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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

¿Aún votas merluzo?

¿Aún votas merluzo?

El título es deliberadamente provocador: ¿Aún votas, merluzo? e indica muy a las claras que ya en 2003, cuando esta obra se editó en formato convencional alcanzando en poco tiempo los 10.000 ejemplares de venta, empezaban a existir serias dudas sobre el buen funcionamiento del sistema constitucional español. De hecho, este libro lo que propone es precisamente una profunda reforma política después de hacer una crítica inmisericorde al sistema de partidos. El tema no es tratado con la solemnidad habitual de quienes proponen una "reforma constitucional", sino con un fino sentido del humor que corresponde a quien, mantiene una postura apolítica, no por desinterés, sino como actitud de distanciamiento a una situación que produce más náusea que cólera.

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El camino a la bullanga…

El camino a la bullanga…

Infokrisis.- Las “bullangas” fueron disturbios cívicos de mucha intensidad y corta duración que se generaron en España a mediados del siglo XIX, especialmente en las grandes ciudades. El diccionario de la Real Academia no lo reconoce como disturbio popular (o populachero) sino que apenas dice que es un “bullicio y jaleo producido por la gente”. Sinónimos de “bullanga” son jaleo, follón, tumulto, vocerío, bulla, tropel, desorden, gresca, bullicio, pendencia, confusión, escandalera, trifulca y jarana… Sirva todo esto para decir que la bullanga es, sobre todo, un estallido de cólera que nada tiene que ver con la diversión y mucho, en cambio, con la violencia. La España de mediados del XIX fue el paraíso de las “bullangas”, no hay ningún otro país del mundo en el que se hayan producido disturbios similares.

Habitualmente se considera que la “bullanga” es una revuelta anticlerical. Las de 1835 lo fueron como represalia contra las órdenes religiosas por su apoyo a la causa carlista. Estallaron en Aragón y especialmente en Cataluña y los historiadores las suelen situar dentro de la revolución liberal contra la regente María Cristiana de Borbón Dos Sicilias… Pero habría mucho que hablar sobre ello. Los conservadores de la época vieron detrás de las “bullangas” una conspiración urdida por las sociedades secretas liberales (carbonarios, comuneros y masones) y si bien seguramente hay algo de todo esto, no es menos cierto que se trataron de explosiones de cólera popular, largamente contenida que si no hubieran estallado en ese momento, lo habría hecho más tarde.

Esquilache como ejemplo…

Y es que España es patria de las “bullangas” y tierra fértil y abonada para estallidos de ese tipo. El motín de Esquilache (más bien, el motín contra Esquilache) fue uno de ellos y demostró que el pueblo español era, por naturaleza, inmovilista y cualquier reforma le asustaba y era difícil que saliera adelante. Así pues había que “reformar”, pero con mucho tiento y sin que las aguas se salieran de madre. Frecuentemente se intentó hacer así, pero la timidez de las reformas hacía que los cambios propuestos nunca fueran definitivos y cuando llegaban, ya urgían otros nuevos. Es el sino de nuestra historia.

En 1766, un ministro no particularmente malintencionado, ilustrado y con vocación regeneracionista ante litteram, el bueno de Esquilache intentó cambios sociales y políticos durante la monarquía de Carlos IV, ese rey que inauguró una saga de reyes indolentes, sino nefastos, que prosigue hasta nuestros días. Para colmo, Esquilache era italiano y como a Carlos I, el “flamenco”, su llegada y sus medidas sentaron mal desde el principio. Bastó un necesario decreto sobre los atuendos para que el pueblo de Madrid saltara, mostrando las uñas y los dientes. Allí acabó el intento reformista de Esquilache y allí terminó también cualquier intento reformista en el siglo XVIII y, como guinda, por expulsar a alguien se expulsó a los jesuitas. Por supuesto, la leyenda cuenta que la masonería estaba detrás de todo y no se trataría de una masonería francesa (como la que llegó después con las tropas napoleónicas), ni mucho menos inglesa (la fundada por el duque de Warthon y desaparecida sin dejar señas), sino racial y autóctona organizada por la nobleza que figuraba en torno al conde de Aranda. A saber…

El pueblo español se ha negado siempre ha hacer las reformas que él mismo precisaba para sobrevivir. Lo que le ocurre a nuestro pueblo es que además de negarse, le ha ocurrido como a las ollas a presión, que si no las abres a tiempo, antes o después, estallan. Y, en cualquier caso, estalla siempre a destiempo y, frecuentemente, cuando no toca.

Era evidente que el motivo esencial del motín contra Esquilache no era la moda del tricornio y el capote corto, como lo esencial de la reforma no era la lucha contra la capa larga, el chambergo y el embozo, sino la planificación del país para evitar el hambre. Los insurrectos contra Esquilache ni siquiera habían caído en la cuenta de que Esquilache trabajaba para que un día aquel pueblo miserable, analfabestia y embrutecido pudiera un día tener cultura, saber leer y… vestir sin parecer bandidos. Fue la primera “bullanga” digna de tal nombre.

El 2 de mayo como “bullanga”… entre otras cosas

Aquella fue una reforma frustrada así que hubo que esperar 40 años más a que las cosas se pudrieran un poco más. Llegó Carlos IV un rey interesado solamente por las cacerías y en absoluto por el país, por su bienestar o por su futuro. A la vista de la mala bestia de su esposa, se comprende que el primogénito saliera literalmente cabronazo, Fernando VII, a quien a lo largo de su vida no le quedó nadie a quien traicionar, empezando por su padre. Fue en 1808. Carlos IV que no quería líos sino que siguieran dejándole cazar en paz y que reprochaba a Godoy que, continuamente le asaeteara con problemas o propuestas, cuando la situación social en España estaba definitivamente podrida. Menos mal para el orgullo patrio que el francés andaba por ahí y que coincidió el traslado de los infantes a Bayona, la presencia de las tropas napoleónicas de paso hacia Portugal, con la inflación y la carestía (la interrupción de las reformas emprendidas por Esquilache llevó a eso), para que una vez más, bruscamente, una buena mañana de mayo el pueblo de Madrid protagonizara una nueva “bullanga”.

La historiografía patriótica ha presentado el 2 de mayo y lo que siguió como una sublevación de “toda” la población contra la dominación francesa. Era eso… y no lo era. Salvo los artilleros sublevados en el cuartel de Monteleón, los madrileños que se enfrentaron a las tropas napoleónicas, pertenecían a las clases “populares”, los menestrales y el subproletariado urbano. Vivían mal, tenían hambre y no tenían muy claro quién era el responsable de su miseria: al igual que injustamente 40 años antes, Esquilache había, como se dice, pagado el pato, el 2 de mayo de 1808, el pueblo de Madrid, ignorando que el futuro Fernando VII le había traicionado y, de paso, traicionado a su padre, saltó contra el enemigo más visible, los franceses. Hubieran podido hacerlo años antes cuando Carlos IV se alineó con Napoleón y esto nos costó el derroche de heroísmo en Trafalgar, una flota y una generación de marinos ilustres y heroicos bajo las aguas. Pero, ya se sabe que el pueblo español reacciona tarde y mal.

En repetidas ocasiones hemos sostenido que la “guerra de la independencia” fueron, en realidad, tres guerras en una: una guerra civil entre españoles (la primera de las que jalonarían nuestra historia en los últimos 200 años) pues no en vano había españoles entre los resistentes y españoles entre los colaboracionistas (y la prueba fueron los casi 70.000 exiliados que siguieron a las tropas francesas en su retirada y que, al no regresar, y tratarse en gran medida de profesionales y técnicos “ilustrados”, provocaron una “pérdida de material” humano irremplazable); fue, en segundo lugar una “guerra de liberación” contra el invasor; y fue, finalmente, una guerra internacional en la que franceses e ingleses fueron a la greña persiguiéndose por nuestros campos y ciudades. Que la exigencia de construcción de “mitos nacionales” obligue, aún hoy, a ver sólo aquel conflicto de manera unidimensional en su forma de guerra de liberación, no es óbice para, entre usted y yo, convenir que fue también todo lo demás. Una vez más, la reacción de nuestro pueblo llegó tarde y la explosión de cólera fue tan brusca y tempestuosa como breve (en realidad, tras el 2 de mayo de 1808 y, prácticamente, hasta 1814 cuando se retiraron los franceses, no hubo mucha resistencia más contra el invasor, acaso por los fusilamientos de la Moncloa o acaso, también porque nuestro pueblo no parece hecho para disturbios de larga duración).

España, tierra fértil para el bullangueo…

Luego llegaron las bullangas de mediados de siglo. Muchas. Especialmente en Barcelona y Madrid. Bastaba con que alguien señalara a un crío diciendo que había envenenado el agua de los pozos o la cuba de los aguadores, para que todo estallara y las ciudades se vieran cubiertas por el humo de los incendios. En Barcelona, bastó con una corrida de toros mansos el 25 de julio de 1834, que al desdecir el dicho de que “no hay quinto malo”, unos mozos saltaran al ruedo, mataran al toro a cuchilladas (para que luego digan que no había afición taurina en Barcelona), lo arrastraron por la ciudad por el paseo de Colón y, a la vista de que pasaban por delante de Capitanía General, la asaltaran, tiraran por la ventana al gobernador, sustituyeron el toro por el cuerpo del general y, subiendo por las Ramblas, quemaran todos los conventos que encontraron a su paso. Antes la “bullanga” había estallado en Reus y unos años después volvería Barcelona a ser el centro del conflicto, terminando la broma con el bombardeo de Barcelona por Espartero desde las baterías del fuerte de Montjuich. Mejor no hablar del patrimonio histórico-artístico que se fue al tacho con todo este tejemaneje de bombazos, disturbios y teas incendiarias.

La cosa no se extinguió ahí. Pasaron las décadas y la proclamación de la II República, tuvo más de “bullanga” que de movimiento nacional. En Barcelona, donde las lecciones se aprenden más tarde de lo normal, aun antes de conocerse los primeros resultados de las elecciones municipales de abril del 31, Luis Companys y un grupo de amigotes, sin pensarlo dos veces, proclamaron ante una plaza de Sant Jaume vacía el Estado Catalán. Tres años después, volverían a hacerlo desde el mismo balcón en octubre de 1934. Bastó un cañón para que los “insurrectos” huyeran por las alcantarillas. Y la respuesta al golpe cívico-militar de julio de 1936, también en la Ciudad Condal, tuvo más de “bullanga” que de “revolución española” como sus cantores se obstinan de presentar.

Por no hablar del 23-F que, si vamos a eso, fue casi una “bullanga” protagonizada por militares malhumorados por una década en la que era muy fácil prever como terminaría y atizada por armadores profesionales con oficina en las cloacas.

Así reaccionará nuestro pueblo pasado mañana…

¿Dónde queremos llegar con este repaso histórico, superficial y henchido de desgracias? Pues, simplemente, a establecer que este pueblo nuestro aguanta carros y carreras, calla ante el hambre, calla ante el paro, calla ante las privaciones, permanece ciego ante la proximidad de problemas ineludibles, calla, baja la vista, se repliega en sí mismo, se hunde en el silencio y en la indiferencia, va acumulando potencial de odio, atmósferas de resentimiento y océanos de desesperación, hasta que finalmente, a veces apenas sin motivo, estalla. Dado que la “funesta manía de pensar” no ha sido uno de los entretenimientos habituales entre nuestra gente, está claro que el estallido será 1) a destiempo, 2) contra quien pasaba por allí, 3) contra un enemigo visible, pero no contra el problema de fondo, 4) violento hasta la náusea y 5) fracasado.

