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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

usb MI FUERZA ES MI IDENTIDAD

usb MI FUERZA ES MI IDENTIDAD

USB – 8 Gb – Modelo tarjeta de crédito. MI FUERZA ES MI IDENTIDAD.La vida cotidiana nos obliga cada vez más a ir siempre acompañados por una unidad de memoria portátil. Las más cómodas de llevar y de utilizar son, sin duda, las de tamaño tarjeta de crédito. De ahí que hayamos realizado un pendrive de este tipo con el lema MI FUERZA ES MI IDENTIDAD, por ambas caras y en cuatricomía, que incluye en su interior una primera selección gratuit de más de cincuenta textos históricos en formato PDF que pueden ser transferidos a tablets, lectores de e-books, portátiles, móviles y ordenadores personales sin restricciones. Para conocer nuestras raíces, para conocer nuestra historia, para conocer nuestra identidad...

En esta primera selección incluimos 50 libros en PDF sobre la historia y los textos de Falange Española. Se trata de textos clásicos sin derechos de autor y de difusión libre que se regalan con el pendrive a fin de que el lector pueda disponer del material básico para conocer la historia, la doctrina, los textos históricos y las vicisitudes del nacional-sindicalismo español.

Precio venta al público: 15,00 euros + 3,00 gastos de envío

Pedidos: eminves@gmail.com

INDICE DE LIBROS HISTÓRICOS QUE SE INCLUYEN:

BIBLIOTECA DE LA HISTORIA. Primera Selección.

TEXTOS SOBRE NACIONAL-SINDICALISMO ESPAÑOL (Primera Selección)

01 HISTORIA FE - ¡ARRIBA ESPAÑA! - J. PÉREZ DE CABO.pdf

01 HISTORIA FE - ALMANAQUE DE LA PRIMERA GUARDIA, Julián Pemartín.pdf

01 HISTORIA FE - ESTATUTOS DE FALANGE ESPAÑOLA DE LAS JONS [1934].pdf

01 HISTORIA FE - FALANGES FEMENINAS.pdf

01 HISTORIA FE - FRENTE A FRENTE, José Mª Mancisidor.pdf

01 HISTORIA FE - HISTORIA DE FALANGE ESPAÑOLA, Francisco Bravo.pdf

01 HISTORIA FE - HISTORIA DE LA UNIFICACIÓN [Falange y Requeté en 1937], Maximiano García Venero.pdf

01 HISTORIA FE - HISTORIA DEL FASCISMO ESPAÑOL, Stanley Payne.pdf

01 HISTORIA FE - JOSE ANTONIO ANTE LA JUSTICIA JOJAjose-antonio-ante-la-justicia-roja.pdf

01 HISTORIA FE - JOSE ANTONIO, EL HOMBRE, EL JEFE, EL CAMARADA, Francisco Bravo.pdf

01 HISTORIA FE - JOSE ANTONIO, TESTIMONIO, Adriano Gómez Molina.pdf

01 HISTORIA FE - LA REBELIÓN DE LOS ESTUDIANTES, David Jato .pdf

01 HISTORIA FE - REVISTA EL FASCIO [16-03-33].pdf

01 HISTORIA FE - SINDICATOS Y AGITADORES NACIONAL-SINDICALISTAS, Gutierrez Palma.pdf

01 HISTORIA FE - TESTIMONIO DE MANUEL HEDILLA, García Venero.pdf

02 HISTORIA JONS - ANIVERSARIO DE LA CONQUISTA DEL ESTADO.pdf

02 HISTORIA JONS - DISCURSO A LAS JUVENTUDES DE ESPAÑA, Ramiro Ledesma.pdf

02 HISTORIA JONS - EL SELLO DE LA MUERTE, Ramiro Ledesma.pdf

02 HISTORIA JONS - LA CONQUISTA DEL ESTADO, ANTOLOGIA.pdf

02 HISTORIA JONS - RAMIRO LEDESMA EN LA CRISIS DE ESPANA Emiliano Aguado.pdf

02 HISTORIA JONS - RAMIRO LEDESMA RAMOS ANTOLOGÍA, Antonio Macipe López.pdf

02 HISTORIA JONS - RAMIRO LEDESMA, FUNDADOR DE LAS JONS.pdf

02 HISTORIA JONS - REVISTA JONS, ANTOLOGIA.pdf

03 TEXTOS DE JOSÉ ANTONIO - ANTOLOGIA DE JOSE ANTONIO, Adriano Gómez Molina.pdf

03 TEXTOS DE JOSÉ ANTONIO - ANTOLOGIA DE JOSE ANTONIO, Adriano Gómez Molina.pdf

03 TEXTOS JOSE ANTONIO - ANTOLOGIA - Torrente Ballester.pdf

03 TEXTOS JOSE ANTONIO - EL PENSAMIENTO DE JOSE ANTONIO, Del Río Cisneros.pdf

03 TEXTOS JOSE ANTONIO - JOSE ANTONIO ABOGADO, Del Rio Cisneros y Pavón Pereyra.pdf

03 TEXTOS JOSE ANTONIO - OBRAS COMPLETAS.pdf

03 TEXTOS JOSEN ANTONIO - BREVE ANTOLOGÍA DE JOSE ANTOGIO, Del Río Cisneros.pdf

04 FERNANDEZ CUESTA - TESTIMONIO, RECUERDO Y REFLEXIONES, Raimundo Fernández Cuesta.pdf

05 RUIZ DE ALDA - OBRA COMPLETA DE RUIZ DE ALDA.pdf

06 BIOGRAFÍAS JOSE ANTONIO - BIOGRAFÍA APASIONADA, Ximéne de Sandoval.pdf

06 BIOGRAFIAS JOSE ANTONIO - LA PERSONALIDAD RELIGIOSA DE JOSE ANTONIO, Cecilio de Miguel.pdf

07 ONÉSIMO REDONDO - Onésimo Redondo Caudillo de Castilla.pdf

07 ONÉSIMO REDONDO - Onésimo Redondo Obras Completas.pdf

07 ONÉSIMO REDONDO - Vida, pensamiento, obra.pdf

08 VARIOS - A HOMBROS DE LA FALANGE [José Antonio, traslado de los restos],  Samuel Ros y Antonio Bouthelier.pdf

08 VARIOS - CANCIONERO DEL FRENTE DE JUVENTUDES.pdf

08 VARIOS - DEFENSA DE LA HISPANIDAD, Ramiro de Maeztu.pdf

08 VARIOS - DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA - Varios autores.pdf

08 VARIOS - EL GENERAL YAGÜE - I. García Escalera.pdf

08 VARIOS - ESCRITOS Y DISCURSOS, Girón de Velasco.pdf

08 VARIOS - ESCRITOS, Pilar Primo de Rivera.pdf

08 VARIOS - EUGENIO O LA PROCLAMACION DE LA PRIMAVERA, García Serrano.pdf

08 VARIOS - GENIO DE ESPAÑA, Ernesto Gimenez Caballero.pdf

08 VARIOS - HACIA JOSE ANTONIO, Luys Santamarina.pdf

08 VARIOS - JOSE ANTONIO HACIA EL SEPULCRO DE LA FE, Ángel Alcazar de Velasco.pdf

08 VARIOS - LA FALANGE Y CATALUÑA.pdf

08 VARIOS - MADRID DE CORTE A CHECA, Agustín de Foxá.pdf

08 VARIOS - POEMAS DE LA FALANGE ETERNA, Federico de Urrutia.pdf

08 VARIOS - RECUERDOS DE UNA VIDA, Pilar Primo de Rivera.pdf

08 VARIOS - TEORÍA DE LA FALANGE, Julián Pemartín.pdf

08 VARIOS - JURAMENTO DE LAS FALANGES JUVENILES.pdf

08 VARIOS - UN FALANGISTA DE FILAS, Fernando Márquez Horrillo.pdf

Precio venta al público: 15,00 euros + 3,00 gastos de envío

Pedidos: eminves@gmail.com

 

El mundo cúbico (III de IV)

El mundo cúbico (III de IV)

Las doce aristas del mundo cúbico.- A la hora de completar este “modelo cúbico” es preciso tener en cuenta las aristas que unen caras contiguas. Marcan separaciones y puntos de encuentro, pero también y sobre todo líneas de evolución y tendencias, líneas de tendencia de la modernidad: de hecho, esas aristas marcan las proyecciones de las caras del cubo por las distintas direcciones del espacio.

Son doce aristas que nos servirán también para entender que cada una de las caras del cubo no son completamente homogéneas, sino que tienen cada una de ellas distintos matices en su interior. Sabemos que una pompa de jabón, trasparente, mirado a través de la luz, muestra franjas de distintos colores. Imaginemos ahora cómo se transforma una esfera con un cubo: simplemente generando aristas. En el caso de que se pudiera realizar algo así, las irisaciones de colores de la primera figura, pasarían a las caras de la segunda y estás, siendo planas, no serían completamente homogéneas. Aparecerían los matices. Así mismo, si en un futuro hipotético pudiera recuperarse la normalidad del mundo, el proceso consistiría en hacer progresivamente romas esas seis aristas hasta que finalmente el conjunto recuperara su forma esférica, la única figura de la geometría espacial que carece de aristas y vértices. De ahí la importancia estas líneas en nuestro modelo cúbico.

1º Arista:

Los beneficiarios de la globalización con los recursos energéticos y el progreso científico

Quizás sea éste el momento adecuado para recordar que los beneficiarios de la globalización no pueden identificarse con actores “nacionales”. No son “naciones” las que son favorecidas por las mieles de la globalización, en tanto que no son sus burguesías nacionales, sino sus aristocracias económicas unidas a sectores muy pequeños y subordinados a éstas (sectores ligados a las nuevas tecnologías, sectores de cúspide de las clases políticas dirigentes), quienes pilotan el proceso.

A diferencia de las viejas aristocracias europeas que aspiraban a estar al frente de pueblos pujantes y cultos (un embajador griego al llegar al Senado Romano dijo que esperaba estar ante una conferencia de bárbaros pero se encontró en una asamblea de reyes), las nuevas aristocracias tribales del Tercer Mundo mantienen una distancia abismal entre ellos y las poblaciones de las que no tienen la más mínima idea de su existencia ni contacto con ellos sino a través de sus sirvientes.

Precisamente –y esta es la característica nueva del período surgido a partir del 9 de noviembre de 1989– el actual momento histórico registra la destrucción acelerada de las burguesías nacionales especialmente en el Primer Mundo, mientras que en el Tercer Mundo se constituyen lentamente pequeñas burguesías siempre subordinadas a las aristocracias económicas de nuevo cuño o a la transformación de aristocracias tribales en económicas.

En estas condiciones parece muy difícil que en los países emergentes puedan cristalizar verdaderas democracias formales. La presencia de una fuerte burguesía nacional, arraigada, con iniciativa y difusora de ideas democráticas, es la única garantía de que este proceso vaya a producirse e incluso de que pueda producirse. Insistimos: no podemos hablar hoy de Estados, o naciones, sino de aristocracias, o mejor oligarquías, económicas.

Este hecho, difícilmente cuestionable, tiene importancia en la medida en que las nuevas y pretendidas “democracias” que se implanten por decreto en el Tercer Mundo no se asentará jamás sobre los intereses de una burguesía amplia y enriquecida, sino más bien sobre estructuras tribales pre-existentes, devenidas aristocracias económicas que carecen del más mínimo espíritu democrático y que, como cualquier otra aristocracia tribal, no aspiran a la aparición de una clase media nacional, sino de una pequeña élite clientelista suficientemente amplia como para garantizar la estabilidad del régimen (estabilidad relativa por lo demás, pues, a fin de cuentas el régimen seguirá manteniéndose la “democracia formal” sobre el enriquecimiento asimétrico de esa élite tribal y en su dominio sobre las masas ejercido mediante la fuerza y la coacción).

Habitualmente estas “nuevas democracias” se han implantado bajo presión exterior, especialmente de los EEUU (véase los casos de Afganistán e Iraq) y desde 2010 han aparecido como sustitución de los dictaduras nacionalistas y pan-arabistas, manteniendo el mismo aparato de poder basado en la fuerza, pero bajo la apariencia formal de una “democracia”. No digamos nada de las “democracias africanas” que, sin excepción, son de “mala calidad” y quintaesencia del tribalismo más ancestral, generalizadas en todo el continente negro.

Si es importante esta reflexión es, especialmente porque buena parte de los recursos energéticos de los que depende la modernidad, se sitúan en el espacio geográfico del Tercer Mundo. Si hoy son democracias formales se debe a la presión norteamericana y a la ideología de los “derechos humanos” emanada desde 1945 y a la que los gobiernos de todo el mundo deben atenerse si quieren ser “homologados” y no integrados en el índice de “Estados gamberros”, “eje del mal” o similares catalogaciones. 

El perfil de los beneficiarios de la globalización no es el mismo en todo el mundo: jeques árabes, reyezuelos africanos devenidos “presidentes” de escuálidas repúblicas, ayatollahs llegados al poder mediante elecciones en las que tribalismo y clientelismo sustituyen a partidos y a limpieza en el proceso, dinastías capitalistas del Primer Mundo, presidentes y directores generales de grandes empresas especializadas en microinformática, armamento, fondos de inversión, multinacionales, consorcios bancarios… todo ello forma el grupo de cabeza de los “beneficiarios de la globalización” cuyo ámbito de influencia no se circunscribe al marco de un Estado-Nación.

Esto puede hacer creer que la nueva situación “supera” a la geopolítica en tanto que el espacio territorial tiene poco que ver con el ámbito de actividad económica de estas oligarquías. No es así. De la misma forma que, a pesar de la aparición de nuevas tecnologías bélicas, la forma efectiva de ocupar un territorio no ha variado desde el mundo antiguo (en efecto, solamente una buena infantería garantiza esa posibilidad), análogamente, para que una oligarquía económica pueda desarrollar su actividad precisa de una base territorial. De ahí que la globalización nunca podrá ser “total”. Ya hoy se percibe que uno de los fundamentos de la misma es la “contigüidad”. No todas las mercancías son “globalizables” (por barata que sea la producción en un país concreto, determinadas variedades de frutos no pueden resistir durante mucho tiempo el traslado en contenedores refrigerados que impliquen semanas de viaje; en otros casos, hay manufacturas que solamente pueden producirse en espacios en los que quede garantizada una producción de extrema calidad; finalmente, los márgenes de beneficio en otros productos es tan pequeño que el incremento del precio que implicaría el transporte desde el lugar de producción a los mercados de consumo es tan pequeño que no justifica la deslocalización de ese sector), ni todas las “cadenas de suministro” pueden extenderse de un lugar a las antípodas. Esto sin olvidar que la hegemonía relativa actual de los EEUU se basa en que la sede social de buena parte de las compañías multinacionales más poderosas sigue estando –y tributando– sobre el territorio de los EEUU.

Por ello, esta situación precipita el segundo hecho nuevo a nivel geopolítico: es cierto que naciones enteras “desaparecerán” de la escena en la medida en que dejarán de existir oligarquías económicas nacionales interesadas en invertir “solo” en el país o la región en la que han nacido. Es lo que ha ocurrido en Cataluña en donde se da la circunstancia de que, justo cuando el nacionalismo plantea un jeque al Estado por la cuestión del referéndum independentista, es precisamente cuando la oligarquía burguesa catalana que generó ese nacionalismo en el siglo XIX para justificar sus aspiraciones de poder, ahora invierte preferencialmente en cualquier horizonte que momentáneamente convenga al dinero y las inversiones en su “propia tierra” apenas son relevantes.

Lo mismo puede decirse de los recursos energéticos: están situados en “espacios nacionales”, pero ya no dependen de los gobiernos de tales Estados. Las compañías explotadoras del petróleo actúan en horizontes muy diferentes, frecuentemente lo hacen a un tiempo en los cinco continentes. Los elevados costos de explotación absorben buena parte de los beneficios que obtiene. Esto ha terminado por desaconsejar la existencia de un sector petrolero nacionalizado: las inversiones son tales que terminan desequilibrando a las naciones que lo intentan. Por otra parte, la explotación y comercialización de estos productos precisa un mecanismo de gestión eficaz y ágil y no puede estar en manos de sectores públicos que, especialmente en el tercer mundo, están sometidos a la corrupción, a los cambios políticos constantes y a una falta absoluta de estrategias a medio y largo plazo. El período en el que las “Siete Hermanas” se repartían el comercio mundial del petróleo terminó hace ya tres lustros, más o menos con el final de la Guerra Fría. Pero también en este terreno existe un hecho nuevo: han aparecido nuevas compañías petroleras que tienden a nacer, desarrollarse, fusionarse con otras, para ver cómo en otro lugar se repite el mismo fenómeno: las fusiones, los cierres, las ventas, son el pan de cada día del capitalismo globalizador. El hecho nuevo es que no se trata de compañías explotadores de hidrocarburos “químicamente puras”, sino que en su inmensa mayoría dependen del capital financiero, han sido creados por él o están ligados a consorcios empresariales que nada tienen que ver con el sector petrolero, sino que incluso proceden de otros sectores muy diferentes como el de la alimentación.

En las bolsas de valores cualquier particular puede comprar y vender acciones de cualquier compañía. En realidad, estas operaciones son insignificantes y sin apenas repercusión global –salvo en períodos de “avalanchas” hacia determinados productos del mercado bolsista (las “puntocom” en su momento). No es el pequeño inversor el que decide el destino de la bolsa, sino los grandes inversores (los únicos cuyas operaciones son registradas por las pantallas de las bolsas en tanto se consideran demostrativas y decisivas para la subida y bajada de tales o cuales acciones). La historia del “juego de la bolsa” es siempre el mismo desde que se fundaron: la dinámica infernal y repetitiva consiste en recoger el dinero de pequeños inversores que venden en momentos de crisis a los grandes inversores (los únicos que tienen fondos de resistencia para aguantar en esos tiempos). Así, las pérdidas no las pagan los grandes consorcios, sino los pequeños inversores.

En el momento actual, las acciones de las petroleras están ligadas a consorcios industriales y bancarios siguiendo el proceso de acumulación de capital que ya adivinaba Marx desde su mesa de la biblioteca de Londres cuando veía como se fusionaban industrias creando nuevas sociedades anónimas, o bien casando a sus vástagos…

La cuestión es que los beneficiarios de la globalización y los actores energéticos son, básicamente, los mismos. Dicho de otra manera: la cara en la que hemos situado a los beneficiarios de la globalización no es, como hemos dicho, homogénea, pero en las proximidades de esta arista se sitúan aquellos beneficiarios relacionados con los recursos energéticos.

Tal y como está configurado nuestro mundo tenderá a crecer en los próximos años. La sustitución del petróleo por energía de fusión no puede sino retrasarse entre 25 y 35 años. Parece problemático que, dados los actuales consumos energéticos, las reservas actuales de petróleo puedan prolongarse durante tanto tiempo. Así pues habrá que recurrir a soluciones derivadas del cultivo de oleaginosas (para la fabricación de biodiesel) o bien a estimular la producción de alcoholes (etanol), o bien al tratamiento de pizarras y arenas bituminosas (gasolinas sintéticas). De ahí que junto a los recursos energéticos hayamos situado el “progreso científico”. Le competerá a la ciencia en las próximas décadas el resolver la papeleta generada por el agotamiento de algunas fuentes tradicionales de energía y por estudiar un mejor aprovechamiento de otras.

A decir verdad, la crisis energética demuestra una cosa, como mínimo, sorprendente. Si tenemos en cuenta que los hidrocarburos han tardado millones de años en formarse a partir de masas orgánicas sumergidas, lo cierto es que en los últimos 150 años hemos agotado este “pasado”. Simplemente han bastado 150 años para consumir, y por tanto destruir, un patrimonio acumulado durante millones de años. Puede entenderse que hayamos dicho al principio de este ensayo “provisional” que existen civilizaciones del espacio y civilizaciones del tiempo: la civilización moderna se ha “comido” –literalmente– millones de años de paciente acción de la naturaleza.

La existencia de esta arista nos está diciendo que en los próximos años el escenario más atractivo para los beneficiarios de la globalización y para sus inversiones serán los procesos de investigación científica que tengan que ver con la creación de nuevas fuentes de energía y con la optimización de las ya existentes.

Nos estará diciendo, finalmente, que ese progreso científico será solamente “democrático” en la medida en que pueda ser consumido por toda la población, pero existirá otro foco de inversiones: aquel en el que la élite oligárquica de la globalización, invertirá en sí misma y en su futuro intentando dejar atrás o retrasar al máximo la pesadilla de la enfermedad y de la muerte: las tecnologías genéticas, la criogenia y la nanotecnología, orientadas hacia las ciencias de la salud. Su aplicación será excesivamente cara para que pueda democratizarse a través de los canales de la Seguridad Social, así pues, beneficiará inicialmente a quien lo puedan pagar. La posibilidad de que esas oligarquías beneficiadas con la globalización puedan acceder a estas tecnologías y con ellas retrasar su enfermedad, su vejez y su muerte, constituirá el nuevo mito de la segunda mitad del siglo XXI, un mito accesible solamente para unos pocos miles de personas, pero a precios exorbitantes que justificarán la inversión realizada en su perfeccionamiento.

2ª Arista

Beneficiarios de la globalización y neodelincuencia

Confluyen en esta arista, las élites económicas de la globalización y la neodelincuencia. Es evidente que existen muchos tipos de delincuencia. El carterista rumano que opera en el metro de Madrid insistentemente desde hace diez años y que incluso ha hecho buenas migas con la policía municipal pertenece a otro nivel, como el mafioso que dirige una pequeña banda de arrabal o el magrebí que ha conseguido establecer una pequeña red de compradores de cualquier droga en torno suyo. Los “barones de la cocaína” pertenecen, obviamente a otro nivel: aquellos miembros del cartel de Medellín que guardaban los dólares ganados con comercios ilícitos en sacos de arpillera estaban a otro nivel y, finalmente, las grandes redes mafiosas que operan como corporaciones inversoras asesoradas por economistas y abogados, especialistas en bolsas y en grandes inversiones, los justamente los que participan en territorios comunes con los beneficiarios de la globalización en esa arista que une ambas caras.

Es quizás la arista que antes se manifestó en el proceso de desarrollo de la modernidad. Las guerras del opio o guerras anglo-chinas (1839-1842 y 1856-1860) fueron generadas por las élites económicas inglesas que querían el monopolio del comercio del opio producido en la India hacia China. En 1830, el emperador Daoguang ordenó la destrucción de 20.000 cajas de opio y envió una carta a la Reina Victoria en la que le solicitaba que respetara las reglas del comercio internacional y se abstuviera de comerciar con sustancias tóxicas. La excusa inglesa para mantener ese comercio era que así se compensaba el déficit comercial que mantenía con China. Obviamente el gobierno británico no hizo ningún caso de la advertencia, de ahí que el deterioso social que generó el tráfico de opio indujo al gobierno chino a prohibir este tráfico lo que generó la primera guerra con Inglaterra. Las dos derrotas de China le llevaron a firmar tratados en las que se cedía Hong-Kong a Gran Bretaña y se abrían varios puertos chinos al comercio exterior. Las guerras del opio fueron las primeras guerras de la droga. Pero fue algo más: por primera vez, a partir del comercio del opio se realizaron trueques globales que afectaron a todos los continentes.

En efecto, a partir de finales del siglo XVIII las exportaciones británicas de opio aumentaron vertiginosamente iniciándose un comercio “triangular”: cada vez mayores cantidades de opio cultivado en Turquía, Irán y la India especialmente se trasladaban a China. Se pagaban con seda, te y porcelanas que se llevaban a la Costa Este de los EEUU y al Reino Unido en donde se vendían. Con el dinero obtenido se compraba más opio en Turquía e India. Fue la primera forma de comercio “globalizado” y reportó especialmente un restablecimiento de las relaciones entre las élites económicas de los EEUU y del Reino Unido, que habían quedado rotas desde la independencia de los EEUU. Pero fue importante también porque y muy especialmente porque, por primera vez, las élites económicas se introdujeron en un sórdido negocio ilícito que condenaba a la muerte a miles de personas. Se conocen los nombres de las compañías y de sus propietarios que participaron en este comercio y que amasaron grandes fortunas gracias al opio hasta convertirse en magnates de su tiempo. Están en el origen de algunas dinastías económicas norteamericanas y de instituciones bancarias como el HBSC que han prolongado y aumentado su influencia hasta nuestros días.

Podríamos encontrar en la historia precedentes en el fenómeno de la piratería que nunca estuvo completamente desvinculado de Inglaterra o de los EEUU, pero remontaríamos nuestro análisis a un tiempo demasiado atrasado en la historia en el que la globalización no podía sospecharse todavía.

Cuando se producen interferencias entre neodelincuencia y élites beneficiarias de la globalización es cuando se evidencia la desaparición de todo principio ético o moral. Tal es el rasgo de las élites de la globalización y de los artífices de la neodelincuencia: tener la mente completamente liberada de cualquier ley moral y de toda norma de comportamiento que no sea la búsqueda del máximo beneficio, por encima de todo. De hecho, en la globalización ha aparecido un nuevo tipo humano que hasta ahora solamente estaba situado entre la delincuencia más aborrecible: la figura del psicópata a la que se le ha añadido el calificativo de “integrado” para evidenciar que no es considerado como un individuo marginal perseguido por la ley. El “psicópata integrado” considera que sus deseos están por encima de cualquier otra norma,  no le importa hacer daño a terceros porque carece por completo de la noción de empatía, suele mentir para alcanzar sus objetivos y lo hace con un desparpajo inigualable, demuestra un atractivo inicial del que se beneficia para atraer incautos y servirse luego de ellos. Quien está en contacto con él sale, inevitablemente, dañado. Es un tipo humano propio de la modernidad que se encuentra frecuentemente entre las capas dirigentes de las partidocracias (cuyos exponentes más conocidos para ocupar los puestos privilegiados que detentan han debido adular, mentir y poner zancadillas sin el menor empacho, lucrarse con fondos públicos, y todas las prácticas habituales entre la clase política, pero también entre determinadas esferas empresariales. Las prácticas empresariales y especialmente especulativas y financieras propias de la globalización y la forma de gestión de la cosa pública habitual en los Estados modernos, tiene más que ver con las actitudes y reflejos propios del “psicópata integrado” que con cualquier otro modelo precedente.

La arista formada por la neodelincuencia y los beneficiarios de la globalización registra una actividad característica en la que van a parar los dineros procedentes de las actividades delincuenciales a fondos de inversión, instituciones bancarias y paraísos fiscales, para su “blanqueo”. Allí, el dinero ilegal se une al dinero de los beneficiarios de la globalización y termina en los circuitos de inversión habituales mediante distintos sistemas de ingeniería financiera que básicamente consisten en la creación de entramados de empresas a través de las cuales el dinero va cambiando de titulares corporativos y perdiéndose el rastro de su origen. Para eso están los paraísos fiscales y si subsisten a pesar de los perjuicios que causan a la economía mundial y a los Estados es precisamente por el peso que ha adquirido y por la influencia de esos capitales en la política y en la economía mundial. No hay que olvidar que determinados niveles de acumulación de capital no pueden pasar de ninguna manera desapercibidos a los servicios fiscales de los distintos Estados ni a los organismos reguladores de la economía internacional.

Ese vidente que la globalización no ha sido desencadenada por los intereses de la neodelincuencia, pero también es evidente que la neodelincuencia se ha visto favorecida y ha aumentado su peso gracias a la globalización. En la actualidad, un kilo de heroína que haya seguido la “ruta de la seda” desde Afganistán hasta Turquía y de ahí al “corredor turco de los Balcanes”, puesto en el interior del espacio Schengen puede llegar a cualquier punto de Europa sin ningún obstáculo; y otro tanto ocurre con un kilo de cocaína colombiana llegada a Marruecos y trasladada a la Península ibérica por los mismos grupos mafiosos que cada año transportan miles de toneladas de haschisch.

En un nivel mucho más bajo, casi pedestre comparado con lo anterior, una banda de delincuentes puede dar golpes en un país concreto y, cuando ya está demasiado “machacado”, pasar a otro sin dejar rastros hasta que nuevamente se produzca la saturación. Una reforma en el código penal de un país, que atenúe las penas para determinados delitos, puede operar como “efecto llamada” para delincuentes de todas las latitudes. La globalización ha allanado el camino de la delincuencia. Nunca como ahora las bandas actúan con tanta libertad y, paradójicamente, a pesar de los mecanismos de seguridad del Estado, cada vez más reforzados, nunca han operado con tanta tranquilidad y seguridad.

Para colmo, los Estados europeos viven todavía el frenesí progresista que ha supuesto desde hace treinta años una verdadera parálisis de los mecanismos penales. La idea dominante –hoy en vías de desaparecer– es que el delincuente es víctima de circunstancias sociales, en lugar de –como suele ocurrir– culpable de vivir fuera y al margen de la ley. Así pues, la tendencia general es a priorizar la “reinserción” del delincuente en lugar del resarcimiento a la víctima. Este sistema ha fracasado estrepitosamente en el momento que se han producido las oleadas de inmigración masiva que han operado un verdadero “efecto llamada” sobre la delincuencia. Como siempre, mientras que los afectados –la ciudadanía– perciben el problema desde hace años, la clase política reacciona con una lentitud exasperante y una falta de decisión insultante para los electores.

Tal es otra de las características de esta arista. La “cara” de la delincuencia dista mucho de ser uniforme (existen distintos tipo de delincuencia). Unos sectores –los que acumulan mayores capitales gracias al tráfico de drogas- tienen la vinculación que hemos descrito con instituciones económicas en vistas a reciclar su dinero y, a partir de allí, con otras élites beneficiarias de la globalización, especialmente con aquellas completamente desprovistas de escrúpulos que consideran que cualquier dinero que puede incrustrarse en los mecanismos especulativos tiene la misma naturaleza y, por tanto, no tienen inconveniente en colaborar con él y encontrarse con él en determinadas inversiones y operaciones especulativas.

Pero luego hay niveles inferiores de delincuencia en los que redes mafiosas que operan en niveles nacionales o, en cualquier caso, más modestos, terminan teniendo vinculaciones con las clases políticas que operan en los niveles estatales, autonómicos o municipales. En ninguno de estos niveles, se rechaza la participación de la neodelincuencia en los propios negocios si puede aportar capital o rendir buenas comisiones.

Finalmente,  existe un tipo de delincuencia de bajo nivel, compuesto por bandas armadas que también se benefician de la globalización: actúan en un país, multiplican sus golpes hasta que, la presión policial (o la prudencia) les obliga a regresar al suyo o a cambiar de teatro de operaciones. En Europa este problema es particularmente preocupante a causa de la inexistencia de leyes europeas coordinadas aplicables al “Espacio Schenguen”. No parece que la clase política europea esté muy preocupada por la existencia de estas bandas, lo que implica la existencia de una zona neutra en la que los beneficiarios de la globalización en el Primer Mundo, cínicamente, dejan que la neodelincuencia actúe a sus anchas, en la medida en que las víctimas “son otros”.

En el ámbito de los beneficiarios de la globalización, lo más preocupante es que algunas de sus prácticas económicas son propiamente delincuenciales y abundan en el hecho ya expuesto de que sus gestores tienen los rasgos propios del psicópata integrado. Las operaciones especulativas, la búsqueda del máximo beneficio por encima de cualquier otra consideración, obtenerlos al margen de las consecuencias que puedan reportar a la sociedad, bordean constantemente una ley que si se modifica siempre en beneficio de los poderosos es precisamente para desplazar la tipología delictiva hacia zonas que carezcan de interés para ellos. Existe, pues, una tendencia de los beneficiarios de la globalización en converger hacia formas y prácticas propias de la neodelincuencia.

Si en la actualidad se debate sobre la necesidad de legalizar ciertas drogas, después de un período en el que en algunos países prácticamente ha cesado toda presión sobre ese narcotráfico, es precisamente para que las élites políticas puedan penetrar en el terreno del “narcotráfico” que recibirá, a partir de entonces nombres eufemísticos que rebajen su impacto. En la práctica, el interés de las élites de la globalización –bajo la fachada de “liberalismo” y “progresismo”- tiende a la legalización de las drogas blancas, como forma para mantener cierta narcosis social que se ve amplia por el régimen de “entertaintment” y de ocio que cada vez prolifera más y de manera más masiva. La función de todo este aparato es conseguir relajamiento social y ausencia de disturbios y de movimientos sociales que puedan hacer peligrar el proceso globalizador por muy en detrimento de las poblaciones que vaya. En algunos de estos sectores –haschisch y su tráfico, mundo del juego, espectáculo- reaparecen también en mayor o menor medida, dependiendo de la actividad, las interferencias entre neodelincuencia y beneficiarios de la globalización.

3ª Arista

Beneficiarios de la globalización con actores geopolíticos tradicionales

Allí donde actúan los actores geopolíticos tradicionales todo está sometido a tensiones casi ancestrales. Hasta 1989 era frecuente hablar de “Mundos”: el Primer Mundo sería el pelotón de cabeza de los países desarrollados, el Segundo Mundo sería el mundo comunista, siendo el Tercer mundo, los países subdesarrollados de África, Asia y América Latina. Tras la caída del Muro de Berlín, el concepto de Segundo Mundo quedó alterado: los países de “socialismo real” desaparecieron y ese lugar se acepta convencionalmente que quedó ocupado por los “países en vías de desarrollo”. Hasta 1989 los “actores geopolíticos tradicionales” eran, fundamentalmente, los EEUU y sus aliados de un lado y la URSS y sus aliados de otro. En el período que media entre 1989 y 1999 se asistió al hundimiento del poderío soviético. Pero incluso en el momento de mayor crisis siguió estando claro que Rusia seguía siendo potencia mundial y, en tanto que tal, era un actor geopolítico tradicional: representaba el poder terrestre y el problema era que la segunda característica de ese tipo de potencias, la importancia atribuida al Estado, se había derrumbado. Cuando se produjo la sustitución de Eltsin por Vladimir Putin, se inició el punto de inflexión y la reconstrucción del poder ruso.

Esta reconstrucción, en buena medida, se realizó destruyendo la “oligarquía” que había nacido en el último período de gobierno de Gorvachov y se fortaleció hasta convertirse en un poder paralelo durante el malhadado ciclo de Boris Eltsin. Estos eran los “beneficiarios de la globalización” aposentados dentro del Estado Ruso. Con la oligarquía cayó el poder de la nueva clase y, al mismo tiempo, asistimos a la reconstrucción de la idea del Estado en Rusia.

A este respecto, cabe decir que Rusia y en menor medida China, deslumbrada por su propia capacidad para atraer factorías deslocalizadas acaso también por la indolencia de su propia población, están en la globalización, pero de manera algo diferente a cómo los están otros Estados. No nos referiremos a China que es un “actor geopolítico emergente”, pero si apuntaremos que en Rusia el concepto de democracia y de mercado que se practican no son lo mismo que en los EEUU: ambos, en efecto, están subordinados al Estado.

Eso hace que la arista en la que confluyen los beneficiarios de la globalización con los actores geopolíticos tradicionales, exista cierta asimetría. Rusia ocupa un lugar particular en la globalización: Rusia “está” en la globalización pero no “es” la globalización. Su concepto es mucho más limitado y restrictivo que el de China que, por su parte, sí se ha lanzado en tromba en el proceso, parapetado tras su eslogan “un país, dos sistemas”, pensando que esta situación sería sostenible en el tiempo. China permite las grandes acumulaciones de capital… siempre y cuando el capitalista esté bendecido por el Partido Comunista. Rusia, mucho más realista, en cambio, tiene mucho menos interés en la globalización: no prescinde completamente de ella, pero recela de sus intenciones. Sabe perfectamente que la globalización implica la destrucción del Estado. Para gobernar una extensión de sus dimensiones, el Estado es absolutamente necesario.

La historia del capitalismo en Rusia es muy particular. Cuando penetró a finales del siglo XIX, era un capitalismo maduro, industrial, que pronto se protegió con barreras arancelarias. Pero su núcleo dirigente era muy pequeño y estaba concentrado en trusts y holdings. Su exponente político, Sergei Witte, abordó grandes reformas (construcción del transiberiano, reforma de la enseñanza, primeras leyes de tipo social). La irrupción de este capitalismo y la radicalidad de las reformas de Witte generaron un choque con la aristocracia y su fracaso en 1903. Se demostró que el capitalismo ruso no era suficientemente fuerte como para que la “revolución burguesa” tuviera raíces profundas, pero si para arrastrar al país a la Primera Guerra Mundial de la que tanto la aristocracia como los grandes capitalistas creían poder extraer beneficios. Olvidaron que los esfuerzos y la cuota de sangre demandada a la población eran excesivamente altos y, finalmente, se sublevaron contra la situación. Lo que ocurrió a partir de entonces fue una carrera para alcanzar el objetivo que se había fijado Lenin en sus últimos años: convertir la URSS en un país con niveles de desarrollo e industrialización similares a los EEUU. Los 72 años que median entre el asalto al Palacio de Invierno y la Caída del Muro de Berlín no fueron otra cosa que el sacrificio de las libertades políticas en aras de la planificación para el desarrollo. Pero en 1989, el mundo capitalista se sentía tranquilo ante la nueva perspectiva que implicaba el hundimiento de la URSS: el fin de la historia. Los conflictos serían sustituidos por relaciones comerciales. Y Rusia, con su amplio espacio y sus inagotables riquezas minerales tenía un lugar en el nuevo horizonte capitalista. Más que “Rusia”, eran los “capitalistas rusos” los que aspiraban a ese papel. Esos “capitalistas” generaron la “oligarquía”.

En los cinco años en los que se produjo la transformación de la URSS en Unión Rusa, el capitalismo que apareció era mafioso y corrupto. Durante los años de Eltsin dio la sensación de que el Estado prácticamente había desaparecido y que quien gobernaba de verdad era la oligarquía. Esta perspectiva convenía extraordinariamente a los mentores de la globalización para quienes todo lo que signifique “Estado” es un obstáculo a batir. Y convenía también, por supuesto, a la cúpula del poder norteamericana que quería “capitalismo en Rusia” mucho más que una “Rusia capitalista”. Para los EEUU no se trataba solamente de liquidar el poder soviético sino de que el Estado Ruso no levantara jamás cabeza. De ahí el interés con el que apoyaron e hicieron todo lo posible para que Boris Eltsin se sentara en el Kremlim. Gracias al vacío de poder de aquel período la riqueza de la antigua Unión Soviética fue saqueada, desmantelada, privatizada, robada y acumulada en manos mafiosas. Nunca la historia vio un proceso semejante: un Estado, propietario de los medios de producción, pasó en apenas un lustro a ser propiedad de aquella oligarquía enriquecida con la privatización y que en ese tiempo pasó a controlar el Estado.

En todo aquel caos que supuso para Rusia el primer lustro de los años 90, solamente hubo un fenómeno positivo: paradójicamente la irresponsabilidad criminal de la oligarquía fue lo que evitó que en una situación de debilidad del Estado, las empresas transnacionales pudieran asentarse sólidamente en el país. La rapacidad de la oligarquía, los niveles absolutamente estratosféricos de corrupción que invadieron Rusia, hicieron prácticamente imposible que se reprodujera el mismo fenómeno que se había provocado en otras partes. Y es que la oligarquía rusa fue mafiosa y, por tanto, irracional. Desconocía las leyes de funcionamiento del capitalismo y las sometía a su capricho y a su humor en cada momento, tal como corresponde al temperamento mafioso adobado aquí con vodka. Sobre las ruinas de la URSS no se creó una administración al servicio de los intereses del capitalismo transnacional, sino de los distintos clanes mafiosos que aparecieron. Hasta que Vladimir Putin alcanzó la jefatura del Estado y se abordo el proceso de reconstrucción del poder ruso.

Cuando Putin se impuso, la situación de la Federación Rusa era increíblemente desastrosa: el PIB estaba en caída libre, el 80% de la población en la pobreza más absoluta, un individuo alcoholizado y enfermo, completamente descontrolado, avalado, eso sí por los medios de comunicación y los gobiernos occidentales como “legítimo gobernante”, Boris Eltsin, sentado en el Kremlim, el crimen organizado controlando barrios enteros de las grandes ciudades y regiones completas, con interminables conflictos en el Cáucaso, el Estado se diluía como un azucarillo.

Pero lo peor no era solamente la depresión y la crisis, sino que también alcanzó al conjunto de la sociedad rusa: el alcoholismo se disparó y casi tres millones y medios de personas murieron prematuramente víctimas de la miseria, las privaciones, el alcoholismo y las pandemias. La burbuja neoliberal formada durante 1996-98, finalmente estalló. Ocurrió el mismo proceso que tuvo lugar en España entre 2010 y 2013: para pagar el gasto público, el Estado emitió deuda y para hacerla atractiva debió subir los intereses. Eltsin permitió tras su reelección que los bancos extranjeros compraran deuda rusa… con lo que se emitió más y más deuda a un interés cada vez mayor. El 6 de octubre de 1997, la bolsa rusa alcanzó su máximo histórico. Y entonces estalló la crisis financiera: los inversores se retiraron, cambiaron sus beneficios en rublos por dólares. En agosto de 1998, la bolsa rusa cerró varias veces tras acumular caídas diarias del 10%. Eltsin declaró la bancarrota del Estado y en apenas 24 horas los precios subieron un 30%. Dejaron de funcionar tarjetas de crédito y se declaró un “corralito” de dos meses. Quebraron varios bancos y se evaporaron los ahorros de los ciudadanos. Los salarios perdieron 2/3 de su valor y entre 1997 y 1998 el PIB cayó un 74%, la bolsa cayó un 90%, el rublo perdió el 75% de su valor. Los pobres pasaron de 14 a 170 millones en apenas cuatro años. Se volvió a la economía de trueque. Los nacimientos se detuvieron y Rusia perdió un millón de habitantes cada año desde 1991 hasta 2005 ¡La gestión del FMI-BM en lugar de impulsar el salto de Rusia del “tercer” al “primer mundo”, supuso un hundimiento en el “tercer mundo”.

Con muy buen criterio, Putin destruyó lo esencial de la oligarquía, renacionalizó activos en manos de multinacionales extranjeras, y especialmente se preocupar por que la industria petrolera no estuviera en manos de terceros: BP cedió terreno y traspasó activos a Gazprom. La Royal Ducht Shell cedieron sus participaciones en Sakhalin II. Gracias a todo esto, el control del Estado sobre la extracción petrolera pasó del 10% en 2003 al 44% en 2008 y controlaba el 85% de la producción de gas. Putin, finalmente, había comprendido que los hidrocarburos eran el arma del futuro.

No es raro que el neoliberalismo y sus corifeos occidentales continuamente presenten a Putin como su bestia negra. Lo que Putin se ha limitado a hacer es seguir en esto las leyes de la geopolítica tradicional: a una potencia continental corresponde un Estado fuerte, mientras que una potencia oceánica sitúa el énfasis en el comercio. Sea como fuere la Federación Rusa consiguió que entre 1999 y 2008 el PIB anual creciera una media del 7% anual y en 2004 consiguiera alcanzar el nivel que había tenido en 1991.

En el momento de escribir estas líneas, la presencia de Rusia es lo que ha permitido sobrevivir al gobierno baasista sirio, ha evitado que Israel lanzara ataques “preventivos” contra el territorio iraní, y ha conseguido que Rusia “estuviera” en la globalización pero consiguiera limitar sus efectos, el poder Ruso sigue siendo todavía un poder nuclear de primer orden, sus fueras armadas han sido reconstruidas y su estrategia redefinida, China ha dejado de ver la frontera del Usuri como una zona en disputa e incluso las marinas rusas y chinas han realizado maniobras conjuntas en una verdadera llamada de atención a los EEUU, potencia oceánica indiscutible.

Es inútil explicar que el gobierno actual ruso tiene solamente de común con una democracia real el nombre. Se trata de un Estado autoritario de nuevo cuño en el que se convocan elecciones y existen organismos representativos, pero ni aquellas son completamente libres en el sentido democrático occidental, ni los organismos parlamentarios tienen las mismas atribuciones que los conocidos en Europa y EEUU. La libertad de expresión es limitada y los medios de comunicación se juegan algo más de la autonomía y la libertad si atacan con excesiva saña al gobierno y a sus políticas. En el terreno del terrorismo, Putin ha recuperado el mismo cinismo que desde siempre se ha utilizado en los EEUU organizando operaciones “false flag” para justificar sus políticas y hacerlas aceptar entre la población. A fin de cuentas, el ascenso de Putin al poder se debió a un macro-atentado que voló un edificio de apartamentos en Moscú y fue atribuido a terroristas chechenos, costando luego la vida a un ex agente del FSB (ex KGB), Sergey Nikolaevich Litvinenko que reveló de dónde había partido el atentado… Pero estas prácticas reflejan solamente la tendencia natural de las potencias continentales a priorizar el papel del Estado.

Se ha hablado mucho sobre la existencia de “clanes” en el interior del poder soviético. En estos clanes se encuentran los “beneficiarios de la globalización” en la Federación Rusa. Controlan la industria del petróleo, la industria pesada y las exportaciones. Se encuentran divididos en varios grupos que aceptan la primacía de Putin y han llegado a acuerdos para repartirse el poder, conscientes todos ellos de que la globalización, en realidad, no es más que la penetración de un país por parte de intereses económicos de otros y, por tanto, representa una pérdida de soberanía.

La diferencia entre estos “beneficiarios de la globalización” y los “beneficiarios” de los países occidentales es que éstos responden al perfil de neoliberales clásicos, para los que la economía se sitúa por encima de la política y de los intereses de cualquier Estado, mientras que los rusos son conscientes de la necesidad de preservar la soberanía de su país y de situar sus operaciones económicas al servicio de los objetivos políticos del Kremlin.

En los EEUU y en todo el mundo anglosajón la composición de este grupo social es radicalmente diferente: son como los rusos, una exigua minoría, pero exigen que el Estado limite al máximo su participación en la vida económica, como no sea para ayudar a instituciones financieras en crisis; unos y otros desprecian el voto del ciudadano, pero en el mundo anglosajón este desprecio es más sutil y, tal como sostenía Brzezynsky desde 1973 se basa en el control de los medios de comunicación y en la promoción del entertaintment. En Rusia, en cambio, aún habiendo aprendido buena parte de estas técnicas en pocos años, siguen existiendo formas brutales de limitación de las libertades democráticas tal como se entienden en Europa y los EEUU.

Los “beneficiarios” norteamericanos actúan a la ofensiva utilizando un liberalismo salvaje que sitúa a los Estados como subordinados suyos. En cambio, los “beneficiarios” de la globalización en Rusia –el otro actor geopolítico tradicional- se subordinan a los intereses de su Estado y son conscientes que, de no hacerlo, no podrían prosperar ni sus negocios, ni siquiera sus vidas.

Por todo ello, esta arista es excepcionalmente sensible: se suele creer que todas las élites económicas tienen los mismos intereses y, por tanto, compiten entre sí, pero nunca se destruyen unas a otras. En este caso esta ley no se aplica: los intereses, los medios y los sectores económicos son los mismos, pero las leyes de la geopolítica tradicional se cumplen, en EEUU lo prioritario es el comercio (o cualquier actividad económica) y ese mismo comercio procura que el Estado no le ponga barreras ni límites y, por tanto, entra necesariamente en contradicción con esos mismos beneficiarios situados en el entorno del Estado Ruso. Obviamente existen intereses comunes, pero también una perspectiva de principios contradictorios que hace que se trate de una arista extremadamente inestable.

4º Arista

Beneficiarios de la globalización con los actores geopolíticos emergentes

Se dice de esta arista “tiene futuro y potencialidad” y no seremos nosotros quienes lo neguemos, sólo que el problema no es distinto a las demás aristas: a partir de ellas se genera cierta inestabilidad que se convierte en los vértices –como veremos- en zonas de ruptura. En efecto, en los “actores geopolíticos emergentes” se concentran buena parte de los beneficiarios de la globalización, de tal manera que puede afirmarse que si en estos momentos se trata de potencias emergentes, no es tanto por sí mismo y por las leyes de la geopolítica, como por su situación en el proceso económico mundial. En no todas ellas se cumplen las leyes que según la geopolítica deberían de otorgar potencia. Quizás porque faltaban algunas precisiones que los teóricos de la geopolítica jamás apuntaron.

Está claro que Brasil lo tiene todo para ser una gran potencia subcontinental: tiene territorio, tiene tecnología, tiene mar (su frontera más amplia es atlántica y desde los años 60 intenta una expansión hacia su Oeste, esto es hacia las costas del Pacífico, trenzando alianzas con Chile, impulsando la carretera transamazónica y en su tiempo ampliando el área del cruzeiro en zonas fronterizas como Bolivia), tiene “población”… así pues, según la geopolítica tradicional, Brasil está llamado a ser una “gran potencia” y nadie duda de que en el momento de escribir estas líneas lo es. Ahora bien: los nubarrones que se ciernen sobre la economía brasileña, propensa a la formación de burbujas inmobiliarias especialmente que amenazan con estallar, harán que, sin duda, entre en su punto de inflexión en el momento en que se publique esta obra. Pero existe otro motivo no menos importante para dudar de la “linealidad” del progreso brasileño.

