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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

ORIENTACIONES

Renovar la idea de España (V)

Renovar la idea de España (V)

Info-krisis.- Terminamos la serie sobre la "renovación de España" con estos dos capítulos que, a pesar de ser difíciles de abordar, polémicos y conflictivos, tienen una importancia crucial para agotar la temática: ambos capítulos aluden al catolicismo en España, a su presente y a su futura, así como a las orientaciones culturales necesarias para una reconstrucción nacional.

7) Iberismo y catolicismo

En otro tiempo hubiera sido posible decir que el Iberismo, a ambos lados del Atlántico, sería “católico”. Pero hoy eso es ya imposible y no sería razonable partir de una base falsa como trampolín para la regeneración nacional. La pérdida de influencia de la Iglesia Católica, su fragmentación en distintos grupos interiores (Opus Dei, Comunión y Liberación, neocatecumenales, legionarios de Cristo, Yunque, etcétera, etcétera) que han sustituido lo que representaba la tradición de las viejas órdenes religiosas (benedictinos, franciscanos, dominicos, jesuitas) invadiendo los espacios hasta ahora reservados al clero diocesano (que han podido ocupar por la debilidad creciente de éste y la falta de vocaciones), el desmantelamiento de los ritos y de la liturgia que tuvieron lugar después del Concilio Vaticano II, la renuncia a las propias tradiciones y el no haber estado en condiciones de encabezar una respuesta “espiritual” a la ofensiva del materialismo moderno, todo ello ha hecho que le Iglesia española haya perdido en los último 50 años la mayor parte de su capital humano y que ni siquiera esté asegurado el reemplazo en los seminarios que garantizaría la preparación constante de “pastores” para la Iglesia. El hecho mismo de que en los conventos femeninos la inmensa mayoría de miembros sea de origen asiático o africano, indica a las claras el nivel de descomposición en el que se encuentra la Iglesia española. Ni siquiera la llegada masiva de inmigrantes andinos ha reforzado, como creían inicialmente desde la jerarquía, al catolicismo español sino que ha servido para reforzar precisamente a las sectas religiosas evangélicas y a las confesiones protestantes mucho más que al catolicismo local (lo que, por lo demás, demuestra así mismo la crisis del catolicismo iberoamericano que no ha podido soportar la desmovilización que supuso la teología de la liberación en los años 70-80).

Pensar que el catolicismo puede volver a ser el eje en torno al cual se polaricen fuerzas para reemprender una reconquista espiritual y material de España y para alumbrar los caminos de su reconstrucción, supone hoy una forma de idealismo que jamás podrá concretarse: puede ser que satisfaga a los católicos y a su particular visión de la vida, pero no desde luego a los que no tienen la fe en la doctrina de la Iglesia. El ciclo de la Iglesia Católica parece haberse agotado y no se ve de que manera podría reactualizarse y recuperar una iniciativa que perdió desde principios de los años 60 incluso en España.

Por otra parte, es preciso negar un error habitualmente presente en las concepciones que se han forjado de España desde el último tercio del siglo XIX: España no empieza con la conversión de Recaredo, es decir, con el momento en el que el Reino Visigodo de España empieza a ser formalmente católico. España (Hispania, Hesperia) es preexistente a la aparición del cristianismo, se inicia cuando con los primeros pobladores de la península que si bien no pudieron tener jamás la conciencia de la nacionalidad, si, al menos, eran vistos desde fuera de la península como un conjunto de pueblos con destino común. Y, por lo mismo, España sobrevive a la desaparición del catolicismo como fuerza hegemónica en la cultura española (lo que ocurrió progresivamente a partir de principios de los años 60). Reducir la historia de España al catolicismo es acotar un segmento de una línea histórica mucho más amplia.

A este respecto, vale la pena recordar que España se desangró en defensa de la fe y en su difusión en el nuevo mundo en los siglos XVI-XVII. Si el Imperio Español es radicalmente diferente del británico es precisamente porque estuvo propulsado por la difusión del ideal de la catolicidad, mientras que el británico no fue nada más que la búsqueda de un área de expansión y de aprovisionamiento para la Compañía de Indias; una iniciativa, en primer lugar, económico-comercial. Pero en aquellos siglos ¡Había una Iglesia que defender! ¡Había una liturgia que practicar! ¡Había un pueblo que tenía una fe unánime que lo unificaba! Nada de todo esto existe hoy; en su lugar tenemos confusión doctrinal, caos litúrgico, seminarios vacíos, sectas disputándose el favor de los fieles de a pie, desviaciones humanistas-universalistas en las jerarquías, confusión la ayuda a los menesterosos y la aceptación acrítica de la inmigración como hecho consumado, el silencio de la Iglesia ante el Islam, el olvido del hecho fundamental de que el marco del catolicismo ha sido Europa y el ámbito de influencia creado por los pueblos europeos, para considerar una expansión misional por Asia y África especialmente en donde la Iglesia crece con más rapidez, olvidando que hoy Europa es “tierra de misiones” y eludiendo la debilidad estructural de las comunidades católicas allí creadas, la sensación de que el Vaticano se ha enrocado en una serie de temas en materia de sexualidad (especialmente su obsesión por el “creced y multiplicaros” y su rechazo a cualquier método contraceptivo, cuando resulta evidente que un crecimiento exponencial de la población es imposible y que el planeta está superpoblado especialmente en alguna zonas), su moral sexual que considera el gozo sexual y erótico como una forma pecaminosa y que solamente puede ejercerse, como mal menor, de cara a la paternidad… todo esto hace que la Iglesia perdiera en el Vaticano II su ocasión para “ponerse al día” y que progresivamente esté perdiendo influencia en Europa y ganándola en la periferia, en zonas en donde no puede competir con las religiones tradicionales (budismo, confucianismo, taoísmo, brahamanismo) o bien puede extenderse a condición de relajarse a sí misma y de mirar a otro lado ante las constantes antropológicas y culturales que en África negra, al menos, son las más inapropiadas para la difusión del catolicismo romano.

El catolicismo ya se ha contraído demasiado en España como para pensar que pudiera ser tomado como punto de apoyo para un renacimiento nacional, como ocurrió en otro tiempo. Hace falta ser realistas y no mezclar los delirios místicos (del tipo de “la Iglesia es eterna y por tanto reverdecerá de sus crisis”) con las realidades operantes aquí y ahora. Esto puede constituir un motivo de desesperación para un católico que considera que la historia de España y la del catolicismo están indisolublemente unidas: en ese caso habría que aceptar que la crisis de España es la crisis del catolicismo romano… pero el problema es mucho más profundo.

Vale la pena recordar que cuando murió Franco solamente tres obispos de la Conferencia Episcopal se situaban en posiciones tradicionalistas y esto después de 35 años de que el régimen apoyara y priorizara a la Iglesia. Sin olvidar que Paulo VI pidió en repetidas ocasiones el indulto para condenados por el franquismo y que las iglesias se convirtieron en los principales focos de oposición al franquismo desde mediados de los años 60. La conducción política de un país no puede depender de la salud o de las patologías que se hayan generado en el Vaticano. Mejor defender una fe que el materialismo o el nihilismo, evidentemente, pero el Estado no puede comprometerse con una fe en crisis que ya representa no a la totalidad del pueblo español sino a una minoría (la que va a misa todos los domingos, los únicos que, efectivamente, merecen el nombre de “católicos”) y que, para colmo, hace causa común en el País Vasco y Cataluña, con movimiento independentistas (haciendo además abstracción de que los nacionalismo regionales se expandieron en el último tercio del siglo XIX desde las sacristías y los púlpitos). A partir de ahora, la reconstrucción del patriotismo español ya no puede realizarse sosteniendo que la Iglesia y España caminan en paralelo, sino reconociendo el hecho consumado e inasumible de que la Iglesia está en crisis y que España ya no puede defenderla porque ni siquiera está claro hacia a dónde quiere caminar esa misma Iglesia.

Podría suponerse que la irrupción del Islam y su inquietante presencia en el interior de Europa podrían dar lugar a una nueva “guerra de religión” y, por tanto, sería necesario apoyar “lo nuestro” frente a lo que ha llegado del desierto. Es evidente que en los próximos años el Islam será la religión más seguida en Francia, en el Reino Unido, en Bélgica, en Holanda y seguramente en Alemania. Eso demuestra la vitalidad del Islam y el hecho de que se apoye especialmente en los sectores étnicos procedentes de la inmigración y no haya podido penetrar en los sustratos étnicos europeos originarios, evidencia que más que una guerra de religión estaremos ante un conflicto étnico-social. 

Conocemos la doctrina de Charles Maurras según la cual el catolicismo ofrecía para Francia el “mito movilizador” para asegurar su unidad nacional. Pero Maurras escribía estas ideas hace 100 años, cuando el catolicismo francés (mucho más militante que el español, por cierto) estaba vivo y activo a pesar de todos los intentos de laicización de la sociedad operados desde 1789 de manera extremadamente sangrienta. Hoy, la situación es completamente diferente: en Francia existe el mismo nivel de desertización parroquial que en España. En las regiones de la periferia francesa los pocos sacerdotes que quedan, la mayoría con una edad superior a los 60 años, deben realizar periplos itinerantes por parroquias de distintas poblaciones en las que ya no quedan sacerdotes con qué regentarlas. Una vez más, el problema del catolicismo es de pastores para dirigir la grey. Pero nosotros, un movimiento político de reconstrucción nacional ya no puede hacer nada para resolver la crisis de la Iglesia. Solamente disponemos del Estado y de nuestra voluntad para afrontar ese proceso. No se puede contar con que la Iglesia haga algo más que intentar defender sus propios intereses y que, ni siquiera esto lo haga de manera unitaria sino que serán las distintas “sectas” en las que está hoy dividida la Iglesia las que asumirán la defensa de sus intereses de parte. Y, hay que decirlo, los intereses de esas sectas no tienen absolutamente nada que ver con el interés nacional.

Por tanto, los tiempos han cambiado: la defensa de España ya no se identifica ni remotamente con la defensa de una fe que solo permanece viva y es practicada por una minoría (y para ello solamente hace falta ir a la puerta de las iglesias y ver el número de los que acuden a los oficios religiosos). Mientras algunos patriotas sigan bloqueados por esa idea, supeditando la defensa de la patria a la defensa de la Iglesia eludirán la realidad: que la Iglesia está en crisis y que solamente compete salvarla a las jerarquías de la misma, pero que la crisis de España puede –y debe ser- afrontada por la voluntad de los patriotas: CATÓLICOS O NO.

Es más, cabe preguntarse si hoy la defensa de los intereses del catolicismo coincidiría con la defensa de los intereses de la Iglesia. Ya hemos visto como, mientras el franquismo seguía defendiendo la unidad de intereses del Estado y de la Iglesia (algo que beneficiaba extraordinariamente a la Iglesia), ésta, por el contrario, declaraba por activa y por pasiva, que Estado e Iglesia eran “independientes”. Mientras Franco consagraba a España al Sagrado Corazón, la Iglesia miraba a otra parte y prefería no pronunciarse porque los vientos que soplaban en aquella época eran laicos y la Iglesia había decidido apoyar políticamente sólo a las democracias-cristianas. Franco fue, en todo esto, más papista que el Papa… y el resultado fue que en septiembre de 1975, el Vaticano hizo causa común con la oposición antifranquista. Hay que recordar que, durante la transición solamente Fuerza Nueva y, más en concreto, su líder, Blas Piñar, sostuvo una posición explícita de defensa de la doctrina de la Iglesia desde un punto de vista tradicionalista. El pago fue que la Conferencia Episcopal, no solamente le desautorizó sino que se situó en las antípodas. Para colmo, las luchas entre católicos oficialistas y católicos tradicionalistas provocó escisiones interiores en el partido piñarista. Una vez más, como en la II República, la iglesia con su apoyo al “caballo ganador” (primero a la CEDA y luego a la UCD) prefirió la real-politik a apoyar a los sectores más combativos y decididos a una defensa de la fe y a una regeneración nacional. Estos ejemplos históricos recientes son suficientes como poder afirmar tajantemente: nunca más el patriotismo español se desangrará en defensa de otro ideal que no sea el sagrado ideal de la patria; nunca más el patriotismo español se basará en los principios de un pasado católico para eludir la realidad del presente en el que el catolicismo ha perdido la hegemonía religiosa en beneficio del indiferentismo; nunca más la historia de España se reducirá a la historia de la “España católica”: España es mucho más que eso. Hispania, Hesperia, Iberia, han existido antes que la Iglesia y presumiblemente seguirán existiendo cuando la Iglesia se extinga al acabarse un ciclo que, obviamente, ya está tocando a su fin.

Es preciso, pues, como exigencia para la reconstrucción y la regeneración nacional, tomar un mito movilizador más allá del mito religioso católico. Hace falta establecer cuál será ese mito movilizador a la altura de los tiempos. Mito laico o mito religioso, lo importante es que tenga capacidad de movilización, que suponga un revulsivo con suficiente potencial movilizador como para alumbrar la nueva página de nuestra historia y que esté a la altura del tiempo nuevo, del siglo XXI y de lo que vendrá.

7) ¿Qué enfoque cultural?

La evidente pérdida de peso del catolicismo en la sociedad española se evidencia en la medida en que su crisis empieza justo cuando la cultura americana penetra a raudales en España, esto es, a principios de los años 60. Esta fecha hay que situarla un lustro después de la firma de los acuerdos de cooperación militar con los EEUU, en la primera parte del Concilio Vaticano II y cuando se inicia el cambio en las costumbres (irrupción del pop, de la minifalda, de la píldora anticonceptiva y de la ideología de la “liberación sexual”). Es, además, en la década de los 60 cuando el turismo se convierte en una gran “industria” nacional y produce un doble efecto: de un lado, España debe de adaptarse a los gustos de estos flujos turísticos y de otro esa riada extranjera que desembarca en España modifica sustancialmente los hábitos y las costumbres de los españoles. A pesar de que la inmensa mayoría de turistas sean europeos, este fenómeno y los cambios en la sociedad española y occidental, lo que han conseguido que se implante aquí es la cultura americana especialmente en la industria del cine (la de mayor impacto en aquel momento). Cuando Franco agoniza en El Pardo, España es culturalmente una colonia norteamericana. En las décadas que seguirán este estado de dependencia aumentará en todos los terrenos agravado por la desaparición efectiva de cualquier barrera. Cuando se habla de globalización cultural lo que se universaliza es precisamente la cultura generada en los EEUU. El hecho de que el sistema educativo español haya entrado en quiebra y que la clase política dirigente sea perfectamente consciente de que se trata de amputar en las nuevas generaciones la capacidad crítica, redunda en la miseria cultural de nuestro pueblo.

Pero la historia indica que un Estado no es verdaderamente independiente si carece de unas señas de identidad propias. La independencia indica un cierto grado de autonomía cultural y la existencia de un caldo de cultivo lo suficientemente rico en nutrientes como para que florezca una vida cultural propia sobre la que repose la identidad nacional. El hecho mismo de que los nacionalismos periféricos inicien su trabajo especialmente en el terreno de la cultura (la frase de Pujol en los años 60, “primero hacemos país, luego ya habrá tiempo de hacer política”, es significativa de esta voluntad, así como el énfasis puesto por la Generalitat en apoyar y apuntalar económicamente cualquier muestra, por raquítica que sea, de cultura catalana) es significativo de la importancia que atribuyen a este fenómeno. No hay nación fuerte, libre e independiente sin una cultura igualmente fuerte que se proyecte sobre un pueblo con un nivel cultural medio que sea aceptable. Nada de todo esto existe hoy en España, por tanto, no es raro que las sombras más siniestras se ciernan sobre nuestro futuro.

Así pues, el terreno cultural es un terreno preferencial de acción si lo que se aspira es a un enderezamiento nacional y a superar una crisis varias veces centenaria. Hasta ahora, era evidente que cualquier alusión a esta temática implicaba casi necesariamente el recurrir al catolicismo; a la pregunta de ¿qué tipo de cultura era preciso afirmar y difundir en España? La única respuesta posible hasta mediados de los años 60 era, “la cultura católica y la inspirada por el catolicismo”. Ahora, las cosas ya no están tan claras. Basta ver los contenidos de los canales de TV católicos para percibir hasta qué punto la perspectiva cultural es limitada y condicionada por una fe que ya no dice nada a la mayor parte de los ciudadanos. Sin entrar en discutibles contenidos sobre la gestión pasada de la Iglesia, ni en las conveniencia políticas actuales del Vaticano que hacen, acaso más odiosos, algunos de los contenidos de estos canales.

Es evidente que el catolicismo impregnó profundamente a la sociedad española. Haría falta preguntarse también hasta qué punto algunos de los temas del catolicismo no han influido negativamente en la construcción de España: nuestro país se desangró en defensa de la fe y no siempre lo que convino al Vaticano convenía a España, especialmente en los siglos del Imperio de los Austrias.

Por otra parte, es indudable que, salvo en materia de sexualidad y de aborto, las orientaciones de la Iglesia han ido cambiando con el paso del tiempo. Si en otro tiempo, la Iglesia supo alumbrar el camino de la aristocracia armada en las Órdenes de Caballería, si bien dispuso de Órdenes Monásticas capaces de mantener y albergar en sus salas de copistas y en sus bibliotecas lo esencial de la cultural clásica greco-latina, si bien inspiró la organización de la sociedad urbana en las Órdenes Gremiales, y a cada uno de estos estamentos les dio valores y funciones propias, con la crisis de la Reforma todo esto entrar en crisis: el catolicismo se cierra en sí mismo para afrontar la batalla con los protestantes, en Trento el dogma se impone a cualquier otra consideración, se diría que, a partir de entonces el catolicismo se vuelve cada vez más rígido y apoyado en una serie de principios indiscutibles e indemostrables que se exasperan en el siglo XIX con el dogma sobre la infalibilidad del papa y la dogma sobre la Inmaculada Concepción que terminan generando pequeñas convulsiones en la iglesia holandesa y en la centroeuropea. Esta tendencia a valorizar el papel de la Virgen ha proseguido en el siglo XX (en 1950 Pío XII aprueba el dogma de la “asunción de María” y el Concilio Vaticano II revalorizó el culto a Maria) a pesar del papel efectivo de la Virgen en los Evangelios.

Ramiro Ledesma en su Discurso a las Juventudes de España aludía a los últimos 200 años de fracasos -hoy cabria hablar de 277 años, pues no en vano hay que añadir a la “pirámide de fracasos” descrita por Ledesma, el que supuso el fracaso final del franquismo que no pudo prolongarse en la historia de España constituyendo una especie de interregno entre dos formas de partidocracia y, por supuesto, el fracaso de la constitución de 1978 que ha sido responsable de sumir a nuestro país en la crisis política, económica, social, cultural y demográfica más grave de nuestra historia, facilitando el proceso de centrifugación nacional- si tenemos en cuenta que los primeros rastros de crisis nacional ya pueden encontrarse en las novelas picarescas del Siglo de Oro y en la aparición de lo que Machado llamó “el macizo de la raza”, podemos concluir que extinguida la Reconquista y sus ecos e iniciada la colonización de América, los primeros Austrias no estuvieron en condiciones de dar a España un destino histórico capaz de proyectarse en el futuro. Tuvieron mucho más de Alejandro Magno que de César, cuando éste último fue perfectamente consciente de que los límites del Imperio Romano era el estanque mediterráneo y las posiciones que garantizaban su dominio, mientras que Alejandro, de batalla en batalla fue estirando sus líneas de aprovisionamiento y forjado un Imperio tan amplio como frágil e imposible de defender. Los Austrias, obsesionados con mantener las posiciones en Flandes en defensa de la fe, fueron desgastando el capital humano de nuestro país, agotando los recursos que lograban salvar a la flota inglesa y a sus sucursales piráticas en una lucha sin futuro de la que lo único que queda es el heroísmo de los Tercios y la leyenda negra urdida por nuestros adversarios. La sociedad de los siglos XVI y XVII seguía en gran medida las pautas de la edad media, su patriotismo se expresaba con la fidelidad al rey y a su honor, sus decisiones eran seguidas aunque no siempre entendidas, ni acaso compartidas. El momento en el que aparece el machadiano “macizo de la raza” (la apatía del pueblo español ante cualquier problema incluidos sus propios problemas) es precisamente ese: justo el momento en el que la población no entiende esa obstinación de los Austrias en defender las posiciones en Flandes y su participación en las guerras de religión, sin duda por que existía una dicotomía entre las posiciones de los Habsburgo y los sentimientos de la población. En un momento en el que no existían telecomunicaciones y la información circulaba difícil y trabajosamente, podemos pensar lo que suponía para la población contribuir al esfuerzo de estas guerras de religión. La España real y la España oficial empezaban a distanciarse. El honor del monarca y la fidelidad que el pueblo le tributaba siguió en pie hasta el final de la dinastía, pero era inútil crearse falsas ilusiones sobre lo que experimentaba un pueblo que permaneció en el subdesarrollo hasta bien entrados los años 50 del siglo XX y que fue quedando retrasado en relación a otros pueblos europeos.

No estamos interesados en realizar una crítica a la doctrina de la Iglesia, no solamente porque esta compete solamente a los católicos, sino porque el peso de la Iglesia ha disminuido tanto en España que va a ser difícil que tenga un papel efectivo en un enderezamiento cultural del país. Por otra parte, es preciso reconocer que si en algún momento de nuestro futuro el catolicismo recuperara la iniciativa cultural, el nivel de indiferentismo religioso de nuestro país le impediría jugar un papel verdaderamente relevante más allá de sus muros cada vez más altos.

Es evidente que un enderezamiento cultural de nuestro país no puede realizarse de espaldas al cristianismo, religión que hasta no hace mucho, ha sido el eje central de la historia de España durante un ciclo, no se trata de romper con los valores que han sido asumidos incluso por nuestros padres, pero tampoco se trata de seguir a la Iglesia en su pendiente.

