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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

NACIONAL

Convergencia de catástrofes (I)

Convergencia de catástrofes (I)

Infokrisis.- Muchas veces se ha hablado de la “convergencia de catástrofes”, coincidencia en el tiempo y en el espacio de traumatismos que quizás aislados unos de los otros podrían superarse pero que por su superposición en un solo momento y en un mismo horizonte geográfico no dejan presagiar más que desgracias y una multiplicación de sus efectos deletéreos. Los que estamos próximos a una “edad provecta” tenemos la sensación de que lo hemos visto todo: nuestros recuerdos de infancia se remiten a la España del subdesarrollo, cuando todo nos parecía en blanco y negro y el tecnicolor apenas había llegado a las pantallas y a nuestra realidad, la España de las “restricciones” energéticas y de los primeros turistas que siempre nos parecían estrafalarios y eran considerados como objetos dignos de curiosidad; luego vino la España del 600 y del bikini y todos quisimos tener de lo uno y de lo otro. Era la España de los 60 que levantó cabeza desde el mismo momento en que Franco cambió la Ley de Inversiones Extrajeras en España, finiquitó la autarquía y dio rienda suelta al ladrillo y al “turista un millón” que hacia el final de la década se convertía en el “turista diez millones”.

Y luego, aquel señor anciano y pequeñito que, al parecer todo lo podía, se murió y quienes estaban llamados a “mejorar” el Estado surgido del 18 de julio y a velar por las “leyes fundamentales del reino”, por aquello de que nada de lo bien atado lo estaba realmente, se acostaron falangistas y se levantaron centristas, socialistas y nacionalistas. A partir de ahí vivimos entre 1975 y 1982 en un sobresalto permanente y aquella transición costó 200 muertos (uno al lado del otro), nuestra moneda se vio aquejada de una inflación permanente que llegó hasta una pérdida del 30% de su valor en apenas un años, mientras los salarios apenas subían un 10% como máximo.

Sí, porque a partir de entonces, todos vivimos un poco más en precario. Si hasta entonces bastaba con que solamente una persona de la familia (del matrimonio) trabajara y eso daba acceso al modesto “sueño español” (casa de propiedad, coche y apartamento en Torrevieja), a partir de entonces ni aun trabajando los dos se conseguía sobrevivir. Pero éramos libres y teníamos democracia o como decía el cateto, “semos Europa”. Sí, éramos Europa, pero de la Europa de la periferia, no del núcleo central…

En realidad, entramos en las “Comunidades Europeas” en 1986 después de una muy mala negociación que liquidó sectores enteros de la economía y trajo el gobierno de la corrupción y los gal que sustituyó al del “café para todos” y precedió al aznarismo y a su modelo económico basado en ladrillo + inmigración + salarios bajos + acceso fácil al crédito… Y a nadie le extrañe que desde entonces todas aquellas aguas (las que se remontan a partir del final de la autarquía en 1959), hayan traído estos dos.

Pero entre 1959 y 2012 las crisis se han dado aisladas unas de otras: en la transición hubo crisis política y crisis económica relativa… pero no crisis social. Durante el felipismo hubo corrupción pero políticamente el país no sufrió grandes convulsiones (salvo el sabernos gobernados por políticos mafiosos) y solamente hacia el final se notó la crisis económica. Y durante el aznarismo estallaron sobresaltos internacionales pero la impresión general es que se vivía un progreso económico sin precedentes (y así lo era, en efecto, para algunos). La cosa duró hasta la primera legislatura de Zapatero en donde salió a la superficie una “crisis de las costumbres”, evidenciada por la pertinaz obsesión en realizar una profunda tarea de “ingeniería social”. Empezó a evidenciarse síntomas preocupantes que con Rajoy se han confirmado.

Sabemos, pues, cómo hemos llegado hasta aquí, lo que ignoramos es lo que ocurrirá a partir de ahora, porque, de hecho, el signo determinante de este período es precisamente la “convergencia de catástrofes”, es decir, la acumulación y superposición de crisis política (elemento nuevo propio de este período, e inédito desde la transición), crisis económica (radicalmente diferente de las anteriores), crisis social (síntomas de putrefacción de la sociedad española y liquidación del Estado del Bienestar), crisis internacional (mala opción del gobierno ante las crisis internacionales que se avecinan) y, podríamos añadir, la crisis ecológica, que no tocaremos aquí porque no nos afecta solamente a nosotros sino a todo el globo, excediendo con mucho la perspectiva que nos hemos fijado para este artículo (pero remitimos en infokrisis a todo lo que hemos escrito años atrás sobre el “decrecimiento”).

La tesis de este artículo es que “España” (considerada como agregado de gentes, regiones, historia, estructuras políticas, sociales y económicas) se aproxima al abismo en la medida en que esa “convergencia de catástrofes” es insuperable. El hecho de que sea “insuperable” lo deducimos por el hecho de que existe una contradicción entre las necesidades reales de “España” para afrontar esta “convergencia de catástrofes” y las posibilidades y capacidades reales de la “clase dirigente” y de la misma sociedad española. Los primeros son incapaces de modificar a voluntad un statu-quo que les beneficia, mientras que el conjunto de la sociedad, a causa de la narcosis que está sufriendo desde el período de Felipe González (cuando el gobierno socialista masacró literalmente a la sociedad civil y generó un repliegue hacia lo individual y hacia lo privado) es incapaz de pensar en términos de futuro, sin olvidar que el factor esencial de la actual crisis es insertar en la sociedad la sensación de “miedo”: miedo a perder lo adquirido, miedo al paro, miedo a la proletarización y al empobrecimiento, miedo a no poder afrontar hipotecas, miedo a las multas y miedo generalizado, naturalmente, a ejercer la disidencia y el pensamiento crítico (en la medida en que a través suyo, los otros miedos se pueden concretar más rápidamente: así pues, mejor seguir siendo ciudadano anónimo que disidente situado en el colimador del Estado y de los medios de comunicación al servicio -¡como nunca antes a causa del régimen de subsidios y subvenciones y a la precariedad de todas las empresas periodísticas!- de la clase dirigente.

Y esta contradicción se nos muestra como absolutamente insuperable, luego veremos el por qué. Iniciemos este artículo enumeran la retahíla de catástrofes que tenemos ante la vista:

1. Catástrofes políticas

A lo largo de 2012 se han evidenciado los rasgos de una crisis profunda del equilibrio de fueras que dio origen al consenso constitucional en 1978. Fundamentalmente, los rasgos de esta crisis son:

a. Las fuerzas que dieron vida al sistema constitucional en 1978 han quedado profundamente alteradas:

- La particular estructura “federal” interior del PSOE ha ido favoreciendo la aparición de “barones” regionales cada vez con mayor poder mientras que el aparato central se ha ido viendo capidisminuido. Esto es especialmente visible en el PSC catalán que está prácticamente en ruptura con el Comité Federal y sostiene posturas disidentes sobre temas capitales.

- Por otra parte, el PSOE y su galaxia federal han sido derrotados en Galicia, Euzkadi, con toda seguridad sufrirán un varapalo sin precedentes en Cataluña, permanecen ausentes en Valencia y Murcia, muy debilitados en las dos Castillas y en Madrid y solamente mantienen iniciativa precaria en Andalucía en donde gobiernan (¿por cuánto tiempo?) gracias a IU. Tal como preveíamos desde la caída del zapaterismo, el PSOE no se recuperará fácilmente de lo que constituyó el período más triste y ridículo de su historia y en donde la debilidad programática y de liderazgo que imprimió ZP han llevado al PSC al borde de la inanición.

- La situación del PSOE es importante porque este partido es una de las dos columnas sobre las que se mantiene la arquitectura constitucional española (la columna de centro-izquierda). Si esta columna falta va a ser muy difícil restablecer equilibrios interiores dentro del sistema. La constitución estableció un sistema de bipartidismo imperfecto para garantizar la gobernabilidad del país (o gobernaba el centro-derecha o el centro-izquierda con mayoría absoluta o lo hacía apoyada por uno o por los dos partidos nacionalistas periféricos, CiU y PNV) pero hoy vamos camino de un sistema multipartidista (y veremos lo que el PP logra mantenerse en el poder y en qué condiciones como la crisis económica y el paro se prolonguen más de dos años).

- Por otra parte, la pieza central de una democracia como la española (en la que la ausencia de una ley de financiación de partidos y la propia constitución hace de la “banda de los cuatro” [PP+PSOE+CiU+PNV] el eje de la vida política) son los partidos políticos y estos han degenerado en estructuras mafiosas que controlan el poder dirigidas por mediocres y ambiciosos sin escrúpulos. El sistema político español se ha visto degradado a la mera dimensión de partidocracia y ha dejado de ser una democracia en el sentido prístino y originario del término.

- La arquitectura constitucional española no está hecho para un pluripartidismo y para coaliciones entre distintas formaciones para asegurar el gobierno. Pero es ahí hacia donde tiende la voluntad electoral y la dinámica de los hechos: el desprestigio creciente de las formaciones hasta ahora mayoritarias hace que se les vayan enajenando simpatías. A eso se le llama el “desapego”: a la brecha creciente entre la “España oficial” (la partidocrática) y la “España real” (la de una sociedad que considera a los políticos como “aprovechados” y corruptos, gente, en definitiva, de la que uno no puede fiarse.

b. La concepción constitucional ecléctica de España como “nación compuesta por nacionalidades y regiones” ha entrado en crisis:

- La primera crisis fue el “café para todos” de principios de los años 80 en donde cualquier región, reivindicó primero su “autonomía” y luego su pretensión de ser una “nacionalidad”. El error estaba ya implícito en la comisión constitucional que, para lograr el acuerdo de los nacionalistas catalanes y vascos, les garantizó que su presencia en la gobernabilidad del país sería superior a cualquier otra minoría regional y que, por tanto, tendrían una personalidad mejor definida al resto de regiones del Estado.

- Pero el nacionalismo no es más que un momento oportunista de una idea que toma el principio de las nacionalidades (“toda comunidad que dispone de una lengua es, por eso mismo, una nación y, por tanto, tiene derecho a aspirar a la independencia”) como objetivo a alcanzar la independencia. A pesar de que la discusión sobre si “nación” y “nacionalidad” son lo mismo (a nuestro entender no lo son), lo que importa es que los “nacionalistas”, desde el principio, asumían que ambos términos eran idénticos e intercambiables, así que cuando en la constitución se alude a “nacionalidades” ellos entienden que es a “naciones” y que, por tanto, el derecho a la autodeterminación entra dentro de sus posibilidades y planteamientos.

- En el País Vasco, las absurdas políticas antiterroristas tanto del PP como especialmente del PSOE han tenido como conclusión el que la guerra contra el terrorismo, que se podía y se debía haber ganado a principios del milenio, se haya convertido en un cáncer que ha terminado con la desmovilización de ETA (desmovilizada, no derrotada) y con la derrota del Estado en el “frente político” (con el hecho de que Bildu haya pasado a ser segunda fuerza en Euzkadi). A partir de aquí se abren distintos interrogantes: el primero de todos relativo al futuro de los presos de ETA que se encuentran en cárceles vascas purgando sus crímenes ¿serán liberados en breve mediante subterfugios o simplemente aplicándoles abusivamente medidas de gracia y redenciones de condenas? ¿Les bastará que se apliquen masivamente terceros grados para irlos poniendo en libertad sin causar grandes escándalos? En segundo lugar, no hay la menor duda de que se recuperará la línea del “Plan Ibarreche” que parecía solamente hace dos años definitivamente olvidado y superado. Y todo esto por la majadería de un presidente que quiso pasar a la historia desmovilizando a ETA (ZP) y por la firma de unos acuerdos de paz por parte del PP cuando aún estaba en la oposición (por que ETA nunca habría negociado con ZP en 2010 cuando era evidente que no saldría elegido y que su erosión era inevitable, si no hubiera tenido el acuerdo del PP en la negociación).

- En Cataluña, la mediocridad política de Artur Mas ha hecho simplemente que el tradicional chantaje de CiU al Estado saliera mal: como se sabe en estos últimos 35 años, CiU se ha limitado a cambalachear su apoyo al gobierno de turno para obtener beneficios para sí mismo. Pujol dominaba este arte que el tripartito de izquierdas sustituyó por un órdago al Estado en forma de “nou Estatut”. El fracaso de Maragall-Montilla es uno de los factores de hundimiento del PSC catalán, pero el hecho es que Artur Mas no domina el arte del chantaje al Estado: después de un año y medio de inyectar dinero a mansalva (200 millones) en los circuitos independentistas, y tras la manifestación del 11-S (entre 200 y 400.000 personas, no el 1.500.000 al que aludían los medios catalanes), Mas pensaba poner nuevamente el cazo en su encuentro con Rajoy a finales de septiembre. Pero Rajoy está a la espera de pedir la intervención de la UE (lo que ocurrirá entre el cierre de las urnas en Cataluña y las vacaciones de navidad) y no se podía permitir el ceder a las exigencias de Mas. Por lo demás no hay dinero en las arcas del Estado. Así pues, al volver a Cataluña, Mas tuvo que convocar urgentemente elecciones después de dos años de legislatura a la vista de que, de no hacerlo, los independentistas se le podrían acercar peligrosamente.

- Por lo demás, el sistema político catalán también fue diseñado a modo de fotocopia reducida del español, centrado en un bipartidismo imperfecto sostenido sobre CiU y el PSC… pero el PSC está en crisis y las encuestas prevén que tres formaciones van a llegar muy ajustadas a la segunda posición: ERC, PSC y PP. Y este es el elemento nuevo: que también en Cataluña el bipartidismo ha saltado por los aires.

- Poco importa que la independencia de cualquier territorio del Estado sea imposible tanto por lo que se refiere a la constitución española como a la concepción comunitaria para la que la UE es una “unión de Estados Nacionales”. Lo que importa a las clases políticas periféricas es acentuar sus “rasgos diferenciales” (incluso en la Galicia o en la Valencia pepera) para justificar sobre ese sustrato emotivo y sentimental el disponer de… las llaves de la caja, esto es de la recaudación fiscal en cada región. El interés de Artur Mas o de Pujol no es tanto separarse de España, como disponer de una hacienda propia y pagar en concepto de alquiler anual al Estado Español por el uso de infraestructuras y servicios. A eso se le llama “concierto económico”.

- A Artur Mas le va a ser muy difícil poner el pie en el freno especialmente cuando su propio partido (y él mismo) ha asumido las tesis independentistas. Mas va a sufrir el precio de haber jugado de farol y haber chantajeado al Estado en un terreno en el que no podía sino suscitar reacciones en contra muy superiores a la fortaleza del nacionalismo catalán (que existe en tanto que CiU tiene las llaves de las subvenciones y los subsidios a los medios de comunicación catalanes que desde hace décadas dan una información sesgada y subjetiva siempre dispuesta a favorecer a la mano que les paga. En el momento en el que Mas intente poner el freno, tras las elecciones de noviembre, puede ocurrir que incluso tenga dificultades en el interior de su propio partido, especialmente si los independentistas de ERC-CUR-RC logran obtener unos óptimos resultados.

- Todo esto hace que en el terreno autonómico estemos viviendo en un período de crisis: la sensación cada vez más generalizada es que el “Estado de las Autonomías” está resultando caro y no alcanza a satisfacer las aspiraciones de las poblaciones. Genera más problemas de los que resuelve y ya cuando se realizó el referéndum sobre el Estatuto Gallego hace 32 años apenas participó el 28% del censo electoral (de los que el 20% votó en contra), lo que debía de haber hecho desistir de esa vía a la vista de que carecía de consenso popular.

- La crisis económica ha puesto de manifiesto que nuestro ordenamiento autonómico era insoportable desde el punto de vista económico y que se había convertido en un monstruo burocrático cuyo principal fin es engordar a las clases políticas regionales. Esto ha generado el rechazo a las partidocracias locales y una nueva fractura entre los ciudadanos que viven en las autonomías y su sistema político (lo que hace que los niveles de abstención en las consultas autonómicas sean superiores siempre a las nacionales).

c. Crisis de la institución monárquica y corrupción generalizada

- La institución monárquica fue el premio de consolación que se llevaron los franquistas en 1878 para tener la sensación de que la “ruptura” no había sido “ruptura” sino transición. En realidad, fue solamente la monarquía, la judicatura, la policía y las fuerzas armadas, lo que sobrevivió del franquismo a la democracia. A partir del 23-F, las FFAA asumieron incondicionalmente al nuevo régimen, en cuanto a la judicatura y a la policía, simplemente, se trataba de cuerpos funcionariales que seguían trabajando para el Estado al margen de quien lo controlara y haciendo abstracción de sus propios criterios políticos, obviamente más conservadores que progresistas.

- Desde el principio, el papel de la monarquía fue desdibujado y gris y se diría que solamente tuvo sentido hasta el 23-F cuando de lo que se trataba era de que las FFAA aceptaran servir a un modelo de Estado que no era aquel al que habían jurado. A partir del 23-F y especialmente cuando los socialistas se hicieron cargo del poder, el rey dejó de ser enarbolado como ariete constitucional frente a los sectores partidarios del antiguo régimen y políticamente liquidados.

- Desde el primer momento se evidenció que la constitución consideraba al rey como al margen de las leyes: nadie podía sentarlo ante un tribunal, lo que equivalía a decir, que podía hacer cualquier cosa, con tal de que lo hiciera discretamente. Y eso fue lo que hizo. No hay que olvidar desde el escándalo Ruiz Mateos en 1983 hasta el caso Urdangarín en 2011, los grandes escándalos del régimen nacido en 1978 han tenido como protagonistas a amigos, grandes algunos e íntimos otros, de Juan Carlos I: Ruiz Mateos, Luis Prado y Colón de Carvajal, Javier de la Rosa, Mario Conde y un largo etcétera de escándalos menores (el príncipe de Chukutúa, los reiterados escándalos en Baleares, etc.).

- Juan Carlos I siempre ha salido indemne de todos estos escándalos protagonizados por sus grandes amigos y para ello le ha bastado negar cualquier relación con ellos, o simplemente no opinar. Ya cuando estalló el escándalo de Prado y Colón de Carvajal resultaba muy difícil eludir la vinculación directa de este personaje con la Casa Real, pero el escándalo Urdangarín ha servido para situar el centro de la corrupción, no solamente en la clase política, sino para confirmar que en la primera institución del Estado, también han anidado las prácticas corruptas.

- Todo esto, contrariamente a lo que suelen sostener los medios oficialistas de derechas o de izquierdas, se conocía desde hacía mucho tiempo. Se sabía pero se ocultaba. Y ya se sabe aquello de que “del rey abajo, todos”: si la cabeza es corrupta, y judicialmente “irresponsable” (esto es, no se le puede sentar ante un tribunal), todas las demás jerarquías y niveles del Estado y de la Administración, tienen un ejemplo a seguir y el hecho de que ellos sí sean “responsables” ante los tribunales lo único que hace es que tengan que actuar más discretamente.

- De la misma forma que en el período de la Restauración el factor esencial era el caciquismo (y se negaba en la época que lo fuera…), ahora el elemento más característico del régimen surgido en 1978 es la corrupción (… y, por supuesto, se niega que lo sea y se recurre el eufemismo de decir que “se trata de casos aislados”, de que “la mayoría de políticos son honestos” y de que “las malas prácticas de unos pocos no pueden salpicar a todos”). Pero, a poco que se examine el día a día en todos los niveles administrativos se percibe con facilidad que, con una clase política que ya carece completamente de doctrinas e ideales, lo único que le hace permanecer en el cargo es la perspectiva de realizar buenos y grandes negocios a la sombra del Estado y, frecuentemente, mediante prácticas corruptas y corruptoras.

- El hecho es que desde el nivel administrativo municipal hasta a la monarquía, pasando por los niveles autonómicos, por las diputaciones provinciales, los cuerpos intermedios de la sociedad, todo, absolutamente todo, está bajo sospecha y en todos los niveles han estallado casos de corrupción, teniendo la sensación la población de que existen miles y miles de pequeñas corruptelas que no salen a la luz pública y que ya se dan como supuestas. No puede extrañar pues el divorcio entre ciudadanos administrados y clase política administradora. En otras palabras: la administración se ha convertido en una cáscara exterior en la que se sitúan las clases políticas con sus lacras y contaminaciones, a modo de una almendra, en la que en el interior y sin relación con ésta, la ciudadanía debe constantemente renunciar a derechos y verse sobreexplotada a impuestos, renunciar al Estado del Bienestar para que las “peritas en dulce” de la clase política (autonomías, diputaciones provinciales, etc) mantengan su nivel de vida.

d. Crisis política: balance definitivo

- En definitiva: desde la monarquía hasta el último ayuntamiento, toda la jerarquía del Estado se encuentra bajo sospecha. Estamos pues ante una estructura burocrático-administrativa, basada en el clientelismo, las corruptelas, la omertá, que utiliza el factor emotivo de “la constitución” como excusa para mantener sus privilegiadas posiciones y para presionar a la sociedad mediante el aparato fiscal. En esas condiciones, los apoyos del régimen no existen más allá de los medios de comunicación (mientras sigan siendo subvencionados), las jerarquía de los partidos (esto es, la partidocracia), los miles y miles de funcionarios y “asesores” contratados por los partidos y todos aquellos que se han visto, de una u otra forma, favorecidos por el actual statu-quo. Pero la gran mayoría de la población, ya en estos momentos, está fuera de este circuito de privilegiados, explotadores, aprovechados y barrigas agradecidas y, desde luego, si bien no harán nada para derribar este régimen, tampoco harán nunca nada para defenderlo.

- El problema autonómico desatado en Cataluña a causa de la irresponsabilidad y la falta de experiencia política de Artur Mas, paradójicamente, puede ser uno de los factores de renovación política en España: está claro que Cataluña nunca será independiente, no solo porque la UE es la “cláusula de protección” de la unidad del Estado Español, sino por la propia constitución española que eso es uno de las cosas que deja claras. En cuanto a una secesión pactada es todavía más difícil incluso porque las cifras siguen siendo ampliamente contrarias a la independencia de Cataluña en la misma Cataluña. Sin embargo, el hecho de que el tema del independentismo haya terminado siendo el eje de las elecciones catalanas, y las medidas a las que se ha visto obligado a adoptar el Estado Español (especialmente el llamado “corredor central” que une directamente a Madrid con Francia a través de los Pirineos Centrales Aragoneses, como ayer el eje estratégico Lisboa-Madrid-Valencia) están haciendo que Cataluña sea marginalizada del Estado Español. Y no sólo eso, sino que la masiva presencia de inmigrantes islamistas (norteafricanos, pakistaníes y negros) en Cataluña que alcanza el 25%, así como los niveles de paro y especialmente de paro juvenil, la desertización industrial, etc, hacen que cuando se eclipsen los ecos del debate independentista, lo que quede es la realidad de una Cataluña que ya no ocupa un lugar central, sino periférico en el Estado (a causa de la deslealtad obvia del nacionalismo) y que la crisis allí sea mucho más fuerte que en cualquier otro lugar de ese Estado. No solamente es evidente que Cataluña, a la larga habrá salido perdiendo a causa del régimen autonómico, sino que éste crea muchas más tensiones y problemas de los que resuelve.

- No hay posibilidades de salir de la crisis económica, sin una profunda reforma del sistema autonómico y la existencia –como veremos de un amplísima crisis social- evidencia que, una de dos: o se afronta la crisis social (restando espacio de maniobra y fondos a las clases políticas autonómicas) o se afronta la crisis autonómica (manteniendo las cosas como están y convirtiendo al Estado en Confederal –por que nacionalistas catalanes y vascos no admitirían una situación de igual con otras regiones y “nacionalidades” y, por tanto, el diseño “federal” que auspician los socialistas catalanes es inverosímil e inviable- a costa de restar derechos y políticas sociales e inyectando más y más fondos a las autonomías). Dicho de otra manera: o se defiende el Estado de las Autonomías o se defiende el Estado del Bienestar, a la vista de que los dos modelos son económicamente incompatibles entre sí. Y este es el único derecho de autodeterminación que cabría plantear a todo el pueblo español: ¿O Estado de las Autonomías o Estado del Bienestar? La crisis generada por el independentismo catalán ha tenido la virtud de mostrar a las claras que el Estado de las Autonomías es completamente inviable y que es solamente una fase intermedia entre el concepto de “Estado unitario” y el de “centrifugación independentista”.

- Lo que resulta evidente es que la crisis política se va agravando de día en día y la Constitución de 1979 ya no está en condiciones de servir para resolver nada. Cada vez más, los tópicos de la constitución parecen más ser letra muerta y no pasan de ser meras declaraciones fetichistas de derechos imposibles de llevar a la práctica: derecho al trabajo en tiempos de paro generalizado, derecho a la dignidad de la persona en tiempos de salarios de miseria y contratos basura, derecho a la vivienda en tiempos de desahucio, derecho de libertad de expresión en tiempos de prohibición de ejercerlo públicamente, derecho a la justicia en tiempos de encarecimiento de la justicia incluso para realizar apelaciones… todos estos derechos están machacados por las realidades: la realidad de la partidocracia, la realidad de una clase política rapaz y sin escrúpulos, la realidad de una corrupción generalizada, la realidad de una cabeza del Estado –la monarquía- podrida, desprestigiada y sin imagen fuera de la prensa del colorín, la realidad de unos medios de comunicación que apenas son otra cosa que la voz de su amo, y así sucesivamente. Una constitución que se encuentra en estas condiciones no puede prolongar su vigencia durante mucho tiempo y, antes o después, entrará en colapso. De hecho ya lo está a la vista del escaso entusiasmo que suscita.

- Y ese es el problema que la crisis político-institucional, la crisis del Estado de las Autonomías, la crisis de la monarquía, la crisis de la partidocracia, no son las únicas crisis que se acumulan sino que estas crisis se solapan con una crisis económica, una crisis social y una crisis internacional que, como veremos no dejan presagiar nada bueno, ni mucho menos que la constitución, agónica sino muerta, tenga futuro, ni que pueda hacerse respetar. Y, a fin de cuentas, en un período de masas, no hay forma de hacer imponer nada las masas, si no se logra que las masas respeten a las jerarquías (monarquías, clases políticas autonómicas, partidos, etc.).

© Ernesto Milà – infokrisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com – Prohibida la reproducción de este artículo sin indicar origen.

¿Defender las Autonomías?

¿Defender las Autonomías?

Infokrisis.- Era 1975 y se nos decía: “el Estado tiene que descentralizarse” y todos pensamos, “sí, el Estado tiene que descentralizarse”. A fin de cuentas no era normal que para matricular un coche en Barcelona hubiera que enviar los papeles a Madrid. Por otra parte, en lo que estábamos todos pensando era en que los centros de decisión estuvieran cerca de los ciudadanos. Eso debía ser democracia. Y dijimos, bueno, de acuerdo... descentralicemos.

La primera sorpresa vino porque, una vez se aceptó esto, se nos dijo que había una serie de instituciones radicadas en el extranjero a través de las cuales debía de iniciarse la descentralización. La Generalitat de Catalunya, por ejemplo, seguía existiendo y en Francia vivía alguien que se decía su presidente, un anciano de rostro venerable y no particularmente malvado que atendía al nombre de Joseph Tarradellas. Durante la guerra civil no había tenido un comportamiento particularmente sectario y, en realidad, todo lo que decía tenía sentido común. Era cierto que traer a Tarradellas como presidente “legítimo” de la Generalitat de Catalunya en el exilio parecía dar la razón a los que consideraban que eso equivalía a retrasar las manecillas del reloj de la historia la friolera de 40 años. Además, aquella Generalitat nació en un contexto histórico muy diferente –la república- por lo que encajaba como una cerradura en un ano de un elefante. Y por lo mismo, también existía un presidente de la República en el exilio, así que ¿por qué no lo traíamos también, le entregábamos el poder y le dábamos una pensioncilla? ¿Y por que se trajo a Tarradellas y no se hizo lo mismo en Euzkadi? Pero, lo cierto es que, a la vista de que Tarradellas en todas sus declaraciones parecía ser uno de los políticos más razonables de la transición, ¿por qué no traerlo a España y concederle de manera no democrática la presidencia de la Generalitat restaurada? Y se le dio.

A la autonomía catalana siguió la vasca y luego la gallega. Realmente nadie en Galicia –o casi nadie- parecía interesado en restaurar allí un gobierno autónomo. Los únicos que parecían interesados eran las clases políticas locales que, bruscamente, sin excepción de partido, todas se convirtieron al regionalismo y todas alabaron los nuevos estatutos de autonomía. A la hora de votar el Estatuto de Autonomía de Galicia, es bueno no olvidarlo, apenas acudieron a las urnas el 28% de la población y de estos, una cuarta parte no votó a favor... parecía evidente que a la inmensa mayoría de gallegos el Estatuto de Autonomía les traía al fresco.

Los resultados de otros referendos autonómicos demostraron algo parecido: en Andalucía votó, por ejemplo, el 53%. En Catalunya, en 2006 votó el 48% del electorado con una cuarta parte de los electores votando en sentido negativo a la propuesta de “nou Estatut”. Cifra que resultó rebasada durante la votación para aprobar el nuevo referéndum autonómico andaluz el 18 de febrero de 2007 que salió adelante, mal que bien, con apenas el 36% de participación... En otras autonomías, ni siquiera se consideró necesario convocar referendos a la vista de que posiblemente la participación hubiera sido mucho menor.

Estaba claro que la cuestión autonómica no interesaba mucho a la población, pero a partir de principios de los años 80 los medio de comunicación y todos los partidos políticos sin excepción empezaron a cantar glosas, loas y alabanzas al “Estado de las Autonomías”. No estaba muy claro el motivo de todas estas loas porque el coste de la vida se encarecía muy rápidamente y los salarios daba la sensación de que iban perdiendo poder adquisitivo. Afortunadamente las autonomías empezaron a cumplir sus funciones: carreteras, infraestructuras de nuevo cuño, todo parecía ir bien. Así que ¿por qué no aceptar el hecho consumado de que las autonomías no habían centrifugado España sino que estaban constituyendo un factor de progreso? A fin de cuentas, la extrema-derecha se había equivocado y España no se rompía.

No, no se rompía pero la corrupción había empezado a aflorar un poco por todas partes y daba la sensación de que estaba corroyendo ago más que el aparato central de la administración del Estado. Quien dice “autonomías” dice “dispersión” y quien dice “dispersión” dice falta de control. Eso es justamente lo que había ocurrido. Pronto, hasta el líder regional más gris promovía el nacionalismo regionalista como excusa para defender “lo suyo”, esto es, defender sus intereses. Aparecieron partidos regionalistas en zonas en donde nunca antes lo habían hecho (La Rioja, Cantabria), líderes de la derecha (en Murcia, Comunidad Valenciana) o de la izquierda (en Andalucía y Extremadura), se convirtieron al regionalismo y en los principales defensores de los derechos “regionales”... Aplausos para ellos.

¿Qué estaba ocurriendo? Hacia mediados de los 80 advertimos que no estábamos en una democracia sino en plena orgía partidocrática. Y partidocracia no es democracia. Y en partidocracia habíamos observado como se formaban en todos los partidos castas políticas regionales que velaban por sus propios intereses y no por los de su región. Es más, tendían a confundir sus propios intereses de casta con los de su región. Por eso pedían más transferencias, más fondos, más recursos... porque así las comisiones a percibir eran mayores, los fondos públicos a repartir entre los “amigos”, mas jugosos y los proyectos faraónicos más enloquecidos podían adquirir carta de naturaleza con facilidad. Todas las Cajas de Ahorro, penetradas por los partidos políticos pasaron a financiar esta locuras antes de desaparecer una tras otra. Hacia finales de los años 80, allí en donde las autonomías estaban más arraigadas, las corruptelas eran más profundas. Catalunya, sin duda, ocupaba la vanguardia de la corrupción: desde el Palau de la Generalitat una banda de salteadores de caminos habían pasado a ser la mano derecha y la izquierda de Pujol. Él mismo había hundido a Banca Catalana al financiar con sus depósitos la llamada “construcción nacional de Catalunya”. Y la prensa catalana recibía jugosos subsidios para que no proclamar la mala nueva: a saber, que Catalunya era la región más corrupta del Estado. A poca distancia, eso sí, de Andalucía, en donde el socialismo había transformado a aquella autonomía en su jardín particular durante más de 30 años. El franquismo duró 40, pero nunca expolió teniendo la cara dura de alardear de que estaba al servicio del pueblo. Los socialistas andaluces, en cambio, sí lo hicieron.

Y este era el problema en 2005: España estaba parcelada en 17 autonomías, cada una con una arsenal de leyes nuevas, intrascendentes casi todas, que no se respetaban por pura ignorancia y que solamente se aprobaban para justificar el que los pequeños y redonditos parlamentitos autonómicos servían para algo. Un pescador que descendiera por el Ebro debería adquirir para ejercer su afición cuatro diferentes licencias de pesca en cada Autonomía por la que discurría sus aguas. La locura estaba institucionalizada. Y cada vez más daba la sensación de que las loas, glosas y alabanzas hacia el Estado de las Autonomías contrastaban más y más con la realidad de los hechos, cada vez más terribles.

Era cierto que hubo un período dorado de las autonomías que se prolongó entre nuestra entrada en la UE y los años del aznarismo. España recibía fondos estructurales de la UE –enormes pero pobre contrapartida a la “reconversión industrial” que liquidó sectores estratégicos enteros de nuestra industria- que dieron la sensación ficticia de una vitalidad de nuestra economía... que se agotó cuando se agotó esta llegada de fondos estructurales y cuando en lugar de recibir empezó a tocarnos dar a otros ayudas. Pero ese agotamiento no se percibió inmediatamente porque su final coincidió con el momento más álgido de la burbuja inmobiliaria. Durante este ciclo –un ciclo que une la llegada masiva de fondos estructurales buena parte invertidos (y en gran medida, dilapidados) por las autonomías, con la burbuja inmobiliaria- nadie se preocupó porque el monstruo autonómico iba creciente, nadie atendía a que se estaban construyendo aeropuertos que nadie utilizaría pero que devengarían millones en comisiones y, nadie advirtió que se estaba cavando la fosa de las Cajas de Ahorro. Y bruscamente, en julio de 2007, unos negros que habían recibido hipotecas que todo el mundo sabía que no podrían pagar jamás, dejaron de abonar sus mensualidades. Había estallado la crisis de las hipotecas subprime que pronto contaminaron a todo el sistema bancario mundial y en España fueron una de las causas del estallido de la burbuja inmobiliaria.

Entonces, y solo entonces, nos dimos cuenta de que el Estado de las Autonomías había crecido demasiado, que era un paquidermo hipertrofiado que nos costaba demasiado y que no nos aportaba gran cosa (lo que nos podía aportar, lo podía aportar igualmente el Estado central, incluida la promoción de las lenguas regionales). Y, lo peor, nos dimos cuenta de que las clases políticas autonómicas no estaban dispuestas a renunciar a su modus vivendi aunque esto supusiera arruinar al país. Tiene gracia que cuando se planteó el Portugal un referéndum para la descentralización del país, ganara el NO; en efecto, la campaña del NO fue muy fuerte: se puso a España como ejemplo de lo que podían convertirse.

Entonces se planteó el gran problema: cómo financiar todo esto. Era imposible. El optimismo antropológico del zapaterismo se disolvió como un azucarillo en los dos primeros años de su segunda legislatura: se vio que ya no había dinero para comprar los votos de los partidos nacionalistas en el parlamento de Madrid  y que las autonomías no estaban dispuestas a reducir y a disciplinar su gasto: chupaban demasiados militantes inútiles, demasiados cuñados golosos, demasiados amigotes corruptos, demasiados funcionarios a dedo, demasiadas empresas públicas creadas para engañar los déficits, etc. Y entonces cundió el pánico.

Nadie volvió a hablar de “estatutos de segunda generación”: el valenciano, el catalán, el andaluz, habían sido aprobados sin que existiera demanda social y sin que las discusiones suscitaran el más mínimo interés en la opinión pública. Rápidamente se relegaron al olvido a partir de 2009 y nunca nadie más ha vuelto a hablar de ellos.

Zapatero pensó inicialmente que la crisis duraría entre dos y tres años, sería superficial y pronto las cosas volverían a su lugar, demostrando con ello lo limitado de su celebro y lo nulo de su capacidad de previsión. Pero se equivocó al pensar que era una crisis coyuntural y no estructural. Y la recuperación tardó. Hacia principios de 2011 ya era evidente que el Estado de las Autonomías pesaba demasiado y no había fondos suficientes para mantenerlo. Y entonces, a socialistas y populares se les ocurrió la idea más absurda que hayan visto los siglos: ahorrar en gastos sociales. Había, en efecto, que lograr que los costes sanitarios y de educación disminuyeran, que los subsidios y ayudas se redujeran al máximo y que se ahorrara en materia social. La única ley con pies y cabeza aprobada por el PSOE (la de acompañamiento) no se pudo poner en práctica en la mayoría de autonomías por falta de fondos...

Así que los gestores del régimen elaboraron una teoría: el Estado de las Autonomías era un gran hallazgo de nuestra democracia, un faro y una luz para occidente. Sin embargo, en todo occidente el Estado del Bienestar venía a ser una antigualla insostenible a la que debíamos renunciar de buen grado o por la fuerza. En otras palabras: para mantener al Estado de las Autonomías era necesario liquidar el Estado del Bienestar. ¡Qué gran idea! ¡Cómo no iba a apoyarla una clase política corrompida y corrupta que vivía de las ubres autonómicas! ¡Y cómo no iba a apoyarla una prensa que cada vez vendía mes y precisaba de más y mas recursos y subvenciones! ¿Y los intereses de la sociedad? ¡A quién coño le importaban los intereses de la sociedad que esa misma sociedad no es capaz de defender sino es a través de instituciones como los sindicatos subsidiados o la clase política devoradora de fondos y vaga hasta la exasperación!

Y esta es la situación: o Estado de las Autonomías o Estado del Bienestar. Ambos son demasiado caros para un país de tamaño medio y de recursos escasos que hoy ni siquiera tiene modelo económico y ni siquiera dispone de una clase política capaz de planificar modelo alguno que vaya más allá del pelotazo. La sensación que algunos tenemos es que el Estado de las Autonomías cuesta demasiado y el ciudadano se beneficia muy poco y que el Estado del Bienestar cuesta mucho pero cubre las necesidades de previsión social de la población. Si hoy se hipertrofia el Estado de las Autonomías y se pone la piqueta en el Estado del Bienestar es solamente porque el primero cubre los intereses de la clase política y el segundo los de la sociedad. Y no olvidemos que hoy más que nunca los intereses de la sociedad están en contradicción con los intereses de la clase política. Ah, y si esto no estalla se debe a que los medios de comunicación desvían la atención difundiendo diariamente miles y miles de informaciones intrascendentes y de datos filtrados por las clases políticas regionales, no sea que haya alguien que despierte de la ilusión y se dé cuenta de que “el Rey está desnudo”, o, mejor dicho, de que no hay nada tan inútil como un “Estado de las Autonomías”.

¿Se puede liquidar el Estado de las Autonomías? No, en condiciones normales. Para hacerlo hará falta el “cirujano de hierro” que pidiera Joaquín Costa hace más de cien años. Con políticos de blandyblup, coriáceos, pelotilleros y soft, no se puede hacer otra cosa más que ir paso a paso hacía el abismo. Y en eso estamos en este país que en otro tiempo se llamó España y hoy es un amasijo de 17 autonomías a cual más dilapidadora.

© Ernesto Milà – Prohibida la difusión de este texto sin indicar origen.

 

Resumen semana I

Nuevo rostro de De la Vega...

Nuevo rostro de De la Vega...

Infokrisis.- Durante el tiempo que fue vicepresidenta y portavoz del gobierno, María Teresa Fernández de la Vega tenía cara como de ciruela pasa revenía. Era el rostro típico que se asocia a la malhadada “señorita Rothenmeyer” o la secretaria judicial que era, con cara de palo y trato inamistoso. Y, sin embargo, a menos de 100 días de la pérdida del poder por parte del PSOE, la misma individua ha reaparecido con un rostro marcado por los latigazos del bótox y la cirugía estética a destajo de los escultores de la Clínica Buchinger.

Durante los años en los que fue alguien jamás ningún comentarista serio realizó observación alguna sobre el rostro plagado de arrugas y suficientemente elocuente sobre el estado de ánimo de la vicepresidenta y portavoz. A fin de cuentas todos sabíamos aquello de “mens sana in corpore sano” que también y por lo mismo asociaba belleza al arte del saber vivir y fealdad a la amargura interior, la desesperanza y la hosquedad. Como máximo, la vox populi, la asoció a una conocida comentarista deportiva de Televisión Española e hizo gracia en función de supuestos amores  lésbicos inimaginables. Preferimos no mencionar, en su momento, aquel rumor que estaba en boca de muchos.

A decir verdad, Fernández de la Vega no era la típica ministra de cuota, sino que tenía un historial profesional relativamente brillante, desde luego mucho más brillante de otras petardas con las que compartió el banco azul (la Aído, la Pajín, la misma Chacón) y que hicieron de la política socialista de cuotas un verdadero insulto a las mujeres capaces que debían sentarse junto a los floreros.

La portavoz era mentirosilla, eso sí. Recordamos, por ejemplo que acudió a Bolivia hacia 2005 cuando este país era uno de los principales focos de emisión de inmigración masiva hacia España. Era un martes y la prensa local le preguntó agresivamente sobre por qué España iba a exigir el visado de entrada para inmigrantes bolivianos. Ni corta, no perezosa, Fernández de la Vega se quitó el muerto de encima diciendo que eso no dependía del gobierno español, que por el gobierno español podían venir todos los inmigrantes que quisieran, y que, a fin de cuentas el problema era que la Unión Europea había dispuesto una nueva legislación que el gobierno español no podía hacer sino acatar, pero que ella la quitaría. Luego, el sábado siguiente hubo reunión de ministros de la UE sobre el tema de la inmigración, en Helsinky si no recuerdo mal. Allí, mira por donde, Fernández de la Vega, pidió ayuda de la UE para “frenar la inmigración en España”…

Ya por entonces empezamos a sospechas que Fernández de la Vega tenía dos rostros. Ahora nos lo ha confirmado ella misma luciendo un esplendoroso rostro que eleva la tensión de la lívido y algo más que la tensión. Sí, tenía dos rostros. O mucho rostro, como se quiera.

Hoy, a hacerse un nuevo rostro se le llama “look”, “imagen”. Una “imagen” es una proyección más o menos falseada de nuestra verdadera personalidad. Los políticos suelen ser “imagen”, sólo “imagen” y nada más que “imagen”, tras la cual lo que se esconde es una personalidad enfermiza, egocéntrica, ambiciosa, carente de escrúpulos o simplemente, una ausencia completa de ideas y de personalidad. Por eso es necesario que los políticos desde Aznar a Rajoy, pasando por ZP, se pinten las canas, disimulen las arrugas, e incluso, como en el caso de Aznar, se implanten “tableta” en los abdominales, se tiñan el pelo (nunca el bigote…) y sirvan su mejor “look” a un electorado tan anestesiado como poco exigente. El poder, en democracia, esto es, en la ley de las mayorías, pasa por la buena administración del “look”. Y en eso está la De la Vega que posiblemente intente un retorno a la política en los próximos años (a fin de cuentas es joven todavía…).

Mientras, la cosmética no solamente alcanza al pelotazo de bótox y a la estadía en la Buchinger, sino que también afecta a la estética de las ideas. No es por casualidad que la exvice haya presentado su nuevo rostro en un acto de una fundación humanitaria que aspira a ayudar a las mujeres africanas. Desde los años 80 hemos asistido al incremento de lo que algunos han llamado “la estafa humanitaria”: si uno no da algo para los desgraciados del tercer mundo, no puede ser considerado como “buena persona”. Y lo que se da, dramáticamente, nunca llega, o apenas llega en mínima parte a su destino. El dinero se pierde por el camino (siempre se pierde) en mayor o menor grado. Lo sabe todo el mundo y lo saben todas las administraciones pero ninguna se arriesga a ejercer un control estricto sobre las ONGs en la medida en que son un buen camino para canalizar dinero público para los partidos políticos. Apelar a la conciencia de unos y a la desgracia de otros, es sin duda la forma más repugnante de corrupción que vivimos en este régimen nacido en 1978.

La Fernández de la Vega está en ello. Sin duda debió ser gracias a su gestión que el gobierno Zapatero dio subsidios a los homosexuales angoleños, a las feministas de Zimbawe o a los gays de Rwanda. Por citar unos ejemplos. Dinero que la ciudadanía española -que paga el disparate- y no tiene, al parecer, derecho a enterarse de en qué ha sido utilizado. De hecho, cuanto más dinero se destina a “ayuda humanitaria” más sufre la “humanidad”… Tiene gracia y es irónico.

El zapaterismo fue más que nada una forma de “humanismo universalista” generado al dictado de los boletines de la UNESCO, una ideología “soft” que aspiraba a rellenar el vacío ideológico del PSOE tras su renuncia al marxismo en 1978, su desconocimiento de lo que era el socialismo clásico y de lo que fue luego la socialdemocracia tras el congreso de Bad Godesberg. Fracasado el zapaterismo, sus últimos mohicanos, a falta de ideas más recurrentes, siguen en sus trece: la Chacón perdiendo el congreso del PSOE y la De la Vega con sus gorgoritos humanitario-africanistas y su sobredosis de bótox, intentando prolongar la “estafa humanitaria” algo más.

Tenemos una clase política, no solamente frívola sino esperpénticamente frívola para la que no existe término medio: unos roban lo que no está escrito y otras se rejuvenecen más allá de lo que el decoro y el sentido común recomendarían.

Esta clase política es como el rostro de De la Vega: detrás el bótox y del bisturí permanece la “señorita Rothenmeyer”, que es como decir, la corrupción, la ineficacia, el nepotismo, la mala gestión de los recursos públicos, el fracaso en la tarea del gobierno. Ese es el perfil del régimen surgido en 1978. Es su régimen, no el nuestro.

© Ernesto Milá – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

 

 

¿Reforma de la contratación?

¿Reforma de la contratación?

Infokrisis.- Es un misterio el porqué desde la Unión Europea se insiste tanto en la “reforma de la contratación”. Y esto por dos motivos: por los argumentos que se acompañan y porque en el orden de prioridades hay otras que parecen mucho más prioritarias. Cualquier reforma de la contratación o bien es a favor de la patronal o a favor de los trabajadores o a favor del sentido común. Nunca se ha hecho ninguna reforma en contra de los trabajadores y del sentido común. Esta que se aproxima (que no es más que una ampliación de la reforma que realizó el gobierno Zapatero y que le valió la acusación de haber adoptado las tesis neoliberales imperantes en la UE) es una reforma contra el sentido común y esto por tres motivos.

¿Ganaremos competitividad?

En efecto, el gobierno español, presionado por el gobierno de la UE, sostiene que es necesaria una “reforma laboral” para “ganar competitividad”. Seamos realistas: por muchos derechos sociales que se acorten, por mucho que se compriman los salarios, nunca, absolutamente nunca, se podrá llegar a los 133 euros al mes que cobran los trabajadores chinos o los 75 euros al mes que cobran los trabajadores vietnamitas. Sin contar, por supuesto, los 33 euros al mes de media que se suele cobrar en África allí donde hay trabajo y por quien quiere trabajar. La competitividad es, pues, una ficción: jamás seremos tan competitivos como China y es bueno que lo tengan presente tanto los trabajadores como el gobierno.

En segundo lugar cabría decir que en períodos de auge económico cualquier contrato de trabajo se asume como válido y nadie discute lo leonino de sus cláusulas, ni lo limitado de las indemnizaciones a que diera lugar el despido. Y si, para colmo, los sindicatos están distraídos repartiéndose las subvenciones recibidas, nadie se preocupa en períodos de bonanza de la contratación. Ni siquiera los trabajadores porque, en definitiva, si alguien es despedido de una empresa o ésta cierra, no le costará mucho –incluso en un escenario laboral español que siempre sostiene un paro residual superior al 8%- encontrar un nuevo empleo. Es en esos momentos en los que hay, sin embargo, que reformar la contratación porque cuando se avecinan las horas bajas y la recesión se implanta, jamás se creará empleo porque se reforme la contratación. Es más, los trabajadores pueden competir por un “mal” puesto de trabajo, mientras que las empresas dudarán incluso de crear un nuevo puesto, aunque sea mal pagado y con despido libre, si no tienen asegurada su viabilidad futura.

Esto es lo que pasa hoy: ni las empresas tienen seguridad de que podrán seguir realizando actividad económica y negocio en el futuro, ni por tanto generan nuevos puestos de trabajo que, aunque les salga gratis su liquidación, conllevará, mientras, el pago de salarios y de cargas sociales. Las empresas prefieren, por una parte, explotar más a sus trabajadores, exigirles más, y por otra recurrir al régimen de becarios para cubrir cualquier vacante a coste prácticamente cero.

La regulación de nuevas normas de contratación no va a traer una revitalización del mercado de trabajo. Es más, si de lo que se trata es de regular el despido, que no quepa ninguna duda de que esas nuevas normas no crearán ni un solo puesto de trabajo (la marcha de la economía no es mala, es pésima, y en estas condiciones por muy “apetitosa” que se presente la contratación, ningún empresario tiene interés en crear puestos de trabajo por mucho que el despido sea libre, entre otras cosas, porque lo que verdaderamente encarece la contratación ¡no es el despido! ¡son los gastos sociales percibidos por el Estado!), sino que más bien facilitarán más y más despidos.

¿Hacia otra huelga general?

Rajoy es consciente de que los sindicatos nuevamente van a ser arrastrados por la opinión pública a la convocatoria de una huelga general contra los planes de contratación del PP. Estos planes, hay que decirlo, eran previsibles aunque durante la campaña electoral, Rajoy no hiciera alusiones a ella. Y no es raro que tema una huelga general. En España, los sindicatos cada vez tienen menos peso social y cada vez más la opinión de la calle y de los trabajadores está más radicalizada. Lanzar a la calle a los trabajadores por parte de unos sindicatos que ya no pueden encuadrarlos a causa de su desprestigio puede ser peligroso: una vez están las masas en la calle, es imposible prever cómo se van a comportar y es cuestión de tiempo que desborden a los sindicatos que desde hace dos décadas actúan solamente como un corsé para contener la agresividad de los trabajadores cada vez más airados por la pérdida del valor real de los salarios.

Pero, a pesar de ser consciente del riesgo de huelga general, Rajoy piensa que la reforma laboral es mejor hacerla hoy, en los inicios de la legislatura, que al final, a poco de las nuevas elecciones. En efecto, cree hoy, como ZP creía hace cuatro años, que la crisis iba a ser cosa de unos años y que cuando lleguen las próximas elecciones la propia recuperación del capitalismo mundial ya habrá tirado del carro de la economía española. A eso se le llama “optimismo voluntarista”. Es cierto que el capitalismo está preparando una guerra en Oriente Medio para salir de la crisis y para que las fábricas de armamento pongan nuevamente en marcha el mecanismo de producción y consumo mundial, así como que la reconstrucción posterior al conflicto genere buenos y nuevos negocios.

Israel y los Países Árabes son suficientemente irresponsables como para autodestruirse en la pira para salvar al capitalismo. Eso es incuestionable y los pasos para llegar a ese conflicto pueden percibirse día a día. Así pues, la guerra es inevitable y en esa hoguera que es la historia del capitalismo están destinados a morir en los próximos meses o años unos cuantos millones de personas. Pero ¿bastará eso para que la crisis del sistema mundial pase de la fase en rojo a un período de crecimiento económico inmediato y duradero como los “30 años gloriosos” que siguieron al final de la II Guerra Mundial? En absoluto.

Y aquí llegamos a las otras razones por los que la “reforma laboral” será inútil.

Las necesidades urgentes en cinco puntos

Se crea empleo allí en donde existe un modelo económico que lo avale. Si no hay modelo económico no hay creación de empleo al menos de manera sensible. Y ni el PSOE fue capaz de establecer un modelo económico nuevo que sustituyera al de Aznar (basado en ladrillo, inmigración, salarios bajos y crédito fácil), ni el PP dispone hoy de nada que se parezca a un modelo económico. ¿Por qué? Simplemente porque es imposible...

En efecto, lo que impide crear un modelo económico es la globalización: es decir, la precipitación de todas las factorías de producción de bienes allí a donde resulta más barato el proceso de producción. Es decir, allí en donde se cobran salarios más baratos y existen menos prestaciones sociales.

Por lo tanto, de lo que se trata no es de reformar la contratación, al menos no inmediatamente y desde luego no en la manera en la que se está proponiendo. De lo que se trata es 1) de relocalizar la industria nuevamente, que lo que se consuma en Europa (no solamente en España) se produzca en Europa, 2) de un rearme arancelario en todo el marco de la UE que estimule la venta de productos europeos y desestimule las importaciones, 3) de la creación de un “Espacio Económico Euro-Ruso” emancipado de la globalización, 4) de generar una economía productiva en lugar de una economía especulativa para lo cual será necesario implantar políticas fiscales que graven las rentas procedentes del capital y disminuyan la presión fiscal sobre las rentas del trabajo y 5) Restablecimiento de la normalidad en el mercado de trabajo español, sobresaturado por la llegada de 7.000.000 de inmigrantes en estos últimos 15 años de los que, como mínimo, 5.000.000 son excesivos e imposibles de integrar en nuestro mercado de trabajo.

Estas soluciones suponen coger el toro por los cuernos y van más allá de los parches técnicos que hasta ahora proponen el PP y el PSOE. Solamente medidas de este tipo contribuirán a generar un marco adecuado para la creación de empleo. Será en ese momento en el que valdrá la pena plantearse reformas a la contratación: no ahora.

© Ernesto Milà – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

PSOE 38 Congreso. Reflexión

PSOE 38 Congreso. Reflexión

Infokrisis.- El canal 24 horas tuvo el acierto de emitir los discursos de Rubalcaba y la Chacón completos y en directo, así que quien quiso pudo ver en qué consistían las dos opciones. Fue un dejà vû, algo que en otras muchas ocasiones en estos últimos quince días habíamos visto hasta la saciedad. La Chacón intentando pasar por lo que no es, porque ni es niña mona, ni simpática, ni pasionaria, y Rubalcaba reafirmándose en la visión que ha proyectado de sí mismo en los últimos 10 años: científico, deportista, hombre pausado, sereno y mesurado. Pero si el segundo se ha impuesto sobre la primera no ha sido por ninguno de estos “valores” de imagen, sino porque a Rubalcaba le apoyó Felipe González y, muy especial, Alfonso Guerra y a la Chacón le apoyaba Zapatero. ZP ha sido la gran decepción para el PSOE y la gran catástrofe para la sociedad española.

No ha sido un gran congreso, ni siquiera el “congreso de la unidad” como ambos candidatos se obstinaban en repetir. De hecho, el partido ha quedado roto en dos mitades casi iguales y costará tiempo restañar las heridas generadas por los zarpazos realizados por unos y otros. Ha sido más bien el congreso de la falta de ideas agravada por la falta de poder. Se puede tener el poder sin tener ideas (al menos el zapaterismo lo ha ejercido durante siete años), pero no al revés: la ausencia del poder es el verdadero drama por el que pasa actualmente el PSOE y, por extensión, la socialdemocracia europea.

En el último año el PSOE ha perdido todas las comunidades autónomas en las que gobernaba (salvo Euzkadi que perderá después del verano y Andalucía que perderá en menos de 60 días), ha perdido el gobierno de la nación (que tardará en recuperar porque será difícil olvidar la catastrófica gestión de Zapatero en décadas) y el nuevo y flamante secretario general no podrá cosechar ni un solo éxito electoral en los próximos tres años. Tras cada elección volverá a aparecer una y otra vez cabizbajo, con los hombros arqueados hacia delante, la frente plagada de arrugas y mirada de infeliz agradeciendo a los militantes el esfuerzo realizado y encontrando excusas de fortuna para justificar los malos resultados.

Estos se deben a tres factores, uno de ellos lejano (el abandono del marxismo en 1978 que dejó un vacío que no fue cubierto por nada, salvo por una tenue patina socialdemócrata que disimulaba el hecho de que en el interior del PSOE a partir de principios de los 80 lo único que importaba era “tocar poder”, pillar comisiones y vivir de las ubres del Estado) y los otros dos más inmediatos: el desastre ideológico que ha supuesto el zapaterismo para el socialismo español y la gran crisis económica que ha supuesto la sepultura para las doctrinas que habían apostado por la globalización.

El zapaterismo es un factor alógeno al socialismo español. Por primera vez en el corpus doctrinal del PSOE se filtró una doctrina que no tenía nada que ver con el patrimonio tradicional de esa formación: ni tenía nada que con el marxismo, ni nada que ver con el socialismo tal como fue enunciado por Berstein y Kautsky en los últimos años del XIX, ni siquiera con la socialdemocracia tal como se le conoció en Europa desde el congreso de Bad Godesberg... Lo de Zapatero era otra cosa que no tenía absolutamente nada que ver con nada de todo lo que habían visto los manuales de formación del PSOE.

La doctrina que trajo ZP era una mezcla de progresismo de ONG, universalismo new age y doctrina extraída directamente de los boletines de la UNESCO. Nada más. Esto y dosis de estupidez sin límites. Nadie creía en 2000, cuando ZP alcanzó la secretaría general que aquella iba a ser una gestión decisiva. Todos los barones del PSOE dejaron a aquel tipo raro llegado de León el poder para que se quemara en un período que se adivinaba de transición. Luego vino el 11-M con sus bombas y, sin que nadie, ni siquiera en su propio partido, se lo esperara, el mediocre pasó a ser presidente del gobierno, iluminado, y el peor tipo de tonto que puede aparecer en política: el tonto con ideas. Cuando estas ideas se pusieron en práctica, la centrifugación del Estado dio un paso al frente, el modelo económico de Aznar persistió y no pudo ser sustituido por nada más racional y razonable y la burbuja que lo acompañaba fue aumentando, la sociedad perdió consistencia, los tres millones de inmigrantes pasaron a ser siete y se creía mucho más importante defender los “nuevos modelos familiares” que atar y garantizar el Estado del Bienestar. Todos los estatutos de segunda generación constituyeron un estrepitoso fracaso y, para colmo, reafloraron los casos de corrupción protagonizados por todos los partidos políticos que indicaron el grado de putrefacción del régimen nacido en 1978.

La crisis económica vino a gravar todo esto. Las primeras medidas de ZP fueron erróneas, se dilapidó el superavit del Estado en apenas seis meses con subvenciones y planes absurdos (VIVE, Plan E y Plan E2010), 150.000 millones entregados a la banca y, sobre todo, con una mala lectura de lo que suponía esta crisis: no era una mera crisis económica, sino una crisis del sistema surgido con la globalización. El zapaterismo no supo afrontarla, rectificó 180º su orientación y de un día para otro adoptó soluciones neoliberales. Era cuestión de tiempo que los 5.000.000 de parados llamaran a la puerta y desalojaran del poder a un individuo tan nefasto como incapaz.

El PSOE ha quedado así contaminado con el zapaterismo. De hecho, durante siete años la sigla ZP sustituyó a la sigla PSOE, la tapó y la eclipsó. Cuando el “espectro” ZP se difuminó, la sigla PSOE estaba esquelética, sumida en el desprestigio y vinculada al peor presidente de la historia de España. Era insalvable.

Interiormente se había producido una especie de selección a la inversa en la militancia: quedaban los más tontorrones, los que no podían hacer carrera fuera de las ubres del Estado, los más desaprensivos, los más chorizos, los más despistados y los más cerriles. La mayoría de cuadros fogueados, con currículo profesional, con preparación y capacidad de gestión, se fueron en dos oleadas. La primera en las postrimerías del felipismo, la segunda durante la etapa de ascenso de ZP al poder, cuando ya se preludiaba que aquel tipo iba a ser un fracaso absoluto.

El último congreso ha demostrado ante toda la opinión pública lo que quedaba del PSOE: una neurótica chillona que se esforzaba por sonreír y a la que de tanto en tanto las cámaras le traicionaban extrayendo de ella un rostro de ambiciosa sin escrúpulos, huérfana de ideas completamente, la típica “chica twitter” cuyas ideas podían expresarse como máximo en 140 caracteres y aun sobraban, y de otro lado a un veterano que quería seguir haciendo lo que había hecho en los últimos meses: culpando a la derechona de todo y olvidando que durante los últimos siete años él ha formado parte del gobierno ZP. Miserias ambas de un congreso de transición que será el preludio de fracturas interiores mucho más graves. Éstas se iniciarán en cuanto prosiga la retahíla de fracasos en las siguientes elecciones.

En cuanto a la elección de Griñán como presidente del partido, tiene gracia a la vista de que la Andalucía de los EREs es, sin duda, a corta distancia de Catalunya, el territorio más corrupto del Estado y posiblemente incluso el propio Griñán deba sentarse en el banquillo de los acusados antes o después.

Este ha sido el congreso de un partido que ya ni es socialista, ni es obrero, ni por supuesto, es español, sino más bien una mixtura extraña de ambiciosos sin escrúpulos y desorientados sin doctrina que oscilan entre el nacionalismo autonomista (esto es, el interés en apropiarse de los recursos de cada autonomía) y el universalismo ingenuo-felizote a lo Zapatero que tan bien ha encarnado la Chacón para evitar pronunciarse en la discusión autonomías-Estado, Catalunya-Andalucía.

No ha habido más. Es la crónica de una crisis anunciada. Mejor dicho, el arranque de la crisis destructora del PSOE que difícilmente va a soportar los 4 años de travesía del desierto que le quedan y la pérdida absoluta de poder autonómico que tiene ante sí, unido al descrédito de los últimos siete años –años inolvidables- de zapaterismo. El PSOE, la columna de centroderecha sobre la que se ha mantenido el régimen nacido en 1978, no solamente amenaza ruina, está literalmente en la ruina. Y ahora queda asistir a la erosión de la otra columna, la de centroderecha que no saldrá indemne de promesas electorales engañosas y que no estaban dispuestos a cumplir y de falta de ideas para salir de la crisis. En apenas tres años ninguna de las fuerzas que dieron vida al régimen tendrá la iniciativa respecto a su momento histórico. De hecho hoy ya es el tiempo de preparar el relevo.

© Ernesto Milà – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

 

 

Spanair como ejemplo:

Spanair como ejemplo:

Infokrisis.- El 28 de enero de 2012, sin previo aviso, sin que la Generalitat dijera ni mu, sin que las ventanillas expendedoras dejaran de vender billetes para vuelos que la dirección sabía que nunca iban a despegar, Spanair dejó de operar. 4.000 personas se quedarán en el paro y 20.000 viajeros deberán espabilarse para encontrar una alternativa a sus vuelos frustrados. El hecho de que sea la quinta compañía aérea que quiebra en territorio español no hace que este escándalo –porque de escándalo se trata al fin y al cabo al haberse llevado la quiebra de manera clandestina hasta el último momento- sea igual a los otros. ¿Por qué? Por que a pesar de haber sido creada inicialmente en 1986 por Gonzalo Pascual (copropietario del Grupo Marsans, en quiebra desde diciembre de 2010), por Gerardo Díaz Ferrán (expresidente de la CEOE y también copropietario de Marsans y por la compañía escandinava SAS (que en 2007 se deshizo de las acciones de Spanair), la compañía en cuestión era incuestionablemente propiedad de la Generalitat de Catalunya en un 80%. Así pues, si hay un responsable en todo este embrollo éste es el Palau de la Generalitat por mucho que Artur Mas se salga ahora por la tangente diciendo, bien que todo esto se produjo cuando gobernaba el tripartito, o que -of curse- “la culpa es de Madrid”.

Hasta el momento de la quiebra, nadie dudaba de la “familiaridad” de Spanair con la Generalitat. Desde 2009 su accionariado estaba compuesto en un 80,01% por la SA “Iniciatives Empresaroials Aeromàutiques”  (IEASA) y solamente en un 19,9% por SAS (la parte que no consiguió vender. El presidente de la compañía era Ferrán Soriano quien no hace mucho (17.11.2010) reconoció que “La Generalitat invierte en Spanair para ganar dinero”… Soriano es uno de esos empresarios que siempre se ha movido en los círculos de poder nacionalistas, uno de sus cargos más relevantes en la sociedad catalán fue la vicepresidencia económica del Barça con Joan Laporta, club del que es socio desde los 13 años…

El 17 de noviembre de 2010, El País publicaba un largo artículo sobre las subvenciones y subsidios que la Generalitat dio a Spanair que entonces no se calificaron así sino como “inversiones” cuando el comisario europeo de la Competencia, Joaquín Almunia alertó sobre la posible ilegalidad de estas aportaciones. En efecto, las autoridades de la Unión Europea habían pedido que se investigaran esas inyecciones de dinero por ser manifiestamente ilegales. En aquella ocasión Soriano redujo la “aportación” de la Generalitat al 25% de la compañía, lo que suponía un total de 20 millones de euros. Pero el Ayuntamiento de Barcelona era, por otra parte, propietario del 26,8%. Hoy se ha sabido que en total las ayudas de la Generalitat ascendieron a 130 millones de euros. Casi nada… Otra denuncia fue interpuesta por la Asociación Europea de Aerolíneas LowCost (donde participan Vueling y Ryanair) por haber recibido subvenciones públicas.

¿Por qué este régimen preferencial de ayudas otorgada a Spanair? Por delirio nacionalista. El nacionalismo es un veneno que corroe el espíritu, incluso el espíritu negociante, y le hace ver posibilidades de buenos negocios allí en donde aguarda la ruina más absoluta e incluso sobre el papel es fácil percibir lo aventurado de las expectativas. Era evidente que en un momento de crisis económica internacional el turismo se iba a retraer y que, aun afluyendo, sería un turismo de pocos recursos, de “low cost”, en una palabra, de baratillo. Y así iba a ser muy aventurado, al menos mientras no se disipase la crisis, invertir en una compañía destinada a fracasar en la medida en que no soplaban vientos favorables para este sector (y además, otras compañías del mismo tipo estaban sufriendo dificultades insuperables que les llevaron a su disolución).

Para colmo, el 20 de agosto de 2008, un avión de la compañía se había estrellado en barajas, lo cual redundó en la pérdida de prestigio de la compañía. A pesar de que todavía hoy no está claro qué llevó a este vuelo a estrellarse a poco de atrerrizar, se supo que el avión tenía 15 años de vuelo y anteriormente había pertenecido a una compañía coreana.

¿Cómo fue posible que la Generalitat se fijara precisamente en un sector económico en dificultades y en una compañía que acababa de tener un grave accidente para “invertir”? Repetimos: por la locura nacionalista que consiste básicamente en que Catalunya debe tener exactamente lo mismo que tiene (o tuvo) el Estado Español solo que a una dimensión mas pequeña. Si el Estado español tiene embajadas en el extranjero, policía, ferrocarriles, educación, sanidad, la Generalitat quiere todo eso y en los últimos años ha insistido extraordinariamente en asumir la gestión de los aeropuertos. En los últimos años el aeropuerto de Barcelona se ha convertido en un gigante que tiene dificultades para rivalizar (por obvias razones) con el aeropuerto de Barajas en vuelos internacionales. Con Spanair la Generalitat aspiraba a disponer de una compañía propia, especializada en vuelos internacionales y que atrajera por sí misma un flujo creciente de tráfico hacia el aeropuerto del Prat.

La crisis económica y las dificultades de financiación de la Generalitat hicieron el resto: el monstruo burocrático instalado en el Palau de la Generalitat no pudo realizar nuevas aportaciones económicas para prolongar la agonía de Spanair y el 27 de enero la compañía, bruscamente, cerró puertas… sin previo aviso, vendiendo billetes hasta última hora, sin preocuparse lo más mínimo por recolocar a los pasajeros que se quedaron en tierra y sin haber advertido siquiera a su propio personal. En realidad comunicó a AENA la suspensión de actividades pocas horas antes de hacerla efectiva.

Las excusas de Artur Mas para justificar la muerte de Spanair se han basado en las habituales mentiras en las que suele escudarse la clase política: “la culpa no es mía, es de los anteriores gestores de la Generalitat, en concreto del tripartito”. Lamentablemente para Mas, las fechas no le dan la razón. Cuando se produjeron las grandes aportaciones de capital público a la compañía, era Artur Mas quien gobernaba. En efecto, el tripartido perdió el poder en noviembre de 2009, y si bien es cierto que parte de las ayudas recibidas se fraguaron en el tiempo en el que Carod-Rovira insistía en que el aeropuerto de El Prat pasara a ser gestionado por la Generalitat, lo cierto es que con posterioridad a esa fecha, esto es, en el período de gobierno de CiU, estar aportaciones de dinero público siguieron. Y, a decir verdad, fue en los últimos tiempos del tripartido (el 31 de marzo de 2009) cuando Soriano llegó al consejo de administración y con él los nombres señeros de la burguesía catalana (Joan Gaspar, Rafael Suñol, Carles tusquets, Maria Reig, etc, etc. Y el 17 de junio de 2009 se inició el último tramo de la compañía con el estreno de nuevo logo y se traslada la sede social a L’Hospitalet. Pero no fue sino hasta el 16 de noviembre de 2010 -¡cuando ya gobernaba Artur Mas el faraónico edificio de la Generalitat- cuando las aerolíneas denunciaron las ayudas que estaba recibiendo Spanair. Fueron esas ayudas las que permitieron a la “compañía catalana” (como le gustaba decir a Soriano) realizar una “guerra de precios predatoria” en rutas en las que competía con otras compañías españoles y realizar unas agresivas campañas de marketing y publicidad… todo lo cual aceleró la inviabilidad económica de la empresa en el momento en el que cesaran las ayudas.

La Generalitat no puede ahora mirar a otro lado, ni echar la culpa a Madrid, ni mucho menos desentenderse de la jugarreta de haber llevado la quiebra de la empresa de manera clandestina y haber comercializado billetes hasta incluso mucho tiempo después de que sus directivos ya hubieran decidido cerrar la compañía. Cuando se realizó la penúltima inversión de 10 millones de euros de dinero público, la Generalitat pasó a controlar el 26,7% de la aerolinea ¡y a estar presente en el consejo de administración! Después, la empresa intentó que la Turkish Airlines comprara la parte de la que SAS quería deshacerse. Y luego, a la vista de que Soriano, procedía del Barça y que este club había realizado pactos con empresas del emirato de Qatar, intentaron que la Qatar Airways adquiriera un paquete de acciones…

Estos intentos no son “ingenuos”: en Catalunya hay un millón de inmigrantes procedentes de países islámicos (un millón, se dice pronto), por lo tanto, los “genios” que siempre se han sentado en los puestos clave de la Generalitat, votados por el pueblo catalán y avalados por la prensa catalana (igualmente subvencionada y para la que en Catalunya nunca pasa nada) opinaban que introducir capital procedente de países islámicos, aumentaría el flujo de turistas de estos países hacia Barcelona (que, a fin de cuentas, lo más que puede hacer actualmente es rivalizar con Marsellla en el dudoso honor de ser la ciudad más islamizada del norte del Mediterráneo).

Lo sorprendente es cómo diablos ningún economista más o menos novato pudo prever la inviabilidad de la compañía. Ya desde el 11-S de 2001 las compañías aéreas están en crisis. Además, intentar competir con el AVE Barcelona-Madrid era, literalmente, suicida. Y, finalmente, el pensar en una expansión en tiempos de crisis económica era tan absurdo como criminal. Esto sin contar con que los aviones de Spanrair estaban obsoletos, se habían vuelto peligrosos y en 2012 iban a ser necesariamente sustituidos (en concreto cinco Mc Donnell Douglas de distintos tipos), precisándose una inversión multimillonaria para sustituirlas.

En la actualidad, la Generalitat de Catalunya es propietaria del 52,60% de las acciones (así pues, es mayoritaria), un grupo de empresarios catalanes vinculados a los negocios del nacionalismo, Volcat, acapara el 20,80% y el Consorcio de Turismo de Barcelona (dependiente del Ayuntamiento) y Catalana d’Iniciatives (dependiente de la Generalitat y empresa que canaliza dinero público para empresas privadas), con un 15 y un 11% respectivamente. Y, finalmente SAS con lo que no pudo vender, el 11% del total.

Hacía tiempo que la compañía no iba bien –y de hecho no existía el más mínimo motivo para el optimismo- y en 2008 había tenido lugar un ERE que redujo plantilla y cerró bases excepto Madrid y Barcelona. Desde 2007 existía sospecha de gestión fraudulenta e incluso el Instituto Nacional del Consumo (INC) denunció a varias compañías aéreas por publicidad engañosa en su página web, como no incluir el precio final del billete en los anuncios, Spanair entre ellas.

¿Qué es lo más sorprendente en toda esta historia? Que el dinero público sirve para financiar empresas privadas. Y especialmente empresas privadas que ya sobre el papel se perciben como inviables se gestionen como se gestionen. Es fácil suponer porqué se hace todo esto. Cuando alguien llama a la puerta del Palau de la Generalitat de lo que se trata es de que traiga proyectos que tengan que ver con lo que el nacionalismo llama “la construcción nacional de Catalunya”, esto es la transformación de la autonomía catalana en una “nación” (a la vista de que se define como tal pero que, en realidad, solamente resulta muy forzado considerarla así y el hecho de que exista una burguesía catalana con intereses propios lo único que hace es definirla como “nacionalista”. Por lo demás, Catalunya nunca ha sido considerada una nación sino muy recientemente y aplicar el “principio de las nacionalidades”  (según el cual una comunidad que tiene lengua propia por ese mismo hecho es una nación…) a Catalunya equivaldría, como máximo a decir que estamos ante “un tercio de nación” pues no en vano solamente un tercio de la población que vive en Catalunya se expresa en catalán…

No, de hecho, cuando se presentan estos grandes negocios a la Generalitat, muchos de los que llaman a la puerta, que no son sino grandes apellidos vinculados desde generaciones al nacionalismo y frecuentemente intervinculados con otros apellidos por lazos familiares, lo único que pretenden es sobrevivir recibiendo sueldos extraordinarios el tiempo que se pueda aun a pesar de que estén al frente de negocios inviables. Las ubres de la Generalitat son grandes y dispuestas siempre a alimentar generosamente a sus hijos más significativos… pero no son tan grandes como para poder alimentar por tiempo indefinido el sueño loco de querer rivalizar en vuelos internacionales con Barajas.

Artur Mas dice que la compañía se ha hundido a causa de “Madrid”. No, en realidad, a la Generalitat, aunque dispusiera de efectivo, le hubiera sido muy difícil desviar más y más ayudas a Spanair. Las autoridades europeas de la competencia estaban sobreaviso y ya habían cursado anteriormente denunciar contra esta compañía. Y, por otra parte, tanto Vueling como Ryanair se le tenían jurada. Spanair estaba por todo esto condenada al fracaso y, a fin de cuentas, solamente ha servido para que unos gestores incapaces prolongaran durante un cuarto de siglo la vida de una empresa que a partir de 2001 empezó a albergar las más serias dudas sobre su viabilidad.

Nuestra clase política es “liberal”, Nuestra clase empresarial lo es igualmente. Pero todos los liberales del mundo, partidarios de la no intervención del Estado en los negocios, finalmente terminan implorando dinero público, esto es, ayudas del Estado, si de lo que se trata es de defender sus intereses.

Ahora resulta que no son solamente las cajas de ahorro las que han visto su gestión viciada por las autonomías y los nacionalismos, ahora resulta que son empresas, aparentemente privadas, aunque son participadas mayoritariamente por dinero público, las que con su mala gestión están arrojando al paro a miles de trabajadores. Y todavía quedan miles (se habla de 12.000 empresas) de empresas públicas vinculadas a los ayuntamientos, a las diputaciones, a las comunidades autónomas y al Estado, cuya situación, en general, es ruinosa y cuyo déficit no queda reflejado en las cuentas del Estado, lo que hace que el agujero negro económico de nuestro país en su conjunto sea mucho mayor de lo que reflejan las cifras.

Lo hemos dicho en otras ocasiones: el Estado de las Autonomías es inviable. En tiempos de bonanza económica absorbe recursos que, aun existiendo, son desmesurados. En tiempos de recesión y crisis, el esfuerzo es absolutamente inasumible y se traduce en una mayor presión fiscal sobre los ciudadanos y en un déficit insoportable. Spanair es una de esas compañías-trampa que estaban destinadas a caer y cuya caída va a costar 4.000 puestos de trabajo de una sola tacada.

Lo dicho, o Estado de las Autonomías o Estado del Bienestar, los dos no son posibles. Hagan ustedes su opción, yo ya la he hecho. Las autonomías sobran y todo el problema consiste en la forma en la que el Estado recupere lo antes posibles las transferencias de Sanidad y Educación y en cómo se disuelven 17 comunidades y un millón de funcionarios. Y el problema es grave y es uno de esos problemas que ni tienen solución hoy, ni lo tendrán mañana, pero que, o se resuelve o resultará insoportable para nuestro futuro.

Vayan pensándolo ahora que Spanair ha caído víctima del faraonismo de la Generaliat.

© Ernesto Milá – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

 

Fracturas en el gobierno Rajoy

Fracturas en el gobierno Rajoy

Infokrisis.- Poco a poco van trascendiendo a la opinión pública las fisuras que han existido en el interior del gobierno Rajoy y que afectan a su equipo económico. La contradicción que apuntamos en estas mismas columnas hace solo dos semanas entre la línea seguida por Cristóbal Montoro (Ministro de Hacienda) y Luis de Guindos (Ministro de Economía). Ya era, dicho sea de paso, significativo que un ministerio que siempre había estado unificado se desdoblara en dos y si esto era así se debía a la doble necesidad de Rajoy de “quedar bien” con la patronal y con el capital nacional (y para ello estaba Montoro), de un lado, y de responder a las presiones internacionales de los “señores del dinero”, de otro, que exigían que en el puesto clave de la economía se colocara a uno de sus funcionarios (De Guindos que ocupaba un papel análogo al de Lucas Papademos en Grecia o a Mariano Monti en Italia, o incluso a Mario Draghi (actual presidente del Banco Central Europeo) todos los cuales fueron funcionarios de Goldman Sachs. De Guindos, lo fue de Lehman Brothers, el gigante caído de la banca especulativa y de la ingeniería financiera de alto voltaje.

Dos intereses contradictorios e irreconciliables

Si admitimos que Montoro está en el gobierno para tranquilizar a la patronal y a la banca española, garantizar que todo lo que se ve a hacer va a ser será en defensa de sus intereses, habrá que admitir que De Guindos está en la bancada azul para tranquilizar al capital internacional y asegurar, no solamente que España pagará sus deudas sino que los estos del patrimonio del Estado se venderán a bajo precio para ser adquiridos por los “señores del dinero” a los que De Guindos sirve con fidelidad perruna. El problema es que los intereses del “capital nacional” y del “capital financiero internacional” son, hoy en día, contradictorios.

Hasta no hace mucho se percibía –especialmente a la izquierda– que el “capitalismo” era un todo homogéneo. Se estaba contra el capitalismo al que se consideraba como patrimonio de la burguesía y punto… Hoy esa visión es insostenible, no solamente porque una cosa es la burguesía y otra muy distinta –contrariamente a lo que opinaba Marx– la casta poseedora del capital (y cuando hablamos de capital nos referimos a grandes acumulaciones de dinero real o virtual), sino porque existe una contradicción entre los intereses del capitalismo español, de la patronal e incluso de la banca española, y los intereses del capitalismo financiero multinacional y de la banca y las instituciones de crédito internacionales.

Esa contradicción es insalvable: ambos son dos estadios de desarrollo del capitalismo. Montoro, ahora mismo, representa a los intereses del capital español que aspiran a poco más que a un país en el que exista una legislación que les permita contratar a bajo precio y despedir gratuitamente y poco más. Por su parte, De Guindos, quiero otra cosa: que el Estado venda su patrimonio a bajo precio. Los aeropuertos, las loterías, las últimas empresas públicas rentables, incluso los edificios públicos en los que están instalados los ministerios, todo ello sacado a subasta para mayor beneficio del capital financiero internacional. Ese proceso se desarrolla paralelamente al desmantelamiento de la banca nacional fuertemente tocada por la crisis del ladrillo. En pocos años la mayoría de bancos españoles habrán sido víctimas de OPAs hostiles lanzadas por los “señores del dinero”.

Capitalismo internacional contra capitalismo nacional

Rajoy ha colocado a De Guindos y a Montoro para tratar de equilibrar dos tipos de intereses que son contrapuestos: el capitalismo nacional no sobrevivirá a los envites del capitalismo financiero internacional. Está demasiado debilitado por el proceso de globalización y por los errores cometidos (especialmente por la banca española) durante los años del ladrillazo. La tensión se ha desatado a partir de que el gobierno diera –por indicación de Montoro– marcha atrás en la privatización de las loterías y de los aeropuertos (Madrid y Barcelona, al parecer los de Castellón o Ciudad Real no les interesa al capitalismo financiero…). La reacción de De Guindos ha sido rápida y se han filtrado las tensiones en el interior del equipo económico del gobierno.

Y no disminuirán. El capitalismo es siempre depredador. Siempre tiende a devorar a los más pequeños. La banca española es grande en relación a las PYMES, pero de modestas dimensiones en relación a los grandes consorcios bancarios y financieros internacionales. El principio para ellos es que “bienvenidos sean los tiempos de crisis porque así compraremos barato”. Pero Rajoy ha detenido el proceso de privatizaciones: las ofertas eran escasas y mezquinas, de haber seguido adelante en la liquidación del patrimonio del Estado debería de haber explicado el por qué se deshizo de verdaderas joyas económicas a precio de saldo. Le lloverían ataques por todas partes y Rajoy precisa llegar a su primer año de gobierno con la menor erosión posible. Pero el tiempo es inexorable y lo destroza todo: nada evitará que en dos o tres meses no se hayan notado los efectos benéficos de las primeras reformas interpuestas por Rajoy, pero la población si haya notado la presión insoportable del pero, de la mezquindad salarial y de los recortes especialmente sociales.

Rajoy no ha empezado bien y la situación irá de mal en peor

No han empezado bien el gobierno Rajoy. A menos de un mes de su toma de posesión ya se adivinan nubarrones en el  horizonte y tensiones en el interior del equipo ministerios. Además, las medidas adoptadas no lograrán detener la pérdida de capacidad adquisitiva y, en este mismo contexto, hay que situar el acuerdo alcanzado ente los sindicatos y la patronal según el cual se autorizan subidas salariales de… un 0’5%, es decir que una vez más los salarios pierden capacidad adquisitiva y los propios aumentos son de una mezquindad inconmensurable (alguien que gane 800 euros al mes –y hay que recordar que más de la mitad de los españoles tienen salarios inferiores a 1.000 euros- percibirá un aumento de 4 euros… que, por lo demás, se los llevará la inevitable siguiente subida de impuestos en marzo-mayo.

Ahora lo único que resta saber es que estallará antes: si la revuelta social (o es que alguien duda de la actual crisis social va a desembocar en un estallido que convertirá en un juego de niños las fases anteriores de la crisis vividas hasta hoy, o el estallido del propio gobierno Rajoy. Desgraciadamente hemos visto una vez más que la ambición por gobernar está muy por encima de la capacidad para hacerlo.

Rajoy se perfila como la “gran decepción”, no como el anti-ZP que necesitaba la coyuntura. Era difícil hacerlo tan mal como ZP, pero ahora sabemos que era también muy difícil salir de la crisis: para ello era preciso tener el valor suficiente como para señalar que el origen de esta crisis es la globalización y la transformación de la economía de productiva en financiera. Rajoy ni siquiera tiene interés en señalar el enemigo, le basta tan solo poner parches aquí y allí y elegir un gobierno de contemporización con la crisis, plagado de contradicciones internas.

© Ernesto Milà – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen