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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

ORIENTACIONES

Renovación Española y Acción Española, la “derecha fascista española” (III de VI) a) El campo monárquico durante la República

Infokrisis.- Continuando con la serie de artículos y comentarios sobre la "derecha fascista española", añadimos hoy esta introducción a la tercera parte que se titula: Acción Española, autor intelectual del alzamiento franquista, compuesto por tres partes: "El campo monárquico durante la República", "Acción Española" y "Revovación Española". Lamentamos no poder asegurar cuando estaremos en condiciones de completar la serie a causa de la falta de tiempo.

 

3. Acción Española, autor intelectual del alzamiento franquista

a) El campo monárquico durante la República

El reinado de Alfonso XIII no fue ni mejor ni peor que el de cualquier otro Borbón anterior o posterior a él, sin embargo su prestigio se vio erosionado en sus últimos años por los errores de la dictadura de Primo de Rivera. Enajenados los apoyos de las fuerzas sociales, primero de los trabajadores y luego de la patronal (contraria al dirigismo primorriverista) y, en última instancia, por fracciones enteras de las Fuerzas Armadas, poco a poco, el monarca, bastante pusilánime, había ido experimentando una sensación de abandono, depresión y soledad. En el espacio que medió entre la caída de Primo de Rivera y la proclamación de la II República, los odios recavados por el primero se dirigieron ya con el dictador exiliado en París, hacia la institución monárquica en exclusiva.

Cuando en 1930, durante el gobierno Berenguer, Alfonso XIII intenta volver al constitucionalismo percibe que los partidos monárquicos han salido de la dictadura extremadamente débiles e inmediatamente conocerse el resultado de las elecciones municipales de 1931 decide huir de España. Todavía resulta un misterio indescifrable conocer quién exactamente venció en quellas elecciones, pero lo cierto es que, a pesar de la debilidad de la derecha monárquica, sus partidos pudieron obtener 22.150 concejales seguros, contra 5.875 los republicanos, quedando otrs 52.000 sin que jamás se determinaran. Parece cierto, eso sí, que en las grandes ciudades vencieron los republicanos y en las zonas rurales, proclives al caciquismo, los monárquicos. Los resultados se consideraron un plebiscito a favor de la república. Siguió la convocatoria de Cortes Constituyentes en las que participaron partidos monárquicos polarizados en dos tendencias: el Centro Constitucional (mauristas, regionalistas, catalanistas) y la Unión Monárquica Nacional (ex Unión Patriótica). Fuera existían otros grupos, en Buena medida, atribiliarios como el Partido Laborista de Aunós (alfonsinos “proletarios”), Reacción Ciudadana (monárquicos de clases medias), Acción Nobiliaria (partido de aristócratas y terratenientes), Partido Socialista Monárquico, etc.

Con el paso del tiempo, los alfonsinos que pedían la restauración de la monarquía y el retorno del Rey, dirigidos por Maura y Alcalá-Zamora formaron el Círculo Monárquico Independiente cuya sede resultó destruida en los incidentes del 10 de mayo de 1931 en los que también ardieron iglesias y conventos madrileños. La iniciativa fracasó quizás por prematura y por haberse gestado en unos días de gran violencia social.

Hace falta añadir que un año antes, los líderes de la derecha monárquica (Maura, Alcalá Zamora, Sánchez Guerra) se habían declarado “republicanos”, contribuyendo a presentarse como liberales distanciados de la derecha de la monarquía. Estos pronunciamientos tuvieron como consecuencia el que el liberalismo monárquico quedara reducido a la minima expresion en el tránsito de la “dictablanda” de Berenguer a la República. El ideal monárquico, en ese mismo momento, pasara a ser patrimonio de sectores radicales que, para colmo, veían en la República la quintaesencia del ateismo militante a raíz de la temprana quema de conventos. Los datos que diariamente iban apareciendo sobre el papel de la masonería entre los republicanos, la expulsion de los jesuitas y de varios obispos y cardelanes, confirmaron la existencia de un enfrentamiento entre “católicos” y “ateos”, esto es, entre “monárquicos” y “republicanos” según el esquematismo y la simplificación de la época.

Ya por entonces, el periodista Ángel Herrera Oria fundaría la Asociación Católica Nacional de Propagandistas  con la intención de formar cuadros católicos capaces de defender a la Iglesia en el marco instuticional republicano. La ACNP desembocaría luego en la creación de Acción Popular, verdadero polo de la derecha sociológica en los primeros tiempos de la República. A pesar de que la mayoría de sus dirigentes eran monárquicos, el partido no ponía especial énfasis en el retorno del Alfonso XIII, sino más bien en la defensa de la propiedad, en apoyo de la Iglesia y en la lucha contra el ateísmo. No era el partido que veían con agrado los radicales monárquicos. Estos estaban en otra formación que cobró cuerpo en 1931.

En efecto, en 1931 se constituyó la Comunión Tradicionalista, formada esencialmente por el Partido Católico Nacional y por el Partido Católico Tradicionalista, que pronto logró arraigar en las zonas monárquicas tradicionales (Navarra, País Vasco, Aragón), consiguiendo arraigar de manera imprevisible en Andalucía gracias a la labor de Fal Conde. El PCN, más conocido como Partido Integrista, había sido fundado por Ramón Nocedal en 1888 tras su expusión de la Comunión Católico Monárquica. En cuanto al PCT había sido constituido por Vázquez de Mella en 1918 y en su ideario ya se refleja la influencia creciente de Maurras en los círculos monárquicos. A la Comunión Tradicionalista no solamente fueron a parar partidarios del carlismo sino que también recalaron algunos monárquicos alfonsinos radicales que consideraban incompatible un regimen liberal con la institución monárquica. En las distintas elecciones que tuvieron lugar durante la República, la Comunión Tradicionalista obtuvo, generalmente resultados apreciables, a pesar de que en su interior bullían distintas tendencias (y en los cuarenta años siguientes, estas tendencias entraron en colision incluso hasta mediados de los años 70). Su mentor ideológico no fue otro que Tomás Domínguez Arévalo, conde de Rodezno.

El conde de Rodezno apoyó el Estatuto Vasco a pesar de insistir en que hubiera debido de ser confessional, participó en el golpe de Sanjurjo en 1932 y, por supuesto, estuvo con Mola en el 18 de Julio de 1936, desde su exilio en Portugal. Ocupó el cargo de ministro de justicia durante la guerra civil y setenta y cinco años después de dejar el cargo, figuró como “imputado” por Baltasar Garzón por “crímenes contra la humanidad”, renunciando el juez a su procesamiento al comprobar, “fehacientemente”, que había fallecido… El proyecto del conde de Rodezno consistía en fusionar a los monárquicos de las dos ramas, carlista y alfonsina. La revista Acción Española sería uno de los elementos de reflexión de esta corriente.

En el nuevo partido monárquico existía la sensación de que había sido posible instaurar la República a causa de la debilidad ideologica de la dictadura de Primo de Rivera y el corolario de dicha afirmación era: solamente a través de una definición ideological precisa, coherente y orgánica sería possible construir un movimiento político capaz de derrocar a la República. Los alfonsinos Vegas Latapié y Ramiro de Maeztu compartían esta opinion y se aprestaron a reelaborar el ideal monárquico; para ello había tres elementos que jugaban a favor del proyecto: la elaboración maurrasiana en Francia (que Vegas Latapié compartía completamente), la existencia de un núcleo de brillantes intelectuales conservadores (encabezados por Maeztu) y los medios económicos (los marqueses de Pelayo que entregaron 100.000 pesetas de la época para favorecer el pronunciamiento del general Orgaz pero que terminaron utilizándose para lanzar la revista Acción Española). La unión de estos elementos cristalizaría en la formación del círculo Acción Española y en la revista del mismo nombre.

Era cuestión de tiempo que la revista no tuviera la tentación de transformarse en un partido monárquico que restase votos y bases a Acción Popular. Fue así como nacería en 1933 Renovación Española, promovido por Antonio Goicoechea, Sáinz Rodríguez y Ramiro de Maeztu. A pesar de que –como veremos más adelante- Renovación Española consiguió tener una presencia electoral, fracasó en su empeño de reconvertir al grueso de la derecha al monarquismo. La mayoría de votantes y militantes de derechas, consideraba imposible la restauración de la monarquía y no estaban dispuestos a votar ni a militar en un partido que se declarase a favor de una causa perdida. Y esto volvió a tener consecuencias en todo el ambiente católico.

A pesar de que, en un primer momento, Renovación Española se proclamó “constitucionalista”, pronto se produjo la ruptura con los liberales alfonsinos y se intentó reconstruir la unidad de acción con los carlistas cuando estos ya estaban dirigidos por Fal Conde, contrario a mantener tratos con la otra rama borbonica, tal como opinaba el entonces aspirante legitimista, Alfonso Carlos. El carlismo en ese momento empezó a sufrir divisiones internas que se prolongarían prácticamente hasta la muerte de Franco, e incluso durante la transición: Fal Conde con los integristas de la Comunión Tradicionalista optó por el rechazo a los alfonsinos, mientras que el conde de Rodezno se decantaba a favor, argumentando la falta de descendencia de Alfonso Carlos y la posibilidad de aprovechar la ocasion histórica de reconciliar a las dos ramas del monarquismo español. En 1933 se creó Tradicionalistas y Renovación Española (TYRE) a fin de preparar candidaturas conjuntas para las elecciones generales de ese año.

La victoria de la derecha en 1933 fue abrumadora y la sigla CEDA (Acción Popular, Derecha Valenciana, Agrupación Regionalista de Santander y grupos menores) teniendo detrás a casi 750.000 afiliados, se alzaron cómodamente con la victoria… a la que siguieron las dificultades para formar un gobierno y la ruptura en el seno de las derechas. Mientras la CEDA había obtenido 115 escaños, los radicales se habían quedado con 104, pero fue a Lerroux a quienes recurrió Alcalá Zamora para formar gobierno. El Partido Agrario, formado poco antes de las elecciones de 1933 obtuvo 36 escaños, tratándose de otro partido de la derecha con simpatías monárquicas, aunque liberales, que contó con cuatro ministerios durante el “bienio negro”, en tanto que representantes del poder terrateniente castellano. El secretario general de la formación, por cierto, fue Nicolás Franco. Junto a los intereses de los terratenientes y defendian a la Iglesia y hacían de la lucha contra el catalanismo el tercer eje de su política. Cuando la CEDA decidió colaborar con los radicales (habitualmente masones y republicanos), perdió a sus elementos monárquicos que ya a partir de ese momento empezaron a optar por la vía insurreccional. Es en esta circunstancia, cuando Calvo Sotelo vuelve de su exilio parisino y, tras un intento de ingresar en Falange Española, se convirtió en el líder de los monárquicos.

Inicialmente, el proyecto de Calvo Sotelo consistía en unir en un solo bloque a todas las fuerzas antirrepublicanas de la derecha. Los monárquicos, conscientes de la debilidad de sus consignas y de su bajo techo electoral, pensaron (como han sugerido algunos historiadores) en financiar a la Falange de José Antonio Primo. La existencia de ese pacto entre monárquicos y falangistas (que durante años negaron los falangistas de izquierda) fue finalmente firmado el 20 de agosto de 1934. El intermediario entre José Antonio y los alfonsinos fue el propio Sáinz Rodríguez y quien firmó finalmente el acuerdo, Antonio Goicoechea: el acuerdo preveía que la Falange dejaría de atacar a la monarquía y a cambio recibiría ayuda económica. Así se entiende el por qué Manuel Valdés Larrañaga en el acto promovido en Toledo por las Juntas Promotoras de FE-JONS en 1974, asegurara textualmente: “Paseando con José Antonio a orillas del Manzanares, me comentó la posibilidad de restaurar la monarquía en España” (los abucheos que siguieron le impidieron completar su discurso).

Lo cierto es que hoy ningún historiador serio duda de la realidad de este acuerdo que indica varias cosas: primero que Falange Española distó mucho de ser una organización que situara el antimonarquismo entre sus principales procupaciones y en segundo lugar que los alfonsinos aceptaban tener relaciones (y no solo eso, sino incluso financiar) a una organización identica en todo a los fascismos, lo que implicaba que, efectivamente, los alfonsinos se habían “fascistizado” (la información está extraída de la obra de Ian Ginson En busca de José Antonio, Barcelona 1980, pág. 104).

Si a esto unimos las declaraciones de José María de Areilza en su obra Mas que unas memorias en las que describe su última entrevista con Ramiro Ledesma y cómo gestionó la llegada de capitales conservadores y monárquicos vascos para los ultimos proyectos periodísticos del que fuera fundador de las JONS, parece evidente que los monárquicos conservadores consideraban a los grupúsculos fascistas como algo que estaba lo suficientemente en sintonía con ellos como para poder confiar en sus dirigentes y cederles carburante económico para que llevaran adelante sus proyectos.

Es cierto que José Antonio Primo prescindió de la ayuda económica de los alfonsinos (unos meses después obtuvo una subvención mensual del gobierno italiano que recogía el propio José Antonio en la embajada italiana en París cada dos meses), manifesto su deseo de independencia y autonomía política. El “nuevo curso” generó el primer problema en el interior de la naciente Falange, cuando Juan Antonio Ansaldo abandonó el movimiento, mientras que el marqués de Eliseda se eclipsaría discretamente y otros monárquicos (Arredondo, Rada) harían lo mismo para reaparecer acto seguido en el Bloque Nacional de Calvo Sotelo. Eso acentuó el republicanismo falangista y nos confirma en la primera impresión de que, a parte del hecho relativamente importante de que Falange no se considerase monárquica (en realidad tampoco hizo nunca profesión de fe republicana, pero es rigurosamente cierto que las referencias a la “monarquía” en las Obras Completas de José Antonio son apenas 21 entre las cuales no se encuentra ninguna condena explícita), un sector de los alfonsinos ¡si se consideraban próximos al fascismo español!). Incluso en el caso de la “izquierda fascista” de Ramiro Ledesma, los contactos facilitados por el conde de Motrico (Areilza) con sus amigos de Neguri, indican que la “derecha fascista” (“fascistizada” en opinion de Ledesma) veía con buenos ojos a cualquier forma de “fascismo español”.

En 1934, ya estaban perfiladas las tres Corrientes del fascismo en España: de un lado Falange Española (el fascismo más ortodoxo), de otro Ramiro Ledesma (más como ideólogo y como publicista que como jefe de un grupo que jamás tendría más de 200 adolescentes detrás, y finalmente Renovación Española y el Bloque Nacional y el órgano de prensa Acción Española. En ese momento, cuando ya se ha producido la sublevación socialista de Asturias y la proclamación del efímero Estat Catalá, los grandes casos de corrupción protagonizados por los radicales y, para colmo, se estaba organizando clandestinamente la Unión Militar Española, entre cuyos máximos impulsores se encontraba un miembro de la direccion de Falange Española, el teniente coronel Emilio Rodríguez Tarduchy… La organización agrupaba especialmente a militares monárquicos y, nuevamente, vuelve a indicar que algunos de ellos estaban “fascistizados”. Tarduchy ocupaba una de las jefaturas de servicios al celebrarse el I Consejo Nacional de Falange.

Dado que en el “bienio negro” quedó claro que los agrarios y Gil Robles habían aceptado la República, el campo de los monárquicos alfonsinos se redujo más aún. Calvo Sotelo y Pedro Sáinz Rodríguez idearon la creación de un “bloque nacional” que agrupara a la derecha monárquica y que incluyera desde los falangistas hasta el carlismo. En la práctica, todo quedó en un mero bloque electoral que contó con la adquiescencia del Partido Nacionalista Español del doctor Albiñana (una pequeña formación con todos los rasgos de los partidos fascistas de la época), pero no así de los falangistas, mientras que Renovación Española se avino a colaborar en las elecciones y otro tanto hicieron algunos sectores del carlismo tradicionalista. El problema más peliagudo consistía en a quién presentar como rey legítimo de España en aquel momento. Goicoechea, por su parte, optó por seguir a Alfonso XIII en su decision de no abdicar, otros defendieron a su tercer hijo, Don Juan conde de Barcelona (a la vista que los dos anteriores estaban inhabilitados, uno a causa de un matrimonio morganático y el otro por su minusvalía). Calvo Sotelo figuraba entre estos ultimos y con él la revista Acción Española.

En su primera declaración pública, Don Juan –según recuerda José Luis Orella, manejando las memorias de Vegas Latapié- el conde de Barcelona reconocía ser acreedor doctrinal de pensadores tradicionalistas alfonsinos como: Pemán, Sáinz Rodríguez, Goicoechea y Maeztu; carlistas como Pradera y Solana; falangistas, como Montes y Giménez Caballero y jesuitas como el P. García Villada. Además, Juan de Borbón reconocía asumir la ideología desarrollada por Acción Española".

En las elecciones de 1933, Renovación Española había obtenido 16 diputados que disminuyeron a 12 en febrero de 1936 con la etiqueta de Bloque Nacional. Tras la derrota de las derechas y, especialmente tras el asesinato de Calvo Sotelo, todo saltó por los aires: falangistas, monárquicos alfonsinos, carlistas y militares optaron por la vía insurreccional. En ese momento, los falangistas ya se encontraban en la clandestinidad, los alfonsinos en derrota (su diario La Nación, había sido incendiado) y Renovación Española, llena de deudas, había cesado prácticamente de actuar salvo a nivel parlamentarios. Tras el asesinato de Calvo Sotelo, Goicoechea asume de nuevo el liderazgo del Bloque, cuando la conspiración está muy avanzada. Tras las elecciones, las Juventudes de Acción Popular empiezan a pasar a la Falange clandestina y los carlistas no ocultan sus preparativos insurreccionales que la UME tiene muy avanzados.

En ese momento, Mussolini, el jefe del fascismo italiano, ya estaba en contacto con Antonio Goicoechea… No creemos que fuera solamente porque buena parte de la dirección falangista estaba encarcelada, sino por las afinidades existentes entre el facismo que gestionaba el Estado italiano en ese momento y el líder de Renovación Española. Las relaciones entre Mussolini y Goicoechea demuestran una vez más que si José Antonio era interlocutor del fascismo italiano… los alfonsinos radicales no lo eran menos. En cuanto a los carlistas estaban organizando una milicia de base popular –el Requeté- cuyos cuadros militares se entrenaban en la misma Italia fascista.

En cuanto a la CEDA, su fascistización iba aumentando de día en día. Basta ver las consignas, los símbolos y la coreografía de las que se dotó en esa época (especialmente las Juventudes de Acción Popular) para advertir que, a falta de una major definición político-doctrinal y casi como signo de los tiempos, Gil Robles repetía que su intención era la de “superar la democracia liberal mediante un sistema corporativo”. Es cierto que luego, Gil Robles explicó que lo que en aquel momento le interesaba y quería decir iba en dirección de un “economía keynesiana” en la que el Estado interviniera en economía, mientras que sentía reservas hacia “los regímenes fascista, sofocadores de las libertades”. Si esto fuera lo que verdaderamente hubiera aspirado, sus seguidores lo hubieran percibido, pero, estos, en cambio, profesaban cada día una admiración más evidente hay el “orden” de los Estados fascistas, la decision con la que habían acometido en la superación de la partidocracia y el liberalismo y en el aplastamiento del comunismo y la socialdemocracia. 

En cuanto a Calvo Sotelo sus loas al fascismo italiano eran muy anteriores y, entre otros ejemplos, tras producirse la insurrección de octubre en Asturias, no dudó en ensalzar al fascismo en un discurso parlamentario. Resulta innegable que las fascinación creciente que la derecha española experimentó por el fascismo y que, poco a poco, le hizo incorporar más y más parcelas de su doctrina, estaba también condicionada por las conveniencias en política interior. Ni Calvo Sotelo, ni mucho menos Gil Robles, pretendieron jamás compartir los errores de los regímenes fascistas, de ahí que en ciertos momentos se distanciaran públicamente de estos regímenes. Pero no hay que otorgar mucha credibilidad y peso a estas afirmaciones que respondían a situaciones concretas. Lo cierto es que las JAP, Falange Española, Renovación Española, el Bloque Nacional, compartían las mismas consignas de “Patria, pan, justicia”, saludaban al grito de “Arriba España”, saludaban brazo en alto, se declaraban antiliberales, defendían formas de corporativismo y acudían a la Italia fascista en busca de de subvención y apoyos. Cuando se produce el asesinato de Calvo Sotelo, todo este proceso ya está muy avanzado: en realidad, en lo que se refiere a un sector muy amplio de la derecha, básicamente las JAP y el Bloque Nacional, no puede hablarse ya de “fascistizados”, sino de gruposque habían asumido todas las características del fascismo histórico. Las fotos del entierro de Calvo Sotelo son elocuentes: el féretro avanza entre una nube de brazos en alto que a nadie llamaban a engaño: la derecha fascista española se había consolidado.