Tal es la enseñanza histórica que esta crisis nos renueva: ya desde finales de los años 90 estaba claro 1) que la adhesión de España a la OTAN y a la UE se había realizado frívolamente, sin negociar un acuerdo ventajoso para nuestro país, 2) que el modelo económico de José María Aznar era, literalmente, un suicidio nacional, y que favorecía directamente la burbuja inmobiliaria, 3) que estaban entrando más inmigrantes de los necesarios y con menos formación de la que requeríamos, 4) que desde la primera medida de ZP a la última, un memo al frente del gobierno es una ruina nacional, 5) que las medidas que adoptó ZP y las que adopta Rajoy entrañan el fin del Estado del Bienestar y los que han generado la crisis se ven recompensados por los que la están sufriendo… y en todo este ciclo de casi 20 años, el pueblo español ha callado, apenas ha protestado, ha permanecido mudo, y lo único que ha dado han sido movimientos “de moda”, que si los “indignados”, que si la “primavera valenciana”, que si “la oleada blanca y verde”… en definitiva, cada año una moda que sustituye a la anterior.

Del corralito chipriota a la España de charanga, pandereta

Y, de repente, ocurre el corralito chipriota. El que, bruscamente, el Estado se quede con el 10% de los ahorros de los ciudadanos, no ocurre en un país remoto, sino en un pequeño país mediterráneo, miembro de la UE, con un PIB similar al de Canarias y un “rescate” de apenas 10.000 millones de euros. Un sondeo. Y los chipriotas callados, con alguna pancarta en la calle y poco más. Así pues, puede hacerse, habrán pensado en Bruselas, en el FMI y en el BCE. Puede hacerse y a la vista de que los países mediterráneos vamos en lote y las cosas no están yendo bien (e irán a peor) en Grecia (bendito Amanecer Dorado), en Chipre, en Italia (¿qué vendrá detrás de Grillo?), ni por supuesto en España (¿vendrá algo después de Rajoy o simplemente el caos se eternizará?)… hay que pensar que el ensayo chipriota volverá a hacerse en cualquiera de estos países.

No creo que hoy lunes 18 de marzo los bancos españoles hayan experimentado una merma en sus depósitos. Y sin embargo hubiera sido lógico por aquello de que “cuando veas las barbas de tu vecino afeitar…”. En un país con 6.000.000 de parados, otros 6.000.000 con salarios submileuristas y provistos de contratos basura, 7.000.000 de inmigrantes, 1.000.000.000.000 (un billón) de euros de deuda, sin contar los intereses, con una edad de jubilación y unas pensiones que equivale a que en plena carrera la meta se vaya desplazando hacia adelante y con el evidente objetivo de que la edad de jubilación coincida con la de fallecimiento, y lo que es peor, sin perspectivas, sin que ningún puto partido, ni ningún maldito político nos explique cómo vamos a salir de la crisis, en qué sectores se van a crear empleos y unos ministros cretinizados que hablan de cursos para encontrar empleo en un país en el que no hay empleo, que como fórmula mágica alargan la edad de jubilación olvidando que hoy eso supone prolongar los años en el paro… y con un pueblo compuesto por muditos, o que protesta por las corridas de toros, o por que han disminuido la subvención a la fiesta del orgullo gay, o cuya principal batalla es el aborto, la legalización del porro (cosa hecha en breve), o que cree que acampando en una plaza unos días de juerga y rosas, ya ha cumplido… con todo esto, no se puede ser optimista.

Tendremos nueva “bullanga”. Es el sino de nuestro país. Poco importa, cuándo y dónde estalle. Madrid o Barcelona tienen todos los puntos porque ahí la vida urbana parece haber contribuido a pudrir más la situación. Y esta “bullanga” será terrible porque, aquí no hay partidos, ni sindicatos dignos de tal nombre, ni líderes políticos, ni medios de comunicación que puedan encauzarla o simplemente evitar que degenere en masacres, incendios y disturbios. Nuestra historia –como la olla a presión de la cocinera- indica que la presión no puede crecer sobre la población eternamente sin que, antes o después, se produzca la deflagración. Se repetirá de nuevo la historia: será una “bullanga” a destiempo (tarde y mal) y no apuntará contra el verdadero culpable (la globalización), sino contra uno que pase por ahí (la extrema-derecha, Rajoy, Bárcenas, las corridas de toros o los desahucios…).

Los destinos históricos, frecuentemente, son tristes cuando el pasado es una “gigantesca pirámide de fracasos”. Y los destinos no van a cambiar para nuestra generación, coriácera, blandurria, resignada e indolente como pocas. Ahora solamente queda esperar y procurar que no nos pase por encima.

© Ernesto Milá – infokrisis – ernesto.mila.rodríguez@gmail.com – Prohibida la reproducción sin indicar origen.

