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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

No a Turquía en Europa (IV) Turquía contra Bizancio. Turquía contra Europa

No a Turquía en Europa (IV) Turquía contra Bizancio. Turquía contra Europa

Infokrisis.- No puedo evitar, al escribir estas líneas, dedicar un recuerdo y un homenaje a Francisco de Toledo, noble castellano muerto en combate, en el asedio a la Puerta de San Romano, combatiendo codo a codo con el emperador Constantivo IX, y a Pére Julia, cónsul catalán, ejecutado ominosamente junto a sus últimos combatientes, oriundos de este lado del Mediterráneo, el último día del asedio a Constantinopla en el año 1453. Ellos supieron donde estaba el “lugar justo” para luchar y morir.


Turquía contra Bizancio, esto es, Turquía contra Europa

“Ya hace 550 años que no está el emperador para dirigir los asuntos terrenales; ya no hay logotetas ni strategos ni drungarios, y ningún sebastocrátor cruza a caballo con su guardia Macedonia para dar órdenes directas del emperador a los gobernadores de Bulgaria o Serbia o el Peloponeso; ya no hay monjes en los monasterios de la capital que discutan sobre la naturaleza de Cristo o sobre el significado de los íconos mientras pasean por los jardines aledaños; no hay más soldados que se apresten a defender sus tierras de las invasiones enemigas; no están más los ricos estancieros de Anatolia que proporcionaban enormes contingentes de tropas y los mejores generales nacidos en sus propias familias a los emperadores; nunca más el pueblo bizantino entraría a Santa Sofía para sentir esa emoción indescriptible de encontrarse con Dios, el emperador y el patriarca todos juntos, y disfrutar de esas luces cambiantes a cada minuto que entraban por las aberturas de la famosa cúpula, de los colores indescriptibles e iluminados de las cuentas de los hermosos mosaicos de sus paredes, de ese sonido único cuando todos están rezando y el eco vuelve enternecedor y soberbio; no están ya los marineros que prestos acudían de puerto en puerto combatiendo a todos los que osaban entrar en aguas del imperio; ya no habrá casas libres con íconos en su interior a los cuales poder rezar largamente y pedirles salud, bienestar y solución a sus problemas; no hay más sublevaciones contra los emperadores injustos o pecadores; no hay más embajadores con regalos para los potenciales aliados, no hay más romanos en este mundo”.

Rolando Castillo (septiembre 2003)

imperiobizantino.com

Cuando cae Constantinopla en poder de los turcos, es todo un viejo orden el que se desploma, hasta el punto de que los historiadores consideran que el episodio marca el fin de la Edad Media y el inicio de la Edad Moderna. Hoy, nuevamente, por azares del destino, los descendientes de los conquistadores de Constantinopla, corren el riesgo de provocar un cataclismo en la Europa integrada. Hoy, cuando han pasado más quinientos cincuenta años de la caída de la ciudad, todavía subsisten algunos conflictos derivados de aquel episodio. Que se le pregunten a los griegos, durante cuatrocientos años sometidos al yugo turco y que hoy mantienen todavía abierto el contencioso de Chipre. Así mismo, buena parte de las “guerras balcánicas” de los años 90 no fueron sino el producto del desorden provocada por la conquista otomana. Por que, los turcos tomaron Constantinopla, pero no se detuvieron en Constantinopla. De hecho, si Austria es el país de la UE, que más activamente se ha opuesto al ingreso de Turquía es a causa del mal recuerdo que dejaron los otomanos en los dos cercos que realizaron a Viena.

Porque lo que empezó en Constantinopla, terminó en Viena. Vale la pena evocar el episodio más traumático con el que concluyó la Edad Media.

Constantinopla, la ciudad inexpugnable, cien veces asediada

Cuentan las crónicas que era una hermosa ciudad, sin parangón durante siglos en Oriente. Había sido fundada en el 324, justo en el mismo lugar en el que diez siglos antes, los griegos de Megara, fundaron la colonia griega de Bizancio. Su historia fue atribulada y difícil y a lo largo de sus algo más de mil años de vida, raro fue el período en el que gozó de paz permanente. La ciudad llevaba el nombre de su fundador: Constantino el Grande.

Había algo mítico en aquella ciudad. Y como en toda mitología, también en Constantinopla, hubo un Hércules. Fue, en efecto el César Augusto Flavio Heraclio, quien asumió las riendas del imperio desde el 610. Era hijo y nieto de conquistadores y desde que su padre se sublevó en Cartago dos años antes, había ido de victoria en victoria, aproximándose cada vez más a la capital imperial, en busca de su recompensa, la corona imperial, usurpada por su rival, el general Focas. El usurpador, que se había hecho con el poder seis años antes, vio como su guardia de élite, los Excubitores, se pasaban a Heraclio que pudo entrar en Constantinopla sin resistencia. Focas, acto seguido, fue ejecutado. Sólo entonces fue consagrado emperador. Le esperaba un trabajo digno del héroe mítico cuyo nombre ostentaba.

En aquellos momentos, el Imperio Romano de Oriente se estaba desplomando, amenazado por los ávaros en los Balcanes, mientras, los persas habían adelantado sus líneas hasta Siria y ocupado Antioquia.

En un primer momento, Heraclio no consiguió detener a los persas que conquistaron Egipto, Damasco y Jerusalén en el 614. Si en Egipto se había perdido la provisión de grano para Bizancio, en Jerusalén había resultado saqueada la Iglesia del Santo Sepulcro y los infieles se habían apoderado de la Vera Cruz. Los persas consiguieron penetrar en la península Anatolia, hasta el punto de que desde Constantinopla podían verse las hogueras del campamento que habían establecido los persas sobre el Bósforo. Hubo un momento en el que Heraclio pensó en abandonar la capital, pero se impuso la fuerza de su nombre y, finalmente, optó por reconstruir el ejército y reformar la administración. Demostró ser un hábil estratega y un enérgico organizador.

En lugar de afrontar a los persas al otro lado del Bósforo, prefirió atacarles en su territorio, derrotándoles en Capadocia y rematándolos en la batalla de Nínive; pero los ávaros se abalanzaron sobre Constantinopla, defendida por el patriarca Sergio quien consiguió rechazar el ataque. Era el año 627. Bizancio pudo recuperar todos los territorios usurpados por Persia en la contraofensiva que supuso el principio del fin para la dinastía sasánida. Podemos imaginar la grandeza y la gloria con la que Heraclio volvió a Constantinopla el 14 de septiembre del 628. Parecía como si los antiguas días de esplendor se hubieran recuperado. Pero aún le quedaba a Heraclio llegar hasta Jerusalén y restaurar la Vera Cruz en la Basílica del Santo Sepulcro, para alcanzar la cúspide de su prestigio. Pero las cosas no iban a ser tan fáciles.

No lejos de allí, Mahoma acababa de federar distintas tribus de la Península Arábiga y se lanzaba a conquistar el mundo para mayor gloria de Alá. En el 634, los árabes conquistaron Siria, Palestina y Egipto y dos años después derrotaban al ejército bizantino, en Yarmuk. Bizancio nunca más volvería a recuperar estos territorios. El Islam había irrumpido en la Historia.

A mediados del siglo X un general victorioso, Nicéforo Focas había destacado en la conquista de Creta y en la derrota definitiva de los islamistas de Saif-ad-Dawlah, en Alepo. Cuando falleció el emperador Romano II, su esposa, Anastaso, asumió la regencia en nombre de sus hijos, pero dado que su situación es precaria, busca apoyos y pronto recurre a Focas. Éste, embriagado por sus victorias, busca el poder absoluto y lo obtiene el 14 de Agosto del 963 cuando sus soldados le proclaman emperador en Cesárea. Una breve lucha contra los partidarios de, José Bringas, que fuera ministro de Romano II, le dio el poder. Focas tampoco se conformó con ser el favorito de Anastaso –que, a todo esto había asumido el nombre de Teofano- así que se casó con ella y fue elevado a la púrpura imperial. Considerado por algunos historiadores como usurpador, Focas fue un gran emperador que conquistó o recuperó amplias extensiones para el Imperio y cuya actividad bélica no tuvo límites tanto hacia los Balcanes como hacia Asia.

Pero todas las guerras son caras y se financian mediante impuestos, así que la población empezaba a oponerse a su política. Para colmo, las largas ausencias del lecho conyugal, habían impulsado a la emperatriz a llenar el vacío con un amante Juan Tsimiscés, no menos ambicioso que lo había sido Focas en su juventud. Era inevitable que Tsimiscés terminara aspirando a algo más que a dar y recibir placer de la emperatriz. En cuanto a esta, prefería la seguridad del poder, a las guerras sin fin, así que ambos conspiraron para eliminar al emperador. Tsimiscés, en cuanto tuvo la autorización de la emperatriz, fue implacable. En la noche del 10 de diciembre del 969, se introdujo con un grupo de guardias de corps en la habitación del emperador y lo asesinó mientras dormía. Así era Bizancio, un lugar en el que los actos de heroísmo se alternaban con las abominaciones más absolutas.

Lo que va de Heraclio a Focas es un largo período de enfrentamientos con el Islam que no iba a finalizar sino hasta la caída de Bizancio en 1452. El Islam se estrelló en las murallas de Constantinopla en seis ocasiones. En 674 los árabes aparecen por primera vez ante los muros de Constantinopla en donde permanecerán cuatro años, hasta que Constantino IV, logre derrotarlos gracias a la marina bizantina. Treinta años después, León III debe afrontar un nuevo ataque árabe que será neutralizado gracias a la acción conjunta de fuerzas terrestres y navales. Pasarán tres siglos antes de que un pueblo turco asedie nuevamente la ciudad. En esta ocasión serán los cruzados en 1098 quienes se desviaron de sus objetivos en Tierra Santa e intrigaron para conquistas la ciudad.

Los musulmanera volverán en 675, 676, 677, 678, y en 717/718. Luego seguirían más ofensivas. Tras la derrota de Manzikert en 1071, cuando Romano I Diógenes es derrotado por los turcos seléucidas que lo capturaron, Manuel Comneno sufre una terrible derrota en 1176 y, en pocos años, se pierden Tracia, Macedonia, Grecia y las costas del Asia Menor. Las cruzadas aportan nuevos factores de inestabilidad a Bizancio.

En 1204, francos y venecianos de la IV Cruzada penetran en la ciudad y la saquean. Los bizantinos, con Miguel VIII Paleólogo, solamente conseguirán recuperar la ciudad en 1261 con apoyo genovés. Y, luego, sin detenerse, recupera buena parte del Imperio, pero no consigue hacerse con parte del Peloponeso, Atenas, Creta, Trebizonda y varios puertos que quedaron en manos venecianas. Cuando los bizantinos entran en Constantinopla la encuentran abandonada, pestilente y con malas hierbas enseñoreándose de las calles. La decadencia bizantina se inicia en ese momento, no por que la ciudad fuera imposible de reconstruir, sino por que los turnos otomanos asoman en el horizonte y, a partir de ese momento, hacen imposible la vida a los herederos de Constantino el Grande.

A mediados del siglo XIV, el Imperio Romano de Oriente ya se habían perdido las provincias occidentales. Los turcos habían penetrado en los Balcanes, apoderándose de la actual Bulgaria, Serbia y Albania. Tracia se encontraba cercada y aislada del resto del mundo, sumida en guerras civiles y “discusiones bizantinas”. Ignorada por Occidente que, tras la retirada de Tierra Santa ya no miraba hacia el Este, el Imperio estaba aislado y, lo que es peor, situado en la línea del frente contra el Islam.

Lo único que impedía a los turcos apoderarse de la ciudad era la triple muralla que la protegida, considerada inexpugnable durante siglos. El final se aproximaba inexorablemente y en esta ocasión, ya no aparecería un personaje providencial capaz de operar un milagro salvador. Los descendientes de Augusto y Constantino el Grande ya no estaban en condiciones de salvar a la ciudad. Apenas territorios en el Peloponeso y pequeñas porciones de Tracia seguían en poder del acosado imperio. Bizancio, en ese momento, no debía tener más de 50.000 almas. Pero los últimos bizantinos se negaban a pagar tributo a los sultanes otomanos, cerrar sus iglesias y renunciar a su gran tradición secular. En el siglo XV, lo único que le quedaba a Constantinopla era el recuerdo de haber sido la “Nueva Roma”, la ambición de obstinarse en sustentar que su cristianismo era el más “ortodoxo” del mundo y, finalmente, su realidad comercial.

A decir verdad, desde 1204, la ciudad había demostrado ser vulnerable y el Imperio evidenciado su debilidad ante toda Europa. Entonces, los cruzados francos y venecianos, sintiéndose engañados por Alejo IV, a causa de promesas incumplidas, asaltaron la ciudad logrando penetrar por unas tuberías que horadaban la muralla, mientras sus agentes en el interior causaban importantes incendios. La ciudad fue saqueada e incendiada. A partir de ese momento, jamás volvería el esplendor de los viejos tiempos, a pesar de los esfuerzos titánicos de algunos grandes emperadores como Miguel VIII Paleólogo que reconquista la ciudad en 1261, pero no puede evitar que el mito de su invulnerabilidad se haya disipado.

En 1354, los turcos ponen pie por primera vez en tierra europea, en Gallípoli. Su ejército en esa época es un poderoso mecanismo militar modelado por el sultán Orján (1326-1369), organizado en cuatro pilares: una milicia (los timar y ziamet); los sipahis o grueso del ejército (infantería, servicios generales...); los bashi-bazuk (unidades irregulares dedicados al pillaje), y los jenízaros. Estos últimos constituían la fuerza de mayor prestigio (hasta el siglo XIX en plena decadencia otomana), estaba formada por jóvenes cristianos entregados por sus familias como tributo forzoso; desde muy niños eran educados en el Islam y sometidos a una férrea disciplina militar. Unos 15.000 jenízaros participaron en la toma de Constantinopla en 1453. Fue el desquite al fracaso de su primer asalto en 1359, cuando solo consiguieron apoderarse de las ciudades bizantinas en Europa. El nuevo cerco de 1394 sume a la ciudad en la hambruna más absoluta. Paradójicamente, son los mongoles de Tamerlán quienes, indirectamente, salvan Constantinopla, derrotando al sultán turco Bayaceto el 1402 en la batalla de Ankara. Nuevo asalto turco en el 1411 y nuevo fracaso. Y otra vez en el 1422, Murad II vuelve a probar suerte. Fracasa, pero no por méritos propios, sino porque en su retaguardia ha estallado una rebelión que algunos, dentro de Bizancio, consideraron milagrosa. Pero se engañaban. Constantinopla se había salvado por última vez aunque los turcos lograron hacerse con los Balcanes. Y llegó 1453.

El nuevo cerco de la capital imperial

En ese momento, la ciudad se encontraba arruinada y empobrecida, nada quedaba en ella de los antiguos fastos imperiales y del lujo y la riqueza que en otro tiempo la habían aureolado. La devastación de 1204 se lo había llegado todo. Dentro mismo de la ciudad, solares y patios de edificios públicos se utilizaban como huertos, las vacas incluso pastaban en los jardines del palacio real que, por lo demás, se utilizaban como cementerio. Esto ya indica el estado en el que se encontraba la corte. Apenas vivían en la capital unas 50.000 personas de las cuales, entre un 15 y un 20% debían ser extranjeros. Ya no existían grandes avenidas pobladas con estatuas de los grandes hombres del pasado; tan sólo quedaban las peanas vacías y los palacios de piedra y mármol habían dado paso a cabañas de madera. Eran raros los que podían permitirse un vestido en condiciones, quizás solamente los cambistas, comerciantes y marinos que tenían contacto con otros puertos. Constantinopla había perdido, en un lento goteo, a sus élites que, desde el siglo XIII, preferían trasladarse a las provincias occidentales y, cuando estas se perdieron, su diáspora les llevó incluso hasta Portugal. Lo que habían dejado atrás era una ciudad fantasma cuyos habitantes vivían la realidad de otro tiempo y se obstinaban en sus pasados laureles y en el poder de la fe para convencerse de que podrían resistir a los turcos.

Pocos personajes hay en la historia que hayan suscitado tantas polémicas como Mahomet II, denostado como infame criminal por su detractores, capaz de matar a su hermano y redactar una ley que permitía a los gobernantes asesinar a todos sus parientes para evitar conflictos de sucesión. Con estos antecedentes, resulta difícil para sus defensores sostener que se trató de un gobernante ponderado, intelectualmente capaz y estratega brillante. Es posible que fuera lo uno y lo otro. La cuestión es que su figura no deja indiferente a los historiadores. Este personaje se hace cargo del sultanato en 1451 y en su mente tiene una idea fija, casi una obsesión: conquistar, de una vez por todas, Constantinopla. Para ello cuenta con un arma nueva y definitiva: el cañón. Y sabe emplearla. Tienen razón los que dicen que es un hábil diplomático. Negociará tratados comerciales con Venecia, evitando así que, a la hora de la verdad, se comprometiera en la defensa de la ciudad, como otras veces había hecho. ¿Por qué le interesaba Constantinopla? No seguramente por sus tesoros –que ya no existían-, ni por los tributos que podían pagar sus ciudadanos –empobrecidos y limitados-, sino por su valor estratégico y también, seguramente, por que ansiaba el poder y la gloria. ¿Y qué mejor laurel que conquistar la ciudad que un día fuera la más populosa del orbe. Los sultanes anteriores a Mahomet II, habían intentado saquear la ciudad, pero cuando comprobaron que el esfuerzo a emplear era superior a los beneficios a obtener, desistieron. Mohamet II albergaba un plan más ambicioso: convertir la ciudad en la capital de su Imperio. Y con esta idea se planto ante los muros de Constantinopla en abril de 1453.

Frente a él tenía a un adversario notable. Constantino el Grande estaría en el origen de la ciudad y del Imperio Romano de Oriente y otro Constantino, el XI, último de los paleólogos, estuvo al frente de la ciudad en su fina. Nacido en el Peloponeso y formado en el neoplatonismo, era todavía un joven cuando había conquistado la península de Morea y el ducado de Atenas. Fue soldado antes que emperador, y sólo abandonó las armas el tiempo suficiente para ser consagrado emperador. Cuando advirtió movimientos en las tropas de Mohamet II, supo inmediatamente el peligro que corría; almacenó todos los víveres que pudo encontrar, reforzó las defensas y buscó apoyos. Pero sus llamamientos a Occidente cayeron en saco roto. Bizancio les parecía muy lejano a los reinos cristianos que, en ese momento estaban sufriendo profundas transformaciones que culminarían en la formación de los Estados Nacionales y en una mayor concentración de poder. Con Constantino XI se percibe de nuevo el fuste de la raza de los césares que construyó la grandeza de Roma. Lamentablemente, el gran emperador había llegado demasiado tarde, cuando Constantinopla era demasiado débil y su adversario estaba en su mejor momento.

La ciudad estaba defendida por una mítica muralla que había acababa de cumplir mil años. Edificada por Teodosio II, las obras habían comenzado en el 412 y se prolongaron hasta el 447. Ciertamente, la muralla había sido restaurada y reconstruida en algunos tramos, pero no difería en gran medida de la originaria. Se prolongaba por espacio de seis kilómetros y estaba compuesto por una doble muralla a la que se unía un foso con parapeto de casi 20 metros de ancho. Se decía que la vista de ese foso era suficiente para desanimar a los sitiadores ante la imposibilidad de cruzarlo. Tras el foso se encontraba una franja despejada de 15 metros de anchura hasta llegar a las murallas. La primera estaba constituida por muros de 2 metros de ancho y 8 de alto. Cada 75 metros había un torreón fortificado. Tras esta sistema defensivo, se abría otra franja despejada, de 18 metros de anchura, que terminaba en la segunda muralla, compuesta por paredes de 5 metros de ancho y 13 de alto reforzada con un centenar de torreones (uno cada 60 metros) de 15 metros de altura. El sistema de construcción de las partes superiores de los muros (formados por adoquines, argamasa y ladrillos) estaba estudiado para que los cañonazos o las piedras de las catapultas destruyeron sólo los puntos en los que impactaban, pero no debilitaran las zonas adyacentes. Los 13 kilómetros de costas estaban defendidos por una muralla de 12 metros de altura y 300 torreones. No es raro que los musulmanes se hubieran estrellado en media docena de ocasiones.

Mahomet II era un decidido partidario de incorporar nuevos aumentos a su ejército. Hasta ese momento el cañón se había utilizado esporádicamente en algunos combates, pero nunca como elemento táctico. Mahomet II utilizó diestramente la artillería en el sitio de Constantinopla y dispuso de 12 grandes cañones que dispararon en total un promedio de 120 balas por día a lo largo del asedio. La mayor de estas piezas, pesaba 9 toneladas y debió trasladarse desde Adrianápolis (donde fue diseñado y fundido por el húngaro Orbón que había intentado antes vender sus servicios a Bizancio) hasta Constantinopla, arrastrado por 15 yuntas de bueyes y un centenar de soldados.

Los artilleros otomanos concentraban el fuego de las piezas en determinados paños de la muralla, apuntando en las partes más bajas. Cuando, ésta estaba horadada, elevaban el tiro para abrir una brecha vertical, hasta que se producía un derrumbe. En ese momento, debían acudir tropas bizantinas para taponar el asalto y, paralelamente, era preciso movilizar más efectivos para reconstruir como se pudiera el paño destrozado. Esto no hubiera supuesto un grave contratiempo si no hubiera sido por que la ciudad apenas había podido movilizar 8.000 soldados para asegurar su defensa. Excesivamente poco para ocupar los 475 torreones y mucho menos para afrontar un asalto tácticamente brillante. Se desconoce exactamente el número de combatientes otomanos, pero se estima que no debieron ser manos de 100.000 ni más de 200.000.

Además de la artillería, los otomanos contaban con 400 galeras de combate. Buena parte de la ciudad daba al mar y, por tanto, lo adecuado era contar con una flota capaz de neutralizar cualquier peligro llegado del mar. Pero Constantinopla apenas contaba con 28 galeras y una cadena de hierro, tendida de orilla a orilla de la entrada del puerto, el Cuerno de Oro.

Los refuerzos que llegaron fueron insuficientes, aunque valerosos. Giovanni Giustiniani Longo, genovés, había llegado con 700 combatientes. Pero los genovesas, propietarios de Gálata (junto a Constantinopla), se negaron a apoyarles y prefirieron pagar tributo al sultán. Sin embargo, el ejemplo de Longo sirvió para que algunos habitantes de Pera y genoveses que se encontraban en ciudades vecinas, se sumaran a la defensa. Un pequeño contingente veneciano, dirigido por Gabriel de Treviso y Alviso Diego, al igual que el cónsul catalana-aragonés, Pere Juliá y algunos marinos catalanes se unieron a la defensa en la muralla de Mármara, así como don Francisco de Toledo, noble castellano, primo del emperador. Todos estos efectivos y las tropas bizantinas fueron colocados en el muro exterior para intentar frenar el primer ataque, mientras en la segunda muralla se colocó un número menor de soldados encargados de manejar más catapultas.

Los primeros ataques

El 2 de Abril de 1.453 las vanguardias turcas plantas sus tiendas ante las murallas de Constantinopla. Algunas unidades bizantinas salen a su encuentro, pero cuando comprueban la desproporción de efectivos, vuelven grupas y regresan a las defensas. Tres días después llega el sultán y establece su estado mayor a quinientos metros de la muralla. El 6 de Abril, Mahomet II envía emisarios a la ciudad para exigir la rendición. Al día siguiente comienza el asedio con un cañonazo sobre la puerta de San Romano, en lo que se consideraba la zona más débil de la defensa. A esa zona se desplazaron los genoveses de Giustiniani para reforzar la defensa y en esa zona permanecerían a lo largo de todo el asedio.

La barbarie del asaltante se demostró el día 9 de abril, cuando el sultán ordenó empalar a algunos prisioneros en un lugar bien visible por los defensores. Era la forma de recordarles el castigo que les esperaba de proseguir la lucha. Y también una prefiguración de lo que vendría. Pero este acto de barbarie primitiva no arredró a los defensores. Todos los ciudadanos bizantino, durante las noches, contribuyeron a la defensa, llenando sacos terreros y obstruyendo con ellos los huecos abiertos por la artillería otomana en las murallas.

Cuando Mahomet II juzgó que los paños de muralla situados en torno a la puerta de San Romano se encontraban ya muy deteriorados, ordenó un primer asalto. Algunos historiadores describen aquel envite con tintes apocalípticos. Los otomanos, haciendo sonar trompas guerreras y tambores, se lanzaron gritando, entre enloquecidos y exaltados, al asalto. Gustiniani y sus genoveses defendieron durante todo el día el sector, mientras Constantino se desplazaba de un lado a otro de la muralla, temiendo lo que la lógica militar hubiera impuesto: el que los otomanos lanzaran ataques simultáneos en otros puntos. El error de concentrar fuerzas en un solo sector, permitió que la defensa fuera eficaz y al caer el sol, los otomanos terminaron por retirarse dejando varios miles de muertos ante los muros. Esta victoria, así como la batalla naval que tuvo lugar, dos días después, y que permitió que cuatro buques llevaran provisiones a la ciudad, hizo pensar a los defensores que la victoria era posible. Pero no lo era.

