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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

NACIONAL

Ante el 11-S-2013

Infokrisis.- En Cataluña el curso político se inicia el 11-S, fecha de la caída de Barcelona en manos de las tropas austriacistas. Es ocioso repetir a estas alturas que los catalanes que lucharon y murieron en aquel combate lo hacían para que en las Españas (en rigor, solamente un jacobino habría de una sola España) reinara un Habsburgo. Repetir esto en Cataluña, después de casi 40 años de bombardeo ideológico y falsificación histórica es completamente inútil. La Generalitat ha decretado que ese es el “Día Nacional de Cataluña” y eso es lo que se celebra al margen del verdadero sentido histórico de esa fecha.

Por lo demás, no es a una fecha concreta a lo que nos queremos referir, sino a la celebración en sí misma. Recordaremos lo que ha pasado en los dos últimos años en Cataluña, que no ha sido poco. Y lo resumimos punto a punto:

1.- La voracidad presupuestaria de la Generalitat se encontró a un paso de la bancarrota.

2.- Artur Mas actuó como lo había hecho Pujol durante todo un ciclo: con una mano puso el cazo y con la otra atizó el fantasma independentista.

3.- El 11-S del 2012 y la manifestación que reunió a 150-200.000 personas fue el punto álgido de esa campaña y la tarjeta de visita de Mas para su negociación con Rajoy.

4.- La negociación fracasó: simplemente no había dinero en la caja.

5.- Ante al fracaso, Mas siguió atizando el fantasma independentista para que Rajoy diera su brazo a torcer.

6.- Rajoy respondió sacando de los cajones los dossiers sobre corrupción en Cataluña y apuntando directamente al corazón de la familia Pujol.

7.- Mas entendió el mensaje y rebajó las exigencias independentistas enfangándose en una polémica interior con ERC que benefició sobre todo a esta.

8.- CiU (como el PSC) están en franca pérdida de electorado, manteniéndose el PP en sus mismos niveles, subiendo ERC y C’s como la espuma.

Hoy, el problema económico de la Generalitat sigue siendo acuciante. La caída en la calidad de los servicios públicos es tal que nos retrae a los años 60, trenes de cercanías que no llegan a la hora, sanidad pública empantanada, policía autonómica ineficiente, exceso de burocratización, obsesión lingüística, inmigración masiva inintegrable, tasas de paro similares solamente a Andalucía, desertización industrial, Generalitat paralizada en su tarea de gobierno y una corrupción mucho más extendida de lo que los medios que maman de las ubres de la Generalitat reflejan… Eso es Cataluña. Y esta es la situación.

Así llegamos al 11-S de 2013. La Generalitat ya sabe que el camino hacia la UE le está vedado si se independiza. Sin embargo, lo que transmite no es eso, sino que Cataluña será “un futuro Estado más de la UE”. En cuanto a la población se divide en 1/5 parte ganada por el independentismo, 1/5 españolista, 3/5 partes completamente indiferentes, apáticas, apolíticas y preocupadas solamente por el día a día y por cómo sobrevivir en una situación completamente hostil. Ahora bien, es rigurosamente cierto que ahora hay más independentistas que hace dos años. ¿Motivo? “Madrid gobierna mal”. Es inevitable que se identifique al “gobierno central” con “Madrid” y que si las cosas van mal en Cataluña (¡y de qué manera van mal!) se culpabilice a “Madrid”, ese ente abstracto y perverso que gobierna contra Cataluña…

En realidad, las cosas no son así. Es decir, si son así, pero no en el sentido en el que la Generalitat y el independentismo lo difunden: “Madrid” gobierna mal, entendiendo por “Madrdi2 el sistema de fuerzas políticas, económicas y mediáticas que cristalizó en la constitución de 1978… pero la Generalitat de Cataluña es una derivada de ese sistema, y como él, sufre exactamente la misma crisis a escala regional. Una Cataluña independiente no variaría mucho la situación: existiría una frontera más en el Ebro y un pasaporte catalán que muchos catalanes, simplemente, rechazaríamos.

Es evidente que el independentismo es un “tigre de papel” y que le quedan exactamente dos 11-S para alcanzar sus fines o retirarse para siempre: el 11-S de 2013 y el 11-S de 2014, cuando se cumplirá el 400 aniversario de la caída de Barcelona en las manos borbónicas. Todo lo que el independentismo pueda hacer tiene fecha de caducidad: o lo hace antes del 11-S de 2015, o se convertirá en una dolorosa irrisión para Cataluña, un nuevo fracaso histórico para una región que desde la Batalla de Muret vive en un permanente fracaso histórico. Eso implica que los dos próximos 11-S van a ser “de traca” y el independentismo quemará sus últimos cartuchos.

Tiene a favor la corriente de simpatía creciente a la causa independentista, no tanto por convicción (los argumentos que manejan los independentistas son peripatéticos y mero ejercicio de infantilismo político que causan la más irreprimible tristeza y alguna que otra sonrisa de conmiseración) como por lo que se está prolongando la crisis económica, devenida crisis social y desembocada finamente como crisis política del sistema nacido en 1978. Tiene a favor, igualmente, que el independentismo es un mito inédito y de eficacia incomprobable. Lo puede prometer todo, porque nunca ha sido nada, a pesar de que si nos atenemos a la eficacia en la gestión del nacionalismo, su hermano mayor, legítimamente se puede sospechar de sus capacidades para gobernar.

Tiene en contra el que Cataluña actualmente está dividida en tres grupos sociales: el catalanoparlante, el castellanoparlante y la inmigración, en cifras: 2.250.000-2.500.000, 2.250.000-2.500.000, 2.000.000-2.50.000, respectivamente… Hay tres identidades habitando sobre la tierra catalana y no una como difunde la Generalitat. Estas tres identidades sobreviven en un marco general de a-culturización. La propia Generalitat parece incapaz de recordar que Cataluña es algo más que sardanas y castellers: Cataluña no vive un momento particularmente bueno de creación artística, cultural o literaria y las tres identidades que coexisten viven un paralelo proceso de empobrecimiento cultural.

Paree difícil que Cataluña alcance la independencia en 2014, a la vista de que no hay una mayoría social holgada y suficiente como para que el nuevo Estado disponga de un “suelo” sociológico suficiente como para poder imponerse. Lo más probable sería que en caso de decretarse la independencia, un 20% de castellanoparlantes abandonarían la comunidad y se irían a sus lugares de origen. Cataluña sería, por esto mismo, más “inmigrantes” y menos “española” y la Generalitat se engaña respecto a las posibilidades de “integración” de la inmigración por mucho que TV3 entreviste a antxenetes africanos o marroquíes… Dejando aparte que la inmigración puede apoyar la independencia, siempre y cuando reciba garantías de que será el grupo social más protegido.

Este es un problema importante porque la ausencia de fuerzas armadas catalanas y la ineficacia de los Mossos d’Esquadra en la represión de la delincuencia, dejan a una Cataluña independiente prácticamente indefensa ante motines, insurrecciones e intifadas que podrían estallar si la inmigración se ve abocada permanentemente a la pobreza y se le retiran subsidios, subvenciones y ayudas. Y no se ve de qué manera una Cataluña independiente podría remontar la pendiente de la desertización industrial, cuando en realidad, lo que ocurriría sería todo lo contrario: ésta se aceleraría con el tránsito de muchas empresas hasta ahora radicadas en Cataluña, al otro lado de la frontera del Ebro.

Sea como fuere, los dirigentes nacionalistas e independentistas tienen todo el derecho a engañarse y a engañar a su parroquia sobre el futuro de una Cataluña independiente. Lo que nos interesa ahora es que el problema actual tiene solamente dos soluciones que se perfilarán entre hoy y el 11-S de 2014:

- O Cataluña alcanza la independencia

- O Cataluña sigue vinculada a España tal como lo ha estado hasta ahora.

En el primer caso el problema no terminaría el día en que La Vanguardia multiplicara por 10 sin ningún pudor el número de catalanes que apoyaría la independencia. A decir verdad, los problemas empezarían en ese momento: un 20% de catalanes acelerarían su marcha del “nuevo Estado”, firmas comerciales de relieve harían otro tanto, como siempre ocurre en estos casos, la voz cantante la llevaría en los primeros momentos el independentismo radical y éste no está desde luego preparado para asumir el gobierno ni de una Cataluña independiente ni de una Cataluña autonómica. Luego se agudizaría la crisis económica: los productos catalanes serían rechazados por su actual primer comprador, la población situada en el Estado Español. La campaña contra el cava de hace unos años se convertiría en una campaña contra cualquier producto etiquetado en Cataluña. Buscar otros mercados y ser competitivo, costaría lustros y ni siquiera está claro si se tendría éxito. Sin olvidar que el nuevo Estado para sobrevivir necesitaría dinero y aumentar la presión fiscal no sería el mejor estreno de la “hacienda catalana”. Así pues, las vías para sobrevivir serían dos: o bien privatizar todos los servicios, es decir, entrar en una dinámica ultraliberal que, aunque fuera pan para hoy y hambre para mañana diera a la Generalitat un respiro económico, o bien entregarse en plancha a la inversión extranjera generando unos incentivos que en la práctica generarían el que una Cataluña políticamente independiente fuera una Cataluña colonizada económicamente, tal como lo puede estar Senegal, Uganda o Madagascar.

En el segundo caso, se engaña quien piense que las cosas quedarían como están ahora. Nos gustaría saber cómo, fracaso el proceso independentista, Cataluña o lo que quede de ella, recuperaría la confianza del Estado. Tres años de tensiones independentistas y treinta y cinco años de chantajes nacionalistas, no se olvidan así como así. Quedarían secuelas y sobre todo resquemores que ya hoy existen: en los años 80, “Madrid” priorizó el eje Lisboa-Madrid-Valencia y en el nuevo milenio cuando se habla de enlazar a “España” con “Europa” se piensa en rutas que discurran por los Pirineos Centrales, no por el Pirineo Catalán. Es comprensible. El Eje Mediterráneo, por ejemplo, hoy no es una prioridad de los gobiernos españoles. Cataluña corre, pues, el riesgo de quedar como una región periférica de España en la que “España” no tiene absolutamente ninguna confianza y sobre cuya lealtad existen serias dudas… Si esto ocurre con el Estado, podemos imaginar cómo se vería a Cataluña a nivel popular desde el resto del Estado Español: “traidores”, “enemigos de España”, “malas gentes que merecen un escarmiento”, etc, lo abriría heridas que tardarían generaciones en restañarse.

