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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

"La derecha radical y Europa". Respuesta a revista Sistemas (I de III)

"La derecha radical y Europa". Respuesta a revista Sistemas (I de III)

 

Infokrisis.- En el número 193 de la Revista Sistemas hemos podido leer el artículo de Miguel A. Simón titulado "Europeismo en la Derecha Radical". Dado que, en nuestra opinión, dicho texto adolece de errores metodológicos, abordamos una respuesta global a dicho texto que iremos desarrollando a lo largo de tres entregas. En esta primera criticamos algunos elementos metodológicos empleados en la elaboración de dicho artículo. Cabe decir, que, mientras que la Resista Sistemas gusta aureolarse de un halo de seriedad y suficiencia... en nuestro caso, apelados frecuentemente al desenfado, pero también a algo que tiene mucho más valor que el frío estudio de unos pocos datos: el conocimiento directo del tema.

Introducción

1. A simple vista, a medida que se van desgranando las páginas de dicho artículo se percibe una peligrosa amalgama entre grupúsculos, partidos con vocación y representación parlamentaria, iniciativas culturales e individuos aislados. El batiburrillo es todavía más exasperante cuando se conoce la importancia real de algunos de estos grupos, la existencia de algunos de los cuales ni siquiera trascendieron a la propia “derecha radical”. Se ve que eran tan clandestinos que no los conocían ni sus propios camaradas…

2. Leyendo más detenidamente el artículo se percibe un segundo problema: el texto intenta abordar 60 años de historia de la “derecha radical”. Piénsese lo que ese mismo período supone para la “izquierda radical” (por aquello de las simetrías) y se verá la imposibilidad de abordar la materia en un tiempo tan diferenciado: la derecha radical de 1990 no es la misma que la de 2006, de la misma forma que la de 1968 era sensiblemente diferente a la de los años ochenta, o la de la inmediata postguerra europea no se parecía en nada a la que vio la luz en 1968. Para este artículo parece no regir el refranero español: quien mucho abarca, poco aprieta.

3. En tercer lugar se percibe una limitación de fuentes. Son pocas y demasiado reiterativas. De haber recurrido a fuentes realmente existentes, en lugar de a fuentes muertas (letra impresa), frecuentemente de segunda mano, el artículo no hubiera incurrido en una ristra de errores que resulta largo y farragoso enumerar. Por otra parte, algunas de las fuentes citadas, ya en su momento, no explicaron de donde extraían su información que, ya en su momento, era de segunda mano. Buena parte de los autores citados como “primera fuente” bebieron de dos libros “Los Nuevos Nazis” de Werner Somoizyn (que no se cita) y de “La ofensiva neofascista” de “Ernesto Cadenas” (seudónimo que nosotros mismos utilizamos para ese libro en 1977 cuando apenas tenía 25 años). Todo lo referido al Movimiento Social Europeo y buena parte de lo escrito por Simón sobre Jean Thiriart, tiene su origen en el primero; y en cuanto a las clasificaciones de las distintas “derechas radical” se inspiran en el segundo, a través de autores intermedios. De todas formas no vamos a reivindicar royalties, pero sí a pedir menos rapidez y más rigor a lo hora de escribir un texto y más voluntad de documentarse. A fin de cuentas "Sistemas" no es "Interviu".

4. El último problema que resulta evidente es que ni siquiera está claro el objeto de estudio. ¿Qué es la “derecha radical”? No sé que le parecería al autor que escribiéramos un ensayo sobre la “izquierda radical” y colocáramos a ZP entre trotskystas, anarquistas, maoístas, colgados de todos los pelajes (este es el único lugar en el que podría incluirse al iluminado que nos gobierna), etc. Tiene gracia que grupos como “Joven Europa” que rechazaban la calificación de “neofascistas” y mucho más la de “derechistas”, sean colocados en el mismo saco que Fini o Le Pen (que, en el fondo siempre se han tenido como partidos de derecha o, como máximo, de la "derecha popular") y, tiene todavía más gracia, que Fernández de la Mora o el propio Jiménez Losantos, o si se nos apura, los nacionalistas vascos (si, también el PNV y ANV de los años 30), no entren dentro de este pastiche. Si hay un partido de extrema-derecha en España, este es el PNV y si hay una “derecha radical” es la atrincherada en la COPE. ¿Por qué unos sí y los otros no? Respuesta: porque, por “tradición”, en los distintos libros y artículos publicados por “especialistas”, unos aparecen y otros no. Dado que unos se van copiando a otros, existen errores que llevan décadas arrastrándose. Habitualmente es "fácil" escribir un artículo sobre estos temas: los que podrían protestar (los militantes de estos partidos "ultras") no suelen hacerlo y, aunque lo hicieran, nunca estarían en condiciones de ver su artículo publicado en la revista origen del desaguisado. A este respecto, tenemos que decir que el artículo publicado por “Sistemas” no es de lo peor que hemos leído sobre el tema. Y, en este sentido, lo aprovechamos como excusa para realizar algunas reflexiones.

Tenemos derecho a ello: entre 1968 y 1986 no hemos movido en los ambientes de lo que para el autor es la “derecha radical”. Desde entonces estamos incluidos en lo que se ha dado en llamar el “área de la autonomía histórica” (para la que no existen modelos históricos pasados, sino un futuro a construir sin referencias anteriores que lastren, inmovilicen o desvíen los análisis del momento presente). Y no militamos en ningún partid, lo que nos da un razonable nivel de independencia y objetividad.

2. Problemas de definición ¿que es la derecha radical?

Si hacemos caso de lo que indican las palabras, la “derecha radical” es una forma extrema de conservadurismo, susceptible de ser defendido de manera enérgica, sino fundamentalista. Desde este punto de vista, Fraga o Jiménez Lozanitos pertenecerían a esta clasificación. Claro está que se sobreentiende que estos personajes tienen una componente “liberal” que está ausente en la derecha radical. ¿Verdaderamente está ausente? El programa sostenido por Fini y su AN es bastante liberal y otro tanto cabe decir de Haider, cuyo partido, por lo demás, se llama “liberal”. En cuanto al Vlaams Block (hoy Vlaams Belang) su práctica es “liberal”, en el sentido de tranquila, tolerante y dialogante… pero no a nivel de principios. Y lo mismo podría decirse de otras formaciones europeas.

En realidad, nos parece que grupos como los “Legionarios de Cristo”, una parte del equipo dirigente del PP, sus escindidos del PADE, sin duda, pueden reivindicar con más derechos el título de “derecha radical” que los grupos neonazis o los partidos antiinmigración europeos actuales que, en el fondo, unen bases sociales de derechas y de izquierdas y buena parte de cuyo electorado procede de la izquierda comunista.

Ahora bien, el autor mezcla repetidamente grupos como la WUNS (absolutamente intrascendente y, en realidad, copia servil del NSDAP que jamás tuvo importancia numérica o política en ningún país, con el Movimiento Social Europeo nacido en los primeros años 50, en pleno marasmo de la postguerra, que nada tiene que ver con los actuales partidos y movimientos de “derecha radical”.

¿Cabría hablar de neofascismo? Los pleonasmos tienen poca aplicación en política: ¿quién es neofascista? ¿Le Pen que siempre ha sido un patriota de derechas y nunca ha realizado glosas y alabanzas al gobierno de Vichy o a la “colaboración” e incluso ha sido crítico con Mussolini y muy crítico con Hitler? ¿Haider que se hizo acreedor del calificativo de neonazi porque en UNA ocasión dijo que en las SS no todos eran asesinos –algo que cualquiera con dos dedos de frente puede rubricar sin necesidad de realizar una previa profesión de fe “revisionista”, de la misma forma que no todo miembro del PSOE es, necesariamente, un “chorizo”- o por que su padre fue SA? Solamente en el caso del MSI histórico cabría esta catalogación (al menos antes de la formación de la “Destra Nazionale” en 1974), pero no en otras formaciones europeas, a tenor de que el fascismo fue un fenómeno específicamente italiano.

En cuanto a iniciativas culturales, la “Nueva Derecha” tampoco entraría dentro de lo que el autor considera “derecha radical”. Se trata de una iniciativa cultural, nada más; por otra parte, muy difícilmente encajable con la “derecha radical”: su práctica intelectual es reposada; de Alain de Benoist se puede decir cualquier cosa menos que defienda sus ideas de manera violenta o, incluso, “radical”. También aquí los paralelismos son imposibles, no digamos con subgropúsculos como la WUNS o el inexistente “Frente Europeo de Liberación” del que Simón habla en varias ocasiones.

Queda Thiriart… pero en su caso, las cosas están mucho más claras. Se pensamiento político en los años 60 se inspiró en las “terceras vías” de los años 30, a las que no cabe llamar “fascistas”: neosocialistas, neonacionalistas, en especial el movimiento Ordre Nouveau de la preguerra francesa.

No basta con decir que el objeto de estudio del artículo en cuestión es confuso. Puede añadirse que buena parte de las corrientes que hoy tienen la iniciativa dentro de lo que el autor considera como “derecha radical”, ni siquiera se citan o solamente merecen una referencia de pasada: identitarios, nacional-demócratas, euroasiáticos…

Hubiera sido mucho más fácil –y científico- para el autor, hacer una serie de simples distingos precisos. Por nuestra parte, consideramos que es posible establecer una clasificación del sector que trata el autor, realizando una precisión previa: es imposible incluirlos a todos bajo un mismo rótulo. Como máximo cabría hablar de “nuevos modelos políticos desde 1920 a 2006”. Y en esto entrarían dos grandes grupos:

- Modelos históricos.- serían todos los modelos surgidos en los años 20 y 30 que intentaron prolongar su existencia más allá de 1945, ya sea como “neofascismo”, “neonazismo”, o por las circunstancias particulares de España, con la misma fisonomía (las seis falanges españolas actuales)

- Modelos autónomos.- los que no se reconocen en ninguno de estos modelos históricos… pero también en ningún otro. Y esto permitiría hacer una distinción entre lo que el autor llama la “derecha radical” y los movimientos de “derecha”, conservadores y liberales que aceptan puntos de vista “políticamente correctos”.

Pero si deseáramos abordar una clasificación en función del tiempo de aparición, ésta nos sería igualmente útiles:

- Los modelos históricos tuvieron vigencia entre 1920 y 1945, luego desaparecieron (PNF y PFR en Italia, NSDAP en Francia, doriotismo en Francia, rexismo en Bélgica, etc.) o fueron declinando (Falange Española en España y Fuerza Nueva con su referente franquista). Es la tan cacareada WUNS, etc.

- Los modelos autónomos, tras la breve y localizada experiencia de “Ordre Nouveau” en los años 30, y aparecen con las convulsiones de la postguerra: es el Partito del Uomo Qualcunque, es Jeune Nation (que jamás hizo alusión al colaboracionismo o al fascismo, ni los reivindico), es Ordine Nuovo y Avanguardia Nazionale que, en realidad, son “evolianos” mucho más que “fascistas” (calificación periodística infamante…) y, por supuesto, es Fini, Haider, Le Pen, Dewinter, etc.

Pero podemos extremar la clasificación de estos segundos, si tenemos en cuenta su tiempo de aparición, su estrategia política y su marco de actividad. Así pues, los modelos autónomos aparecen en tres períodos diferenciados:

- La inmediata postguerra, de 1945 al final de la guerra de Argelia en 1962. Es un período de relativa confusión y de búsqueda de señas de identidad propias. Empieza con la creación del MSI y del “qualcunquismo” en Italia, la creación de Jeune Nation en Francia (con unas referencias explícitas a Maurras), y termina con la formación de Jeune Europe por Thiriart. Aquí puede incluirse grupos como el Movimiento Social Europeo o el SRP alemán o el primer NPD de von Thaden. Es cierto que estos grupos cuentan con un buen número de excolaboracionistas… casi tantos como excomunistas y exmaoistas tiene hoy el PSOE. ¿Basta esa presencia para tildar al partido de ZP de “maoísta” o “neo-maoista”? Por lo mismo, el hecho de que en el primer NPD y especialmente en el SRP hubieran exmiembros del NSDAP no es sociológicamente significativo: también los había en otros partidos, como también, la mayoría de miembros del SRP o del NPD carecían de antecedentes políticos. Estos partidos jamás mantuvieron posiciones europeistas, sino que hacían alusión al nacionalismo de siempre. Hubo de llegar Jean Thiriart para alcanzar el punto de ruptura. Es un período en el que se intenta, por todos los medios, la inserción parlamentaria: pero hay obstáculos legales, el SRP es prohibido y la campaña electoral del 69 es un “todos contra el NPD” (al alba después de las elecciones, el diario progresista barcelonés de la época, Tele|Express, publicó a grandes titulares como lo más resaltado del resultado: “Adolfo II, derrotado”, en alusión a Adolf von Thaden presidente del NPD…). Por su parte, en Italia, la ley Scelba, castiga cualquier intento de “reconstruir el partido fascista”.

- El segundo período abarca desde 1962 hasta 1983 y se caracteriza especialmente por la decepción por la vía parlamentaria, las nuevas experiencias y la represión política, frecuentemente injustificada, lo que da lugar a respuestas terroristas y prepara las mutaciones que tendrán lugar en el último período. El impacto que causó para el NPD quedarse a pocas décimas del 5% fue tal que dos años después, sus juventudes que habían crecido extraordinariamente tuvieron una gran efervescencia intelectual, desgajándose acto seguido. En Francia, la derrota de Argelia y la experiencia de la OAS supusieron el primer contacto con el terrorismo político, pero otro sector, decidió seguir la experiencia de Jeune Europe, en la iniciativa de “Europe Action” y de la Federation des Etudiants Nacionalistas. La FEN apoyaría a Tixier Vignancourt en las elecciones de 1965, pero la estrepitosa derrota de su candidatura provocó una retirada de la acción política del sector dirigente que, tres años después, en junio de 1968 darían vida a la publicación “Nouvelle Ecole” y a la “nueva derecha”. En el seno del MSI el estancamiento electoral (dos puntos hacia delante, dos hacia atrás) genera escisiones interiores a lo largo de los sesenta y la aparición de los “neofascismos extraparlamentarios” dentro de una dinámica de provocaciones de los servicios de inteligencia y de aparición de un terrorismo autónomo hacia finales de los setenta. Núcleos europeos clandestinos e informales se plantean entre 1973 y 1983 la creación de una estructura internacional que la prensa calificará como “internacional negra”. Las líneas generales de este período son: innovación terminológica en la línea de Thiriart, diversificación estratégica (lucha parlamentaria, lucha extraparlamentaria, lucha cultural, lucha terrorista) y represión. Hasta que tiene lugar el primer avance electoral de Le Pen en 1983.