 

Reflexiones sobre España

                                     

El drama del patriotismo español es triple: de un lado su vinculación al franquismo, el régimen que más recientemente defendió a machamartillo la “unidad nacional”; por tanto, volver a recordar que España es una nación y, mucho más que eso, una Patria, parece remitir casi necesariamente al franquismo o hacerse cómplice suyo. De otro lado, las ideas básicas del patriotismo español han permanecido inamovibles desde hace más de 100 años. Prácticamente desde la generación del 98 la reflexión sobre España se detuvo con la única excepción de Ramiro Ledesma y su Discurso a las Juventudes. Pero incluso en este caso se trató de una reflexión coyuntural realizada a expensas de la crisis de la II República, una situación que tiene poco que ver con la actual. En cuanto a las opiniones de José Antonio Primo de Rivera, tomadas de Ortega y Gasset, según las cuales una nación es una “unidad de destino en lo universal”, aun estando de acuerdo con ellas, nos dicen muy poco sobre cuál es el “destino” actual de España y que hay que entender por “universal” en este aciago comienzo del milenio. En efecto, el problema radica en que si consideramos que la justificación de una nación es su “destino” y su “misión” histórica, nadie, absolutamente nadie, se ha preocupado por definir nada de todo esto para nuestra España, como mínimo, en los últimos 78 años (dando por sentado, con las reservas antedichas que la obra de Ledesma es el último intento en esa dirección). ¿Cuál es la “misión” y el “destino” de España hoy en 2013? Esta es la pregunta que queremos plantear.

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Mayo 68 no fue así...

                                      

Cuando en 2008 tuvo lugar el 40 aniversario de la llamada "revolución de mayo" de 1968, percibimos, horrorizados que aquellos episodios habían sufrido con el paso del tiempo un proceso de adulteración y falsificación. De ahí el título y la intencionalidad de esta obra: "Mayo del 68 no fue como nos lo contaron". El origen dudoso de los gropusculos, las manipulaciones de los servicios de inteligencia y las operaciones "false flag", el papel de la extrema-derecha, la ideología contestataria tal como se planteó en aquellos momentos... todo esto es analizado en este volumen de 236 páginas.

 

 

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Cancionero del franquismo

                                       

Info-krisis.- Durante cuarenta años los jóvenes que militaron en las Falanges Juveniles, en el Frente de Juventudes y en la Organización Juvenil Española, cantaron unas canciones que expresaban sus principios, su concepción del mundo y su doctrina. Esta obra pretende analizar la ideología de esa época en función de estas canciones que subsistieron y se fueron renovando incluso hasta los años 80. Algunas de ellas habían sido ritmos de los partidos fascistas y del nacionalsocialismo alemán y fueron adaptadas con mejor o peor fortuna, indicando también una sintonía con esas ideologías y con ese tiempo. No hemos pretendido realizar una "historia" del cancionero juvenil del franquismo y de la Falange, sino simplemente utilizar sus estrofas para penetrar en la mentaidad de aquellos jóvenes.

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La iglesia post-Malaquias

La iglesia post-Malaquias

Infokrisis.- Como se sabe Benedicto XVI era el último papa de la profecía de Malaquías, quizás no tan antigua como se creyó, pero que, en cualquier caso, desde el siglo XVII acierta en cuanto a las características de los papas que se van sucediendo en el trono de San Pedro. Albino Luciani, como se sabe estaba asociado al lema “luz blanca”, perfecta traducción de su nombre laico. Juan Pablo II, “labori dei soli”, correspondía tanto a su carácter trabajador como a la novedad de que fuera uno de los pocos papas rubicundos de la historia. Y así sucesivamente. Da la sensación de que Malaquías o quien fuera, percibió como en una perspectiva aérea y rápida las características del reinado de los papas y retuvo en su memoria el rasgo que más le llamó la atención, asociándola a un lema. A fin de cuentas, una profecía no es más que la dramatización sensible de un hecho intuido. Pues bien, la lista de papas aportada por Malaquías ya ha concluido.

Con Benedicto XVI ha tenido lugar una novedad sin precedentes. No era normal encontrarse con un papa dimisionario. La cuestión que se plantea es por qué ha dimitido. El decir que no se sentía con fuerzas no sirve: ¿Con fuerzas para qué? A fin de cuentas, el antiguo miembro de las Hitlerjugend y artillero de la FLAK, era un intelectual y si llegó al papado fue precisamente por su superioridad en ese terreno. El intelectual lo es hasta su muerte. Pero el intelectual no es, necesariamente un gestor enérgico. Y todos sabemos que resulta muy difícil dirigir incluso una empresa familiar con la bondad y la razón.

El problema de fondo es el que se planteó desde los años 60 cuando el Concilio Vaticano II se presentó como una necesidad (la de “aggiornar” la Iglesia, “ponerla al día”), pero que concluyó en un lamentable fracaso autodestructivo. La Iglesia se puso al día en casi todo… menos en los problemas que preocupaban a los jóvenes: especialmente en todo lo relativo a la sexualidad. Y en ello sigue. Se modificó la liturgia (para “acercarla al pueblo”) y se aumentó el rol de la Virgen (muy por encima de su presencia efectiva en los Evangelios)… los prelados creyeron en la sugestión de los años 60, cuando todos, incluido los hippis, pensaban que se entraba en “tiempos nuevos”, cuando incluso en las filas eclesiásticas se creía que estaba próximo el advenimiento de una “nueva era” bajo el signo del humanismo y el universalismo y que sonaban tiempos en los que la mujer aumentaría su papel en la sociedad. Todo eso no eran más que sugestiones con las que se justificó el desmantelamiento de la liturgia y la creación de un ceremonial a medio camino entre el protestantismo y la iglesia tridentina.

Lo que hasta entonces eran certidumbres y dogmas, se convirtieron en algo en lo que hasta los mismos sacerdotes dejaron de creer y que nunca estuvieron en condiciones de transmitir. Los argumentos para defender la virginidad o las restricciones puestas a la sexualidad, serían admisibles dentro de un contexto de autocontrol y en la educación de la voluntad, pero no podían solamente avalarse en función de dogmas o encíclicas. De la misma forma que la educación en España languidece porque una parte sustancial del profesorado ha dejado de creer (por las razones que sean) en su misión, la Iglesia ha periclitado porque sus pastores han dejado de dominar el arte de conducir a su rebaño.

Todo eso importa ya poco: el papel de la Iglesia ha pasado y la misma Iglesia pertenece, más que a otro mundo, a otro tiempo. La homosexualidad y la pederastia entre algunos cleros nacionales es solamente una desagradable anécdota más. Mucho más grave es que los seminarios estén vacíos, que la edad media del clero supere los 60 años y que Europa haya dejado de ser el centro de la Iglesia para pasar éste a Asia y especialmente África. Hoy, Europa es nuevamente “tierra de misiones”.

La unidad de la Iglesia ha sido sustituida por la multiplicidad de sectas, sectillas (o si se le quiere llamar “prelaturas personales” y “asociaciones confesionales”) construidas por personajes de los que lo más piadoso que puede decirse es que sean ejemplos de moralidad, santificados o no. Mientras el clero diocesano es hoy casi una entelequia, estas asociaciones tienen medios, movilizan militancia y despliegan una actividad que ya el sacerdote de barrio no está en condiciones, ni con ganas de realizar. Siempre ha habido órdenes religiosas en la Iglesia, sí, pero las nuevas “asociaciones” y sus fundadores carecen de al altura de benedictinos, franciscanos, dominicos, etc. Y eso es lo que queda de la Iglesia, eso y un patrimonio extraordinario cuyo control, por cierto, es lo que persiguen buena parte –no digamos todos, por pura prudencia- de esos grupos.

En cuanto a la Iglesia española no hay que olvidar que los conventos femeninos ya están casi completamente vacíos de monjas de menos de 60 años, la mayoría de las novicias son filipinas, sudamericanas y africanas. Sin olvidar que en El Raval de Barcelona existen 15 “puntos de oración” islamistas y una sola iglesia católica con oficios una vez a la semana (y otras dos cerradas). La llegada masiva de sudamericanos ha servido mucho más para revitalizar las dormidas sectas evangélicas y a los protestantes, que a la adormilada iglesia local. Y los seminarios siguen vacíos.

Hace diez años escribimos que a la Iglesia española sólo le quedaba irse extinguiendo como la luz de una vela en su último tramo. Hoy reiteramos esa impresión en la certidumbre de que así ha ido ocurriendo. No se espere que tal acumulación de patrimonio y tantos millones de fieles pueden desaparecer de un día para otro, pero si resulta inevitable que se vayan extinguiendo poco a poco, perdiendo influencia primero, luego perdiendo peso social, luego dándose dentelladas en su interior y, finalmente, dirigido por una jerarquía para la que lo predicado no tiene ya nada que ver con lo pensado o con el día a día vivido por ella misma. Porque el problema no es de falta de vocaciones, sino de plantearse ¿cuántos sacerdotes y jerarquías en activo siguen creyendo verdaderamente en el dogma y cuántos otros están donde están por simple inercia, por conveniencia social, ambición o apatía?

En España todo esto es mucho más trágico, especialmente para los patriotas que asocian su fe política a su fe religiosa. La escuela de historiografía que asoció la historia de nuestro país con la iglesia católica hizo que España empezara a existir SÓLO desde la conversión de Recaredo… Pero hubo una Hispaniae antes del episodio, de la misma forma que hay una España ahora cuando con propiedad puede decirse que “España ha dejado de creer en el catolicismo” (porque el catolicismo militante es sólo patrimonio de una minoría y la inmensa mayoría de la población está ausente de los oficios religiosos). Creemos, en estas circunstancias, que resulta muy difícil seguir manteniendo esta identidad entre Catolicismo y España. El declive inevitable del primero, no debe necesariamente entrañar el fin del segundo.

El problema religioso no me interesa más allá de mí mismo. Allá cada cual con su conciencia y su vida y allá cada cual con sus creencias. Pero hay que reconocer que no podemos hacer nada para rectificar la pendiente decadente de la Iglesia (doctores tiene la institución…) en este período post-Malaquías. Pero sí podemos hacer algo por nuestro país. Es hora de un patriotismo emancipado definitivamente de la idea religiosa que responda a las preguntas de cuál es la “misión” y el “destino” de España en el siglo XXI, sin recurrir a algo que ya sigue una dinámica autodestructiva propia ante la cual no podemos hacer nada.

Poco importa lo que decida el cónclave y cuál sea el nuevo “rostro” que presidirá el Vaticano, la crisis de la Iglesia es tal que con las meras fuerzas humanas resulta imposible rescatarla… y para los que esperan una intervención divina, lo sucedido en las últimas décadas en la Iglesia induce a dudar sobre si allí queda algo de divino o, simplemente, es un pozo de inmoralidades tal como parece haberlo percibido un intelectual metido a Papa que prefiere dimitir antes que seguir al frente de la cáscara hecha de oropel y dogma, vacía y hueca, en la que las dentelladas entre sectas sustituyen al amor fraterno, las inversiones del Banco Vaticano tienen más peso que el ejercicio de la caridad, la tercermundización interesa más que la difusión de una visión cultural clásica, el vicio se enseñorea de la jerarquía cuando la jerarquía debía ser ejemplo y cuando lo único que puede hacerse es, o gritar la verdad esperando una reacción o bien retirarse a meditar a la espera de los últimos días.

Benedicto XVI, el antiguo artillero de la FLAK y el antiguo Hitlerjugend ha optado por lo segundo. No voy a ser yo quien se lo reproche a quien, en rigor, puede ser llamado “el último papa”

© Ernesto Milá – infokrisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com

Lo que no te dicen del rey...

Lo que no te dicen del rey...

Infokrisis.- El caso Urdangarín y el caso Corina han llegado en el peor momento de la monarquía y contribuyen a acentuar la crisis institucional de nuestro país. No solamente un país camino de los 6.000.000 de parados no puede permitirse el ver como la rapacidad y la depredación están instalados en las altas instancias del Estado, sino que la crisis de la monarquía llega en el momento en el que las últimas cinco operaciones realizadas en Juan Carlos I y su visible y creciente deterioro físico, nos indican a las claras que estamos, sino ante una abdicación al estilo del de Benedicto XVI, sí ante una sucesión inevitable.

Y este es el problema, porque si en 1975, Juan Carlos se beneficiaba de una situación en la que la derecha franquista estaba dispuesta a defender a capa y espada la monarquía, aunque solamente fuera para que la oposición democrática no se llevara el gato al agua de la “ruptura democrática”, ahora, no hay fuerzas sociales lo suficientemente fuertes como salvaguardar la permanencia de la institución monárquica, sino que tampoco existen fuerzas políticas con suficiente convicción y compromiso para asumir esa defensa de manera ni remotamente numantina. Ni siquiera las fuerzas armadas parecen muy dispuestas a decir nada al respecto.

Por mucho que los medios de comunicación alardeen del papel del rey durante la transición, la triste realidad, es que Juan Carlos I se vio siempre, más bien arrastrado por los acontecimientos, que controlándolos. Lo único que hizo fue lo que exigía su interés en permanecer en el cargo.

En este sentido puede decirse que Juan Carlos I es digno hijo de su padre, Don Juan de Borbón, un personaje sobre el que cuando falleció, los editoriales encontraron serias dificultades en encontrar motivos para loar su figura. En efecto, nada, absolutamente nada, había hecho por España en su larga vida. Los dos manifiestos que publicó durante el franquismo se debieron a la pluma de su Consejo Asesor, especialmente de Pemán. Aprovechado, interesado, gorrón, y “borracho” (en Londres conocí a uno de sus amigos íntimos, un griego que al enterarse de que yo era español y de Barcelona simplemente me dijo “Yo muy amigo de Don Juan...” y, por todo mérito, añadió “¡… es un borracho!”. Y es que esa rama borbónica no ha dado para más.

Parece difícil que Felipe, el hijo de Juan Carlos, pueda remontar la herencia genética de esa rama y habría que esperar a ver si la aportación biológica aportada por Letizia consigue superar la “mala calidad” de estos borbones demostrada ya desde un Carlos IV allá por el siglo XVIII. Pero, claro, este país ya no está para esperanzas, ni para experimentos que no puedan desarrollarse aquí y ahora. Por lo demás, las operaciones de cirugía estética de Leticia, su figura patéticamente anoréxica y su historia pasada, tampoco son como para echar cohetes. Por otra parte, el que haya “apoyado” a una desahuciada recientemente, lo único que indica, no es su “sentido social”, sino el que sus asesores están intentando mejorar su imagen a la vista de la proximidad de la sucesión.

Pero todo lo que pueda hacer la pareja Felipe-Letizia, la realidad es que la hora de la monarquía ya ha pasado. El caso Urdangarin y las miserias que ha sacado a la superficie (y que sacará en las próximas semanas en su despecho) el Caso Corina, ha sido la puntilla para la monarquía “constitucional”. Desde los años 80 se sabía que TODOS los casos de “gran corrupción” en España estaban siendo protagonizados por “amigos íntimos” del Rey: desde Ruiz Mateos, a Prado y Colón de Carvajal, desde Javier de la Rosa hasta Mario Conde. Todos han sido amigos del rey y todos han operado a sus anchas, todos han entregado fondos y facilitado negocios a la Casa Real creyendo que a la hora de la verdad, el rey saldría en su defensa… pero, cuando esa fatídica hora llegó, un comunicado de la Casa Real, siempre, cortó cualquier relación y el rey se inhibió de sus amigos… Lo mismo, en definitiva que ha ocurrido en estos dos últimos casos (Urdangarín y Corina), solo que en estas ocasiones, la proximidad a la Casa Real es tal que nadie, absolutamente nadie, puede creer que Juan Carlos I no sabía nada de las rapacerías realizadas en su entorno íntimo.

Esto, sin olvidar que Juan Carlos I no ha sido nunca un dechado de virtudes cívicas ni familiares. El hecho de que ahora se haya realizado una sexta operación alegando que Juan Carlos era un “gran deportista” (si alguien que es un “gran deportista” llega a la ancianidad hecho literalmente polvo, tal parece el mejor indicativo para negarse a practicar cualquier deporte…), es casi un chiste. Es alguien que ha abusado de sus fuerzas hasta no hace mucho y no precisamente en deportes, a menos que consideremos, claro está como deportes olímpicos los de cama y el levantamiento del vaso sustituya al de las pesas… Los amoríos del rey se conocen hasta la saciedad y los ha realizado sin el más mínimo pudor, indicando a la sociedad el camino para el ejercicio de la cornamenta.

Pero hay algo mucho peor. Durante años, el plotter de la Casa Real ha ido firmando leyes que el rey tenía que haber leído y valorado. Pero eso, a él, nunca le ha preocupado lo más mínimo. Nos decían que el Rey estaba por encima de los partidos, en tanto que representante de TODOS los españoles. Pero no lo ha sido: ha sido un apolítico más, en un país de apolíticos y apáticos, preocupado por juergas, vacaciones, regalos, negocios hechos al calor de la corona, comisiones, francachelas y putones, en ocasiones de la más baja estofa. Y el rey debería de haber dado ejemplo. Si no lo ha dado ¿para qué diablos sirve? Se tenía que haber preocupado de lo que firmaba y tenía que haber opinado sobre “lo bueno” y sobre “lo malo”, pero ha confundido el “estar por encima de las opciones” con el “pasar de todo”.

Ahora todo eso se termina. Estamos en la última parte de la agonía del régimen monárquico. La crisis de la monarquía, ni siquiera tiene entidad propia, es solamente una parte de la crisis política que ha puesto de manifiesto la persistencia de la crisis económica desde hace ya un lustro. No veo a Urgandarín en la cárcel, no veo a la infanta imputada, pero tampoco veo al tándem Felipe-Leticia reinando. La irrelevancia de la monarquía es tal que hoy su nombre se vincula a casos de corrupción, a la prensa del corazón y a la entrega de premios deportivos. Por lo demás, si desapareciera Juan Carlos y toda la familia real, abducida por una nave extraterrestre, ni siquiera nos enteraríamos.

No es un drama que no haya “jefe del Estado”. Con un “presidente de gobierno” que fuera verdaderamente un ESTADISTA y no un gestor temporal y mediocre de la cosa pública, bastaría. Pero la actual clase política no da para mucho, ni siquiera para eso y no pueden pedirse peras al olmo, ni hay piedra filosofal que capaz de transformar la mierda seca y bien aplanada en oro resplandeciente.

Nuestro drama histórico en el momento presente es que tenemos un sistema incapaz de evolucionar, pero que precisa evolucionar para solucionar los problemas del país. Ni gran coalición (en la práctica ya existe un “PPSOE”), ni gobierno del centro-derecha, ni del centro-izquierda, son viables, ni un pronunciamiento del estamento de los “muditos” (el ejército), tienen visos de verosimilitud. No hay, digámoslo ya, forma de acabar con la crisis política, mientras que la crisis económica se prolongará durante décadas como un mal crónico que acompañará a nuestra sociedad.

© Ernesto Milá – infokrisis – ernesto-mila-rodri@gmail.com

¿Antipolítica o antipartido?

¿Antipolítica o antipartido?

Infokrisis.- Cuando uno intenta analizar fenómenos como el Movimento 5 Stelle y a su fundador, Beppe Grillo, debe de ir con cuidado. Las posibilidades de realizar un diagnóstico erróneo sobre algo que en principio no tiene una línea política, ni estrategia, ni estructuras políticas, es enorme. Por otra parte, el fenómeno, como todos los que aparecen en  este momento de declive de las democracias, es contradictorio y cada cual puede creer ver en él aquello que apoya o lo que rechaza.

Supe de Beppe Grillo este verano en Cerdeña cuando uno amigos me citaron como la gran esperanza de la política italiana. Antes de las elecciones generales italianas, a Grillo y a su formación apenas se les daba entre un 13 y un 18% de votos, lo que no era poco y se le atribuía el tercer lugar, por supuesto, tras el “respetable” Mario Monti, el “gestor eficaz”… La inquietud de los analistas se debía a que con esos porcentajes, Grillo podía condicionar la formación de cualquier gobierno de derechas o de izquierdas. Y no se sabía muy bien, qué condiciones pondría. Si tenemos en cuenta que “el dinero es cobarde”, de su resultado dependía el que Italia (y, de rebote España) vieran alterada al alza los puntos diferenciales de su deuda.

El lunes, al cerrarse las urnas, poco importó quien había obtenido más votos, el Movimento 5 Stelle (M5S) obtuvo 108 diputados y un 25,5% de los votos y 54 senadores y un 23,8% de los votos. Grillo, a partir de ahora, condicionará más la política italiana. El vencedor oficial, Pier Luigi Bersani, líder del centro-izquierda, difícilmente podrá gobernar en estas condiciones aunque lograra la neutralidad del M5S. A partir de este momento, la política italiana está abocada –tal como han reconocido todos los observadores- a una nueva fase de inestabilidad.

Afortunadamente en Italia (y a diferencia de España), el tejido industrial es mucho más sólido y la capacidad productiva mayor, como para que la política afecte decisivamente a la actividad económica. El caso italiano demuestra que el gobierno… gobierna poco y que, por mal que lo haga, sus resultados se notan poco en la sociedad (o el menos, se notan menos que en España). Hay que decir que desde 1945, Italia se ha acostumbrado a este tipo de gobiernos en los que la inestabilidad, la corrupción, el “carrierismo” (nepotismo) y la ineficacia están a la orden del día.

Sin embargo, no puede negarse que un sector amplísimo de la sociedad italiana 1) rechaza a la partidocracia, 2) abomina a la actual clase política surgida de la “operación manos limpias” que hizo saltar por los aires a los viejos partidos enfeudados en el poder desde 1945), 3) se desinteresa completamente de la acción política (la participación descendió un 7% y en algunas regiones un 11%, situándose en una media del 25%) y 4) rechaza las medidas aplicadas por el gobierno Monti e impuestas bajo presión del FMI y de la UE.

Ante todo esto, Beppe Grillo encarna el voto de protesta.

El origen del M5S parte de la idea lanzada por Grillo en 2007 aprovechando el éxito de la película V de Vendetta, el llamado V-Day o Vaffanculo Day (literamente, el “día de a tomar por culo) cuyo fin era recoger firmar para presentar una petición de referéndum que impidiera a los condenados en firme presentarse a las elecciones  se limitara  el mandato de los políticos a dos legislaturas. Como guiño a los orígenes de la República, Grillo hizo coincidir el V-Day con la jornada de proclamación de la República por el Mariscal Badoglio en 1943. Logró reunir en una sola jornada, 336.000 firmas para presentar la propuesta de referéndum (apenas se precisaban 50.000).

Al año siguiente se convocó otro V-Day y, ya por entonces, algunos partidarios de Grillo habían conseguido ser elegidos como concejales en las elecciones locales. De ahí a que aspirara a una mayor proyección no hay más que un paso. El M5S (escrito deliberadamente MoVimento 5 Stelle para salvar la “V” que fue el primer leit-motiv del grupo) fue, finalmente fundado en octubre de 2005 sobre la base de un Movimento di Liberazione Nazionale. Sus orientaciones son:

-          Partido populista de protesta de los perjudicados por la actual crisis y la globalización.

-          Ecologista moderado.

-          Anti-Euro y ligeramente euroescéptico.

El primer punto dio como resultado la línea general del M5S: una denuncia de la partidocracia, de la corrupción y de la ineficacia. Su populismo además, se concretó en la defensa de los transportes públicos, en el desarrollo (frente a la deslocalización) y en la “conectividad” a través de Internet (“todos los medios de comunicación mienten”, “internet es nuestra única defensa”). El ecologismo hizo nacer el interés por el medio ambiente y la lucha contra la privatización del agua. Y en cuanto a la lucha contra los recortes sociales y el déficit, les sitúa en posiciones antiglobalización. ¿Por qué cinco estrellas? Por este programa que resumen en cinco puntos “agua pública, transporte, desarrollo, conectividad y medio ambiente”.

En las elecciones locales del 2012, el partido consiguió obtener entre el 15 y el 20% en las encuestas de opinión, superando al partido de Berlusconi y aproximándose al PD, consolidándose en el segundo lugar. En las elecciones de Sicilia fue ya el partido más votado en la región obteniendo 15 de los 90 estaños…

Pero en estas últimas elecciones se manifestó la enfermedad que iba a aquejar a la política italiana a partir de entonces: la abstención superó el 52,6% y la composición de la asamblea regional siciliana estaba multifraccionado. Luego vino el éxito de febrero de 2013 en las elecciones generales… y con él la convulsión en el sur de Europa.

Parece difícil que un partido sin estructuras sólidas, siendo más bien una corriente de opinión, pueda influir durante mucho tiempo en la política nacional. Grillo, consciente de esto, se ha inhibido de las luchas de partidos: ha pedido a los gestores, eficacia, simplemente, y honestidad. De momento, ha manifestado que no apoyará a nadie en concreto.

Habrá gente que esté tentado de vincular este movimiento a otros que han aparecido en España en los dos últimos años (la “primavera valenciana” en 2012, el “15-M” y los “indignados” del 2011, “la marea verde” y la “marea blanca” de 2013…). En realidad, no tienen nada que ver. Mientras que en España, estos movimientos han estado próximos a los tópicos de la extrema-izquierda (aborto libre y gratuito, pro-inmigracionismo, reconocimiento de un carácter de izquierdas, laicismo, memoria histórica, antifranquismo), Grillo ha sabido salvaguardar a su movimiento de estas influencias, por lo que en su interior (y a diferencia de los movimientos “contestatarios” aparecidos en España) tienen cabida tanto decepcionados de la derecha como de la izquierda, como abstencionistas.

El movimiento de Grillo no es más que el resultado de la decepción de la sociedad italiana por la política, de su convicción de que la política no logrará solucionar sus problemas y de que todo, absolutamente todo, está podrido, está condicionado, y actúa contra el ciudadano honesto.

Grillo es un actor, consciente de las reacciones del público. No es el primer actor tentado por la política. En 1981, en el crepúsculo de Giscard apareció un tal Coluche, un cómico, con un discurso populista en el que tiraba contra todo y contra todos. No pudo presentarse a las elecciones presidenciales y poco después murió en accidente de tráfico. Treinta años después, otro actor, Dieudoné, recorrió la misma senda. En Italia también se han producido casos similares, hasta ahora situados a la izquierda de la izquierda, en lo que podríamos llamar una “izquierda primitiva” (casi ignorante). Algo que en España, afectada “seriedad” de “los de la ceja” y su oportunista advocación bajo el zapaterismo o tras los faldones de la mesa camilla de la izquierda comunista, nunca ha conseguido llevar más allá de los cauces trillados de la izquierda convencional.

De todas formas, en el pasado, cuando su peso era menor, Beppe Grillo intentó colaborar con el PD. Su no admisión en esta formación le llevó a fundar el Movimento 5 Stelle y a corregir algunas de sus orientaciones originarias.

Pero hay que ser cautos: es mejor que el electorado se decante hacia opciones “caóticas” como ésta a que lo siga haciendo por opciones “tradicionales” (como Berlusconi o el PL), pero mientras electorado se decida por estas vías persistirá en el terreno de la “antipolítica”,  es decir, en la “gran negación “, pero no en la afirmación de una opción. Para ello haría falta que, más que “antipolítica” lo que se gestara fuera el ANTIPARTIDO, es decir, la estructura sólida y coherente que garantizara y liderara la sustitución de los actuales regímenes políticos por otro sistema político, social,  económico y cultural. Mientras eso no ocurra, toda las “contestaciones” serán parciales y de escaso trecho. Como la encabezada por Beppe Grillo…

Como escribió Dario Fo: “El grillo canta siempre en el ocaso”… en efecto, un fenómeno como Beppe Grillo solamente podía aparecer en el ocaso de un régimen. Porque aunque  en Italia los analistas todavía no lo hayan advertido, lo que han muerto no son los partidos políticos tradicionales (como en “manos limpias”), ni siquiera se ha producido una revuelta contra los gestores amaestrados por el FMI y el Banco Central Europeo… lo que ha quebrado es el propio sistema. Entre tanto, Grillo se pasea por las ruinas del sistema pilotando un Ferrari. Antes, el 7 de diciembre de 1981, Grillo, perdió el control de un todoterreno ocasionando la muerte de sus tres acompañantes… Es posible que ahora haya ocasionado la muerte del sistema político italiano. El problema es que ni el M5S es una alternativa, ni existe alternativa viable, ni en Italia, ni en país alguno (incluido España) en donde se está dando una crisis de la misma magnitud.

© Ernesto Milá – infokrisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com