí una innovación: en efecto, hasta ese momento de mi vida (los 29 años), por extraño que parezca, no había conocido a nadie que fuera fan de Julio Iglesias. El portugués en cuestión lo era y hasta las trancas. “Esh que Giulio Iglesias disse verdá. No esh como otrosh, Giulio solo canta verdá”, solía decirme con ese peculiar arrastre de las eses y esa imposibilidad para vocalizar rotundamente las jotas que tiene la lengua de Camoens y Pessoa. Quedé muy preocupado porque, aun a fuerza de oir y oir los casetes de Julios Iglesias, ni ayer, ni más tarde, ni siquiera hoy, he podido entender jamás qué diablos me quería decir con todo aquella muletilla sobre la verdad en la canción de Iglesias.

Al principio no sabía que le había llevado a la cárcel, pero con el paso del tiempo fui entendiendo que  se trataba de un pequeño delincuente habitual , lo que en tiempos se conoció como un ratero, que alternaba el descuido con los robos por el viejo procedimiento del encalomo habitual todavía en las deprimidas sociedades peninsulares de los años 80, pero para el que la sociedad francesa estaba completamente inerme. El portugués solía hablar de su novia, la gallega y me enseñaba su foto (es curiosa esa deferencia de los presos en enseñarte las fotos de sus mujeres, en muchos casos en actitudes sicalípticas y con menos ropa que ética tiene un político; las fotos de la gallega, eso sí, eran completamente castas y banales). Solía decirme: “Eshtuve con mi chica y luego me fui a trabajar…” y al cabo de un rato narraba sin venir a cuenta insistía en otro episodio: “Volví de trabajar y me encontré con mi chica”. Al cabo de unos días de estas historias me tenía intrigado sobre la naturaleza de su trabajo. Por algún motivo lo consideré durante unos días, y a tenor de lo que me explicaba, que debía ser mecánico de ascensores o algo parecid. El hueco del ascensor y la escalera para llegar al ascensor, aparecían frecuentemente en sus historias intrascendentes que rellenaban mi tiempo en prisión. Un día, la historia en cuestión sobre su trabajo no encajaba con su presunta profesión de mecánico  ascensorista así que no pude evitar preguntarle: “Oye, y a todo esto, ¿a qué te dedicas?”. Me miró como si me hubiera bebido el entendimiento, abrió los dos ojos, sonrió piadosamente y me dijo: “Yo shoy ladrón”. Para él, robar era una profesión tan respetable como ingeniero de caminos o anestesista titulado. Este nuevo concepto de  "trabajo" chocó con todos los convencionalismos de mi educación pequeño-burguesa. Era un ladrón lúcido: “tengo que pensar en cambiar de trabajo porque dentro de poco, a medida que me haga mayor , cada vez correré menos y me pillarán antes”. El razonamiento era palmario y no admitía réplica alguna.

Luego estaba un chaval tunecino de apenas 19 años. Por los pelos no lo habían enviado a una cárcel de menores. Era un pequeño traficante de cocaína de la banlieu parisina. Lo detuvieron por los signos externos: a poco de vender sus primeros 50 gramos de cocaína se había comprado un BMW. No tenía carné de conducir, así que entre la edad –aparentaba todavía menos años que los que decía tener-, lo aparatoso del vehículo y lo marginal de los barrios que frecuentaba, la gendarmería le dio el alto y dentro  del vehículo apareció lo que en España es “el consumao” y en Francia “la came”. Y “la came” le llevó al módulo 8, celda 21 del primer piso. Era un chaval infantil que estaba dando sus primeros pasos como delincuente. Llevaba toda la pinta de que en el futuro insistiría en la ruta emprendida: había comprobado que vendiendo 10 gramos al día de cocaína podía llevar una vida de potentado. No estaba dispuesto a reciclarse en un trabajo gris de a 1000 francos al mes por 40 horas a la semana. Aquel chaval, inmigrante e hijo de inmigrantes, supuso para mí el primer contacto real con el fenómeno de la inmigración en Francia. Me contaba algunas historias que indicaban que la sociedad francesa estaba aquejada de una patología insuperable cuyo fiebrón se intensifica en períodos de gobierno de la izquierda. Vean sino.

En aquel verano de 1981 me explicaba que si un delincuente magrebí se veía detenido por la policía o por algún viandante tras haber cometido un delito, le bastaba con gritar: “¡Socorro, A mí! ¡son racistas!”. Inmediatamente, como la foca que responde al chasquido de los dedos del cuidador y salta por el aro antes de recibir un arenque, los franceses de a pie se hacían inmediatamente cargo de la situación e imprecaban a policías o a otros ciudadanos que retenían a aquel pobre argelino. Si sus manos estaban manchadas de sangre sin duda sería a causa del forcejeo con los racistas y si se le había roto alguna costura  no era de buen tono dudar que los infames xonófobos pensaban lincharlo allí mismo. En una sociedad en la que el francés de cuna había dejado de tener razón, la única verdad aceptable era la gritada por el inmigrante. Veinticinco años después, ese hábito de zafarse de la policía se estaba utilizando en las calles de nuestras ciudades. No hay nada nuevo bajo el sol.

Yo era extranjero, así que hablaba francés con otro acento. Me fue fácil aproximarme a la mafia argelina, a la eslava, a la polaca, a la camboyana, a la vietnamita y solamente la mafia judía me vio como enemigo, pues no en vano, la prensa había hablado mucho de mí antes de mi ingreso en La Santé, así que, en principio contaba con la solidaridad de todos los presos islámicos y la hostilidad de los judíos (aunque también de la de un choro español que me dijo de manera amenazante que era de ETA.  La temeraria airmación cayó en el descrédito cuando le dije eskarrikasko y me preguntó con acento mañico que qué coño le había querido decir). No todos los magrebíes estaban en el módulo de los argelinos. Había marroquíes, tunecinos y argelinos que habían declarado cualquier otra nacionalidad y que, asociaban mi nombre y mi rostro a la del terrorista que había colocado la bomba en la sinagoga de París. Así que yo era uno de los suyos. El antisemitismo está vivo y activo en los países árabes como el la  sede del NSADAP en la Wilhelmstrasse de 1939. Cuando les explicaba que yo no había tenido nada que ver con el atentado, sonreían unos a otros y me miraban con aire de complicidad como diciendo: “Vale, te entendemos, mejor no confesar lo que has hecho, eres cojonudo tío…”. Al cabo de unos días entendí que era mejor aprovechar la situación antes que explicarles lo imposible: que había resultado completamente exculpado del atentado de rue Copernic. Convertí aquella estancia en prisión en un estudio de sociología sobre la inmigración. Fue en aquel verano de 1981 cuando me sensibilicé sobre esta cuestión y entendí dos cosas: los magrebíes que llegaban a Europa no tenían absolutamente ninguna intención de integrarse en la sociedad de acogida, sino solamente de aprovecharse de ella y los magrebíes eran algo radicalmente diferente a los europeos y completamente incompatibles con ellos. Sus valores eran tan diferentes como sus idiomas. Ese chaval tunecino que compartía celda conmigo me enseñó que los escaparates de consumo occidentales eran el mejor reclamo para dejar atrás la sociedad medieval de sus países de origen y acceder al lujo, a la abundancia y a las mujeres. Por algún motivo que jamás he logrado entender, los magrebíes están convencidos de que la mujer europea experimenta una sensación arrebatadora ante ellos y la que no muestra esa sensación es simplemente “racista y xenófoba”. Entre los magrebíes, todo aquello que les disgusta, todo lo que supone una limitación a hacer lo que les dé la real gana, supone una nuestra de “racismo”. El tunecino me explicaba cómo ligaba: simplemente invitaba a la chica a una cerveza, le vertía el contenido del botellín en un vaso procurando que la cerveza le tocara la uña del dedo gordo de la mano derecha, “entonces puedes hacer todo lo que quieras con la chica”. No me atreví preguntarle que incluía ese “todo lo que quieras”, francamente. Si el sistema de ligue fallaba, la chica era racista. Por el mismo precio, Peter Bowles contaba que una amiga, lesbiana ella, mantenía el control sobre la voluntad de la propia esposa del escritor colocando un ficus cerca de ella entre cuyas raíces había enterrado un paño de seda negra con unos fragmentos de antimonio y sangre menstrual de la mujer amada. Era magia medieval magrebí en pleno siglo XX. El tunecino me contó varias de estas fórmulas ninguna de las cuales, por su puesto, podían ponerse en práctica sin sentirse un auténtico gilipollas. Pero el Magreb es así: la edad media y las mil y una noches en la otra orilla del Mediterráneo. Allí no dan problemas y tienen el encanto que Bowles supo apreciar. En cuanto vienen con esas conceptos “multiculturales” a esta otra orilla, créanme, solamente un “progre” sin mucha neurona carburando puede considerar a estas chorradas supersticiosas como un “enriquecimiento cultural”.

Aquel chaval magrebí, exponente ingenuo y no particularmente malintencionado de su pueblo, me enseñó cómo veían los inmigrantes a la sociedad francesa: “los franceses son débiles y cobardes”. Así es como nos ven a los europeos y probablemente tienen razón. Su error es confundir a unos “progres” de pastel con toda una sociedad: esto es Europa. La tierra de Leónidas, y del Cid, de las legiones romanas y de los tercios de Flandes, la tierra que vio florecer a la orden del Temple y a los freikorps, todavía no ha dicho su última palabra. Lo malo que tienen los gigantes dormidos es que su despertar suele ser de mala hostia.

La vida en La Santé era, por lo demás, aburrida e insulsa. Sin más alicientes que la ventana de un edificio situada frente a las rejas de la celda en donde, al decir de los más veteranos, de tanto en tanto salía en pelotas una mujer de opulentas carnes sólo por el placer de exhibirse ante los galeotes. En los dos meses y pico que permanecí allí nunca acertó a salir con el uniforme de Afrodita. Por lodemás, aunque lo hubiera hecho, mis gafas seguían rotas en mil pedazos, así que no hubiera visto gran cosa. De todas formas, he comprobado que esta misma leyenda urbana se cuenta en todas las cárceles, incluso presos procedentes de cárceles iberoamericanas me han contado análogas historias. Joan Amadés, el gran reconstructor de las tradiciones y costumbres catalanas, contaba ya lo mismo sobre la antigua cárcel barcelonesa de la calle Reina Amalia, donde una mujer de pechos caídos hasta casi rozar la alfombra realizaba cada tarde un streep-tease pedestre y sin música ante las celdas, por puro exhibicionismo. Lo dicho, no hay nada nuevo bajo el sol.

A diferencia del régimen penitenciario español que se resuelve manteniendo al preso la mayor parte del día aireado en el patio de la prisión, no menos de 10 horas, en el régimen francés en vigor en 1980 los presos salían fuera de la celdasolamente dos horas por la mañana y una por la tarde. Era frecuente que los presos que habían permanecido más tiempo en prisión estuvieran aquejados de todo tipo de problemas cutáneos. La falta de sol tiene estas cosas. A diferencia de los patios de las prisiones españolas, los de La Santé eran extremadamente pequeños y sin espacio suficiente para practicar deporte alguno. La única forma de hacer algo de ejercicio era dar vueltas al patio formando un círculo perfecto. Y vaya que si se daban. Había visto la genial película de Billy Wilder, Irma la Dulce, desarrollada en París, en la que Jack Lemon termina en prisión competamente atontado dando vueltas junto a otro centenar de presos una y otra vez, una y otra vez, siempre así, eternamente así. Había visto esa misma actitud en otras películas del cine francés de los 50 y 60, ambientados en “le milieu” y en los ambientes carcelarios y siempre me parecía ridícula e increíble esa actitud de cien tipos dando vueltas en círculo y en infernal cadencia casi en formación en un minúsculo patio. No era ficción cinematográfica. Era real como la vida misma. Si te introducías en la vorágine de aquella riada humana circular no había forma de detenerse: hacerlo hubiera supuesto ser pisoteado por todos los demás y, lo peor, romper la formación informal. Los más mayores o aquellos en los que el amor por el footing carcelario estaba completamente ausente se situaban más próximos al centro del círculo y su circuito vital no tendría más de cinco metros, sin embargo los que, por inexperiencia, azar o vocación se situaban en la parte mas exterior del círculo estaban próximos a la velocidad de fuga de un satélite orbitando en torno a un planeta, y sometidos a las mismas leyes de la mecánica newtoniana. Algo enloquecedor, vaya.

Al cabo de unas semanas, el “braqueur” pidió traslado. Habían traído a otro de su banda y quería estar en su celda. Se llevó todos los cuadernos del Pato Donald. Fue sustituido por un delincuente sexual armenio completamente insoportable, sucio y desagradable. En aquella celda de cuatro literas, el retrete estaba en un ángulo sin que mampara alguna diera algo de intimidad. Se cagaba, digamoslo así, ante la afición. Los ruidos, esfuerzos y olores los compartían inevitablemente todos los inquilinos de la celda, así que había que estar bien conjuntado o aquello se convertía en un sinvivir. El único remedio era quemar piel de naranja previamente reseca. Ésta arde lentamente y supone un eficaz remedo de ambientador en un medio sin ambientadores dignos de tal nombre. La otra alternativa era el llamado “papel armenio” que ardía impregnando el ambiente con una fragancia extremadamente volátil. Algo así como incienso de baratillo. No lo utilizábamos mucho, dentro de la cárcel se cotizaba a precio de oro. Entre las pocas palabras que cambié con el armenio me di cuenta de que estaba orgulloso de ser connacional de Charles Aznavour –se lió en una discusión violenta con el portugués sosteniendo los derechos de su ídolo sobre aquel otro que “cantaba verdad” que, a la vista de lo tenso me indujo a inhibirme- y del “papal armenio”. Ni se había enterado del genocidio de su pueblo a manos de los turcos en la primera postguerra.

