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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

ORIENTACIONES

Soberanismo hasta el 20-D

Soberanismo hasta el 20-D

Info|krisis.- A medida que pasan las horas y con la distancia (que ayuda a tener una perspectiva que se pierde cuando se están inmerso en los noticiarios de TV3 o de RTVE) me voy convenciendo de que el soberanismo ya ha perdido la partida… y el único problema es que no se ha enterado. Queda ahora por saber si su derrota será total o bien, una prudente marcha atrás conseguirá que salven al menos los “muebles” (esto es, el patrimonio personal y eludir una estancia en la prisión Modelo de Barcelona). El aventurerismo de Mas (y especialmente de sus compañeros de viaje, ERC, CUP y las “tietas”) es tal, que haga lo que haga el todavía “president en funciones”, ha perdido la partida.

De momento, Artur Mas milita en un partido que tiene las sedes embargadas, se le ha disuelto la coalición y se está disolviendo el propio partido como un azucarillo, mientras que sus dirigentes históricos son perseguidos como ratas en las cloacas. Ha conseguido mantenerse durante cuatro años sin hacer otra cosa que vender soberanismo y, bruscamente, se ha encontrado con una situación adversa (que se convertirá en todavía más adversa a partir del 20-D) y acompañado por aventureros irresponsables de los que el propio nacionalismo moderado rehúye y que no dejan de generar desconfianza en las familias catalanas que, históricamente, han dirigido el nacionalismo (y han dirigido Cataluña).

La declaración de la pobre “tieta” Carmen Forcadell, de la que lo único que se sabe, además de que fue presidenta de la ANC, es que no le queda poco tiempo en el cargo, llamando “civilizadamente” a la República Independiente de Cataluña y a la desobediencia, es solamente el canto del cisne de una operación independentista que, iniciada en los laboratorios, de CDC ha terminado siendo patrimonio del soberanismo más amateur y enloquecido.

El problema, ahora, es cómo se explica a quienes votaron a Junts pel Si o a la CUP, que de independencia nada de nada, que no era posible, ni por la constitución española, ni por la tónica de la Unión Europea… ni siquiera por los signos de los tiempos. El problema ahora, es cómo vuelve todo a la normalidad. Y lo que es peor: cómo se convence a los aventureros irresponsables y extremistas del soberanismo que, como máximo, la “independencia catalan” pueden ser la carta de negociación que jugará el tándem Mas-Pujol para eludir la cárcel, no por su apoyo al soberanismo político sino, como Al Capone, por sus delitos económicos. En cuanto a las “tietas” o al llorón de Oriol Junqueras, todo el problema consiste en cómo decir a sus afiliados que retiren los trapos que han colgado de sus balcones durante cuatro años y que son apenas una bandera de una opción política, pero en absoluto un “emblema nacional” (el símbolo de Cataluña es la bandera cuatribarrada y la cruz de Sant Jordi, en absoluto esa mala copia de la bandera cubana).

Sí, el soberanismo ha ido demasiado lejos, pensando que la debilidad del Estado Español era tal que concederían cualquier cosa que “la mayoría del pueblo catalán eligiera”. Lo único que han logrado es que los partidos “constitucionalistas” presenten un frente ante el cual, el soberanismo no tiene la más mínima posibilidad de salir triunfante. Hace cuatro años no se podía entender porqué Artur Mas había emprendido una deriva soberanista con pocas posibilidades de triunfar. Seguramente lo hizo por dos motivos: en primer lugar, por creer que la crisis iniciada en 2007 y el tránsito de ZP por el gobierno de la nación habían debilitado tanto al Estado Español que éste carecería fuerza para oponerse a un proceso de centrifugación.

Pero, en segundo lugar, porque ya en ese momento, en 2011, empezaban a detectarse los primeros síntomas de que los servicios de seguridad del Estado investigaba y reunía material sobre el saqueo de Cataluña iniciado a mediados de los años 80. Era evidente que antes o después aparecerían las pruebas, que existían demasiados testigos y que la omertá siempre tiene algún eslabón débil. Era preciso, primero poner los caudales acumulados fuera del alcance de los servicios de seguridad españoles: en Andorra y en Suiza (no es imaginación, precisamente, lo que le sobra a la mafia nacionalista) y luego realizar una fuga hacia adelante: o bien la operación triunfaba y Cataluña alcanzaba su independencia, con lo cual CDC obtenía el derecho a ser dueña por siempre jamás de lo que considera su propio jardín, o bien la operación embarrancaba y era preciso llegar a una negociación: y en ese caso, la impunidad por las actuaciones realizadas antes del “procés” más alguna concesión “estética”, podrían aceptarse a cambio de desactivar el cronograma soberanista.

Tenemos la convicción moral de que tal era el cálculo de la mafia de CDC: doble (independencia) o mitad (impunidad). En cualquiera de los dos casos, nunca perdían. Ahora bien, lo que Mas no contaba era: primero con que las resistencias por parte del Estado serían superiores a las que se dieran durante el Pacto del Tinell (“todos contra el PP”) y que los sectores radicales del soberanismo terminarían prácticamente por arrollar al propio impulsor del “procés”… que es lo que ha ocurrido finalmente, tal como se demostrará en cifras el próximo 20-D, cuando las candidaturas de CDC y de ERC vayan por separado a las elecciones y quede claro cuál es la fuerza hegemónica en la actualidad.

La fecha del 20-D condiciona todo lo que queda de “procés”: ahora mismo, no existe Parlamento del Estado (está disuelto), por lo tanto, determinadas decisiones sobre la suspensión del Estatut y sobre una eventual acción de fuerza para cortar el putsch soberanista ya no pueden ser aprobadas por el Parlamento. Por otra parte, la composición del nuevo parlamento ya no será la misma que la que se dio en 2010. Presumiblemente lo que saldrá del nuevo parlamento será una mayoría “constitucionalista” y de ella emanará el nuevo gobierno… que ya no necesitará, para nada, los votos de CDC o de sus restos y que, tal como se puede percibir en estos dos últimos días, será decididamente antisoberanista.

No me cabe la menor duda de que los soberanistas no recurrirán a la violencia. Saben lo que se juegan y, digámoslo claro, el soberanismo no ha estado nunca hecho de la materia con la que están hechos los héroes sino más bien se trata de pusilánimes, con alma cándida, sensibles al sufrimiento propio y más diestros en el victimismo que en las artes heroicas de los guerreros. Excluir esa posibilidad completamente. Como máximo veremos a las “tietas” convertirse en plañideras.

Sobre la redada anticorrupción parece que la UDEF (al parecer Pujol ya se ha enterado qué era eso de la UDEF) ha contado con la colaboración de alguno o alguno de los imputados. El destino de las causas abiertas está en función de la evolución del proceso soberanista: si hasta ahora no se han producido confesiones masivas inculpatorias para el clan mafioso de CDC ha sido  precisamente porque en Cataluña han existido hasta el 27-S ciertas dudas sobre el futuro del proceso soberanista: si este se cerraba con la independencia, haber hecho gala de omertà podría ser una buena carta para muchos en la siguiente etapa de Cataluña. Pero si, por el contrario, el proceso se cierra con una imposibilidad para alcanzar la independencia, esto es, con una victoria del Estado, los mecanógrafos del a UDEF no van a dar abasto a la hora de transcribir confesiones, detalles sórdidos y auto exculpaciones de muchos imputados y especialmente de empresarios que han ido pagando a la trama corrupta.

Así pues, lo que vaya a ocurrir, ocurrirá antes del 20-D, antes incluso del inicio de la campaña electoral: noviembre será el “gran mes” en el que todo puede ocurrir… cuarenta años después de la muerte de Franco. La historia tiene esas ironías.

(c) Ernesto Milá - info|krisis - ernesto.mila.rodri@gmail.com - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

 

27-S: nadie gana

27-S: nadie gana

Info|krisis.- El triunfalismo de Artur Mas cuando el recuento andaba por el 75% de los votos era lo que cabía esperar. La claca soberanista ha aplaudido a rabiar y todos los miembros de la candidatura han aguantado la sonrisa y se han esforzado en mostrarse optimistas y vencedores… Pero esa victoria no está tan clara: los resultados obtenidos por Junts pel Sí son inferiores a los que obtuvo hace cuatro años ERC + CiU (38 en 2012… 32 en 2015: 6 diputados perdidos que han ido a parar a CUP: 3 en 2012, 7 en 2015 y el resto de votos a UDC). El soberanismo oficialista no ha avanzado: ha retrocedido, se mire como se mire.

Si eran elecciones “plebiscitarias”, el plebiscito no ha ido bien para sus promotores

Tal como se esperaba, los independentistas han ganado en escaños pero han salido derrotados en votos. Después de cuatro años de obsesión soberanista y de presión continua en los medios de comunicación catalanes, Artur Mas no solamente no ha logrado avanzar, sino que ha retrocedido. Que él y si claca hayan optado por enmascarar la realidad ante su parroquia y presentar los resultados como una “victoria histórica” quizás logre emocionar a algún incauto soberanista de corazón blandengue, pero ni entre los analistas políticos, ni entre las cancillerías europeas, las consecuencias de estos resultados pueden enmascararse: el 47,5% de los votos han ido a parar a las dos candidaturas soberanistas; el 52% a las no soberanistas… a pesar de que los 72 escaños soberanistas les den mayoría parlamentaria.

Los resultados son exactamente iguales en número a los obtenidos durante el referéndum del pasado 27 de noviembre: 1.800.000 votos, tal es el techo del soberanismo. Menos de 2.000.000 de votos. Con este resultado cabe “felicitar” a Artur Mas por haber fracturado a la sociedad catalana y verse incapaz de avanzar más allá del techo soberanista.

De todas formas vale la pena realizar algunas consideraciones suplementarias sobre el bloque soberanista. Algo ha cambiado en estas elecciones: CiU ha dejado de existir y Artur Mas ha preferido que CDC no concurriera sola, para ello ha lanzado la cortina de humo con el cartel de Junts pel SÍ en el que quedaban difuminadas y enmascaradas las debilidades de CiU (los casos de corrupción especialmente y la destrucción de la coalición que ha sido hegemónica en Cataluña desde hace casi 40 años).

De no haberse elaborado esta lista unitaria, probablemente ERC hubiera pasado a ser el primer partido catalán. En su sentimentalismo nacionalista, Junqueras ha querido evidenciar su “generosidad” difuminándose en una lista unitaria pensando que con ella se podría romper el techo soberanista obtenido en el frustrado referéndum del 27–N. No lo han conseguido. El proyecto soberanismo ha llegado a su tope histórico: a partir de aquí solo le queda remitir y todo va a depender de las dosis de realismo que sea capaz de asumir el independentismo.

El gran error de Mas

Lo que parece confirmado es la defunción política de Artur Mas que pasará a la historia como el presidente de la Generalitat que gobernó solamente para una parte de Cataluña, utilizó los recursos institucionales descaradamente para beneficio de un partido y olvidó cualquier otra cosa que no fuera una política soberanista; el presidente se ha limitado a obtener una mayoría de escaños (gracias a la particular ley electoral catalana destinada a eternizar el nacionalismo en el poder) pero no de votos….

El gran error de Mas ha sido presentar estas elecciones como “plebiscitarias”… en las que lo que cuentan ¡son los votos, no los escaños! Su segundo gran error ha sido acudir a las elecciones sin más activos que el haber partido a Cataluña en dos: ni éxitos económicos, ni éxitos en educación, ni éxitos en política laboral, ni éxitos en sanidad, sino más bien con una lenta degradación de estos servicios. Y el problema es que el soberanismo lleva ya desde 2004 recreándose, primero en el Nou Estatut y luego en la campaña soberanista: 11 años sin acción de gobierno (más allá del reparto del 3%) y con una creciente presión soberanista… que hace tiempo que ha tocado techo.

El soberanismo no entiende que una mayoría del 51% (que no ha tenido) de los votos o de apenas cinco escaños por encima de la mayoría absoluta (contando los votos de CUP) son insuficientes para proclamar la independencia. Solamente la ingenuidad, sino la estupidez nacionalista, podía creer que Cataluña sería el primer caso en la historia de una nación generada por una votación (que, a fin de cuentas, no es más que una fotografía de la opinión de una sociedad en un momento dado y en absoluto el relejo de un proyecto histórico).

No albergamos la menor duda de que el soberanismo no extraerá consecuencias de este resultado y seguirá atascado en el “referéndum” (que perderían) y en una fuga hacia adelante a pesar de que los resultados electorales y el análisis más superficial indica que el soberanismo carece de mayoría social.

La coalición soberanista es muy posible que estalle en mil pedazos al examinar con calma los resultados del 27–S fuera de las cámaras de TV. No está claro siquiera que Artur Mas siga siendo presidente de la Generalitat, ni de lo que ocurrirá mañana. También en el soberanismo existen sectores más lúcidos y otros más obtusos y obcecados. De todas formas el soberanismo no puede, a estar alturas, renunciar al que ha sido su leitmotiv desde que en 2003 Carod–Rovira, entonces secretario general de ERC afirmaba seriamente que “2014 será el año de la independencia”. No lo ha sido y, a medida que pase el tiempo, será cada vez más imposible alcanzar ese objetivo.

La peripecia de los partidos estatalistas

Toca ahora hablar del bloque del bloque estatalista formado por Ciudadanos y el PP.

El partido de gobierno en España apenas ha obtenido 11 escaños, quedado en quinta posición. El llamado “efecto Albiol” llegó demasiado tarde y, por lo demás, no aportaba gran cosa. Su mensaje y el de Rajoy no era otro que el de cumplir la constitución y la imposibilidad legal de que un proceso soberanista llegara hasta el final. Para ellos, el problema de la independencia se reducía al respeto de la constitución… ¡Y esto lo decía el partido que tradicionalmente, –hasta que Mas se vio afectado por el sarampión soberanista– había pactado una y otra vez, reiteradamente con CiU, le había tapado sus vergüenzas, había mirado a otro lugar ante sus corruptelas e incluso había accedido a remover a algún líder del PP en Cataluña (Vidal Quadras) sólo porque Pujol lo exigió a aquel Aznar que afirmaba seriamente hablar en catalán en familia… El PP ha perdido más de 100.000 votos en lo que constituye un fracaso histórico y sin precedentes que lo contrae todavía más.

Estos votos, indudablemente han ido a parar íntegramente a Ciudadanos que, por lo demás ha recibido votos procedentes del PSC y de la abstención. Cs, con un programa basado únicamente en la lucha contra el soberanismo, sin ningún otro tema añadido, ha triplicado prácticamente sus votos y sus diputados. Insistimos: Cs no tiene absolutamente ningún otro atractivo para el electorado catalán más allá de la lucha contra el soberanismo. Esto lo sitúa en un espacio próximo al PP: a partir de estos resultados, Cs tenderá a aproximarse al PP en lo relativo a la gobernabilidad del Estado y si este partido pierde la mayoría absoluta en las próximas elecciones generales, sabe que tendrá a Cs como apoyo. Las elecciones catalanas han aproximado a ambas opciones irremediablemente.

Esto es todavía más preocupante para el bloque soberanista porque uno de sus escenarios, el más querido, era una mayoría absoluta en votos y diputados que negociara, no con el PP, sino con un gobierno de izquierdas encabezado por el PSOE y apoyado por Podemos. Era la forma de obtener algún rédito: pero el panorama cambia extraordinariamente si el soberanismo se las tiene que ver en 2016 con una coalición PP–Cs en la que Cs sea consciente de que su pujanza en Cataluña se debe solamente a su decidida e intransigente posición antisoberanista.

La miseria de la izquierda y del catalanismo moderado

Si Junts pel SÍ ha obtenido una victoria pírrica (cuyo carácter será más visible todavía en los próximos días) ha habido dos grandes derrotados: Catalunya si que es pot (Podemos + IVC) y UDC. La rotura de la coalición CiU ha desvelado por fin el misterio de lo que tenía detrás los democristianos de UDC, apenas nada, tan solo 100.000 votos que no les han dado ni para un diputado testimonial. Es el fin histórico del catalanismo conservador, la imposibilidad de resucitar la Lliga de Cambó en versión siglo XXI. Un partido de esas características desaparecerá en los próximos meses sin dejar huella y una vez abandonado el pesebre nacionalista, sin haber conseguido hacerse con un espacio propio. Los más oportunistas intentarán reentrar en CDC por la puerta trasera o acomodarse de alguna manera en el PP a la vista de que la debilidad de este partido precisa cómo sea de nuevas contribuciones.

En cuanto a Catalunya si que es pot, ha cosechado un gran batacazo que, sin duda, pesará en las espaldas de Podemos en las próximas elecciones generales. Han hecho una muy mala campaña. Cuando se inició la campaña electoral aparecían como el segundo partido con más intención de voto, quince días después habían caído a la cuarta posición… ¡aun teniendo en cuenta que esta coalición sumaba los votos de ICV más los partidarios de Podemos, el resultado ha sido inferior al que obtuvo hace cuatro años ICV en solitario!

El porqué de esta derrota se debe a la ambigüedad de sus propuestas: en un momento en el que lo que estaba en juego ¡únicamente! era definirse o no ante el soberanismo, Catalunya si que es pot, se ha ido por las ramas aludiendo a solidaridad con la inmigración, dar la palabra a los movimientos sociales, escuchar las alternativas vecinales… y mantener cierta ambigüedad en materia de soberanismo. Pablo Iglesias, de todas formas, ha sido el que se ha expresado con más claridad en una opción claramente antisoberanista… pero su candidato en Cataluña Franco Rabell afirmó seriamente que él, él era independentista. El resultado ha sido que esta coalición ha obtenido menos votos de los que había obtenido hace cuatro años ICV en solitario. Un fracaso absoluto que indica que no siempre la “unidad” multiplica los votos…

Queda aludir al PSC. Hace un año esta opción empezaba a ser residual ante el ascenso de Podemos, especialmente en Cataluña. El PSC sigue perdiendo votos, pero no ha sufrido la sangría que se podía prever. Atrapado entre el bloque soberanista y el antisoberanista, el PSC ha tirado por la vía de en medio, fiel a su tradición en este sentido que data ya desde los tiempos de la Segunda República: ni soberanismo, ni españolismo… “tercera vía”, lo que en 1931–36 llamaban “República Federal Española”, un proyecto que no ha generado más entusiasmos que el voto cerril que siempre ha tenido el PSC en Cataluña. Lejanos están los tiempos en los que el PSC era la segunda fuerza y el apoyo del PSOE para obtener mayorías absolutas. El PSC ha perdido cuatro diputados y 25.000 votos, pero puede darse por satisfechos si ha logrado detener la sangría que se preveía. No ha sido por méritos propios, desde luego. La única contribución de Iceta ha sido un mal y torpe baile de osito de peluche en un mitin mucho más que sus propuestas, el resto lo ha hecho la rama catalana de Podemos–IU que ha demostrado su incapacidad para ir más allá de las ambigüedades tradicionales de la izquierda catalana.

¿Cómo evolucionará la situación en Cataluña en los próximos meses?

Parece difícil que Artur Mas siga siendo interlocutor válido para el gobierno central, parece difícil incluso que, a la vista de que el proceso soberanista se va alargando más de lo previsto, que ERC reivindique espacios mayores de poder… ¿incluso la presidencia de la Generalitat? Está en su derecho, la cuestión es cómo reaccionara Artur Mas y en qué términos accedería a pasar a segunda fila y a reconocer que su proyecto está embarrancado, frustrado y congelado desde la mitad de la legislatura pasada.

En las próximas semanas se evidenciarán los conflictos en el interior de la coalición soberanista y se verá lo que están dispuestos a ceder a la CUP, hoy más necesaria que nunca para que el proyecto soberanista reciba un último aliento. Demasiadas contradicciones, demasiadas tensiones entre las partes y, sobre todo, un 3% en los tribunales que tizna con su porquería cualquier opción soberanista mientras los antiguos cuadros de CDC sigan frecuentándola.

No hay que excluir que el bloque soberanista opte por ignorar la realidad de las urnas y mantener el proyecto soberanista conscientes de que es su último tren. En un mundo globalizado en el que cada vez hay menos lugar para la soberanía de las naciones, una pequeña nación inédita hasta ahora, va en contra sentido de la historia. Y lo que es peor: en una Cataluña con un 20% de inmigración, a lo que hay que sumar un 2–3% más de hijos de estos inmigrantes nacidos en Cataluña pero ajenos a la sociedad catalana y no integrados, en una Cataluña con 1.500.000 inmigrantes de los que la mayoría es de origen islamista, Cataluña, independiente o integrada en el Estado tiene un gran problema, mayor que cualquier otra región del Estado.

El fracaso del PP catalán ha deslegitimado a García Albiol como su primer espada. Eso es importante en clave interna, pero también en el sentido de que deja un espacio político libre que en estas elecciones la prensa daba cubiertas por el PP de Albiol: el espacio anti–inmigración. Ahora se abre una nueva época para PxC a condición de tener claro cuál es su espacio político: la rama catalana de un movimiento anti–inmigración, euroescéptico e identitario que defienda la realidad catalana de un territorio dos identidades y que tenga el valor de recordar que la constitución de 1978 está muerta y enterrada y en 38 años solamente ha sido capaz de dar vida a cuatro lacras: partidocracia – corrupción – centrifugación – inmigración ilegal y masiva. Ha hecho bien PxC en evitar desgastarse en una competición en la que las posiciones estaban polarizadas.

La ausencia de un proyecto español en Cataluña… y en todo el Estado

Pero estas elecciones han revelado algo más, mucho más en realidad: la ausencia de un proyecto político español que fuera más allá del respeto a la constitución (Cs)  y de la amenaza del miedo al vacío de una Cataluña independiente (PP). Lo más decepcionante de estas dos candidaturas ha sido lo pobre de sus argumentos y de sus proyectos.

Las naciones no se crean ni se destruyen porque una generación, en un momento dado de su historia, haya depositado un voto en una urna. Eso solamente indica, como hemos dicho, una fotografía puntual del estado de ánimo de la población nada más. Pero una nación tampoco se mantiene ni se puede mantener –y esto es lo que olvidan Cs y PP– mediante el recurso a una legalidad caduca y a unos terrores patológicos. Una nación se mantiene porque existe un proyecto nacional en torno al cual se polariza la población y que indica los objetivos a alcanzar, y hacia dónde dirigir los esfuerzos. Lo que algún “innombrable” llamó “un proyecto sugestivo de vida en común”. Pues bien, este proyecto hace tiempo que está ausente para España y ni los últimos gobiernos han sido capaces de elaborarlo, ni la sociedad civil ha conseguido generar algún tipo de ilusión, ni los intelectuales han tenido el valor de afrontar el tema y, por supuesto, esta tarea está más allá de las posibilidades de la clase política surgida al calor de la constitución del 78.

Mientras ese proyecto nacional que debe indicar “misión” y “destino” de España en el contexto internacional y objetivos en materia interior y en políticas sociales, nuestro país no podrá enarbolar una bandera en la que nos podamos sentir identificados. En esas circunstancias, no nos cabe la menor duda de que si el proyecto soberanista cede será por cansancio y saturación, no porque un proyecto español le siegue el césped bajo sus espardenyas… Ni el soberanismo alcanzará su objetivo ni renacerá un patriotismo constructivo, vitalista y enérgico que dé un nuevo sentido al ser español.

Las elecciones del 27–S no han resuelto ningún problema, simplemente han abierto más dudas. El fracaso del soberanismo ha tenido su contrapartida en la cortedad de los argumentos de los partidos no soberanistas. Hoy casi todos los partidos utilizan los más inverosímiles argumentos para declararse vencedores, pero a poco que lo mediten, ninguno puede alardear de victoria alguna. Todos han perdido algo. La sociedad catalana ha perdida más. Ya no hay una “sociedad catalana”, hay dos. El gobierno del 3% es, además el gobierno del 47,5%.

© Ernesto Milà – info|krisis – http://info-krisis.blogspot.com

 

 

27-S: el abismo del tedio

27-S: el abismo del tedio

Info|krisis.- Queda apenas una semana para que se vote en Cataluña unas ¿elecciones históricas? Tampoco hay que dar tanta importancia al órdago independentista. Son unas elecciones autonómicas como otras cualquiera, pero eso sí, sometidas a mayor presión soberanista a causa de la creación de un “frente común independentista”. Pero el resultado no cambiará nada la situación catalana y, al final, todo quedará en un cambalache entre Artur Mas y el gobierno de Madrid, previo al estallido en mil pedazos del conglomerado soberanista. De todas formas, creemos necesario establecer unos cuantos puntos que nos parecen fundamentales para evitar caer en errores de percepción sobre la realidad de la situación.

1) Juntos por el SÍ es una opción coyuntural, improvisada a última hora a efectos de no generar más decepciones en el electorado soberanista y, obviamente, para ocultar que la sigla mayoritaria hasta ahora en el nacionalismo, CiU, simplemente ha dejado de existir. Artur Mas se ha salido con la suya colocando a un Romeva, completamente aséptico, desconocido en la política catalana, escaso de argumentos y con muy escasa capacidad de convicción y menos aún de liderazgo. Romeva se extinguirá al día siguiente del recuento electoral, agradeciendo a los votantes su deferencia hacia la candidatura presidida por él. La habilidad de Artur Mas ha consistió en ocultar su fracaso en el tan cacareado referéndum autonómico del 9-N, eludir el hecho de que se ha quedado sin coalición y de que CDC, su partido, tiene sus grandes sedes embargadas y a sus dirigentes históricos visitando juzgados asiduamente. Más sobrevivirá todavía unos meses más, pero el nacionalismo ha cumplido su ciclo histórico y tenderá a desaparecer, entre otras cosas, porque las fuerzas históricas que lo generaron (una pujante burguesía industrial en Cataluña y el hecho de que fuera la región económicamente más potente de España) ya han desaparecido.

2) En Juntos por el SÍ abundan los “tontos útiles”: no hablemos de Romeva, personaje irrelevante donde los haya y sin el más mínimo interés para una proyección de futuro. Nos referimos especialmente a Oriol Junqueras. Sus lagrimones cuando entendió la imposibilidad de celebrar un referéndum el 9-N fueron muy significativos: simplemente, cree de manera emotiva y sentimental, en la independencia de Cataluña… aunque no tenga ni la más remota idea de, una vez llegada, qué programa habrá que aplicar. No es algo nuevo, siempre en ERC el objetivo final ha sido la “independencia”, después de lo cual ya no queda nada más a proponer. ERC ha perdido la ocasión (probablemente la única que tenga en muchos años) de ser el partido mayoritario en Cataluña: podía haber liquidado políticamente a CDC, podía haber desvinculado el “soberanismo” del “nacionalismo corrupto”… sin embargo, ha bastado la dramática apelación de Mas para acudir a unas inéditas “elecciones plebiscitarias” para ablandar aún más las morbideces de Junqueras y desdibujar la sigla ERC en una coalición sin futuro.

3) El equívoco que nadie está recordando es que nunca, en ningún momento histórico, una “nación” se ha formado con el 51% de los votos, sobre el 49% de los votantes y con una abstención del 25-30%. Para formar una nación es preciso un consenso mucho mayor y el mapa sociológico de Cataluña está demasiado estratificado y fracturado como para lograr consensos en esta materia. Todo se resume en el siguiente axioma que olvida la candidatura de Juntos por el SÍ: el soberanismo no tiene fuerza social suficiente como para lograr la independencia. Después del frustrado referéndum del 9-N no le queda más que remitir ante la imposibilidad de alcanzar sus fines. De hecho en la última concentración del 11-S ya fue necesario multiplicar por tres e incluso por cuatro las cifras de asistentes para no dar la sensación de que el fenómeno remitía. Es normal, e incluso la propia ANC lo ha reconocido: no se puede prolongar tanto un “procés” y año tras año esperar que acudan cada vez más masas dotadas de mayor entusiasmo. Hay un momento en que el “fuelle” pierde fuerza y, a pesar de que se inyecten más y más fondos públicos, hace tiempo que ya se ha tocado techo y el fenómeno adquiere su verdadera naturaleza y dimensión: fenómeno que afecta a un tercio del electorado, no más. No hay “naciones” en las que 1/3 pueda mantenerse ante 2/3 durante mucho tiempo.

4) Artur Mas ha utilizado una vez más en estas elecciones todas las triquiñuelas del pequeño trilero oportunista y de pocos escrúpulos que es, para inclinar la balanza hacia su favor: inicio de la campaña el 11-S, utilización masiva de los medios de comunicación públicos catalanes a favor de su candidatura, boicot sistemático y parcialidad en las informaciones sobre cualquier otra opción no soberanista, y utilización de argumentos manifiestamente falaces, en especial, en relación a sus propios objetivos personales y al destino de Cataluña. Nada que derive de un juego sucio de tales dimensiones puede considerarse “democrático”, ni mucho menos representativo, son las pequeñas tretas habituales entre los partidos políticos que se suceden en cualquier elección, en cualquier comunidad autónoma, incluso en el Estado y que siempre dan la ventaja a quien tiene los resortes del poder. En esta ocasión, “el voto de tu vida” (slogan del soberanismo) no es más que “más de lo mismo”: otra peque engañifa electoral.

5) La otra parte, el Estado y los partidos antisoberanistas, tampoco tienen mucho de lo que alardear. El PP lo fía todo y considera argumentos de peso a la opinión de la patronal bancaria y a la actitud de La Caixa y del Banco de Sabadell, hostiles al soberanismo, a la opinión de la patronal que pide “negociar”, y a la opinión de los “líderes europeos” que, finalmente, han sido claros sobre el poco futuro de Cataluña en la UE… a una semana de las elecciones. Tiene razón el soberanismo en considerar que todo esto son “factores de coacción” y, desde luego, no es esa la mejor forma de hacer valer, ahora mismo la causa de la “unidad del Estado”; porque si las razones de más peso para que Cataluña siga dentro del Estado son estas, se reducen a una sola: Cataluña debe permanecer dentro del Estado, simplemente porque… no puede permanecer fuera. Pobre argumento que resta, al fin y al cabo, razón de ser a la Nación y al Estado Español y que evidencian la inexistencia de un “proyecto sugestivo de vida en común” que debería existir para mantener cohesionado a un pueblo.

6) Los partidos soberanistas se aferran a la “constitución”… olvidando que la constitución de 1979 es una norma fracasada en todos los terrenos: ha sido una mala excusa para un reparto del poder muy similar al que tuvo lugar con la Restauración y quizás sirvió, como máximo, para pasar del franquismo a la democracia formal (en absoluto real), sin que una parte del país se abalanzara sobre la otra parte. Ya no existen las “dos Españas”, ni tienen lugar debates de altura como los que se dieron durante los años 50, en pleno franquismo: del España como problema de Laín, al España sin problema de Calvo Serer, pasando por España, un enigma histórico de Sánchez Albornoz. La miseria intelectual de nuestro tiempo también se refleja en la falta de propuestas intelectuales de altura para dar a la Nación y al Estado Español una “misión” y un “destino”, sin los cuales ambos son superfluos. Existe una población masificada, bastardizada por los medios de comunicación y por un estilo de vida insano y antinatural, sometida al miedo permanente a la pérdida de empleo, a la aproximación al umbral de la pobreza, que ya no trabaja para vivir y ni siquiera vive para trabajar, sino que solamente aspira a sobrevivir, sin ideales, ni horizontes, más allá del día y con unos jóvenes que se debaten entre el paro, el exilio económico, el botellón y el porro, como coberturas a su nihilismo absoluto. Ya no hay dos Españas: hay solamente una, “homogeneizada” por lo bajoy Cataluña está incluida en el pack.

7) Vale la pena no olvidar que Ciudadanos es un experimento específicamente catalán y que su ascenso se debió a la timidez de las posiciones antinacionalistas del PP y como expresión de los intereses de los castellanoparlantes catalanes. Aquí empiezan y terminan sus méritos que, una vez traspasado el partido más allá del Ebro, y tal como han demostrado en Andalucía, se quedan en una mera forma de oportunismo centrista. Nada más. Su interminable cantinela de “cúmplase la constitución” rivaliza en tedio con el PP y no aporta ningún proyecto ni nuevo, ni original, ni viable. Si Ciudadanos es una estrella ascendente es precisamente por la crisis de los “partidos constitucionalistas” que no es más que una expresión de la crisis del sistema de fuerzas nacido en 1978 y que Albert Rivera, a falta de alguna alternativa viable, presenta a la constitución como la única realidad a la que aferrarse. Ciudadanos –como, por lo demás, Podemos- contiene dentro de sí innumerables “sensibilidades” y enfoques distintos y contradictorios, pero en Cataluña todo esto se reduce a un jugar a la contra del soberanismo enarbolando la bandera constitucional. Poco para lo que se precisaría.

8) El PP, al menos se ha dado cuenta que seguir defendiendo una constitución que se recordará como la que ha propiciado el actual escenario político-social español caracterizado por CORRUPCIÓN – PARTIDOCRACIA – CENTRIFUGACIÓN – CRISIS no es capaz de generar excesivos entusiasmos ni entre los conservadores, ni entre los progresistas, ni entre los jóvenes, ni entre los ancianos. Así pues, ha decidido introducir en su programa el tema de la “reforma constitucional”. Pero las reformas cuando llegan tarde, son contraproducentes para el sistema que se quiere mantener. Y esta vez las reformas llegan con un cuarto de siglo de retraso: deberían haberse pactado cuando se hizo evidente que el efecto generado por el felipismo cuando se extinguieron los ecos de su mayoría absoluta de 1983 y, elección tras elección, fue remitiendo en medio de un desencanto progresivo de la sociedad. Cuando se vio, que en Cataluña y en Andalucía se habían instaurado la corrupción en las esferas de poder. Entonces se negó y se repetía aquella frase que todavía algún tertuliano de pocas luces cita de que “los corruptos son excepciones”… Cuando un traje muestra un par de manchas se le envía al tinte y asunto resuelto, pero ese mismo traje es insalvable cuando está deshilachado, gastado, sucio, podrido el tejido. Entonces es necesario comprar otro nuevo. El drama es que en España, aquí y ahora, ni existe la posibilidad de lograr consensos constitucionales nuevos, ni de seguir regidos por una constitución, putrefacta.

9) La tercera vía socialista no podrá evitar la sangría de votos que el PSC experimenta después de las desastrosas experiencias de los dos tripartidos junto a ERC y de las consecuencias desastrosas del zapaterismo. De todas formas, la propuesta “federalista” no es nueva en el PSC, se remonta a la Segunda República (República Federal Española). Ahora bien, el PSC se ha limitado a matizar ligeramente esta posición a la vista de que el “federalismo” apenas interesa en la mayor parte del país, pero puede ser una salida airosa en Cataluña para mantenerse equidistante del soberanismo y del estatalismo, introduciendo el concepto de “federalismo asimétrico”. Hace veinte años hubiera tenido interés discutir sobre esta posición en lugar del caos que generó luego el Nou Estatut maragallano, verdaderamente madre del problema actual: ahora ya es demasiado parte para políticas de paños calientes porque la sociedad catalana está partida en dos. El PSC (y por extensión la izquierda catalana) han permitido durante cuarenta años que CiU y la alta burguesía catalana procediera mediante una apisonadora a arrinconar la identidad española de Cataluña y ahora, cuando ese coalición ha dejado de existir y esa burguesía ha renunciado en buena medida a su proyecto, éste ha sido asumido por sectores más inestables, radicales y marginales, intenta una imposible equidistancia que termina siendo percibida por el electorado como un “ni chicha, ni limoná” que, lejos de resolver el “problema catalán”, termina generando un nuevo problema, solo que a escala nacional: la República Federal que carece de consensos y de consistencia suficiente como para poderse llevar a la práctica.

10) La irrupción de Podemos en Cataluña es el resultado directo del hartazgo de algunas fuerzas sociales castellano-parlamentes por la ambigüedad del PSC. Esta izquierda alberga la desconfianza más extrema hacia el soberanismo y el rechazo más absoluto hacia las políticas de la derecha, reconoce el mal estado de salud de la constitución y la inviabilidad de las propuestas federalistas, lo perjudicial del soberanismo y lo reaccionario del estatalismo… pero no acierta a formular una propuesta más allá de “consultar al pueblo” y dar la palabra a “los movimientos sociales”, con lo que nos situamos en un terreno utópico, casi ingenuo-felizote, en el que se parte de la base que hay sectores de la población capaces de plantear soluciones y tener capacidad para seleccionar la mejor de todas… cuando en realidad ocurre todo lo contrario: cuarenta años de empobrecimiento cultural, de sustracción progresiva de espíritu crítico y de adocenamiento mediático lo que han conseguido es que la sociedad carezca de algo más allá de respuestas puntuales a problemas coyunturales muy concretos, pero en absoluto salidas a problemas estructurales. La muestra es que durante cuarenta años esa población ha estado votando a quienes le han engañado, explotado, empobrecido, robado y despreciado y lo ha hecho reiteradamente y con absoluta indiferencia.

11) ¿Cómo terminará todo esto? Fuera de las declaraciones victimistas del soberanismo (un amigo escribía esta semana que la “especificidad catalana” era la española mas el victimismo), lo cierto es que cada vez se va abriendo más en esas filas la sensación de que la independencia es un objetivo demasiado lejano y ambicioso como para poderse alcanzar. No importa. A estas alturas y con los pases de aviones de combate rasantes por la costa del Maresme, parece claro que Artur Mas se daría con un canto en los dientes si la coalición Juntos por el SÍ le durara el tiempo justo para negociar con el gobierno de Madrid la creación de una Agencia Fiscal Catalana que recogiera todos los impuestos recaudados en Cataluña y el archivo de los procedimientos contra altos cargos históricos de CDC, a cambio de unos años a negociar sin ejercer presión soberanista. Cinco años de neurosis soberanista, en definitiva, para un cambalache sobre unos euros de más o de menos… Este es el techo máximo de lo que puede obtener Artur Mas. De ahí que la coalición se le disolverá entre las manos (como ya habíamos previsto en nuestra “Carta a un independentista catalán” publicada hace un año). Pero hay otra posibilidad.

12) La fatalidad ha hecho que en diciembre tengan que celebrarse elecciones generales. Pueden darse distintas hipótesis: o bien sigue gobernando el PP con el apoyo de C’s, o bien lo hace el PSOE con el apoyo de Podemos, o bien se camina hacia la “gran coalición” PP-PSOE. Solamente en la segunda hipótesis, Mas podría obtener algún beneficio suplementario. A partir de ahora le va a ser muy difícil negociar con la derecha y los tiempos en los que Aznar “hablaba catalán en familia” ya han pasado a la historia. Si el nacionalismo catalán quiere volver a negociar con el PP deberá cambiar a su primer espada. Mas, reconocido trilero, está ya amortizado para negociar con el Estado.

Las elecciones del 27-S no van a solucionar gran cosa. En el momento en el que ERC compruebe que ha sido “estafada” romperá y provocará la convocatoria de elecciones anticipadas volviendo a enarbolar la consigna imposible de la independencia. Pero el tiempo pasa.

Hay que decir que el independentismo está siendo desplazado en toda Europa, incluso en aquellos lugares como Flandes en donde estaría mucho más justificado. Otras formaciones como la Lega Nord, abandonada la veleidad independentista ha optado por configurare como partido anti-inmigración atendiendo a la gravedad de este problema y a su preeminencia en relación a la “independencia padana” en la que casi nadie cree. Todo lo que el soberanismo catalán no arranque en los próximos meses, no lo volverá a tener jamás al alcance de la mano. Incluso en el supuesto de que como desenlace a la actual crisis, el soberanismo consiguiera el reconocimiento de una hacienda catalana, le va a ser muy difícil seguir negociando con el Estado en los mismos términos.

El soberanismo no ha advertido el signo de los tiempos y el efecto de su propia obra sobre Cataluña: nunca como hoy Cataluña, después de casi 40 años de Generalitat, ha perdido tanto y tan profundamente su fisonomía. Los catalanes de “soca i arrels” son una ínfima minoría en medio de la oleada de apellidos del resto de la Península que durante varias generaciones han contribuido a la pujanza de la alta burguesía catalana sin ofrecer grandes problemas e incluso aceptando la pérdida de su identidad de origen de la forma más tranquila y pacífica del mundo… pero este mismo proceso es irrepetible –y esto es lo que la Generalitat no entiende víctima de los tópicos humanistas que ella misma ha difundido- ante el 1.500.000 de inmigrantes inintegrables en su mayoría que se han establecido en Cataluña en los últimos veinte años, la mayoría de confesión islámica y dotados de unas tasas de reproducción que supera entre cuatro y cinco veces la de los autóctonos y hasta diez veces la de la minoría con cuatro apellidos catalanes, la más baja de todo el mundo.

Estas elecciones y el debate de la próxima semana dejará claro aquello que Mas, ERC y los suyos han ocultado o desfigurado: que la Unión Europea es una “unión de Estados Nacionales” y que mientras exista, no hay espacio para la independencia catalana. Resultaría suicida para ellos abundar ad infinitum en la misma senda.

Conclusión: ¿Qué sentido puede tener un nacionalismo que no se forja como objetivo final la creación de una nación? Si las condiciones objetivas (actitud de las fuerzas económicas, falta de consenso social, límites insuperables de la catalanización, resistencias internacionales insuperables) y las condiciones subjetivas (cansancio social ante la obsesión soberanista, dudas sobre lo que vendrá después, identificación entre el nacionalismo y la corrupción), son ampliamente desfavorables para el nacionalismo, no basta con las condiciones voluntaristas (actividad de los núcleos soberanistas y su control efectivo sobre los medios de comunicación y sobre la educación) para lograr la independencia. Obstinarse en esa vía indica esclerosis del soberanismo e incapacidad para reemplazar este objetivo por un proyecto alternativo (que no es más que la prolongación de la imposibilidad de definir hoy qué habría después de la independencia). Inviable.

Sin olvidar que el soberanismo va en contra de la marcha de la historia: se suele decir que el siglo XXI será el siglo de la IDENTIDAD… deseo voluntarista que, por el momento, no termina de cuajar: el siglo XXI está siendo el siglo de la crisis de la globalización: El siglo se inició con los extraños ataques del 11-S, prosiguió con la recesión económica mundial de 2007 que dura todavía hoy y que, a la vista de lo que está ocurriendo en estos momentos en Brasil se prolongará (acaso porque la globalización, pasadas las primeras euforias, es una forma de organización del mundo que genera por sí misma, inestabilidad y crisis sin fin). ¿El siglo de las “identidades”? Deseo voluntarista que, por el momento sigue siendo un deseo. Ante la crisis de los refugiados sirios (en realidad, una nueva oleada de inmigración islámica hacia una Europa ya anegada por el Islam), no se están levantando en ningún lugar del continente reacciones en contra de suficiente intensidad… No el siglo XXI no será el siglo de la “Identidad”, ni lleva camino de serlo, ni nada permite que lo sea. Es el siglo de la crisis de la globalización. Como máximo será el siglo de LAS GRANDES IDENTIDADES, las únicas con fuerza suficiente para reaccionar.

Quizás la IDENTIDAD EUROPEA, si es capaz de encontrar su fisonomía y sus raíces, divorciada completamente del americanismo y del humanismo universalista, tendría la DIMENSIÓN NECESARIA PARA SOBREVIVIR (obsérvese que utilizamos el condicional). Incluso la IDENTIDAD ESPAÑOLA, apelando a los vínculos en el nuevo continente, pudiera ser una alternativa, pero no desde luego la “identidad catalana” (por mucho que se la pretenda “estirar” “de Fraga a Mahón y de Salses a Guardamar”, rebautizando al Antiguo Reino de Aragón como “Confederación Catalano-Aragonesa” o “Països Catalans”, a cual más risible), demasiado pequeña, demasiado carcomida por la inmigración islámica inintegrable y demasiado vinculada a aventureros políticos de baja estofa, demasiado parecida a la identidad de cualquiera de “las Españas”, como para tener “principio de razón suficiente” en sí misma. Si alguien sigue creyendo en el “principio de las nacionalidades” (todo puedo que habla una lengua es, por ese mismo hecho, una nación) puede aplicarse a Cataluña y en el siglo XXI, se equivoca. En primer lugar porque un principio surgido en los albores del XIX difícilmente puede servir como norma en el XXI. En segundo lugar porque Cataluña no es una comunidad mono-lingüística… sin pluri-lingüística. Treinta años de inmersión lingüística no han conseguido modificar algo que cualquiera, salvo TV3, puede percibir. A la existencia de dos comunidades lingüísticas, la inmigración ha aportado una tercera inintegrable y distanciada de las otras dos por una brecha antropológica y cultural: el árabe y el islam.

Todo lo que sea el reconocimiento de Cataluña como comunidad bilingüe y la contención de unas oleadas de inmigración innecesarias e inintegrables, es un error. No importa que hoy esta temática no esté incorporada a la temática de ningún partido que se presente a las elecciones catalanas. Se impondrá por la fuerza misma de los hechos.

© Ernesto Milá – info|krisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

 

 

Notas sobre EEUU (II de II)

Notas sobre EEUU (II de II)

La doctrina del «Destino Manifiesto»,
soporte místico de la dominación imperial

Cuando estalla la guerra de independencia de los EEUU, Francia y España apoyan a los colonos. La ayuda española existió pero no es tan conocida como la de Lafayette o Beaumarchais. En aquel momento, España controlaba Cuba y Luisiana (un espacio muy superior al actual Estado de ese nombre que abarcaba desde el Golfo de Méjico hasta el Canadá, entre el Mississippi y las Montañas Rocosas. España facilitó a la rebelión de las colonias armas, medicamentos y víveres. El General Gálvez estuvo en contacto con las tropas de Washington. A decir verdad, España alimentó a la hiena que finalmente la devoró. Ya en 1818 se produce la invasión de Florida, perteneciente a España, desde donde los indios semínolas, realizaban incursiones en el territorio de EEUU. El presidente Andrew Jackson aludió entonces a «esos odiosos caballeros españoles». España, que en aquel momento afrontaba la rebelión de las colonias sudamericanas, no pudo hacer nada para evitar la pérdida de Florida que, finalmente, fue vendida por cinco millones de dólares. En ese momento, esta expansión territorial respondía a un impulso mesiánico todavía no plasmado en declaraciones expresas. Aún habría que esperar casi treinta años para que las dos principales orientaciones de la política exterior norteamericana (todavía hoy en vigor) fueran enunciadas expresamente en la «Doctrina del Destino Manifiesto» y la «Doctrina Monroe».

En 1840, John Louis O’Sullivan publicó un grupo de artículos cuyo tema central era «El Destino Manifiesto». Se justificaba la expansión americana en todos los continentes basándose en la doctrina racista de la superioridad racial anglosajona. Esta expansión se produjo en distintas oleadas tras el triunfo de la rebelión de las 13 primeras colonias. Inicialmente, la expansión se orientó hacia el Oeste, entre Río Grande y Canadá. Fueron las «guerras indias» que abarcaron casi todo el siglo XIX norteamericano con distintos sobresaltos y con el paréntesis de la guerra civil en el que se formaron unidades indias, hecho significativo, que combatieron contra los nordistas. El procedimiento expansivo consistía en asentar colonos y luego provocar incidentes que terminaban con el exterminio o la expulsión de los indígenas.

Mayor importancia tuvo la guerra contra Méjico, con la caída de El Alamo permitida por el ejército norteamericano para justificar la intervención posterior contra el vecino país al grito de «Alamo Revenge» (vengar el Alamo) que supuso la pérdida de 1/3 de su territorio. A partir de ese momento, EEUU fue un país transoceánico que abarcaba desde el Atlántico al Pacífico y desde el Río Grande a la frontera canadiense. 

