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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

El modelo literario del guerrero (VI de VI). Heráldica la ciencia del honor caballeresco

El modelo literario del guerrero (VI de VI). Heráldica la ciencia del honor caballeresco

Infokrisis.- En la entrega final de esta serie abordamos el tema de la heráldica que hunde sus raíces en la Europa del siglo XII. La heráldica, o ciencia del blasón, es una ciencia estrictamente caballeresca. Además la heráldica es fedataria de que las gestas caballerescas no eran una ficción literaria, sino que existieron linajes "sin reproche" que hicieron del honor el eje de sus vidas. Y el paradigma de ese honor se resumía en el escudo heráldico del linaje caballeresco.

La Heráldica como ciencia de la tradición guerrera

“Ha llegado el que vencerá” es la frase que pronuncia el heraldo cuando, en vísperas de un torneo, ve llegar al campamento a Lanzarote del Lago en la novela de Chretien de Troyes, “El Caballero de la Carreta”. 

Hay una ciencia específicamente caballeresca: la heráldica o ciencia del blasón. A partir del siglo XII las insignias del caballero empezaron a ser hereditarias y responder a unas reglas específicas. La heráldica nació de la necesidad de identificar a los caballeros. Al ir revestidos de cota de malla, armadura y casco, su rostro era literalmente desconocido, tanto en los juegos caballerescos (justas y torneos) como en la guerra. La única posibilidad de hacerlo era mediante dibujos pintados en los escudos. En los tiempos en los que se redactaron los relatos del ciclo artúrico (hacia el siglo XII), ya se había extendido la costumbre de identificar a los caballeros mediante estos diseños. Más tarde, pasaron de estar presentes solamente en el escudo a ser también grabados en los arreos de los caballos, en otras armas e incluso en los documentos habitualmente utilizados por ellos, a modo de firma dibujada o lacrada. Es posible que, de la misma forma que los canteros tenían sus marcas de reconocimiento extremadamente simples, también los primeros signos heráldicos apenas fueran otra cosa que meros grafismos geométricos. Las grandes familias nobles eran las únicas que disponían, inicialmente, de escudo heráldico; pero a partir del siglo XIII la pequeña nobleza pasa a imitarlos, y los caballeros primero, los escuderos después y los maestros de armas finalmente, adquieren el derecho a lucir un escudo propio. Era evidente, a partir de entonces, que las reglas y métodos para realizarlos debían sistematizarse. Y así surgió la ciencia del blasón.

El escudo de armas pasó a ser hereditario y su “lectura” y elaboración se convirtió en reglamentaria. Solamente se admitió el uso de cinco “colores” (azur, gules, sinople, sable y púrpura), dos “metales” (oro y plata), dos “pieles” (armiño y veros), un cierto número de figuras geométricas que lo dividieran (chebrón, banda, barra, jefe, faja, ajedrezado, etc.) y de dibujos (león, águila, milano, gavilla, torreón, etc.). Todo esto permitía al “heraldo” (inicialmente el conocedor de los escudos) “blasonarlos”, esto es, describirlos: primero el color del campo, luego la pieza principal, luego el resto y finalmente el dibujo. A finales del siglo XIII esta ciencia estaba completamente codificada y se habían elaborado los primeros “armoriales” que reunían los escudos identificativos de las distintas familias de la nobleza. Más adelante, estas relaciones incluían la descripción de la cimera e incluso el grito de guerra propio de cada caballero.

Pero nos equivocaríamos si considerásemos que el escudo tenía solamente un valor identificativo. Frecuentemente, el escudo tenía que ver con el hecho de armas protagonizado. Así, por ejemplo, las cadenas que figuran en el escudo de algunas familias navarras (los Zúñiga y Muñoz) indican su intervención en la batalla de las Navas de Tolosa, donde fueron los primeros en romper las cadenas del campo enemigo. En otros casos, el escudo nobiliario posiblemente estuviera relacionado con restos de alguna creencia totémica, donde algunos caballeros buscaran identificarse con las cualidades combativas de determinados animales. Pero un valor destacaba por encima de cualquier otro: el escudo, a partir del momento en que era hereditario, resumía la trayectoria del linaje de la familia y, por tanto, como en cualquier cadena, su solidez dependía de la de todos sus eslabones. Una mancha en el honor, contraída por un determinado miembro de un linaje, afectaba a todo el linaje, no era patrimonio de un solo individuo. La heráldica resaltaba así, no solamente su calidad descriptiva e identificativa, sino también su naturaleza genealógica y, muy por encima de ambas,  aludía a contenidos éticos que afectaban al linaje. De hecho, en este último sentido arraiga la importancia del “sello heráldico”, marca lacrada destinada a autentificar documentos. Cuando un documento incluía un sello heráldico, esto implicaba que su naturaleza honorable era asegurada por el dueño del sello. Dice un fragmento de “Enseignement de la vraie noblesse”: “los que por victoria, virtud y fama habían conquistado y probado su derecho al título de las armas e insignias, tanto ellos como sus sucesores, cuando deseaban prometer cosas de gran importancia y garantizar su fidelidad, juraban por su fe en Dios, y en prueba de ello ponían la marca de sus armas en cera después de su nombre; y esto es lo que hoy día llamamos sello. Dicha fe, nombre, armas y sello guardarían y protegerían su libre voluntad, y su infracción equivalía a la perdición del alma, cuerpo y bienes, porque por una parte tal ruptura con Dios le sometería a perjurio, y por la otra las armas le acusarían como falso testimonio”. En una sociedad en la que el eje de la vida caballeresca era el honor y el buen nombre, para dar fe de un contrato o de una transacción bastaba con que ésta fuera acompañada de una marca de nobleza: el sello de un caballero. Hoy, esa misma gestión la hace alguien que ha obtenido el título de abogado y superado una oposición. Y el Estado, a todo esto, se queda un 7% en concepto de impuesto de transmisiones… Lo que va de la ética del honor a la ética del lucro es lo que va de la sociedad caballeresca a la sociedad burguesa.

Hacia finales del siglo XIV o principios del XV, la figura del heraldo se había institucionalizado en el ámbito caballeresco. El heraldo era el conocedor de las reglas de la heráldica, quien mantenía al día los “armoriales”; su figura era particularmente apreciada en los torneos, pues solamente con que le describieran el escudo de armas de cualquier combatiente era capaz de afirmar de quién se trataba. Estaba presente en las ceremonias de iniciación caballeresca y, al concluir las batallas, elaboraba la lista de las bajas; a él le correspondía también señalar quienes habían actuado con valor en la batalla. Hacia el siglo XIV habían adquirido inmunidad y eran los únicos que podían desplazarse de un lugar a otro del campo de batalla sin ser molestados, llevando mensajes entre las partes enfrentadas. En un texto francés del siglo XV se elogia el conocimiento de la heráldica con estas palabras: “el vuestro es un bello oficio, porque por vuestros informes los hombres juzgan el honor mundano en los hechos de armas, asaltos, batallas, asedios y, en otros lugares, en las justas y en los torneos”.

Hacia el siglo XII, una de las atribuciones de los heraldos era llevar los mensajes de los caballeros a sus damas y guardar sus secretos. Su papel era, asimismo, registrar las proezas de los caballeros y sus actos de devoción a las damas. Eran jueces del honor caballeresco, con un alto nivel cultural y capaces de expresarse en prosa elegante, pues no en vano estas proezas y descripciones eran reseñadas por escrito. Si bien buena parte de la nobleza no sabía leer ni escribir, no hay que entender por ello una cerrazón a cualquier forma de cultura, sino todo lo contrario. La cultura es algo más que libros y documentos escritos. La cultura es conocimiento, y éste podía adquirirse de muchas maneras en un tiempo en el que no se había inventado ni la imprenta, ni se disponía con facilidad de soportes para escritos. Los escudos de armas eran una forma de transmisión de la cultura. El hecho de que los juglares y rapsodas ambulantes fueran de castillo en castillo y de burgo en burgo cantando historias de los más nobles caballeros y los relatos de las “tres materias”, indica que estamos ante una forma de transmisión oral de la cultura, a la que luego se unía la parte gráfica. Bastaba simplemente con que un caballero viera representados los escudos de los caballeros del Rey Arturo para que recordara inmediatamente sus gestas. Muchos nobles gustaban de decorar las salas de armas de sus palacios con blasones extraídos de los relatos artúricos, caballeros “sin reproche”. El heraldo, además, dominaba la cultura histórica y literaria de su tiempo. En el fondo, no era sino el encargado de señalar a aquellos caballeros de honor cuya vida y cuyas gestas coincidían con los modelos extraídos de la literatura caballeresca y de las “tres materias”. Si les cabe un calificativo es el de ser “notarios del honor”… algo muy diferente a los actuales “notarios del haber”. A cada época le corresponde lo suyo.

 

Algunas obras de referencia:

 

Caballeros Andantes Españoles

Martín de Riquer

Espasa Calpe

 

Initiation Chavaleresque et initiation royale dans la spritiaulité chrétienne

Gerard de Sorval

Dervy-Livres

 

Le Langage Secret du Blason

Gerard de Sorval

Albin Michel

 

Le Roi Arthur et la soiété celtique

Jean Markale

Payot

 

Initiation chevaleresque dans la légende arthurienne

Dominique Viseux

Dervy-Livres

 

La Novela y el Espíritu de la Caballería

José enrique Ruíz-Doménec

Modadori

 

Le Secret de la Chevalerie

Victor-Emile Michelet

Guy Tredaniel

 

La Caballería

Maurice Keen

Ariel

 

El Misterio del Grial y la Tradición Gibelina del Imperio

Julius Evola

Plaza & Janés

 

La Tradición Hermética, en su doctrina, en sus símbolos y en su Ars Regia

Julius Evola

Plaza & Janés

 

Rivolta contro il mondo moderno

Julius Evola

Edizioni Mediterranee

 

Autoridad Espiritual y Poder Temporal

René Guénon

Editions Traditionelles

 

Ernst Jünger
Tempestades de Acero
Editorial Tusquets
 
Leonor de Aquitania
Régine Pernoud
Espasa-Calpe

 

Il Mondo Magico degli Eroi

Césare della Riviera

Edizioni Arktos

 

(c) Ernesto Milà Rodríguez - infokrisis - infokrisis@yahoo.es 

 


El modelo literario del guerrero (V de VI). Del amor y de la guerra

El modelo literario del guerrero (V de VI). Del amor y de la guerra

Infokrisis.- No existen referencias al amor tan intensas como las que se encuentran en la literatura heroica. Lejos del tópico de "haz el amor y no la guerra", esta literatura sugiere que quien no sabe hacer la guerra, no puede llegar a alcanzar nunca la intensidad amorosa. Tras los relatos del Grial y tras la literatura homérica, se ocultan unas nociones en torno al heroismo y al amor que vale la pena conocer. Del culto a la dama al culto a Dulcinea del Toboso practicado por Cervantes, es toda una metafísica del amor lo que se desprende de la tradición guerrera.

Del amor y de la guerra

Cronos devora a sus hijos. El tiempo mata a lo humano y cualquier armadura por deslumbrante que sea termina oscurecida por el óxido. La literatura caballeresca, tendió a complicarse, especialmente en el siglo XV; primero buscó nuevos temas para escapar a los ciclos tradicionales de Arturo, Carlomagno y Roma (como si fuera posible aportar algo más a esta totalidad). Eso le hizo banalizarse primero y complicarse después hasta convertirse en una contracción grotesca. Y es precisamente entonces cuando un soldado la apuntilla. Había combatido en Lepanto. Estaba enfermo, pero pidió a su capitán ocupar un lugar arriesgado en el esquife de la galera. Ese humilde soldado que nunca pretendió otra cosa que cumplir con su deber se llamaba Miguel de Cervantes. Resulta imposible hablar de él sin aludir a su fuste humano tanto como a su genio literario.

No podía ser de otra manera: solo un guerrero que había conocido la exaltación del combate, la mordedura de las heridas y las sensaciones grabadas a fuego en el curso de la batalla, podía terminar de una vez por todas con una literatura “heroica” decadente, escrita por poetas que solamente sabían del amor y de la guerra lo que habían leído de anteriores autores. En el episodio de la quema de los libros de caballerías, el cura y el boticario realizan una selección rigurosa. Salvan a algunos del fuego: son los textos de los que arranca la literatura heroica. Solo lo originario merece sobrevivir, lo original se lo puede llevar el fuego, sin contemplaciones.

Cervantes ha entendido que el mundo medieval ha periclitado irremediablemente. El Quijote es la patética imagen de alguien que vive en un tiempo que ya no es el suyo. El hidalgo ha enloquecido porque el mundo que le rodea ha enloquecido aún más. Así pues, es necesario crear una nueva síntesis. Decir a los guerreros que aún quieran oír el mensaje que el mundo de las cruzadas, del amor a la dama, de la ética del honor y de las hazañas de bien realizadas en defensa de los débiles y los oprimidos, deben buscar un nuevo marco o, de lo contrario, serán vistos como desvarío. Cuando se cierra la primera parte de El Quijote uno tiene la extraña sensación de que su autor solamente salva dos cosas de aquel mundo medieval que ahora en el siglo XVII ya ha quedado lejanamente atrás: el amor y el combate. Será la última justa con el “Caballero de la Media Luna” lo que devolverá la razón a Don Quijote. Será el amor a Dulcinea del Toboso lo que le inspirará sus actos más heroicos. La locura no resta heroísmo a Don Quijote, sino que restaura la pureza de intenciones de la literatura heroica. Ya hemos hablado del poder transfigurador del combate que ha inspirado desde el mito de Hércules hasta las obras de juventud de Jünger. Queda hablar del amor. El guerrero que conoce la intensidad del combate y, más que nadie, sabe de lo breve que puede ser la vida o la ínfima distancia que separa la vida de la muerte, vive intensamente el aspecto más exaltador de la vida: el amor. El lema “haz el amor y no la guerra” era una bonita leyenda que acompañó al humanitarismo extremo del movimiento hippie. La guerra no tenía nada que ver con los jóvenes melenudos de los sesenta que, ni estaban hechos para la guerra, ni merecían ser arrojados sobre las selvas de Vietnam. Aquellos muchachos cantados en la opera “Hair” tenían sus aspectos atractivos, pero no pertenecían a ninguna casta guerrera. Lo más excitante que habían hecho en sus vidas era fumar un porro y follar sin preservativo. No está mal, pero esa experiencia tampoco era nada que no se hubiera hecho antes. Y, si se nos apura, faltaba la intensidad de la experiencia. Los climas extremos favorecen las experiencias extremas. Los climas benignos relajan y amodorran. El “hippismo” era un intento vano de refugiarse en el líquido amniótico de la contracultura, la droga y el sexo, para prolongar una vida en el que la “prueba” es sustituida por el estado primario de la creación: cuando el feto recibe alimento a través del cordón umbilical y nada perturba el plácido discurrir de su tiempo. Al guerrero le han enseñado a vivir como si cada instante fuera el último de su vida. Eso da intensidad a cualquiera de sus experiencias: contemplar un paraje, sentir una brisa acariciar el rostro, oler un perfume, amar a una mujer. Cervantes lo entendió: es difícil concebir un amor más intenso y desinteresado que el de Don Quijote por Dulcinea del Toboso… a menos que se ignore el culto a la dama que practicó la caballería medieval y que encarna el valor ejemplificador de los relatos graélicos. Porque la caballería –especialmente la caballería errante- no fue solamente una creación literaria sino que inspiró a buen número de representantes de la casta guerrera a recorrer los caminos ofreciendo sus actos cotidianos a su dama.

Dice Cervantes por boca de Don Quijote: “Si no, díganme también que no es verdad que fue caballero andante el valiente lusitano Juan de Merlo, que fue a Borgoña y combatió en la ciudad de Ras con el famoso señor de Charni, llamado mosén Pierres y después, en la ciudad de Basilea, con mosén Enrique de Remestán, saliendo de entrambas empresas vencedor y lleno de honrosa fama, y las aventuras y desafíos que también acabaron en Borgoña los valientes españoles Pedro Barba y Gutierre Quijada (de cuya alcurnia yo desciendo por línea recta de varón), venciendo a los hijos del conde de San Polo. Niéguenme, asimismo, que no fue a buscar las aventuras a Alemania don Fernando de Guevara, donde se combatió con micer Jorge, caballero de la casa del duque de Austria; digan que fueron burla las justas de Suero de Quiñones, del Paso Honroso; las empresas de mosén Luis de Falces contra don Gonzalo de Gusmán, caballero castellano, con otras muchas hazañas hechas por caballeros cristianos, déstos y de los reinos extranjeros, tan auténticas y verdaderas, que torno a decir que el que las negase carecería de toda razón y buen discurso”. Y Martín de Riquer, comentando este párrafo añade: “Tanto Don Quijote como Cervantes se quedaron cortos, muy cortos, porque el siglo XV español está lleno de verdaderos e históricos caballeros andantes que llevaron sus empresas por reinos alejados, tanto cristianos como paganos, y concluyeron aventuras brillantes y temerosas”. Así pues, tal y como hemos sostenido desde el principio, la literatura heroica no fue un mero objeto de divertimento y distracción para unos nobles ociosos y brutales que solamente encontraban placeres en solventar sus disputas con otros a mandobles y lanzadas, sino que esa literatura dio modelos y ejemplos que, efectivamente, fueron seguidos por algunos miembros de la casta guerrera, dando lugar al fenómeno de la caballería errante en la realidad de los siglos XIII a XV, que se sumó a la caballería ascético-militar (las órdenes guerreras de los templarios, hospitalarios, teutónicos, etc.) y a lo que San Bernardo llamó la “milicia del siglo”, es decir, la caballería mundana, los hombres de armas surgidos de la casta guerrera, que combatían por el príncipe o por su honor como cristalización de la fides medieval. La caballería errante e incluso, en cierto sentido como veremos, algunos sectores de la caballería ascético-militar, ligaban su honor a la figura de la “dama”. Y esto merece ser explicado porque supone penetrar en lo que Victor-Emile Michelet ha podido llamar “el secreto de la caballería”. Habrá que decir también algo sobre Dante Alighieri, hombre de partido, combatiente gibelino y miembro de la cofradía de los “Fieles del Amor”.

Desde el siglo XII existieron las llamadas “Cortes de Amor” formadas por damas de la aristocracia de los castillos que juzgaban episodios reales o ficticios, donde el fondo era siempre el mismo: si el caballero había actuado conforme a las “leyes del amor” al protagonizar determinado episodio  con una dama. André le Chapelain cita veintiuno de estos juicios en la Francia del último tercio del siglo XII. La protagonista indiscutible de estas cortes es Leonor de Aquitania, nieta del primer trovador, el duque de Aquitania Guillermo IX, que fue luego esposa del rey franco Luis VII y luego, repudiada por éste, casó con el Duque de Normandía, Guillermo Plantagenet, coronado en 1154 rey de Inglaterra.

Leonor de Aquitania presidió una corte de amor y ella misma emitió algunas sentencias que creaban jurisprudencia. En el Juicio V presentado por André le Chapelain, Leonor recibe esta consulta: un joven deshonesto y un caballero adúltero, pero honesto, requieren el amor de una dama. El joven pretende que debe ser elegido frente al adúltero, pues si obtuviera ese amor le ayudaría a ganar honestidad; y supondría un gran honor para la dama si, gracias a ella, un deshonesto recobrara el recto comportamiento. Leonor responde: “Aunque un joven deshonesto pudiera elevarse hasta la honestidad gracias al amor de una dama sabia, sin embargo no ocurre lo mismo cuando una mujer prefiere amar la deshonestidad, siendo también requerida por un hombre honesto y sin tacha. Podría ocurrir que, a causa de la conducta del hombre deshonesto, incluso recibiendo cosas buenas y deseables, su deshonestidad no encuentre ningún remedio para enmendarse, pues la semilla una vez arrojada no siempre da frutos”. La sentencia demuestra muchas cosas: en primer lugar que la moral sexual de la época era sensiblemente diferente a lo que inicialmente se tiene tendencia a considerar. El adulterio era considerado infinitamente menos grave que la deshonestidad. De hecho, se habla de un caballero “adúltero, pero honesto” y la sentencia de la “corte de amor” es desfavorable al “joven deshonesto”. La sociedad guerrera de los castillos vivía el amor con una intensidad superior a cualquier otro momento de la historia. Ahora bien…

Sería imposible entender el concepto medieval del amor recurriendo a las nociones modernas. Recordemos a Dante: durante su juventud ve, no más de unos pocos minutos y en una sola ocasión, a Beatriz Portinari. Y el gran gibelino hace de esa imagen su “dama del alma”. Otros muchos, antes y después suyo, “adoptaron” como sus damas a mujeres lejanas, incluso esposas de reyes y nobles, con las cuales no podían tener, efectivamente, ningún contacto carnal. No es que lo excluyeran, es que todo induce a pensar que la “dama” era la sublimación de algo más que un rostro hermoso. Los estudios de Luigi Valli sobre la cofradía de los “Fieles de Amor” lo confirmaron a principios del siglo XX.