El armenio era otro que estaba convencido de ser irresistible para las mujeres y para todo lo que se moviera mientras tuviera algún agujero no importaba si delante o detrás; contaba grandes aventuras de cama y ligues brillantemente coronados incluso en Miami. La respuesta que me dio cuando le pregunté qué camino había seguido para ir a Miami, primero Bombay y luego Johannesburgo, y me lo dijo con toda la seriedad del mundo y aire de estar reviviendo la experiencia, para concluir que Miami estaba a dos pasos de Hawai me confirmó sobre lo intratable del sujeto el mismo día que lo conocí. Por aquello de que también en el perfecto sistema carcelario francés hay errores, esa primera tarde de estancia del armenio, el sanitario trajo la medicación que correspondía al “braqueur” ya fuera de nuestro pequeño círculo. Era un Valium 50 o algo así, inusual para quienes nos dormíamos con facilidad. Le convencí al armenio de que le iría bien para conciliar el sueño y sin darme ocasión a insistir se lo bebió de un trago. Acto seguido cayó redondo sin mediar ni el paso de un ángelote. Tuve que llamar a los guardias: “Seguramente se ha drogado” les dije. Lo llevaron al “mitard”, equivalente a las celtibéricas y carpetovetónicas celdas de castigo. Nunca he albergado el menor sentimiento de culpa por liberar a nuestra pequeña comunidad de presos de aquel subproducto inmundo. No estaba dispuesto a compartir las cuatro semanas que me quedaban de estancia en La Santé con un tipo repugnante. Ganamos con el cambio. Nos colocaron a un croata de 28 años, delincuente a la antigua de esos con un alto sentido del honor, de la seriedad y del saber estar en prisión. Era también “braqueur”, ejerciendo intrusismo profesional en la élite de los delincuentes galos, lo que le hurtaba las simpatías de estos. Hábil jugador de cartas su lectura favorita era Le livre du tricheur, el libro de los tramposos, en el que se contaba cómo hacer trampa en el póker. Lo cierto es que nos ganaba siempre a las cartas y seguramente su lectura tenía algo que ver. Lo único que nos jugábamos eran huesos de oliva así que poco importaba quien ganaba o perdía, tan sólo se trataba de dejar pasar el tiempo.

Aproveché aquellos meses para leerme la obra de Mircea Eliade sobre El yoga, La Tradicion Hermética de Julius Evola y El Reino de la Cantidad y los signos de los tiempos de René Guénon. El tiempo era interminable. Allí perdí unos cuantos quilos y aparecieron las primeras canas. Nada grave, en definitiva. Una piedra en el riñón como fruto de las tensiones pasadas y que fue la primera de esa cantera que periódicamente mesurve para excretar más y más hoxalato cálcico cristalizado, fue el gran percance de esos meses. Entendí también que una aproximación a las doctrinas tradicionales tal como eran descritas por Evola, Eliade y Guénon, era imposible de realizar por una vía meramente intelectual. El concepto de “metafísica” que describían no era una “teoría” sino una “práctica”. Así que empecé a practicar yoga en la prisión. Eliade daba las indicaciones suficientes para introducirse en esa práctica oriental y las seguí al pie de la letra. Empecé a inhibirme del círculo infernal de los caminantes del patio de la prisión y aproveché el quedarme solo en la celda para practicar yoga. El control de la respiración está en la base del éxito o del fracaso de la experiencia. Dependiendo del tipo de práctica se asumen un ritmo u otro de respiración: 1 tiempo de inspiración, 3 de contención y 2 de expulsión del aire, tal era el ciclo que practicaba y que, ciertamente, concedía una indudable estabilidad interior. Estaba completando uno de estos ciclos, a punto de llegar a la segunda fase de expulsión cuando entró un funcionario a la celda para entregar el correo. Esperaba un par de cartas así que me levanté automáticamente. Entre que mis pulmones estaban completamente vacíos de aire y que el cambio de postura afectó a mi presión arterial, caí redondo. Golpeé con la cabeza el malhadado trono de exhibición, el retrete, que quedó desprendido de la cañería de salida (desde ese día buena parte de orines y agua sucia se filtraba por la grieta abierta inundando la celda con su pestilencia). Pero lo que más que sorprendió de aquel desvanecimineto momentáneo fue comprobar que el cabezazo contra la taza del wáter me hacía, literalmente, ver las estrellas, no como metáfora literaria o perífrasis simbólica, sino como pura y puta realidad. El golpe sonó como un crash dentro de mi cabeza y durante un momento sentí que la vía láctea se había materializado entre neurona y neurona. De aquel golpe no quedó, sorprendentemente, ni un chichón. Tres días después salía de La Santé por la puerta grande.
 
Mi mujer no había podido irme a esperar a la puerta de la prisión. Estaba embarazada de mi segundo hijo y a punto de dar a luz. Así que vino a buscarme una amiga, Amparo, ex militante del Frente de la Juventud. En tanto que farmacéutica me trajo algunos reconstituyentes y unas cuantas cajas de Biomanant. Cambiar  La Santé por un hotel de cinco estrellas  y a la compañía por la buena de Amparo fue una experiencia bastante agradable. Poco después, unos camaradas me presentaron a una periodista de Liberation y ese mismo día visité la Embajada Española: quería estar con mi mujer en el momento de dar a luz, pero no tenía pasaporte, ni a mi nombre ni a cualquier otro, así que lo primero era procurarse nuevos documentos.

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Ultramemorias (VI de X) Tipologías insólitas. Tipos Carcelarios (2ª parte)

En febrero de 1981 volví a Francia. No juzgué oportuno residir en París así que me acomodé en el Château de Reveillón, a 70 kilómetros de París. Era un viejo caserón edificado en el siglo XVII sobre las ruinas de un castillo templario; de hecho los sótanos y los subterráneo eran abovedados y el palomar era una antigua torre templaria de bóveda circular sostenida por un pilar central muy común en las construcciones del Temple. El caserón era propiedad de la marquesa Marie Therese Bouniol de Gineste, de origen occitano y cuyo padre, en tanto que director del diario colaboracionista de Perpignan durante la ocupación alemana, había sido depurado por De Gaulle, del que era compañero de promoción y con el que, al parecer, tenía cuentas pendientes que se ajustaron a favor del segundo en la “depuración”. Desterrado de su Occitania natal, la marquesa era capaz de hablar una conversación en catalán que hubiera hecho amarillear de envidia al mismísimo Montilla. Me la había presentado Sixto Enrique de Borbón, en casa del cual pasé un par de meses. a escasos metros de la tumba de Napoleón en Les Invalides. Era monárquica por encima de todo y el amor platónico de su vida no era otro que Maxime Real del Sartre, el que fuera jefe del servicio de orden de Action Française en la pre-guerra, los Camelots du Roi,si bien recordaba con una tierna admiración a otro entrañable amigo de su familia, Antoine de Saint-Exupery. Para los coleccionistas de anécdotas, dediqué a Real del Sartre un largo artículo en Infokrisis en el que entre otras cosas recordaba que estuvo en España durante la guerra civil, fue uno de los que impulsaron el reclutamiento de la Brigada Juana de Arco formada por voluntarios franceses alistados en la Legión Española, conoció a Franco y le regaló una medalla de Juana de Arco cuyo culto constituyó para él una verdadera obsesión. Pero, sin duda, lo que se suele ignorar a esta parte de los Pirineos (y también en la otra vertiente a pesar de que Real del Sartre fue el escultor más famoso de las entreguerras y por todo el hexágono francés hay más una cincuentena de monumentos de homenaje a los caídos en la I Guerra Mundial cincelados por él) es que el proyecto de Valle de los Caídos de Juan de Ávalos debió competir con el de Maxime Real del Sartre y si venció el primero fue porque Franco juzgó que, a pesar de tratarse de un católico a machamartillo, el escultor francés tenía la mancha de ser precisamente eso, francés.

Cuando “mademoiselle la marquise” me enseñó los recuerdos de Real del Sartre (unas cuantas esculturas, algunos esbozos que lo sitúan como el Arno Breker francés, así como diversos libros y cartas) la impresión que me dio es que el proyecto de Ávalos era mucho más grandioso y, si se me apura, “brekiano” que el de Real del Sartre formado por una gigantesca cruz tumbada sobre la muralla y que solamente hubiera sido visible desde el cielo.

Desterrados de Occitania, la familia de “mademoiselle la Marquise” compró el château y 200 hectáreas de tierra fértil en pleno Marne. Uno de los lugares más hermosos que he conocido. Allí conviví con la marquesa, el matrimonio italiano que había tenido albergado en mi domicilio de Barcelona, algunos falangistas libaneses de paso ,estudiantes en París, y nueve perros de raza Leomberg (una raza belga con el tamaño de un mastín español con el pelo más denso en la parte del pecho)  que la marquesa criaba con singular primor y de cuyo club era presidenta. El castillo había alcanzado carta de personalidad en la literatura francesa. Allí, setenta años antes, el destartalado caserón le había servido a Marcel Proust para situar su novela Jean Lantier. Allí estaban los rosales búlgaros entre los cuales Proust había tenido un pasmo de esa “conciencia oceánica” de Arthur Koestler describió tan bien en su El Cero y el Infinito. Allí estaban las extrañas flores plantadas por Sarah Bernard (y que un falangista libanés de paso se cargó de manera inmisericorde a machetazos simplemente porque no supo apreciar su más que cuestionable belleza). Allí estaba la cama sobre la que Marcel Proust había escrito algunas de sus mejores páginas (y cuyos muelles nos saltaron durante una follada relativamente salvaje). Allí estaban las vistas al valle del Marne, los sótanos misteriosos que conducían a otro château situado a unos kilómetros (y que los alemanes durante la ocupación habían sellado para evitar ataques a aquel lugar que habían transformado en residencia de oficiales). Allí estaban los campesinos francesas que todavía mantenían una relación casi feudal con la propietaria del castillo, fuera quien fuera y con tal de que tuviera sangre noble (antes de enviar a algún familiar al hospital o a algún animal al veterinario, los campesinos llamaban antes a la marquesa para pedir consejo y, frecuentemente, era ella misma quien realizaba una primera cura o resolvía el problema; a los animales les daba simplemente una dosis del Vin du Pays de l’Herault, que viene a ser algo así como nuestro ínclito Don Simón de tetrabrick: si la bestia lo resistía se curaba y si no aceleraba su muerte; lo que no destruye, fortalece puesto en práctica en el arranque del último quinto del siglo XX). Allí estaba el frío en invierno (con una nieve persistente y un frío glaciar que llegaba hasta fijar escarcha en las cejas; montando caí del caballo y perdí las gafas entre la nieve; solamente las recuperé con el deshielo , la explosión de la primavera (que nunca antes había visto tan de cerca en una yema de un almendro que día tras día pude ver como se hinchaba hasta el estallido), y el calor sofocante de los primeros días del verano (cuando los gusanos pululaban sobre la crema de leche surgidos de un día para otro dios sabe de dónde).

Aquella era una pequela comunidad autosuficiente. Teníamos unpequeño rebaño de 50 ovejas, media docena de cabras, dos vacas, cinco caballos y unas pocas gallinas. Lo suficiente para sobrevivir. Carne no faltaba pero para acceder a ella había que matar a los corderos. Aprendí a hacerlo. Después de media docena de degüellos descubrí que el animal sufría más que si me limitaba a acariciarlo y le pegaba un tiro en la nuca. Poco después las 50 ovejas se transformaban en 100 con los nuevos nacimientos. De las dos vacas salía leche suficiente para alimentar a humanos y perros y aún sobraba. En cuanto a la crema de la lecha nos servía para hacer mantiquilla. De hecho, cocínábamos con mantequilla. Reconstruimos algunas partes de la granja que estaban deterioradas, habilitamos los sótanos del castillo para criar champiñones. La mierda de los caballos mezclaca con paja y orines era el mejor "fumier" y nos dio muchos más kilos de chapiñones de los que hubieramos podido consumir jamás. Incluso estuvimos pensando en hacer una gasógeno de metano para aprovechar los restos y aprovechar el viento del Este para un generador eléctrico. Robinsón en el Marne.

Solía ir una vez a la semana a París, pero era la primera vez en mi vida que vivía durante un tiempo en el campo, dejando aparte las excursiones más o menos largas, pero nómadas e itinerantes, que había realizado hasta no hacía mucho. Los meses anteriores habían sido muy intensos y contrastaban con aquel remanso de paz. En ninguno de los países de tres continentes que visité en aquella época tuve la menor intención de hundir raíces, pero en Reveillon era algo diferente, acaso por el contraste con todo lo vivido en los meses anteriores y, por tanto, sorprendente.