Cataluña, a decir verdad, tiene las de perder. A diferencia del Estado Español, no posee una comunidad lingüística, más allá de Andorra, capaz de apoyar un proceso independentista. Parece difícil que incluso dentro de la UE pueda contar con algún apoyo para su causa.

¿Tiene solución la actual coyuntura en Cataluña? Difícilmente. La reforma de la constitución española es complicada y cualquier solución pasa por la reforma constitucional y la promulgación de nuevas reglas del juego, algo así como “resetear” una situación que está estancada y que no tiene salida dentro del actual marco constitucional.

Pero lo más grave es que nada en España es mejorable, y en especial la crisis económica, mientras España no se emancipe de la globalización. Rajoy no lo hará. El PSOE tampoco. A los independentistas no les importa nada más que no sea la independencia y lo que pase luego pertenece a otro mundo. La globalización es algo que escapa a sus análisis y en lo que no entran. Pero es el problema central del que depende la solución de todos los demás. Lo que el independentismo hace es aplicar una solución del siglo XIX para un problema del siglo XXI. No es raro que mientras se empeñe en la cuestión independentista sufrirá Cataluña y sufrirá España. Estamos ante un problema que no es catalán, ni siquiera español: es un problema europeo: Europa no tiene cabida dentro de la globalización lo que implica que plantear la cuestión de la independencia es plantear una falsa solución regional a un problema muy real pero de alcanza europeo.

Nadie va a salir bien parado de lo que se avecina en los dos próximos años…

© Ernesto Milá – infokrisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com

 

 

 

¿Enseñanza de religión?

¿Enseñanza de religión?

Infokrisis.- Como eco de otros tiempos, cuando se ha rumoreado que el ministro Wert planeaba transformar en obligatoria la enseñanza de la religión y ante la oposición habitual y previsible de la izquierda, se ha producido una reacción unánime de las cadenas de TV ligadas a la derecha religiosa (que no son sino apéndices mediáticos de la derecha del PP, nos referimos a Intereconomía y a la COPE) seguida por exaltadas peticiones en el mismo sentido de varias organizaciones de extrema-derecha. En las redes sociales, una y otra vez aparecían mensajes favorables a la enseñanza de la religión e invectivas contra los sectores “progres” que se oponían a la medida. Quizás valga la pena realizar algunas puntualizaciones al respecto.

Pero ¿sabéis realmente cuál es la situación de la enseñanza?

La primera reflexión es palmaria: el gran problema de la enseñanza en España -nos atreveríamos a decir que el único problema- es que el sistema educativo está literalmente destruido, pulverizado, inservible para formar personas, garante de las más elevadas tasas de fracaso escolar, farolillo rojo de la enseñanza en Europa y, vergüenza nacional. Y no es precisamente por la ausencia de la asignatura de religión, sino por muchos factores que se vienen arrastrando desde la Ley General de Educación de 1973 (la llamada Ley Villar-Palasí) y que, tras sucesivas reformas, ha ido acelerando su velocidad de caída.

Dicho de otra manera: aunque la Ley Wert garantizara la obligatoriedad de la enseñanza de la religión católica, ello no serviría absolutamente para nada. Tenemos alumnos que no saben ni realizar un razonamiento lógico básico, a los que les cuesta calcular 5 más 5 sin utilizar los dedos, que son incapaces de comprender un texto e incluso leerlo, que ni siquiera pueden concentrarse durante un cuarto de hora para escuchar las explicaciones del profesor y que ni siquiera han entendido la importancia de tener una aceptable formación cultural. Con este panorama puede pensarse lo que supondrá enseñar al alumnado que Dios es “uno y trino” o el dogma de la Inmaculada Concepción. Alumnos que tendrán dificultades en recordar las virtudes teologales, o que serán incapaces de enumerar los diez mandamientos o de recordar el Credo, porque desde 1973 se inició la lucha contra el uso de la memoria en el aprendizaje, no estarán en condiciones ni de asimilar los contenidos de esta asignatura, ni los de cualquier otra.

Nuestro sistema educativo no es, desde luego, el terreno más abonado para el aprendizaje de la religión, ni de cualquier otra asignatura. Reimplantarla sería algo así como pedirle a un ciego que utilice la panoplia de colores que se le ha regalado. Decimos esto para establecer la importancia del problema: la enseñanza de la religión o su desaparición de las aulas es un problema secundario en relación al problema principal que se dirime en el terreno de la educación: su reforma, a la vista de la innegable quiebra del sistema educativo. Se trata, pues, de debatir sobre cómo será esta reforma, de qué manera se hará, cuáles serán sus principios rectores y quienes la pondrán en práctica. Discusión, no precisamente menor, ni siquiera susceptible de llegar a buen puerto, a la vista de la sima en la que se encuentra el sistema educativo.

España y la religión

Los partidarios de la enseñanza religiosa insisten en que España es un país católico y que su historia se ha identificado con la defensa de la fe hasta ser la misma cosa. Por tanto, si se aspira a resucitar los valores de patriotismo e Hispanidad –y de eso, a fin de  cuentas, es de lo que se trata- hará falta difundir el mensaje religioso y, por tanto, situar de nuevo esta asignatura entre las que cuentan para aprobar un curso escolar. Bien, sobre esto, hay bastante que decir.

Es cierto que desde el episodio histórico de la “conversión de Recaredo”, España ha sido un país católico, pero es igualmente cierto que antes de ese episodio existía un Reino Visigodo arriano y que desde tiempos muy remotos existía lo que unos llamaban el “país de las Hespérides” y otros simplemente Hispaniae. Esto por lo que se refiere a los orígenes históricos de nuestro país.

No parece aventurado ni sesgado recordar que la religión católica no vive hoy sus mejores momentos y que desde mediados de los años 60 su influencia en la sociedad española ha ido declinando progresivamente. Hoy, los seminarios están vacíos, cada vez más parroquias se encuentran sin titular o teniendo al frente un sacerdote en edad de jubilación. Diariamente se cierran conventos e incluso desaparecen órdenes religiosas enteras. De hecho, la mayoría de órdenes religiosas, especialmente femeninas, estarían reducidas a la mínima expresión de no ser porque sus conventos han ido cubriendo, mal que bien, las bajas con ordenaciones procedentes del tercer mundo. Hoy nos tememos que la presencia de inmigrantes entre las órdenes religiosas femeninas ya está en una proporción de 1 a 3 (una monja española por tres inmigrantes). Sin embargo, la llegada masiva de inmigrantes que suscitó esperanzas en la Iglesia española no ha podido transformarse en una fuente de revitalización de la misma. Para sorpresa de la Conferencia Episcopal, buena parte de los andinos que llegaron entre 1997 y 2009, procedentes de países de mayoría católica, luego resultó que optaron por acercarse a confesiones protestantes, Testigos de Jehová, pentecostales, evangélicos, etc. En cuanto a los procedentes de países del África Negra con fuertes comunidades católicas, la mayoría… son islamistas.

Cuando Manuel Azaña en los años 30 pronunció aquella odiosa frase de que España había dejado de ser católica, evidentemente exageraba, porque España seguía siéndolo. Cuando empezó a dejar de serlo fue tras el cierre en falso del Concilio Vaticano II (en pleno tardofranquismo), cuando una parte del clero y de la jerarquía católica viraron a la izquierda y se produjo el hundimiento en cadena que todavía prosigue hoy y que hace que, año tras año, la Iglesia española se repliegue cada vez más.

Es importante reconocer esta situación porque si se acepta el principio de la historiografía católica según el cual España y la fe están indisolublemente unidos, hasta el punto de que España empezó cuando se asentó el catolicismo romano en nuestro país, cuidado, porque, por lo mismo se puede inferir que España dejará de ser tal en cuanto el catolicismo haya dejado de ser la religión de los españoles. Y, de hecho, el sector mayoritario de la sociedad, hoy, hace gala de un indiferentismo religioso innegable. Basta ver los medios de comunicación para darse cuenta de que solamente dos cadenas televisivas, ambas de segunda fila y con unas audiencias bastante residuales, mantienen viva la llama de la fe, especialmente a través de programas de debate político excepcionalmente polémicos (y, a ratos, incluso zafios).

En nuestra opinión, la historia de España es, hasta cierto punto, la historia de la defensa de la fe católica… como también Francia reclama este privilegio, Inglaterra, con su particular iglesia nacional, se sitúa en la misma órbita y otro tanto hace Portugal, por supuesto, con el mismo derecho que España. Y si se trata de discutir qué catolicismo nacional es el más militante y combativo, desde luego este título recaería, desde 1789, sobre el francés mucho más que sobre el español. Nosotros tuvimos nuestra “reconquista” realizada bajo el signo de la fe, como los caballeros teutónicos tuvieron su combate en defensa de la fe en las marcas del Este y los cruzados procedentes de toda Europa lo tuvieron en Palestina. Más razonable, pues, parece aceptar el hecho de que la historia de España no empieza con la conversión de Recaredo y que, por lo mismo, no terminará aunque la Iglesia católica agote su crédito en la sociedad española.

Por otra parte, a los que sostienen que la enseñanza de la religión es necesaria para vivir el ideal patriótico, le diríamos que mucho más importante para entender lo que es una patria es la enseñanza de la historia, de la geografía, de la sociología… Lo que nos lleva de nuevo a considerar la crisis de la enseñanza en su totalidad y no solamente a interesarnos por el destino de la religión católica en las aulas, discusión completamente secundaria en las actuales circunstancias.

Una institución globalmente en crisis

Las visitas de los últimos papas a España no se han saldado con una revitalización de la fe, ni con un reforzamiento de las parroquias, gestionadas por un clero diocesano que casi completamente ha optado por integrarse en algún “grupo”: Opus Dei, Comunión y Liberación, Neo-Catecumenales, Legionarios de Cristo, El Yunque, etc, organizaciones que, aun reconociendo a Roma como faro y guía de la cristiandad… simplemente mantienen su política de grupo por encima de las órdenes tradicionales que ilustraron los mejores momentos de la cristiandad (benedictinos, dominicos, jesuitas, franciscanos, etc.).