Al estallar al cabo de pocos días la guerra civil, llamó la atención los escasos efectivos militantes que lograron movilizar los alfonsinos madrileños, apenas el grupo dirigido por los hermanos Miralles que recibieron la orden de tomar Somosierra el 17 de Julio, en donde resistieron hasta el 21. Más adelante, los miembros de Renovación Española lograrían formar los Tercios Cid y Calvo Sotelo que contaron con 280 efectivos de los que 60 murieron en combate y un centenary resultó herido. Mientras, falangistas y carlistas participaron masivamente en la insurrección (en torno a 23.000 carlistas fueron movilizadosen pocos días, demostrando que su “aparato militar” era extraordinariamente eficaz) y en la organización de milicias para los primeros meses de combate, unidos a pequeños grupos albiñanistas y alfonsinos (47 “boinas verdes” en Somosierra, 200 albiñanistas en Burgos y unas cuantas decenas en Pamplona y poco más).

Todo esto parece poco para un movimiento que contó con una sólida base parlamentaria. En realidad, donde la aportación de Renovación Española y de Acción Española fueron definitivos fue en la tarea de dar una forma política a la zona franquista. Y esto explica el porqué desde los primeros días de la sublevación, La derecha alfonsina fascistizada que apenas había conseguido movilizar unas pocas decenas de activistas para el 18 de Julio, acaparó buena parte de los cargos politicos del nuevo regimen, estando presente incluso en las últimas Cortes franquistas.

Estaba claro que estos sectores en Julio de 1936 pertenecían a la “derecha fascista española” (lo que hemos definido como una forma conservadora de fascismo, pero fascismo al fin y al cabo) y que en sus hechos posteriores iban a dar una orientación fundamentalmente paternalista y autoritaria al nuevo regimen del que, a medida que el fascismo histórico fuera derrotado a partir de 1943, se iría configurando como una nueva forma de conservadurismo monárquico que, al renunciar a parte del bagaje fascista, se quedó a partir de la Ley Orgánica del Estado de 1967 con parte de los rasgos propios de la concepción maurrasiana del Estado… salvo la descentralización foral. Muchos de los monárquicos alfonsinos que habían apoyado la creación del Bloque Nacional, luego, en el Estado franquista y a la vista de los vientos que soplaban por Europa se volvieron, súbitamente o después de reflexiones más o menos improvisadas, liberales e indujeron a que Don Juan de Borbón, se presentara como otro tanto. En realidad, éste jamás se interesó apenas por los acontecimientos que tuvieron lugar en España y poco le importó que su “consejo privado”, presidido por José María Pemán desde 1961, que ya había isdo miembro de Acción Española y de Renovación Española. Hacia los años 70, lo que quedaba del sector alfonsino, en general, se había transformado en liberal y “evolucionista”

En cuanto a los falangistas de los años 50 y 70 cometieron el error de verse como un fenómeno radicalmente diferente a cualquier otro que se hubiera dado tanto en política internacional como en el interior de Espapa. Siguieron repitiendo que “José Antonio no había ido al Congreso Internacional de Montreux” y que, por tanto, no era fascista, ni lo había sido nunca, se negaron a reconocer que sí había ido (y que incluso había tomado la palabra) y que José Antonio recibía dinero en mano de la Italia mussoliniana, y, por supuesto, rechazaron que existiera un “fascismo de derecha” representado por Acción Española, el Bloque Nacional y Renovación Española, como negaron que hubiera existido un “fascismo de izquierdas” embrionario en torno a la personalidad de Ramiro Ledesma. De ahí todas las confusiones e interpretaciones parciales que sitúan los estudios sobre el “fascismo español” solo sobre Falange Española, desdiciendo lo que existía a su derecha y lo que pudo existir a su izquierda.

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Renovación Española y Acción Española, la “derecha fascista española” (II de VI) Maurras en España ( y 2ª parte)

Infokrisis.- A pesar de que sea un capítulo prácticamente desconocido de nuestra historia en el que el franquismo no insistió por varios motivos (primero por la condena de Maurras por parte de la Santa Sede y la colocación de varios de sus libros en el índice y luego por la victoria aliada y la condena de prisión a perpetuidad para el fundador de Action Française) el caso es que el pensamiento de Maurras si influyó fuera de Francia de manera decisiva en la evolución de la derecha monárquica (y no solo de ese sector politico, sino que también el regionalismo catalanista experimentó decisivamente su influencia) fue precisamente en España.

b. Penetración maurrasiana en España

Que nosotros sepamos el historiador González Cuevas ha sido quien ha explotado este filón de manera sistemática y a él tenemos necesariamente que referirnos en especial a sus dos estudios de título significativo: el artículo titulado Charles Maurras y España, publicado en Hispania: Revista española de Historia, nº 54, y el artículo titulado Maurras en Cataluña, publicado en el nº 85 de la revista Razón Española. Ambos artículos son esenciales para establecer los vínculos del pensamiento maurrasiano  a este lado de los Pirineos.

Debemos recordar que esta insistencia en Maurras se debe a nuestro objeto de estudio: la derecha fascista española. Al igual que en Francia, Maurras puede ser considerado como proto-fascista y una parte sustancial de sus discípulos a partir de mediados de los años 20 empezó a escorarse hacia los movimientos fascistas en una tendencia que duraría los quince años siguientes. Para ellos el maurrasianismo fue un momento en su evolución política, un momento esencial pero provisional que preludió su adhesion al fascismo. En España, como veremos, ocurrió otro tanto.

En ambos países existían restos de la nobleza que alimentaban que se encontraban vinculados al antiguo regimen y a modelos aconómicos agrícolas y pre-industriales. En tanto que tradicionalistas y legitimistas, eran monárquicos y se oponían a los procesos de modernizacion. Maurras daba a estos sectores un pensamiento orgánico y sistemático lo suficientemente brillante como para que fue asumido también por elites intelectuales que se identificaban con los sectores de la aristocracia tradicionalista, a través de los cuales ésta se expresaba.

En algún momento, hacia principios del siglo XX, Maurras albergó la ambición de “exportar” su sistema e incluso darle una dimension europea. Había escrito: “Europa es un edificio geográfico e histórico que no resulta temerario considerar un gran bien. Es de interés de la humanidad mantenerlo y defenderlo”. Pero las reservas de Maurras hacia el Europa germáncia y hacia el mundo anglosajón eran insalvables, así que prefirió referirse en años sucesivos a la “latinidad”. Y en esa latinidad entraba España. La latinidad sería la heredera del mundo greco-latino, compartía la común fe católica y era aquel conjunto de naciones que se regían por un sistema monárquico.

Maurras deparaba una particular simpatía a Cánovas del Castillo del que González Cuevas dice que consideraba superior a Bismarck. Cuando Maura ascendió a la dirección del conservadurismo, Maurras multipló elogios a su favor, y con un valor añadido: Maura era un firme partidario de la descentralización administrative, alg uqe encajaba con la perspectiva regionalista de Maurras. Éste llamó a Maura “ilustre campeón del regionalismo”. Sin embargo, en ambos politicos españoles, Maurras encontró un fallo: eran, más o menos, liberales y no advertían los riesgos del sistema parlamentario.

El hecho de que hasta 1935 no se tradujera ninguna de las obras de Maurras al castellano no debe engañarnos: su obra era conocida en nuestro país desde finales del siglo XIX. Periodistas e intelectuales españoles, incluso politicos monárquicos y tradicionalistas, lo seguían con fruición, estaban suscritos al semanario Action Française e incluso habían viajado o residido en París y pudieron conocer personalmente al “maître”.

Se ha discutido sobre si, a parte de “Azorín” (José Martínez Ruiz), hubo algún otro español que estuviera íntimamente familiarizado con Maurras y mantuviera contactos con él antes de 1931. La respuesta que nos da González Cuevas escarvando en memorias de distintos politicos de la derecha es que sí: referencias no faltan, muchas de ellas, como mínimo tan conocidas como Azorín. Éste, por lo demás, militaba en el conservadurismo y en el regeneracionismo español propio del 98, pero se mostraba partidario de políticas autoritarias y en absoluto liberales. Rechazaba el pragmatismo de Cánovas del Castillo y era consciente de que hacía falta forjar una ideología similar a la Action Française que pudiera ser asumida por los intelectuales y lograr la hegemonía en este terreno. Durante la I Guerra Mundial, Azorín fue corresponsal en París y allí empezó a familiarizarse con los ideales maurrasianos e incluso pudo entrevistarse en varias ocasiones con él a quien definió como “luchador pertinaz”.

Hijo de una familia conservadora perteneciente a la burguesía acomodada, en su juventud tuvo veleidades krausistas y anarquistas e incluso colaborará con Blasco Ibáñez. Medio republicano, medio anarquista, colaboró en periódicos lerrouxistas, era lo que podría ser considerado en la época un progresista virado a la izquierda. Sin embargo en 1905 empieza a colaborar en ABC, conoce a Maura y a De la Cierva y se instala en pleno conservadurismo. Más tarde, se negó a aceptar cargo alguno de la dictadira primoriverista. Huyó del Madrid republicano al estallar la Guerra Civil y resibió en Francia durante la contienda regresando solo una vez acabada esta gracias a la amistad con Serrano Suñer. Nunca fue un militante político pero sí un intelectual conservador y, como tal, Maurras le facilitó el entramado ideológico que daría coherencia a su pensamiento. Hubo otros que antes y después de Azorín llegaron a similares conclusiones, especialmente en Cataluña. De hecha, la influencia de Maurras en Cataluña presizaría de un estudio pormenorizado que terminaría siendo extraordinariamente intenso.

La perspectiva regionalista que apareció en Cataluña encajaba perfectamente con el proyecto maurrasiano antijacobino y antirrevolucinario. Hoy se suele olvidar que los orígenes del regionalismo catalán y vasco eran ultraconsevadores y amanaban de un sector de las burguesía locales acomodadas y católicas. Incluso es su tendencia al proteccionismo económico que ya se había evidenciado en Cataluña desde el período de Espartero sintonizata también con el pensamiento maurrasiano. Maurras no hubiera tenido nada en contra de la obra de Torras I Bages, Obispo de Vic y uno de los motores de arranque del regionalismo catalán. Torras, como Maurras, admiraba al conde de Maistre y a Hipólito Taine: sus fuentes eran las mismas. Además –y esto es extremadamente importante- Torras era antiliberal y se oponía el Estado Español en el que veía al liberalismo en acción. Uno de los discípulos de Torras, Sardá i Salvany escribió una obra con el título suficientemente significativo de El Liberalismo es pecado. Otro de sus émulos, Verdaguer i Callís era admirador, no solo de Maurrás, sino también de Maurice Barrés, otro de los intelectuales conservadores franceses seguidor de Taine y de Renan. Barrés jamás se adhirió a Action Française (nunca quiso apoyar a la monarquía) pero siempre mostró, hasta su muerte, simpatías por la causa maurrasiana. Verdaguer i Callís hacia escrito: “el parlamentarismo no nos detendrá. Ha aparecido la idea que ha de matarlo, el regionalismo”. Maurras no habría dicho otra cosa.

Ahora bien, el regionalismo catalán dispone en el último cuarto del siglo XIX de muchos autores e intelecturales pero no sera sino hasta la llegada de Prat de la Riba cuando adquiera un pensamiento homogéneo. Y la influencia de Maurras sobre Prat de la Riba es demasiado evidente para poder negarse. Parece contradictorio -y de hecho lo sería de no recordarse que la derecha, inicialmente fue monárquica y que, como tal, defendía los fueros regionales otorgados por el antiguo regimen- que el nacionalismo francés al descender al sur de los Pirineos, inicialmente no fuera asumido por el nacionalismo español de derechas… sino que influyera decididamente sobre el regionalismo catalanista. Y, sin embargo, así fue: Maurras podia ser leído por los reginalistas catalanes sin que les chirriara en la medida en que era antijacobino y foralista.

La similitud entre el pensamiento de Maurras y el de Prat de la Riba no se escapó al historiado catalanista Rovira Virgili quien escribirá: «En algunos momentos Prat recuerda a los polemistas franceses de la derecha religiosa y política, y nos parece estar leyendo a Veuillot o a Maurras». 
Y, a la inversa, también en Francia algunos maurrasianos agudos como Robert Brasillach nacido en Perpignan y Maurice Bardèche, su cuñado, en su libro sobre la guerra civil española consideraron –exajeradamente- a la Lliga de Catalunya como “monárquica, casi al estilo maurrasiano”.

Otros muchos intelectuales catalanes de la época (Jaume Bofill, entre otros) pudieron hablar del “catalanismo integral” de Prat como traslación del “nacionalismo integral” maurrasiano. Las fuentes doctrinales de Prat eran, de nuevo, las mismas que las de Maurras: Fustel, Taine, Comté, Renan, de Maistre… La vision que Prat tenía de la nación era identical a la de Maurras: una “comunidad natural, anterior y superior a la voluntad de los hombres”. Y, por lo demás, ambos fueron antiparlamentarios hasta el punto de que la crítica que realiza Prat del sistema de partidos parece calcado del de Maurras. También en lo que se refiere a la organización del Estado, ambos eran corporativistas. El único punto de discrepancia sería, naturalmente, la monarquía. Prat no era monárquico, pero, a fin de cuentas, Maurras consideraba la monarquía como algo esencial en Francia, pero opinaba que cada país debía deducir el sistema que más se adaptara a su realidad y a sus circunstancias históricas. En el fondo, como recuerda González Cuevas, Prat no hacía de la monarquía un problema capital, lo consideraba como extremadamente secundario: lo importante no era el sistema de gobierno sino las libertades regionales: la república francesa había demostrado asfixiarlas, mientras que la monarquía respetó los fueros regionales. En una concesión a Maurras, Prat elogió y se identificó con la “monarquía tradicional” de Jaume I y Pere III e incluso, más adelante, en algún momento, quiso ver en Alfonso XIII un valedor del regionalismo.

El conservadurismo catalán y el maurismo pactaron un proyecto regeneracionista para España (que Víctor Alba estudia concienzudamente en su obra La Derecha Española) que en Cataluña se concretó en la formación de la “Mancomunitat” en 1813 de la que Prat sería presidente y que solamente sería abolida bajo la dictadura de Primo de Rivera.

Cuando el pensamiento de Prat de la Riba cristaliza especialmente en la Lliga de Catalunya, su máximo dirigente, Francesc Cambó estará más influido aun por Maurras y, no solo por él, sino por los lugares comunes del pensamiento conservador de la época: Fustel, Barrés, Taine… El drama de Cambó consistió en que durante toda su vida fue un nacionalista liberal que quiso compatibiliar ambos sistemas. Si los últimos años en la vida de un hombre resumen su orientación definitiva, cabe decir que Cambó finalmente se decantó por el franquismo durante la guerra civil escorándose, pues, hacia el nacionalismo y alejándose del liberalismo.

Cambó multiplica sus elogios a Maurras: reconoce su superioridad intellectual y su espíritu aristocrático (lo que era importante porque ese elogio es el que se repetía más frecuentemente prodigado al conde de Güell financiador en esa época del regionalismo catalanista). Además, Cambó estaba familiarizado con la obra de otro de los pesos pesados de Action Française, León Daudet. A pesar de ser un liberal en el carácter, Cambó abominaba del liberalismo jacobino e igualitario que había destruido “la vida orgánica de los pueblos”. Para Cambó, si había que votar, debía votarse corporativamente. Utilizando la paradoja decía: «El sufragio inorgánico es conservador (…) nunca dá entrada a las minorías que son las que lleva en sí el germen de las grades transformaciones». Como Prat, Cambó no era monárquico, si bien nadie duda que prefería la monarquía a la república y que su concepto de monarquía era como federadora de las distintas nacionalidades del Estado.

Los casos de Prat y de Cambó no son excepciones dentro del regionalismo catalanista. Si bien es cierto que no todos los miembros de la Lliga Regionalista estaban influidos por Maurras, si es cierto que sus dirigentes más activos solían conocer su obra y leerla asiduamente.

El caso de Joan Estelrich confirma la tesis que aspiramos a presentar en este artículo, a saber: que el fascismo español de derechas fue extremadamente influyente y que tuvo a Maurras entre sus inspiradores. Estelrich, en efecto, es el gran maurrasiano catalán. Director de la Fundación Bernat Metge (que publicó, dato significativo, los clásicos griegos y romanos en catalán) fue uno de los más próximos colaboradores de Cambó. Como otros muchos regionalistas catalanes y vascos de primera hora, Estelrich había sido tradicionalista y colaboró con distintas revistas integristas. Durante una visita a París en 1919 conoció a Maurras y se sintió cautivado por su obra, reconociéndose en sus temas de descentralización, admiración por el mundo clásico y carácter natural y orgánico de la nación.

Al estallar la guerra civil, Estelrich se encargo de dirigir la propaganda franquista en la Europa no fascista y colaboró especialmente en Francia con Maurras a través de la revista “Occident” en la que colaboraron Drieu la Rochelle, Bernard Fay, Daudet, Claudel, el propio Maurras, junto a Unamuno, Ortega y Gasset, Zuloaga y Menéndez Pidal. El Manifiesto a los Intelectuales Españoles que suscribieron todos los intelectuales franceses vinculados a Action Française, o que habían estado o que simpatizaban con ella, fue el gran logro de esta cooperación. Estelrich, además, escribió la introducción a la obra de Maurras sobre la guerra de España y desempeñó hasta su muerte en 1956 importantes cargos en la propaganda franquista, el último de los cuales fue ser el delegado de España en la UNESCO.

Jaume Bofill fue otro miembro de la Lliga ganado para el maurrasismo. También era de origen carlista y en su juventud había leído a los clásicos de la derecha, Maurras entre ellos. Miembro de la Lliga, terminó separándose de ella y fundando una agrupación que bautizaría en 1922 con el significativo nombre de “Acción Catalana” que recordaba excesivamente a la “Acción Francesa” de Maurras.

Manuel Brunet, que sería editorialista de La Veu de Catalunya, portavoz de la Lliga, pasó del marxismo al conservadurismo católico y, como tal, sufrió también el influjo de Maurras a quien definió como “un monumento a la inteligencia”.

Josep Pla, sin duda el major prosista que haya dado jamás la lengua catalana, con su ironía particular demuestra haber conocido perfectamente la obra de Maurras y, no sólo eso, sino haber compartido sus postulados en su madurez. Gracias a Pla sabemos que en las tertulias intelectuales barcelonesas de los años 20 y 30 se hacía constante allusion a Maurras y que muchos intelectuales y artistas atalanes de esa época estaban suscritos al semanario de Maurras (Manel Hugué, Joan Creixells, Pere Rahola, Quim Borralleres, Enric Jardí). Pla en los años previos a la guerra civil fue evolucionando hasta un conservadurismo que le llevó –como otros muchos catalanistas- a colaborar en el esfuerzo bélico del franquismo. Pla, además, sentía especial predilección por Daudet.

Como se sabe, durante la Primera Guerra Mundial, varios miles de catalanes se alistaron en las filas del ejército francés (hasta el punto de que en los años 20 se produjo en Cataluña una epidemia de morfinómanos, la mayoría antiguos combatientes catalanes heridos en el frente del Marne a los que se había suministrado morfina para aliviar sus dolores) algo que no escapó a los elogios de Maurras. Esto hizo que los vínculos de Maurras con Catalunya se estrecharan todavía más. Maurras elogió, por ejemplo, al poeta Josep Maria Junoy, uno de los “francófilos” más activos durante el conflicto, con el que pudo reunirse en 1919 y al que prodigó elogios al retornar, recuperando de paso lo esencial de sus tesis. Cuando el Vaticano excomulgó a Maurras, Junoy –y otros catalanistas católicos como Miquel d’Esplugues, unos de los clérigos más influyentes en el entorno regionalista, o el canónigo Cardó, o el propio Joan Creixells- atenuaron su maurrasianismo y, en el caso de Cardó, lo condenaron.

González Cuevas alude a dos “representantes del nacionalismo catalán radical”: Josep Vicenç Foix y Josep Carbonell, como extremadamente influidos por el maurrasianismo. Ambos reconocerán en sus escritos el tributo que le debían a Maurras. Ambos participaron en la revista “Monitor” que incluía a disidentes de la Lliga y decepcionados con la política de Cambó. Carbonell –cuenta González Cuevas- “acusaba a Cambó de no haber entendido la novedad del fascismo y de no plantearse su adaptación a la realidad catalana”. En “Monitor” se empieza ya a entrever la influencia creciente del fascismo en los círculos regionalistas y antiliberales, solo que se consideraba –no sin razón- a Maurras como proto-fascista. Es en este entorno de “Monitor” en donde el regionalismo de Cambó empieza a transformarse en nacionalismo independentista… aunque matizado. Se aspira al “equilibrio político peninsular” y, lo que lo hace más próximo al fascismo italiano, se aspira al “Imperio”. Cada “nacionalidad ibérica” intentará extenderse hacia un horizonte geográfico: Catalunya por el Mediterráneo, Andalucía hacia el Sur, Portugal por el Atlántico, Castilla en Hispanoamérica. A esto lo definen como “movimiento patriótico romano”. Maurras les había dado la primera inspiración (la “latinidad”), Mussolini el impulso imperio. Carbonell y Foix, como no podia ser de otra manera, se adhirieron a Acción Catalana en cuyo boletín publicaron algunos artículos, comentarios y menciones a sus homólogos franceses.