A poco de comprobar la derrota de sus naves, Mahomet II, optó por bombardear a la flota bizantina y desplazar el peso del ataque en el mar y evitar las dificultades que acarreaba el intentar traspasar la cadena que cerraba el acceso al Cuerno de Oro. Para ello, construyó un camino de madera que bordeaba el barrio genovés de Pera, por el que se podían deslizar con facilidad los buques otomanos. Concluido el camino, en pocos días se deslizaron setenta barcos otomanos que atraparon a la flota bizantina entre dos fuegos. La zona que, hasta ese momento se consideraba segura y bien protegida, había dejado de serlo. La muralla del mar se había convertido en otro frente de combate que obligaba a los bizantinos a dilatar aún más a sus escasos defensores. Ahora bien, esta victoria de Mohamet se había debido a dos factores: la colaboración de ingenieros italianos que diseñaron el camino de madera y la neutralidad de la abundante colonia genovesa de Pera que, al permanecer neutral sentenció la suerte de la capital. En mayo las cosas se pondrían aun peor.

El emperador pensó en abandonar la ciudad e intentar reunir tropas en la península de Morea para contraatacar, pero, finalmente, cuando la situación se tornó irreversiblemente adversa, optó por quedarse en la plaza y seguir el destino del resto de combatientes y ciudadanos. Los bombardeos sobre la muralla prosiguieron, el contraataque de los marinos venecianos fracasó y el propio almirante Giuseppe Coco murió en el intento. A partir de ese momento, los marinos venecianos abandonaron sus barcos y se integraron en la defensa de la ciudad. Nuevos ataques lanzados sobre la zona de la Puerta de San Romano, alcanzaron una violencia inusitada. Los atacantes escalaban la montaña de cascotes, sacos terreros, barriles y vigas que sustituía a la muralla exterior destrozada por tres semanas de cañonazos. Otro ataque en la zona de Blaquernas que fue rechazado a pesar de que, también en este sector, la muralla empezaba a estar extremadamente deteriorada. Las pérdidas otomanas empezaban a ser preocupantes.

Era evidente a estas alturas que Mahomet II intentaba concentrar los ataques en dos zonas, la de la Puerta de San Román y, por extensión, todo el sector del Mesoteichion, y la zona de Blaquernas. A mediados de mayo, en estos tramos, el primer muro defensivo estaba muy debilitado, a pesar de que los bizantinos habían conseguido obturar los huecos. Para colmo, en Blaquernas se detectó que los otomanos estaban cavando una mina bajo la puerta Caligaria. En los días siguientes otras minas fueron localizadas en otros puntos. Sin embargo, el riesgo fue conjurado por la audacia del megaduque Lucas Notaras que consiguió cavar túneles contraminas. La táctica consistía en aproximarse al túnel adversario y obturarlo con pólvora, o bien inyectar agua o humo. Las torres de asalto utilizadas por los otomanos fueron, así mismo, destruidas mediante barriles de pólvora. Los asaltantes utilizaban estas torres para proteger a los soldados que intentaban arrojar escombros y pasarelas sobre el foso situado ante la primera muralla.

El fracaso de las minas, la destrucción de las torres de asalto y la imposibilidad para la flota otomana de superar la Cadena de Oro, unido a las altas pérdidas que estaban sufriendo los atacantes, indujeron a Mohamet II a enviar una embajada a la ciudad con la propuesta de perdonar la vida del Emperador y de sus defensores a cambio de un tributo de sumisión. Pero el tributo era tan alto que hubiera resultado imposible de cubrir. Así que Constantino IX respondió que, tanto él como los habitantes de la ciudad, estaban dispuestos a morir. Y así era, porque el barco enviado para comprobar si llegaban refuerzos venecianos, solamente había regresado para anunciar que no habría apoyo de Occidente, la ciudad estaba sola y debería afrontar su destino. Los marinos enviados, regresaron conscientes de que volver implicaba necesariamente morir.

Cuando la luna entre en cuarto menguante…

Una antigua profecía aseguraba que la ciudad jamás caería mientras la luna estuviera en cuarto creciente; al día siguiente de difundirse la noticia de que la ciudad no recibiría ayuda, la luna estaba en plenilunio, al día siguiente se iniciaba el cuarto menguante. Por si estos sombríos presagios fueron poco, en la noche del 25 de mayo se produjo un fenómeno todavía no explicado; un extraño resplandor y lo que ha sido definido como “extrañas luminosidades”, fue visto por todos. Los otomanos lo interpretaron como signo de victoria y otros como presagio de que el Imperio estaba viviendo sus últimos momentos. Pero las cosas tampoco iban excesivamente bien para los otomanos; habían aparecido síntomas de cansancio. En mes y medio de asedio, solamente habían conseguido destruir algunas zonas de la muralla y esto a costa de elevadísimas pérdidas. Así pues, también para Mohamet II, la situación era acuciante y decidió que era hora de jugársela el todo por el todo y lanzar un asalto final con todas las reservas disponibles.

Los preparativos de este asalto, no pasaron desapercibidos del lado bizantino y los defensores de la ciudad se prepararon para el final. Toda la ciudad asistió a los que presentían iban a ser los últimos oficios en Santa Sofía. El 29 de mayo, con la luna en cuarto menguante, tal como pronosticaba la profecía, Mohamet II inició el ataque, en plena noche, mucho antes de que despuntara el sol.

Los atacantes no eran sólo otomanos, la vanguardia estaba formada por mercenarios reclutados en los Balcanes, pero también había alemanes e italianos, atraídos por la paga y la peripecia de un seguro botín. Tras ellos, para asegurar su fidelidad, los jenízaros, seguían su ataque con la orden de eliminarlos si intentaban desertar. Se trataba de una fuerza militar extremadamente desorganizada y que quizás, hubiera resultado efectiva ante defensas más modestas o en combates en campo abierto, pero no, desde luego, ante las murallas de Constantinopla. Aunque los defensores estaban extremadamente debilitados, cansados, muchos de ellos heridos, y el primer cinturón defensivo en la zona de San Romano, no era más que un montón de ruinas, el ataque logró ser neutralizado. En esta ocasión, Mohamet II, multiplicó ataques en otros puntos, con la intención de que no pudieran ayudar a Giustiniani y a sus combatientes. La estrategia consistía en irlos debilitando progresivamente, para, más adelante, concentrar allí el ataque final.

A poco de ser rechazado el primer (y desorganizado) ataque, Mohamet II lanzó el segundo, cuando aún no habían terminado de retirarse los mercenarios, cuya indisciplina y desorganización, contrastaba con la férrea disciplina de los anatolios que lo protagonizaron y que aspiraban a ser los primeros que entraran en la ciudad. Aún no había amanecido cuando los anatolios cargaron. Una vez más, los defensores resistieron, pero cuando los atacantes estaban a punto de retirarse, un providencial cañonazo derribó un paño de muralla lo que les animó a avanzar de nuevo. Se combatía sobre las ruinas y algunas unidades lograron penetrar en el recinto, pero, al cabo de una hora, el ataque consiguió ser rechazado a costa de pérdidas irremplazables del lado bizantino y de cientos de muertos en el turco. En ese momento, Mohamet II comprendió que rozaba el fracaso, así que dispuso el asalto de la única fuerza de choque que le quedaba intacta, los jenízaros. Estos, recibieron la orden de atacar la Puerta de San Romano.

Este asalto consiguió aproximarse a la muralla y tender escalas. Una tras otra fueron derribadas, pero la línea de resistencia iba debilitándose progresivamente. Constantinopla jamás hubiera caído si sus efectivos militares hubieran contado con cinco mil combatientes más, pero la precariedad de efectivos hacía que cada baja contara como quince de los atacantes. Y, además, estaba el cansancio de los defensores. Como en todo combate, los mejores y más arrojados no tardan en morir. En esa jornada, Giovanni Giustiniani, que había soportado durante mes y medio de ataques, espada en mano, fue finalmente herido por un jenízaro y obligado a retirarse. El Emperador Constantino intentó en persona reforzar la posición, pero cuando los soldados de Giustiniani advirtieron que su capitán había resultado herido (evacuado a Chíos ese mismo día, moriría dos semanas después a causa de estas heridas), se desmoronaron justo en el momento de más intensidad de la lucha. Unos desertaron, otros abandonaron momentáneamente las defensas, y los hubo que, por lealtad, prefirieron no abandonar a su capitán, acompañándole en la evacuación. Ahora sólo quedaban bizantinos en los torreones. Pero la defensa se había hecho imposible.

Bruscamente, los defensores observaron que la bandera turca estaba encima de los torreones de Blaquernas. La vista de la bandera de la media luna ondeando sobre la muralla, enardeció a los atacantes y terminó por desmadejar la defensa bizantina. Solo Constantino, el castellano Francisco de Toledo y un grupo de soldados de su guardia, se abalanzaron sobre Blaquernas para conjurar el peligro. Les parecía imposible que los turcos hubieran conseguido tomar la zona. ¿Qué había ocurrido?

En la muralla de Blaquernas, antiguamente existía una pequeño hueco, que ocasionalmente se había utilizado como vía de huida en caso de emergencia. Dado el riesgo que conllevaba esta “abertura” en la defensa, hacía siglos que estaba tapiada. O quizás fuera por que una profecía aseguraba que por allí penetrarían quienes doblegarían a la ciudad. Durante el asedió, se volvió a utilizar la puerta para lanzar ataques por sorpresa, pero las pérdidas fueron demasiado elevadas y el adversario excesivamente numerosos como para que operaciones de “comando” pudieran debilitarlo sensiblemente. Durante el mismo 29 de mayo, durante el ataque, por esa puerta salieron algunos combatientes que regresaron pronto ante la imposibilidad de obtener éxitos apreciables; es posible que, o bien, los jenízaros siguieran en su retirada a estos bizantinos, o bien supieran de la abertura por una traición. El caso es que por allí penetró un pequeño contingente jenízaro que, ante la dispersión de los defensores, no encontró problemas en ascender a uno de los torreones y desde allí hacer ondear la bandera otomana que se vio desde el frente de San Romano. Sea como fuere el efecto fue demoledor y, aunque el grupo de jenízaros que habían penetrado era minúsculo y hubiera podido ser barrido sin dificultad, en las circunstancias que se estaban dando, suponía un tremendo golpe psicológico. Constantino, Toledo y sus soldados, al ver que lo ocurrido no revestía especial gravedad en ese sector, decidieron volver a la Puerta de San Romano, pero en los minutos que transcurrieron entre estos desplazamientos, ya se había operado el desastre. Los jenízaros dominaban las posiciones y los defensores habían sido destrozados, estaban heridos de gravedad o habían huido pensando que los turcos habían penetrado ya en la ciudad.

Comprendiendo la situación, Constantino, acompañado por Francisco de Toledo, y sus soldados, se despojó de sus insignias imperiales, tomó la espada y cargó, codo a codo, con sus soldados. Nadie sabe exactamente como murió, pero existe la certidumbre de que fue afrontando a los jenízaros ante las ruinas de San Romano. Mohamet II no consiguió identificar el cadáver del Emperador y, una vez más, proliferaron los rumores sobre si había conseguido huir para proseguir la resistencia desde Morea. cargan contra los turcos. Fue la última carga cristiana en Constantinopla. Uno de los episodios más nefastos en la Historia de Europa estaba a punto de consumarse. Quedaba el saqueo de la ciudad.

Se combatió barrio por barrio, calle por calle, casa por casa. Solamente unos pocos defensores consiguieron alcanzar las galeras venecianas y huir, mientras los turcos abrían los portones de la muralla y se desparramaban por el interior de la ciudad. Ese día perdieron la vida entre 3.000 y 4.000 bizantinos. Los catalana-aragoneses que defendían el Palacio imperial continuaron combatiendo hasta la muerte. El cónsul Pere Juliá, fue ejecutado, junto a sus últimos soldados. Los soldados que cayeron presos fueron, así mismo, asesinados, los otomanos solamente perdonaron la vida a unos pocos notables capaces de pagar su libertad y esclavizaron al resto. Cuando anochecía, Mahomet II penetró en la ciudad, ordenó que los edificios públicos y el palacio imperial fueran respetados y, luego, autorizó el saqueo de la ciudad. Sus tropas se vieron decepcionadas. En aquel momento ya quedaba poco por saquear en Constantinopla, su larga decadencia la había desprovisto de riquezas. Santa Sofía fue convertida en mezquita (y lo seguiría siendo hasta ue Kemal Ataturk, la transformara en museo), los bizantinos supervivientes debieron abandonar la ciudad que fue repoblada con turcos. El historiado coetáneo de los acontecimientos, Juan Dlugoz, escribió: “Con las bibliotecas quemadas y los libros destruidos, la doctrina y la ciencia de los griegos, sin las que nadie se podría considerar sabio, se desvaneció."

Las poblaciones “romanas” (o rumís o rhomaíoi) dispersas, no encontraron obstáculos en proseguir con el culto ortodoxo. Como los mozárabes españoles, sus ritos fueron autorizados y adquirieron la condición jurídica de “protegidos” por el sultán, a cambio de pagar un tributo. Poco a poco, despreciados por la población otomano, en condiciones extremadamente desfavorables, asumieron su triste destino. Pero no desaparecieron. Los rumi subsistieron.

A lo largo del siglo XIX, con la descomposición del Imperio Otomano, Grecia y otras regiones recuperaron su independencia. A mediados de ese siglo, algunos intelectuales griegos hicieron todo lo posible por recuperar su identidad y su imperio perdido. Ioannis Kolettis y otro asumieron la “megali idea” (la gran idea, el gran proyecto) cuyo eje no podía ser otro que la recuperación de “sagrada polis” (Constantinopla):"No creáis que consideramos este rincón de Grecia como nuestro país, Atenas nuestra capital y el Partenón nuestro templo nacional. Nuestro país es el vasto territorio en el que se habla la lengua griega y la fe religiosa responde a la Ortodoxia. Nuestra capital es Constantinopla y nuestro templo nacional Santa Sofía, la que fue durante un milenio la gloria de la cristiandad".

Al certificarse el fin del Imperio Otomano, la República de Kemal Ataturk, Santa Sofía deja de ser mezquita y se transforma en un museo, la capital deja de ser Estambul (la vieja Constantinopla) para ser Ankara. Pero la República de Ataturk fue “nacionalista” y no permitió a los rumi expresarse. Hoy, sólo queda la pequeña iglesia de Panagia Mugliotissa, en un barrio hasta hace poco cristiano y desde hace veinte años invadido por islamistas. Allí aún se mantiene el complejo culto ortodoxo y quizás así siga durante unos pocos años. Cuando esta iglesuela cierre sus puertas, el último eco de Roma en Oriente, habrá concluido. Sin embargo, a despecho de todo pesimismo, un viejo proverbio rhomaíoi dice:

Un Constantino la levantó, un Constantino la ha perdido, un Constantino la tomará…”.

Europa sigue a la espera del futuro Constantino.

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es

Nuestro pasado (I): Hematología en apoyo de la historia.

Nuestro pasado (I): Hematología en apoyo de la historia.

Infokrisis.- Que la sangre es vida, como escribía Stoker, no hay ninguna duda; tanto es así que la última campaña para recutar donantes de sangre se titulaba "Da sangre, da vida". Lo que no decía la campaña es que, a traés de la sangre, puede realizarse un viaje seguro al pasado más remoto. Si, por que la sangre permence allí en donde otros rastros se desvanecen.

El estudio de los grupos sanguíneos que abordó en 1965 Louis Charpentier en su estudio “El Misterio Vasco”[1], demostraba a las claras la posibilidad de utilizar la hematología como ciencia auxiliar de la historia. Pero hasta ahora, que sepamos, ningún investigador ha osado proseguir la tarea emprendida por el fallecido Charpentier. Vamos a recordar en qué punto quedó.

“Mas que los caracteres somáticos, la sangre conserva, con una fidelidad asombrosa, la huella de los siglos pasados y refleja los cruces, incluso los más antiguos, de los cuales cada grupo étnico, aunque esté limitado a una sola población, conserva la memoria orgánica”.

Lohavary, “La Sangre de los Pueblos”

Las etimologías de la sangre

La etimología produce agradables sorpresas. Por ejemplo, los romanos utilizaban dos palabras diferentes para referirse a la sangre: o bien sanguis-sanguinis, o bien cruor-cruoris, aparte, naturalmente, del término griego correspondiente –haema-haematis- que solamente utilizaban los muy cultos o los excesivamente pedantes. Sin embargo, solamente la palabra sanguis-sanguinis ha pasado a las lenguas romances (sang en francés, sangue en italiano, sangre en español), con sus derivados: sangrar, sangría, sangrante, sanguinario, sanguijuela, sangrador, sanguíneo, sanguinolento. De cruor-cruoris, ha derivado otro linaje de términos que indican por su parte, crueldad, crudeza, y que ya denotan que para los antiguos, había algo en la sangre que determinaba su carácter. En realidad, con este término los latinos aludían a la sangre que rezumba de una herida (crudus, significa sangrante) y, por extensión, a todo lo que suponía una carnicería o una matanza, pero también, no lo olvidemos. Y, puesto que la sangre que fluye de una herida está sin cocer, el término pasó a designar todo lo que está crudo.

Así pues, lo que la lengua latina mantenía integrado (la relación entre la sangre y el carácter), en las lenguas romances figura como separado y, solamente, remontándonos a la etimología originaria encuentra su justifricación. Esta dualidad hizo que para la ciencia médica ninguno de los dos términos fuera adecuado. La sangre era un vocablo excesivamente vulgarizado y la crueldad algo que escapaba de su demarcación fisiológica. Así pues, la medicina viajó hacia el tercer término utilizado en Roma para designar la sangre, la palabra griega “haema”. Con el nominativo de haima, se forma hemorragia, hemoglobina, glucemia, hemorroide, anemia, hemofilia y, así hasta cincuenta términos. Como se verá, estas palabras se forman con la forma hemo cuando es prefijo y emia cuando es su sufijo. Por su parte, del genitivo haimatos, cuyo significado es “de la sangre”, deriva la palabra “hematología”, literalmente, “conocimiento de la sangre”. Esta forma aparece en un centenar de términos médicos (hematoma, hematuria, hematíe, hematina, etc.).

En lengua castellana, las expresiones relativas a la sangre son interminables y todas hacen relación al carácter o al comportamiento: “tener la sangre de horchata” o “no tener sangre en las venas”, supone ser un cobarde; “subírsele la sangre a la cabeza” es, por su parte, entregarse a un acceso de ira; “ser de sangre azul” es ser de noble cuna; “tener sangre fría” es demostrar aplomo en las situaciones adversas; “lavar con sangre” es reparar una afrenta mediante un duelo, y así sucesivamente.

La sangre en los mitos y en la tradición

En el vocabulario hermético, abundan, así mismo, las expresiones relativas a la sangre de las que Stoker –iniciado en la Orden Hermética de la Aurora Dorada, la famosa Golden Dawn- extrajo la inspiración para la novela que le dio fama. Para la tradición hermética, de la misma forma que el Sol es el centro de nuestro sistema, corresponde al corazón ser el centro del cuerpo humano y, por tanto, a la sangre le corresponde un papel similar a los rayos solares. Expresiones como “me hierve la sangre”, “fulano es de sangre caliente”, o “se le calentó la sangre”, indican una relación extremadamente directa entre el calor, la agresividad, y la sangre, que, indirectamente queda reforzada por otras del género de “lo vi todo rojo”. La sangre, pues, se considera generalmente como el vehículo de la vida y de la agresividad, como si se tratara de una potencia del corazón.

La Biblia es particularmente prolífica en alusiones a la sangre, desde que en el Génesis 4: 10, tras haber matado a Abel, Caín tuviera que escuchar el reprocho del Señor: “¿Qué has hecho? Se oye la sangre de su hermano clamar a mí desde el suelo”. Un poco más adelante, en Génesis 9: 4, Dios ordena a Noé: “Todo lo que se mueve y tiene vida os servirá de alimento: todo os lo doy, lo mismo que os di la hierba verde. Sólo dejaréis de comer la carne con su alma, es decir, con su sangre”. Y así sucesivamente. En total, la referencia a la sangre aparece en 474 ocasiones entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Los vecinos de los hebreos, y habitualmente, sus dominadores, los caldeos, consideraban que era la sangre de los dioses, mezclada con la tierra, la fuente de toda generación, incluso de los metales[2]. Esto, sin olvidar que la sangre de Cristo, mezclada con el agua (o suero) que se derramó en la herida del costado de cristo, recogida por el Grial, estaba reputada de conceder, por sí misma, la inmortalidad. Y, cómo evitar recordar, que en el misterio de la Misa, el pan y el vino, carne y sangre de la tierra, pasan a ser la Carne y la Sangre de Cristo.

No es raro que, los juramentos más trascendentales en todas las civilizaciones occidentales se rubriquen con sangre o bien se realicen “por nuestra sangre y la de nuestros hijos”. Al mismo tiempo, la sangre, en tanto que se relaciona con la temperatura corporal, se la considera vehículo de las pasiones[3]. James Frazer, demuestra como muchos pueblos consideran a la sangre como el vehículo del alma y, por eso mismo, en los sacrificios de animales se insiste en que ni una sola gota de sangre caiga sobre el suelo, con lo que el alma de la víctima propiciatoria, en lugar de orientarse hacia el fin mágico de la operación, terminaría por regresar a la “tierra madre”. Pero también, Frazer cita el ejemplo opuesto: cualquier objeto que reciba una gota de sangre de los jefes de algunas tribus de Nueva Zelanda, queda, desde ese momento, sacralizado. Finalmente, la última asociación simbólica es la que hace de la sangre un avatar de las llamas, pues, no en vano, los rayos de sol, dan calor, pero también pueden provocar fuego. Es la sangre de Helías, derramada luchando contra el Anticristo, la que prende fuego y devora la tierra[4].

Las viejas tradiciones de los arúspices romanos establecían sistemas adivinatorios a partir de la sangre. No era solamente la vista de la sangre de los animales sacrificados, sino incluso la de los humanos, la que utilizaban como “filtro astral” para realizar sus predicciones. En la actualidad, todavía existen chamanes y videntes capaces de experimentar presagios según la forma en la que fluye la sangre de una herida[5]. Finalmente, como hemos mencionado antes, existe una relación muy directa entre la sangre y la tradición hermética que Julius Evola se encarga se ilustrar[6], realizando una recopilación de citas extraídas de textos herméticos. Así, por ejemplo: Evola explica que una de las formas de “purificar el mercurio” (esto es de eliminar todas las tendencias del alma hacia lo material) consiste en “concentrarse sobre la sangre, a través de la sensación del calor corporal”[7]. Y dice luego: “Ya los autores árabes hablaban de una “descomposición que mediante el Fuego suave transforma la naturaleza en una sangre”. Y Morieno dice: “La perfección del Magisterio consiste en tomar los cuerpos que están unidos… Ahora bien, la sangre es lo que principal y más sólidamente los une, porque los vivifica y los identifica”. Y Pernety: “La solución, disolución y resolución son propiamente la misma cosa que la sutilización. El medio para alcanzarla, según el Arte es un misterio que los Filósofos revelan sólo a aquellos que a su parecer es tán calificados para ser iniciados. No puede realizarse –dicen- sino en la propia sangre”; sangre que el mismo autor relaciona con el “Agua nuestra, de la cual se halla compuesto nuestro propio cuerpo”. “En las tres soluciones de las que os hablo –se dice en “El Triunfo Hermético”-, el Macho y la Hembra, el Cuerpo y el Alma, no son otra cosa que el Cuerpo y la Sangre… La solución del [sentido del] cuerpo en su propia sangre es la solución del Macho por medio de la Hembra y la solución del cuerpo por medio del Espíritu… Trataréis en vano de realizar la solución perfecta del mismo cuerpo, si no reiteráis sobre él el aflujo de su propia sangre, que es su menstruo natural, su Mujer y su Espíritu al propia al propio tiempo, con el cual se une tan íntimamente que no constituye más que una y misma substancia” (…) Finalmente, Artemio [dice] “el Agua que cambia los Cuerpos en Espíritus, desnudándolos de su grosera corporalidad”, la “piedra sanguinaria” y la “fuerza de la Sangre Espiritual, sin la cual no valen nada, van asociados”[8]. Todo esto es mucho más simple de lo que parece y desafiamos al lector para que realice una nueva lectura de todos estos textos teniendo en cuenta que el mercurio y el espíritu, son la misma cosa, que se trata de purificar el mercurio (esto es, el alma) de cualquier tendencia que la mantenga ligada a la materia y que, se considera a la sangre vehículo de un elemento más profundo capaz, por sí mismo, de realizar esta obra de purificación. Los antiguos rosacruces daban a la notación INRI el sentido de “Igne Natura Renovatum Integra”, solo el fuego purifica íntegramente a la naturaleza. Y ese fuego solamente se encontraba en el alma, vehiculizada sobre la sangre.

Evola da una interpretación al símbolo de la travesía del “Mar Rojo”, utilizando un texto del alquimista Bernardo Trevisano: “salir de Egipto” quiere decir, salir del Cuerpo, y “atravesar el mar Rojo” es atravesar las aguas de la corrupción, explicando que “aquello que Moisés llama Mar Rojo es la Sangre”, declarando, finalmente, que “en la sangre está la espada de llama ondulante que cierra el paso hasta el Árbol de la Vida”[9]. Desde luego, no puede pedirse a los autores “herméticos” claridad, pero, a poco que se comprenda el sentido simbólico de los términos, el significado final aparece con facilidad. Se trata, a fin de cuentas, sólo de concentrarse sobre la sangre, procurar eliminar de ella todo rastro de pulsiones no controladas (ira, cólera, egoísmo, ambición, etc.), y aumentar la temperatura de la sangre, sin que tal aumento suponga el dejarse arrastrar por lo que, en condiciones normales, implica un aumento de la temperatura sanguínea (precisamente, los estallidos de cólera, los estados de violencia desenfrenada, etc.).

