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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

Análisis geopolítico de España (IV)

Análisis geopolítico de España (IV)

Redacción.- El estudio sobre los núcleos originarios de la Reconquista, sobre las cuencas fluviales, sobre los núcleos geo-históricos y sobre el ecumene estatal, nos han aportado elementos para entender el por qué existe hoy una tendencia a la disgregación que anteriormente, en otros momentos de nuestra historia, también se había manifestado. La tendencia hacia la convergencia de los pueblos peninsulares también se ha evidenciado en otros momentos de la historia y es posible encontrar en tiempos pasados momentos y elementos geopolíticos que justifican precisamente, la tendencia hacia la unidad. En esta aportación vamos a intentar fijar un poco más estas tendencias, sus motivaciones y sus desembocaduras posibles.

España está incluida en una península de tamaño medio y que, como tal, ha favorecido la formación de una sola nación-Estado. La situación de España, rodeada de mar por todas partes, de la misma forma que ha generado dos cuencas fluviales, dos horizontes marítimos distintos, es también, precisamente por eso, el elemento central del proceso de convergencia de sus pueblos. La frontera francesa, perfectamente definida por los Pirineos y las fronteras marítimas, hacen de España un país perfectamente definido.

ESPAÑA Y PORTUGAL. LA CUESTION DEL FEDERALISMO

Las fronteras con Portugal en rigor, podría decirse que son “fronteras atenuadas” y que la historia de ambos países ha sido paralela en los últimos siglos y caracterizada a partir del último tercio del siglo XX casi por una superposición, incluso temporal, de episodios históricos (pérdida de las posesiones ultramarinas, caída del salazarismo y del franquismo con dos años de diferencia, implantación de un sistema democrático que en sus primeros años demostró una increíble inestabilidad, alternancia posterior sin grandes traumas de distintas opciones políticas, ingreso en la Unión Europea), con un desarrollo económico similar y una sociología muy próxima.

Por otra parte, las tradicionales relaciones de buena vecindad, la proximidad lingüística y cultural, los lazos que unen a ambos países con Iberoamérica, hacen que, la frontera entre ambos países haya sido preservada por la historia y el carácter atlántico de Portugal, por obvias razones, no tenga la contrapartida que tiene España, de la salida a otro mar.
En este sentido lo único que queda lamentar en este análisis es que hayamos recibido como legado una separación histórica entre ambos países en lugar de una sola nación. De haber existido ésta, muy probablemente, el destino histórico del conjunto hubiera sido muy diferente y la Península Ibérica hubiera jugado un papel superior en la historia.

Por otra parte, no hay que olvidar que una unidad de este tipo habría necesariamente dado lugar a una estructura federal que se hubiera adaptado históricamente más a una configuración geopolítica como la española. En efecto, todos los tratadistas de geopolítica (en especial la escuela alemana) insisten en este hecho: cuando la configuración hidrográfica de un país es una “red centrífuga”, genera un núcleo central a partir del cual irradia el poder estatal (Francia, como hemos dicho, dispone de esta configuración), pero cuando se trata de una “red paralela”, se establecen intereses económicos semejantes, que facilitan el tránsito a un Estado Federal (Alemania es el caso típico de un país de estas características).

Ahora bien, la formación de los Estados federales se fraguó a lo largo del siglo XIX, probablemente el siglo más desgraciado en la historia de España, un siglo completamente perdido en la que no se abordaron las reformas y procesos de actualización necesarios. Desgraciadamente, el siglo XIX español no fue otra cosa que la copia servil de modelos nacionales ajenos, la aplicación de un jacobinismo llegado de Francia y que no se adaptaba a la configuración geopolítica de España. La actualización de los fueros tradicionales de todas las regiones y nacionalidades peninsulares, hubiera debido llegar en el siglo XIX, automáticamente, a una estructura federal que sustituyera al régimen centralizador y nivelador, contrario a las autonomía regionales, impuesto por los primeros borbones y extremizado por los intentos republicanos y liberales posteriores, así como por el absolutismo que le fue opuesto.

En la actualidad, el tránsito de un Estado Unitario atenuado por la legislación autonómica y por una constitución en reelaboración, a un Estado Federal, es problemático. Habitualmente, los Estados Federales se generan como resultado de un proceso de modernización y actualización de un legado histórico (la República Federal Alemana) o bien como resultado de un proceso unitario en el cual se van incorporando progresivamente nuevas piezas a un núcleo (el proceso de formación de los Estados Unidos). Sin embargo, la historia todavía no ha registrado hasta ahora el caso de un Estado Unitario que se fragmente para luego, acto seguido, reconstruir la unidad originaria mediante una estructura federal. En este sentido, todos los intentos relativamente parecidos a los que hemos asistido (el desmembramiento de la URSS y la posterior constitución de la CEI) no pueden ser considerados como satisfactorios, sino que, más bien alertan, sobre los riesgos de una aventura similar.

Por otra parte, cualquier modelo de convivencia nacional precisa tener muy claro la misión y el destino para el que ha sido creado. En este sentido, la existencia de partidos nacionalistas e independentistas, vuelve la situación completamente inestable. La miopía de los partidos independentistas es tal que no pueden ver nada más allá del hecho mismo de culminación del proceso independentistas sin preocuparse en absoluto de la viabilidad de la nueva nación recién formada. Esto sin recordar las interpretaciones históricas torticeras o el simple falseamiento y adulteración, la selección interesada de los hechos históricos y las posibilidades de “limpieza étnico-lingüística” inherentes a cualquier intento nacionalista.

El tránsito de España de Estado Unitario a Estado Autonómico, ha sido relativamente agitado (tensiones terroristas en el País Vasco, un régimen de erradicación de la lengua española en las administraciones locales y en la enseñanza y un perpetuo forcejeo con el Estado aumentando las pretensiones autonómicas) y el paso que se percibe en el horizonte hacia un Estado Federal con la reforma constitucional en ciernes, hace que se proyecten sobre el futuro de España oscuros nubarrones.

LA EURO-REGION DE MARAGALL

Es en este contexto en el que hay que insertar el intento del presidente de la Generalitat de Catalunya Pascual Maragall de crear una región transpirenaica o euroregión que agrupara a las autonomías de Valencia, Catalunya, Aragón, Baleares en España y al suroeste francés. Sobre el papel, la propuesta no es completamente absurda y Maragall, a principios de diciembre de 2004 ha intentado activarla creando un Centro Tecnológico Aeroespacial en Viladecans. La aspiración de este centro es la creación de un eje tecnológico Barcelona-Toulouse que contribuya a dar un impulso a la cooperación entre ambas capitales regionales.

Pero Maragall se equivoca pensando que este proyecto tiene una lúcida proyección geopolítica. De hecho, el principal argumento para justificar su existencia, es que buena parte de los intercambios comerciales de Catalunya tienen lugar con esa región francesa… como es normal y como ocurre entre dos ámbitos de cualquier espacio fronterizo. En las relaciones económicas internacionales rige el principio de la contigüidad (los intercambios comerciales son más intensos entre espacios geográficamente contiguas incluso en estos tiempos de globalización) y esa contigüidad se realiza sin esfuerzo, por la misma dinámica de los hechos.

Maragall, en el fondo, lo que intenta es otra cosa: disminuir el peso del Estado Francés y del Estado Español en sus ámbitos políticos actuales, mediante la creación de una tercera pieza intermedia, el famoso “Estado encabalgado” que ya fracasó con Pedro El Grande en la batalla de Muret… precisamente por imperativos geopolíticos y no sólo por la fuerza de las armas.

Las posibilidades de la “euro-región” de llegar a algo tangible son mínimas: el desinterés del País Valenciá, la debilidad política Baleares, la sensación de que la Comunidad Autónoma de Aragón va a remolque sin considerar el proyecto como algo propio sino sólo como una posibilidad de superar su regresión demográfica y la apatía con la que se ha tomado en Francia en donde las regiones tienen muchas menos atribuciones que en España, hacen que este proyecto no pase de ser una “maragallada” que se disolverá por la misma fuerza de las cosas.

Tres elementos objetivos de carácter geopolítico juegan en contra del proyecto de Maragall:

1) La existencia de dos núcleos neohistóricos sin relación desde el siglo XIII: Barcelona y Toulouse, con dos lenguas diferentes, con dos vinculaciones políticas a diferentes Estados.

2) La existencia de dos cuencas fluviales opuestas (la del Garona hacia el Atlántico y la del Ebro hacia el Mediterráneo) que fuerzan flujos comerciales y humanos diversos y centrifugan intereses mutuos.

3) La existencia de lo que para el Estado Francés y el Español es una “frontera estable”, mientras que para Maragall se trata de una “frontera de regresión” a causa de la formación de la Unión Europea.

Para Maragall y, para cualquier nacionalismo regional, la creación de la Unión Europa ha sido tomada como una posibilidad de disminuir la importancia de las fronteras nacionales (“estables” que pasan a ser “fronteras en regresión”) en beneficio de nuevas fronteras (“en formación”). Pero en todo esto hay algo de subjetivo: la Unión Europea parece tener voluntad a ser una “unión de Estados Nacionales”, no una confederación de euro-regiones autónomas.

LA EURO-REGION ALTERNATIVA

Por lo demás, es evidente que Maragall no va a poder contar para su proyecto con lo que constituiría el “apéndice sur”, el antiguo reino de Valencia. Es más, el proyecto de Maragall no es sino una constatación de la progresiva disminución de influencia de Barcelona en el seno de España, incluso en el terreno económico, en beneficio de la ciudad de Valencia. La polémica sobre el transvase del Ebro ha contribuido a envenenar las relaciones entre Catalunya y Valencia y, dentro de este esquema de rivalidad regional hay que enmarcar la polémica lingüística.

La ausencia del nacionalismo catalán en la gobernabilidad del Estado durante 25 años ha generado en el Estado una desconfianza hacia las verdaderas pretensiones de la autonomía catalana y esto ha hecho que, automáticamente, aumentaran las inversiones y el interés de los distintos gobiernos (socialistas, populares, centristas) hacia la ciudad de Valencia. Desde este punto de vista, es evidente que el gobierno del Estado ha promocionado un eje estratégico distinto pero de mayor calado: Lisboa – Madrid – Valencia. Las tres ciudades, situadas prácticamente en el mismo paralelo, en la práctica constituyen otra “euro-región” con mucha mayor entidad en la medida en que cuentan con el apoyo de los dos gobiernos centrales protagonistas (español y portugués), con la linealidad de las vías comerciales, y con desembocadura en dos mares apoyado por dos grandes puertos en sus extremos. Esto sin olvidar que Valencia se ha configurado como el gran puerto del Oeste del Mediterráneo, sustituyendo al de Marsella y sin que Barcelona haya podido preverlo.

¿TRANSFORMAR LO CENTRIFUGO EN CENTRIPETO?

La pregunta en este momento es ¿es posible, desde el punto de vista geopolítico, transformar la corriente centrífuga que se ha manifestado en este momento en la historia de España, en una corriente de signo opuesto?

Parece difícil. Desde el punto de vista geopolítico, existen razones para justificar una y otra actitud, si bien, el carácter peninsular de España no particularmente dotado de riquezas minerales y con una industrialización tardía, hacen que la lógica de los hechos implique concentrar mucho más que dispersar.

Pero en política la lógica cuenta poco, lo que cuenta más bien son los elementos subjetivos e incluso subpersonales especialmente en estos momentos en los que la democracia se basa en la ley del número. Son los elementos emotivos y sentimentales los que cuentan y son sobre ellos en los que se apoya el elemento nacionalista e independentista artífice de la tendencia centrífuga hoy en boga.

Pues bien, a la hora de establecer líneas para una recuperación de la “idea nacional” española habrá que apelar a argumentaciones que tienen su base en la geopolítica. De hecho, una Nación existe como tal cuando tiene una “misión” y un “destino”. Justo en el momento en el que esa misión y ese destino se han ido diluyendo, han emergido las tendencias centrífugas. Hoy no parecen manifestarse fuerzas espirituales suficientes como para justificar la “unidad nacional” en la medida en que se ha perdido la idea de cuál puede ser la misión y el destino de España.

Así pues, en el fondo, el problema es “espiritual”, o por utilizar un concepto caro a Haushoffer, se trata de estimular las “fuerzas vitales” particulares de la Nación. En nuestro ensayo sobre “Identidad, Nación, Nacionalidad”, ya explicábamos la necesidad que tiene España de abrirse hacia “arriba” en dirección hacia una unidad federal superior, la Unión Europea, y de abrirse hacia “abajo” hacia las unidades regionales y las nacionalidades (ambas, partes constitutivas de un todo). Pero eso es, ante todo, una orientación política, no la introducción de elementos que contribuyan a establecer la misión y el destino de España que, en este sentido, no serían diferentes a los que pudieran darse en cualquier otro país europeo.

Gracias a las orientaciones geopolíticas que hemos manejado hasta ahora, hemos podido advertir que España tiene tres elementos sobre los que se puede asentar la recuperación de misión y destino:

1) Su situación geográfica como apéndice y punta avanzada de Eurasia.

2) Su lengua hablada en estos momentos por más de cuatrocientos millones de personas.

3) El carácter mediterráneo de su costa Este.

Podría hablarse de un cuarto elemento, la “cultura española” vehiculizada sobre el idioma español que se exportó a América. Ahora bien, es preciso ser realistas en este terreno. Esta operación de exportación cultural se produjo en los siglos XVI-XVIII, y se identificaba con la cultura y la religión católicas. Pero lo que entonces mantenía la iniciativa respecto a su momento histórico, se encuentra hoy en crisis y a la espera de una reforma tan necesaria como urgente que se mostrará inaplazable tras el nombramiento de nuevo Papa. Ni en la España del siglo XXI, ni en la Iberoamérica actual, el catolicismo tiene fuerza suficiente e iniciativa social y cultural como para poder ser considerada como un elemento clave en la cuestión.