La Iglesia se apoya en dogmas, pero los dogmas son solamente útiles cuando se cree en ellos, creencia que es apuntalada por la fe, un impulso irracional del alma que predispone a esa creencia. Quien no tiene fe, no cree en el dogma y quien no cree en el dogma no puede asumir los rasgos de la cultura católica. Eso ocurre hoy a la mayor parte de nuestro pueblo que, bautizada o no, permanece al margen del adoctrinamiento de la Iglesia y de espaldas a su culto.

Así pues, hay que partir de otras bases y reconocer que nuestra cultura históricamente ha sufrido distintas influencias: en primer lugar la influencia del mundo clásico llegada con griegos y romanos, en segundo lugar la influencia del mundo germánico llegada con los visigodos, sin olvidar que antes, los sustratos originarios de la población compartían una visión del mundo común a todo el paganismo antiguo. Y, por supuesto, existió una influencia del catolicismo y, no solamente del catolicismo sino también de sus disidencias pues no en vano, España fue tierra de disidencias dentro mismo del catolicismo, mucho más que “país de las tres culturas”.

Dicho de otra manera: de lo que se trata es de realizar un retorno a las raíces de la Hispaniae eterna y no solamente rescatar la España católica, en la medida en que el destino de esta segunda depende de la evolución general del catolicismo vaticano (y no se puede ser muy optimista respecto a ello), mientras que la primera implica un viaje a las profundidades de nuestro pasado ancestral y de las influencias histórico-culturales que han hecho a nuestro país.

Hace falta establecer los valores sobre los que puede reconstruirse y regenerarse la idea de España. Uno de ellos es sin duda la fidelidad a nuestra tradición histórica en sentido amplio y en absoluto restringido a un período concreto de la misma. Pero “tradición” implicaría arcaísmo si no estuviera acompañada de dos esfuerzos: uno la incorporación de lo que podemos llamar el “espíritu prometeico” y de otro la actualización de esa tradición.

Entendemos por espíritu prometeico el esfuerzo por alcanzar permanentemente las nuevas fronteras de la ciencia. No hay que tener miedo al avance científico, sino tan solo planificarlo y abordarlo implacablemente. Eso implica: imaginación, audacia, capacitación y recursos. Implica, por tanto, un nuevo sistema educativo y una exigencia de esfuerzo a todas las generaciones. Desde el ingreso de España en la OTAN y en las Comunidades Europeas (hoy UE), hemos perdido algo más de un cuarto de siglo en el que al “que inventen ellos” se unió a la “sopa boba” que fueron durante veinte años la llegada masiva de fondos reservados. Este período concluyó en 2006 coincidiendo precisamente con el estallido de la burbuja inmobiliaria: el “que inventen ellos” había confluido con la llegada de la economía especulativa y la minusvaloración de la productiva. Ese tiempo perdido ya no volverá, ahora toca, simplemente, recuperar el tiempo perdido en un momento en el que la historia avanza a mucha más velocidad que en cualquier otro momento.

En economía ha llegado el tiempo de la planificación, del mantenimiento del rigor y de la austeridad para todos los grupos sociales, especialmente para los que más tienen. También aquí ha llegado el tiempo de la implacabilidad y del rendimiento de cuentas. El período en el que cada ciudadano se desentendía del resto de la comunidad, simplemente porque la erosión a que la clase política había sometido a esa misma sociedad, beneficiando su proceso de atomización y la desintegración de la sociedad civil, ese período ha concluido. El período en el que partidocracia, amparándose en la “libertad de expresión y organización”, creaba estructuras mafiosas que a nadie representaban  y que sólo beneficiaban a la cúpula de los partidos, ese período también debe terminar. El tiempo en el que la “España real” camina hacia una dirección y el de la “España oficial” iba hacia otro, debe ser definitivamente enterrado. El tiempo en el que el ideal más alto que podía concebirse era el desgastado “libertad, igualdad, fraternidad” que servía como excusa para las peores exacciones y las más criminales corruptelas, debe de ser superado. No en vano estamos hablando de un tiempo nuevo en el que imaginación, audacia y voluntad deben ser los elementos motores de la sociedad a partir de un sistema educativo remodelado para insertarlos.

En una España como la actual en la que la centrifugación, el desorden, el desgobierno y la corrupción se han convertido en el resultado de la constitución de 1978, la primera idea que debe presidir una regeneración es la de Orden. El Orden es la garantía de la seguridad y sin seguridad no es posible el ejercicio de ningún derecho humano, por tanto la seguridad es el primer derecho humano y supone la aplicación en lo contingente de un principio superior de carácter metafísico: el Orden. El Orden supone articular todo el conjunto de una comunidad en torno a un principio que constituye la referencia primera y superior. Ese principio debe estar presente en todos los ciudadanos y especialmente en su clase dirigente, debe de transmitirse desde todas las instituciones y especialmente desde la educación y desde la tarea de gobierno. Ese principio no puede ser otro que el del patriotismo social: la construcción de una patria para todos los españoles en el interior de la cual todos los ciudadanos tengan acceso a una vida digna, tengan la seguridad de que entregarán a sus hijos una patria mejor de la que han recibido y estén imbuidos de la idea de regeneración, reconstrucción.

Pero no hay Orden sin Autoridad. España precisa que se restablezca el principio de Autoridad, pero hace falta definir que Autoridad estamos hablando. La Autoridad implica casi necesariamente “complementareidad”: los que la ejercen deben tener capacidades superiores a aquellos a los que se les impone. Cuando eso ocurre, y cuando quienes obedecen a la Autoridad son perfectamente conscientes de sus limitaciones, es cuando se impone de manera natural la idea de que unos son complemento de los otros. La Autoridad supone una capacidad de dirección, un carisma y una entrega propias de quien da mucho y exige poco. Platón concebía casi de manera sacerdotal a la clase política dirigente que, prácticamente, debía hacer “voto de pobreza”, es decir, de renuncia a la acumulación de riquezas en el ejercicio de su cargo. Para Platón, el mejor gobierno era aquel que era ejercido por profesionales de la política que entendían esta casi como si se tratara de un sacerdocio. No servían a Dios, servían al Estado, eso implicaba la mayor de las lealtades, la dedicación constante y la renuncia a cualquier prebenda o beneficio personal. En una situación en la que en España se ejerciera la verdadera Autoridad, ninguno de los altos cargos del Estado tendría exención de responsabilidad jurídica como hoy ocurre con la monarquía, ni haría falta que sus “pares” (otros diputados) votaran sobre si se le mantiene o no su inmunidad parlamentaria. Los servidores del Estado y de la Sociedad deben estar constantemente expuestos a la crítica por su gestión y a pagar inmediatamente y de la manera más dura por sus errores, omisiones o responsabilidades. No en vano cuando cometen alguna de estas faltas no lesionan los intereses de un particular, sino los de toda una Comunidad e incluso los de las generaciones que están por venir y que tienen en el Estado a su garante a pesar de no haber todavía nacida. Lesionan igualmente los intereses y los derechos de las generaciones que ya han desaparecido.

La Autoridad se articula en distintos niveles de preparación que construyen un sistema jerárquico. En España ha desaparecido casi completamente la noción de jerarquía, se ha desarticulado y se ha invertido: es frecuente que en el propio Estado y en sus instituciones, pero también en empresas y universidades, la autoridad esté en manos, no de los mejores, sino de los más oportunistas, de quienes han sabido escalar sin principios por la pirámide social, los más inútiles, los más ambiciosos y, obviamente, los más psicópatas. Hemos construido un modelo de sociedad en el que al sujeto más “competitivo” se le exigen las mismas cualidades que al psicópata clínico: capacidad para la adulación, para la mentira, ausencia completa de escrúpulos, encanto superficial, creencia en que sus intereses son los primero y lo único a defender, etc. Lo pero en estos momentos en España, no es que la noción de jerarquía –articulación racional de los distintos niveles de Autoridad en una todo armónico en el que unos escalones superiores complementen a los inferiores- haya desaparecido, sino que se ha invertido. Si hubiera desaparecido completamente se habría producido un estado de anarquía que, al menos, hubiera hecho que las jerarquías naturales se reconstruyeran de manera espontánea, pero lo que ha ocurrido es que se ha impuesto un modelo de organización social cada vez más rígido en el que utilizando ciertos tópicos (“democracia”, “consultas populares”, “derechos humanos”, “constitución”, “libertades”, etc, etc) para afirmar su poder e impedir que emerja cualquier otro.

España hoy precisa que se restablezca la Autoridad en todos los niveles de la sociedad: en el Estado y en todos sus niveles administrativos, en las familias, en todos los niveles de la enseñanza, etcétera. E incluso, es preciso que conceptos similares a Autoridad o que implican cierto grado de Autoridad se restablezcan, especialmente el concepto de “respeto”: en los negocios, en los suministros, en las relaciones sociales. Una reforma social de este tipo no puede llevarse adelante sin un cambio radical en el estilo de vida de las gentes y en los mecanismos educativos y no puede salir más que de un proceso revolucionario en el que una minoría audaz logre arrastrar a una masa de población hacia sus posiciones, se haga con el poder e imponga estos principios con mano de hierro hasta que hayan calado en toda la sociedad.

Se engaña quien crea que hoy las cosas pueden cambiar en nuestro país mediante “consensos” y “reformas”. La Constitución de 1978 y lo que ha ocurrido durante las décadas en las que ha regido los destinos de este país, ha desarticulado completamente a la sociedad: ha acentuado las características implícitas en el “macizo de la raza” (individualismo, repliegue a lo personal, desinterés por la cosa pública, apoliticismo, banalización, pasividad, ausencia de espíritu crítico, hedonismo como único valor y mediocridad generalizada) y ya no es posible rectificar la marcha de la sociedad mediante pequeños parches, sino que es toda una obra de ingeniería la que hay que aplicar y en todos los terrenos. Por eso, lo que hace falta en España no es una “reforma”, sino una Revolución, entendiendo “revolución” en su significado etimológico: re-volvere, volver de nuevo al punto originario.

Esta Revolución en buena medida debe ser “cultural”. Es imposible pensar solamente que una reforma política o una revolución que se centre en el terreno político pueden lograr un efectivo cambio de rumbo en la sociedad. Las causas que han llevado a España a la situación de postración actual son profundas y anidan incluso en el subconsciente de la población y no será sino excavando más profundamente todavía en el terreno como lograrán arrancarse las raíces de nuestros males que, especialmente, afectan a la forma de ver la vida que, con Machado, sabemos que constituyen el “macizo de la raza”. Pues bien, ese “macizo” hay que desmantelarlo golpe a golpe, desmenuzarlo, destrozarlo, pasarlo por el tamiz, para que de esa tierra fértil que es nuestro pueblo, se rompan los bloqueos y los obstáculos que impiden un crecimiento normal.

Armados con estos principios será preciso que una revolución cultural aborde sobre todo la lucha contra el modelo cultural de importación que nos ha llegado de EEUU y sobre el cual se apoya la agónica dominación americana. Hoy los EEUU son una potencia militar decadente que ni siquiera ha sido capaz de vencer a unos cabreros en las montañas afganas y a la resistencia iraquí. Es la misma potencia militar que tardó más de diez años en comprender que había perdido la guerra del Vietnam y solamente unas semanas en entender que Sudán iba a ser algo más que un paseo militar retransmitido por la TV. Desde hace más de 70 años la estrategia militar americana se concentra en bombardeos a gran altura, ataques a distancia, evitando lo más posible el choque directo con la infantería. Cuando el contacto directo entre infante e infante se ha producido, el ejército norteamericano prácticamente ha entrado en desbandada o simplemente se ha atrincherado en sus bases. Estas, distribuidas por todo el mundo, agrupan a 250.000 soldados, deliberadamente el mismo número que las legiones romanas desplegaron en las centurias de la Pax Romana. En muchos casos, esas bases son apenas centros de control de comunicaciones y su operatividad se reduce a cero. Si los EEUU han logrado mantener su hegemonía mundial con un ejército mediocre ha sido por la alianza entre los EEUU y el gran capital y por la exportación de un modelo de cultura basado fundamentalmente en el entertaintment. Ese modelo es el que ha llegado a Europa y el que ha creado un tipo humano como el que tenemos, individualista y replegado en sí mismo.

El tipo humano que nos ha llegado de los EEUU, no es más que la extremización del que nació y se afirmó con la Revolución Francesa y con la previa Revolución Americana. Hoy, ese modelo, de la mano de los EEUU, ha llegado a su límite y representa la síntesis entre la banalidad, la búsqueda de del lucro y de la usura, el hedonismo, la aceptación de la masificación y una cultura que incorpora todo lo que anteriores modelos han rechazado, empezando por el multiculturalismo y el mestizaje cultural y terminando por la igualdad absoluta entre sexos (que termina atenuando la polaridad sexual: porque la pérdida de identidad en las sociedades modernas llega hasta tal extremo que incluso la propia identidad sexual está desfigurada).

Es preciso rechazar completamente ese modelo y sustituirlo por otro que tenga la fuerza suficiente como para arrinconarlo primero y por aplastarlo después. Sí, porque estamos hablando de un combate cultural: y en los combates hay que hablar de victoria, derrota, equilibrio de fuerzas, ofensiva y aplastamiento del enemigo. La cultura americana es enemiga y no simplemente adversaria porque es la expresión de un Estado cuyos intereses no son los de Europa y que históricamente ha impedido –el mundo anglosajón- la posibilidad de un acuerdo entre los distintos Estados Europeos, con el resultado de dos Guerra Mundiales “calientes” y una Guerra “fría”.

El modelo de sustitución no puede ser otro más que el “modelo militar”. De hecho, los valores de Orden, Autoridad, Jerarquía, son propiamente militares y si de lo que se trata es de sustituir al tipo humano nacido de las revoluciones liberales, habrá que recurrir al que existía anteriormente, cuando las “aristocracias” eran hegemónicas en la sociedad. Desaparecidas las aristocracias o reducidas a su dimensión caricaturesca en la prensa del corazón, los valores que las animaron durante un amplio ciclo de nuestra historia, quedaron recluidas en el estamento militar y ahí han permanecido extinguiéndose cada vez más y estando progresivamente más sometidas al poder político. Es evidente que entre “sociedad democrática” y “sociedad militar” existen contradicciones y que los valores de “libertad, igualdad, fraternidad” son inaplicables a la milicia y cuando se intenta aplicar lo que subyace es la descomposición de las fuerzas armadas, proceso actualmente en fase avanzada de desarrollo.

Cuando la mentalidad burguesa penetra en las FFAA lo que se tienen no son “militares”, gente que hace de la Milicia un estilo de vida y una profesión, son “soldados”, es decir, gente que está en uniforme por el sueldo, por la soldada. Hoy, nuestro ejército profesional, salvo los cuerpos especiales, se asemeja más a una oficina funcionarial, con horarios de entrada, salida, bocadillo, comida y descanso. Desde hace décadas nuestros ministros de defensa están más interesados en discutir quién cobrará las comisiones por la compra de armamento que de si ese armamento es realmente útil, pierden más tiempo en discutir sobre lo banal (“el ejército y la constitución”, “el ejército y la sociedad democrática”, “la igualdad sexual en el ejército”, etc) o en seguir a los EEUU en unas aventuras coloniales en las que España no tiene nada que ganar ni que perder, que sobre lo verdaderamente esencial: que el ejército es el escudo defensivo de un país, no de una clase política atrincherada tras los artículos de la constitución. En España ha habido muchas constituciones y habrán, sin duda, muchas más; esta de ahora es una mas, así que obstinarse en su defensa parece otra de las banalidades habituales con las que se elude el problema fundamental del mal hacer y de las patologías de la clase política.

Antes hemos dicho que era preciso restablecer el principio de Autoridad en la sociedad. Pero no solo eso. Es preciso también restablecer la idea de responsabilidad, de deber, de honor, de capacidad de sacrificio, de disciplina… valores todos ellos que componen la panoplia de los valores militares. Y es preciso restablecernos, no solamente en una milicia liberada de la tiranía interesada de la clase política, sino también en toda la sociedad como valores de sustitución de los valores actualmente transmitidos por la enseñanza y aplicados en la sociedad. Los valores de “igualdad”, “paz”, “bienestar”, etcétera, son valores “finalistas”, pero existen otros que ya no se enseñan en las escuelas, los valores “instrumentales”, sin los cuales los anteriores no pueden existir. Y luego, por supuesto, existen valores-bazofia llegados con el humanismo-universalista expandido por la UNESCO y por la ONU, que han tenido en José Luis Rodríguez Zapatero a su caricatura española: valores de un “mundo sin fronteras”, “mestizaje cultural” (como si el tam-tam y la música de Beethoven pudieran “fusionarse”), “pacifismo universalista”, “multiculturalismo” y todo lo que es “políticamente correcto” que no es más que el acompañamiento coreográfico del “nuevo orden mundial” y de un “pensamiento único” con el que los gestores del gran capital financiero internacional quieren crear unos seudo-valores que acompañen a su proyecto de globalización.

Vivimos en un momento de descomposición de todos los valores, punto extremo al que nos ha llevado el liberalismo. Solamente encontramos en los valores militares (que todavía se enseñan en las Academias Militares y que todavía permanecen de manera residual en muchos de nosotros) la única alternativa. Esos valores han acompañado a nuestros pueblos europeos en sus mejores momentos en la historia. Cuando en España la sociedad ya había iniciado la pendiente de la decadencia, nuestros Tercios todavía los mantenían bien altos y en las mayores crisis de nuestro país siempre se recurrió a esos valores y a las espadas en las que cristalizaban para salir. Hoy, si de lo que se trata es de realizar un enderezamiento nacional, recuperar el tiempo perdido y sacar a España del foso en el que nos encontramos, hará falta recurrir a esos valores de acero, porque ha llegado el tiempo en el que nos resignamos a desaparecer o adoptamos decisiones que requieren la dureza del material cien veces templado.

© Ernesto Milà – infokrisis – ernesto.mila.rodi@gmail.com – Prohibida la reproducción de este artículo sin indicar origen.

Renovar la idea de España (IV)

Renovar la idea de España (IV)

6) ¿España con Portugal?

Salvo para los nacionalistas de uno y otro lado de la frontera, las historias de España y Portugal son tan simétricas que podría pensarse que no son dos países sino que sus tribulaciones han ocurrido en el mismo país.

Una de las mayores tragedias de nuestra historia se encierra en la frase “Entre España y Portugal todavía está Aljubarrota”. En efecto, desde 1385, los resquemores entre ambos países han permanecido latentes y a poco que se rascara a uno y otro lado de la frontera hispano-portuguesa han reaparecido a lo largo de la historia de ambos países.

Intermitentemente en la historia han ido apareciendo chispazos unitaristas partidarios de un acercamiento entre España y Portugal. Inútil recordar que en los siglos del nacionalismo estos chispazos han sido extremadamente minoritarios y que la opinión pública de ambos países ha permanecido al margen y de espaldas a dicha idea unificadora. Sin embargo, hoy estamos convencidos de que es lo que se precisa para que ambos países puedan encontrar su lugar en un mundo globalizado e incluso las estadísticas –con todo lo que de falso y deformador de la realidad tienen- parecen demostrar que el ideal iberista goza de una creciente reputación en ambos países. Creemos que es hora de resucitar el IDEAL IBERISTA, revisarlo y adaptarlo a la realidad del siglo XXI.

Lo que saldría de la unión de ambos países es un bloque de 65 millones de habitantes, con una prolongación lingüístico-cultural de 360.000.000 más en el continente sudamericano, otros 45.000.000 en Centroamérica y 116.000.000 en México, lo que da un total de 520.000.000 al sur de Río Grande y de 600.000.000 de habitantes que hablan castellano y portugués en todo el mundo. Este bloque es hoy débil porque desde el siglo XVII ha sufrido constantemente los embates del mundo anglosajón, pero podemos pensar lo que supondría en este momento un bloque de poder de esa magnitud capaz, en primer lugar de animar a los pueblos situados al sur de Río Grande a romper con la hegemonía política, militar y cultural de los EEUU; en segundo lugar, permitiría a la nueva Iberia ser un experimento inédito en la historia del siglo XXI: por una parte, un Estado de vocación europea, con cultura clásica y orígenes comunes con un conjunto de pueblos continentales y, por otra parte, como puente con el subcontinente situado al otro lado del Atlántico.

La búsqueda de un futuro ibérico común reforzaría así mismo su carácter marítimo y su vocación atlántica (que no “atlantista”). Es evidente que una vocación de este tipo implicaría desplazar la capitalidad comercial a Lisboa verdadera atalaya oceánica, manteniendo la capitalidad política en Madrid, más protegida y resguardada. En el siglo XX hemos visto como el Atlántico se convertía en un “mar anglosajón”. Se trata ahora de preparar las bases para que en la segunda mitad del siglo XXI, el Atlántico se convierta en un “mar ibérico”.

Desde Río Grande hasta el estrecho de Magallanes, estamos hablando de un continuum cultural y lingüístico, dotado de población, recursos naturales y tecnología, que forman una de las unidades naturales de la economía post-globalizada. Es preciso prevenir lo que podríamos llamar “desviaciones seudo-románticas” que pueden aparecer en la zona: una cosa es el “ideal bolivariano” que presupone un destino común para todos los pueblos de Iberoamérica, y otra muy distinta el “ideal indigenista” que aspira a restaurar las antiguas cultural pre-colombinas. Vamos a ser claras al respecto: esas culturas estaban prácticamente muertas cuando se produjo la llegada de los colonizadores. No existe continuidad ni transmisión regular entre las antiguas culturas y religiones andinas y los actuales representantes del indigenismo. Lo que hoy se considera “indigenismo” es un subproducto surgido de la agregación de residuos inconexos de las viejas tradiciones, recuperadas y reinterpretadas con mejor o peor fortuna, con sugestiones procedentes del a “new age” y del ecologismo más supersticioso (en donde la teoría de Gea se recombina con el culto telúrico a la Pachamama, en un sincretismo ingenuo cuando no ridículo).