Los alquimistas sublimaban el mercurio, lo purificaban hasta que este proceso les permitía crear un catalizador capaz de transformar plomo en oro. O al menos tal era la teoría alquímica que ocupó a las mejores mentes científicas de la Edad Media y el Renacimiento, desde Raymond Llull hasta Newton. Dos extraños tratados alquímicos, “El Mundo Mágico de los Héroes” de Césare della Riviera y el anónimo “La Antigua Guerra de los Caballeros”, relacionan extrañamente el arte de la guerra con la “purificación del mercurio”, eje central de la teoría hermética. Todo induce a pensar que Dante, los Fieles del Amor y el papel de la dama en la caballería errante, eran otras tantas traducciones del mismo tema a la literatura propia de la casta guerrera.

Lo que los relatos de caballería afirman es la necesidad de “depurar el amor”, desplazar todas las metas del caballero errante, de sí mismo a “su dama”. En realidad, el lema de la Orden de los Caballeros Templarios era elocuente: “Nada para nosotros, Señor, sino para mayor gloria de tu Santo Nombre”. En la predicación de San Bernardo promocionando a la Orden del Temple se encuentra ya un desmesurado culto a la Virgen Maria –Notre Dame- como no encontramos antes en la historia de la Iglesia. Decir que la “Virgen” supone integrar el “aspecto femenino de Dios”, tal como ha hecho el autor de “El Código Da Vinci”, supone una verdad parcial. Era algo mucho más profundo lo que implicaba esta teología. El caballero ofrece sus victorias, sus gestas y sus hazañas a la “dama”, a una dama concreta, realmente existente, pero siempre inaccesible. No es, pues, de una dama física de la que está hablando; pero la literatura medieval insiste en la idea de “unirse con la dama”. Así pues, se trata de un “matrimonio”, una “cópula” o una “unión carnal”… A poco que se penetre en la literatura medieval, se percibe que las alusiones a la “dama” y al “grial” son exactamente las mismas. Evola lo explica así: “La “Dama” a la que se jura fidelidad incondicional y a quien uno se entrega haciéndose cruzado, la “Dama” que conduce a la purificación (que el caballero considera como su recompensa y que le vuelve inmortal cuando muere por ella), es en el fondo el equivalente al mismo Grial”. El culto a la “dama”, propio de la caballería medieval, fue llevado tan lejos que puede parecer aberrante si hacemos abstracción del sentido simbólico y de la alta doctrina metafísica que transmite. Dice Evola: “A la “Dama” se dejaba el juzgar sobre el valor y el honor de los caballeros, y, según la teología de los castillos, no era dudoso que el caballero muerto por su “Dama” participase del mismo destino de inmortalidad bienaventurada asegurado al cruzado muerto por la liberación del Templo de Jerusalén”.

Luigi Valli ha demostrado que todas estas alusiones a la “dama” encubrían una doctrina que la Iglesia hubiera considerado herética e inadmisible y, por tanto, se expresaba en forma de símbolos y alegorías por los Fieles de Amor y la caballería gibelina. Renunciando a sí mismo y a cualquier pulsión egocéntrica, no queriendo nada para sí sino todo para su “dama”, buscando acrecentar el desinterés por lo propio y la entrega a la “dama”, el caballero iba purificando su intención y su voluntad. En realidad, la “dama” no estaba fuera de sí mismo, sino dentro de su propio ser, de la misma manera que el mercurio y los carbones no debía buscarlos el alquimista en la Naturaleza sino dentro de sí, como alegorías simbólicas a su espíritu. Estos mismos alquimistas comparaban la “dama” con el “mercurio”, y a ambos con la Luna. La mujer está sometida a ciclos como la luna y, por tanto, es mutable como el mercurio que, por lo demás, tiene el mismo brillo lunar. “Purificar el mercurio” suponía para la literatura hermética y para la literatura graélica y las obras posteriores de los Fieles de Amor gibelinos, la posibilidad de fijar el flujo mental cambiante, caótico y desenfrenado inicialmente, para convertirlo en sólido, estable y “puro”. Se trataba de favorecer un tipo de pensamiento no dual, no condicionado por los dos hemisferios cerebrales, sino surgido de algo más profundo y auténtico: de ese núcleo interior de la personalidad del que frecuentemente no tenemos sensación de su existencia, pero que se ha llamado “alma”, lo permanente y trascendente de la personalidad. Dado que el cuerpo y el alma, la materia y lo sutil, están demasiado alejados para tener mutuamente conciencia de sí, la metafísica hermética y la metafísica del Grial habían elaborado una teoría sobre el “espíritu” como pieza intermedia que comunicaba a uno con la otra. Pero, inicialmente, ese espíritu (el flujo mental, los valores, los pensamientos, la psicología interior) estaba demasiado cerca de la materia para que pudiera tener noción del alma. De ahí que fuera preciso “purificar” el espíritu, el “mercurio”, el “culto a la dama”, hasta convertirlo en un “cuerpo” capaz de percibir la trascendencia del alma. Es significativo que la literatura graélica, trovadoresca, los textos de los Fieles de Amor y de la caballería gibelina, califiquen frecuentemente a la dama como “dama del alma”, no en un sentido romántico, sino como una alusión a que el alma del caballero y su “dama” eran una sola y misma cosa. Se alcanzaba a la “dama” purificando la vida y la vida eran las hazañas, los retos, las “pruebas”, en definitiva, que el caballero debía atravesar en el curso de su aventura heroica.

Este tema era una constante de la literatura heroica desde la más remota antigüedad: es Hebe, la eterna juventud, que se convierte en esposa de Hércules; es Atenea que sirve de guía al héroe; es la Freya nórdica diosa de la luz eternamente cortejada por los seres elementales que en vano intentan conquistarla; es Brunilda que Wotan destina como esposa para el héroe que cruce la barrera de fuego que protege el Walhala; es Sofía, la “santa sabiduría” de la tradición gnóstica alejandrina; es un tema eterno que acompaña a la literatura heroica.

Conquistar a la dama es consumar un viaje hasta el fin de la propia interioridad, coronar una trayectoria de purificación y renuncia a lo mundano que, finalmente, permite unirse con ella. Sí, porque, si bien la caballería errante se forjaba una dama inaccesible, en la literatura graélica, finalmente, se produce la unión física entre el “caballero” y la “dama del alma”. Hay que entender, por ello, la integración de los tres niveles de la personalidad: el cuerpo físico, el espíritu (o mente y voliciones) y el alma (o parte trascendente). El primero se une con la “dama”, el alma, cuando la “aventura” purificadora ha conseguido cambiar la naturaleza del espíritu y, de ser un elemento que vaga siempre cambiante como los pensamientos, ha pasado a tener una estabilidad similar a la que el cubo geométrico tenía para los maestros canteros cuando eran capaces de transformar la piedra en bruto. En la civilización estamental medieval, el Ars Regia, el “arte regio” o “arte real”, la alquimia, tenía su eco en el “arte de la guerra”, en la lucha de los caballeros en conquistar a su dama, pero también la idea de purificación del mercurio o la idea de purificación mediante la prueba heroica estaba también presente en la “función productiva”, el tercer estamento, con una modalidad adaptada a su quehacer cotidiano: si la guerra y el combate suponían la posibilidad transmutatoria para el caballero, el trabajo con el cincel y el martillo sobre la piedra ofrecía al cantero y a la sociedad gremial el símbolo de una piedra en bruto (el espíritu antes de proceder a la purificación) capaz de transformarse en piedra cúbica (el espíritu purificado y estabilizado) para construir una catedral (la unión del caballero con su dama o bien la unión del mercurio con el azufre en la operativa alquímica).

Llama la atención lo desinhibido de los relatos del Grial: frecuentemente los caballeros llegan a castillos en los que una dama los recibe y los baña en estado de total desnudez, no tienen inconveniente en acostarse con ellos e incluso los romances menores registran poemillas con un inequívoco aroma de sexualidad. No era timorata la sociedad medieval. El hecho de que la muerte en  las cruzadas fuera equiparada a la muerte del caballero en defensa de su dama dice mucho sobre la teología de los castillos y la concepción medieval del amor y de la guerra.

Los éxtasis amorosos, la crisis del orgasmo que parece detener el mundo y suspender lo cotidiano, la sensación de de que el amor es la ausencia de toda contradicción y una estabilidad armónica llevada al límite, es comparada por unos con la danza de los planetas en el Cosmos, como el lenguaje de Dios, y por otros con la misma situación que han vivido en los campos de batalla cuando han estado en condiciones de sublimar el miedo a la muerte y de vencer el instinto de conservación, por un lúcido impulso surgido de las profundidades que busca cumplir el destino del guerrero: aceptar la muerte, asumir las destrucciones de los campos de batalla, sin que el propio núcleo de la personalidad sea destruido por ellos. La lectura de “Sin novedad en el frente” de Remarke es, en el fondo, la crónica de alguien que ha visto destruido su espíritu. Las “Tempestades de Acero” de Jünger son el relato de alguien al que la guerra ha ayudado a “conectar” con lo más profundo de su interior.

Verán: en el campo de batalla se producen fenómenos extraños. Una bomba que estalla cerca del refugio, contrariamente a lo que puede pensarse, en ocasiones no deja percibir a quienes están cerca el estruendo ensordecedor, sino que los sume en un silencio inconmensurable, como si un sonido insonoro, como por casualidad, nos hubiera abierto una puertas de nuestro interior que jamás habíamos sospechado que existieran. Estas sensaciones “guían” al combatiente entre alambradas, le hacen esquivar las ráfagas de ametralladora o arrojarse al suelo evitando las explosiones de obuses con la misma lucidez que un motorista maneja su máquina a 180 kilómetros por hora. Ambos no piensan, están guiados por algo más profundo, un impulso lúcido, irreflexivo, no surgido del pensamiento, pero que se afirma con la fría determinación de estar alerta. A estas situaciones se llega por entrenamiento y adiestramiento, mediante un brusco traumatismo, o bien gracias a una cualificación personal, casi diríamos innata. La literatura guerrera y heroica presenta un modelo humano, traza un camino y distintas formas de llegar a él: es el héroe homérico que combate solo, es la unidad de combate de Jünger que lucha como un solo hombre, es el caballero errante en la eterna búsqueda de su dama, es el cruzado en Tierra Santa luchando contra el infiel, es la “milicia del siglo” sirviendo a un príncipe y cumpliendo la propia ley interior de la casta guerra: luchar hasta la muerte. Es siempre la eterna imagen de Hércules atravesando pruebas para conquistar un estado superior al humano.

(c) Ernesto Milà Rodríguez - infokrisis - infokrisis@yahoo.es 

 

El modelo literario del guerrero (III de VI). La literatura heroica de Homero a Jünger

El modelo literario del guerrero (III de VI). La literatura heroica de Homero a Jünger

Infokrisis.- En esta tercera entrega de la serie nos centramos en el estudio concreto de la literatura heroica ahora que ya conocemos cuál es su origen y como situarla en la historia. La casta guerrera ha tenido un género literario adaptado a su psicología y a sus usos y tradiciones. Desde la antigua epopeya griega hasta los relatos de Ernst Jünger, los modelos de la tradición guerrera se han forjado en las páginas de los más bellos cantares épicos.

 
La literatura heroica

Hubo un hombre llamado Jünger. Había nacido en Heidelberg en 1895 y murió en 1998 a los 103 años. Durante toda su vida fue un guerrero. Ernst Jünger fue autor de una literatura que solamente un guerrero podía apreciar. En 1911 se unió al Wandervögel, un movimiento de juventud que preconizaba el retorno a la naturaleza y a la fidelidad a la tierra, pero, dos años después, deja atrás la serenidad de los bosques y el alejamiento de la vida burguesa en el que se había criado, e ingresa, con 18 años, en la Legión Extranjera Francesa. Poco después, al estallar la Primera Guerra Mundial, deserta y se alista voluntario en el ejército de su patria. En 1918 ya ha recibido todas las condecoraciones al valor. El fuego que ardía dentro de su corazón le había convertido en un guerrero. Con apenas 25 años publica sus recuerdos de guerra: “Tempestades de Acero”. Su planteamiento es sorprendentemente lúcido: las destrucciones de la guerra pueden hundir al ser humano o bien acabar con su personalidad consciente y hacer que emerja de su interior algo más profundo y esencial. La guerra es la “prueba” por excelencia, al menos para un determinado tipo humano: si no lo derrumba, lo fortalece. Además, en la guerra los instintos humanos se quintaesencian, alcanzan una agudeza que eclipsa al consciente, y la grandeza de las destrucciones parece destruir la realidad construida por los sentidos. La exaltación de las cargas a la bayoneta, la camaradería vivida por las “tropas de asalto” en primera línea, abolen las barreras de lo individual y las fronteras entre el yo y el no-yo. Jünger, que ha experimentado esta sensación, encuentra en ella al “ser auténtico”. Otros, en el mismo conflicto y en el mismo bando, reaccionaron de manera diferente. Erik Maria Remarke con “Sin novedad en el frente”, lamenta el eclipse de lo humano en los campos de batalla. No es que hayan asistido a dos conflictos diferentes; han visto las mismas explosiones y bombardeos bajo la misma bandera. Es que pertenecen a dos castas. Remarke es un soldado de leva. No ha pedido ir a la guerra: lo han llevado a ella. Ni su cerebro, ni su instinto, ni su corazón, estaban preparados para contemplar de cerca la posibilidad de destrucción de lo humano. Jünger está hecho con otra pasta: ha conocido el éxtasis en los campos de batalla.

Las castas han desaparecido. Solamente en Prusia los herederos de la Orden de los Caballeros Teutónicos han logrado, hasta 1918, que se mantuviera el espíritu de la tradición guerrera. Pero el hundimiento del frente, en noviembre de ese año, provoca también la caída del último reducto de la casta guerrera en Europa. Jünger no pertenece a la casta militar, es hijo de burgueses en un momento en el que, salvo en Prusia, las castas han periclitado. Pero en su interior late un espíritu guerrero. No así en el de Remarke. Por eso éste se hunde, cuando aquel resulta fortalecido. Los escritos de Jünger perdieron intensidad a medida que se alejaba de la experiencia bélica pero, hasta su muerte, siguió siendo un brillante narrador cuyas obras estaban escritas para transmitir valores y experiencias. En los años 60 conoció a Aldous Huxley y a Albert Hoffman, el descubridor del LSD. Junto a ellos consumió ácido lisérgico buscando experiencias nuevas. ¿Acaso Aleister Crowley no había escrito que “la droga es el alimento de los fuertes”? Otros guerreros como Unger Khan von Stemberg, “el barón loco”, uno de los líderes de la contrarrevolución “blanca” en Rusia, opinaba otro tanto de la droga y del alcohol. Pero este camino será explorado más adelante. Y la droga –ingerida cuando Jünger contaba ya 65 años- le volvió a abrir experiencias nuevas allí donde otros se hundían irremisiblemente. Volveremos a estos desarrollos más adelante.

El “caso Jünger” tiene un interés particular para nuestro estudio. Demuestra, por una parte, que incluso en el caos social actual, cuando la inmensa mayoría no tienen conciencia exacta de lo que llevan dentro de su personalidad, cuando aquellas referencias dadas por la pertenencia a la casta han desaparecido, la casta se reconstruye automáticamente en los momentos de crisis. Al ser atacados –o resultar accidentados- dos helicópteros españoles en Afganistán, tras la muerte de 17 de nuestro soldados, un número desmesuradamente alto de “soldados profesionales” pidió ser dado de baja. No eran guerreros, tenían vocación de funcionarios o burgueses: lucían el uniforme a cambio de un salario. Eran “soldados” (de “soldada”, sueldo, salario), no eran guerreros. Un ejército que les daba la posibilidad de huir del paro les interesaba mucho más que un ejército que les diera la posibilidad de probar su temple. Y se fueron. Pero en nuestro propio país, y no hace tanto, cuando en 1990 estalló la Segunda Guerra del Golfo tras la invasión iraquí de Kuwait, fueron enviadas algunas unidades navales españolas al teatro de operaciones. Los hubo que se “rajaron” –el ejército, entonces, era de leva- pero otros de nuestros muchachos solicitaron ir voluntarios. A través de ellos se evidenciaron las posibilidades de reconstrucción de la casta guerrera. Las castas han caído como estructuras orgánicas, pero el espíritu de las castas no ha terminado por desaparecer. Cualquier situación de crisis es capaz de operar una reorganización de la sociedad en torno a quienes están dispuestos a defenderla. Tal es la primera conclusión del “caso Jünger”. Hay otra.

Jünger, en realidad, no es más que el último exponente de una literatura heroica confeccionada para transmitir valores. Los valores militares se transmiten a través del ejemplo y a través de obras literarias para uso específico de la casta guerrera. Es posible que otros las puedan admirar, pero presentan modelos que solamente quienes tienen un tipo concreto de constitución interior pueden comprender y seguir. De la misma forma que la literatura sacerdotal creó himnos religiosos y poemas místicos, tratados escritos con “inspiración carismática” o estableció ritos; al igual que la literatura y el arte para uso y disfrute de la burguesía generaron un arte y unas concepciones adaptadas para sus principios y valores (el trabajo, la tranquilidad, la nación, el esteticismo, el realismo, etc.), la casta guerrera tuvo su literatura, seguramente desde el momento en que tomó conciencia de sí misma.

La epopeya constituyó la primera forma de literatura guerrera en la antigüedad clásica. Solía narrar episodios ejemplificantes en los que los dioses y los hombres caminaban juntos, frecuentemente enfrentados, y las rivalidades entre los dioses se traducían en luchas entre los hombres. El ser humano actúa en medio de un mundo mágico mucho más rico que el definido por los sentidos. Seres divinos, encarnación de fuerzas sobrenaturales, la Historia convertida en leyenda y el mito reconducido a la Historia, son las fuentes de inspiración de esta literatura. Su estilo es majestuoso a la medida de los protagonistas que describe y de la grandeza de los episodios que narra. Occidente sería muy distinto si un rapsoda ciego no hubiera compuesto la Ilíada y la Odisea en el arranque del mundo clásico. Las aventuras de Ulises en su retorno a Ítaca después de haber combatido en las murallas de Troya, y los héroes que lucharon en aquella guerra, definieron los rasgos esenciales del guerrero clásico y, por extensión, del milite europeo. Ya entonces era una literatura que no ofrecía solamente distracción y ocio, sino que pedía ejemplo y aportaba modelos.

A partir de la lectura de la “Odisea” y la “Ilíada”, como a partir de la lectura de “Los Trabajos y los Días”, el mundo clásico estableció su concepción del mundo. También, como en la Biblia, el mundo clásico habló de una “caída” (la muerte de Cronos, el último rey de la Edad de Oro), y estableció la posibilidad de “tomar el cielo por asalto” y reintegrarse en ese estado primordial de la civilización mediante la “Vía Heroica”: el Hércules, que arrojado a la tierra y limitado a las posibilidades de lo humano, alcanza, mediante una serie de “trabajos” de naturaleza guerrera, la inmortalidad. Ésta no es una concesión, sino una conquista. La literatura griega (y toda la literatura épica indoeuropea, desde las sagas nórdicas hasta las epopeyas hindúes, desde los poemas homéricos al ciclo arturiano, hijos todos de la misma madre) nos enseñan que la “prueba”, el “combate”, el “heroísmo”, son capaces de situarnos a la misma altura que los dioses. Es la “raza de los Héroes” la que aflora en estos poemas. Sus nombres están escritos con letras de oro en la literatura europea: es Aquiles el de los pies ligeros, es el Hércules revestido con la piel del león de Nemea, es Ulises y su hijo Telémaco, es Jasón y sus argonautas, es Teseo perdido en el laberinto de Minos, es Galahad y Perceval conquistando el Grial. Es Jünger rodeado de cadáveres, entre cráteres de obuses y detonaciones, entre barro y ruinas, pero “despierto”. Todos estos nombres corresponden a la “raza de los Héroes”.

