Blogia

INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

La casta guerrera y la sociedad (IV de V) Los valores guerreros: Disciplina, Magnanimidad, Valor

La casta guerrera y la sociedad (IV de V) Los valores guerreros: Disciplina, Magnanimidad, Valor

Infokrisis.- Disciplina, magnanimidad y deber, son los tres valores militares a los que pasamos revista en esta penúltima entrega de la serie. El estudio somero de estos valores nos servirá como excusa para proseguir nuestras reflexiones sobre los rasgos generales del estilo militar. Hoy comprobaremos que todos los valores estudiados anteriores, se encuentran ligados a estos e intuiremos que el "estilo de la milicia" no es más que este conjunto de valores encarnados en el figura del guerrero.


7. Disciplina

La disciplina está presente en todas las castas de la sociedad tradicional. El aprendiz recién ingresado en un gremio debe obediencia al maestro del taller, acata sus órdenes por disciplina, aun cuando muchas de ellas le sean incomprensibles. Así mismo, el monje ha hecho voto de obediencia a la orden, a Dios y a su superior en el convento. La obediencia y el principio que la inspira, la disciplina, está íntimamente relacionada con la jerarquía. Los escalones inferiores deben disciplina a los superiores y éstos están obligados, también por disciplina, con el mando supremo. La disciplina es aquel principio que supone el cimiento de una sociedad jerarquizada en la que exista una mínima división de funciones.

La diferencia entre la disciplina civil y la militar estriba en que mientras aquella se precisa solamente para regular la buena marcha de las tareas encomendadas, en la milicia puede llegar hasta el sacrificio supremo de la vida. Si existen distintos grados de disciplina, el que registra la vida militar es, sin duda, su máxima expresión. Y no es raro que así sea; en el fondo, la disciplina en la función productiva y en la casta sacerdotal tiene que ver con el individuo y con su misión, mientras que en la milicia la disciplina es un canto coral. La instrucción, por ejemplo, es necesaria realizarla con disciplina, como un solo hombre, para borrar los rastros de individualidad y hacer aparecer ese espíritu de cuerpo que se expresa en la homogeneidad de una formación en marcha.

La disciplina militar no se dirige al ego del individuo. El ego siempre encuentra excusas para inhibirse de la disciplina: ¿por qué acudir a las sesiones de instrucciones, si ya sé marcar bien el paso? ¿Para qué un ejercicio de tiro? ¿Acaso no tiro bien? ¿Morir por la Patria? “hoy no hace un buen día para morir, quizás mañana”. En el fondo, el ego siempre encuentra excusas, pero en la milicia no son precisamente justificaciones lo que se requiere. La orden es clara o no lo es. Y si lo es, se cumple. Sin discusión, sin dilación, sin valoración… por disciplina. La milicia no es un conjunto de individualidades individualistas individualizadas, sino una Unidad, un organismo vivo formado para ser eficaz en las misiones asignadas. Todo aquello que resta eficacia a la milicia, es superfluo: los gustos personales, las inclinaciones del carácter, las filias y las fobias; y, si es superfluo, debe desaparecer. La instrucción minimiza sus efectos.

La disciplina no es la primera y gran virtud militar, sino una consecuencia de las anteriores. Frecuentemente se ha recordado que el honor es anterior a la disciplina. ¿Podría haberse dudado? La horda es también eficaz en algún tipo de combate. Los piratas solían abordar naves e izar su pabellón negro sobre ellas. Cuando el capitán pirata ordenaba: “al abordaje”, todos cumplían la orden. Pero aquí no podemos hablar de disciplina, sino de miedo a las consecuencias que una insubordinación podría acarrear. Por otra parte, no todas las actividades son igualmente honorables. Lo que separa a la milicia de la piratería es, precisamente, que donde en la primera dice “honor” en la segunda se lee “botín”. Para que la disciplina pueda ser considerada como tal y no una forma de coacción, deben existir valores anteriores y superiores: las órdenes se siguen mientras son honorables y están dictadas por hombres honorables. Un bandido, un jefe incapaz, un cobarde o un renegado, no están en condiciones de pedir disciplina a quienes dependen de él.

Frecuentemente el alto sentido de la disciplina inculcado en las Academias Militares es el clavo al que se agarran los incapaces para que la milicia acepte el más negro de los destinos o vuelva la vista a la desintegración de la comunidad a la que ha jurado defender. Mal asunto entonces, especialmente para el honor. En 1918 Alemania pedía la paz. Llegado un punto en que la prosecución de la guerra era inviable y la victoria se había convertido en inalcanzable, no quedaba más remedio que la paz honrosa. Sin embargo, la clase política no estuvo a la altura (ni la alemana, ni mucho menos la francesa, especialmente). Las condiciones draconianas impuestas por unos fueron aceptadas por otros. Entre otras, la de desmadejar el ejército. Así se hizo. A partir de ese momento, las comunidades alemanas en el Báltico, en Alta Silesia, incluso en el interior de Alemania, fueron abandonadas a su suerte ante los bolcheviques, ante el Ejército Soviético o ante los terroristas polacos. Y fue entonces cuando se produjo espontáneamente una de las gestas más memorables del siglo XX. Oficiales e incluso suboficiales reunieron en torno suyo, en cada cuartel, a hombres fieles, dispuestos a llegar allí donde la clase política y el Estado Mayor no estaban dispuestos a llegar, organizándose en “Cuerpos Francos” y acudiendo allí donde era menester defender la bandera a la que habían jurado lealtad. Fueron los “Freikorps” los que vencieron a la revolución comunista en Baviera, quienes lucharon hasta el final, traicionados y vendidos en el Báltico, victoriosos en Alta Silesia y Berlín, colocándose al margen de la ley y degradados por la clase política. Hay que añadir que la inmensa mayoría de los “Freikorps” habían surgido de las “tropas de asalto”, la élite del ejército alemán de la época. Si el movimiento se demuestra andando, la élite de un ejército se afirma como tal en el combate. La experiencia de los “Freikorps” evidencia que las jerarquías pueden reconstruirse en cuanto, en algún lugar de la cadena de mando, falla el honor y la disciplina. Inevitablemente, siempre está presente allí donde hay mandos honorables.

8. Magnanimidad

Cuando la victoria sonríe o, incluso en plena derrota, dar más allá de lo que se considera normal, supone ser magnánimo. En la milicia nunca se ha sido partidario de recordar las palabras evangélicas que prescriben dar “bien por mal” y “perdonar al enemigo”, por no hablar de la norma de “no matarás”. Entre ser un psicópata asesino y matar en defensa de lo que se ha jurado, hay una distancia que sitúa a ambos puntos en las antípodas sin posibilidades de encuentro. El hombre de la milicia aborrece matar, pero aborrece aún más el deshonor que implica eludir el choque con el adversario. El psicópata experimenta una satisfacción en el crimen tan intensa como su falta de principios. Si un ministro de Defensa ha podido decir que prefería “morir a que le maten”, en el mejor de los casos es un demagogo, en el peor, un tipo metido en “camisa de once varas”. Porque Pepe Bono tenía fuste para cualquier cosa: trepa populista, aspirante frustrado a la secretaría general de su partido, candidato en barbecho a la espera de su hora, o simplemente cateto a babor, pero le faltaba la más mínima cualificación para entender lo que era la milicia y las necesidades de defensa de un país. Éstas requieren, con mucha más frecuencia de la que creía el ex ministro, que dé y se reciba la muerte. Los 17 muchachos que envió a la absurda guerra de Afganistán y que se estrellaron con su helicóptero se lo recordarán eternamente.

En el espíritu de la milicia, el adversario vencido con honor merece un tratamiento magnánimo… después de haberlo vencido. Sólo entonces y nada más que entonces, es lícito y admisible devolver “bien por mal”, “presentar la otra mejilla” y mostrar una generosidad y un espíritu de reconciliación que aureolan a quien legítimamente puede ser considerado como “magnánimo”. Antes hemos hablado del final de la Primera Guerra Mundial; la falta de magnanimidad de los aliados fue el germen de reivindicaciones futuras que concluyeron con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. La falta de magnanimidad de los israelitas en cada una de las guerras que han mantenido contra sus vecinos árabes ha sido, cada una más que la anterior, el germen de la situación eternamente explosiva que vive la Palestina ocupada.

Los grandes vencedores siempre han ejercido la magnanimidad. Cuando el Emperador Claudio vence a los britanos, trae a su rey a Roma. Caractaco pasa de ser esclavo a amigo y consejero del César. Había luchado con honor, no merecía otra cosa. Alejandro Magno incorporó guerreros de algunos de los pueblos vencidos al ejército que le llevó hasta las puertas de la India, y otro tanto hicieron los romanos y los cartagineses con tribus íberas y celtíberas. Godofredo de Bouillón no establece condiciones draconianas y humillantes para los musulmanes capturados en el sitio de Jerusalén. De hecho, el axioma militar de todos los tiempos todavía sigue manteniendo su valor: “a enemigo que huye, puente de plata”. La frase, no es más que un canto a la magnanimidad.

Las descripciones históricas sobre la caballería errante medieval son significativas. La magnanimidad es una de las grandes cualidades de los caballeros, como si su altura interior se proyectase sobre los vencidos mucho más que la amenaza de su espada. Y, frecuentemente, esa magnanimidad va acompañada de otra virtud inseparable: la generosidad. Si la antigua máxima castellana decía “dar es servicio, recibir es servidumbre”, en la práctica esto cristaliza en un comportamiento volcado hacia los demás. La máxima generosidad consiste en entregar la vida en defensa de otros, pero la generosidad cotidiana se plasma en la movilización de una unidad militar, con baja paga y mucha disciplina, para acudir a limpiar las costas gallegas de chapapote o para apagar un incendio forestal que ha desbordado a la defensa civil. Y también, claro está, en dejar atrás a los padres, a la novia o a la esposa, a los lugares conocidos, para ir a los lugares más absurdos del planeta a esas llamadas “misiones humanitarias”. En nuestro sistema de enseñanzas militares, la magnanimidad y la generosidad ocupan todavía un lugar importante en los valores que se pretende inculcar al hombre de la milicia. No en vano nuestros muchachos, allí donde han ido, han sintonizado con la población local. El bocadillo del desayuno se ha entregado a los niños hambrientos de la zona, se han evitado los saqueos y las represalias, tanto como se ha compartido lo esencial con quienes lo necesitaban. No somos nosotros, precisamente, los más partidarios de convertir a las FF.AA. en esos “soldados sin fronteras” de los que hablaba el inefable Pepe Bono, pero sí debemos reconocer que allí donde nuestros soldados han ido, podemos sentirnos orgullosos de su generosidad a toda prueba.

Y lo más meritorio es que la generosidad en los lugares de tensión no se realiza de cara a una cámara de televisión o para “currarse la página humanitaria”, sino porque sale de lo más noble que puede haber en el ser humano. Quien ejerce la generosidad y la magnanimidad, sea consciente de ello o no, se está perfeccionando como ser humano. En estos tiempos en los que una generación se ha educado en los valores “finalistas” de humanidad, paz, progreso, tolerancia y demás; pero es incapaz de hacer la cama, limpiar los platos o colaborar en el orden del hogar familiar, la milicia enseña que quien está dispuesto a dar la vida por su comunidad también lo está a ejercer esa generosidad en los pequeños gestos de cada día. No importa que no haya nadie para ver un gesto generoso. Quizás ese gesto no servirá para crear “buena imagen” a quien lo ejerce (el progre incorregible siempre querrá ver en el militar al “sargento Arencibia”), pero tampoco el más bello paisaje de la naturaleza pide de nosotros la admiración. Y ahí está.

De la magnanimidad y la generosidad se desprenden normas de comportamiento cotidiano que han estado presentes en todos los momentos estelares de la milicia. La propia cortesía es una de esas muestras que, en sí mismas, se ejercen sin reportar un interés utilitario. O la caballerosidad –la virtud del caballero- denostada hoy como muestra del más insoportable machismo y olvidada como valor “utilitarita”. O la simple educación, que hoy ha sido desechada de los programas de enseñanza, no sea que los chavales vayan a aprender que es mejor ir aseados que desaliñados y eso influya en su “libertad”, o que la “urbanidad” corra el riesgo de hacer de ellos “retoños fascistas”, o que los chicos tengan “estilo” que para un psiquiatra freudiano será la mejor forma de “castrarlos”… y así sucesivamente. A fin de cuentas la magnanimidad y el resto de virtudes militares, conforman un Estilo que se tiene o no se tiene. Y si no se tiene es imposible reconocerlo como válido, de la misma forma que el mosquito de la laguna jamás podrá reconocer la grandiosidad del universo. A fin de cuentas, el estilo es la vida.

9. Deber

El deber es la ley de la casta, su misión, aquello para lo que ha sido creada. En oriente al deber se le llama el “dharma”. El dharma del guerrero es la defensa de su comunidad, como el dharma de la casta sacerdotal es la contemplación y la identificación con lo absoluto, y el dharma de la función productiva consiste en crear mediante el trabajo. Cumplir con el propio deber es la ley natural de la milicia. Solo compete a ella y sólo a ella se le puede exigir.

Esto nos sitúa ante el problema del servicio militar obligatorio o voluntario. Hasta la revolución francesa, cuando el uso de las armas en defensa de la patria pasó de ser un derecho a convertirse en un deber, bruscamente gentes que no experimentaban en su interior el fuego y la naturaleza del guerrero, con origen y mentalidad más acorde con otras castas, se vieron uniformados y encuadrados en unidades militares. No es extraño que, apenas 150 años después, esta concepción entrara en crisis y ni siquiera cumpliera los dos siglos de permanencia. Pero no todo era malo en el servicio militar obligatorio. En principio, el recluta tenía la posibilidad de conocer a otros jóvenes como él fuera de su localidad y de su círculo de amistades; aprendía lo que era la camaradería. También aprendía lo que era el servicio no retribuido. Hemos dicho “el servicio”: hacer algo porque es tu obligación, sin ninguna prestación a cambio. Simplemente porque lo tienes que hacer. Participar en la defensa de tu comunidad nacional, de los que son como tú, de tu familia, de tus amigos, de tu ciudad, del Estado del que formas parte. Porque, si ese Estado existe hoy, es porque otros muchos antes que tú han estado dispuestos a servir a la comunidad, a sacrificarse por ella; les debes algo ¿verdad? Seguir su ejemplo es suficiente. Así pues, ¿qué suponían 18 meses en la vida de un joven? En realidad, más que un sacrificio se trataba de una oportunidad. El hecho de que muchos hombres maduros sigan recordando la mili como aquella ocasión en la que hicieron algo “diferente” y hablen constantemente de ella, es muestra de que, para muchos, aquellos años del servicio militar constituyeron un episodio único en sus vidas. Para otros, con la mili empezaba la vida de “hombres”: lo que habían vivido hasta entonces era sólo la infancia o una adolescencia más próxima a la pubertad que a la madurez. La jura de bandera se convertía así en un rito de tránsito.

Hoy, resulta ocioso debatir en torno al servicio militar. La transformación del ejército de leva en ejército profesional se realizó demasiado apresuradamente en España y, sobre todo, cuando el servicio militar ya estaba excesivamente tocado. Era significativo que muchos objetores que se negaban a empuñar las armas, se negaran así mismo a realizar la “prestación social sustitutoria”, evidenciando que el problema no era llevar o no uniforme, aprender o no a matar, sino simplemente realizar cualquier tipo de servicio a la comunidad. La larga agonía de 10 años del servicio militar fue rematada por una transformación poco meditada que ocasionó una nueva crisis en nuestra defensa.

Y ya que estamos en esto, se echan en falta en la nueva ley que regula el ejército voluntario algunas ventajas para los que han servido durante años a la defensa nacional. Parecería lógico que para el ejercicio de algunas profesiones (desde la de guardia jurado al acceso a determinados cuerpos de funcionarios –policía nacional, policías locales- del Estado, servicios de extinción de incendios, servicios de rescate, etc.) se exigiera el haber sido voluntario en las fuerzas armadas. Esto no solamente decidiría a más jóvenes a probar la vía de las armas, sino que además redundaría en el carácter de servicio de todas esas actividades. En lugar de esos incentivos laborales, se prefiere abrir las puertas de la nacionalización de extranjeros a todos aquellos que hayan pasado un período en las FFAA.

Hemos hablado del deber como ley de oro de la casta. Queda ahora hablar del deber individual, del cumplimiento de aquellas obligaciones para las que uno ha sido entrenado y que se le han encomendado. Se trata de otro valor, íntimamente ligado al honor. Cumplir con el deber, ya sea por iniciativa propia o siguiendo las órdenes del superior jerárquico, supone un acto de disciplina. Se cumple una orden por fidelidad al código del honor, por fidelidad al mando, o a ambos. El hombre de la milicia debe saber hacerlo todo contando con nada; incluso aislado de su mando natural, perdido el contacto con el mando, eso no le exime del cumplimiento de su deber. Si ha dejado de existir un mando capaz de dar órdenes, ahí tiene su código del honor para saber en todo momento cuál es el camino justo que debe seguir. También puede ser que el mando haya traicionado, desertado o huido. En 1808, el rey Carlos IV había pactado literalmente la incorporación de España a la corona imperial napoleónica. Así pues, técnicamente, la obligación de todos los militares consistía en ponerse al mando de las tropas francesas. Menos mal que hubo un Daoíz y un Velarde. Menos mal que, en todas las capitanías, existían oficiales que no admitieron la traición. El deber estaba por encima de la disciplina, porque la medida del cumplimiento del deber en cada guerrero da la medida del honor personal.

El deber es una pesada carga. Habitualmente no es fácil cumplir con el deber. Para hacerlo, se precisa de un alto grado de sentido de la disciplina y, si se está aislado, una completa identificación con el “código”. Hasta principios de los años 80, en las selvas filipinas y en algunas islas del Pacífico, era frecuente saber de la existencia de soldados japoneses que seguían combatiendo casi cuarenta años después de que concluyera la guerra, simplemente porque habían quedado aislados de su unidad sin recibir antes la orden de rendirse. En otras ocasiones se ha producido un fenómeno de naturaleza polémica. El ejército iraquí se rinde ante los bombardeos norteamericanos en la ofensiva de 2004, pero al cabo de unos días de reorganización, tras haber escondido arsenales de municiones y seleccionado a los mejores hombres, algunas unidades se reincorporan al combate iniciando una guerra de guerrillas que todavía dura. Estos entendieron que su deber era defender a su patria del invasor, aun cuando se hubiera perdido el mando, roto la cadena de transmisión de órdenes o, simplemente, convertido en imposible seguir esperando que un mando lejano estableciera un nuevo plan de trabajo. La Historia nos muestra miles de casos como éste donde un ejército en derrota se niega a admitir que todo haya terminado y decide proseguir el combate. Todos los movimientos de “resistencia” se han formado de esta manera, aunque algunos hayan caído en formas detestables de terrorismo que no tienen nada que ver con la verdadera milicia. De los seis mariscales del aire ingleses, solamente “Carnicero Harris” no fue distinguido con la Cruz Victoria. En efecto, él era el organizador de los bombardeos de terror sobre Alemania. La destrucción de Dresde, los bombardeos sobre Hamburgo y Berlín, fueron su contribución a la guerra, sin que le importasen ni las propias bajas, consideradas insoportables, ni mucho menos la destrucción de ciudades indefensas. En plena locura bélica, “Carnicero Harris” cumplió órdenes… pero no por ello fue recompensado, al igual que la figura del verdugo era considerada como necesaria y, al mismo tiempo, odiada por la Humanidad medieval. Harris, como los verdugos medievales, se convirtió en un “intocable” y murió como tal. Nadie tiene el derecho de ordenar a un militar que se comporte como un criminal. Ni ningún militar puede aceptar una orden que le obligue a serlo. De lo contrario ¿qué quedaría del honor?

 

© Ernesto Milà Rodríguez – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 19.06.06

 

Referendum: final grotesco para un Estatuto nefasto

Referendum: final grotesco para un Estatuto nefasto

Infokrisis.- El resultado del referendum sobre el Estatuto de Catalunya ha estado a la altura del texto vomitado por el Parlament de Catalunya y regurgitado por ZP y Artur Mas. Uno de cada tres catalanes apoyo un Estatuto que pocos han leído y mucho menos han meditado sobre sus consecuencias. La larga agonía del Estatuto ha terminado en fallecimiento. El cadáver a partir de ahora, va a regir los destinos de Catalunya. A la comida-basura, a la tele-basura, sigue la democracia basura. La nuestra.