Por otra parte, no hay que perder de vista el elemento étnico. Si en la actualidad se vive en los países andinos una recuperación del indigenismo es porque en Bolivia, Perú o Ecuador éste grupo étnico es el mayoritario, no por lo que pueda aportar en sí mismo. Ya hemos aludido al origen sincrético del actual indigenismo, pero existen también barreras étnicas. Los actuales Estados centro y suramericanos surgieron de la formación de una burguesía criolla, culturalmente arraigada en las mismas tradiciones que las ibéricas, pero que aspiraban a la independencia en la medida en la que siempre que aparece una clase burguesa con fuerza suficiente busca inmediatamente defender sus intereses y ampliarlos contando con un Estado propio. A los estratos originarios andinos la idea de Estado les era prácticamente desconocida. No se trata pues, tanto de defender el “indigenismo” andino (alejado completamente de nuestro horizonte y de nuestra dinámica cultural) o cualquier otra forma de subcultura (macumba, candomble, y restos de religiones africanas llevas al nuevo mundo en los barcos esclavistas, en zonas del Caribe y de Brasil), como de apoyar y sostener las visiones culturales originarias del mundo clásico que fueron trasplantadas a Iberoamérica por los Conquistadores.

Llama la atención que fuera el integralismo portugués el último que propusiera una forma de iberismo que no estaba en absoluto alejada del que al otro lado de la frontera estaba proponiendo Ramiro de Maeztu. El ideal iberista siempre ha fascinado a algunos patriotas españoles y portugueses. Supone, en primer lugar, la fusión de dos viejos reinos históricos que, tras la pérdida de las colonias del siglo XIX que se prolongó hasta el último cuarto del siglo XX, vieron reducidas sus posibilidades históricas.

Tras la Segunda Guerra Mundial, se evidencia que el mundo “se ha empequeñecido”. Los sistemas de transporte y los avances tecnológicos especialmente en comunicaciones hacen que los desplazamientos de un lado al otro del planeta sean más sencillos. El mismo resultado del conflicto bélico hace que de un mundo multipolar en el que grandes zonas del planeta quedaban fuera del alcance de alguno de los Estados Nacionales imperialistas, se pase a un mundo bipolar y, a partir de la caída del Muro de Berlín, en 1989, se pase a un mundo unipolar. A partir de esos hitos cada vez resultará más difícil que los rasgos de las identidades nacionales no resulten desfigurados y perjudicados.

Hacia principios de los años 60 varios fenómenos contribuyen a la aceleración de la pérdida de soberanía nacional por parte de los pequeños Estados que deben alinearse a un lado u otro de las dos grandes superpotencias. España lo hace del lado atlantista aun sin estar incluido dentro de la OTAN, a donde nos han llevado los pactos firmados por Franco con Eisenhower. Portugal, mucho más directamente fue miembro fundador de la OTAN desde 1949. Pero no fue solamente desde el punto de vista militar, también desde el punto de vista económico, ambos países fueron progresivamente penetrados por sociedades multinacionales que se hicieron con el control de amplios sectores de la economía y, a partir de la democratización, tras la negociación de ambos países con las “Comunidades Europeas” pasaron a formar parte de la actual UE. Cuando eso ocurría, ambos países ya estaban incluidos dentro de la economía mundial globalizada, situados, dentro de la división internacional del trabajo, entre los países de la periferia europea.

A parte de los errores propios de los gobiernos españoles y portugueses, es indudable que la entrada de ambos países en la zona euro y la misma pertenencia a la UE, mientras que por una parte supusieron determinados avances a partir de la llegada masiva de fondos de integración, por otra parte, impidieron la salida de la crisis utilizando los mecanismos que hasta entonces habían sido propios de un Estado soberano.

En el momento de escribir estas líneas lo que se percibe es:

1) Que el Estado Español y el Estado Portugués ya no disponen de la “dimensión nacional” adecuada para afrontar los problemas que derivan de una emancipación de la economía globalizada, ni siquiera para sobrevivir dentro de un marco gobernado por las grandes acumulaciones de capital y la existencia de centros de poder mundial. Son demasiado “pequeños” para resistir a otros Estados e incluso a conglomerados económico-financieros que hoy dictan sus reglas.

2) Que la unión entre ambas naciones y la existencia de una obvia “área de influencia común” en el continente iberoamericano, generación una “nueva dimensión nacional” más acorde con las hechuras de la economía mundial y, por consiguiente, generarían un Estado más fuerte en condiciones de afrontar los desafíos de la misma.

3) Que a la vista de que la Unión Europea ha terminado configurándose como una estructura especialmente beneficiosa para las economías más fuertes de la eurozona (especialmente la alemana y a distancia la francesa), es hora de ir pensando en una alternativa que nos refuerce dentro de la UE, pero que sea capaz de general un “Plan B” en caso de que la UE termine disolviéndose o bien cuando la reiterada lesión a nuestros intereses (como ha ocurrido durante esta crisis) nos obligue a dar por cancelado el pacto de adhesión. Y en una tercera opción: cuando un gobierno digno de tal nombre renegocie los acuerdos con la UE.

Indudablemente, dos países, uniendo sus esfuerzos y su peso, aun siendo periféricos, conseguirían presumiblemente liderar al pelotón de “países de tamaño medio” de la UE, algo que Aznar ya intentó amparándose en el poder extra europeo y antieuropeo de los EEUU. De lo que se trata hoy ya no es de esto, sino de ligar el destino de Europa (con UE o de una Europa reconstruida y regenerada, al destino de otras zonas geográficos pujantes, Iberoamérica. Por que la UE tiene tres opciones:

- O ser un socio de los EEUU, constituyendo el Reino Unido el eslabón de enlace entre ambos lados del océano, con la agravante de que los EEUU quieren solamente una Europa políticamente débil y militarmente aliada. Una Europa fuerte jamás toleraría el estatus semifeudal que siguen teniendo los EEUU en nuestro territorio. Una Europa libre jamás toleraría la presencia masiva de tropas coloniales norteamericanas en nuestro suelo que están aquí para protegernos de un enemigo inexistente. Esta es la opción que hay que rechazar sin contemplaciones: los intereses del mundo anglosajón y los intereses de Europa son distintos, los aliados del mundo anglosajón y los que nos interesan a los europeos no son los mismos. Europa tiene que ser una realidad político-militar autónoma o bien se limitará a ser el escenario de enfrentamientos de los EEUU con quienes les disputan su hegemonía, como ya ocurrió durante el período de la guerra fría.

- O mantener la actual formulación de la UE como una especie de alianza de Estados europeos medianos y pequeños que aceptan la hegemonía económica alemana, un país que antepone sus intereses nacionales a los intereses europeos. Ha sido Alemania la que nos obligó a liquidar nuestra industria pesada, a renunciar a altos hornos y minería, la que liquidó sectores enteros de nuestra economía durante la reconversión industrial y la que, proponiendo acuerdos preferenciales con Argelia, Marruecos, Túnez e Israel está literalmente liquidando nuestra agricultura. No queremos una “Europa Alemana” o, más bien una Europa cuyo destino sea proteger los intereses de las industrias y de los bancos alemanes. Si hoy hay crisis de deuda pública en algunos países europeos se debe a que bancos alemanes y franceses prestaron a los países del sur de Europa de manera irresponsable cantidades que no iban a engrosar los circuitos de la economía productiva sino de la especulativa. Los bancos alemanes han contado con el apoyo del Estado alemán, que ha obligado a los Estados del Sur de Europa a apretarse el cinturón y endeudarse para evitar la quiebra de las instituciones germanas, cuyos errores eran lo que les habían conducido a esa situación. Nunca más un Estado debe de situarse como defensor de la banca que opera en su territorio, ni nunca más otro Estado debe estar obligado a garantizar la seguridad económica de otro Estado cuyos bancos han prestado dinero de manera irresponsable a sus entidades financieras. La Europa-alemana es, en realidad, la Europa de la banca alemana y no podemos sino rechazarla con todas nuestras fuerzas.

- O forjar un polo de agregación de los Estados de tamaño medio de la UE (y nos estamos refiriendo a Iberia) capaz de hablar de tú a tú al Estado Alemán. Esa Iberia debería plantear al Reino Unido cuál es su situación: por Europa o contra Europa, por el mundo anglosajón junto a los EEUU o por el mundo europeo con los europeos, a la vista de que ambas actitudes son incompatibles y sospechosas de deslealtades y traiciones. Esa Iberia debería de estar en condiciones de poner sobre el terreno la alianza con Iberoamérica para plantear una nueva estrategia en una UE desenganchada del a tutela norteamericana y en la que la disolución de la OTAN marque el primer tiempo: mano tendida y alianza con Iberoamérica y con Rusia, contención con el mundo árabe, tutela sobre África negra, distanciamiento del proceso de quiebra de los EEUU y, por supuesto, propuesta de una defensa europea común capaz de garantizar la seguridad en la marcha hacia esos objetivos político-económicos.

La historia se forja a través de grandes proyectos. La fusión entre dos naciones históricas supone una acumulación de experiencias y la formación de un bloque de poder capaz de operar como revulsivo, no solamente en Europa, sino en toda nuestra área cultural de influencia. Para salir de las grandes crisis históricas son precisos los grandes proyectos que vayan más allá de donde la historia se ha detenido o se ha torcido.

La recuperación del ideal iberista es acaso la más afortunada reflexión que nos impone la crisis económica. Se trata de una reunificación, no de una fusión sin base histórica. Hasta la invasión árabe no hay datos históricos que justifiquen la separación. Bajo los reinados de Felipe II, Felipe III y Felipe IV, entre 1580 y 1640, ambos países eran uno y alumbraban el mayor imperio civilizador después del Imperio Romano.

A nadie se le escapa el carácter oceánico de una fusión de este tipo que incluiría a las Azores, a Madeira y a las Canarias, pero también a las ciudades de Ceuta y Melilla y a un mapa autonómico español simplificado, reordenado y nacionalizado, reducido a Galicia, la Comunidad Vasca, Aragón, Cataluña, Levante, Andalucía y Castilla (que incluiría a las dos actuales Castillas, a Madrid, Rioja, Cantabria, Murcia, Navarra, Asturias y Extremadura).

La reunificación con Portugal sería también la ocasión de transformar a la desgastada e inerte monarquía española en un régimen presidencialista y unicameral. La cuestión lingüística es más fácil de resolver con Portugal (en donde está clara la lengua) que con las autonomías españoles (en donde coexisten dos identidades diferenciadas y por tanto de lo que se trata es de que cada una de ellas tenga el acceso a la educación en la lengua de su elección y que los organismos autónomos del Estado garanticen la igualdad de esas dos identidades.

La reunificación supondría al mismo tiempo la creación del segundo espacio geográfico más amplio de la UE (después de Francia) y el cuarto mayor de Europa (tras Francia, Rusia y Ucrania). Dada la actual población de ambos países, la reunificación supondría el alcanzar un peso similar al de las mayores países de la UE (Francia, Alemania y el Reino Unido) y, por tanto, nos corresponderían 78 escaños en el Parlamento Europeo.

En la actualidad y según una encuesta de 2010 realizada por la Universidad de Salamanca, el 40% de los españoles y el 46% de los portugueses se muestran partidarios de una federación de este tipo. Sin olvidar que en la actualidad la inmensa mayoría de españoles y de portugueses conocen sus respectivos países y están vinculados por lazos de amistad e incluso familiares. Inútil recordar que la crisis económica nos ha deparado el mismo triste destino de endeudamiento público y que estamos afrontando una situación extremadamente difícil que lo sería menos con el efecto galvanizador dado por una reunificación que pondría en marcha fuerzas creativas que hasta ahora han permanecido ocultas o en estado de latencia.

Finalmente, lo que aspiramos a transmitir es que una revisión del futuro de España pasa necesariamente por abordar de nuevo handicaps históricos que permanecen el suspenso desde hace siglos. Dicho de otra manera, la revisión del futuro de España, no puede ser más que el de una convergencia con Portugal.

bandera españa portugal

Bandera de Hispania diseñada por Cabeleira Santoro

(c) Ernesto Milà - ernesto.mila.rodri@gmail.com 

Renovar la idea de España (III)

Renovar la idea de España (III)

5) ¿Nacionalismo o patriotismo?

Primero fue el núcleo familiar, luego el tribu y el clan, y entre agricultores emanó la ciudad. Un grupo de ciudades y comarcas provistas de la misma identidad, generó la nacionalidad, cuando distintas nacionalidades se organizaron en torno a un linaje aparecieron los “reinos” y en el estadio siguiente, surgió la idea Imperial: una élite con voluntad de poder y proyecto civilizador. Al menos esto fue así hasta la modernidad. La “Nación” es un concepto que arranca en la historia con la Revolución Francesa. Mientras, la “Patria” es algo cuyo sentido aparece ya en la Odisea y en la Ilíada y, por supuesto en la Historia de Roma.

Existe, por tanto, una diferencia abismal entre “nacionalismo” y “patriotismo”. Los dos conceptos no son intercambiables y la utilización preferencial de uno de otro indican la posición ideológica que se está asumiendo tal como iremos viendo. Habitualmente, además, se suele explicar en medios de extrema-derecha que el “Imperio” constituyó el momento álgido en la historia de España y la “reconstrucción” imperial tuvo un peso decisivo en la doctrina falangista especialmente en los primeros años de la postguerra. Así pues, el primer elemento clarificador es la diferencia entre “Imperio” e “imperialismo”.

Es obvia, se habla con sana nostalgia del Imperio Romano o del Imperio de los “Grandes Austria”, se rechaza, al mismo tiempo el “imperialismo” americano o el soviético liquidado en la conclusión de la Guerra Fría. Para que haya “imperio” debe de haber una cultura que exportar. Es precisamente la superioridad cultural –las culturas, por mucho que los amantes del multiculturalismo lo nieguen, también están sometidas a un orden jerárquico. La concepción cultural de Roma la Grande está años luz por encima de la cultura de las islas de Andamán (una de cuyas últimas testigos murió no hace muchos días si hemos de creer a las agencias de prensa; cuenta EFE que hablada una lengua a la que se le calculaba 65.000 años…). Beethoven y Bach no están al mismo nivel que la música sincopada africana, de la misma forma que Wermer de Delf o Velázquez son superiores al chamán africano que pinta el cuerpo de los enfermos, aparentemente, para lograr su curación. En el mundo domina la ley de la desigualdad y de la jerarquía. La realidad no es progresista. 

Por eso mismo el concepto que podemos albergar de los grandes imperios del pasado no tiene nada que ver con su proyección en el presente: a pesar de que Brzezinsky y los teóricos de la proyección “imperial” de los EEUU lo pretendan, éste país no es el “reflejo” de Roma la Grande (Brzezinsky llega incluso a comparar el despliegue militar actual de los EEUU con el de las Legiones en el período de la “pax romana”: 250.000 militares). Es justo su inversión. Roma fue una potencia civilizadora, los EEUU son, en cambio, una potencia bastardizadora. No difunde cultura, sino que aculturiza. Roma duró un ciclo de mil años y EEUU difícilmente llegará a 2025. Es así de simple: cualquier parecido con la realidad entre Roma y EEUU, de existir, sería pura coincidencia.

Cuando un “imperio” no tiene una Cultura que exportar (atención a las mayúsculas y a las minúsculas) no es un Imperio, ni su cultura es Cultura (conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social,). En el caso de los EEUU, como máximo podríamos hablar de “civilización” (nivel de vida y desarrollo económico-social de una sociedad) siguiendo la distinción spengleriana entre ambos conceptos. Roma, por el contrario, fue una potencia cultural (esto es con principios culturales), capaz de civilizar (es decir, de aplicar estos conceptos para elevar el nivel de vida de las poblaciones conquistadas). 

Evola trata este tema en Los Hombres y las ruinas: el Imperio sería tal en cuanto su cultura tuviera como eje central una metafísica (o dicho con otras palabras: con los “espiritual” y con su posibilidad de acceder a lo que está “más allá de lo físico”). El “imperialismo” sería una forma de dominio económico-militar. 

En este sentido estos conceptos tienen mucho que ver con las castas dominantes que construyen uno de estos proyectos: el Imperio de los Austria estuvo constituido por la casta guerrera, la aristocracia y la pequeña aristocracia y su fin fue civilizador (llevar una cultura) y metafísico (expandir una concepción de la vida identificada con el catolicismo). 

Por el contrario, el Imperio Británico fue un producto de la burguesía emergente y se generó fue a remolque de la Compañía de Indias de las que la casta militar británica no era más que una punta de lanza que facilitaba los buenos negocios y la introducción forzada en mercados y en países proveedores de materias primas…). En este sentido, el imperialismo norteamericano puede considerarse como su continuación, repitiéndose el mismo esquema cambiando sólo la Compañía de Indias por las multinacionales y a los lanceros bengalíes y demás cuerpos coloniales por los marines…

Establecida esta diferencia entre “imperio” e “imperialismo” toda ahora abordar la existente entre “patria” y “nación”. Se trata de dos conceptos antitéticos como el blanco y el negro. La “patria” es la “tierra de los padres”, allí en donde se ha nacido y en donde están enterrados los antepasados. Es una proyección física del linaje, del clan, de la nacionalidad. El concepto, como mínimo, se remonta al siglo VI a. de JC y aparece en el mundo clásico. Indica “transmisión” de un legado que pasa de padres a hijos, siendo la misión de cada generación ampliarlo y engrandecerlo. No tiene nada que ver con lo “individual”, sino con lo “colectivo”: la familia, el clan, la nacionalidad. Tampoco tiene nada que ver con la modernidad, sino que está ligado a la “tradición” (literalmente “lo que se transmite”). Tiene también mucho que ver con el arraigo y la identidad: se está arraigado a la tierra en la que se ha nacido y en la que han nacido y están enterrados los antepasados que es la tierra en la que nacerán los hijos que vendrán; se tiene una identidad específica que procede de un conjunto de rasgos antropológicos, étnicos y culturales que indican a cada persona y a cada grupo social lo que es y lo que no es. 

En cuanto a la nación es un fenómeno esencialmente moderno que aparece con las revoluciones francesa y norteamericana que, junto con la guerra civil británica anterior y con el movimiento de la Ilustración y el Enciclopedismo, exasperan las líneas de fractura que ya se habían intuido en el siglo XVI y XVII, cuando los descubrimientos y el comercio generan las primeras acumulaciones de capital por parte de los banqueros y comerciantes y estos se sienten incómodos ante cualquier autoridad superior a ellos. No quieren depender de la aristocracia y de la monarquía, sino que aspiran a convertirse ellos mismos en poder. 

Por otra parte, la “fides”, base de la sociedad medieval y de su “contrato social”, pierde tensión, los nuevos monarcas intentan amputar los fueros a los cuerpos intermedios de la sociedad y se genera una fenómeno perverso especialmente en Francia con los Borbones: un proceso uniformizador de la sociedad que cristaliza en el absolutismo y en el despotismo ilustrado. Las nacionalidades que forman los reinos se ven presionadas por un centralismo absolutista emergente, nivelador e igualitario que se verá exasperada tras la Revolución Francesa, pero todavía no han irrumpido las naciones. Francia, España, el Reino Unido, no son en el siglo XVII y hasta la Revolución Francesa, “naciones”, sino “reinos” y estos ya no son un conjunto de nacionalidades y estamentos sociales ligados por una “fides”, sino un aparato central monárquico que tiende a asumir cada vez más roles y a ocupar espacios cada vez mayores de poder. Eso es el absolutismo.

En la fase siguiente, cuando estalla la revolución francesa, en la medida en que Luis XVIII es guillotinado, el “reino” desaparece y es justamente entonces cuando aparece la “nación” que continúa la tendencia centralizadora, uniformizadora e igualitaria generado por la monarquía absoluta. Los revolucionarios la emprenden contra los gremios (expresión organizada de la función productiva o de los trabajadores organizados en instituciones de defensa y transmisión del oficio… quienes asumen el poder revolucionario son burgueses, pero no están adscritos a los oficios sino al dominio sobre el capital, al comercio y a la especulación, generándose las oligarquías económicas actuales), contra las órdenes religiosas (impulso anti-religioso de la revolución francesa que persigue, prohíbe y expulsa a los presentantes de la casta sacerdotal) y contra las órdenes militares y la aristocracia que las articulaba (en la medida en que la casta guerrera era renuente a un entendimiento con la oligarquía burguesa: aquellos sostenían principios y valores superiores, estos tenían como único principio: el negocio). Y crean otro modelo de sociedad construida en nombre del “ciudadano” aboliendo la estructura trifuncional propia de las sociedades indoeuropeas que había prevalecido hasta ese momento y que Dumezil reconstruyó y demostró su universalidad en todo el ámbito cultural de los pueblos de ese origen. La Revolución Francesa contribuyó pues a desfigurar la estructura trifuncional de la que derivaba lo esencial de la identidad de los pueblos europeos.

La confusión terminológica vino por que los revolucionarios llamaron al “ciudadano”, el “enfant de la patrie” (en la Marsellesa, el himno de los revolucionarios), pero se trata solamente de una licencia poética. Cuando Robespierre, Marat, Dantón y demás criminales, aluden a la “patrie”, en realidad estaban hablando de un valor y de un concepto nuevo puesto al servicio de la burguesía compuesto por el individualismo, el liberalismo económico, el igualitarismo a ultranza, las clases sociales (definidas según parámetros económicos y según su función en el proceso de producción como completará Marx) frente a los estamentos (grupos sociales agrupados según una vocación, con sus tradiciones propias, su función social concreta e interrelacionadas entre sí y en absoluto en lucha tal como quería Marx). La “patria” de la revolución francesa no es la cantada por Homero, ni la experimentada en el mundo clásico.