Mi esposa aprovechó para venir allí con mi hijo de apenas 15 meses… Fue demoledor para mí  que en la Gare d’Austerlitz mi hijo pasara a mi lado sin reconocerme a la vista de los ocho meses que no lo había visto. En ese momento me di cuenta de que había sido un inconsciente y entendí el porqué para algunas aventuras hay que ser soltero y sin compromiso. Los dos meses que pasé con ellos en Reveillon hicieron que se disipara algo aquella sensación y que no pensáramos mucho en el futuro. Allí nos cogió el golpe del 23-F. Estaba esperando ir a Argentina y tan solo necesitaba documentos nuevos, no contaminados y capaces de inspirar confianza en los aduaneros franceses y argentinos (la documentación suiza, por ejemplo, era buena para eso), pero esa documentación se retrasó demasiado y todo se precipitó.

Antes de todo eso, en la mañana del 14 de noviembre de 1980 estando en el metro de París ocurrió algo relativamente gracioso. Sentado delante de mí, un tipo leía con fruición L’Humanité, el diario del Partido Comunista de Francia, seguramente el diario con menos credibilidad de todo el país, un vulgar panfleto partidista cuyo único mérito era glosar, loar y alabar la política exterior de la URSS. Intentaba leer las noticias sin poder evitar cierta sensación de conmiseración por aquel pobre obrero con el cerebro sorbido por el agit-prop del más estalinista de los partidos comunistas occidentales. En un momento dado pasó de página y bruscamente me vi a mi mismo en las páginas de aquel panfleto que mostraba una foto mía tomada en 1974 durante mi detención por el asunto del Cine Balmes. La noticia se titulaba: “Atentado de rue Copernic: la pista española”.

Un par de meses antes me encontraba en París, en la terraza de uno de los más conocidos bistrós de Saint Michel tomando una cerveza con Yves Bataille. El camarero era un polaco delegado del sindicato Solidarnosc en París. Desde el bistró situado frente al Sena podía verse una actividad policial inusual en la otra orilla donde se encuentra la Prefectura de Policía. Sirenas, furgones policiales que iban y venían, evidenciaban que “algo” había ocurrido. En principio lo atribuimos a que en la mañana había tenido lugar allí el juicio contra Mark Fredriksen, dirigente de un pequeño grupo de extrema-derecha. Por la noche, al llegar a casa me enteré del verdadero motivo de todo aquel revuelo: alguien había colocado una bomba en la sinagoga de la rue Copernic. Era el tercer extraño atentado de aquella época: primer, el 2 de agosto el atentado de la estación de Bolonia cargado a espaldas de la extrema-derecha, luego el atentado de Munich durante la fiesta de la cerveza, no reivindicado y cargado igualmente a espaldas de la extrema-derecha alemana y, finalmente la explosión de la rue Copernic del que, inmediatamente, los medios y la comunidad judía, señaló a la extrema-derecha. No hay dos, sin tres. En aquel momento tuve la sensación de que aquel atentado me iba a quemar. Poco antes, un semanario italiano había sacado mi nombre como relacionado a la masacre de Bolonia. Semana sí y semana también la prensa europea solía publicar artículos sobre las “tramas negras” y una supuesta “internacional negra” que, como un pulpo, movía los hilos aquí y allí. Cuando aquel lector de L’Humanité tuvo a bien volver el diario y servirme espejo (incluso llevaba unas gafas de pasta parecidas a las de la foto policial) supe que aquel infame atentado me había salpicado.

¿Es necesario decir que no tuve nada que ver con aquel episodio? Seguramente. Desde el primer momento, la policía francesa orientó la investigación hacia los medios palestinos. Pocos meses después identificó a un palestino del grupo de Abu Massu identificado como autor material del atentado y que no sería detenido hasta 28 años después… Sin embargo es lícito preguntar cómo diablos había salido a relucir mi nombre en toda esta trama. Fue relativamente fácil reconstruir una parte de la peripecia y tardaría todavía unos años en atar los últimos cabos del episodio.

Antes he recordado que el Frente de la Juventud, a partir del primer congreso de la organización celebrado en Madrid en el local del Centro Cubano formó una troika compuesta por tres personas: Juan Ignacio González como Secretario General, José de las Heras como Presidente y yo como Secretario Político. Esto ocurría en febrero de 1980. Cuando tuve que irme de España en junio de ese año la policía española ni siquiera se tomó la molestia de remitir mi nombre a Interpol: en efecto, los “delitos” por los que me buscaban en España se reducían a una triste manifestación ilegal, algo que no era ninguna policía del mundo le atribuiría la más mínima importancia. En Francia, esa acusación no era motivo de extradición. Así que permanecí en aquel país utilizando mi pasaporte auténtico y sin tomar excesivas medidas de clandestinidad, si bien procuraba evitar los ambientes de la extrema-derecha francesa que, por lo demás, conocía bastante bien.
 
Aparte del grupo de apoyo que habíamos formado los exiliados que nos encontrábamos en la capital francesa, por mi cuenta organicé mi propia red para casos de emergencia. Formaban parte de ella, gentes que no tenían absolutamente ninguna militancia ni pasado en la extrema-derecha, ni eran conocidos políticamente por ninguna actividad. Cuando el 14 de noviembre de 1980 L’Humanite me acusó de haber tenido algo que ver con el atentado, a partir de entonces sí que me sumergí en la clandestinidad y en una tarde logré desaparecer del territorio francés. Me he preguntado muchas veces si aquella fue la actitud correcta y si no hubiera sido más razonable haberme presentado en la Prefectura de Policía y declarado mi total extrañeidad al atentado de la rue Copernic. Pero en aquel momento no sabía qué acusaciones pesaban contra mí y era posible que se sostuvieran sobre documentos y testigos falsos. Así que, hasta que la cosa se aclarara, consideré que lo más razonable era poner tierra de por medio, intentar investigar qué había ocurrido y desde qué centro se me estaba criminalizando. Había pues que preguntar, indagar y reflexionar sobre el puzle. Para eso hacía falta tiempo y movilidad y en la cárcel no se disponía de lo segundo aunque sobre de lo otro. Luego había otra cuestión: estaba a la espera de trasladarme a Latinoamérica. Y las órdenes eran no dejarme coger. Así que desaparecí de Francia durante dos meses y medio.

En ese tiempo pude saber que la información había llegado a L’Humanité como ultima ratio. Antes se había intentado colar por Radio Montecarlo, y en el diario Le Soir que rechazó la información por manifiestamente falsa e intoxicadora. Era evidente que, de todos los diarios franceses, L’Humanité, órgano del PCF, era la menos creíble de todas las publicaciones editadas en aquel país. Si lo habían publicado era por dos motivos: como ejercicio de antifascismo que para el PCF era una forma de realizar apostolado seglar y para exculpar a la constelación de grupos palestinos en buena medida teledirigidos por los servicios soviéticos los que no estaban teledirigidos por los servicios norteamericanos o directamente por el Mosad. La información era increíble pero, aún así, fue reproducida en España y dio que hablar: era la “pista española”.

La lectura de lo publicado indicaba que para elaborar el artículo se había contado con un fascículo de declaraciones sobre mí realizada por Ramón Graells Bofill ante la policía de Barcelona. El por qué Graells fue voluntariamente a declarar ante la Jefatura de Policía no es ningún misterio y hasta tiene su interés. Demuestra como, en ocasiones, los errores y las casualidades tienen su importancia. El día en que salté por la ventaba de casa e inicié mi período de exilio, antes hice unos cuantos desplazamientos para intentar avisar a otros camaradas de que se estaba produciendo una redada. Fui al Paseo del Tibidabo a la puerta del SIL a avisar a Enrique Moreno de lo que estaba ocurriendo… sin saber que el interesado había sido también detenido. Me encontraba en la avenida Pearson cuando una vespino petardeante se detuvo ante mí. Era Albert Viladot, un periodista con el que había hecho buenas migas desde el período del FNJ. Le conté, con unas pinceladas lo que había pasado: manifestación ante la sede de UCD, detenciones, redada, y yo que me había fugado. Lo entendió todo y al día siguiente lo publicó con un error: “La policía busca a un conocido abogado vinculado a  la ultraderecha barcelonesa”… Era evidente que Viladot se había confundido: yo no era abogado, pero Graells, el que fuera presidente del FNJ sí lo era, así que se dio por aludido y se presentó voluntariamente para declarar a la policía: y vaya si declaró. Fruto de sus declaraciones fue la detención de Alfredo Alemany y la orden de busca y captura contra Rafael Tormo. Graells contó en su declaración todo lo que sabía sobre mí, lo que se imaginaba y lo que, aun siendo falso, le gustaba creer como auténtico. El resultado fue que, solamente con esas declaraciones, había más que suficiente para montar la operación de intoxicación.

Ese fascículo de declaraciones, había llegado por no tan insondables caminos a manos del delegado de la Unión Sindical de Policías, comisario en la calle Enrique Granados de Barcelona, el cual lo había entregado al delegado de un sindicato francés de policías… vinculado al PCF. Demasiado esfuerzo para un oscuro sindicalista. Detrás había algo más y no era difícil intuirlo.

El asunto de la “pista española” salió a la superficie el 14 de noviembre de 1980. Tres semanas después resultaba asesinado en un misterioso atentado (el único cometido durante la transición y el único que todavía hoy sigue impune) Juan Ignacio González, secretario general del Frente y quince días después de este crimen, 40 militantes del Frente de la Juventud fueron detenidos o tuvieron que exiliarse, entre ellos Pepe de las Heras, presidente de la formación. Así pues, en apenas mes y medio, la totalidad del Frente fue aplastado de un plumazo. La duda era ¿por qué entonces y no antes? ¿por qué la detención de los 40 militantes no se había operado uno o incluso dos años antes a tenor de que la policía conocía perfectamente las actividades ilegales del Frente que Juan Ignacio impulsaba y coordinaba? ¿por qué se me criminalizó primero a mí, luego se asesinó a Juan Ignacio y, finalmente se detuvo a Pepe de las Heras y a 40 militantes, por este orden?

Es difícil explicarlo, pero, para abreviar, digamos que el CESID en aquella época tenía la idea, simplificando, de que “el frente trabajaba para la policía”. Esto se basaba en la amistad personal que mantenía Juan Ignacio con Marín, un conocido policía de la época, procesado luego por la muerte del etarra Arregui durante su detención. Dada la tendencia a simplificar: si Juan Ignacio tenía buenas relaciones personales con Marín, era que todo el frente “trabajaba” para la policía. Esto es todavía más grotesco si tenemos en cuenta de que, dado que Pepe de las Heras había sido miembro de las Defensas Universitarias durante su período de estudiante, Fuerza Nueva difundía la idea de que el Frente de la Juventud “trabajaba para presidencia” (y, por “presidencia” entendía el viejo SEDEC que ya entonces ni siquiera existía). Todo este tira y afloja de acusaciones tenía, eso sí, algunas bases sólidas que, paradójicamente eran desconocidas por muchos que nos acusaban de estar manejados por unos o por los otros. Cabría añadir que Madrid era el ambiente en el que todas estas informaciones circulaban respondiendo al carácter de la extrema-derecha de la época: en un país de enteraos, la extrema-derecha madrileña era la más enterada del mundo, todos lo sabían todo de todos y todos difundían sus informaciones a quien quisiera escucharlas. Pero, como digo, sí es rigurosamente cierto que “había algo”.

“Alguien” había estado dando “cuerda” al Frente de la Juventud durante dos años. Era una formación lo suficientemente radical como para dar que hablar sobre sí misma. Las actividades del Frente servían para que la violencia de extrema-izquierda fuera contrabandeada por una violencia de extrema-derecha que obligaba por pura inercia a la opinión pública a refugiarse bajo el paraguas protector del Estado. Tal era el esquema de “los extremismos opuestos” que se había puesto en práctica en Italia durante los “años de plomo”.

No solamente es que el aparato del Estado “estimulara” la violencia de extrema-derecha, sino que la permitía, hacía la vista gorda o simplemente miraba a otro lugar. Solamente así puede explicarse que el Frente de la Juventud se financiera mediante atracos durante años, algo que toda la extrema-derecha madrileña sabía perfectamente y que era imposible que no hubiera llegado a oídos de la policía. Sin embargo, yo era el primero el preguntarme por qué la policía no hacía nada y cómo Juan Ignacio estaba muy tranquilo ante este tema. La impresión que tenía en la época era que Juan Ignacio se había trabajado algún tipo de “protección aérea” que blindaba al Frente ante la intervención policial. Y en ese supuesto, se explica el por qué la redada demoledora contra el Frente tuviera lugar solamente poco después de haber sido asesinado Juan Ignacio y no antes. Una interpretación posible indicaría que si Juan Ignacio era el obstáculo que taponaba la acción policial contra el Frente, muerto él, quedaba abierta la posibilidad de realidad la redada demoledora.

La investigación policial sobre el asesinato no llegó muy lejos. Dos horas después del crimen (cometido a altas horas de la madrugada cuando Juan Ignacio volvía a su casa tras una velada con un grupo de camaradas) Radio Nacional de España ya daba la noticia de que había sido asesinado “por un ajuste de cuentas entre grupos de extrema derecha”. Era falso. Pero, como siempre, la falsedad no podía improvisarla un oscuro redactor a las tantas de la madrugada, ni policía alguno podía haberla urdido en tan poco tiempo: la información –como años después la “versión islámica” de los atentados del 11-M propagada por la SER a poco del atentado- debía haber sido construida previamente por alguien que conocía que se iba a producir el asesinato. Cuando se produjo la redada contra los miembros del Frente, la policía incautó una treintena de revólveres Arminius, varias armas más, cortas y largas y unos cuantos miles de cartuchos… pero no el arma con el que fue asesinado Juan Ignacio, lo que excluía por completo el que fuera asesinado por sus camaradas. Las insinuaciones de algún individuo turbio y que trabajaba para las “alcantarillas” –“Cocoliso”, en concreto- que señalaban a un querido camarada como asesino a causa de una pendencia personal y momentánea con Juan Ignacio, abundaban en las sospechas de que aquella muerte se había fraguado desde esas mismas “alcantarillas”. Las investigaciones, por supuesto, no llegaron a ninguna conclusión. Se llegó a traer a policías de Canarias que se movían como un pulpo en un garaje en el ambiente madrileño. Finalmente, el caso fue archivo y ahí sigue como único crimen impune de la transición.