Pero no siempre el éxito acompaña a la “aventura heroica”. Allí donde unos triunfan otros se hunden. Allí donde unos logran tomar el cielo por asalto, otros se despeñan hasta las profundidades. Abordar la “aventura heroica” no garantiza el triunfo. De hecho son pocos los que coronan los trabajos que llevan a Hércules a conquistar el fruto de la inmortalidad o a Jasón a hacerse con el Vellocino de Oro, o a Ulises regresar a su amada Ítaca. Muchos de ellos fracasan en la aventura. De entre todos, el fracaso de Prometeo es, sin duda, el más dramático. Intenta hacerse con un poder –el fuego del conocimiento- que no logra controlar y ese fuego le quema. Castigado eternamente por los dioses, un águila le devorará en los días el hígado que por las noches volverá a crear para ser devorado nuevamente al día siguiente. Es el infierno en el que cae el “arcángel” Lucifer (¿qué es un arcángel sino un ángel guerrero con espada de fuego?), es el Tártaro a donde van a parar los aspirantes a héroes que han fracasado en su aventura. Frente a la raza triunfante de los héroes, la epopeya clásica, nos presenta a la raza fracasada de los titanes. De hecho, el “titanismo” ha pasado a ser sinónimo de la tendencia a emprender una tarea que excede con mucho las fuerzas del sujeto protagonista. Hoy existen pocos héroes y muchos titanes. El desconocimiento de uno mismo y de las propias fuerzas hace que se sobrevaloren las posibilidades de la personalidad, se emprendan caminos abiertos para unos y cerrados para quien se equivoca al reconocerlos como propios.

Desde el punto de vista literario, se considera a la epopeya como un subgénero de la literatura épica. Otros subgéneros de la misma serían el cantar de gesta, algunos tipos de relatos legendarios y mitos, buena parte de los romances y algunas novelas. Todos los pueblos han conocido la epopeya. Sumerios (Epopeya de Gilgamesh), griegos (Ilíada, Odisea) e hindúes (Mahabarata), tuvieron las suyas e inspiraron la educación y la formación del carácter de la casta guerrera. No se trataba de simples piezas de lucimiento literario, sino que encarnaban el “impulso vital” de un pueblo. El hecho de que todas estas composiciones –extraordinarias, desde el punto de vista literario, sin excepción- no tengan autor conocido o, cuando se dispone del nombre de un autor, dé la sensación de que estamos ante un mito, una firma colectiva, o un personaje no menos ficticio que los protagonistas del relato, es suficientemente elocuente de la tendencia a encarnar unos valores “de casta” más que a sustentar el prestigio y la fama de un autor.

Posteriormente, durante la Edad Media, la epopeya siguió presente en la vida de la casta guerrera, aunque sus estrofas entretuvieran a toda la población. Había nacido el Cantar de Gesta. El mundo trascendente sigue presente, pero ya no es un mundo pagano recorrido por distintos dioses y fuerzas de la naturaleza, sino el mundo cristiano, reavivado por la aportación de sangre “bárbara” a la romanidad tardía, y en torno al cual se recompondrá la sociedad medieval. En las formas más tempranas siguen existiendo alusiones al mundo mágico (en las sagas islandesas y nórdicas, incluso en el Beowulf sajón o en el Cantar de los Nibelungos germánico, es decir en las zonas tardíamente evangelizadas), pero en general, los héroes son humanos y su relación con el mundo espiritual se produce a través del catolicismo. Es el Cantar de Roland, es el poema del Mío Cid, es también el ciclo artúrico, o las aventuras de Robin de los Bosques (que recoge el mito del “rey de los bosques”) o el personaje de Wilhelm Tell, héroe de la tradición céltico-suiza.

Todo este material que animará las cortes medievales, los burgos de calles estrechas y abigarradas y los núcleos campesinos, llevados por juglares errantes y trovadores (muchos de los cuales surgirán de la propia casta guerrera) proporcionará modelos, inyectará valores a la sociedad y especialmente a los que  habían hecho de la defensa de la comunidad y de la vía de las armas los elementos que darían sentido a sus vidas. La literatura propia de la casta guerrera es el poema épico y el cantar de gesta hasta el Renacimiento.

 

(c) Ernesto Milà Rodríguez - infokrisis - infokrisis@yahoo.es 

 

El "proceso de paz" y los riesgos de atrincherarse en la "versión oficial" del 11-M

El "proceso de paz" y los riesgos de atrincherarse en la "versión oficial" del 11-M

Infokrisis.- Nuevamente la AVT demostró su capacidad de movilización y el rechazo con que una parte de este país ha recibido la política de "paz" de ZP. Pero, no olvidemos que la manifestación del sábado ha tenido un segundo leit-motiv: "11-M, queremos la verdad". Las reflexiones que siguen establecen una teoría sobre el alcance del proceso de paz, sus límites y sobre las relaciones entre el 11-M y el terrorismo vasco.

 

11-M: Queremos la verdad

Hasta hace relativamente poco tiempo, sostener que el terrorismo islámico no tenía gran cosa que ver con el atentado del 11-M suponía inmediatamente ser puesto en el montón amorfo y desordenado de los “conspiranoicos” que, por sí mismos, se desprestigiaban. Ayer sábado, 750.000 personas (o una impresionante manifestación) dijeron en voz bien alta lo que algunos ya habíamos dicho desde el principio: QUE LA VERSIÓN OFICIAL SOBRE LOS ATENTADOS ES PURA BASURA y que DOS AÑOS DESPUÉS, SEGUIMOS SIN SABER QUÉ OCURRIÓ.

La histeria con que los dirigentes del PSOE recogen cualquier crítica a la versión oficial y la ausencia de pruebas que aportan, son suficientemente elocuentes de que tienen la conciencia sucia. Cualquiera que haya estudiado con relativo detenimiento la versión oficial, quien haya guardado todo lo que se publicó en los días siguientes al atentado, quien tenga un mínimo de espíritu crítico, sabe que la versión dada desde la tarde del 11-M es falsa. En nuestra obra “11-M, los perros del infierno” lo afirmamos con rotundidad, apenas tres meses después de los atentados: la furgoneta Kangoo, la casette, la bolsa que no explotó, Jamal Zougan, etc., todo esto no eran más que las piedrecitas del cuento Pulgarcito, colocadas a propósito por el verdadero instigador del crimen. Ya entonces dijimos que el principio de toda investigación criminal era “¿A quién beneficia el crimen?” y las 192 víctimas del 11-M beneficiaron a muchos…

Pues bien, los agujeros negros y el olor a podrido que destila la versión oficial del 11-M, hoy han sido reconocidos por buena parte de la población. No es un pequeño grupo de conspiranoicos ni de analistas avisados en materia anti-terrorista: simplemente es una parte del país que está conociendo la naturaleza de estos agujeros negros y que comparte la sensación de mentira, engaño, indefensión e impunidad en que se refugian los verdaderos autores del crimen.

El 11-M proyectado sobre el futuro

Es evidente que durante el tiempo en que ZP y gentes como Rubalcaba se sienten en las poltronas del poder, el gobierno va a hacer todo lo posible por apuntalar la versión oficial y mantener al Juez del Olmo al frente de la investigación. Pero no lo estarán siempre. Esa es la gran amenaza que pesa sobre el PSOE y sobre los ZP y su banda de oportunistas sin escrúpulos.

En la preparación del 11-M debieron participar no menos de un centenar de personas, acaso un 50% funcionarios del Estado en distintos cuerpos de seguridad. Solamente así pudo elaborarse la "versión oficial"; contando con la colaboración y complicidad de un equipo amplio, la mayoría de los cuales solamente tendrían una visión limitada de su trabajo. En su conjunto podría elaborarse una gigantesca patraña macabra y sangrienta cuya astracanada final fue el turbio y mal montado episodio de Leganés, donde mueren todos los "culpables". Una versión como la oficial solamente puede sostenerse a corto y medio plazo si se cuenta con un gobierno que bloquee la investigación y desaliente cualquier tipo de esfuerzo por proseguirla. Pero esta situación, recuérdenlo los que han organizado el 11-M, no se prolongará eternamente.

Para un gobierno que, EN EL FUTURO, se proponga investigar qué ocurrió el 11-M, no será difícil investigar las cuentas de estos funcionarios a partir de sus distintos niveles de responsabilidad y silencio, las de sus allegados, sus bienes y en qué momento los adquirieron; y extraer las conclusiones oportunas. El 11-M y la explosión de Leganés precisan la complicidad de varios funcionarios de distintos cuerpos. Complicidad previa al crimen, cuando los instigadores estaban empezando a colocar las "piedrecitas" de Pulgarcito, complicidad en el momento del crimen, complicidad en la investigación y silencio eterno. El silencio se compra con dinero. El caso GAL ya lo demostró. Pero los funcionarios –que luego se jubilan y perciben pensiones- precisan, hasta el día en que mueren, dinero, dinero y dinero, especialmente si están habituados a pateárselo con putas, queridas, coca y buena vida. A quien encargó el 11-M –sea quien sea, o mejor, sean quienes sean- le va tocar pagar y seguir pagando durante décadas. Como en el caso GAL, siempre habrá alguna filtración, algún descontento, una querida envidiosa y despechada, alguna fuente que crea que resultará más beneficiada si llama a la puerta de “El Mundo” o de cualquier otro medio, que a donde ya le conocen y ya le han pagado.

Y luego está la posibilidad de que el PP vuelva al poder. Cuando lo haga, es presumible que algunos de los que han colaborado en la trama piensen si no sería mejor cubrirse las espaldas y denunciar a sus cómplices. Es posible que sea un funcionario jubilado, que esté percibiendo una pensión y tema perderla si se le procesa por conspiración, ocultamiento y demás…

Es por todo esto que entiendo perfectamente que todos los hombres del PSOE, los Blanco, los Rubalcaba, los De la Vega, los Alonso y tantos otros, reaccionen histéricamente cada vez que les recuerdan que EL 11-M NO ESTA CERRADO, QUE NO SABEMOS LA VERDAD, Y QUE HOY YA UNA PARTE Y MAÑANA TODA LA SOCIEDAD ESPAÑOLA, QUERRAN CONOCER LA VERDAD.

Vale la pena dirigir unas palabras al presidente del gobierno y a los Rubalcaba y demás: EL 11-M OS PERSEGUIRÁ SIEMPRE, AQUELLOS ATENTADOS OS DIERON EL ACCESO AL PODER, PERO TAMBIÉN EN ESE MOMENTO, EMPEZÁSTEIS A CAVAR VUESTRA TUMBA. Es posible que algunos de vosotros no tengáis nada que ver con la trama, pero sabéis lo suficiente -por que no sois idiotas del todo- como para percibir que en la "versión oficial", desde que la SER dio la noticia una hora después del crimen, de que era un "atentado islámico", planea el aroma del misterio, la conspiración y el fraude... y calláis. Por eso sois tan culpables como las mentes asesinas que idearon el crimen y lo ejecutaron. Sois cómplices por encubrimiento. No lo olvidéis, porque muchos españoles tampoco lo vamos a olvidar mientras vivamos.

Otro aspecto importante de la manifestación de la AVT es que, finalmente, con la presencia del PP en la misma quedó clara la desvinculación del partido de la primera posición que mantuvo: “ha sido ETA”. En dos años, el nombre de ETA recorre tangencialmente la trama, pero no hay nada que indique una participación del terrorismo vasco en la trama. Como máximo puede hablarse de “manipulación” del terrorismo vasco. Si, porque da la sensación de que quien ideó el 11-M tuvo muy presente que el PP vincularía los atentados a ETA (de ahí el éxito inicial de la operación que culminaría en el vuelco de unos cuantos cientos de miles de votos del PP al PSOE y en el innoble "queremos la verdad"... solamente de 11 a 14 de marzo de 2003) y decidió que era bueno sembrar también algunas pistas indirectas que se refirieran también al terrorismo vasco. Esto garantizaba la existencia de una “línea de repliegue” por parte de los mentores del 11-M: si, a la larga, se cuestionaba la pista islámica, quedaba la pista etarra a la que el PP se aferraría desesperadamente y con la que quedaría satisfecha su ansia de investigar el 11-M. A fin de cuentas, hasta hace sólo unas semanas el PP seguía defendiendo la autoría de ETA.

Ahora bien, si esto es así, y es muy posible que fuera así, es evidente que alguien dentro de ETA debía de facilitar la elaboración de pistas falsas: por ejemplo, el hecho de que la organización robara un coche JUSTO EN EL MISMO CALLEJÓN EN EL QUE VIVÍA TRASHORRAS, o que la “caravana de la muerte”, que condujo parte de los explosivos de Asturias a Madrid en Enero, siguiera un recorrido paralelo a la “caravana de la muerte” de ETA en itinerario y en fecha. Y esto nos lleva directamente al “proceso de paz", piedra angular de la política de ZP y máxima esperanza para su reelección.

El “topo” de ETA con nombre y alias

El 12 de julio de 2002, “Josu Ternera”, de verdadero nombre José Antonio Urriticoechea, abandonaba su escaño en el parlamento vasco y pasaba a la clandestinidad con la excusa de haber sido requerido por la Audiencia Nacional para declarar sobre el atentado a la Casa Cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza en 1987. Desde entonces, solamente Carod-Rovira le ha visto oficialmente la cara en la repugnante reunión de Perpignan.

Vale la pena repasar un poco la historia de los últimos años de ETA. La “tregua trampa” fue decretada, solamente, a causa del lamentable estado de la organización, literalmente convertida en un gruyere, acosada por los topos y bajo una presión insoportable por parte de las Fuerzas de Seguridad del Estado. ETA aprovechó aquella “tregua trampa” para duplicar su infraestructura y crear una organización paralela a salvo del acoso policial.

Esto dio buenos resultados en un primer momento. En el año 2000-2002 no ocurre nada anormal. La organización comete atentados y van cayendo algunos comandos, con la misma frecuencia que en el período anterior. Sin embargo, a partir de 2002, las caídas se convierten en más frecuentes. Basta que un etarra salga de su madriguera con una bomba o con un cartucho de dinamita, para que inmediatamente sea detenido por la policía. Y esas caídas se producen no solamente a nivel de base, sino también entre la cúpula dirigente, particularmente en Francia. Caen todos. El propio Mikel Antxa, que acompaño a Carod en la reunión de Perpignan, resultó detenido en octubre de 2004 en Francia… Ya no hay duda: ETA tenía un topo, un topo eficaz y silencioso. Los medios lo han silenciado para no hacer peligrar su misión. Pero las cosas están cambiando. Y el topo está situado en la clave de una trama político-conspirativa de singular maquiavelismo y complejidad.

Ese topo no era un topo como los anteriores. No era un militante de base que en unos años logra escalar una posición de privilegio y consigue desarticular unos cuantos comandos antes de tener que poner tierra por medio. En esta ocasión el topo era diferente: estaba en la cúpula. ¿Por qué lo afirmamos? Porque durante tres años (de 2002 a 2005) logró seguir incrustado en la estructura etarra sin despertar sospechas. No era un topo en la base, era un topo en la cúpula, con prestigio dentro de la organización, consciente de que ETA se estaba acabando y que aspiraba solamente a una salida personal airosa en la que se incluía quedarse con la parte del león del “tesoro de ETA”: el producto de cuarenta años de rackett, secuestros y exacciones. Si hubiera sido un topo "de base" pronto habría sido descubierto, identificado y perseguido o asesinado. Su tarea delatora habría concluido pronto. Pero no ocurrió así: entre 2002 y 2004, los golpes que recibió ETA fueron constantes, sin que la organización consiguiera explicar por qué sus militantes no estaban en condiciones de realizar ningún atentado. El topo debía tener una visión más amplia de la organización, debía de ser un "intocable" de la misma, a salvo de cualquier crítica y con prestigio entre la militancia.

Hace dos años y medio, advertimos por primera vez lo sorprendente de las operaciones policiales continuadas que se reiteraban una y otra vez contra ETA y que evidenciaban a todas luces la existencia de un topo. Entonces, en Krisis.info formulamos nuestra teoría: no sabíamos entonces quién era el topo que estaba desmantelando la organización etarra, solamente intuíamos que se trataba de un topo situado en la cúpula de la organización. Y entonces decíamos: “hará falta ver con el tiempo qué dirigente etarra queda a salvo de las detenciones. Entonces no habrá dudas: ese es el topo”. Hoy lo sabemos: ese "superviviente" es “Josu Ternera”, de verdadero nombre José Antonio Urriticoechea… Él es el único dirigente que ha resultado incólume de las brillantes operaciones policiales desarrolladas contra ETA.

“José Ternera”, hombre clave en el “proceso de paz”

Todo lo anterior es, naturalmente, una hipótesis de trabajo… avalada por datos objetivos. Hoy, más que nunca, esa hipótesis de trabajo se ve sostenida por más y más datos. En principio, por el “proceso de paz”. El miércoles se publicaba la noticia de que “Josu Ternera” ha sido visto en libertad y sin ser molestado en las calles de San Sebastián y que él era el personaje clave del proceso de paz. ¡Pues claro que lo es!

En los dos últimos años, desde que ZP se sienta en la Moncloa, algo ha cambiado en la relación del gobierno con ETA. Si el PP llegó a la conclusión de que era posible acabar con la organización por la vía policial, ZP cree que la vía del pacto es mucho más prometedora. En el fondo, la discusión sobre la estrategia a seguir en la lucha antiterrorista podría ser admisible en el seno de una sociedad democrática, siempre y cuando, entre los dos partidos mayoritarios exista un consenso. ZP rompió el consenso antiterrorista y emprendió el camino que ya había elegido antes de ser presidente del gobierno. El PP tiene todo el derecho en llamar a ZP DESLEAL, por los contactos del PSE con HB y por el giro unilateral de la política antiterrorista, rompiendo de facto el “Pacto Antiterrorista”. Hoy se sabe que no era sólo ZP quien mantenía contactos con HB, sino muchos estamentos del PSE, incluidas las “mujeres” del partido, que los mantenían con las “mujeres” de HB. Dado que el PSOE y el PSE habían firmado el Pacto Antiterrorista, que impedía mantener contactos con grupos ilegales, la acusación de DESLEALTAD es perfectamente razonable.

Para ETA era evidente que si bien el PP jamás volvería a ser seducido por una “tregua trampa”, al menos con ZP se podía obtener algún beneficio… por pequeño que fuera. Y, en lo que se refiere a ZP, sabía que quien lograra la “pacificación” del País Vasco tenía asegurada la reelección. Así pues, la “paz” era un “joint-venture” entre ZP y ETA. ¿Y el topo? El "topo-Ternera" apenas podía aspirar a huir con el botín de ETA, hasta el 11-M del 2003. Con ZP, puede aspirar incluso a tener un brillante futuro político en el futuro País Vasco...

En los dos últimos años, la policía ha realizado “desarticulaciones selectivas” que han mermado a ETA. Los detenidos han sido los contrarios a iniciar el “proceso de paz”, los sectores más radicales de la organización. No es algo nuevo. Habitualmente, las policías de todo el mundo, cuando acosan a una organización terrorista, tienen no solo en cuenta la pertenencia de tal o cual miembro a la misma, sino el efecto que va a generar en el interior de la organización ésa o la otra detención. Detenciones selectivas se han producido en organizaciones terroristas españolas desde el siglo XIX. En los dos últimos años, esas “detenciones selectivas” han reforzado la posición de “Josu Ternera” en el interior de la banda, y desmantelado cualquier sector crítico que pudiera tener. Los partidarios del terrorismo a ultranza están, en su mayor parte, en prisión. Ternera tiene las manos libres para hablar en nombre de la organización. Pero el hecho de que, hoy mismo, se haya conocido la carta de De Juana Chaos a "Gara" advirtiendo las condiciones que los presos etarras imponen a los negociadores, es significativo de que no todos están en la misma posición.

En los próximos 15 días, los enviados de Rubalcaba y ZP se sentarán con “Josu Ternera” para negociar. No con otros dirigentes, sino con él. Con el hombre al que la lógica apunta que es el topo en ETA desde 2002. El terrorista que se encontró con Carod en Perpignan (aún en ambientes de ERC se siguen preguntando cómo fue que el CNI llegó a saber que se había producido la reunión…), el hombre que presumiblemente traicionó a su camarada “Mikel Antxa”, y a tantos otros, por sus propias ambiciones personales.

“Ternera” hombre clave de un futuro gobierno PSE-HB

El llamado “proceso de paz” puede resumirse en esto: la consumación de una traición a cambio de unas cuantas concesiones (libertad escalonada de los presos, reagrupación en cárceles vascas con medidas de gracia excepcionales, relegalización de HB y poco más), especialmente realizadas sobre la memoria de las víctimas del terrorismo, a cambio de no cometer más atentados y, sobre todo, de la promesa del apoyo de HB a un gobierno de coalición con el PSE de cara a marginalizar definitivamente al PP de la política vasca y arrancar el poder de manos del PNV.

Tal es la política del actual secretario general del PSE, Patxi López. El PSE tiene en su haber que su anterior negociación con ETA(p-m) supuso un éxito parcial. Gracias a la negociación se desmovilizó a una parte de la organización, mientras que su “frente político”, Euzkadiko Ezkerra, terminó fusionándose con la entonces esquelética Federación Vasca del PSOE, dando lugar al actual PSE. ZP cree que ahora este proceso, en cierta manera, puede repetirse. Un sector del PSE vasco cree, verdaderamente, que en HB pesará más el ser un “partido de izquierdas” que un “partido nacionalista” y que, por tanto, al igual que ERC, preferirá pactar antes con el socialismo que con el nacionalismo… No es del todo claro, pero tal es el diseño estratégico de ZP y de Patxi López.