El “ciudadano” de la revolución francesa es el individuo sin personalidad propia, exactamente igual a otros ciudadanos (como un grano de arena lo es a otros) que experimenta un rechazo hacia cualquier autoridad superior y rechaza toda aquella autoridad que no proceda de la ley del número. El poder tiene una justificación, a partir de entonces, meramente cuantitativa, casi material: un 51% gobierna sobre un 4%, aunque la mayoría esté compuesta por violadores y criminales y la minoría por premios Nobel. Efectivamente, la ley del número de la democracia liberal está ligada a la “nación” tanto como a la burguesía como clase hegemónica y al liberalismo como sistema económico. La patria, por el contrario, está vinculada a la tradición.

Ahora bien, la “patria” es una entidad ideal, útil para reconocer a los que “son como yo”, pero ajena por completo a la tarea de gobierno. De ahí que sea preciso abordar una tercera diferencia, la existente entre “patria” y “Estado”.

En efecto, la patria no está ligada necesariamente a vínculos jurídicos sino sociales, a valores y a espacios concretos. No tiene necesariamente nada que ver con el Estado, aunque tampoco existe contradicción alguna entre “patria” y “Estado”, todo dependerá del momento histórico en el que se aplique: el concepto de Estado ha variado mucho a lo largo de la historia. No es lo mismo un Estado vertebrado por una casta guerrera, que aquel otro al que una casta sacerdotal ha dado coherencia o el que ha tomado forma con la burguesía como clase política dominante. En este último caso se dice que el Estado es la encarnación jurídica de la Nación. Pero en la Edad Media era el marco en el que cristalizaba la idea de la “fides”. Y en el tiempo en el que la casta sacerdotal era hegemónica, estaríamos hablando de una concreción teocrática.

La Nación, como hemos visto, es un término moderno que irrumpió en la historia con la revolución francesa y sustituyó a la idea de Reino. El Reino es a la sociedad tradicional, lo que la Nación es a la sociedad moderna. A pesar de que es difícil marcar con precisión los hitos históricos en este terreno y existen períodos de transición, podemos decir que España fue un “reino” hasta 1820, cuando irrumpe el llamado “trienio liberal”, a partir de ese momento empezó a ser una “Nación”. Los monarcas que fueron apareciendo a partir de entonces fueron “constitucionales”, por tanto, el germen liberal ya se había instaurado implicando un tránsito efectivo de la idea de “Reino” a la de “Nación”, tránsito cuyos primeros despuntes pueden percibirse en las Cortes de Cádiz.

Uno de los hechos políticos más importantes del período histórico que se abre en 1978 con la irrupción de la constitución es la introducción del término “nacionalidad” referido a determinadas regiones del Estado e impuesto por los “nacionalistas” catalanes y vascos. En realidad, se trataba de una trampa porque éstos no distinguían entre “nación” y “nacionalidad” y tendían a reducir lo segundo a lo primero. Cuando en 2004, Rodríguez Zapatero llegó al poder, a pesar de haber ejercido durante seis meses como profesor de derecho constitucional, se percibió claramente que era incapaz de distinguir entre lo uno y lo otro y, por lo demás, al tratarse de un personaje de talante “humanitario y universalista”, no creía en las fronteras y, por tanto, no le importaba las que el nacionalismo periférico pudiera instaurar. Aprovechando la presencia de Zapatero en el gobierno del Estado, los nacionalistas catalanes aprovecharon para redactar un nuevo Estatuto de Autonomía en el que el término “nacionalidad catalana” fue sustituido completamente por “nación catalana”. Cataluña es una “nacionalidad”, nunca en la historia ha sido una “nación”, como máximo han existido “condados catalanes”, nunca nada que pudiera ser asimilado al concepto de nación.

¿Cuáles son las diferencias entre “nación” y “nacionalidad”? Evola, en Los hombres y las ruinas sostenía que en el pasado –esto es, en el “mundo tradicional”- no existían “naciones”, sino “nacionalidades”. Basta realizar un análisis histórico para comprobar que el Diccionario de la Real Academia no tiene razón en cuanto sitúa a la “nacionalidad” como “la calidad de los ciudadanos de una nación”. Es otra cosa, porque la “nacionalidad” aparece mucho antes que el concepto de “nación” irrumpiera en la historia.

La “nacionalidad”, en efecto, tiene mucho más que ver con el “imperio” y con el “arraigo” que con la nación. Históricamente, los grandes imperios tradicionales no se podían articular en una unidad al estilo del jacobinismo revolucionario o al absolutismo nivelador inmediatamente anterior. Eran territorios demasiado extensos y con características propias como para que cada parte fuera “lo mismo” que otras. La unidad estructural era “el reino” (desde los míticos reyes de Roma hasta el concepto de reino que se abre en la “Edad Moderna”), y cuando el reino manifestaba una voluntad de poder, “el imperio”. El reino se constituía sobre la base de la “fides”, el acto de reconocimiento de la autoridad de un monarca, el cual, a cambio, reconocía unos fueros concretos (esto es unos beneficios propios a tal o cual región, ciudad o estamento). 

La nacionalidad implicaba la existencia de unos vínculos identitarios propios que compartían todos los miembros de esa nacionalidad que generalmente se asentaba sobre un territorio común previo a su incorporación al “imperio”. Una vez incorporados, seguían manteniendo leyes, normas y tradiciones específicas, a las que se superponían las del Imperio. Flandes o el Franco Condado formaron parte del Imperio español aun hablando otra lengua, disponiendo de otras tradiciones, desde el momento en que aceptaron las bases sobre las que se asentaba la construcción de los Grandes Austrias: defensa del catolicismo, expansión universal de una cultura católica y tarea civilizacional. Por naturaleza, los imperios, como las monarquías tradicionales no podían ser más que estructuras descentralizadas en las que cada nacionalidad aplicaba y adaptaba a sus características los principios imperiales.

La nacionalidad tenía por encima al Imperio y por debajo a las comarcas que la componían. Todo esto formaba parte de un sistema flexible, elástico y perfectamente adaptable de distintos niveles de identidad a la que solamente eran refractarios algunos pueblos exóticos (Israel en el caso de la antigua Roma, los pueblos situados al norte de la muralla trajana en las Islas Británicas, entre otros, esto es, pueblos situados en la periferia del Imperio). En ningún caso el concepto de “nación” y de “nacionalidad” que se atribuía en los imperios tradicionales tenía absolutamente nada que ver con el concepto actual que se atribuye a estas palabras. En esto estribó la trampa de los nacionalistas periféricos durante los debates que llevaron a la redacción de la constitución española de 1978: se introdujo el término “nacionalidad” en el texto, dando a entender que se consideraba desde un punto de vista tradicional próximo a regiones del Estado que disponían de cierta personalidad y características propias. Sólo en un segundo momento, esos mismos nacionalistas la ambigüedad del concepto que habían sostenido en 1978 pasaron a afirmar que “nación” y “nacionalidad” eran lo mismo.

La “nacionalidad” es una parte de un organismo mayor (Estado, Imperio), tratándose de un concepto tradicional, mientras que la “nación” es otro concepto esencialmente moderno que sustituye al de “Reino” a partir de la revolución francesa. Aparece en ese momento el concepto de Estado-Nación (el Estado considerado como la encarnación jurídica de una Nación) y el llamado “principio de las nacionalidades” (según el cual un pueblo que disponga de una lengua propia y habite sobre un territorio concreto es una “nación”). Este segundo principio tiende a considerar de manera excesiva el papel de la lengua, cuando para el concepto tradicional de “nacionalidad” eran precisas otras muchas similitudes: cultura, pasado, antropología, historia, geopolítica, etc. ¿Qué había ocurrido?

De la misma forma que la ley de oro que se impone con la Revolución Francesa en materia de relaciones sociales era el individualismo, al perderse en el terreno político la noción de “Reino” y de “Imperio”, el punto de referencia es “material”: el “ciudadano” que no es, como hemos dicho, sino un átomo social. Cada parte de una “nación” reivindica, a partir de la instauración misma del concepto, la aplicación del “principio de las nacionalidades” y se ve así misma como una “nación” que carece de Estado. Con el liberalismo ocurre como con algunos minerales que cristalizan en determinadas estructuras geométricas y que basta con golpear con un martillo para que reproduzcan en dimensiones cada vez más pequeñas esa misma estructura geométrica y así hasta lo infinitamente pequeño. Se empieza afirmando que Catalunya es una nación y los habitantes del valle de Arán terminan sosteniendo su carácter de “nacionalidad” pues -según el “principio de las nacionalidades”- disponen de una lengua propia y habitan sobre un territorio concreto… son, pues, una nacionalidad. 

A partir de la instauración del concepto de “nación”, el único poder que puede contribuir a mantener la unidad del conjunto es la fuerza. Europa es un continente excepcionalmente rico cuyas naciones han estado compuestas hasta hace poco más de 200 años por nacionalidades que han hundido sus raíces muy profundamente. Los revolucionarios franceses de 1789 entendieron que, desaparecidos los rastros de la “fides” medieval que habían quedado en pie después del absolutismo borbónico, la única posibilidad de mantener unidad a la nación era mediante la fuerza de la guillotina. A diferencia de estos, el carlismo español, mantuvo en la segunda mitad del siglo XIX en su lema –Dios, Patria, Fueros, Rey- en tercer lugar los “fueros” concedidos por los monarcas a ciudades, estamentos, regiones y… nacionalidades. Hasta hacía poco no se hablaba de “España” en singular, sino de “las Españas” en plural, reconocimiento la existencia de distintas nacionalidades que formaban ese racimo de “las Españas”.

Una vez desaparecida la “fides” y los principios superiores de carácter civilizacional que mantenían unidos al conjunto de los reinos y los imperios, quedaba solamente la fuerza para mantener la integridad del conjunto. Y la fuerza generaba, allí en donde se aplicaba tímidamente una reacción en contra. Según la ley del equilibrio que gobierna todo lo que está en el Cosmos, a una fuerza aplicada en dirección centrípeta, debía seguir otra fuerza centrífuga de orientación inversa.

Toca ahora afrontar la diferencia esencial entre “nacionalismo” y “patriotismo”. El “nacionalismo” fue definido por José Antonio Primo de Rivera como el “individualismo de los pueblos” y, sin duda, esta es una de sus frases más afortunadas. El nacionalismo no es más que un impulso emotivo y sentimental –luego, irracional o, mejor, infrarracional- surgido de sugestiones históricas impuesta por complejos colectivos, frustraciones, resentimientos y traumas históricos que tiende a ser inevitablemente agresivo contra el nacionalismo más próximo y sumir a una nación en el aislamiento y la hostilidad hacia el vecino. En este sentido, el nacionalismo es un fenómeno beligerante y enfermizo (“lo mío es superior a lo de los demás”). 

En cierto sentido el “nacionalismo” es un legado de nuestra herencia animal, no modulado por la cultura. De la misma forma que todos los mamíferos experimentan el impulso territorial y no toleran que ningún otro animal penetre en su territorio, los humanos acompañan a este impulso irracional por consideraciones filosóficas y existenciales. En tanto que residuo del impulso territorial, el nacionalismo no puede ser sino hostil y beligerante hacia cualquier otra cosa que no sea lo propio. De hecho, los conflictos que se han desarrollado en los últimos 200 años tienen como germen el exclusivismo nacionalista. 

El patriotismo es otra cosa muy diferente: deriva de algo tan objetivo como es la fidelidad a la tierra y a los antepasados. Así como el nacionalismo está ligado a la idea exasperada de Nación y esta a la idea democrática que aparece con la revolución francesa, el patriotismo surge en la historia con las civilizaciones tradicionales de la antigüedad a partir del mundo clásico, es decir, irrumpe con determinado nivel de cultura. El nacionalismo, por el contrario, no tiene nada que ver con la cultura, sino con la civilización. Las guerras del siglo XIX y XX son precisamente esto: intentos de conquistar territorios de unas naciones a otras, para controlar recursos energéticos, no para expandir modelos de cultura.

El hecho es que no hay rastros de nacionalismo antes de 1789. Antes, desde la Edad Media, hasta finales del XVIII, cuando se declaraba una guerra y la población demostraba su entusiasmo no era por el “honor nacional” como por la “fidelidad” al Rey y por su honor. De ahí que, históricamente, el nacionalismo esté ligado a un determinado modelo: a la burguesía como casta hegemónica, a la democracia del número como sistema político, al liberalismo capitalista como concepción económica y así sucesivamente. Del paradigma liberal deriva el nacionalismo y la exaltación irracional que expande. 

Esta idea es importante: para ser un “nacionalista” consecuente es preciso ser jacobino, liberal, defender los valores burgueses, adherirse al capitalismo y a la democracia, o de lo contrario, se corre el riesgo de caer en la incoherencia. Eso es coherencia. Ser “nacionalista”, pero antiliberal o les liberal pero antinacionalista es simplemente inconsecuencia. Tal fue lo que entendió perfectamente José Antonio Primo de Rivera, cuando en ningún momento se declaró “nacionalista”.

El nacionalismo nunca ha pertenecido a nuestra familia política. En su forma jacobina ha sido patrimonio de la izquierda y en su forma liberal cosa de la derecha. Se empieza confundiendo nacionalismo y patriotismo y se termina desconociendo a la propia familia política. Nunca un imperio ha sido “nacionalista” pues no en vano “nación” e “imperio” son conceptos imposibles históricamente de encajar. Volvemos pues, al principio: un imperio no es más que una nacionalidad con voluntad de poder y proyecto cultural superior a los demás.

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Habría que preguntarse por qué viviendo en una sociedad liberal y democrática, capitalista y gobernada por los ideales de la burguesía, el nacionalismo español es casi inexistente. Esto se debe a varios fenómenos perfectamente identificables y completamente concatenados. 

El nacionalismo español que emergió inicialmente durante el siglo XIX, especialmente a partir del trienio liberal (1820-23), terminó generando cincuenta años después una eclosión de nacionalismos periféricos (catalán, vasco, gallego, andaluz) que un mineral que cristaliza en forma cúbica puede romperse hasta el infinito reproduciendo esa misma estructura cúbica en formas cada vez más pequeñas. A partir de ese momento, hacia finales del siglo XIX, la historia de España se convierte en un permanente tira y afloja entre el nacionalismo central y el periférico. 

Paradójicamente, el franquismo, que incluía entre sus soportes al carlismo y que reconocía como filiación política la negación de la Revolución Francesa, esto es, del jacobinismo, terminó siendo un régimen jacobino y centralista seguramente como rechazo al separatismo de ERC, Estat Catalá, el PNV o ANV… Algunos de los teóricos del nuevo régimen llamaron la atención sobre los riesgos del jacobinismo y de la desconsideración hacia las lenguas y los rasgos regionales. Esto hizo que mientras otras extremas-derechas europeas (la francesa, por ejemplo) aceptan el hecho regional (en las manifestaciones del Front National, por ejemplo, están siempre presentes las banderas de las distintas regiones), en la española todavía se desconfíe de lo que supone la periferia.

A esto ha contribuido el fracaso del Estado de las Autonomías y las tensiones generadas por los nacionalistas. La extrema-derecha (y buena parte del centro-derecha y del centro-izquierda) están presos de una lógica endiablada: esencialmente el nacionalismo español y el nacionalismo periférico son de la misma naturaleza, sólo que éste es la fotocopia reducida de aquel.

Otro fenómeno ha agravado esta situación: la pérdida de la tensión ideal del nacionalismo español que, a partir del desastre de 1898 y, mucho más, después de la Generación del 98, cayó en la atonía y detuvo su teorización. El mundo fue evolucionando y se produjo un desfase especialmente a partir de 1945 cuando volvió la paz y el mundo resultó empequeñecido gracias a los nuevos medios de comunicación de masas y a la evolución de los transportes. En los treinta años siguientes (de 1945 a la crisis del petróleo de 1973) se produjo un crecimiento económico constante que elevó el nivel de vida y aceleró la concentración de capitales. Veinte años después –tras la conclusión de la II Guerra del Golfo, la de Kuwait- el capitalismo ya no era el mismo que en 1945 (capitalismo industrial), ni el mismo que en 1973 (capitalismo multinacional), se había convertido en capitalismo globalizador. 

La clase hegemónica ya no era la burguesía media sino la oligarquía económica que se nutre, fundamentalmente, esquilmando a las clases medias. La “nación-Estado” ya no es la dimensión apropiada para gestionar el sistema mundial. 

Es preciso aludir al franquismo y a sus contradicciones: siendo un régimen antiliberal y, por tanto, antinacionalista, parecía lógico que su gestión del poder fuera, también, antijacobina. Sin embargo, lejos de asumir los hechos regionales como rechazo al jacobinismo liberal, adoptó éste laminando completamente a aquellos. El resultado fue que, a diferencia de en casi toda Europa en donde el jacobinismo es considerado como patrimonio tradicional de la izquierda, en España es considerado como un rasgo del régimen franquista, de tal manera que rechazar al franquismo, implica para la izquierda, rechazar también la idea de España, confundida abusivamente con la que el franquismo defendió: la idea jacobina de la “España una”, sin referencia alguna a la periferia.

Por otra parte, los Estados-Nación, demasiado pequeños para afrontar los desafíos del tiempo nuevo se ven obligados a agruparse en unidades mayores (los proyectos Airbus, ciclotrón para desarrollar la energía de fusión, caza europeo, etc., superan con mucho el presupuesto de los Estados de tamaño medio de la UE). Y, hasta ahora, la crítica de los “nacionalistas” no ha sido capaz de elaborar una alternativa a esta situación. El nacionalismo jacobino de hoy sigue siendo exactamente el mismo que el de finales del siglo XIX, no ha variado un ápice, mientras que la sociedad y la situación internacional ha variado extraordinariamente. 

El tiempo del nacionalismo ya ha pasado porque era solamente el impulso emotivo, sentimental e irracional de la burguesía media, ligado a la democracia liberal y al capitalismo industrial, fenómenos todos ellos que han quedado muy atrás en la historia.

(c) Ernesto Milá - ernesto.mila.rodri@gmail.com

Renovar la idea de España (II)

Renovar la idea de España (II)

Infokrisis.- Segunda parte del estudio que iniciamos el día de la Constitución de 2012 inspirado en el hecho de que la constitución aprobada en 1978 ha soportado mal el paso del tiempo, pero el entramado de intereses que se sitúan tras ella y que la utilizan como defensa sigue negando la evidencia y sosteniendo que en base a aquel contrato puede seguir organizándose la Nación española. En esta segunda parte afrontamos el carácter europeo de Espaa y la necesaria reforma de las estructuras políticas.

Una urgencia:

Renovar la idea de España (II)

3) ¿Con Europa o contra Europa?

Enarbolar el “que inventen ellos” o aquello otro de “Españolizar Europa” parece hoy más que nunca fuera de lugar. A la vista de la crisis actual de España (que es a la vez política, económica, social, constitucional y moral) resulta evidente que no estamos en condiciones de proponer a Europa un modelo y una pauta. Pero también resulta evidente que esta Europa, la Europa de la UE, de los burócratas de Bruselas, del inútil parlamento de Estrasburgo, la Europa del BCE y de las medidas liberales restrictivas del Estado del Bienes, esa no es nuestra Europa.

Hay que aceptar, forzosamente, que somos Europa en la medida en que desde que España quedó incorporada al mundo celta y al mundo clásico, lo somos cultural y antropológicamente, y en la medida en que nuestro país mantiene una contigüidad geográfica con Europa a través de los Pirineos, no podemos sino considerarnos como parte integrante de Europa. Harina de otro costal es establecer qué Europa nos interesa y cuál es nuestro papel dentro de Europa.

Empecemos diciendo que la reflexión identitaria sobre España no puede alejarse de la identidad europea: tanto en lo que se refiere a los sustratos originarios de nuestra población, como a la presencia e influencia de la cultura clásica greco-latina, como por la aparición del cristianismo y su impronta desde la sociedad medieval, España forma parte de Europa. Negarlo equivaldría a negar la existencia de la ley de la gravedad. Por otra parte, el 75% de nuestro comercio exterior se realiza con países europeos.

El problema radica en que Europa ya no es “Europa”, sino una prolongación cultural de los EEUU. Esta transformación se ha operado en varias fases, la última de las cuales se produjo cuando para defender la existencia de la OTAN y el fortalecimiento de la “alianza atlántica”, se implementó el concepto “occidente” como sustituto del concepto “Europa”. “Occidente” era, a partir de entonces, el eje EEUU-Europa Occidental, los intereses de Europa se identificaban y se subordinaban a los intereses estratégicos de los EEUU y el poderío militar y político europeo aceptaba la hegemonía norteamericana para afrontar la “Guerra Fría”.

Luego resultó que nunca, efectivamente, la URSS pensó en invadir Europa Occidental y que experimentaba la sensación de que los EEUU aspiraban a erosionar su red de alianzas y a convertir el espacio soviético en una nueva área comercial para sus productos. Sea como fuere, y se dé la interpretación que se dé a aquel período, lo cierto es: 1) que existió el clima de enfrentamiento entre el Este y el Oeste (aunque se tratara de un combate con tongo o bien en un combate en el que una de las partes actuaba a la defensiva y la otra a la ofensiva), 2) que primero el Mercado Común Europeo, luego las Comunidades Europeas y actualmente la Unión Europea, adoptó una política “occidentalista” de mero seguidismo hacia los EEUU y 3) que España se vinculó desde 1956 a la OTAN a través de los acuerdos militares firmados con los EEUU a cambio de los cuales, empezó a llegar capital extranjero a España gracias al cual se inició el despegue económico a partir de 1959.

En la actualidad la situación no ha variado extraordinariamente: 1) La UE sigue siendo un satélite militar de los EEUU y un enano político sin presencia propia en los escenarios mundiales y dirigida por políticos que tienen los pies en Europa y el corazón y los intereses en EEUU, 2) España sigue siendo un vasallo (los imperios no tienen aliados, tienen sólo vasallos) de los EEUU.

En muchas ocasiones hemos manifestado que desde el siglo XIX la pesadilla de los estrategas anglosajones (de EEUU y de las Islas Británicas) consiste  en presenciar el nacimiento de un eje París – Berlín – Moscú que les impediría poner el pie (militar y económicamente) en el espacio euro-ruso. Las dos guerras mundiales, la guerra fría, el período de “lucha antiterrorista”, todo ello ha sido conducido en esa misma dirección: hacer imposible el que los países europeos se alíen con sus aliados naturales, han generado discordias, divisiones y masacres, para mayor gloria de los estrategas anglosajones. Hoy, esa estrategia sigue en pie y España, de manera entusiasta con los presidentes de gobierno del PP y de manera ligeramente menos entusiasta por parte de los presidentes del PSOE, es un país alineado con los EEUU, que carece de política exterior propio, de criterios de defensa fuera de la OTAN y de personalidad política autónoma.

Negamos que los intereses de Europa coincidan con los de los EEUU. Afirmamos que la presencia del Reino Unido en la UE tiene como objetivo torpedear, ralentizar, limitar y crear dificultades a esta estructura y que el Reino Unido y los EEUU forman un eje que históricamente, desde Enrique VIII hasta la guerra hispano-americana de 1898, han constituido el “enemigo histórico” de España con el cual ningún entendimiento es posible y ningún acuerdo deseable. Por otra parte, el mundo anglosajón es la punta de lanza de la alta finanza internacional, la meca del capitalismo ultraliberal y alberga a los centros de decisión del capitalismo financiero y de la economía especulativa mundial.

De ahí la necesidad de que España se independice en todos los ámbitos (económico, militar, político, estratégico y cultural) de los EEUU y del mundo anglosajón y lidere la senda que toda Europa debe recorrer en esa dirección. Europa debe recuperar su identidad originaria. El proyecto europeo de vida no puede ser otro más que el de recuperar la mentalidad de la Europa de los orígenes, la de los hoplitas de Esparta que afrontaron la amenaza asiática, la de los legionarios de Roma que vencieron a la oligarquía comercial cartaginesa, la de los cruzados que marcharon a Tierra Santa en busca de la “prueba” que diera la medida de su valor, de los combatientes de Lepanto y de los defensores de Viena que en el siglo XVI cerraron la vía a los otomanos. Ejemplos de lo que debe ser la Europa del futuro no faltan. Pues bien, esa Europa, nacida de las profundidades de la historia y que siempre, a lo largo de esta ha manifestado constantes prometeicas, debe asumir con apertura de miras, las tecnologías más avanzadas y responsables, las fronteras de la ciencia más audaces y la creatividad más osada, sin límites, ni obstáculos, como su nueva misión histórica: conquistar un nivel de desarrollo técnico-científico para un determinado tipo humano que hay que recuperar.

España no puede estar ausente de ese planteamiento. Sería absurdo pensar que España tiene una identidad cultural completamente autónoma independiente de la de otros países europeos y en absoluto deudora de la herencia clásica, del germanismo que llegó con los godos y con el catolicismo medieval que surgió del cristianismo primitivo rectificado por la impronta romana y nórdico-germánica.

Somos, pues, Europa, pero no “esta Europa”. No se trata tanto de hispanizar Europa, ni de “europeizar” España, sino de realizar un largo y problemático “retorno a los orígenes”. Insistiremos en este tema cuando aludamos en la última parte de este estudio al enfoque cultural, de momento, valdrá la pena decir, que España solamente tiene razón de ser: 1) Oponiéndose a lo políticamente correcto, 2) oponiéndose al Nuevo Orden Mundial globalizado y 3) oponiéndose al pensamiento único. Y otro tanto vale la pena decir sobre Europa.

4) ¿Qué modelo político?

En 1978 terminó la larga etapa considerada como “de provisionalidad” que se inició en 1936. Las “leyes fundamentales del Reino” fueron sustituidas por una constitución trabajosamente elaborada por una “comisión parlamentaria” que supuso un verdadero cambalacheo entre las fuerzas políticas que en aquel momento eran hegemónicas para tratar de seguir prolongando eternamente su influencia. Para evitar que se convocase una “constituyente” y la “transición” no pudiera ser considerada como tal, sino que fuera evidente que se trataba de una verdadera “ruptura”, la forma política del nuevo régimen fue el de “monarquía parlamentaria”. Salvo eso y salvo la pervivencia durante apenas una década más de “poderes fácticos” (ejército, magistratura, policía, fuerzas económicas nacionales), la nueva constitución marcó una ruptura total con el antiguo régimen. Eso supuso que, políticamente, los logros de la provisionalidad franquista, que efectivamente existieron, fueran abolidos de un plumazo. La nueva clase política emergente no toleraría ningún tipo de competencia y el sistema político español resultante fue un bipartidismo imperfecto que se turnarían en el ejercicio del poder, con el apoyo de dos partidos nacionalistas que garantizaban que los techos autonómicos de esas regiones serían superiores al resto, como de hecho así ha ocurrido.

No fue una buena constitución. A los pocos años de subir a los socialistas al poder, ya era evidente que la constitución estaba avejentada, sino agonizante y que el verdadero sujeto de la política española en ese período y hasta nuestros días iba a ser la corrupción. Corrupción en todos los niveles de la administración, corrupción silenciada, corrupción reducida a la mínima expresión de los pocos casos que han ido saliendo a la superficie, verdadero iceberg que ocultaba el hecho experimentado como sensación extremadamente vivida en las calles, de que toda la clase política está corrupta en todos los niveles administrativos y que allí solamente van a parar ambiciosos sin escrúpulos, con pocas ganas de trabajar, perfectos ignorantes estructurales que jamás habrían hecho fortuna en la empresa privada y que se muestran absolutamente desaprensivos y avalados por el “derecho a la presunción de inocencia” y por un régimen jurídico extremadamente garantista.

Desde el principio de la transición empezó a sospecharse que todo lo que rodeaba a la Casa Real estaba envuelto en opacidad y que los “amigos del Rey” estaban presentes en prácticamente todos los escándalos económicos y financieros. El Caso Urdangarín ha confirmado estas sospechas que ya se tenían desde el Caso Ruiz Mateos, el Caso De la Rosa, el Caso Mario Conde, el Caso Prado y Colón de Carvajal, y algunos más, cuyos protagonistas tienen TODOS como negó común, la amistad con Juan Carlos I.

De la misma forma que bajo la restauración decimonónica el caciquismo fue el elemento determinante y más significativa de aquel régimen (frecuentemente ligado, por lo demás, a los sectores “progresistas” mucho más que a los conservadores) y en aquella época toda la clase política negaba este fenómeno, hoy, cien años después, la corrupción generalizada es negada por toda la clase política, atreviéndose cínicamente a afirmar que “se trata solo de casos aislados”… seguramente por eso, la clase política se ha negado a precisar más la legislación anticorrupción y seguramente por eso, el parlamento, que redacta leyes como quien hace rosquillas, se ha negado a elaborar una sobre financiación de los partidos políticos.

Por otra parte, la corrupción está íntimamente ligada al fenómeno de la degeneración de los partidos políticos. Estos han dejado de ser grupos homogéneos que defienden programas y determinadas ideologías, para ser agregados de defensa de intereses personales espúreos, oportunistas y desaprensivos. En 1939, legítimamente, se podía aspirar a que los partidos políticos hubieran entrado en el desván de la historia. La masacre de la guerra civil se debió en su totalidad al sectarismo y la intolerancia tanto de las derechas como de las izquierdas. Los Gil Robles, los Juan March y los Largo Caballero, los Durruti y los Martínez Barrio, todos ellos, con su hemiplejia mental consiguieron que media España se lanzara contra la otra media. En 1939, parecía como si España hubiera extraído como consecuencia que los partidos políticos no habían mostrado otra capacidad salvo la de arrojar por el precipicio a este país. La discusión más inútil que se ha podido realizar desde entonces fue la de establecer “quién fue más culpable”, si las derechas o las izquierdas. Todas las partes lo fueron y lo realmente increíble es que casi setenta años después, algunos prosigan con la hemiplejia mental y la pongan al servicio de su particular versión de la “memoria histórica”.

Si el régimen de Franco tuvo algo positivo y saludable fue el rescatar a España durante un ciclo de 40 años de las luchas fraccionales generadas por los partidos políticos, concentrando todo el esfuerzo, por primera vez en la historia, en el desarrollo económico. La legislación franquista configuró el parlamento en función de la estructura del país: los sindicatos, la patronal, las fuerzas armadas, los colegios profesionales, las provincias, el mundo asociativo, estaban representadas en aquellas Cortes a las que lo único que se le puede achacar es que no fueran democráticas (¿lo son las actuales?) pero en las que los grupos sociales estaban directamente representados y no necesitaban del tamiz de los partidos políticos.

Indudablemente, aquel régimen tuvo innumerables defectos, pero el tratar de liquidar a los partidos políticos distó mucho de ser el mayor. En 1976 todo eso saltó por los aires y tres años y medio después teníamos nueva constitución. Apenas diez años después, cuando ya habíamos entrado en la UE y en la OTAN, cuando la corrupción se enseñoreaba de todas las estructuras del Estado y cuando la partidocracia y la plutocracia habían sustituido a una democracia que jamás acudió a la cita, entonces fue posible añadir a la “gigantesca pirámide de fracasos” con la que Ramiro Ledesma finalizaba su Discurso a las Juventudes de España (“Resumimos así el panorama de los últimos cien años: Fracaso de la España tradicional, fracaso de la España subversiva (ambas en sus luchas del siglo XIX), fracaso de la Restauración (Monarquía constitucional), fracaso de la dictadura militar de Primo de Rivera, fracaso de la República”), otros dos fracasos más, el fracaso final del régimen franquista que no logró pervivir en el tiempo más allá de la muerte de su fundador y el fracaso del régimen democrático nacido en 1978. Una vez más será preciso recordar como terminaba Ledesma su análisis de la historia reciente de España: “Vamos a ver cómo sobre esa gran pirámide egipcia de fracasos se puede edificar un formidable éxito histórico, duradero y rotundo. La consigna es: ¡REVOLUCIÓN NACIONAL!”.

Cuando se cumplen 34 años de la constitución, es evidente que esta constitución ya no sirve, que está agotada, que ha dado de sí todo lo que podía dar y que lo peor que pudo ocurrir en 1978 fue que quienes la elaboraron pensaran ante todo y sobre todo en prolongar su posición de dominio sobre España, antes que en los intereses y en la coherencia del Estado.

Si hubieran pensado en esto último es evidente que jamás se hubiera redactado libelo constitucional alguno que hubiera podido derivar hacia el odioso “Estado de las Autonomías”, verdadera fuente de conflictos, foco inenarrable de corrupción y centro de todas las pequeñas ambiciones justificadas por el más mínimo “factor diferencial”.

Si se hubiera pensado en los intereses del Estado, hubiera sido evidente desde el principio que Juan Carlos I no estaba en condiciones de asumir la principal representación de la nación y que la historia había demostrado muy a las claras que los Borbones habían supuesto una verdadera tragedia para la historia reciente de España y que nada bueno podía extraerse ellos.

Si se hubiera pensado en los intereses del Estado nunca se hubiera constituido un régimen en el que los partidos políticos estuvieran sobrevalorados y no importa quien pudiera llegar a ser alto cargo de la nación, a despecho de su nula preparación profesional, de su ausencia completa de valores éticos y morales y por el mero hecho de tener el carné de un partido político o bien por mantener amistad con los gestores de ese partido.

Si se hubiera pensado en los intereses de los ciudadanos, en lugar de derechos constitucionales instalados en el vacío, se hubieran habilitado los mecanismos para hacerlos realidad y transformar el régimen saliente en un “Estado Social” en lugar de tener una sociedad arrojada a las garras de los especuladores y de las patronales carentes del más mínimo sentido social e interesadas solamente en aumentar sus márgenes de beneficios a costa de comprimir el bienestar de la sociedad.

No se pensó en nada de todo esto y, poco a poco, el valor del texto constitucional se fue apagando. A pesar de que los políticos anualmente “celebren” los valores constitucionales y los “logros” de esta constitución ¡solamente ha servido para tener una sociedad huérfana de valores y desprovista de defensas sociales y una clase política ávida de lucrarse a expensas de las clases medias! ¡Esta constitución está más que muerta, está en situación de putrefacción tal como ha demostrado la incapacidad para salir de la crisis, la presencia de equipos ministeriales cada vez más ineptos y que se limitan a trasladar programas neoliberales elaborados fuera de España y a los que no ha votado la población, y tal como ha demostrado la crisis del independentismo catalán, los acuerdos de paz con ETA, el terrorismo de misterioso origen del 11-M, la llegada de 7.000.000 de inmigrantes, la quiebra demográfica, todo ello son síntomas de putrefacción a la que ha conducido el intentar mantener con vida un texto constitucional que nació muerto y ante el que no era lícito de ninguna manera ser optimista sobre a dónde nos llevaría.

La constitución de 1978, no es el contrato que nos hará superar los últimos 200 años de fracasos históricos cosechados uno tras otro. ¡Hace falta, no solamente otra constitución, sino otros valores políticos que se encarnen en un texto ordenador de la sociedad política! No vale la pena engañarse: los últimos 34 años presididos por el lema liberal “libertad, igualdad, fraternidad” nos han conducido hasta donde estábamos: a la pérdida de todos los valores, al fracaso del sistema educativo y, por tanto, a la imposibilidad de enderezar “normalmente” la situación, al hundimiento económico y al despilfarro político. Una cosa son los lemas y otra la posibilidad de llevarlos a la práctica.

No estamos hablando solamente del fracaso político de España: es cierto que en otros países europeos los regímenes constitucionales que llegaron en los furgones de los ocupantes angloamericanos en 1945, son también obsoletos y están completamente periclitados. Si se nota menos es, seguramente, porque tienen una mayor tradición democrática que España, pero también por esto mismo es significativo el proceso de agotamiento que están sufriendo las fuerzas políticas de centro-derecha y centro-izquierda que durante más de medio siglo han constituido su alma y en torno a los cuales se ha ordenado el sistema. El “pensamiento único” y el culto generalizado a lo “políticamente correcto”, la fidelidad perruna con la que siguen las instrucciones emanadas de los centro financieros de poder y de la globalización y el silencio que muestran ante el evidente fracaso del “nuevo orden mundial”, son síntomas inequívocos de ese agotamiento. En toda Europa se intenta “taponar” la aparición de nuevas fuerzas políticas que se están abriendo paso a codazos a expensas de las dos grandes formaciones. Se intenta modificar sobre la marcha la legislación para evitar que estén presentes en el parlamento (en ese sentido Francia es el país que ha ido más lejos para dejar a 3.500.000 de votantes del Front National prácticamente sin representación parlamentaria) o para hacer imposible la existencia de pequeños partidos si no optan por apoyar a alguna de las grandes opciones (caso de la Italia post-manos limpias), cuando no se intenta realizar campañas de desprestigio, se atizan desde las alcantarillas del sistema extrañas acciones terroristas para desprestigiar cualquier oposición (véase el caso Breivik y las dificultades para expresarse libremente que encuentran las formaciones disidentes en Alemania a las que policía y servicios de inteligencia infiltran masivamente) o la facilidad como se despachan con algunos adjetivos despreciativos y sin más información a partidos disidentes que han logrado insertarse en los parlamentos (Amanecer Dorado, por ejemplo, no merece más análisis ni más calificativo que el de “neo-nazi” a pesar de responder a las exigencias de las clases medias y del proletariado urbano griego, desesperado por el desgobierno y la crisis sin fin).

Así pues, estamos hablando de una crisis europea generalizado que afecta a todo el sistema político, no solamente a España.

Va siendo hora de recuperar y adaptar elementos políticos que han sido desechados sistemáticamente por quienes nos han llevado a la ruina y han abordado en primera línea la tarea de demolición de nuestras sociedades. Si el trilema “libertad – igualdad – fraternidad” no funciona (y en realidad nunca funcionó porque el bolchevismo volvió a recuperarlo alegando que la “democracia burguesa” se había apartado de él y, posteriormente, la extrema-izquierda de los años 60, de nuevo lo volvió a recuperar denunciando que los partidos comunistas ortodoxos lo habían traicionado) será preciso adoptar otro mejor adaptado a la actual situación y mucho más realista: “Autoridad – Orden – Jerarquía”: la Autoridad es el principio del mando exento de cualquier sombra de corrupción, la seguridad de que quien la ejerce lo hará en la dirección justa o de lo contrario será revocado, el principio según el cual se elije democráticamente a un líder y a su equipo, y luego se acepta su ejercicio del poder huyendo de luchas partidistas; el Orden es la cohesión que un Estado y una administración tienen en su interior, en torno a un proyecto político-histórico a realizar, del cual nadie entre los ciudadanos aspira a separarse, el cumplimiento de un destino ineluctable que atañe a la generación actual y a la que está por venir; una Jerarquía que implica el mando para los mejores, complementareidad entre las distintas fuerzas políticas y sociales, gradación jerárquica entre los distintos niveles administrativos, la inexistencia de vacíos de poder y la presencia clara y nítida de centros de imputación a los que pueda señalarse como responsables de los éxitos y de los fracasos en la gestión del gobierno.

Un nuevo modelo político hoy, en medio de la crisis económico-social más atroz que han vivido los siglos equivale a defender, afianzar y profundizar el Estado del Bienestar por encima y sobre cualquier otra opción. Defender el Estado del bienestar quiere decir aspirar a extender la justicia social a todos los escalones de la sociedad, reconocer que el principal derecho “humano” del ciudadano es la seguridad en todos los órdenes y que ningún otro derecho puede ejercerse sin que éste se encuentre perfectamente afianzado. Y quiere decir también aplastar a quienes insinúen siquiera que el modelo del Estado del Bienestar es un modelo “superado”, simplemente porque defienden sus intereses de parte, o los beneficios de sus negocios habitualmente usureros o especuladores.

Es preciso, por esto mismo, proclamar bien alto que la recuperación de la idea de España y su adecuación a la realidad del siglo XXI, debe estar vinculada especialmente a la lucha contra el neocapitalismo y contra el liberalismo salvaje y su secuela más mortal para la identidad de los pueblos: la globalización. No basta con que el Estado surgido de una “revolución nacional” sea una “Estado Fuerte”, sino especialmente y sobre todo un “Estado Social” en el que el mercado esté regulado para evitar la aparición de burbujas, en donde exista una planificación lúcida y organizada y donde se tienda a la responsabilización de los ciudadanos en las tareas que competen a la economía nacional a cambio de una justa distribución de la riqueza y a una tendencia a eliminar las grandes desigualdades sociales.

Es cierto que en Europa muchas fuerzas políticas tienden hacia esa dirección, pero lo que estamos proponiendo es que España y su sociedad asuman el liderazgo y sean capaces de dar ejemplo y sustituir el actual modelo político (que, sin duda en nuestro país está más agotado que en cualquier otro lugar de Europa) por un Estado Fuerte determinado a poner fin a los excesos del capitalismo y en donde la usura, la especulación y las prácticas antisociales sean consideradas como un delito contra la sociedad y contra el propio Estado, pues no en vano, el Estado es la encarnación jurídica de la Nación y esta el conjunto de ciudadanos que asumen una misión y un destino común.

Luego queda por resolver el espinoso problema de las autonomías. Hay que decir, ante todo, que el problema no son los “derechos regionales” (a fin de cuentas, España hasta hace 200 años se ha organizado en base a los “fueros”), sino que el problema real lo constituyen los nacionalismos. Allí donde existe un “nacionalista” allí existe alguien desleal para con la Nación y para con el Estado. Todo nacionalismo no tiene como finalidad última la constitución de una “nación” separada e independiente de la matriz, por tanto, en el origen mismo del nacionalismo regionalista lo que existe es una deslealtad manifiesta contra la Nación que si no se manifiesta en un momento dado, lo hará más adelante.

Fieles a la tradición foral de nuestro país, justo es reconocer que España es una entidad surgida de la convergencia de distintas regiones que reconstruyó en 1492 la unidad perdida del Reino visigodo desintegrado por la invasión islámica. Es evidente que existen idiomas regionales, salvo el euskera, surgidos como variantes hispano-romances procedentes de un tronco común. Pero justo es reconocer también que, en las actuales circunstancias, asumir la defensa de esas culturas regionales supone simplemente hacer el caldo gordo al nacionalismo que basa todo su proyecto en reforzar esos “rasgos diferenciales” (incluso falsificándolos, generándolos artificialmente y, siempre, subvencionándolos hasta la saciedad, para colmo, creando una historia-ficción destinada a cortar vínculos culturales y lazos históricos con la matriz hispana. Por eso, decimos, el nacionalismo no es la solución, es una parte sustancial del problema de la articulación del Estado y, por tanto, para poder realizar un nuevo proyecto descentralizador y que suponga la aportación de las regiones al enriquecimiento del Estado, es preciso que una nueva constitución sitúe al nacionalismo ante la tesitura de demostrar lealtad hacia la nación (introduciendo en una futura constitución la prohibición de promover acciones secesionistas. Contrariamente a la tendencia demostrada por la constitución de 1978, no se trata de dar un mayor techo autonómico a las regiones que tengan movimientos nacionalistas más amplios, sino a aquellas que demuestren mayor lealtad hacia el Estado. El lema, el lema de la España foral, no era otro que “Máxima autonomía a cambio de máxima lealtad”.