Es a partir de los tres elementos que hemos enumerado como puede configurarse la misión y el destino de España en las próximas décadas.

1. Contención ante el Sur

El eje Baleares – Costa Mediterránea del Sur – Canarias configura una necesidad: contención y defensa ante un Sur que experimenta tres procesos deletéreos:

- Explosión demográfica en el Magreb y en África Subsahariana

- Aumento de la inestabilidad interior en todos los países de esa área y en todos los terrenos (incluida la sanitaria).

- Ascenso del fundamentalismo islámico.

Estos tres elementos generan un movimiento cuya importancia no debe descuidarse: el flujo de migraciones de Sur a Norte que corre el riesgo de alterar el sustrato étnico-cultural en Europa y particularmente en España, frontera Sur de la Unión Europea. En el momento en el que este sustrato cultural quede modificado, en ese momento, se perderá la noción de pasado ancestral, y será imposible reconstruir una misión y un destino para España. En este sentido, es evidente que, con independencia de su orientación política, los gobiernos del futuro en España deben preocuparse, particularmente, de:

- estimular la demografía y favorecer la creación de familias numerosas

- limitar al máximo la inmigración procedente de Africa magrebí o subsahariana, y

- limitar al máximo la difusión de ideas, conceptos, sistemas de pensamiento o creencias, que no sean tradicionales en España.


2. Penetración en los EEUU

En los tiempos en los que EEUU ha sido considerado como un país hegemónico, pensar en una penetración cultural española en los EEUU parecía una utopía absolutamente irracional, pero en estos momentos en los que la hegemonía norteamericana se está quebrando por momentos y en donde la inevitable derrota americana en Irak llevará a una crisis de autoestima mucho peor que la de que sobrevino tras la retirada de Vietnam, estamos ante una vía abierta.

La “tosquedad” de la cultura americana es la garantía de su máxima difusión, pero al mismo tiempo de su debilidad. Durante tres siglos, los EEUU se han visto libres de la presencia de ideas que entraran en contradicción con el núcleo ideológico de su pensamiento (el puritanismo calvinista). Pero desde los años 70 se viene registrando una afluencia masiva y creciente de inmigrantes mexicanos en los EEUU. En pocos años, esta penetración se ha vuelto absolutamente incontrolable. Lo que está entrando son núcleos de población con una cultura propia, una escala de valores en flagrante contradicción con el calvinismo y, finalmente, una lengua vehicular propia.

En este sentido se trata de favorecer, acentuar y apoyar la penetración hispana en los EEUU: convertir a España en el núcleo emisor de unos productos culturales capaces de competir con los específicamente norteamericanos: productos cinematográficos, hábitos alimenticios, literatura, valores.

Las bases norteamericanas en Europa son el residuo de un tiempo pasado que ya no volverá, restos de una aspiración a la grandeza que fue tan fugaz como intensa. Ahora se trata de lo contrario, de tomar la iniciativa, pasar a la ofensiva y ver en los EEUU un gran mercado en el que dentro de cincuenta años la mayoría de sus habitantes tendrán al español como primera lengua o bien la conocerán.

3. Cooperación Iberoamericana

La penetración en la sociedad americana es secundaria en relación a otro frente importante de rehabilitación de la idea de España: Iberoamérica. Es allí en donde se encuentran mercados suficientes, reservas naturales y potencial cultural como para no aprovechar la privilegiada situación de España como punta avanzada sobre Iberoamérica.

Estimular la cooperación con Iberoamérica, favorecer la integración de los países del subcontinente en un solo bloque económico y apoyar el desarrollo regional, se presentan como tareas urgentes, no sólo del Estado Español, sino de toda la población española. Pero especialmente importante es permanecer próximos a Cuba en los momentos en los que se abran las puertas de la transición política de aquel país caribeño. Y esto es doblemente importante, por el pasado cubano en el que se fundieron emigrantes de todas las zonas de España, especialmente catalanes.

Por otra parte, cuando EEUU acepte su derrota en Irak, se replegará en su tradicional aislacionismo histórico y buscará en sus inmediaciones continentales, el área preferente de expansión: Iberoamérica y, en particular, los países de la cuenca del Pacífico. Ese intervencionismo de EEUU en la zona implicará una satelización definitiva y un cierre del paso al ascenso de potencias regionales (Brasil, la mejor situada).

Desde España debemos de asumir el compromiso de defensa y de la independencia de Iberoamérica, frente al gigante del Norte, favorecer la cooperación para el desarrollo y la recuperación de Iberoamérica, así como la transición pacífica de sus pueblos hacia formas de gobierno democráticas.

4. Unión con la Unión

La Unión Europea es el futuro de España y la garantía de un mundo multipolar. Resulta absolutamente impensable la segregación de España de la Unión Europea y la misma regresión en el proceso de solidificación de esa instancia. Ahora bien, la Unión Europea logrará mantenerse en la medida en qué:

- Sea capaz de promover unos valores y una cultura propias que solamente pueden salir de la tradición europea en sus distintas componentes originarias.

- Sea capaz de asegurar una política exterior unitaria y una defensa compacta y en condiciones de asegurar la integridad territorial de la Unión.

- Sea capaz de asumir una política económica suficientemente agresiva y profunda para asegurar un puesto preferencial en los mercados mundiales.

- Sea capaz de asumir una política científica capaz de mantenernos en la vanguardia del desarrollo tecnológico de la modernidad.

En este sentido, sería necesario sustituir la línea europeista que hemos recibido como herencia del “Mercado Común”, es decir, la “Europa de los mercaderes” y de los negocios, por la mística europea teorizada por Jean Thiriart en los inicios del proceso de convergencia europea en los años 60. Si nos despojamos de los prejuicios emanados de lo políticamente correcto, seremos capaces de asumir el hecho de que la Europa del futuro debe ser ese “Imperio” del que hablaba Thiriart en los años 60. Un “Imperio”, entendido no como una voluntad de dominio territorial, sino como un foco de irradiación de fuerza vital, energía, creatividad y cultura.

Es evidente que –como ya hemos dicho desde la primera parte de este estudio- un Imperio de estas características está llamado a ser una de las tres piezas claves en el mantenimiento de la estabilidad euroasiática, junto a Rusia y China.

* * *

Con estos elementos debería de crearse un “núcleo de energía interior” en condiciones de contrarrestar las iniciativas nacionalistas e independentistas o las “brillantes ideas” a lo Maragall. Mientras estos elementos no estén presentes en la sociedad española, el micronacionalismo conservará la iniciativa.

© Ernesto Milá – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

Análisis Geopolítico de España (V)

Análisis Geopolítico de España (V)

Redacción.- Presentamos la penúltima entrega de este ensayo sobre la geopolítica de España. Se trata de la segunda parte de las reflexiones en torno a España considerada como “poder marítimo” o “poder naval” que fue abordada en la segunda entrega de este trabajo. Prácticamente con esta aportación completamos este estudio del que únicamente faltan por elaborar las conclusiones y que en las próximas semanas intentaremos articular y organizar en un único ensayo desarrollando estos capítulos que, en el fondo, son casi notas periodísticas.

LA CRISIS Y LA PERDIDA DEL SENTIDO DE ESTADO

La configuración geográfica de España determina que en su proyección exterior, se vea limitado por el hecho de ser una península. Esta península está situada en el confín de Eurasia: tiene una doble vertiente, Atlántica y Mediterránea. Mientras que por tierra se encuentra limitada a la frontera pirenaica, son los mares los que abren los horizontes geopolíticos de España.

El drama de nuestro país consiste en que a partir de la batalla de Trafalgar, su poder naval resultó absolutamente pulverizado y ya no estuvo en condiciones de asegurar la neutralización de las tendencias independentistas de las nacientes burguesías locales iberoamericanas. En pocos años se perdieron las colonias y cuando España logró, hacia finales del siglo XIX haber reconstruido un mínimo poder naval, la escuadra fue barrida por la estadounidense. A partir de ese momento y hasta nuestros días, la capacidad naval española ha estado a mínimos y solamente en los años del franquismo logró disponer de una industria naval, fundamentalmente orientada hacia la construcción civil, pero que no dispuso nunca de presupuesto suficiente como para reverdecer nuestro poder naval.

De hecho, mientras duró el período imperial de los Austrias, España alternó la capacidad naval con la terrestre. Pero resulta evidente que alternar estos dos dominios tenía contrapartidas negativas: no poder especializarse en ninguno. En aquellos mismos siglos, Inglaterra, fue desarrollando una marina progresivamente más poderosa que, finalmente, logró llevar su pabellón a todo el mundo y asegurar un siglo XIX de crecimiento industrial acelerado. Esto, unido a los yacimientos de hierro y hulla, aseguró la preponderancia británica en el XIX. Pero en España, en ese mismo momento, fallaron tres elementos básicos que hicieron que España perdiera el paso de la modernidad: faltó la estabilidad política y sobraron las discordias civiles interminables a lo largo de todo el siglo; faltaron materias primas y, faltó, por tanto posibilidades de desarrollo industrial; finalmente, amputado el poder naval, España se recluyó en sí misma sin grandes posibilidades de proyectarse hacia el exterior. Así se perdió el siglo XIX. España pasó a ser una “potencia atrancada” según la denominación que Haushoffer puso a aquellos países que veían su poder inmovilizado por falta de materias primas y de energías vitales interiores. Lo segundo fue reconocido y paliado por la Generación del 98, pero lo primero resultó un handicap irremediable (a pesar de que España y Suecia se transformaron en exportadores de hierro a Inglaterra cuando éste se agotó en las islas británicas.

Las crisis políticas que se desarrollaron al entrar en el siglo XIX y que han proseguido, prácticamente sin fin hasta nuestros días (entendemos que la situación autonómico-constitucional actual es la enésima evidencia de esa inestabilidad) han demostrado suficientemente la incapacidad de España y del pueblo español para comprender lo que es el Estado, la misión del Estado, las políticas de Estado, la vinculación entre el Estado y la Nación y la situación superior del Estado sobre las facciones políticas que se disputan su administración. Todo esto ha generado una situación de inestabilidad cuya primera característica ha sido la impermanencia y la facciosidad irreconciliable de las partes.

De hecho, el mayor alegado contra los nacionalismos vasco y catalán es que precisamente en esas dos nacionalidades (las llamamos nacionalidades y no simplemente regiones en tanto que disponen de rasgos identitarios propios y siempre han sido partes personalizadas de un todo, aun cuando no hayan alcanzado nunca situaciones de independencia tal como se conciben en nuestros días, sino más bien, regímenes forales particulares) encarnan, mejor que cualquier otra, el ser y la personalidad españolas. De la misma forma que se habla de las “dos españas”, así mismo puede aludirse a los “dos Países Vascos” o las “dos Catalunyas” con la misma facilidad: la Catalunya de Maciá no es la de Cambó, la de Gaudí no es la de Dalí, ni el País Vasco de Arana es el de Baroja o Unamuno.

La disparidad de caracteres que se da en nuestro país, facilitada, además por la dispersión de los núcleos geo-históricos, parece inhabilitar a nuestro país, al menos desde inicios del XIX para comprender lo que es la “misión del Estado y de la Nación” en la modernidad.

Ahora bien, uno de los rasgos habituales del “poder terrestre” es la capacidad para estructurar Estados complejos y dotados de un fuerte sentimiento de “misión” y “destino”. Este no es el caso de la España actual. Su sentido colectivo del Estado pareció agotarse a finales a lo largo del siglo XVIII. Y, desde entonces sigue ausente, con breves centelleos puntuales, más en personalidad aisladas que en movimientos políticos de masas.

LAS ORIENTACIONES GEOPOLITICAS DEL FRANQUISMO

En este sentido, es preciso reivindicar al franquismo como uno de los momentos específicos de la historia de España, que no se trata de juzgar en términos de actualidad política. El franquismo surgió de una revuelta militar contra la legalidad republicana, una legalidad que no lograba sacar a España del empantanamiento secular de los dos últimos siglos: por que, a pesar de las buenas intenciones, los intentos liberales y especialmente los de la II República, se habían traducido en sonoros fracasos históricos. Afortunadamente, en los últimos años, ha aparecido una tendencia revisionista que ha cuestionado la versión tan políticamente correcta como maniquea que ve en la República una legalidad lacerada por la una insensata revuelta militar. Las cosas son mucho más complejas.

El franquismo, históricamente, recompuso una política de Estado y, sobre todo, supuso una concentración de esfuerzos –bajo la forma de una dictadura- para lograr recuperar el paso con la industrialización. La historia enseña que, tanto en España como en Rusia, países atrasados en el primer tercio del siglo XX, la única forma de lograr recuperar el terreno perdido, consiste en concentrar esfuerzos, subordinar cualquier energía al desarrollo económico y planificarlo evitando el riesgo de cambios políticos bruscos que adopten decisiones contradictorias. Es innegable que el franquismo estuvo lejos de los estándares democráticos que entonces se daban por Europa, pero no es menos cierto que el atraso industrial de más de un siglo que tenía la España de 1939, entró en vías de superación. La España democrática de 1979, fue posible gracias al crecimiento de las fuerzas productivas realizado durante los veinticinco años anteriores (a partir del Plan de Estabilización) que, a partir de cierto punto, para seguir progresando, precisaban de un marco democrático (que permitiera la apertura de nuevos mercados a través de la integración en la entonces llamada Comunidad Económica Europea.
Resultaría difícil juzgar en términos políticos actuales la tarea histórica de Napoleón reduciéndola a un simple golpista contra el Directorio, o bien limitando el papel político de Stalin a ser un gran masacrador. Ciertamente, Napoleón era un general poco dispuesto a ser eternamente un segundón en manos de un directorio de limitada talla, y Stalin debió afrontar problemas de modernización, conflicto y conspiraciones muy reales en el interior, pero fue algo más que un gran represor. En el momento en que el franquismo sea analizado como una parte de la historia de España en lugar de cómo un elemento de caracterización (y caricaturización) política del presente, habremos ganado perspectiva y madurez histórica.