Al estallar la guerra civil, Cambó y la mayoría de dirigentes de la Lliga se decantaron por el bando franquista. Eso reavivó la colaboración con Maurras, quien en Francia había celebrado la sublevación. Uno de sus hombres de confianza, Maxime Real del Sartre visitó en varias ocasiones durante el conflicto, España y se preocupó de reclutar voluntarios para combatir en el bando franquista, la Legión de Juana de Arco. Más adelante, cuando sería liberado de prisión, el propio Maurras –como hemos visto- se entrevistó con Franco recomendándole “comprensión” hacia Catalunya e instauración de una “monarquía tradicional” bajo cuyo manto se resolviera el problema apelando al foralismo carlista. Cuando, en 1945 Maurras fue juzgado como "colaboracionista" (lo sorprendente es que Maurras nunca había llamado a colaborar con los alemanes a causa de su nacionalismo y de su antigermanismo) y condenado a cadena perpecua, Cambó, Brunet y D’Ors siguieron elogiándolo. Pla y D’Ors no dudaron en escribir elogios fúnebres cuando falleció en 1956.

Pero si en Catalunya fue donde el maurrasianismo alcanzó más influencia, también algunos intelectuales catalanes se convirtieron en sus promotores en el resto del Estado. Las posiciones políticas de Eugenio d’Ors, por ejemplo, testimonian por sí mismas, como un sector del catalanismo, no solamente miraba con buenos ojos el pensamiento de Maurras, sino que en el momento de la guerra civil estuvieron dispuestos a comprometerse con la causa franquista precisamente por coherencia con sus principios politicos asumidos al conocer la obra del pensador francés. La otra tesis que defendemos en este estudio es que Maurras contribuyó, años después de su muerte, a dar forma al Estado franquista y es evidente que quienes redactaron la Ley Orgánica del Estado estaban familiarizados con él.

D’Ors, para González Cuevas, es el gran introductory de Maurras en España y si tenemos en cuenta que las orientaciones culturales de los primeros momentos del franquismo se deben precisamente a D’Ors, pore se camino puede deducirse la impronta maurrasiana en el franquismo.

En su juventud, D’Ors pasó algunos años en París. Allí leyó a Maurras y Barrés, pero también a Sorel y tuvo contacto con estudiantes de Acción Francesa. Volvió de París convertido al clasicismo, lo que le condujo al “novecentismo” como respuesta al “modernismo”. D’Ors aceptaba la tesis maurrasiana de una contradicción entre latinidad y germanismo, es decir, orden, armonía, racionalidad, frente a emotividad, romanticismo y apasionamiento. D’Ors tachó a la poesía de Maragall y a la arquitectura de Gaudí de “sublimes anormalidades”. Era cuestión de modas. El modernismo que había sido hegemónico en Catalunya en  las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del XX, había remitido (una ciudad como Barcelona, replete de edificios gaudinianos hubiera sido, propiamente, una pesadilla. El reflujo del modernismo hizo que aflorara el fenómeno novecentista y uno  de sus puntos de apoyo es precisamente Maurras y Barrés. En su manifiesto estético-teatral, La Ben Plantada, D’Ors evidenciaría la influencia maurrasiana. Hay que recordar que en esa obra –influida por El Jardín de Berenice de Barrés- intenta definir “lo catalán” y su personaje central, “Teresa”, es símbolo de la tradición catalana: orden y armonía. En un momento dado, “Teresa” dirá: “Yo no he venido a instaurar una nueva ley, sino a restaurar la ley antigua!”

D’Ors compartía con Cambó la idea de que Catalunya era la “parte seria de España” y que le correspondía, por tanto, el llevar las riendas del país. Eso implicaba alcanzar una hegemonía politica de Catalunya en el reto del Estado. Al mismo tiempo, D’Ors como Maurras experimentaban simpatías no disimuladas hacia la izquierda social no marxista: Sorel y Proudhom y los distintos experimentos sindicalistas y nacionalistas que fueron apareciendo en Francia en esos años. La bestia negra era para D’Ors, el liberalismo.

Cuando las riendas de la Lliga fueron a parar a Puig I Cadafalch, D’Ors se vio hostilizado y excluido trasladándose a Madrid en donde prosiguió, ya en los medios de comunicación madrileños, difundiendo las tesis de Maurras. Tales tales llamaron la atencion de gentes procedentes de la derecha monárquica que, además eran, especialmente, antiliberales. José María Salaberría fue uno de ellos.

Salaberría fue uno de los regeneracionistas que utilizaron la prensa diaria para difundir sus ideas. Su obra “Vieja España (Impresión de Castilla”)" reagrupa los artículos que publicó en 1906 en El Imparcial. Nietzsche le inspiró y Maurras de dio coherencia. Él mismo reconoce que, a partir de 1914 sufrió la infliencia maurrasiana desembocando en un tradicionalismo nacionalista. Durante los primeros años del franquismo, Salaberría fue uno de sus propagandistas. Jamás militó enpartido político alguno pero aportó sus ideas al conservadurismo que más tarde daría lugar a la “derecha fascista española”.

En tanto que Maurras preconizaba una monarquía tradicional, era normal que los sectores del tradicionalismo carlista se fijaran en su obra y la consideraran como fuente habitual de inspiración. La diferencia de Maurras en relación a otros pensadores monárquicos radica en que él consiguió influir en sectores más amplios e incluso sectores que no eran monárquicos. Víctor Pradera estaba suscrito al semanario de Maurras. Este discípulo de Vázquez de Mella percibía una sintonía completa con Maurras: foralismo, monarquismo legitimista, antiliberalismo y reconocimirnto del papel del catolicismo, consideración de la patria como un hecho natural. Lo mismo opinaba Salvador Minguijón, otro de los ideólogos del carlismo.

Sin embargo, la influencia de Maurras fue mucho más allá de los círculos carlistas. Antonio Maura conocía perfectamente sus doctrinas e incluso mantendrá correspondencia con Maurras. Antonio Goicoechea, entonces jefe de las Juventudes Mauristas, experimentó la misma sensación de proximidad al fundador de Acción Francesa

Cuando se produjo la condena de Maurras por parte del Vaticano, parte de la derecha se alarmó, pero otros –como Álvaro Alcalá Galiano, mayordomo de Alfonso XIII que luego asesinado por las huestes de Santiago Carrillo en Paracuellos del Jarama (“memoria histórica” obliga) en su calidad de redactor de Acción Española- lejos de aceptar la excomunión acusaron al Vaticano de “traicionar a unos de sus grandes defensores”.

No fue lo normal. La condena vaticana, en aquella época, dañó irremisiblemente la difusión del pensamiento maurrasiano en España. El sacerdote Carles Cardó i Sanjoan, por ejemplo, difusor de la doctrina democristiana en Catalunya y muy familiarizado con el pensamiento de Maurras, realizó una crítica a Maurras desde la ortodoxia vaticana. Vio en él a un “naturalista pagano”, un racionalista que concebía el mundo a la manera mecanicista sin percibir la intervención de Dios en lugar alguno. Cardó, familiarizado con Maritain fue uno de los fundadores de la Unió Democrática de Catalunya y su obra puede ser considerada como la vertiende liberal del oblispo Torras I Bages.

Personajes notables de la España del primer tercio de siglo, aun sin compartir las ideas maurrasianas, incluso criticándolas a menudo, demostraban por este mismo hecho que el pensamiento de Charles Maurras era muy conocido en las elites intelectuales españolas de la época, especialmente entre las que dominaban el francés. Ortega y Gasset, en tanto que liberal, por supuesto no podia reconocerse en la obra de Maurras, sin embargo, es significativo que la criticara con cierta frecuencia. Otro tanto sucedería con Manuel Azaña que reconocería su talla intellectual. Pero es, naturalmente, Miguel de Unamuno quien critica más duramente el compendio maurrasiano  incompatible con sus sentimientos antimonárquicos. Unamuno residió durante la dictadura de Primo de Rivera en París y, como era casi obligatorio para un intellectual residente en Francia, hubo de conocer la obra de Maurras. No le gusto ni su monarquismo ni su neotradicionalismo y mucho menos el que, sin ser católico, Maurras quisiera aprovechar el catolicismo francés para reordenar Francia. Definió la obra de Maurras como “carne podrida procedente del matadero del difunto conde José de Maistre”… lo cual quiere decir que lo conocía suficientemente o al menos había intentado informarse sobre él. Maurras era una “parada y fonda” imprescindible para cualquier intellectual español que se preciara de serlo en la España del primer tercio del siglo XX.

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Renovación Española y Acción Española, la “derecha fascista española” (II de VI) Maurras en España (1ª parte)

Infokrisis.- A finales del siglo XIX, Charles Maurras inició una teorización personal a partir del Caso Dreyfus que, integrando elementos procedentes de distintos orígenes debería renovar el horizonte del nacionalismo francés y darle un tono muy distinto al que había tenido hasta ese momento hasta el punto de dar coherencia a las ideas de la derecha monárquica no solamente en Francia sino en otros países europeos en donde su obra fue leída.

Las ideas de Maurras pueden sintetizarse en estos puntos:

  1. Reconversión del positivismo, amputándolo de ideas masónicas, seudomísticas y progresistas y aplicándolo a la política francesa. Se trataba de una forma de racionalismo extremo (González Cuevas recuerda que Maurras siempre alardeó de haber llegado a sus conclusiones por métodos “estrictamente inductivos y empíricos”). Necesidad de subordinar la crítica a la observación mediante el recurso a la sociología, la biología, la historia.
  2. Síntesis y renovación del pensamiento conservador francés de finales del XVIII y principios del XIX con Josep de Maistre (franc-masón y místico católico en la línea de Böheme, Saint Martin y Swedemborg), Louis de Bonald (primero adherido a la revolución de 1789 y luego convertido al tradicionalismo ultralegitimista), Fustel de Coulanges (historiador conservador cuya “Ciudad Antigua” reaviva el interés por el mundo greco-latino en Francia), etc.
  3. A partir de estos dos elementos (positivismo y pensamiento conservador) elabora su método: el “empirismo organizador”. Esta forma de empirismo aspira, no solamente a intentar describir el pasado sino a utilizarlo como trampolín para el futuro. Aspira también, a partir de estos elementos, a sentar una sólida base para la acción política. El “empirismo organizador” le lleva inmediatamente a establecer que toda sociedad para ser viable y poderse prolongar en el tiempo precisa de un “principio de orden”.
  4. La sociedad debe regirse por “principios naturales” (esto es, independenties de la voluntad humana). Cada sociedad debe descubrir sus propias leyes a las que deben someterse todos sus elementos. En tanto que “agregado natural”, la sociedad se rige por los principios de “orden, autoridad y jerarquía” y la función de todo gobierno es asegurar la continuidad de esa sociedad.
  5. La instauración de la civilización hace que los grupos sociales evoluciones desde la familia hasta la nación. La nación se sitúa como estadio supremo de civilización, especialmente desde la Paz de Westfalia. Es superior a los individuos que la componen y a las clases y castas en las que está dividida.
  6. El gran enemigo de la nación es el individualismo presente en las “tres R” que Maurras constantemente anatomizaba (Reforma, Revolución, Romanticismo). Para Maurras, la reforma protestante supone el primer despunte del individualismo. Los románticos introducían el sentimentalismo junto al individualismo distorsionando su visión del pasado. Finalmente, la revolución de 1789 fue un atentado contra la tradición francesa que Maurras consideraba “católica y monárquica”. La Republica, además, había dado alas a los “cuatro estados confederados: protestantes, judíos, masones y extranjeros", que llevaron a la derrota de Francia ante Prusia en 1870.
  7. De estos fenómenos la revolución  de 1870 era, sin duda, el más perverso: una nación es fuerte cuando las partes que la componen lo son también. La República, debilitando a las regiones, instaurando un jacobinismo absorbente, disolviendo los gremios, arrancando Francia de su tradición, hizo que la nación cayera por la pendiente de la decadencia.  La República, inevitablemente, tendía a la burocratización como producto del jacobinismo centralizador.
  8. Tras la demagogia de los “derechos del hombre y del ciudadano”, tras las proclamas sobre la “libertad, la igualdad y la fraternidad”, lo que ofrecía la revolución era la división de la nación y del cuerpo electoral en partidos políticos, y el sometimiento del conjunto del cuerpo social a las oligarquías económicas.
  9. En su “empirismo organizador”, Maurras advertía que el catolicismo era el cemento de Francia a pesar de que él careciera de fe. Considera que el cristianismo primitivo era anárquico y disolvente y considera afortunado el que la romanizad lo corrigiera y lo reconvirtiera en “catolicismo”. El catolicismo en Francia había sido un factor de orden social y así debía seguir siéndolo en el futuro.
  10. La doctrina política de Maurras, elaborada a partir de los anteriores principios, le llevaba a enunciar un “nacionalismo integral” en el que, al frente de la Nación, se encontraba el monarca “tradicional, legítimo y representativo” (los mismos términos que utilizó el franquismo para reinstaurar la monarquía con la Ley Orgánica del Estado de 1967) junto a los valores católicos y clásicos. Los sistemas con base electiva llevan a la Nación a las “3 D”: "división, desorganización, discontinuidad" en el ejercicio del poder.
  11. La monarquía, pues, no debía ser parlamentaria y ni siquiera debían existir los partidos políticos. El monarca asumiría y ejercería la totalidad del poder, sin embargo existiría una “cámara corporativa” de representación de la Nación en la que estarían presentes representantes de los distintos “cuerpos intermedios” de la sociedad (nuevamente se ve aquí la influencia que tuvo el maurrasianismo en la elaboración de la Ley Orgánica del Estado de 1967 que instauró la llamada “democracia orgánica” que creó un “parlamento” formado por “tres tercios”: el familiar, el sindical y el corporativo). La monarquía debía ser pues garante de las autonomías regionales y corporativas (lo que en España se llamó “foralismo”). La influencia de la Iglesia, una vez restaurada, serviría de cemento moral a la sociedad.

Tal era el esquema del pensamiento maurrasiano que nació en los últimos años del siglo XIX (con el asunto Dreyfus) y consiguió ser la doctrina más seguida por los jóvenes y los estudiantes hasta finales del primer cuarto del siglo XX, cuando la organización política constituida por Maurras, Action Française, empezó a sufrir las primeras disidencias de grupos juveniles que empezaban a fijarse en el modelo fascista italiano.

Al aparecer en escena Benito Mussolini, Maurras vio en él a un socialista emancipado del economicismo, de la partidocracia y de la lucha de clases. Se dejó fascinar por la cohabitación entre el Duce y la monarquía de los Saboya, solamente en una segunda fase empezó a entrever que el estatismo mussoliniano relegaba a la monarquía muy a segundo plano.

En cierto sentido tenían razón aquellos jóvenes militantes de Action Française que acusaban a Maurras de haberse “quedado anticuado” hacia finales de los “felices 20”. Maurras y su “nacionalismo integral” supusieron la cristalización del pensamiento de derechas que hasta su irrupción en la escena política no había conseguido formar un cuerpo doctrinal sólido y estable. Con Maurras lo que el “nacionalismo integral” realiza es generar un parentesis que ocupa desde la revolución de 1789 hasta el caso Dreyfus, período en el que tan solo aparecen “destellos” de una teoría política de derechas, pero nadie tiene la altura intellectual para realizar una síntesis actualidad: De Maistre es casi pre-revolucionario, Bonald se limita a realizar una defensa cerrada del antiguo regimen sin aspirar a forjar una doctrina coherente y actualizada; y en cuanto a Fuster de Coulanges, literalmente estaba embebido por sus estudios históricos.

Todos estos intentos se reconocían en “la derecha” en la medida en que ese era el lugar en el que se habían sentado los diputados monárquicos en la Asamblea Nacional. La síntesis realizada por Maurras es casi titánica y explica perfectamente el porque su construcción intellectual atrajo a dos generaciones de jóvenes franceses de excelente nivel cultural y porqué todavía hoy Action Française sigue existiendo. Explica también el motivo por el que algunos brillantes ensayistas españoles del primer tercio del siglo XX, repararon en su figura, leyeron sus obras y encontraron fuentes de inspiración. Esto explica también porqué incluso en un período tardío (1967) la construcción política que se quiso crear en España para perpetuar el franquismo llevaba en buena medida el sello maurrasiano.

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Renovación Española y Acción Española, la “derecha fascista española” (I de VI) Fascismo uno y trino

Infokrisis.- Iniciamos una serie de entregas sobre el fascismo español y concretamente sobre lo que hemos llamado “la derecha fascista española”. La falta de tiempo y otros compromisos harán que esta serie se prolongue algunas semanas y no estemos en condiciones de establecer cuando concluirá. Sin embargo, sí podemos adelantar la estructura de la serie:

  1. Introducción: El fascismo uno y trino
  2. Charles Maurras en España
  3. Acción Española: autor intelectual de la sublevación franquista
  4. Renovación Española y el Bloque Nacional
  5. Falange Española y el “fascismo de derechas”
  6. Después de la guerra civil.

1. Introducción: Fascismo uno y trino

Sesenta y cinco años después de la desaparición del fenómeno histórico del fascismo subsisten las preguntas sobre lo que realmente fue esta doctrina política. El fascismo histórico, a fin de cuentas, sigue presentándose como un caleidoscopio en el que es posible ver distintas realidades compartiendo el mismo espacio.

Mussolini y los fascistas de la época eran los primeros en decir que el fascismo es más acción que teoría y así fue en realidad, pero el hecho de que en sus filas formara buen número de intelectuales y gentes que procedían de distintos sectores políticos, hizo que existiera una inevitable reflexión teórico y –lo que era peor- que cada cual diera al fascismo la orientación que mejor cuadraba con sus intereses, su historia pasada y, por qué no, con sus obsesiones y lastres originarios. El hecho, además, de que la opinión de los exponentes del fascismo cambiara a lo largo de los años, dificulta aún más la percepción de lo que fue en su conjunto el fenómeno.

Podría decirse a modo de simplificación que existieron tres variedades de fascismo que, a efectos de simplificación nos obliga a utilizar una clasificación espacial:

1) Un fascismo de “derechas”, habitualmente monárquico y conservador pero que incorporaba orientaciones nuevas surgidas en la primera postguerra europea y no se limitaba a ser la expresión de los intereses de las clases habitualmente conservadoras. Atraídos por el dinamismo anticomunista y por el deseo de orden, este fascismo exaspera la exaltación nacionalista propia de la derecha y, a diferencia de esta, tiene una vocación de “partido de masas”.

2) Un fascismo de “izquierdas” que hace especial énfasis en las ideas de “revolución social” y que enfatiza la “lucha contra el capital” (frecuentemente con la coletilla de “contra el capital judío”). Se siente anticomunista pero no en nombre del conservadurismo, sino por la sensación de que el materialismo dialéctico no es la respuesta a los problemas del momento y la oscura percepción de que más allá de la materia hay algo irreductible a ella.

3) Un fascismo “centrista” que se considera a sí mismo como una síntesis de tradición y revolución, que procura ser realista desde el punto de vista político y que se va acomodando a las distintas circunstancias cambiantes de la política. Es una forma de adaptacionismo mucho más que de eclecticismo.

Estas tres tendencias se perciben claramente en Italia (Farinacci por la izquierda, Mussolini por el centro y Roberto Rocco por la derecha), otro tanto ocurre en Alemania (con los Strasser y el propio Goebels en la izquierda, Hitler, Borman y Goerin en el centro y Himler a la derecha) y, por supuesto, en España.

El extraño caso del fascismo español

Sin embargo en el caso español se produce un fenómeno que complica aún más las cosas. Cuando estalla la guerra civil las distintas organizaciones que podrían asimilarse a los fascismos europeos todavía no han consolidado una organización única, son, en general, débiles y se encuentran divididas en las tres tendencias habituales de todo fascismo. En este sentido, el caso español es parecido al francés, en donde un sector de los Cruces de Fuego del coronel La Rocque podrían ser considerados fascistas al igual que las Jeunesses Patriotiques et Sociales o la misma Cagôule, el sector de Doriot, a pesar de su procedencia comunista, terminó siendo la componente centrista –a la que incluso, podían añadirse varios de los “no-conformistas” de los años 30-, mientras que una serie de grupos, a partir de Le Faisceau de Georges Valois y luego el Parti Fasciste Révolutionnaire de Philippe Lamour o el Parti Républicain Syndicaliste, fueron la componente de izquierdas.