Queda el espinoso problema de si la forma de Estado debe ser monárquica o republicana. Este planteamiento es incorrecto, en la actualidad no existen grandes diferencias entre una y otra, lo único que cuenta y lo único que puede pedirse a un presidente de la República o a un Rey es que sean la encarnación máxima de la Nación y, por tanto, un dechado de virtudes y de valores encarnados que transmitir a toda la población. En su lugar, hoy tenemos la sospecha de que la monarquía no está representado más que por un pobre espabilado, sin opinión propio, sin criterio propio, y lo que es peor, sin valores que transmitir salvo la sospecha de que, históricamente, desde el inicio de la monarquía no le ha importado lo más mínimo si juraba lealtad a Franco y a las Leyes Fundamentales o bien a la constitución y, de manera inevitable, siempre se ha rodeado por una legión de cortesanos que, frecuentemente, han pasado a la primera página de los diarios protagonizando casos de corrupción.

En este sentido creemos que con los borbones que median, como mínimo, desde Carlos IV hasta Juan Carlos I, esta rama monárquica ha aportado poco sino nada a nuestro país, que ha sido uno de los factores de inestabilidad nacional y de ausencia de un modelo de valores a transmitir y que, globalmente considerada, su gestión ha sido simplemente catastrófica. Nosotros no creemos que la monarquía haya fenecido “gloriosamente”, sino que se ha agotado bochornosamente a lo largo de 200 años: Carlos IV no se interesaba por nada más que por sus cacerías, a Fernando VII no le quedó a nadie a quien no traicionara antes o después, Isabel II cambió de amantes como otras mujeres cambian de bragas, Alfonso XII languideció y lagrimeó entre camas, Alfonso XIII apenas existió la sospecha de que las candidaturas republicanas ganaron las elecciones municipales, no dudó en huir de España sin dejar señas preparando el camino para la guerra civil. Su hijo, Don Juan de Borbón, gran esperanza monárquica durante el franquismo fue un pobre aprovechado que jamás se preocupó de su pueblo y del destino de su país y en cuanto a su hijo, Juan Carlos I, su falta de carácter y su apatía para participar en los asuntos públicos, expresar su opinión y manifestar su desacuerdo con el proceso centrifugador, la corrupción generalizada, se harán pasar a la historia como “el silencioso”. No, la monarquía está agotada en España.

No estamos dispuestos a condenar a la idea monárquica en bloque: creemos que la monarquía tradicional no puede ser medida por la capacidad y el talante de quienes han reinado en los últimos 200 años. Pero ahora ya no hay nada que hacer: las aristocracias tradicionales ya no existen, la nobleza se ha convertido en algo completamente diferente a lo que fue en otro tiempo: terratenientes, especuladores, haraganes, carne del colorín, nada que puede servir para enderezar el país y asumir como clase social la tarea de recuperar y enderezar la situación. Con esta monarquía no es posible defender el mantenimiento de la institución.

Quedaría solamente el poner al frente del Estado a un “regente” que provisionalmente sustituyera a la figura de un Rey y a la espera de encontrar entre las distintas ramas monárquicas a algún personaje capaz de asumir las riendas del Estado, o bien, obviamente, instaurar una república cuya figura en la cúspide fuera un presidente del Estado, elegible y revocable.

En cualquiera de los tres casos (monarquía, regencia o república) lo que debe estar claro es que esta figura no puede ser en absoluto “decorativa” sino que, el mero hecho de existir implica que debe también tener responsabilidades y competencias. El rey “constitucional” no es solamente el representante de la nación, de la misma forma que el presidente no es meramente un cargo protocolario y representativo. En un Estado eficiente y moderno estas figuras no existen: existe la figura del monarca, del regente o del presidente del Estado, como máximos centros de imputación y responsabilidad, a los que corresponde atribuir los éxitos y los fracasos en la gestión del gobierno.

En un Estado eficiente y moderno, a fin de cuentas, no hay lugar para las “instituciones florero”, de hecho ya hemos conocido demasiadas en el régimen nacido en 1978. Las instituciones deben tener competencias y poder, también responsabilidad y deben rendir cuentas de sugestión. Nada que exista puede tener una función protocolaria o simplemente decorativa, ni, por supuesto, servir únicamente para que los partidos políticos sitúen a sus segundones.

En el régimen surgido en 1978 abundan las “instituciones florero”. En un Estado regenerado, reconstituido y digno de tal nombre, no hay lugar para ninguna de estas instituciones inútiles. Ya hemos aludido a que la monarquía (la regencia o la república) no debe seguir estar desprovistas de funciones reales de mando, gobierno y poder. Otro tanto vale para otras instituciones. Se ha aludido a la ausencia de funciones del Senado y a su necesaria transformación en una “cámara autonómica”… En la medida en la que todos los diputados del parlamento representan a sectores de la población concretos situados en zonas geográficas determinadas (esto es, autonomías), por eso mismo ya cumplen esa función. De ahí que no tenga sentido la existencia de una “cámara autonómica” porque esta función ya está implícita en el parlamento.

Cabrían, pues, dos forma de organizar la representatividad en un Estado regenerado. O bien el actual parlamento se transforma en una “cámara de las corporaciones” en la que no estén representados los partidos políticos, sino los distintos cuerpos de la sociedad, o bien el parlamento sigue ostentando representación procedentes de los partidos políticos, pero junto a la cual se sitúe un senado reconvertido en “cámara de las corporaciones” con capacidad de veto sobre las decisiones adoptadas en el Congreso de los Diputados.

Y esto ¿por qué? Sencillamente porque los partidos políticos ya han decepcionado a la población, jamás han expresado programas que se hayan tomado la molestia en cumplir, han sido fuentes de corruptelas, nepotismo, amiguismo e ineficiencia y siempre han situado sus intereses de parte sobre los intereses de la comunidad; por lo demás, los partidos políticos han dejado de ser expresión de opciones ideológicas para convertirse en ariete de intereses de su capa dirigente. Realizada esta constatación se trata solamente de reconocer que un ordenamiento democrático “normal” debe tratar de reducir el campo de acción de los partidos políticos, establecer como contrapeso otras fuentes de representación (de ahí la necesidad de establecer una “cámara corporativa”) y reducir al máximo su peso en la sociedad (no deberán tener subsidios públicos ni ellos, ni sus fundaciones, deberá existir una ley de financiación en la que quede claro cuáles son su ingresos y de dónde proceden y no recibirán ayudas postelectorales por votos obtenidos).

Lo que un sistema político maduro y del siglo XXI debe tender es a lograr que los ciudadanos estén representados DIRECTAMENTE y a través de instituciones imprescindibles (colegios profesionales, sindicatos, asociacionismo cultural, etc.) en lugar de mediante el tamiz distorsionador de los partidos políticos. Hay que establecer de una vez por todas que éstos han fracasado en su tarea representativa y que ya no tiene lugar en el futuro de España. Es más, a ellos se debe por encima de todo y sobre todo, la corrupción generalizada, el nepotismo, la incompetencia convertida en norma de gobierno y la legión de “asesores” que medran hoy a la sombra del poder.

5) ¿Nacionalismo o patriotismo?

 

6) ¿España con Portugal?

 

7) ¿Qué enfoque cultural?

 

© Ernesto Milà – infokrisis – ernesto.mila.rodi@gmail.com – Prohibida la reproducción de este artículo sin indicar origen.

Renovar la idea de España (I)

Renovar la idea de España (I)

Infokrisis.- Lo hemos escrito en varias ocasiones, la idea de España no se ha renovado desde hace 114 años. Prácticamente, después de 1898 la idea de España no ha sufrido aportaciones nuevas a pesar de que España haya cambiado extraordinariamente y que el mundo lo haya hecho todavía más. Y esta reflexión es extremadamente importante porque una “nación” es especialmente una “misión” y un “destino”. La definición de Ortega y Gasset, popularizada por José Antonio Primo de Rivera, según la cual España es “una unidad de destino en lo universal”, implica tener muy claro cuál es ese “destino”. Y hoy las ideas del 98, ya no sirven para alumbrar el futuro de España en el siglo XXI porque el mundo es muy diferente de cómo lo era hace 114 años. De ahí que desde hace tiempo hayamos sostenido que la crisis de España es, sobre todo, la crisis de la “idea de España” y la incapacidad de los pensadores “patriotas” para abrir senderos nuevos. El día de la constitución (no merece mayúsculas un contrato incumplido del que España ya ha tenido muchas versiones en 200 años) nos ha animado a hacer algunas reflexiones en este sentido.

1) Tierra o Mar

El drama histórico de España consistió en ignorar la ley básica de la geopolítica, aquella que distingue entre naciones “marítimas” y naciones “continentales”, es decir, aquellas que dan más importancia a su expansión oceánica y aquellas otras que la dan a su expansión terrestre. En España, a partir del siglo XVI y hasta el XVII, se combatió entre dos frentes: de un lado en la conquista y colonización de América, de otro en las guerras europeas. Era evidente que España ni poseía la capacidad demográfica, ni la riqueza suficiente, ni existía una mentalidad en las masas capaz de asumir un desafío de tal magnitud que ningún país ha podido soportar jamás.

La nitidez y la duplicidad de este combate desangraron España durante dos siglos y fue precisamente en 1898 hasta donde se prolongó la agonía imperial. Luego, en el siglo XX, España fue incapaz de definir ese aspecto axial de nuestro pasado y de nuestro futuro: ¿nación continental o nación marítima? Dio, por un momento, la sensación durante el franquismo de que el impulso decidido a los astilleros, era el síntoma de que España había optado por un enfoque marítimo. El plan de renovación de la Armada elaborado a finales de los 60 pareció confirmar en esa dirección, pero al llegar la transición todo esto se difuminó y las necesidades de nuestra defensa, de nuestra industria y de nuestros intereses, se situó en el furgón de cola de la OTAN y se supeditó a los intereses de las Comunidades Europeas (hoy UE).

Ahora hace falta reconocer el error histórico que supuso el intentar compaginar durante el reinado de los Austrias el enfoque terrestre y el marítimo. Heroísmos aparte y asumiendo el hecho de que el legado de la historia es irrenunciable, la aventura colonial en América y las guerras de religión se nos aparecen hoy como insensatas. Y la alternativa pendiente de nuestra historia es precisamente el elegir por uno u otro enfoque, a la vista de que la experiencia histórica mundial enseña que es tan imposible luchar en dos frentes al mismo tiempo como el asumir dos empresas históricas tan antagónicas como titánicas.

No es raro que se trate de un episodio irresuelto de nuestra historia porque la situación geográfica de España parece configurarla como algo “descolgado” de Europa con quien estamos unidos solamente por los Pirineos (si olvidamos que la orilla occidental nos sitúa como integrantes del “estanque mediterráneo”). El hecho de que estemos rodeados de aguas por casi todas partes nos determina, pues, como “nación marítima” y, por tanto, nuestro impulso esencial debería de haberse situado en la construcción de una gran flota que garantizara la seguridad de los mares y asegurara la integridad de nuestras rutas comerciales.

Pero la destrucción de la Armada Invencible cortó ese sueño y, a partir de ese momento, el Imperio Español jamás estuvo en condiciones de garantizar la seguridad de las rutas marítimas con Iberoamérica. Esta situación se prolonga todavía hoy: carecemos de una marina de guerra en condiciones de garantizar algo más que la vigilancia de nuestras costas. La indecisión a la hora de habilitar un presupuesto capaz de convertir a nuestra marina de guerra en hegemónica en el eje estratégico Baleares – Estrecho – Canarias y de garantizar la seguridad marítima en los tránsitos hacia el Atlántico Sur, así como el hecho de que ni Portugal, ni Brasil, ni Argentina (países con los que sería posible establecer alianzas estratégicas interoceánicas) cuenten con una marina en condiciones de garantizar la seguridad en el Atlántico Sur, suponen dificultades casi insuperables para convertir a España en “potencia oceánica”. Y sin esto, el comercio con Iberoamérica pende de un hilo y no puede ser considerado en ningún caso como la orientación histórica que hoy se pueda asumir sin riesgos y con seguridad.

Por otra parte, la irrupción del Islam como fuerza política en el norte de África, especialmente en Marruecos, Mauritania, Mali y Senegal, hace que nuestra penetración hacia el Sur (que en buena medida sería una penetración naval) sea completamente imposible y extremadamente limitada. Harina de otro costal hubiera sito si con posterioridad a la Reconquista hubiera continuado el arrinconamiento del Islam en el Magreb Occidental para garantizar que la seguridad del Mediterráneo Occidental y el paso por Gibraltar estaban completamente en manos de España.

Las naciones “marítimas”, habitualmente determinan la aparición de imperios comerciales (Atenas, Cartago, EEUU) y plutocracias democráticas. Pero, como decían los antiguos alquimistas “para fabricar oro es necesario poseer el oro”, y España ni ayer ni hoy ha tenido los recursos económicos suficientes como para poder afrontar la construcción de un marina de guerra, algo que hoy es más caro que nunca (salvo que se renuncie a la construcción de navíos de superficie y se centren los presupuestos en el arma submarina. Hoy, las limitaciones económicas siguen impidiendo la realización de un plan de esta magnitud.

Así pues, inicialmente, España estaría obligada a ser una “potencia terrestre”. Pero en la actualidad, la mala negociación del acuerdo de adhesión a la Unión Europea, gestionado de manera irresponsable por el gobierno de Felipe González, nos confinó a un lugar “periférico” dentro de Europa: vimos como nuestra industria estratégica (altos hornos, industria pesada, astilleros, minería) quedaba completamente liquidada y nos transformamos en un mero país de “servicios”, geriátrico de Europa, dotado de actividad económica de escaso valor añadido (turismo y construcción) y poco más.

Así pues, nuestro drama actual, radica en que, sea como fuere, por imperativos históricos del pasado remoto, o por condicionamientos debidos a los errores de los últimos gobiernos democráticos, el hecho es que estamos en malas condiciones de asumir cualquiera de las dos orientaciones.

Europa está “cerca” geográficamente y, por tanto, con ella es con quien estamos obligados a tener la mayoría de intercambios comerciales. Sin embargo, con América nos une una lengua cada vez más extendida (especialmente con la América que “interesa” y que no es, desde luego, la andina, sino la ribereña del Atlántico y del Pacífico a la vista de que en amplias zonas del interior, se ha extendido entre las capas indígenas la idea de que la miseria actual de esas poblaciones radica en la etapa de colonización), incluso en el Norte.

En EEUU, la expansión de los núcleos hispanos es imparable y las tres últimas elecciones presidenciales indican que quien quiera ser presidente de los EEUU debe hacer campaña en castellano o al menos simular que lo habla. Los hispanos constituyen, sin duda, la mayor contradicción interior de aquel país: los hispanos rompen, no sólo la unidad lingüística, sino también la unidad cultural y de valores de los EEUU. A los valores “blancos, anglosajones y protestantes” que hasta ahora han sido hegemónicos allí, se están superponiendo los valores “cristianos, hispanos y criollos” apoyados en una lengua que muestra una extraordinaria potencia en los EEUU. Se engañan quienes piensan que la minoría hispana va a tener el mismo destino, subordinado y marginal, de los afroamericanos.

España no puede permanecer al margen del destino de las comunidades hispanas al otro lado del Atlántico, pero el drama es que no lo puede hacer en solitario. Así pues –si de lo que se trata es de una orientación oceánica y marítima- de lo que se trata es que una diplomacia agresiva al servicio de un gobierno fuerte labre pactos y acuerdos especialmente con Portugal, Argentina, Brasil, Chile y Venezuela. Solo a través de acuerdos de este tipo valdría la pena lograr la revitalización marítima de España. De lo contrario habría que renunciar a este tipo de orientación y centrarse en la exclusivamente terrestre.

Una orientación de este tipo pasa por una renegociación del acuerdo de adhesión a la UE y porque España recuperara el viejo proyecto de liderar a los países de tamaño medio de la UE para alterar la actual hegemonía franco-alemana, cortar cualquier acuerdo preferencial con terceros países que menoscabara los intereses de España (especialmente con Marruecos, Argelia, Túnez e Israel), o simplemente separarse de la UE, arrastrando a los países de tamaño medio y presentando una alternativa (que no puede ser sino la formación de un eje euro-ruso de espaldas a la Europa atlantista que se limita a permanecer a remolque de los EEUU a través de la OTAN.

Excluimos por obvias razones culturales y antropológicas, la segunda opción que sería separarse de la UE y orientarse hacia el mundo árabe y que a medio plazo impondría como alto precio la pérdida del perfil histórico y de la identidad española. Así mismo, no hay que perder de vista que la orientación marítima siempre da lugar a gobiernos oligárquicos y plutocráticos, mientras que la orientación terrestre genera una mayor valorización de la idea del Estado. Se trata, por tanto, de ser conscientes de estas repercusiones en el terreno político: porque puede ocurrir que un país tenga vocación comercial y marítima, pero su idiosincrasia no sea la más adecuada para desembocar en la organización en torno a oligarquías plutocráticas. Y puede ocurrir, así mismo, que una orientación “terrestre” sea inviable porque existe en las masas un espíritu anárquico e inorgánico que impida la creación de un Estado fuerte.

Así pues, esta pregunta de cuál es la orientación geopolítica de España no puede cerrarse completamente en el momento en este momento y lo recuperaremos de nuevo al final de este estudio.

2) Modelo económico

La orientación geopolítica de España (potencia naval o terrestre) tiene, como hemos visto, una íntima repercusión, en el plano económico. No todos los proyectos pueden realizarse porque la dimensión de nuestra economía es cada vez más limitada y en los actuales momentos de crisis se ha revelado como extraordinariamente frágil.

En los últimos 10 años hemos sostenido que el modelo económico de España adoptado desde 1996 y que supone una renovación parcial del proyecto franquista (esto es, crear una economía cuyo motor sea la construcción y el sector turístico, la hostelería) era un modelo económico erróneo que nos llevaría, antes o después, a la ruina. Este momento ha llegado ya y se ha agravado a causa de la crisis económica generada por la imposible globalización.

Hemos sostenido, igualmente, que no saldremos de la crisis económica hasta que no estemos en condiciones de enunciar un nuevo modelo económico de sustitución. Y este es el segundo problema que debe afrontar un proceso de reconstrucción nacional. Tampoco aquí está muy clara cuál es la salida. El zapaterismo, intentó conjugar al mismo tiempo el modelo económico heredado del aznarismo (ladrillo, salarios bajos, inmigración y acceso fácil al crédito) ampliando incluso la presencia de algunos de sus elementos (inmigración masiva) con un modelo idealizado e imposible basado en I+D+i.

Esto suponía ignorar que desde hace casi 40 años nuestro sistema educativo está en crisis, que estamos a la cola de Europa en materia educativa, que el fracaso escolar y los estudios en carreras “de letras” con pocas salidas profesionales, son el elemento dominante en nuestro panorama juvenil y que, por todo ello, nuestro modelo económico (por el momento y mientras el sistema educativo no renazca de sus cenizas) está condicionado por la baja calidad de la formación de nuestros jóvenes. Un panorama de I+D+i solamente podría realizarse con una masa juvenil capacitada para asumir trabajos en ese sector y bien remunerados… lo cual no tiene nada que ver con la situación actual en la que nuestros jóvenes mejor preparados o no encuentran trabajo en España o se trata de trabajo mal pagado y eventual, obligándoles en ambos casos, a mirar a otros países europeos o americanos.

Por otra parte, mientras la globalización no sea definitiva y completamente abolida en la ordenación económica mundial, no podemos aspirar a una reindustrialización en la que los costes de producción siempre resultarían superiores a los que ofrecen hoy los países (especialmente extremo-orientales) que han ido configurándose como “factoría mundial”.

No hay, así mismo, la menor duda, de que la transformación de las economía occidentales de productivas en especulativas, no redunda en beneficio de la Unión Europa y, mientras el PIB sea la medida del “bienestar económico” y no la “renta per cápita”, la estructura sociológica de Europa será una clase madia cada vez más comprimida por la fiscalidad y reducida en número, una oligarquía económica cada vez más restringida pero cada vez más poderosa y unos grupos sociales poco competitivos, compuestos mayoritariamente por jóvenes y mayores de 45 años, sin trabajo estable, ni posibilidad de acceder a los escaparates de consumo.

Así pues, es preciso plantearse objetivos a corto y a medio plazo. A corto plazo hay que tener en cuenta que salvo la acumulación de población en las costas, la realidad es que buena parte del interior de España está despoblado o en vías de despoblación, especialmente en zonas de Castilla la Vieja y Aragón. En estas zonas existiría riqueza agrícola si existiera población y capitales suficientes para explotarla. Lo que estamos proponiendo es que la economía española reconozca su realidad y el hecho de que si quiere dar una salida a millones de jóvenes con formación muy precaria y en situación de paro, no tiene más remedio que retornar a un modelo económico en el cual el sector primario (relacionado con los recursos naturales y su transformación).

Esto implica, en primer lugar, renegociar el acuerdo de adhesión a la UE, obteniendo el reconocimiento de España como “factoría alimentaria de Europa” y, en segundo lugar por vetar y denunciar cualquier acuerdo suscrito por la UE con países del Magreb o con Israel. La importación de frutas, verduras, hortalizas, ganado vacuno y ovino, que pueda ser cultivado o criado en España no debe de ser objeto de importaciones procedentes de esos países.

El objetivo a medio plazo no es menos evidente y necesario: se trata de que la UE denuncie la globalización y se emancipe de ella. Esto solamente ocurrirá cuando se reduzca la dependencia de la economía financiera y cuando Europa se sustraiga completamente a las influencias y a las leyes de la alta finanza internacional, de los “señores del dinero” y de las grandes instituciones financieras mundiales (FMI, Banco mundial, especialmente). Europa debe convertirse en una “unidad económica” capaz de disponer de un mercado interior potente, reduciendo al mínimo las importaciones procedentes del exterior de ese espacio.

