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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

ORIENTACIONES

Hoy no es un gran día

Hoy no es un gran día

LA AGONÍA DEL INDEPENDENTISMO CONTADA PARA TONTOS. La Vanguardia de hoy (uno de los diarios mas comprimetidos con el proceso soberanista y que fue boletín interno de CiU durante casi 40 años) nos muestra un largo artículo sobre la crisis de la ANC "la influyente plataforma que vela por el cumplimiento de la hoja de ruta independentista. 3.803 socios"... Trata de los "problemas internos" de la ANC, sin embargo, los dos más evidentes no aparecen: 1) LA META DE LA INDEPENDENCIA SE ALEJA CADA DÍA MÁS  y 2) ES EL DESCENSO DE SUBVENCIONES A LA ANC LO QUE ENTRAÑA SU CRISIS. Hay menos a repartir y, por tanto, más pelea por entrar en el manejo de la caja. NADA MAS

http://www.lavanguardia.com/politica/20160510/401704856910/crisis-anc-elecciones-secretariado.html


HAY ASESINOS CUYO CRIMEN BASTA PARA DEFINIRLOS, pero más repugnante aún es que a un matarife políticamente nulo se le considere "gran reserva del independentismo", Eso da la medida de la INIQUIDAD MORAL EN LA QUE SE MUEVE EL SOBERANISMO CATALÁN. Porque el tipo que veis en la foto, de aspecto triste, abotargado y obtuso, ENCADENÓ UNA BOMBA EN EL PECHO DE UNA PERSONA. Y ahí lo tenéis... 

http://www.libertaddigital.com/espana/politica/2016-05-10/el-cac-avala-que-tv3-presentara-al-asesino-de-bulto-como-gran-reserva-del-independentismo-1276573737/


DE TANTO EN TANTO LOS SUIZOS DAN LECCIONES A EUROPA. No solamente inventaron el reloj de cuco, sino la retirada de la ciudadanía. La cudadanía es un derecho reversible: si no se ejerce como se debe, lo noral es que se le retire. ¿LO RARO? QUE LAS MEDIDAS ANTIYIHADISTAS TOMADAS EN ERUOPA NO LA CONTEMPLEN Y QUE SUIZA HAYA TARDADO TANTO EN PLANTEARSE LO QUE ES LÓGICO Y NECESARIO. ¿Yihadistas? NO EN MI TIERRA, NO CON MI NACIONALIDAD.  

http://www.abc.es/internacional/abci-suiza-estudia-retirar-ciudadania-sospechosos-yihadismo-201605101934_noticia.html


NO CREO QUE LA GENTE SE DÉ CUENTA: PERO NOS ESTAMOS EXTINGUIENDO COMO PAÍS. Ni siquiera la inmigración ha logrado sacarnos del agujero demográfico (sino que lo ha agravado y, para colmo, ha generado un problema de identidad y de cultura que nos pasará factura en las próximas décadas). Y además, nuestra ACTIVIDAD ECONÓMICA es de bajo valor añadido y de escaso valor añadido: turismo y hostelería. HAY ALGO MÁS TRISTE QUE LA LARGA AGONÍA DE UN PAÍS: QUE ESTA SE REALICE ANTE LA TOTAL INDIFERENCIA DE SU POBLACIÓN, COMO SI EL FUTURO COMUNITARIO LES IMPORTARA A TODOS UN COMINO 

http://www.elconfidencial.com/economia/2016-05-11/la-caida-de-la-poblacion-y-la-productividad-hunden-el-potencial-de-crecimiento_1197977/


¿QUIÉN DIJO QUE CON FRANCO NO HABÍA MASONERÍA EN ESPAÑA? Desde siempre se ha sabido que la masonería en España está presente en las bases norteamericanas desde los años 50. Y en eso siguen. ¿Lo más sorprendente? que haya masones blancos y negros juntos. Hasta no hace mucho, la masnería norteamericana tenía a los negros segregados, e incluso había una masonería para negros (como la había para judíos). La segregación encontraba su anclage en la condición de ser "hombres libres y de buenas costumbres" exigida para ser masón. Se consideraba que el negro no era ni libre, ni de buenas costumbres. Ahora bien, las logias de las bases norteamericanas no dependen de la Gran Logia de EEUU, sino de la Gran Logia Nacional Francesa... masonería especialmente anticomunista.

http://www.elconfidencialdigital.com/defensa/Espectaculo-masonico-base-Rota_0_2706929298.html


¿POR QUÉ ALTERNATIVA POR ALEMANIA ES TAN POPULAR EN ALEMANIA? Con demasiada frecuencia, los blogs norteamericanos informan mejor sobre Eurpa que la prensa europea. Obviamente, el artículo es "hostil" pero, al menos, está bien informado.

http://www.huffingtonpost.es/sebastian-christ/extrema-derecha-alemania_b_9846564.html


"¿DESCOLONIZAR LA IZQUIERDA"? Un artículo significativo de alguien que se siente "de izquierdas", pero que también tiene la sensación de que algo no va bien en la izquierda... Hay algna reflexión interesante en el artículo, pero lo más interesante es que evidencia la confusión y el estado de ánimo de una izquierda que se creía con la venía para interpretar la realidad con su prista progresista e intelectualista y, de repente ve, que todos sus análisis han llevado a lo que se ve en la foto: a una "afro-sueca" yendo contra la contarriente y, literalmente, provocando...

https://www.diagonalperiodico.net/blogs/aitor-jimenez-y-pedro-jose-mariblanca/descolonizar-izquierdas-para-combatir-al-fascismo.html

¿Qué es un "progre"?

¿Qué es un "progre"?


Info|krisis.- El presente artículo fue escrito hace 10 años y publicado en alguna revista impresa que no recuerdo. De ahí que se aluda a personajes que ya hoy han pasado al basurero de la Historia: José Luis Rodróguez Zapatero, la Alianza de Civilizaciones, Santiago Carrillo. Hemos efectuado una corrección rápida y una adaptación mínima, pero lo esencial del artículo está intocable. Las alusiones a Podemos (progresismo quintaesenciado de este momento) son pocas y las hemos incorporado ahora. El tema daría para mucho más, pero esto son solo unos apunten que caracterizan a lo que es el "pensamiento progre". Algunos lo llaman "pensamiento soft" (blanco). Quizás sería mejor llamarle "pensamiento nulo". En cual quien caso, estos son sus destrozos.

 

¿Qué es un «progre» y cómo ve el mundo?

 

«Progre», apócope de «progresista», suele utilizarse con voluntad denigratoria para resaltar las limitaciones de una ideología que no llega a tal, sino que apenas es un racimo de tópicos y prejuicios. «Progresía», por su parte, se utiliza como sinónimo de feligresía «progre». El «progresismo» es tan limitado en lo ideológico que «progre», su limitación silábica, se adapta mejor a sus contenidos, de la misma forma que un dinosauro político indocumentado no es un «reaccionario» reaccionario sería un Donoso Cortés, un Metternich, un Guénon, un Evola, luminarias de un pensamiento conservador tan consecuente como coherentesino más bien un «regre». Lo «progre» y lo «regre» son las dos caras de la misma moneda: la sobreutilización sistemática del tópico aplicado a la política y al día a día.

La naturaleza progre viviseccionada

El progre se quiere aureolado de tres rasgos que definen su médula:

1) de cara al sistema, es «renovador, reformista e innovador»

2) de cara a sí mismo, le gusta verse como «tolerante, humanista y laico»

3) de cara al arco político, es «de izquierdas», «de centro izquierda» o «centrista» (y si es centrista, por supuesto, se reafirma diciendo que es «de centro progresista» porque más acá de la izquierda hay que añadir la coletilla).

Es difícil no considerarse progre, porque, en principio, los dos primeros rasgos no los puede negar nadie. Nadie con dos dedos de frente se encierra en un bunker político negando la necesidad de reformas y renovaciones. En tanto la sociedad avanza y evoluciona (o involuciona, que todo es posible), siempre es preciso introducir correcciones en el sistema. Así mismo, es difícil negar que «tolerante» y «humanista» son posiciones más agradecidas que «intolerante» e «inhumano» e incluso semánticamente «progreso» parece más esperanzador que «regreso». Como aquel profesor de historia que me decía con una seriedad pasmosa que Hitler era un genio de la propaganda por hablar del “nuevo orden” en lugar del “viejo desorden”. Y en cuanto a lo laico siempre será más árido, pero más racionalista, que cualquier forma de pensamiento mágico.

Sería difícil encontrar un término político o cultural que, en sí mismo, resumiera todo su contenido y que, en sí mismo, quiera decir tanto y ser, en el fondo, tan limitado.

El progre y su ubicación política

Pero lo más sorprendente es que todo progre se ubique sistemáticamente del centro a la izquierda del panorama político. No hay progres de derecha o al menos, si los hay, nunca resultan creíbles, ni tolerables por los progres con marchamo de autenticidad. Esto crea algún problema a la vista de que ese espacio político es tan amplio como heterogéneo. En el fondo, uno de los motores del malhadado «proceso de paz» vasco fue la irracional creencia de ZP en que los «abertzales» se situaban a la izquierda del panorama político vasco, esto es, próximo a los socialistas y que solamente les hacía falta un pequeño impulso para que los chicos de la gasolina, el tiro en la nuca y la dinamita, hicieran causa común con ellos.

El razonamiento de ZP era más simple que el mecanismo de un botijo: «si se llaman a sí mismos «izquierda abertzale», eso quiere decir que son «progresistas» (porque son de izquierdas) y si lo son, es que son buenos chicos. Así que accederán a pactar con otros «progres» como nosotros». De ahí al fracaso no había más que un paso que ZP dio con una audacia propia de Cerolo, en sus mejores tiempos, reivindicando vaselina para sus rizos con cargo a la seguridad social.

El progre para serlo, debe ser de izquierdas, de lo contrario no es completamente progre. El progre centrista es un falso progre o un progre emboscado y a éste se le define como «oportunista» (y seguramente lo es). Una parte de él se ha quedado en el armario. El verdadero progre, como mínimo, está del «centro–izquierda» a la extrema–izquierda. Esto explica muy a las claras porqué el progre es «antifascista», pero nunca, oigan bien, nunca «anticomunista».

A decir verdad, si el progre fuera «tolerante, humanista y laico», difícilmente podría encajar con una doctrina que, desde Marx hasta que fue arrojada a las letrinas de la historia, sus tres rasgos esenciales eran la intolerancia de la que solían hacer gala sus partidarios, sus contenidos inhumanos cristalizados en una ideología fría y desprovista de sentimiento (Artur Koestler que la conocía bien porque fue uno de sus propagadores, explicaba en sus memorias que no podían entender por qué cuando su célula se reunía en los bosques, toda la naturaleza callaba en torno a ellos, como si muriera) y su formulación con forma de religión laica (dotada de libros sagrados –los escritos canónicos de Marx, Lenin, Stalin, Mao e incluso del «camarada Arenas», o el exótico «camarada Gonzalo», alias Abimael Guzmán –clase sacerdotal –los cuadros del partido, símbolos sagrados –la hoz y el martillo, la bandera roja, el puño cerrado, ritos –el canto de la Internacional, la discusión sobre la última resolución del Comité Central, la fiesta del partidosu horizonte mesiánico –la dictadura del proletariado y el fin de la historiay el infierno para los impíos –el GULAG, psiquiátrico y/o el paredón–).

Pero a los progres de hoy les ocurre con los comunistas como a ZP con los chicos de la gasolina: si ellos dicen que son progres, es que lo son y poco importó que crearan el universo concentracionario más denso de la historia universal, las checas, el stalinismo y, simplemente, propusieran esa lindeza de la «dictadura del proletariado» quintaesencia del pensamiento teleológico y mesiánico aplicado a la política.

Si usted le niega a un progre, justamente, el que es progre, puede ocurrir que reaccione con violencia inusitada: el progre es progre porque lo dice él (de hecho, ¿quién va a saberlo mejor que él? Así que hay que hacerle caso).

Hubo un tiempo en el que el marxismo (y su precedente, el socialismo utópico) era de una austeridad propia de los profetas del desierto. No es por casualidad que el sufraguismo feminista naciera en esos pagos abonados por la ausencia de Dionisos, la ignorancia de Eros y el mutis de Apolo. Era el tiempo –desde la sociedad victoriana hasta el último suspiro de Mao o el reventón de Pol Poten el que una parte de la «izquierda progresista» condenaba a la sexualidad como una manía pequeño burguesa que alejaba de los verdaderos problemas del proletariado y creaba vicio y molicie en los militantes obreros.

Los maoístas siempre sostuvieron que un maricón era alguien para el que el ano del amante era más importante que la lucha del proletariado y, por tanto, prescribían la abstinencia en materia sexual. No vamos a discutir tan singular punto de vista, desde luego, pero en esa misma época y desde principios de los años 70, otra secta izquierdista, el «trotskysmo», ya advertía el inmenso potencial que albergaban los movimientos de liberación sexual y pasaba a constituir los primeros núcleos de los futuros «partidos arcoiris».

El progre y el comunismo histórico

Lo realmente sorprendente es que a poco que se examine lo que fueron los partidos comunistas, se percibe con facilidad que la mayor monstruosidad de la historia les pertenece como patrimonio inalienable y que nunca nadie como los partidos comunistas negaron justo lo que los progresistas afirman. Se conviene –y es un ejemplo– que el progresismo de Santiago Carrillo es incuestionable. Cuestionarlo, al parecer, equivaldría a cuestionar lo mejor de la transición.

Carrillo en España entendió que los crímenes de Stalin, la invasión de Checoslovaquia y la represión constante que se generaba allí en donde un comunista había echado raíces, no convenía a sus intereses, así que creó –junto con Georges Marchais y Enrico Berlinguer– el «eurocomunismo» que era menos comunista y más progresista a efectos de imagen. Lo que no impidió que Carrillo y el PCE siguieran contando con subsidios, subvenciones, ayudas y mordidas de los países del Este. Ceaucescu fue el último en cancelar estas ayudas y no voluntariamente sino porque la ciudadanía rumana se soliviantó contra él, dándole de su propia medicina: juicio bufo y paredón. Donde las dan, las toman.

El progre para serlo debe ser asimétrico: antifascista por un lado, mirará por otro con simpatía al comunismo y a la historia del movimiento comunista. Es de buen tono, por ejemplo, que cuando se examina el franquismo y la transición española, el progre, especialmente destaque las cualidades de Santiago Carrillo para llevar al PCE por la senda democrática.

Si Carrillo fue algo, fue cualquier cosa menos un ejemplo de político con escrúpulos. No los tuvo durante la guerra civil (Paracuellos no fue un accidente en la vida de Carrillo, ni siquiera un pecadillo de juventud), no los tuvo cuando traicionó a su padre Don Wenceslao, sustrayendo las juventudes socialistas al PSOE, ni lo tuvo cuando puso pies en polvorosa dejando a los «pringaos» (militantes) a que le cubrieran su retirada en 1939; volvió a mostrarse tal cual era cuando liquidó a sus enemigos políticos lanzándolos a la loca aventura del maquis en la «invasión del Valle de Arán». Volvió a mostrar ese oportunismo cuando envió marcado a España a Julián Grimau que, como era de esperar, resultó detenido y fusilado. Volvió a mostrar más de lo mismo cuando en las proximidades del «proceso de Burgos» lanzó su llamamiento a «las fuerzas del trabajo y de la cultura» para que sellaran su «pacto por la libertad» (año y medio después de que los tanques de su benefactor, Breznev, aplastaran la «primavera de Praga» en nombre de esa misma libertad). Y por si eso no fuera poco, viajó a EEUU, tras las elecciones de 1977 para rendir pleitesía a los «amos del mundo», en forma de diosecillos del CFR (Consejo de Relaciones Exteriores norteamericano) y, de regreso, iniciara la voladura tan controlada como sistemática del PCE. Y, finalmente, pirueta de piruetas, después de haber pasado cincuenta años aguijoneando a la sigla PSOE, ingresó en este partido en el cenit del felipismo con su último escuadrón de fieles despistados y cerriles. Ese fue Santiago Carrillo, el «progresista», disputado por las emisoras de PRISA como tertuliano de pro antes de convertirse en polvo.

El progre y el terrorismo

El progre en su decantación política es pura contradicción e incoherencia galopante, reflejo especular de todo aquello que critica: los que peinamos canas, recordamos todavía como los progres de los sesenta y setenta, se declaraban pacifistas pero vitoreaban al Vietcong, como entre el humo aplatanante del porrete se declaraban a favor de la armonía universal y del amor, para acto seguido lucir una camiseta del Ché o de Angela Davis y elogiaran la última «acción armada» (esto es, terrorista), de la última guerrilla olvidada en el último culo del mundo; eso era anteayer, pero nada ha cambiado en los últimos cuarenta años; hoy, alardeará de haber retirado a las tropas de Irak pero evitará reconocer que metió a nuestras tropas en lugares tan peligrosos como Afganistán o el Líbano. Y si se ve forzado a reconocerlo, sostendrá que fueron allí a repartir bocadillos y a morir por la democracia (que en Afganistán es como morir en defensa del bocata de choped). Y, por tan loables, intenciones, nuestros soldados, al parecer, generaron la hostilidad del «terrorismo internacional». Si estalla una mina bajo su vehículo, si el helicóptero que los transporta es tiroteado y cae, si la base donde duermen las tropas recibe en la noche un pepinazo de 125 mm, todo ello no son acciones de guerra, sino del «terrorismo internacional» que la ha tomado con los que no aspiran más que a ayudar a la población y repartir futesas. Cualquier cosa menos reconocer que nos encontramos en «estado de guerra» allí en donde ZP llevó a nuestras tropas y donde Rajoy las mantuvo.

Aunque se obstine en negarlo, el concepto áureo del progre es: «dos pesos, dos medidas». La guerra es guerra sólo cuando nos mete en ella la derecha, pero es cualquier cosa menos guerra si la desencadena uno de ellos.

El progre, la religión y el laicismo

Las relaciones del progre y la religión son particularmente sorprendentes El progre, en sí mismo, suele definirse como laico, lo cual no está reñido con que algunos afinen un poco más y reconozcan que tienen fe religiosa, pero que ésta se aplica solamente a la «esfera personal». Eso está bien, ves.

Les pierde la simpatía por los «movimientos apostólicos de base», es decir, si les va algún tipo de religión es la religión de la no–religión, esto es, el cristianismo postconciliar más «avanzado». Un progre que se precie no albergará el menor problema en comulgar con una rosquilla que le tenderá el islamista que se sienta junto a él el día en que las cámaras de TV lo registren en la parroquia de San Carlos Borromeo, mientras el yonki de turno allí albergado le pispa la cartera o el peluco. Será de buen tono que considere esta «comunión» como «aproximación a los que sufren», pero nunca –y esto es definitivo, nunca– como una liturgia y un ritual religioso (porque si para él la religión católica debe ser algo, debe ser un ente desprovisto de liturgia, rito y dogma, reducida a demagogia social que la doctrina progre rotula abusivamente como «religión»).

El progre defenderá a capa y espada el laicismo del Estado. Hará todo lo posible para eludir que la historia enseña que la religión católica fue la tradicional de España y que difícilmente podría entenderse nuestra historia desconociendo el hecho católico. Lo que realmente le interesa es que la religión no se enseñe en las aulas y si hay que hacerlo, sin duda, el catolicismo debe estar en pie de igualdad con cualquier otra religión «para que el niño conozca y elija»… Resulta chocante que toda la hostilidad indisimulada servida en relación a la Iglesia se transforme en una admiración desmesurada hacia el Islam y todo lo que representa. Un progre que obstaculiza la enseñanza y simple mención del catolicismo, sin embargo, no tiene empacho en alentar la difusión, permisividad y promoción del Islam.

Y es que, si en materia religiosa el progre alberga alguna simpatía es hacia el islamismo hasta el punto de que en el mismo momento en el que defiende la desaparición de la asignatura de religión en la escuela, no tiene empacho en promover con cargo a los presupuestos generales del Estado la contratación de imanes y electroimanes para enseñar el islamismo en las aulas.