El caso francés se explica por los precedentes. El fascismo francés de derechas tenía su origen en Action Française y el de izquierdas en las concepciones sorelianas y proudhonianas (tesis de Zeev Sternhell) en determinados socialistas que durante la guerra se volvieron nacionalistas. La falta de un liderazgo único, o más bien, la existencia de distintos liderazgos, unido a ese origen, los resentimientos de Francia en relación a Alemania (y el hecho de que el “enemigo secular” de Francia se orientara a partir de los años 30 por el fascismo) y a la aparición de una cohorte de intelectuales celosos de su independencia, fueron los elementos que explican la dispersión del fascismo francés, sus distintas orientaciones e incluso la riqueza ideológica del fenómeno.

En España se dieron otras circunstancias completamente diferentes: en primer lugar la ausencia de excombatientes y de un sentimiento patriótico y de solidaridad forjado en los campos de batalla. En segundo lugar el aislamiento español generado a partir de 1898 que todavía se prolongaba en los años 20 y que hacía que buena parte de la población permaneciera ajena a los nuevos movimientos europeos y manifestara desconfianza en relación a ellos. Así mismo, la solidez del anarcosindicalismo y la estabilidad de las principales fuerzas políticas de derechas e izquierdas (que tuvieron sus problemas internos –especialmente la derecha y los socialista- pero que no supusieron grandes rupturas ni debates ideológicos en profundidad), y, finalmente, la falta de una tradición previa –a diferencia de lo que ocurría en Francia en donde los ensayos pro-fascistas precedieron incluso al movimiento histórico del fascismo italiano-… todo esto, en conclusión hizo que el fascismo español previo a 1936 apenas pudiera despuntar.

Dentro de ese amplio espectro existieron también las tres corrientes del fascismo internacional: un fascismo de izquierdas que estaría representado por Ramiro Ledesma y su pequeño grupo de las JONS (que apenas pasó nunca de las 200 personas, en su mayoría bachilleres, estudiantes y dependientes), Falange Española como representante del “fascismo centrista” (y en el que, escarbando las opiniones de José Antonio Primo se pueden encontrar frases extremadamente conservadoras y también otras de indudable cariz “social”) y, finalmente, un “fascismo de derechas” encarnado especialmente en la figura de Calvo Sotelo y en la organización Renovación Española, mientras que la revista Acción Española y el grupo de intelectuales que se encontraban detrás, más que la expresión de las ideas de Charles Maurras en nuestro país o como un proto-fascismo, podría ser considerada como puntal de ese “fascismo de derechas” que siempre existió en Europa. Este estudio está consagrado precisamente a esa componente de derechas.

Las dificultades que encierra son evidentes: entre la derecha liberal española y la derecha fascista de los años 30 existen espacios comunes, zonas grises en las que es difícil determinar dónde está la frontera. Ramiro Ledesma sería el representante de esa mínima izquierda fascista española (aunque los fondos con los que publicó sus últimas revistas procedían, según ha explicado José María de Areilza, de “industriales vascos de Neguri”), José Antonio Primo el representante del “centrismo” fascista y Calvo Sotelo de la “derecha”.  Y esta es la clasificación “espacial” de la que partimos para nuestro análisis sobre la “derecha fascista española”.

Habitualmente, ha quedado para la historia que el “fascismo español” lo compusieron José Antonio Primo y sus colaboradores en primer lugar, luego Ramiro Ledesma (figura prácticamente solitaria) y, en ocasiones incluso se ha considerado al Doctor Albiñana y a su Partido Nacionalista como el representante de un protofascismo o de un fascismo de derechas (que ciertamente lo era). Pero también hay que valorar el elemento “cuantitativo”. Ramiro Ledesma siempre estuvo acompañado por ínfimas minorías de gente extremadamente joven. Su valor como teórico no venía acompañado de un carisma que le facilitase la atracción, no sólo de masas, sino de pequeños núcleos de colaboradores. En lo que se refiere a Falange Española seguramente estuvo en una relación militante de 500 a 1 en relación al grupo de Ramiro Ledesma, pero al estallar la guerra civil era todavía un grupo incipiente y ya en clandestinidad del que resultaba muy difícil saber cómo habría evolucionado con el tiempo. Todo esto palidecía frente a la “derecha fascista española” representada por Renovación Española, Calvo Sotelo y la revista Acción Española, conjunto que disponía de incomparablemente más efectivos, de diputados en Cortes y, lo que es más importante, de un nutrido grupo de intelectuales conservadores que miraban con simpatía al fascismo.

De ahí que estimemos que el error de los estudios sobre el “fascismo español” hayan consistido en centrarse sobre Falange Española y el grupo de Ramiro Ledesma, cuando en realidad el eje central debería haber sido… la “derecha fascista”. Si no lo fue se debió a distintas circunstancias: de un lado el que en la “unificación” franquista participaran solamente de un lado “FE-JONS” y de otros la Comunión Tradicionalista. La “derecha fascista” pareció quedar disuelta (aunque de hecho se integró en el movimiento franquista directamente y tuvo –como veremos- un peso indudable en el aparato franquista) en ese magma. Por otra parte, buena parte de los estudios sobre el “fascismo español” han sido elaborados por gente procedente de la izquierda o por liberales de derecha que habitualmente se cebaban en el hecho de que la doctrina nacional-sindicalista jamás estuvo concluida, ni presentada en forma de doctrina orgánica. La tesis era que “el fascismo español optó por los puños y las pistolas antes que por las ideas”. Además, buena parte de la “derecha fascista español”, tras el marasmo de la guerra civil, de la postguerra europea, volvió a reciclarse como “derecha-derecha” y quería hacer olvidar sus coqueteos con el “fascismo español”.  En general, los supervivientes volvieron a confesarse monárquicos (“juanistas” en varios casos) o bien a sentar las bases doctrinales del franquismo cuando su período “fascista imperial” (1939-1943) quedaba ya lejos.

Por todo ello existen pocos estudios consagrados a Renovación Española y menos aún a Acción Española y la mayoría de los que existen sitúan a este sector dentro de la derecha-derecha y no en el área del “fascismo español”. Lo que nosotros hemos intentado hacer es justamente desplazar el eje del “fascismo español” a este sector, a la “derecha fascista española” que, en nuestra opinión, constituye lo esencial del fenómeno fascista en España, tanto numérica como intelectualmente.

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¿Idilio entre Hitler y Stalin? (V de V). Geopolítica del conflicto

Infokrisis.- Con lo dicho hasta aquí resulta evidente que, dentro de la IC los partidos comunistas locales eran meras piezas que aceptaban disciplinadamente las decisiones emanadas del centro moscovita sin pestañear. Hacerlo hubiera supuesto, no solamente que verían cortados los cuantiosos fondos que recibían de Moscú, sino que, a partir de las primeras purgas, una caida en desgracia de sus dirigentes, podia suponer, acto seguido, una eliminación física de los mismos.

El papel de los partidos comunistas

Pero si los PPCC nacionales eran satelites disciplinados de la IC, ésta a su vez tenía su centro de gravedad en el Kremlim. Ya incluso en los tres primeros congresos de la IC con Lenin vivo, el peso del Partido bolchevique ruso era determinante. Stalin, con su formulación de la teoría del “socialismo en un solo país”, aumentó todavía mas la dependencia de los Partidos Comunistas de todo el mundo que bajo su mando y hasta el final del regimen no fueron nada más que peones de la política exterior soviética y para cumplir ese papel recibían subvenciones y formación de dirigentes.

Nunca ha existido dependencia tan extrema de unos partidos politicos a un centro de gravedad radicado en el extranjero que la que se dió entre los PPCC y Moscú.

Durante años, los comunistas alemanas, por ejemplo, habían rechazado la idea de un “frente popular” con los que ellos llamaban “socialfascistas” (la socialdemocracia). En la “Historia del Partido Bolchevique” de Daniel Broué, se explica que “el partido comunista alemán no es la organización de los obreros alemanes dispuestos a preparar la transformación del régimen, a pesar de que estos sean o hayan sido en su mayoría miembros de él; de hecho, constituye una organización de propaganda en manos de la burocracia estatal rusa, ésta es la razón de que sus errores puedan explicarse con facilidad (…). De forma más general, está claro que los intereses de la burocracia de Estado rusa, no coinciden con los de los obreros alemanes. Lo que para estos tiene un interés vital es detener a la reacción fascista o militar: para el Estado ruso, lo importante es sencillamente impedir que Alemania, sea cual fuere su régimen interior, se vuelva contra Rusia al aliarse con Francia (…). La «defensa de la URSS» exige la búsqueda de aliados en los países capitalistas: los partidos comunistas de cada país subordinan toda su acción a este imperativo y abandonan toda política de clase basada en el análisis de las relaciones sociales para servir exclusivamente como punto de apoyo a la diplomacia rusa”.

El propio Dimitrov, líder de la Internacional, será todavía más explícito en 1937 al afirmar que: «La línea histórica de demarcación entre las fuerzas del fascismo, de la guerra y del capitalismo por un lado y las fuerzas de la paz, la democracia y el socialismo por otro, viene dada cada vez más claramente por la actitud hacia la Unión Soviética y no la actitud formal que se adopta hacia el poder soviético en general, sino la que se adopta ante una Unión Soviética que ha proseguido su existencia real desde hace casi treinta años, luchando infatigablemente». A partir de ese momento, la razón de ser de los partidos comunistas no es la lucha por el comunismo, sino el apoyo a los esfuerzos de la diplomacia soviética y del Ejército Rojo.

Tras la disolución de la Komintern en 1943, cuando los aliados lo exigieron a la URSS a cambio de enviar ayuda military en la guerra contra el III Reich, los Partidos Comunistas de Europa Occidental seguirán existiendo hasta 1989 cuando cae el Muro de Berlín, casi medio siglo después, como opciones aparentemente independientes de Moscú, opciones políticas de la clase obrera y de los intelectuales inspirados en el marxismo… cuando en realidad no eran nada más (ni nada menos) que quintacolumnas de la política exterior soviética (y solamente eso). De hecho, lo que hacía que un partido comunista fuera considerado amigo o enemigo de Moscú lo daba su actitud en relación a la política exterior del Kremlin. Tras la disolución de la IC las relaciones con Moscú prosiguieron discretamente. Hoy sabemos que, aun a pesar de abjurar públicamente de su sovietismo, tanto Carrillo como Dolores Ibarruri, llevaban a la URSS en el corazón e incluso los países del Este siguieron financiando al PCE hasta el mismo momento del desmantelamiento del bloque soviético. El más “liberal” de todos estos regímenes, el de Ceaucescu, siguió subvencionando al PCE hasta el momento en que su líder fue fusilado tras la revuelta palaciega el día de navidad de 1989.

Durante la Guerra Fría los partidos comunistas occidentales jugaron un papel particularmente odioso. No solamente callaron ante las masacres de obreros en Berlín, Hungría, Polonia o Praga, sino que siguieron fielmente siendo los perros fieles de Moscú incluso hasta un tiempo aun reciente en el cual un movimiento pacifista clamó contra el despliegue de los misiles tácticos americanos en Alemania y contra la entrada de España en la OTAN. Lo primero daba superioridad estratégica a la OTAN en Europa Central, lo segundo le daba profundidad. Ambas opciones suponían un menoscabo a la estrategia soviética. Los eslóganes pacifistas de la época no podían olvidar que en aquel momento existía una confrontación Este-Oeste y que todo lo que supusiera debilitar al Oeste era un apoyo estratégico al Este. Sin embargo, las posiciones de unos y otros eran discutibles.

Si bien la opción soviética parecía absolutamente rechazable en tanto que identificaba comunismo con el gobierno dictatorial que imperaba en el Este, si era cierto que esta opción contemplaba el apoyo a una potencia continental frente a la potencia atlantista que no era, en la práctica, sino una proyección de Washington. Y Washington se identificaba con la libertad de opinión, la democracia y el progreso. El drama radicaba en que la primera opción era moral, política y socialmente intolerable, a pesar de que su diagnóstico geopolítico fuera acertado. La segunda opción, la atlantista, condenaba geopolíticamente a Europa a ser la punta avanzada de los intereses americanos y, desde luego, la zona que más daños sufriría en una confrontación “caliente” con el Este… pero su superioridad, política y económica era incuestionable.

Sin embargo, desde el primer cuarto del siglo XX apareció en Rusia había aparecido una línea geopolítica que intentaba conciliar los intereses de Europa y los de la propia URSS y que tuvo un peso excepcional en las decisiones de Stalin en política exterior.

La línea geopolítica ruso-alemana

El Gran Duque Nikolai Sergievich Trubetskoi, filólogo y lingüista, era también cabeza más visible de un grupo de geopolíticos entre los que destacaban P.N. Savitski, geógrafo y economista, G.V. Florovski, historiador y teólogo, G.V. Vernadski, historiador y geopolítico, etc. Frente a ellos se encontraba el general Karl Haushofer máximo impulsor de la geopolítica en el lado alemán. Durante los años 20, en el curso de intercambios epistolares, reuniones formales e informales, ambos grupos llegaron a la conclusión de que era necesario lo que llamaban “gran alianza geopolítica euroasiática” o también “Eje Alemania-Rusia-Japón”.

Ambos grupos estaban en contacto permanente, a pesar de los recelos que inspiraban en sus respectivos países. Con su trabajo aislaron los elementos comunes que estaban en el trasfondo de la historia de Europa en los últimos 1500 años. Analizaron la idea imperial romana en la que percibieron su dimensión geopolítica. Examinaron detenidamente como la idea imperial romana logró pervivir en Bizancio y a través del Sacro Imperio Romano-Germánico. Mientras que Haushofer (que fue Embajador alemán en Japón) ponía especial énfasis en el papel geopolítico nipón en el que advertía una determinación a ser actor protagonista de los desarrollos políticos en Asia, los rusos enfatizaron el papel de Gengis-Khan y las características de su imperio terrestre. Haushofer creó una Escuela Geopolítica en la Universidad de Munich y escribió diversas obras que popularizaron sus ideas y le dieron cierta relevancia entre un sector de dirigentes nacionalsocialistas a través de su “Revista de Geopolítica” y del manifiesto “Exodo hacia Oriente”.

En realidad Haushofer, era el inspirador de una tendencia del NSDAP (pero que no se circunscribía solamente a este partido sino que abarcaba a los sectores de la “revolución conservadora”) que anteponía la unidad de las fronteras geográficas a la unidad de la “sangre y el suelo”. Para Haushofer el racismo germánico carecía de sentido y no pasaba de ser un mito utópico y romántico. Así mismo para los geopolíticos rusos adoptaban idénticos parámetros: el paneslavismo que suponía una subordinación al elemento étnico-racial, era sustituido por el eurasismo que gravitaba en torno al concepto “suelo”.

El trabajo de estos dos grupos fue extraordinariamente relevante para el desarrollo de la geopolítica que, hasta ese momento, había sido teorizada casi exclusivamente por ingleses y que servía a los intereses del imperialismo británico. A partir de aquí existen dos concepciones geopolíticas: la “continental” y la “oceánica”. La primera fue sostenida por el grupo alemán y por los exiliados rusos que hemos citado.

Los presupuestos de la geopolítica

Se suele atribuir al inglés Hilford McKinder el padrinazgo de la “geografía política” y al sueco Rudolf Kjellen quien utilizó por primera vez el nombre de “geopolítica”, el nacimiento de esta ciencia, una rama de las ciencias políticas, que estudia el impacto de los accidentes geográficos en la historia y en los azares políticos de los pueblos. Pero fue, desde luego, el General Karl Haushoffer quien, logró darle un rango universitario en los años 20. A Haushoffer se deben los primeros mapas en los que, además de los detalles geográficos, se incluyen signos y dibujos que aportan más datos sobre la población y la economía de las zonas geográficas. Haushoffer y sus colaboradores a través de la Revista de Geopolítica abordaron el estudio de la historia de la humanidad en la clave de su ciencia y llegaron a parecidas conclusiones a las de McKinder y Kjellen. Todos estos nombres establecieron las leyes objetivas que rigen la geopolítica en un trabajo que puede considerarse portentoso, por que a sus conocimientos profundos de geografía añadían un extenso saber histórico y etnológico.

El punto de partida de esta escuela geopolítica es la antítesis entre las civilizaciones que dan más importancia a su expansión terrestre sobre la marítima y aquellos otros que hacen justamente lo contrario. Esto determina “enfoques terrestres” y “enfoques marítimos” que repercuten en la psicología, las orientaciones, las instituciones y las estructuras de los distintos pueblos.

El análisis histórico llevó a los geopolíticos de los años 20 y 30 a conclusiones sólidamente establecidas: en la historia antigua ya aparecieron estas contradicciones entre ambos enfoques. La Grecia Clásica los registró en la oposición entre Atenas (potencia marítima) y Esparta (potencia terrestre). La antítesis volvió a repetirse entre Cartago y Roma. En tiempos recientes resurgió en la rivalidad entre Inglaterra y las potencias continentales (especialmente Francia y Alemania). La última reedición de este conflicto histórico fue la lucha entre EEUU y la URSS durante la “guerra fría”.

Los geopolíticos afirmaban que las potencias marítimas han vivido siempre del comercio y han hecho de la economía su destino. No es raro que cualquier otro elemento haya girado en torno a esa, para ellos, única realidad. Esto se ha traducido en una primacía de la economía sobre la política y en la formación de democracias comerciales en las cuales el bien común se reducía al progreso económico. Cartago llevó sus elefantes a las puertas de Roma para que la herencia de Fenicia siguiera viva y pudiera monopolizar el comercio mediterráneo. Hace ciento cincuenta años, el Ejército Colonial Inglés estaba allí donde lo requerían las necesidades de la Compañía de Indias, verdadera médula del Imperio Británico. Y por eso mismo no puede extrañar que hoy los marines norteamericanos estén cerca de los yacimientos petrolíferos de todo el mundo…

En cuanto a las potencias terrestres siempre han atribuido una preponderancia a la política sobre la economía. Inevitablemente derivan en formas institucionales que atribuyen al Estado un papel por encima de cualquier otro elemento, incluida la economía. Todo se sacrifica en aras de que el Estado pueda cumplir su “misión”. Y esta dependerá del contexto histórico: Catón, tras mostrar unos higos frescos ante el Senado Romano y explica que han sido traídos de Cartago, explica que los adoradores de la Gran Diosa, no tienen lugar en la romanidad y llama, contra cualquier criterio de oportunidad política o económica a la destrucción de la ciudad de Tania y Astarthé. Antes, para Esparta lo único que contaba era la firmeza y decisión del ejército. Dos mil quinientos años después la URSS seguirá las mismas pautas aun corriendo el riesgo de sacrificar el bienestar de la población a las necesidades armamentísticas. Y es que en las potencias terrestres el Estado lo es todo y está por encima de los súbditos. Desde este punto de vista, resulta curioso, reconocer que, tanto el régimen stalinista, como el nazi, aun tratándose de ideologías completamente diferentes coincidían en atribuir al Estado la máxima prioridad. No en vano, ambas eran formas de potencias terrestres. Por su parte, los “aliados occidentales”, particularmente Inglaterra y EEUU tras la retórica de la defensa de la democracia, en realidad, lo que estaban afirmando era la prioridad del librecomercio.

A partir de este sencillo criterio, los geopolíticos desarrollaron un pensamiento que justifica todos los movimientos de las superpotencias durante la Guerra Fría y en los episodios que han seguido.

Dos líneas geopolíticas en el nazismo y el estalismo

De no haber existido la teorización de McKinder, probablemente, el Imperio Inglés hubiera tenido otra fisonomía. De hecho, la expansión que planificó la Inglaterra Victoriana y las guerras en las que se comprometió se adaptaban perfectamente a las doctrinas del fundador de la geopolítica. Inglaterra, a lo largo de todo el siglo XIX basó su política en impedir la formación de un eje eurasiático París – Berlín – Moscú, impidiendo a Rusia el acceso a los mares cálidos del sur y basando su poder en una flota capaz de llegar a cualquier teatro de operaciones en el plazo más breve posible.

En las dos guerra mundiales los ingleses acudieron a los pueblos que tenían sometidos para reclutar tropas indígenas que les ayudaran en su lucha. Por su parte, durante la Segunda Guerra Mundial, los alemanes y japoneses pusieron particular énfasis en proclamar la liberación de los pueblos sometidos al yugo colonial inglés. No era extraño que los movimientos anticolonialistas de los años 30 y 40 tuvieran frecuentemente un carácter filofascista, desde el Movimiento Nacionalista Revolucionario de Víctor Paz Estensoro en Bolivia, hasta el BAAS Sirio, pasando por el movimiento anticolonialista hindú de Subba Chandra Bosse.

Cuando terminó la contienda, tal como previera Oswald Spengler en Años Decisivos, las colonias pidieron su emancipación pretextando haber ayudado a la lucha contra el Eje o bien dando vida a fuertes movimientos nacionalistas. Para colmo, Moscú supo explotar la doctrina de la “liberación nacional” en beneficio propio: mientras los países del Tercer Mundo permanecieron ligados a metrópolis coloniales, resultaba difícil que los comunistas estuvieran en situación preponderante, pero, una vez lograda la independencia, Moscú se lanzó a la conquista de los nuevos Estados.