- El tercer período se inicia en 1983 cuando Le Pen alcanza su primer éxito electoral y logra dejar atrás el calificativo de “Monsieur 1%”. A partir de ese momento, lo esencial de este sector político se decanta hacia la vía electoral, teniendo como idea-fuerza la lucha contra la inmigración masiva. El terrorismo del período anterior (OAS, NAR) desaparece completamente, los grupos extraparlamentarios no han podido soportar la dinámica activista y la represión de que se han hecho objeto y desaparecen casi completamente. Desde 1983 no hay grupo extraparlamentarios capaces de realizar ni una sola movilización de importancia en Europa. Incluso los partidarios de la lucha cultural (salvo Benoist y su círculo más íntimo) se van aproximando al Front National o, incluso en Bélgica, contribuyen directamente a levantar el Vlaams Block. En otras palabras: a partir de 1983 –y a pesar de las ensoñaciones de algunos periodistas y de los habituales artículos de Interviú en las proximidades del 20-N…- lo que Simón llama “la derecha radical europea” está compuesto por partidos políticos con vocación parlamentaria que, irreprochablemente, respetan, asumen y defiendes, la legalidad constitucional de sus respectivos países. Lo que está fuera de esta pauta es, literalmente, despreciable y tan mínimo que el estudio de sus comportamientos no puede concluir en el establecimiento de líneas generales.

Creemos que este esquema temporal es fácilmente comprensible y difícilmente criticable y que la distinción entre “modelos históricos” y “modelos autónomos” es, así mismo inatacable. Ahora bien, estos tres períodos son homogéneos, examinados a cierta distancia, y heterogéneos cuando nos aproximamos más a sus peripecias. Creemos absurdo entrar en consideraciones sobre los dos primeros períodos (de 1945 a 1962 y de 1962 a 1983), pero si parece interesante abordar con más detalle el tercero. En él se producen tres fenómenos a tener en cuenta:

- El final de la guerra fría con la caída del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989. A partir de entonces se inician los contactos Este-Oeste y aparece un provechoso intercambio de puntos de vista y de ideas entre las dos partes de Europa. Lo que en el período de Jeune Europa (1960-65) fue completamente imposible –la creación de un movimiento europeo integrado- a partir de 1989 empezó a ser más viable.

- La transformación de la CEE en UE a partir de la conferencia de Maastrich. En ese momento, “Europa” deja de ser un “mercado” para convertirse en un proyecto de federación todavía en ciernes, pero en cuyo nuevo marco político-jurídico caben partidos al estilo del que Thiriart diseñó y, en cualquier caso, el Parlamento Europeo se convierte en el foro en el que representantes de estos grupos van, necesariamente, a encontrarse.

- La irrupción de Internet que acerca a estos grupos y hace que los intercambios de ideas sean mucho más fluidos de un país a otro. Mientras hace 40 años una carta urgente tardaba en llegar una semana de un extremo a otro de Europa y una conferencia telefónica de duración era extremadamente costosa, ahora la información puede ser transmitida a coste cero y en tiempo real. Este sector político ha sabido adaptarse a las nuevas tecnologías informáticas con singular rapidez.

Hay que resaltar que la llamada por Simón “derecha radical” entendió perfectamente, a partir de 1980, cuales eran los desafíos del tiempo nuevo. La caída del muro de Berlín y el nuevo escenario ya habían sido diseñados por Julius Evola en el último capítulo de “Rivolta contra il Mondo Moderno” (escrito en los años 30 y revisado por última vez en los 60). Mauricio Gasparri y Adolfo Urso (luego ministros en el gobierno Berlusconi por Alianza Nacional y entonces dirigentes del MSI) ya habían escrito “L’Età dell’intelligenza” subtitulado “La Destra, el “cambio” y la revolución informática”, cuya primera edición lleva fecha de 1984. Le Pen mismo, había descrito con singular precisión en 1983 el problema de la inmigración masiva que soportaría Europa veinte años después. La Nueva Derecha desde su fundación auguraba el hundimiento del marxismo y la emergencia de un nuevo tipo de pensamiento postmarxista y postfreudiano (lo que parecía imposible en el período en el que Alain de Benoist ganó el premio de la Academia de Francia con su obra “Vû de droite”, 1976). Thiriart, retirado de la lucha política tras cesar la publicación de “La Nation Europeenne” en 1968, realiza un nuevo análisis internacional a partir de la geopolítica… tal como en aquel mismo momento lo estaban haciendo el almirante Gorskov a un lado y Henri Kissinger a otro. Y es el primero en establecer que el destino de Europa está irremisiblemente ligado al de Rusia. La caída del comunismo da credibilidad a sus tesis que hoy interesan extraordinariamente en Rusia y que pudo explicar antes de fallecer a los parlamentarios rusos, como casi 15 años después volvió a hacer Gillaume Faye, condecorado por el Parlamento Ruso.

Naturalmente, los sectores progresistas siempre han tendido a despreciar las “elaboraciones doctrinales” de la “extrema-derecha” o de la “derecha radical”. Para quienes han sido educados en el progresismo más acrisolado resulta difícil pensar que los “cabezas huecas” de la extrema-derecha pueden hacer algo más que raparse el pelo e ir repartiendo leña a diestro y siniestro provistos de garrota y aceite de ricino. Y es que la “derecha radical” también practica de tanto en tanto, la “funesta manía de pensar”.

Pero, en realidad, la “derecha radical” puede alardear de algo: existen unos valores éticos y estéticos que todavía hoy tienen vigor y que hincan sus raíces en la tradición europea. Una columna dórica es simplemente perfecta, tanto en el siglo VI a. JC como en la actualidad. Una densa obra de crítica marxista o freudo-marxista publicada en los años 60 es hoy una aberración intelectual, casi una perversión y, desde luego, un monumento a lo superado hoy y a lo tópico ayer. La izquierda marxista está huérfana. Murió “papá” (Marx), murió “mamá” (la idea de progreso indefinido). Lo único que le queda hoy son tópicos o el retorno a las revisiones históricos por parte de quien como ZP no tiene ni idea de que son esos modelos históricos (de ahí la insistencia en el guerracivilismo por parte del lumbreras de la Moncloa). Mientras la “derecha radical” puede alardear de que, por encima de las formas contingentes, hay toda una línea de continuidad con los valores que han dado lugar a los mejores momentos de nuestra civilización, la “izquierda” (radical, rabiosa u oportunista, exquisita y excéntrica) se ha hundido todo su patrimonio ideológico, empezando por el mito de la conciencia de clase, las paparruchas ingenuo-felizotas sobre la “huelga general” y terminando por el modelo de Estado (stalinista, of curse, como modelo propio derivado de los ideadores del GULAG –Marx y Lenin- o socialdemócrata como cartel electoral tan próximo al centro-derecha como dos palominos en un calzoncillo sucio). El drama de la izquierda es que tras cuarenta años de defender la “revolución sexual”, los “derechos de las minorías”, el “papeles para todos”, la “enseñanza laica”, la “coeducación”, el “humanismo y libertad”, todo esto hoy no deja de ser sino el testimonio del fracaso de su ideología, algo que se ha quedado entre el oportunismo sin principios y las corruptelas… porque de lo esencial de sus propuestas no quedan ni aquellos textos farragosos en donde intelectuales chik, de la gauche-divine o la izquierda-caviar podían verter sus ensoñaciones. Amén, claro está, de la impresentabilidad ideológica de la que ZP es modelo para oprobio, vergüenza y escarnio de toda la izquierda que un día se creyó en vanguardia de la modernidad. De la izquierda queda su versión “excéntrica”, Zapatero es su gran pope, De la Vega su musa inspiradora, Moratinos su “enterao” y Rubalcava el fontanero, sin olvidar a Pedro Zerolo (PZ) inversión invertida de ZP.

Volvamos al tema central. Los problemas de definición. El artículo de Simón hubiera estado mucho más afinado si hubiera sido capaz de definir los tiempos y las diferencias entre “históricos” y “autónomos”. Luego, era fácil: bastaba con sintetizar el concepto de Europa que se forjaba cada uno de estos sectores en cada momento histórico. El esquema hubiera sido, claro e inapelable -científico, en definitiva- al margen de cuál hubiera sido el nombre genérico.

Después de años de dar vueltas en torno a este tema, la conclusión a la que hemos llegado es pobre: no hay, no puede haber un nombre genérico para grupos que son excesivamente diversos y para un tiempo tan prolongado (80 años). Es decepcionante, pero es así: más vale no aplicar un nombre que haga aguas por todas partes, y, en lugar de eso, recurrir a una sistematización taxonómica para advertir que es imposible encontrar un denominador común.

Decir que estos partidos son antiliberales no vale: fueron antiliberales en el período “histórico”, pero ya en los años 60 eso no valía para todos. Y mucho menos en la actualidad. Otro tanto por lo que a “antidemócratas” se refiere. En los años 30 estos movimientos nacieron para apuntillar a la democracia; a partir de 1983, estos movimientos no dudan en salir en defensa del sistema democrático y en pedir reformas que contribuyan a una mayor representatividad. Probablemente, lo que más se parece a un denominador común, sería la defensa de una política social. Desde el nacimiento del NSDAP, estos grupos han cabalgado con políticas sociales propias, en ocasiones mucho más radicales que las de la izquierda; esto se ha mantenido en la postguerra (el “qualcunquismo” italiano o el lepenismo capaz de hacer suyo la voz de la clase obrera empobrecida). No fue la II República bendecida por el alucinado de la Moncloa la que creó la Seguridad Social… sino el franquismo de la manita de Girón de Velasco; sin olvidar que un trabajador era incorporado como fijo a la plantilla de una empresa después de tres días de trabajo…

El nacionalismo o el patriotismo están también presentes en distintos grados (nacionalismo europeo, nacionalismo maurrasiano, nacionalismo regionalista). Idea social e idea nacional son los únicos denominadores comunes. De ahí que la definición más aproximada de todos estos sectores sea “nacional populares”… con permiso, naturalmente, del PP, “social nacionalistas”, o cualquier otro que recoja ambas componentes: la social y la nacional.

No consideramos que el grado de “radicalismo” sea una componente decisiva: a poco que se leen los textos de Vial, Benoist, Faye, Duguin, Steuckers, Urso, Gasparri, Evola, etc., no se percibe el extremismo que sugiere la palabra “radical”. A todo esto, nos gustaría que alguien –el autor, por ejemplo- nos explicara que se entiende por “radical” ¿poner bombas? ¿escribir sobre ideas? ¿pegar pelotazos, verdaderamente, radicales? ¿ser radicalmente ineficaces en la gestión de la cosa pública? En este sentido el gobierno ZP es altamente “radical”, tanto como lo fue el felipismo (radical en lo que a pelotazos se refiere y con la marca del terrorismo del GAL y del saqueo “radical” de los fondos reservados de Interior…) ¿Qué diablos quiere decir “derecha radical”? ¿una derecha a la derecha de la derecha? Entonces eso es, extrema-derecha. ¿Suena demasiado periodístico para una revista de sociología? A una patata se le puede llamar tubérculo, pero no por ello deja de ser una jodida patata… ¿Es la “derecha radical”, la “extrema derecha” clásica, es decir, el “neofascismo” o lo que la progresía considera como tal?

El artículo de Miguel A. Simón no especifica el sentido que tiene su “objeto de estudio”. En otras palabras, ese objeto está mal definido (quizás es que no se puede definir un objeto tan amplio). Y si está mal definido, difícilmente puede realizarse una descripción del papel que la idea europea juega para todos estos grupos de la nebulosa “derecha radical”.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 25.08.06

 

Marathon-film (XI de XIV): “Cars”, más allá del futurismo, la deshumanización

Marathon-film (XI de XIV): “Cars”, más allá del futurismo, la deshumanización

 

Infokrisis.- En este repaso del panorama cinematográfico en XIV películas, no podía faltar el género de animación. En el fondo el que esto escribe es como un niño grande y canoso. Confesar que, en el fondo, nos lo hemos pasado moderadamente bien viendo "Cars", indica que seguimos siendo eternamente adolescentes. De todas formas esta película -como las anteriores a las que hemos pasado revista- nos va a servir como excusa para realizar una reflexiones sobre el actual momento de civilización.

“Cars”: argumento sencillo, diversión por diversión

Un coche de carreras, egocéntrico y descerebrado, se pierde por la famosa Ruta 66 de los EEUU y va a parar a un pueblo de la América profunda. Todos los protagonistas son, obviamente, coches y, por tanto, el nombre del pueblo no podía ser otro que Radiador Springs. Incluso los insectos que merodean por allí son “escarabajos” (Volkswagen) con alas…

De la mano de un Porsche, tan pijo como femenino, y de un Hudson Hornet del 56, nuestro protagonista Rayo Mc Queen (seguramente en homenaje a Steve Mc Queen) conoce el valor de la amistad y modera su temperamento alocado. Ha habido otros más rápidos que él: Doc Hudson, el mítico “Hudson Hornet” que ganó tres veces consecutivas la “Copa Pistón” a la que él quiere presentarse ahora.

Después de este período de educación en Radiador Springs, Mc Queen compite en la “Copa Pistón” y está a punto de ganar pero, finalmente, renuncia a llegar el primero para ayudar al tercer competidor que ha sufrido un accidente… Estas cosas solamente pueden pasar en la América irreal e imaginada, y siempre a título moralizador y edificante. Como allí no hay santos que puedan ilustrar el comportamiento de los jóvenes, se recurre a super-héroes para presentar modelos. Lo cual no deja de tener un punto grotesco. El final no es, desde luego, lo mejor de la película.

Cuando la virtualidad es superior a la realidad

Hace solo cinco años las películas de dibujos animados se realizaban fotograma a fotograma, con leves innovaciones a la técnica inaugurada por Walt Disney en los años 40. Hoy es posible realizar el mismo efecto, un poco más barato y de manera mucho menos ardua, utilizando baterías de ordenadores que rendericen sin parar fotograma a fotograma, y un programa de diseño en 3D que suponga una evolución avanzada del mítico “3D Studio Max” con el que se compusieron las primeras animaciones a finales de los ochenta, incluida la saga del “Parque Jurásico”.