¿A qué se debe? Es simple entenderlo: en su particular visión histórica la «pérdida de España» en tiempos de Rodrigo no fue tal, sino apenas una colonización pacífica que llevó a la península a ser «el país de las tres culturas» hasta que los Reyes Católicos y los «grandes Austrias» dinamitaron este sueño dorado y convirtieron a nuestro país en el terreno abonado para el fanatismo religioso. El progre tiene tendencia a ignorar que el ejercicio de la inquisición fue racionalista en España, mientras que abundaron las brujas quemadas a mansalva en el resto de Europa. Si la «leyenda negra» ha cuajado en alguien ha sido en el progre que la ha asumido acríticamente y la ha dado por buena, sin más. De ahí que el progre no tenga inconveniente en «considerar» (PSOE, Podemos y su galaxia, sin ir más lejos) la propuesta de nacionalizar españoles a los descendientes de los moriscos expulsados (expulsados por pactar con el turco una nueva «pérdida de España, por cierto).

La Alianza de Civilizaciones o el progresismo quintaesenciado

¿Se acuerdan de la Alianza de Civilizaciones aquella memez en la que Zapatero dilapidó capitales, tiempos, energías en un vano intento de entrar en la historia por la puerta grande y que tan sólo consiguió hacerle un hueco en el capítulo de los memos? Tras haber lanzado en NNUU su llamamiento, ZP fue apoyado entusiásticamente por Mongolia –si, por Mongolia, capital Ulán Bator– pero ZP declinó educadamente tanto fervor y se fue en busca de aliados más acordes con su proyecto. Le salieron dos de los llamados «países oportunistas», Marruecos y Turquía, aspirantes ambos a los mercados y a los subsidios de la UE, únicos apoyos del esperpéntico y coriáceo proyecto. Así que ZP contrató a un «grupo de sabios» –o presuntos tales– para que enunciaran las medidas más adecuadas para alcanzar la «armonía civilizacional» a la que aspiraba. Estos «sabios» después de deliberar dictaminaron que había que cuidar particularmente a la infancia e imbuirles desde pequeños ideas loables: por tanto habría que enseñar a los niños españoles el Islam y a los afganos el cristianismo… Os juro que fue así hace ya diez años. Les pagaron sus emolumentos y nadie volvió a acordarse del disparate, ni de retirar a los «sabios» el marchamo de tales. Hubieran merecido, más bien, ser corridos a alpargatazos.

De la Alianza de Civilizaciones queda hoy el sorprendente hecho de que parece unilateralmente orientada hacia el Islam, como si el hinduismo, el confucianismo, el budismo y el sintoísmo no existieran. La Alianza de Civilizaciones miró al Islam como el mariquita de poco cuerpo y mucha pluma suele mirar al metromacho esculpido a base de pesas, esteroides y anabolizantes. El día en el que ZP se ausentó de La Moncloa sin dejar señas, este proyecto apetardado se fue con él.

En el fondo, la inspiración de ZP vino de Catalunya. Gracias a Maragall pudo ser secretario general del PSOE y gracias al Pacto del Tinell encontró una estrategia para aislar al PP. Y fue también gracias al alcalde Joan Clos (luego ministro) que encontró un modelo a universalizar en forma de «Alianza de Civilizaciones». Ese modelo fue el «Forum de las Culturas 2004», una verdadera orgía progre.

El Forum 2004 surgió de la colusión de dos elementos: 1) las ansias recalificadoras  del Ayuntamiento de Barcelona (Barcelona, encerrada entre montañas y por otros términos municipales difícilmente podría expanderse si no era apurando la zona de Diagonal Mar donde se construyó el foro y se promocionó un nuevo sector urbano como 12 años antes se hizo con la Zona Olímpica) y 2) el misticismo masónico presente siempre en el ayuntamiento de la ciudad condal, cuyas loables intenciones aportaron el contenido emotivo y sentimental a una operación que era, a la postre, inmobiliaria.

Los progres del ayuntamiento enunciaron los principios que inspiraron al foro y estos serían «libertad, igualdad y fraternidad» (originalidad ante todo). De los tres términos, el tercero era el clave: «fraternidad», no ya entre las personas, sino entre las culturas, como si las culturas dialogaran entre sí como las parientas de una corrala. Del Forum 2004 no quedó nada tras el día del cierre, salvo la operación inmobiliaria que había resultado triunfal (Digonal Mar). Pues bien, la idea, ampliada, terminó en Alianza de Civilizaciones cristalización del buenismo más ramplón y babosillo que pudiera concebirse.

El progre y el sentido de la historia

El progre, en este como en cualquier otro aspecto de su vida, suele confundir sus deseos con la realidad. Nadie niega la necesidad de reformar constantemente la sociedad; la diferencia entre el progre y una persona sensata es que mientras ésta última será consciente de que las reformas sino funcionan en una dirección hay que hacerlas en otra, el progre es sólo capaz de concebir una sola dirección, hacia delante, es decir, hacia el “último grito”, como aquellos mulos de carga a los que cubrían lateralmente los ojos para que solamente pudieran avanzar siguiendo a su nariz. La primera actitud es la razonable, por tanto, no es lo que cabe en la mentalidad de un progre.

Para el progre, la historia es unidimensional, lineal y siempre ascendente. En su extraordinaria simplicidad reduce la historia a un «va p’adelante y va p’arriba» que desalienta cualquier crítica. Así pues, todo lo que vaya en esa dirección, esto es, que no se haya ensayado anteriormente, es positivo, saludable y lo que pide la situación. El progre nunca mira hacia atrás en busca de inspiración, ni de enseñanzas históricas: si no es completamente ciego –que también ocurre– mira hacia delante en dirección a las novedades nunca antes ensayadas, de eficacia indemostrable y resultados dudosos.

Suele ocurrir que por mor de esta actitud rígida, con una frecuencia inusual, las «propuestas progresistas» supongan verdaderas catástrofes. En la enseñanza es, sin duda, en donde los progres han hincado más sus garras y no es por casualidad que la enseñanza es una de las instituciones que sufren una crisis más profunda en nuestro país (el PSOE no admite ninguna otra reforma de la educación que no haya inspirado él, es decir, que no degrade, más y más la enseñanza). La enseñanza es, a decir verdad, la pira de las vanidades progresistas. Ni una sola de sus intuiciones se ha demostrado eficaz; y lo que es peor, a medida que se han ido aplicando unas y otras, el sistema de enseñanza ha ido decayendo hasta ingresar, finalmente, en la UVI sin grandes esperanzas de recuperación. Y así lleva en coma desde hace como veinte años. La fuga hacia la enseñanza privada de la población que se lo puede permitir evoca el momento en el que los aspirantes a náufragos del Titanic se abalanzaron hacia las lanchas. Mientras, la orquesta del PSOE toca en cubierta.

El progre dice tener memoria «histórica». Lo dudamos. Si la tuviera se preocuparía muy mucho de guardarse sus vergüenzas. Gracias a la «memoria histórica» hemos podido recordar lo que muchos hubiéramos deseado olvidar: las checas de Madrid, y Barcelona, Carrillo firmando autógrafos en Paracuellos, los paseos al amanecer que afectaron no solo a Lorca, la vergonzosa guerra en el Norte, los fusilamientos de sacerdotes, el desentierro de momias de monjas, las quemas de conventos, la inviabilidad de la República, la subversión socialista de octubre de 1934. Lindezas de la memoria histórica que solamente hemos logrado recordar gracias a Zapatero y a su inefable abuelito.

El progre y la ecología

No es raro que, a la vista de lo visto, el progre se refugie en campos que, a primera vista, solamente domina en exclusiva. En la ecología, por ejemplo, hay acumulación de progres. El progre se reviste aquí de rasgos apocalípticos, mesiánicos y escatológicos propios del profeta iracundo del Antiguo Testamento. También aquí se produce la paradoja de que los actos desmienten las palabras del progre que, una vez más, parece decir: «fijaros en lo digo pero no en lo que hago». Salvo honrosas excepciones –alguna habrá– el progre de bulto, no acompaña sus jeremiadas sobre el calentamiento climático, el agotamiento de recursos o lo insostenible del desarrollo (problemas muy reales, por lo demás), aplicándose el cuento y moderando su consumo energético, acudiendo a los transportes públicos y reciclando, sino que suele hacer una vida como el regre más regre del universo regre. Salvo en sus palabras, el progre no hace nada por el medio ambiente o lo que hace es tan pequeño que se pierde en el mar de la nada.

Además, conoce las necesidades de conservación (la palabra conservación produce estremecimientos en el progre salvo en materia ecológica) del medio de manera completamente aproximativa. Los campesinos y agricultores son, además de la clase más conservadora, los que mejor conocen las necesidades ecológicas del medio natural. Raro es que un campesino haga algo contra el medio ambiente del que, necesariamente, vive y depende. Pero el ecologismo tiene tanto que ver con los agricultores, como el progre con el sentido común.

Superficial entre los superficiales, el progre repetirá la necesidad de aplicar el protocolo de Kyoto sin tener una idea muy exacta de lo que es e ignorando que ni siquiera contribuye a disminuir de manera apreciable los niveles de CO2 en la atmósfera. Le bastará ver una mediocre y alarmista cinta de Al Gore para preocuparse por la tarde y volver a sus hábitos normales consumistas por la noche. Con esto su solidaridad con la naturaleza queda satisfecha. Acto seguido abre la puerta de su automóvil y contamina como cualquier otro hijo de vecino, progre, regre o mediopensionista.

Cuando un progre da una solución a un problema ecológico, podemos estar seguros de que causará más daños que los que aspira a combatir. «Hay que reciclar para evitar que la tala de árboles en Amazonia…», encomiable tarea que ignora, sin embargo, que el reciclado de papel y la necesidad de lavarlo con detergentes enérgicos, genera más contaminación y erosiona más el medio ambiente que una tala. Por citar un ejemplo. Hay muchos más. Además los ecoprogres solamente se ponen de acuerdo cuando afrontan a alguien que no es ecologista, ahora bien, cuando se trata de discutir entre ellos, se llevan la contraria unos a otros por el mero placer de hacerlo. Si unos dicen que hacen falta energías alternativas y proponen energía eólica, habrá otros que sostengan que las aspas pueden matar a especies en vías de extinción (a lo mejor están en vías de extinción por selección natural: pegársela contra un aspa no es, desde luego, la mejor forma de evidenciar instinto de supervivencia). Si unos dicen que hay que instalar paneles solares otros sostendrán que tienen «impacto visual» y, por tanto, son rechazables. Y todo así. Serán capaces de cambiar la variante de una carretera porque pasa a través de un paraje residencial de mariposonas. Repoblarán los Pirineos con osos y lobos, prohibirán su caza… hasta que finalmente, los osos y los lobos amenacen la seguridad de los rebaños y los excursionistas.

Créanme: si un ecologista le da una solución a algo, piense que existe un alto porcentaje de posibilidades de que esa sea, de todas las soluciones posibles, la peor.

El finalismo progre y la negación de lo instrumental

El progre es fundamentalmente alguien que ejerce el noble arte de la solidaridad con una facilidad y una reiteración pasmosa: se solidariza con quien haga falta, donde haga falta y para lo que haga falta. En su escala «finalista», aquellos valores que contribuirán a hacer una sociedad ideal al final del camino son mucho más importantes que los valores «instrumentales» que nos ayudan en el día a día a llevar una vida mejor y a hacer más soportable la cotidianeidad.

Los valores finalistas a los que se apresta a transmitir la asignatura «Educación para la Ciudadania» son encomiables y suponen la quintaesencia de la doctrina progre: pacifismo, solidaridad, humanismo, ecologismo, tolerancia, multiculturalidad… así que calculen; pero no dice nada de los valores instrumentales: jerarquía, fidelidad, rectitud, disciplina, esfuerzo, constancia, autocontrol, espíritu de sacrificio, etc.

Y así se da nuevamente la paradoja de que un chaval educado en los nobles valores finalistas, modelo de virtudes cívicas del universo progre, sea un perfecto borde, tirando a hijoputa, en su casa y esté dispuesto a solidarizarse con el cachalote de Borneo en trance de desaparecer, pero sea incapaz de facilitar la vida a sus padres, hacer una cama o simplemente contribuir al mantenimiento del hogar familiar.

El progre y las «fuerzas de la cultura»

El progre sufre mucho al percibir las «injusticias» y sufriría más si fuera capaz de reflexionar sobre los problemas que genera. La política nacional e internacional, la educación, la ecología son terrenos en los que los fracasos progres se cuentan tanto como sus iniciativas. Pero siempre les quedará la «cultura». Porque el progre está convencido de que es una persona «de cultura». Saber las cuatro reglas, habitualmente, las sabe, pero eso no le da necesariamente un marchamo de cultura; aspira a algo más a ser el representante genuino de las «fuerzas de la cultura».

La cultura progre es mediática, esto es, facilona: sus popes son Ramoncín para los más simplones y Saramago para los edulcorados, tontorrón uno y tristón el otro. Si fallece el Fary o se nos va Juanito Valderrama, alegría uno y gracejo torero el otro, no tendrá ni una palabra de cariño; desconfiará de Tintín, y en cuanto a Schwarzeneger o Clint Easwood le generarán todo tipo de desconfianza. Porque el progre tiene sus preferencias: en música, por supuesto, Camarón. Sobre todo Camarón el de voz más rota y cazallosa. Y en segundo lugar la «música étnica», «de mestizaje» o de «fusión». En cine, arte y ensayo, cuando lo había. Cine intimista, siempre (a la vista de que el cine de Pontecorvo desapareció) y si ha que ver algún producto americano que sea exclusivamente de «cine indi», «cine independiente» (los festivales de Sundance proveen anualmente de obras suficientemente aburridas como para satisfagan al progre de estricta observancia), minimalista y si puede ser, llegado del Tercer Mundo.

Y, luego, claro está, un tributo a la producción nacional: porque los actores y directores españoles son los niños mimados de las «fuerzas de la cultura» progre. Los actores españoles, además de actuar, se creen obligados a opinar y cuando hablan lo hacen ex cátedra. Gran problema éste. ¿Cómo se puede explicar a un actor que realiza su función cuando repite textos, mejor o peor, que otros han escrito y que cuando habla por sí mismo, expresando su opinión, frecuentemente hace el ridículo? No hay nada más simple que un actor expresando sus opiniones políticas. Habitualmente, logran hacerlo mediante una pegatina. Hubo un tiempo en que eran «panfletos parlantes», hoy apenas son «percheros de pegatinas». Su fiesta anual son los Goya que viene a ser como un reparto de la miseria.

No es raro que los esperpentos (a lo Torrente o a lo Mortadelo) generen más favor del público, puestos a elegir, la mayoría no progre se decanta hacia los productos no progres del sector. Sector subvencionado oficialmente en un 30% por cierto (y realmente casi en el 100%), el cine español agoniza de sobredosis progre. El director de cine progre ha aprendido a presentar proyectos sobrevalorados capaces de ser llevados a la práctica justamente con ese 30% que recibe de subvención. Si hay ingresos, hay beneficio y si no, al menos él, ya ha pillado. Tal es la mentalidad de la «industria del cine» español, última trinchera en el que la progresía hispana es mayoritaria.

El progre y las drogas

Hablando de sobredosis. El progre y las drogas es otro capítulo sorprendente. La postura políticamente correcta del progre es despenalizar las drogas, todas las drogas, menos el alcohol, el tabaco y los toros que deberían de estar, no sólo prohibidos, sino castigados.

En este terreno de las drogas, pensar en que un progre podría hacer realidad algún día su «proyecto» es, literalmente, aterrador. Miles de yonkis comprando heroína y cocaína en los supers y atracando al resto de clientes en la cola de la caja. Millones de chavales tirados por las calles consumiendo hachís a destajo y todos ellos –como los yonkis– con los vicios pagados por los caudales públicos.

¿Eso es “leglización de las drogas”? Seguramente es la visión que más se aproxima. Por si no hubiera suficiente con un «efecto llamada» para delincuentes, otro para inmigrantes, otro para los transexuales en busca de la sopa boba quirúrgica, ahora lo que la totalidad del universo progre plantea es un efecto llamada para los colgados de todo el mundo.

Gracias a los progres celtibéricos hemos conseguido que según NNUU, España sea el país del mundo que más drogas consume… mucho más que los EEUU. Finalmente, hemos logrado superar a los EEUU en algo. El mérito es para la progresía que en 1983 subió de la mano del PSOE enarbolando, entre otras lindezas, el slogan de «despenalización del porro». Aquellas aguas trajeron estos lodos.

Gracias a Felipe González el consumo de drogas se despenalizó, gracias a Aznar el porro se banalizó (a fin de cuentas, eso y la cerveza barata eran las formas de tener calladitos a las legiones de futuros parados o de subempleados), gracias a Zapatero  todo esto se convirtió en pandémico y con Rajoy, simplemente, se ha mirado a otro lugar. Hoy es más fácil liarse un porro que fumarse un cigarrillo.

El progre y la inmigración

Hubo un tiempo en el que el progre de estricta observancia se pirraba por el olor a sudor. Era algo que él no conocía ni conocería: el olor destilado por probos trabajadores después de horas de esfuerzo físico y antes de la ducha. Para el progre era como una droga embriagadora. Cuando eso se disipó -y se disipó cuando el marxismo dejó de ser lo último de lo último en cuestión de progresía- el progre buscó otro aroma que sedujera su pituitaria y excitaran su pchique. Lo encontró en la inmigración.


 

Hemos dicho «efecto llamada» y esto tiene que ver muy mucho con la inmigración. La posición tradicional del progre en esta materia es simple: «papeles para todos», por no hablar de aquel otro memorable de «ningún ser humano es ilegal» o el «refugiados welcome». Lamentablemente tanta solidaridad no se traduce, como es habitual, en un comportamiento diferente entre el progre y el resto de la población: el progre no pone un inmigrante en su vida (como máximo lo tiene de chófer, de jardinero, baby sister o chacha), no le ofrece su hogar para que pueda eludir la repatriación, ni un puesto de trabajo remunerado dignamente: en el terreno de la inmigración, una vez más, el progre predica unas cosas que nada tienen que ver con su comportamiento real. No conozco ningún empresario progre que pague un salario digno a sus trabajadores inmigrantes. De hecho, tampoco conozco muchos empresarios regres que lo hagan, lo que demuestra la equidistancia simétrica de clase entre progres y regres.

Para el progre la inmigración es necesaria dada nuestra baja tasa de natalidad. Justo después de lamentarlo enuncia su batería de medidas progres: aborto libre y gratuito, más facilidad para el divorcio que sea express, legalización de los matrimonios estériles, esto es gays y, sobre todo, inmigración y adopción de niños recogidos de los hospicios de medio mundo o vendidos al peso por empresas habilitadas ad hoc. Hoy un progre compra una niña negra o china como si se tratara de una mascota.

Cualquier cosa antes que medidas mucho más razonables (ayudas a las familias numerosas, desgravaciones fiscales a la paternidad, subsidios para la formación de nuevas familias, campañas de natalidad, etc.) son consideradas con desconfianza, sino motejadas pura y simplemente de fascistoides. Hay algo insano en el progre que le impulsa a ser «etnocida»: cualquier cosa antes que favorecer en algo a la propia etnia. Favorecer a cualquier otra, vale, a la propia, en absoluto.

Ahora bien, sobre este tema ¿para qué hablar? Si ha habido alguna medida que destile mejor el espíritu progresista es, sin duda, la reforma de la ley de inmigración que llevó a la regularización masiva de febrero–mayo de 2005. A partir de ahí ¿se pueden considerar con seriedad las posiciones «progres» en materia de inmigración? En absoluto, son el resultado de la ignorancia, de la irresponsabilidad, de la falta de criterios y de visión histórica y del humanitarismo elevado a la enésima potencia.

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Hasta aquí no hemos caricaturizado, como máximo frivolizado y lo justo, sin pasarnos. Los progres son así. El progre es lo que es, una contracción risible y grotesca surgida del universo más simplón de la izquierda postmarxista. Un hombre de izquierdas es un pogre ilustrado, un progre a secas es un pobre individuo con déficit de conocimientos reales e inflación de tópicos.

El hombre de la izquierda tradicional (socialista, socialdemócrata, comunista) es una especie en vías de extinción, sin embargo, la proliferación vermicular de progres a secas constituye, sin duda, uno de los factores  esenciales de la recomposición de la izquierda europea. Asumir una ideología es comprometerse a demasiado y el progre no está dispuesto a hacerlo como hizo la izquierda marxista, resulta mucho más fácil asumir simplemente un catálogo de tópicos. Ahí está Podemos para recordárnosolo, y ahí está lo que queda del PSOE para confirmarnos que más allá del socialismo, más allá de la democracia, del bolchevismo y del anarquismo, está la nadaría progre.  De paso se ahorran la lectura de las sesudas obras de los clásicos del marxismo. Eso que ganan.

¿Cuáles son los laboratorios de la ideología progre? Sólo uno. Recordarlo: así como las revoluciones burgueses tuvieron en las logias masónicas sus laboratorios ideológicos, así como las revoluciones bolcheviques tuvieron a los partidos comunistas como instrumento, el mundo progre tiene en la UNESCO su centro elaborador y difusor de ideas. Vale la pena leer El Correo de la UNESCO para ir actualizando la doctrina progre. Ese es el laboratorio, no hay otro.

© Ernesto Milá – info|krisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com – Prohibida la reproducción de este texto en soporte digital, sin indicar origen

Corruptelas de ayer y de hoy

Corruptelas de ayer y de hoy

Info|krisis.- Los últimos acontecimientos sobre la corrupción en España no hacen más que rizar el rizo y llevar el problema hasta extremos en los que resulta demasiado evidente que ni por vía judicial, ni por vía constitucional, ni por via “popular”, no hay absolutamente nada que hacer. En efecto, la detención de las cúpulas de dos organizaciones que hasta hace poco lideraban la lucha contra la corrupción me recuerda a aquella noticia que tuve que cubrir a finales de 1980: “El presidente de la comisión de desaparecidos de la ONU, a su vez, ha desaparecido”… Noticia grotesca donde las haya. Quizás sea el momento éste de preguntarse dos cuestiones: ¿cómo se originó la corrupción en España?, y si esto tiene o no tiene salida.

Del estraperlo al "asunto Nombela"

Vayamos a lo primero. Se tiene la creencia de que la corrupción fue un sarpullido que llegó con la democracia y que antes no existía corrupción. Error. Hubo corrupción institucionalizada durante el franquismo, como la hubo durante la guerra civil en ambos bandos y como existió durante la Segunda República y si nos remontamos a donde alcanza la memoria de nuestros abuelos, la restauración después del golpe de Sagunto en la figura de Alfonso XII, con el canovismo y su régimen, tuvieron corrupción y tuvieron caciquismo en grados superlativos. Así pues no hay nada nuevo bajo el sol. Lo que ocurre, quizás, es que ahora tenemos el sentimiento de esta lacra inseparable de nuestra historia y algunos empecemos a estar hartos de ella.

Durante la República, un par de estafadores, Daniel Strauss y Perle, decidieron proponer al gobierno radical–cedista la autorización e instalación de ruletas que hasta ese momento habían estado prohibidas en España. Habían visto que el Partido Radical era muy receptivo al proyecto, especialmente porque Lerroux recibiría el 25% de los beneficios, el también radical y ex alcalde Barcelona, Joan Pich i Pon, el 10%, el sobrino de Lerroux un 10%. Pich i Pon –un verdadero salteador de caminos y ex alcalde radical de Barcelona– se comprometió a sobornar al ministro de gobernación Salazar Alonso, con 100.000 pesetas. El juego fue prohibido al demostrarse que era fraudulento. Las ruletas instaladas tenían un mecanismo desequilibrador que hacía que la banca siempre ganara. El escándalo saltó en octubre de 1935 por la denuncia presentada por Daniel Strauss contra el presidente de la República, Alcalá Zamora, exigiéndole una indemnización y por el dinero que había pagado a los políticos radicales. El presidente del gobierno pidió explicaciones a Lerroux, el cual se limitó a decir que no había posibilidades de demostrar sus implicaciones con Strauss y Perle.

Llovía sobre mojado porque casi en la misma época había estallado sobre las cabezas del mismo gobierno el llamado “Asunto Nombela” o “Escándalo Nombela”, por el nombre del funcionario que lo destapó. Se trataba de un funcionario del ministerio de colonias, Antonio Nombela, que acusó a los responsables del Partido Radical de haber realizado un caso de cohecho. Un empresario catalán había solicitado una indemnización y funcionarios lerrouxistas habían fallado fraudulentamente a su favor. Nombela se negó a pagarla y denunció el caso a Gil Robles. El gobierno lo cesó y Nombela llevó el asunto  las cortes, demostrándose que estaba implicado directamente Alejandro Lerroux, presidente del gobierno que había firmado el expediente. A pesar de ser evidente su implicación, la votación en el congreso lo exculpó, lo que la opinión pública se tomó como un ocultamiento colectivo realizado por parte de la mayoría radical–cedista.

Indalecio Prieto siempre atento a los movimientos de los corruptos, cuando conoció los resultados de las elecciones de finales de 1933 y que los vencedores habían sido los radicales, comentó a sus allegados: “Estos se llevarán hasta las alfombras de los ministerios”. Poco más o menos, así lo hicieron y en las elecciones siguientes, el Partido Radical prácticamente desapareció de la faz de la tierra a raíz de estos escándalos. El problema fue que la volatilización de los radicales entraño también el que en febrero del 36 el Frente Popular tuviera mayoría y que en el mes siguiente, ya estuviera claro que su intención era apisonar a cualquiera que se pusiera por medio. Calvo Sotelo, por ejemplo. En cierto sentido, la corrupción facilitó el camino a la guerra civil.

Tras la guerra llegó el franquismo y se decidió a hacer lo que ni Cánovas había querido hacer, ni Maura podido, ni Cambó intentado, ni la República asumido: la “revolución burguesa” o, en la jerga nacional, una especie de “regeneración”, modernización económico–tecnológica y culturización del país.

Corrupción durante el franquismo

Hubo dos épocas en el franquismo. Antes y después de la ley de inversiones extranjeras de 1959. Antes, esto era un erial: era la España del gasógeno, de los cupones de racionamiento, las restricciones eléctricas, el pan moreno aladrillado y… las cuotas a la importación que se vendían a los amigos, a los cuñados y a los favoritos. Por no hablar de los estímulos a la exportación que, andando el tiempo, dieron lugar a casos como el de MATESA (el mayor escándalo económico del franquismo) o el “caso Redondela” (feo asunto sobre un aceite que tenía que estar en un sitio y apareció en donde no debía). Después de 1959, cuando llegaron capitales extranjeros que permitieron la explotación de la industria turística y la construcción de infraestructuras, la cosa no mejoró: ya entonces, los ayuntamientos empezaron a entregar permisos de obras a dedo.

El resultado de todo esto fue que, efectivamente, hacia finales de los años 60, o mejor, en 1973, cuando terminaron los “treinta años gloriosos” de la economía mundial y la subida del precio del petróleo, a raíz de la Tercera Guerra Árabe–Israelí, determinó la primera gran crisis económica de la postguerra mundial, ya se había formado en ese momento una “nueva clase”, una burguesía mercantil surgida de… la corrupción (permisos de importación a cambio de gabelas, permisos de obras concedidos a los favoritos que pagaban lo acostumbrado, estímulos a la exportación y, para colmo, la acción de un grupo de presión especial, el Opus Dei que favorecía, única y exclusivamente, a los suyos).

De todo esto, hasta la Ley Fraga que atenuó la censura informativa, ni se hablaba, ni se podía hablar. Pero existía. Como existía una corrupción de baja cota, casi ingenua para los niveles de corrupción que se dan hoy: un reloj de oro para un gobernador civil aquí, colocar a un amigo completamente inútil en la burocracia del Movimiento Nacional allá, afiliarse al partido único a la espera de obtener un piso de protección oficial, puestos de trabajo a los “adictos” en las empresas del INI… Nada sorprendente, ni nada del otro mundo, pecata minuta que afectaba sobre todo a los estratos más bajos del franquismo.

En los últimos años del franquismo, ya estuvo claro que se había creado un capitalismo español y una nueva alta burguesía, no particularmente fuerte, habituada al ladrillo, al turismo y a sectores de bajo valor añadido y mucho dinero fácil; esta nueva burguesía capitalista gestionaba el sistema económico que surgió de los planes de desarrollo; no se le caían los anillos en continuar con las mismas prácticas que les habían llevado al éxito económico. Pronto entendieron, ya con Franco muerto, que a partir de ahora, debían de ser más discretos, dejar pocos rastros detrás y, sobre todo, favorecer la creación de un nuevo régimen en el que existieran garantías legales de que podrían seguir haciendo lo mismo sin apenas presiones legales. De ahí surgió la Constitución de 1978 y esa lasitud ante la corrupción.

Bastaba, simplemente, con crear una “legislación garantista” para que ninguno de estos delitos pudiera demostrarse. Era suficiente con que la “división de poderes” se atenuara y que la fiscalía del Estado estuviera en “buenas manos” para que durante los primeros 25 años de democracia, prácticamente ningún político resultara afectado por lo que ya empezaba a ser un escándalo internacional. Entre la clase política, la preocupación no era corromperse o no (de hecho, el oficio de político, sin ideología, sin proyecto, con un sueldo modesto en relación a la empresa privada, solamente quedaba justificado por las enormes posibilidades de obtener beneficios extras con el ejercicio del cargo: comisiones en cualquier actividad, incluso en las ayudas al desarrollo del tercer mundo, en los cursos para parados, en las compras de la Seguridad Social o en las subvenciones a las ONGs…), todos daban por supuesto que, ser político implicaba entrar en un circuito privilegiado de opacidades: de lo que se trataba era, simplemente, de actuar de tal manera que no te pillara nadie. Y de que si te pillaban, poder retrasar los procesos hasta que la cosa se olvidaba y/o prescribiera. Nunca devolver lo robado. Nunca localizar lo robado. Nunca renunciar a lo robado.

Corrupción irremediable

Así hemos llegado hasta donde estamos: la corrupción ha sido consuetudinaria en nuestro país desde, como mínimo desde 1875. Y lo ha sido sin interrupción: prácticamente no hay ninguna fortuna amasada desde entonces que no implique un entendimiento más o menos directo con la corrupción en algún momento de la línea del tiempo. Las mayores acumulaciones de capital en estos momentos se han forjado de espaldas a la ética, a la moral y al bien público. Vale la pena no olvidarlo. A partir de aquí se explica todo lo demás…

Y entonces llegamos a la pregunta siguiente: ¿esto puede resolverse por la vía constitucional? Respuesta: no, por supuesto. ¿Hay alguien todavía tan ingenuo como para pensar que el problema tiene “solución constitucional”? Los Reyes Magos son los padres. Papa Nöel no existe. Y, hay que recurrir a La República de Platón para saber que este problema no tiene solución de la mano de quienes lo han generado. Decía Platón, en efecto –y era el siglo VI a. JC– que no se había visto ningún caso de un político que adoptara medidas que, de alguna manera, le perjudicaran. Dos mil seiscientos años después sigue sin verse ninguno.

¿Por qué un parlamento aprobaría una legislación que dificultara la corrupción que reporta extraordinarios beneficios suplementarios a sus integrantes, a sus amigos, a sus nipotes y a sus compañeros de partido? No, pensar que el propio sistema se reformará para ser más eficiente en la lucha contra la corrupción y que se votarán reformas legislativas suficientes como para abolir ese garantismo que tiene como función dificultar las sentencias en casos de corrupción, o resaltar la división de poderes para evitar esa mixtura en la que todos los poderes están revolcándose unos con otros en esa porqueriza que es el Estado, podría pensarse en 1983 pero no más tarde, en pleno “desencanto”, ni mucho después cuando el país vivió la orgía de la corrupción del felipismo o luego con el PP de las “mil tramas”.

Reconozcámoslo y meditemos sobre ello: este país no tiene solución, pero, sobre todo, lo que no tiene solución en este país es la corrupción. No vale la pena desesperarse, ni poner velas a santos que luchan aparentemente contra la corrupción y que resulta que, finalmente, tienen manos sucias. Pensar que el sistema político español, puede hoy generar honestidad es, como se dice en Cataluña “somniar truitas”. Lo realmente espeluznante de la España de hoy es que no se puede poner el fuego en la mano por nadie. Absolutamente por nadie. A partir de ahora, siempre quedará la duda de si los “luchadores contra la corrupción” son también corruptos…

Reconocer que el país no tiene remedio

¿Un “cirujano de hierro” como proponía Joaquín Costa? Dudo que reuniera en torno suyo consensos suficientes y gentes honestas con ganas de regenerar el país. Dudo incluso que aun animándole los mejores ideales, su acción sirviera para algo. Porque, digámoslo ya, este país tiene tres problemas:

1) La corrupción institucionalizada desde hace casi 150 años y que alcanza niveles de pandemia.

2) La apatía consuetudinaria del pueblo español que, prácticamente, desde el siglo XVI opina poco, dice menos y sufre con fatalismo mediterráneo lo que le caiga encima.

3) Unas carencias culturales que impiden la regeneración moral del país, sin la cual, es inútil tratar de luchar contra la corrupción y, quien lo hace, ¿por qué diablos lo hará si no es para procurarse algún beneficio personal?

Dudo mucho que España tenga remedio y agradecería que si alguien es capaz de entrever uno, me lo diga. A veces es bueno reconocer el fracaso de una Nación. A la vista de lo visto, hoy, afirmar que España ha fracasado como Nación (por que ha sido incapaz de superar el “centrifuguismo” de la periferia y dar un contenido al concepto de “España”, porque su pueblo es incapaz de pensar por sí mismo y de reconocer el fracaso de las soluciones –restauración, dictadura, república, franquismo, democracia– que ha puesto en práctica en los último 150 años, y porque ha sido incapaz de atenuar la distancia económica que separa a los grupos sociales y ve como se volatiliza su clase media) y que se ha perdido una batalla, la guerra y, lo que es peor, el futuro, es, simplemente, reconocer el verdadero rostro de nuestra realidad.

© Ernesto Milá – Info|krisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar url de origen.

 

 

 

Espacio–Area–Sensibilidad

Espacio–Area–Sensibilidad

Info|krisis.- En política es preciso tener “imaginación espacial” o la “memoria espacial”, entendiendo por tal aquella facultad del cerebro que nos permite situarnos a nosotros mismos en relación a otros y especialmente frente a aspectos de la realidad. Define el espacio propio y el de otros y, a partir de ahí, elaborar políticas de alianzas, estrategias de desgaste, campañas de captación en ambientes favorables, en donde puede lograrse la máxima rentabilidad con el mínimo esfuerzo, etc. De hecho, la primera condición para poder actuar en política es precisamente definir a qué “espacio político” se pertenece y cuál es la relación de ese “espacio” ante otros.

El “arco parlamentario”

Cualquier movimiento político debe tener claro cuál a qué “espacio político” pertenece. La misma palabra “espacio” implica que se trata de un modelo laxo de clasificación. El “espacio” es, por definición, algo ambiguo; existe el “espacio interestelar”, prácticamente ilimitado, y también el “espacio escénico”, resuelto en apenas unos metros cuadrados. Depende del ámbito al que queramos ceñirnos el espacio a considerar tendrá unas dimensiones concretas. En términos políticos se suele reducir el “espacio político” en términos de “arco parlamentario”. No es lo que procede. En primer lugar porque no todas las fuerzas políticas están presentes en el parlamento y, en segundo lugar, porque la composición de éste está sometido a las oscilaciones electorales, de tal forma que algo que está situado en el centro hoy, mañana puede desaparecer… lo que no implica que esa fuerza política haya desaparecido, sino simplemente que ha dejado de ser una “fuerza parlamentaria”. Existe vida fuera del parlamento.

Por otra parte, el parlamento no es la única posibilidad para situarse políticamente; hace falta también atender a otras constantes sociológicas: grupos sociales, sociedad civil, universo cultural, etc. De hecho, los únicos interesados en reducir las posibilidades de clasificación política al arco parlamentario son los partidos que están en su interior y a los que les horroriza desaparecer de ese escenario.

La teoría de la herradura

El modelo de clasificación que nos propuso Armin Mohler en su estudio sobre La Revolución Conservadora alemana y que luego recuperó Guillaume Faye en El Arqueofuturismo, cincuenta años después, es la “herradura”, en la que los extremos están más cerca de sí mismos que del centro. Por tanto, según este modelo, sería más fácil realizar un tránsito de la extrema-derecha a la extrema-izquierda (y viceversa), en la medida en que hay menos distancia entre ellos que en relación al centro.

Este modelo puede aceptarse a condición de realizar algunas consideraciones. La primera de todas es que fenómenos como el calor o el sonido se transmite perfectamente con convección, es decir, a través de materiales, que en el vacío. Y lo que existe entre los dos extremos de la herradura es el vacío. Habitualmente, es más frecuente que entre dos polos opuestos salten chispas.

Por tanto, siendo atractivo el modelo de la herradura (que permite explicar los tránsitos masivos entre la extrema-izquierda francesa que votó al Partido Comunista, en dirección al Frente Nacional, pero no mucho más…) parece claro que tampoco es el más adecuado para poder situar a fuerzas y partidos políticos. A fin de cuentas, una herradura el algo plano y existen elementos políticos, especialmente en la relación entre política y sociedad, que son más bien volumétricos.

Como todo en la modernidad, los mecanismos de clasificación se complican progresivamente, así que vamos a tratar de establecer tres elementos que ayudarán a definir cualquier posición política. Así pues, cuando alguien tenga la intención de votar a un partido, de adherirse a él o, simplemente, de considerarlo, le bastará con situarlo en un “espacio político”.

Espacios

Un “espacio político” es una amplia zona del espectro político en el que se comparten principios comunes. No hay muchos “espacios políticos”. De hecho, solamente existen tres: derecha, centro, izquierda, con sus tonos de gris (centro-derecha y centro-izquierda, básicamente). No hace falta estar en el parlamento para situarse en uno de esos tres espacios. Básicamente, los valores de la derecha son de tipo de nacional, conservadores, habitualmente católicos, existe cierta predisposición a considerar las virtudes del orden público, el poder del Estado y a su unidad; cuando aparece un “sentido social”, fundamentalmente es de tipo paternalista. El espacio de centro estaría definido por la moderación, el diálogo, cierto oportunismo, la tendencia al equilibrio y al término medio al que obliga la propia posición en cuanto a los valores, al Estado y a las instituciones. Finalmente, el espacio político de la izquierda estaría definido por el sentido social, siempre progresista, el laicismo como modelo, y un humanismo universalista modulación del viejo internacionalismo propio de la izquierda de toda la vida.

No existen otros “espacios políticos”. Cuando se pregunta a un movimiento político a qué espacio pertenece, lo que se espera es que responda con una de estas tres palabras: derecha, centro o izquierda, o con sus medios todos intermedios. Por otra parte, resulta imposible irse por las ramas. Es cierto que se pueden articular respuestas artificiosas, más o menos brillantes, pero lo único que se logra es fomentar cierta confusión en relación al lenguaje político en vigor. Por ejemplo, cuando Armand Dandieu y Robert Aron explica que “si es preciso situarlos en términos parlamentarios, están a medio camino entre la extrema-derecha y la extrema-izquierda, por detrás del presidente y dando la espalda a la asamblea” (La Révolution  Necésaire), la respuesta es, intelectualmente brillante, pero conduce directamente a la indefinición sobre ese espacio. Es decir, a una imposibilidad de situarse.

Sobre el desgaste de los “espacios políticos”

Se suele afirmar que los términos “derecha”, “centro” e “izquierda” están en crisis y que, por tanto, se trata de una clasificación obsoleta. No lo es. Lo que se ha desgastado son las siglas de los partidos que en algún momento han sido hegemónicas en esos espacios. La reaparición de un espacio de centro, representada por Ciudadanos, tan oportunista como fue la antigua UCD de Suárez evidencia que, aun estando ausente una larga temporada, ese espacio sigue existiendo. Otro tanto ocurre con las recomposiciones a la izquierda: el hecho de que estemos en los funerales de la socialdemocracia europea, no quiere decir que el espacio de izquierda haya desaparecido, sino que está sufriendo reconversiones.

Por otra parte, lo que se ha ido perdiendo es el liderazgo y la condición de estadistas de los políticos europeos. Ha sido inevitable, por tanto, que los programas de todos los partidos se vayan desdibujando y que todos, en su búsqueda de nuevos electores y a la vista de lo poco exigentes que son estos con el incumplimiento de esos programas (creados solamente para atraer su voto), tiendan a homogeneizarse. A eso se le ha llamado “pensamiento único”, “corrección política”. Es un signo de los tiempos. Pero, aún así, siguen existiendo claramente definidos, diferencias entre “conservadores” y “progresistas” y entre quienes ocupan un espacio intermedio.