Cuando los geopolíticos aluden a “población” y a la necesidad de que exista un núcleo de población lo suficientemente fuerte como para soportar el desgaste que provoca la ampliación de un Estado a potencia regional, tienen razón en subrayar el elemento cuantitativo. El mismo Mussolini había dicho, “el número, da potencia” y tenía razón, porque fue a partir del estancamiento del núcleo latino del antiguo Imperio Romano, cuando las guerras habían desgastado a su élite (“morirán los mejores” era una máxima romana, lo que implicaba que eran, justamente, quienes no eran “mejores”, los que sobrevivirían y, por tanto, la sociedad sufriría, a la larga, una “selección a la inversa”, tal como ocurrió) y ésta había sido sustituida por una clase política dirigente heredera del lujo, de los bienes y territorios conquistados por sus antepasados, sin valor para mantenerlos, pero con interés en utilizarlos para fines exclusivamente hedonistas, entonces Roma entró en una irreversible decadencia. Sí, “el número, da potencia”, a condición de admitir que hay que otorgar a ese “número” una componente también cualitativa. Es la cualidad de ese número, unido a su cantidad, lo que otorga en el siglo XXI y en la Roma del siglo IV la potencia: de lo contrario, es la decadencia lo que se instala en medio del lujo más absoluto y de los escaparates de consumo deslumbrantes.

Esto nos lleva a reconocer que el principal handicap de Brasil para convertirse en una gran potencia es precisamente el carácter inestable, caótico y desordenado de su población compuesta por un crisol de razas y unida solamente en las bases por el carnaval, la samba y las ligas de futbol, boley-playa, etc., pero en absoluto por un proyecto de vida en común. Por otra parte, la distancia que separa a los poseedores de la riqueza de los miserables habitantes de las favelas sorprende, no solamente por su carácter cualitativo, sino por la asimetría total sobre su número: en ningún lugar del mundo tan poca gente ha poseído tanto y nunca la historia ha visto unas acumulaciones tales de miseria como las que se dan en ciertas zonas del país. Se ha dicho que Brasil ha permanecido unido porque se baila la samba, en lo que constituye una evidente boutâde, pero también es cierto que antes de que Brzezinsky aludiera en 1973 en su obra La era tecnotrónica sobre necesidad del entartaintment para mantener tranquilas a las masas, en aquel país ya se conocía desde hacía años esta técnica.

Se podría alegar que en la Europa del siglo XIX se producía un fenómeno similar. Debemos de conceder que, efectivamente, eso era así pero también hay que añadir que en mucha menor escala cuantitativa y que, aquella época suponía una etapa en la evolución del capitalismo muy diferente a la actual. Antes o después, el capitalismo industrial debía entender que para encontrar nuevos consumidores para los productos surgidos de las primeras cadenas de producción era preciso transformar al proletariado alienado en consumidos integrado y, para ello, era preciso proceder a aumentar los salarios. Le correspondió a Henry Ford hacer el feliz descubrimiento, mucho más que a las “conquistas” de los sindicatos que, en realidad, no fueron mas que entregas interesadas por parte de la patronal. En realidad, durante todo su ciclo vital (ya concluido, obviamente, tal como enseña muy a las claras el panorama laboral español, entre otros) los sindicatos no han sido otra cosa que un mecanismo de contrapeso a los excesos capitalistas. De no haber existido los sindicatos, el capitalismo industrial se habría destruido a sí mismo generando crisis de superproducción y el proceso de acumulación del capital hubiera durado solamente unas décadas. Las reivindicaciones sindicales tenían como efecto el que una parte sustancial de los beneficios de la producción se distribuían socialmente, se trabajaba menos y, por tanto, se producía mucho menos (y más caro) de lo que de no haber existido los sindicatos, hubiera podido ocurrir: por tanto, el capitalismo hubiera entrado en crisis mucho antes.

Pero en la actualidad, los sindicatos carecen de sentido –como no sea el de ser presentados como “interlocutores sociales”, cuando en realidad son perros castrados que comen de la mano de sus señores- en la medida en que el área central del capitalismo ya no la producción de bienes sino la especulación financiera. Es un capitalismo para “pocos”, a despecho de la miseria “muchos”. Brasil, en ese sentido es el paradigma. Junto a China, por supuesto.

El estallido social en Brasil es cuestión de tiempo. Las manifestaciones y protestas que tuvieron lugar en aquel país en la segunda mitad del año 2013 sorprendieron a los analistas: no se daban en las zonas más deprimidas del país, sino en barrios y ciudades dominadas por las clases medias y los estudiantes. Se exigía, entre otras cosas, que no se diera tanto dinero a los equipos de fútbol y a los espectáculos subvencionados por el Estado y las corporaciones locales: esa clase media que salía a la calle apuntaba contra lo que son las características axiales del entertaintment brasileño: la samba, el fútbol, el carnaval… Cuando Brasil deje de bailar la samba, mire en torno suyo y advierta su miseria social, el estallido está cantado.

China, por otra parte, tiene problemas muy similares agravados por una demografía aun más explosiva y por la existencia de la peculiar organización del país: “Un país, dos sistemas”. Porque China es, todavía y veremos por cuanto tiempo, un Estado centralizado, dominado por una clase política dirigente instalada en el Partido Comunista. Es cierto que las experiencias franquista y stalinista tienen de común con la China el reconocimiento de una situación inicial de subdesarrollo y un objetivo a conquistar de alcanzar a los países de cabeza en el pelotón del pleno desarrollo económico y, para ello, es preciso concentrar el poder y sacrificar las libertades públicas para concentrar esfuerzos en el único objetivo económico a alcanzar. Pero también aquí, aunque el proceso que se da en China es similar, están presentes elementos muy diferentes.

En el caso español, la concentración de poderes en manos del franquismo generó en los años 60 y 70, un incipiente capitalismo español que cuando alcanzó cierto nivel de desarrolló preciso contar con un marco político diferente (democrático) para poder ampliar su radio de acción (e integrarse en el Mercado Común). Esto –y no la acción del Rey o de Adolfo Suárez- fueron los elementos que verdaderamente impulsaron la transición democrática a partir de 1976 (transición que, en realidad, ya había comenzado un quinquenio antes de la mano de Carrero Blanco, una transición “controlada”). Dicho de otra manera, en cierto momento de la evolución del capitalismo español se produjo una contradicción entre el sistema económico y sus necesidades y el marco político del momento y sus límites. Y se resolvió en beneficio del primero: desde entonces, la economía dirige a la política en España. Pero el haber llegado tarde a la incorporación en el pelotón de cabeza del desarrollo tuvo varias contrapartidas negativas para España: el integrarse en las Comunidades Europeas como país “periférico”, completamente alejado del eje franco-alemán. El acuerdo de integración y el reajuste que siguió liquidaron sectores enteros de nuestra economía: la industria pesada, en concreto la siderurgia y la construcción naval, la minería, etc. El segundo problema de esta condición “periférica” que se unió a los problemas generados por una débil estructura económica generada en los años 60, fue el que nuestra economía dependía de dos fenómenos desde entonces: los ingresos procedentes del turismo y la construcción como motor económico.

El turismo depende no solamente de las infraestructuras sino también de las modas impuestas por los tour-operators y, también de los cambios políticos: tras la caída del Muro de Berlín y la conclusión de las guerras balcánicas, los países del Adriático se configuran como futuros destinos turísticos masivos en detrimento de España que solamente ha podido ver crecer en 2013 como crecía el número de visitantes gracias a los problemas en el Norte de África y en Turquía. En cuanto a la construcción, la historia del sector demuestra que está sometida a ciclos y a la formación de burbujas, con lo que, siendo un motor en unos momentos, se convierte en un lastre en otros.

El caso de la evolución rusa es más parecido al caso chino. Tras el período caótico de Eltsin, se ha reconstruido el poder del Estado, algo que la República Popular China siempre ha sido consciente de que no podía producirse. De ahí el interés de los dirigentes chinos, no tanto en mantener una “república popular” como en asegurar la continuidad de las líneas elegidas como maestras, sin alteraciones esenciales en la estructura del poder. Invertir parte de los excedentes en el exterior para garantizar un período de estabilidad, el necesario para convertir al país en una potencia armamentística y tecnológica indiscutible capaz de rivalizar con los dos actores geopolíticos tradicionales y con otros actores emergentes. De ahí el interés, hasta 2009 de invertir en bolsas norteamericanos, en un gesto que puede entenderse como una mano tendida hacia los problemas de financiación de los EEUU que precisan absorber cada día 1.000 millones procedentes del mundo en sus bolsas para paliar sus problemas de déficit. Tras las quiebras bancarias de 2008 y 2009, China tendió a disminuir las inversiones en EEUU y aumentarlas en otros escenarios.

Sin embargo, lo masivo de la sociedad china, el carácter todavía subdesarrollado de buena parte del país, los desequilibrios entre zonas costeras ricas y zonas del interior pobres, la mala calidad de las exportaciones, la corrupción de las autoridades, el hecho de que una pequeña bajada en el PIB influya en la miseria de decenas de millones de personas, el tránsito de una sociedad rural a una sociedad postindustrial que implica migraciones masivas interiores y exteriores, y la aparición de burbujas especialmente inmobiliarias, hace que el futuro de la economía china sea más que problemática y una pequeña oscilación ponga en peligro todo el sistema globalizado.

Es cierto que en China el mandarinato y la obediencia silenciosa, ciega y absoluta a los poderosos ha sido una constante, pero también es cierto que en la actualidad actúan en aquel país poderosas fuerzas centrífugas: la minoría de los musulmanes chinos, entre 40 y 50 millones de personas localizadas en las zonas del sur Oeste, los uigures, están en plena disidencia. En el Sur, la CIA siempre tiene a mano al Dalai Lama para reavivar el problema del nacionalismo tibetano. El desarrollo económico, por controlado que sea por el Partido Comunista, ha generado una aristocracia del dinero que cada vez se siente más incómoda con los dictados políticos a los que debe someterse y, antes o después, entrará en contradicción.

Quedan la India e Irán aspirando a convertirse en potencias regionales y considerados como actores emergentes. En lo que se refiere al Iran de los allatolahs, su política no ha variado apenas desde el período del Sha: este aspiraba a convertir “Persia” en un país aliado de los EEUU, subpotencia regional asociada al “imperio” y delegada por éste del control y la estabilidad de la zona y, por tanto, ausente de la lucha árabe contra el Estado de Israel, el otro peón de los EEUU en la “dorsal islámica”. La única variación sustancial y chirriante que imprimió el Jomeini y sus sucesores, fue la orientación anti-israelí de su política exterior. De hecho, el interés por conseguir la producción de bombas atómicas está dictado por la estrategia de que en Oriente Medio no exista un solo poseedor de la bomba atómica (Israel), sino dos y, por tanto, el arma nuclear no pueda ser esgrimida por el Estado hebreo como elemento decisivo para imponer la actual situación de hecho. En momentos de debilidad de la República Islámica de Irán, la aviación táctica judía no ha tenido problemas en bombardear puntualmente las instalaciones nucleares iraníes, asesinar en plena calle a los técnicos y responsables del programa nuclear de ese país, o simplemente ponerse detrás de los EEUU lanzando a este país para impedir que una inoportuna bomba nuclear en poder de los allatolahs pueda alterar completamente la situación en la zona. Porque lo que a los EEUU le molesta, no es que Irán se consolide como potencia regional, sino el que lo haga de espaldas a su política y contra el Estado de Israel.

De todos los actores geopolíticos emergentes, Irán es, sin duda, el más problemático y débil: su Islam chií es diferente a la mayoría del Islam seguido en el mundo, suní. La ruta de la droga –antigua “ruta de la seda”- atraviesa de parte a parte el norte del país dejando un rastro de destrucción y miseria humana: hay 4.000.000 de toxicómanos en el país que adquieren heroína a un precio extraordinariamente bajo y suponen un lastre para la potencia del país. El problema kurdo sigue latente en el norte. La asfixia que imprime la rigidez islámica en la sociedad es otro lastre insuperable junto a la increíble capacidad de todas las corrientes musulmanas de deslizarse hacia las posiciones extremas, fundamentalistas, en un cíclico “retorno a los orígenes coránicos” que aparece y reaparece una y otra vez en la historia de esa religión. Y, finalmente, el hecho de que Irán tenga una discreta salida al mar (en el mar interior Caspio y a través del golfo de Omán, una zona geopolítica particularmente sensible), es otro factor de duda sobre el futuro de Irán.

Todos estos elementos hacen que, si bien la estabilidad política iraní y su capacidad productiva basada en una disciplinada industria de extracción de hidrocarburos y en zonas agrícolas extraordinariamente fértiles, existan sombras inquietantes que limitan extraordinariamente su proyección futura. En ese país los beneficiarios de la globalización, al igual que en todo el mundo árabe, no son cúspides financieras o élites industriales, sino antiguos jefes tribales devenidos “príncipes propietarios de pozos de petróleo” o bien técnicos procedentes de los clanes tribales que han destacado en sus actividades económicas y mantienen con el Islam una actitud formalista o incluso, simplemente, no son islamistas, sino que han sido ganados por la idea globalizadora y carecen completamente de raíces. Dentro de estos países resulta inevitable la aparición de tensiones entre estos grupos y los sectores islamistas presentes en la élite del poder y, por supuesto, en el grueso de la población.

El caso de India es también particular y merece cierta atención. India como China se ha convertido en un “país-factoría”. La diferencia entre ambos actores emergentes deriva de la utilización generalizada del inglés en la India que asegura sus conexiones con el mundo anglosajón derivadas del dominio colonial inglés. La característica común es que, en ambos casos, solamente se beneficia de la globalización una pequeña minoría. En efecto, en la totalidad de los actores emergentes, los beneficiarios de la globalización son especialmente los jefes de empresas dedicadas a la exportación y los dedicados a la especulación financiera; la inversión productiva se destina solamente a aquellos sectores empresariales que, por su configuración, permiten la deslocalización empresarial; esto es, la aplicación de la regla de oro del capitalismo salvaje: obtener mayores beneficios reduciendo costes al máximo y produciendo en cadena cantidades desmesuradas.

En los países en los que se distribuyen estas mercancías, el misterio consiste en saber si dentro de quince años seguirá habiendo consumidores, o si tendrán la configuración de un gigantesco campo de parados, un verdadero páramo laboral, en el que solamente el sector servicios mantendrá una mínima actividad, junto al especulativo y todo lo relacionado con ello. Pero en los países–factoría la cosa no será mucho mejor. Legiones de trabajadores realizarán su actividad, no para llevar una vida digna, presidida por la “seguridad” en el empleo, en las coberturas sociales, en poder satisfacer su ocio, sino simplemente para sobrevivir. Si un día los costes de la deslocalización se revelan inviables, no será por las alzas salariales, ni por las reivindicaciones sindicales o la instalación de coberturas sociales en aquellos países, sino, simplemente, por el alza del precio de la gasolina.

El trabajador en esas zonas es una fuerza mecánica, completamente deshumanizada, sin esperanzas de abandonar un día su estado de postración, a la que se engrasa mediante un salario, lo justo para que pueda seguir funcionando y para que genere una actividad económica tal que sus magros ingresos terminen, finalmente, en los beneficiarios de la globalización mediante los caminos más variados. Unos pasarán el Estado en forma de impuestos, otros irán a parar a las entidades de crédito, otros, finalmente, serán embolsadas por multinacionales de alimentación (las únicas que pueden abastecer a un mercado tan masivo como el de los actores emergentes).

Nos equivocaríamos si pensáramos que la deslocalización iba a favorecer a las poblaciones de los países emergentes. De hecho, sólo favorece a pequeñas minorías. En Bangalore (India) reside hoy la mayor concentración de programadores informáticos de todo el orbe, muy superior incluso a la que existió en los ochenta y noventa en Silicon Valley. Varios cientos de miles de hindúes con un alto nivel de inglés están vinculados también a iniciativas de subcontratación que han migrado del Primer Mundo a la India a causa del ahorro en salarios y de que los miles de kilómetros de fibra óptica trazados por las “puntocom” antes de reventar han facilitado la comunicación a alta velocidad con cualquier punto del globo. Pero la fibra óptica se detiene a un kilómetro de las chabolas de la India. No toda la India es Bangalore, de la misma forma que no toda China es Hong–Kong. Hoy se calcula que, en estos países, los beneficiarios de la globalización (incluidos empleados que se limitan a contestar al teléfono en correcto inglés a clientes que llaman desde Montana o Texas, con alguna reclamación o consulta, que no reciben altos salarios pero si tienen estabilidad en el empleo y aspiran un día a migrar a los EEUU o Europa) son apenas un 0’2% de la globalización. Va a ser muy difícil que en los próximos años esa cifra se eleve hasta el 1%. La globalización en lo que se refiere a beneficiarios apenas alcanza a minorías ínfimas.

A nadie se le escapa lo socialmente peligroso que supone situar la miseria a un lado de la calle y los escaparates del consumo al otro. Por muy elevados que sean los crecimientos económicos de China e India, eso no implica que los beneficiarios vayan a ser los sectores mayoritarios de la población sino, simplemente, que los beneficios de la élite de beneficiarios de la globalización en los actores emergentes van a seguir multiplicándose. En países como China e India que, juntos, suponen algo bastante más que un tercio de la población mundial, todo es masivo. Para que exista una burguesía media con presencia significativa, la única clase sobre la que podrían asentarse unas formas democráticas dignas de tal nombre, va a hacer falta que, como mínimo, ésta cuente con un 10–15% del total de la población. Algo que, hoy por hoy, parece muy alejado.

Lo más probable será que, antes de que cristalice la formación de esa burguesía media, los actuales desajustes sociales generarán sacudidas extremadamente violentas que pueden llegar a comprometer, incluso, la estabilidad misma de estos países. Esa sería la catástrofe para la globalización, no desde luego tan grave como la elevación constante del precio de los hidrocarburos, pero sí lo suficientemente aguda como para que algunos sectores económicos y países europeos volvieran sobre sus pasos y dudaran de la eficacia del “sistema global”.

El gran problema consiste en que los beneficiarios de la globalización en el Primer Mundo y los beneficiarios de la globalización en los actores emergentes hablan el mismo lenguaje y lo seguirán haciendo… mientras sigan siendo beneficiarios. Pero en el momento en que los actores emergentes vean detenido su crecimiento por factores sociales internos (revueltas y reivindicaciones socio–políticas), a causa de factores externos (aumento imparable del precio de los hidrocarburos), o por culpa de sus propios errores (estallido de burbujas especialmente inmobiliarias y crediticias) todo el sistema mundial se conmoverá y correrá el riesgo de derrumbarse, pues no en vano el “dinero” es cobarde y se invierte allí donde hay mayores seguridades.

La inestabilidad del sistema mundial surgido tras la Caída del Muro de Berlín implica que las “zonas seguras” van trasladándose de un lugar a otro. La libre circulación de capitales facilita estas migraciones pero, frecuentemente, deja atrás regueros de miseria y depauperación. De ahí que esta arista sea extremadamente quebradiza y corra el riesgo de desintegrarse –al menos en su configuración actual– a la primera crisis.

Visto el panorama global que presentan los “actores emergentes”, cabe decir que en esta arista van a confluir las fortunas procedentes de dos tipos de negocios fundamentalmente: el negocio especulativo y financiero, de un lado; y de otro, el negocio surgido al calor de las nuevas tecnologías y de su aplicación y el régimen de grandes exportaciones que desde los “actores emergentes” recorren el mundo hacia los “actores tradicionales” especialmente. En ambos casos, la globalización ha supuesto un nuevo impulso, tanto por lo que se refiere a la libre circulación de capitales y mercancías, lo que favorece a los primeros, como a la globalización en sí misma.

La cuestión a plantear es: los intereses de las élites dominantes y de los beneficiarios de la globalización que están presentes en todo el mundo, ¿coinciden con los intereses de los actores geopolíticos emergentes? Y esta es la cuestión: porque si bien en esos países existe, como hemos visto, un grupo social que, efectivamente se beneficia muy directamente de la globalización y las estadísticas nos dicen que en esos países tanto el PIB como la renta per capita van aumentan, falta saber si el grueso de las poblaciones perciben todo esto como un avance real o tienen otra visión. Lo que se encontrará en esa arista es el sector de la población de los países emergentes que coincide en intereses y en prácticas con los beneficiarios de la globalización precisamente porque ellos mismos lo son: han pasado en poco tiempo de ser pequeñas fortunas locales a insertarse en una economía globalizada. Pero son una minoría. Todo lo que no está situado en la arista misma, es economía de supervivencia: las poblaciones o son muy ricas, o son muy pobres (y trabajan para sobrevivir) o son extremadamente pobres (y viven de la asistencia del Estado el cual a su vez vive de los impuestos generados especialmente por las rentas procedentes del trabajo mucho más que por la fiscalidad que grava a las rentas procedentes del capital.

Así pues se trata de una arista que, como el resto, carece de distribución homogénea, pero mucho más que cualquier otra, fuera de la línea misma de la arista que confluye con los “beneficiarios de la globalización”, estamos instalados en plena miseria. Y por tanto en pleno desequilibrio e inestabilidad. 

(c) Ernesto Milá - infokrisis - erneto.mila.rodri@gmail.com - Prohibida la reproducción de este artículo sin indicar origen

 

El mundo cúbico (II de IV)

El mundo cúbico (II de IV)

Las seis caras del mundo cúbico.- Tal como hemos visto en la introducción, la aceleración de la historia tiene como efecto la contracción del espacio. Así mismo, en la modernidad, la irrupción de nuevos fenómenos tecnológicos y económicos ha producido el fenómeno del “aplanamiento” del mundo. Y todo eso, operado en apenas doce años, ente 1989 y 2001, es considerado por algunos como extraordinariamente “positivo”. Es el tiempo en el que las nuevas tecnologías han pasado de su utilización incipiente a convertirse en completamente imprescindibles; el tiempo en el que muy pocos valores de los que subsistían procedentes de otro tiempo, ha podido sobrevivir a duras penas, algunos tan importantes como la “nación”, la pérdida de influencia de la Iglesia Católica o de la familia, la aceleración en la concentración de capital y de corporaciones, el inicio de las migraciones masivas, el tránsito del bilateralismo propio de la Guerra Fría al unilateralismo indiscutible (el Nuevo Orden Mundial para George Bush era, fundamentalmente, un “orden americano”), se impuso la teoría del “fin de la historia”, etc, etc.

Indudablemente, los procesos que se dieron en esos doce años tenían unas raíces mucho más profundas que se remontaban a finales de la Segunda Guerra Mundial, cuando se hizo evidente que el boom de las comunicaciones había “empequeñecido” al mundo. Si en los años 20 y 30, cruzar el Atlántico en avión era una aventura problemática, si las tecnologías incipientes que ya se conocían, como la TV o el radar, empezaban a desarrollarse o incluso la energía nuclear era solamente mera teoría, a partir de 1945, era posible que aviones de bombardeo y de carga, recorrieran grandes espacios, que fuera extremadamente fácil comunicarse de manera inmediata de un extremo a otro del planeta y que ya fuera posible salir al espacio exterior mediante cohetes sobre los que en pocos años se podrían armar bombas atómicas capaces de estallar a miles de kilómetros de distancia con precisión milimétrica.  Fueron las tecnologías bélicas desarrolladas por ambos bandos durante la Segunda Guerra Mundial las que operaron esta mutación en apenas seis años. El mundo que salió de la guerra más destructiva de la historia fue completamente diferente al que la había iniciado.

Desde entones y a lo largo de la los años de la Guerra Fría, el mundo se fue “solidificando” según el proceso que hemos descrito antes: ha pasado de la forma esférica a la forma cúbica. Pero, al mismo tiempo, se ha fragilizado adoptando una estructura casi diamantina: extraordinariamente dura y difícil de modificar, pero fácilmente estallable a condición de encontrar el punto de ruptura. De ahí que aludamos a que el mundo moderno es tan “sólido” como “frágil”. Esta es, precisamente, la característica más destacable de nuestra época, por contradictoria que parezca. Cualquier gemólogo sabe que solidez y fragilidad no están en contradicción, sino que frecuentemente, minerales extremadamente sólidos, pueden estallar en mil pedazos con un pequeño golpe, de la misma forma que determinados cristales sintéticos están diseñados para resistir golpes en superficie pero no pequeños picotazos con la fuerza concentrada en un solo punto. Sólo entonces estallan en mil pedazos. Tales son las imágenes que podemos retener porque son aplicables a la modernidad. El “principio de Peter” explica no sin cierta ironía que “todo lo que puede estropearse, se estropea” y tiene, así mismo, un corolario aplicable a este orden de ideas: “cuanto más complejo es un mecanismo, más tiende a estropearse”. Difícilmente, en el mundo inorgánico encontraríamos un mecanismo tan complejo como el actual sistema mundial y, precisamente por eso, podemos definirlo como un sistema “sólido”, pero, al mismo tiempo, extremadamente “frágil” en razón de su complejidad y de la consiguiente multiplicidad de posibles fallos que se puedan producir. Sea como fuere el hecho

Lo que sí es rigurosamente cierto es que se ha producido un “morfing” geométrico, la esfera se ha transformado en cubo), y en un “mundo cúbico”, cada una de las seis caras, de las doce aristas y de los cuatro vértices, tiene significados muy concretos, gracias a los cuales puede entenderse perfectamente el momento que estamos viviendo.

