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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

Reflexiones sobre Madrid y el casticismo (III de III). La casta de lo castizo

Infokrisis.- Hablar de casta es hablar de diferencias, identidades y especificidades. Decía Schuon que la casta es al espíritu lo que la raza a la materia y debía tener algo de razón porque en la Edad Media era más fácil que se entendieran dos de la misma casta pertenecientes a comunidades y religiones diversas que dos de casta diferente pertenecientes a la misma comunidad.

De todas formas este planteamiento se hizo ocioso después de las expulsiones de judíos y moriscos, que no tenían más objetivo que crear una comunidad homogénea y coherente, la diferenciación de castas siguió existiendo pero con notables alteraciones. Entre 1492 (expulsión de los judíos) y la de los moriscos en 1504 en Castilla y en 1526 en Aragón, así como tras la guerra de las Alpujarras, ser judío o morisco, aun adinerado, queda sumido en el desprestigio. La clase aristocrática autóctona era la única que, a partir de ese momento, se arrogaba la preeminencia social.

Muchas de las conversiones, especialmente de judíos, fueron forzadas por las conveniencias sociales. Los “cristianos nuevos” fueron cientos de miles. El judío salió del kahal (judería, call, calle), tuvo acceso a todas las profesiones que antes le estaban vedadas. España reacciona ante esto de manera diversa: mientras que, por una parte, aparece un interés por la pureza racial y por los “estatutos de limpieza étnica”, por otra, especialmente, un sector de la aristocracia que ha casado con millonarios de conversos, comprueba que su sangre no es pura. Es el pueblo llano y un sector de la nobleza el que sigue jactándose de ser “cristiano viejo” y dando importancia al elemento étnico y racial, mientras que la aristocracia dirigente descubre entre sus antepasados a linajes judíos.

El catolicismo, referente de lo español en aquel momento (siglo XVI y todo el XVII), influye en todo este proceso de manera sorprendentemente doble: por una parte, la Inquisición multiplica sus investigaciones sobre judaizantes, criptojudios y marranos (conversos que seguían practicando en secreto sus ritos). Lo sorprendente es que, en cierta medida, la represión contra estas actividades corre a cargo de personajes de ascendencia judía (lo que evoca la frase de Louis Ferdinand Celine: “Si en Francia se creara una asociación antisemita, el presidente, el secretario y el tesorero serían judíos”… Otro tanto ocurrió en España). Tomás de Torquemada no fue una excepción. Y muchos judíos más colaboraron con la Inquisición en la represión contra sus propios hermanos de raza.

Existe una palabra en el español de las Américas de la época inquisitorial, "malsinar", que viene del hebreo "lehalshín", delatar. Dentro de las comunidades secretas sefardíes, existían "malsines", judíos que se habían convertido y que querían mostrarse más católicos que sus correligionarios para no quedar ellos bajo sospecha, algo que hicieron denunciando a sus camaradas. Aparece así la proverbial “fe del converso”, mucho más papista que la del papa y que está en el origen de cierta intransigencia del catolicismo español: demostrar mediante la exasperación de la propia fe que no se es, lo que a fin de cuentas se es, judío converso. Estamos más ante un drama psicológico que ante otra cosa y el drama de estos conversos conviene analizarlo desde un punto de vista psiquiátrico. Incluso en pleno siglo XX hemos conocido a integristas ultramontanos de lo más sinceros –y si se nos apura, también de lo más enfermizos- que hacían gala de un fundamentalismo religioso católico que no tendría nada que envidiar al de Torquemada, entre otras cosas, porque en ambos casos, la sangre judía aparecía directa o indirectamente.

Para colmo, la nobleza de sangre que no ha emparentado con conversos huye de la posibilidad de que se sospeche que está contaminada. En esas época hay profesiones “sospechosas” de ser practicadas por los conversos: el negocio, el comercio… ¡e incluso el estudio! Tenemos, pues, una nobleza que llega en algunos casos extremos a jactarse de que son analfabetos porque el serlo es un indicio de ser “cristiano viejo”. A nadie se le escapa que entre los siglo XVII y XVIII se produce un declive acelerado de la nobleza del blasón lastrada por estos tópicos. Así como en Europa, ajena a estos prejuicios –o mejor dicho, habiendo adoptado el prejuicio opuesto y protestante de la riqueza como signo de bendición de Dios y del trabajo como forma de expiar la “culpa”- se produjo luego un desarrollo industrial, en buena medida ligado a la aristocracia y a una burguesía emergente a partir de los menestrales, en España no hubo nada de todo esto. La figura del Hidalgo que tiene blasones y nobleza, pero ni un real de vellón, ni el hábito del trabajo, es más, que rechaza el trabajo por principio, es una figura típicamente española y que corresponde al período del Lazarillo y a algunas figuras de El Quijote. De hecho, el propio Alonso Quijano es el hijodalgo que dedica su tiempo a revivir las gestas de sus antepasados en las novelas de caballerías: hubiera sido un buen guerrero, sin duda, honra de sus ancestros, doscientos años antes, pero es pura irrisión en la España del Siglo de Oro, cuando la caballería y la nobleza de la sangre han muerto, limitándose Cervantes a extender su acta de defunción.

En el límite de este proceso tenemos a una aristocracia de la sangre y del blasón empobrecida y que alardea de “sangre pura” y de su condición de “cristiano viejo”. A esto se suma, la otra componente de la nobleza que, más pragmática, no ha tenido problema en cruzarse con los conversos y que, a la postre, termina siendo más papista que el papa; y tenemos, finalmente, también a un pueblo llano en el que la pureza racial se convierte en obsesión autotitulándose “cristianos viejos”, algo equivalente al “orgulloso de ser español” actual… y exasperando también la práctica del catolicismo. No es raro que a lo largo del siglo XVIII estas dos tendencias confluyan… en el casticismo. La primera componente va perdiendo fuelle poco a poco. A cada generación que pasa, el patrimonio está más empequeñecido. Sobreviven a costa de vender patrimonio ya que el trabajo les sigue estando vedado por imperativo moral. En el siglo XXI todavía he reconocido en zonas rurales a los últimos mohicanos de esta tendencia que recorriendo los valles te cuentan que aquella era la casa de sus bisabuelos, la montaña pertenecía a sus tatarabuelos y el valle entero era de la propia familia ducal en un tiempo remoto. Hoy el patrimonio queda reducido a unas pocas hectáreas y no sobrevivirá más de 10 años a tenor de los gastos y de que todo se acaba en esta vida. Otro de estos me comentaba que de pequeño había dicho a su padre a la vista de unos vendedores de horchata: “Parece que ese negocio permite vivir bien” a lo que el padre le repuso: “Sí, pero ¿y la vergüenza que pasas?”. Para el venerable padre, trabajar era, ante todo, algo bochornoso. Y si bien es cierto –como Evola apuntó en varias de sus obras- que el trabajo no es, desde luego la actividad más alta que pueda hacer un ser humano, la negativa a trabajar por “dignidad” o por vergüenza torera, no es tampoco un síntoma de buena salud mental.

Pero lo sorprendente fue que las otras dos componentes de la sociedad española del XVII y XVIII terminaran por converger. La nobleza adaptada a las circunstancias y convertida de nobleza del blasón en nobleza del dinero tenía su espíritu de casta relajado –estaba dejando de ser “casta” para convertirse en “clase”- y quería confluir con los villanos (con el “pueblo”) no sólo porque sentía que la rústica simplicidad del pueblo llano estaba más cerca de su origen que la aristocracia del blasón de la experimentaba su desprecio a causa de sus orígenes “contaminados” por la sangre conversa.

Además, el “pueblo” aportaba diversión: toros, tabernas, bailes, francachelas, alegría y fiesta. El arquetipo de esta nobleza son las duquesas de Alba tan dadas a folgar con toreros y torerillos, a hacerse ver en paradas de cante jondo, a buscar compañía de bailaores de flamenco y palmiseros asilvestrados, y, naturalmente, a vestir en los saraos el traje de gitana con más porte que el traje de noche. Lo mismo ocurrió con todos los borbones a partir de Carlos III de los que, prácticamente como única virtud –y en algunos sin el “prácticamente”- profesaban el culto a lo popular. Se dice que Alfonso XIII arrancó un aplauso en la Academia Militar cuando presionando la colilla del cigarrillo con el pulgar, manteniéndola sobre el índice de la mano, acertó a arrojarla al cenicero. De Alfonso XII se glosa su romanticismo más lánguido y melancólico que el de cualquier poeta del XIX, sus amores y desgracias sentimentales eran seguidos por el pueblo con el interés que hoy se siguen las peripecias de la corona monegasca. De Isabel II –denominada “reina castiza”- se glosan sus performances sexuales, la promiscuidad con la que elegía a sus amantes en el cuerpo de palafreneros reales, así como su gusto por los tugurios y lupanares. De los borbones actuales, mejor ni comentarlos aun cuando, bueno es recordar, que todo el mundo coincide en que el tal Juan Carlos I es un “tipo enrollado” y simpaticote.

Pues bien, esa forma de ser de cierta aristocracia, con su proximidad al pueblo, llevó a episodios como el motín de Esquilache y vacunó a este país contra estallidos revolucionarios similares al francés. Aquí no había noble a quien tumbar ni guillotinar porque su populismo desarmaba a los agitadores. La sociedad cambiaba, la Europa del Tratado de Westfalia empezó a distanciarse del anterior modelo europeo… y España siguió como antes, oscilando entre Trento de un lado y la sucesión de fiestas, celebraciones, jolgorios y saraos que imprimieron carácter a un país que si sabe de algo es divertirse. No en vano aquí hay lo que no hay en ningún lugar de Europa: tapeo, verbenas y fiestas mayores sin fin, fiestas autonómicas, carnavales, ferias de abril, romerías de mayo, semanas santas kilométricas y puentes que son acueductos.

Sin darse cuenta, las castas fueron desapareciendo y, tras unos siglos de tímido ascenso, las clases de fueron imponiendo. En el XIX la casta era lo viejo y la clase social lo nuevo. Este proceso vino favorecido por las acumulaciones de capital que se produjeron en las colonias de América. La actividad de algunos colonos hizo que aumentara la movilidad social: se gestaron fortunas que luego –especialmente en Catalunya- se utilizaron para arrancar el proceso de industrialización. La clase terminó imponiéndose porque no dependía del lugar de nacimiento, sino de la escala ocupada en el proceso de producción. Los “ricos de sangre humilde” que tan a menudo aparecían ya en El Quijote (dando a entender lo mucho que sorprendían a Cervantes) se hicieron habituales en nuestro suelo. Entre ellos, los borbones fueron eligiendo una nueva nobleza que ya no era casta, sino clase. 

Tras el motín de Esquileche y mucho más tras la entrada de las tropas francesas, da la sensación de que la tragedia se evidencia en toda su magnitud: el tiempo de las reformas necesarias que podían realizarse ya ha pasado y no se hicieron; ahora, cuando parecía claro que Europa avanzaba a otra velocidad y nos estábamos quedando atrás, habíamos entrado en el tiempo de las reformas imposibles. La tragedia de la guerra de la independencia es que tanto la España de las Cortes de Cádiz como la de la corte de José I, estaban persuadidos de la necesidad de imponer unas reformas a la sociedad española que nos llevaran a la modernidad. La incapacidad para emprender esta vía condujo al “estúpido siglo XIX” y a que apenas fuera otra cosa que una larga ristra de discordias civiles. La época de las reformas imposibles se prolongó hasta 1898. Después se abrió el tiempo del lamento y la reflexión.

Entre la retirada francesa y la derrota que 1898, España hace de la necesidad virtud. Es entonces cuando Andalucía se convierte en paradigma de “lo español”, no tanto por los rasgos de lo esencial de su población, sino por el exotismo, el morbo y la curiosidad que suponían para los extranjeros y para la aristocracia económica, el cante jondo, el flamenco, el traje de gitana y el lupanar con aroma de fritanga. Es en ese momento en que nuestros antepasados empiezan a alardear de los tópicos nacionalistas más desgraciados: “somos descendientes  de los árabes y el islam es nuestra religión” (Blas Infante), “no somos europeos” (como reacción antifrancesa y olvido de que la victoria sobre los franceses se debió militarmente mucho más a la acción de la tropas de Wellington que a las guerrillas), “nuestras raíces son exóticas” (indicando por “exotismo” al folklore de etnia gitana que es tan español como el chop-chuey o el kebab). Y, finalmente, Fraga, padre de la constitución, gran timonel del PP, ayatolah del desarrollismo en los 60 y adelantado de la democracia en tiempos de la oprobiosa, cristalizó todo esto en el “Spanish is different”, para poco después, nombrado embajador en Londres, cambiar el sombrero cordobés y la chaquetilla corta por el bombín, la gabardina de exhibicionista y el paraguas propios de los brokers de la city en aquella época.

Dado que la casta se consideraba anterior a la clase, castizo y casticismo se convirtieron en sinónimos de búsqueda de los orígenes y retorno a las fuentes, pero el problema es que esos orígenes y esas fuentes ya no se estaban analizando con los ojos de la aristocracia del blasón –la única que podía alardear de haber forjado a las Españas con las armas en la mano durante la Reconquista- sino a la aristocracia del pelotazo y al pueblo del jolgorio y la pandereta, con lo que la búsqueda quedó lastrada desde el principio y no es raro que algunos intelectuales del 98 y del 27, insistieran en la facilidad con que “lo castizo” degenera en forma de “casticismo”.

Cuando Machado mira la áspera meseta de Castilla le es imposible reconocer en ella el casticismo de lo exótico y, sin embargo, en buena medida Castilla era uno de los puntales de la Reconquista y de lo español. Machado alude a la llanura como el lugar “por donde pasó herrante la sombra de Caín” e imagina el cabalgar del Cid por aquellas tierras: El ciego sol, la sed y la fatiga. / Por la terrible estepa castellana, / el destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- , el Cid cabalga”
. Para Machado, a fin de cuentas, lo importante es cabalgar en busca de un destino, antes que el destino te arrastre. El “cabalgar” de Machado es el “vivere non est necese, navigare necese est” de la vieja Roma patricia.

La generación del 98 y la del 27 alumbraron una España mística basada en mitos históricos que el franquismo en sus distintas formulaciones (nacional-sindicalismo de 1937 a 1943, nacional-catolicismo de 1943 a 1956 y desarrollismo tecnocrático en los veinte años siguientes) aupó terminaron en el “Spanish is different” fraguista y en la Constitución que abrió el camino al Estado de las Autononías (por cierto, Constitución con su pizca de fraguismo).

España cayó víctima de una “especialización”, mal derivado del paradigma newtoniano. El mecaninismo es aquella doctrina según el cual un organismo está compuesto por distintos aparatos cada uno de los cuales funciona, por sí mismo, independientemente del resto. Adoptar esta concepción mecanicista de España traída por la constitución del 78, llevó a concebir España como sumatorio de 17 autonomías. Pero ni las partes eran el todo, ni todo eran las partes. Cuando se llega a la Constitución del 78 las futuros autonomías ya tienen muy adulterada su naturaleza: así se llega a que en las autonomías extremeña y andaluza el verde del Islam y el blanco de los Omeyas luzcan en las banderas autonómicas, a que el 11 de septiembre sea considerado en Cataluña como una fecha de reivindicación nacionalista e independentista y así sucesivamente. Los nacionalistas han pervertido cualquier idea regional porque la han exasperado, han convertido factores marginales de las identidades regionales en “rasgos diferenciales” solamente para asumir una especificidad creciente y exigida por quien desea verse dotado de un techo autonómico más alto.

Ya que parecía imposible deducir un casticismo estatal, éste se “especializó” en 17 comunidades cada una de la cual aportaba su propia especificidad al Estado de los Autonomías. El remedio fue peor que la enfermedad y explica el porqué ahora más que nunca lo madrileño y lo español se identifiquen como no ocurre en lugar alguno de España, ni en Castilla ni en León, ni en tierras de Aragón… Lo madrileño se considera como lo español quintaesenciado y así se encuentra en Madrid más que en ninguna otra parte a tipo que dan y quitan patentes de españolidad. La falta de una tradición específicamente madrileña y el fracaso de los debates de postguerra entre los que veían a “España como problema” (Laín) o los que veían justo lo contrario “España sin problema” (Calvo Serer), así como el alejamiento de la progresía más acrisolada de los espacios de poder autonómicos, llevó nuevamente a considerar a lo madrileño como sinónimo de lo español. Pero no era así.

Habían ocurrido dos fenómenos nuevos: la integración en la UE (y lo que es más importante, la demostración práctica de que solamente una dimensión continental basta para que una nación afronte los retos del siglo XXI) y el arraigo actual de la división autonómica de España (con la aprobación de los 17 Estatutos de Autonomìa). Y en esos momentos –a partir de 1978- cuando era más necesario actualizar el nacionalismo español, resulta que éste no actualizó sus principios (que por lo demás, estaban inmóviles desde 1898).

Una nación existe cuando tiene una misión y un destino (tal es la concepción orteguiana de nación). Mientras eso se definió con paradigmas no había problemas: “Por el Imperio hacia Dios”, “la defensa de la fe”, “la hispanidad y la catolicidad”, unían destino nacional a defensa y promoción de la fe. Pero eso valió hasta que el Vaticano II chapó cancelas. A partir de ese momento, el Vaticano quería “Estados amigos”, no “defensores de la fe”, quería democracias cristianas y no vociferantes ultramontanos, quería concordatos y no dirigentes políticos bajo palio o naciones consagradas al Sagrado Corazón. Bruscamente, el nacionalismo español dejó de estar asentado en una doctrina sólida y pasó a pender sobre el vacío. No es de extrañar que el nacionalismo español goce de achaques constantes cuando la selección de fútbol es derrotada y de euforias breves cuando obtiene un 1 a 0 a su favor; fuera del fútbol valdría la pena preguntarse si España existe como idea: no ha estado en condiciones de responder a las dos preguntas claves, a saber, ¿cuál es hoy el destino de España? Y ¿cuál es hoy la misión de España?

Las respuestas de los últimos nacionalistas españoles en estos dos terrenos son tristes y anacrónicas. Están todavía ancladas en el “Por el Imperio hacia Dios”, para un pueblo que ha dejado de tener Dios y para una religión que sigue estando presente en la sociedad española, pero de manera mucho más disminuida y, por lo demás, en el mismo Vaticano soplan otros vientos.

El silencio ante estas dos preguntas es lo que ha permitido la emergencia de conceptos anómalos como el “patriotismo constitucional” o el “patriotismo del Gobierno de España” en donde la idea de patria se tiende a identificar con su contrato de organización (constitución) que siempre es puntual y temporal, o con un gobierno que se mece como una caña al viento.

Nota.- somos perfectamente conscientes de que estas notas inconexas y apresuradas carecen de coherencia y de valor probatorio, no representando nada más que intuiciones personales y percepciones directas. Pero es que esto es un blog, no es un tesis doctoral. Así que esperamos que nos sepáis disculpar.

© Ernesto Milà – Infokrisis - infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com

 

Reflexiones sobre Madrid y el casticismo (II de III). El casticismo y lo castizo

Infokrisis.- Resumamos las ideas que hemos intentado transmitir: la modernidad de Madrid hace que, a diferencia de toda la periferia, no tenga una tradición propia. De ahí que, dadas las aportaciones población peninsular a la Villa y Corte, Madrid sea un caso aparte: llega a la “españolidad” directamente, sin pasar a través de tradiciones periféricas y sea muy difícil de entender desde Madrid, porque otras regiones alardean de sus propias tradiciones que son vistas como incompatibles con la idea de España. Finalmente, Madrid termina generando su propia tradición específica: lo castizo. En esta segunda entrega vamos a dar vueltas sobre este tema.

Las tres ramas de la nobleza del XVIII

Lo castizo cuaja durante el período previo al motín de Esquilache, cuando a los vientos renovadores que proceden de la corte con la inserción en el entorno real de los “ilustrados” o “afrancesados” (las ideas de la ilustración ya otorgaban mucho antes que las tropas napoleónicas entraran en España, el título de “afrancesados” a quienes las compartían) reacciona el pueblo de Madrid –sobre todo el pueblo de Madrid- oponiendo “lo propio”. Pero lo propio es poco: como máximo el sombrero de ala ancha, la capa larga que sirve de embozo, la redecilla en el pelo, y poco más. Eso es lo que Esquilache quiere combatir porque individualiza en estos usos formas arcaicas que impiden el “progreso” y las “luces”. Aspira a introducir usos y costumbres europeas y, sobre todo, el farol de gas.

Oponerse a estas reformas era “lo castizo” ¿Por qué se elige la palabra “castizo” para definir esta tendencia que era eminentemente reaccionaria en su época? Casticismo viene de “casta” y, en general, se utiliza para definir el “carácter nacional español”.

Las reformas de los primeros borbones implicaron también un cambio en la aristocracia. Si hasta entonces los aristócratas eran descendientes de familias que habían destacado por hechos de armas en la Reconquista o en las guerras imperiales, con la llegada de Felipe V y de los borbones apareció una nueva aristocracia basada, especialmente en el amiguismo o en los servicios prestados no de carácter estrictamente militar. Esta nueva aristocracia, a diferencia de la anterior, tenía cierto sentido de lo popular y se sentía más próxima al “pueblo” que a la aristocracia de la sangre.

A lo largo del siglo XVIII esos cambios en la composición de la casta aristocrática y su “proximidad” al pueblo, fueron mutando la sociedad. Si hasta ese momento solamente existía el toreo a caballo, esto es, el toreo aristocrático –pues, no en vano, el caballero era, fundamentalmente, aristócrata- a partir de ese momento aparece el toreo a pie, esto es, popular. En esa misma discusión tercia el tercer grupo de la aristocracia, los ilustrados… contrarios a cualquier forma de toreo por entender que, a pie o a caballo, era un arte bárbaro.

Así pues, ya tenemos definidos –a través del toreo- los tres grupos de la nobleza que participan en la historia de España del XVIII: el grupo tradicionalista que no había entendido que el Estado debía modernizarse y que vivía de glorias pasadas; el grupo de cortesanos que recibieron títulos de nobleza por mero amiguismo y cuyo único programa era aproximarse al pueblo, en sus fiestas, en sus celebraciones y en su idiosincrasia; y, finalmente, el tercer grupo de los nobles ilustrados partidarios de reformas radicales, cuyos modelos eran europeos. Estos veían al pueblo como un colectivo infantil incapaz de guiarse por sí mismo, lo merecían todo… pero había que actuar sin contar con ellos según los principios ilustrados (“todo el pueblo, pero sin el pueblo”).

La revuelta contra Esquilache (exponente de este tercer grupo), instigada por el segundo, corta la posibilidad de las reformas radicales. Es nuestra opinión, si en España ese motín que en algunas ocasiones se ha sido considerado como similar al desencadenante de la Revolución Francesa, no tuvo continuidad y se quedó en una mera algarada contra un valido muy cuestionado, fue simplemente porque un movimiento del tipo francés precisa de la existencia de una burguesía media que estaba en España casi completamente ausente y de una aristocracia distante como la existente en Francia que, como hemos visto, en España tenía una presencia mucho menor.

El gusto por lo exótico de la Carmen de Merimée al Spain is different de Fraga

Después de las guerras napoleónicas, esa burguesía apenas emerge y por eso la periferia española sigue conservando un costumbrismo y unas tradiciones que llamarán la atención de los visitantes del exterior: desde Washington Irving hasta próspero Merimée pasando por Frederic Chopin y George Sand. Lo que deslumbra a todos estos viajeros es que reconocen en España un arcaísmo que ya se ha perdido en sus respectivos países o que quizás no ha existido jamás.

En esas mismas fechas –reinado de Isabel II- se produce un fenómeno que recientemente hemos tratado en el número 9 de la revista IdentidaD en el artículo de Enrique Ravello, Andalucía, ni mora ni gitana. La nobleza populista encabezada por Isabel II puso de moda acudir a los colmaos de flamenco y vestir batas de cola y lunares que no tenían nada que ver con la vestimenta tradicional andaluza (de origen castellano, pues castellanos fueron los contingentes que la repoblaron tras la Reconquista) y que eran propios de los ambientes desclasados. No es por casualidad que ese vestido de lunares se llamara “traje de gitana”, pues no en vano era solamente utilizado por gitanas. Las marquesonas y condesas, la nobleza populista buscaba el contacto con “el pueblo” y con “lo popular” que identificaban como lo más exótico y excitante… y, en realidad, lo era, pero no formaba parte ni de la cultura andaluza, ni de la española, sino que se trataba de interpolaciones foráneas y muy marginales respecto al eje central de la cultura española.

Lo dramático fue que el desastre continuado de nuestro siglo XIX se cerró con la pérdida de los restos del Imperio y de ahí emergió una frustración nacional y un resentimiento hacia una Europa que al ver imposible de alcanzar entonábamos el “no están maduras” del cuento infantil. En ese período entre la crisis finisecular y la guerra civil hay toda una tendencia que hace de la necesidad virtud: es el “que inventen ellos”, el “españolizar Europa”, el “África empieza en los Pirineos”, el desprecio por todo lo europeo y la tendencia a resaltar las diferencias y roces con cualquier nación europea, la ideología de la Hispanidad que sirvió como justificación para dar la espalda a esa Europa a la que siempre estuvimos ligados y de la que las culturas peninsulares forman parte. Todo esto forma parte de lo que podemos llamar “ideología del rechazo” terminó plasmándose en doctrina oficial cuando el Ministerio de Información y turismo, con Fraga al frente, a mediados de los años 60 lanzó la campaña “España es diferente” como reclamo para el turismo. Y España es tan diferente de Francia como puede serlo Dinamarca, de la misma forma que Grecia es tan diferente de España como distante es de Inglaterra. Puestos a encontrar diferencias, Europa es un mosaico… con tantas interferencias históricas, étnicas, culturales y antropológicas que más que de diferencias podemos hablar de un continuum.

Las fuentes de lo castizo

El casticismo había surgido de ese gusto por lo arcaico y por la diferencia que ya se percibe en los sainetes de Ramón de la Cruz o en las obras de Mesonero Romanos, cronista oficial de la Villa y Corte durante muchos años.

Una de las primeras sintonías del magazine presentado por Tico Medina y Yale que a las 14:00 horas precedía al telediario a finales de los años 50, era la suite España de Chabrier. El músico auvernés, había pasado varios meses viajando por España en 1883 y plasmó sus impresiones en esa partitura. Ya en esta obra se percibe un aroma a zarzuela que luego eclosionará en el “género chico” y muy especialmente en La Verbena de la Paloma, no por casualidad ambientado en Madrid. La Carmen de Bizet (y la de Merimée) terminaron por rizar el rizo y hacer que de “lo castizo” lo más significativo de “lo español” y presentado como su quintaesencia hasta el punto de que Unamuno pudo decir que «Se usa lo más a menudo el calificativo de castizo para designar a la lengua y al estilo. Decir en España que un escritor es castizo es dar a entender que se le cree más español que a otros» (En torno al casticismo).

Los hitos del Madrid castizo

Así pues el casticismo encontró algunos  elementos tópicos en el organillo, caja de música procedente de Inglaterra que aparece en zarzuelas y en la vida callejera de los barrios más castizos, acompañado inevitablemente por el barquillero y el vendedor de horchata de cebada. Incluso hasta la posguerra, estos elementos eran inseparables del Retiro o el Rastro. Ese Madrid tenía en los chulos, chulapas y chisperos a sus elementos más populistas; la palabra “chulo” deriva de “cheol” o “scheol” que en lengua sefardí indica a los más jóvenes de la comunidad que por serlo son también conflictivos. Los chisperos por su parte eran, originariamente, los herreros, por su profesión “vendedores de chispa” y, por extensión, todo lo relativo al ambiente pícaro. Inevitablemente, el chispero iba en pos de la maja; éstas, por su parte, no terminan su vida en los cuadros de Goya o antes alentando la revuelta contra Esquilache, sino que prolongan su existencia a lo largo del XIX, no tan desnudas como la pintada por Goya sino más bien cubiertas con mantones de Manila tal como las pinta Bretón.