Áreas

Ahora bien, los “espacios políticos” no son homogéneos. Dentro de cada cual existen sectores diferenciados y con personalidad propia. Dentro de la derecha, por ejemplo, existen monárquicos, conservadores, liberales de derechas, nacionalistas, radicales, autoritarios, sociales, etc, etc. Y otro tanto ocurre con las izquierdas fraccionadas a su vez en socialdemócratas, socialistas, izquierda alternativa, altermundialistas, anarquistas, eco-socialistas, y así sucesivamente. Cuando aludimos a “espacio político” no nos estamos refiriendo a siglas concretas, sino a ideas.

En la medida en que se trata de sub-espacios un conjunto mayor, llamaremos a estas fracciones “áreas”: la pertenencia a un área queda definida por un número de coincidencias mucho mayores que las que se encuentra en un “espacio político”. Por ejemplo, un liberal de derechas, nacionalista, conservador y católico pertenece a un sector diferente que un liberal de derechas, independentista… Lo que separó en su tiempo a un Fraga Iribarne de un Jordi Pujol no fue nada más (y nada menos) que su actitud ante el nacionalismo español o ante el nacionalismo catalán. Y es que aquí, cuando hablamos de “áreas políticas” ya están presentes las siglas de los partidos políticos.

Dentro de un mismo “espacio” existen distintas “áreas” y en tanto que variedades del mismo fenómeno, se pueden establecer entre estas relaciones de contigüidad: es decir, quién está más cerca de quién y por qué razón. Esto se vio perfectamente en los años ochenta en el interior de Alianza Popular que, inicialmente, aspiraba a ser una federación de partidos que ocupara todo el espacio de centro y de derechas (a pesar de que luego se quedara a medio camino). No todas las fracciones que se integraron en Alianza Popular pensaban lo mismo: existieron liberales, democristianos, conservadores, e incluso derecha radical cada uno con sus señas de identidad (que solamente el tiempo, el roce con el poder y las conveniencias, hicieron olvidar). Partido Democrático Español, Partido Liberal, Derecha Democrática Española, Unión Nacional Española, Reforma Social, etc, fueron algunas de las siglas que revolotearon en torno a las siglas AP (baile que terminó con la creación del PP al reconocerse el fracaso de la anterior iniciativa).

Pertenecer a un “área” implica, ser capaz de definir una propuesta doctrinal y sus contornos y ver si tales contornos coinciden con un “espacio político” concreto. Luego habrá que establecer relaciones de proximidad entre las “áreas” pertenecientes a ese “espacio”. Lo que nos queda entonces, es un “espacio político” ordenado interiormente por relaciones de contigüidad, esto es, de proximidad. En ocasiones puede ocurrir, especialmente en las partes extremas de cada “espacio” están más cerca de los “espacios” limítrofes que de otros sectores del suyo propio.

Sensibilidades

Finalmente dentro de cada “área política”, cuando ya estamos hablando de siglas concretas, podemos aludir a distintas “sensibilidades”. Una “sensibilidad” es un matiz en el que se reconocen los miembros de un “área política”. Por ejemplo, el un partido como el PSOE puede existir una “sensibilidad” ecologista, de la misma forma que puede existir una “sensibilidad” fabiana (hacer la marcha hacia una sociedad socialista mediante fases graduales). En partidos que han elegido ser “de síntesis”, como por ejemplo, Falange Española, los habrá de “sensibilidad” más sindicalista que nacional y justamente al contrario. Otro ejemplo histórico: durante la Segunda República existieron dos “sensibilidades” monárquicas: alfonsinos en Renovación Española y carlistas en la Comunión Tradicionalista. Cabe incluir a ambas opciones dentro del “área de la derecha radical”, a la que, por lo demás, pertenecían también el Partido Nacionalista Española de Albiñana, la publicación Acción Española de Maeztu o el Bloque Nacional de Calvo Sotelo.

La necesidad de claridad y linealidad

Así pues, cuando alguien pertenece a un partido político debe tener la respuesta adecuada a la pregunta de “en dónde sitúas tu partido, en qué espacio, en que área y qué sensibilidades tiene en su interior”. Si esta pregunta no ha sido contestada, si no existe el valor de contestarla por la creencia que, al hacerlo, se perderá afiliación, lo que se está es agravando un problema que estallará antes o después en las manos de quien no ha tenido el valor de plantearlo.

La política es algo complejo. No basta solamente con definir espacialmente las relaciones entre la propia opción y otras opciones políticas: es que también hay que establecer estos distingos en la sociedad. Porque será el análisis sociológico el que permitirá identificar los grupos sociales a los que puede interesar más el propio programa político. Y esto implicará que, una vez identificados estos, se diseñe una propaganda y unas estrategias de comunicación adaptadas a la captación en esas bolsas (al igual que implicará olvidar a otros grupos sociales por diversas razones: o bien porque ya están “colonizados” por otras fuerzas políticas, o simplemente porque las propias propuestas lesionan a sus intereses de clase).

A qué viene todo esto: a que es preciso definirse. Y no solamente mediante el propio programa político, sino en relación a otras fuerzas políticas. Y definirse de manera clara y lineal, sin subterfugios, medias tintas, vacilaciones o simplemente, escapismos dialécticos.

Esa ha sido una de las cualidades del Front National francés que no ha dudado desde el primer momento en definirse como “de derechas” (espacio político), en el área de la “derecha nacional” y con distintas “sensibilidades” (católica, monárquica, social, nacional-liberal, identitaria). Y eso ha sido lo que le ha permitido ocupar todo el espacio de la derecha a la extrema-derecha y generar tránsitos electorales en momentos de crisis entre el área política de la izquierda comunista y la propia área.

No es que la propia ubicación aquí o allí lo sean todo, pero, desde luego, contribuyen a aclarar mucho el todo y, especialmente, a aclarar futuras políticas de alianzas, estrategias de captación y de desgaste. Si esto no está claro, luego nada lo estará.

© Ernesto Milà – info|krisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com – Prohibida la reproducción digital de este medio sin indicar origen.

 

Democracia y cultura

Democracia y cultura

Info|krisis.- Una democracia solamente puede considerarse como tal, cuando tiende a elevar el nivel cultural de un pueblo. De lo contrario ¿para qué sirve que una masa amorfa, con un nivel cultural bajo–bajísimo acuda a las urnas? Solamente el hecho de ver a la enseñanza española en la cola de Europa ya es suficientemente ilustrativo del resultado que han dado los casi cuarenta años de régimen constitucional.

Hoy, 14 de abril, me ha dado por pensar en la Segunda República. Aquel régimen tuvo pocos hombres de valía; fue traído por hombres mediocres de entre los que uno resaltaba por encima de todos los demás: Manuel Azaña. De Azaña se sabe que era rarito, tan raro como suelen ser intelectuales que aprecian más el debate en el Ateneo que el disfrute de la vida. A pesar de que su voz era gélida, que no adoptaba gesticulaciones sino que se quedaba hablando ante el micrófono como un pasmarote, lo cierto es que las masas le escuchaban horas y horas. Su éxito radicaba en que quiso para España lo que nuestro país no había tenido en el siglo XIX: una revolución burguesa. Eso debía haber sido la Segunda República, pero las veleidades proletarias de los socialistas, el anticlericalismo de manual de las izquierdas y los frenos a la reforma agraria por parte de latifundistas sureños y cerealistas castellanos, la hicieron imposible.

Carácter soberbio, propio del intelectual elitista, hosco y de pocos o casi ningún amigo, Azaña era el típico burgués ateneísta de la época, que desde las 11:00 de la mañana acudía al casino a leer la prensa y hablar de política por los codos. Lo tenía todo para ser un mal gobernante y el éxito momentáneo de Acción Republicana fue el producto de una coyuntura concreta (crisis de la dictadura, desprestigio de la monarquía y crisis mundial del 29) más que un logro personal.

Aún así, el pensamiento de Azaña, en estos momentos, está olvidado y los pocos que han oído hablar de él, suelen recordar su rostro grosero y carnoso, espolvoreado de verrugas, con papada de glotón de porqueriza. Es uno de esos personajes que mejor leer sus novelas y algunos de sus escritos políticos, que saber sobre su vida o su obra.

Azaña estaba enamorado de la Edad Media. Sólo que no supo entender el espíritu de aquella época y se paró viendo aquellos siglos con los ojos de un hombre del primer tercio del siglo XX. A pesar de que era partidario de la “recuperación de la tradición española medieval” está claro que nunca fue capaz de definirla porque consideraba que implicaba “libertad territorial, religiosa y política” y él, puestos a interpretar, en lugar de asumir que los “fueros” era la alusión a la “liberta territorial”, lo tradujo como Estatutos de Autonomía (aceptó el catalán y rechazó el vasco “por carca”). Era nacionalista y hay en sus discursos frases del más acrisolado patriotismo, pero, claro, también aquí cometió el error de identificar “República” con “España”... a pesar de que si hubiera conocido la obra de Maurras y la hubiera aplicado a España (como hizo Maeztu e incluso Cambó), hubiera recordado que la columna vertebral de la historia de España había sido hasta entonces el catolicismo y la monarquía.

Pero no son los errores de Azaña los que quisiéramos comentar, ni tampoco su personalidad de ilustre olvidado, sino uno de sus juicios en los que estuvo sembrado. Como, por ejemplo, cuando afirma que “La nación es un gran depósito de energías latentes, de obras posibles que sólo necesitan una buena explotación y aprovechamiento cabal”. Azaña sacaba de esto la conclusión de que “es un deber social que la cultura llegue a todos, que nadie, por falta de ocasión, de instrumentos de cultivo, se quede baldío” y terminaba: “Si a quien se le da el voto no se le da la escuela, padece una estafa. La democracia es fundamentalmente un avivador de la cultura”…

Estas frases están incluidas en el manifiesto de Acción Republicana (el partido de Azaña) en 1924 (y fueron redactadas por él). Y tenía toda la razón. ¿Para qué diablos sirve acudir a votar si el que deposita el voto es un completo garrulo, sin el más mínimo espíritu crítico, sin capacidad de discernimiento e incluso sin conciencia de cuáles son los problemas y dónde pueden estar las soluciones más razonables? Votar, debería implicar, estar informado y para estarlo hace falta tener cierta “educación” o, lo que es lo mismo, cierta “formación”.

Azaña, como otros iluminados de la izquierda creían que con proponer “educación laica, gratuita y obligatoria” ya estaba todo resuelto. Escuelas para todos y a otra cosa… Hoy sabemos que no es así: sabemos que no basta que haya almacenes de niños de 9:00 a 17:00 horas, que es necesario algo más. Por ejemplo, que los programas educativos, los profesores y, sobre todo, la estructura del sistema de enseñanza, sean válidos y eficientes. Y esa validez se demuestra cuando de la escuela salgan jóvenes mejor formados, con mayores aspiraciones, preparación y con carácter.

El hecho de que hace menos de una semana hubiera una manifestación masiva de jóvenes a favor de unos u otros finalistas del Gran Hermano, indica ya cuál es el estado del sistema educativo español, sin necesidad de recurrir a las evaluaciones del Programa Internacional de Evaluación de Alumnos de la UE, más conocido como “programa PISA”.

Resulta evidente que quienes han controlado el régimen en los últimos 40 años han querido una juventud que, sobre todo, careciera de espíritu crítica e incluso de conocimientos culturales para ejercer el arma de la crítica. Y para ello han operado sobre los programas educativos y las leyes de enseñanza. La responsabilidad socialista en este terreno es absoluta pues todas las leyes de educación y reformas que se han ido aprobando desde principios de los ochenta, han estado inspiradas por el PSOE y éste, en todo momento, ha insistido en que éste era un terreno en el que reclamaba iniciativa en exclusiva.

A la derecha le ha faltado claridad, voluntad y proyecto. Ha preferido dejar hacer porque, en el fondo, también la derecha se beneficiaba de unos proyectos educativos cuyo único fin era evitar que las aulas se convirtieran en problemáticas y en origen de disidencias contra el régimen.

Hoy llama la atención incluso, la vacuidad, la superficialidad e incluso la ingenuidad, sino la ignorancia, de aquellos sectores antiglobalización cuya critica al “sistema” es meramente planfletario (y lo estoy diciendo por Podemos y sus franquicias, para precisar más). Tiene gracia que estos sectores se presenten a sí mismos como los “más democráticos”, simplemente porque consultan más veces en menos tiempos a las “bases”… olvidando que esas bases –y ellos mismos– son los productos de un sistema educativo que lleva como treinta años quebrado.

En estas circunstancias, la democracia no puede ser sino de mala calidad: no solamente no se ha preocupado de la mejora que proponía Azaña (“que la cultura llegue a todos”, cuando lo que ha llegado a todos ha sido la “cultura basura” y la “telebasura”), sino que, además, ha estimulado deliberadamente ese fracaso educativo, no hizo nada para paliarlo cuando hace ya un cuarto de siglo se empezó a advertir que las cosas no estaban yendo bien, cuando se vio que en España el fracaso escolar empezaba a ser preocupante y que la tradicional y consuetudinaria apatía de nuestro pueblo, aumentaba más y más, envuelta en zafiedad, en ignorancia, en superficialidad y en estupidez. Era inevitable que la “cultura basura” y la “telebasura” terminaran siendo promovidos por “partidos basura” y que la única política que pudiera formularse desde las instituciones (y que fuera entendida) fuera la “política basura”.

El “frente cultural” es el gran fracaso del régimen constitucional de 1978; la educación y la cultura han constituido su gran estafa, su fraude extremo y lo que ha abocado al empobrecimiento cultural del país. Y, siguiendo en esto a Azaña, podemos decir que, por todo ello, esta democracia no es democracia. O como máximo es “democracia basura”.

© Ernesto Milá – info|krisis – Prohibida la reproducción de este texto sin citar la url del original.

 

 

 

Noche sobre España

Noche sobre España

Info|krisis.- Las cosas ni van, ni pueden ir bien en España a partir de las elecciones del 20-D. Los últimos resultados electorales han generado una dinámica infernal que ha hecho saltar por los aires el sistema de equilibrios de fuerzas nacido de la constitución de 1978. Ni gobernará el centro-derecha, ni el centro-izquierda. Parece incluso difícil que pueda establecerse un gobierno de coalición (sea cual sea) y, mucho más difícil aún, que un gobierno así concebido pueda “durar”. Tal como están las simetrías parlamentarias estamos abocados a un gobierno de “gran coalición” o a un gobierno de “coalición de izquierdas”, descartando, por supuesto, que el PP pueda gobernar en minoría y que logre hacerlo apoyado por Cs. La situación es, pues, no difícil, sino endiablada.

Unas nuevas elecciones, seguramente, tenderán a aumentar el caudal de votos del PP, disminuirán los del PSOE, reducirán sensiblemente los de Cs y estabilizarán los de la galaxia Podemos… con lo que, de nuevo, se corre el riesgo de que se vuelva a repetir la misma situación. Y todo esto, sobre el trasfondo de una crisis económica insuperable que corre el riesgo de volver a alcanzar sus más altas cotas durante los años 2017-2019.

Cada vez va cobrando forma más concreta, aquella impresión difusa que empezó a formarse tras las últimas elecciones europeas cuando se percibió el ascenso de nuevas fuerzas políticas y el cansancio del electorado por las fórmulas tradicionales: el sistema político español parece agotado y da muestras de no poder regenerarse a sí mismo.

¿Qué ha ocurrido para llegar a este punto sin retorno en donde solamente se abre ante el país un verdadero abismo? Hay muchas explicaciones, pero una sobre todas contribuye a arrojar la luz necesaria para entender cómo ha sido el camino que nos ha llevado hasta donde estamos: la clase política española ha caído demasiado de nivel, ya no hay ni técnicos, ni especialistas, ni políticos que merezcan el calificativo de “estadistas”. La política se ha convertido en el refugio de todo tipo de arribistas,  oportunistas sin escrúpulos, mangantes sin ideas, catetos a la búsqueda de un sueldo oficial y corruptos vocacionales. Una clase política así no es nueva: ya en los primeros instantes de la transición emergió en los cambios bruscos de chaqueta de franquistas que se reinventaron a sí mismos como “centristas” y ultraizquierdistas comecuras que ingresaron en masa en el PSOE. Así que el fenómeno viene de lejos.

Se mire como se mire, no hay tejido ni mimbres suficientes ni de calidad mínima para abordar una regeneración del sistema político español. Quizás para gobernar y gestionar, mal que bien, el día a día, se podría formar alguna coalición, no desde luego para regenerar el sistema.

La sensación es que España está atravesando una noche negra y sin esperanza y que esta situación se prolongará durante mucho tiempo.

Hay noches más o menos oscuras. En unas, la luna llena permite ver el paisaje y orientarse casi como si de un atardecer se tratara. En otras, la ausencia de luna es compensada por las estrellas. Pero en algunas noches, a la ausencia de luna, se unen espesas nubes negras que impiden ver también las estrellas. No hemos llegado todavía a ese punto, pero podemos llegar en los próximos años. La experiencia dice que cuando un organismo empieza a pudrirse (y la democracia española está podrida por corrupción, partidocracia, descoyuntamiento del Estado, ruina del sistema educativo y crisis económica), el proceso no se detiene hasta que se llega al final. Todavía queda un largo período de oscuridad para nuestra patria y si hay alguien que vea el futuro con optimismo que nos diga en función de qué.

En la noche, el viajero puede guiarse por las estrellas. Estas indican el camino a seguir. Especialmente la Polar que marca el Norte. Incluso si las nubes cubren los cielos de la patria, los planos estelares nos indican en dónde se encuentra cada estrella y en cada hora. Las estrellas, son los valores. Hay que tener los pies en la tierra, pero la mirada hacia el cielo. Los valores, o están encarnados en personas o no son nada. Se buscan españoles capaces de recordar, concebir, localizar y asumir valores como los que han constituido lo esencial de nuestra historia y de la historia de Europa. Otros no sirven. Los valores, como las estrellas, son eternos o no son: una estrella no es lo mismo que un satélite artificial… Lo que cambia es la fisonomía del suelo que pisamos, no las estrellas sobre nuestras cabezas.

La pregunta es ¿cuánto tardará en aparecer una nueva generación de intelectuales capaces de concebir un proyecto de regeneración de España y de hombres de acción capaces de ejecutarlo? Ideólogos y estrategas inflexibles y resueltos, tales son las características de los tipos humanos que precisa la patria en este momento para salir de este viaje en la noche. Sobran especialistas en el regate en corto. Sobra la actual clase política.

© Ernesto Milá – info|krisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com – Prohibida la reproducción e este texto sin indicar origen.

 

 

 

Dossier Cat. 2011-2015

Dossier Cat. 2011-2015

Apuntes para un dossier: Todo lo que vale la pena saber sobre el “proceso soberanista” y nadie le explicará.

Info-krisis.- ¿Qué locura colectiva se extendió por Cataluña entre 2011 y 2015 como para que alguien fuera capaz de creer que en las condiciones en las que encuentra aquella autonomía, podría llegar a ser independiente a la voz de “ya”? Este es el fondo de la cuestión de este dossier dedicado a esta psicopatología política que apareció de la crisis y, a pesar iniciar lo que promete ser un rápido repliegue, algunos siguen tomando en serio, como si en los últimos años en Cataluña no hubiera pasado nada. Han pasado muchas cosas.

Como se sabe, el pescado empieza a pudrirse por la cabeza. Y la cabeza de España, desde el siglo XIX, era Cataluña, tal era el sueño de Cambó. Fue allí en donde la revolución industrial cuajó con más fuerza y entronizó el poder de las “300 familias” que vienen gobernando esa región desde entonces, al margen de quién y de cómo se gobierne en Madrid. Dado que donde ha habido mucho siempre queda algo, lo que ocurre en Cataluña debe seguirse con extrema atención en tanto que significativo e indica los caminos por los que va a discurrir la política española. En estos apuntes hemos intentado resumir algunas claves del problema.