Lo mejor no es el argumento, ni siquiera la mayor o menor gracia de los dibujos, lo mejor es la técnica que se ha utilizado para componer la película. Los reflejos del sol sobre las carrocerías han alcanzado un grado tal de perfección que se puede decir que, en general, los efectos perseguidos han creado un mundo virtual superior en perfección al mundo real. Y esto es grave, como veremos.

Las texturas son las mejores que hemos visto en realidad virtual. Los movimientos alcanzan la perfección de los choques y los accidentes, tan habituales en las películas americanas, suceden sin que ningún especialista se rompa la crisma. En cuanto a las expresiones de los coches, son más humanas que las de esos actores inexpresivos cuyo rostro de escayola transmite menos que una papaya reseca.

No lo duden: las modernas técnicas de animación están creando un mundo virtual más perfecto que el real, una imagen expandida y detallista de la realidad con un grado muy superior de fidelidad que el que nuestro sentido de la vista puede proporcionarnos. Y esto es grave.

Un mundo sin lo humano no existe

Al salir del cine caímos en la cuenta de que todo lo que habíamos visto en los 120 minutos de proyección era virtual. Lo humano no aparecía por ningún sitio, salvo quizás en los créditos y, desde luego, el mérito no lo merece ninguno de los dibujantes y diseñadores, sino sobre todo los creadores del software utilizado, verdadero hacedor de la película.

El mensaje de la película es: la velocidad es la reina de nuestra civilización, y las más veloces son las máquinas. Fuera de la velocidad no hay nada. Es más: quien no es veloz como el rayo, es un paleto. Y los paletos en la película son presentados como tal, a través de los tractores y el encantador coche grúa.

En otras películas de dibujos animados habíamos visto a peces (“Buscando a Nemo”), monstruitos (los dos “Shrek”), monstruazos (“Monstruos SA”), películas sentimentales y melifluas (“La sirenita”, “Aladino”, “El rey león”) o completamente intrascendentes (“Madagascar”) [como se ve seguimos este género con fruición]. Siempre las animaciones estaban inspiradas en “materia orgánica viva”, llevada a lo virtual y caricaturizada. “Cars” es la primera película en la que la protagonista es materia inorgánica, metal, técnica, a la que se ha intentado humanizar. La diferencia es bien patente. Lo humano se ha reducido a la expresividad, apoyado por el radiador (la boca), el parabrisas y los parasoles (ojos), las puertas (oídos) y las ruedas (piernas).

Pero lo humano sin materia viva no es humano.

Una interpretación guenoniana de “Cars”

Guénon decía que las civilizaciones tradicionales devoraban el tiempo, mientras que la civilización moderna devora el espacio. Y esta interpretación guenoniana es posible trasladarla a esta película: una “civilización” rural, perdida en medio de un páramo en la América profunda, al margen de la antigua Ruta 66, ve como su tiempo pasa monótono, pero no se habitúa a ver pasar con reposada cadencia el paso de los días. Devora el tiempo, pero encaja mal su destino.

En eso llega Mc Queen, el especialista en devorar espacio gracias a su capacidad para la conducción y la velocidad. No es raro que, al poco de llegar a Radiador Springs, se haya ganado la amistad de todos sus habitantes: todos aspiran a dejar atrás su paraíso espacial y a gozar de las mieles que, sin duda, acompañan a la velocidad, entendida como perífrasis simbólica de la modernidad.

“Cars” o el futuro de la industria del cine

Desde 1992 se augura un nuevo tipo de cine, en el que la virtualidad va ocupando un espacio cada vez más amplio, que anteriormente era el de la realidad. En “Terminator II”, los efectos especiales sorprendieron por su perfección: fueron muchos y todos ellos extremadamente realistas. Era el anticipo de lo que ya, desde entonces, podía preverse que ocurriría antes de 20 años: ¿para qué utilizar a actores caprichosos, fatuos e insoportables si es posible rediseñar actorazos virtuales mucho más sumisos y sin posibilidades de ser detenidos por conducción embriagados, palmar por sobredosis de cocaína más barbitúricos más alcohol, etc.? En el ya lejano 1992 pensamos: la virtualidad es el destino del cine.

Si todavía no ha avanzado esta tendencia a mayor velocidad se debe a que, en el fondo, la industria del cine es extremadamente tradicional: requiere –o cree que requiere- la presencia de actores de carne y hueso que presentar en el escaparate del consumo, pequeñas fierecillas y mascotas domésticas y caprichosas, cuyas cabriolas y contorsiones diviertan al público. Eso forma parte de la producción y promoción cinematográfica y, hoy por hoy, los técnicos de marketing de los grandes estudios y de las distribuidoras todavía no han encontrado un sustituto para sus campañas de lanzamiento. Pero no tardarán.

En la actualidad, es mucho más caro contratar a actores reales que crearlos virtualmente. Los costes de la renderización de las imágenes van bajando a medida que se filman más y más películas por este sistema y a medida que aumenta la capacidad de los procesadores. Hoy, todavía, un fotograma renderizado tarda 17 horas en formarse. Pero la situación mejorará, y en diez años la nueva generación de procesadores habrá reducido a la centésima parte este tiempo.

En la actualidad, determinadas películas ya han intentado usurpar (con autorización) los rostros de determinados actores (Tom Hanks, por ejemplo). El resultado no ha sido malo, pero faltan algunos millones de píxeles más y unos cuantos teragigas de memoria para obtener un efecto perfecto. Es cuestión de tiempo. Los costes se abaratarán y los beneficios de los estudios se dispararán. ¿Actores? ¿Para qué soportar los caprichos y los cachés de esa banda de garrulos?

La industria del cine se aproxima a un vuelco total: los guiones de las películas los realizarán por subcontratación: legiones de guionistas perdidos en los cuatro puntos del planeta; los diseños de los rasgos de los protagonistas serán aprobados por los estudios, pero realizados por diseñadores distantes; y los procesos de renderización subcontratados, seguramente, en India, justo al lado de Bollywood. El montaje se realizará no se sabe dónde y el director dará las órdenes de montaje desde otra pantalla no menos distante. El trailer llegará a las revistas de cine –como ya lo hace- por vía digital utilizando sistemas de compresión cada vez más eficaces; finalmente, los distribuidores convertirán su negocio en autopistas digitales que evitarán las copias de celuloide y bastará apenas un proyector de unos cuantos cientos de miles de pixels para obtener un dolby stereo o una proyección panorámica de calidad inmejorable. En la cabina de proyección solamente estará presente el proyector conectado a un cable ultrarrápido. En los cines –y no estamos muy seguros- el único ser vivo será el vendedor de palomitas. Este es nuestro destino… el “mundo feliz”.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 23.08.06

 

 

Marathon-film (X de XIV): “Hacia el Sur” o la tragedia sexual americana

Marathon-film (X de XIV): “Hacia el Sur” o la tragedia sexual americana

Infokrisis.- El que mujeres fuera del mercado sexual norteamericano, por razones de edad (o de sus propias neurosis), se vayan al Caribe al encuentro de gigolós negros de baratilo, es, en síntesis, el argumento de esta película que al cabo de media hora se convierte en un peñazo insoportable. Pero, afortunadamente, esta cinta, aburrida y ñoña, nos va a servir como excusa para realizar algunas reflexiones sobre la sociedad americana.

 
Un argumento simple, demasiado simple, casi simplón…

La película nos lleva al Haití de finales de los setenta. Allí han ido a coincidir un grupo de mujeres de más de 45 años, con la sana intención de realizar turismo sexual. Su único vínculo es un joven negro de apenas 18 años, un gigoló cuyos servicios se disputan. El gigoló es asesinado por los ton-ton macoutes, las fuerzas vivas del presidente François Duvalier, y las maduritas yankees o se buscan a otro amante o regresan a su país. Así de estúpido es el argumento de esta película franco-canadiense dirigida por Laurent Cantet y quizás cuyo único atractivo es ver a una avejentada Charlotte Rampling haciendo una memorable actuación

Puestas así las cosas, esta película ramplona, lenta y con argumento plano no va a ningún sitio, aburre hasta las piedras y ni destaca por la fotografía ni por el papel del reparto –la Rampling aparte- aun a pesar de que el gigoló recibió el Premio Mastroiani del Festival de Cannes.

Si nos atenemos a sus cualidades filmográficas la película merece un cero patatero, pero si vamos al fondo de la cuestión, la película, torpemente y casi sin pretenderlo, nos sitúa ante un drama mucho más profundo...

La tragedia sexual norteamericana

El que un grupo de norteamericanas blancas, de clase media, divorciadas todas, vayan al culo del mundo a procurarse un amante negro dice muy poco de ellas y mucho menos de la civilización que les ha obligado a ir allí. Esta película, en el fondo, no es sino la prolongación de la frivolidad y vacuidad de “Sexo en Nueva York” para mujeres fuera del mercado sexual por motivos de edad.

En EEUU, hacia mediados del siglo XX, nació un tipo de mujer muy particular cuyo arquetipo eran todas las Marilyn Monroe y Jane Mansfield de pacotilla que pretendieron imitar al modelo original: mujeres curvilíneas, de medidas y aspecto de pantera, huecas, de escasa cultura y menor estilo; pero, particularmente, de rápido envejecimiento. Las carnes, y todo lo que está hecho de carne, cae al poco tiempo por efecto de la gravedad. Hasta que no se generalizó la cirugía estética en las dos últimas décadas del siglo XX este tipo de mujeres tenían un límite “de uso”: los 40 años. Más allá de esa época, estaban gastadas y prematuramente avejentadas. Y lo sabían.

Además, la civilización americana practicó un culto a la perfección física y a la juventud que casaban mal con aquellas mujeres cuyo metabolismo cambiaba con el primer hijo o con el climaterio y tenían tendencia a engordar. Esas mujeres quedaban, empleando palabras de Evola, “fuera de uso” o “fuera del mercado” y eran sustituidas por otras más jóvenes con las que no podían competir.

Ese tipo de mujer, a lo Marilyn, es portadora de una contradicción sorprendente: su vistosidad y apariencia contrastan con su casi absoluta falta de capacidad para gozar. Habitualmente neurasténica, la mujer americana antepone la perfección física y el afán consumista a cualquier otro valor, incluido el placer. Conoce el orgasmo tanto como al extraterrestre de la esquina. Su frigidez y su absoluta incapacidad para gozar son el síntoma de una civilización que sigue siendo inmadura aun cuando esté en pleno declive.

El hombre americano se ha convertido en máquina de ganar dinero (si no lo hace puede dudarse incluso de su hombría y desde luego evidenciará su falta de competitividad, lo más importante para la civilización americana) y la mujer americana, instigada por las feminitudas, aspira solamente a competir con el hombre en ese mismo terreno: el del dinero. De hecho, las sufragistas del XIX nacieron, justamente, porque en la ideología calvinista la marca con la que Dios señala a sus elegidos es el triunfo económico, por tanto, la mujer quiso competir con el varón en este terreno. Y lo ha conseguido, aun a costa de multiplicar la inestabilidad familiar y, especialmente, aventurar su frigidez congénita.

¿Qué hacer cuándo se está fuera del “mercado sexual”?

Irse al Caribe, por supuesto. Allí uno se pega un polvo con la facilidad con que aquí se compra un bollo (con perdón) y casi por el mismo precio. Porque en el Caribe la mercancía más barata es el sexo.

Cuando no se liga ni con Araldit, lo mejor es buscar plan en la calidez del Caribe. Lo que el turista sexual encuentra allí es sexo fácil, casi adolescente, y a buen precio. Si quiere disfrutar de él debe tener la cabeza fría e inhibirse de todos los moscones que se acercarán a él en busca de ayuda. Sí, porque en el Caribe, cuando alguien accede a acostarse con un turista, no le vende sólo sexo, sino que lo que contempla es realizar una inversión a corto plazo: venir a Europa o a los EEUU.

Hemos conocido a demasiadas amigas divorciadas y menopáusicas acudir a las reservas de turismo sexual del Caribe o de Marruecos en busca de un polvo a buen precio y regresar con el gigoló de turno. El plan del gigoló se desarrolla en dos fases: la primera encontrar a alguien que por vía vaginal le ayude a salir de aquel infierno de humedad, tormentas tropicales, miseria y corrupción. La segunda fase es más ambiciosa: una vez en el Primer Mundo sobrevivir sin pegar ni clavo. Si pueden viajar hasta el Caribe es que son millonarias, y si son millonarias, los polvos en el Primer Mundo se revalorizan. Recuerdo una amiga que se trajo al consabido cuarterón de la ardiente Cuba. Ni la chica era multimillonaria ni estaba dispuesta a que el vibrador con patas estuviera todo el día sin dar un palo al agua. Así que, dado que tenía estudios de electricista, me pidió que le buscara trabajo. En el primer encuentro comprendí la naturaleza del problema: el chaval no tenía la más mínima intención de trabajar. Para eso ya estaba ella. Estas cosas, no solamente le pasan a Raquel Mosquera…

Pero también he conocido muchos casos inversos. Chico con poca experiencia en la aproximación al ligoteo vil, decide pasar unas vacaciones en el Caribe. Allí las chicas son tan pegajosas como el calor, y este tipo de hombres tiene tendencia a ligar con la primera que se le aproxima. Ella se curra la página de la pena: le cuenta lo mal que vive allí, que ni siquiera tienen papel para limpiarse el culo y que, aunque lo tuvieran, no podrían utilizarlo para no obstruir las cañerías. El hombre queda conmovido con argumentos de tal jaez y, una vez en el aeropuerto, jura y perjura que volverá a buscarla. Al cabo de seis meses se casan y medio año después, ella puede venir con papeles a España. Ha conseguido su primer objetivo: salir de aquel hoyo. Queda el segundo: vivir del cuento. Un divorcio a la española supone, como mínimo, 800 euros asegurados. Un fortunón para las economías caribeñas.

¿Que usted no liga? Le damos un consejo: no vea el Caribe como su salvación. Todo lo que hay en el Caribe, como todo lo barato, a la postre, termina saliendo caro.