Todos estos textos nos han servido para explorar en una dirección insospechada: la importancia que la sangre revestía en todas las viejas tradiciones, hasta el punto de que en la sangre de depositaban las esperanzas de supervivencia post-mortem (en Roma, el paterfamilias, debía de alumbrar permanentemente el fuego sagrado presente en cada hogar y en el que estaban presentes los antepasados y, al mismo tiempo, estaba obligado, como mínimo a tener un hijo, “el hijo del deber”[10]), la pureza de la sangre, determinaba la nobleza de tal o cual familia (los “arios” son los “puros”), y, finalmente, el monarca legítimo era aquel cuya sangre era “azul”.

Es evidente que todas estas doctrinas sobre la sangre derivaban de un hecho constatado empíricamente por el hombre originario: sustraer la sangre de un cuerpo, implicaba sustraer, así mismo, la vida. Ese razonamiento negativo llevaba también a una conclusión positiva: “la sangre es vida”. No hacía falta viajar hasta el siglo XX y realizar complicados estudios hematológicos para haber asimilado la idea de que la sangre es, simplemente, importante para la vida. Sin embargo, la sangre permite algo más: permite saber quienes somos, de dónde procedemos y cuál es, a fin de cuentas, nuestra identidad. Ahora toca descender del terreno mítico y hermético, al terreno racional y científico.

Algunas claves sobre la sangre

Todavía hoy, en el Japón moderno, se cree que la personalidad está relacionada con la sangre y, más concretamente, con el grupo sanguíneo. Los japoneses son los únicos que consideran a la sangre como factor determinante para el carácter. A la vista de los porcentajes de cada tipo de sangre en cada población, los científicos y sociólogos japoneses, deducen cuál es el carácter de esa población. Y esto vale también para las fábricas: para cada actividad hará falta un tipo determinado de sangre que será la que el empresario intentará contratar. Este interés por la sangre, llega hasta el punto de que en las fichas de los protagonistas de las series de ficción, se añade, a modo de documentación completamentaria, el tipo de sangre que posee.

Mucho más cerca de nosotros, no hará más de diez años, en una imprecisa cita del entonces presidente del Partido Nacionalista Vasco, Javier Arzallus, este personaje aludía al “factor Rh” que marcaba la diferencia entre vascos y no-vascos. Bien, sin ir tan lejos, es obvio que el Rh vasco es sensiblemente diferente al de otros pueblos, pero no tan diferente como sueñan algunos nacionalistas vascos como para que, a partir suyo, sea posible deducir el origen y la familia de pueblos con los que emparenta.

Es suficientemente conocida la utilidad de la sangre: de un lado aporta oxígeno a las células, de otro evacua el dióxido de carbono, además transporta aminoácido y hormonas entre a tejidos y órganos. Buena parte de este trabajo se realiza en los vasos sanguíneos que rodean a los alveolos pulmonares. El corazón actúa como bomba para accionar todo este mecanismo. El Oxígeno es transportado por la hemoglobina de los glóbulos rojos. Por su parte, el plasma sanguíneo distribuye “alimentos” (grasas, proteínas, minerales, sales, vitaminas, hidratos, a todas las células del organismo). Por su parte, los glóbulos blancos pueden fluir fuera o dentro de la corriente sanguínea allí en donde sea necesario neutralizar la acción de microorganismos que ataquen cualquier órgano.

La sangre que fluye por nuestras venas constituye el 7-8% de nuestro peso normal, lo que supone, aproximadamente 5 litros. Está compuesta por un 45% de corpúsculos (hematocrito, formado por glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas), mientras que el resto es plasma sanguíneo (agua, 95%, y proteínas, con aspecto de fluido amarillento y levemente salado, encargado de transportar los distintos tipos de células sanguíneas, su alimento y sustancias de deshecho). Mientras que los glóbulos blancos tienen que ver con el sistema inmunológico y las plaquetas con la cicatrización de las heridas, los glóbulos rojos (el 96%) contienen la hemoglobina de la sangre y distribuyen el oxígeno, pero, además poseen proteínas que definen a cada uno de los tipos sanguíneos.

Los tres tipos de sangre

En 1902, el hematólogo Kart Landsteiner estableció las diferentes entre los distintos tipos de sangres. En 1930 se le reconoció este mérito recibiendo el Premio Nobel de Medicina. Básicamente el hallazgo de Landsteiner consistió en establecer que, al menos en Europa, existen, tres tipos de sangre diferentes, a los que llamó: A, B y 0 (cero). Las personas con sangre del tipo A tienen glóbulos rojos con antígenos de tipo A en su superficie y anticuerpos contra los antígenos B en el suero de su sangre. Por su parte, la sangre del tipo B tiene glóbulos rojos con antígenos de tipo B en su superficie y anticuerpos contra los antígenos A en el suero de su sangre. Mientras que, finalmente, la sangre 0, no muestra antígenos A ó B, pero puede fabricar anticuerpos contra ambos. Eso facilita que puedan realizarse transfusiones de sangre de tipo 0 a los otros tipos.

A nuestros efectos, lo interesante es que los grupos sanguíneos se transmiten por herencia, pues, no en vano, como estableció Bernstein, las diferencias eran genéticas y, cuando se producen mezclas entre dos tipos de sangre distintas, la resultante depende de las leyes de Mendel.

La distribución de la sangre en Europa

Pues bien, existe una relación muy directa entre la geografía y la distribución de los distintos tipos de sangre. Lohavary estudió estas relaciones y llegó a algunas conclusiones:

- La sangre A está distribuida como sigue:

- La mayor concentración de sangre A, aparece en el Norte de la Península Escandinava (en el extremo norte) con un 50-55%,

- En el resto de la Península Escandinava, en Finlandia, en zonas concretas de Europa (Bulgaria, parte de Rumanía, parte de Sebia, parte de Austria y de Hungría, parte de Baviera, parte del Mediodía francés, el norte de Catalunya, el centro de Italia, con un 35-40%,

- La mayor parte de España, Francia, Alemania, Polonia, Rusia, Ucrania, Chequia y Eslovaquia, Países Bálticos, Norte y extremo Sur de Italia, Albania y Turquía, tienen una densidad del 20 al 25%.

- Finalmente, Sicilia, Grecia, Irlanda, Islandia, Cerdeña y Túnez, tienen porcentajes menores, entre un 15 y un 20%,

- En la Península Ibérica, Andalucía Occidental, Extremadura, Galicia y la mayor parte de Portugal, tienen un 30-35% de sangre A. La costa mediterránea, Aragón, Andalucía oriental, las dos Castillas, Asturias, Cantabria y el Sur de Navarra, tienen un 25 a 30%. Mientras que el País Vasco y el Norte de Navarra, tienen de un 20 a un 25%.

- La sangre 0 está distribuida como sigue:

- Los focos de mayor concentración se encuentran en Islandia, Irlanda, norte de las Islas Británicas, Túnez, Cerdeña, País Vasco, Navarra, con un 70-80% de sangre 0

- El sur de Inglaterra, parte de la costa Noruega, casi toda Francia (salvo el Mediodía y las costas mediterráneas), el Benelux, Sicilia, Grecia, el sur de Italia, parte de Argelia, la zona del Atlas, el sur de Portugal, Asturias, Cantabria, León, Zamora, Madrid, parte de Castilla la Mancha, Liguria, la costa Este del Adriático, tienen entre un 65-70% de sangre 0.

- Casi toda Alemania, el sur de la Península Escandinava, el norte de Rumania y el oeste de Ucrania, el Cáucaso, buena parte de Anatolia, los Balcanes y Andalucía occidental, tienen de un 55-60% de sangre 0.

- Finalmente, en Laponia, Carelia y Europa del Este, es donde se registran menos concentraciones de sangre 0, entre un 35 y un 55%.

- La sangre B está distribuida como sigue:

- Las mayores concentraciones de sangre B se dan en las orillas del Caspio, los Urales, con un 20-30% de densidad.

- En Rusia, Finlandia, Polonia Central, Norte de Ucrania, aparecen concentraciones del 15-20%.

- Los Balcanes, Turquía, los Países Bálticos, Alemania del Este, las zonas interiores de Escandinavia, Sicilia, el Norte de África, Andalucía Occidental, algunas zonas del cnetro de Italia, tiene una concentración menor del 10-15% de sangre B.

- Se encuentran densidades de un 5 a un 10% en Galia, Alemania del Oeste, Austria, Norte de Italia, al sur de Roma, hasta Calabria y la Puglia, las costas de la Península Escandinava, Inglaterra, Irlanda e Islandia.

- Finalmente, la sangre B tiene menores concentraciones en Aquitania, Sur y Norte de Portugal y, en la franja que va desde Cantabria a la Costa Catalan, abarcando el norte de Aragón, toda Navarra y el País Vasco.

Algunas conclusiones

Del estudio de la distribución de los grupos sanguíneos pueden derivarse tres conclusiones inapelables:

- 1ª Conclusión: allí donde hay una mayor concentración de sangre A, debe ser, necesariamente, el hogar originario de esta sangre. A medida que nos alejamos de este foco de mayor concentración, Así pues, el extremo Norte (Hiperborea) sería el lugar originario de un grupo de pueblos que luego descenderían hacia el Sur.

- 2ª Conclusión: la sangre 0 registra las mayores concentraciones en las zonas bañadas por aguas del Atlántico y va disminuyendo a medida que avanzamos hacia el Este de Europa. Es evidente que se trata de pueblos marítimos que se expandieron en dos vías: por las costas atlánticas y por las mediterráneas.

- 3ª Conclusión.- la sangre B tiene un origen asiático y va disminuyendo a medida en que dejamos atrás Asia.

Ahora bien, estas tres conclusiones apoyan mutuamente la historia y los mitos. Los lugares de mayor concentración de sangre 0 son aquellos en los que aparecen cultos femeninos, telúricos y ginecocráticos. En el Mediterráneo a esta familia de pueblos pertenecen los fenicios, los cartagineses, los cretenses, los minoicos y, finalmente, los íberos. Se característica más acusada es la práctica cultos a la Gran Madre y la consideración de que todos los dones proceden de la Tierra. El hecho de que sea en las Costas del Atlántico en donde esta familia de pueblos encuentra la mayor acumulación de sangre 0, indica que su lugar originario debió estar en ese lugar. No hace falta recurrir a la existencia de un continente desaparecido para sostener esta teoría, basta con explicar que estos pueblos se desparramaron desde un punto que posiblemente se encontrara en las orillas del Atlas o en el Norte de África, en tres ramas: una se dirigió hacia el sur constituyendo la etnia guanche, otra se desparramó por el Mediterráneo dando lugar a las civilizaciones egipcia, y posteriormente, cretense y minoica y otro se desplazó hacia el Norte, alcanzando las Islas Británicas e Islandia.

Pero la sangre A tiene un recorrido completamente diferente. Del Norte inicia su marcha hacia el Sur. El hecho de que descendieran de zonas heladas o próximas al círculo polar, hizo que para ellos la experiencia del sol adquiriera una importancia capital. En sus desplazamientos les acompañaron cultos solares, masculinos, viriles y olímpicos. Siempre, todos estos pueblos, consideraron al Norte como su lugar de procedencia y su patria originaria. El mito griego de Hiperbórea, sede originaria de la Edad de Oro, coincide, sorprendentemente, con el foco de difusión de la sangre A.

Esto supone simplificar demasiado. Estamos hablando de un período de tiempo extremadamente dilatado, pero, en líneas generales, lo que resulta inapelable y rigurosamente cierto es que los dos tipos de sangre definen dos tipos de civilización que coinciden con las viejas leyendas y tradiciones ancestrales: una llegada del Oeste Atlántico y otra venida del Norte Hiperbóreo.

Sangre y Geopolitica

Pero, además, existe otra ciencia auxiliar de la política a tener en cuenta, la geopolítica. Oeste Atlántico y Norte Hiperbóreo, definen así mismo otra contradicción fundamental en la historia de la humanidad, la aparecida entre pueblos marítimos y pueblos terrestres. El hecho de que los pueblos Atlánticos sean, fundamentalmente costeros o hayan realizado sus grandes desplazamientos a través del mar, hace que pueda considerárseles con propiedad como pueblos marineros. Por su parte, los pueblos procedentes del Norte, descendieron hacia el Sur, como máximo siguiendo vías fluviales, pero mucho más generalmente, mediante migraciones realizadas sobre tierra firme. Eran pueblos de carácter terrestre.

Da la sensación de que, desde la noche de los tiempos, existió una contradicción insuperable entre ambos tipos de civilizaciones, las marítimas y las terrestres. Ambos tipos de civilizaciones chocaron en distintos momentos de la historia: Atenas contra Esparta, Roma contra Cartago. Cada uno sostenía valores diferenciados: mientras que el comercio era el elemento central que ocupaba la vida de los pueblos marineros, la economía de los pueblos terrestres estaba orientada hacia la agricultura; si los pueblos marineros parecían ser individualistas y daban prioridad a los valores democráticos, los pueblos continentales atribuían al Estado (y no al individuo) y a la autoridad, la primacía. El choque entre ambos tipos de pueblos era inevitable.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokriksis@yahoo.es



[1] “El Misterio Vasco”, Louis Charpentier, Plaza & Janés, Barcelona 1974. El capítulo VI está consagrado a la distribución de los grupos sanguíneos en Europa y es el que vamos a utilizar como guía para estas páginas.

[2] De hecho, la alquimia se hizo eco de esta tradición para elaborar su teoría según la cual los metales, como las plantas y los animales, crecen y maduran en las minas. El arte de la alquimia no consistía en otra cosa más que en acelerar esta maduración de los metales.

[3] “Diccionario de Símbolos”, Jean Chevalier y Alain Gheerbrandt, Editorial Herder, Barcelona 1991, pág. 910.

[4] «Les representations religieuses des peuples altaïques», Harva Uno, París 1959, pág. 99.

[5] “Diccionario de las Artes Adivinatorias”, Gen Le Scouézec, Editorial Martínez Roca, Barcelona 1973, pág. 84.

[6] “La Tradición Hermética”, Julius Evola, Edizioni Mediterranee, Roma 1972, pág. 183.

[7] “La Tradición…”, op.cit., pág. 163.

[8] “La Tradición…”, op.cit., pág. 164.

[9] “La Tradición…”, op.cit., pág. 165.

[10] “La Ciudad Antigua”, Fustel de Coulanges, Editorial Plus Ultra, Madrid 1947, pág. 47 y sigs.

Notas sobre el libro: “A la sombra de Franco”, la OAS en España

Notas sobre el libro: “A la sombra de Franco”,  la OAS en España

Infokrisis.- La lectura de la obra del villenero Gastón Segura Valero, "A la sombra de Franco", subtitulada "El refugio de los activistas franceses de la OAS", nos ha inspirado algunos comentarios, que amplían el contenido de este libro -que nos parece extremadamente aceptable y bien documentada-  [en la foto: Lagaillarde y Ortiz, en las jornadas de las barricadas de Argel]

 

Hace falta tener algo más de cincuenta años, ser un apasionado de la historia contemporánea o bien ser un “pied-noir” (un francés nacido en Argelia antes de la independencia) para saber qué fue exactamente la OAS, siglas francesas de la “Organisation de l’Armée Sécrete”. En España, en los últimos treinta años no se ha publicado ninguna sola obra sobre la OAS, por lo tanto, la obra de Segura Valero es todavía más de agradecer en la medida en que cubre un vacío documental. Ahora bien, alguien preguntará, ¿la OAS no es una organización francesa, nacida de una crisis francesa y cuyos integrantes fueron franceses? ¿Qué tiene que ver la OAS con España? Mucho: de hecho, la OAS nació en Madrid y se disolvió en tierras de España, sus dirigentes encontraron en nuestro país un precario refugio y, luego, muchos “pied noires” terminaron en nuestro país (muchos amigos nuestros todavía permanecen, ya como españoles, en las costas alicantinas, en Baleares o Canarias o han rehecho su vida en Madrid, Barcelona o Navarra. Además, muchos españoles ayudaron activamente y de manera militante a los miembros de la OAS y apoyaron la causa de la Argelia Francesa. Por tanto, la obra de Segura Valero es interesante y atañe a nuestro país.

Los méritos de la obra de Segura Valero

Entre los méritos de este libro de trescientas páginas, se encuentra el hacer una génesis de cómo se llegó a la crisis de Argelia y desde qué momento España empezó a interesarse por la cuestión. No hay q ue olvidar que España y Francia tuvieron intereses comunes en Marruecos hasta la independencia de ese país y, posteriormente, se vieron envueltos en las distintas ofensivas que lanzó el reino alhauita contra Ifrni español y la zona de Tinduf y Bechar en Argelia, todavía bajo control francés. Pues bien, los dos primeros capítulos de esta obra se dedican a detallar las dimensiones de la aquella crisis.

Hay que decir que Segura Valero restringe al máximo valoraciones personales sobre el régimen franquista y sobre las vicisitudes, utilizando una encomiable objetividad. Recuerda, que fueron más de doscientos los soldados españoles asesinados por las bandas marroquíes del ALN (Armé de Liberation Nacional) en Ifni y describe con detalle las odiosa gestión que le cupo realizar a Mohamed V.

Así mismo, la descripción de cómo se gestó el problema de Argelia es, igualmente, clara y escueta, sin que falte ni sobre una línea. La figura de De Gaulle no sale bien parada. La crisis argelina, desde luego, no fue lo mejor de su gestión, sino, precisamente, allí en donde demostró sus carencias. De Gaulle traicionó a toda una comunidad: los “pied noires” –y no solamente ellos- lo sacaron de su retiro en Colombey les-Deux-Eglises como hombre que prometió mantener a “Argelia Francesa”. Al poco de ser encumbrado en el poder y finiquitar la IV República francesa, De Gaulle TRAICIONO a su país, TRAICIONÓ a sus compañeros de armas y TRAICIONÓ a los “pied-noires”. No solamente, no mantuvo su promesa, sino que aceleró la entrega de Argelia y abandonó a su suerte a los argelinos de origen francés y a los argelinos musulmanes que habían colaborado con Francia (los “harkis”). El hecho de que en otros terrenos, De Gaulle actuara con una encomiable lucidez –especialmente en no limitarse a ser un comparsa de los EEUU en la OTAN- no implica que durante la crisis de Argelia, se comportó como el mayor de los traidores que haya dado Francia en el siglo XX. La obra de Segura Valero, no carga las tintas en relación a De Gaulle, pero da datos suficientes como para que el lector se haga una idea del fuste del personaje.

Finalmente, esta obra reconstruye – que nosotros sepamos, por primera vez- la andanza española de los dirigentes de la OAS. Las informaciones son de primera mano y el autor no se ha limitado a una habitual recopilación de datos ya publicados en otras obras editadas en Francia. Y, en esto reside su principal atractivo y, también, su principal limitación. Por que se trata de una historia incompleta de la OAS. Los episodios narrados lo son a grandes rasgos. Pero faltan algunos elementos centrales que hubieran contribuido a completar más el relato. Veamos, lo que, por nuestra parte, podemos añadir al texto de Segura Valero.

Narciso Perales: el primer contacto de Raoul Salan en España

En las obras sobre la OAS editadas en Francia se ignoraba la figura de Narciso Perales. Cuando el General Raoul Salan llega a España, después del episodio de las barricadas en Argelia (el porimer gesto de la insurrección de la comunidad “pied noire”), lleva varias direcciones de posibles contactos. Se las han dado amigos suyos y de los grupos civiles que apoyaron la insurrección. Quizás algún día en los archivos de las Falanges Exteriores o de la Delegación Exterior del Frente de Juventudes (si es que existen en algún oscuro almacén) den cuenta de las relaciones que ambas organizaciones tuvieron con la organización de los hermanos Sidos, “Jeune Nation”, que habitualmente suele ser calificado como el primer grupo neofascista –era más bien “nacionalista”- francés de cierta importancia en la postguerra. Esos contactos existieron.

De hecho, desde los años 50, se celebraban en España “universidades de verano” y encuentros organizados por la Delegación Exterior del Frente de Juventudes, a las que asistían como invitados delegaciones de organizaciones afines de otros países: desde las Falanges Libanesas hasta la Falange Boliviana, pasando por los jóvenes del Movimiento Social Italiano o por… los estudiantes nacionalistas franceses de Jeune Nation. Es seguro que algunos amigos de Salan, sin duda, miembros de Jeune Nation, le habían pasado las direcciones con las que entró en nuestro país. De todas ellas solo una le interesó: la de Narciso Perales.

Las conversaciones entre Salan y Perales fueron francas y profundas. Ambos sintinonizaron y Salan vio en Perales a un indómito predicador del ideal falangista, es decir, de las ideas que a él, le faltaban. Más tarde, cuando se incorporó Lagaillarde –el dirigente más atractivo de la insurrección “pied noire” y de las barricadas de Argel, un verdadero hombre de acción, diputado de la Asamblea Nacional, paracaidista heroico, Perales se entendió bien con él y mucho más cuando empezaron a afluir –perdida ya la esperanza de mantener el vínculo entre Francia y Argelia- los dirigentes de la OAS católicos y políticamente antidemócratas, como Dufour, el doctor Lefevbre y Château-Jobert.

Armas para la OAS a través de España

Una de las carencias del libro de Segura Valero es, precisamente, que no repara en uno de los temas que, desde el punto de vista periodístico sería más prometedor –el tráfico de armas para la OAS realizado a través de España-; por que ese tráfico efectivamente existió.

Al parecer, la OAS había logrado sacar de Argelia ciertas cantidades de armas y explosivos y su problema era cómo dirigirlos a la metrópoli. Allí, existían comandos suficientemente dispuestos para la acción –la OAS-Metropolitaine- pero carecían de armamento suficiente y, especialmente, de explosivo plástico.

Algunos “pied noires” disponían de pequeñas embarcaciones de recreo con calado suficiente como para cruzar el estrecho y situar las armas en los puertos de Málaga o Alicante. Pero más allá de Alicante, estos barcos no estaban en condiciones de llegar a los puertos franceses del Mediterráneo que, por lo demás, estaban bien vigilados. Así pues, se estableció una “ruta segura” que llegaba de los puertos del Sur de España a la frontera pirenaica. El problema era cómo pasar las armas. Hacía falta gente que conociera bien la zona fronteriza y, además, que fuera de “confianza”, sin fisuras, y con cierta identificación con la causa de la Argelia Francesa.

En Lérida existía un cuadro falangista de mediana edad, en aquel momento jefe de la Falange de Sió, y que luego llegaría a ser Lugarteniente de la Guardia de Franco de la provincia de Lérida en los últimos años del franquismo y primeros de la democracia, Miguel Gómez Benet.

Gómez-Benet conocía perfectamente los caminos de montaña y los pasos fronterizos no vigilados por la Guardia Civil. Por lo demás, él mismo era suficientemente conocido por los mandos de la Guardia Civil del norte de la provincia de Lérida, así que habían pocas posibilidades de que esos cargamentos de armas fueran interceptados, al menos, en la parte española.

En dos ocasiones, Gómez-Benet, logró establecer contacto con el militante del partido de Pierre Poujade, encargado de recibir las armas en Francia. Como se sabe la Unión de los Comerciantes y de los Artesanos (UDCA), el partido poujadista, tenia una sección autónoma en Argelia, diriga por Pierre Ortiz, junto con Lagaillarde, alma de la insurrección de las “barricadas”. Desde el principio, la mayor parte de la UDCA tomó partido por los combatientes de la Argelia Francesa y, a pesar de su fundador, el partido pasó a ser una estructura aprovechada por los activistas de la OAS. Pues bien, Gómez Benet, en dos ocasiones consiguió establecer el contacto con el militante pujadista –cuyo nombre preferimos no citar- y las armas y los explosivos consiguieron ir a parar a manos de los activistas de la OAS.

En la tercera ocasión, las cosas se complicaron, Gómez-Benet recibió las armas en cuestión, pero cuando acudió a la cita, el militante poujadista no se presentó; acababa de ser detenido y pasaría cuatro años en prisión. Este episodio coincidió con el derrumbe general de la OAS. Así que Gómez-Benet, sin comerlo ni beberlo, se encontró poseedor de un pequeño depósito de armas (pistolas y revólveres de ordenanza en el Ejército francés de la época, subfusiles MAT-42 y cierta cantidad de explosivos.

De 1962 a 1976, estas armas permanecieron escondidas y no se utilizaron. También es cierto, que nadie las reclamó. En el verano de 1976, cuando Gómez-Benet ya era Lugarteniente de la Guardia de Franco, organizó, en colaboración con algunos italianos exiliados en España, un campamento paramilitar en Castell del Remei, del que la prensa dio cuenta en su momento. Sin embargo, la investigación periodística no fue capaz ni de establecer el tipo de armas que se habían utilizado, ni, mucho menos, su procedencia.

Si no recordamos mal, Gómez-Benet falleció a finales de los años 80 y los restos de ese arsenal (seguramente ya deteriorados e inservibles) seguirán escondidos en donde estuvieron por espacio de 14 años. Por cierto, hay que recordar que Gómez-Benet fue el único lugarteniente provincial de la Guardia de Franco que se negó a la colaboración requerida por su superior jerárquico, Adolfo Suárez González, para ayudar a la creación de UCD. “Vamos a hacer lo mismo, pero con otra sigla”, fue lo que Suárez dijo en la reunión con los lugarteniente provinciales pocas semanas antes de la convocatoria de las primeras elecciones democráticas en junio de 1977.

La pieza de enlace entre Perales y Gómez-Benet

No creemos que Perales conociera a Gómez-Benet. A principios de los años 60, Narciso Perales era un exgobernador civil, falangista de toda la vida, católico, que no rehuía el contacto con los militantes falangistas disidentes del Movimiento franquista. Por su parte, Gómez-Benet era un oscuro militantes falangista de la provincia de Lérida sin muchos contactos en Madrid o Barcelona. Así pues, subsiste la duda, sobre cómo pudo Gómez-Benet contactar con Perales y como actuó de “transportista” de material perteneciente a la OAS.

Pero las cosas se comprenden mucho mejor si tenemos en cuenta que en 1962, la Editorial Acervo, radicada en la calle Padua de Barcelona, había publicado la obra “El Occidente en Peligro”, firmada por el doctor Lefevbre. La obra es un típico alegato anticomunista escrito desde las posiciones católicas tradicionalistas que el doctor homeópata había sostenido siempre. Quizás lo más interesante es la reproducción de un “Manifiesto Corporativo” de René de la Tour Du Pin como anexo y algunas notas sobre la “Guerra Revolucionaria”.

Un año después, esta misma editorial Acervo inició la publicación de una revista quincenal, titulada “Juanpérez” de la que aparecieron unos 150 números durante cuatro años. Pues bien, en el número 1, un redactor, entrevistaba al coronel Château-Jobert, como hemos dicho, último jefe de la OAS-Metro. Así mismo, esta editorial publicó la obra “El proceso al general Salán”.

Hay que añadir que la editorial Acervo era propiedad de un excombatiente de la División Azul, José Antonio Llorens-Borrás, autor, por otra parte, de un libro sobre el proceso de Nuremberg, examinado desde el punto de vista jurídico (era abogado). Pues bien, Llorens-Borrás, estaba casado con la hermana de Narciso Perales.

Así puede entenderse que, en esa época, su editorial se convirtiera en difusora de textos sobre el drama argelino y que en “Juanpérez” se publicaran distintos artículos (especialmente durante su primer año de vida) sobre la diáspora de los “pied noires”.

Perdida Argelia, la lucha continúa

El libro de Segura Valero termina con cierta brusquedad cuando un funcionario francés gaullista viene a España a proponer la “reconciliación” con los miembros de la OAS y a pactar el desarme de la organización. Hubo más. Ciertamente, la historia oficial de la OAS termina con esta “operación reconciliación”, pero entonces quedaba lo más apasionante: la historia de los militantes perdidos de la OAS surgidos de la diáspora de los “pied noires”.

Personalmente hemos conocido a decenas de exOAS en las circunstancias mas diversas. No es el caso relatar estas experiencias personales, pero si recordar que, entre los “plastiqueurs” de la OAS que terminaron residiendo en España, no todos se acomodaron –como Lagaillarde- a los negocios y a recordar en las barras de bar y en las cenas entre camaradas, los que sin duda constituyeron los años en los que “vivieron peligrosamente”.

Casualmente, conocimos en Madrid a Jean Pierre Cherid. Se me ocurrió preguntarle si había vuelto a Francia después de lo de Argelia; la respuesta me llamó la atención: “No, para mi Francia es como una mujer a la que se ha querido mucho, pero te ha traicionado, entonces se le da la patada y nunca más se la vuelve a ver”. Sin embargo, Cherid volvió a Francia, o al menos, al País Vasco Francés, años después. Eran los tiempos del GAL. Cherid, en ese momento, era la punta de lanza del GAL. Al parecer, Cherid creía haber localizado el piso en el que se reunía la ejecutiva de ETA y estudió las posibilidades de eliminarla de un solo golpe. Algo salió mal y Cherid, al colocar la batería de la bomba para activarla, saltó por los aires.

No fue el único miembro de la OAS que colaboró con el GAL. Hay otros nombres para esta historia sin gloria y sin sentido.

A Portugal fue también a parar otro grupo de franceses ex miembros de la OAS, irreductibles y dispuestos a afrontar nuevas aventuras en el campo anticomunista. Ralf Guerin-Serac y otros dieron vida a “Aginter Press”, una agencia de prensa anticomunista, radicada en Lisboa, que, en el fondo, era la cobertura para operaciones anticomunistas en todo el mundo. “Aginter Press” contaba con el apoyo de las autoridades portuguesas, hasta el 23 de abril de 1973 cuando se produjo el “Golpe de los Coroneles”. Una de las operaciones más brillantes de la agencia había consistido en infiltrarse en Suiza el Partido Comunista de los Trabajadores y su órgno de prensa “L’Etincelle”. Al mismo tiempo, Guerin-Serac había realizado su “autocrítica” en la embajada de la República Popular China en Bruselas (desde allí, los chinos contactaban con los partidos maoístas que se habían formado en Europa Occidental… la mayoría patrocinados por la CIA) renunciando a su “pasado pequeño burgués”. “L’Etincelle” tomó contacto con los representantes de los movimientos de liberación del África portuguesa y consiguió visitarlos… poco antes de que las FFAA portuguesas los arrasaran con una precisión asombrosa.

Así mismo, en Portugal publicaba la revista “Decouvertes”, Jacques Ploncard d’Assac, teórico del nacionalismo, próximo a la OAS y del que Ediciones Acervo publicó su obra “Doctrinas del Nacionalismo”.

La parte contratante de la segunda parte…

Otros “soldados perdidos” de la OAS llegaron a Oriente Medio, África e Iberoamérica. Ninguno de ellos pudo olvidar su juventud quemada al servicio del ideal de la Argelia Francesa y ninguno de ellos, ni siquiera hoy, ha podido olvidar la traición de De Gaulle a una comunidad que pagó caro el ser europeos en Argelia y querer seguir siéndolo. Por su parte, el FNL argelino tuvo también lo que merecía: tras una campaña de masacres contra la población europea de Argelia, siguió la independencia y las venganzas contra los “harkis” que no pudieron abandonar a tiempo el país antes de la independencia. Las distintas fracciones argelinas del FLN lucharon a muerte y el propio Ben Bella, líder de la independencia, resultó luego detenido por su, hasta entonces, amigo del alma y militante fraterno, Houari Boumedian. Tras pasar largos años en prisión, fue puesto en libertad y hasta hace poco defendía, por cuenta de Saddam Hussein, una opción laica al fundamentalismo religiosa argelina.

Tras un largo período de gobierno en el que Argelia estuvo bajo la férula del FLN y escorado hacia la URSS, la crisis económica y el ascenso del fundamentalismo religioso, terminaron por pulverizar el régimen surgido de la traición gaullista. Una larga guerra civil de casi ocho años, siguió y, en la actualidad se encuentra en estado de latencia. La explosión demográfica y la falta de perspectivas del país, ha obligado a tres millones de argelinos a “colonizar” Francia. De hecho, los incidentes que tuvieron lugar el otoño del 2005 en Francia, tuvo como protagonistas a los hijos de los inmigrantes argelinos.

Las esperanzas que se forjaba el FLN en 1961 no se han cumplido. Un activista del FLN, que aparece en “Los centuriones”, novela de Jean Lartguy dice, tras ser detenido e interrogado por los paracaidistas franceses: “Llegará un día en que colonizaremos Francia por el vientre de vuestras mujeres”… No, la crisis de Argelia deja todavía sentir sus huellas en Francia. No es el vientre de mujeres francesas lo que va a permitir la colonización de argelina de Francia, sino el indigerible fenómeno de la inmigración masiva. Pero esta es otra historia.

Jean Thiriart, escribía en su obra “Europa: un imperio de 400 millones de hombres” (traducido en España como “¡Arriba Europa!”): “Europa se defiende en Argelia”… y tenia razón en 1962. Los miembros de la OAS, defendiendo sus haciendas y su vida, defendían la presencia de Europa en el Magreb. Por eso ha valido la pena recordarlos, con la excusa de la obra de Segura Valero.

¿Y nosotros? ¿tuvimos algo que ver con la OAS? No, por supuesto. O más bien sí. Por azares del destino, en 2 de julio de 1981 tuvimos que compadecer ante la Corte de Seguridad del Estado, en Francia y fuimos condenados a tres meses de prisión por “uso de documentación falsa”. En aquel momento nos encontrábamos clandestinamente en Francia y, solamente se nos pudo acusar de pasaporte, carné de identidad y de conducir falso. Pues bien, la Corte de Seguridad del Estado se había creado en 1960 para juzgar los delitos relacionados con la resistencia europea en Argel y la actividad de la OAS. El 13 de julio de 1981, este tribunal especial fue disuelto por Mitterand. Nuestro caso figura como el último juicio que se celebró en este tribunal.

Ah, por cierto, nosotros también fuimos encerrados, como los antiguos “pied noires”, en la siniestra cárcel de La Santé…

© Ernesto Milá – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

14 de abril de 2006… La "segunda transición" de ZP o el cretinismo republicano

14 de abril de 2006… La "segunda transición" de ZP o el cretinismo republicano

Infokrisis.- No estoy seguro de que la "república" sea un mejor sistema de gobierno que la monarquía. A fin de cuentas, todo depende de quién esté al frente. Está claro que la monarquía actual no tiene el fuste de los grandes reyes de nuestra historia y en cuanto a los republicanos, casi mejor no hablar. ZP ha iniciado una nueva estrategia política: la de caminar hacia la "segunda transición", esto es, hacia la república.

Los que se han manifestado el 14 de abril de 2006-04-14

Lo hemos podido ver todos en los medos de comunicación: si el “facha Martínez”, más o menos, tiene el aspecto propio de los años 40, los republicanos que se han manifestado hoy con la bandera tricolor son de la generación inmediatamente anterior. Hacia mucho tiempo que no veíamos tantas tantas canas en las calles de España. La república, en buena medida, es cosa de viejos. Y si la izquierda achaca al PP el no haber encajado su derrota –lo que no ha encajado, y no solamente el PP, sino muchos que no estamos en el PP- es que su derrota se haya debido a un atentado con 192 muertos, esa misma izquierda de gediátrico, setenta años después, todavía no ha encajado dos cosas, a saber: que la República constituyó un período negro en la historia de España y que el final de la República supuso la derrota de los republicanos.

Mal asunto éste, en el que un grupo de abuelotes y un político de escasos vuelos, el tal Llamazares que está más cerca del extraparlamentarismo a cada elección, ocupan durante varios minutos la primera plana de los informativos. Las banderas de la vieja república son como un atavismo en el que una izquierda que ha perdido el marxismo, que ha perdido a sus padrinos, que cuando ha tenido el poder ha hecho cualquier cosa menos política de izquierda, que se ha quedado sin proletariado, cuyos sindicatos, han pasado de ser “reivindicativos” a “de gestión”, esa izquierda hecha de fracasos, divorciados encanecidos, tripudos y barrigones, progres que, a falta de cualquier otro impulso, odian simplemente en todo lo que se han convertido y hechan la culpa “al sistema” (cuando el sistema son ellos), ocupas díscolos con uniformes casposos, colgados de todos los pelajes y republicanos que admitirían antes una monarquía catalana que una república española, eso y nada más es lo que hoy 14 de abril de 2004, es lo que ha apoyado en las calles de esta nuestra comunidad, a la república.

Vale la pena preguntarse como tan poco ocupó tanto lugar en los informativos. Se lo explicamos.

ZP o la política del abuelo cebolleta y su Segunda Transición

Hace ya casi un año que del “diálogo de civilizaciones” no se tienen noticias. Del talante tampoco. Sobre las demás promesas electorales de ZP, la de la retirada de tropas es la única realizada, salvo que consideremos que las tropas retiradas de Irak volvieron de tapadillo a Afganistán, esto sin contar con la “Alvaro de Bazán”, siempre dispuesta a franquear al portaviones de turno en su tarea de bombardeo de la frontera sirio-irakí. La paz con ETA, en el momento de escribir estas líneas, pende de un hilo y el Estatuto catalán ha tenido la rara virtud de no convencer a nadie, ni al PP (que se opuso siempre), ni al grueso del PSOE (que desconfía de Maragall y no digamos del término “nación” en el preámbulo y, sobre todo, de lo que pueda ocurrir cuando se aplique), ni a ERC (que se ha visto vilmente traicionada por un apretón de manos entre Mas y ZP),ni siquiera por CiU (que ya ha dicho que es un estatuto para dos o tres años). ¿Qué le queda a ZP para poner en su activo en las próximas elecciones? Apenas dos canales entregados graciosamente a Prisa y… poco más.

Así pues, nuestro hombre, en esta segunda fase de la legislatura ha decidido poner en práctica un ambicioso proyecto: la “segunda transición”. Si la primera supuso el tránsito del franquismo a la democracia, la segunda deberá suponer la marcha de la democracia formal a la república irredenta e imaginaria de su abuelito.

Zapatero ni vivió la guerra, ni ha leído nada absolutamente sobre la guerra, fuera de lo que cuatro abuelos más le debieron contar sobre la guerra. Así pues, en su mentalidad de progre, se ha abierto paso, a duras penas eso sí, el siguiente razonamiento: “soy de izquierdas, luego soy progresista; lo más progresista en los años 30, fue la república, luego hoy ser republicano sigue siendo figurar entre los más progresistas; y como la historia siempre progresa, el franquismo no pudo ganar la guerra, así pues, vayamos al punto de partida de la guerra civil: la república, y así borraremos nuestro pasado. Igual, hasta el abuelo resucita”.

No ironizamos: en realidad, solo gracias a las estupideces sin fin dichas por ZP en los días anteriores al 14 de abril, hemos sabido de sus “convicciones republicanas”. Lo que tenemos ante la vista, es una reforma constitucional –inevitable- que abrirá paso también a la república. Con esto, ZP cree que habrá concluido la “segunda transición”, la verdadera, la que se hizo sin la presión de los “poderes fácticos” y, por tanto, nos llevó al principio.

ZP niega la historia. La historia no se puede rectificar: es agua pasada. Hubo vencedores y vencidos. Y los republicanos lo fueron. Desde el 14 de abril tuvieron la oportunidad de arreglar este país. Y no lo lograron. Los cinco años de república fueron un sinvivir. Y aquí no hay inocentes: todos son culpables, empezando por los socialistas que no dudaron en alzarse contra la República. La República no modernizó como dicen hoy sus popes: encabritó y encabronó, nada más. Si unos no se hubieran alzado en armas contra la República lo hubieran hecho los otros. Hoy, todavía, los últimos mohicanos de la CNT siguen interpretando la guerra civil como una “revolución popular”… En la República, todos fueron culpables, como todos los bandos cometen excesos durante un conflicto armado. ¿Por qué lo vamos a negar?

Ahora bien, si lo que ZP y sus mariachis a lo Llamazares, lo que pretenden es resucitar el fantasma del guerracivilismo, que se vayan preparando, porque este país tiene mucho que reprochar –desde la democracia- a la izquierda: ¿a acaso ese anciano cínico, que de tanto en tanto la izquierda pasea por ahí, no ganó a pulso el título de verdugo de Paracuellos? ¿Y las checas? No fueron desde luego un invento del doctor Goebels. Y así sucesivamente. Así que la izquierda no levante fantasmas porque corre el riesgo de comérselos con cadenas y sábana.

Y en cuanto a ZP, los magros resultados de su gobierno, no van a poder ser cubiertos con una retórica guerracivilista que, si bien hasta ahora le ha rendido algunos resultados, no va a poder controlar.

El año pasado por estas fechas, un grupo de falangistas (o así), tiraba algunas mesas de libros y llamaba a Carrillo, asesino. Poco antes, el abuelo matarife había recibido un homenaje de ZP, y justo después, los izquierdistas de pro, habían acudido a ver como desmantelaban la estatua de Franco de la Castellana. Para ZP era preciso esconder las vergüenzas: la ineficacia de sus ministras de cuota, la estulticia que se había apoderado de exteriores, las medidas legislativas que solamente beneficiaban a minorías sexuales y, finalmente, el gran aborto que supuso la regularización de inmigrantes, el aislamiento internacional y las chorradas que en aquel momento estaba diciendo sobre el nou estatut… así que ZP, se le ocurrió que el “guerracivilismo” podía contribuir a desviar la atención a los problemas acuciantes que España tenía en aquel momento.

A lo largo de este último año, y a la vista de los magros resultados de su gestión y de que no pasará a la historia gracias a su propuesta de “diálogo de civilizaciones”, ZP ha improvisado una estrategia nueva: las reformas criticables, no lo son tanto, porque, en el fondo, la marcha del Estatuto Catalán, la negociación con ETA, no van a poder aplicarse sin una profunda reforma constitucional. Y, en sí mismos, estos elementos de reforma solamente pueden tener cierta capacidad de atracción en algunas regiones, pero, al mismo tiempo, generar hostilidad e inquietud, incluso entre la propia izquierda, en el resto del Estado; por tanto, ZP cree que va ser preciso añadir un nuevo elemento a la reforma constitucional que genere unanimidad, no sólo en sectores de izquierda, sino incluso entre aquellos votantes de centro-derecha poco identificados con la Casa Real.

Es evidente que la “monarquía” actual no se diferencia gran cosa de la república, tan solo el que el presidente de la República (sin poderes) sería elegido cada 7 años, mientras que el rey es a título vitalicio. Claro, pero, ZP no va a proponer una “república presidencial”, sino una república cuyo presidente tenga los mismos poderes que la monarquía, es decir, una institución que sea un cero a la izquierda. Para ese viaje no necesitábamos alforjas. Los presientes de Alemania, Austria, Italia, carecen de peso político, como las monarquías danesa, sueca, noruega o española, tienen la más mínima capacidad de decisión. ¿Para qué, pues, un cambio de monarquía a república?

Insistimos, lo importante no es cambiar la forma de gobierno, sino que en la cúspide estén personas con carácter, visión de Estado y voluntad de guiar a la comunidad nacional; y, en lo personal, no me importa si estos conductores de pueblos, aparecen en el marco de una monarquía o de una república. La cuestión es que aparezcan. Y desde luego, el gobierno ZP no es el caldo de cultivo más adecuado para que aparezca otra cosa que pigmeos políticos.

© Ernesto Milá – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

Roma Vincit. Historia, organización, estrategia y papel de la Legión Romana

Roma Vincit. Historia, organización, estrategia y papel de la Legión Romana

Infokrisis.- Como continuación a nuestros artículos sobre la guerra, las FFAA y la historia militar, ofrecemos este trabajo sobre la Legión Romana, su organización, su génesis, su estrategia y su papel en la sociedad romana. En tanto que europeos mediterráneos somos hijos de la vieja Roma y Roma se hizo al filo de la espada. Por primera vez milicia y civilización caminaron juntos.


I. Introducción

No hubo en la historia un choque antigua un choque tan violento y sin piedad como el que tuvo lugar entre Roma y Cartago.

Ese gran conflicto se inició en las tierras de Hispania.

El “casus belli”, la excusa para desencadenar la II Guerra Púnica que decidió el destino del mundo antiguo, fue Sagunto.

En el 508 a.C, Cartago había firmado su primer tratado con Roma. Una de sus cláusulas impedía a Roma y a sus aliados (los masaliotas de la actual Marsella) navegar más allá de Cartagena. Al Sur de este enclave, las costas de Hispania quedaban en manos de Cartago, mientras que Roma y Masalia podrían establecerse al norte de ese punto.

Pero en el 265 a.C, los romanos habían expulsado a los griegos de la península itálica y se sentían lo suficientemente fuertes como para ampliar sus dominios.

Fue entonces cuando se produjo el primer choque con Cartago, entonces dueña de Sicilia, Cerdeña y Córcega.

En el 264 los cartagineses ocuparon Mesina y sus habitantes solicitaron ayuda a Roma. Fue el inicio de la Primera Guerra Púnica que culminó con la ocupación romana de las islas mediterráneas. Un pequeño conflicto comparado con la Segunda Guerra Púnica iniciada en el 229 a.C en territorio hispano.

El nuevo tratado firmado entre Roma y Cartago prohibía a los cartagineses pasar de la orilla del Ebro. Pero Roma tenía al sur de esa línea, una ciudad aliada, Sagunto.

Los saguntinos se sintieron amenazados por los turdetanos (situados en el territorio de la actual Teruel) y pidieron ayuda a Roma.

El senado cartaginés confió a Aníbal sus posesiones en España. Éste, ocupó la Meseta Central en busca de tropas mercenarias para su campaña contra Roma. El joven general, Aníbal era el primer cartaginés en advertir que la guerra con Roma volvería a ser inevitable. Buscó tropas mercenarias en Hispania y extendió los dominios de Cartago a la Meseta Central.

Cuando logró mercenarios suficientes, atacó Sagunto. Entre marzo y noviembre del 218 a.C, la ciudad fue asediada.

El propio Aníbal fue herido ante los muros de Sagunto y utilizó máquinas de guerra para destrozar la muralla, piedra a piedra. Pero, en el interior, los saguntinos construían con los restos de las viviendas, otros muros, que progresivamente, eran ganados por los cartagineses, hasta que, finalmente, el anillo defensivo quedó reducido a la mínima expresión.

Los jefes de la ciudad quemaron sus tesoros y sus casas, con sus familias dentro y lucharon hasta el último hombre. Los pocos supervivientes fueron esclavizados.

Roma, entonces, declaró la guerra a Cartago.

Buena parte de la Segunda Guerra Púnica se libró en España y, cuando concluyó, Roma incorporó una nueva provincia a su imperio.

II. La primera guerra geopolítica

La victoria la Segunda Guerra Púnica, dio a Roma el control del Mediterráneo.

Los romanos habían percibido que Cartago era la antítesis su idea de civilización. Mientras que el imperio del Sur, adorada a Tanit y Astarté, a la Gran Diosa, los cultos romanos eran fundamentalmente masculinos, viriles y solares. Mientras que Cartago era un imperio comercial, Roma atribuía una mayor importancia al Estado y a la “grandeza de Roma”. Cartago era, en definitiva, una potencia marítima y Roma se fue confirmando como una potencia terrestre.

Nunca antes en la historia se había percibido con tanta nitidez la contradicción entre la tierra y mar. Solamente en la lucha entre Atenas y Esparta se insinuaron estos contenidos que luego volvieron a aparecer una y otra vez en la historia: Inglaterra contra Rusia en Crimea, Japón contra Rusia, Alemania contra Inglaterra en la I Guerra Mundial, EEUU contra Alemania en la II Guerra Mundial, la URSS y EEUU en la Guerra Fría... Siempre tierra contra mar, la contradicción más explosiva que pueda imaginarse.

Hoy, la geopolítica define el destino de las naciones: ha habido guerra en Afganistán y en Irak, como la hubo en Vietnam, solo por razones geopolíticas.

Los romanos no habían formulado las leyes de la geopolítica, pero consiguieron adquirir un sexto sentido para percibir las necesidades geopolíticas de su imperio.

César desarrolló el concepto de “espacio geopolítico”, renunciando a la expansión fuera del marco mediterráneo y deteniendo a sus legiones ante los bosques de Germania. Esta cualidad, por el contrario, no había estado presente en otro gran general, Alejandro Magno, que, de victoria en victoria, abandonó el espacio geopolítica de Hélade y llegó a las puertas de la India, pero, al salir de él, su imperio fue inestable y no pudo resistir su muerte. El imperio de César, por el contrario, se prolongó casi cuatro siglos más.

Roma tuvo una visión de Estado y una voluntad de Imperio, que no estuvo presente en las ciudades griegas.

Pero había otra superioridad. La Legión Romana.

III. La aportación romana a la ciencia militar: la Legión Romana

Hasta la irrupción de la legión romana, la falange política griega era la unidad militar más sofisticada del mundo antiguo. Roma dio a la ciencia militar la idea y la organización de la legión, unidad más flexible adaptable a distintos escenarios y con capacidad para transformar su táctica de combate en pocos minutos.

La falange hoplítica espartana y macedónica, actuaba como un mazo, pesado pero lento. Su orden cerrado impedía la rapidez de movimientos, e incluso en caso de victoria, no estaba adaptada para perseguir al enemigo. A medida que la falange política fue creciendo en efectivos y, en especial, en el período macedónico, esos problemas fueron agravándose.

Los hoplitas espartanos, tras el choque frontal en el que el peso del combate correspondía a las alas formadas por infantería pesada, lograban desbordar al enemigo, pasaban del “orden profundo”, al “orden delgado”, abrían sus líneas y se desplegaban, aumentando la capacidad de envolvimiento. Pero esta maniobra producía, inevitablemente, y a pesar de haber sido miles de veces ensayada, una confusión que retrasaba la persecución y permitía al enemigo huir.

La Legión Romana era mucho más adaptable y pasaba con facilidad del orden apretado al expandido, del mazazo inicial ofensiva, a la maniobra de envolvimiento. Además, la caballería ligera romana daba a la legión más rapidez de maniobra.

En el curso de las batallas, los arqueros a caballo, se desplazaban de un extremo a otro del frente de combate y ablandaban al enemigo disparando miles de flechas que le impedían concentrarse ante el ataque de la infantería.

Esto favorecía el que, mientras que en la batalla protagonizado por los hoplitas espartanos, el choque fuera frontal, los legionarios perfeccionaran mucho más las tácticas de combate, atacaran, no en pesadas formaciones de diez mil hombres, cubriendo algo más de un 2500 metros, sino en unidades pequeñas, extremadamente pesadas, protegidas por los famosos escudos rectangulares y dotados de una diversidad de armamento que les permitía combatir a distancia con los venablos, asaltar posiciones fortificadas (mediante la célebre “tortuga”) o combatir cuerpo a cuerpo utilizando el famoso Gladius Hispanensis.

Los grandes generales romanos, pragmáticos hasta el final, fueron maestros de la táctica.

Fueron los romanos quienes entendieron la importancia de la ingeniería en el desarrollo de las guerras.