Veinticinco años después, Pedro Alonso y algunos otros antiguos militantes del Frente de la Juventud convocaron un acto de homenaje y recuerdo de Juan Ignacio. Participé en alguna reunión preparatoria, indicando que el acto debería servir como ocasión para que el Ministerio del Interior o la Audiencia Nacional reabrieran la investigación. Finalmente, todo quedó en un emotivo acto en el que los antiguos militantes del Frente se reunieron por primera vez en mucho tiempo. Al final no pude asistir, si bien era cierto que hubiera algunos de los compromisos de aquel fin de semana eran eludibles, pero nunca me han gustado excesivamente las reuniones de ex combatientes; supone mirar atrás demasiado y eso solamente se lo puede permitir quien sólo tiene pasado. En mi caso, todavía no sé lo que quiero ser de mayor, así que el pasado sólo me interesa si puede revisarse para resolver misterios de otro tiempo. Es imperdonable que el asesinato de Juan Ignacio haya quedado impune y que ni periodistas, ni policías, ni magistrados, ni siquiera sus ex camaradas, hayamos hecho nada por obtener una reapertura del sumario. Aquel 25º aniversario fue una ocasión perdida de presionar para que se reabriera el caso contar lo que algunos no habían contado –seguramente porque nadie les había preguntado- sobre aquella azarosa época. Pero fue algo más: la señal de que el tiempo había pasado y que muchos camaradas no estaban dispuestos a pechar con sus responsabilidades del pasado a fin de conservar sus nombres limpios de polvo y paja. No voy a ser yo quien se lo reproche, pero, francamente, creo que Juan Ignacio merecía que se conociera el nombre de su asesino y que hoy se llegaría sin dificultad a él, a poco que algún organismo de esos que dicen repartir justicia rascara un poco. El que más, el que menos, con el paso del tiempo, ha entendido lo que pasó. Y son los ex militantes del Frente de la Juventud de Madrid, quienes tienen la clave del misterio. A ellos la responsabilidad del silencio.

Tampoco es posible desvincular aquellos sucesos del gran episodio de la historia de España de aquella época: el 23-F. Pero este es el capítulo de las cárceles y no el de los golpeteros.

Tras la publicación de mi falsa vinculación en el atentado de la calle Copernic, salí de Francia. El asunto cayó en el descrédito más absoluto y ni uno sólo de los medios de comunicación solventes de Francia atribuyó la más mínima credibilidad a aquel libelo vehiculizado por L’Humanité y reelaborado en los laboratorios del CESID (sí, del CESID). Unos meses después, tras peripecias que me llevaron de un sitio para otro, me refugié en Reveillón. Florecieron los almendros y pasó el 23-F. Pasó la primavera con mi mujer que quedó nuevamente embarazada. A principios del verano debía haberme ido a Argentina, pero los pasaportes no terminaban de llegar. Para colmo de males, tres días después, el Corriere della Sera traía una muy mala noticia: en la frontera italo-suiza había sido ametrallado un coche que había intentado eludir un control policial. Uno de los pasajeros resultó muerto y los otros dos heridos de gravedad. Entre ellos estaba “Mimo” Magneta, miembros de los NAR que nos debía traer los pasaportes. Y como las desgracias nunca vienen solas, unos días después la prensa volvió a la carga en relación a mi increíble vinculación con el atentado de la rue Copernic. En esa nueva ofensiva las informaciones eran completamente diferentes a las que se habían publicado en noviembre. Procedían de diarios de obediencia socialista y se limitaban a decir que la prefectura de policía había eludido investigar la “pista española”. La cosa no iba contra mí, sino contra el Prefecto de Policía y aparecía justo en el momento en que se producía la transmisión de poderes de Giscard a Mitterand. Yo era el “chivo expiatorio”, en francés de ”bouc emisaire” que suena igual de mal e incluso ligeramente siniestro.

La lectura atenta de las informaciones publicadas evidenciaba que los redactores estaban convencidos de que había abandonado Francia e incluso se publicaba que residía en ese momento en un país iberoamericano. Daban por supuesto que tras las informaciones publicadas en noviembre había abandonado el territorio francés, por tanto, se sentían libres para lanzar alguna calumnia más y, sobre todo, informaciones tendenciosas y erróneas. Había que responder y hacerlo rápido. El problema era reconstruir la situación, entender qué es lo que sucedía y establecer los centros de imputación. Tardé solamente unos días en lograr los datos necesarios para reconstruir el mecanismo de la intoxicación informativa. Cuando la tuve, mi esposa llamó a Juan Lago, entonces redactor de Interviu para utilizar esta revista como vehículo para publicar el mecanismo de la publicación. Lago y la redactora de Interviu en París –Evelyn Mesquida, si mi memoria no me falla- acudieron a la cita frente al pórtico principal de Notre Dame. Allí, algunos amigos habían organizado un dispositivo de seguimiento para comprobar si la policía francesa o la española habían sido alertadas. La entrevista tuvo lugar en un hotel de Montparnasse y duró en torno a tres horas. Se publicó al cabo de 15 días en Interviu y, en general, respondía a la conversación real si bien estaba titulada con el aire de suficiencia que utilizaba esta publicación en la época: “Interviu encuentra al ultra más buscado por Interpol”. Realmente, no sé si era el ultra español más buscado por Interpol, ni cómo Lago o quien fuera logró encontrar un título tan escandaloso. Unos días después le envié las fotos que unos camaradas franceses me realizaron de espaldas… frente a la Prefectura de Policía.
 
La intención de la entrevista era simplemente recordar: “sé por qué me habéis utilizado como chivo expiatorio, pero ahora sabéis que puedo reconstruir cómo lo habéis hecho y a través de quien, así que la próxima vez saldrán más nombres”. No hubo “próxima vez”. Pocos días después de la publicación de la entrevista, volví de Reveillon a París para realizar algunas gestiones y resolver el problema de los pasaportes falsos a la vista de que había recibido la orden de trasladarme a sudamérica. Visité el local de una representación diplomática iberoamericana que estaba bajo vigilancia policial y allí me localizó la policía francesa, siguiéndome a lo largo del día hasta el hotel en el que me albergaba. Algo me decía que las cosas no acababan de ir bien, dos días antes había soñado que resultaba detenido. Por algún motivo, solamente he soñado algo tan siniestro en tres ocasiones en mi vida y en las tres, unos días después, se produjo la detención real o, al menos, tuve que salir a escape con la policía pisándome los talones.

Aquella noche, a eso de las cuatro de la madrugada noté que alguien estaba hurgando en la cerradura del hotel. Me levanté con la intención de arrojar los documentos falsos por la ventana y comprobar si podía huir por allí. Antes de que pudiera abrir la ventana, la policía derribaba la puerta. Una etapa había terminado. Debíamos haber partido para Iberoamérica esa misma semana. Dos días antes, decidimos quemar algo de dinero en uno de esas roulotes de videntes que se situaban en el boulevard Stalingrad. Con una seriedad pasmosa, la vidente nos auguró: “emprenderéis un largo viaje”. Bingo. Lo que ignorábamos era que el viaje era, yo a prisión parisina de La Santé y Cecilia a la de Fleury-Merogis. Estas cosas pasan cuando no se está familiarizado con la videncia...

La detención de Cecilia se produjo cuando la policía percibió que no llevaba ninguna maleta en el hotel, sino tan solo una pequeña cartera. Así pues, debía de tener una base. Examinando los documentos incautados, la policía me ocupó un tiquét de tren que llevaba a Esternay. Examinaron la relación de simpatizantes de la extrema-derecha en la región, realizaron sus comprobaciones y, finalmente, irrumpieron en Reveillón. Cecilia huyó en medio de la tormenta por el bosque y solamente regresó al Château en cuanto comprobó que la policía se había alejado. Una sirvienta de la marquesa, avisó a la policía cuando la vio reaparecer de nuevo calada hasta lel tuétano de os huesos y con el corazón  latiendo desbocadamente. No es que ella no pudiera resistir una situación así, es que estaba embarazada de cuatro meses. Daría a luz en el hospital penitenciario de Frésnes, la misma carcel en la que 35 años antes había sido fusilado Robert Brasillach.

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Ultramemorias (VI de X) Tipologías insólitas. Tipos Carcelarios (1ª parte)

Estoy firmemente convencido de que un hombre en la vida tiene que conocer tres experiencias: una cárcel, un cuartel y un burdel. Yo he conocido las tres, pero eso sí, moderadamente. La primera vez que estuve en la cárcel fue en 1974 cuando era una de los “sospechosos habituales” en Barcelona y siempre que se producía algún incidente vinculado a la extrema-derecha, la policía tenía a bien detenerme. Mi teléfono en la época estaba habitualmente intervenido y mi correo también (lo sé por que la policía me interrogaba sin el menor recato con copias de las cartas). En 1975 quise sacarme el carné de conducir moto. Era necesario un informe de la policía y a mí no me lo dieron hasta que, justo al morir Franco, se abolió la absurda medida.

En realidad, el problema se había derivado de las intervenciones telefónicas. Ignacio Castells era un gran amante de hablar por ese teléfono que la policía tenía tan intervenido como el mío. Hacia 1972 nos detuvieron por primera vez. Nos habían enviado una nota en sobre: “Acuda a la Jefatura de Policía por un asunto de su interés”, eufemismo que nos costó tres días a la sombra y que nos preguntaran una y otra vez por el PENS y por el asalto a la Gran Enciclopedia Catalana. Han pasado más de 35 años así que no tengo el menor inconveniente en explicar lo que ocurrió: el asalto no lo realizó nadie del PENS sino falangistas de Barcelona que utilizaban las siglas PENS para firmar algunas de sus acciones. ¿Qué si sabía quiénes eran? Pues sí, lo intuía primero y luego tuve la convicción. ¿Y quiénes eran? Pregúnteles a ellos, yo practico la misma técnica que la masonería: si el interesado no revela su condición, yo no voy a hacerlo.

En aquella primera ocasión todo era nuevo, desde el gris desvaído de las paredes de la Jefatura de Policía, la tristeza de aquellos corredores, el olor a zotal en los calabozos, los primeros contactos con delincuentes comunes, unos fideos con pimentón flotando entre agua amarillenta como potaje y, sobre todo, unas chicas alegres y encantadoras que nos invitaron a pollo a l’ast, prostitutas cogidas en alguna de las muchas redadas que tenían lugar en el Barrio Chino. Aquellas mujeres de facciones endurecidas, trajes provocativos y ajustados, se me aparecieron a partir de entonces con un rostro que el cliente habitual no suele reconocerles. Sabían lo que era las privaciones y estaban dispuestas a mostrar su solidaridad con unos chavales como nosotros, recién llegados a los calabozos.

En aquellos calabozos sombríos los ruidos se viven con extraordinaria intensidad. Un grito dos celdas más allá, un delincuente que pide ir a mear, un guardia que lo envía a paseo, otro guardia que le abre la puerta, otro que viene y te pregunta: “Y tú, chaval, ¿Qué has hecho?”. Antes de contestarle, otro preso ya se ha puesto a gritar y otro dice que se va a chinar. Y el olor a zotal cada vez más intenso y penetrante que mata toda bacteria y es capaz de acabar con cualquier forma de vida si se consume con sobredosis. En los calabozos, los guardias deseosos de mantener su integridad ante el ataque de los virus, suelen rociar el cubo del friegasuelos con sobredosis de zotal.

En la tercera detención en tanto que “sospechoso habitual”, empezaba a estar harto de todo aquel baile incómodo para mí pero sobre todo para mis padres. Policía buena, policía malo, gritos, amenazas, preguntas reiterativas, estúpidas frecuentemente, baile de preguntas: ¿es que la policía no tenía nada mejor que hacer? ¿es que no había, incluso dentro de la extrema-derecha, riesgos mucho más concretos que unos chavales que, a fin de cuentas, no formaban parte más que de una tribu urbana de esos que en la época adoptaban una estética política? Había muchas de esas tribus urbanas: la de la Joven Guardia, la de las Juventudes Comunistas, la de los Jóvenes Comunistas Revolucionarios, qué se yo… Miente –o se engaña, lo que quizás sea peor- quien diga que todos aquellos grupos eran “políticos”. Lo eran sólo accidentalmente; en realidad, todos queríamos vivir una aventura iniciática que nos indicara que habíamos dejado atrás adolescencia y entrábamos en la juventud. La sociedad nos había hurtado los ritos de tránsito y nosotros los reconstruimos. Dejábamos nuestras siglas pintadas en las paredes, adoptábamos unos rituales comunitarios (nosotros nos saludábamos brazo en alto cuando nos encontrábamos, cantábamos las mismas canciones, solíamos vestir igual: cazadora de cuero negra, pantalones ajustados), cuando comprobábamos que éramos capaces de vivir nuestra aventura iniciática (una carrera ante los grises, una pelea con los militantes de izquierda, tomar la palabra en cualquier asamblea) empezábamos a darnos cuenta de que ya éramos hombres y necesitábamos a mujeres. Pero esta ya es otra historia.