Hemos sostenido que el sector de la construcción ha caído después del estallido de la burbuja inmobiliaria en 2008 y que nunca más se volverán a generar procesos hipertróficos a los que ya hemos visto. Así mismo, el sector de hostelería, corre el riesgo de disminuir su actividad en los próximos años, a causa de la competencia de los países de Europa Central y de los Balcanes y lo único que nos permitirá seguir recibiendo turistas es bajando el listón, abaratando costes para atraer a turismo de aluvión, litrona y bocata que llega a España con los fortaits ya cerrados. Una perspectiva absolutamente indeseable, pero a estas alturas el pretender atraer a “turismo de calidad” ya parece demasiado remoto como para poder actualizarse. Desde los años 60, el turismo que ha venido a España ha sido siempre “de aluvión” y a estas alturas, las infraestructuras turísticas ya están diseñadas para ese perfil, con lo que resulta prácticamente imposible rectificar y enderezar un fenómeno que desde el principio se torció.

Por lo tanto, resumiendo, desde el punto de vista del modelo económico, las dos opciones que pueden asumirse son: énfasis en el sector primario con recolonización de los espacios interiores del país, renegociación del acuerdo de adhesión a la UE priorizando a España como “granero y despensa de Europa”, facilitar la ruptura de la UE con la economía globalizada mundial y en especial lucha contra los centros financieros internacionales, constitución de Europa como “gran espacio económico”, ajeno e independiente de la globalización.

Segunda Parte

3) ¿Con Europa o contra Europa?

4) ¿Qué modelo político?

5) ¿Nacionalismo o patriotismo?

6) ¿España con Portugal?

7) ¿Qué enfoque cultural?

© Ernesto Milà – infokrisis – ernesto.mila.rodi@gmail.com – Prohibida la reproducción de este artículo sin indicar origen.

 

Catástrofes sociales (III-B)

Catástrofes sociales (III-B)

d. Narcosis social.– El repliegue a lo personal y el individualismo exaltado impiden que el sujeto piense en nada más que en él mismo y solamente reacciones cuando siente muy cerca algún riesgo. Por lo demás, el sujeto vive inmerso en una narcosis social absoluta cuyos rasgos son:

– La irrupción del movimiento del 15–M evidenció la inexistencia de una crítica orgánica al sistema y los residuos de la crítica marxista derrotada, banalizada y superficial. El hecho de que en las escuelas se haya borrado toda huella de capacidad crítica implica por lo mismo que también ha desaparecido la posibilidad de realizar un diagnóstico acertado y operativo del sistema y de establecer sus fallas y sus puntos débiles.

– La destrucción sistemática de la sociedad civil operada a partir del felipismo, con el repliegue a lo personal al que condujo los nuevos hábitos sociales y las nuevas tecnologías, ha favorecido todavía más el reforzamiento del individualismo y la desconexión entre cada individuo y su entorno. De hecho, el rasgo del actual momento histórico consiste en que el hombre está “cortado” de su entorno natural, aislado en su misma célula familiar, en ruptura con la sociedad, con otros hombre, con el otro sexo, con la misma historia, con su país, con su pueblo. El individuo es hoy un ser roto, pero su supervivencia y su bienestar implican necesariamente la existencia de vínculos orgánicos con todo lo que le rodea, incluso consigo mismo.

– El individuo vive en una especie de sueño permanente, atontado por los medios de comunicación, por las posibilidades de ocio, por todo lo que le rodea, tiende a identificarse con cualquier cosa olvidan su esencia y cuál es el núcleo de su personalidad. El individuo sufre una alienación permanente en la que deja de ser él mismo para ser cualquier otra cosa: no vive su propia vive, vive en un mundo de identificaciones, irrealidades, ensueños, fantasías, rencores, deja de vivir el aquí y el ahora convirtiéndose en alguien manipulable y neutralizado. El evolucionismo enseñó que el hombre desciende del mono, pero la realidad social demuestra que ha alcanzado el estadio y la naturaleza del borrego.

– En tanto que ultraindividualista, el sujeto solamente se mueve por aquello que le afecta directamente y sólo en el momento en que tiene el riesgo encima: la “protesta social” como hecho comunitario ha desaparecido prácticamente (cuando se produjeron las protestas del 15–M o los intentos de “cerco” al Congreso de los Diputados, los participantes fueron exiguas minorías en absoluto significativas, a pesar de que la situación político–social era y es extremadamente grave. El individuo solamente protesta por los desahucios, por los despidos, por las alzas fiscales, por los recortes del Estado del Bienestar en el momento en que le afectan directamente a él y justo en el instante en que le afectan, ni antes ni después. La narcosis social le impide prever el futuro, anticiparse a él y reaccionar contra el destino que otros le han creado. La irresponsabilidad de las clases dirigentes, arrastradas por la misma lógica de la fase terminal del sistema (neocapitalismo, globalización, privatizaciones, liquidación del Estado del Bienestar, economía financiera, etc) no tiene como contrapeso las iniciativas de autodefensa de la sociedad.

– La parálisis mental de los sujetos y la incapacidad para decidir sobre sí mismos es lo que les lleva permanentemente a votar a las opciones que menos satisfacen sus intereses. Basta con que los medios de comunicación sugieran la conveniencia de votar a unos o a otros, los sujetos seguirán estas sugestiones con fidelidad perruna. Esto explica el por qué en plena crisis generada por los dos grandes partidos, las masas siguen votando precisamente a esos dos grandes partidos, sin apenas variaciones en porcentajes. Las masas están votando democráticamente a los grupos de poder que están luchando contra los intereses populares en la forma de suicidio social más extrema que hayan visto los siglos.

e. Aculturización de las masas.– Las antiguas sociedades agrarias no eran cultas pero disponían de una sabiduría  y de los conocimientos necesarios para sobrevivir. Las sociedades modernas carecen de esa capacidad y se presentan como “sociedades molusco”, duras por fuera, blandas por dentro.

– La visión del mundo que difunden los medios de comunicación y el entramado cultural del sistema político facilita altos niveles de aculturización, pérdida de valores y reducción de todos los valores a los meramente economicistas con lo que el individuo queda transformado en un tubo digestivo y reducido a sus instintos más básicos.

–  Los fenómenos de aculturización generan unas generaciones incapaces de entender cuál es su momento histórico y sobreponerse a él y siempre generan un ambiente social excepcionalmente incómodo y agresivo. Frecuentemente, la aculturización genera incapacidad del sujeto para controlar sus instintos más básicos, especialmente su agresividad. Aparecen fenómenos culturales –música, vídeojuegos, telebasura, deportes de masas– que, en lugar de contribuir a fomentar un clima social y urbano de serenidad y estabilidad, favorecen la aparición de la violencia y de la agresividad. Muy frecuentemente esta violencia desborda a las Fuerzas Seguridad del Estado que, ante su insuficiencia de medios pasan a proteger a los barrios poblados por capas más favorecidas.

–  La crisis económica afecta extraordinariamente a la estructura social de nuestro país: la gente más joven y mejor preparada desde hace tres años se está yendo de España, mientras que sigue llegando inmigración sin cualificación profesional. Esto implica un empobrecimiento profesional y cultural de la sociedad española. Por otra parte, los salarios bajos, necesarios para aumentar la competitividad han generado un efecto social inesperado: los hijos que trabajan no pueden formar familias nuevas por lo que deben seguir viviendo con los padres convirtiéndose en eternos adolescentes y siendo uno de los factores de la baja tasa de natalidad española.

–  La quiebra del sistema educativo ha contribuido de manera preferente a que los jóvenes tengan un extraordinario déficit de formación cultural y, por tanto, a que sean fácilmente permeables a las formas más bajas de los productos culturales norteamericanos y del consumismo. Aunque España no sea exactamente una colonia de los EEUU, la cultura  norteamericana ya ha conquistado a los jóvenes que dependen de ella casi completamente. Quien carece de cultura propia, carece de independencia.

–   El proceso de pérdida de las señas de identidad cultural convierte a un pueblo en extremadamente permeable a las influencias extranjeras y extraordinariamente abierto a los tópicos más deletéreos de la modernidad: multiculturalidad, mestizaje, que llevan directamente a la subordinación a otros grupos étnicos que no comparten estos mismos tópicos. Esto es especialmente grave en estos momentos de inmigración masiva.

–   En estas circunstancias, no es extraño que el hedonismo y el egoísmo hayan sustituido a cualquier otro valor social y que los valores comunitarios que dan identidad y personalidad a un pueblo, se han volatilizado. El individuo se convierte en la única medida de todas las cosas y cada individuo es un átomo aislado de los demás, celoso en la defensa de sus intereses aunque lesione los de los demás, el pueblo, de ser un conjunto vertebrado y coherente, termina convirtiéndose en un agregado de individualidades con intereses siempre contrapuestos, caótico e inestable. No es sólo el Estado, la Política, la Economía la que degeneran sino sobre todo la Sociedad. 

© Ernesto Milà – infokrisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com – Prohibida la reproducción de este artículo sin indicar origen.

 

Catástrofes sociales (III-A)

Catástrofes sociales (III-A)
Infokrisis.- Proseguimos la serie de artículos sobre la CONVERGENCIA DE CATASTROFES con esta tercera entrega en la que abordamos las "catástrofes sociales". Dada la longitud de este tema lo hemos dividido en dos partes. A la catástrofe política y a la castástrofe económica se une la catástrofe social cuya magnitud es, como mínimo, de envergadura similar a las anteriores. Lamentamos no poder haber concluido esta serie antes de lo que hubiéramos deseado pero, la falta de tiempo y las actividades y viajes profesionales nos han impedido abordar con la celeridad que queríamos estas reflexiones en voz alta. Esperamos poder finalizar la serie antes que termine el mes.
3. Catástrofes sociales

En los años 60 la sociedad burguesa occidental entró en crisis y poco a poco vio como todos los valores que hasta ese momento habían sido emblemáticos se fueron derrumbando a velocidad siempre creciente. Primero irrumpió la revolución sexual a través de la contracultural, de la comercialización del Enovid (la píldora anticonceptiva) y de la minifalda. Estos elementos colocaron la piqueta de demolición sobre la sociedad burguesa. A esto se unió la crisis de la religión que hasta ese momento había sido tradicional y que empezó su autodemolición con las conclusiones del Concilio Vaticano II. En España, todo esto coincidió con el tardofranquismo y con la mutación radical de la sociedad a lo largo de los años 70. La llegada a España de millones de turistas en los años 60-70, provistos de otras costumbres, volvió a alterar la médula de la sociedad y de la moral burguesa española. A esto se añadieron los distintos avances tecnológicos que desde el vídeo hasta el ordenador personal y luego Internet supusieron cambios acelerados, no solo en las costumbres, sino también en la difusión de las ideas y en las actitudes de las gentes.

El problema ha consistido en que la sustitución de la sociedad burguesa por otro modelo de sociedad nunca ha conseguido estabilizarse y ha sido fuente de alteraciones y desequilibrios sociales. Para colmo, la llegada del zapaterismo, con su vacuidad ideológica, supuso el triunfo de la ideología de ONG, dictada desde las instancias de la UNESCO y elevó al rango de ley las ideas de “ingeniería social” (matrimonio gay, divorcio exprés, aborto libre, sociedad multicultural, igualdad sexual, nuevos modelos familiares) que se unían a las alteraciones generadas en los períodos inmediatamente anteriores y que, especialmente, cristalizaron en las sucesivas reformas educativas, cada una de las cuales sumió a la enseñanza pública y privada en una crisis más profunda. Esto nos llevó a una sociedad absolutamente individualista, en donde cada persona se encontraba replegada sobre sí misma, ausente casi por completo de las estructuras de la sociedad civil, desinteresada por cualquier cosa que supusiera el gobierno de la nación o de responsabilidades de cualquier tipo y, castrada absolutamente, de dos factores esencial para la supervivencia: cultura y espíritu crítico.

Para colmo, desde los medios de comunicación se impuso un proceso brutal de aculturización y bastardización de las masas, especialmente a partir de 1985 con la aparición de las televisiones privadas y los primeros despuntes de la Telebasura.

En la actualidad, la tercera crisis irresoluble que está sucediendo en España tras las crisis política (el sistema político nacido en 1978 está agotado) y la crisis económica (no hay modelo económico, luego no hay posibilidades de salir de al crisis), es la crisis social. Esta crisis se manifiesta en distintos terrenos:

a. Crisis demográfica.- El pueblo español ha dejado de tener hijos en número suficiente para perpetuarse en la historia. Como si su vitalidad se hubiera agotado y se resignara a desaparecer.

- En la actualidad, la tasa de natalidad española es una de las más bajas del mundo y está muy por debajo del mínimo exigido para asegurar la continuidad de la población (ver artículos en Infokrisis sobre la demografía española).

- Este dato se oculta adicionando la tasa de natalidad de nuestro pueblo a la tasa de natalidad traída por los inmigrantes. Más que una ocultación es un engaño basado en la norma humanitarista y liberal de “todos somos iguales”, sí, todos somos iguales, pero todas las culturas son diferentes y aquí de lo que se trata no es de lograr una tasa de natalidad que perpetúe el Islam sino de una tasa de natalidad que perpetúa al pueblo español.

- La crisis demográfica es síntoma de distintas patología sociales:

1) crisis de la familia tradicional,

2) incapacidad de los nuevos modelos familiares por sustituir a la familia tradicional,

3) modelo social y sexual igualitario que olvida que hombre y mujer tienen distinta fisiología y, por tanto, distintas funciones,

4) hedonismo ampliamente extendido entre las jóvenes parejas que disminuye su instinto de reproducción,

5) crisis económica y falta de ayudas del Estado a las nuevas parejas que les resta posibilidad de formar familias y tener hijos (salarios bajos, imposibilidad de acceder a viviendas dignas, elevadas tasas de paro juvenil, etc.)

6) Ideología de los “derechos” que ha sustituido a la realidad de los “deberes”, uno de los cuales es la perpetuación de la especie.

- En una sociedad así llama la atención el énfasis puesto en el aborto y la despreocupación que los Estados tienen hacia la tercera edad. Cuando una sociedad no duda en golpear u olvidar a sus capas más débiles es que una amplia patología social se ha apoderado de toda ella.

- En la actualidad no hay absolutamente ninguna razón por la que se pueda pensar que la natalidad del grupo étnico “español” aumentará y todo induce a pensar que hacia mediados del siglo XXI apenas será de un 25% a un 35% del total de la población residente en nuestro país y con una edad media próxima a los 40 años.

b. Inmigración masiva.- Estamos ante el principal problema económico-social del siglo XXI, que está fermentando ante nuestra mirada, sin que los poderes públicos, no solamente no hagan nada, sino llegando a negar que, efectivamente, sea un problema:

- El problema no es solamente que la natalidad española haya caído en picado, sino que 1 de cada 4 nacimientos en España es hijo de inmigrantes y en breve llegaremos a 1 de cada 3. Esto supondrá, junto a la llegada masiva de inmigración, una alteración sin precedentes históricos y en un período mínimo (en apenas 20 años) del sustrato étnico y cultural de nuestro país. Que nadie piense que esta alteración se va a producir sin generar enormes tensiones y conflictos.

- La inmigración se hace masiva por culpa del modelo económico generado por José María Aznar que entreabrió las puertas a la inmigración y lo hizo para abaratar el precio de la mano de obra. Luego vino Zapatero que abrió las puertas de par en par a la inmigración a causa de sus fantasías ideológicas, especialmente las de la “sociedad mestiza” y la “multiculturalidad”.

- Hoy, el problema de la inmigración es un problema económico-social de primera magnitud hasta el punto de que si no se resuelve (y la única solución es la repatriación masiva de los excedentes migratorios que llegaron entre 1997 y 2012) podemos afirmar con seguridad que no hay solución ni para disminuir las tasas de paro, ni para aliviar el déficit del Estado, ni para liquidar la economía sumergida, ni para alcanzar unos salarios dignos.

- La sociología enseña que la presencia de inmigración en un país no genera conflictos mientras esta se mantiene por debajo del umbral del 5%, a partir del momento en el que supera ese umbral se generan desequilibrios crecientes atendiendo a tres factores: el volumen de inmigración, su concentración en determinados barrios y zonas y su origen (pues no en vano hay colectivos inmigrantes más conflictivos y otros menos conflictivos).

- La llegada masiva de inmigrantes para alimentar el modelo económico del aznarismo supuso la llegada de 7.000.000 de personas en un país que mantenía un paro residual mínimo de 1.750.000 personas. Antes de llegar al “pleno empleo” (lo que hubiera encarecido el valor de la mano de obra) se prefirió abrir las puertas a la inmigración olvidando que el ciclo de la construcción es limitado y que ninguna economía mundial ha podido mantener una tasa de crecimiento basada en la construcción y que se prolongase más allá de 6-7 años. Nadie pensó en lo que ocurriría cuando las bases del crecimiento económico español (el ladrillo) se desplomara: nadie cayó en la cuenta de que tendríamos un ejército de parados inmigrantes que sería necesario subsidiar para evitar revueltas étnico-sociales e inflación de la delincuencia.

- Cuando se recuerda la presencia de 7.000.000 de inmigrantes en nuestro país (1.000.000 naturalizados españoles, 600.000 ilegales y 5.400.000 regularizados) se evita decir que solamente 1.500.000 está dado de alta en la Seguridad Social, 600.000 son jubilados europeos con un aceptable nivel de vida y el resto se trata de un grupo subsidiado que nuestro país no se puede permitir, ni en tiempos de crisis, ni en tiempos de bonanza económica.

- El aznarismo, basó el crecimiento económico y el aumento del PIB en la llegada anual de 600.000 inmigrantes, que alcanzaron una cota de 800.000 en el año 2005 cuando ya gobernaba ZP. La euforia económica de aquellos años venía dado por un PIB que subía continuamente ¡motivado no por una economía real creadora de riqueza sino por una economía especulativa y por el mayor movimiento económico que generaba la inserción anual de 600.000 consumidores adultos más llegados del extranjero.

- Cuando se afronta el problema de la inmigración hay que tener en cuenta que es, a la vez, un problema cultural, religioso, étnico, jurídico y económico: buena parte de los contingentes de inmigración que han llegado y están llegando son absolutamente inintegrables, tal como han demostrado décadas de intentos en esa dirección en los países europeos. Ni la inyección de fondos para la integración, ni una sociedad predispuesta a integrarlos, ha conseguido hacerlo con grupos étnicos separados por una brecha cultural y antropológica.

- A esto se une el problema del Islam, religión nacida fuera de Europa que concibe su expansión como conquista y que conforma un eje en torno a la cual debe girar la ordenación de todas las actividades a través de la “sharia”, la ley coránica. La imposibilidad de adaptar la “sharia” a la legislación europea es una fuente de conflictos que solamente se evidencia allí en aquellos territorios europeos en los que el Islam es mayoritario.

- Sería absurdo negarse a reconocer que la presencia de inmigración masiva en España ha alterado todas las cifras y todas las estadísticas sobre los comportamientos sociales: accidentes de carretera generados por alcoholismo, cifras de violencia doméstica, robos con intimidación, aparición de enfermedades tropicales, reaparición de enfermedades desterradas de nuestro país, etc.

- Hay que entender cuál es la naturaleza compleja del problema y aceptar el hecho de que han llegado a nuestro país unos contingentes de inmigración imposibles de integrar en el mercado laboral y en la propia sociedad española. Y solamente hay una disyuntiva: o repatriarlos o subsidiarlos, a la vista que integrarlos es algo imposible.

- Le negativa a afrontar este problema será –está siendo- el embrión de una crisis étnico-social sin precedentes que planea, no solamente sobre España, sino sobre toda Europa y que adquirirá su máxima virulencia a partir de 2020. Ninguno de los partidos mayoritarios en España acepta la inmigración como problema (en la medida en que PP y PSOE han generado el problema) y, por tanto, carecen de soluciones realistas para abordarlo. Por otra parte, la irrelevancia de las opciones que alertan en estos momentos sobre los riesgos de la presencia de 7.000.000 de inmigrantes, hace que no existan voces discordantes y la unanimidad sea total: no existe problema migratorio ni mucho menos étnico-social, así pues, no hay soluciones previstas.

c. Hundimiento del sistema educativo.- El sistema educativo español no responde a las necesidades de la sociedad española y, por tanto, no puede formar en ningún terreno (ni técnico, ni científico, ni humanitario) a los nuevos reemplazos.

- La crisis del sistema educativo español se inició a principios de los años 70 con la Ley General de Educación elaborada por los tecnócratas del Opus Dei. Desde entonces, y siempre a velocidad creciente, esta crisis se ha ido agravando con el paso de los años y hoy resulta completamente irresoluble: desde hace 20 años están saliendo de las escuelas promociones de adolescentes que ni están preparados para afrontar el futuro ni siquiera tienen la formación mínima suficiente como para poder decir que han salido del analfabetismo estructural.

- La educación española está en la cola de la europea y no hay absolutamente ningún motivo para pensar que en las próximas décadas los gobiernos que se irán sucediendo tomarán medida alguna para corregir este problema desde una perspectiva realista: hasta ahora todas las medidas que han ido adoptando se han caracterizado por generar un mayor hundimiento del sistema educativo y una mayor ineficacia en la tarea de formación de los jóvenes.

- Buena parte de este hundimiento se debe a las concepciones pedagógicas que se han ido imponiendo desde 1973 y que suponen distintas variaciones del mismo tema de la educación progresista: aprender jugando, sustituir los valores instrumentales (cultivo de la memoria, esfuerzo, sacrificio, constancia, deber) por valores finalistas (pacifismo, buenismo, igualitarismo, etc).

- El peor problema que afrontamos en estos momentos no es solamente que la doctrina pedagógica no funciona, ni siquiera que el ordenamiento educativo es completamente absurdo, sino que los profesores que deben aplicarlo han sido formados en escuelas normales que difundían esos criterios pedagógicos que, una vez puestos en práctica, se muestran como inviables generando un efecto demoledor en los enseñantes: pérdida de vocación, búsqueda de períodos de baja para eludir responsabilidades, inadecuación de la formación recibida con la realidad del medio pedagógico, etc.