Quienes disciplinaron a sus tropas, no solo en el arte del combate, sino en la construcción de fortificaciones y campamentos que, no solo fueron verdaderas ciudades, sino que, muy frecuentemente, constituyeron el germen de futuras grandes urbes.

La Legio VII Gémina, formada por Galba y compuesta por legionarios hispanos, tras servir con gloria al Imperio en las campañas de Panonia y sostener a Vespasiano, regresó a sus cuarteles de invierno en el año 74. Hoy, el puesto de mando de la VII Gémina se recuerda todavía con una columna central desde la que irradió la ciudad de León.

La estructura organizativa de la legión fue variando a lo largo del tiempo. Durante la época de los reyes míticos de Roma, la capital del futuro imperio y sus concepciones militares se parecían mucho a las de Esparta. El rey Servio Tulio dividió a los ciudadanos en seis categorías, según su patrimonio familiar.

Los de primera clase, constituían la infantería pesada romana. Sus ingresos debían ser de 100.000 ases. Estaban provistos de casco de bronce, loriga metálica, grebas, escudo de bronce redondo, lanza y espada. Por debajo tenían a los ciudadanos con fortunas por encima de los 75.000 ases; su escudo era rectangular revestido de piel, armados de lanza y espada. La tercera línea de aquella época estaba formada por ciudadanos con ingresos de 50.000 ases; el equipamiento era similar al anterior pero sin grebas que protegieran las pantorrillas ni loriga. La cuarta clase era importante: solía abrir los combates; era la infantería ligera; sus ciudadanos poseían fortunas de 20.000 ases; hostigaban al enemigo en el inicio de la batalla, lanzaban sus venablos y se retiraban induciendo a ser perseguidos en determinada dirección donde chocarían con la infantería pesada o serían envueltos por la caballería ligera; manejaban dos jabalinas y evitaban el combate cuerpo a cuerpo. La quinta clase, los ciudadanos cuyas fortunas eran menores, estaban encuadrados en los servicios auxiliares, llevaban las máquinas de guerra, las construían y las mantenían; no participaban en los combates, pero su papel era importante: de ellos dependía la intendencia, el aprovisionamiento y la logística.

Existía una aristocracia militar en aquella primera época: la de los ciudadanos cuyas fortunas eran superiores a los 100.000 ases, que constituían la caballería romana, provista de un anillo identificativo, armados con espada, lanza de carga y grebas protectoras.

En realidad, esta organización era similar a la espartana: los ciudadanos con más medios, eran los que arriesgaban más, por tanto, servían en los lugares más peligrosos y difíciles. La riqueza hacía aumentar las responsabilidades en la defensa de la comunidad. Esta tradición se mantuvo incluso en la Edad Media, en el sistema feudal, cuando, los más altos escalones de la jerarquía social, implicaban los más altos deberes, riesgos y obligaciones.

Había en este sistema organizativo algo comunitario. Las clases sociales pasaban a segundo plano. Los escalones más bajos de la sociedad, tenían cometidos importantes. La maquinaria militar no funcionaba si no se cavaban trincheras o se servían piedras a las catapultas, los asaltos hubieran sido inútiles si los arietes blindados no hubieran sido arrastrados hasta la puerta misma de las ciudades enemigas. A la hora de la verdad, el combate era resuelto por la infantería pesada o la caballería ligera romana. A ellos, a los más poderosos, correspondía el cuerpo a cuerpo, el choque directo y la resolución de la batalla. Difícilmente podríamos hablar aquí de “lucha de clases”. Todas las clases luchaban por lo mismo, en aquella época ruda y tosca: la “grandeza de Roma”.

Al igual que en Esparta, y que en todas las potencias “terrestres”, la idea del Estado era anterior y superior a los individuos que lo componían. Lo individual no tenía valor, se subordinaba a lo comunitario. La personalidad era considerada una máscara sin gran importancia. La mañana en la que el divino Augusto sintió morir, le dijo a su esposa: “He cumplido bien mi papel; ahora abandono la escena”. Antes de Augusto, todo el mundo romano experimentaba esa misma sensación. Roma era anterior y superior a cada uno de los romanos, por distinguidos que fueran.

En las guerras púnicas quedó de manifiesto la superioridad de Roma sobre Cartago. Mientras que los Bárcidas fueron, sin excepción, geniales y heroicos jefes de las batallas, debieron recurrir casi siempre a mercenarios que, frecuentemente, desertaban o, simplemente, se unían al enemigo. Los rehenes que mantenían los cartagineses para asegurarse la fidelidad de estos mercenarios, finalmente, aumentaba su inestabilidad.

Cuando en el 218 a.C, Aníbal cruzó los Pirineos, 3000 carpetanos desertaron en bloque y regresaron a sus hogares. Estaban dispuestos a pelear por una paga, pero no a llegar tan lejos de su tierra natal. Aníbal fingió haberlos despedido, para evitar que se extendiera la desmoralización, pero antes de acampar en Elna –ya en el Rosellón- licenció a otros 7000 hispanos de cuya fidelidad cabía dudar.

De todas formas, los honderos baleares, llegaron hasta las puertas de Roma con Aníbal y se han encontrado inscripciones íberas de aquella época que confirman la importancia de los mercenarios hispanos en el ejército cartaginés. [ver obra de Hübner, Monumenta Linguae Iberica, inscr. XLII, tumba en las cercanías de Metauro].

Roma no contó sino hasta muy avanzado el Imperio, con mercenarios y prefirió un ejército fiel y regular identificado con los ideales que les llevaban al combate. A partir de la implantación de la República, Roma mantuvo cada año a dos legiones en pie de guerra, movilizables en cualquier momento.

Cuando Roma estuvo madura, el último rey de Roma, Tarquinio fue expulsado por una revuelta popular y se estableció la República. Pero Tarquinio conspiró con el poderoso rey etrusco y sitió la capital. En aquel episodio se produjeron los primeros hechos heroicos de la élite romana: Horacio Cocles, defendió en solitario ante el ejército etrusco, el único puente que cruzaba el Tíber, dando tiempo a que, tras él, los ciudadanos romanos lo destruyeran. Mucio Escévola, en la primera operación de comando conocida por la historia, se infiltró en el campamento etrusco y liberó a las mujeres rehenes.

En las décadas siguientes, la poderosa Etruria sería destruida por completo y de ella no ha quedado ni rastro del idioma.

El carácter guerrero de la República queda afirmado en su más alta institución: los dos cónsules, elegidos anualmente, cuya tarea principal era la defensa de la ciudad y el mantenimiento del ejército. Cada Cónsul tenía a su mando una legión de 4500 hombres. A pesar del sistema representativo romano, los cónsules constituían el mando efectivo de la República. La corta duración de su mandato y la existencia de otras instituciones, impedían las dictaduras. No había posibilidad de ampliar el plazo de gobierno de los cónsules o repetir mandato.

Pero en casos de extrema gravedad, la república preveía la posibilidad de elegir un “dux bellorum”, el jefe de las batallas, que, frecuentemente se ha identificado con dictadores, pero cuyo mandato apenas duraba seis meses; tras haber resuelto la crisis, dimitía.

Para proteger a la plebe de las arbitrariedades de los cónsules en tiempo de guerra, se creó la figura del Tribuno de la Plebe.

Con el tiempo, la legión romana se fue modificando y perfeccionando. Al dejar atrás el período mítico y entrar en la historia con el establecimiento de la República se produjo una mutación en la estructura de la Legión Romana. Por primera vez, en el 272, frente a Tarento, los legionarios de Roma se enfrentaron con las falanges griegas de Pirro, reforzadas con elefantes.

El Dictador Marco Furio Camilo, abordó la reforma del ejército que había dejado de ser la punta de lanza de una pequeña ciudad guerrera y se había convertido en el sostén de un país en expansión. A partir de entonces, ya no era necesario solamente “un” ejército, sino una multiplicidad de unidades de combate eficaces y capaces de combatir en distintos frentes.

Estas reformas sitúan a Roma en las puertas de la I Guerra Púnica. Su pieza clave es la legión. Su unidad mínima de combate, el manípulo.

Plutarco describe el origen del manípulo: era un haz de heno atado a lo alto de un lanza que servía a cada unidad de cien hombres –centuria- como referencia para reconocer donde estaba el jefe y, por tanto, el centro del combate.

El equipamiento vació. Se generalizó el escudo oblongo, se adoptó como espada de ordenanza el Gladius Hispanensis que ya había mostrado su eficacia derrotando a Pirro, y el “pilum”, o lanza arrojadiza, se aligeró y mejoró. Apareció, por primera vez, la legión estructurada por cinco mil guerreros, con una jerarquía precisa: comandante supremo, tribuno militar, maestre de caballería y centuriones, que, se transformarían en la pieza clave del dispositivo táctico de combate.

A partir de Marco Furio Camilo aparece el campamento militar romano con la mayoría de sus características: rectangular, protegido por un talud defensivo y una empalizada de madera.

Aparecen también las primeras máquinas militares cuya técnica habían aprendido de los griegos vencidos. Roma entiende que la velocidad en el desplazamiento de las tropas, si es superior a la del enemigo, es la garantía de la victoria. Por eso, dota a las legiones de ingenieros capaces de planificar caminos, tender puentes, construir fortificaciones y diseñar máquinas de guerra adaptadas a cada circunstancia concreta.

Pero, sobre todo, en ese período, la Legión Romana se dota de su principal arma: la disciplina de hierro que hace que actúe como un solo hombre, borra las individualidades y queda reforzada por el uniforme.

Roma dispone así de un ejército profesional. Sus ciudadanos, como antes los de Esparta, debían obligatoriamente servir en el ejército durante un largo período. Recibieron por primera vez una paga de la República. Es apenas una paga reducida que les permite comprar equipo. La manutención corre a cargo del Estado. Más adelante, tras las guerras púnicas, el legionario cobrará un salario más alto que hará atractiva la milicia.

Las condecoraciones individuales, los honores colectivos a las legiones victoriosas, el reconocimiento de su heroísmo, mediante títulos, suponían incentivos morales que prestigiaban a los legionarios, a sus unidades y a sus comandantes: la VII Gémina fue honrada por Septiminio Severo con el título de Pía Félix, la VIII Augusta que combatió en Britania y en el Danubio recibió el título de Pia Fidelis Constans, idéntico al que honró a la Legio II Trajana por sus victorias en la frontera del Rhin.

Una simple vara de vid era el distintivo del mando del centurión.

La turma de caballería, formada por tres decurias, con un total de 30 jinetes era la unidad de intervención rápida. Cada legión contaba con trescientos jinetes.

La estrategia de la batalla protagonizada por la legión manipular seguía siendo muy sencilla: los “vélites”, armados con venablos, escudo redondo y espada corta, hostigaban al enemigo y le provocaban, cuando se producía el choque, entraban en combate las primeras líneas de “hastati”, infantería ligera. Era muy posible que estas primeras líneas derrotaran al enemigo, si no lo hacían, entraba en acción la infantería pesada, los “princeps”, que esperaban al enemigo con la pierna izquierda adelantada, protegida por greba y la lanza larga apoyada en tierra, protegidos por un escudo rectangular. Si no lograban perforar la línea enemiga, se retiraban lentamente y dejaban paso a los “triarios”. En el lenguaje militar romano, la frase “llegar a los triarios” indicaba que la batalla estaba teniendo dificultades superiores a las previstas.

La lectura de Tito Livio indica que la Legión Romana, en ese período, pasó a combatir en pequeñas unidades muy coherentes y cohesionadas, con cierto nivel de autonomía táctica y dejó de ofrecer un frente compacto al estilo de la falange griega.

Los escudos de bronce y las pesadas armaduras tomadas de los etruscos desaparecieron y la legión ganó en agilidad y capacidad de movimiento.

Esta estructura militar dio a Roma el control de la península itálica; consiguió doblegar la potencia etrusca; dio la victoria a los estandartes con la loba capitolina en las tres guerra sammitas que les otorgaron el control de los Apeninos y del norte del Adriático y consiguió expulsar a los helenos del sur de Italia, derrotaron a los galos de Breno que había conseguido ocupar Roma, salvo el Capitolio donde se reorganizó la resistencia y destacó, una vez más, Furio Camilo; y, finalmente, contra Pirro, rey del Epiro.

En la batalla de Beneventum, Pirro fue derrotado finalmente, cuando los legionarios aprendieron a soportar el embate de los elefantes. Después de resultados inconclusos, Pirro fue recordado por la historia gracias a los resultados inconclusos de sus victorias y al elevado coste de las mismas: “victorias pírricas”.

Con el control de la península itálica concluía otra fase en la historia de Roma. Ahora quedaba el dominio del mediterráneo y el choque decisivo con Cartago.

La I Guerra Púnica se resolvió con un choque entre las flotas romana y cartaginesa. Los romanos habían apresado a una nave de guerra de Cartago y copiaron en todo su estructura, añadieron un puente de abordaje en la proa. En apenas 60 días construyeron 120 quinquerremes y entrenaron a sus tripulaciones en tierra. En la batalla de Mylae, la escuadra cartaginesa resultó sorprendida primero y deshecha después. Cartago abandonó Sicilia y Roma, aprovechando su debilidad, se hizo con Córcega y Cerdeña.

Pero el choque definitivo tendría lugar treinta años después a causa de la floreciente ciudad de Sagunto, situada en tierra cartaginesa, pero aliada de Roma, cuyo socorro pidió al sentirse amenazada por los turdetanos, tribus que poblaban la actual Teruel.

Roma resultó sucesivamente derrotada en su propio territorio en el Tesino, luego en el lago Trasimeno y en las orillas del río Trebia y, particularmente, en Cannas.

Mientras Aníbal seguía una guerra de aniquilamiento, Roma practicó una guerra de desgaste.

La contraofensiva romana fue sorprendente: evitó durante años el enfrentamiento frontal y envió legiones a teatros secundarios con la intención de cortar las líneas de abastecimiento de Aníbal. Hispania fue uno de esos teatros.

El general cartaginés mantuvo sus posiciones en la Península, pero, finalmente, al no poder estimular la revuelta de los pueblos itálicos y al resultarle imposible recibir refuerzos, se vio obligado a emprender la retirada. Aníbal no había perdido ni un solo choque en suelo romano, pero su desgaste fue continuo e insoportable.

Para colmo, Roma, con Aníbal inmovilizado en su territorio, decidió atacar Cartago. La batalla decisiva tuvo lugar en Zama Regia. Escipión Africano, utilizó contra él la misma estrategia que Aníbal practicó en Cannas y que le llevó a la victoria. Ataque frontal y envolvimiento por las alas guarnecidas por la infantería pesada de los Triarios.

A partir de ese momento y de la posterior victoria sobre Filipo V de Macedonia, Roma pudo llamar con propiedad al Mediterráneo, “Mare Nostrum”.

El ejército romano en esa época se adaptó, una vez más, a las necesidades de los desafíos que tenía ante sí. El historiador griego Polibio, amigo íntimo de los Escisiones y que frecuentemente los acompañaba en sus expediciones, nos facilita una información exhaustiva sobre la organización de las legiones y sus campañas en el Libro VI de sus “Historias”. En otro de sus libros pormenoriza la destrucción de Numancia y describe las máquinas de guerra utilizadas por las legiones.

Gracias a Polibio sabemos cómo se reclutaban los legionarios. Debían servir en el ejército un mínimo de 16 años los legionarios de infantería y de 10 los de caballería. En caso de necesidad el servicio militar podía durar hasta 20 años. No se podía ocupar ningún cargo público si no se había cumplido el servicio militar.

El día en que se convocaba asamblea popular para organizar el ejército, debían asistir todos los ciudadanos varones de entre 16 y 46 años. Los tribunos, divididos en cuatro grupos, uno por cada una de las 4 legiones que debían reclutarse, elegían por turno un hombre a la vez hasta completar los 4.200 hombres por legión.

Luego se juraba lealtad a la República y obediencia a los mandos. Se fijaba el día y el lugar en el que debían presentarse sin armas. Los tribunos seleccionaban a los más pobres y jóvenes para formar los “vélites” y los “hastati”. Luego, los hombres en lo mejor de su edad (23-33 años) formaban los “príncipes” y los más mayores, eran los “triarios”.

A continuación se iniciaba el entrenamiento militar, si bien es cierto que los niños romanos, desde los diez años, empezaban a practicar ejercicios militares, tal como habían hecho los adolescentes espartanos.

En esa época la cadena de mando del ejército estaba formada por el Cónsul a la cabeza, le seguían los 6 tribunos de cada legión y los 60 centuriones de los 30 manípulos, además de los treinta decuriones de la caballería ligera.

La instrucción era dura. Se aprendía a manejar la espada ante una estaca clavada en el suelo. La ciencia militar romana sostenía que con que la punta del Gladio penetrara solo 5 centímetros en el cuerpo del enemigo, ya podía dársele por muerto o fuera de combate. Desaconsejaban el corte lateral que hería pero no mataba. Además, en los ataques frontales, hiriendo con la punta, se lograba mantener prácticamente cerrada la fila de escudos y hacer invulnerable a la primera línea sin descubrir ni el costado ni el brazo derecho.

Paralelamente se aprendía a evolucionar en la batalla sin romper la formación.

También se realizaban marchas de endurecimiento de cinco horas en las que se recorrían entre 25 y 30 kilómetros. Al llegar, todavía quedaban dos o tres horas de instalación del campamento.

Esta rutina, férrea y obsesivamente repetida en cientos de ocasiones, convertía a la legión romana en una apisonadora a la que solamente ejércitos bien entrenados y mejor motivados, podían afrontar con posibilidades de éxito.

La disciplina era férrea y los castigos severos: robar en el campamento, desertar ante el enemigo o abandonar el puesto de guardia podían equivaler a la ejecución sumaria. Faltas menores de disciplina se castigaban con el apaleo o la expulsión deshonrosa del ejército.

Las máquinas de guerra habían estado presentes en otros ejércitos, pero roma las situó en el centro de su estrategia, especialmente en los asedios a ciudades. Polibio explica que las más utilizadas eran la balista y la catapulta. Las primeras estaban situadas sobre carromatos y arrojaban a 500 metros pesadas flechas de hierro. Las catapultas arrojaban piedras a una distancia entre 300 y 500 metros.

En los asaltos, un grueso tronco con una cabeza de carnero (Aries, el jefe de la mana, avatar del dios de la guerra), el ariete, derribaba con facilidad las puertas, y se acercaba mediante una estructura móvil de madera, protegida por pieles para impedir que fuera incendiada.

Así mismo, para facilitar la aproximación de la infantería a las murallas, se utilizaban torres de asalto con varios pisos y puentes levadizos situados a diversas alturas, y carros de asalto que protegían a una centuria de flechas y piedras.

De esa época, data también la famosa “tortuga” o “testudo”, formación compuesta por 25 legionarios y 15 escudos que colocaban sus escudos rectangulares encima de sus cabezas y en los flancos, no ofreciendo ningún punto vulnerable a las flechas, piedras o jabalinas del enemigo.

Pero este impresionante dispositivo militar, a partir de la conquista de Hélade, se convirtió en un instrumento civilizador.

IV. Una ciudad guerrera crea un imperio civilizador

Los romanos de los orígenes se llamaban a sí mismos “hijos de Marte”.

Marte era el dios de la guerra, hijo de Júpiter y Juno. El lobo era su símbolo y se le representaba armado y provisto de yelmo y coraza. Sus hijos eran Fobos y Deimos, miedo y terror. Procedía del dios griego Ares, venerado en Atenas en el Areópago, literalmente, la colina de Ares.

La tradición romana sostenía que el dios Ares fuera el padre de Rómulo y Remo.

Tanto en Grecia como en Roma se le ofrecían sacrificios antes de la guerra. Aparecía en las batallas junto a Duellona. Dio nombre al tercer planeta, al tercer mes del año, Marzo y al tercer día de la semana, Martes.

Cuatro templos rendían culto al dios de la guerra en la capital imperial: compartía templo con Júpiter y Quirino, dios de la paz armada; otro estaba dedicado al Marte Vengador en el Foro de Augusto; al Marte de las Batallas (Mars Gradivus), y en el Campo de Marte donde se preparaban los atletas y soldados.

Su fiesta se celebraba el 1 de marzo y su culto mantenido por los doce sacerdotes salidos que danzaban en su honor provistos doce escudos que, según la tradición, habían caído del cielo.

Todo esto dice muy a las claras que Roma era una ciudad guerrera.

En todos los pueblos indoeuropeos, el lobo ha sido un animal totémico propio de la casta guerrera. El hecho de que fuera una loba la que alimentó a los fundadores de la ciudad, es así mismo, significativo.

Dirigidos por Eneas, los supervivientes de Troya llegaron hasta el Lacio. El rey de los Latinos permitió que se establecieran en su territorio. Eneas se casó con la hija del rey y tuvo un hijo que fundó Alba Longa.

Generaciones después, Numitor, rey de Alba Longa, destronado por Amulio, obligó a su hija Rea Silva a convertirse en vestal. Ovidio cuenta que cuando Silva fue a buscar agua a la orilla de un río, fue poseída por Marte y dio a luz a los gemelos Rómulo y Remo. El rey de Alba Longa ordenó que se colocara a los gemelos en una casta y se introdujera a los dos bebés. Pero la cesta embarrancó y una loba los amamantó. Cuando crecieron y conocieron su origen, regresaron a Alba Longa, mataron a Amulio y repusieron en el trono a Numitor.

Pero decidieron fundar una ciudad propia. Trazaron con un arado el perímetro de la ciudad y juraron que matarían a quien cruzase sin permito ese límite. Pero al discutir sobre el nombre de la ciudad, Remo saltó el surco del arado y Rómulo lo mató, dando nombre a la nueva ciudad. Rómulo fue el primer rey romano, y reinó hasta que desapareció durante una tormenta, llevado por su padre Marte.

Esta leyenda tiene una datación precisa: el 21 de abril de 753 antes de Cristo.

La ciudad estaba construida a orillas del Tíber que formaba su frontera natural, mientras que las “siete colinas” ofrecían una protección natural. Había sido ubicada allí para poder defenderse de cualquier ataque y controlar las vías de acceso.

El romano era pragmático. Su culto se reducía al rito y el rito era una operación mágica, inexorable como una fórmula química. La religión romana era la religión del rito.

Antes del asedio a una ciudad, los sacerdotes, realizaban los ritos necesarios para ganar a los dioses de la ciudad. Se trataba de que esos dioses, abandonaran a sus protegidos. Cuando lo hacían y sólo entonces, se iniciaba el asedio. Así mismo, los arúspices veían el destino de las batallas en las entrañas de los animales sacrificados y los generales romanos, habían incorporado estas manipulaciones místicas a su estrategia militar. Las batallas se libraban solamente con el apoyo de los dioses. Nunca sin ellos.

La buena marcha de la batalla dependía de consideraciones estratégicas, del empleo de la táctica adecuada, del valor de los soldados, pero fundamentalmente, del correcto desarrollo de los ritos previos. Un general derrotado era, un general al que los dioses, por algún motivo, le habían negado su apoyo. El pragmatismo romano estaba solo atenuado por la religiosidad romana.

Publio Cornelio Escipión Emiliano, general tan victorioso como piadoso, experimentó estados de trance en el interior del Templo de Júpiter Capitolino. Los soldados se sentían seguros de que su general fuera devoto de los dioses y jamás dudaron que sabía atraerse su favor en las batallas. Por eso, lucharon con más convicción en Hispania y le siguieran ante los muros de Cartago en la III Guerra Púnica y en la hoguera de Numancia. Formado en la cultura griega y con refinada cultura, a su quinta romana acudían los grandes exponentes de la cultura helénica de la época. Polibio, relata con detalle sus campañas y su arte militar.

Además de Marte, había otro dios de la guerra en Roma a cuyo templo situado en el Foro Romano convergían todas las miradas. Era el templo de Jano cuyas puertas permanecían abiertas desde el momento en que se iniciaba una guerra hasta el momento en que concluía.

Jano, el dios de las dos caras que miran en sentidos opuestos, dio nombre al mes de Enero. Era el dios de los cambios y los tránsitos. Del pasado y del futuro, de las puertas y de los cruces de caminos. Su protección, se extendía sobre quienes deseaban variar el orden de las cosas.

Sus puertas daban al este y al oeste, hacia el principio y el final del día, y entre ellas se situaba su estatua, con dos caras, cada una mirando en direcciones opuestas. Se lo invocaba al comenzar una guerra.

Las puertas del Templo de Jano permanecieron muy pocos años cerradas en la antigua Roma. Salvo en el tiempo de la “Pax Augusta”, Roma vivió en una guerra permanente que, finalmente, la dejó agotada.

IV. La idea de la muerte como destino del guerrero

La guerra hace que la psicología de sus protagonistas –los combatientes- sea muy parecida en todas las épocas y en todas las latitudes. Quizás sea por esto que existe un paralelismo entre las concepciones guerreras romanas y las japonesas.

El estoicismo romano, defendía la legitimidad del suicidio como desembocadura ante determinadas situaciones, de la misma forma que en el Bushido, el código del honor samurai, abría las puertas al suicidio como salvaguardia del honor, o como acto de protesta contra una situación injusta.

“Si no quieres combatir, retírate; en efecto, nada te impide morir”, había escrito Séneca. Era frecuente, que los generales romanos derrotados eligieran el camino del suicidio. Para el romano, no existía derrota honorable; toda derrota era la muestra y la exteriorización de una falta, así como la victoria era signo del apoyo recibido de los dioses.

En el rito de la “devotio”, el general se sacrificaba voluntariamente para asegurar la victoria de su ejército en el campo de batalla. Este sacrificio debía de atraerle favor de los dioses.