Todo esto debilitó extraordinariamente a Inglaterra que vio como en el plazo de 15 años, entre 1948 y 1963 perdía la casi totalidad de su imperio colonial. En el mismo tiempo, Francia perdió Indochina y Argelia; Bélgica dio la independencia al Congo. En 1968, a la vista de la debilidad del poder colonial y de lo caro de mantener ejércitos en latitudes extremadamente alejadas, los ingleses decidieron retirarse de sus posiciones al Este de Suez. Conservarían las colonias, pero sin bases militares y si estas existían las alquilarían a los EEUU De hecho, en ese tiempo, el poder oceánico norteamericano ya había sustituido al inglés.

La clave de ese poder radicaba en su privilegiada situación geográfica. Al abrigo de los ataques exteriores, el territorio de los EEUU permaneció ajeno a los dos conflictos mundiales. No solamente se convirtió en lo que Churchill llamó la “el arsenal de la democracia”, sino que, además de facilitar armas, bagajes y hombres, mantuvo su territorio al margen de los destrozos de ambos conflictos. La producción industrial del período bélico produjo un crecimiento extraordinario de la economía norteamericana que, al término de la Segunda Guerra Mundial, se permitió financiar la reconstrucción de Europa, obteniendo extraordinarias ventajas comerciales y arancelarias ampliando las ya obtenidas al término de la Primera Guerra Mundial. Antes de este conflicto, los mercados europeos permanecían protegidos por arenceles que gravaban las importaciones norteamericanas. Tras ambos conflictos, EEUU se convirtió en líder en esos mismos mercados. Las dos guerras mundiales resultaron a la postre extraordinariamente rentables para EEUU que perdió un número limitado de soldados, vio su territorio metropolitano indemne y, finalmente, se convirtió en una potencia económico-militar que jamás habría sido sin su implicación en esos conflictos.

Es indudable que la Segunda Guerra Mundial hubiera tenido otras características si los geopolíticos alemanes y rusos de los años 20 y 30 hubieran sido escuchados por sus respectivos gobiernos. De hecho algunos sectores del stalinismo y del nazismo asumieron sus ideas; pero no todos.

Se tiene tendencia a pensar que ambos regímenes, en tanto que totalitarios, tenían un criterio único y monolítico sobre todos los problemas. Y no era así. El pacto germano-soviético fue el síntoma de que la línea geopolítica prevaleció en un momento dado, pero el ataque alemán a Rusia –denostado por Borman, Ribentrop y otros jerarcas nazis- indica que existieron diferentes enfoques en el régimen nazi. En cuanto a los disidentes del partido nazi, el Frente Negro de Strasser y los “revolucionarios conservadores” como Jünger o Moeller van den Bruck, los “nacional-bolcheviques” como Nietkisch, figuraban entre los partidarios de la entente con el Este.

En el interior de la URSS, desde los primeros momentos de la revolución bolchevique –que fue facilitada por Alemania con el fin de debilitar a Rusia y poder retirar tropas del frente oriental y lanzarlas contra los aliados occidentales- existió siempre una corriente favorable a una entente con Alemania, gobernase quien gobernase. Eran criterios geopolíticos los que se imponían, los cuales prevalecieron por encima de los criterios ideológicos. Si partimos de esto es mucho más fácilmente comprensible toda la problemática que hemos abordado sobre la línea de la IC en relación a Alemania: debilitamiento de la República de Weimar especialmente en el momento en que a su frente se encontraban líderes partidarios del acercamiento a Francia e Inglaterra y favorecimiento de las Corrientes que abogaban por un acercamiento de Alemania a la URSS. Es en este concepto en el que hay que encuadrar los elogios de Radeck a Schlageter o la libertad concedida por Hitler a Dimitrov.

Este mismo esquema no se ha utilizado en Occidente para dar un sentido a las purgas stalinistas contra la “oposición de izquierdas” y contra el mariscal Tujachevzky y los medios militares más ideologizados. Ya hemos aludido a que la purga en el ejército rojo se debió al interés de Stalin de cortar cualquier oposición… al pacto germano soviético que en esos momentos se estaba negociando. En cuanto a los procesos de Moscú presididos por Vishinsky se trataba de reprimir a la “oposición de izquierdas”… o a sus restos o, major dicho, a los que podían resucitarla en algún momento. Trotsky ya estaba en ese momento exiliado y proponía un antifascismo militante que excluía en la práctica cualquier tentativa de cooperación geopolítica con Alemania.

El stalinismo, por su parte, no hizo gala de un antifascismo efectivo hasta que los tanques alemanes iniciaron la “Operación Barbarroja”. Incluso durante la Guerra Civil Española la actitud del gobierno de la URSS consistió en apoyar a la República para ganar influencia en España (especialmente en caso de que la victoria hubiera sonreído a este bando) y restársela a Francia e Inglaterra, pero no apoyar hasta el extremo de empeorar las relaciones con Alemania e Italia. Sólo cien días después de iniciado el conflicto, la URSS –miembro, no se olvide, del Comité de no-Intervención- envió los primeros cargamentos de ayuda a España, cuando Alemania e Italia venían haciéndolo desde el 18 de Julio.

Por otra parte, para Stalin se trataba de no perder peso en el movimiento comunista internacional: y para eso era necesario que, de alguna manera, estuviera presente en España. Eso, o de lo contrario, los partidos comunistas de todo el mundo no hubieran entendido la actitud del Kremlim, que, por otra parte, cuando se produjo la llegada de voluntarios internacionales vio que era el momento de ajustar cuentas con disidentes trotskystas y anarcosindicalistas. Si Stalin participó en la Guerra de España de manera limitada –especialmente mediante el envoi de consejeros militares y de la NKVD- fue también porque en esos momentos se estaban produciendo las purgas y la acusación que pesaba contra los acusados era la de ser “agentes fascistas”… hubiera sido difícil dar credibilidad a esas purgas inhibiéndose del conflicto en España.

El Kremlim optó por una política de equilibrios: ayudar a la República para prolongar la Guerra (Stalin calculaba que mientras Alemania e Italia mantuvieran la Guerra en España no estarían en condiciones de afrontar más aventuras bélicas en otros escenarios), para disponer de un satelite en Europa Occidental (la Francia del Frente Popular y la Inglaterra liberal se habían inhibido del conficto –aparte de unos aviones viejos y desarmados que envió León Blum en los primeros días- lo que daba a la URSS la calidad de “primer apoyo para la República) y sin tensar excesivamente las relaciones con Alemania (con quien Stalin a partir de 1933  intentó siempre mantener una alianza estratégica).

A partir de la firma del acuerdo germano-soviético los partidos comunistas de Europa defendieron una línea pacifista y antimilitarista que contribuía a reforzar la posición alemana especialmente a partir del 3 de septiembre de 1939 cuando Francia y el Reino Unido declararon la guerra a Alemania. Los comunistas no participaron en movimientos de resistencia antifascista en los países ocupados hasta que no se produjo la invasión alemana en Rusia y, por lo demás, esta línea no era mas que la prolongación de la adoptada por el partido comunista alemán –el más importante de Europa Occidental- que la situó en segundo plano en relación a la lucha contra el “social-fascismo” (la socialdemocracia).

Hoy se sabe que desde 1923, la Internacional prohibió las actividades insurreccionales en la Alemania nazi y a partir de 1937 dejó de estar interesado en crear obstáculos al III Reich en política interior. La existencia de dos líneas geopolíticas paralelas en Moscú y Berlín no ha sido completamente estudiada por los historiadores, a pesar de que contribuye a explicar hechos inexplicables que se han atribuido a la “paranoia” y “megalomanía” de Hitler y Stalin.

Así mismo, en el seno del régimen nazi y del stalinista, existían los enfoques opuestos a las líneas defendidas por los partidarios del enfoque “terrestre”. En efecto, en la Rusia Soviética existían partidarios de la alianza con el mundo anglosajón (el mismo Lenin veía en los EEUU un modelo a seguir), mientras que en la Alemania Nazi, la excusa del anticomunismo se traducía en una voluntad geopolítica de aliarse con Inglaterra y expanderse hacia el Este (línea seguida entre otros por el Almirante Canaris –que de paso, según se ha demostrado, era agente inglés, y de Rudolf Hess quien voló a Inglaterra para solicitar un acuerdo que permitiera atacar a Rusia. La realidad era que las ideas paneslavistas y pangermanistas, basadas sobre el elemento “sangre” impedían la concretización de un eje Berlín-Moscú que hubiera asegurado la hegemonía de un bloque “terrestre” frente al mundo “oceánico” anglosajón.

El eje Berlín - Moscú –que hubiera necesariamente implicado a Francia, constituía una pesadilla para el mundo anglosajón. Así, cuando Hitler atacó a Polonia, seguro de que Rusia no se vería amenazada, se encontró con que el ataque constituyó una excusa por parte de Inglaterra para declarar la guerra. Inglaterra arrastró a Francia en la aventura, mientras que a su vez, Inglaterra estaba empujado a hacerlo por parte de los EEUU que veían en un Nuevo conflicto bélico la solución para reactivar la economía, paralizada desde 1929 y que el New Deal de Roosevelt no había conseguido hacer funcionar normalmente.

En la práctica el Pacto Germano-Soviético había desencadenado todo el proceso, mucho más que el ataque a Polonia. Hitler había demostrado en sus seis primeros años de gobierno una voluntad de construir un espacio centro-europeo de influencia germánica que no suponía una amenaza para el Reino Unido. El mismo Pacto Germano-Soviético llegó en un momento en el que Alemania no manifestaba reivindicaciones sobre Francia. Cuando estalló la guerra –no hay que olvidar que la II Guerra Mundial tuvo su origen en la reivindicación alemana de un corredor que uniera Prusia al resto de Alemania y que resulta incomprensible que Francia y Alemania se pusieran de parte de Polonia en lo que era un conflicto localizado que no debía necesariamente desembocar en una guerra mundial- los alemanes vieron, ante todo, una posibilidad de desquite contra Francia por la victoria de ésta en la Primera Guerra Mundial y las duras condiciones impuestas sobre todo por el vecino país en la Paz de Versalles. Hoy los historiadores no dudan que el ejército alemán pudo aniquilar completamente al grueso de las tropas inglesas que se retiraban en Dunkerke y, sin embargo, les permitió una retirada más o menos ordenada. Pocos meses después la aviación inglesa destruía a la flota francesa en los puertos del norte de África en un ataque que cercenaba para siempre las aspiraciones hegemónicas francesas en los mares. Estos hechos no pueden explicarse sin tener en cuenta la lucha larvada que aparecía en una y otra parte entre contrarios a la política de alianzas llevada hasta ese momento.

Cuando se produjo el ataque alemán a la URSS, el III Reich cometió el mayor error de su historia: de un lado inició una guerra en dos frentes, contraria a cualquier criterio de optimización estratégica; de otro, en su locura expansionista, Hitler creyó que con sus propias fuerzas, Alemania estaba en condiciones de forjar un bloque continental. Hitler inició la guerra contra la URSS sin plantearse los objetivos finales; un general alemán de la época se preguntaba si la misión de sus tropas era perseguir a los rusos hasta Vladivostok. Stalin se vio obligado a pactar con el mundo anglosajón, que, hasta ese momento (y, posteriormente, después de la guerra) lo consideraba como su enemigo natural. En Alemania, la lucha entre los “ideólogos” y los “geopolíticos” se había saldado con la Victoria de los primeros: la URSS, para ellos, no era el “aliado geopolítico”, sino el “enemigo ideológico” y había que aniquilarla…

El mundo soviético estuvo fracturado interiormente casi desde sus mismos orígenes. Ya hemos aludido a la importancia de los geopolíticos rusos en los años 20 y 30. También hemos dicho que se trataba de zaristas exilados en Francia, ¿cómo influyeron en el stalinismo? A través de la GRU. En efecto, el GRU, los servicios de inteligencia del Ejército Rojo, albergaron en sus filas, a antiguos oficiales zaristas pasados a las filas bolcheviques. Fue gracias al GRU que pudo firmarse el Pacto Germano-Soviético y quien impulsó la primera purga de la vieja guardia leninista que, casi desde el principio de la revolución, había tenido una orientación favorable a Inglaterra y EEUU que se tradujo en términos prácticos en una mejora de relaciones con estos países e incluso en cierta colaboración económica. Si no se recurre a la explicación geopolítica, resulta imposible entender las distintas purgas stalinistas que no fueron sino la eliminación progresiva de las distintas corrientes que, aun siendo comunistas tenían una orientación política favorable a los intereses anglosajones. Stalin, finalmente, debió pactar en Yalta con los adversarios declarados de “eurasia”, es decir de la idea que defendía: Inglaterra y EEUU. Y, a partir de ahí, comenzó la Guerra Fría.

Un resumen y una conclusión

No existió un “idilio” entre Hitler y Stalin, existieron, eso sí, chispazos de cooperación entre ambos regímenes (pacto germano-soviético), solidaridades recíprocas (Radeck por Schlageter, Hitler liberando a Dimitrov) y algunas acciones tácticas comunes (huelgas de los transportes berlineses dirigidas por el KPD y el NSDAP). Contrariamente a lo que suele pensarse, tanto el campo soviético como el III Reich no eran monolíticos. En su interior bullían muchas tendencias contrapuestas.

En tanto que regímenes autoritarios, en general estas tendencias fueron reprimidas y aplastadas en beneficio de la línea official. Hay que reconocer, sin embargo, que el stalinismo actuó de manera mucho más contundente contra su “oposición interior”. Stalin, en diversos momentos, apunto contra los más variados enemigos en los que percibía especialmente oposición a su política del “socialismo en un solo país”. Con Stalin los intereses del comunismo terminan por identificarse solamente con los de la URSS y en el límite, con su propio liderazgo personal de tal manera que todos los que realizaban alguna objeción por pequeña que fuera terminaban siendo reprimidos. Su novedad consistió en que no solamente desaparecieron los disidentes, sino los funcionarios que reprimieron a los disidentes hasta el punto de que hoy se ignora el destino de muchos de ellos.

En la Alemania nacionalsocialista, en cambio, esta repression aun existiendo no fue tan tenaz e incluso, Haushoffer gozó de crédito y confianza oficial hasta el atentado del 20 de junio de 1944 y otro de los funcionarios del partido contrarios a la intervención contra la URSS, Martín Bormann (que era mucho más que el gris funcionario que fue presentado por los aliados en la postguerra, no se olvide que su pasado fue activista hasta el punto de participar en la ejecución del traidor que había vendido a los franceses a Schlageter y que siempre fue partidario de una entente con el Este) ocupó hasta el ultimo momento un cargo de maxima responsabilidad en el gobierno del Reich.

Ambos países terminaron enfrentándose, de no haberlo hecho, de haber existido verdaderamente un “idilio” entre Hitler y Stalin, no habría existido la II Guerra Mundial (el conflicto con Polonia habría quedado como un conflicto localizado), ni se hubiera generado una alianza contra natura entre los países liberales y la URSS, jamás hubiera tenido lugar la Guerra Fría y muy probablemente el mapa de Europa se habría simplificado. A decir verdad, es possible que de no haberse producido la II Guerra Mundial y el formidable choque entre el III Reich y la URSS, incluso el capitalismo hubiera desaparecido o nunca hubiera alcanzado el nivel globalizador que tiene ahora.

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¿Idilio entre Hitler y Stalin? (IV de V). Tras el incendio del Reichstag: ¿Hitler por Dimitrov?

Infokrisis.- El 30 de enero de 1933 Hitler era nombrado jefe de gobierno, si bien la derecha moderada siguió siendo mayoritaria en el nuevo gabinete. Con esta medida el canciller Hindenburg pensaba poder neutralizar al NSDAP y, como él decía, “amestrarlo”. Un mes después, en la madrugada del 28 de febrero el Reichstag de Berlín ardía. Se ha atribuido habitualmente la responsabilidad de este incendio  a Hitler y a Goering, sin embargo, lo cierto es que en su momento se aceptó casi unánimemente y con muy pocas excepciones que el episodio había sido realizado por extremistas de izquierda y que el ejecutor material fue Marinus van der Lubbe, un comunista holandés.

Van der Lubbe se había desvinculado del KPD en 1929 adhiriéndose a la fracción más radical de la extrema-izquierda, los “consejistas” (marxistas revolucionarios no leninistas) dirigidos por Anton Pannekoeck (1). Cuando Hitler llegó al poder, van der Lubbe pensó que el proletariado alemán se sublevaría y fue a Alemania a participar en esta quimera. Al comprobar de cerca el apoyo de masas del NSDAP optó por el terrorismo. Dos días antes de incendiar el Reichstag había intentado hacer otro tanto con el Palacio Imperial. Dado que sufría problemas en la visión no logró abandonar a tiempo los corredores del Reichstag y fue detenido allí confesando inmediatamente su acción. Dada la militancia comunista de van der Lubbe, la policía berlinesa registró la sede del KDP encontrando material de propaganda que instaba a la revuelta (2). Resultaron detenidos varios miles de activistas comunistas (3).

Es difícil establecer si van der Lubbe trabajaba de común acuerdo con el KPD o con alguna de sus fracciones o simplemente con los "pannekoekistas". Hay que recordar que en 1933 la fracción de éste partido partidaria de un enfrentamiento directo y violento con el NSDAP había dado muestras de reactivarse frente a la línea oficial de la IC. En 1932, en efecto, Neumann y Remmele rectificaron algunas de sus posiciones y declararon que “el fascismo no podía ser identificado con la democracia burguesa ni considerado como una simple variante del capitalismo, sino que era un movimiento dotado de personalidad propia, representando la “dictadura del Lumpenproletariat””(4). Durante el verano de 1932, Neumann se entrevistó en Moscú con Stalin siendo destinado luego a Madrid para asesorar al PCE. Su colega Remmele, que había permanecido en Berlín, llamó al KPD a responder con las armas a la voluntad del NSDAP de organizar una manifestación en los barrios comunistas de Berlín. Moscú prohibió esa contramanifestación comunista. Poco después, la IC siguió prohibiendo al KPD que se manifestara junto a los socialdemócratas.

Es posible que grupos comunistas de dentro y fuera del KPD, decepcionados con la línea establecida por el partido y por la IC, decidieran actuar por su cuenta recurriendo a tácticas terroristas que, por lo demás, no eran impropias del KPD de la época. El mismo Arthur Koestler en sus memorias (5) comenta como el mismo dio cobertura a grupos de pistoleros del KDP que iban a asesinar a militantes del NSDAP y su testimonio es excepcionalmente claro sobre el clima de violencia de la época que en buena medida estaba generado por el mismo KPD, como hemos visto, para impedir estabilizar a los gobiernos alemanes pro-occidentales.

Después del hundimiento del III Reich se ha dado por supuesto que Hitler y Goering mintieron al atribuir la responsabilidad del atentado a los comunistas sin embargo, nadie ha sido capaz de establecer a través de que personas y circuitos los propios dirigentes del NSDAP incendiaron en Reichstag, ni siquiera después de la guerra cuando fueron capturados buena parte de los dirigentes de los servicios policiales de la época y muchos de ellos colaboraron gustosamente para eludir sus propias responsabilidades.  

A esto se une el que el propio KPD acusó a van der Lubbe de ser un “maníaco medio ciego y pederasta” y Dimitrov, dirigente de la IC, detenido y acusado del atentado (aunque el tribunal, como veremos reconoció su inocencia y lo liberó) llegó a decir que van der Lubbe debía ser condenado a muerte por el atentado. Igualmente, en el Reino Unido se aceptó esta versión (6). El hecho de que tres altos dirigentes de la IC de origen búlgaro fueran detenidos y procesados junto a van der Lubbe pero resultaran absueltos, indica que el proceso se realizó con garantías judiciales. Uno de ellos, Dimitrov, sería luego mitificado por el agit-prop soviético. Y si Dimitrov fue reconocido inocente a pesar de ser uno de los dirigentes de la IC, hay que pensar que las pruebas contra van der Lubbe eran abrumadoras y el mismo tribunal lo condenó a muerte en función de la legislación de la época.

Dimitrov, el "héroe de la Internacional Comunista"

En efecto, Dimitrov fue uno de los agitadores comunistas que operaron durante la insurrección en Bulgaria en 1923, fracasada ésta continuó luchando por su causa desde Moscú (7).  Había militado inicialmente en el Partido Socialdemócrata Búlgaro y era un verdadero proletario. Representó al Partido Comunista de Bulgaria del que había sido fundador en el II Congreso de la IC donde conoció a Lenín y a la vieja guardia bolchevique. Desde 1923, fue el típico revolucionario profesional. Escaló al Comité Ejecutivo de la IC como jefe del Buró Balcánico y luego del Buró de Europa Occidental. Era, de todas formas, un agitador desconocido especializado en operaciones clandestinas y él mismo estaba habituado a vivir en clandestinidad y utilizar distintos alias, aludiendo todo protagonismo y publicidad. Se encontraba en Berlín durante el incendio del Reichstag y fue detenido en la oleada represiva contra el KPD que siguió. De él dijo Hannah Arendt que “En Alemania no queda más que un hombre y este hombre es búlgaro” (8).