Lo que han demostrado los resultados del referéndum

Desde el punto de vista de ZP, la “democracia ha vencido en Catalunya”. Y ha dicho: “tres de cada cuatro votos han ido a favor del Estatuto”. Si, es exacto… pero falso. Solamente en política 2 más 2 puede ser 3 ó 5, pero difícilmente 4. Desde el punto de vista de Rajoy el fracaso del Estatuto ha sido memorable: “de cada tres votantes catalanes, uno ha apoyado el texto”. Nuevamente 2 más 2, son 3 ó 5. Pero luego está la realidad.

Y la realidad dice que el Estatuto, cuya tramitación se inició a espaldas del electorado sin que existiera la más mínima demanda social, no ha suscitado el más mínimo interés. Era curioso ver en las mesas de voto solamente a personas muy maduras. Son los mismos que votaron afirmativamente en el referéndum sobre la Ley Orgánica del Estado en 1977, volvieron a hacerlo en la Ley de Reforma Política de 1976, lo volvieron hacer en el referéndum constitucional de 1970, nuevamente votaron al Estatuto de Catalunya de 1979, en el referéndum sobre la OTAN de 1986 y en el referéndum sobre la Constitución Europea de 2005… en todo referéndum existe un “remanente inercial” que vota y, además, vota afirmativamente a la propuesta del gobierno de turno.

Así pues, del 75% de votos habría que restar el voto inercial, imposible de determinar pero que está ahí presente y enmascarado. La conclusión, sean cuales sean las cifras finales, es que el resultado ha sido esquelético y que el Estatuto nació de una agonía y murió, finalmente, ayer; lo que no va a impedir que el PP presente su recurso de inconstitucionalidad (con muchas posibilidades de salir adelante en varios temas) y que el tándem PSC y CiU (omitimos ICV-EUiA por ser un cero a la izquierda) vaya a aplicar el Estatuto iniciándose una segunda agonía del fantasma estatutario: el tira y afloja de la “comisión de competencias”, seguido de los desajustes inevitables provocados por la aplicación del texto y las consiguientes tensiones sociales.

Esto no ha hecho más que empezar. Al Estatuto le queda mucho camino por delante. Sólo que la crispación no ha hecho más que comenzar.

El resultado del referéndum ha demostrado que el electorado catalán ha permanecido de espaldas al texto estatutario y que la consulta no ha otorgado al Estatuto fuerza suficiente como para que permita hablar de un texto de “todos los catalanes”.

Lo que ha demostrado la tramitación del Estatuto

La tramitación del texto estatutario demostró algunas cosas: en primer lugar, la irresponsabilidad de los partidos catalanes que establecieron una verdadera carrera para ver quién iba más lejos en la reclamación de competencias. Tanto CiU como el PSC se empeñaron en dejar atrás a ERC en reivindicaciones autonómicas. El Estatuto que surgió del Parlament fue una volátil hoja de máximos, inconstitucional por los cuatro costados y que no había por donde coger. CiU mantuvo hasta el último momento la incertidumbre sobre su apoyo al texto: si se abstenía, el proceso habría concluido allí mismo. Pero bastó una llamada de ZP a Mas para que no cundiera el pánico y se produjera un cambio de alianzas, no comunicado a ERC sino unas semanas después. Esto demostró que “bambi” era, en realidad, una serpiente traidorzuela que no dudaba en dejar en la estacada a los que hasta ese momento habían sido sus aliados: descompuestos y sin novia. Frecuentemente, la cobardía y la pusilanimidad tienen como acompañante inevitable a la traición. ¿Podía esperarse otra cosa de ZP?

Fue así como el texto estatutario superó el trámite del parlamento español, con los votos de TODOS los partidos menos del PP. Es importante este detalle: existió unanimidad entre TODOS los partidos... menos el PP. Los diputados del PSOE, que tanto habían cacareado su oposición al Estatuto, demostraron que, a fin de cuentas, lo único que les interesaba era “salir en la foto”. Seguramente pensaron que aún quedan dos años para las elecciones y que al volver ante su electorado provincial, éste ya se habrá olvidado de su indignidad. Porque el Estatuto no solamente no es bueno para la población catalana, sino que es nefasto para las regiones más deprimidas del Estado. ¿Por qué lo han hecho? El misterio se resuelve leyendo el Estatuto: es imposible que diputados andaluces o extremeños, aragoneses o asturianos, votaran ese texto, ¿qué había ocurrido, pues?: simplemente que no habían leído lo que votaban.

El texto final en el que habían participado 150 diputados catalanes y 350 diputados del parlamento español, fue rectificado y matizado por un acuerdo entre dos personas, ZP y Mas, que pactaron la distribución del poder en los próximos seis años: Mas apoyaría a ZP en Madrid y el PSC gobernaría con CiU en Catalunya… Todo esto, naturalmente, pactado a espaldas de Maragall y, por supuesto, de Carod-Rovira. Y, no digamos, a espaldas del pueblo de Catalunya.

La tramitación del Estatuto ha demostrado lo que vale la “democracia” para la clase política catalana: se ha generado una crispación política sin demanda social de reforma estatutaria. Dos personas han pactado lo que han querido, de espaldas a los que hasta ayer se presentaban como “90% de representantes del pueblo de Catalunya”, ZP se ha evidenciado como la serpiente cobarde y traidorzuela que es…

Lo que ha demostrado la campaña sobre el referéndum

Entonces empezó la campaña. Como suele ocurrir en estos casos, la Generalitat que habría debido demostrar neutralidad en la campaña, tomó partido por el SI. El PSC decidió cumplir la última cláusula del “Acuerdo del Tinell” y cargar contra el PP. ERC se lo había puesto en bandeja. La posición de Carod, pidiendo la abstención en nombre de ERC, fue pronto rectificada por las bases del partido que exigieron el NO, olvidando que éste también era defendido por el partido situado en el otro extremo del arco político. El NO tendía a diluir el voto de ERC mucho más que la abstención, pero, además, es que ofrecía al PSC y a CiU el mejor de los escenarios posibles: eran ellos los que creaban una “nueva mayoría centrista” equidistante de los dos “extremos”, ERC y PP… es la coronación de la política de “moderación y talante” de ZP (“te acuchillo y te acogoto, pero, eso sí, de buen rollito”).

En ese marco se inicia la campaña. Desde el primer momento se percibe que solamente tienen derecho a expresar tranquilamente su opinión los partidarios del SI y, como máximo, los partidarios del NO… de ERC. El resto se ven acosados allí donde vayan y hagan lo que hagan. Es otro residuo del “Acuerdo del Tinell”, todavía en vigor. El hecho de que Rajoy fuera agredido en el mercado de Hospitalet es significativo. Hospitalet es la ciudad catalana con más castellanoparlantes de toda la autonomía. Quizás en Hostalets de Balenya o en Ventdelplá de Riudelodí eso podía haber ocurrido espontáneamente, pero no en Hospitalet. Era evidente que había instigadores.

Esos instigadores eran, en principio, grupos antiglobalización, okupas y, especialmente circulillos independentistas amamantados por generosos subsidios y por la permisividad de los municipios en los que el PSC es mayoritario. Grupos, todos, situados “al margen” de la política, pero no completamente desconectados de los “políticos de izquierdas”.

Es significativo que no solamente el PP fuera el objeto de estas agresiones, sino que también lo fuera “Ciutadans de Catalunya”, escisión del PSC. Quien se sitúa fuera del “centro nacionalista-socialista” es presentado como “extremista” y “anticatalán” (PP y CC) o bien como un “aliado objetivo” de los “enemigos de Catalunya” (ERC).

Ahora bien, hay que recordar que las competencias de la Consellería de Interior en materia de seguridad ciudadana preveían que el buen orden de los actos políticos –sea cual fuera su orientación- debía corresponder a los “mossos d’esquadra”. Pues bien, en la mayoría de los incidentes, ni los “mossos” han estado presentes, ni se han producido detenciones. Podemos pensar lo que hubiera ocurrido si a alguien se le hubiera ocurrido gritar “traidor” a ZP en algún mitin a favor del SI. Después del linchamiento, hubiera seguido la detención y la acusación por “delito electoral” y “denigración a cargo público”. Pero en las agresiones, muy reales y reiteradas a lo largo de 15 días, no se ha producido ni una sola detención.

Esta campaña ha demostrado que la libertad de expresión es sólo para quienes apoyan al “centrismo nacionalista socialista” y que Catalunya vive un proceso creciente de deterioro de la vida política en donde los grupos marginales y extremistas tienen entera libertad de acción para su kale-borroka particular.

Las conclusiones que hay que extraer de todo este embrollo

Hasta aquí, las consecuencias inmediatas del puro sinsentido que ha sido desde el origen el Estatuto de Catalunya. Vale la pena extraer unas consecuencias de mayor calado. Sin ánimo de ser exhaustivos podemos enumerar las siguientes:

1) Nuestra democracia, la de Catalunya y la del resto del Estado es una democracia de “mala calidad”. Esto no es una “democracia”, le cuadran los calificativos de “partitocracia” (poder de los partidos) o “plutocracia” (poder del dinero).

2) La clase política está de espaldas a las necesidades, preocupaciones y anhelos de la población, preocupada solamente por disponer de más fondos y recursos.

3) Esto ha generado una ruptura entre la “España real” y la “España oficial”, evidenciada en un abstencionismo creciente.

4) Seguimos sin “modelo de Estado”. Se ha abordado la reforma de los estatutos sin diseñar primero el cauce por el que deben de transitar.

5) La reforma de los Estatutos se va a convertir en una loca carrera para conseguir “máximos” y “blindajes” de ríos y de competencias.

6) A partir de ahora va a ser muy difícil elaborar políticas de Estado. Cada autonomía se va a atrincherar en sus “blindajes”. La noción de solidaridad ha desaparecido.

7) Esta tendencia va a ser muy difícil que logre dar marcha atrás y, si lo hace, será a costa de situaciones traumáticas en las que la crispación puede pasar a mayores.

8) La España de ZP está dando marcha atrás a la rueda de la Historia: la tendencia de ZP es la opuesta a la tendencia general hacia la integración que se da en Europa.

9) En los próximos años, ZP intentará disponer de mayoría absoluta que le permita poner en marcha su proyecto de reforma constitucional y establecimiento de una república federal.

10) Todo esto dentro de un contexto de inmigración masiva, tambaleamiento de la Seguridad Social, delincuencia e inseguridad, aumento de las tasas de paro, inflación superior a las alzas salariales, desaparición de los contratos laborales “sólidos”, estancamiento del mercado inmobiliario con el consiguiente parón económico, que será acentuado por el alza continuada del precio del petróleo y la creciente carestía energética.

Ante este panorama no podemos sino ser pesimistas: España va a tener que soportar las mismas tensiones que cualquier otro país europeo, pero, al mismo tiempo, su clase política se ha reservado el derecho de crear tensiones nuevas y abordar, en el peor momento de la Historia de Europa desde 1945,  un proceso de centrifugación nacional.

Sólo un GOBIERNO FUERTE, EN UN ESTADO RECONSTRUIDO puede estar en condiciones de superar este bache histórico. Seamos realistas: el resultado del referéndum de ayer es la confirmación de una línea de tendencia que ya existía desde los años ochenta. La democracia española suscitó esperanzas y entusiasmos, y enseguida nos dimos cuenta de que se transformó en partitocracia y plutocracia. Hoy EL SISTEMA YA ESTÁ COMPLETAMENTE INADECUADO PARA ABORDAR LAS REFORMAS PENDIENTES, la clase política carece de la menor credibilidad y se mantiene –como la catalana- gracias a una prensa amaestrada y adocenada que come de la mano del poder;  o bien –como la del resto del Estado- gracias a la inercia y a la demagogia. A la “larga pirámide de fracasos” de la que hablara Ramiro Ledesma al final de su introducción al Discurso a las Juventudes de España, habría que añadir dos más: “el fracaso del franquismo que no estuvo en condiciones de autoregenerarse y superar la vida física de su fundador y la de la democracia que cayó pronto en la plutocracia y la partitocracia”.

En el fondo, esta es la opinión de ZP. Sólo que él cree que, si la democracia actual es de “mala calidad”, se debe a que el proceso de la transición se realizó bajo presión de los poderes fácticos franquistas y que se trata de retornar al punto de partida: la II República. Nosotros pensamos, por el contrario, que doscientos años de fracasos históricos desde Fernando VII hasta ahora, piden de nosotros IMAGINACIÓN, OBJETIVIDAD y RESPONSABILIDAD. Tres valores desconocidos por ZP. En otras palabras: dejar de mirar atrás con ira y mirar hacia delante. Porque tenemos necesidad, como país y como ciudadanos, de tener un futuro con esperanzas. Hoy no lo tenemos.

El Estatuto sólo nos ha servido para realizar estas reflexiones. Hasta la mierda sirve para abonar la tierra.

© Ernesto Milà Rodríguez – infokrisis – infokrisis@yahoo.es - 20.06.06

No al Estatuto (X de X). Una clase política bajo sospecha no es nadie para imponer un Estatuto

No al Estatuto (X de X).  Una clase política bajo sospecha no es nadie para imponer un Estatuto

 

Infokrisis.- Llegamos al punto final de este breve estudio sobre el Estatuto. Hay algo peor que el texto del Estatuto, la manera cómo fue elaborado, incluso mucho peor que quién lo elaboró. La tramitación del Estatuto ha sido bochornosa: no es un Estatuto democrático, es el Estatuto elaborado por Mas y por Zapatero, sobre la traición a Maragall y Carod-Rovira.

Infokrisis.- Llegamos al punto final de este breve estudio sobre el Estatuto. Hay algo peor que el texto del Estatuto: la manera cómo fue elaborado, incluso mucho peor que quién lo elaboró. La tramitación del Estatuto ha sido bochornosa: no es un Estatuto democrático, es el Estatuto elaborado por Mas y por Zapatero, sobre la traición a Maragall y Carod-Rovira.

 

Una basura inmovilizadora llamada “Nou Estatut”

Tres años, tres… Durante tres años el gobierno de la Generalitat ha estado inmovilizado, proclamando a los cuatro vientos que su intención era pasar a la Historia de Catalunya elaborando un texto “definitivo” que alcanzase el máximo grado de “autogobierno” de Catalunya. Durante ese tiempo, los bosques catalanes se han ido quemando como teas, los delincuentes han campado como en su casa  por las tierras de Catalunya, los jóvenes han tenido los mismos contratos basura que en el resto del Estado pero, eso sí, sellados y visados por el Institut Catalá de Treball. Durante esos tres largos años hemos visto cómo El Carmelo se hundía ante la indiferencia de los responsables de la Generalitat. Hemos visto cómo la vivienda se encarecía en Catalunya mucho más que en el resto del Estado. Hemos podido ver cómo un 15% de los habitantes de Catalunya han pasado a ser de origen extranjero y cómo la natalidad se ha desplomado. Hemos vistos cómo las autoridades permanecían entretenidas proclamando los derechos de los homosexuales, de las mujeres, de okupas, de los antiglobalización y de los ilegales. ¿Derechos de los jóvenes? ¿Derechos de los trabajadores? ¿Derechos de las familias? ¿Para qué? LO UNICO QUE CUENTA ES EL “AUTOGOBIERNO DE CATALUNYA”. CUANDO SE LOGRE, TODO LO DEMÁS VENDRÁ DADO POR AÑADIDURA… Al menos eso es lo que se nos ha dicho.

Durante tres años la Generalitat ha permanecido paralizada, haciéndonos creer que las cosas mejorarían con un “Estatuto” que garantizase un total dominio de los recursos fiscales por parte de los “catalanes”. En realidad, la forma en que Maragall se hizo cargo de la presidencia de la Generalitat desdecía completamente estas esperanzas.

En 1999 Maragall se presentó contra Jordi Pujol… y perdió. Contra todo pronóstico, la candidatura de Maragall se volvió a repetir en 2003… y volvió a perder. Solamente el hecho de que Maragall se entendiera mejor con ERC que con CiU le convirtió en presidente del gobierno. Maragall, el otrora imaginativo y sorprendente alcalde de Barcelona, estaba avejentado, abotargado y desprestigiado, no sólo ante la sociedad catalana, sino ante su propio partido. El propio PSC proclamaba que Maragall era el único candidato que podía vencer a CiU… pero sabía perfectamente que no estaba en condiciones físicas ni mentales de asumir la presidencia. Por tanto ¡YA DESDE 2000! EL PSC PREVEÍA DOS AÑOS DE GOBIERNO DE MARAGALL Y LUEGO SU DIMISIÓN Y SUSTITUCIÓN POR MONTILLA…

En noviembre de 2003, Maragall, recién elegido presidente, no estaba en condiciones de negociar con nadie. Creyó que ERC era más débil que CiU y que, por tanto, lo podría manejar mejor, a su antojo. Por eso pactó con ERC en lugar de con CiU, proclamando un “gobierno de izquierdas”… ERC, por su parte, mantenía la exótica teoría de que la secesión catalana solamente era viable cuando el PSC fuera llevado a las posiciones nacionalistas. En realidad, ERC –y Carod, en concreto- estaba perdido en un universo de doctrinas dogmáticas sobre las que basar su estrategia. ERC olvidaba que, en el PSC, cualquier rastro de “doctrina política” se había borrado desde los años 80, priorizando un pragmatismo sin principios, un oportunismo carente de cualquier proyección doctrinal. ¿Hablar de principios y doctrina en el “socialismo”? ¡Por favor! No hay más principio socialista que “toma el dinero y corre”. ¿O es que a estas alturas aun vamos a dudarlo? ERC no veía así las cosas. Desde el punto de vista de ERC, parecía normal que hubieran preferido pactar con CiU (nacionalista) que con el PSC… pero el dogmatismo de Carod optó por un “frente de izquierdas” antes que por  un “frente nacionalistas”.

En el momento en que se fraguó el Pacto del Tinell, el PP gobernaba y se esperaba que siguiera gobernando en los años siguientes. En el PSC nadie daba un duro por ZP. Así pues, era muy fácil formalizar un pacto de izquierdas en Catalunya que optara por el “victimismo” ante un PP que no hubiera tolerado la reforma del Estatuto. Frente al PP, el “tripartito” lograría fraguar jugando esta carta del victimismo. Pero las bombas del 11-M arrojaron al PP fuera del poder y fue entonces, y sólo entonces, cuando ERC entendió que era la pieza clave de la gobernabilidad del Estado. Entonces PSC y ERC empezaron a elaborar el “nuevo Estatuto”.

Y, a partir de ese momento, se acabó la tarea de gobierno: todos los esfuerzos del tripartito se centraron en el “nuevo Estatuto”. No había tiempo, ni energía, ni capacidad, para hacer otra cosa más que elaborar un nuevo texto. Maragall porque quería pasar a la Historia de Catalunya como un “gran president”. Carod porque quería apurar al máximo la “vía estatutaria”, para luego, en cinco o seis años, abordar el proyecto secesionista final.

Además, este proyecto tenía a su favor la debilidad manifiesta y la bisoñez absoluta de ZP en su primer año y medio de gobierno. ZP –deudor de Maragall, al que le debía su cargo de secretario general del PSOE- había manifestado que aceptaría el Estatuto que saliera del Parlament. Esto era suficiente para que, en Catalunya, TODAS LAS FUERZAS POLITICAS iniciaran una endiablada carrera a ver quién era más maximalista y nacionalista: el PSC, CiU, ERC, ICV-EUiA…

Cuando se llegó al final del debate sobre el Estatut en el Parlament de Catalunya, el resultado fue un texto más secesionista que nacionalista, un último peldaño estatutario y un primer peldaño independentista. Resulta INCONCEBIBLE que el PSC y el propio Maragall pudieran aprobar aquel engendro, a todas luces anticonstitucional. El propio Artur Mas no se hacía ilusiones sobre las posibilidades de este Estatuto en Madrid y optó por jugar la carta del radicalismo: ellos eran más nacionalistas que los independentistas y los socialistas y, por tanto, no aprobaban el texto… Sólo a última hora, ZP llamó personalmente a Artur Mas y le convenció de que apoyara el texto. ¿A cambio de…? En aquel momento no se sabía. Hoy se sabe suficientemente.

