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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

CULTURA

¿Qué es un progresista y como ve el mundo?

¿Qué es un progresista y como ve el mundo?

Infokrisis.- Progre” es el apócope de “progresista”, utilizado con voluntad denigratoria y resaltando las limitaciones de una ideología que no llega a tal, sino que más bien es una concepción del mundo. “Progresía”, por su parte, se utiliza como sinónimo de feligresía “progre”. El “progresismo” es tan limitado en lo ideológico que “progre” se adapta mejor a sus contenidos, de la misma forma que un dinosauro político indocumentado no es un “reaccionario” sino más bien un “regre”. Lo “progre” y lo “regre” son las dos caras de la misma moneda: la de la estupidez aplicada a la política y al día a día.

La naturaleza “progre” viviseccionada

El “progre” se quiere aureolado de tres rasgos que definen su médula:

1) De cara al sistema político es “renovador, reformista e innovador”

2) De cara a sí mismo es “tolerante, humanista y laico”

3) De cara a su ubicación es “de izquierdas”, “de centro izquierda” o “centrista” (y si es centrista, por supuesto, se reafirma diciendo que es “de centro “progresista” porque más acá de la izquierda hay que añadir la coletilla).

Es difícil no considerarse “progre”, porque, en principio los dos primeros rasgos no los puede negar nadie. Nadie con dos dedos de frente se encierra en un bunker político negando la necesidad de reformas y renovaciones. En tanto la sociedad avanza y evoluciona (o involuciona), siempre es preciso introducir correcciones al sistema. Así mismo, es difícil negar que “tolerante” y “humanista” son posiciones más agradecidas que “intolerante” e “inhumano”. Y lo laico siempre será más árido, pero más racionalista, que cualquier forma de pensamiento mágico.

El “progre” y su ubicación política

Pero lo más sorprendente es que todo “progre” se ubique del centro a la izquierda del panorama político. No hay “progres” de derecha o al menos no son creíbles ni tolerables por los “progres” con marchamo de autenticidad. Esto crea algún problema, a la vista de que ese espacio político es tan amplio como heterogéneo. En el fondo, uno de los motores del malhadado “proceso de paz” vasco fue la irracional creencia de ZP en que los “abertzales” se situaban a la izquierda del panorama político vasco, esto es, próximo a los socialistas y que solamente les hacía falta un pequeño impulso para que los chicos de la gasolina hicieran causa común con ellos. El razonamiento de ZP era más simple que el mecanismo de un botijo: “si se llaman a sí mismos “izquierda abertzale”, eso quiere decir que son “progres”, y si lo son, es que son buenos chicos. Así que accederán a pactar con otros “progres” como nosotros”. De ahí al fracaso de la lucha contra ETA no había más que un paso que ZP dio con una audacia propia de Zerolo reivindicando vaselina con cargo a la Seguridad Social.

El “progre” para serlo, debe ser de izquierdas. El “progre” centrista es un falso “progre” o un “progre” emboscado, y a éste se le define como “oportunista” (y seguramente lo es). El verdadero “progre”, como mínimo, está ubicado en el “centro-izquierda” y, a partir de ahí, llega su presencia hasta la extrema-izquierda. Esto explica muy a las claras por qué el “progre” es “antifascista”, pero no “anticomunista”. A decir verdad, si el “progre” fuera “tolerante, humanista y laico”, difícilmente podría encajar con una doctrina que, desde Marx hasta que fue arrojada a las letrinas de la historia, sus tres rasgos esenciales eran su intolerancia, sus contenidos inhumanos y su formulación con forma de religión laica. Pero a los “progres” de hoy les ocurre con los comunistas lo mismo que a ZP con los chicos de la gasolina: si ellos dicen que son “progres”, es que lo son, y poco importó que crearan el GULAG, las checas, el estalinismo, Pol Pot o, simplemente, propusieran esa lindeza de la dictadura del proletariado, quintaesencia del pensamiento mágico y mesiánico aplicado a la política.

Es curioso, porque hubo un tiempo en el que el marxismo (y su precedente, el socialismo utópico) era de una austeridad propia de los profetas del desierto. No es por casualidad que el sufraguismo feminista naciera en esos pagos. Era el tiempo en el que una parte de la “izquierda progresista” condenaba a la sexualidad como una manía pequeño-burguesa que alejaba de los verdaderos problemas del proletariado y creaba vicio y molicie en los militantes obreros. Esta doctrina duró en algunos sectores hasta finales del siglo XX. Los maoístas siempre sostuvieron que un maricón era alguien para el que el ano del amante era más importante que la “lucha del proletariado”, la “guerra popular prolongada” o la “insurrección armada de masas” y, por tanto, prescribían la abstención en materia sexual. En esa misma época y desde principios de los años 70, otra secta izquierdista, el “trotskysmo”, ya se dio cuenta del inmenso potencial que albergaban los movimientos de liberación sexual y constituyeron los primeros núcleos de los futuros “partidos arcoiris”.

El “progre” y el comunismo histórico

Lo realmente sorprendente es que, a poco que se examine lo que fueron los partidos comunistas, se percibe con facilidad que la mayor monstruosidad de la historia les pertenece como patrimonio inalienable y que nunca nadie como los partidos comunistas negaron justo lo que los “progresistas” afirman. Santiago Carrillo, en España, entendió que los crímenes de Stalin, la invasión de Checoslovaquia y la represión constante que se generaba allí donde un comunista había echado raíces, no convenía a sus intereses; así que creó –junto con Georges Marchais y Enrico Berlinguer– el “eurocomunismo” que era menos comunista y más “progresista” a efectos de imagen. Lo que no impidió que Carrillo y el PCE siguieran contando con subsidios, subvenciones, ayudas y mordidas de los países del Este. Ceaucescu fue el último en cancelar estas ayudas, y no voluntariamente, sino porque los ciudadanos rumanos se soliviantaron con él y terminaron fusilándolo.

El “progre”, para serlo, debe ser asimétrico en su forma de ver las cosas: antifascista por un lado, mirará con simpatía al comunismo y a la historia del movimiento comunista. Es de buen tono, por ejemplo, que cuando se examina el franquismo y la transición española, el “progre”, especialmente, destaque las cualidades de Santiago Carrillo para llevar al PCE por la senda democrática. Si Carrillo es algo es cualquier cosa menos un ejemplo de político con escrúpulos. No los tuvo durante la guerra civil (Paracuellos no fue un accidente en la vida de Carrillo, ni siquiera un pecadillo de juventud), no los tuvo cuando traicionó a su padre Wenceslao Carrillo, sustrayendo las juventudes socialistas al PSOE y llevándoselas enteritas al PCE, ni los tuvo cuando puso pies en polvorosa dejando a los “pringaos” (militantes) a que cubrieran su retirada; volvió a mostrarse tal cual era cuando liquidó a sus enemigos políticos lanzándolos a la loca aventura de la “invasión del Valle de Arán” por los maquis, en la que murieron o fueron capturados los elementos más disidentes de los que podía esperar una oposición cerrada a su política. Volvió a mostrar ese oportunismo y esa falta de escrúpulos cuando envió marcado a España a Julián Grimau que, como era de esperar, resultó detenido y fusilado. Volvió a mostrar más de lo mismo cuando en las proximidades del “proceso de Burgos” lanzó su llamamiento a “las fuerzas del trabajo y de la cultura” para que sellaran su “pacto por la libertad” (año y medio después de que los tanques de su benefactor, Breznev, aplastaran la primavera de Praga). Y por si eso fuera poco, viajó a EEUU tras las elecciones de 1977 para rendir pleitesía a los “amos del mundo”, en forma de diosecillos del CFR (Consejo de Relaciones Exteriores norteamericano) y, de regreso, iniciara la voladura controlada del PCE. Y, finalmente, pirueta de piruetas, después de haber pasado cincuenta años aguijoneando a la sigla PSOE, ingresó en ese partido con su último escuadrón de fieles tan despistados como cerriles. Ese es Santiago Carrillo, el “progresista”, hoy disputado por las emisoras de PRISA como comentarista y tertuliano de pro.

El “progre” y la guerra

El “progre”, en su decantación política, es pura contradicción e incoherencia galopante, reflejo especular de todo aquello que critica: alardeará de haber retirado a las tropas de Irak pero evitará reconocer que metió a nuestras tropas en lugares tan peligrosos como Irak (Afganistán, Líbano). Y, si se ve forzado a reconocerlo, sostendrá que fueron allí a repartir bocadillos y a morir por la democracia (que en Afganistán es como aquí morir en defensa de algo tan próximo como el tiranosaurus rex). Y, por tan loables intenciones, nuestros muchachos generaron la hostilidad del “terrorismo internacional”.

Si estalla una mina bajo su vehículo, si el helicóptero que los transporta es tiroteado y cae, si la base donde duermen las tropas recibe en la noche un pepinazo de mortero, todo ello no son “acciones de guerra”, sino del “terrorismo internacional” que la ha tomado con los que no aspiran más que a ayudar a la población. Cualquier cosa menos reconocer que nos encontramos en “estado de guerra” allí donde ZP ha llevado a nuestras tropas. Aunque lo ignore, el concepto áureo del “progre” es: “dos pesos, dos medidas”. La guerra es guerra cuando nos mete en ella la derecha, pero es cualquier cosa menos guerra si la asumen ellos.

El “progre”, la religión y el laicismo

Las relaciones del “progre” con la religión son particularmente sorprendentes. El “progre”, en sí mismo, suele definirse como laico, lo cual no está reñido con que algunos afinen un poco más y reconozcan que tienen fe religiosa, pero que ésta se aplica solamente a la esfera personal. Eso está bien. Les pierde la simpatía por los “movimientos apostólicos de base”, es decir, si les va algún tipo de religión es la religión de la no-religión, esto es, el cristianismo postconciliar. Un “progre” que se precie no albergará el menor problema en comulgar con una rosquilla que le tenderá el islamista que se sienta junto a él el día en que las cámaras de TV lo registren. Será de buen tono que considere esta “comunión” como “aproximación a los que sufren”, pero nunca –y esto es definitivo, nunca– como una liturgia y un ritual religioso (porque si para él la religión católica debe ser algo, debe ser desprovista de liturgia, rito y dogma, convirtiéndose en la ideología “progre” rotulada como religión).

El “progre” defenderá a capa y espada el laicismo del Estado y también en esto incurrirá en una curiosa contradicción. Poco importa que la religión católica sea la tradicional de España, y que difícilmente podría entenderse nuestra historia desconociendo el hecho católico, lo que realmente le interesa es que la enseñanza de la religión no se enseñe en las aulas y, si hay que hacerlo, sin duda el catolicismo debe estar en pie de igualdad con cualquier otra religión “para que el niño conozca y elija”… Resulta, en cualquier caso, chocante que toda la hostilidad indisimulada en relación a la Iglesia se transforme en una admiración desmesurada (y frecuentemente ignorante) hacia el Islam y todo lo que representa. Si en materia religiosa el “progre” alberga alguna simpatía es hacia el islamismo, hasta el punto de que en el mismo momento en el que defiende la desaparición de la asignatura de religión en la escuela, no tiene empacho en promover con cargo a los presupuestos generales del Estado la contratación de imanes y electroimanes para enseñar el islamismo en las aulas. ¿A qué se debe? Es simple entenderlo: en su particular visión histórica la “pérdida de España” en tiempos de Don Rodrigo no fue tal, sino apenas una colonización realizada por pacíficas gentes del desierto que llevó a la península a ser “el país de las tres culturas” hasta que los Reyes Católicos y los “grandes Austrias” dinamitaron este sueño dorado y convirtieron a nuestro país en el terreno abonado para el fanatismo religioso.

El “progre” tiene tendencia a ignorar que el ejercicio de la inquisición fue racionalista en España, mientras que las brujas eran quemadas a mansalva en el resto de Europa. Si la leyenda negra ha cuajado en alguien, ha sido en él, que la asumido acríticamente. De ahí que el “progre” no tenga inconveniente en “considerar” (ZP, sin ir más lejos) la propuesta de nacionalizar españoles a los descendientes de los moriscos expulsados (expulsados por pactar con el turco una nueva “pérdida” de España, por cierto).

La Alianza de Civilizaciones o el “progresismo” quintaesenciado

Esto nos sitúa en el centro de la nueva iniciativa “progre” por excelencia: la Alianza de Civilizaciones. Tras haber lanzado en NNUU su llamamiento, ZP fue apoyado entusiásticamente por Mongolia, pero ZP declinó educadamente tanto entusiasmo y se fue en busca de aliados más acordes con su proyecto. Le salieron dos de los llamados “países oportunistas”, Marruecos y Turquía, países ambos que aspiraban a los mercados y a los subsidios de la UE, únicos apoyos del peripatético proyecto. Así que ZP contrató a un “grupo de sabios” para que enunciaran las medidas más adecuadas para alcanzar la “armonía civilizacional” a la que aspiraba. Estos “sabios”, después de deliberar, dictaminaron que había que cuidar particularmente  la educación de la infancia e imbuirles desde pequeños estas loables ideas: por tanto habría que enseñar a los niños españoles el Islam y a los afganos el cristianismo. Les pagaron sus emolumentos y nadie volvió a acordarse del disparate. De la Alianza de Civilizaciones queda el sorprendente hecho de que parece unilateralmente orientada hacia el Islam, como si el hinduísmo, el confucianismo, el budismo y el sintoísmo o la cultura finesa no existieran. La Alianza de Civilizaciones mira al Islam como el torete bravo mira a la vaca tetona. Existe unanimidad en pensar que el día en el que ZP se ausente de La Moncloa sin dejar señas, si alguna de sus iniciativas va a irse con él es este proyecto tontorrón.

En el fondo, la inspiración de ZP viene de Catalunya. Fue gracias a Maragall por lo que pudo ser secretario general del PSOE. Gracias al Pacto del Tinell encontró una estrategia para aislar al PP durante unos años. Y fue también gracias al alcalde Joan Clos (hoy ministro) por lo que encontró un modelo a universalizar en forma de “Alianza de Civilizaciones”. Ese modelo fue el “Forum de las Culturas 2004”, una verdadera orgía “progre”.

El Forum 2004 surgió de la colusión de dos elementos: las ansias recalificadoras  inmobiliarias del Ayuntamiento de Barcelona (Barcelona, encerrada entre montañas y por otros términos municipales difícilmente puede expanderse si no es apurando la zona de Diagonal Mar donde se construyó el foro y se promocionó un nuevo sector urbano como 12 años antes se hizo con la Zona Olímpica, 80 años antes con la Exposición Internacional, la zona de Montjuich y ciento veinte años antes con la primera exposición de 1889 en la zona de Arco del Triunfo: Barcelona se expande a golpe de eventos) y el misticismo masónico presente siempre en el ayuntamiento de la ciudad condal, cuyas loables intenciones aportaron el contenido emotivo y sentimental a una operación que era, a la postre, inmobiliaria. Los masoncetes del ayuntamiento aportaron los principios que inspirarían al foro, y éstos serían “libertad, igualdad y fraternidad” (originalidad ante todo). De los tres términos, el tercero era el clave: “fraternidad”, no ya entre las personas, sino entre las culturas. Del Forum 2004 no quedó nada tras el día del cierre, salvo la operación inmobiliaria que había resultado triunfal para sus beneficiarios y la idea que, ampliada, terminó en Alianza de Civilizaciones.

El “progre” y el sentido de la historia

El “progre”, en este como en cualquier otro aspecto de su vida, suele confundir sus deseos con la realidad. Nadie niega la necesidad de reformar constantemente la sociedad, si no funcionan las reformas en una dirección habrá que hacerlas en otra. En esto de las reformas los dogmatismos huelgan. Eso es lo razonable, por tanto no es lo que cabe en la mentalidad de un “progre”. Para el “progre”, la historia es unidimensional, lineal y siempre ascendente. Existe un sentido de la historia para el “progre” y ese sentido es hacia delante y hacia arriba. Así pues, todo lo que vaya en esa dirección, esto es, que no se haya ensayado anteriormente, es positivo, saludable y lo que pide la situación. El “progre” nunca mira hacia atrás en busca de inspiración: si no es completamente ciego –que también puede ocurrir– mira sólo hacia delante en dirección siempre a las novedades nunca antes ensayadas y de eficacia indemostrable. Suele ocurrir que, con una frecuencia inusual, sea peor el remedio que la enfermedad.

En la enseñanza es, sin duda, donde los “progres” han hincado más sus garras, y es la enseñanza una de las instituciones que sufren una crisis más profunda en nuestro país. La enseñanza es, a decir verdad, la pira de las esperanzas “progresistas”. Ni una sola de sus intuiciones se ha demostrado eficaz y, a medida que se han ido aplicando unas y otras, el sistema de enseñanza ha ido decayendo hasta que, finalmente, ha ingresado en la UVI sin grandes esperanzas de recuperación. La fuga hacia la enseñanza privada de la población que se lo puede permitir evoca el momento en el que los náufragos del Titanic se abalanzaron hacia las lanchas.

El “progre” y la ecología

No es raro que, a la vista de lo visto, el “progre” se refugie en campos que, a primera vista, solamente él domina. En la ecología, por ejemplo, hay acumulación de “progres” como en lugar alguno. Nuevamente aquí, el “progre” se ha revestido de los rasgos apocalípticos, mesiánicos y escatológicos del profeta iracundo del Antiguo Testamento. También aquí se produce la paradoja de que los actos desmienten las palabras del “progre” que, una vez más, parece decir: “fijaros en lo que digo pero no en lo que hago”. Salvo honrosas excepciones, el “progre” de bulto no acompaña sus jeremiadas sobre el calentamiento climático, el agotamiento de recursos o lo insostenible del desarrollo, aplicándose el cuento y moderando su consumo energético, acudiendo a los transportes públicos y reciclando, sino que suele hacer una vida como el regre más regre del universo regre.

Salvo en sus palabras, el “progre” no hace nada por el medio ambiente. Además, conoce las necesidades de conservación (la palabra conservación produce estremecimientos en el “progre” salvo en materia ecológica) del medio de manera completamente aproximativa. Los campesinos son, además de la clase más conservadora, los que mejor conocen las necesidades ecológicas del medio. Raro es que un campesino haga algo contra el medio ambiente del que, necesariamente, vive. Pero el ecologismo tiene tanto que ver con los agricultores como el “progre” con el sentido común. Superficial entre los superficiales, el “progre” repetirá la necesidad de aplicar el protocolo de Kyoto sin tener una idea muy exacta de lo que es. Le bastará ver una mediocre y alarmista cinta de Al Gore para preocuparse por la tarde y volver a sus hábitos normales antiecologistas por la noche. Con todo esto su solidaridad con la naturaleza queda satisfecha. Acto seguido, abre la puerta de su automóvil y contamina como cualquier otro hijo de vecino, “progre”, regre o mediopensionista.

El finalismo “progre” y la negación de lo instrumental

El “progre” es fundamentalmente alguien que ejerce el noble arte de la solidaridad con una facilidad y una reiteración pasmosas: se solidariza con quien haga falta y donde haga falta. En su escala “finalista”, aquellos valores que contribuirán a hacer una sociedad ideal al final del camino son mucho más importantes que los valores “instrumentales” que nos ayudan en el día a día a llevar una vida mejor y a hacer más soportable la sociedad. Los valores finalistas a los que se apresta a transmitir la asignatura “Educación para la Ciudadania” son encomiables: pacifismo, solidaridad, humanismo, ecologismo, tolerancia… pero no dice nada de los valores instrumentales: jerarquía, fidelidad, rectitud, disciplina, autocontrol, espíritu de sacrificio, etc. Y así se da nuevamente la paradoja de que un chaval educado en los nobles valores finalistas, modelo de virtudes cívicas del universo “progre”, sea un perfecto borde en su casa y esté dispuesto a solidarizarse con las mariposas de Amazonia en trance de desaparecer por las talas sistemáticas de árboles, pero sea incapaz de facilitar la vida a sus padres o, simplemente, de tenerles un poco de respeto.