En ese marco, la figura de “Josu Ternera” es clave: el antiguo dirigente de la banda, el diputado aberzale miembro de seis comisiones (Economía Hacienda y Presupuestos, de Ordenación Territorial, Transportes y Medio Ambiente, de Urgencia Legislativa, Reglamento y Gobierno, de Incompatibilidades, de Agricultura y Pesca y de la Comisión Especial de Autogobierno), es el que “garantiza” el cumplimiento del pacto pues, no en vano, ni Otegui, ni Permach, ni Landa, tienen talla ni prestigio suficiente como para asumir el liderazgo político que implica un giro copernicano en HB.

Los “talones de Aquiles” del “proceso de paz”

ZP se la juega y su proverbial buena suerte puede terminar traicionándole. Hoy está en manos de una banda de desaprensivos con menos escrúpulos que él. Entre traidores anda el juego y quien ha traicionado a sus propios camaradas no va a dudar en traicionar a un alfeñique político como ZP. De hecho, desde hoy hasta el final del “proceso de paz”, ZP tiene cogidos los testículos por “Josu Ternera”. Es así de simple.

Por lo demás, hace falta realizar una precisión semántica. Llamar a este “proceso” “proceso de paz” es un puro sinsentido. ¿Va a disminuir este proceso la presión del nacionalismo contra los no nacionalistas? ¿Va a hacer que disminuyan las agresiones psicológicas o físicas, las humillaciones y las provocaciones contra el sector de la población considerado como “españolista”? No, EL TECHO DE ESTE PROCESO CONSISTE EN DESMOVILIZAR A UNA PARTE DE ETA Y SENTAR A PATXI LOPEZ EN LA LENDAKARITZA. Nada más.

Si se trata de examinar referencias históricas anteriores, se percibe con claridad que la historia de ETA es la historia de sus escisiones. Entre “políticos” y “militares”, en varias ocasiones en el pasado, o entre “oportunistas” y “fanáticos”. Antes o después, el mundo abertzale meditará sobre lo ocurrido en los últimos seis años y comprobará que nada de lo que ha ocurrido es casual. Tendrá la convicción de que ha sido traicionado e intentará indagar sobre quién lo traicionó. Otros –acaso los más inteligentes- serán capaces de revisar lo que han hecho a lo largo de su vida y se harán olvidar en el anonimato: bastante sangre han vertido y bastantes asesinatos han cometido como para que el olvido no sea su mejor recompensa. Los habrá que colaborarán en el “proceso de paz” por ambición e incluso por miedo. Pero de lo que podemos estar completamente seguros es de que NI ETA, NI EL MUNDO ABERTZALE REACCIONARAN DE LA MISMA MANERA ANTE LA CONCLUSIÓN DEL PROCESO DE PAZ. Los habrá que se plegarán a un acuerdo con ZP, los habrá que se retirarán a sus hogares o esperarán salir de prisión o del exilio, y los habrá que considerarán el proceso como una traición y seguirán en la “lucha armada” y en el abertzalismo de extrema-izquierda irreductible.

Parece difícil incluso que el PSE y los restos de una relegalizada HB logren formar un gobierno con mayoría suficiente para dirigir el País Vasco. Ni siquiera está clara la posición de Aralar en este engendro. Tampoco el margen de maniobra de ZP es muy grande: las concesiones que puede hacer son suficientemente claras en este momento y no satisfacen ni a los más radicales, ni siquiera a los militantes abertzales más convencidos de su causa.

Pero este “proceso de paz” tiene un aspecto particularmente siniestro: el castigo a los crímenes realizados por ETA en los últimos años puede quedar en suspenso. ZP va a especular con el dolor de las víctimas. Estas, si primero sufrieron el dolor de ver la muerte de sus seres queridos o de resultar ellos mismos heridos en atentados, ahora la “gracia” de ZP les provoca un “segundo dolor”: el de ver cómo los criminales pueden ser puestos en libertad. EN LA ESPAÑA DE ZP, EL CRIMEN SALE BARATO.

Pero que no juegue ZP con el dolor de las víctimas. La manifestación de ayer indica hasta qué punto existe una fractura vertical en este país entre ZP y quienes opinan que el criminal debe ser castigado con todo el peso de la ley. Y estos últimos no son precisamente pocos. Que ZP no juegue con el dolor de las víctimas. Bastante debería agradecerles que hayan tenido el temple de no utilizar las cuotas y las escasas subvenciones que recibe la AVT para pagar a mafiosos que persigan a los pistoleros allá donde se encuentren. Cualquier mafioso búlgaro cobra hoy 3000 euros por cabeza cortada y les aseguro que apenas les importa su Rh. Y son muchas las cabezas de criminales que van a salir en los próximos meses en virtud de la negociación.

Todo induce a pensar que el alcance del “proceso de paz” será limitado, que solamente logrará desmovilizar a una parte de la organización terrorista y no logrará la unanimidad en el mundo abertzale. Por otra parte, que no canten victoria los “negociadores”: ETA frecuentemente, tras romper una tregua, ha apuntado sus pistolas contra los negociadores. Estos tampoco saldrán indemnes. Los etarras que se nieguen a entregar las armas apuntarán contra ellos. Que lo sepan, porque los oportunistas de hoy pueden ser los cadáveres del mañana.

Y todo para que Patxi López tenga la oportunidad algún día de ser “lendakari” y para que la baba coriácea de ZP sea reelegida en el 2008… ¡Qué miseria de política! ¡Qué “proceso de mierda”!

© Ernesto Milà Rodríguez – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 11.06.06.

 

 

No al Estatut (VII de X). Inmigración, familia, bienestar social... bla, bla, bla

No al Estatut (VII de X). Inmigración, familia, bienestar social... bla, bla, bla

Infokrisis.- Uno de los aspectos más sorprendentes del presente estatuto es que, contrariamente a lo que cabría pensar, ni siquiera asegura la protección de la sociedad catalana frente a la inmigración, ni se percibe una defensa de la familia, ni de la sociedad catalana. Aquí también la Generalita reivindica algunas competencias en materia de inmigración y lanza unos cuantos tópicos sobre la familia. Una nueva vuelta de tuerca en torno a un Estatuto ideologizado e impresentable.

 

11-M: Queremos la verdad

Hasta hace relativamente poco tiempo, sostener que el terrorismo islámico no tenía gran cosa que ver con el atentado del 11-M suponía inmediatamente ser puesto en el montón amorfo y desordenado de los “conspiranoicos” que, por sí mismos, se desprestigiaban. Ayer sábado, 750.000 personas (o una impresionante manifestación) dijeron en voz bien alta lo que algunos ya habíamos dicho desde el principio: QUE LA VERSIÓN OFICIAL SOBRE LOS ATENTADOS ES PURA BASURA y que DOS AÑOS DESPUÉS, SEGUIMOS SIN SABER QUÉ OCURRIÓ.

La histeria con que los dirigentes del PSOE recogen cualquier crítica a la versión oficial y la ausencia de pruebas que aportan, son suficientemente elocuentes de que tienen la conciencia sucia. Cualquiera que haya estudiado con relativo detenimiento la versión oficial, quien haya guardado todo lo que se publicó en los días siguientes al atentado, quien tenga un mínimo de espíritu crítico, sabe que la versión dada desde la tarde del 11-M es falsa. En nuestra obra “11-M, los perros del infierno” lo afirmamos con rotundidad, apenas tres meses después de los atentados: la furgoneta Kangoo, la casette, la bolsa que no explotó, Jamal Zougan, etc., todo esto no eran más que las piedrecitas del cuento Pulgarcito, colocadas a propósito por el verdadero instigador del crimen. Ya entonces dijimos que el principio de toda investigación criminal era “¿A quién beneficia el crimen?” y las 192 víctimas del 11-M beneficiaron a muchos…

Pues bien, los agujeros negros y el olor a podrido que destila la versión oficial del 11-M, hoy han sido reconocidos por buena parte de la población. No es un pequeño grupo de conspiranoicos ni de analistas avisados en materia anti-terrorista: simplemente es una parte del país que está conociendo la naturaleza de estos agujeros negros y que comparte la sensación de mentira, engaño, indefensión e impunidad en que se refugian los verdaderos autores del crimen.

El 11-M proyectado sobre el futuro

Es evidente que durante el tiempo en que ZP y gentes como Rubalcaba se sienten en las poltronas del poder, el gobierno va a hacer todo lo posible por apuntalar la versión oficial y mantener al Juez del Olmo al frente de la investigación. Pero no lo estarán siempre. Esa es la gran amenaza que pesa sobre el PSOE y sobre los ZP y su banda de oportunistas sin escrúpulos.

En la preparación del 11-M debieron participar no menos de un centenar de personas, acaso un 50% funcionarios del Estado en distintos cuerpos de seguridad. Solamente así pudo elaborarse la "versión oficial"; contando con la colaboración y complicidad de un equipo amplio, la mayoría de los cuales solamente tendrían una visión limitada de su trabajo. En su conjunto podría elaborarse una gigantesca patraña macabra y sangrienta cuya astracanada final fue el turbio y mal montado episodio de Leganés, donde mueren todos los "culpables". Una versión como la oficial solamente puede sostenerse a corto y medio plazo si se cuenta con un gobierno que bloquee la investigación y desaliente cualquier tipo de esfuerzo por proseguirla. Pero esta situación, recuérdenlo los que han organizado el 11-M, no se prolongará eternamente.

Para un gobierno que, EN EL FUTURO, se proponga investigar qué ocurrió el 11-M, no será difícil investigar las cuentas de estos funcionarios a partir de sus distintos niveles de responsabilidad y silencio, las de sus allegados, sus bienes y en qué momento los adquirieron; y extraer las conclusiones oportunas. El 11-M y la explosión de Leganés precisan la complicidad de varios funcionarios de distintos cuerpos. Complicidad previa al crimen, cuando los instigadores estaban empezando a colocar las "piedrecitas" de Pulgarcito, complicidad en el momento del crimen, complicidad en la investigación y silencio eterno. El silencio se compra con dinero. El caso GAL ya lo demostró. Pero los funcionarios –que luego se jubilan y perciben pensiones- precisan, hasta el día en que mueren, dinero, dinero y dinero, especialmente si están habituados a pateárselo con putas, queridas, coca y buena vida. A quien encargó el 11-M –sea quien sea, o mejor, sean quienes sean- le va tocar pagar y seguir pagando durante décadas. Como en el caso GAL, siempre habrá alguna filtración, algún descontento, una querida envidiosa y despechada, alguna fuente que crea que resultará más beneficiada si llama a la puerta de “El Mundo” o de cualquier otro medio, que a donde ya le conocen y ya le han pagado.

Y luego está la posibilidad de que el PP vuelva al poder. Cuando lo haga, es presumible que algunos de los que han colaborado en la trama piensen si no sería mejor cubrirse las espaldas y denunciar a sus cómplices. Es posible que sea un funcionario jubilado, que esté percibiendo una pensión y tema perderla si se le procesa por conspiración, ocultamiento y demás…

Es por todo esto que entiendo perfectamente que todos los hombres del PSOE, los Blanco, los Rubalcaba, los De la Vega, los Alonso y tantos otros, reaccionen histéricamente cada vez que les recuerdan que EL 11-M NO ESTA CERRADO, QUE NO SABEMOS LA VERDAD, Y QUE HOY YA UNA PARTE Y MAÑANA TODA LA SOCIEDAD ESPAÑOLA, QUERRAN CONOCER LA VERDAD.

Vale la pena dirigir unas palabras al presidente del gobierno y a los Rubalcaba y demás: EL 11-M OS PERSEGUIRÁ SIEMPRE, AQUELLOS ATENTADOS OS DIERON EL ACCESO AL PODER, PERO TAMBIÉN EN ESE MOMENTO, EMPEZÁSTEIS A CAVAR VUESTRA TUMBA. Es posible que algunos de vosotros no tengáis nada que ver con la trama, pero sabéis lo suficiente -por que no sois idiotas del todo- como para percibir que en la "versión oficial", desde que la SER dio la noticia una hora después del crimen, de que era un "atentado islámico", planea el aroma del misterio, la conspiración y el fraude... y calláis. Por eso sois tan culpables como las mentes asesinas que idearon el crimen y lo ejecutaron. Sois cómplices por encubrimiento. No lo olvidéis, porque muchos españoles tampoco lo vamos a olvidar mientras vivamos. 

Otro aspecto importante de la manifestación de la AVT es que, finalmente, con la presencia del PP en la misma quedó clara la desvinculación del partido de la primera posición que mantuvo: “ha sido ETA”. En dos años, el nombre de ETA recorre tangencialmente la trama, pero no hay nada que indique una participación del terrorismo vasco en la trama. Como máximo puede hablarse de “manipulación” del terrorismo vasco. Si, porque da la sensación de que quien ideó el 11-M tuvo muy presente que el PP vincularía los atentados a ETA (de ahí el éxito inicial de la operación que culminaría en el vuelco de unos cuantos cientos de miles de votos del PP al PSOE y en el innoble "queremos la verdad"... solamente de 11 a 14 de marzo de 2003) y decidió que era bueno sembrar también algunas pistas indirectas que se refirieran también al terrorismo vasco. Esto garantizaba la existencia de una “línea de repliegue” por parte de los mentores del 11-M: si, a la larga, se cuestionaba la pista islámica, quedaba la pista etarra a la que el PP se aferraría desesperadamente y con la que quedaría satisfecha su ansia de investigar el 11-M. A fin de cuentas, hasta hace sólo unas semanas el PP seguía defendiendo la autoría de ETA.

Ahora bien, si esto es así, y es muy posible que fuera así, es evidente que alguien dentro de ETA debía de facilitar la elaboración de pistas falsas: por ejemplo, el hecho de que la organización robara un coche JUSTO EN EL MISMO CALLEJÓN EN EL QUE VIVÍA TRASHORRAS, o que la “caravana de la muerte”, que condujo parte de los explosivos de Asturias a Madrid en Enero, siguiera un recorrido paralelo a la “caravana de la muerte” de ETA en itinerario y en fecha. Y esto nos lleva directamente al “proceso de paz", piedra angular de la política de ZP y máxima esperanza para su reelección.

El “topo” de ETA con nombre y alias

El 12 de julio de 2002, “Josu Ternera”, de verdadero nombre José Antonio Urriticoechea, abandonaba su escaño en el parlamento vasco y pasaba a la clandestinidad con la excusa de haber sido requerido por la Audiencia Nacional para declarar sobre el atentado a la Casa Cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza en 1987. Desde entonces, solamente Carod-Rovira le ha visto oficialmente la cara en la repugnante reunión de Perpignan.

Vale la pena repasar un poco la historia de los últimos años de ETA. La “tregua trampa” fue decretada, solamente, a causa del lamentable estado de la organización, literalmente convertida en un gruyere, acosada por los topos y bajo una presión insoportable por parte de las Fuerzas de Seguridad del Estado. ETA aprovechó aquella “tregua trampa” para duplicar su infraestructura y crear una organización paralela a salvo del acoso policial.

Esto dio buenos resultados en un primer momento. En el año 2000-2002 no ocurre nada anormal. La organización comete atentados y van cayendo algunos comandos, con la misma frecuencia que en el período anterior. Sin embargo, a partir de 2002, las caídas se convierten en más frecuentes. Basta que un etarra salga de su madriguera con una bomba o con un cartucho de dinamita, para que inmediatamente sea detenido por la policía. Y esas caídas se producen no solamente a nivel de base, sino también entre la cúpula dirigente, particularmente en Francia. Caen todos. El propio Mikel Antxa, que acompaño a Carod en la reunión de Perpignan, resultó detenido en octubre de 2004 en Francia… Ya no hay duda: ETA tenía un topo, un topo eficaz y silencioso. Los medios lo han silenciado para no hacer peligrar su misión. Pero las cosas están cambiando. Y el topo está situado en la clave de una trama político-conspirativa de singular maquiavelismo y complejidad.

Ese topo no era un topo como los anteriores. No era un militante de base que en unos años logra escalar una posición de privilegio y consigue desarticular unos cuantos comandos antes de tener que poner tierra por medio. En esta ocasión el topo era diferente: estaba en la cúpula. ¿Por qué lo afirmamos? Porque durante tres años (de 2002 a 2005) logró seguir incrustado en la estructura etarra sin despertar sospechas. No era un topo en la base, era un topo en la cúpula, con prestigio dentro de la organización, consciente de que ETA se estaba acabando y que aspiraba solamente a una salida personal airosa en la que se incluía quedarse con la parte del león del “tesoro de ETA”: el producto de cuarenta años de rackett, secuestros y exacciones. Si hubiera sido un topo "de base" pronto habría sido descubierto, identificado y perseguido o asesinado. Su tarea delatora habría concluido pronto. Pero no ocurrió así: entre 2002 y 2004, los golpes que recibió ETA fueron constantes, sin que la organización consiguiera explicar por qué sus militantes no estaban en condiciones de realizar ningún atentado. El topo debía tener una visión más amplia de la organización, debía de ser un "intocable" de la misma, a salvo de cualquier crítica y con prestigio entre la militancia.  

Hace dos años y medio, advertimos por primera vez lo sorprendente de las operaciones policiales continuadas que se reiteraban una y otra vez contra ETA y que evidenciaban a todas luces la existencia de un topo. Entonces, en Krisis.info formulamos nuestra teoría: no sabíamos entonces quién era el topo que estaba desmantelando la organización etarra, solamente intuíamos que se trataba de un topo situado en la cúpula de la organización. Y entonces decíamos: “hará falta ver con el tiempo qué dirigente etarra queda a salvo de las detenciones. Entonces no habrá dudas: ese es el topo”. Hoy lo sabemos: ese "superviviente" es “Josu Ternera”, de verdadero nombre José Antonio Urriticoechea… Él es el único dirigente que ha resultado incólume de las brillantes operaciones policiales desarrolladas contra ETA.

“José Ternera”, hombre clave en el “proceso de paz”

Todo lo anterior es, naturalmente, una hipótesis de trabajo… avalada por datos objetivos. Hoy, más que nunca, esa hipótesis de trabajo se ve sostenida por más y más datos. En principio, por el “proceso de paz”. El miércoles se publicaba la noticia de que “Josu Ternera” ha sido visto en libertad y sin ser molestado en las calles de San Sebastián y que él era el personaje clave del proceso de paz. ¡Pues claro que lo es!

En los dos últimos años, desde que ZP se sienta en la Moncloa, algo ha cambiado en la relación del gobierno con ETA. Si el PP llegó a la conclusión de que era posible acabar con la organización por la vía policial, ZP cree que la vía del pacto es mucho más prometedora. En el fondo, la discusión sobre la estrategia a seguir en la lucha antiterrorista podría ser admisible en el seno de una sociedad democrática, siempre y cuando, entre los dos partidos mayoritarios exista un consenso. ZP rompió el consenso antiterrorista y emprendió el camino que ya había elegido antes de ser presidente del gobierno. El PP tiene todo el derecho en llamar a ZP DESLEAL, por los contactos del PSE con HB y por el giro unilateral de la política antiterrorista, rompiendo de facto el “Pacto Antiterrorista”. Hoy se sabe que no era sólo ZP quien mantenía contactos con HB, sino muchos estamentos del PSE, incluidas las “mujeres” del partido, que los mantenían con las “mujeres” de HB. Dado que el PSOE y el PSE habían firmado el Pacto Antiterrorista, que impedía mantener contactos con grupos ilegales, la acusación de DESLEALTAD es perfectamente razonable.

Para ETA era evidente que si bien el PP jamás volvería a ser seducido por una “tregua trampa”, al menos con ZP se podía obtener algún beneficio… por pequeño que fuera. Y, en lo que se refiere a ZP, sabía que quien lograra la “pacificación” del País Vasco tenía asegurada la reelección. Así pues, la “paz” era un “joint-venture” entre ZP y ETA. ¿Y el topo? El "topo-Ternera" apenas podía aspirar a huir con el botín de ETA, hasta el 11-M del 2003. Con ZP, puede aspirar incluso a tener un brillante futuro político en el futuro País Vasco...