ZP había visto cómo sus aliados de ERC constituían un insoportable lastre electoral, una constante pérdida de intención de voto y la mejor baza del PP para volver al poder. Así pues, para un oportunista sin escrúpulos ni ideas como ZP, se trataba de deshacerse de ERC buscando un nuevo apoyo en Catalunya. Y ese apoyo era CiU. A partir de enero de 2006, esta política de sustitución se hace más clara, especialmente cuando el texto salido de tres largos años de debate en el parlamento de Catalunya (ANTE LA TOTAL INDIFERENCIA CIUDADANA), debe ser modificado si se trata de evitar el recurso de inconstitucionalidad. Y ZP TRAICIONA A ERC. Y no sólo a ERC: ZP TRAICIONA SU PROMESA DE ACEPTAR LO QUE SALIERA DEL PARLAMENT DE CATALUNYA. Porque ese documento elaborado largamente por el Parlament, que llega a Madrid, es literalmente enviado a la basura y sustituido por el actual texto estatutario.

Un Estatuto cambalacheado entre dos a espaldas del resto

¿De dónde ha surgido este texto? No, desde luego, del Parlamento de Catalunya, o al menos del 90% de los diputados (representantes del 80% de los electores) según se proclamó insistentemente. No, desde luego, de una demanda popular que jamás existió. SALIO SIMPLEMENTE DEL CAMBALACHEO ENTRE DOS PERSONAS: ZP Y ARTUR MAS.

En nuestra lectura del texto del Estatuto nos ha sorprendido la baja calidad del articulado, su mala redacción, e incluso, en ocasiones, su cinismo. NI LOS DIPUTADOS DEL PARLAMENTO ESPAÑOL QUE LO APROBARON HAN LEIDO ESTE DOCUMENTO, NI LOS DIPUTADOS DEL PARLAMENTO CATALAN QUE APROBARON OTRO ESTATUTO CONOCEN REALMENTE EL FRUTO DEL ACUERDO MAS-MARAGALL. Por eso lo han votado.

Para cualquiera que lo haya leído, es evidente que el texto en sí mismo es LITERALMENTE, “como una mierda, pero sin el como”. O dicho de una manera menos áspera: este documento va a ser la fuente de discordias futuras. Cuando mañana, domingo 18, por la noche, quede “aprobado” por una minoría de la población, pero suficiente para ponerlo en práctica, se va a iniciar un largo tira y afloja en lo relativo a las transferencias de competencias entre el Estado y la Generalitat, un eterno tira y afloja sobre las contribuciones de Catalunya al mantenimiento del Estado, un tira y afloja para pactar políticas de alcance estatal y así sucesivamente.

MAÑANA VOTAR NO,

PASADO EMPEZAR LA RESISTENCIA AL ESTATUTO DEL 3%

NI LA CLASE POLÍTICA HA LEIDO CON SERENIDAD ESTE ESTATUTO, NI EN CATALUNYA NI EN MADRID, NI MUCHO MENOS EL ELECTORADO IRA A VOTAR SABIENDO LO QUE VA A VOTAR. Y !YA BASTA! Ya basta porque hace algo más de un año hemos ido a votar una Constitución Europea, de la que era de buen tono decir que NADIE LA HABIA LEIDO… incluso la clase política reconocía que no conocía el texto, ni siquiera el Estado se creyó en la obligación de enviar –como hubiera sido preceptivo- el texto de la Constitución Europea para que lo pudiéramos leer. ¿Qué importaba? Se iba a votar y se voto y se aprobó… SE APROBÓ LO MISMO QUE EUROPA RECHAZO Y SE APROBÓ SIN DEBATE.

¡Basta ya de aprobar textos constitucionales o estatutarios desconociendo exactamente lo que se vota! El Estatuto se desconoce PORQUE CARECE DE DEMANDA SOCIAL, JAMÁS HA INTERESADO A ALGO MÁS QUE A UNA PARTE DEL ELECTORADO NACIONALISTA E INDEPENDENTISTA Y ES, DESDE TODO PUNTO, INNECESARIO.

¿Qué democracia es ésta en la que constantemente el elector es consultado SOBRE AQUELLO QUE NO LE INTERESA, por una clase política INTERESADA SOLAMENTE EN MEDRAR Y TENER CADA VEZ UN MAYOR CONTROL SOBRE LA CAJA?.

Sea cual sea el resultado de este referéndum, lo cierto es que será aprobado por una minoría de catalanes. EL RESULTADO DEL REFERENDUM ES INACEPTABLE, PORQUE EL TEXTO SOMETIDO A VOTACIÓN ES, ASIMISMO, INACEPTABLE. Lo hemos demostrado a lo largo de esta lectura no exhaustiva del texto estatutario. Lo que hemos encontrado nos ha sorprendido: NO SOLAMENTE ERA UN TEXTO TAN ABSOLUTAMENTE MEDIOCRE COMO HABÍAMOS PENSADO, SINO MUCHO MÁS INFECTO Y DESAPRENSIVO DE LO QUE JAMÁS HUBIERAMOS CREIDO.

La validez de un texto legal solamente puede ser medida por la eficacia que reporta su aplicación. No hace falta ser Nostradamus para saber que este texto es el germen de futuros problemas de ajuste entre Catalunya y el Estado. O que este texto va a ser tomado como referencia por los distintos Estatutos que ahora se quieren reformar: el andaluz (con “Andalucía Nación” y el Guadiana “blindado”), el aragonés (con el Ebro “blindado”), el gallego (la Galicia sueva transformada en “nación”), el valenciano (con la “cláusula Camps” que prevé igualar cualquier techo autonómico por alto que sea) y así sucesivamente.

UN PAIS FRAGMENTADO ENTRE 17 AUTONOMÍAS DE “ALTO CALADO” ES COMPLETAMENTE INGOBERNABLE. ¿Quién puede dudarlo? Y lo que es peor: situado fuera de la Historia, contra la Historia, más acá de la Historia. En apenas dos años de gobierno, la Historia de España ha retrocedido tanto que resulta difícil prever las consecuencias que estas “reformas”, apresuradas y poco meditadas, van a tener para las próximas generaciones.

Lo absolutamente peripatético de este Estatuto es que ha sido impulsado por un personaje debilitado mentalmente (Maragall), quizás con algún problema degenerativo en el cerebro, por un dogmático ingenuo (Carod) que ha terminado siendo arrojado al basurero y por el propio presidente del gobierno QUE CARECE DE UN MODELO DE ESTADO Y DE UNA VISION DE ESTADO y además es completamente incapaz de construir uno, sea cual sea.

España debe mirar adelante: no a su desvertebración ni al desencadenamiento de un proceso cantonalista, sino a su integración nacional y a la integración europea. ES JUSTO RECORDAR QUE ESTE ESTATUTO VA CONTRA LA CONSTRUCCION EUROPEA: LA UE ES UNA “UNION DE ESTADOS NACIONALES”, NO UNA CONFEDERACIÓN DE NACIONES, NACIONCITAS Y NACIOCILLAS.

Existen pocos textos legales en los que sea posible encontrar tan pocos valores positivos como en este engendro estatutario.

POR TODO LO DICHO EN ESTAS DIEZ ENTREGAS, ANIMAMOS A LOS ELECTORES CATALANES A MANIFESTAR MAÑANA, 18 DE JUNIO, SU REPUGNANCIA MÁS ABSOLUTA A ESTE TEXTO, VOTANDO NO.

LLAMAMOS A TODOS LOS CATALANES CONSCIENTES DE SU RESPONSABILIDAD HISTORICA, A NO RECONOCER LA VALIDEZ DEL REFERENDUM SI NO ES APROBADO POR MÁS DEL 50% DEL CENSO ELECTORAL Y A BOICOTEAR SU APLICACIÓN DE TODAS LAS MANERAS POSIBLES (TRASLADANDO SU DOMICILIO FISCAL A CUALQUIER OTRA AUTONOMIA, EXIGIENDO SUS DERECHOS LINGÜÍSTICOS Y CULTURALES, PROCLAMANDO BIEN ALTO QUE CATALUNYA ES UNA REGIÓN PLURIIDENTITARIA DONDE CADA CUAL TIENE EL DERECHO A UTILIZAR LA LENGUA QUE ELIJA, CON IGUALDAD DE OPORTUNIDADES, BOICOTEANDO LA GESTION DE LA GENERALITAT, IGNORANDO SUS LEYES Y PROCLAMANDO BIEN ALTO LA PRIMACIA DE LA LEGISLACION ESTATAL SOBRE LA REGIONAL, Y MANIFESTANDO EN TODO MOMENTO UNA ACTITUD DE RESISTENCIA ACTIVA AL ESTATUTO DEL 3%).

PORQUE UNA CLASE POLÍTICA BAJO SOSPECHA NO ES NADIE PARA IMPONER SU ESTATUTO. 

© Ernesto Milà Rodríguez – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 17.06.06

 

No al Estatuto (IX de X). Políticas de género, seguridad y justicia

No al Estatuto (IX de X). Políticas de género, seguridad y justicia

Infokrisis.- La Catalunya de Maragall es la región de España con más inseguridad ciudadana. Hasta ERC, ha sido consciente de que el despliegue de los Mossos d'Esquadra y el "repliegue" de la Guardia Cviil tiene algo que ver. La Generalitat con competencias casi exclusivas en estos temas, es responsable "casi exclusivamente" de esta situación. En esta penúltima entrega de nuestro examen al nuevo estatuto vamos a analizar las propuestas del Estatuto en materia de seguridad y justicia y, por aquello, del entremés, en políticas de género...

Políticas de género para discriminar, entre la rapacidad y el tópico

Las políticas de género ocupan un lugar menor en el Estatut, por eso es significativo que, ni siquiera en temas secundarios, el texto pactado por ZP-Mas, no responda a la realidad sociopolítica catalana. El Artículo 153 del Estatuto se preocupa de definir las “políticas de género”. Como es habitual, en Catalunya no va a haber más políticas de género que las establecidas por la Generalitat: “Corresponde a la Generalitat la competencia exclusiva en materia de políticas de género”. ¿Podía dudarse? El Institut Catalá de la Dona, desde su fundación, siempre ha sido la trinchera de feminitudas, celosas guardianas de los derechos de la mujer. Y vale la pena mencionar que este Instituto tiene ya 30 años. Si en el curso de estos treinta años de actividad todavía no se ha alcanzado la “igualdad” hombre-mujer, es que este Instituto ha fracasado. Pues bien, es a este instituto al que le toca velar por la aplicación de este artículo del Estatuto…

¿Cuáles van a ser las funciones de la Generalitat en esta materia? Todas, incluso las innecesarias: diseñar planes para erradicar la discriminación “por razón de sexo”, la promoción del asociacionismo “femenino”, pero sólo el relacionado con “la igualdad y la no discriminación” (parágrafo b) y la “regulación de las medidas y los instrumentos para la sensibilización sobre la violencia de género” y, finalmente “la protección integral de las mujeres que sufren este tipo de violencia” (parágrafo c). Pues bien: NO. Todo esto resulta un tópico inadmisible.

Hasta ahora tópicos de esta ralea han estado relegados a leyes vomitadas por el parlamento, que pronto se olvidan y apenas tienen otra intención que captar unas cuantas bolsas de votos. La Ley sobre Violencia de Género, aprobada por el parlamento español en julio de 2004, es una de estas leyes inútiles que prevé delitos ya tipificados en el código penal a efectos electorales y demagógicos. Este artículo del Estatuto es el hijo de aquella Ley. No basta, al parecer, que la agresión a las personas ya esté prevista en el Código Penal. Hacía falta que fuera más “proteccionista” con las mujeres. ¿Era rigurosamente necesaria? NO.

Hubiera bastado con que se penara a los inmigrantes que agreden a sus mujeres con la expulsión inmediata. Hubiera bastado que las denuncias falsas de violencia doméstica se castigaran. Y, lo que hubiera sido rigurosamente necesario, si de lo que se trataba es de vomitar una ley proteccionista, que se contemplara TODO TIPO DE VIOLENCIA DOMESTICA: la de la mujer en relación al varón o a los hijos, la de hombre o mujer contra los hijos o contra los abuelos. Pero no: se cayó en la demagogia y ahora el Estatut lo recoge nuevamente.

Y, naturalmente, lo que el Estatut contempla es que ni una sola área de actividad social en Catalunya quede fuera de su voracidad. El Institut Catalá de la Dona, inútil en su treinta aniversario, podrá contar con fondos muy superiores a los actuales. ¿Para cumplir su función? No, para distribuirlo entre los “amigos”.

La [in]seguridad es cosa de la Generalitat

En este momento, la Catalunya de Maragall es la región del Estado más insegura que pueda concebirse. El propio Maragall ha recomendado –siguiendo las instrucciones de las altas instancias del PSOE- que los vecinos “contraten seguridad privada”. Ya hoy en infinidad de urbanizaciones de Catalunya, la “seguridad privada” ha sustituido a la Guardia Civil y patrullas vecinales recorren otras urbanizaciones más modestas. Si hay alguien que debería callar en materia de seguridad, es precisamente la Generalitat que NO HA HECHO NADA BUENO EN MATERIA DE SEGURIDAD CIUDADANA EN 25 AÑOS DE GESTION, sino que, más bien, ha desarticulado la seguridad catalana de la del resto del Estado.

Hoy, cuando escribimos estas líneas, el Fiscal General de Catalunya, figura establecida en el Estatut en vigor hasta hoy, José María Mena, enviaba una circular para que se extremaran las medidas contra los ladrones de viviendas. Y esta decisión, que puede resultar aceptable, puede tener consecuencias imprevistas. Porque si en Amposta (C.Catalana) robar un piso se castiga con prisión provisional, puede ocurrir que en Vinaroz (C.Valenciana) o en Fraga (C.Aragonesa), el mismo tipo delictivo tenga diferente tratamiento… ¿Es admisible? No, desde luego. La tendencia sería a integrar la legislación europea y unificar los tipos delictivos en todo el territorio de la Unión ¡EN LUGAR DE CREAR TAIFAS JURÍDICAS REGIONALES!

Pero esto suponía una “merma” de competencias para la Generalitat, así que era preciso que, además de la “autonomía judicial” actual, se diera un nuevo golpe de tuerca y se desenganchara la “justicia catalana”, lo más posible, de la “justicia española”.

La “seguridad ciudadana” es una de esas áreas en las que no pueden existir “políticas locales”, so pena de que los delincuentes migren de una región a otra en busca de a) mejores tratamientos penales a sus especialidades, b) menor efectividad policial, c) mayor riqueza que saquear. Es inconcebible que alguien haya podido pensar en parcelar las políticas de seguridad en las 17 autonomías de España. Fijémonos por ejemplo en la “seguridad privada” que tanto interesa a los dirigentes socialistas. Está regulada en el Artículo 163 del texto estatutario.

Según este artículo, a la Generalitat corresponde autorizar empresas de seguridad privada, inspeccionarlas y sancionarlas, autorizar e inspeccionar centros de formación y poco más. El drama estriba en que los criterios de “autorización” y de “sanción” pueden diferir de una comunidad autónoma a otra. La Generalitat insiste mucho en la “seguridad privada”, pero, al mismo tiempo, sostiene que un “guardia de seguridad” no tiene el derecho a detener a un delincuente, ni a repeler una agresión, que debe limitarse a avisar a los “mossos d’esquadra” en cuanto perciba un delito y que las vulneraciones a estos principios invalidarán las posibles detenciones realizadas. En definitiva: se insiste en la importancia de la seguridad privada, pero se reduce extraordinariamente su radio de acción.

Tanto en este terreno, como en cualquier otro, el Estatuto sería aceptable si lo que propusiera hubiera sido dictado por criterios de eficacia y sentido común. Pero no es así. El Estatuto no hace ninguna rectificación a los aspectos más problemáticos de la “justicia garantista” que existe en España. Desde 1977 se ha creado una legislación que protege al delincuente y genera indefensión entre las víctimas. Y eso es lo “normal”. Se piensa más en la posibilidad de “reinserción” de los delincuentes que en el castigo ejemplificador y en el resarcimiento de las víctimas. Ese sistema, formalmente, ha fracasado. Ya va siendo hora de rectificarlo. Está claro que otros Estatutos, como el valenciano por ejemplo, no se han pronunciado en relación a esta materia. ¿Y por qué deberían hacerlo, si lo normal es que FUERA EL ESTADO EL QUE UNIFICARA CRITERIOS? La Generalitat –estado pequeñito y redondito en ciernes- ha querido decir algo en esta materia. Y ese algo es, ni más ni menos, que la continuación de políticas ya fracasadas, demodés y completamente ineficaces. En materia de “seguridad privada”, la Generalitat podría haber dado el “do de pecho” y reconocer que, si a ella le competía regular el sector, se trataba de que los “guardia jurados” se convirtieran en una pieza más de esa famosa “seguridad privada”, en la medida en que el Estado no está en condiciones de garantizar, por sí mismo, la seguridad de los ciudadanos.

No más policía en Catalunya que la policía “catalana”

La Generalitat debía recordar aquel famoso dicho chino traído por Felipe González en su visita a Pekín: “Gato negro, gato blanco, lo importante es que cace ratones”. Y aplicado a este terreno de la seguridad, al ciudadano le importa muy poco quién es el que le garantiza su seguridad: Policía Nacional, Guardia Civil, Mossos d’Esquadra… lo importante es que no haya un puto delincuente en las calles… Pero la Generalitat, en esto como en todo, no mira por los intereses del ciudadano sino que establece el dogma: “solo lo catalán garantiza el autogobierno y solo el autogobierno es saludable para Catalunya”. O sea, que solamente los gatos catalanes cazan ratones en Catalunya.

El Artículo 164 establece las prerrogativas de la Generalitat en materia de “seguridad pública”. La Generalitat se reserva la “La planificación y regulación del sistema de seguridad pública de Cataluña y la ordenación de las policías locales” (parágrafo 1, apartado a), La creación y la organización de la Policía de la Generalitat-Mossos d’Esquadra (apartado b). Y el control del tráfico (apartado c). De hecho, el “despliegue” de los mossos d’esquadra se ha realizado en casi toda Catalunya asumiendo las funciones de tráfico y la formación de las policías locales. No hay gran novedad en todo esto. Las novedades vienen en el parágrafo 3 donde se dice: “Corresponde a la Generalitat, en el marco de la legislación estatal sobre seguridad, las facultades ejecutivas que le atribuya el Estado”, pero, además de éstas, el Estatuto prevé que corresponda a la Generalitat el ejercicio sobre los derechos de reunión y manifestación (apartado a), el cumplimiento de las disposiciones para la conservación de la naturaleza, el medio ambiente y los recursos hidrológicos (apartado b), el intercambio de información en el ámbito internacional y en las relaciones con policías de otros países (parágrafo 4).

En la práctica, todo esto implica que la Generalitat asume la casi totalidad de funciones en materia de seguridad… lo que queda confirmado por el parágrafo 5 que define el ámbito de actuación de los “mossos d’esquadra”. Véase sino: “a) La seguridad ciudadana y el orden público. b) La policía administrativa, que incluye la que deriva de la normativa estatal. c) La policía judicial y la investigación criminal, incluidas las diversas formas de crimen organizado y terrorismo, en los términos establecidos por las leyes”. Es decir, todas las atribuciones… ¿Le queda algo al Estado en materia de seguridad ciudadana?  Poco, en realidad nada.