En el año 151 a.C, se produjo una rebelión de tribus hispanas. Escipión Emiliano se presentó voluntario para reducirla. Sitiada la ciudad de Intercacia, próxima a Villalpando (Zamora), cada día un gigante hispano, fuertemente armado, salía una y otra vez para desafiar a los romanos a un combate singular. Escipión, a pesar de su corta estatura, aceptó el desafío y, con su caballo herido, venció al gigantón. Intercacia se rindió. Por eso los que estaban bajo sus órdenes pensaron siempre que Escipión era amado por los dioses.

Estos combates singulares eran el equivalente al “juicio de Dios”: se creía que la divinidad sostenía la causa justa y a quienes lograban atraer su voluntad mediante el rito justo. El vencedor en el combate era el justo y el amado por los dioses.

Para el mundo clásico el destino de la mayoría de los humanos era “extinguirse sin gloria en el Hades”, en el reino de los muertos. Pero sólo unos pocos podían optar por el camino de la inmortalidad: los héroes muertos en combate. La muerte era el destino de lo humano, pero había una posibilidad de escapar al Hades.

No es por casualidad que la Legio II Trajana, tuviera como divisa la imagen de Hércules o que Quinto Fabio Máximo Emiliano, mientras concentró a sus legiones en Osuna, acudió a Gades a realizar sacrificios al famoso templo de Hércules.

El ideal romano de guerrero era, precisamente, Hércules.

El romano pensaba que la “muerte heroica”, transmutaba al guerrero y le hacía experimentar una mutación radical en su persona, convirtiéndolo en miembro de la “raza de los héroes”.

Hesíodo explica que, a medida en que se sucedían las tres primeras razas humanas, la de la Edad de Oro, la de Plata y la Edad de Bronce, el ser humano iba perdiendo la posibilidad de ser inmortal. Pero, a los nacidos de la última raza, la de la Edad del Hierro, la nuestra, los dioses les ofrecieron la posibilidad de una reintegración en la inmortalidad siguiendo la “vía heroica”.

Surgió así en la mitología, la “raza de los héroes”, formado por Hércules, Aquiles, Ulises y tantos otros, que triunfaban en el curso de trances difíciles y arriesgados. Otros, fracasaban en esas mismas empresas, era la “raza de los titanes”, cuyo destino era la extinción en el Hades. La inmortalidad, por el contrario, se encontraba al final del camino de la raza de los héroes.

V. Civilización, ocupación, resistencia, romanización

¿Qué tienen en común Turín, Aosta, Estrasburgo, Manchester, Constanza, Colonia, Bonn, León y Cáceres? Mucho: fueron fundadas por legionarios romanos. En realidad, su origen fueron campamentos de las legiones romanas. Polibio los describe en su Libro VI como una muestra del pragmatismo romano llevado al paroxismo. Nada quedaba al azar en un campamento legionario. De hecho, los campamentos romanos –los castra castrorum- se convirtieron en focos de civilización e irradiación cultural.

En Roma, la cultura fue al paso con las legiones. Y ya no se trataba de una cultura “lacónica” como la de los viejos laconios, lacedemonios o espartanos, sino de una cultura extremadamente rica y diversificada.

Se elegía un terreno llano y con mínima pendiente. Los arúspices tenían en esto algo que decir, a ellos –y no sólo a los estrategas- les correspondía seleccionar el terreno mediante su arte augural. Esto explica el porqué Barcelona fue establecida en un lugar alejado de los dos ríos más próximos y porqué hubo que traer luego el agua mediante una compleja obra de ingeniería de la que aún quedan huellas.

El campamento era rectangular o cuadrado de 600 metros de arista, defendido por una zanja, con cuatro puertas defendidas, dos laterales y dos principales: la Pretoria y la Decumana. Podía albergar hasta dos legiones completas. Con la tierra extraída de la zanja se formaba una empalizada defensiva. Si el campamento corría el riesgo de ser atacado, esta empalizada se reforzaba con una empalizada de troncos. Entre esta empalizada y las tiendas se dejaban 60 metros vacíos para que los proyectiles enemigos no llegaran hasta las tiendas de los legionarios.

En el interior, cada clase de tropa tenía sus tiendas específicas. Existían dos calles principales, perpendiculares que iban a dar a las cuatro puertas.

En el centro del campamento, se situaba el altar y justo enfrente la tienda del Pretor. Todo el conjunto destilaba una simetría y un orden extremo.

Los campamentos de vanguardia podían ser también protegidos por torres de defensa y una red de torres de vigilancia y señales.

La Legio VI Victrix, victoriosa, fundada en la época de César y destinada por Augusto a Hispania, donde permaneció hasta el año 70, contribuyó eficazmente a la romanización de la Península. Sus legionarios construyeron caminos, labraron sillares y estelas, establecieron torres de vigilancia en toda la península, enseñaron el arte del cultivo de la tierra allí en donde era desconocido y leyeron con los celtíberos más preclaros, a los clásicos griegos y romanos.

Roma no se limitaba a ocupar un territorio y expoliarlo. Las legiones, no solo eran un ejército de ocupación, sino sobre todo una fuerza civilizadora. La grandeza de Roma se basó en la transmisión de la cultura clásica. Había “Imperio”, allí en donde las legiones habían transformado la barbarie en Orden. La idea de Imperio era para los romanos, sinónimo de idea de Orden.

La lucha para la incorporación de Hispania al Imperio fue larda y dura. Se sucedieron insurrecciones y guerras. En el curso de las campañas, destacó la Legio IX, que mereció por su heroísmo y eficaz cometido, el título de “Hispana”.

Cuando concluyeron las guerras cántabras, toda Hispania quedó sometida e incorporada como provincia del Imperio. Las puertas del templo de Jano se cerraron por un breve plazo.

¿Qué ocurría con el soldado que había servido fiel y heroicamente en las legiones romanas, cuando ya había llegado al límite de edad?

Lo normal era que recibiera lotes de tierra de las zonas conquistadas. Se creaba así la imagen de los soldados-colonos que, tras obtener un territorio con las armas en la mano, lo cultivaban. Desde la antigua Esparta hasta los “cuerpos francos” alemanes que lucharon en el Báltico tras la Primera Guerra Mundial, pasando por los hombres de armas de la Reconquista española y por los caballeros teutónicos que colonizaron las marcas del Este, la figura de los soldados-colonos ha aparecido frecuentemente en la historia.

Durante unos siglos, la civilización fue al paso con los legionarios romanos. En el año 2 a.C, un grupo de veteranos de las guerras cántabras, desmovilizados, recibieron lotes de tierra, en torno a una pequeña elevación de apenas 18 metros de altura, el monte Taber. Allí repitieron el rito de la fundación de una ciudad, creado por Rómulo y Remo. Aquellos legionarios pasaron el arado por un rectángulo achaflanado, marcando los límites de la que sería la colonia Julia Augusta Patricia Faventia Barcino, conocido hoy como Barcelona. Barcino, la ciudad de la “barca nona”, la novena barca en la que Hércules llegó a los pies del monte de Iove, el actual Montjuich.

Los legionarios configuraron Barcino a imagen de sus campamentos: con una empalizada de madera, con un foso defensivo y con dos calles perpendiculares, el Castrum y el Decumanus que todavía hoy existen en la Barcelona postolímpica.

Las necesidades defensivas les hicieron, años después, convertir la empalizada en una sólida muralla que persistió incluso durante la Edad Media y que obligó a Almanzor a detenerse para un largo asedio.

El aprovisionamiento se realizó trayecto las aguas de un arroyo, mediante un largo acueducto del que aún quedan restos.

La innovación romana en el campo militar excedió la invención de la Legión. No toda la estrategia militar romana se basaba en el choque armado. Para personajes como los Escisiones, la política era la continuación de la guerra por otros medios.

Roma atribuía gran importancia lo que hoy se llama “guerra psicológica”. El gran éxito de la presencia en Hispania de Escipión el Africano, consistió en su política de atraerse a las tribus locales mediante pactos y un trabajo de atracción personalizada, protagonizado en gran medida por él mismo.

Se trataba, de restar aliados al enemigo y ganarlos para las propias fuerzas. Los Escipiones fueron en esto unos maestros y debilitaron a Cartago en Hispania.

Así mismo, Roma empleó el espionaje y el contraespionaje como instrumentos militares. El propio César cuenta que durante la Guerra de las Galias se preocupó extraordinariamente de mantener el secreto de las forja de las armas romanas. El resultado de esa campaña, dependió en gran medida de la superioridad del acero romano sobre las espadas galas que, inopinadamente se doblaban en pleno combate con el resultado que se puede prever.

Los romanos llegaron a conocer extraordinariamente las pasiones humanas y supieron manipularlas en beneficio de su expansión. Frecuentemente, intentaban ganar para su causa a los emisarios enviados a parlamentar o a los embajadores de países vecinos. Reclutados como espías o para realizar el “trabajo sucio” en la retaguardia, la psicología romana los despreciaba, como despreciaba a cualquier traidor, pero los aprovechaba. La revuelta de los lusitanos comandada por Viriato fue liquidada tras el asesinato de éste por algunos de sus hombres de confianza, ganados para la causa romana. Se sabe lo que siguió: “Roma no paga a traidores”.

Así mismo, un síntoma de la modernidad de las concepciones romanas era la importancia militar atribuida a las comunicaciones. Cuando Roma estabilizó su dominio en Germania y de Britania, un muro defensivo protegía las fronteras del Imperio. Este muro estaba formado por empalizadas, torres de vigilancia y defensa y un sistema de comunicación entre las posiciones de observación, realizado mediante señales con banderas y humo durante el día y hogueras durante la noche que han seguido utilizándose hasta nuestros días con leves modificaciones. La red de vías romanas que unía cualquier punto del imperio con la capital, facilitaba estas comunicaciones.

Roma en tierras de Hispania se vio obligada a desarrollar sistemas de lucha contra las incursiones guerrilleras de las tribus en vías de dominación. Es lo que hoy llamaríamos sistema “contrainsurgencias”. La toma de rehenes y su ejecución, arrasar los campos que proveían de alimentos a las unidades guerrilleras, la utilización de soldados nativos conocedores del terreno para combatir a la resistencia, ganar a la población civil mediante la difusión de la cultura romana, eran solo algunas de las tácticas utilizadas para desactivar a la “resistencia” y a los grupos autóctonos que practicaron la guerra de guerrillas. Fue, desde luego, en el territorio de Hispania donde Roma puso en práctica estas iniciativas contrainsurgencias para sofocar las constantes revueltas de las tribus nativas.

César no había leído a Sun-Tzu, pero conocía perfectamente el arte de la guerra. El sitio de Alesia fue la cumbre del genio militar de César. La capital gala insurgente fue, como solían hacer los romanos, rodeada de un muro que hacía imposible la salida de los sitiados. Cuando las tribus galas se movilizaron para romper el cerco de Alesia, César ordenó que se construyera en torno al cinturón defensivo que contenía a la ciudad gala, un nuevo muro exterior desde el que el ejército romana pudiera oponerse a los asaltantes llegados de toda la Galia. Jamás la historia ha visto una operación tan delicada y compleja, desarrollada en tan poco tiempo y con tanta eficacia.

Mientras Roma supo adaptarse a los desafíos impuestos por el enemigo, Roma resultó triunfadora de los combates. Pero esto no pudo durar siempre.

VI. La decadencia romana

En el primer período de la historia de Roma, toda la ciudad es una fuerza combatiente, que, progresivamente se va especializando.

Pero lo que funcionaba en un marco civilizacional reducido, ya no pudo sobrevivir al crecimiento de la grandeza de Roma a partir de la II Guerra Púnica.

La elección anual de los cónsules propició cierta inestabilidad. Además, se trataba de un cargo político. Frecuentemente se puso de relieve que los cónsules elegidos por motivos políticos, no tenían capacidad militar. Mientras que el ejército, los tribunos y los mandos intermedios eran valerosos, organizados y disciplinados, faltó muy frecuentemente un mando estratégico capaz.

Los cónsules enviados a las colonias, frecuentemente, explotaban sin piedad a las ciudades aliadas y gobernaban en beneficio propio. En el período de la conquista de Hispania, se evidenció que la mayoría de cónsules, legados y pretores, o bien eran corruptos, o bien incapaces o ambas cosas, además de crueles.

El senado no era muy amigo de prolongar el mandato excepcional de los generales que habían demostrado más capacidad. Roma estuvo en desventaja ante Cartago, especialmente ante generales de la talla de un Aníbal. Solamente, cuando Aníbal tuvo, frente a sí, a un enemigo de su misma envergadura, Quintus Fabius Maximus o los Escipiones, el combate estuvo verdaderamente equilibrado.

La duración de las guerras, la lejanía de los destinos, los prolongados años de convivencia en campamentos y la camaradería de los combates, hizo que los legionarios, terminaran siendo mucho más fieles a sus mandos naturales que a la propia República. Esta tendencia tendió a aumentar en el siglo I a.C y, posteriormente en el período de la decadencia imperial. Abundaron los golpes de Estado, las luchas fraccionales y el desorden.

Roma había concluido un ciclo de civilización. Una civilización guerrera formada en torno a la Legión, que se demostró como el más poderoso instrumento de civilización. Los romanos eran los primeros en saber que la grandeza de Roma no duraría siempre. Pero se prolongó por espacio de casi 1000 años y tiño la civilización hasta la Edad Media. Tanto Carlomagno como los Hohenstaufen consideraron sus construcciones imperiales como renovación del legado de Roma. Con la caída de Bizancio en manos de los otomanos en el siglo XV concluyó la historia iniciada por los dos hermanos gemelos amamantados por la Loba veinte siglos antes.

Cuando un Imperio inicia un proceso de decadencia, las razones son siempre múltiples. Roma estaba debilitada por diez siglos de guerras continuas y cortos períodos de paz. Como siempre, los mejores romanos, destinados en las posiciones más arriesgadas, habían muerto en combate. Desde Horacio Cocles hasta el Emperador Juliano –que, con propiedad, puede llamarse “el último romano”- las matronas habían alumbrado a generaciones de guerreros dispuestos a inmolarse por la grandeza de Roma.

Mientras la tensión imperial se mantuvo y tanto la clase política dirigente como los combatientes anónimos de las legiones, creyeron en la misión trascendental de Roma de llevar el orden allí a donde había caos y barbarie, de crear, en definitiva, Imperio, Roma estuvo en condiciones de hacer frente a sus enemigos.

Pero cuando esta tensión desapareció y el vínculo con la cultura clásica se relajó, cuando los huecos en los frentes ya no podía ser cubiertos por los propios romanos, y debió recurrirse a tropas mercenarias, cuando, uno tras otro, se sucedieron emperadores de dudosa talla o, simplemente, peleles de la guardia pretoriana o sujetos enloquecidos, cuando los pueblos bárbaros, uno tras otro, saltaron los muros defensivos de Germania, Roma ya no pudo oponer nada más que un legado histórico que no estaba a la altura de mantener.

En este marco de decadencia, la aparición del cristianismo no fue un elemento decisivo en la decadencia. Es cierto que algunos grupos cristianos primitivos, se negaban a combatir en las legiones romanas y llamaban a la deserción en nombre del no matarás, pero también es cierto que en algunas batallas cruciales de este último período, estuvieron presentar luchando en las mismas unidades que los legionarios paganos. Por lo demás, después de la batalla de Puente Silvio que da la victoria a Constantino, y el cristianismo queda trasformado en religión del Imperio, con la obligación de los cristianos de defenderlo con armas en la mano, la decadencia sigue inexorable. El espíritu de Roma estaba agotado y era imposible reavivar la llama. El último intento del Emperador Juliano, le llevó a morir en una batalla intrascendente en la lejana Persia.

La victoria sobre Atila, un siglo después de la muerte de Juliano, no fue sólo obra de Roma, sino de sus aliados galos y visigodos. En los Campos Cataláunicos, cerca de Troyes, apenas combatieron romanos. Roma estaba agotada. Era el 451. Los vándalos saquearon la ciudad cuatro años después. Veinticinco años después, Odoacro, rey de los Hérulos, entró en Roma y depuso al último emperador, que por ironías del destino ostentaba el mismo nombre que el fundador de la ciudad, Rómulo Augústulo; en señal de respeto y reconocimiento hacia el pasado del Imperio, Odoacro remitió el Águila y las enseñas imperiales a Zenón, emperador de Bizancio.

Algo más de 1500 años después, otra nación se creyó investida por Dios para asegurar el “Nuevo Orden Mundial”. En enero de 1990, George Wallace Bush, después de la victoria sobre Irak en la Segunda Guerra del Golfo, proclamó que los EEUU eran la única nación que podía liderar el Nuevo Orden Mundial. Los ideólogos conservadores de la época, realizaron forzados paralelismos entre la antigua Roma y los nuevos EEUU.

El antiguo Secretario de Estado con Jimmy Carter y fundador de la Comisión Trilateral, Zbigniew Brzezynsky, llevó esta similitud a la cantidad de efectivos que llegaron a tener las legiones romanas con la que tenían los EEUU desplegados por todo el mundo: 250.000 soldados en ambos casos.

En la introducción a su libro “El Gran Tablero Mundial”, afirmaba que los EEUU era la “nueva Roma”, el nuevo imperio moderno, único capaz de establecer una “pax romana” universal y fiada a su poder armado.

Pero Brzezynsky se equivocaba en todo: no solamente comparar la cultura clásica greco-latina con la cultura americana era una broma de mal gusto, sino que resultaba posible establecer muchas más equivalencias entre Cartago y EEUU. No en vano, ambas eran potencias marítimas, comerciales. En ambas, el oro era superior a la sangre. La milicia superior al mercader. El Estado superior y anterior a los individuos que lo componen.

Si EEUU es algo en relación a Roma, es su reflejo en el espejo, su antípoda.

Las legiones romanas, llevaron la civilización allí en donde hasta entonces solamente existía barbarie. La vieja Hispania fue uno de esos lugares beneficiados por la labor civilizadora de Roma. Fue precisamente Hispania, quien dio al imperio su primer emperador no itálico.

El pragmatismo romano, modulado por la piedad del romano tradicional y por la conciencia histórica anidada en la mentalidad de la clase patricia hasta el período de la decadencia, de que Roma tenía una misión universal que realizar, fueron los motores de la grandeza de Roma.

Para llevar adelante ese inmenso proyecto civilizador, lo verdaderamente esencial fue aportar al arte militar un concepto nuevo: la Legión, cuyo nombre se ha perpetuado hasta nuestros días.

Roma renovó a Esparta. Roma decayó cuando dio la espalda a Esparta.


© Ernesto Milá Rodríguez – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

No a Turquía en Europa (III). De la crisis del Imperio Otomano a Kemal Ataturk

No a Turquía en Europa (III). De la crisis del Imperio Otomano a Kemal Ataturk

Infokrisis.- La Turquía moderna es el último subproducto de la desintegración del Imperio Otomano, cuyo final fue sellado y certificado por el turco más excepcional del siglo XX, Mustafá Kemal Ataturk. En esta nueva entrega de la serie sobre Turquía, abordamos la historia del Imperio Otomano, desde sus primeros pasos hasta la irrupción de Atatuk.

El Imperio Otomano: un imperio contra Europa

El Imperio Otomano se extendió entre 1299 y 1922, con un cenit indiscutible en el siglo XVI, cuando abarcó toda la península Anatolia, la zona de hoy conocemos como Oriente Medio, grandes extensiones en África del Norte, y territorios europeos que se prolongaban desde los Balcanes hasta el Cáucaso. Su historia había sido larga y atribulada y, a causa de su extensión, generó graves conflictos internacionales.

A mediados del siglo XIII, las incursiones de los mongoles presionaron sobre pueblos otomanos, haciendo que se desplazaran hacia el Oeste. El sultanato de Rüm, poblado por turcomanos, terminó partiéndose en varias fracciones, la mayoría tributarias de los mongoles; pero, una de ellas, situada en Anatolia occidental, poblado por turcos Oghuz y dirigido por Uthman I Gazi, se convirtió en el germen del futuro Imperio Otomano.

Setenta años después, en 1326, los turcos conquistaban Nicea que, hasta ese momento había pertenecido al Imperio Bizantino. Luego marcharon hacia los Balcanes y derrotaron a los cruzados en la Batalla de Nicópolis en 1396. Pero luego los turcos fueron batidos por los mongoles de Tamerlán en la Batalla de Angora y debieron esperar cincuenta años después para reconstruir su naciente Imperio. El impulso definitivo lo encuentran con Mehmed II, quien se apoderó de Constantinopla en 1453 y liquidó definitivamente el Imperio Bizantino. En 1529, Soleiman el Magnífico es derrotado a las puertas de Viena, pero los turcos lograron extenderse hasta Persia y Egipto logrando su máximo apogeo en 1683.

En realidad, la decadencia otomana se había iniciado en 1566 tras la muerte de Soleimán el Magnífico. El nuevo asalto perpetrado sobre Viena en 1683, supuso un revés que cortó definitivamente las aspiraciones turcas de islamizar Europa. Lo que va de 1683 hasta 1922, es la crónica de una irremisible y continuada decadencia que ni el disciplinado cuerpo de los jenízaros, ni la temible caballería Sipahi, lograron conjurar.

La interminable decadencia otomana

Debilitada la posición militar, a principios del siglo XVIII no quedaba más remedio para subsistir que utilizar la diplomacia y contar con la casta de comerciantes griegos para salvar la integridad del Imperio. Esta casta fraguó la idea de reconstruir la antigua grandeza griega y sustituir el Imperio Otomano por el Griego. Después de sucesivas insurrecciones y revueltas, finalmente, los griegos obtuvieron la independencia en 1823, aunque jamás pudieron vencer completamente a los otomanos y recuperar la grandeza perdida de Bizancio.

Estas derrotas cerraron a los otomanos en sí mismos. Sin embargo, la casta militar, educada en las escuelas militares occidentales, era consciente de que había que renovar y modernizar el país. Los militares protagonizaron constantes insurrecciones, levantamientos y golpes de Estado, muchos de ellos habían ingresado en distintas obediencias masónicas occidentales y buscaban implantar una democracia similar a las que se habían ido extendiendo por Europa a partir de la Revolución Francesa. A partir de entonces, Turquía fue llamado “el enfermo de Europa” (en la medida en que aún poseía dominios en los Balcanes). Si en esas fechas el Imperio Otomano no terminó hundiéndose fue gracias al apoyo británico. A lo largo de todo el siglo XIX, Inglaterra se apoyó en Turquía para cortar el acceso ruso a uno de los mares cálidos, el Mediterráneo.

Seis países habían surgido en la segunda mitad del siglo XIX como frutos de la descomposición del Imperio Otomano (Albania, Bulgaria, Grecia, Montenegro, Rumania y Serbia) que, en 1914 solamente disponía de la pequeña Tracia en tierra europea. En aquella época, los dos adversarios históricos de Turquía, el Imperio Austro-Húngaro y el Imperio Ruso, mantenían todavía una posición sólida. El primero aspiraba a extenderse por el valle del Danubio y abrirse paso hasta el Mar Negro, mientras que Rusia estaba ligada por lazos étnicos a las poblaciones balcánicas, no solo por la común raza eslava, sino por la religión ortodoxa. Rusia se encontraba encerrada en el espacio geopolítico por el control turco del Bósforo y los Dardanelos y aspiraba a tener acceso a los mares cálidos del sur y por las aspiraciones austro-húngaras sobre los Balcanes. La política rusa y la austro-húngara tenían pendiente un enfrentamiento que no habían podido resolver desde el desplome del Imperio Turco.

Turquía y la Primera Guerra Mundial

En las décadas previas a la Primer Guerra Mundial se habían creado dos sistemas de alianzas: de un lado la Triple Entente contituida por Francia, Inglaterra y Rusia, y de otro la Triple Alianza, constituida en 1882 por los Imperio Alemán y Austro-Húngaro y Serbia. Cuando Gavrilo Prinzip, un joven miembro de una sociedad secreta serbia –la “Mano Negra”- asesinó al heredero de la corona austro-húngara, Francisco José, en Sarajevo, la larga rivalidad se precipitó. Primero Austria-Hungría declaró la guerra a Serbia, pero, al salir los rusos en defensa de los serbios, la guerra se extendió también a Rusia, el 1º de agosto de 1914, la guerra prendió en toda Europa. En pocos meses se habían enzarzado en los combates treinta y dos Estados, de las cuales cuatro formaban en el bando de las “Potencias Centrales” (Austria-Hungría, Alemania, Bulgaria y el Imperio Otomano) y el resto (con Francia, Italia, Inglaterra, Rusia y EEUU) constituían el bando de los “aliados”.

Durante la guerra, los ingleses estimularon la insurrección de los pueblos árabes contra el poder otomano. Al acabar la guerra, con la derrota de los Imperio Centrales y del Imperio Otomano, el país cayó en la anarquía. Esa fue la hora en la que uno de los militares occidetalizados, Kemal Ataturk, esperó para imponerse sobre el caos. En 1924 abolió el Sultanato e instauró la República.

La irrupción de Kemal Ataturk

Mustafa Kemal “Ataturk” (“Ataturk”, literalmente, “padre de los turcos”) es, aun hoy, cuando su obra se ha visto desvalorizada por el ascenso islamista, como el fundador de la Turquía moderna. Había nacido en Tesalónica (región de la actual Grecia). Siguió la carrera militar que concluyó en 1905 siendo enviado a la guarnición de Damasco como primer destino. Ingresó en la asociación secreta militar “Vattan” (Patria) y se unió en 1907 a los “Jóvenes Turcos”, una asociación política reformadora. Cuando se produjeron las revueltas de 1908 y los Jóvenes Turcos derrocaron al sultán, Kemal pasó a ser uno de los hombres más prestigiosos del país. Participó en las operaciones contra los italianos cuando estos atacaron Libia, luego manda la guarnición de Gallipoli en Tracia y, poco antes de estallar la Guerra Mundial, es enviado a la embajada Turca en Sofía, la capital búlgara.