En los dos últimos años, la policía ha realizado “desarticulaciones selectivas” que han mermado a ETA. Los detenidos han sido los contrarios a iniciar el “proceso de paz”, los sectores más radicales de la organización. No es algo nuevo. Habitualmente, las policías de todo el mundo, cuando acosan a una organización terrorista, tienen no solo en cuenta la pertenencia de tal o cual miembro a la misma, sino el efecto que va a generar en el interior de la organización ésa o la otra detención. Detenciones selectivas se han producido en organizaciones terroristas españolas desde el siglo XIX. En los dos últimos años, esas “detenciones selectivas” han reforzado la posición de “Josu Ternera” en el interior de la banda, y desmantelado cualquier sector crítico que pudiera tener. Los partidarios del terrorismo a ultranza están, en su mayor parte, en prisión. Ternera tiene las manos libres para hablar en nombre de la organización. Pero el hecho de que, hoy mismo, se haya conocido la carta de De Juana Chaos a "Gara" advirtiendo las condiciones que los presos etarras imponen a los negociadores, es significativo de que no todos están en la misma posición. 

En los próximos 15 días, los enviados de Rubalcaba y ZP se sentarán con “Josu Ternera” para negociar. No con otros dirigentes, sino con él. Con el hombre al que la lógica apunta que es el topo en ETA desde 2002. El terrorista que se encontró con Carod en Perpignan (aún en ambientes de ERC se siguen preguntando cómo fue que el CNI llegó a saber que se había producido la reunión…), el hombre que presumiblemente traicionó a su camarada “Mikel Antxa”, y a tantos otros, por sus propias ambiciones personales.

“Ternera” hombre clave de un futuro gobierno PSE-HB

El llamado “proceso de paz” puede resumirse en esto: la consumación de una traición a cambio de unas cuantas concesiones (libertad escalonada de los presos, reagrupación en cárceles vascas con medidas de gracia excepcionales, relegalización de HB y poco más), especialmente realizadas sobre la memoria de las víctimas del terrorismo, a cambio de no cometer más atentados y, sobre todo, de la promesa del apoyo de HB a un gobierno de coalición con el PSE de cara a marginalizar definitivamente al PP de la política vasca y arrancar el poder de manos del PNV.

Tal es la política del actual secretario general del PSE, Patxi López. El PSE tiene en su haber que su anterior negociación con ETA(p-m) supuso un éxito parcial. Gracias a la negociación se desmovilizó a una parte de la organización, mientras que su “frente político”, Euzkadiko Ezkerra, terminó fusionándose con la entonces esquelética Federación Vasca del PSOE, dando lugar al actual PSE. ZP cree que ahora este proceso, en cierta manera, puede repetirse. Un sector del PSE vasco cree, verdaderamente, que en HB pesará más el ser un “partido de izquierdas” que un “partido nacionalista” y que, por tanto, al igual que ERC, preferirá pactar antes con el socialismo que con el nacionalismo… No es del todo claro, pero tal es el diseño estratégico de ZP y de Patxi López.

En ese marco, la figura de “Josu Ternera” es clave: el antiguo dirigente de la banda, el diputado aberzale miembro de seis comisiones (Economía Hacienda y Presupuestos, de Ordenación Territorial, Transportes y Medio Ambiente, de Urgencia Legislativa, Reglamento y Gobierno, de Incompatibilidades, de Agricultura y Pesca y de la Comisión Especial de Autogobierno), es el que “garantiza” el cumplimiento del pacto pues, no en vano, ni Otegui, ni Permach, ni Landa, tienen talla ni prestigio suficiente como para asumir el liderazgo político que implica un giro copernicano en HB.

Los “talones de Aquiles” del “proceso de paz”

ZP se la juega y su proverbial buena suerte puede terminar traicionándole. Hoy está en manos de una banda de desaprensivos con menos escrúpulos que él. Entre traidores anda el juego y quien ha traicionado a sus propios camaradas no va a dudar en traicionar a un alfeñique político como ZP. De hecho, desde hoy hasta el final del “proceso de paz”, ZP tiene cogidos los testículos por “Josu Ternera”. Es así de simple.

Por lo demás, hace falta realizar una precisión semántica. Llamar a este “proceso” “proceso de paz” es un puro sinsentido. ¿Va a disminuir este proceso la presión del nacionalismo contra los no nacionalistas? ¿Va a hacer que disminuyan las agresiones psicológicas o físicas, las humillaciones y las provocaciones contra el sector de la población considerado como “españolista”? No, EL TECHO DE ESTE PROCESO CONSISTE EN DESMOVILIZAR A UNA PARTE DE ETA Y SENTAR A PATXI LOPEZ EN LA LENDAKARITZA. Nada más.

Si se trata de examinar referencias históricas anteriores, se percibe con claridad que la historia de ETA es la historia de sus escisiones. Entre “políticos” y “militares”, en varias ocasiones en el pasado, o entre “oportunistas” y “fanáticos”. Antes o después, el mundo abertzale meditará sobre lo ocurrido en los últimos seis años y comprobará que nada de lo que ha ocurrido es casual. Tendrá la convicción de que ha sido traicionado e intentará indagar sobre quién lo traicionó. Otros –acaso los más inteligentes- serán capaces de revisar lo que han hecho a lo largo de su vida y se harán olvidar en el anonimato: bastante sangre han vertido y bastantes asesinatos han cometido como para que el olvido no sea su mejor recompensa. Los habrá que colaborarán en el “proceso de paz” por ambición e incluso por miedo. Pero de lo que podemos estar completamente seguros es de que NI ETA, NI EL MUNDO ABERTZALE REACCIONARAN DE LA MISMA MANERA ANTE LA CONCLUSIÓN DEL PROCESO DE PAZ. Los habrá que se plegarán a un acuerdo con ZP, los habrá que se retirarán a sus hogares o esperarán salir de prisión o del exilio, y los habrá que considerarán el proceso como una traición y seguirán en la “lucha armada” y en el abertzalismo de extrema-izquierda irreductible.

Parece difícil incluso que el PSE y los restos de una relegalizada HB logren formar un gobierno con mayoría suficiente para dirigir el País Vasco. Ni siquiera está clara la posición de Aralar en este engendro. Tampoco el margen de maniobra de ZP es muy grande: las concesiones que puede hacer son suficientemente claras en este momento y no satisfacen ni a los más radicales, ni siquiera a los militantes abertzales más convencidos de su causa.

Pero este “proceso de paz” tiene un aspecto particularmente siniestro: el castigo a los crímenes realizados por ETA en los últimos años puede quedar en suspenso. ZP va a especular con el dolor de las víctimas. Estas, si primero sufrieron el dolor de ver la muerte de sus seres queridos o de resultar ellos mismos heridos en atentados, ahora la “gracia” de ZP les provoca un “segundo dolor”: el de ver cómo los criminales pueden ser puestos en libertad. EN LA ESPAÑA DE ZP, EL CRIMEN SALE BARATO.

Pero que no juegue ZP con el dolor de las víctimas. La manifestación de ayer indica hasta qué punto existe una fractura vertical en este país entre ZP y quienes opinan que el criminal debe ser castigado con todo el peso de la ley. Y estos últimos no son precisamente pocos. Que ZP no juegue con el dolor de las víctimas. Bastante debería agradecerles  que hayan tenido el temple de no utilizar las cuotas y las escasas subvenciones que recibe la AVT para pagar a mafiosos que persigan a los pistoleros allá donde se encuentren. Cualquier mafioso búlgaro cobra hoy 3000 euros por cabeza cortada y les aseguro que apenas les importa su Rh. Y son muchas las cabezas de criminales que van a salir en los próximos meses en virtud de la negociación.

Todo induce a pensar que el alcance del “proceso de paz” será limitado, que solamente logrará desmovilizar a una parte de la organización terrorista y no logrará la unanimidad en el mundo abertzale. Por otra parte, que no canten victoria los “negociadores”: ETA frecuentemente, tras romper una tregua, ha apuntado sus pistolas contra los negociadores. Estos tampoco saldrán indemnes. Los etarras que se nieguen a entregar las armas apuntarán contra ellos. Que lo sepan, porque los oportunistas de hoy pueden ser los cadáveres del mañana.

Y todo para que Patxi López tenga la oportunidad algún día de ser “lendakari” y para que la baba coriácea de ZP sea reelegida en el 2008… ¡Qué miseria de política! ¡Qué “proceso de mierda”!

© Ernesto Milà Rodríguez – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 11.06.06.

 

 

El modelo literario del guerrero (II de VI). La doctrina de la “regresión de las castas”

El modelo literario del guerrero (II de VI). La doctrina de la “regresión de las castas”

Infokrisis.- La segunda entrega de esta serie está dedicada a la doctrina de la "regresión de las castas" y a los elementos de inestabilidad del sistema de castas. Esto nos permitirá conocer que cada casta tiene sus valores determinados y que la casta guerrera ha logrado desarrollos culturales específicos, uno de los cuales, la literatura, será estudiada en la tercera entrega de esta serie.

 

Aquel tipo barbudo que estableció desde su mesa de la Biblioteca de Londres que la historia de la humanidad era la historia de la lucha de clases, se equivocó de medio a medio. La casta y la clase no son equiparables. La casta se forma en función de las predisposiciones psíquicas de sus individuos; la clase deriva de su situación en el proceso de producción. De la misma forma que la alquimia es a la química lo que la astrología a la astronomía, la casta es a la clase. El sistema de castas quedó completamente desarticulado en Occidente con las revoluciones liberales de finales del siglo XVIII y de todo el siglo XIX. La burguesía reivindicó el poder, en tanto que clase social hegemónica.

Habían pasado varios siglos desde que la burguesía había iniciado su lento ascenso en el Renacimiento. Durante dos centurias, la estructura gremial contuvo las aspiraciones de la burguesía de convertirse en casta hegemónica. De hecho, hasta principios del siglo XX existían normativas gremiales, incluso en España, que exigían a sus afiliados que limitaran sus ambiciones sociales y les conminaban a una vida austera y digna, alejada de lujos. En la Revolución Francesa, mucho más que en la Americana, fue evidente la insurrección de la burguesía contra la aristocracia. A partir de entonces se gestó una nueva forma de concebir el poder y las relaciones de poder: liberalismo y democracia, burguesía y comercio, producción e intercambio, posesión de los medios de producción y aportadores de la fuerza de trabajo, salario y beneficio, constituyeron las díadas básicas del nuevo sistema. El proceso se inició en el Renacimiento cuando los comerciantes genoveses, pisanos y venecianos alcanzaron, con sus expediciones a Oriente y con la importación de especies y tejidos, una acumulación de capital sin precedentes. Estos comerciantes estaban situados fuera del sistema de gremios y no disponían de un contrapeso a sus ambiciones individuales. Era el único grupo social de tales características. Poco a poco, el excedente económico acumulado por los comerciantes fue invadiendo el terreno de otros grupos. Compraron tierras a la aristocracia y, sobre todo, impulsaron una incipiente industria que en el curso de los dos siglos siguientes, reforzada por los descubrimientos técnicos y científicos, se fue transformando en cada vez más poderosa. En 17…, fecha de la independencia de los EEUU y poco después, en 1789, al estallar la Revolución Francesa, la burguesía impone su nueva escala de valores. Pero no se ha llegado hasta allí sino tras un largo proceso que vamos a intentar resumir y que la doctrina vedantina había previsto y califica como la “regresión de las castas”.

Si queremos introducirnos en esta doctrina con datos seguros vale la pena seguir a René Guénon -especialmente nos ayudará la lectura de su obra “Autoridad Espiritual y Poder Temporal” publicada en 1929- y a Julius Evola, en concreto la segunda parte de su obra “Revuelta contra el Mundo Moderno”, cuya primera edición se publicó en 1939. Es preciso advertir que ambos autores están de acuerdo en el análisis global, pero solo hasta cierto punto. En el fondo, ambos responden en su psicología profunda a las características de la casta sacerdotal (Guénon) y de la casta guerrera (Evola). El mismo título de sus dos obras capitales (“La crisis del mundo moderno” de Guénon y “Revuelta contra el mundo moderno” de Evola) ya son suficientemente ilustrativas de sus rasgos psicológicos. El punto central de la discusión entre Evola y Guénon atañe al orden de las castas y la naturaleza de las mismas.

Ambos autores están de acuerdo en la gradación jerárquica entre las castas (casta sacerdotal, casta guerrera, casta productiva) y en sus funciones respectivas. Ahora bien, difieren respecto a la naturaleza de la Realeza. Mientras que para Guénon el monarca o el emperador es, simplemente, el primero entre los aristócratas (es decir, el primero entre la casta guerrera, los shatriyas de la India védica), para Evola, de espíritu gibelino, el monarca detenta la doble espada, espiritual y material y el doble poder correspondiente. Su función se sitúa, pues, sobre la casta sacerdotal y, aunque haya salido de la aristocracia, sus funciones están por encima de su casta de origen.

Ambos autores parten del estudio de las formas tradicionales de la humanidad premoderna. Coinciden en que la “doctrina hindú enseña que no había primeramente más que una sola casta; el nombre de Hamsa, que se da a esta casta primitiva única, indica un grado espiritual muy elevado”, tal como expresó Guénon. Esto correspondería en el relato bíblico al período de Adán y Eva. La distinción posterior entre agricultores (Abel) y pastores (Caín) ya indica una especialización posterior a la “caída”. En la belicosidad de Caín se encuentran ya algunos rasgos propios de la casta guerrera, mientras que en Abel aparecen rasgos propios de la función productiva. Pero, con el tercer hijo de la pareja originaria, Set, se intuye la función sacerdotal. No en vano, según la Leyenda Áurea, es él quien regresa al Paraíso en busca de un esqueje del Árbol de la Sabiduría. En la tradición céltica, los dos poderes centrales están representados por el oso y el jabalí, el primero representa el poder temporal, el segundo el espiritual o, si se quiere, la casta guerrera y la casta druídica. En la India, la ruptura de la unidad originaria en el Hamsa primitivo favoreció la aparición, “separados el uno del otro, del poder espiritual y del poder temporal, que constituyen precisamente, en su ejercicio distinto, las funciones respectivas de las dos primeras castas, la de los brâhmanes y la de los kshatriyas”, por emplear palabras de Guénon.

La oposición entre el “poder espiritual” y el “poder temporal” se encuentra en casi todas las civilizaciones. Inicialmente, la casta guerrera acepta la primacía de la casta espiritual y se contenta con el gobierno de las cosas terrenales, dejando a la casta sacerdotal la dirección espiritual de los asuntos de la comunidad. Esto implica que “el primero entre los khsatriyas”, el monarca, sea consagrado por “el primero de los brahamanes”, el sumo pontífice. De éste recibe la sanción superior para poder ejercer su mandato. Pero no siempre fue así. El faraón egipcio era el primero entre los sacerdotes del “doble reino” y, en cuanto al césar romano, era también el sumo sacerdote del culto imperial. Guénon se centra especialmente en la India védica. Allí sí fue evidente que, en un momento dado, se produce la “revuelta de los khsatriyas”, la revuelta de los guerreros contra el poder sacerdotal. Para Evola, que ha analizado más de cerca la tradición latina y el budismo, las cosas se han sucedido de otra manera: en primer lugar, el Emperador nace de la casta guerrera y, a su vez, recibe la consagración sacerdotal en el momento de su consagración. Así pues, ya no es un khsatriya, sino que, a partir de ese momento, encarna la “doble espada” espiritual y temporal. Por eso es el sumo sacerdote de los ritos y el jefe de administración y, también, el conductor de los combates. Por otra parte, analizando la aparición del budismo, Evola recuerda que, efectivamente, la reforma budista aparece de la mano de un aristócrata, Sidharta Gautama, pero aparece solamente cuando la casta brahamánica ha caído en un ritualismo y ha relajado su tensión metafísica. No se trata, pues, de una revuelta, sino de la emergencia de un nuevo poder ante una situación de crisis que la propia casta brahamánica no estuvo en condiciones de superar.

En realidad, ambos autores están hablando casi de lo mismo, pero las conclusiones son diferentes dependiendo del marco geográfico en el que se fijen. El esquematismo rígido de Guénon no siempre es aplicable, y el gibelinismo medieval europeo está demasiado próximo como para que pueda olvidarse que la concepción que esta corriente medieval se hacía de la función del Emperador, lo situaba por encima de la aristocraciaupero también por encima del clero. El problema es conceptual: mientras que Guénon considera que la función real comprende, en sus palabras, “todo lo que, en el orden social, constituye el «gobierno» propiamente dicho, y eso aun cuando el gobierno en cuestión no tuviera la forma monárquica; esta función, en efecto, es la que pertenece en propiedad a toda la casta de los kshatriyas, y el rey no es más que el primero entre éstos. La función de la que se trata es doble en cierto modo: administrativa y jurídica por una parte, y militar por la otra, ya que debe asegurar el mantenimiento del orden a la vez dentro, como función reguladora y equilibrante, y fuera, como función protectora de la organización social; en diversas tradiciones, estos dos elementos constitutivos del poder real son simbolizados respectivamente por la balanza y la espada. Vemos por esto que el poder real es realmente sinónimo de poder temporal”. Y, para él, la función esencial del sacerdocio “es la conservación y la transmisión de la doctrina tradicional, en la cual toda organización social regular encuentra sus principios fundamentales”.

Merece destacarse la distinción que Guénon realiza entre los conceptos de “autoridad” y “poder”. Éste último se reserva al orden temporal y evoca casi inevitablemente la idea de fuerza material y coerción. Sería, pues, un poder sobre la naturaleza material que, frecuentemente, debería suponer un entendimiento casi constante con la fuerza. La “autoridad” (y Guénon sólo reconoce un tipo de autoridad, la espiritual) es “interior por esencia, no se afirma más que por sí misma, independientemente de todo apoyo sensible, y se ejerce en cierto modo de forma invisible”. La distinción es brillante, pero dista mucho de ser evidente. La institución monárquica y la imperial se han visto aureoladas hasta un tiempo relativamente reciente de una “autoridad” que excedía con mucho el mero prestigio o la eficacia de su gestión. Por otra parte, el error de Guénon consiste en ignorar que la ley de lo humano es la caducidad. Todo lo que existe en este mundo sublunar tiene fecha de caducidad y atraviesa procesos de cambio que, muy frecuentemente, son procesos degenerativos. Desde el punto de vista teórico, la doctrina del poder y la autoridad de Guénon es brillante, pero, desde el punto de vista de lo cotidiano, está literalmente de espaldas a la realidad. En cierto sentido el gran misterio de la humanidad es el de la decadencia: ¿ por qué “cualquier tiempo pasado fue mejor”? Cuando los principios hacen perder la perspectiva es que hay algún desenfoque en el nivel de esos mismos principios.

El error de Guénon consiste en ignorar a ratos una ley objetiva que la propia tradición hindú recoge: la ley de la regresión de las castas. Julius Evola se preocupa de traerla a colación en su “Rivolta contro il mondo moderno”: “a partir de los tiempos preantiguos, se produce una pendiente progresiva del poder y del tipo de civilización que pasa, en sentido descendente, de una a otra de las castas”. Efectivamente, el poder pasa de una realeza sacerdotal a una aristocracia guerrera y, de esta, a una burguesía económica.

En un primer momento los representantes del majestad divino, los jefes que reúnen en si los dos poderes son desbordados por la casta guerrera, situada en el nivel inmediatamente inferior. Los monarcas, a partir de ese momento, dejan de estar aureolados con un doble poder político y espiritual para ser simplemente jefes militares, señores de justicia temporal y, finalmente, soberanos absolutos políticos. La ley de ese tiempo es “realeza de la sangre, pero no majestad del espíritu”, en palabras de Evola. La idea del “derecho divino” sigue apareciendo durante un tiempo, pero como fórmula privada de un verdadero contenido. Este proceso se alcanza en Occidente al disolverse la ecumene medieval y producirse el tránsito a la la Edad Moderna.

La fides que cimenta al Estado en ese momento ya no tiene carácter religioso, sino solamente guerrero; se es fiel a un monarca por lealtad, honor y fidelidad, no porque tenga una autoridad espiritual. Guénon está básicamente de acuerdo con este razonamiento, e incluso afina a la hora de señalar el punto de inflexión: “También en Europa encontramos desde la Edad Media, el análogo de la rebelión de los kshatriyas; lo encontramos incluso más particularmente en Francia, donde, a partir de Felipe El Hermoso, (…) la realeza trabajó casi constantemente para hacerse independiente de la autoridad espiritual. Los «letrados» de Felipe El Hermoso son ya, mucho antes de los «humanistas» del Renacimiento, los precursores del «laicismo» actual”. Como es suficientemente conocido, Felipe El Hermoso, destruyendo a la Orden del Temple, orden ascético-militar, eliminó un vestigio de la antigua concepción del poder como unión de la autoridad espiritual y la temporal. Ciertamente, el papado no hizo nada para defender a los templarios, pero es que, según recuerda Guénon, tal disolución “fue querida por el rey de Francia, fue al menos realizada de acuerdo con el Papado; la verdad es que fue impuesta al Papado, lo que es completamente diferente”. Es significativo que Dante identificara la “avaricia” como móvil que indujo a Felipe El Hermoso a destruir al Temple. Pero la avaricia ya no es un vicio guerrero sino de la casta siguiente; es, en efecto, propio de la burguesía. En realidad, para destruir primero a los templarios y luego imponerse sobre las aristocracias guerreras en su tendencia a la constitución de los Estados Nacionales, las monarquías medievales debieron apoyarse especialmente en la incipiente burguesía urbana, en el Tercer Estado. De hecho, tal como recuerda Guénon, “los reyes de Francia, a partir de Felipe El Hermoso precisamente, se rodean constantemente de burgueses, sobre todo aquellos que, como Luis XI y Luis XIV, llevaron más lejos el trabajo de «centralización», cuyo beneficio debía recoger después la burguesía cuando se apoderó del poder por la Revolución de 1789”. No importa hacia donde dirijamos la vista; en la Europa del siglo XIV este proceso se generaliza. Federico II crea un cuerpo de jueces laicos para administrar justicia. En los reinos españoles se inician las luchas entre los monarcas y la nobleza y siempre, inevitablemente, los primeros se apoyan en la burguesía y en las milicias ciudadanas para imponer su poder.