I PARTE

Crisis encadenadas vs. Inestabilidad generalizada

Quien haya seguido nuestros análisis en los últimos ocho años habrá advertido que, desde que empezó la gran crisis de 2007, sostenemos, en primer lugar, que aquella no era una crisis generada por la hipertrofia del sector inmobiliario y la frivolización en la concesión de créditos, sino que se trataba de la primera crisis de la globalización, después de la cual esperaba una rápida caída de la economía mundial seguida de una lenta recuperación que sería interrumpida, luego, por otra crisis de similares características que, desde un marco geográfico diferente (a la vista de las interconexiones de las economías mundiales), repercutiera en todo el mundo. Tras la crisis de las subprimes en EEUU, la crisis se trasladó a Europa y seis años después empezó en Brasil. Tal crisis era el resultado de un mundo demasiado diferente para ser “global”. El resultado de esta serie de crisis encadenadas sería el aumento de la inestabilidad mundial y, finalmente, la entrada en crisis del unilateralismo norteamericano (EEUU es la capital económica del nuevo orden mundial, pero cada vez menos su capital política). Es en este contexto internacional dentro del que hay que examinar el “caso catalán”.

Cuando la crisis llegó a Europa, España fue la primera en sentirla a causa del insensato y criminal modelo económico implementado por José María Aznar (hipertrofia de la construcción + inmigración masiva + salarios bajos + acceso fácil al crédito). El hecho de que los efectos de la crisis llegaran durante el período de gobierno de un presidente que jamás entendió por qué crecía nuestra economía y por qué empezó a decrecer (Zapatero), hizo que no se percibiera inicialmente la crisis (e incluso que se negara su existencia) pensando que se trataba solo de “crisis coyuntural de la construcción” y alardeando hasta 2009 “de la inmejorable salud de nuestro sistema bancario”… que luego resultó completamente anémico y corrupto.

En realidad, la crisis mundial de 2007 repercutía en toda Europa, pero si en unos países se experimentó mucho más tarde (en la “locomotora” franco-alemana) fue precisamente porque los impulsores de la Unión Europea habían constituido una estructura dotada de un “centro” (Francia y Alemania) y de una “periferia” (en donde está situada España). La periferia, como los primeros bastiones defensivos de cualquier fortaleza medieval, caía pronto pero garantizaba que el “fortín central” podía defenderse por más tiempo. En 2015, el inicio de la crisis en Brasil, tendió a ralentizar de nuevo la economía mundial y particularmente las exportaciones. China debió devaluar cuatro veces en una semana su moneda. El lanzamiento de cientos de millones de barriles de petróleo realizado por Arabia Saudí, contribuyo a hundir la nueva industria del fracking en EEUU pero también a que los precios del carburante consiguieran mantenerse bajos y no agravar la crisis (sin embargo, el aumento de la tensión entre Arabia Saudí e Irán corre el riesgo de disparar de nuevo el precio del barril).

En estas circunstancias, fue cuando Alemania admitió 900.000 refugiados sirios: simplemente para conseguir que las cifras macroeconómicas le fueran favorables, maquillándolas (900.000 consumidores adultos hacen que, aun por miserables que sean, el PIB tienda a subir) y su mismo peso muerto hace que el valor de los salarios (especialmente de los más bajos) tienda a disminuir y, por tanto, a “ganar competitividad”.  El Euro, por su parte, no ha dejado de ir rebajando su cotización en relación al dólar, es decir, devaluándose discretamente… una medida que podía haber beneficiado extraordinariamente  la economía española en el período 2009-2013, pero que solamente se adopta ahora cuando es la economía del “centro” (esto es, la alemana) la que lo requiere.

Para los que no somos ni dogmáticos ni devotos de la globalización, cuando se inició la crisis de 2007 estaban claros los ciclos por los que íbamos a pasar (y así lo fuimos reflejando en Info-krisis): 1º crisis económica irresoluble (en la medida en que la globalización es un modelo que se adapta perfectamente para el tránsito de capitales… pero no para el tránsito de bienes de consumo), 2º al persistir la crisis económica y demostrarse que no era un simple problema coyuntural, sino un grave problema estructurar (mucho más en España en donde nadie fue capaz de plantearse un nuevo modelo económico que sustituyera al paradigma creado por Aznar) que desembocaría en un aumento del paro y de la población situada en las proximidades de la pobreza, generándose una crisis social sin precedentes en la postguerra. 3º En el momento en que esa crisis social se hiciera cada vez más evidente estallarían movimientos de protesta contra la partidocracia que indicarían el inicio de una crisis política que correría el riesgo de arrasar el sistema  de equilibrios políticos nacido en 2008. Esa última fase se inició tímidamente en 2009, se agudizó en 2011 y alcanzó su nivel crítico en las elecciones europeas de 2014 que prefiguraron los resultados que se repetirían en las generales de 2015.

Pero a este panorama de tres crisis sucesivas, unas producto de las otras pero todas superpuestas, había que añadir una última crisis que aparece en España con el mismo régimen de 1978: la crisis cultural y que supone el denominador común de todo este largo período de 40 años desde la muerte de Franco (y ya iniciada a principios de los 70). A partir de 1978, incluso durante los períodos de gobiernos del centro y de la derecha, la izquierda socialista impuso planes de enseñanza y proyectos de ingeniería social “avanzados” que repercutieron negativamente en los niveles culturales de la sociedad española: la despenalización de las drogas llevó a España a ser primer consumidor de drogas de Europa, las cuatro reformas sucesivas de la enseñanza nos llevaron a la cola de la educación en Europa, la liberalización del medio televisivo convirtió a la pequeña pantalla en un ventilador de telebasura, los “nuevos modelos familiares” y la permisividad en todos los terrenos no llevaron a modelos de convivencia estables y viables, sino que la crisis de la familia burguesa, no llevó a redescubrir la familia tradicional sino que fue sustituida por el vacío más absoluto y una inorganicidad total; el garantismo judicial lo único que garantizó fue la impunidad de delincuentes y corruptos, el Estado de las Autonomías, caro y centrifugador, entrañó la muerte progresiva del Estado del Bienestar; la sociedad civil se fue desintegrando y la cultura retrayéndose, el nivel de instrucción de nuestro pueblo fue descendiendo hasta el punto de perderse completamente el sentido crítico y la capacidad mínima de análisis; y, para colmo, el triunfo de la ideología de la UNESCO dentro del PSOE (con la sustitución del programa socialdemócrata de Bad Godesberg por la doctrina del “humanismo universalista” de ZP), nos condujo directamente a la ausencia de cualquier valor que no fuera estrictamente finalista (paz universal, antimilitarismo pacifista, igualdad a ultranza, derechos humanos sui generis, justicia universal…).

No es que la crisis cultural en España sea mayor a la que se da en otros países europeos (que lo es), es que el sistema educativo no puede resolverla, porque hace décadas que está desintegrado y sin posibilidades de recomponerse. De ahí que la sociedad española haya sido la que ha demostrado menos capacidad de resistencia a la crisis económica, a la crisis social y a la crisis política, y donde menos esfuerzos se hayan hecho para superar estas crisis. Es más, cuando en España han aparecido protestas y resistencias, no ha sido para SUPERAR las consecuencias de la crisis, sino para apoyar opciones que proponen “profundizar” más en las ideas y postulados que nos han llevado a la crisis cultural; ejemplo: Podemos que no es más que el utopismo habitual en la izquierda acompañado por el aroma a porro y dotado de una crítica infantil a la globalización.

II PARTE

Cataluña, vanguardia de España en el proceso de desintegración

Hemos examinado la crisis de la globalización y cómo afecta a España. Vale la pena ahora aludir a Cataluña. Sin todo lo anterior sería imposible entender qué está pasando en Cataluña. Y es muy simple. Europa pierde peso específico en un mundo globalizado. España pierde peso específico en una Europa mal definida pero sometida a la tiranía de los intereses alemanes. Y, finalmente, Cataluña pierde peso en España a causa de la deslealtad de sus gobiernos autonómicos, a causa de la pérdida de tejido industrial y a causa de que la propia burguesía catalana va optando por otros escenarios menos complicados para invertir el producto de los beneficios acumulados por el trabajo industrial de seis generaciones anteriores y que ahora sale del terreno productivo para zambullirse en el especulativo.

Entre la “obra del nacionalismo” perpetrada entre 1989 y 2015, lo que más llama la atención es que, durante el franquismo, era frecuente oír hablar catalán (y un catalán mucho más puro) en buena parte del territorio. Hoy, en algunas zonas de Cataluña, a pesar de 25 años de “inmersión lingüística”, cuesta trabajo oír hablar catalán. Esto tiene muchas explicaciones, pero quizás la más importante es que el grupo originariamente catalán, con dos apellidos catalanes, sea uno de los que tienen una natalidad más baja ¡en todo el mundo! (y, probablemente, sea la más baja). El drama de la natalidad catalana se ocultó, en un primer momento, con aportaciones de españoles procedentes de otras regiones del Estado (durante el franquismo) y en la actualidad (cuando ese flujo hace ya tiempo que se ha interrumpido), con aportaciones de la inmigración. Desde el año 2000, invariablemente, cada vez que llega el 2 de enero, nos enteramos de que los “primeros catalanes” nacidos en las cuatro provincias el día anterior son… hijo de inmigrantes.

Hay que recordar la responsabilidad del gobierno de la Generalitat desde finales de los años 80 en la desfiguración del perfil etno-cultural de Cataluña. Y es muy importante: no es lo mismo integrar en la misma generación a un inmigrante gallego, andaluz, aragonés o castellano, que hacerlo con un inmigrante senegalés, marroquí o pakistaní. Las identidades regionales procedentes de otras zonas del Estado son “contiguas” en relación a la catalana: mismos grupos étnicos, mismos o muy parecidos valores, mismos principios religiosos o éticos, mismas capacidades intelectuales. No ocurre lo mismo con las aportaciones procedentes de grupos étnicos con los que existen barreras antropológicas: no son “contiguos”, sino que entre ellos y el grupo catalán hay “brechas” antropológicas y culturales.

En su infinita ignorancia de lo que es el mundo y de lo que son otras culturas, los nacionalistas catalanes creen que simplemente enseñándoles el idioma catalán –como se ha hecho con grupos procedentes del Estado- ya se ha realizado el “proceso de integración”. Resultaba bochornoso ver como Carod-Rovira, haciendo gala de esa ignorancia pueblerina que acompaña a todos los nacionalismos, hablaba sobre el “Islam catalán” ante una asamblea de asociaciones islámicas residentes en Cataluña que, obviamente, no aspiraban a nada más que a mejorar sus posiciones y a obtener mayores subsidios y facilidades para… proseguir su culto. Carod-Rovira, hombre formado a la luz de las teorías lingüísticas de los Prats de la Riba y de los Pompeu Fabra, ignoraba que para un musulmán hablar catalán es un hecho meramente práctico, pero que jamás de los jamases, situará a la lengua catalana al mismo nivel que la árabe que, a fin de cuentas, para él, es la “lengua sagrada” utilizada por Mahoma para escribir el Corán. Sin olvidar, por otra parte, que el Islam ha demostrado históricamente una facilidad sorprendente para deslizarse hacia las interpretaciones más extremas de los contenidos del Corán, lo que lleva a Cataluña a situarse como una de las regiones europeas con más riesgos de contagio yihadista.

Pues bien, hace falta repetir y bien alto, que si en Cataluña la paz étnica se ha comprado en los últimos 15 años a base de subsidios y subvenciones a los grupos islamistas que no han conseguido detener la islamización creciente de la sociedad catalana y el hecho de que mientras el grupo étnico catalán apenas llega a un hijo por pareja, el grupo étnico islamista (compuesto por magrebíes, subsaharianos y pakistaníes) tiene una media de ¡cuatro nacimientos por pareja!  La teoría defendida por algunos demógrafos progresistas, sobre que una sociedad cuando alcanza determinado nivel de bienestar y cultura disminuye su natalidad, no es más que un aspecto del florido panorama multicultural, verdadero arsenal tranquilizador: pero, lamentablemente, tal teoría es falsa cuando se aplica a Europa.

En efecto, hay que recordar que estos grupos étnicos (magrebíes y subsaharianos) son los que en toda Europa (Cataluña no es una excepción) se insertan muy mal en el sistema educativo y, a pesar de que existen becas que les permitirían estudiar sin necesidad de invertir un solo euro, en la práctica, son muy escasos (tanto en la segunda como en la tercera generación) los que siguen la vía de estudios superiores e incluso de estudios profesionales. Por otra parte, eso hace que sus niveles salariales sean bajos y que los que están en paro o se resignen a vivir de las ayudas sociales, del trabajo negro o se integren en los circuitos de la delincuencia. En cualquier caso, siguen en los umbrales de la pobreza: ni mejoran su nivel cultural y su preparación, ni mejoran su capacidad adquisitiva… por lo tanto, mantienen sus niveles demográficos. Y esto permite plantearse: ¿cuánto tiempo tardarán los grupos étnicos africanos en ser mayoritarios en una Cataluña que ha dejado de tener hijos? ¡Y cuyos “hijos” no renuncian a su identidad de origen!

Lo podemos plantear de otra manera: ¿qué ofrece Cataluña a un joven islamista? ¿Una lengua? La suya es mejor, es simplemente “sagrada”. ¿Una cultura? Sardanas, castellers, grallers… ellos tienen algo mejor ¡una religión que les da respuestas a todo e incluso una concepción política: la umma, la comunidad de los creyentes! Y valores mucho más simples: limosna, abluciones, no comer cerdo, no beber alcohol, ir una vez a la Meca y creer que Ala es el único dios y Mahoma su profeta. Eso es todo. Y si las cosas vienen mal dada y uno se harta de la miseria siempre tiene el camino de la yihad que, después de un momento de pánico garantiza la vida eterna en siete palacios de jade, con siete arenes, cada uno con setenta y siete huríes y en estado de erección permanente con la vida detenida a los 33 años de edad…

Hay que maldecir una y mil veces a Jordi Pujol y su banda de piratas el que a principio de los años 80 en un “lúcido” análisis estratégico, optaran por derivar inmigración hacia Cataluña del Magreb y de África (Marta Ferrusola ya empleaba masivamente a finales de los 8 a africanos en sus plantaciones de flores en el Maresme, incluso a ilegales), antes que aceptar a iberoamericanos (de la misma forma que hay que maldecir a Aznar y a Zapatero por no SELECCIONAR el tipo de inmigración que hacía falta en España y permanecer mirando a otra parte cuando proliferaban “bandas latinas” y delincuencia organizada llegada de Iberoamérica (una vez más sigue siendo cierto que la mayor parte inmigrantes no son delincuentes, pero que la mayor parte de delincuentes proceden de la inmigración). La “teoría” era que los inmigrantes iberoamericanos, al hablar castellano se cerrarían a aprender catalán, las estadísticas de utilización descenderían (más aún de lo que están descendiendo) y se desvelaría que el “proceso de catalanización” no era más que la tapadera del saqueo de Cataluña.

Pujol envió a un individuo catastrófico desde todos los puntos de vista, Ángel Colom, habituado a vivir de ONGs y de cargos públicos, ex secretario de ERC que dejó al partido en el límite de la bancarrota, como “embajador en Marruecos”. Como se sabe, es muy habitual en los medios gays sentir una admiración rayana en la devoción hacia la cultura árabe y, sin duda, Colom era la persona más adecuada para iniciar el tránsito masivo desde los arrabales de Casablanca y de Tánger, desde el Rif hasta el Atlas de un millón de marroquíes a Cataluña. De la obra de estos dos “grandes nacionalistas” habrán quedado tres caños colaterales no precisamente menores: 1) la desfiguración creciente de la identidad catalana subsumida por la identidad islámica cada vez más presente y que en 20 ó 30 años entrañará su asfixia, 2) la traslación de un volumen de población que, en Cataluña, en España y en toda Europa, subsiste mediante subvenciones públicas y supone una aspiradora de recursos asistenciales y 3) la aparición de un riesgo yihadista como en ninguna otra región de España.

Tal ha sido la tarea por la que se recordará al nacionalismo catalán en las próximas décadas, cuando veamos hasta dónde puede mantenerse la “paz étnica”. Cataluña es vanguardia de España en este problema. Pero también en otros.

La corrupción anidada en el gobierno de la Generalitat es, quizás, lo más llamativo. En especial, porque tal corrupción es prolongada, descarada y hasta hace poco rodeada de impunidad. No es algo que proclamen los partidos estatalistas: es algo reconocido por el estudio publicado en el arranque del “proceso soberanista” (2012) por la Comisión Europea sobre corrupción política e institucional en los 27 países que componen la UE, lo que se ha llamado el “índice de calidad regional”. Cataluña ocupa en Europa el puesto 130 (sobre 172 regiones, que corresponde a los territorios más opacos y corruptos del continente, a la altura de regiones de Bulgaria, Rumania y Polonia. Y, entre todas las regiones (o “comunidades autónomas”) de España, se sitúa en vanguardia del índice de corrupción y opacidad. Los casos Pallerols, Palau, Pujol y un largo, larguísimo etcétera, no han sido meros accidentes en la historia de la Generalitat restaurada en 1979, sino que recorren paralelamente su historia desde el origen.

El hecho de que un organismo imparcial de “mala nota” a Cataluña no implica solamente un desprestigio absoluto del “proceso soberanista” (que pretendía ser reconocido y admitido en la UE) sino que, además, afecta a la población catalana. En efecto, tal índice mide la “calidad del gobierno” de las regiones en función de la seguridad jurídica, la transparencia, los niveles de corrupción, la transparencia y la eficacia en la gestión. Resulta evidente que en dicho ranking, cuanto más alto está situado un gobierno regional, más eficiente es su gestión, mejor es el nivel de vida de la población, más elevado su bienestar económico y la eficiencia de sus sistemas sanitarios y educativos. La población, en definitiva, vive mejor, cuanto más alto está situado un gobierno regional y peor si se sitúa en las partes más bajas. Cataluña está en la cuarta parte más catastrófica de la tabla, lo que no dice mucho ni del gobierno autonómico, ni de la población que lo ha votado reiteradamente, ni de la legitimidad del “proceso soberanista”.

Y lo que es aún peor: el Estado Español ocupa el lugar número 12 en la misma tabla. Es decir, ocupa un lugar intermedio, por detrás de Malta, Bélgica o Francia, pero por delante de Portugal, Chipre y Estonia, alejado de la “cola” (Rumanía, Bulgaria, Italia). Así pues, la Comisión Europea reconoce que Cataluña es la “peor” zona de España. Si ésta ocupa un lugar intermedio (el 13 sobre 27 en el ranking nacional), Cataluña (en el ranking regional) se sitúa muy por debajo: 130 sobre 172…

Al año siguiente, el mismo estudio hizo descender a España del puesto 13 al 14… pero Cataluña descendió del puesto 130 al 134...

Peor se situaba el rating de deuda pública de la Generalitat. También aquí, Cataluña resultó desde 2012 (cuando Artur Mas inicio el “proceso soberanista”) la región peor parada de todo el Estado (ex aequo junto a la Comunidad Valenciana, gobernada por el PP). La deuda pública de ambas autonomías estaba clasificada ¡por debajo del bono basura! Dada la imposibilidad de afrontar los pagos mediante más y más emisiones de deuda pública regional, la Generalitat optó por pedir préstamos al Estado para evitar la quiebra (20.156 millones solamente entre 2012 y 2013). Estos préstamos, procedentes del Fondo de Liquidez Autonómica y del Instituto de Crédito Oficial, han proseguido en los dos últimos años llegando a un total, al final de la legislatura de Artur Mas, de ¡40.000 millones!, hasta el punto de que en enero de 2015, Standard&Poors afirmaba que “La caja de la Generalitat está prácticamente vacía y la cubre el apoyo estatal”.

También en este terreno del endeudamiento la Generalitat va en cabeza: lo recibido por Cataluña supone el 34% del total de la financiación concedida a las comunidades autónomas, seguida a distancia por la Comunidad Valenciana (que se ha llevado el 22%) y por la Junta de Andalucía (con un 17,5% del total ). En otras palabras, estas tres comunidades han absorbido tres cuartas partes del dinero prestado. En las tres, la corrupción, la mala gestión, el saqueo de las arcas  públicas y el descenso en la calidad de los servicios públicos, es superior a la del resto del Estado.

A la vista de estas cifras, lo que más sorprende del “proceso soberanista” es que, en algún momento, algún catalán pudiera pensar racionalmente que la Unión Europea admitiría a un micro-Estado en quiebra, con niveles de corrupción más próximos a Kosovo (modelo para algunos independentistas catalanes, verdadero Estado-pirata, vergüenza de Europa, de mayoría islámica, por cierto), cuya deuda pública era invendible. Esto se entiende mejor si tenemos en cuenta otro factor de la ecuación: los medios de comunicación catalanes son, sin excepción, medios que viven de los subsidios públicos y que hacen y dicen aquello que los “comisarios políticos” de la Generalitat dictan.

