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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

Entrevista a E. Milá

Entrevista a E. Milá

Info|krisis.Respuestas al cuestionario enviado por el blog realmofchaosslavestodarkness sobre distintos aspectos de la actualidad, sobre el mundo identitario y sobre la situación de la cultura en España. Reproducimos el texto completo:

1 - En primer lugar, nos gustaría conocer los orígenes de Infokrisis, hace ya más de diez años, y cuáles son los objetivos del blog en el futuro, al menos, inmediatos o a corto plazo. 

El blog se inició en 2003, no como blog sino como web. Fue de las primeras que se diseñó en España en php. Al cabo de un año, unos hackers la reventaron… así que opté por plataformas que dispusieran de su propio sistema de seguridad. A partir de 2010 el blog está en dos plataformas, la antigua, blogia.com y blogspot (que abrí al percibir que se habían producido nuevos intentos de hackeo).

¿Objetivos? Un blog no es más que una fotografía de lo que uno piensa en cada momento concreto de su vida, de lo que le interesa y le preocupa, de lo que medita y de lo que consume. No hay más objetivo que el opinar sobre la actualidad o reproducir artículos propios que ya se han difundido en otros medios. En este sentido, es también un almacén de trabajos realizados. La falta de tiempo hace que no pueda incorporar material audiovisual ni más comentarios.

Este escaparate de lo que te interesa en cada momento quizás esto pueda servir a alguno como orientación, pero no tengo el más mínimo interés en ser gurú de nada, ni referencia. En momentos de crisis y confusión, cada cual debe buscar su camino. 

2 - Hace unos días le preguntábamos a Gustavo Morales si, de finales de la década de los ochenta para acá, notaba cierta evolución en la opinión pública española, un mayor grado de crítica y discrepancia frente a los medios de comunicación o la "política profesional"... No era muy optimista al respecto. Qué piensa Ernesto Milá, ¿estamos mejor o peor que en el 2004 y los inicios de Infokrisis? ¿Hay mejores "mimbres" hoy en España para construir una opción política relevante, respecto a la que teníamos hace diez años? 

Los medios de comunicación han ido variando con el paso del tiempo y mucho más en la última década con la crisis del papel impreso. Antes tenían opinión y voz propia. Ahora son simplemente la expresión de grupos económicos que tienen poco que ver con la comunicación. La televisión no es más que publicidad y, de tanto en tanto, para que la gente vea los anuncios, alguna cadena coloca incuso programación. En cuanto a la prensa influye poco o nada: hoy ver a alguien comprando un diario empieza a ser un arcaísmo, una excepcionalidad inusual.

En 2003 apenas había en España 2.500.000 de internautas (y parece que fue ayer). Hoy todo el país y por distintas terminales (ordenador, tablet, móvil) tiene acceso a la red… así pues, cabría pensar que existen mayores ocasiones para difundir información libre. Y así es. El problema es que, paradójicamente, la saturación de información mata a la posibilidad de informarse y la falta de espíritu crítico hace el resto. Es el resultado de 50 años de crisis de la educación (que ya se empezó a reflejar en los últimos años del franquismo) que han barrido literalmente el espíritu crítico de las nuevas generaciones.

¿Existen comunicadores dignos de tal nombre? Sí, claro, hay tertulianos más independientes que otros, más lúcidos y más incisivos… pero, no nos engañemos, se trata de excepciones perdidas en el océano de la mediocridad. Por todo ello cabría decir que estamos en peor situación que ayer y en mejor situación que mañana.

El debate político (como el debate cultural, como el debate social y así sucesivamente) es algo desconocido en España. Existen, como máxima, riñas de gayos y peleas al estilo del pressing cacht norteamericano: puro espectáculo. Nada serio. El “estadista”, como el “periodista” que creía en su trabajo de llegar al fondo de las cuestiones e informar a los lectores, son dinosaurios de otro tiempo sustituidos por el diputado mudo y el tertuliano remunerado. 

3 -Ante la denominada "crisis de los refugiados", se corre el riesgo de que ante el llamamiento lacrimógeno a la solidaridad de los europeos, se refuercen posturas "anti-sistema", no solo euro-escépticas, sino cercanas a partidos de tercera posición, nacionalistas, etcétera... ¿Cuál es su opinión al respecto? ¿Dónde se producirán en un primer momento? 

Seamos claros en un punto: hay inmigración en Europa porque conviene al capital. Para ganar competitividad en relación a otros actores económicos de la globalización es necesario rebajar salarios (dado que ningún país es dueño de su política monetaria) y eso se hace inyectando cuanta más inmigración, mejor. Se benefician unas patronales y se perjudica al grueso de la comunidad. La cuestión humanitaria solo preocupa a las almas cándidas.

Durante 20 años ha estado llegando inmigración con la excusa de que “pagarían las pensiones de los abuelos”. Bien, esa excusa ya es inutilizable: está claro que la inmigración no solamente no paga pensiones, sino que en sí misma, es un lastre y una aspiradora de recursos económicos. Ahora la excusa de sustitución (necesaria especialmente después de las devaluaciones de la moneda china, país que sí puede practicar una política monetaria propia y guiada por sus intereses) es la “humanitaria”. Vivimos en tiempos de ultra-humanismo, somos “tan humanitarios” que cada vez con más frecuencia de extienden los “derechos humanos”, incluso a las mascotas… Tenemos miles de ONGs subvencionadas que hacen de la “ayuda y la solidaridad” su negocio en lo que se ha dado en llamar “estafa humanitaria”.

Hay que tener en cuenta que la clase política ya no planifica: su horizonte son los cuatro años que median entre unas elecciones y otras. Lo que ocurra luego le tiene sin cuidado. Toda la clase política europea ya no piensa en términos de futuro, ni de bienestar de sus hijos en una generación, ni de lo que ocurrirá después, solamente se mueven en términos de dejar hacer a los actores económicos, preocupándose especialmente de su jubilación, es decir, del patrimonio que gestionarán cuando abandonen el poder.

Obviamente las respuestas euroescépticas, populistas de izquierdas y de derechas, son el resultado de una decepción creciente ante la clase política. Pero es una respuesta muy superficial y en la que no se excluyen regresiones: es decir, aceptaciones finales del esquema neoliberal mundial, de la globalización… En ese esquema la economía está por delante de la política. Si tenemos en cuenta que nunca como hoy han existido tales acumulaciones de capital y nunca como hoy la clase política ha estado compuesta por tantas mediocridades y oportunistas, veremos que la desproporción es absoluta. La aludida falta de espíritu crítico de la población es el coadyuvante necesario para agravar la situación.

Lo dramático es que existen grupos de opinión hartos de la actual situación y que están reaccionando a derecha e izquierda, pero en ningún caso, todavía, tienen fuerza suficiente como para imponerse mínimamente a la actual corriente dictada por los “señores del dinero”. Y el tiempo juega contra ellos: el empobrecimiento cultural, la pérdida de identidad, la disminución del espíritu crítico, el repliegue hacia lo personal, son fenómenos que aumentan de día en día tendiendo a reforzar el sistema.

Céline decía: “Nunca ha votado, no tengo la menor duda de que la mayoría es idiota por tanto sé lo que saldrá de las urnas”. Vale la pena tener todo esto en cuenta a la hora de valorar las posibilidades de la contestación. 

4 - Para muchos, la postura "evoliana" es una postura acomodaticia, poco valiente. Tal y como están las cosas, en España, en Europa y Occidente en general, ¿existe la posibilidad de reconducir a las democracias occidentales y recuperar la soberanía nacional, o es una batalla perdida? De producirse, ¿cuáles podrían ser los puntos de inflexión que precipitarían los acontecimientos? 

Evola lo único que dice es “sigue tu camino”… lo cual implica saber cuál es el camino de cada cual. Somos diferentes: unos más volcados a la acción, otros hacia la meditación, otros hacia el trabajo. Desde Dumézil se sabe que siempre existió una división trifuncional en las sociedades indo-europeas. Hay un Evola (el de Los Hombres y las Ruinas) que habla al hombre de acción. Hay otro Evola (el de Cabalgar el Tigre) que se dirige a otro tipo humano. Esto es fundamental para entender la obra de ste autor.

Dicho lo cual, añadiré que la cuestión sobre si en Europa puede hacerse o no todavía algo, es una vieja cuestión. En los años 50, supervivientes de los antiguos regímenes vencidos y miembros de algunos cuerpos de élite, ya discutían este tema. Existían dos posiciones: mientras Europa esté ocupada a un lado por soviéticos y a otro por norteamericanos, no puede hacerse nada, así que hay que trasladar el teatro de operaciones a Iberoamérica. La otra era, la de utilizar la “idea europea” para crear un nuevo proyecto continental capaz de hacerse un hueco en los escenarios políticos europeos. Este debate prosiguió hasta los años 70 y pertenece a mis recuerdos de juventud.

En la actualidad, Europa está perdida. Se puede tener un lugar bajo el sol de la democracia a condición de evitar todo radicalismo, y ocupando siempre un lugar secundario en la escena política. Es una opción a la espera de que los tiempos mejores. El problema es que la globalización es una apisonadora que mediante la Unión Europea, imposibilita cualquier capacidad de respuesta. Además, sus estructuras y políticas no son democráticas (es decir, no se elijen en votación sino que “surgen” en oficinas tecnocrática que ya no están al servicio de Europa sino del capital).

Desde 1945 la soberanía de los Estados es ficción: los vencedores de entonces (que siguen siéndolo hoy) se arrogaron el derecho de intervenir allí en donde aparezcan “amenazas” para la “comunidad mundial”. Desde 1945 el término “soberanía nacional” está obsoleto. Es un recuerdo, un residuo de la época de las Naciones-Estado. Hoy vivimos el tiempo de la Globalización, un concepto incompatible con cualquier otro que no sea soberanía del dinero. Hace unas décadas se solía decir que en Europa era donde los problemas habían alcanzado su máximo de intensidad, por tanto era aquí en donde antes se reaccionaría y de manera más contundente.

Pero ese planteamiento olvida que no son las Naciones las que reaccionan, sino los pueblos… y el pueblo europeo está tan absolutamente bastardizado y ganado por la ideología humanitarsta-globalizadora como cualquier otro. Es más: de manera empírica hemos podido comprobar que en otros países, especialmente en Canadá o en algunas zonas de Iberoamérica, existen criterios más racionales para la educación y están ausentes los prejuicios que en Europa han alcanzado categoría de dogmas.

No veo qué reacciones en profundidad podría aparecen en Europa, ni en función de qué: si Europa apenas ha reaccionado ante la crisis global iniciada en 2007, abandonad toda esperanza… no reaccionará jamás. El caso griego es sorprendente. Los europeos de hoy no son ya los descendientes de los héroes de las Termópilas, ni de Teotorburgo, no son ni los nobles godos que se propusieron reconquistar España desde los montes astures y el Pirineo catalán, no son hijos de los cruzados, ni herederos de los descubridores: son pobres despistados, débiles, moralmente ganados por el universalismo que han perdido incluso sus instintos naturales (el territorial, el de supervivencia y el de agresividad).

Por otra parte, reaccionar en contra de la globalización defendiendo a los Estados-Nación no parece la mejor fórmula: y la respuesta euroescéptica a la globalización se está haciendo desde los Estados-Nación, mucho más que desde otra perspectiva europea o desde la perspectiva de los “gran espacios” cuya necesidad ya se había puesto de manifiesto a finales de los años 30. 

5 -En un reciente artículo de Infokrisis, se apostaba muy acertadamente por lo que se denominaría un "trans-partido", ajustado a una realidad social, económica, política y cultural muy diferente a la que hemos conocido hasta ahora. Si no lo entiendo mal, el futuro estaría ahora en fórmulas tipo plataforma o coalición, que aglutinen voluntades en torno a eso que se denomina "ideas fuerza". Algo similar hemos visto dentro del nacionalismo político español, primero con La España en Marcha, y ahora con la coalición entre España 2000, PxC y PxL. Las izquierdas a esto lo han llamado -al menos en Madrid, el caso de Ahora Madrid- "partido instrumental". ¿Podrá el patriotismo político español abandonar las siglas históricas y evolucionar en la misma dirección? 

Bueno, el artículo que mencionas tiene unos 5 ó 6 años, se publicó inicialmente en la revista IdentidaD, es decir, se escribió al iniciarse la crisis de 2007, pensando que podría a partir de esta crisis se generaría una “respuesta nacional” en todo el continente que abarcaría también a España. No ha sido así.

Vayamos por partes: de las siglas y las iniciativas que mencionas solamente hay dos que tengan un mínimo de actividad y peso, PxC y E2000. El resto son entelequias a las que falta incluso “principio de razón suficiente”: ¿Por qué existe una FE-LaFalange y no está dentro de una sigla común? ¿un Nudo qué es? ¿un partido, un círculo de amigos, qué fórmula legal tiene? ¿Pueden existir coaliciones de cuatro o cinco siglas sin un solo cargo electo y con apenas unos cientos de votos en donde cada parte sea celosa de su “independenci”? Absurdos, solo absurdos y nada más que absurdos con los que no vale la pena perder mucho tiempo. Ganará el partido que tenga los mejores cuadros, los más lúcidos, los mejor preparados, el equipo más dinámico y las ideas más claras: y en mi opinión solamente hay una fórmula, el eje PxC-E2000. Todo lo demás, es demasiado pequeño, oscilante e indefinido, o incluso meros arcaísmos.

Y sí, sigo pensando que la fórmula “partido político” ya no es la adecuada. Plataformas locales unidas en torno a un programa mínimo, vertebradas por una dirección que piense en los mismos términos y en torno a un fuerte liderazgo. No creo, por supuesto que siglas históricas puedan reavivarse en ninguna circunstancia, ni tampoco creo que partidillos que llevan 20 y 30 años funcionando con los mismos líderes y sin obtener un solo éxito, sirve para algo más que para disolverse.

Pero también aquí, te diré, que ando cansado de realizar propuestas, analizar fórmulas y sugerir soluciones e incluso de seguir esta temática. No ostento ningún cargo de dirección en ningún partido y creo que va siendo hora de que las direcciones de los partidos, partidillos y grupos de amigos, demuestren lo que valen y la idoneidad de sus propuestas. En lo que a mí respecta, no tengo nada que añadir ni que proponer. 

6- Hagamos política ficción, y supongamos que dicha plataforma existe a muy corto plazo, de aquí a las generales... ¿Existe alguna posibilidad de conseguir algún éxito por la vía electoral de aquí a diciembre, o habría que esperar a las europeas de 2019? En tal caso, ¿cómo estará España para entonces, dentro de cuatro años?

 

No creo que en las elecciones de diciembre de 2015 se presente ninguna opción “patriótica” y en caso de presentarse, el fracaso será el habitual en todo lo que se hace con improvisación y sin dos dedos de frente. Las europeas de 2019 están muy lejos y veremos lo que ha sobrevivido. En cuatro años, España estará como hoy… pero un poco peor.

Con un 18-20% de la población de origen inmigrante, con el sistema de pensiones colapsado, con 5.000.000 de parados enquistados y un tercio de la población próxima al umbral de la pobreza o por debajo de ella, con un sistema educativo convertido en mero almacenamiento de alumnos, y posiblemente con un segundo estallido de la burbuja inmobiliaria (si miráis en torno a las grandes ciudades, vuelven a verse grúas trabajando, cuando aún quedan 2.500.000 de pisos sin vender…) y cuando las repercusiones de la segunda oleada de crisis de la globalización, la que está en estos momentos estallando en Brasil, afecte particularmente a las empresas de nuestro país… tal será el horizonte que tendremos en 2019.

Más inestabilidad política, los mismos niveles de corrupción, la misma deuda impagable, y casi una cuarta parte de origen extranjero. No va a ser, desde luego, una situación como para que la “vieja banda de los cuatro” (PP+PSOE+CU+PNV), ni la “nueva banda de los cuatro” (Podemos+Ciudadanos+Bilbu+ERC) puedan echar cohetes, pero tampoco como para pensar que las masas van a acudir expontáneamente a una opción euroescéptica, identitaria o “patriótica”.

Para que eso ocurra en un plazo máximo de año y medio o dos debería levantarse una bandera que, por el momento, no existe, y que como digo solamente podría partir de PxC y E2000. ¿Por qué insisto en esta idea? Porque son los dos únicos grupos que tienen una mínima presencia institucional… es decir, que tienen algo de contacto con la población. El resto, apenas registran actividad y su ausencia de mínimos resultados electorales indica que carecen de cualquier cordón umbilical con el electorado. Hay que partir de experiencias concretas que hayan supuesto contacto real con los intereses de la población. Cualquier otra cosa se hundirá en medio de la esterilidad más absoluta, por mucho que en algún momento atraigan puntualmente la atención mediática. 

7 -Recientemente hemos leído sendos artículos en prensa de Juan Manuel de Prada o Fernando Sánchez-Dragó en medios "generalistas", bastante lúcidos, que son toda una excepción dentro del discurso único de periódicos como El País, ABC, El Mundo o La Razón. ¿Cuáles son, en su opinión, otros autores "discrepantes" que, a nivel nacional o internacional, resulten al mismo tiempo accesibles, recomendables y potencialmente "peligrosos" o "dañinos" para el sistema? 

Drieu la Rochelle decía que “un intelectual no es aquel que piensa, sino el que hace del pensar una profesión”. Estoy de acuerdo con esa definición. Un intelectual tiene la función de un despertador. Es lo máximo a lo que puede aspirar. Cuando un intelectual se levanta, cada día, piensa lo que tiene que escribir. Cientos de cuartillas. Miles al año. Es inevitable que en algunas se acierte. A los nombres que citas se podrían añadir otros que publican en medios de derechas y de izquierdas.

Hubo un tiempo en que los intelectuales cambiaban la historia o al menos influían sobre el devenir histórico y en torno suyo se formaban cuadros que luego serían dirigentes políticos. La Generación del 98, por ejemplo, la del 27, o el círculo de intelectuales  que formó en torno a Maurras en Francia. Esto no ocurre ahora: el intelectual es una voz que clama en el desierto. Influye muy poco en una sociedad que cada vez lee menos. Siempre he afirmado que el avance espectacular del Front National en 1984 y en 2014 no tiene absolutamente nada que ver con los miles de páginas escritas por Alain de Benoist.

Habitualmente el conocido cuento del Rey desnudo (de Andersen… sobre la base de un cuento español del infante don Juan Manuel, El Conde Lucanor) termina con un rey abochornado cuando un “niño” (perífrasis simbólica del intelectual) grita “¡El rey está desnudo!”… Puedo adaptar ese cuento a la modernidad: “tras oír la frase, toda la muchedumbre sigue alabando al rey y el propio rey le tiene absolutamente sin cuidado si está desnudo, vestido de armiño o haciendo el pino”. ¿Moraleja de esta versión del cuento? El intelectual puede predicar en el desierto; nadie le oirá, ni aun entendiéndolo, le prestará mucho más caso que el que se presta a una lluvia de verano. Me permitirás, por tanto, que me abstenga de recomendar autores; hasta un reloj parado acierta la hora dos veces al día. Vale la pena, eso sí, tener cierta curiosidad intelectual y picotear un poco por todas partes, sin ningún tipo de prejuicios, pero lo peor que hoy puede hacerse es tener “autores de referencia”. Tal es otro “signo de los tiempos”. 

8- Una pregunta breve, y muy directa: ¿Existe la posibilidad de conseguir éxitos electorales sin tener presencia en los medios de comunicación, y más concretamente, en la televisión?

Creo que sí. Pero es una falsa cuestión. Logra un clip viral y no necesitarás salir en TV, lo verá mucha más gente y durante más tiempo. Por otra parte, los medios se hacen eco de todo lo que tiene algún tipo de influencia en la sociedad. Siempre. Ningún “patriota” ha aparecido en TV en las últimas décadas simplemente porque, salvo acciones estilo Librería Blanquerna, apenas existe actividad patriótica y la que existe llega poco a la población. La gente que se queja de que Pablo Iglesias subió gracias a la TV, olvida que previamente existieron años de preparación (movimiento de los indignados, 15-M, décadas incluso siendo segundos espadas de Izquierda Unida). Nadie aparece en TV porque sí. Cuando desalojan a un Hogar Social, las cámaras acuden y entrevistan a alguien… hay una excusa para ello.

Harina de otro costal es lo que dicen los entrevistados. En televisión “repite” el que genera audiencia. Y para ello hace falta o ser un payaso (y aceptar ponerse en ridículo delante de la sociedad) o bien ser un provocador (y generar polémica, procurando gritar más que el resto de contertulios). Si alguien tiene un mensaje que difundir no estoy seguro de que la televisión sea el medio más adecuado. Lo que no hay que confundir es “no salir en televisión” con “no hacer nada que interese a la televisión” o con “difundir un mensaje que no interese al televidente”… En realidad, lo primero es la consecuencia de lo segundo.