El hecho de que el núcleo inicial del franquismo fuera un grupo de oficiales africanistas que habían vivido la experiencia de la guerra de África y, en buena medida, se tratara de oficiales brillantes, técnicos en estrategia que habían actualizado sus conocimientos al paso con los importantes avances de la ciencia militar y de las ciencias geográficas que se produjo en el primer tercio del siglo XX, generaron el que, tras la derrota de las potencias del Eje –a las que Franco era altamente tributario, pero a las que no ayudó en la medida requerida por la situación estratégica creada por la primera fase de la Segunda Guerra Mundial- la clase política del franquismo se viera obligada a establecer una política exterior (y en buena medida una geopolítica, no olvidar que buena parte de los investigadores alemanes terminaron residiendo en España a partir de 1945 e incluyeron en el interior del régimen aportando sus conocimientos y asesoramiento técnico) que, fue aplicada durante 20 años ininterrumpidamente [ver nuestro artículo sobre “Política Exterior española, de Castiella a ZP”].

El franquismo insistió en desarrollar una innegable potencialidad marítima que se tradujo en un formidable impulso a la construcción naval con fines comerciales, que no tuvo su paralelo en la reconstrucción de una flota potente y dotada de los más modernos adelantos técnicos. Entre 1956 y 79, España se vio obligada a aprovechar el detritus naval norteamericano y jamás pudo llevar a efecto un programa naval que superara el atraso secular generado a partir de Trafalgar, Cavite y Santigo de Cuba.

Para el franquismo resultó evidente que España solamente podía reconstruir su potencia a través de los mares. La amistad que le deparó la Argentina de Perón y la tarea de los ideólogos de extracción falangista del régimen, impuso la recuperación de la “hispanidad” como eje central de una política exterior mucho más ambiciosa de lo que parece hoy y que tuvo traslaciones en todos los terrenos: desde la creación del Instituto de Cultura Hispánica, hasta la celebración del Congreso Hispano-Luso-Americano-Filipino, o incluso al mantenimiento de relaciones con Cuba, incluso tras la subida de Castro al poder, pasando por iniciativas tácticas mucho más banales como la participación en los festivales de la OTI (Organización de Telecomunicaciones Iberoamericanas) o el impulso de emisiones de TV transcontinentales como “Trescientos Millones”. Estas iniciativas, así como la presencia de jóvenes iberoamericanos en los congresos anuales organizados por la Delegación Exterior del Frente de Juventudes, tendían a establecer puentes con Iberoamérica, que revalidaban los nexos históricos del pasado, justo en el momento en que parecía difícil que de Europa pudiera llegar otra cosa que no fuera una riada turística, pero, desde luego, mucho menos capitales y un régimen de aranceles bastante desalentador.

Ahora bien, los problemas que afrontaba el franquismo impedían que en este terreno –como en la creación de una fuerza fuera nuclear española cuya creación, Carrero Blanco contempló a finales de los años 60 e intentó llevar a la práctica hasta el momento mismo de su muerte- se pudiera ir muy lejos. Lo importante era que estaban sentadas las bases para el futuro.

EL DESMANTELAMIENTO DE LA POLITICA EXTERIOR

En lugar de considerar al franquismo como historia y como acción de gobierno, a partir de 1977 y especialmente de 1997, se rompió con todas estas iniciativas. La idea de la “hispanidad” empezó a ser denostada como reaccionaria. El intento del PSOE de proyectar nuevamente el papel internacional de España a través de los “eventos del 92” quedó limitado y fue incapaz de insuflar lo esencial: el sentido de cooperación en el marco de la idea de “hispanidad”, retenida como reaccionaria. En lugar de eso, tanto en la Expo, como en el entramado de las celebraciones del V Centenario, se empezó a exaltar el “mestizaje” y se pidieron disculpas taxativas al trato que los Conquistadores dieron a los indígenas. A decir verdad, poco había de que disculparse. Ciertamente, las culturas indígenas habían desaparecido, pero es innegable que esta desaparición se produjo, no tanto por la acción de un pequeño puñado de conquistadores sino por que sus posibilidades vitales interiores se habían agotado. No eran otra cosa que una superestructura burocrático administrativa, tiránica, que se desmoronó con la mínima presión, abandonada especialmente por sus propios súbditos.

Cuando se alude a “mestizajes interculturales”, de ahí resulta absolutamente imposible detraer algún tipo de criterio geopolítico aplicable a la orientación de las relaciones internacionales: lo que se está haciendo es reactualizar el papel de culturas que fueron barridas por la historia y que no tienen lugar en la modernidad, culturas que tienen interés para los antropólogos, etnólogos e historiadores del pasado, pero no para la creación de lineamientos políticos del presente.

El problema era que, realmente, los socialistas creían que este mestizaje era “justo y necesario”, mientras que al aznarismo le faltó tiempo y valor para no entrar en el juego de lo políticamente correcto.

La cuestión es: el mestizaje real existió solamente en Centroamérica y en los países andinos donde el peso de los indígenas sudamericanos era mayor, pero estuvo casi completamente ausente en el cono sur. Además, es innegable que absolutamente en toda Iberoamérica, incluida Cuba, las élites gobiernantes eran étnicamente descendientes de los colonizadores europeos (hasta el punto de que países como Argentina son, en realidad, “latinoamericanos”, más que “iberoamericanos” en sentido estricto). Reconocer este hecho, es reconocer por donde ha discurrido la historia: las clases dirigentes iberoamericanas han sido de origen europeo, los indígenas han estado casi completamente ausentes o han protagonizado episodios que no han desembocado en formas estables. En estos momentos, en países andinos como Bolivia, estamos asistiendo al reverdecer del indigenismo. Va a ser cuestión de analizar de cerca la evolución de este pais (y de los vecinos) para advertir si, realmente, el indigenismo es capaz de insertarse en la modernidad o, simplemente, se trata de un fenómeno de rechazo al fracaso de formaciones políticas tradicionales.

Por nuestra parte, consideramos a dichos movimientos como inestables: de la misma forma que inicialmente absorbieron los valores del catolicismo llevados por los colonizadores, perdieron en pocas décadas sus propias tradiciones, se sumaron al consumismo y a los valores de la cultura americana en los años 70-80, fueron objeto preferencial de penetración de las sectas evangélicas y de los cultos exóticos llegados de EEUU (en los 90), su reverdecer en estos momentos se realiza sobre el vacío. En efecto, las tradiciones indígenas son tradiciones muertas, de las que apenas queda constancia en los libros de antropología y en los estudios especializadotes sobre chamanismo y cultura andina, pero que, en la práctica no son otra cosa que unas pocas costumbres tribales que han subsistido hasta nuestros días, habiéndose perdido el eje central de esas tradiciones y no existiendo ninguna transmisión directa capaz de reconstruirlas. A pesar de lo que se suele decir en Bolivia y Perú, nuestra opinión es que, en los siglos XVII y XVIII se agotaron completamente los filones centrales de las culturas indígenas americanas, permaneciendo sólo algunos aspectos parciales, folklóricos y costumbristas a partir de los cuales resulta imposible reconstruir el conjunto.

La Hispanidad es el único criterio cultural capaz de establecer un denominador común y una referencia universal para todos los países de Iberoamérica sobre la que fundamentar una cooperación común y un proceso de convergencia (que, en la actualidad solo puede ser económico) capaz, no solo de propulsar sus maltrechas economías, sino además, de establecer puentes con Europa a través de España.

EXIGENCIAS DEL PODER NAVAL

Ahora bien, decir “potencia marítima” implica necesariamente aludir a los rasgos que acompañan a este tipo de poder: el carácter comercial.

Los fracasos históricos del siglo XIX generaron el atraso económico de España. La falta de una industria de exportación hizo que España no destacara como potencia comercial. El Imperio Español, por lo demás, se había forjado con la idea mesiánica de expandir la catolicidad, lo que le dio una solidez misional y un destino histórico en cuya realización se agotó y desangró. En este sentido, tanto Colón como los Reyes Católicos tenían excepcionalmente claro que en el Nuevo Mundo se encontraba un nuevo terreno para obtener buenos rendimientos económicos que permitirían, entre otras cosas la organización de una nueva cruzada en Tierra Santa. El problema fue que, a medida que fue acentuándose la decadencia española, la colonización mostró ser un “mal negocio”: la piratería siempre hizo que no llegaran a España los beneficios de la colonización y la precariedad de los tránsitos marítimos unidos a climatologías adversas hicieron que parte de lo obtenido con la explotación de las riquezas naturales se perdiera por el camino. Este hecho, unido a la formación de incipientes burguesías locales, indujo a la independencia progresiva de las naciones americanas.

Pero hasta el último momento se demostró que existía una posibilidad muy cierta y real de que España y los españoles representáramos un papel de primer orden en los intercambios comerciales entre ambos lados del Atlántico: el papel de los “indianos” no puede ser olvidado, sino que es preciso reivindicarlo como uno de los momentos más creativos y vitales de nuestra trayectoria como pueblo. Prácticamente, toda la geografía española produjo esta raza de hombres indómitos, llamados al comercio y a la aventura de ultramar. Ciertamente, no todos ellos, obtuvieron ingentes beneficios, pero si es rigurosamente cierto que a partir de ellos, se generaron dinastías económicas que tuvieron importancia a lo largo de todo el siglo XIX español y que incluso existen en nuestros días. Hombres de la talla de Joan Güell i Ferrer, de los hermanos Vidal-Quadras, del gallego Pedro Ximeno, de Joseph Xifré, de los Partagaz y de tantos otros muestran que nuestro pueblo, si está dotado para el comercio, tal como, por lo demás, confirman hoy la presencia de empresas españolas en Iberoamérica y el hecho de que sea España el principal inversor en aquella zona.

Pues bien, esta tendencia debe hacernos pensar que el destino geopolítico de España consiste en aumentar su poder naval. Incluso dentro del marco de la Defensa Europea Común, asegurar con nuestras propias fuerzas, el control del eje central del Mediterráneo Occidental (el mismo que ya fue la columna vertebral de la expansión marítima de la Corona de Aragón a partir de las costas mediterráneas de España y del portaviones balear), dando sentado que el flanco norte está cubierto por la marina francesa e italiana y el flanco sur, hoy, como ayer, es inestable y hostil.

Por otra parte, en el Atlántico, es indispensable fortalecer el eje Cádiz – Canarias (que, como prolongación del eje Alborán – Baleares) constituye la columna vertebral de nuestro glacis defensivo, con tres objetivos:

1) Asegurar una política contención respecto al Magreb en cuyo contexto hay que incluir la cláusula de salvaguardia de los derechos y libertades del pueblo saharui,

2) Garantizar la libre navegación por el Atlántico Sur a partir de Canarias y la integridad del tráfico entre marítimo entre los países de la Hispanidad, y

3) Asegurar el último tramo de la ruta del petróleo del golfo pérsico hacia Europa.

España, en definitiva, debe mirar nuevamente hacia el mar. El fracaso de la política exterior norteamericana en Oriente Medio y su aislamiento creciente, el desmantelamiento efectivo de la Alianza Atlántica, la creación progresiva de un sistema integrado de Seguridad y Defensa Europea, abren las puertas a que las naciones de la Hispanidad conviertan de nuevo, como en los siglos XVI y XVII al Atlántico Sur en algo similar a un “mare clausum”.

Para asumir una tarea de estas características es, ante todo, imprescindible disponer de una industria naval propia, con una cartera de pedidos que justifique su existencia y a través de la cual se pueda abordar un programa de construcciones navales que garantice la existencia de una flota de superficie y submarina en condiciones de asegurar la integridad de los mares.

Además, de esta idea “oceánica” de España derivan también una serie de exigencias mínimas de política exterior:

1) Apoyar a Argentina en su recuperación de las Islas Malvinas y de las Georgias del Sur, posiciones clave ante el Estrecho de Magallanes y la Antártica y para garantizar la seguridad en la navegación por el Atlántico Sur.

2) Acelerar la retrocesión de Gibraltar, reconociendo -lo que parece ser el principal problema de la cuestión-, un estatuto especial para los “llanitos” que garantice sus actuales medios de vida, pero bajo soberanía española.

3) Apoyar las iniciativas francesas de presencia en el África Subsahariana, así como los programas de cooperación europea con esta zona deprimida. Apoyo a Portugal en el mantenimiento de lazos privilegiados con sus antiguas posesiones africanas. En este sentido, la norma que debe regir la cooperación al desarrollo y los paliativos a la caótica situación africana son: apoyo a cambio de seguridad y bases avanzadas.

Estos tres puntos marcan las prioridades de una política de Estado en el área atlántica. Una política que, aun siendo autónoma, debe ser encuadrada dentro del marco de la Unión Europea y que tiende a realizar el destino geopolítico de España: una vocación de integración en tanto que extremo occidental de Eurasia y una vocación oceánica propia en tanto que “madre patria” de los países de la Hispanidad.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

Cine: De uno a otro “Mensajero del Miedo”

Cine: De uno a otro “Mensajero del Miedo”


Redacción.- En la noche del día de la constitución, “City YV”, el canal de TV local vinculado a “La Vanguardia”, ha ofrecido una película clásica: “El Mensajero del Miedo”, versión 1962, que recientemente ha sido objeto de un remake y estrenada en noviembre de 2004. La comparación entre ambas películas indica la evolución de los EEUU. Mejor dicho: indica la decadencia de un país que hoy, a principios del siglo XXI presiente al "enemigo interior".