A pesar de casi treinta años de “inmersión lingüística”, los diarios específicamente catalanes nunca han sido rentables y solamente han podido mantenerse gracias a los subsidios de la Generalitat y a las suscripciones masivas realizadas por las cajas catalanas y los organismos de la Generalitat. Huérfanos de lectores han tenido que ir contrayendo tiradas y cabeceras. Incluso las traducciones al catalán de El Periódico y La Vanguardia solamente pudieron hacerse mediante el mismo régimen de subvenciones (y hoy es frecuente que cada día, miles de excedentes de La Vanguardia se abandones en los trenes de cercanías catalanes, pagados por Rodalíes de Catalunya…). Otro tanto cabe decir de la edición de libros en catalán cuyas tiradas rara vez superan los 1.000 ejemplares una parte importante de las cuales es absorbida por las bibliotecas quedando allí abandonados.

En lo que se refiere a TV3, salvo en Corea del Norte, sería difícil encontrar un medio más ideologizado y puesto al servicio del “proceso soberanista”, hasta el punto de que quienes no lo comparten, simplemente han decidido marginar este canal en sus repertorios de zapping: en efecto, sea cual sea el programa o la temática, los guionistas barren para el “proceso soberanista”. Un estudio publicado por portal.mèdia.cat demostró en septiembre y octubre de 2014 que el 63% de los tertulianos estaban a favor de la independencia, el 30% en contra y el 7% se mostraban neutros… cifras que no corresponden ni remotamente a la realidad política catalana y que evidencia el nivel de manipulación. Otro tanto ocurre en la radio en donde hace veinte años se (im)popularizaron los “correctores lingüísticos” que revisaban los guiones e imponían cambios hasta convertirse en los personajes más odiados de las emisoras.

En lo que se refiere al cine, la cosa es todavía peor: los niveles de audiencia de las películas dobladas al catalán han estado siempre a mínimos. El 2014, la cuota de espectadores al cine doblado en catalán se situaba en el minúsculo 2,38% (2,22 en 2014, 2,60% en 2013, 3,88% en 2012, 2,16% en 2011, 2,86% en 2010)... lo que no era obstáculo para que aumentaran las subvenciones para el doblaje de películas al catalán en un 70%, justo en los momentos en los que la Generalitat reconocía no poder pagar a las farmacias. No se trata de una conspiración: simplemente, por los motivos que sean, el público prefiere asistir a sesiones en castellano y, en segundo lugar, en el VOS. Ferrán Mascarell, ex PSC, conseller de cultura, había prometido una cuota del 35% para el cine en catalán en 2017…

¿Qué ocurre con el cine en catalán y con la prensa escrita? Los cambios en los gustos del público y en los medios, el rodillo de Internet, explican en cierta medida esta falta de audiencia, pero no toda. Lo que demuestran demasiado a las claras son los límites en la catalanización del país: parece bastante claro que los niveles de utilización del catalán permanecen con cierta tendencia a la baja, desde hace 17 años, que el hecho de que prácticamente la totalidad de la población catalana entienda la lengua catalana (el gran fetiche del nacionalismo desde sus comienzos y su único punto de apoyo como “factor diferencial”) no quiere decir que lo utilice. Existen distintos estudios lingüísticos sobre los niveles de utilización del catalán y del castellano en todos los ámbitos. En ninguno se sitúa a la lengua catalana como de uso mayoritario… salvo en las relaciones con las instituciones (Generalitat y Ayuntamientos…). En el ámbito interpersonal en 2013 el uso del catalán estaba en torno al 27,8%, mientras que el castellano alcanzaba el 55,7% y el uso indistinto de ambas el 7,3%. Es significativo que el uso del catalán, además de en las instituciones, solamente sea mayoritario en el ámbito de la enseñanza (42,9 utilizan en catalán en las aulas, el 30,8% el castellano y el 17,4% ambos). Es decir: se utiliza el catalán allí donde, por ley, debe utilizarse (administración y enseñanza). Donde más igualado está la utilización del catalán y del castellano es el lugar de trabajo (45% catalán, frente al 42,4% castellano y 8,2% ambas)… pero también aquí existen imposiciones legales que afectan incluso a la rotulación.

En el consumo y en los servicios, el catalán acaparaba el 33,6% de los usuarios, mientras que el 48,7% resolvían sus compras en castellano y el 15,3% utilizaban indistintamente ambas lenguas. En el ámbito del hogar, en la familia, es demoledor para la Generalitat constatar que en 52,4 de la población catalana utiliza en castellano para expresarse habitualmente, mientras que el uso del catalán alcanza el 29,4%. Peor aún resulta constatar la evolución de la utilización del uso global del catalán. En 2003 lo utilizaba solamente como lengua vehicular el 34% de la población, pero en 2008 había descendido al 31,6% y en 2013, ya en pleno “proceso soberanista”, al 26,7%. Si esto supone una caída notable de 8 puntos, en algunos ámbitos es todavía más espectacular: en 2003 el 38,1% utilizaba el catalán en las visitas al médico. En 2013 había descendido al 27,8, algo más de 10 puntos. En las conversaciones con los vecinos el catalán había pasado del 27,3 en 2003 al 17,3% en 2013. Y así sucesivamente. Obviamente, el número de catalanes que utilizaban solamente la lengua castellana para expresarse habitualmente había aumentado: en 2003 eran 36,5%, pasando en 2008 el 42,6%...

Ante estas cifras (publicadas por La Vanguardia, diario próximo al “proceso soberanista”) y dada la correlación entre la utilización de la lengua y el nacionalismo, parece muy claro que los esfuerzos de la Generalitat por catalanizar la región hace tiempo que alcanzaron sus límites y desde principios del milenio no dejan de retroceder en todos los órdenes, salvo en los que implican una relación de autoridad (instituciones y escuela). La pregunta es: ¿y en estas condiciones lingüísticas, Artur Mas creía que era posible llevar adelante el proceso soberanista? Incluso con la presión mediática de TV3, resultaba demasiado evidente que se enmascarase el proceso como “derecho a decidir”, sus promotores tenían todas las de perder a poco que se planteara la cuestión de “decidir independencia SI o independencia NO”.

A estas circunstancias culturales se unen las específicamente políticas. La atomización política que vive Cataluña (no hay cuatro sino ocho partidos en el mapa político catalán y no nos cabe la menor duda de que otros más lograrán insertarse en las elecciones de marzo) es la que se ha iniciado después en el parlamento español. En zonas en las que no existe la cultura de la coalición, cualquier fórmula que se estrene, a partir de aquí, promete ser inestable y, lo que es peor, corta. Es el famoso proceso de “italianización” de la política catalana que se ha logrado extender a la política española.

Así mismo, desde el punto de vista institucional, el “nuevo Estatuto” ha llevado a un callejón sin salida, inaplicable, con zonas de oscuridad, y sin posibilidades de reforma… de la misma manera que, en la actualidad, la constitución de 1978 no es más que letra muerta o, si se prefiere el fuego fatuo de un cadáver. Como el “perro del hortelano, que ni come ni deja comer”, el Estatuto primero y la Constitución son las “leyes fundamentales” de Cataluña y de España… pero ya son ¡inaplicables e inmodificables! ¡Ni responden a la realidad, ni existen consensos suficientes para modificarlas! Y, rezad para que no se modifiquen, porque de hacerlo siempre será hacia posiciones más problemáticas.

Desde el punto de vista económico, en Cataluña la crisis se nota más en la medida en que era la zona más industrializada del Estado. Por tanto, la globalización con sus nuevas reglas de juego ha supuesto para Cataluña un vendaval ígneo que ha arrasado con su industria, ha liquidado completamente lo que fue hasta el último cuarto del siglo XX y desde principios del XIX, las hilaturas y telares que constituían lo esencial del panorama catalán. Era evidente que esa industria debía ser sustituida por otras más de vanguardia… pero eso no ocurrió y lo que ha sustituido a esa industria son simplemente empresas de servicios, especialmente de turismo y hostelería. Cataluña que aspiró a ser la Manchester española, finalmente ha terminado pareciéndose a la zona del Estado que más odió el nacionalismo catalán: Andalucía, con la pequeña diferencia de que en Andalucía todavía existen cultivos agrícolas rentables y zonas en donde se practica la agricultura masivamente… mientras que en Cataluña, las tareas agrarias están en riesgo de desaparición.

Socialmente, pocas clases medias han tenido que soportar lo que han aguantado en Cataluña: sometidas a la presión fiscal de la Generalitat y del Estado, con riesgo de proletarización y empobrecimiento brusco, obligadas a enviar a sus hijos “suficientemente preparados” mediante esfuerzos económicos ímprobos, a países extranjeros para evitar caer en el mileurismo y en la precariedad. Desesperadas al ver que ni la Generalitat ni el Estado hacen absolutamente nada para evitar el consumo de drogas, el alcoholismo entre los jóvenes, viendo como tanto la enseñanza pública como la privada muestran cada día su incapacidad para formar jóvenes generaciones, con unos niveles de delincuencia y de corrupción difícilmente asumibles en un Estado moderno y que solo denotan procesos avanzados de desintegración social, con unos grupos étnico-sociales subvencionados ad-infinitum y que nadie entiende exactamente ni qué hacen allí, ni de qué viven…

Eso es Cataluña. Por eso Cataluña es “muy española”: porque esos mismos problemas, sin ninguna excepción, se repiten en toda España con mayor o menor intensidad. Ahora quizás se entienda mejor que hayamos empezado este texto con la frase: “el pescado empieza a oler por la cabeza”. Lo que está pasando en Cataluña, agravado extraordinariamente dado que esta región iba en cabeza del desarrollo español, no es muy diferente de que se avecina para toda España, y que hoy ya se viene registrando con mayor o menor intensidad: crisis económica, corrupción generalizada, inmigración masiva, compresión de las clases medias.

En este contexto de crisis, el nacionalismo, lo único que ha hecho, ha sido ha sido dar una respuesta simple a un problema complejo: “Cataluña está en crisis ¿Quién tiene la culpa? La culpa es de España. Nos independizamos y entramos en el mejor de los mundos”. Cuando en realidad el planteamiento correcto era: “Cataluña es la vanguardia de la desintegración de la sociedad y del Estado Español ¿quién tiene la culpa? Los procesos de globalización, las ideas y las autoridades que lo han provocado deben desaparecer. A partir de ese momento, los procesos de decadencia y desintegración económica, social y política, pueden revertirse. No antes”.

PARTE III

El “proceso soberanista”, última trinchera de los bribones

¿Cómo empezó el “proceso soberanista”? No hay que engañarse. Aunque la malhadada idea de Artur Mas (un nombre que el nacionalismo aprenderá a maldecir en años sucesivos) arranca oficialmente en 2012 y debería haberse concretado en 2014 (la fecha mítica: los 300 años de la caída de la Barcelona leal a la dinastía de los Habsburgo en manos de las tropas borbónicas), es un proceso que, realmente se inicia en 2003 cuando llega al poder el llamado “primer tripartito” compuesto por PSC, ERC y ICV. Los socialistas fueron votados para acabar de una vez por todas con el pujolismo y su obsesión nacionalista. Sin embargo, el elector medio olvidaba quién era Pascual Maragall e ignoraba el estado de deterioro físico en el que se encontraba (y que no era un secreto ni para la clase periodística, ni para sus compañeros del PSC cuyo problema era que no habían formado todavía un sustituto… aun cuando sí es cierto que era –y es- un tabú recordarlo). Cuando Maragall pactó el primer tripartito, literalmente, su enfermedad empezaba a despuntar después de años en los que, por unos motivos o por otros, ya había dado muestras de incapacidad y desorden. En aquel tripartito, quien gobernó realmente no fue ni Maragall ni el PSC sino ERC. Fue en ese momento cuando Carod-Rovira impuso la fecha mítica de 2014 para una Cataluña independiente.

En un momento en el que ni existía demanda social, ni necesidad, de un “nuevo Estatuto”, los cuatro años en los que logró mantenerse Maragall en el poder y los tres en los que su sustituto Montilla dio muestras de ser una nulidad política, fueron perdidos por la clase política catalana recreándose en declaraciones maximalistas sobre el “nuevo Estatuto”. Hay que recordar que, inicialmente, nadie en Cataluña en 2002 creía en esta fórmula, ni siquiera el PSC o ERC (a la vista de que el PP iba a conservar el poder en las elecciones y ningún sondeo electoral lo daba como perdedor: la polémica simplemente residía en si ganaría con mayoría absoluta o con mayoría relativa). En los tres primeros meses de 2003, el tripartito catalán proponía algo que sabía perfectamente que Aznar no admitiría: para Carod era una forma de acentuar el victimismo (y la reacción de la sociedad catalana, es decir, de hacer nacionalismo), para el PSC la posibilidad de vencer a CiU en su terreno –el patriotismo catalán- y erosionar a Aznar). El “Pacto del Tinell” (todos contra el PP) se podía aplicar en Cataluña, pero no en España. Luego todo cambió. Las bombas del 11-M y la campaña psicológica que siguió hicieron que entre tres y cuatro millones de españoles cambiaran su voto entre el 12 y el 14 de marzo de 2003. Con ZP en La Moncloa, sí era posible llevar adelante el “nuevo Estatuto”. Además, ZP ya fue explícito: “aprobaré lo que apruebe el parlamento catalán”, sin duda uno de sus patinazos y de sus tan habituales muestras de ignorancia más garrafales.

El tripartito catalán contemplaba el “nuevo estatuto” de manera muy diferente: para ERC era un paso intermedio entre el Estatuto de 1979 y la independencia, la siguiente rodaja del salchichón; para el PSC suponía una “profundización” en la autonomía; para ICV una forma de hacer valer el “derecho de autodeterminación”. Lo que salió fue un churro inaplicable a medio camino entre la federación y la independencia que el Tribunal Constitucional tiró en sus aspectos más extremos. Oficialmente, fue esa negativa del constitucional a dar la luz verde al “nuevo estatuto”, lo que desencadenó el proceso soberanista. No es cierto. Tal es la mayor mentira que se ha ido difundiendo como “excusa” para desencadenar el “proceso soberanista”.

Desde 2009 se habían celebrado seudo-referéndums en distintas localidades de Cataluña. Se trataba de iniciativas de los partidos soberanistas que a veces contaban con el apoyo del PSC local y otras no. Los resultados no eran significativos: como siempre ocurre en estos seudo-referéndums votan solamente los concienciados por el tema de la independencia. Se vio perfectamente que se trataba de entre un 19% y un 25%, como máximo, de la población catalana que, más o menos, correspondía a los votos de un sector de CiU y de ERC. Poco más. Pero en 2010 CiU se había presentado a las elecciones con la propuesta estrella del “derecho a de decidir”. Obsérvese la ambigüedad: “derecho a decidir”… sobre el futuro de Cataluña; no “derecho a la independencia”. Se pedía “decidir”, pero no se explicitaba que esa decisión pudiera llevar a la independencia (entre otras cosas porque estaba claro que, en caso de referendo, con pregunta clara, la respuesta del electorado distaría mucho de ser favorable a la independencia).

En Madrid gobernaba todavía un Zapatero arrinconado por la crisis, empequeñecido, sitiado por sus propios barones, abandonado y abochornado de sí mismo; un espantajo político al que como al rey del cuento ya nadie vacilaba a la hora de denunciar su desnudez, esto es su estulticia pasada y presente. Estaba claro que al año siguiente ya no estaría sentado en La Moncloa. Parte de su deterioro había venido por su actuación durante la tramitación del “nuevo Estatuto” y sus ambigüedades en materia de vertebración del Estado de las que hizo gala en su primera legislatura. Cuando en 2011, llegó Mariano Rajoy al poder, Artur Mas, intentó la misma política que había tenido éxito durante el “pujolismo”: vender apoyo en Madrid a cambio de mayores techos autonómicos. Durante el período 2010-2012, CiU desvió entre cuatro y ocho millones de euros a los grupos independentistas con el fin de aumentar la presión de ese sector. Lo siguiente era algo que Pujol ya había hecho mucha ocasiones: “lo veis: o accedéis a mis peticiones u os las tendréis que ver con estos; yo soy el único muro contra los independentistas”…

El problema fue que en su primer viaje a Madrid, ya con Rajoy en el poder, las cosas habían cambiado, simplemente: ya no había dinero en las arcas del Estado para acallar el chantaje nacionalista; si Zapatero no le pudo dar nada al estar su gobierno aquejado de debilidad extrema, Rajoy tampoco pudo ceder en nada… porque en el período 2011-2013 se vivieron los peores años de la crisis de la deuda, España estaba al borde de la quiebra, con la prima de riesgo disparada y la economía, intervenida, en la práctica. Artur Mas volvió a Cataluña con las manos vacías encontrándose con que el monstruo que había creado, a efectos de presionar al Estado, tenía vida propia (a pesar de que las cifras de asistentes a las concentraciones del 11-S habían sido sistemáticamente hinchadas y los asistentes multiplicados por tres o por cuatro). Pero, hubiera bastado simplemente con cortar el grifo de subsidios a los sectores independentistas, limitar su influencia en TV3 y en los demás medios de comunicación catalanes, para que el fenómeno hubiera remitido permaneciendo en la cota del 19-25%, normal en la sociedad catalana…

Lo que, realmente, determinó el arranque del “proceso soberanista”, no fue nada de eso, ni siquiera el que la crisis económica se viviera en Cataluña con una intensidad particular (entre otras cosas porque la alta burguesía catalana que, hasta entonces lideraba el nacionalismo, se había preocupado de atraer inmigración marroquí o hubiera renunciado a invertir en Cataluña –salvo en el sector inmobiliario y especialmente en el hostelero- y porque allí en donde había más industria era donde el fenómeno de la deslocalización se experimentaría más brutalmente: Cataluña ha perdido casi la mitad de su potencial industrial entre 2000 y 2015). Lo que determinó el “procés” fue, ni más ni menos, que en 2012 empezaron a sistematizarse las investigaciones de la UDEF sobre las redes de corrupción en Cataluña.

Fue, a partir de ese momento, cuando la cúpula de CiU reaccionó con una fuga hacia adelante, a la vista de que no podía dar marcha atrás (el monstruo independentista que había subvencionado tenía vida propia), negociar con el gobierno de Madrid impunidad a cambio de apoyo hubiera supuesto reconocer que el “pujolato” fue el período más corrupto en la historia de Cataluña, una especie de “bandolerismo institucionalizado” (lo que hubiera entrañado el fin de CiU) y solamente quedaba la independencia: a partir de ahí, cualquier ofensiva jurídica contra Pujol, contra Mas, contra cualquier conseller de la Generalitat, podía decirse que era una “ofensiva contra Cataluña”.

De ahí la irracionalidad del “proceso soberanista” y el que durante cuatro años hayamos visto a un gobierno de la Generalitat dispuesto a seguir por el camino emprendido a pesar de que al final del camino estaba la imposibilidad práctica del independentismo por alcanzar sus fines. Puede entenderse el porqué en la CUP, cuando se inició el debate sobre si apoyar o no a Mas, para algunos de sus miembros, particularmente ingenuos, pero no excesivamente malintencionados, se les planteara el dilema moral: apoyar a Mas supone apoyar el “bandolerismo institucionalizado”… no apoyarlo supone el fin del “proceso soberanista”. Así pueden entenderse los tuits que colocó Xavier Monge antes de hacer mutis por el foro de las CUP: “Iría siendo hora de poner sobre la mesa la pura rea­lidad: el proceso es el mayor fraude de la política catalana”, “Un mandato inexistente, una hoja de ruta en blanco, una legislatura muerta, y aún hablamos de investir al mayor cadáver político del momento. Bravo”. Hubiera sido imposible resumir mejor las razones por las que el “proceso soberanista” ha muerto: irracionalidad, aventurerismo, negativa a reconocer la realidad social catalana (una sociedad, dos identidades), negativa a insertar la realidad catalana en la Unión Europea, etc, etc, etc.

El “proceso soberanista” impulsado de manera irracional por el terror a que las investigaciones policiales y los juzgados sentaran en el banquillo de los acusados a la flor y nada del nacionalismo, fue lo que hizo que Artur Mas, en un primer término, iniciara el proceso y en un segundo término, a pesar de ser evidente, que estaba siendo arrollado por los independentistas que él mismo había amamantado, estos tomaran el control de la situación.