9 - Nos gustaría, por último, que recomendase a los lectores del blog alguna película o algún libro (novela, ensayo, biografía) reciente que considere de interés.

¿Novela? Me voy a lo clásico: El viaje al fin de la noche de Louis Ferdinand Céline. Sin duda, la mejor novela escrita en el siglo XX. Hay que leerla para reconocer que este título no es exagerado. ¿Ensayo? Compré El corazón de las tinieblas pensando que tendría alguna relación con la novela de Joseph Conrad. Lo tiene de manera simbólica; un ensayo muy recomendable sobre la estructura del Universo. Sólo apto para lectores seguros de no sufrir angustia existencial al percibir que estamos más próximos al cero que al infinito. ¿Biografía? La de Dionisio Ridruejo. Del fascismo al antifranquismo… interesante para comprender el primer franquismo y la naturaleza de los círculos intelectuales falangistas.

¿Cine? Habitualmente me regalo sobredosis de cine: Misericordia y Profanación ambas de género negro nórdico y con los mismos personajes; Timbuktu de cine minoritario africano, muestra la realidad del yihadismo vista por los que tienen que sufrirla; cine español: La isla mínima (el género negro es el mejor que se hace en España); ¿series? la primera temporada de True Detective, incluso la segunda, ligeramente más baja; ciencia ficción: Interestellar. Humor pausado: Los niños del cura… ¿Para qué seguir?

De todas formas, me atrevería a realizar alguna sugerencia: ¿ves TV? No tienes excusa. Solamente un masoquista con una alta capacidad de sufrimiento podría ver series partidas con entre 6 y 15 minutos de publicidad, largometrajes que a medida que se acerca el final aumenta la publicidad hasta lo insoportable. Hay plataformas peer to peer para disponer de cualquier película o serie que te interese, plataformas digitales –Netflix en menos de un mes– que por menos de 10 euros al mes te ofrecen miles de películas, está youTube para ver el Club de la Comedia sin necesidad de comerse a algunos pestiños contratados para hacer bulto y los clips musicales que te interesen. Y un amplio elenco de Documentales de la TV2 que se pueden bajar o ver cuando a uno le dé la gana.

Lo dicho: si sigues viento la TV Odín no te admitirá en el Walhala…  


Historia del NSDAP (vol I)

Historia del NSDAP (vol I)

Info|krisis.- Acaba de aparecer el primero de los tres volúmenes de los que constará la Historia de la Revolución Nacional Socialista y que abarcará desde la fundación del Partido Obrero Alemán en 1919 hasta la acción del Wehrwolf en los primeros años de la postguerra. El autor ha intentado separar la increíble “propaganda de guerra” que todavía impide percibir el fenómeno del nacional-socialismo tal como fue y restituir en su lugar una visión mucho más objetiva y desprovista de tópicos. Por otra parte, ha intentado contextualizar la historia del NSDAP dentro de la historia de la República de Weimar, la única forma en la que pueden entenderse las distintas etapas que le llevaron a la conquista del Estado. Se trata de una obra elaborada según el criterio que ha estado presente desde el primer número en la Revista de Historia del Fascismo: “Ni apologistas ciegos, ni detractores sistemáticos: así fue un período del siglo XX”. En este primer volumen de la obra (el segundo aparecerá en Enero y el tercero en el verano de 2016) se engloba un estudio sobre las ideología nacional-socialista y su propuesta a la sociedad alemana y el desarrollo del NSDAP entre su fundación y su reorganización en 1928. Unos anexos nos ayudan a entender el espíritu de la época y complementan la visión de conjunto sobre los primeros años del nacional-socialismo. No se trata de una biografía de Hitler, sino de un intento de comprensión histórica sobre aquellos años. El objeto de estudio es un movimiento político-doctrinal en un contexto concreto de la historia europea.

Sumario e Introducción

1) Sumario del Volumen I:

Introducción.......................................................................................     5

PRIMERA PARTE.

Los principios del nacional-socialismo..................................................     9

El nacional–socialismo como fenómeno revolucionario........................   11

 

SEGUNDA PARTE.

El desarrollo de la revolución ..............................................................   77

CAPÍTULO I. La fundación del NSDAP...................................................   79

CAPITULO II. El camino hacia el golpe de Múnich.................................. 148

CAPÍTULO IIII. NSDAP 1924–1928. La reconstrucción............................ 204

 

ANEXOS y DOCUMENTOS

ANEXO I
Ibsen y el origen de la crítica antidemocrática de Hitler......................... 271

ANEXO II
Schlageter: leyenda con fundamento.................................................. 278

ANEXO III
Combates de cervecería: experiencia vital........................................... 293

ANEXO IV
La fundación de las SS......................................................................... 316

ANEXO V
Michael, un destino alemán. La novela de Joseph Göbbels.................. 335

ANEXO VI
Nacional–Bolchevismo y nacional–socialismo....................................... 353

Anexo VII
Los 25 puntos del NSDAP 1920............................................................. 379

 

2) Introducción a la obra

En varias ocasiones a lo largo de esta introducción aparecerá la frase de Ernst Nolte sobre el período nacional–socialista: «Un pasado que no quiere pasar». Por diversas circunstancias políticas, el nacional–socialismo no es todavía examinado como un fenómeno histórico, sino como algo de lo que hay que prevenirse y que, una y otra vez, amenaza con retornar. Y, sin embargo, el nacional–socialismo es hoy historia, sólo historia y nada más que historia. Resulta evidente que, más que «nostálgicos» del nacional–socialismo (algo que existió especialmente hasta los años 70), lo que aparece hoy son grupos juveniles que adoptan simbología «nazi» en la medida en que consideran que hacerlo es la mayor provocación que pueden ofrecer a otras «tribus» de jóvenes, a las autoridades o a sus propias familias; y lo hacen sin ser muy conscientes de lo que implica tal filiación ideologica. No estamos, pues, ante un fenómeno político, ni ante una prolongación de lo que fue el nacional–socialismo histórico, sino ante un fenómeno cuyo estudio corresponde a la psicología social.

Los partidos a los que, habitualmente, se tilda abusivamente como «neo–nazis» suelen ser formaciones de derechas, más o menos radicales y en cuyos rasgos generales no encontramos todos los elementos que residieron en la ideología nacional–socialista y que, en buena medida, son irrepetibles en tanto que productos de un momento concreto de la historia. En cuanto a los que asumen en la actualidad, el nacional–socialismo como posibilidad política, o bien se trata de una minoría sin posibilidades de alcanzar el más mínimo peso específico, o bien de soñadores frecuentemente equivocados en relación a lo que fue el fenómeno histórico del que se reclaman, o bien grupos que han recibido el calificativo de «neo–nazis» siendo en realidad, grupos de extrema–derecha convencional. Vale la pena, pues, insistir de partida que consideramos al nacional–socialismo como un fenómeno histórico, único e irrepetible.

*     *     *

Estructura de la obra y método de trabajo

Con cierta insistencia se ha aludido a la «excepcionalidad del nazismo», tema que estuvo en el origen de lo que se ha llamado «la querella de los historiadores». Evidentemente, si se atribuye al NSDAP y al gobierno del Reich la autoría del «holocausto», resulta claro que el resto de fascismos no estuvieron vinculados a masacres de tales proporciones. La incorporación del tema del «holocausto» a la historia del nacional–socialismo es tardía; se remonta a mediados de los años 60, no aparece antes. Se produce por etapas, vinculadas mas al periodismo que a la historia: primero aparece la obra de Anna Harendt Eichman en Jerusalén (1963), luego, quince años después se filma la serie de TV Holocausto (1978) y es a partir de ahí, cuando este elemento se convierte en determinante en la valoración global del nazismo.

Hasta ese período estaba muy extendida la creencia de buena parte de lo relativo al «holocausto» formaba parte del arsenal de operaciones psicológicas destinado a evitar el renacimiento del nazismo y los propios historiadores no parecían atribuirle excesiva importancia. Era eviden que, de haber tenido la guerra otra conclusión, los rostros de Churchill, Roosevelt y Stalin hubieran aparecido como responsables de los criminales bombardeos contra las ciudades alemanas.

El problema que se planteó a los aliados occidentales al acabar la Segunda Guerra Mundial consistía en presentar la victoria sobre el Tercer Reich como una victoria «ideológica», no como la victoria contra una nación. Se trataba de evitar que ocurriera lo que pasó tras la Primera Guerra Mundial (veinte años de interregno hasta llegar a la Segunda) y de conseguir que la nación alemana apoyara la lucha de «Occidente» contra la URSS. Había que evitar por todos los medios que renaciera el militarismo e incluso el nacionalismo alemán. Prusia desapareció literalmente del mapa, su población fue desplazada completamente y el antiguo territorio de los Caballeros Teutónicos fue convertido en parte de Polonia, de Rusia y solamente una fracción siguió siendo alemana. La reordenación europea posterior a mayo de 1945 no solamente liquidó a un territorio, sino a su clase dirigente, los junkers, eliminándolos físicamente o decretando su muerte civil. Dicha liquidación se justificó con el argumento de que «eran nazis», cuando en realidad, solamente una fracción de los junkers apoyó al NSDAP, estando mucho más presentes en la derecha nacional y entre los «jóvenes conservadores».

Pero, el objetivo final de los aliados occidentales fue alcanzado: conseguir un socio fiel y acomplejado, temeroso de que se le pudieran recordar las atrocidades del «holocausto» (las lámparas con piel humana, los jabones elaborados con grasa de judío, etc). Cuanto más tiempo pasa, más se insiste en el núcleo duro del antinazismo: la temática sobre el «holocausto». Cuanto más nos alejamos de 1945 (y especialmente a partir de 1965), más aumenta la presión, mediática y cinematográfica, sobre el «holocausto», cuando en realidad debería de ocurrir a la inversa: empezar a considerar al nazismo como un hecho histórico integral, no con especial referencia a esta temática, sino integrándolo en una perspectiva histórica más amplia.

Por tanto, desde ese punto de vista, si existe la tan cacareada «excepcionalidad» del nazismo. Pero si se hace abstracción de este episodio ¿el nazismo sigue siendo algo completamente diferente a otros fascismos? La mística de la raza está más o menos presente en todas las formas genéricas de fascismo, si bien en la variante alemana es un elemento central a causa de la historia pasada de aquel país. El cesarismo y la figura de Hitler tienen algo de excepcional, pero una sola persona no basta, ni siquiera en un régimen cesarista, como para influenciar completamente a toda la estructura del sistema. Así pues ¿qué hay de excepcional en el nacional–socialismo? Tal es la pregunta a la que aspira a responder esta Historia de la Revolución Nacional Socialista.

Esta obra está elaborada desde la perspectiva y la intencionalidad que puede resumirse en los siguientes puntos:

– Necesidad de normalizar el estudio del NSDAP como fenómeno histórico: neonazismo y antinazismo están hoy fuera de la historia y son innecesarios a la hora de valorar el nazismo. El neonazismo no representa ningún riesgo para los regímenes  establecidos, el antinzismo es apenas una excusa para hostigar a grupos de muy distinta entidad y orientación adjudicándoles un sambenito.

Dejar que el nazismo entre en la historia, evitando, especialmente amalgamar el «grano» y la «paja», esto es la realidad de aquel movimiento y las incrustaciones añadidas por las operaciones psicológicas y por la propaganda de guerra.

– Situar al nazismo en la historia como rechazo a la ideología de «las luces», viendo en él a una doctrina que reaccionó, no sólo a nivel político, sino también a nivel intelectual, contra el pensamiento liberal y sus derivados.

–  Aceptar que fue producto de una serie de circunstancias irrepetibles. El rechazo a la guerra perdida y al Tratado de Versalles, a las injusticias liberales y a la amenaza bolchevique, la crisis del Segundo Reich y la inestabilidad provocada por la transformación industrial del país, son los elementos que están en el origen del nacional–socialismo.

– Asumir que nazismo y bolchevismo son opuestos, en absoluto complementarios y, especialmente, que uno no se justifica en el otro.

– Revisar la historia del NSDAP desde el origen y despojarla de los añadidos, las adjetivaciones y las incrustaciones que tiendan a denigrarlo o a exaltarlo, manteniendo siempre el criterio de objetividad.

– Realizar a la vez un análisis ideológico e histórico.

De ahí la estructura de este libro: una primera parte dedicada al estudio somero, pero esencial, sobre la doctrina nacional–socialista (Capítulo I); una segunda parte sobre la historia del partido nacional–socialista (Capítulos II a V), incluidos en el Volumen I. El Volumen II incluirá el desarrollo del NSDAP desde 1929 hasta el primer año de gobiernoe nacional socialista; mientras que la tercera parte abordará el gobierno del Reich (Volumen III).

Ficha de la obra:

Tamaño 15x23 cm
Páginas 380
Cubierta: cuatricomía ocn solapa
Precio: 22,00 € + 4 de gastos de envío
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27-S: nadie gana

27-S: nadie gana

Info|krisis.- El triunfalismo de Artur Mas cuando el recuento andaba por el 75% de los votos era lo que cabía esperar. La claca soberanista ha aplaudido a rabiar y todos los miembros de la candidatura han aguantado la sonrisa y se han esforzado en mostrarse optimistas y vencedores… Pero esa victoria no está tan clara: los resultados obtenidos por Junts pel Sí son inferiores a los que obtuvo hace cuatro años ERC + CiU (38 en 2012… 32 en 2015: 6 diputados perdidos que han ido a parar a CUP: 3 en 2012, 7 en 2015 y el resto de votos a UDC). El soberanismo oficialista no ha avanzado: ha retrocedido, se mire como se mire.

Si eran elecciones “plebiscitarias”, el plebiscito no ha ido bien para sus promotores

Tal como se esperaba, los independentistas han ganado en escaños pero han salido derrotados en votos. Después de cuatro años de obsesión soberanista y de presión continua en los medios de comunicación catalanes, Artur Mas no solamente no ha logrado avanzar, sino que ha retrocedido. Que él y si claca hayan optado por enmascarar la realidad ante su parroquia y presentar los resultados como una “victoria histórica” quizás logre emocionar a algún incauto soberanista de corazón blandengue, pero ni entre los analistas políticos, ni entre las cancillerías europeas, las consecuencias de estos resultados pueden enmascararse: el 47,5% de los votos han ido a parar a las dos candidaturas soberanistas; el 52% a las no soberanistas… a pesar de que los 72 escaños soberanistas les den mayoría parlamentaria.

Los resultados son exactamente iguales en número a los obtenidos durante el referéndum del pasado 27 de noviembre: 1.800.000 votos, tal es el techo del soberanismo. Menos de 2.000.000 de votos. Con este resultado cabe “felicitar” a Artur Mas por haber fracturado a la sociedad catalana y verse incapaz de avanzar más allá del techo soberanista.

De todas formas vale la pena realizar algunas consideraciones suplementarias sobre el bloque soberanista. Algo ha cambiado en estas elecciones: CiU ha dejado de existir y Artur Mas ha preferido que CDC no concurriera sola, para ello ha lanzado la cortina de humo con el cartel de Junts pel SÍ en el que quedaban difuminadas y enmascaradas las debilidades de CiU (los casos de corrupción especialmente y la destrucción de la coalición que ha sido hegemónica en Cataluña desde hace casi 40 años).

De no haberse elaborado esta lista unitaria, probablemente ERC hubiera pasado a ser el primer partido catalán. En su sentimentalismo nacionalista, Junqueras ha querido evidenciar su “generosidad” difuminándose en una lista unitaria pensando que con ella se podría romper el techo soberanista obtenido en el frustrado referéndum del 27–N. No lo han conseguido. El proyecto soberanismo ha llegado a su tope histórico: a partir de aquí solo le queda remitir y todo va a depender de las dosis de realismo que sea capaz de asumir el independentismo.

El gran error de Mas

Lo que parece confirmado es la defunción política de Artur Mas que pasará a la historia como el presidente de la Generalitat que gobernó solamente para una parte de Cataluña, utilizó los recursos institucionales descaradamente para beneficio de un partido y olvidó cualquier otra cosa que no fuera una política soberanista; el presidente se ha limitado a obtener una mayoría de escaños (gracias a la particular ley electoral catalana destinada a eternizar el nacionalismo en el poder) pero no de votos….

El gran error de Mas ha sido presentar estas elecciones como “plebiscitarias”… en las que lo que cuentan ¡son los votos, no los escaños! Su segundo gran error ha sido acudir a las elecciones sin más activos que el haber partido a Cataluña en dos: ni éxitos económicos, ni éxitos en educación, ni éxitos en política laboral, ni éxitos en sanidad, sino más bien con una lenta degradación de estos servicios. Y el problema es que el soberanismo lleva ya desde 2004 recreándose, primero en el Nou Estatut y luego en la campaña soberanista: 11 años sin acción de gobierno (más allá del reparto del 3%) y con una creciente presión soberanista… que hace tiempo que ha tocado techo.

El soberanismo no entiende que una mayoría del 51% (que no ha tenido) de los votos o de apenas cinco escaños por encima de la mayoría absoluta (contando los votos de CUP) son insuficientes para proclamar la independencia. Solamente la ingenuidad, sino la estupidez nacionalista, podía creer que Cataluña sería el primer caso en la historia de una nación generada por una votación (que, a fin de cuentas, no es más que una fotografía de la opinión de una sociedad en un momento dado y en absoluto el relejo de un proyecto histórico).

No albergamos la menor duda de que el soberanismo no extraerá consecuencias de este resultado y seguirá atascado en el “referéndum” (que perderían) y en una fuga hacia adelante a pesar de que los resultados electorales y el análisis más superficial indica que el soberanismo carece de mayoría social.

La coalición soberanista es muy posible que estalle en mil pedazos al examinar con calma los resultados del 27–S fuera de las cámaras de TV. No está claro siquiera que Artur Mas siga siendo presidente de la Generalitat, ni de lo que ocurrirá mañana. También en el soberanismo existen sectores más lúcidos y otros más obtusos y obcecados. De todas formas el soberanismo no puede, a estar alturas, renunciar al que ha sido su leitmotiv desde que en 2003 Carod–Rovira, entonces secretario general de ERC afirmaba seriamente que “2014 será el año de la independencia”. No lo ha sido y, a medida que pase el tiempo, será cada vez más imposible alcanzar ese objetivo.

La peripecia de los partidos estatalistas

Toca ahora hablar del bloque del bloque estatalista formado por Ciudadanos y el PP.

El partido de gobierno en España apenas ha obtenido 11 escaños, quedado en quinta posición. El llamado “efecto Albiol” llegó demasiado tarde y, por lo demás, no aportaba gran cosa. Su mensaje y el de Rajoy no era otro que el de cumplir la constitución y la imposibilidad legal de que un proceso soberanista llegara hasta el final. Para ellos, el problema de la independencia se reducía al respeto de la constitución… ¡Y esto lo decía el partido que tradicionalmente, –hasta que Mas se vio afectado por el sarampión soberanista– había pactado una y otra vez, reiteradamente con CiU, le había tapado sus vergüenzas, había mirado a otro lugar ante sus corruptelas e incluso había accedido a remover a algún líder del PP en Cataluña (Vidal Quadras) sólo porque Pujol lo exigió a aquel Aznar que afirmaba seriamente hablar en catalán en familia… El PP ha perdido más de 100.000 votos en lo que constituye un fracaso histórico y sin precedentes que lo contrae todavía más.

Estos votos, indudablemente han ido a parar íntegramente a Ciudadanos que, por lo demás ha recibido votos procedentes del PSC y de la abstención. Cs, con un programa basado únicamente en la lucha contra el soberanismo, sin ningún otro tema añadido, ha triplicado prácticamente sus votos y sus diputados. Insistimos: Cs no tiene absolutamente ningún otro atractivo para el electorado catalán más allá de la lucha contra el soberanismo. Esto lo sitúa en un espacio próximo al PP: a partir de estos resultados, Cs tenderá a aproximarse al PP en lo relativo a la gobernabilidad del Estado y si este partido pierde la mayoría absoluta en las próximas elecciones generales, sabe que tendrá a Cs como apoyo. Las elecciones catalanas han aproximado a ambas opciones irremediablemente.

Esto es todavía más preocupante para el bloque soberanista porque uno de sus escenarios, el más querido, era una mayoría absoluta en votos y diputados que negociara, no con el PP, sino con un gobierno de izquierdas encabezado por el PSOE y apoyado por Podemos. Era la forma de obtener algún rédito: pero el panorama cambia extraordinariamente si el soberanismo se las tiene que ver en 2016 con una coalición PP–Cs en la que Cs sea consciente de que su pujanza en Cataluña se debe solamente a su decidida e intransigente posición antisoberanista.