Lo reprobable del turismo sexual

La gracia de “Hacia el Sur” es que plantea el tema del turismo sexual sin que aparezca la frase en lugar alguno. Y lo sorprendente es que ni el director, ni el guionista, censuran a las protagonistas en lugar alguno su actitud de perras en celo (la frase no es nuestra, en un momento dado de la película la Rampling se la dedica a su recién estrenada amiga, Brenda: “¿Quién iba a decir que Brenda se iba a convertir en una perra en celo?”).

Seguramente lo que hay es cierta discriminación positiva: si un varón va a Tailandia o a Barbados en busca de una rica hembra de carnes tan tostadas como prietas, es un infame turista sexual que merece la cárcel por acostarse con menores; pero si son mujeres las que van en busca de espigados negros, la cosa no solamente no es censurable sino que es, antes bien, una muestra de libertad sexual. Así de estúpido es el planteamiento.

No nos engañemos: las protagonistas de la película van en busca de turismo sexual y al director no le parece bochornoso que las únicas veces que follan al año sea en vacaciones y con negros de baratillo. Casi parece deducirse que, en el fondo, es lo que procede cuando no logran pareja en su tierra.

Esas mismas mujeres que se van al Caribe a tirarse al primer gigoló afro que aparece en su hotel son las mismas que en los EEUU se negarían a acostarse con un negro de Harlem o de Nueva Orleáns; no es una intuición, es otra frase de la película: “Brenda, con las ropas que le has regalado a Lenka, parece un negro de Harlem. No me gustan los negros de Harlem”. Frase de innegable contenido racista.

Por cierto que el papel encarnado por la Rampling no es el único racista. El director del hotel es un tipo genial: nacionalista negro cuyo abuelo se jactaba de no haber dado nunca la mano a un blanco y de que, cada vez que le presentaban a uno, daba una vuelta en torno suyo para asegurarse que no tenía cola, es un redomado racista con sus propios colegas étnicos. Es curioso este afinado racismo que subyace en la raza negra y que jamás he podido entender. En varias ocasiones, en África y en el Caribe, hablando con negros adinerados, me preguntaban cómo es que hablaba con otros negros. Me decían: “… son negros, guárdate de ellos”. Y yo no entendía nada: “Perdona, pero ¿tu no eres también negro?”. Y ellos me justificaban que no: bastaba un simple matiz del color de la piel, por pequeño que sea, para crear barreras mucho más profundas que las que puede existir entre un racista del Ku-Klux-Klan y un mandinga. El Caribe –y este es otro de los aspectos más desagradables de la zona- está jerarquizado al límite en función del color de la piel: si eres rubio triunfas en el Caribe, si eres negro textura azabache estás sumido en las profundidades de la escala social. El negro es un lobo para el negro, y todo por un quítame allá unas gotas de melanina.

Sobre las virtudes sexuales de la raza negra

La película subraya la ternura puesta por los gigolós negros al contactar con sus clientas anglosajonas. Se subraya la “belleza” de la raza negra. Hay gente para todo, como puede verse. Al parecer, en ambientes progres, estos tópicos son absolutamente intocables. Si osas cuestionarlos, la acusación de racismo es fulminante. Así que vamos a autofulminarnos.

No hay que descartar que, para gentes particularmente inexpertas en el arte del amor, cuyos parteners han sido completamente inhábiles para encarrilarlas por el camino del orgasmo, o cuyas facultades eróticas dejan mucho que desear, estallen en una cascada de orgasmos de pago en cuanto les dan lo que piden. Tampoco puede descartarse que el mito sobre la habilidad sexual de los negros aporte una especie de placebo, por si mismo. Y, por supuesto, no hay que descartar que haya degeneradas que si no follan con un negro no se entonen. De todo tiene que haber, que decía aquel.

Ahora bien, la sabiduría universal indica que “lo semejante se une a lo semejante”, casi inevitablemente. La raza negra es un producto del clima: el calor asfixiante y húmedo, incapacitante para la creación y la invención, que incita a la posición horizontal (solo o en compañía de otros), que genera una frondosidad tal que hace inútil los cultivos y sólo cuenta esperar la caída del fruto del árbol, explica el por qué amplias zonas de África se encuentran todavía en el neolítico; y de todas las áreas geográficas, sean las ocupadas por la raza negra las más refractarias a la modernidad. Me limito a constatar lo que hay.

En “mis viajes a lo largo y ancho del mundo” he pasado por países del África subsahariana y del Caribe. Dar un beso en una mejilla a una nativa es tomar contacto con una piel grasienta y sudorosa que no parece ser, desde luego, el mejor atractivo erótico. Para colmo, contrariamente a lo que opina el guionista de “Hacia el Sur”, la piel negra tiene un tacto completamente diferente al que estamos habituados. Ni mejor, ni peor, diferente. Y en lo que se refiere a habilidades sexuales, ¿qué quieren que les diga? Para colmo, uno termina empapado en el sudor de la otra persona y oliendo raro. Sí, porque los orientales dicen que los europeos olemos raro –y seguro que es cierto, para ellos- pero es que orientales y caucásicos coincidimos en que los afros tienen un olor demasiado fuerte como para que pueda eludirse. El ala de presos negros de la Santé era, ya a principios de los 80, famoso por su bouquét característico.

En el Caribe, los afros tienen dos aficiones únicas: la primera es hacer el amor a cualquier hora, la segunda bailar al ritmo de la percusión. El vudú y la macumba, el candomblé y los distintos “palos”, solamente podían haber nacido entre gentes con una tendencia acusada a la música de percusión, con una gama total esquelética y con un poder extático absoluto. La raza africana está mucho mejor dotada para el ritmo que para cualquier otra cosa. Los bongos, el rap, el reggae, la salsa, el regatón, son muestras de la música negra o mestiza: para algunos de nosotros insoportable, machacona y particularmente extática y, por ello, peligrosa. Parte de esa música es la que suena en nuestras discotecas. En “Hacia el sur”, basta con que una banda de salsa empiece a tocar los bongos para que Brenda, la protagonista, entre en trance como en el mejor rito vudú. En realidad, la percusión lo que logra es abolir el principio de la personalidad, pero no para alcanzar estadios superiores de la misma, sino para sumir al danzante en un estado subpersonal en el que los sentidos se embotan y el ser se disuelve en una especie de humus infrapersonal. Otro buen motivo para que a la protagonista le encante Haití.

Ese estadio infrapersonal es el más próximo al primitivismo que muy frecuentemente aparece en la raza africana y que ayer emanaba también en la película que comentábamos –“El señor de la guerra”- en las masacres organizadas por siniestros dictadores tribales.

Todo este planteamiento se completa con la droga (el gigoló negro es especialista en liar porros trompeteros de singulares dimensiones) y el bochorno ambiental. El Caribe no se olvida jamás. Personalmente, para mí el Caribe es una reiteración de la primera impresión que tuve cuando se abrió la puerta del avión en el aeropuerto de San Juan de Puerto Rico y una bocanada de aire húmedo y asfixiante me dio en la frente. Todo lo que el viajero puede encontrar en el Caribe atonta. Para colmo viene un huracán y se te lleva hasta la boina.

Una sola conclusión

Hubo un tiempo en el que la izquierda progresista experimentaba una especie de atracción insana e irracional por el sudor obrero. Chicos de clase media alta o alta altísima, “iban al pueblo” y no perdían ocasión de mostrar su solidaridad con las clases trabajadoras, a las que amaban como el amante ama a su amor: con esa voluntad de protección que sigue a la atracción admirativa hacia su ser. En el marxismo omnipresente de los años 60 y 70, en esta atracción casi erótica del intelectual progresista de izquierdas por la clase obrera se percibía una atracción insana como la que podría experimentar un ñu por una vaca.

Hoy, esa misma izquierda progresista ha cambiado sus gustos. La clase obrera europea es una fauna en extinción y ya no huele como antes. Se baña, se ducha y utiliza desodorantes. Los cuerpos de los trabajadores y las trabajadoras europeos son asépticos para la izquierda progre. Así que han buscado ese sabor diferente en la inmigración, en todo lo que no es como ellos. En el fondo, la izquierda progresista solamente se sentía viva y superior a algo, cuando se sentaba junto a obreros a los que enseñaba las lindezas del materialismo dialéctico y de la lucha de clases. Y hoy, sus herederos, o incluso ellos mismos, ya canosos y barrigones, solamente se sienten superiores cuando se sientan junto a los subdesarrollados. Y de entre todos ellos, los subsaharianos son, desde luego, los que dan más juego.

“Hacia el sur” es una película de contenido progresista. Su mensaje es: mujer blanca neurótica solo puede ser redimida por el amor de un gigoló afro. Y si la película acaba mal se debe, no a diferencias étnicas e identitarias, sino porque Papa Doc y sus “Ton Ton Macute” gobernaban en Haití. Una vez más resulta gracioso que cuando ya no están ni Papa Doc ni su bienamado hijo mastodóntico, el jovencito Duvalier, las cosas en Haití van peor que nunca.

Para resolver esa situación, nuestro gobierno formado por claros varones de España, destinó un regimiento que formó una unidad mix con militares marroquíes que, además, fueron los jefes. En el fondo, el gobierno ZP mira al Sur como las tres norteamericanas de esta malhadada película miraban a un negro que las consolara.

Aviados vamos con cine como éste y con un gobierno como el surgido del 11-M.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 22.08.06

 

Marathon-film (IX de XIV): “El señor de la guerra”, real como la vida misma

Marathon-film (IX de XIV): “El señor de la guerra”, real como la vida misma

 

Infokrisis.- Aquí hay algo que no encaja: si, como dicen los antisemitas, Hollywood es un coto privado judío, no se puede entender esta película en la que los tradicantes de armas son judíos (o judaizados), y se muestran escenas de judíos fusilando a niños palestinos. Pero esta película plantea muchos mas problemas. De hecho, más que una película puede ser considerada como un documental.


El moderno tráfico de armas

Si debiéramos definir esta película protagonizada por Nicolas Cage de alguna manera, diríamos que se trata de la historia del tráfico de armas en los últimos veinticinco años. Hubo un antes y un después en el comercio de la muerte. Antes de 1982, el tráfico no había alcanzado un nivel alarmante, había armas allí donde eran necesarias pero, habitualmente, eran los propios servicios secretos de los países occidentales los que los facilitaban, en la mayoría de los casos, directamente. Agentes de la CIA se negaron a dejar abandonados hacia 1976 al movimiento angoleño UNITA y, por su cuenta, les hicieron llegar arsenales completos. En Nicaragua, la “contra” se benefició de armas compradas en Israel, pagadas con fondos obtenidos de la venta de crack fabricado en Colombia y vendido en los guetos negros de EEUU. Y luego estaba la guerra de Afganistán, en la que agentes de la CIA establecieron –en ocasiones incluso, por su cuenta- redes de suministro a la resistencia antisoviética. En cuanto a las Falanges Libanesas, se alimentaban de armamento judío, o bien francés. El mayor mercado ilegal de armas era la África postcolonial y su media docena de guerras siempre abiertas desde finales de los 60 (Biafra, Sudáfrica, Congo, ex-colonias portuguesas, etc.).

En el Sur del Líbano, ocupado por los judíos o por las fuerzas cristianas aliadas del comandante Haddad, se generó la caza al palestino. En “El señor de la guerra” se muestran los fusilamientos de niños palestinos a manos del ejército judío.

Pero hacia 1983, todo esto debería cambiar. Empezaron a surgir proveedores privados de armamento, la mayoría relacionados con servicios secretos. El Irangate obligaba a la prudencia y a contar con intermediarios: freelancers. Pocos años después, la URSS empezó a tambalearse; cuando cayó se abrió un nuevo período en el comercio de armas. Ya no se trataba de vender solamente unas cuantas pistolas, munición, fusiles de asalto y granadas, sino que cualquier cosa que matara o sirviera para matar con mayor eficacia salió al mercado.

Una película poco apreciada en EEUU

En ese contexto, es cuando irrumpe el protagonista de la película “El señor de la guerra”. Se trata de un ucraniano llevado por sus padres a los EEUU. Su padre no es judío, pero ha aprendido lo beneficioso que resulta hacerse pasar por judío en EEUU. Un buen día presencia un ajuste de cuentas entre bandas mafiosas y advierte que puede ser un comercio lucrativo. Sus primeras Uzis de contrabando se las facilita un miembro de la sinagoga… a partir de ese momento, su carrera es fulgurante.

Pero en el relato no hay nada inventado, salvo el contexto en el que se sitúa la trama. Los personajes remedan a personajes realmente existentes, las situaciones son calcadas a las que se dieron en la realidad. Recordamos todavía cuando hace quince años recibimos una llamada de Alemania del Este en la que nos solicitaban mediación para vender armas de bases militares rusas en ese país (ya reunificado) con destino a la antigua Yugoslavia. Eran los propios comandantes de las bases los que vendían de saldo todo el material, incluidos tanques, helicópteros, minas antipersona, artillería pesada y cualquier cosa que se les pidiera. Aquello fue para nosotros el primer síntoma de una economía globalizada: las armas las facilitaban generales soviéticos, el intermediario era un traficante chino, los destinatarios eran las distintas fracciones que luchaban en Yugoslavia, y se requería a gentes que no teníamos nada que ver con ese comercio para que utilizáramos nuestras relaciones en Croacia para abrir puertas…

En este sentido, la película es particularmente realista y, en líneas generales, no hay en su argumento nada forzado ni excesivamente imaginativo. Hacia finales de los 80 y luego en la segunda mitad de los 90, África Occidental estalló. Había aparecido petróleo y diamantes. Las ONG´s afluyeron allí como hongos, y también los traficantes. Estos gozaban de particular prestigio en la zona. Liberia y Sierra Leona, las dos zonas más desgraciadas de África, vieron llegar todo tipo de material bélico a cambio de pagos en efectivo, de diamantes y de comisiones procedentes del negocio petrolero. Todo esto queda también reflejado en la película. El tío del protagonista es un general soviético que desvía material de guerra, incluidos T-72, helicópteros de combate y aviones Antonov. Real como la vida misma.

Pero la película termina con la detención del traficante. Nicolas Cage es, finalmente, apresado por su eterno perseguidor, un agente de INTERPOL. Entonces, en el curso de su detención tiene lugar el diálogo fundamental: “¿Crees que me has encerrado para toda la vida? Te diré lo que va a pasar: dentro de un rato, llamarán a esa puerta y un militar de alta graduación te felicitará y te ofrecerá una promoción. Luego te dirá que me dejes en libertad. ¿Por qué? Porque yo trabajo para tu jefe, el presidente de los EEUU, yo hago lo que él no puede hacer directamente… ¿Entiendes?”. En ese momento llaman a la puerta…

Con estos antecedentes –y si tenemos en cuenta que el traficante de armas competidor es, asimismo, judío- no es de extrañar que la película haya pasado sin pena ni gloria por las pantallas norteamericanas. Lo realmente increíble es que esta película haya podido filmarse, con un argumento absolutamente verídico.

Entre otros testimonios políticamente incorrectos, la película muestra las guerras civiles de Liberia y de Sierra Leona, tal como fueron: dictadores caníbales, asesinos psicópatas, niños soldado, guerrilleros empecinados en cortar los miembros de los habitantes de los poblados que saqueaban, putillas con SIDA, jefes tribales enloquecidos, situaciones surrealistas (es rigurosamente cierta la historia de un Antonov que aterrizó de emergencia en una carretera africana y en apenas 24 horas todo el avión fue desguazado por la tribu más próxima), armamento de primera calidad en manos de bestias sanguinarias y sin escrúpulos, drogados con el “doble polvo”, esto es cocaína más pólvora (al lado de la cual, la “leche de pantera”, coñac con pólvora es una mariconada), AK-47 dorados, energúmenos africanos que quieren imitar a Rambo y aspiran a su armamento…. Y así sucesivamente. Por surrealistas que les parezcan las escenas de África y desmadradas las pinceladas con las que han sido descritos los líderes africanos, no tengan la menor duda de que todos ellos han existido. Por eso –y por varias cosas más, pero fundamentalmente, por eso- África muere.

En un momento dado, el dictador caníbal le dice a Nicolas Cage: “Ya somos demócratas” y le tiende un periódico en el que se detalla el fraude electoral en el recuento de votos de Florida que dio la victoria a George Bush en las elecciones de 2000. “A mí también me acusan de pucherazo”. Y el caníbal tenía razón: la distancia entre Bush y cualquier déspota africano no es tanta como parece.

Una película así no podía triunfar en EEUU. De hecho, ni siquiera podemos intuir cómo ha sido posible que se filmara en Hollywood.

Una conclusión apresurada y un comentario de actualidad

Vale la pena meditar sobre esta película que, como hemos repetido antes, es casi un documental. Nos demuestra que, contrariamente a lo que se tiene tendencia a pensar en Europa, las esferas de poder de los EEUU no son completamente homogéneas. Existen distintas fracciones que se disputan el poder; una de ellas, sin duda, es la que esta película denuncia; la otra fracción es la que ha hecho posible esta película.

El poder monolítico no existe en EEUU. Hace unos días aludíamos al corrimiento de fuerzas que tiene lugar en estos momentos en el seno de la administración Bush. Durante los últimos seis años, esta administración ha estado en poder de los neo-conservadores. Este grupo ha arrastrado a EEUU a las intervenciones enloquecidas e inútiles en Aganistán e Irak. Pero el empantanamiento en ambos países ha permitido que la otra fracción del poder, los llamados “realistas”, ganaran terreno en los últimos meses a los “neo-con”. Hace ya dos meses que no se habla ni de eje del mal, ni de intervención en Irán, ni en Siria, ni en Corea del Norte e, incluso, las reacciones ante la enfermedad de Castro han sido extremadamente moderadas por parte de la administración. Detrás de todos estos síntomas lo que subyace es la pérdida de influencia de los “neo-cons” y el avance los “realistas”.

De todo esto se puede inferir que el hecho de que, de tanto en tanto, aparezcan películas como ésta –de alto presupuesto, con actores conocidos y extremadamente cuidada en la producción, montaje y dirección- evidencia luchas de poder en el interior de las élites dominantes norteamericanas. Una película como ésta es radicalmente anti-Bush y anti-neoconservadora.

EEUU no es un poder monolítico. El imperio tiene fisuras. Esta falsa película y verdadero documental así lo evidencia.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 20.08.06

Marathon-film (VIII de XIV): “La educación de las hadas”, mediocridad multiétnica subvencionada

Marathon-film (VIII de XIV): “La educación de las hadas”, mediocridad multiétnica subvencionada

Infokrisis.- Película española, película subvencionada, actores de moda, mensaje multicultural... mediocridad asegurada. La fórmula es, inevitablemente, infalible. "La educación de las hadas" es la muestra de por qué el cine español no levanta cabeza. Un dramón multicultural basado solamente en el actor argentino de moda en la temporada 2004-2005, no basta para hacer digerible una película.

Una película “multicultural”

Después de ver “La educación de las hadas”, uno se pregunta qué mensaje nos ha querido transmitir su director, el albaceteño José Luis Cuerda. Y no es difícil descifrarlo: ¿a qué sabe una película protagonizada por un argentino, en la que los dos papeles femeninos representan a sendas mujeres, francesa y argelina, casada la primera con un piloto de combate italiano y la segunda perseguida por integristas islámicos que liga con un músico étnico de la plaza Real de procedencia tan desconocida como exótica, y todo ello rodado en la selva del Montseny a pocos kilómetros de Barcelona? Pues así, en principio, tiene todo el tufo de parecer indicar un mensaje multicultural y multiétnico. A esta perspectiva se une el hecho de que el protagonista desagradable de la película es un calentorro y sexista, violador y psicopatón, por supuesto español de Catalunya… En la cultura multiétnica los roles están perfectamente delimitados por los intelectuales orgánicos de turno.

Ver a Bebe haciendo de argelina es algo irreal y poco creíble y, no sólo por su falta de tablas como actriz, su inexpresividad y, en ocasiones, la comicidad involuntaria de las escenas (en un momento dado se levanta del asiento con tres costillas rotas y… se da un golpe contra una viga, cayendo desmayada. Si de lo sublime a lo ridículo hay un paso, Bebe, de la mano del director, ha recorrido este trecho a zancadas).

Pero ver a Ricardo Darín, con su acento bonaerense cerrado, paseándose como Pere por su casa en la selva del Montseny, redescubriendo sus recuerdos de infancia en una caja y diciendo “Pucha, ¿no tenés vos recuerdos?”, es algo irreal a tenor de que la acción se ubica en la Catalunya profunda. El multiculturalismo sigue siendo así…

Se nos olvidaba decir que, por aquello de la globalización, el guión se basa en una novela de Didien van Cauwelaert que, por lo demás, hasta es entretenida, pero que tiene muy poco que ver con el dramón infumable y acalambrao que ha dirigido Cuerda.

Una película edificada sobre la “moda Darín”

Ricardo Darín no es un mal actor. Es más, incluso podemos aceptar que es ocasionalmente brillante y creíble en sus papeles. Bordó su papel en “Las Nueve Reinas” y volvió a bordarlo, amparado en su fama, cuando desembarcó en España y se paseó por los mejores teatros madrileños realzando las piezas con sus representaciones. Pero un buen actor necesita siempre un buen argumento. Y el de “La educación de las hadas” renquea por todas partes.

Existe cierta tendencia en España al papanatismo. Basta con que un campeón de tenis gane un par de torneos para que todas las compañías se le disputen para su publicidad, sin tener en cuenta que, cuando uno de estos fenómenos mediáticos aparece en muchos anuncios de distintas marcas, el impacto es infinitamente menor que si concentra sus apariciones al servicio de una sola. Pues bien, cuando un actor tiene éxito, especialmente en la tele (los personajes de “Siete Vidas”, los de “Aquí no hay quien viva”, etc.), su caché se dispara y pasa a aparecer en una temporada en media docena de películas. Lo peor de estos fenómenos mediáticos momentáneos es que, en general, cuidan poco la elección de sus papeles y la calidad de sus interpretaciones y, a la vuelta de dos o tres años, ya han terminado por redimensionar a la baja su carrera artística. Le pasó a Santiago Segura con sus últimos bodrios alimentarios (“Isi Disi”, “Pocholo y Borjamari” y la tercera parte de “Torrente” sumida en el irremediable foso del humor de sal gruesa y con sobredosis de cutrez incluso superior a la deseada) y corre el riesgo de ocurrirle a Ricardo Darín.

Una película no alcanza el éxito solamente gracias a la presencia del actor de culto de ese momento. No es viable realizar una película solamente con el concurso de Darín y cojeando en todo lo demás.

De todas formas, hay que reconocer que el verdadero protagonista de esta película aburrida, ñoña y trágica no es Darín, sino el niño co-protagonista. Ese niño dará que hablar si encuentra directores suficientemente avispados como para saber aprovechar sus cualidades de naturalidad y vis comica. Pues bien, no hemos logrado saber el nombre de ese actorazo en ciernes; en el cartel del film solamente aparecen los nombres de Darín, Bebe e Irene Jacob…

La tragedia de la tragedia: la subvención

La película está financiada por el Instituto de Crédito Oficial y el Instituto de Finanzas de la Generalitat y avalada por el Ministerio de Cultura… Demasiados avales y subvenciones para un resultado tan mediocre y para un argumento de endeblez insultante. Pues bien, esa película la hemos pagado usted y yo.

Es imposible que el cine español levante cabeza. El hecho de que cada año se realicen un 25% de películas que no llegan a estrenarse en los circuitos comerciales, un 50% de películas mediocres y olvidables en grado sumo, un 20% de películas que llaman la atención por algún motivo y, apenas un 5% de películas que lograrán atraer a algo de público, indica a las claras cuál es la situación del cine español.

De hecho, cada año apenas se realizan dos o tres películas que llaman verdaderamente la atención. Y, casi siempre, se trata de ese cine intimista y casi neorrealista que responde malamente a los códigos del lenguaje cinematográfico de 2006. Luego, en “Los Goya” se reparten premios a directores que merecerían ser encerrados por el despropósito que han hecho y a unos actores cuyo mejor mérito es haber hecho alguna declaración políticamente correcta o tenida como tal. Si hay algo decepcionante en este país, además de su clase política, es el listín de miembros de la Academia del Cine, casi en su conjunto.

“La educación de las hadas”, dramón increíble, es la muestra más pristina de una película que jamás debió rodarse. Ésta es España y ése es “nuestro” cine y, nunca mejor dicho lo de nuestro, porque lo pagan incluso los que no van al cine. El drama de nuestro cine se llama subvención indiscriminada: el 30%. Basta con elevar los costes de producción para que esa subvención alcance hasta el 100% del coste real. Los beneficios los da la taquilla y, si no hay beneficios, que le quiten lo bailado al artífice del destrozo.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 20.08.06

 

Del Pacto de Santoña al “proceso de paz”. Lo importante, escenificar…

Del Pacto de Santoña al “proceso de paz”. Lo importante, escenificar…

Infokrisis.- El último comunicado de ETA permite realizar una asociación entre el Pacto de Santoña (la rendición del "ejército gudari" de Napoleonchu -el lendakari Aguirre- a los italianos durante la guerra civil) y el "proceso de paz" recientemente en curso. Una vez más, no hay nada nuevo bajo el sol, aquello que fue está volviendo a ser. Vale la pena que los árboles no impidan ver el bosque. Para ello es preciso, una vez más, revisar la marcha de las conversaciones ETA-ZP.

Cuando a ZP se le iluminó [brevemente] el cerebro…

El 10 de febrero de 2006 ZP compareció después de la reunión del consejo de ministrillos para dar a conocer personalmente el notición de la jornada. “Estamos en condiciones de afirmar que puede empezar el fin de la violencia”. El llamado “proceso de paz” (por llamarlo de alguna forma) había comenzado. Sólo unos días antes se había producido un giro importante en las relaciones entre ZP y los partidos catalanes. Sin aviso previo y sin más síntomas que lo indicado en las encuestas, ZP decidió enviar a las letrinas su pacto con ERC y, de paso, dejar de sentirse tributario de los favores concedidos en otros tiempos por Maragall que, por el mismo gesto, terminó, igualmente, en las mismas letrinas que ERC.

ZP había comprendido el valor de las encuestas y llegado a la conclusión de que no puede gobernarse contra ellas. Esos sondeos penalizaban a ZP por su pacto con ERC. Carod era, en aquellos tiempos, el hombre más odiado de España (mal que le pase es tan español como Lagartijo o la cornamenta del toro de lidia). Así que, cuando los sondeos indicaban empate técnico entre ZP y el PP, el maestro del talante y de la ideología soft, dejó plantado, descompuesto y sin novia a Carod; y lo hizo sin pestañear.

Esas mismas encuestas indicaban que un proceso de paz podría ser bien acogido por el electorado. Era cuestión de sacar a la superficie lo que el PSOE llevaba ya urdiendo desde el 2002, vulnerando las cláusulas del Pacto Antiterrorista. Sí, porque desde esas fechas, el PSE mantenía relaciones confirmadas con HB. En el momento en que ZP daba su rueda de prensa el 10 de febrero de 2006, soplaban buenos tiempos para una iniciativa de ese tipo.

ZP venía mascullando esa iniciativa desde hacía meses; la había llevado incluso al parlamento, solicitando “autorización” para iniciar conversaciones con ETA, que solamente deberían hacerse "si ETA renunciaba a la violencia” y si “no implicaba un diálogo político”… ETA declaró la tregua, sin renunciar a la violencia e, incluso, con posterioridad a esa fecha ha seguido cobrando el “racket de protección” a los empresarios vascos, enviando nuevas cartas de extorsión y realizando esporádicas acciones de kale borroka. A lo que hay que sumar amenazas, coacciones y presión psicológica contra ciudadanos vascos no nacionalistas. Y, por lo demás, si se excluía el diálogo político, ¿de qué diablos iba a hablarse? ¿Solamente de los presos? ¿De Navarra? ¿De la relegalización de HB? ¿Acaso no son todas estas cosas “cuestiones políticas” ?

Es evidente que la hermenéutica del lenguaje no le interesa absolutamente nada a ZP y que, para él, las palabras no quieren decir lo que sus letras sugieren sino que solamente encuentran su significado exacto en lo que él mismo lleva en la mente.