El Concilio Vaticano II se cerró con una serie de reformas en todos los terrenos salvo con reformas en lo relativo a la moral sexual excepcionalmente restrictiva de la Iglesia y, casi diríamos, insostenible. Las campañas antiabortistas que incluso podemos compartir quienes no nos sentimos miembros de la Iglesia, adolecen de un radicalismo innecesario que ignora que, bajo determinadas circunstancias y en determinados casos puntuales, el aborto puede ser necesario. La falta de vocaciones hace imposible la “recristianización” de Europa que, desde hace años, debería ser considerada “tierra de misiones”. El eje sociológico de la Iglesia se va progresivamente desplazando fuera de su marco tradicional (Europa), para adentrarse en horizontes geográficos en donde su futuro es problemática (África en donde las características de la población subsahariana hacen imposible la aceptación de la moral sexual de la Iglesia y en donde deben competir con un Islam cada vez más agresivo; Asia en donde la Iglesia crece especialmente en sectores marginales y extremadamente minoritarios y le resulta imposible competir con escuelas filosóficas budistas, hinduistas, zen, confucianistas, etc; estando en recesión en toda América –en el católico Québec hemos encontrado una iglesia convertida en spa, varias en bibliotecas públicas, otra en almacén de modas… y con una asistencia mínima a los oficios en aquellas iglesias todavía en funcionamiento).

La historia de los últimos papas es significativa. Juan Pablo II consiguió, efectivamente, contribuir a la caída del bloque soviético… pero en su largo pontificado no pudo, ni probablemente quiso, hacer nada para reformar la liturgia, acaso la asignatura pendiente más importante del post-Vaticano II. Convertido en una figura mediática, la Iglesia que dejó era bastante más débil que la que recibió en 1979. Lo mismo puede decirse de Ratzinger-Benedicto XVI, cuyas innegables cualidades intelectuales tampoco fueron puestas para realizar en casi una década de pontificado ninguna rectificación esencial. De hecho, su dimisión, inédita en la historia de la Iglesia, dice mucho de la desesperación de un intelectual ante una reforma cada vez más imposible. Y, por lo mismo, creemos que no puede esperarse gran cosa de su sucesor. De hecho, si las profecías de Nostradamus marcaban un límite ya superado para los papas que quedaban, los que siguen a ese límite parecen no contar a efectos proféticos en razón de su irrelevancia o, si se quiere, de su incapacidad para enderezar la barca de Pedro. La sensación que tiene alguien que, aun no considerándose católico, mantiene simpatías por el pasado católico que fue el de sus padres, es que la Iglesia sigue existiendo pero ya no es el eje de Europa, ni de Occidente.

Entendemos la preocupación de los sectores católicos de la sociedad española por el problema de la enseñanza de la religión, pero a estos sectores les valdría más darse una buena dosis de realismo: la iglesia española está en una posición de debilidad extrema, ni siquiera el partido al que mayoritariamente apoyan los católicos, el PP, está dando ejemplo de una política que pueda satisfacerles.

El bien más preciado de la Iglesia española, en este momento, es su red de centros de enseñanza concertados. Se trataría, más bien, de que esos centros se convirtieran en un ejemplo de cómo, aun sin orientaciones del Estado, puede generarse un sistema educativo eficiente. Y para eso haría falta que la Iglesia concentrara en este frente sus esfuerzos, no tanto para lograr la victoria tan pírrica como inútil de 45 minutos de clase de religión semanales, como para que en sus aulas, ante el signo de la cruz, los alumnos allí formados mostraran una superior preparación y una mayor calidad pedagógica que luego pudiera aplicarse al sistema público de enseñanza.

Obstinarse en presentar batalla en el terreno de la enseñanza de religión, supone haber perdido la batalla por anticipado y equivocarse en la estrategia: porque el gran problema de la enseñanza en España (pública y privada) es su baja calidad y las altísimas cotas de fracaso escolar. Supérense ambos problemas y ese será el sistema educativo extrapolable a toda la sociedad.

© Ernesto Milá – infokrisis – ernesto.mila-rodri@gmail.com

 

 

Para acabar con Aznar...

Para acabar con Aznar...

Infokrisis.- En su momento, cuando Aznar llegó al poder en 1996 ya dijimos que, aparentemente, su único mérito consistió en oponerse a Felipe González y en ser objeto de un atentado por parte de ETA. Por lo demás, de él lo único que sabíamos es que había sido jefe de la sección de Institutos y Enseñanza Media del Frente de Estudiantes Sindicalistas durante unos años en la transición, aquella formación falangista disidente del Movimiento franquista, joseantoniana ortodoxa y católica. Sin embargo, sorprendentemente, tras aquel vacilante comienzo en el que empezó recibiendo el calor de un público devoto concentrado ante las puertas de Génova, gritando aquello de “Pujol enano, habla castellano”, a la vista de que su mayoría parlamentaria era relativa fue él quien declaró, contra todo pronóstico y contra la lógica más elemental que, él, Aznar “hablaba catalán en familia”. Luego supimos que las lenguas no se le daban muy bien y que, difícilmente hubiera trenzado amistad con el malaje de Bush de no ser porque este chapurreaba castellano mejor de lo que Aznar destrozaba la lengua de Shakespeare. Pero el episodio del “catalán en familia” y de su polémica con Bush sobre quién corría más en menos tiempo, Aznar ya había quedado suficientemente catalogado.

En efecto, durante sus años de estancia en el poder se benefició especialmente de la riada de fondos estructurales que llegó de la Unión Europea y que permitió abordar desde obras públicas hasta limpieza de fachada de catedrales. La construcción inició uno de sus tradicionales ciclos alcistas y pareció como si la larga noche del felipismo (agónico desde 1988 cuando empezó a despuntar el caso GAL y quedó claro que si alguien no tenía intención de luchar contra la corrupción era el PSOE (porque el PSOE “era” la corrupción) hubiera terminado y España fuera, sino una fiesta, si al menos quedara como terreno fértil para la esperanza.

Aznar tenía por delante un largo camino de reformas. Era evidente que las autonomías estaban costando demasiado y que, en especial, la catalana y la vasca se habían enquistado como problema. Resultaba también obvio que nuestra enseñanza estaba en crisis y que hacía tiempo que había dejado de formar jóvenes. En cuanto a la seguridad social y a las pensiones, se decía –y era falso- que no se podrían pagar a la vista del descenso de nuestra natalidad y del alza de la edad media (mentira estadística porque la vida de los españoles no se prolongaba, sino que lo que se disminuía era la tasa de mortandad de los recién nacidos, con lo que la edad media subía… estadísticamente). Los salarios eran bajos pero nadie –y menos Aznar- aludía a que la globalización estrenada en noviembre de 1989 y (caída del muro de Berlín) y sellada con la segunda guerra del Golfo (intervención americana en Kuwait) constituían los pistoletazos de salida de la globalización y en ese marco, poco podía aportar el trabajador español, cubierto por un sistema de seguridad social procedente, casi completamente, del franquismo y que el felipismo no había desarmado completamente.

El felipismo había aportado como “modelo económico” la promoción de la “marca España” mediante una serie de “eventos” en cadena (Quinto Centenario del Descubrimiento, Exposevilla, Olimpiadas del 92, generalización del envío de contingentes militares españoles a escenarios en conflicto) y con la llamada “reconversión industrial” (pago de Felipe González a la socialdemocracia alemana por haberle construido de la nada un partido, el PSOE inexistente durante el franquismo, y darle carburante económico suficiente para que llegara al poder) que liquidó nuestra industria pesada, nuestra minería y nuestros astilleros, parte de nuestra ganadería vacuna y de nuestra agricultura, que podían entrar en competencia con los intereses franco-alemanes y esto a cambio de unos “fondos estructurales” que, como aquel al que le tocaba la lotería, el felipismo empezó a dilapidar sin tener en cuenta que un día nos tocaría a nosotros entregar para el desarrollo de nuevos países miembros de la Unión.

Era evidente que faltaba un “modelo económico” y que Aznar debía aportarlo si quería superar las notas de corte para ingresar en la Zona Euro. Y lo hizo, vaya que si lo hizo. Aquellas aguas trajeron los lodos en los que hoy nuestro país sigue debatiéndose y ahogándose.

En efecto, ahora, cuando Aznar parece haberle cogido nuevamente el gusto a salir por la TV y a ejercer de oráculo político, cabría echarle en cara: “¿CON QUÉ MÉRITOS DAS CONSEJOS, TÚ QUE ERES EL RESPONSABLE DEL ARRANQUE DE LA BURBUJA INMOBILIARIA Y DE LA LLEGADA DE 7.000.000 DE INMIGRANTES?”

El  hecho de que Aznar sucediera al rey de los GAL y de la corrupción, el hecho de que precediera a la estupidez personificada en Zapatero, no le exime de sus responsabilidades que no fueron precisamente pocas.

1. No abordó ni una sola reforma necesaria en materia de ordenación del territorio, de contención de las autonomías, de reformas estructurales del Estado ni de sus servicios (especialmente sanidad y, muy especialmente, educación).

2. Creó un modelo económico neoliberal, de común acuerdo con la patronal inmobiliaria y con la banca basado en salarios bajos, acceso fácil al crédito y desarrollo hipertrófico del ladrillo, sin la más mínima barrera prudencial ni contención especulativa.

3. Para completar este modelo económico y garantizar los salarios bajos, entreabrió las puertas a la inmigración permitiendo que entraran bajo su mandato 3.000.000 de extranjeros, la mayoría de los cuales hoy ya tienen nacionalidad española.

4. Basó su política exterior en situarnos en el furgón de cola de todas las intervenciones del “amigo americano”, intervenciones en Afganistán e Irak, dictadas por los intereses del complejo militar-industrial-petrolero, verdadero guía del gobierno Bush.

5. Intentó imitar a los “grandes” del neoliberalismo, especialmente a la Tatcher, intentando obtener “prestigio” de cuestiones patrióticas como el “asunto Perejil” que, en realidad supuso una concesión a Marruecos por presión de EEUU (España seguiría siendo “titular” de la soberanía en el islote… pero no podría ejercerlo).

6. No hizo absolutamente nada para contener la corrupción, especialmente en los ayuntamientos (y de las que parte de los beneficiarios fueron miembros de su propio partido) que avanzaba imparable desde los tiempos del felipismo y de la mano con las inmobiliarias.

