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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

¿Enseñanza de religión?

¿Enseñanza de religión?

Infokrisis.- Como eco de otros tiempos, cuando se ha rumoreado que el ministro Wert planeaba transformar en obligatoria la enseñanza de la religión y ante la oposición habitual y previsible de la izquierda, se ha producido una reacción unánime de las cadenas de TV ligadas a la derecha religiosa (que no son sino apéndices mediáticos de la derecha del PP, nos referimos a Intereconomía y a la COPE) seguida por exaltadas peticiones en el mismo sentido de varias organizaciones de extrema-derecha. En las redes sociales, una y otra vez aparecían mensajes favorables a la enseñanza de la religión e invectivas contra los sectores “progres” que se oponían a la medida. Quizás valga la pena realizar algunas puntualizaciones al respecto.

Pero ¿sabéis realmente cuál es la situación de la enseñanza?

La primera reflexión es palmaria: el gran problema de la enseñanza en España -nos atreveríamos a decir que el único problema- es que el sistema educativo está literalmente destruido, pulverizado, inservible para formar personas, garante de las más elevadas tasas de fracaso escolar, farolillo rojo de la enseñanza en Europa y, vergüenza nacional. Y no es precisamente por la ausencia de la asignatura de religión, sino por muchos factores que se vienen arrastrando desde la Ley General de Educación de 1973 (la llamada Ley Villar-Palasí) y que, tras sucesivas reformas, ha ido acelerando su velocidad de caída.

Dicho de otra manera: aunque la Ley Wert garantizara la obligatoriedad de la enseñanza de la religión católica, ello no serviría absolutamente para nada. Tenemos alumnos que no saben ni realizar un razonamiento lógico básico, a los que les cuesta calcular 5 más 5 sin utilizar los dedos, que son incapaces de comprender un texto e incluso leerlo, que ni siquiera pueden concentrarse durante un cuarto de hora para escuchar las explicaciones del profesor y que ni siquiera han entendido la importancia de tener una aceptable formación cultural. Con este panorama puede pensarse lo que supondrá enseñar al alumnado que Dios es “uno y trino” o el dogma de la Inmaculada Concepción. Alumnos que tendrán dificultades en recordar las virtudes teologales, o que serán incapaces de enumerar los diez mandamientos o de recordar el Credo, porque desde 1973 se inició la lucha contra el uso de la memoria en el aprendizaje, no estarán en condiciones ni de asimilar los contenidos de esta asignatura, ni los de cualquier otra.

Nuestro sistema educativo no es, desde luego, el terreno más abonado para el aprendizaje de la religión, ni de cualquier otra asignatura. Reimplantarla sería algo así como pedirle a un ciego que utilice la panoplia de colores que se le ha regalado. Decimos esto para establecer la importancia del problema: la enseñanza de la religión o su desaparición de las aulas es un problema secundario en relación al problema principal que se dirime en el terreno de la educación: su reforma, a la vista de la innegable quiebra del sistema educativo. Se trata, pues, de debatir sobre cómo será esta reforma, de qué manera se hará, cuáles serán sus principios rectores y quienes la pondrán en práctica. Discusión, no precisamente menor, ni siquiera susceptible de llegar a buen puerto, a la vista de la sima en la que se encuentra el sistema educativo.

España y la religión

Los partidarios de la enseñanza religiosa insisten en que España es un país católico y que su historia se ha identificado con la defensa de la fe hasta ser la misma cosa. Por tanto, si se aspira a resucitar los valores de patriotismo e Hispanidad –y de eso, a fin de  cuentas, es de lo que se trata- hará falta difundir el mensaje religioso y, por tanto, situar de nuevo esta asignatura entre las que cuentan para aprobar un curso escolar. Bien, sobre esto, hay bastante que decir.

Es cierto que desde el episodio histórico de la “conversión de Recaredo”, España ha sido un país católico, pero es igualmente cierto que antes de ese episodio existía un Reino Visigodo arriano y que desde tiempos muy remotos existía lo que unos llamaban el “país de las Hespérides” y otros simplemente Hispaniae. Esto por lo que se refiere a los orígenes históricos de nuestro país.

No parece aventurado ni sesgado recordar que la religión católica no vive hoy sus mejores momentos y que desde mediados de los años 60 su influencia en la sociedad española ha ido declinando progresivamente. Hoy, los seminarios están vacíos, cada vez más parroquias se encuentran sin titular o teniendo al frente un sacerdote en edad de jubilación. Diariamente se cierran conventos e incluso desaparecen órdenes religiosas enteras. De hecho, la mayoría de órdenes religiosas, especialmente femeninas, estarían reducidas a la mínima expresión de no ser porque sus conventos han ido cubriendo, mal que bien, las bajas con ordenaciones procedentes del tercer mundo. Hoy nos tememos que la presencia de inmigrantes entre las órdenes religiosas femeninas ya está en una proporción de 1 a 3 (una monja española por tres inmigrantes). Sin embargo, la llegada masiva de inmigrantes que suscitó esperanzas en la Iglesia española no ha podido transformarse en una fuente de revitalización de la misma. Para sorpresa de la Conferencia Episcopal, buena parte de los andinos que llegaron entre 1997 y 2009, procedentes de países de mayoría católica, luego resultó que optaron por acercarse a confesiones protestantes, Testigos de Jehová, pentecostales, evangélicos, etc. En cuanto a los procedentes de países del África Negra con fuertes comunidades católicas, la mayoría… son islamistas.

Cuando Manuel Azaña en los años 30 pronunció aquella odiosa frase de que España había dejado de ser católica, evidentemente exageraba, porque España seguía siéndolo. Cuando empezó a dejar de serlo fue tras el cierre en falso del Concilio Vaticano II (en pleno tardofranquismo), cuando una parte del clero y de la jerarquía católica viraron a la izquierda y se produjo el hundimiento en cadena que todavía prosigue hoy y que hace que, año tras año, la Iglesia española se repliegue cada vez más.

Es importante reconocer esta situación porque si se acepta el principio de la historiografía católica según el cual España y la fe están indisolublemente unidos, hasta el punto de que España empezó cuando se asentó el catolicismo romano en nuestro país, cuidado, porque, por lo mismo se puede inferir que España dejará de ser tal en cuanto el catolicismo haya dejado de ser la religión de los españoles. Y, de hecho, el sector mayoritario de la sociedad, hoy, hace gala de un indiferentismo religioso innegable. Basta ver los medios de comunicación para darse cuenta de que solamente dos cadenas televisivas, ambas de segunda fila y con unas audiencias bastante residuales, mantienen viva la llama de la fe, especialmente a través de programas de debate político excepcionalmente polémicos (y, a ratos, incluso zafios).

En nuestra opinión, la historia de España es, hasta cierto punto, la historia de la defensa de la fe católica… como también Francia reclama este privilegio, Inglaterra, con su particular iglesia nacional, se sitúa en la misma órbita y otro tanto hace Portugal, por supuesto, con el mismo derecho que España. Y si se trata de discutir qué catolicismo nacional es el más militante y combativo, desde luego este título recaería, desde 1789, sobre el francés mucho más que sobre el español. Nosotros tuvimos nuestra “reconquista” realizada bajo el signo de la fe, como los caballeros teutónicos tuvieron su combate en defensa de la fe en las marcas del Este y los cruzados procedentes de toda Europa lo tuvieron en Palestina. Más razonable, pues, parece aceptar el hecho de que la historia de España no empieza con la conversión de Recaredo y que, por lo mismo, no terminará aunque la Iglesia católica agote su crédito en la sociedad española.

Por otra parte, a los que sostienen que la enseñanza de la religión es necesaria para vivir el ideal patriótico, le diríamos que mucho más importante para entender lo que es una patria es la enseñanza de la historia, de la geografía, de la sociología… Lo que nos lleva de nuevo a considerar la crisis de la enseñanza en su totalidad y no solamente a interesarnos por el destino de la religión católica en las aulas, discusión completamente secundaria en las actuales circunstancias.

Una institución globalmente en crisis

Las visitas de los últimos papas a España no se han saldado con una revitalización de la fe, ni con un reforzamiento de las parroquias, gestionadas por un clero diocesano que casi completamente ha optado por integrarse en algún “grupo”: Opus Dei, Comunión y Liberación, Neo-Catecumenales, Legionarios de Cristo, El Yunque, etc, organizaciones que, aun reconociendo a Roma como faro y guía de la cristiandad… simplemente mantienen su política de grupo por encima de las órdenes tradicionales que ilustraron los mejores momentos de la cristiandad (benedictinos, dominicos, jesuitas, franciscanos, etc.).

El Concilio Vaticano II se cerró con una serie de reformas en todos los terrenos salvo con reformas en lo relativo a la moral sexual excepcionalmente restrictiva de la Iglesia y, casi diríamos, insostenible. Las campañas antiabortistas que incluso podemos compartir quienes no nos sentimos miembros de la Iglesia, adolecen de un radicalismo innecesario que ignora que, bajo determinadas circunstancias y en determinados casos puntuales, el aborto puede ser necesario. La falta de vocaciones hace imposible la “recristianización” de Europa que, desde hace años, debería ser considerada “tierra de misiones”. El eje sociológico de la Iglesia se va progresivamente desplazando fuera de su marco tradicional (Europa), para adentrarse en horizontes geográficos en donde su futuro es problemática (África en donde las características de la población subsahariana hacen imposible la aceptación de la moral sexual de la Iglesia y en donde deben competir con un Islam cada vez más agresivo; Asia en donde la Iglesia crece especialmente en sectores marginales y extremadamente minoritarios y le resulta imposible competir con escuelas filosóficas budistas, hinduistas, zen, confucianistas, etc; estando en recesión en toda América –en el católico Québec hemos encontrado una iglesia convertida en spa, varias en bibliotecas públicas, otra en almacén de modas… y con una asistencia mínima a los oficios en aquellas iglesias todavía en funcionamiento).

La historia de los últimos papas es significativa. Juan Pablo II consiguió, efectivamente, contribuir a la caída del bloque soviético… pero en su largo pontificado no pudo, ni probablemente quiso, hacer nada para reformar la liturgia, acaso la asignatura pendiente más importante del post-Vaticano II. Convertido en una figura mediática, la Iglesia que dejó era bastante más débil que la que recibió en 1979. Lo mismo puede decirse de Ratzinger-Benedicto XVI, cuyas innegables cualidades intelectuales tampoco fueron puestas para realizar en casi una década de pontificado ninguna rectificación esencial. De hecho, su dimisión, inédita en la historia de la Iglesia, dice mucho de la desesperación de un intelectual ante una reforma cada vez más imposible. Y, por lo mismo, creemos que no puede esperarse gran cosa de su sucesor. De hecho, si las profecías de Nostradamus marcaban un límite ya superado para los papas que quedaban, los que siguen a ese límite parecen no contar a efectos proféticos en razón de su irrelevancia o, si se quiere, de su incapacidad para enderezar la barca de Pedro. La sensación que tiene alguien que, aun no considerándose católico, mantiene simpatías por el pasado católico que fue el de sus padres, es que la Iglesia sigue existiendo pero ya no es el eje de Europa, ni de Occidente.

Entendemos la preocupación de los sectores católicos de la sociedad española por el problema de la enseñanza de la religión, pero a estos sectores les valdría más darse una buena dosis de realismo: la iglesia española está en una posición de debilidad extrema, ni siquiera el partido al que mayoritariamente apoyan los católicos, el PP, está dando ejemplo de una política que pueda satisfacerles.

El bien más preciado de la Iglesia española, en este momento, es su red de centros de enseñanza concertados. Se trataría, más bien, de que esos centros se convirtieran en un ejemplo de cómo, aun sin orientaciones del Estado, puede generarse un sistema educativo eficiente. Y para eso haría falta que la Iglesia concentrara en este frente sus esfuerzos, no tanto para lograr la victoria tan pírrica como inútil de 45 minutos de clase de religión semanales, como para que en sus aulas, ante el signo de la cruz, los alumnos allí formados mostraran una superior preparación y una mayor calidad pedagógica que luego pudiera aplicarse al sistema público de enseñanza.

Obstinarse en presentar batalla en el terreno de la enseñanza de religión, supone haber perdido la batalla por anticipado y equivocarse en la estrategia: porque el gran problema de la enseñanza en España (pública y privada) es su baja calidad y las altísimas cotas de fracaso escolar. Supérense ambos problemas y ese será el sistema educativo extrapolable a toda la sociedad.

© Ernesto Milá – infokrisis – ernesto.mila-rodri@gmail.com

 

 

UE: reconocer el fracaso

UE: reconocer el fracaso

Infokrisis.- Sabemos que los licenciados universitarios españoles se están yendo de España, pero ignoramos que sus homólogos franceses también abandonan el vecino país. En Quebec existe una verdadera expectación por ver cuántos jóvenes profesionales universitarios, perfectamente preparados y con ganas de trabajar, llegarán en los próximos años. Nadie, aquí, duda que muchos. Y esta constatación realizada sobre el terreno sirve como arranque de una reflexión: cuando los elementos más cualificados, no de la periferia de la Unión Europea (UE) sino del centro de la misma, no encuentran trabajo en su país y deben de abandonar el territorio de la Unión, es que ésta, sencillamente, ha fracasado. ¿Por qué no reconocerlo y acabar lo antes posible con un proyecto a todas luces frustrado? Vale la pena realizar un repaso de lo que ha sido y en lo que se ha transformado la UE.

Oh, Europa, Europa, tierra de tecnócratas y planificadores

En efecto, cuando la estructura política española –el franquismo- nos separaba del entonces llamado “Mercado Común Europea”, los más lúcidos empresarios españoles sabían que en las décadas siguientes, sin la adhesión de España al tratado de Roma, sería imposible que nuestra economía sobreviviera. Ya en 1975, el MCE se había convertido en un “mercado” lo suficientemente amplio y pujante como para que nuestras exportaciones debieran necesariamente recurrir al mismo.

En aquellos años, el escuálido capitalismo autóctono español, nacido al calor del desarrollismo franquista, experimentaba la necesidad de converger con “Europa”. De hecho, fue él y lo que tras él se ocultaba (la alta finanza internacional), la que impulsó a que los “aperturistas” del antiguo régimen tomaran la iniciativa y transformaran la estructura política española. Este fue el origen de nuestros posteriores percances: una democracia débil, impulsada por unos partidos políticos, como mínimo tan débiles como ella, que comían de la mano de la plutocracia internacional.

Entre las distintas fechas simbólicas que se barajan como indicativas del “final de la transición” se manera, no sin razón, aquella en la que entramos en la OTAN y en el MCE transformado ya en “Comunidades Europeas”.

Durante la transición y en aquellos primeros años de democracia, teníamos la conciencia de que “Bruselas” estaba gobernada por una “tecnocracia” y muchos no podíamos sino experimentar hacia este concepto una sensación doble de admiración y respeto. Admiración porque, una federación tan amplia como las “Comunidades Europeas”, para crecer y afirmarse no podía sino estar asentada sobre una sólida planificación tecnocrática. Respeto porque era evidente que nuestro destino iba a estar durante muchas décadas ligada a esa Europa tecnocrática que, a fin de cuentas, era “mejor” que la Europa atrasada, sin libertades políticas y gris situada más allá del telón de acero. Luego resultó que las cosas no eran tan simples.

1989, algo se nos escapaba…

En 1989 cayó el Muro de Berlín y a partir de entonces se alzaron voces en la Alemania recién unificada que clamaban, junto a las que se oían desde la otra orilla del Rhin, en Francia, por dar más pasos adelante en el proceso de “unificación europea”. Hasta entonces, hay que recordarlo, se insistía especialmente en la idea de unificación “económica”, pero, a partir de entonces, cobró importancia la “unificación política” cuyos primeros pasos fueron los acuerdos de Maastricht y la creación del “espacio Shengen”.

Había en aquellos años algo que no entendíamos. Yo pertenecía entonces a un pequeño círculo de discusión (más que de acción) del que era alma y voz cantante el fallecido Joan Colomar. En aquella época (1989-1991) dábamos vueltas al tema de si realmente lo que decía el gobierno alemán a propósito de pisar el acelerador de la unificación europea era sincero u ocultaba algo que se nos escapaba. No entendíamos que Alemania, tras la caída del Muro de Berlín, recién unificada y pudiendo hacerse fácilmente con el control político-económico de los países del Este y de los Balcanes, e incluso con parte de las antiguas repúblicas soviéticas, precisara ayudar a los países del Sur de Europa (Portugal, Grecia y España) derrochando miles de millones de fondos estructurales. Ni entendíamos el proceso, ni creíamos que fuera sincero…

… Pero ahí estaban los “logros”: a partir de los años 90 empezó a llegar una riada de fondos estructurales a España sin los cuales hubiera sido imposible acometer las grandes obras públicas de la época. Así pues, Alemania y su socio galo, parecían haber entendido algo que en el ambiente político en el que me movía desde muy joven ya sabíamos: que la construcción de Europa era necesaria como “tercera fuerza” de un mundo multipolar que sería, en cualquier caso, mejor que el mundo “bipolar” que habíamos conocido en la postguerra y que el mundo “unipolar” que se estaba implantando en esos momentos. Solo más tarde, iniciada ya la crisis económica que todavía nos atormenta, tuvimos todas las claves y entendimos lo que había ocurrido.

Sobre la “sinceridad” franco-alemana

Era simple. La creación del MCE partió de Alemania y de Francia. Era lógico: durante tres generaciones, ambos países habían estado devastándose mutuamente en tres guerras, cada vez más terribles. La aparición de la energía atómica, hacía pensar que la siguiente sería la definitiva, así pues pactaron una primera tregua (la CECA, Comunidad Europea del Carbón y del Acero), una segunda (la “Europa Verde”, acuerdo sobre producción agrícola) y, finalmente, lanzaron el MCE con la ayuda de unos “satélites”: el Benelux de un lado e Italia de otro. En esa primera fase, el MCE se afirmó como estructura tecnocrática. A fin de cuentas, algunos de sus ideólogos, incluso antes de la guerra, habían ensalzado ya la planificación y la tecnocracia. Parecía, además, que los gobernantes de la época eran verdaderos “estadistas” (hombres de Estado) y no meros gestores temporales del poder, y que albergaban en sus mentes grandes proyectos históricos.

Pero esta generación fue sustituida por gobernantes menos escrupulosos y más condicionados por la plutocracia. Y entonces se llegó a la crisis del bloque comunista y al pistoletazo de salida de la globalización tras la guerra de Kuwait en 1989. Francia y Alemania se plantearon algo más que un proyecto “solario” intereuropeo: lanzaron por la borda la planificación tecnocrática y la prudencia que la había acompañado hasta ese momento y empezaron a ampliar vertiginosamente los límites de las “Comunidades Europeas”. El tratado de Maastricht quiso ser el punto de arranque de esa nueva fase: “Europa” sería toda Europa, no solamente Europa del Este. Y había que unificarla cuantos antes y por encima de las realidades económicas. Se abandonó la planificación tecnocrática y, cada vez más, se desreguló la economía al calor de los vientos que soplaban tras la victoria americana en la guerra de Kuwait.

Europa, de ideal a pesadilla

El bonito sueño de la “Europa Unida” dio paso a una pesadilla: Alemania aspiraba a dominar Europa y a convertirla en un área económica propia en la que su economía (y no el conjunto de la economía europea) sería hegemónica y la mejor forma de hacerlo era poner una zanahoria delante de los nublados ojos de los dirigentes de la periferia europea. Esa zanahoria eran los “fondos estructurales”. Así puede entenderse que el consorcio franco-alemán impusiera una normativa para el Banco Central Europeo que solamente beneficiaba a sus mentores y atara las manos al resto, o una moneda que llegaba antes de que existiera una unificación fiscal europea y, por tanto, iba a generar desequilibrios de todo tipo.

Luego entendimos que este proyecto no se había improvisado entonces sino que, simplemente, se había acelerado. Recordamos el interés con que la socialdemocracia alemana financió la creación del PSOE e hizo todo lo posible para que al final de la transición este partido se instalara cómodamente en el poder durante casi tres lustros. A no olvidar que el PSOE fue el partido cuyos dirigentes firmaron el acuerdo de adhesión con el Mercado Común Europeo, mal negociado, que liquidó sectores enteros de nuestra economía ¡justo los que suponían una competencia para las economías alemana y francesa! Nuestra siderurgia simplemente se liquidó, nuestra minería desapareció sin dejar señas y nuestros astilleros se evaporaron, para colmo, España que debería de haber sido el “granero de Europa” y, como mínimo proveedor de buena parte del vacuno, vio como nuestra agricultura quedaba completa y progresivamente laminada: primero con la imposición de cuotas, luego con decretos sobre el arranque de olivares y viñas, más tarde con la limitación de producción lechera, finalmente con los acuerdos preferenciales con Marruecos, Argelia e Israel. Sólo cinco años antes, en 1980, el que suscribe se enteró de que no podían exportarse manzanas españolas a Europa hasta el mes de septiembre para no dañar la producción francesa (más tardía). Pero cuando España entró en la UE no obtuvo ni una sola medida favorable para el desarrollo de su agricultura, salvo un régimen absurdo de subvenciones y ayudas que, por una parte, subsidiaban la plantación de vides y por otra… su arranque.

El resultado de todo esto fue que nos empobrecimos. La desaparición de la “tecnocracia de Bruselas” y el abandono de la planificación económica a escala continental fue sustituida por la “burocracia de Bruselas” y el libre mercado dentro de un mundo globalizado en el que la UE era una parte marginal.

Un sistema esclerotizado

Recibimos durante unos años fondos estructurales como compensación para no ser competitivos en relación a Alemania y a Francia. Cuando se acabaron estos fondos, tuvimos que empezar a ser nosotros quienes entregaran fondos para las nuevas incorporaciones a la UE, dándose la paradoja de que, cuando estalló la “gran crisis económica” nos convertimos en país que necesitaba fondos de la UE y del Banco Central Europea para sobrevivir… y al mismo tiempo prestábamos ayuda a países en crisis como Grecia o Chipre.

Pero el desastre no es sólo económico, sino también político, social, étnico y cultural. Hoy, Europa está completamente desfigurada en todos estos terrenos: recientemente, repasando los textos de los “no conformistas” franceses de los años 30, he podido percibir que la crítica al parlamentarismo que se realizaba ya entonces podría ser suscrita en los mismos términos, sin añadir una sola coma; la única diferencia es que en aquellos años el parlamentarismo podía ser sustituido por un régimen mucho más razonable, mientras que hoy nadie quiere reconocer su fracaso, ni el fracaso de los partidos políticos, ni siquiera la caída en picado de la clase política europea en su conjunto, y, por tanto, estos regímenes actuales, son tan sacrosantos para defender los intereses de la plutocracia y del gran capital, como inservibles para acometer reformas en profundidad. En ocasiones, cuando la esclerosis de un organismo llega a su paroxismo, éste queda agarrotado e inmovilizado para siempre. Esto es lo que le ha pasado a los regímenes políticos europeos, y a la propia Unión Europea: su drama consiste en que ya no sirven… pero tampoco pueden ser modificados.