El problema era que, en esos días, ZP era perfectamente consciente de que el proceso de paz era complejo y no podía resolverse en un par de rondas de conversaciones. El optimismo que reflejaba unas semanas antes se volvió, a partir de febrero de 2006, mucho más atenuado y “responsable”. ZP dejó planteado el tema como una “cuestión moral” (la necesidad de paz), que había que abordar aunque fuera un camino peligroso y difícil. Ese proceso podía tener o no éxito, pero a él nadie le achacaría no haber intentado un arreglo que implicase el fin de la violencia. En fin, una muestra del talante aplicado a ETA…

Cómo están las cosas en este momento del verano de 2006

Vamos a enumerar los puntos que han ido saliendo a la superficie en esos meses, a raíz de las declaraciones de los dirigentes socialistas vascos y de ZP:

- El proceso de paz tiene como finalidad la desmovilización de ETA y su reconversión en un partido político, derivado de la antigua HB, que goce de los parabienes legales.

- Este nuevo partido legalizado se estrenaría en las elecciones municipales del 2007; su orientación sería “de izquierdas y abertzale”.

- Los socialistas vascos albergan la esperanza de repetir el proceso que desmovilizó a ETA(pm) y a terminar integrando o pactando con la nueva HB, tal como lo hicieron a principios de los 80 con Euzkadiko Ezkerra.

- El objetivo final de la operación es sustituir la antítesis nacionalismo-antinacionalismo, por la antítesis derecha-izquierda.

- Este objetivo se traduce en un “gobierno de izquierdas” en el País Vasco tras las próximas elecciones autonómicas, en la que a la derecha se sitúen los dos partidos burgueses (PP y PNV) y en la izquierda el PSE y la nueva HB.

- Hasta este momento no se ha informado de contactos directos entre las partes, y ambas insisten en sus respectivas posiciones: reivindicativas en la parte de HB y pacifistas en la de ZP…

Por eso, vale la pena conocer en este momento en qué fase de los contactos nos encontramos y en qué fase se encuentra el proceso.

No podemos demostrarlo, pero tenemos la certidumbre moral de que el silencio y la falta de datos no se debe a estancamiento de los contactos, sino a que éstos ya han tenido lugar, antes y después de la petición de ZP de autorización al Congreso de los Diputados e, incluso, antes de que subiera al poder.

Escenificación, palabra clave de los contactos ZP-ETA

ZP y ETA saben que el problema que tienen por delante no es pactar. De hecho, el pacto es simple: los últimos mohicanos de ETA ven como sus presos salen por goteo, sus últimos dirigentes se reparten el botín e inician una prometedora carrera en la izquierda abertzale que, sin duda, les llevará a ocupar puestos decisorios en la administración autonómica; mientras, por parte socialista, ZP pasa a la historia como el pacificador y se asegura una cómoda reelección en 2008. Lo que cada parte arranque de la otra es secundario en relación a estos beneficios inmediatos.

El problema no es el pacto en sí, sino como hacer digerible este pacto a los electores de cada opción. ZP corre el riesgo de ser tachado del hombre que abandonó a las víctimas y se alió con los verdugos, además de político débil y de mandíbula blanda. En cuanto a ETA, corre el riesgo de que surjan disidencias en su interior y que se vea, de nuevo, el surgimiento de una opción radical que acuse a la pactista (Josu Ternera) de haberse bajado los pantalones y que airee que 40 años de lucha no han servido absolutamente para nada. Y, de hecho, la dificultad de las negociaciones no está tanto entre ZP y ETA (que, en nuestra opinión, ya tienen todo el pescado vendido y los puntos del acuerdo están claros y han sido aceptados por las dos partes), como entre ZP y ETA de un lado y sus electores y partidarios de otro. Así pues, lo importante no es pactar, sino contentar a los propios electores, prepararlos para que su confianza y sus tragaderas en las bondades de ZP y de ETA permanezcan incólumes.

Para eso hace falta escenificar el proceso de paz, lograr que cada actor represente su papel con convicción para no defraudar a sus partidarios o a la opinión pública. Estamos en ese momento: el de la escenificación. Algo muy habitual en el nacionalismo vasco.

La guerra civil en el Norte. Un pequeño encuadre

ZP ha sido en estos últimos dos años el principal promotor del guerracivilismo. En tanto que político de provincias, con un bagaje cultural e histórico muy limitado y una ideología hecha de media docena de tópicos habituales en la concepción del mundo progresista, ZP tiene tendencia a interpretar la guerra civil de manera maniquea. A un lado sórdidos militares franquistas, fascistas asesinos y curas retro, todos ellos capaces de las peores aberraciones y crueldades y acérrimos enemigos de cualquier aroma de libertad. De otro lado, unos bienintencionados leales a la república, criaturas surgidas de un relato de Heidi y políticos con el mismo fuste que Ned Flanders, el vecino santurrón de los Simpson. Unos representaban el mal absoluto, los otros eran la hipóstasis de todas las virtudes laicas.

ZP ve así las cosas, no de otra manera. De ahí que haya cometido el gran error de resucitar el guerracivilismo y dar alas a los historiadores revisionistas sobre el conflicto. Craso error, porque si alguien debe avergonzarse de algo son los partidos nacionalistas y la izquierda en general. Excesos los hubo por las dos partes, pero el descontrol del bando republicano hizo que esos excesos fueran todavía más sangrientos e, incluso, que el PCE fuera cómplice en la eliminación sistemática de sus enemigos, tanto de izquierdas como de derechas. Las órdenes de Stalin eran “asín” y el PCE no era más que una sucursal de la política exterior soviética en España. Y así siguió siéndolo hasta la “perestroika”. Carrillo cobró de Ceaucescu hasta que éste fue fusilado.

Todo esto viene a cuento de que, probablemente, de no haber resucitado ZP el guerracivilismo, no nos habríamos preocupado de las miserias del bando republicano y hubiéramos preferido correr un tupido velo sobre aquel conflicto fratricida. Gracias a ZP hemos revisado la literatura aparecida recientemente en torno a un tema que tiene mucho que ver con el “conflicto vasco”: la guerra en la cornisa cantábrica.

Aquello fue la vergüenza de la República, y el mismo Franco dijo en más de una ocasión que la guerra se había ganado en el Norte. Efectivamente, el Norte quedó en manos republicanas: toda Asturias y Cantabria, y las provincias de Guipúzcoa y Vizcaya. Era una zona rica: minas en Asturias, altos hornos e industria en el País Vasco y capitales en Santander. Pero había un problema: Asturias era socialista y anarquista, Santander derechista y el País Vasco nacionalista y ultraderechista. Además existía otro problema: para asegurarse la lealtad del PNV, el Frente Popular concedió, una vez desencadenado el conflicto, un amplio y generoso Estatuto de Autonomía a las provincias vascas. Fue a partir de este momento cuando el PNV dejó de pensar en términos republicanos para hacerlo sólo en una perspectiva nacionalista.

En realidad, como hemos dicho, el PNV era el partido de la alta burguesía vasca, de los empresarios de Neguri, hombres de comunión diaria, gentes de orden y conservadores natos, esto es: ultraconservadores, que nada querían saber con comunistas, socialistas, anarquistas… y mucho menos si eran asturianos. Y en medio estaba Cantabria, donde la derecha había vencido en las elecciones de febrero del 36 y una de las pocas provincias con una falange activa y unas fuerzas de derechas muy implantadas tanto en Santander como en el campo. En otras palabras: la cornisa cantábrica estuvo dividida en tres áreas completamente diferentes, con intereses diferentes y fuerzas políticas hegemónicas diferentes. Lo que ocurrió luego, entre el 18 de julio y la liquidación de los últimos focos de resistencia de la izquierda asturiana a mediados de 1937, tuvo mucho más que ver con el surrealismo que con una guerra civil.

Las cosas llegaron a tal extremo que los gudaris vascos fueron acogidos en Santander irónicamente, con carteles de “Bienvenidos los corredores vascos”, cuando hubieron de retirarse a esa provincia; mientras que esos mismos gudaris plantaron sus metralletas sobre los altos hornos para evitar que los dinamiteros asturianos los pulverizaran. A esto se unía otro problema: no había un País Vasco republicano, sino dos: el afecto al nacionalismo y el que lo era a los partidos de izquierda. Además hay que añadir las fuerzas militares de la República dirigidas por Gamir Uribarri, incapaces en todo momento de coordinar milicias ácratas, socialistas emboscados, nacionalistas poco interesados en cooperar con un militar español y milicianos vascos de izquierdas boicoteados por mandos vascos de derechas. Si el caos puede ser definido de alguna manera, toma como referencia al “frente norte republicano”. Es lo malo del guerracivilismo, saber que, a la postre, los propios no solamente no son los buenos de la película sino que, además, fueron los que más errores cometieron.

El precedente: cuando el PNV perdió la memoria histórica. Santoña

Y ahora es cuando llegamos a lo que tiene importancia para valorar el actual proceso de paz. Desde el 18 de julio, el PNV estuvo dividido entre dos opciones: ponerse del bando republicano o del franquista. De hecho, los elementos que les unían al franquismo eran muchos más de los que les unían a la república. Ahora se sabe que miembros del PNV contactaron en Alemania con el gobierno hitleriano y que, antes, los contactos entre representantes del PNV y el conde Ciano tendían a buscar un interlocutor válido, con ascendiente sobre Franco, con el que pactar, para evitar hacerlo con los odiados “españolistas”.

Cuando el ingeniero Goicoechea se pasó al bando franquista con los planos del “cinturón de hierro” de Bilbao, Bilbao supo que estaba perdido. Era el momento de sellar la paz, como fuera. En ese momento, el padre Onaindía, comisionado por el lendakari Aguirre, ya había iniciado contactos con los italianos a través del cónsul italiano en San Sebastián. Ya estamos en la vía de las negociaciones.

En el fondo esas negociaciones no aspiraban a más que a traicionar a la República. Sí, traición es la palabra que conviene. Hay muchas formas de justificar una traición. En el caso del PNV era la “realpolitik”, pero nunca se reconoció. Aguirre se siguió sintiendo republicano y definiéndose como tal hasta su muerte a pesar de que su traición, en opinión de Franco, había sellado el destino de la República.

Las peticiones del PNV para rendirse a los franquistas eran suficientemente significativas: a cambio de la rendición, los franquistas no realizarían ni saqueos ni fusilamientos, se permitiría que los altos cargos del PNV y de la administración vasca huyeran y se les facilitaría la huida, los batallones gudaris contribuirían al mantenimiento del orden público hasta que llegaran los franquistas y evitarían destrucciones de la industria; luego se constituirían en prisioneros, pero no serían enviados a otros frentes de guerra al servicio de los franquistas salvo los gudaris que lo desearan.

Lo mas sorprendente era que, en esos mismos momentos, mientras Onaindía negociaba y llegaba incluso al despacho del Conde Ciano (ministro de exteriores italiano y yerno de Musolini), Aguirre negociaba su fidelidad con Azaña y Prieto y les pedía que los batallones gudaris fueran conducidos por mar a Cataluña para iniciar desde el Pirineo aragonés una ofensiva por Jaca que les permitiera reconquistar el País Vasco. La cosa tiene gracia, porque pasar 20.000 gudaris desde el País Vasco hasta Catalunya era difícil, pero mucho más difícil lo era el que unas tropas que no habían mostrado gran acometividad durante la guerra, de la noche a la mañana se convirtieran en fieros leones capaces de romper el frente aragonés estabilizado desde el principio de la guerra. Pero ésta es otra historia, y si la hemos mencionado es porque evidencia la mala fe del nacionalismo vasco: mientras Aguirre negociaba con Azaña, su hombre de confianza, el padre Onaindía, lo hacía con los italianos y antes con el Vaticano… El nacionalismo era la reedición de Jano el dios bifronte, dios de los cruces de caminos.

Entre que los nacionalistas vascos querían vender cara la paz y que la situación militar cada vez les era más desfavorable, llegó un momento en que no tenían ya nada que ofrecer. Habían sido militarmente batidos (como ETA en la actualidad) y se obstinaban en partir de máximos cuando cada vez tenían menos ases en la manga.

El hecho de que recurrieran a los italianos como interlocutores se basaba en dos motivos. De un lado en que los nacionalistas preferían antes negociar con extranjeros (italianos o alemanes, poco importaba) que con españoles franquistas. Y era absurdo porque, a fin de cuentas, el mando supremo e indiscutible lo tenía Franco, así que todo lo que ataban los italianos en tierras de España podía ser desatado por Franco en cualquier momento. El segundo motivo era que los italianos acababan de ser batidos en Guadalajara y aspiraban a un éxito político-militar que les reivindicara a ojos de la opinión pública mundial. La pacificación del País Vasco hubiera sido ese éxito y hubiera contribuido a mejorar todavía más las relaciones con el Vaticano, pues no en vano la Roma papal se sentía comprometida con el destino de los “católicos vascos”. Ambos elementos hicieron que las negociaciones entre los fascistas italianos y los ultraconservadores vascos progresaran… pero demasiado lentamente.

Cuando ya no quedó territorio vasco que defender y los batallones vascos se encontraban acantonados en la franja fronteriza con Cantabria, ya dentro de esta provincia, el gobierno vasco llegó a la conclusión de que allí no quedaba nada por defender. No se sentían solidarios con la República y, en su miopía, no estaban dispuestos a luchar por nada que no fuera el territorio vasco. Y no sólo eso, en los últimos momentos de presencia de gudaris en el País Vasco, no solamente ya no obedecían órdenes del mando militar republicano, sino que ni siquiera estaban dispuestos a defender otra cosa más que… su pueblo, su aldea. Hubo batallones que se negaron a retirarse del pueblo del que eran mayoritariamente sus miembros, no solamente para evitar que los milicianos comunistas, socialistas y anarquistas lo saquearan (lo que parece comprensible), sino también y sobre todo porque no entendían una lucha que fuera más allá de los límites de su pueblo. Así pues, cuando el gobierno vasco se exilió a Santander, ya no quedaban motivos para la lucha. La rivalidad y desconfianza mutua con los milicianos asturianos era tal, que impedía continuar la lucha a su lado.