El “progre” y las “fuerzas de la cultura”

El “progre” sufriría mucho si fuera capaz de reflexionar sobre los problemas que genera su actividad. La política nacional e internacional, la educación, la ecología son terrenos en los que los fracasos “progres” se cuentan tanto como sus iniciativas. Pero siempre les queda la “cultura”. Porque el “progre” está convencido de que es una persona “culta”. Saber las cuatro reglas, habitualmente, las sabe, pero eso no le da necesariamente un marchamo de culturizado, aspira a algo más. La cultura “progre” es mediática, esto es, facilona: sus popes son Ramoncín para los más simplones y Saramago para los edulcorados. Si fallece el Fary o se nos va Juanito Valderrama, no tendrá ni una palabra de cariño, desconfiará de Tintín, y Schwarzeneger o Clint Easwood le generarán todo tipo de desconfianza. Porque el “progre” tiene sus preferencias: en música, por supuesto, Camarón. Sobre todo Camarón. Y en segundo lugar la “música étnica” y los sonidos “de fusión” o “mestizos”. En cine, arte y ensayo, por supuesto cuando lo había. Cine intimista, siempre (a la vista de que el cine de Pontecorvo desapareció), minimalista y si puede ser, llegado del Este. Y, luego, claro está, un tributo a la producción nacional: porque los actores y directores españoles son los niños mimados de las “fuerzas de la cultura” “progre”.

De hecho, si hay un colectivo trufado de “progres”, es el de los actores. Todos son y todos quieren ser “progres” sin excepción. ¿Cómo se puede explicar a un actor que realiza su cometido cuando repite textos que otros han escrito, que cuando habla por sí mismo, expresando su opinión, frecuentemente hace el ridículo? Cuando un actor expresa sus opiniones políticas lo hace con una simplicidad propia de parvulario, pero eso no impide que se considere un “trabajador de la cultura” y, por tanto, perteneciente a una élite privilegiada. Habitualmente, un actor expresa sus criterios políticos mediante una pegatina. Hubo un tiempo en que eran “panfletos parlantes”, hoy apenas son “percheros de pegatinas”. Su fiesta anual son los Goya, que viene a ser como un reparto de la miseria. Sector subvencionado en un 30 por ciento, el cine español muere de sobredosis “progre”. No es raro que los esperpentos  (a lo Torrente o a lo Mortadelo) generen más favor del público, puestos a elegir, la mayoría no “progre” se decanta hacia los productos no “progres” del sector.

El “progre” y las drogas

Hablando de sobredosis. El “progre” y las drogas constituyen otro capítulo sorprendente. La postura políticamente correcta del “progre” consiste en enfatizar sobre la despenalización de las drogas, de todas las drogas, menos del alcohol, del tabaco y de los toros que deberían de estar, no sólo prohibidos, sino castigados. En este terreno de las drogas, pensar en que un “progre” podría hacer realidad algún día su “proyecto” es, literalmente, aterrador. Miles de yonkis comprando heroína y cocaína en los supers y atracando al resto de clientes en la cola de la caja. Millones de chavales tirados por las calles consumiendo haschís a destajo y todos ellos –como los yonkis– con los vicios pagados por los caudales públicos. ¿En eso consiste la legalización de las drogas? Seguramente es la visión que más se aproxima. Por si no hubiera suficiente con un “efecto llamada” para delincuentes, otro para inmigrantes, otro para los transexuales en busca de operaciones gratis, ahora lo que la totalidad del universo “progre” plantea es un efecto llamada para los colgados de todo el mundo: “cuantos más seamos más nos colocaremos”.

Gracias a los “progres” celtibéricos hemos conseguido que, según NNUU, España sea el país del mundo que más drogas consume… mucho más que los EEUU. Finalmente, hemos logrado superar a los EEUU en algo. El mérito es para la “progresía” que, en 1983, subió de la mano del PSOE enarbolando, entre otras lindezas, el slogan de “despenalización del porro”. Aquellas aguas trajeron estos lodos.

El “progre” y la inmigración

Hemos dicho “efecto llamada”, y esto tiene que ver mucho con la inmigración. La posición tradicional del “progre” en esta materia es simple: “papeles para todos”. Lamentablemente, tanta solidaridad no se traduce, como es habitual, en un comportamiento diferente al resto de la población: el “progre” no pone un inmigrante en su vida, no le ofrece su hogar para que pueda eludir la repatriación, ni un puesto de trabajo remunerado dignamente: en el terreno de la inmigración, una vez más, el “progre” predica unas cosas que nada tienen que ver con su comportamiento real. No conozco ningún empresario “progre” que pague un salario digno a sus trabajadores inmigrantes.

Ahora bien, sobre este tema ¿para qué hablar? Si ha habido alguna medida que destile mejor el espíritu “progresista” es, sin duda, la reforma de la ley de inmigración que llevó a la regularización masiva de febrero-mayo de 2005. A partir de ahí ¿se pueden considerar con seriedad las posiciones “progres” en materia de inmigración?

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Hasta aquí no hemos caricaturizado. Como máximo frivolizado, y lo justo. Los “progres” son así. El “progre” es lo que es, una contracción risible y grotesca surgida del universo más simplón de la izquierda. Un hombre de izquierdas es un “progre” ilustrado; un “progre” a secas es un pobre individuo con déficit de conocimientos reales e inflación de tópicos.

 

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es 

¿HAY QUE FUSILAR A TODOS LOS MODISTOS Y PUBLICISTAS?

¿HAY QUE FUSILAR A TODOS LOS MODISTOS Y PUBLICISTAS?

Infokrisis.-El anuncio de Dolce&Gabbana en la que una modelo vestida de negro recibe a otro modelo encima suyo, mientras otros cuatro modelos con el torso desnudo miran la escena, ha suscitado polémica. Las ministras de cuota y los ministros ambiguos han puesto el grito en el cielo: “el anuncio simula violación”. Y lo han prohibido facilitando a Dolce&Gabbana mayor eco del que hubiera suscitado la campaña. Por cierto, España, el país de las ministras de cuota y los ministros ambiguos es el único que ha prohibido el anuncio en cuestión. El gobierno ZP no renuncia a redimir al género humano.

MODELOS ANORÉXICAS, NO CLARO, PERO…

La gran polémica empezó con la Pasarela Cibeles del año 2005, cuando se adoptaron las primeras medidas para evitar que desfilaran modelos anoréxicas y, consiguientemente, pudieran dar un mal ejemplo a las adolescentes. Un pequeño porcentaje de modelos fueron excluidas por no dar los mínimos de masa corporal. La ceremonia del “tallado” de modelos volvió a repetirse en la edición de Cibeles 2006, con idéntico resultado. Efectivamente, había que tomar medidas contra la anorexia entre las adolescentes, pero…

No hay que engañarse: esa medida del “tallado” equivaldría a que un mendigo vestido de harapos se preocupara de tener bien colocada la corbata… Los problemas se atajan desde las causas, no desde un solo efecto aislado. Es evidente que la anorexia es un problema entre las adolescentes, pero solamente en un mínimo porcentaje lo es a causa de las modelos. Los problemas psicológicos que desencadenan un proceso anoréxico son mucho más complejos y tienen mas que ver con el modelo de civilización, el rechazo a crecer y madurar, que con la imitación servil a una modelo.

Por otra parte, ya que estamos en esto. La anorexia es un problema, tanto como lo es la gordura mórbida. Si hay una ceremonia del “tallado” de las modelos delgadas, también debería de haberlo para los clientes de las pizzerías y hamburgueserías y con mucha más razón, porque el sobrepeso es un problema mucho mayor que la anorexia y de mucho más fácil ataque: basta con prohibir los fast-food. Sin embargo, parece que hay que celebrar las pasarelas en las que desfilan modelos entradas en carnes o, simplemente, con exceso de sobrepeso, como si se tratara de un logro. ¿Va a hacer algo nuestro gobierno de redentores mesiánicos contra el sobrepeso y la gordura mórbida? Esperamos que sí…

CAMPAÑAS PROVOCATIVAS, NO, PERO NO A TODAS…

En marketing y publicidad se alude a determinado tipo de campañas publicitarias que triunfan, no por el resultado del número de impactos publicitarios contratados con los medios de comunicación, sino precisamente por factores que no tienen nada que ver con la difusión convencional del anuncio. Algunos las llaman “campañas virales”. Generan un efecto polémico que multiplica –como un virus- su impacto social.

Tal es el caso del anuncio de Dolce&Gabbana. El anuncio en sí mismo hubiera pasado casi completamente desapercibido, de no ser porque en algún despacho oficial alguna ministra de piernas y sobacos peludos hubiera puesto el grito en el cielo: “Estimula la violación”. Que el anuncio en cuestión es de dudosa oportunidad es una cosa, que hace falta cierto retorcimiento mental y tendencia a las parafilias y a las perversiones para ver cómo cuatro modelos –con más plumas que un pavo real- violan a una chica vestida de riguroso negro, es otra, incluso aventurada. Pero la cuestión es que si se rechaza esta campaña… hay que rechazar la inmensa mayoría de campañas publicitarias que no buscan otra cosa que llamar la atención.

Hubo un tiempo en el que Benetton se publicitaba mediante campañas provocativas que, inevitablemente, desataban la polémica. Benetton cesó de utilizar este tipo de promociones en cuanto que miles de personas decidieron dejar de visitar los establecimientos de la franquicia. Si una campaña genera rechazo… redunda negativamente en la marca. Así que si no te gusta un anuncio deja de comprar productos de esa marca. Es así de simple.

Por otra parte, hemos visto una proliferación de anuncios en los que se exalta el satanismo, miles de productos en los que una marca va unida a la excitación del deseo sexual y a distintas formas de erotismo, o que han excitado el sobreconsumo y el endeudamiento de las familias, por no hablar de los anuncios navideños de perfumes basados, inevitablemente, en la ambigüedad sexual. ¿Es aceptable todo esto? ¿Por qué no nos redime el gobierno ZP de tanta zafiedad? Hay una explicación.

LA MODA O LA FORMA DE EXPRESARSE DEL MUNDO GAY

Hay tres áreas de actividad en las que el mundo gay está sobredimensionado: la industria del espectáculo (especialmente cine y teatro), el complejo de la Moncloa y el mundo de la moda. Vamos a ocuparnos de esta última actividad.

A partir de reconocer la presencia masiva del mundo gay en la moda, pueden entenderse algunas de las tendencias actuales de este sector: androginia (tendencia a lo unisex, a utilizar modelos masculinos y femeninos ambiguos con los caracteres sexuales atenuados), tendencia a diseñar modelos que disimulen al máximo las cargas sexuales masculina y femenina, cierta hostilidad hacia la mujer-mujer que atrae la atención del hombre-hombre y que, por tanto, resta campo de acción al mundo gay, etc.

No es aventurado decir que en algunos desfiles de modelos, las chicas, habitualmente esculturales, van disfrazadas de manera que, lejos de realzar sus “performances físicas”, incitan al rechazo, tanto por el maquillaje, como por la forma de andar (frecuentemente hombruna, forzada y en absoluto femenina).

Y, por lo demás, el anuncio de Dolce&Gabbana incita a la carcajada si se mira con detenimiento. El aspecto de los “violadores”… plasmación acrisolada del icono gay, torsos depilados, miradas lánguidas, cuerpos aceitosos y aspecto, en definitiva, más que ambiguo ¡menudos violadores!

MISS CANTABRIA O EL ASALTO A LA MATERNIDAD

La polémica sobre Cibeles y sobre el anuncio de Dolce&Gabbana coincide en el tiempo con el caso de Mis Cantabria, desposeída de su título por ser… madre. El hecho de que la cántabra haya incumplido uno de las condiciones del concurso de Miss España no implica que esas condiciones sean razonables. Gracias a Miss Cantabria hemos sabido que los concursos de misses son un elemento más de la lucha contra la maternidad. El que las madres no puedan presentarse es un ataque a la maternidad y, en última instancia, a la familia.

El hecho de que una chica que ha sido madre gane, a otras que no lo han sido, el título de Miss Cantabria, indica que el hecho de ser madre no necesariamente deforma el cuerpo de la mujer… tal como se tiene tendencia a pensar, sino que se puede ser madre y seguir manteniendo un cuerpo en forma. Este mensaje es positivo para la maternidad y la familia, por lo tanto, se trata de impedirlo. ¿Quieres ser Miss? No tengas hijos.

No vamos a entrar en la polémica desatada por feminitudas y progres tripudos y barrigones, sobre si este tipo de concursos “hieren la sensibilidad femenina”… de hecho es evidente que las misses no se sienten “heridas” y, por lo demás, si estos concursos tienen algo cuestionable es la proliferación de viejos verdes y patéticos aprovechados que giran en torno suyo.

LA COSIFICACIÓN DE LA MUJER Y LA MISERIA SEXUAL

La mujer en la modernidad, desde los años 60 y desde la irrupción del movimiento sufragista en el último tercio del XIX, ha llegado al límite de la “integración” en el siglo XXI. El presidente de la Junta de Andalucía decía en plena campaña por el malhadado referéndum andaluz, que era un éxito que el 62% de universitarios fueran mujeres… en lugar de considerar como un fracaso del sistema educativo el que hubiera un 12% de varones que no lograban acceder a las aulas universitarias, lo que indicaba la quiebra del sistema educativo.

La igualdad hombre-mujer tiene un límite: el que la naturaleza le otorga. Y la naturaleza se obstina en ser conservadora. La maternidad hace que la simetría de la igualdad sea imposible. Hasta mediados del siglo XX todo estaba claro: en la pareja existía la división de funciones y la especialización, algo que todos los organizadores de sistemas saben que es necesario. Las mujeres tenían los hijos y los criaban hasta la pubertad, entonces el adolescente entraba en la esfera del padre y la adolescente en la de la madre. Pero, a partir de la revolución feminista de los 60, este esquema queda abolido y se llega en pocos años al absurdo obtenido por ZP que recompensa con “baja por paternidad” a los hombres, restando el tiempo a la “baja por maternidad” de la mujer… como si un hombre pudiera dar teta…

La mujer se ha visto así, dramáticamente, no liberada, sino sometida a la misma servidumbre que el varón: el convertirse en productora alienada y consumidora integrada… mientras que antes tenía una alta dignidad, la de ser madre, la de asegurar la continuidad de los linajes y de la especie, y una tarea preferencial, atender al cuidado de los hijos y al mantenimiento del hogar. Ideales conservadores… pero no por ello injustos. ¿Qué le queda a la mujer? Si se la ha despojado de su dignidad de madre, siempre le queda el ser objeto de deseo en un “plano de igualdad”. Pero si, además, la presencia asfixiante de gays en la moda tiende a reducirla a mero esperpento, no puede extrañar que nunca como hoy la mujer haya sido tan “libre” y “autónoma” y nunca como hoy las enfermedades mentales y las frustraciones hayan alcanzado a tantas y tantas mujeres, como símbolo de la miseria sexual de nuestro tiempo.

Algo ha fracasado y ese algo no ha sido la visión tradicional de las relaciones hombre-mujer, sino el haberse apartado de algo que está ligado a la biología y que, por tanto, radica en los genes. El progresismo ha negado la naturaleza biológica del ser humano, del hombre y de la mujer y ha tenido como resultado la aparición de los inevitables desajustes sociales que produce el obstinarse en presentarse como redentor negando la realidad.

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es

EL TORO DE OSBORNE, SIMBOLO IDENTITARIO, CUMPLE 50 AÑOS

Infokrisis.- En 1956, la agencia publicitaria Azor, diseñó por encargo del Grupo Osborne, el símbolo que debería representar al brandy Veterano, uno de sus marcas, en vallas publicitarias situadas en las carreteras. La agencia entregó el proyecto a uno de sus colaboradores, Manuel Prieto que, finalmente, tuvo la idea genial de evitar que el símbolo fuera un panel regular y optó por darle la silueta de un toro de lidia.

De los primeros tiempos a la hostilidad del felipismo

A partir de noviembre de 1957, empezaron a colocarse los primeros «toros» en las carreteras. Eran relativamente diferentes de los que se han popularizado con posterioridad: estaban elaborados en madera, apenas tenían cuatro metros de altura, tenían los cuernos pintados de blanco y las letras con el logotipo de la empresa anunciante. Dos años después quedaba claro que la climatología era adversa y que la madera terminaba rápidamente destrozada por los elementos. Fue entonces cuando empezaron a construirse en chapa metálica y su tamaño pudo alcanzar los siete metros de altura. En 1962 alcanzó la altura actual gracias a un cambio en la normativa de los carteles publicitarios, llegando a los 14 metros con los que se ha popularizado.

El felipismo nunca vio con buenos ojos el «toro de Osborne». En realidad, los socialistas nunca fueron amantes del toro de lidia, ni de la «fiesta nacional», así que no podían por menos que recelar de un cartel que aludía a lo uno y a lo otro. En julio de 1988, la Ley General de Carreteras obligó a retirar la publicidad de las carreteras estatales. Sin embargo, diversos colectivos cívicos sostuvieron que el toro se había convertido en algo más que el símbolo de una marca, así que consiguieron que se permitiera la permanencia de una parte de los «toros» instalados, a cambio de que se borrara el logotipo de la empresa. En las postrimerías del felipismo, sin embargo, cuando el régimen de los GAL y de la corrupción ya había entrado en su larga agonía, el Reglamento General de Carreteras ordenó retirar todos los toros de Osborne. Como era de esperar, varias comunidades autónomas se negaron a aplicar este artículo, apoyados por las peticiones de municipios, asociaciones culturales, grupos políticos, mediáticos, colectivos profesionales y de artistas que exigieron que la imagen pasara a ser catalogada como un «bien cultural».

El toro frente al «burro catalán»

Llegado el caso al Tribunal Supremo en 1997, este organismo dictó sentencia a favor del mantenimiento de esta imagen debido al «interés estético o cultural» que habían adquirido con el paso del tiempo. A partir de este momento, el «toro de Osborne» dejó de ser el símbolo de una empresa y de una marca de brandy, para pasar a ser un símbolo de la identidad nacional.

No es raro, pues, que los partidos nacionalistas e independentistas, particularmente ERC, hicieran de la cruzada contra el «toro» una cuestión de principios. No solamente derribaron los que quedaban en Catalunya, sino que inventaron –con relativo éxito– la imagen del «burro catalán» para contraponerla al odiado «toro español».

En la actualidad existen noventa toros de Osborne distribuidos de forma irregular por España. Ceuta, Melilla, Cantabria y Murcia carecen de ellos; Baleares, Canarias, Catalunya, Navarra y País Vasco, tienen solamente uno, mientras que Alicante y Cádiz albergan a nueve en su territorio. En Andalucía hay 22, en Castilla-La Mancha 13, en Valencia 12, en Extremadura y Galicia 5, en Madrid y la Rioja 2.

Pocas veces en la historia de la publicidad una imagen corporativa ha pasado a ser, de manera tan evidente, un símbolo de la identidad nacional. Hoy el «toro de Osborne» puede verse en banderas, en adhesivos de automóviles, en camisetas, gorras, llaveros, posavasos, etc. Es frecuente que nuestros soldados en misión fuera de España lo hayan incorporado con el visto bueno de sus oficiales, si no por su iniciativa, en los vehículos y símbolos de su presencia en el extranjero.

El «toro de Osborne» ha arrastrado a los nacionalistas e independentistas a realizar remedos, más o menos desafortunados, con los que intentar superarlo: la vaca utilizada por los nacionalistas gallegos, el cordero vasco y el inefable burro catalán, símbolo perfectamente ajustado a la naturaleza de sus patéticos sostenedores.

El toro como símbolo de la identidad nacional

Diversas sentencias judiciales dictadas, tras denuncias del Grupo Osborne, han dado la razón a los que sostenemos que el «toro» es un símbolo de nuestra identidad y, por tanto, como han establecido diversos tribunales: el toro es un símbolo nacional y no la marca concreta de una empresa. Lo que los tribunales han puesto de manifiesto es que una cosa es la marca registrada del Grupo Osborne y otra muy distinta el símbolo utilizado durante un período como su logo identificador, que ha terminado convirtiéndose en un «patrimonio cultural y artístico de los pueblos y campos de España». La sentencia añade, finalmente: «Aunque puede recordar a algunos el símbolo de una marca comercial, el primer impacto visual que produce es el de una atrayente silueta, superpuesta al entorno, que recrea la vista, rememora la Fiesta y destaca la belleza del fuerte animal».