Todos aquellos errores (y algunos más de menor cuantía) estallaron en el período siguiente, cuando de manera brusca las bombas de 11-M (de cuyo origen NO SE CONOCE HOY ABSOLUTAMENTE NADA) pusieron fin, bruscamente, al gobierno del partido popular. Lo que ocurrió luego puede resumirse así: Zapatero, quien no tenía ni una sola idea en materia económica o política, se limitó a una primera legislatura en la que todo iba bien por inercial (en la medida en que seguían llegando fondos estructurales y que la “burbuja inmobiliaria-bancaria” todavía iba creciendo, optando por aplicar su enloquecido programa de “ingeniería social” dictado por los cerebros enfermos de la UNESCO, por la progresía y por el último tópico humanista-universalista, olvidándose de introducir las correcciones necesarias en materia ECONÓMICA (contención de la burbuja, retorno a la economía productiva) y POLITICA (freno a las autonomías, liquidación de “instituciones florero”, reformas en educación y sanidad). En el arranque de su segunda legislatura, cuando ya había estallado la crisis, ZP tardó en reconocer su existencia, dictó medidas absurdas que costaron más de ¡medio billón de euros!, contribuyendo a hacer que la crisis inmobiliaria pasara a ser también una crisis de deuda pública, y España cayó a plomo por el pozo sin fondo en el que Aznar nos había colocado colgados de un hilo de seda…

Aznar tuvo dos legislaturas: sus defensores se escudan en que en la primera no tuvo mayoría absoluta… pero sí la tuvo en la segunda. Y en esa segunda legislatura pudo corregir los primeros efectos deletéreos de las iniciativas erróneas tomadas en la primera (especialmente cuando ya se había producido el primer “efecto llamada” y cuando los precios de la vivienda estaban subiendo un 15% anual). No lo hizo, sino todo lo contrario. Actuó como si los problemas no existieran: negó que la delincuencia se hubiera disparado, que los salarios eran cada vez más bajos y los contratos basura del felipismo se habían generalizado. Miró a otro sitio, allí donde las grúas y las excavadoras daban la sensación de que había actividad económica. Confundió el aumento del PIB (que indica el volumen de movimiento económico) con la renta per cápita (la media de lo que ganamos cada español) y se refugió en las mentiras estadísticas de las cifras macroeconómicas para demostrar que… España iba bien. Y lo que iba era directa al precipicio.

Para colmo, quiso tener una “salida de caballero”: dos legislaturas y basta, quería irse con la cabeza bien alta de ser el “mejor presidente” en la historia de la democracia española (a fin de cuentas no era difícil: Suarez no fue más, como él mismo decía, que un “vendedor del Corte Inglés”, alguien que solamente sabía camelar a unos y a otros, Calvo Sotelo, un monolito indolente situado más allá del bien y del mal y, además, breve, sobre Felipe y Zapatero su gestión fue nefasta en el primer caso, y nefanda en el segundo. Así que no era difícil superarlos. Aznar le facilitó a Rajoy lo que debía ser su última carambola: una elección segura en 2004.

Y entonces llegaron las bombas del 11-M. A los efectos brutales del atentado (192 muertos) se unió una campaña mediática preparada de manera anticipada y la incapacidad de un ministro del interior sin ningún mérito (salvo el ser un yes-man de Aznar, un mero servidor sin iniciativa, ni capacidad de análisis, ni criterio propio) que una y otra vez echó la culpa a ETA (cuando ya existían nexos de unión entre ETA y funcionarios de Interior a través de Josu Ternera), negándose a aceptar el hecho de que ¡SE IGNORABA Y SE IGNORA QUIEN IDEÓ EL ATENTADO, SABIÉNDOSE SOLO QUE UNOS “MORITOS” IMPRESENTABLES FUERON LA CARNE DE CAÑÓN DEL MISMO!

Inútil decir que Aznar fue víctima de su propia trampa: desde el verano de 2001 había permitido que se publicaran reiteradamente las noticias en España de que existían “tramas islámicas”, cualquier dossier que llegaba de los EEUU procedente del Departamento de Estado, del Departamento de Justicia, del Pentágono, del FBI, era considerado como VERDAD OFICIAL por el ministerio de defensa, por el ministerio del interior, por el CNI, por la Audiencia Nacional… Y esos informes FALSOS Y ELABORADOS EN OSCUROS LABORATORIOS DE OPERACIONES PSICOLÓGICAS INDICABAN QUE HABÍA “YIHADISTAS” EN ESPAÑA DISPUESTOS A ACTUAR… Durante el período Aznar se detuvo a 200 “islamistas”, la mayoría de los cuales habían militado en formaciones de ese tipo… durante la guerra civil argelina, pera optar luego por retirarse y emprender el camino de la emigración a Europa.

Cuando PRISA, dos minutos después de los atentados del 11-M sentenciaba que eran de marca islamista, mientras que el jefe de los TEDAX decía telefónicamente a Acebes que se trataba de un atentado etarra, estaba generando el efecto “rebote” en la opinión pública. Acebes y Aznar entendieron pronto que si aludían a la responsabilidad islamista caerían víctimas de su propia trampa y que eso generaría el trasvase de 3.000.000 de votos de rechazo a la guerra de Irak que, hasta ese momento, estaban dispuestos a olvidar ese “pecadillo” de Aznar, pero no si el “pecadillo” costaba 192 vidas…

En lugar de convocar al “Pacto Antiterrorista”, realizar una declaración común, comprometiendo al PSOE y afirmando la ÚNICA REALIDAD: QUE SE IGNORABA QUÉ CEREBRO CRIMINAL HABÍA IDEADO EL ATENTADO, Acebes quiso mantenerse 48 en la idea inicial de responsabilidad de ETA. Ya se conoce el “principio de Peter” sobre los distintos niveles de incompetencia: un incompetente, nombra a gente más incompetente que él para que no le haga sombra. Eso explica por qué un tipo vinculado a grupos extremistas católicos –Legionarios de Cristo- estaba situado en un cargo para el que, obviamente, no tenía la más mínima experiencia ni idoneidad.

Aznar y el aznarismo fueron arrojados del poder con una brutalidad y una brusquedad sin precedentes. Ni hoy en el gobierno, ni ayer en la oposición, NO INSISTIERON EN QUE SE INVESTIGUE DE UAN VEZ POR TODAS, PARTIENDO DE CERO, LOS ATENTADOS DEL 11-M. Todos saben que parte de la responsabilidad recae en funcionarios que estuvieron a las órdenes de Acebes, vinculados a anteriores cúpulas de Interior y que los ministros del PP nunca consiguieron ni aislar, ni siquiera relevar de sus responsabilidades.

Aznar estuvo callado durante los años aciagos del zapaterismo y hace poco volvió de ultratumba (con el pelo recortado, las canas teñidas, el bigote afeitado y el labio de escayola bien visible), presentándose como si hubiera sido un “gran presidente”. Fue, eso sí, la gran oportunidad que tuvo este país antes de hundirse, probablemente para siempre, en la crisis y la desesperanza. La desaprovechó y, no solamente eso, FUE EL DESENCADENADOR Y EL CAUSANTE DE LA BURBUJA INMOBILIARIA. Zapatero tenía razón: a él le había estallado entre las manos, como al gilipollas que tiene una granada de mano sin anilla y en lugar de resolver la situación, opta por ponérsela en la boca. Lo triste de Zapatero es que de lo único que se le puede acusar es de “bambi” de la vida, de “bobo ilustre” y de humanista baboso sin dos dedos de frente, es decir, del mediocre rodeado de mediocres que actúa mediocremente ante una situación excepcional como fue el desencadenamiento de la crisis inmobiliaria en el verano de 2007. Es lo que tiene ser elegido democráticamente por un electorado víctima de la telebasura, las sucesivas reformas educativas y el miedo por perder lo poco que tiene.

¿Y Aznar? Aznar pasó por el FES, así que sabe que la crítica que realizó José Antonio Primo de Rivera a la democracia y al parlamentarismo sigue siendo válida. Es difícil que haya podido olvidar también lo que era el patriotismo que se desprende de las lecturas que debió realizar en su juventud. Y también es difícil que haya podido olvidar los ideales de justicia social y servicio que tuvo en otro tiempo. El oportunismo y la ambición pueden ser tomados momentáneamente como sustitutivos, pero hay momentos, en la soledad, antes  de conciliar el sueño en el que, seguramente, debe pensar en todo el daño que ocasionó a millones de personas su amigo Bush; Aznar, en esos momentos, debe ser consciente de que en el origen de la crisis actual está su modelo económico; consciente de sus silencios ante la globalización y consciente de que no hizo todo lo que podía para contener al nacionalismo catalán; consciente de que sus 3.000.000 de inmigrantes a los que permitió entrar marcaron el camino a los otros 4.000.000 que llegaron después y que esos recién llegados contribuyeron, no a la “justicia social”, sino a abaratar los salarios, a aumentar la conflictividad en las calles, a convertir en caótico nuestro mercado laboral, haciendo la vida mucho más difícil, sino imposible, para millones de españoles. Y si no es capaz de pensar ni siquiera eso que es evidente para alguien con dos dedos de frente, es que, simplemente, como otros presidentes de gobierno anteriores, está, literalmente, loco.

¿Con qué cara se presenta Aznar ahora a los españoles? Debería de estar avergonzado y abochornado por lo que hizo él y por lo que hoy hacen las gentes que él colocó para sustituirle. Debería de estar avergonzado con que 192 muertos sigan preguntando desde el más allá, por qué tuvieron que morir. Debería de pedir disculpas por idear y aplicar un modelo económico suicida por el que todavía y durante muchos años más nos seguiremos debatiendo en la ruina. Debería de arrodillarse ante toda la nación y pedir perdón por las reformas que pudieron hacerse y que jamás se hicieron.

Eso y no otra cosa es lo que nos hubiera gustado oír de José María Aznar. Eso, claro está, y el reconocimiento de que la Trama Gürtel creció bajo su mando y… finalmente, le pagó la iluminación en la boda de la niña… Porque lo de que PRISA está quebrada, eso ya lo sabíamos… y que Aznar cobra de un grupo internacional rival de comunicación, por cierto, también lo sabíamos. ¿”Aznar el honesto”? ¿Ah, pero en el actual régimen queda alguien honesto? De ser así habría que conservarlo en formol como rara avis.