La segunda oleada expansiva partió de las tesis racistas de John Fiske, Strong, Burgess y Mahan, en las que se sostenía el supremacismo anglosajón. La «raza anglosajona» y su lengua eran consideradas superiores a las de sus vecinos y a cualquier otra. Estos escritos, descaradamente racistas y que harían palidecer a los xenófobos del siglo XXI, prepararon la intervención en Centro América y la aparición de la doctrina Monroe que, finalmente, fue el centro de esta segunda oleada expansiva. La Doctrina Monroe establecía que ninguna parte del territorio de "América", ni del Norte, ni del Centro, ni del Sur, podía ser colonizada por europeos. O dicho de otra manera: «América para los americanos… del Norte».

Durante este período el expansionismo tuvo como hitos principales los sucesivos intentos de invasión de Cuba a partir de mediados del XIX y la construcción del Canal de Panamá con el dominio efectivo sobre territorio panameño. En 1841, en pleno Segundo Despertar, ya se produjeron dos locos intentos de invadir Cuba por parte de 150 aventureros de EEUU que partieron desde Miami. Poco después, el presidente Quincey Adams  exponía que «Cuba caerá en manos de EEUU como fruta madura». Y en 1858, cuando se aproximaba la guerra civil, el «Manifiesto de Ostende», firmado por tres diplomáticos norteamericanos destinados en Europa, reiteraba el derecho de apoderarse de Cuba si España no accedía a vender la isla. Luego vino la guerra civil, el proceso de reconstrucción, un momento en el que España todavía poseía una flota eficiente y disuasiva y el nacimiento de un fuerte sentimiento nacionalista en Cuba que impedía que la venta pudiera realizarse sin que conllevara la interrupción del proceso independentista de la isla. Así pues, los norteamericanos optaron por avivar la rebelión cubana. La flota española mostró su eficacia a la hora de detener un alto número de buques norteamericanos que enviaban armas y municiones a los rebeldes. En cada episodio, EEUU denunciaba que suponía un atentado al «libre comercio». Luego, EEUU intentó imponer un tratado comercial humillante para España con la intención confesada de defender los derechos de los inversores norteamericanos en la isla.

A partir de 1887, EEUU decide que lo esencial de su expansión debe realizarse por vía marítima y, desde entonces, el poder naval de éste país empieza a superar al de España. En 1896, el presidente Cleveland dice ante el congreso que los EEUU deben intervenir en la isla, empleando argumentos tan absolutamente falsos y mendaces como los utilizados cien años después por George W. Bush y sus altos funcionarios para justificar las intervenciones en Irak y Afganistán. Cuando entrega las llaves de la Casa Blanca a su sucesor, McKinley, le dice textualmente: «Siento profundamente, Sr. Presidente, dejarle la herencia de una guerra con España, que llegará antes de que transcurran dos años». En efecto, llega 1898 y con él la explosión del Maine, tan extraña como cien años después ha resultado el atentado contra las Torres Gemelas.

Asegurado el control sobre el territorio norteamericano (nueva frontera hacia el Oeste y guerra contra México), asegurado el control sobre el «patio trasero» (el Caribe y Centro América), los EEUU miran hacia Europa donde se encuentra, en las primeras décadas del siglo XX, el centro del capitalismo mundial. EEUU no pararán hasta vencer las reticencias aislacionistas de su propia población e inmiscuirse en la «guerra europea» que, con ellos, pasa a ser mundial. Seguirán la intervención en la II Guerra Mundial, la victoria, la reconstrucción de Europa a cambio de eliminar aranceles y tener a los países vencidos por meros protectorados durante décadas.

Finalmente, la caída del comunismo suponía consagrar a la «hiperpotencia» norteamericana como un «garante de la paz y la estabilidad mundial». O tal era la pretensión que debía realizarse mediante la globalización económica. Pues bien, en todo este impulso expansivo la doctrina del «Destino Manifiesto» ha sido siempre el eje central de la política norteamericana en función de la cual se justificaban las operaciones intervencionistas. 

Esta tendencia hacia el «expansionismo» fue observado por Alexis de Tocqueville cuando escribió: «Mientras no tenga delante más que países desiertos o poco habitados, mientras no halle en su camino poblaciones numerosas a través de las cuales le sea imposible abrirse paso, se la verá extenderse sin cesar. No se detendrá en los límites trazados por los tratados, sino que desbordará por todas partes esos diques imaginarios. Tocqueville escribía estas líneas, influenciado por el «espíritu de la frontera» que extendía la colonización hacia el Oeste. Tocqueville no percibió que la importancia futura de los EEUU derivaría de que, por primera vez en la historia, aparecía una nación capaz de unir el desarrollo del capitalismo con la construcción nacional. Esa combinación hizo que la frontera no se detuviera cuando los colonos llegaron al Atlántico sino que prosiguiera en los cuatro círculos de expansión que hemos definido.

En 1777, John Jay aseguraba que el norteamericano era el primer pueblo favorecido por Dios al tener ocasión de elegir su forma de gobierno. Sólo tres años después, Samuel Cooper aludía a la «misión providencial de EEUU de transformar gran parte del globo en asiento del conocimiento y la libertad». El senador Albert Beveridge, en 1900, en un discurso explicaba: «Dios preparó al pueblo de los EEUU para ser dueños y organizadores del mundo (…) Dios ha elegido al pueblo norteamericano como nación elegida para iniciar la regeneración del mundo». El economista Johan Galting era de la misma opinión cuando escribía: «tenemos la obligación mesiánica de asumir aspectos divinos de omnipotencia, bondad y misericordia infinitas»…  Finalmente, el presidente Woodrod Wilson en 1902 expresó el mismo estado de espíritu con estas palabras: «En nuestro pueblo ha estado siempre presente una poderosa presión desplazándose continuamente en busca de nuevas fronteras y territorios, en la búsqueda de mayor poder, de total libertad de un mundo virgen. Es un destino divino que ha configurado nuestra política»… 

Hemos seguido declaraciones mesiánicas desde la fundación de los EEUU, de ahí que la última frase seleccionada fuera pronunciada el 8 de mayo de 1999 por el Fiscal General y Secretario de Justicia, John Ashcroft, hombre de nuestro tiempo, que alude a las ideas de siempre con estas palabras: «Única entre las naciones, los EEUU han reconocido la fuente de nuestro carácter como cosa divina y eterna, no cívica o temporal. Como nuestra fuente es eterna, somos diferentes. No tenemos otro rey que Jesús…». Ashcroft es un producto típico surgido de los medios evangélicos «renacidos» y del Tercer Gran Despertar. Es lo que los jefes de fila neo–conservadores llamarían un «gentil», pletórico de inocencia patriótica y fe religiosa.

Esta ideología ha estado siempre viva en la derecha estadounidense y ha sido evocada por los Bush, padre e hijo, al hacer referencia en muchas ocasiones a «nuestra superioridad moral» para justificar las intervenciones político–militares en cualquier parte del mundo.

De tal estado de espíritu deriva la doctrina del «Destino Manifiesto» formulada por el periodista John O’Sulivan justificando la anexión de Tejas, que llevó a la firma del Tratado de Guadalupe–Hidalgo. La idea es que los americanos tenían el derecho e incluso la obligación de expandir su dominio sobre el continente, ya que se consideraba que era la «voluntad de Dios». La formulación de O’Suivan venía en el momento adecuado: se trataba, por una parte, de justificar las «guerras indias» y el exterminio del pueblo  indígena. De otra parte, tenía mucho que ver con el proceso de los países sudamericanos y centroamericanos por su independencia. La Doctrina Monroe se había anticipado en 1823, dos años después de que España reconociera la independencia de México. El concepto de Destino Manifiesto es la siguiente vuelta de tuerca de la misma política. En apenas cuatro años, a partir de 1840, los EEUU duplicaron su territorio nacional. Este empuje fue considerado como parte de un proceso inexorable querido por «la Providencia» e impulsó a O’Sulivan a formular su teoría según la cual esta expansión territorial era el «destino manifiesto» que culminaba en la «dominación de todo el continente». Luego la «doctrina Monroe» consagraría esta tendencia.

No todos los norteamericanos, ni siquiera todas las fuerzas políticas, aun aceptando la idea del «destino manifiesto», coincidían con esta tendencia expansionista; algunos pedían que se definiera el territorio que debía adquirirse y cuando lo decían estaban pensando en compras territoriales. Pensaban que los territorios limítrofes, contiguos a los EEUU, terminarían uniéndose a ellos voluntariamente: «caerían como fruta madura», decían. Pero la tendencia general de quienes enunciaron la abusiva teoría del «destino manifiesto» era a pensar en una expansión rápida aunque fuera a costa de emprender guerras de conquista.

La «Doctrina Monroe» y la teoría del «Destino Manifiesto», surgidas ambas en pleno Segundo Despertar, contribuyeron, a la consolidación de la conciencia nacional y la coherencia interna de los EEUU. Mientras la primera excluía a Europa de cualquier veleidad de estar presente en Centro y Suramérica, la segunda contribuía a justificar el recurso a la guerra. En la práctica, ambos principios siguen en vigor en nuestros días y constituyen lo esencial de la política exterior norteamericana.

O’Sullivan, dio la definición de lo que entendía por «Destino Manifiesto»: «Es nuestro destino manifiesto esparcirnos por el continente que nos deparó la Providencia para que en libertad crezcan y se multipliquen anualmente millones y millones de norteamericanos». En esa época, la balanza entre los Estados que estaban a favor de la esclavitud y los que estaban a favor del trabajo asalariado, se mantenía en equilibrio, pero la incorporación de cualquier nuevo Estado podría romperlo a favor de una u otra opción.

Las dificultades de la invasión de Nicaragua convencieron a muchos norteamericanos de que era necesario descartar la idea de una república transcontinental. Percibieron que si se dilataban excesivamente las fronteras y se integraban en ella contingentes con otra lengua y otra raza, se debilitaría la cohesión de los EEUU. Pero a mediados del siglo XIX, las nuevas tecnologías de la época aplicadas al transporte (los barcos de vapor) y a las comunicaciones (el telégrafo) parecían espectaculares. Ambos avances fueron aplicados para mejorar la comunicación entre los distintos Estados de la Unión. En ese contexto cobró fuerza y peso la corriente «expansionista e intervencionista» que desde entonces siempre ha estado viva en los EEUU.

Ciertamente, los EEUU tenían tierras desocupadas y no era preciso conquistar otras lejanas para dar asiento a nuevos colonos. Aunque los inmigrantes afluían sin cesar desde Irlanda, Alemania e Italia, los contingentes llegados no eran suficientes. En ese contexto apareció la corriente «expansionista» que tomaba como referencia algunas frases del segundo presidente de los EEUU, Thomas Jefferson, y proponía la adquisición o conquista sin fin de nuevos territorios para cumplir su «destino». Esto, proseguían, serviría para que las generaciones futuras pudieran disponer de abundantes recursos económicos. Entre estos sectores se encontraban algunos teóricos del esclavismo de los Estados del Sur. Nuevos Estados, con nuevos esclavos, aumentarían el poder político de los Estados del Sur, pues, no en vano, tales Estados sólo podían situarse al Sur, es decir, más próximos al área de influencia de lo que luego sería la Confederación. Sólo así, los EEUU podrían competir con el comercio británico, especialmente por el control de los mercados asiáticos, algo que estaba en mente de los expansionistas desde que fue arrancado a México el territorio de California y se podía contar con el puerto de San Francisco como base para la expansión por el Pacífico hacia Asia.

La crisis económica de 1837 en la que un exceso de producción agrícola hundió los precios, dio nuevos argumentos a los expansionistas para que se buscaran nuevos mercados en el exterior y, para ello, había que disponer de bases en todo el mundo. Por esas fechas, Inglaterra era la pesadilla de la nueva nación, especialmente en los Estados del Sur. En 1843, el Sur denunció que Inglaterra estaba promoviendo la abolición de la esclavitud en EEUU; acto seguido proclamaron la necesidad de incorporar a la República de Texas para asegurar los intereses de los terratenientes algodoneros del Sur. Fue así, como, poco a poco, la doctrina del Destino Manifiesto se fue convirtiendo en cada vez más agresiva y haciendo del «brazo militar» y del recurso a la guerra, los elementos tácticos más habituales para su realización.

En 1823, el presidente James Monroe lanza la doctrina que llevaría su nombre en el curso de un mensaje al Congreso. El derrumbe del Imperio Español, la emancipación de las colonias en Sudamérica, había despertado las ambiciones inglesas. A continuación, EEUU intervino militarmente en 1824 en Puerto Rico, en 1845 y 1847 en México, en 1857 en Nicaragua, en 1860 en la provincia de Panamá y nuevamente en Nicaragua. La situación era tan alarmante que en 1847, Chile, Bolivia, Ecuador, Colombia y Perú se reunieron en Lima alarmados por este intervencionismo. Al año siguiente, estalló la guerra contra México. Pero no fue sino hasta la conclusión de la guerra de secesión norteamericana que los EEUU tomaron conciencia de su inmensa poder.

En 1880, cuando la «conquista del Oeste» ya había concluido, el presidente Ulises Grant no ocultó su proyecto de controlar la totalidad del continente: fue la política del big stick (palo grande) que llevó a las intervenciones militares directas, a la anexión de nuevos territorios o a la formación de «protectorados». El 15 de febrero de 1898 el acorazado estadounidense US Maine explotó en La Habana, pretexto que el presidente William McKinley utilizó para declarar la guerra a España. La culminación de lo que Theodore Roosevelt llamó «espléndida pequeña guerra», fue la conquista de Puerto Rico. En el Tratado de París del 10 de diciembre de 1898, España renunció también a Cuba y a las Filipinas.

Cínicamente, en 1901, incorporó a su constitución la enmienda Platt, aprobada por el Senado estadounidense en 1901, en virtud de la cual Cuba debía aceptar el derecho de intervención de EEUU para «preservar la independencia cubana y mantener un gobierno que protegiera la vida, la propiedad y las libertades individuales». «Con el fin de cumplir con las condiciones requeridas por Estados Unidos para mantener la independencia de Cuba y proteger a su pueblo, así como para su propia defensa el gobierno de Cuba venderá o alquilará a Estados Unidos el territorio necesario para el establecimiento de depósitos de carbón o de estaciones navales en algunos puntos determinados». Algo más de un siglo después, la base de Guantánamo sigue siendo testimonio ignominioso de esta política. Cuba pasó de depender de España a depender de EEUU que intervino militarmente en la isla en 1906, 1912 y 1917, siendo hasta 1934 protectorado.

«En el hemisferio occidental, la adhesión de Estados Unidos a la doctrina Monroe puede obligarlo, en casos flagrantes donde se encuentre frente a determinada mala conducta o a determinada incapacidad, a ejercer, aunque se resistiera a hacerlo, un poder internacional de policía», tal era el corolario de la doctrina Monroe, enunciado en 1903 por Theodore Roosevelt. Con los mismos argumentos –el respeto a las «obligaciones internacionales» y «la justicia para con los extranjeros» (que enmascaraba intereses económicos e inversiones de EEUU), «aportar el progreso y la democracia a los pueblos atrasados», etc– los marines desembarcaron en México, Guatemala, Nicaragua, Colombia, Ecuador. En 1912, en un lapsus o quizás como muestra de la ebriedad que provoca el poder, el presidente Taft declaró: «Todo el hemisferio nos pertenecerá, como de hecho, ya nos pertenece moralmente, en virtud de la superioridad de nuestra raza», lo que traducido quería decir que la defensa de la soberanía nacional de territorios que entran dentro del campo de aplicación de la Doctrina Monroe o que, por algún motivo, obstaculizan la realización del Destino Manifiesto, se convierten en una rebelión contra la potencia elegida por Dios.

A partir de la primera concesión obtenida en Costa Rica en 1878, la United Fruit Company construyó un imperio bananero en la costa atlántica de América Central dotado con millones de hectáreas. La goodwill (buena voluntad) de EEUU (el Tío Sam, diseñado con sombrero de copa, chaleco de estrellas y pantalón confeccionado con las barras de la bandera de EEUU) no puede ponerse en duda, en tanto que pueblo aliado de Dios que interviene diplomática y militarmente, con autoridad propia, sin ningún control, en los asuntos internos de estas repúblicas, manifestando la voluntad divina que los guía, de la que la Doctrina Monroe y la teoría del Destino Manifiesto son su enunciado político. En Honduras, Estados Unidos interviene en cuatro ocasiones (1903, 1905, 1919 y 1924) para «restablecer el orden» (entendiendo por tal, la defensa de los intereses de la United Fruit y de las compañías forestales y mineras de EEUU). En 1915, le toca a Haití; una fuerza al mando del almirante William B. Caperton, desembarca en Puerto Príncipe e impone una administración norteamericana. Lo mismo había ocurrido ocho antes en la vecina República Dominicana. Esta política del big stick, tiránica e intervencionista, se prolongará con el mismo cinismo hasta 1934 cuando Franklin D. Roosevelt la reemplazará por la del good neighbourhood (buena vecindad) en lo constituía solamente un cambio semántico.

En los cuatro años siguientes, la Conferencia para el Mantenimiento de la Paz (1936) y la VIII Conferencia de los Estados Americanos (1938) reconocerán la soberanía de cada país del hemisferio Sur: Asegurado el dominio económico ¿para qué comprometerse a más? El pensamiento de la clase dirigente norteamericana, aspiraba en ese momento a una proyección, no sólo hemisférica, sino mundial.

Como hemos dicho, la rivalidad con Inglaterra para controlar los mercados asiáticos y el desenlace final de la guerra civil, hizo que los EEUU buscaran bases en el camino hacia el lejano Oriente. En 1893 reclamaron las Islas Hawaii. El almirante Belknap lo justificó con estas palabras: «Parecería que la naturaleza creó ese grupo de islas para que fuese ocupado como puesto avanzado, por así decirlo, de la Gran República». Y el congresista Henry expresó en la misma línea: «Las queremos porque se hallan más cerca de nuestro territorio que de cualquier otra nación». Reclamaron el archipiélago de Hawaii y lo obtuvieron. Una vez allí, miraron a Filipinas. El ex secretario Denby explicó: «Estamos extendiendo las manos para tomar lo que la naturaleza nos ha destinado». El problema era que Filipinas no tenía ninguna relación de contigüidad con el territorio de los EEUU. No era problema, el senador Beveridge añadió: «¡Nuestra Armada las hará contiguas!». Y de Filipinas a la masa continental China. El propio Beveridge añadió: «las islas Filipinas son nuestra puerta de acceso a China». Antes, el comodoro Perry había forzado la puerta de Japón.

En 1902, Woodrow Wilson intentaba justificar este impulso expansionista aludiendo de nuevo a la doctrina del Destino Manifiesto: «Esta poderosa presión ejercida por un pueblo que se desplaza constantemente hacia nuevas fronteras, en busca de nuevos territorios, de mayor poder, de la total libertad de un mundo virgen, ha gobernado nuestro curso y como un Destino ha plasmado nuestra política». La realidad era mucho más prosaica: los EEUU, tras haber enlazado los dos océanos mediante ferrocarril y a través de la construcción del Canal de Panamá, después de haber agotado las posibilidades de expansión en el territorio americano, buscaron plasmar su mesianismo en el exterior. Las grandes crisis de la historia del siglo XX no son otra cosa más que el producto de los desajustes internacionales provocados por el expansionismo norteamericano. Fue así como el tiempo pasó.

El «dios» de Bush: religiosidad a la carta 

Pocos presidentes como Reagan y Bush han encarnado de una manera tan clara los valores de un Gran Despertar. Tiende a decirse que Bush es un accidente en la historia de los EEUU y que, solo la fatalidad, la acción de grupos de presión minoritarios que se convierten en mayoritarios a causa del alto absentismo electoral de la población y los extraños ataques terroristas del 11–S, han beneficiado su proyección nacional e internacional. No es así. Bush, lejos de ser un accidente en la historia americana, fue la encarnación de las fuerzas socio–político–religiosas que han creado los EEUU y que, por tercera vez se han manifestado con los cambios sociales que siguieron a los años sesenta. Antes que con Bush esas mismas fuerzas emergieron con Reagan, pero incluso en personajes tan distintos como Roosevelt, Carter, Lincoln o Washington, afloraban temporalmente con mayor o menor intensidad. En todos ellos, el mesianismo como destino histórico y misión de la nación americana, la simplicidad extrema y maniquea en los razonamientos y la existencia de un enemigo presentado inevitablemente como «eje del mal», ha hecho que la misma línea política emergiera una y otra vez. Si no hubiera sido con Bush habría reaparecido con cualquier otro.

Ahora bien, hay que reconocer a George W. Bush la importancia histórica de haber “descubierto” un enemigo. Si bien el mérito no le corresponde a él, sino a sus analistas de seguridad y, seguramente, a sus servicios especiales, lo cierto es que, desde 1990, la hiperpotencia americana se había quedado sin enemigo. La caída del comunismo le sumió en una profunda desorientación que los Fukuyama y Huntington intentaron disipar, pero que contribuyeron a enmarañar un poco más las dudas del stablishment norteamericano sobre quién era y dónde estaba su enemigo. Los providenciales ataques del 11–S sirvieron para crear ese enemigo fantasma y, de manera aleatoria, para consolidar la presidencia de Bush que se basaba en una usurpación oligárquica y plutocrática, más que en la aritmética electoral.

En varias ocasiones, incluso en conversaciones privadas con dirigentes de distintos países, Bush ha reconocido que de no haber tenido su revelación personal de Cristo, en este momento estaría tirado sobre la barra de cualquier bar de Texas. Bush era un «cristiano renacido» y compartía absolutamente todos los postulados de esta corriente que ya conocemos.

Si se prescinde de la naturaleza de estas creencias político–religiosas, se corre el riesgo de no entender absolutamente nada de la política exterior norteamericana. Ahora, con todo el bagaje que ya tenemos sobre los cristianos renacidos, comprendemos el por qué de la insistencia de invadir el territorio bíblico de Irak y la irracional y pertinaz persistencia en negarse a solucionar el conflicto árabe–israelí mediante el apoyo y el estímulo constante a las provocaciones de Ariel Sharon desde su irrupción en la explanada de las mezquitas (septiembre de 2000) hasta el asesinato por miembros del Mosad de un dirigente de Hamas radicado en Damasco, es decir, terrorismo puro y duro, al margen de cualquier interpretación del derecho internacional.

Lo que ocurrió fue que la América que ha heredado George W. Bush era un país en quiebra en todos los terrenos. La sociedad americana está sufriendo un proceso de fragilización que daba la razón al antropólogo Melvin Harris cuando en 1982 afirmó que EEUU está entrando en una guerra civil que será a la vez, racial y social y que, probablemente, siga al desplome de su economía a causa del desequilibrio en la balanza comercial. En 2003 aumentó la pobreza por segundo año consecutivo.

La tasa en el 2001 era de 11’7, al año siguiente pasaría al 12’1, esto es 34,6 millones de pobres con un aumento de 800.000 en apenas un año, a los que había que sumar 14 millones más en condiciones de extrema pobreza. El 16’7% eran niños pobres, esto es 12 millones, 400.000 más que en el 2001. Pero esto no había sido lo peor. Desde el inicio del milenio se fue afianzando la distancia que separaba a ricos de pobres: en 1985 una quinta parte de la población detentaba el 45% de la riqueza; en el 2001, habían acumulado ya el 55% de la riqueza. Solamente entre 1998 y 2001 la diferencia entre el 10% más rico y el 20% más pobre, hubo aumentado un 70% ¡en apenas tres años! Después de la crisis económica iniciada en 2007 estas distancias aumentaron todavía más

A pesar de ser un ex alcohólico, Bush y su administración han ido liquidando progresivamente programas sociales. En 2001, el propio Bush anuncio que la rehabilitación de alcohólicos y toxicómanos se realizaría, a partir de ese momento, no a través de programas de desintoxicación y reinserción social… ¡sino mediante la oración! Es previsible la catástrofe social que tendrá lugar en los próximos cinco años si se persiste en este insensato programa. La debilidad de la sociedad americana (la que detenta el mayor índice de analfabetismo real y estructural de todo el «primer mundo») se hará todavía más evidente y peligrosa. Al final del camino lo que espera a una política social de tal estilo es el desplome social. Pero hay más.