“El Mensajero del Miedo”, versión original:

He aquí un clásico de la historia del cine que en 1962 pasó casi desapercibida en España y que, posteriormente, no aparece en ningún elenco de las mejores películas de Hollywood. Y sin embargo es difícil encontrar una película en la que tanto los protagonistas como el guión, la dirección y el montaje, alcancen altos niveles de perfección.

Dirigida por John Frankenheimer (director, entre otras de “El Hombre de Alcatraz”, “Gran Prix”, “Orgullo de estirpe”, “Domin go Negro” o “La Isla del Doctor Moreau”) se trata de un buen artesano que trabajó sobre la base de una novela de Richard Condon, adaptada por George Axelrod. En cuanto a los actores, sus nombres, hablan por sí mismos: Frank Sinatra, Lawrence Harvey, Janet Leigh, James Gegory y Leslie Parrish. En EEUU, la película se benefició de un lanzamiento providencial: el asesinato de Kennedy que coincidió en fechas con la presentación de la película.

La película discurre sobre el trasfondo inquietante de la guerra fría y el macarthismo. El mayor Ben Marco (interpretado en esta versión por Frank Sinatra y en el remake por Denzel Washington) protagonizó una acción heroica en la guerra de Corea permaneciendo tres días tras las líneas enemigas. Gracias a la heroica acción de Raymond Shaw, logran regresar sanos y salvos, solamente mueren dos soldados de la unidad. Shaw, en la vida civil, resulta ser el hijo de una conocida activista anticomunista y su padrastro será el aspirante a la vicepresidencia del país. A partir de estos datos se desarrolla una trama bien construida con un final inesperado.

La madre de Raymond Shaw (Angela Landsbury en la versión original y Meryl Streep en el remake) resulta ser, en realidad, una agente comunista que teledirige a su marido, un senador alcohólico nominado como aspirante a la vicepresidencia en la candidatura. El soldado Raymond Shaw y sus compañeros resultan haber sido secuestrados durante tres días por una unidad especial rusa en Corea, enviados a Tukua y tratados por especialistas del Instituto Paulov de Moscú en donde se les practicó un lavado de cerebro. Raymond Shaw, tratado con estímulos eléctricos sobre su subconsciente, estranguló y disparó sobre dos compañeros de su unidad, y luego, tanto él como los supervivientes memorizaron una versión artificiosa de lo que había ocurrido: Shaw se habría portado heroicamente y salvado a la unidad. En realidad, es una máquina de matar al servicio de los comunistas, que se activa simplemente mostrándole la carta de la Reina de Diamantes.

Después de matar a su esposa y a su suegro –otro senador de los EEUU- Shaw recibe de su propia madre –agente comunista en realidad, aún cuando públicamente exteriorice sus declaraciones furibundamente anticomunistas- recibe la orden de asesinar al aspirante a la presidencia en el curso de la Convención del partido, para que su padrastro, teledirigido por su madre se alce con la nominación como candidato presidencial. El mayor Marco, descubre la operación y cree que lo ha desactivado rompiendo la cadena de sugestiones que genera la carta de la Reina de Diamantes. Sin embargo, Shaw (Lawrence Harvey) cumple con su papel de francotirador y magnicida… sólo que, en un acto de lucidez, en lugar de matar al candidato a la presidencia, mata a su padrastro y a su madre.

El mensaje de aquella versión

La película destaca inicialmente por que es la primera en la que se aborda la cuestión del “mind control” (control mental) y la posibilidad de que, mediante el lavado de cerebro se pudiera modificar los comportamientos humanos hasta el punto de convertir a asesinos a gente habitualmente pacífica. Justo, cuando terminó de rodarse la película, el presidente Kennedy fue asesinado, por un exmarine… muchas dudas iniciales sobre la versión oficial, se apoyaron en la película de Frankenheimer y en la posibilidad de que Oswald fuera un pobre diablo al que se le había lavado el cerebro.

Pero, es evidente, que ni los productores ni el director, ni el guionista, ni mucho menos el autor de la novela original sobre la que se basó el argumento, escrita a mediados de los años 50, podían prever el asesinato de Kennedy. Ahora bien, si es cierto que el eje de la película es la histeria anticomunista que se desencadenó en los EEUU entre 1948 y 1989.
El alcoholizado padrastro de Raymond Shaw que debe ocupar la presidencia en sustitución del candidato que debe morir, es un calco del senador Macarthy, líder de la cruzada anticomunista de los años 50. En cuanto a su esposa, intenta explotar los sentimientos anticomunistas de la población americana, cuando ella, a su vez, es una agente comunista encubierta.

La idea de la película es que, mediante la creación de un clima de histeria anticomunista… los comunistas pueden llegar al poder. El protagonista, Raymond Shaw, finalmente se suicida con su Medalla del Congreso en el cuello, diciéndole al mayor Marco: “No hubierais podido acabar con ellos, ni tu ni todo el ejército”. Y en el informe que da Marco-Sinatra escribe: “Un enemigo se había apoderado de su mente y de su voluntad”. El mensaje está claro: los comunistas están dispuestos a todo, son perversos y aprovechan las debilidades del pueblo americano y el papel de los traidores. En 1962 todavía se creía que existían comunistas en el seno de la administración federal y que existía una “conspiración comunista”.

Sin embargo, hay algo irónico en todo esto: por que, finalmente, la conspiración comunista es protagonizada por gentes que aparentemente se presentan como anticomunistas radicales. La película, evidentemente, destila un mensaje “liberal”: no solo los comunistas son peligrosos –eso nadie lo pone en duda- sino que también lo son su reflejo especular: los anticomunistas. Era evidente que la película respondía a los intereses de la administración Kennedy para la que los Hoover, Hoffa, Macarthy, etc, eran tan adversarios como Kruschef, Castro y demás.

Cuarenta años después, el enemigo ha cambiado

Jonathan Demm, treinta años después abordó la peligrosa tarea de realizar un remake sobre esta película. Titulada en origen con el mismo título que había sido el subtítulo de la primera versión: “The Manchurian Candidate”, esta versión del “El mensajero del miedo”, se proyectó fuera de concurso en la Sección Oficial de la 49 edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci). El director de películas como “El silencio de los corderos” o “Philadelphia” aseguró que la idea tanto del guionista, Daniel Pyne, como la suya, era plantear que el "comunismo global" estaba siendo sustituida por multinacionales que se benefician con la guerra, para lo que apoyan a uno u otro candidato en función de sus intereses.

No está claro –ni el director quiso reconocer- contra qué opción política iba dirigida la película. Podría ser tanto contra los republicanos como contra los demócratas. No hay que olvidar que John Kerry estaba en posesión de la Medalla del Congreso y que en la película, el protagonista, con la misma condecoración, lejos de ser un héroe, es simplemente un pobre diablo al que le han lavado el cerebro. En este sentido, la película puede ser considerada como un alejato anti-Kerry. Pero, por otra parte, ciertamente, el guionista ha variado algunos de los elementos centrales del film de Frankenheimer: ya no son los comunistas los enemigos que han practicado el cruel lavado de cerebro, sino medios vinculados a una empresa multinacional, la Manchurian Company, nombre tras el cual es difícil no ver a Hulliburton y a su afán por lucrarse con la guerra.

El trasfondo sobre el que discurre el filme no es la guerra de Corea, sino la Operación Tormenta del Desierto en 1990. Y el protagonista, Raymond Shaw aspira directamente a la presidencia manipulado por su posesiva madre, Meryl Streep. En esta ocasión es el mayor Ben Marco quien también ha sufrido el control mental y mientras Raymond Shaw es elegido candidato a la vicepresidencia, aquel ha sido teledirigido para que asesine al presidente. En una especie de “feeling” que logra superar las barreras del control mental, Marco, en lugar de asesinar al presidente, asesina a su amigo Raymond Shaw y a su siniestra madre. Shaw muere con una sonrisa en los labios: “ellos” no pueden obligarle a todo. Ni siquiera la peor de las operaciones de “mind control” pueden alcanzar el fondo más profundo de la mente humana.

Lo que va de una a otra película

En apenas cuarenta años, los EEUU han variado su percepción sobre sí mismo. Mientras que en la versión de 1962, el enemigo es el comunismo y el gran riesgo es la infiltración comunista, algo siempre exterior, la sombra del reaganiano “Imperio del Mal” que se proyectaba sobre los EEUU, en la versión de 2004, el enemigo es interior: es una multinacional de pabellón norteamericano quien ha secuestrado a una patrulla de sus propios soldados y les ha realizado el pertinente lavado de cerebro. Además, en el curso de esta versión se alude al “síndrome de la guerra del Golfo”, a la actividad de las multinacionales ligadas al poder político que se lucran con la guerra.

EEUU en 1962 todavía tenía confianza en sí mismo. En 2004 cualquier confianza se ha hundido. El mensaje de esta segunda película es que no hay enemigo exterior. Los propios agentes bolcheviques, los traidores, han sido sustituidos por un enemigo exclusivamente interior que anida en las principales esferas de poder de la nación.

El pudor de los guionistas ha impuesto el que el científico loco que planea la operación no sea norteamericano, sino sudafricano. Así la buena conciencia queda salvada para quien la quiera ver salvada. Siempre hay algo del mal que procede del exterior…

Estas dos versiones son algo más que dos películas notable (extraordinaria la primera versión y aceptable el remake), es la crónica de la decadencia moral de un país y de la pérdida de confianza de su clase política. Es curioso constatar que esa pérdida de confianza se inició precisamente con el asesinato de Kennedy y alcanzó sus más altas cotas con las elecciones presidenciales. Ciertamente, Bush ha salido elegido con una notable mayoría, pero esto no es lo esencial: lo esencial es constatar que las “élites culturales” norteamericanas –y Hollywood, a fin de cuentas, representa tipo de cultura del que el propio Brzezinsky en “El Gran Tablero Mundial”, reconocía su “tosquedad”, pero supone la primera industria cultural norteamericana de exportación- están divorciadas de las instituciones políticas.

Pues bien, hoy, Hollywood y la industria del cine es uno de los pocos sectores en el que los EEUU, actualmente, están en condiciones de realizar exportaciones a todo el mundo: de hecho, buena parte del antiamericanismo latente en la sociedad europea, ha sido generado por el propio Hollywood cuando da cuenta del estado de la conciencia americana. Y esto confirma la teoría según la cual los EEUU no son un país que se encuentra en la cúspide de su poder, sino que han iniciado la pendiente de la decadencia. Vean las dos versiones de “El Mensajero del Miedo” y mediten sobre ellas. Indican dos tiempos: el de la fortaleza ante enemigos exteriores y agentes interiores, y el de la decadencia ante enemigos solamente interiores, enemigos de todo el pueblo americano.
© Ernesto Milà – infokrisis –infokrisis@yahoo.es

Análisis geopolítico de España (III)

Análisis geopolítico de España (III)

En la primera entrega de nuestro estudio aludíamos a la doble tendencia presente en toda al historia de España que, por una parte, tendía a la fusión de los pueblos peninsulares y, por otra, alternativamente, al estallido y separación. Hoy nos encontraríamos en ese período de estallido que, a la postre, no sería sino el preludio de un nuevo período unitario… Vale la pena preguntarnos en qué elementos geopolíticos se apoyan las actuales tendencias centrífugas.

CARÁCTER MONTAÑES DE LOS NUCLEOS ORIGINARIOS DE LA RECONQUISTA

Tras producirse la dislocación del reino visigodo al producirse la invasión islámica, los distintos núcleos resistentes se refugiaron en las montañas de la cornisa cantábrica y de las vertientes pirenaicas. Buena parte de los resistentes eran representantes de la antigua nobleza visigoda y, desde los inicios de la lucha por la expulsión del Islam, quisieron mantener vivo el recuerdo del Reino Visigodo de Hispania. Todos ellos se consideraban, en definitiva, “reyes de las Españas”, sin renunciar al momento en el que se restituiría la unidad del viejo reino visigodo.

En este sentido, resulta difícil entender como, a partir de este entusiasmo unitario, los reinos peninsulares prosiguieron hasta el siglo XV su fragmentación. En el siglo XI, el cantonalismo hispano se extendía tanto en la España islamizada como en la cristiana: Galicia, León, Castilla, Navarra, Aragón y nueve condados en el espacio catalán, evidenciaban una parcelación extrema.

La geopolítica explica perfectamente el por qué de esta tendencia, cuando, realizando un análisis histórico, establece que siempre ha existido como constante el cantonalismo montañés. Los pueblos desarrollados en las montañas siempre han sido celosos de sus libertades, tradicionalistas, opuestos al progreso y desconfiados de todo lo que viene del llano, pero, así mismo, con tendencia a prevenirse de los montañeses de otras latitudes. En la primera fase de la Reconquista, absolutamente todos los núcleos de las que partieron los núcleos de resistentes, eran núcleos montañeses, cada uno de los cuales se desarrolló de manera independiente de los demás. La montaña les impuso unos rasgos de carácter para que pudieran sobrevivir en un medio hostil y aislado. Allí, en las alturas, nuestros ancestros almacenaron posibilidades históricas que se manifestaron en el momento oportuno. De hecho, la primera fase de la Reconquista no fue otra cosa más que una serie de descargas de agresividad de las poblaciones montañesas contra las llanuras habitadas por islamistas.
Esto hizo que hacia el siglo XI, los reinos de Galilcia, León, Castilla y Navarra, hubieran logrado expanderse casi en paralelo hacia el sur a partir de los originarios núcleos montañeses en donde se articularon los distintos focos de la resistencia. En los Pirineos subsistían los nueve condados catalanes y el Reino de Aragón, reducido éste último a una pequeña franja pirenaica y los otros a un conjunto de pequeñas piezas míticamente derivadas de “los nueve barones de la fama”, pero manteniendo prácticamente las mismas posiciones que formaron la Marca Hispánica en el siglo IX.