¿Es razonable ese interés en acaparar las funciones de seguridad? Es difícil sostener la idoneidad de dividir algo tan importante como la “seguridad ciudadana” en 17 taifas o autonomías, pero sería aceptable si en Catalunya existiera realmente “seguridad ciudadana”. La presencia de los “mossos d’esquadra” no es nueva. Desde hace tres años, sus competencias en materia de tráfico y policía judicial han ido creciendo hasta igualar, prácticamente, el techo propuesto en el Estatut. En materia de formación y de seguridad privada ya se han ejercido desde hace tiempo. ¿El resultado? En Catalunya, como en ninguna otra autonomía, se añora a la Guardia Civil. La sociedad catalana califica a los “mossos” de rigoristas en materia vial. Su acción contra la delincuencia tiene una eficacia MUCHO MENOR a la de la policía nacional, y  no digamos en materia de lucha contra el terrorismo urbano, el extremismo político y el kale-borroka de las bandas de mequetrefes independentistas. El balance de los “mossos” en estos años es pobre, demasiado pobre –y es normal por la falta de experiencia de un cuerpo policial cuyos miembros han sido reclutados con la promesa de la paga y sin una verdadera y profunda motivación, compuesto por “funcionarios” poco dispuestos a sacrificarse- como para que pueda asumir EN EXCLUSIVA las competencias en materia de seguridad.

Competencias judiciales: la justicia acaba en el Ebro

El Título III del Estatuto está dedicado a “El Poder Judicial de Cataluña” y el Capítulo I a definir la naturaleza y funciones del Tribunal Superior de Justicia y el Fiscal o la Fiscal Superior de Cataluña. Un mal asunto para los catalanes que, a partir de ahora, ya no dispondrán de la posibilidad de acogerse al Tribunal Supremo en sus recursos. Las sentencias del Supremo son válidas para todos, menos para los catalanes…

El parágrafo 1 define al Tribunal Superior de Justicia de Catalunya como el “órgano jurisdiccional en que culmina la organización judicial en Cataluña”. Y se añade: “El Tribunal Superior de Justicia de Cataluña es competente en los órdenes jurisdiccionales civil, penal, contencioso-administrativo, social y en los otros que puedan crearse en el futuro”. Y su carácter de “instancia judicial superior” se dice en el parágrafo 2: “El Tribunal Superior de Justicia de Cataluña es la última instancia jurisdiccional de todos los procesos iniciados en Cataluña, así como de todos los recursos que se tramiten en su ámbito territorial, sea cual fuere el derecho invocado como aplicable”. ¿Y la jurisprudencia? También en esto Catalunya se desengancha del resto del Estado: existirá, a partir de ahora, una jurisprudencia específicamente catalana y otra, por el momento, española y, quizás, dentro de poco, fraccionada en 16 autonomías más. El parágrafo 3 insiste en este tema: “Corresponde en exclusiva al Tribunal Superior de Justicia de Cataluña la unificación de la interpretación del derecho de Cataluña”…

¿Estará presente el Estado en alguna instancia judicial catalana? Al Estado le queda, al menos, el premio de consolación, esto es, poder nombrar al presidente –“o presidenta”, añade el timorato texto- del TSJC… Y más que al Estado, el nombramiento corresponde al Rey, “a propuesta del Consejo General del Poder Judicial y con la participación del Consejo de Justicia de Cataluña”. Y, en cuanto a los Presidentes de Sala, ocurre otro tanto según el parágrafo 6: “Los Presidentes de Sala del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña son nombrados a propuesta del Consejo General del Poder Judicial y con la participación del Consejo de Justicia de Cataluña”, y otro tanto con el Fiscal –o “la Fiscal”, ¡cuanta gilipollez para superar el sexismo!- Superior de Cataluña… Al Rey le corresponde, por inercia, nombrar lo que le ponga delante de las narices el organismo competente de la Generalitat a través de las “negociaciones” con el Consejo Superior del Poder Judicial. ¿En la práctica? Todo esto tiene como resultado aumentar el control de los organismos políticos sobre el poder judicial. No es, desde luego, lo mejor para un sistema democrático. En esto la Generalitat es continuista en relación a las peores tendencias del Estado, y refleja la quiebra del primer principio de la democracia: la división de poderes. Conociendo la política catalana y su tendencia al cambalacheo, es fácil suponer lo que va a ocurrir a partir de ahora: la Generalitat aumentará su control sobre el poder judicial “catalán”, y cambaleacheará sus altos cargos con el poder político “español”.

Próxima entrega:

El peor de todos los estatutos posibles pide el NO mas alto que pueda votarse

© Ernesto Milà Rodríguez – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 14.06.06.

No al Estatut (VIII de X). Por el intervencionismo hacia el caos.

No al Estatut (VIII de X). Por el intervencionismo hacia el caos.

Inkrisis.- Escribimos estas líneas cuando la campaña sobre el Estatuto de Catalunya está evidenciando la absoluta falta de igualdad de posibilidades entre el nacionalismo y las fuerzas políticas no nacionalistas. Este espíritu intervencionista e intolerante esta presente en todos y cada uno de los artículos del Estatuto, no importe qué título se revise. Hoy pasamos revistas a algunas "competencias exclusivas": desde cultura, hasta ferias, desde las Cajas de Ahorro a los juego de azar, pasando, por supuesto, por subvenciones... Allí donde hay posibilidades de tocar un euro, allí el Estatut reivindica "competencias exclusivas".


No al Estatuto (VIII de X). Por el intervencionismo hacia el caos

Buena parte del Estatuto está dedicado a definir las competencias de la Generalitat. Sería ocioso repasarlas unas tras otras. Se puede resumir así: el Estado Español ha desaparecido en Catalunya. Le quedan al Estado algunas competencias juzgadas como “molestas”; de hecho solamente el Estado mantiene las competencias militares en exclusiva y, a tal efecto, es significativo que las palabras “Defensa”, “Fuerzas Armadas”, “Ejército” o “Milicia” no sean mencionadas siquiera en el Estatuto. De hecho, en el momento actual NO EXISTE NINGUNA UNIDAD MILITAR OPERATIVA EN CATALUNYA, a pesar de que se trata de una región fronteriza, con una amplia franja costera.

Las competencias de la Generalitat están especificadas en el Título IV del Estatuto, cuyo primer capítulo está dedicado a la “tipología de las competencias”. Vale la pena sorprenderse con algunos de sus contenidos porque aquí encontraremos todo lo relativo al “blindaje de competencias”. Se dice, por ejemplo, en el Artículo 110, parágrafo 1: “Corresponden a la Generalitat, en el ámbito de sus competencias exclusivas, de forma íntegra la potestad legislativa, la potestad reglamentaria y la función ejecutiva. Corresponde únicamente a la Generalitat el ejercicio de estas potestades y funciones, mediante las cuales puede establecer políticas propias”. Si tenemos en cuenta que la inmensa mayoría de competencias del Estado se prevé en ese mismo Título IV que sean transferidas a la Generalitat, surge la pregunta inquietante de ¿para qué diablos sirve el “poder legislativo” del Estado, el Parlamento? Seamos claros: con este texto aprobado, el Parlamento Español carece casi por completo de competencia para legislar alguna ley o reglamento que se pueda aplicar en Catalunya. Solamente “la Generalitat” tiene esa potestad, y no sólo para eso, sino también “para establecer políticas propias” como se dice al final del parágrafo. Esto implica DESVINCULAR PRÁCTICAMENTE a Catalunya del resto del Estado y lo que es peor: LA IMPOSIBILIDAD DE REALIZAR POLÍTICAS DE ESTADO. Es de suponer que, tras el Estatuto catalán, otros Estatutos reivindicarán las mismas competencias. Así puede suceder que existan 17 políticas hídricas, 17 políticas energéticas, 17 políticas educativas y 17 políticas de “fiestas y celebraciones”, porque, en su afán de acaparar competencias, hasta la Generalitat aspira a regular las fiestas, luego veremos el porqué.

Un Estado en esas condiciones ES ABSOLUTAMENTE INGOBERNABLE. Cada autonomía se va a creer con el derecho de “negociar” (esto es, de cambalachear) cualquier mínima política de Estado a cambio de alguna ventaja: tu me financias el déficit de la Sanidad y yo acepto el plan de señalización en las carreteras que me planteas; tu me das una “federación deportiva” propia y yo te firmo la ley de conservación de la mariposa casposa… y así sucesivamente. Menos mal que hay una matización que viene en el Artículo 111, titulado “Competencias compartidas”.

El título de este artículo (dudamos que los parlamentarios del Congreso de los Diputados hayan leído algo más que el título) podría sugerir que existen competencias “compartidas”. No. Es una falacia, como se encarga el texto del artículo de desmentir acto seguido: “En las materias que el Estatuto atribuye a la Generalitat de forma compartida con el Estado, corresponden a la Generalitat la potestad legislativa, la potestad reglamentaria y de la función ejecutiva, en el marco de las bases que fije el Estado como principios o mínimo común normativo en normas con rango de ley, excepto en los supuestos que se determinen de acuerdo con la Constitución y el presente Estatuto”. Y luego, por si existiera alguna duda, o alguien no se hubiera enterado quién es el que manda en Catalunya, se añade: “En el ejercicio de estas competencias, la Generalitat puede establecer políticas propias”. Así pues ¿qué es lo que se comparte?

No solamente un Estado así va a resultar ingobernable y, diariamente, van a surgir tensiones entre el Estado y sus partes, sino que además, incluso en lo relativo a la Unión Europea, la situación se va a convertir en insostenible. El nacionalismo ha violado, y el socialismo ha ignorado, uno de los pactos de la transición: el que determinadas competencias del Estado no se fragmentaran para impedir su ejercicio: en especial la política exterior. Primero, la Generalitat, ya con Jordi Pujol, creó “delegaciones en el exterior”, verdaderas estructuras paralelas a los consulados españoles. El paraíso de todo nacionalista era viajar a Rabat e ir a la delegación de la Generalitat a denunciar un robo… En este estatuto ya se reivindican en otros artículos la presencia de delegados de la Generalitat en las conversaciones que el gobierno español pudiera mantener con la UE, y en el Artículo 113 se da una nueva vuelta de tuerca, definiendo las “Competencias de la Generalitat y normativa de la Unión Europea”. Se dice: “Corresponde a la Generalitat el desarrollo, la aplicación y la ejecución de la normativa de la Unión Europea cuando afecte al ámbito de sus competencias, en los términos que establece el Título V”. En otras palabras: corresponde a la Generalitat aplicar y ejecutar las normas de la UE y, de paso, gestionar los fondos europeos en el territorio catalán. Por si alguien no se lo cree, el Artículo siguiente, el 114 lo dice sin el menor pudor en su parágrafo 1: “Corresponde a la Generalitat, en las materias de su competencia, el ejercicio de la actividad de fomento. A tal fin, la Generalitat puede otorgar subvenciones con cargo a fondos propios”. ¿Fondos propios? Bien, si son propios, van a los amigos, pero ¿qué ocurre con los fondos europeos o con las ayudas estatales? Se especifica, discretamente, en el parágrafo 3: “Corresponde a la Generalitat, en las materias de competencia compartida, precisar normativamente los objetivos a los que se destinan las subvenciones estatales y comunitarias europeas territorializables así como completar la regulación de las condiciones de otorgamiento y toda la gestión, incluyendo la tramitación y la concesión”. Era de esperar: la banda del 3% se reserva para sí misma, lo venimos diciendo una y otra vez, el uso de la llave de cualquier caja fuerte que distribuya dinero en Catalunya. PORQUE ES EL CONTROL DE LA CAJA Y NO LAS CHORRADAS SOBRE LA CATALUNYA-NACION LO QUE TIENEN EN MENTE NACIONALISTAS Y SOCIALISTAS. Lo hemos dicho ya: la Generalitat no es una virgencita pura y honesta, ha demostrado ser una sucia ramera que ha depredado fondos comunitarios y ha sido acusada y multada formalmente por la UE. Si el valor al soldado “se le supone”, no le ocurre lo mismo a la Generalitat con la honestidad: su distribución de subvenciones “a los amigos” (ni siquiera a los que realizaban alguna actividad en catalán, sino solamente a los que la realizaban en catalán y que, además pertenecían a las esferas dirigentes de los partidos en el poder), su falta de honorabilidad (el título de “honorable” no implica necesariamente que su honorabilidad esté a salvo de cualquier prueba del nueve) en la custodia y distribución de fondos, son proverbiales. La atribución de la distribución de subvenciones SOLO a la Generalitat, supone que ningún organismo judicial estatal podrá perseguir el delito de defraudación de los caudales públicos, y que perseguir esta figura delictiva será competencia de tribunales catalanes, cuya instancia superior final acabará en Catalunya… es decir, controlado por la Generalitat. ¿De qué estamos hablando? ¿De división de poderes? Esto, como Montesquieu, ya es historia. Por si lo anterior no hubiera quedado claro, los parágrafos 4 y 5 son aún más elocuentes sobre la rapacidad del “legislador catalán”: “Corresponde a la Generalitat, en las materias de competencia ejecutiva, la gestión de las subvenciones estatales y comunitarias europeas territorializables, incluyendo la tramitación y la concesión” y “La Generalitat participa en la determinación del carácter no territorializable de las subvenciones estatales y comunitarias. Asimismo, participa, en los términos que fije el Estado, en su gestión y tramitación”. ¿No sería mejor, en lugar de este trabajoso y polémico Estatuto haber colocado en el frontispicio de todos los edificios de la Generalitat el lema que debería ser paradigma de sus intenciones: TODO POR LA PASTA?

Y ya que estamos en esto. ¿Cómo no iba a regular el Estatuto las relaciones de la Generalitat con las Cajas de Ahorros? Es el Artículo 120 el que se encarga de esta materia. ¿Imaginan su contenido? Efectivamente, no se han equivocado: “Corresponde a la Generalitat, en materia de cajas de ahorros con domicilio en Cataluña, la competencia exclusiva sobre la regulación de su organización”. Los gastos suntuarios y el déficit de la Generalitat precisan una financiación a toda prueba. Ahí están los ahorros de los ciudadanos de Catalunya, ingresados en las Cajas de Ahorro, para ofrecer, más que el pan y la sal, el caviar y el cava a los altos cargos de la Generalitat. A lo que la Generalitat aspira es a poder disponer del destino sobre los beneficios de las Cajas. Se dice en el parágrafo 2: “Corresponde a la Generalitat, en materia de cajas de ahorro con domicilio en Cataluña, la regulación de la distribución de los excedentes y de la obra social de las cajas”. Puesto que el dinero de los catalanes está en las Cajas, metámosle mano. Y quien no lo acepte fácilmente, o se resista a la rapacidad de la Generalitat, quien intente escaquear beneficios y sustraerse al “fisco catalán”, se le amenaza con palo y tentetieso. A tal efecto, el parágrafo 3 explicita: “Corresponde a la Generalitat, la competencia compartida sobre disciplina, inspección y sanción de las cajas. Esta competencia incluye en todo caso, el establecimiento de infracciones y sanciones adicionales en materias de su competencia”. Más claro, el agua. ¿Impuesto revolucionarios? ¿Racket de protección? ¿Cómo se puede definir esta política?

¿Dónde más puede haber dinero? En el comercio y en las ferias, por supuesto. El Artículo 121 dirige sus baterías contra comerciantes y ferias. Naturalmente, también aquí el parágrafo 1 reivindica competencias exclusivas. Y dentro de este parágrafo, el apartado a) especifica que es la Generalitat la que “regula la actividad y las condiciones”, incluso en comercio electrónico y añade “o por cualquier otro medio” que pueda aparecer. Todo dentro de la Generalitat, ninguna actividad franca y libre de la Generalitat, tal es la Ley.

Este apartado es importante por algo que ya ha interesado a la Generalitat en el pasado. Se atribuye en el apartado e) “El establecimiento y la ejecución de las normas y los estándares de calidad relacionados con la actividad comercial” y en el f) “La adopción de medidas de policía administrativa con relación a la disciplina de mercado”. ¿Qué se entiende por esto? El interés de la Generalitat estriba aquí en garantizar el etiquetado en catalán y la multa a las actividades comerciales que infrinjan alguna de las leyes lingüísticas aprobadas en los últimos tres años. Hasta ahora, el nacionalismo catalán era perfectamente razonable: “la pela es la pela”. A partir de ahora, la presión de los independentistas y la pusilanimidad de los socialistas han dado otra vuelta de tuerca: se contenta a los independentistas con esto que, en sí mismo, constituye un obstáculo para las actividades comerciales e industriales realizadas en Catalunya; y a cambio se obtiene su apoyo en los temas de mayor calado. Por ejemplo, en materia de la “feria internacional”.

El parágrafo 2 del mismo artículo dice: “Corresponde a la Generalitat la competencia ejecutiva en materia de ferias internacionales celebradas en Cataluña, que incluye en todo caso: a) La actividad de autorización y declaración de la feria internacional, b) La promoción, la gestión y la coordinación, c) La actividad inspectora, la evaluación y la rendición de cuentas”, y así sucesivamente. La “Feria de Barcelona”, en su momento, fue uno de los grandes impulsores de los intercambios comerciales, incluso durante el franquismo. Hoy es un residuo del que apenas subsisten Alimentaria y Construmat, como hegemónicos, mientras que el resto se han ido desplazando a Madrid o a Valencia. A fuerza de mirarse el ombligo y perseguir una nueva conquista, la Generalitat olvida que va a fiscalizar y gestionar la actividad de un organismo en la UVI… gracias, precisamente, al miedo generado por las exigencias maximalistas del catalanismo político. Cada vez son más los inversores y las empresas extranjeras dispuestas a invertir en “España” que realizan la petición de no hacerlo “ni en Cataluña, ni en el País Vasco”. Y lo más sorprendente es que algunos de estos inversores entran en España a partir de los bufetes de abogados propiedad de políticos nacionalistas…

Como era de prever, este Estatuto intervencionista cierne su sombra amenazadora sobre cualquier actividad desarrollada en Catalunya. Hemos hablado de las Caixas, del comercio, de las ferias y nuestro repaso nos lleva siempre a la consabida cantinela de las “competencias exclusivas” e, incluso, como hemos visto, cuando se alude a “competencias compartidas”, las condiciones para su ejercicio son tales que, en realidad, estamos hablando de nuevas formas de exclusividad. El criterio es el siguiente: “tal actividad rinde beneficios al fisco; entonces interesa meter mano”. Así de simple.

Hoy la cultura es un negocio y la cultura catalana el negocio de la Generalitat. Tiene castaña que la actividad cultural sea regulada en un Estatuto, pero el Artículo 127, no precisamente corto, demuestra que la falta de pudor del “legislador” carece de límites. ¿Imaginan? Efectivamente, han acertado. El parágrafo 1, define a la “cultura”, como una “competencia exclusiva”… ¿Podía dudarse? Lo sorprendente son los apartados siguientes de este parágrafo. En efecto, el apartado a) define en qué actividades “culturales” la Generalitat podrá “meter mano”. Desde libros (y se añade, “en cualquier soporte”), hasta la concesión del ISBN, desde filmar una película hasta distribuirla y doblarla (al catalán por supuesto, aunque no exista demanda social), la calificación de las películas (se añade la enigmática fórmula “en función de los valores culturales”) y la planificación, construcción y gestión de equipamientos culturales (cultura del ladrillo, vamos), los archivos, las bibliotecas, los museos, los restos arqueológicos, el patrimonio “arquitectónico, arqueológico, científico, técnico, histórico, artístico, etnológico y cultural en general”, el régimen jurídico sobre bienes muebles e inmuebles, la protección del patrimonio cultural de Cataluña, la difusión de la creación y la producción teatrales, musicales, audiovisuales, literarias, de danza, de circo y de artes combinadas llevadas a cabo en Cataluña…. Y después, claro está, la vocación “internacional” no podía estar ausente: la Generalitat asume la “proyección internacional de la cultura catalana”. No habrá archivo ni biblioteca sobre Catalunya que no esté bajo el control de la Generalitat. Si el Estado quiere realizar alguna actividad (y tiene castaña que solamente se alude a la posibilidad de que el Estado realice “inversiones”, pero no se dice nada de las iniciativas específicamente culturales del Ministerio de Cultura) en Catalunya, ésta será el resultado –como prescribe el parágrafo 3- del “acuerdo previo con la Generalitat”. Y la Generalitat estará también presente en la “proyección internacional de la cultura”. Resumamos: cuando se dice “cultura” en el ámbito de actuación de la Generalitat, se está reduciendo toda forma de cultura a la “cultura catalana”. Si el Estado pretende realizar una exposición, por ejemplo, sobre los “catalanes en América” o sobre “andaluces en Catalunya” deberá contar con el acuerdo de la Generalitat. Es fácil prever que este tipo de concepción intentará favorecer por todos los medios la segregación de la cultura catalana de cualquier otra forma cultural que se dé en la península, e intentará reforzar los rasgos identitarios propios. Aquí la falsificación de la Historia, la creación de una cultura de catecismo destinada solamente para exaltar lo propio y denigrar lo ajeno (¿o el nacionalismo es otra cosa?), encuentran su fórmula legal para ser intocables.