La sociedad americana, se ha dicho y repetido hasta la saciedad, es una sociedad extremadamente violenta. Doscientos millones de armas en manos de particulares generan una violencia inigualable en el espacio occidental e incluso en zonas degradadas del Tercer Mundo. El 2002 volvió a aumentar la violencia y los delitos cometidos: 11’8 millones, un 2’1% más que el año anterior. La cifra de asesinatos es insoportable: 15.980 al año, 44 al día. El número de violaciones es igualmente significativo por lo extrema: 90.491 violaciones al año en 2007, 245 al día. Y esto en un país que se jacta de tener un sistema que enfatiza el castigo penal del delito… pues bien, ni aún así.

En 2002 existían en EEUU, 2’1 millones de presos que representan una tasa desmesurada del 10 por 1000, diez veces más que en Europa. Ciertamente los afroamericanos que apenas representan el 13% de la población, aportan el 60% de los reclusos, dato a tener en cuenta. También en las tasas de pobreza los afroamericanos (después de 40 años de integración racial sin tregua) suponen el doble de la media nacional. Y en cuanto a la vigencia y generalización de la pena de muerte, tampoco ha supuesto un freno para el aumento de la delincuencia. La relajación e impreparación de los tribunales con jurado popular ha hecho que desde 1973 hasta 2003, un mínimo de 100 inocentes hayan sido ejecutados. El propio Bush firmó en Texas, cuando era gobernador, 152 ejecuciones. Y, sin embargo, ahí está sentado en el Despacho Oval de la Casa Blanca.

Está claro que EEUU está cambiando. Ya hemos visto que para que los dos Grades Despertares previos se han producido en situaciones de cambio acelerado. Ahora vuelve a aparecer uno de esos endiablados momentos de la historia en donde nada permanece por mucho tiempo sin mutar. El problema es si todas estas mutaciones van a ser «positivas» o «negativas» y si van a hacer avanzar a los EEUU, como ocurrió con los dos Despertares anteriores, o bien estos cambios van a debilitar al país y provocar un desplome interior (tal como pensamos).

Hasta la llegada de Reagan al poder, los presidentes de los EEUU, más o menos, tenían a gala mostrar sus convicciones religiosas. A nadie se le escapa que Clinton tenía muy poco de religioso y no lo habría demostrado de no haber sido por el caso Levinsky. Todos los presidentes de los EEUU, son sinceramente creyentes o simulan tener creencias religiosas. Habitualmente quienes si tenían tales criterios eran los ciudadanos de base. En contrapartida, la tensión religiosa estaba muy atenuada en la cúpula del stablishment, limitándose a ser una especie de atrezzo emotivo y sentimental en los discursos. Pero en las elecciones del 2000 todo esto cambia. Bush llega acompañado por una corte de intelectuales procedentes de la extrema–derecha conservadora ligada a los medios religiosos fundamentalistas y a los seguidores del filósofo y politólogo Leo Strauss. Estos núcleos confluyeron con otros grupos de presión tradicionales en la política norteamericana: el complejo militar–industrial, los petroleros y el lobby judío.

Mary Kaldor en su artículo Irak: una guerra sin igual (El País, 2 de abril, 2003)  indicaba que  «la Administración de EEUU ha sido secuestrada por un grupo de ideólogos mesiánicos, que creen que pueden organizar el mundo según los intereses norteamericanos. Esta gente se compone de cuatro grupos que se solapan: individuos que participaron en la Administración Reagan y que sienten nostalgia de la lucha maniquea entre buenos y malos; representantes del complejo militar–industrial que saldrán beneficiados de la guerra y que han adoptado la fe en el poder militar; fundamentalistas cristianos de derechas; y defensores a ultranza de Israel». El historiador Gabriel Jackson, a quien ya hemos citado, reconocía en su artículo «La religión en la cruzada de Bush contra Irak» (El País, 24 de marzo de 2003)  «la importancia de la cristiandad bíblica como factor más destacable de la opinión pública en los EEUU». No es que Bush careciera de ideas, es que tenía «malas ideas»…

La «ideología» política de Bush, como la de Reagan ayer, puede definirse en terminología europea como «reaccionaria». Intentaron seguir el camino marcado por Bill Graham y Jerry Falwell, inmediatamente después de los atentados del 11–S: revalidar la alianza entre Dios y su pueblo (EEUU) para que éste sitúe a los EEUU en el lugar que se merece como faro de las naciones. Volvemos a la doctrina del «destino manifiesto». Para ello, no es raro que el programa «social» que Bush propuso a la nación americana coincidiera en todo con el redactado por la Coalición Cristiana de Falwell: retorno de la religión a la escuela, protección a la familia, lucha contra el divorcio, el aborto, el feminismo y la homosexualidad. El gobierno Bush, evidentemente, no está formado «sólo» por fanáticos religiosos, pero estos si figuran entre sus rostros más conocidos. La revista El Viejo Topo recuerda que «La consejera de Seguridad Nacional, Condoleeza Rice, es hija de un predicador, el jefe de personal, A. Card, está casado con una ministra metodista, el secretario de Comercio, Don Evans, fue quien puso en contacto a Bush con la Biblia,  el fiscal general, John Ashcroft, pertenece a un grupo extremista cristiano, lo mismo que el asesor Karl Rove. Un teólogo, Mike Gerson, escribe los discursos de Bush». Y el propio Bush fue ganado por los «cristianos renacidos» tras su experiencia con el alcohol y la cocaína.

En realidad, George W. Bush no hizo otra cosa que exasperar la doctrina Reagan, volverla más agresiva y directa y realizar «simulacros teatrales» de lo que Emmanuel Todd llamó la «estrategia del borracho»: dar miedo, fanfarroneando ante actores muy secundarios frente a los cuales la victoria está asegurada (el régimen talibán, el Irak de Saddam, el gobierno coreano o castrista…). Diferente era la actitud de Reagan frente a la Unión Soviética que, efectivamente, tenía un potencial destructivo equiparable al de EEUU, un poder del que no disponen ni por asomo en los «estados fallidos» (Estados que han fracasado en su intención de organizar a la sociedad de una nación y han caído en manos de redes terroristas o de delincuentes) y «estados terroristas» (Estados controlados directamente por terroristas y que fomentan el terrorismo), integrados en el «eje del mal» tal como fue definido por Bush. Reagan hablaba del «Imperio del Mal» (el mundo comunista), Bush altera poco este concepto. El Viejo Topo terminaba su artículo explicando: «De la doctrina del eje del mal, con el cual no se negocia, derivan los rasgos característicos del equipo de la Casa Blanca: es dogmático en lo económico (ultraliberal) y en lo religioso (ultracristiano), inflexible con los enemigos, duro con los aliados si no son incondicionales (el odio a los tibios prescrito en la Biblia), prima la fuerza militar sobre la diplomacia (que cumple el secundario papel de arreglar los destrozos, no de evitarlos) y subordina la legalidad internacional a la estrategia nacional (sirve si es útil al proyecto de reforma moral y de expansión económica de la Casa Blanca; si no, es legal lo que lo favorece al Gobierno de EEUU). Inspirándose en la Biblia, la Casa Blanca reordena el mundo, dicta las nuevas prioridades, las nuevas normas, las nuevas jerarquías y las nuevas alianzas. Así parece que Dios es el artífice del nuevo orden mundial y que el Gobierno norteamericano es un simple instrumento de su voluntad». Con Obama no ha variado mucho estos planteamientos, tan solo han atenuado su carga fundamentalista, pero no sus contenidos, ni sus políticas.

Esta doctrina extraña y anómala, enloquecida, es una constante de la política norteamericana desde el período de los «Padres Fundadores».

(c) Ernesto Milá - info|krisis - ernesto.mila.rodri@gmail.co - Prohibida la reproducción e este texto sin indicr origen.

Notas sobre EEUU (I de II)

Notas sobre EEUU (I de II)

El americanismo: los tres grandes despertares religiosos

Se ha dado en llamar “despertares espirituales” a las distintas oleadas de renovación en materia de religiosidad (o seudo-religiosidad) producidas en los EEUU durante los últimos 250 años. A pesar de tratarse de un fenómeno local, estos “despertares” han tenido repercusión en el resto del mundo, en particular, el último, el llamado “Tercer Gran Despertar Espiritual”.

Este “despertar” se inicio a mediados de los años sesenta del siglo XX nacieron y alcanzaron una creciente influencia en EEUU, nuevos movimientos religiosos. Casi todos ellos, hunden sus raíces en movimientos anteriormente existentes, pero, la novedad es que irrumpen con una fuerza inusitada que antes no tenían. Siempre, desde finales del siglo XIX, habían existido movimientos religiosos, más o menos, exóticos, pero solamente a partir de los años sesenta del siglo XX alcanzaron un carácter masivo, se situaron más cerca de las esferas de poder y lograron implantarse a nivel planetario. Siempre, así mismo, han existido movimientos evangélicos cristianos, pero hasta las dos últimas décadas del siglo XX, no influyeron decisivamente en la política y en la vida social americana.

Algo está pasando en América que no somos capaces de percibir en su totalidad; algo que nos salpicará a todos; mejor dicho, que nos está salpicando ya. Estamos perdidos en pleno bosque y la vegetación nos impide tener perspectiva del paisaje global, pero lo cierto es que se está produciendo una renovación religiosa que, partiendo de EEUU, tiende a crear un “nuevo orden religioso mundial”. Es, seguramente, un efecto de la globalización, pero es, también, algo más que eso. Vale la pena recordar la importancia de estos tres “grandes despertares espirituales”.

El Primer y el Segundo Gran Despertar Espiritual Norteamericano

Gottlieb Mittelberger, un observador alemán que recaló en las colonias de nueva Inglaterra, expresó con claridad la situación en 1754; recordó que en Filadelfia existían 12 iglesias, pero también 14 destilerías de ron… En esa época bullía lo que se ha dado en llamar «Primer Gran Despertar» que, que finalmente, cristalizó de la mano de George Whitefield, un predicador carismático, llamado el «Gran Itinerante». No le costaba reunir a 10.000 fieles reclutados entre los baptistas y la periferia más extrema del puritanismo, lo que nos indica que a mediados del siglo XVIII, las excentricidades religiosas ya recogían el fervor de un sector mayoritario de la sociedad americana. Whitefield realizó en 30 años, siete giras continentales y su actividad hizo crecer la influencia del puritanismo más extremo y excéntrico. Otros siguieron su obra dentro del marco del Primer Gran Despertar.

Se trató, ciertamente, de un «despertar espiritual», pero que tuvo orientaciones muy diferentes. De un lado, es innegable que tuvo una componente «iluminista». Tampoco en este terreno nada ha cambiado en la modernidad con respecto a la tradición religiosa de los EEUU. El iluminismo cree en la posibilidad de una brusca comprensión de la verdad, mediante un diálogo directo con Dios. En este diálogo el síntoma más significativo es la caída de un velo y la percepción intuitiva de una nueva realidad. Uno de sus predicadores, Samuel Jhonson lo había expresado magistralmente cuando definió lo que sintió al leer una obra de Francis Bacon: «me había sentido como aquel que emerge de las sombras y se encuentra de pronto con la luz de un día soleado». Este tipo de experiencias eran consideradas como «liberadoras» y, no hay absolutamente nada que separe esta visión de la que mantienen los «cristianos renacidos» en los EEUU desde los últimos años del siglo XX.

Pero lo importante es recordar también la otra tendencia del Primer Gran Despertar. Samuel Jhonson fue, así mismo, primer presidente del King’s Collage. Otro predicador puritano y congregacionista, Eleazar Wheelock fue, también, fundador de una escuela para niños indígenas que luego se convirtió en la Facultad de Dartmount especializada en estudios de los clásicos. Esta segunda tendencia del Primer Gran Despertar tuvo una repercusión particular en el terreno formativo y educativo y repercutió en el contenido mismo de las enseñanzas. Además, a partir de 1785, los anglicanos de Boston adoptaron una teología no trinitaria y se convirtieron en la primera «iglesia unitaria» de Norteamérica. A partir de ese momento, aparece un nuevo tipo de confesión religiosa que ya no tiene absolutamente nada que ver con las europeas.

El resultado de este Primer Gran Despertar, previo a la lucha por la independencia de las colonias y que allanó el camino hacia este proceso, fue la constitución de una nueva forma religiosa basada en cinco puntos:

1) énfasis en la predicación,

2) ausencia casi completa de clero,

3) liturgia reducida a la mínima expresión,

4) aumento del valor de la experiencia individual y

5) moralismo como eje central aplicado a la vida cotidiana y a la enseñanza.

El logro fundamental fue que el Primer Gran Despertar dio una identidad común a todos los núcleos de población dispersos por la Costa Este. Hasta entonces, cada comunidad parecía aislada de las demás y tenía inevitablemente a una secta religiosa como corriente mayoritaria. Cada colonia era un mundo aparte y estaba vinculado con el exterior sólo a través de Londres. Con la aparición del Primer Gran Despertar, se forma una conciencia colectiva, se establece un denominador común, autónomo y autosuficiente de la metrópoli. Es significativo que, en realidad, Whitefield, predicador itinerante recorriera todas las colonias de forma incansable. Cuando murió, fue el primer norteamericano recordado tanto en Georgia como New Hampshire. Whitefield fue la primera figura pública «norteamericana». Gracias al Primer Gran Despertar y a sus predicadores las colonias comprendieron lo que tenían en común.

Como hemos visto, el Primer Gran Despertar espiritual norteamericano daría lugar al movimiento que cristalizó en la independencia nacional. A partir de ese momento, se  inicia un período de rápido desarrollo económico, afluencia masiva de inmigrantes europeos que huían de las guerras napoleónicas y de los destrozos de la Revolución Francesa, y un espectacular crecimiento demográfico que hacía necesaria la producción de bienes en cadena. Mientras todo este proceso socio-económico se activaba, los valores de Norteamérica, especialmente religiosos, seguían vivos. Pero a partir de 1790, cuando la lucha por la independencia empezaba a quedar lejos, apareció una nueva forma de religiosidad que ha dado en llamarse «Segundo Gran Despertar». Todavía harían falta 200 años más para que se generase el «Tercero», que prosigue todavía en nuestros días.

Ya ese Segundo Despertar tuvo como instigadores a predicadores itinerantes que organizaban grandes asambleas públicas generando histeria colectiva y crisis liberadoras para muchos asistentes. El movimiento irradió a partir del Estado de Kentucky. Los predicadores excitaban hasta el frenesí a los asistentes situándolos en una especie de trance profundo e innegable. En el punto culminante, algunos de los asistentes caían al suelo con un grito penetrante, se convulsionaban, mováin la cabeza de un lado a otro vertiginosamente y luego parecían como muertos. Algunos caían en una risa espontánea e irrefrenable pero, en absoluto, contagiosa; en otros se producían extraños fenómenos paranormales, el sujeto, tras danzar, parecía estar ausente con una sonrisa beatífica en el rostro. Los había que «huían por miedo» según un testigo, y otros cantaban «con el cuerpo», sin que el sonido surgiera de sus labios. Puede parecer algo extraño, e incluso alguien sospechará que las descripciones están falseadas, pero, en realidad, nada de lo dicho es diferente de lo que ocurre, aquí y ahora, en las asambleas de los «cristianos renacidos», ni en sus principios, ni en su fenomenología.

Este movimiento, que alcanzó a prácticamente toda la sociedad norteamericana, generó las grandes organizaciones religiosas específicamente norteamericanas en los años siguientes: cuáqueros, mormones, e incluso al movimiento dietista del doctor Kellogg, ya en la segunda mitad del siglo. El Segundo Gran Despertar duró casi 75 años y condujo directamente a la Guerra de Secesión.

En buena medida, el desencadenante emotivo de la guerra fue la novela de Harriet Beecher Stowe La Cabaña del Tío Tom. El libro presentaba una situación de inhumanidad con la que eran tratados los esclavos que no se correspondía absolutamente en nada a la realidad. De hecho, la Beecher jamás había viajado al Sur y los suplicios y crueldades a los que eran sometidos los negros, salió de su imaginación. Se trataba de una fanática presbiteriana que creía que el espíritu del Segundo Gran Despertar era imprescindible para la formación de la conciencia nacional americana. Pensaba que la sociedad de su tiempo vivía una fuerte corriente materialista que sólo podía ser contrarrestada mediante la práctica religiosa intensiva y enérgica. Religión, política y cultura debían caminar al mismo paso y ser hijas de la misma matriz, sostenía la Beecher. La única forma, para ella, de alcanzar esa meta era realizando un esfuerzo mesiánico que tensara las cuerdas de la sociedad americana y le diera un nuevo impulso. Ese esfuerzo era la conquista del Oeste (había dicho «está claro que el destino religioso y político de la nación habrá de decidirse en el oeste») y el «evangelismo» como medio para unir a los hombres y mujeres de la frontera en un mismo ideal. Lo que entendía por «evangelismo» era exactamente el mismo concepto que hoy tenemos de «fundamentalismo cristiano». Y si era preciso movilizar conciencias contra el Sur en nombre de la lucha contra la esclavitud, no iba a reparar en los costes y en el dolor de esa iniciativa: simplemente, para ella, era necesaria por el bien de Norteamérica.

En aquel momento, las dos confesiones más arraigadas eran los metodistas, confesión más extendida en 1844, seguidos por los baptistas en el sur. Entonces aparecieron los movimientos escatológicos y milenaristas que hoy, nuevamente, han recuperado la iniciativa con los «cristianos renacidos».

En 1818, William Millar, un baptista del sur, estudió detenidamente los textos bíblicos y concluyó que el mundo terminaría en 1844. Reclutó a miles de seguidores. Llegada la fecha, nada ocurrió. Para la mayoría de sus fieles se produjo la «gran decepción», pero no así para un grupo de ellos instalados en Battle Creek que pasaron a llamarse Adventistas del Séptimo Día. Desde allí irradiaron a todo el mundo, hasta nuestros días, y se convirtieron en el centro de un imperio vegetariano desde que el doctor John  H. Kellogg se hizo cargo del lugar. Kellog basaba su teoría nutricionista en el desayuno con cereales. Parece banal, pero insertaba su estudio en las raíces culturales norteamericanas. La popularización de los cereales estaba, para Kellog, cargada de virtudes morales. Su mentora, Ellen Harmon, había tenido de adolescente un éxtasis místico en la que «vio» la santidad de los alimentos del desayuno. Gracias a los copos de maíz, los Padres Peregrinos habían salvado la vida; nada como el maíz era más norteamericano. De hecho, lo cultivaban los indios, pero, inicialmente, era inexistente en Europa. El maíz era un regalo de Dios y no podía ser un azar el que se lo hubieran encontrado los colonos. A partir de este principio visionario, el doctor Kellog utilizó todo su saber y sus artes de business management, para justificar y promocionar el consumo de copos de maíz. Si los movimientos religiosos del Segundo Gran Despertar, volvieron a emerger en los años 80, en forma de «cristianos renacidos», el movimiento de Kellogg se reencarnó en los distintos sectores de la New Age.

De aquel Segundo Gran Despertar surgieron, igualmente, los mormones. Fue mucho lo que aportaron a la conciencia nacional americana. De hecho, Joseph Smith lo que hizo fue proporcionar a América «raíces históricas profundas». Lo de menos era que se trataba de pura invención, lo importante es que, Norteamérica, a partir de Smith era, como mínimo tan «antigua» como la Vieja Europa. En 1827 «un ángel», Moroni, había revelado a Smith el emplazamiento de unas planchas de metal en las que estaba escrito la historia de una de las tribus perdidas de Israel. Gracias a unas piedras, Urim y Thurim, y a la colaboración de otro ángel, logró traducir el texto que, editado con el nombre de Libro de Mormon, describe la historia de un pueblo precolombino procedente de la torre de Babel, que cruzó el Atlántico -¡en barcazas!- y logró sobrevivir en el nuevo mundo. Así que «América» procedía, no de la oleada de navegantes y descubridores del siglo XV-XVI… sino del período incierto, pero, en cualquier caso, remoto, de la Torre de Babel. En el 384 de nuestra era, Moroni, hijo de Mormon, enterró las tablas que luego Joseph Smith «descubriría» y que, por cierto, nadie más que él logró ver. Esta locura colectiva logró asentarse y modelar el Estado de Utah hasta nuestros días, sin duda, hoy uno de los Estados más prósperos de los EEUU; allí la influencia mormona sigue siendo absoluta.

En el curso de este Segundo Gran Despertar norteamericano, aparecieron conceptos e ideas que venían de Europa en las valijas de los inmigrantes, pero que solamente en EEUU llegaron a convertirse en verdaderos movimientos de masas. Del místico sueco Emmanuel Swedemborg y de los 38 densos volúmenes de sus escritos, emanaron las sectas más exóticas. Así mismo, fueron extremadamente bien acogidos el mesmerismo y la homeopatía que encontraron en el territorio americano su tierra de promisión. El hijo directo del messmerismo, el espiritismo, fue un producto típicamente americano que irradió a partir 1847 generando fenómenos de histeria colectiva en los que los protagonistas, mediums, afirmaban ponerse en contacto con «entidades desencarnadas» (almas de los muertos). Robert Owen, hijo del famoso socialista utópico inglés, pronunció una conferencia sobre este tema en la Casa Blanca, ante el escepticismo de Lincoln y la adhesión entusiasta de su mujer. Ésta, tras el asesinato del presidente, recurrió a médiums y técnicas espiritistas para comunicarse con él. En 1870, los espiritistas tenían 11 millones de adeptos en EEUU.

El pragmatismo norteamericano y la tendencia al misticismo de pacotilla, dio como resultado una nueva formulación religiosa basada en la aplicación práctica y utilitaria de los principios religiosos. Lo que aportó el Segundo Gran Despertar, fue la conciencia de que «no hay problema, por grave que sea, que no tenga solución». Cualquier enfermedad, por terrible y destructora que sea, puede curarse mediante la fe. Es la «auto-ayuda» (¿les suena el término?) llevado a sus últimas consecuencias. Esta corriente tuvo en Mary Baker Eddy a su principal exponente. Aquejada de dolores terribles que ninguna medicina oficial lograba paliar, fue, finalmente, curada por un tal Quimby, que practicaba el mesmerismo, una forma de curación mediante una mezcla de imposición de manos e hipnosis. A partir de ahí, intuyó el origen mental de cualquier dolencia y creó su propio sistema de curación espiritual basado en el principio de que toda realidad está en la mente y cualquier otra cosa es pura ilusión, tal como, por lo demás, afirmaba Swedemborg.

Pero este Segundo Gran Despertar y sus procedimientos de «autoayuda» debían de tener todavía otro profeta, junto a Mary Baker, el doctor Kellog, Joseph Smith y los adventistas, etc., se trataba de Ralph Waldo Emerson cuyos libros y tratados sobre el carácter han inspirado a generaciones de buscadores de textos de «auto-ayuda». Emerson era un utopista que promovió una comunidad que terminó en bancarrota. De él quedan sus libros reutilizados en sucesivos tratados editados desde entonces (mediados del siglo XIX, hasta nuestros días). Y aún hubo más.