© Ernesto Milá – infokrisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com

 

 

 

 

El camino a la bullanga…

El camino a la bullanga…

Infokrisis.- Las “bullangas” fueron disturbios cívicos de mucha intensidad y corta duración que se generaron en España a mediados del siglo XIX, especialmente en las grandes ciudades. El diccionario de la Real Academia no lo reconoce como disturbio popular (o populachero) sino que apenas dice que es un “bullicio y jaleo producido por la gente”. Sinónimos de “bullanga” son jaleo, follón, tumulto, vocerío, bulla, tropel, desorden, gresca, bullicio, pendencia, confusión, escandalera, trifulca y jarana… Sirva todo esto para decir que la bullanga es, sobre todo, un estallido de cólera que nada tiene que ver con la diversión y mucho, en cambio, con la violencia. La España de mediados del XIX fue el paraíso de las “bullangas”, no hay ningún otro país del mundo en el que se hayan producido disturbios similares.

Habitualmente se considera que la “bullanga” es una revuelta anticlerical. Las de 1835 lo fueron como represalia contra las órdenes religiosas por su apoyo a la causa carlista. Estallaron en Aragón y especialmente en Cataluña y los historiadores las suelen situar dentro de la revolución liberal contra la regente María Cristiana de Borbón Dos Sicilias… Pero habría mucho que hablar sobre ello. Los conservadores de la época vieron detrás de las “bullangas” una conspiración urdida por las sociedades secretas liberales (carbonarios, comuneros y masones) y si bien seguramente hay algo de todo esto, no es menos cierto que se trataron de explosiones de cólera popular, largamente contenida que si no hubieran estallado en ese momento, lo habría hecho más tarde.

Esquilache como ejemplo…

Y es que España es patria de las “bullangas” y tierra fértil y abonada para estallidos de ese tipo. El motín de Esquilache (más bien, el motín contra Esquilache) fue uno de ellos y demostró que el pueblo español era, por naturaleza, inmovilista y cualquier reforma le asustaba y era difícil que saliera adelante. Así pues había que “reformar”, pero con mucho tiento y sin que las aguas se salieran de madre. Frecuentemente se intentó hacer así, pero la timidez de las reformas hacía que los cambios propuestos nunca fueran definitivos y cuando llegaban, ya urgían otros nuevos. Es el sino de nuestra historia.

En 1766, un ministro no particularmente malintencionado, ilustrado y con vocación regeneracionista ante litteram, el bueno de Esquilache intentó cambios sociales y políticos durante la monarquía de Carlos IV, ese rey que inauguró una saga de reyes indolentes, sino nefastos, que prosigue hasta nuestros días. Para colmo, Esquilache era italiano y como a Carlos I, el “flamenco”, su llegada y sus medidas sentaron mal desde el principio. Bastó un necesario decreto sobre los atuendos para que el pueblo de Madrid saltara, mostrando las uñas y los dientes. Allí acabó el intento reformista de Esquilache y allí terminó también cualquier intento reformista en el siglo XVIII y, como guinda, por expulsar a alguien se expulsó a los jesuitas. Por supuesto, la leyenda cuenta que la masonería estaba detrás de todo y no se trataría de una masonería francesa (como la que llegó después con las tropas napoleónicas), ni mucho menos inglesa (la fundada por el duque de Warthon y desaparecida sin dejar señas), sino racial y autóctona organizada por la nobleza que figuraba en torno al conde de Aranda. A saber…

El pueblo español se ha negado siempre ha hacer las reformas que él mismo precisaba para sobrevivir. Lo que le ocurre a nuestro pueblo es que además de negarse, le ha ocurrido como a las ollas a presión, que si no las abres a tiempo, antes o después, estallan. Y, en cualquier caso, estalla siempre a destiempo y, frecuentemente, cuando no toca.

Era evidente que el motivo esencial del motín contra Esquilache no era la moda del tricornio y el capote corto, como lo esencial de la reforma no era la lucha contra la capa larga, el chambergo y el embozo, sino la planificación del país para evitar el hambre. Los insurrectos contra Esquilache ni siquiera habían caído en la cuenta de que Esquilache trabajaba para que un día aquel pueblo miserable, analfabestia y embrutecido pudiera un día tener cultura, saber leer y… vestir sin parecer bandidos. Fue la primera “bullanga” digna de tal nombre.

El 2 de mayo como “bullanga”… entre otras cosas

Aquella fue una reforma frustrada así que hubo que esperar 40 años más a que las cosas se pudrieran un poco más. Llegó Carlos IV un rey interesado solamente por las cacerías y en absoluto por el país, por su bienestar o por su futuro. A la vista de la mala bestia de su esposa, se comprende que el primogénito saliera literalmente cabronazo, Fernando VII, a quien a lo largo de su vida no le quedó nadie a quien traicionar, empezando por su padre. Fue en 1808. Carlos IV que no quería líos sino que siguieran dejándole cazar en paz y que reprochaba a Godoy que, continuamente le asaeteara con problemas o propuestas, cuando la situación social en España estaba definitivamente podrida. Menos mal para el orgullo patrio que el francés andaba por ahí y que coincidió el traslado de los infantes a Bayona, la presencia de las tropas napoleónicas de paso hacia Portugal, con la inflación y la carestía (la interrupción de las reformas emprendidas por Esquilache llevó a eso), para que una vez más, bruscamente, una buena mañana de mayo el pueblo de Madrid protagonizara una nueva “bullanga”.

La historiografía patriótica ha presentado el 2 de mayo y lo que siguió como una sublevación de “toda” la población contra la dominación francesa. Era eso… y no lo era. Salvo los artilleros sublevados en el cuartel de Monteleón, los madrileños que se enfrentaron a las tropas napoleónicas, pertenecían a las clases “populares”, los menestrales y el subproletariado urbano. Vivían mal, tenían hambre y no tenían muy claro quién era el responsable de su miseria: al igual que injustamente 40 años antes, Esquilache había, como se dice, pagado el pato, el 2 de mayo de 1808, el pueblo de Madrid, ignorando que el futuro Fernando VII le había traicionado y, de paso, traicionado a su padre, saltó contra el enemigo más visible, los franceses. Hubieran podido hacerlo años antes cuando Carlos IV se alineó con Napoleón y esto nos costó el derroche de heroísmo en Trafalgar, una flota y una generación de marinos ilustres y heroicos bajo las aguas. Pero, ya se sabe que el pueblo español reacciona tarde y mal.

En repetidas ocasiones hemos sostenido que la “guerra de la independencia” fueron, en realidad, tres guerras en una: una guerra civil entre españoles (la primera de las que jalonarían nuestra historia en los últimos 200 años) pues no en vano había españoles entre los resistentes y españoles entre los colaboracionistas (y la prueba fueron los casi 70.000 exiliados que siguieron a las tropas francesas en su retirada y que, al no regresar, y tratarse en gran medida de profesionales y técnicos “ilustrados”, provocaron una “pérdida de material” humano irremplazable); fue, en segundo lugar una “guerra de liberación” contra el invasor; y fue, finalmente, una guerra internacional en la que franceses e ingleses fueron a la greña persiguiéndose por nuestros campos y ciudades. Que la exigencia de construcción de “mitos nacionales” obligue, aún hoy, a ver sólo aquel conflicto de manera unidimensional en su forma de guerra de liberación, no es óbice para, entre usted y yo, convenir que fue también todo lo demás. Una vez más, la reacción de nuestro pueblo llegó tarde y la explosión de cólera fue tan brusca y tempestuosa como breve (en realidad, tras el 2 de mayo de 1808 y, prácticamente, hasta 1814 cuando se retiraron los franceses, no hubo mucha resistencia más contra el invasor, acaso por los fusilamientos de la Moncloa o acaso, también porque nuestro pueblo no parece hecho para disturbios de larga duración).

España, tierra fértil para el bullangueo…

Luego llegaron las bullangas de mediados de siglo. Muchas. Especialmente en Barcelona y Madrid. Bastaba con que alguien señalara a un crío diciendo que había envenenado el agua de los pozos o la cuba de los aguadores, para que todo estallara y las ciudades se vieran cubiertas por el humo de los incendios. En Barcelona, bastó con una corrida de toros mansos el 25 de julio de 1834, que al desdecir el dicho de que “no hay quinto malo”, unos mozos saltaran al ruedo, mataran al toro a cuchilladas (para que luego digan que no había afición taurina en Barcelona), lo arrastraron por la ciudad por el paseo de Colón y, a la vista de que pasaban por delante de Capitanía General, la asaltaran, tiraran por la ventana al gobernador, sustituyeron el toro por el cuerpo del general y, subiendo por las Ramblas, quemaran todos los conventos que encontraron a su paso. Antes la “bullanga” había estallado en Reus y unos años después volvería Barcelona a ser el centro del conflicto, terminando la broma con el bombardeo de Barcelona por Espartero desde las baterías del fuerte de Montjuich. Mejor no hablar del patrimonio histórico-artístico que se fue al tacho con todo este tejemaneje de bombazos, disturbios y teas incendiarias.

La cosa no se extinguió ahí. Pasaron las décadas y la proclamación de la II República, tuvo más de “bullanga” que de movimiento nacional. En Barcelona, donde las lecciones se aprenden más tarde de lo normal, aun antes de conocerse los primeros resultados de las elecciones municipales de abril del 31, Luis Companys y un grupo de amigotes, sin pensarlo dos veces, proclamaron ante una plaza de Sant Jaume vacía el Estado Catalán. Tres años después, volverían a hacerlo desde el mismo balcón en octubre de 1934. Bastó un cañón para que los “insurrectos” huyeran por las alcantarillas. Y la respuesta al golpe cívico-militar de julio de 1936, también en la Ciudad Condal, tuvo más de “bullanga” que de “revolución española” como sus cantores se obstinan de presentar.

Por no hablar del 23-F que, si vamos a eso, fue casi una “bullanga” protagonizada por militares malhumorados por una década en la que era muy fácil prever como terminaría y atizada por armadores profesionales con oficina en las cloacas.

Así reaccionará nuestro pueblo pasado mañana…

¿Dónde queremos llegar con este repaso histórico, superficial y henchido de desgracias? Pues, simplemente, a establecer que este pueblo nuestro aguanta carros y carreras, calla ante el hambre, calla ante el paro, calla ante las privaciones, permanece ciego ante la proximidad de problemas ineludibles, calla, baja la vista, se repliega en sí mismo, se hunde en el silencio y en la indiferencia, va acumulando potencial de odio, atmósferas de resentimiento y océanos de desesperación, hasta que finalmente, a veces apenas sin motivo, estalla. Dado que la “funesta manía de pensar” no ha sido uno de los entretenimientos habituales entre nuestra gente, está claro que el estallido será 1) a destiempo, 2) contra quien pasaba por allí, 3) contra un enemigo visible, pero no contra el problema de fondo, 4) violento hasta la náusea y 5) fracasado.

Tal es la enseñanza histórica que esta crisis nos renueva: ya desde finales de los años 90 estaba claro 1) que la adhesión de España a la OTAN y a la UE se había realizado frívolamente, sin negociar un acuerdo ventajoso para nuestro país, 2) que el modelo económico de José María Aznar era, literalmente, un suicidio nacional, y que favorecía directamente la burbuja inmobiliaria, 3) que estaban entrando más inmigrantes de los necesarios y con menos formación de la que requeríamos, 4) que desde la primera medida de ZP a la última, un memo al frente del gobierno es una ruina nacional, 5) que las medidas que adoptó ZP y las que adopta Rajoy entrañan el fin del Estado del Bienestar y los que han generado la crisis se ven recompensados por los que la están sufriendo… y en todo este ciclo de casi 20 años, el pueblo español ha callado, apenas ha protestado, ha permanecido mudo, y lo único que ha dado han sido movimientos “de moda”, que si los “indignados”, que si la “primavera valenciana”, que si “la oleada blanca y verde”… en definitiva, cada año una moda que sustituye a la anterior.

Del corralito chipriota a la España de charanga, pandereta

Y, de repente, ocurre el corralito chipriota. El que, bruscamente, el Estado se quede con el 10% de los ahorros de los ciudadanos, no ocurre en un país remoto, sino en un pequeño país mediterráneo, miembro de la UE, con un PIB similar al de Canarias y un “rescate” de apenas 10.000 millones de euros. Un sondeo. Y los chipriotas callados, con alguna pancarta en la calle y poco más. Así pues, puede hacerse, habrán pensado en Bruselas, en el FMI y en el BCE. Puede hacerse y a la vista de que los países mediterráneos vamos en lote y las cosas no están yendo bien (e irán a peor) en Grecia (bendito Amanecer Dorado), en Chipre, en Italia (¿qué vendrá detrás de Grillo?), ni por supuesto en España (¿vendrá algo después de Rajoy o simplemente el caos se eternizará?)… hay que pensar que el ensayo chipriota volverá a hacerse en cualquiera de estos países.

No creo que hoy lunes 18 de marzo los bancos españoles hayan experimentado una merma en sus depósitos. Y sin embargo hubiera sido lógico por aquello de que “cuando veas las barbas de tu vecino afeitar…”. En un país con 6.000.000 de parados, otros 6.000.000 con salarios submileuristas y provistos de contratos basura, 7.000.000 de inmigrantes, 1.000.000.000.000 (un billón) de euros de deuda, sin contar los intereses, con una edad de jubilación y unas pensiones que equivale a que en plena carrera la meta se vaya desplazando hacia adelante y con el evidente objetivo de que la edad de jubilación coincida con la de fallecimiento, y lo que es peor, sin perspectivas, sin que ningún puto partido, ni ningún maldito político nos explique cómo vamos a salir de la crisis, en qué sectores se van a crear empleos y unos ministros cretinizados que hablan de cursos para encontrar empleo en un país en el que no hay empleo, que como fórmula mágica alargan la edad de jubilación olvidando que hoy eso supone prolongar los años en el paro… y con un pueblo compuesto por muditos, o que protesta por las corridas de toros, o por que han disminuido la subvención a la fiesta del orgullo gay, o cuya principal batalla es el aborto, la legalización del porro (cosa hecha en breve), o que cree que acampando en una plaza unos días de juerga y rosas, ya ha cumplido… con todo esto, no se puede ser optimista.

Tendremos nueva “bullanga”. Es el sino de nuestro país. Poco importa, cuándo y dónde estalle. Madrid o Barcelona tienen todos los puntos porque ahí la vida urbana parece haber contribuido a pudrir más la situación. Y esta “bullanga” será terrible porque, aquí no hay partidos, ni sindicatos dignos de tal nombre, ni líderes políticos, ni medios de comunicación que puedan encauzarla o simplemente evitar que degenere en masacres, incendios y disturbios. Nuestra historia –como la olla a presión de la cocinera- indica que la presión no puede crecer sobre la población eternamente sin que, antes o después, se produzca la deflagración. Se repetirá de nuevo la historia: será una “bullanga” a destiempo (tarde y mal) y no apuntará contra el verdadero culpable (la globalización), sino contra uno que pase por ahí (la extrema-derecha, Rajoy, Bárcenas, las corridas de toros o los desahucios…).

Los destinos históricos, frecuentemente, son tristes cuando el pasado es una “gigantesca pirámide de fracasos”. Y los destinos no van a cambiar para nuestra generación, coriácera, blandurria, resignada e indolente como pocas. Ahora solamente queda esperar y procurar que no nos pase por encima.

© Ernesto Milá – infokrisis – ernesto.mila.rodríguez@gmail.com – Prohibida la reproducción sin indicar origen.

 

Lo que no te dicen del rey...

Lo que no te dicen del rey...

Infokrisis.- El caso Urdangarín y el caso Corina han llegado en el peor momento de la monarquía y contribuyen a acentuar la crisis institucional de nuestro país. No solamente un país camino de los 6.000.000 de parados no puede permitirse el ver como la rapacidad y la depredación están instalados en las altas instancias del Estado, sino que la crisis de la monarquía llega en el momento en el que las últimas cinco operaciones realizadas en Juan Carlos I y su visible y creciente deterioro físico, nos indican a las claras que estamos, sino ante una abdicación al estilo del de Benedicto XVI, sí ante una sucesión inevitable.

Y este es el problema, porque si en 1975, Juan Carlos se beneficiaba de una situación en la que la derecha franquista estaba dispuesta a defender a capa y espada la monarquía, aunque solamente fuera para que la oposición democrática no se llevara el gato al agua de la “ruptura democrática”, ahora, no hay fuerzas sociales lo suficientemente fuertes como salvaguardar la permanencia de la institución monárquica, sino que tampoco existen fuerzas políticas con suficiente convicción y compromiso para asumir esa defensa de manera ni remotamente numantina. Ni siquiera las fuerzas armadas parecen muy dispuestas a decir nada al respecto.

Por mucho que los medios de comunicación alardeen del papel del rey durante la transición, la triste realidad, es que Juan Carlos I se vio siempre, más bien arrastrado por los acontecimientos, que controlándolos. Lo único que hizo fue lo que exigía su interés en permanecer en el cargo.

En este sentido puede decirse que Juan Carlos I es digno hijo de su padre, Don Juan de Borbón, un personaje sobre el que cuando falleció, los editoriales encontraron serias dificultades en encontrar motivos para loar su figura. En efecto, nada, absolutamente nada, había hecho por España en su larga vida. Los dos manifiestos que publicó durante el franquismo se debieron a la pluma de su Consejo Asesor, especialmente de Pemán. Aprovechado, interesado, gorrón, y “borracho” (en Londres conocí a uno de sus amigos íntimos, un griego que al enterarse de que yo era español y de Barcelona simplemente me dijo “Yo muy amigo de Don Juan...” y, por todo mérito, añadió “¡… es un borracho!”. Y es que esa rama borbónica no ha dado para más.

Parece difícil que Felipe, el hijo de Juan Carlos, pueda remontar la herencia genética de esa rama y habría que esperar a ver si la aportación biológica aportada por Letizia consigue superar la “mala calidad” de estos borbones demostrada ya desde un Carlos IV allá por el siglo XVIII. Pero, claro, este país ya no está para esperanzas, ni para experimentos que no puedan desarrollarse aquí y ahora. Por lo demás, las operaciones de cirugía estética de Leticia, su figura patéticamente anoréxica y su historia pasada, tampoco son como para echar cohetes. Por otra parte, el que haya “apoyado” a una desahuciada recientemente, lo único que indica, no es su “sentido social”, sino el que sus asesores están intentando mejorar su imagen a la vista de la proximidad de la sucesión.

Pero todo lo que pueda hacer la pareja Felipe-Letizia, la realidad es que la hora de la monarquía ya ha pasado. El caso Urdangarin y las miserias que ha sacado a la superficie (y que sacará en las próximas semanas en su despecho) el Caso Corina, ha sido la puntilla para la monarquía “constitucional”. Desde los años 80 se sabía que TODOS los casos de “gran corrupción” en España estaban siendo protagonizados por “amigos íntimos” del Rey: desde Ruiz Mateos, a Prado y Colón de Carvajal, desde Javier de la Rosa hasta Mario Conde. Todos han sido amigos del rey y todos han operado a sus anchas, todos han entregado fondos y facilitado negocios a la Casa Real creyendo que a la hora de la verdad, el rey saldría en su defensa… pero, cuando esa fatídica hora llegó, un comunicado de la Casa Real, siempre, cortó cualquier relación y el rey se inhibió de sus amigos… Lo mismo, en definitiva que ha ocurrido en estos dos últimos casos (Urdangarín y Corina), solo que en estas ocasiones, la proximidad a la Casa Real es tal que nadie, absolutamente nadie, puede creer que Juan Carlos I no sabía nada de las rapacerías realizadas en su entorno íntimo.

Esto, sin olvidar que Juan Carlos I no ha sido nunca un dechado de virtudes cívicas ni familiares. El hecho de que ahora se haya realizado una sexta operación alegando que Juan Carlos era un “gran deportista” (si alguien que es un “gran deportista” llega a la ancianidad hecho literalmente polvo, tal parece el mejor indicativo para negarse a practicar cualquier deporte…), es casi un chiste. Es alguien que ha abusado de sus fuerzas hasta no hace mucho y no precisamente en deportes, a menos que consideremos, claro está como deportes olímpicos los de cama y el levantamiento del vaso sustituya al de las pesas… Los amoríos del rey se conocen hasta la saciedad y los ha realizado sin el más mínimo pudor, indicando a la sociedad el camino para el ejercicio de la cornamenta.