El Artículo 128 regula las “Denominaciones e indicaciones geográficas y de calidad”, es decir, las denominaciones de origen. Servidor, que tiene experiencia en la cría de “gallinas del Prat”, certifica que una gallina del Prat es, solamente, aquella que se cría en el Prat del Llobregat, con pata azul… si usted intenta criar una gallina del Prat en Osona con una alimentación ecológica no logrará obtener el reconocimiento de su producto, pero si una granja industrial alimenta con mierda (como de hecho se alimentan a las gallinas criadas industrialmente) dentro del término municipal –casi completamente urbanizado- del Prat, esa gallina mutante tendrá el marchamo de la Generalitat. Bueno… nos queda la satisfacción de que el ámbito de aplicación de la denominación de origen del “asno catalán”, es toda Catalunya, incluida la Plaça de Sant Jaume a sus dos lados…

Pero la cosa tiene, en realidad, poca gracia. ¿Qué ocurre cuando una “denominación de origen” excede el ámbito catalán? ¿Por ejemplo, el cava? Esto lo regula, con una opacidad digna de un creador de crucigramas, el parágrafo 3 de dicho artículo: “La Generalitat, en el supuesto de que el territorio de una denominación supere los límites de Cataluña, ejerce las facultades de gestión y control sobre las actuaciones de los órganos de la denominación relativas a terrenos e instalaciones situados en Cataluña, en los términos que determinen las leyes. La Generalitat participa en los órganos de la denominación y en el ejercicio de sus facultades de gestión”. Bueno pero, en la práctica, esto ¿cómo se traduce? Veamos el caso del cava. El Consejo Regulador del Cava es de mayoría catalana por la sencilla razón de que, en el momento de formarse, la mayor parte del cava se realizaba en Catalunya. Solamente algunas bodegas valencianas y extremeñas consiguieron entrar en la denominación de origen, insistimos, CONTROLADA POR EMPRESAS CATALANAS. Pues bien, podemos certificar que las empresas no-catalanas reciben inspecciones constantes del Consejo Regulador del Cava, llevan al dedillo el censo de botellas estalladas e, incluso, se permiten sospechar de aquellas cuya media de roturas es menor que en las empresas del cava catalán. Y lo que es peor: NO AUTORIZAN QUE OTRAS EMPRESAS NO CATALANAS UTILICEN LA DENOMINACION DE ORIGEN “CAVA”. ¿El resultado? El resultado es que gracias al Consejo Regulador del Cava, radicado en Catalunya y formado por una totalidad de empresas catalanas, se impide, sin recurrir a criterios de calidad sino solamente por preservación de la propia industria catalana, que empresas situadas fuera del ámbito de la Generalitat puedan utilizar la denominación de origen “cava”… Pues bien, el Estatuto tiene el deseo de extender esta misma práctica a otros sectores. Los lamentos y jeremíadas de Freixenet no pueden hacer olvidar los desmanes realizados por el Consejo Regulador del Cava en beneficio del cava catalán.

Por lo que se refiere al ocio, también allí la Generalitat huele a dinero y se lanza a degüello en el Artículo 141: “Juego y espectáculos”. Obvio decir que, también aquí, el parágrafo 1, por aquello de la originalidad, también alude a “competencia exclusiva”. Ni una ficha de black-jack se va a mover si no es pagando el racket a la Generalitat. El buen ludópata nacionalista solamente lo es si deja su fortuna a la Generalitat. La Generalitat, también como es habitual, reivindica competencias para fiscalizar toda clase de juegos, incluidos las apuestas en Internet, evidenciando una ignorancia absoluta sobre la naturaleza de tales apuestas y su proceso. Ahora bien, si aparece un nuevo tipo de apuesta fuera de Catalunya, hacerla efectiva en Catalunya implica (parágrafo 2): “la deliberación en la Comisión Bilateral Generalitat-Estado prevista en el Título V y el informe previo determinante de la Generalitat”.

En el resto de espectáculos, la tendencia es la misma. Pero el apartado 3 incluye alguna especificación digna de mención. Se dice, por ejemplo: “Corresponde a la Generalitat la competencia exclusiva –imaginación al poder- en materia de espectáculos y actividades recreativas, que incluye, en todo caso, la ordenación del sector, el régimen de intervención administrativa, el control de todo tipo de espectáculos en espacios y locales públicos”. Esta declaración no es ingenua. Como se sabe, por algún motivo irracional, la Generalitat alberga la más profunda hostilidad hacia las corridas de toros, mucho más absurda en la medida en que la presencia del toreo en Catalunya es anterior a la aparición del nacionalismo y del regionalismo y, de hecho, se pierde en la noche de los tiempos. Abundan toreros, rejoneadores y novilleros catalanes, y las plazas de toros, como la de la Barceloneta (situado donde hoy está el solar de la Estación de Cercanías), estuvieron imbricadas hasta el tuétano en la historia de la ciudad. Pero el nacionalismo de barretina y esperdenyas (la barretina, ya que estamos en esto, tiene tanto de catalán como la sopa de ajo; en efecto, era el antiguo gorro frigio de los marinos de toda la costa mediterránea) juzga que las plazas de toros son caldo de cultivo del nacionalismo español y de costumbres bárbaras. Hay en esto algunos prejuicios de solteronas anglosajonas y de ecologistas vegetarianos con estómago delicado. El caso es que al nacionalismo no le gusta el toreo. Y se trata de torpedearlo. Con lo que ha llovido en la anterior legislatura y con declaraciones peripatéticas de Barcelona “ciudad antitaurina” o de pueblos que renunciaban a sus tradiciones seculares con vaquilla y torete por impulso de sus consistorios nacionalistas, se sabe lo que podemos entender por “el control de todo tipo de espectáculos” con que concluye el parágrafo.

A la vista de lo visto, no solamente habría que VOTAR NO el próximo 18 de junio, sino que especialmente cabría preguntarse si los diputados que votaron el Madrid este aborto legislativo se lo habían leído, y lo qué es más: ¿Cómo alguien que haya leído este Estatuto y conserve la cabeza sobre los hombros puede encontrar UN ARGUMENTO para avalar su voto a favor de este engendro? Escrito está: “Numerus estultus, infinitus est”

Próxima entrega:

Políticas de género y políticas de seguridad.

© Ernesto Milà Rodríguez – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 14.06.06.

Casta guerrera y Sociedad (III de V) Los valores guerreros: Honor, Lealtad, Austeridad

Casta guerrera y Sociedad (III de V) Los valores guerreros: Honor, Lealtad, Austeridad

Infokrisis.- En esta entrega pasamos revista a tres nuevos valores: el Honor, la Lealtad y la Austeridad, tres manifestaciones de la ética guerrera que contribuyen a redondear la fisonomía de la milicia, por encima de la geografía y del tiempo. Allí en donde la milicia ha estado presente, allí estos valores se han manifestado. Hoy, más que nunca, solamente estos valores pueden contribuir a reconstruir nuestras sociedades.

 

4. Honor

El Código del Honor japonés, el Bushido, enseña que “cada samurái debe siempre, ante todo, tener presente el hecho de que un día ha de morir”. Es algo más que un principio ligado a la casta guerrera, es una filosofía de la vida que enseña lo impermanente de ésta. Como la flor del cerezo que apenas dura unas horas, como la vida de la rosa de la que al poco de surgir solamente queda su nombre, la presencia del guerrero en la vida es breve. Cada noche, antes de morir, el samurái visualiza la escena de su muerte. El ejercicio termina cuando ha exhalado su último suspiro. Repetido a lo largo de los años, este ejercicio proporciona una certidumbre sobre el final de lo humano. Y esto ayuda a percibir de otra manera la grandeza de la vida. El existencialismo alemán redescubrió esta doctrina cuando Heidegger definió al ser humano como “hecho para la muerte”. La vida no era, pues, sino una preparación para morir. El budismo palí ya había establecido que, desde el momento en que nacemos, empezamos a morir. Estar preparado para la muerte sirve para amaestrar y dominar el miedo. Ahora bien, si hay que morir, es mejor que la muerte sea el resultado de un acto valeroso que aporte a las generaciones futuras y al clan, un ejemplo de comportamiento y permita reiterar su prestigio.

La muerte no es eterna (apenas una crisis puntual), el deshonor sí.

En la ley de la casta guerrera el honor ocupa un papel central. ¿Qué es el honor? Actuar conforme a la propia ley. Nada más. Sólo eso. Cumplir el “código” de la casta es actuar con honor; relajarse en sus funciones, eludirlas, olvidarlas o incumplirlas, supone romper el propio honor y el del linaje, esto es, caer en la peor de las infamias. En Occidente, un caballero deshonrado dejaba de ser considerado como tal por sus iguales y, en cuanto al pueblo llano, le podía temer pero en absoluto respetar. En la vieja Esparta, aquel que había manchado levemente su honor era ignorado por el resto de los ciudadanos libres. Estaba condenado, en la práctica, a una muerte en vida. En el Japón de los samurais, una leve falta al honor podía inducir al guerrero que la hubiera cometido a suicidarse ritualmente. Quien “tenía honor”, tenía “fama”, esto es, su buen nombre resplandecía. Quien había perdido su honor adquiría una situación similar a la muerte jurídica. Incumplir la ley de la casta suponía, en la ética guerrera, situarse fuera de la misma: adquirir la condición de paria, de miserable.

La ley de la casta prescribía que el guerrero debe combatir. Pero, en el fondo, esa ley no es la que le obliga a combatir. Combate por su honor. También puede ocurrir que no desee combatir. Un antiguo dicho romano de ascendencia estoica decía: “si pugnare non vultis, licet fugere”, “si no quiere combatir, es lícito huir”… y se añadía “en efecto, nadie te impide morir”. Es Séneca quien pone estas palabras en boca de la divinidad en su obra “De providentia”, VI, 7-9). Siglos después, un hombre que bromeaba poco, Schopenhauer, había escrito: “El honor es como las cerillas: sólo sirve una vez”.

Cada acto por el que optamos tiene repercusiones en nuestra vida. En el mundo de la tradición guerrera cada acto tiene, necesariamente, una consecuencia. Uno puede evitar el combate y retirarse “honorablemente”, pero si luego no desea ser considerado como un cobarde, es decir, registrar un insoportable desdoro de su honor, debe morir. El suicidio ritual es la única vía que, en la Roma de los Césares y en el Japón de los Samuráis, se ofrecía al guerrero. Uno de los rituales de selección para ingresar en las SS hitlerianas consistía en que el aspirante se colocaba en el interior de un bunker a pie firme, con un casco de acero sobre la cabeza y una bomba de mano sobre él. Cuando activaba la granada y seguía firmes, podían ocurrir tres cosas: o bien explotaba sobre su casco y perdía la conciencia durante unos segundos, pero no resultaba herido; o bien la granada caía al suelo y resultaba herido en las piernas, o bien la granada caía al suelo y huía, salvando su integridad física. En el primer caso, el aspirante era admitido en la élite de las SS, en el segundo recibía una mención al honor y una pensión para el resto de su vida; en el tercero era expulsado de las SS: en efecto, había perdido su honor. Otro ejemplo de la misma época: un militar que había demostrado honor y lealtad durante toda su carrera, pero que en un momento dado era sorprendido en una falta, se le ofrecían dos opciones: suicidarse con honor o ser juzgado públicamente. El general Rommel, el genial conductor del “Africa Korps”, terminó suicidándose tras haber mantenido contactos con la resistencia antihitleriana. Un último ejemplo en la misma época: Heinrich Himmler, Reichführer de las SS, solía decir que en el “círculo inferior” de su orden se le podía exigir a un SS que dejara de fumar. Podía cumplir o no la promesa. Si la incumplía, añadía Himmler, solo le quedaba “la pistola”, es decir, el suicidio. El honor siempre ha ido ligado a la vida del guerrero. Una vida sin honor, no es una vida. La muerte restablece el honor.

Es evidente que el honor no es un distintivo solamente de la casta guerrera. Cada casta tenía un concepto particular del honor. Para la casta sacerdotal, incumplir los votos realizados era incumplir la ley de la casta. La pobreza, castidad y obediencia en el monacato cristiano eran los distintivos de casi todas las órdenes religiosas. Romperlas suponía ser colocado extramuros del convento, perder la condición de “hombre consagrado a Dios”. Llama la atención en la actualidad que sean precisamente algunos sacerdotes quienes, en nuestros días, se declaren homosexuales y apoyen cualquier reivindicación gay; como si ésta fuera una de las leyes de su casta. Una muestra del caos actual radica precisamente en el olvido de los votos realizados en el momento de la consagración sacerdotal, como si un ferroviario, en el ejercicio de su profesión, se negara a seguir la catenaria y reivindicara una conducción “imaginativa”. Poco importa si el sacerdote reivindica la homosexualidad, la heterosexualidad, o hacérselo con un besugo o una lubina; la cuestión de fondo es que, verdaderamente, rompe su voto e infringe la ley de su casta. Y, si se nos apura, hace el payaso.

Asimismo, la ley interior de la casta burguesa prescribe trabajo y austeridad. No se exige ni pobreza, ni castidad y, en lo relativo a la obediencia debida a los maestros de cada gremio, no era ni una disciplina militar ni conventual, sino una obediencia a cambio de la enseñanza precisa para el ejercicio de la profesión. Precisamente, uno de los elementos indicativos de la pérdida del sentido del honor es que, a partir del siglo XVII, se percibe que adquiere un nuevo matiz de carácter sexual. El honor ya deja de ser –especialmente para la casta burguesa- el estricto cumplimiento de la ley de su casta para pasar a ser un asunto de cama. Incluso en el teatro español del Siglo de Oro se percibe ya esta tendencia a unir honor con sexo. El marido engañado por su mujer, o la esposa a la que el marido ha sido infiel, siente mancillado su honor y de alguna manera decide vengarlo. Pero el honor es mucho más que un polvo echado donde no corresponde… No es precisamente la huida de Ginebra con Lancelot lo que ocasiona la decadencia del Reino de Camelot, ni es ese amor furtivo el que impide al “caballero del cisne” alcanzar el Grial, sino el haber olvidado el objetivo principal (la conquista del Grial), eje y centro de la vida caballeresca en el ciclo artúrico. Esa curiosa reducción del honor a la cama es típica de la concepción de la familia burguesa, pero tiene muy poco que ver con la tradición guerrera.

5. Lealtad

La antigua saga nórdica prescribía: “La fidelidad es más fuerte que el fuego”. La lealtad es el cumplimiento de los compromisos adquiridos. Quien transgrede el valor de la lealtad se convierte, simplemente, en un traidor. La lealtad integra al guerrero en su comunidad combatiente y entre su pueblo. La traición lo aísla de unos y de otros. En este sentido, la lealtad tiene varias direcciones: para con uno mismo siendo fiel a la propia vía elegida. Para la ley de la casta a la que se pertenece. Para con los “iguales”, es decir los miembros de la casta y del mismo rango cuyos valores y responsabilidades se comparte. Para con la jerarquía de la casta, en función del lugar que se ocupa; y, finalmente, para con la comunidad de la que la casta guerrera es escudo y espada. Y, por lo mismo, se puede ser traidor a uno mismo incumpliendo los valores y responsabilidades que se han aceptado. Se puede ser traidor a los iguales rompiendo la solidaridad vincular que une a los propios camaradas. Se puede traicionar a la jerarquía, incumpliendo sus órdenes. Se puede, finalmente, traicionar a la comunidad dejándola indefensa. Y, decididamente, resulta difícil denunciar cuál de todas estas traiciones es más despreciable.

En las sociedades modernas, la lealtad es un valor difícil de encontrar. En cualquier actividad de la vida moderna es mucho más fácil encontrar gentes que traicionan a su empresa, ofreciendo el listado de clientes a quien ofrece unos cuantos euros más de remuneración, que encontrar leales colaboradores. Esta traición, frecuentemente, es bidireccional: no en vano, lo habitual es encontrar empresas que contraten trabajadores ligados por “contratos basura”, o que resuelven la mínima reducción de beneficios aumentando los despidos. El caos del mundo moderno es, en el fondo, una pérdida del sentido de la lealtad. Desde el amigo que traiciona la amistad sableando un dinero que jamás tiene intención de devolver, hasta el delincuente traicionando a su banda si ello le permite mejorar su posición ante un tribunal; el caos contemporáneo muestra sus consecuencias más extremas en la pérdida del sentido de la lealtad. Se suele decir que aquél que sabe mejor lo que es la lealtad es quien en algún momento de su vida ha sufrido una traición.

Es más, los medios de comunicación exaltan y provocan las deslealtades más despreciables: estamos hartos de ver en los llamados “programas del corazón” cómo amigos ponen en evidencia a amigos, ex-esposas a sus ex-esposos y viceversa, y cómo periodistas del “colorín”, a los que se les ha realizado alguna confidencia, lo airean a los cuatro vientos proclamando bien alto hasta qué punto desconocen lo que es la lealtad. Existe todo un periodismo –incluso “serio”- basado en la traición al secreto confiado. Probablemente, de todos los profesionales, los periodistas son aquellos sobre cuya conciencia pesa más esa falta de lealtad. El secreto confiado (el off-the-record) y luego traicionado es una constante en cierta prensa.

Si piensas en un valor, ya lo has traicionado. Los valores no se razonan, se viven. Es lícito plantearse discernir sobre qué actitud es la correcta para cumplir con un determinado valor. Lo que no es lícito es plantearse la validez de un valor concreto, o simplemente ignorar que existe un valor.

La lealtad entre los iguales se llama “fraternidad” o “compañerismo”. Etimológicamente, se es “compañero” de alguien cuando se ha comido pan con él, es decir, cuando uno y otro se han sentido en la misma mesa. Desde Esparta hasta nuestros cuarteles, el rancho se ha comido en comunidad; hacer “rancho aparte” es una frase despectiva dedicada a quien deja de ser considerado “compañero” y ha optado por otra vía, por individualismo, afán de lucro o promoción personal. Hacer “rancho aparte” es colocarse fuera de la fraternidad de los iguales. En la “fraternidad” forman todos aquellos leales que viven el mismo ideal. Esa actitud implica, necesariamente, vivir los siete principios que recomendaba el Buda, que además de ser fundador de un sistema metafísico, era también un exponente de la casta guerrera: una resolución pura, nobles medios de vida, nobles intenciones, nobles acciones, nobles pensamientos, nobles ideales, noble meditación. Quienes viven con la misma intensidad estos principios son miembros de la “fraternidad”. Si estos principios desaparecen, la “fraternidad” y la lealtad que en ella se vive, se convierte en “complicidad”. Los cómplices no son iguales en la nobleza, sino en la deshonestidad y el deshonor. Mentir, por ejemplo, para defender a un “compañero” no es admisible en la ética guerrera: ya en el ciclo del Grial se escribió que no existe otro valor más alto que la Verdad. Nadie puede situarse al margen de la verdad y, como todo valor verdadero, su referencia es metafísica. Los principios de la casta son las verdades de la casta; por eso, la verdad es una y el error múltiple.

El valor de la lealtad es, sin duda, uno de los más afectados por el caos en que ha caído el mundo moderno. Antes, en las sociedades tradicionales, los samuráis y los caballeros medievales, que luchaban por su honor y por los derechos del príncipe, no dudaban que debían lealtad a sus gobernantes legítimos, a los daimyos,  condes, duques y marqueses y, especialmente, al Emperador. Ahora bien, se consideraba que solamente había una lealtad superior a la del samurai: la que el daimyo debía a sus súbditos. En el juego de deberes y derechos presente en el entramado de las sociedades feudales, cuanto más alto se estaba en la escala jerárquica, mayores eran los deberes y compromisos. Nadie aludía a sus derechos si no estaba dispuesto a asumir los compromisos inherentes al rango. El Emperador y los distintos niveles de la nobleza disponían de derechos inconcebibles hoy, pero la segunda parte es que estaban obligados a compromisos que un político moderno jamás podría aceptar ni mucho menos asumir.