EL AVANCE DE LOS REINOS CRISTIANOS HACIA EL SUR

En la práctica, entre el siglo IX y el XI, en doscientos años, las posiciones cristianas en los Pirineos apenas avanzaron. Esto tiene mucho que ver con el conservadurismo propio de los habitantes de la montaña que les induce a permanecer encastillados en sus posiciones y limitados a operaciones de represalia contra los habitantes del valle. Geopolíticamente podemos establecer la constante de que, contra más próxima a sus orígenes está un pueblo, inicialmente montañés, menos se preocupa de ampliar sus dominios y se limita a meras represalias y racias en el valle.

Pero, a medida que mediante la colonización campesina, individuos afectos a los reinos montañeses, van estableciéndose en la tierra de nadie y el núcleo montañés ve expandir su territorio hacia el valle y deja, cada vez más atrás, su origen montañes, la expansión se vuelve cada vez más rápida: la velocidad de las conquistas de un pueblo montañés, están, así pues, en razón inversa a la proximidad a la montaña: contra mas próximos se encuentran a la montaña, menor es su voluntad conquistadora, cuanto más alejados están de las cumbres, avanzan a mayor velocidad hacia la conquista de nuevos territorios. En 1300, en apenas dos siglos, prácticamente, la conquista se consumó, exceptuando el Reino de Granada que subsistiría otros doscientos años más.

Es indudable que estos progresos en la Reconquista coincidieron también con otros episodios históricos, especialmente con las Cruzadas. La victoria de las Navas de Tolosa tiene lugar en el 1212 en la misma época en la que se había asentado el Reino Latino de Jerusalén. Puede decirse que el espíritu de la Cruzada fue asumido por los antiguos líderes montañeses, unificó sus criterios y favoreció políticas de fusión dinásticas que, finalmente, redujeron el cantonalismo peninsular a cuatro reinos: Portugal, Castilla, Navarra y Aragón.

DOS CUENCAS, DOS CORRIENTES HISTORICAS

Ahora bien, hay que tener en cuenta otro factor para explicar el por qué la Reconquista evolucionó como lo hizo. La orografía y los valles hicieron que las áreas expansivas de los Reinos peninsulares tomaron dos orientaciones. No es por casualidad que, finalmente, los ríos que atravesaban Castilla desembocaran en el Atlántico y el gran río que constituía la columna vertebral de Aragón, el Ebro, lo hacía en el Mediterráneo.

Desde siempre, los ríos han sido elementos clave de los desarrollos geopolíticos de los pueblos. A través de ellos se ha canalizado el transporte y el comercio, y mecánicamente, han llevado a averiguar qué se encontraba en las tierras bajas. Los antiguos se preguntaban siempre hasta donde se llegaba siguiendo el curso de los ríos. No es que los ríos fueran una frontera natural, de hecho, en realidad, los ríos constituyen, más bien, un eje de intercambios comerciales. En torno a los ríos, en los valles por los que discurren, se asientan poblaciones que viven de la agricultura y el comercio. En el lado castellano, las conquistas fueron marcadas por el avance hacia los valles del Duero primero, del Tajo después, del Guadiana más tarde y, finalmente del Guadalquivir. El curso de estos ríos atravesaba la meseta castellana y todo el problema consistía en cómo asegurar las conquistas mediante la instalación de castillos y de colonos. En cierto sentido, los campesinos hicieron Castilla tanto como los guerreros. La fidelidad a la tierra propia del campesino –el origen montañés de los reinos ya había quedado lejos- hizo que la Reconquista tuviera pocas regresiones y que, una vez se talaban los espesos bosques para asegurar visibilidad y zonas de cultivo en las que pudieran asentarse nuevos colonos, ese terreno ya no fuera recuperado jamás para el Islam.

Pero el Reino de Aragón se desarrolló de otra manera. El espacio geopolítico de Aragón era un triángulo constituido por los Pirineos de un lado, el curso del Ebro de otro y la costa Mediterránea finalmente. Más allá de la Cordillera Ibérica, Aragón no encontró las posibilidades de expanderse hacia el Oeste y, al encontrarse más allá de la desembocadura del Ebro, solamente pudo expanderse hacia el Sur, hasta el Paso de Bihar, lugar histórico de frontera entre Castilla y Aragón.

Precisamente la pujanza de Barcelona deriva de la privilegiada situación de Barcelona, en la costa, disponiendo del control de los pasos pirenaicos que, facilitaban el comercio hacia la Ciudad Condal. Además, la depresión prelitoral llevaba al emplazamiento de Barcelona, entre los ríos Besós y Llobregat, desde donde se abrieron caminos hacia el Valle del Ebro. Al adquirir la baronía de Flix, situada en la salida de la última garganta por la que atravesaba aquel río. Esa posesión fue esencial en el dominio económico de la Corona de Aragón.

El Reino de Aragón, al no poder expandarse más hacia el Sur, intentó en el siglo XII, una expansión hacia la otra vertiente de los Pirineos, ensayando el embrión de lo que geopolíticamente se llama un “Estado Encabalgado” (cuando un núcleo montañés dispone del control de los pasos de montaña y se expande a uno y otro lado de la montaña). Pero la reorganización del Reino Franco, hizo que tras la Batalla de Muret, las aspiraciones aragonesas sobre Cominges, Tolosa y el Languedoc, se disiparan. La derrota de Muret marco un giro neohistórico en el desarrollo de la Corona de Aragón y le obligó casi a seguir el curso del Ebro hasta más allá de su desembocadura: fue entonces cuando se inició la expansión mediterránea de la Corona de Aragón que en el siglo XIV ya disponía del control sobre las Baleares, Cerdeña y Sicilia, luego con Alfonso el Magnánimo, alcanzó hasta Grecia y los Balcanes, llegando hasta Tebas.

Tras producirse la unificación de los Reinos Peninsulares con los Reyes Católicos, mientras Castilla inició su expansión oceánica en el Atlántico, Aragón persistía en su vocación mediterránea. En los siglos XVI y XVII, españoles y portugueses podían considerar en rigor el Océano Atlántico como un “mare clausum”: dominaban absolutamente todas las puertas que daban su acceso. El Estrecho de Gibraltar, el Estrecho de la Florida, el Cabo de Buena Esperanza y el Estrecho de Magallanes. Pero, a decir verdad, los adelantos tecnológicos de la época no permitían todavía un tráfico fluido y mucho menos la existencia de comunicaciones estables en un espacio tan amplio como el Atlántico. El Mediterráneo, por el contrario, estaba hecho más a medida de la expansión que podía realizar una potencia en la época. Desde ese punto de vista, se produce una mayor acumulación de capital en la Corona de Aragón y, más en concreto, en la Ciudad de Barcelona que en Castilla.

Además, Catalunya se beneficia de la frontera de los Pirineos y especialmente con el tráfico polarizado en Port Bou. Una vez más, una frontera no es un lugar de separación, sino una zona de cooperación entre los dos países que allí se encuentran. Hasta bien entrado el siglo XVII, en concreto hasta la Paz de los Pirineos, no existían fronteras tales como las entendemos hoy. Apenas importaba otra cosa que el control de los nudos de comunicaciones, más que de un control concreto sobre una línea de frontera. La “Paz de los Pirineos” estableció como frontera la marcada por las “crestas divisorias” que, efectivamente, ya señalaban una línea perfectamente definida, tras la cual, tanto Francia como España, situaban plazas fortificadas tales como Salses diseñada por el ingeniero Vauban.

Así pues, la geopolítica determinó la existencia de tres fases: la creación de los reinos peninsulares a partir de dos núcleos montañeses de resistencia: el que apareció en la cornisa cantábrica y el que apareció en los montes Pirineos. Cada uno de estos núcleos, al expanderse hacia el sur, terminó fusionándose: los distintos reinos originados en la cornisa cantábrica convergieron en uno solo. Mientras que los reinos y condados pirenaicos, en su expansión hacia el valle del Ebro y el Mediterráneo, también terminaron constituyendo una sola unidad histórica.

EL REINO DE NAVARRA

¿Y Navarra y el País Vasco? El reino de Navarra había surgido a mediados del siglo VIII aprovechando los contrafuertes pirenaicos próximos al Cantábrico. En esos primeros años, los navarros se vieron presionados por el sur por los contingentes islamistas y por el norte por los francos. En el siglo IX, consiguieron estabilizar una dinastía iniciada por Iñigo Arista que en el siglo X fue sucedida por la dinastía Jimena con la que Navarra alcanzó su máximo esplendor. Sancho Garcés III “El Mayor” logró incorporar el Sobrarbe, el Ribagorza, Álava, Vizcaya y el condado de Castilla. A su muerte se inició la crisis de este reino que se fusionó con los aragoneses, luego con los francos y que, en la práctica, fue residual y comprimido por sus dos grandes vecinos, Castilla y Aragón. En el siglo XIV, Navarra permaneció ligada al reino de Francia. Durante el reinado de Juan II de Aragón se produjo la lucha contra su hijo el Príncipe de Viana con la división del reino en dos facciones: los agromonteses que apoyaron a Juan II y los beamonteses que apoyaron al Príncipe de Viana. Finalmente, en 1515, Fernando el Católico invadió navarra y la incorporó a la Corona de Castilla, integrándola de hecho en la unidad peninsular.

En el Reino de Navarra, incluso en la actualidad, son perceptibles los rasgos propios de las poblaciones montañesas. No es por casualidad que el nacionalismo vasco se haya encastillado en algunas comarcas montañosas y sea el núcleo del abertzalismo más radical, mientras que Navarra sea uno de los Reinos históricos en los que más se siente y se vive la idea de España. Fue allí donde arraigó con más fuerza el conservadurismo tradicionalista hasta mediados del siglo XX. Si examinamos los rasgos de carácter que la geopolítica atribuye a las poblaciones montañesas, veremos que tales tendencias no pueden extrañar. De hecho, estas tendencias solamente van atenuándose a medida que las poblaciones del valle van creciendo. Es preciso no olvidar que, la escuela francesa de geopolítica, ha insistido en que los valles de ayer son las ciudades de hoy. No es de extrañar, por tanto, que sea precisamente en las zonas rurales y especialmente montañosas en donde el radicalismo abertzale haya arraigado con más facilidad, y que el voto nacionalista sea un voto progresivamente ruralizado.

Por lo demás, el nacionalismo vasco sigue una tendencia que la geopolítica ha analizado hasta la saciedad y Vicens Vives ha llamado “tendencia a la Reconquista”: “Los núcleos neohistóricos tienden a justificar su actividad expansiva acogiéndose a la herencia de formaciones similares más antiguas que han ejercido soberanía sobre determinados territorios”. Y, acto seguido, pone como ejemplo los Estados cristianos medievales que reivindicaban la herencia visigoda y luego las cruzadas.

En el caso vasco-navarro, esta tendencia a la “reconquista” está presente especialmente en las falsificaciones históricas difundidas por el gobierno autónomo vasco (y también por el catalán): aislando momentos puntuales de la historia de estas zonas, casualmente, aquellos momentos en los que esas zonas alcanzaron una mayor expansión, se reivindican territorios, soberanías y unidades ideales a las que se pretende regresar. De hecho, todo el micronacionalismo moderno es un proyecto de “reconquista” de un territorio ideal sobre el que gobernó en un determinado momento histórico cuando no existía la noción de “Nación”.

EL DETERMINISMO GEOPOLITICO DE LOS NACIONALISMOS

No es en la historia en donde los micronacionalismos pueden asentar sus aspiraciones, sino más bien en criterios geopolíticos: es decir, no existen “naciones” dentro de la Nación Española, a causa de pasados históricos, ni siquiera por “factores diferenciales” de tipo étnico o cultural (el RH de los nacionalistas vascos y el idioma de los nacionalistas catalanes), sino por determinismos geopolíticos en función de los cuales se construyen ideologías y interpretaciones. El nacionalismo, menos que cualquier otra doctrina, es un títere de factores subpersonales y geohistóricos subjetivos.

Existen tendencias centrífugas en España por que existen redes fluviales paralelas que desembocan en el Atlántico y por que existe un gran río que desemboca en el Mediterráneo. Diferente hubiera sido si en España hubiera existido una configuración hidrográfica como la francesa en la que los ríos en lugar de ser paralelos, fueran centrífugos y partiendo de un núcleo central irradiaran. El germen de la centralización estatal que ha experimentado Francia desde el período de Felipe el Hermoso, es buena muestra de esta teoría. Sin embargo, la existencia de cuencas fluviales paralelas, pero en direcciones opuestas, tiene un poder disociativo extraordinario que hizo imposible, no sólo la aventura transpirenaica de la Corona de Aragón y su intento de extender su influencia por Bigorre, Foix, Toulouse y el Languedoc (oposición entre el Garona y el Ebro), sino que también explica la diversidad de vicisitudes históricas que han vivido Castilla y Aragón, cuyos núcleos fluviales caminan opuestos y cuyas aventuras marítimas se han hecho en función de mares opuestos.
Mientras el País Vasco es el último reducto de las primitivas poblaciones de la Península Ibérica (en este sentido, puede decirse, con cierta ironía por lo que a los nacionalistas se refiere, que los Vascos son… los primeros españoles) cuya existencia está justificada por la geografía vasca compuesta por altos valles encerrados entre zonas montañosas, el reino de Aragón, al disponer de una salida al Mediterráneo, se preocupó por ampliarla (una tendencia geopolítica habitual), expandiéndose hacia el sur, ocupando la costa del Levante, en la medida en que encontró cerradas sus posibilidades de expansión hacia el norte y la oposición entre las cuencas fluviales del Garona y del Ebro, impidió la constitución de un Estado encabalgado.

LA UTOPIA GEOPOLITICA Y LA REALIDAD ESPAÑOLA

Es preciso retener el concepto de “núcleo geo-histórico”. Se trata del espacio natural favorecido por el cruce de comunicaciones y corriente de tráfico de donde (a causa de diversas coyunturas) ha surgido el ímpetu creador de una cultura o de un Estado. Dichas coyunturas han sido espoleadas por la ley de la adversidad creciente, según la cual, frente a un estímulo adverso, notable, pero no destructivo, una comunidad, reacciona y genera una vitalidad interior que la proyecta hacia el exterior de sí misma. La Grecia de los orígenes, establecida sobre un suelo agreste forzó a la emigración y a las actividades comerciales, esto les llevó a fundar colonias y a vivir un período de desarrollo económico que alumbró un régimen democrático y el desarrollo de las ciencias y las artes. Los núcleos geo-históricos de la Reconquista, como hemos visto fueron el galaico-portugués, el asturiano-castellano-leonés, el vasco-navarro y el catalana-aragonés.

Es preciso completar este concepto con otro no menos importante, el de “ecumene estatal”, porción del Estado que contiene la población más densa y numerosa y la red de comunicaciones más tupida. Habitualmente, este “ecumene” es también el núcleo neoeconómico de muchos Estados.

Vicens explica que la utopía geopolítica sería la coincidencia del núcleo neohistórico con el ecumene estatal en el centro geométrico del país. Esta utopía geopolítica se completa con el debilitamiento, tanto de la capacidad estatal, como de la económica y de la densidad de población, a medida que nos vamos separando de ese centro geopolítico que a la vez es centro geométrico. Este debilitamiento llegaría a una zona desértica que constituiría la frontera de esa utopía geopolítica ideal. Al menos sobre el papel.

Está claro que, en la práctica, un Estado de ese tipo es improbable y, por lo demás, inexistente. Frecuentemente, los núcleos geo-históricos pasan de una región a otra dentro incluso del mismo Estado, y las fronteras, lejos de ser territorios desérticos, son zonas geoeconómicamente importantes. Ahora bien, es preciso no perder de vista las dos nociones de “núcleo geopolítico” y de “ecumene Estatal”. Si aplicamos a España estos dos conceptos observaremos que, en la práctica:

- Existen distintos ecumenes estatales y no uno solo. A diferencia de Francia en donde París y sus alrededores concentran la mayor población y la mayor capacidad industrial del país, en España, tanto la población como la industria se han encontrado fragmentados en tres grandes núcleos: Madrid, Barcelona y Bilbao.

- Ciertamente, todos los pueblos peninsulares han sido espoleados en algún momento por la citada “ley de la adversidad creciente”, solo que han dado distintas soluciones a sus problemas: los castellano, extremeños, andaluces, navarros, la encontraron en la aventura Atlántica y en la conquista de América, mientras los catalana-aragoneses se centraban en el Mediterráneo.

- Catalunya y el País Vasco se han visto más favorecidas por la situación fronteriza y por disponer cada una de dos zonas preferenciales de cruce de los Pirineos (Portbou y Hendaya) lo que ha hecho que el comercio favoreciera extraordinariamente ambas zonas.

- Mientras España pudo mantener los virreinatos en América, era evidente que el núcleo neohistórico de España se situaba en Castilla, mientras que, a partir del siglo XVII, la presencia catalana-aragonesa en el Mediterráneo fue menguando y, en el fondo, la victoria de Lepanto, fue una victoria “de las Españas”, mucho más que de Castilla. No olvidemos que las galeras de la victoria se construyeron en las Atarazanas barcelonesas. Pero a partir de la independencia de las Colonias americanas y especialmente de la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, en un contexto de industrialización de Catalunya el País Vasco, el núcleo geo-histórico español, Castilla, perdió vigor. El vacío generado fue cubierto por el nacionalismo que aparece en el último tercio del siglo XIX en Catalunya y el País Vasco y que tiene una neta hegemonía en nuestro momento histórico.

© Ernesto Milá – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

Antropología de la Vieja España (I): ritos de novios

Antropología de la Vieja España (I): ritos de novios

Redacción.- Presentamos a nuestros lectores una serie de artículos sobre aspectos antropológicos del pueblo español relativos a esa institución tan denostada y atacada como es el matrimonio y la pareja HETEROSEXUAL. En los próximos días vamos a repasar los distintos aspectos y tradiciones de matrimonio en España. Era lógico que empezáramos con el noviazgo.

1. EL NOVIAZGO INCIPIENTE

En apenas un siglo se han perdido todas las tradiciones del noviazgo. Los tiempos discurren demasiado rápidamente y las mutaciones sociales mucho más rápidas aún.

Era tradicional de finales del siglo XIX y duró hasta mediados del XX que las jovencitas fueran estrechamente tuteladas por sus familias durante el noviazgo. Algo parecido ocurría en toda Europa Occidental. En algunos pueblos franceses se creía hasta la Primera Guerra Mundial que una jovencita, por el mero hecho de estar a solas con un varón, ya estaba deshonrada para toda la vida a menos que se casara con él y aunque jamás hubiera mantenido relaciones sexuales con él. Por eso mismo puede inferirse que en España las cosas no iban mucho mejor.

Casas dice textualmente: “Hasta que se les reconocía oficialmente sus relaciones, los novios pasaban más fatigas que Hércules”. Era de buen tono que las chicas no salieran de casa sino acompañadas por una carabina vocacional que imposibilitaba cualquier coqueteo con el otro sexo. Y eso hasta el reconocimiento oficial del noviazgo y la petición de mano; algo que sólo ocurría tras un dilatado noviazgo.

Pero hoy las chicas están emancipadas, se mueven solas en la calle y en su tiempo de ocio, lo que no está tan claro es si esta nueva situación ha redundado en beneficio del noviazgo o bien lo ha hecho trizas. Por que hoy los noviazgos están alterados, no cumplen su función preparatoria para el matrimonio y apenas están sometidos a rituales. No está de mas repasar lo que fueron para advertir como deberían ser.

¿Dónde se inicia el noviazgo? Había pocas ocasiones en las que chicos y chicas pudieran conocerse para iniciar un noviazgo. La coeducación no existía, incluso se paseaba por aceras diferentes, la mujer no trabajaba fuera del hogar. Así pues los matrimonios o estaban concertados por las familias o bien los noviazgos se fraguaban con una subrepticia mirada el domingo en la Iglesia o en el paseo, o cuando una familia visitaba a otra acompañado por sus hijos e hijas; entonces se producía el fatal primer contacto visual entre los jóvenes que estaba en el origen de un enamoramiento que debería discurrir a distancia y en silencio en sus primeras fases. La mirada ocupaba el lugar de cualquier otro sentido y actitud. Las miradas lo decían todo y particularmente las de los varones que se comían a las hembras con los ojos. Estas se sofocaban al sentirse observadas, cambiaban la vista, la piel de las mejillas enrojecía. Esta púdica actitud contrastaba con la de las carabinas que, si advertían el barrido visual del machito, montaban en cólera y, muy frecuentemente, lo despachaban a cajas destempladas.

Pero la mirada, ocasionalmente podía ser respondida por otra de deseo. En ese caso el varón la seguía hasta su hogar y se apostaba en la cera de enfrente hasta que ella le correspondía desde el balcón o del quicio de la ventana con una sonrisa o un gesto. El amor clandestino comenzaba a partir de ese momento. La primera fase consistía en “pelar la pava” que junto con el “hacer el oso” eran características del inicio de los noviazgos a principios del siglo XX. ¿Pelar la pava? Apenas el galanteo en sus primeros pasos, realizada mediante la conversación mantenida a uno y otro lado de la reja. ¿Hacer el oso? Esperar interminablemente en plantón permanente a la amada en la calle, con frío, viento o sol. El aspirante a novio realizaba un papelón ridículo y solía ser objeto de burlas y comentarios crueles.

La mirada, en una segunda fase era sustituida por el lenguaje gestual cuando la distancia impedía el contacto. Un hispanista germano, Frachkampf, dedicó una curiosa obra a describir este tema: “El lenguaje español de los gestos”. Gracias al tudesco sabemos que los aspirantes a novios se comunicaban mediante chasquidos de los dedos que deletreaban un alfabeto propio. El abanico era el instrumento más empleado por las mujeres en el arte del lenguaje gestual. Dependía de cómo se manejara ese abanico, que el amante sabía a qué atenerse. Taparse el rostro por debajo de los ojos indicaba deseo, agitarlo frenéticamente o cerrarlo con brusquedad indicaba que la carabina estaba cerca. Cuando se le cerraba y se apoyaba contra los labios como ocultando una sonrisa, el gesto indicaba aceptación. Las flores tenían también su significado particular y eran utilizadas por ambos sexos. Un alhelí prendido en el sombrero de un varón era una imprecación a la dama para que no lo olvidara. El tulipán enarbolado por el hombre equivalía a una declaración de amor cuando lo largaba a su dama. La dama que aceptaba el reto del amor se ornaba con margaritas blancas en la cabeza. Y ella decía el “yo te amo” colocándose rosas blancas.

Luego, tras la mirada y el gesto, viene el verbo. En la Andalucía de no hace mucho “pedir conversación” equivalía a iniciar una relación. Y aquí el varón se la jugaba por que debía mostrar ingenio, educación, capacidad para el diálogo y ciertas dosis de sabiduría. Se trataba de que la muchacha se divirtiera primero, comprobase la calidad intelectual de la otra parte y conociera finalmente los rasgos dominantes de la personalidad del cortejador. Frecuentemente la conversación tenía lugar a través de la reja que pasaba a ser el confesionario del amor. Cualquier contacto físico, un simple roce de manos, se excluía. En Galicia los novios se intercambiaban confidencias a la puerta del caserío. Esto se producía dos veces a la semana y los jóvenes llamaban al rito “ir de tuna”. Ir de tuna equivalía a ser un tunante. Y un tunante no era de fiar. En Asturias las chicas se reunían para hilar; los mozos acudían los sábados y entablaban conversación con ellas pero se excluía el palique en pareja, eran dos bloques, hombres y mujeres, que realizaban justas.

Era frecuente que una sola moza fuera cortejada por varios varones. En esos casos, como en Baleares, pero no sólo allí, los aspirantes al noviazgo eran citados el mismo día a la misma hora en casa de ella. Al llegar se les concentraba en la cocina y allí esperaban su turno. Mientras hablaban entre ellos, la chica tenía una breve conversación con cada uno de los mozos ante la presencia de la madre y terminaba eligiendo a uno. Con cierta frecuencia los no elegidos aceptaran mal la elección y surgieran pequeñas o no tan pequeñas trifulcas al concluir la velada.
En Ibiza se realizaba el mismo ritual solo que en un banco exterior a la casa, pero es imprescindible que esté cubierto por una manta doblada. En otras regiones todavía se dan más variantes.

La escritura es el otro vehículo del amor. Las cartas que cruzan los amantes, inflamadas de pasión, henchidas de ingenio o bien desbordando cursiladas, entregadas por correos o por cómplices de uno o de otro o de ambos, tras ser leídas son guardadas juntas, una sobre otra, dispuestas para ser leídas y releídas como si los amantes recargaran la fuerza de su amor. Antes, cuando el analfabetismo era lacerante en nuestra sociedad, las cartas se confiaban a escribientes que, como abogados o confesores, mantenían siempre el secreto de su oficio. Tico Medina cuenta que en México conoció a uno de estos escribientes. Adornaba las cartas con lagrimillas que reunían para él viejas plañideras. Llevaba consigo el preciado líquido y preguntaba primero al amante si la carta debía ser “con lágrima o sin lágrima”. Si era con lágrima, la pregunta siguiente era “¿de llanto o artificial?”. Si era artificial -y por ende más barata- rociaba el papel recién escrito con unas cuantas gotas, pero nada que ver con la textura que lograba la lágrima viva retenida en el correspondiente frasquito que, inmediatamente, hacía que la tinta se corriera, pero no hasta el extremo de volver ilegible el mensaje como solía ocurrir con la lágrima falsa. En fin, toda una técnica. Hoy de todo esto no queda ni el recuerdo. Los novios se conocen por Internet, mantienen largos intercambios de E-mail plagados de abreviaturas y convencionalismos que excluyen por definición cualquier evocación amorosa. Pero es el signo de los tiempos.

Con todo, cuando hay amor sobra todo lo demás, incluida la palabra. No es raro que los grandes amores fragüen en el silencio más soterrado y hermético. Pero no todos están dispuestos al silencio como vehículo del amor. Los hay que no conciben la aproximación a la hembra sin el recurso al piropeo.

© Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es

Antropología de la Vieja España (II): metafísica del piropo

Antropología de la Vieja España (II): metafísica del piropo

Redacción.- Presentamos la segunda entrega de la serie Antropología de la Vieja España, consagrada al piropo, una de las especificidades propias de nuestra cultura en la que el varón juega con la imaginación y el ingenio para halagar a la ricahembra. Una tradición que, de perderse, supondria una verdadera tragedia nacional, en tanto que peculiaridad propia de nuestra identidad.

El piropo es una metáfora halagadora, desorbitada, chistosa y, en ocasiones, desagradable o chabacana, dedicado a la mujer. La hipérbole suele ser la característica más habitual en la que se basa el piropo. El piropo alcanza en España su máximo nivel de ingenio con los diálogos de los hermanos Alvarez Quintero, verdaderos duelos entre piropeador y piropeada.

Del piropo lo esencial es aguantar la mirada de la piropeada (que hasta hace poco tendía a bajar la vista abochornada por lo chabacano del lance o bien la sostiene acompañada de sonrisa premiando el ingenio del piropeador y desde hace unos años tiende a responder con un desarbolador “¡gilipollas!” si la chica comparte los ideales del “Women’s Lib”). Y es que para piropear hacen falta buenas dosis de aplomo. Por que el piropo se lanza a pocos centímetros del objeto de lisonja y a la cara; salvo aquellos, naturalmente, aquellos piropos que glosan las cuartos traseros de la anatomía femenina. En esta España en que el toreo no ha podido desbancar al Día de la Constitución como “Fiesta Nacional”, el piropeador tiene algo de banderillero, incluso en la pose para lanzar el piropo. Al hacerlo estira el cuerpo, tensándolo hacia atrás, dando la sensación de que así va a saltar mejor sobre la presa. También el canon del piropo acepta arrimar el cuerpo hacia el de la hembra como el mataor acerca la muleta al morlaco.

El piropo dicho con arte y conforme al canon tradicional, debe permanecer entre los dos seres que entran en juego: la garbosa y el atrevido. Éste debería lanzar su lisonja al oído sin compartirlo con terceros. Nada que ver con la chabacanería de quien piropea en alta voz para que el respetable admire el ingenio, el arrojo o incluso la zafiedad del dador, más que el halago para la interesada. Para piropear conforme al canon hay que hacerlo midiendo las distancias y estas deben ser más cortas que largas.

Es falso que el piropo sea algo que ha arraigado sólo en Andalucía indiscutible tierra del gracejo y la chufla. No hay nada tan español como el piropeo. Lo que ha ocurrido es que el piropo ha seguido una evolución notable que le ha llevado del canto coral al solo, de la cuadrilla a la individualidad, de la noche al día.

Hubo un tiempo en el que los mozos de todas las regiones de España, organizados en cuadrillas, recorrían amparados en la noche las calles de las ciudades y los pueblos para ir a cantar, bandurria en mano y flauta en boca, las glorias de las mujeres más hermosas: “¿Quien fuera rayo de luna para entrar en tu ventana?” o aquel otro más lúgubre: “Quisiera ser el sepulcro donde a ti te han de enterrar, para tenerte en mis brazos por toda la eternidad”. Tales cuadrillas son, en la práctica, un remedo de las “mannerbünde” germánicas, las sociedades de hombres con su dominio propio (la taberna del lugar), sus cofrades (la patulea) y sus armas (bandurrias, flautas, gaitas). Estas agrupaciones no crecen hasta el infinito, alcanzada una masa crítica se escinden y surgen así rivalidades entre unas y otras. A menudo, las diferencias se dirimían a las bravas. Pero más frecuentemente unos terminaban cantando coplas ridiculizando a los rivales y estos respondían procurando hacer gala de su más cruel mordacidad e ingenio. Sólo en algunos casos se llegaba al puñetazo y en muchos menos las partes descubrían pinchos y navajas y sólo en unas pocas se oía algún disparo. Pero haberlos, húbolos. Como en cualquier mannerbünde que se preciara.

El objetivo final que era recordado en las tabernas como Don Juan de Austria recordó Lepanto en los palacios, era que la mujer objeto del deseo, saliera al balcón y deparara una sonrisa a los cofrades tras la mejor de sus canciones. Habitualmente quien salía al balcón era el padre, garrota en mano, o la madre tenía a bien arrojar un cubo de inmundicias. Gajes del oficio, se decían, para volver al día siguiente a ese o a cualquier otro balcón. “Debajo de tu ventana paso las noches al claro y no logro que te asomes por más que canto y te llamo”, era una letrilla clásica, como la de “Bien sé que estás en la cama, bien sé que no duermes, no, bien sé que estás escuchando cantares que canto yo...” (imposibles de ignorar por que los cofrades más que cantar, daban alaridos y aquello terminaba pareciendo un concurso de desafinos). Pero buena voluntad, eso si que podían.

Habitualmente, en aquel tiempo, un cofrade cantaba una copla de apertura y luego otro pronunciaba el “yo sigo” y seguía con su cuarteta y luego otro y otro más, hasta que al final la interesada descorría levemente el visillo o la cortina y las más audaces saludaban con la mano. Entonces el cante se enfebrecía y las voces ganaban en aplomo y convicción, aunque no en calidades tonales. Al cabo de un rato venía la despedida: “Divina estrella, buenas noches tenga usted y asómate a la ventana y te lo diré”. Era el último intento antes de irse con la música a otra parte.

Había regiones en las que la función concluía cuando un familiar -nunca la interesada- o una fámula arrojaban algunas monedas... Y a la taberna, que al día siguiente un solemne cátedro les aburriría (y abrumaría) con su saber.

Los piropos cantados fueron sin duda lo más sofisticado del arsenal lisonjero nacional. Y como todas las artes patrias tuvieron sus recopiladores. Rodríguez Marín, tras el desastre del 98, realizó un compendio de las más brillantes coplillas. Las ordenó por alusiones a la anatomía femenina. Y las había de todo: “Mañana, si Dios quiere, voy a confesar lo que unos ojos negros me han hecho pecar”, “Los dientes de tu boquita campanitas de oro son”, “Esos ricitos, rubita, que te cuelgan, por la frente son campanillas de oro que van llamando la gente”. Se ve la tónica del piropo cantado.

Si estos eran piropos cantados en cuadrilla -de los que la Tuna ha sido el último resabio- lo más habitual eran los piropos unipersonales y estos han sobrevivido, mal que bien, especialmente en determinados oficios y especialidades de la construcción. Difícilmente lo tiene el encofrador colgado más allá de un segundo proyecto de piso, en advertir las bondades de la anatomía femenina y mucho más lo tiene el albañil perdido en las alturas de los andamios. El piropo es algo que se da a nivel de calle, a menudo surge del pozo o la zanja o a pie de obra en el momento de la descarga de materiales.

Morfológicamente el piropo, que no la copla cantada, debe ser breve, no más de dos frases, entre tres y cuatro segundos para expelerlo. Necesariamente la hipérbole no debe ser excesivamente retorcida, o la aludida no lo entenderá a la primera. Debe causar un impacto positivo, halagador en cualquier caso. Por supuesto, no debe ofender ninguna de las cualidades físicas de la aludida, por evidentes que sean. Es una afirmación de las preferencias sexuales. Quien lo dice aprecia a la mujer, piensa en la mujer y su placer está en la mujer y sólo en ella. Por que el piropo, aun intercambiándose entre individuos del mismo sexo, alcanza su clímax de hombre a mujer. Y es bueno que así sea por que su intención lejana fue lejanamente, acercar a los jóvenes al noviazgo y de allí al altar y del altar al paridero, que tal era el riguroso orden de las cosas. Probablemente, de seguir con buena salud la tradición del piropo otro gallo cantaría a la demografía patria.

El origen del piropo se pierde en la noche de los tiempos. Debió derivar, sin duda, del romance medieval con fases de transición. Cantado al son de la vigüela y la flauta, el romancero viejo castellano está repleto de poemillas que hablan de los amores de Lanzarote (“Nunca hubo caballero de damas tan bien servido como era Lanzarote cuando de Bretaña vino”), los amores imposibles de cristianos y moras (romances fronterizos) o bien los cortejos que descarrilaron nuestra historia, con particular énfasis en la traición de Don Opas y la “pérdida de España” por el amor de una mujer.

Cuando la flecha de la historia hizo que los grandes y pequeños romances medievales quedarán muy atrás, irrumpió la costumbre del piropo cantado en cuadrilla. Y luego, visto el éxito, el mozo aislado, repitió en la calle las frases surgidas de su ingenio. Al no tener instrumento alguno que acompañara al cante, se limitó a recitar la copla y al no estar amparado por la noche, se fue desarrollando una técnica nueva que incluía una plástica específica. Acombar el cuerpo, arrimarlo, estampar la frase a quemarropa, al oído inicialmente; luego, en la fase evolutiva siguiente, el alarde pasó a ser representado para la contemplación de los transeúntes y haciendo gala de vozarrón.

Existió una fase de transición que logró sobrevivir. Cuando se hizo el día, la cuadrilla seguía de taberna en taberna. Seguía siendo preciso demostrar, no solo quien estaba enamorado, sino quien era más machito. Apareció así el piropeo en grupo. Del seno de la formación de compañeros se destacaba uno ante la proximidad de la dama de buen ver y lanzaba sus frases tal como indicaban los cánones. Los había sin mucho valor, nulo aplomo, pero inspirados, que solían ampararse en el muro de sus compañeros y en su presencia, para disparar el piropo sin que la dama pudiera ver su rostro. Sin duda, el piropo en voz alta, indiscreto y chillón, a menudo ofensivo, debió nacer entre estas compañías cuando hacerse consideraron que la virilidad y el arrojo se demostraba realizando alardes ante los cofrades. El piropo dejó de estar amparado por la nocturnidad, dejó también de ser un lance entre dos, dejó incluso de tener como objeto a la mujer hermosa para ser una demostración de virilidad ante los propios. El piropo así ganó en decibelios, y se hizo público, llegando a ser tal como lo conocemos.

Pero el piropo puede ser algo más que una frase ingeniosa. A menudo fue un gesto. Los hidalgos españoles arrojaban las capas al paso de la dama deseada. La costumbre pasó luego a otras categorías sociales y hubo un tiempo en el que las capas de los estudiantes eran, literalmente, un deshecho a fuerza de ser pisadas una y otra vez por calzado femenino y enfangadas por su envés.

Casas recuerda que en el siglo XIX español los varones al pasar ante una ricahembra se tapaban los ojos como indicando que podían ser deslumbrados por la bella. Luego estaba la costumbre de arrojar un beso al aire, la de orientar la dirección del beso con la palma de la mano como asegurándose que iba a llegar a la dama. Y el suspiro profundo, sin palabras, acompañado de un cierre momentáneo de párpados, evidenciando que el varón había alcanzado el cortocircuito psicológico a la vista de la dama. Por haber, hubo tiempo atrás la costumbre ibicenca de disparar un trabucazo (sin plomos) a los pies de la amada, de tal manera que ésta, cuando se dispersaba el humo y el polvo, ésta se sabía cortejada pero no por ello distraía su paso. Era el piropo apetardado. Quería la costumbre que el agresivo mozo se situara junto a la joven y le diera conversación. El trabucazo, que las zagalas ibicencas soportaban con estoicismo y tenían por el más elevado de los halagos, era una forma traumática pero aceptable de iniciar la conversación.

Si ustedes miran a los niños y adolescentes en las verbenas verán que, la costumbre de la mayor de las Pityusas se ha extendido a la Península, pues no en vano, los petardos son preferentemente arrojados a los pies de las chicas. Las costumbres han cambiado pero la embriaguez de la pólvora persiste. Sólo que las chicas ya no comprenden el universal lenguaje del petardeo nacional, ni los chicos quieren iniciar una conversación para la que les faltarían las palabras. El estallido no es más que un albor del sentimiento sadomasoquista que hace que los jóvenes amen el rictus de sorpresa y miedo en las niñas antes de amarlas de verdad. Pero eso ya no es piropo, es el primer despunte de la sexualidad más dura que pura.

Cuando el noble arte del piropeo se recupere, España volverá a ser grande como en sus mejores tiempo. Y probablemente hasta suban las tasas de natalidad en un plazo prudencial.

© Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es

Antropología de la Vieja España (III): Contacto Prenupcial

Antropología de la Vieja España (III): Contacto Prenupcial

Redacción.- La tercera parte de esta serie está dedicado a los primeros contactos amorosos entre los amantes. Las costumbres y tradiciones españolas disponen de un amplio repertorio de cómo se producían estos primeros escarceos amorosos en la Vieja España. Resulta sorprendente, tras el análisis de todo este material, constatar que la Vieja España toleraba bastante bien las relaciones prematrimoniales aun a pesar de la condena eclesiástica.

3. Contacto y cohabitación prenupcial

Tras la vista, tras el lenguaje gestual, tras el intercambio de mensajes furtivos, tras las conversaciones a uno y otro lado de la reja, viene el período de la relación física. El sentido dominante en esta fase es el tacto: las caricias, el roce de las manos, la proximidad de rostro a rostro, de labio a labio, de cuerpo a cuerpo. Aquí se evidencia, como en ningún otro tiempo del noviazgo, la tendencia natural de los amantes a unir sus cuerpos. Los padres de la novia lo sabían y temían que todo se desarrollara a una velocidad más rápida que lo previsto y deseado y hacían todo lo posible por hurtar el máximo intimidad a la pareja. Pero estos siempre encontraban la estrategia oportuna para vencer los controles de seguridad. Se diría que el amor agudiza nuestros sentidos y espabila la imaginación. El baile era una de esas actividades en las que resultaba inevitable el contacto físico por mucho que las carabinas extremaran su vigilancia. Pero había otras ocasiones.

En la noche todos los gatos y los amantes resultaban ser pardos. A fuerza de dar la murga por las noches, cantar bajo el balcón de la amada, rondar por su verja, antes o después ésta debía ceder a la tentación y a los requerimientos y terminaba entreabriéndole el quicio de su corazón y de su ventana. Estaba ofreciendo al amante ágil y habilidoso en la escalada, la posibilidad de ascender hasta el lecho de la amada en lo que se ha dado en llamar eufemísticamente, «el cortejo de cama».