Los emigrantes alemanes, ciertamente influidos por los socialistas utópicos, crearon comunidades florecientes como la Harmony de Pensilvania. Eran pietistas y proponían la confesión auricular, pero eran hábiles trabajadores y hubieran logrado perpetuar sus comunidades de no ser por que rechazaban el matrimonio y la procreación. Evidentemente, tenían “fecha de caducidad” y, en apenas una generación, se extinguieron. Otra de estas comunidades, la de Oneida, realizó experimentos avanzados y «sicalípticos». Practicaban el amor libre, el «matrimonio complejo» (decidido comunitariamente) y, finalmente, educaban a sus hijos como en los kibbutz actuales.

Todo este enjambre de sectas y confesiones exóticas cristalizó en el gran hallazgo de América: el impulso dado al sistema educativo. Educación es, ayer y hoy, progreso. A mediados del siglo XIX, ya existía un denso tejido educativo, público y privado, en los EEUU. El Estado se había hecho cargo de sostener económicamente la educación de millones de niños y adolescentes. Las escuelas públicas no estaban controladas por ninguna secta religiosa, pero extendían valores religiosos: para ellos, religión y educación eran terrenos inseparables. Pragmáticos, como siempre, intentaron que, más que una forma de culto, la educación difundiera una forma de comportamiento y actitud social, que luego, los padres, en el hogar, podían o no fortalecer.

Decir que aquello era una balsa de aceite religiosa es completamente inexacto. Las tensiones dramática en materia espiritual existieron desde los comienzos de la nación americana. No hace falta aludir a la «caza de brujas» que tuvo lugar en Salem en el siglo XVIII y que evidenció hasta dónde podía llegar la histeria colectiva y lo mínimos que podían ser los desencadenantes. Thomas Merton quien intentó llevar a EEUU la costumbre pagana de la fiesta del «Palo de Mayo» se hizo acreedor de la persecución por motivos religiosos. A partir del primer cuarto del siglo XIX, empezaron a llegar de forma masiva inmigrantes irlandeses, esto es, católicos, que encajaron mal con este panorama religioso. En los veinticinco años que siguieron establecieron diócesis por todo el territorio de los EEUU y a partir de 1834 tuvieron que afrontar campañas anticlericaless procedentes de distintos sectores evangélicos y masónicos. Aparecieron panfletos difamatorios, especialmente contra los conventos. No faltaban, al igual que en la literatura anticatólica europea, elementos pornográficos que colocaban un punto de picante en el relato. Tuvieron inmenso éxito. En 1834, un convento de monjas ursulinas fue incendiado en Boston. No hubo tribunal capaz de condenar a los instigadores y, los propios jueces, estaban convencidos de que se asesinaba a niños ilegítimos en los inexistentes calabozos subterráneos del convento.

También apareció el temor a una «conspiración católica» destinada a conquistar el valle del Mississippi, dirigida por el Papa y el emperador austriaco. Escritores notables (Lyman Beecher o Samuel Morse) afirmaron que los emperadores europeos enviaban a América a sus súbditos para que se apoderaran del país. Era cierto que los inmigrantes católicos aceptaban salarios bajos y rompían el mercado de trabajo, pero era incuestionable que la riada migratoria no estaba inducida por ningún «centro oculto» de poder europeo. De todas formas, esta tendencia al «conspiracionismo» ha estado, a partir de entonces, implícita en un reducto de la población norteamericana que siempre ha integrado cualquier acontecimiento en su particular visión del mundo, por irracional que fuera. Aún hoy, en la América profunda, se cree que la ONU es una conspiración comunista destinada a esclavizar a América y quienes justifican este criterio no tienen dificultades en encontrar una amplia panoplia de argumentos paranoides…

Desde la autora de La Cabaña del Tío Tom hasta los conspiracionistas anticatólicos, pasando por los mentores del movimiento cuáquero, los mormones, los adventistas, los messmeristas, espiritistas, nutricionistas, etc., lo que se había creado era una propia «religión nacional» que influía decisivamente en la vida norteamericana y en la formación de la mentalidad y el carácter a través del sistema educativo público. Ciertamente, esta religión era indefinida, carecía de un culto único e incluso sus enfoques eran radicalmente distintos… pero coincidían en su rechazo a la esclavitud. Sin embargo, la esclavitud era tan antigua en Norteamérica como el gobierno representativo. Efectivamente, había aparecido en 1619 cuando un navío holandés llevó a los primeros esclavos al territorio de las colonias de Nueva Inglaterra.

Progresivamente, a lo largo del segundo tercio del siglo XIX, pudo comprobarse que el esclavismo y el espíritu religioso eran altamente incompatibles y terminaron desembocando en la guerra civil. No en vano Paul Jhonson dice en su Historia de los EEUU: «el Segundo Gran Despertar, con su aguda intensificación de la pasión religiosa, significará la sentencia de muerte de la esclavitud, del mismo modo que el Primer Despertar había firmado la sentencia de muerte del colonialismo británico».

Una vez terminada la guerra civil, América irradiará poderosamente, primero en Centroamérica (guerra contra México e intervención en distintos países centroamericanos), después en el Caribe y el Pacífico (guerra contra España), para luego proyectarse sobre Europa (con las dos guerras mundiales), sobre el sudeste asiático (frustrada intervención en la Península Indochina) y más tarde sobre Oriente Medio y Asia Central (directamente o a través de la alianza privilegiada que EEUU mantiene con el Estado de Israel). Es indudable que esta expansión tiene una motivación fundamentalmente geopolítica y económica, pero el gran hallazgo de Norteamérica ha sido justificarla, no en función de las ambiciones territoriales o la intención manifiesta de depredación económica, sino por argumentos éticos y morales. En la etapa actual correspondió a los “cristianos renacidos” aportar las argumentaciones intervencionistas a la opinión pública.

Los “cristianos renacidos”

El historiador Gabriel Jackson escribía: «El factor más importante en la opinión pública estadounidense, que no es apreciado lo bastante ni por los liberales seglares estadounidenses ni por el mundo europeo en general, es la importancia de la cristiandad bíblica. Me quedé asustado recientemente al leer una encuesta Gallup que afirmaba que el 68% de las personas encuestadas creía en el diablo, que el 48% creía en el «Creacionismo», la creación directa del universo entero por Dios tal como se describe en el libro del Génesis, más que en la evolución darwiniana, y que el 46% se consideraban cristianos renacidos». Jackson, sin duda, se sentiría más asustado si supiera que en 2003, el 90% de los norteamericanos creían en Dios el 82% en la vida eterna, el 60% asistía algún tipo de oficio dominical y otro 60% rezaba cada día. De las 15.000 confesiones religiosas que conviven en los EEUU, el 60% son protestantes, el 25% católicos, los judíos son seis millones y los musulmanes tres. Estas cifras no tendrían nada de sorprendente y serían un rasgo específicamente americano, especialmente por el seguimiento de las sectas nacidas en aquel territorio (amish, mormones, cuáqueros, apostólicos, angloisraelitas, dunkers, etc.), sino fuera porque una parte muy importante sostiene posturas extremistas, fundamentalistas, con actitudes en algunos casos próximas al terrorismo.

El caso de Randall Terry, fundador del violento grupo terrorista anti–abortista denominado «Operation Rescue» es significativo. Su “campaña por la vida” no se limita a realizar campaña contra el aborto e intentar la aprobación de iniciativas que limiten esta práctica. Randall Ferry entra perfectamente dentro de lo que podemos llamar en rigor, terrorismo: «Ustedes los abortistas mejor que corran, porque los vamos a encontrar y los vamos a ejecutar. Hablo muy en serio. Parte de mi misión es el enjuiciamiento y la ejecución de ustedes. Yo soy un Reconstruccionista Cristiano. Yo creo que la Iglesia debe gobernar este país. A los que dicen que debemos separar a la Iglesia del Estado yo le digo que la Biblia Cristiana es el centro de la civilización». Por su parte, Clayton Lee Wagner, miembro de un grupo similar, se explica en términos parecidos: «Dios me ha llamado a hacer la guerra contra sus enemigos....y no le importa a Dios o a mi si eres una enfermera, una recepcionista, un contador o barrendero... Si trabajas para un abortista yo te voy a matar».

Podría decirse que tanto Ferry como Wagner son marginales dentro de la sociedad americana. Sin embargo Jerry Falwell, no era un marginal, sino el predicador más significativo del conservadurismo religioso norteamericano, encargado de celebrar la ceremonia fúnebre el 13–S tras los atentados contra el WTC. Fue allí donde dijo, textualmente: «Yo realmente creo que los paganos, los abortistas, las feministas, los homosexuales, las lesbianas, los derechos civiles (ACLU) y People For The American Way, todos ellos tienen la culpa de que Dios haya permitido que esto haya pasado [los atentados del 11-S]. Yo apunto mi dedo acusador en sus caras y se lo digo». Falwell organizó en los años 80 la «Mayoría Moral», uno de los grupos que apoyaron decisivamente la elección de Reagan como Presidente. La idea de Falwell y de la «Mayoría Moral» es que los EEUU están en crisis por que han dado la espalda a los valores originarios de la nación, aquellos que sellaron la alianza entre Dios y su pueblo –los EEUU, por supuesto–; las desgracias que los EEUU sufrieron el 11–S son, para él, producto de ese alejamiento, de la misma forma que los percances del Israel bíblico se debieron al mismo motivo y a la ruptura de la «Alianza».

Para entender la situación actual de la nueva derecha religiosa, es preciso viajar hasta principios del siglo XX, cuando ya se había agotado completamente el impulso del Segundo Gran Despertar y empezaba a cobrar forma en medios religiosos la sensación de que la tensión espiritual en los EEUU se estaba debilitando. Fue entonces, cuando Lyman Steward y un grupo de teólogos protestantes de Princeton, publicaron una colección de doce folletos titulado Fundamentalism: a testimony of the truth. La palabra «fundamentalismo» deriva de este grupo que proponía un estilo de vida rigorista y dictado por las páginas de la Biblia. En los tiempos en los que el progreso generaba problemas de identificación para los cristianos, los «fundamentalismos» presentaban la vida austera y la observación de los preceptos bíblicos como la forma más adecuada para afrontar la modernidad.

Políticamente, este grupo se convirtió en un ala del Partido Republicano. En aquel momento emprendieron una lucha extremadamente dura contra los darvinistas en nombre del «creacionismo». Su aceptación del texto bíblico, no solamente en su sentido moral, alegórico o simbólico, sino también en su interpretación de la génesis del ser humano –«Y Dios creó al hombre»– les llevó necesariamente a rechazar las nuevas corrientes del pensamiento científico.

Cuando crecieron, dieron vida a diversos grupos militantes: primero la Liga de América y luego Cruzada anticomunista. Estos grupos estaban perfectamente adaptados al marco del anticomunismo generado a partir del Golpe de Praga en 1948, pero siempre fueron a la zaga de organizaciones mejor dotadas desde el punto de vista doctrinal, como la John Birch Society. A partir de los años 60, estos grupos fundamentalistas cristianos empezaron a parecer inadecuados para una sociedad que había descubierto la píldora, la minifalda, la liberación sexual, el rock y el movimiento hippy. A medida que se avanzó en la década de los 60, los grupos fundamentalistas, fueron perdiendo influencia y, por eso mismo, radicalizándose aún más. Ya no eran solo enemigos de los comunistas, sino de lo que ellos llamaban «criptocomunismo» que, en buena medida, correspondía a sectores que nada tenían que ver con el Partido Comunista ni con ninguna de las agrupaciones marxistas organizadas. Esta radicalización no contribuyó a aumentar su influencia. Aquellos años fueron de un crecimiento económico espectacular y, difícilmente, podría exigirse austeridad y rigorismo a una población que estaba degustando a placer las mieles del consumo y de una prosperidad económica innegable. No era un buen momento para ningún dios.

Sin embargo, tal como Marvin Harris explica en su libro La cultura norteamericana contemporánea: «En los años sesenta, los teólogos se preguntaban sin esperanza si Dios había muerto. En los setenta, había multitud de personas en los Estados Unidos que afirmaban hacer constatado con sus propios ojos que Dios está vivo o que ellos mismos eran dioses vivientes». La crisis de las organizaciones fundamentalistas no indicaba el eclipse del espíritu religioso norteamericano a principios de los años 70, simplemente, éste había derivado hacia otros derroteros. Los Niños de Dios irrumpieron en California en 1968; cuatro años antes, junto al movimiento hippy podían verse los primeros Hare Khrisna. El movimiento del cientología, formado por Ron Hubbard en los años 50, no logró hasta finales de los sesenta adquirir cierta relevancia. Otro tanto le ocurrió a la Iglesia de la Unificación del reverendo Moon, constituida en 1959, pero que no logró irradiar hasta doce años después. Otro tanto ocurrió con toda la serie de gurús orientales llegados a California a principios de los setenta que impregnaron el movimiento de la contracultura. También en esa época se publicó el primer libro de Carlos Castaneda sobre las presuntas enseñanzas de un chamán indio.

Todas las grandes religiones (y los “despertares” propios de EEUU) se han producido en momentos de gran transformación social y económica. El Tercer Gran Despertar generado entre principios de los años setenta y los primeros años del siglo XXI, responden a estas características. Se buscan soluciones a problemas prácticas, soluciones que tienen que ver más con el pensamiento mágico que con el científico. Se utiliza la religión para conseguir dinero y fortuna. Ron Hubbard expresó magistralmente esta aspiración cuando dijo «El dinero es un símbolo. Representa el éxito cuando se posee y el fracaso cuando no se tiene, no importa quien haga propaganda en contra». No es raro que las nuevas confesiones religiosas de los años 70 propusieran a sus miembros una vida austera, pero no dudaran en pedirles que legaran sus bienes a la comunidad. Varias confesiones religiosas tienen pujantes negocios de venta piramidal, o bien explotan contratos comerciales en exclusiva y, todas, desde luego, utilizan a sus adeptos para mendigar, vender sus productos o realizar labores de proselitismo que atraigan más fondos para la organización. En esto que el 18 de noviembre de 1978 se produjo la tragedia del Templo del Pueblo en Guyana. El «reverendo» Jim Jones y 900 seguidores fueron encontrados muertos (asesinados o suicidados) en plena selva. Todos ellos (negros, ancianos, outsiders) se habían retirado a esta comuna como respuesta a la presión que sufrían del medio urbano estadounidense: los precios de los alojamientos crecían continuamente, lo mismo ocurría con la asistencia médica y la delincuencia era cada vez más mayor. Las ciudades eran progresivamente más hostiles para la gente mayor y, además, el racismo seguía latente en la sociedad. Prefirieron segregarse y seguir a Jones en su loca aventura.

El impacto del suceso fue tremendo, pero evidenció –junto con la irrupción fugaz del «Ejército Simbiótico de Liberación», un grupo de terroristas de carácter místico y alucinado– la importancia que habían tomado bruscamente las sectas en una sociedad en permanente transformación desde mediados de los años sesenta. Con el paso del tiempo –y especialmente a partir de la masacre de Guyana– todo este sector religioso–contracultural terminó por eclipsarse y solamente volvió a renacer, transformado en un movimiento terapéutico, cultural, esotérico y de autoayuda, la “New Age”.

Tanto los movimientos emanados de la contracultura, como las nuevas formas religiosas que aparecieron en los setenta y el movimiento de los newagers pueden ser considerados como partes constitutivas del Tercer Gran Despertar, pero faltaba la componente más popular y, sin duda, la que ha tenido más importancia: los movimientos cristianos evangélicos. Harris dice al respecto: «Los Yogis swamis, sris y Don Juanes afirman que pueden acostarse en camas de clavos, levitar y volar, pero la nueva raza de evangelistas puede hacer algo mucho más impresionante: emitir sus imágenes vía satélite y llegar a cualquier ciudad y pueblo de Norteamérica». Añade: «Los cristianos televisivos no tienen que abandonar casa, empleo, ni familia para participar en los poderes de curación y alivio de una comunión que se preocupa de ellos y los apoya. Todo lo que necesitan es enviar veinte dólares y enchufar el aparato. Los evangelistas les hablan directamente. Y si sienten la necesidad de mantener un diálogo, un equipo de voluntarios está preparado para recibir sus llamadas las 24 horas del día».

Fue así como el fundamentalismo cristiano que había languidecido a lo largo de toda la década de los 60 y solamente logró recuperarse a finales de los 70, emergió gracias al fenómeno de los telepredicadores. En ese momento irrumpió Jerry Falwell y su Mayoría Moral, pero también Bil Graham, Pat Robertson, Pat Buchanan y otros muchos. El primero de todos ellos, Rex Humbard, retransmitía sus oficios semanales desde la Catedral del Mañana, a través de 650 emisoras de televisión. Su organización, a finales de los setenta, recaudaba veinticinco millones de dólares al año. Por su parte, Jim Baker y su esposa Tammy, recaudaron cincuenta millones de dólares en 1980 para su organización Alabado sea el Señor, popularizada también a través de 200 emisoras de televisión. En esa época, Pat Robertson, ingresaba con su Club 700, 58 millones dólares al año y pudo gastar 20 millones en la sede central de su Red de Difusión Cristiana. Robert Schuller, predicador de California, creó su Catedral de Cristal, esperpéntica construcción formada por 10.250 espejos engarzados en acero. Cuando «vendía» su producto religioso, explicaba que podía «aliviar la impaciencia, ansiedad y frustración financiera que afligen a nuestra cultura y a nuestro pueblo». Y, finalmente Jerry Falwell, otro predicador que inició su trayectoria en los años cincuenta, pero que solo empezó a ser reconocido como líder de masas veinte años después, explicaba ante las cámaras de su programa La Hora del Evangelio de Siempre que «Cristo no ocupa el corazón de un hombre hasta que no tiene su cartera». A sus dos millones de contribuyentes solía decirles: «Pon a Jesús el primero en tu lista de gastos y permítele que te bendiga financieramente».

Los fieles daban dinero, pero ¿qué recibían a cambio? En los años setenta solamente curaciones a distancia y la fácil promesa de recibir el ciento por uno por sus donaciones. No siempre se cumplía, claro está, pero lo masivo de las audiencias hacía que entre los televidentes hubiera alguien afortunado que se veía beneficiado con alguna casualidad. Los telepredicadores aprendieron a explotar esta ventaja estadística. Siempre había alguien aquejado de sinusitis que bruscamente, viendo el programa piadoso por TV, se daba cuenta de que estaba curado. Llamaba a la emisora y el hecho, banal e intrascendente, era contabilizado como milagro. Era también frecuente que un exiguo porcentaje de necesitados, recibiera improvisadamente una herencia, le tocara la lotería o, simplemente, encontrara unos cuántos dólares. Cuando se tienen audiencias de 16–20 millones, cualquier fenómeno estadístico puede producirse. Robertson explicaba que cada año más de 20.000 espectadores llamaban afirmando haber sido curados milagrosamente de sus dolencias. Sobre 16 millones de telespectadores, estamos hablando de un porcentaje del 0’1%... que, sin duda, se debe a curaciones de dolencias inexistentes, curaciones casuales debidas a tratamientos médicos convencionales o curaciones de enfermedades psicosomáticas que sólo requerían un placebo para hacerse efectivas. Decididamente la Providencia no parece esforzarse mucho, a pesar de la abultada cifra de 20.000 «curaciones» anuales. Espectáculos mediáticos de este carácter se hicieron extremadamente populares en los últimos años setenta y principios de los ochenta. Pero los telepredicadores no estaban dispuestos a quedarse en el nivel de un mero circo mediático por lucrativo que fuera.

Utilizando un lenguaje mucho más agresivo y directo, se agruparon en lo que se llamó «nueva derecha cristiana» que aportó el elemento más dinámico a la elección de Ronald Reagan. En 1989 se fundaba la Coalición Cristiana y unos años antes, el mismo núcleo había dado vida a la Christian Broadcasting Network, una estación de TV especialmente dedicada al fundamentalismo religioso. El grupo decidió que el campo más adecuado para su acción de regeneración de la sociedad era la política. Como hemos dicho, participaron decisivamente en la elección y en la reelección de Reagan, pero en 1988, Pat Robertson se presentó a la nominación como presidente y cuatro años después lo intentó Buchanan. Ambos fracasaron en su empeño. Podían influir en la sociedad… pero no dirigirla directamente.

Cuando subió al poder Bill Clinton, el grupo pareció languidecer de nuevo, pero se trataba de un espejismo. De hecho, al producirse el episodio Levinsky, tras la Coalición Cristiana que desempeñó lo esencial de la agitación contra el Presidente, se encontraban Dick Chenney y Ronald Rumsfeld, mucho más diestros en el manejo de las campañas de alta política y cuyo fervor religioso brillaba por su ausencia. Con Bush, los fundamentalistas tocaron de nuevo poder e impusieron a la administración un programa que el propio presidente compartía sin fisuras. Todos partían de la vieja idea de que los EEUU son la nación elegida por Dios, el “nuevo pueblo elegido”, los “judíos de la modernidad”, ideas que les llevaban a una mezcla de mesianismo enfermizo y unilateralismo exasperado, teniendo como trasfondo en política interior una reacción brutal contra el laicismo. Su programa exigía el retorno de la religión a la escuela, la protección de la familia, la lucha contra el divorcio, el aborto, la homosexualidad y el feminismo. El 13–S, Bill Graham resumió esta ideología llamando al «arrepentimiento» de los norteamericanos, sus pecados habían causado el castigo de Dios –los ataques del 11–S– si querían prevenir nuevos atentados debían aceptar el reinado de Dios, el arrepentimiento de sus pecados colectivos y… la defensa del derecho del Estado de Israel a existir en las fronteras conquistadas durante la «Guerra de los Seis Días» en 1967.

Si el movimiento tuvo éxito fue por dos motivos esenciales: en primer lugar porque los telepredicadores supieron llegar a cada hogar a través del monitor de TV y convertir sus curaciones «milagrosas» en espectáculo mediático; en segundo lugar porque sus aparentes locuras respondían a los problemas no resueltos que se habían planteado en los EEUU y que resume Harris: «problemas no resueltos que plantea el consumismo disfuncional, la inflación, la inversión de los roles sexuales, el ocaso de la familia basada en el varón proveedor, la alienación laboral, la opresión del gobierno y las burocracias corporativas, el sentimiento de aislamiento y soledad, el miedo a la delincuencia y la perplejidad sobre la causa fundamental de que tantos cambios se produzcan a la vez».

En las elecciones presidenciales de 1980, se había hecho evidente la importancia sociológica de la «derecha cristiana» y, por tanto, del Tercer Gran Despertar. En el cuarto de siglo que siguió, en la medida en que los cambios no cesaron sino que siguieron produciéndose con mucha más celeridad, el fundamentalismo cristiano fue aumentando su influencia en la sociedad como movimiento político–espiritual, tal y como había ocurrido en los dos anteriores “despertares” (el que abrió el camino a la independencia y el que condujo a la guerra civil). En opinión de sus mentores, este Tercer Gran Despertar debía de abrir el camino para que el “destino manifiesto” de los EEUU llevara a la construcción de un imperio unipolar y a una sociedad universal globalizada “justa”. Pues bien, éste concepto de «destino manifiesto» merece ser observado con más detenimiento. 

(c) Ernesto Milá - info|krisis - ernesto.milarodri@gmail.com - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

El traspartido de la postcrisis

El traspartido de la postcrisis

Info|krisis.- El siguiente artículo fue publicado en la revista Identidad hacia el año 2009 con el seudónimo de "Rafael Pí". Básicamente sigo de acuerdo con el contenido del artículo. Creo que el problema no es crear un partido más, sino que ese partido tenga el valor de decir alto y claro que la formula-partido está muerta y enterrada y que la era de las redes no puede gestionarse como el pleistoceno de la democracia. Sigo pensando que es preciso plantear fórmlas alternativas y sigo pensando que la representación corporativa es el remedio a la brecha que han creado los partidos políticos con el "país real". 

En la era de las redes, los partidos políticos han muerto
El trans-partido e la post-crisis.
Más sociedad civil, menos partidocracia. 