Y aquí radica el drama de los tiempos modernos: cuando se envía a nuestros soldados a Afganistán, ¿con qué derecho se hace? ¿Con el que da realizar un pago de haberes? ¿Con el que proporciona haber sido elegido por los pelos en una votación cada cuatro años y con un programa que no tiene nada que ver con la gestión realizada luego? ¿Pagar impuestos? ¿Puede considerar el ciudadano que el deber de lealtad hacia sus gobernantes, o hacia la comunidad, le obliga a ser leal en la declaración de IRPF cuando esos mismos gobernantes gestionan mal su dinero? O dicho con otras palabras: un gobierno imperito y catastrófico ¿tiene algún derecho a exigir lealtad a algún sector de la sociedad? Dejamos estas preguntas en suspenso, aun cuando todos sabemos perfectamente la respuesta. Si desde la cúspide del Estado se vive de espaldas a cualquier valor que no sea el marketing y los sondeos de opinión, ningún nivel del Estado está obligado a practicar la “lealtad” hacia las autoridades. Es entonces cuando aparece la necesidad, para los estados modernos, de exigir el compromiso del ciudadano mediante el recurso a la coacción. Allí donde el Estado y las autoridades pierden el derecho a exigir lealtad a sus súbditos, les queda la coacción para evitar el estallido de la sociedad. Nosotros estamos viviendo hoy ese momento histórico en el que la posibilidad de recibir un palo sustituye al afán de contribuir lealmente a las tareas del Estado.

La organización jerárquica de una sociedad tradicional exige que cada casta y cada nivel de responsabilidad de la casta, muestren justas intenciones, justos medios de vida, etcétera. Y, solamente así, la lealtad mutua y recíproca es un valor exigible a todos. El tejido feudal hubiera sido imposible de mantener si los nobles no se hubieran comprometido a defender hasta la muerte el derecho de sus feudatarios, a cambio de que estos aceptaran movilizarse cuando les fuera requerido y contribuir al mantenimiento del feudo con sus tributos.

Cuando el Estado, o cualquier jerarquía social, deja de ser merecedor de la lealtad de sus súbditos, sólo le queda el recurso a la coacción, de la misma forma que un mando cobarde y bilioso jamás puede mantener la lealtad y el empuje de sus hombres, si no es mediante el recurso a la disciplina –valor sí, pero situado por debajo del honor y de la lealtad- o al castigo. En agosto de 1914, Europa enloqueció con el estallido de la Primera Guerra Mundial. En los tres años siguientes, el frente se estancó en el Marne, a escasos kilómetros de París, y la zona se convirtió en el teatro de la “guerra de trincheras”. Varios millones de soldados murieron en operaciones insensatas, mal preparadas e irresponsables, organizadas por un Estado Mayor incompetente y ruin. En junio de 1917 el ejército francés se desplomó. Divisiones enteras se negaron a combatir. Los soldados salieron de sus trincheras al grito de “Abajo la guerra”. Afortunadamente para la causa aliada el ejército alemán no percibió esta rebelión, de la que Kubrick realizó uno extraordinario fresco en blanco y negro en su película “Senderos de Gloria” protagonizada por Kirk Douglas y el dibujante Tardí ha plasmado el dramatismo de aquella situación en una serie de cómics estremecedores. ¿Unos oficiales de Estado Mayor tienen el derecho de enviar a generaciones enteras a morir en el curso de operaciones mal planteadas? No hay que olvidar, por otra parte, que no estaban enviando a morir a “guerreros”, sino a soldaditos de leva, peones, campesinos, estudiantes, oficinistas, con tan sólo un mes de instrucción. Un combatiente de la guerra describía así la situación: “Lo sorprendente era la desproporción entre el sacrificio supremo que se nos exigía y la mediocridad de los ideales que debíamos defender”. ¿Lealtad? ¿Qué lealtad puede exigir el burócrata o el plutócrata que lo quiere todo a cambio de no tener una merma en sus beneficios?

6. Austeridad

El hablar lacónico de los espartanos. La renuncia de Godofredo de Bouillon a lucir la corona del Reino de Jerusalén allí en donde Cristo fue coronado de espinas. El lema templario: “Nada para nosotros, Señor”. La proclamación del samurái de la espada como su única posesión. El Emperador Juliano compartiendo la tienda de campaña con sus tropas. El uso del mismo uniforme distinguido sólo por las enseñas del rango, desde el último soldado hasta el general. Napoleón comiendo lo imprescindible para mantenerse sobre el caballo durante sus campañas. Las mismas armas modernas, desde el carro de combate hasta el avión a reacción, sin elementos decorativos, con todas sus partes esenciales e insustituibles, sin nada superfluo. Todos estos ejemplos son suficientes como para indicar la austeridad como una de las grandes virtudes militares. La vida militar en campaña se reduce a lo indispensable, a lo esencial, desprovisto de cualquier aditamento inútil. Un gran hedonista, un hombre que gusta vestir a la moda, un amante del lujo y de la comodidad no tiene lugar en la milicia.

La sobriedad es aquel valor que enseña a moderar los gustos y lima por completo los caprichos y los doma. Da a cada cosa su justo valor y juzga a cada cual según la actitud que tome ante lo esencial o ante lo superfluo, aprende a distinguir entre lo razonable y lo desmesurado. La arenga ha sido una de las muestras de la austeridad militar, generalmente incomprendida por aquellos que gustan de las palabras vanas, los elogios serviles o los argumentos tan complejos como inextricables. La arenga es la alocución dada antes de entrar en combate. Cuando se va a dar y recibir la muerte, las palabras sobran. Por eso las arengas son breves, austeras, sin florituras lingüísticas, esenciales. La arenga es una herencia del modo de hablar “lacónico”, propio de los habitantes de Laconia, Esparta. La orden militar es otra derivación. La orden debe ser escueta, rotunda, sin posibilidad de doble o triple interpretación, clara, diáfana. En medio de una batalla no se puede pensar si las palabras encierran un sentido oculto. La arenga y la orden son productos surgidos de un espíritu austero. Frente a la arenga está el discurso y la rueda de prensa. Allí el político procura, por todos los medios, hacer un discurso que satisfaga a todos, porque persigue el voto de todos. En la rueda de prensa, además, se trata de contornear la pregunta, evitar una respuesta clara y franca que permita extraer conclusiones susceptibles de excluir el apoyo de algunos grupos. Esta sociedad ha terminado por hacer de la sofisticación un valor absoluto: “Antes muerto que sencillo”, es el lema que mejor le cuadra. Antes ambigüedad que claridad, no vaya a ser que se nos vea el pelo…

Pero existe una línea divisoria entre la negación y la privación. Un guerrero khsatriya, el Gran Buda lo dijo con claridad meridiana: “si una cuerda se tensa mucho, termina rompiéndose, pero si no está tensa no suena”. Así pues, la vía justa, es el recto camino medio. Ni exceso de lujo, ni miseria abochornante. Ni sofisticación maximalista, ni minimalismo miserable. Simplemente, como decía la máxima clásica: “Nada de más”. No es que el guerrero huya de las comodidades, es que su vida no puede ligarse a ellas. Quizás sea por casualidad que todos los grandes conductores militares han madrugado. O que no se sabe de ninguno que haya sido un gran gourmet, ni que haya preferido una tortilla deconstruida a un asado sobre el fuego, o a vino con almendras, olivas, higo y queso, comida favorita de Marco Aurelio y habitual en las comandarías templarias.

Un ilustre decadente esteticista, Oscar Wilde, encarnó mientras vivió la actitud opuesta. El refinamiento y la sofisticación eran lo suyo. Y en esto era el mejor. Tenía “estilo”, o mejor dicho, su estilo se había adelantado a su tiempo. Llegó a escribir: “Dadme las cosas superfluas y podré prescindir de las necesarias”. Hoy, toda una civilización vive de lo superfluo e ignora lo necesario. Mirad las noticias que aparecen cada día y echad una ojeada a vuestro alrededor: entonces veréis el reino de lo superfluo. Ir a un cuartel, mirad un traje de campaña, escuchad una arenga, comprobad el tablero de mandos de un cazabombardero táctico, tocad un arma: si encontráis algo superfluo os podéis dar con un canto en los dientes. La austeridad y el culto a lo superfluo marcan la diferencia.

7. Disciplina

8. Generosidad

9. Deber

10. Estilo

11. Acometividad

12. Justicia

 

(c) Ernesto Milà Rodríguez - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - 14.06.06

 

El Estado de Derecho ha muerto. El Establo de los Borregos le ha sustituido

El Estado de Derecho ha muerto. El Establo de los Borregos le ha sustituido

Infokrisis.- Las líneas que siguen certifican lo inevitable: el Estado de Derecho ha desaparecido de nuestro ordenamiento jurídico. Queda una sombra fantasmal, pero dos años de gobierno de ZP han supuesto la quiebra de cualquier modelo de Estado y la implantación, en cambio, del Estable para Borregos, con su pesebre de paniaguados, basado en la aceptación sumisa de los estabulados. Pero "si el Estado de Derecho ha muerto", entonces "todo está permitido".

Un tiempo memorable: el de la constatación de la muerte del Estado de Derecho

Leer la prensa diaria, los informativos de radio y TV o las agencias de Internet, genera una sensación insoportable de impotencia ante el camino elegido por este país que conduce de manera directa e inevitable a la más absoluta ruina moral, ética, política y económica. Parece como si ZP parafraseara la frasecilla pronunciada por aquel ilustre cabronazo que fue Fernando VII cuando dijo aquello de “Marchemos todos y yo el primero por la senda del… desastre”.

No importa el día que sea, hoy por ejemplo: ha ocurrido un secuestro-express, una familia, generalmente trabajadora pero de la que consta que dispone de unos ahorrillos, nunca un banquero ni un potentado, sufre un secuestro-express. De paso le dan de hostias. Y no te resistas que si no viene la policía y se te lleva, aparece un juez y te juzga y luego un tribunal y te condena. Te quitan todo lo que tienes y te llevan a la cárcel para que el “Estado de derecho” pueda seguir siendo tal. Le pasó a un karateka catalán, amigo nuestro, de 125 kilos y 2 metros de altura. Tres retaquillos andinos le asaltaron en su hogar. El que le apuntaba recibió un tiro de su propia recortada, los otros dos recibieron más hostias que lentejas. Ahora un juez le pide dos años a nuestro amigo por “excederse en repeler una agresión y uso desproporcionado de la fuerza” y los maltrechos chorizos reivindican 200.000 euros en concepto de daños e indemnización civil, no se sabe si por los palos recibidos o por los 500 años de opresión española en Iberoamérica. Otro caso. Lo conocéis todos: un industrial recibe la visita de unos –mira por dónde- colombianos. En eso que el asaltado se hace con su propia pistola y mata a dos. Los otros dos dejaron de correr hace unos cuantos días después y fueron detenidos. En lugar de darle una medalla al mérito cívico, el industrial fue procesado y está bajo sospecha sin poder abandonar su ciudad, ni salir al extranjero. En la España de ZP todo esto se ha convertido en normal.

Pero, aquí no pasa nada. Rubalcaba está al frente de Interior, así que todos tranquilos. Si hoy asaltan a las 10:00 a.m. tu hogar y secuestran a tu hijo, no te preocupes: Rubalcaba conseguirá que en el telediario de las 15:00 p.m. se dé la noticia de la detención de una providencial banda de chorizos. Acción y reacción. La gente pide acción enérgica contra la delincuencia y Rubalcaba da lo que se pida. Y si la gente pide más, porque surge la duda de si los chorizos detenidos son unos pobres diablos que con una patada en la frontera habrían regresado a mendigar a su país de origen, entonces sí, entonces sale el ministro Teresa Fernández de la Vega dispuesto a recomendar a cada cual que, si quiere mayor seguridad, contrate seguridad privada. Naturalmente, luego se permite recordarnos que estamos en el mes de declarar a Hacienda y pagar. Es la España de ZP: “calla y paga” (para sumisos votantes sociatas) o “sufre mamón” (para los levantiscos y díscolos ciudadanos restantes). Decididamente, ZP ha instaurado un talante desconocido en la política española.

No es el único que trabaja en esa dirección. El hecho de que una mezcla de osezno y monstruito deforme con el cerebro acarajotado por la sífilis independentista, se permita despachar con un “¿que han agredido a Rajoy?... pues le ha salido barato”, sin que ningún juez tome cartas en el asunto en esta incitación al linchamiento y a la macarronería, indica a las claras que el Estado de Derecho es mera ficción, un recuerdo de otros tiempos que solamente es mantenido por los Rubalcaba, los ZP, los Joan Tardá y demás morralla grasosa y casposa, a efectos de poder seguir en el machito. Pero el Estado de Derecho ha desaparecido. El hecho de que unos cuantos policías detuvieran a los presuntos agresores de la agresión que nunca existió y Bono se presentara como si su vida hubiera corrido peligro, al tiempo que se dieran las siglas del partido al que pertenecía como paradigma de intolerancia y mal talante, es tan significativo como cuando en cualquier país bananero la policía entrega parte de la mordida al ministro del ramo. ¿Estado de Derecho? ¡Por favor, estado de indefensión como máximo!

Aparece una empresa que garantiza un interés anual, por encima de los ofrecidos por la banca y por los productos financieros del Estado. La garantía son sellos; si el banco de España garantiza el valor de la moneda mediante papel, ¿a ver por qué diablos un particular no va a poder hacer otro tanto con sellos? Si quieres recobrar la inversión, la empresa te garantiza la recompra de los sellos. Y van cumpliendo su compromiso durante 30 años, hasta que un día, un juececillo y una inspectora fiscal obsesionada con los sellos, decretan que es “una estafa piramidal” y, de la noche a la mañana, 400.000 pequeños inversores –los pequeños inversores siempre pierden- lo pierden todo, irremisiblemente. Sólo el Estado y la Banca ganan. La Banca, aquí y en los casinos siempre gana. Y aquí no pasa nada. Total, si a Ruiz Mateos se le expolió primero y el agujero generado a partir de la expoliación lo pagamos todos los españoles, aunque los beneficiarios del latrocinio fueran los amigos del poder, ¿por qué ZP no iba a poder realizar con su talante algo similar? El chico tiene aspiraciones…

Se detiene a un librero barcelonés por vender libros que, ni hacen daño a nadie ni aspiran a otra cosa que a dar un punto de vista histórico, tan disidente como admisible. Faltaría más que no se pudiera opinar sobre la Historia o que determinados territorios históricos estuvieran vedados a la investigación. Pero esos mismos mossos d’esquadra –ellos no, los muchachos que se han ido a enrolar en la policía de la Generalitat son buenos chicos, aunque no puede decirse lo mismo de la honestidad (ni siquiera de la estabilidad mental o de la integridad de sus neuronas) de sus dirigentes políticos- son incapaces de detener a las bandas de delincuentes –eufemísticamente llamados “grupos antiglobalización”- que impiden a Rajoy pasearse libremente por Catalunya, o a los miembros de Convivencia Cívica Catalana o de Ciudadanos de Catalunya o de la Plataforma per Catalunya, exponer libremente sus opiniones.

No hay que olvidar que el actual gobierno pasó de la pancarta a la actitud hostil y agresiva en el día de reflexión, el 13-M de 2004, y que aún queda en ellos mucho de hostil y agresivo a pesar de esa falsa moderación y afectación sobreactuada utilizada tan a menudo por ZP al dirigirse a su parroquia. El Ayuntamiento de Barcelona ha visto en demasiadas ocasiones cómo esas bandas “antiglobalización”, a las que ha dado tanta cancha y protegido, han destrozado mobiliario urbano y apedreado empresas privadas. De tanto en tanto, surge alguna voz en el consistorio que recuerda que Gracia y Sans son los barrios con más densidad “okupa” de Europa, pero -eso sí- a los colgaos “ni tocarlos”. Luego resulta que aparecen anarquistas italianos en Barcelona, por aquello de que en la Ciudad donde Maragall toma copas y Clos toma por lugares menos dignos, romper mobiliario urbano sale barato. El Estado de Derecho ha dejado de existir en Catalunya y ni un mosso d’esquadra se atreverá a detener a uno de estos niños díscolos antiglobatas, no sea que pueda tener un disgusto.

Y ya que hablamos del 13-M. Los abogados de oficio de los acusados de haber participado en los atentados del 11-M han expuesto, en una carta colectiva, que sus defendidos están en situación de completa indefensión, justo el día siguiente en que ¿200.000? ¿750.000? ¿1.000.000? (qué más da, muchos), gritaban “11-M, queremos la verdad”. Mientras que la fiscalía tiene todo el apoyo del fiscal general del Establo y cuenta con todos los “posibles” económicos para asegurar la investigación, los abogados de la defensa –la mayoría de oficio- cuentan con un exiguo presupuesto de 350 euros y 9 euros adicionales por cada 1000 fotocopias que deban realizar para la misma tarea. Lo habíamos dicho desde el principio: los detenidos por el 11-M que no murieron en Leganés son, literalmente, unos pringaos, unos mataos, sin medios económicos siquiera para asegurar su defensa. Ya los eligieron bien. Y menos mal, porque a algunos de los detenidos en anteriores procesos –a la mal llamada “célula española” de Al-Qaeda- que sí disponen de medios, nadie sabe cómo, pero resulta que sus abogados fueron notorios colaboradores de la policía. Pero volvamos a los abogados de oficio de los detenidos por el 11-M. El ministro de sangre y morfología guanche ha explicado, con una seriedad pasmosa, que espera que estos abogados estén a la altura de lo que se espera del turno de oficio. En otras palabras, que espera que los detenidos sean declarados culpables, aunque luego el Tribunal Supremo reduzca las sentencias, absuelva a muchos y, dado que al salir de prisión seguirán sin tener oficio ni beneficio, no se permitan realizar ninguna reclamación contra el Estado. De ahí que no podamos llamar al Estado Español, “Estado de Derecho”, sino como máximo “Establo de Derecho”, refugio de todas las iniquidades y de las peores inmundicias.

Si la delincuencia ha entendido pronto que robar en España sale barato, si la inmigración ilegal ha comprendido perfectamente que España es el coladero de Europa, nuestra clase política ha sabido que mentir sale barato. Ahí tenemos a ZP en el último debate sobre el Estado de la Nación, afirmando que “la presión migratoria ha descendido”, o esta otra lindeza: “hay menos inmigrantes que antes”, o aquella que tampoco es manca: “los delitos van descendiendo”… Y lo bueno es que ninguna instancia judicial se preocupa de medir el nivel de falseamiento de la verdad de la clase política y, por tanto, de enseñar por vía judicial que mentir resulta caro. No podía ser de otra manera. Un Estado democrático estabilizado en su momento sobre la mentira de que el “Rey fue el motor del cambio” y de que “el Rey logró impedir la victoria de los golpistas el 23-F”, es un estado asentado sobre la mentira hecha cotidianeidad y el tópico elevado al rango de ley fundamental y dogma inamovible. ¿Estado? No, hombre, no. Establo, como máximo.

Cualquier cosa menos democracia; plutocracia, pastoreo quizás…

Se tiene la inercia de llamar a un Estado que permite la existencia de partidos, “democracia”. Es una pobre visión de la democracia. También en Guinea Ecuatorial hay partidos e incluso Obiang no se come vivos a la mayoría de líderes opositores. Pero una democracia, al menos para nosotros educados en los valores de la cultura clásica, es algo más. Mucho más, de hecho. Es el respeto a las distintas opiniones y es la fidelidad con que los funcionarios públicos administran el patrimonio del Estado. Es poder expresar libremente las opiniones en lugar de ser condicionado por impulsos subliminales sabiamente administrados por los rubalcabas de turno. Es algo más que acallar una protesta suscitada por la mañana con una noticia tranquilizadora difundida en la tarde. Y, desde luego, es mucho más que unas cámaras legislativas que podrían reducirse solamente a encuentros entre los líderes de los grupos parlamentarios. Porque en la democracia española, los diputados votan lo que vota su jefe de filas… entonces, ¿para qué están? Los diputados socialistas extremeños y andaluces votaron SI al estatuto catalán, verdadero latrocinio contra Extremadura y Andalucía. Los diputados socialistas fueron unánimes al aplaudir a ZP cuando falseó de manera flagrante las cifras de delincuencia y de inmigración. Volverán a sus circunscripciones y el electorado les volverá a votar, cuando merecerían solamente ser corridos a gorrazos. Si tuviéramos que definir la naturaleza metafísica de nuestros diputados, podríamos decir que “carecen del principio de razón suficiente”. O, dicho de otra manera, que son tan inútiles como un almirante de marina en Suiza.