- La presencia masiva de inmigrantes en las aulas (1 de cada 4 niños) se suma a estos efectos demoledores. A fin de “integrarlos” lo más rápidamente posibles, se han amontonado a niños procedentes de distintas nacionalidades la mayoría de los cuales ni siquiera hablan español, en una misma aula con el resultado que cabía esperar desde el principio: cuantos más inmigrantes están en un aula, más desciende el rendimiento académico de todos. Sin olvidar que algunas cultural (como la islámica en particular) desprecian el tipo de formación, para los cuales de lo que se trata es de que el niño, trabaje lo antes posible. Por otra parte, podemos pensar lo que supone para un niño de color el ver que todos los autores literarios, históricos, científicos, etc, son “blancos”.

- A esto se une el dogma de la coeducación que hoy es considerado como uno de los grandes errores de las concepciones progresistas: niños y niñas tienen distintos tiempos de evolución psicológica y agruparlos bajo la misma aula, hoy se sabe que constituye un error que no beneficia ni a unos ni a otros, sin embargo, el dogma implica que quien no lo cumple no recibe subvención.

- Hemos visto durante décadas como los niños pasaban de un curso a otro con asignaturas suspendidas sin que nadie advirtiera que se estaban generando analfabetos estructurales incapaces de dividir porque antes nadie se había preocupado de que sumaran, restaran y multiplicaran bien. Nadie, absolutamente nadie, alertó de este problema que ha destrozado culturalmente a una generación.

- Ante la imposibilidad de alcanzar un rendimiento aceptable del sistema educativo, la escuela se ha convertido en un lugar de almacenamiento de los niños cuando sus padres están en el trabajo, buscando trabajo, o simplemente abatidos sin trabajo. La escuela-almacén ha sustituido a la escuela-formadora.

- En España todo esto ha ido todavía más lejos dado el particular sistema autonómico de nuestro país en el que la enseñanza es una de las competencias descentralizadas, con lo cual, todas las autonomías, especialmente aquellas en las que existen formaciones nacionalistas, han tendido a constituir y difundir a través de la enseñanza una “historia” subjetiva y favorable a sus intereses regionales. El problema se agrava todavía más en aquellas autonomías en las que se enseña en una lengua propia a la que se añaden clases de castellano, comprimiendo a las asignaturas de ciencias a un espacio cada vez más residual (pensemos por ejemplo que en el Valle de Arán se enseña aranés, catalán, castellano y lengua extranjera, lo sorprendente es que queden horas lectivas para enseñar matemática, física, química, ciencias naturales o filosofía…).

- La única posibilidad de enderezar todo esto sería:

1) Que el Estado recuperara competencias en materia educativa.

2) Que los enseñantes actuales se reciclaran y siguieran cursos de formación obligatorios para liberarse de las escorias de las concepciones pedagógicas progresistas.

3) Que se habilitaran aulas para inmigrantes segregadas de las aulas con alumnado autóctono y que las clases en aquellas aulas fueran dadas por profesores originarios de su país.

4) Que los valores instrumentales pasaran a ser los únicos que se transmitieran en la escuela y que quedara al albur de los padres la transmisión de valores finalistas.

5) Que el esfuerzo, el mérito, la dedicación y la superación de las pruebas, fueran el único elemento que permitiera el paso de un nivel de enseñanza al superior.

- Ahora bien, para que todo esto pudiera realizarse haría falta una voluntad política presente en alguno de los partidos mayoritarios, voluntad que está completamente ausente en la totalidad. Y por otra parte, debería de estar extendida entre los docentes la necesidad de otras concepciones pedagógicas (o el retorno a las antiguas), algo que dista mucho de existir. De ahí que no veamos de qué manera el sistema educativo español podría salir del último puesto de la educación europea y cómo podrían superarse los niveles de fracaso escolar.

- La quiebra del sistema educativo no sería un drama si las familias españolas funcionaran aceptablemente bien. La familia es un buen marco para la transmisión de conocimientos y para la educación. Lo que no da la escuela lo puede dar la familia. Pero esto no ocurre sino todo lo contrario: ya hemos visto como la familia está en quiebra y lo que es peor: llevamos ya dos generaciones de jóvenes que han salido de una escuela en crisis y que, por tanto, ellos mismos, al formar una familia, tienen déficits de formación que se transmiten siempre y se agravan habitualmente en los hijos.

© Ernesto Milà – infokrisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com – Prohibida la reproducción de este artículo sin indicar origen.

Hipotecas sin remedio

Hipotecas sin remedio

Infokrisis.- Demagogos y oportunistas se han sumado a la campaña contra la ejecución de hipotecas. Hace falta decir que las ejecuciones hipotecarias figuran entre las prácticas usureras más odiosas que se han practicado jamás en Occidente y que en otros tiempos habrían bastado por sí mismas para desencadenar progroms de dimensiones incalculables. Se considera usura a todo préstamo con interés abusivo y, por supuesto, nunca antes en la historia, las gentes de bien hubieran optado jamás por practicar el préstamo con interés. Eso se lo dejaban a los marginales… Así pues no se vea en este artículo una defensa de la banca ni de sus prácticas usureras, sino como un intento de poner las cosas en su sitio. A fin de cuentas nosotros nos sentimos independientes porque no tenemos que quedar bien con nadie…

Así se generó el problema

A diferencia de la mayoría de países europeos, en España la propiedad de la vivienda se convirtió en algo normal desde los años 60 y cada vez el parque de alquiler se vio más disminuido, mientras aumentaba el de pisos en propiedad… y su valor. A partir de 1996, con la subida al poder del PP y la liberalización relativa del suelo, se produjo un boom inmobiliario que beneficio a muchas partes (ayuntamientos, patronal de la construcción, Estado, notarios, tasadores y, por supuesto, bancos) y perjudicó a otras tantas (parejas jóvenes, inquilinos de viviendas con rentas bajas, parque de alquiler).

Se creó un mito basado en dos falsos axiomas: 1) Que la vivienda nunca bajaba de precio y 2) que la forma de ahorro en España era la vivienda. Quienes fueron más sensibles a partir de 2001 a estos axiomas indemostrados e indemostrables fueron los inmigrantes, especialmente ecuatorianos, que estaban llegando masivamente a España en esos años. A partir de 2002 determinadas Cajas de Ahorro situaron como clientes preferenciales a estos inmigrantes ofreciéndoles hipotecas en condiciones que solamente un año antes hubiera hecho palidecer de envidia a parejas jóvenes españolas: dejó de fijarse la barrera del 80% de la tasación para adquirir una vivienda y pronto fue, no solamente del 100% sino con mucha frecuencia del 120% para que el inmigrante pudiera 1) pagar los impuestos generados por la compra del inmueble, 2) amueblar el inmueble y 3) comprarse un vehículo. A cambio se le pedía solamente el permiso de trabajo y residencia y… un contrato de trabajo y, poco importaba, si este contrato era de tres o seis meses.

Por otra parte, las tasaciones que ser realizaban estaban sobrevaloradas habitualmente entre un 30 y un 50%, pues tal era el negocio bancario: prestar con un dinero que no era de los depositarios del propio banco, sino que venía de instituciones de crédito extranjeras a un interés que era cada vez más alto a medida que se prolongaba el plazo de pago de la hipoteca, cuya media en 2006 era de ¡treinta años! Justo cuando reventó la burbuja inmobiliaria se empezaban a firmar hipotecas por 40 y 50 años…

Es innegable que el primer culpable de todo esto fue el gobierno de Aznar que decidió que España fuera un país de ladrilleros y camareros y que se negó a ver que el crecimiento hipertrófico del sector de la construcción era pan para hoy y hambre para mañana. Pero Aznar no fue el único culpable del disparate. Los reguladores bancarios prefirieron mirar a otra parte ante la avalancha de concesiones de hipotecas impagables a perfectos insolventes; los ayuntamientos siguieron elevando el precio del suelo público para seguir acometiendo políticas faraónicas y llevando un ritmo de gasto inasumible; los notarios, tasadores, agentes de la propiedad y demás estamentos vinculados al negocio prefirieron contar sus billetes y mirar a otra parte; y los clientes se sentían extraordinariamente cómodos con unos bancos que les concedían hipotecas sin apenas exigirles nada…

No, Aznar solamente fue el mascarón de proa de una gigantesca locura colectiva que arrasó este país entre 1997 y 2007, sin olvidar que el bovino Zapatero ni siquiera entrevió ni el formidable estallido que iba a producirse, ni supo reaccionar cuando tuvo lugar… ¿Se podía esperar que electores con el cerebro abotargado y perezoso pudieran elegir a algo mejor que a perfectos irresponsables para guiar el país? Claro que no… desde que Ibsen escribió El enemigo del pueblo (ver en el archivo de artículos de infokrisis) se sabe lo que puede dar de sí el “sufragio universal”.

El drama de los hipotecados

Quien compró un piso entre 2001 y 2008 y suscribió una hipoteca para financiarlo es hoy perfectamente consciente de que no se ha producido lo que ingenuamente esperaba, a saber, que la revalorización de la vivienda que durante esos años se situó en un 10-15% anual, sino que bruscamente se detuvo y empezó a remitir a la misma velocidad decreciente.

Dicho de otra manera: quien compró una vivienda en esos años se comprometió a pagar por ella un precio excepcionalmente elevado pensando que, cuando decidiera venderla, esa inmueble habría –como mínimo- duplicado su valor. Los bancos pensaron en esos mismos términos y por eso no fueron exigentes con los hipotecados: ¿para qué serlo? Si la hipoteca fracasaba el banco se llevaba una perita en dulce que en apenas seis años casi habría duplicado su valor… Si un error de percepción tan garrafal es admisible en un lego en materia económica, no lo es para un técnico bancario que hubiera debido saber que las revalorizaciones sostenidas de algún producto nunca se han producido en la historia.

Podemos imaginar lo que supone para casi 1.500.000 de personas que firmaron hipotecas en aquellos años y que hoy las siguen pagando, pensar 1) que sus viviendas nunca volverán a valer lo mismo que lo que ellos pagaron un día (luego veremos el por qué), 2) que seguirán pagando en los próximos 20 ó 25 años un precio abusivo por su vivienda, 3) que si deciden venderla por cambio de empadronamiento no obtendrán más que la mitad de lo que han pagado (y esto en el mejor de los casos) y 3) que han hecho el peor negocio de su vida.

El drama bancario

Para los bancos, el drama no es menor: en estos momentos existe un parque de viviendas de 3.000.000 de unidades de las que 500.000 están ya en poder de los bancos al haberse ejecutado la hipoteca o, simplemente, al haber negociado el constructor la entrega de la propiedad a cambio de la condonación del crédito a la construcción.

Contrariamente a lo que se tiene tendencia a pensar (e incluso a lo que creen algunos políticos), la banca no ha trabajado estos años con dinero de sus depositarios, sino con el procedente de instituciones de crédito internacionales, especialmente francesas y alemanas (de ahí el interés de estos países en que España pida el rescate para garantizar su propia estabilidad económica). Con razón decía hace poco un conocido presentador que en los años del ladrillazo España fue “yonki del crédito hipotecario, pero que Alemania era el camello”.

En el negocio bancario los beneficios se obtienen por el volumen de las operaciones mucho más que por el interés que rinde una operación en concreto. Así pues, para que los beneficios bancarios fueran espectaculares, tanto en los bancos receptores de fondos para hipotecas como en los emisores, de lo que se trataba era de que las cantidades manejadas fueran excepcionalmente crecidas. En esas operaciones, ganar un 2 ó un 3% del total supone amasar en poco tiempo inmensas fortunas… por otra parte, la mayor parte del dinero prestado existe solamente a nivel de anotación contable electrónica y no es dinero real.

El negocio bancario se basa también en la seguridad de que el Estado nunca abandona a los bancos. Si lo hiciera sería todo el sistema económico de un país el que se colapsaría, cesarían de darse créditos, se cerrarían oficinas, se dejaría de pagar recibos, e incluso el propio Estado vería como nadie compra su deuda. Por lo tanto, el negocio bancario tiene la conciencia clara de que es especial y de que por muchos que sean sus errores, el Estado les absolverá y les ayudará a recuperarse de las pérdidas: dicho de otra manera, si hay beneficios gana la banca, si hay pérdidas pagamos todos.

Además, en esta ocasión, dado que el dinero procedía de fuera, los bancos alemanes y franceses (y los fondos de inversión de esos países principalmente) tenían el respaldo de sus propios gobiernos de los que el español es altamente tributario al situarse en la periferia europea. Por tanto, esas instituciones tampoco se preocuparon mucho de la seguridad de sus inversiones en España: simplemente les bastaba tener conciencia de que estaban apoyados por sus respectivos gobiernos y de que, en caso de impago, éstos presionarían al gobierno español para que se hiciera cargo de la deuda, como así, efectivamente, ha ocurrido.

Por lo demás, cuando terminó el negocio hipotecario en 2008, los bancos españoles cambiaron de actividad: a partir de ese momento el carry trade se convirtió en su práctica habitual. El Banco Central Europeo les prestaba dinero al 1% y con ese dinero compraban deuda pública español al 4, al 5 y hasta al 7% de interés. Calcúlense los beneficios.

El drama para el ciudadano que gusta pagar sus compromisos

En la actualidad la inflación es de un 3% (y esta cifra vale como media) y, por tanto, el valor de las viviendas se deprecia cada año, como la moneda, un 3%. A esto hay que sumar la depreciación por antigüedad y por uso: una cosa es la catedral de Burgos (antigua y usada) y otra muy distinta un bloque de viviendas en un arrabal de un cinturón industrial… A medida que van pasando los años, la catedral de Burgos, antigua, mantiene su valor y lo realza, pues no en vano es un monumento histórico-artístico, pero eso no ocurre lo mismo con las viviendas de arrabal: a medida que pasan los años, su valor disminuye y lo hace a una velocidad del 4%. Por tanto, entre inflación y depreciación, el valor de las viviendas va disminuyendo realmente en torno a un 7% como máximo y un 4-5% como mínimo.

En años “gloriosos” del boom inmobiliario esto importaba poco: se construía, mucho y mal, con la seguridad de que la revalorización del 15% anual, superaría con creces la pérdida de valor. En esto residía el atractivo de la “inversión inmobiliaria”. Por lo demás, la llegada masiva de inmigrantes había hecho que los precios del alquiler subieran también y resultaba rentable tener una vivienda alquilada pagando con la renta la mensualidad de la hipoteca, porque al final, lo que los hijos heredaban era una vivienda ya libre de cargas que podían vender en cualquier momento por seis, diez y hasta veinte veces el valor que habían pagado sus padres por ella.

Fue así como mucha gente optó por comprar una vivienda. Además se añadía otro fenómeno: a pesar de que comprar una vivienda supone una voluntad de anclarse en una zona determinada, si en un momento dado de la vida, alguien quería vivir en otra localidad por las razones que fueran, bastaba con poner en venta la vivienda para recuperar el dinero invertido, pagar al banco e incluso obtener algún beneficio. Hoy también eso se ha acabado: podemos imaginar la desesperación de millones de ciudadanos que han perdido su trabajo en su localidad y que podrían obtenerlo en otra, pero no pueden abandonarla, simplemente, porque les resulta imposible vender su vivienda actual. O bien pensemos en el drama menor de gentes que compraron una vivienda pensando que hacían la gran inversión de su vida, luego comprobaron que el barrio había cambiado y que estaban en medio de un enclave extranjero en su propio país, en el que les resulta imposible convivir por los ruidos, la falta de civismo, la hostilidad manifestada por sus nuevos vecinos… pero que no pueden irse a vivir a otro sitio porque todo su capital está inmovilizado por la vivienda y el mercado de compra-venta está, simplemente, paralizado.

¿Y ahora qué hacemos con las ejecuciones hipotecarias?

Durante estos últimos quince días se ha hablado mucho de este tema. Al igual que en otros países, en España también ha empezado la ola de suicidios como respuesta desesperada a los desahucios. Buena parte de las manifestaciones del 15-M se han orientado hacia la defensa de los desahuciados hasta el punto de que el gobierno y el principal partido de la oposición se han visto obligados a tomar la iniciativa. El problema es que estamos ante una cuestión tan absolutamente enrevesada que se tome la decisión que se tome, siempre, inevitablemente, será una decisión errónea.

En otras palabras: estamos ante un problema que no tiene medio:

- Si, a partir de ahora, para proceder retrasar dos años la ejecución de un desahucio, ¿qué pasa con los desahuciados que lo fueron el día anterior de la aprobación de esta norma? ¿Por qué a ellos no se les permiten dos años más de respiro y a los demás sí?

- Por otra parte ¿dos años de mora? ¿Por qué? ¿Por qué alguien puede pensar que en dos años la situación económica mejorará y, como por ensalmo, las hipotecas podrán ser pagadas sin dificultad cuando en el horizonte no existe ni un solo elemento que permita el optimismo? En realidad, esta norma lo que supone son dos años de respiro  para un condenado a muerte.

- Y en cuanto a la “dación en pago” ¿es admisible? Difícilmente en las actuales circunstancias. Hoy, cuando el valor de las viviendas se ha depreciado entre un 30 y un 40% y en los dos próximos años lo hará entre un 20 y un 30% más, a la mayoría de hipotecados les resultaría mucho más rentable ir a la sucursal bancaria entregar las llaves y… comprar otro piso que les costará la mitad de lo que pagaron por el primero, todo antes que seguir pagando por algo que ya no vale ni remotamente el valor hipotecado. Así pues, la dación en pago, en las actuales circunstancias, tampoco es la solución.

- Por otra parte, ¿por qué ciudadanos modestos que siguen trabajando y pagando sus hipotecas con estrecheces deberían de seguir haciéndolo y en cambio a ciudadanos que se han quedado en paro deberían poder vivir entre 3 y 5 años más en una vivienda de la que no pagan ni siquiera alquiler (hoy la ejecución de una hipoteca y el desahució pueden producirse tres años después de dejarla de pagar, a lo que se suman los dos años “de gracia” de la normativa recientemente aprobada)? Evidentemente, existe un agravio comparativo: si unos no pagan durante cinco años, ¿porqué los otros deberían de seguir pagando?

Se puede tomar una posición o la contraria dependiendo del punto de vista que uno adopte (del que los que han dejado de pagar la hipoteca y del que las siguen pagando) y en cualquiera de los dos casos se percibe que no hay remedio, que se adopte la decisión que se adopte siempre quedará alguna parte perjudicada.

Políticas sociales para la vivienda

Reconozcamos que los errores cometidos por anteriores gobiernos en materia de vivienda arrastrarán consecuencias indeseables durante los próximos años y que es IMPOSIBLE resolver la situación generada por unos gobiernos inútiles e incapaces. Recordarlo sirve únicamente para actualizar algo que jamás debería de olvidar nuestro pueblo: que PP y PSOE son, no única pero sí especialmente, los culpables de todas las desgracias que nos están sucediendo. Votarles de nuevo es un acto tan irresponsable como regalarle una daga a quien ha asesinado a tu familia.

En una situación “normal”, en la que gobiernos democráticos asumieran políticas de vivienda inéditas hasta ahora cabría proponer:

1)      Que todo el crédito hipotecario fuera canalizado por una banca pública: no puede dejarse en manos de instituciones privadas con prácticas usureras (los bancos), lo que son derechos sociales reconocidos en la constitución.

2)      Emancipar cualquier derecho social de las oscilaciones del mercado y la vivienda el primero de todos ellos. Las familias para ser estables precisan viviendas dignas a precios asequibles que nunca supongan más allá del 20-30% del total de ingresos de la unidad familiar.

3)      Por ello, el Estado debe REGULAR el precio de la vivienda y no dejarlo al albur de las oscilaciones de un mercado extremadamente sensible a la acción de los especuladores y a la formación de burbujas. Y el Estado lo puede hacer regulando las transacciones inmobiliarias y la fiscalidad sobre las operaciones y poniendo unos topes máximos a la revalorización anual.

4)      Las viviendas y los alquileres sociales, como cualquier otra política tendente a facilitar el ejercicio de derechos reconocidos en la constitución, deben ser priorizados por todos los niveles de la administración que deberían cooperar en proyectos de este tipo.

5)      Es extremadamente importante que este tipo de proyectos sea destinado solamente a ciudadanos nacidos en España y esto por varias razones: la primera de todas, para desincentivar la presencia de mano de obra extranjera excedentaria en España y que se niega a regresar a su país de origen. Deben hacerlo y el hecho de reconocer la “prioridad nacional”, sin duda, les puede convencer de que el régimen de subsidios y subvenciones a la inmigración ha concluido y que, en este terreno, la prioridad es conseguir RECUPERAR LA NORMALIDAD EN EL MERCADO DE TRABAJO liberándonos de los excedentes de inmigración que llegaron masivamente entre 1997 y nuestros días.

6)      Debe de extenderse la idea de que la propiedad de la vivienda es una opción tan digna como el alquiler y que los precios del primero deben ser, obviamente, más altos que los del segundo, pero en ningún caso la vivienda son objetos especulativos y hacerlo supone un delito contra l sociedad.

7)      Nunca más los errores en la gestión de una institución bancaria serán pagados por la comunidad nacional. A partir de ahora, cuando se produzcan serán sus directivos los que responderán ante los tribunales con su patrimonio familiar.  

8)      Los dos presidentes de gobierno bajo cuyo mandato se produjo el crecimiento de la burbuja inmobiliaria deben de ser sometidos a juicio público para que expliquen su proceder y se sometan no solamente a responsabilidades políticas sino también penales por su actitud de dejadez, irresponsabilidad en la gestión y sospecha de beneficios ilícitos.

9)      Las viviendas procedentes de hipotecas ejecutadas deben pasar automáticamente a ser viviendas sociales en régimen de alquiler y sus rentas remitidas al Estado como compensación por las ayudas entregadas hasta ahora a la banca.

© Ernesto Milà – infokrisis – Ernesto.mila.rodri@gmail.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.