Hacia finales del siglo XIV ya queda muy poco de la “cristiandad”. Se han formado, o definido suficientemente, los futuros Estados Nacionales que combatirán durante las guerras de religión y que adquirirán carta de naturaleza en la Paz de Westfalia. Pero, sigue Guénon: “las naciones, que no son más que los fragmentos dispersos de la antigua «Cristiandad», las falsas unidades que han sustituido a la unidad verdadera por la voluntad de dominio del poder temporal, no podían vivir, por las condiciones mismas de su constitución, más que oponiéndose las unas a las otras, luchando sin cesar entre ellas sobre todos los terrenos”. Cuesta, efectivamente, poco entender que, en tanto que la referencia espiritual tiende hacia la unidad, a medida que nos vayamos alejando del terreno espiritual entramos en el mundo de la multiplicidad y la división, la contradicción y el antagonismo. Cuando sobre las cenizas de la catolicidad medieval emergen los Estados Nacionales, estamos en puertas de conflictos que se prolongarán incesantemente desde el siglo XV hasta el XX.

Pero las monarquías basadas en estos principios no iban a poder soportar por mucho tiempo la presión de aquellos en los que se habían inicialmente apoyado. Al calor de las cortes reales aparecen las oligarquías económicas que, poco a poco, van presionando sobre los residuos de la aristocracia y del clero. El Tercer Estado va creciendo en fuerza y fortaleza a lo largo de los siglos XVII y XVIII y con él avanza su propio paradigma ideológico. A las monarquías absolutas, increíblemente centralizadoras y prepotentes –“Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”- el Tercer Estado responde, primero, con la fórmula “El rey reina, pero no gobierna” y después con la guillotina. Se instauran las repúblicas y las democracias parlamentarias pero, en el fondo, la monarquía en cierta manera sigue existiendo: aparecen los reyes del estaño, los reyes del petróleo, los reyes del carbón, del hierro y del acero. Las dinastías oligárquicas basadas en el control de los medios de producción y en su riqueza, ocupan el lugar de la aristocracia de la sangre y del espíritu. El nuevo “contrato social”, que aparece como modelo para las relaciones humanas, ya no contempla una fides basada en el honor y la lealtad como la medieval, sino de carácter utilitario y económico, la única que un mercader puede concebir. De ahí que sea cuestionable el carácter “democrático” de nuestros Estados actuales. En la medida en que quien gobierna realmente son grupos de presión e intereses económicos nacionales e internacionales, convendría más bien ser consecuentes y hablar de “plutocracias”, que manifiestan solamente el poder del dinero por encima de cualquier otro. “La aristocracia –escribe Evola- cede el sitio a la plutocracia; el guerrero, al banquero y al empresario”. Ha llegado el tiempo en que el Tercer Estado, la función productiva, la casta de los mercaderes, ha terminado por ser hegemónica y modelar el poder a su conveniencia.

Quedaba por recorrer un último peldaño. Siempre es posible empeorar. Y el siglo XX ha podido ver cómo se entraba de lleno en lo que podemos llamar la “era de las masas”. En la India védica existían grupos de población situados fuera del régimen de castas. Si cada casta tenía una propia ley interior en función de la cual ordenaba su vida, existían también linajes que estaban fuera de cualquier ley. Eran los parias. En cierto sentido, distintos movimientos de masas del siglo XX han encarnado las reivindicaciones de estos parias y han hecho que, al menos una parte del poder, no el económico desde luego, pero sí el poder cultural y los hábitos de vida de las poblaciones –que alcanzan incluso al estilo de vida de buena parte de las nuevas generaciones de oligarcas- hayan descendido un último peldaño. En efecto, las actuales muestras de la “cultura de masas” y el hecho de que esas masas, incluso en Occidente, se muestren absolutamente permeables a las consignas emanadas de los medios de comunicación y de los popes adocenadores de la cultura de masas, evidencian que hemos entrado en lo que Nietzsche llamó la era del “último hombre”. Porque el peldaño final de este recorrido en la senda de la regresión de las castas es, precisamente, el que estamos viviendo actualmente: la era de las masas anónimas e informes. 

Es importante la precisión que realiza Evola: “El proceso de regresión de las castas no tiene sólo un alcance político-social sino que invierte todos los dominios de la civilización”. En arquitectura, por ejemplo, esta regresión es perceptible en las edificaciones emblemáticas de cada momento histórico. Del templo vinculado a la primera casta, se pasó al castillo y a la fortaleza propias de la casta guerrera, luego a la ciudad fortificada y, más tarde, a la fábrica y a las colonias industriales, después a los rascacielos, propios de la casta burguesa. Más tarde, en el último peldaño, a las ciudades dormitorio concebidas como colmenas impersonales adaptadas a la era de las masas. Así mismo la familia, que tuvo un fundamento sagrado en los orígenes, pasa a ser un modelo autoritario en el que se conserva la patria potestad solamente en un sentido jurídico; y luego, más tarde, exclusivamente burgués y convencional, hasta que se encamina hacia la disolución en la actual era de las masas. Lo mismo puede decirse de la noción de guerra: de la doctrina de la guerra sagrada y el mors triumphalís, primera casta, se pasa a la guerra que lucha por el honor del príncipe, casta guerrera; en un tercer momento las ambiciones nacionales ligadas a los planes y a los intereses de una economía y una industria azuzan los conflictos; tras el interregno comunista en el que se impone la idea de que la guerra entre naciones no es sino un residuo burgués y solamente es justa la revolución mundial del proletariado contra el mundo capitalista, aparece la extraña teoría que afirma que la única guerra justa es aquella que se aplica contra el “terrorismo”, es decir contra una amenaza difusa y de la que puede decirse cualquier cosa menos que es real. En la época actual de masas, la característica fundamental es lo caótico e indiferenciado, la imposibilidad de reconocer, a primera vista, la realidad de la superchería y el hecho de que nada pueda asumirse como cierto sin grandes reservas mentales. Las dudas en torno a lo sucedido el 11-S y la quiebra de la versión oficial sobre la responsabilidad de Al Qaeda en el 11-M son buena muestra de lo que decimos. Sabemos que hay terrorismo, no sabemos ni quien lo provoca ni en función de qué se provoca.

En el dominio del arte se ha pasado de un arte simbólico sacro, propio de la primera casta, al predominio de la epopeya y del arte épico (inseparable de la casta de los guerreros). Luego se ha pasado a un arte romántico convencional, sentimental, erótico y psicologistica, forjado esencialmente para uso y disfrute de la burguesía culta y a la búsqueda de valores y referencias culturales tranquilizadoras; pero esto no ha podido evitar que, a principios del siglo XX, las vanguardias hicieran saltar en pedazos este planteamiento para concebir un "arte de masas", frecuentemente desprovisto de cualquier calidad; así hasta llegar, finalmente, al op-art y al pop-art de los años 60, cuyos mentores –Warhol, Schneider- aspiraban a crear “obras de arte tan absolutamente desagradables que nadie se atreviera a exhibirlas ni a colgarlas de las paredes”. En cuanto a los modelos organizativos, las sociedades tradicionales se organizaron en “órdenes”: órdenes ascético-monásticas, órdenes guerreras de carácter caballeresco; más tarde, la transformación de los gremios de constructores en logias masónicas marca la forma organizativa de la burguesía de mediados del siglo XVIII y de todo el siglo XIX. Pero aún habrían de llegar las células revolucionarias que, al desaparecer, dejaron un absoluto vacío organizativo. Hoy, en la era de las masas, con el individualismo y la impersonalidad elevadas a la máxima potencia, no es raro que la “sociedad civil” esté desarticulada y las únicas agrupaciones posibles sean “virtuales”. La llamada “sociedad de la información”, en la que la realidad se ha sustituido por una ansiada virtualidad, aparece como la propia de un período de masas.

Queda el plano de la ética. También aquí la “regresión de las castas” ha operado sus estragos”. Evola explica: “ es sobre el plano de la ética que el proceso de degradación es particularmente visible. Mientras en la primera época fueron propios el ideal de la “virilidad espiritual", la iniciación y la ética de la superación del vínculo humano; y en la época de los guerreros fueron propios todavía el ideal del heroísmo, de la victoria y del señorío y la ética aristócrata del honor, de la fidelidad y de la caballería, en la época de los mercante el ideal es la economía pura, el beneficio y la “prosperity”. No es raro que en el período siguiente, en el de las masas, cualquier rastro de ética quede abolido y todo consista en buscar el régimen de estupefacientes más adecuado a cada personalidad, desde la TV hasta el porro,  del deporte concebido como espectáculo de masas a la despersonalización chamánica operada gracias a ritmos sincopados servido con exceso de decibelios en un ambiente oscurecido solo iluminado por destellos rítmicos e hipnóticos.

Tal es el panorama de la “regresión de las castas”. Es difícil encontrar en esta perspectiva un punto de apoyo. No hay ni gobierno digno de tal nombre, ni principios que merezcan ser defendidos; la distancia entre la retórica con que se defienden los “principios democráticos” y la práctica miserable con que se aplican, no puede inducir sino al más triste de los pesimismos. Llama la atención –puesto que estamos hablando de la casta guerrera- la brecha absoluta entre las razones que llevaron a enviar a nuestras tropas a Irak o a Afganistán y el heroísmo de nuestros muchachos allí desplegados. No valía la pena morir en defensa del petróleo de Bush, no valía la pena arriesgar un pelo olvidado para pacificar una tierra remota para mayor gloria de la “lucha antiterrorista”, y sin embargo se exigió a nuestros soldados, mal pagados y peor comprendidos que fueran allí a sacar las castañas del fuego a los distintos gobiernos democráticos. Y fueron por disciplina. Realmente, nunca el alto sacrificio exigido estuvo tan alejado de la misérrima situación que se defendía.

Nuestros gobernantes debieran haber leído a Confucio. Así sabrían en que consistía el arte del buen gobierno. No en la ambición de poder, desde luego, sino en la capacidad para ejercer el poder; no en la capacidad para subyugar a las masas en el curso de 15 días de campaña electoral, sino en la cualificación en el ejercicio del poder. Dice Confucio estas palabras que, 2500 años después de ser escritas, conservan todavía su frescura: «Los antiguos príncipes, para hacer brillar las virtudes naturales en el corazón de todos los hombres, se aplicaban antes a gobernar bien cada uno su propio principado. Para gobernar bien sus principados, ponían antes el buen orden en sus familias. Para poner el buen orden en sus familias, trabajaban antes en perfeccionarse a sí mismos. Para perfeccionarse a sí mismos, regulaban antes los movimientos de sus corazones. Para regular los movimientos de sus corazones, hacían antes su voluntad perfecta. Para hacer su voluntad perfecta, desarrollaban sus conocimientos lo más posible. Uno desarrolla sus conocimientos escrutando la naturaleza de las cosas. Una vez escrutada la naturaleza de las cosas, los conocimientos alcanzan su grado más alto. Habiendo llegado los conocimientos a su grado más alto, la voluntad deviene perfecta. Siendo la voluntad perfecta, los movimientos del corazón se regulan. Estando regulados los movimientos del corazón, todo el hombre está exento de defectos. Después de haberse corregido a sí mismo, se establece el orden en la familia. Reinando el orden en la familia, el principado es bien gobernado. Estando bien gobernado el principado, pronto todo el imperio goza de la paz».

A partir de ahora, ya tenemos dos elementos que nos eran imprescindibles para avanzar en nuestro estudio: de un lado sabemos lo que fueron las castas, en función de qué aparecen las castas y qué es lo que representan; luego hemos estado en condiciones de insertar en una visión global de la Historia de la humanidad, el fenómeno de la regresión de las castas. Hemos situado a la casta guerrera en relación a las otras dos y hemos definido el actual momento histórico como un período caótico: la era de las masas, en la cual cualquier ley de casta es abolida e incomprendida. Ahora nos toca dar unos cuantos pasos adelante en nuestro estudio y plantear con más detalle cuál es el modelo del guerrero y de qué manera puede operar el guerrero en un momento histórico como el presente. Para ello será necesario, en primer lugar, echar un vistazo a la literatura heroica, en la medida en que en ella se concentran los modelos ideales del guerrero. Porque si hay un género literario específico de la casta guerrera, ésa es la epopeya heroica.

 

(c) Ernesto Milà Rodríguez - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - 08.06.06 

El modelo literario del guerrero (I de VI). El instinto de jerarquía en la naturaleza

El modelo literario del guerrero (I de VI). El instinto de jerarquía en la naturaleza

Infokrisis.- Hace unos meses publicamos una serie de artículos dentro del mismo tema -Milicia- en el que aludíamos al instinto de supervivencia, al instinto territorial y a la agresividad como instintos que posibilitaron la evolución de la humanidad. Esta se realizó, no a espaldas de las armas, sino gracias a las armas. Ahora recuperamos el tema introduciendo un nuevo elemento: el instinto de jerarquía que nos permitirá introducirnos, más adelante en los valores específicamente militares. Esta es la primera de seis entregas dedicadas a la materia.


El modelo literario del guerrero

La ideología “progre” ha querido imponer unos cuantos clichés humillantes en torno a la milicia. La frase aquella de que “la música es a la música militar lo que la justicia es a la justicia militar”, se sitúa en el arranque de todas las iniquidades perpetradas contra la milicia en tiempo de paz. A partir de ahí, y aceptado esto, era fácil seguir degradando a las fuerzas armadas para terminar con el “sargento Arencibia” como esperpéntico exponente de todas las cualidades militares.

Del elitismo progre a lo casposo no hay más que un paso que se da en cuanto se diluye la carga intelectualista incrustada en cualquiera de los razonamientos de la “gauche divine”, de la “izquierda caviar” o de las “rosas blancas”, intelectuales y artistas alimentados por un poder que aspira a justificarse con el concurso de “intelectuales y artistas”. Pero de estas sofisticadas gentes de la izquierda progresista a quienes concibieron al sargento Arencibia, no hay tanto trecho como parece. De hecho, tiene castaña que quien asumió ese papel en las dos desafortunadas y deslavazadas películas sobre “Historias de la puta mili”, fuera un conspicuo actor ligado ocasionalmente a Izquierda Unida. Lean algún semanario de humor que anda por ahí –y constituyó en su momento la matriz de las “Historias de la puta mili”- y advertirán que lo casposo ha sustituido a cualquier otra connotación. Díganme si es manía mía que el lastre progre de este pretendido semanario de “humor” no incite, por casposo, ni siquiera un proyecto de sonrisa; desde el “profesor Cojonciano” hasta “El facha Martínez”, pasando por “Mamen” y por el “Partido de la Gente de Bar”, más que ácrata literalmente analfabestia; productos todos de una progresía de hace treinta años que no ha tenido en cuenta aquella letrilla de Bob Dylan: “Los tiempos van cambiando y lo que es presente hoy será pasado, mañana”. Es triste envejecer y no advertirlo, pero es más triste aún pensar que lo que fue progre ayer sigue siéndolo hoy. Así se entiende que el susodicho semanario se haya convertido en el receptáculo del cutrerío, última trinchera de lo progre y destilado pestífero final de las pretensiones intelectuales del progre ya avejentado, canoso, barrigón y amargado por divorcios, incomprensiones de su prole y por ver frustrados todos aquellos proyectos que le animaron en su juventud, pudo poner en práctica y vio como se estrellaban. Si alguien merece un monumento a la frustración, ése es el progre. Allá ellos con sus tópicos. Existe vida inteligente más allá del reino de la caspa. “Quico el progre” no murió con su creador –Perich– sino que sigue presente en algunas redacciones y en determinados partidos políticos y, especialmente, entre “intelectuales y artistas”. Al menos su creador reconoció el fracaso existencial de su personaje. Algo sobre lo que sus émulos a destiempo deberían meditar.

Y es que los juicios progres, a poco que dejan de ser tópicos inamovibles y entrar en la sala de disección, aparecen como gigantescas proyecciones de estulticia infinita. La música militar no se puede comparar con la de Bach, Beethoven o Mozart, tanto como la de estos genios es radicalmente diferente al jazz, los Beatles, los Rollings, Queen, U2 o Franz Ferdinand. O con el gregoriano, que no es manco ni aun cantado por neófitos. ¿Recuerdan el capítulo anterior sobre las castas? Más vale que lo recuerden porque ahora mismo será cuestión de recuperarlo donde lo dejamos.

El instinto de jerarquía omnipresente en la naturaleza

Tres castas: una para cada modelo de personalidad. Una casta para orar. Otra casta para combatir. Y otra más para trabajar. Sacerdotes, chamanes, sanadores y videntes de un lado; nobles, guerreros, aristócratas armados, de otro. Artesanos, burguesía gremial, comerciantes y campesinos, de otro. Tres castas para ordenar orgánicamente una sociedad. Una concepción perfecta que encontró su cristalización más completa en las sociedades indoeuropeas. Sólo quedaba por definir un problema: el de la jerarquía y el mando.

No estamos seguros de cómo fue la jerarquía de las sociedades primitivas. Solamente sabemos que -contrariamente a lo que afirmaron los antropólogos marxistas durante casi cincuenta años- el concepto de jerarquía es inseparable de la especie humana y de cualquier especie con un mínimo de desarrollo. Incluso el grupo de primates tiene a su líder, que une entre otras cualidades la fuerza y la diplomacia. Los combates intraespecíficos a los que aludía la etología tendían a definir estos mecanismos jerárquicos. No es posible asegurar cómo eran las jerarquías y en función de qué se formaban en los primeros momentos, cuando la incipiente humanidad apenas había abandonado su estado animalesco. ¿A quién tenían como líder las tribus primitivas? ¿Al chamán que lograba curar una enfermedad aplicando cualquier hierba extraña? ¿Al que entraba en trance evidenciando capacidades de videncia? ¿Al que lograba una mayor destreza en el manejo de los primitivos instrumentos de trabajo? ¿Quizás al que demostraba una mayor agresividad y una efectividad absoluta en el combate? ¿Al que tenía una habilidad especial de seducción? No se tiene la seguridad de cómo ocurrió, lo que sí se sabe es que ocurrió en la especie humana como lo había hecho en cualquier otra especie animal. Tal como expresó Robert Ardrey en “Génesis en África”: “La conciencia de rango parece haber hecho su aparición en una época muy temprana dentro de la evolución de los seres vivientes”. Y añade unas líneas después: “El predominio se manifiesta cuando dos o más animales persiguen una misma actividad (…) El animal social no busca meramente dominar a sus compañeros; lo consigue. Y al conseguirlo alcanza un grado jerárquico a los ojos de los demás (…) y la superioridad suficientemente satisfactoria quedará como norma para todos”. Aún hoy existe jerarquía en la especie humana después de algo más de dos siglos de ideología igualitaria. Pero siempre la jerarquía ha sido más clara en la milicia, allí donde las tensiones de los combates hacían necesario desde muy antiguo dividir funciones y distribuir responsabilidades.

Junto al instinto territorial, a la agresividad, al instinto de supervivencia, podemos considerar al instinto jerárquico como una de las cualidades inseparables de la condición humana y de nuestra naturaleza biológica. Lo que está en todas las especies vivas, estará también en el ser humano, necesariamente. Complicado lo tienen las ideologías igualitarias extremas (marxismo y anarquismo, tópicas y “de moda” durante unas décadas y en el basurero de la historia en nuestros días) para demostrar su concepción de la sociedad sin relaciones jerárquicas. Toda jerarquía implica distintos niveles de mando y de obediencia. Negar, como hacía el marxismo, estas jerarquías o considerar que solamente derivaban de los aspectos económicos; e intentar, junto con el anarquismo, construir una sociedad utópica sin especialización ni jerarquías, es negar la evidencia y obstinarse en intentar ignorar nuestra carga biológica. Ardrey escribe: “El predominio –más allá de toda comprensión- está relacionado con el misterio de la fuerza fundamental de la vida”.