Ataturk tomó parte en los combates comandando la 19ª División, impidió el desembarco de ingleses y franceses en Gallipoli y, ya en 1915, había ganado fama de enérgico conductor militar y perfecto estratega. Con este prestigio fue destacado al Cáucaso en donde obtuvo victorias sobre el ejército ruso y luego, en Arabia Saudí, donde hizo frente a las revueltas y, más tarde, fue destacado a Palestina. Pero, en cada traslado, se volvía más escéptico sobre las posibilidades de recuperación del Imperio Otomano. Cuando en 1918 los otomanos firmaron la capitulación, nadie dudaba que Mustafá Kemal Ataturk jugaría un papel decisivo en los acontecimientos que sucederían. La derrota y el despedazamiento del Imperio Otomano exacerbó en muchos militares como él el virus nacionalista. Los griegos habían ocupado Izmir en 1919, y luego, junto a franceses y británicos, se hicieron con Bursa, Uçak y Nazilli.

En mayo de 1920 fue enviado al sultán Mehmed VI el Tratado de Paz que sería firmado en octubre del mismo año. El gobierno que había alejado a Ataturk de la capital para evitar que agitase contra las condiciones draconianas impuestas a Turquía en el tratado, aprovechó su presencia en Ankara para fundar un movimiento nacionalista. Los representantes del Parlamento Provisional decidieron aceptar lo inefable y ofrecer a Ataturk el cargo de presidente de la Asamblea Nacional, pero éste rechazó el ofrecimiento y se declaró en rebeldía. Proclamó que el Consejo Otomano y la dinastía eran traidores a la patria. Los griegos aprovecharon para lanzar una ofensiva que solamente resultó detenida por las fuerzas Ataturk en las puertas de Ankara. En septiembre de 1922, tras las victorias de Sakarya y Dumlupimar, Kemal reconquistó Izmir. Estas victorias forzaron a los aliados para reconsiderar el tratado de paz y elaborar otro que fuera más aceptable para la nueva Turquía que se insinuaba en el horizonte. En noviembre de 1922, el gobierno provisional abolió el sultanato y proclamó a Kemal Ataturk como presidente de la República. Pero Ataturk no pudo impedir que se consumara la pérdida de Siria, Palestina, Mesopotamia y Arabia.

El régimen de Ataturk

El régimen de Ataturk se basó en un partido único, el CHP o Partido Popular Republicano. Se suele atribuir a Araturk una voluntad de democratizar completamente el país, y se argumenta que no consiguió hacerlo a causa de las ingerencias de los países occidentales que instigaban a los movimientos reaccionarios. De lo que no hay muchas dudas es de que Ataturk era partidario de un régimen autoritario mucho más que de los regímenes democráticos a la occidental. No escondió jamás su admiración por la política soviética en los logros relativos a la independencia nacional y luego del fascismo italiano capaz de superar la grave situación de quiebra nacional que afectó a Italia tras la guerra. A partir de 1933 demostró en muchas ocasiones su admiración y buena disposición hacia la Alemania hitleriana. No fue un fascista clásico, ni mucho menos un comunista, aceptaba la propiedad privada y, la represión contra los opositores siempre fue limitada, pero no puede olvidarse que, bajo su gobierno, no se reconoció personalidad jurídica a la minoría turca y se inició se adoptaron medidas que supusieron un verdadero genocidio cultural.

El régimen inaugurado por Ataturk puede resumirse en seis principios: republicano, nacionalista, popular, estatista, laico y revolucionario. El mayor esfuerzo del gobierno de Kemal Ataturk consistió en “occidentalizar” Turquía o tratar de emular los estándares de vida occidental. Y esto era algo sorprendente en un país musulmán. El programa de Ataturk en este sentido podía definirse como una “secularización de la vida pública” que hasta ese momento había estado sujeta a las iniciativas de las autoridades religiosas y guiada por los principios coránicos. Si con Mehmet I se había iniciado una “europeización” del Imperio Otomano por la vía de la espada, con Ataturk la “europeización” se realiza por imitación. Clausuró las escuelas coránicas y sustituyó la Sharia por el código civil. La mujer turca resultó muy beneficiada por Ataturk. En 1934 se le dio derecho a voto y posibilidad de ser elegidas. Los imanes fueron elegidos por el gobierno y se sustituyó el calendario árabe por el gregoriano,

Se reformó la escritura, rechazándose los caracteres árabes por un alfabeto latino modificado que resultaba más fácil de aprender y reproducir; se prohibió el uso del fez para los hombres y del velo para las mujeres, se autorizó el uso del alcohol, y se adoptaron reformas sociales para integrar a la mujer en el mercado de trabajo.

En 1936, Turquía recuperó el dominio de los estrechos del Bósforo y los Dardanelos, cuando la salud de Ataturk ya empezaba a quebrantarse. En los últimos años se había convertido en un tabaquista empedernido y consumía cantidades ingentes de licor. En 1938, finalmente, falleció.

El tránsito de un Estado musulmán a una república laica no fue fácil. Los fundamentalistas religiosos terminaron por controlar el Partido Republicano Liberal, de oposición, y extendieron la protesta contra la occidentalización a todo el país. Ataturk no dudó en disolver este partido en 1930, cuando los regímenes autoritarios y de partido único ya se extendían por toda Europa. Hasta 1945, cuando Ataturk ya había muerto y se habían derrotado a los fascismos, Turquía no caminó decididamente hacia una democracia formal. El sucesor de Ataturk, Ismet Inönü, mantuvo a Turquía al margen de la Segunda Guerra Mundial y no declaró la guerra a Alemania sino dos meses antes de concluir el conflicto. En 1945, ingresó en NNUU y en 1952 en la OTAN.

© Ernesto Milá – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

Remodelación previa a la crisis verdadera

Remodelación previa a la crisis verdadera

Infokrisis.- La toma de posesion de tres nuevos ministros, no desveló ningún misterio sobre los motivos que llevaron a la remodelación. Ahora bien, la "gran crisis", todavía está por llegar. Vamos a analizar brevemente lo que supone esta primera remodelación del gobierno ZP y lo que vendrá en Septiembre. ZP se juega su futuro político que, por lo demás, está en manos de ETA y de la aplicación del Estatut.

La dimisión de Bono: plataforma para competir de nuevo con ZP

Es indudable que Bono no ha dimitido “por motivos familiares” tal como alegó. Según explicó, entregó su carta de dimisión a ZP hace unos meses, por discrepancias con la orientación del gobierno en materia autonómica. La cuestión es por qué ZP hizo efectiva en este momento la dimisión. Semana Santa suele ser, desde 1977, cuando fue legalizado el PCE, un período vacío de noticias, como puede serlo el mes de agosto. El hecho de que ZP haya elegido este momento para resolver su “minicrisis” es significativo. Consciente de que, de entre todos los ministros de su gabinete, Bono, era el que, con mucho, resultaba el más conocido y popular, ha debido de esperar un momento de relajación informativa para sustituirlo.

Ahora bien, Bono se ha ido por la puerta pequeña. No hay que olvidar que, en el congreso del 2001 fue el rival de ZP y quien, en buena lógica, hubiera debido imponerse como Secretario General del PSOE. Pero el apoyo de Maragall, desequilibró la balanza y operó lo inesperado. Maragall conocía que ZP compartía sus tesis sobre el “federalismo asimétrico” y que, de alcanzar el poder, no dudaría en operar una reforma radical del Estado.

El hecho de que Bono fuera elegido por ZP para dirigir el Ministerio de la Defensa, entraba dentro de la lógica de su primer período de gobierno, presidida por la idea del “talante”. ZP demostraba su “talante” colocando a su rival dentro del PSOE al frente de uno de los ministerios más importantes del gabinete. No era una idea ingenua: se le sacaba de la presidencia de Castilla-La Mancha, que siempre podía ser un trampolín, y se le colocaba en un ministerio del cual podía ser apeado en cualquier momento y reducido a la nada. En el fondo ZP es una especie de esquizofrénico sin baja laboral, que, tan pronto ejerce de “bambi”, como de “Maquiavelo”.

Ahora bien, ¿cuál era la idea de Bono presentando la dimisión? No hay que olvidar que el primer receptor de los informes del CNI era Bono, así pues sabía perfectamente –como mínimo tan bien como el ministro del Interior- las dificultades que se va encontrar el “proceso de paz” del que hablaremos más adelante. Entre esto y las dificultades que va a encontrar el Estatuto Catalán a la hora de aplicarse (los problemas no han hecho más que comenzar) y quizás también, ante la marcha de la investigación sobre el 11-M, es seguro que Bono dé al gobierno ZP como próximo a su final. Y, una vez más, aspira a la jefatura del PSOE y sitúa su umbral de aspiraciones en ocupar la presidencia del gobierno.

Bono lo que ha hecho en estos años ha sido una precampaña electoral como su misma dimisión ha sido el momento álgido: Bono es perfectamente consciente de que para poder alcanzar una mayoría absoluta es preciso incorporar a sectores del centro-derecha. De hecho, en el otro lado, Gallardón opina justamente lo mismo: para conquistar una mayoría absoluta, es preciso incorporar a sectores de centro-izquierda. Ambos, coherentes con estos criterios, multiplican sus declaraciones en vistas a obtener ese tipo de electorado capaz de colmas sus futuras ambiciones políticas.

Bono sabe que el ejército es uno de los fetiches de la derecha. Pronto aprendió que la derecha vota a quien ensalza más a la bandera y a la unidad nacional. Nunca más volvería a dar la cara por un presidente de Gobierno que lo enviaba a EEUU a las misiones más comprometidas tras la retirada de tropas. Bono entendió que las fugas de ZP hacia los nacionalismos periféricos, su relativismo en temas de Nación, su calculado “talante”, jamás iban a atraer votos suficientes como para romper su actual techo electoral. Y, ya se sabe, que en España, gobernar sin mayorías absolutas es estar vendido a los nacionalismos.

Además, el tema ETA puede acabar mal, muy mal, con demasiadas esperanzas y expectativas suscitadas, sin demasiada base.

Bono, dimitiendo, lo que ha hecho ha sido asegurarse el futuro. También él tiene dos rostros: el del “ministro más patriota que cualquier patriota” y el de “hombre talantudo”. Su última declaración polémica como ministro fue asegurar que los Guardias Civiles armados con armas cortas, le daban miedo, dicho con la misma frialdad con la que un año antes había dicho en EEUU que prefería “morir a matar” o aquello otro, no menos chusco, en el que afirmaba, con una seriedad pasmosa, que aspiraba a ser ministro de “soldados sin fronteras”. En todos los socialistas –y en todos los políticos que anteponen el oportunismo a los principios- existe una duplicidad en sus declaraciones, destinada a mantener a su propia clientela y seducir a la de enfrente… edificante.

El proceso de paz con ETA. Nunca tan pocos asesinos tuvieron tanto poder

ZP fue optimista respecto al proceso de paz con ETA hasta el comunicado emitido por la banda a finales de febrero de 2006, cuando la banda manifestó su intención de mantener su programa reivindicativo a niveles de máximos. El PP durante unas semanas, no supo entender que aquel comunicado –del que dimos cuenta en infokrisis- suponía un mazazo para ZP. Y que, a partir de ese momento, se iniciaba un nuevo curso.

El primer sobresalto de esta situación fue el siguiente comunicado de ETA en el que declaraba la “tregua indefinida”. El gobierno reaccionó con una prudencia que hubiera sido inusitada solamente dos meses antes. ¿Qué estaba ocurriendo?

Siempre que se produce un “proceso de paz”, éste no es casual y se debe a una unión de diversos factores: de un lado, el innegable agotamiento de la banda y el aislamiento creciente al que le habían conducido sus últimos asesinatos (a partir del asesinato de Miguel Ángel Blanco, matar costaba cada vez más caro a la banda), de otro la, no menos innegable, política de detenciones selectivas que había practicado la policía en los dos últimos años (no se trataba de desarticular a la banda, sino de detener solamente a aquellos etarras “menos accesibles, para que los “más accesibles” tomaran el relevo y facilitaran el “proceso de paz”.

Pero estas situaciones son engañosas: está claro que un personaje como “Josu Ternera”, capaz de viajar a Persignan y desplazarse por Francia con impunidad durante cuatro años, mientras TODOS sus demás camaradas, van cayendo, poco a poco, sin duda, a causa de delaciones internas situadas en la cúpula de ETA, es suficientemente sospechoso, máxime cuando sus años de parlamentario autonómico le habían habituado a la buena mesa, los trajes de marca, las comodidades y la estabilidad social… todo muy diferente de la vida en el exilio a salto de mata.

Pero ETA no es solamente “Ternera”. ETA es, más que una organización, un “estado de espíritu” radicalizado y enfebrecido por la sífilis nacionalista. ETA ha tenido escisiones sin fin a lo largo de su historia. Cuando ETA(pm) colocó las armas a la funerala, algunos de sus militantes pretendieron seguir la guerra por su cuenta y terminaron integrándose en ETA(m). Ahora no va a ocurrir de manera diferente, especialmente, cuando la organización terrorista aspira a concesiones “máximas”, cualquier resultado de la negociación puede decepcionar a los más radicales.

Los límites de la negociación ZP-ETA o no hay más cera que la que arde

ZP ha asegurado que la negociación con ETA no va a ser “política”. Que no habrá que pagar un “precio político”. Pero, en su ambigüedad característica, ZP tampoco a explicado hasta qué punto va a tensar la cuerda y hacer concesiones. Si la tensa demasiado, la cuerda se romperá y ZP corre el riesgo de que lo que aspira a presentar al electorado para obtener la mayoría absoluta, se convierta en el gran reflejo de su fracaso. Por que, incluso en el PSOE, y mucho más entre su electorado, la negociación con ETA no puede resolverse dando muchas concesiones a la banda. Ahora bien, si la cuerda no se tensa suficiente, no va sonar la música que ETA quiere escuchar y, todavía va a ser peor.

ZP apenas puede hacer otra cosa que:

1) relegalizar –con otro nombre- a Herri Batasuna y concluir los procesos abiertos contra sus dirigentes,

2) agrupar a los presos en cárceles del País Vasco.

3) realizar una política de aplicación de la ley penitenciaria poco restrictiva, liberando a presos con ¾ partes de la condena cumplida, a aquellos que tengan problemas de salud, etc.

4) garantizar que en las próximas elecciones autonómicas, el PSPV gobernará en coalición con HB y contribuirá a darle la hegemonía en el área nacionalista…

Nada más. No hay posibilidades de que ZP pueda realizar más concesiones a la banda. Pero la banda pide mucho más: pide, “solamente”, el programa KAS que, obstinadamente, ha ido defendiendo en los últimos 25 años y, fundamentalmente, autodeterminación, incorporación de Navarra a Euskadi, retirada de las FFAA y las FSE, etc. Algo inconstitucional y, por tanto, imposible. Y, lo que es peor, entre las dos posturas no hay término medio.

Así pues, el proceso de paz, como ya ocurrió en 1981 con la desmovilización de ETA(pm), puede, como máximo, obtener la retirada de algunos militantes y generar una ruptura dentro de ETA, pero no ir mucho más allá. Esto en el caso de que no se trate de una habitual “tregua trampa” en la que ETA, discretamente, haya imbuido falsas esperanzas en ZP, mientras, discretamente reconstruye su infraestructura completamente a ambos lados de la “muga”.

“Rubalcaba productions” en Interior. El hombre al que jamás le compraríamos un coche usado

La seguridad interior de España tiene graves problemas, sin embargo, parece que el problema más grave para el orden público lo constituya Pedro Varela y la Librería Europa. Cuando se producen movimientos de este tipo –injustificados e injusticiables, por que, vamos a ver, a qué cerebro medianamente sano se le ocurre afirmar que Pedro Varela y una librería, “amenazan las libertades públicas”- es para distraer la atención y crear un falso señuelo; no será, sin duda, el último, auguramos en las próximas semanas más detenciones de “xenófobos” y “racistas”.

Hoy está en interior el hombre que organizó la campaña ignominiosa “queremos la verdad”, entre el 11 y el 14-M. El nuevo ministro del interior es un gran manipulador. ¿Por qué lo han elegido a él? No tanto por la deriva que va a tomar interior en esta fase de “negociación” con ETA, como por la proximidad del proceso sobre el 11-M. Se trata de dos objetivos a alcanzar: de un lado, que el “público” (esto es, el electorado) quede satisfecho con el resultado. A la vista de todo lo dicho y escrito hay que reconocer que esta va a ser la tarea más dura que deba afrontar. Los huecos del 11-M son muchos. Todos, en realidad. La “versión oficial” ya no es tal, a la vista de las investigaciones independientes, se trata, realmente, de una “versión falsa”, sin más. Jamal Zougán y los primeros detenidos van a tener que ser puestos en libertad y a Rubalcaba le va a tocar explicar quien y cómo ordenó su detención. Y en cuanto a la masacre de Leganés ya hacer falta mucha vaselina para que la opinión pública asuma acríticamente que el “muerto siempre se come el marrón”.

¿La negociación con ETA? Rubalcaba no tiene en este terreno más que una breve experiencia, la misma que podía tener cualquier otro miembro del gobierno-GAL, esto es del gobierno felipista. Cómo máximo puede ordenar la detención de unos etarras en lugar de la de otros, para así facilitar la negociación. Pero no mucho más. No es la negociación con ETA la tarea prioritaria de Rubalcaba, sino la próxima celebración del proceso 11-M, la que va a centrar sus esfuerzos.

José Antonio Alonso ¿a Defensa?

Alonso no ha sido un buen ministro de Defensa. Llegó al ministerio defendiendo justo lo contrario que el Pacto por las Libertades y Contra el Terrorismo, lo que dice ya mucho sobre la lealtad de ZP hacia dicho Pacto. Para colmo, hoy sabemos que un colectivo de mujeres del PSE estaba ¡desde hace dos años!, en contacto con las mujeres de HB, cuando el Pacto Antiterrorista establecía el aislamiento del frente civil de ETA. Decir “socialismo” es decir “traición”. Antiguo presidente de “Jueces para la Democracia”, a Alonso le queda ese aire de autoridad y suficiencia de cuando era juez. De su patriotismo no hay rastros, de su conocimiento de la problemática de la Defensa, cero absoluto.

Así pues, ¿qué hace en defensa? Nada, es como un premio de consolación: tan solo debe asistir a un acto protocolario por ahí, firmar unos ascensos por allá, acaso la compra de material ya comprometido y, como máximo, algún trago amargo cuando se trate de viajar a EEUU o asistir a los funerales de cualquier soldado muerto en el lugar más apartado e inoportuno del planeta… Poco más. Para ZP, Defensa no es un ministerio clave, tan solo una herencia del pasado, así pues, cualquiera vale. Lo raro es que no haya colocado a la Sansegundo o a cualquier otra por aquello de “romper esquemas”.

En los últimos años, los militares han demostrado ser, en su inmensa mayoría, dóciles a las decisiones de cualquier gobierno: “vayan a Irak”, e iban; “déjenlo todo colgado en Irak, y vengan”, y venían. Y en esto las políticas de derechas han sido muy parecidas a las de izquierdas. La transformación del ejército de leva en voluntario se hizo sin apenas consultar a los militares, más que nada para mejorar los porcentajes electorales que por otras cosas. Las revisiones estratégicas de la defensa, cada vez están más a merced de los bandazos político-electorales que de las necesidades reales de la defensa. Todo ha ido aceptablemente bien hasta que ZP se ha empeñado en el tortuoso camino de las reformas estatutarias. Algunos militares han recordado que el juramento –si es que todavía tiene alguna importancia- a la bandera y a la constitución, les obligaba a algo. Y han protestado tímidamente. La reacción del gobierno fue histérica y en especial la vicepresidenta nos obsequió con una de sus sobreactuaciones. Eso y un cese. Nada más. Ahí se acalló todo el “ruido de sables”.

Alonso, no va a tener mucho trabajo, por tanto su inexperiencia en la materia, no va a repercutir en el ejercicio de su cargo. Pero puede ocurrir que si las negociaciones con ETA toman un mal derrotero y si, tras ser aprobado, el Estatuto Catalán tiene efectos indeseables sobre la política española –y eso nos parece inevitable-, el Ministro de Defensa pase a ser “el gran quemado” de la segunda mitad de la legislatura. De lo que no cabe la menor duda es de que, a unos políticos desgastados se les envía al Vaticano o a presidir tal o cual empresa, es decir, a cargos testimoniales, y a Alonso se le ha enviado a Defensa. Allí podrá tener acceso a los informes del CNI sobre el 11-M y leerlos, será su gran responsabilidad. Poco más. Pero si las cosas pintan mal en los temas ETA y Estatuto, será el gran odiado por el estamento militar.

¿Y por qué no media docena de ministros nuevos, incluidas las ministras de cuota?

La ministra Sansegundo era, sin duda, una de las más desconocidas y criticadas. Las asociaciones católicas de padres y de enseñanza la tenían como bestia negra, y en realidad, su falta de diálogo, lo confirmaban. Estaba claro que, en tanto que ministra de cuota, iba a caer, antes o después. Lo más absurdo fue que su cese llegara el día después de aprobarse su Ley de Enseñanza… ¿qué prestigio va a poder tener esa ley aprobada por una ministra sentenciada? ¿no es su cese el reconocimiento de que la ley aprobada es nefasta?

Pero, puestos a cesar a la Sansegundo, ¿por qué detenerse ahí? La ministra de sanidad no pasa por su mejor momento, la inutilidad de las leyes antitabaco y el anuncio de una ley antialcohólica (¿y por qué no el reforzamiento de una ley antidroga?) la colocan en la picota ante la opinión pública; la ministra de medo ambiente es un cadáver especialmente en la comunidad murciana y en la valenciana, donde su política de aguas compromete las posibilidades de que algún día el PSOE gane las elecciones autonómicas en estas regiones; por no hablar de la ministra de la vivienda o del propio ministro de exteriores, verdadera catástrofe instalada en el Palacio de santa Cruz.

Esto, unido a que el ministro de justicia es el único que podría hacer remontar al PSOE canario en las próximas autonómicas y, por tanto, debe cesar en el cargo, y la necesaria promoción de nombres no quemados que puedan hacer remontar el maltrecho prestigio del gobierno, hacen que, como máximo, en septiembre, deba de realizarse un nuevo reajuste ministerial. ZP está obligado a ello si aspira a ganar las elecciones de 2008. Para ello tendrá que tener un primer tirón en las municipales de dentro de un año y un segundo impulso en las autonómicas catalanes que seguirán. Y en Catalunya es donde, realmente, ZP se la juega. Es evidente que la totalidad del PSC prefiere otro candidato diferente a Maragall y que el propio ZP aspiraría a ver a Montilla como su candidato. Pero el futuro político de éste está unido al destino de la OPA sobre Endesa. Y, por lo demás, Montilla no es un político particularmente bien valorado, por el momento, en Catalunya. Así pues, todo induce a pensar que Maragall no repetirá y que él mismo es el artífice de su propia exclusión gracias a sus reiteradas “maragalladas” y a haber terminado constituyendo un elemento fuera de cualquier control. Veremos si la crisis ministerial de septiembre termina ampliándose hasta Montilla (y, por tanto, esto supondrá el entierro político del cuerpo agonizante de Maragall). De lo que no va a caber la menor duda es que ambos partidos, PP y PSOE, se la van a jugar en las próximas elecciones municipales y que, quien gane, se situará en la mejor posición en la carrera de las generales del 2008.

Así pues, esta minicrisis que ha afectado solamente a tres ministerios, es solamente, el ajuste previo a la crisis real que se avecina y que no podrá retrasarse mucho más allá de septiembre a causa de la proximidad del ciclo electoral que se avecina. La presente crisis, no ha hecho otra cosa que oficializar lo que todos sabíamos: que Bono sigue siendo el adversario de ZP y que, ahora ya ha decidido situarse al margen. Pocos dudan que, según como vayan las cosas, Bono estaré en apenas dos años, frente a ZP.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

La influencia del nazismo en el nacimiento de ETA

La influencia del nazismo en el nacimiento de ETA

Infokrisis.- Sabemos como va a acabar ETA -trapicheando con ZP-, pero vale la pena recordar algunos episodios de los primeros tiempos de la fundación de la banda. Existio, inicialmente una corriente del nacionalismo vasco, formada en torno a Jon Miranda y Federico Krutwig que tiene demasiados puntos de contacto con el nacional-socialismo. En este artículo exploramos en esa dirección.

“Le Devenir Europeenne” y el “etnicismo-socialista” de matriz neo-nazi

En 1969, cuando empezábamos a tener contacto con las distintas corrientes alternativas que florecían en Europa, conocimos a Yves Jeanne, un antiguo combatiente de las SS francesas, en aquel momento residente en Nantes y director de una publicación subtitulada “etnicista-socialista”, llamada “Le Devenir Européenne”. Se trataba de una revista ciclostilada, de aparición trimestral de la que fueron publicados dos docenas de ejemplares entre 1967 y 1973. De tanto en tanto publicaba números especiales de los que recordamos dos: el llamado “Manifiesto Casandra”, en 1969, que supuso para nosotros el primer contacto con el ecologismo y, tardíamente, en 1972, otro número especial –editado en offset– sobre un personaje del que no habíamos oído hablar hasta entonces: Jon Miranda (o Jean Mirande, su nombre francés). Mirande, había fallecido y, para Yves Jeanne era uno de los más eminentes representantes del pensamiento “etnicista-socialista” de postguerra. Lo curioso es que ese número especial tenía la ikurriña en primera página, a todo color y, en el interior, reproducía algunos dibujos de Jon Miranda, sobre estelas vascas y lauburus (esvásticas vascas).