Cara Superior

Representa los intereses de las élites dominantes y de los grupos económicos más favorecidos por el proceso de globalización.

Se trata de un grupo extraordinariamente reducido pero que, sin embargo, acapara una parte desmesurada de la renta y de los ingresos mundiales. Numéricamente aumenta en muy escasa medida, aun a pesar de que otros países se vayan integrando al pelotón del desarrollo y de la globalización, en la que sigue ineluctablemente la tendencia a la concentración del capital. Estamos hablando de unos pocos miles de individuos, extraordinariamente poderosos, verdaderas máquinas de mover dinero y multiplicar beneficios, casi con una energía inhumana. Una clase que jamás ha existido antes en la historia, y que ha surgido directamente como producto de la tendencia a la acumulación del capital. Su endeblez numérica es compensada por sus extraordinarios recursos económicos y tecnológicos. Menos demografía, más recursos.

Carecen de otra ideología política que no sea la del lucro y el beneficio y sería absurdo vincularlos a las doctrinas neoliberales: se sirven de estas en este momento histórico, simplemente para dar una cobertura doctrinal a lo que no es más que una tendencia innata a la acumulación de beneficios, a la obsesión por el lucro y a la usura. Los más cultivados y preocupados por dar un sentido a su vida son lectores empedernidos de Ayn Rand, o bien pertenecen a la élite de los círculos neo–conservadores y evangélicos norteamericanos que unen consideraciones económicas a preocupaciones de carácter místico-religioso vinculadas especialmente a interpretaciones evangélicas (“cristianos renacidos”).

Si bien estas élites económicas nacieron en el antiguo Primer Mundo, en la actualidad están extendidas también a lo que hemos dado en llamar “actores geopolíticos emergentes” y constituyen una casta en sentido propio: se trata de un universo cerrado, cuyo ingreso se produce cuando el aspirante tienen un nivel de patrimonio personal suficientemente amplio y comparable al de cualquier otro de sus miembros. Se transmite por herencia dando lugar a las “dinastías capitalistas” que ya aparecieron en el siglo XVIII y XIX y que se prolongan hasta nuestros días, lo que implica cierto grado de endogamia.

Desde el punto de vista de las actividades que desarrollan puede decirse que habitualmente se dedican al ejercicio de la banca y de la especulación financiera, ganando esta actividad cada vez más protagonismo. Su interés por el comercio, en otro tiempo importante, tiene ahora un papel mucho menor: comprar barato y vender caro ha pasado de ser una actividad realizada sobre “productos” tangibles a desempeñarse casi exclusivamente sobre “productos financieros”.  No tienen un teatro preferencial de operaciones: su escenario es todo el mundo. Están allí en donde hay posibilidades de obtener los mayores beneficios y abandonan un territorio después de haberlo esquilmado o simplemente cuando contemplan que otro puede ofrecer mejores rendimientos Así pues, la inestabilidad acompañará a un mundo globalizado en la medida en que los capitales no estarán fijados ni ligados a un horizonte geográfico concreto.

¿Qué niveles de renta son los que dan acomodo en esta casta? Imposible expresarlos en términos cuantitativos. No se trata solamente de acumular capital y de beneficiarse con él en primera fila del proceso de la globalización, se trata de ser “admitido” en la casta. Porque es de “casta”, mucho más que de clase social de lo que debemos hablar. Una casta propia de la globalización, de la misma forma que la sociedad trifuncional indo-europea estuvo dividida en tres castas (sacerdotal, guerrera y función productiva), el actual momento histórico  registra una división de la humanidad en dos castas: los beneficiarios de la globalización y los damnificados por la globalización. Una pequeña cúspide piramidal y una gran masa cuadrangular sobre la que insistiremos más adelante. Es “casta” en la medida en que se trata de un organismo social restringido y cerrado en la que se entra cuando la acumulación de capital ha superado determinadas cantidades y por aceptación de otros miembros de la casta. A partir de ahí, el derecho se transmite por herencia.

Se exige inicialmente al aspirante que participe en las aventuras económicas de otros similares a él, mediante la asociación a fondos de inversión en las que se jugará su dinero. O bien mediante la propuesta de invertir en tales o cuales escenarios que prometen buenos beneficios. Los miembros de la casta comparten no solamente intereses, sino también riesgos. Esto les proporciona un alto grado de solidaridad. Todos buscan preservar los intereses de todos porque también son los propios. Ofrecer una fisura, una grieta en la solidaridad o simplemente cuestionarse la moralidad de algunas operaciones implicaría poner en peligro los intereses del conjunto: si el gobierno de los Estados Unidos abandona a un banco ante su quiebra (Lehman Brothers), esto no podrá volver a producirse, así que habrá que presionar para que salve a los siguientes (Fanny Mae, Freddy Mac) y esta práctica será recogida y estimulada en todo el mundo (Italia, Holanda, Irlanda, Grecia, España). Para ello habrá que recurrir a transmitir esa decisión  los medios de comunicación: serán ellos quienes intenten convencer a las masas de la justeza de la medida (“la crisis bancaria acarreará la ruina del sistema económico mundial” que es como decir: “si los Estados no salvan a los bancos, los banqueros lo pasaremos mal y posiblemente venga un nuevo orden mundial en el que las prerrogativas de la banca estén limitadas”).

Aquí entra en juego otro elementos: lo que podemos llamar “sociedades del nuevo orden económico mundial”: se trata de organizaciones de intercambio de estudios, foros de discusión, elaboración de estudios, promovidas por los gestores del nuevo orden mundial en la que anualmente se reúnen sus representantes más conspicuos para deliberar, conocer las nuevas orientaciones y sondear opiniones. La más conocida, sin duda, es el Club de Bildelberg, cuyos miembros proceden de los tres sectores clave: una dirección, el poder económico, y dos servidores subordinados, el mundo de la política y el mundo de la comunicación. Opinan todos, pero solamente tiene capacidad de decisión el poder económico: el poder político se limita a cumplir las órdenes recibidas y el poder mediático sabe hacia donde tiene que conducir la industria de la comunicación y del entertaintment para que las decisiones del poder económico sean aceptables o simplemente no generen resistencias apreciables. Así pues, la pirámide que corona el obelisco tiene esta base común con el cubo, la cara que representa los intereses de las élites dominantes y los beneficios de la globalización. Pero, a la vez, esta pirámide, está formada por cuatro triángulos, a los que aludiremos más adelante, cada uno de los cuales tiene en su vértice superior al poder económico y en sus vértices inferiores subordinados al poder político y al poder mediático, simples servidores del primero, pero sin los cuales, sería imposible que el primero cumpliera sus designios: no puede olvidarse que dentro del mundo globalizado, todavía existen rastros del “viejo orden” internacional articulado en torno al “concierto de Estados”. Los viejos Estados surgidos de las revoluciones liberales del siglo XIX, han ido perdiendo poco a poco poder y soberanía en un mundo globalizado: no solamente a causa de la influencia creciente del poder económico mundial, sino también a causa del resultado de la Segunda Guerra Mundial. Cuando callaron las armas se constituyeron una serie de organismos internacionales (ONU, UNESCO, etc.), cortes internacionales de justicia que articularon un nuevo derecho internacional cuya interpretación quedaba en manos de los vencedores del conflicto (Tribunal de Nuremberg, derecho de Nuremberg, tribunales penales internacionales). A partir de ese momento, los Estados carecieron de plena soberanía para adoptar decisiones, incluso las que solamente a ellos, les competían. Sin embargo, setenta años después de iniciado ese proceso, todavía los Estados Nacionales disponen de un entramado de leyes e instituciones y sistemas constitucionales en los que se atribuyen al electorado capacidad de decisión y los gobiernos que surgen de los procesos electorales, todavía disponen de un margen de maniobra y de recursos institucionales como para retrasar las consecuencias últimas de la globalización o bien para conculcar sus principios. De ahí la importancia que tiene para las élites económicas el controlar la política de las Naciones, el sentir de la opinión pública y la orientación del derecho al voto. Y esto se hace mediante las dos piezas subordinadas: el control sobre la clase política y el control sobre los medios de comunicación. Así la armonía del conjunto es perfecta: determinadas críticas nunca pasan del nivel de pura marginalidad, lo absurdo pasa a ser lo único digerible, se “entretiene” por un lado, se suscita esperanza por otro, se convierten problemas secundarios en cuestiones capitales en la vida de los pueblos y, sobre todo, se presenta a la globalización como nuestro destino ineluctable. Ni poder, ni oposición, en cada Estado, entran a criticar los fundamentos de la globalización, ni los medios de comunicación –a los que la crisis del papel y de la transformación tecnológica del sector sitúan en posición de debilidad y completamente dependientes de los apoyos de los gobiernos en forma de subsidios y de las inversiones de capitales-  se preocupan de otra cosa que convencer a la opinión pública de que todo está en buenas manos y de que se están sufriendo solamente problemas de asentamiento del nuevo orden mundial que pronto concluirán.

No es por casualidad que esta cara del cubo se sitúe en la parte superior del mismo y en ella se asiente la pirámide que corona el obelisco, la antigua piedra puntiaguda de los canteros.

Cara inferior

Es el reflejo especular de la anterior. En ella están incluidos todos aquellos que no extraen beneficios directos de la globalización y cuyos niveles de renta y capacidad adquisitiva tienden a disminuir, mientras que aumenta su grado de alienación.

En el otro extremo del cubo se encuentran los damnificados por la globalización. Si la anterior cara tiene una densidad demográfica ínfima y, además, la pirámide que se superpone, registra aún menos densidad numérica de población, por el contrario, en esta otra cara, la densidad es extrema y puede decirse que es su peso brutal sobre el que se asienta en conjunto. No tiene una renta per cápita homogénea, oscila entre empleados y profesionales que gozan de cierto nivel de vida especialmente en el Primer Mundo, hasta poblaciones con apenas un dólar de renta al día y que todavía son mayoría en algunas zonas del Tercer Mundo. Es una masa inorgánica, pesada, caótica e informe, extraordinariamente densa: la gente que sufre, que aguanta sobre sus hombros el peso de todo el conjunto. Por eso, por su peso y porque el “nuevo orden mundial” se apoya sobre la economía, pero ésta a su vez, se apoya sobre hombres y mujeres, es por lo que en la base se encuentra el mayor número de población. Más demografía, menos recursos.

El principal problema de la globalización es que parte de situaciones regionales e históricas extraordinariamente diferenciadas y, por tanto, difícilmente equiparables. De ahí la importancia de los “reajustes”: sirven para homogeneizar los salarios y las rentas entre el Primer Mundo y el Tercer Mundo. Es evidente, por ejemplo, que en un mundo globalizado, la producción industrial migrará hacia aquellos lugares en donde los salarios sean más reducidos, las coberturas sociales menores y estén más próximos a las fuentes de materias primeras. Será de esos horizontes de los que partirá una “oferta” más ventajosa de estos productos con la que no podrán competir los países que hasta ahora han sido tradicionalmente productores de los mismos.

Esto explica el porqué los salarios tienden a disminuir su peso real en los países occidentales: es un simple “reajusta” a la vista de que en un mundo globalizado la persistencia de diferencias salariales tan abismales como las que se cobran en Canadá, por ejemplo, y en China o España. En el primer país la renta per cápita en 2013 era de 4.622 €, mientras que en España era de 22.300 € y en China de 4.720 €. Los “reajustes” consisten en tratar de disminuir las rentas en los países que constituyen los eslabones más débiles para que así tales países ganan “competitividad” y no queden completamente al margen del proceso globalizador. Se trata de países con unas estructuras políticas débiles, un modelo económico caído durante la última crisis económica y que no ha podido ser reemplazado todavía por otro, en donde los niveles de aceptación de las imposiciones de los rectores del Nuevo Orden Económico Mundial son recogidos sin gran resistencia por parte de los partidos y de los sindicatos y en donde se carece de tradición de protesta y un fuerte sentido individualista e inorgánico, con grandes dosis de apatía y desinterés por la cosa pública.

España es el paradigma de estos países y, año tras año, desde hace más de dos tres décadas aumenta la presión fiscal sobre las rentas procedentes del trabajo, disminuyendo la presión sobre las rentas procedentes del capital. Lo que equivale a decir, que la presión fiscal se realiza sobre las clases medias en beneficios de la aristocracia económica. Tal es la tendencia en los países del primer mundo: machacar a las clases medias (las que habitualmente disponen de una mejor formación cultural, son capaces de interpretar lo que les está ocurriendo y de diagnosticar los remedios y, generalmente, de ellas han partido los movimientos revolucionarios, de ahí la importancia en minimizar su influencia y su poder).

Sin embargo, fuera de algunas élites intelectuales, el papel de la gran masa de población situada en esta cara inferior del cubo no pasa de ser pasivo: soporta lo que las élites económicas le designan como destino y que les llega a través de las élites políticas locales y de los medios de comunicación. Por sí mismos, no tienen absolutamente ninguna posibilidad de salir de su estado de postración y marginación. Crecen numéricamente a la misma velocidad que decrece su capacidad económica. Están ubicados en la inmensa mayoría de África negra, en buena parte de los países árabes, son los contingentes indígenas y mestizos de Iberoamérica, son los campesinos chinos y las legiones de parias hindúes, pero también las clases europeas empobrecidas, la inmensa mayoría de negros norteamericanos y los blancos pobres, los inmigrantes en el Primer Mundo. Ni tienen sentimiento de “clase” como se les atribuía a los antiguos proletarios, ni mucho menos tienen opciones políticas. Los movimientos antiglobalización, en realidad, apenas son otra cosa que la iniciativa de pequeños núcleos de intelectuales y jóvenes pertenecientes a las clases medias del Primer Mundo.

La demografía hace que exista un crecimiento asimétrico en esta cara: mientras que en los países con más alto nivel económico y cultural, la demografía se ha detenido y ni siquiera cubre la tasa de reposición, en el tercer mundo sigue disparada: especialmente en el mundo islámico, en África y en China. Un mundo así es inviable y está muy por encima de las posibilidades reales de sostenimiento del planeta. Ante el aluvión demográfico (generado especialmente por la mejora de las condiciones sanitarias y por el mantenimiento de la costumbre atávica de no utilizar medidas contraceptivas) no hay defensa posible y tal es el talón de Aquiles del Nuevo Orden Mundial: o se habilitan rápidamente medidas para estabilizar primero y disminuir después la población global (algo que parece difícil a tenor de que el “creced y multiplicaros” está implícito en varias religiones y, por tanto, en la forma de ser de los pueblos, o bien aparecerá una inestabilidad creciente en esta cara inferior.

Tal inestabilidad puede ser comparada a un crecimiento anómalo y desordenado de las células del cuerpo humano que aparece en procesos cancerígenos. Imaginemos en esta cara inferior del cubo a un aumento de la población que excede las posibilidades el planeta: al aumentar la densidad de población, las generaciones siguientes llegarán al “amontonamiento”. La cara inferior dejará de ser plana y se convertirá en irregular con zonas de crecimiento espectacular que restarán estabilidad al conjunto.

Hay otro factor a considerar: algunos demógrafos y economistas suscitan la esperanza entre las poblaciones, uno de los principales instrumentos esgrimidos por la clase política para solicitar el voto para su partido o la paciencia ante la crisis. La palabra clave de nuestro tiempo, del mundo globalizado, es Esperanza. Los demógrafos sostienen que habrá esperanza en la medida en que una vez los pueblos árabes, africanos y asiáticos mejores sus niveles de vida y su capacidad adquisitiva, operarán automáticamente una reducción en sus tasas de natalidad. Los ecologistas aluden a la Esperanza con el concepto de “crecimiento sostenible” y afirman que basta con fijar los criterios de sostenibilidad para alejar los riesgos que el crecimiento desordenado de la población y de la producción, podrían conllevar. En cuanto a los economistas, suscitan así mismo la Esperanza presentando los dolores actuales de la economía globalizada, como los normales que acompañan a todo nacimiento y que desaparecerán en cuanto el recién nacido empiece a crecer. Por su parte, en el salario de los políticos parece implícito el que aludan a un futuro esperanzador.

Hay que desconfiar extraordinariamente de todos estos juicios: no está claro que lo que los demógrafos han estudiado detalladamente en Europa entre las comunidades inmigrantes procedentes del tercer mundo, se cumpla en los países de origen. Si China ha crecido a menor velocidad desde la política del “hijo único”, no se ha debido a que la sociedad se auto-regule según su capacidad adquisitiva, sino porque un Estado fuerte se ha encargado de imponer una ley de manera rígida y sin contemplaciones. En cuanto a la esperanza ecológica resulta evidente que no hay “crecimiento sostenible” e ilimitado, para un planeta de posibilidades limitadas. En cuanto a los criterios de los economistas no está claro si los dolores de la economía mundial son los dolores del parto o los estertores de la muerte. La economía mundial entró en la recta del proceso globalizador en el ya lejano 1989 y desde entonces ha llovido mucho: a partir de 2001 –los doce años que cambiaron la geopolítica- la globalización puede considerarse como mayor de edad. Harina de otro costal es que su ciclo vital esté siendo extraordinariamente breve y la crisis iniciada en 2007 y que no ha remitido en el momento de escribir estas líneas, sea una crisis terminal. Una agonía. Nosotros, hoy estamos en esa agonía: por mucho que el sistema quiera “homogeneizar” a todos los pueblos y reducir asimetrías, amparado en criterios humanistas y universalistas, existen elementos culturales, étnicos, antropológicos y religiosos que todavía tienen una iniciativa y una fuerza extraordinaria y que dificultad extraordinariamente la vía hacia la homogeneización de la gran masa mundial de población.

Primera Cara Lateral.

Aquí están situados los actores geopolíticos tradicionales y las zonas que satelizan.

Entendemos por “actores geopolíticos tradicionales” aquellos que habían sido hegemónicos en el ciclo histórico anterior. En 1945 emergieron dos potencias internacionales indiscutibles situadas en solitario y en cabeza por delante de cualquier otra, los Estados Unidos y la Unión Soviética. Durante los años de la Guerra Fría consiguieron mantener su hegemonía en lo que constituyó un “duopolio” mundial. Esta situación terminó en 1989, cuando se produjo la caída del Muro de Berlín y culminó el sistema de alianzas defensivas que había labrado la URSS dentro de lo que se llamó el Pacto de Varsovia. Por su parte, los EEUU habían trenzado también su propio sistema de alianzas: reforzó en primer lugar sus relaciones con el Reino Unido, debilitado a lo largo del proceso de descolonización y cuyo presencia militar al Este de Suez quedó liquidada en los años 60; satelizó Europa Occidental esgrimiendo el riesgo de la “amenaza soviética”, después de comprar a golpe de talonario a los gobiernos europeos durante el período de reconstrucción iniciado en 1945 y propició gobiernos anticomunistas y aliados en todo el mundo.

No se trataba de que los EEUU mantuvieran “aliados”, en realidad, ellos mismos se veían a sí mismos como “imperio” (reflejo voluntariamente inspirado en el Imperio Romano) y eran conscientes de que los imperios no tienen aliados, sino vasallos. Esto les llevó a ser hostiles hacia los gobiernos nacionalistas que fueron surgiendo en Iberoamérica (peronismo), en Asia (Go dim Diem en Vietnam) y en África (Tsombé en el Congo). Se trataba de promover gobiernos lo suficientemente anticomunistas que no tuvieran obstáculos en alinearse con la superpotencia anticomunista por excelencia, los EEUU, pero no excesivamente nacionalistas que los harían ansiosos de independencia y autonomía. De ahí que los EEUU contemplaran con malos ojos a gobiernos formados por militares nacionalistas por muy anticomunistas que fueran y trataron siempre de promover, fuera de su territorio nacional, no un nacionalismo, sino más bien ideas de tipo liberal y democrático. 

Por otra parte, los satélites de la URSS solían ser gobiernos en los que se había impuesto –a menudo por la fuerza- gobiernos en los que el Partido Comunista era hegemónico, o bien gobiernos que aceptaban un mayor o menor grado de socialización de la economía, especialmente aquellos situados en su área geopolítica de expansión. La característica de todos estos regímenes era su estabilidad política garantizada por un sistema policial y de represión de las libertades públicas. Esto podía entenderse en la URSS, país que era una economía agraria y subdesarrollada cuando se produjo la revolución rusa y debió concentrar el poder, orientarlo hacia el crecimiento económico y la industrialización, renunciando a las libertades políticas (como por lo demás ocurrió durante la España de Franco), pero era mucho menos comprensible en países que antes de la Segunda Guerra Mundial gozaban de un aceptable nivel de vida y de desarrollo de las fuerzas tecnológicas y productivas (países de Europa Central, en especial, Alemania del Este, Hungría o  Checoslovaquia). Pronto se asoció la falta de libertades políticas, al comunismo y a la alineación con la URSS, mientras que la democracia, el liberalismo económico parecían asociarse con los EEUU. En realidad, la URSS se vio forzada durante el stalinismo a pisar el pedal del desarrollo económico y para eso debió contar con recursos, tecnología y mercados que se encontraban en ese momento en Europa Central.

Además, a esta situación se unía la presión que añadían los EEUU. Desde el principio de la guerra fría, los presidentes de los EEUU actuaron despóticamente y concentraron visiblemente sus esfuerzos bélicos contra la URSS: se colocaron misiles en las puertas mismas de Rusia, los situados en Europa Occidental apuntaron contra Moscú, el Mando Estratégico de Bombardeo mantuvo siempre en vuelo B-52 cargados con bombas nucleares dispuestas a descargarse en cualquier momento sobre la URSS. Por su parte, los soviéticos respondieran iniciando una carrera armamentística que solamente concluyó a mediados de los años 80, cuando Gorbachov reconoció la imposibilidad de aumentar el presupuesto militar para alcanzar el listón armamentístico al nivel en el que lo había colocado el presidente Reagan con su Iniciativa de Defensa Estratégica o Guerra de las Galaxias.

Cuando se produjo esta situación, la URSS se estaba desangrando en su aventura en Afganistán iniciada para avanzar sus fronteras hacia los “mares cálidos” del Sur; la revuelta iniciada en diciembre de 1980 en los astilleros de Danzig y el hecho de que en ese momento ocupara la silla de San Pedro en el Vaticano un papa polaco y anticomunista, inició el desmoronamiento de la cadena de alianzas de la URSS en Europa. Finalmente, los vicios internos de la URSS, el proceso de burocratización del régimen, la falta de entusiasmo que generaba especialmente entre los jóvenes que miraban a Occidente como meca del estilo de vida al que ansiaban, el descenso de los nacimientos entre la etnia rusa, inversamente proporcional al aumento de los nacimientos entre las etnias no rusas que componían la URSS, todo ello, unido, precipitó el colapso de la URSS.

A partir de ese momento, cuando los EEUU –que habían reforzado especialmente sus vínculos con el Reino Unido y actuaban prácticamente como un bloque “atlántico” ligado por vínculos económicos y bursátiles extremadamente densos- percibieron que la URSS había caído, lejos de ofrecer un acuerdo honroso que garantizara un siglo de estabilidad mundial, asestaron patadas en el estómago del gigante caído: reforzaron su presencia en el mundo árabe, movieron los hilos para situar al frente del nuevo Estado Ruso a personajes indeseables y nefastos, como Boris Eltsin, y por incorporar los antiguos miembros del Pacto de Varsovia a una OTAN que, a partir de ahora, ya no tenía enemigo pero que inexplicablemente seguía existiendo y seguía siendo aceptada acríticamente por los Estados Europeos como una forma de delegar su defensa al poder militar americano.

El tiempo que fue entre la caída del Muro de Berlín y los extraños atentados del 11-S supuso el de hegemonía unilateral norteamericana. Tal era el Nuevo Orden Mundial al que se refirió George W. Bush al concluir la Segunda Guerra del Golfo (Kuwait) reclamando para su país el derecho al liderazgo mundial. Fue también el inicio de la globalización y del “fin de la historia”. Pero era una ficción. La contradicción se manifestó a poco de irrumpir la globalización: el riesgo del unilateralismo y del poder militar absoluto es la ausencia de enemigos y, por tanto, el descenso de la tensión militar. De ahí que, a partir de finales del milenio se ensayara la “creación” de un enemigo más o menos ficticio: el “terrorismo internacional” que nadie conoce exactamente, nadie sabe donde está, ni cuáles son sus planes, un terrorismo que no está asociado a ningún espacio geográfico y del que se desconoce todo… salvo su rostro: el de un antiguo colaborador de la CIA durante la guerra de Afganistán contra los soviéticos, Osama Bin Laden.