La miseria de la izquierda y del catalanismo moderado

Si Junts pel SÍ ha obtenido una victoria pírrica (cuyo carácter será más visible todavía en los próximos días) ha habido dos grandes derrotados: Catalunya si que es pot (Podemos + IVC) y UDC. La rotura de la coalición CiU ha desvelado por fin el misterio de lo que tenía detrás los democristianos de UDC, apenas nada, tan solo 100.000 votos que no les han dado ni para un diputado testimonial. Es el fin histórico del catalanismo conservador, la imposibilidad de resucitar la Lliga de Cambó en versión siglo XXI. Un partido de esas características desaparecerá en los próximos meses sin dejar huella y una vez abandonado el pesebre nacionalista, sin haber conseguido hacerse con un espacio propio. Los más oportunistas intentarán reentrar en CDC por la puerta trasera o acomodarse de alguna manera en el PP a la vista de que la debilidad de este partido precisa cómo sea de nuevas contribuciones.

En cuanto a Catalunya si que es pot, ha cosechado un gran batacazo que, sin duda, pesará en las espaldas de Podemos en las próximas elecciones generales. Han hecho una muy mala campaña. Cuando se inició la campaña electoral aparecían como el segundo partido con más intención de voto, quince días después habían caído a la cuarta posición… ¡aun teniendo en cuenta que esta coalición sumaba los votos de ICV más los partidarios de Podemos, el resultado ha sido inferior al que obtuvo hace cuatro años ICV en solitario!

El porqué de esta derrota se debe a la ambigüedad de sus propuestas: en un momento en el que lo que estaba en juego ¡únicamente! era definirse o no ante el soberanismo, Catalunya si que es pot, se ha ido por las ramas aludiendo a solidaridad con la inmigración, dar la palabra a los movimientos sociales, escuchar las alternativas vecinales… y mantener cierta ambigüedad en materia de soberanismo. Pablo Iglesias, de todas formas, ha sido el que se ha expresado con más claridad en una opción claramente antisoberanista… pero su candidato en Cataluña Franco Rabell afirmó seriamente que él, él era independentista. El resultado ha sido que esta coalición ha obtenido menos votos de los que había obtenido hace cuatro años ICV en solitario. Un fracaso absoluto que indica que no siempre la “unidad” multiplica los votos…

Queda aludir al PSC. Hace un año esta opción empezaba a ser residual ante el ascenso de Podemos, especialmente en Cataluña. El PSC sigue perdiendo votos, pero no ha sufrido la sangría que se podía prever. Atrapado entre el bloque soberanista y el antisoberanista, el PSC ha tirado por la vía de en medio, fiel a su tradición en este sentido que data ya desde los tiempos de la Segunda República: ni soberanismo, ni españolismo… “tercera vía”, lo que en 1931–36 llamaban “República Federal Española”, un proyecto que no ha generado más entusiasmos que el voto cerril que siempre ha tenido el PSC en Cataluña. Lejanos están los tiempos en los que el PSC era la segunda fuerza y el apoyo del PSOE para obtener mayorías absolutas. El PSC ha perdido cuatro diputados y 25.000 votos, pero puede darse por satisfechos si ha logrado detener la sangría que se preveía. No ha sido por méritos propios, desde luego. La única contribución de Iceta ha sido un mal y torpe baile de osito de peluche en un mitin mucho más que sus propuestas, el resto lo ha hecho la rama catalana de Podemos–IU que ha demostrado su incapacidad para ir más allá de las ambigüedades tradicionales de la izquierda catalana.

¿Cómo evolucionará la situación en Cataluña en los próximos meses?

Parece difícil que Artur Mas siga siendo interlocutor válido para el gobierno central, parece difícil incluso que, a la vista de que el proceso soberanista se va alargando más de lo previsto, que ERC reivindique espacios mayores de poder… ¿incluso la presidencia de la Generalitat? Está en su derecho, la cuestión es cómo reaccionara Artur Mas y en qué términos accedería a pasar a segunda fila y a reconocer que su proyecto está embarrancado, frustrado y congelado desde la mitad de la legislatura pasada.

En las próximas semanas se evidenciarán los conflictos en el interior de la coalición soberanista y se verá lo que están dispuestos a ceder a la CUP, hoy más necesaria que nunca para que el proyecto soberanista reciba un último aliento. Demasiadas contradicciones, demasiadas tensiones entre las partes y, sobre todo, un 3% en los tribunales que tizna con su porquería cualquier opción soberanista mientras los antiguos cuadros de CDC sigan frecuentándola.

No hay que excluir que el bloque soberanista opte por ignorar la realidad de las urnas y mantener el proyecto soberanista conscientes de que es su último tren. En un mundo globalizado en el que cada vez hay menos lugar para la soberanía de las naciones, una pequeña nación inédita hasta ahora, va en contra sentido de la historia. Y lo que es peor: en una Cataluña con un 20% de inmigración, a lo que hay que sumar un 2–3% más de hijos de estos inmigrantes nacidos en Cataluña pero ajenos a la sociedad catalana y no integrados, en una Cataluña con 1.500.000 inmigrantes de los que la mayoría es de origen islamista, Cataluña, independiente o integrada en el Estado tiene un gran problema, mayor que cualquier otra región del Estado.

El fracaso del PP catalán ha deslegitimado a García Albiol como su primer espada. Eso es importante en clave interna, pero también en el sentido de que deja un espacio político libre que en estas elecciones la prensa daba cubiertas por el PP de Albiol: el espacio anti–inmigración. Ahora se abre una nueva época para PxC a condición de tener claro cuál es su espacio político: la rama catalana de un movimiento anti–inmigración, euroescéptico e identitario que defienda la realidad catalana de un territorio dos identidades y que tenga el valor de recordar que la constitución de 1978 está muerta y enterrada y en 38 años solamente ha sido capaz de dar vida a cuatro lacras: partidocracia – corrupción – centrifugación – inmigración ilegal y masiva. Ha hecho bien PxC en evitar desgastarse en una competición en la que las posiciones estaban polarizadas.

La ausencia de un proyecto español en Cataluña… y en todo el Estado

Pero estas elecciones han revelado algo más, mucho más en realidad: la ausencia de un proyecto político español que fuera más allá del respeto a la constitución (Cs)  y de la amenaza del miedo al vacío de una Cataluña independiente (PP). Lo más decepcionante de estas dos candidaturas ha sido lo pobre de sus argumentos y de sus proyectos.

Las naciones no se crean ni se destruyen porque una generación, en un momento dado de su historia, haya depositado un voto en una urna. Eso solamente indica, como hemos dicho, una fotografía puntual del estado de ánimo de la población nada más. Pero una nación tampoco se mantiene ni se puede mantener –y esto es lo que olvidan Cs y PP– mediante el recurso a una legalidad caduca y a unos terrores patológicos. Una nación se mantiene porque existe un proyecto nacional en torno al cual se polariza la población y que indica los objetivos a alcanzar, y hacia dónde dirigir los esfuerzos. Lo que algún “innombrable” llamó “un proyecto sugestivo de vida en común”. Pues bien, este proyecto hace tiempo que está ausente para España y ni los últimos gobiernos han sido capaces de elaborarlo, ni la sociedad civil ha conseguido generar algún tipo de ilusión, ni los intelectuales han tenido el valor de afrontar el tema y, por supuesto, esta tarea está más allá de las posibilidades de la clase política surgida al calor de la constitución del 78.

Mientras ese proyecto nacional que debe indicar “misión” y “destino” de España en el contexto internacional y objetivos en materia interior y en políticas sociales, nuestro país no podrá enarbolar una bandera en la que nos podamos sentir identificados. En esas circunstancias, no nos cabe la menor duda de que si el proyecto soberanista cede será por cansancio y saturación, no porque un proyecto español le siegue el césped bajo sus espardenyas… Ni el soberanismo alcanzará su objetivo ni renacerá un patriotismo constructivo, vitalista y enérgico que dé un nuevo sentido al ser español.

Las elecciones del 27–S no han resuelto ningún problema, simplemente han abierto más dudas. El fracaso del soberanismo ha tenido su contrapartida en la cortedad de los argumentos de los partidos no soberanistas. Hoy casi todos los partidos utilizan los más inverosímiles argumentos para declararse vencedores, pero a poco que lo mediten, ninguno puede alardear de victoria alguna. Todos han perdido algo. La sociedad catalana ha perdida más. Ya no hay una “sociedad catalana”, hay dos. El gobierno del 3% es, además el gobierno del 47,5%.

© Ernesto Milà – info|krisis – http://info-krisis.blogspot.com

 

 

RHF XLI - Sumario

RHF XLI - Sumario

Este número se habrá impreso después del 11 de septiembre de 2015, «diada nacional de Catalunya» y antes de las elecciones autonómicas catalanas del mismo mes. A partir de esas elecciones se generará una dinámica nueva, completamente diferente a la que hemos conocido en los últimos 135 años desde que el nacionalismo irrumpió en la política catalana. La Revista de Historia del Fascismo ha repetido desde su primer número que no adoptaba posiciones políticas. Sólo nos interesa la Historia. De todas formas, cuando se aproximan estos momentos decisivos en la historia de Cataluña hemos elaborado este dossier en el que se describen las relaciones entre el Estado Fascista Italiano y los sectores más radicales del soberanismo catalán durante la Segunda República. Es uno de esos temas tabús para la historiografía nacionalista y esperamos haber puesto un pequeño grano de arena para esclarecerlo. 

CATALANISMO Y FASCISMO

> FASCISMO ITALIANO Y SOBERANISMO CATALÁN. Una relación no aclarada

págs. 6-90

La Italia fascista, interesada en desarrollar una política mediterránea siguió en los años treinta muy de cerca la evolución del soberanismo catalán. Estas relaciones explican muchas cosas: no solamente el interés de sectores de Esquerra Republicana de Catalunya y de Estat Catalá por el régimen fascista, sino también las distintas actitudes de Italia ante la «cuestión catalana». No se trataron de relaciones lineales, sino extremadamente oscilantes. Incluso sirven para entender determinadas críticas que José Antonio Primo de Rivera, uno de los principales interlocutores del gobierno italiano en España, lanzó contra el corporativismo italiano. Vamos a intentar establecer los parámetros de la cuestión y presentar los datos más relevantes que nos permitirán entender lo que ocurrió en los años de la Segunda República.


CULTURA Y ANTISEMITISMO. 

> ANTISEMITISMO EN DRIEU. Dimensión - contradicción - explicación

págs. 92-111

Existen suficientes fragmentos en las obras de Pierre Drieu La Rochelle como para ver en él a un autor antisemita. No, desde luego, de la intensidad que Louis Ferdinand Céline, pero su con la suficiente hostilidad como para que pueda ser definido como tal. De todas formas el antisemitismo de Drieu fue teórico, intelectualizado y no interfirió para en sus relaciones personales con judíos que siempre fueron buenas. El autor de estas líneas nos resume los elementos esenciales de esta cuestión, resaltando los puntos esenciales de la polémica, apoyándose en una abundante documentación en francés que hemos traducido para nuestros lectores.


GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

> LA BRIGADA IRLANDESA.

págs. 112-144

O'Duffy en tierras de ExtremaduraProbablemente el grupo de voluntarios extranjeros más popu­lar en la España Nacional fue la Brigada Irlandesa. Compuesta por unos setecientos hombres, dicha unidad llegó a la España franquista desde su Irlanda natal de la mano de Eoin O’Duffy para combatir en nombre de «la fe de sus mayores». Existe bas­tante documentación acerca de este grupo debido a que su estancia española coincide con una cuestión de mayor enver­gadura y, quizá, de mayor relevancia en torno al papel desem­peñado por el movimiento de los camisas azules en la historia contemporánea de Irlanda1. Un número bastante elevado de los brigadistas irlandeses fueron reclutados para España a tra­vés de asociaciones dentro de la órbita de los camisas azules. Esta fue su aventura. 


NEO-FASCISMO

> FRANCIS PARKER JOCKEY y el neo-fascismo en los EEUU durante la postguerra (I de II)

págs. 146-176

El presente estudio va a abarcar el espacio de tiempo que va desde el término de las Segunda Guerra Mundial hasta la fundación del American Nazi Party, es decir, de 1945 a 1960. En el curso de esos años florecieron distintos partidos y opciones políticas propias de la derecha radical, desde los «neofascistas» como el National States Rights Party, el National Renaissance Party, el entorno de Francis Parker Yockey o los llamados Defensores de la Constitución Americana, hasta los, simplemente, ultraderechistas Minutemen y la John Birch Society. En este estudio vamos a limitarnos a analizar los primeros poniendo especial énfasis en Parker Yockey.


NACIONAL-SOCIALISMO

> ALEMANIA 1930. 107 DIPUTADOS CON CAMISA PARDA (I DE II)

págs. 178-236

A partir de 1929, el NSDAP se convierte en un partido de masas que arrastra entusiasmos crecientes de la sociedad alemana. La gran recesión económica mundial de 1929 no estaba en el origen de este extraordinario desarrollo, como máximo, era un coadyuvante. En la base del éxito creciente del NSDAP estaba la inquebrantable fe que sus militantes tenían en su «misión» y el hecho de que desarrollasen un dinamismo muy superior al de cualquier otra formación política de la época, comunistas incluidos. Cuando apenas Hitler había salido de la cárcel, puesto en orden el interior de su partido, se iniciaron los primeros éxitos. Los tres años que discurren entre 1929 y las primeras semanas de 1933 constituyen un período en el que el NSDAP, día a día, fue ganando fuerza social hasta convertirse, con mucho, en la fuerza que contaba con un mayor apoyo popular. En este artículo vamos a desarrollar la historia del período transcurrido entre la campaña contra el Plan Young y los resultados de las elecciones de 1932, incluidas la salida de Otto Strasser, la revuelta de las SA berlinesas, las relaciones con los industriales y la propaganda del NSDAP.


FICHA TÉCNICA

Ficha técnica: 250 páginas
Formato 15x21 cm
Portada cuatricomía con solapas
Ilustrado
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27-S: el abismo del tedio

27-S: el abismo del tedio

Info|krisis.- Queda apenas una semana para que se vote en Cataluña unas ¿elecciones históricas? Tampoco hay que dar tanta importancia al órdago independentista. Son unas elecciones autonómicas como otras cualquiera, pero eso sí, sometidas a mayor presión soberanista a causa de la creación de un “frente común independentista”. Pero el resultado no cambiará nada la situación catalana y, al final, todo quedará en un cambalache entre Artur Mas y el gobierno de Madrid, previo al estallido en mil pedazos del conglomerado soberanista. De todas formas, creemos necesario establecer unos cuantos puntos que nos parecen fundamentales para evitar caer en errores de percepción sobre la realidad de la situación.

1) Juntos por el SÍ es una opción coyuntural, improvisada a última hora a efectos de no generar más decepciones en el electorado soberanista y, obviamente, para ocultar que la sigla mayoritaria hasta ahora en el nacionalismo, CiU, simplemente ha dejado de existir. Artur Mas se ha salido con la suya colocando a un Romeva, completamente aséptico, desconocido en la política catalana, escaso de argumentos y con muy escasa capacidad de convicción y menos aún de liderazgo. Romeva se extinguirá al día siguiente del recuento electoral, agradeciendo a los votantes su deferencia hacia la candidatura presidida por él. La habilidad de Artur Mas ha consistió en ocultar su fracaso en el tan cacareado referéndum autonómico del 9-N, eludir el hecho de que se ha quedado sin coalición y de que CDC, su partido, tiene sus grandes sedes embargadas y a sus dirigentes históricos visitando juzgados asiduamente. Más sobrevivirá todavía unos meses más, pero el nacionalismo ha cumplido su ciclo histórico y tenderá a desaparecer, entre otras cosas, porque las fuerzas históricas que lo generaron (una pujante burguesía industrial en Cataluña y el hecho de que fuera la región económicamente más potente de España) ya han desaparecido.

2) En Juntos por el SÍ abundan los “tontos útiles”: no hablemos de Romeva, personaje irrelevante donde los haya y sin el más mínimo interés para una proyección de futuro. Nos referimos especialmente a Oriol Junqueras. Sus lagrimones cuando entendió la imposibilidad de celebrar un referéndum el 9-N fueron muy significativos: simplemente, cree de manera emotiva y sentimental, en la independencia de Cataluña… aunque no tenga ni la más remota idea de, una vez llegada, qué programa habrá que aplicar. No es algo nuevo, siempre en ERC el objetivo final ha sido la “independencia”, después de lo cual ya no queda nada más a proponer. ERC ha perdido la ocasión (probablemente la única que tenga en muchos años) de ser el partido mayoritario en Cataluña: podía haber liquidado políticamente a CDC, podía haber desvinculado el “soberanismo” del “nacionalismo corrupto”… sin embargo, ha bastado la dramática apelación de Mas para acudir a unas inéditas “elecciones plebiscitarias” para ablandar aún más las morbideces de Junqueras y desdibujar la sigla ERC en una coalición sin futuro.

3) El equívoco que nadie está recordando es que nunca, en ningún momento histórico, una “nación” se ha formado con el 51% de los votos, sobre el 49% de los votantes y con una abstención del 25-30%. Para formar una nación es preciso un consenso mucho mayor y el mapa sociológico de Cataluña está demasiado estratificado y fracturado como para lograr consensos en esta materia. Todo se resume en el siguiente axioma que olvida la candidatura de Juntos por el SÍ: el soberanismo no tiene fuerza social suficiente como para lograr la independencia. Después del frustrado referéndum del 9-N no le queda más que remitir ante la imposibilidad de alcanzar sus fines. De hecho en la última concentración del 11-S ya fue necesario multiplicar por tres e incluso por cuatro las cifras de asistentes para no dar la sensación de que el fenómeno remitía. Es normal, e incluso la propia ANC lo ha reconocido: no se puede prolongar tanto un “procés” y año tras año esperar que acudan cada vez más masas dotadas de mayor entusiasmo. Hay un momento en que el “fuelle” pierde fuerza y, a pesar de que se inyecten más y más fondos públicos, hace tiempo que ya se ha tocado techo y el fenómeno adquiere su verdadera naturaleza y dimensión: fenómeno que afecta a un tercio del electorado, no más. No hay “naciones” en las que 1/3 pueda mantenerse ante 2/3 durante mucho tiempo.

4) Artur Mas ha utilizado una vez más en estas elecciones todas las triquiñuelas del pequeño trilero oportunista y de pocos escrúpulos que es, para inclinar la balanza hacia su favor: inicio de la campaña el 11-S, utilización masiva de los medios de comunicación públicos catalanes a favor de su candidatura, boicot sistemático y parcialidad en las informaciones sobre cualquier otra opción no soberanista, y utilización de argumentos manifiestamente falaces, en especial, en relación a sus propios objetivos personales y al destino de Cataluña. Nada que derive de un juego sucio de tales dimensiones puede considerarse “democrático”, ni mucho menos representativo, son las pequeñas tretas habituales entre los partidos políticos que se suceden en cualquier elección, en cualquier comunidad autónoma, incluso en el Estado y que siempre dan la ventaja a quien tiene los resortes del poder. En esta ocasión, “el voto de tu vida” (slogan del soberanismo) no es más que “más de lo mismo”: otra peque engañifa electoral.

5) La otra parte, el Estado y los partidos antisoberanistas, tampoco tienen mucho de lo que alardear. El PP lo fía todo y considera argumentos de peso a la opinión de la patronal bancaria y a la actitud de La Caixa y del Banco de Sabadell, hostiles al soberanismo, a la opinión de la patronal que pide “negociar”, y a la opinión de los “líderes europeos” que, finalmente, han sido claros sobre el poco futuro de Cataluña en la UE… a una semana de las elecciones. Tiene razón el soberanismo en considerar que todo esto son “factores de coacción” y, desde luego, no es esa la mejor forma de hacer valer, ahora mismo la causa de la “unidad del Estado”; porque si las razones de más peso para que Cataluña siga dentro del Estado son estas, se reducen a una sola: Cataluña debe permanecer dentro del Estado, simplemente porque… no puede permanecer fuera. Pobre argumento que resta, al fin y al cabo, razón de ser a la Nación y al Estado Español y que evidencian la inexistencia de un “proyecto sugestivo de vida en común” que debería existir para mantener cohesionado a un pueblo.

6) Los partidos soberanistas se aferran a la “constitución”… olvidando que la constitución de 1979 es una norma fracasada en todos los terrenos: ha sido una mala excusa para un reparto del poder muy similar al que tuvo lugar con la Restauración y quizás sirvió, como máximo, para pasar del franquismo a la democracia formal (en absoluto real), sin que una parte del país se abalanzara sobre la otra parte. Ya no existen las “dos Españas”, ni tienen lugar debates de altura como los que se dieron durante los años 50, en pleno franquismo: del España como problema de Laín, al España sin problema de Calvo Serer, pasando por España, un enigma histórico de Sánchez Albornoz. La miseria intelectual de nuestro tiempo también se refleja en la falta de propuestas intelectuales de altura para dar a la Nación y al Estado Español una “misión” y un “destino”, sin los cuales ambos son superfluos. Existe una población masificada, bastardizada por los medios de comunicación y por un estilo de vida insano y antinatural, sometida al miedo permanente a la pérdida de empleo, a la aproximación al umbral de la pobreza, que ya no trabaja para vivir y ni siquiera vive para trabajar, sino que solamente aspira a sobrevivir, sin ideales, ni horizontes, más allá del día y con unos jóvenes que se debaten entre el paro, el exilio económico, el botellón y el porro, como coberturas a su nihilismo absoluto. Ya no hay dos Españas: hay solamente una, “homogeneizada” por lo bajoy Cataluña está incluida en el pack.

7) Vale la pena no olvidar que Ciudadanos es un experimento específicamente catalán y que su ascenso se debió a la timidez de las posiciones antinacionalistas del PP y como expresión de los intereses de los castellanoparlantes catalanes. Aquí empiezan y terminan sus méritos que, una vez traspasado el partido más allá del Ebro, y tal como han demostrado en Andalucía, se quedan en una mera forma de oportunismo centrista. Nada más. Su interminable cantinela de “cúmplase la constitución” rivaliza en tedio con el PP y no aporta ningún proyecto ni nuevo, ni original, ni viable. Si Ciudadanos es una estrella ascendente es precisamente por la crisis de los “partidos constitucionalistas” que no es más que una expresión de la crisis del sistema de fuerzas nacido en 1978 y que Albert Rivera, a falta de alguna alternativa viable, presenta a la constitución como la única realidad a la que aferrarse. Ciudadanos –como, por lo demás, Podemos- contiene dentro de sí innumerables “sensibilidades” y enfoques distintos y contradictorios, pero en Cataluña todo esto se reduce a un jugar a la contra del soberanismo enarbolando la bandera constitucional. Poco para lo que se precisaría.

8) El PP, al menos se ha dado cuenta que seguir defendiendo una constitución que se recordará como la que ha propiciado el actual escenario político-social español caracterizado por CORRUPCIÓN – PARTIDOCRACIA – CENTRIFUGACIÓN – CRISIS no es capaz de generar excesivos entusiasmos ni entre los conservadores, ni entre los progresistas, ni entre los jóvenes, ni entre los ancianos. Así pues, ha decidido introducir en su programa el tema de la “reforma constitucional”. Pero las reformas cuando llegan tarde, son contraproducentes para el sistema que se quiere mantener. Y esta vez las reformas llegan con un cuarto de siglo de retraso: deberían haberse pactado cuando se hizo evidente que el efecto generado por el felipismo cuando se extinguieron los ecos de su mayoría absoluta de 1983 y, elección tras elección, fue remitiendo en medio de un desencanto progresivo de la sociedad. Cuando se vio, que en Cataluña y en Andalucía se habían instaurado la corrupción en las esferas de poder. Entonces se negó y se repetía aquella frase que todavía algún tertuliano de pocas luces cita de que “los corruptos son excepciones”… Cuando un traje muestra un par de manchas se le envía al tinte y asunto resuelto, pero ese mismo traje es insalvable cuando está deshilachado, gastado, sucio, podrido el tejido. Entonces es necesario comprar otro nuevo. El drama es que en España, aquí y ahora, ni existe la posibilidad de lograr consensos constitucionales nuevos, ni de seguir regidos por una constitución, putrefacta.

9) La tercera vía socialista no podrá evitar la sangría de votos que el PSC experimenta después de las desastrosas experiencias de los dos tripartidos junto a ERC y de las consecuencias desastrosas del zapaterismo. De todas formas, la propuesta “federalista” no es nueva en el PSC, se remonta a la Segunda República (República Federal Española). Ahora bien, el PSC se ha limitado a matizar ligeramente esta posición a la vista de que el “federalismo” apenas interesa en la mayor parte del país, pero puede ser una salida airosa en Cataluña para mantenerse equidistante del soberanismo y del estatalismo, introduciendo el concepto de “federalismo asimétrico”. Hace veinte años hubiera tenido interés discutir sobre esta posición en lugar del caos que generó luego el Nou Estatut maragallano, verdaderamente madre del problema actual: ahora ya es demasiado parte para políticas de paños calientes porque la sociedad catalana está partida en dos. El PSC (y por extensión la izquierda catalana) han permitido durante cuarenta años que CiU y la alta burguesía catalana procediera mediante una apisonadora a arrinconar la identidad española de Cataluña y ahora, cuando ese coalición ha dejado de existir y esa burguesía ha renunciado en buena medida a su proyecto, éste ha sido asumido por sectores más inestables, radicales y marginales, intenta una imposible equidistancia que termina siendo percibida por el electorado como un “ni chicha, ni limoná” que, lejos de resolver el “problema catalán”, termina generando un nuevo problema, solo que a escala nacional: la República Federal que carece de consensos y de consistencia suficiente como para poderse llevar a la práctica.

10) La irrupción de Podemos en Cataluña es el resultado directo del hartazgo de algunas fuerzas sociales castellano-parlamentes por la ambigüedad del PSC. Esta izquierda alberga la desconfianza más extrema hacia el soberanismo y el rechazo más absoluto hacia las políticas de la derecha, reconoce el mal estado de salud de la constitución y la inviabilidad de las propuestas federalistas, lo perjudicial del soberanismo y lo reaccionario del estatalismo… pero no acierta a formular una propuesta más allá de “consultar al pueblo” y dar la palabra a “los movimientos sociales”, con lo que nos situamos en un terreno utópico, casi ingenuo-felizote, en el que se parte de la base que hay sectores de la población capaces de plantear soluciones y tener capacidad para seleccionar la mejor de todas… cuando en realidad ocurre todo lo contrario: cuarenta años de empobrecimiento cultural, de sustracción progresiva de espíritu crítico y de adocenamiento mediático lo que han conseguido es que la sociedad carezca de algo más allá de respuestas puntuales a problemas coyunturales muy concretos, pero en absoluto salidas a problemas estructurales. La muestra es que durante cuarenta años esa población ha estado votando a quienes le han engañado, explotado, empobrecido, robado y despreciado y lo ha hecho reiteradamente y con absoluta indiferencia.

11) ¿Cómo terminará todo esto? Fuera de las declaraciones victimistas del soberanismo (un amigo escribía esta semana que la “especificidad catalana” era la española mas el victimismo), lo cierto es que cada vez se va abriendo más en esas filas la sensación de que la independencia es un objetivo demasiado lejano y ambicioso como para poderse alcanzar. No importa. A estas alturas y con los pases de aviones de combate rasantes por la costa del Maresme, parece claro que Artur Mas se daría con un canto en los dientes si la coalición Juntos por el SÍ le durara el tiempo justo para negociar con el gobierno de Madrid la creación de una Agencia Fiscal Catalana que recogiera todos los impuestos recaudados en Cataluña y el archivo de los procedimientos contra altos cargos históricos de CDC, a cambio de unos años a negociar sin ejercer presión soberanista. Cinco años de neurosis soberanista, en definitiva, para un cambalache sobre unos euros de más o de menos… Este es el techo máximo de lo que puede obtener Artur Mas. De ahí que la coalición se le disolverá entre las manos (como ya habíamos previsto en nuestra “Carta a un independentista catalán” publicada hace un año). Pero hay otra posibilidad.

12) La fatalidad ha hecho que en diciembre tengan que celebrarse elecciones generales. Pueden darse distintas hipótesis: o bien sigue gobernando el PP con el apoyo de C’s, o bien lo hace el PSOE con el apoyo de Podemos, o bien se camina hacia la “gran coalición” PP-PSOE. Solamente en la segunda hipótesis, Mas podría obtener algún beneficio suplementario. A partir de ahora le va a ser muy difícil negociar con la derecha y los tiempos en los que Aznar “hablaba catalán en familia” ya han pasado a la historia. Si el nacionalismo catalán quiere volver a negociar con el PP deberá cambiar a su primer espada. Mas, reconocido trilero, está ya amortizado para negociar con el Estado.

Las elecciones del 27-S no van a solucionar gran cosa. En el momento en el que ERC compruebe que ha sido “estafada” romperá y provocará la convocatoria de elecciones anticipadas volviendo a enarbolar la consigna imposible de la independencia. Pero el tiempo pasa.

Hay que decir que el independentismo está siendo desplazado en toda Europa, incluso en aquellos lugares como Flandes en donde estaría mucho más justificado. Otras formaciones como la Lega Nord, abandonada la veleidad independentista ha optado por configurare como partido anti-inmigración atendiendo a la gravedad de este problema y a su preeminencia en relación a la “independencia padana” en la que casi nadie cree. Todo lo que el soberanismo catalán no arranque en los próximos meses, no lo volverá a tener jamás al alcance de la mano. Incluso en el supuesto de que como desenlace a la actual crisis, el soberanismo consiguiera el reconocimiento de una hacienda catalana, le va a ser muy difícil seguir negociando con el Estado en los mismos términos.

El soberanismo no ha advertido el signo de los tiempos y el efecto de su propia obra sobre Cataluña: nunca como hoy Cataluña, después de casi 40 años de Generalitat, ha perdido tanto y tan profundamente su fisonomía. Los catalanes de “soca i arrels” son una ínfima minoría en medio de la oleada de apellidos del resto de la Península que durante varias generaciones han contribuido a la pujanza de la alta burguesía catalana sin ofrecer grandes problemas e incluso aceptando la pérdida de su identidad de origen de la forma más tranquila y pacífica del mundo… pero este mismo proceso es irrepetible –y esto es lo que la Generalitat no entiende víctima de los tópicos humanistas que ella misma ha difundido- ante el 1.500.000 de inmigrantes inintegrables en su mayoría que se han establecido en Cataluña en los últimos veinte años, la mayoría de confesión islámica y dotados de unas tasas de reproducción que supera entre cuatro y cinco veces la de los autóctonos y hasta diez veces la de la minoría con cuatro apellidos catalanes, la más baja de todo el mundo.

Estas elecciones y el debate de la próxima semana dejará claro aquello que Mas, ERC y los suyos han ocultado o desfigurado: que la Unión Europea es una “unión de Estados Nacionales” y que mientras exista, no hay espacio para la independencia catalana. Resultaría suicida para ellos abundar ad infinitum en la misma senda.

Conclusión: ¿Qué sentido puede tener un nacionalismo que no se forja como objetivo final la creación de una nación? Si las condiciones objetivas (actitud de las fuerzas económicas, falta de consenso social, límites insuperables de la catalanización, resistencias internacionales insuperables) y las condiciones subjetivas (cansancio social ante la obsesión soberanista, dudas sobre lo que vendrá después, identificación entre el nacionalismo y la corrupción), son ampliamente desfavorables para el nacionalismo, no basta con las condiciones voluntaristas (actividad de los núcleos soberanistas y su control efectivo sobre los medios de comunicación y sobre la educación) para lograr la independencia. Obstinarse en esa vía indica esclerosis del soberanismo e incapacidad para reemplazar este objetivo por un proyecto alternativo (que no es más que la prolongación de la imposibilidad de definir hoy qué habría después de la independencia). Inviable.

Sin olvidar que el soberanismo va en contra de la marcha de la historia: se suele decir que el siglo XXI será el siglo de la IDENTIDAD… deseo voluntarista que, por el momento, no termina de cuajar: el siglo XXI está siendo el siglo de la crisis de la globalización: El siglo se inició con los extraños ataques del 11-S, prosiguió con la recesión económica mundial de 2007 que dura todavía hoy y que, a la vista de lo que está ocurriendo en estos momentos en Brasil se prolongará (acaso porque la globalización, pasadas las primeras euforias, es una forma de organización del mundo que genera por sí misma, inestabilidad y crisis sin fin). ¿El siglo de las “identidades”? Deseo voluntarista que, por el momento sigue siendo un deseo. Ante la crisis de los refugiados sirios (en realidad, una nueva oleada de inmigración islámica hacia una Europa ya anegada por el Islam), no se están levantando en ningún lugar del continente reacciones en contra de suficiente intensidad… No el siglo XXI no será el siglo de la “Identidad”, ni lleva camino de serlo, ni nada permite que lo sea. Es el siglo de la crisis de la globalización. Como máximo será el siglo de LAS GRANDES IDENTIDADES, las únicas con fuerza suficiente para reaccionar.

Quizás la IDENTIDAD EUROPEA, si es capaz de encontrar su fisonomía y sus raíces, divorciada completamente del americanismo y del humanismo universalista, tendría la DIMENSIÓN NECESARIA PARA SOBREVIVIR (obsérvese que utilizamos el condicional). Incluso la IDENTIDAD ESPAÑOLA, apelando a los vínculos en el nuevo continente, pudiera ser una alternativa, pero no desde luego la “identidad catalana” (por mucho que se la pretenda “estirar” “de Fraga a Mahón y de Salses a Guardamar”, rebautizando al Antiguo Reino de Aragón como “Confederación Catalano-Aragonesa” o “Països Catalans”, a cual más risible), demasiado pequeña, demasiado carcomida por la inmigración islámica inintegrable y demasiado vinculada a aventureros políticos de baja estofa, demasiado parecida a la identidad de cualquiera de “las Españas”, como para tener “principio de razón suficiente” en sí misma. Si alguien sigue creyendo en el “principio de las nacionalidades” (todo puedo que habla una lengua es, por ese mismo hecho, una nación) puede aplicarse a Cataluña y en el siglo XXI, se equivoca. En primer lugar porque un principio surgido en los albores del XIX difícilmente puede servir como norma en el XXI. En segundo lugar porque Cataluña no es una comunidad mono-lingüística… sin pluri-lingüística. Treinta años de inmersión lingüística no han conseguido modificar algo que cualquiera, salvo TV3, puede percibir. A la existencia de dos comunidades lingüísticas, la inmigración ha aportado una tercera inintegrable y distanciada de las otras dos por una brecha antropológica y cultural: el árabe y el islam.

Todo lo que sea el reconocimiento de Cataluña como comunidad bilingüe y la contención de unas oleadas de inmigración innecesarias e inintegrables, es un error. No importa que hoy esta temática no esté incorporada a la temática de ningún partido que se presente a las elecciones catalanas. Se impondrá por la fuerza misma de los hechos.

© Ernesto Milá – info|krisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

 

 

Notas sobre EEUU (II de II)

Notas sobre EEUU (II de II)

La doctrina del «Destino Manifiesto»,
soporte místico de la dominación imperial

Cuando estalla la guerra de independencia de los EEUU, Francia y España apoyan a los colonos. La ayuda española existió pero no es tan conocida como la de Lafayette o Beaumarchais. En aquel momento, España controlaba Cuba y Luisiana (un espacio muy superior al actual Estado de ese nombre que abarcaba desde el Golfo de Méjico hasta el Canadá, entre el Mississippi y las Montañas Rocosas. España facilitó a la rebelión de las colonias armas, medicamentos y víveres. El General Gálvez estuvo en contacto con las tropas de Washington. A decir verdad, España alimentó a la hiena que finalmente la devoró. Ya en 1818 se produce la invasión de Florida, perteneciente a España, desde donde los indios semínolas, realizaban incursiones en el territorio de EEUU. El presidente Andrew Jackson aludió entonces a «esos odiosos caballeros españoles». España, que en aquel momento afrontaba la rebelión de las colonias sudamericanas, no pudo hacer nada para evitar la pérdida de Florida que, finalmente, fue vendida por cinco millones de dólares. En ese momento, esta expansión territorial respondía a un impulso mesiánico todavía no plasmado en declaraciones expresas. Aún habría que esperar casi treinta años para que las dos principales orientaciones de la política exterior norteamericana (todavía hoy en vigor) fueran enunciadas expresamente en la «Doctrina del Destino Manifiesto» y la «Doctrina Monroe».

En 1840, John Louis O’Sullivan publicó un grupo de artículos cuyo tema central era «El Destino Manifiesto». Se justificaba la expansión americana en todos los continentes basándose en la doctrina racista de la superioridad racial anglosajona. Esta expansión se produjo en distintas oleadas tras el triunfo de la rebelión de las 13 primeras colonias. Inicialmente, la expansión se orientó hacia el Oeste, entre Río Grande y Canadá. Fueron las «guerras indias» que abarcaron casi todo el siglo XIX norteamericano con distintos sobresaltos y con el paréntesis de la guerra civil en el que se formaron unidades indias, hecho significativo, que combatieron contra los nordistas. El procedimiento expansivo consistía en asentar colonos y luego provocar incidentes que terminaban con el exterminio o la expulsión de los indígenas.

Mayor importancia tuvo la guerra contra Méjico, con la caída de El Alamo permitida por el ejército norteamericano para justificar la intervención posterior contra el vecino país al grito de «Alamo Revenge» (vengar el Alamo) que supuso la pérdida de 1/3 de su territorio. A partir de ese momento, EEUU fue un país transoceánico que abarcaba desde el Atlántico al Pacífico y desde el Río Grande a la frontera canadiense. 

La segunda oleada expansiva partió de las tesis racistas de John Fiske, Strong, Burgess y Mahan, en las que se sostenía el supremacismo anglosajón. La «raza anglosajona» y su lengua eran consideradas superiores a las de sus vecinos y a cualquier otra. Estos escritos, descaradamente racistas y que harían palidecer a los xenófobos del siglo XXI, prepararon la intervención en Centro América y la aparición de la doctrina Monroe que, finalmente, fue el centro de esta segunda oleada expansiva. La Doctrina Monroe establecía que ninguna parte del territorio de "América", ni del Norte, ni del Centro, ni del Sur, podía ser colonizada por europeos. O dicho de otra manera: «América para los americanos… del Norte».

Durante este período el expansionismo tuvo como hitos principales los sucesivos intentos de invasión de Cuba a partir de mediados del XIX y la construcción del Canal de Panamá con el dominio efectivo sobre territorio panameño. En 1841, en pleno Segundo Despertar, ya se produjeron dos locos intentos de invadir Cuba por parte de 150 aventureros de EEUU que partieron desde Miami. Poco después, el presidente Quincey Adams  exponía que «Cuba caerá en manos de EEUU como fruta madura». Y en 1858, cuando se aproximaba la guerra civil, el «Manifiesto de Ostende», firmado por tres diplomáticos norteamericanos destinados en Europa, reiteraba el derecho de apoderarse de Cuba si España no accedía a vender la isla. Luego vino la guerra civil, el proceso de reconstrucción, un momento en el que España todavía poseía una flota eficiente y disuasiva y el nacimiento de un fuerte sentimiento nacionalista en Cuba que impedía que la venta pudiera realizarse sin que conllevara la interrupción del proceso independentista de la isla. Así pues, los norteamericanos optaron por avivar la rebelión cubana. La flota española mostró su eficacia a la hora de detener un alto número de buques norteamericanos que enviaban armas y municiones a los rebeldes. En cada episodio, EEUU denunciaba que suponía un atentado al «libre comercio». Luego, EEUU intentó imponer un tratado comercial humillante para España con la intención confesada de defender los derechos de los inversores norteamericanos en la isla.

A partir de 1887, EEUU decide que lo esencial de su expansión debe realizarse por vía marítima y, desde entonces, el poder naval de éste país empieza a superar al de España. En 1896, el presidente Cleveland dice ante el congreso que los EEUU deben intervenir en la isla, empleando argumentos tan absolutamente falsos y mendaces como los utilizados cien años después por George W. Bush y sus altos funcionarios para justificar las intervenciones en Irak y Afganistán. Cuando entrega las llaves de la Casa Blanca a su sucesor, McKinley, le dice textualmente: «Siento profundamente, Sr. Presidente, dejarle la herencia de una guerra con España, que llegará antes de que transcurran dos años». En efecto, llega 1898 y con él la explosión del Maine, tan extraña como cien años después ha resultado el atentado contra las Torres Gemelas.

Asegurado el control sobre el territorio norteamericano (nueva frontera hacia el Oeste y guerra contra México), asegurado el control sobre el «patio trasero» (el Caribe y Centro América), los EEUU miran hacia Europa donde se encuentra, en las primeras décadas del siglo XX, el centro del capitalismo mundial. EEUU no pararán hasta vencer las reticencias aislacionistas de su propia población e inmiscuirse en la «guerra europea» que, con ellos, pasa a ser mundial. Seguirán la intervención en la II Guerra Mundial, la victoria, la reconstrucción de Europa a cambio de eliminar aranceles y tener a los países vencidos por meros protectorados durante décadas.

Finalmente, la caída del comunismo suponía consagrar a la «hiperpotencia» norteamericana como un «garante de la paz y la estabilidad mundial». O tal era la pretensión que debía realizarse mediante la globalización económica. Pues bien, en todo este impulso expansivo la doctrina del «Destino Manifiesto» ha sido siempre el eje central de la política norteamericana en función de la cual se justificaban las operaciones intervencionistas. 

Esta tendencia hacia el «expansionismo» fue observado por Alexis de Tocqueville cuando escribió: «Mientras no tenga delante más que países desiertos o poco habitados, mientras no halle en su camino poblaciones numerosas a través de las cuales le sea imposible abrirse paso, se la verá extenderse sin cesar. No se detendrá en los límites trazados por los tratados, sino que desbordará por todas partes esos diques imaginarios. Tocqueville escribía estas líneas, influenciado por el «espíritu de la frontera» que extendía la colonización hacia el Oeste. Tocqueville no percibió que la importancia futura de los EEUU derivaría de que, por primera vez en la historia, aparecía una nación capaz de unir el desarrollo del capitalismo con la construcción nacional. Esa combinación hizo que la frontera no se detuviera cuando los colonos llegaron al Atlántico sino que prosiguiera en los cuatro círculos de expansión que hemos definido.

En 1777, John Jay aseguraba que el norteamericano era el primer pueblo favorecido por Dios al tener ocasión de elegir su forma de gobierno. Sólo tres años después, Samuel Cooper aludía a la «misión providencial de EEUU de transformar gran parte del globo en asiento del conocimiento y la libertad». El senador Albert Beveridge, en 1900, en un discurso explicaba: «Dios preparó al pueblo de los EEUU para ser dueños y organizadores del mundo (…) Dios ha elegido al pueblo norteamericano como nación elegida para iniciar la regeneración del mundo». El economista Johan Galting era de la misma opinión cuando escribía: «tenemos la obligación mesiánica de asumir aspectos divinos de omnipotencia, bondad y misericordia infinitas»…  Finalmente, el presidente Woodrod Wilson en 1902 expresó el mismo estado de espíritu con estas palabras: «En nuestro pueblo ha estado siempre presente una poderosa presión desplazándose continuamente en busca de nuevas fronteras y territorios, en la búsqueda de mayor poder, de total libertad de un mundo virgen. Es un destino divino que ha configurado nuestra política»… 

Hemos seguido declaraciones mesiánicas desde la fundación de los EEUU, de ahí que la última frase seleccionada fuera pronunciada el 8 de mayo de 1999 por el Fiscal General y Secretario de Justicia, John Ashcroft, hombre de nuestro tiempo, que alude a las ideas de siempre con estas palabras: «Única entre las naciones, los EEUU han reconocido la fuente de nuestro carácter como cosa divina y eterna, no cívica o temporal. Como nuestra fuente es eterna, somos diferentes. No tenemos otro rey que Jesús…». Ashcroft es un producto típico surgido de los medios evangélicos «renacidos» y del Tercer Gran Despertar. Es lo que los jefes de fila neo–conservadores llamarían un «gentil», pletórico de inocencia patriótica y fe religiosa.

Esta ideología ha estado siempre viva en la derecha estadounidense y ha sido evocada por los Bush, padre e hijo, al hacer referencia en muchas ocasiones a «nuestra superioridad moral» para justificar las intervenciones político–militares en cualquier parte del mundo.

De tal estado de espíritu deriva la doctrina del «Destino Manifiesto» formulada por el periodista John O’Sulivan justificando la anexión de Tejas, que llevó a la firma del Tratado de Guadalupe–Hidalgo. La idea es que los americanos tenían el derecho e incluso la obligación de expandir su dominio sobre el continente, ya que se consideraba que era la «voluntad de Dios». La formulación de O’Suivan venía en el momento adecuado: se trataba, por una parte, de justificar las «guerras indias» y el exterminio del pueblo  indígena. De otra parte, tenía mucho que ver con el proceso de los países sudamericanos y centroamericanos por su independencia. La Doctrina Monroe se había anticipado en 1823, dos años después de que España reconociera la independencia de México. El concepto de Destino Manifiesto es la siguiente vuelta de tuerca de la misma política. En apenas cuatro años, a partir de 1840, los EEUU duplicaron su territorio nacional. Este empuje fue considerado como parte de un proceso inexorable querido por «la Providencia» e impulsó a O’Sulivan a formular su teoría según la cual esta expansión territorial era el «destino manifiesto» que culminaba en la «dominación de todo el continente». Luego la «doctrina Monroe» consagraría esta tendencia.

No todos los norteamericanos, ni siquiera todas las fuerzas políticas, aun aceptando la idea del «destino manifiesto», coincidían con esta tendencia expansionista; algunos pedían que se definiera el territorio que debía adquirirse y cuando lo decían estaban pensando en compras territoriales. Pensaban que los territorios limítrofes, contiguos a los EEUU, terminarían uniéndose a ellos voluntariamente: «caerían como fruta madura», decían. Pero la tendencia general de quienes enunciaron la abusiva teoría del «destino manifiesto» era a pensar en una expansión rápida aunque fuera a costa de emprender guerras de conquista.

La «Doctrina Monroe» y la teoría del «Destino Manifiesto», surgidas ambas en pleno Segundo Despertar, contribuyeron, a la consolidación de la conciencia nacional y la coherencia interna de los EEUU. Mientras la primera excluía a Europa de cualquier veleidad de estar presente en Centro y Suramérica, la segunda contribuía a justificar el recurso a la guerra. En la práctica, ambos principios siguen en vigor en nuestros días y constituyen lo esencial de la política exterior norteamericana.

O’Sullivan, dio la definición de lo que entendía por «Destino Manifiesto»: «Es nuestro destino manifiesto esparcirnos por el continente que nos deparó la Providencia para que en libertad crezcan y se multipliquen anualmente millones y millones de norteamericanos». En esa época, la balanza entre los Estados que estaban a favor de la esclavitud y los que estaban a favor del trabajo asalariado, se mantenía en equilibrio, pero la incorporación de cualquier nuevo Estado podría romperlo a favor de una u otra opción.

Las dificultades de la invasión de Nicaragua convencieron a muchos norteamericanos de que era necesario descartar la idea de una república transcontinental. Percibieron que si se dilataban excesivamente las fronteras y se integraban en ella contingentes con otra lengua y otra raza, se debilitaría la cohesión de los EEUU. Pero a mediados del siglo XIX, las nuevas tecnologías de la época aplicadas al transporte (los barcos de vapor) y a las comunicaciones (el telégrafo) parecían espectaculares. Ambos avances fueron aplicados para mejorar la comunicación entre los distintos Estados de la Unión. En ese contexto cobró fuerza y peso la corriente «expansionista e intervencionista» que desde entonces siempre ha estado viva en los EEUU.

Ciertamente, los EEUU tenían tierras desocupadas y no era preciso conquistar otras lejanas para dar asiento a nuevos colonos. Aunque los inmigrantes afluían sin cesar desde Irlanda, Alemania e Italia, los contingentes llegados no eran suficientes. En ese contexto apareció la corriente «expansionista» que tomaba como referencia algunas frases del segundo presidente de los EEUU, Thomas Jefferson, y proponía la adquisición o conquista sin fin de nuevos territorios para cumplir su «destino». Esto, proseguían, serviría para que las generaciones futuras pudieran disponer de abundantes recursos económicos. Entre estos sectores se encontraban algunos teóricos del esclavismo de los Estados del Sur. Nuevos Estados, con nuevos esclavos, aumentarían el poder político de los Estados del Sur, pues, no en vano, tales Estados sólo podían situarse al Sur, es decir, más próximos al área de influencia de lo que luego sería la Confederación. Sólo así, los EEUU podrían competir con el comercio británico, especialmente por el control de los mercados asiáticos, algo que estaba en mente de los expansionistas desde que fue arrancado a México el territorio de California y se podía contar con el puerto de San Francisco como base para la expansión por el Pacífico hacia Asia.

La crisis económica de 1837 en la que un exceso de producción agrícola hundió los precios, dio nuevos argumentos a los expansionistas para que se buscaran nuevos mercados en el exterior y, para ello, había que disponer de bases en todo el mundo. Por esas fechas, Inglaterra era la pesadilla de la nueva nación, especialmente en los Estados del Sur. En 1843, el Sur denunció que Inglaterra estaba promoviendo la abolición de la esclavitud en EEUU; acto seguido proclamaron la necesidad de incorporar a la República de Texas para asegurar los intereses de los terratenientes algodoneros del Sur. Fue así, como, poco a poco, la doctrina del Destino Manifiesto se fue convirtiendo en cada vez más agresiva y haciendo del «brazo militar» y del recurso a la guerra, los elementos tácticos más habituales para su realización.

En 1823, el presidente James Monroe lanza la doctrina que llevaría su nombre en el curso de un mensaje al Congreso. El derrumbe del Imperio Español, la emancipación de las colonias en Sudamérica, había despertado las ambiciones inglesas. A continuación, EEUU intervino militarmente en 1824 en Puerto Rico, en 1845 y 1847 en México, en 1857 en Nicaragua, en 1860 en la provincia de Panamá y nuevamente en Nicaragua. La situación era tan alarmante que en 1847, Chile, Bolivia, Ecuador, Colombia y Perú se reunieron en Lima alarmados por este intervencionismo. Al año siguiente, estalló la guerra contra México. Pero no fue sino hasta la conclusión de la guerra de secesión norteamericana que los EEUU tomaron conciencia de su inmensa poder.

En 1880, cuando la «conquista del Oeste» ya había concluido, el presidente Ulises Grant no ocultó su proyecto de controlar la totalidad del continente: fue la política del big stick (palo grande) que llevó a las intervenciones militares directas, a la anexión de nuevos territorios o a la formación de «protectorados». El 15 de febrero de 1898 el acorazado estadounidense US Maine explotó en La Habana, pretexto que el presidente William McKinley utilizó para declarar la guerra a España. La culminación de lo que Theodore Roosevelt llamó «espléndida pequeña guerra», fue la conquista de Puerto Rico. En el Tratado de París del 10 de diciembre de 1898, España renunció también a Cuba y a las Filipinas.

Cínicamente, en 1901, incorporó a su constitución la enmienda Platt, aprobada por el Senado estadounidense en 1901, en virtud de la cual Cuba debía aceptar el derecho de intervención de EEUU para «preservar la independencia cubana y mantener un gobierno que protegiera la vida, la propiedad y las libertades individuales». «Con el fin de cumplir con las condiciones requeridas por Estados Unidos para mantener la independencia de Cuba y proteger a su pueblo, así como para su propia defensa el gobierno de Cuba venderá o alquilará a Estados Unidos el territorio necesario para el establecimiento de depósitos de carbón o de estaciones navales en algunos puntos determinados». Algo más de un siglo después, la base de Guantánamo sigue siendo testimonio ignominioso de esta política. Cuba pasó de depender de España a depender de EEUU que intervino militarmente en la isla en 1906, 1912 y 1917, siendo hasta 1934 protectorado.

«En el hemisferio occidental, la adhesión de Estados Unidos a la doctrina Monroe puede obligarlo, en casos flagrantes donde se encuentre frente a determinada mala conducta o a determinada incapacidad, a ejercer, aunque se resistiera a hacerlo, un poder internacional de policía», tal era el corolario de la doctrina Monroe, enunciado en 1903 por Theodore Roosevelt. Con los mismos argumentos –el respeto a las «obligaciones internacionales» y «la justicia para con los extranjeros» (que enmascaraba intereses económicos e inversiones de EEUU), «aportar el progreso y la democracia a los pueblos atrasados», etc– los marines desembarcaron en México, Guatemala, Nicaragua, Colombia, Ecuador. En 1912, en un lapsus o quizás como muestra de la ebriedad que provoca el poder, el presidente Taft declaró: «Todo el hemisferio nos pertenecerá, como de hecho, ya nos pertenece moralmente, en virtud de la superioridad de nuestra raza», lo que traducido quería decir que la defensa de la soberanía nacional de territorios que entran dentro del campo de aplicación de la Doctrina Monroe o que, por algún motivo, obstaculizan la realización del Destino Manifiesto, se convierten en una rebelión contra la potencia elegida por Dios.

A partir de la primera concesión obtenida en Costa Rica en 1878, la United Fruit Company construyó un imperio bananero en la costa atlántica de América Central dotado con millones de hectáreas. La goodwill (buena voluntad) de EEUU (el Tío Sam, diseñado con sombrero de copa, chaleco de estrellas y pantalón confeccionado con las barras de la bandera de EEUU) no puede ponerse en duda, en tanto que pueblo aliado de Dios que interviene diplomática y militarmente, con autoridad propia, sin ningún control, en los asuntos internos de estas repúblicas, manifestando la voluntad divina que los guía, de la que la Doctrina Monroe y la teoría del Destino Manifiesto son su enunciado político. En Honduras, Estados Unidos interviene en cuatro ocasiones (1903, 1905, 1919 y 1924) para «restablecer el orden» (entendiendo por tal, la defensa de los intereses de la United Fruit y de las compañías forestales y mineras de EEUU). En 1915, le toca a Haití; una fuerza al mando del almirante William B. Caperton, desembarca en Puerto Príncipe e impone una administración norteamericana. Lo mismo había ocurrido ocho antes en la vecina República Dominicana. Esta política del big stick, tiránica e intervencionista, se prolongará con el mismo cinismo hasta 1934 cuando Franklin D. Roosevelt la reemplazará por la del good neighbourhood (buena vecindad) en lo constituía solamente un cambio semántico.

En los cuatro años siguientes, la Conferencia para el Mantenimiento de la Paz (1936) y la VIII Conferencia de los Estados Americanos (1938) reconocerán la soberanía de cada país del hemisferio Sur: Asegurado el dominio económico ¿para qué comprometerse a más? El pensamiento de la clase dirigente norteamericana, aspiraba en ese momento a una proyección, no sólo hemisférica, sino mundial.

Como hemos dicho, la rivalidad con Inglaterra para controlar los mercados asiáticos y el desenlace final de la guerra civil, hizo que los EEUU buscaran bases en el camino hacia el lejano Oriente. En 1893 reclamaron las Islas Hawaii. El almirante Belknap lo justificó con estas palabras: «Parecería que la naturaleza creó ese grupo de islas para que fuese ocupado como puesto avanzado, por así decirlo, de la Gran República». Y el congresista Henry expresó en la misma línea: «Las queremos porque se hallan más cerca de nuestro territorio que de cualquier otra nación». Reclamaron el archipiélago de Hawaii y lo obtuvieron. Una vez allí, miraron a Filipinas. El ex secretario Denby explicó: «Estamos extendiendo las manos para tomar lo que la naturaleza nos ha destinado». El problema era que Filipinas no tenía ninguna relación de contigüidad con el territorio de los EEUU. No era problema, el senador Beveridge añadió: «¡Nuestra Armada las hará contiguas!». Y de Filipinas a la masa continental China. El propio Beveridge añadió: «las islas Filipinas son nuestra puerta de acceso a China». Antes, el comodoro Perry había forzado la puerta de Japón.

En 1902, Woodrow Wilson intentaba justificar este impulso expansionista aludiendo de nuevo a la doctrina del Destino Manifiesto: «Esta poderosa presión ejercida por un pueblo que se desplaza constantemente hacia nuevas fronteras, en busca de nuevos territorios, de mayor poder, de la total libertad de un mundo virgen, ha gobernado nuestro curso y como un Destino ha plasmado nuestra política». La realidad era mucho más prosaica: los EEUU, tras haber enlazado los dos océanos mediante ferrocarril y a través de la construcción del Canal de Panamá, después de haber agotado las posibilidades de expansión en el territorio americano, buscaron plasmar su mesianismo en el exterior. Las grandes crisis de la historia del siglo XX no son otra cosa más que el producto de los desajustes internacionales provocados por el expansionismo norteamericano. Fue así como el tiempo pasó.

El «dios» de Bush: religiosidad a la carta 

Pocos presidentes como Reagan y Bush han encarnado de una manera tan clara los valores de un Gran Despertar. Tiende a decirse que Bush es un accidente en la historia de los EEUU y que, solo la fatalidad, la acción de grupos de presión minoritarios que se convierten en mayoritarios a causa del alto absentismo electoral de la población y los extraños ataques terroristas del 11–S, han beneficiado su proyección nacional e internacional. No es así. Bush, lejos de ser un accidente en la historia americana, fue la encarnación de las fuerzas socio–político–religiosas que han creado los EEUU y que, por tercera vez se han manifestado con los cambios sociales que siguieron a los años sesenta. Antes que con Bush esas mismas fuerzas emergieron con Reagan, pero incluso en personajes tan distintos como Roosevelt, Carter, Lincoln o Washington, afloraban temporalmente con mayor o menor intensidad. En todos ellos, el mesianismo como destino histórico y misión de la nación americana, la simplicidad extrema y maniquea en los razonamientos y la existencia de un enemigo presentado inevitablemente como «eje del mal», ha hecho que la misma línea política emergiera una y otra vez. Si no hubiera sido con Bush habría reaparecido con cualquier otro.

Ahora bien, hay que reconocer a George W. Bush la importancia histórica de haber “descubierto” un enemigo. Si bien el mérito no le corresponde a él, sino a sus analistas de seguridad y, seguramente, a sus servicios especiales, lo cierto es que, desde 1990, la hiperpotencia americana se había quedado sin enemigo. La caída del comunismo le sumió en una profunda desorientación que los Fukuyama y Huntington intentaron disipar, pero que contribuyeron a enmarañar un poco más las dudas del stablishment norteamericano sobre quién era y dónde estaba su enemigo. Los providenciales ataques del 11–S sirvieron para crear ese enemigo fantasma y, de manera aleatoria, para consolidar la presidencia de Bush que se basaba en una usurpación oligárquica y plutocrática, más que en la aritmética electoral.

En varias ocasiones, incluso en conversaciones privadas con dirigentes de distintos países, Bush ha reconocido que de no haber tenido su revelación personal de Cristo, en este momento estaría tirado sobre la barra de cualquier bar de Texas. Bush era un «cristiano renacido» y compartía absolutamente todos los postulados de esta corriente que ya conocemos.

Si se prescinde de la naturaleza de estas creencias político–religiosas, se corre el riesgo de no entender absolutamente nada de la política exterior norteamericana. Ahora, con todo el bagaje que ya tenemos sobre los cristianos renacidos, comprendemos el por qué de la insistencia de invadir el territorio bíblico de Irak y la irracional y pertinaz persistencia en negarse a solucionar el conflicto árabe–israelí mediante el apoyo y el estímulo constante a las provocaciones de Ariel Sharon desde su irrupción en la explanada de las mezquitas (septiembre de 2000) hasta el asesinato por miembros del Mosad de un dirigente de Hamas radicado en Damasco, es decir, terrorismo puro y duro, al margen de cualquier interpretación del derecho internacional.

Lo que ocurrió fue que la América que ha heredado George W. Bush era un país en quiebra en todos los terrenos. La sociedad americana está sufriendo un proceso de fragilización que daba la razón al antropólogo Melvin Harris cuando en 1982 afirmó que EEUU está entrando en una guerra civil que será a la vez, racial y social y que, probablemente, siga al desplome de su economía a causa del desequilibrio en la balanza comercial. En 2003 aumentó la pobreza por segundo año consecutivo.

La tasa en el 2001 era de 11’7, al año siguiente pasaría al 12’1, esto es 34,6 millones de pobres con un aumento de 800.000 en apenas un año, a los que había que sumar 14 millones más en condiciones de extrema pobreza. El 16’7% eran niños pobres, esto es 12 millones, 400.000 más que en el 2001. Pero esto no había sido lo peor. Desde el inicio del milenio se fue afianzando la distancia que separaba a ricos de pobres: en 1985 una quinta parte de la población detentaba el 45% de la riqueza; en el 2001, habían acumulado ya el 55% de la riqueza. Solamente entre 1998 y 2001 la diferencia entre el 10% más rico y el 20% más pobre, hubo aumentado un 70% ¡en apenas tres años! Después de la crisis económica iniciada en 2007 estas distancias aumentaron todavía más

A pesar de ser un ex alcohólico, Bush y su administración han ido liquidando progresivamente programas sociales. En 2001, el propio Bush anuncio que la rehabilitación de alcohólicos y toxicómanos se realizaría, a partir de ese momento, no a través de programas de desintoxicación y reinserción social… ¡sino mediante la oración! Es previsible la catástrofe social que tendrá lugar en los próximos cinco años si se persiste en este insensato programa. La debilidad de la sociedad americana (la que detenta el mayor índice de analfabetismo real y estructural de todo el «primer mundo») se hará todavía más evidente y peligrosa. Al final del camino lo que espera a una política social de tal estilo es el desplome social. Pero hay más.

La sociedad americana, se ha dicho y repetido hasta la saciedad, es una sociedad extremadamente violenta. Doscientos millones de armas en manos de particulares generan una violencia inigualable en el espacio occidental e incluso en zonas degradadas del Tercer Mundo. El 2002 volvió a aumentar la violencia y los delitos cometidos: 11’8 millones, un 2’1% más que el año anterior. La cifra de asesinatos es insoportable: 15.980 al año, 44 al día. El número de violaciones es igualmente significativo por lo extrema: 90.491 violaciones al año en 2007, 245 al día. Y esto en un país que se jacta de tener un sistema que enfatiza el castigo penal del delito… pues bien, ni aún así.

En 2002 existían en EEUU, 2’1 millones de presos que representan una tasa desmesurada del 10 por 1000, diez veces más que en Europa. Ciertamente los afroamericanos que apenas representan el 13% de la población, aportan el 60% de los reclusos, dato a tener en cuenta. También en las tasas de pobreza los afroamericanos (después de 40 años de integración racial sin tregua) suponen el doble de la media nacional. Y en cuanto a la vigencia y generalización de la pena de muerte, tampoco ha supuesto un freno para el aumento de la delincuencia. La relajación e impreparación de los tribunales con jurado popular ha hecho que desde 1973 hasta 2003, un mínimo de 100 inocentes hayan sido ejecutados. El propio Bush firmó en Texas, cuando era gobernador, 152 ejecuciones. Y, sin embargo, ahí está sentado en el Despacho Oval de la Casa Blanca.

Está claro que EEUU está cambiando. Ya hemos visto que para que los dos Grades Despertares previos se han producido en situaciones de cambio acelerado. Ahora vuelve a aparecer uno de esos endiablados momentos de la historia en donde nada permanece por mucho tiempo sin mutar. El problema es si todas estas mutaciones van a ser «positivas» o «negativas» y si van a hacer avanzar a los EEUU, como ocurrió con los dos Despertares anteriores, o bien estos cambios van a debilitar al país y provocar un desplome interior (tal como pensamos).

Hasta la llegada de Reagan al poder, los presidentes de los EEUU, más o menos, tenían a gala mostrar sus convicciones religiosas. A nadie se le escapa que Clinton tenía muy poco de religioso y no lo habría demostrado de no haber sido por el caso Levinsky. Todos los presidentes de los EEUU, son sinceramente creyentes o simulan tener creencias religiosas. Habitualmente quienes si tenían tales criterios eran los ciudadanos de base. En contrapartida, la tensión religiosa estaba muy atenuada en la cúpula del stablishment, limitándose a ser una especie de atrezzo emotivo y sentimental en los discursos. Pero en las elecciones del 2000 todo esto cambia. Bush llega acompañado por una corte de intelectuales procedentes de la extrema–derecha conservadora ligada a los medios religiosos fundamentalistas y a los seguidores del filósofo y politólogo Leo Strauss. Estos núcleos confluyeron con otros grupos de presión tradicionales en la política norteamericana: el complejo militar–industrial, los petroleros y el lobby judío.

Mary Kaldor en su artículo Irak: una guerra sin igual (El País, 2 de abril, 2003)  indicaba que  «la Administración de EEUU ha sido secuestrada por un grupo de ideólogos mesiánicos, que creen que pueden organizar el mundo según los intereses norteamericanos. Esta gente se compone de cuatro grupos que se solapan: individuos que participaron en la Administración Reagan y que sienten nostalgia de la lucha maniquea entre buenos y malos; representantes del complejo militar–industrial que saldrán beneficiados de la guerra y que han adoptado la fe en el poder militar; fundamentalistas cristianos de derechas; y defensores a ultranza de Israel». El historiador Gabriel Jackson, a quien ya hemos citado, reconocía en su artículo «La religión en la cruzada de Bush contra Irak» (El País, 24 de marzo de 2003)  «la importancia de la cristiandad bíblica como factor más destacable de la opinión pública en los EEUU». No es que Bush careciera de ideas, es que tenía «malas ideas»…

La «ideología» política de Bush, como la de Reagan ayer, puede definirse en terminología europea como «reaccionaria». Intentaron seguir el camino marcado por Bill Graham y Jerry Falwell, inmediatamente después de los atentados del 11–S: revalidar la alianza entre Dios y su pueblo (EEUU) para que éste sitúe a los EEUU en el lugar que se merece como faro de las naciones. Volvemos a la doctrina del «destino manifiesto». Para ello, no es raro que el programa «social» que Bush propuso a la nación americana coincidiera en todo con el redactado por la Coalición Cristiana de Falwell: retorno de la religión a la escuela, protección a la familia, lucha contra el divorcio, el aborto, el feminismo y la homosexualidad. El gobierno Bush, evidentemente, no está formado «sólo» por fanáticos religiosos, pero estos si figuran entre sus rostros más conocidos. La revista El Viejo Topo recuerda que «La consejera de Seguridad Nacional, Condoleeza Rice, es hija de un predicador, el jefe de personal, A. Card, está casado con una ministra metodista, el secretario de Comercio, Don Evans, fue quien puso en contacto a Bush con la Biblia,  el fiscal general, John Ashcroft, pertenece a un grupo extremista cristiano, lo mismo que el asesor Karl Rove. Un teólogo, Mike Gerson, escribe los discursos de Bush». Y el propio Bush fue ganado por los «cristianos renacidos» tras su experiencia con el alcohol y la cocaína.

En realidad, George W. Bush no hizo otra cosa que exasperar la doctrina Reagan, volverla más agresiva y directa y realizar «simulacros teatrales» de lo que Emmanuel Todd llamó la «estrategia del borracho»: dar miedo, fanfarroneando ante actores muy secundarios frente a los cuales la victoria está asegurada (el régimen talibán, el Irak de Saddam, el gobierno coreano o castrista…). Diferente era la actitud de Reagan frente a la Unión Soviética que, efectivamente, tenía un potencial destructivo equiparable al de EEUU, un poder del que no disponen ni por asomo en los «estados fallidos» (Estados que han fracasado en su intención de organizar a la sociedad de una nación y han caído en manos de redes terroristas o de delincuentes) y «estados terroristas» (Estados controlados directamente por terroristas y que fomentan el terrorismo), integrados en el «eje del mal» tal como fue definido por Bush. Reagan hablaba del «Imperio del Mal» (el mundo comunista), Bush altera poco este concepto. El Viejo Topo terminaba su artículo explicando: «De la doctrina del eje del mal, con el cual no se negocia, derivan los rasgos característicos del equipo de la Casa Blanca: es dogmático en lo económico (ultraliberal) y en lo religioso (ultracristiano), inflexible con los enemigos, duro con los aliados si no son incondicionales (el odio a los tibios prescrito en la Biblia), prima la fuerza militar sobre la diplomacia (que cumple el secundario papel de arreglar los destrozos, no de evitarlos) y subordina la legalidad internacional a la estrategia nacional (sirve si es útil al proyecto de reforma moral y de expansión económica de la Casa Blanca; si no, es legal lo que lo favorece al Gobierno de EEUU). Inspirándose en la Biblia, la Casa Blanca reordena el mundo, dicta las nuevas prioridades, las nuevas normas, las nuevas jerarquías y las nuevas alianzas. Así parece que Dios es el artífice del nuevo orden mundial y que el Gobierno norteamericano es un simple instrumento de su voluntad». Con Obama no ha variado mucho estos planteamientos, tan solo han atenuado su carga fundamentalista, pero no sus contenidos, ni sus políticas.

Esta doctrina extraña y anómala, enloquecida, es una constante de la política norteamericana desde el período de los «Padres Fundadores».

(c) Ernesto Milá - info|krisis - ernesto.mila.rodri@gmail.co - Prohibida la reproducción e este texto sin indicr origen.

Notas sobre EEUU (I de II)

Notas sobre EEUU (I de II)

El americanismo: los tres grandes despertares religiosos

Se ha dado en llamar “despertares espirituales” a las distintas oleadas de renovación en materia de religiosidad (o seudo-religiosidad) producidas en los EEUU durante los últimos 250 años. A pesar de tratarse de un fenómeno local, estos “despertares” han tenido repercusión en el resto del mundo, en particular, el último, el llamado “Tercer Gran Despertar Espiritual”.

Este “despertar” se inicio a mediados de los años sesenta del siglo XX nacieron y alcanzaron una creciente influencia en EEUU, nuevos movimientos religiosos. Casi todos ellos, hunden sus raíces en movimientos anteriormente existentes, pero, la novedad es que irrumpen con una fuerza inusitada que antes no tenían. Siempre, desde finales del siglo XIX, habían existido movimientos religiosos, más o menos, exóticos, pero solamente a partir de los años sesenta del siglo XX alcanzaron un carácter masivo, se situaron más cerca de las esferas de poder y lograron implantarse a nivel planetario. Siempre, así mismo, han existido movimientos evangélicos cristianos, pero hasta las dos últimas décadas del siglo XX, no influyeron decisivamente en la política y en la vida social americana.

Algo está pasando en América que no somos capaces de percibir en su totalidad; algo que nos salpicará a todos; mejor dicho, que nos está salpicando ya. Estamos perdidos en pleno bosque y la vegetación nos impide tener perspectiva del paisaje global, pero lo cierto es que se está produciendo una renovación religiosa que, partiendo de EEUU, tiende a crear un “nuevo orden religioso mundial”. Es, seguramente, un efecto de la globalización, pero es, también, algo más que eso. Vale la pena recordar la importancia de estos tres “grandes despertares espirituales”.

El Primer y el Segundo Gran Despertar Espiritual Norteamericano

Gottlieb Mittelberger, un observador alemán que recaló en las colonias de nueva Inglaterra, expresó con claridad la situación en 1754; recordó que en Filadelfia existían 12 iglesias, pero también 14 destilerías de ron… En esa época bullía lo que se ha dado en llamar «Primer Gran Despertar» que, que finalmente, cristalizó de la mano de George Whitefield, un predicador carismático, llamado el «Gran Itinerante». No le costaba reunir a 10.000 fieles reclutados entre los baptistas y la periferia más extrema del puritanismo, lo que nos indica que a mediados del siglo XVIII, las excentricidades religiosas ya recogían el fervor de un sector mayoritario de la sociedad americana. Whitefield realizó en 30 años, siete giras continentales y su actividad hizo crecer la influencia del puritanismo más extremo y excéntrico. Otros siguieron su obra dentro del marco del Primer Gran Despertar.

Se trató, ciertamente, de un «despertar espiritual», pero que tuvo orientaciones muy diferentes. De un lado, es innegable que tuvo una componente «iluminista». Tampoco en este terreno nada ha cambiado en la modernidad con respecto a la tradición religiosa de los EEUU. El iluminismo cree en la posibilidad de una brusca comprensión de la verdad, mediante un diálogo directo con Dios. En este diálogo el síntoma más significativo es la caída de un velo y la percepción intuitiva de una nueva realidad. Uno de sus predicadores, Samuel Jhonson lo había expresado magistralmente cuando definió lo que sintió al leer una obra de Francis Bacon: «me había sentido como aquel que emerge de las sombras y se encuentra de pronto con la luz de un día soleado». Este tipo de experiencias eran consideradas como «liberadoras» y, no hay absolutamente nada que separe esta visión de la que mantienen los «cristianos renacidos» en los EEUU desde los últimos años del siglo XX.

Pero lo importante es recordar también la otra tendencia del Primer Gran Despertar. Samuel Jhonson fue, así mismo, primer presidente del King’s Collage. Otro predicador puritano y congregacionista, Eleazar Wheelock fue, también, fundador de una escuela para niños indígenas que luego se convirtió en la Facultad de Dartmount especializada en estudios de los clásicos. Esta segunda tendencia del Primer Gran Despertar tuvo una repercusión particular en el terreno formativo y educativo y repercutió en el contenido mismo de las enseñanzas. Además, a partir de 1785, los anglicanos de Boston adoptaron una teología no trinitaria y se convirtieron en la primera «iglesia unitaria» de Norteamérica. A partir de ese momento, aparece un nuevo tipo de confesión religiosa que ya no tiene absolutamente nada que ver con las europeas.

El resultado de este Primer Gran Despertar, previo a la lucha por la independencia de las colonias y que allanó el camino hacia este proceso, fue la constitución de una nueva forma religiosa basada en cinco puntos:

1) énfasis en la predicación,

2) ausencia casi completa de clero,

3) liturgia reducida a la mínima expresión,

4) aumento del valor de la experiencia individual y

5) moralismo como eje central aplicado a la vida cotidiana y a la enseñanza.

El logro fundamental fue que el Primer Gran Despertar dio una identidad común a todos los núcleos de población dispersos por la Costa Este. Hasta entonces, cada comunidad parecía aislada de las demás y tenía inevitablemente a una secta religiosa como corriente mayoritaria. Cada colonia era un mundo aparte y estaba vinculado con el exterior sólo a través de Londres. Con la aparición del Primer Gran Despertar, se forma una conciencia colectiva, se establece un denominador común, autónomo y autosuficiente de la metrópoli. Es significativo que, en realidad, Whitefield, predicador itinerante recorriera todas las colonias de forma incansable. Cuando murió, fue el primer norteamericano recordado tanto en Georgia como New Hampshire. Whitefield fue la primera figura pública «norteamericana». Gracias al Primer Gran Despertar y a sus predicadores las colonias comprendieron lo que tenían en común.

Como hemos visto, el Primer Gran Despertar espiritual norteamericano daría lugar al movimiento que cristalizó en la independencia nacional. A partir de ese momento, se  inicia un período de rápido desarrollo económico, afluencia masiva de inmigrantes europeos que huían de las guerras napoleónicas y de los destrozos de la Revolución Francesa, y un espectacular crecimiento demográfico que hacía necesaria la producción de bienes en cadena. Mientras todo este proceso socio-económico se activaba, los valores de Norteamérica, especialmente religiosos, seguían vivos. Pero a partir de 1790, cuando la lucha por la independencia empezaba a quedar lejos, apareció una nueva forma de religiosidad que ha dado en llamarse «Segundo Gran Despertar». Todavía harían falta 200 años más para que se generase el «Tercero», que prosigue todavía en nuestros días.

Ya ese Segundo Despertar tuvo como instigadores a predicadores itinerantes que organizaban grandes asambleas públicas generando histeria colectiva y crisis liberadoras para muchos asistentes. El movimiento irradió a partir del Estado de Kentucky. Los predicadores excitaban hasta el frenesí a los asistentes situándolos en una especie de trance profundo e innegable. En el punto culminante, algunos de los asistentes caían al suelo con un grito penetrante, se convulsionaban, mováin la cabeza de un lado a otro vertiginosamente y luego parecían como muertos. Algunos caían en una risa espontánea e irrefrenable pero, en absoluto, contagiosa; en otros se producían extraños fenómenos paranormales, el sujeto, tras danzar, parecía estar ausente con una sonrisa beatífica en el rostro. Los había que «huían por miedo» según un testigo, y otros cantaban «con el cuerpo», sin que el sonido surgiera de sus labios. Puede parecer algo extraño, e incluso alguien sospechará que las descripciones están falseadas, pero, en realidad, nada de lo dicho es diferente de lo que ocurre, aquí y ahora, en las asambleas de los «cristianos renacidos», ni en sus principios, ni en su fenomenología.

Este movimiento, que alcanzó a prácticamente toda la sociedad norteamericana, generó las grandes organizaciones religiosas específicamente norteamericanas en los años siguientes: cuáqueros, mormones, e incluso al movimiento dietista del doctor Kellogg, ya en la segunda mitad del siglo. El Segundo Gran Despertar duró casi 75 años y condujo directamente a la Guerra de Secesión.

En buena medida, el desencadenante emotivo de la guerra fue la novela de Harriet Beecher Stowe La Cabaña del Tío Tom. El libro presentaba una situación de inhumanidad con la que eran tratados los esclavos que no se correspondía absolutamente en nada a la realidad. De hecho, la Beecher jamás había viajado al Sur y los suplicios y crueldades a los que eran sometidos los negros, salió de su imaginación. Se trataba de una fanática presbiteriana que creía que el espíritu del Segundo Gran Despertar era imprescindible para la formación de la conciencia nacional americana. Pensaba que la sociedad de su tiempo vivía una fuerte corriente materialista que sólo podía ser contrarrestada mediante la práctica religiosa intensiva y enérgica. Religión, política y cultura debían caminar al mismo paso y ser hijas de la misma matriz, sostenía la Beecher. La única forma, para ella, de alcanzar esa meta era realizando un esfuerzo mesiánico que tensara las cuerdas de la sociedad americana y le diera un nuevo impulso. Ese esfuerzo era la conquista del Oeste (había dicho «está claro que el destino religioso y político de la nación habrá de decidirse en el oeste») y el «evangelismo» como medio para unir a los hombres y mujeres de la frontera en un mismo ideal. Lo que entendía por «evangelismo» era exactamente el mismo concepto que hoy tenemos de «fundamentalismo cristiano». Y si era preciso movilizar conciencias contra el Sur en nombre de la lucha contra la esclavitud, no iba a reparar en los costes y en el dolor de esa iniciativa: simplemente, para ella, era necesaria por el bien de Norteamérica.

En aquel momento, las dos confesiones más arraigadas eran los metodistas, confesión más extendida en 1844, seguidos por los baptistas en el sur. Entonces aparecieron los movimientos escatológicos y milenaristas que hoy, nuevamente, han recuperado la iniciativa con los «cristianos renacidos».

En 1818, William Millar, un baptista del sur, estudió detenidamente los textos bíblicos y concluyó que el mundo terminaría en 1844. Reclutó a miles de seguidores. Llegada la fecha, nada ocurrió. Para la mayoría de sus fieles se produjo la «gran decepción», pero no así para un grupo de ellos instalados en Battle Creek que pasaron a llamarse Adventistas del Séptimo Día. Desde allí irradiaron a todo el mundo, hasta nuestros días, y se convirtieron en el centro de un imperio vegetariano desde que el doctor John  H. Kellogg se hizo cargo del lugar. Kellog basaba su teoría nutricionista en el desayuno con cereales. Parece banal, pero insertaba su estudio en las raíces culturales norteamericanas. La popularización de los cereales estaba, para Kellog, cargada de virtudes morales. Su mentora, Ellen Harmon, había tenido de adolescente un éxtasis místico en la que «vio» la santidad de los alimentos del desayuno. Gracias a los copos de maíz, los Padres Peregrinos habían salvado la vida; nada como el maíz era más norteamericano. De hecho, lo cultivaban los indios, pero, inicialmente, era inexistente en Europa. El maíz era un regalo de Dios y no podía ser un azar el que se lo hubieran encontrado los colonos. A partir de este principio visionario, el doctor Kellog utilizó todo su saber y sus artes de business management, para justificar y promocionar el consumo de copos de maíz. Si los movimientos religiosos del Segundo Gran Despertar, volvieron a emerger en los años 80, en forma de «cristianos renacidos», el movimiento de Kellogg se reencarnó en los distintos sectores de la New Age.

De aquel Segundo Gran Despertar surgieron, igualmente, los mormones. Fue mucho lo que aportaron a la conciencia nacional americana. De hecho, Joseph Smith lo que hizo fue proporcionar a América «raíces históricas profundas». Lo de menos era que se trataba de pura invención, lo importante es que, Norteamérica, a partir de Smith era, como mínimo tan «antigua» como la Vieja Europa. En 1827 «un ángel», Moroni, había revelado a Smith el emplazamiento de unas planchas de metal en las que estaba escrito la historia de una de las tribus perdidas de Israel. Gracias a unas piedras, Urim y Thurim, y a la colaboración de otro ángel, logró traducir el texto que, editado con el nombre de Libro de Mormon, describe la historia de un pueblo precolombino procedente de la torre de Babel, que cruzó el Atlántico -¡en barcazas!- y logró sobrevivir en el nuevo mundo. Así que «América» procedía, no de la oleada de navegantes y descubridores del siglo XV-XVI… sino del período incierto, pero, en cualquier caso, remoto, de la Torre de Babel. En el 384 de nuestra era, Moroni, hijo de Mormon, enterró las tablas que luego Joseph Smith «descubriría» y que, por cierto, nadie más que él logró ver. Esta locura colectiva logró asentarse y modelar el Estado de Utah hasta nuestros días, sin duda, hoy uno de los Estados más prósperos de los EEUU; allí la influencia mormona sigue siendo absoluta.

En el curso de este Segundo Gran Despertar norteamericano, aparecieron conceptos e ideas que venían de Europa en las valijas de los inmigrantes, pero que solamente en EEUU llegaron a convertirse en verdaderos movimientos de masas. Del místico sueco Emmanuel Swedemborg y de los 38 densos volúmenes de sus escritos, emanaron las sectas más exóticas. Así mismo, fueron extremadamente bien acogidos el mesmerismo y la homeopatía que encontraron en el territorio americano su tierra de promisión. El hijo directo del messmerismo, el espiritismo, fue un producto típicamente americano que irradió a partir 1847 generando fenómenos de histeria colectiva en los que los protagonistas, mediums, afirmaban ponerse en contacto con «entidades desencarnadas» (almas de los muertos). Robert Owen, hijo del famoso socialista utópico inglés, pronunció una conferencia sobre este tema en la Casa Blanca, ante el escepticismo de Lincoln y la adhesión entusiasta de su mujer. Ésta, tras el asesinato del presidente, recurrió a médiums y técnicas espiritistas para comunicarse con él. En 1870, los espiritistas tenían 11 millones de adeptos en EEUU.

El pragmatismo norteamericano y la tendencia al misticismo de pacotilla, dio como resultado una nueva formulación religiosa basada en la aplicación práctica y utilitaria de los principios religiosos. Lo que aportó el Segundo Gran Despertar, fue la conciencia de que «no hay problema, por grave que sea, que no tenga solución». Cualquier enfermedad, por terrible y destructora que sea, puede curarse mediante la fe. Es la «auto-ayuda» (¿les suena el término?) llevado a sus últimas consecuencias. Esta corriente tuvo en Mary Baker Eddy a su principal exponente. Aquejada de dolores terribles que ninguna medicina oficial lograba paliar, fue, finalmente, curada por un tal Quimby, que practicaba el mesmerismo, una forma de curación mediante una mezcla de imposición de manos e hipnosis. A partir de ahí, intuyó el origen mental de cualquier dolencia y creó su propio sistema de curación espiritual basado en el principio de que toda realidad está en la mente y cualquier otra cosa es pura ilusión, tal como, por lo demás, afirmaba Swedemborg.

Pero este Segundo Gran Despertar y sus procedimientos de «autoayuda» debían de tener todavía otro profeta, junto a Mary Baker, el doctor Kellog, Joseph Smith y los adventistas, etc., se trataba de Ralph Waldo Emerson cuyos libros y tratados sobre el carácter han inspirado a generaciones de buscadores de textos de «auto-ayuda». Emerson era un utopista que promovió una comunidad que terminó en bancarrota. De él quedan sus libros reutilizados en sucesivos tratados editados desde entonces (mediados del siglo XIX, hasta nuestros días). Y aún hubo más.

Los emigrantes alemanes, ciertamente influidos por los socialistas utópicos, crearon comunidades florecientes como la Harmony de Pensilvania. Eran pietistas y proponían la confesión auricular, pero eran hábiles trabajadores y hubieran logrado perpetuar sus comunidades de no ser por que rechazaban el matrimonio y la procreación. Evidentemente, tenían “fecha de caducidad” y, en apenas una generación, se extinguieron. Otra de estas comunidades, la de Oneida, realizó experimentos avanzados y «sicalípticos». Practicaban el amor libre, el «matrimonio complejo» (decidido comunitariamente) y, finalmente, educaban a sus hijos como en los kibbutz actuales.

Todo este enjambre de sectas y confesiones exóticas cristalizó en el gran hallazgo de América: el impulso dado al sistema educativo. Educación es, ayer y hoy, progreso. A mediados del siglo XIX, ya existía un denso tejido educativo, público y privado, en los EEUU. El Estado se había hecho cargo de sostener económicamente la educación de millones de niños y adolescentes. Las escuelas públicas no estaban controladas por ninguna secta religiosa, pero extendían valores religiosos: para ellos, religión y educación eran terrenos inseparables. Pragmáticos, como siempre, intentaron que, más que una forma de culto, la educación difundiera una forma de comportamiento y actitud social, que luego, los padres, en el hogar, podían o no fortalecer.

Decir que aquello era una balsa de aceite religiosa es completamente inexacto. Las tensiones dramática en materia espiritual existieron desde los comienzos de la nación americana. No hace falta aludir a la «caza de brujas» que tuvo lugar en Salem en el siglo XVIII y que evidenció hasta dónde podía llegar la histeria colectiva y lo mínimos que podían ser los desencadenantes. Thomas Merton quien intentó llevar a EEUU la costumbre pagana de la fiesta del «Palo de Mayo» se hizo acreedor de la persecución por motivos religiosos. A partir del primer cuarto del siglo XIX, empezaron a llegar de forma masiva inmigrantes irlandeses, esto es, católicos, que encajaron mal con este panorama religioso. En los veinticinco años que siguieron establecieron diócesis por todo el territorio de los EEUU y a partir de 1834 tuvieron que afrontar campañas anticlericaless procedentes de distintos sectores evangélicos y masónicos. Aparecieron panfletos difamatorios, especialmente contra los conventos. No faltaban, al igual que en la literatura anticatólica europea, elementos pornográficos que colocaban un punto de picante en el relato. Tuvieron inmenso éxito. En 1834, un convento de monjas ursulinas fue incendiado en Boston. No hubo tribunal capaz de condenar a los instigadores y, los propios jueces, estaban convencidos de que se asesinaba a niños ilegítimos en los inexistentes calabozos subterráneos del convento.

También apareció el temor a una «conspiración católica» destinada a conquistar el valle del Mississippi, dirigida por el Papa y el emperador austriaco. Escritores notables (Lyman Beecher o Samuel Morse) afirmaron que los emperadores europeos enviaban a América a sus súbditos para que se apoderaran del país. Era cierto que los inmigrantes católicos aceptaban salarios bajos y rompían el mercado de trabajo, pero era incuestionable que la riada migratoria no estaba inducida por ningún «centro oculto» de poder europeo. De todas formas, esta tendencia al «conspiracionismo» ha estado, a partir de entonces, implícita en un reducto de la población norteamericana que siempre ha integrado cualquier acontecimiento en su particular visión del mundo, por irracional que fuera. Aún hoy, en la América profunda, se cree que la ONU es una conspiración comunista destinada a esclavizar a América y quienes justifican este criterio no tienen dificultades en encontrar una amplia panoplia de argumentos paranoides…

Desde la autora de La Cabaña del Tío Tom hasta los conspiracionistas anticatólicos, pasando por los mentores del movimiento cuáquero, los mormones, los adventistas, los messmeristas, espiritistas, nutricionistas, etc., lo que se había creado era una propia «religión nacional» que influía decisivamente en la vida norteamericana y en la formación de la mentalidad y el carácter a través del sistema educativo público. Ciertamente, esta religión era indefinida, carecía de un culto único e incluso sus enfoques eran radicalmente distintos… pero coincidían en su rechazo a la esclavitud. Sin embargo, la esclavitud era tan antigua en Norteamérica como el gobierno representativo. Efectivamente, había aparecido en 1619 cuando un navío holandés llevó a los primeros esclavos al territorio de las colonias de Nueva Inglaterra.

Progresivamente, a lo largo del segundo tercio del siglo XIX, pudo comprobarse que el esclavismo y el espíritu religioso eran altamente incompatibles y terminaron desembocando en la guerra civil. No en vano Paul Jhonson dice en su Historia de los EEUU: «el Segundo Gran Despertar, con su aguda intensificación de la pasión religiosa, significará la sentencia de muerte de la esclavitud, del mismo modo que el Primer Despertar había firmado la sentencia de muerte del colonialismo británico».

Una vez terminada la guerra civil, América irradiará poderosamente, primero en Centroamérica (guerra contra México e intervención en distintos países centroamericanos), después en el Caribe y el Pacífico (guerra contra España), para luego proyectarse sobre Europa (con las dos guerras mundiales), sobre el sudeste asiático (frustrada intervención en la Península Indochina) y más tarde sobre Oriente Medio y Asia Central (directamente o a través de la alianza privilegiada que EEUU mantiene con el Estado de Israel). Es indudable que esta expansión tiene una motivación fundamentalmente geopolítica y económica, pero el gran hallazgo de Norteamérica ha sido justificarla, no en función de las ambiciones territoriales o la intención manifiesta de depredación económica, sino por argumentos éticos y morales. En la etapa actual correspondió a los “cristianos renacidos” aportar las argumentaciones intervencionistas a la opinión pública.

Los “cristianos renacidos”

El historiador Gabriel Jackson escribía: «El factor más importante en la opinión pública estadounidense, que no es apreciado lo bastante ni por los liberales seglares estadounidenses ni por el mundo europeo en general, es la importancia de la cristiandad bíblica. Me quedé asustado recientemente al leer una encuesta Gallup que afirmaba que el 68% de las personas encuestadas creía en el diablo, que el 48% creía en el «Creacionismo», la creación directa del universo entero por Dios tal como se describe en el libro del Génesis, más que en la evolución darwiniana, y que el 46% se consideraban cristianos renacidos». Jackson, sin duda, se sentiría más asustado si supiera que en 2003, el 90% de los norteamericanos creían en Dios el 82% en la vida eterna, el 60% asistía algún tipo de oficio dominical y otro 60% rezaba cada día. De las 15.000 confesiones religiosas que conviven en los EEUU, el 60% son protestantes, el 25% católicos, los judíos son seis millones y los musulmanes tres. Estas cifras no tendrían nada de sorprendente y serían un rasgo específicamente americano, especialmente por el seguimiento de las sectas nacidas en aquel territorio (amish, mormones, cuáqueros, apostólicos, angloisraelitas, dunkers, etc.), sino fuera porque una parte muy importante sostiene posturas extremistas, fundamentalistas, con actitudes en algunos casos próximas al terrorismo.

El caso de Randall Terry, fundador del violento grupo terrorista anti–abortista denominado «Operation Rescue» es significativo. Su “campaña por la vida” no se limita a realizar campaña contra el aborto e intentar la aprobación de iniciativas que limiten esta práctica. Randall Ferry entra perfectamente dentro de lo que podemos llamar en rigor, terrorismo: «Ustedes los abortistas mejor que corran, porque los vamos a encontrar y los vamos a ejecutar. Hablo muy en serio. Parte de mi misión es el enjuiciamiento y la ejecución de ustedes. Yo soy un Reconstruccionista Cristiano. Yo creo que la Iglesia debe gobernar este país. A los que dicen que debemos separar a la Iglesia del Estado yo le digo que la Biblia Cristiana es el centro de la civilización». Por su parte, Clayton Lee Wagner, miembro de un grupo similar, se explica en términos parecidos: «Dios me ha llamado a hacer la guerra contra sus enemigos....y no le importa a Dios o a mi si eres una enfermera, una recepcionista, un contador o barrendero... Si trabajas para un abortista yo te voy a matar».

Podría decirse que tanto Ferry como Wagner son marginales dentro de la sociedad americana. Sin embargo Jerry Falwell, no era un marginal, sino el predicador más significativo del conservadurismo religioso norteamericano, encargado de celebrar la ceremonia fúnebre el 13–S tras los atentados contra el WTC. Fue allí donde dijo, textualmente: «Yo realmente creo que los paganos, los abortistas, las feministas, los homosexuales, las lesbianas, los derechos civiles (ACLU) y People For The American Way, todos ellos tienen la culpa de que Dios haya permitido que esto haya pasado [los atentados del 11-S]. Yo apunto mi dedo acusador en sus caras y se lo digo». Falwell organizó en los años 80 la «Mayoría Moral», uno de los grupos que apoyaron decisivamente la elección de Reagan como Presidente. La idea de Falwell y de la «Mayoría Moral» es que los EEUU están en crisis por que han dado la espalda a los valores originarios de la nación, aquellos que sellaron la alianza entre Dios y su pueblo –los EEUU, por supuesto–; las desgracias que los EEUU sufrieron el 11–S son, para él, producto de ese alejamiento, de la misma forma que los percances del Israel bíblico se debieron al mismo motivo y a la ruptura de la «Alianza».

Para entender la situación actual de la nueva derecha religiosa, es preciso viajar hasta principios del siglo XX, cuando ya se había agotado completamente el impulso del Segundo Gran Despertar y empezaba a cobrar forma en medios religiosos la sensación de que la tensión espiritual en los EEUU se estaba debilitando. Fue entonces, cuando Lyman Steward y un grupo de teólogos protestantes de Princeton, publicaron una colección de doce folletos titulado Fundamentalism: a testimony of the truth. La palabra «fundamentalismo» deriva de este grupo que proponía un estilo de vida rigorista y dictado por las páginas de la Biblia. En los tiempos en los que el progreso generaba problemas de identificación para los cristianos, los «fundamentalismos» presentaban la vida austera y la observación de los preceptos bíblicos como la forma más adecuada para afrontar la modernidad.

Políticamente, este grupo se convirtió en un ala del Partido Republicano. En aquel momento emprendieron una lucha extremadamente dura contra los darvinistas en nombre del «creacionismo». Su aceptación del texto bíblico, no solamente en su sentido moral, alegórico o simbólico, sino también en su interpretación de la génesis del ser humano –«Y Dios creó al hombre»– les llevó necesariamente a rechazar las nuevas corrientes del pensamiento científico.

Cuando crecieron, dieron vida a diversos grupos militantes: primero la Liga de América y luego Cruzada anticomunista. Estos grupos estaban perfectamente adaptados al marco del anticomunismo generado a partir del Golpe de Praga en 1948, pero siempre fueron a la zaga de organizaciones mejor dotadas desde el punto de vista doctrinal, como la John Birch Society. A partir de los años 60, estos grupos fundamentalistas cristianos empezaron a parecer inadecuados para una sociedad que había descubierto la píldora, la minifalda, la liberación sexual, el rock y el movimiento hippy. A medida que se avanzó en la década de los 60, los grupos fundamentalistas, fueron perdiendo influencia y, por eso mismo, radicalizándose aún más. Ya no eran solo enemigos de los comunistas, sino de lo que ellos llamaban «criptocomunismo» que, en buena medida, correspondía a sectores que nada tenían que ver con el Partido Comunista ni con ninguna de las agrupaciones marxistas organizadas. Esta radicalización no contribuyó a aumentar su influencia. Aquellos años fueron de un crecimiento económico espectacular y, difícilmente, podría exigirse austeridad y rigorismo a una población que estaba degustando a placer las mieles del consumo y de una prosperidad económica innegable. No era un buen momento para ningún dios.

Sin embargo, tal como Marvin Harris explica en su libro La cultura norteamericana contemporánea: «En los años sesenta, los teólogos se preguntaban sin esperanza si Dios había muerto. En los setenta, había multitud de personas en los Estados Unidos que afirmaban hacer constatado con sus propios ojos que Dios está vivo o que ellos mismos eran dioses vivientes». La crisis de las organizaciones fundamentalistas no indicaba el eclipse del espíritu religioso norteamericano a principios de los años 70, simplemente, éste había derivado hacia otros derroteros. Los Niños de Dios irrumpieron en California en 1968; cuatro años antes, junto al movimiento hippy podían verse los primeros Hare Khrisna. El movimiento del cientología, formado por Ron Hubbard en los años 50, no logró hasta finales de los sesenta adquirir cierta relevancia. Otro tanto le ocurrió a la Iglesia de la Unificación del reverendo Moon, constituida en 1959, pero que no logró irradiar hasta doce años después. Otro tanto ocurrió con toda la serie de gurús orientales llegados a California a principios de los setenta que impregnaron el movimiento de la contracultura. También en esa época se publicó el primer libro de Carlos Castaneda sobre las presuntas enseñanzas de un chamán indio.

Todas las grandes religiones (y los “despertares” propios de EEUU) se han producido en momentos de gran transformación social y económica. El Tercer Gran Despertar generado entre principios de los años setenta y los primeros años del siglo XXI, responden a estas características. Se buscan soluciones a problemas prácticas, soluciones que tienen que ver más con el pensamiento mágico que con el científico. Se utiliza la religión para conseguir dinero y fortuna. Ron Hubbard expresó magistralmente esta aspiración cuando dijo «El dinero es un símbolo. Representa el éxito cuando se posee y el fracaso cuando no se tiene, no importa quien haga propaganda en contra». No es raro que las nuevas confesiones religiosas de los años 70 propusieran a sus miembros una vida austera, pero no dudaran en pedirles que legaran sus bienes a la comunidad. Varias confesiones religiosas tienen pujantes negocios de venta piramidal, o bien explotan contratos comerciales en exclusiva y, todas, desde luego, utilizan a sus adeptos para mendigar, vender sus productos o realizar labores de proselitismo que atraigan más fondos para la organización. En esto que el 18 de noviembre de 1978 se produjo la tragedia del Templo del Pueblo en Guyana. El «reverendo» Jim Jones y 900 seguidores fueron encontrados muertos (asesinados o suicidados) en plena selva. Todos ellos (negros, ancianos, outsiders) se habían retirado a esta comuna como respuesta a la presión que sufrían del medio urbano estadounidense: los precios de los alojamientos crecían continuamente, lo mismo ocurría con la asistencia médica y la delincuencia era cada vez más mayor. Las ciudades eran progresivamente más hostiles para la gente mayor y, además, el racismo seguía latente en la sociedad. Prefirieron segregarse y seguir a Jones en su loca aventura.

El impacto del suceso fue tremendo, pero evidenció –junto con la irrupción fugaz del «Ejército Simbiótico de Liberación», un grupo de terroristas de carácter místico y alucinado– la importancia que habían tomado bruscamente las sectas en una sociedad en permanente transformación desde mediados de los años sesenta. Con el paso del tiempo –y especialmente a partir de la masacre de Guyana– todo este sector religioso–contracultural terminó por eclipsarse y solamente volvió a renacer, transformado en un movimiento terapéutico, cultural, esotérico y de autoayuda, la “New Age”.

Tanto los movimientos emanados de la contracultura, como las nuevas formas religiosas que aparecieron en los setenta y el movimiento de los newagers pueden ser considerados como partes constitutivas del Tercer Gran Despertar, pero faltaba la componente más popular y, sin duda, la que ha tenido más importancia: los movimientos cristianos evangélicos. Harris dice al respecto: «Los Yogis swamis, sris y Don Juanes afirman que pueden acostarse en camas de clavos, levitar y volar, pero la nueva raza de evangelistas puede hacer algo mucho más impresionante: emitir sus imágenes vía satélite y llegar a cualquier ciudad y pueblo de Norteamérica». Añade: «Los cristianos televisivos no tienen que abandonar casa, empleo, ni familia para participar en los poderes de curación y alivio de una comunión que se preocupa de ellos y los apoya. Todo lo que necesitan es enviar veinte dólares y enchufar el aparato. Los evangelistas les hablan directamente. Y si sienten la necesidad de mantener un diálogo, un equipo de voluntarios está preparado para recibir sus llamadas las 24 horas del día».

Fue así como el fundamentalismo cristiano que había languidecido a lo largo de toda la década de los 60 y solamente logró recuperarse a finales de los 70, emergió gracias al fenómeno de los telepredicadores. En ese momento irrumpió Jerry Falwell y su Mayoría Moral, pero también Bil Graham, Pat Robertson, Pat Buchanan y otros muchos. El primero de todos ellos, Rex Humbard, retransmitía sus oficios semanales desde la Catedral del Mañana, a través de 650 emisoras de televisión. Su organización, a finales de los setenta, recaudaba veinticinco millones de dólares al año. Por su parte, Jim Baker y su esposa Tammy, recaudaron cincuenta millones de dólares en 1980 para su organización Alabado sea el Señor, popularizada también a través de 200 emisoras de televisión. En esa época, Pat Robertson, ingresaba con su Club 700, 58 millones dólares al año y pudo gastar 20 millones en la sede central de su Red de Difusión Cristiana. Robert Schuller, predicador de California, creó su Catedral de Cristal, esperpéntica construcción formada por 10.250 espejos engarzados en acero. Cuando «vendía» su producto religioso, explicaba que podía «aliviar la impaciencia, ansiedad y frustración financiera que afligen a nuestra cultura y a nuestro pueblo». Y, finalmente Jerry Falwell, otro predicador que inició su trayectoria en los años cincuenta, pero que solo empezó a ser reconocido como líder de masas veinte años después, explicaba ante las cámaras de su programa La Hora del Evangelio de Siempre que «Cristo no ocupa el corazón de un hombre hasta que no tiene su cartera». A sus dos millones de contribuyentes solía decirles: «Pon a Jesús el primero en tu lista de gastos y permítele que te bendiga financieramente».

Los fieles daban dinero, pero ¿qué recibían a cambio? En los años setenta solamente curaciones a distancia y la fácil promesa de recibir el ciento por uno por sus donaciones. No siempre se cumplía, claro está, pero lo masivo de las audiencias hacía que entre los televidentes hubiera alguien afortunado que se veía beneficiado con alguna casualidad. Los telepredicadores aprendieron a explotar esta ventaja estadística. Siempre había alguien aquejado de sinusitis que bruscamente, viendo el programa piadoso por TV, se daba cuenta de que estaba curado. Llamaba a la emisora y el hecho, banal e intrascendente, era contabilizado como milagro. Era también frecuente que un exiguo porcentaje de necesitados, recibiera improvisadamente una herencia, le tocara la lotería o, simplemente, encontrara unos cuántos dólares. Cuando se tienen audiencias de 16–20 millones, cualquier fenómeno estadístico puede producirse. Robertson explicaba que cada año más de 20.000 espectadores llamaban afirmando haber sido curados milagrosamente de sus dolencias. Sobre 16 millones de telespectadores, estamos hablando de un porcentaje del 0’1%... que, sin duda, se debe a curaciones de dolencias inexistentes, curaciones casuales debidas a tratamientos médicos convencionales o curaciones de enfermedades psicosomáticas que sólo requerían un placebo para hacerse efectivas. Decididamente la Providencia no parece esforzarse mucho, a pesar de la abultada cifra de 20.000 «curaciones» anuales. Espectáculos mediáticos de este carácter se hicieron extremadamente populares en los últimos años setenta y principios de los ochenta. Pero los telepredicadores no estaban dispuestos a quedarse en el nivel de un mero circo mediático por lucrativo que fuera.

Utilizando un lenguaje mucho más agresivo y directo, se agruparon en lo que se llamó «nueva derecha cristiana» que aportó el elemento más dinámico a la elección de Ronald Reagan. En 1989 se fundaba la Coalición Cristiana y unos años antes, el mismo núcleo había dado vida a la Christian Broadcasting Network, una estación de TV especialmente dedicada al fundamentalismo religioso. El grupo decidió que el campo más adecuado para su acción de regeneración de la sociedad era la política. Como hemos dicho, participaron decisivamente en la elección y en la reelección de Reagan, pero en 1988, Pat Robertson se presentó a la nominación como presidente y cuatro años después lo intentó Buchanan. Ambos fracasaron en su empeño. Podían influir en la sociedad… pero no dirigirla directamente.

Cuando subió al poder Bill Clinton, el grupo pareció languidecer de nuevo, pero se trataba de un espejismo. De hecho, al producirse el episodio Levinsky, tras la Coalición Cristiana que desempeñó lo esencial de la agitación contra el Presidente, se encontraban Dick Chenney y Ronald Rumsfeld, mucho más diestros en el manejo de las campañas de alta política y cuyo fervor religioso brillaba por su ausencia. Con Bush, los fundamentalistas tocaron de nuevo poder e impusieron a la administración un programa que el propio presidente compartía sin fisuras. Todos partían de la vieja idea de que los EEUU son la nación elegida por Dios, el “nuevo pueblo elegido”, los “judíos de la modernidad”, ideas que les llevaban a una mezcla de mesianismo enfermizo y unilateralismo exasperado, teniendo como trasfondo en política interior una reacción brutal contra el laicismo. Su programa exigía el retorno de la religión a la escuela, la protección de la familia, la lucha contra el divorcio, el aborto, la homosexualidad y el feminismo. El 13–S, Bill Graham resumió esta ideología llamando al «arrepentimiento» de los norteamericanos, sus pecados habían causado el castigo de Dios –los ataques del 11–S– si querían prevenir nuevos atentados debían aceptar el reinado de Dios, el arrepentimiento de sus pecados colectivos y… la defensa del derecho del Estado de Israel a existir en las fronteras conquistadas durante la «Guerra de los Seis Días» en 1967.

Si el movimiento tuvo éxito fue por dos motivos esenciales: en primer lugar porque los telepredicadores supieron llegar a cada hogar a través del monitor de TV y convertir sus curaciones «milagrosas» en espectáculo mediático; en segundo lugar porque sus aparentes locuras respondían a los problemas no resueltos que se habían planteado en los EEUU y que resume Harris: «problemas no resueltos que plantea el consumismo disfuncional, la inflación, la inversión de los roles sexuales, el ocaso de la familia basada en el varón proveedor, la alienación laboral, la opresión del gobierno y las burocracias corporativas, el sentimiento de aislamiento y soledad, el miedo a la delincuencia y la perplejidad sobre la causa fundamental de que tantos cambios se produzcan a la vez».

En las elecciones presidenciales de 1980, se había hecho evidente la importancia sociológica de la «derecha cristiana» y, por tanto, del Tercer Gran Despertar. En el cuarto de siglo que siguió, en la medida en que los cambios no cesaron sino que siguieron produciéndose con mucha más celeridad, el fundamentalismo cristiano fue aumentando su influencia en la sociedad como movimiento político–espiritual, tal y como había ocurrido en los dos anteriores “despertares” (el que abrió el camino a la independencia y el que condujo a la guerra civil). En opinión de sus mentores, este Tercer Gran Despertar debía de abrir el camino para que el “destino manifiesto” de los EEUU llevara a la construcción de un imperio unipolar y a una sociedad universal globalizada “justa”. Pues bien, éste concepto de «destino manifiesto» merece ser observado con más detenimiento. 

(c) Ernesto Milá - info|krisis - ernesto.milarodri@gmail.com - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

Europa ¿tiene solución?

Europa ¿tiene solución?

Info|krisis. – ¿Qué si Europa tiene solución? Pregunta retórica que se contesta con un NO. En las actuales circunstancias internacionales y de sumisión política de Europa a los intereses estratégicos de los EEUU y de sumisión económica a los intereses de la alta finanza internacional y de los grandes fondos de inversión, Europa ¡claro que no tiene solución! Hace ya más de diez años que se colapsó la “construcción europea” tras el fracaso del referéndum para una constitución continental y desde entonces ha llovido mucho: lo suficiente como para saber que hoy “Europa” no es más que el recurso utilizado por el Bundesbank para sangrar en beneficio propio a los demás Estados europeos. Desde el punto de vista moral, Europa está anclada en un humanismo de fin de temporada que abarca desde la derecha (incluso desde la derecha más extrema) a la izquierda más radical. Cuando se dice que podemos son “comunistas” se comete un error de percepción: Podemos es la prolongación del zapaterismo con otra sigla y con otro líder. Nada más: no es marxismo, ni mucho menos bolchevismo, es la ideología de la UNESCO, de la new age y del humanismo más alicorto. Todo esto viene a cuento de la foto del niño muerto sobre la arena cuando intentaba ganar las costas europeas.

Inmigración: cambio de excusa

No albergo la menor duda de que la difusión de esa foto (como de otras muchas que se vienen repitiendo en estos años en los que una foto pasada por photoshop pasa a ser considerada, sin más, como “pieza de convicción”) forma parte de una campaña de “operaciones psicológicas” (Opsic) para ablandar aún más si cabe la conciencia de los europeos y permitir que pasen oleadas y más oleadas de inmigración.

Es evidente que ya no puede entrar más inmigración con la excusa de que van a contribuir al “crecimiento económico europeo”. En un continente asolado por el paro, lo que sobran son, precisamente, inmigrantes. Hace veinte años, a este pueblo español, que ha perdido la capacidad crítica y la funesta manía de pensar, se le podía hacer creer que los inmigrantes venían a pagar las pensiones de los abuelos. Hace veinte años, Aznar y los sindicatos nos podían asegurar que la inmigración no tenía nada que ver con las rebajas salariales. Hoy ya nadie se atreve a decir eso mismo sin arriesgarse a ser considerado como un perfecto ignorante.

Sin embargo, “Europa” (esto es las economías europeas y concretamente algunos sectores patronales, pues hoy “Europa” no es más que eso, un agente económico) precisa que entre aún más inmigración. ¿Motivo? Nos lo dicen los ministros de economía y los presidentes de las patronales: “para ganar competitividad”. Dado que ningún país europeos es dueño de su moneda, solamente puede “ganarse competitividad” rebajando los costes de producción… y especialmente salarios. Y para ello es preciso que la oferta de puestos de trabajo esté muy por debajo de la demanda de trabajo, solamente así se logra que los salarios bajen aún más. Por eso han entrado en España en los últimos 20 años 8.000.000 de inmigrantes y por eso hace falta que entren muchos millones más en la UE para que los salarios se aproximen a los de China (336 euros de salario mínimo) y nuestra economía sea “competitiva”. Delicias de la globalización, en cualquier caso.

Pero esta excusa económica ya no es digerible para el electorado europeo que, poco a poco, va dejando de apoyar a las opciones tradicionales y se vuelve hacia los partidos considerados como “xenófobos y racistas” que, simplemente, alertan sobre la naturaleza del problema: que una Europa así concebida es inviable dentro de un mundo globalizado. De hecho, incluso, cabe decir que la globalización es el peor de los destino posibles. Y, dado que la excusa económico–social ya no es viable, es preciso encontrar otra línea de argumentos para que los europeos sigan abiertos a la llegada de nuevas oleadas de inmigración que tendrán, inevitablemente, como resultado y por su mera presencia, bajadas salariales, necesarias para que una manufactura europea se pueda vender en algún mercado compitiendo con un producto chino.

Es ahí en donde pasa a primer plano el “argumento humanitario” que ya no apela a la economía sino a las vísceras.

La esencia del “argumento humanitario”

Hoy existen zonas del planeta que están absolutamente descontroladas y sumidas en guerras gracias a la “estrategia del caos” sembrada por los EEUU desde el comienzo del milenio y que comenzó con la invasión de Afganistán e Irak como respuesta a los extraños atentados del 11–S. Después de más de una década venteando el fantasma del “terrorismo internacional”, la ejecución oficial de Bin Laden en 2011, cerró aquel período. Las “revoluciones verdes” en el Magreb convirtieron la orilla sur del Mediterráneo en un hervidero y la guerra civil siria, inducida desde el principio por los EEUU para extender a aquel país la “oleada democrática” que se pensó iban a ser las “revoluciones verdes”, aumentó la tensión en la zona de Oriente Medio, extendiendo el conflicto al Kurdistán y a Irak. Era evidente que se iban a generar millones de refugiados.

Hoy, en Libia, ya no existe nada digno de ser llamado “Estado”. Las distintas zonas del país están controladas por bandas armadas ninguna de las cuales es completamente hegemónica en relación a las demás. Desde hace año y medio se ha generado una carrera entre las distintas bandas armadas de la zona para hacer pingües beneficios con el negocio de la inmigración a Europa. Llama la atención que los “refugiados sirios” no busquen asilo político ni en los emiratos del golfo Pérsico, ni en Arabia Saudí, ni siquiera en el cercano Líbano o en Irán, países en los que se encontrarían como en casa a tenor de la lengua, de la religión e incluso de la proximidad, sino que su objetivo sea Europa.

Es evidente que esos flujos migratorios no nacen espontáneamente, sino que son orientados y dirigidos por alguien. ¿Quién? Mafias, nos dicen los ministerios del interior. Bien, supongamos que son entidades mafiosas: si se trata de combatirlas, lo primero es cortar esos flujos, impidiéndoles que crucen el Mediterráneo (y, de paso, impidiendo que un porcentaje relativamente alto perezca en el intento) y en segundo lugar, devolviendo a las costas de las que han procedido a quienes logren llegar sanos y salvos a Europa. Nadie se arriesga a ahogarse si sabe que al final de su aventura existe un viaje de retorno a la orilla de la que se ha partido. Así se termina el negocio de las mafias de un día para otro…

Pero esto, medidas simples –casi de nota– no se adoptan… ¿Por qué? Porque no son las “mafias” las que orientan a esos flujos migratorios hacia Europa. Tales mafias (que, indudablemente, existen), no son más que el eslabón más débil de una cadena de intereses geopolíticos y económicos. La UE (cuyo gobierno no ha sido elegido por nadie y que es, de hecho, una institución todavía provisional y mal asentada jurídicamente) tiene interés ECONÓMICO en que entren riadas de inmigrantes: solo así, como hemos visto, su economía (no la economía de los ciudadanos de Europa, sino de la banca, la alca finanza y el capital) se hace más competitiva.

Luego está el papel de los EEUU y de sus intereses GEOPOLÍTICOS. Los EEUU tienen un interés particular en que estas riadas migratorias lleguen a su destino. Europa no es un “aliado” de EEUU: es un vasallo. Y se trata de que los vasallos nunca puedan reivindicar su primacía, ni cambiar de “señores”. Una buena forma de conseguirlo consiste en crear problemas internos que aumenten la debilidad y la pérdida de peso político de Europa.

En Europa –y en España– ya existe experiencia histórica suficiente como para saber que la llegaba masiva de inmigración se convierte pronto en un peso muerto que tienen que soportar los ciudadanos y que se traduce en altas tasas de delincuencia, en la creación de una bolsa aspiradora de recursos sociales, en bajadas salariales constantes (que mejoran las cifras “macroeconómicas”, pero que empeoran la capacidad adquisitiva de la mayoría de la población) y, sobre todo, restan IDENTIDAD: la identidad es una suma de elementos homogéneos y armónicos que hunden sus raíces en la historia y que hacen que los distintos pueblos europeos no solamente sean similares entre sí, sino que cuando existen diferencias estas no supongan brechas antropológicas y culturales, sino que entre un portugués del Alentejo y un noruego habitante de Narvik, entre un gallego y un griego, exista una contigüidad que no existe con un marroquí separado 14 km de Tarifa o con un egipcio separado por 400 km de las costas de Creta. Rompe la unidad étnica y antropológica, la unidad religiosa y cultural de un país y lo que harás será romper su pasado, romper sus raíces, romper su identidad… Se sabe lo que ocurre cuando a un árbol se le cortan las raíces.

Y para que los pueblos europeos asuman que son ellos (y no otros más próximos, más parecidos a los componentes de estas riadas migratorias) quienes deben recibir, acomodar, subvencionar ad infinitum a los “refugiados políticos”, se crea el ARGUMENTO HUMANITARIO. Su esencia es: “tienen problemas, les tienes que ayudar”. ¿Cómo? De momento compadeciéndoles por sus sufrimientos; luego, “entendiendo” su opción de venir a Europa y no a Qatar o a Líbano; finalmente, facilitando su asentamiento entre nosotros en condiciones de igualdad con los hijos de los que han construido estas naciones… A esto se le llama “integración”: existen dos conceptos que no deben confundirse: “asimilación” (cuando los recién llegados asumen la cultura y la forma de vida del país receptor) e “integración” (cuando conservan sus tradiciones y aceptan convivir con otras en el país receptor). La vía elegida en Europa es la segunda que implica, en sí misma, pérdida de identidad y reconocimiento explícito de que en Europa es admisible cualquier identidad con tal de que conviva con otras. Sabemos lo que es Islam entiende, desde Mahoma, por convivencia: cuando es minoría, plegarse a las normas intentando extraer las mayores ventajas posibles; cuando empieza a ser mayoritario, imponer dobles criterios (uno para musulmanes y otro para infieles) y, finalmente, cuando es mayoritario, imponer la sharia.

¿De dónde sale el “argumento humanitario”?

Nadie se siente bien ante la foto de un niño ahogado. Incluso los más fríos de corazón experimentamos un encogimiento ante imágenes como esa. Pero la cuestión no es tomar esa imagen en sí misma, sino encuadrarla en el contexto que le es propio: el de una “operación psicológica” que apela a los sentimientos de la población y pretende obtener una reacción emocional que parta de sus vísceras y no de su cerebro. Desde ese punto de vista la foto adquiere otra dimensión.

A poco que pensemos qué ha ocurrido para que se haya podido tomar una foto así, empezaremos a ver que las cosas no son tan simples como parecen y entenderemos perfectamente lo que se pretende con la difusión masiva de una instantánea de la que desconocemos casi todo, incluso si es auténtica o un nuevo montaje propio de una “operación psicológica”.

Si pensamos con la cabeza y no con las vísceras, nos preguntaremos qué hacía un niño sirio alejado casi 2.000 km de su país. Nos preguntaremos porqué sus padres n lo trasladaron a Jordania o al Líbano o a Turquía (fronterizas con Siria) donde hubieran podido pedir asilo político. Nos preguntaremos, igualmente, porqué no atravesó los 100 km de territorio jordano hasta llegar a la frontera con Arabia Saudí o los 900 km que separan las fronteras sirias de las de Kuwait. O incluso porque no optaron por viajar a Chipre, a la zona turca, cuya punta oriental está apenas a 70 km de las costas sirias… ¿Por qué a Europa cruzando un mar en el que ya han muerto demasiadas decenas de miles de personas? ¿Por desesperación? No, por inducción. Y entonces tendremos que caer en la cuenta de que el discurso que hemos presentado antes era racional y razonable. Y la conclusión simple: Europa no puede admitir incondicionalmente a riadas y riadas de inmigrantes. La única forma de poner fin a esta sangría y a las consecuencias que implica, es cortarla en seco: y esto solamente se puede hacer negando la presencia en Europa de un solo “refugiado político” que no pida asilo en cualquier país europeo por conductos legales, esto es, en el Consulado del país europeo que elija más próximo a su país de origen. No hay otra solución.

El “argumento humanitario” es el “papeles para todos” de hace veinte años, redivivo. Es torpe, falso y mendaz, como lo era el otro. Apto sólo para corazones “solidarios” y cerebros nublados que no ven nada más allá de los bytes de una foto digital. Y, sin embargo, este argumento humanitario progresa en una Europa que haría bien en mirarse a sí misma y reconocer que existen bolsas de pobreza y problemas irresolubles en su interior que comprometen su futuro y que, por tanto, preocuparse por terceros indica abandono del pensamiento lógico: solucionados estos problemas irresolubles, luego, ya habrá tiempo de “ser solidario”. La virtud de la solidaridad con el Tercer Mundo que llega a Europa es que quien la ejerce se cree liberado de reconocer que en Europa existen problemas difíciles de afrontar sin romper con la globalización o con el dominio del neoliberalismo, la especulación y la alta finanza. Es mucho más fácil llorar ante la contemplación de una imagen dramática que por hacer algo contra los verdaderos riesgos que afronta hoy Europa.

Las “operaciones psicológicas” (y ésta lo es) nunca tienden a estimular las neuronas, sino que apelan a las vísceras. La racionalidad –la apelación al pensamiento lógico– es algo que puede ser superado “por arriba” o “por abajo”. Cuando se apela a las vísceras, obviamente, se hace por abajo. “Por arriba”, en cambio, el pensamiento lógico puede ser superado por la instintividad. Los instintos nos dicen qué es positivo y qué es negativo, sin necesidad de establecer los silogismos que exige el pensamiento lógico. No hay que olvidar que el ser humano tiene una componente biológica que ha garantizado la supervivencia de la especie y que está presente también en otros mamíferos superiores.

Las pautas de comportamiento que implican las reacciones instintivas pueden racionalizarse, pero no son el producto de la razón lógica. Preexisten a ella. Están en las raíces de nuestra naturaleza. Ciertamente, el ser humano, tiene conciencia de sí mismo y por tanto es superior al resto de especies y precisamente por eso tiene una dimensión espiritual que lo hace radicalmente diferente, pero la instintividad, situándose como emanación directa de “lo biológico” es lo que nos ha permitido hasta ahora sobrevivir en el mundo.

El instinto de agresividad se traduce en formas de defensa, ataque y huida ante un peligro. El instinto de supervivencia es lo que hace que tengamos a tener descendencia y que una generación quiera trascender a otro alumbrando a sus hijos. El instinto territorial es lo que nos hace amar a la tierra natal, luchar por ella, considerarla nuestro espacio natural. No parece necesario argumentar que son precisamente estos instintos, los que hasta ahora han garantizado la supervivencia de la especie, los que precisamente hoy ESTÁN COMPLETAMENTE AUSENTES EN EUROPA.

Para neutralizar una campaña de “operaciones psicológicas” como ésta, destinada a aceptar nuevas oleadas de inmigración, es preciso trabajar en dos frentes: sobre el razonamiento lógico y la instintividad. Europa, los europeos, tenemos adormecidos nuestros instintos. La cantinela humanitaria difundida desde la UNESCO y traducida por miles de agitadores que creen en su vacuidad, puede progresar gracias a que los europeos han ido priorizando imágenes ante las cuales se experimenta una respuesta visceral en lugar de escuchar sus instintos. Como el perro de Paulov que ante un estímulo equívoco generaba la respuesta esperada por el manipulador. Cabe recordar que, una de los rasgos de la cultura europea desde sus albores ha sido el modular sus instintos mediante instituciones como el derecho, la estructura trifuncional de las sociedades indoeuropeas, y su traslación al Estado, etc.

Cuando se carece de instinto de supervivencia, de instinto territorial, de instinto de agresividad, es cuando uno puede ser “solidario” con cualquier desconocido y cuando personajes tan absolutamente tristes y unidimensionales como la corte de alcaldesas que componen Podemos pueden apelar a formar “listas cívicas de acogida”, prometer ayudas municipales a las nuevas oleadas de inmigración y creer que hacen algo “por la humanidad” (Proudhom decía “si alguien os habla de humanidad ¡cuidado! Está intentando engañaros”). En realidad, lo que están haciendo es mostrar que los europeos han perdido casi completamente el contacto con sus instintos y dejar en evidencia, por eso mismo, que Europa, así concebida, no tiene solución.

© Ernesto Milá – info|krisis – ernesto.mila.rodri@gmail.comhttp://info–krisis.blogspot.com – Prohibida la reproducción de este artículo sin indicar origen