No hay que engañarse, “Le Devenir Europeenne”, era una revista neofascista de la época. Y tampoco su referencia ideológica “etnitista-socialista”, debe de sorprendernos. En aquel momento se estaban publicando en Francia otras revistas de la misma corriente (“Socialisme Europeenne”, desde Lyon, “Por une Jeune Europe”, en París, que también hacía referencia al “socialismo europeo” y que, originariamente, intentó competir con “Ordre Nouveau” en el intento de polarizar a los “nacionalistas-revolucionarios” franceses de la época.

En el fondo, estas corrientes eran coberturas del neo-fascismo francés. Existía algo de elaboración ideológica al margen de las corrientes históricas anteriores, pero también existía cierto grado de confusión. Aquella situación era impensable sin el estallido previo del Mayo del 68 que impulsó a todos los grupúsculos juveniles a actitudes radicales, como mínimo, desde el punto de vista verbal. Todos estos grupos eran hijos del Mayo francés, aunque se hubieran gestado en las filas anticomunistas.

Pero, “Le Devenir Europeenne” era diferente a otros de estos grupúsculos. Entre sus líneas de referencia de encontraba un intento de definir un neo-paganismo e incorporar elementos regionalistas. Los miembros de “Le Devenir Europeenne” habían tenido contacto con “Breiz Atao” de Goulven Pennoad, el primer partido nacionalista bretón, acusado en la posguerra de colaborar con los nazis o con el “Movimiento Normando”, que recogió el favor de la “nouvelle droite” a partir de su fundación en septiembre de 1968. En esos ambientes, Yves Jeanne contactó con Jon Miranda Ayfasoro y la amistad surgida entre ambos, así como la comunidad de ideas, fue tan intensa que, al morir éste, “Le Devenir Europeenne”, le dedicó, sin dilación, un número especial de su revista. En esos días, la revista de Alain de Benoist, “Nouvelle Ecole”, lanzaba un número especial dedicado al “enracinement”, el “arraigo”, en el que se defendía la idea de una “Europa de las regiones”.

Todo este ambiente estaba muy interesado en la emergencia de los movimientos regionalistas que parecía intentar romper los Estados jacobinos europeos, especialmente Francia. Era una tendencia del ambiente neo-fascista europeo de la época. De hecho, las SS ya habían elaborado un mapa de Europa en función de las distintas regiones del continente que, muy frecuentemente, rompían la unidad de los Estados Nacionales Europeos, entre ellos de España. Ese mapa tuvo mucha más importancia y se reprodujo mucho más entre el neofascismo de la postguerra que en las propias SS anteriores a 1945. En España, este mapa y esos planteamientos “regionalistas” tardíos del nazismo, tuvieron mucha importancia en grupos neo-nazis de los años 60 y 70, como CEDADE. El “factor diferencial” que podía esgrimir CEDADE en relación al resto de grupos neo-fascistas y falangistas españoles era, precisamente, el “factor regionalista”.

Jon Miranda, un neo-nazi regionalista

No cabe la menor duda de que Jon Miranda mantuvo contactos con este ambiente y que conocía, no solamente las tesis “etnicistas-socialistas”, sino que las compartía y que trabajo con ellos. Pues bien, Jon Miranda tuvo –y tiene– un papel importante en la cristalización del nacionalismo abertzale de la postguerra y en la formación del entorno etarra.

Jon Miranda era, hace falta dejarlo bien establecido, un agitador ideológico, no un criminal. Cuestionaba el Holocausto y defendía la figura de Hitler: “Había más libertad en la Alemania de Hitler que entre nosotros”. Arkotxa Scarcia, autor de un artículo sobre las ideas de Jon Miranda, dice de él: “Mirande, defensor de las minorías bascas y de otras, no puede comprenderse más que en el interior de los límites discriminatorios estrictos directamente relacionados con el nacional-socialismo: minorías blancas de Europa y más bien de una Europa del Norte antes que del Sur”. Miranda afirma: “Contentémonos con admitir que los bascos son lo mismo que los demás pueblos europeos, miembros de la gran familia de las razas blancas: tal es el más seguro índica de nuestra europeidad fundamental”. Para Scarcia, está claro que se trata de un autor racista y no humanista.

El tema de la “muerte heróica” que Miranda toca en dos de sus poemas (“Eresi” o “Elegía” y “Godu Abestia” o “Canto Guerrero”) están inspirados por un nietzscheanismo tamizado por el nacional-socialismo. Por ello, Scarcia afirma: “Naturalmente, es imposible comprender algunos rasgos estéticos de la obra de Miranda si no se tiene en cuenta el nacional-socialismo que utiliza, deformándolos y sirviéndose como material de propaganda”.

La aportación de Miranda al nacionalismo vasco

En la obra de Jon Juaristi, “El Buble Melancólico”, definitiva para conocer los mitos enloquecidos del nacionalismo vasco, se sitúa a Jon Miranda dentro del contexto de la cultura radical abertzale. Juaristi da algunos datos biográficos sobre Miranda: nos dice que nació en 1925 de una pobre familia suletina y que creció en un ambiente de arrabal en medio de las mayores dificultades económicas. Pero estaba excepcionalmente dotado para las lenguas y, prosigue Juaristi, había aprendido por su cuenta bretón y eusquera antes de los 20 años: “Fue, con Gabriel Aresti y José Luis Alvárez Emparanza [fundador de ETA] uno de los fundadores de la literatura eusquérica moderna”. Se interesó por las lenguas célticas –lo que explica la afinidad que tuvo con el grupo de “Le Devenir Europeenne”– y, en 1947 participó en el Congreso de la Cultura Vasca, organizado en Biarritz, por José Miguel de Barandiarán. De esa época datan sus primeros contactos con los literatos vascos. Luego, empezó a colaborar con la revista nacionalista “Gernika” y conoció a algunos exiliados vascos en París y luego lo hizo con “Euzko Gogoa” publicado desde Guatemala.

Seguramente, el odio que cita Juaristi, de Miranda hacia el PNV se debe al papel aliadófilo de este partido y a sus compromisos, especialmente, con los norteamericanos. Hay que recordar que todo el ambiente de “Le Devenir Europeenne” y los sectores afines “etnitistas y socialistas”, practicaba un antiamericanismo, como mínimo tan duro como el de la extrema-izquierda. Juaristi cita un texto de Miranda que desconocíamos, en el que afirma que su patria es “Euzkadi” (“la patria de todos los vascos”). Ya en ese texto fechado en 1948, sostiene que, ante la imposibilidad de que Francia dé la independencia a “Euzkadi”, habra “que conseguir la libertad con la fuerza”. Parece que, en esa época, Mirande se consideraba “demócrata y cristiano”, sin embargo, menos de diez años después, resulta innegable su acercamiento al nazismo. Siempre estuvo interesado por la problemática “social”, en tanto que miembro de una familia desposeída por la fortuna, se interesó por las “regiones pobres” de la periferia francesa y se interesó sobre todo por Bretaña. Allí conoció a Goulven Pennoad y al “Breiz Atao”. Fue así como aquel funcionario del Ministerio de Finanzas, emigrado a París con su familia –esto es, desarraigado de su tierra natal– pudo familiarizarse con los militantes bretones. En esa época llega a la conclusión –como recuerda Juaristi– “que la condición de vasco es racial, hereditaria”. Y aquí llegamos a una de las concepciones extraídos del nacional-socialismo: la importancia del factor racial. Da la sensación de que en ese período, el cerebro de Jon Miranda está en plena ebullición.

Llega a la conclusión de que los problemas que afectan a las “regiones del hexágono” francés han aparecido en el período de la Revolución Francesa y de la formación del Estado Jacobino. Esto le lleva, necesariamente, a rechazar las ideas democrático-burguesas y, en especial, el paradigma “libertad-igualdad-fraternidad”. Esto ya lo ubica en el mismo campo que las fuerzas que aún hoy rechazan los efectos y la legitimidad de la Revolución Francesa: legitimistas monárquicos, neofascistas, doriotistas, revolucionarios de extrema-derecha, regionalistas y colaboracionistas.

A principios de los años cincuenta, Jon Miranda abandona el catolicismo de su familia y se alinea, tras asumir los textos de Nietzsche, con los grupos neo-paganos. Se interesa, sobre todo, por la mitología céltica y, por este camino, se convierte en antisemita. Juaristi cita un texto de un biógrafo de Miranda, Diminique Peilhen en el que dice: “lo que odiaba eran las ideologías debilitadoras; esto es, las que los judíos han difundido en el mundo para los demás y que en Israel están prohibidas: el pacifismo, el marxismo genuino, que es tan cristiano, y el cristianismo, que es tan judío”. Hacia 1953, Miranda ya había asumido un antisemitismo que no tenía nada que envidiar al el de los nazis; decía en una carta dirigida a otro nacionalista vasco: “Odio a los judíos, por lo menos mil veces más de lo que Krutwig y tu detestáis a los irlandeses (…) Tengo mis planes y mis ideas, y no los abandonaré ahora, siguiendo otras opiniones, cuando los he sostenido durante casi los últimos diez años. El odio a los demócratas, judíos y francmasones es el más válido de todos”.

En 1952, Miranda trabaja junto al “Breiz Atao” en la redacción de un “Manifiesto de los Neo-Paganos de Europa” cuyo contenido será aprovechado quince años después en la redacción del “Manifiesto Casandre”, publicado por “Le Devenir Europeénne”. La idea de los redactores del manifiesto neo-pago era revitalizar a las antiguas religiones ancestrales como uno de los pasos para recuperar las identidades regionales. Pero de la mitología vasca se sabe muy poco en comparación con el celtismo, y, además, todo lo que se sabe es vago y vidrioso, así que Mirande recurre a lo poco que puede y el resultado es pobre y decepcionante: una especie de ocultismo sincretista en el que los huecos que le faltan en el puzzle religioso vasco es rellenado con interpolaciones de otras religiones paganas europeas. Para Miranda, Ortzi, el padre de los dioses vascos, es Thor, el padre de los dioses germánicos. Es evidente que, Miranda ha dejado de ser católico y que piensa que el nacionalismo regionalista en toda Europa puede sostenerse en el redescubrimiento del neopaganismo.

Otra de las aportaciones de Jon Miranda a la teoría general del independentismo etarra es su definición de la “Gran Euzkadi” que incluye la “Gran Vizcaya” más los elementos vascos de Castilla la Vieja, Calahorra, Logroño, Burgos, Navarra, el Soule francés, los elementos vascos de Aragón, el Verán francñes, más el Ribagorza, la Gascuña, etc.

Además, Miranda explora la cuestión racial. No cree en la existencia de una raza vasca, pero considera que ésta es una rama de las cazas europeas tal como las clasificó el Conde de Gobineau. Dice al respecto: “hoy un pueblo vasco formado por individuos que pertenecen según una cierta proporción a las diversas razas de la gran raza blanca o europoide y solamente a ésta”, y añade, más adelante: “Seguramente, un mestizo de vasco y de india, por ejemplo, podrá ser muy simpático e incluso haber aprendido a hablar vasco tan bien como Axular; ello no impide que por el solo hecho de su sangre mezclada, no pueda ser un vasco auténtico ni ser aceptado, con este título, por nuestra comunidad étnica si por casualidad manifestase la pretensión”. Mirande considera que en España hay mucha sangre “africana mecanizada” y que, por tanto, es un riesgo el cruce entre vascos y españoles. La temática racial la sigue defendiendo en 1956, cuando comenta: “pienso que es la raza y no la lengua lo más importante, no concibo que existan vascos sin eusquera, por supuesto, porque el abandono del eusquera pone a los vascos en vías de desracialización (…) Aunque los maquetos o gascones aprendieran vasco, nos serían siempre extraños por la sangre y por el espíritu y, si alguna vez somos libres, espero que el futuro gobierno de Euzkadi expulse a esos semita-camitas españoles y demás negros que se han asentado en nuestra patria o los reduzca a un estrato de humanidad inferior”.

Con razón Juaristi, define el proyecto político-cultural de Miranda como “utopía nacionalsocialista vasca” y su proyecto apunta a una “caballería de labradores”. Subraya que en la vieja Vasconia hubo grupos étnicos segregados (agotes, gitanos y judíos) y leyes que contribuyeron a salvaguardar la pureza racial de la población. La industrialización marcó el final de la “caballería campesina”, la aparición de un burguesía urbana y, con ello, el principio de la degeneración de la población vasca.

En 1960, Miranda evidencia todavía más su tendencia hacia el nazismo, cuando publica un artículo, en la revista Egan, en defensa de Ventila Horia, escritor e intelectual rumano, con un pasado militante en la Guardia de Hierro, al que en esos momentos se le ha negado el premio Goncourt, acusado de antisemita. La cosa no quedó así. Un nacionalista le acusó a él de antisemita y Miranda, lejos de rechazar la acusación, la argumentó: “La cuestión antisemita no es otra cosa ue esta: que los judíos son una minoría nacional extranjera en Francia –y en todos los países de Europa-, no por raza, sino por su cultura: son una etnia oriental que ha querido vivir en Occidente y así han seguido a través de los tiempos, considerando a Israel como su verdadera Nación (…) siendo una minoría nacional, no se conforman con los derechos limitados de una minoría nacional, sino que, por el contrario, toman un papel de dirección, que nadie les ha dado, en los asuntos de los franceses”. Ese año, la política de Pierre Mendes France, judío francés, ha hecho peligrar la posición de Francia en Argelia. La OAS ha empezado a colocar sus bombas y el ejército francés ha golpeado contra De Gaulle.

Defiende la inexistencia del “Holocausto”: “La cantinela de siempre, cuando alguien se atreve a rozarles un mínimo a los desgraciados judíos…, enseguida empiezan a rugir los pro semitas a su servicio diciendo que si uno está con los SS que liquidaron a 6 (o a 4 ó a 8…) millones de judíos, o que uno mismo es de las SS. No defiendo a los antisemitas del Tercer Reich; me defiendo a mí mismo. Dejemos por tanto ese cuenta de los campos KZ, pues yo no los he construido”.

“Vasconia” de Federico Krutig de Arteaga

La irrupción de ETA gustó a Miranda, pero rechazó su orientación posterior hacia el marxismo-leninismo. De hecho, desde 1961 había cortado sus relaciones con los “nacionalistas vascos peninsulares”. Hizo pública su ruptura en la revista de “Enbata”, el movimiento nacionalista vasco-francés, próximo a ETA. Rechazó, particularmente, la aproximación de Krutwig al marxismo e incluso dejó caer sobre él el rumor de que era judío: “No me sorprende que a Krutwig le haya seducido este último fruto del feminismo (el marxismo) porque él e también, al menos en parte, de la raza elegida”. Y en otro texto insiste en esta idea: “Krutwig se ha extranjerizado: se ha entregado por completo al marxismo (arrastrado por su sangre judía) y anda revolviendo el mundo con otros malhechores (vascos, bretones y frisios)”. Jon Juaristi cita una tercera frase en la que Miranda insiste en el judaísmo de Krutwig: “Desde entonces, Kr. Ha seguido por el camino de los marxistas, con varios jóvenes vascos y bretones por compañeros y, sobre todo, con un barón frisio, que conozco, y que es, como Kr., medio judío (a decir verdad, creo que Kr es enteramente judío, por parte del padre y de la madre)”.

En 1970 apareció su única nivela, “La ahijada”. Poco después, por algún motivo, anunció que abandonaba la literatura en lengua vasca. Da la sensación de que por motivos que ignoramos, había caído en una profunda depresión. En 1972, se suicidó. Juaristi dice: “Le habría sorprendido saber ue, veinticinco años después, él, que publicó un libro en vida, iba a ser el autor eusquérico más leído de su generación y que proliferarían los estudios, monografías y tesis doctorales sobre su obra. Se han hecho al menos tres ediciones de su poesía completa, tres de su novela, dos de sus cuentos, una de sus traducciones, dos de sus ensayos, con abundantes reimpresiones”. Pero si esta es la influencia de Jon Miranda en la actualidad, sus ideas influyeron en los primeros pasos de ETA, no directamente –dado lo siniestro y odioso de ETA es preciso dejar claro que, por lo que sabemos, Miranda no tuvo ninguna relación directa con ETA, aunque es posible que conociera a algunos de sus primeros militantes- sino a través del primer ideólogo de la organización terrorista: Federico Krutwig Sagredo.

Krutwig era hijo de alemanes (judíos si hemos de creer a Miranda), su padre importaba maquinaria. Su abuela materna era veneciana. Eran miembros de la oligarquía bilbaína y Federico fue educado en el Colegio Alemán de Bilbao. Él mismo reconoce que sus padres “eran gentes de derecha”. Y añadía: “la educación recibida en el colegio… seguía, sin duda, pautas culturales alemanas, pero creo exagerado calificarlas de nacionalsocialistas, al menos en aquel tiempo… Se hablaba, eso sí, de la gran cultura alemana, de Wagner, pero no se mencionaba al nazismo. Se guardaba una gran discreción (…) Los alemanes han tenido siempre en gran estima el concepto de pueblo, el concepto de nacionalidad… La moderna teoría de las nacionalidades es sin duda alguna de origen alemán, y me atrevería a decir que esa distinción me ayudó a suscitar en mí el interés por el tema vasco”.

Antes de la guerra, había traducido algunos poemas de Goethe al vascuence. Pronto se aficiona por la lingüística y es uno de los revitalizadores de la Academia de la Lengua Vasca en 1946. En aquella época no se siente ni nacionalista ni franquista. En 1952, después de un discurso, realmente intrascendente, temiendo consecuencias para él, se va de vacaciones a San Juan de Luz y, a los pocos días, su nombre aparece en el BOE como requerido por la justicia. Sólo a partir de ese momento empezará a relacionarse con el nacionalismo político vasco. Luego viaja a París y es allí donde conoce a Andima Ibinagabeitia y a un amigo de éste, Jon Miranda, el cual le presentó a sus amigos, a los que describe como “fascistas bretones”. No parece que guarde un buen recuerdo de Miranda al que describe así: “Tuve gran relación con Miranda, hombre que representaba lo contrario a la raza de superhombres que decía defender. Pequeño y cegato, perecía un pequeño judío. De trato agradable pienso que me cogió simpatía por poseer yo cultura alemana. Excesivamente provocador, para cuando te dabas cuenta te podías ver metido en un buen lío. Recuerdo que un día quedamos citados al anochecer, con la intención de dar un paseo. En un momento determinado me dijo que deseaba ir al barrio judío, al mismo tiempo que comenzaba a gritar “Judíos al crematorio”… Vivía muy solo”.

Ambos mantienen una buena y estrecha relación hasta 1964 cuando, según recuerda Juaristi, Miranda y sus amigos, rechazaron el “Manifiesto por la Etnocracia” redactado por Krutwig y publicado en Amberes con el apoyo de algunos nacionalistas frisones. En esa época ya había publicado su obra “Vasconia”, subtitulado “Estudio dialéctico de una nacionalidad”. La obra estaba firmada por “Fernando Sarrailh de Ihartza, de más de 600 páginas. Se ha dicho constantemente que esta obra fue una especie de banderín de enganche de ETA. Juaristi lo niega. La obra era demasiado densa y pesada para que pudiera se asumida por los jóvenes radicales que empezaban a interesarse por ingresar en ETA.

Algunas de las páginas de “Vasconia” parecen inspiradas en los escritos y conversaciones con Jon Miranda. Krutwig es lingüista, por lo tanto atribuye un papel decisivo al eusquera en la formación de la identidad vasca, pero también él alude al factor étnico. Dice, por ejemplo: “El derecho del pueblo vasco a su independencia se basa exclusivamente en la existencia de una etnia vasca, con conciencia propia y voluntad de ser libre”. Krutwig opina que no existe una unidad racial vasca, pero, aún así, los vascos pertenecen a la “misma raza que puebla Europa, el Norte de África y gran parte de Asia”. Pero hay “vascos traidores”, aquellos que perteneciendo a la “raza vasca”, no se expresan en eusquera. A diferencia de Sabino Arana, para Krutwig el hecho de disponer de los cuatro apellidos vascos, no implica ser un “vasco verdadero”. Además de la raza, está el factor lingüístico. Pero la raza sigue siendo importante para Krutwig, seguramente a partir de las conversaciones con Miranda: “sería falso, así mismo, llevar el anti-racismo al extremo límite y afirmar que ninguna importancia tiene la raza. Una mezcla de vascos con elementos negríticos desvirtuaría la raza vasca y difícilmente se podría tratar de un vasco o un negro”. Miranda no habría dicho otra cosa, lo que implica decir que este hijo de alemanes, debía mucho al que fuera su amigo y confidente hasta 1965. Pero hay otro elemento de coincidencia entre ambos, sólo que Miranda lo ha predicado antes que Krutwig: la “Gran Vasconia”.

En efecto, aunque ligeramente más limitado, la concepción de la totalidad de Vasconia coincide con la de Miranda. Juaristi la cita: “abarcará los dos grandes Estados vascos: el reino de Navarra y el mítico Ducado de Vasconia. Por el norte incorporará toda Aquitania, hasta el Garona; por el sur llegará hasta Garray, a las puertas de Soria; por el Este absorbe Aragón, y por el por el Peste se conforma con algo menos: Castro Urdiales, Reinosa y las Cuatro Villas, total, sólo hasta Santander. La Gran Vasconia”.

Y, aún hay otro factor en el que Miranda y Krutwig coinciden: el papel de la religión. A diferencia del resto de nacionalistas vascos de su tiempo, ambos minusvaloran el papel del cristianismo en la formación de la identidad vasca y realizan fugas románticas hacia el neopaganismo y el misticismo. A Krutwig le sabe mal que la religión no sea un “factor diferencial” de la identidad vasca en relación a sus vecinos. Ambos están de acuerdo en que la religión propiamente vasca es una religión natural: una forma de paganismo autóctono. La diferencia estriba en que Krutwig no tiene inconveniente en realizar fugas hacia el ocultismo teosofista. Considera que si los cátaros que llegaron hasta Pau y los protestantes que cuajaron en la Navarra del siglo XVI, hubieran triunfado en el País Vasco, esto habría contribuido a descatolicizar a la raza y a aproximarse a la religión natural originaria. Además, Krutwig acaba de leer el libro del esoterista francés Louis Charpentier, “El misterio vasco” en donde se defiende el origen atlante de los vascos. Así mismo, en “Vasconia”, cita un párrafo de Helena Petrovna Blavatsky, fundadora de la Sociedad Teosófica, que desarrolló una teoría sobre el origen de lo que llamaba “razas matrices”; dice: “La tendencia hacia las ciencias secretas y el ocultismo son uno de los rasgos resaltantes del carácter vasco que lo acercan en mucho a un sentimiento parecido que existe entre los pueblos germánicos. Por otra parte, no sólo en los libros ocultistas sino también en la literatura teosófica, los vascos juegan un papel importante como descendientes de la raza “atlántica” que precedió a la llamada “arya”, entendiéndose por estas palabras algo muy diferente a lo que la ciencia enseña”. La Blavatsky sostenía la llamada “teoría de las razas matrices”, que se irían superponiendo y "guiarían" la evolución mítica de la humanidad; una de ellas era la “atlántica” a la que sucedió la “arya”, que daba como hegemónica en el momento actual. Para la Blavatsky, la raza vasca es un residuo del “ciclo atlante”. Y tal es la tesis que recoge Krutwig.

Finalmente, la obra de Krutwig tiene un aspecto práctico y también aquí parece que Miranda tuvo algo que ver en su formación. Al iniciar su exiliol, Krutwig pasó dos años en Alemania trabajando para la Krupp. Allí afirmó haber conocido a un coronel alemán, antiguo miembro del Estado Mayor de la Wertmacht, que le orientó en materias militares. De regreso a París, leyó las obras de Clauseitz y Sun-Tzu y los escritos militares de Mao. Estudió el proceso revolucionario argelino… y también el de la OAS (por el que se había interesado Miranda en tanto luchaba contra De Gaulle, su bestia negra).

Krutwig pertenecería a ETA durante un corto período (si no recordamos mal, de 1965 a 1968) y, jamás cometió delitos de sangre. Era un teórico, por brutal que fuera su teoría. Y lo era. Pero no sería él quien la llevara a la práctica, sino cuatro generaciones de etarras inmisericordes, la mayoría de los cuales ni siquiera había leído su obra. Falleció en 1998 poco después del asesinato de Miguel Ángel Blanco.

A estas alturas creemos suficientemente demostrado que en la primera generación etarra existió cierta influencia de las ideas neo-nazis, muy perceptible en Jon Miranda –no sólo por sus contactos con los medios neonazis europeos- y en Federico Krutwig que une a su cultura germánica, su interés por el ocultismo teosofista. Ambos tuvieron arte y parte en la formación de la cultura abertzale. Miranda es hoy un autor valoradísimo en esos medios culturales y Krutwig todavía publica artículos que muy bien podrían ser considerados “xenófobos” y que, en cualquier caso denotan desconfianza hacia árabes y “melanodermos” (negros).

En este sentido –y solamente en éste- ETA tiene, en su origen, ciertas connotaciones nazis.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es