Desde su nacimiento la revista IdentidaD ha evitado definirse como favorable a tal o cual partido. No solamente el deber de informar está por encima del de encarrilar, sino que esta redacción considera que el “modelo partido” está superado. Nuestro país precisa más sociedad civil y menos partidocracia. No vamos a ser nosotros quienes alimentemos el mercadillo de los partidos proponiendo alguna nueva opción. Es hora de pensar en el futuro, en lo que podemos llamar la pos-crisis, proponiendo un modelo alternativo a la fórmula partido, el tras-partido.

Que nadie se llame a engaño. La crisis económico-financiera, la crisis de la globalización, está resultando la más dura que hayan parecido jamás las sociedades modernas. Siendo, de momento, una crisis económico-financiera se está transformando en una crisis social y en pocos años se transformará en una crisis política. Todavía hoy las fuerzas que han gestado el actual “orden político-social” esperan que una corta duración de la crisis pueda evitar este proceso y que una remontada económica logre evitar el tránsito de crisis social a crisis política. Vanas ilusiones que se disiparán con discurrir del tiempo.

El fin de las ideologías

Los partidos políticos son estructuras inorgánicas que han intentado superponerse a la estructura orgánica de la sociedad. Si han podido triunfar es gracias a que ofrecían una “ideología”, conjunto de ideas críticas sobre un sistema existente y que proponen otros valores para gobernar el mundo. Lo esencial de una “ideología” era la elaboración de un sistema de valores y la definición de un modelo de sociedad. Durante 150 años, los partidos políticos tuvieron su razón de ser en las propuestas conservadoras, reformistas o revolucionarias que sostenían.

Todo esto funcionó bien durante un ciclo histórico, sin embargo, en la segunda mitad del siglo XX, los cambios en el mundo se sucedieron a una velocidad mucho mayor de lo que las ideologías estaban en condiciones de soportar. Entre 1965 (cuando empieza a gestarse la “nueva izquierda” y la caída del Muro de Berlín (1989), en apenas un cuarto de siglo, las ideologías se muestran como esquemas rígidos, de imposible evolución, que pronto pierden su preeminencia respecto al momento histórico.

En 1989, esta realidad se transforma en un deseo de crear un esquema ideológico nuevo: aparece, entonces, la doctrina del “fin de la historia” que se configurará como el nudo del pensamiento globalizador. Varios acontecimientos rebasan y arruinan pronto este esquema ideológico: el ascenso de nuevas potencias político-económicas (China, India, Brasil), la aparición de grandes tensiones geopolíticas (cenit y ocaso del poder americano, la tendencia a la constitución de bloques continentales, la UE, el mundo islámico, el bloque bolivariano, la reconstrucción de Rusia), la aparición de problemas energéticos y medioambientales irresolubles (fin de la era del petróleo barato y agotamiento del oro negro, cambio climático, agotamiento de fuentes alimentarias, escasez de agua) y, finalmente, la crisis económica iniciada en el verano 2007 (énfasis en la economía especulativa y arrinconamiento de la economía productiva). Que nadie se llame, pues, a engaño: la doctrina del “fin de la historia”, soporte ideológico de la globalización, no resistirá la primera crisis de la globalización que, acaso, se convierta también en la última.

No hay absolutamente ninguna “ideología” que haya estado en condiciones de reconstruir un esquema de interpretación sobre el origen de la crisis global actual, ni mucho menos un sistema de propuestas coherentes capaces de diseñar el mundo del futuro. Por ello, los partidos políticos han perdido completamente su razón de ser: ya no disponen de ideologías en condiciones de constituir su razón de ser, su elemento diferencial y la matriz de sus propuestas de futuro. De ahí que se hayan convertido en meros grupos de intereses personales.

Mientras las ideologías eran conjuntos “orgánicos” (estructuras coherentes y jerarquizadas de valores y propuestas) que se aplicaban sobre una sociedad, así mismo, “orgánica” (compuesta por grupos sociales articulados en torno a valores propios de cada uno e integrados en una pirámide jerárquica), los partidos tenían su razón de ser. Pero el “fin de las ideologías” y la imposibilidad de constituir nuevas síntesis dada la velocidad de los cambios, ha hecho que los partidos pierdan su razón de ser. Es cierto que también la sociedad se ha ido transformando en progresivamente inorgánica (desestructurada) y que en realidad hoy no existe más jerarquía que la del dinero (plutocracia). Sin embargo, en la base social siguen existiendo restos del antiguo sistema orgánico social (estructura familiar, comunidades nacionales, regionales, locales) imposibles de separar completamente de la naturaleza humana (caracterizada por instintos en base a los cuales se fundamenta el sistema orgánico “humano”: instinto territorial, instinto de agresividad, instinto de supervivencia de la especie) y, al mismo tiempo, van apareciendo estructuras orgánicas nuevas que responden a las características nuevas de nuestra época (especialmente en el terreno de las relaciones interpersonales). A estas últimas las llamamos “redes”.

La concepción del mundo como alternativa a la ideología

Vivimos una época de elaboración de nuevas síntesis que nadie puede prever cuánto tiempo va a durar. Los períodos de crisis y el tiempo que les sucede inmediatamente abren siempre ciclos de renovación y preparan el camino para nuevas formas de organización y pensamiento. Esto afectará decisivamente a las formas de representación democrática y, por supuesto, a la estructura misma del poder. El mundo del siglo XXI se está gobernando con principios nacidos a mediados del siglo XVIII, generando una contradicción flagrante entre unos principios que ya no responden a las necesidades actualmente planteadas.

No se trata de que las ideologías existentes hasta finales del siglo XX estén en crisis, sino que las ideologías en sí mismas, han muerto. La ideología se restringe al ámbito de lo individual: es el individuo el que optaba por asumir tal o cual ideología, según una reflexión propia e individualizada. Luego, la ley del número, las urnas, legitimaban a esa ideología para modelar a una sociedad, en la medida en que cada partido era el portavoz de un sistema ideológico. El individualismo propio de este esquema era superado, mediante el “partido”, y estaba en condiciones de dirigir la nación. Hoy, hundidas las ideologías, es solamente la ambición de unos “dirigentes” políticos y los mecanismos técnicos de promoción, marketing y publicidad los que, a través de una psicología pavloviana, basada en estímulos, otorgan mayorías, en absoluto proyectos políticos.

No podemos pensar hoy en generar, asumir, rescatar o adaptar ideologías del pasado. En tanto que esquemas antihistóricos, la vigencia de las ideologías pasa pronto y, a partir de ese momento, siempre se intenta encajar a martillazos la realidad con el esquema ideológico que se ha asumido. No es tiempo, pues, de ideologías, sino de “concepciones del mundo”.

A diferencia de la ideología, la “concepción del mundo” es un sistema de valores que arraigan en la mentalidad de una comunidad. Son los valores que caracterizan a un pueblo. Si éste mantiene su originalidad, ha evitado liberarse de contaminaciones y procesos de alienación, si ha mantenido una fidelidad mínima a los valores de sus antepasados, podremos decir que esa comunidad ha sido fiel a sus orígenes y ha restablecido el contacto con su “autenticidad” originaria. Un pueblo puede afrontar mejor su destino histórico si existe una continuidad entre sus valores originarios y los que desee aplicar en el futuro.

¿Cómo es posible que en plena postmodernidad nos atrevamos a hablar de los valores “originarios”? Es simple: hoy no existe más alternativa que la elección de valores “originarios” o valores “globalizados”. Afortunadamente, el mundo es demasiado grande, rico y complejo para poder reducir todos los valores a una imposible síntesis globalizada. El fracaso de la doctrina del fin de la historia que pretendía precisamente eso, exime de aportar más argumentos. Los pueblos no contaminados por ideologías exteriores, ni por visiones del mundo injertadas por otros, no sufren tensiones internas entre lo que “son” y su “ser originario”. La fidelidad al propio origen es lo que da principio de razón suficiente a un pueblo, mientras que asumir los valores injertados por otro es lo que garantiza su estado de postración. Un pueblo vencido es un pueblo que ha perdido sus valores originarios.

Así pues, mientras la ideología es cosa del individuo y el partido de agrupaciones de individuos, la concepción del mundo es patrimonio de todo un pueblo, le da unidad y le restituye la idea de una tarea común: la forja de un “destino” y el cumplimiento de una “misión” histórica, los dos elementos que definen a la “comunidad del pueblo”.

El modelo socio-político del futuro

La “concepción del mundo” es irreductible a un partido político. Por lo demás, la realidad indica que hoy, las “concepciones del mundo” están asfixiadas por la resaca mundialista, globalizadora y universalista. Asfixiadas, ni muertas, ni superadas. Los valores de esfuerzo, capacidad de sacrificio, fidelidad a la palabra dada, lealtad, abnegación, familia, ética del honor, estilo de vida conforme a la naturaleza, etc., se encuentran asfixiados por los valores extrapolados en la modernidad. Asfixiados, no muertos.

Mientras los valores de la modernidad constituían una novedad era posible concederles un “margen de confianza”: nada puede ser rechazado, a priori. Los valores también muestran su eficacia en la práctica y, es precisamente por eso, que hoy puede hablarse de fracaso de los valores “progresistas”, fracaso del humanismo-universalista, fracaso de los valores transmitidos por la globalización, fracaso de los valores economicistas… Ante esta gigantesca pirámide de fracasos no quedan sino dos opciones: volver la mirada atrás intentando rescatar valores originarios para el mundo del siglo XXI, o improvisar valores nuevos. Excluimos esta segunda opción: los valores no nacen por encargo, ni mucho menos, la irrupción de personalidades excepcionales que alumbran valores, puede disipar la sensación de que es difícil e incomprensible que en 5.000 años de historia, haya que esperar a 2009 para que aparezca un individuo excepcional que cientos de generaciones y miles de millones de individuos no han percibido antes que él. No, definitivamente, solamente existe una opción: restaurar valores tradicionales para nuestro tiempo.

Si lo propio de un partido político en otro tiempo fue la “ideología”, y en la actualidad los intereses de su camarilla dirigente a realizar con el visto bueno de los poderes económicos, la concepción del mundo no puede cristalizar en un partido político concreto, en la medida en que corresponde a todo un pueblo. El mismo concepto de “partido” indica fracción, parte, ideas contradictorias con la de “concepción del mundo” que supone totalidad, integridad, unidad. Puestas así las cosas: ¿cuál es la expresión organizativa para intervenir en la acción política en el futuro a fin de restaurar una concepción del mundo y hacerla acompañar de un proyecto político?

La respuesta está en las “redes” a las que antes hemos aludido. Una red es una estructura social compuesta por individuos relacionados entre ellos en función de determinadas actividades, intereses o proyectos. Las redes son tan antiguas como la humanidad. El clan era una red de familias pertenecientes al mismo linaje. La tribu, por su parte, era una red de distintos clanes. La red formada por distintas tribus formaba un pueblo. La “nación” nace dela red formada por distintos “pueblos”. Una familia, en sí misma, ya es una red funcional de ayuda mutua, organización y optimización, la básica de la sociedad. Desde siempre, los pueblos y las naciones han estado organizados en redes. En los últimos 200 años, el liberalismo político ha hecho que las redes fueran sustituidas progresivamente por los partidos constituidos en función de ideologías. Si las redes constituyeron una sociedad orgánica, los partidos solamente podían progresar en espacios inorgánicos, esto es, en una sociedad cada vez más desarticulada y con mayores dosis de individualismo. Las redes implican necesariamente la existencia de una sociedad personalizada, jerárquica y orgánica, mientras que el individualismo lleva a una sociedad horizontal, anti-jerárquica, masificada, inorgánica e impersonal.

La crisis de las ideologías hace que queden libres de nuevo espacios a través de los que pueden expresarse necesidades sociales más elementales: las redes. Seguramente, las redes del futuro no serán como las del pasado, pero su concepto es idéntico y es en función de ellas como puede abordarse un proceso de reconstrucción orgánica de la sociedad. Sólo la articulación de la sociedad en redes contribuirá a recomponer “organicidad” a la sociedad.

El modelo organizativo del futuro

En una población, el ayuntamiento pacta con la comunidad islámica la instalación de una mezquita en ese barrio que alterará profundamente su fisonomía. No hace falta que la población de ese barrio tenga la misma “ideología”, baste con que sean conscientes de lo que quieren defender para articularse en una red local. Esta red local puede contactar –medios técnicos hoy no faltan para hacerlo con suma facilidad– con otras iniciativas locales que afrontan el mismo problema. Estamos hablando ahora de “redes”.

Otra red hace de la lucha contra el aborto libre el eje de su actividad, pero, en sí mismo, este problema tiene que ver con la demografía, con las facilidades para formar una familia, con las políticas sociales habilitadas en defensa de la familia. La existencia de una red solitaria, solamente tiene sentido para realizar un trabajo especializado sobre un problema concreto, pero esa red para ser eficaz debe de vincular algunas aristas de sus nodos a las de otras redes. No existe una red digna de tal nombre que pueda trabajar en el vacío, sin vínculos con otras.

De lo que se trata es de contraponer la noción orgánica de redes a la noción inorgánica de partidos y de conseguir que, progresivamente, los sistemas de representación democrática pasen a través de los primeros en detrimento de los segundos. En el actual momento histórico el concepto de democracia “real” está vinculado a las redes, mientras que el concepto de plutocracia y partidocracia está vinculado a la democracia “formal”.

Y esto tiene implicaciones directas respecto al modelo organizativo en el que pueden articularse quienes asumen la voluntad de caminar hacia un nuevo ordenamiento socio-político.

El tras-partido está en gestación

El concepto de “transversalita” hizo fortuna en los años 90 como la “gran innovación” de esa época. Se daba por cierto que el “modelo partido” estaba obsoleto y que, para afrontar problemas concretos, era necesario tender a la cooperación entre distintos partidos. Era una forma de “salvar” la noción de partido: cambiar algo, en definitiva, para que todo siguiera igual.

Este concepto debe ser superado en beneficio de otra noción que podemos definir de distintas maneras: el tras-partido, el post-partido, si queremos utilizar neologismos, o el “movimiento”, la “plataforma”, si queremos recurrir a fórmulas conocidas que, sin embargo, será preciso redefinir. Cualquiera de estos términos es aceptable: tras-partido porque se trata de trascender la fórmula partido, post-partido porque lo que se propone es una fórmula que sustituya la opción partido, movimiento porque un conjunto de redes y movimientos sociales articulados en redes forman en sentido propio una “estructura en marcha” y plataforma porque supone la cristalización de una opción en una fórmula que aspira a operar sobre la sociedad.

Así pues, en nuestra óptica, lo que sucederá al “modelo partido” tendrá como características:

-          Ser un conjunto de redes interrelacionadas cada una de las cuales “trabaja” temas especializados en torno a los que, cada una, realiza movilizaciones y mantiene propuestas e iniciativas concretas.

-          Estas redes pueden tener una estructura “horizontal” (extendida sobre un territorio) o “vertical” (en torno a un tema concreto). En el primer caso: una “plataforma cívica” para la mejora en las condiciones de vida de una comunidad local o regional. En el segundo: una coordinadora de ciudadanos contra la islamización.

-          Cada red debe tener la iniciativa en el campo en el que actúa y debe obtener la mayor audiencia en torno suyo. Al frente de estas redes locales irán surgiendo líderes.

-          En el momento de aproximarse elecciones locales, generales, autonómicas, europeas, estas redes cristalizarán en Plataformas Cívicas que no serán sino una “red de redes”.

-          Cada red aportará a la plataforma su programa y sus efectivos.

-          Cada Plataforma estará dirigida por una “mesa” o “junta” en la que participarán los representantes de cada red con una estructura democrática.

-          El programa político-social de las redes y de su cristalización operativa, las Plataformas Cívicas, tendrá unos mínimos elementos que supongan el polo de agregación unánimemente aceptado.

¿Y qué hacemos con las opciones mayoritarias?

Uno de los elementos centrales del programa asumido por un conjunto de redes articuladas en Plataformas Cívicas, debe ser la reforma del sistema político y económico. Esta reforma debe adecuar la realidad institucional a la realidad socio-política. Si ésta indica que los partidos ya no responden a las necesidades de nuestro tiempo, se trata simplemente de ir restando espacio a los partidos políticos y devolviéndoselo a la sociedad.

No existe absolutamente ninguna razón por la que los partidos deban controlar las cajas de ahorro, estén presentes en los medios de comunicación públicos, o se arroguen cualquier forma de representación democrática. Existe democracia más allá de los partidos. Es evidente que si los partidos han dejado de ser la expresión de ideologías, para ser solo de intereses de su clase política dirigente y de los grupos económicos que los financian, hay que presentarlos como tales y no exclusivizar en ellos el ejercicio de la democracia.

Esto implica que también en las instancias representativas debe disminuir la presencia de los partidos e irrumpir las redes. Los partidos políticos tienen hoy mínima militancia, ninguna ideología y máximo poder: se trata, simplemente, de redimensionarlos al papel que en la actualidad desempeñan en la sociedad y abrir paso a otras formas de representatividad en las instituciones. El siglo XXI ha abierto la época del tras-partido. El “modelo partido” está superado, ahora se trata solo de enterrarlo en la fosa común de los que han quedado en la cuneta de la historia. Es la hora de las redes, tanto como modelo organizativo para participar políticamente, y como  expresión  más directa de la democracia.

La crisis económica, de prolongarse –y nada impide pensar que va a ser larga y dura- terminará transformándose en crisis política: quienes han provocado la crisis no han sido poderes económicos fácticos sino también partidos políticos que han mirado a otro lado ante los abusos de la economía financiera. Si hay algo que no puede sobrevivir a esta crisis debe ser la partidocracia.

 

[recuadro fuera de texto]

Las taras del actual Nuevo Orden Mundial

Las características del “nuevo orden mundial” surgido de la caída del muro de Berlín y de la Segunda Guerra del Golfo (la de Kuwait en 1989) son:

1)      La economía dirige a la política: los señores de la economía dan de comer de la mano a los dirigentes políticos, los cuales son, a fin de cuentas, solamente sus servidores. No es raro que la clase política se haya lanzado como un solo hombre para apoyar precisamente a quienes han sido los responsables del desencadenamiento de la crisis (banca, finanza internacional, sector inmobiliario, etc.). No es que estemos ante una economía “desregulada”, sino que estamos ante una política regulada por la economía.

2)      Financiarización de la economía: esto es, transformación de la economía productiva en economía especulativa, con el agravante de que los capitales que buscan maximizar beneficios en el mínimo tiempo, se retiran de la economía productiva, generando una burbuja que, inevitablemente, siempre, antes o después, termina estallando.

3)      El mito de la economía planetaria: consiste en presentar la globalización como la panacea universal (sólo lo es para el capital financiero) y como nuestro destino ineluctable, algo irreversible. Y es justamente todo lo contrario: la globalización tiende a desarticular pueblos, sociales y a generar un caos universal y una economía ingobernable.

4)      Aparición de economías de distintas velocidades: hasta 1989 solamente existían dos tipos de estructuras económicas, la desarrollada y la subdesarrollada. Las llamadas “economías en vías de desarrollo” eran solamente economías subdesarrolladas capaces de manifestar solo su voluntad de dejar de serlo. Hoy existen distintas velocidades y ritmos de crecimiento económico (y de contracción) que impiden cada vez más la existencia de un modelo único planetario.

5)      Desequilibrios entre poder económico, poder militar y poder político: Durante décadas, desde 1945 hasta 2005, los EEUU se configuraron como el gran poder político hegemónico, que era, a la vez, el principal poder militar y económico mundial. Hoy EEUU sigue siendo un gran poder militar, pero está quedando muy atrás como poder económico y corre un riesgo creciente de desintegración política.

6)      La partidocracia ya no es nuestro destino: Los EEUU se manifestaron como los más decididos partidarios de extender la “democracia” a todo el globo. Para ellos, democracia es sinónimo de partidocracia (poder de los partidos) y plutocracia (poder del dinero), es decir, las formas políticas más fáciles de manipular. Pero la crisis económica, que se manifiesta sobre todo en EEUU, va a abrir nuevas perspectivas: desciendo su capacidad económica, se irá diluyendo su capacidad militar, a medida que ésta se diluya, disminuirá también su posibilidad de intervenir en cualquier teatro del globo, se abrirán nuevas brechas en el interior de la sociedad norteamericana y, finalmente, se producirá una merma en la estabilidad del propio sistema americano. En esas circunstancias, con unos EEUU replegados en sí mismos y en sus problemas, será muy difícil que puedan seguir apuntalando en todo el mundo el carcomido sistema partidocrático-plutocrático, dejan espacio para la aparición de nuevas formulaciones.

7)      Desfase entre principios del demoliberalismo y necesidades del siglo XXI: el gran problema de nuestro tiempo es que el mundo del siglo XXI se está gestionando con fórmulas políticas que aparecieron a mediados del siglo XVIII y que, inevitablemente, están desfasadas en relación al actual momento histórico: la globalización nos ha llevado a los límites lógicos de la Ilustración, del liberalismo económico y ha universalizado los ideales que dieron vida a la “revolución americana”. Todo esto ocurrió hace casi 250 años en un mundo completamente diferente al actual y, sin embargo, sigue constituyendo la médula ideológica del “sistema político económico”.

Todo esto implica:

-          Que el sistema democrático ha quedado desnaturalizado y si hace 50 años era preeminente respecto a su momento histórico, hoy ya no está en condiciones de resolver los problemas que las sociedades tienen planteadas.

-          Que el sistema político es un mero instrumento en manos de los “señores del dinero” y el sistema de recaudación fiscal ha pasado a ser, en gran medida, un racket de protección utilizado contra las clases medias y la economía real.

-          Que el sistema financiero tiene su centro en EEUU y en el Reino Unido, cunas de la democracia y en EEUU ese sistema ha sufrido un proceso más rápido de degeneración, contaminando a todas las economías mundiales y convirtiendo la seudo-democracia en un instrumento a su servicio.

En conclusión, solamente se superará la crisis económica actual de manera definitiva cuando se den estas circunstancias:

1)      Los países europeos y Rusia se emancipen completamente del sistema financiero anglo-sajón y creen un cinturón de protección ante él.

2)      Se produzca una reforma política en profundidad y una regeneración democrática que restituya la primacía de la política sobre la economía.

3)      Se rechaza un mundo globalizado y se creen áreas de economía integrada dentro de las cuales las condiciones sean lo más homogéneas posibles.

4)      La reforma del sistema político debe tender a evitar el divorcio entre “país real” y “país oficial”.

Para recordar estos elementos utilizaremos una serie de neologismos: el mundo futuro será ex-globalizado, tras-partidocrático, post-financiero-especulativo y socio-políticamente integrado. Ahora de lo que se trata es de definir cuáles pueden ser las estructuras participativas del futuro y cómo pueden aparecer en nuestra época instrumentos políticos que no reproduzcan las perversiones partidocráticas y que contengan en germen la fisonomía del orden del futuro.

© Ernesto Mlilá – info|krisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com – Se prohibe la reproducción de este artículo sin indicar origen

 

La perspectiva [real] del hambre

La perspectiva [real] del hambre

Info|krisis.- Otro artículo publicado en la revista Identidad y que he rescatado del olvido. También tiene unos cinco o quizás seis años y algunas referencias ya estén desfasadas, pero los datos no han mejorado desde entonces. Se insiste sobre todo en el tema de la deslocalización alimentaria generada por la globalización, se hace una génesis del problema y se exponen los mecanismos a través de los cuales la alimentación llega a nuestros hogares. En el recuadro fuera de texto se apuntan algunas soluciones a los problemas planteados.

Deslocalización alimentaria, en lugar de autosuficiencia

La perspectiva [real] del hambre

En las extrañas democracias formales los problemas de unos pocos (de la alta finanza) los compartimos todos, sin embargo los problemas de todos no interesan a nadie y mucho menos a los gobiernos que, a fin de cuentas, son responsables por su mala gestión y su ausencia completa de previsión. Elegidos por votación popular, paradójicamente gobiernan y legislan para mayor gloria de los poderosos. Todo esto, no por sorprendente, es suficientemente conocido. Lo realmente nuevo, es que esos gobiernos ineficaces –y ZP es el paradigma- vuelven la espalda y niegan el mayor problema que tenemos ante el futuro: la crisis alimentaria y el fantasma del hambre.