PARTE IV

Crónica de la “Comedia de Falset”

Cuando Artur Mas compareció ante las cámaras en el Palau de la Generalitat en 2013 acompañado por un batasuno (CUP), por Junqueras secretario general de un partido cuyos caladeros de votos están en zonas rurales del interior (ERC) y una sandía (roja por centro, verde por fuera, ICV), ese día la alta burguesía catalana que, hasta entonces había CREADO y MANTENIDO el nacionalismo, entendió que el “proceso soberanista” se le había escapado de las manos. Pero no le importaba excesivamente: esos mismos burgueses que habían amasado inmensas fortunas en el siglo XIX, que siguieron amasándolas en el primer tercio del siglo XX (con el sobresalto de la Semana Trágica de 1909), que siguieron dirigiendo en la práctica Cataluña durante los 40 años de franquismo y que, finalmente, hicieron y deshicieron a su antojo durante el “pujolato” y los “tripartitos”, en los últimos 20 años habían ido desplazando sus inversiones hacia el capital especulativo, los paraísos fiscales y la industria hostelera del Caribe, cediendo el control de la Generalitat a sus “segundones”, a los funcionarios de CiU que les servían con fidelidad perruna o a sus hijos menos dotados… pero sus intereses económicos ya no estaban en Cataluña. Aquella foto de Mas con Junqueras (ERC), Herrera (ICV) y Fernández (CUP), aunque Mas no lo sabía, marcó el fin de una época: ahí, en ese momento, es cuando comenzó el entierro de CiU (el partido generado por la alta burguesía catalana durante la transición) y arrancó el “procés soberanista”.

CiU no pudo superar sus tensiones internas y el abandono por parte de la alta burguesía catalana (identificarse, a partir de ese momento con el “procés” implicaba ser considerado como “poco serio” por parte de sus interlocutores: hombres de negocios, gente de mundo, inversores de altos vuelos, etc). La” U” de CiU tardó poco en desprenderse para tratar de resucitar una especie de Lliga Regionalista que UDC había rechazado tantas veces constituir con la rama catalana del PP o de UCD en su tiempo y que ahora ya le cogía a contrapié y cuando no supone nada serio ser miembro de la “internacional democristiana”. En cuanto a CDC, anegada por procesos, con las sedes intervenidas judicialmente, con sus distintas cúpulas históricas preparando sus defensas y cuando la investigación no está ni siquiera en el 10% de lo que puede dar de sí, tardó poco en desaparecer e improvisar un nuevo partido llamado a la derrota.

Desde el mismo momento de su arranque, el “proceso soberanista” estaba en vía muerta. Ni Artur Mas, ni ERC, ni las “tietas” de la ANC y del Ómnium, ni por supuesto, las CUP tienen la más mínima idea de cómo pueden avanzar a favor de la independencia, porque todos ellos han olvidado –han querido olvidar durante años- lo esencial: que la Unión Europea es una “unión de Estados Nacionales” y que, precisamente por eso, están cortadas las vías que llevan, no a la incorporación de nuevos estados, sino a que esas incorporaciones se produzcan a partir de fragmentos de Estados ya miembros. Durante cuatro años, los promotores del “proceso soberanista” se han negado a reconocer esto y el propio Mas ha caído en interpretaciones absurdas como aquella en la que proponía que fuera el gobierno español el que avalara la candidatura del “nuevo Estado” a la UE, o aquella otra de negar que la ruptura supusiera “salir de la UE, porque Cataluña estaba en España y España en la UE”… argumentos que pueden convencer a un negado predispuesto a tener por cierto que Colón, Santa Teresa o Cervantes eran catalanes… pero nunca a alguien que tenga un mínimo de sentido común.

Cataluña entró con Maragall en algo parecido a la Comedia de Falset. Un popular refrán catalán dice (diu):  “Aixo es com la comèdia de Falset, que havia de començar a les vuit i va acabar a les set” (esto es como la comedia de Falset, que tenía que empezar a las ocho y acabo a las siete). El “proceso soberanista” estaba muerto antes de empezar. La frase deriva del hecho histórico de una obra de teatro de Pau Bunyegas, estrenada en el tradicional Teatro Romea barcelonés en 1869. La comedia era un absurdo. Terminaba pidiendo al espectador que pusiera su propio fin, el que más le gustara o le conviniera. Antes de este soliloquio final, el pueblo en el que se ubicaba la comedia, Falset del Priorato, todos acababan a palos… La frase catalana pasó a ser el equivalente a que algo acabe “como el rosario de la aurora”. De hecho, en la Montaña catalana y entre los círculos de comentaristas, se ha popularizado la frase sobre la “comedia de Falset” para caracterizar al “proceso soberanista”… pero, en realidad, vale la pena aplicarla desde el inicio del “maragallismo”.

Desde 2003 era evidente que un “nuevo Estatuto” nacido sin demanda social del cerebro averiado del pobre Maragall, especialmente deteriorado en donde anidó su “seny” y que dejó intacto solamente su particular “rauxa” (la compasión que puede suscitar –y de hecho suscita- su enfermedad no es óbice para recordar sus responsabilidades y especialmente la de sus compañeros del PSC que, sabiendo cuál era su estado, lo presentaron a las elecciones como cabeza de lista), desembocaría, siempre que hubiera alguien dispuesto a ir más lejos (aprovechándose de los inmensos recursos económicos puestos al servicio de la Generalitat), en la Comedia de Falset: con una Cataluña dividida, partida por gala en dos, con todas las fuerzas políticas dándose de palos entre sí, con familias divididas, grupos de amigos enfrentados entre sí por… un proyecto imposible de partida (que debía “empezar a las ocho (2014) y acabó a las siete (2003)”. No es raro que para salir del entuerto, ni exista hoja de ruta, ni proyecto más allá de la “ruptura unilateral”, ni interés en lo que ocurrirá “al día siguiente” de la independencia y que, como la frase final de la Comedia de Falset: “Ara perquè acabe bé, fassen vostès lo final” (ahora, para que acabe bien hagan ustedes el final) que es, como decir lo que ha dicho Artur Mas al conocer que las CUP no respaldarían su candidatura: nuevas elecciones. Las cuartas en cinco años…

PARTE V

Futuro: Agonía del nacionalismo catalán, éxtasis del soberanismo

Parece claro lo que ocurrirá en las próximas elecciones: de un lado exCDC entrará en la UVI política. Ahora yo no puede establecer una alianza con nadie salvo con grupúsculos, como hizo en las anteriores generales. Los procesos contra sus dirigentes harán el resto. Ahí muere una opción política y con ella el “nacionalismo moderado”. La otra parte, que se niega a morir, UDC ya es uno de los fantasmas de la política catalana, que deambulan pero no existen.

Solamente a un presidente como Artur Mas (cuya ambición y capacidad están muy por encima de sus cualidades reales, cuya astucia no es muy superior a la un de sirlero de las Ramblas y su capacidad estratégica propia de un cabo furriel) se le ocurre desencadenar un “proceso soberanista” que tenía todas las características de descarrilar desde el primer momento… y llegar hasta sus últimas consecuencias. El motivo puede intuirse y no hace falta ser Sherlock Holmes para deducirlo: Artur Mas sabe que también él terminará tiene muertos en el armario y sentado en el banquillo de los acusados con todo lo que implica (pena de telediario, vecinos insultándolo como a Pujol, los hijos abochornados y parte de sus finanzas intervenidas…).

Pero Artur Mas –y eso es lo terrible- no es el más tonto de toda esta Comedia de Falset rediviva. ¿Cómo hay que calificar a Oriol Junqueras? ¿Un pobre ingenuo o simplemente un idealista al que Mas logró colocarle el timo de la estampita? Vayamos a los matices: CiU se calificó siempre como “soberanista” (partidaria del derecho de autodeterminación), ERC, en cambio, como “independentista” (partidaria de la independencia). Ya desde los tiempos de Macià –el verdadero promotor del independentismo catalán- estaba claro que el día después de la independencia estaba sumido entre las negruras. Simplemente, ningún independentista habla fácilmente del “día después de la ruptura con España”, simplemente, porque no hay luces y todo lo que lo envuelve son sombras y amenazas. Los más listos entre los independentistas no dudan en decir que, los “ingleses nos apoyarán” o confían en venderse a bajo precio a la OTAN en 2016 como en 1934 confiaban en venderse al fascismo italiano… Para ellos lo importante es “romper con España”, considerada como fuente de todos los males de Cataluña.

Las declaraciones de Oriol Junqueras en la radio, llorando a lágrima viva, cuando otros refutaban sus tesis sobre la independencia de Cataluña me recordar a un abuelo muy simpático, Antonio Ribera, fundador de la “ufología catalana” quien en un programa de TV después de demostrarle imposibilidad de que llegaran a la tierra seres de otro mundo, acosado y derrotado, con lágrimas en los ojos se refugió en su último argumento: “¿Pero porqué no pueden existir extraterrestres?”… como Junqueras diciendo “¿Pero porque Cataluña no puede ser independiente?”. Triste, por una parte (las lágrimas siempre son una muestra de sentimentalismo, esto es, de debilidad) y grotesco por otra (los hombres sufren y aguantan, no lloran, tal como sabemos desde Esparta, aunque a veces nos cueste recordarlo).

Pero Junqueras ha hecho algo peor que llorar en público: se negó a liderar claramente el “proceso independentista” cuando aceptó unas elecciones “plebiscitarias” en la que su sigla se difuminaba en el conglomerado viscoso y caótico de Junts pel SI, cuando su partido, ERC, podía haber sido, en solitario, el partido mayoritario de Cataluña, cuando se podía haber consumado el “surpasso” histórico en el mundo nacionalista y una CDC en crisis hubiera cedido el primer puesto a una ERC en etapa ascendente. Ahora, tarde, muy tarde, Junqueras, tras conocer la decisión de CUP de no apoyar a Mas, se postula como candidato a la presidencia para “salvar el proceso soberanista”. Tarde y mal. Eso lo tenía que haber hecho antes de las elecciones: tenía que haber aprovechado la oportunidad histórica de que CDC se despeñaba por la pendiente y asumir el papel que Pujol había tenido en Madrid durante más de 20 años, incluso hubiera tenido la oportunidad de pasar a la historia manteniendo ese papel CON HONESTIDAD y sin necesidad de tener en el guardarropa la pata de palo, el sable de abordaje, el parche en el ojo y el loro (Artur Mas) en el hombro como tiene el clan Pujol.

En cuanto a las CUP importan poco. Frecuentemente se olvida que ese partido es como un Podemos pero en pequeñito y en independentista. Sus posiciones distan mucho de estar unificadas y no es que existan solamente un par de tendencias (contra Mas y con Mas) sino que existen una multiplicad de tendencias y de matices locales que hacen que sus siglas no pasen de ser un lugar de “refugio” provisional para votos de protesta.

En las próximas elecciones catalanas (¿febrero o marzo?) puede pasar cualquier cosa: pero lo que está claro es que la hora del independentismo ya ha pasado. Este ha sido su último tren histórico. La globalización es una apisonadora: lo aplasta todo, lo iguala todo y arrasa con todo. Los Estados-Nación ni siquiera pueden hacerle frente, mucho menos los micro-Estados surgidos de la fragmentación de los primeros. Por otra parte, los Estados-Nación, tienen todavía instrumentos jurídicos y coercitivos que pueden ser utilizados (si hay un partido con dignidad y patriotismo) como barricadas frente a la globalización… se trata, por tanto, de conservar estas estructuras nacionales antes de partirlas en mil pedazos. Hoy, la tendencia general es a la transformación de los “partidos nacionalistas” en “partidos soberanistas”, colocando el independentismo en barbecho y sustituyéndolo por un “derecho a decidir” que es más formal que otra cosa: todos saben que la independencia de los micro-Estados en inviable. No es raro que, salvo en la excepción española, en el resto de la Europa continental estos partidos hayan desaparecido… salvo en Flandes con el Vlaams Belang, claro está.

La hora de los micro-nacionalismos ha pasado. No eran, a fin de cuentas, nada más que expresiones de los intereses de las  altas burguesías industriales locales, cuando estos intereses han sido superados por la financiarización de la economía y por la globalización, a estos micronacionalismos –por mucho que se hayan recubierto de perfiles “identitarios”-  sólo les quedaba morir. Y en eso están.

Ahora bien: muerto el nacionalismo independentista queda el mito soberanista. Este, tiene cierto atractivo y supone un “ejercicio democrático”: todos los pueblos, según esta teoría, tienen derecho en cualquier momento a “decidir” ¿el qué? Lo que sea. Una doctrina así solamente puede nacer en un erial cultural como el español en el que se olvida lo que es la historia, donde la capacidad crítica de las jóvenes generaciones está atrofiada por un sistema educativo quebrado, y donde ni siquiera se es capaz de dar a la palabra “democracia” algo que vaya más allá de “hacer lo que el pueblo diga”. Es la posición de Podemos y de su (más o menos) rama catalana dirigida por Ada Colau…

Ya en la pasada campaña electoral Podemos proclamó que aceptaba, no solamente para Cataluña, el derecho de autodeterminación, sino para las 17 autonomías…  luego, arreglaba el estropicio añadiendo que “os queremos con nosotros”. Tal es la posición de Ada Colau. Vale la pena recalcar lo que esto supone: si en Podemos existe algún “cerebro” medianamente amueblado, en su filial catalana estamos ante un verdadero erial intelectual. Progres de medio pelo, indigentes intelectuales y laborales en busca de un lugar bajo el sol institucional y el sueldo oficial, gente que llega con hambre atrasada y con escasas capacidades intelectuales, mínima preparación cultural e incluso profesional y bajo rodaje en el mundo laboral y, no digamos, en la dirección de otra cosa que no sea dinero públicos y ONGs subvencionadas por usted y por mí. No busquen porque no hay más: ¿”Derecho de autodeterminación”? Debe ser bueno como cualquier otra cosa a la que se anteponga la palabra “derecho de”: derecho a tirarse por un precipicio, si le gusta ¿Por qué no? Derecho al botellón, al porro o a la práctica del islamismo radical, por supuesto, no vamos a empezar prohibiendo. Ya saben: “prohibido prohibir”. ¿Independencia? ¿Autonomía? Bueno, si la gente lo vota… Lo peor es que esta posición ecléctica, enclenque, insostenible políticamente, ha sido defendida durante 25 años por ICV, sin llamar en absoluto la atención ni tomársela en serio nadie salvo sus propios militantes.

Lo peor no es que el nacionalismo moderado haya sido sustituido por el nacionalismo independentista, sino que, traspasado ese límite se entraba en vía muerta. No era malo, suponía que el péndulo regresaba a su punto de equilibrio… Pero, la mala noticia, es que después del fracaso independentista, lo que lo sustituye es la ambigüedad más absoluta, la ignorancia extrema (la falsificación de la historia catalana es sustituido por el “me la suda la historia ¿para qué nos vamos a pelear por la historia?”, propia de la mentalidad del porrero) y, finalmente, se penetra en un terreno, no ya de pobreza intelectual, sino de miseria e inanición cultural que no deja presagiar nada bueno.

En marzo, lo más probable es que se consoliden dos grandes fuerzas políticas: ERC y Podemos.cat. No es una buena noticia. Ambas, juntas, llegarán a la mayoría absoluta sin necesidad de más. Lo que les une es el “derecho de autodeterminación”, es decir, que volveremos a la Comedia de Falset, fatum inevitable de la política catalana. Todo ello, naturalmente, dentro de una Cataluña que, por entonces llevará medio año sin gobierno y doce años, perdida en la ensoñación independentista.

¿Y Ciudadanos? Paradójicamente, el abandono de su caladero catalán para intentar una “operación Roca” y la reconstrucción del centrismo, se ha saldado con un fracaso relativo (lo que se ha logrado es “reconstruir” el CDS de Suárez, no la UCD de la transición) y con un retroceso palpable en Cataluña. Albert Rivera cometió el inmenso error de dar el salto cuando le faltaban mimbres suficientes para ello e incluso cuando carecía de preparación, especialmente en economía. Tras haber realizado una de las peores campañas de la historia política de la democracia española, Ciudadanos bastante tendrá si logra salvar los muebles en Cataluña. Medios no le faltan. Ideas, en cambio, sí.

PARTE VI

El sainete catalán y la gran tragedia española

El drama de Ciudadanos, como el del PP, es seguir proponiendo “patriotismo constitucional” y “respeto a la inamovilidad de la constitución española”, eludiendo el hecho de que la constitución de 1978 está muerta y enterrada. Aquella constitución diseño un sistema de bipartidismo que, a diferencia del canovismo, era “imperfecto” en la medida en que dictaminaba que, cuando una de las dos fuerzas políticas no tenía mayoría absoluta, recurría a los nacionalismo periféricos para obtener mayoría. Pues bien, ese sistema está muerto y enterrado y pocos lo llorarán cuando lo adviertan.

En primer lugar, el nacionalismo ha dejado de ser “actor principal” en la historia de España. En las últimas elecciones generales, tanto nacionalistas vascos como catalanes como gallegos perdieron cientos de miles de votos.

En segundo lugar, aunque hubieran conseguido mantener su posición en el parlamento, de nada importaría porque la irrupción de Podemos y Ciudadanos los convierte casi en fuerzas residuales.

En tercer lugar, la derecha especialmente, pero también el grueso del PSOE y Ciudadanos, se configuran como “fuerzas antinacionalistas”. La experiencia del “proceso soberanista” ha servido para DESENGAÑAR al resto de fuerzas políticas sobre las intenciones del nacionalismo catalán: ahora está demasiado clara para toda la opinión pública, el carácter bandidesco y criminal de sus élites, su falta de lealtad a los pactos establecidos en la transición, sus oscilaciones que generan inquietud en Europa e inestabilidad en los mercados… ¿Quién, a partir de ahora, puede pactar con un nacionalista? ¿Quién incluso aceptar su apoyo? En adelante, el nacionalismo periférico es el “gran apestado” de la política española, si logra sobrevivir lo hará volviendo a pantallas anteriores de su particular videojuego y a costa de situar en primer lugar el “soberanismo” (derecho a decidir) antes que el “independentismo” (la centrifugación nacional). Sin olvidar el sentido que puede tener el “nacionalismo” cuando no existen posibilidades de constituir un micro-Estado

El que, durante 40 años, el nacionalismo –y quienes lo apoyan- no haya dejado entrever que va contra la historia y que el transido de los condados medievales a los Estados-Nación es irreversible y puede dar un paso adelante (federaciones europeas o federaciones iberoamericanas), pero no hacia atrás (una Europa articulada en 144 pequeñas nacioncillas todas pequeñitas y redonditas, pero todas orgullosos de su independencia…), no quiere decir que a partir de ahora todo esto no haya quedado demasiado claro.

Ahora bien: el problema no es dejar atrás el nacionalismo independentista, sino las reencarnaciones en las alternativas de izquierda surgidas de la franquicia Podemos. Por ejemplo, en Valencia con Compromís o el tránsito de votos del BNG a las Mareas. O la ambigüedad de una parte del socialismo periférico (en Baleares, por ejemplo) o su debilidad en todo el Estado, que lo predispone a pactar con el diablo e incluso con los más “colgados” de la política. Su “proyecto federal” intenta operar un efecto embriagador en relación a la galaxia Podemos. Pero la historia nunca ha contemplado la experiencia de un Estado-Nación que se deshaga en distintas “naciones” para luego recomponerse en forma de “federación”…

En cuanto al neo-centrismo de Ciudadanos y a la derecha liberal de siempre, el PP, la pobreza de sus aspiraciones, su falta de imaginación para plantear alternativas y nuevas fórmulas y su empeño en seguir fórmulas ya fracasadas y que se niegan a aceptar como tales (desde la constitución, hasta las políticas económicas neo-liberales, desde la Unión Europea hasta la globalización), les sitúan en una posición meramente defensiva: obtendrán votos, claro, pero serán siempre votos del miedo, votos del rechazo a la otra alternativa, no votos surgidos de la convicción y de la confianza. Ese es el problema de la derecha y del centrismo: haber adoptado la moral del buey castrado y uncido con la yunta de la esclavitud.