El distintivo «tradicional» de España –que el franquismo recuperó pero que era anterior a él– incorporaba el águila como guardiana del escudo. Ese escudo fue sustituido durante la transición por el que lleva la corona monárquica. A decir verdad, lo normal hubiera sido reconvertir el escudo utilizado por el franquismo en «escudo constitucional», pero en lugar de esto se optó por improvisar otro que carece de arraigo suficiente y, por supuesto, de tradición. En muchos edificios del siglo XVI ya se ve el escudo con el Águila y el yugo y las flechas propios de los Reyes Católicos. El actual «escudo constitucional» improvisado a partir de la transición está íntimamente ligado al destino de la monarquía… que no auguramos particularmente brillante y con futuro.

Así pues, para evitar confusiones entre los que consideran que el escudo con el águila es franquista y que la utilización del escudo constitucional prejuzga una defensa cerrada de la monarquía cuya corona ostenta, polémicas ambas en las que no vale la pena perder mucho tiempo; por nuestra parte sostenemos la idoneidad como símbolo identitario de la bandera nacional con el «toro de Osborne». El hecho de que este símbolo esté ya en la calle y se pueda ver cada vez más, no solamente en manifestaciones deportivas, sino también y sobre todo, en manifestaciones políticas, hace que su importancia y su impacto popular sean extremadamente amplios.

No queremos entrar en una polémica estéril sobre si el escudo con el águila es franquista o no, mucho menos interesante es la discusión sobre la monarquía o la república, por lo tanto, asumir como propio símbolo identitario el viejo símbolo del toro, es nuestra opción, mucho más cuando en estos momentos, nuestro combate es, fundamentalmente, un combate en defensa de nuestra identidad nacional y de nuestros valores.

(c) Ernesto Milá - infokrisis - infokrisis@yahoo.es 

 

Fosé Fuis Fodríguez Fapatero, con F de “fake”, con F de “freak”

Fosé Fuis Fodríguez Fapatero, con F de “fake”, con F de “freak”

Infokrisis.- El debate sobre el estado de la Nación no ha aportado nada nuevo a la política española, pero remite a un género cinematográfico poco conocido -a pesar de estar hoy universalizado-, el "fake". "Fake" quiere decir literalmente "fraude". El mundo de ZP es un "mundo fake", casi tanto como un "mundo freak". Esto nos sugiere algunas reflexiones.

 

 

Orson Welles, el hacedor de “fakes”

Existe una película de Orson Welles que muy pocos recuerdan hoy, “F for Fake”, literalmente “F de Fraude”. No recuerdo si se estrenó en España; yo, en cualquier caso, la pude ver hace solo unos meses en un DVD, obviamente pirata. Dentro de la caótica filmografía de Welles, fue la antepenúltima cinta que filmó, cuando su carrera declinaba y su obesidad galopante lo había convertido en un barril de sebo permanentemente sudoroso y siempre polémico. Welles llevaba el fraude en la sangre desde que anunció una invasión extraterrestre el 30 de octubre de 1938 suscitando una ola de pánico entre los oyentes. Ni había extraterrestres monstruosos, ni los ciudadanos de los EEUU habían resultado atacados, ni las fuerzas armadas se veían imposibilitadas para contener a los agresivos viajeros del espacio. Todo lo cual no fue óbice para que, durante unas horas, EEUU se colapsara y el público entrara en pánico.

En 1938, Orson, que aspiraba a ocupar el papel de “niño terrible” de la escena norteamericana, todavía no había filmado ninguna de sus películas, aunque despuntaba en el mundo de la comunicación. Pronto entendió que su voz profunda, agradable y persuasiva, iba a encontrar en un cine su mejor medio para expresarse. No hacía mucho que “El Cantor de Jazz” había incorporado la voz a la imagen. Por lo demás, el cine no es más que una reproducción de la realidad, y, por eso mismo, en cierta medida, un fraude de la realidad. Lo que iba de Welles (H.G.) a Welles (O) era lo que iba de la novela tradicional al fraude puro y simple. En las postrimerías de su vida, Welles volvería a sus orígenes en “F for Fake”.

En 1972, Welles se encontraba, como la mayor parte de su vida, en apuros económicos. La Hacienda norteamericana le había capturado al vuelo el dinero aportado por inversores suizos para filmar “The other side of the wind” y estaba, literalmente, en bancarrota. En París se le ocurrió una de esas ideas brillantes que, invariablemente, le salvaban del descalabro definitivo en el último momento. El periodista Clifford Irving había saltado a la fama, junto a su sensual esposa, tras haber publicado las presuntas memorias de Howard Hughes. Dado que se sabía que Hughes se encontraba aislado en la última planta de un hotel, completamente fuera de la realidad y aislado del mundo exterior, no había posibilidades de que desmintiera la falsedad del relato. Por lo demás, el libro estaba bien construido y, hasta parecía posible que fuera una recopilación de lo que recordaba. Irving vio facilitado su trabajo por la enorme cantidad de artículos periodísticos que había acompañado la peripecia industrial, cinematográfica y comercial de Hughes; y, cuando había algún hueco en la biografía, tampoco eso iba a suponerle ningún problema: o afirmaba que no quería recordar esa parte de su vida, o, simplemente, daba una interpretación improvisada construida sobre la base de los datos de que disponía, el carácter de Hughes -que Irving llegó a conocer a la perfección- y su propia imaginación que no era, precisamente, limitada. La mujer de Irving viajó a Suiza para cobrar el millón de dólares pagado por la editorial. A las pocas semanas de publicarse, el fraude quedó desenmascarado y la policía terminó deteniendo a la pareja que atravesó unas semanas entre problemas judiciales y entrevistas mediáticas.

El último gran proyecto de Orson Welles

Por otra parte, François Reichenbach, amigo de Welles, había filmado un reportaje para televisión en torno al falsificador de obras de arte, Elmyr de Hory, sobre la base de un libro escrito por Irving y, por demás, titulado, “Fake”. Hory residía en Ibiza, en aquel tiempo meca de bohemios, Shangri-la de hippies tardíos y paraíso de colgados por el LSD. El propio Welles estaba abordando el montaje del documental de Reichenbach en París, cuando se le ocurrió la idea de transformar el documental en una película de metraje. Reichenbach, inicialmente, entró en shock y profundizó en ese estado a medida de Welles le explicaba el proyecto. Todo su razonamiento consistía en que el proceso de elaboración de una película era largo y complejo. Se basaba en la filmación de unas escenas que, por sí mismas, querían decir una cosa o, incluso, eran inconexas. Ahora bien, cuando esas escenas se ordenaban y yuxtaponían en el proceso de montaje solía ocurrir que significasen una cosa distinta. Welles estaba habituado a jugar en la sala de montajes con cintas filmadas por él mismo, pero hacer otro tanto con metrajes filmados por otro era un desafío de resultado incierto pero, en cualquier caso, apasionante. Mientras su mujer y su hija, que residían en Londres, marcharon a España, él se quedó en la sala de montaje de París, saliendo esporádicamente a capturar presuntos inversores.

Fue, justo en ese momento, cuando estalló el escándalo “Irving-Hughes”. Si hemos de creer a Bárbara Leaming en su biografía sobre Welles, al conocer la noticia, sus 150 kilos de humanidad sudorosa se limitaron a exclamar: “Dios mío, estamos en pleno tomate”. Welles no conocía personalmente a Irving pero sabía de su existencia a causa del metraje filmado por Reichenbach que incluía una breve entrevista con él, así que le propuso a éste: “Olvidémonos de la televisión y hagamos una película normal sobre Clifford”. El reto consistía en que el material filmado sobre Irving era muy limitado. Apenas se trataba de unos cuantos planos en los que el periodista opinaba sobre Hory. Lo que ahora planteaba Welles era situar en plano de igualdad a Irving y Hory. A los pocos días vieron que el metraje no daba para cubrir hora y media, así que la nueva película incluiría a un tercer falsificador, él mismo.

En medio de la película, Welles introdujo informaciones falsas que crearon sensación en el mundo del arte. Además de Hory, Irving y él mismo; actores reales, aunque desconocidos, afirmaban haber traficado con falsos Picasso con conocimiento del propio pintor. El mercado del arte se conmovió y fueron muchos los propietarios de litografías picasianas que solicitaron una peritación para confirmar que lo que tenían colgado sobre la chimenea valía verdaderamente lo que habían pagado. Además, Welles se recreó en la sala de montaje, componiendo falsas conversaciones con fragmentos de las entrevistas realizadas a Irving y a Hory, quienes en ningún momento estuvieron juntos en la misma sala. Welles era consciente de que estaba creando una “realidad fake”, fusionando dos realidades diferentes, verdaderamente pre-existentes. Para colmo, en el inicio de la cinta se había cuidado de decir que todos los datos aportados en la película eran rigurosamente ciertos. ¿Quién podía dudar de la palabra de un genio?

Fakes post “F for fake”

La película se estrenó con gran expectación en EEUU y Europa y, al cabo de poco tiempo, alcanzó un lugar en la historia del cine. A partir de entonces los “falsos reportajes” empezaron a llamarse “fakes” y así se enseña en las escuelas de cinematografía. No es que todo lo dicho en un “fake” sea falso, es que la realidad y la ficción se entrecruzan de manera inseparable y sin que sea posible establecer sus límites, dando como resultado una verdad aparente y creíble que… no es más que un completo fraude. El “fake” es fiel a la frase “nada es lo que parece”; se ofrece al receptor del mensaje todo tipo de informaciones capaces de suscitar la credibilidad y la verosimilitud del tema para, simplemente, embaucarlo. La proporción de fraude en un “fake” no debe alcanzar más del 25% del metraje, pero esta cuarta parte es la que verdaderamente interesa; el resto, el otro 75%, apenas supone situar a las piezas en el tablero, preparar la jugada, rodear al receptor del mensaje con una riada de datos, fácilmente contrastables, entre los que se van intercalando los datos fraudulentos que contribuyen, finalmente, a dar coherencia a la tesis que se pretende demostrar, por absurda que sea.

En el fondo, novelas como “El Código da Vinci” son verdaderos “fakes” aptos para un público poco exigente. Su autor consiguió algo que parecía increíble: hacer que gentes que hacía años permanecían fuera de la Iglesia Católica o, incluso, ateos redomados e indiferentistas religiosos, discutieran enconadamente sobre si Cristo tuvo descendencia y si la madre de sus hijos fue María Magdalena… Si el lector mantiene el cerebro frío durante la lectura del libro de Brown, advertirá que su calidad no es mayor que la de cualquier novelita de aventuras, pero que su extraordinaria habilidad radica en crear una dinámica trepidante y absorbente que termina implicando al lector y a su capacidad de juicio. Pero ésta ha sido manipulada –el “fake” va parejo a la capacidad de manipulación- por el peso de los datos ofrecidos sin discriminación de fuentes ni atención a su pequeña, grande o nula credibilidad. En cualquier caso, “El Código da Vinci” es apta sólo para un público complaciente y predispuesto a los “secretos”. Cuanto más posee “secretos”, tanto más importante se siente. Las “doctrinas conspiranoicas” satisfacen la necesidad que tienen las buenas gentes –usted y yo- de conocer algo que la inmensa mayoría ignore: “yo sé quien mató a Kennedy (que, por cierto, no sé si sabes que está conservado en estado de hibernación junto a Walt Disney), tu no lo sabes”, “El Guardián sobre el Centeno es la novela que programa el cerebro de todos los magnicidas; ¿a qué no lo sabías?”, “¿los templarios? ¡buahh, los templarios! Eran herejes que custodiaban a los verdaderos descendientes de Cristo”, “la administración americana, como la europea, está dominada por una secta secreta, la Orden de los Iluminados”, “durante 50 años, los judíos capitalistas y los judíos comunistas simularon un enfrentamiento para disimular su conspiración para gobernar el mundo; sólo unos pocos hemos podido seguirla”.

Cuando “La 2” fue líder de audiencia en domingo

En 1999 hubo, de todas formas, un programa de televisión que volvió a traer a primer plano el género “fake”. La discreta Segunda Cadena de TVE emitió ese año una serie de doce episodios titulada “Páginas ocultas de la historia”, en las tardes de los domingos. El programa ideado y dirigido por Javier Díaz Morodo y presentado por el rubicundo Felipe Mellizo, hombre de seriedad –y, por tanto, de credibilidad proverbial- tuvo un breve pero intenso éxito. Además, en aquellos tiempos en los que la incipiente telebasura, los talk-shows y los reality-shows se extendían como una mancha de aceite, este programa supuso una isla de frescor y originalidad que contó con el favor del público. Lo que, en principio, demuestra que la afición no se alimenta solamente de telebasura, ni siquiera pide telebasura a todas horas, sino que cuando se le ofrece un programa de cierto calado intelectual queda encandilada ante algo que ni siquiera sabía que podía existir.

La voz cadenciosa del malogrado Mellizo –que fallecería solamente unos meses después de concluida la serie- logró convencernos, entre otras cosas, de que Federico García Lorca había sobrevivido a su fusilamiento o que el guía de una agencia de viajes de alto riesgo para ejecutivos había sido encontrado muerto en la selva amazónica empuñando la espada del conquistador extremeño Francisco de Orellana. Había que estar atento, porque la trama, los exteriores, las entrevistas y la documentación eran tan absolutamente exhaustivas que se corría el riesgo de aceptar las tesis más disparatas sólo porque eran presentadas de manera convincente. La revista “Espacio y Tiempo”, dirigida por el psiquiatra y parapsicólogo Jiménez del Oso, recibió el fallo condenatorio de la justicia cuando uno de sus espabilados y más desaprensivos redactores vio el programa sobre García Lorca y lo reprodujo en forma de artículo, sin saber que, en realidad, era un “fake”. Al parecer Jiménez del Oso y su jefe de redacción, los domingos por la tarde veían otros programas y, desde luego, no parecían ser muy exigentes con los contenidos de su revista. El episodio indica hasta qué punto los “fakes” presentados por Mellizo habían sabido aureolarse de “credibilidad y profundidad indagatoria”. Toda su habilidad consistía en violentar concordancias para demostrar lo indemostrable. Pero no eran más que hábiles fraudes compuestos en la senda abierta por el Orson Welles de “La Guerra de los Mundos”.

La “sociedad del espectáculo” como paraíso del “fake”

Hoy el “fake” está extendido, más como tradición antropológica de la especie humana, que como género cinematográfico. Mienten los políticos del gobierno, mienten los de la oposición. Ya no se trata de discutir si sus razonamientos son reales o falsos, sino de si han exagerado sus mentiras y se hacen evidentes o si todavía conservan cierta credibilidad. El político que gana es aquel que miente mejor y más disimuladamente. Si. Nuestros políticos están bajo sospecha y ha quedado atrás aquel período triste del felipismo en el que hasta el partido en el poder afirmaba con una seriedad pasmosa que la “mayoría de los políticos son honestos”. Hoy, lo que se percibe a pie de calle es justo lo contrario. Los navajazos en las listas electorales municipales y el descrédito de los ayuntamientos volcados fundamentalmente en el bonito juego de las recalificaciones y para los que administrar el municipio resulta un fastidio necesario para poder seguir en el juego inmobiliario, es el paradigma de la situación de “fake político” generalizado que vivimos. Como cualquier  ”fake”, no se trata de mentir a palo seco sino de aureolar la mentira de una caterva de datos que ahoguen cualquier posibilidad de comprender la verdad. Ya las sociedades modernas son extremadamente complejas como para que la verdad sea evidente; imaginen, pues, si se inyectan datos en cascada que, como las hojas, impidan ver el bosque. El juez del Olmo ha sido víctima de miles y miles de dossiers en español, árabe e inglés, sobre terroristas y movimientos islámicos presuntos o inexistentes, se le ha sepultado en su despacho con legajos y carpetas irrelevantes, simplemente para que pudiera estar entretenido con tanta fatuidad olvidando lo relevante, a saber: que todavía no sabemos ni quién planificó, ni quién ejecutó, ni por qué, los atentados del 11-M. Por no saber, no se sabe siquiera de dónde procedió el explosivo y, si se nos apura, ni siquiera sabemos qué explosivo se utilizó. A partir de los atentados de Nueva York y Washington el 11-S del 2001, ya no estamos muy seguros de poder afirmar que la realidad sea “verdad”, y nos asalta la sospecha de si toda la realidad no habrá pasado a ser un “fake integral”.

Era evidente, para quien conservara un poco de interés en informarse, que las famosas “armas de destrucción masiva” atribuidas a Saddam Hussein jamás existieron. O que Slobodan Milosevic fue asesinado en su encierro antes de que fuera capaz de recordar, ante el Tribunal Internacional que lo juzgaba, que la responsabilidad última sobre lo sucedido en Kosovo recaía sobre aquella venerable vieja dama de rostro desagradable y cinismo perfumado que fue Margaret Albright. Los vencedores siempre juzgan a los vencidos y siempre terminan condenándolos en “procesos-fake”. cuya única condición es que tengan una apariencia de garantías jurídicas. Hoy lo tenemos ante la vista. No es que Saddam Hussein o Slobodan Milosevic fueran angelitos, es que quienes promueven sus juicios son, como mínimo, tan desaprensivos como ellos. Y si volvemos la vista atrás y nos despojamos de cualquier prejuicio, veremos que las sentencias del proceso de Nuremberg estaban cantadas antes de celebrarse y que seguramente, de haberse cambiado las tornas, los responsables de los bombardeos de Dresde y Hamburgo se habrían sentado en el banquillo de los acusados, junto con Winston Churchill y Franklin Roosevelt. Nuremberg fue otro “proceso-fake”. A más abundamiento, en esa farsa judicial se declaró a los nazis responsables de la masacre de 20.000 oficiales polacos en Katyn, algo que, ya en la época, se sabía que era rigurosamente falso. No era una atribución carente de sentido: se trataba, simplemente, de preservar la amistad entre los aliados y luego, tras el Golpe de Praga en 1948, la unidad del Pacto de Varsovia en el que se encontraron fusiladores soviéticos y fusilados polacos en el mismo bando. Hubo de llegar Gorbachov a las alfombras del Kremlin y Walesa ocupar la presidencia de la nueva Polonia, para que se restableciera la verdad y no por amor a la misma, ni siquiera por honestidad histórica, sino simplemente porque el sistema de alianzas había cambiado y cabía lo de “te lo digo para que me lo digas”.

Las dos muletas para andar en el “mundo fake”

La política actual es un inmenso “fake”, como lo es el mundo de los negocios y el comercio. Algunos autores han podido hablar del “capitalismo de ficción” y otros de “sociedad del espectáculo”. Lo fundamental es retener que la realidad, para ser considerada como tal, tiene que ser aceptable para quienes la gestionan. Estos, habitualmente tienen tendencia a presentar otra realidad que satisfaga más a sus intereses. Si la realidad es “fake”, ¿dónde está el “fraude” voluntario”? No hay respuesta. Lo apasionante de la nueva situación mundial radica en que A y no-A pueden ser verdades incontrovertibles en el mismo momento, mientras detrás tengan promotores encargados de buscar o crear apoyos sobre los que establecerlas. Si la “verdad oficial” es oficialmente el “fraude real”, la “verdad objetiva” no puede sino salir de la “mentira subjetiva”, en la medida en que ésta estimule un proceso de interés y culturización susceptible de estimular el espíritu crítico del lector, hacerle que permanezca en guardia mientras recibe la información, sabiendo que de un momento a otro le van a estafar y, al concluir el espectáculo, ser capaz de indagar por sí mismo qué partes de la información absorbida son reales u objetivas y cuáles fraudulentas o subjetivas. El “fake”, como ninguna otra técnica pedagógica, estimula el espíritu crítico, algo de lo que hoy adolecemos para júbilo de la clase gestora de nuestro día a día.

El “fake” es un instrumento “negativo” para llegar a percibir la realidad en su desnuda y fría objetividad. Hay dos caminos, no lo duden. Uno es el que podríamos llamar la “vía de la mano derecha”, es decir, la observación atenta de cualquier hecho, intentando percibir qué es lo que no termina de encajar, utilizando los principios de cualquier investigación criminal (“¿a quién beneficia el crimen?”), los distintos silogismos lógicos, y la clasificación de las fuentes en creíbles, poco seguros, increíbles e interesadas. Pero hay otra vía que podríamos llamar -siguiendo esa clasificación tan cara a Sánchez Dragó y a los conocedores de las doctrinas orientales- la “vía de la mano izquierda”, consistente en transformar el veneno en remedio: arrojarse en brazos de la mentira, dejarse despedazar por ella, apurarla hasta las heces y no sucumbir, finalmente, a ella. En el descenso a los infiernos de la mentira es posible destruir todas las formas de la verdad enmascarada y llegar a la conclusión de Raskolnikov: “Si Dios ha muerto, todo está permitido” o, lo que es lo mismo: “Si la verdad ha muerto, cualquier verdad es válida”, lo que traducido, finalmente quiere decir que si el Dogma presentado como verdad ha muerto, es lícito realizar un viaje en torno a todas las verdades posibles hasta llegar a la misma Verdad con mayúsculas, roca en el océano; a partir de la cual podremos fijar que una cosa es A (la Verdad) y otra no-A (la Mentira). Para la “vía de la mano izquierda”, abandonar el dogma significa sumergirse en un número alto de teorías heréticas, entre las cuales “es posible” que se encuentre una que  “quizás sea posible” identificar como Verdad. El condicionante, aunque suponga una exigua posibilidad de alcanzar la Verdad, es mucho más de lo que supone la vía muerta del Dogma.

Se trata, en definitiva, de desmontar la lógica de quienes han creado la lógica del “fake” cotidiano. En no-A está incluida A, pero en A no están incluidas las posibilidades implícitas en no-A, por tanto, a través de no-A es posible llegar a percibir la naturaleza y a aproximarnos al aspecto auténtico de A. La teología negativa consiste precisamente en este negar las posibilidad que implican la inexistencia de Dios, para concluir con la afirmación su existencia. La posibilidad de que el investigador se pierda en este camino está presente en cada jalón del mismo. Pero nadie gana sin arriesgarse. Y, por lo demás, existen dos muletas para recorrer esta procelosa senda donde la caída está asegurada una y mil veces, hasta llegar al final del camino; pero, entre la posibilidad de caer o la de reptar simplemente, me quedo con la primera. Estas dos muletas son contradictorias entre sí, la gnosis y la duda cartesiana. Existen muchos tipos de gnosis y muchas escuelas gnósticas pero, a fin de cuentas, todas tienen el mismo sustrato; se trata, simplemente, de obsesionarse con un tema, situarlo en el centro de los propios pensamientos, irlo trabajando hasta que ocupe espacios cada vez mayores de nuestra interioridad hasta que, finalmente, una brusca iluminación nos permita asimilarlo en su soberbia luminosidad y en su inmensa indiscutibilidad. Una forma de “gnosis” (conocimiento) es la “gnosis popular”, experimentada por una fracción notable de la población. El “sueño de Descartes” fue, precisamente, uno de esos momentos cristalinos en los que un ser humano percibe, con un sentido situado más allá de la razón, el camino que debe emprender y el contenido esencial. Descartes, a través de ese sueño llegó, precisamente, a elaborar un sistema que negaba la gnosis y se basaba en la segunda muleta de nuestra larga marcha hacia la verdad a través del “fake”: la duda permanente. Nada, ni siquiera lo obvio, puede asimilarse y aceptarse como verdadero y real, salvo que soporte la prueba de la duda.

Fosé Fuis Fodríguez Fapatero: con F de Fake

Acabo de escuchar el Debate sobre el Estado de la Nación de 2006. He sentido vergüenza ajena ante líderes políticos que han recurrido, como el caso del presidente del gobierno, a la mentira pura y simple y, en el caso del líder de la oposición, a una verdad deformada y fraudulenta. En otro tiempo me habría enfurecido con la adulteración sistemática de las estadísticas, la ocultación de datos, el disimulo de las variables. Es posible que ZP pueda demostrar, estadística en mano, que los delitos han disminuido en nuestro país en sus dos años de, digamos, gobierno. Lo que ZP no podría soportar es el análisis pormenorizado de sus estadísticas (la duda sistemática) y la percepción de la calle (la gnosis popular). La primera indicaría que lo que antes de consideraba “delito” incluía hurtos y gamberradas, mientras que lo que él considera “delito” excluye estas posibilidades. O quizás sea que sus cifras son las de la Policía Nacional, que ya ha sido desterrada prácticamente de algunas comunidades autónomas. O es posible que utilice los datos judiciales elaborados sobre procesos ya vistos en primera instancia e instrucción, pero no en juzgados de paz o en juicios de faltas. La duda permanente tendría como función arrinconar y retrasar la línea de defensa para concluir finalmente que el delito ha aumentado casi asindóticamente en España y que es el nuestro un paraíso de sol y chusma, verdadera meca de la delincuencia mundial atraída por un poder “soft” y por un mecanismo judicial basado en la reinserción antes que en el castigo ejemplarizante. Luego está la gnosis. Porque un buen día la población se levanta y, después de años de oír que han atracado al vecino, ser víctimas de hurtos, hablar con vendedores de equipos de seguridad y percibir el clima del entorno, bruscamente tiene la iluminación: “la delincuencia ha crecido en España”. Estas percepciones son acientíficas, carecen del soporte de las estadísticas e, incluso, se basan en juicios extraídos de muestras sociológicas reducidas. Pero todas estas limitaciones no quieren decir que sean falsas sino, simplemente, que han aparecido por “brusca iluminación”. Así mismo, los analistas desde 1999 se han equivocado siempre en sus estadísticas sobre la inmigración. En esas fechas se decía que iban a suponer un 10% de la población de nuestro país en 2015. En 2004 se llegó a ese 10% con 11 años de adelanto y se preveía que hacia 2050 la inmigración constituiría el 25% de nuestro país; pero a la vista de las cifras actuales y de la realidad de la inmigración es fácil prever que en  2010, entre recién llegados a un ritmo de 350.000 anuales, con 60.000 nuevos nacimientos, y solamente con la reagrupación familiar de los regularizados entre febrero y mayo de 2005, se llegará a 10 millones de inmigrantes, esto es, a un 25% del total de la población española. Las estadísticas siempre se han equivocado, pero la “gnosis popular” no. En 1999 ya empezaba a ser tema de conversación en bares y tabernas que había demasiados inmigrantes. Pero las instituciones permanecían calladas y los más humanistas entre los humanistas hacían gala de humanismo pidiendo el “papeles para todos”, amparados en la verdad incontrovertible de que “ningún ser humano es ilegal”. El razonamiento no era “fake”, pero si “freak”.

La “gnosis popular” llegó al conocimiento de una verdad que aún sigue huyendo de las posibilidades de estadísticas, las consideradas como las más seguras por la sociología conformista. Las proyecciones estadísticas pueden ser manipuladas según la ideología y la intención de quien las elabora. Si se hubiera aplicado el método de la duda permanente a las estadísticas elaboradas desde 1999 sobre la cuestión de la inmigración, hoy éste problema no se habría convertido en el crucial de nuestro país (y, por extensión, de toda Europa Occidental). Las proyecciones estadísticas fallan si en 1999, en lugar de reconocer la existencia de 1.500.000  inmigrantes, se reconocían solamente 900.000. Y vuelven a fallar en 2002 si en lugar de reconocer los 3.000.000 existentes, solamente se reconocía la mitad. Naturalmente, como errar es humano y el humanista es la quintaesencia de lo humano, los humanistas afirmaban que en 2006 se había alcanzado la cifra de 4.000.000 cuando, nuevamente, la percepción de la realidad indicaba que las cifras estaban 1.300.000 por debajo de la realidad. Minimizar los problemas que interesa minimizar es la condición necesaria para que un gobierno no se vea asaltado por una opinión pública que, entre sueño y sueño, percibe ocasionalmente resplandores de realidad. A Fosé Fuis Fodríguez Fapatero, artífice de la “minimal politic” y de la “política fake”, le cabe el honor de haberse convertido en el más hábil manipulador de estadísticas de la política contemporánea. El entorno político creado en España desde el 14-M de 2003 es un entorno “fake” en el que, no sólo el partido en el poder, sino todos los ciudadanos, para sobrevivir deben recurrir al fraude y a la mentira calculada. Ya se sabe aquello de que la democracia fue posible gracias a Juan Carlos I. A partir de este “fake” todos tienen derecho (“del Rey abajo, todos”) a vivir del “fake”, en el “fake”, dentro del “fake”, refocilándose en el “fake” y fakeando como el que más.

 

© Ernesto Milà Rodríguez – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 30.05.06

 

El Código Da Vinci, como signo de los tiempos

El Código Da Vinci, como signo de los tiempos

Infokrisis.- El estreno de la película "El Código Da Vinci" y el éxito de la novela del mismo nombre, nos sitúan ante el problema fundamental del hombre moderno, el anonimato, la vida gris y la necesidad de emociones fuertes. Vale la pena revisar los motivos del éxito de lo que puede calificarse como el mayor éxito de ventas del siglo XXI. "El Código Da Vinci" nos ayudará a comprender las profundidades de la crisis de civilización.

Novela floja, película plúmblea…

Se sabe cuál es el tema de la novela, la supuesta descendencia de Cristo y la consideración de la María Magdalena como novia primero y esposa después de un Jesús, padre de familia. Leonardo lo sabía y dejó pistas en sus cuadros para que los admiradores de su arte pudieran comprender la “verdad”. Leonardo sería el representante de una antigua orden secreta, creada para velar por la descendencia de Jesús. Frente a esta asociación, los guardianes de la ortodoxia se preocupan por que el secreto no sea conocido. En el fondo es una novela de capa y espada, con incursiones en una presunta “investigación histórica” y que debe mucho al género negro.

Mi hija pequeña había leído la novela y me la prestó. Francamente, no vale un pimiento, ¿La película? Un coñazo, bien interpretado, eso sí, por la pareja Forrest Gump – Amelie. Si “El Código Da Vinci” no fuera un éxito de masas, no valdría perder ni cinco minutos en comentarla. Pero en todo el mundo se está hablando en estos momentos de la novela y la película, así que si no es por sus valores literarios o estéticos, existirá algún motivo en el que se encuentre el secreto del éxito.

¿Tuvo descendencia Cristo?

Yo que sé y a mí que me importa. Por este orden. Para un cristiano puede ser que el tema tenga alguna importancia, no para mí. De todas formas la Iglesia tampoco tendría gran inconveniente en que una eventual prueba histórica demostrara que Cristo estuvo casado o que tuvo descendencia. Si la tradición quiere que Cristo fue célibe, eso ni es dogma ni implicaría una alteración de los valores del cristianismo. Y si la Magdalena fuera su esposa, tampoco habría ningún cataclismo. Ahora bien…

Aparte de los textos evangélicos, existen muy pocas pruebas de la existencia de un personaje histórico llamado “Jesús”. Parece que hubo en la época una serie de líderes político-religiosos, alguno de los cuales terminó crucificado por los romanos. Pero, realmente, las pruebas son muy vagas. El célebre párrafo de Flavio Josefa en la que se alude a Cristo es una simple interpolación. Y el resto de datos son poco concluyentes.

¿Los evangelios? En condiciones normales, la Iglesia debería insistir en la interpretación simbólica de los evangelios, más que en su carácter de texto histórico, que no lo es. Pero una interpretación simbólica conduce inevitablemente hacia el “esoterismo” (que no es más que la doctrina “interior” de una religión “exotérica”), pero a lo largo de toda su historia, la Iglesia ha cercenado cualquier posibilidad de una doctrina reservada a una élite. Lo que existe de esoterismo en el cristianismo está reducido a la doctrina de los sacramentos. Nada más.

Desde nuestro punto de vista, los evangelios fueron escritos bajo inspiración carismática y, por tanto, no reflejan “verdades históricas”, sino símbolos integrados en una doctrina de “salvación” (en su aspecto exotérico) y de “liberación” (en el aspecto esotérico, que, aunque rechazado por la Iglesia sigue ahí, perceptible entre líneas).

¿Los datos facilitados por los evangelios apócrifos? Interesante desde el punto de vista cultural e incluso muy interesante para comprender el magma de los tres primeros siglos del cristianismo. Ya en los Hechos de los Apóstoles de San Pablo se intuye la extrema confusión y la variedad de los núcleos que se llamaban “cristianos” en aquella época. Es evidente que la Iglesia, especialmente cuando dispuso de manos libres a partir de la conversión de Constantino, se preocupó de “poner orden”. Si hasta ese momento era muy difícil trazar una divisoria entre los cristianos y la “gnosis” cristiana (cuando Celso, el filósofo de cámara del Emperador Juliano, atacaba a los cristianos, sus argumentos da la impresión de que, en realidad, van dirigidos contra gnósticos cristianos, más que contra lo que hoy entendemos por cristianismo), a partir de entonces la ortodoxia fue quedando cada vez más clara.

Los evangelios apócrifos fueron desterrados, fundamentalmente, por cuatro motivos. Veámoslos por orden de importancia.

En primer lugar porque suponían visiones personales de la “revelación”. En segundo lugar porque esas visiones no eran “católicas”, esto es “universales”, sino utilizadas por sectas locales. En tercer lugar, porque contenían elementos procedentes de gnosis egipcias, alejandrinas, griegas y romanas. Y, finalmente, porque, en general, eran bastante toscos y, a su lado, los cuatro evangelios canónicos tienen una brillantez que no encontramos en ninguno de los apócrifos.

El hecho de que algunos apócrifos contuvieran datos sobre el papel de Judas o sobre Tomás, como hermano de Jesús, o incluso sobre María de Magdala, dice mucho sobre lo simple de sus contenidos. Si los evangelios de Lucas, Marcos, Mateo y Juan no pueden considerarse como relatos de hechos históricos, otro tanto ocurre con los apócrifos. Ahora bien, tanto en unos como en otros, cada cual puede encontrar lo que guste y el material contenido es susceptible de ser retorcido y forzado en beneficio de la más disparatada hipótesis.

En buena medida la Iglesia ha sido víctima de su propia tendencia a considerar los evangelios como textos históricos. Porque si lo son ¿por qué no pueden serlo los apócrifos? Ahora bien, si los evangelios no son el relato de hechos históricos, sino de símbolos susceptibles de ser interpretados en función de una metafísica más que de una teología, entonces si que la Iglesia –propietaria de la “marca”- puede trazar la divisoria entre lo que constituye su doctrina y las doctrinas ajenas.

Ninguna tradición surgida del tronco evangélico ha sostenido jamás que Cristo tuviera descendencia, ni existe culto alguno a su linaje. Si en el evangelio se insiste en relacionar a la dinastía de David con la genealogía de Cristo esto es, sin duda, tributo a la influencia inicial del judaísmo en la naciente doctrina. Si era descendiente de David era, por tanto, el rey legítimo. Solamente en la Edad Media, Carlomagno envió emisarios a Palestina para traer a Francia a los descendientes de la dinastía de David y entroncar su linaje con ellos. Esos descendientes fueron alojados en Septimania y mezclaron su sangre, primero, con los carolingios y luego con las distintas monarquías europeas, en un hecho histórico que está suficientemente comprobado y que ha dado lugar a estudios pormenorizados y de indudable solvencia.

Ahora bien, Dan Brown ha tomado como elemento central de su novelita la existencia de un linaje secreto. Pero la idea ni siquiera es suya.

La fuente de “El Código Da Vinci”

En 1963, Gerard de Sede publicó un libro que tuvo éxito, “Templiers parmi nous”, Templarios entre nosotros, que fue publicado en España por Editorial Bruguera con el nombre bastante aséptico de “Los templarios”. De Sede era periodista, solía publicar artículos en “Paris Match” y decía haber conocido a un porquerizo que, por su cuenta, había excavado los fundamentos del castillo de Gisors. En el subsuelo dijo haber encontrado una sala en la que se ocultaría el famoso tesoro de la Orden del Temple. Dejando aparte el primer capítulo en el que el porquerizo pormenorizaba su improbable aventura, el resto del libro era aceptable, especialmente en aquella época en la que no existían best-sellers sobre el templarismo. Sin embargo, en el último capítulo, De Sede publicaba una entrevista titulada “El punto de vista de un esoterista”, del que no daba el nombre. Evidentemente, se trataba de alguien con formación esotérica sólida y que conocía las técnicas de criptografía de las hermandades medievales de constructores. El personaje decía ser “documentalista al servicio del gobierno suizo” y al parecer había encontrado planos de capillas templarias medievales, con medidas y disposición similares a la presunta capilla hallada por el porquerizo. Con esa entrevista De Sede cerraba su libro que constituyó un verdadero éxito en Francia, mientras que en España pasó casi completamente desapercibido.

Tres años después, Gerard de Sede volvía a la carga con un nuevo best-seller, “El Oro de Rennes”. Se trataba de un tesoro escondido en el pequeño pueblo pirenaico de Rennes le Château que habría sido descubierto por un misterioso cura rural, el padre Berenguer Sàuniere a finales del siglo XIX. Esta obra volvió a ser un éxito en Francia y causó cierto impacto en España, aumentado diez años después de su publicación por la emisión en el programa de ocultismo y paraciencias de Jiménez del Oso en TVE de un reportaje elaborado por la BBC sobre el tema de Rennes. A partir de entonces miles de curiosos se desplazaron (nos desplazamos) a los Pirineos a visitar el lugar. En nuestra obra “Guía del catarismo” (Editorial Martínez Roca, Barcelona 1997) incluimos un apéndice en el que describíamos la “Ruta de Rennes le Château” que debería seguir el visitante para conocer los extraños sucesos que ocurrieron en aquel lugar mientras el padre Berenguer Sauniere fue rector de la iglesuela. Pues bien, la persona que había colocado a De Sede en la pista del “misterio de Rennes”, no era otro que el “documentalista” a quien conoció durante la redacción de “Templiers parmi nous”. De Sede todavía no quiso revelar el nombre de su ilustrado y esotérico informante. Otros lo hicieron por él.

Los autores del reportaje de la BBC sobre Rennes, oliendo la posibilidad de un best-seller, siguieron trabajando el tema con posterioridad a la emisión del mismo. En 1984, Baignet, Leigth y Lincoln, publicaron “El Enigma Sagrado” realizando algunas “revelaciones” que De Sede no había querido hacer. Recuperaban el tema de Rennes-le-Château y del tesoro del padre Sauniere, pero lo ampliaban. El informador de De Sede, quedaba identificado. Se trataba de Pierre Plantard “de Saint Claire”, perteneciente a una noble y antigua familia francesa. Plantard no sería otro que el último vástago de Cristo: la dinastía de David se habría perpetuado a través de Cristo, para pasar luego a la saga de los merovingios y de ahí hasta la familia “Plantard de Saint Claire”. Para custodiarla, los descendientes de los merovingios –amenazados de muerte y eternamente perseguidos por los carolingios y los capetos- habían creado la Orden de Sión, que luego pasó a llamarse, tras la pérdida de San Juan de Acre y la retirada de Tierra Santa, el “Priorato de Sión”. Los grandes maestres de esta “peligrosa organización secreta” habrían sido hombres relevantes de la política, la cultura y el esoterismo occidental, desde Jean de Nevers hasta Claude Debussy y desde Johan Valentin Andreae hasta… Leonardo Da Vinci. El último gran maestre sería Jean Cocteau y su sucesor, Pierre Plantard. El secreto de esta orden residía en el pequeño pueblo pirenaico de Rennes  donde se habían refugiado los herederos de la dinastía merovingia. En otras palabras y para concluir el cronicón: Pierre Plantard era el descendiente de David y de Cristo y el legítimo rey de Francia. Durante el gobierno Mitterrand el tema fue investigado por los servicios secretos; el propio Mitterrand acudió a Rennes y Pierre Plantard fue interrogado sobre sus pretensiones al trono de Francia y sobre la naturaleza de su organización. Ahora bien…

Las pruebas aportadas por Baignet, Leigth y Lincoln eran de una debilidad pasmosa. En primer lugar confundían la “Orden de Sión” con el “Monasterio de Monte Sión” que, efectivamente, existió. No daban ni un solo dato aceptable o aceptado por los historiadores en apoyo de su tesis. Entonces ¿de dónde había salido semejante insensatez? Los tres autores daban la sensación de haber “trabajado el tema”, habían pasado semanas enteras en la Biblioteca del Arsenal “buscando documentos”. Los habían encontrado todos, todos. En realidad, esos documentos habían sido depositados a lo largo de los años sesenta. Se trataba de folios mecanografiados o manuscritos firmados por individuos desconocidos y que incluían complejas genealogías. Se trataba de los “Dossier Secrets” escritos por un tal Henry Lobineau. Otra pieza fundamental del dossier eran los documentos hallados por el padre Sauniere en un pilar hueco de su iglesia de Rennes que ya había hecho público De Sede. Media docena de documentos más y unos cuantos testimonios completaban las fuentes de los autores de “El Enigma Sagrado”.