Nos metieron aquella primera vez en una celda colectiva. Siempre hay una “primera vez” y yo tuve en aquella ocasión la sensación de que me habían quitado la virginidad y que, a partir de ese momento ya no sería un “ciudadano normal”, sino alguien que había pasado por el calabozo y compartido tres días de su vida con putas, carteristas, tocomochos que aún abundaban en la época, sirleros e inmigrantes ilegales. Sí, porque ya en aquella época, en la celda colectiva en la que nos encerraron había moritos y negros cada uno a la espera de su expulsión. Uno de los negros era un delincuente muy conocido. No levantaba más de 1.30 del suelo y estaba visiblemente contrahecho. Dentro de la escala de totalidades de negro, éste ocupaba el negro azabache que incluso entre los negros de menor intensidad era denostada como “inferior”. Entre eso y que todos los bajitos tienen mala leche, el hombre a poco de salir acuchilló en una pendencia a quien le había delatado. Lo reconocí por la descripción que la siempre meticulosa Vanguardia (que entonces añadía la coletilla de “Española”) daba del crimen: “El negro, de cortar estatura y jorobado, dio saltos para llegar al cuello de la víctima. Cada salto suponía una nueva cuchillada en la yugular”.
 
Al salir, Ignacio volvió a sus habituales llamadas a toda hora comentando como había ido la detención: “¿Te acuerdas del jefe del grupo?”. Sí, me acordaba, un tal Peña que luego fue jefe superior de policía de Granada. E Ignacio proseguía: “Fíjate el gilipollas, me contó que iba de estudiante secreto a la universidad”. Peña era, a la sazón, el Jefe del Grupo IV de la Brigada Político Social de Barcelona, encargada de investigar a la ultra-derecha y a la ultra-izquierda anarquista. Era un muestrario de los particulares tipos policiales de la época: eran conscientes de que no éramos peligrosos así que no nos sometieron a los malos tratos y torturas de los que habitualmente se quejaban los clientes de izquierda que pasaban por allí. Claro está que nosotros no matábamos y en cambio la extrema-izquierda anarquista, en cambio, sí. Dos años después, en un oscuro tiroteo dentro de un portal resultó detenido Puig Antich, pero un policía, Anguas Barragán, resultó muerto. Ignacio se refirió también al que parecía el brazo derecho de Peña, un tal Alfonso Simón que nos había explicado que era “hijo de caído” sin explicar de caído en qué guerra, ni porque su edad no correspondía con la de cualquier “hijo de caído” que se preciara. Era evidente que estaba haciendo el papel de “policía bueno”. “Menudo gilipollas”, nos dijimos. Y Simón, a todo esto, escuchando la conversación. A partir de ese momento, Ignacio y yo nos convertimos en “sospechosos habituales”. Nunca nos lo pudo perdonar.

Aquella primera detención y las tres que siguieron en pocos más de cuatro meses sirvieron solamente para que nos fuéramos habituando a aquello que en la primera ocasión fue todo novedad. No fuimos procesados en ninguna ocasión. Cuando a las 72 horas de detenernos nos llevaban al Juzgado de Guardia, éste nos ponía en libertad a la vista de que ni había indicios de nada salvo de pertenencia a “organización ilegal” de la que el juez era el primero en percibir que se trataba más de un grupo juvenil (teníamos 18 y 19 años) sin importancia ni repercusión alguna. Pero lo cierto es que en la tercera ocasión, el Diario Femenino, de DOPESA, que luego pasaría a llamarse Mundo Diario, había publicado nuestras iniciales y esto empezaba a ser un feo asunto, a parte de interrumpirnos estudios y crear una situación de tensión familiar insoportable (la policía en tres ocasiones registró mi habitación ante la alarma consiguiente de mis padres). Pero, al parecer, nosotros éramos los “sospechosos habituales” más recomendables. Otros tenían “protección aérea” y hubiera bastado que les molestasen para que el subjefe local del Movimiento o incluso algunos concejales del Ayuntamiento, hubieran manifestado su protesta.  Así pues, nosotros éramos los “sospechosos habituales” más ideales: nuestros padres eran burgueses medios que habían aprendido a huir de problemas y, una vez terminada la detención, serían los primeros en querer olvidar el incidente.

Dado que las asociaciones de vecinos y las plataformas democráticas consideraban que los atentados contra librerías y centros culturales eran una amenaza contra ellos, presionaron para que la policía demostrara la misma eficacia que demostraba con ellos. Y era entonces cuando nos detenían a nosotros. Treinta y tantos años después carecería de sentido que negara lo hecho a la vista de que unas ultramemorias son precisamente para eso, para asumir mis responsabilidades, pero nada más allá de ellas y es por eso que puedo decir lo mismo que le dije a la policía hace más de tres décadas: yo no tuve absolutamente nada que ver con aquellos atentados a librerías y centros culturales, ni nadie del círculo en el que me movía. Aquellos atentados fueron cometidos por gente que utilizaba unas siglas que nosotros, ingenua y torpemente, había pintado por toda Barcelona PENS. Eso era todo. Muchos años después, uno de los que habían cometido aquellos atentados me dijo refiriéndose a otro grupo similar al PENS surgido unos años después (el grupo Patriotas en Pie): “Por la boca muere el pez”. Y era que en aquella época nosotros solamente negábamos ante la policía la comisión de aquellos atentados… pero no en nuestras publicaciones (y cuando lo hicimos fue con letra pequeña). Éramos unos criajos y creíamos que eso potenciaba nuestra sigla y la aureola de miedo que se había organizado en torno a ella. Cuando fuimos conscientes del problema, lo primero que hicimos fue disolver el PENS. Pero ya era tarde.

La cuarta detención, con el PENS ya disuelto, se produjo tras el bombazo que destrozo los anaqueles del Cine Balmes. Proyectaban La Prima Angélica de Antonio Saura; en un momento dado, el actor Antonio Delgado aparecía en escena con camisa azul y el brazo enyesado brazo en alto, suscitando algunas risas en la platea. En el momento en que me detienen, ni había visto la película, ni el PENS existía, ni yo militaba en ningún grupo de extrema-derecha; es más, frecuentaba otros ambientes y, sobre todo, leía y me identificaba con los “franceses no conformistas de los años 30”, me nutría con la poesía de Pound, leía a Freud, y buscaba el amor como un perro busca un árbol sobre el que orinar. Estaba en la edad de amar y amé, y fui amado: solamente eso hubiera bastado para dar sentido a mi vida. Pero seguía siendo “sospechoso habitual” y recurrieron a mí… seguramente por que Castells, de nuevo me había llamado y comentado por teléfono quién había podido colocar el explosivo. En esta ocasión, los tres días de detención no se saldaron con la habitual puesta en libertad en el juzgado de guardia, sino que el caso fue remitido al Tribunal de Orden Público. Dado que era jueves y el sumario no llegaría a Madrid hasta el viernes tarde cuando ya había acabado la jornada laboral, no habría respuesta hasta el lunes o martes. Así que durante ese tiempo nos almacenaron en la cárcel Modelo de Barcelona. Fue mi primera estancia carcelaria. Me cogía a cuatro manzanas de casa así que tampoco iba a ser un drama sino, como máximo, otra experiencia.

Compartí celda con un inmigrante marroquí y con un estafador catalán. Un abuelo que tenía a bien hacerse pasar por coronel del ejército (fue cabo durante su paso por la legión, eso sí) me enseñó las primeras artes de la supervivencia carcelaria: “no se te ocurra hacer amigos dentro de la cárcel y no des tu dirección a ninguno cuando salgas. Las amistades que se conocen en la cárcel no valen la pena”. Y me lo decía mientras intentaba desatascar enérgicamente un inodoro con la escoba. Se notaba que era un taleguero veterano. El estafador, por su parte, había sido detenido durante la boda de su hija con el consiguiente escándalo y el desmayo de la amantísima esposa. Sobre el marroquí poco puedo decir salvo que devoraba un hígado incomestible, mal guisado y repleto de válvulas que todos los demás habían rechazado.

Desde las ventanas de la celda pudimos ver a los presos del MIL y a los de la Asamblea de Catalunya buena parte de los cuales harían brillante carrera política en los años siguientes.

Castells y yo deseosos de no anquilosarnos nos presentamos voluntarios a cuantas tareas pudimos: barrer la galería, fregar los suelos, repartir comida. Todo se nos antojaba nuevo. Éramos unos inconscientes, apenas nos dábamos cuenta de que estábamos en la cárcel, nosotros hijos de la burguesía media catalana, causando a nuestros padres un dolor infinito. En la cárcel –y también en el calabozo- uno aprende a atribuir importancia a los ruidos. Cualquier ruido puede indicar un cambio de estado. En el calabozo, el ruido de la cancela y unos pasos que se acercan es lo que separa la placidez de la celda a un interrogatorio más o menos agitado. En la cárcel, circulaban historias sobre maltratos, sótanos en donde funcionarios desalmados golpeaban a los presos y todo tipo de relatos truculentos que los presos veteranos solía contar sembrando inquietud entre los novatos. Fue por eso que, cuando el martes, cuando ya llevábamos en las celdas cuatro días, a eso de las 12:00 de la noche se oyó el sonido de las cancelas y los pasos de los funcionarios en el silencio de la segunda galería, no pude sino experimentar la peor de las sensaciones. Aquello se podía complicar. Hasta ese momento habíamos vivido “el período”, esto es, un tiempo de observación y espera en la que se mantenía a los presos dentro de la celda. Por eso Ignacio y yo procurábamos eludir esa inmovilización forzosa ofreciéndonos como voluntarios para “tareas serviles”. Al abrirse la puerta, un funcionario adusto me ordenó sacar el colchón y mis cosas. Recorrí sólo aquella siniestra galería alumbrada solamente con tenues luces. En un pasillo me encontré con los otros tres detenidos de nuestro grupo. Todos estábamos sin saber qué iba a ocurrir y los funcionarios se negaban a informarnos. Cinco minutos después, y contra todo pronóstico, nos encontramos en la calle, tomando unas cervezas en el bar “Modelo”… Había tenido mi primera experiencia carcelaria, demasiado breve como para poder valorarla, demasiado joven como para poder entender su importancia. Lamentablemente, a esta seguirían otras.
De aquella experiencia no quedó ningún rastro judicial. Pero el Tribunal de Orden Público acertó a procesar a un tal Costa-Ojeda, un tipo relativamente conocido en el ambiente ultra de la época, que no tenía absolutamente nada que ver con nosotros.
Hubo que esperar seis años después para que tuviera un nuevo percance. Era junio de 1980, habían pasado más de seis años desde la última detención y ya casi me había olvidado de todo lo que suponía el ritual del calabozo, sus olores y sus ruidos. Estaba entonces en el Frente de la Juventud, surgido de la fusión de los restos del Frente Nacional de la Juventud con la organización madrileña con aquel nombre. Los de Fuerza Nueva, entonces en la cúspide de su crecimiento, convocaron una manifestación en la Ciudad Condal. El gobierno civil la prohibió con un argumento que no era de recibo (que podían producirse incidentes con otros grupos políticos). La razón no era esa, sino que Fuerza Nueva el año anterior había movilizado a 14.000 barceloneses en una manifestación que recorrió desde el local de la organización en Mallorca-Urgell hasta el Monumento a José Antonio en la otrora avenida de la Infanta Carlota. Claro está que en aquel momento, Fuerza Nueva estaba dirigida en Barcelona por un personaje que no procedía de la extrema-derecha, sino que había coqueteado con la izquierda en su período de estudiante. Por otra parte, en aquel momento, la extrema-izquierda independentista se mostraba excepcionalmente activa y agresiva. Eran los tiempos en los que en el entorno de grupos tan heterogéneos como el JERC, del PSAN y los antiguos de EPOCA, se estaba empezando a gestar ese aborto que luego sería Terra Lliure. Mientras que la extrema-izquierda marxista (LCR, PTE, ORT, OICE, FRAP) habían caído en la atonía o simplemente se habían disuelto, los independentistas iban de gallitos y solían manifestarse en la calle de manera agresiva y sin ocultar su intención de realizar una fotocopia reducida de ETA. Algunos de estos grupos –gente del PSAN- llegaron a colaborar incluso con ETA(pm) en el asalto al Cuartel de Berga… justo antes de ser todos detenidos.

En Catalunya jamás ha existido un caldo de cultivo para algo ni remotamente similar a ETA. El FAC en los años 70 fue una improvisación en la que confluyeron individuos procedentes de distintos entornos radicales ansiosos todos ellos de emular a ETA y, según se contaba en la época en los mentideros bien informados, había sido impulsada por elementos catalanistas moderados deseosos de reproducir las mismas simetrías del País Vasco: se trataba, como allí, de que unos dieran los palos al árbol y otros cogieran las nueces. Pero, Catalunya es muy diferente a Euzkadi y, finalmente, tras dos docenas de petardazos, uno de los cuales causó la muerte de un guardia civil que custodiaba la Delegación de Hacienda, fueron detenidos todos los militantes, todos los simpatizantes y algún otro que pasaba por allí. Las cosas eran así en la época.

Siete años después de la pulverización del FAC, algunos medios del independentismo radical estaban dando pasos para constituir lo que luego sería Terra Lliure. A esta organización le cabe el dudoso honor en el ranking de organizaciones terroristas internacional de ayer y hoy (y seguramente del mañana) de haberse causado más víctimas a sí mismos que en el “enemigo”. A cuatro militantes de TLl les estallaron las bombas en las manos con el resultado de muerte en tres casos y de gravísimas e insuperables mutilaciones en un tercero (al que, por aquellas casualidades de la vida le vendía cocaína, más que cortada, guillotinada, un ex miembro del FNJ de Gerona o Girona, aunque el Ge me parece mucho más oportuno que el Gi a tenor del origen del topónimo, pero esta es otra historia). De no haber sido completamente desarticulados poco después, seguro que varios más habrían resultado despedazados por su propia impericia. Es lo que tiene querer ser terrorista y no saber como serlo. TLl sería una irrisión de no haber cuatro muertos por medio. Tres de sus propias filas y uno, una pobre mujer a la que se le cayó la casa encima tras el bombazo. Lo dicho, el terrorismo no casa bien con Catalunya ni con los catalanes y no es raro que todo intento de cristalizar una organización así, o una franquicia de ETA, se haya saldado son la hecatombe. Tanto es así que ETA, desde el 2002 ya ha renunciado a poner pie en Catalunya e incluso a haber declarado –vía Carod- una “tregua” en esa autonomía en vista de que cada vez que ponía el pié ahí, perdía hasta la camisa.

Pues bien, tras esta digresión sobre las miserias del terrorismo independentista, volvamos a la manifestación de junio de 1980. Fuerza Nueva se había conformado con la resolución del Gobierno Civil. Nosotros no. En esa época, en el Frente de la Juventud sosteníamos la teoría del “juego de las partes”. Fuerza Nueva tenía un diputado en el Parlamento y quizás hubiera podido sacar un segundo por Madrid, un primero por Valencia y otro por Cantabria e incluso por Toledo y/o Ciudad Real, si las cosas no se le hubieran torcido y si su imagen no hubiera ido empeorando progresivamente. Pero, en aquel momento, nosotros no sabíamos que Fuerza Nueva carecía de futuro (y en lo personal no me convencí hasta que, estando tras un télex en Bolivia, el cabezal impresor no terminara de formar la noticia sobre las candidaturas de extrema-derecha presentes en las elecciones de 1983, media docena: entonces ya no había nada que hacer) y los militantes del Frente de la Juventud asumíamos el rol de “vanguardia militante” mientras que Fuerza Nueva debía de haberse contentado con el papel de “partido de masas”. Nosotros éramos, realmente, una vanguardia militante, pero Fuerza Nueva era cualquier cosa menos un “partido de masas” y sus militantes frecuentemente se veían implicados en más incidentes violentos incluso que nosotros. Pero, entonces, nosotros éramos fieles a esa estrategia del “juego de las partes” y, allí donde a Fuerza Nueva le habían prohibido una manifestación, era oportuno que ellos dieran marcha atrás y aceptaran la decisión, mientras que nosotros saltábamos a la calle y denunciábamos que esas prohibiciones tendrían como resultado más incidentes.

Así que nos preparamos para la manifestación: cócteles molotov, clavos que al ser arrojados al suelo siempre dejaban una punta hacia arriba, botes de humo fabricados por nosotros mismos, nos iban a acompañar en el “salto” que tuvo lugar en la Diagonal desde la Plaza de Francesc Maciá (entonces todavía de Calvo Sotelo, pero ya cambiado el nombre o a punto de cambiar) hasta el local de la UCD situado a 300 metros. La idea era, simplemente, cortar el tráfico, organizar un atasco lo más fenomenal posible para que la policía no pudiera tener acceso y lanzar cócteles molotov contra la sede de UCD. ¿Qué pasaba? ¿no había madurado? Sí, y ese era el problema: que la estrategia que habíamos diseñado era, simplemente, suicida.

Había una gran diferencia entre el FNJ y el FJ. En el primero nos tomábamos cierta molestia en formar militantes, prepararlos técnica y políticamente, pero aquello seguía sin funcionar. Nos dábamos cuenta de que un militante medio tardaba entre seis y doce meses en entrar, militar y desaparecer sin dejar señas. Así que no valía la pena formar militantes… porque pronto abandonaban la organización (una vez consumado su período de tránsito de la adolescencia a la juventud, nuevamente) y su puesto era sustituido por otros militantes completamente inexpertos a los que había que formar. Así pues, en el “segundo frente”, el Frente de la Juventud, no se trataba tanto de “formar y preparar” como de aplicar la teoría del limón: cuando un militante novel se acercaba a la organización se trataba de exprimirlo mientras durase su estancia entre nosotros, sabedores de que su período limitado de militancia había que aprovecharlo por todos los medios. Esto es, exprimirlo como un limón. Nuestra justificación es que no lo hacíamos en beneficio propio (de los tres dirigentes nacional del Frente surgidos del primer y único congreso de la organización: uno terminó asesinado en extrañas circunstancias, Juan Ignacio González, otro exiliado durante más de veinte años, José de las Heras y yo jodido y bien jodido durante un período que terminó en octubre de 1987, es decir, siete años de embrollos judiciales e inestabilidad personal) sino por una estrategia que advertía que contra más tiempo pasaba, más se ponía cuesta arriba nuestra lucha. Entre los delirios estratégicos que se nos ocurrían en la época, la hipótesis golpista era la que barajábamos. Mientras que para la extrema-derecha clásica, el golpe de estado militar era un fin en sí mismo, para nosotros era algo diferente: indicaba una etapa de inversión de tendencias.

En esa época manejábamos la “teoría de la escalera” según la cual la conquista del Estado (que creíamos firmemente como posible) era una etapa de ascenso que pasaba por distintas etapas cada una de las cuales era necesaria para llegar a la siguiente. No es que el golpe de Estado nos atrajera particularmente, pero sí era la posibilidad de dejar atrás el juego de los partidos y sus luchas, todo ese separatismo que no nos hacía ni pizca de gracia y la posibilidad de que lo más oportunista de la izquierda llegara en breve al poder. El golpe de Estado era, pues, el peldaño que debíamos a subir para afrontar una nueva etapa en la que el enemigo quedaba debilitado y nosotros fortalecidos. A esa etapa debía seguir otra marcada por la búsqueda de apoyos internacionales en donde nosotros teníamos mucho que decir en Europa y América Latina. Tal era la hipótesis estratégica en la que nos movíamos en el “segundo frente”.

La manifestación no fue de masas. Debieron acudir unas 60-70 personas. Más que una manifestación era un “salto” de los muy típicos en la época: un grupo de gente interrumpía el tráfico y se disolvía. Se encendieron los botes de humo, se lanzaron los clavos y al llegar delante de la sede de UCD, en lugar de un cóctel molotov, por aquello de la exageración, se arrojó una garrafa molotov que dejó el portal del edificio como la coronación de una crema catalana con azúcar quemado. Se atravesaron algunos coches en los laterales de la Diagonal y, en definitiva, hasta ese punto todo había sido un ejercicio de guerrilla urbana, más o menos diestramente ejecutado. Pero no, a partir de ese momento las cosas se iban a torcer.

Habíamos calculado 5 minutos para el desarrollo de la manifestación y el lanzamiento de la garrafa molotov y luego “aire”. Sin embargo, no todos los que estaban con nosotros eran miembros del Frente y, por tanto, ignoraban nuestras intenciones. Permanecieron más tiempo del que aconsejaba la prudencia, manifestándose por calles adyacentes, hasta que, finalmente, la policía logró salvar el atasco y detener a varias manzanas de allí a tres militantes de la extrema-derecha de los que, por lo que recuerdo, solamente uno pertenecía al Frente.

Cinco días después, llamaban a las 7:00 horas a mi domicilio y, por supuesto, no era el lechero. Mi mujer les cerró la puerta en las narices y yo saltaba por una ventana interior. Junto a mí –y ese era el motivo por el que saltaba- saltaba también una pareja de italianos huidos de su país. Una semana después nos volvimos a encontrar… en París. Había comenzado otra fase de mi aventura.

Todavía recuerdo cuál fue el pensamiento que afloró en mi cerebro cuando alcancé de un salto el edificio contiguo: “Ahora, por fin comienza la aventura”. La aventurera terminaría con una primera estancia en la cárcel parisina de La Santé tras indecibles peripecias que no vienen mucho al caso en este capítulo, proseguiría con una breve estadía en la recién inaugurada cárcel de Alcalá-Meco y un apoteósico fin de fiesta de 14 meses en la Cárcel Modelo. Todo se paga en esta vida, pero el afán de aventura se paga más  caro que cualquier otra cosa.

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Ultramemorias (V de X) Tipologías insólitas. El falangista valeroso (y 3ª parte).

Nunca más volví a tener relación con Falange si bien mantuve relaciones personales con algunos falangistas. Realmente, el plural es muy aventurado a la vista de que fue realmente fue con pocos. Cuando en 1987 pusimos en marcha la revista DisidenciaS (de la me cabe el honor de decir que los seis números aparecidos supusieron una ruptura con todo lo que se había hecho hasta ese momento), participaron algunos falangistas (el grupo Tercera Posición de Valencia que, para ser fiel al nombre, eran justamente tres camaradas), Miguel Ángel Vázquez y Juan Antonio Aguilar. Para algunos falangistas era evidente que se trataba de evolucionar de la misma forma que para gentes que procedían de CEDADE o del Frente de la juventud, la evolución era la única aventura que podía garantizar la subsistencia política. Con una tirada inicial de 2.000 ejemplares unas 64 páginas, en sus contenidos, en su concepto estético, era otra cosa que, desgraciadamente, abandonamos (si bien Aguilar ha rescatado la cabecera para otra revista editada en el momento en que escribo estas líneas) en cuanto se puso en marcha el Círculo Nueva Europa.

Salvo las relaciones que pude tener a través de DisidenciaS con gente que militaba o estaba próxima a Falange, no volví a tener relaciones ni directas ni indirectas con ese ambiente hasta que debió ser en 1994 ó 95 cuando Gustavo Morales y Miguel Hedilla ingresaron en Falange Española de las JONS con la sana intención de sustituir a Diego Márquez. No lo consiguieron, pero como una escisión es lo habitual en estos casos, se escindieron y de ahí surgió FE-La Falange. Fue la única vez en toda la historia reciente de estos grupos que los falangistas fueron capaces de atraer a algunos que jamás habían militado en el ambiente azul. Enrique Moreno, por ejemplo, logró sorprenderme cuando una tarde le pregunté si era verdad eso que se decía por los mentideros de que había ingresado en La Falange. Me lo confirmó. Así mismo, otros que habían participado en la iniciativa de la revista DisidenciaS o de Nueva Europa se integraron en el partido. De ahí surgió la tendencia Vértice cuando ya Internet había irrumpido en nuestras vidas.

Algo así como un año antes, Aguilar, Gustavo Morales y algunos más habían pasado por Barcelona y tuvimos una pequeña reunión informal. Si idea era “cambiar a la falange”. Yo en aquel tiempo permanecía en situación de reserva disponible, pero el ambiente falangista me parecía irrecuperable y me había jurado, ante el altar de la naturaleza en el curso de una excursión en solitario a los Pirineos nevados, gélidos, nebulosos y majestuosos, que jamás volvería a tener devaneos políticos con ninguna de las falanges. Sin embargo, era natural que cada vez que iba a Madrid pasara a saludar a los amigos y camaradas al margen de donde se situaran políticamente, así que pude ver, con cierta proximidad, no la suficiente para quemarme, la evolución de toda esta iniciativa. Me perdí, eso sí, la ruptura entre Gustavo Morales y Diego Márquez y los primeros pasos en la formación de FE-La Falange. Luego, cuando se formalizó la creación de la tendencia Vértice tuve información algo mas fluida e incluso pude conocer a falangistas con los que sigo manteniendo buena amistad. Pero no podía evitar experimentar un pesimismo absoluto sobre el destino de la iniciativa.

Morales que siempre había manifestado una postura pro-iraní y publicado incluso un libro encomiástico como Jomeini y la revolución islámica, trabajaba en la embajada de ese país hasta que, finalmente, fue despedido. Por algún motivo y siguiendo canales que se escapan y que no tengo el más mínimo interés en sondear, en tanto que previsibles, su vida terminó por confluir con la de Emilio Rodríguez Menéndez que había sido comisionado por Vera para revivir el diario Ya y con él acometer una campaña de desprestigio contra Pedro J. Ramírez. Durante unos meses el diario fue saliendo, pero, conforme a su tradición consuetudinaria Rodríguez Menéndez no pagó ni una sola factura, ni por supuesto, salarios. Miguel Ángel Vázquez estaba a cargo de las páginas culturales y la inmensa mayoría de artículos los elaboraban camaradas. El director oficial del diario era Javier Bleda, también miembro de FE-La Falange. En la propia sede del diario se celebraron reuniones del partido que, cuando se produjo la caída de toda aquella falsa estructura, pudo evitar hundirse con los restos del naufragio. Morales y Bleda, también siguiendo vericuetos insondables, terminaron su vida política activa en el entorno de Mario Conde que acababa de comprar al peso el CDS y acababa de lanzar una publicación efímera a efectos de mejorar su revista. El director volvía a ser Bleda. Mario Conde sufrió en aquel tiempo la inflación de ex miembros de la extrema-derecha que percibiendo fortuna afluyeron allí para ofrecer sus servicios. Antes ese mismo flujo de ex ultras a la búsqueda de acomodo y de fondos, se había producido en el entorno de Ruiz Mateos, cuando intentó lanzar un partido y más tarde del fallecido Gil y Gil cuando intentó hacer otro tanto. En realidad, las tres iniciativas tenían un denominador común, utilizar lo público para defender lo privado y los tres terminaron pegándose el batacazo. Mejor no recordar los nombres ilustres de la ultraderecha que figuraron en cada una de estas tres iniciativas, ni sus vidas y milagros en la ultra.