Inicialmente la policía alemana le consideró instigador del incendio del Reichstag, pero tanto en los interrogatorios como en el curso del juicio, Dimitrov rechazó las acusaciones: “Es exacto que soy un bolchevique, un revolucionario proletario. Es también cierto que, en mi calidad de miembro del Comité Central del Partido Comunista Búlgaro y de miembro del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, soy un dirigente y un elemento responsable. Es por ello precisamente que no soy ni un aventurero, ni un terrorista, ni un conspirador, ni un incendiario” (9), dijo en su alegato final.

El proceso a Van der Lubbe, Dimitrov y sus compañeros se celebró con todas las garantías jurídicas y Dimitrov, que se mantuvo firme en sus posiciones marxistas-leninistas resultó absuelto y repatriado a la URSS junto a otros dos funcionarios búlgaros de la IC detenidos con él. Sin embargo, uno de los dirigentes del KPD que luego alcanzaría fama al desertar a los EEUU, Richard Krebs (a) “Jan Valtin” (10) sostuvo que la absolución de Dimitrov fue un “enjuague” pactado entre la Gestapo y la GPU y lo explica en su famosa obra La Noche quedó atrás (11).

Dudas sobre Dimitrov (I). “Jan Valtin”

Krebs-Valtin critica lo que define irónicamente como “heroísmo” de Dimitrov ante la Gestapo y afirma que su liberación “no fue más que el resultado de un plan cuidadosa y hábilmente preparado” (12). Valtin arma esta tesis argumentando que durante su estancia en Copenhague como funcionario de la IC pasaron por sus manos documentos secretos elaborados por el Secretariado Occidental de la IC. Explica: “Meses antes de comenzar las audiencias en Alemania se habían iniciado negociaciones secretas entre Moscú y Berlín para el intercambio de Dimitrov y sus dos ayudantes búlgaros por tres funcionarios germanos que habían sido detenidos por la GPU como espías en territorio ruso. Dimitrov había de ser salvado antes de ser vencido por las torturas de la Gestapo, no para favorecerle, sino para salvar el servicio secreto del Soviet y del Komintern, cuya labor íntima conocía tan perfectamente” (13).

Valtin no demuestra muchas simpatías por Dimitrov al que acusa de haber denunciado a la Gestapo a dos de los colaboradores bajo su mando que intentaron suicidarse al ser detenidos. También le acusa de haber entregado a su amiga Annie Krueger. Explica: “Fue en esa época cuando la GPU comenzó con sus amenazas a la Gestapo: “Dejen a Dimitrov en paz. Todo lo que se le haga a él, lo haremos a sus espías en Moscú”. Las negociaciones para el intercambio de presos empezaron por intermedio del consulado soviético en Copenhague y la hermana de Dimitrov a la cual la Gestapo, por extraño que parezca, había concedido un salvoconducto para entrar y salir de Alemania. El acuerdo entre Moscú y Berlín fue concertado la víspera del proceso. Pero Dimitrov por razones obvias, fue retenido en Alemania hasta el fin del gran “espectáculo de Leipzig” [ciudad en la que se celebró el proceso por el incendio del Reichstag]. Él, el astro entre los presos de la Gestapo, gozó en la cárcel de privilegios que eran desconocidos para la masa de presos más oscuros. Se le entregaron periódicos, se le permitió fumar en su celda y recibir correspondencia” (14).

Dudas sobre Dimitrov (II) Ruth Fischer

Durante años, el testimonio de Valtin fue el único que apuntó en esa dirección ("testimonio único, testimonio nulo"...) hasta que apareció la obra de Ruth Fischer (15) Stalin y el Comunismo alemán donde puede leerse (16): “Mientras el proceso se hallaba en marcha, me encontré en París con dos testigos importantes: Wilhelm Pieck y Maria Reese, una diputada comunista por el Reichstag e íntima amiga de Torgier. Ambos me contaron, independientemente uno del otro, la misma historia, a saber, que Dimitrov antes de levantarse para pronunciar su valiente discurso final en la sala del tribunal, conocía ya el acuerdo secreto entre la GPU y la Gestapo para ponerle en libertad. En este convenio estaban incluidos los otros dos búlgaros, pero no Torgier y van der Lubbe”. El testimonio parece decisivo a la hora de apoyar el aportado por Jan Valtin. Pero las cosas no están tan claras.

El azar ha querido que justamente dos días antes de escribir estas líneas se publicara en Internet una información que aporta un dato para dudar del testimonio de Fischer. En efecto, con fecha 29 de julio de 2010 (esto se escribe el 1 de agosto…), aprovechando la desclasificación de algunos documentos secretos en los EEUU se ha sabido que Ruth Fischer era una “agente clave del servicio de inteligencia norteamericano” con el nombre de “Alice Miller” en la red conocida como “La Charca” (17)… Si esto es cierto –y la desclasificación de los documentos secretos ofrece pocas dudas- el testimonio de Ruth Fischer (como, por lo demás el de Jan Valtin) no puede ser tomado con excesiva credibilidad. Ambos fueron acogidos en los EEUU y operaron en calidad de agentes anticomunistas en un momento en el que el peor desprestigio para la causa comunista era admitir que existían connivencias entre la Gestapo y la GPU.

Dudas sobre Dimitrov (III). Rudolf Diels

Otras fuentes cincundantes al KPD dudan de la veracidad de estas informaciones. A Margarette Buber-Neumann, por ejemplo, le cuesta creerlo y resalta sólo como reproche que era un “mujeriego” (18). Y en cuanto a la persona que lo interrogó, Rudolf Diels (19), Oberführer de las SS y primer jefe de la Gestapo entre 1933 y 1934 solamente pudo certificar la culpabilidad inequívoca de van der Lubbe y la orden que recibió de la Cancillería de poner en libertad a Dimitrov. La versión de Diels es también extraña. Presenta la liberación como una “mala pasada” jugada por Hitler a Goering (el gran adversario de Dimitrov en el proceso por el incendio del Reichstag). Fue el mismo Diels quien propuso el canje de los tres agentes alemanes detenidos por la GPU por el líder soviético, que el Führer rechazó. Pero la explicación que da de este episodio es extraña. Pone en boca de Hitler estas palabras: “No quiero ninguna compensación. Puedo permitirme el lujo de regalar a los rusos a ese tipo sin avisarles y sin recibir nada a cambio. Me gustaría ver la cara que ponen los rusos cuando llegue mañana por la tarde a Moscú” (20). ¿Qué interés podría tener Hitler en liberar a Dimitrov si no fuera por el cumplimiento de un pacto secreto?

Parece difícil admitir el testimonio de Diels que, salió indemne de todos los procesos a pesar de haber sido jefe de la Gestapo en Berlín durante la gran redada de 1933 que siguió al incendio del Reichstag. ¿Colaboró con los ocupantes a cambio de inmunidad? No puede descartarse, pero lo que si es cierto es que en Nuremberg, prestó su testimonio a favor de Goering y negó que tuviera cualquier implicación en el episodio del Reichstag.

Dimitrov con posterioridad a 1934

Dimitrov, efectivamente, retornó a la URSS y fue promovido a secretario general de la IC en 1934. Los delegados asistentes al VII Congreso de la IC pudieron aplaudirle. El delegado del KDP entregó un libro a Dimitrov durante el acto de clausura del congreso: “Fuiste tú precisamente quien gracias a tu conducta en el proceso de Leipzig diste un ejemplo al KPD”. H. Saña quien cuenta el episodio termina: “Las actas del congreso anotan: ‘Aplausos tempestuosos, vítores, vivas de los delegados’” (21).

En dicho Congreso Dimitrov anatemizó al fascismo: “La variedad más reaccionaria del fascismo es el fascismo de tipo alemán, que se intitula impúdicamente nacionalsocialismo sin tener nada en común con el socialismo. El fascismo hitleriano no es solamente un nacionalismo burgués, es un chovinismo bestial. Es un sistema gubernamental de bandidismo político, un sistema de provocación y de torturas con respecto a la clase obrera y a los elementos revolucionarios del campesinado, de la pequeña burguesía y de los intelectuales. Es la barbarie medieval y el salvajismo” (22)… es, en definitiva, el sistema que lo puso en libertad y lo exoneró del incendio del Reichstag tras un juicio justo o bien tras una componenda entre la Gestapo y la GPU. Se ve la pasta de la que estaba hecho: acto seguido Dimitrov acusó a los “socialfascistas” (el SPD) de ser los responsables del advenimiento de Hitler al poder.

Dimitrov, tras la disolución  de la IC en 1943, se concentró en las tareas propias del comunismo búlgaro. Retornó a su país tras la retirada alemana y la ocupación soviética en 1944 y tomó la dirección del Partido Comunista Búlgaro. En 1946, conservando la ciudadanía soviética fue nombrado primer ministro de Bulgaria creando la República Popular de Bulgaria. En 1949 enfermó siendo trasladado a Moscú en donde falleció en el sanatorio de Barvikha. Su brusco fallecimiento fue “sospechoso” a ojos de occidente. Enterrado en un mausoleo construido al efecto en Sofía, en 1999 fue trasladado al cementerio central de la ciudad cuando el ayuntamiento acordó la destrucción del monumento…

Algunas conclusiones

Los documentos históricos no son concluyentes: es cierto que Dimitrov durante su prisión en la Alemania hitleriana vivió un régimen particularmente cómodo, es cierto que el tribunal lo exoneró del incendio del Reichstag, pero siempre subsistirá la duda de si fue liberado en función de un juicio justo o bien de una componenda entre el nuevo régimen y la GPU.

¿Estamos ante otro episodio del idilio entre el NSDAP y el PCUS que revalidara los elogios pronunciados por Radeck con ocasión del fusilamiento de Schlageter? Mas parece que en aquel momento, extirpada la quinta columna de la URSS en Alemania, Hitler tuviera necesidad de ganar tiempo y empezar a generar una buena relación con éste país que terminaría concentrándose en el Pacto Germano Soviético firmado cinco años después.  O simplemente que se inhibió dejando que los tribunales alemanes dictaran sentencia a la vista de las pruebas presentadas. Y las pruebas de la implicación de Dimitrov en el atentado del Reichstag eran simplemente inexistentes. Otra cosa es que la propaganda hitleriana no aprovechara un episodio que no desencadenó (no existen pruebas que demuestren mínimamente la implicación de Hitler o Georing) para extirpar al KPD, cuerpo extraño a la nación alemana dirigido desde fuera del territorio alemán en beneficio de los intereses de otra potencia.

 

Notas a pie de página

(1)  Pannekoek fundó en 1919 el Partido Comunista Holandés apoyando las posiciones del Spartakus Bund de Rosa Luxemburgo. En 1921, Pannekoek había sido expulsado de la IC como “desviacionista de izquierdas”. Siempre criticó el autoritarismo leninista a los que oponía los Consejos Obreros en quienes debería residir la democracia proletaria. Pannekoek fue el primero en advertir que el stalinismo terminaría desembocando en un capitalismo de Estado” y negó a la URSS el carácter de “Estado socialista degenerado” que le atribuían los trotskystas. Aparte de su actividad política, fue un notorio astrónomo. Uno de los cráteres de la Luna lleva su nombre así como el asteroide 2378. En la España de la transición grupos como el Movimiento Ibérico de Liberación o la Organización de Izquierda Comunista compartían las tesis “marxistas revolucionarias y consejistas” de Anton Pannekoeck.

(2)  El 1 de marzo, pocas horas después del incendio el KPD emitía un comunicado de su Comité Central en el que rechazaba toda responsabilidad en el incendio: “Las noticias de prensa afirmando que en el Reichstag tuvo lugar una conferencia comunista, así como la afirmación de que el detenido van der Lubbe es miembro del PC de Holanda, no corresponden a la realidad”. Hoy está fuera de toda duda la militancia “pannekoekista” de van der Lubbe.

(3)  Entre los detenidos figuraba Ernst Thälmann… Durante décadas la responsabilidad de esta “caída” fue atribuida por los propios comunistas a Walter Ulbricht del que Thälmann era rival político. Durante su detención, Ulbricht (que luego sería presidente de la República Democrática Alemana) boicoteó los intentos de liberación de Thälmann. Buber-Neumann y su marido, acusaron en repetidas ocasiones a Ulbricht de ser el autor de la delación.

(4)  H. Saña, op. cit., pag. 29-30.

(5)  Sus memorias en cinco volúmenes fueron publicadas en España por Alianza Editorial, en el segundo volumen, pág. 199 se explica este episodio.

(6)  Datos obtenidos de http://es.wikipedia.org/wiki/Marinus_van_der_Lubbe y de Metapedia http://es.metapedia.org/wiki/Marinus_van_der_Lubbe

(7)  Para una biografía accesible y bastante completa de Dimitrov véase http://fr.wikipedia.org/wiki/Georgi_Mikhailov_Dimitrov

(8)    Hannah Arendt, Eichmann à Jérusalem, page 306 de l’édition Folio, page 338 de l’édition Folio Histoire.

(9)  Dimitrov, Oeuvres choisis, págs. XIV-XV, París 1952.

(10)  Richard Julius Hermann Krebs (a) “Jan Valtin”, marino de profesión y miembro del KPD actuó como revolucionario profesional y espía al servicio de la URSS en los años 20 y 30, durante un tiempo como agente doble infiltrado en la Gestapo. En 1938 huyó a EEUU y publicó distintas obras autobiográficas y novelas.

(11)  La noche quedó atrás es, sin duda, el relato de su vida que más fama tuvo en los años 50 y 60, siendo objeto de varias ediciones. La versión española fue publicada en 1966 por el editor falangista Luis de Caralt en la editorial del mismo nombre. El episodio del incendio del Reichstag y del procesamiento de Dimitrov se trata en el Capítulo XXVII, págs. 275 y sigs. A pesar de ser una obra particularmente estimada por los especialistas en nuestra opinión no puede tomarse completamente en serio la tesis que sostiene sobre la colusión entre la Gestapo y la GPU. El libro, en algunos momentos, denota una excesiva “sintonía” con la obsesión anticomunista de la época gestionada desde los EEUU. Recientemente, Seix Barral ha publicado una nueva edición de esta obra en 2008. Falleció el 1 de enero de 1951.

(12) Jan Valtin, La noche quedó atrás, pág. 334-335.

(13) Jan Valtin, op. cit., pág. 335.

(14) Jan Valtin, op. cit., pág. 335.

(15) Rut Fischer fue dirigente del KPD desde su fundación hasta su expulsión en 1927 en tanto que seguidora de Zinoviev. Al año siguiente contribuyó a la formación del Leninbund y colaboró con la “oposición de izquierdas” hasta 1930. Junto con Hugo Urbahns dirigente del PC Austríaco en la década del 20, fueron expulsados por los stalinistas en 1927 porque, como seguidores de Zinoviev, habían defendido a la Oposición Unificada rusa de carácter trotskysta. En 1928 ayudaron a fundar la Leninbund, que colaboró con la Oposición de Izquierda hasta 1930. En 1933 huyó a París y en 1941 a los EEUU. En 1949 declaró contra su hermano en el Comité de Actividades Antinorteamericanas.

(16) Stalin and German Communism, Harvard University Press, 1948. Jahren, págs. 375-376.

(17) Herschaft, Randy, and Cristian Salazar (29 July 2010). Before the CIA, there was the Pond". Associated Press. Yahoo News. La información originaria puede leerse en https://www.cia.gov/library/center-for-the-study-of-intelligence/csi-publications/csi-studies/studies/vol48no3/article07.html

(18) Buber-Neumann, op. cit., págs. 143-146.

(19) Rufold Diels fue testigo de la defensade Hermann Goering en el proceso de Nuremberg, precisamente para rechazar las acusaciones de haber tramado el incendio del Reichstag. Interrogó personalmente a Marinus van der Lubbe. Los procesos de desnazificación no le encontraron culpable de ningún delito pudo publicar dos volúmenes de memorias en 1949 y 1954. Después de la guerra trabajó para el gobierno de Baja Sajonia y murió en un accidente de caza en 1957.

(20) Rudolfs Diels, Lucifer ante portas: von Severing bis Heydrich, Zurich 1949, págs. 268-270.

(21) H. Saña, op. cit., pág. 55.

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¿Idilio entre Hitler y Stalin (III de V). Karl Radeck: la Internacional Comunista por Schlageter

Infokrisis.- Lo que se ha dado en llamar “la revolución alemana” y que en realidad no fue más que la “insurrección de los bolcheviques alemanes” en noviembre de 1918 y que se prolongó –con altibajos- hasta la “acción de marzo” en 1921 constituyó un error histórico para el movimiento comunista de aquel país seguramente debido a la inexperiencia revolucionaria de los núcleos espartakistas de aquel momento. Pero cuando, la Internacional Comunista desplazó a Karl Radek en aquel país, las cosas no mejoraron y los fondos destinados para el KPD (los más grandes entregados a partido comunista alguno: 42.872.832 marcos alemanes en 1922) apenas lograron crear situaciones de inestabilidad en la República de Weimar que nunca estuvo verdaderamente en peligro a causa de los comunistas y siempre logró desembarazarse de ellos gracias a la efectividad en el combate de los Freikorps.

La administración y del destino de estos fondos, así como la “tutela” del KPD corrió a cargo de un funcionario de la IC, Karl Radek. Radeck “tocó los cielos” junto a Lenin para acto seguido caer en desgracia con Stalin. En una película tomada durante unas sesiones del II Congreso de la Tercera Internacional, las imágenes nos muestran a Radeck felicitando a Lenin tras el discurso de apertura. En la cinta original se veía a Radeck adelantando las manos para estrecharlas con las de Lenin, pues bien, esta escena fue adulterada –como otras muchas- durante el período de Stalin: la imagen de Radeck fue borrada, pero era imposible hacer otro tanto con las manos especialmente cuando estrechaban a las de Lenin. Parece como si Lenin estuviera saludando a un fantasma. Y así era en realidad.

Karl Radeck: un judío internacionalista en Alemania

Hijo de judíos –lo que era habitual entre la primera generación bolchevique- Radeck había nacido en Lemberg, la parte de Ucracia que pertenecía al Imperio Austro-Húngaro. Su verdadero nombre era Karol Sobolsohn. Forjó sus primeras armas en política en el Partido Obrero Socialdemócrata en 1898 y participó en la revolución de 1905 en Varsovia. Exiliado en Suiza donde conoció a Lenin apoyó a los bolcheviques y era uno de los pasajeros del tren alemán que condujo a Lenin hasta San Petersburgo, sin embargo solo ingresó en el Partido tras la revolución de Octubre, siendo destinado luego a Alemania en donde ocupó un papel central entre 1918 y 1920.

Permaneció durante un tiempo en prisión en Alemania gozando de un regimen de extrema comodidad y pudiendo recibir en su celda a personalidad de la política alemana y de su propio partido. Una vez puesto en libertad regresó a Moscú en donde dirigió la IC antes de enfrentarse con Stalin que, finalmente, lo expulsó del partido en 1927.

Radeck era partidario de acelerar la construcción del comunismo y, en especial, de enfatizar el desarrollo de las plantas industriales, mientras que Stalin se mostraba más favorable a hacer del país una potencia agrícola. Cuando en 1929, Stalin apostó decididamente por la industrialización, Radeck intentó mejorar sus relaciones con él y pidió su readmission dentro del partido, pidiendo perdón por su actitud anterior (1) y, a partir de ese momento se convertiría en uno de los principales propagandistas de Stalin y en uno de sus consejeros más importantes en política exterior. Escribía a menudo artículos de fondo en la prensa soviética y nadie dudaba que su pluma reflejaba las opiniones del propio Stalin. Sin embargo, nada pudo impedir que su nombre fuera incluido en el acta de acusación de la pugna iniciada en septiembre de 1936.

Stalin lo tenía por alguien débil de carácter y tornadizo, sin excesiva fuerza de voluntad y que por tanto aceptaría fácilmente los delitos más disparatados a poco que se le presionara. Sin embargo, Radeck se negó de plano a firmar las confesiones que la NKVD le puso delante, exigió ver personalmente a Stalin a lo que éste se negó durante tres meses hasta que finalmente, de manera inesperada, apareció en la Lubianka y tuvo una conversación con él con Yezhov (2) como testigo. Tras la conversación Radeck finalmente aceptó firmar la “confesión”, pero rechazó el primer documento propuesto por la NKVD y redactó la acusación contra él de su puño y letra.