Todos estos personajes eran especialmente relevantes en los aledaños de la Puerta del Sol, en torno al reloj que desde el XVII da las campanas de fin de año y donde se sitúan algunos de los símbolos del Madrid más castizo: la señal del kilómetro cero en donde empiezan y terminan todos los caminos. La estatua de la Mariblanca y de Carlos III, el símbolo del oso y del madroño y el recuerdo a los héroes del 2 de mayo.

Sería imposible sintetizar en tan poco espacio todos los mitos madrileños ntre los cuales los héroes tienen su parte. Al Madrid castizo siempre le ha gustado honrar a sus héroes. Hoy, muy pocos madrileños saben quien fue Eloy Gonzalo, pero nadie ignora donde está la imagen “de Cascorro”. En pleno Lavapies, hoy sucursal de Naciones Unidas y festival continuado del multiculturalismo, por donde parte la ribera de Curtidores y arranca el Rastro, aparece la estatua triunfal de este soldado, madrileño de origen y héroe de la guerra de Cuba que roció las cabañas desde las que les hostigaban con petróleo obligando a los insurrectos a abandonar sus refugios. Eso le valió dominar hasta hoy la escena madrileña como recuerdo de las glorias imperiales que fueron y ya no serán.

Es habitual que el turista –como fue mi caso las primeras veces que visité Madrid rápidamente- tienda a visitar primero la Plaza Mayor y sus alrededores. Nosotros, en aquellos primeros viajes asociábamos lo castizo al Arco de Cuchilleros y a la Cava de San Miguel y, por supuesto, a sus mesones. Cerca de allí, el Mercado de san Miguel era otro de los puntos inseparables del Madrid más castizo que hundía sus raíces en los años más turbulentos del siglo XIX, años de bullangas y disturbios civiles (1835).

El Madrid castizo, sobre todo estaba asociado a la música y a lo musical. Ya hemos visto que uno de sus elementos inseparables era el organillo y otro de sus símbolos será la zarzuela, emblemática del llamado “género chico” que no aspiraba a rivalizar con la ópera, pero que era la “respuesta nacional” al género de Wagner y Donizzeti, Puccini y Bizet. Seguramente, de entre todas las Zarzuelas, La Verbena de la Paloma es la que pinta mejor el Madrid castizo, su tipología, su jerga y su alegría. Cuando se oyen las notas de la obra de Tomás Bretón, es inevitable retrotraerse a aquel Madrid ya desaparecido subsusimido entre edificios burocráticos, inmigrantes procedentes de todo el mundo y turistas acalorados. De ese Madrid queda sólo la obra de Bretón y algunas calles con el sabor perdido.

Así mismo del Madrid de los couplets apenas quedan los teatros en los que hicieron furor. En la calle de Alcalá abundaban las salas de fiestas que servían couplets como las máquinas expendedoras sirven tabaco. De todo esto queda solo la atrabiliaria Sarita Montiel detrás de algún puro, recordada por sus miserias del corazón más que por sus gorgoritos de El Último Couplet. Pero el Madrid castizo tenía todavía más productos que ofrecer a sus buenas gentes inconscientes de que la modernidad los estaba dejando atrás. Si había un “género chico”, especie de ópera minimal, también hubo un “género ínfimo”, la revista picarona y  mordaz, con su humor de sal gruesa, sus vedetes monumentales alzadas sobre tacones imposibles dominando una escena en la que sus oponentes eran hombres esmirriados en estado permanente de cherchez la femme. Del género, el maestro Guerrero obsequió a los madrileños especialmente con decenas de piezas que cimentaron el éxito de Celia Gámez.

El colofón del Madrid castizo eran las verbenas populares. Había tantas como barrios. Los escenarios tenían que ver con lo religioso pero eran expresiones de lo mundano: eran las fiestas de San Isidro patrón de Madrid, con su romería en la pradera y en la ermita que le dedicaron los madrileños, la verbena de San Antonio cuando empieza a apretar el calor el 13 de junio; la fiesta de San Cayetano cuando el calor ha ganado en intensidad transformándose en “el calor” o la verbena de San Lorenzo en Lavapies cuando ya no vale la pena hablar de “el calor”, sino multiplicándolo por “n”, aludir a “las calores” el 15 de agosto.

Visitante: si buscas algo de todo esto en el Madrid del siglo XXI, abandona toda esperanza de encontrarlo. Ese Madrid ha desaparecido y sólo lo verás en museos o bien en representaciones teatrales o en libros de antropologia. Ni barquillero, ni cantante de couplets, ni organillero, todos han sido sustituidos por individuos de razas ignotas al son de bongos en las calles y música de rap; ni un chulapo, pero sí miles de miembros de bandas latinas; las majas y chulapas tocadas con el mantón de Manila, cambiadas por patibularias prostitutas de a 20 euros, “francés” incluido. Las calles del Madrid de los Austrias y de Lavapies, de Vallecas y de Carabanchel, están donde siempre, pero el paisaje ha cambiado. El Madrid tradicional ha desaparecido y de nada sirve que Esperanza Aguirre o el alcalde Gallardón intenten asentar su poltrona sobre una base “tradicional”. Ni él ni ella son el chulapo y la chulapa de La Verbena de la Paloma, ni siquiera el héroe y la heroína del Madrid del 2 de mayo. Son, como máximo, los héroes quintaesenciados de la especulación y la multiculturalidad, es decir, de la ausencia de riqueza y de la negación de la cultura.

Lo castizo y lo casticista como problemas

La palabra castizo había aparecido mucho antes del siglo XVIII en la lengua castellana. Se tenía por castizo al hijo de mestizo y español. Era un concepto nacido de la España colonial que había recuperado un concepto anterior. El “castizo” era el sinónimo por el que se mencionaba al castellano antiguo del que derivaría el sefardí. De estos antecedentes nadie se acuerda y el casticismo está asociado al costumbrismo literario madrileño que aparece en el siglo XIX de la mano de los sainetes de Ramón de la Cruz o de las obras de Mesonero Romanos.

Tras la derrota de 1898 las dos generaciones literarias que siguieron (la del 14 y la del 27) insistieron en la reflexión sobre lo castizo y el casticismo. Unamuno, Azorín y Ortega y Gasset se preocuparon sobre todo del asunto. Todos ellos lanzaban elogios hacia lo castizo y denostaban el casticismo. Ortega en su elogio a Azorín decía que el casticismo es una de las infinitas maneras entre que un poeta puede elegir para no serlo”. Denostaba la permanente búsqueda del purismo y de la identidad y sostenía que Grecia fue solamente grande y expansiva mientras estuvo abierta a lo extranjero, lo cual resulta, como mínimo peligroso si no se define qué es lo extranjero. En realidad, Ortega estaba aludiendo al “aldeanismo” y “provincianismo” en el que empezaba y terminaba el casticismo literario. Y ya que estamos en esto, esto fue una de las interpolaciones en nuestra cultura que realizaron extranjeros con una visión parcial, exótica y turística del país en sus viajes a lo largo del siglo XIX. Como si el llegar a Bolivia uno visitara la “calle de los brujos” del mercado indígena de La Paz y concluyera que todo lo boliviano es pura brujería. La Carmen de Merimée y la de Bizet, dan que pensar sobre sí ambos habían reducido lo español a lo gitano. Y en algunas obras de Heminway da la sensación de que el autor pasó demasiado tiempo en los colmaos de flamenco (menos mal que tuvo su ración de adrenalina ante algún toro en Pamplona).

En cuanto a lo castizo, Ortega –como Unamuno o Azorín- le profesaban un culto no enmascarado. Decía Ortegea: “Lo castizo, precisamente porque significa lo espontáneo, la profunda e inapreciable sustancia de una raza, no puede convertirse en una norma. Las normas son siempre abstracciones, rígidas fórmulas provicionales que no pueden aspirar a incluir las ilimitadas posibilidades del ser. ¡Por amor a la España de hoy y de mañana no se nos quiera reducir a la España de un siglo o de dos siglos que pasaron! La psicología de una raza ha de entenderse como una fluencia dinámica, siempre variable, jamás conclusa. (...) Creer que depende de nuestra voluntad ser o no castizos, es conceder demasiado poco al determinismo de la raza. Queramos o no, somos españoles, y huelga, por tanto, que encima de esto se nos impere que debemos serlo”.

Sí, porque en el fondo, manejando el Diccionario de la Real Academia se encuentran algunas explicaciones que legitiman el uso de determinados palabros. Estaba yo hablando el otro día de lo gilipollas que resultaban los 12.000.000 de españoles que votaron al PSOE y no lo estaba haciendo por gusto a la malsonancia sino porque el “gilipollas” es aquel que se hace daño a sí mismo sin tener conciencia de hacérselo. Así mismo, el castizo es aquel “de buen origen y casta”, “lo genuino de cualquier país, región o localidad”, se aplica a “lo puro, y sin mezcla de voces ni giros extraños”.

Ese mismo diccionario, unas columnas después señala da la razón de por qué los grandes del pensamiento español del siglo XX condenaron al casticismo, pues no en vano, no supone un permanecer en lo auténtico, sino la mera “afición a lo castizo en las costumbres, usos y modales”. Una cosa es “el ser” y otra la “afición a ser” que, a fin de cuentas, por sí misma, no puede ser más que exterior al ser que se pretende. Unamuno, grande entre los grandes, pero también pensador de vaivén que rectificó y rectificó siempre con una sinceridad intelectual que le honra escribía cuando aún no tenía la barba cana en 1894 en su obra En torno al casticismo: « Decir en España que un escritor es castizo es dar a entender que se le cree más español que a otros». Había dado en el clavo. Porque éste a fin de cuentas es el problema de cierto casticismo madrileño que en su percepción de “lo nacional” termina siendo más papista que el Papa y, como hemos dicho antes [véase primera entrega de estos apuntes] el desarraigo de buena parte de sus habitantes llegados de todos los rincones de España y que han dejado atrás sus tradiciones y hábitos, unido a la ausencia de una tradición específicamente madrileña, hace que este vacío y aquella distancia se suplan con el recurso a lo español. De ahí que el “español de Madrid” tienda a sentirse más “español” que el de la periferia y que desde Madrid se tienda a desconfiar de las expresiones culturales, antropológicas o  lingüísticas regionales aunque estas den por sentado que son españolas y no planteen de manera continua lo que son y a lo que pertenecen, como si una estrella tuviera necesariamente que llevar colgado el cartel de la constelación de la que forma parte. Desde la periferia no se considera tan necesario recordar constantemente lo que es obvio, pero en Madrid, en cambio, sí.

Y esta contradicción está en la base del problema de España y de lo español: porque el casticismo se convierte en específicamente madrileño y, como decía Unamuno, tiene tendencia a creer que es más español que otros. Y eso es lo malo que la reflexión sobre el casticismo nació en Madrid como búsqueda de la “autenticidad” de lo español… pero lo español no estaba sólo en Madrid sino también en la periferia y, sobre todo, podríamos decir, en una periferia más auténtica y con más raíces españolas que el propio Madrid.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com

 

Reflexiones sobre Madrid y el casticismo (I de III). Del centro a la periferia

Infokrisis.- Hemos pasado dos días en Madrid presentando la revista IdentidaD y saludando a los amigos de la capital. A diferencia de otras visitas a Madrid, en esta ocasión no hemos salido del Madrid de los Austrias. El hábito del madrugón hizo, además que pudiéramos darnos una vuelta por el amanecer madrileño, cuando las calles están casi desiertas y se experimenta el frescor de la reciente noche que excluye el olor a gasolina quemada, el calor sofocante y el gentío abigarrado y “multicutural” de algunas zonas. Eso nos ha permitido reflexionar sobre Madrid, el casticismo y España. Tómense estas líneas como apuntes y reflexiones de uno de provincias vagando por los amaneceres de la capital, nada orgánico en definitiva.

“El París de la Francia” o “la Francia de París”

Desde tiempo inmemorial a nadie se le ha ocurrido discutir a París el carácter de capital francesa. Puede decirse, sin temor a equivocarnos, que París ha hecho a Francia especialmente a partir del siglo XVII, aunque siempre, desde la formación del reino en los siglos XII y XIII, el impulso de construcción nacional ha tenido como centro a París.

En buena medida, la historia de Francia es la historia de París y mucho más desde la revolución francesa. El jacobinismo exasperó esta tendencia convirtiendo a París en denominador común de toda Francia y “lo parisino” fue exportado a todo el territorio nacional convirtiéndose en estándar de “lo francés”. Y en eso están. Ayer mismo, mientras leía la prensa en la Plaza de la Ópera de Madrid supe que la Asamblea Francesa había rechazado el proyecto sobre las lenguas regionales (75 en Francia) con los votos del Partido Comunista, el Partido Socialista y buena parte del centrismo francés. Y es que la izquierda francesa es jacobina por definición y uno de los “valores de la República” es, precisamente, el jacobinismo. Donde hubo mucho todavía queda algo.

Esto ha hecho que toda Francia se intentara construir a medida y modelo de París, lo que ha tenido como contrapartida el arrinconamiento de las riquezas culturales y antropológicas de las regiones que si bien ha desterrado la posible irrupción de cualquier movimiento separatista, también ha estado en el origen del chauvinismo, esto es, de la desmesura nacionalista llevada más allá de todo límite razonable. Francia, afortunadamente, es algo más que París, es Normandía y Bretaña, es Aquitania y Auvernia, es la Costa Azul y Saboya, son los “tres Pirineos” (tan diferentes cada uno de ellos de los otros dos), es Alsacia, etc.