Pero hay algo mucho peor. Durante años, el plotter de la Casa Real ha ido firmando leyes que el rey tenía que haber leído y valorado. Pero eso, a él, nunca le ha preocupado lo más mínimo. Nos decían que el Rey estaba por encima de los partidos, en tanto que representante de TODOS los españoles. Pero no lo ha sido: ha sido un apolítico más, en un país de apolíticos y apáticos, preocupado por juergas, vacaciones, regalos, negocios hechos al calor de la corona, comisiones, francachelas y putones, en ocasiones de la más baja estofa. Y el rey debería de haber dado ejemplo. Si no lo ha dado ¿para qué diablos sirve? Se tenía que haber preocupado de lo que firmaba y tenía que haber opinado sobre “lo bueno” y sobre “lo malo”, pero ha confundido el “estar por encima de las opciones” con el “pasar de todo”.

Ahora todo eso se termina. Estamos en la última parte de la agonía del régimen monárquico. La crisis de la monarquía, ni siquiera tiene entidad propia, es solamente una parte de la crisis política que ha puesto de manifiesto la persistencia de la crisis económica desde hace ya un lustro. No veo a Urgandarín en la cárcel, no veo a la infanta imputada, pero tampoco veo al tándem Felipe-Leticia reinando. La irrelevancia de la monarquía es tal que hoy su nombre se vincula a casos de corrupción, a la prensa del corazón y a la entrega de premios deportivos. Por lo demás, si desapareciera Juan Carlos y toda la familia real, abducida por una nave extraterrestre, ni siquiera nos enteraríamos.

No es un drama que no haya “jefe del Estado”. Con un “presidente de gobierno” que fuera verdaderamente un ESTADISTA y no un gestor temporal y mediocre de la cosa pública, bastaría. Pero la actual clase política no da para mucho, ni siquiera para eso y no pueden pedirse peras al olmo, ni hay piedra filosofal que capaz de transformar la mierda seca y bien aplanada en oro resplandeciente.

Nuestro drama histórico en el momento presente es que tenemos un sistema incapaz de evolucionar, pero que precisa evolucionar para solucionar los problemas del país. Ni gran coalición (en la práctica ya existe un “PPSOE”), ni gobierno del centro-derecha, ni del centro-izquierda, son viables, ni un pronunciamiento del estamento de los “muditos” (el ejército), tienen visos de verosimilitud. No hay, digámoslo ya, forma de acabar con la crisis política, mientras que la crisis económica se prolongará durante décadas como un mal crónico que acompañará a nuestra sociedad.

© Ernesto Milá – infokrisis – ernesto-mila-rodri@gmail.com

Tiempos de fin de régimen

Tiempos de fin de régimen

Infokrisis.- Cuando hace casi tres años, las elecciones municipales confirmaron que el ciclo de Rodríguez Zapatero al frente del PSOE se había agotado (y que lo nefasto de su gestión acarrearía grandes problemas al socialismo español) en el PP estalló el entusiasmo: ellos, iban a gobernar en breve y, de momento, ya se habían apoderado de la mayoría de ayuntamientos. La autosuficiencia de los peperos se unió a su engreimiento, jactancia, inmodestia, vanidad, presunción, endiosamiento e ínfulas… Habían derrotado en las municipales a su gran enemigo y dentro de poco gobernarían.

Rajoy lleva un año gobernando y los alcaldes peperos están casi en el tercero, el resultado global de su gestión es ampliamente negativo, tanto es así que de aquella jactancia de hace tres años, lo que queda hoy es la seguridad para muchos de que en poco más de un año dejarán las alcaldías mucho peor de lo que las recibieron. Tras el engreimiento, el llanto y el crujir de dientes.

No se crea que escribimos esto influenciados por la actualidad y la espectacularidad del Caso Bárcenas. A fin de cuentas, lo de Bárcenas tiene que ver con el Caso Gürtel que ya tiene unos años de antigüedad sin que los tribunales se hayan dignado sentar de una vez por todas a estos y a toda la patulea de mangantes que, unas veces en el PP, otras en el PSOE y otras en CiU, aportan desde hace 30 años grandes titulares a los diarios. Si escribimos esto es por lo próximo (el espectáculo del PP votando para que se tramite la propuesta sobre desahucios, la entrevista de la Sánchez-Camacho con la novia de Oriol Pujol cuyos datos ocultó para cambalachar con ellos, o el que la “reforma laboral” de hace un año haya generado casi un millón más de parados) tanto como por lo lejano (el cada vez más evidente divorcio entre el “país real” –usted y yo– y el “país oficial” –el alcalde de turno y su “leal oposición”, o la legión de cargos oficiales en todos los niveles de la Administración–, la crisis económica que persistirá mientras no haya un nuevo modelo económico, el paro que avanza, la inmigración que no se va, y un país, en general que languidece desde hace cinco años cada vez más endeuda y sin liquidez).

El PP no ha podido remontar la situación que heredó de ZP porque, a su vez, la que heredó éste había sido generada por Aznar. ¿A quién se le ocurre permitir que la burbuja inmobiliaria se hinchara y se hinchara, sin hacer nada, sino enarbolando “cifras macroeconómicas” autotranquilizantes? A Aznar, por supuesto. Y ¿a quién se le ocurre permanecer durante dos años como un don Tancredo ante la crisis, sin hacer nada, y cuando se le ocurre hacer algo son rotondas y más rotondas en todos los pueblos de España? A Zapatero ¿a quién si no? Es conocido el refrán de “unos por otros, la casa sin barrer”. La casa, a todo esto, España, ya parece un inmueble abandonado.

Para resolver las crisis hacen falta 1) ideas, 2) valor para ponerlas en práctica y 3) energía para liderar la apertura de nuevos caminos. Ni Rajoy ni el último alcalde del PP tienen nada de todo esto. Al PP ya no le queda aquella fantasía de presentarse como el “partido de los buenos gestores” o el “partido del rigor presupuestario”, sino más bien como el partido de la imaginación reseca, las neuronas marchitas y el fracaso visible. Algo más de un año de Rajoy al frente del Estado y de tres con alcaldes peperos lo ha confirmado.

Así pues ¿habrá que volver al PSOE? ¿Se echará el electorado en brazos de Rubalcaba y de los suyos? No parece probable a tenor de los sondeos de opinión. El recuerdo del caos zapateriano está demasiado cerca como para que la sigla PSOE suscite entusiasmos.

Estamos ante un momento interesante de la historia de España: el régimen político creado en 1978 se sostenía sobre dos columnas principales, centro-derecha y centro-izquierda, PP y PSOE. Era un “bipartidismo imperfecto”  apoyado por los nacionalistas catalanes y vascos. Pues bien, ese sistema está agonizando: el PSOE ha quebrado, el desastre zapaterista ha sido demasiado para conservar el frescos de su sigla, en cuanto al PP camina por los mismos derroteros. Los nacionalistas de CiU lideran el ranking de la corrupción y en cuando al PNV prefiere que nadie se acuerde mucho de ellos. El sistema de equilibrios nacido en 1978 ha muerto.

Falta que el electorado lo entienda, que no se sumerja en una apatía absoluta y en la abstención electoral o que no entregue su voto al primer demagogo o a la opción más arqueológica. Todo puede ocurrir en los próximos años, pero lo fundamental, la recuperación –política, social, cultural, económica- pasa por que el electorado afine su voto y logre encontrar y afirmar la existencia de opciones nuevas, de nuevos rostros, nuevas ideas y nuevas relaciones políticas. Por primera vez ya no se trata tanto de optar entre PP y PSOE (la única opción que nos ofrecía el régimen hasta ahora), sino de optar entre la “vieja clase política” (el PP+PSOE, el PPSOE), sino de alumbrar una nueva clase política. Las elecciones municipales serán la primera prueba de fuego: esperamos que el elector sea responsable y consecuente y, por primera vez en mucho tiempo, piense en sus intereses y no en los de la vieja clase política, ineficiente, corrupta y endiosada.

Calvario independentista

Calvario independentista

Infokrisis.- Estuve ayer en Barcelona, una ciudad cada vez más perdida entre sus ambiciones “maragallanas” (se una ciudad “fashion” estilo Nueva York) y su realidad presente (parecerse cada día más a Marsella, ciudad musulmana situada en la orilla equivocada del Mediterráneo). Lo que vi, como siempre, me sorprendió. En Barcelona, que hace dos meses se convirtió en el centro de la polémica independentista, parece como si ya pocos se acordara del tema. Así van las cosas en este tiempo que ha demostrado ser no de “fin de la historia” sino de “aceleración de la historia”.

Las cosas están como siguen: un 2% de los hogares sigue mostrando en los balcones banderas independentistas. ¿Dónde se comprarán estas dichosas banderitas con el triángulo azul y la estrella de cinco puntas, especie de pastiche entre la cubana y la catalana? Quienes han hecho su “agosto” han sido las tiendas de los chinos que han desplegado banderas independentistas a buen precio. Por eso los independentistas han podido comprarlas masivamente y mostrarlas desde el 2% de los hogares. La contrapartida es que los chinos venden barato, pero con una calidad infame: y ahí tenéis a las banderas independentistas sufriendo las inclemencias del tiempo desde hace ya unas semanas, cada vez más ajadas, algunas incluso descoloridas y buena parte deshilachadas. No compre nada en los establecimientos de chinos, créame, se arriesga a que en poco tiempo lo que ha comprado se le desintegre entre las manos. Los independentistas lo están comprobando estos días.

En Barcelona lo que más prolifera en los balcones no son, precisamente, banderas independentistas, sino carteles de “se vende”, “se alquila”, o en catalán “en venda” o “pis en venda” (probablemente una de las frases catalanes que aparecen a los castellanoparlantes como más malsonantes). En fin, a lo que vamos. Media Barcelona está en venta o alquiler sin que la otra media tenga mucho interés en comprarla o alquilarla. Eso es un síntoma.

Hoy está muy de moda atacar a los síntomas mucho más que a las causas profundas. Obsérvese ayer en el parlamento: se votará una ley sobre los desahucios cuando el verdadero problema es que existen desahucios porque existe una crisis económica desbocada que ningún político, ni siquiera ninguna fuerza económica es capaz de controlar, ni tienen remota idea de cómo atajar. Quienes cuelgan algo en las ventanas (el “se vende” o la bandera independentista, tanto da vender un piso o un país) no se dan cuenta de que existe una crisis económica que impedirá que alguien adquiera su producto.

El otro día el ayuntamiento de Arenys de Munt (pequeño y con una tasa de inmigración superior al 25%) se declaró “zona independiente”. Allí gobiernan los independentistas, por supuesto, y son dueños de fingir que no advierten que el principal problema que tienen es que dentro de 20 años, los islamistas ya serán mayoría (moros, negros y paquistaníes) y ya no habrá ni independencia, ni sueño de tal, porque es incluso posible que la población catalana de allí ni siquiera exista. La limpieza étnica tiene esas cosas. Llegará un momento en el que quienes han ido recibiendo ya durante 15 años la sopa boba, dentro de 20 años querrán que sea un plato de cuscús con pata de cordero diario. Y lo repartirán ellos. Los independentistas siguen obstinándose en creer que existe un “Islam catalán”, cuando el Islam, por definición es universal y repele a cualquier forma de nacionalismo. La idea llegó de la mano de Carod-Rovira que, mientras era miembro del gobierno catalán permanecía deslumbrado por las buenas palabras, las glosas, loas y alabanzas de los islamistas receptores de los subsidios y subvenciones que generosa e irresponsablemente les concedía.

Barcelona está inmersa en una crisis de dimensiones “kolosales”, casi de película de catástrofes de los años 70; un mundo se está hundiendo (el del “viejo régimen” que llegó en 1978 y que casi dos años después ya concedía el “Estatuto de Autonomía”) y los independentistas con sus banderitas polvorientas y deshilachadas compradas en los chinos, demostrando su “visión histórica”.

Lo esencial del momento actual es que existe una crisis económica que en Cataluña, más que en ningún otro punto de España, se ha traducido en una amplia desertización industrial. Mientras que en otras zonas del Estado el sector de la construcción es donde más puestos de trabajo ha perdido, en Cataluña es el sector industrial es que se ha desmoronado. Los grandes nombres de la burguesía catalana, siguen siendo nacionalistas e independentistas, pero sus negocios ya no son productivos, sino especulativos y su dinero no está en Cataluña, sino que son meros asientos contables electrónicos depositados en paraísos fiscales. Desde 1990 empezó a llegar inmigración islámica (primero para construir las instalaciones olímpicas) y a partir de 1996 el proceso se disparó (a los islamistas se unieron los andinos y los africanos habían ido llegando por goteo al Maresme desde los 80). Por entonces, Cataluña crecía y se esperaba que ese crecimiento fuera permanente. Y no lo ha sido, la economía catalana recula y ¡de qué manera!

Líder en paro juvenil, estando en primer lugar en las estadísticas de fracaso escolar y ocupando el primer lugar en materia de inmigración, Cataluña tiene pocas esperanzas de recuperación unida a España… ninguna como improbable Estado independiente. Cataluña comparte problemas con España y si allí se han manifestado de manera más dura (especialmente inmigración, paro, corrupción, crisis económica y desertización industrial) ha sido porque era la zona más desarrollada y, al mismo tiempo, la que ha tenido un gobierno autonómico más faraónico e ineficiente. El error de la Generalitat en los últimos 32 años ha sido colocar por encima de todo al nacionalismo, sólo al nacionalismo y nada más que al nacionalismo como aspiración unívoca. Y pensar, claro está, que Cataluña es radicalmente diferente a todo lo que le rodea. Finalmente, Cataluña ha resultado ser la zona con más inmigración islámica (el grupo étnico con una mayor tasa demográfica), mientras que los independentistas (y su cúpula la alta burguesía catalana, el grupo con una menor tasa demográfica), creen y aman tanto a Cataluña que tienen su dinero en paraísos fiscales, empezando por la familia Pujol.

El PP decidió atajar el conato independentista sacando a la superficie los casos de corrupción latentes en el entorno de CiU. La respuesta ha sido que todos los partidos y grupos mediáticos han hecho otro tanto y ahora estamos en pleno todos contra todos. El resultado ha sido que no se habla ya mucho de independentismo, las banderas independentistas vendidas por los chinos languidecen y la población desconfía sólo un poco más de la clase política, nacionalista o no.

© Ernesto Milá – infokrisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com

Crisis una y trina

Crisis una y trina

Infokrisis.- Si se repasa el “histórico” de infokrisis se verá que desde 2008 teníamos muy claro que la irrupción de la crisis económica, al persistir (y estaba claro que iba a persistir por la particular estructura económica de nuestro país), iba a arrastrar una crisis social en la que el elemento más destacado, pero no el único, sería el paro. En 2008, con todo, debemos confesar que nos resultaba imposible pensar que llegaríamos y superaríamos los 6.000.000 de parados. Así mismo, ya desde 2008, teníamos muy claro que cuando se rebasara una cifra de paro -que nosotros establecíamos en torno a los 4.000.000- se abriría el paso a la crisis política, superponiéndose las tres crisis: económica, social y política. Hemos llegado a ese punto.

Los síntomas de la crisis política son múltiples: desprestigio absoluto de los partidos políticos, percepción por parte de los sectores más lúcidos del país que ni PP ni PSOE pueden sacarnos de la crisis, escándalos y descrédito en torno a la clase política, desprestigio y escándalos en torno a la monarquía, aceleración del proceso de centrifugación nacional, percepción creciente de que el Estado de las Autonomía se “come” literalmente al Estado del Bienestar, presencia de cada vez más formaciones políticas en los parlamentos autonómicos y nacional certificando la agonía de un régimen diseñado como de “bipartidismo imperfecto”.

Es innegable: estamos en un momento de “fin de régimen”. Los únicos que se niegan a verlo son los partidos políticos que han detentado en exclusiva la hegemonía política en este país durante más de 30 años: la “banda de los 4” (centro-derecha nacional, centro-izquierda nacional, nacionalismo vasco y nacionalismo catalán) ya no da más de sí. El régimen, ideado para mantenerse en pie sobre estas cuatro columnas no puede estabilizarse si sus apoyos ceden o están –como ocurre en la actualidad- progresivamente erosionados.

Si el régimen resiste es porque en España no existe ninguna “alternativa”: no hay fuerza política o social de cierta envergadura que “conteste” la constitución de 1978, que la niegue o que afirme que su prioridad consiste en remozarla de arriba a bajo. Tampoco existen fuerzas sociales, ni una “sociedad civil” lo suficientemente fuerte como para que pueda promover movimientos reformistas de masas (véase en el “histórico” de info-krisis todo lo que escribimos hace dos años sobre “el macizo de la raza”). Así pues, nuestro país está “pillado” ante un camino obstruido en el que las formaciones tradicionales persisten en llevarnos (el “camino constitucional”, deslavazado, envejecido, plagado de baches e inviable a corto plazo) y la imposibilidad de marchar hacia alternativas a la vista de que no existen fuerzas políticas ni sociales que puedan liderar el proceso de regeneración del sistema político español.

La esperanza de la “banda de los 4” es que la crisis económica desaparezca (y no hay ningún motivo para que se pueda superar a medio plazo). Generado de nuevo empleo, olvidadas las estrecheces, se volverá a una situación en la que la masa pasiva “dejara hacer” a la clase política y no se preocupará de su actividad principal, enriquecerse y lucrarse con el dinero público. Desaparecida, en esta optimista perspectiva, la crisis económica, desaparece igualmente la crisis social y, nadie se acuerda de algo que seguirá denostado, pero que no suscitará odios y enconos, la crisis política.

Pues bien, este argumento es falaz. Parte de la base de que la crisis se superará en España. Y esto es imposible, como mínimo antes de 10 años. Para poderse superar harían falta tres elementos: primero, romper con la globalización (y ningún partido está dispuesto a denunciarla); segundo, enunciar un modelo económico (y ningún partido está en condiciones de hacerlo acaso porque ese modelo no existe dentro de un sistema mundial globalizado); y en tercer lugar, abrir el crédito para generar empleo (lo cual no ocurrirá porque los bancos no están interesados en nada que no sea comprar deuda pública y así seguirán durante muchos años). No hay, pues, salida económica. Por tanto, no se revertirá el proceso de la crisis hasta quedar atrás la crisis social y la crisis política.

Así pues, ¿Cómo superar este momento? Si el estadio final de la crisis es la crisis política, no habrá más salida a la crisis que una regeneración política del país. Para ello es preciso que cristalicen las energías de protesta en los próximos procesos electorales: las elecciones europeas de 2014 y las municipales de 2015. Es evidente que en esas convocatorias el panorama político español quedará profundamente alterado. Cuando los partidos “mayoritarios”, sean “menos mayoritarios” y cuando los juzgados anticorrupción hayan procesado a cientos de dirigentes políticos hoy imputados, ya nada volverá a ser como antes.

Este país precisa comprobar que las cosas pueden cambiar y que cambiarán en las elecciones en las que los partidos mayoritarios son más vulnerables: las elecciones europeas y las municipales. Es cierto que el sistema tiene todavía algo más de un año y medio para reforzarse y generar una reforma electoral que le beneficie. Así que hay que estar en guardia: para las municipales ya han establecido que hay que disminuir el número de concejales (lo que beneficia a los mayoritarios) y para las europeas hay que esperar algún golpe teatral que les garantice una cómoda victoria.

Hemos llegado hoy al final del ciclo infernal (crisis económico -> crisis social -> crisis política) y llegados a este punto es preciso revertir el ciclo: solamente una regeneración política conseguirá remontar la crisis económica, especialmente si esa regeneración tiene claro que la globalización, la economía especulativa, el acuerdo de adhesión con la UE y el modelo económico basado en turismo y en el ladrillo, son los causantes de nuestra ruina. Solamente alterando el panorama político se logrará mejorar la situación económica. Sí, porque también en esto hay que reconocer la responsabilidad de la clase política del régimen en habernos hundido en la pendiente de la crisis económica por sus errores y su mala cabeza y responsable solidaria por no habernos sabido sacar de la crisis y hacer esfuerzos para enterrar el Estado del Bienestar.

La primera cita histórica en donde veremos si algo puede cambiar son las elecciones europeas de 2014. Luego vendrá el optimismo o el crujir de dientes. De nosotros depende confirmar nuestra miseria actual y a nuestra miserable clase política o renovarla.

© Ernesto Milá – infokrisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com