Y fue entonces cuando el padre Onaindía transmitió de nuevo las propuestas de Aguirre y de Aguariaguerra (presidente del PNV). Se trataba de JUSTIFICAR la rendición de cara a la galería. No se trataba de concentrar a los batallones gudaris en Santoña y poner las armas a la funerala, sino de SIMULAR que la división Flechas Negras del Comando de Tropas Voluntarias italianas iniciara una ofensiva en la zona y “cortase” el territorio santanderino, de tal forma que las tropas gudaris quedaran aisladas. Así pues, Aguirre justificaría ante Azaña que había habido “resistencia hasta el final” y que, cuando ya era humanamente imposible resistir, los gudaris se habían rendido a los italianos… Todos contentos: la República honraría a los batallones gudaris enfrentados al fascismo internacional en la encantadora Santoña, los italianos se habrían reivindicado de la derrota de Guadalajara, el Vaticano contento con haber evitado un conflicto entre católicos vascos y católicos españoles, Franco habría dado un paso decisivo en su “segundo año triunfal” tras la batalla de Brunete… y el PNV habría salvado, naturalmente, la cara, vendiendo como una derrota militar lo que era, pura y simplemente, UNA TRAICIÓN A LA REPÚBLICA. Aún hoy, mentar Santoña a los nacionalistas vascos supone recordar uno de los episodios más bochornosos, y si en los últimos años diversas obras “revisionistas” han puesto el dedo en la llaga, se ha debido a que los documentos del padre Onaindía han ido saliendo a la superficie y a que los jerarcas del PNV de la época han muertos todos.

La palabra clave del Pacto de Santoña -en el que los batallones vascos se rindieron sin combatir, a los italianos- era ESCENIFICACIÓN. Esa misma escenificación es a la que hoy asistimos en el “proceso de paz” entre ZP y ETA. Ambos están escenificando una comedia a efectos de contentar a su clientela…

El “proceso de paz” en peligro…

El último comunicado de ETA hace sonreír y demuestra el “nivel teórico” de la banda. A mediados de semana ETA aseguraba que el proceso de paz estaba en peligro por culpa del PNV y del PSOE. Y esto es relativamente cierto. El PNV mira con extremo recelo el proceso de paz. Sabe perfectamente que el fondo de la cuestión no es desmovilizar a una organización fantasmal, derrotada y pulverizada, dividida y traicionada interiormente, sino la formación de un “frente de izquierdas” que los desaloje del poder. Desde que se ha iniciado el “proceso de paz”, el lendakari parece haberse difuminado; el PNV en casi seis meses no ha sido capaz de aportar ni una sola noticia de primera plana a los periódicos. La “mesa de partidos” no da la impresión de que logre devolver el protagonismo a la lendakaritza. Y eso sigue siendo malo para sus perspectivas electorales.

En este comunicado, ETA ha utilizado el lenguaje de otro tiempo: represión, detenciones y torturas sistemáticas, ofensiva contra la izquierda abertzale y todo un cúmulo de despropósitos orientados a demostrar que “sigue en forma”, que es capaz de acusar al Estado, de hablarle de tú a tú, que su combatividad sigue incólume. El último comunicado de ETA no es sino el primer acto de su campaña electoral para las elecciones municipales.

La respuesta de ZP ha sido inmediata y la que se esperaba.

ZP aseguró en Las Palmas que "lo único que está en crisis total y definitiva es la violencia, quien la ampara y quien se esconde tras ella". Insistió en que el único camino que va a transitar este Gobierno para llegar a la paz y acabar con la violencia es el de la legalidad y la democracia, "en todos y cada uno de sus principios"; empezando, dijo, por la Ley de Partidos. Y añadía: "Quien quiera defender sus ideas democráticamente cabe en la democracia y para ello tiene que respetar la legalidad. Trabajaremos duro por el empeño de la paz, del fin de la violencia, de la libertad definitiva de tanta gente en el conjunto de Euskadi y España". Así pues, las víctimas “pueden estar tranquilas”, los constitucionalistas respirarán tranquilos, ZP no va a vulnerar ninguna legislación; una vez más, el comunicado le ha permitido vender “prudencia” y “talante”, nada de exabruptos, nada de enviar a paseo a unos asesinos que no tienen nada que negociar porque han sido derrotados en todos los frentes (tal como los dirigentes expulsados de la banda reconocieron en 2005)… ZP también escenifica de cara a la galería.

Conclusión: que las hojas no impidan ver el bosque

En los próximos meses se van a multiplicar comunicados de este tipo, tiras y aflojas de este combate de boxeo con tongo, tan bochornoso como la “rendición” de las “agotadas tropas gudaris” en Santoña. Rendición de pastel entonces y combate de boxeo con tongo y número de asaltos fijos ahora.

Porque esta comedieta de malos actores y pobres aprovechados va a durar lo que las encuestas indiquen que debe durar. No terminará ni antes ni después, sino cuando ambos contendientes hayan reivindicado su “buen nombre” ante su parroquia: ZP ante el centro político, ETA ante el mundo abertzale. Ambos son traidores profesionales. Lo sabe Carod Rovira y lo intuyen algunos militantes abertzales que no se explican cómo es posible que la policía haya detenido cúpula tras cúpula de ETA desde 2002, haya encarcelado a generaciones enteras de militantes de ETA… pero haya respetado a Josu Ternera de manera inexplicable, es decir, al mayor partidario de colocar el cartel de “cerrado por liquidación final” en ETA. Que los abertzales no son muy espabilados es evidente. Si lo fueran –como los nacionalistas en la guerra civil- hubieran negociado cuando eran una amenaza, no cuando son pura ceniza. El hacha etarra tiene el mango roto y alguien ha cambiado la piedra de granito por piedra pómez. La negociación actual no eliminará la violencia del País Vasco; liquidará quizás al sector mayoritario de ETA, harto de tener una celda de 2x3 metros como único destino, pero muy difícilmente atenuará la presión que sufren los no nacionalistas. La negociación actual tiene otra dimensión: servir de elemento táctico para un despegue en intención de voto de ZP, todavía demasiado próximo al PP, y garantizar la jubilación de Ternera y de un pequeño círculo de etarras privilegiados que han utilizado a la banda como carne de cañón en los últimos tiempos. Y, solamente en un segundo plano, configurar una nueva geometría política en el País Vasco: derechas (PP-PNV) contra izquierdas (PSE-HB). También ahí hay mucho a repartir…

¿Proceso de Paz? Comedieta, sainete, género chico, quizás género ínfimo, actitudes granguiñolescas…, poco más. Fraude, en definitiva, a la opinión pública. En los setenta años que van de Santoña al proceso de paz, los elementos son los mismos: en Santoña, mientras los dirigentes peneuvistas huyeron en puente de plata, las bases se quedaron afrontando su destino (que no fue particularmente suave); en el actual “proceso de paz”, unos cuantos dirigentes abertzales, más Josu Ternera, van a “pillar”, ya sea el botín de ETA o bien los caudales de la administración vasca una vez esté en sus manos. Buena parte de las bases seguirán en prisión: porque la opinión pública ha determinado que ese es el lugar de los asesinos.

¿No veis en todo esto, ayer y hoy, algo innoble, desagradable, si no miserable? Un fraude a la esperanza, pero sobre todo y por encima de todo, una traición a las víctimas.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 20.08.06

 

Marathon-film (V/VI/VII de XIV): El drama americano, “blanco y pobre”.

Marathon-film (V/VI/VII de XIV): El drama americano, “blanco y pobre”.

Infokrisis.- Dos películas -"El asesinato de Richard Nixon" y "Factotum"- ponen el dedo en la llaga sobre el gran drama de la América moderna: ser blanco y pobre en la tierra de los yuppies y de las minorías subsidiadas. Dos películas depresivas para un período decadente en la historia de los EEUU. Ni siquiera "X-men 2" y su "legión de superhéroes" logra evitar que el cine americano sea un reflejo de su triste realidad.

 

No podemos afirmar que ni “El asesinato de Richard Nixon”, ni “Factotum”, sean dos grandes películas, pero sí entran dentro de lo que desde hace unas décadas en Francia se llama el “cine verita”, esto es, un tipo de películas que demuestran la realidad social de un momento concreto de civilización. Si queremos conocer algo de los EEUU debemos necesariamente ver con detenimiento estos dos filmes.

Ambos tienen como denominador común que su éxito se basa en dos actores famosos –Sean Penn y Matt Dillon- que actúan a modo de clave de bóveda de toda la película. Se trata en ambos casos de dos actores experimentados y brillantes, sin los cuales estas dos películas hubieran tenido un resultado mucho más modesto.

Los inevitables referentes

Tras las primeras escenas de “El asesinato de Richard Nixon”, resulta inevitable compararla con “Un día de furia” y, en menor medida, con “Taxi Driver”. Y en cuanto a “Factotum”, también podríamos encontrar referencias anteriores en el cine americano de los setenta. Ahora bien, los tiempos han cambiado y las situaciones ya no son las mismas.

El vendedor de neumáticos judío, travestido de vendedor de mobiliario de oficina, está muy lejos del diseñador de misiles balísticos que era el protagonista de “Un día de furia”. Similar es su situación familiar (ambos son divorciados y con hijos), similar su falta de autocontrol (ambos sienten una presión del entorno que no están en condiciones de digerir) y, finalmente, su destino es muy parecido (ambos, en el fondo, se ven con armas en las manos y emprenden una aventura destinada, inevitablemente, al fracaso.

“Un día de furia” se estrenaba en 1992 y reflejaba la situación de una parte de la clase media blanca norteamericana arrojada al paro a causa del fin de la Guerra Fría. Ya no había tensión internacional, Fukuyama había sentenciado que la historia estaba por concluir y nadie precisaba de un diseñador de mísiles intercontinentales. El protagonista de aquella memorable película solamente tenía por delante el seguro de paro y luego la asistencia social en una América cambiante que ya estaba en manos de bandas de delincuentes, inmigrantes que eran incapaces de pronunciar unas cuantas frases en inglés, o criminales recorriendo las calles armados hasta los dientes. El tránsito del protagonista por la ciudad evocaba, quizás deliberadamente, al ascenso del Mekong realizado por el protagonista de “Apocalipse Now”. En ambas películas el paisaje va cambiando, se va haciendo progresivamente más hostil hasta que, finalmente, ocurre, en el límite, la tragedia. En cambio, en “El asesinato de Richard Nixon”, el paisaje no cambia, es monocorde y gris: una tienda de mobiliario de oficina, un par de apartamentos modestos, el destartalado taller de un mecánico negro…, poco más.

El sentido de la justicia de Saul Vik le convierte en un hombre inaprovechable para el sistema. Mal asunto, porque cuando evidencia que no hay lugar en el sistema para él, inicia un viaje interior hacia la locura, similar al de los protagonistas de “Apocalipse” y “Un día de furia”.

En cuanto a Matt Dillon y a su personaje, “Richard Chinaski”, la situación no es muy diferente. Escritor bohemio y alcoholizado, su peripecia por distintos trabajos, cada vez más miserables y grotescos, termina acentuando su proceso de desintegración interior.

El vendedor de muebles de oficina (antes de neumáticos) y el escritor alcoholizado se ven implicados en un mundo que cada vez comprenden menos y que les hurta un lugar en el sueño americano. En un momento dado de “El asesinato de Richard Nixon”, el protagonista escribe a Leonard Bernstein y se lamenta: “Solamente quiero un pedazo del sueño americano”. Y al iniciar su loca peripecia de atentar contra Nixon había iniciado su reflexión con estas palabras: “Me llamo Saul Vik y soy un grano de arena”… El Richard Chinaski de “Factotum” repite frases de análogo dramatismo y simplicidad.

Saul Vik es, en el fondo, un remedo del protagonista de “Taxi Driver”: ambos, en su desesperación e inadaptación, están dispuestos a hacer algo traumático. Matar a unos macarras que explotan a una prostituta adolescente o bien asesinar al político que retienen como responsable de sus desgracias: Nixon.

La América de los perdedores

Los EEUU están en crisis. Solamente de tiempos de crisis pueden surgir dos películas como éstas. Hace solo veinte años, cuando los yuppies de Wallstreet compraban y vendían empresas, hacían y deshacían consorcios, realizaban operaciones de bolsa incomprensibles bajos los efectos de la cocaína, era posible filmar películas que giraran en torno a blancos anglosajones triunfadores. Pero esa euforia de los años 80 se disipó a lo largo de los 90. Los yuppies tuvieron que vender sus espectaculares lofts en Greenwich Village o en Manhattan, se encontraron bruscamente arrojados al paro y, finalmente, debieron vivir junto con miles y miles de sin techo. Luego volvieron a alzar la cabeza, pero nunca más fueron los de antes. Muchas de las películas de aquella época describían su vida: en el fondo “Pretty Woman” no era más que un cuento de hadas protagonizado por un yuppie y una zorrilla remilgada; quince años después irrumpieron películas mucho menos condescendientes con los yuppies, la última de las cuales, “American Psicho”, demuestra sin duda hasta qué punto la podredumbre y las psicopatías habitan en el interior de los rascacielos de oficinas. Los tiempos han cambiado.

El protagonista de “Un día de furia” era un técnico en paro, el de “Factotum” y “El asesinato de Richard Nixon” son dos blancos pobres. En América (y ya también en nuestro país) no hay nada peor que ser blanco y pobre. Sea usted negro pobre y encontrará decenas de asociaciones humanitarias capaces de ayudarle en sus necesidades. Los programas gubernamentales norteamericanos están elaborados para minorías sociales, no para blancos. La asistencia social se ha diseñado para prestar ayuda a afroamericanos, chicanos o nativos de las reservas, no para anglosajones ni, mucho menos, para descendientes de europeos. Es el drama de nuestros dos protagonistas.

Sean Penn, alias “Saul Vik”, no pide otra cosa que un pedazo del sueño americano y Matt Dillon, alias “Richard Chinasky”, solo quiere llegar a las últimas conclusiones de la “ideología americana”: soy libre para hacer lo que quiera, incluso para ahogarme en un vaso de whisky y, ni el Estado ni el patrón, pueden impedirme hacer lo que me dé la gana. La diferencia entre ambos personajes radica en que, mientras el alcohol ha desbaratado completamente el cerebro de Chinasky, ese mismo efecto ha sido causado por las frustraciones de Saul Vik: su divorcio y su miserable trabajo en una mezquina empresa de mobiliario de oficina. El primero cada vez ahoga más sus penas en el alcohol, mientras que el segundo metaboliza sus frustraciones en una loca lucha “contra el sistema”.

Ambos personajes –como el protagonista de “Taxi Driver” o el de “El día de furia”- son fracasados en una América excepcionalmente hostil hacia quienes no han logrado el reconocimiento social y el millón de dólares antes de cumplir los 30 años. La industria del cine no hace películas para minorías, ni muestra modelos minoritarios: el modelo del fracasado es el mayoritario en la América del siglo XXI, como lo fue el yuppie sofisticado en los años ochenta.