Por eso los jóvenes se van, no sólo de España, sino también de Europa. Alemania resiste, pero el “oasis alemán” es un mito: los mini-jobs con salarios de 400 euros, el descenso de la producción industrial, la deslocalización y el paralelo auge de los servicios, de la economía especulativa, las bajas tasas de natalidad, el desplome social, la pérdida de valores y de identidad de las poblaciones, todo ello afecta a Alemania especialmente. Los conflictos étnicos se extienden desde Berlín hasta Malmoe y desde la banlieu Francesa hasta la aglomeración de Bruselas, a pocos pasos de las oficinas de la UE.

El proyecto franco-alemán de constituirse como eje hegemónico de Europa (gracias a su producción de hierro y carbón, esto es, de acero y a su masa de población) naufraga por una razón: está incluido dentro de un mundo globalizado y la globalización pesa contra el antiguo “primer mundo” y juega a favor de las economías asiáticas (mano de obra interminable, salarios de hambre, sin apenas coberturas sociales, proximidad a las materias primeras, etc.). El mundo globalizado es, por definición, un mundo desequilibrado en donde los capitales fluyen de un lugar a otro del planeta, canalizados por las bolsas, siempre en busca de los mejores rendimientos especulativos, y nunca fijos a ningún país concreto.

Mismos problemas, distintas intensidades

Pues bien, ese proyecto ha fracasado. Llevo dos meses en Canadá hablando y discutiendo con gente de todo el mundo y lo que puedo constatar es que un mundo globalizado es un mundo en el que por todas partes aparecen los mismos problemas (corrupción, paro, inmigración, inestabilidad, pérdida de derechos sociales), lo único que varía es la intensidad de los mismos: extrema en el caso de España, avanzada en el caso de Francia, incipiente en el caso de Alemania y apenas perceptible en Canadá.

Hace falta reconocer, pues, dos hechos incontrovertibles: 1) la globalización es inviable y 2) la Unión Europea ha fracasado. La solución a ambos problemas pasa por lo mismo: la toma de conciencia de los europeos de su destino común y su negativa a figurar entre los soportes de la globalización; solamente la creación de un espacio económico europeo, emancipado de la globalización y con fuerte conciencia identitaria podría sacarnos del impass actual.

Pero, para ello, haría falta que el poder lo detentaran verdaderos “estadistas” y no marionetas coriáceas y/o bobaliconas como en la actualidad. Y eso es pedir mucho. Los regímenes europeos implantados después de 1945 y en España a partir de 1978 están ideados solamente para “durar” al margen de cuáles sean sus logros y la efectividad de su gestión. Inamovibles, o bien hay que dejar que se desplomen solos (nada dura eternamente en especial ante embates como la actual crisis económica que también se eternizará mientras prosigan las actuales circunstancias) o bien hay que clavar en sus flancos la piqueta de demolición. O bien, claro está, hacer lo que en estos momentos están haciendo cientos de miles de jóvenes europeos: abandonar el continente en busca de zonas en las que el proceso autodestructivo al que hemos aludido esté menos acusado.

© Ernesto Milá – infokrisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com – prohibida la reproducción sin indicar origen.

 

 

 

Homenaje a Venner (III)

Homenaje a Venner (III)

Info-krisis.- Nos hemos propuesto rendir homenaje a Dominique Venner, popularizando algunos de sus textos. Hoy hemos elegido la introducción de El blanco sol de los vencidos en que narra la historia de la Confederación de Estados Americanos y la epopeya de los hombres de Dixieland, un texto que traducimos hace cinco años y en el que el autor evidencia la simpatía por la causa del Sur. Históricamente, esta obra sigue a la de Baltikum, dedicada a la gesta de los Cuerpos Francos tras la Primera Guerra Mundial.

Dominique Venner

El blanco sol de los vencidos

La epopeya sudista y la guerra de secesión

1607-1865

AGRADECIMIENTOS

Expreso mi gratitud a los que me han prestado su concurso para reunir la documentación de esta obra y elaborarla. Mis agradecimientos se dirigen particularmente a Renée Lemaitre, del Centro Cultural Americano, a Jean Bourdier, Pierre Joannon y Albert Krebs, conservador en la Biblioteca Nacional, cuya ayuda y consejos me han resultado inestimables.

D.V.

“No han existido sobre la tierra dos naciones, que estuvieran separadas de forma distinta y hostil como nosotros. Ni Cartago y Roma, ni Francia e Inglaterra, en ningún momento”

James H. Hammond,

Gobernador de Carolina del Sur

“La guerra que emprendemos es diferente de las guerra ordinarias. No se trata de conquistar una paz o un tratado ventajosos, sino de golpear a una población suficientemente numerosa, inteligente y guerrera, para constituir una nación. El conflicto que empezó contra un partido, es ahora una lucha contra todo un pueblo”

General Mac Clellan,

Comandante en jefe de los ejércitos nordistas.

“El Sur era el pueblo mismo y combatía por su propia existencia como nación, por su independencia, por sus campos y sus hogares”.

Mayor Scheibert,

Oficial prusiano destacado en los ejércitos sudistas.

 

I

EL NACIMIENTO DE UNA NACIÓN

 

Después de tres días, la soñadora ciudad de Charleston se ve arrancada de la placidez sensual de sus jardines tropicales. Aquí, el invierno no es más que dulzura. Hay grupos reunidos en las calles. Los amplios sombreros panamá de los plantadores se lucen junto a los miriñaques. Jóvenes caballeros, con botas altas, recorren la ciudad al galope. Al caer la tarde, un rumor ardiente como la esperanza vuela entre los grupos. Los miembros de la legislatura han votado por unanimidad la independencia de Carolina del Sur.

La alegría de las masas estalla bruscamente. La ciudad más ampulosa del viejo Sur parece embriagada. Tras el Palmetto Frag, emblema de Carolina, se forman manifestaciones con respetables gentlemen, jóvenes gesticulantes y damas con las mejillas enrojecidas de exaltación.

A la mañana siguiente, el 21 de diciembre de 1860, los diarios de Charleston, la antigua Charles-Town de Carlos II Stuart, publican las informaciones de los demás Estados bajo la rúbrica “Noticias del extranjero”.

Otros diez Estados seguirán a Carolina del Sur y elegirán la aventura de la libertad. Abandonarán la Unión y constituirán la Confederación sudista. Mary Chesnut, esposa de un senador de Carolina del Sur, anotará en su diario: “Nos hemos separado por incompatibilidad de caracteres, nos odiábamos demasiado”. Una incompatibilidad y un odio tan antiguos como la colonización.

*          *          *

En 1763, dos agrimensores ingleses, Charles Mason y Jeremiah Dixon fueron comisionados para arbitrar una disputa de lindes entre los herederos del más ilustre de los cuáqueros, el almirante William Penn y los de lord Baltimore. El primero de estos personajes había fundado en 1630 la futura Pennsylvania. El segundo había recibido por donación real, dos años más tarde, un amplio territorio medianero más al sur. Este terreno se convertirá en Maryland, en homenaje a Enriqueta-María, mujer de Carlos I Estuardo.

Los dos geómetras trabajaron con aplicación durante tres años. Nada los detuvo, ni la intemperie, ni las enfermedades, ni los indios. Más de una vez, debieron cambiar sus teodolitos por el fusil de sílex. Habrían podido llegar hasta el Pacífico el trazado del paralelo 39, 42 minutos y 26 segundos y 3 décimas que limitaba sobre el mapa los territorios respectivos de Pensilvania y de Maryland. Se detuvieron sin embargo en las crestas de los Alleghanys, límites occidentales de las tierras reivindicadas en la época por la Corona.

Sin saberlo, los dos agrimensores acababan de determinar la línea oficial de partición entre el Norte y el Sur, entre Dixie Land y el país Yankee (1) [La palabra Dixie es de origen francés. Viene de Luisiana donde los primeros billetes de diez dólares llevaban la palabra “dix” en grandes caracteres. En cuando a Yankee, es una deformación de “John Cheese” (Juan Queso) sobre nombre que se dio en el pasado a los colonos holandeses de Nueva Ámsterdam (Nueva York)]. Su minucioso trazo abrió en el suelo de los Estados Unidos la más sangrienta herida de su historia. La cicatriz no está todavía curada.

El azar quiso en efecto que esta frontera arbitraria coincidiera con la de dos mundos ajenos el uno al otro. Apenas cien millas separaban Filadelfia, primera ciudad de Pensilvania, y Baltimore, capital de Maryland. Pero estas millas medían más de diez veces su anchura. “Tras haber caminado una o dos horas por Filadelfia -suspiraba Charles Dickens-, habría dado no importa qué para una calle que girase”. Filadelfia, la austera ciudad de los cuáqueros es lúgubre con sus sombrías avenidas en ángulo recto, mientras que Baltimore es reluciente con sus fuentes, sus casas de ladrillo rojo con columnas blancas y mármoles rutilantes.

En una fórmula que resaltaba su paradoja, a pesar de no ser completamente cierta, Pierre Belperron denunció en “la corriente fría del Labrador, los mares árticos descienden hacia el sur acariciando la costa americana, siendo la primera responsable de la guerra de Secesión. A la altura de la línea Mason-Dixon esta corriente fría llegada del norte se mezcla con las aguas cálidas del sur.

Nueva York está en la latitud de Madrid, con inviernos más rigurosos y veranos más duros que los de Berlín. Por el contrario, desde Maryland, se penetra en la dulzura mediterránea. Contra más se desciende hacia el sur, más el clima se calienta hasta convertirse en tropical. Tanto como el clima del norte es vivificante, el del sur es relajante. El uno conduce a un ritmo de vida precipitado, el otro invita a la distensión. Bajo el clima del Norte, se vive presionado por el tiempo. En el Sur, se utiliza el tiempo para vivir.

El clima y el suelo del Norte no ofrecerán a los primeros emigrantes más que recursos análogos a los de Inglaterra. Apenas recogerán los recursos justos para alimentar a su familia. En las colonias meridionales, los plantadores podrán entregarse a los cultivos exóticos intensivos, tabaco, arroz, caña de azúcar o algodón que marcarán tanto a la sociedad del Sur.

Esta oposición natural del clima y de la geografía se agravará con la de los hombres y de la historia.

*          *          *

Enrique IV reinaba aun sobre el trono de Francia cuando el capitán John Smith desembarca con ciento tres compañeros, los únicos supervivientes de una terrible tempestad, en la bahía de Chasepeake en Virginia, el 13 de mayo de 1607. Veinte años antes, Sir Walter Raleigh, favorito de la Corte, había fracasado en un primer intento de colonización de la costa americana. En honor de su soberanía, Isabel I, la “reina virgen”, había llamado a esta tierra Virginia.

Provisto de instrucciones precisas de la Compañía de Londres, futura Compañía de Virginia, John Smith edifica un fuerte triangular que bautiza con el nombre de Jamestown, en recuerdo a la gloria de Jacobo (James) I Estuardo. Con esta toma de posesión funda la primera colonia anglo-sajona de América. Será preciso esperar trece años más para que los “Padres Peregrinos” del Mayflower, plegaran las velas lejos de la bahía de Jamestown; en efecto, atracarán más al norte sobre la costa desolada del cabo Cod, tras haber sido desviados por una tempestad.

John Smith y sus colonos desbrozan el suelo, siembran trigo y cultivan los vientos. La tierra de Virginia es muy gruesa para el cereal europeo. La disentería, las enfermedades y algunas disputas devorarán a los efectivos. Al cabo de un año, la colonia se ha difuminado y el cementerio está poblado. Los treinta y ocho supervivientes serán salvados por la energía y la habilidad de John Smith que ha conquistado la amistad del jefe indio Powhatan. Entre dos pacíficos calumets [pipas de la paz], éste enseña a los blancos el cultivo del trigo indio o maíz, a partir de entonces bautizado trigo americano, corn.

En 1612, uno de los principales colonos, John Rolfe, que cultiva una planta medicinal contra la malaria, el tabaco, descubre un método para deshacerse de su gusto amargo. Este tabaco de Virginia suplantará rápidamente el tabaco español que sir Walter Raleigh había introducido en Inglaterra. Se convertirá en la principal riqueza de Virginia y de su hija, la colonia de Maryland.

Contrariamente a los puritanos del Mayflower que acaban de fundar en las Américas una nueva patria tolerante con su fanatismo, los primeros colonos se Virginia, son ante todo, aventureros. Buscan fortuna o en su defecto, una vida más agradable que la de una Inglaterra superpoblada. El cultivo intensivo del tabaco y sus fructuosos beneficios, encajan perfectamente con su personalidad. Sin embargo, exige una mano de obra importante. Los indios rechazan colaborar con estos cultivos, consideran que trabajar la tierra es algo degradante. No se trata, por lo demás, de reducirlos a la esclavitud, antes prefieren morir. A causa de esta prueba de orgullo, los sudistas del litoral albergarán siempre una gran estima por los indios a los que, a menudo, asociaron a su destino.

Una solución provisional se encuentra con el sistema de los indentured serventds, los engagistes [embarcados] de las Antillas francesas. Se trata de voluntarios para las colonias. Pagan su viaje mediante un contrato de trabajo de cuatro años que los transforma en esclavos temporales. Al desembarcar, estos hombres y mujeres son vendidos en las subastas por el capitán. Tras la expiración del contrato, se convierten en hombres libres, reciben un pequeño equipo y un lote de tierra para tentar la fortuna. Condenados por delitos comunes y convictos, pueden beneficiarse de las mismas “ventajas”, con la diferencia de que están ligados a sus dueños durante siete años.

Pero esto no es más que un paliativo insuficiente. Esta esclavitud momentánea es muy breve para ser verdaderamente rentable y demasiado débil para responder a las necesidades de las plantaciones. Estas no dejan de multiplicarse. Reclaman una mano de obra cada vez más considerable. La solución, escandalosa a nuestros ojos, normal en la época, es aportada en 1619. Este año, el secretario de la asamblea de Virginia anota sobre el diario de la colonia: “Un navío holandés nos ha entregado veinte negros de África”.

Con la llegada de estos primeros esclavos, se inicia una industria de la que América no ha terminado de pagar todavía los dividendos.

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La importación de “madera de ébano” es lenta hasta el final del siglo XVII. El tratado que hace la fortuna de Nantes, derrama prioritariamente sus cargamentos en las Antillas. En 1671, apenas se cuentan 2.000 negros en Virginia, donde residen tres veces más “servidores cristianos”. Todo cambiará cuando los armadores del Norte han evaluado los beneficios que pueden extraer de este odioso tráfico. El oro ocultará los escrúpulos. Los negreros puritanos alzarán los ojos al cielo. Olvidarán sus principios de universal igualdad y su creencia en el carácter redentor del trabajo en libertad. La argumentación calvinista tiene respuestas para todo. Propone el siguiente silogismo: el Señor bendice la riqueza. El tratado es el medio más rápido para asegurarse la riqueza. Por tanto, el Señor bendice el tratado.

En 1752, en Newport, un bonito barco de 40 toneladas cuesta de 24 a 27 libras la tonelada. Puede trasladas entre 120 y 150 negros que se venden a una media de 35 libras por cabeza. El beneficio es tanto mayor en tanto que se practica el “viaje triangular”. Los negreros van a las Antillas o en el Sur a adquirir melazas que son transformadas en ron por sus compatriotas, destiladores de Nueva Inglaterra [Nueva Inglaterra (New England) es el nombre dado a las cuatro primeras colonias establecidas en América del Norte y por debajo del río San Lorenzo: Massachussets, New Hampshire, Conneticut, Rhode Island, a los que se añadieron más adelante, Vermont y el Maine]. El cargamento de ron es intercambiado en las costas de Guinea por esclavos y estos son vendidos en las colonias del Sur o en las Antillas. Luego el ciclo comienza de nuevo.

En 1770, Rhode Island cuenta con 170 barcos negreros. Los puertos de esta colonia de Nueva Inglaterra aseguran el mayor volumen de tráfico, con Newport, Providence –un nombre preciso-, New Bedfort, luego Nueva York y Boston.

Ciertamente, los Justos de Nueva Inglaterra no son unos hipócritas, pero el espíritu puritano no se opone aún a la esclavitud de razas juzgadas inferiores. Hasta finales del siglo XVIII, la esclavitud aparece para todos como una institución legítima. No se suscita ningún rechazo y el Norte, por su parte, importa también esclavos negros. Si la esclavitud se desarrolla poco en comparación con el Sur, es a causa del clima riguroso, los cultivos y las costumbres de Nueva Inglaterra no son los apropiados para los negros. Sin embargo, se contarán 18.000 esclavos en el Nor-Este en el censo de 1820.

Por el contrario, bajo el cielo del Sur, la esclavitud prolifera y los colonos adoptan el modo de vida de los plantadores franceses de las Antillas.

Ante el flujo de esclavos en las aceras de Charleston, Savannah en Georgia o de Norfolk en Virginia, la mano de obra blanca desaparece. Los colonos más activos se convierten en plantadores. Los otros son relegados a la categoría inferior de “granjeros” cultivando la tierra con sus manos, o también “pequeños blancos” miserables, que sobreviven con la caza, la pesca y pequeños huertos.

Los emigrantes de Nueva Inglaterra viven prácticamente en autarquía. No piden al suelo más que su alimento, esperando hacer fortuna en los negocios, la manufactura o la trata de esclavos. A la inversa, los plantadores de Virginia no pueden pasar sin negociar. Venden sus pacas de tabaco a los navíos de Londres, luego a los de Nueva York, y les compran víveres, muebles, objetos manufacturados, también mujeres, sin hablar de esclavos. La noble explotación del suelo es su única fuente de beneficios. Así se forja en el Sur una tradición aristocrática y agraria, en oposición a la tradición burguesa y mercantil del Norte.

Estas diferencias se acentuaron a mediados del siglo XVII, con la llegada de nuevos emigrantes de noble cuna, los Cavaliers. Estos barones huían de Inglaterra tras la ejecución de Carlos I Estuardo. Los hugonotes franceses les siguieron de cerca, mientras que el Norte se enriqueció en el curso del decenio siguiente con los “Cabezas Redondas”, los “niveladores”, antiguos partidarios de Cromwell y adversarios de los Cavaliers que la restauración de los Estuardo sobre el trono de Inglaterra expulsó a su vez. Basta reemplazar a los Cavaliers por los carlistas y los Cabezas Redondas por los isabelinos para imaginar los sentimientos que los colonos del Sur podían alimentar respecto a los del Norte y recíprocamente.

Al plantador del Sur que cultiva tabaco y el arte de vivir, corresponden las moradas lujosas, las conversaciones ingeniosas y las diversiones elegantes, se opone el puritano de Nueva Inglaterra. Este hombre de Dios ha firmado un contrato con el Cielo para triunfar sobre la tierra. A cambio del rigorismo de su existencia, espera de Jehová que favorezca sus negocios.

Trabajador endurecido, espíritu emprendedor, ignorando los escrúpulos y la piedad, enérgico tanto como astuto, avanza con seguridad hacia la fortuna y el conflicto. Su aire digno y acompasado, su hábito negro, sus cabellos lacios, todo en él anuncia al feliz compañero. En Boston, el hecho de reír en domingo es castigado con prisión. La frivolidad de los puritanos se detiene con la lectura de la Biblia y con la perorata del predicador.

Los Estados de Nueva Inglaterra se ven sometidos a la tiranía de las sectas religiosas y de su clero. Se persigue a los disidentes. En Plymouth se les ejecuta. Se quema a los “brujos” o se les cuelga.

El asunto de las brujas de Salem, elevado a la celebridad por la famosa obra teatral de Arthur Miller, es la ilustración del clima de obsesiones que reina entre los puritanos. En 1629, estos últimos han fundado en la ciudad de Massachussets la primera Iglesia congregacionista de América. Su fanatismo alimentará la locura colectiva que se apropia de la aldea y las granjas en 1692. Del mes de mayo al mes de septiembre, diecinueve personas son colgadas como adeptos del Maligno, catorce mujeres y cinco hombres. La que hace veinte es muerta siguiendo un método más original, el del “prensado”, como si fuera un limón al que se le extrae el jugo. Otros dos mueren en prisión, sin duda no a causa de los buenos tratos, precisamente. Más de un centenar de desgraciados son encarcelados y, para no relajarse, los pastores congregacionistas inculpan a doscientas personas más por crimen de brujería. Sin la viva reacción que provoca la enormidad del asunto, una masacre general se habría producido en el mes de octubre. Las víctimas serán rehabilitadas en el curso de un contraproceso en buena y debida forma... dos siglos y medio después.

Los plantadores no tienen más que desprecio por el sectarismo y la intolerancia de estos puritanos, cuyos manejos en los negocios suele rozar la canallada. Un virginiano escribía en 1736: “Los santos de Nueva Inglaterra son muy hábiles en avalar a un perjuro hasta el punto de no quedarles mal gusto en la boca; ningún otro pueblo sabe deslizarse como ellos a través del código”.

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En el siglo XVIII, Jamestown es abandonado y la capital de la colonia es transferida a Williambsbourg, menos expuesta a las miasmas de las tierras bajas. Tal como aparece ante nuestros ojos, tras haber sido amorosamente restaurada, es una ciudad de gentilhombres. La arquitectura de las viejas mansiones está llena de encanto nostálgico. Pero una cierta rudeza recuerda que las pelucas y las ropas en cestas, debían componer con un país salvaje y peligroso, con las turbulencias y los conflictos de una colonia joven y violenta.

Incluso cuando llevan peluca, los plantadores siguen siendo hombres a caballo con costumbres y modos violentos. Maestros indiscutibles en su terreno, puntillosos en su honor, dispuestos a pedir reparación por las armas, no soportan ninguna contrariedad, ninguna autoridad. Si algunos se conducen como un sátrapa con un haren de jóvenes esclavas, la mayor parte tienen un agudo sentido de las obligaciones que les impone su aplastante superioridad. Sus esclavos son tratados sin brutalidad. Para éstos son patriarcas que dispensan el alimento, cuidados, techo y seguridad. Velan también sobre los granjeros y los “pequeños blancos” de su condado, administran justicia y socorren a los indigentes. Más aun que el squire inglés, entre sus granjeros, el plantador es el señor de su tierra. Un señor feudal sin soberano.

Estos hidalgos campesinos trabajan con el cuero, el tabaco y el alcohol rubio. No aman nada tanto como galopar a lo largo de sus tierras, perseguir al zorro, cazar patos, beber licores secos, disfrutar de la siesta y de las fiestas. La verdadera vida para un hombre bien nacido.

La sociedad virginiana se edificará contra esta rugosidad. Para matarla, civilizarse, establecerá una estricta jerarquía social y segregará convenciones tanto más astringentes en tanto que son hechas para apremiar el temperamento explosivo de los colonos. Un código mundano riguroso aleja a la mujer de toda esta rudeza. Es la reina en esta sociedad, en la que el plantador es el lord. Un respeto absoluto impuesto por una etiqueta minuciosa la protege del deseo de los hombres y de la mirada de los negros. Quien no quiere ser situado en el mismo nivel social que los plantadores debe poder controlar su violencia y dominar su grosería en presencia de una mujer.

La riqueza contribuirá a que el gentleman-farmer adquiera un gusto por los placeres y por un estilo de vida cada vez más refinado. A imagen de su contemporáneo europeo, se inicia en las Luces, se muestra orgulloso de su biblioteca, envía a sus hijos a estudiar a Oxford, se entusiasma por la Enciclopedia, saborea la Nueva Heloisa, se autotitula gustosamente deísta y filántropo. Las sectas protestantes pierden sus fieles en beneficio de las logias masónicas. Soñando el mundo tal como debería ser, los salones de Virginia elaboran la Declaración de los Derechos y la futura constitución de los Estados Unidos.

El feliz plantador George Washington, que reina sobre 8.000 acres de buena tierra para el tabaco y sobre los esclavos de Mount Vernon, es uno de los adeptos de las ideas nuevas. Este patricio tiene tanta afición por las disputas filosóficas como por las cosas militares. Ha luchado contra los franceses de Luisiana en Fort-Duquesne. Ha ganado el grado de coronel de la milicia de Virginia y ha adquirido una experiencia que pondrá pronto al servicio de la lucha contra Inglaterra.

Sin embargo, los gentilhombres de Virginia no son los primeros en tomar las armas contra la Corona, en 1776. Pero desde el día en que se decidieron por la insurrección, la dirigirán. El venerable Old Dominium Stade es el más poblado, el más rico, el más evolucionado de las trece colonias inglesas insurgentes. Tras haber dudado en comprometerse, Virginia facilitó al general en jefe, una buena parte de las tropas y lo esencial del tesoro de guerra.

Mientras que otras colonias pensaban abandonar la lucha, Virginia soportará durante cuatro años el esfuerzo principal de los combates contra los Casacas Rojas de Su Majestad, del Canadá a Georgia. Finalmente, el general Cornwallis se hará en la trampa tendida en Yorkstown por Washington y sus aliados, de Grasse, La Fayette y Rochambeau.

Menos de un siglo después, de 1861 a 1865, Virginia jugará un papel análogo en el seno de la Confederación sudista. Rechazando inicialmente la secesión, emprenderá finalmente la dirección e incluso la bisnieta de George Washington se casará con el primero de sus soldados, el general Robert E. Lee.

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La independencia de las colonias inglesas de América se adquiere en virtud del tratado firmado en Versalles en 1783, dos años después de la victoria militar de los insurgentes. Virginia quedará como piloto de los otros trece Estados constitutivos de la Unión [Maryland, Delaware, Virginia, Carolina del Norte, Carolina del Sur y Georgia para el Sur. Massachussets, New Hampshire, Conneticut, Rhode Island, New Jersey, New York y Pennsylvania, por el norte]. Cuatro de los cinco primeros presidentes, Washington, Jefferson, Madison y Monroe, son virginianos, como lo serán el noveno, el décimo y el duocécimo, Harrison, Tyler y “Old Zach” Taylor. Los mercaderes y los armadores de Nueva Inglaterra se inclinan ante la superioridad intelectual de la aristocracia virginiana y ante su precisión en los asuntos políticos. Temiendo por encima todos los riesgos y la aventura, desconfían de la audacia de que dan muestra la élite de los plantadores, por ejemplo en la adquisición de Luisiana.

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Antiguo embajador de los Estados Unidos en Francia, convertido en secretario de Estado bajo George Washington, esperando acceder a la presidencia, el virginiano Thomas Jefferson concibe una política extranjera ambiciosa. Los burgueses del Norte, con la nariz sobre sus libros de caja, le serán completamente espantosos. Jefferson ha comprendido la importancia de la Luisiana francesa: un inmenso territorio que no tiene nada que ver con los límites del futuro Estado. Se extiende desde la frontera canadiense al golfo de México y engloba el fantástico valle del Mississippi. El Old man river, padre de las aguas, constituye la desembocadura natural de América del Norte hacia el Golfo de México.

Conquistada y colonizada por los franceses del caballero de la Salle bajo Luis XIV, devuelta a España por el tratado de París en 1763, Luisiana es recuperada por Napoleón en 1800. El Primer Cónsul intenta reforzar las posiciones francesas a fin de crear un poderoso conjunto colonial articulado en las Antillas. Pero una Francia fuertemente establecida en Luisiana representaría para los jóvenes Estados Unidos una amenaza mucho más seria que la de una España debilitada. Bonaparte no oculta por otra parte su intención de suprimir el privilegio de circulación sobre el Mississippi concedido por España a los Estados Unidos.

En el instante en que Jefferson se entera que Bonaparte envía un ejército bajo el mando del general Victor para ocupar la colonia, juega con audazmente. Sin ni siquiera consultar al Senado, propone comprar Luisiana. El Primer Cónsul rechaza primeramente la idea con energía. Luego, tras el fracaso de la expedición de Santo Domingo, y debiendo afrontar los costosos preparativos del campo de Boulogne, concluye en la imposibilidad de mantener estas tierras lejanas. El 30 de abril de 1803, cede Luisiana a los Estados Unidos por quince millones de dólares, es decir, por casi ochenta millones de francos-oro.

Jefferson acaba de conseguir el más fantástico éxito diplomático de la historia americana. Con la compra de Luisiana la Unión duplica su superficie. Acto seguido se constituirán trece Estados. La adquisición del gran río, de sus afluentes y de su desembocadura desplazará el conjunto de las actividades de la costa atlántica hacia el interior. Los amplios espacios y los inmensos recursos naturales del valle adelantarán la “frontera” lejos hacia el poniente, bajo el aflujo ininterrumpido de más y más inmigrantes.

Nueva Inglaterra manifiesta inmediatamente su hostilidad. Denuncia la política “ruinosa” de Jefferson. No percibe la amplitud y la importancia de la adquisición. Percibe, sobre todo, que la Babilonia sudista va a recibir con Nueva Orleáns un refuerzo de altura. No es necesario ver doble para convencerse de ello.

Nueva Orleáns, ciudad francesa y católica, es una colonia floreciente, un puerto en plena expansión y un núcleo de civilización, quizás sin equivalente fuera de Virginia. Los criollos –que son blancos de blancos y no mulatos como se cree en ocasiones con su gran cólera- se jactan de tener allí un segundo París. Antes de venir a Luisiana, estos colonos franceses han hecho a menudo sus primeras armas en las Antillas o en Santo Domingo de donde los ha expulsado la sangrienta revuelta de Toussaint Louverture. Sus tradiciones de cortesía, el lujo de sus moradas señoriales, el refinamiento de su mesa, la elegancia de su conversación, la libertad de sus costumbres, su tolerancia religiosa y filosófica, representan todo lo que Nueva Inglaterra detesta.

En cuanto los habitantes de Luisiana pidan su admisión con rango de Estado encontrarán la oposición vehemente del Norte. Por el contrario, los Estados del Sur los sostendrán activamente. A pesar de la obstrucción nordista, Luisiana será admitida en 1812 y se sentirá plenamente solidaria con el Sur. Le aportará numerosos soldados durante la guerra de Secesión. Uno de ellos, Pierre Toutant de Beaugerard, se convertirá en uno de los más célebres generales de la Confederación.

El esfuerzo criollo agrava la separación entre el Sur simbolizado por el virginiano y el norte representado por el yankee de Nueva Inglaterra. En el curso del siglo XIX, estas dos nacionalidades se enfrentarán en el seno de la Unión. “El yankee y el virginiano son dos seres muy dispares, señala Michel Chevalier en sus Lettres sur l’Amerique du Nord, publicadas por la Revue des Deux Mondes en 1836. Son los mismos hombres que se han rebanado las gargantas en Inglaterra bajo el nombre de Cavaliers y Cabezas Redondas. En América, donde no existe poder moderador, se devorarían entre sí, como antiguamente lo hicieron en la madre patria, si la Providencia no hubiera arrojado unos al Mediodía y los otros al Norte”. Michel Chevalier no podía prever que esta separación llevaría un día al Norte a devorar al Sur.

(c) Por la traducción: Ernesto Milà - prohibido reproducir sin indicar procedencia y utilizar esta traducción para fines comerciales.

Para acabar con Aznar...

Para acabar con Aznar...

Infokrisis.- En su momento, cuando Aznar llegó al poder en 1996 ya dijimos que, aparentemente, su único mérito consistió en oponerse a Felipe González y en ser objeto de un atentado por parte de ETA. Por lo demás, de él lo único que sabíamos es que había sido jefe de la sección de Institutos y Enseñanza Media del Frente de Estudiantes Sindicalistas durante unos años en la transición, aquella formación falangista disidente del Movimiento franquista, joseantoniana ortodoxa y católica. Sin embargo, sorprendentemente, tras aquel vacilante comienzo en el que empezó recibiendo el calor de un público devoto concentrado ante las puertas de Génova, gritando aquello de “Pujol enano, habla castellano”, a la vista de que su mayoría parlamentaria era relativa fue él quien declaró, contra todo pronóstico y contra la lógica más elemental que, él, Aznar “hablaba catalán en familia”. Luego supimos que las lenguas no se le daban muy bien y que, difícilmente hubiera trenzado amistad con el malaje de Bush de no ser porque este chapurreaba castellano mejor de lo que Aznar destrozaba la lengua de Shakespeare. Pero el episodio del “catalán en familia” y de su polémica con Bush sobre quién corría más en menos tiempo, Aznar ya había quedado suficientemente catalogado.

En efecto, durante sus años de estancia en el poder se benefició especialmente de la riada de fondos estructurales que llegó de la Unión Europea y que permitió abordar desde obras públicas hasta limpieza de fachada de catedrales. La construcción inició uno de sus tradicionales ciclos alcistas y pareció como si la larga noche del felipismo (agónico desde 1988 cuando empezó a despuntar el caso GAL y quedó claro que si alguien no tenía intención de luchar contra la corrupción era el PSOE (porque el PSOE “era” la corrupción) hubiera terminado y España fuera, sino una fiesta, si al menos quedara como terreno fértil para la esperanza.

Aznar tenía por delante un largo camino de reformas. Era evidente que las autonomías estaban costando demasiado y que, en especial, la catalana y la vasca se habían enquistado como problema. Resultaba también obvio que nuestra enseñanza estaba en crisis y que hacía tiempo que había dejado de formar jóvenes. En cuanto a la seguridad social y a las pensiones, se decía –y era falso- que no se podrían pagar a la vista del descenso de nuestra natalidad y del alza de la edad media (mentira estadística porque la vida de los españoles no se prolongaba, sino que lo que se disminuía era la tasa de mortandad de los recién nacidos, con lo que la edad media subía… estadísticamente). Los salarios eran bajos pero nadie –y menos Aznar- aludía a que la globalización estrenada en noviembre de 1989 y (caída del muro de Berlín) y sellada con la segunda guerra del Golfo (intervención americana en Kuwait) constituían los pistoletazos de salida de la globalización y en ese marco, poco podía aportar el trabajador español, cubierto por un sistema de seguridad social procedente, casi completamente, del franquismo y que el felipismo no había desarmado completamente.

El felipismo había aportado como “modelo económico” la promoción de la “marca España” mediante una serie de “eventos” en cadena (Quinto Centenario del Descubrimiento, Exposevilla, Olimpiadas del 92, generalización del envío de contingentes militares españoles a escenarios en conflicto) y con la llamada “reconversión industrial” (pago de Felipe González a la socialdemocracia alemana por haberle construido de la nada un partido, el PSOE inexistente durante el franquismo, y darle carburante económico suficiente para que llegara al poder) que liquidó nuestra industria pesada, nuestra minería y nuestros astilleros, parte de nuestra ganadería vacuna y de nuestra agricultura, que podían entrar en competencia con los intereses franco-alemanes y esto a cambio de unos “fondos estructurales” que, como aquel al que le tocaba la lotería, el felipismo empezó a dilapidar sin tener en cuenta que un día nos tocaría a nosotros entregar para el desarrollo de nuevos países miembros de la Unión.

Era evidente que faltaba un “modelo económico” y que Aznar debía aportarlo si quería superar las notas de corte para ingresar en la Zona Euro. Y lo hizo, vaya que si lo hizo. Aquellas aguas trajeron los lodos en los que hoy nuestro país sigue debatiéndose y ahogándose.

En efecto, ahora, cuando Aznar parece haberle cogido nuevamente el gusto a salir por la TV y a ejercer de oráculo político, cabría echarle en cara: “¿CON QUÉ MÉRITOS DAS CONSEJOS, TÚ QUE ERES EL RESPONSABLE DEL ARRANQUE DE LA BURBUJA INMOBILIARIA Y DE LA LLEGADA DE 7.000.000 DE INMIGRANTES?”

El  hecho de que Aznar sucediera al rey de los GAL y de la corrupción, el hecho de que precediera a la estupidez personificada en Zapatero, no le exime de sus responsabilidades que no fueron precisamente pocas.

1. No abordó ni una sola reforma necesaria en materia de ordenación del territorio, de contención de las autonomías, de reformas estructurales del Estado ni de sus servicios (especialmente sanidad y, muy especialmente, educación).

2. Creó un modelo económico neoliberal, de común acuerdo con la patronal inmobiliaria y con la banca basado en salarios bajos, acceso fácil al crédito y desarrollo hipertrófico del ladrillo, sin la más mínima barrera prudencial ni contención especulativa.

3. Para completar este modelo económico y garantizar los salarios bajos, entreabrió las puertas a la inmigración permitiendo que entraran bajo su mandato 3.000.000 de extranjeros, la mayoría de los cuales hoy ya tienen nacionalidad española.

4. Basó su política exterior en situarnos en el furgón de cola de todas las intervenciones del “amigo americano”, intervenciones en Afganistán e Irak, dictadas por los intereses del complejo militar-industrial-petrolero, verdadero guía del gobierno Bush.

5. Intentó imitar a los “grandes” del neoliberalismo, especialmente a la Tatcher, intentando obtener “prestigio” de cuestiones patrióticas como el “asunto Perejil” que, en realidad supuso una concesión a Marruecos por presión de EEUU (España seguiría siendo “titular” de la soberanía en el islote… pero no podría ejercerlo).

6. No hizo absolutamente nada para contener la corrupción, especialmente en los ayuntamientos (y de las que parte de los beneficiarios fueron miembros de su propio partido) que avanzaba imparable desde los tiempos del felipismo y de la mano con las inmobiliarias.

Todos aquellos errores (y algunos más de menor cuantía) estallaron en el período siguiente, cuando de manera brusca las bombas de 11-M (de cuyo origen NO SE CONOCE HOY ABSOLUTAMENTE NADA) pusieron fin, bruscamente, al gobierno del partido popular. Lo que ocurrió luego puede resumirse así: Zapatero, quien no tenía ni una sola idea en materia económica o política, se limitó a una primera legislatura en la que todo iba bien por inercial (en la medida en que seguían llegando fondos estructurales y que la “burbuja inmobiliaria-bancaria” todavía iba creciendo, optando por aplicar su enloquecido programa de “ingeniería social” dictado por los cerebros enfermos de la UNESCO, por la progresía y por el último tópico humanista-universalista, olvidándose de introducir las correcciones necesarias en materia ECONÓMICA (contención de la burbuja, retorno a la economía productiva) y POLITICA (freno a las autonomías, liquidación de “instituciones florero”, reformas en educación y sanidad). En el arranque de su segunda legislatura, cuando ya había estallado la crisis, ZP tardó en reconocer su existencia, dictó medidas absurdas que costaron más de ¡medio billón de euros!, contribuyendo a hacer que la crisis inmobiliaria pasara a ser también una crisis de deuda pública, y España cayó a plomo por el pozo sin fondo en el que Aznar nos había colocado colgados de un hilo de seda…

Aznar tuvo dos legislaturas: sus defensores se escudan en que en la primera no tuvo mayoría absoluta… pero sí la tuvo en la segunda. Y en esa segunda legislatura pudo corregir los primeros efectos deletéreos de las iniciativas erróneas tomadas en la primera (especialmente cuando ya se había producido el primer “efecto llamada” y cuando los precios de la vivienda estaban subiendo un 15% anual). No lo hizo, sino todo lo contrario. Actuó como si los problemas no existieran: negó que la delincuencia se hubiera disparado, que los salarios eran cada vez más bajos y los contratos basura del felipismo se habían generalizado. Miró a otro sitio, allí donde las grúas y las excavadoras daban la sensación de que había actividad económica. Confundió el aumento del PIB (que indica el volumen de movimiento económico) con la renta per cápita (la media de lo que ganamos cada español) y se refugió en las mentiras estadísticas de las cifras macroeconómicas para demostrar que… España iba bien. Y lo que iba era directa al precipicio.

Para colmo, quiso tener una “salida de caballero”: dos legislaturas y basta, quería irse con la cabeza bien alta de ser el “mejor presidente” en la historia de la democracia española (a fin de cuentas no era difícil: Suarez no fue más, como él mismo decía, que un “vendedor del Corte Inglés”, alguien que solamente sabía camelar a unos y a otros, Calvo Sotelo, un monolito indolente situado más allá del bien y del mal y, además, breve, sobre Felipe y Zapatero su gestión fue nefasta en el primer caso, y nefanda en el segundo. Así que no era difícil superarlos. Aznar le facilitó a Rajoy lo que debía ser su última carambola: una elección segura en 2004.

Y entonces llegaron las bombas del 11-M. A los efectos brutales del atentado (192 muertos) se unió una campaña mediática preparada de manera anticipada y la incapacidad de un ministro del interior sin ningún mérito (salvo el ser un yes-man de Aznar, un mero servidor sin iniciativa, ni capacidad de análisis, ni criterio propio) que una y otra vez echó la culpa a ETA (cuando ya existían nexos de unión entre ETA y funcionarios de Interior a través de Josu Ternera), negándose a aceptar el hecho de que ¡SE IGNORABA Y SE IGNORA QUIEN IDEÓ EL ATENTADO, SABIÉNDOSE SOLO QUE UNOS “MORITOS” IMPRESENTABLES FUERON LA CARNE DE CAÑÓN DEL MISMO!

Inútil decir que Aznar fue víctima de su propia trampa: desde el verano de 2001 había permitido que se publicaran reiteradamente las noticias en España de que existían “tramas islámicas”, cualquier dossier que llegaba de los EEUU procedente del Departamento de Estado, del Departamento de Justicia, del Pentágono, del FBI, era considerado como VERDAD OFICIAL por el ministerio de defensa, por el ministerio del interior, por el CNI, por la Audiencia Nacional… Y esos informes FALSOS Y ELABORADOS EN OSCUROS LABORATORIOS DE OPERACIONES PSICOLÓGICAS INDICABAN QUE HABÍA “YIHADISTAS” EN ESPAÑA DISPUESTOS A ACTUAR… Durante el período Aznar se detuvo a 200 “islamistas”, la mayoría de los cuales habían militado en formaciones de ese tipo… durante la guerra civil argelina, pera optar luego por retirarse y emprender el camino de la emigración a Europa.

Cuando PRISA, dos minutos después de los atentados del 11-M sentenciaba que eran de marca islamista, mientras que el jefe de los TEDAX decía telefónicamente a Acebes que se trataba de un atentado etarra, estaba generando el efecto “rebote” en la opinión pública. Acebes y Aznar entendieron pronto que si aludían a la responsabilidad islamista caerían víctimas de su propia trampa y que eso generaría el trasvase de 3.000.000 de votos de rechazo a la guerra de Irak que, hasta ese momento, estaban dispuestos a olvidar ese “pecadillo” de Aznar, pero no si el “pecadillo” costaba 192 vidas…

En lugar de convocar al “Pacto Antiterrorista”, realizar una declaración común, comprometiendo al PSOE y afirmando la ÚNICA REALIDAD: QUE SE IGNORABA QUÉ CEREBRO CRIMINAL HABÍA IDEADO EL ATENTADO, Acebes quiso mantenerse 48 en la idea inicial de responsabilidad de ETA. Ya se conoce el “principio de Peter” sobre los distintos niveles de incompetencia: un incompetente, nombra a gente más incompetente que él para que no le haga sombra. Eso explica por qué un tipo vinculado a grupos extremistas católicos –Legionarios de Cristo- estaba situado en un cargo para el que, obviamente, no tenía la más mínima experiencia ni idoneidad.

Aznar y el aznarismo fueron arrojados del poder con una brutalidad y una brusquedad sin precedentes. Ni hoy en el gobierno, ni ayer en la oposición, NO INSISTIERON EN QUE SE INVESTIGUE DE UAN VEZ POR TODAS, PARTIENDO DE CERO, LOS ATENTADOS DEL 11-M. Todos saben que parte de la responsabilidad recae en funcionarios que estuvieron a las órdenes de Acebes, vinculados a anteriores cúpulas de Interior y que los ministros del PP nunca consiguieron ni aislar, ni siquiera relevar de sus responsabilidades.

Aznar estuvo callado durante los años aciagos del zapaterismo y hace poco volvió de ultratumba (con el pelo recortado, las canas teñidas, el bigote afeitado y el labio de escayola bien visible), presentándose como si hubiera sido un “gran presidente”. Fue, eso sí, la gran oportunidad que tuvo este país antes de hundirse, probablemente para siempre, en la crisis y la desesperanza. La desaprovechó y, no solamente eso, FUE EL DESENCADENADOR Y EL CAUSANTE DE LA BURBUJA INMOBILIARIA. Zapatero tenía razón: a él le había estallado entre las manos, como al gilipollas que tiene una granada de mano sin anilla y en lugar de resolver la situación, opta por ponérsela en la boca. Lo triste de Zapatero es que de lo único que se le puede acusar es de “bambi” de la vida, de “bobo ilustre” y de humanista baboso sin dos dedos de frente, es decir, del mediocre rodeado de mediocres que actúa mediocremente ante una situación excepcional como fue el desencadenamiento de la crisis inmobiliaria en el verano de 2007. Es lo que tiene ser elegido democráticamente por un electorado víctima de la telebasura, las sucesivas reformas educativas y el miedo por perder lo poco que tiene.

¿Y Aznar? Aznar pasó por el FES, así que sabe que la crítica que realizó José Antonio Primo de Rivera a la democracia y al parlamentarismo sigue siendo válida. Es difícil que haya podido olvidar también lo que era el patriotismo que se desprende de las lecturas que debió realizar en su juventud. Y también es difícil que haya podido olvidar los ideales de justicia social y servicio que tuvo en otro tiempo. El oportunismo y la ambición pueden ser tomados momentáneamente como sustitutivos, pero hay momentos, en la soledad, antes  de conciliar el sueño en el que, seguramente, debe pensar en todo el daño que ocasionó a millones de personas su amigo Bush; Aznar, en esos momentos, debe ser consciente de que en el origen de la crisis actual está su modelo económico; consciente de sus silencios ante la globalización y consciente de que no hizo todo lo que podía para contener al nacionalismo catalán; consciente de que sus 3.000.000 de inmigrantes a los que permitió entrar marcaron el camino a los otros 4.000.000 que llegaron después y que esos recién llegados contribuyeron, no a la “justicia social”, sino a abaratar los salarios, a aumentar la conflictividad en las calles, a convertir en caótico nuestro mercado laboral, haciendo la vida mucho más difícil, sino imposible, para millones de españoles. Y si no es capaz de pensar ni siquiera eso que es evidente para alguien con dos dedos de frente, es que, simplemente, como otros presidentes de gobierno anteriores, está, literalmente, loco.

¿Con qué cara se presenta Aznar ahora a los españoles? Debería de estar avergonzado y abochornado por lo que hizo él y por lo que hoy hacen las gentes que él colocó para sustituirle. Debería de estar avergonzado con que 192 muertos sigan preguntando desde el más allá, por qué tuvieron que morir. Debería de pedir disculpas por idear y aplicar un modelo económico suicida por el que todavía y durante muchos años más nos seguiremos debatiendo en la ruina. Debería de arrodillarse ante toda la nación y pedir perdón por las reformas que pudieron hacerse y que jamás se hicieron.

Eso y no otra cosa es lo que nos hubiera gustado oír de José María Aznar. Eso, claro está, y el reconocimiento de que la Trama Gürtel creció bajo su mando y… finalmente, le pagó la iluminación en la boda de la niña… Porque lo de que PRISA está quebrada, eso ya lo sabíamos… y que Aznar cobra de un grupo internacional rival de comunicación, por cierto, también lo sabíamos. ¿”Aznar el honesto”? ¿Ah, pero en el actual régimen queda alguien honesto? De ser así habría que conservarlo en formol como rara avis.

© Ernesto Milá – infokrisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com

 

 

 

 

Jeune Nation y Venner

Jeune Nation y Venner

Reproducirmos a continuación el artículo publicado en la Revista de Historia del Fascismo en el que se retrata la trayectoria del movimiento Jeune Nation. Si hemos decidido publicar este artículo precisamente ahora es porque, Dominique Venner afiló en este movimiento por primer vez sus armas como militante político. Ahora, en el momento de su muerte sacrificial, creemos que vale la pena repasar la trayectoria del que en vida fue uno de nuestros maestros de pensamiento y en la hora de su sacrificio, un ejemplo.

 


1949-1962: Jeune Nation

Cuando el nacionalismo francés renació

El quinquenio que abarca de 1944 a 1949 supuso la desaparición del fascismo francés que solamente puede considerarse “reinstaurado” en su forma “neo” con la fundación del grupo Jeune Nation.  Desde el principio de su azarosa historia este grupo optó por decisión propia por una vía extraparlamentaria y activista. Fue el primer grupo político de postguerra que utilizó como emblema la cruz céltica. Su historia empieza con la resurrección del nacionalismo francés y termina con la debacle de la OAS.

 

A partir de enero-febrero de 1944, los militantes de los distintos partidos fascistas franceses empezaron a ser objeto de atentados por parte de la resistencia. El Partido Popular Francés de Jacques Doriot era, sin duda, la organización más potente y frente a éste el Rassemblement National Populaire de Marcel Deat y el resto de grupúsculos palidecían. Sin embargo, el PPF afrontaba la competencia de la Milicia de Darnand que parecía agrupar a los elementos más activistas de la “colaboración”. Ciertamente, los militantes del PPF estaban mayoritariamente presentes en la Légion des Volontaires Français contre le Bolchevisme y en las Waffen SS franceses, pero esta militancia tuvo como consecuencia el que este partido se desangrara en los frentes y sus cuadros –entre ellos el propio Doriot- trasladados al frente del Este estuvieran lejos del escenario político francés. La Milicia, en cambio, actuaba como una especie de fuerza auxiliar de los alemanes en su lucha contra la resistencia. Más adelante, los restos de esta fuerza paramilitar serían transferidos por los alemanes a Italia para que luchar contra los partisanos.


1944-1949: los años oscuros


En 1944 estaba demasiado claro que el nacionalismo francés había experimentado una lacerante ruptura en los cuatro años anteriores que siguieron a junio de 1940, cuando el Mariscal Petain oficializó la rendición. Partidos como Action Française que nunca habían ocultado junto a su nacionalismo cierto antigermanismo, se vieron rotos entre las posibilidades de colaborar con el régimen de Vichy con el que se identificaban, pero cuya alineación con el III Reich deploraban. Maurras, por otra parte, jamás estimuló la colaboración, ni elogió en escrito o discurso alguno a los ejércitos que habían vencido a las fuerzas francesas; otros de sus partidarios, en cambio, optaron por ingresar en la resistencia y otros, por el contrario, en superar esa contradicción, sublimándola en la lucha antibolchevique ingresando en las fuerzas regulares que con los colores de la Wermartch o de las Waffen SS combatieron en el frente del Este. En otros partidos se dieron idénticos dramas. También, es preciso recordarlo, hubo sectores que optaron por abandonar la lucha política ante la imposibilidad de adoptar una decisión sin reservas mentales.

Tras el desembarco en Normandía y en las costas del Sur de Francia, la resistencia aumentó sus atentados contra los elementos considerados como “colaboracionistas” (blancos, por lo demás, en su indefensión mucho más fáciles que las unidades militares alemanes que incluso en la derrota conservaron su disciplina, eficacia y capacidad de respuesta armada). Entre junio-julio de 1944 y abril de 1945 algunos colaboracionistas huyeron a España o incluso fuera de Europa, otros se dejaron detener esperando un juicio justo, los hubo que siguieron a los alemanes en su retirada y también quienes como Drieu la Rochelle se suicidaron.

La “liberación” (así se llamó al desembarco anglo-norteamericano en Francia) supuso un trauma para todos los que no habían optado netamente por la resistencia. En los dos años que siguieron a junio de 1944, 15.000 militantes y simpatizantes de los partidos fascistas o colaboracionistas fueron fusilados por tribunales improvisados o en ajustes de cuentas y otros 250.000 fueron condenados a penas de prisión y “degradación nacional”. En los años siguientes se hizo imposible pensar en la reconstrucción de partidos neofascistas que fueran una prolongación de los existentes antes de la guerra.

Hubo que esperar a enero de 1945 para que empezaran a aparecer hojas y periódicos de escasa difusión y aparición irregular que, de alguna manera, parecían ser representantes de lo que luego se llamaría en Francia “oposición nacional”. Algunos de estas revistas eran de tono “maurrasiano”  (Les Documents Nationaux) y tendían a defender las viejas ideas que dieron vida a Action Française cuarenta años antes. Prohibido el movimiento por los vencedores, la revista tardó poco en transformarse en el semanario Aspects de la France que todavía hoy sigue publicándose.

En cuanto a los “petainistas” estuvieron en condiciones en octubre de 1945 de lanzar la publicación inicialmente cyclostilada Questions-Actuelles fundada por René Malliavin que se transformaría en 1947 en Écrits de Paris con formato de revista mensual y que unos meses después sería la matriz del semanario Rivarol. Ambas publicaciones siguen publicándose hoy 65 años después (Rivarol acaba de llegar en el momento en que escribimos estas líneas al número 3.000). Media docena de boletines neofascistas más –algunos de ellos tan radicales como clandestinos- completaban el escenario de la postguerra francesa. Había cierto número de publicaciones, pero no aparecía ningún partido decidido a recuperar la llama y, especialmente, con capacidad y cuadros suficientes como para hacerlo.

En 1949 parecían despuntar dos líderes con aspiraciones de encabezar la formación de un partido neofascista: de un lado un antiguo militante del Partido Comunista Internacionalista, René Binet, que encabezaba a un pequeño sector decidido a formar un partido de carácter racista y extremadamente radical especialmente en lo social; de otro, figuraba Pierre Sidos, hijo de un miembro de la Milice fusilado por los resistentes que como sus hermanos llevaba el nacionalismo en las venas. Sidos estaba desprovisto de cualquier connotación racista y defendía una orientación muy parecida a la de Maurras, jamás había ocultado que se trataba de un nacionalista clásico y que no creía ni en las elecciones ni en la democracia formal. Sería éste último quien participara en la fundación del primer partido digno de tal nombre de orientación neofascista en la Francia de la postguerra: Jeune Nation.


Los primeros años: anti-imperialismo y “grandeur”


Jeune Nation apareció de la mano de los hermanos Sidos, especialmente de Pierre y del que luego alcanzaría fama mundial como abogado del General Salan y de los golpistas de Argel, Jean Louis Tixier Vignancour. Sidos, muy joven, había conocido ya los campos de concentración mientras esperaba juicio por haber militado en los “cadetes” del Francismo (otro movimiento fascista francés de la preguerra).  Pierre Sidos, junto con Albert Heuclin y Tixier-Vignancourt ya veterano abogado, fundaron en 1949, con el nombre de “la Jeune Nation” un círculo que no lograría llamar la atención hasta 1953. François Duprat dirá de estos primeros años que: “Los principios fueron difíciles, las reuniones siguieron estando durante varios años desesperadamente vacías”.

¿Cuál era el eje de agitación de “la Jeune Nation” en aquellos primeros años? La “grandeur” francesa que luego sería recuperada como eslogan electoral por De Gaulle. Sidos y sus primeros camaradas eran fundamental nacionalistas (es decir “patriotas radicales” a diferencia de lo que en Francia se conoce como “nationaux”, o “patriotas moderados”) y en aquellos momentos había un tema de movilización que concentraba su atención: la guerra de Indochina. Quizás el elemento más dramático que aparece en la postguerra francesa desde que callaron las armas en Europa mayo de 1945 fue el desmantelamiento de los imperios coloniales. Veinticinco años después tanto el imperio británico como el francés, como el belga o el holandés, dejarían completamente de existir: era la parte no hablada en Yalta pero sin duda pactada por las que ya en 1944 se presentían como las dos grandes potencias que, a partir de entonces iban a facilitar los procesos de “descolonización” no tanto por amor a la “libertad de los pueblos” como para debilitar a las antiguas naciones europeas.

Lo primero que llama la atención a lo largo de los años que se prolongó la experiencia de Jeune Nation fue la toma de conciencia de que había que actuar en dos frentes: contra las dos potencias que, no solamente se habían repartido Europa en dos zonas de influencia, sino que estaban hincando la piqueta de demolición en los antiguos imperios europeos. Eran los tiempos en los que Ho-Chi-Min y el general Giap combatían al ejército colonial francés en Indochina.

A diferencia de los primeros grupos neofascistas italianos (en la ambigüedad de l’Uomo Qualunque pero también en la mayoría de direcciones del Movimiento Social Italiano a lo largo de toda la postguerra) que no solamente no adoptaron jamás una postura antinorteamericana sino que incluso aceptaron asesoramiento y ayuda de agentes de aquel país, en Francia, Jeune Nation defendió en todo momento el “US reembarquez”, alternativa al izquierdista “US go-home”. Los distintos movimientos que sucederían en los años 60 a Jeune Nation (especialmente la Federation des Étudiants Nationalistes, creada como rama juvenil del partido) heredarían también esta orientación anti-norteamericana que solamente sería rota con la aparición de Alain Robert, primero en Occident (disidencia de la FEN), luego en Ordre Nouveau y finalmente en Forces Nouvelles en donde existió siempre cierta ambigüedad en relación a la “cuestión norteamericana”.


Con los excombatientes contra el comunismo


El énfasis puesto por Jeune Nation en la defensa del imperio se traduciría en que algunos de sus militantes tras pasar su período de servicio militar en Indochina participaron en la creación de la Association des Anciens Combattants d’Indochine et de Corée a partir de 1953. Aquellos jóvenes que habían vivido experiencias bélicas traumáticas en países remotos y que, en buena medida se habían identificado con las poblaciones autóctonos cuya vinculación a Francia habían ido a defender, desesperadamente buscaron alguna fuerza política que asumiera sin reservas el mantenimiento del Imperio. En 1953, uno de estos jóvenes, Roger Holeindre que luego pasaría a ser corresponsal de Paris Match y más tarde presidente de la Association des Anciens Combattants de l’Union Française, miembro del Front National y diputado europeo por esta formación en varias legislaturas, tomó la palabra. Holeindre, ya por entonces bien conocido por los ex combatientes de Indochina y de Corea, consiguió galvanizar a la audiencia y garantizar que en los años siguientes, Jeune Nation sería considerado como partido de referencia para canalizar sus intereses políticos.

Sidos hizo todavía más visible esta tendencia desplegando un activismo agresivo en la calle especialmente contra los vendedores de L’Humanité, el diario del Partido Comunista. En los “raids de castigo” contra los propagandistas comunistas, los ex combatientes de Indochina y los jóvenes de Jeune Nation  volvieron a encontrarse y a forjar lazos y experiencias comunes.

Dos episodios fueron particularmente duros e hicieron que el nombre de Jeune Nation saltara a las primeras páginas de los diarios. En efecto, el 4 de marzo de 1954, Dien Bien Phu se encontraba asediado por las tropas del vietminh mientras que las calles de París fueron recorridas por una manifestación de solidaridad con las tropas sitiadas y sin salvación posible, Jeune Nation aprovechó para sumarse a la marcha junto con miles de antiguos combatientes de Indochina. La manifestación también aspiraba a denunciar la propuesta –bastante lógica por otra parte- de constituir una Comunidad Europea de Defensa que sería en lo militar lo que el Mercado Común Europeo fue luego en lo económico: una alternativa militar a la OTAN. Sin embargo, para los nacionalistas franceses radicales y moderados, incluso para los gaullistas, la propuesta era inasumible porque suponía una dejación de soberanía y la subordinación a un mando no totalmente francés de tropas y guarniciones francesas. Además, el partener de esa propuesta era el tradicional enemigo de Francia, Alemania y los tiempos aún no estaban maduros para que el nacionalismo francés aceptara una cooperación con quien Maurras y sus discípulos había considerado el enemigo secular. En el momento en el que la manifestación llegó a la Place de l’Eloite, donde el ministro de defensa Pleven debía colocar una corona se produjeron gritos, silbidos y protestas por parte de los manifestantes.

Unos meses después, el 8 de mayo de 1954, cuando Dien Bien Phu ya se había rendido y el desánimo cundía entre los patriotas franceses, un comando de apenas cuatro airados excombatientes de Indochina y de militantes de Jeune Nation, dirigidos por el propio Pierre Sidos, atacaron, como era su costumbre, una camioneta de reparto de L’Humanité dejando gravemente herido al conductor que moriría unos días después, no tanto a causa de la agresión como por una cirrosis hepática que padecía. Hasta ese momento la policía que no se había preocupado excesivamente de las operaciones anticomunistas de Jeune Nation, a partir de ese momento desencadenó una represión brutal que llevó a la cárcel a varias decenas de militantes la inmensa mayoría que no había participado en la agresión.


Disidencias y factores nuevos


En ese momento era demasiado evidente que Jeune Nation había adoptado una deriva activista que para sus miembros más moderados era problemática. El primero en retirarse fue Tixier-Vignancourt y el escenario elegido para dramatizar la ruptura fue el mitin convocado por el partido el 11 de noviembre de 1954. Allí, ambos líderes anunciaron el lanzamiento de dos movimientos distintos: mientras Sidos anunciaba la transformación del equipo de “la Jeune Nation” en partido “Jeune Nation”, Tixier proclamaría la fundación de su Rassemblement National.

Salvo su aparición en las páginas de sucesos y en las crónicas de la violencia política, Jeune Nation no había logrado alcanzar hasta ese momento una implantación militante excepcionalmente sólida. En aquellos momentos, su militancia no estaría formada por más de 500-600 activistas, la mayoría concentrados en París. A pesar de que a partir de 1954 su implantación iba aumentando poco a poco, en su conjunto representaba muy poco junto a la brutal irrupción del “poujadismo” y de su sigla la Unión des Comerçants et des Artisans, la UDCA que encarnaba en primer lugar al revuelta de los pequeños comerciantes contra las exacciones fiscales y en segundo lugar cierto desánimo por la situación del Estado y de la sociedad francesa de postguerra.

A diferencia de Jeune Nation, la UDCA no había renunciado a participar en las elecciones y, además, sobre el origen político de su líder no había dudas: Pierre Poujade, en efecto, había sido miembro de la Union Populaire de la Jeunesse de France, la organización juvenil del PPF de Jacques Doriot. Tras hacerse perdonar por ese “pecado de juventud” y haber militado en las filas del gaullismo, en 1953 fundó la UDCA que a partir del año siguiente se configurará como un fenómeno de masas.

Si la fundación de la UDCA resultó ser un elemento decisivo en la configuración del neo-fascismo moderado de la postguerra francesa, otro acontecimiento ocurrido en 1954 tuvo todavía mayor importancia en la radicalización de la situación y, consiguientemente, en el ascenso del papel político de una organización que no desdeñaba la práctica del activismo radical y violento como Jeune Nation. En efecto, en 1954 estalló la revuelta de Argel cuando todavía no se habían apagado los ecos de la derrota de Indochina.

Tanto la fundación de la UDCA como la revuelta de Argel facilitaban una posibilidad inmejorable de actuación al neofascismo francés y disponer de lo que no había estado al alcance del fascismo francés ni siquiera en los mejores momentos de los años 30. En efecto, la revuelta de los pequeños comerciantes hizo que el neofascismo pudiera maniobrar sobre una clase social concreta y utilizarla como arieta contra el Estado. Así mismo, la nueva situación generada en Argelia podría facilitar –como de hecho facilitó- el disponer de otra clase social completamente diferente (los pieds noires, colonos franceses residentes en Argelia) que iban a apoyar la vinculación de este territorio al Estado francés.  

Hasta 1954, la situación de la extrema-derecha francesa no era muy diferente de esta otra en la que se encuentra la extrema-derecha española. En ambos casos, las vinculaciones y los lastres con el pasado parecían demasiado evidentes como para poder crecer y obtener éxitos electorales. Si hasta 1954 los vínculos de los grupos neo-fascistas franceses con el “petainismo” parecían fuera de dudas (como ocurre con los grupos actuales de la extrema-derecha española que no consiguen divorciar su imagen del franquismo), a partir de ese momento, la crisis de la sociedad y del Estado francés (generado por la presión fiscal que acarreó la revuelta consiguiente de los pequeños comerciantes y por la insurrección del FLN argelino que implicó una radicalización del algo más de un millón de colonos, al igual que hoy la extrema-derecha española se beneficia de una situación de crisis económica, corrupción generalizada y llegada masiva de inmigrantes) crearon las “condiciones objetivas” para que el neo-fascismo francés “tocara el cielo”. Y lo haría a través de Jeune Nation y de la resistencia armada a favor de la permanencia de Argelia en Francia que protagonizó la Organisation de l’Armé Secrete, en cuyas células participaron los miembros del partido encabezado por Pierre Sidos.

En 1954 se generan una situación que persistirá en los ocho años siguientes y que crearán tensiones que estuvieron a punto de destruir a la República francesa.


Jeune Nation: la doctrina y los “modos”.


¿Qué proponía a mediados de los años 50 el movimiento Jeune Nation? Inicialmente se trataba de un “anti partido” que rechazaba la participación en los procesos electorales y no ocultaba su tendencia al golpismo y a considerar la conquista del Estado como un problema de audacia y de “movilización nacional” o “movilización de las fuerzas sanas de la nación”. A decir verdad, Jeune Nation prefigura a los movimientos extraparlamentarios que irrumpirían a derecha e izquierda del panorama político en el último tercio de los años 60 y en los primeros años 70.

De todas formas, su formulación estratégica y programática distaba mucho de estar completamente “cerradas”. Mientras que el otro sector del neo-fascismo francés de la época dirigido por René Binet había enfatizado la construcción de una doctrina política excepcionalmente rígida que partía del elemento “raza” para formular una teoría de la historia y del Estado (el dogmatismo de Binet era, sin duda, un residuo de su pasada militancia en filas trotskistas), en Jeune Nation los planteamientos eran extremadamente sumarios y al mismo tiempo mucho más accesibles para las masas. Paradójicamente, mientras que la actividad pública de Binet y de sus grupos nunca alcanzó el más mínimo relieve, la de Sidos y sus militantes llamó pronto la atención de los medios y se configuró como una columna activista y anticomunista singularmente dura. Sorprendentemente, Sidos y Binet mantuvieron siempre buenas relaciones a pesar de que cada uno de ellos se preocupaba por evitar que las ideas del otro penetraran en su propio movimiento.

Los dos líderes del neofascismo francés de postguerra tenían una concepción organizativa muy sumaria y que derivaba de los criterios derivados del fascismo histórico. Concebían sus movimientos como fuertemente jerarquizados, con estructura piramidal, dotados de una dirección colegiada, pero en la que existía un “primus interpares” (tal como reconoció Duprat) que si bien no tenía el poder y la potestad que el fascismo clásico atribuía al “führer” o al “duce”, tenía que responden de su gestión ante el resto de miembros de la dirección y sobre él recaían las mayores responsabilidades políticas y doctrinales.

A pesar de que Jeune Nation decía estar guiado por una “dirección nacional”, pronto quedó claro que el “alma” de la organización era Pierre Sidos y que éste tenía una extraña concepción de “lo político” en la que la “grandeur” francesa ocupaba un espacio central. Sin embargo, a pesar de esta tendencia, Jeune Nation no había podido evitar la concurrencia de otras fuerzas que se manifestaban a favor del mantenimiento de Argelia dentro del Estado francés, especialmente en la órbita del gaullismo de mediados de los años 50. El principal hándicap que debía superar la organización era que en su interior existían muchos nostálgicos de la “revolución nacional” y del “petainismo” que suponían un lastre en una sociedad francesa todavía no recuperado completamente de la tragedia de la guerra civil y, de otro lado, un activismo compulsivo pero orientado no tanto a la expansión del partido como a la militancia anticomunista (el PCF aparecía a los militantes de Jeune Nation como el principal aliado de los movimientos anticolonialistas en Indochina y Argelia y, por tanto, como un cuerpo ajeno y traidor a la grandeza de Francia).

Con estos planteamientos –anticomunismo y neopetainismo- era evidente que Jeune Nation, incluso con las “condiciones objetivas” más favorables tenía un “techo” político muy bajo. Faltaba la “chispa”, el elemento que diera brillantez, innovación y don de la oportunidad y que, al mismo tiempo, galvanizara la actividad expansiva y militante del movimiento. Esa persona sería desde 1956 Dominique Venner. Venner –hoy respetado historiador, autor de varios libros sobre historia de las armas y del siglo XX y director de la Revista de Historia Francesa- era perfectamente consciente de que el petainismo era historia y de que se estaban produciendo en la sociedad europea mutaciones suficientes como para obligar a los movimientos políticos que aspirasen a operar sobre la sociedad a cambiar de orientaciones. Estas intuiciones llevan a Venner a imponer algunas líneas de trabajo nuevas en Jeune Nation: el activismo proseguirá redoblado, contra los vendedores de L’Humanité y especialmente para ampliar el radio de acción del movimiento. El aplastamiento de la secesión húngara por los tanques rusos en 1956 supondrá la primera gran movilización de Jeune Nation realizada en función de un tema no específicamente relacionado con la “grandeur”.

Hasta la llegada de Venner, los ejes de agitación habían sido relativamente sumarios. Jeune Nation se presentaba como formación “revolucionaria” pero, al mismo tiempo, partidario de la conservación del Imperio Francés. Percibían al comunismo como algo exterior al cuerpo político de Francia y agente disgregador y desmoralizador. No dudaban en recordar que los excesos cometidos durante la depuración se habían debido a la acción de los partisanos comunistas y  que estos solamente se habían puesto en marcha después de que la URSS fuera atacada por el III Reich y no antes, mientras estuvo en vigor el Pacto Germano-Soviético. No ocultaban su antidemocratismo (“Arrojemos los diputados al Sena”) ni su voluntad de reconstruir el imperio que se iba disgregando (“Túnez, Marruecos, Reconquista”). Cuando tienen lugar los procesos electorales, Jeune Nation decretará inevitablemente la abstención. Será con la llegada de Venner cuando un movimiento en buena medida adormecido y sacudido solamente por la pérdida de las colonias cobre nueva vida.

En 1956 tienen lugar paralelamente dos sucesos traumáticos: la intervención anglo-francesa en Suez y la posterior retirada bajo presión norteamericana (lo que confirmaba que en Europa eran los EEUU quienes marcaban la pauta y ordenaban a las potencias europeas intervenir o no en operaciones en el exterior del continente) y los sucesos de Hungría. Ambos episodios dieron a Jeune Nation y a Venner excusas para relanzar el movimiento.


La expansión de Jeune Nation


El 8 de noviembre de 1956, el movimiento convocó una manifestación de protesta por la invasión y de solidaridad con los combatientes de Budapest, que debería terminar ante la sede del Partido Comunista. La convocatoria se realizó junto a otros movimientos anticomunistas y nacionalistas y agrupó a 300-400.000 personas en Place l’Etoile que marcharon sobre la sede del PCF. Los enfrentamientos con las milicias comunistas llegadas de la Banlieu y de las provincias para defender el inmueble no pudieron impedir que algunos manifestantes lograran penetrar en el interior de la sede del PCF e incendiar algunas dependencias causando cuatro muertos y varios cientos de heridos ante la pasividad casi total de la policía.

Gracias a su participación en esta manifestación y al activismo desarrollado por Venner y su equipo, el movimiento consiguió consolidar su estructura en París (con 300 activistas) y constituir algunas delegaciones en provincias. Otra manifestación de protesta por el asesinato de un capitán del ejército francés en Marruecos, que coincidió con la muerte en combate en Argelia de Henri Sidos, hermano de Pierre, dio posibilidades a Jeune Nation de estar presente en las calles de París el 31 de marzo de 1957. En el curso de esta manifestación, por primera vez se utilizaron banderas y emblemas con la cruz céltica que luego se convertiría en el emblema del neofascismo francés, siendo asumida posteriormente por el movimiento de Jean Thiriart, Jeune Europe. En el curso de esta manifestación, los miembros de Jeune Nation desbordaron a los organizadores de la misma (gaullistas) enfrentándose con la policía.

Otra manifestación convocada en noviembre de 1957 en protesta por las entregas de armas norteamericanas al presidente tunecino Abib Burguiba les dio posibilidad de mostrar sus sentimientos anti-yanquis. También aquí se produjeron violentos enfrentamientos con la policía pero el movimiento vio como sus efectivos crecían (ya agrupaban a 500 activistas en París) y su nombre pasaba a ser suficientemente conocido por los lectores de la prensa parisina. Los mítines del movimiento ya no estaban frecuentados solamente por nostálgicos petainistas, sino por hombres y mujeres alarmados por la pérdida de prestigio internacional de Francia y por el desmoronamiento acelerado de su imperio colonial. Dándose cuenta de que este era el principal factor de movilización, Sidos, Venner y Hueclin respondieron al llamamiento de la izquierda europea de convocar una jornada internacional contra el colonialismo, para convocar un mitin con la consigna “Hoy, Orléans es Argel”. Al año siguiente, en mayo, François Sidos y Dominique Venner terminarán en prisión tras los incidentes ocurridos durante la fiesta de Juana de Arco.  Aquel mes deparó más sobresaltos para Jeune Nation y para Francia entera.

En efecto, el 13 de mayo, cuando la situación en Argelia ya era excepcionalmente tensa y había arrastrado a la inestabilidad a la IV República, Jeune Nation convocó una manifestación que agrupó entre 3.000 y 4.000 personas que fueron detenidas en el acceso al Puente de la Concordia cuando pretendían marchar sobre la Asamblea Nacional (rememorando los sucesos de febrero de 1934. Véase RHF-1). Al día siguiente, Venner fue detenido y el 15 el gobierno disolvió al movimiento. Cuando eso ocurría, ya se había producido la sublevación de Argel y el escenario había cambiado completamente. El golpe de Estado esperado por muchos –pero no por Jeune Nation- acababa de producirse.

La disolución decretada por el gobierno, el arresto de Venner, lo precipitado del golpe, generaron un caos interior y falta de comunicación entre las delegaciones y la central política parisina. Duprat explica que “los elementos de JN del Sub-Peste y del Sud-Este reaccionaron enérgicamente y participaron en los primeros Comités de Salut Pública en formación. Otros militantes intentaron acelerar el proceso tomando el poder en el Sur, especialmente en Pau y Bayona en contacto con los paracaidistas”. Y el propio Duprat sabía de lo que estaba hablando porque a pesar de su juventud participó en el proyecto de toma del poder con el coronel Fossey-François, jefe de la base paracaidista de Bayona).


Argel como bastión


El movimiento cayó en algunas contradicciones. Inicialmente quiso ver en el retorno de De Gaulle un intento de resistencia a la pérdida de influencia internacional de Francia y a la disolución del Imperio y realizó campaña a favor del retorno del general a la escena política. Resultaba evidente que los militantes de Jeune Nation intentaban aprovechar el cambio de régimen para acrecentar su influencia, pero en ningún momento consiguieron desbordar a los gaullistas. Tras las primeras vacilaciones, cuando se supo la composición del nuevo gobierno quedó claro que no existían nexos comunes entre la derecha liberal y patriótica y la extrema-derecha neofascista, nacionalista y radical. A partir de entonces, los medios neofascistas franceses –en general, porque siempre hubo marchas atrás y regresiones- se distancian definitivamente del gaullismo. Divorcio que alcanzará su cénit con la firma de los acuerdos de Evian unos años después que, firmados por De Gaulle, que pondrían fin a la presencia francesa en Argelia. Como en otras ocasiones, el “Bonaparte” llamado para resolver la situación acababa precipitando el final contrariamente a los intereses e intenciones de quienes habían acudido a él… Jeune Nation, prohibida, pero tolerada lanzó entonces una revista quincenal cuya cabecera ostentaba el mismo nombre del movimiento, con una tirada de 5.000 ejemplares, tribuna a partir de la cual demostró su oposición total a la evolución de los acontecimientos y al entreguismo que el gobierno gaullista haría cada vez más visible. Sidos, a todo esto, pudo entrevistarse con representantes del gobierno para tratar de legalizar de nuevo a la organización que le propusieron como alternativa el nombre de “Jeune Nation Française”.

En las jornadas que siguieron se produjeron intentos de fusionar distintas fuerzas que habían ido surgiendo en el territorio metropolitano y en Argelia opuestos a lo que se reveló política gaullista de entrega de esta colonia. Sin embargo, a la hora de la verdad, retirados los Comités de Salud Pública teledirigidos por los poujadistas de la UDCA e incorporados algunos sectores patrióticos al proyecto gaullista, el Partido Nacionalista promovido por los antiguos miembros de Jeune Nation fue finalmente constituido el 6 de febrero de 1959 en el curso de un mitin en la sala de la Mutualité de París al que asistieron 2.000 personas. Nadie se llamaba a engaño: la nueva formación no era otra que Jeune Nation cuya revista (del mismo nombre) había pasado de ser quincenal a mensual pero duplicando la tirada. Entre el otoño de 1958 y el invierno de 1959, Jeune Nation, a pesar de la prohibición, de decenas de detenidos y de haber visto como su revista era secuestrada con cierta frecuencia, se encuentra en su mejor momento. Cuenta con delegaciones en el Sur y con la participación de militares prestigiosos, está presente en Toulouse, Lyon y Burdeos y ha estado en condiciones de estructurar en Argelia una fuerte sección que ampliará su radio de acción el 1º de noviembre de 1958 gracias a Joseph Ortiz, un antiguo miembro de los Comités de Salud Pública que constituirá de común acuerdo con la delegación de Jeune Nation en la colonia, el Front National Français que agrupaba a distintas fuerzas políticas implantadas allí partidarias de seguir manteniendo los vínculos con la metrópoli. Entre otros, participará en el FNF, un joven estudiante, Jean-Jacques Susini que tendrá luego un papel protagonista en la formación de la OAS y en el proceso golpista que reaparecerá en los años siguientes en Argel.

Tanto el FNF, como el Mouvement Nationaliste Étudiant creado por Susini, como algunos Comités de Salud Pública, participaron en el proyecto del Parti Nationaliste. Durante el mitin fundacional, Ortiz enardecerá a los asistentes al manifestar por primera vez su intención de defender la integridad de Francia (incluida la “provincia” argelina) con las armas en la mano. A la prensa no se le escapará el radicalismo de la nueva formación que no era nada más un frente vertebrado por Jeune Nation, organización cuyo peso político estaba subiendo y que pronto indujo al gobierno a tomar medidas contra él. Inmediatamente después del mitin de París, el primer ministro Michel Debré visitó Argel siendo recibido por una violenta manifestación convocada por la nueva formación. El 12 de febrero se produjeron registros en las sedes del movimiento en la metrópoli y al día siguiente sería prohibido batiendo un record: desde su fundación hasta su prohibición apenas había pasado una semana…

La medida, apenas afectó a la actividad de los militantes nacionalistas que siguieron actuando con las siglas preexistentes: FNF, MNE, Jeune Nation (que seguía siendo el nombre de la revista), o bien creando círculos regionales (Pensé Nationaliste en el Sur-Este, Action Nationaliste en Lyon). El eje central de toda esta estructura lo componían los antiguos cuadros de Jeune Nation que operaban a modo de columna vertebral de un “ambiente” cada vez más amplio y diversificado.

La fuerza que había adquirido el movimiento sorprendió a todos durante las elecciones municipales de marzo de 1959, cuando decretó la abstención y realizó una campaña que fue seguida por 2/3 partes de los electores europeos de Argel. Sin embargo, la represión y la prohibición hicieron mella en la fortaleza y en la coherencia del movimiento especialmente en París. Si tras el mitin de la Mutualité el Parti Nationaliste recibió 1700 adhesiones, tras la prohibición lo único que se mantuvo fue el núcleo central originario de Jeune Nation. En los meses siguientes, el gobierno entendió perfectamente que el movimiento era vulnerable. Cualquier artículo publicado en la revista Jeune Nation, alguna de cuyas lecturas pudiera dar a entender que se proponían acciones armadas para garantizar la permanencia de Argelia dentro del Estado francés, implicaba un inmediato secuestro de la edición hasta el punto de hacer imposible la aparición de la revista. Por otra parte, el mantenimiento de algunos cuadros en prisión hacía que otros menos dotados aprovecharan el vacío generado para aspirar a cargos de poder y esto generase tensiones internas que desgarraron lo que quedaba del movimiento en la metrópoli.


La creación de la FEN


Cuando llega 1960 un nuevo equipo compuesto por militantes llegados de las provincias se hace cargo del movimiento y le da un nuevo impulso reconstruyendo la organización. Entre otros figuraban François d’Orcival y Georges Schmelz que reconstruirán la organización universitaria y crearán Comités d’Ation pour l’Algérie Française. Nuevamente, las prohibiciones gubernamentales impidieron que el grupo prosperase en la metrópoli. Un mitin en el que debía participar Joseph Ortiz convocado para el 16 de octubre de 1959 fue prohibido y, en represalia, los miembros de Jeune Nation lanzaron granadas lacrimógenas contra una reunión socialista presidida por Mendèz-France. Sin embargo, esta nueva oleada de activismo no consiguió que la sección metropolitana alcanzara el nivel de importancia, envergadura y desarrollo que la sección argelina que, por entonces ya estaba convertida en una fuerza política hegemónica.

El “golpe de Argel” y las jornadas de las barricadas (véase artículo sobre la OAS en España, en RHF-2)  desorientaron a los militantes de Jeune Nation. La evidente responsabilidad de los miembros de Jeune Nation en Argel en los sucesos, hizo prever que la organización nuevamente sería sometida a una oleada represiva, lo que indujo a Sidos y a Venner a refugiarse en la clandestinidad. Estos acontecimientos tuvieron importancia a la hora de reorganizar de nuevo el movimiento, reorganización que tendría una imprevista importancia en la década que comenzaba.

En efecto, a causa de la nueva oleada represiva, los responsables universitarios del movimiento sugirieron la creación de un sindicato estudiantil que sirviera como estructura legal. Así nació, de la mano de François d’Orcival, Pierre Poichet y Georges Schmelz, la Fédération des Étudiants Nationalistes, la FEN, que más tarde pasaría a publicar Europa Action (ya muy influida por las tesis de Jean Thiriart (véase artículo Thiriart y La Nation Européenne en RHF-2) y que puede considerarse como el antecedente inmediato del GRECE (Groupe de Recherches et Études pour la Civilisation Européenne) núcleo originario de la “nouvelle droite” a partir de junio de 1968.

En aquel momento, la FEN cuenta con la decisión de sus militantes de igualar el nivel de actividad desarrollado por sus camaradas en Argel, dispone de un documento doctrinal y programático (el Manifeste de la Classe Soixante, manifiesto de la generación de los sesenta). Mientras, la situación argelina se iba degradando; a mediados de 1960 ya nadie dudaba que la intención de De Gaulle era conceder la independencia a Argelia. Y una vez más, cuando esta intención es inequívoca, el desarrollo de las secciones argelina y metropolita en desigual: mientras que en Argelia los militantes de Jeune Nation consiguen estructurar un Front de l’Algérie Française tomando la iniciativa de la situación, en Francia, una organización similar organizada por los moderados que gravitan en torno a Soustelle (que siempre había ocupado un espacio intermedio entre los moderados “nationaux” y los “gaullistas” situados más a la derecha, lo que hoy llamaríamos un espacio de derecha liberal) excluyen de un frente similar a la FEN y a Jeune Nation, que no estará presente en el Front National pour l’Algérie Française.

Cuando tengan lugar en el otoño de 1960 los procesos judiciales con las jornadas de las barricadas, Jeune Nation movilizará a sus efectivos y el 3 de octubre estará en condiciones de movilizar a 200 activistas que participaron en la manifestación de los ex combatientes en protesta por un manifiesto antimilitarista publicado por la izquierda francesa. Los militantes de Jeune Nation infiltrados en la manifestación desplegarán banderas francesas con la cruz céltica y darán gritos provocadores (“Fusilad a De Gaulle”) enfrentándose con el servicio de orden y rompiendo la manifestación dirigiendo una columna que se manifestará en las inmediaciones del Elíseo. Unos días después, nuevamente el nombre de Jeune Nation y de la FEN aparece en los medios de comunicación cuando sus militantes dispersan un mitin de la UNEF (sindicato estudiantil habitualmente controlado por los comunistas).  En las semanas siguientes proseguirán estos gestos activistas mientras se multiplican los contactos con los militares que tras el viaje de De Gaulle a Argel a principios de noviembre parecen dispuestos a promover una salida golpista. Pero cuando los sucesos parecen precipitarse, nuevamente Dominique Venner es detenido y estará ausente de las tensas jornadas golpistas.

Lo que sigue a partir de ese momento, no es ya la historia de Jeune Nation cuyos militantes participan en la resistencia armada por la “Argelia francesa”, sino la historia de la OAS. Fueron los grupos armados de Jeune Nation los que se enfrentaron a las unidades policiales cubriendo la retirada de los generales rebeldes escoltados por los golpistas del 1er. Regimiento de Paracaidistas. A consecuencia de estos incidentes todos los dirigentes de Jeune Nation y de la FEN en Argel debieron de pasar a la clandestinidad y emergerían más tarde en los comandos de la OAS. Otro episodio de la historia del nacionalismo francés daba comienzo.

© Ernesto Milá – infokrisis – Revistade Historia del Fascismo – eminves@gmail.com

 

 

Europa Action y Venner

Europa Action y Venner

Infokrisis.- Reproduzco a continuación, como recuerdo a Dominique Venner, el artículo aparecido en la Revista de Historia del Fascismo, dedicado a Europe Action, la revista más innovadora que publicó el neofascismo francés en los años 60 y que supuso una voluntad de proseguir la lucha por los ideales previos al período de lucha armada en favor de la "Argelia Francesa". 

Europe Action, una revista que dejó huella

En 1963, el nacionalismo francés acababa de salir de la resistencia armada con la OAS y había dejado atrás el intento de Jeune Nation, primera manifestación del neofascismo en Francia. Las experiencias acumuladas en los 5 años anteriores habían servido para que un reducido grupo de cuadros pusiera en marcha una iniciativa inédita hasta entonces: la publicación de una revista, Europe–Action, en torno a la cual formar a un equipo de agitadores. Era una reedición de la trayectoria de Lenin con La Chispa, de Mussolini con Il Popolo d’Italia o de Hitler con Bolkïscher Beobachter: el equipo revolucionario sale de la redacción de una revista. Es, seguramente, una de las experiencias más creativas e innovadoras que haya generado el neofascismo francés.

En Europe–Action –revista que apareció entre enero de 1963 y febrero de 1967 con un total de 48 números publicados y una tirada media de 10.000 ejemplares–, participaron todos los militantes que en las décadas posteriores dieron origen movimientos extremadamente renovadores: desde el Groupe de Recherches et Études pour la Civilisation Européenne (con Alain de Benoist alias “Fabrice Laroche”, Pierre Vial, Jean Mabire, Georges Pinault alias “Goulven Pennoad”, Jean Claude Valla), hasta los que dieron luego origen a Occident y Ordre Nouveau (François Duprat), unidos a escritores de prestigio (Henry Coston, Ploncard d’Assac, Maurice Sicard alias “Saint–Paulien”, Marc Augier alias “Saint Loup”, Lucien Rebatet), a antiguos miembros de la OAS (como su tesorero Maurice Ginbembre) y, por supuesto, los supervivientes de Jeune Nation y los militantes de la Fédération des Étudiants Nationalistes (como Dominique Venner), así como jóvenes militantes que luego harían brillantes carreras como periodistas (“François d’Orcival”, de verdadero nombre Amaury de Chaunac–Lanzac, y el propio Venner).

Aun siendo una revista que destilaba juventud y dinamismo en cada página, siempre alcanzó un buen nivel redaccional y, en cualquier caso, supuso una ruptura con todo lo hecho con anterioridad. Ruptura, no renuncia. En efecto, después de Europe–Action existió una ruptura nítida entre la “vieja derecha” y la “nueva derecha” que se fue ampliando a lo largo de los años 60. Por otra parte, el nivel teórico de la revista era bueno y se vio apoyado por un documento básico: las reflexiones de Dominique Venner realizadas durante su encarcelamiento y publicadas más adelante como cuaderno con el título Por una crítica positiva.

A diferencia de anteriores experiencias nacionalistas que siempre manifestaban un catolicismo militante, Europa–Action rompió con esta tendencia, se declaro celtista y en sus ediciones no se percibió ninguna simpatía hacia la Iglesia Católica francesa. Así mismo, existió un cordón umbilical con el grupo belga de Jean Thiriart (ver artículo sobre Jean Thiriart y la revista La Nation Européenne en la RHF–II) y se planteó un tema nuevo: la necesidad de una cooperación entre los nacionalistas de todo el continente. De ahí que el mismo nombre de la revista fuera significativo: Europe–Action. Nunca antes en Francia se habían planteado las cosas a nivel europeo.

Por todo esto, la revista mensual Europe–Action merece un lugar en las páginas de la RHF. Así mismo en breve, dentro publicaremos la traducción (por primera vez en lengua castellana) del documento Por una crítica positiva, junto a otros documentos emanados por el neofascismo de los años 60.

Una aventura editorial y doctrinal

Venner había permanecido diecisiete meses en la cárcel acusado de haber contribuido a la organización de la OAS. Durante este período había reflexionado sobre lo que implicaba la pérdida de Argelia, la imposibilidad de realizar una lucha armada contra el Estado en condiciones de vencer a la “guerra sucia” desencadenada por el Estado –los “barbouzes”–, pero también había reflexionado sobre las carencias del período anterior en el que había ocupado un puesto de responsabilidad en la organización Jeune Nation (véase RHF–V). Cuando Venner sale de prisión muchas cosas habían cambiado en Europa y buena parte de los argumentos utilizados por Jeune Nation en los años 50 (que, por lo demás, no eran sino una readaptación de los viejos ideales nacionalistas teorizados por Charles Maurras a principios de siglo) ya no respondían a una situación nueva y cambiante.

Por un lado aparecían los primeros síntomas de la revuelta juvenil, de otro, la descolonización era un fenómeno imparable, además la convocatoria del concilio Vaticano II hacía estaba generando profundos cambios de orientación en el interior de la Iglesia y Europa había dejado atrás el período de la reconstrucción posterior a la II Guerra Mundial: podía hablarse por primera vez de una “sociedad del consumo”. Venner percibió todos estos cambios, los unió a la autocrítica de las experiencias anteriormente vividas por el nacionalismo y realizó una propuesta coherente y global para adoptar una nueva orientación. Pertenece a Venner, pero también a sus colaboradores más íntimos, el mérito de haber impreso un “nuevo curso” al neofascismo francés que repercutiría en toda Europa y que influiría particularmente en Francia en los siguientes 20 años.

El documento Por una crítica positiva publicado en julio de 1962 cuando Venner estaba todavía en la cárcel (salió dos meses después) tenía cierto grado de provocación contra el nacionalismo clásico y maurrasiano. Se ha repetido hasta la saciedad que Venner había intentado emular a Lenin en su famosa obra ¿Qué hacer? Fue Duprat el primero en reparar en la analogía de la obra que después todos han repetido. La obra de Lenin, publicada en 1902 insiste en la necesidad de una preparación teórica y de una concepción organizativa del partido revolucionario. De la misma forma que la obra de Lenin contribuyó a la división del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, Venner insiste en la primera parte de la obra en la diferencia entre “nacionales” y “nacionalistas”. Esta diferencia es hoy más difícil de entender pero en la Francia de principios de los años 60 era mucho más nítida: los “nacionales” serían los moderados más próximos del nacionalismo chauvinista que del nacionalismo revolucionario al que Venner se adhería, serían aquellos que despreciaban el militantismo, la acción en la calle y se limitaban a aplaudir a las fuerzas de seguridad y al ejército, confiando en ellos. Más que equipos de militantes abnegados, los “nacionales” tendían a ser personalidades (“notables” en francés) que utilizaban un “prestigio” obtenido anteriormente como reclamo político. Sin militantes detrás, los “nacionales” optaban por proponer “frentes electores”, coaliciones, de las que Venner dice: “cero + cero, da siempre cero”. Eran también quienes antes se habían retirado de la batalla argelina y quienes profesaban una admiración reverencial hacia determinados militares. Se mostraban incapaces de percibir los nuevos fenómenos que iban apareciendo con el paso de los tiempos: los mejores mantenían las mismas concepciones que antes de la experiencia de la OAS, los peores se remontaban al maurrasianismo y al Caso Dreyfus a principios del siglo XX o a finales del XIX.

Venner propone una ruptura nítida con los “nacionales”. En su visión organizativa Venner se muestra a favor de un movimiento revolucionario de vanguardia, formado por una “minoría selecta” en torno a una ideología central fuertemente asumida y vivida por sus miembros. El “notable” de los “nacionales” es sustituido por el “equipo de militantes puros y duros”. Ese equipo debe ser coherente: su vida debe ser un espejo de su doctrina (“unir la teoría y la práctica” como había dicho Lenin) y debe de ponerse al frente de las justas luchas populares allí en donde esté presente (“unir la vanguardia a las masas”, en la concepción leninista) enseñando a las masas que sus problemas no se resolverán con luchas parciales sino con una revuelta generalizada contra el sistema (“unir lo particular con lo global” tal como preconizó Lenin). El equipo revolucionario debería estar dispuesto a todos los sacrificios, presente en todas las clases y tener en cada grupo social “correas de transmisión”.

Venner había analizado las causas del desastre de la OAS y de la pérdida de Argelia y extraído algunas conclusiones. Responsabiliza a los “nacionales” y a su servilismo hacia las Fuerzas Armadas. Sabe que un golpe de Estado y una acción revolucionaria no son sólo “problemas militares”, sino “político–militares” que precisan el concurso, no solamente de las armas y de los escalafones militares, sino sobre todo de una lúcida dirección política. Y difícilmente coincide la lucidez política con la jefatura militar.

Al mismo tiempo, Venner rechaza el activismo por el activismo. La militancia solamente es concebible y aceptable cuando existe un plan general de conquista del Estado y sólo es asumible dentro de una organización política revolucionaria implacable y dotada de la inquebrantable voluntad de derribar un orden político para construir otro. Para Venner, el activismo sin el respaldo de un proyecto político es una forma de neurosis militante de la que hay que huir.

Finalmente, no se trata de huir de planteamientos intelectuales (el anti–intelectualismo era –y es– muy habitual en la extrema–derecha) sino de basar las actitudes personales en una sólida construcción intelectual que no deje ningún aspecto al azar sino que tenga –como en aquel momento tenía el marxismo– una respuesta ante cualquier problema. Duprat escribe sobre Europe–Action: “Se interesa con extrema atención sobre los problemas del mundo moderno. Su crítica a la sociedad mercantil es tan viva como la del marxismo. Europa–Action se preocupa tanto por la calidad de la vida, como por la elaboración de una ética colectiva. Su empirismo le conduce, como en otro tiempo a Renan o a Maurras, a un agnosticismo político que será muy criticado en la derecha”.

En efecto, donde las innovaciones impuestas en Por una crítica positiva son más interesantes es desde el punto de vista doctrinal. El nacionalismo maurrasiano queda ampliamente superado y se alcanza un nivel de teorización muy superior al de cualquier otra formulación del neofascismo de posguerra que tendrá su continuación en la formación del Groupe de Recherches et Études pour la Civilisation Européenne (GRECE) a partir de 1968. No en vano en Europa–Action se encuentran algunos de los que posteriormente fundarán con Alain de Benoist la “nouvelle droite”.  Aunque Venner no insistirá mucho en este aspecto, pero a medida que vayan apareciendo los números de la revista se irá imponiendo la idea del “realismo biológico” como antídoto y contrapartida al “materialismo dialéctico” marxista. Esta nueva doctrina se apoyo en la genética clásica y en la genética molecular (de Mendel a Monod) y posteriormente en la doctrina del arraigo (elaborada a partir de la etología y de los trabajos de Konrad Lorenz). En este aspecto también Europa–Action se muestra partidario de cierto darwinismo social.

En todo lo relativo a Europa, Venner ha aceptado las tesis que en esos mismos momentos está enunciando Jean Thiriart para aportar un basamento ideológico a su organización Jeune Europe. Es evidente que existe un transvase de ideas entre Thiriart y Venner y que ambos, tras haber realizado un análisis de las carencias de la extrema–derecha, se han inspirado en las mismas fuentes (la doctrina leninista de la organización) para enunciar una alternativa. Venner, en su folleto escrito en prisión, se muestra decidido partidario de la idea Europea superando el pequeño nacionalismo. Sin embargo, desde el punto de vista orgánico, Europa–Action no mantendrá vínculos orgánicos con la organización belga de Thiriart. Más tarde, cuando éste rectifique algunos aspectos enunciados en su obra Europe: un empire de 400 millions d’hommes (traducido en España como ¡Arriba Europa! y publicado por editorial Mateu, aspirará a lanzar una revista concurrente con Europa–Action, La Nation Europénne (véase artículo en el número III de la RHF). Como veremos, a mediados de los años 60, las conversaciones entre el grupo belga de Thiriart y el francés de Venner no surtirán ningún efecto, a pesar de las innegables afinidades entre ambas tendencias, a pesar de que ambos justifiquen en la historia su proyecto de unificación europea.

Incluso, en el hecho mismo de considerar que la defensa de Europa no se circunscribe en territorio europeo, ambas corrientes estarán de acuerdo: mientras Thiriart había escrito que Europa se defiende en Argel, Venner y Jean Mabire afirman lo mismo: Europa se defiende tanto en Rodhesia como en Canadá, en Bucarest y en Sydney. A la redacción de Europe Action se deberán los primeros textos del neofascismo sobre la inmigración –esto es “contra” la inmigración–. Es evidente que Venner no había incluido en Por una crisis política, referencias que luego asumirá la revista: a favor de la diferenciación racial en los EEUU, oposición al mestizaje y contra la inmigración procedente de África.

A la hora de examinar las firmas con que terminan los artículos que realizan estas fugas se percibe una presencia mayoritaria de miembros que posteriormente darán vida al GRECE: Benoist, Mabire, Vial, Valla… De hecho, cuando la “nueva derecha” vaya construyendo sus características, una de ellas y muy importante, será el europeísmo frente al pequeño nacionalismo chauvinista. Desde Maurrás hasta De Gaulle, pasando por La Cagoule (ver este mismo número de la RHF), la “vieja derecha” era antigermana y antieuropeista,  por lo tanto, en reacción, la “nueva derecha” verá en la cultura alemana (Nietzsche, Spengler, Ghelen, Jünger, etc, etc) una tierra de promisión y en la idea europea una antítesis al nacionalismo, jacobino o tradicional.

Uno de los aspectos más problemáticos de la revista es sin duda su visión del “racismo”, reformulado bajo distintas coberturas: etnicismo, racialismo, diferencialismo, etc, ideas que hasta entonces no habían estado presentes en Jeune Nation y en el sector mayoritario del nacionalismo, ni siquiera en experiencias similares habidas en otros países (Thiriart). En el número de marzo de 1964 de Europe–Action, los negros eran presentados como antropófagos y en el de octubre de ese año bajo la caricatura de un árabe se podía leer: “Se busca a Mohamed Ben Zobi, nacido en Argelia, residente en Francia. Se trata de un hombre peligrosos susceptible de ¡matar, violar, robar, saquear, etc! Para encontrarlo no hay que ir muy lejos: en torno vuestro hay 700.000 como el”…).

Particularmente interesante es el juicio que para Europe–Action merece el nacionalsocialismo alemán. Éste es tratado como algo diferente, casi como si se tratase de un precedente que no había alcanzado el rango “científico”. En el número 5 de la revista (mayo 1963) se incluyen algunos vocablos que deberán constituir el “diccionario del militante”, al tratar el término “nacional–socialista” se dice: “Al lado de intuiciones geniales, sus errores han entrañado su perdición: hipertrofia de la noción de jefe; racismo romántico (no científico) destinado únicamente a reforzar un nacionalismo estrecho, revanchista y agresivo; política europea reaccionaria que no solamente acarrea su derrota, sino la hostilidad generalizada de los pueblos europeos. Estos errores se deben en gran parte a una ausencia de fundamentos doctrinales establecidos”.

El nacionalismo de Europe–Action –a diferencia del nacionalismo maurrasiano defendido por Jeune Nation y por Pierre Sidos– no estaba fundado sobre un territorio o un Estado precisos sino sobre los “pueblos europeos y blancos”: para ellos, la nación tendía a confundirse con la raza. En el citado Diccionario del Militante el término racismo es definido así: “Doctrina que expresa en términos políticos la filosofía y las necesidades vitales de los pueblos blancos. Doctrina de energía, doctrina de Europa, doctrina de lo real, doctrina del porvenir”. Por todo ello, los artículos relativos a la situación de los blancos en Rodhesia o Sudáfrica, son habituales en la revista y el propio escritor Marc Augier formará un Comité Francia–Rodhesia declarando a la revista: “Personalmente estoy por reclutar una legión de combatientes defensores de la raza blanca que lucharía junto a nuestros hermanos de Pretoria”. Benoist–Laroche, tras un viaje a EEUU, escribirá en el número de octubre de 1965 un artículo favorable a la segregación racial. En otros artículos se considera el mestizaje como un “suicidio genérico” (número de junio de 1964, pág. 19). Existía cierta alarma ya por lo que suponía la inmigración masiva desde el punto de vista étnico: “¿Piensan que la palabra “Francia” podría definir legítimamente a la vez a la Francia de hoy y un hexágono sobre el cual camparían veinte millones de magrebíes y veinte millones de negro–africanos” (número de junio de 1964, pág. 17–18).

Así mismo, Venner en su documento no menciona ni en una sola ocasión la religión, el cristianismo o la fe. Estas ausencias son todavía más notables en la medida en que aparecen en un documento publicado por un grupo neofascista francés, ambiente que hasta ese momento se había alineado tradicionalmente con el catolicismo (incluso aun cuando Maurras era agnóstico y Action Française hubiera sido excomulgados). Duprat reconoce que las críticas al catolicismo serán mal acogidas por otros sectores de la extrema–derecha francesa. También aquí se percibe la presencia de una constante que será luego recuperada por la “nouvelle droite”. Si la “vieja derecha” era católica y confesional, la “nueva derecha” será agnóstica, neopagana y anticristiana, aspectos estos ausentes del documento de Venner, pero presentes –y muy presentes– en los artículos aparecidos en Europe–Action. Ni siquiera las innovaciones teológicas habidas durante el Vaticano II serán bien recibidas y especialmente quienes recibirán críticas demoledoras serán los teólogos progresistas. Contrapondrán la antropología mística de Teilhard de Chardin al realismo biológico de Rostand y al análisis historicista del cristianismo realizado por Louis Rougier.

La temática anticristiana se une en la revista a una reformulación del antisemitismo tradicional. Es algo que Venner tampoco había previsto en su folleto, pero que subyace de manera muy evidente en los artículos de la revista. En aquellos años apareció la obra de Paul Rassinier, La mentira de Ulises, uno de los primeros libros negacionistas, que mereció elogios por parte de Europa–Action. Así mismo, Maurice Bardéche, autor pre–negacionista (como podría ser calificada su obra Nuremberg o la tierra prometida), publicó también algunos textos en la revista con toda la carga simbólica que implicaba abrir las puertas al cuñado de Robert Brasillach, fusilado durante la depuración. También en esto la actitud de Europe–Action es paralela a la de Jean Thiriart y La Nation Européenne: en ambos casos, en efecto, el viejo antisemitismo enunciado por Paul de Lagarde (ver artículo sobre Israel capital Tananarive en RHF–VI) que veía en los judíos a un cuerpo ajeno a la nación, es superado y reconvertido en anti–sionismo por una parte y en “religión reduccionista” por otra. El catolicismo es atacado como una traslación del reduccionismo monoteísta surgido de “el Libro” (el Antiguo Testamento) y se tiende a situar al cristianismo como una secuela del judaísmo, una especie de disidencia que desvió a Europa de la cultura clásica y se insertó como un “cuerpo ajeno” a la concepción europea de la vida y del mundo.

Pero en estos aspectos, las nuevas orientaciones de Europe–Action aparecen más allá del manifiesto que polariza inicialmente la actividad del grupo: el documento de Venner. A 45 años de su redacción se percibe con claridad que Por una crítica positiva está fuertemente influido por la experiencia de la OAS. En 1963, algunos militantes consideraban que era posible continuar la actividad de esta organización y sino derribar, si al menos erosionar al gaullismo mediante el terrorismo y, en cualquier caso, ajustar cuentas con él. Venner se opone a la consecución de esta batalla perdida. Reconoce que todos los movimientos revolucionarios del siglo XX tuvieron momentos de fracaso: el nacionalsocialismo en 1923, el bolchevismo en 1905, el maoísmo en 1927 y en 1931; en cada uno de estos desastres aprovecharon para rectificar la línea que habían impreso hasta ese momento y encontrar nuevas estrategias. Esto era lo que proponía Venner.

La lectura actual del documento corre el riesgo de inducir a errores. Cuando Venner habla de “Occidente” en 1963, la noción era diferente a la actual: en aquel momento, “Occidente” se identificaba con “Europa”, hoy en cambio el mismo vocablo alude al bloque euronorteamericano. No cabe la menor duda de que Venner aspira a imprimir un giro anti–imperialista al proyecto: considera que el final de la II Guerra Mundial implicó la “derrota de Europa” y la ocupación del continente por parte de los EEUU en el Oeste y de la URSS en el Este. Llama –como Thiriart en Bélgica– a una “lucha de liberación nacional”, no en el Tercer Mundo como era habitual en aquellos años, sino en el centro de la civilización.

El documento no enuncia un programa político, pero si las orientaciones básicas para construirlo. Una de ellas es el antiimperialismo y la idea de “liberación”, pero a esto se añade también una crítica al liberalismo y al marxismo. Se concluye en este terreno con un ataque feroz al consumismo y a la democracia definida como el “nuevo opio de los pueblos”. También se alude a los “valores” y se propone un modelo de comportamiento definido como “humanismo viril” (la “ética del honor” frente a la moral materialista propia del liberalismo y del marxismo). Se propone un modelo de Estado y de economía orgánico; al primero se le define como “un orden viviente”; se insiste en que una de las tareas más importantes del Estado es la educación de las nuevas generaciones y la transmisión de los valores definidos con anterioridad, y en este terreno se afirma que la función del Estado es crear, formar y preservar una “élite”. Venner termina diciendo que el “poder de los propietarios del dinero será sustituido por el poder de los creyentes y de los combatientes”. En las fórmulas económicas se alude a la “empresa comunitaria”  en una parte del discurso que parece enlazar con las concepciones nacionalsindicalistas que en ese mismo momento se estaban reelaborando en España y se asume la cogestión como forma de arrancar la empresa al poder financiero. La idea de “economía orgánica” (Thiriart hablaba de “economía comunitaria”) se plantea la destrucción del poder financiera, es pues, una economía anticapitalista que reconoce el valor de la propiedad privada y que previene ante el control tecnocrático de los procesos de producción.

Tales son los principios y las orientaciones doctrinales con las que Venner aspiraba a basar el trabajo de Europe–Action y aportar fundamentos científicos y filosóficos a la lucha política, tal como había intentado Lenin sesenta años antes. Ni siquiera militantes que procedían de la izquierda marxista y que en la postguerra pasaron a las filas del neofascismo francés (René Binet, por ejemplo, ex militante trotskista) se habían planteado extraer consecuencias de la lectura de un clásico de la ciencia política revolucionaria como era el ¿Qué hacer? de Lenin.

La FEN y Europe Action

Cuando se restablece la normalidad tras el interregno argelino y tras la lucha armada de la OAS, el panorama de la extrema–derecha neofascista francesa es desolador. Jeune Nation ha desaparecido. Del populismo poujadista no queda prácticamente nada. Las formaciones “nacionales” que apoyaron incondicionalmente el golpe de Estado de Argel, están disueltas, reducidas a la mínima expresión o bien son –como eran antes– Estados Mayores de “notables” (“cero más cero…”). Para colmo aun quedan unos cuantos cientos de activistas encarcelados, varios miles de “pieds noires” en el exilio (habitualmente en el Levante español) y se ha perdido Argelia en donde se encontraban las secciones más activas y numerosas del movimiento. Pero no todo ha sido negativo: por un lado, los “pieds noires” que han podido establecerse en Francia, lo han hecho en las regiones mediterráneas del Sur que, a partir de ese momento (e incluso en la actualidad) serán las más proclives al nacionalismo. Por otra parte, el shock de la derrota ha limpiado las filas militantes y ha hecho que se destacase una minoría excepcionalmente activa y que percibía la necesidad de actuar sobre bases nuevas, coincidiendo con las opiniones de Venner.

Para los supervivientes de Jeune Nation era evidente que en la nueva coyuntura ya no habría ni un nuevo Diem–Bien–Phu, ni se perdería ninguna otra colonia con la gravedad de lo que había ocurrido en Argelia. La resolución del conflicto argelino había hecho que la V República se asentara sobre bases extraordinariamente sólidas. El estilo activista de Jeune Nation que siempre se negó a participar en procesos electorales, ya no tenía mucho sentido: había que prepararse para una acción a largo plazo en el que la lucha sería sobre todo democrática hasta el instante en el que se percibiera la posibilidad de desbordar a las estructuras del Estado. Ese era el primer problema, porque los últimos mohicanos de la OAS aspiraban a que el trabajo militante que se realizara a partir de ese momento se encaminara a construir un Ejército Nacional Secreto a partir de Jeune Nation y de la OAS Metropolitana. Esta discusión estaba presente incluso en el interior de la Federation des Étudiants Nationalistes, la única organización que había sobrevivido al marasmo de los años precedentes. Tal como se dice en la obra Les Rats Maudits (sobre la extrema–derecha universitaria francesa): “El vagón FEN se suma a la locomotora Europe–Action”. Por que, verdaderamente se trató de una locomotora.

En agosto de 1962 –un mes antes de que Venner saliera de prisión– tuvo lugar el I Campamento Escuela de la FEN en donde se discutieron las propuestas del opúsculo Por una crítica positiva, publicado un mes antes, en julio. En ese Campamento se decidió la aparición de una revista de combate. Inicialmente el nombre propuesto era “Rossel” en homenaje al coronel Louis Rossel ejecutado el 29 de noviembre de 1871 en Satory, uno de los principales dirigentes de la Comuna de París y el único oficial del ejercito que se unió a ella. Finalmente, se impondrá un nombre más “accesible” y que exponga con más claridad los ideales del grupo: Europe–Action. En enero de 1963 saldrá el primer número con una tirada de 10.000 ejemplares. Jacques de Larocque–Latour, alias “Coral”, figuraba como director de la publicación y con su seudónimo firmaba las caricaturas que habitualmente se publicaba en cada número.

Por su parte, la revista de la FEN que había logrado sobrevivir a las desgracias de “los años de plomo”, Les Cahiers Universitaires (de carácter trimestral y que aparecían desde finales de 1961) se convirtieron en una especie de órgano teórico del grupo mientras que Europa–Action era el órgano de difusión. Además de Les Cahiers Universitaires (que aparecieron de marzo de 1961 a mayo de 1966) y de La Voix de l’Occident (de 1961 a 1963), la FEN dispuso de decenas de boletines: France université, Flamme (Basses et Hautes Pyrénées), L’Alcazar (Burdeos), Fer de Lance (Toulouse), Combat nationaliste (Toulouse), Brest–nationaliste, Rennes–nationaliste, Nantes–nationaliste, Lyon–nationaliste, FEN–université (Marseille–Aix), Dijon–université, Le pied–noir étudiant, Positions nationalistes (IEP de Paris), Sorbonne–nationaliste, Médecine–Dentaire–Pharmacie–nationaliste, Paris médecine, Paris–droit nationaliste, Perspectives des grandes écoles, Sang nationaliste (estudiantes de liceos de Lyon), Révolution nationaliste (estudiantes de liceos de Aix–en–Provence), Cités–Forum, Définition 80, etc.

Es en Les Cahiers Universitaires, donde Benoist–Laroche publica sus primeros artículos sobre filosofía. El director de la publicación era Georges Schmelz y el secretario de redacción el propio Benoist. Posteriormente aparecería una hoja semanal redactada por Alain de Benoist (con el seudónimo de “Fabrice Laroche”), Europe–Action hebdomedaire, cyclostilada, habitualmente de ocho páginas. En 1966 esa hoja se transformará en L’Observateur Européen (que sobrevivirá a la desaparición de la revista y prolongará su existencia hasta 1968 enlazando prácticamente con la aparición del primer número de Nouvele Ecole en junio de ese mismo año), dirigida por Jean–Claude Valla y con “Fabrice Laroche” como redactor jefe.

Mientras apareció la revista, una colección paralela de libros –la Collection Action– fue llegando a las librerías. El primero de ellos, escrito por François d’Orcival y “Fabrice Laroche”, Leur courage est son patrie (El valor es su patria) glosaba distintos episodios de la resistencia armada por la Argelia Francesa. Así mismo se publicaron textos que glosaban temas militares de la II Guerra Mundial, otros sobre cuerpos de élite e incluso sobre la División Azul y la Guerra Civil Española.

Toda esta portentosa actividad editorial pudo desarrollarse gracias a la existencia de algunas fuentes financieras. Por una parte, algunos simpatizantes aportaron fondos propios para el lanzamiento de la revista y de las Éditions Saint–Just (empresa responsable de la revista y de las demás publicaciones), pero también gracias a las donaciones de Henri Prieur [Maurice Gingembre], uno de los tesoreros de la OAS. La Collection Action pronto se mostrará rentable. Publicará y traducirá Combat pour Berlin de Joseph Goebels, en donde el jefe de la propaganda del III Reich explica cómo logró ganar la capital alemana para el nacionalsocialismo. Finalmente, la Librairie de L’Amitié abrirá sus puertas centralizando en sus dependencias la parte de edición, venta y distribución de las publicaciones de Éditions Sant–Just.

Si Por una crítica positiva será el manifiesto del grupo, poco después aparecerá ¿Qué es el nacionalismo? Redactado por Benoist–Laroche al frente de un equipo de trabajo doctrinal que hará honor a su título. Esto dos documentos más el Manifiesto de la generación de los 60 (publicado con anterioridad y que era la carta fundacional de la FEN) serán los tres documentos que inspirarán la actividad del neofascismo francés en los años 60, entre el final de la aventura de la OAS y la revolución de mayo de 1968.

Sin embargo, no todos participaron en esta empresa con entusiasmo. Desde el principio, Pierre Sidos, que había sido el alma inspiradora y el fundador de Jeune Nation (encarcelado en julio de 1962 y que permanecerá en la cárcel hasta febrero del año siguiente), no comparte la necesidad de una renovación teórica, estratégica y doctrinal. Sidos permanece afecto al nacionalismo francés de siempre y tolera difícilmente lo que considera como las primeras desviaciones neopaganas de parte del equipo dirigente. Tampoco se siente europeísta y en realidad ocupará siempre un espacio intermedio entre el maurrasianismo y las nuevas formulaciones a que han dado lugar los tres documentos de base de Europe–Action y de la FEN. La crisis se irá agudizando a partir del inicio del curso 1963–64 cuando se produzca la ruptura y se funde el Mouvement Occident.

Sidos había ido realizado un trabajo de desgaste sobre la cúpula dirigente de Europe–Action. En realidad, algunos de los intelectuales que están elaborando documentos y revistas, apenas aparecen en las actividades militantes y esto entraña críticas por parte de las bases, críticas que Sidos se encarga de amplificar. Además, muchos se preguntan –y los cuerpos de Seguridad del Estado los primeros– por la procedencia de los fondos con los que se ha puesto en marcha el proyecto. Realmente no hay ningún misterio, ni nada inconfesable, pero siempre es posible estimular las sospechas, algo que no dudan en realizar los disidentes. Sin embargo, dado que algunos responsables cobraban por su trabajo, Sidos consigue implantar el rumor de que se trata de “mercenarios pagados por el capitalismo” (tal como explica Duprat que perteneció a Europe–Action).

Otros dos problemas se unen y facilitan el aumento de la conflictividad interior. De un lado, la FEN (que en realidad es el sostén militante de Europe–Action) es un grupo universitario, por tanto, sus miembros están sometidos a un tránsito continuo: los estudiantes de los últimos cursos universitarios quedan en pocos años fuera de las aulas y –como luego le ocurrirá al GUD– aunque no se produzcan escisiones ni crisis, existe cierta inestabilidad cuando los elementos más activos abandonan los estudios. Además, si bien la FEN es fuerte en el sur de Francia y en Burdeos y ha logrado implantarse en el Mediodía francés e incluso en las provincias vascas, en París tiene una menor presencia universitaria (precisamente por el problema al que acabamos de aludir). Los dirigentes de la FEN han logrado poner en pie el grupo Militant (nombre del boletín que utilizarán como enlace) difundidos entre estudiantes de bachillerato y en los liceos previos a la entrada en la universidad. A finales de 1963 se producirá el “error fatal” (es Duprat quien lo califica) de lanzar una campaña antimilitarista bajo la consigna: “Ni un soldado para el Régimen”. Esta campaña se producía poco después de los fusilamientos de Degueldre y de Bastien–Thiry, militares de carrera que colaboraron con la OAS y reflejaba los ajustes de cuentas pendientes del equipo dirigente de la FEN–Europe–Action con el gaullismo. La revista consideraba que era el ejército gaullista el que había “vendido” la Argelia Francesa. Tras las consiguientes colocaciones de carteles y distribución de panfletos, la FEN convocó una manifestación en el Barrio Latino. La campaña hizo cristalizar todo el malestar interior, las rencillas entre los dirigentes de la antigua Jeune Nation que habían quedado al margen de la línea editorial de Europe–Action e incluso la necesidad de ir más lejos en el proceso de renovación que sostenían los partidarios de Jean Thiriart que practicaban entrismo en la FEN. Poco después de la manifestación antimilitarista se produce la expulsión de François Duprat y de Jacquard, el último de los cuales es el representante de Thiriart en Francia (luego, en 1966, fundará la Fédération Général des Étudiants Européens que fracasará y finalmente entrará también en disidencia con Thiriart y contactará con los disidentes belgas de éste y después de indecibles peripecias, rupturas, reconciliaciones y rectificaciones de rumbo habituales en dinámicas escisionistas, terminará alumbrando la tendencia “socialista europea” con las revistas Argend, Floreal y Socialisme Européen que convergerán, pasado mayo de 1968, en la revista Pour une Jeune Europe, que a pesar del nombre ya nada tiene que ver con Jean Thiriart).

Esta primera crisis demuestra que Europe–Action controla la FEN y que no está dispuesta a ceder ni a compartir ese control. Las expulsiones dejan un regusto amargo en la sección parisina de la FEN, compuesta en ese momento, esencialmente, por militantes muy jóvenes, que se escinden poco después y pasarán a constituir en abril de 1964 el Mouvement Occident (véase artículo sobre el tema en RHF–IV) tras haber confluido con el Cercle de Défense de la Culture Française de Sidos. La debilidad en la que queda sumido el grupo –y su reducción en París a la mínima expresión– hace que Venner cometa algunos errores de conducción política.

Si bien, el documento fundacional había insistido en la distinción entre “nacionales” y “nacionalistas”, en la práctica, para ampliar su radio de acción, Venner se ve obligado a “abrirse” hacia los “notables” a los que tanto había criticado convocando un mitin conjunto con Pierre Poujade, antiguos militares de la OAS y pequeños grupos nacionalistas que habían decidido colaborar con la revista. Sin embargo, esta iniciativa no estimula una aproximación de todos estos sectores a las tesis de Venner y aunque la revista logra vender cada vez varios miles de ejemplares (eleva su tirada entre 15 y 20.000 ejemplares) y los libros de las Éditions Saint Just y especialmente la Collection Action se venden en tiradas que hoy serían impensables, no parece que el principio de “unir la teoría a la práctica” esté dando resultados.

No puede extrañar que la FEN (y, por tanto Europa–Action) participen en la campaña para la elección presidencial en 1965 apoyando al candidato Jean Louis Tixier–Vignancourt, el abogado del general Raoul Salan en el proceso en el que se depuraron sus responsabilidades por el golpe de Argel. Tixier era, a la postre, un “nacional” y un “notable”…

Tixier y la aventura del REL

Cuando Tixier anunció su candidatura, en febrero de 1964, François d’Orcival publicó un artículo en Europe–Action, en forma de carta abierta dirigida a Tixier, cuyo título era suficientemente elocuente: “¿Quién os ha designado candidato?”. Sin embargo, a pesar de no haber empezado bien las relaciones entre Tixier–Vignancourt y el equipo de Europe–Action, pronto Venner consiguió reconstruir la relación con el candidato de la “oposición nacional”. Venner especialmente aspiraba a utilizar las elecciones presidenciales de 1965 como instrumento para relanzar políticamente a este sector político.

La opción-Tixier no era la única existente, varias candidaturas más o menos ligadas a la “oposición nacional” pugnaban desde 1963 por presentarse a las elecciones presidenciales: de un lado, el coronel Trinquier intentaba aprovechar a los grupos activistas nacionalistas como fuerza de choque para impulsar su candidatura. El prestigio de Trinquier ante la “oposición nacional”, especialmente ante los “nacionales” derivaba de su cargo como adjunto del general Massu, comandante de la 10ª División de Paracaidistas durante la “batalla de Argel”. Sobre sus espaldas recayeron las operaciones más arriesgadas de la guerra contra el FLN argelino. Posteriormente dirigió las operaciones contra el líder independentista de izquierdas, Patricio Lumumba en Katanga y más tarde creó la Union Nationale des Parachutistes, organización en la que la extrema–derecha siempre ha estado muy representada. De cara a las elecciones presidenciales de 1965, Trinquier había constituido una Association d’Études pour la Réforme des Structures de l’État que pronto transformó en Parti du Peuple.

Otra candidatura que intentaba atraer a la “oposición nacional” (y especialmente a lo que parecía ser su motor, Europe–Action) era la del general Pierre Boyer de la Tour, antiguo comandante en jefe de las tropas francesas en Indochina y que trabajaba también con la asociación de veteranos paracaidistas. La última opción que aspiraba a hacerse un hueco como candidato presidencial era Pierre Poujade, antiguo líder de los pequeños comerciantes cuya hora había pasado con los años 50 pero que no se resignaba a estar ausente del escenario de la Vª República. Por aquellas fechas, Poujade todavía no había desarrollado su sexto sentido para apoyar siempre al candidato vencedor sin importar si era de izquierdas, de centro o de derechas (apoyó a De Gaulle, a Pompidou, a Giscard d’Estaing, a Mitterand y a Chirac; solamente se equivocó en 2002 cuando apoyó a Jean–Pierre Chevènement justo en las elecciones en que pasó a la segunda vuelta de manera espectacular el que había sido el diputado poujadista más joven, Jean Marie Le Pen en 1954). Le Pen, precisamente en aquellas elecciones de 1965, propuso la creación de un Parti National que unificase a los distintos grupúsculos existentes en ese momento, año y medio antes, había puesto en marcha un Comité d’Initiative pour une Candidature Nationale para encontrar un candidato alternativo a Tixier. Pero al no conseguirlo terminó apoyándolo y otro tanto hicieron los disidentes de Europe–Action, el recientemente constituido Mouvement Occident. El primer mitin de Tixier en la Mutualité de Paris agrupó a 4.000 personas y al concluir una manifestación encuadrada por Occident generó graves enfrentamientos con la policía. Sin embargo, la propuesta unitaria de Le Pen, aunque abierta a todos los grupos, no iba dirigida tanto a la FEN y a Europe–Action como a Occident y a Sidos con quien se sentía mucho más identificado y con quien intentaría lanzar el Parti National.

Pero tras un mitin de lanzamiento de esta nueva sigla que apenas agrupó a 400 personas, Le Pen enfrió sus relaciones con Sidos. Éste, por su parte creó un Comité Jeunes Tixier, que experimentó un gran desarrollo. Mientras, Le Pen aprovechó para mejorar sus relaciones con Europe–Action, algo que Sidos no le perdonó retirando a los militantes de Occident de los Comités Jeunes Tixier. No todos se fueron y pronto el vacío dejado fue rellenado por los militantes de Europe–Action que, entre tanto, se habían organizado en grupos de Volontaires d’Europe–Action.

No fue una campaña tranquila. Desde el primer momento, a la vista de la disparidad de fuerzas que apoyaban a Tixier, aparecieron fricciones que, habitualmente tuvieron como protagonistas a los militantes de Europe–Action. En el interior de los Comités Tixier apareció una tendencia “nacional-liberal” que aspiraba a conquistar el voto centrista. El propio Tixier creyó que obtendría más votos si se distanciaba de los nacionalistas y adoptaba posiciones centristas, multiplicando sus elogios a la Resistencia francesa y a su primer jefe Jean Moulin. Pero en el momento en que apareció con fuerza la candidatura centrista de Jean Lecaunet, la estrategia de Tixier estaba condenada al fracaso.

En aquella campaña llamó extraordinariamente la atención la gira realizada por Tixier en las playas del sur de Francia. Cada día durante un mes se convocaron en las playas francesas durante el mes de agosto de 1965 mítines cuya asistencia en la última fase de la campaña superó con frecuencia los 3000 asistentes, según los organizadores de la campaña asistieron en total 125.000 personas, aunque cifras de Europe–Action las reducen a la más realista de 45.000 asistentes. Este aspecto de la campaña llamó poderosamente la atención de los medios. Paris Match y otros medios de prensa dedicaron amplios reportajes a la iniciativa que hasta entonces no tenía precedentes. La mayoría de público procedía de los pieds–noires y, a medida que los medios aludieron a estas reuniones (especialmente a partir de la tercera semana) afluyó una masa de curiosos poco concienciados políticamente que hicieron que el impacto real de esta iniciativa fuera mucho más reducido que el que se imaginaban sus impulsores. En estos mítines Tixier repetía hasta la saciedad y de manera imprudente que en la primera vuelta quedaría en segundo lugar con un 18–22% de los votos y obtendría la mayoría en la segunda vuelta. Cuando la campaña terminó y Tixier apenas obtuvo el 5% de los votos, una derrota inapelable que atribuyó a la actividad de Le Pen (que había sido su jefe de campaña…) y a los “extremistas de derecha” y, puestos a cometer un nuevo error, llamó a sus electores a votar por el candidato de la izquierda.

En enero de 1966, purgó a Le Pen y dio forma orgánica a sus comités (prácticamente vacíos a causa de una derrota tan flagrante) creando la Alliance Républicaine pour les Libertés et le Progrés, formación de centro–derecha que jamás alcanzará excesiva implantación y que terminará apoyando en 1979 la candidatura del Parti des Forces Nouvelles en las primeras elecciones europeas. Tixier ocupará la primera plaza de la candidatura obteniendo unos resultados ridículos e incluso inferiores al Front National de Jean Marie Le Pen en esos mismos comicios.

Inmediatamente se percibió el desastre de los Comités Tixier, los militantes de Europe–Action intentaron hacerse con el control del ala más radical de la organización lanzando el Mouvement Nationaliste du Progrès (MNP) el 24 de enero de 1966 justo cuando se cumplían seis años de la jornada insurreccional de Argel que inició el período del radicalismo armado con la OAS y las intentonas golpistas. Un llamamiento firmado por un centenar de responsables y dirigentes de los Comités Tixier anunció la creación del nuevo partido que recogía sin excepción los temas que durante los tres años anteriores habían sido los propios de Europe–Action. Fondos no faltaban: eran las aportaciones acumuladas durante años por los beneficios de las Editions Saint–Just y por contribuciones particulares. Para Venner se trataba de aprovechar el tirón que había tenido la FEN durante la campaña electoral de Tixier y reforzar los vínculos con la Fédération des Étudiants Réfugiés (FER) convertida en la organización única de los estudiantes repatriados de Argelia. La FER era fuerte en el Sur de Francia con cerca de 4.000 adheridos, mientras el resto de la FEN apenas tenía 500. Partiendo del renacimiento de la FEN durante la campaña electoral, era posible asegurar la columna vertebral del MNP.

Cuando tiene lugar la formación del MNP aparece por primera vez en Francia un nuevo tema de agitación y propaganda: la lucha contra la inmigración masiva. La consigna de “Alto a la invasión argelina en Francia” ya había sido tocada ocasionalmente en la revista Europe–Action con cierta habilidad y también el semanario Minute (que en los años posteriores a la guerra de Argelia alcanzará su mayor tirada, siendo el semanario sensacionalista más popular en el vecino país) insistirá en el mismo tema. Esto implica que el fenómeno de la inmigración ya era acusado en la Francia de 1965. Pero, aun así, el equipo militante de la FEN en París era excepcionalmente débil y el activismo frenético de Occident no les dejaba espacio para operar. Venner intentó una reaproximación a Occident justo cuando Sidos abandonó esta organización, luego volvió a intentarlo proponiendo la fusión de las dos ramas estudiantiles bajo el nombre de Occident. Se ofreció también incluir a varios miembros de la dirección de este grupo en el buró político del MNP, junto a los delegados de la FEN y los Volontiers d’Europe–Action, pero las conversaciones se interrumpieron antes del Congreso Constituyente del MNP (1 de mayo de 1966). Si bien el congreso mostró la seriedad y solidez del movimiento, pocos meses después, en noviembre desaparecía la revista Europe–Action a causa de problemas financieros y cerraban las Éditions Saint–Just. La trayectoria de la revista termina aquí, sin embargo, en los meses siguientes, como a los cadáveres a los que les sigue creciendo el pelo y las uñas, el equipo dirigente del grupo participó por primera vez en el nacionalismo francés de postguerra y en solitario en una campaña electoral.

A pesar del fracaso de la candidatura de Tixier, a pesar de la escisión que había debilitado a la FEN en París y a pesar de la aparición de Occidente, para el equipo dirigente que formaba en torno a Venner, sin embargo, el balance de Europe–Action era positivo: finalmente existía una línea política y un equipo de cuadros lo suficientemente amplio como para poder presentarse a las elecciones legislativas de 1967 con garantías de no pasar desapercibido. A pesar de los avisos en contra que alertaban sobre las pocas posibilidades de obtener resultados electorales apreciables, el MNP organizó una cobertura electoral, el Rassemblement Européen de la Liberté en marzo de 1967. El objetivo era presentar 75 candidatos para poder tener acceso a los medios de comunicación públicos (“no pretendemos obtener un diputado sino hacernos conocer e imponer nuestra existencia” había escrito Venner en el semanario Rivarol). Pero hacía falta presentar 10.000 francos por candidato (el franco se cotizaba entonces a 14 pesetas) y, finalmente, solamente pudieron presentar 27.

La campaña consiguió llamar la atención gracias a iniciativas espectaculares o que fueron observadas con curiosidad por los medios de comunicación. En la circunscripción de Metz, el REL presentó como candidato a Valentín González, alias El Campesino, el famoso general republicano español, miembro inicialmente del Partido Comunista de España y que luego desertó de la URSS. En Sète presentaron al candidato más joven de Francia. Otras listas mostraban fidelidad hacia la causa de la Argelia Francesa (figuraban varios exponentes de aquellos años de luchas), pero se introdujeron temas nuevos y se insistió en materia social. El programa compuesto por quince puntos evidencia una ruptura hacia todo lo conocido hasta ese momento en el nacionalismo francés. Se pedía la supresión de la ayuda a los países subdesarrollados, el aumento de las pensiones a los jubilados, la defensión de la emigración argelina, la unidad europea que respetase las tradiciones nacionales y adoptase una estructura federal, la lucha contra la omnipotencia de la banca ocupaba un lugar esencial exigiéndose la supresión de los intereses usureros, etc. Este aspecto bifronte de temas tanto “tradicionales” como “modernos” había sido puesta ya de manifiesto en el congreso de lanzamiento del MNP cuando se depositó una corona en el Muro de los Federados de la Comuna de París y, al mismo tiempo, los trabajadores nacionalistas de la Renault depositaron otra corona ante la tumba del Bastien–Thiry el héroe de la resistencia al abandono de Argelia: tradición y revolución, tal era la idea que se pretendía vender.

Los resultados fueron modestos, pero era, a fin de cuentas lo que se esperaba así que no sorprendieron a nadie: se obtuvo una media del 2’58% (Le Pen, desde entonces hasta 1983, apenas logró nunca superar la barrera del 1%) con unos “picos” del 4,40%, mejorando incluso los resultados de Tixier dos años antes. Sin embargo, planeaba la sensación de fracaso al haber podido presentar solamente a un número limitado de candidatos y no haber tenido acceso a los medios de comunicación. Además, algunos candidatos no tenían la más mínima experiencia electoral y una cosa era escribir artículos sobre ética, celtismo, realismo biológico y valores en Europe–Action y otra muy diferente empatizar con el electorado. Duprat anota: “La desaparición de Europe–Action había dejado un vacío que nada había sido capaz de llenar”. Buena parte de los dirigentes estaban cansados de los últimos 10 años de trabajo político y empezaban a dejar atrás su juventud: Venner manifestó su intención de retirarse mientras que D’Orcival pensaba transformar el MNP–REL en un “club político”. Para colmo, desde el exterior, tanto Occident como Sidos, multiplicaban sus ataques generando una suplementaria sensación de aislamiento y desánimo (Sidos y también Ploncard d’Assac, difundían la idea de que los dirigentes de Europe–Action eran “anticristianos, apátridas, materialistas y heréticos”, mientras que Occident les achacaba el prurito de “intelectualismo” y “pasividad”).

Así pues, 1967 será el año del final de la iniciativa que había partido con la publicación de Por una crítica positiva: una parte de los militantes mantendrán su independencia en los años siguientes formando el grupo Militant (cuyo boletín del mismo título aparecería hasta principios de los años 80), mientras que los restos de la FEN parisina se integrarán en Occident en el inicio del curso 1967–68… un curso decisivo para Francia y para la contestación. El curso del “mayo francés” en el que le corresponderá a Occidente el papel de detonante (ver artículo sobre el tema en la RHF–V). La aventura creativa habrá terminado.

¿La constatación de un fracaso?

Con el final de la experiencia de Europe–Action y de la FEN termina el segundo intento de constituir en Francia un gran partido “de la oposición nacional”. Infinitamente más interesante que el primer intento –Jeune Nation (véase artículo sobre el tema en la RHF–VI)– esta nueva experiencia contó con más medios, con un equipo mayor de cuadros y con mayores ambiciones doctrinales.  Por primera vez se atrevió a plantear el combate en términos electorales y basar su acción en un estudio preestablecido tanto a nivel doctrinal como estratégico. De hecho, la experiencia de Europe–Action fue enriquecedora en todos los sentidos y se prolongó durante bastante tiempo. De ahí surgió el GRECE y a imitación suya veinte años después surgiría en España la revista Disidencias intentando también un esfuerzo de clarificación en la misma dirección, los grupos italianos Ordine Nuovo y Avanguardia Nazionale e incluso el Fronte della Giuventú de los años 70 fueron en cierta medida tributarios de esta revista que eligió como símbolo el casco espartano que luego recuperaría la revista hermane Nation Europa en Alemania. La mayoría de dirigentes de Europe–Action tuvieron una parte importante en los desarrollos posteriores de iniciativas político–culturales y, desde el punto de vista personal, se convirtieron en personalidades reconocidas en el mundo del periodismo y de la cultura: Benoist, D’Orcival, Venner, Vial, Valla, etc.

En el curso de las iniciativas posteriores simplemente se limitaron a perfeccionar y pulir los puntos de vista que habían sostenido en su juventud. De aquella época y de las columnas de Europe–Action surgió el “etno–diferencialismo” que sostiene todavía hoy el grupo que figura en torno a Alain de Benoist (ciertamente, esta fórmula estaba enunciada con tosquedad en los años 60). El intento que se había realizado en la revista de integrar a gentes que hasta ese momento nada tenían que ver con el nacionalismo, fue utilizado hasta la saciedad en la primera época del GRECE e incluso en iniciativas políticas posteriores como el Parti des Forces Nouvelles.

Ciertamente muy pocos de los puntos puestos de relieve por Venner en el acta de nacimiento de Europa–Action (Por una crítica positiva) pudieron ser puestos en práctica. Puede decirse que Venner identificó perfectamente las causas que habían motivado la esterilidad de Jeune Nation y la derrota de los partidarios de la Argelia Francesa, pero no estuvo en condiciones de sobreponerse a las inercias que habían adquirido los nacionalistas. Las regresiones, especialmente en el período de los Comités Tixier Vignancourt y en el REL fueron evidentes: se recurrió a los “notables” y a los “nacionales” estigmatizados por el propio Venner. El nivel intelectual del equipo dirigente fue muy alto, acaso demasiado para una lucha política. Las críticas que les depararon sus adversarios, a pesar de estar realizadas con evidente mala fe, respondían en buena medida a la realidad: había demasiado intelectualismo en Europa–Action, y ciertamente la dirección estaba formada por neopaganos, agnósticos y materialistas que no encajaban demasiado bien en el panorama del nacionalismo francés.

Oficialmente, la FEN se disuelve en 1967. Cerrada una etapa, empieza otra. La primera reunión del GRECE tuvo lugar el 4 y el 5 de mayo de 1968, cuando estallaban los primeros incidentes en el Barrio Latino y la asociación fue legalizada en Alpes–Marítimos el 17 de enero de 1968. El primer número de Nouvelle École aparecería en febrero–marzo de 1968, cyclostilado con una tirada de 500 ejemplares.

Europe–Action fue una etapa necesaria en la que un grupo de jóvenes señaló la naturaleza de los problemas del ambiente nacionalista, elaboró el basamento intelectual para alumbrar una nueva estructura política, pero cuando ésta se completó (hacia principios de los años 80), ya habían dejado atrás la fuerza de la juventud y con el mismo ahínco con que habían elaborado una doctrina coherente, encontraron justificaciones para no arrojarse de nuevo al ruedo político. La llegada de Le Pen y sus éxitos hicieron que algunos de aquellos jóvenes de los años 60, que luego habían participado en el GRECE, vieran reverdecer su voluntad de combate y se alistaran bajo las banderas del Front National. Cuando se produjo la escisión en 1998, la mayoría de ellos, se fueron con Bruno Mégret: la política no era para ellos. La política era –es– demasiado sucia, demasiado maquiavélica, demasiado desaprensiva para alguien que ha ido a la lucha política preconizando valores éticos. En los años siguientes, la mayoría de ellos, o volvieron al redil lepenista o abandonaron completamente la lucha política o dieron vida a iniciativas identitarias. Habían pasado cuatro décadas desde que en los mejores años de su vida alumbraron una revista única en calidad redaccional y que hasta ese momento no había tenido precedentes en el neofascismo.

© Ernesto Milá – infokrisis – ernesto-mila.rodri@gmail.com

 

En la muerte de Dominique Venner

En la muerte de Dominique Venner

Dominique Venner: me alegro de haber traducido alguno de tus libros, me alegro de haberlos leído casi todos, me alegro de compartir contigo los mismos ideales y me alegro de que medio siglo después de que crearas EUROPE-ACTION, tus ideales siguen siendo aquellos por los que en otro tiempo luchaste, me alegro de que murieras pensando como viviste y me alegro finalmente de que tus enemigos hayan sido los míos y de que tu muerte haya sido como tu vida, un ejemplo para todos nosotros y un estímulo para no renunciar nunca a nuestros comunes ideales. A partir de ahora podemos decir que no solo Mishima se suicidó para llamar la atención por la decadencia de su Nación, sino que en la Vieja Europa también un hombre dio testimonio de esa decadencia y su fuerte fue un grito para el combate de nuestra generación y de las que vendrán.

Dominique Venner ha muerto porque no quería que su pueblo y su gente, entre ellos el creador de Notre Dame de París, fuera sustituido por pueblos alógenos llegados al continente para mayor gloria de la globalización y el neocapitalismo y a despecho de que en apenas unas generaciones su identidad sustituya a la nuestra. Su muerte es una vida entregada en defensa de la identidad de todos nosotros, de la de su familia, de tu identidad y de la mía.

He leído varias veces la carta de despedida de Venner. No es la de un depresivo que en el pozo de su enfermedad lo ve todo negro. Es la carta de alguien que quiere evitar con su testimonio la ruina de una identidad ancestral y plurimilenaria.

Oí hablar de Venner hace muchos años a antiguos miembros de Europe Action, de la OAS y de Jeune Nation que habían estado a los órdenes y con los que también había compartido tareas de dirección. Venner no era una vida fracasa, profesionalmente había alcanzado las más altas cotas de consideración en su profesión de historiador y sus libros están traducidos a muchos idiomas. Dirigía una conocida revista de historia en estos momentos y yo mismo le había traducido para la Revista de Historia del Fascismo, su obra Baltikum, una historia de los cuerpos francos alemanes y su folleto Por una crítica positiva que fue, en cierta medida, el documento en el que el neofascismo europeo apoyó su renovación en los años 60. Fue un militante durante su juventud, un líder comprometido que conoció la cárcel y la exaltación de los mítines, las reuniones y las manifestaciones en unos momentos terriblemente difíciles para su patria, cuando la República amputó el territorio argelino y arrojó a la ruina y a la muerte a millones de europeos que vivían en Argelia.

Al salir de la cárcel publicó Europe-Action, seguramente la revista más interesante e innovadora del neofascismo francés en la postguerra sin la cual sería incomprensible tanto el movimiento de la Nouvelle Droite, como la propia revista de historia que publicó Venner hasta su muerte. Participó, así mismo, en las tareas de dirección de Jeune Nation cuando apenas había cumplido los veinte años y se significó siempre, hasta su retirada como militante, como dirigente e inspirador teórico y estratégico de las organizaciones a las que perteneció, incluida la Federation des Etudiants Nationalistes.  

Reproduzco a continuación la carta en la que indica los motivos de su suicidio:

Estoy sano de cuerpo y mente, y me lleno de amor por mi esposa e hijos. Amo la vida, y no espero nada más allá, si no la perpetuación de mi raza y mi gente. Sin embargo, en la noche de esta vida, frente a enormes peligros para mi país francés y europeo, siento el deber de actuar sin tener fuerzas. Creo que tengo que sacrificarme para romper el letargo que nos aqueja. Ofrezco el resto de mi vida con la intención de la protesta y la fundación. Escogí un lugar altamente simbólico, Notre Dame de París, que yo respeto y admiro, que fue construida por uno de los genios de mis antepasados, lugar de culto ancestral, recordando nuestros orígenes inmemoriales.

Mientras muchos hombres son esclavos de sus vidas, mi gesto encarna una voluntad ética. Yo doy la muerte para despertar la conciencia dormida. Me rebelo contra el destino. Protesto contra lo que envenena el alma y al individuo, contra los deseos invasores que destruyen nuestra identidad, incluido la familia, base de nuestra civilización milenaria. Mientras yo defiendo la identidad de todos los pueblos, también me rebelo contra el delito de reemplazar nuestro pueblo.

El discurso dominante puede dejar sus ambigüedades tóxicas, pero son los europeos los que van a asumir las consecuencias. El no tener una identidad que nos amarra a la religión, que compartimos desde Homero en su propia memoria, depositario de todos los valores en los que nuestro futuro renacimiento reconstruido con la metafísica de la fuente dañina ilimitada de toda deriva moderna.

Pido disculpas de antemano a cualquier persona que mi muerte va a sufrir, ante todo,a mi esposa, mis hijos y nietos, así como a mis amigos y camaradas. Pero una vez terminada la conmoción atenuada del dolor, no me cabe duda de que cada uno verá el significado de mi gesto y mi orgullo. Espero que los que trabajan en conjunto viendo el pasado. Van a encontrar en mis escritos algo presagiado y explicara mi acción.

Dominique Venner

Vale la pena leer desde el primer libro de Venner hasta el último y conocer también su historia como militante. Su muerte es una llamada a centuplicar los esfuerzos en defensa de nuestra identidad y un grito de combate y de movilización. Ahora le tocará a los esbirros de la prensa corrupta y miserable, lanzar cuántas difamaciones se les ocurran en sus laboratorios de operaciones psicológicas, no nos cabe la menor duda de que se tergiversarán los motivos que le llevaron a morir ante el altar de Notre Dame de París, en la isla de la Cité, allí mismo en donde hace miles de años, antes de la catedral ya existía un templo pagano. La única forma de defender su memoria es combatir por los mismos ideales que le llevaron a él a una vida de compromiso militante en defensa de la identidad europea. Porque si Dominique Venner fue algo, fue, sin duda, un combatiente, doctrinario y militante, que tuvo claro los motivos de su combate (contra la partitocracia, contra la plutocracia, contra el liberalismo, contra el nuevo orden mundial, contra el marxismo y su progresía, en defensa de un patriotismo social y nacional y de una Europa que, por supuesto, no es esta Europa miserable e inviable construida por los delirios de poder franco-alemanes, sino la Europa de los pueblos orgullosos de una identidad que se forjó desde Salamina hasta Lepanto y hasta el cerco de Viena y que, golpe a golpe.

Venner no creía –como nosotros no creemos tampoco- en un más allá venturoso. Lo que cuenta es el momento presente y no las evasiones idealistas de otros mundos tan desconocidos como irreales. Venner creía en la Tradición y en la Sangre. La tradición que nos lega arquetipos y modelos de comportamiento a los que debemos de ser fieles porque son los más acordes con la voz de la sangre. La tradición y la sangre es con lo único que llegamos a la tierra y lo único que legaremos. A eso le llamaba “identidad”.

Por eso murió y por eso otros estamos obligados a recoger su mensaje.

© Ernesto Milá – infokrisis – ernesto-mila.rodri@gmail.com

Romper el bipartidismo

Romper el bipartidismo

Hace poco me vi envuelto en una polémica bastante absurda sobre los méritos del UKIP (estrella ascendente de la política británica) y los del BNP (eterna promesa que aspira a jugar en las “ligas mayores”). Dado lo pedestre de estas polémicas en la red, también aquí se produjo la habitual confusión: para unos de lo que se trataba era de demostrar quienes eran “los camaradas” (y en esto, cualquier opinión vale: porque para unos el “camarada” es el que responde a los emails, o el que dispone de más skins entre su militancia, o acaso el que saca de paseo más banderas de la Union Jack en sus manifestaciones)… para mí, el problema era diferente: se trataba comentar la noticia sobre que Nigel Farage era el político mejor valorado y el único que aprobaba ante la opinión pública por delante de conservadores, laboristas y liberales. Y lo que planteaba era que esta era una “buena noticia”. Lo sigo manteniendo.

La crisis pasa factura a los partidos tradicionales

Vale la pena recordar que en julio de 2013 se cumplirá el sexto aniversario del inicio de la crisis y que, por el momento, seguimos dentro del túnel en el que nos ha colocado la globalización y la sucesión de catástrofes económicas que derivaron de la primera crisis inmobiliaria norteamericanas (el episodio de las subprimes) que se contagió a todo el mundo y arrastró al estallido de la burbuja inmobiliaria española con las consecuencias que todos conocemos.

Cuando se va ya por el sexto año de la crisis todo induce a pensar que las soluciones tradicionales de derechas y de izquierdas, o mejor de centro–derecha y de centro–izquierda, han fracasado en toda Europa. La crisis ha pasado factura a quien se encontraba en el poder en el momento en que se desencadenó, pero seis años son suficientes como para que quienes estaban entonces en la oposición hayan sufrido la erosión: es el precio a no tener redaños para criticar la estructura globalizada de la economía mundial, ni condenar taxativamente la economía especulativa, ni haber hecho nada para desmontar los paraísos fiscales, ni prohibir simplemente los “productos bursátiles” más absurdos y arriesgados.

El poder del dinero es tal –la plutocracia– que las alternativas clásicas de centro–derecha y centro–izquierda se encuentran desprestigiadas por completo a ojos de la opinión pública. Esta crisis, en su actual configuración, promete durar más que la de 1929 que solamente terminó cuando Inglaterra y Francia convirtieron un conflicto regional germano–polaco en una guerra mundial presionados por la plutocracia anglosajona que precisaba entonces urgentemente de una guerra para poner en marcha nuevamente los mecanismos de producción y consumo.

A diferencia de la crisis del 29, en esta ha aparecido un fenómeno nuevo: no solamente los partidos tradicionales pierden fuelle, sino también los medios de comunicación que hasta no hace mucho habían sido mayoritarios, creídos y leídos por las masas. La irrupción de nuevas formas de comunicación y muy especialmente de Internet ha hecho que solamente mediante las subvenciones y los subsidios los medios de comunicación tradicionales puedan sobrevivir. Pero, con la contrapartida, de una mayor servidumbre y de la práctica de una fidelidad perruna hacia el partido de gobierno: y esto ha acelerado su pérdida de credibilidad entre las masas. Y, no lo olvidemos, pierde influencia también cualquier tipo de estructura social que hayamos conocido hasta ahora: los sindicatos, la Iglesia, la familia…

En toda Europa, los partidos hasta ahora tradicionales, están en crisis: es el UKIP en el Reino Unido, es Cinque Stelle en Italia, es el Amanecer Dorado y su contrapartida de izquierdas en Grecia, es en Francia el Front National, en Alemania la opción de izquierdas de Lafontaine y en los países del Este un renovado auge de la extrema–derecha y de la extrema–izquierda. Es, en España también el crecimiento en intención de voto de C’s, de UPyD y, por supuesto, de Izquierda Unida.

No podía ser de otra forma: cuando los partidos tradicionales no logran sacar a un país el bache, antes o después se produce una defección del electorado. Por eso decíamos hace seis años que la crisis económica se traduciría en un aumento del paro y, en breve espacio de tiempo mutaría hacia la crisis social y que, de persistir, se convertiría en una crisis política. Lo que no intuíamos hace seis años es que esta crisis iba a ser generalizada en toda Europa.

El bipartidismo como eje central de los sistemas políticos occidentales

Desde la Segunda Guerra Mundial la mayoría de constituciones europeas están calcadas entre sí y constituidas a efectos de obtener que dos partidos mayoritarios, siempre, uno de centro–izquierda y el otro de centro–derecha, se vayan turnando en el poder en solitario o bien acompañados por un tercer partido menor en gobierno de coalición dentro de Estados que tienen una arquitectura constitucional de lo que se ha llamado “bipartidismo imperfecto”. El paso del tiempo ha hecho incluso que países en los que, inicialmente se tenía un sistema multipartidista, poco a poco, las sucesivas reformas en la ley electoral, realizadas para cortar el acceso a nuevos actores políticos, se hayan transformado en escenarios bipartidistas como en el caso de Francia.

Por otra parte, los valores aupados y trasladados por los medios de  comunicación han tendido a loar, glosar y ensalzar las opciones “moderadas”, esto es, centristas y a considerar cualquier otro como “extremista” y, por tanto, como rechazable. Pero, en un período de crisis, todo esto ya no vale y lo que cuenta es, precisamente, la capacidad de los gobiernos para superar la crisis. La muerte de las ideologías en la segunda mitad del siglo XX, ha generado la migración del electorado hacia las opciones más “eficientes”, si esta eficiencia está ausente, antes o después, se produce el abandono por parte del electorado. El hecho de que también los medios de comunicación sufran una crisis de credibilidad les inhabilita para jugar un papel de “retorno al redil” sobre la opinión pública.

Los sistemas electorales diseñados y puestos en práctica favorecen especialmente la alternancia en el poder de los partidos mayoritarios y están hechos para beneficiar a estas opciones, así como los sistemas de subvención por voto, como también lo está la legislación de publicidad gratuita. Se ha tratado desde 1945 que solamente pueden destacar los partidos “centristas” de derechas e izquierdas. El resto, aun cuando tengan seguimiento electoral, incluso superior al 20%, ni siquiera tienen representación en el parlamento.

Todo esto ha funcionado hasta la crisis, pero su hundimiento es inevitable. Por todas partes, los grandes partidos se han visto afectados por escándalos de corrupción y especialmente por falta de capacidad para reaccionar drásticamente para superar la situación de quiebra nacional de muchos países.

Así pues, lo que está fallando no es solamente el partido tal de centro–derecha o el partido cual de centro–izquierda, sino el propio sistema en su arquitectura. Durante unos años, todo parecía controlado, no había elementos nuevos: no era algo extraordinario el que el “país real” fuera por un lado y el “país oficial” por otro, los partidos pequeños seguían siendo pequeños y los grandes, a pesar de su ineficiencia, seguían siendo grandes. Pero la persistencia y la prolongación de la crisis también ha arrojado un elemento nuevo: por primera vez desde 1945 los “grandes” se arriesgan a perder su situación privilegiada, mientras que los “pequeños” van a estar en apenas dos o tres años, en condiciones de codearse e incluso de superar a los que hasta ahora eran los únicos gerentes de sus países.

Del bipartidismo a la inestabilidad

Y este dato es extraordinariamente importante para el futuro: arquitecturas constitucionales diseñadas para una alternancia bipartidista (perfecta o  imperfecta), bruscamente, van a ver como ascienden nuevas fuerzas políticas mientras que las hasta ahora han sido tradicionales y han gestionado estos sistemas, se contraen. La era del bipartidismo imperfecto está a punto de terminar en toda Europa… pero los sistemas políticos están diseñados solamente para ser gerenciados por la alternancia de dos partidos.

Esto introduce un elemento de INESTABILIDAD en el seno del sistema político de casi todos los países europeos. Y, si bien para los conservadores, esta inestabilidad es sinónimo casi de un elemento satánico filtrado, para los que creemos que los sistemas políticos creados desde 1945 en Europa deben ser  rápidamente sustituidos por formas más eficientes y racionales, la desaparición del bipartidismo es la condición sine qua non para poder operar reformas más profundas.

La crisis, tal como preveíamos en 2007, está terminando por ser una crisis política y una crisis de este tipo no se resuelve con inversiones, subsidios, ni policías, se resuelve solamente mediante la construcción de un nuevo diseño constitucional. Nada de todo ello podría hacerse si el bipartidismo prolongara su influencia por toda la eternidad. Así pues, la salida a la superficie de nuevas fuerzas políticas, sean del tipo que sean, no debe ser tomado como una contingencia sin interés, sino como un factor de esperanza: cualquier voto que va a parar a una de estas nuevas opciones es un voto de rechazo al bipartidismo, un voto decepcionado por el bipartidismo, un voto de rechazo.

¿Amigos, enemigos, “camaradas”?

Las décadas del bipartidismo han traído tres lacras: corrupción, partidocracia, irresponsabilidad. La corrupción consiste en convertir la tarea de servicio a la comunidad, la política, en una actividad lucrativa y en la habilidad para desviar dinero público a bolsillos particulares. Toda la clase política sin excepción practica este “arte”. La partidocracia es una degeneración de la democracia en la que el poder y el interés de los partidos se sitúan por encima del interés común. La irresponsabilidad consiste en el desprestigio de la política y en el hecho de que no son precisamente élites intelectuales o morales las que se dedican a esta actividad sino ambiciosos sin escrúpulos, psicópatas o simplemente inútiles que han advertido que estar a la sombra del poder es la única forma para realizar grandes negocios especulativos sin necesidad de trabajar.

Si bien es cierto que en Europa existe un rechazo generalizado a la corrupción de la clase política, es mucho menor el rechazo a la partidocracia y todavía no se percibe con claridad los efectos de la irresponsabilidad a la que hemos aludido. De ahí que es presumible que las opciones políticas emergentes alberguen todavía muchas lacras habituales en los viejos partidos mayoritarios. No se pasa de un “mundo de mierda” a un “mundo de oro” sin etapas intermedias y nunca cuando en momentos como en la actualidad la situación política está excesivamente “podrida” y la inmoralidad arraiga incluso en partidos que alardean de ser “honestos” (¿cuántos líderes incapaces de estos pequeños partidos viven de la política sin tener condiciones, inteligencia ni preparación, apropiándose de las cuotas pagadas por sus afiliados y sin tener intención jamás de acceder, ni facilitar los libros de cuentas, ni la relación de los afiliados, ni de realizar prácticas “abiertas”, “transparentes” y “no corruptas”… desde Rosa Díez, hasta el último mono (y últimos monos hay muchos), en la inmensa mayoría de partidos “alternativos” se realizan tales prácticas que desdicen la “honestidad” proclamada. En política, hoy, ni hay “mirlos blancos”, ni “vírgenes puras”, ni “prácticas diáfanas” y no interesadas. Vale la pena reconocerlo para evitar lamentos futuros y desengaños previsibles.

En estas circunstancias, en las que la población y las masas están completamente desinteresadas por la acción política, no solamente por las doctrinas sino también por las concepciones del mundo, e incluso por las fórmulas para salir de la crisis y lo único que aspiran es a que se “resuelva lo suyo”, es evidente que no tiene mucho sentido hablar de “marxistas” (IU no tiene ya nada del antiguo marxismo–leninismo, como máximo mantiene en su imaginario los tópicos de la izquierda comunista, pero del marxismo como doctrina ya no queda nada, y por lo mismo, tampoco en las opciones de extrema–derecha puede hablarse de “grandes ideologías” que solamente interesan y conocen de manera muy limitada unos pocos de sus militantes, ideologías mal definidas y peor practicadas), de “socialistas”, de “conservadores”, de “fascistas”, de “patriotas”, de “alternativos”, de “identitarios”, de “nueva izquierda”… cualquier debate político–ideológico se realiza sobre una tierra yerma, y da resultados pobrísimos y siempre de compromiso. Esto ocurre por la caída en picado de los niveles culturales de las masas, uno de los factores requeridos y aplicados por el bipartidismo para poder prolongar su dominio.

En esta situación y en los próximos años no habrá “camaradas”, entendiendo por tales los miembros de una sola comunidad de ideas lo suficientemente extendida como para que no sea una secta y lo suficiente abierta como para entender e integrar todos los aspectos de la modernidad. Hay “coincidencias”, hay “amigos”, hay “compañeros de viaje”, pero difícilmente “camaradas”, si nos atenemos a grupos mayores de 25–50 personas. Precisamente, otro de los rasgos del actual panorama político es la atomización de las opciones doctrinales, la falta de liderazgo de los dirigentes y el que dentro de cada opción, cada militante tenga posiciones personales, sometiéndose a la dirección, simplemente por interés y para no quedar mal situado en caso de que su opción logre gestionar en algún momento el poder. Por lo demás, en la totalidad de los partidos políticos existentes el nivel de preparación de la militancia es sencillamente ínfimo.

A la espera de la “gran síntesis”

Estamos hablando de un tiempo de transición, nuestro tiempo, en el que todavía es pronto para formar nuevas síntesis doctrinales de carácter global. Hoy lo que existen son apenas respuestas parciales (las tiene el 15–M, las tienen algunos conservadores, y creen que las tienen otras opciones marginales) pero, de la misma forma que no existen líderes dignos de tal nombre, tampoco existen, fórmulas doctrinales realistas y de síntesis que, aplicadas puedan resolver los grandes problemas del siglo XXI. En estos tiempos de transición no hay nada definitivo, todo es inestable, temporal, convulso. Estamos asistiendo a las convulsiones del parto de un mundo nuevo que será radicalmente diferente al que hemos conocido, pero que todavía ignoramos cómo será y qué rasgos tendrá.

En esta situación, hay que abordar cualquiera de las nuevas opciones políticas que van apareciendo CON RESERVAS MENTALES, nunca como algo definitivo. Hay, pues, que practicar cierto situacionismo: cada momento político tiene su opción más adecuada y cada problema su solución en una u otra zona del arco político. Pero, a fuerza de ser objetivos, deberemos reconocer que ningún espacio político tiene todas las respuestas para el futuro: además, los problemas, no son solamente políticos, o doctrinales, no son tampoco solamente sociales o económicos, son de todo tipo, estratégicos, tácticos… y las respuestas que pueda haber nunca están concentradas solamente en una sigla o en una revista o en un programa, están dispersos y queda todavía por hacer el esfuerzo de síntesis.

Así pues, la única actitud consecuente en este momento es la de permanecer vigilantes y con la mentalidad abierta. Lo peor, en cambio, es recluirse en sectas o en el pensamiento propiamente sectario que es, a la vez, dogmático y maniqueo. Lo importante es no forjarse falsas esperanzas, no conceder a nadie, a ninguna sigla ni a ningún líder, el apoyo total sin ningún tipo de reserva mental, y el ser conscientes de que todavía, en las nuevas opciones que emergen del hundimiento bipartidista, todavía quedan muchos residuos de egoísmo, individualismo, y patologías políticas propias de las actuales clases políticas dirigentes.

Pero el tiempo nuevo, con la caída del bipartidismo, está instalando el principio del caos en los sistemas políticos occidentales, la inestabilidad permanente y la migración del electorado de unas opciones a otras hasta que se resuelva la crisis (lo que es difícil que ocurra en Europa mientras se prolongue la actual estructura de la UE y el papel del viejo continente en la globalización).

Hoy no se trata tanto de trabajar para el presente como para el porvenir. En países como España lo que puede hacerse en un clima de desertización industrial, con un tercio de la población laboral en el paro, con más de la población joven en el paro y víctimas del peor sistema educativo europeo,  sin que las pensiones estén aseguradas, sin que las opciones que emergen sean mucho mejores que las que se están hundiendo, con una clase política en el poder y en la oposición de una mediocridad lacerante, no puede hacerse gran cosa salvo esperar a que la inestabilidad vaya en aumento de día en día y estar atento a las opciones que vayan apareciendo en el horizonte, preparándonos para descartar unas completamente, aceptar parcialmente otras y adherirnos –con todas las reservas lógicas– a aquellas que nos parezcan más próximas a nuestro pensamiento. Y hablamos en plural: unos días serán unos partidos los que propondrán medidas razonables, otros serán otros, hasta que el tiempo y la llegada de una nueva clase política sean capaces de realizar la “gran síntesis” y enunciar un nuevo paradigma político (paradigma que deberá ser será sobre todo antiliberal, antipartitocrática, antiglobalizador, y neo–corporativo).

Mientras, es preciso advertir que la crisis del bipartidismo (en España, la crisis del PP, del PSOE y de CiU) es la condición sine qua non para una renovación. Cualquier otra sigla es mejor, y seguramente “menos mala” que lo que hoy tenemos ante la vista.

Nos esperan tiempos duros en los que la crisis y las crisis que vendrán se irán superponiendo, los problemas se estratificarán unos sobre otros y faltarán líderes de la talla de los grandes conductores de la historia para encarnar el destino de los pueblos. No es tiempo para pelearse por una sigla, sino que lo que se requiere es alumbrar una “gran síntesis” político–doctrinal–económico–social. Lo que hoy se requiere no es el apoyo a tal o cual sigla, sino la voluntad de construir un mundo nuevo… la marcha a ese mundo que hasta ahora estaba obstruida por los dos partidos mayoritarios y centristas.

© Ernesto Milá – ernesto.mila.rodri@gmail.com