Gracias a este enemigo, más o menos ficticio, insistimos, los EEUU estuvieron en condiciones de establecer pactos “antiterroristas” en las zonas geo-económicas que les interesaban, reforzaron los gobiernos que les eran fieles (Marruecos) e hicieron todo lo posible por derribar a aquellos otros que, aún domesticados, seguían manteniendo posiciones nacionalistas (Milosevic, Irak, Libia, Siria…). Sin embargo, en aquellos años, los expertos en política internacional de los EEUU  trataron con demasiada ligereza –presos de la absurda doctrina del fin de la historia- a Rusia. El caos interior en el que cayó Rusia durante el período Eltsin impulsó a los sectores más conscientes de lo que estaba en juego a reagruparse y plantear batalla con dos objetivos: frenar la ofensiva mundial norteamericana, acabar con su unilateralismo, reconstruir el Estado ruso liquidando la oligarquía que se había formado al calor de la debilidad de Gorbachov y de la estupidez alcohólica de Eltsin, reconstruir las Fuerzas Armadas y pagar a los EEUU con la misma moneda.

La excusa con la que Vladimir Putin accedió al poder fue el terrorismo checheno y la incapacidad de Eltsin para liquidar los conflictos del Cáucaso. Si en los EEUU, el 11-S sirvió para poner las libertades públicas bajo caución y justificar una nueva política internacional, en Rusia, la “lucha contra el terrorismo checheno”, sirvió, simplemente, para cambiar el régimen. La deriva insegura, oscilante y caótica de Eltsin fue sustituida por la implacabilidad de Putin decidido a que Rusia fuera una parte importante en un futuro mundo multipolar. Frente a este recurso, la democracia limitada rusa, justifica con elecciones cada cuatro años, la presencia del mismo líder en el poder.

Amparado en sus recursos energéticos, en su amplia extensión territorial, en su tecnología y su poder económico, Rusia sigue siendo un actor geopolítico de primer orden. El haber resuelto su conflicto con la República Popular China y el hecho de que este país aspire también a un papel relevante en el mundo multipolar, han generado una sinergia entre ambos países que evita la posibilidad de una lucha en dos frentes.

Por su parte, los EEUU vivieron su momento de unilateralismo indiscutible entre 1989 y 2001, pero los conflictos en los que se embarcó a partir de esa fecha, en Afganistán e Irak, al mismo tiempo que los bombardeos de la OTAN sobre Serbia, demostraron la incapacidad del aparato militar norteamericano para controlar mediante la infantería y el ejército de tierra zonas de conflicto, fuera de los bombardeos a gran altura o del lanzamiento indiscriminado de mísiles "inteligentes". Las dudas sobre la efectividad del poder militar norteamericano, unido a la deriva que adoptó la globalización (ese sistema mundial imposible en su actual configuración) coincidiendo con el inicio del milenio, junto a la crisis económica mundial iniciada en 2007 y a las migraciones masivas que están alterando a marchas forzadas el sustrato étnico de los EEUU y sus valores tradicionales, hacen que hoy más que nunca los EEUU aparezcan como un “gigante con pies de barro”.

Hoy, en el momento de escribir estas líneas la situación hace que sea imposible prescindir en un modelo de interpretación global del papel de las dos superpotencias tradicionales, cuyos caminos son asimétricos: Rusia se reconstruye cada día y se refuerza, demostrándose inmune a los intentos de desestabilización abordados por la inteligencia norteamericana y basándose en la reconstrucción de un “poder fuerte”, mientras que los EEUU declinan inevitablemente.  

Segunda Cara Lateral

Los nuevos actores geopolíticos emergentes que día a día van ganando peso pueden situarse en esta cara.

Durante los años 70, los EEUU para mantener su posición en la lucha por la hegemonía mundial pensaron en la creación de una red de “gendarmes regionales” que mantuvieran su influencia en sus respectivas zonas geográficos, una especie de “superpotencias” de carácter regional aliadas a Washington. Pronto empezaron a manifestarse los conflictos y la imposibilidad de tal estrategia: los militares brasileños en los que confiaban los EEUU para mantener el control de América del Sur demostraron su nacionalismo y sus veleidades de convertirse en superpotencia regional… no al servicio de los EEUU, sino dentro de un mundo multipolar. En Persia, el gobierno del Sha, que igualmente mantenía veleidades nacionalistas, cayó en manos de los ayatolahs sin que los EEUU le prestaran absolutamente ninguna ayuda. Lo mismo ocurriría años después en Sudáfrica cuando el gobierno debió de renunciar, no solamente al apartheid sino especialmente a la hegemonía blanca. 

La creación de la Comisión Trilateral teorizada por Zbigniew Brzezinsky y constituida en 1973 con personalidades procedentes del mundo de la política, los negocios y la comunicación, tenía entre otras funciones el mantener vivos los vínculos económico-políticos con Europa y Japón y, de alguna manera, servía a los intereses de la política anglosajona tal como había sido concebida desde principios del siglo XX por el Consejo de Relaciones Exteriores (CFR) norteamericano y por el Instituto Internacional de Relaciones Exteriores inglés.

Pensar que era posible eternizar un mundo unipolar era solamente un efecto de la resaca aportada por casi cuarenta años de Guerra Fría. A poco que quedó atrás este período, se hizo evidente que un mundo unipolar solamente sería posible si el resto del mundo renunciaba voluntariamente a jugar un papel en la construcción del futuro y si todos aceptaban de buen grado desempeñar un papel secundario y subordinarse a las exigencias del unilateralismo norteamericano que se basaban fundamentalmente en garantizar para ese país el suministro de recursos energéticos, incluso antes que para sí mismos. Por degeneradas y corruptas que fueran algunas élites políticas de todo el mundo, en países dotados de tecnología, masa de población y recursos energéticos suficientes y capacidad para el transporte, fue cobrando forma la ambición de ir aumentando el propio poder económico y la influencia en el mundo, sin dar muestras de oponerse inicialmente a los designios del unilateralismo norteamericano.

A partir de finales de los años 70, el déficit presupuestario norteamericano implicaba que cada día la supervivencia económica de ese país requiriera la llegada a las bolsas de los EEUU de dinero procedente de todo el mundo. Inicialmente ese dinero procedía de los petrodólares y de los excedentes económicos del Japón, pero a medida que se entró en los años 90 y especialmente en la primera década del milenio, afluyó también dinero europeo y chino. La doctrina oficial que imperaba en los EEUU era que la interrelación económica garantizaba la “paz mundial”. Ningún país cometería la locura de iniciar una guerra contra otro, si peligraban sus inversiones. Quien recibía el dinero –los EEUU- garantizaban que ese dinero seguiría rindiendo intereses y que no se procedería a devaluaciones, mientras que quienes aportaban ese dinero, en la práctica, quedaban comprometidos a no intentar aventuras bélicas ni iniciativas contra los EEUU. Luego empezó la crisis económica y todo este panorama aparentemente idílico quedó desestabilizado.

China entendió que sus inversiones en los EEUU eran excesivas y que estaba literalmente en manos del humor del presidente norteamericano de turno, y lo supo en las jornadas en las que George Bush pensó en dejar caer a los dos grandes bancos hipotecarios de los EEUU en los que los chinos habían invertido medio billón de dólares. La amenaza de cortar bruscamente toda inversión en bolsas norteamericanas bastó para que en horas, Bush inyectara fondos a estas entidades. Pero, a partir de entonces quedó clara la debilidad del sistema mundial.

Por otra parte, la idea básica de la globalización pronto se demostró falsa: una economía mundial globalizada no iba a contribuir a la “especialización” industrial, sino a la concentración de las manufacturas en una sola región del planeta (aquella que garantizara los costes de producción más bajos, esto es, China en primer lugar y luego Vietnam) desindustrializando progresivamente (esto es, empobreciendo) a todos los demás.

La globalización, finalmente, no contribuyó a hacer simétricas las interrelaciones económicas mundiales: unos países crecieron más rápidamente que otros (especialmente aquellos que contaban con los cinco elementos básicos de todo desarrollo: población, recursos, tecnología, territorio y transporte) con lo que en la actualidad se está llegando a una situación similar a la teorizada por los estrategas norteamericanos en los años 60: aparecían, efectivamente, actores geopolíticos regionales, solo que no estaban incorporados a la estrategia unilateralista de los EEUU, sino que aspiraban a convertirse en potencias regionales, hegemónicas en su área, pero en absoluto subordinadas a lo que podíamos definir como un “centro imperial”.

Estos países son, desde luego, Brasil en Latinoamérica y Venezuela en la misma zona y en el caso de que logre sustraer a aquel país algunas de sus áreas de expansión e incorporarlas a la suya. En este sentido, la estrategia de Hugo Chávez se demostró excepcionalmente lúcida haciendo que países como Ecuador, Bolivia hicieran causa común con Venezuela y Cuba, alejándose de la órbita brasileña que los había cortejado desde los años 60. El Irán de Ahmadinehyah recuperó el proyecto del Sha, consciente de que el armamento atómico garantizaría su hegemonía en Oriente Medio y contribuiría a doblegar al Estado de Israel, convirtiéndolo en polo de agregación de todo el mundo islámico. Por su parte, la Indica, amparado en su extraordinaria masa de población de convirtió en otro polo regional contentándose con contener a Pakistán, su rival regional, y no aumentar las tensiones con China, la otra potencia emergente. Éste país, por su parte, es de manera inapelable otra potencia mundial, económica y militar y supone un caso inédito en la historia reciente: su consigna de “un país, dos sistemas”, hasta ahora ha garantizado la prosperidad de las exportaciones y la estabilidad interior.

Estos países son, en rigor, “nuevas potencias”, o “actores geopolíticos emergentes”. No se contentan con un papel pasivo y receptivo a las orientaciones de los “actores geopolíticos tradicionales”, reclaman para sí un protagonismo que garantizará bienestar para su población y buenos negocios para sus élites. Están ahí y es inútil negar su existencia o pretender que su crecimiento pueda ser subordinado a los intereses del unilateralismo norteamericano.

Queda aludir a Europa, o más bien a la Unión Europea. En la actualidad cada vez es más evidente que la UE no es más que una superestructura burocrática destinada a garantizar, no tanto la “unidad europea” y la existencia de un “mercado común europeo”, sino la hegemonía franco-alemana sobre el continente, una hegemonía que tiende a ser fundamentalmente económica. Pero desde 1945, Europa no existe políticamente, ni siquiera existe una Unión Europeo con voluntad política. Sin olvidar que los países europeos tampoco están dispuestos a subordinarse a los intereses del Bundesbank y que la crisis de la deuda soberana (que siguió al estallido de la burbuja inmobiliaria han generado en el interior de Europa heridas que tardarán en olvidarse y generado la aparición de bolsas de protesta que difícilmente podrán ser integradas por los partidos tradicionales, no sólo en la periferia europea, sino también en el eslabón más débil del eje impulsor de la UE, Francia.

Al referirnos a Europa deberíamos puedes hablar de una incógnita: Europa es un mercado de casi 500 millones de habitantes, pero salvo su élite económica, está sufriendo un proceso de desindustrialización y empobrecimiento que le inhabilita para jugar un papel determinante en el futuro. El hecho de haber renunciado en 1945 a la existencia de ejércitos europeos fuertes y de aceptar la subordinación de su defensa a los EEUU dentro del marco de la OTAN, hace que desde el punto de vista militar, Europa sea un enano insignificante incapaz incluso de asegurar su defensa. Europa no es pues un “actor geopolítico emergente”, sino más bien, en los momentos actuales, un actor cuya importancia no deriva de sus objetivos actuales, sino de las “rentas” históricas que se han ido acumulando en los últimos 2.000 años de historia. Dentro de la Unión Europea coexisten distintas sensibilidades (unos países aliados incondicionales de los EEUU, otros que han constituido la UE para generar un mercado preferencial para sus productos y aspiran a la hegemonía económica en su interior, otras que por oportunismo se han adherido al a UE y al euro, simplemente para beneficiarse de los “fondos estructurales” sin pensar en lo que ocurrirá más allá de los años en los que concluya su recepción…) y quizás sea la única área geográfica del mundo en el que los valores del liberalismo siguen siendo una práctica política cotidiana. El humanismo universalista destilado en los laboratorios doctrinales de la globalización que operan desde 1945 (UNESCO, ONU), solamente son tomados en serio en Europa que cree verdaderamente y asume la doctrina que apareció justo cuando fue derrotada: porque la Segunda Guerra Mundial constituyó la derrota de Europa y la aparición de un bilateralismo para el que Europa no era más que un futuro teatro de operaciones, y lo que siguió luego, el unilateralismo norteamericano no fue percibido como una amenaza por Europa sino como una oportunidad… oportunidad que se perdió cuando asoma el multilateralismo y ni siquiera esta clara la posibilidad de que Europa tenga un lugar en ese nuevo marco histórico.

Tercera Cara Lateral

Recursos energéticos y progreso científico.

En una civilización desarrollada las distintas formas de energía son lo único que garantiza el desarrollo. Durante un siglo, la economía mundial ha dependido especialmente de hidrocarburos, pero esta situación no podrá prolongarse más allá de treinta años. Y eso no es todo: a partir de 2001–2002 ha quedado patente que las prospecciones petrolíferas y las escasas nuevas reservas encontradas ya no están en condiciones de compensar los aumentos en la demanda. Así pues, la era del petróleo barato ha concluido. Y las consecuencias del fin de esta era se mantendrán mientras no se encuentren fuentes energéticas alternativas (energía de fusión), se tenga el valor de recurrir a fuentes hoy demonizadas (energía nuclear) o el precio del petróleo aumente hasta el punto de hacer rentables nuevamente la explotación de recursos hoy secundarios (carbón).

La globalización de las manufacturas se basa en la optimización de la producción y de la distribución. Ambas actividades dependen del consumo de energía. A medida que crece la actividad industrial crecen también las necesidades de consumo. Esto genera una contradicción porque hasta ahora las fuentes energéticas hasta ahora utilizadas son todas limitadas. En lo que se refiere a la energía solar, siendo ilimitada en sí misma, los mecanismos de transformación que requiere hasta ahora son caros y… limitados. La misma energía nuclear deriva de una serie de isótopos radioactivos cuya presencia en el planeta es extremadamente limitada.

Pero, sin duda, el problema más dramático y acuciante lo constituye la escasez de petróleo que se hará dramática en las próximas décadas y que difícilmente llegará hasta 2050. A nadie se le escapan los problemas que esto está generando: las cuencas petroleras se han convertido en un foco de tensión y las guerras que se están desarrollando en este ciclo histórico iniciado el 11-S de 2001 son precisamente guerras por el petróleo. De hecho, en una civilización que depende de los carburantes, el poder militar es la herramienta que garantiza el acceso a las fuentes energéticas. Pero llegará un momento en el que aunque un solo actor posea todas las fuentes energéticas (algo difícil en un mundo multipolar) el combustible se agotara, de la misma forma que se agotarán las pizarras asfálticas que permiten fabricar gasolina sintética. Así mismo, los isótopos radiactivos tampoco durarán mucho más allá de 2050, con lo que las utilizaciones pacíficas de la energía nuclear tampoco podrán prolongarse. Y en la actualidad se ignora si la energía de fusión es viable o se trata de una superchería similar al movimiento continuo de otra época.

Podemos imaginar lo que será la globalización en el momento en el que desaparezca uno de sus pilares (el petróleo barato que permite trasladas ingentes cantidades de manufacturas de un lugar a otro del planeta. Las plantas de ensamblaje de manufacturas se habrán trasladado a unos emplazamientos alejados de los escaparates de consumo, pero en apenas unos años volverán a ser tan caros como si estuvieran fabricados en el Primer Mundo a causa del sobrecosto de los transportes. Pero eso no es todo: la supervivencia misma de la civilización moderna es inviable sin la inyección creciente de energía.

Por todo ello, otro de los aspectos a tener en cuenta a la hora de diseñar un modelo de análisis de la modernidad, es el energético y su problemático futuro. Sin embargo, en el mismo plano podemos situar otro frente íntimamente vinculado a éste y hasta cierto punto inseparable: el progreso científico. Cuando se alude a la crisis energética y a la escasez del petróleo, la realidad nunca termina de proyectarse con todos su dramatismo porque siempre se piensa que, finalmente, la ciencia resolverá la papeleta y conseguirá sacarnos del ato. Hay en ello algo de razón unido a un optimismo desmesurado.

En efecto, la fe en el progreso de las ciencias parece justificada en los inicios del siglo XXI, pero tal optimismo no debe de eludir el problema de que la ciencia avanza de manera desigual e incluso de manera. En los próximos años asistiéremos a un despliegue extraordinario de la ingeniería genética, la criogenia y la nanotecnología, aplicadas especialmente a las ciencias de la salud. La salud se convertirá en un gran negocio desconocido hasta ahora. No la vida eterna, pero sí un sucedáneo estará al alcance de unos cuantos cientos de miles de dólares. Pero habrá que tenerlos. Será posible regenerar organismos, proceder a trasplantes de órganos sin necesidad de recurrir a fármacos anti-rechazo, anticiparse al desarrollo de enfermedades… y todo esto costará caro. Se entenderá ahora mejor el interés por la privatización de la medicina y la restricción de los tratamientos ofrecidos por la Seguridad Social a los más básicos y elementales. Se entenderá también mucho mejor el porqué los fondos de inversión presionan para que la sanidad sea privatizada al máximo.

Esto será otra nueva fuente de desigualdades y conflictos sociales: ¿hasta qué punto los “damnificados por la globalización” aceptarán el triste destino en el que se les encarrila al permanecer fuera de la medicina gratuita tratamientos de vanguardia para la prevención y superación de determinadas enfermedades? ¿Podrá hablarse entonces de sanidad pública cuando se restrinja solamente a tratamientos clásicos y los nuevos fármacos y tecnologías permanezcan fuera del alcance de la inmensa mayoría de la población? 

En otros terrenos, las ciencias avanzan con mucha más lentitud, incluso diríamos con desesperante lentitud. Los ensayos de nuevos motores no prosperan y, prácticamente, desde hace casi medio siglo los únicos avanzas en este terreno no son científicos sino técnicos: mejoran las prestaciones y el rendimiento de los nuevos motores, pero no su concepción. Lo mismo ocurre con la aeronáutica y con la astronáutica: después de décadas de avances vertiginosos, a partir de los años 80 parece como si se hubiera producido un frenazo. Otro tanto ocurre con la investigación sobre combustibles: no da la sensación de que avance según aumentan las necesidades de la población.

Estamos asistiendo, por tanto, a un desarrollo asimétrico de las ciencias.

La energía y la ciencia, a fin de cuentas, se han convertido en sectores económicos. Los grandes fondos de inversión apuestan por las tecnologías de la salud o por cualquier otro avance científico, siempre y cuando queden garantizados sus beneficios. ¿Es posible la irrupción de una ciencia que ayude a la humanidad  pero no devengue “royalties”? Imposible, quienes invierten en proyectos científicos lo hacen previendo un escenario de beneficios incalculables, en absoluto por altruismo o filantropía. De ahí la asimetría del desarrollo científico y sus riesgos.

Si hemos englobado ambos aspectos de la modernidad en una sola cara se debe a que está implícito en las masas, e incluso en la mayor parte de las élites, la idea de que, aunque mengüen los recursos energéticos, en última instancia no hay nada que perder porque la Ciencia (con mayúsculas) proveerá, como en otro tiempo se atribuía a la Providencia. La sensación más arraigada entre las masas, como resultado de doscientos años de modelo de civilización “progresista” que preveía estadios cada vez más avanzados y lineales de progreso científico y técnico, es que los problemas que el desarrollo pueda generar (problemas ecológicos, alteraciones sociales, agotamiento de recursos), todos ellos sin excepción serán resueltos y superados por nuevos hallazgos científicos: la ciencia resolverá los problemas que se vayan planteando y responderá puntualmente a las nuevas exigencias. No es del todo evidente.

Esta concepción deriva de un momento histórico que ya pertenece a un pasado remoto que había entronizado una nueva trinidad mística formada por el evolucionismo, el marxismo y el progreso como nuevo Espíritu Santo. Nadie cree hoy en este mito trinitario que, sin embargo, fue indiscutible para muchos espíritus hasta los años 80 del siglo XX. Primero cayó el marxismo, el evolucionismo se reinventó a sí mismo y se encomendó a nuevos hallazgos de la paleontología, mientras que el progresismo sobrevivió a falta de un mito mejor y como esperanza para desesperados, papel que en otro tiempo ocupó el cristianismo. Pero esta supervivencia no implica que haya que aceptar sus juicios como ciertos. Nada garantiza que el progreso será continuo y que la ciencia tendrá todas las respuestas que precisa la humanidad. 

Cuarta Cara Lateral

A partir de los años 80, con el paso del narcotráfico de la etapa artesanal a la industrial y, especialmente, con el derrumbe del bloque soviético, se forma un nuevo poder que, por primera vez, no es un actor estatal ni político, sino mafioso: la neodelincuencia.

A partir de los años 80 la acumulación de capital que se genera en torno al tráfico de drogas empieza a revestir caracteres espectaculares. La droga que hasta mediados de los años 60 había ocupado un lugar completamente marginal en la sociedad, empieza a extenderse cada vez más convirtiéndose en un problema de masas. Pronto aparecieron las interrelaciones entre el mundo de la droga y el mundo de la política: los servicios de inteligencia norteamericanos para financiar operaciones ilegales recurren a la facilidad para recaudar fondos a través de las actividades ilegales relacionadas con el narcotráfico. En el caso Irán-Contras, la CIA permite que aviones pilotados por mercenarios lleven a territorio norteamericano grandes cantidades de cocaína que serán distribuidas en los guetos negros, para comprar armas destinadas a la guerrilla anticomunista nicaragüense (“la Contra”). Veinte años antes, la misma CIA había facilitado el tráfico de LSD y obtenido fondos abundantes de este comercio y en aquellos mismos años 60, cuando se desarrollaba la guerra del Vietnam, esos mismos servicios de inteligencia no tuvieron el más mínimo reparo en financiar sus operaciones especiales mediante el tráfico de heroína en el llamado Triángulo del Oro, a pesar de que el principal consumidor fueran las tropas norteamericanas destacadas en el Sudeste Asiático. Más aún: después de la invasión norteamericana de Afganistán, el cultivo de adormideras que había sido arrinconado y convertido en testimonial por parte del gobierno talibán, reverdeció con la presencia norteamericana y, dos años después, ya se había restablecido la “ruta de la seda” como vía para la introducción de heroína en Europa a través del “corredor turco de los Balcanes”. Cuando los EEUU apoyaron la creación de un Estado mafioso en Kosovo, lo que estaban haciendo era entregar las riendas de una región de Europa a una banda de delincuentes comunes que habían utilizado para desmembrar Yugoslavia y justificar los bombardeos de la OTAN sobre Serbia: la UÇK. Kosovo es, pues, el primer Estado mafioso de Europa.

Todos estos ejemplos y otros muchos que no costaría encontrar, demuestran que los beneficios reportados por el tráfico de drogas son tales que llegan incluso a ser utilizados en operaciones encubiertas programadas por servicios de seguridad de determinados Estados. Estas iniciativas forman parte de lo que hemos dado en llamar “neo-delincuencia”, otro de los rasgos de la modernidad. Pero este aspecto del “mundo cúbico” tiene otras implicaciones no menos graves.

En primer lugar, las bandas mafiosas que han visto en el narcotráfico y en actividades similares de carácter delictivo, un lucrativo medio de acumulación de capital, han alcanzado en muy poco tiempo fabulosas sumas que le han permitido abandonar lo que podríamos llamar un “estadio artesanal” de la delincuencia, para pasar a un “estadio industrial”. El primer síntoma de lo que podía suceder se dio en Bolivia a principios de los años 80, cuando el narcotráfico (la “pizzicato”) se convirtió en un “actor social” de carácter local: era ilegal, pero había que tenerlo en cuenta para cualquiera que pretendiera actuar en aquel país. El narcotráfico boliviano condicionaba la vida social y política de aquel país: se le podía ignorar, combatir o intentar ganárselo, pero el hecho irremediable es que estaba presente de manera determinante en la sociedad.