La conversación de la verja, una vez terminada, proseguía en la noche más profunda en la cama de la moza amada. Ahora bien, no se piense que había en ello penetración, ni sexualidad prematrimonial; ella lo recibía protegida por sus ropas de día, refajos, corpiños, tela y mas tela, blindajes de la virtud de la dama. Lo más sorprendente es que, en muchos casos, esto se realizaba con el conocimiento de los padres de la novia. Así ocurrió hace muchas décadas en Asturias y Galicia y así ocurría hasta no hace mucho en casi toda Europa. En España en el primer tercio del siglo XX esta costumbre tenía sorprendentes variaciones.

En León la tradición ancestral accedía a que la muchacha cortejada abriera al novio el acceso a su cama. Debe hacerlo, eso sí, en la clandestinidad. Ella se acuesta en la cama y él se sienta sobre la misma. Debe de adoptar una posición ritual: con las manos bien visibles apoyadas en la cama y envuelto en una manta. Hubo un tiempo en que en Asturias, en el verano, las muchachas subían a las brañas y esperaban allí la llegada de los mocetones en la cama. Los padres de unos y otros están al corriente de donde están sus vástagos, pero la virtud de las chicas no peligraba en absoluto. En Mondoñedo y Caso, siempre en el Norte, existieron análogas costumbres. En Caso, los mozos vestidos penetran en la cama de las mozas, también vestidas y además envueltas en la sábana superior. Se cubren ambos con la colcha y allí se cortejan. Es evidente que, el rito, tiene una doble función: acentúa el deseo y la pasión e intensifica la intensidad del encuentro. Pero todos tenían claro que para satisfacer el deseo era preciso pasar por el altar.

También Casas menciona algunas costumbres brutales de emparejamiento como la que se desarrollaba en las comarcas leonesas del sur el 1º de mayo. Tras el baile de los jóvenes, los mozos luchan salvajemente por cada una de las mozas. Imitaban a los toros más bravos, ajustándose unos cuernos sobre la frente y cubriéndose con pieles, se atacaban unos a otros. Luego, elegidas las parejas, subían a los pajares para dormir juntos hasta el Día de Todos los Santos; entonces volvían a bailar juntos para separarse luego. Y cuentan las crónicas antropológicas que, a pesar de hacer en ese tiempo vida de casados, la castidad presidía la relación. Se trataba verdaderamente de relaciones prematrimoniales en las que la pareja experimentaba la convivencia y descubría si era oro todo lo que relucía o si la bondad y comprensión mostrada en la relación previa terminaba descomponiéndose en el día a día. Pero sin sexo, lo que, de paso, servía para intensificar hasta más allá de lo imaginable el deseo y la pasión. Análoga costumbre se practicó también hasta finales del XIX y principios del XX en otras zonas de la cornisa cantábrica y hay rastros también en los Pirineos.

La tradición de la «frazada» discurre por idénticos derroteros. La noche antes de la boda, el novio del concejo de Trives, acudía a casa de la novia donde ésta era envuelta en una sábana y vendada por la madrina en la cama. El novio penetra en la estancia y provisto de candil y sidra, permanece allí sobre la cama en presencia de la madrina durante toda la noche. Federico Carbonell cuenta que en zonas rurales de León existió un ritual parecido, de amplio simbolismo freudiano. Durante la noche anterior a la boda, el novio entregaba a su futura esposa una porra a través de la ventana. Ella debía de dormir toda la noche acompañada de la porra y devolvérsela al día siguiente adornada con cintas. Imaginen lo que diría Freud.

Los curas rurales no se veían con coraje para prohibir las costumbres de cohabitación prenupcial. Por lo demás, no había penetración ni sexo explícito (o no debería de haberlo) que era lo que hubiera horrorizado al cura y a la sociedad. Tales costumbres debieron estar en otro tiempo muy extendidas por la geografía patria. Da la sensación de que solamente sobrevivieron en el norte de la Península, allí donde los territorios se recuperaron más rápidamente durante la Reconquista. Esto induce a pensar si no serían costumbres ligadas a los visigodos o a los celtas. Pero incluso dentro de la cornisa cantábrica, estas tradiciones seculares desaparecieron pronto de las grandes ciudades y se refugiaron en núcleos rurales frecuentemente aislados. En Portugal donde la costumbre estaba más extendida que en España, el clero tomó medidas cautelares sin conseguir erradicar la cohabitación prenupcial.

(c) Ernesto Milá - infoKrisis - infokrisis@yahoo.es

Antropología de la Vieja España (VI): La Declaración

Antropología de la Vieja España (VI): La Declaración

Redacción.- El noviazgo empieza con el hito de la declaración. Una declaración en esto del amor como en los asuntos de la justicia es una toma de posición que compromete de por vida. O al menos así debería ser. Hubo un tiempo en el que los matrimonios eran concertados por los padres cuando los hijos apenas tenían uso de razón. Hoy esta tradición ha desaparecido de la sagrada tierra de Europa. Los matrimonios se realizan por amor, por pasión o por inconsciencia, pocas veces son concertados por otros mas que por los interesados.

Los futuros esposos, hasta aquí han pasado por un paso previo sine qua non, el “pedir para hablar” o el “pedir para salir”. Se han ido conociendo. Han entendido si sus relaciones pueden progresar o si uno se hace insoportable al otro. Han pasado unos meses, quizás unos años; pero ahora ya se conocen bien. Se trata de formalizar la relación ante otros y ser franco entre ellos cuando advierten que lo suyo ni es una buena amistad –difícil esto de la amistad entre hombre y mujer-, ni una relación condenada al fracaso. Han experimentado en ellos el nacimiento del amor y sienten una necesidad inconmensurable de confesárselo uno al otro y ambos hacia el exterior. Entonces aparece como necesario atravesar el hito de la declaración.

Existen muchas costumbres distintas y, a menudo, curiosas, para realizar esta declaración. Vergara en su artículo “La poesía popular madrileña y el pueblo de Madrid” explica como se declaraban los gitanos en el primer tercio de siglo. Se limitaban a decir: “Te voy a robar”, la otra pedía una confirmación y el otro se la daba: “Si, te voy a robar”. Y a partir de entonces la relación ya se había formalizado. En el sur, el novio en su declaración enumeraba sus propiedades como quien realiza un inventario; así mismo, glosaba sus propias cualidades de honradez y laboriosidad a fin de demostrar a la amada que nada le faltaría. Los huertanos valencianos, tan aficionados a la pólvora, tenían a bien ir armados con su escopeta de postas hasta la casa de la amada. Por la ventana del cuarto de la novia descorría el cañón de la escopeta y largaba un par de tiros al techo. Era la tradición huertana que a nadie sorprendía, sin palabras de amor y sin arrumacos, sólo con postal y pólvora. Era una declaración sin palabras, pero con actos. También en Valencia se solían utilizar petardos borrachos mientras se iban quemando para pintar en la pared encalada de la barraqueta de la amada sus iniciales. Así demostraba su amor y su elección. Más abajo, en Alhama de Almería, el mozo se limitaba a dar uno de sus pañuelos limpios a la joven para que lo limpiara y si lo aceptaba ahí empezaba todo. En otros pueblos de la zona el enamorado pedía la flor blanca que solía llevar la amada prendida en el cabello y le entregaba una flor roja. Casas cuenta una última tradición de Castuera donde el joven arroja su cayada en el zaguán del domicilio de la amada. Ella no deberá devolverla hasta la noche del día siguiente. Hacer otra cosa supondría calabazas. La costumbre de adornar con ramas y flores la ventana de la muchacha casadera el día de Todos los Santos. Los mozos que aspiraban a la mano de la doncella, debían ir al monte y traer las más hermosas ramas de árboles. En ocasiones la donación de la rama se acompaña con una cesta de huevos y en otras la rama se sustituía con un cesto de dulces. Acompañaban la donación con una coplilla: “Y oculto el amor salió de entre las ramas a darme una flor”. En algunas zonas de Andalucía, Extremadura y Madrid, el aspirante a novio pasaba toda la noche al raso ante la ventana de la damisela y al día siguiente esta lo aceptaba o rechazaba. En los más recónditos pueblos pirenaicos hasta los años cincuenta los jóvenes, el día de San Juan, recogían en las montañas la rosa carlina y la cuelgan de la puerta de su enamorada. Esta rosa tiene la particularidad de que sus pétalos se cierran cuando se pone el sol. Quedaba claro que el compromiso se aceptaba cuando la moza llevaba a misa prendida en el pecho aquella flor. La costumbre debe tener raíces antiguas por que ya en los relatos medievales españoles aparecen formas de declaración similares. Los caballeros andantes demostraban su amor a una dama entregándole un ruiseñor atado con una cinta. La dama debía devolver solo la cinta, así mostraba su amor. El mismo rito medieval se realizaba con un par de tortolitos, atados con cinta que ella debía devolver como prenda de su amor. De ahí la frase que alude a los amantes como tortolitos.

No siempre, claro está, la costumbre terminaba bien. Por que en ocasiones la muchacha terminaba dando calabazas al joven y el despechado no siempre aceptaba de buen grado el rechazo. Los obsequios y adornos se trastocaban entonces en cagadas propias y boñigas del corral. Pero en Sequeros, provincia de Salamanca, desarrollaron un completo código del rechazo: si querían llamar a la moza golfa le colocaban una rama de ciruelo, si era de peral implicaba que era sucia, si de higuera aludía a su real o presunta histeria y así sucesivamente.

Los hubo que se declaraban de palabra y sin más ritual, simplemente se limitaban a dar un regalo, con frecuencia un anillo como prenda de su amor. Y también, tímidos ellos, los hubo que se declaraban por carta. Recibir la misiva devuelta y sin abrir implicaba calabazas.

El consentimiento seguía a la declaración. El primer problema que se plantea en esta nueva fase del noviazgo es quién debe de otorgarlo. La lógica implica que sean los propios novios quienes mutuamente “se consienten”. En absoluto, esto es así desde un tiempo relativamente reciente. En otro tiempo eran los padres quienes “consentían” y aún hoy su opinión tiene cierto peso. La Iglesia reconoció que eran sólo los novios quienes tenían derecho a decidir sobre tu propio futuro. Pero es cierto que los intereses familiares han pesado mucho. En realidad, así debería de ser por que el matrimonio no es sólo una cosa que afecta a dos personas, sino que tiene extraordinarias consecuencias sobre su herencia y ésta les trasciende: es un legado que han recibido como patrimonio familiar acumulado y que deberán entregar a otros cuando llegue el momento. De hecho, lo que se dirime es si los intereses individuales son superiores a los colectivos o si ocurre a la inversa. En Catalunya, donde la institución del hereu tuvo influencia hasta el siglo XX, se evidenciaba este conflicto. Porque el heredero no debía pensar solamente en él sino en los que estaban a su cargo que no recibían nada de la herencia familiar.

Casas cuenta una encantadora tradición de Malpartida. El novio aparece por casa de la novia, dice el “buenas noches” preceptivo y se sienta un par de horas mudo. Luego repite el consabido “buenas noches” y desaparece. Repite el rito varios días. Cuando advierte que no le ponen mala cara, empieza a hablar. Cada día lo hará un poco más, hasta que finalmente se dirigirá a la chica. Es un rito de integración progresiva. El fruncido de ceño o los comentarios irónicos o despectivos suponen el dar calabazas. Los varones enamorados de la huerta de Murcia iban a casa de la amada y entregaban al padre de esta una cayada. Si el padre la entregaba a su hija quería decir que aceptaba la relación. El joven decía en voz alta “porra adentro” y sus amigos, apostados en las inmediaciones acogían el gesto con gritos de júbilo. Si arrojaba la cayada lejos de la casa –era el “porra afuera”- el rechazo no daba lugar a alegría alguna. Aquí Freud exclamaría el “eureka” de rigor.

Joan Amades, folklorista y etnógrafo catalán cuenta abundantes tradiciones locales sobre la declaración. Se ve que fue frecuente en otro tiempo que algún pretendiente forastero explorase sus posibilidades en casa de la novia. Si los padres de esta le servían calabaza cocinada en cualquier forma que pudiera hacerse, ya sabía a que atenerse. En la Ribera del Ebro se hacía público el compromiso el día de la fiesta mayor bailando la jota. El comunicado se hacía todavía más evidente por que un amigo del novio tiraba petardos a los pies de la novia hasta quemarle los bajos de la falta. Tanto más se chamuscaban, tanto más la vecindad celebraba el noviazgo. Al día siguiente, en la misa, ella debía de vestir la ropa chamuscada. La costumbre, dice Amades, pervivió hasta que una chica sufrió graves quemaduras.

Las costumbres ancestrales veían mal que fuera un forastero quien quisiera casar con una hija del pueblo. La sociedad española rural, fundamentalmente endógama, ponía obstáculos de todo tipo al pretendiente llegado de allende el término municipal. En Alhaurín de la Torre el aspirante ajeno al pueblo debía de pedir tres veces relaciones y por dos veces era rechazado. En Castilla el foráneo estaba obligado a pagar una cuartilla de vino a los vecinos. Sólo a partir del pago del tributo los mozos del pueblo lo aceptan como uno de los suyos. Pero en Jaca era peor y a la vista de lo que podía ocurrir, los noviazgos entre lugareños y forasteros eran clandestinos y las bodas debían celebrarse por sorpresa y sin aviso previo.

Estas costumbres tienen todas en común lo áspero, rudo y elemental, pero al mismo tiempo, en su fondo, son entrañables y, en cualquier caso, pertenecen a nuestro patrimonio ancestral. Nosotros estamos aquí, vivimos en definitiva, por que nuestros tatarabuelos participaban en estos ritos prematrimoniales.