Konrad Lorenz, durante años, estudió a los grajos que graznaban sobre su casa de campo. Estableció que todo grajo macho tiene su “número”. Desde el primero (el “número uno”) hasta el último, todos saben perfectamente qué lugar ocupan dentro de la jerarquía de la bandada. Y esta clasificación procede de cuando los polluelos abandonan el nido. Picoteando a unos o a otros, algunos se retiran, otros emergen. En la cúspide tienden a situarse los más fuertes, los más decididos, los más arriesgados. En los estratos más bajos: los débiles, los tímidos, los que carecen de resolución y valor. Ningún polluelo puede picotear a los de rango superior; es lo que la zoología llama “jerarquía en línea recta”. Lorenz jamás vio “un solo caso de cambio de posición jerárquica causado por descontento de alguno situado en una escala inferior”. Todo esto parece muy cruel y, desde luego, lo es. A fin de cuentas siempre existe un pobre polluelo al final de la escala jerárquica que puede ser picoteado por todos y no tiene la posibilidad de picotear a ninguno. Pero, tras años de estudio de este sistema jerárquico, Lorenz entendió el motivo: “Los grajos establecen su predominio, no para sostener disputas, sino para minimizarlas (…) El grajo de alta posición, si participa en una riña entre inferiores, generalmente es para arreglar la situación (…) Los grajos principales casi inmediatamente después de conseguir sus elevadas posiciones adquieren sentido de responsabilidad social. Carpenter observó precisamente la misma reacción en los macacos”. Algunos progres de izquierda, en lugar de redactar leyes para proteger al mono, deberían convivir con él para aprender algo sobre la vida. Lo más sorprendente es que “De vez en cuando un aristócrata puede intervenir en una disputa entre inferiores, pero, invariablemente se coloca al lado del litigante que lleva el número inferior. Es como si intuitivamente recompusiera el equilibrio de poderes (…) Al apoyar con su autoridad a los miembros inferiores de la bandada, el grajo asegura que todos encontrarán nidos razonablemente satisfactorios”. Quien dice jerarquía, dice necesariamente, complementariedad. Ardrey escribe: “Podemos afirmar con certeza que el instinto de jerarquía beneficia considerablemente a la sociedad animal”. Y da como ejemplo las manadas migratorias de patos salvajes. Los fuertes vuelan en primer lugar, rompiendo el viento en una formación en V y facilitando el vuelo de los más débiles. La formación en V no es un capricho ni una casualidad estéticamente vistosa, sino el producto de una relación jerárquica en el interior de la bandada. Lo mismo ocurre en las manadas de elefantes migratorios: los fuertes van primero abriendo el camino; los más débiles se benefician de la senda trazada por los primeros, su esfuerzo es menor y sus posibilidades de supervivencia mayores. ¿Por qué esto es así? Porque es una condición para que la Naturaleza opere su selección natural. Porque, en definitiva, beneficia a la especie. Si el orden jerárquico fuera contrario a la especie, o bien ésta lo habría abandonado, o simplemente la especie habría desaparecido.

Los zoólogos progres sostuvieron durante un tiempo que estas luchas tenían que ver solamente por la posesión de las hembras. Error. Primero se dirime la lucha, luego la hembra suele elegir. Ocurre con los grajos y ocurre en las colonias de focas. Primero las focas macho conquistan un territorio, luego luchan entre ellos. Los machos más fuertes, más audaces y más combativos ocupan los mejores lugares como recompensa. Hasta aquí las hembras no aparecen. “Cuando llegan ya está todo decidido”. El instinto territorial primero, el instinto de jerarquía después y el instinto de reproducción finalmente, también pueden regularse como distintos y sucesivos peldaños de una escalera. ¿Y los leones? ¿Qué me dicen de los leones? Rampantes o no, los leones constituyen una de las especies con rasgos jerárquicos más estables. Y no lo hacen en función del sexo. La leona es un animal periódico. Tampoco la jerarquía entre los leones se establece por las luchas contra los enemigos. Todas las especies saben que el león es el “rey” y ninguna se arriesga a atacarle. Y en cuanto a la teoría que afirma que la jerarquía se basa en la defensa de los cachorros, es igualmente inválida. Los cachorros, en cuanto se destetan, aprenden también a cazar; no necesitan cuidado alguno. El león tiene un hándicap: no es lo suficientemente rápido para alcanzar a sus presas favoritas. Esto le ha obligado a desarrollar estrategias de caza. De hecho, tal como Ardrey –que los observó hasta la saciedad- los define, “una manada de leones es una unidad de caza”. Y cuando se refiere a “unidad” está queriendo decir, unidad militar. Si el león no dispone de la ventaja de su velocidad para atrapar antílopes ni cebras ni impalas, debe actuar de otra manera: “Debe aproximarse a su presa con cautela y sobre todo con táctica. Una manada de leones es una unidad táctica, al igual que una escuadra naval; y el predominio de su jefe es tan esencial como la autoridad indiscutible de un almirante”. El león macho rara vez mata por sí mismo, esta tarea corresponde a las hembras que han sido desplegadas en las alas mientras que los leones machos ocupan el centro de la partida de caza. Las alas –las hembras- se adelantan sigilosamente. El macho hace saltar a la presa, su rugido tiene como fin aterrorizarla y comunicar a las hembras que la caza ha comenzado. Lo más sorprendente es que, a condiciones nuevas, las manadas de leones aprovechan invariablemente las mejores ventajas tácticas. En la reserva de caza Kruger, las leonas utilizaban a los Land-Rover de los turistas como pantalla para aproximarse a las presas sin ser vistas y sin que su olor pudiera alertarlas. Cuando en febrero de 1960 las autoridades sudafricanas construyeron la cerca metálica en torno a la reserva, los leones tardaron sólo tres meses en aprender a acorralar a los antílopes contra la valla. Si el león fue frecuentemente adoptado como emblema heráldico y si es considerado como el rey de la selva, no lo es gratuitamente, sino porque ha demostrado habilidad, sutileza e implacabilidad táctica, solamente superadas por el ser humano.

Antes hemos hablado del gorila. Vale la pena ahora decir algo más, que el “legislador” que lo protegió no fue capaz de entender. Este simio dependió demasiado de la vida en el bosque y de sus frutos como alimento. Las crisis climáticas disminuyeron sus posibilidades alimentarias. El orangután y el gorila disponen de cuerpos enormes difíciles de alimentar en un medio con escasos frutos. La diferencia entre uno y otro estriba en que el orangután se quedó en los árboles y desde allí afronta su extinción y el gorila bajó, acelerándola. El gorila siente que se extingue. Los zoólogos han notado rasgos anómalos en el comportamiento del gorila. El gorila es el único primate que carece de instinto territorial; solamente dispone de un atisbo de tal instinto en algunos machos dotados de una excepcional vitalidad. El problema seguramente se inició cuando el gorila se vio obligado a bajar de los árboles y aceptar la vida en un medio para el que no estaba preparado. Esta inadaptación habría dotado a la especie de un “desaliento vital” que ha terminado debilitando el instinto territorial. Pero ésta no es la única anomalía de la especie. Existe una gradación jerárquica en el interior de los grupos de gorilas, pero el macho dominante apenas ejerce su rango, ni siquiera en la relación con las hembras del grupo. El gorila carece de hogar, lo construye apresuradamente en el suelo y es completamente apático. Ni siquiera se levanta para defecar, siendo el único caso conocido en la naturaleza de una especie que ensucia el propio lugar en el que duerme. También su instinto sexual está debilitado. Se une muy poco con la hembra. ¿Qué se puede esperar de un animal que no mantiene limpio su habitáculo, que no lucha por su territorio o que el sexo no le motiva apenas? Dos cosas: una ley que lo proteja (para eso ya está ZP y su arsenal legislativo) y la extinción inevitable (por muchas campañas que promuevan los ecologistas). Su impulso vital ha concluido; el gorila es un experimento frustrado en la evolución.

Hay algo en lo que el “legislador” proteccionista de los primates tenía razón: la distancia entre el gorila y algunos grupos humanos no es tan amplia como parece. Hay grupos humanos que se niegan a asumir sus necesidades de defensa nacional y han sustituido el instinto territorial por un “buenismo humanitarista”. Dentro de estos grupos, algunos individuos han olvidado que la sexualidad tiene como finalidad el placer y la reproducción y, a través de las relaciones con los individuos de su propia especie, amputan las posibilidades de supervivencia de la misma. Y además, cultivan lo inútil: asimilan informaciones completamente inservibles en su tiempo de ocio, su formación humana es deficitaria y su sistema de enseñanza no responde a las necesidades de la especie. Sus valores apenas son otra cosa que tópicos. Sus gobernantes ni siquiera tienen la noción de “comunidad” con rasgos de identidad propia; “papeles para todos” que pedían algunos y regularizaciones masivas que operaban otros, reflejos ambos de la desaparición del instinto territorial. ¿Es viable una comunidad de este tipo? Desde el punto de vista zoológico, no, desde luego.

Si aceptamos que la jerarquía está presente en todas las sociedades animales, entenderemos por qué también debe estar presente en la humanidad y debe experimentarse de manera más intensa en la milicia. La diferencia estriba en que entre la especie humana y, especialmente, en nuestro Occidente, hijo de la cultura clásica greco-latina, el instinto jerárquico ha sido modulado por la civilización. La complejidad de las agrupaciones humanas forzó en primer lugar una especialización. Es posible que, inicialmente, la única especialización posible derivase de la diferenciación sexual. Las capacidades físicas y fisiológicas del hombre y de la mujer son diferentes. Pero luego, quizás tras el descubrimiento del fuego y de su posibilidad de reproducción y transporte, las sociedades humanas empezaron a ganar complejidad. Entonces debió aparecer un segundo nivel de especialización que llevó directamente a la aparición de las castas. En el sistema de castas se perciben todos los elementos que Ardrey y Lorenz habían estudiado en las jerarquías animales: el sistema de castas está organizado jerárquicamente, tiende a la especialización, pero también a la complementariedad; ninguna casta puede sobrevivir aislada de las demás.

Pero hay otra diferencia: mientras que en las sociedades animales, el último polluelo picoteado por todos y que no puede picotear a ninguno no protesta porque obtiene otras ventajas, en la especie humana siempre existen descontentos con la situación que ocupan en el jerarquía del grupo. Y, en ocasiones, no se trata solamente de individuos aislados, sino de toda una casta que no acepta su situación de subordinación y ausencia de privilegios. Por eso en las sociedad humanas existen rebeliones de castas, revoluciones y conflictos sociales.

(c) Ernesto mila Rodríguez - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - 09.06.06

 

 

El modelo literario del guerrero (IV de VI). Las



Infokrisis.- Las llamadas "tres materias" de la literatura heroica medieval y los "nueve varones" presentados como arquetipos para ilustración de la casta guerrera, constituyeron los modelos a imitar por los caballeros entre el siglo XI y el XIV. No se trataba solamente de una literatura que encajara con los "gustos" de la nobleza guerrera, sino más bien de un intento de transmitir valores.

Las “tres materias”

Fue en la “Chanson des Saisnes”, un cantar de gesta tardío sobre las aventuras de Carlomagno donde se alude enigmáticamente a las “tres materias” que “todo hombre de honor debería conocer” para su buen criterio y el cultivo de su valor: la materia de Bretaña, la materia de Francia y la materia de Roma la Grande. En otras palabras, lo que se está recomendando es la lectura del ciclo del Rey Arturo y de sus nobles caballeros (materia de Bretaña), los romances y cantares de gesta sobre el Emperador Carlomagno y sus nobles palatinos (materia de Francia) y la lectura atenta de las epopeyas clásicas sobre el sitio de Troya, las hazañas de Carlomagno y la vida de Julio César (materia de Roma la Grande). Así pues, tenemos ya definida y acotada la literatura heroica propia de la casta guerrera, una literatura que no tiene nada que envidiar a cualquier otra. Evidentemente, la “Chanson des Saisnes”, de origen francés, deja de lado otras literaturas periféricas como nuestro “Cantar del Mío Cid” y algunas piezas de nuestro “Romancero” que entrarían perfectamente en el género de literatura heroica; sin olvidar, por supuesto, el “Curial e Güelfa” o el “Tirant lo Blanc” y la última de todas ellas, cierre del ciclo, broche final, que fue la obra escrita por aquel humilde soldado herido en Lepanto y de comportamiento heroico que fue Miguel de Cervantes. Si, porque en “Don Quijote de la Mancha” lo que se da es el carpetazo final a la literatura heroica medieval, caída en el topicazo y en la reiteración enfermiza de los modelos tardíos. Lo importante es considerar que la casta guerrera dispuso de una literatura para su uso, disfrute y -no se olvide- educación en sus valores; y que tal literatura sigue al alcance de quien hoy quiera consultarla y destilar sus sabias enseñanzas y ricos simbolismos.

Las “tres materias”, en realidad, forjaron la mitología de la casta guerrera y, en especial, le proporcionaron arquetipos.

El grueso de la “materia de Francia” es posible que fuera anterior al siglo XI, cuando aparece en forma escrita. Es fácil pensar que antes, rapsodas y juglares ambulantes corrían de pueblo en pueblo cantando las hazañas de Carlomagno y sus pares palatinos. Entonces algo ocurrió, y en el último cuarto del siglo XII y durante los siguientes cincuenta años, como si se obedeciera a una consigna, floreció la literatura del Grial, la “materia de Bretaña”. Julius Evola en su “Misterio del Grial” comenta: “Ese período corresponde también al apogeo de la tradición medieval, al período de oro del gibelinismo, de la alta caballería, de las Cruzadas y de los Templarios y, al mismo tiempo, del esfuerzo de síntesis metafísica desarrollada por el tomismo”. Lo mejor de la Edad Media se concentra en ese período y parece cristalizar en la “materia de Bretaña”. Apenas han pasado cincuenta años y en ese tiempo han florecido los romances de Chretién de Troyes (“El Caballero del León”, “El cuento del Grial”, “Lanzarote del Lago o el Caballero de la Carreta”, “Tristán e Isolda”), la gran epopeya de Wolfram von Eschembach (“Parsifal”), el ciclo de Robert de Boron (el “José de Arimatea”, el “Merlin”, el “Perlesvaux”), “La Morte Darthur” de Malora, el “Diu Crône” de von dem Turlim, el “Grand Saint Graal”, el “Titurel” de Albretcht von Scharffenberg… Luego, la veta parece haberse agotado, la fuente deja de manar. Evola dice: “En los primeros años del siglo XIII, como obedeciendo a una consigna, en Europa se deja de escribir sobre el Grial. Tiene lugar una renovación tras un sensible intervalo, en los siglos XIV y XV, con formas ya cambiadas, a menudo estereotipadas que entran en rápida decadencia”. Este colapso, añade Evola, “coincide con el del máximo esfuerzo de la Iglesia por reprimir corrientes que ella consideró heréticas”.

Vamos a intentar resumir la teoría de Julius Evola sobre esta materia. No es fácil, pero vale la pena. El cristianismo primitivo logró imponerse en un momento de decadencia romana. No es que el cristianismo fuera el responsable de esa decadencia, ni que la acelerara, sino que el cristianismo pudo arraigar cuando la concepción originaria de la romanidad ya había entrado en crisis. Lo hizo a través de las capas más bajas de la sociedad y de las mujeres patricias. A medida que estos sectores fueron ganando importancia, el cristianismo ascendió con ellas. En la Roma de las guerras púnicas, en la Roma republicana o en los primeros años del Imperio, el cristianismo no hubiera podido encontrar acomodo en una sociedad orgánica, excepcionalmente coherente y homogénea. Pero en un Imperio que englobaba a pueblos demasiado diversos, en el que los cultos exóticos mediterráneos (isiácos, mitríacos, órficos) habían preparado el caldo de cultivo cultural que el cristianismo de San Pablo pudo aprovechar cuando las élites romanas estaban ya debilitadas: bien por haber perdido en siete siglos de guerras continuas a sus mejores combatientes, bien por la molicie que acompaña inevitablemente a toda civilización sofisticada o porque, incluso, estaban penetradas por ideas que suponían una ruptura con el legado de las “gens” originarias; en ese entorno fue cuando las distintas corrientes cristianas encontraron un terreno abonado.

Constantino el Grande, devoto del culto de Mitra, aceptó que el cristianismo fuera la religión de Estado en un intento desesperado de cohesionar las energías del Imperio y superar la dispersión cultural que vivía su tiempo. Era preciso optar entre el mitraísmo (religión mayoritaria entre las Legiones Romanas y ligada a la casta guerrera) y el cristianismo (religión mayoritaria entre las capas populares) y Constantino el Grande lo hizo por la segunda, aunque fue iniciado en el culto a Mitra. Por otra parte, ambas religiones tampoco se diferenciaban demasiado: su personaje central moría y resucitaba al cabo de tres días, había nacido en el Solsticio de Invierno (Dies Natalis Solis Invictus), el 25 de diciembre. La diferencia radicaba en que la iniciación mitríaca se confería después de una ascesis ritual dificultosa, mientras que el sistema cristiano de los sacramentos aseguraba la salvación y el gozo eterno en el Cielo, sin tanta complicación.

Una vez convertida en religión de Estado, el cristianismo que, hasta entonces, había propuesto la deserción para cumplir el mandamiento de “no matarás”, da un giro copernicano. Quedan solamente las sectas gnósticas y alejandrinas, residuo del magma caótico que acompañó al cristianismo en sus primeros tiempos y que ya podía intuirse en la lectura de los “Hechos de los Apóstoles”. En Nicea toda la disidencia es expulsada del marco de la Iglesia. Los gnósticos y alejandrinos quedan fuera de los muros recién construidos por la ortodoxia. Aun así, el cristianismo de aquel tiempo difería mucho del actual. La doctrina de los sacramentos estaba todavía en pañales. El matrimonio no dejaba de ser una bendición sacerdotal a la unión civil de la pareja. El rito de la extremaunción tampoco estaba en vigor. La Inmaculada Concepción deberá esperar hasta el siglo XIX para ser considerada como dogma. Y, por no estar claro, ni siquiera lo está la naturaleza de Cristo. Prisciliano, desde su tierra natal hispana, lanza sus tesis heréticas y Arrio espera el mejor momento para aportar las suyas. En el siglo IV y V, el cristianismo sigue siendo caótico, movedizo y muy diferente al actual. Pero también es diferente al impulso que formó la Roma de los Césares y de los hacedores de Imperio. Pareció como si el espíritu de los primeros romanos hubiera desaparecido. En esto llegaron los bárbaros y se produjo un fenómeno paradójico: eran “bárbaros” en tanto que permanecían en niveles primarios y esenciales de civilización, pero no estaban privados de cultura. Su nivel cultural era similar al de los romanos de los orígenes. De hecho, sus troncos éticos eran similares a los aqueos, dorios y, por supuesto, a los latinos. Cuando algunos de los pueblos bárbaros se asentaron en el imperio, traían en sus carromatos los mismos valores que dieron vida a “Roma la Grande”. A medida que fueron aceptando el cristianismo (en la mayor parte de las veces por motivos políticos) le fueron imprimiendo su propio impulso interior. Así el “cristianismo” se convirtió en “catolicismo”. Y así surgió la Edad Media Católica que, en gran medida, permaneció de espaldas al cristianismo de los orígenes.

Este proceso se dio, especialmente, entre la aristocracia, mucho más que entre el clero. Los teóricos de la aristocracia y de la “renovación del Imperio Romano”, elaboraron una compleja teoría en la que, aceptando lo esencial del cristianismo, aportaban un matiz no carente de importancia. En el Antiguo Testamento se percibe una diferencia entre el “sacerdocio de Abraham” y el “sacerdocio de Melkisedec”, el mítico rey de Salem, a la vez “rey, sacerdote y profeta”. Era evidente que, a partir de esta interpretación, iban a producirse importantes desarrollos futuros que encontraron su clímax en la dinastía de los Hohenstauffen, especialmente con Federico I Barbarroja, en las Órdenes Militares, en la aparición de la Caballería Medieval y de la literatura heroica que la acompañó (especialmente con la “materia de Bretaña”), en las cruzadas y, finalmente, en las tensiones entre güelfos y gibelinos, es decir, entre el papado y el imperio.