Poco más tarde, el problema de la cocaína se desplazó de Bolivia a Colombia cristalizando en el “Cartel de Medellín” cuya brutalidad ensombreció la vida en aquel país en los años 80 y 90, desarrollando un terrorismo que superaba en violencia al de cualquier banda de carácter político. La capacidad de atracción del narcotráfico colombiano y su acumulación de capital, generó incluso el que movimientos guerrilleros de izquierdas (FARC) y movimientos de contra-insurgencia (Defensas Cívicas de Colombia), pasaran a tener vínculos estrechos con el mundo de los “cárteles”.

Así mismo, los “cárteles” de la droga, pronto entendieron que podían negociar de igual a igual con Estados sobornando simplemente a algunos responsables de la seguridad pública. Y lo que era peor, precisaban obtener garantías en otros Estados de que los dineros procedentes del narcotráfico podrían invertirse y blanquearse en negocios e inversiones lícitas sin riesgo. Esto implicaba una interrelación entre el mundo de la droga, el de las grandes inversiones y el de los Estados.

La existencia de paraísos fiscales, de zonas en las que es público y notorio que la inusitada expansión deriva de la llegada masiva de dinero procedente de actividades ilícitas, se ha convertido en algo habitual. Los paraísos fiscales existen no solamente para eludir impuestos, sino muy especialmente para reciclar dinero negro procedente del narcotráfico. Desde la reunión del G-20 en noviembre de 2008, justo en el momento más grave de la crisis bancaria, quedó establecido que los paraísos fiscales eran uno de los factores que habían contribuido al estallido de la crisis inmobiliaria iniciada en el verano de 2007. Sin embargo, desde entonces, no se ha hecho absolutamente nada para liquidarlos. El dinero procedente de la delincuencia, allí va a parar junto a capitales huidos de la presión fiscal de los Estados, se entremezcla con él y se reorienta hacia bolsas, fondos de inversión legales, etc. En una sociedad como la actual en la que el poder del dinero determina la solvencia de las personas, los nuevos delincuentes figuran entre sus exponentes más respetados. No en vano su capital genera rendimientos espectaculares.

Todo esto forma parte también de lo que hemos dado en llamar neo-delincuencia. Pero aún hay más.

Un poco por todo el mundo, variando su intensidad y profundidad, se va afianzando el fenómeno de la corrupción. En los países del Tercer Mundo siempre han existido niveles de corrupción exorbitantes para los estándares europeos, la novedad estriba en que desde hace un cuarto de siglo la corrupción ha desembarcado en el Primer Mundo convirtiéndose en endémica. En países como España, el rasgo más característico del momento actual es la contaminación de todos los niveles administrativos por el virus de la corrupción, de tal manera que ésta se ha convertido en el rasgo más significativo de la época, como el caciquismo lo fue de la restauración, y como éste, nadie lo reconoce en toda su extensión e importancia.

Llama, así mismo, la atención el escaso interés con el que se persigue la corrupción en estos países y el hecho de que no se presenten iniciativas legales para combatirlo con más decisión. Es evidente, como decía Platón en La República, que ningún político ha adoptado jamás una decisión que pudiera perjudicarle. En los últimos 2.500 años de historia nada ha cambiado pues, salvo la intensidad del fenómeno. También la corrupción político-administrativa forma parte de la “neo-delincuencia”.

En consecuencia, uno de los rasgos más característicos de nuestro tiempo es que cada vez más franjas de población viven vinculadas a fenómenos relacionados con la “neo-delincuencia”, como si se hubiera retrocedido en la historia y sumido en aquella época (el siglo XVII) en donde el 25% del oro extraído por España en las colonias caía en manos de la piratería. Hoy resulta imposible saber qué porcentaje de la economía mundial tiene relación con la “neo-delincuencia”, pero todo induce a pensar que mueven un dinero similar al de cualquier gran corporación industrial.

Queda hablar, finalmente, de otro proceso que se va haciendo cada vez más palpable a pesar de que siempre ha estado próximo a las democracias pluralistas: se trata de las prácticas gansteriles de los servicios de recaudación de impuestos de los Estados e incluso de las organizaciones económicas mundialistas (Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional). El principio con el que trabaja todo este sector es: privatizar los beneficios, socializar las pérdidas. Y es que, la práctica evidencia que los grandes negocios se realizan a la sombra del poder. Es a través de la administración que se estimulan las grandes “burbujas” de las que se beneficia especialmente un pequeño número de especuladores e inversores, todos ellos “amigos” de los gestores del poder (incluso aun cuando no exista inversión real, los procedimientos de ingeniería financiera permiten trabajar con dinero inexistente con la única condición de que exista la posibilidad de futuros beneficios). Esta práctica se justifica argumentando que “el movimiento económico es beneficioso para toda la sociedad”, lo que se evita decir es que mientras unos ganan lo suficiente como para sobrevivir, otros generan en pocos meses capitales desmesurados que quedan en sus menos.

En el momento en el que se produce el estallido de todas estas burbujas (frecuentemente asociadas a sectores especulativos), el hueco económico generado es cubierto por toda la sociedad en forma de aportaciones prácticamente incondicionales de dinero público. Así las “burbujas” se transforman en aumento de la deuda soberana de los Estados. El pago de esa deuda lo realiza la sociedad de manera forzada mediante la presión fiscal. De ahí que hayamos aludido a “socialización de las pérdidas”. El caso extremo se ha produjo en Argentina en 2001-2 durante el periodo de “el corralito”, en Chipre se ha vuelto a intentar dentro del marco de la UE en 2013 y, finalmente, el Fondo Monetario Internacional, aludió en enero de 2014 a “la confiscación del ahorro privado para reducir la deuda pública”.

Quienes sufren la presión fiscal no son, desde luego, los beneficiarios de la globalización amparados en sistemas invulnerables de ingeniería financiera, ni tampoco los sectores sociales precarizados por la crisis, sino las clases medias, profesionales y funcionarios, a las que les resulta imposible enmascarar sus ingresos y eludir el racket practicado por la Hacienda pública. A nadie se le escapa lo que estos procesos suponen para la composición de la sociedad y para su configuración en el futuro. Sin embargo, esta práctica del Estado (de Estados gestionados por clases políticas en permanente entendimiento con la corrupción) permanece muy alejada de la legítima colaboración en el mantenimiento de los servicios del Estado realizada a través de contribuciones de los particulares: está mucho más cerca de las prácticas mafiosas que de una Hacienda Pública digna de tal nombre. Por eso entra también dentro de la “neo-delincuencia”.

(c) Ernesto Milá Rodríguez - infokrisis - ernesto.mila.rodri@gmail.com

El mundo cúbico (I de IV)

El mundo cúbico (I de IV)

Hacia un modelo de interpretación de la modernidad.- La ambición de todo pensamiento crítico es construir modelos capaces de interpretar los aspectos sometidos a análisis. Un modelo de interpretación es un esquema dentro del cual se pueda situar e integrar los fenómenos más representativos de la época, de la persona o del fenómeno que se analiza. El resultado debe ser un esquema simple en función del cual pueden entenderse aspectos muy diferentes del mismo fenómeno, en el caso que nos ocupa, el devenir de la modernidad y el advenimiento del futuro inmediato.

Antes hemos aludido al “proceso de solidificación” del mundo, tal como lo interpretaba René Guénon, el maestro del tradicionalismo integral. En menos de cien años el mundo ha evolucionado de una forma sorprendente: de considerar que un pequeño movimiento artístico o un grupo de activistas resueltos, o simplemente, eso que se ha dado en llamar “voluntad popular”, podían cambiar la faz de la tierra, se ha pasado a la sensación de que ningún esfuerzo, por titánico y amplio que sea, sirve absolutamente para nada, todo está ya “decidido” y enfocado y nada de lo que un individuo, un conjunto social o ni siquiera una élite puedan hacer, va a servir para evitar que se altere el camino emprendido por la humanidad: la marcha hacia un mundo globalizado parece hoy ineluctable, o al menos se tiene la sensación de que así será por mucho que este destino pueda ser rechazable para la mayoría.

Simplemente, vivimos tiempos de crisis y de hundimiento de todos los valores que hasta ahora han acompañado la aventura de lo humano. La historia ha dejado de ser aquella construcción realizada por los hombres (la “crónica de las acciones de los hombres”, como siempre se definió), para ser simplemente un devenir mecánico en el que a los hombres solamente les queda el recurso a resignarse y seguir por el carril que se les indica, o bien oponerse y, en consecuencia, ser destruidos. La mayoría ha entendido hoy que no es bueno oponerse al curso de la historia y en consecuencia callan, otorgan y se pliegan a la construcción mecánica de un mundo inviable para lo humano.

Pues bien, en términos geométricos, el tránsito de una civilización en la que todo es posible a una civilización en la que nada es modificable, implica un tránsito de la movilidad absoluta a la estabilidad más extrema, esto es, de la esfera (la más móvil de todas las figuras geométricas) al cubo (la más estable de todas las figuras geométricas).

Nuestro mundo está dejando de ser “esférico” para transformarse en “cúbico”, deja atrás una estructura fluida y fácilmente modificable y adaptable, orientable en todas las direcciones, para adentrarse en un mundo progresivamente solidificado, difícilmente alterable y en donde, a medida que pasan los días, la estructura cristalina en función de la que se ha formado, cada vez resulta más rígida y difícil de penetrar y de modificar.

Podríamos apurar el modelo en una segunda fase aludiendo a una figura de la geometría masónica. Como se sabe en la escala ética de la masonería, el ser humano “normal” es piedra sin desbastar recién extraída de la mina. Hará falta que se introduzca en la Orden Masónica y reciba la iniciación como aprendiz para que aborde su proceso de perfeccionamiento interior que le llevará de ser piedra sin desbastar a ser piedra cúbica y en una etapa siguiente de dominio de la maestría y del arte, en el tercer grado de la iniciación masónica, a ser piedra puntiaguda. La piedra puntiaguda supone la superposición de una forma piramidal a una forma cúbica. Es la forma habitual de los obeliscos egipcios. Implica una parte subordinada (el cubo) al que se superpone la “pirámide del poder” y ciertamente hay algo de esto en la modernidad pues, no en vano, incluso a nivel simbólico, una élite económica y financiera parece controlar los destinos de una gran masa de población, inmovilizada, apretujada y bovina. Cuando un punto está en una posición más elevada dentro de la pirámide, parece como si se ocupara un lugar de más poder (en tanto que más alto) y de mayor exclusividad (en tanto que la altura está en razón inversa a la cantidad situada en los escalones inferiores).

En la hermenéutica masónica la piedra puntiaguda supone el máximo nivel de perfeccionamiento personal y de dominio del “arte”. El cincelado de una piedra así implicaba un alto grado de dificultad para el cantero: no solamente se le pedía que elaborara un cubo de lados iguales y perfectamente paralelos (cuya proyección espacial le daba las seis dimensiones del espacio) sino que además en la parte superior de ese cubo debía cincelar cuatro vertientes con la misma inclinación que convergieran en un único punto, la cúspide de la pirámide. Simbólicamente, la pirámide representaba la tendencia hacia la elevación y su cúspide el punto más alto de lo humano que tendía hacia lo que está más allá de lo humano: lo trascendente.

Es evidente que, tal como afirman los doctrinarios del tradicionalismo integral, a nuestra época se le han incorporado muchos símbolos tradicionales, pero invertidos. Tanto René Guénon como Julius Evola extraen la conclusión de que la modernidad es el reflejo invertido un “orden normal”. La pirámide en la actualidad se suele asociar a los “iluminati”, ficción conspiranoica que encubre las mucho más reales asociaciones de la alta finanza, la política y la comunicación que trabajan para lo que se ha dado en llamar “Nuevo Orden Mundial”, un orden globalizado y dirigido por una pequeña élite que no tiende hacia la “trascendencia” sino al dominio sobre lo “contingente” y que está asociada a la imagen de la pirámide que aparece en el billete de dólar americano.

Al igual que la piedra puntiaguda del cantero apunta hacia lo alto y su elaboración entraña una innegable dificultad, como difícil es también experimentar la sensación de trascendencia, el sistema modelado por los actuales gestores del “Nuevo Orden Mundial” no está exenta de dificultades, pero apunta en sentido contrario: a un dominio sobre todo lo que es contingente, material, concreto, tangible y mesurable.


Antes hemos dicho que el cubo en la geometría masónica representa el núcleo central del ser humano (microcosmos) y del conjunto de la creación (macrocosmos)  que tiene la capacidad de expandirse, proyectando sus seis caras en las seis direcciones del espacio (derecha, izquierda, arriba, abajo, delante, detrás). Especificar cada uno de estos aspectos y su relación corresponde a los tratados de simbolismo y no vamos a entrar. Sin embargo, a fin de perfilar, un modelo de interpretación de la modernidad globalizada, vamos a intentar trasladar el simbolismo del cubo a las principales características de este momento de civilización. Para ello, consideraremos al cubo como una figura geométrica compuesta por seis caras, doce aristas que unen estas caras dos a dos y ocho vértices que unen en un solo punto a tres caras. En nuestro modelo. Veamos el significado que podemos atribuir a cada uno de estos elementos:

– La unidad del cubo está asegurada y reforzada por “redes”. El conjunto de estas redes, que luego describiremos, es lo que constituye la globalización. Pueden ser entendidas como una especie de envoltura exterior del cubo, de la que nada puede escapar y a la que nada pueda sustraerse. El número que domina estas redes es el 1, la unidad, en tanto que garantiza que nada de lo que está en el interior del cubo podrá salir de él. Pero no se trata de una unidad metafísica que remite a algo superior, trascendente, sino una unidad artificial e impuesta asegurada y reforzada por una malla de redes que corren el cubo en todas direcciones. Internet, por supuesto, es una de ellas y, a su vez, está compuesta interiormente por distintas redes que juntas constituyen una malla extremadamente tupida que en apenas 25 años se ha hecho imprescindible y de la que nadie que aspire a tener una vida social integrada puede escapar. Pero existen otras redes: la alta finanza, el poder económico, lo políticamente correcto (esa especie de humanismo–universalista del que nadie puede escapar a no ser que quiera merecer la censura universal), las leyes de la economía, 

– Este cubo está compuesto por seis caras cada una de las cuales representa uno de los aspectos esenciales de la modernidad. Las caras están dispuestas de una manera concreta, opuestas dos a dos: derecha–izquierda, par–impar, arriba–abajo, bueno–malo, Dios–Diablo, espíritu–materia. El número 2 siempre ha sido el de los conflictos que definen a la naturaleza humana: todo lo que es dualidad mantiene una relación dialéctica con su opuesto que lleva inevitablemente a la antítesis, la oposición, la contradicción y el conflicto. Aquí es el indicativo de las contradicciones del sistema. Cada una de las caras, en sí misma, no es necesariamente conflictiva, simplemente es definitoria de un momento concreto –el nuestro– del sistema mundial. Lo que genera conflictividad es su oposición a otra cara.

– Las doce aristas que unen cada dos caras distintas indican líneas de evolución por las que pueden discurrir los distintos aspectos generados por cada una de las caras en relación a la que le es inmediata. No estamos hablando ahora de caras opuestas, sino de caras contiguas, por tanto, de lo que estamos hablando es de tendencias que se irán afirmando en la modernidad y de cómo será la interrelación entre ellas. Tales aristas serán las “líneas críticas” en donde se produzcan choques entre los distintos aspectos de la modernidad. El número 12 suele aparecer también en el simbolismo tradicional: indica el de un ciclo completo manifestado (el ciclo de la modernidad), allí en donde ha aparecido el número 12 ha aparecido también un centro de difusión de una cosmovisión tradicional: habitualmente este ciclo viene presidido por el 12+1 y es ese 1 el que da sentido al ciclo: los doce apóstoles no tienen sentido sin el Cristo que se sitúa a su frente; los 12 caballeros de la Mesa Redonda solamente parecen completos cuando a su frente está Arturo; los 12 signos del zodíaco son apenas figuras arbitrarias trazadas en los cielos sin el observador. Y así sucesivamente. En nuestro modelo las doce aristas distintas suponen doce interrelaciones entre distintos aspectos de la modernidad.

– Los ocho vértices se configuran como puntos de fractura. Se trata de ocho puntos débiles del conjunto que pueden ser erosionados (o erosionarse a sí mismos por la misma dinámica de las cosas) y determinar la desintegración total o parcial del mismo conjunto. También aquí existe un fatum kabalístico: el 8 es en geometría el número de lados del octógono que se considera como la figura poligonal más próxima a la perfección del círculo. Así pues, lo que estos ocho puntos de fractura determinan son aquellos puntos en los que el experto puede aplicar el botador, asestar un pequeño golpe para conseguir que explote todo el conjunto o bien para determinar su entrada en una crisis total o parcial. El octógono aparece como la superposición de dos cuadrados cuyos ejes están inclinados con un ángulo de 45º. El cuadrado, hay que recordarlo, es el polígono que en la geometría plana es el centro de una cruz cada uno de cuyos brazos es el desarrollo de cada una de las caras del polígono y que dan lugar a la luz de los cuatro elementos (fuego, tierra, agua y aire) cuyo movimiento genera toda la realidad para la antigua filosofía presocrática. El hecho de que los cuadrados que forman el octógono sean dos, puede ser entendido como una alusión a dos cruces que giran en sentidos opuestos: una destruye un mundo, la otra crea un mundo nuevo, indicando la gran oposición, la contradicción final que hará que de las miserias de nuestro tiempo nazca un tiempo nuevo.

Todo esto recuerda extraordinariamente un mito clásico, el de la Caja de Pandora. No en vano, el cubo tiene una forma que sugiere la de una caja, es, de hecho, una caja. La mitología griega nos presenta a Pandora como la primera mujer y cuenta que Zeus la hizo poco después de que Prometeo robara el fuego sagrado; se trató de un castigo para los hombres, una especie de contrapartida al don del fuego que el titán donó a la humanidad. Pandora es, por tanto, hermana de Prometeo y constituye un mito sombrío y siniestro que explica la presencia de fuerzas oscuras y del mal en el mundo. Hesíodo en Los Trabajos y los Días cuenta que Prometeo le había dicho que no aceptara ningún regalo de Zeus, pero esta no tuvo en cuenta la advertencia y aceptó del padre de los dioses una caja (o ánfora según otros relatos). Cuando Pandora abrió la caja salieron de su interior todas las desgracias que desgarraron con posterioridad el mundo de los humanos. Se suele olvidar que cuando Pandora logró cerrar la caja, en el fondo quedó solamente la Esperanza.

Nuestro estudio concluirá –lo anticipamos ahora– con la exposición de una necesidad: será necesario romper la globalización (partiendo de los puntos de fractura que habremos definido) y las mallas que cierran la caja, será necesario que cada una de las aristas del cubo vayan haciéndose romas y recuperando la redondez originaria. Será necesario, finalmente, que las caras del cubo vayan perdiendo y se desdibujen en su configuración actual... y todo eso para que aparezca la Esperanza y para que a partir de ella una nueva humanidad sea capaz de construir un mundo nuevo.

Por que a fin de cuentas la Esperanza asegura que, como explicaba Guénon en El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, todo desorden parcial –y nuestra época constituye un tiempo de caos y desorden se mire el aspecto que se mire– forma parte de un orden total o como explicaba la Biblia, “es preciso que haya el escándalo, pero ¡hay de quien crea el escándalo!”. Esto nos sitúa, de nuevo, en plena metafísica de la historia, concebida no a la manera progresista –como un proceso lineal siempre ascendente que lleva de estadios “atrasados” a estadios “avanzados” y siempre crecientes de bienestar y progreso– sino a la manera tradicional –como una sucesión de ciclos que alternan nacimiento – ascenso – desarrollo – decadencia – muerte, etapa final a la que sigue un nuevo nacimiento y una repetición del ciclo.

Tal como la conciben las viejas doctrinas de la metafísica de la historia aparecidas en la India védica, en la Roma de los primeros reyes, en las antiguas sagas nórdicas, entre los pieles rojas y en infinidad de leyendas y tradiciones de los más variados horizontes geográficos y antropológicos,  no se trata de ciclos circulares, ni siquiera de ciclos en espiral, sino de curvas asindóticas. Esta función geométrica implica que cuando la curva está a punto de unirse en el extremo inferior del eje y–y’ (momento máximo de la decadencia), reaparece en la parte superior del mismo eje (momento de máximo esplendor del ciclo que se inicia en ese momento) y que se puede representar por la siguiente imagen:

Según la ciclología tradicional esta misma función matemática se repite en la historia: en los momentos en los que se ha alcanzada el momento más degradado de un ciclo, quienes se  oponen a él están hechos de otra “pasta”, como si pertenecieran a otra raza de hombres que se niegan a aceptar el destino y que luchan contra él. De la misma forma que para neutralizar la fuerza de un vector, hace falta otro de sentido contrario, para remontarse al momento más crítico de la decadencia –el nuestro– hacen falta gente con un carácter y unas cualidades fuera de lo común. De ahí que, según esta tradición, en el momento más oscuro de la noche, alguien esté preparando ya el nuevo amanecer que, sin duda, será más radiante que cualquier otro, por que no dependerá sólo de los ciclos del Sol y de la Tierra, sino, de la fuerza y del vigor de quienes nieguen y se opongan al destino de la decadencia. La historia no es mecanicista y siempre ha sido lo que son los hombres.

En ese tránsito de un ciclo a otro, el cubo volverá a ver como sus aristas se vuelven más romas y recuperará la forma de la esfera originaria.

EMInves: libros políticos

EMInves: libros políticos

¿Por qué esta colección de libros sobre temática política que publica EMInves?

- A la vista del desprecio y el alejamiento de la política que alberga la mayor parte de la ciudadanía ¿es prudente abrir una línea de “libros políticos”?

No voy a discutir que en la sociedad existe un hartazgo elevado a la enésima potencia sobre una clase política que tiene las llaves de la caja pero no demuestra el más mínimo interés en resolver ningún tipo de problema. De hecho, en lugar de resolver problemas, tiende a crear otros nuevos. Tengo que reconocer que, de todas las clases políticas, la española es particularmente desagradable y obscena: desagradable por el aire de suficiencia con el que se escuda tras un texto constitucional que la legitima, pero que no es más que el sudario de una España muerta; y obscena porque no existe gesto de la clase política, toma de posición o resolución que no responda a un interés corrupto. Así pues, esa parte no la vamos a discutir. Pero todo esto es la “pequeña política”, la política despreciable realizada por ambiciosos sin escrúpulos, mediocridades silenciosas alineadas en las poltronas parlamentarias, ministros colocados en un cargo para el que no tienen ni la más remota idea del área de gobierno que deben dirigir, comunidades autónomas convertidas en cuevas de Alí Babá, ayuntamientos que solamente funcionan para aumentar su deuda, mediocridad sobre mediocridad, pirámide de pequeñas ambiciones, psicópatas transformados en “estadistas” por medios de prensa que comen de la mano del poder económico y, finalmente, escalas de valores desfasadas que no pasan de ser excusas en las que justificar la “legalidad” de todo ello. Desde la corona hasta el último concejalillo de pueblo. 

 

La “pequeña política” es así, la conocemos todos, la sufrimos todos y la odiamos todos. Ni me interesa, ni interesa y sobre esto recomiendo un alejamiento total, con todo lo que ello implica. La consigna en este sentido es “apolitia” o la “apoliteia” en el sentido clásico, tal como nos la legó Julius Evola cuando recordaba que este concepto griego no significaba desinterés o despreocupación, sino alejamiento. Es menester alejarnos de la “pequeña política” como de la peste. 

- Sin embargo, no hay que olvidar que esa clase política ha sido elegida por votación popular. Al menos, todavía puede votarse…

La “pequeña política” es la que ejerce el “homus insignificantis”, el político que busca acomodarse bajo el fuego fatuo de la Constitución y llevarse su trozo de la tarta. Y poco le importa que la misma tarta se haya convertido en un plasma purulento y vermicular, pestífero y contaminante, que hace imposible que este país recupere la salud y pueda pensar en un futuro durante las próximas décadas. No tengo la menor duda que la España empobrecida, demolida, mendicante, arruinada del mañana, escupirá sobre las tumbas de reyes, jefes de gobierno, diputados, diputadillos y demás atajo de corruptos. Y lo hará cuando sea demasiado tarde. Pero esto, lejos de ser un consuelo, es simplemente el reconocimiento de que, históricamente, nuestro pueblo ya no da más de sí. 

El “homus insignificantis” no está solamente en las esferas de poder; es más, si está allí es porque circula por las calles un tipo humano que se reconoce en él y que le da su voto regularmente, a pesar de que tras cada mascarada electoral, el elector ve mermada su calidad de vida, su nivel de bienestar y ya solamente le queda miedo al futuro. Enmascara ese miedo asumiendo la idea esperanzadora que le vende la clase política: “hoy las cosas van mal, pero mañana mejorarán”. Es la última gran habilidad que aún sabe manejar la clase política. Pero, de la misma forma que no hay mal que cien años dure, tampoco hay clase política, por mucho que esté avalada por el poder mediático, que logre mantenerse en el poder eternamente sin cosechar, al menos, un éxito. Y ese éxito ya lo han agotado: es el de su mera permanencia en el poder. No es de esa “pequeña política” de lo que tratamientos de ocuparnos en las ediciones EMInves.

- ¿Qué hay más allá de esta “pequeña política”?

La Gran Política. El primer tránsito de la “pequeña política” a la Gran Política lo marca sin duda la resolución de los problemas de las comunidades. Para solucionar algo, sanar una enfermedad, resolver una crisis, es preciso realizar un diagnóstico acertado. Sin ese diagnóstico, todo lo que se pueda hacer estará asentado en el vacío y será uno de esos famosos “parches técnicos” que se vienen aplicando coyunturalmente ante situaciones cada vez más degradadas. Sin esa diagnosis previa no hay tal tránsito. No se puede decir simplemente: la globalización es la tendencia mundial, poco importa que afecte más negativa que positivamente a nuestro país, si es la tendencia general, nos dejamos arrastrar por ella, aplicamos parches en función de esa tendencia… y en paz. Paz de cementerios, actitud de peces muertos que flotan siempre a favor de la corriente. Para poder afirmar que estamos guiados por “Estadistas” y no por “gestores mediocres de la cosa pública”, hace falta una lucidez en el diagnóstico, solamente a partir del cual puede remontarse nuestro estado de postración.

- Antes has hablado de miedo. Lo que le queda a nuestro pueblo (y no solamente al español) es a perder lo poco que le queda. ¿Es compatible ese miedo con la aspiración a una Gran Política?

En absoluto, el miedo impide pensar con lucidez. Quien tiene miedo ya es esclavo. Desde el 11-S el “sistema” (entendiendo por “sistema” el conjunto de grupos económico-político-mediáticos que gobiernan en función de unos principios liberales y que están alcanzado su nivel extremo de concentración de capital) se mantiene gracias a terrores suscitados sobre la opinión pública. Algunos de estos terrores son irracionales: Aznar decía que intervenir en Irak suponía contener el terrorismo en España… Otros son completamente racionales: se importa a 8.000.000 de importan y luego se generan 6.000.000 de desempleados… al 27-30% de la población que conserva todavía un puesto de trabajo se le presenta la imagen del parado: “solamente si eres un chico obediente, conservarás lo que tienes, trabaja cinco días a la semana, entretente dos y mantenme para siempre. Esa es la ley. Si te sales de ella caerás al vacío. Y nadie sale de simas con 6.000.000 de parados”. En las cocinas del sistema se mantiene un perfecto equilibrio entre dos factores “miedo” y “esperanza”. El miedo tiene que suscitar reservas a hablar claro, temor a hacerse notar, a alzar una voz discordante. La esperanza, en cambio, es lo que mantiene en pie: “si somos buenos chicos, saldremos de ésta; si hemos sufrido tanto, ahora solamente nos queda aguardar un poco más para que esto pase, así pues, callemos y, entre tanto, disfrutemos en nuestra parcela y con nuestros medios”. Tal es el argumento del “homus insignificantis”, al que no se le puede reprochar gran cosa. La Gran Política está en otro lugar. 

- Superar el miedo (los que lo puedan superar, claro está), ¿qué otro rasgo caracteriza a la Gran Política?

Reconocer la inmensa grandeza de la soledad. Un innombrable escribió que “el fuerte es más fuerte cuando está solo”. El hombre moderno tiene dos posibilidades: reconocer que él es un “homus insignificantis” y que debe aceptar las migajas que se le arrojan y procurar que el triste destino que han diseñado para él se realice sin más percances personales. O bien reaccionar. Hoy más que nunca hace falta ser reaccionarios. Hoy más que nunca, hacen falta gentes capaces de destacarse de las masas y decir ¡basta! La Gran Política no deberá, por tanto, nada a las masas. Estas no son más que pesos muertos. Obstáculos. En absoluto, el futuro se construirá a través de ellas, ni ellas, siempre que se han manifestado en la historia lo han hecho de manera creativa. Todas las revoluciones, siempre, han sido tarea de minorías exiguas pero resueltas. Nunca se han amparado en grandes masas, sino en sectores activos de la población: no nos engañemos, no fueron las masas las que tomaron el Palacio de Invierno o la Bastilla. Rusia en 1917 era inmensa como lo era Francia en 1789. En los grandes hitos revolucionarios participa una ínfima minoría. Esa minoría está formada por dos tipos de gentes: una dirección (que ha superado el miedo) y una base (que ha transformado su miedo en rebelión). Pero siempre, en el escenario de una revolución –hay que releer a Curzio Malaparte y su Técnicas del Golpe de Estado- la inmensa mayoría de la población, ha sido un testigo pasivo y apático, ausente siempre de los grandes movimientos históricos. Se supera la “pequeña política” y se abre el camino a la “Gran Política” cuando existe una minoría cualificada y lúcida. 

- ¿Cualquier minoría puede protagonizar esa “Gran Política?

Una minoría no es una élite y élites hay de muchos tipos. Una élite de artesanos sirve para fabricar buenas cerraduras, zapatos de calidad o muebles inmejorables. También existen “contra-elites”: Al Capone estaba en la élite del crimen. En cuanto a las minorías, generalmente son minorías que han visto frustrada su vocación de ser mayorías convencionales y se han reducido a unos pocos círculos de náufragos. De hecho, hay minorías cuya estupidez llegar a ser incluso sorprendente. La élite es otra cosa. Y la élite necesaria para la “Gran Política” no tiene nada que ver con todo esto. Se reconoce una de estas élites en la historia cuando se percibe un núcleo de gente provisto de un proyecto político. Hace falta describir lo que es la Gran Política respecto a la “pequeña política”: está es supervivencia, utilización de los recursos legales en beneficio propio durante cada ciclo electoral, carné de partido, poltrona y aceptación de las reglas del juego. La Gran Política es lucha, creación, voluntad, destino. Construcción de ese proyecto. Lucha por un proyecto. Voluntad de unir el propio destino personal a esa tarea. Proyección de ese proyecto en el futuro. Esto sin olvidar, por supuesto, que la “prueba del 9” de toda presunta o real élite, es el choque con la práctica. Dicho de otra manera: élite no es todo aquello que se considera como tal, sino quien demuestra serlo.  

- ¿Sobre qué bases puede asentarse ese proyecto del que hablar?

Eugenio D’Ors decía que todo aquello que no es Tradición es plagio. Hoy se ha perdido cualquier tradición digna de tal nombre, solamente existe una posibilidad de recuperarla: seguir la ruta de nuestras raíces. No es, a fin de cuentas, algo tan complicado. Sabemos que somos europeos, somos herederos de la cultura clásica, pertenecemos a unas naciones que se han forjado a través de la historia. Hemos tenido a una serie de enemigos seculares y de amenazas que han contribuido a forjar más aún nuestra identidad. Y, para colmo, los pueblos europeos se han entrecruzado a lo largo de la historia en tantas ocasiones que sus valores desde Cabo San Vicente hasta Narvik y desde Cabo Norte hasta Creta son extremadamente similares. Recuperar esas raíces, tener claro qué forma parte de nuestro patrimonio y qué aportaciones son halógenas y contradictorias con ese pasado es esencial. Es la sempiterna distinción entre “amigo” y “enemigo” lo que hay que cribar de nuevo. Lo esencial, además, es distinguir entre “tradición” y “modernidad”: Tradición es todo aquello que supone un intento de elevación, un reconocimiento de que el mundo de lo humano no se limita al mundo material, sino que existen valores, objetivos, metas que están más allá y que no se justifican solamente por el mero utilitarismo o lo simplemente material. La existencia de una metafísica (es decir, de una concepción del mundo que esté más allá de lo físico) define la Tradición ante lo que es simple modernidad. El alejamiento de lo espiritual conlleva inevitablemente el sumergirse en lo material y lo material, poco a poco de va reduciendo a lo individual y a lo más próximo que, también es lo más frágil y los más fragmentario, como aquellos minerales a los que se puede ir golpeando y que se parten en fragmentos cada vez menores que reproducen la estructura cristalina originaria.

- Sin embargo, la Gran Política no puede ser un proyecto suspendido en el vacío, en una edad sin tiempo. No podemos evitar ser hijos de nuestro tiempo, hijos de la modernidad.

Es inevitable que la Gran Política deba actuar sobre el trasfondo inquietante de la modernidad y que, a la postre, sea una lucha contra la modernidad… por el futuro. Faye tenía razón cuando apelaba al “arqueo-futurismo” para definir las necesidades de una élite en nuestro tiempo. El “arqueo” era precisamente las raíces, la tradición. Respecto al “futurismo” era un concepto muy diferente de modernidad: la modernidad no es nada más que la resultante de las distintas desviaciones que sufrió el humanismo aparecido en el Renacimiento. Evola en Orientaciones pasa revista en apenas 16 páginas a todas las desviaciones ideológicas que han aparecido a partir de principios del siglo XVII y que nos han llevado a donde estamos. Termina proponiendo un movimiento de retorno a los orígenes en el que la palabra “revolución” encuentra de nuevo su sentido etimológico, “re-volvere”, volver a empezar. Dicho de otra manera: es preciso “reaccionar para revolucionar”, ponerse en pie para retornar a los orígenes. La historia ha sido presentada en ocasiones como un movimiento lineal en perpetuo ascenso desde escalones inferiores y atrasados, a situaciones de mejora progresiva,  superiores y avanzadas. En otras ocasiones se ha representado como un círculo sometido a la ley de ascensos y descensos: la historia es la alternancia de unos períodos de decadencia con otros de esplendor, tras cada momento de esplendor sigue otro de decadencia que preludiará un futuro resurgimiento. Marx contra Spengler, en definitiva. Pero se puede añadir algo a todo esto. La historia es, efectivamente, una sucesión de ciclos, pero estos no pasan siempre por los mismos puntos de referencia. La historia no es un círculo. Es una espiral. Se pasa por situaciones similares, en absoluto idénticas. Por ejemplo, hoy existe una situación de desintegración similar a la que se dio en la Roma de la decadencia… pero mucho más intensa y agravada. Los hitos son similares, lo que varían son las intensidades de los problemas. 

- ¿Así pues la historia es mero automatismo?

La historia no es un mero automatismo tal como la concebía Marx. No camina inevitablemente hacia un destino preconcebido. Los ciclos históricos, sugieren tendencias, marcan hitos, pero en absoluto son ineluctables, ni hay una ley mecánica que obligue inevitablemente a cumplirlos. La historia es lo que son los hombres que la construyen o que la soportan. En lo más oscuro de una época pueden existir hombres que preparen el futuro. Que construyan sigilosamente ese futuro y lo transmitan a sus hijos. Nada tan opaco, duro e irrelevante como un pedernal. Sin embargo, basta un pequeño golpe contra él para que emane chispas, para que prenda fuegos, para que incendie bosques, para que consuma mundos. Las élites nacen en los períodos de decadencia para ser los motores y los guías de la recuperación. Sin élite no hay recuperación. Otra cuestión importante es que existen élites en todos los ámbitos: científico, político, social, religioso, intelectual. Una característica del paradigma mecanicista es precisamente la fragmentación de la unidad en “ramas” cada vez más aisladas unas de otras. En la actualidad, la tendencia de las ciencias más avanzadas precisamente  consiste en superar ese mecanicismo newtoniano y a sustituirlo por concepciones holísticas. Lo que indica que en la negrura del siglo XXI se están preparando las bases para nuevas síntesis y para dejar atrás muchos valores que hoy son paradigmáticos. Queda todavía incólume el “humanismo”, pero también éste entrará en colapso antes o después. Estamos hablando de crear un mundo nuevo, y este nacerá del trabajo y la colusión entre distintas élites. Solamente así, la espiral de la historia podrá dar un nuevo giro creador.

- ¿Es por esto por lo que Ediciones EMInves ha creado una colección de libros políticos? ¿Para contribuir a la recuperación de la “Gran Política”?

Quizás si nuestro punto de partida personal hubiera sido la filosofía, hubiéramos estado más predispuestos a abordar la formación de una “élite” desde ese punto de vista. Para bien o para mal, el área desde la que hemos arrancado es la política y la historia, así pues no puede evitarse que nuestra aportación se desarrolle desde ese terreno. Hay que decir que nos consideramos una pieza más que aspira a colaborar en la formación de una élite y que nos limitamos a ofrecer textos y reflexiones que en nuestra opinión pueden contribuir a la creación de esa élite, particularmente adaptados para un tipo de lectores que proceden de determinados horizontes políticos. Nos interesa también la historia del siglo XX como reflexión y análisis. Vamos cubriendo ciclos. Tantos en formato papel como en e-book. 

- ¿Qué ciclo habéis cubierto este año que termina?

Hemos publicado cuatro obras sobre temas históricos como suplementos de la Revista de Historia del Fascismo: la traducción de Baltikum, homenaje a Dominique Venner, su autor, libro dedicado a los cuerpos francos y al origen del nazismo entre 1919 y 1923. Desde muy joven, Venner formó parte de esta élite ideal en curso de formación y su misma muerte sacrificial ante el altar mayor de Notre Dame de París es quizás el testimonio más dramático y auténtico de que no todos aceptamos el triste destino que la modernidad y sus gestores han diseñado para nosotros. A esta obra siguió, José Antonio y los no-conformistas que examinaba la obra del fundador de Falange desde un punto de vista nuevo. Luego hemos traducido la obra de Paul Sérant Romanticismo Fascista, sobre los intelectuales franceses que adoptaron esta opción. Y en el momento de escribir estas líneas está a punto de aparecer Ramiro Ledesma a contraluz que ofrece una visión inédita de este personaje tan ignorado y maltratado por partidarios y detractores. Con estas cuatro obras creemos que hemos tratado una materia interesante que abarca parte del siglo XX. Interesante especialmente porque fue la única vez, y subrayo lo de única, en que la juventud intentó ser dueña de su propio destino. Si eso fue así –y todo induce a pensar que este es el único rasgo que define al fascismo mundial mucho más que cualquier otro (anticomunismo, crítica a la democracia, cesarismo, unión de lo nacional y lo social, construcción del hombre nuevo, etc), creemos que vale la pena revisar de nuevo su historia, sin apriorismos y con la mente amplia, alejados de filias y fobias. 

- ¿Qué otros textos habéis publicado hasta ahora?

Iniciamos hace dos años la publicación de unos libritos de 150 páginas, a los que llamamos “Cuadernos Básicos” que podemos definir como dedicados al estudio de problema de hoy con enfoques nuevos: hemos publicado un libro sobre lo que es Identidad y sus relaciones con el patriotismo en el siglo XXI (Identidad, patriotismo y arraigo) que ya va por su tercera edición, al que siguió un segundo dedicado a las implicaciones del problema de la inmigración (Conversaciones sobre la inmigración) y un estudio sobre el movimiento del 15-M, Estephan Hessel, y todo lo que estuvo en torno al movimiento de los “indignados. Nos interesa cualquier movimiento de protesta o cualquier síntoma que emane de la sociedad actual. Ya he comentado que uno de nuestros objetivos es precisamente seguir la evolución de la modernidad.

- Y en e-book…

En e-book la producción es mucho más simple, así que tenemos publicada una decena de textos aparecidos en los últimos meses. Uno de ellos es el libro ya agotado Militia, una digresión sobre la tradición guerrera, primera parte de un texto que todavía se está en elaboración. Básicamente, la tesis de la obra es que el modelo humano del guerrero y su mentalidad son el tipo humano más adaptado para hacer frente a las desintegraciones de nuestro tiempo. 

Por otro lado nos ha interesado el tema del patriotismo, de ahí que hayamos publicado un e-book titulado Reflexiones sobre España. A diferencia de la Tradición, el patriotismo es algo que está obligado a evolucionar al paso de la historia y el problema del patriotismo español es que quedó estancado entre el 98 y el primer tercio del siglo XX. Lo que tratamos de se sugerir posibles vías para su “aggiornamento”. 

También hemos publicado un Manual de Lucha Política, edición en e-book de un libro ya agotado y que describe los rudimentos de la acción política. También hemos analizado en profundidad algunos episodios políticos recientes: por ejemplo Mayo del 68 (La revolución de mayo no fue como te la contaton) o el zapaterismo (El pensamiento excéntrico) que es el único análisis doctrinal sobre los orígenes del zapaterismo. 

- En vuestro catálogo hay reproducción en e-book de obras que en otro momento se difundieron bastante…

Si, ahí figuran los dos estudios sobre Marruecos y su enfrentamiento con España (Marruecos en enemigo del Sur y Marruecos la amenaza) de los que hace 10 años se vendieron varios miles de ejemplares. Así mismo, los textos sobre ¿Fumas porros gilipollas? (sobre la banalización del cannabis) y ¿Aún votas merluzo? (sobre la degeneración de la democracia).

- ¿Cuáles son, en definitiva, los denominadores comunes de esta línea editorial?

Por una parte la revisión de la historia, por otra parte, análisis de la actualidad, finalmente, temas doctrinales en tres direcciones: patriotismo, identidad, tradición.

- ¿Qué novedades hay anunciadas para 2014?

Un texto sobre geopolítica que es la ampliación y rectificación de un texto publicado por fragmentos en Internet. Otro sobre la lucha por la identidad. El tercero es un texto sobre esoterismo y política para disipar equívocos, prevenir exageraciones sobre determinados aspectos del tema que frecuentemente son incomprendidos o llevados a límites absurdos: masonería, iluminati, nazismo esotérico, etc. En realidad de lo que se trata es de distinguir entre “conspiración”, “conspiracionismo” y “conspiranoia”, tres términos que hoy son frecuentes de encontrar en el vocabulario común pero que resultad difícil distinguir uno de otro.

© Eminves – eminves@gmail..com

 

En 2014 ¡apretaros los machos!

En 2014 ¡apretaros los machos!

Sabemos perfectamente que no hay mucho espacio para el optimismo en este año que empieza. Quizás valga la pena recordar el mito de la Caja de Pandora. Pandora es la primera mujer que aparece en la mitología clásica, creada por Zeus para acompañar a Prometeo, el dios del Olimpo le regaló una caja. Cuando Pandora la abrió, salieron de ella todos los horrores que pueblan hoy el universo. Habitualmente, se olvida que el mito termina explicando que en el fondo de la caja, cuando esta se vació, quedó todavía la Esperanza. Pues bien, hoy, cuando un hombre razonable ya no puede tener fe en las instituciones, ni en los sistemas, en los partidos, ni en los sindicatos, en las doctrinas y en las promesas de unos y de otros, cuando es perfectamente consciente de que lo que le rodean son ruinas espirituales y materiales, todavía podemos mantener la esperanza en que un mundo nuevo verá la luz, cuando se disipen las tinieblas que hoy ensombrecen nuestros días. Y será una élite la que alumbrará ese mundo nuevo. ¡Que 2014 suponga un paso más adelante en el tránsito entre ese mundo que muere y el que vendrá! 

Carta a un independentista

Carta a un independentista

Vaya por delante que considera el independentismo catalán desde muy joven acaso como la expresión más extrema de la estupidez. Pero vaya también por delante que, más que orgulloso, estoy abochornado de ser español. Pocos países del mundo han estado tan mal gobernados en los últimos años, reflejo de un mal que se viene arrastrando desde hace siglos. Venga al caso decir que ese desgobierno no ha sido solo cosa de “Madrid” (como afirma el independentismo) sino el desastre generado por gentes procedentes de todo el Estado, incluida Cataluña.

La diferencia que hay entre el actual momento histórico y cualquier otro anterior es que, en otro tiempo había espacio para la esperanza de que un movimiento de regeneración nacional pusiera en pie a este país. Hoy esa esperanza ya se ha disipado. No veo “fuerzas sanas” en todo el Estado Español capaces de abordar una tarea de reconstrucción. Y en lo que se refiere a Cataluña, tampoco veo una clase política dirigente, digna de tal nombre, con inteligencia, decisión, lucidez, envergadura y capacidad para liderar un proceso independentista.

Entre un Artur Mas que no pasa de ser una especie de reverendo Jim Jones capaz de envenenar con sus ambigüedades, su aventurerismo y su irresponsabilidad a toda una comunidad, hasta esas malas copias de Herri Batasuna (CUP), pasando por los sandías integrales (“rositas por dentro, verdes por fuera”) de ICV y, por supuesto, por una ERC digna heredera de Luís Companys en su primitivismo y en su rústica simplicidad, el independentismo catalán da miedo, no da miedo por lo que es (una mala broma de la historia, un chiste, la caricatura de un movimiento nacional de liberación), ni siquiera por lo que puede llegar a ser (una nulidad histórica cuyos representantes son de una lacerante mediocridad, exponente de la mediocridad general que hoy domina entre la clase política española).

Lo que da miedo no es el independentismo catalán sino el gobierno central. Todos sabemos cómo acabará esta crisis: con una negociación entre Mas y Rajoy, unos euracos regalados y la seguridad de que ningún dirigente de CiU entrará en la cárcel por delito de corrupción. A la incapacidad del independentismo catalán corresponde la nulidad y la bajeza del gobierno central. Dicho de otra manera: el gobierno del Estado es poco menos que nada, el independentismo catalán es el cero absoluto.

No importa quien se siente en La Moncloa, un socialista o un conservador, todos ellos, en los últimos 35 años han demostrado no servir para más que para constituir una casta política miserable y depravada, amparada y  justificada de la por el texto constitucional, del que la clase política catalana ha sido otro de sus máximos beneficiarios.

El electorado español ha tragado carros y carretas votando ininterrumpidamente a esta clique provista de una rapacidad propia de reyezuelos tribales africanos. Y el electorado catalán ha hecho justamente lo mismo. Desde el Caso Banca Catalana el nacionalismo catalán ha estado deslegitimado para hablar de honestidad y de cualquier otro valor que no sea los de la piratería o los propios del salteador de caminos. Tras las manifestaciones contra la LOAPA lo que se escondía era una dribling a la justicia, el primero en el que Pujol presentaba lo que era una investigación sobre su gestión al frente de la entidad como un “ataque a Cataluña”.

Porque el nacionalismo catalán no es más que eso: el blindaje del que se han provisto las 200 familias que desde hace dos siglos consideran el territorio catalán como propiedad exclusiva con privilegio para hacer y deshacer a su antojo. ¿O es que ignoras que el nacionalismo es un invento de la alta burguesía para justificar su dominio económico con razones emotivas y sentimentales aptas sólo para tontorrones? Por que, en efecto, es de tontos de los que hay que hablar: esto se creen los argumentos; los listos se llevan los beneficios. Tú, independentista, tú figuras entre los muy tontos.

Cuando a Oriol Junqueras se le ha preguntado qué le parecía andar de la mano de un partido como CiU, carcomido por la corrupción, todo lo que has sido capaz de argumentar es “primero independencia, luego ya nos ocuparemos de eso”. Nada diferente a lo que argumentaba Carod-Rovira hace diez años a los empresarios catalanes alarmados por la discusión sobre el “Nou Estatut” que ocupó la friolera de los siete años de gobierno “tripartito” en Cataluña: “¿Qué ocurrirá después de la independencia?” le preguntaron: “A nosotros solamente nos importa la independencia”, contestó. Que era como decir, una vez conseguida la meta, poco importa que esté instalada en el precipicio.

Tú, independentista, no ignoras, pero prefieres no recordar, que la actual ofensiva soberanista se ha producido solamente por la inyección de fondos públicos que Artur Mas realizó en los medios independentistas inmediatamente llegó a la Plaza de San Jaime. Antes, apenas había independentismo, porque nadie con dos dedos de frente podía apostar por unos insolventes políticos como son vuestros movimientos.

Fue Artur Mas quien revitalizó a ese ambiente agónico con la esperanza de poder utilizarlo como moneda de cambio en su primera negociación por Rajoy: más techo autonómico a cambio de desactivar el independentismo. Algo así como entrar diciendo: “Si no me concedes lo que pido, tendrás que negociar con estos que son primitivos, tontorrones y no se avienen a razones”, para terminar en un “dame euros y no me preguntes en qué los gasto y sobre todo no se te ocurra procesar a ningún vástago de las 200 familias”. La novedad después del 11-S de 2011 fue que “Madrid” ya no tenía dinero; España no era ni siquiera dueña de su soberanía económica; en lo peor de la crisis de la deuda pública, el gobierno estaba sometido a fiscalización por parte de la Unión Europea y no había forma de acceder a las exigencias de Mas.

Y Artur Mas se encontró, desde entonces, con la imposibilidad de desmontar el independentismo que él mismo había creado. Poco a poco, dada su baja estatura política y la necesidad que tenía del apoyo de ERC para seguir gobernando, dejó de controlar el independentismo para ser cada vez más controlado por él. Este fenómeno supone una mutación histórica: y tú, independentista, la has logrado; puedes estar satisfecho porque va a ser tu único y pírrico logro.

Por primera vez, el nacionalismo catalán ya no está bajo el control de la alta burguesía barcelonesa de la que Mas es apenas un “valido”. Eres tú quien controla la maquinaria, pero no por tu capacidad, sino porque Artur Mas es un auténtico pigmeo político. Tanto tú, independentista, como Mas, pensáis que, al final, os llevaréis el gato al agua y que conseguiréis ser hegemónicos, tú en una Cataluña independiente formalmente y Mas… en cualquier escenario en el que salga beneficiado.

Dicho de otra manera, lo único que impide que os matéis a navajazos, como, por otra parte, siempre habéis hecho (entre distintas facciones nacionalistas, entre nacionalistas e independentistas, entre independentistas moderados honestos, moderados desaprensivos, radicales, ultra-radicales, radicales éste o aquel pueblo, etc.), es que cada uno de vosotros cree que, finalmente, saldrá beneficiado y que cada cual tiene algún as en la manga que podrá utilizar contra el otro. En realidad, todos vais de farol y, antes o después, chocaréis con la realidad.

¿Y cuál es la realidad? Te la voy a resumir:

La realidad es que habéis inventado una bandera sin tradición y sin raíces, a la que es imposible tener respeto. Habéis colgado esos trapos de mala calidad fabricados en China, descoloridos a los pocos días, deshilachados sin heroísmo ni grandeza a las pocas semanas, rotos por el tiempo en pocos meses. ¿Cuántos habéis tenidos que sustituir ya tres e incluso cinco veces desde el 11-S de 2012 esos trapos? De momento, los únicos que se han beneficiado con vuestra estupidez son los chinos.

Además, esa pobre exhibición de banderas indica perfectamente cuántos sois. Y sois pocos, muchos menos de los que os creéis y muchos menos de los que dicen los medios de comunicación catalanes amamantados por la Generalitat.

Una bandera de mala calidad, fabricada con productos de mala calidad, para un proyecto de malísima calidad, improvisado y fabricado sobre una Cataluña que nunca ha existido: porque Cataluña nunca en su historia ha sido independiente, ni nunca en su historia ha sido “nación”.

La entidad que vosotros conocéis como “Cataluña”, como máximo estuvo compuesta por una serie de condados feudatarios del Imperio Carolingio o de la Corona de Aragón, nunca constituyeron una entidad unitaria.

El término nación es relativamente reciente, procede de finales del siglo XVIII cuando los reinos se transformaron en naciones. Y esa “federación catalano-aragonesa” de la que tanto os gusta hablar jamás existió más que en vuestras mentes.

Por lo demás, las naciones son el resultado de procesos históricos, no de la “voluntad popular” de una generación concreta en un momento dado de la historia expresada mediante referendo. Ninguna nación se ha creado así.

En 1978, vuestros dirigentes proclamaron que Cataluña era una “nacionalidad”, algo que se podía asumir a condición de ponerse de acuerdo en los contenidos de ese término. Con la excusa de la “descentralización” (en aquel momento necesaria), se introdujo el término “nacionalidad” en el texto constitucional y pretextando el respeto a las “nacionalidades históricas” (confundiendo la Historia con mayúsculas, de la pobre, triste y esperpéntica historia de la Segunda República Española), se restablecieron las tres autonomías de Cataluña, País Vasco y Galicia.

Luego vino el “café para todos” de Suárez y surgió ese engendro inviable, apto sólo para consumo de las castas políticas regionales, que devora en tiempos de crisis al Estado del Bienestar y que se dio pomposamente en llamar “Estado de las autonomías”.

Ya por entonces, era evidente que el nacionalismo que había participado en la elaboración del texto constitucional había deslizado esos pequeños detalles que luego se convertirían en esenciales: confundir “nacionalidad” con “nación”. Así pues, donde el texto constitucional y los estatutos de autonomía decían “nacionalidad”, los nacionalistas entendían “nación”. Y el destino de toda Nación es la independencia de cualquier otro poder. Así pues, era evidente que la siguiente vuelta de tuerca sería la independencia. Estamos ahora en ese punto.

No olvidéis que Cataluña ha estado dirigida en los últimos 35 años por el nacionalismo y no por el hecho de que el nacionalismo haya sido mayoritario en Cataluña, ni porque el sentimiento catalanista esté generalizado, sino por circunstancias muy concretas:

1) La posición histórica del PSC, partido dirigido por una camarilla nacida de la alta burguesía catalana nacionalista y cuyas bases mayoritariamente procedían de la inmigración de otras partes del Estado Español. Mirad el mapa lingüístico de Cataluña y lo comprobaréis.

2) Cuando Cataluña estaba harta de nacionalismo, corruptelas, políticas mediocres y presión lingüística, en 2003, y el PSC obtuvo la mayoría (si no la había obtenido antes fue precisamente porque el nacional-catalanismo que proclamaba, casaba mal con su electorado de origen español y castellanoparlante) tuvo que apoyarse en ERC e ICV en una coalición inexplicable, con un Maragall con salud y claridad mental ya muy deterioradas que no fue más que un títere en manos de Carod-Rovira.

3) No hubiera ocurrido nada, de no ser por el marasmo que supuso el 11-M y el vuelco electoral que llevó a un personaje nefasto, absurdo y hueco como José Luis Rodríguez Zapatero al gobierno de la Nación. Zapatero no creía en las fronteras y por lo tanto no le importaba que se crearan fronteras interiores, así que accedió a todas las propuestas de un siempre errático Maragall que no eran otras que las sugerencias de Carod.

4) En ese tiempo fue cuando la idea de que Cataluña era una “nación” pasó a ser indiscutible y cuando se aprobó, sin que existiera la más mínima demanda social, el “Nou Estatut” que, no solamente paralizó durante 7 importantes años la política catalana, sino que, además, como era previsible, embarrancó en el Tribunal Constitucional.

5) Luego vino la crisis, se evidenciaron las consecuencias más nefastas de la globalización y ahora Cataluña no es más que una de las zonas más deprimidas del Estado, rivalizando con Andalucía –esa Andalucía de la que el nacionalismo siempre se ha presentado como antagónica– en los puestos de cabeza en corrupción, paro juvenil, inmigración, desertización industrial y en la cola de la educación.

Tal ha sido la génesis indiscutible de la situación a la que hemos llegado. Ahora el problema es que no hay dinero suficiente para satisfacer las ambiciones de todas las castas políticas situadas en los distintos escalones administrativos del Estado y que están ahí, no para servir a la democracia, ni al pueblo, sino para medrar.

No es que “España” robe a Cataluña. Es que la clase política catalana, la clase política española, ROBAN al ciudadano. Vuestra mezquindad a la hora de confundir “España” con “clase política” es tan repugnante que no os extrañe que algunos os percibamos como la peor sífilis de esta Nación ex aequo con la partidocracia en que entran vuestros dirigentes con tanto derecho como los de Andalucía, Madrid o Ceuta.

Vuestras banderas indican donde estáis. No es una amenaza –¿quién quisiera amenazar a algo que es de por sí esperpéntico, risible y cuya caída se producirá por el mero paso de las semanas y los días? –, es simplemente la constatación de que sois pocos y de que ni siquiera sois los mejores y, en muchas ocasiones, indica simplemente que algunos de vosotros, no os habéis dado cuenta, pero estáis sitiados. Sí, sitiados.

Recuerdo como en barrios magrebíes de la costa catalana, verdaderas bolsas de inmigración inintegrable, como en algún balcón aparece una bandera “estelada” que recuerda más al Fort Apache sitiado por los indios que a una proclama independentista. Casi indica un SOS “Estoy aquí, hacer algo por favor. Salvadme que se me van a comer”. Porque os voy a explicar cuál es vuestro verdadero problema. Y no es España…

Vuestro problema es que tenéis sobre vuestro suelo a millón y medio de inmigrantes. Diréis que no, que son menos, que no son tantos y que todos hablan catalán. Es falso. ¿Creéis que en el Raval un inmigrante tiene que hablar catalán para hacerse entender? Es más bien un catalán el que tendría que hablar árabe para hacerse entender. El nacionalismo catalán está sobre todo presente en dos zonas: Barcelona y algunas áreas rurales. Minoritario en cinturón industrial, ignora lo que se cuece socialmente en esas zonas. Algunos de vosotros creéis que el independentismo y el nacionalismo es algo tan excelso que podrá realizar lo que no se ha hecho en lugar alguno de Europa: integrar a la inmigración islámica en un proyecto nacional europeo. Imposible. Y se os comerán.

Carod Rovira solía hablar en términos muy elogios del “Islam catalán”, satisfaciéndose de su existencia, demostrando con ello su absoluta ignorancia de lo que es el Islam. ¿Creéis que un solo islamista, por mucha inmersión lingüística con la que le presionéis va a cambiar el árabe, lengua sagrada en la que está escrito el Corán, por el catalán? ¿Creéis que al Islam le interesa vuestra nacióncilla pequeñita y redondita ante la Umma que tiene carácter universal, expansivo y mesiánico?  El islam es el sector mayoritario entre la inmigración en Cataluña. Son vuestros jefes quienes así lo quisieron en los años 90. Fueron ellos los que trajeron a magrebíes, pakistaníes y africanos islamistas para evitar que los inmigrantes latinos desequilibraran el mapa lingüístico catalán todavía más en beneficio del castellano.

Estáis obsesionados con la lengua –quizás porque es el único elemento auténtico del nacionalismo catalán y todo lo demás es una acumulación de falsificaciones, temas elaborados hace cien años y presentados como “tradicionales”– y os basta que un magrebí diga “Bona tarda” para que veáis en él a un “catalán de soca i arrels”. Se os comerán como la clase obrera española estuvo a punto de comerse a la burguesía catalana en 1909, salvada in extremis por la intervención del ejército español en la Semana Trágica. Ahora ya no hay textil en Cataluña, y la clase obrera es una especie en vías de extinción. Los nuevos “proletarios” son los inmigrantes, pero así como los emigrantes del resto del Estado eran muy parecidos a los nacidos en Cataluña y existía entre unos y otros una evidente contigüidad, con los nuevos inmigrantes llegados, en cambio, lo que existe es una brecha antropológica, cultural y religiosa que todavía no has advertido a pesar de que la tienes brutalmente ante tí.

Ellos son más fuerte que tú: proceden de pueblos jóvenes con unas tasas de natalidad a las que tu gente ni se aproxima. Incluso aunque nada cambiara en Cataluña y esta siguiera formando parte del Estado Español, Cataluña tendría un problema: las tasas de natalidad de los inmigrantes no pueden competir con las del grupo étnico catalán que figura entre las más bajas del mundo, sino es la más baja. En 20 ó 30 años estaréis en minoría y ni vosotros, ni el Estado Central ha previsto las tensiones que a partir de entonces se pueden desarrollar. Tensiones que van a ser muy difíciles de soportar por el Estado Español, pero que serían imposibles para una Cataluña independiente.

Tiene gracia que en algunas de las zonas con más arraigo independentista –Arenys de Munt, por ejemplo o Vic– coincidan con zonas de más presencia inmigrante. Vuestros jefes han alardeado de querer integrar a la inmigración en su proyecto independentista: créeme, os arrasarán, y no creo ni por un momento que los Mossos d’Esquadra estén en condiciones y con coraje de afrontar las revueltas étnicas que se aproximan. ¿Me entiendes ahora cuando te decía que en algunas zonas vuestras banderas independentistas aisladas colgadas en los balcones en barrios de fuerte presencia islámica suenan más a SOS que a proclama soberanista?

Hagamos un análisis de clase, de esos a los que eran tan aficionados los marxistas. El nacionalismo nunca ha sido una emanación de la “conciencia nacional de Cataluña”, ni de país alguno, sino la expresión de la voluntad de su alta burguesía para que la independencia mejore sus negocios y estabilice ad infinitum su hegemonía de clase. Esa alta burguesía, para justificar lo que no es más que mero interés económico, encarga la creación de una superestructura emotiva y sentimental con la que realzar y acompañar sus aspiraciones nacionalistas. Todo eso fue hecho en el último tercio del siglo XIX.

Pero en los últimos años se ha generado un problema.

La alta burguesía ya no tiene al territorio catalán como escenario preferencial para sus inversiones. Cataluña no ofrece los buenos y fáciles beneficios de otro tiempo. La globalización ha matado a las naciones y mucho más a quienes se creían naciones cuando apenas sólo eran nacionalidades. Esa burguesía a la que se le llena la boca hablando de “Nació”, de “Catalans, Catalunya” y demás, ha desplazado sus inversiones y negocios a Iberoamérica, al norte de África, a cualquier otro escenario… salvo a “su Catalunya”. Por supuesto, algunas sedes sociales de sus empresas están en paraísos fiscales, empezando por el más próximo, Andorra. ¿Creéis que la existencia de una “hacienda catalana” hará que retornen todos esos capitales? En absoluto: lo que servirá es para crujirte a ti, pobre incauto, nuevamente con la excusa emotiva de que “hay que pagar la independencia”… y la pagarás tú.

Por supuesto la capacidad económica de la Generalitat sigue siendo atrayente y sirve para crear una estructura clientelar y para que los hijos de esa alta burguesía hagan negocios a la sombra de la institución, también para alimentar a una corte de segundones que precisan de ingresos aceptables que solamente pueden obtenerse en las inmediaciones del poder.

Pero hay otra novedad. El actual proceso independentista demuestra que esa alta burguesía de la que Artur Mas es delegado y detenta su representación, no constituye la fuerza hegemónica ni la que mantiene la iniciativa dentro del nacionalismo. A partir del 11-S de 2012 y de la inyección de fondos que Mas orientó hacia el independentismo, otros sectores del nacionalismo están empujando, de tal manera que Mas ya no está hoy donde quisiera estar, sino donde ERC, ICV y CUP se están arrastrando. Independentistas radicales, ecologistas-rosados y émulos de Herri Batasuna. Ellos arrastran. Mas avanza, no por sí mismo, sino porque le empujan. Es el resultado de ser un enano político.

La alta burguesía catalana está hoy confundida. Por primera vez, otras fuerzas nacionalistas pueden cuestionar su hegemonía y alterar el equilibrio de fuerzas de manera brusca y extemporánea. Ahora viene el tiempo del crujir de dientes, de las traiciones, de los “políticos prestigiosos” que defraudan a sus electores, de las peleas entre fracciones, de los arreglos bajo cuerda por unos euracos de mas o de menos, de los golpes bajos entre fracciones nacionalistas, de la decepción…

Hoy todo el problema es quien traicionará a quién antes y quién se quedará con la parte más grande del pastel. Estamos en la antesala de cambios históricos en Cataluña y de que el independentismo muestre lo que es. Porque el nacionalismo y el independentismo solamente prosperan en territorios amables, nunca en la clandestinidad, en la lucha o ante cualquier pequeña dificultad. La negociación, el cambalache y la componenda es el territorio en el que mejor se mueve el nacionalismo moderado. Y Mas negociará y os traicionará. Que luego se hunda o no es harina de otro costal. Ya hoy parece un personaje político acabado y de pocos vuelos. Él cree que siempre, estando en medio, podrá decidir acostarse con quien le ofrezca más garantías. Se equivoca, naturalmente: quien le ofrecerá más garantías, indudablemente será el Estado Español (y habrá que ver hasta que punto Rajoy acepta negociar ofreciendo una salida airosa al embrollo en el que se ha metido Mas).

Por lo demás, la historia del independentismo catalán es la historia de fracciones, peleas de corral, divisiones indecibles, personajillos con ideas propias, escisiones y traiciones. No creáis que ese tiempo ha concluido. Estáis en él y os falta conocer lo más duro: el acuerdo final entre Mas y Rajoy. Alguna competencia cambiará de manos, unos cientos de millones harán el tránsito digital de Madrid a Barcelona y acabarán en bolsillos del entorno del poder… y poco más. Esta historia va a ser tan triste como la del Plan Ibarreche: cinco años paralizando la tarea de gobierno para ser liquidado en una tarde parlamentaria.

Cuando quede claro que el Estado considera el referendo como ilegal y prohíba la convocatoria, Mas se plegará escenificando su descontento, el CUP llamará a la insurrección y ERC declarará algo parecido a la revuelta cívica… excusas que Mas utilizará para “romper el consenso independentista”. Que luego CiU perderá votos, que ERC, muy en su tradición, los ganará para volver a perderlos en las siguientes elecciones, que el CUP vivirá de los detritus que se irán desprendiendo de ERC sin pasar de la etapa de incipiente émulo de HB, es la evolución más posible que vivirá Cataluña en los próximos años. 

Pero todo esto dejará secuelas. Y serán duraderas. El independentismo tendrá la amargura de saberse incapaz y de haber sido traicionado desde dentro. En realidad, mientras la fetidez ideológica del nacionalismo no desaparezca completamente seguirá retroalimentándose del odio que él mismo suscita contra “España”.

Cataluña será “grand i plena” el día que el nacionalismo, en lugar de atribuir el origen de todos sus males a fuera de Cataluña, reconozca que su alta burguesía no está exenta de responsabilidades, que la Generalitat ha constituido un fracaso histórico y no ha servido para mejorar en absoluto la vida de los catalanes y que cualquier otra gestión que se hubiera realizado utilizando los mismos fondos hubiera obtenido, como mínimo, los mismos resultados.

El independentismo no habrá servido absolutamente para nada más que para generar una nueva tormenta en un vaso de agua. Solamente una cosa sería deseable: que la crisis que ha generado sirviera para reconocer que el texto constitucional está caducado. En realidad, nunca ha servido para gran cosa, pero hoy ya no sirve para nada. Que todo un pueblo, toda España, entienda que es preciso un nuevo enfoque y que ese no puede ser una prolongación de los actuales errores y mitos: la partidocracia, la corrupción, el Estado de las Autonomías, la globalización, etc.

¿Y cuál va a ser tu futuro? La amargura de haber creído en un proyecto imposible, de tener una nación de “todo a 100” como tus banderas esteladas, la sensación de estar dirigido por cretinos, oportunistas y sin escrúpulos. No te creas, es una sensación similar a la que tengo yo. Ya te he dicho que más que “orgulloso de ser español”, estoy abochornado de serlo. No encuentro en ninguno de los rasgos de mi país, nada, absolutamente nada que me haga sentir orgulloso de pertenecer a una nación digna.

Esta Nación, España, dotada de una clase política miserable, con una constitución ineficiente, con unas estructuras educativas quebradas, en manos de privatizadores profesionales de centro-derecha o centro-izquierda, comisionistas de la política, travestidos ideológicos, inútiles amparados en la cerrilidad del electorado, con una población que ha perdido la noción de pueblo y que solamente se siente “patriota” cuando gana la selección de fútbol, pero que permanece apática, abúlica, volcada a lo individual, ajeno a cualquier cosa que sea una tarea nacional, esta Nación no es el escenario más adecuado para sentirse orgulloso de nada. Quizás ahora entiendas a lo que se refería José Antonio cuando hablaba del “patriotismo crítico”.

Cada uno tiene su drama. Yo también tengo el mío. No tengo patria, porque lo que actualmente es España apenas es una mezcla de impotencias, corruptelas, caos, desorganización, en manos de comisionistas, banqueros psicópatas y arribistas de todos los pelajes. Ni tú, ni yo tenemos “patria”. La única diferencia es que tu nación nunca ha existido y España es el resultado de un proceso histórico.

El año 2014 va a ser triste para ti, pobre independentista, se van a desvanecer muchos de tus sueños y todas tus fantasías de independencia. Quizás así aprendas a mirar de frente la realidad y a despojarte de toda la carga de emotividad y sentimentalismo que te han insuflado para que olvides la triste realidad de la Cataluña moderna, que no es más que el reflejo de la triste realidad de España e incluso, la realidad de una Europa que no es competitiva ante la globalización y que solamente lo sería si se declarara “territorio libre” de la globalización y del neocapitalismo.

Es curioso: tú, independentista, vas en dirección contraria a las necesidades históricas actuales. Tiendes a fraccionar, cuando de lo que se trataría es de constituir un bloque sólido para afrontar la globalización. ¿Y todavía te extraña que en el primer párrafo de esta carta abierta te declarara mi desprecio y te considerara como lo más tonto que ha parido madre?

Cómete feliz el turrón que en 2014 te vas a comer muchas cosas más que te gustarán menos.

Ernesto Milá

© Ernesto Milá – infokrisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com

 

 

 

 

 

 

 

RHF nº XXVII - Sumario

RHF nº XXVII - Sumario

Acaba de aparecer el nº XXVII de la Revista de Historia del Fascismo correspondiente al mes de diciembre de 2013 que engloba los siguientes temas:

SUMARIO

Antisemitismo

El antisemitismo español en el siglo XX. Casi una sombra

A diferencia del antisemitismo francés de principios del siglo XX cuyo carácter “popular” era innegable, el español en la misma época no dejaba de ser un apéndice del antisemitismo religioso que, desde tiempo inmemorial aparecía en los contornos de la Iglesia Católica. A lo largo del siglo, tal antisemitismo se fue agotando hasta desaparecer prácticamente durante la transición. El período franquista no contribuyó a que se recrudeciera ese fenómeno que a partir de los años 50 ya estaba casi completamente erradicado, salvo distintas y curiosas manifestaciones. En este artículo, después de una breve introducción para tratar de encuadrar al antisemitismo en nuestra historia y darle una morfología, intentaremos reconstruir sus senderos a lo largo del siglo XX.

Fascismos Europeos

Bucard y el francismo. Los “únicos verdaderosfascistas franceses”

Tras el breve intento de Georges Valois de crear un movimiento fascista en Francia y del todavía más episódico intento de PhilipeLamour y de sus Faisceaud’ActionRevolutionnaire, con Marcel Bucard y su Partido Francista llegamos al único proyecto político que logró cristalizar en Francia declarando explícitamente su voluntad de convertirse en la variante francesa del fascismo italiano. Desde su fundación el 29 de septiembre de 1933 hasta el 18 de junio de 1936, fecha en que fue disuelto por las autoridades del Frente Popular, el Francismo, intentó vanamente convertirse en un movimiento de masas. Este estudio abarca este período, dejando para más adelante, el período que se prolonga desde el 2 de mayo de 1941 cuando las autoridades de ocupación autorizan la reorganización del Francismo hasta el 1 de marzo de 1946, cuando Marcel Bucard resulta fusilado.

Neofascismo

Memorias de Stefano delleChiaie. Emtre Chile y Argentina

Una nueva entrega de L’Aquila é ilCondor, escrito por el fundador y líder de AvanguardiaNazionale en la que prosigue la narración de lo ocurrido después de que se viera obligado a abandonar España en diciembre de 1976. En este y en el próximo capítulo, el autor relata sus relaciones en Iberoamérica, especialmente en Argentina, Chile y Bolivia., realizando algunos flashes sobre la situación que en aquellos mismos momentos se estaba dando en Italia. Elautor tiene la virtud de resumir en unas pocas páginas unas peripecias extremadamente densas en experiencias y aventuras.

De otra fuente

EL PROYECTO CONTINENTAL DEL III REICH

La réplica de Hitler al proyecto Churchill-Roosevelt

El presente artículo fue escrito en 1998 para la Revista de Estudios Políticos y supone un interesante estudio sobre el proyecto que el III Reich auguraba para Europa y que en buena medida fue una respuesta a la Carta del Atlántico elaborada por el premier británico Winston Churchill y el presidente norteamericano Franklin Roosevelt. Así concibieron los estrategas del Ministerio de Asuntos Exteriores el Nuevo Orden Europeo que debía construirse una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial: una Europa con hegemonía alemana... en lugar de eso hubo en los siguientes cuarenta años, a partir de 1945, una Europa dividida y sometida a una hegemonía no Europea...

Entrevista

Entrevista al director de la Revista de Historia del Fascismo

Las razones de un proyecto

Este es el número XXVII de la Revista de Historia del Fascismo con el que se coronan tres años de esfuerzos. Editada durante treinta y seis meses y con una aparición que ha logrado ser mensual, se trata de un proyecto personal de Ernesto Milá que puede suscitar algunas dudas. Esperamos que estas preguntas y respuestas contribuyan a aclarar la función, los objetivos y las intenciones de dicho proyecto.

Características técnicas:

215 páginas

15 x 21 cm

Portada cuatricomía color plastificada

Precio venta público: 18,00 euros

Contacto: eminves@gmail.com