Las dos películas, “Factotum” y “El asesinato de Richard Nixon”, son, en definitiva, el reflejo de la América globalizada: unos pocos lo acaparan todo, los más no tienen nada. Un sistema así es absolutamente inviable y tiene como perspectiva final la guerra social. Esa guerra la desatan los dos protagonistas por su cuenta: Chinasky pasando completamente de los empresarios que le contratan y haciéndose despedir después de haber sido el peor empleado que, sin duda, han tenido; Saul Vik adopta una tosca “conciencia política”: el “mal” es el “sistema” y el “sistema” es Richard Nixon.

En su estupidez se le ocurre visitar el cuartel general de los “Black Panthers” para unirse a su lucha y proponerles un plan “genial”: dado que él es blanco, la opresión de los negros es solamente una parte del problema; también los blancos resultan oprimidos, por tanto, propone crear un nuevo movimiento “Los Cebras”: blancos y negros juntos defendiendo sus derechos civiles. Luego se le ocurre secuestrar un avión y estrellarlo contra la Casa Blanca, prefigurando los autoatentados del 11-S.

Por distintos motivos la película está desubicada de la actualidad y la acción se sitúa en 1974. No es por casualidad. En esa época los EEUU vivían su gran crisis nacional: la retirada de Vietnam estaba estancada y en su peor momento, había estallado el Caso Watergate, la tercera guerra árabe-israelí había provocado la primera gran crisis del petróleo y los EEUU vivían un momento de paro y desaceleración industrial. Pues bien, toda aquella situación es poco, comparada con la actual. Algunos, entonces, mantenían las esperanzas de poder encontrar trabajo en breve (la famosa movilidad laboral americana). Hoy eso ya no existe. La globalización es el elemento nuevo que se ha sumado a los otros (la redoblada crisis del petróleo, el empantanamiento en Irak, la deslocalización empresarial, las oleadas de chicanos, etc.).

El americano blanco pobre se siente como un grano de arena, un átomo invisible perdido entre otros doscientos millones de átomos similares. Solamente una acción espectacular –matar a Nixon, por ejemplo- puede contribuir a dar un brusco salto a la fama y, consiguientemente, reivindicarse ante el jefe, ante la ex-esposa o ante el banco que acaba de negarte un crédito.

Pero el perdedor siempre es perdedor. El hábil maquillador ha dado a Dillon las tonalidades de un alcoholizado, el atrezzo de la habitación en la que vive con su amante es de un desorden absoluto propio del alcoholizado; por su parte, un maduro Sean Penn con bigotillo asume el papel de pobre diablo al que ni los cursos de autoayuda de Dale Carnagie pueden ayudar a salir de su absoluta mediocridad. Dillon-Chinasky logra que, finalmente, la revista “Black Sparrow” publique uno de sus relatos… pero cuando esto ocurre, él ya ha cambiado de domicilio y jamás recibirá la carta en la que se lo comunican. Penn-Vik morirá en el curso de su loco e irracional atentado.

Esto es América…

Hubo un tiempo en el que América era la tierra de las oportunidades. Ya desde que se compuso “West Side Store” quedaba claro que para algunos inmigrantes, portorriqueños en aquel caso, América no era la tierra de las oportunidades sino del subempleo, la marginación y las peleas entre bandas étnicas. Esos portorriqueños tenían delante suyo a otras bandas que tenían los mismos problemas. Sólo que estos eran blancos, anglosajones y europeos. Desde entonces (años cincuenta) ha llovido mucho. La América que nos muestra el buen cine americano es una América en crisis.

Está claro que existe otro cine americano que nos muestra universidades y colegios en los que la única preocupación es como tirarse a la chata de turno o de qué manera huir de las novatadas o realizarlas sin piedad. Esa es la América fatua, inconsciente, infantiloide y analfabestia. La otra es la América en crisis que se evidencia, tanto con estas dos películas que hemos visionado ayer y anteayer, como en otras películas de tipo “X-men III”. A este respecto, es saludable que América se vea a sí misma como poblada por mutantes. Hay algo de cierto en todo ello. Lo que ocurre es que esos fabulosos mutantes –como Superman, por cierto- tienen unos poderes “sobrehumanos” que apenas son otra cosa que las fantasías onanistas de pobres diablos. Los “superhéroes” no son otra cosa que la sublimación de todas las impotencias; creación de modelos artificiosos y artificiales para gentes que sueñan con poder arrojar fuego con las manos, tener visión de rayos X o volar, cuando en realidad ni conocen el calor humano, ni ven más allá de sus narices, ni siquiera son capaces de dejar volar su espíritu, entre otras cosas, porque ni siquiera saben que tienen un espíritu.

Las tres últimas películas norteamericanas que hemos visto (“X-men III” el martes, “Factotum” el miércoles y “El asesinato de Richard Nixon” el jueves), son distintos productos elaborados por una civilización en crisis y sin esperanzas. Es significativo que los mutantes sean mayoritariamente anglosajones y sólo un par sean negros o amarillos. Tres productos orientados hacia el blanco pobre, nueva clase social desfavorecida en un mundo globalizado, clase para la que el sueño americano está cerrado a cal y canto.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 18.08.06

Marathón-film (IV de XIV) “Burt Munro: un sueño, una leyenda”. El kiwi arqueofuturista

Marathón-film (IV de XIV) “Burt Munro: un sueño, una leyenda”. El kiwi arqueofuturista

 

Inforisis.- Ayer comentábamos una película argentina, hoy le toca a otra neozelandesa cuyo argumento se basa en la biografía de una gloria local: el motorista Burt Munro que batió el record de velocidad para motos en 1967 en el Cirtuido de Boneville, record que todavía permanece imbatido. Pero este biopic difunde algo pmás preciso: valores. Valores, por lo demás, arqueofuturistas. Un biopic llegado de la tierra del kiwi.

Infokrisis.- Ayer comentábamos una película argentina, hoy toca a otra neozelandesa, la biografía de una gloria local: el motorista Burt Munro que batió el record de velocidad para motos en 1967 en el Circuito de Boneville, record aún imbatido. Pero este biopic difunde algo precioso: valores. Valores, por lo demás, arqueofuturistas. Un biopic que llega de la tierra del kiwi.

Del país de los kiwis a las pantallas

Nueva Zelanda es el país de los kiwis, pero no sabíamos que allí se hace buen cine. De hecho, lo más aproximado que solemos recordar es el cine australiano que, a partir de “Cocodrilo Dundee”, se ha podido hacer con una pequeña cuota del mercado cinematográfico mundial. De Nueva Zelanda se sabe que exporta kiwis y poco más. Hasta ahora ignorábamos la existencia de una digna industria cinematográfica local, pero así es.

Esta película “Burt Munro: un sueño, una leyenda”, va a ser, sin duda, la película que catapulte al cine neozelandés a los mercados mundiales. De Burt Munro solamente se acuerdan los neozelandeses y los motoristas empedernidos como el que suscribe. La película nos cuenta la historia de una gloria local, un abuelo de más de 70 años que batió el récord mundial de velocidad para motos de menos de 1000 cc. en 1967, alcanzando los 334 km/hora en el circuito de Boneville. El récord permanece aún imbatible.

Lo más sorprendente es que Munro no estaba esponsorizado por ninguna multinacional, ni se benefició de subvenciones gubernamentales, más allá de su salario de jubilado. Munro disponía del chasis de una vieja moto Indian de los años veinte que modificó y convirtió en un verdadero cohete. Ese “cohete” casi voló sobre la superficie de sal del circuito de Boneville. Aparentemente, esta película solamente debía satisfacer a neozelandeses y amantes de las motos, pero ha conseguido entretener a todos los que han comprado la entrada. Algo, casi sorprendente.

Seguramente, el valor de la película no se concentra solamente en la presencia de Anthony Hopkins asumiendo el papel de protagonista. Incluso el éxito de la película trasciende a la propia biografía de Munro, bastante sorprendente por lo demás. La fotografía es buena y, en ocasiones, brillante; los paisajes recorridos por Munro, desde su Nueva Zelanda natal hasta Boneville, suponen un contacto con la América profunda: una granjera otoñal, un indio piel roja, unos amantes de la velocidad… El éxito de la película se debe, fundamentalmente, al mensaje que transmite.

Un mensaje arqueofuturista

Munro se atreve a correr con los Ángeles del Infierno neozelandeses, no tiene inconveniente en vivir amores adolescentes con otras abuelas de su edad, carece de prejuicios y, sobre todo, es un hábil artesano de las dos ruedas y del motor. Parece que su tiempo haya pasado pues, no en vano, sus canas caen sobre su frente y a sus setenta años parece que haya dado de sí todo lo que se esperaba de él. Sin embargo, Munro es un adolescente, para él la vida sigue teniendo sentido hasta el último suspiro, sabe que antes o después va a morir –su próstata estaba hinchada y sus arterias coronarias averiadas- pero no se resignaba a la decadencia física. Era un joven con aspecto de anciano venerable.

Su pasión era la velocidad. Solamente la velocidad y nada más que la velocidad. En la moto la velocidad se experimenta a cara o cruz: cara, experimentas un placer único; cruz, mueres. Sobre la moto ocurren sensaciones extrañas cuando se superan determinados límites de velocidad, muy por encima de los prohibidos por la ley. A partir de los 130 el cerebro ya no puede dirigir la moto. Entre los 130 y 150 se experimenta una mezcla de necesidad y prudencia. Necesidad de ir hasta el límite de las posibilidades del motor, prudencia porque se tiene todavía la conciencia de que cualquier error puede causar un accidente que a esa velocidad es, inevitablemente, mortal. Si se tiene el valor de apretar el gas hasta el fondo, esas sensaciones se eclipsan. A más de 150 por hora la conciencia ordinaria ya no guía la moto –ya no puede guiarla- el motorista aparca su consciente y deja que algo mucho más profundo, instinto auténtico, dirija el bólido. Es como si un acto reflejo, situado más allá del pensamiento, estuviera al mando. En ese momento experimenta la sensación lúcida del “despertar”, una especie de embriaguez y de vacío, un “estado de alerta” en el cual nos sentimos plenamente “despiertos”. Burt Munro experimentó esta sensación y fue ella la que hizo de él un eterno adolescente.

El proceso que hemos descrito es muy simple: se puede experimentar tras años de meditación y concentración siguiendo técnicas tradicionales (desde el Zen hasta los sistemas cristianos de meditación), la mayoría de las cuales están en la órbita de lo que Evola y Guenon han llamado la “Vía de la Mano Derecha”, esto es, seguir una vía progresiva de ascesis y paulatina toma de control de la propia existencia. Pero Munro –y los que nos sentimos como él- preferimos la otra vía, la de la “Mano Izquierda”, en la cual todo consiste en convertir el veneno en remedio, aquello que puede matar se convierte en un camino de liberación.

Muchos hemos experimentado el éxtasis sobre la motocicleta, lanzados a endiabladas carreras de velocidad. Aún hoy, el que suscribe estas líneas ni siquiera se ha tomado la molestia de sacar el carnet de conducir vehículos de cuatro ruedas, juzgando que la verdadera experiencia de la velocidad solamente puede vivirse sobre dos ruedas y siempre a más de 150 por hora: 30 kilómetros más del límite permitido… En lo que a nosotros respecta, esperamos reventar sobre nuestra Suzuki 750 cuando toque. Al colocar unos cuantos cientos de caballos entre las piernas, no solamente se va más rápido. También es posible ir más arriba.

Todo esto pertenece al “archeos”. A lo antiguo y eterno: es la búsqueda de la dimensión más profunda del ser que puede alcanzarse a través de un rito religioso, de un sistema de meditación o de la embriaguez de la velocidad. Pero este tema también tiene su dimensión “futurista”.

El futurismo nace con el motor, dedica loas, glosas y alabanzas al motor, y ve en el motor el símbolo de la más extrema modernidad. Munro había nacido con el siglo. Munro vivió la época del futurismo; no es que fuera futurista, probablemente desde la lejana Nueva Zelanda nunca había oído hablar del futurismo. Pero las verdaderas teorías que valen la pena ser tomadas en consideración, o son las que han nacido con el sol y con la gravedad, que siempre han sido y siempre serán eternas por definición, o bien aquellas otras que surgen de lo más profundo del ser, casi como instintos que siempre han estado allí y que un día se descubren: el ser humano ama la velocidad desde que Mercurio, el “de los pies ligeros”, apareció en la mitología clásica. No en vano Mercurio es el dios de la sabiduría y de la tradición hermética.

Uno de los temas que esta encantadora película toca es, precisamente, el de la velocidad. La velocidad, tema futurista por excelencia. La velocidad nos ayuda a recordar que cada día puede ser nuestro último día y vivirlo con la intensidad con la que un condenado a muerte -¿somos otra cosa más que condenados inevitablemente a muerte?- apura su último cigarrillo.

Otro de los temas de fondo de la película es el de la aventura. ¿Qué somos si antes o después no hemos logrado vivir “nuestra” aventura? La “aventura” puede ser muy distinta para unos o para otros. La misma paternidad –dadas las circunstancias de nuestro momento de civilización- es, ya de por sí, una aventura. No importa cuándo la vivamos, lo que importa es que, verdaderamente, la deseemos. El sueño de Burt Munro fue, durante toda su vida, batir el record de velocidad, ¿por qué? Porque amaba la velocidad y estaba convencido de que debía vivir esa aventura. La aventura da sentido a la vida. Una vida sin aventura es una vida limitada, empequeñecida, coja. Hay muchas aventuras: la aventura intelectual también es una forma, o la aventura de los creadores del primer microchip, obsesionados por lograr la miniaturización de circuitos. ¿Qué es la aventura? Aquello que permite vivir intensamente, sin trabas, sin tiempos muertos, permanentemente dedicado a ella. En el fondo, este concepto de “aventura” no está tan alejado de la caballería medieval: la vida del caballero no era sino una permanente entrega a su “dama”. La aventura es, en definitiva, la renuncia a uno mismo, y la entrega a un ideal.

¿Cabe otro mensaje más nítidamente arqueofuturista que el transmitido por a lo largo de los 126 minutos de la película “Burt Munro: un sueño, una leyenda”? Su director y guionista, Roger Donaldson, merecen todos los parabienes, tanto como su protagonista, Hopkins y, por supuesto, Munro, allí donde se encuentre, seguramente durmiendo el sueño de los justos.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 14.08.06