La acusación del llamado “Proceso de los 17” o “Segundo Proceso de Moscú” sostenía que siguiendo las instrucciones de Trotsky fue organizado un centro paralelo compuesto por los acusados en 1933 con el fín de “dirigir las actividades criminales antosoviéticas que tenían por objeto minar el poder military de la URSS, ayudar a agresores extranjeros a poderarse de territorios de la URSS y diezmar ésta, acelerar una Guerra invasora contra la URSSS, derribar el poder soviético y restaurar el capitalismo y el poder de la burguesía en la URSS” (3). Se sostenía que Trotsky, a través de Radeck había tomado contacto en determinados países extranjeros para preparar la caída de Stalin y haber transmitido secretos militares a otras potencias. Y, por supuesto, se les acusaba sabotear bienes del Estado y preparar la comisión de distintos atentdos contra dirigentes del partido y del gobierno.

El proceso, como los anteriores, fue presidido por Vishinsky y trece de los acusados, fusilados. Radeck salió relativamente bien parado con solo 10 años de cárcel. Colocado bajo arresto en su finca, incluso se ha dicho que con posterioridad llegó a escribir algunos editoriales sin firma en Izvestia (4), aunque también ha circulado la version de que murió en 1939 en el curso de una riña con otro preso de la misma forma que tras la desestalinización se publicó que había sido ejecutado por Laurenti Beria (5).

Se ha atribuido a la paranoia de Stalin la celebración de estos procesos-farsa que ocuparon todos los años 30 y salpicaron incluso al movimiento comunista internacional, lo que quizás sea simplificar las cosas, tal como veremos mas adelante. Más parece que las purgas de Stalin se iniciaron desde el momento en que el líder soviética había decidido pactar con Alemania y necesitaba hacer público ese pacto solamente después de haberse asegurado que no tendría consecuencias nefastas en su política interior (de ahí las purgas contra viejos bolcheviques y contra los altos mandos del Ejército Rojo -en las que se suele olvidar que Buena parte de las pruebas fueron fabricadas por Reinhard Heydrich- que podían oponerse a esta política.

¿Hubo nacional-comunismo?

El caso de Radek es particularmente curioso por las orientaciones que intentó dar al movimiento comunista alemán lo que ha permitdo a algunos hablar de experimento “nacional-comunista” (6).

Ya en Hamburgo en 1919 aparecieron en Hamburgo, en plena “revolución alemana” algunos personajes más nacionalistas que internacionalistas dentro del magma de organizaciones de izquierda que proliferaron en Alemania después de la Guerra. Se ha aludido a Heinrich Laufenberg y Friedrich Wolfheim como “nacional-bolcheviques”, cuando lo cierto es que ingresaron en el KPD del que fueron expulsados unos meses después para formar el Partido Comunista Obrero de Alemania (KAPD) el 3 de abril de 1920. Los miembros del KAPD procedían de la “Oposición de Izquierdas” del KPD que o habían sido expulsados o se habían retirado del partido cuando la IC apoyó la línea de Paul Levi y el llamado “Ejército Rojo del Ruhr” fue desarmado. Laufenberg y Wolfheim eran influyentes en la Oposición de Izquierdas de Hamburgo y se unieron al Nuevo partido. Desde el principio consideraron al modelo bolchevique como una “dictadura de partido” y no del proletariado. Al “centralismo democrático” leninista oponían la “democracia de los consejos obreros” que luego Anton Pannekoeck recuperaría y daría forma.

A pesar de que los estatutos de la IC solamente permitían la existencia de una sola sección nacional en cada país, el KAPD fue admitido como “miembro simpatizante” y, como tal, participó junto al KPD en la llamada “acción de marzo”. Los sucesivos fracasos del comunismo alemán harían que este partido fuera reduciendo efectivos e influencia, sufriendo escisiones y luchas fraccionales que le llevaron en apenas un año a perder el 50% de sus 80.000 militantes iniciales (7). Contrariamente a lo que han sugerido algunos “nacional-comunistas” surgidos del entorno de Jean Thiriart (8), ni Laufenberg ni Wolfheim tuvieron gran peso en la dirección del KAPD, ni siquiera defendieron con énfasis sus posiciones “nacional-comunistas”. Así mismo ha sostenido que “Tras la victoria del nacional-socialismo en 1933, ciertas estructuras nacional-bolcheviques llegaron con todo a subsistir en el aparato político e intelectual del III Reich. En particular el Fichte-Bund, creado en Hamburgo siguiendo la línea del K.A.P.D., llegará a integrarse y a sobrevivir en el seno del III Reich. Dirigido por el profesor Kessemaier de Hamburgo, este movimiento universitario e intelectual tuvo muchos paralelos en Europa. Entre ellos, un joven de Lieja salido de las filas de la extrema izquierda comunista, un tal Jean Thiriart". Estos círculos tienen también como referencia inevitable a Ernst Nieksch (9) cuyos contactos con la “revolución conservadora” fueron esporádicos y siempre se consideró un “prusiano de izquierdas”, sector político en el que militó hasta su muerte como partidario de la República Democratica Alemana.

En realidad, el “nacional-comunismo” es una interpretación actual. Era normal que en la Alemania posterior a noviembre de 1918 en donde la característica principal fue el radicalismo político y el que movimientos radicales pudieran configurarse como movimientos de masas, hubiera representantes de todas las tendencias posibles en el espectro político… incluidos nacional-comunistas y/o nacional-bolcheviques. Harina de otro costal es si esas tendencias eran más bien individuos que sostenían opiniones personales con unos pocos partidarios o si se trataba de un movimiento organizado ligeramente significativo. No lo fueron, en absoluto, contrariamente a lo que tienen tendencia a pensar los “nacional-comunistas” y “nacional-bolcheviques” actuales, en realidad coleccionistas de meras rarezas y exotismos de tiempos pasados.

Karl Radeck y la “línea Schlageter”

En realidad, el único personaje relevante al que remotamente le cabría el calificativo de “nacional-bolchevique” fue Radeck y en un momento concreto de su experiencia alemana. En efecto, al producirse la invasión del Rhur y, tras un período de encarcelamiento que pasó Radeck en la Alemania weimariana, retornó a Moscú y tomó la palabra en una reunión de la IC en donde deparó unas encendidas palabras a la figura de Albert Leo Schlageter en lo que pudo ser considera en la época como una mano tendida a los nacionalistas radicales. No se trató, como veremos de una declaración única, sino que en esa época otros exponentes del comunismo alemán realizaron declaraciones similares. Pero no hay que ver en ello –como hacen los actuales nacional-bolcheviques- más que un episodio táctico, en absoluto un cambio de orientación ideológico, una renuncia al internacinalismo proletario en beneficio del nacionalismo alemán, ni mucho menos una renuncia a los principios del marxismo-leninismo que en esos momentos gobernaban la IC.

El 20 de junio de 192, Radeck pronunció un famoso discurso en el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista con un título que algunos han calificado como “heideggeriano”: “Leo Schlageter, el viajero de la nada”.  Radeck en el curso de ese discurso distingue entre “nacionalistas buenos” y “nacionalistas malos”. Los segundos serían los nostalgicos del Kaiser, los reaccionarios irredentos e incapaces de asumir la realidad de los tiempos nuevos, anticomunistas impenitentes que habían combatido por Weimar contra el bolchevismo y que se habían adentrado en Curlandia contra el comunismo y contra la URSS. Luego estarían los “nacionalistas buenos” que luchaban contra el “capitalismo y el imperialismo” en Alta Silesia y en el Ruhr… como Schlageter a quien califica de “valeroso soldado de la contrarrevolución”.

Mientras los freikorps y los nacionalistas alemanes se obstinaran en dudar quien era su enemigo real, Schlageter y sus camaradas serían “los viajeros de la nada” (título de una famosa novela de la época), pero en el momento en el que percibieran que su enemigo era el “capitalismo y el imperialismo” pasarían a ser los “viajeros de un porvenir mejor para la humanidad”. Radeck añadió: "La mayoría del pueblo alemán se compone de hombres que trabajan y que se consagran a la lucha contra la burguesía alemana. Si los ambientes patrióticos de Alemania no se deciden a hacer suya la causa de esta mayoría de la nación y a constituir así un frente contra el capital de la Entente y el capital alemán, entonces el camino abierto por Schlageter será el camino de la nada".

Otras declaraciones de comunistas alemanes en la época (10) iban en direcciones parecidas: Ruth Fischer, por ejemplo, judía, explica que en aquel momento se consideraba que si los nazis estaban en contra de los judíos, de los jesuitas y de los capitalistas es porque estaban en el terreno de la revolución socialista aunque ellos mismos no fueran conscientes de ello… Así mismo, la propaganda conservadora hablaba de las “secciones bistec” (pardas por fuera, rojas por dentro) refiriéndose a las Secciones de Asalto del NSDAP (11) y en la literatura nazi de la época abundan las descripciones de mitines de cervezería en la que un grupo de comunistas que habían acudido a boicotear la reunión eran ganados pára el NSDAP (12). El propio Hitler en Mi Lucha explica que un comunista podrá ser un buen nacionalsocialista, pero un socialdemócrata no lo será jamás.

Algunos se han obstinado en ver en todo esto la aparición de una “línea Schlageter” en el KPD. Louis Dupeux escribe, por ejemplo: "En el año 1923 [se produjo] una nueva gran oleada de nacional-bolchevismo, en el sentido vago y vulgar del contactos entre nacionalistas y comunistas. El orígen de esta oleada, en realidad muy pendenciera, es la línea de Schlageter en medio de la cual el Partido Comunista Alemán (K.P.D.) intenta "ganarse las clases  medias en vías de proletarización" usando deliberadamente el tema patriótico. En el curso de esta campaña se pudo ver a los líderes del partido comprometidos e incluso buscar el debate con los elementos calificados como "fascistas" o  "fascistizantes". Los socialdemócratas y los partidos "burgueses" relanzaron de nuevo la vieja acusación de  convergencia de los extremos... el heraldo de la nueva línea era Radek" (12b).

En realidad, el fantasma del “nacional-comunismo” era inexistente e históricamente siempre lo fue.: nunca contó detrás con efectivos humanos suficientes como para poder ser considerados como una tendencia, se trató siempre de individuos que sostenían posiciones personales, siempre marginales. Sin embargo, es rigurosamente cierto que Radeck durante su encierro en Alemania practicó una política de mano tendida hacia las organizaciones nacionales y unos meses después elogió a Schlageter… pero no hay que confundirse: Radeck era, de entre todos los fundadores de la IC y, como buen judío, uno de los internacionalistas más conspicuos, sin duda el más “auténticamente apátrida” (13). Durante su estancia en Alemania, acompañado permanentemente de su pipa, perteneció hasta 1918 a los “bolcheviques no leninistas” (junto a Félix Dzerzhinsky fundador de la CHEKA), Bujarin (purgado luego con él) y Alexandra Kollantai. Luego entró en el redil leninista del que ya no saldría jamás. En su doctrina el nacionalismo no ocupaba otro lugar que el de una “ideología pequeño burguesa” cuyos partidarios eran, por buenas que fueran sus intenciones, “viajeros de la nada”… Lo que no entendió Radeck, fue que la concepción del último Lenin tendía a que la URSS mediante la centralización alcanzara un nivel de desarrollo económico semejante a los EEUU, mientras que Stalin –que llegó a la misma conclusión en 1929- aspiraba a algo más desde que llegó al poder: a una alianza con Alemania contra los aliados occidentales…

Dominique Venner comenta a est respecto: "Incluso los comunistas celebraron la memoria de Schlageter, presentándolo como un héroe perdido. La política exterior soviética buscaba por esa época una alianza con Alemania contra Polonia, Francia y el Oeste en general. La idea de una alianza entre las naciones favorecía una posible revolución nacional-bolchevique en Alemania" (14).

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Notas a pie de página

(1)   H. Saña lo califica como persona “de carácter débil y voluble” y más adelante como “mercenario de la pluma” al servicio de Stalin que incluían “panfletos y artículos indecentes contra Trotsky, mezclados con apologias serviles a favor de Stalin” (op. cit., pág. 113.)

(2)   Yezhov fue uno de los grandes cómplices de Stalin en las purgas que asolaron la URSS en los años 30 en tanto que jefe de la NKVD y él mismo terminó siendo purgado después de un enfrentamiento con Molotov en 1938, cuando ya se estaba fraguando el Pacto Germano-Soviético. Resultó arrestado en abri de 1939 y se ignora la fecha y las circunstancias de su muerte. Hoy se le considera como el “autor intellectual” de las purgas stalinistas y responsible de cientos de miles de fusilamientos. Véase el artículo en ingles de Paul Callan (21 de junio de 2008). «Stalin's poison dwarf». Daily Express.

(3)   Citado por H. Saña en op. cit., Vol II, pág. 114.

(4)   Walter Duranty, Stalin and Co., William Sloane Associates, New York, 1949, pág. 10.

(5)   Dato publicado sin referencia en http://es.wikipedia.org/wiki/Karl_Radek

(6)   Véase el artículo www.pcn-ncp.com/lenine.htm

(7)   Una sucinta, pero suficiente, información sobre el KAPD puede encontrarse en http://es.wikipedia.org/wiki/Partido_Comunista_Obrero_de_Alemania

(8)   http://www.pcn-ncp.com/alternNB.htm. El Partido Comunitario Nacional Europeo que se reconoce en el pensamiento del fundador de Joven Europa, Jean Thiriart, defiende un “nacional-comunismo” que encuentra sus orígenes en el “comunismo hamburgués” de 1919. Este grupo ha sido el que ha sostenido la idea de que Laufenberg y Wolfhaim fueron los antecedentes originarios de su tendencia.

(9)   Una biografía de Ernst Niekisch puede leerse en http://www.arrakis.es/~fsln/niekisch.htm, con todas las reservas pertinentes, pues es una de las Fuentes de las que ha surgido la leyenda de que Laufenberg y Wolfheim dirigían el KAPD.

(10) Ruth Fischer en sus memorias, op. cit., pág. 210.

(11) Dominique Venner, Baltikum, Ciarrapico Editores, Roma 1981, pág. 227

(12) Goebels en Mi lucha por Berlín cuenta varios de estos episodios y George L. Mosse en La cultura nazi, op. cit., pág. 148 y sigs. Trae a colación un texto de la época en la que se narra uno de estos episodios.

(12b) La existencia de esta línea ha sido analizada por Louis Dupeux, en su tesis presentada en la Universidad de Paris I en 1974 titulada : Strategie Comuniste et dynamique conservatrice sur les differents sens de l'expression "National-Bolchevisme" en Allemagne, sous la Republique de
Weimar (1919-1933)", Ed. Libreire Honoré Champion, Paris 1976, pág. 207

(13) http://www.worldlingo.com/ma/enwiki/es/Albert_Leo_Schlageter

(14) D. Venner, Baltikum, op. cit., pág. 251.

¿Idilio entre Hitler y Stalin? (II de V). Alberto Leo Schlageter: camino del Rhur

Infokrisis.- Tras la firma de los acuerdos de Versalles en 1919, Alemania se comprometió a pagar indemnizaciones cuantiosas a los aliados, especialmente a Francia. El acuerdo, inicialmente apoyado por el Reino Unido, tal como previó, John Maynarnd Keynes, terminó siendo lesivo para la economía de este país a la vista de los vínculos de importaciones y exportaciones que lo unían con Alemania. Francia, sin embargo, se mostró intolerante a este respecto y no solamente exigió el pago de las cuotas anuales sino que amenazó con ocupar la cuenca industrial del Ruhr cuando en 1923 se produjo un retraso en los pagos. La crisis del Ruhr fue, sin duda, el momento más grave que vivió la República de Weimar. Y en ese clima enfebrecido volvieron a emerger los Cuerpos Francos que habían salvado a la República de la amenaza bolchevique en sus comienzos. Y allí apareció la figura de un veterano de los combates del Freikorps: Albert Leo Schlageter.

Hiperinflación contra Weimar

Las jugarretas de la geopolítica quisieron que Francia fuera especialmente rica en hierro, mientras que Alemania lo era en carbón. El hierro sin carbón es completamente inútil, mientras que con el carbón pero sin hierro jamás podrá fabricarse acero. Alemania y Francia estaban llamadas a cooperar a partir del inicio de la era industrial (1), el problema fue que durante más de un siglo cada una aspiró a ser hegemónica sobre la otra. En 1923, cuando se produce el impago de las indemnizaciones bélicas por parte de Alemania, Francia todavía aspiraba a ser potencia hegemónica en la Europa continental y para eso precisaba el carbón alemán que, mayoritariamente se extraía de la zona del Ruhr en donde, además, estaban situados los altos hornos y la flor y nata de la industria pesada alemana. De ahí el interés francés en ocupar el Ruhr. La ocupación era “legal” en función de las cláusulas del Tratado de Versalles y jamás fue condenada por la Sociedad de Naciones, prolongándose desde 1923 hasta el 25 de agosto de 1925 (2).

No es que Alemania se negara a pagar las indemnizaciones, sino que le resultó completamente imposible. El país vivía un período de hiperinflación que condicionaba el valor de su moneda y, consiguientemente, los tipos de interés, el valor de los cambios y el pago de la deuda.

El valor de la moneda alemana se mantuvo estable hasta mediados de 1921, pero en mayo de ese año, el Reino Unido exigió el pago de 2.000.000.000 de marcos oro anuales lo que suponía una cuarta parte del valor de las exportaciones alemanas. Alemania, aún así, pagó en agosto, pero su moneda perdió respaldo, viéndose obligada a imprimir “marcos de papel” lo que hizo que aumentara desmesuradamente el dinero circulante y se iniciase una rápida devaluación. En esas circunstancias se produjo la ocupación del Ruhr. La huelga general que siguió y que se prolongó durante varios meses en esa región agravó todavía más este proceso al disminuir los ingresos del Estado que imprimió más y más papel-moneda para pagar sueldos y  subsidios… con lo que la inflación aumentó de forma cada vez más acelerada.  

El dólar pasó en noviembre de 1921 a costar 330 marcos, estabilizándose en 320 en los meses siguientes. A lo largo de los seis primeros meses del año se intentaron varias conferencias internacionales para resolver el problema que obviamente se planteaba: Alemania no disponía de los 132.000.000 de marcos-oro que debía pagar y, era evidente que, antes o después, se llegaría al colapso en las entregas. Todas estas conferencias fracasaron y Alemania optó por comprar moneda extranjera para pagar la deuda y, a su vez, pagarla con deuda pública alemana… lo que generó aún más devaluación de la moneda nacional.

A partir de junio de 1921 la inflación se transformó en hiperinflación y seis meses después, el dólar, de valer 320 marcos se cotizaba a 8000. Dado que el marco carecía de valor, la única forma de afrontar los pagos, según el gobierno francés, era mediante entregas en especies, carbón en particular y, finalmente, decidió ocupar el Ruhr que tuvo como respuesta la huelga general primero en toda Alemania y luego en el Rhur. La hiperinflación se aceleró de nuevo hasta el punto de que en noviembre de 1923 se vio obligado a poner en circulación una nueva moneda que sustituyera al marco de papel. Cuando se había llegado a ese punto, una jarra de cerveza costaba 4.000 millones de marcos…

La nueva moneda, el rentenmark, consiguió estabilizar y remitir la situación, pero tuvo extraordinarias consecuencias para el futuro de Alemania: aumentó la inestabilidad social, supuso especialmente una agresión contra las clases medias que en pocos meses se proletarizaron, difundió el desánimo sobre la capacidad de la República para guiar al país y generó un estado de ánimo contra las instituciones financieras que aprovecharon los extremos del arco político. El propio Hitler reconoce que la ocupación del Ruhr tuvo “enorme trascendencia para el desarrollo de la S.A. Esta ocupación, que no nos vino de sorpresa, engendró la fundada esperanza de que, al fin, terminaría la política cobarde de las sumisiones y que, con ello las ligas de defensa asumirían un rol perfectamente definido. Tampoco la S.A., que ya por entonces abarcaba en su organización muchos miles de hombres jóvenes y fuertes, debía quedar privada de prestar su concurso a este servicio nacional. En la primavera y durante el verano de 1923, se operó la transformación de la S.A., en una organización militar de combate” (3).

Para Francia la guerra no había terminado

Es muy posible que Raymond Poincaré, primer ministro francés, no estuviera tan interesado en lograr el cobro de las reparaciones como en romper la economía alemana para siempre amputándole su región más rica y mejor provista de industria y de recursos naturales.  De hecho, estratégicamente, la ocupación se realizó aislando el Ruhr del resto del Estado. Si ese era el objetivo cabe decir que se alcanzó ampliamente. La huelga general se mantuvo hasta septiembre de 1923, aparecieron actos de resistencia de los patriotas alemanes que generaron verdaderos problemas a las fuerzas de ocupación,  se produjeron 400 muertos y la “resistencia pasiva” que proclamó el gobierno alemán, en muchos casos se transformó en resistencia armada. Incluso el mismo “pusth” de Munich protagonizado por el NSDAP en 1924 tuvo su origen inmediato en la ofensa al honor nacional alemán que supuso la ocupación del Ruhr (4).

Para colmo, la ocupación del Ruhr y la actitud francesa son inseparables de los procesos secesionistas que se desarrollaron en distintas zonas dee Alemania en aquellos momentos. El 24 de octubre de 1923, en las primeras semanas de ocupación del Ruhr, se proclamó en Bonn la “República Renana”. Armados por no se sabe quien, los separatistas renanos ocuparon distintas ciudades y pueblos, requisando víveres y alimentos provocando enfrentamientos armados y decenas de víctimas en un movimiento que recuerda extraordinariamente el que se desarrolló en Kosovo a finales de los años 90. En efecto, era en ambos casos fue imposible precisar la divisoria entre el “movimiento político” y la criminalidad común. Al percibir que el separatismo renano tenia una componente no desdeñable de delincuencia común, el 28 de diciembre de 1924, Francia e Inglaterra dejaron de apoyarlo, con lo que se difuminó completamente (5).

Albert Leo Schlageter mitificado

Si hasta aquel momento los Freikorps habían respondido con las armas a la insurrección bolchevique, si habían combatido en Curlandia contra las tropas rusas en defensa de los alemanes del Báltico donde los socialdemócratas les habían atraído con falsas promesas de entregarles tierras, si lucharon contra los polacos en Alsa Silesia, si hartos de salvar a la República de Weimar finalmente conspiraron contra ella durante el “pustch” de Kapp, si habían impartido una justicia expeditiva allí en donde la justicia había renunciado a actuar, era obvio que no iban a desertar ante la ocupación de la tierra alemana del Rhur. Allí los Freikorps animaron un movimiento de resistencia contra la ocupación que desoyó las consignas de “resistencia pacífica” del gobierno del canciller Cuno. Allí será, durante la ocupación francesa cuando un jovencísimo Ernst von Salomon, que luego sería considerado como mejor escritor de su generación, conoció al alférez Edwin Kern con el que participaría en el asesinato contra el ministro de asuntos exteriores de Weimar Walter Rathenau. Allí llegaría un joven estudiante que había servido ya en la Primera Guerra Mundial y que luego habia participado en los combates de Alta Silesia y en el “pustch” de Kapp, Alberto Leo Schlageter, miembro del Freikorps Havenstein y, desde 1922, militante del NSDAP.

Schlageter fue honrado diez años después de su muerto por Martin Heidegger que con encendidas palabras glosó su figura: Heidegger lo calificó de “joven héroe alemán” (”junge deutschen Helden”) que alcanzó “la más grandiose de todas las muertes” (”den schwersten und grössten Tod”). Explicando la hazaña de Schlageter, Heidegger añade: “No murió en el frente de combate como líder (“Führer”) de su batería de artillería de campaña, no murió en el tumulto de un ataque, no murió en una rabiosa acción defensiva… no: él se paró inerme y sin defensa ante los fusiles franceses. Pero él se mantuvo de pie y sostuvo la cosa más difícil que un hombre puede enarbolar. Todavía pudo tener un rápido final lleno de júbilo, una Victoria ganada y que la grandeza del despertar de nuestra Nación brillara adelante. En lugar de esto… Oscuridad, Humillación, y Traición (”Finstern, Erniedrigung und Verrat”). Solo, girando sobre su propia fortaleza interna, tenía que colocar ante su propia alma una imagen del futuro despertar del Pueblo (“Aufbruchs des Volkes”) honorificado y engrandecido de tal manera que podría morirse creyendo en ese futuro. ¿De dónde sacó esa dureza de la voluntad (”Härte des Willens”), que le permitió soportar la cosa mas difícil de todas? ¿De donde sacó esa claridad del corazón (”Klanheit des Herzens”), que le permitió vislumbrar lo que era más grandioso y más lejano y remoto? ¡Estudiante de Freiburg!, ¡Estudiante Alemán!…Cuando en tus marchas y excursiones pisas las montañas, los bosques y valles de la Selva Negra, la pequeña Patria (“Heimat”) de este héroe, aprende: que las montañas entre las que el joven hijo de campesinos creció son de piedra primitiva, de granito. Y ellas han estado mucho tiempo trabajando endureciendo la Voluntad. El sol de otoño de la Selva Negra se pone bañando las cordilleras y bosques en la más gloriosa y clara luz. Ella ha nutrido por mucho tiempo la Claridad del corazón (”die Klarheit des Herzens”). Cuando él estuvo de pié, parado indefenso frente a los fusiles franceses, la mirada interna del héroe sobrevoló sobre los orificios de las armas para alcanzar la luz del día y las montañas de su hogar para decir que se puede morir por el Pueblo Alemán y su Imperio (“das alemmanische Land für das deutsche Volk und sein Reich zu sterben”) con el paisaje campestre germánico ante sus ojos. Con una Voluntad dura y un corazón claro, Albert Leo Schlageter murió su muerte, la muerte más difícil y la muerte más grandiosa de todas. ¡Estudiantes de Freiburg, permitan que la fuerza de las montañas maternas de nuestro Héroe fluya dentro de sus voluntades! (”lass die Kraft der Heimatberge dieses Helden in deinen Willen strömen”).¡Estudiantes de Freiburg, permitan que la fuerza del sol otoñal de los valles maternos de nuestro héroe ilumine sus corazones! Preserven a ambos dentro de Ustedes y llévenlos, dureza de la voluntad y claridad del corazón, a sus camaradas (“Kamaraden”) de las universidades alemanas. Schlageter caminó estos lugares como un estudiante de Freiburg. Pero la ciudad no podía contenerlo por mucho tiempo. Él se obligó a ir al Báltico; él se obligó a ir a la Alta Silesia; él se obligó a ir al Ruhr (“er müsste ins Baltikum, er müsste nach Oberschelesien, er müsste an die Ruhr”). Él no se permitió escaparse a su propio Destino (”seinem Schiksal”) de manera que murió en la más difícil y grandiosa de todas las muertes con dureza de la voluntad (”Harten Willens”) y claridad del corazón (”Klaren Herzens”). Honremos al héroe y levantemos nuestro brazo en un saludo silencioso.¡Heil!” (6).

Cuando Heidegger escribía estas palabras, el dramaturgo Hans Jhost en una pieza de teatro sobre el “héroe del Ruhr” y dedicada a Hitler, ya lo había calificado como “el primer soldado del III Reich” (7) y el gobierno alemán estaba edificando un memorial en su nombre. Si el NSDAP tuvo un mártir ese fue Horst Wessel (8), pero si estuvo en condiciones de transferir a uno de los suyos como mártir de la nación, fue sin duda Albert Leo Schlageter quien ocupó esa función incluso hasta bien entrada la II Guerra Mundial (9).

El Albert Leo Schlageter real

Lo sorprendente de la aventura de Schlageter es que, a diferencia de otros mitos modernos en donde el personaje real está a años luz de la construcción que se ha realizado a posteriori (el Ché Guevara, por ejemplo), en el caso de Schlageter su vida no difiere en absoluto del mito presentado para admiración de la comunidad nacional. De hecho, los “creadores” del mito, no tuvieron mucho trabajo en construirlo: simplemente presentar al personaje tal cual era.

Voluntario en la I Guerra Mundial participó en las batallas de Ypres (1915 y 1917), el Somme (1916) y Verdún (1916), siendo ascendido por méritos de Guerra al grado de teniente y recibiendo la Cruz de hierro de Primera y de Segunda clase. Inmediatamente se desmovilizó en 1919 se unió a la Brigada de Marina von Loewenfeld en donde combatió contra los bolcheviques insurrectos.

De retorno a la vida civil, cursó estudios de ciencias políticas. Pero la experiencia bélica que aún ardía en sus venas apenas le retuvo un año como estudiante, uniéndose luego a organizaciones juveniles nacionalistas. De esa época data su militancia en la Jungdo, la Jungdeutscher Orden, dirigida por el teniente Arthur Mahraun que llegó a contra con 40.000 miembros. La Jungdo estuvo influida por el movimiento de los “Deutsche Vandervogel” (literalmente: “pájaros errantes alemanes”) que lcanzó una fuerza extraordinaria antes de la I Guerra Mundial y que unían el ideal de un retorno a la naturaleza como la mística de la “comunidad del pueblo” formada en torno al ideal racial (10).

Luego, deseoso de comprometerse aún más con la patria, se alistó, en tanto que excombatiente, en los Freikorps. Participó en los combates de Curlandia y del Báltico y en la defensa de Riga como miembro del Freikorps Erhardt, oficialmente llamado “Bund ehemaliger Erhardt-Offiziere” ("Liga de antiguos oficiales de Erhardt"). Luchó contra el KDP en la llamada “acción de marzo” ordenada por la IC (11). Participó en el “putsch” de Kapp y en la lucha contra los bolcheviques en Berlín. En 1922, junto con los miembros de su Freikorps ingresó en el NSDAP y luego se presentó voluntarios para los combates de Alta Silesia contra los polacos

Un año después, al producirse la ocupación del Ruhr constituyó bajo su responsabilidad un grupo de activistas que cometieron distintos atentados haciendo descarrilar trenes de transporte de mercancías hacia Francia. El 7 de abril de 1923, traicionado por Walter Kadow, fue detenido por los franceses y ejecutado el 26 de mayo en Golzheimer. Kadow, posteriomente sería asesinado por Rudolf Höss y Martin Bomann quienes cumplieron cuatro y un años de cárcel respectivamente.

En la última carta que escribió a sus padres el 8 de mayo les decía: “a partir de 1914 hasta la fecha he sacrificado mi fuerza entera al trabajo para mi patria alemana, del amor y de la lealtad pura. (…) No fuí ningún líder, pero intenté ayudar a mi patria. No cometí ningún crimen o asesinato común”. Nadie, en efecto, ni siquiera entre los aliados en la postguerra, se atrevió a llamarle “terrorista”. Tras su fusilamiento, su cadáver fue rescatado de la morgue de Düsseldorf por un comando de sus antiguos camaradas dirigidos por Viktor Luze (que sustituiría a Ernst Röhem al frente de las SA tras la “noche de los cuchillos largos”).

Una vida así, confirmada por miles de documentos y testimonios de la época no cuestanada de mitificar: en sí misma ya es un mito. Fue ese mito el que intentó aprovechar Karl Radeck y el KPD…

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Notas fuera de texto

(1)  Y finalmente lo hicieron tras la II Guerra Mundial cuando se constituyó la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, después del fracaso del acercamiento franco-alemán propuesto por Arístide Briand y el canciller Stresseman a finales de los años 20.

(2)  Existen distintas obras sobre la ocupación del Ruhr, la más accesible para el público español es sin duda la de Stanislas Jeannesson, Poincaré, la France et la Ruhr 1922-1924. Histoire d’une occupation (Strasbourg, 1998). Los datos que pueden obtenerse en Internet en lengua española son todavía escasos, destacando, sin embargo, la hemeroteca de La Vanguardia que ofrece las informaciones que circularon en el momento mismo de los hechos.

(3)  De entre todas las versiones de Mi Lucha, hemos extraído este fragmento de la que puede leerse en Internet: radioislam.org/historia/hitler/mkampf/pdf/spa.pdf, pág. 95.

(4)  En la Segunda Parte del Mi Lucha, Hitler se explaya en consideraciones sobre la ocupación del Ruhr en el Capítulo XV titulado significativamente “El derecho a la legítima defensa” (op. cit., págs. 117 y sigs.). Hitler explica que la firma del Tratado de Versalles no disuadió a Francia del objetivo propuesto al inicio de la Primera Guerra Mundial: la desmembración de Alemania (pág. 118, dice textualmente “Ya en el invierno de 1922 – 1923 debióse saber cuál era el propósito que Francia perseguía.”). En el mismo capítulo realiza un lúcido análisis sobre lo que supuso aquel episodio histórico, que demuestra que el futuro Führer, no solamente leía la prensa, sino que además era capaz de interpretar los acontecimientos internacionales en clave correcta (entonces la figura de Keynes no era todavía suficientemente conocida y era preciso ser una agudo observador para percibir que aquel economista tenía razón al alertar al gobierno británico de que estrangular económicamente  Alemania o fragmentarla iría en contra de los intereses económicos de su propio país). Escribe Hitler: “En diciembre de 1922, pareció agudizarse en grado amenazante, la situación entre Francia y Alemania. Francia intentaba poner en práctica nuevas temerarias extorsiones y para ello, necesitaba garantías. Con la ocupación de la cuenca del Ruhr, creíase en Francia romper definitivamente la moral de Alemania y colocarnos, al mismo tiempo, en una situación económica tal, que nos viéramos constreñidos a aceptar hasta las más pesadas cargas. Con la ocupación del Ruhr, el destino le tendió una vez más la mano al pueblo alemán para que se levantara; pues, aquello que en el primer momento, debió presentársenos como una tremenda calamidad, encerraba, en el fondo, una posibilidad infinitamente promisora para poner fin a los sufrimientos de Alemania. Desde el punto de vista de la política internacional, la ocupación del Ruhr significó el primer alejamiento entre Inglaterra y Francia, no sólo por parte de la diplomacia británica que había pactado, considerado y mantenido la alianza francesa con el criterio práctico del frío calculador, sino también en vastos sectores del pueblo inglés, dominaba aquel estado de ánimo. Fue, en particular, en los círculos financieros, donde se mostraba indisimulable desagrado por el nuevo formidable incremento del poderío francés en el continente. En efecto, vista la cuestión en el sentido político-militar, Francia asumía en Europa una posición como no la había tenido antes ni la misma Alemania, y en lo económico, adquirió igualmente fundamentos que le asignaban una situación poco menos que de privilegio junto a su posición de poderoso competidor político. Las minas más importantes de hierro y carbón de Europa, se hallaban en manos de una nación que, a diferencia de Alemania, había cuidado hasta entonces sus propios vitales intereses con decisión y dinamismo y que en la guerra puso de relieve ante el mundo entero la seguridad que le ofrecía su ejército. Con la ocupación de la zona carbonífera del Ruhr, Francia le arrebató a Inglaterra todo el éxito que había obtenido de la guerra, y el dueño de la victoria no fue ya entonces, la sagaz diplomacia inglesa, sino el mariscal Foch y la Francia que él encarnaba” (op.cit., pág. 121). Habrán de pasar 50 años de este episodio histórico para que se reconozca que si la crisis de 1929 se notó mucho menos en Francia que en cualquier otro país Europeo fue precisamente gracias a las indemnizaciones de guerra alemanas (H. Saña, op. cit., pág. 112)

(5)  En Internet puede leerse la traducción de la referencia que apareció en Wikipedia-Alemania sobre la “República Renana” en http://www.worldlingo.com/ma/enwiki/es/Rhenish_Republic/1. A pesar de que se trata de una traducción realizada automáticamente permite advertir la fisonomía del movimiento. El papel de Francia resultó evidente hasta el punto de que algunos miembros del gobierno independentista renano plantearon “independizarse de Prusia” y adherirse a Francia. Uno de los políticos que coquetearon con la República Renana fue Konrad Adenauer (véase su biografía en http://es.wikipedia.org/wiki/Konrad_Adenauer) que luego sería canciller de la República Federal Alemana.

(6)  Traducción de Nicolás González Varela a partir de los discursos de Heidegger en alemán y las ediciones francesas e italianas de los escritos politicos. Recogido en http://fliegecojonera.blogspot.com/2006/10/el-hroe-nazi-schlageter-y-heidegger.html. Es frecuente que en recopilaciones de los escritos de Heidegger publicados en Francia y en Alemania después de la II Guerra Mundial se omita la militancia de Schlageter en el NSDAP y haya circulado la version de que jamás militó en el partido, algo que es completamente falso.

(7)  El fragmento final de esta obra puede leers en el libro  “La Cultura Nazi. La vida intellectual, cultural y social en el III Reich”, George L. Mosse, Ediciiones Grijalbo, 1973, pág. 211-212. Es famoso que en esta obra de Johst se incluye la famosa frase: "Wenn ich Kultur höre, entsichere ich meinen Browning", "en cuanto oigo hablar de cultura le quito el seguro a mi browning", que en ocasiones se ha atribuido erróneamente (y con distintas variantes) a otros responsables del III Reich.

(8)  Hots Wessel fue jefe de una de las Secciones de Asalto y autor de la letra del Die Fahne hoch, himno del NSDAP más conocido por su propio nombre. Había nacido en 1911 en el Bosque de Teotoburgo y su padre fue amigo personal de Hindenburg. Miembro muy joven del partido empezó estructurando grupos de las Juventudes Hitlerianas e ingresó en el NSDAP de Berlín. A pesar de vivir en un barrio modesto (su madre dejó de enviarle dinero cuando se fue a vivir sin contraer matrimonio con una berlinesa) de mayoría comunista solía ir con camisa parda. La portera del inmueble lo denunció a un grupo de choque comunista que lo asesinó, muriendo después de una larga agonía, durante la cual fue visitado en varias ocasiones por Joseph Goebels y por su camarada de las SA, el príncipe Augusto Guillermo de Prusia. Murió el 23 de febrero de 1930. Sus dos asesinos, Albert Hühler y Else Cohn, miembros del KDP fuern ejecutados.

(9) Hasta el momento en el que el NSDAP accedió al poder, había aparecido 15 libros sobre Schlageter. Hilter en Main Kampf lo menciona. Hitler escribe: "En la época de la más terrible humillación impuesta a nuestra patria rindió allá su vida por su adorada Alemania el librero de Núremberg, Johannes Philipp Palm, obstinado ’nacionalista’ y enemigo de los franceses. Se había negado rotundamente a delatar a sus cómplices, mejor dicho a los verdaderos culpables. Murió, igual que Leo Schlageter, y como éste, Johannes Philip Palm fue también denunciado a Francia por un funcionario”. (Mi Lucha, op. cit., pág. 4). Diversas editoriales nacionalistas y próximas al partido habían publicado folletos y comics dedicados a los niños sobre la figura del “héroe del Ruhr”. La obra de teatro que lleva su nombre, escrita por Hanns Johst fue estrenada el 20 de abril de 1933, fecha del primer cumpleaños de Hitler en el poder. Se representó siempre con mucho éxito hasta el final de la Guerra. Además, la figura de Schlageter aparece en pa primera película de propaganda filmada por el Nuevo regimen, “Brutendes Deutschland” de Johannes Haüssler. En todas las ciudades alemanas una calle o plaza céntrica lo recordaba y se colocaron decenas de monumentos en su honor en todo el país. En NSDAP creó condecoraciones con su nombre y el día de Pentecostés de 1933 fue homenageado en la Selva Negra con presencia de 1000 dirigentes nacionales del Reich y de la cultura alemana. Cerca del lugar de su ejecución se elavantó a mediados de 1933 un monumento (una gran cruz sobre dos círculos de piedra) que resultó destruido por los aliados tras la II Guerra Mundial. A todo esto se le llamó “Schlageter-Kult”. Datos extraídos de diversas fuentes en Internet.

(10) Buena parte de miembros de la Jungdo no solamente ingresaron en el NSDAP, sino que se integraron en las SS, entre ellos su ideólogo Reinhard Höhn en 1933.

(11) Se conoce como “acción de marzo” la insurrección comunista en Alemania ordenada por la Internacional Comunista en 1921 y que constituyó un estrepitoso fracaso. En Alemania, desde el año anterior, el KPD se ha unificado con el USPD y cuenta con 500.000 afiliados. La nueva formación obtiene casi el 30% de los sufragios en las elecciones de Prusia en febrero de 1921. Convencidos de su fuerza, la IC ordena la “acción de marzo” que consistía en un episodio insurreccional seguido de una huelga general que debería desatar la “revolución proletaria” en Alemania. El 17 de marzo llegaron las órdenes de la IC a Alemania y al día siguiente el Die Rote Fahne, portavoz central del KPD, llama a la lucha armada. Y añade P. Levi en su carta a Lenin (27.3.1921) “sin decir exactamente por qué objetivos”. El 21 de marzo estalla la huelga general en Alemania central que, sin embargo, no tiene mucho éxito en otras zonas. Sin embargo en el centro del país 40.000 huelguistas resisten a las fuerzas policiales y del ejército durante algunos días. Comunistas independientes cometen atentados  en Dresde y Freiberg. El 1º de abril los últimos grupos comunistas armados se disuelven en medio de una sensación de impotencia y fracaso. La revolución bolchevique a partir de ese momento ya no sera nunca más possible en Alemania. Es possible que la “acción de marzo”, completamente suicida y que desconocía la fuerza real del KPD sobre la clase obrera alemana (el SPD, era mucho más influyente) fuera ordenada desde Moscú para desviar la atención internacional de la revuelta de marinos de Cronsdatd que en esos momentos tenía en vilo a la opinion pública mundial. Heleno Sala (op. cit., Vol I, pág. 201 y sigs.) comenta ampliamente la “acción de marzo” y todo lo que le rodeo. Así mismo, en esta web se relatan las circunstancias del episodio: http://es.internationalism.org/rint93-alemania