El libro tuvo una secuela, “El legado mesiánico”, en el que los tres autores dejaban entrever que todo había sido una trama urdida por Pierre Plantard, el cual, literalmente, les había “llevado al huerto”, por motivos que ellos desconocían. En 1989, Gerard de Sede, publicó un nuevo libro sobre Rennes-le-Château en el que reconocía que, también a él, Plantard consiguió engañarle en un primer momento. Esta última obra de De Sede (murió en 2005), es muy seria y sincera; explica los motivos por los que Plantard se fijó en Rennes-le-Château, detalla cómo fue él mismo quien sembró las bibliotecas francesas con “dossier” falsos y quien, cuidadosamente, a lo largo de 30 años elaboró las piezas con las que tanto él como el trío de “El Enigma Sagrado” elaboraron sus best-sellers. No es el caso despiezar el tema –que no tiene interés a efectos del presente análisis- sino explicar la influencia que ha tenido no solamente sobre “El Código Da Vinci”, sino también sobre otras obras del mismo tipo.

A partir de la publicación de “El Enigma Sagrado”, la irresponsable teoría de la existencia del “Priorato de Sión” tuvo un enorme éxito. Hoy, millones de personas en todo el mundo, están convencidos de la existencia de esta sociedad “esotérica” y dispuestos a ingresar en ella a costa de cualquier sacrificio. Plantard, a todo esto, había muerto en 2000, según parece tras dimitir de la presidencia de esta sociedad que, en el fondo, no era otra cosa que una banal asociación “cultural” creada en 1962… ni merovingios, ni guardia de la monarquía sagrada, ni asociación fundada en Tierra Santa… Apenas una jodida asociación cultural dirigida por un mitómano que ni descendía de Cristo, ni, por llamarse, no se llamaba siquiera “Saint Claire”…

Existe otra fuente de Dan Brown. Una norteamericana, literalmente obsesionada con sus “investigaciones” esotéricas, Margaret Starbird, de quien extrajo lo esencial sobre el papel de María de Magdala y su interpretación sobre el grial. El grial no sería otra cosa que la “sangre de Cristo”, esto es, la semilla que Cristo depositó en el vientre de María de Magdala, su descendencia y que llegó a las costas del sur de Francia tras la muerte del “esposo”. La Starbird, ni es medievalista, ni especialista en las antigüedades judías, ni siquiera historiadora. Simplemente es una mujer obsesionada con sus “investigaciones”, surgidas, en buena medida, de libros de ocultismo de baratillo, sin gran profundidad, contenido, ni siquiera conocimiento del tema.

Desde Umberto Eco hasta Dan Brown

La idea de una conspiración que se mantiene durante siglos, implacable, y cuyos miembros pertenecen a los grandes nombres de la cultura y de la política, era lo que emanaba de “El Enigma Sagrado”. No es raro que la obra fuera vendida junto a libros de ufología o de tarot, si no de autoayuda o temática new-age. Editado por Martínez Roca, “El Enigma Sagrado” y su secuela, fue el best-seller de 1984-85 y fascinó a multitudes. En realidad se trataba de una novela de capa y espada, redactada en forma de ensayo de investigación. El hecho de que careciera de credibilidad y que no resistiera ningún análisis pormenorizado, no fue obstáculo para que buena parte de sus lectores lo consideraran como “documento histórico”.

Umberto Eco fue el primero en advertir el filón que podría explotarse, no ya con el rótulo de “ensayo de investigación”, sino como lo que era, una novelita, pura y simple. Eco, aprovechando su formación académica, aprovechó para redactar su famosa novela negra medieval, “El nombre de la Rosa” y en el momento en el que aparece “El Enigma Sagrado”, acababa de vivir las mieles de su gran éxito. Así que empezó a trabajar en su segundo best-seller, “El péndulo de Foucault”,  en el que la inspiración de “El Enigma Sagrado” es demasiado evidente como para que pueda negarse. El tema de “El Péndulo de Foucault” es la “sociedad secreta” que nadie conoce y que, por no conocerse, ni siquiera se sabe si existe, pero esto no es óbice para que “influya”.

En la obra de Eco existe un distanciamiento y una sinceridad de fondo. Eco ni creía en sociedades fantásticas, ni en conspiraciones ocultas, ni siquiera en versiones alternativas de la Historia, pero cree que estos conceptos pueden influir; y el hecho de que un pobre diablo –Plantard- no haya dudado en presentarse como descendiente de Cristo y heredero legítimo al trono de Francia, es el caso extremo. Eco es un escéptico, brillante, y cuyos dos best-sellers contribuyeron más que ninguna otra obra a situar en primer plano el género de la novela histórica. Otros muchos siguieron por los pasos que él trazó.

Cuando empezó a apagarse el eco de “El Péndulo de Foucault” apareció la saga de Peeter Berling sobre el Grial. Literalmente, Berling no tenía ni idea de lo que era el Grial, ni siquiera de los principios rectores de la sociedad medieval, ni, por supuesto, conocía lo que era la solvencia histórica. Además sus libros son aburridos y mal construidos, pero apoyados por un formidable aparato mediático que logró hacer de ellos unos best-seller que se mantuvieron en el mercado hasta finales de la década de los noventa.

Y, finalmente, es Dan Brown quien funde distintos géneros literarios, realiza un refrito de géneros y compone su “Código Da Vinci”. ¿Hay algo de original en su obra? De hecho, no. Todos los elementos que “ha investigado” o “ha revelado” eran preexistentes: sobre el Priorato de Sión, sobre el padre Sauniére, sobre el Grial, sobre María Magdalena, incluso es relativamente frecuente que, en novelas y novelitas, el “malo” sea un albino; ahora bien, hay que reconocerle el mérito de haber introducido al Opus Dei como la “siniestra organización” cuyo “killer” es un monje albino…

Las bases del éxito de “El Código Da Vinci” (I). El secreto da poder.

Somos pequeñitos, redonditos e irrelevantes. No es raro que Zapatero sea presidente de éste país, como antes lo fue Suárez o cualquier otro: “lo semejante se reconoce en lo semejante”, la mediocridad en la mediocridad. La excelencia no puede ser reconocida ni exaltada por la mediocridad que solamente está dispuesta a promover lo que se reconoce idéntica a él. Por eso, en democracia, no puede sobresalir más que el político que responda al estándar de mediocridad más absoluto. Habitando en pequeños cubículos de propiedad hipotecada o en casas adosadas planas y grises. Trabajando, los más, en ocupaciones alienadas, algunos se sienten a gusto disolviendo su personalidad en la oscuridad y el estruendo de las discotecas. Otros, siguiendo las novedades del colorín y del corazón de otros. Pero hay algunos que no tienen más “ambiciones”. Desean conocer lo que le está vedado a la mayoría, como el niño que guarda un secreto y en él basa una supuesta superioridad sobre sus compañeros de juegos. El niño aprende pronto que conocer un secreto da la sensación de “poder”, si no el poder mismo. Poseer un secreto supone la posibilidad de huir, u olvidar la mediocridad y las tonalidades grisáceas de la vida moderna. Hay muchos tipos de secretos: políticos, económicos, históricos… Pero el secreto de los secretos consiste en viajar al fondo de nuestra cultura y conocer la “verdad” que se ha ocultado a generaciones y generaciones de europeos y que solamente compartieron algunos hombres notables de otro tiempo, como Da Vinci. Cristo estaba casado, la Iglesia tiene interés en que su descendencia no salga a la superficie; su esposa era la Magdalena; existe una peligrosa sociedad secreta que vela por la saga del grial; y la Iglesia no duda en asesinar a los disidentes… “yo lo sé, tu lo ignoras, por tanto, yo estoy por encima de ti, pobre ignorante”.

En el ambiente neonazi actual goza de cierta reputación la obra del autor chileno Miguel Serrano. Su idea es que al analizar el nacional socialismo hay que tener en cuenta su dimensión oculta. ¿Hitler? El último avatar. ¿La ideología nacional socialista? El anuncio del tiempo que vendrá. ¿Los neonazis? Los llamados a liderar la “nueva era solar”. Es evidente que las posibilidades de que los pequeños grupos neonazis puedan dejar de ser, alguna vez, algo más que expresiones de tribus urbanas juveniles, es remota. No existe futuro político para los movimientos neonazis, así que, teorías seudo mitológicas como las elaboradas por Serrano encontrarían en esos ambientes terreno abonado: “mi misería política actual, mi marginación política, no es más que el signo de los tiempos, llegará el tiempo en el que las fuerzas cósmicas nos darán la razón y entonces vengaremos todas las ofensas recibidas. Entre tanto, casi mejor seguir leyendo a Serrano para confirmarme en la grandeza cósmica de nuestra opción”. El que no se consuela es porque no quiere. Ni existe doctrina esotérica alguna que vaya en la dirección de las teorías de Serrano, ni siquiera los elementos “esotéricos” presentes en el nacionalsocialismo permiten elaborar teoría alguna en ese terreno. También los neonazis se sienten a gusto conociendo secretos que otros ignoran. La posesión de un secreto insondable permite huir de la mediocridad de lo cotidiano. Por eso Dan Brown ha tenido tanto éxito entre las masas: les ofrece conocer un secreto facilón, espectacular, y que solo unos pocos grandes de la cultura han poseído.

Las bases del éxito de “El Código Da Vinci” (II). La ley del mínimo esfuerzo.

Existen las fuentes originales de la historia, accesibles solamente para los historiadores profesionales o los investigadores titulados. Son los documentos antiguos, generalmente difíciles de leer, en otras idiomas, en otras grafías, de complicada interpretación. Investigar la historia es caro y complejo, obra de especialistas, frecuentemente entusiastas de los temas que investigan. Estos historiadores, a partir de los documentos, elaboran sus interpretaciones de la historia. Suelen ser densos volúmenes, frecuentemente repletos de referencias a los documentos originales, en la mayoría de los casos aptos para especialistas o tenidos como textos docentes en facultades y departamentos de historia. A partir de estos textos, otros autores suelen componer obras de divulgación que, de tanto en tanto, obtienen cierto éxito y logran contar con el favor de las masas. Existe todavía otro nivel, aún más simplista, el de la novela histórica. Para cultivar este género no es preciso tener una sólida formación histórica (solamente coincide de tanto en tanto), sino solo conocer obras de divulgación histórica y algún texto “ocultista” de solvencia mínima.

A diferencia del historiador, el eje de cuyo trabajo es el conocimiento en profundidad de la materia tratada y trillar en caminos nunca antes explorados, o poco explorados, el novelista histórico-esotérico, practica un sincretismo de géneros. A un esqueleto de novela policíaca se le superpone cualquier paisaje histórico del que apenas se retiene lo esencial. Y como el tiempo pasado, especialmente la edad media, es considerado como el paraíso de cualquier doctrina secreta, basta con tener una vaga idea de cuatro banalidades ocultistas para empotrarlas en aquel paisaje histórico (o presunto tal).

El novelista histórico no se complica mucho la vida. Miente Dan Brown cuando dice que ha “realizado una investigación profunda”. Ya hemos aludido a sus “fuentes”. Banales y mediocres. El novelista histórico, salvo honrosas excepciones, trabaja según la ley del mínimo esfuerzo y de la frivolidad absoluta. Quiere construir un best-seller, no alcanzar el rigor histórico. El 10% de derechos de autor es el objetivo, no la verdad histórica. En los últimos veinte años, la novela histórica es el género que más rápidamente se ha extendido y alcanzado las más altas cotas de ventas. Situar una novela en el siglo XX, en los años 50 o 60, por ejemplo, es peligroso: siempre puede salir alguien que recuerde que las cosas no fueron así. Pero la Edad Media es otra cosa. Los medievalistas suelen entrar poco en el juego de estas banalidades, y el lector medio, salvo que tenga cierta formación, lo ignora casi todo sobre los siglos X al XVI.

Porque si, para el autor, la fabricación de un best-seller se resuelve aplicando la ley del mínimo esfuerzo y las orientaciones comerciales de los gabinetes de marketing; para el lector se trata también de buscar textos que no compliquen excesivamente la vida, ni cueste mucho leer y, en el menor número de páginas, “revelen” el mayor número de secretos. La “emoción fuerte” debe estar garantizada o, de lo contrario, el best-seller no logrará imponerse. Hoy los best-sellers se construyen a medida del lector. Hoy los capítulos de una novela no pueden tener más de cuatro a cinco páginas. Si no son breves, no podrán leerse entre dos estaciones de metro. Se trata de que el lector pueda consagrarle los viajes del trabajo a casa y de casa al trabajo. Hay que dárselo todo mascado al lector o, de lo contrario, dejará el libro a las pocas páginas.

Cuando las editoriales contratan futuros “best-sellers”, tienen especial cuidado en dar al autor todas las orientaciones precisas emanadas de los gabinetes de sondeo de opinión. Los best-sellers se escriben por encargo y a medida de las necesidades estadísticas de las masas en ese momento. Hoy vivimos unos momentos de repliegue de lo literario. Los grandes autores laureados con el Premio Nobel venden cada vez menos. La brillantez literaria se consume cada vez menos mientras que la novelita hecha a medida vende más.

En el fondo esta perspectiva no sería tan mala. Los adolescentes deben agradecer a “Harry Potter” el haberles inducido a la lectura. El afán de leer, el gusto por la cultura, precisa de “mechas” que lo estimulen. “Harry Potter”, seguramente, habrá estimulado a muchos adolescentes a consumir posteriormente libros mucho más elaborados. Bienvenido sea cualquier libro, en tanto contribuye a excitar el afán por la lectura. Pero el problema es que, por su naturaleza, cuando un lector de Dan Brown lee otra obra más seria o sólida, simplemente, le decepciona. No es el afán por la lectura lo que “vende” Dan Brown, sino las “emociones fuertes”. El lector de hoy, convertido en consumidor alienado de productos pseudoculturales, difícilmente podrá admitir productos que no vayan más allá de lo que ya ha leído. El propio Brown, en sus obras posteriores, ha querido adelantar sus fronteras aludiendo a conspiraciones de “iluminados” tras la política mundial, la intervención de grupos satanistas o pseudosatanistas y a lindezas por el estilo.

De hecho, si nos fijamos en el proceso de libros que han llevado hasta “El Código Da Vinci”, veremos que desde las obras de Gerard de Sede que, en tanto que periodista de “París Match”, buscaba descubrir secretos históricos sin apartarse mucho de los trabajos de los historiadores ( e incluso bebiendo en sus fuentes) se pasó al “Enigma Sagrado” cuyos autores lo fiaron todo a los datos proporcionados por un falsario mitómano –Plantard- dudando seriamente de la veracidad de lo que publicaban. La verdad histórica se sacrificaba a las necesidades del best-seller. Aún tenía que llegar un nivel todavía más bajo: el de la novelita hecha a medida del patrón elaborado mediante estudios de marketing. Mínimo esfuerzo para el lector, mínimo esfuerzo para el autor, mínimo esfuerzo para el editor. Máximo esfuerzo para el director de marketing y el responsable de los sondeos sobre las necesidades culturales de la franja de población que lee.

Finalmente, los productores culturales entran en el mercado como cualquier manufactura. Vender un producto cultural es como vender un electrodoméstico. Si usted ha comprado una batidora, seguramente será capaz también de adquirir una tostadora y si la ha adquirido, habrá comprendido la necesidad de una freidora o una máquina de café. Un producto lleva a otro. La cosificación de la cultura produce un fenómeno idéntico. Si un determinado producto literario ha tenido éxito se trata, en primer lugar, de realizar secuelas, más tarde, de filmar la película y de sostener en ese primer éxito otros productos colaterales.

La mediocridad es la ley de nuestro tiempo. No es el “mejor” y más sofisticado producto cultural el que triunfa –salvo raras excepciones, precisamente a título de excepciones- sino el que encaja más exactamente con las aspiraciones y capacidades de las masas. El hecho de que en política haya triunfado un José Luís Rodríguez Zapatero, mediocre entre los mediocres, o el hecho de que el libro más vendido en España en 2004 y 2005, haya sido “El Código Da Vinci”, no son hechos ajenos y sin conexión entre sí. Son las consecuencias del proceso de empobrecimiento socio-cultural de nuestras sociedades. Cuando los criterios de rentabilidad de la cuenta de beneficios y adaptabilidad de los productos a las masas pasan a aplicarse también a la cultura, podemos decir que hemos llegado al límite inferior, sin retorno, de la Cultura, allí donde deja de tener mayúsculas, para ir adjetivada como “de masas”. La “cultura de masas” no es cultura, es apenas expresión psicológica de las necesidades de las masas en un momento de crisis de civilización. A una crisis terminal de civilización, corresponden productos culturales igualmente terminales. No es cultura sino consumo lo que se esconde tras “El Código Da Vinci” y, como todo consumo, éste también está motivado por las necesidades psicológicas de las masas.

© Ernesto Milà Rodríguez – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 19.05-06

El mito de la "España, paraíso de las tres culturas" (y II)

El mito de la "España, paraíso de las tres culturas" (y II)

Infokrisis.- Rematamos aquí el artículo anterior en el que intentábamos aportar algunas pruebas históricas de la inexistencia de una "armoniosa convivencia" entre las culturas islámica, hebrea y cristiana en la España Medieval. Abordamos dos temas interesantes: la discusión sobre si eran o no "españoles" los moriscos y  los agravios entre las distintas confesiones religiosas. La Península Ibérica fue cualquier cosa menos un remanso de interculturalidad, paz étnica y diálogo de civilizaciones.

En la época medieval, el fenómeno religioso era capital. Así pues, no hay que extrañarse de la hostilidad recíproca entre las distintas comunidades presentes en la Península Ibérica. Los cristianos reprochaban a los judíos el haber sido “el pueblo deicida”. Y a los musulmanes les reprochaban haber obstaculizado por todos los medios el culto cristiano en la zona dominada por ellos. Era rigurosamente cierto que, aunque las iglesias cristianas no vieron clausurado su culto, tampoco se abrieron iglesias nuevas e incluso no faltaron casos en los que la autoridad islámica impidió que se procediera a restauraciones en las ya existentes. Durante ochocientos años, las campanas no pudieron sonar en la Península dominada por los musulmanes. El rey Fernando III, restituyó a Santiago de Compostela las campanas que habían sido llevadas a Córdoba en 998. Las costumbres islámicas, no eran la mejor forma de convivir, desde luego.

Además, los musulmanes seguían una religión cuyo libro sagrado no era precisamente un dechado de tolerancia: “¡Creyentes! No toméis como amigos a los judíos y a los cristianos”, se dice en el Corán 5:56. Y, para colmo, los musulmanes, como los judíos y los cristianos, se consideraban seguidores de la “única religión verdadera”, así que cualquier entendimiento era imposible por que, residiendo uno en la verdad, los otros dos, necesariamente, estaban instalados en la mentira.

La animadversión de los cristianos hacia los judíos tenía un fundamento teológico. Los Padres de la Iglesia ya habían determinado que su condición deicida les había condenado a la sumisión eterna. En la España cristiana se les consideraba “propiedad del rey” y así queda determinado en el Fuero de Teruel (1176) “los judíos son siervos del rey y pertenecen al tesoro real”.

Es cierto que algunos condottieros cristianos se pusieron al servicio de los musulmanes, pero su gesto mercenario no mejoró su imagen ante los musulmanes. “Las memorias –escribe Fanjul- de ‘Abd Allah de Granada reflejan el descontento y odio suscitado contra quienes admiten ofertas de servicio bélico de los catalanes”. El tratado de Ibn ‘Abdum, escrito en el siglo XII, equipara a judíos y cristianos con leprosos, prescribiendo su aislamiento para evitar contagios y algunas prohibiciones derivadas: “Ningún judío debe sacrificar una res para un musulmán” o “no deben venderse ropas de leproso, de judío, de cristiano, ni tampoco de libertino”, o esta otra: “No deberá consentirse que ningún alcabalero, judío ni cristiano, lleve atuendo de persona honorable, ni de alfaquí, ni de hombre de bien” y, finalmente, esta: “Un musulmán no debe dar masaje a un judío ni a un cristiano, así como tampoco tirar sus basuras ni limpiar sus letrinas, porque el judío y el cristiano son más indicados para estas faenas, que son para gentes viles”. Ni aun cuando los musulmanes fueron derrotados y pasaron a ocupar un lugar subalterno en los reinos cristianos de la Península, varió este tabú: los judíos eran considerados inferiores y así debían seguir siéndolo por toda la eternidad. En las Capitulaciones de anta Fe entre Boabdil y los Reyes Católicos, se incluye una cláusula a este respecto: “Que no permitirán sus altezas que los judíos tengan facultad ni mando sobre los moros, ni sean recaudadores de ninguna renta”.

Para es que, a finales del siglo XVIII, los musulmanes seguían sosteniendo que ni judíos ni cristianos podían entrar en la ciudad de Fez sino descalzos, como signo de humillación y en todo el norte de África estaba extendida la costumbre que ni judíos ni cristianos podían entrar en las ciudades en montura alguna para evitar que sus cabezas estuvieran sobre las de los musulmanes.

Cita Fanjul un ejemplo con la intención de demostrar que estas prohibiciones y tabúes, lejos de ser erradicados del Islam moderno, siguen teniendo redoblado vigor. Da cuenta de una noticia aparecida en “Diario 16” el 30 de agosto de 1995, en la que se explica la segregación que sufren las mujeres en los autobuses de Teherán. El autobús es, al parecer, un pervertido sistema de transporte en el que hombres y mujeres sin ningún parentesco restriegan ignominiosamente sus cuerpos. Dado que en aquella época viajaban diariamente 370.000 mujeres en los autobuses de Teherán, algún genial ayatolah calculó que, a un promedio de 10 fricciones por mujer y viaje, diariamente se cometían 3.370.000 pecados carnales solamente en los autobuses. De ahí que fuera necesario realizar una segregación en el transporte: los hombres en la parte de delante, las mujeres atrás. El Islam moderno se ha esclerotizado. Las prohibiciones sobre leer poemas en el interior de las mezquitas, o prohibir cualquier música sacra, o las interdicciones para que carpinteros y vidriaron se abstuvieran de fabricar copas para beber licores, la prohibición de alcohol, no solamente para musulmanes, sino para cualquier ciudadano que visite un país musulmán, etcétera, siguen estando tristemente vigentes en el Islam.

Los moriscos y los mudéjares ¿eran españoles?

Resulta curioso que nuestros “progres” insistan en uno de los argumentos más peregrinos sobre su nebulosa idea del “país de las tres culturas”, pues no en vano, aluden con frecuencia al “Estado Español” para evitar referirse a España y a los españoles, mientras que pugnan por imponer a los moriscos y mudéjares la nacionalidad española. Y para este quiebro ignoran la opinión de los mismos interesados. Vale la pena tenerla en cuenta.

Fanjul recuerda algunos detalles del esfuerzo integrador de los Reyes Católicos que en el 1500 que hoy son presentados como rasgos xenófobos y racistas, pero que en su época no tenían otra intención más que la de borrar las aristas entre ambas comunidades, mora y cristiana, y hacer viable la integración en el marco de una plena libertad religiosa. Se permite a los moriscos que utilicen las mismas ropas que los cristianos, se suprimen las “morerías”, se permite la participación de moriscos en las fiestas cristianas y se fomentaron los matrimonios mixtos. Todo ello sin el más mínimo resultado. Más se tendía la mano, más se reforzaba la identidad de la comunidad morisca y más ésta tendía la mano a los piratas argelinos y al turco. E, incluso cuando se producen matrimonios mixtos, los moriscos intentan no tener hijos, tal como demuestra una sentencia de la Inquisición, rescatada por Cardaillac, emitida contra un marido morisco que maltrataba –que raro, por cierto- a su esposa, cristiana vieja.

A decir verdad, da la sensación de que los Reyes Católicos conocían poco la mentalidad de los moriscos y se dejaron llevar en este tema, más por la generosidad que por la realidad. Ignoraban, por ejemplo, que la lengua árabe es considerada por los musulmanes como una lengua sagrada –no en vano, en ella se redactó el Corán y era la lengua del Profeta- así que pretender que utilizaran el castellano era pedirles que renunciaran, no solamente a una seña de identidad, sino también y mucho más, a un puntal de su fe. Fanjul recuerda que el empleo del castellano por los moriscos era “instrumental y sin consideración alguna”. Y Cardaillac añade: “Su posición [la de los moriscos] es muy clara: proclama todo su respeto por la lengua árabe, de innegable superioridad sobre el castellano”.

Como dice un viejo texto hermético alejandrino, “lo semejante se une a lo semejante”, por tanto no es de extrañar que quienes admiraran la lengua árabe y eligieran sólo y preferencialmente expresarse en ella, miraran a otros que también lo hacían, los piratas argelinos y los turcos, entonces y hasta Lepanto, en su apogeo. La piratería argelina y bereber prosiguió desde la Toma de Granada hasta finales del siglo XVIII, como quien dice, hasta hace 225 años apenas. Es significativo que tales hostigamientos se produjeron a partir de 1492, no antes.

El otro riesgo lo constituyeron los turcos. Como se sabe, los moriscos de Granada y de las Alpujarras, miraban más hacia la Sublime Puerta de Oriente que hacia la generosidad de los Reyes Católicos. Cuando se inicia la sublevación de las alpujarras, los rebeldes –gandules y monfíes- se tocan la cabeza con turbantes turcos y solamente toman las armas cuando han recibido garantías de apoyo turco. No eran unos insensatos desesperados por una opresión cultural y étnica de la que si alguien es inocente son los Reyes Católicos, sino los insurgentes que llaman en su auxilio a una potencia enemiga de Castilla y Aragón.

No es que no se quisiera asimilar a los moriscos, es que estos se identificaban con el mundo islámico, y no solamente de manera religiosa o cultural, sino empuñando las armas contra los reinos cristianos o abriendo la puerta a sus enemigos. Ni eran ni se sentían “españoles” porque en todo momento, desde la Toma hasta la expulsión, los moriscos ni reivindicaron su “españolidad”, ni estaban dispuestos a salir de sus “guetos” que, a fin de cuentas, eran los garantes de su propia identidad.

Hay que decir que, aparte de la politica integracionista de los Reyes Católicos, la mayor parte de la España cristiana no reconocía a os moriscos nuestra nacionalidad. Es rigurosamente cierto que los ocho siglos de Reconquista hicieron que el hecho religioso y el nacional estuvieran íntimamente unidos como en ningún otro lugar de Europa.

Maravall cita en su obra “El Concepto de España en la Edad Media”, abundante documentación que demuestra la común voluntad que tenían todos los reinos y condados peninsulares de ser y sentirse “españoles”, que entonces era una especie de entidad metapolítica, superior a los reinos hasta entonces existentes. A partir del siglo XI, estos que se reconocían “españoles” (y Américo Castro en su obra “Sobre el nombre y el quien de los españoles” aporta también datos de indudable valor) asumen la Reconquista como objetivo común. Pero ninguna taifa o califato musulmán asumía tal pertenencia. Ciertamente, también hasta el último musulmán peninsular –no digamos “español”- se sentía partícipe de una comunidad supranacional y metapolítica, pero no era desde luego, España, sino el “dar Islam”, las tierras ganadas para el Islam que se extendían desde Oriente Medio hasta Al-Andalus.

Al-Andalus jamás alcanzó unificación étnica, cultural y religiosa hasta los últimos siglos cuando se había reducido al Reino de Granada. Hasta entonces había predominado el elemento árabe, pero conviviendo con distintas minorías que, poco a poco, fueron exterminadas, deportadas, expulsadas, esclavizadas o fugadas. Particularmente fuertes fueron los encontronazos entre bereberes y árabes. La incapacidad musulmana para superar el estadio tribal y constituir naciones en el sentido moderno de la palabra, estuvo siempre presente y rompió el Califato de Damasco por las mismas razones que luego se rompería el de Córdoba y alumbrarías las inefables taifas.

¿Han oído hablar de la “taqqiya”? Es la ocultación de los verdaderos sentimientos, una práctica, realmente inmoral desde nuestro punto de vista, pero que algunas autoridades islámicas autorizan. Se ha hablado mucho de “cripto-judíos”, pero muy poco de “cripto-musulmanes”. Y haberlos, los hubo. Exteriormente, se habían hecho bautizar, pero mantenían sus prácticas religiosas originarias en secreto y boicoteaban como podían la práctica cristiana. Se sabe que muchos “cripto-musulmanes” evitaban ser enterrados en cementerios cristianos, o bien se sometían a un ritual de “limpieza” que borraba los beneficios aportados por el Bautismo. Se conocen casos en los que moriscos, presas de ataques de cólera, habían terminado evidenciando a gritos su verdadera fe, hasta el punto de que en 1602, un monje del Monasterio de Montserrat escribía al Duque de Lerma una misiva en la que pedía medidas contra estos “cripto-musulmanes”, “que con aver sido tantas vezes perdonados y reconciliados con nosotros, siempre nos tienen un odio mortal como lo an mostrado en las ocasiones que se an ofrecido”. Se conocen casos, así mismo, de “cripto-moriscos” que, casados con cristianas, propinaban palizas a sus hijos si los sorprendían comiendo tocino o bebiendo alcohol. Entre la Toma de Granada y la expulsión definitiva de los moriscos se sucedieron casos de profanación de iglesias y de objetos litúrgicos, hubo ensañamientos con imágenes de Cristo y la Virgen y Cardaillac cita el desánimo y la desazón con la que estos “cripto-moriscos”, tomaron la noticia de la victoria de Lepanto. El deseo de revancha aparecido con la Toma de Granada se reavivó de nuevo.

En 1495, finalizó la exención de impuestos a la comunidad morisca de Granada y, en ese momento, muchos optaron por emigran o por las conversiones más o menos interesadas. A pesar de la gran estatura religiosa, moral y política de fray Hernando de Talavera, primer arzobispo de Granada, y del énfasis puesto por él en que fueran predicadores capaces de expresarse en árabe quienes asumieran la evangelización de su diócesis, lo cierto es ue cuando los Reyes Católicos regresaron a Granada en 1499, encontraron la ciudad completamente islamizada, aunque dirigida por el pequeño núcleo cristiano. En cualquier momento podía producirse un riesgo de subversión y, efectivamente, en el 1500 el Albaicín se subleva. Talavera actuó de mediador entre las partes y, aun a pesar de que se habían producido algunos asesinatos de cristianos, extendió la oferta de perdón a los sublevados, a cambio de bautismo. La Reina Isabel debió jurar que no consentiría conversiones forzadas, pero la sublevación se extendió por las Alpujarras. Allí destacó la guerrilla de los “gandules”, jóvenes moriscos sublevados. El Rey Fernando se desplazó a Granada y ofreció de nuevo el perdón. Hubo lucha y, finalmente, conversiones como alternativa de supervivencia, que por convicción. En 1501 la sublevación se había extinguido y se ofreció a los rebeldes medios para que emigraran, porque ya en esa época las autoridades empezaban a valorar que, ante la imposibilidad de integración de las comunidades moriscas y ante lo poco convincente de sus bautismos, solo quedaba la alternativa de la expulsión.

A diferencia de algunos judíos conversos que adoptaron la nueva fe con un vigor desconocido incluso para los cristianos viejos –la famosa “fe del converso”- no ocurrió lo mismo entre los musulmanes. Muchos fueron los conversos que destacaron luego como defensores de la fe cristiana, sin dobleces e incluso con un punto de fanatismo, desde Torquemada a Santa Teresa. Hubo en el caso de los judíos un intento de integración aunque el fenómeno de los “cripto-judíos” se prolongara hasta bien entrado el siglo XVII.

Los moriscos nunca quisieron ser considerados españoles. Su identidad era otra. Sus esfuerzos de integración fueron nulos. Su resquemor aumentó a medida que fue aumentando el tiempo transcurrido desde la toma de Granada. Se aliaron con los turcos, abrieron las puertas a los piratas argelinos y bereberes, se sublevaron finalmente, después de un período de continuas insurrecciones y conflictos. La expulsión se mostró pronto, como la única medida posible para atajar los problemas futuros que podían derivarse. Gracias a la expulsión subsiguiente a la guerra de las Alpujarras, la España que heredamos no tiene nada que ver con Bosnia o Kosovo. Los problemas de integración no son nuevos, son connaturales a las comunidades musulmanas.

Conclusiones en detrimento del mito de las “tres culturas”

Isaac Baer en su “Historia de los judíos en la España cristiana” sentencia la cuestión de la “España de las tres culturas”: Dice Baer: “las ciudades de la época de la Reconquista se fundaron en su mayoría según el principio de igualdad de derechos para cristianos, judíos y musulmanes; naturalmente que la igualdad de derechos era para los miembros de las diferentes comunidades religioso-nacionales como tales miembros y no como ciudadanos de un estado común a todos. Las distintos comunidades eran entidades políticas separadas”. Así pues, cabría más bien hablar de la “España de las tres culturas… aisladas” que omitir la última palabra con el riesgo de pensar en una convivencia pacífica que no fue tal. Si existió convivencia fue por que cada comunidad vivía en un aislamiento total y hacía innecesaria tratar con miembros de las otras dos.

Así pues, nuestros “progres” alimentan un mito. Mejor dicho, alimentan una mentira. El mito es una dramatización con fines educativos. La mentira es una forma de falsear los modelos. Así lo se ha hecho insistentemente a partir de los eventos del 92 y así se repite una y otra vez en la España de ZP. Pero una mentira mil veces repetida logra solamente engañar a los incautos y encabronar a los que se mantienen en guardia. Las mentiras y los errores fatuos sobre multiculturalismo, mestizaje, triplete cultural y demás, no han logrado avanzar ni un ápice hacia el objetivo metafísico, el zapateril “diálogo de las civilizaciones”. No son las civilizaciones, sino los civilizados, quienes dialogan y, hasta ahora, los intentos se han saldado con alardes de mediocridad.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

El mito de la España "paraíso de las tres culturas" (I)

El mito de la España "paraíso de las tres culturas" (I)

Infokrisis.- En ya lejano nº 224 de La Revista de Occidente (enero de 2000), Serafín Fanjul, escribió un artículo titulado "El mito de las tres culturas" que tiene todavía hoy actualidad desde el momento en que el presidente del gobienro se ha empeñado en esa absurda falacia del "diálogo de civilizaciones", amparado en el mito de la perfecta convivencia de las tres culturas en la España Medieval. En este y en el artículo que siguen, glosamos este artículo de Fanjul y cargamos contra este insostenible mito progresista.

Nadie sabe quien, nadie sabe porqué, el caso es que, a partir de 1992, empezó a popularizarse el slogan de “España, país de las tres culturas”, y por ellas se entendían no la cristiana, la greco-latina y la indoeuropea, sino la cristiana –lo cual es correcto- la islámica –lo cual ya es mucho más discutible- y la judía. Se presentaba, no a España, sino a Al-Andalus, es decir, a la ideo que los islamistas se hacen de nuestro país, como un lugar de tolerancia, convivencia e idilio intercultural.

Es posible que el slogan surgiera de malos lectores de Américo Castro y de peores políticos a la búsqueda de una idea “progresista” que vender a falta de algo mejor. El caso es que, aquellas aguas trajeros estos lodos y del mito de la “España, país de las tres culturas”, surgió la nefanda y pervertida idea del “diálogo de civilizaciones” (como si las civilizaciones dialogaran y no fueran los civilizados a quienes cupiera tal honor y habilidad).

El mito es mito y como tal queda en el capítulo de las buenas intenciones, frecuentemente, inconscientes y alocadas. Jamás hubo un “país con tres culturas”; mejor dicho, hubo varios, la cuestión es que, lejos de convivir armoniosamente, cada cultura maldijo a las demás. Y, si se nos apura, algunas culturas despreciaron más a otras. No se puede decir que la cultura islámica haya sido particularmente tolerante, ni fértil –salvo honrosas excepciones- en los ocho siglos de presencia en nuestro solar. Y, en cuanto a la judía, si es cierto que demasiado frecuentemente, a partir del siglo XIII, fue más yunque que martillo, pero cabría añadir que en las estrofas del Talmud no se encuentran precisamente llamamientos a la tolerancia, sino justamente al desprecio más absoluto del “goim”, esto es, del no judío.

Son estas cosas que más vale olvidar y que, seguramente, no habríamos sacado a colación de no ser porque la verdad está por encima de los eslóganes “políticamente correctos” y que a cualquier mentira debe seguir un esfuerzo de la misma envergadura y de sentido contrario, en aras de restablecer la verdad. Y de la misma forma que quienes hoy, en su insensata ingenuidad han contribuido a que más que nunca se hable de la II República y de la malhadada Guerra Civil, son precisamente los mismos que han desatado el tema del “diálogo de civilizaciones”, habrá que decirles que, casi mejor hubieran callado en uno y otro tema, porque así habrían contribuido a tapar precisamente las vergüenzas de quienes pretenden defender. Es posible que, de no ser por la insensatez de gente como ZP, las nuevas generaciones hubieran crecido sin saber que Santiago Carrillo fue llamado “el verdugo de Paracuellos” y porqué se le tildo de tal. De no haber existido un reciente e injustificable “visionarismo” histórico sobre nuestra guerra civil, no habría existido tampoco el “revisionismo” consiguiente y, probablemente, se hubieran dejado las cosas como estaban, que más valía. Y, es posible que gentes como Serafín Fanjul, o nosotros mismos, en aras de la buena armonía entre vecinos, no hubiéramos estimado pertinente cargar contra el mito de la “España, país de las tres culturas”, de no ser por que tenemos el hábito de lanzarnos como el viejo Quijote contra los molinos, allí en donde nuestro sentido común y la verdad histórica se ven lacerados.

Nuestro país ha sufrido un proceso de falsificación histórica que se inicia en el último tramo de los años setenta, cuando cualquier localista podía retorcer la historia en beneficio propio, sin que nadie opusiera el más mínimo reparo, so pena de ser tildado de franquista y ridiculizado como “fundamentalista visigodo”. La falsificación flagrante que el nacionalismo periférico hizo de nuestra historia, abrió las puertas a cualquier otra falsificación ulterior, desde el lanzamiento del mito de las “tres culturas”, hasta el movimiento por la recuperación de la “memoría histórica”, es decir, de una memoria hemipléjica. Porque aquí, pecados, lo que se dice pecados, los cometieron las dos partes y no es el caso ahora, elucidar cual de las dos fue más culpable.

Un eminente arabista e hispanista, R.I.Burns, escribe en su obra “Los mudéjares de Valencia”: “a pesar de la asimilación recíproca y pacífica convivencia de cristianos y musulmanes, una aversión profunda dividía a ambos pueblos. Este sentimiento fue, no solo más allá de las actitudes convencionales o expresiones de desprecio mutuo, sino incluso más allá de la hostilidad que se podía esperar que provocarían las diferencias religiosas: refleja un antagonismo básico de culturas en una posición clásica de conflicto. Tal antagonismo tomó, finalmente, forma violenta en las revueltas y asaltos a las aljamas mudéjares que afectaron a todo el Reino de Valencia hacia el 1275 (…) Para comprender este fenómeno no resultan muy útiles los conceptos modernos de tolerancia/intolerancia o de raza o patriotismo nacionalista frente a la amenaza de revuelta”.

De la noche de las fosas de Toledo

El bachillerato del franquismo nos lo ocultó, quizás por aquello de “nuestra tradicional amistad con los árabes”, pero el caso fue que en el 729, dieciocho años después de que Tarik y Muza cruzaran el estrecho y se desplomara el Reino Visigodo de Toledo, tuvo lugar un episodio repugnante que no contribuye en mucho a afianzar la idea de la convivencia entre dos de lastres culturas de la España medieval.

Ese año, en una sola noche, fue exterminada toda la nobleza hispano-visigoda de Toledo, a traición y por la espalda. Amrus bin Yusuf, gobernador de Talavera, recibió la orden de liquidar a la nobleza toledana sobre la que recaía la sospecha de que antes o después terminaría sublevándose. El episodio es relatado con minuciosidad por Evariste Leví-Provençal. Con esa duplicidad de intenciones que ha “topificado” al islamismo, bin Yusuf llegó a Toledo aparentando buenas y loables intenciones. Reunió a los nobles y les propuso que residieran en el interior de un castillo que él mismo construiría en el noroeste de la ciudad. Cuando concluyó la construcción, Abderramán pasa cerca de Toledo y bin Yusuf y los notables salen a su encuentro y le invitan a visitar la ciudad. Abderramán acepta y Yusuf invita a la nobleza toledana al convite. Uno a uno, a medida que van penetrando en el recinto, son llevados por el estrecho pasadizo que bordea el foso de donde se ha extraído la tierra para construir las murallas. Ahí, uno a uno, son degollados. Displicentemente, los esbirros de Yusuf los dejan caer al foso muertos o agonizantes en lo que se convertirá en una fosa común. Los islamistas de Hispania han inventado la “limpieza étnica” que prefigura las matanzas de Paracuellos, las fosas de Katyn o las masacres de los khmeres rojos. Se trata de liquidar a los notables y a la élite de una comunidad para lograr que ésta pierda su identidad y se doblegue. Ha cronistas que elevan la cifra de degollados a 5000, pero otros más realistas, dan la muy considerable de 700. Ahora ya sé por que mi madre me decía en las noches de tormenta o en aquellas en las que apenas concilió el sueño que había pasado una “noche toledana”.

Pues bien, desde la “noche de las fosas” hasta la guerra de las Alpujarras en el siglo XVI, pasando por la represión de Hixen II contra los cristianos o las reiteradas técnicas de “limpieza étnica” de los “djuns” (milicias armadas de la aristocracia árabe) en el tiempo de Abdelramán III (siglo X), puestos en la balanza los pros y los contras del mito del “país de las tres culturas”, parecen dar la razón a los “negacionistas” por mucho que les pese a los Antonio Gala del “Manuscrito Carmesí” (Al-Andalus, el paraíso perdido) o a los Ropp y Calamar autores en comandita de “La España árabe, legado de un paraíso”.

Todas estas obras son altamente tributarias del libro de Américo Castro “La Realidad Histórica de España”. Como recuerda Fanjul, no hay que confundir los excesos del nacionalcatolicismo de los años cuarenta, con los excesos en sentido contrario y con la negación de las “apoyaturas históricas” que éste utilizó. Por que Américo Castro se equivoca cuando dice: “las tres religiones, ya españolas, conviven pacífica y humanamente”. O bien: “es imposible separar lo español y lo sefardí” o “Tan españoles son los unos como los otros todavía en aquella época”, citas extraídas de “La Realidad Histórica de España”. Para comprender por que Américo alude a “los españoles” en el siglo XIV hay que leer otra de sus obras, “Sobre el nombre y el quien de los españoles”, no carente de aspectos interesantes, pero erróneo en este aspecto que nos ocupa ahora. De todas formas, no es solamente Américo Castro quien se equivoca sino también Toynbee el cual niega connotaciones racistas al Islam. Y las tiene. Vaya que si las tiene.

A quien diga que siempre subsistieron importantes comunidades mozárabes en Toledo, Mérida, Córdoba o Sevilla, también es rigurosamente cierto que en el siglo XII, los cristianos de Málaga y Granada fueron deportados en masa a Marruecos y expoliados de todos sus bienes. Y sin olvidar que entre el 850 y el 859, los cristianos cordobeses sufrieron una dura persecución (con la decapitación de San Eulogio). En toda Al-Andalus los cristianos fueron objeto continuado de condena moral. Dice el sevillano Ibn ‘Abdun: “Debe prohibirse a las mujeres musulmanas que entren en las abominables iglesias, porque los clérigos son libertinos, fornicadores y somitas”. Y acto seguido pide que se circuncide a los nacidos cristianos. En la Granada nazarí se martirizaron a franciscanos durante en 1397 durante el reinado de Enrique III, que habían ido a predicar la fe cristiana en aquella zona.

El racismo islámico en Al-Andalus y en la actualidad

Es habitual entre los notables musulmanes alterar sus genealogías para mostrarse como descendientes del Profeta o bien, simplemente, para promocionarse socialmente. Se hizo ayer y se sigue haciendo hoy. Domingo Badía, que lo sabía, no dudó en construir falsas genealogías que acreditaban a su alter ego, “Ali Bey” como descendiente del profeta. Eso le permitió ser recibido el la Sublime Puerta y en Tánger por el sultán de Marruecos y, finalmente, ser el primer occidental que pudo penetrar en La Meca y ver la Kaaba. Esto sin olvidar las dificultades puestas los las autoridades islámicas a las uniones entre islamistas y no islamistas. De hecho se recuerda a la secta “ajnasí”, como una rareza, precisamente porque autorizaba tales matrimonios.

Los cuentos son una inagotable reserva de datos sobre los hábitos, las creencias y las preferencias de los pueblos. En este sentido, Serafín Fanjul nos recuerda que vale la pena revisar la cuentística popular norteafricana para documentarnos sobre el “enfrentamiento continuo entre etnias, pese a ser musulmanes todos árabes y kábilas, marroquíes y argelinos reflejan sus odios, sus prejuicios transmitido, a permanente adjudicación al contrario, o al vecino, de cuantos defectos se pueda imaginar”. Hay jurisconsultos islámicos que llegan a negar el derecho a permanecer en territorios no musulmanes, dado el riesgo que corren de contraer matrimonios mixtos. Como si unirse a quien practique otra religión, convierta, por esto mismo, automáticamente, en impuro.

El Islam es sin duda el elemento que explica porqué las sociedades islámicas se encuentran en el más triste subdesarrollo o bien en unas problemáticas vías de desarrollo. La práctica coránica establece el concepto de “kafa’a”, según el cual el matrimonio aconsejable es aquel en el que existe igualdad social entre ambos cónyuges. Y precisamente por eso, una cónyuge musulmána, jamás puede ser “igual” a un esposo que no lo sea. Ahora bien… un varón musulmán si puede casarse con una mujer que no lo sea, dado que, como recuerda Fanjul, “por ser su condición masculina garantía de una superioridad que no permitirá, por ejemplo, que los hijos adopten otra fe distinta de la islámica”. Al racismo se une el machismo.

Pero el racismo islámico se observa especialmente en relación a las etnias negras africanas. Ciertamente, el esclavismo de los siglos XVIII y XIX, no figura entre los capítulos más luminosos de la historia de Europa, pero, puestos a revisar la historia, habría que añadir que estos esclavos eran capturados por traficantes árabes que habían conquistado territorios en África Central.

El hecho de que los negros sean considerados como situados en el escalón más bajo de la escala social y, por tanto, la unión de una musulmana con un negro repugne a la conciencia islámica, se evidencia en el episodio de “Las Mil y Una Noches”, en la que un “negro bueno” es recompensado al final de su vida ¡volviéndose blanco en el momento de la muerte!, o la historia de los reyes Sahzaman y su hermano Sahriyar en la que sus esposas fornican con negros.

Salvo en el caso de los “Musulmanes Negros” de los EEUU (una rama desgajada por completo del Islam ortodoxo y que no es más que una rareza americana como tantas otras), los musulmanes de raza negra, han debido aceptar, finalmente y a regañadientes, su inferioridad social y el ocupar el rango más bajo de la jerarquía. Y es curioso, por que los judíos de origen negroide, que huyeron en los años setenta y ochenta de las crisis en Etiopía y en el Cuerno de África, son hoy vejados y considerados como el estrato social más despreciable, tras haber emigrado hacia el Estado de Israel.

Ciertamente hay alguna obra clásica musulmana en la que se defiende a los negros. Por ejemplo en “Elogio de los negros frente a los blancos” de al-Yahiz, cuyo título, precisamente, evidencia ciertas connotaciones racistas. Es, de todas formas, una excepción. Lo más habitual es considerar a los negros en los términos que hace al-Maydani en sus “Proverbios Árabes”, uno de los cuales dice: “Como el negro, cuando tiene hambre, roba, y si se sacia, fornica”. Y no encontraríamos la menor dificultad en multiplicar las citas en el mismo sentido intolerablemente racista.

Así pues, con el Islam cabalga un racismo innegable y tozudo. Podemos pensar que ese racismo también cristalizó en los ocho siglos de presencia islámica en la Península Ibérica.

¿Mezcla étnica en la Iberia Medieval?

No, apenas o nada. Decir que los españoles somos “medio moros” es uno de los tópicos de la “leyenda negra”. De hecho, hoy es cuando viven sobre nuestro suelo mayor número de magrebíes. Por otra parte, las mismas barreras que el propio Islam pone a los matrimonios mixtos salvaguardó el legado hispano-romano anterior. Ni los 30.000 árabes que entraron inicialmente con Tarik y Muza, ni los que se incorporaron en las sucesivas oleadas posteriores, alteraron el fenotipo medio de los hispanos.

Hacia el 1500 apenas existían 25.000 moriscos en Castilla , casi todos concentrados en Trujillo, Plasencia de las Armas, Alcántara y Uclés, mientras que en Andalucía solamente quedaban 2000 en Sevilla y Córdoba, aparte de los de las Alpujarras y Granada que en esa época apenas quedaban 40.508. Es decir, que en la España liberada de reinos musulmanes, apenas quedaban no más de 65.000 moriscos. Poco, realmente. Y no se sentían “españoles” contrariamente a lo que Américo Castro opina. Ni se sentían, ni lo eran, ni querían serlo, ni se comportaban como tales. Uno de ellos –el morisco Juan González- escribía en 1597: “la lei de los cristianos se podía decir de perros […] que era puto el que estaba en esta lei de Cristo […] Y que quisiera que lo llevara el diablo a su tierra [Argel] que havía de fazer quemar a todos los cristianos que allí uviese”. Podemos pensar lo que hubiera supuesto que toda esta patulea permaneciese en la Península hasta nuestros días. Las guerras balcánicas habrían sido poco en comparación con lo que nos hubiera esperado de no haber sido expulsados tras la guerra de las Alpujarras. En realidad, lo que ocurría es que los ocho siglos de presencia islámica habían creado dos campos enemigos. Tras la Toma de Granada y las medidas pacificadoras de los Reyes Católicos, esta mentalidad de bando se siguió manteniendo, especialmente en las filas de los perdedores. Y que no se diga que los Reyes Católicos extirparon el culto islámico. Fanjul recuerda el testimonio de un viajero de la época que describía Granada: “Las casas son como se acostumbra en Egipto y África, pues todos los sarracenos convienen tanto en las costumbres como en los ritos, utensilios, viviendas y demás cosas”. La política generosa de integración impulsada por los Reyes Católicos no cosechó el más mínimo resultado.

Caro Baroja recuerda: “Hacia el 1550 o 1560 no cabía establecer gran diferencia racial entre la población morisca y la cristiana vieja de muchos de los pueblos de Granada, Almería y Murcia. La distinción entre unos y otros era de tipo social, no biológico. Se hacía teniendo sencillamente en cuenta la línea masculina y la religión del padre. Así, un cristiano viejo, e hidalgo por añadidura, podía ser y de hecho era con frecuencia, hijo de madre morisca y nieto, también de abuelas moriscas”. Así pues, en la zona cristiana no existía el prejuicio religioso con la misma intensidad que en la parte musulmana. Fanjul cita dos hechos que contribuyen a elucidar la situación de la época.

El primero es la galería de retratos de los príncipes omeyas reproducida por Sánchez Albornoz en “La España musulmana”, “con presencia de rubios y morenos y hasta algún pelirrojo, pero dentro de las características generales del tipo físico común a la Península Ibérica”. El segundo dato explica la tendencia de los musulmanes de la Península a vincular sus linajes con las familias conquistadoras del siglo VIII; pero la mayoría de estas genealogías son espúreas. De hecho, cuando Ibn Hazm compone su “Yamhara”, comprueba que “el reducido número de linajes árabes arraigados en la Península y lo limitados y dispersos que vivían en el siglo XI, señalando la cifra de 73”. Y concluye Fanjul: “La aportación racial árabe fue muy exigua”.

A lo largo de ocho siglos, a esta aportación foránea se fueron uniendo los hispano-romanos que terminaron convirtiéndose al Islam, ya sea por convicción, o más frecuentemente, para evitar pagar tributos.

Y en cuanto a los judíos, no puede decirse que fueran muy numerosos en relación a la población residente en otros países europeos. Se cree que en el siglo XI no vivían en la Península más de 50.000 judíos y algunas fuentes hebreas dan cifras menores.

Ahora bien, esta minoría judía era fuertemente racista y tampoco aquí encontramos nada que pueda evocar la “España de las tres culturas”. Quien no era de raza judía, de pura raza judía, no pertenecía al “pueblo elegido”. La sangre, tanto como la religión, eran extremadamente importantes en la visión hebrea de la vida. Las referencias bíblicas a la prohibición de mezcla de la sangre hebrea con otras sangres “impuras”, recorre todo el Antiguo Testamento, desde el Deuteronomio hasta el Libro de Esdras. Fanjul, siempre atento a los pequeños detalles, recuerda que “en la literatura hispano-hebrea menudean las muestras de hostilidad hacia cristianos y judíos”. Cita también dicterios hispano-hebreos repletos de improperios hacia los musulmanes, que, en el fondo, no son sino la muestra de la mentalidad de la época, cualquier cosa menos “intercultural”.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

Nuestro pasado (I): Hematología en apoyo de la historia.

Nuestro pasado (I): Hematología en apoyo de la historia.

Infokrisis.- Que la sangre es vida, como escribía Stoker, no hay ninguna duda; tanto es así que la última campaña para recutar donantes de sangre se titulaba "Da sangre, da vida". Lo que no decía la campaña es que, a traés de la sangre, puede realizarse un viaje seguro al pasado más remoto. Si, por que la sangre permence allí en donde otros rastros se desvanecen.

El estudio de los grupos sanguíneos que abordó en 1965 Louis Charpentier en su estudio “El Misterio Vasco”[1], demostraba a las claras la posibilidad de utilizar la hematología como ciencia auxiliar de la historia. Pero hasta ahora, que sepamos, ningún investigador ha osado proseguir la tarea emprendida por el fallecido Charpentier. Vamos a recordar en qué punto quedó.

“Mas que los caracteres somáticos, la sangre conserva, con una fidelidad asombrosa, la huella de los siglos pasados y refleja los cruces, incluso los más antiguos, de los cuales cada grupo étnico, aunque esté limitado a una sola población, conserva la memoria orgánica”.

Lohavary, “La Sangre de los Pueblos”

Las etimologías de la sangre

La etimología produce agradables sorpresas. Por ejemplo, los romanos utilizaban dos palabras diferentes para referirse a la sangre: o bien sanguis-sanguinis, o bien cruor-cruoris, aparte, naturalmente, del término griego correspondiente –haema-haematis- que solamente utilizaban los muy cultos o los excesivamente pedantes. Sin embargo, solamente la palabra sanguis-sanguinis ha pasado a las lenguas romances (sang en francés, sangue en italiano, sangre en español), con sus derivados: sangrar, sangría, sangrante, sanguinario, sanguijuela, sangrador, sanguíneo, sanguinolento. De cruor-cruoris, ha derivado otro linaje de términos que indican por su parte, crueldad, crudeza, y que ya denotan que para los antiguos, había algo en la sangre que determinaba su carácter. En realidad, con este término los latinos aludían a la sangre que rezumba de una herida (crudus, significa sangrante) y, por extensión, a todo lo que suponía una carnicería o una matanza, pero también, no lo olvidemos. Y, puesto que la sangre que fluye de una herida está sin cocer, el término pasó a designar todo lo que está crudo.

Así pues, lo que la lengua latina mantenía integrado (la relación entre la sangre y el carácter), en las lenguas romances figura como separado y, solamente, remontándonos a la etimología originaria encuentra su justifricación. Esta dualidad hizo que para la ciencia médica ninguno de los dos términos fuera adecuado. La sangre era un vocablo excesivamente vulgarizado y la crueldad algo que escapaba de su demarcación fisiológica. Así pues, la medicina viajó hacia el tercer término utilizado en Roma para designar la sangre, la palabra griega “haema”. Con el nominativo de haima, se forma hemorragia, hemoglobina, glucemia, hemorroide, anemia, hemofilia y, así hasta cincuenta términos. Como se verá, estas palabras se forman con la forma hemo cuando es prefijo y emia cuando es su sufijo. Por su parte, del genitivo haimatos, cuyo significado es “de la sangre”, deriva la palabra “hematología”, literalmente, “conocimiento de la sangre”. Esta forma aparece en un centenar de términos médicos (hematoma, hematuria, hematíe, hematina, etc.).

En lengua castellana, las expresiones relativas a la sangre son interminables y todas hacen relación al carácter o al comportamiento: “tener la sangre de horchata” o “no tener sangre en las venas”, supone ser un cobarde; “subírsele la sangre a la cabeza” es, por su parte, entregarse a un acceso de ira; “ser de sangre azul” es ser de noble cuna; “tener sangre fría” es demostrar aplomo en las situaciones adversas; “lavar con sangre” es reparar una afrenta mediante un duelo, y así sucesivamente.

La sangre en los mitos y en la tradición

En el vocabulario hermético, abundan, así mismo, las expresiones relativas a la sangre de las que Stoker –iniciado en la Orden Hermética de la Aurora Dorada, la famosa Golden Dawn- extrajo la inspiración para la novela que le dio fama. Para la tradición hermética, de la misma forma que el Sol es el centro de nuestro sistema, corresponde al corazón ser el centro del cuerpo humano y, por tanto, a la sangre le corresponde un papel similar a los rayos solares. Expresiones como “me hierve la sangre”, “fulano es de sangre caliente”, o “se le calentó la sangre”, indican una relación extremadamente directa entre el calor, la agresividad, y la sangre, que, indirectamente queda reforzada por otras del género de “lo vi todo rojo”. La sangre, pues, se considera generalmente como el vehículo de la vida y de la agresividad, como si se tratara de una potencia del corazón.

La Biblia es particularmente prolífica en alusiones a la sangre, desde que en el Génesis 4: 10, tras haber matado a Abel, Caín tuviera que escuchar el reprocho del Señor: “¿Qué has hecho? Se oye la sangre de su hermano clamar a mí desde el suelo”. Un poco más adelante, en Génesis 9: 4, Dios ordena a Noé: “Todo lo que se mueve y tiene vida os servirá de alimento: todo os lo doy, lo mismo que os di la hierba verde. Sólo dejaréis de comer la carne con su alma, es decir, con su sangre”. Y así sucesivamente. En total, la referencia a la sangre aparece en 474 ocasiones entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Los vecinos de los hebreos, y habitualmente, sus dominadores, los caldeos, consideraban que era la sangre de los dioses, mezclada con la tierra, la fuente de toda generación, incluso de los metales[2]. Esto, sin olvidar que la sangre de Cristo, mezclada con el agua (o suero) que se derramó en la herida del costado de cristo, recogida por el Grial, estaba reputada de conceder, por sí misma, la inmortalidad. Y, cómo evitar recordar, que en el misterio de la Misa, el pan y el vino, carne y sangre de la tierra, pasan a ser la Carne y la Sangre de Cristo.

No es raro que, los juramentos más trascendentales en todas las civilizaciones occidentales se rubriquen con sangre o bien se realicen “por nuestra sangre y la de nuestros hijos”. Al mismo tiempo, la sangre, en tanto que se relaciona con la temperatura corporal, se la considera vehículo de las pasiones[3]. James Frazer, demuestra como muchos pueblos consideran a la sangre como el vehículo del alma y, por eso mismo, en los sacrificios de animales se insiste en que ni una sola gota de sangre caiga sobre el suelo, con lo que el alma de la víctima propiciatoria, en lugar de orientarse hacia el fin mágico de la operación, terminaría por regresar a la “tierra madre”. Pero también, Frazer cita el ejemplo opuesto: cualquier objeto que reciba una gota de sangre de los jefes de algunas tribus de Nueva Zelanda, queda, desde ese momento, sacralizado. Finalmente, la última asociación simbólica es la que hace de la sangre un avatar de las llamas, pues, no en vano, los rayos de sol, dan calor, pero también pueden provocar fuego. Es la sangre de Helías, derramada luchando contra el Anticristo, la que prende fuego y devora la tierra[4].

Las viejas tradiciones de los arúspices romanos establecían sistemas adivinatorios a partir de la sangre. No era solamente la vista de la sangre de los animales sacrificados, sino incluso la de los humanos, la que utilizaban como “filtro astral” para realizar sus predicciones. En la actualidad, todavía existen chamanes y videntes capaces de experimentar presagios según la forma en la que fluye la sangre de una herida[5]. Finalmente, como hemos mencionado antes, existe una relación muy directa entre la sangre y la tradición hermética que Julius Evola se encarga se ilustrar[6], realizando una recopilación de citas extraídas de textos herméticos. Así, por ejemplo: Evola explica que una de las formas de “purificar el mercurio” (esto es de eliminar todas las tendencias del alma hacia lo material) consiste en “concentrarse sobre la sangre, a través de la sensación del calor corporal”[7]. Y dice luego: “Ya los autores árabes hablaban de una “descomposición que mediante el Fuego suave transforma la naturaleza en una sangre”. Y Morieno dice: “La perfección del Magisterio consiste en tomar los cuerpos que están unidos… Ahora bien, la sangre es lo que principal y más sólidamente los une, porque los vivifica y los identifica”. Y Pernety: “La solución, disolución y resolución son propiamente la misma cosa que la sutilización. El medio para alcanzarla, según el Arte es un misterio que los Filósofos revelan sólo a aquellos que a su parecer es tán calificados para ser iniciados. No puede realizarse –dicen- sino en la propia sangre”; sangre que el mismo autor relaciona con el “Agua nuestra, de la cual se halla compuesto nuestro propio cuerpo”. “En las tres soluciones de las que os hablo –se dice en “El Triunfo Hermético”-, el Macho y la Hembra, el Cuerpo y el Alma, no son otra cosa que el Cuerpo y la Sangre… La solución del [sentido del] cuerpo en su propia sangre es la solución del Macho por medio de la Hembra y la solución del cuerpo por medio del Espíritu… Trataréis en vano de realizar la solución perfecta del mismo cuerpo, si no reiteráis sobre él el aflujo de su propia sangre, que es su menstruo natural, su Mujer y su Espíritu al propia al propio tiempo, con el cual se une tan íntimamente que no constituye más que una y misma substancia” (…) Finalmente, Artemio [dice] “el Agua que cambia los Cuerpos en Espíritus, desnudándolos de su grosera corporalidad”, la “piedra sanguinaria” y la “fuerza de la Sangre Espiritual, sin la cual no valen nada, van asociados”[8]. Todo esto es mucho más simple de lo que parece y desafiamos al lector para que realice una nueva lectura de todos estos textos teniendo en cuenta que el mercurio y el espíritu, son la misma cosa, que se trata de purificar el mercurio (esto es, el alma) de cualquier tendencia que la mantenga ligada a la materia y que, se considera a la sangre vehículo de un elemento más profundo capaz, por sí mismo, de realizar esta obra de purificación. Los antiguos rosacruces daban a la notación INRI el sentido de “Igne Natura Renovatum Integra”, solo el fuego purifica íntegramente a la naturaleza. Y ese fuego solamente se encontraba en el alma, vehiculizada sobre la sangre.

Evola da una interpretación al símbolo de la travesía del “Mar Rojo”, utilizando un texto del alquimista Bernardo Trevisano: “salir de Egipto” quiere decir, salir del Cuerpo, y “atravesar el mar Rojo” es atravesar las aguas de la corrupción, explicando que “aquello que Moisés llama Mar Rojo es la Sangre”, declarando, finalmente, que “en la sangre está la espada de llama ondulante que cierra el paso hasta el Árbol de la Vida”[9]. Desde luego, no puede pedirse a los autores “herméticos” claridad, pero, a poco que se comprenda el sentido simbólico de los términos, el significado final aparece con facilidad. Se trata, a fin de cuentas, sólo de concentrarse sobre la sangre, procurar eliminar de ella todo rastro de pulsiones no controladas (ira, cólera, egoísmo, ambición, etc.), y aumentar la temperatura de la sangre, sin que tal aumento suponga el dejarse arrastrar por lo que, en condiciones normales, implica un aumento de la temperatura sanguínea (precisamente, los estallidos de cólera, los estados de violencia desenfrenada, etc.).

Todos estos textos nos han servido para explorar en una dirección insospechada: la importancia que la sangre revestía en todas las viejas tradiciones, hasta el punto de que en la sangre de depositaban las esperanzas de supervivencia post-mortem (en Roma, el paterfamilias, debía de alumbrar permanentemente el fuego sagrado presente en cada hogar y en el que estaban presentes los antepasados y, al mismo tiempo, estaba obligado, como mínimo a tener un hijo, “el hijo del deber”[10]), la pureza de la sangre, determinaba la nobleza de tal o cual familia (los “arios” son los “puros”), y, finalmente, el monarca legítimo era aquel cuya sangre era “azul”.

Es evidente que todas estas doctrinas sobre la sangre derivaban de un hecho constatado empíricamente por el hombre originario: sustraer la sangre de un cuerpo, implicaba sustraer, así mismo, la vida. Ese razonamiento negativo llevaba también a una conclusión positiva: “la sangre es vida”. No hacía falta viajar hasta el siglo XX y realizar complicados estudios hematológicos para haber asimilado la idea de que la sangre es, simplemente, importante para la vida. Sin embargo, la sangre permite algo más: permite saber quienes somos, de dónde procedemos y cuál es, a fin de cuentas, nuestra identidad. Ahora toca descender del terreno mítico y hermético, al terreno racional y científico.

Algunas claves sobre la sangre

Todavía hoy, en el Japón moderno, se cree que la personalidad está relacionada con la sangre y, más concretamente, con el grupo sanguíneo. Los japoneses son los únicos que consideran a la sangre como factor determinante para el carácter. A la vista de los porcentajes de cada tipo de sangre en cada población, los científicos y sociólogos japoneses, deducen cuál es el carácter de esa población. Y esto vale también para las fábricas: para cada actividad hará falta un tipo determinado de sangre que será la que el empresario intentará contratar. Este interés por la sangre, llega hasta el punto de que en las fichas de los protagonistas de las series de ficción, se añade, a modo de documentación completamentaria, el tipo de sangre que posee.

Mucho más cerca de nosotros, no hará más de diez años, en una imprecisa cita del entonces presidente del Partido Nacionalista Vasco, Javier Arzallus, este personaje aludía al “factor Rh” que marcaba la diferencia entre vascos y no-vascos. Bien, sin ir tan lejos, es obvio que el Rh vasco es sensiblemente diferente al de otros pueblos, pero no tan diferente como sueñan algunos nacionalistas vascos como para que, a partir suyo, sea posible deducir el origen y la familia de pueblos con los que emparenta.

Es suficientemente conocida la utilidad de la sangre: de un lado aporta oxígeno a las células, de otro evacua el dióxido de carbono, además transporta aminoácido y hormonas entre a tejidos y órganos. Buena parte de este trabajo se realiza en los vasos sanguíneos que rodean a los alveolos pulmonares. El corazón actúa como bomba para accionar todo este mecanismo. El Oxígeno es transportado por la hemoglobina de los glóbulos rojos. Por su parte, el plasma sanguíneo distribuye “alimentos” (grasas, proteínas, minerales, sales, vitaminas, hidratos, a todas las células del organismo). Por su parte, los glóbulos blancos pueden fluir fuera o dentro de la corriente sanguínea allí en donde sea necesario neutralizar la acción de microorganismos que ataquen cualquier órgano.

La sangre que fluye por nuestras venas constituye el 7-8% de nuestro peso normal, lo que supone, aproximadamente 5 litros. Está compuesta por un 45% de corpúsculos (hematocrito, formado por glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas), mientras que el resto es plasma sanguíneo (agua, 95%, y proteínas, con aspecto de fluido amarillento y levemente salado, encargado de transportar los distintos tipos de células sanguíneas, su alimento y sustancias de deshecho). Mientras que los glóbulos blancos tienen que ver con el sistema inmunológico y las plaquetas con la cicatrización de las heridas, los glóbulos rojos (el 96%) contienen la hemoglobina de la sangre y distribuyen el oxígeno, pero, además poseen proteínas que definen a cada uno de los tipos sanguíneos.

Los tres tipos de sangre

En 1902, el hematólogo Kart Landsteiner estableció las diferentes entre los distintos tipos de sangres. En 1930 se le reconoció este mérito recibiendo el Premio Nobel de Medicina. Básicamente el hallazgo de Landsteiner consistió en establecer que, al menos en Europa, existen, tres tipos de sangre diferentes, a los que llamó: A, B y 0 (cero). Las personas con sangre del tipo A tienen glóbulos rojos con antígenos de tipo A en su superficie y anticuerpos contra los antígenos B en el suero de su sangre. Por su parte, la sangre del tipo B tiene glóbulos rojos con antígenos de tipo B en su superficie y anticuerpos contra los antígenos A en el suero de su sangre. Mientras que, finalmente, la sangre 0, no muestra antígenos A ó B, pero puede fabricar anticuerpos contra ambos. Eso facilita que puedan realizarse transfusiones de sangre de tipo 0 a los otros tipos.

A nuestros efectos, lo interesante es que los grupos sanguíneos se transmiten por herencia, pues, no en vano, como estableció Bernstein, las diferencias eran genéticas y, cuando se producen mezclas entre dos tipos de sangre distintas, la resultante depende de las leyes de Mendel.

La distribución de la sangre en Europa

Pues bien, existe una relación muy directa entre la geografía y la distribución de los distintos tipos de sangre. Lohavary estudió estas relaciones y llegó a algunas conclusiones:

- La sangre A está distribuida como sigue:

- La mayor concentración de sangre A, aparece en el Norte de la Península Escandinava (en el extremo norte) con un 50-55%,

- En el resto de la Península Escandinava, en Finlandia, en zonas concretas de Europa (Bulgaria, parte de Rumanía, parte de Sebia, parte de Austria y de Hungría, parte de Baviera, parte del Mediodía francés, el norte de Catalunya, el centro de Italia, con un 35-40%,

- La mayor parte de España, Francia, Alemania, Polonia, Rusia, Ucrania, Chequia y Eslovaquia, Países Bálticos, Norte y extremo Sur de Italia, Albania y Turquía, tienen una densidad del 20 al 25%.

- Finalmente, Sicilia, Grecia, Irlanda, Islandia, Cerdeña y Túnez, tienen porcentajes menores, entre un 15 y un 20%,

- En la Península Ibérica, Andalucía Occidental, Extremadura, Galicia y la mayor parte de Portugal, tienen un 30-35% de sangre A. La costa mediterránea, Aragón, Andalucía oriental, las dos Castillas, Asturias, Cantabria y el Sur de Navarra, tienen un 25 a 30%. Mientras que el País Vasco y el Norte de Navarra, tienen de un 20 a un 25%.

- La sangre 0 está distribuida como sigue:

- Los focos de mayor concentración se encuentran en Islandia, Irlanda, norte de las Islas Británicas, Túnez, Cerdeña, País Vasco, Navarra, con un 70-80% de sangre 0

- El sur de Inglaterra, parte de la costa Noruega, casi toda Francia (salvo el Mediodía y las costas mediterráneas), el Benelux, Sicilia, Grecia, el sur de Italia, parte de Argelia, la zona del Atlas, el sur de Portugal, Asturias, Cantabria, León, Zamora, Madrid, parte de Castilla la Mancha, Liguria, la costa Este del Adriático, tienen entre un 65-70% de sangre 0.

- Casi toda Alemania, el sur de la Península Escandinava, el norte de Rumania y el oeste de Ucrania, el Cáucaso, buena parte de Anatolia, los Balcanes y Andalucía occidental, tienen de un 55-60% de sangre 0.

- Finalmente, en Laponia, Carelia y Europa del Este, es donde se registran menos concentraciones de sangre 0, entre un 35 y un 55%.

- La sangre B está distribuida como sigue:

- Las mayores concentraciones de sangre B se dan en las orillas del Caspio, los Urales, con un 20-30% de densidad.

- En Rusia, Finlandia, Polonia Central, Norte de Ucrania, aparecen concentraciones del 15-20%.

- Los Balcanes, Turquía, los Países Bálticos, Alemania del Este, las zonas interiores de Escandinavia, Sicilia, el Norte de África, Andalucía Occidental, algunas zonas del cnetro de Italia, tiene una concentración menor del 10-15% de sangre B.

- Se encuentran densidades de un 5 a un 10% en Galia, Alemania del Oeste, Austria, Norte de Italia, al sur de Roma, hasta Calabria y la Puglia, las costas de la Península Escandinava, Inglaterra, Irlanda e Islandia.

- Finalmente, la sangre B tiene menores concentraciones en Aquitania, Sur y Norte de Portugal y, en la franja que va desde Cantabria a la Costa Catalan, abarcando el norte de Aragón, toda Navarra y el País Vasco.

Algunas conclusiones

Del estudio de la distribución de los grupos sanguíneos pueden derivarse tres conclusiones inapelables:

- 1ª Conclusión: allí donde hay una mayor concentración de sangre A, debe ser, necesariamente, el hogar originario de esta sangre. A medida que nos alejamos de este foco de mayor concentración, Así pues, el extremo Norte (Hiperborea) sería el lugar originario de un grupo de pueblos que luego descenderían hacia el Sur.

- 2ª Conclusión: la sangre 0 registra las mayores concentraciones en las zonas bañadas por aguas del Atlántico y va disminuyendo a medida que avanzamos hacia el Este de Europa. Es evidente que se trata de pueblos marítimos que se expandieron en dos vías: por las costas atlánticas y por las mediterráneas.

- 3ª Conclusión.- la sangre B tiene un origen asiático y va disminuyendo a medida en que dejamos atrás Asia.

Ahora bien, estas tres conclusiones apoyan mutuamente la historia y los mitos. Los lugares de mayor concentración de sangre 0 son aquellos en los que aparecen cultos femeninos, telúricos y ginecocráticos. En el Mediterráneo a esta familia de pueblos pertenecen los fenicios, los cartagineses, los cretenses, los minoicos y, finalmente, los íberos. Se característica más acusada es la práctica cultos a la Gran Madre y la consideración de que todos los dones proceden de la Tierra. El hecho de que sea en las Costas del Atlántico en donde esta familia de pueblos encuentra la mayor acumulación de sangre 0, indica que su lugar originario debió estar en ese lugar. No hace falta recurrir a la existencia de un continente desaparecido para sostener esta teoría, basta con explicar que estos pueblos se desparramaron desde un punto que posiblemente se encontrara en las orillas del Atlas o en el Norte de África, en tres ramas: una se dirigió hacia el sur constituyendo la etnia guanche, otra se desparramó por el Mediterráneo dando lugar a las civilizaciones egipcia, y posteriormente, cretense y minoica y otro se desplazó hacia el Norte, alcanzando las Islas Británicas e Islandia.

Pero la sangre A tiene un recorrido completamente diferente. Del Norte inicia su marcha hacia el Sur. El hecho de que descendieran de zonas heladas o próximas al círculo polar, hizo que para ellos la experiencia del sol adquiriera una importancia capital. En sus desplazamientos les acompañaron cultos solares, masculinos, viriles y olímpicos. Siempre, todos estos pueblos, consideraron al Norte como su lugar de procedencia y su patria originaria. El mito griego de Hiperbórea, sede originaria de la Edad de Oro, coincide, sorprendentemente, con el foco de difusión de la sangre A.

Esto supone simplificar demasiado. Estamos hablando de un período de tiempo extremadamente dilatado, pero, en líneas generales, lo que resulta inapelable y rigurosamente cierto es que los dos tipos de sangre definen dos tipos de civilización que coinciden con las viejas leyendas y tradiciones ancestrales: una llegada del Oeste Atlántico y otra venida del Norte Hiperbóreo.

Sangre y Geopolitica

Pero, además, existe otra ciencia auxiliar de la política a tener en cuenta, la geopolítica. Oeste Atlántico y Norte Hiperbóreo, definen así mismo otra contradicción fundamental en la historia de la humanidad, la aparecida entre pueblos marítimos y pueblos terrestres. El hecho de que los pueblos Atlánticos sean, fundamentalmente costeros o hayan realizado sus grandes desplazamientos a través del mar, hace que pueda considerárseles con propiedad como pueblos marineros. Por su parte, los pueblos procedentes del Norte, descendieron hacia el Sur, como máximo siguiendo vías fluviales, pero mucho más generalmente, mediante migraciones realizadas sobre tierra firme. Eran pueblos de carácter terrestre.

Da la sensación de que, desde la noche de los tiempos, existió una contradicción insuperable entre ambos tipos de civilizaciones, las marítimas y las terrestres. Ambos tipos de civilizaciones chocaron en distintos momentos de la historia: Atenas contra Esparta, Roma contra Cartago. Cada uno sostenía valores diferenciados: mientras que el comercio era el elemento central que ocupaba la vida de los pueblos marineros, la economía de los pueblos terrestres estaba orientada hacia la agricultura; si los pueblos marineros parecían ser individualistas y daban prioridad a los valores democráticos, los pueblos continentales atribuían al Estado (y no al individuo) y a la autoridad, la primacía. El choque entre ambos tipos de pueblos era inevitable.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokriksis@yahoo.es



[1] “El Misterio Vasco”, Louis Charpentier, Plaza & Janés, Barcelona 1974. El capítulo VI está consagrado a la distribución de los grupos sanguíneos en Europa y es el que vamos a utilizar como guía para estas páginas.

[2] De hecho, la alquimia se hizo eco de esta tradición para elaborar su teoría según la cual los metales, como las plantas y los animales, crecen y maduran en las minas. El arte de la alquimia no consistía en otra cosa más que en acelerar esta maduración de los metales.

[3] “Diccionario de Símbolos”, Jean Chevalier y Alain Gheerbrandt, Editorial Herder, Barcelona 1991, pág. 910.

[4] «Les representations religieuses des peuples altaïques», Harva Uno, París 1959, pág. 99.

[5] “Diccionario de las Artes Adivinatorias”, Gen Le Scouézec, Editorial Martínez Roca, Barcelona 1973, pág. 84.

[6] “La Tradición Hermética”, Julius Evola, Edizioni Mediterranee, Roma 1972, pág. 183.

[7] “La Tradición…”, op.cit., pág. 163.

[8] “La Tradición…”, op.cit., pág. 164.

[9] “La Tradición…”, op.cit., pág. 165.

[10] “La Ciudad Antigua”, Fustel de Coulanges, Editorial Plus Ultra, Madrid 1947, pág. 47 y sigs.