A diferencia de la derecha española y no digamos de la extrema-derecha carpetobetónica, en Francia, es frecuente que las banderas regionales estén muy presentes en sus manifestaciones y actos. Lo que aquí es un desdoro allí se ve como una riqueza e incluso como una revuelta contra el jacobinismo y la república. La derecha tradicional francesa, en tanto que antijacobina, prefiere partir de la “Francia profunda” y de la “Francia real”, aludiendo a aquel tiempo anterior al marasmo de 1789 en la que las regiones sumadas daban como resultado “Francia”. La visión de la derecha nacional francesa es pre-revolucionaria en tanto que antijacobina: las regiones sumadas más París dan Francia. El propio Maurras desconfiaba de la vida parisina que veía la quintaesencia de la relajación y la pérdida de valores. Él y toda la primera generación de intelectuales que dieron vida a Action Française (en particular Leon Daudet autor de las Cartas desde mi molino y Tartarin de Tarascón) confiaban mucho más en la Francia profunda, más auténtica y sencilla –aquí diríamos, más castiza- que en el Gran París cosmopolita. Esa generación de intelectuales que dieron vida con Maurras al frente al “nacionalismo integral” desconfiaban de aquel París que había impreso su carácter a Francia y se había convertido en el sinónimo de Francia y de “lo francés”. En España, naturalmente, las cosas han ido de otra manera.

Los madriles, refugio de desarraigos y azote de periferias

Madrid no es París, ni Lutetia era la presunta Mantua Carpetana en el que se situaría el origen del Madrid mítico. París era capital de Francia desde que Clovis se instaló allí en el 508 y la ciudad había sido fundada en el 250 a. de C. con un primer núcleo de población del que hay constancia arqueológica indiscutible en la Isla de la Cité. Así que no estamos hablando de una capitalidad joven sino de una ciudad que, prácticamente desde hace 2000 años ya era emblemática.

Mucho más nebulosa es la existencia de una Mantua Carpetana que estaría en el origen de la actual Madrid [tratamos este tema en un artículo ya lejano titulado: Madrid, el misterio de los orígenes]. Si existió no debió tener importancia y no fue sino hasta un período relativamente reciente, a partir de 1561 cuando Felipe II estableció la corte. De hecho, los visigodos ignoraron a la presunta Mantua Carpetana y asentaron su capital en la no muy lejana Toledo. Para colmo, capital de facto, hubo que esperar hasta 1931 para que la II República oficializara el rol de Madrid como capital reconocida.

El fondo de la cuestión es que:

- Madrid es una ciudad joven, mucho más jóvenes que Burgos, Santiago, Pamplona, Barcelona o Valencia.

- Todos los reinos peninsulares, sin excepción, son anteriores a la irrupción de Madrid en la historia.

- Esto hace que exista en toda la periferia identidades y tradiciones específicas y muy ricas, pero no así en Madrid.

- Las tradiciones y costumbres madrileñas de las que se tiene constancia se forman en los siglos XVII-XVIII y especialmente en el XIX son, pues, recientes, y desde luego muy posteriores a la formación de las tradiciones satures, leonesas, castellanas, vascas, o a las procedentes de los antiguos reinos y condados catalano-aragoneses.

Para colmo, el crecimiento originario de Madrid se debe sobre todo a que ha sido elegida como lugar en el que se asienta la Corte. Madrid crece porque es corte y quien desea algo de la realeza debe de acudir a Madrid para obtenerlo.

Madrid está en el eje de las dos Castillas… pero es otra cosa y siempre ha aspirado a ser otra cosa diferente a Castilla, al margen de que la ciudad tomara partido por el bando comunero antes de ser sede capitalina. Con el paso del tiempo Madrid ha sido poblado por gentes que iban a Madrid, vivían en Madrid, pero no eran de Madrid. Aún hoy es difícil encontrar madrileños de origen en la capital y si ellos lo son, los padres de estos son de cualquier lugar de España. En apenas 100 años, Madrid ha pasado de estar poblada por 500.000 habitantes a tener en toda la provincia 6.500.000 de habitantes. Es difícil encontrar algún madrileño cuyos abuelos hayan nacido en la capital.

Madrid es una ciudad hecha a base de migraciones interiores venidas de todos los puntos de España. Barcelona, por su parte, solamente registró llegada de inmigrantes de otros puntos de España durante la primera revolución industrial e incluso entonces los principales contingentes seguían procediendo de las zonas rurales deprimidas de la propia Catalunya que tenían mucho más reforzado incluso que los propios barceloneses de origen su identidad regional. Esto ha hecho que la tradición catalana pudiera pervivir –hasta cierto punto- en el seno de la modernidad.

El proceso de formación de la población madrileña ha tenido otras consecuencias. Madrid creció con aportaciones por goteo procedentes de todas las regiones. El hecho de que fuera por goteo dificultó el que esos contingentes, una vez llegados a la capital, conservaran sus tradiciones y su identidad regional de origen. Madrid se convirtió en eso que Camilo José Cela llamaba “una mezcla de Navalcarnero y Kansas City poblada por subsecretarios”.

No es raro lo que siguió: a la inexistencia de una tradición específicamente madrileña siguió la identificación del casticismo madrileño con lo español. Dicho de otra manera: desde Madrid es muy difícil percibir la riqueza regional de España y se tiende a considerar esa riqueza como rival y concurrente de “lo español”. Desde Madrid apenas se percibe que Catalunya es infinitamente más que ERC y Euskal Herria mucho más que el PNV. La falta de tradición específicamente madrileña hizo que “lo madrileno” y “lo español” se confundieran. Y “lo español” terminó siendo visto desde Madrid como concurrente de “lo regional”.

Aún hoy es frecuente que los catalanes se sientan “catalanes” y no entren en discutir lo obvio que, por historia, también son españoles y por eso se entiende que utilicen un lenguaje propio, tengan unas fiestas propias, unas tradiciones específicas e incluso una forma de ser que, hasta la irrupción del proceso de nivelación operado por la globalización, era acusado y específico. Salvo en sectores muy minoritarios y enfermizos, lo normal en Catalunya es que la selección española de fútbol tenga el mismo seguimiento que en cualquier otro lugar del Estado. A nivel de calle el problema lingüístico no existe y es raro encontrar a algún cenutrio que se niegue a hablar castellano por principio y por pura cabezonería. El problema lingüístico ha sido creado por la clase política y por la reaparición del nacionalismo catalán en los años 60 que ya tenía poco que ver con el regionalismo anterior de Cambó y de la Lliga Regionalista con su carácter católico de derecha regionalista dotado de un proyecto muy claro y rotundo: que los catalanes aspiraran a llevar las riendas de España (y estaba en su derecho a la vista de que en el siglo XIX el empresariado catalán había logrado lo que fracasó en otros lugares de España, la industrialización).

A diferencia del PNV que sostiene la existencia de un grupo étnico diferenciado para basar su nacionalismo, en Catalunya éste solamente podía tener la lengua como elemento diferenciador. De ahí la importancia que el nacionalismo ha puesto siempre en la promoción del catalán. Veinticinco años después de acelerar este proceso, la Generalitat ha terminado comprobando –como le ha ocurrido al gobierno vasco- que el catalán cada vez se conoce más… y se habla menos (noticia leída en el ABC del viernes 20 leída en un bar de la plaza de la Ópera en Madrid). Esta constatación les ha inducido a nuevas medidas de proteccionismo lingüístico por pura desesperación (exigencia de hablar catalán para los profesores universitarios… si Einstein hubiera querido dar clases en Catalunya hubiera debido aprender catalán y su tesis sobre la relatividad habría valido tanto a la hora del currículo como su Nivel C de catalán…) o bien anular toda enseñanza en castellano en Euskal Herria, medidas ambas aprobadas en la semana que concluye.

Paréntesis sobre la “guerra del francés”

Mientras que en Madrid, el jacobinismo fue un producto ideológico de la revolución francesa, en España existió un jacobinismo ante litteram que emergió desde Madrid unido a otros factores (la crisis imperial, la formación de la mentallidad castiza, la irrupción del siglo de las luces y de las ideas de la ilustración, la implantación de la dinastía borbónica) y contribuyó a la laminación de los particularismos de la periferia en beneficio de un centralismo cada vez más nivelador que concluiría bruscamente, no con una revolución, sino con el inicio de la “guerra de la independencia”.

Los hechos que siguieron al 2 de mayo de 1808 tienen mucho más de verdadera guerra civil en el que una España ilustrada partidaria de la renovación del Estado y de la administración sirviendo a la nueva monarquía de José I, se enfrenta a otra España ilustrada reunida en Cádiz y dotada de los mismos objetivos, a la que se añaden una España profunda que combate desde las guerrillas; los primeros est´n apoyados por los ejércitos napoleónicos y los segundos por los ejércitos ingleses de Wellington. Las ideas de la ilustración y de las luces estaban presentes en ambos bandos y ambos bandos encontraron el mismo impulso ideológico solo que uno creyó que José I podía encarnar las ideas de reforma y los oros creyeron que podían ser encarnadas por Fernando VII. Obviamente, unos y otros se equivocaron.

De hecho, el 2 de mayo es importante porque sobre él se cimenta el mito (entendido en el sentido positivo y soreliano de “idea indiscutible”, situada por encima del razonamiento lógico) del nacionalismo español. El cuadro de Goya sobre los fusilamientos de la Moncloa, el bando del Alcalde de Móstoles, el “¡Se nos los llevan!” (marcado hoy a pocos metros de la entrada principal del Palacio Real), se convirtieron en dramáticas declaraciones de independencia de la “Nación Española”.

Además, el hecho de que el primer centenario del 2 de mayo, tuviera lugar a muy poca distancia de la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, hizo que el tema de “la revuelta contra el invasor” dominara sobre cualquier otro factor. Lo que nos había hecho el extranjero en Cuba, rememoraba lo nos había hecho el otro extranjero en 1808. Ambos hechos contribuyeron a exacerbar ese frente del rechazo que fue el nacionalismo español y el desprecio hacia todo lo que procedía del exterior, tics que todavía conservan buena parte de los nacionalistas españoles en sus últimas trincheras.

Finalmente se consiguió la victoria sobre “el francés” como suma de muchas circunstancias (desgaste de los ejércitos napoleónicos tras el fracaso de su marcha hacia Moscú y unido a la eficacia de las tropas inglesas desplegadas en España). También sería erróneo no recordar que entre los 12.000 exiliados afrancesados (a los que hay que sumar el séquito de cada uno de ellos, compuesto por familiares, sirvientes, secretarios, etc., que probablemente elevaran la cifra hasta 50-60.000 personas) pertenecientes a todas las clases sociales, la inmensa mayoría de ellos no tenían conciencia de haber “traicionado a España”. Los bandos del “intendente de Segovia” (cargo equivalente al de delegado del gobierno) de origen catalán, aventurero y explorador, Domingo Badía, más conocido como “Alí Bey”, son ilustrativos a este respecto.

Cundo Alí Bey retorna de su viaje a La Meca como primer europeo que, disfrazado de árabe, ha conseguido entrar en la Gran Mezquita, ver la Kaaba y dar las res vueltas rituales en torno suyo, el 9 de mayo de 1808, corre inmediatamente a Bayona sin preguntar nada, para ponerse al servicio de Carlos IV. Éste le dice que “España ha pasado a Francia en virtud de un pacto” y que se ponga al servicio de Napoleón para lo cual le da una carta de recomendación. Domingo Badía se presenta ante Napoleón, departe con él sobre Egipto y, a partir de ese momento empieza a trabajar para la administración de José I, como intendente de Segovia.

Sus biógrafos, dada a relevancia del personaje, nos han detallado su drama: las tropas francesas cada vez exigen más, especialmente después del desembarco inglés. Los guerrilleros queman las cosechas, roban los almacenes y sabotean la producción… pero da la sensación de que no se trata de un movimiento organizado, con un mando único y que responde a una estrategia militar unificada, sino que estamos ante un fenómeno muy similar al bandolerismo en el que unos grupos situados en la montaña sabotean para sobrevivir y han entrado en una dinámica de vendettas más que de operaciones de guerrilla rural propiamente dichas.

Para colmo, el ejército francés, poco dotado para la política, considera que España es “territorio ocupado” y, por tanto, son dueños de comportarse como en cualquier otra país doblegado militarmente, buscando el botín y el saqueo. Muchos de los mariscales hacen un juego propio: enriquecerse al máximo en menos tiempo. Las exacciones están a la orden del día y los militares ni siquiera respetan a la administración que surge en torno a José I de quien, a estas alturas, no cabe la menor duda que aspiraba a una profunda reforma y modernización del país. La España de 1808 es un gigantesco caos inestable e ingobernable en el que se esté donde se esté, se está siempre en el lugar equivocado y/o difícil

Malasaña, Agustina de Aragón, el timbaler del Bruch, los guerrilleros de La Mancha y de Castilla, de Andalucía ¿han hecho bien luchando por Fernando VII el más  bandido y vil que haya visto la institución monárquica en lugar alguno de la tierra? Unos terminarán en el bando liberal, otros gritando “viva las caenas”… El mito fundador de la nación española estalla pronto a poco de terminado el conflicto. Se ha luchado contra el opresor y por Fernando VII que, a poco de llegar, se convierte en el opresor…

Esta no es la menor de las contradicciones de aquella época: los grandes nombres de nuestra marina –y nuestra marina entera que jamás se recuperó precipitando la desconexión con las colonias de América- muertos en Trafalgar combatieron codo a codo junto al almirante Villeneuve y los marinos franceses… algo que frecuentemente se olvida, pocos años antes de 1808. La Francia napoleónica y la España de Carlos IV eran naciones aliadas. Los afrancesados durante la Guerra de la Independencia estaban donde siempre habían estado, al lado de Francia y al lado de Carlos IV… que finalmente firma los acuerdos con Napoleón (que despreciaba a todo lo borbónico) el cual pone como rey a su hermano.

Como todo mito –y la Guerra de la Independencia es un “mito fundacional”- funciona siempre y cuando sea indiscutible. Y este mito tiene sobre todo impacto en Madrid con los hechos del 2 de mayo. Cuando se cumpla en Barcelona el bicentenario de la sublevación frustrada contra los franceses, se recordará muy poco a los menestrales escondidos en los tubos del órgano, detenidos allí y fusilados en la playa del Somorrostro por las tropas napoleónicas y, en cualquier caso, en el resto de España tendrán un nivel de conmemoración menor que el que ha tenido lugar en Madrid.

Los hechos de 2 de mayo en Madrid, desarrolados sobre todo en la capital, dan a los madrileños la sensación de que ellos tienen la patente de la idea de España Nación y contribuye a aumentar el distanciamiento entre la periferia y el centro y hacer del centro el intérprete de “lo español” y el único detentador de la patente de marca.

Por otra parte, a lo largo del siglo XIX cuaja el “casticismo” que ya se había adivinado desde mediados del siglo XVIII cuando empiezan a ponerse de relieve las reformar de los primeros Borbones y Madrid experimenta un salto cualitativo y empieza a ser “capital” y no solamente “sede de la corte”. La segunda parte de nuestra digresión irá precisamente centrada en el casticismo entendido como intento de creación de una tradición madrileña propia.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yhoo.es – http://infokrisis.blogia.com

 

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Vosotros votantes del PSOE sois culpables de estupidez

Infokrisis.- Pobres tontos, votantes del PSOE, sois tan tontos como ineptos. Habéis sentado por segunda vez en la poltrona, no solamente al peor presidente de la democracia, sino al gobierno más inútil que se haya visto ejercer el poder sobre la sagrada tierra de Europa. Ni siquiera los peores gobiernos de Fernando VII y Carlos IV, eran peores que los inútiles e incapaces que se sientan hoy en el banco azul de las Cortes. Y, no os quepa la menor duda, si ellos están ahí es porque vosotros sois todavía peores.

 

Os han engañado, como os engañaron en 2004. En aquella ocasión el engaño se cimentó sobre 192 muertos y una versión oficial certificada por un juececillo que solamente buscó cumplir por la mínima. Y a lo largo de la legislatura y a la vista de las “pruebas” presentadas ni siquiera tuvisteis el seso suficiente para prever que solamente alzándoos contra la incalificable versión oficial y contra la no menos incalificable sentencia, evitaríais que en otra ocasión alguien pensara en utilizar un terrorismo inducido para modificar de nuevo los resultados electorales.

Cuatro años después fueron necesarios episodios más discretos para la que vuestra sacrosanta opción “socialista” (reducida primero al nombre de Zapatero, luego a la sigla ZP, luego a la Z y ahora a la indigencia pura y simple) necesitara solamente un solo muerto providencial y una mentira gigantesca para que vuestro el gran timonel volviera a ganar.

La SER se apresuró pocas horas después del asesinato del ex concejal a predicar que el asesinato de aquel pobre socialista no beneficiaba a nadie. ¡Claro que beneficiaba! Beneficiaba sólo a una parte: a la parte que había llevado la peor política antiterrorista de toda Europa desde la posguerra, capaz de anunciar una negociación cuando el adversario estaba reducido a la mínima expresión, había perdido toda iniciativa política y solamente quedaba trincar al último mohicano y enseñarle la celda en donde debía pasar el resto de su vida. A ZP le bastaba saber que existía un nexo inconfesable con Josu Ternera para tener esperanzas en una “vía negociada” que demostrara que cualquier problema podía resolverse mediante inyección de talante. La negociación con ETA era la prueba de la nueva de la política del talante, la sonrisa, el buen rollito y la negociación. “¿Lo véis? El talante amansa hasta a las fieras sedientas de sangre”. Aquello fracasó y tres años de errores en materia antiterrorista fueron olvidadas cuando ZP mostró el cadáver del ex concejal socialsita: “¿Lo véis? ETA está contra los demócratas. Es decir, contra mí”.

Luego, dentro de ETA, las recomposiciones enviaron a Ternera a los márgenes de la banda (hasta las detenciones selectivas practicadas en las últimas semanas tendentes a preparar un nuevo proceso de paz más discreto). El crimen del ex concejal socialista sirvió solamente para validar el cambio de política antiterrorista de ZP después del fracaso de las conversaciones de paz. Nada más. Y, como era habitual no tuvo lugar un mes antes de las elecciones (la memoria del elector es corta-cortísima), ni después de las elecciones (la intuición del elector no da para nada y le es imposible prever que ETA seguirá matando hasta que el último etarra no esté por siempre jamás entre cuatro paredes), sino tres días antes de las elecciones: lo necesario para demostrar que es entonces cuando surte efecto electoral, como ya demostró la pirámide de cadáveres del 11-M. ¿Cuántos muertos harán falta en 2012 para que la candidatura de Z siga a flote? Es para echarse a temblar.

Y en cuanto a la mentira ¿qué puede decirse a aquellos que en marzo de 2008 todavía creían que estábamos ante “una breve desaceleración que en junio remontaría” como dijo el ídolo de los tontos, ese ZP que, ni entiende de política antiterrorista, ni de política exterior, ni de políticas sociales, ni de inmigración, ni siquiera de violencia doméstica ni de políticas sociales, y no digamos de economía, área en la que desde que se sentaba en los bancos de la oposición Jordi Sevilla le tenía que soplar los conceptos más básicos? La duda no es si ZP mentía, sino si tenía puñetera idea de lo que estaba pasando a nivel económico. Y no está tan claro como parece. Pero tiene la excusa de que él nunca ha afirmado que su bagaje político y cultural va más allá de la mera telegenia. Un tipo que no sabe lo que vale un café, no puede entender nada de economía.

Harina de otro costal es si los Solbes o los Sebastián saben algo y si sus declaraciones diarias negando la evidencia porque han sido abducidos por la propia mentira que ellos mismos han contribuido a crear o porque ganaron el título de economistas utilizando chuletas o simplemente les tocó en una tómbola. No olvidemos que el gran mérito de Solbes y lo que le ha llevado a un ministerio es gracias a haber hecho pasillos por Bruselas y dominar la técnica de la mendicidad en la captura de subvenciones de la UE y lo que se ha dado “honestidad en la gestión de la caja”, esto es, la falta de imaginación y el no hacer nada para evitar que sea peor el remedio que la enfermedad. Y en cuanto al mérito de Sebastián para sentarse en Industria… a todo esto ¿cuál es el mérito de Sebastián además de ser amiguito del alma de Z?

La crisis no existía en el cerebro de los interlocutores habituales de ZP para los cuales se trata solamente de ganar mucho o muchísimo. La crisis no existía en la banda de bastardos que en su puta vida han pisado un supermercado y para los que el cálculo del alza de precios es una mera estadística. La crisis no existía para los paniaguados atrincherados en cargos públicos, sueldos oficiales o una estructura burocrática de altos cargos cada vez mayor (pues no en vano hay que satisfacer a cada vez más amigos, familiares y estómagos agradecidos y por supuesto, con ministerios de cuota para ministras fantasmas). La crisis existía para usted y para mí, y seguramente también para usted votante del PSOE, tonto de baba que me recuerdas a aquellos pueblos primitivos incapaces de ligar el polvo salvaje con el hijo que nace nueve meses después. Tú ves una colilla y eres incapaz de decir aquí han fumado”. Ves que los precios se alzan más y más y que tu capacidad adquisitiva se deteriora de día en día… y eres incapaz de atribuir todo eso al peor presidente de la democracia y al peor gobierno que haya tenido país alguno de Europa desde Caraktaco. Y vas –tonto de baba- y le votas. ¿Tan negado eres que ni siquiera te enteraste de que los precios iban subiendo, que la construcción se había estancado y que el poder adquisitivo de los salarios había bajado hasta situar al 20% de habitantes de este país en el umbral de la pobreza, tan ciego eres que no eres capaz de ver que 6.000.000 de inmigrantes es mucho más de lo que este país necesitaba y podía soportar? Si lo eres, claro que eres. Eres carne de urna, no sirves nada más que para votar al que envuelve mejor su imagen con más velo y mentiras. Te dicen vota y calla y votas y callas.

Porque usted, votante del PSOE, le ha hecho la cama al peor presidente de todos los posibles, pero usted está tan len a mierda como aquel y yo. Y eso es lo que me confirma y me autoriza a llamarle cretino, tonto de baba e incapaz de percibir que usted también tiene la mierda al cuello, pero a diferencia mía, de otros, votando al PSOE, usted es de los que cogen un vasito de esa mierda que le llega hasta el cuello van y, gilipollas, se la beben. Sí, porque ustedes tienen el cerebro desbaratado por su innata tendencia al voto cerril: lo alarmante de la situación no es que el 9-M once millones de personas votaran al PSOE demostrando sus tragaderas, sino que ahora, cuando la Gran Mentira sobre la crisis económica ya está desenmascarada, la intención de voto del PSOE solamente ha bajado unos pocos puntos. Dicho de otra manera: usted votante cerril del PSOE sigue demostrando su nula capacidad para percibir la realidad y para vincular su suerte personal a esa realidad.

Y no vale decir que Z era la “única opción”. Había otras. No le indicaremos que Rajoy era una opción –si bien es cierto que hubiera resultado difícil alcanzar las cotas de ineficacia y estulticia de los gobiernos ZP- pero había otras: Rosa Díez, Izquierda Unida, Ciutadans, etc., así hasta cuarenta, opciones tmuchas de ellas de centro-izquierda en la que usted –pobre tonto votante del PSOE- habría podido pensar. Pero no lo hizo y ahí está Z dueño de la situación y rodeado de ministros más tontos que el. Ya se sabe aquello del principio de Peter sobre los distintos niveles de incompetencia cuando un inútil situado en la cúspide tiene tendencia a nombrar para los cargos inferiores a gente más inútil que él para evitar ser amenazado por gente más capaz.

Tú eres culpable, votante del PSOE, culpable de estupidez, culpable de comulgar con ruedas de molino, culpable de no percibir la realidad que te rodea, culpable de vagancia mental, culpable de ser un analfabeto político integral, culpable, en definitiva, de que todo el país tenga que soportar por otros cuatro años al peor presidente posible a este lado de la galaxia.

Y si tú, lector, eres votante del PSOE y te sientes ofendido por lo que aquí has leído, piensa en mí que no soy votante del PSOE (ni del PP) y voy a tener que soportar inevitablemente las consecuencias de tu incapacidad para percibir los problemas. Así que no te extrañe que esté que trine cada mañana cuando oigo las noticias. y me entero de la ultima estupidez de cualquier ministro de cuota o de bulto. Si te ofende lo que te he dedicado piensa en lo que tú has podido ofender al sentido común.

(c) Ernesto Milá - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com

Chicho Ibañez Serrador (III de III) El entretenimiento puro: Un, dos, tres, responda otra vez y reflexiones sobre el medio televisivo

Infokrisis.- Las sociedades que ríen son sociedades sanas. Las sociedades que solamente ríen son sociedades estúpidas y las sociedad que desconocen la risa son sociedades enfermas. La risa es a la sociedad lo que las proteínas al cuerpo. Sin ellas, la vida es, sino imposible, sí al menos difícil y sin alicientes. Siempre ha existido en las producciones televisivas de Chicho un impulso innegable hacia el humor incluso en sus obras más dramáticas.

Historias para no dormir estaba precedida de una pequeña presentación en la que el propio Chicho explicaba de qué iba la obra que seguiría. En uno de los episodios, por ejemplo, en el titulado El Tonel (versión libre de El Barril de Amontillado de Poe), por ejemplo, tras explicar dramáticamente que TVE había reducido su presupuesto para la seria, afirmaba, aún con mayor dramatismo, que el director, los guionistas y realizadores, habían renunciado a su sueldo para poder sacar adelante la seria. Cuando tras esta dramática alocución, la cámara se alejó podían verse a Chicho y a dos realizadores cubiertos solamente con el tonel que daba nombre al episodio y que, al mismo tiempo, era el símbolo de los que lo habían perdido todo. Presentaciones de este tipo fueron inseparables de la serie que ha aterrorizado a más españoles. El humor no puede ir separado del terror, so pena de que éste termine causando una angustia insuperable. El humor, sobre todo el humor, y, si se nos apura, un humor inteligente, es lo que estaba en la intención de Chicho a la hora de pensar en los espectadores.

Esa necesidad de humor estuvo en el origen de Un, dos, tres… responda otra vez, el concurso de mayor seguimiento televisivo en España y uno de los programas que fue capaz de superar la barrera de las diez temporadas en antena. El programa llegaba después de una larga gestación y, en realidad, algunos de los elementos que contenía estaban presentes en creaciones previas de Chicho.

Era inevitable que Los tacañones (codiciosos y desagradables miembros del jurado que intentaban avasallar a los concursantes) eran la reproducción de las miembros de la Liga contra la Frivolidad. Sus trajes austeros eran idénticos a los que lucía Emilia Gutierrez Caba, Margot Cottens y demás narradoras de Historias de la Frivolidad. Por lo demás, una de las protagonistas de La Residencia, Paloma Hurtado, una de las alumnas colaboracionistas que dictaban su ley entre las internas, volvía a colaborar con Chicho cuando, tras la muerte de Valentín Tormos (el primer tacañón), el pintoresco jurado cambió de sexo y se convirtió en las tacañotas. En realidad, aquel núcleo colaboracionista de La Residencia ya prefiguraba lo que luego sería, en clave de humor, el jurado de Un, dos tres…

El concurso aunaba tres elementos presentes en la vida humana: la cultura, el esfuerzo físico y la suerte y era, en definitiva, una dramatización de la vida. La cultura estaba representada por las preguntas iniciales que daban nombre al concurso. Hoy hubiera sido imposible realizar un concurso con aquellos contenidos: el nivel cultural medio de la población ha descendido hasta extremos alarmantes. En los años 60, al menos, el Bachillerato unificaba los conocimientos del alumnado y le dotaba de un bagaje cultural no desdeñable situado, en cualquier caso, a años luz del que provee la enseñanza media actual. Las preguntas iban dirigidas al intelecto. No siempre eran fáciles. Su dificultad era creciente y contestarlas suponía aunar memoria, imaginación, conocimientos y serenidad. No era fácil destacar sobre otros concursantes. Se premiaba al que más conocimientos poseía.

En la segunda parte se trataba de plantear esfuerzo físico. Para afrontarlo había que estar en buena forma. Pocos obesos estuvieron en condiciones de imponerse, si es que alguna vez lo hicieron. ¿Discriminatorio? Si tenemos en cuenta que por un lado el ministerio de sanidad alerta constantemente sobre los riesgos de obesidad y si tenemos en cuenta que en programas televisivos del género de Tardes con Patricia más parece un muestrario (o “monstruario”) de obesos, veremos que la contradicción es palmaria entre un riesgo sobre el que se alerta –la obesidad- y la “comprensión” del obeso que debe tener si lugar en la sociedad. El resultado es que, cuando dos vectores apuntan en sentido contrario, cuando la publicidad del ministerio apunta contra la obesidad y cuando programas de TV “normalizan” al obeso, ambos se anulan. Todo estaba más claro cuando se estrenó Un, dos, tres… Era preciso gozar de forma física envidiable para imponerse. Y lo que era más importante: era preciso ser una pareja.

Si hoy concursos como éste serían imposibles es porque nuestra sociedad ha perdido la noción de “normalidad”. Un, dos, tres… era un concurso para gentes “normales”, cuando estaba claro lo que era la normalidad y dónde  residía. ¿Y hoy? ¿Competirían parejas gays con parejas heterosexuales? ¿y parejas lesbianas? ¿Estarían de competir en un todos contra todos? ¿No sería la existencia misma de un programa de este tipo una odiosa muestra de sexismo y una oprobiosa forma de discriminar a miembros y miembras? ¿Y cómo podía tener lugar una prueba física si implicaría la eliminación de los obesos? ¿habría que pensar en imponer medidas de discriminación positiva a los concursantes menos dotados o menos hábiles en el manejo de la cultura o del deporte? Preguntas que dejamos con puntos suspensivos por incontestables e informulables dentro del marco de lo políticamente correcto.

Pero la vida es también suerte y la tercera parte del concurso hacía planear este factor sobre las cabezas de los concursantes. Era inútil que los concursantes hicieran utilizar su lógica o su capacidad deductiva. En esta parte, el sentido común estaba completamente ausente y dependía de la habilidad del presentador (Kilo Legard, Mayra Gómez Kemp, Jordi Estadella, etc.) llegar, literalmente al huerto a los concursantes. Si estos obtenían el coche o el apartamento en Torrevieja (esta ciudad alicantina le debe a Chicho su boom inmobiliario) era cuestión de suerte y de su habilidad para practicar el escepticismo absoluto. Era también –como la vida misma- un problema de intuición. Había algo en algunos concursantes que indicaba que tenían su intuición más desarrollada. Suerte sí, pero pasada por el tamiz de la intuición. Como la vida misma.

Nada de todo esto ha sido posible integrar en concursos posteriores. Pasa palabra, por ejemplo, es un mero concurso de preguntas y respuestas como Saber y Ganar (eterno concurso de la TV2) o como tantos otros. La TV parece haber tendido hacia la especialización antes que hacia la integración. ¿Qué apostamos? o Gran Prix ambos presentados por Ramón García, apuntan a la fuerza física especialmente y otros como el Juego de la Ruleta tienen que ver sobre todo con la suerte. Desde Un, dos, tres… no hemos vuelto a encontrar un concurso que integre cultura-esfuerzo físico-suerte/intuición y probablemente no lo volveremos a encontrar jamás. Si los concursos son perífrasis simbólicas del estado de las sociedades, habrá que reconocer que la sociedad española de los 60-70 estaba más integrada que la sociedad española treinta años posterior.

Se suele contar que el programa había tenido un precedente en Argentina, Un, dos… Nescafé, realizado por el propio Chicho en el que las parejas de concursantes debían ir respondiendo alternativamente. A esta primera parte se le añadió otra inspirada en un concurso presentado por Kilo Ledgard en Perú, Haga negocio con Kiko, basado en una subasta en la que el presentador ofrecía regalos ocultos o dinero en mano. Ambas partes fueron unidas por la tercera que seleccionaba a los concursantes en función de sus cualidades físicas. El denominador común de estas partes fue lo que podríamos llamar un “ofensor del concursante”, Don Cicuta, los Tacañotes, luego feminizadas, verdadera parte negativa del concurso que remitía a las historias de terror que tanta fama habían otorgado a Chicho. Pero también había una parte positiva: las azafatas, seis hermosas chicas seis, con falta minimal y escote máximal que recordaba lo que era la belleza y que no debía de ser sinónimo de tontería. Muchas de estas azafatas destacaron luego en el teatro y en el cine español Finalmente, cada programa estaba presidido por un tema: el circo romano, el mar, las aventuras en África, los viajes espaciales, que tenían que ver, frecuentemente, con temas de actualidad y que eran paradigma de esa edición del concurso en torno al cual giraban decorados, preguntas, etc. La buena o mala suerte estaba representada por Ruperta, Clotilde, el Chollo, una calabaza en definitiva.

El concurso sobrevivió más de diez años, en un medio en el que tres temporadas se consideran un éxito. Cuando en 2004 el programa fue resucitado las fórmula se había convertido en inadecuada. Si antes las parejas eran parejas de “amigos y residentes en…”, “novios” o “matrimonios” y a nadie se le había ocurrido algo diferente a que fueran heterosexuales, en el tardío revival era inevitable que existiera una apertura hacia el mundo gay.

En buena medida el programa había sido resucitado por impulso de Luis Larrodera, joven presentador aragonés que recordaba las últimas temporadas del concurso y convenció a Chicho de presentar un nuevo proyecto.  A pesar del buen hacer que Larrodera demostró entonces y que posteriormente le han consagrado como presentador de concursos, el programa, tras una buena acogida inicial, fue perdiendo audiencia y se canceló tras 19 emisiones. Los diez años que habían transcurrido antes de su reaparición no habían tenido en cuenta que la sociedad española había cambiado extraordinariamente. El nivel cultural del país ya no estaba para muchos trotes.

Una reflexión sobre el papel de la televisión en la sociedad

No es la intención del presente artículo entrar en un análisis profundo sobre la vida y la obra de Chicho Ibáñez Serrador, sino simplemente recordarlo. Pro sería bueno antes de concluir reflexionar sobre el papel de la televisión en la sociedad.

¿A qué podía deberse el que cuándo existía una sola televisión en España y cuando las libertades políticas estaban disminuidas, existiera una televisión más creativa que en la actualidad? Simplemente, se debe a que el “liberalismo” no funciona. El exceso de oferta, lejos de multiplicar la calidad del producto, lo que contribuye es a aumentar los precios de la publicidad que lo acompaña.

Mauricio Carlotti que si sabe de algo es de la televisión de los 90 en adelante, lo dijo hace tiempo: “Yo vendo publicidad… lo que pasa es que estoy obligado a poner programas para que la gente la vea”. Se hubiera podido decir más alto pero no más claro. Las televisiones privadas no iban a competir con la pública en calidad, sino en publicidad. No iban intentar dar los “mejores” programas, sino aquellos atrajeran una audiencia cada vez más masificada y aculturizada especialmente a partir de que en los años 80 el Ministerio de Educación permitiera la degradación de la enseñanza. Una persona madura de 40 años se educó ya en la EGB y en el BUP de los años 80, por tanto, su nivel cultural es inferior al que otorgaba el diploma de reválida de 6ª solamente diez años antes. Esa persona, si no se ha interesado por la cultura no habrá podido evitar tener un déficit de conocimientos.

Las TV privadas, venden publicidad y solamente les interesan los ingresos procedentes de la publicidad. Pero eso implica que para poder obtener más ingresos deben, necesariamente, tener más audiencias. Y por ello deben adaptarse al nivel cultural de la población: si éste es bajo, las televisiones deben estar como mínimo en la media. Y ya se sabe lo peligroso que es hablar de medias en lo que a cultura de masas se refiere. Gustav Le Bon ya dicho hace más de 100 años que el nivel medio de una masa, no se sitúa en la media aritmética, sino en su nivel más bajo de la masa.

Al menos, antes, cuando la televisión estatal no tenía competencia, era completamente independiente de la publicidad. Si entraba servía para sanear el presupuesto, si no entraba, tampoco era una tragedia, simplemente los presupuesto generales del Estado cubrían el agujero. ¿Injusto? No exactamente, por que aquella televisión de los orígenes cumplía una función social imprescindible: formaba y divertía. Ciertamente no informaba o al menos no informaba con libertad. Pero la información no lo es todo. Y, por lo demás, en aquella España en blanco y negro quien quisiera estar bien informado lo conseguía sin dificultad. Los programas de Radio Praga – Estación Pirenaica deformaban la realidad tanto como el Telediario. Y en cuanto a Radio Tirana o a Radio Pekín, las cosas no eran muy diferentes. En cuanto a los programas en castellano de la BBC eran ciertamente más fiables… pero no siempre. La ventaja de aquella televisión es que nadie se llamaba a engaño: los informativos difundían noticias enfocadas desde el interés del régimen. Pero, esta no era toda la televisión, ni siquiera la que tenía más seguimiento por parte del público. Los programas de Chicho están ahí, en el recuerdo y en P2P para que podamos, por nosotros mismos, hoy, en 2008, comprobar su calidad.

Hoy nadie se preocupa por formar a la ciudadanía. Se nos entretiene con programas y concursos de perfil bajo, que hace treinta años hubieran sido considerados como concursos aptos para ignorantes. Se nos “echan”  culebrones como se arrojan desperdicios a los cerdos para que se alimenten. Y, para colmo, la información es sesgada, existen debates pero cada tertuliano defiende una opción concreta dentro de cada cadena que asume la defensa o el ataque contra tal o cual opción política. En lenguaje militar se dice que más vale un mal mando que muchos mandos buenos… lo que trasladado a términos televisivos y ligeramente alterado equivaldría a decir que más valía una televisión que formara y divirtiera que varias televisiones que compiten en zafiedad.

La irrupción de las televisiones privadas no ha servido para ofrecer una mejor calidad de contenidos. De hecho, lo que ha ocurrido ha sido todo lo contrario: desde las MamaChico de los primeros tiempos de Tele 5, hasta la ristra de talk-shows, es difícil decir cuál es peor y cuál cumple mejor su función de profundizar en la bastardización de las masas.

Eternamente gracias, Chicho

Si hoy Chicho está ausente de televisión no es sólo porque está en edad de jubilación, sino porque no hay lugar para él en la moderna televisión. Las nuevas generaciones no habrán tenido la ocasión de oír su peculiar acento, ni de ver sus programas estremecedores unos, desternillantes otros, pero que siempre mantuvieron un nivel de calidad que hoy no tiene –no puede tener- lugar en las televisiones generalistas.

Nos ha llegado el macutazo de que Chicho no anda bien de salud. Le deseamos pues una rápida recuperación. No creemos que tenga dificultades económicas así que puede permitirse una tercera edad tranquila y reposada. Le vamos a sugerir algo: que se introduzca en la red, que viaje por la red, que vea las enormes posibilidades formativas y de ocio de la red. Seguramente tendrá algo que decirnos.

O quizás es posible que no tenga ganas. Todos tenemos derecho al descanso y no vamos a ser nosotros quienes exijamos a Chicho un esfuerzo de sus “pequeñas células grises” (como ponía en boca de Hercules Poirot su genial creadora Agatha Christie). Hay proyectos que ya no tienen cabida en las televisiones generalistas, pero que quizás sí sea posible adaptar a Internet.

Pero hay algo en lo que sin duda Chicho nos podría ayudar: a recuperar sus programas, sus películas, sus series. Para ello están los sistemas de intercambio de archivos. Hay mucho de Chicho en estas redes, pero no todo. Queremos suponer y suponemos que la SGAE le pasará a Chicho su parte alícuota del canon digital.

Seguramente la satisfará saber a Chicho que La Residencia sigue “bajándose” constantemente de la red, que sus Historias para no dormir, siguen siendo buscadas por jóvenes y no tan jóvenes y que en youTube fragmentos de sus vídeos están presentes registrando audiencias altas, sino altísimas. Estas obras despiertan mucho más interés que la mayoría de películas del cine español actual, intimistas y aburridas, sosas y sin rastros de creatividad con la que nos salpica ese cine agonizante por subvencionado y previsible por progre.

Chicho debería echarnos una mano y poner sus archivos a disposición del público interesado en su obra. Este artículo era hasta aquí un agradecimiento. En este último párrafo es casi una súplica.

© Ernesto Milà rodríguez – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com

 

Chicho Ibáñez Serrador (II de III) Historias para no dormir, Historia de la Frivolidad, La Residencia... en pleno franquismo

Infokrisis.- Quienes tenemos más de 50 años no podemos de estar agradecidos al cerebro imaginativo de Chicho Ibáñez Serrador el que nos obsequiara con las grandes producciones televisivas del tardo-franquismo. En esta segunda entrega vamos a intentar continuar nuestro pequeño homenaje a Chicho recordando siquiera brevemente sus Historias para no dormir, aquel gran éxito internacional impensable en la época que fue Historia de la frivolidad y la primera película de Chicho, La Residencia. Algunos no hemos olvidado y no podemos por menos que comparar la actual mediocridad infamante de la actual televisión -de toda, pública y privada, estatal o autonómica- con la honestidad de un ayer ya lejano y denostado como "páramo cultural".

 

Historias para no dormir, el terror como estímulo para la reflexión

A partir del 4 de febrero de 1966 el televidente quedó enganchado a la primera pantalla durante 50 minutos, más un bloque de publicidad, con la serie Historias para no dormir. Cuando se emitió el último el último episodio el 27 de septiembre de 1982, España y la TV habían cambiado extraordinariamente, sin embargo, la serie siguió gozando del favor del público. En total fueron 29 episodios, suficientes como para dejar una huella imborrable.

Hasta 1966 a ningún directivo de TVE se le había ocurrido que el terror pudiera interesar. No es raro que la televisión anterior a esa fecha fiase todo su éxito a series extranjeras, novelas de producción propia –desiguales en cuanto a su interés- y a ser la única existente en esos momentos.

Chicho se había forjado armas en anteriores experiencias televisivas, las precisas para saber lo que le interesaba al público. Tal es el gran mérito de Chicho: haber conocido durante tres décadas lo que interesaba al televidente y tener la capacidad de ofrecérselo sin caer en productos de masas. Es inevitable ver en su anterior experiencia televisiva –Mañana puede ser verdad- un precedente de la nueva seria (los productos de Chicho en esos primeros años permiten ver como era capaz de encadenar unos proyectos con otros e inspirarse en los elementos que más habían atraído al público para crear el siguiente, aislando esos elementos primero y resaltándolos después.

En Mañana puede suceder, Chicho dramatizó novelas clásicas de anticipación, en especial adaptaciones de Ray Bradbury. Ya entonces observó que la mezcla de anticipación y terror era una buena combinación para el público de la época y presentó un proyecto nuevo que vio la luz el 4 de febrero de 1966 con la emisión de El Cumpleaños, primer episodio de Historias para no dormir.

Desde el primer momento la serie atrajo la atención de los espectadores. Algunos guiones eran propios de Chicho, aunque la mayoría fueran adaptaciones de Bradbury o, especialmente, de Edgar Allan Poe. Al terminar esa primera temporada, el relato titulado El Asfalto ganó la ninfa de Oro del Festival de Montecarlo, en un tiempo en el que ni los atletas ni los programas españoles obtenían galardón alguno.

Filmado con una estética minimalista (la televisión de entonces ahorraba en todos los terrenos), vista a 42 años de distancia, el espectáculo es conmovedor. Nos habla de la soledad y del aislamiento del hombre urbano, de la inhumanidad de las grandes ciudades, del repliegue a lo personal, del egoísmo y de la burocracia, de la ineficiencia de las autoridades y de que la bondad y la normalidad no tienen lugar en los tiempos modernos. ¿Quién dijo que la censura era férrea en el franquismo? Chicho aprendió a vulnerar su vigilancia, la esquivó en materia erótica en Historias de la frivolidad y la despistó completamente en esta obra de verdadero terror: porque el mensaje –siempre hay un mensaje en las obras de Chicho- es que las grandes ciudades engullen a lo humano. No es una crítica coyuntural (sobre la que la censura si estaba permanentemente en estado de vigilia) sino estructural: lo que se denuncia es el sentido de la modernidad.

El papel protagonista estuvo interpretado por su padre, Ibáñez Menta. Nos equivocaríamos si viéramos en esta elección un rastro de nepotismo. Si era el protagonista y siguió siéndolo de muchos episodios de Historias para no dormir, es porque bordaba los personajes y en particular éste del pobre diablo tocado con canotier y bastoncillo, progresivamente engullido en el asfalto.

De esa primera temporada merece destacarse El Tonel, inspirado en El Barrill de Amontillado de Edgar Allan Poe en el que descubrimos a una Gemma Cuervo casi adolescente en papel de esposa infiel. De la segunda temporada merecen recordarse todos que causaron verdadero terror en la noche española de los sesenta. Entre los episodios figuraba una recreación de la vida de Edgar Allan Poe, al que Chicho profesaba una verdadera devoción en esta materia, El Cuervo. Otros, como La Zarpa o El Transplante alcanzaron su finalidad de aterrorizar y entretener.

Cuesta trabajo explicar por qué hubo que hacer un salto de quince años para que llegara la tercera temporada de la serie. En efecto, en 1982, Chicho recupera sus Historias y, con unos medios más amplios filma cuatro capítulos. A pesar de anunciarse en el 2000 que la serie volvería y reemitirse como presentación el episodio de los años 70 titulado El Televisor, el proyecto no cuajó. Tele5 volvió a recuperar la idea en 2005 con episodios dirigidos por Mateo Gil, Jaime Balagueró, Alex de la Iglesia y Enrique Albizu, coordinados por el propio Chicho que además debía dirigir uno de los capítulos. De esta nueva intentona salieron solamente dos capítulos (el filmado por Alex De la Iglesia y por Balaguero). La seria había muerto. Su éxito fue en 1968 y 68 con una breve prolongación 15 años después. Pero los tiempos habían cambiado –y mucho más en 2005- y las aficiones y tendencias del público eran otras.

Historias para no dormir seguía una tradición muy utilizada por TVE en sus 20 primeros años de vida: recurrir a autores clásicos a la hora de escenificar tragedias o comedias. Se confiaba en los clásicos como ahora se confía en los culebrones. Gracias a esta tendencia, muchos conocimos la obra de Ray Bradbury o de Edgar Allan Poe antes de haberlos leído. Fue Chicho y sus producciones las que nos incitaron a leerlos. Lo mismo ocurría con Estudio 1 o Novela.

Aquella televisión originaria nos obsequiaba semanalmente con escenificaciones teatrales de obras consagradas como las mejores de su género, antiguas y modernas, clásicas y experimentales. Para algunos ha sido la única oportunidad que hemos tenido de ver el teatro de Ibsen o de Arniches, de Lope o el drama clásico. No solo las obras eran seleccionadas sino que los actores figuraban entre los más dotados de la época. Aquella televisión educaba culturalmente. Las propias obras de teatro proveían del espíritu crítico suficiente para que hiciera inútil la tarea de la censura. Ahora cabe preguntarse, si algún canal de TV se atrevería a volver a ofrecer El enemigo del pueblo de Ibsen… No solamente sería imposible por no existir actores del fuste de José Bódalo, sino porque el mensaje que transmite esta obra es tan identificable con lo que está pasando hoy en España que se diría que Ibsen pensaba en nuestra país y en nuestra época cuando escribió una de sus obras cumbres.

Si el Estudio 1 era semanal, la Novela era diaria. En algunas temporadas se procuraba concentrar una novela famosa en cinco capítulos. En otras, la serie se prolongaba todo el tiempo que fuera necesario con la mayor fidelidad al texto originario. De estas, El conde de Montecristo fue sin duda la que alcanzó más fama. Si hoy comparamos aquellas producciones con Yo soy Bea o Aida, vemos que las diferencias son abismales e incuestinablemente, los años han producido una caída de calidad.

En los primeros años 80 cuando nos movíamos Hispanoamérica lamentábamos sinceramente que el público de aquellas latitudes fuera bastardizado sistemáticamente por unos culebrones que causaban vergüenza ajena y cuyos intérpretes no hubiera alcanzado el nivel de meritorios en Estudio 1 o en Novela. Lo dramático fue que cuando regresamos a España vimos como aquellos culebrones infames cuyo nivel zafio y miserable satisfacía a cierto público hispanoamericano… ¡estaban llegando a España! Las TV privadas –que debían haber contribuido a que una mayor oferta aumentase la calidad de la televisión- empezaron con las MamaChicho y terminaron con el Chiquilicuatre…

Decididamente la TV de los años 60 y 70 no puede ser recordada sino con nostalgia y resulta casi desesperante saber que no nuestros hijos no tendrán la oportunidad de ver aquellas series que Chicho dirigió y que contribuyeron a afianzar nuestros conocimientos culturales y a despertar en nosotros la llama de leer a los clásicos del terror.

Historias de la frivolidad, el sexo bajo el franquismo existía

El 9 de febrero de 1967 TVE emitió Historias de la frivolidad cuyo anuncio había suscitado una extraordinaria expectación en el país. Se sabía que el programa iba de erotismo y frivolidad, algo ausente de la España tardo franquista. Chicho, por aquellas fechas, tenía fama –bien ganada, por cierto- de enfant terrible, así que la expectación de la crítica y del público estaba justificada: ¿cómo iba a aborda el problema de la frivolidad? ¿de qué manera lograría esquivar la censura? Y si la esquivaba ¿no existía la posibilidad de que decepcionara la expectación de la audiencia?

El programa es una serie de sketches humorísticos sobre la historia del erotismo, desde Adán y Eva hasta nuestros días. El hilo narrador lo da el personaje de la conferenciante (Irene Gutierrez Caba), una especie de adusta mujer de la España profunda, que habla en la asamblea de la Liga Femenina contra la Frivolidad. Es evidente que esta Liga está inspirada en las sufragistas inglesas del XIX.

Desde la hoja de parra de Adán y Eva hasta el futuro imperfecto en el que la carne será sustituido por la hola de lata del robot con gran alborozo de la Ligada contra la Frivolidad, los distintos sketches son, todos sin excepción, de una brillantez que no ha vuelto a estar presente en TV.

Inolvidable el stree-tease de Iran Eroy en una taberna medieval en la que se va despojando… de una armadura. O el diálogo del balcón entre Romeo y Julieta en el que la prohibición de Isabel I de Inglaterra de que las mujeres subieran al escenario hace que Julieta sea interpretada por José Luis Coll.

Al parecer la idea de un programa de estas características nació del cerebro hoy desbaratado de Adolfos Suárez, entonces Director General de RTVE que albergaba la idea de mostrar el aspecto más “moderno y tolerante” de España en el extranjero. El encargo fue entregado a Chicho y éste buscó la colaboración de Jaime de Armiñán. El censor oficial de TVE en la época, Francisco Gil Muñoz, amenazó con dimitir si el programa se emitía. Se emitió, pero el censor no dimitió.

De hecho, cuando el programa se presentó al Festival de Televisión de Montecarlo, éste inicialmente lo rechazó: para poder concursar debía haberse emitido. Así que, las crónicas cuentan que se emitió “al filo de la medianoche y tras el anuncio del fin de la programación”. Es posible que fuera así, aunque nosotros recordamos haberlo visto por la noche, junto a nuestros padres y sin excesivos problemas.

Los intérpretes no pudieron estar mejor seleccionados: Irene Gutierrez Caba, Margot Cottens, Rafaela Aparicio, Jaime Blanch, José Luis Coll, Irán Eory, Lola Gaos, Agustín Gonzalez, Narciso Ibáñez Menta, Francisco Morán, Pilar Muñoz, Fernando Rey, Fernando Santos, Sánchez Polack, Manolo Codeso, Pedro Semson, Tomás Zori y Ricardo Palacios. No es raro que cosechara la Ninfa de Oro del Festival de montecarlo, la Rosa de Oro y el Premio de la Prensa del Festival de Montreux y la Targa d’Argento del festival de Milán.

Y, sin embargo, la censura existía en España hasta extremos inimaginables. Bastaba que una soprano apareciera en TV para cantar un aria, sus hombros y sus brazos, si estaban desnudos eran cubiertos con un tupido chal. La concupiscencia podía aflorar mientras cantaba a Verdi o a Puccini.

El problema de la censura durante el franquismo es que fue, sobre todo, de matiz sexual. En 1967 las obras de Marx se vendían libremente en España y, no solo las de Marx, sino las de Freud, Fromm o Marcusse. Nosotros mismos recordamos que ese tipo de literatura podía adquirirse en todos los kioscos de Las ramblas de Barcelona que luego se cubrieron en la transición con revistas porno y ahora con infinidad de revistas especializadas en los más inverisímiles temas. A partir de 1965, prácticamente no existió censura para obras de ensayo, pero siguió existiendo para todo lo relativo a la sexualidad. No es raro que, a partir de 1972, las peregrinaciones a Perpignan, Saint Jean de Luz y Portugal tras la “revolución de los claveles”, fueran masivas. En 1963, todavía, una foto porno revelada en casa y de dudoso gusto, costaba más que un bocadillo de jamón… Mi madre que recibía Paris Mach con matasellos extranjero veía como los envíos postales eran regularmente abiertos para evidenciar que no había dentro nada que fuera vagamente erótico, incluso si alguna foto de la revista podía ser interpretado en clave erótica, el envío no pasaba.

Lo más terrible de aquellos años fue que el nacional-catolicismo de los años 40 y 50, se convirtió en desarrollismo en los 60, liderados por el Opus Dei que en materia sexual, estaban en las mismas posiciones que los nacional-católicos. Esto hizo que España fuera una olla a presión a partir de la irrupción de la minifalda y de la píldora anticonceptiva y estallara el 21 de noviembre de 1975.

La comedia de Chicho sobre la frivolidad intentó que este estallido fuera moderado, que existiera un lugar para el sexo en televisión. No era desenfreno lo que se proponía, ni siquiera una moral sexual laxa, simplemente el espíritu de aquella comedia era: no cerréis la puerta al sexo, porque si no el sexo entrará por la ventana.

La Residencia y ¿Quién puede matar a un niño? o el terror español

La opera prima de Chicho en cinematografía fue La Residencia, rodada en 1969 y que se apuntaló con el éxito de Historia para no dormir. El núcleo del guión fue una historia de Juan Tebar que el propio Chicho convirtió en guión de este producto que puede ser clasificado como suspense/terror.

Las primeras escenas nos sitúan en una “residencia” para chicas procedentes de familias con problemas. Ahí llega Teresa (Cristina Galbó) acompañada por su padrastro. El establecimiento está dirigido por una especie de “señorita Rottenmeyer” (Lili Palmer). Desde las primeras escenas aparece el inquietante hijo de la directora (John Moulder Brown) que intenta siempre eludir la prohibición de reunirse con las alumnas que su madre le ha impuesto. La relación entre madre e hijo es enfermiza y éste, sobreprotegido, desemboca en episodios de voyerismo. En cuanto a la alumnas se trata de adolescentes dominadas por instintos carnales, impulsos sado-masoquistas, con leves pinceladas de lesbianismo implícito. La residencia es, en definitiva, un microcosmos enfermizo y deformante del que quien conserva la cabeza sobre los hombros aspira necesariamente a huir.

Son varias las alumnas que desaparecen de la residencia. Inicialmente se cree que, hartas de la convivencia problemática y asfixiante, han decidido abandonar el centro, pero la protagonista, Teresa, comprueba que ninguna ha salido por la puerta y que de ninguna nadie ha vuelto a tener noticias. El desenlace muestra que han sido asesinadas y descuartizadas.

El argumento es propio del terror clásico y de las películas de suspense. La película es, además, innovadora por otros muchos elementos (aparece el primer asesinato filmado a cámara lenta, algo que hoy puede parecer normal, pero que no lo era en 1969). El casting está perfectamente realizado incluso en la última de las alumnas del internado y, en particular, la madura Lili Palmer que protagoniza uno de los mejores trabajos de su carrera. Chicho supo exprimir bien las posibilidades dramáticas de su inquietante rostro.

Es fácil reconocer el influjo que ejerció sobre Alfred Hitchcock sobre los criterios cinematográficos de Chicho. Influencia, no copia. A cuarenta años vista de su rodaje, La Residencia sigue conservando frescura. El paso del tiempo no la ha deteriorado en ningún sentido.

Una vez más, Chicho ensaya aquí un erotismo implícito y soterrado (la escena de la alumna díscola azotada por una compañera, la escena de la ducha de las alumnas observada por el hijo de la directora, con los camisones mojados, la escena de las alumnas en clase de costura cuando saben que ha llegado el joven que trae la leña…) que demuestra que en el tardofranquismo eludir la censura era cuestión, sobre todo, de inteligencia creativa. Cuando, durante los primeros años 70, la censura se va relajando, es curioso como algunos directores que hasta ese momento habían realizado un cine honesto e, incluso, patriótico (Pedro Lazaga es un caso paradigmático) descubren, primero el “landismo” y después el “destape”. Lo que va de ese cine a La Residencia es lo mismo que va de la sal gruesa al sabor salado, del brochazo a la pincelada…

En su siguiente película de terror ¿Quién puede matar a un niño? Chicho se plantea un problema interesante: ¿Sería posible filmar una película de terror sin monstruos, sin chirriar de puertas, sin que se desarrolle en la noche en medio de un ambiente agobiante e inquietante? ¿Sería posible filmar una película de terror a plena luz del día en un paraje extremadamente atractivo y en la que los monstruos fueran niños?

La respuesta es sí y ¿Quién puede matar a un niño? es la demostración. En realidad, existe una hilación entre esta película y La Residencia, en efecto, en ambas el criminal es un niño. La diferencia es que en esta película no es solamente un niño malcriado y sobreprotegido (como en La Residencia) el que genera el mal sino toda la infancia como grupo social. No solamente los nacidos sino los que aún están en el seno materno se convierten en asesinos de los adultos.

La idea que Chicho quiere transmitir es que los niños han sufrido mucho por parte de los adultos (podría haber mostrado imágenes de la entonces reciente guerra de Biafra, Vietnam o de Bangla-Desh en la que la infancia sufrió no solamente los combates, pero prefirió abrir la película con fotos de niños en campos de concentración) y, llegado un momento, se toman la venganza.

La película llega en ocasiones a límites insoportables de terror cuando la protagonista, embarazada, siente que el hijo que lleva en la entrañas la está desgarrando.

En cierto sentido, la película es un producto de su era: no había creación artística sin mensaje. En este caso el mensaje era la revuelta de la juventud contra los excesos de sus mayores.

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Chicho Ibáñez Serrador (I de III), o cuando había esperanzas en el papel de la televisión

Infokrisis.- La televisión es hoy el primer medio de bastardización de las masas y la segunda apisonadora cultural, después del Ministerio de Educación. Cómo ha llegado a ser esto y solo esto es algo que corresponde a los sociólogos determinar. Quienes vivimos los primeros balbuceos de la televisión hace cincuenta años tenemos una extraña sensación que corresponde con nuestra visión de la historia: lejos de progresar, la historia camina hacia estadios progresivamente más degenerados. A la televisión le ocurre otro tanto. Y no siempre fue así.

A mediados de los años 60, Chicho Ibáñez Serrador emergió en el único canal de televisión de aquel momento: y muchos recordamos sus producciones, con la añoranza de que aquella televisión fue y ya no volverá a ser. Chicho no era un fenómeno único, existió toda una generación de realizadores de TV que en el tardofranquismo fueron capaces de realizar la mejor televisión que se ha visto en este país, la más creativa, e incluso, la más formativa.

No es que tengamos añoranza del franquismo. Tenemos añoranza de aquella televisión que intentó elevar el nivel cultural de la población. Tenemos añoranza del Estudio 1, tenemos añoranza de los programas protagonizados y dirigidos por Adolfo Marsillach, tenemos añoranza de las “telenovelas”, lejos de los culebrones repugnantes hechos para mayor gloria de la zafiedad y la ignorancia de hoy, que dramatizaban las grandes novelas de la literatura mundial, tenemos añoranza de los programas de divertimento de los que durante diez años fue dueño y señor Chicho Ibáñez Serrador.

Chicho el veterano hijo de veteranos

Chicho tiene hoy más de 70 años, pero antes de cumplir los 30 ya había alcanzado la fama. De casta le venía al galgo, porque papá y mamá eran, literalmente, figuras del teatro argentino. No tuvimos ocasión de ver en los escenarios a su madre, Pepita Serrador, prematuramente fallecida en 1964 con apenas cincuenta años. Pero sí recordamos a Narciso Ibáñez Menta como uno de los actores más geniales de la naciente televisión española.

La pareja se había casado en Buenos Aires en 1934. Ella era argentina y él asturiano. En la filmografía de ella se detallan dieciocho películas filmadas entre 1928 y 1960 de las que debemos confesar que no hemos tenido ocasión de ver ninguna. Con Ibáñez Menta es diferente. No lo pudimos ver como actor teatral en donde cimentó su fama, pero sí en varias series televisivas dirigidas por su hijo.

Los padres se conocieron en el teatro y a Ibáñez Menta siempre le gustó recordar que ocho días después del parto se subía por primera vez a las tablas en los brazos de la actriz Carola Ferrando. Sus padres se asentaron en Buenos Aires, contrariamente a lo que algunos han insinuado, no fue un exilio político. De hecho, Ibáñez Menta pasó su juventud viajando entre España e Hispanoamérica. Finalmente la familia se asentó en Buenos Aires.

Ibáñez Menta pasará a la fama en España como protagonista de bastantes episodios dirigidos por su hijo de la serie Historias para no dormir. Pero aunque esta serie era “de terror”, los registros de Ibáñez Menta eran múltiples. Interpretó el teatro de Sartre y de Miller y también a Goethe. Por lo demás, algunos episodios de Historias para no dormir estuvieron realizados en clave de humor.

Ibáñez Menta estaba más atraído por el teatro, pero eso no fue obstáculo para que protagonizara 45 películas en Argentina. No sólo interpretó sino que dirigió teatro. De regreso a España se incorporó como actor en distintas series de la naciente TVE de la que, sin duda, las dos más célebres fueron las citadas Historias para no dormir y Usted puede ser el asesino.

Apareció por última vez en 1991 en la comedia de Trueba Sal gorda (1991) y falleció en 2004 cuando contaba 91 años.

Una pequeña anécdota personal sobre Ibáñez Menta

Hay una anécdota personal que me gustaría contar para dar la medida de la calidad de Ibáñez Menta como actor. A finales de los años 60 recordamos nítidamente como vimos ante el monstruoso monitor Philips en blanco y negro un episodio de Historias para no dormir que nos llamó particularmente la atención a todos los miembros de la familia. El episodio se llamaba El pacto y estaba basado en la novela de Allan Poe El extraño caso del señor Valdemar. Ibáñez Menta asumía el papel de un psicólogo mesmerista que utilizaba la hipnosis con sus pacientes. En tres ocasiones, Ibáñez Menta hipnotizaba a un paciente, con un maquillaje que destacaba unos ojos particularmente inquietantes. Pues bien, en las tres ocasiones tanto mis padres como yo, experimentamos una indecible sensación de sopor (vale la pena decir que nunca nadie nos hipnotizó ni antes ni después), pero Ibáñez Menta estuvo a punto de lograrlo… Lo sorprendente no es esto que siempre podría ser interpretado como un recuerdo lejano e idealizado. Lo realmente curioso es que hace pocos meses, cuando volvimos a ver –tras bajarla mediante un programa de P2P- El pacto, tanto mi mujer como yo experimentamos esa indeleble sensación de estar siendo hipnotizados a distantancia… Hasta ese punto, Ibáñez Menta era un actor genial capaz de conseguir por TVE lo que un hipnotizador jamás ha podido conseguir en directo.

Una apretada biografía: Chicho ha envejecido entreteniéndonos

El jovencito con aires de suficiencia que aparecía en las presentaciones de Historias para no dormir al estilo de Hitchcock o Rod Serling, ya no es tan joven y según me cuentan tiene algún problema de salud. Está período de jubilación y hoy apenas se oye hablar de él. Quizás, solamente los nostálgicos de la televisión que pudo ser y no fue lo tengamos presente en el recuerdo. A decir verdad lo que experimentamos en relación a Chicho es simplemente agradecimiento por los buenos ratos que nos hizo pasar y, sobre todo, por haberse negado a participar en la degradación del medio televisivo.

Si es verdad como dicen sus biógrafos que nació el 4 de julio de 1935, eso implica que está a punto de tener 73 años. De nombre Narciso como su padre, utilizó el seudónimo de Luis Peñafiel para firmar sus guiones. Le acompaña un peculiar acento del que nunca ha logrado desprenderse y que sin duda es el resultado de haber pasado los doce primeros años de su vida en Argentina. A pesar de que pasará a la historia como realizador y director de televisión, también ha sido actor, director de teatro y de cine e incluso doblador. De hecho debutó doblando al conejo Tambor en la versión argentina de Bambi, esa cinta a la que los niños de mi generación recordamos con verdadero pánico y que, posiblemente, infundió en Chicho el interés por las historias de terror. Si non é vero e bene trovato. También se le suele añadir el oficio de guionista de radio que nosotros no hemos conocido.

Se inició en la TVE a finales de los cincuenta. El “ente” había nacido cinco años antes y sus primeras armas en él fueron las series Obras maestras del terror, Cuentos para mayores, Los premios Nobel y España y su teatro. Los que tenemos ahora 55 años recordamos tenuemente algunas de estas series que se emitían más allá de las 21:00 horas, barrera impenetrable para los niños de aquella época, educados en el madrugón.

Por esas fechas, Chicho inició su período de éxito. En 1959 había estrenado en el teatro Aprobado en inocencia, comedia de la que era autor, actor y director. En 1963 cuando se había asentado definitivamente en España, tras haber abordado la dirección de la serie Estudio 3 en donde se escenificaban piezas de teatro, comprobó que las de terror tenían gran aceptación. De esa intuición surgieron las series Mañana puede ser verdad (con adaptaciones de autores de ciencia ficción como Ray Bradbury) e Historias para no dormir.

Si estas series lo consagraron en España, con Historia de la frivolidad, realizada por él y escrita junto a Jaimé de Armiñán, su fama traspasó fronteras. Por primera vez en el España franquista la censura y el pacatismo fueron parodiados como merecían. El especial de humor recibió premios en distintos festivales europeos. Era 1968. Había nacido el erotismo en versión Chicho.

Era inevitable que con estos antecedentes realizara una película que debía ser el sincretismo entre erotismo y terror. Esa película fue La Residencia, el éxito de taquilla en 1969. A partir de ese momento, Chicho también tuvo lugar en la historia del cine español.

Debería llegar 1972 para que la televisión, convertida en vehículo de cultura de masas, tuviera su gran concurso: Un, dos, tres… responda otra vez. Concurso semanal aparatoso logró emitir 411 programas. España parecía paralizarse para verlo en los últimos años del franquismo y primeros de la transición.

En 1974, Chicho es considerado como una máquina de programar éxitos así que es nombrado director de programación. Un error. No se siente cómodo en el cargo y dimite a las pocas semanas. Prefiere el trabajo de creación. Poco después realiza el que considera su “episodio favorito”, El Televisor, que debió aparecer como un capítulo de Historias para no dormir, protagonizado por su padre Ibáñez Menta. En este programa denuncia los perniciosos efectos que puede tener la televisión en gente normal: ocupando espacios cada vez mayores en el cerebro, la televisión corre el riesgo de crear un mundo virtual que parece permitir el prescindir del mundo real. La sociedad del espectáculo termina no siendo más que espectáculo y renunciando a cualquier otra manifestación de la realidad. Este mensaje parece hoy asumido por muchos, pero en 1974 era una anticipación de los riesgos que podía acarrear la TV. Es preciso recordar que en aquel momento solamente había una televisión y dos canales y, así pues denunciar los riesgos de la televisión suponía denunciar los riesgos del mismo poder.

Chicho no fue nunca un franquista militante, de hecho siempre ha eludido hablar de política. La política y la honestidad creadora tienen pocos puntos de contacto. Aparentemente, pues, la muerte de Franco no tenía porque afectar ni a su obra, ni a su prestigio creativo, ni, por supuesto a su permanencia en televisión.

En 1976, su segunda película, ¿Quién puede matar a un niño? Fue también acogida con gran éxito. Poco después TVE rechaza el proyecto de una serie de suspense, pero le aceptan la serie antológica de terror presentada por él: Mis terrores favoritos. En 1982 realiza cuatro capítulos de unas nuevas Historias para no dormir que tienen gran aceptación por parte del público.

Su siguiente éxito tiene lugar cuando han irrumpido las televisiones privadas y, a pesar de la mayor competencia, el público le regala su apoyo. Es Waku-Waku en 1989, presentado por Consuelo Berlanga, Hablemos de sexo presentado por la doctora Elena Ochoa y luego El semáforo presentado por Jordi Estadella entre 1995 y 1997. En el 2000 vuelve al teatro con Aprobado en inocencia y El Águila y la Niebla.

Cuando consigue que un canal acepte su proyecto de reemprender el concurso Un, dos, tres… responda otra vez las cosas ya han cambiado demasiado en TV para que el programa vuelva a tener éxito. No solamente hay más canales, sino que los gustos del público han cambiado. Un concurso no puede competir con un programa del corazón o con una teleserie de humor de brocha gorda y si lo hace está llamado a perder la partida. Eso le ocurrió al programa de Chicho.

Cuando se cumplieron los 50 años de TVE él fue uno de los homenajeados. En realidad, él había sido el rey indiscutible de los primeros 25 años del medio.

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com