Con la llegada de Morales, Mariat, Hedilla hijo y alguno más, algo pareció moverse en el ambiente azul. Desde la lejanía, me dio la sensación de que Morales y Bleda habían apostado demasiado fuerte por el Ya y más tarde por Mario Conde y eso les hizo perder el interés en FE-La Falange. Quizás haya otra explicación, pero se me escapa. Así que asumió la dirección un tal López, a quien por su volumen bauticé como “Lopezón”, y eso coincidió con los intentos de formar un Frente entre FE, DN y algunos más. Hay que decir que, en aquel momento, FE-La Falange debía contar con unos 800 militantes activos y DN con una cantidad menor, pero, en cualquier caso, lo que personalmente me parecía necesario era desbrozar de siglas el ambiente y lograr una convergencia progresiva de grupos hasta alcanzar lo que llamaba en la época “masa crítica”, necesario para poder jugar un papel político. Había demasiadas siglas y todas demasiado pequeñas. La FE-JONS de Diego había quedado empequeñecida con la escisión de Gustavo y demás. Fuerza Nueva no se había recuperado de su segunda disolución esta vez bajo la forma de Frente Nacional. El AUN de Ynestrillas seguía como sigla pero su jefe estaba de vacaciones en la cárcel por el tiroteo en la discoteca y no había nada más, al menos nada más digno de consideración y mención, fuera de los habituales grupos falangistas herederos de mejores tiempos como el FEI, del que Hillers se había descolgado lustros atrás.

Fue bajo la jefatura de Lopezón que se constituyó el Grupo Vértice formado por un grupo de amigos que habían ingresado en el partido: Miguel Ángel, Aguilar, Moreno, Néstor, Galocha, etc. Cuando se trató de dar el cambio radical al partido, Vértice perdió la partida por escaso margen y Lopezón salió reelegido. Victoria pírrica porque poco después abandonaría el partido. Luego FE-La Falange estallaría a pedazos: de la escisión de FE-JONS aparecieron primero la Mesa Nacional Falangista, luego la Falange Española Auténtica (una FEA rediviva), mientras que el grupo FE-La Falange quedó empequeñecido. Luego Lopezón se ausentó sin dejar señas, asumiendo la dirección, Cantalapiedra. Y en eso está, sin haber podido evitar, por supuesto, la escisión de la escisión que dio vida a otra FE-La Falange a la que, finalmente, Ynestrillas se sumó por aquello de que las desgracias nunca vienen solas. Sin desaparecer, FE-La Falange de Cantalapiedra dio vida al Frente Nacional. En su conjunto, todo este tejemaneje de escisiones y más escisiones y escisiones de escisiones, se hacía dentro de un ambiente cada vez más contraído, más empequeñecido y más poblado por siglas y mas siglas entre las que es difícil aclararse donde empieza una, termina otra y quien es quien y donde está quien, en cual proyecto y qué aspiraciones se forja.

La tendencia Vértice, al poco tiempo de perder las elecciones, se desvinculó del partido. Participaron en la coalición España 2000 en las elecciones de ese año, junto a DN, al grupo formado en torno a Juan Antonio Llopart y los valencianos agrupados en torno a José Luis Roberto. El resultado fue pobre sino pobrísimo y, por supuesto, no hubo ninguna reunión posterior para analizar los resultados, ni aquella Unión Temporal tuvo continuidad, salvo en Valencia. Unos cuantos “vértices” confluyeron con el grupo de Llopart y algunos exmiembros de CEDADE y allí estuvieron siete años compartiendo las siglas Movimiento Social Republicano, hasta que unos por un motivo y otros por otro, se fueron desprendiendo de la matriz que jamás logró superar el estadio grupuscular.

Lo interesante de Vértice fue la naturaleza de sus miembros, en gran medida –nunca se puede generalizar del todo y siempre existe algún “pero”– gente normal, respetada en el ambiente y con ideas y capacidad para expresarlas. Quizás era demasiado pequeño para poder controlar una estructura que nunca había funcionado muy bien (me refiero a la sigla histórica FE-JONS, que siempre, incluso en tiempos de José Antonio tuvo una trayectoria vacilante, excesivamente activista, poco política y es con el “fundador” cuando se inicia la tradición del ahí te quedas por vía de la escisión. De hecho si Ramiro Ledesma, después de fusionarse con el grupo de José Antonio Primo, se escindió y desde ese momento no dudaron en ponerse verdes, ¿por qué no iban a tener derecho a hacer otro tanto sus émulos tardíos?).

En Vértice participaba gente que había asumido iniciativas interesantes antes, que tenía imaginación, que conservaba presencia militante en alguna de las pocas zonas en donde Falange tenía todavía cierto arraigo (Cantabria) y que, aun siendo falangistas, eran perfectamente conscientes de que debían variar mucho las estructuras del partido si querían hacer política. El hecho de que miguel Ángel Vázquez no fuera elegido enésimo “jefe nacional”, en lo personal, creo que le liberó de un marronazo del que difícilmente hubiera podido salir. De todo se aprende y todos los que participaron en Vértice –y los que vimos los toros desde la barrera- aprendimos mucho de aquella época y de la que siguió ya en el nuevo milenio.

Siempre se aprende a hostias y, al final, se termina conociendo el camino justo que lleva al éxito político. Claro está que eso nos puede ocurrir cuando seamos venerables abueletes o bien en la siguiente reencarnación. O en la otra.

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Ultramemorias (V de X) Tipologías insólitas. El falangista valeroso (2ª parte).

Abandonar el Círculo José Antonio de Barcelona fue para mí como una especie de liberación. Después de seis meses de embrollos interiores infinitos que ni me iban ni me venían, resultaba evidente que en aquella estructura política no podía hacerse absolutamente nada. De aquella época lo único que recuerdo como positivo fue el haber conocido a la troika dirigente, los Caralt, Chinchilla (Enrique) y Encuentra. Por lo demás, aquella época es completamente olvidable.

A pesar de lo breve de aquel período invitaron a asistir a una Junta Nacional de Círculos José Antonio a celebrar en la sede madrileña de calle Ferraz. Fui con el matrimonio Gracia, esto es, con Javier Gracia y Ana María Fernández Llamazares de los que, como mínimo, puedo decir que su evolución fue sorprendente. Sobre los Gracia, a partir de 1977 se contarían las historias más truculentas y hace poco un antiguo camarada me decía que trabajaban “para alguien”. No, en mi opinión jamás trabajaron para nadie, es que ellos eran así… y su constante evolución política que les llevó del integrismo católico a la comisión de solidaridad con los inmigrantes del Colegio de Abogados de Catalunya (o algo así) pasando por todo tipo de peripecias políticas desde el PENS hasta la Falange Auténtica, era espontánea y seguramente sincera, pero automática como aquella canica que empieza a deslizarse por una pendiente hasta llegar al final de la misma. O si se quiere como un cohete disparado que sigue ascendiendo hasta que se termina el combustible y, a partir de ese momento, queda suspendido en órbita. Los Gracia merecerían todo un capítulo para ellos solos, especialmente porque ella, fue la primera mujer elegida en España como secretaria general de un partido político, mérito que le corresponde a pesar de que ese partido fuera una escisión de Falange Española de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista a la que, por si esta longitud no fuera poca se le había añadido el calificativo optimista entre paréntesis de “(auténtica)”. Eran los hedillistas que hacia finales del 1977 se partieron en dos a la vista del revés electoral de las primeras elecciones democráticas. Los escindidos formaron Falange Española Auténtica que, al menos, tenía la virtud de la brevedad, si bien sus siglas, FEA, no eran lo que se dice afortunadas y nos daban pie algunos para ironías: “Pues no, no estamos ni con la FEA, ni con la BONITA”.

Inicialmente no entendí como era posible que Ana María hubiera llegado a dirigir la FEA. No es que no creyera en sus cualidades, pero no me daba la impresión de ser una mujer particularmente ambiciosa en materia política. Inicialmente tendí a pensar que había asumido la dirección de los disidentes por aquello del “servicio” o por aquello otro de que no había nadie más para asumir el marronazo que representaba encabezar una escisión que se iba deshilachando con el paso de los días. Debieron de pasar algo más de 10 años para que alguien me lo explicara y fue Gustavo Morales. Morales era de esos falangistas, tirando a la izquierda y con ideas propias que le llevaron a la FE-JONS(a) a la vista de que el hedillismo (o presunto tal) era lo que más se adaptaba a su deseo de alejarse lo más posible del franquismo y/o de la falange franquista que no era otra que la FE-JONS amputada de la (a) o aquella otra fundada por Sigfredo Hillers FE(i) que para Gustavo debía ser demasiado católica. Sea como fuere coincidimos en una reunión en el antiguo local de CEDADE de Barcelona en calle Consejo de ciento cuando se estaban teniendo los primeros contactos que conducirían a la formación del Círculo Nuevo Europa con Colomar, Moreno y Farrerons. Gustavo me reprochó el que en algún escrito mío hubiera ironizado sobre un episodio inmediatamente posterior a la escisión de la FEA. En efecto, en su afán de homologación democrática, Gustavo y algún otro se había embarcado en dirección a Cuba junto al resto de participantes en el Festival Mundial de la Juventud y no habían dudado en ponerse camisa azul mahón. El episodio es, cuanto menos, curioso y es de los que no pasan todos los días; sería algo equivalente a que en la fiesta de la Organización Mundial Anticomunista apareciera alguien con camiseta de “orgulloso de ser socialista”. Sería, en efecto, inevitable que algunos quisquillosos lo consideraran provocador o simplemente despistado. Los de la FEA en aquel barco pegaban tanto como tirarse un sonoro pedo en un desfile de top models. Diez años después del episodio, en aquel sórdido salón, húmedo y frío, Gustavo seguía manteniendo que aquel viaje era coherente con la imagen que querían proyectar de la FEA.

El caso es que aproveché para preguntarle cómo fue que Ana María llegó a presidir el nuevo partido: “Es que había que poner a alguien y la pusimos para que recibiera las hostias” me vino a decir poco más o menos. Vamos, que colocaron a alguien a quien pudieran manipular y dirigir un partido sin figurar como cabezas visibles. Todo muy complicado para mi mente cada vez más amante de la simplicidad. Ana María, al frente de aquella escisión duró apenas un par de años. Le sustituyó ya en plena crisis, al frente de la FEA, un obrero de la SEAT, muy buena persona, aquejado en la época de una sordera creciente (en aquel tiempo no existían muchas medidas de protección y seguridad en el trabajo, así que estar al lado de una prensa de chapa y soportar los golpes reiterados le había afectado al aparato auditivo). Se trataba de Ángel Gómez Puértolas, otro tipo singular.

En 1974 la Brigada Político Social me detuvo a raíz de un bombazo que había estallado en un cine que proyectaba la película La Prima Angélica. Ni siquiera había visto la película, ni sabía de qué iba, ni que coño me estaban preguntando aquellos pelmazos. Entre la catarata de preguntas hubo una que me llamó la atención: “¿Qué relación tienes con Tórtolas?”. Y se pusieron muy pesados con el tal “Tórtolas”. Estaba aguantando el chaparrón –bastante desagradable por lo demás, porque a poco de detenerme la Brigada Político Social entendió que ni yo tenía nada que ver con el atentado ni podía decirles nada sobre el mismo- cuando bruscamente caí en la cuenta de que “Tórtolas” era en realidad “Puértolas” a quien había conocido en el Círculo José Antonio de Barcelona.

Volví a encontrarme a Puértolas-Tórtolas en el arranque de la transición durante una cena que convocaron los Alféreces Provisionales para adoptar una postura sobre el referéndum para la reforma política que tuvo lugar en 1976. Había unanimidad en votar No, y solamente había una disonancia, los Círculos José Antonio que estaban a favor de la abstención. En el postre, hubieron varias intervenciones que seguían el ritual habitual: hablaban primero los teloneros, siempre una mujer, luego un joven y finalmente el baranda que asumía su papel estelar. En aquella cena no se siguió el esquema y tomaron la palabra gentes de todos los grupos, grupitos y grupetes de la época. En un momento dado al presidente de la Hermandad se le ocurrió que no había hablado ningún joven y pidió con gestos que saliera uno, mirando precisamente a Puértolas, el cual agarró el micrófono con una sonrisa cándida dispuesto a defender con un brillante parlamento la posición de los Círculos que era… justamente la contraria de todos los que habían hablado antes. El público, primero se sorprendió, luego se enfureció y, finalmente, exteriorizó su estado de ánimo increpando al orador cuya sordera le impedía oír las imprecaciones; por los gestos, creía que le estaban jaleando. Debió de levantarse Royuela que estaba a la vera del micro y sacarlo a empujones del estrado. Así era el ambiente en aquella época y así era Puértolas en casi todo lo que hacía: dejando aparte que era una excelente persona y el clásico obrero con “conciencia de clase” que le llevaba a solidarizarse con cualquier otro trabajador que sufriera algún problema, no se enteraba de casi nada. Pues bien, al caer la Llamazares de la dirección de la Auténtica, le sustituyó Puértolas atrincherado en un pequeño localito de la calle Puertaferrisa que ondeó hasta última hora anterior al deshaucio la bandera rojinegra, eso sí progresivamente más descolorida y deshilachada. Aquella bandera que veía con cierta frecuencia constituía para mí la perífrasis simbólica de la extinción de un ambiente.

Había algo en los Gracia que los hacían diferentes al resto de militancia. Por de pronto eran matrimonio y eso no era habitual. Luego eran encantadores en un ambiente más bien bronco y áspero. En aquella época eran católicos y lo manifestaban en un ambiente como la Auténtica que nunca me dio la sensación de que fueran muy “fuertes en la fe”. El propio Pedro Conde en una entrevista concedida a Interviú en la que hizo gala de su más depurado izquierdismo, cuando el periodista le preguntó forzado por las respuestas: “Bueno, y a todo esto ¿qué es lo que les separa del marxismo?”, Conde, mesándose la perilla dio aquella respuesta tan antológica de: “Lo espiritual…” Y ahí se quedó sin explicar exactamente qué era "lo espiritual". Los Gracia no pegaban en el ambiente y tenían la virtud de tomarse muy en serio su papel y defender sus actitudes con tanta obstinación como convicción. No eran lo que se dice muy flexibles en el día a día aunque su actitud haya constituido, más que una caña doblada por el ciento, un giro de circunferencia de 0 a 180º.

Sus enemigos dentro de la FE-JONS(a) fueron buscando informaciones y datos que los evidenciaran como antifalangistas. Y finalmente la obtuvieron. En 1970, Curro (un miembro de Fuerza Joven, luego del PENS, más tarde de la CNT, luego de la LCR y finalmente cofundador del primer colectivo gay catalán) los había captado para el PENS y el matrimonio acertó a asistir a una reunión que tuvo lugar en el antiguo local del SEU de la calle Canuda. Íbamos de uniforme (camisa caqui y brazal con la “cruz de acero”). Debimos asistir algo más de una  treintena de militantes (la totalidad del PENS en la época) y la cosa se hubiera olvidado completamente de no ser porque Ignacio Castells la filmó con una cámara de super 8mm. Finalmente esa filmación llegó a los adversarios de los Gracia justo en el momento en que el grupo de la FE-JONS(a) de Barcelona se había partido en dos. Uno de los grupos había convocado un mitin en un cine de barrio. Al intentar acceder al cine se encontraron a los Gracia, y a algún otro camarada, encadenados ante la puerta con un cartel: “Queremos un debate”. Los otros se frotaron las manos: “¿debate? Ahora vais a ver”. Y les proyectaron la película a ellos que habían negado por activa y por pasiva haber sido miembros del PENS (no es que el PENS repartiera carnés, pero sí habían tenido algún tipo de compromiso). “No se ve muy clara esta película” fue lo único que acertaro a decirJavier Gracia.

Desde ese momento entendí los riesgos de no asumir el pasado: no es que considere el tránsito por el PENS como algo más que una experiencia juvenil, breve en el tiempo y que equivalía a un rito de tránsito de la adolescencia a la juventud. El PENS me dio la ocasión de alejarme del hogar paterno, de conocer nuevos amigos y de vivir un remedo de aventura que, en mi caso, consistió en excursiones a la montaña, pintadas y empezar a escribir sistemáticamente, algo que finalmente terminó determinando mi vida profesional.

Pues bien, fue con los Gracia con los que me fui a Madrid a la reunión de los Círculos José Antonio. Debieron asistir unas cuarenta personas procedentes de casi toda España. Allí conocí al representante del Círculo José Antonio de Zaragoza con el que todavía sigo manteniendo estrechas relaciones de amistad y colaboración política. Al poco de conocernos vimos que teníamos inquietudes disonantes con el resto: nos había interesado la revolución de mayo, Evola, Guénon y las doctrinas tradicionales, habíamos leído a los situacionistas franceses y considerándonos anti-izquierdistas nos atraía extraordinariamente el pensamiento de la izquierda alternativa europea como fuente de inspiración.

La reunión, presidida por Diego Márquez y Carlos Ruiz Soto fue bastante gris y de ella recuerdo solamente que pedí en nombre del Círculo de Barcelona la celebración del Acto Nacional anual para nuestra ciudad. Diego me miraba con expresión de conmiseración y de condescendencia hacia la juventud, como pensando: “Como se nota que este es recién llegado y no conoce el terreno que pisa”. Efectivamente, no lo conocía. El acto tuvo lugar no recuerdo dónde pero yo, para esa época, ya no estaba bajo la disciplina de los Círculos José Antonio. Diego expresó el plan de los Círculos: llegar a los 100 (debían ser en aquel momento unos 75), constituir el embrión de un partido político y, finalmente, notificar el estado de los trabajos para alcanzar la “unidad falangista”, algo que Diego veía difícil y que a mí me convenció de ser una verdadera quimera en el sentido de ilusión de algo horroroso a la vista de lo que podría salir de la multiplicidad de tendencias ideológicas y líneas políticas de la media docena de grupos existentes en la época.

Hasta tres años y medio después no volví a tener contacto con todo el ambiente azul.  Fueron unos camaradas, “el Boinas” y Bernardo los que me animaron a ir al Congreso y allí, en un Citröen estaba yo un viernes por la tarde saliendo para Madrid. Entre que “el Boinas” fumaba puros y que al Citröen se le salía la gasolina y, más que correr el riesgo de convertirnos en un coctel molotov sobre ruedas, aquel viaje fue mareante a causa del ambiente saturado de olor a puro y a gasolina (el viaje con los Gracia a Madrid, a todo esto, no había sido mejor: a eso de las 5 de la madrugada paramos en plena carretera, dormimos un poco hasta que me despertó un ruido extraño. Delante nuestro había un montón de basura y miles de ratas –miles– paseándose). Aparentemente, el Congreso estaba bien montado y en el hall del Palacio de Congresos parecía invadido por un azul pastoso en medio del cual nosotros éramos la excepción catalana. Nos dieron los pases –se trataba de un congreso abierto– y una carpeta con el programa, una pequeña declaración y poco más. En principio lo que más me sorprendió era que el encuentro recibía como nombre “Congreso Nacional Sindicalista (Primera Fase)”. Eso de las "fases" atribuía al proyecto el aspecto de ser el parto de los montes, pero no se nos indicaba qué otras fases habría ni cuantas ni para qué. Veía aquello con cierto alejamiento, pero con la secreta esperanza de que alguien levantara una bandera que fuera susceptible de ser seguida sin ningún tipo de reservas mentales. No hubo tal.

A primera hora de la mañana, seríamos no más de 350, quizás 400, quienes acudimos al Palacio de Congresos de Madrid. Con el paso del día se fue sumando más gente. Todos –salvo los tres que veníamos de Barcelona– eran miembros de los Círculos José Antonio o de los Antiguos Miembros del SEU o de los Antiguos Miembros del Frente de Juventudes, o de la Asociación Juvenil Amanecer, o del Círculo Doctrinal 4 de marzo o de la Agrupación Juvenil Bandera Roja y Negra o de los Jóvenes Falangistas, demasiadas siglas que evitaban reconocer que los otros dos grandes grupos, el de falangistas-franquistas encabezado por Raimundo Fernández Cuesta y el de Pedro Conde o los falangistas-izquierdistas no habían participado en el sarao.

Cuando nos enunciaron las ponencias yo me apunté a la de organización y Bernardo a la de programa. Había media docena de estas ponencias presidida cada una de ellas por algún “figura” del falangismo y de los círculos. La ponencia de Internacional, por ejemplo, estaba presidida por David Jato Miranda, autor de La Rebelión de los Estudiantes, una historia del SEU en la preguerra. La de organización la presidía López Otero, presidente del Círculo José Antonio de Sevilla.

Aparentemente, las ponencias podían modificarse según los trabajos de las reuniones. En realidad, eran inamovibles. El ponente de organización logró sorprenderme elaborando en menos de un minuto una teoría organizativa que hubiera dado vértigos al mismísimo Lenin. Sostenía que mientras lo normal era que “los partidos consideraran al sindicato como una correa de transmisión, para el nacional-sindicalismo el partido era la correa de transmisión del sindicato”. La frase era ingeniosa, era del tipo de “el sentido común es el menos común de todos los sentidos”. Y de ahí la ponencia no salía. Tuve que explicar –entonces ya empezaba a moverme con más confianza en mí mismo y había dejado atrás la timidez congénita que me dificultaba el tomar la palabra en asambleas, mítines y ponencias– que lo esencial del período que se abría era la legalización de los partidos y que el eje de la política iba a depender de los partidos, no de los sindicatos que se limitarían cada vez mas a defender, mal que bien, los derechos de los trabajadores, pero nunca a forzar reformas políticas ni siquiera a intervenir en política. No hubo forma. Ni tampoco cuando pasé a explicar que lo esencial en un congreso de este tipo era definir objetivos, estrategias y tácticas, en lugar de buscar innovaciones organizativas poco meditadas que, más allá de un enunciado más o menos rutilante, eran imposibles de llevar la práctica. Ni por esas. La ponencia era inamovible y así se quedó, a pesar de que buena parte de los miembros de la ponencia compartían mi posición.

La ponencia de ideología no había ido mejor. Se habían limitado a comentar y votar, uno a uno, los 27 puntos de la Falange. En aquella época era todavía importante esta cuestión de si eran 26 ó 27 los puntos del programa falangista. Los 27 puntos habían sido redactados por José Antonio Primo de rivera, pero el 27 que decía eso de que “pactaremos muy poco” no tenía sentido cuando Franco fusionó a la Falange con los Carlistas en su Movimiento. Así que de 27 se quedaron en 26. Ese punto marcaba la diferencia e indicaba si se estaba ante un falangista disidente, auténtico, hedillista, etc., o si se estaba ante un falango-franquista. En aquella ponencia, Bernardo, al que los problemas ideológicos nunca le preocuparon excesivamente, había salido despotricando cuando se sometió a votación si el hombre era portador de valores eterno o no, y resultó que sí lo era, pero por la mínima. En otras ponencias las cosas no fueron mejores. En la de internacional, cuando lo único que cabía era intentar vincularse a organizaciones similares europeas, David Jato lo centró todo en la Hispanidad y en su defensa. A media tarde del primer día de trabajos, era evidente, al menos para mí, que aquel encuentro no iba a servir para nada y que jamás tendría lugar la 2ªFase, ni mucho menos la 3ª, en caso de que estuviera prevista.
 
Para colmo en la mañana del domingo acertaron a ponerse ante la puerta del Palacio de Congresos un grupo de hedillistas para hacer propaganda –claro está- de lo suyo, la FE-JONS(a). Hubo el consabido reparto de estopa que entre camaradas duele más. El acto de clausura registró la presencia de De Raymond que en aquel momento emergió como cantante patriótico. Sin embargo también desentonaba algo con el congreso. A fin de cuentas, De Raymond era franquista y posteriormente se encontró mucho más cómodo en el entorno de Fuerza Nueva, junto a José María su compañero del alma con el que todavía sigue en el Miami de las Américas. No asistimos al mitin de clausura y preferimos visitar a Della Chiaie y sus camaradas exiliados en la Pizzería L'Apuntamento que tenían abierta en la calle Libreros de Madrid. Y luego para Barcelona comentando la inutilidad de aquel congreso que, efectivamente, no tuvo la menor repercusión.

A poco de celebrarse el congreso parte de los círculos fueron a engrosar las filas de FE-JONS(a) que en su primera fase prodigó un activismo frenético que duró hasta la noche en que se conocieron los resultados electorales de 1977. Zulueta, uno de los dirigentes de los Círculos se había pasado a los presuntos hedillistas con armas y bagajes. Los Círculos José Antonio se quedaron en medio de un bocadillo formado por la derecha falangista de Raimundo y por la izquierda hedillista, sometidos a una pérdida de efectivos por goteo que no logró detener su transformación en Partido Nacional Sindicalista. Para colmo estaba la presión del grupo de Sigfredo Hillers desde las altas cumbres de su rigorismo falangista.

Diego Márquez siguió predicando la unidad falangista hasta que finalmente la consiguió cuando Raimundo dimitió y él venció a Antonio Tuero en el ya lejano 1986. Tuero meditó sobre el nacionalsindicalismo, la ocasión perdida de ser el jefe nacional heredero de Raimundo, el pasado, el futuro, y, por aquello de la coherencia, se hizo francmasón entrando algo después en el Consejo Supremo el Grado 33. No era el único en nuestro ambiente que se decantó hacia la masonería y no voy a ser yo quien se los reproche. Diego, como primera providencia, convocó un “Congreso Ideológico” cuya ponencia me inspiró una irreprimible tristeza: era lo de siempre que llevó a lo de siempre, una escisión por aquí, una ruptura por allá, una fusión a cuyá y Diego casi 25 años después que dice que ahora sí que dimite. En ese ciclo de 25 años, la Falange se ha extinguido casi completamente.

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