Cada pueblo tiene el gobierno que merece. Esta España peripatética, oasis de las mafias, de Estado centrifugado y cuya sociedad civil se ha volatilizado, acepta cualquier cosa, bovina y sumisamente. Tenemos el gobierno que el “pueblo” ha elegido. Casi diríamos que tenemos el gobierno que nos merecemos. Bajo las mentiras de la SER, bajo la coacción de las bombas del 11-M, bajo el engaño de una versión oficial de origen desconocido, aun a sabiendas de que la clase política socialista no daba la talla más que en el capítulo de ambiciones… pero es el gobierno elegido por el “pueblo”. Y así nos va.

¿La inflación? Galopante, un 4,2% en los últimos doce meses. ¿El paro?: bien gracias, aumentando y otra vez en torno a los dos millones declarados. ¿La vivienda?: mejor incluso, un 12% de subida en el último año, que se acumula al 15% de subida el año anterior, cuando los salarios suben un 3’5%. ¿Quiere ganar dinero? No trabaje, especule; el pelotazo felipista es hoy, en el Establo de ZP, la única forma de vivir dignamente. ¿La delincuencia? : pague seguridad privada y calle. ¿La educación?: pero ¿qué quiere? ¿Que le enseñemos algo al niño?, hágalo usted o pague un colegio, el Establo bastante tiene con almacenarle a la criatura para evitar que esté a la intemperie. ¿Los Estatutos de las Autonosuyas? : Como la centrifugadora de la secadora, cuando salgan de ahí todo el país estará seco como una oblea y descuajaringado. ¿La seguridad ciudadana? : será fascista, no merece ni que se le responda. Por cierto, ahora quitamos la última estatua de Franco del último lugar de la Península. Y mañana lo declaramos día mundial antifranquista. Para que se queje... ¡Cómo! ¿Que quiere saber la verdad sobre los atentados del 11-M? : Desde luego usted no ha aceptado la victoria socialista. ¿Inmigración? : vamos mejorando, ahora llegan en cayucos, lo de las pateras ya es cosa del pasado, caben más y además son embarcaciones más maniobreras; de todas formas vamos a encomendar a la Marina que los recoja; así, de paso, les conducimos a la Península más rápidamente. Y si se empeña en decir que son 5.300.000 inmigrantes, en lugar de los 3.800.000 oficiales, sepa que puede ser acusado de xenófobo y racista. ¿El “proceso de paz”? : es una “apuesta”. Hoy se hace con ETA, mañana podremos reiterarlo con cualquier banda de sicarios colombianos o de mafiosos rumanos; todo es empezar. ¿Y las víctimas? : Si es que no colaboran, provocan y todo el rato exhibiendo su dolor en público; lo mejor que podrían hacer es negociar su dolor, el Establo hasta estaría dispuesto a darles una ayudita razonable. Si usted ha sido despedido o su empresa ha cerrado, si su hijo o usted mismo tiene un contrato basura y una hipoteca disparada, puede dar gracias al cielo. Es usted un privilegiado, no lo dude. Si no, mire la gente que duerme en cajas de cartón. Así que no se queje. El que las hipotecas suban de cuarto en cuarto de punto y la gasolina de cinco en cinco céntimos, es un mal menor; se hace así para que usted ni lo note; nos lo tiene que agradecer. ¿Verdad que tiene coche, piso propio y contrato temporal? Pues ya ha realizado el “sueño español”. Si es que usted lo quiere todo. Por cierto, tenga aquí una propaganda electoral que va a haber elecciones y se me va a despistar.

Y el elector va y vota. Decididamente no sé qué es más repugnante, si el cinismo de que hace gala el Establo o la actitud bovina del “pueblo” siempre dispuesto a entregar su voto a quien prometa esquilarle más y mejor. Este gobierno de miserables, ambiciosos, ineptos e incapaces, es el gobierno que le viene al pelo a un “pueblo” de borregos que aceptan con fidelidad lanuda el ladrido del perro pastor más piojoso.

Nuestro pueblo parece aceptar el suicidio al que su clase política le ha arrojado: suicidio ante el encarecimiento de la vivienda, las dificultades para formar una familia, el régimen fiscal, las desigualdades de renta, las limitaciones para encontrar un empleo y para obtener un salario digno, el embrutecimiento intelectual de los medios, la telebasura insertada hasta nuestra última neurona y con la Campanario trajinándose a la Seguridad Social, la Chipionera que nos abandona y con las “Ketchup” penúltimas en Eurovisión, nuestra vida ha pasado a ser mera supervivencia, agravada en los días que vendrán por el previsible hundimiento de la selección española ¿en los 16º de final? ¿En los 8º de final? La vida, entonces, carecerá de sentido y de viabilidad, al menos la Vida con mayúsculas, en la que somos conscientes de nosotros mismos. Quedará, eso sí, la vida adocenada que el Establo ofrece a sus borregos, tiernos, lanudos y sumisos, hecha de telebasura, verdadero pienso alimentario para ciudadanos degradados en su dignidad y en su integridad. Pero, eso si, tenemos una ley del mono que para sí la quisieran los más avanzados de esta parte de la Galaxia.

“Si Dios ha muerto, todo está permitido”

Hemos entrado en una nueva fase histórica. La muerte de Dios teorizada por el viejo filósofo bigotudo de Engadine ha quedado atrás. De hecho, muchos afirman haber visto a Dios en los últimos tiempos, muchos más a la Virgen, e incluso alguno afirma que ha encontrado la partida de matrimonio del Hijo de Dios con la Magdalena; así que mire usted como está todo ese rollo de la muerte de Dios. El verdadero hecho histórico del tiempo nuevo es mucho más grave. El Estado de Derecho ha muerto. El ciudadano está indefenso ante un “estado” (el Establo) rapaz y expoliador. Antes se tenía cierta constancia de que los impuestos servían para algo. Ahora se tiene la seguridad de que esos mismos impuestos reforzados sirven sólo para el mantenimiento de los “experimentos” de la clase política y para su enriquecimiento. Es lo que tiene la plutocracia: “tú poner el dinero, yo enriquecerme y tu no quejarte que bastante tienes con votar, peazo comemierda…”

Hoy se tiene la seguridad de que la clase política en todos sus niveles ROBA. No hay ni un solo ciudadano honrado y consciente, lector de la prensa diaria y que no sea un fanático con el cerebro obturado por los colores de tal o cual partido, que dude de que tanto en el nivel municipal como en el del Establo, quien se dedica a la política es, no precisamente por convicciones, sino por ambiciones. Y es usted y soy yo quienes estamos obligados a aportar con nuestros impuestos la financiación de tal esperpento.

Pues bien: “No en mi nombre”, “No con mis impuestos”, “No con mi vida”. “No con mi sudor”, “No con mis esperanzas”.

Si el Establo de Derecho ha muerto, el Estado carece de sentido en su actual configuración. Es solamente una molestia para el ciudadano honrado y una ventaja para el delincuente. Por eso la vida se hace cada vez más irrespirable en España.

¿Es posible hacer algo? Si. Parafrasear a Nietzsche y a Dostoievksy: “Si el Estado ha muerto, todo está permitido”.

Me reservo el derecho se repeler cualquier agresión contra quien pretenda violar mi hogar y atentar contra mi familia. Y soy claro: una licencia de caza cuesta poco, y es más barata una “pajillera” de siete cartuchos que un televisor de plasma. Por lo demás, los televisores de plasma irán bajando de precio, se lo digo por su bien, oiga. Si el estado no es capaz de garantizar la integridad de mi familia ni la de mi propiedad, yo no soy capaz de garantizar la integridad de quienes atenten contra ella. Y, por cierto, mejor será que los ciudadanos honrados vayamos movilizándonos para tener una ley que garantice el derecho a la legítima defensa. Y mientras no exista, vamos a ver qué juez se atreve a condenar a un ciudadano que haya tenido los redaños para repeler por si mismo a un asalto de miserables.

Si los cuerpos de seguridad del Estado ya no pueden garantizar la seguridad de mi ciudad porque garantizan más la seguridad de los mil y un niveles de administración del Estado, yo reclamo el derecho a organizarme con otros ciudadanos honrados de mi entorno y constituir milicias ciudadanas voluntarias para garantizar la seguridad de los barrios y la expulsión y el castigo de los delincuentes.

Si el Estado se permite modificar las cláusulas del contrato firmado conmigo en materia de Seguridad Social y es capaz de sorprenderme con dos años mas de cotización y menores cuantías de jubilación, y al mismo tiempo es capaz de financiar las operaciones de rellenado de silicona y corte de pito a los travestorros, lo lamento, pero yo a eso no quiero jugar. Un Establo que se escuda en que “patronal” y “sindicatos” se han “puesto de acuerdo” en recortar las prestaciones, no habla el lenguaje que yo quiero oír: esos sindicatos ya han dejado de representar a la gran masa de los trabajadores para representarse solo a sí mismos. “SUS sindicatos, no son MIS sindicatos”, sus acuerdos les comprometen solo a ellos y a sus afiliados, no a mi.

Prefiero hacer como la inmigración: ni cotizar a la SS, ni aportar un euro a este “mágnum latritimium” en que se ha convertido el “Pacto por las Pensiones”. Total, cuando me toque percibir la pensión de jubilación percibiré la mínima, como cualquier inmigrante recién llegado. Si la SS se tiene que hundir, que se hunda cuanto antes; cualquier cosa antes que persistir en la demagogia zapaterista. ¿La “sopa boba” del inmigrante, legal o ilegal? Muy bien, pero “No con mi dinero”.

¿Qué estoy proponiendo? Hay un camino, el único posible para superar la crisis en la que estamos embarcados. Llevar las cosas al límite. Cuando no existen garantías jurídicas (terroristas asesinos cuya libertad se cambalachea, ciudadanos juzgados por defender a sus familias, inmigrantes con carta blanca para proseguir sus exacciones en nuestro país hasta el infinito, malas inversiones de los fondos públicos, sueldos astronómicos y prerrogativas entre los niveles altos de la administración y salarios de miseria para el resto, un atentado como el del 11-M del que el Estado boicotea la investigación, modificaciones unilaterales de los contratos firmados por el ciudadano con el Estado), cuando el aumento de la presión fiscal contrasta con la banalidad y falta de rigor con que se emplean los dineros públicos, cuando resulta evidente que nuestros dirigentes nos conducen con paso firme y tranquilo hacia el precipicio, resulta evidente la legitimidad que asiste a quien dice: “No en mi nombre, no con mi dinero”. Prefiero caer en la posibilidad de una ilegalidad que la posibilidad de que sigan riendo de mí.

Vale la pena denunciar la Constitución como un documento ambicioso y esperanzador en su momento, que hoy es papel mojado. Ni nuestra democracia representa nada más que los intereses de la clase política ambiciosa y sin escrúpulos y de los “amos del dinero”, ni nadie ha tenido la más mínima intención de que aquella noble declaración de principios, se llevara a la práctica. Por lo tanto, sí, muy bonita aquella Constitución, pero, entre que ZP quiere regresar a 1939 y demostrar que los republicanos, a fin de cuentas, ganaron la guerra y, por tanto, el consenso constitucional de 1979 fue impuesto por los “poderes fácticos” no democráticos; y que el Estado surgido de aquel documento, se ha ido degradando hasta alcanzar la naturaleza pestilente y pestífera del Establo, mejor ser realistas y olvidarnos de ella. Cuando los cadáveres empiezan a oler, o se entierran, o ese olor termina clavándose en lo más profundo del cerebro. Se lo dice alguien que, desafortunadamente, ha percibido e agudo olor de la muerte.

No hay mal que por bien no venga. ZP, el bobo ilustre, el bambi con la mirada puesta en el abuelito y en sus hijitas bienamadas, en la paz y en el diálogo de civilizaciones, no es una fatalidad de la historia. ZP es el cretino que va a permitir intuir, antes que cualquier otro, la verdadera naturaleza de la crisis del Estado, de la naturaleza degradada de la democracia española convertida en plutocracia, y que, tras situarnos ante el abismo, va a ser el primero en dar el paso al frente. No es que ZP sea el causante de esta crisis global, es que es el acelerador de la misma.

Esta aceleración es el único elemento que permite ser optimista: cuanto antes se toque fondo mejor. Cuanto antes espabile la sociedad española, antes será capaz de ponerse en pie de nuevo. Cuanto antes recupere la voluntad de sobrevivir, más sólida será la forja de una nueva clase política que, digna de tal nombre, se decida a restaurar la dignidad y la credibilidad del Estado. O, lo que es lo mismo, a limpiar los palos del gallinero del Establo y construir un Estado capaz de suscitar la confianza del ciudadano y su compromiso: que el Estado vuelva a ser “cosa nuestra”, en lugar de coto cerrado de la clase política y de sus amiguitos del alma.

Muchas cosas han de pasar hasta entonces, pero por algo se empieza. Y se empieza tomando conciencia de que el Estado de Derecho ha muerto y el Establo para Bovinos actual no es más que un “estado de facto” apoyado en la demagogia y en un entramado mediático capaz de adormecer conciencias. Aplicar las consignas “No en mi nombre”, “No con mi dinero” a todos los ámbitos de la vida, procurar que las exacciones a las que el Estado nos somete, sean recuperadas por el ciudadano.

Y, sobre todo, prepararse para afrontar el hundimiento del Establo en los años que vendrán. Porque, colegas, esto se hunde… y va a hacer falta la fortaleza de un Hércules para superar la situación que se producirá en cuanto los fedatarios mediáticos constaten que, por no haber, ni hay Estado de Derecho, ni dentro de poco habrá Establo para Bovinos.

Se aproxima la hora de los fuertes, la hora de los que han permanecido en pie cuando el Estado periclitaba primero y desaparecía después. Espero que esta sea su hora y la mía y, créame, no me importa mucho si es usted de izquierdas o derechas, tan sólo espero que su instinto y su inteligencia le sugieran lo mismo que a mí: que la quiebra del Estado de Derecho nos exime de cualquier vínculo con él y que el próximo hundimiento del Establo para Bovinos va a exigir de todos nosotros un esfuerzo.

© Ernesto Milà Rodríguez – infokrisis@yahoo.es – 13.06.06

 

 

Casta guerrera y Sociedad (II de IV) Los valores guerreros: Sacrificio, Empuje, Valor

Casta guerrera y Sociedad (II de IV) Los valores guerreros: Sacrificio, Empuje, Valor

Infokrisis.- Retomamos esta serie de cuatro entregas sobre los valores guerreros. En esta segunda parte, aludimos a los tres primeros: capacidad de sacrificio, empuje y liderazgo y valor. Creemos que se trata de tres valores de los que dependen todos los demás y el hecho de que hayan estado presentes en los mejores momentos de la Tradición Guerrera, es suficientemente elocuente de su solidez y esencialidad.

Los valores de casta guerrera

Sabemos ya lo que es una casta y sabemos también que una de las castas es la guerrera, que constituye el sujeto de esta obra. Valdrá la pena, ahora, definir lo que podemos llamar “valores de casta”, los valores del guerrero. Muchos tratados guerreros los han descrito, pero es difícil encontrarlos reunidos en un solo texto. De hecho, surgieron progresivamente. Es fácil suponer que el primer valor no enunciado que apareció y que contribuyó a conformar la naturaleza de la casta guerrera fue el espíritu de sacrificio y, a partir de éste, se fueron perfilando todos los demás. Algunos de estos valores no eran específicos de la casta guerrera. De hecho, toda la sociedad, para ser viable, debía conocer algún tipo de lealtad y honor; puede suceder que cada casta conciba el mismo valor en términos e intensidades diferentes; el “deber” es concebido de manera diferente por el sacerdote, para el que la oración y la contemplación son los cometidos fundamentales de su vida, que por el burgués cuyo deber es el trabajo. Otro tanto podría decirse de la generosidad, impulso necesario en todas las castas pero concretado en distintas “especies”.

Sea como fuere, la casta guerrera evidencia unos rasgos específicos propios, idénticos en todas las épocas y en todas las latitudes. Vamos a pasar una breve revista a estos valores, porque estuvieron presentes en el paso de las Termópilas, en el cerco de Alesia, en Poitiers y Agincourt, en las Navas de Tolosa y Lepanto, en Crecy y Sedan, Austerlitz y Chatanooga o en el frente de Verdún y en la caída de Berlín en 1945.

Vale la pena decir que sin esos valores la casta guerrera jamás hubiera podido configurarse como tal. Son los valores los que modelan y, a fin de cuentas constituyen, los valores de la casta. Schuon decía que la raza es la “materia” y la casta el “espíritu”, pero había olvidado decir que estos valores conforman el “alma” de la casta guerrera. Sin ellos, la casta se convierte en horda, la horda es incapaz de salir de su barbarismo y el barbarismo es capaz de cualquier masacre. Hoy, en determinados aspectos de la guerra moderna, ese barbarismo está presente. Cuando cada mañana leemos que una unidad de marines ha masacrado a civiles en un pueblo de Oriente, estamos hablando de barbarismo. Y cuando leemos que la insurgencia ha colocado media docena de coches bombas causando la muerte de un centenar de civiles, es el peor barbarismo el que sale a la superficie. La lucha de los palestinos en defensa del territorio de sus ancestros usurpado puede parecer justa, pero pierde cualquier legitimidad cuando pasa a arrojar a niños-bomba en el interior de autobuses o mercados judíos. Hoy, el barbarismo ha ocupado un espacio excesivamente amplio en la guerra moderna; acaso porque la guerra ha dejado de ser cosa de militares. Las guerras modernas son cosa de políticos y magnates de la industria. En el fondo, el “político” corresponde al antiguo sacerdote del que hablaran Sócrates y Platón como dirigentes ideales de la comunidad. Al renunciar al propio patrimonio, a su familia y a su descendencia, el sacerdote, necesariamente, debía de hacer de la austeridad el eje de su vida. Si el “sacerdote político” disponía de “todo” el poder en sus manos, le correspondía así mismo, una renuncia “total” a los frutos del poder. Y el magnate de la industria y del comercio de hoy ha surgido del “burgués” de ayer, de la “función productiva”. Si los gremios en los que cristalizó esta casta enseñaron a sus afiliados durante siglos la importancia del trabajo y de la vida honesta, el áurea mediocritas; la acumulación de capital producida por los comerciantes, primero, y por los especuladores y agiotistas después, hicieron saltar cualquier barrera. La política se convirtió en el coto de caza de los ambiciosos y la democracia pasó a ser un bonito receptáculo de nobles principios e ideas tranquilizadoras, en cuyo marco puede decirse “todo” aunque no sirva para “nada”. La democracia pasó a ser plutocracia, el poder del dinero. El guerrero –devenido “soldado”-, a partir de la formación del Imperio Británico se configuró como la punta de lanza de las compañías comerciales, particularmente de la Compañía de Indias en este caso. Si antes el guerrero combatía por el nombre y la razón del príncipe o de su señor feudal, si antes combatía por los dioses o por la grandeza de un imperio concebido como reflejo del orden divino en el mundo humano, a partir del siglo XIX el soldado se pondrá a las órdenes del mercader y de su clase política domesticada: el político.

Este marco es bastante desolador pero, afortunadamente, hay una esperanza en la tiniebla más oscura. Al menos, en las Escuelas Militares siguen enseñándose los mismos valores que dieron inspiración a la falange hoplítica espartana, a las legiones imperiales de Roma, a las órdenes ascético-militares y a la caballería del Medioevo; a los cuerpos de élite: desde los Tercios de Flandes a la Legión, desde los mosqueteros hasta los marines. Fijémonos en lo realmente excepcional de que en los institutos de formación aún existan hoy, además de una formación práctica y técnica, la inyección de “valores”. Quienes salen de estas escuelas mantienen, como mínimo, la misma chispa que todas las generaciones de la milicia que les han precedido. Estos valores pueden seguir siendo potenciales o plasmarse en la realidad. Ya es algo, cuando la inmensa mayoría de las jóvenes generaciones ha dejado de entender la importancia y el significado de los valores no meramente utilitarios.