Porque, a fin de cuentas, la gran contradicción en lo mejor de la Edad Media fue entre papado e Imperio, entre sacerdocio y nobleza, entre aquellos que consideraban que el papado estaba por encima del Imperio y los que consideraban justo lo contrario. De todas formas esto es no decir nada. Sería necesario definir con claridad el concepto que se tenía de “papado” y de “imperio”. A partir de Hildebrando, devenido papa con el nombre de Gregorio VII, la Iglesia sostuvo la teoría de que a ella le correspondía el cuidado de las almas y al Imperio el de los cuerpos, lo que equivalía a dar primacía a la Iglesia, dado que nadie dudaba que el “alma” es superior al “cuerpo”. Esta doctrina implicaba, en la práctica, que el papado estaba por “encima” del Imperio; de ahí que fueran los papas y los obispos quienes consagraran a los emperadores y a los reyes. Pero la teoría gibelina veía las cosas de otra manera. Se defendía la teoría de la “doble espada”. Al igual que una espada, el Imperio tenía dos filos: el que apuntaba a la naturaleza material y el que apuntaba a la espiritual. Al Emperador correspondía manejar la espada que, en su aspecto espiritual, delegaba en el papado. No es que los gibelinos –tal como se ha enseñado reiteradamente en el bachillerato- defendieran la “separación” entre Iglesia e Imperio, sino que concebían el Imperio en un doble aspecto espiritual y material. Hace falta realizar una matización y no confundir el “reino” con el “imperio”.

A partir de la entrada de Odoacro y sus hérulos en Roma, la disolución del Imperio creó un vacío que pronto fue sentido incluso por aquellos que más habían contribuido a destruirlo. En los albores de la Edad Media empezó a considerarse que “toda legitimidad procede de Roma”. La idea de legitimidad acompaña a toda concepción monárquica e imperial. Se trata de ver qué tronco tiene raíces más profundas. De lo “originario” deriva toda legitimidad. Con Carlomagno, la búsqueda de “raíces profundas” se exaspera. En la coronación de Carlomagno se proclama que la ansiada “renovación” del Imperio Romano ya se ha producido. El Emperador es el heredero de los césares y su vocación es la de reinar en todo el mundo conocido, como lo hizo “Roma la Grande”. Además, envía emisarios a Palestina para traer un vástago de la Casa de David a Septimania y entroncar su dinastía con la ungida por Dios. El antiguo exilarca Makhir-Natronal David, jefe de la Casa Real de David, terminó estableciéndose en Francia y casándose con Auda Martel, la hermana del rey Pepino “el Breve”. La fórmula de coronación (“Renovatio Romanii Imperi”) y el enlace con la monarquía bíblica, así como la victoria sobre sus adversarios, fueron los elementos que favorecieron la proclamación del Imperio Carolingio.

Los reinos eran compatibles con el Imperio. Los reinos eran las partes, el Imperio el todo. Los reinos cristianos, hasta la segunda mitad del siglo XIII, tuvieron presentes la pertenencia a una unidad superior, la “Roma Grande”, en la que reconocían su origen. Los Estados independientes que surgieron tras las invasiones germánicas, se consideraron siempre “federados” de Roma. Roma era la fuente de toda legitimidad.

Tras esta matización prosigamos con el enfrentamiento Iglesia-Imperio. La fuente metafísica de esta contradicción eran los dos conceptos del sacerdocio, según Abraham o según Melkisedek, que se identificaron respectivamente como inspiradores de la iniciación eclesiástica y de la iniciación imperial. El hecho de que ambos sacerdocios estuvieran registrados por el Antiguo Testamento les confería a ambos legitimidad suficiente como para poder ser defendidos en el marco de una civilización católica. La consagración según Melkisedec fue la buscada por los emperadores en tanto el papel de este personaje mítico encajaba en la doctrina de los dos filos de la espada. De esta corriente emanó también el fenómeno de la caballería.

Desde el principio la caballería se dividió en tres modalidades: la caballería “del siglo”, esto es los hombres de armas mundanos que buscaban gloria para sí y para su haber; la caballería ascética encarnada en las órdenes militares que exigían a sus miembros el respeto a los votos de pobreza, castidad y obediencia; y la caballería errante formada por caballeros que recorrían los caminos intentando realizar el bien y ofreciendo sus triunfos a una “dama”. En su inmensa mayoría, los caballeros tuvieran una irreprimible tendencia a situarse al lado del Imperio, y sus disputas con el clero fueron constantes. Permanecían dentro del catolicismo, incluso dentro de la ortodoxia católica, pero esto no evitaba una incomprensión y una rivalidad, no sólo hacia la Iglesia, sino incluso hacia los principios que dieron vida al cristianismo primitivo. Julius Evola afirma con tanta rotundidad como razón: “Teniendo por ideal el héroe antes que el santo, el vencedor antes que el mártir; situando la suma de todos los valores en el honor y en la lealtad, antes que en la caridad y en la humildad; viendo la vileza y la vergüenza como un mal peor que el pecado; no siguiendo el precepto evangélico de no resistirse al mal y de devolver bien por mal, prefiriendo, en cambio, castigar al injusto y al malvado; excluyendo de las propias filas a quien se atuviera literalmente al precepto cristiano de “No matarás”; teniendo por principio no amar al enemigo, sino combatirlo y ser magnánimos con él solamente después de haberlo vencido… en todo esto la caballería afirmó casi sin alteración alguna una ética aria en un mundo que solo era nominalmente cristiano”.

Esa caballería precisaba modelos. Sabemos cuáles eran los modelos de la Iglesia: fundamentalmente los mártires y los santos. No eran, desde luego, los modelos de la caballería. Era evidente que la caballería había jurado defender a la Iglesia y a la fe y que lo hizo durante siglos. Esa promesa se mantuvo con “fidelidad”, incluso en los peores momentos del enfrentamiento Iglesia-Imperio. Pero todo induce a pensar que se trató de una decisión similar a la que el caballero adoptaba en defensa de la mujer. Se defiende al indefenso, al que no tiene posibilidad de defenderse por sí mismo, pero acudir en defensa de la Iglesia nunca implicó, en la mentalidad de la época, depender de ella.

Es significativo que toda la “materia de Bretaña” partiera del Grial, cáliz mítico que contuvo la sangre de Cristo. Esa copa no fue confiada a una saga de sacerdotes, sino de guerreros que se inicia con José de Arimatea. No pasa por los discípulos, ni siquiera por Pedro fundador de la Iglesia. Tras la milagrosa liberación de José de Arimatea, el cáliz es entregado a la custodia de una orden de monjes guerreros. El sacerdocio no entra para nada. La “materia de Bretaña” es, en este sentido, un compendio de leyendas de uso caballeresco, emanadas, no de la doctrina de la Iglesia, sino de restos de viejo paganismo ordenados en función de las necesidades del Imperio. El hecho mismo de que los relatos graélicos de la “materia de Bretaña” abunden en episodios eróticos y muestras sicalípticas de amor profano, es suficientemente elocuente del alejamiento de su núcleo central de las influencias ideológicas de la Iglesia. Las mismas leyendas gibelinas traducen los principios de aquel mundo ya desaparecido. En la leyenda del “Árbol Seco” se realiza un relato paralelo al del Génesis. Se dice que tras la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, su tercer hijo, Set, regresó a las puertas del jardín originario cuando su padre –Adán- se sintió morir. Set logró convencer al arcángel que custodiaba la puerta de acceso de que le dejara coger un esqueje del Árbol de la Ciencia. De regreso, Set plantó este esqueje en Jerusalén y el Árbol floreció. Con él se construyó la cruz de Cristo y, en el momento en que el Salvador expiró, sus ramas se secaron. Pero siempre se ha mostrado este Árbol simbólico, en toda la iconografía gibelina, con sus ramas resecas pero dotado de algunas pocas hojas verdes. El Árbol estaba seco, pero no muerto. La vieja leyenda gibelina termina afirmando que el Árbol volverá a florecer cuando un “Emperador llegado de Occidente cante misa bajo sus ramas”. Estas leyendas circularon incluso por la Corona de Aragón, y se creía que iba a ser el gran Federico Barbarroja, o quizás su hijo, quien recogiera y protagonizara esta leyenda que, evidentemente, se refería a los Hohenstauffen. Sin embargo, ninguno de los Emperadores de esta dinastía quiso llegar tan lejos y, aun defendiendo el doble carácter espiritual y temporal de la misión del Emperador, no se sintieron con el ánimo suficiente como para oficiar la misa. En aquel tiempo, desde las costas del Reino de Aragón hasta las playas de San Juan de Acre, los juglares y los trovadores, mucho más próximos al Imperio que al Papado, transmitían un mensaje: “El alto cedro del Líbano será cortado. No habrá más que un sólo Dios y un sólo Monarca. Miseria al clero. Cuando caiga, un nuevo orden estará dispuesto”. El papa Gregorio IX percibió perfectamente el peligro cuando calificó a Federico II como aquel “que amenaza con sustituir la fe cristiana por los antiguos ritos de los pueblos paganos y sentándose en el templo usurpa la función del sacerdocio”.

Hubo hombres de guerra que optaron por la defensa del papado. Pero en su línea central, la caballería, especialmente las órdenes ascético-militares (Templarios, Hospitalarios y Teutónicos) y la caballería errante, no pudieron disimular su preferencia por el Imperio. Por eso forjaron sus modelos en los de tiempos pre-cristianos (los héroes homéricos que lucharan bajo las murallas de Troya y de Tebas, el gran Alejandro de Macedonia, Julio César, pero también Publio Cornelio Escipión, Leónidas u Horacio Cloques. O bien en la veta literaria que tomó como punto de partida la leyenda del Grial y la dinastía que custodió a la copa sagrada. La “materia de Bretaña” y la “materia de Roma la Grande” encontraron su complemento con la “materia de Francia”, especialmente en los cantares inspirados en las gestas y en la corte de Carlomagno y sus caballeros (Roldan “el valiente”, Oliveros “el prudente”, Ogiero “el heroico”, Carlomagno “el leal gobernante y el campeón de la Cristiandad”).

En estas “materias” se percibe un “mundo duro y viril, cuyos intereses se dirigen claramente más hacia el campo de batalla que hacia la corte. Sus héroes son caballeros diestros en el nuevo arte de luchar a caballo con la lanza en posición horizontal; sus espadas y sus caballos son considerados un tesoro, son propiedades personificadas como la espada Durandal de Roldán o el caballo Brojefort de Ogiero” dice Maurice Keen, en “La Caballería”. Esta literatura difiere poco de la realidad caballeresca: si los protagonistas de estas “materias” afrontaban constantemente hechos de armas y su mayor preocupación era seguir la ética del honor, el caballero en su día a día tenía idénticas preocupaciones. Keen explica: “En los cantares de gesta resuena la misma exultante alegría por la cruel batalla. El culto caballeresco a la guerra y el culto al honor están juntos en los cantares de gesta e irrebatiblemente unidos el uno al otro”. Estos cantares de gesta reproducen fielmente la realidad de su tiempo. En España, la fresca simplicidad de los “romances de frontera” refleja lo que estamos diciendo. En un tiempo en el que la guerra es el hecho central, los relatos sobre guerreros reflejan mejor que cualquier otro el espíritu de la época. Era tan simple y tosca como se quiera pero fue donde los valores de la antigua tradición guerrera vivieron una nueva edad de oro: la necesidad de la prueba del combate, el orgullo por servir a la dama o al rey con honor y lealtad llevadas más allá del límite de lo heroico, la liberalidad y las buenas costumbres, la defensa de las causas nobles y justas, se convirtieron en el alma de la caballería y, consiguientemente, en ejemplo para toda la sociedad. Cuando un caballero alcanza los más altos laureles en combate se dice de él que ha llegado al nivel de alguno de los héroes antiguos. En la heroica actuación de Godofredo de Lusignan en los muros de Acre se dice que “La caballería no ha conquistado tan gran alabanza desde el tiempo de Roldán y Oliveros”. Cada héroe aportado por la realidad es equiparado a un héroe mítico, hasta el punto de que en el siglo XIII cobra forma el modelo de los “Nueve Barones”.

Estos “Nueve Barones” están divididos en tres tríadas y nos muestran a héroes histórico-literarios concretos. Cada “materia” aporta una tríada de héroes. La “materia de Roma la Grande” aporta las figuras de Héctor, el héroe troyano, Alejandro el Grande de Macedonia y Julio César; la “materia de Bretaña” nos muestra a Arturo, Galahad y Parsifal; la “materia de Francia” proporciona a la caballería las figuras ejemplares de Carlomagno, Roldán y Godofredo de Bouillon, el conquistador de Jerusalén y de los Santos Lugares. Frecuentemente, los autores cambian las tríadas, pero el fondo es el mismo siempre: mostrar ejemplos de caballeros abnegados, heroicos y devotos. En el siglo XII, por ejemplo, se valoraba la figura de los héroes guerreros del Antiguo Testamento, Josué, el rey David y Judas Macabeo, tal como afirma Jean de Longuyon en “Voeux du Paon”. Este autor afirma, según Keen, que “hay tres campeones de la caballería de la Vieja Ley: Josué, David y Judas; tres campeones de la Ley Pagana: Héctor, Alejandro y César; y tres de la Nueva Ley cristiana: Arturo, Carlomagno y Godofredo de Bouillon”. Nueve nombres, los “Nueve Barones” a los que, más adelante, se añadirán “nueve heroínas”.

Estas tríadas simbolizan los distintos capítulos conocidos de la historia caballeresca. La tríada bíblica nos remite al Antiguo Testamento. Se trata de héroes pertenecientes a la nación elegida por Dios, depositaria de su alianza con la Humanidad. La Iglesia, naturalmente, lo aceptaba sin dificultad, pero mucho más le costaba asimilar la valoración de los “caballeros paganos”. ¿Cómo era posible que los rudos caballeros medievales hubieran oído hablar de las hazañas de Héctor, de las cabalgadas de Alejandro Magno hacia la India o del creador de la grandeza imperial de Roma, Julio César? La doctrina de la época refería que la caballería cristiana había surgido de la fusión de la caballería bíblica con la caballería pagana. Ésta había recibido de Dios el poder de gobernar el mundo en paz –la “pax romana”-, algo que se echaba en falta en la turbulenta Edad Media. Por su parte, la caballería judía había sido encargada de custodiar Tierra Santa y defender la religión dada por Dios a los hombres. Era evidente que la Iglesia difícilmente aceptaba la interpolación de paganos y que la caballería cristiana se considerase en parte hija de “Roma la Grande”, que tantos y tan buenos mártires deparó al cristianismo. Pero en esta doctrina se encuentra ya implícita la conflictividad que presidió toda la Edad Media entre Iglesia y Papado, clero y nobleza.

Llama la atención la inclusión de Godofredo de Bouillon entre los “Nueve Barones”. El hecho de que fuera el heroico conquistador de Jerusalén el que en gesto de humildad se negara a ser coronado rey “allí donde Cristo fue coronado de espinas”, su porte heroico y sin mácula, victorioso en los combates, justo gobernante de las tierras conquistadas, guardián de Tierra Santa, hacían de él un personaje mítico, incluso entre quienes le conocieron. Si había entre los nobles guerreros de la época alguno que descendiera de la saga del Grial, del Rey Pescador y de los caballeros que conquistaron la copa sagrada, éste era Godofredo de Bouillon. Además, era él quien sostenía la columna del puente que unía la ficción histórica pasada con la realidad de aquel tiempo. La caballería no sólo tuvo una misión en el pasado, en tiempos de la “materia de Roma la Grande” o de la “materia de Bretaña”, ubicada en el siglo VII, estaba también presente en los siglos XI-XIV. Naturalmente, en cada reino de la cristiandad, se interpolaba un “décimo Barón” que respondiera a las expectativas locales: en las islas británicas el Príncipe Negro fue situado como prolongación de los “Nueve Barones”, en Escocia el Rey Bruce ocupó tal honor, en los reinos ibéricos, la figura del Cid se alzó sobre cualquier otra y en Francia Bertrand du Guesclin recibió puntualmente este honor.

El hecho de que Alejandro Magno combatiera en los mismos lugares en que tuvieron lugar las cruzadas, aumentaba la sensación de proximidad de este modelo a la caballería de los siglos XI a XV. Los enemigos de Alejandro, “babilonios”, “malvados beduinos”, “turcos”, volvían a ser los adversarios. Estas descripciones pueden parecer ingenuas e incultas, pero no hay que engañarse tampoco con esto. Los cantares de gesta y la literatura heroica medieval no eran productos literarios infantiles o poco elaborados, en un mundo tosco e incivilizado. A lo largo de la Edad Media se sabían apreciar los tratados griegos y romanos e incluso se realizaron muchas traducciones, no sólo a la sombra de los monasterios, sino también tras las almenas de las fortalezas. Los Valois del siglo XV encargaron versiones de Tito Livio y de Valerio Máximo, de Cicerón y Aristóteles. En los castillos no existieron grandes bibliotecas porque ni la imprenta se había inventado aún, ni el caballero disponía de excesivo tiempo para constituir una biblioteca medianamente surtida. Los juglares ambulantes y los rapsodas suplían con creces a una biblioteca. Además, en algunas fortalezas, sus propietarios habían pintado verdaderos “programas iconográficos” en frescos y tapices, que reproducían escenas de los héroes. Bastaba incluso con reproducir los escudos de armas atribuidos a los caballeros míticos para tener una idea de sus gestas y valores. Era preciso, por supuesto, saber leer el lenguaje heráldico, una verdadera ciencia caballeresca. Por otra parte, en la época se conocían a los grandes héroes y generales romanos. Se tradujeron tratados militares y se reconstruyeron las biografías de los Escipiones. Incluso anécdotas tomadas de tales biografías sirvieron para reordenar las campañas.

Jean de Boucicaut, gran mariscal francés, tras leer la biografía de Publio Cornelio Escipión supo que debía expulsar a las prostitutas de los campamentos, limitar el consumo de alcohol y castigar a sus propios hijos si protagonizaban alguna indisciplina. Al leer el tratado de Vegecio sobre la instrucción de las tropas comprendió que era necesario seguir entrenamientos continuos. Supo de Demóstenes y comprendió que un jefe eficaz debía de ser elocuente en sus arengas y razonable con los vencidos. Otros caballeros y heraldos establecieron las reglas de los torneos al saber de las costumbres de la sociedad artúrica. El torneo medieval se instituyó tras la lectura de la dinámica de los torneos en tiempos de Uther Pendragon. No se dudaba de la historicidad de Arturo y de sus caballeros, como no se dudaba de Troya. Si Roma había sido grande y pudo conquistar el mundo, había simplemente que estudiar cómo diablos logró hacerlo e imitar el procedimiento. Godofredo de Monmouth había leído a Virgilio y su obra refleja tal influencia. La “materia de Bretaña”, particularmente, estaba compuesta por reflejos históricos deformados, y por leyendas galesas. Chretien de Troyes conocía a Ovidio y estaba familiarizado con la florida literatura provenzal de la época. Quienes compusieron los cantares de gesta y la literatura heroica eran cualquier cosa menos ignorantes y zafios. La banalidad, ligereza intrascendente y socarronería de la mayoría de los poemillas y romances, surgidos al margen de la literatura heroica, demuestran la calidad de una producción que, como la música militar, tenía un único destinatario capaz de poderla valorar en su justa medida, la casta guerrera. El compás de la música militar sirve para marcar el paso. Marcar el paso crea “unidad” entre gentes venidas de diversos horizontes. Así mismo, la literatura heroica medieval unificaba a la caballería por encima de las fronteras nacionales y hacía que, en el fondo, un caballero suabo estuviera más cerca de un tardío Suero de Quiñones que de un menestral de su propia nacionalidad. Las trescientas lanzas rotas por Suero de Quiñones en la Gesta del Paso Honroso evidencian, por otra parte, que la caballería y los retos caballerescos no eran solo un producto literario, sino que la vida de los caballeros estaba guiada y ejemplarizada por los modelos contenidos en esta literatura.

Y, además, quienes redactaron la literatura guerrera medieval conocían el mundo y sabían lo que era la vida dura. Sus descripciones de las batallas reflejan que habían conocido la guerra muy de cerca. Frecuentemente, sus relatos describen crueldades inimaginables para quien no ha sentido la exaltación de las cargas de caballería, el enervamiento generado en la espera del combate y el frenesí de una lucha cuerpo a cuerpo. Las heridas que describen eran las heridas verdaderamente producidas en combate. Los ruidos de la batalla están demasiado fielmente reflejados como para que pudieran ser descritos por un desconocedor de la batalla. Sabían de la guerra y sabían del amor. Pocas literaturas han descrito apasionamientos amorosos de tal magnitud como los que tienen lugar entre Ginebra y Lancelot, entre Tristán e Isolda, y no es precisamente moralidad devota lo que destilan, sino apasionamiento y sensualidad. Allí donde la intensidad guerrera está presente, el erotismo y la sensualidad alcanzan la excelencia. Godofredo de Charny reconocía que era bueno que el “hombre de armas estuviera enamorado, porque esto le enseñará a buscar fama más alta que hacer honor a su dama”.

(c) Ernesto Milà Rodríguez - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - 08.06.06