El hambre y la sed no son ninguna broma. En el número 15 de IdentidaD ya dedicamos un amplio estudio al fantasma de carencia de agua en amplias zonas del planeta. De manera inevitable, la crisis hídrica arrastra la crisis alimentaria: menos agua, menos cultivos; menos cultivos, más hambre. Si a esto unimos distintos factores que afectan directamente a la producción, distribución y comercialización de alimentos, veremos que aludir al “fantasma del hambre” no es ninguna gratuidad para epatar al lector o generar alarma social.

El hambre viva y activa en el planeta

Hay cifras para todos los gustos. La FAO estima que 1.500.000.000 de personas sufren hambre en el mundo, de las que 7.500.000 mueren cada año. Sin embargo, el Banco Mundial da cifras distintas: 850.000.000 en 2007, que han pasado a ser cien millones más en 2008. El Banco Mundial no da cifras de fallecimientos por esta causa. Otras fuentes elevan a 12.000.000 la cifra de muertos anuales por hambre.

 ¿Cómo es posible que las estimaciones de la FAO y del BM difieran en un 50%? Por que el concepto de hambre es subjetivo: para unos, hambre es simplemente el no tener el número suficiente de calorías día compatibles con la vida, para otros es correr peligro de muerte por desabastecimiento. En cualquiera de los dos casos, ambas instituciones sitúan el hambre en el antiguo Tercer Mundo. La novedad estriba en que el riesgo de hambrunas no se circunscribe solo a las zonas tradicionalmente más deprimidas del planeta, sino a todo el mundo. Y Europa, nuestro hábitat, no se ve libre de esta amenaza.

La “fiebre verde” ha servido para justificar verdaderas masacres alimentarias. En 2005 empezó la fiebre de los biocarburantes a la vista del aumento del precio del petróleo y de la disminución de las reservas mundiales de crudo, paralelas al aumento de la demanda. Entonces se juzgó que la mejor manera de evitar las peores consecuencias del problema era dedicar gigantescas extensiones de tierra (que hasta ese momento se habían dedicado a la producción de alimentos) a la producción de oleaginosas orientadas hacia la producción de biocarburantes. El resultado inmediato fue el aumento en el precio de los alimentos que ya causó a finales de 2005 los primeros problemas en México y que llevó a que en abril de 2008 se racionara el arroz en algunas cadenas de supermercados norteamericanas.

La naturaleza no da para un consumo tan elevado de biocarburantes y de alimentos: si se producen mucho de lo primero, falta lo segundo y si no se producen biocarburantes, el precio del petróleo, antes o después, se disparará a causa de la escasez creciente… y, por tanto, el mecanismo de la globalización se detendrá. Así pues, para los rectores del Nuevo Orden Mundial la producción de biocarburantes se sitúa por encima de cualquier otra exigencia.

Las revueltas del hambre

No aparecen en primera plana por que son tan breves como dramáticas, pero en los últimos dos años se han multiplicado las revueltas populares ocasionadas por el hambre, que si no han merecido la primera página de los medios se ha debido a dos motivos: son breves y todas han tenido lugar en zonas recónditas del Tercer Mundo que solamente aparecen en la prensa cuando son víctimas de catástrofes naturales y de masacres al filo del genocidio.

Esther Vivas en El Viejo Topo (mayo de 2009) daba algunas cifras: “los precios de los alimentos han subido, según el Banco Mundial, un 83% del año 2005 al 2008 y, según la FAO, han aumentado un 45% en pocos meses, entre finales de 2007 y principios del 2008”. Y más adelante: “el precio del trigo ha crecido a nivel mundial un 130%, la soja un 87% y el arroz un 74%”. Y lo que es más significativo: “Más de treinta alzamientos se han producido en pocos meses de punta a punta del planeta”.

El fondo de la cuestión no es que no exista capacidad de producir alimentos, sino la imposibilidad creciente de sectores cada vez más amplios de la población mundial para acceder a ellos a causa de sus precios. Por eso, importa poco que hoy se produzcan tres veces más alimentos que hace cuarenta años, lo que debería de servir para alimentar convenientemente a una población mundial que solamente se ha duplicado en el mismo período de tiempo.

Es cierto que, a partir de 1943 se inicio en México la “primera revolución verde” a partir de técnicas de selección genética de semillas, nuevas técnicas de agricultura intensiva y utilización masiva de productos químicos como fertilizantes y pesticidas. Veinte años después, las mismas técnicas depuradas se aplicaban a la producción de arroz y maíz especialmente en la India (uno de los países más afectados por el hambre en aquel momento). Estas técnicas de racionalidad agrícola lograron que el rendimiento por hectárea de trigo, por ejemplo, pasara de 750 kg a 3.200 kg. La “primera revolución verde” indicó las posibilidades de erradicar el hambre en el mundo.

Sin embargo, inmediatamente aparecieron los problemas:

1)      La agricultura dejó de ser una actividad tradicional para afrontar nuevos problemas derivados de la dependencia tecnológica (necesidad  de nuevos útiles y cosechadoras) y

2)      Excesivo coste de las semillas, problemas de almacenamiento de los excedentes, poca adaptación de los cultivos y aparición de nuevas plagas que solamente se pudieron afrontar mediante nuevos plaguicidas.

En los años 60, la agricultura mundial no era capaz de alimentar a una población creciente. Sin embargo, gracia a la “primera revolución verde” promovida a nivel mundial por la FAO, la situación, momentáneamente, pareció mejorar. Y siguió haciéndolo desde mediados de los 90 cuando irrumpieron los transgénicos –protagonistas de la pretendida “segunda revolución verde”- que prometían optimizar los cultivos mediante la creación de semillas genéticamente modificadas que serían invulnerables a las plagas. Monsanto y la Dupont de Nemours se hicieron con el mercado mundial de semillas modificadas, tanto como la Bayer, Yara, Sinochen o Potash Corp se apropiaron del mercado de los pesticidas… adaptados para las semillas que inicialmente no precisaban pesticidas. En España, se cultivan 80.000 hectáreas de maíz MON 810, sobre la que existen sospechas de toxicidad (los ratones alimentados con esta semilla en la Universidad de Caen mostraban signos de toxicidad en hígado y riñón. En maíz MON 603, genera, según el gobierno austríaco, una menor descendencia en los ratones alimentados con él. Pero si todas estas variedades genéticas han sido autorizadas en la UE (a pesar de los estudios desfavorables que deberían inducir a aplicar el principio de prudencia), la variedad MON 810 rechazada por la UE, es libremente utilizado en España… tanto en el período de gobierno del PP como en el zapaterismo.

Hoy la alimentación llega más allá que en los años 60… pero también genera más enfermedades que cuando se utilizaba libre y masivamente el DDT, considerado hoy como cancerígeno. Vale la pena recordar que no somos cobayas. Pero existen otros problemas.

La deslocalización como responsable

La característica de nuestra época es la “globalización”. La producción de alimentos se ha deslocalizado como si se tratara de cualquier otra actividad industrial. Fresas cultivadas en California, tomates traídos del valle de Souss en Marruecos, brócolis de Guatemala y Nueva Zelanda, judías tailandesas, corderos australianos, trigo y arroz llegado de China, recorren cada día el mundo en dirección a Europa… ¡que está dejando de producir alimentos! España está, como siempre, en vanguardia de la deslocalización alimentaria, algo que, ayer Aznar y hoy Zapatero, consideran como un “logro”.

A finales de abril de 2009 un fantasma recorrió el mundo: la pandemia llamada “gripe porcina”. A pesar del avance de la enfermedad, no parece ni que sea particularmente peligrosa (no más peligrosa que otras formas de gripe que solamente causan estragos allí en donde no existe una sanidad digna de tal nombre), aunque tampoco da la sensación de que esté contenida. En México corrió el pánico: Francia amenazó con cortar los flujos aéreos con ese país y EEUU hizo amago de cerrar fronteras a productos aztecas.

No es la primera alarma sanitaria de este tipo: antes llegó la peste aviar y antes el mal de las vacas locas y, antes aún, el ebola nacido, como el VIH, en las selvas de África Central. De todas estas epidemias solamente la última alcanzó el nivel de pandemia. Pero es inútil olvidar que desde los años 60 se está asistiendo a una competencia entre antibióticos y microbios cada vez más fuertes. Fármacos que servían hace 40 años ya no tienen ninguna utilidad frente a microorganismo patógenos en mutación continua… y sobre todo, más resistentes.

Así pues, hay que tener presente el escenario en el que en alguna zona insalubre del planeta apareciera un nuevo virus destructivo frente al cual no se dispusiera de una vacuna para bloquearlo. La irrupción de un virus de este tipo supondría, no solamente el corte brusco en el flujo de personas, sino también la interrupción de los canales mundiales de suministro. Eso implica que los alimentos que hoy están fluyendo de todo el mundo hacia Europa se cortarían generando una hambruna de consecuencias incalculables en el viejo continente.

El modelo de circulación mundial de alimentos es erróneo y de nada sirve que unas autoridades ciegas e insensatas pretendan -¡a estas alturas!- seguir haciéndonos creer en las mieles de la globalización: gracias a la globalización las industrias europeas huyen hacia el Tercer Mundo y gracias a la globalización gentes de todo el mundo afluye hacia Europa para abaratar el precio de la mano de obra (aún más). Esa es la realidad de la globalización: un sistema insensato que considera que es más rentable producir un alimento a 25.000 km de distancia, que en el huerto situado apenas a unas decenas de kilómetros.

¿Qué supone la “globalización alimentaria”? Cuatro fenómenos, a cual más grave:

Transportar implica consumir combustible y esto implica que cada vez nos precipitamos más hacia la escasez de crudo. Sin olvidar que, lo que la naturaleza ha tardado millones de años en generar, lo hemos consumido en apenas 200 años. La era del petróleo barato ha terminado: todo lo que se ahorra en mano de obra, quedará absorbido por los sucesivos aumentos en el precio del carburante. Además, ese tránsito incesante de mercancías a un lado y otro del planeta es la principal fuente de generación de COque genera –y no hay estudios serios que nieguen el “efecto invernadero”- el proceso de cambio climático.

Abolición de la autonomía alimentaria, principio irrenunciable según el cual el ser humano debe alimentarse de productos susceptibles de ser cultivados en las proximidades de su lugar de residencia. Esto hace que exista una relación directa entre productor y consumidor y que aquel cuide la calidad de los productos que coloca en el mercado. ¿Qué interés puede tener un campesino chino en si un ciudadano español ingiere sobredosis de pesticidas que pueden generarle cánceres y neumonías? ¿Para qué sirve la cuidadosa y puntillista legislación europea sobre producción agrícola y ganadera de alimentos –la famosa “trazabilidad”- si cada vez más alimentos proceden de zonas fuera de cualquier control sanitario?

Desaparición de miles de variedades locales de frutas, verduras, ganados, hortalizas, que alcanza niveles incalculables y que tiende a una uniformización y simplificación mundial de las variedades en función de criterios absurdos: el tamaño, el aspecto, el color, según sean más rentables y atractivos. Siempre los valores nutricionales pasan al segundo plano en beneficio de todo lo que puede ser aspecto exterior y tamaño. No es ningún secreto que los tomates cultivados en el valle de Souss tienen de tomate la forma y el color… pero saben a cualquier cosa, menos a tomates, como máximo a agua. Lo mismo puede aplicarse a las manzanas que, hasta hace poco, cualquier región disponía de alguna variedad perfectamente aclimatada, la mayoría de las cuales han desaparecido sepultadas por criterios mercantiles y productivos que priman sobre los medioambientales y nutricionales.

La irrupción de las variedades genéticamente modificadas, que están suponiendo un vuelco total en la agricultura y ante las que ya se conocen los efectos sobre el sector. Contrariamente a lo que se proclamaba como justificación para su irrupción en el mercado, estas semillas consumen pesticidas, herbicidas, fungicidas y abonos en cantidades superiores a las semillas naturales… La prueba es que desde que se inició su comercialización, ha aumentado considerablemente la producción y utilización de agrotóxicos. Y, para colmo, su rendimiento es igual o menor a las variedades no transgénicas. También tienden a reducir la biodiversidad, dañar acuíferos a causa de la sobredosis de agrotóxicos y, finalmente, dañar a las especies silvestres asociados a cada ecosistema concreto.

Los gobiernos europeos –y en especial el español que alardea de una posición “progre”, pero que se niega a aplicar el principio de prudencia en materia alimentaria- evitan afrontar la realidad de la catástrofe alimentaria que se avecina. Evitan hablar del problema y miran hacia otro lugar para evitar enfrentarse a las empresas líderes del sector de semillas transgénicas y a las grandes multinacionales del sector de abonos y pesticidas a los que les costaría muy poco desestabilizar a cualquier gobierno para persistir en las políticas suicidas alimentarias que, eso sí, aumentan sus beneficios.

La peste: las cadenas de distribución y multinacionales

La deslocalización alimentaria y la supuesta “segunda revolución verde” han hecho de las compañías que tienen relación con la producción, distribución y venta de alimentos, gigantescos consorcios que detentan increíbles acumulaciones de capital y se muestran como las más seguras inversiones ante la crisis. Monsanto aumentó sus beneficios en 2007 un 44%, Sinochen, uno de los principales fabricantes de fertilizantes alcanzó un desmesurado aumento del 95% en sus beneficios en relación al año anterior. Otro tanto ocurrió con las principales procesadores de alimentos (Nestlé, aumento del 7% de beneficios) o cadenas de venta de alimentos (Carrefour, Wall-Mart, aumento del 10% de beneficios). No es raro que así sea: a fin de cuentas se trata de consorcios que se mueven ante la perspectiva de obtener los mayores beneficios posibles. El problema es que tales beneficios se anteponen a consideraciones humanitarias o medioambientales. La cuestión de fondo es: ¿hasta qué punto consorcios empresariales pueden dictar sus leyes y ser dueñas absolutas de sectores estratégicos de la economía como la alimentación?

Si estas empresas han podido obtener tales beneficios desmesurados es por el modelo globalizado y desregularizado que se ha impuesto siempre en detrimento de los pueblos y en auxilio de las grandes acumulaciones de capital. Hoy, el mercado mundial de alimentos va camino de estar controlado por 10 consorcios que en hoy controlan en 50% del sector y dentro de 6 años habrán alcanzado el 75%. En España, aquí y ahora, una decena de empresas controlan el 60% del mercado. Vivimos pues una situación de oligopolio.

Las consecuencias de este modelo son devastadoras:

Unas pocas empresas deciden qué comemos, de dónde procede, cuál será su precio y en qué forma ha sido elaborado, procesado, presentado y promocionado.

Cambio de hábitos en la cesta de la compra, basado en la búsqueda de los precios mas baratos y, especialmente, de marcas blancas (el 32% de la venta en España y que aportan mas beneficios a las cadenas alimentarias. Ya no se compra lo esencial de la cesta, ni en el mercado de abastos, ni en el barrio, sino que para ello es preciso desplazarse en coche hacia las “grandes superficies” situadas en los suburbios si lo que se aspira es a los precios más baratos.

Liquidación creciente del pequeño comercio de proximidad que no puede afrontar los precios impuestos por las grandes cadenas. Negocios familiares con estabilidad en el empleo y relación directa entre consumidor y “tendero” facilitaba el que solamente se comercializaran productos que no defraudarían al primero y fidelizaban la clientela. Esta destrucción ha contraído el mercado de trabajo: por cada puesto de trabajo precario generado desaparece 1,5 puestos de trabajo estables.

Asfixia de los pequeños agricultores a través de una disminución creciente en el precio de venta de sus productos… que, sin embargo, no nota el consumidor final a causa de que, durante el proceso de presentación en el mercado, los alimentos llegan a experimentar 11 aumentos de precio, multiplicándose su valor un 320%. Esta cadena parasitaria es la verdadera responsable del aumento del precio de los alimentos.

Asfixia del ecosistema mediante una agricultura ultraintensiva basada en la utilización masiva de fertilizantes que en pocos años deja absolutamente inservible, yerma e infértil la tierra que durante una década ha dado cosechas “espectaculares”.

Aumento desmesurado de los residuos domésticos a causa de los blisters, displays, embases y de todo aquello que se llama “packaging” que han apenas 30 años han pasado de ocupar un 10% de la bolsa de basura al 70% actual. Ningún embase es retornable, todos son de usar y tirar, lo cual es mucho más grave teniendo en cuenta que la mayoría se fabrican a partir de derivados del petróleo o de la madera, contribuyendo a acelerar el tránsito hacia el apocalipsis ecológico.

Todo esto está generando cambios radicales en los hábitos sociales y, al mismo tiempo, están generando el aumento de una mano de obra castigada por salarios de hambre (paradójicos en un sector que tiene que ver con la alimentación) y la inestabilidad laboral. La primera multinacional del sector de hipers, Wal-Mart alardea de que paga a sus empleados un 20% menos y que (al menos en EEUU) ha desalojado a los sindicatos de sus centros. Además, estos sectores sufren enfermedades profesionales nunca reconocidas y siempre presentes (estrés, dolores de espalda crónicos). Los trabajadores de estas empresas son los primeros en sufrir en su propia carne la rapacidad de las empresas para las que trabajan.

Pero, con lo grave que pueda ser todo esto no tiene punto de comparación con el riesgo principal que afrontamos a la vuelta de la esquina. La ampliación del perímetro de las grandes ciudades y la formación de “conurbaciones” que unen a varios municipios sin discontinuidades, hace que, mientras aumentan las poblaciones urbanas, las zonas con posibilidades de producir alimentos se vayan alejando más y más.

Parafraseando a Nietzsche podríamos decir que “los desiertos alimentarios crecen”. ¿Qué ocurrirá si en el futuro, una pandemia, un conflicto internacional, un parásito resistente a los pesticidas, interrumpe el flujo internacional de alimentos? ¿De qué campos, hoy abandonados, podría vivir la población europea? ¿Qué agricultores conocedores de los ecosistemas locales podrían cultivarlo si ya hoy Europa está viendo la última generación de verdaderos trabajadores del campo que hayan heredado los conocimientos de una cadena de generaciones? Si no hay quien “cree” alimentos en Europa, Europa vivirá antes o después, hambre.

Todo lo que tiene que ver con las necesidades humanas es demasiado grave como para dejarla al arbitrio de la locura del mercado, de la rapacidad de las multinacionales y de la apatía de los gobiernos cuya única ambición es salir reelegidos mientras sea posible por unos electores narcotizados. No solamente es preciso cambiar de modelo alimentario, de modelo económico, de modelo internacional, sino también y sobre todo de modelo político. Con un 30% de paro para 2011 y la espada de Damocles alimentaria sobre nuestras cabezas, Zapatero bendiciendo los transgénicos, las grandes superficies, la deslocalización alimentaria, el abandono del campo español, está diciendo lo mismo que la reina de Francia dijo cuando le explicaron que unos manifestantes parisinos estaban ante palacio gritando: “Tenemos hambre”: “¿Tienen hambre? Que coman bizcochos”.


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¿Hay soluciones? Sí hay soluciones

Cinco medidas para evitar el hambre

Considerar todo lo que tiene que ver con la producción, trasformación, distribución y venta de alimentos como un sector estratégico que debe estar regulado y planificado y que, por tanto, debe situarse al margen de la economía liberal y del mercado, a la vista de que todo lo que tiene que ver con necesidades humanas o nacionales básicas, no puede estar en manos de consorcios que actúan movidos sólo por la ley del máximo beneficio.

Emancipación de las líneas y políticas establecidas por los organismos impulsores de la globalización: BM, FMI, FAO y OMC. Esto implica romper la globalización alimentaria. Incluso dentro de la UE cada país debe ser autónomo en materia alimentaria y, por principio, la circulación, importación y exportación de alimentos debe reducirse al mínimo imprescindible.

Retorno a la agricultura de proximidad y a un sistema emancipado de la deslocalización alimentaria, lo que implica la denuncia de los tratados firmados con la Organización Mundial del Comercio y el atenerse estrictamente al principio de “lo que aquí se come aquí se produce”. Europa puede ser autosuficiente en materia alimentaria y competitiva en cuestión de precios… a costa de que el 60% del margen de beneficio de las multinacionales alimentarias se recorte. Los circuitos alimentarios, contra más cortos y directos, mejor.

Impulso a las cooperativas agrícolas de producción y de consumo, la solución en Europa para la crisis alimentaria consiste en productores y consumidores que actúen en sinergia eliminando las cadenas de intermediarios y generando un vínculo directo entre productores y consumidores a través de una pieza que puede estimularse su reaparición: el pequeño comercio de proximidad. La “santa alianza entre productores y consumidores” es fundamental para salvar la agricultura europea y eludir el fantasma del hambre.

Prohibición total de las semillas transgénicas mientras no se demuestra su eficacia global en relación a las semillas tradicionales. Así mismo, es preciso revisar de nuevo los impactos de determinados pesticidas en la salud y establecer -¿por qué no hablar de “imponer”?- sistemas racionales de cultivo basados en su viabilidad a largo plazo, eludiendo los sistemas de producción intensiva y fatal para el ecosistema.

© Ernesto Milá – info|krisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

 

Crisis alimentaria aquí y ahora

Crisis alimentaria aquí y ahora

 Info|krisis.- El artículo siguiente se publicó hará unos cinco años en la revista Identidad. Si hacemos abstracción de algunas referencias temporales, el mensaje que se intenta transmitir sigue todavía vigente hoy y nos istúa ante un problema cada vez más presente: el precio de los alimentos es cada vez más caro y su calidad cada vez más mediocre. Por otra parte, si bien en África el sobrepeso (a causa del abuso de la alimentación fast-food) se ha convertido en una amenaza, no es menos cierto que en cualquier momento y en cualquier parte del mundo pueden aparecer problemas de abastecimiento y hambre vinculados a desajustes de la globalización. De toda esta temática se pasa revista en el artículo


El fantasma del hambre a la vuelta de la esquina

En 1974 Henry Kissinger había dicho: "Controle el petróleo y controlará naciones; controle comida y controlará a las personas”. Para algunos esta frase es todo un programa de gobierno. Hay algo todavía peor que la crisis económica: la crisis alimentaria. La primera la tenemos encima; de la segunda no nos libraremos. Llama a las puertas. Los responsables de la crisis económica y de la crisis alimentaria son los mismos: los grandes consorcios financieros. Son ellos los que han impuesto las políticas suicidas de la globalización y quienes nos están llevando a las puertas de la gran crisis alimentaria que en 2008 ya ha registrado los primeros chispazos.

Ernesto Milà

Algunos recuerdan que la actual crisis económica estuvo precedida por un alza general en los precios de los alimentos. La gravedad de la crisis y la oleada de paro que se está produciendo desde el segundo semestre del año, hizo que el aumento de precios de los alimentos pasara a segundo plano. Pero la crisis alimentaria sigue ahí, amenazante, pendiendo sobre nuestras cabezas como otra amenaza, acaso la mayor: se puede vivir en paro, incluso sin petróleo, pero no sin alimento.

Noticias que han pasado desapercibidas

No sólo en España, sino en todo el mundo, el precio de los alimentos experimentó una subida radical desde la primavera de 2007. En particular, el trigo, el maíz y el arroz fueron los alimentos más afectados. La ONU informó que entre marzo de 2007 y marzo del 2008, el precio de los cereales aumentó un 88%, los aceites un 106%, la leche y sus derivados un 48%. Así mismo, el Banco Mundial explicó que desde junio de 2005, el precio del trigo ha aumentado un 181% y el de la comida en general un 83%.