El problema no es que el sainete catalán prosiga en aquella tierra como la Comedia de Falset, sino que el pescado siempre empieza a oler por la cabeza. Y Cataluña es esa cabeza, metafórica mucho más que real (la falta de lealtad evidente de la Generalitat ha hecho que Cataluña fuera perdiendo en estas décadas importancia estratégica en España, de un lado con el eje de comunicaciones Lisboa – Madrid – Valencia y de otro priorizando la conexión a Francia por los Pirineos centrales en lugar de por el “eje mediterráneo”, pasando por Barcelona. Todo se paga en este mundo, tanto el bien como el mal, incluso como la ceguera: la facilidad con la que el nacionalismo ha manejado los sentimientos catalanes y la impunidad como lo ha hecho, no la va a pagar solamente sus cúpulas en los banquillos (dado que cada vez tienen menos ases –ninguno, en realidad, en este momento- para negociar y para evitar la sentencia final), sino que lo está pagando el pueblo catalán: con 1.500.000 de inmigrantes inintegrables y absolutamente imposibles de acomodar en el mercado laboral, con uno de los paros juveniles más altos de España, con una sociedad completamente dividida y viviendo de la hostelería y del turismo, rezando para que en ningún momento se produzcan disturbios que puedan empañar el atractivo turístico de la Ciudad Condal…

El verdadero problema es que, no solamente la política catalana está en un callejón sin salida, sino que la política española también ha entrado en vía muerta. Y esto por tres motivos: en primer lugar porque un sistema diseñado para el bipartidismo difícilmente puede sobrevivir en medio de un parlamento progresivamente más fragmentado; en segundo lugar porque no hay vías de supervivencia para una nación periférica en la economía europea como España dentro del papel que se le ha asignado en la globalización y en la UE (nación periférica de servicios) y en tercer lugar porque al no poderse resolver la cuestión económica, la crisis social persistirá y el hecho de que cada vez más familias se encuentren próximas o bajo el umbral de la pobreza y que las clases medias se vayan viendo comprimidas o abocadas a la precariedad y al miedo a perder su situación, impedirán superar la crisis social.

En estas condiciones, con un régimen constitucional que no puede modificarse y que si se modifica no es hacia formas superiores, sino a formas de mayor inestabilidad, donde no existen consensos suficientes para elaborar proyectos constitucionales que resulten duraderos, justo es reconocer que no hay salida para nuestro país y que toda España va a recorrer el mismo camino que está recorriendo Cataluña para acabar “como el rosario de la aurora”…

Eso o reinventarse a sí mismo. Y esa es la cuestión: que España debe reinventarse a sí misma, o de lo contrario, el único camino que queda no es ya el de la Comedia de Falset, sino la del Drama de Talavera: “donde todo oscila entre un sainete y una calavera”…

© Ernesto Milà – http://info-krisis.blogspot.com – ernesto.mila.rodri@gmail.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

20-D ¿votar? ¿para qué?

20-D ¿votar? ¿para qué?

Info|krisis.- Cuando en 2011, Mariano Rajoy llegó al poder, lo hizo recibiendo la lamentable herencia del zapaterismo, especialmente en materia económica, y en los peores momentos de la crisis de la deuda. Desde entonces, todos los esfuerzos del gobierno se concentraron en el terreno económico. No tanto por las medidas adoptadas por el gobierno Rajoy como por las nuevas orientaciones de la política de la Unión Europea, el peligro de que España fuera incapaz de cumplir sus compromisos de pago, fue conjurado: pero, salvo este elemento, todo lo demás, en el terreno económico y en los demás terrenos, sigue exactamente igual que en las postrimerías del zapaterismo.

Ni se ha creado empleo de calidad, ni la capacidad adquisitiva de la sociedad española ha aumentado, ni siquiera han disminuido –sino todo lo contrario– las bolsas de pobreza, ni se ha creado industria, ni, por no disminuir, ha disminuido tampoco el mayor de la deuda sino que tan solo se han podido afrontar los intereses generados, ni se ha hecho nada por responder a la pregunta clave de la economía española después del inicio de la crisis económica de 2007–8: ¿cuál va a ser el modelo económico español?, pregunta todavía más pertinente a la vista de que el modelo Aznar fue el que nos llevó directamente a experimentar las consecuencia de aquella crisis de manera mucho más intensa que cualquier otro país europeo.

Desde que en 1989 la caída del Muro de Berlín aceleró la vía hacia la globalización, resulta evidente que este modelo económico mundial es inviable y tiende hacia la desindustrialización de Europa, a la transferencia de las plantas de producción hacía allí donde los salarios son más bajos y las coberturas sociales más reducidas (o incluso inexistentes) y a la transformación de la economía productiva en especulativa. Sin olvidar que la globalización se inició al desaparecer las fronteras para el tránsito de los capitales especulativos y éstos, en busca siempre de mayores beneficios, migran constantemente de un país a otro generando burbujas e inestabilidad permanente en unos u otros puntos del planeta, haciendo imposible –por las interconexiones entre todas las economías mundiales– una estabilización económica mundial: así pues, cuando la crisis se atenúa en unas zonas del planeta, estalla en otras. Nunca, absolutamente nunca, un mundo globalizado puede ser un mundo económicamente estable.

Crisis económica versus crisis social versus crisis política...

con el denominador común de la crisis cultural

Cuando irrumpió la crisis de 2008 en España –generada por el estallido de la burbuja inmobiliaria generada a partir de los primeros tiempos del aznarismo– saltó por los aires el modelo económico desarrollado durante los años de presidencia de Aznar y la primera legislatura de Zapatero. Era previsible e inevitable ¿o acaso alguien pensaba que el precio de la vivienda se podía revalorizar a un ritmo del 15–20% anual o que se podría construir sin interrupción por tiempo indefinido? A partir de ese momento era preciso trabajar en la elaboración de un nuevo modelo económico para España que no estuviera basado solamente en la hipertrofia de la construcción y del sector turístico. Pero no se hizo –acaso porque tal modelo no existía en la medida en que la UE había arrojado a España a la periferia de Europa en donde el margen de maniobra es muy reducido y la misma Europa se iba desdibujando económicamente en una economía mundial globalizada– y, desde entonces, España sigue sin modelo económico.

La crisis económica, al prolongarse, pasó a ser una crisis social sin precedentes que arrojó a una cuarta parte de la población a las proximidades del umbral de la pobreza o por debajo del mismo. Y en eso sigue la sociedad española. En una situación así, era evidente que para atenuar, como mínimo, tal crisis social y descender drásticamente el gasto público y las cifras del paro, se imponía repatriar a la inmigración masiva que había llegado en los años del crecimiento económico y que ahora estaba aquejada de un paro crónico y viviendo a expensas del Estado. En lugar de eso, se optó por esperar a que el tiempo les hiciera desaparecer de las listas del paro para que reaparecieran como “nuevos españoles”, estrenando nacionalidad e igualmente subsidiados por el Estado. Así se ha comprado la paz social y la paz étnica durante una década, mientras creía el riesgo yihadista.

Era evidente, por otra parte, que si no se podían aplicar políticas monetaristas, ni, a la vista del proceso inflacionario que supuso la implantación del euro. La única posibilidad para nuestra economía era producir más, exportar más, consiguiendo reducir los costes de producción, lo que en buena medida se hubiera podido hacer a base de inversiones e incentivos fiscales: en lugar de eso, se prefirió que siguieran entrando inmigrantes para que esa masa inerte siguiera tirando a la baja de los salarios y estos permanecieran estables mientras se encarecía el coste de la vida (con la consiguiente pérdida de poder adquisitivo de los grupos sociales más modestos). Hubiera sido preciso que nuestro gobierno se impusiera en los foros europeos y bloqueara los acuerdos preferenciales con Turquía, Israel o los países del Magreb que compiten, especialmente, con España, en producción agrícola.

Para todo ello, especialmente para adoptar soluciones drásticas ante la crisis, era preciso, en definitiva, que existiera un Gobierno con mayúsculas y digno de tal nombre, capaz de obligar a la patronal a ir más allá de las políticas neoliberales basadas en, obtener más beneficios reduciendo los salarios y abaratando el despido. Era preciso que existiera una banca pública que se abriera a la pequeña y mediana empresa y concediera créditos a intereses mínimos (algo viable cuando las tasas de interés están próximas a cero). Nada de todo esto se hizo y, como medida básica, se tendió a aumentar la presión fiscal sobre las clases medias en la esperanza de que pudieran seguir pagando, por siempre jamás, los intereses generados por la deuda.

Era preciso, en otro terreno, que se invirtiera la curva descendente de nuestro sistema educativo y que se reforzara la preparación cultural y científica de nuestros jóvenes, pero no por el placer de que las universidades produjeran más y mejores técnicos y científicos que inmediatamente acababan la carrera emprendían el camino del exilio económico ante la posibilidad de convertirse en puestos de trabajo inadecuados para su titulación, mal pagados y eventuales ¡sino para acometer la necesaria renovación tecnológica que precisa el sector productivo español! Era preciso, en definitiva, que se generara un nexo sólido, un puente amplio, entre la empresa y la universidad, en lugar de la desconexión absoluta que existe hoy entre ambos.

Porque había un elemento que la “banda de los cuatro” (PP+PSOE+CuU+PNV) que ha gestionado el poder entre 1977 y 2015 se ha negado siempre a reconocer: que la crisis económica se transformaría en crisis social y que, al persistir ambas, terminaría convirtiéndose en una crisis política, pero que toda esta sucesión de crisis perfectamente concatenadas, se producía sobre el común denominador de una crisis cultural iniciada durante la transición. Esta crisis se manifiesta en el hecho de que la sociedad española cada vez más tiene una formación cultural de perfil más bajo, aumenta el analfabetismo estructural, se ha perdido toda capacidad crítica, incluso amplios sectores de la sociedad desconocen ya lo que es el razonamiento lógico. No es solamente que exista más dos millones de jóvenes que ni trabajan, ni estudian, es que buena parte de los que trabajan salen de los centros de estudio sin preparación suficiente y buena parte de los que hoy estudian no acabaran los ciclos de formación que están cursando. España es hoy el país de Europa con mayor porcentaje de fracaso escolar y con mayor índice de universitarios que no terminan sus estudios y se atascan en el primer año de carrera.

Paralelamente a esto la sociedad española consume más drogas de todo tipo que cualquier otra sociedad europea, el consumo de drogas se ha banalizado y se tiende cada vez más a aceptarlo socialmente. El porro está sino legalizado, si, en cualquier caso, permitido en la práctica. Mientras, la capacidad de comprensión de la sociedad y de respuesta ante los problemas del siglo XXI, incluso ante los más elementales, es mínima.

En tales circunstancias no resulta aventurado decir que “consultar” al pueblo español en la urnas supone tener la seguridad de que la mayoría de votantes, no solamente ignora las repercusiones de su voto, sino que es incapaz de elegir con un mínimo conocimiento de causa. Y en estas circunstancias, la democracia es pura ficción...

Cuando una sociedad consume más y más telebasura, sin inmutarse; cuando los productos culturales más difundidos son siempre los de niveles más zafios; cuando se produce una cinematografía próxima a la indigencia a pesar de las subvenciones; cuando las nuevas generaciones no son capaces de leer un libro, ni resisten un artículo digital de más de 400 palabras, cuando expresan ideas con apenas 140 caracteres y aun les sobran; cuando lo ignoran todo sobre su pasado, sobre su historia, sobre su identidad, sobre sus orígenes, cuando su vocabulario no excede más allá de las 2.000 palabras; cuando los valores individualistas se han convertido en los únicos comprensibles y asumibles por la sociedad… en esos momentos es cuando ni la economía, ni la política, ni la sociedad, pueden funcionar bien por “democrática” que sea la sociedad ¡por que la población carece de bases culturales y del fundamento suficiente como para poder ENTENDER primero, REACCINAR después y SUPERAR a las crisis! ¡Ni siquiera existen en este momento élites política capaces de dar diagnósticos y mucho menos de establecer recetas para superar las crisis! La frivolidad de los argumentos y planteamientos de Ciudadanos o los estereotipos progresistas inamovibles con los que se mueve Podemos, las simplificaciones nacionalistas de un Bildu o de una ERC, nos indican a las claras que las “nuevas opciones” siguen la senda de las “viejas”.

¿Votar el 20–D? ¿Votar para qué?

Me niego a participar en la ceremonia mágico–religiosa de votar

Si alguna candidatura se atreviera a dar respuestas a los problemas reales de la sociedad española y lo hicieran con realismo y franqueza, no nos cabe la menor duda de que, o bien no serían entendida por una amplia mayoría de la población o bien, simplemente, sería considerada como algo ajeno y exterior al sistema, como el “enemigo”. El más odiado por el ignorante es aquel que le recuerda su condición.

Por eso estas elecciones no aportarán nada nuevo: faltan alternativas y faltan ideas claras. Las “nuevas” siglas aparecidas en la izquierda y en la derecha o en el soberanismo, no son más que la reedición del izquierdismo y del centrismo o del soberanismo de toda la vida por los que nuestro país ya pasó en los años 77–83. Por eso no resolverán ningún problema, como no lo han resuelto hasta ahora, sino que generarán una situación todavía más endiablada: coaliciones inestables, formadas por líderes superficiales deseosos de saciar su ego, o bien llenarse los bolsillos (o ambas cosas a la vista de que egolatría y sinvergonzonería se dan, a menudo, la mano), pero incapaces de establecer fórmulas para superar la crisis cultural, social, política y económica del país.

Justo ahora, cuando más necesarios son gobiernos fuertes y decididos, gobiernos con claridad en los proyectos y voluntad implacable en su aplicación, justo ahora, las simetrías políticas que nacerán el próximo 20–D darán como resultado gobiernos débiles que oscilarán como cañas al viento ante los soplos de la globalización, incapaces de resistir la intensidad de los fenómenos que tienen que combatir (Tsipras es un buen ejemplo).

En cuatro años, sino menos, en las siguientes elecciones, una sociedad todavía más sumida en la crisis, volverá a votar a unos candidatos igualmente ignorantes de su identidad, de su historia y de su futuro, huérfanos de proyectos y con sobredosis de look, las encuestas de popularidad, los sondeos de opinión y el postureo más irresponsable.

¿Votar en estas circunstancias? ¿Votar para qué? Louis Ferdinand Céline decía que él nunca iba a votar: “La mayoría está compuesta por idiotas, así que ya sé quién ganará”. Estas elecciones, en efecto, están terminando siendo una reedición de la “cena de los idiotas”, en donde la superficialidad de los candidatos tiene sólo parangón con la vacuidad de sus propuestas. La abstención, el voto nulo o el voto en blanco, parecen las opciones más razonables (a menos que uno tenga preferencias por algún candidato o por alguna pequeña opción sin esperanzas en obtener escaño y que quiera rendir un homenaje a los que muestran más moral que el Alcoyano).

La proximidad de las fechas navideñas hace todavía más desaconsejable el voto, incluso el prestar atención a los candidatos y a sus promesas cínicas: mejor dedicar los 30 minutos que uno tarda en votar, en comprar regalos para la familia, pasarlo con los hijos explicándoles el sentido de la Navidad y del Solsticio de Invierno, aumentar los conocimientos leyendo un libro o viendo esa película que hace tiempo teníamos ganas de ver, mejor hacer el amor como leones, tomar unas cañas con los amigos y cultivar habilidades sociales, que participar en esa ceremonia del voto de la que sabemos que no saldrá nada nuevo, ni nada bueno.

Para tener las ideas claras antes del 20–D

Así pues, vale la pena resumir:  

  1. Estas elecciones no resolverán nada esencial porque ni siquiera los candidatos son capaces de aislar los problemas reales y definirse sobre ellos.

  2. Ninguna candidatura propone un nuevo modelo económico concreto con el que sustituir al ya fracasado.

  3. Los sondeos electorales prevén que de un parlamento con PP, PSOE, CiU y PNV se pasará a otro en el que estas fuerzas compartirán bancadas con Cs, Podemos, ERC, Bildu–Sortu: un sistema constitucional de bipartidismo imperfecto, difícilmente sobrevivirá a una situación de atomización política creciente.

  4. Se han acabado las épocas de las mayorías absolutas o de los gobiernos en minoría apoyados por nacionalistas: a partir de ahora se abre el turno a los gobiernos de coalición, inestables por definición, o de los gobiernos en minoría más inestables aún. El caos catalán va a hacer que todas las fuerzas políticas (salvo quizás Podemos) creen cinturones de protección ante los nacionalismos, definitivamente apeados de la historia por mucho que aun no lo hayan advertido.

  5. Desde el punto de vista de la vertebración del Estado, lo grave no es el “desafío catalán” –ya superado y al que sólo le queda remitir–, ni mucho menos el “desafío vasco” –redimensionado a lo irrelevante sin la existencia de una vanguardia terrorista–, sino el hecho de que “España” es una nación sin rumbo, que va a la deriva sin que nadie sea capaz de asignarle una “misión nacional” y un “destino histórico” que suponga un verdadero “proyecto nacional” de futuro.

  6. El primer problema nacional es el que afecta a la identidad española, a su definición, a su futuro y a su defensa. Y este problema está íntimamente ligado –igual que el problema social– a la presencia de inmigración masiva. Quien no proponga de manera clara detener los flujos migratorios de los que España está saturada y poner coto a la expansión del Islam, no merece ni un minuto de atención.

  7. El que no exista ninguna posibilidad de alcanzar nuevos consensos y, por tanto, sea imposible modificar la constitución, no quiere decir ni que ésta goce de buena salud, ni que debamos plegarlos a lo evidente: que la constitución de 1978 está agotada (fracaso en la vertebración del Estado, fracaso en la división de poderes, hipertrofia del fenómeno de la corrupción, sistema electoral injusto y discriminatorio, texto constitucional reducido a mera declaración de principios que son negados por el día a día, etc, etc) y es preciso otro modelo de organización del Estado.

  8. Significativamente, ninguna fuerza política alerta sobre el riesgo de que, antes que crisis económica, antes que crisis social o nacional, arrastramos una crisis cultural que pesa como una losa sobre cualquier intento de regeneración nacional. Este proceso tiene influencia directa sobre el proceso de desintegración que afecta a la sociedad española y al hundimiento de nuestro sistema educativo.

  9. Finalmente, no existen ni una sola fuerza política con entidad suficiente, para poder enderezar la situación política, social, económica o cultural en España, con densidad de cuadros suficientes como para proveer de sangre nueva a los organismos del Estado, lo que hace que el acto de acudir a votar sea meramente testimonial.

    Y es por todo ello, por lo que el próximo día 20–D ni me he tomado la molestia de votar por correo, ni creo que valga la pena que nadie se lo tome muy a pecho. La partida no la juegan los electores, estos lo único que pueden hacer es restar legitimidad al sistema, absteniéndose, votando en blanco, votando nulo. De las urnas solamente saldrá

    A. Una victoria del PP (la ley d’Hont premia al partido mayoritario y a partir de 130 diputados, así que no hay que descartar que una victoria del PP le haga rozar la mayoría absoluta y le permita gobernar en minoría), 

    B. Un gobierno de coalición PP-Ciudadanos que aunaría a las políticas ya conocidas del PP con las prácticas centristas más oportunistas. 

    C. Un gobierno de coalición PP-PSOE, es decir la política neoliberal de derechas junto a un PSOE extremadamente fracturado y sin liderazgo que afrontaría una lucha interna entre Sánchez y Susana Díaz por el poder. 

    No hay otra fórmula: o gobierna un PP debilitado y en solitario, o gobiernan dos posibles coaliciones inestables.

Sabemos, pues, lo que saldrá de las urnas y que las urnas no solucionarán nada: más vale emplear el tiempo forjando instrumentos de trabajo que eviten que dentro de cuatro años siga existiendo un vacío de alternativas.

Hacemos votos para que esta sea la última elección en la que tenemos que recomendar abstención, voto nulo o voto en blanco y esperamos que en las próximas competiciones electorales ya estén presentes fuerzas políticas de carácter alternativo con mayor nivel de definición y mayor radicalidad en los objetivos (radical = el que va a la raíz, en este caso la “radicalidad” implicaría atacar a los problemas en sus raíces, no en sus causas últimas), a la que se le pueda votar sin la sensación de entregar el voto por compasión a una opción minoritaria y sin posibilidades, o simplemente de ir a votar con la nariz tapada o de abstenerse simplemente porque se tiene –como ahora- la sensación indeleble de que nada mejorará.

© Ernesto Milà – info–krisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.