Estos son los valores de la casta guerrera. Si se reconoce en ellos, usted ya sabe lo que late en las profundidades de su personalidad. Puede ocurrir que usted sea, en realidad, un miembro de la milicia, aunque sus ropas y hábitos de vida sean los de un burgués.

1. Sacrificio

Estar dispuesto a darlo todo a cambio de nada. Realizar un sacrificio supremo que redunde en beneficio de la comunidad. Seguramente éste fue el primer valor que decantó a unos seres respecto a otros, conformando el origen y el arranque de la casta guerrera. A un lado los que tenían fortaleza, energía, decisión y fuerza suficiente como para asumir la defensa del resto de la comunidad. Al otro los que tenían otros valores, pero no estaban en condiciones de asumir aquella competencia, por condicionamientos fisiológicos (la mujer está más adaptada para unas funciones, la maternidad, pero menos para otras que impliquen el uso de la fuerza), o por predisposición personal (el valor o la acometividad están desigualmente repartidos), o criterios de utilidad social que poco a poco fueron imponiéndose (el carácter contemplativo y la función productiva eran igualmente necesarios para el mantenimiento de la comunidad; además de la defensa de la misma: era preciso observar la naturaleza y extraer conclusiones prácticas y también fabricar objetos; la comunidad no podía arriesgarse a que quienes realizaban estas funciones perecieran en los combates por la supervivencia). Todo esto generó una temprana y primitiva división de funciones.

Desde entonces este valor ha seguido presente en la vida militar. Leónidas hubiera podido sobrevivir quizás a la ofensiva persa, retirándose simplemente. Leónidas y sus 300 hoplitas quizás hubieran sobrevivido, Grecia, en cambio, no. Cuando se asume la capacidad de sacrificio se entiende que no tiene límite. En la milicia llega hasta el final. No se trata solamente de “machacarse” durante una hora al día en el gimnasio o en el campo de entrenamiento. Ni siquiera de estar dispuesto a una jornada de ocho horas de trabajo. Se trata de asumir como normal el hecho de que, cuando una comunidad precisa de la milicia, ésta debe estar dispuesta a algo tan terrible como dar y recibir la muerte. No hay término medio. Que no entre en la milicia aquel que no esté dispuesto a morir por su comunidad. Cuando a la puerta de los cuarteles se lee el lema de “Todo por la Patria”, no estamos ante una frase retórica, ampulosa y grandilocuente; estamos ante un patrón de comportamiento que se ha seguido demasiadas veces en la Historia como para dudar de su realidad.

Ciertamente, el entrenamiento a que se han visto sometidos los guerreros ha contribuido a reforzar esta predisposición al sacrificio. Se ha reforzado, educado y canalizado. No es que el guerrero tenga la “obligación” de morir. De hecho, se trata de todo lo contrario: de estar dispuesto a vivir, pero no atribuyendo un carácter supremo a la vida por encima de cualquier otro valor. Quien ha visto de cerca la muerte en los campos de batalla, sabe mejor que nadie apreciar la vida. La vida es un bien precioso como para arriesgarlo… inútilmente. El instinto de supervivencia, además, contribuye a evitar riesgos inútiles y a ser consciente de cuándo vale la pena morir y cuando es un gesto innecesario. Es el tan repetido ejemplo de Leónidas: si él y sus 300 espartanos murieron, fue para retrasar unos días el avance persa y permitir la movilización de las ciudades griegas. Si Horacio Coqles hizo frente a los bárbaros defendiendo un puente, era porque eso permitió a sus camaradas destruir la vía de acceso a la ciudad y cerrar sus puertas. Si un kamikaze se lanzaba contra la cubierta de un portaviones americano, lo que estaba en juego era contener la potencia militar enemiga, y ese gesto suponía un mazazo para la velocidad con que los aliados pretendían concluir la Guerra en el Pacífico. ¿Para qué sirve, en cambio, un tipo que se arroja por un puente agarrado a una soga elástica y termina aplastándose contra el suelo a causa de cualquier error? No. Decididamente, hay muertes inútiles. La vida, en cualquier caso, no es un valor absoluto: es lo que tenemos, pero la supervivencia de la comunidad es algo que está por encima de la de cada uno de sus miembros. El guerrero es el que no duda en arriesgar todo su patrimonio –cuando se pierde la vida se pierde todo- si ese sacrificio tiene alguna utilidad para alcanzar el objetivo propuesto: la defensa de los suyos.

2. Empuje

No lo olvidemos. El guerrero, en gran medida, nace. Sólo en menor medida un entrenamiento adecuado consigue acentuar sus cualidades, de alguna manera innatas. El pulido de las caras de un diamante lo mejora para desempeñar su función suntuaria, pero es preciso que la piedra haya llegado al pulido con una estructura cristalográfica diamantina. Sería inútil pulir un trozo de carbón, y mucho más intentar otro tanto con un líquido por noble que sea. Hay algo en los guerreros que está implícito desde la infancia y que indica que “han nacido” para la milicia.

Las cualidades físicas son importantes, incluso en este mundo que evita hablar de ellas para no ofender a quien no las posee. Es un tributo a lo “políticamente correcto”, aunque luego, por otro lado, se exalte al deportista triunfador (aunque sea a costa de dopajes de todo tipo), se practique un culto al cuerpo (mediante el “machaqueo” en el gimnasio –lo cual es aceptable- unido a buenas dosis de anabolizantes, o asaeteamiento de botox, o recubriendo el cuerpo de implantas de silicona –lo cual es síntoma de una civilización en decadencia-) y se estimule la anorexia como belleza quintaesenciada y patológica… Pero no se le ocurra aludir a “medidas eugenésicas” so pena de atraer hacia usted las peores injurias. Como si la mejora genética de un pueblo fuera algo de lo que avergonzarse. El que ha conocido el combate y la vida militar sabe lo importante que son las cualidades físicas para sobrevivir y dar la talla. Los legionarios de Augusto eran capaces de andar cuarenta kilómetros al día durante meses y, antes que ellos, sus enemigos cartagineses fueron capaces de saltar de Gibraltar a las puertas de Roma, pasando por los Pirineos y luego los Alpes, a pie. Atila empezó a despreciar a los romanos desde el momento en que vio cómo sudaban y rezongaban en las formaciones cerradas. Habían perdido el empuje y la fuerza de los mejores momentos de la historia militar de Roma.

No es raro que se exija una condición física determinada para ingresar en la milicia y que una parte del entrenamiento militar tienda a fortalecer la fuerza y el vigor del guerrero. Y, ya que estamos en éste, valdrá la pena realizar un “aparte”. Es bueno que la mujer se integre en cualquier actividad, pero mucho menos bueno es que se desconozca, puesto que de milicia estamos hablando, su menor masa muscular y su menor fuerza física. Y mucho peor todavía es que, por un canto a lo políticamente correcto, existan hoy en nuestro país dos tipos de pruebas físicas y de marcas para hombres y para mujeres que aspiren a ingresar en filas. En combate no se nota la diferenciación sexual. Se nota el que es capaz de correr a la descubierta contra el enemigo y quien se queda atrás. Se nota quién es capaz de retirar sobre sus hombros a un camarada herido, y quien no posee la fuerza suficiente para hacerlo. El entrenamiento no basta para igualar masas musculares ni potencia física. No es que sea ilusorio pretender otra cosa, es que es peligroso engañarse.

Por otra parte, el empuje no es algo solamente físico. El guerrero digno de tal nombre sabe transmitir confianza y conducir a los que dependen de él para que le sigan sin vacilar. O bien, sabe avanzar con sus iguales sin pestañear. El empuje (en esta acepción es equiparable con la capacidad de mando) es el magnetismo del oficial que consigue hacer llegar a sus hombres allí donde otros hace tiempo que se han detenido. Este factor es muy importante y se podría decir que tras él se esconde un gran misterio, casi de naturaleza mística. He visto oficiales que desprendían una aureola de seguridad y todos sus subordinados los consideraban merecedores de ser seguidos hasta las puertas del mismísimo infierno, si era preciso. He visto oficiales que extraían de sus soldados un rendimiento superior a cualquier otro. La historia multiplica sus ejemplos: Alejandro Magno estaba aquejado de enfermedades y complejos, como Julio César; sin embargo Alejandro logró llevar a sus hombres hasta las puertas de la India, y César lloró cuando cumplió los 30 años sin haber alcanzado la gloria de Alejandro. Pero a él le esperaba también un destino venturoso conduciendo a sus legionarios a la conquista de las Galias y mostrando en el cerco de Alesia la altura de su genio militar, superior al de Alejandro. En cuanto a la Vieja Guardia, era capaz de refunfuñar –no en vano se les conocía como “los gruñones”- sobre las aventuras sin fin en que su emperador, Napoleón Bonaparte, los embarcaba; pero nunca dudaron en seguirlo hasta el “dernier carré” de Waterloo. Se podrá decir de Hitler y Stalin que fueron asesinos e infames; jamás se podrá negar que ambos supieron excitar hasta extremos inhumanos la resistencia y el empuje de sus tropas. Stalin con 20 millones de bajas a sus espaldas. Y Hitler, con toda Alemania pulverizada por las bombas, infundió empuje a los últimos batallones de la Volkstrum, las SS o las Hitler Jugend, hasta el mismo día de su muerte. En cierta ocasión conocí a un oficial que había combatido en la Primera Guerra Mundial. Tenía todas las condecoraciones alemanas al valor; más tarde, luchó en los Freikorps alemanes que combatieron contra los bolcheviques en el Baltikum y se afilió pronto a las SA hitlerianas. En 1928 conoció personalmente a Hitler, y ese hombre habituado a coquetear con la muerte y a conducir a hombres a darla y a recibirla, tartamudeó al estar delante del futuro führer. Que no se diga que este episodio no encierra en sí mismo el misterio del liderazgo, el empuje místico de los conductores de hombres.

A diferencia de la vida civil, es difícil que en la milicia un gran seductor no sea, al mismo tiempo, un gran conductor. En la vida política cualquier técnico de marketing sabe fabricar del primer lerdo a un “líder”, e incluso colocarlo en las poltronas del poder. Harina de otro costal es que el tiempo no se encargue de deshacer el mito y arrojarlo al estercolero de la historia. Bush hoy, como hace treinta años Jimmy Carter, ganaron por goleada a sus oponentes. Pero la historia y la opinión pública los ha juzgado ya como los peores presidentes, republicano y demócrata, respectivamente. Sus técnicos en marketing eran mejores que los “productos” que debían encumbrar. En España, casi mejor no hacer alusiones. No tanto para bochorno de los “figuras” como del electorado que los ha elegido. En la milicia todo esto ocurre. La hoja de servicios “limpia”, la capacidad de mando, el liderazgo, se miden día a día. Para llegar al generalato existe una selección natural, a pesar de que la clase política de turno haga esfuerzos por encumbrar a sus amiguetes de uniforme. Pero, aún así, en la milicia la capacidad de mando y el liderazgo difícilmente pueden falsearse. Y no digamos si soplan vientos de guerra. En la vida civil, treinta segundos de un telediario pueden condicionar a la opinión pública y cualquier impresentable alcoholizado o simplemente tonto de baba, puede ser presentado como el líder “imprescindible”. Total, luego serán sus técnicos quienes harán el trabajo real. Pero cuando se trata de conducir hombres a situaciones de riesgo y de defender a un país, hacen falta hombres de temple que hayan demostrado el empuje necesario como para ser respetados más que temidos, y seguidos más que admirados. Un refinado embajador griego que llegó al Senado Romano explicó que estaba seguro de que iba a ser recibido por una reunión de bárbaros y, sin embargo, se encontró ante una asamblea de reyes. Para llegar al Senado, quienes hicieron la grandeza de Roma debían pasar un mínimo de 15 años en la milicia. Eso explica, más que cualquier otra circunstancia material, económica o geopolítica, por qué una pequeña ciudad del Lacio, una más entre otras muchas, se convirtió en el centro de un imperio civilizador. Sus soldados se convirtieron en sus gobernantes. Cuando se ha conducido a hombres hasta la muerte y se ha ido a su paso, gobernar es apenas un ejercicio táctico. Cuando apenas se es un producto de marketing, rendir cuentas de la gestión ante el Congreso es un trago que solamente se está dispuesto a pasar si un sector de la prensa y buena parte de los diputados te apoyan encarecidamente. Disculpen, pero es que visto lo visto, no puedo por menos que albergar una sensación de “apoliteia” respecto a la clase política. Y es lo que les recomiendo: no se trata de un apoliticismo considerado como dar la espalda a la res pública y a todo lo que implica el ejercicio de la política, sino un distanciamiento del triste espectáculo cotidiano en el que se ha convertido la política. Sigan mi consejo: opinen y censuren, apoyen a quien haya que apoyar cuando haya que apoyarlo, pero mientras la democracia moderna siga siendo una plutocracia y una mediocracia en lugar de una meritocracia, lo más sabio y lo más ético es mantener las distancias. Siga la divisa de los Doria: “Altiora peto”… “miro más alto”, o aquella tan querida a las legiones romanas: “Aquila non capit muscas”, el águila no pierde el tiempo cazando moscas.

No es entre la actual clase política donde vamos a encontrar el empuje propio de los conductores de pueblos y de los líderes de una comunidad.

3. Valor

Lo dicho está encadenado a lo que sigue. La capacidad de sacrificio y el empuje se desmoronarían si, a la hora de la verdad, el guerrero diera marcha atrás. Un guerrero sin valor es como un bancal sin simiente. El valor es la semilla de cualquier otra virtud militar. Sin el valor, todas las demás son insostenibles o bien desaparecen. El honor, por ejemplo, es inconcebible sin valor y los cobardes jamás podrán cumplir órdenes extremas “por disciplina”.

Existe una vieja discusión sobre si el valor implica la ausencia de miedo. No, el miedo es una sensación que está presente en todas las especies superiores. En tanto que el instinto de conservación es inherente a la condición humana, el miedo tiene su lugar en nuestra personalidad. Solamente Sigfrido o cualquier otro héroe legendario ignoraban lo que era el miedo. En su infancia, nadie se preocupó por enseñar al héroe germánico la naturaleza del miedo, por tanto la desconocía. Es una bella leyenda y como tal se queda. No es inútil: indica que el guerrero debe estar en condiciones de superar su miedo. He conocido gente “sin miedo”, pero ni eran héroes ni grandes combatientes, frecuentemente se trataba de insensatos o de individuos temerarios, o incluso de cobardes patológicos aquejados por todo tipo de complejos que, en un momento dado estallan y son capaces de protagonizar alguna gesta tan excepcional como puntual. Un profesor que tuve durante la carrera había sido legionario en la Guerra Civil. Recibió condecoraciones y laureles, pero no renovó su compromiso con el tercio. Cuando un oficial le preguntó por qué no se había reenganchado, le explicó la verdad. No es que, cuando sonaba un disparo, desafiase el peligro permaneciendo erguido sin arrojarse al suelo: era que sentía tanto miedo que se quedaba inmovilizado. Hay veces que el miedo adopta el semblante del heroísmo. La divisoria entre ambos es débil y difícil de percibir para quien permanece ajeno a la experiencia guerrera. Incluso las ratas acosadas se comportan con aparente valor cuando son atacadas. Y no por ello dejan de ser ratas.

En la milicia el miedo no se queda a la puerta del acuertelamiento: acompaña al guerrero en su día a día. Naturalmente que se puede educar el miedo y que algunos lograr dominarlo mucho mejor que otros; pero el miedo sigue presente en todos. El miedo es una sensación espantosa. No es solamente un temor irracional a ser dañado, sino que acarrea modificaciones en la fisiología de los sujetos: el ano parece querer desaparecer en sí mismo, se suda, se jadea, el corazón late con más premura, cuesta tragar, los testículos parecen buscar un refugio en el compartimento del cuerpo, el cerebro se niega a razonar y está asediado por una idea obsesiva: “ahora me dolerá”, “no voy a salir de aquí”, “adiós”. Quien ha experimentado el miedo sabe que decimos la verdad. Esta sensación, por regla general, la han experimentado todos los guerreros de todos los tiempos cuando han percibido por primera vez la proximidad de la muerte. Pero hay una diferencia entre el valiente y el cobarde: el valiente logra dominar su miedo, el cobarde se deja dominar por él. Habría otros dos grados de valor: la temeridad y la insensatez. El temerario es aquel que asume un riesgo necesario ante una situación extrema. El insensato es incapaz de asumir riesgos, no hace esfuerzo alguno por dominar su miedo, porque no tiene la noción de lo que es el miedo. Habitualmente, un loco está más cerca de la insensatez que del heroísmo.

Todo esto tiene que ver mucho con el concepto guerrero de la libertad. Algún obtuso no entenderá que la milicia ame la libertad e incluso que esté dispuesto a luchar por la libertad. ¿Por qué luchaban los gladiadores en el circo romano? ¿Y que movía a los niños espartanos a aceptar la dura educación a la que eran sometidos? ¿Pelearon los habitantes de Sagunto hasta el final si no hubiera sido por sus libertades? ¿Se hubiera defendido a Berlín en abril de 1945, hasta más allá de lo irracional, si no estuviera en juego la posibilidad de que toda Europa fuera sometida por los tanques de Stalin? Si. En las más altas tareas de la milicia la preservación de las libertades de una comunidad está presente, y es por ellas por las que se aceptan los riesgos. Pero, atención, aquí estamos hablando de “libertades”. Y hay un concepto único de “Libertad”, propio de la milicia.

Un Robinson cualquiera, perdido en una isla desierta, carece de leyes que constriñan algunas de sus libertades. No tiene un Estado que lo vigile, puede establecer las normas que le parezcan aceptables y le reporten algún beneficio. ¿Es verdaderamente libre? No, porque si ese Robinson perdido conoce la sumisión a sus pensamientos, a sus pasiones más bajas, a las pulsiones irracionales, a los comportamientos dictados por sus instintos más insanos, es cualquier cosa menos libre. Tiene un tirano al que someterse, el peor de todos: él mismo. A partir de este ejemplo, puede deducirse qué idea de libertad tiene la milicia. La libertad, para los combatientes de todos los tiempos, es la capacidad de dominio sobre sí mismo. Sólo quien se libera de la tiranía de uno mismo puede afirmar que no está sometido por nadie. Esta libertad en sentido metafísico, entendida como autocontrol, es “la libertad” por excelencia. Si del mundo de la metafísica pasamos al mundo de la física, no deberemos hablar de “la Libertad”, sino de “las libertades”. Y en este terreno existen unas libertades positivas (las de expresión, reunión, manifestación, prensa e imprenta) y otras libertades negativas (las de asesinar al vecino, las de golpear a la propia esposa, la de robar). Una comunidad, para ser viable, debe tender a la limitación de las libertades negativas y a castigar de manera ejemplificante a quienes decidan ejercerlas contra la comunidad o contra algunos de sus miembros.

El valor no es la ausencia de miedo, sino la educación del miedo.

Este concepto estaba presente en la tradición guerrera desde los tiempos de la epopeya homérica. El héroe era aquel ser que había triunfado en la “prueba”, logrando vencer, no tanto a sus enemigos exteriores, como a su enemigo interior, a lo peor de sí mismo. Desde el miedo hasta la ambición, todo puede ser dominado o, por el contrario, dominar al ser humano. El héroe no es que nazca puro, es que se despoja de todas estas escorias hasta conquistar su propia Libertad tal y como Hércules consigue la inmortalidad a través de sus 12 trabajos. Hijo de Zeus, de nada le hubiera valido pertenecer al más alto de los linajes si no hubiera sido capaz de entender que Gerión recobraba sus fuerzas al ser derribado y entrar en contacto con la tierra, su Madre. Y de nada le hubiera servido entender el secreto de Gerión si no hubiera tenido la fuerza y el valor suficientes como para estrangularlo sin que los pies del gigante tocaran la tierra.

4. Honor

5. Lealtad

6. Austeridad

7. Disciplina

8. Generosidad

9. Deber

10. Estilo

11. Acometividad

12. Justicia

(c) Ernesto Milà Rodríguez - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - 13.06.06