El arroz que en Tailandia se vendía a 198 dólares la tonelada en 2003, se elevó a 1.000 dólares en abril pasado. En marzo de 2008, el precio del arroz se duplicó bruscamente en Haití. En los supermercados norteamericanos se agotaron todas las variedades de arroz. En Europa también hemos registrado aumentos de precio similares, pero no tanto como en el Tercer Mundo y especialmente como los 2.600.000.000 de personas que viven con menos de 2 dólares al día y que gastan el 80% de sus ingresos en alimentación. No es raro que se produjeran motines.

Los disturbios motivados por la escasez alimentaria han comenzado: en Burkina Faso una huelga general de dos días paralizó el país, reivindicando reducciones significativas en el precio del arroz. En abril, en Egipto, el ejército reprimió la huelga general en Mahlla (Delta del Nilo) que exigía sueldos más altos para poder afrontar las alzas de precios. Lo mismo ocurrió en Blangladesh en las fábricas textiles de Fatullah. “Marcha del hambre” en Costa de Marfil y manifestación masiva ante la residencia presidencial; "Tenemos hambre," y "la Vida es demasiado cara, usted nos está matando", fueron las consignas. Despliegue de fuerzas armadas en Pakistán y Tailandia cuando la policía ya no era capaz de controlar los motines de los campesinos pobres y los asaltos a los almacenes. La lista es interminable: manifestaciones y protestas en todo el Sudeste Asiático (Camboya, Indonesia, Tailandia), en África (Camerún, Etiopía, Madagascar, Mauritania, Níger, Senegal, Zambia), en Centro y Suramérica (Honduras, Perú), en Asia Central (Uzbekistán), en Filipinas…

Según el Banco Mundial, 33 países se encuentran hoy en grave riesgo alimentario. La novedad es que la mayoría de ellos no se habían visto afectados nunca antes por la escasez. Un editorial de la revista Times alertó sobre la posibilidad de nuevas revueltas: "La idea de las masas hambrientas llevadas por su desesperación a tomar a las calles y derrocar el ancien regimen ha parecido imposible desde que capitalismo triunfó tan decididamente en la Guerra Fría.... Y todavía, los titulares del último mes sugieren que los precios de la comida subiendo como un cohete estén amenazando la estabilidad de un número creciente de gobiernos alrededor del mundo. Cuando las circunstancias hacen imposible alimentar a sus niños hambrientos, los ciudadanos normalmente pasivos pueden llegar a ser muy rápidamente militantes con nada que perder".

A finales de 2007, India anunció que suspendía sus exportaciones de arroz: necesitaba reservas para su propia población. Vietnam hizo otro tanto: una epidemia de insectos había arruinado parte de la cosecha y el arroz producido sería destinado sólo a la población local. Ambos países, India y Vietnam, suponen el 30% del mercado mundial del arroz. Poco después, se produjo el pánico del arroz en EEUU: los consumidores compraron todo el que encontraron en las estanterías de los supermercados. Durante unas semanas hubo escasez de arroz en la meca del capitalismo.

El origen del problema

En Haití el “bizcocho de barro” se convirtió en 2008 en algo habitual: se calienta barro diluido en agua, se le añade algún aceite vegetal y sal... el ”manjar” está listo para su consumo. Haití es uno de los países más azotados por el hambre, a pesar de que en 1985 era autosuficiente en materia alimentaria. Haití producía 170.000 toneladas de arroz que garantizaban el 95% del consumo doméstico. Había miseria… pero no hambre. En 1995, el FMI exigió a Haití que cortara aranceles proteccionistas como condición para conceder un préstamo. El arroz importado pasó del 5% al 75%. El arroz norteamericano se vendió en el mercado local a la mitad de precio; no era mejor: simplemente estaba subvencionado con 232 dólares por Ha por el gobierno de los EEUU que, además, subsidia la exportación. Todo ese dinero no iba a parar a granjeros… sino a consorcios y corporaciones agroindustriales que les permitían vender arroz a un 50% por debajo de los costes de producción. Sorprendentemente la bajada del precio del arroz consumido en Haití no ha favorecido el aumento de su consumo… sino el hambre, al haber aumentado el paro entre los agricultores que constituyen la mayoría de la población.

Haití no es un caso único, ni siquiera extremo. En todo el Tercer Mundo –pero también en los países europeos del Mediterráneo- el mecanismo ha sido siempre el mismo: abolición de aranceles, llegada masiva de exportaciones procedentes de agriculturas ultrasubvencionadas, abandono del campo, aumento de la dependencia alimentaria… 

A los países pobres del Tercer Mundo, siempre se les ha exigido abolir aranceles, permitir la entrada indiscriminada de exportaciones, para obtener préstamos. Este proceso ha arruinado completamente la agricultura de muchos países y generado migraciones masivas del campo a la ciudad. Ahora, 100 millones de personas corren el riesgo de morir de hambre en el mundo a causa de este sistema.

La responsabilidad de los biocarburantes

Los consorcios agroindustriales norteamericanos han comprado gigantescas extensiones de tierras en todo el Tercer Mundo (utilizando para ello plusvalías procedentes de los años de vacas gordas en las bolsas internacionales). Estas gigantescas extensiones de terreno se están cultivando hoy, pero no para cereales destinados a la alimentación, sino a la producción de los llamados biocarburantes.

En 2006 el desvío de cereales a circuitos no alimentarios subió de un 2% a un 3%. Ese 1% se desvió hacia piensos y biocarburantes. Un 1% parece poco, pero es suficiente como para arrastrar toda una cadena de subidas en el precio de los alimentos: para producir un kilo de vacuno se precisan siete kilos de cereales. Al haber aumentado el consumo de carne entre las nacientes clases medias asiáticas, el fenómeno ha multiplicado su impacto: mientras que en China la clase media crecía un 8’6% en 1990, en 2007 lo hizo a un 70%.

Mientras que la producción mundial de alimentos ha ido creciendo a un ritmo mayor que la población mundial desde 1960, incluso durante los años 2006-2008… sin embargo, el precio de los alimentos se ha ido encareciendo hasta hacerse insoportable, especialmente en las economías más modestas. 

A partir de 2007 el precio del maíz empezó a fijarse, no en base a los costes de producción y a unos criterios aceptables de rentabilidad, sino en relación al del petróleo, con la consiguiente subida. El efecto inmediato, fue la subida de los precios del maíz destinado para alimentación (y sus derivas, incluidas margarinas), que arrastró luego subidas similares en el precio de la soja, del trigo y de los aceites vegetales para uso alimenticio.

Hay tres elementos que han contribuido a que el precio del petróleo aumentara: de un lado, en tanto que combustible fósil, cada día que pasa, el consumo hace que disminuyan la cantidades de hidrocarburos existentes en el planeta; de otro, el consumo mundial de petróleo aumenta, no solamente en los países industrializados, sino especialmente en los países en vías de industrialización. No se encuentran nuevos yacimientos que compensen el aumento en la demanda del petróleo. Finalmente, también el petróleo se convirtió en un objeto de especulación y a partir de agosto de 2005 se inició “la burbuja petrolera”.

Estos tres elementos, han interactuado para generar un aumento del precio del petróleo. En 2003, el barril de petróleo valía 25 dólares, pero el 29 de agosto de 2005 había alcanzado los 70,85 dólares. Cuando parecía que éste sería el tope histórico, el huracán Katrina hizo que aumentara todavía más al afectar a las refinerías situadas en el Golfo de México. Los especuladores transformaron esta tragedia en “burbuja”: en mayo de 2008 el precio alcanzó los 133,17 dólares y en el mercado de futuros se compraba a 168,96 dólares por barril. Luego empezó a remitir, a la vista de que la economía mundial era inviable en esas circunstancias. La “burbuja petrolera” había cesado, pero poco podía hacerse para evitar que los otros dos factores (aumento de la demanda y descenso de las existencias) pusieran fin a la era de petróleo barato.

Sin embargo, los consorcios petroleros afrontaron el problema desde otro punto de vista. Desde los años 80, buena parte del combustible utilizado en Brasil se obtenía a partir de vegetales. Era el “combustible verde” en un tiempo en el que todo lo “verde” tenía buena imagen. Así que fueron los consorcios petroleros los que estimularon la producción de biocarburantes. Había otra buena razón: los EEUU subvencionaban la producción de oleaginosas y gramíneas utilizadas en los biocarburantes. Era como encontrar un pozo de petróleo y que el Estado pagara por la extracción. Pero cualquier gramínea dedicada a biocarburantes queda desviada del circuito alimentario…

¿Quién es el culpable de la “burbuja alimentaria”?

En Perú en agosto de 1990, siguiendo órdenes del FMI el precio del combustible se multiplicó por 30 y el del pan por 12… de una sola vez, en la misma noche y sin aviso previo. Fue la exigencia para obtener un crédito de 1.500 millones de dólares. Es una de las delicias del “mercado libre”. Sin embargo, lo agricultores locales no experimentaron ningún aumento en sus beneficios.

El "mercado libre" destruye las agriculturas locales… incluida la española que no puede afrontar los precios de hortalizas, frutas y verduras procedentes de Marruecos y agoniza lentamente para mayor gloria de la globalización. Si esto pasa en un país europeo, en África, esa política conduce directamente a las hambrunas.

¿Quién gana con este proceso? No gana ni siquiera el granjero medio norteamericano, tan sólo un pequeño racimo de empresas que controlan los mercados internacionales de grano, los fertilizantes y el mercado de semillas. Cargill Inc y sus 140 firmas controlan el mercado mundial de grano. Nadie puede competir con Cargill Inc que fija el precio de compra y el de venta, actuando en régimen de oligopolio.

Consorcios como éste utilizan a la Organización Mundial del Comercio (WTO) como ariete para penetrar en terrenos insospechados. El de las semillas, por ejemplo. Unas pocas empresas tienen la exclusiva “propiedad intelectual” sobre las variedades de plantas obtenidas mediante diseños biotecnológicos. Esas plantas son difundidas a través de programas de ayuda y de la abolición de restricciones impuesta por la WTO. Los granjeros del Tercer Mundo las plantan y obtienen cosechas nunca antes vistas (utilizando los fertilizantes adecuados facilitados por los mismos consorcios). Sólo al cabo de un año entienden que no pueden volver a plantar las semillas obtenidos de los frutos cosechados… sin pagar derechos a Monsanto o Arch Daniel Midland y sólo utilizando los fertilizantes vendidos por esas mismas empresas. Ese modelo económico es el que facilita la irrupción de hambrunas y el control alimentario ejercido por unas pocas empresas.

Decrecimiento y ruptura con la globalización

El “desarrollo sostenible”, bendecido en las cumbres de la ONU, se ha mostrado, paradójicamente, insostenible. No se trataba solamente de que los habitantes de las “naciones emergentes” de Asia, utilizasen un carburante cada vez más escaso en la naturaleza: también empezaron a alimentarse con dietas que nunca habían pertenecido a su tradición secular, rechazaban la alimentación monótona e iban incorporando (a medida que las multinacionales de la alimentación y el fast-food penetraban en sus países) cada vez más carne. Si tenemos en cuenta que este proceso está ocurriendo en las zonas más pobladas del planeta, es evidente desde hace diez años que se estaban alterando las necesidades alimentarias del planeta.

Para colmo, la subida del precio del petróleo hizo que aumentara el precio de los fertilizantes y su transporte. Ahora hemos llegado a un proceso endiablado: se gastan hidrocarburos fabricando fertilizantes, se aumenta el consumo de combustible transportando esos fertilizantes y se gastan más cantidades de petróleo poniendo en marcha máquinas de siembra y recolección de plantas que son utilizadas para… fabricar biocarburantes, con los que compensar la escasez de combustible.  Todo esto evidencia el estado de una civilización que ha perdido el norte en cuyo centro se ha instalado lo absurdo, cuando lo absurdo sirve a los intereses de los grandes consorcios.

Esta espiral no tiene salida: necesitamos más petróleo para fabricar biocarburantes; pero esto –unido a las malas cosechas y a la especulación- provoca el aumento en el precio de los alimentos. Y así seguirá mientras el objetivo sea suplir la crisis energética con biocarburantes… lo que añade una crisis alimentaria, además de no servir para resolver las necesidades energéticas del planeta.

En los países emergentes no disminuirá el número de ciudadanos que aspiren a vivir “como occidentales” (el modelo pluriétnico norteamericano acompaña a la globalización) por lo tanto hay que pensar que cada vez será preciso aumentar más las superficies de cultivo dedicadas a biocarburantes… con lo que disminuirán las dedicadas a alimentación. Y ni siquiera está claro que exista superficie de cultivo suficiente en todo el planeta como para suministrar energía a todos los motores que existirán de aquí al 2020 cuando el petróleo empiece a escasear de verdad.

Solamente hay tres salidas: o una disminución drástica de la población mundial, especialmente la de los países emergentes que, de paso, son los más superpoblados; o el hallazgo de nuevas formas de energía; o el decrecimiento.

Los atentados de Bombay en noviembre pasado demostraron que “alguien” parece interesado en envenenar las relaciones entre India y Pakistán y convertir aquella zona en una prolongación de la guerra de Afganistán. A fin de cuentas (como decíamos en ID-14, págs. 31-34), no sería la primera vez que se sale de una crisis económica organizando una guerra que ocasione decenas de millones de muertos (y en la zona podrían alcanzarse con facilidad algún centenar de millones en poco tiempo), estimule la productividad de algunos países y genere perspectivas de crecimiento económico mediante inversiones en la reconstrucción de los países afectados.

En cuanto a las nuevas formas de energía, no hay que ser hoy muy optimistas a medio plazo, a pesar de que la esperanza de que los científicos encuentren nuevos hallazgos que eviten los problemas generados por el crecimiento, haya alimentado la concepción “progresista” de la historia durante siglo y medio. En realidad, lo que ha ocurrido es otra cosa: los científicos han generado inventos que han mejorado la calidad de vida, pero al mismo tiempo creando nuevos problemas, los cuales han sido resueltos con otros inventos que han terminado generando más problemas… hasta la situación límite actual. No se puede ser muy optimista en torno a esto. Haría falta ver si crear un parque móvil de vehículos movidos con energía solar, resuelve el problema o más bien crea nuevos problemas medioambientales: ¿dónde se almacenarían las baterías amortizadas?, ¿no correrían el riesgo de agotarse determinados minerales utilizados para la fabricación de esas mismas baterías? La ciencia no tiene respuestas para todo y las respuestas que aporta no están libres de suscitar nuevos y más graves conflictos.

Queda la opción del decrecimiento. Un planeta de posibilidades y recursos limitados, no puede crecer de manera ilimitada. No hay, pues, “desarrollo sostenible”. Ahora de lo que se trata es de desandar lo andado o enfrentarse a la realidad de problemas medioambientales cada vez mayores e irresolubles.

Decrecimiento implica que todos vamos a sufrir mermas en nuestro ritmo de vida a cambio de obtener una garantía de viabilidad del planeta. Probablemente deberemos utilizar más a menudo transportes públicos. Seguramente, habrá que renunciar a vehículos de alta cilindrada y potencia elevada. Mientras se encuentra una solución energética viable (la energía de fusión no estará presente en nuestras vidas antes de 2040-2050) habrá que restringir los consumos, optimizar los rendimientos, esforzarse en las energías renovables y aumentar los presupuestos de investigación en estos sectores. Pero todo esto no bastará.

Será preciso moderar el volumen de población: no habrá que ver como una tragedia el que la pirámide de edades sea, durante unas décadas, negativa y que al bajar la población el PIB sea negativo. Si el problema es el pago de pensiones, el Estado deberá habituarse a administrar mejor sus recursos, reducir su volumen y aligerarse. Europa es, por cierto, una de las zonas más pobladas del planeta. Menos población, menos consumo. Y si esa población es, cuanto más homogénea, mejor, tenderán a desaparecer problemas y tensiones étnico-sociales. En este terreno el fin de la globalización debe acarrear el fin de la multiculturalidad y el mestizaje.

Hoy, no es que falten alimentos, es que están mal gestionados. No es raro: se gestionan en beneficio de unos pocos consorcios que dominan la alimentación, los fertilizantes y los mercados internacionales. Solucionar el problema pasa por una profunda reforma internacional, no sólo de la Organización Mundial del Comercio y de los tratados firmados, sino del FMI y el Banco Mundial, culpables en gran medida de la crisis alimentaria. Y, por supuesto, la abolición de “derechos de propiedad intelectual” sobre semillas obtenidas por biotecnología. Todo esto implica –vale la pena recordarlo- una profunda reforma política en cada país y la alteración profunda de las correlaciones de fuerzas políticas que han permitido llegar hasta esta situación. Dicho con otras palabras: quienes han gestionado el poder en los últimos 30 años, son culpables de las situaciones generadas y deben pagarlas. Las responsabilidades políticas a quienes firmaron alegremente acuerdos con la WTO y facilitaron la aplicación de políticas de destrucción de nuestros campos, deben ser exigidas y sus siglas arrojadas al estercolero de la historia.

Cada país debe tender a la autosuficiencia alimentaria. O al menos cada bloque económico integrado debe disponer de esa autonomía. Vale la pena recordar que la Unión Europea tuvo como precedente la “Europa Verde” que estableció normas que consiguieron estabilizar los precios de los alimentos en los años de postguerra y racionalizar la producción. La globalización se muestra como la causa de buena parte de los males de la economía, pero también ha terminado siéndolo de los pueblos. La globalización ha facilitado el alza del precio de los alimentos, las hambrunas en determinadas zonas del planeta y, finalmente, el que un sector que afecta a toda la población, esté en manos de un cartel de corporaciones multinacionales que actúan en régimen de oligopolio.

Los Estados tienen la obligación de facilitar el derecho a la vivienda, a la alimentación y al bienestar a las poblaciones y esos derechos están por encima de los acuerdos internacionales firmados irresponsablemente y de los derechos de los consorcios multinacionales.

Las dos consignas para los próximos años no pueden ser otras más que decrecimiento y ruptura de la globalización. Eso o tendremos un negro futuro como perspectiva.

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Geopolítica del agua

El agua dulce escasea cada vez más. Para el 2025 se calcula que el 70% de la población no tendrá acceso a “cantidades suficientes de agua potable”. Hoy, el 20% del agua dulce es utilizada por la industria, el 67% va a parar a la agricultura (85% en Asia, África e Iberoamérica). El consumo doméstico ocupa el 10% del total. El agua está presente en todas partes, pero no toda puede consumirse. El 97% del agua de la Tierra es salada, solamente el 2’5% es dulce y el 0’5% es humedad superficial. Buena parte del agua dulce se encuentra en acuíferos subterráneos que, una vez explotados tardan en renovarse. En cuanto a las aguas de los ríos cada vez están más contaminadas.

En Europa la situación es muy mala. La mayoría de ríos están contaminados con agrotóxicos y residuos industriales. La situación es particularmente preocupante en España, Italia (especialmente en el Sur), Grecia, Balcanes, Holanda y Alemania. Asia está todavía peor y el agua es uno de los elementos que enfrentan a Turquía e Irak (por el control de las fuentes del Tigris y el Éufrates) y la principal causa del conflicto en Palestina (al precisar los cultivos del desierto del Negev, las aguas del Jordán y de los acuíferos de Gaza). Iberoamérica con un 12% de población mundial tiene el 47% de las reservas mundiales de agua, lo que no es obstáculo para que en algunas zonas se exploten acuíferos hasta agotarlos.

Falta agua. Por tanto, no es raro que en los próximos años se desencadenen “guerra del agua”.  La escritora y cuentistas política canadiense Maure Barlow en su libro Oro Azul indicó que “antes de que nosotros nos diéramos cuenta de esta crisis del agua, las corporaciones transnacionales ya lo habían previsto y formaron un cartel para apropiarse del agua. El Fondo Monetario Internacional está presionando a los países que padecen una crisis monetaria y económica para que  -entre otras cosas-  privaticen el agua como condición para liberar los créditos”. Por su parte, el Director del instituto Polaris de Canadá, indicaba que, ”Hay un grupo de corporaciones que controlan el agua a escala mundial”, citando a tres  de las más importantes: Lyonneise des Eux, Vivendi (ambas francesas) y RWE de Alemania.

La Organización Mundial de la Salud, informó en 2006 que más de mil millones de personas no disfrutan de suministro seguro de agua potable. Chris Middleton  -director de la consultora australiana de marketing de bebida Fountainhead- asegura que, “en cuestión de 30 años el agua embotellada ha pasado de no ser prácticamente nada, a ser la segunda o tercera mercancía que más dinero mueve en el mundo después del petróleo y el café”.  En este mercado de “pocas ballenas y muchos pezqueñines” al decir de Middleton compiten  Coca Cola y Pepsi. Para Nestlé, según sus  propias estadísticas, los habitantes del planeta beben  148.000 millones de litros anuales, alrededor del doble que en 1996. El mercado asiático crece a un ritmo vertiginoso, duplicándose las ventas entre 1997 y el 2002.  La causa es la alta contaminación de los recursos hídricos, convirtiéndose China en el tercer consumidor de agua embotellada con aproximadamente 10.000 millones de litros anuales (una media de 8 litros por persona).

A la escasez de agua se une también el destrozo ecológico que suponen miles de millones de envases de plástico con un peso estimado de 1.500.000 toneladas de las solamente se recicla un 20%... ¿solución? Para echarse a temblar: envases reciclables fabricados a partir de ¡maíz!, que se descompondrían fácilmente en agua, dióxido de carbono y material orgánico… lo único que faltaría para que los precios de los alimentos experimentaran otro nuevo repunte.

El hecho de que la ONU haya establecido una “década internacional” (de 2005 a 2015) con el título de “agua por la vida”, no parece que vaya a servir para mucho. Mientras la población del planeta crezca y sus nuevos hábitos alimentarios precisen cada vez más cereales, el consumo del agua irá en aumento. Para colmo, el cambio climático y la desertización creciente de partes del planeta se unen al agotamiento de acuíferos, la contaminación de ríos y lagos. Se prevé que en el 2050 7.000 millones de personas se vean afectadas por la escasez de agua. La ONU atribuye esta situación a la “mala gestión de los recursos hídricos” pero el problema es mucho mayor. En las llamadas Metas de Desarrollo del Milenio para el 2015, la problemática del agua ocupa un lugar preferente.

La Declaración Ministerial de La Haya de marzo de 2000 estableció la relación entre la ausencia de agua y el aumento de las enfermedades y la muerte. En 2000, la tasa de mortalidad estimada sólo por diarreas relacionadas con la falta de sistemas de saneamiento del agua fue de 2.213 millones de personas. La mayoría fueron niños. En la misma reunión se aceptó que el agua constituye una parte esencial de todo ecosistema. Sin embargo, se aceptó también que en el 2030 el 60% de la población mundial vivirá en ciudades y que en las nuevas conurbaciones no existen garantías ni de suministro de agua, ni de eliminación efectiva de residuos, ni, por tanto, podrán existir garantías sanitarias. Además, habrá que dar de comer a esa población: dado su número es inevitable recurrir a la agricultura sistemática, pero, aun mejorando los sistemas de riego, lo que se logrará es aumentar la cantidad de agua dedicada a este fin ¿en detrimento de la industria o del consumo humano? Habrá, necesariamente, que promover una industria más limpia, no sólo menos contaminante, sino que consuma menos agua y que contamine menos. Y eso va a ser difícil: especialmente por que determinados países fían todo su futuro al desarrollo industrial.

Durante siglos, el agua dulce del planeta ha parecido bastante estable. Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XX, los procesos de contaminación empezaron a alterar ese equilibrio. Los vertidos tóxicos y la contaminación de acuíferos crean problemas insuperables y hacen que el agua a disposición de la agricultura y del consumo humano, disminuya. Lo dramático es que aumenta la demanda de agua potable para consumo humano, para agricultura y para industria. En estas circunstancias la tesis del “desarrollo sostenible” ya ni puede seguir siendo una esperanza.

© Ernesto Milá – info|krisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen