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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

La Iglesia que recibió y la que entrega Juan Pablo II

La Iglesia que recibió y la que entrega Juan Pablo II

Redacción.- Iniciamos aquí la publicación de una serie de artículos que tienen presente la enfermedad de Juan Pablo I y que tienen como objeto valorar su papel dentro de la Iglesia en estos últimos 25 años. Se trata de reflexiones que procuran ser lo más objetivas posibles. En este primer artículo valoramos como va a quedar la Iglesia tras el fallecimiento de Juan Pablo II.

Una Iglesia en crisis, tal fue la herencia de Paulo VI. ¿Qué va a dejar Juan Pablo II a su sucesor? Esa misma Iglesia sumida en una crisis todavía más profunda. ¿Es Juan Pablo II responsable de esa crisis? En realidad no, cuando se sentó en la silla de San Pedro, la institución estaba ya extremadamente resquebrajada. De lo único que puede ser considerado culpable es de no haber podido atajar la crisis.

La Iglesia es una institución que se justifica por su magisterio. No hay magisterio posible sin “maestros”, es decir, sin sacerdotes. En 1966, tras la conclusión del Concilio Vaticano II existían en la cristiandad casi medio millón de sacerdotes y religiosos. Treinta años después la cifra se había reducido a 300.000. Las altas en los seminarios no cesaban de disminuir, mientras que la edad media del clero diocesano no deja de aumentar. En la actualidad ya existe déficit de ministros para atender a los feligreses en muchos países. En España en los últimos 15 años han colgado los hábitos 10.000 sacerdotes.

Entre los años 1940-1964, el número de seminaristas mayores en España pasó de 2.000 a 8.000, cifra muy superior a la media de Europa y en el mundo. Los seminaristas menores pasaron de menos de 5.000 a cerca de 14.000. El número total de seminaristas en 1964 había crecido respecto a 1934 un 300%. Los sacerdotes diocesanos eran, en 1964, 26.000; los sacerdotes religiosos, 10.000, con un aumento del 60%. Existía un total de 38.000 religiosos en 150 institutos, lo que representaba un aumento del 170%) y 109.000 religiosas en 260 institutos (unos 60 creados en España estos años), con un aumento del 60%. En 1964 -al concluir el Concilio- había en España más de 200.000 sacerdotes, de los cuales 30.000 ejercían en misiones fuera de España. Treinta y cinco años después, estas cifras han dado un vuelco espectacular. A pesar de que la población española ha aumentado un 20%, las cifras de sacerdotes en activo han disminuido a la tercera parte. Existen órdenes religiosas prácticamente extinguidas que tienen más inmuebles que miembros activos menores de 50 años. Incluso la enseñanza religiosa que vive una buena época gracias al régimen de conciertos y subvenciones, se encuentra con la paradoja de que en la mayoría de centros “religiosos” solamente existe un religioso, el rector, siendo el resto profesores laicos. Si la enseñanza religiosa goza de buena salud en nuestro país no es tanto por la cantidad de sacerdotes dedicados a la enseñanza en sí misma, como por la quiebra en que entró el sistema de enseñanza público desde los años socialistas y de la que aún no se ha recuperado. En 20 años habrá dificultades para encontrar incluso rectores que dirijan buena parte de los centros de enseñanza religiosos. Y hará falta saber cuántos de esa cifra cumplen con los preceptos estrictamente canónicos. El teólogo alemán Eugen Drewemann, afirmaba en 1999 que “dos terceras partes de los curas de este país viven con su mujer”. Dato no tan alarmante como este otro publicado en 1996: “Seis mil de los 54.000 sacerdotes católicos de Estados Unidos, han sido denunciados por abusos sexuales en 1995”. ¡Casi un 10%!

En todo el mundo han abandonado su ministerio 100.000 sacerdotes en los últimos 15 años. En los últimos 40 años, la Iglesia ha perdido un 30% de sus pastores y ya no existe la posibilidad de reponerlos: los seminarios que, ya en los años 60 estaban funcionando a medio gas (salvo excepciones, como España), están absolutamente desfondados en la actualidad. No se trata solo de que hayan pocas vocaciones, sino de que buena parte de las altas actuales no terminarán sus estudios en los seminarios. Y, por lo demás... ¿qué van a aprender allí? Por que lo peor es que, de la misma forma que faltan profesores religiosos para los centros de enseñanza católicos, tampoco los seminarios están en mejor situación. En 1964 los profesores de los seminarios sabían qué enseñar... hoy ya no está tan claro. El efecto deletéreo del Concilio Vaticano II sobre la cristiandad ha sido tal que resulta imposible pensar que la tendencia pueda invertirse en la próxima generación, la clave, por que en la siguiente, resulta evidente que habrá que habrá que aceptar el sacerdocio femenino, estimular los diaconatos, y demás medidas para superar la crisis de vocaciones.

En los seminarios españoles estaban adscritos 2.025 alumnos en el curso 1998-99. En un país en el que las cifras de la Conferencia Episcopal declaran que el 90% de la población es católica, solamente hubo ese año 361 altas en los seminarios que tuvieron su contrapartida en 133 seminaristas que abandonaron la carrera. El número total de ordenaciones ese año fue de 240, de los cuales, el 50% -si se confirma la curva de los últimos 10 años- colgará los hábitos en los próximos 10 años. No son cifras como para sentirse optimista.

Sin embargo la Iglesia parece no alterarse. O al menos da esa impresión. Cuando la Conferencia Episcopal Española alude a un 90% de católicos en nuestro país, resulta evidente que la cifra constituye de por sí, una enormidad. Especialmente para un país con un catolicismo poco combativo, propenso a aceptar acríticamente cualquier cambio y, en general, poco militante. Las cifras reales de ese año son distintas: no es tan importante considerar quien se considera católico como quién milita como tal. Hacerlo así supone reconocer que el 64% de los católicos no van nunca a Misa ni participan en ningún ritual, salvo los festivos (conocidos como BBC, Bodas, Bautizos, Comuniones). Y si bien el 30% reconocía en 1988 que practicaba la religión católica hay que matizar: se trata de cifras que no tienen en cuenta ni la edad (habitualmente se trata de personas mayores de 50 años, o menores de 15), ni el sexo (fundamentalmente femenino), ni la zona de origen (mayoritariamente rural). Pero la Iglesia en sus informaciones oficiales insiste en presentar las cifras como “logros”. Se repite una y otra vez que el cristianismo es la religión más seguida con 1.802.154.000 fieles en todo el mundo, de los que sólo la mitad son católicos, ciertamente, pero incluso esa cifra supera a la de hindúes (731 millones), budistas (332 millones), confucionistas (343 millones), musulmanes (937 millones), o judíos (19 millones)... Pero se olvida todo lo demás. El catolicismo ha pasado de ser una forma religiosa propiamente europea, a ser una religión presente, sobre todo, en el Tercer Mundo. Presente e inestable. El caso del obispo Milingo es el fatum de las iglesias africanas. En América, donde existen 461 millones de católicos, la competencia con las sectas protestantes y evangélicas indica en estos momentos una pérdida de vitalidad de las iglesias locales (aumentada además por el grado de confucionismo que desde hace 30 años hacen gala, oscilando entre el socialismo guerrillero y el integrismo virulento). En Oceanía, a pesar de existir 7 millones de fieles, se olvida que están concentrados mayoritariamente en Australia donde tienen que competir con otros grupos protestantes mucho más activos. Los 86 millones de católicos asiáticos están anegados en medio de cientos de millones de budistas, hinduistas, shjis, confucianistas, shintoistas, etc. Solo en Filipinas, donde el 84% de la población se declara católica –250 años de dominio español y, más en concreto, de dominio por parte del clero español-, tiene algo de iniciativa; pero, incluso allí, son contestados y frecuentemente rebasados por los fieles islamistas. A pesar de vivir allí dos terceras partes de la humanidad, la Iglesia no ha logrado calar en profundidad. ¿El motivo? El arraigo de las religiones tradicionales en las estructuras sociales, el hecho de que se trate de formas religiosas excepcionalmente vivas con unos sistemas de meditación y aprendizaje mucho más complejos que el cristianismo, convierten a las religiones tradicionales de oriente en mucho más adaptadas a la realidad del entorno que el catolicismo. Y otro tanto puede decirse de las misiones africanas. Corea del sur se ha convertido en el cuarto país en número de conversiones anuales, con casi 150.000, tras filipinas, India y Vietnam.

Sin embargo, en los grandes países asiáticos la cifra de católicos es mínima: en China 0,1%, India 1,75%, Indonesia 2,5,8%, Japón 0,35%, Paquistán 0,66%, Bangladesh 0,18%. Timor Oriental es un enclave católico en las afueras del país musulmán más grande del planeta, Indonesia.

En su viaje a la India, Juan Pablo II afirmó su convencimiento de que en Asia será la región de la Tierra donde más se difundirá el mensaje evangélico en el tercer milenio. Parece difícil compartir su optimismo pastoral, cuando los datos objetivos inducen a pensar en todo lo contrario.

La tarea pastoral de Juan Pablo II ha logrado detener, al menos momentáneamente, la hemorragia de católicos latinoamericanos. El resultado del Vaticano II estuvo a punto de desmantelar las iglesias locales. Ordenes enteras, como los jesuitas, se adhirieron a formulaciones teológicas progresistas que estuvieron a punto de aislarlas de buena parte de la población.

América se ha convertido en el momento actual en la principal reserva católica. Ocho de cada diez habitantes se encuentra bautizado. Brasil y México con 885 y 94% católicos son, en la actualidad, los países con una comunidad religiosa católica aparentemente más amplia.

El catolicismo mexicano, como el uruguayo, han debido de soportar en el presente siglo persecuciones anticlericales, frecuentemente orquestadas por la masonería. Luego fue la división provocada por las doctrinas marxistas que calaron muy hondo en estos países. En la actualidad, estas tendencias se encuentran muy debilitadas o simplemente desaparecidas, pero el riesgo de las sectas evangélicas es grande. Desde que a finales de los años 60 se evidenció que la Iglesia Católica latinoamericana ya no era un factor de estabilidad político-social, sino que había travestido su tradicional conservadurismo por una coloración izquierdista extremadamente radical, la CIA inundó el continente con sectas de todo tipo, desde ufológicas hasta carismáticas, pasando por todo tipo de corrientes protestantes o evangélicas. En algunos países centroamericanos, incluso lograron colocar a gobernantes adictos a estos grupos en el poder. En otros países, como Brasil, la Iglesia ha debido de soportar la concurrencia de cultos sincréticos africanos (candomblé, santería, macumba, etc.) y de sectas evangélicas. En general, a pesar de que en la actualidad la Iglesia Latinoamericana goce de mejor salud que al inicio del pontificado de Juan Pablo II, también existen sombras y, en cualquier caso, el crecimiento de los practicantes católicos se ha estancado desde hace 15 años.

Por su parte, en Estados Unidos, el 25% de la población se considera católica, si bien el número de practicantes no llega al 10%. Pero esto no es lo peor. Si bien las diócesis norteamericanas se cuentan entre las que cuentan con una mayor liquidez financiera, sus ministros son, por el contrario, los que con más frecuencia ocupan las páginas de sucesos de los diarios pues, no en vano, se ven insistentemente protagonizando escándalos de abusos sexuales sobre menores. Esto, unido a la corrupción de algunas jerarquías católicas, ha empañado extraordinariamente la imagen de la iglesia norteamericana y la ha hecho entrar en recesión.

En África la situación de la Iglesia dista mucho de ser estable. El 15% de la población está bautizada, pero resulta imposible saber el número de practicantes. El país con una mayor tasa de católicos es Guinea Ecuatorial (con el 76% de bautizados), sin embargo –tal como veremos más detenidamente cuando analicemos al caso del Obispo Milingo- las Iglesias africanas son atípicas, frecuentemente sincréticas, y la prédica católica no ha conseguido erradicar las costumbres tribales ancestrales que han alcanzado incluso a la cúpula jerárquica y a sus ministros. Por otra parte, los países con más tasa de católicos (Angola, con un 54%, Congo con un 42%, Uganda, con un 40%, Burundi con el 59% y Ruanda con el 44%) son teatro de guerras civiles brutales en las que ninguna de las partes ahorra crímenes y sadismo. En Nigeria, los Estados católicos del Norte sufren la hostilidad de los islámicos del Sur; frecuentemente las tensiones llegan hasta el derramamiento de sangre, los linchamientos y los choques irregulares.

A escala mundial, el número de sacerdotes en el momento en el que Juan Pablo II se hizo cargo de la Iglesia, era de 420.971. En 1997 se había reducido la cifra hasta 404.208 según las cifras oficiales. Es decir, se habrían perdido 16.763 sacerdotes. Ahora bien, estas cifras son discutibles y están sujetas a dudas. Otras fuentes no oficiales estiman que en la actualidad no hay más de 300.000 religiosos. Lo más grave es que donde la crisis de vocaciones es más evidente es en Europa, la cuna tradicional del cristianismo. En América, el número de sacerdotes ha descendido levemente durante los años de pontificado de Juan Pablo II: apenas se han perdido 1.000, de 121 a 120.000, aproximadamente. En África y Asia, el número de vocaciones crece y otro tanto ocurrió en los primeros años tras la caída del muro de Berlín, si bien en la actualidad, las cifras se han estabilizado. En África las ordenaciones han pasado de 17.000 en el momento en que el cónclave eligió a Juan Pablo II, a 25.000 en la actualidad. En Asia las cifras han sido mayores (de 27.000 a 44.000). Pero es en Europa en donde la sangría ha sido más evidente: casi 40.000 sacerdotes han colgado los hábitos desde 1978 pasándose de 250.498 a 213.398. Esta crisis resulta evidente en los países tradicionalmente católicos: Italia (que ha perdido un 13’84% del clero, España (con un 16% menos), Portugal (menos 17’32%) y los casos extremos de Bélgica y Francia (que han visto reducido en un tercio el número de sacerdotes durante el pontificado de Juan Pablo II). El hecho de que en el Este europeo las vocaciones hayan aumentado espectacularmente en algunos casos, no es demasiado relevante: las comunidades católicas (salvo en Croacia y Polonia) tienen pequeña entidad y las Iglesias Ortodoxas son allí dominantes.

Pero hay otro factor esencial que se ha producido durante el pontificado de Juan Pablo II. El eje de la Iglesia ya no es Europa. Los nombramientos de obispos y el aumento de las diócesis se han producido sobre todo en el Tercer Mundo. Entre 1979 y 1997 han sido nombrados 2.061 nuevos prelados. En el ámbito mundial, en 1978, eran 3.714, mientras que en 1997 ese número alcanzaba los 4.420. África ha pasado de tener 432 obispos en 1978 a 562 en 1997. En Asia, se pasó en ese mismo período de 519 prelados a 617; en América, de 1416 a 1659; en Oceanía de 94 a 118; en Europa de 1253 a 1464.

Estas cifras pueden no parecer particularmente dramáticas. Pero lo son. Aportaremos solo un dato para poder hacerse una idea significativa del estado de la cuestión. Las corrientes migratorias de Sur a Norte han generado un vuelco étnico en las poblaciones de algunos países, especialmente Alemania, Francia e Inglaterra. Habitualmente los recién llegados del tercer mundo traen en sus maletas la religión tradicional de sus comunidades, como único signo de identificación. El hecho de que reciban permiso de residencia y luego nacionalidad, no les priva de seguir con sus confesiones religiosas particulares, especialmente con el Islam. Pues bien, en el 2010 el Islam será la religión más seguida en Gran Bretaña. Entre el 2020 y el 2040 esto mismo ocurrirá en Francia y en Alemania. A nadie se le escapa que, dada la facilidad con que las comunidades musulmanes giran hacia el integrismo, esto generará conflictos y tensiones, en nuestra opinión insuperables, en Europa Occidental.

Pero este hecho nos permite ver algo que parece pasar desapercibido para los estrategas de la curia Vaticana: Europa es hoy tierra de misiones. A fuerza de buscar nuevos adeptos en zonas que vivían arraigadas a sus religiones tradicionales, el extraordinario esfuerzo misionero que llevó la Iglesia a partir de 1945 y hasta mediados de los años 70, hizo que los elementos más activos y predispuestos para la evangelización, se desplazaran al Tercer Mundo. Las cifras cantan: el aumento de las vocaciones en esas zonas y el crecimiento de obispos y diócesis es significativo, pero, en la práctica, esto se ha hecho a costa desguarnecer las diócesis europeas: éstas se encuentran hoy exangües y en el límite de la extinción, guiadas por pastores de más de 50 años que carecen de energía suficiente, imaginación y voluntad para acometer la tarea misional necesaria hoy en el viejo continente. De hecho, entre 1978 y 1997 fallecieron 144.437 sacerdotes. El envejecimiento se ha convertido en el gran problema de la iglesia en las puertas del siglo XXI. La edad media en 1995 era de 54,6 años, y la de los obispos de 66,49, en 1997... a esa edad ya no acompaña ni la vitalidad ni la firmeza de carácter necesaria para acometer el arduo trabajo de evangelización del Viejo Continente. Y, además, ya hemos visto que faltan vocaciones. La Iglesia parece confiar más en los diáconos, categoría eclesial olvidada hasta hace unas décadas. El crecimiento del número de diáconos es realmente impresionante. En 1978, había 5.562 diáconos, pero en 1997 habían pasado a ser 24.407, la mayoría europeos. Resulta evidente que se trata de cubrir de laguna forma las bajas que van dejando los sacerdotes que fallecen. Pero, muy frecuentemente, el entusiasmo y la voluntad no suplen la larga preparación que facilita un seminario.

La conclusión global es desalentadora, especialmente dada la situación del catolicismo en Europa Occidental que hasta ahora ha sido el centro de la cristiandad y desde hace casi 2000 años, la religión del Viejo Continente. El desplome que ya se advertía tras el Vaticano II, que se fue confirmando durante el apostolado de Paulo VI, se convirtió en desbandada con Juan Pablo II. Veinte años más y los sacerdotes que hoy tienen 50 años, estarán jubilados. Y no hay reemplazo. No hay posibilidades de acometer con una élite sacerdotal le re-evangelización de Europa. Necesaria, si bien no suficiente, para superar la crisis de la Iglesia abierta tras el Vaticano II.

Resulta fácil explicar el por qué se ha hundido la Iglesia en Europa Occidental: ya hemos apuntado alguna causa. Sería injusto (y lo que es peor, falso) atribuir a las directrices de Juan Pablo II, la responsabilidad de la crisis de vocaciones. En efecto, si bien el Papa ha insistido en la necesidad del celibato entre el clero, esa necesidad estaba presente también en pontificados anteriores, no se proclamaba con la firmeza que lo ha hecho Juan Pablo II, por que nadie lo discutía. Esta no es la causa. Por lo demás tampoco creemos que la presencia de sacerdotes casados supusiera algún peligro. La Iglesia Ortodoxa, mantiene una actitud que consideramos está más próxima al cristianismo de los primeros tiempos y, en el fondo, no se ha mostrado negativa. Los sacerdotes ortodoxos pueden casarse y ejercer su ministerio, lo que no pueden hacer es ascender en la jerarquía; jamás, por ejemplo, podrán ser obispos. No parece absurdo que así sea. La Iglesia, en un período tardío, varió sus directrices en este punto y el celibato se fue convirtiendo en algo cada vez más arraigado en el seno de la Iglesia, hasta convertirse en parte de su tradición. Pero, en nuestra opinión, el hecho de que el celibato fuera abolido no implica que aumentaría el número de los sacerdotes, ni siquiera su calidad como ministros de la Iglesia.

Hay otros factores que son extremadamente negativos para el desarrollo de las vocaciones. Estas, desde siempre, han sido mayoritarias en las zonas rurales... zonas que, poco a poco, van despoblándose o reconvirtiéndose. Aparecían especialmente entre hijos segundos de familias numerosas: hoy, raras son las familias de más de tres hijos... Finalmente, estaban ligadas en parte al subdesarrollo: en efecto, había dos profesiones que no conocían el paro: el ejército y la Iglesia. Y de la misma forma que los funcionarios públicos procedían fundamentalmente de zonas rurales, también los eclesiásticos, mayoritariamente surgían del mismo esquema sociológico. Esquema que hoy ha cambiado radicalmente.

La Iglesia, que podía haber percibido con antelación este cambio y tomado medidas para que su impacto sobre la catolicidad fuera menor, no atendió las voces que ya a finales de los años 60, alertaban contra la caída en picado de las vocaciones, las defecciones sacerdotales y la pérdida de vigor de las órdenes religiosas. Paulo VI no atendió las voces de alerta. Juan Pablo II no pudo hacer nada. Su gestión, desde el punto de vista de la situación interior de la Iglesia, ha sido contradictoria: mientras que por una parte realizaba un número inusitadamente alto de viajes pastorales, por otra parte, estos viajes no se traducían en aumentos de vocaciones ni fortalecimiento de las iglesias locales. Muchos opinan que el ritmo frenético de viajes era una imposición de la curia romana que evitaba que el Papa, de visita en el extranjero, se preocupara de los problemas domésticos y de la situación global de la Iglesia. En otras palabras: los viajes pastorales estimulados por la Curia eran la forma de distraer la atención del Papa e impedirle percibir el caos que se enseñorea desde hace 30 años de los corredores vaticanos. Y es posible que así sea...

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

El pontificado de Juan Pablo II: el culto mariano

El pontificado de Juan Pablo II: el culto mariano

Redacción.- Juan Pablo II ha sido el gran estimulador del culto mariano. En esto ha sido continuista en relación a los últimos Papas. Desde las apariciones marianas del siglo XIX y desde la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, poco a poco, el culto a la Virgen ha ido ganando espacio aun a pesar del papel, evidentemente, muy secundario de la Virgen en los Evangelios y de las dificultades que esto podía crear ante otras confesiones cristianas.

En efecto, el culto mariano es el principal tema de conflicto entre católicos y no católicos, los cuales lo califican a menudo de “culto idolátrico”. No hay “unión de las iglesias” mientras el papado insista en este tema. Con lo ortodoxos existe cierta coincidencia si bien el papel de la Virgen es evidentemente muy secundario. En cuanto a los protestantes, el culto a la virgen o a los santos es completamente rechazado.

La doctrina oficial católica explica que María es la “servidora” del Señor en la tarea de la redención de la humanidad. La Iglesia enseña que no se trata propiamente de un “culto” en sentido estricto, pues el único culto real es el culto a Dios. Cualquier oración católica se dirige a Dios, pero tiene a María y a los Santos como mediadores: a través de estos se pide ayuda a Dios, “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores!. Al menos, tal es la doctrina.

El problema es que la idea de que María permaneció perpetuamente virgen no se encuentra en la Biblia. Para entender su origen hay que bucear en la mitología. El primer rastro de una virgen mítica se incluye en la historia de Nimrod y Semiramis, reyes de Babilonia y, al mismo tiempo grandes sacerdotes del culto babilónico. Tras morir Nimrod, Semiramis creó una orden de sacerdotisas. Luego quedó embarazada y pretendió que su hijo era la reencarnación de Nimrod. Al volver del más allá, se suponía que tenía las claves del mundo espiritual y que, además, era el “marido de su madre”. Nimrod reencarnado pasó a llamarse Tammuz. Luego se convirtió en Baal, el dios del sol. Su fiesta se celebraba en el solsticio de invierno. De la religión elaborada por Nimrod y Semiramis permanecen en el catolicismo la idea del celibato obligatorio para los sacerdotes, el sacramento de la confesión y, finalmente, la fecha del solsticio de invierno como punto de arranque del calendario festivo. Semiramis se convirtió para la posteridad en una gran diosas (Baalti, la Madre de Dios) y se la atribuyeron una serie de “calidades” míticas: diosa madre, reina de la mañana, reina del cielo, mediadora, madre de la humanidad, Astarté, etc. A menudo se la representaba sentada con un niño sobre las rodillas. Esta misma leyenda con leves variaciones se encuentra en China con la figura de Shing-Mon (la Madre Santa) y Fo-Hi (fundador del Imperio Medio), en India con Devaki (la diosa) y Khrisna (el niño), en Frigia con Nana (la madre) y Attis (el niño que en Grecia se llamó Dionisos), en Efeso (Gracia), con Diana (madre de los dioses identificada con Semiramis), en Grecia con Afrodita, “la mediadora”, en Egipto con Isis (la diosa-madre) y Horus (el niño), en Escandinavia con Disa (representada con un niño), en Roma con Venus (la diosa) y Júpiter (el niño), en Palestina con Astarte (Isthar, la diosa) y Baal (el niño), en México con Sochiquetzal (la virgen-madre) y Quetzalcoalt, por citar solo unos ejemplos en absoluto exhaustivos. En Egipto, Horus, hijo de Isis y Osiris, triunfó sobre Tifón-Set, el principio del mal. Al llegar al Tíbet, China y Japón, los misioneros jesuitas se extrañaron al constar que existían equivalencias no desdeñables entre las diosas locales y la imagen de la Virgen María. Prácticamente en cada tribu africana se adoraba a una madre que había dado vida a un hijo divino. Incluso existen datos en la Biblia que demuestran que el pueblo judío rindió un culto idolátrico a la “reina del cielo” que fue denunciado en Jeremías (44:17-25) y en el Libro de los Jueces (2:13).

Ahora bien, ahora ya sabemos que el culto a la virgen es universal, sólo queda saber cómo logró afianzar su posición dentro de la nueva religión en los primeros siglos del cristianismo. No resulta difícil establecerlo: en el siglo IV, cuando la religión católica se elevó al rango de religión oficial del Imperio Romano, a fin de ser mejor aceptada, insistió en transformar las divinidades paganas antiguas en los nuevos objetos del culto cristiano: así se transformó Saturno en San Saturio, Atlas en San Cristóbal, etc. y a medida que el cristianismo se fue extendiendo a otras zonas de Europa, se produjo la misma transformación de las divinidades locales reconvertidas e incorporadas al panteón cristiano. María no es otra cosa que la supervivencia de una divinidad pagana. No hay en el culto mariano absolutamente nada de original: todas las religiones tienen un lugar para la “diosa madre” que frecuentemente es virgen.

Ciertamente, durante muchos años, el culto mariano no llamó particularmente la atención de los fieles cristianos. De tanto en tanto, algún místico elaboraba textos muy heterodoxos de homenaje a la Virgen, tras los cuales, antes o después, se dejaba traslucir cierto aroma pagano. En el siglo XII, la adoración a la “dama” adquirió un relieve particular en la cristiandad, y especialmente en la casta guerrera. Buena parte de los relatos del Grial tienen como protagonistas a damas conquistadas por caballeros. Resulta evidente que estas “damas” son simbólicas y que encarnan el “aspecto femenino de la Creación”. Paralelamente, en el plano religioso, los templarios se convirtieron en los grandes promotores del culto a “Nuestra Señora”, presentada habitualmente como “virgen negra”. Como la Isis egipcia o la Sulamita de “El Cantar de los Cantares”, las vírgenes negras eran, a la vez, reinas y madres de dioses. En realidad, siempre, los santuarios de las vírgenes negras surgían allí donde antes hubo santuarios a la diosa Isis traída a Europa por las legiones romanas. Tras la destrucción de la Orden del Temple, en 1307, y la interrupción del ciclo del Grial (a principios del siglo XIII), el culto mariano volvió a remitir y fue marginal en la Iglesia hasta el siglo XIX.

Ocurrió bajo el pontificado de Pío IX.

Pío IX fue el primer gran impulsor del culto mariano. Su pontificado fue el más largo de la historia, de 1846 a 1878, 32 años. Ciertamente, la Virgen se aparecía desde hacía siglos a determinados católicos. A Iglesia no hacía mucho caso de estas apariciones y siguió manifestando cierto autismo en relación al tema hasta que en 1846 se produjeron las apariciones de La Salette. Estas apariciones tienen como novedad el que la virgen alerta a la cristiandad sobre los “pecados del clero”; la Virgen alertaba sobre las desgracias que aguardaban a la humanidad. Era el primer caso de una profecía apocalíptica llegada de la Virgen. Las apariciones de La Salette tuvieron gran impacto sobre la cristiandad, especialmente cuando ocho años después pareció que, efectivamente, se cumplía la profecía.

En efecto, tres años después de las apariciones de La Salette, el 2 de febrero de 1849, Pío IX publicó la encíclica “Ubi prinum” en la que hizo un retrato de la Virgen desde su exilio en Gaeta. Fue en el curso de ese encierro cuando el Papa comenzó a promover la idea proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción. El dogma implicaba que María había nacido libre de pecado original. Antes que él, ningún Papa se había atrevido a tanto. En 1507, un dominico de Viena, el hermano Letser afirmó que la virgen se le apareció y le reveló que había sido concebida en pecado original y que no fue sino hasta al cabo de tres horas cuando resultó santificada. La virgen le dejó incluso una carta para el papa Julio II en esos momentos comprometido en sus guerras itálicas y al hermano Letser unos estigmas en panos y pies. La inquisición tardó poco en descubrir que se trató de una superchería. Los dominicos se oponían al dogma de la Inmaculada Concepción... Más adelante, el Concilio de Trento eludió plantear el problema y en 1622, Gregorio XV decretó festivo el día de la Concepción pero prohibió el uso del término “Inmaculada”. En 1701, Clemente XI proclamó obligatoria la festividad de la “Inmaculada Concepción”... pero se trataba de una tradición eclesiástica, en absoluto de un dogma, se podía o no creer e ello. A partir de Pío IX, la creencia era obligatoria o de lo contrario no había salvación posible.

En 1848 y 1849, Europa se vio asolada por una serie de movimientos revolucionarios, fundamentalmente antimonárquicos y anticristianos. Pío IX huyó a Nápoles horrorizado por la virulencia y radicalidad de estos movimientos y se convirtió en un pontífice contrario a cualquier movimiento renovador. En 1858 tuvieron lugar las apariciones de Lourdes mucho más tranquilizadoras que las de La Salette que contribuyeron a promocionar más el dogma de la Inmaculada Concepción que había sido proclamado cuatro años antes. En 1870, con la pérdida de los Estados Pontificios, integrados en el proceso de unificación italiana, el Papado perdió su poder temporal. Pío IX quiso compensar estos desastres mediante tres medidas: la convocatoria de un concilio ecuménico, la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción y, finalmente, la declaración de la infalibilidad del Papa.

A medida que han transcurrido los últimos 150 años en la historia de la Iglesia, el culto mariano no ha dejado de creer. En el mismo Concilio Vaticano II, se dio una gran importancia al culto mariano y, a partir de su conclusión, proliferaron las apariciones de la Virgen en todo el mundo, desbordando incluso las previsiones de la Santa Sede que no ha reconocido la mayor parte de estos episodios. En realidad, casi sin excepción, estas nuevas apariciones marianas tenían un carácter apocalíptico, similar a las de La Salette, solo que derivaban del ciclo aparicionista de Fátima y, en especial, de su “tercer secreto”. Con Juan Pablo II, todo esto llegaría al paroxismo.

En septiembre de 2000 se beatificó a los Papas Juan XXIII y Pío IX. El proceso de beatificación del Papa Juan XXIII, fue iniciado por el Papa Pablo VI en 1965. El milagro propuesto para la elevación a los altares del "Papa Bueno" fue la curación de Caterina Capitani, superiora de las Hijas de la Caridad del hospital de Agrigento (Sicilia), quien pidió la intercesión del Papa Roncalli después de haber sido desahuciada tras una operación para extirpar un tumor en su estómago. La congregación para la Causa de los Santos reconoció que una religiosa francesa quedó curada inexplicablemente de una factura de rótula en 1899, tras pedir la intercesión del Papa. La beatificación de Pío IX llevaba estancada casi 100 años hasta que Juan Pablo II decidió estimularla, por el único mérito de haber promovido el dogma de la Inmaculada.

El 13 de mayo de 1981, cuando Juan Pablo II llevaba solo dos años como pontífice, sufrió el atentado perpetrado por Alí Agca en la Plaza de San Pedro. Aún convaleciente, el Papa declaró: "Cuando fui alcanzado por la bala no me di cuenta en un primer momento que era el aniversario del día en que la Virgen se apareció a tres niños en Fátima". No fue él, sino su secretario personal el que advirtió la coincidencia de fechas. La bala que fue extraída del intestino del Papa fue engarzada en la aureola de la corona de la Virgen de Fátima poco después. Mientras duró la convalecencia, el Papa solicitó que le entregaran los informes de la biblioteca secreta vaticana sobre las apariciones de Famita. Las conclusiones a las que llegó debieron ser extremadamente convincentes para él, por que un año después del atentado, exactamente el 13 de mayo de 1982, viajó por primera vez a Fátima, para "agradecer a la Virgen su intervención para la salvación de mi vida y el restablecimiento de mi salud". Si el Papa atribuía a la Virgen su salvación, había otra persona que no podía entender lo sucedido: el propio Alí Agca, el asesino frustrado. En diciembre de 1983, el Papa lo visitó en la cárcel. El mismo Alí Agca, sorprendentemente, aludió a Fátima. "¿Por qué no murió? Yo sé que apunté el arma como debía y sé que la bala era devastadora y mortal… ¿por qué entonces no murió? ¿por qué todos hablan de Fátima?".

Ambos –víctima y verdugo- habían terminado por atribuir un papel milagroso a la Virgen de Fátima. En 1991, Juan Pablo II regresó al santuario, donde afirmó que "la Virgen me regaló otros diez años de vida". En más de una ocasión ha señalado que considera todos sus años de Pontificado posteriores al atentado como un regalo de la Divina Providencia a través de la intercesión de la Virgen de Fátima.

Llegados a este punto, vale la pena preguntarse los motivos por los que distintos papas han promovido el culto mariano. Otros cultos podían haber sido igualmente adecuados: a San Pedro (piedra básica de la Iglesia), San Pablo (fundador efectivo del cristianismo y gran misionero evangelizador) o bien, a la Magdalena (imagen del arrepentimiento)... La respuesta es triple. Ya hemos aludido a la universalidad del papel de la virgen-madre en todas las tradiciones religiosas. No hay que perder de vista que los años 60 supusieron el arranque de la larga marcha de la mujer hacia el logro de la igualdad con el varón. El culto mariano parecía anticiparse a este proceso, resaltando el “aspecto femenino de la Creación”. Finalmente, es posible que la Iglesia advirtiera que el ciclo cristiano, tal como se había concebido hasta entonces tocaba a su fin e iba a ser sustituido por un ciclo más humanista al que la imagen de la Virgen iba a ser una especie de eslabón intermedio.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

El pontificado de Juan Pablo II: las santificaciones masivas

El pontificado de Juan Pablo II: las santificaciones masivas

Redacción.- Una de las actividades que Juan Pablo II ha considerado más importantes han sido las santificaciones. En sus 23 años de pontificado, Juan Pablo II ha proclamado 1.220 beatos en 124 ceremonias y 451 santos en 42 ritos de canonización, unas cifras inusitadas desde hacía siglos. Pero estas santificaciones no han tenido el eco esperado.

Y, sin embargo, no soplan buenos tiempos para las santificaciones, de un lado porque la crisis de la Iglesia está haciendo que muy pocos se interesen por los nombres y las hazañas religiosas de las nuevas elevaciones a los altares; de otro, por que durante el papado de Juan Pablo II se han producido santificaciones masivas que, como todo lo masivo, tienden a devaluar lo que se pretendía enaltecer. Además, el hecho de que determinadas instituciones consiguieran estar a punto de elevar a los altares a personalidades que, como Escribá de Balaguer, son discutibles para muchos sectores. Sin embargo, el papado de Juan Pablo II ha sido pródigo en santificaciones, aun cuando el efecto obtenido ha sido justo el contrario que el esperado. O simplemente, como en el caso de Gaudí, su bondad, alternaba con ataques de cólera contra quienes criticaban su obra, ataques por lo demás, muy alejados de la santidad.

¿Por qué alguien es elevado a los altares? Reconocer la santificación de alguien supone reconocer públicamente su calidad humana y sus virtudes trascendentes capaces de hacerle vivir la fe de manera heroica. Para alcanzar la santidad hay que haber realizado algún milagro y, sobre todo, llevar una vida de pureza y santidad. El santo es, fundamentalmente, un ejemplo de virtudes cristianas y, como todo ejemplo, puede servir de modelo a otros. Contra más santos haya más ejemplos habrá para las nuevas generaciones. Dado que las personas se sienten ligados a su tierra natal, la dispersión de las santificaciones y su proliferación hará que cada región tenga un santo propio y, por tanto, las gentes le dediquen a él su devoción. En realidad, con los santos ocurre como con las reliquias: contra mas haya, mejor. Las reliquias no son más que “condensadores de fe”. Cuando un católico ora ante una ermita repleta de reliquias, tiene ante sí restos evocadores de la vida de santos y mártires que estimulan su ejemplo, le dan renovadas fuerzas para soportar los problemas del día a día y acrecientan su fe. Y esto al margen de que las reliquias sean verdaderas o falsas. Basta con que el católico sienta ante ellas devoción y veneración para que operen su efecto vigorizador de la fe. Con los santos debería ocurrir otro tanto: contra más santos haya, más se estimula la fe. Pero lo que valía en otras épocas, ya no sirve en la nuestra. Y, por lo demás, el fuste de los santos de ayer es muy distinto al de los actuales.

Las nuevas santificaciones obradas por Juan Pablo II se realizan en función de patrones muy diversos. Algunos son santos por haber sufrido de manera edificante un martirio (caso de los sacerdotes y frailes fusilados durante la guerra civil española). En otros casos se trata de santos laicos cuyas vidas, si bien tienen algo de edificante, en el fondo no se percibe una trascendencia real. Cuando San Juan Bosco fue elevado a los altares, se abrió paso a este tipo de santificaciones en las que una tarea completamente mundana –la fundación de escuelas- que, como máximo podría ser considerada como una alta labor asistencial o educativa, se elevó al rango de la santidad. También hay casos en los que la virtud más destacada del nuevo santo es su oposición política al fascismo o al comunismo o a cualquier otro tipo de dictadura. ¿Y por qué no santificar a los sacerdotes guillotinados durante la Revolución Francesa? ¿o los sacerdotes nacionalistas vascos fusilados por las tropas de Franco? Santificando a unos se abre la posibilidad de que en un futuro no muy lejano se santifique a Camilo Torres o al Padre Ellacuría, simplemente por haber sido víctimas de fuerzas represivas.

La santidad es otra cosa; si se tratara de un problema de insistencia en una tarea, probablemente muchos miembros de ONGs podrían ser santificados y si se tratara de casos de valor personal ante el peligro o el riesgo, muchos soldados lo merecerían igualmente. La trascendencia es otra cosa: es la sensación extremadamente clara de que la vida de una persona está inspirada por Dios y que esa persona, de alguna manera, ha sabido incorporar a sí mismo y exteriorizar los aspectos de la trascendencia.

Habitualmente, las santificaciones han venido forzadas por las necesidades de la curia de enviar a Juan Pablo II a tal o cual país. Basta que se produzcan 25 nuevas santificaciones en México para el Papa sea enviado allí. O basta que se hable de “diálogo entre las iglesias” y “ecumenismo” para que, acto seguido, se canonice a Rafa Xhoboq Al-Rayes, cristiana maronita y primera santa árabe de los tiempos modernos.

El “Documento final del Congreso Europeo sobre las Vocaciones al Sacerdocio y a la Vida Consagrada en Europa” (Roma, 5-10 de mayo de 1997) definía, de manera muy clara, las razones de estas oleadas de santificaciones masivas: “Es tiempo, ahora, de que aquella llamada suscite nuevos modelos de santidad, porque Europa tiene necesidad, sobre todo, de la santidad que el momento exige, original por tanto y, en algún modo, sin precedentes. Se necesitan personas, capaces de «echar puentes» para unir cada vez más a las Iglesias y a los pueblos de Europa y para reconciliar los espíritus”. En otras palabras, lo que se está intentando es re-evangelizar el mundo y, particularmente Europa, pero, no recurriendo a misioneros ni predicadores, sino simplemente apelando a la figura de los santos. Se percibe la crisis, se ve claramente que Europa es, nuevamente, tierra de misiones, pero al faltar predicadores y misioneros, solo los muertos, con su ejemplo, pueden ayudar en esta tarea.

Así pues, lo que ha variado durante el papado de Juan Pablo II es el concepto mismo que se tenía del Santo. Antes, el Santo era alguien que, en vida, operaba milagros. Ahora el Santo es quien opera milagros tras su muerte. Por que, desde luego, pensar que Europa puede ser nuevamente evangelizada sin el concurso de una titánica tarea de predicadores de envergadura, eso si que sería un milagro.

Mucho nos tememos que esta oleada de santificaciones y beatificaciones masivas sirva para muy poco a la causa de la Iglesia. La mayoría de estos nuevos santos solo tendrán un altar en su pueblo de origen. Más allá serán cuerpos muertos y olvidados para la totalidad de la cristiandad.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

El pontificado de Juan Pablo II: el Papa anticomunista

El pontificado de Juan Pablo II: el Papa anticomunista

Redacción.- En esta segunda entrega sobre lo que nos sugiere la crisis de salud de Juan Pablo I abordamos uno de los aspectos políticos más importantes de su papado: el anticomunismo que siempre profesó y que fue uno de los arietes que terminaron con la URSS y con el bloque comunista.

De un Papa nacido en Polonia no podía esperarse otra cosa que anticomunismo en lo político. En realidad, de un Papa –y, por extensión, de un sacerdote, no podía esperarse más que anticomunismo político. Resulta difícil pensar como en algún momento una ideología materialista y atea, logró captar a sacerdotes católicos.

Este tránsito desarrollado en los años 60 y 70, del que personalmente fui testigo, puso de manifiesto, no tanto la capacidad de integración del marxismo, como la mala formación con la que salían los sacerdotes de los seminarios en aquella época. Sin argumentos para contraponer al marxismo, más que una teología imposible de transmitir a la población, aquellos curas enviados a barrios obreros –y no tan obreros- para ejercer su ministerio, creyeron que la única forma de sobrevivir en un medio hostil, era la política del camaleón: enmascararse en el medio. Y el medio en aquella época era marxista. Nosotros, que vimos, desde un colegio escolapio aquella transformación brutal de la Iglesia –en el mismo curso se pasó de la misa en latín de rito tridentino y el canto gregoriano, a los espirituales negros, el nuevo rito y la enseñanza de Hegel, Feuerbach y Marx en la clase de religión... Desde aquella lejana época ya tuvimos la convicción de que el deslizamiento del clero hacia la izquierda no era producto de una convicción ideológica, sino de un complejo de inferioridad. La mayor parte de sacerdotes que escoraron a la izquierda se veían a sí mismos como marginados de la modernidad. Y no lo aceptaban. Algunas frases dispersas por los evangelios relativas a los pobres y a la justicia social, les facilitaban unos pocos justificantes para asumir la modernidad en forma de marxismo. Es decir, la opción más sencilla. Y más cobarde. Por lo demás, el concilio Vaticano II, con su inextricable embrollo doctrinal, había facilitado las cosas: se derruyó una superestructura ritual que, al menos por inercia, conservaba la tradición cristiana, sin haber construido un ritual digno de tal nombre, capaz de sustituirlo. Frecuentemente la “izquierda cristiana” fue mucho más radical y virulenta que la izquierda comunista clásica.

Una vez se ha emprendido una vía sin retorno, no puede hacerse otra cosa más que llegar a las últimas consecuencias. A fin de cuentas, muchos partidos comunistas occidentales, eran extremadamente conformistas en los años 60 y 70. Ahí estaban los grupos maoístas y marxistas-revolucionarios para ofrecer una vía mucho más radical. No es raro que los grandes grupos ultraizquierdistas de finales de los 60 y de los 70, tuvieran su origen en Acción Católica. En Portugal, el movimiento más agitado y turbulento nacido al socaire de la revolución de los claveles, era de extracción católica, el Movimiento para la Reconstrucción del Partido del Proletariado; en Francia, la Unión de Juventudes Comunistas Marxistas-Leninistas y, mucho más, el Partido Socialista Unificado de la época (situado a la izquierda del PCF), tenían en sus filas un anómalo porcentaje de católicos. Y otro tanto ocurría con el sindicato, en otro tiempo católico, la CFDT, pasado a la izquierda de la CGT gala. En el Chile allendista, el Movimiento de Acción Popular Unitaria, con su ultraizquierdismo virulento, radical y más allá de todo límite, fue uno de los principales problemas que encontró Allende y que dieron alas a la intervención militar. En España, la Organización Revolucionaria de los Trabajadores había surgido directamente de las Hermandades Obreras de Acción Católica y mientras el izquierdismo estuvo de moda, fueron, junto al Partido del Trabajo, uno de sus puntales. Finalmente, tras converger con éste último partido, fueron a buscar la sopa boba en el Partido Socialista, cuando su victoria electoral era ya inevitable. Y muchos de ellos, no solo tuvieron su parcelita de poder, sino que protagonizaron sonados casos de corrupción. En los años 90 apenas quedaba nada de todo esto: el clero marxista se había evaporado y pertenecía a los miles de sacerdotes que colgaron los hábitos. Apenas unos pequeños grupos de “cristianos por el socialismo” y otros arcaísmos que, inevitablemente fueron a parar a Izquierda Unida. Y allí se los puede encontrar todavía, en el País Vasco situados en plena confusión mental, en las acampadas por el 0’7% o en los movimientos pro-inmigración libre... Y en eso están, en un imperturbable sostenella y no enmendalla. Últimos estertores de lo que jamás tuvo más sentido ni lógica que un mal adoctrinamiento en los seminarios y un choque posterior con la realidad generador del más freudiano complejo de inferioridad.

Esta digresión no hubiera sido precisa si la racionalidad y la lógica hubieran establecido tajantemente que una cosa era la Iglesia Católica y su doctrina y otra muy diferente la Iglesia Marxista y su ideología. La irreconciliabilidad era tal que el “diálogo cristiano-marxista” que duró 15 años, sin provocar otra cosa que una marejada de pérdida de vocaciones y de literatura indigesta, reiterativa y pretendidamente intelectual. El caso del catolicismo es único en la historia moderna de las religiones: es la única doctrina que ha considerado necesario dialogar con los negadores de esa misma doctrina; los únicos que se han hecho ilusiones de que existía una identidad de fines y que se podía andar juntos buena parte del recorrido. Mientras que budistas, ortodoxos, musulmanes ¡y católicos en las naciones comunistas! Eran perseguidos, represaliados, fusilados, masacrados y torturados, algunos merluzos hicieron abstracción de esto que era suficientemente conocido y emprendieron el camino sin retorno del diálogo quien estrangulaba la religión –cualquier religión- en todo el mundo.

A eso contribuyó la debilidad del pontificado de Paulo VI y el nivel de confucionismo y caos interior que provocó el cierre en falso del Concilio Vaticano II. Paulo VI, tras el concilio inicio lo que en aquella época se llamó “ostpolitk vaticana” que, en realidad se limitó a contactos entre la diplomacia vaticana y los gobiernos del Este europeo para intentar mejorar las condiciones de vida de los católicos. Agostino Casaroli, secretario de Estado Vaticano con Paulo VI, reconoció la realidad de estos contactos afirmando que contribuyeron al deshielo político, lo cual es más que discutible. Eran tiempos de acomodamiento y diálogo. Pero las cosas iban a cambiar con Juan Pablo II. Desde el mismo momento en que fue consagrado estaba claro que iba a tratarse de un Papa anticomunista. El conocía la realidad del comunismo y lo que podía esperarse del diálogo con los verdugos.

En este terreno radica quizás el único éxito real del pontificado de Juan Pablo II. Su figura puede ser considerada como una de las que contribuyeron a derribar el comunismo. Si un día de diciembre de 1989 cayó el muro de Berlín fue, entre otras cosas, por la tarea de Juan Pablo II.

Los 40 años que duró la “guerra fría” supusieron para la humanidad un enfrentamiento constante con la posibilidad del holocausto nuclear. Las dos superpotencias aceptaron la doctrina de la “disuasión nuclear” según la cual la acumulación de armamentos era la garantía de la paz mundial. Ninguna de las dos partes entreveía la posibilidad de dar el primer ataque sin que destruir completamente la capacidad armamentística de la otra parte que se reservaría la posibilidad de dar el segundo golpe, tan demoledor como el primero. Lo que se llamó “equilibrio del terror” garantizó durante casi 40 años una relativa paz mundial. Ciertamente los enfrentamientos prosiguieron pero en teatros secundarios (Cuba, Vietnam, África, Medio Oriente, etc.) y mediante actores interpuestos. Así se evitó el enfrentamiento directo y aniquilador.

Pero todo esto tenía un coste e implicaba la inversión de fondos presupuestarios cada vez mayores. A mediados de los 80, cuando Reagan anunció que iba a desplegar las mísiles de alcance medio por Europa, empezó a estar claro que la superioridad armamentística se estaba decantando hacia el Oeste. La URSS reaccionó financiando campañas pacifistas y anti-OTAN y antimilitaristas en Europa Occidental, que sirvieron para cubrir unos pocos titulares de prensa. En esa época, los partidos comunistas, aun aliados fieles de la URSS –fuente importante de financiación para ellos- habían perdido peso político y se encaminaban hacia la indigencia política total.

A esto se añadió cuatro factores que coaligados terminaron por evidenciar que la superpotencia soviética hacia aguas por todas partes: cuando Reagan impulsó el programa armamentístico titulado “Guerra de las Galaxias” estaba claro que el paraguas nuclear del que se dotaban los americanos podía garantizar que en pocos años ni un solo misil soviético alcanzaría su objetivo y la URSS quedaría desamparada ante la respuesta que llegaría del Mando Aéreo Estratégico, de los mísiles intercontinentales, los mísiles tácticos estacionados en Europa y los lanzados por los submarinos nucleares. Y la URSS no estaba, ni económica, ni tecnológicamente en condiciones de responder.

Por otra parte, la URSS se había empantanado en una guerra de conquista en Afganistán. Obsesionados por encontrar una salida a los mares cálidos del Sur, los estrategas soviéticos planificaron la invasión de Afganistán como un paseo militar que les situaba a las puertas del Indico, un sueño de expansión geopolítica que databa de la época zarista. En factor que no pudieron controlar y que minusvaloraron fue el integrismo islámico. Despertado con la revolución de Jhomeini en Irán, el Islam, no solo empezaba a ser agresivo fuera de la URSS, sino que incluso en las repúblicas del Sur, mayoritariamente islámicas, empezó a existir peligro de contagio. Afganistán, fue tal como se ha dicho, el Vietnam soviético, pero fue mucho más que eso: contribuyó, casi tanto como la victoria de Jhomeini, a estimular la “guerra santa”. A los cuatro años de comenzar, era evidente que aquella guerra no se podía vencer, que las tropas no estaban motivadas para el combate, que el armamento no era el adecuado, las tácticas eran erróneas y el gasto insoportable.

Luego estaba el embrollo polaco... un tosco electricista de Danzig, capitaneaba un sindicato –Solidarnosc- con capacidad suficiente para paralizar Polonia. La católica Polonia. A nadie se le escapaba que esta situación no era casual. Desde hacia año y medio un Papa polaco ostentaba el Anillo del Pescador y la riada de fondos recibida por los católicos polacos para establecer redes de resistencia había aumentado considerablemente. No sólo eran las redes que siempre habían existido tuteladas por la CIA, sino todos los católicos polacos, orgullosos de que el Papa de la cristiandad fuera uno de los suyos, quienes aprovecharon esta feliz situación para repetir los hechos de 1970 y antes, en 1952... solo que ahora con el apoyo activo y la solidaridad de un pequeño Estado, pero con tentáculos largos y hábiles, el Vaticano.

En una situación que empezaba a ser de debilidad estratégica de la URSS (principios de los años 80), el caso polaco era importante por dos motivos: de un lado, Polonia es el Estado interpuesto entre Europa Occidental y Rusia, por donde deberían circular las fuerzas armadas del Este en caso de conflicto e invasión de Europa Occidental. Dejar de tener un aliado fiel en Polonia o ver el país sometido a una inestabilidad política absoluta, implicaba que las carreteras que conducirían a las tropas soviéticas de la Madre Rusia al frente alemán, se convertirían en inseguras. Pero por otra lado, el riesgo de que la rebelión polaca llevara al traste el sistema de alianzas tejido por la URSS en Europa Oriental entre 1946 y 1949, era todavía mucho más importante por que de hecho fue lo que se produjo: la posibilidad de que un sistema comunista fuera desmantelado se contempló como algo real, por primera vez, no solo en Polonia, sino en toda Europa Oriental. Tras Polonia, Alemania del Este, tras ella Hungría, luego Checoslovaquia, mas tarde Bulgaria y, finalmente, Rumania, todos los países aliados de la URSS en el marco del Pacto de Varsovia y el COMECON, fueron cayendo uno tras otro.

Posiblemente si el Papa polaco hubiera sido el único factor conflictivo que debía afrontar la URSS y no hubieran existido ni Afganistán, ni la guerra de las Galaxias, ni el despliegue de mísiles en Europa Occidental, y el listón armamentístico hubiera estado más bajo, la rebelión polaca, estimulada por el Papa Wojtyla, no hubiera tenido más trascendencia que el episodio de la “Primavera de Praga” o de la revuelta húngara... y habría sido aplastada. Pero los tiempos habían llegado... la URSS se vivía horas bajas (estancamiento del crecimiento económico, burocratización del régimen, crecimiento de la periferia mucho más que de la etnia rusa, carestía, etc.) y el caso polaco fue la puntilla. Ni la bala de Ali-Agca logró detener el movimiento de protesta contra 40 años de opresión comunista.

Cuando se restableció la normalidad democrática en Polonia, resultó evidente que los obispos tenían tanto poder como los ministros y los gobernadores y que, la Iglesia tenía a su disposición un Estado absolutamente fiel a su política. Fue entonces cuando aprovechó las primeras muestras del desplome yugoslavo para generar un segundo Estado provaticano en Europa del Este. Si en el caso polaco, los intereses de la CIA y los del Vaticano fueron coincidentes, en Yugoslavia hubo que cambiar de aliados. Los servicios secretos alemanes siempre habían dispuesto de buenos enlaces en Croacia, heredando contactos de la “Ustacha” de Ante Pavelic y redes anticomunistas que databan de la Segunda Guerra Mundial. Si Afganistán era la salida de Rusia a los mares cálidos del Sur, los puertos croatas y el territorio esloveno eran la salida alemana al Mediterráneo. Por lo demás, los croatas eran mayoritariamente católicos. Era evidente que una nueva alianza estaba en ciernes. La primera guerra serbio-croata y la guerra de Bosnia-Herzegovina hicieron que, efectivamente, en Zagreb se asentaran aliados e interlocutores válidos con el Vaticano que... a qué precio.

De otro lado, la victoria vaticana en Polonia tampoco fue muy duradera. Si bien es cierto que aun hoy, el catolicismo polaco es extremadamente pujante, el Vaticano no supo (o no pudo) aprovechar el desmantelamiento del comunismo durante largo tiempo. Solidarnosc perdió peso y fuerza social, no supo sacar al país de la crisis económica y la democracia trajo algo que no se había vivido bajo el comunismo, un alejamiento creciente de la población del seno de la Iglesia. En Enero de 2001 pude entrevistarme con el jesuita polaco Padre Nowinsky, actualmente misionero en Ecuador y perfecto conocedor de la lengua de Cervantes. Nowinsky en aquella época reunía fondos para los damnificados por el “Niño” de aquel país. Las historias que contaba sobre la crueldad del régimen comunista con el catolicismo polaco eran absolutamente aterradoras. Si el catolicismo logró sobrevivir fue en la medida en que sirvió de salvaguarda a la identidad nacional y a la labor de un clero y una Iglesia militante dinámica y activa en la vertebración de la sociedad polaca, que no perdió el tiempo en el “diálogo cristiano-marxista”. Pero el balance actual realizado por el jesuita era altamente negativo: el consumismo distrae a la juventud de sus obligaciones y el catolicismo polaco encuentra dificultades para combatir el hedonismo que invade su país.

En el resto de países del Este, las cosas no iban mejor: no hubo forma de prohibir el aborto y si bien, durante los primeros años 90 se estimularon las vocaciones, en la actualidad se ha producido, no solo un descenso, sino una pérdida de vigor en relación a otras confesiones, especialmente a las Iglesias Ortodoxas y a las distintas sectas que llegadas de Estados Unidos.

Sin embargo, el mérito de Juan Pablo II como “Papa anticomunista” no puede olvidarse. La URSS, desde los años 30 intentaba operaciones para liquidar el poder de la Iglesia. En 1935 los servicios secretos ingleses descubrieron que un millar de jóvenes militantes comunistas se estaban infiltrando en los seminarios de Europa Occidental. Se conoce la frase de Stalin relativa a España según la cual nuestro país se conquistaría cuando se conquistaran a sus clérigos.

Sin embargo, también hay que decir que Juan Pablo II, ha dado la espalda a la memoria de muchos que, como el Cardenal Mindszenty, primado de Hungría, resistieron el asedio comunista sin emprender el camino del exilio. Pues bien, el papado de Juan Pablo II, tan pródigo a la hora de elevar a los altares a personalidades más que dudosa, no ha abierto el proceso de beatificación del cardenal Mindszenty...

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

El pontificado de Juan Pablo II: Los viajes pastorales

El pontificado de Juan Pablo II: Los viajes pastorales

Redacción.- En esta tercera entrega de la serie sobre Juan Pablo II, abordamos una de las actividades más llamativas de su pontificado: los viajes pastorales. Se ha tratado, efectivamente, de un Papa viajero. Sus desplazamientos han superado el centenar y, prácticamente, hasta que su salud no se ha visto extremadamente debilitado, estos viajes no cesaron.

Desde su entronización en 1969, Juan Pablo II realizó cada año algún desplazamiento fuera del Vaticano. Resulta imposible encontrar alguna lógica a estos viajes. En todos los casos se trató de desplazamientos pastorales, pero resulta difícil establecer el por qué se eligió ese orden y no otro. En muchos casos resulta incluso difícil de comprender por el motivo mismo del viaje. En 1979, entre el 25 de enero y el 1 de febrero, el Papa se desplazó a Santo Domingo, México y Bahamas... Salvo la visita a México, las otras dos resultan difícilmente explicables por el número de católicos que se encuentran en esas islas. Mayor calado pastoral tuvo la visita siguiente, ese mismo año del 29 de septiembre al 1 de octubre que lo llevó a Irlanda y Estados Unidos. Y llama precisamente la atención el que dedicara 3 días a recorrer estos puntos fuertes del catolicismo anglosajón y dedicara el mismo tiempo a las pequeñas y muy secundarias comunidades católicas de Santo Domingo y Bahamas... El noviembre de ese mismo año fue a Turquía tres días, una nación mayoritariamente islámica en donde los católicos fueron masacrados incluso físicamente entre los siglos XV y XVI y las catedrales convertidas en mezquitas.
Esta ausencia de lógica en la planificación de las visitas se pone de manifiesto al repasar la lista, año por año hasta el 2001:

- 1979.- Santo Domingo, México, Bahamas (25 de enero al 1 de febrero) Polonia (2 al 10 de junio) Irlanda y Estados Unidos (29 de setiembre al 1 de octubre) Turquía (28 al 30 de noviembre)
- 1980.- Zaire, Congo, Kenia, Gana, Alto Volta y Costa de Marfil (2 al 12 de mayo) Francia (30 de mayo al 2 de junio) Brasil (30 de junio al 12 de julio) Alemania (15 al 19 de noviembre)
- 1981.- Pakistán, Filipinas, Japón, Guam y Anchorage-Alaska (16 al 27 de febrero)
- 1982.- Nigeria, Benín, Gabón, Guinea Ecuatorial (12 al 19 de febrero) Portugal (10 al 15 de mayo) Gran Bretaña (28 de mayo al 2 de junio), Argentina (11 al 12 de junio),Ginebra-Suiza (15 de junio), San Marino (29 de agosto), España (31 de octubre al 10 de noviembre).
- 1983.- Costa Rica, Nicaragua, Panamá, El Salvador, Guatemala, Belice, Haití (2 al 9 de marzo), Polonia (16 al 23 de junio), Francia (14 al 15 de julio), Austria (10 al 13 de setiembre).
- 1984,. Alaska (Fairbanks), Corea, Papúa -Nueva Guinea, Islas Salomón, Tailandia (2 al 12 de mayo), Suiza (12 al 17 de junio), Canadá (9 al 19 de setiembre), España, República Dominicana, Puerto Rico (10 al 12 de octubre).
- 1985.- Perú, Ecuador, Venezuela (26 enero al 6 de febrero), Bélgica, Holanda, Luxemburgo (11 al 21 de mayo), Togo, Costa de Marfil, Camerún, República CentroÁfricana, Zaire, Kenia, Marruecos (8 al 19 de agosto), Liechtenstein (8 de setiembre).
- 1986.- Nueva Delhi, Calcuta, Goa, Trichur y Bombay (31 de enero al 10 de febrero), Colombia (1 al 8 de julio), Francia (4 al 7 de octubre), Bangladesh, Singapur, Islas Fiji, Nueva Zelanda, Australia (18 de noviembre al 1 de diciembre).
- 1987.- Uruguay, Chile, Argentina (31 de marzo al 13 de abril), Alemania Federal (30 de abril al 4 de mayo), Polonia (8 al 14 de junio), Estados Unidos, Canadá (10 al 20 de setiembre).
- 1988.- Uruguay, Bolivia, Perú y Paraguay (7 al 19 de mayo) Austria (24 al 27 de junio) Zimbawe, Mozambique, Botswana, Swazilandia, Lesotho (9 al 19 de setiembre)
- 1989.- Madagascar, Isla la Reunión, Zambia y Malawi (28 de abril al 6 de mayo) Santiago de Compostela y Oviedo (1 al 10 de junio) Corea del Sur, Indonesia, Timor Oriental y Mauricio (6 al 15 de octubre).
- 1990.- Cabo Verde, Guinea Bissau, Mali, Burkina Fasso y Chad (fines de enero al 2 de febrero) Checoslovaquia (21 al 22 de abril), México (6 al 14 de mayo), Malta (25 al 27 de mayo), Burundi, Ruanda y Costa de Marfil (setiembre).
- 1991.- Lisboa, Fátima, Islas Azores y Funchal (10 al 13 de mayo), Polonia (1 al 9 de junio), Brasil (12 al 21 de octubre).
- 1992.- Senegal, Gambia y Guinea Conakri (9 al 26 de febrero), Angola, Santo Tomé y Príncipe (14 al 10 de junio), República Dominicana (9 al 14 de octubre).
- 1993.- Benín, Uganda y Jartum (3 al 10 de febrero), Sicilia (mayo), España (12 al 17 de junio), Jamaica, México, Estados Unidos (9 al 16 de agosto), Lituania, Estonia y Letonia (4 al 10 de setiembre).
- 1994.- Zagreb, Croacia (10 al 11 de setiembre).
- 1995.- Bélgica (4 de junio), Camerún, Sudáfrica y Kenia (14 al 20 de setiembre), Estados Unidos (4 al 9 de octubre).
- 1996.- Guatemala, Nicaragua, El Salvador y Venezuela (5 al 12 de febrero), Túnez (14 de abril), Eslovenia (17 al 19 de mayo), República Federal de Alemania (21 al 23 de junio), Hungría (6 al 7 de setiembre), Francia (19 al 22 de setiembre).
- 1997.- Bosnia-Herzegovina (12 al 13 de abril), República Checa (25-28 de abril), Líbano (10 al de mayo), Polonia (31 de mayo al 10 de junio), Francia (21 al 24 de agosto), Brasil (2 al 5 de octubre).
- 1998.- Cuba (21 al 26 de enero), Nigeria (12 al 13 de marzo), Austria (19 al 21 de junio), Croacia (2 al 4 de octubre).
- 1999.- México (22 al 26 de enero), Estados Unidos (26 y 27 de enero), Polonia (5 de al 18 de junio), India (5 al 8 de noviembre), Georgia (8 al 9 de noviembre).
- 2000.- Egipto (24 al 26 de febrero), Peregrinación jubilar a Tierra Santa (20 al 26 de marzo).
- 2001.- Grecia, Siria y Malta (4 al 9 de mayo), Ucrania (23 al 27 de junio)¿a qué se debía todo este frenesí viajero?

Pero, si no existía lógica alguna en estos desplazamientos, ¿a qué obedecían? En primer lugar a las peticiones de las Conferencias Episcopales locales. En segundo lugar al carácter simbólico de esos lugares. La visita a Egipto no estaba marcada, desde luego, por la importancia de la comunidad católica local, sino por el valor que Egipto tuvo para el pueblo judío y para la infancia de Jesús. Pero difícilmente podríamos aplicar criterio alguno a Malta o Túnez donde el catolicismo es irrelevante e incluso la importancia política de estos países está muy disminuida. Pensemos además que, a partir de 1981 el Papa ha visto su salud extremadamente debilitada, especialmente a partir de 1991.

En 1999 se publicó en Italia un libro curioso “Via col vento in Vaticano” que fue traducido libremente en la edición española como “El Vaticano contra Dios”. Se trataba de una obra que destilaba un tufillo ligeramente integrista, pero tras las informaciones espectaculares que propagaba –especialmente las relativas a la presencia de cultos satánicos y logias masónicas- era evidente que se ocultaba alguna alta jerarquía vaticana o alguien que conocía perfectamente los entresijos de la Santa Sede. Alguien, en definitiva, sorprendido y dolido por la deriva que ha tomado la Iglesia en las últimas décadas.

Pues bien, en la página 336 de la edición española se da una explicación a este frenesí viajero, explicación que compartimos por completo: “Con el advenimiento del papa Wojtyla, casi todos esperaban un cambio radical en la Curia romana. No hubo un terremoto, pero se creó un aislamiento a su alrededor. Una especie de crujía destinada a convertirlo en prisionero de su dorado aislamiento. Ahora, a su alrededor, en la recta final de trayecto, todo está peligrosamente estancado, menos los viajes que lo convierten en un ser extraño, distraído y trastornado. Pero en el faro, como un centinela enfermo, él sigue reflejando la luz divina inmarcesible.

Al finalizar la orgía televisiva en ocasión de los festejos conmemorativos de los veinte años de este pontificado, los festejados eran, en realidad, los organizadores de los festejos que, de vez en cuando, permitían que él, situado en segundo plano, se asomara a la pantalla como un meteoro con acompañamiento. Delante del mundo entero, mientras las lágrimas le surcaban las mejillas, Juan Pablo II se preguntó si había cumplido debidamente y hasta el fondo su ministerio papal, pensando tal vez en toda aquella caterva de purpúreos metomentodos que, enviándolo a los cinco continentes cual si fuera un procesado en rebeldía, se han pasado veinte años tomándole el pelo y sustituyéndolo en el gobierno del timón de la barca de Pedro”.

La tesis del anónimo autor de estas líneas es que la curia vaticana es un cáncer para la Iglesia. Le atribuye a ella la responsabilidad de decidir donde enviar al Papa, tenerlo entretenido con visitas pastorales, mientras ellos asumen el gobierno efectivo de la Iglesia. Por que, en estos momentos de pérdida de fe y marasmo en la institución eclesiástica, la catolicidad es algo más que unos cientos de millones de fieles, es sobre todo un patrimonio de riquezas incalculables, acumuladas a través de los siglos, cuya gestión puede dar cuantiosos beneficios. Si el Papa ha sido enviado a los lugares más extremos e inverosímiles ha sido para que no pudiera atender directamente el día a día de la Iglesia. Y para que, obviamente, alguien, pudiera beneficiarse.

¿Cuáles han sido los resultados de estos viajes? En ocasiones nulos. El viaje emprendido del 7 al 19 de mayo de 1988 a Uruguay, Bolivia, Perú y Paraguay, por poner un ejemplo, no se tradujo ni en crecimiento del número de fieles que acudían a las iglesias, ni en aumento de las vocaciones, ni en una mayor credibilidad de la Iglesia ante la sociedad, ni mucho menos lograron detener la marejada ascendente de las sectas evangélicas, pentecostales o milenaristas. Si hemos destacado este viaje por encima de otros, es por que tuvo lugar hace más de 13 años y puede ser visto con perspectiva. Lo mismo podría decirse de los anteriores. En todos ellos, incluidos los desplazamientos a Polonia, siempre ha dado la sensación, durante el viaje, de que la Iglesia local conseguía revitalizar sus filas, pero siempre se ha tratado de un espejismo: al acabar los fastos y las multitudes regresar a sus hogares, las iglesias al domingo siguiente, nuevamente, se han visto vacías, los fieles han sido mujeres y ancianos.

Los viajes del Papa a España en 1982 y 1993 no lograron rectificar la crisis de la Iglesia Española. Y esto lo sabe cualquier persona que visite los templos en días de culto. Solamente la Conferencia Episcopal se empeña en dar cifras triunfalistas y a todas luces excesivas sobre la situación de bonanza del catolicismo en España. No podemos resistir realizar un paralelismo. En 1973, en partido único franquista, el llamado “Movimiento Nacional” tenía una tupida red de secretarios, jefes de centuria, distritos, etc. tras la cual, no quedaba absolutamente nada. Eso no impedía que los secretarios políticos de los distritos, cada mes enviaran partes de actividades a sus respectivas jefaturas provinciales. Esos partes eran triunfalistas, del género: “El martes pasado tuvo lugar la reunión de afiliados del distrito, asistieron 150 camaradas y se debatieron cuestiones de interés político”... Se trataba de ficciones: ni habían reuniones de afiliados en los distritos, ni habían afiliados en las bases, solamente unas jerarquías que solo podían seguir cobrando su salario, a costa de maquillar la realidad. Lo sorprendente es que era algo que todo el mundo conocía. Los Consejos Locales del Movimiento, eran perfectamente conscientes de que no habían afiliados, la Jefatura Nacional del Movimiento, se limitaba a reunir los partes de actividades y confeccionar informes triunfalistas: “En el pasado mes, más de 120.000 camaradas de toda España se reunieron en los Distritos del Movimiento para debatir el último discurso del Jefe del Estado”. Y detrás no había nada: ni una sola reunión. Pero la ficción se mantenía por que era la única forma de que una burocracia esclerotizada pudiera seguir cobrando sus emolumentos... Un buen día, muerto Franco, todo se derrumbó y el movimiento Nacional se disolvió sin que hubiera ni una sola reunión en sus distritos. La situación de la Iglesia recuerda extraordinariamente el período terminal del Movimiento franquista. Una curia cada vez con menos base social, una institución en crisis pero que se niega públicamente a reconocer esta crisis. Un Papa que durante veinte años ha sido enviado de un sitio para otro, mientras que la institución languidecía y la crisis se enseñoreaba de las diócesis... Así está la Iglesia, pero quizás el Papa no lo advierta. La tesis de algunos autores –que nosotros estamos tentados de compartir- es que la Curia ha generado un cerco sanitario en torno a Juan Pablo II que le impide tener un contacto con la realidad del catolicismo. La única posibilidad que tiene el Papa de contactar con la Iglesia Militante es a través de las visitas pastorales. Y lo que ve son grandes masas oceánicas, en torno suyo, vitoreándole y siguiendo emocionadas los ritos vacíos de contenido desde la reforma del Vaticano II. ¿Qué puede pensar Juan Pablo II? Evidentemente, que todo va bien... La frase que resume la contradicción existente entre las masas agrupadas en torno a Wojtyla en cada uno de sus viajes y la situación real de la Iglesia es “De victoria en victoria, hasta la derrota final”.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

El misterio de los harenes

El misterio de los harenes

Redacción.- Nada que ver en la tradición y en la cultura occidental con los harenes; Occidente ha sido, en gran medida, monógamo. La institución del harén está muy arraigada en la mentalidad islámica. En Italia surgió una agria polémica en enero de 1996 cuando el gobierno de derechas endureció las normas contra la inmigración. Una de ellas era “la enmienda anti-harén”.

Las asociaciones anti-racistas condenaron esta iniciativa que impedía a los inmigrantes traer más de una mujer a Italia, incluso cuando procedieran de países en los que la poligamia está autorizada. En 1995 la editorial inglesa “Virgin” publicó una colección de novela erótica escrita por mujeres, “Black Lace” (Encaje Negro). Su éxito consistió en describir a la perfección las fantasías eróticas de la mujer occidental, la segunda de las cuales consistía en hacer el amor en condiciones de esclavitud o en un harén... ¿Qué tienen los harenes que suscitan un interés tan morboso incluso en un marco geográfico y cultural que no es el suyo?
En sentido estricto el harén es el recinto destinado a las mujeres situado dentro de palacios o grandes edificaciones. La vivienda musulmana consta de dos partes perfectamente diferenciadas: el “selamlik”, destinada a los hombres y el “harenlik”, zona donde las mujeres pasan su vida.

“Harén” significa a la vez “sagrado” e “inviolable”. El lugar está vedado a los visitantes del otro sexo y solo puede ser frecuentado por eunucos o por el dueño y señor de la casa. Traspasar el umbral del harén acarrea la decapitación inmediata del intruso.

La vida de la mujer islámica transcurre en el hogar, mientras que el varón recorre las calles, trabaja fuera, va a visitar a los amigos o simplemente conversa con ellos en el zoco. La mujer islámica es prácticamente desconocida incluso para los amigos más íntimos de su marido. Es la administradora y gobernanta de la casa. Dentro del harén comparte su vida con otras mujeres de su misma condición o bien sirvientas y esclavas, en una estructura piramidal, perfectamente jerarquizada en cuya cúspide se encuentra la primera mujer que ha dado a luz un hijo varón. Fuman, beben, duermen, reciben a amigas, cantan, bailan, realizan pequeños trabajos manuales y, sobre todo, siguen escrupulosamente los preceptos de la religión islámica.

El primer europeo que vio un harén fue Thomas Dallan, enviado a Constantinopla en 1599 para instalar un órgano que la reina Isabel regaló al sultán. Este se enfureció al saber que nadie entre sus súbditos sabía tocarlo y puso a disposición de Dallan dos concubinas, luego lo llamó a palacio mientras él estaba fuera para estimular su interés por las mujeres del harén. Lo que describió resulta extremadamente gráfico: “Cuando llegué ví que el muro exterior era muy ancho, pero a través de las rejas pude ver las treinta concubinas del Gran Señor que estaban jugando con una pelota. A primera vista los tomé por muchachos, pero cuando me di cuenta de que llevaban el pelo caído a la espalda, en trenzas, recogido con una sarta de perlitas y por otras señales muy evidentes, supe que se trataba de mujeres. En la cabeza no llevaban más que un gorrito de oro, algunas llevaban polainas y otras la pierna desnuda, con un arete de oro en el tobillo; calzaban zapatillas de terciopelo de ocho centímetros de alto”. Dallam decidió huir de la ciudad antes de que el sultán regresará temeroso de que el haber observado el harén le acarreara la muerte. Las concubinas del harén procedían todas del mercado de esclavos de Constantinopla, la mayoría capturadas y robadas de naciones extranjeras cuando eran vírgenes, aprendían buena conducta, a tocar y a bailar y eran entregadas luego al Sultán como regalo. Al entrar eran incorporadas simplemente con la fórmula tradicional “La Illahe illa Allah, Mohamet rasul Allah” (no hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta). Otro viajero renacentista, el veneciano Ottaviano Bon definió así otro harén: “En los apartamentos de las mujeres viven como las monjas en los conventos” y más adelante añade “Las muchachas rompían toda relación con el pasado una vez entraban en el serrallo. Recibían nuevos nombres”.

Estos dos testimonios son suficientemente significativos: la entrada en el harén y su permanencia en él tienen una función religiosa. Como se sabe el Islam no conoce el monacato, ni para hombres ni para mujeres, sin embargo, el harén es el equivalente al monasterio católico de monjas. El hecho de recibir un nombre iniciático, de dejar atrás su vida anterior, la pureza virginal requerida para entrar en el harén y finalmente, el énfasis puesto por los tratadistas islámicos en la necesaria devoción a Dios que deben reunir las concubinas, son suficientes como para insertar el harén entre las instituciones religiosas llegadas al Islam desde otros horizontes geográficos, fundamentalmente hindúes y persas.

Así como el hombre encuentra la realización de su ser en sí mismo, entregándose a la meditación, a la guerra santa o a trabajos sacralizados, la mujer encuentra su realización renunciando a sí misma y entregándose a su hijo (como madre) o a su marido (como amante). En el caso del harén, las concubinas deben al dueño una devoción casi sobrehumana y una sumisión absoluta. La costumbre, por ejemplo, obliga a la concubina elegida para pasar la noche con el dueño del harén, a efectuar una entrada en las habitaciones reservadas, en la que haga gala de gran humildad, como símbolo de sometimiento dejará caer su camisón, entrar en la cama por los pies y avanzar así hasta su amo.

El hecho de que el porcentage de esclavas capturadas fuera muy alto, implicaba que la presencia en el harén con su aislamiento y su estricto régimen de vida, así como la entrega devocional a su dueño, supusieran una especie de redención. En la sociedad islámica medieval el esclavo era considerado culpable (de no haberlo sido Alá lo hubiera protegido y por tanto no habría caído en la esclavitud) y el cumplimiento de las funciones propias de las concubinas en el harén, era una forma de volver a ser querido a los ojos de Dios.

Galaleddîn Rumî, gran poeta islámico, había escrito que “Quien conoce la virtud de la danza vive en Dios, porque El sabe como el amor mata”. No es raro que la danza sea una de las distracciones más habituales practicadas en los harenes. La danza tiene una importancia particular en todo el ámbito islámico. En Turquía las cofradías de derviches practican ritualmente danzas sincompadas con fines extáticos. El movimiento circular de los danzantes hace que la sangre llegue a zonas del cerebro en donde habitualmente no suele llegar ; el esfuerzo, el cansancio y lo trepidante de la danza provocan una apertura extática caracterizada por un bloqueo del consciente que permite salir a la superficie estratos más profundos de la personalidad. Así el practicante pueda alcanzar la experiencia mística de fusión con lo Absoluto. Tal es el principio. En lo que concierne a la mujer islámica, practica dos danzas, suficientemente conocidas en Occidente, con fines iniciáticos: las danzas del vientre y de los siete velos.

En 1923 un explorador italiano que se había adentrado en Cirenaica y Tripolitania, entonces bajo dominación de Roma, pudo asistir a ceremonios secretas de carácter erótico, realizadas por cofradías iniciáticas musulmanas. “Gallus”, seudónimo utilizado por el explorador, estaba adherido a un círculo esotérico formado en torno a Julius Evola, el “Grupo de Ur”, y dió cuenta de sus experiencias en una monografía titulada “Experiencias entre los árabes”.

“Gallus” pudo asistir al rito de una auténtica danza del vientre. La ejecutaba una mujer miembro de la cofradía sufí y comprendía tres tiempos marcados por la altura de los movimientos de los brazos y por la expresión del rostro, que corresponden a los períodos de vita de la mujer. El último tiempo alude a la función erótica despertadora de la fuerza basal, durante la unión sexual, mediante el movimiento del vientre y del pubis. “Gallus” apuntaba que “la mujer que ejecuta la dnza sufre como en un parto. Y es que es un parto”. Una danzarina experimentada y conocedora de las prácticas sufíes alcanza el éxtasis en el curso de la danza y, lo que es más importante, genera en quienes la ven una especie de fascinación erótica que les conduce a una idéntica apertura de conciencia.

En cuanto a la danza de los siete velos su simbolismo esotérico y su intencionalidad erótica son palpables. La tradición refiere que Axum, rey de los axumitas, había conquistado el reino de Saba en el 532. Su favorita era la hermosa Aila Sah que fue sorprendida por un eunuco del harén en actitud de huir con un invitado a palacio. Aila para salvar al cabeza prometió al sultán bailarle la danza de los siete velos.

El velo había sido en las sociedades egipcia e hindú símbolo de castidad y pureza. El despojarse de cada uno de los velos suponía alcanzar la pureza del estado edénico primordial. Cada uno de los velos significaban los cuatro elementos (fuego, tierra, agua y aire) y los tres vehículos del Ser (cuerpo, alma y espíritu). Despojarse de ellos suponía, simbólicamente, alcanzar tanto la “quintaesencia” (superación del cuaternario) como la “unidad” (superación del ternario).

El harén, la danza y el ciclo de relatos de “Las mil y una noches”, tienen como denominador común, el erotismo y la sensualidad. Era difícil que una raza particularmente predispuesta al sensualismo, como la árabe, no penetrara en el terreno de la magia sexual. Aun en nuestras días estas prácticas se realizan habitualmente en el Magreb y en la Península Arábiga. El escritor Peter Bowles, refiere que su mujer mantuvo relación lésbicas con una bruja marroquí, la cual la controlaba mediante una planta en cuyas raíces había colocado un paño de seda en cuyo interior se encontraban restos de menstruación de la mujer junto con antimonio. Baste recordar que el antimonio es la materia prima utilizada por los alquimistas árabes para la obtención de la piedra filosofal.

En la base de la magia sexual árabe se encuentra el concepto de la unión sexual como medio empleado para poner en acción la “barakah” o influencia espiritual. Quienes desean acceder a este tipo de prácticas deben de superar una serie de pruebas. Se les exige que no puedan ser hipnotizados, sin duda para prevenir un estado de pasividad o fascinación inmovilizadora, cuando entran en contacto con la mujer.

Estas cofradías disponen de mujeres adiestradas para la celebración de ritos sexuales.

El Profeta reconoció, a pesar de inaugurar una tradición severamente masculina, que el dominio iniciático era accesible a la mujer. El Islam reconoce una desigualdad fundamental entre hombre y mujer, y más concretamente, una complementareidad. Mahoma había escrito: “Tres defectos en el hombre se convierten en cualidades en la mujer : avaricia, orgullo y timidez”, avara con los bienes del marido, orgullosa para no rebajarse a hablar con cualquiera y tímida para evitar los lugares sospechosos.

El espinoso problema de la poligamia es tratado en el Corán IV, 3. El musulmán puede tener hasta cuatro esposas, siempre y cuando mantenga la equidad con todas ellas y puede mantenerlas. La oferta coránica no está exenta de amenazas : “Aquel que tiene dos esposas y no se comporta equitativamente con ellas, tendrá el día del juicio la mitad del cuerpo desequilibrada en relación a la otra”.

La situación intermedia de la sociedad árabe entre el mundo bizantino, el persa y el hindú, hizo que se filtraran influencias de todas estas tradiciones en el esoterismo y en el exoterismo islámico y que se superpusieran al sustrato étnico y cultural árabe. El harén, por ejemplo, procede de la influencia bizantina. De otro lado, la jihad islámica, la guerra santa, fue el vehículo que facilitó la expansión del Islam y la creación de un flujo cultural de Oriente hacia Occidente. Y esto se tradujo en una renovación cultural: de la lejana arabia, los guerreros de Mahoma absorvieron la cultura griega en la periferia de Bizancio y entre las élites culturales de Asia Menor y Egipto. Desde España irradió a todo Occidente. Por otra parte, el flujo inverso generado por las cruzadas y la llegada de órdenes mendicantes y ordenes militares, operó un efecto de osmosis. Fue así como en algunas descripciones del ciclo del Grial, los palacios de las damas misteriosas a los que llega el caballero, revisten el carácter de verdaderos harenes y la influencia islámica es bien patente en algunos casos.
Todo esto no puede hacer ignorar la realidad social actual de los países árabes. No siempre los preceptos coránicos se cumplen y, por lo demás, el mundo árabe no ha sido impermeable a la influencia laica occidental.

Cuando las mujeres islámicas miran a Occidente, algunas de ellas ven un mundo diferente y ansiado. Tal es el caso de Fatima Mernissi, socióloga nacida a 500 metros de la universidad religiosa de la Qarauyin, “reserva espiritual” de Marruecos. La abuerla de Fátima, Lalla Yasmina, fue raptada en 1903 y vendida en Dar Benkirán, uno de los más importantes mercados de esclavos de la ciudad. Permaneció 15 años en un harén de Fez. Su nieta, Fatima Mernissi escribió en 1984 el libro “Marruecos contado por sus mujeres” y tres años después “El Harén Político” prohibido por la presión de los doctores en religión (“ulemas”). “El Harén Político” analiza toda al tradición transmitida con posterioridad a Mahoma con relación a la mujer y plantea la tesis de que el mensaje profético con respecto a la mujer fue falseado en el transcurso de los siglos para justificar la situación de permanente tutela en que se encuentra la mujer en las sociedades islámicas.

En 1989, Fatima fue incluida en una “lista negra” de 80 intelectuales indeseables para Jomeini...

Los harenes de Constantinopla, los de Arabia y aquellos otros vinculados a otros conceptos religiosos en la India y en Asia, fueron siempre custodiados por eunucos y solo a ellos cabía entrar en el recinto. Su utilización va más allá de una simple medida preventiva destinada a preservar el uso de las concubinas solo a su propietario.
Existen tres variedades de eunucos, el completo, al cual de niño se le extrae en órgano completo de la generación (Dekeur, el pene), el escroto y los testículos, el eunuco incompleto al que se le priva solo de los testículos tras la pubertad y, finalmente, el eunuco al que se le atrofian los testículos por frotamiento. El primer tipo es el adecuado para velar por la seguridad del harén, los otros dos son considerados “inseguros”, al haber conocido en el inicio de la pubertad el deseo sexual. Los primeros tras la castración cambian física y mentalmente, no tienen barba, la laringe es de pequeñas dimensiones y la voz resulta infantil y aniñada ; su carácter está próximo del sexo femenino. Entre los árabes se dice que viven poco tiempo y mueren antes de los treinta y cinco años.

La idea general es que el eunuco sexualmente es neutro, no tiene una polaridad femenina y se ha visto amputado de la masculina, de ahí que su presencia en el harén no suponga una interferencia para la pura vibración de la feminidad que luego, al entrar en contacto con el dueño del serrallo, estará íntegra y sin haber sido menoscabada.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

Los distintos centros de poder mundial y su relación

Los distintos centros de poder mundial y su relación

Redacción.- En anteriores artículos hemos aludido a "Skull and Bones", a la logia straussiana y neoconservadora y a los discípulos de Ayn Rand [ver índice de artículos]. Toca ahora establecer las relaciones entre estos centros y el resto de organizaciones mundialistas: el Consejo de Relaciones Exteriores, el Club Bildelberg y la Comisión Trilateral. A ello va dedicado el presente artículo.

Queda una última etapa por recorrer. Hemos pasado revista al origen del mesianismo norteamericano y a dos de sus manifestaciones, el neoconservadurismo de los herederos ideológicos de Leo Strauss y de la ideología ultraliberal de Ayn Rand. A continuación hemos descrito el origen de la primera sociedad de poder secreto, Skull and Bones, extremadamente influyente y activa. Queda ahora articular un último capítulo en el que intentaremos explicar la relación de estas piezas con el resto de organizaciones “discretas” que han ido apareciendo a lo largo del siglo XX como traslaciones de distintos momentos y necesidades de los centros de poder. Básicamente, estas estructuras son tres: el Consejo de Relaciones Exteriores (CFR), el Club de Bildelberg (CB) y la Comisión Trilateral (CT).
Se trata de tres organizaciones que aparecen en tres momentos distintos de evolución de los EEUU. El CFR nace cuando los EEUU acaban de derrotar a los Imperios Centrales y han consolidado lo esencial de su política exterior: la ideología del “destino manifiesto” y la “doctrina Monroe”, les ha permitido irradiar a un segundo círculo, cruzando el espacio atlántico. El aposentamiento en Cuba y Filipinas, aseguraba la posibilidad de una política oceánica de envergadura capaz de intervenir en cualquier parte del mundo. La intervención en la Guerra Europea ha sido la primera muestra de ese afán expansionista. La excusa ha sido el hundimiento del Lusitania, un buque de pasajeros, un buque artillado clandestinamente que trasladaba pertrechos bélicos para los aliados europeos. La partida del buque, anunciaba abundantemente en la prensa, hizo que la embajada alemana advirtiera del grave riesgo que corrían los pasajeros. El buque, finalmente, fue hundido por un submarino alemán antes de llegar a su destino y sirvió como excusa para que los EEUU intervinieran en el conflicto. Tras la victoria de 1918, el 19 de mayo del año siguiente, en Nueva Cork, se fundaba el CFR. El mundo, a partir de la victoria aliada, había pasado a ser demasiado complejo para que se pudiera gobernar según los criterios temporales de tal o cual gobierno elegido democráticamente.

El Consejo de Relaciones Exteriores

Ese día, el 19 de mayo, Edward Mendel House invitó a los delegados ingleses y norteamericanos en la Conferencia de Paz de Versalles. La totalidad de los invitados ingleses pertenecían a una sociedad anterior, la Tabla Redonda, formada en torno a Lord Milner, discípulo de Ruskin y Vigilante de la Gran Logia Unida de Inglaterra y a miembros del llamado “Consorcio Rhodes-Stead”, que ocupaban puestos de responsabilidad en el Imperio Británico. La “Tabla Redonda”, tenía un carácter semisecreto y logró constituir un círculo en las universidades de Yale, Columbia y Harward. En 1919, la mayor parte de los delegados ingleses y norteamericanos en la Conferencia de Paz de Versalles, pertenecían a este círculo. Mendel House los reunión: Lord Rober Cecil, vizconde de Slysbury, Sir Valentine Charol, Lionel Curtis, Lord Eustace Perecí, Horold Temperly y Edward Grigg, por la rama inglesa; por el lado americano asistieron Lansing Robert, Christian Verter, Jerome D. Greene, Archibald Coolidge, Whitney H. Sheparson, el general Tasker Bliss, James Shotewell, John Foster Dulles y Allen Foster Dulles.

El 30 de mayo de 1919, los comensales de Mendel House volvieron a reunirse aprobaron la creación de dos instituciones: el Instituto de Estudios Internacionales con sede en Londres y presidido por Lionel Curtis y el Consejo de Relaciones Internacionales, radicado en Washington y presidido por Whitney H. Sheparson. Ambas estructuras no eran más que una ampliación del círculo inicial de la “Tabla Redonda” que, si bien había nacido en Inglaterra, amplió extraordinariamente su influencia en los EEUU, especialmente en la Universidad de Yale, cuando estuvo en condiciones de integrar a algunos elementos de “Skull and Bones”. Buena parte de estos contactos venían a través de Mender House, un hombre de origen incierto, pero del que se sabe que fue consejero de los banqueros Paul y Félix Warburg, Otto Khan, Louis Warburg, Henri Monghentau, Jacob y Mortimer Schiff y Herbert Lehman. Era miembro de la logia iluminista “Masters of Wisdom” y fue consejero del presidente Wilson.

La finalidad oficial del CFR era “Asegurar un diálogo permanente sobre cuestiones internacionales interesantes para los EEUU, reuniendo a especialistas en diplomacia, finanzas, industria, enseñanza y ciencias (…) para crear y estimular entre el público norteamericano un espíritu internacional y, a este efecto (…) cooperar con el gobierno de los EEUU y con organismos internacionales, coordinando las actividades internacionales para suprimir en la medida de lo posible, la repetición de iniciativas de crear nuevas organizaciones y emplear otras y diferentes medios que, en la ocasión, pudieran aparecer juiciosos y oportunos”. Pero, en realidad, era necesario ser mucho más prosaico para comprender la finalidad del CFR. Se trataba de crear en EEUU un grupo de presión capaz de vencer el tradicional aislacionismo de la población que había hecho fracasar el proyecto del presidente Wilson de participar en la Sociedad de Naciones, fundada tras la paz de 1919.

Tras su fundación, el CFR fue financiado por las fundaciones Carnegie y Rockefeller, nunca ha contado con más de 1500 socios de los cuales la mitad vive a menos de 50 millas de Nueva York y todos ellos gozan de una posición privilegiada. Desde Eisenhower, todos los presidentes de los EEUU han sido miembros de esta institución. La presencia de miembros de “Skull and Bones” –los Bush, los Bundy, los Arriman, etc.- es significativa.

Se ha definido al CFR como el “cerebro del mundo”, en realidad, es más bien, un instrumento del eje anglosajón a ambos lados del atlántico, algo que enlaza perfectamente con la ideología originaria de los “Skull”. En 1919, a ambos lados del atlántico, ya había triunfado la idea de la “superioridad anglosajona” y el eje CFR-Instituto de Relaciones Internacionales, era la cristalización de dicha superioridad que se había demostrado en la guerra del opio, en la formación del Imperio Británico, en la guerra contra España y, finalmente, en la Primera Guerra Mundial. La ideología del “destino manifiesto” y la “Doctrina Monroe”, aportaban, así mismo, una base teórica para el CFR.

El Club Bildelberg

La vigencia del CFR duró hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. A partir de ese momento, el CFR es el denominador común de otros proyectos similares que van apareciendo y que responden a distintos momentos de desarrollo del capitalismo y de la política exterior mundial. Pero en 1954 existía otra situación mundial completamente diferente. Entones apareció Joseph Retinger.

Retinger, como Mendel House, era de origen judío y así lo hizo constar en sus “Memorias de una eminencia gris”. Era de origen polaco y había nacido en Cracovia en 1888. Huérfano desde su infancia, fue educado por el conde Laddislas Zamoyski que lo envió a estudiar a Suecia primero (donde ingresó en la masonería, alcanzando pronto un puesto de responsabilidad) y luego a la Sorbona en París. Allí conoció a André Gide y a Joseph Conrad. Amigo, a su vez, de Bernard Shaw en los tiempos en los que éste formaba parte de la “Sociedad Fabiana”, vinculada estrechamente a los círculos ingleses del Instituto de Estudios Internacionales. Shaw le presentó a Walter Hines, gracias al cual, a su vez, conocería a Mendel House y a los círculos de la Tabla Redonda.

Después de trabajar para el gobierno polaco, reside durante un tiempo en Inglaterra de donde es expulsado, por motivos que se desconocen, y termina refugiado en España. Es ahí en donde conoce al Padre General de los Jesuitas, el polaco Ledochowski, el cual le presenta a Sixto de Borbón-Parma y al Emperador Carlos I de Austria, con los que éste país intenta negociar una paz por separado con los aliados para concluir la Primera Guerra Mundial. El plan estaba inspirado por Mendel House, entonces principal consejero del presidente norteamericano Wilson. Tras estas gestiones, marcha a Méjico en donde extenderá los círculos fabianos que trabajaron luego con el Partido Revolucionario Institucional. Realizará distintos trabajos diplomáticos para el Estado mejicano, entre ellos, restablecer las relaciones con el Vaticano. Luego trabajará para el gobierno polaco del general Sikorski, Gran Maestre de la masonería polaca, acentuando la inclinación profrancesa de éste, que generará las suspicacias alemanas, concluyendo la tensión en el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Retinger, en ese momento, se instalará en París, hasta que los alemanes invadas Francia. Una vez en Londres, Retinger, presentará al general Sikorski a su viejo amigo Winston Churchill. Pero, cuando Alemania invade Rusia, Churchill opta por aproximarse al nuevo y poderoso aliado, sacrificando al gobierno polaco de Sikorski, el cual, por lo demás, muere en un extraño accidente aéreo en Gibraltar… Retinger debía haber tomado también ese avión, pero jamás aclaró las causas por las que no lo hizo.

Una vez concluida la guerra, Retinger, organizará en 1948 el Congreso de Europa en La Haya. Recibirá los apoyos de Jean Monnet, Henri Spaak y Robert Schuman, considerados como los “padres de Europa”. En mayo de 1954, dio una nueva vuelta de tuerca reuniendo en el Hotel Bildelberg a destacados miembros de la diplomacia, la economía y la política. Había nacido el Club Bildelberg.

La presidencia del Club fue ofrecida al príncipe Bernardo de Holanda. Eran los tiempos en los que no se excluía que la futura “Europa Comunitaria” tuviera a su frente a un monarca. En 1971, France Press, titulaba un parte: “¿Un rey para Europa?”, haciendo alusión al príncipe Bernardo. Se atribuyó en aquel tiempo al Club bildelberg este diseño político. Poco después, su nombre se vio envuelto en el escándalo de los sobornos realizados sobre políticos europeos y militares de la OTAN por la compañía norteamericana Loockheed, quedando liquidada para siempre esta posibilidad. De todas formas, las relaciones económicas de Bernardo de Holanda son significativas: estuvo ligado a la Societé General de Belgique, participado por la dinastía Rotschild, quienes, por lo demás, son habituales del círculo Bildelberg.

El grupo se reúne un par de veces por año, en sesión plenaria y otra sólo por los miembros de su dirección. Siempre lo hace en lugares diferentes y sin previa comunicación. En España se reunieron por primera vez en el Hotel Son Vida en Palma de Mallorca en septiembre de 1975. Se explica que fue en esta reunión en la que se diseñó la transición española. El documento público que se conoce alude a “la necesidad de contar en este país con un equipo de hombres nuevos capaces de asegurar el relevo del franquismo sin traumatismos”.

A las reuniones del Club han asistido delegados norteamericanos, todos ellos, sin excepción, miembros del CFR, otro tanto puede decirse de los ingleses, vinculados al Instituto de Estudios Internacionales. Sin embargo, a diferencia de estas dos estructuras, el CB tiene un carácter más eurocéntrico. La presencia franco-alemana es importante y decisiva; da la sensación de que el CB es un nuevo círculo constituido cuando resulta evidente que la reconstrucción de Europa ha culminado y cuando el Mercado Común hace del espacio europeo un área decisiva de la economía mundial. En ese momento, los problemas suscitados en Europa a partir de la Paz de Westfalia que selló la balcanización de Europa, concluye y se abre un nuevo período en el cual este nuevo bloque va a ser decisivo en la política y en la economía mundial. No es por casualidad que la saga de los Rotchild, de origen europeo y cuyos máximos intereses se centran en Europa, tenga un peso decisivo en el CB.

La representación americana procede de los medios del CFR, lo que implica reconocer a esta organización un estatuto particular, como el verdadero centro de poder de los EEUU. Los miembros de “Skull and Bones” o de la logia straussiana que han participado en las reuniones del CB, no lo son en tanto que tales, sino como miembros del CFR.

La Comisión Trilateral

Cuando el escándalo Lookheed acaba con la reputación del príncipe Bernardo de Holanda y asesta un golpe definitivo a sus aspiraciones de convertirse en el monarca europeo auspiciado por el CB que preside, inmediatamente aparece lo que se dio en llamar en la época, el “Bildelberg de Recambio”, la Comisión Trilateral. Ahora bien, en realidad, no se trataba de un círculo de recambio –la prueba es que el CB ha seguido reuniéndose e incluso ha manifestado su oposición a la guerra de Irak en 2003- sino de una nueva pieza actualizada que responde a la situación del capitalismo a mediados de los años 70, después de la primera crisis del petróleo.

En efecto, en ese momento, se ponen de manifiesto tres fenómenos extremadamente importantes: el clímax de la guerra fría en la que el presidente Nixon y su consejero de seguridad, Henry Kissinger, han diseñado la “política del ping-pong”, con la apertura hacia China y el aislamiento progresivo de la URSS; la incorporación de Japón al núcleo de países de vanguardia del capitalismo, especialmente a través de su red de empresas multinacionales; y la mencionada primera crisis del petróleo, surgida tras el desenlace de la guerra del Yonkipur que muestra la fragilidad del sistema mundial. En esa época, se prevé así mismo, la aparición de un último fenómeno que, en ese momento, está en ciernes: la era de la informática y de las redes. Un personaje singular (equivalente a Mendel House o a Retinger), Bzigniew Brzezinsky, acaba de publicar un libro fundamental para comprender aquel momento y la evolución que se preveía, “La Era Tecnotrónica”, que constituye el manifiesto fundacional de la Comisión Trilateral.

Hijo de un diplomático polaco de origen judío, Tadeus Brzezinsky y de Leona Brzezinski, abandona Europa en 1938, residiendo en Canadá. Su esposa es Emilie Benes, sobrina del presidente de Checoslovaquia, Eduard Benes, así mismo Gran Maestre de la Masonería checa. En 1953 se doctora en ciencias política en Harvard. Fue invitado a ingresar en el CFR y asistió a las reuniones del CB. Así mismo, a partir de 1961, su prestigio fue creciendo como conocedor de los asuntos soviéticos y es nombrado director del Instituto de Asuntos Comunistas, entidad que le sirvió como trampolín para ocupar un cargo de responsabilidad en la administración Kennedy en el Departamento de Estado. En 1973 impulsó la fundación de la Comisión Trilateral… por cuenta de David Rockefeller para quien trabajaba, el patriarca de otra vieja saga, ligada al CFR, a la CT y a Skull and Bones. Gracias a la apertura de relaciones diplomáticas con China en 1972, los Rockefeller pudieron multiplicar su poder económico, cuando el Chase Maniatan Bank, fue elegido como corresponsal del Banco de China en los EEUU, a través del cual se canalizarían durante el cuarto de siglo siguiente, los intercambios comerciales entre ambos países.

La CT, sigue reuniéndose anualmente, desde su constitución en julio de 1973. Decir que se trata de una mera ampliación del CB no es exacto. En realidad, sus objetivos son diferentes. El CB nace cuando Europa es todavía una potencia colonial y cuando Japón aún no cuenta en la esfera económica internacional. A pesar de que el bloque soviético se ha rearmado, en 1954, todavía no representa un peligro real. Las principales compañías petroleras están en manos euroamericanas y los países árabes están neutralizados; por lo demás, tampoco existe un riesgo de crisis energética. Cuando ésta se produce en 1972-73, es evidente que muchas cosas han cambiado y que la economía mundial está a punto de dar un salto decisivo, ante el cual es preciso: reconstruir una red de alianzas e información entre los principales consorcios internacionales, conseguir la contención del bloque comunista y conjurar, en la medida de lo posible, la irrupción de nuevas crisis energéticas. Los primeros pasos de la CT no son prometedores. Las teorías defendidas por Brzezinsky, Kissinger y los Rockefeller sobre demostrar buena voluntad hacia el bloque soviético, ralentizando la política armamentística y no presionando a la URSS, se revela un fracaso que provoca: la invasión de Afganistán, la caída del Sha y la revolución sandinista en Nicaragua. La política exterior de Jimmy Carter, el presidente surgido de los bajos fondos de la CT, se revela un colosal fracaso, que luego es rectificado por Reagan y su política anticomunista agresiva. En cuanto a la posibilidad de prever bruscas alteraciones en el mercado de crudos, tampoco logra afianzarse. Con el tiempo, más bien, lo que aprenden los miembros de la CT es a lucrarse con las bruscas oscilaciones del mercado…

La CT es, en realidad, un foro de intercambio de informaciones y sondeos sobre el futuro que ayuda a las empresas multinacionales a prever sus estrategias. Así mismo se ponen de manifiesto necesidades y orientaciones: las primeras intentan ser cubiertas por los funcionarios presentes de los distintos Estados y en cuanto a las orientaciones son seguidas por los consorcios mediáticos invitados. Con esto se consigue que exista una cierta estabilidad, sino para el mercado mundial, sí al menos para los principales operadores que actúan en ese mismo mercado.

Algunas conclusiones

Al referirnos al CFR, el CB o la CT, estamos ante estructuras completamente diferentes a la logia straussiana, el círculo de discípulos de Ayn Rand o Skull and Bones. Podemos establecer la existencia de tres tipos de organizaciones:

1) centros coordinadores del poder político-económico-mediático: el CFR, la CT y el CB.
2) centros ideológicos: ayer los círculos fabianos, hoy la logia straussiana y el círculo de Ayn Rand.
3) centro de las dinastías norteamericanas: Skull and Bones.

Es evidente que estos tres niveles están interpenetrados y responden a tres necesidades completamente diferentes: la pragmática, la ideológica y la social. En este sentido, “Skull and Bones”, garantiza la formación y el mantenimiento de las élites de la aristocracia económica norteamericana que, una vez concluido su período universitario, se inserta en los centros coordinadores del poder político-económico-mediático. Y esto se realiza al margen de la opción ideológica elegida (fabianismo, neoconservadurismo straussiano o liberalismo extremo de Ayn Rand). Esta complementareidad hace que, en su conjunto, toda esta estructura, sea extremadamente sólida e inamovible.

Además, todo este tejido, en los EEUU, se superpone al trasfondo del mesianismo específicamente norteamericano que solamente corre el riesgo de ser desestabilizado interiormente por el crecimiento del peso hispano en aquel país.

El Palmar de Troya: así empezó todo...

El Palmar de Troya: así empezó todo...

Redacción.- La muerte del "anti-Papa Clemente", fundador de la secta de El Palmar de Troya, nos sirve como excusa para viajar al origen del fenómeno: la consagración realizada por el obispo católico Monseñor Ngo Dinh Thuc, que elevó a la categoría de "obispo" a Clemente Domínguez. La ordenación, considerada, desde el punto de vista de la ortodoxia fue "válida, pero ilícita" y, a partir de ella, se inicia la portentosa y loca aventura del antipapa de El Palmar de Troya.

Debió ser un clérigo oriental, es decir, ajeno al núcleo originario de la cristiandad -Occidente- quien estuviera en el origen de lo que, a pesar suyo, constituye una disidencia. Se trata de Monseñor Ngo Dinh Thuc.

UN MANDARIN EN LA IGLESIA

Este sorprendente obispo vietnamita nació en Phu-Cam el 6 de octubre de 1897 en el seno de una familia de origen mandarín y profundamente católica. A los doce años ingresó en el seminario de Anninh y luego prosiguió sus estudios en el de Hué, para culminarlos en Roma y París. Obtuvo los doctorados en filosofía, teología y en Derecho Canónico por la Universidad Gregoriana y será también diplomado en la Sorbonne. Desde su juventud fue un hombre tan discreto como brillante. El 20 de octubre de 1925 fue ordenado sacerdote y volvió a Hué en 1927 como profesor de seminario.

A finales de los años 20, el Vaticano creó un episcopado autónomo en el sudeste asiático y eligió a Monseñor Thuc para ser el tercer obispo vietnamita, siendo consagrado el 4 de mayo de 1938 por Monseñor Dumortier, vicario apostólico de Saigón . Monseñor Thuc fue particularmente activo en la diócesis de Vinh-Long, confiada a sus cuidados pastorales. Inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, fundó en Dalat, la primera universidad católica de Indochina.

En 1954, Ngo-Dinh-Diem, hermano de Monseñor Thuc, se convirtió en jefe de gobierno y al año siguiente fue nombrado primer jefe de Estado y Presidente de Vietnam del Sur. Católico y nacionalista, se opuso duramente al dominio francés. El 2 de noviembre de 1960, Monseñor Thuc recibe el título de Arzobispo de Hué y el de Asistente al Trono Pontificio. Con la apertura el Concilio Vaticano II partió a Roma; ese viaje resultó providencial para que Monseñor Thuc sobreviviera a la matanza que acabó con toda su familia. El Presidente Diem fue derribado por un golpe de Estado el 1º de noviembre de 1963 y masacrado con toda su familia. Esas ejecuciones marcaron el inicio histórico de la guerra del Vietnnam. Incluso sus adversarios vietnamitas consideran que Monseñor Thuc fue un “excelente obispo”, pero, por razones obvias, jamás pudo reintegrarse a su diócesis y comenzó sus años de exilio.

TRAGICO ERROR EN EL PALMAR DE TROYA

El 17 de febrero de 1978, Paulo VI lo obligó a dimitir. Desprovisto de pensión vivió en la más absoluta miseria en Roma, Casamari y Arpino, ayudando a los sacerdotes en sus ministerios respectivos, hasta que algunos clérigos que había conocido en Ecône le invitaron a desplazarse al Palmar de Troya en España en la Navidad de 1975. Allí parecían producirse apariciones marianas (que jamás han sido reconocidas por la Iglesia) y la Virgen emitía “mensajes” particularmente anti-modernistas que alertaban a los fieles contra las nuevas orientaciones conciliares y las reformas litúrgicas.

No queda establecido que Monseñor Thuc diera crédito a las apariciones, pero si es cierto que constató el carácter, aparentemente tradicional, de la congregación fundada por Clemente Domínguez. Fue éste el motivo por el que consagró a Clemente y a otros cuatro miembros de su comunidad, primero como diáconos y sacerdotes y luego como obispos el 11 de enero de 1976.

Este gesto obligó a Paulo VI a lanzar el mandato de excomunión contra Monseñor Thuc. Algunos sacerdotes afectos al Vaticano le dieron a conocer nuevos documentos sobre la personalidad de Clemente Domínguez y lo improbable de sus visiones. Estos documentos y testimonios, junto a la evolución del sevillano, le hicieron romper y condenar a la iglesia palmariana. Hecho esto, inmediatamente la absolución. La Iglesia Palmariana quedó como una extraña aventura personal de Clemente Domínguez, situada en el terreno de la anécdota y lo sainetesco que perpetúa el error de apreciación del obispo vietnamita, pues, a la postre, la Iglesia Palmariana encuentra su legitimidad en sus consagraciones.

Tras este incidente se retiró a Toulon donde vivió en una pequeña habitación en situación de extrema pobreza. Sin embargo, poco tiempo después, entraron en contacto con él algunos católicos tradicionalistas, formándose un círculo muy cerrado y extremadamente discreto de discusión sobre los peligros que acechaban a la Iglesia. Uno de los asistentes a estas reuniones, Jean Laboire, fue consagrado obispo en secreto por Monseñor Thuc.
Posteriormente, conoce a un grupo tradicionalista de Munich que está en contacto con un sacerdote francés, el padre Guérard des Lauriers, un sostenedor de la misa tridentina, convencido de que la Sede Vaticana estaba vacante. Guérard será consagrado obispo el 7 de mayo de 1981 y en octubre de ese mismo año consagrará a dos sacerdotes mejicanos. A pesar de las apariencias, estas consagraciones apostólicas son radicalmente diferentes a las oficiadas en El Palmar, varias se realizaron sobre personalidades tradicionalistas de reconocido prestigio en la Iglesia. Tal es el caso de Monseñor Guérard des Lauriers.

EL PADRE GUERARD DES LAURIERS

Nacido en Suresnes en 1898, realizó brillantes estudios de ingeniería en la prestigiosa Escuela Politécnica de París y luego en la Escuela Normal Superior. En 1924 pasó a ser profesor titular de Matemáticas, pero dos años después, ingresó en la Orden de los Dominicos. El 29 de julio de 1931 fue ordenado sacerdote por el obispo de Tounai. Los veinte primeros años de su ministerio transcurrieron discretamente; el padre Guérard cumplió con lo que se esperaba de él; aprende y lee hasta convertirse en un hábil polemista cuyos escritos destilan oposición contra los despuntes de la nueva teología. Teilhard du Charden, los modernistas y lubacistas, son considerados por él como enemigos de la Iglesia.

Tras el conciclio, en 1969, elaborará el primer examen crítico sobre la nueva liturgia y se adherirá a las tesis de los cardenales Bacci y Ottaviani. Poco a poco, ira perfilando la idea de la "Sede vacante". El Padre Guérard des Lauriers sostuvo que, a partir de Paulo VI, los papas han profesado la herejia modernista y por tanto, al hacerlo, dejaban de ser papas "sustancialmente", para serlo solo "materialmente". La tesis así resumida es, sin embargo, compleja y delicada desde el punto de vista teológico. Fue inicialmente publicada en los "Cahiers de Cassiaciacum" y tiene la virtud de ser la primera refutación completa, desde el punto de vista teológico, de la legitimidad de los últimos papas. A partir de aquí y de la actividad de Monseñor Thuc, cobra forma la corriente "sedevacantista" que hasta ese momento solo había sido un estado de ánimo de una pequeña fracción integrista radical. Los seguidores del Padre Guérard des Lauriers sostienen que hasta ese momento solo existía un sedevacantismo que definen como "puro y duro": el Papa ha sido elegido fraudulentamente por un colegio cardenalicio indigno y a su vez fraudulento o degenerado. Tal juicio carecía de fundamentación teológica y se basaba en rumores, opiniones subjetivas o simplemente juicios temenarios. En buena medida, las tesis "sedevacantistas" que sostendrá a partir de principios de los años 80, Monseñor Thuc, se basarán en los estudios teológicos del Padre Guérard. En una carta enviada hacia finales de su vida a un correligionario, pareció variar sensiblemente su opinión y endurecer su postura, negando que Juan Pablo II -a quien llamaba simplemente con la "W" de Wojtila- fuera ni siquiera papa "materialiter", es decir, negando toda legalidad y legitimidad a su elección. La carta -mencionada en el Web consagrado al Padre Guérard- indica que este teólogo siguió analizando la situación del Vaticano hasta el final de sus días y cuando falleció distaba mucho de haber completado el estudio; sin embargo, lo esencial de la materia estaba ya tratado: "Como ésto no cambia nada en relación a lo que por el momento debemos hacer -sigue el Padre Guérard en su carta-, espero aun antes de plantear públicamente la cuestión".
Finalmente, el Padre Guérard será consagrado obispo por Monseñor Thuc en 1981 y consagrará a su vez a otros tres obispos. Morirá el 27 de febrero de 1988 a la edad de 90 años. Sin embargo son muchos los católicos "sedevacantistas" que recuerdan su vida, su obra y que, diez años después de su muerte, siguen sosteniendo sus ideas. En Italia el "Instituto Mater Boni Consilii", manifiesta una vitalidad inusitada con la edición de una revista periódica, "Sodalitium", que tiene también su traducción electrónica en Internet. Sin embargo son los obispos norteamericanos, consagrados por Guérard des Lauriers, quienes se muestran más dinámicos y con mayor capacidad de crecimiento en el momento de escribir estas líneas. Poco despues de su muerte publicaron un documento que resume los puntos esenciales del "sedevacantismo" .

El documento comienza afirmando que la Iglesia vive una situación excepcional -"la privación de un verdadero Pontífica"- y que, por tanto, corresponde adoptar medidas igualmente excepcionales. "Aunque en ausencia formal del soberano pontífice legítimo no reivindicamos para nosotros mismos la jurisdicción, es decir, el poder de gobernar propio a los Ordinarios diocesanos, sin embargo, en tanto que legítimamente consagrados para continuar la misión apostólica en ausencia formal de soberano pontífice, tenemos, no solo los poderes sacramentales del episcopado, sino también el encargo de la enseñanza inherente y propia de éste. En virtud de esto llamamos al clero y a los fieles a unirse a nosotros para rechazar, como totalmente ilícitas, las reformas instituidas por el llamado concilio Vaticano II o nacidas de él y, según la unición del Apóstol, "guardar fielmente las tradiciones" (...) La tradición sagrada, la tenemos, como enseña la Iglesia, como guardiana e intérprete de la verdad católica, expresando en sí misma el magisterio infalible de la Iglesia cuya autenticidad garantiza".

Posteriormente el documento señala a la bestia negra del "sedevacantismo", las corrients ecuménicas surgidas del Concilio. "Este veneno que es el Ecumenismo se revela de forma evidente en el nuevo culto nacido del concilio, es decir en la misa del "nuevo orden" (...) Todo se ha protestantizado manifiestamente. Todo lo que constituía la marca propia y la belleza del catolicismo, representado por la sacro-santa lengua latina de la Iglesia en Occidente, ha sido despiadadamente suprimido de las antiguas oraciones litúrgicas". Señalan luego que los males que habían previsto desde la conclusión del Concilio y el establecimiento de la nueva liturgia, "no hacen más que acrecentarse (...) La anarquía, tanto doctrinal como disciplinaria, invade con frenesí escuelas y parroquias y resultan incontables los escándalos perpetrados por los sacerdotes y los obispos apóstatas". Ven "pueblo de Cristo" disperso y desorientado, señalan la quiebra de las vocaciones, la reducción de los asistentes a los oficios religiosos, la eclosión de las sectas, defecciones en el clero y en los monasterios, la "vida religiosa prácticamente destruida". La concepción del papel de la Iglesia como una parte del "Pueblo de Dios" y las relaciones entre católicos y protestantes, merecen las invectivas de estos obispos disidentes: "La era introducida por el concilio lleva las marcas de la gran apostasía que debe preceder al advenimiento del Anticristo, predicho por Pablo en la Segunda Epístola a los Thesalonicenses". Cualquier componenda debe ser rechazada: "La conciencia católica no puede aceptar el compromiso. No podemos, como pretenden algunos, reconocer la autoridad divina en los papas conciliares de una parte, y al mismo tiempo desobedecerles bajo pretexto de que su enseñanza no es infalible". Reconocen luego la dificultad que estriba en solicitar a los sacerdotes que abandonen sus parroquias y se adhieran a la disciplina estricta de los católicos tradicionales. Pero los principios son irrenunciables: "La Fe no puede ser comprometida. La profesión y la práctica externas de la fe deben estar en plena conformidad con la verdad de la enseñanza católica". Recuerdan que hubo muchos católicos que en la Inglaterra de Enrique VIII rechazaron, al precio de su vida, la escisión anglicana e hicieron profesión pública de su fe. Proponen a los católicos que se nieguen a participar en los nuevos ritos, incluso aunque se trate de misas en latín en las que se celebre la comunión con el "falso papa y los obispos que le sirven".

Entonces ¿qué pueden hacer los fieles? Hay lugar para la esperanza: "Todo esto no implica que no haya solución y que no se pueda practicar la fe más que en privado. Cuando no se pueda asegurar los servicios de un sacerdote fiel, vemos una solución en el rezo del Santo Rosario. Nadie perecerá si tiene auténtica devoción al Rosario. Se debería recitarlo no solo en privado y en familia, sino también en común, sobre todo en domingo y en compañía de otros católicos. Así la obligación de culto público sería realizado de la mejor manera posible mientras fuera imposible celebrar la misa (...) El deseo ferviente y explícito de recibir la santa comunión puede obtener una gran parte de las gracias que da el sacramento. Al mismo tiempo la doctrina y la espiritualidad católicas ortodoxas deben ser buscadas en los libros que ostentan el imprimatur oficial de la Iglesia anterior al Concilio Vativano II. En cuanto a los niños, es preciso enseñarles las bases del catecismo católico tradicional, e incluso bautizarlos, si no hay otro remedio, en ausencia de un sacerdote católico".

Era inevitable que los católicos "sedevacantistas" terminaran preguntádose la razón de las causas que afligen hoy a la Iglesia. ¿Por qué está crisis? ¿por qué la Iglesia afronta su desintegración? ¿es la voluntad de Dios? La respuesta demuestra que el mensage de Fátima y de La Salette sigue vivo entre estos católicos tradicionalistas. Son las culpas de los fieles las que han acarreado el castigo de Dios, es la relajación del clero y los pecados de la humanidad lo que ha obrado la retracción de la protección divina a la Iglesia. No hay otro culpable que el pueblo de Dios y solo un "verdadero pastor" (un verdadero Papa) será capaz de restaurar la Iglesia en todo su esplendor.

El mensaje causó impacto en la facción tradicionalista de la Iglesia se vió engrosada por nuevas adhesiones. Fue así como la obra del Padre Guérard y de Monseñor Thuc continuó en la "Congregation of Mary Immaculate Queen" de Mount Saint Michael en Spkane y en otras instituciones menores similares. La congregación regenta la no despreciable cifra de una treintena de capillas dirigidas por los obispos McKenna y Pivarunas. Este último dirige el seminario "Mater Dei" en Nebraska. A esta comunidad pertenece un laico notable y signicativo, el Doctor Rama P. Coomaraswamy, hijo de Ananda K. Coomaraswamy, uno de los discípulos más destacados de René Guenon.

OBRA Y TRAGEDIA DE MONSEÑOR THUC

Compartiendo las doctrinas del Padre Guérard, Monseñor Thuc, a principios de 1982 declarará públicamente en Munich que Juan Pablo II no es verdadero Papa y que la sede está vacante. El documento firmado el 25 de febrero dice textualmente: "¿Qué nos parece la Iglesia Católica de nuestros días? En roma, reina el "papa" Juan -pablo II, asistido por el Colegio Cardenalicio, así como por un gran número de obispos y prelados. Fuera de Roma, la Iglesia Católica precía floreciente con sus sacerdotes y obispos. Los católicos son numéricamente importantes. Cada día, la Misa se celebra en gran número de Iglesias y, el día del Señor, las iglesias acojen a un gran número de fieles para asistir a la Santa Misa y recibir la Comunión...

Pero a ojos de Dios ¿cómo se presenta la Iglesia actual? estas misas cotidianas y dominicales ¿son agradables a Dios? En ningún caso, por que esta misa es idéntica para los católicos como para los protesantes. Por esta razón, no es agradable a Dios y es inválida. La Misa agradable a Dios es la Misa de San Pío V que celebran el pequeño número de sacerdotes y obispos de los que formo parte. Por ello, en la medida en que me sea posible, abriré un seminario para los candidatos a un sacerdocio agradable a Dios.

En además de "Misa" que ofende a Dios, hay numerosos elementos que son objeto de un rechazo por parte de Dios, por ejemplo en la ordenación sacerdotal, en la consagradación episcopal, en los sacramentos de Confirmación y Extremaución.

Además, estos "sacerdotes" citados antes profesan:

1) El Modernismo.
2) Un falso ecumenismo.
3) El culto al Hombre.
4) El indiferentismo religioso
5) El rechazo a condenar herejes y la excomunión de los heréticos.

Es por ello que, en mi calidad de obispo de la Iglesia Católico Romana, juzgo que la Sede de la Iglesia Católica en Roma está vacante y que es mi deber de obispo hacer todo lo posible para que la Iglesia Católico Romana perduce en vistas de la salvación eterna de las almas".

De regreso a Francia, consagrará un nuevo obispo y viajará a Estados Unidos. Residirá durante algunos meses en el monasterio de un obispo de su linaje donde será literalmente secuestrado por vietnamitas católicos residentes en EE.UU. Durante más de un año y medio nadie sabrá nada de él hasta que el 11 de julio de 1985, el “Osservatore Romano” publica una “retractación” de su declaración de Munich, así como una “petición de perdón” para sus consagraciones “ilegítimas”. El mismo diario pontificio publicó la muerte del obispo vietnamita en su edición del 13 de diciembre de 1985. Algunos testimonio afirman que Monseñor Thuc fue asesinado por sus secuestradores quienes le habrían introducido azúcar en su alimentación, mortal para un diabético como él. Sea como fuere, su nombre no fue jamás retirado del Anuario Pontificio, contrariamente al de Monseñor Lefevre que desapareció a partir de 1988 .

En total los obispos consagrdos por Monseñor Thuc fueron 15, consagrando estos a un total de 43 obispos.

LO LEGAL Y LO LICITO EN LAS CONSAGRACIONES

Las consagraciones de Monseñor Lefevre, Thuc o Guérard des Lauriers ¿son válidas? ¿son lícitas? ¿y las de los obispos por ellos consagrados? Uno de los obispos disidentes consagrados por Monseñor Thuc dedicó un libro a tratar sobre la cuestión que, efectivamente, ha preocupado a estos católicos sinceros, como antes había preocupado a los "veterocatólicos" o a los "católicos liberales".

Para alcanzar sus fines la Iglesia , históricamente ha debido dotarse de ministros. Cada ministro tiene un poder, emanado de Dios y transmitido hasta él por medio de ritos específicos , regulares. Remontando esta transmisión llegaríamos a San Pedro y a la misión conferida por Jesucristo. Gracias a esta transmisión, el sacerdote recibe un carácter indeleble que le confiere tres poder:

- poder doctrinal, para la enseñanza de la doctrina de la iglesia y de la teología.
- poder sacerdotal para impartir los sacramentos y realizar los ritos sagrados.
- poder judicial para el bien común y el bien particular .

En los primeros años de la Iglesia Primitiva la dirección espiritual de las comunidades cristianas se encargaba a los ancianos, presbíteros o "episcopos". Poco a poco, la función de los rectores de estas comunidades fue asumiendo rasgos similares a los que conservan en la actualidad. A partir del siglo XI, en los escritos de Ignacio de Antioquía se definen los rasgos de los "episcopos" como idénticos a los "obispos" actuales. Ya en esa época aparecen dos tendencias que se afirman pronto en la concepción del episcopado: "la tradición paulina -sigue Monseñor de La Thibauderia"- caracterizada por San Agustín y que marca el catolicismo occidental (romano) y la tradición juanista, ilustrada por San Cipriano y que explica la posición del catolicismo oriental (ortodoxo). La primera está en la perspectiva del misterio de la redención universal. Uno solo había muerto para todos, es preciso que el mundo tome conciencia de su unidad en Cristo, único jefe de la humanidad redimida y que cede todo particularismo local". Toda la Iglesia depende, según esta concepción, de una cabeza única, factor de unidad y control, el obispo de Roma. En esta perspectiva San Agustín afirma que los poderes de orden una vez conferidos no pueden, en ningún caso, ser retirados . En la Iglesia Oriental todo gira en torno a la cuestión del "filioque". La vida eterna gira en torno al Padre manifesado, es el misterio de la Encarnación al que es preciso que los hombres se adhieran para unirse al Padre y al Hijo. Así pues, en cada comunidad se cristaliza en torno a un ministro, imagen viviente de esta unidad mística. Según esta perspectiva solo existe Obispo cuando existe Eklesia, unión de los fieles.

Así pues, sigue argumentando Monseñor de a Thibauderie, la discusión sobre la validez de los obispos consagrados, puede plantearse solo dentro de la perspectiva del catolicismo romano, pero carece de sentido en la Iglesia Ortodoxa: un obispo sin grey, sin Eklesia, es impensable.

La consagración episcopal otorga el poder de Orden y el de Jurisdicción. En tanto que deriva directamente de Cristo, el poder de Orden es "inmediato e inalienable". La Iglesia actual considera que los obispos no son vicarios del Papa, sino sucesores de los Apóstoles que conducen una grey. El poder de jurisdicción les permite gobernar la Iglesia mediante la autoridad que reciben. La cuestión es, si desde esta perspectiva ¿es posible concebir un obispo sin Iglesia?. La respuesta es ampliamente positiva y no falta la casuística: obispos dimisionarios, obispos titulares, obispos depuestos... también hay casos de obispos que tomaron posesión de su sede antes de recibir consagración, vicarios apostólicos, capitulares, etc., unos tienen poder de orden sin jurisdicción, en los otros ocurre lo contrario.

Desde la Edad Media se estima que el poder de orden es indeleble en los obispos que lo han recibido , dado que la consagración episcopal confiere igualmente una alta "potestas ordinis" que la Igesla no da en su nombre personal, sino en nombre de Cristo. "Los obispos heréticos en virtud de su poder de orden, puede pues consagrar válidamente, aunque pueden no hacerlo lícitamente, pues en tanto que apóstatas pierden el uso de su autoridad".

En las consagraciones episcopales normales griegas y ortodoxos se requiere que participen tres obispos, pero los teólogos -recuerda Monseñor de la Thibauderie- católicos no están de acuerdo sobre este punto. Unos declaran que son necesarios dos o tres obispos y que ni siquiera una dispensa papal puede suplirlos. Otros sostienen que basta con un obispo mientras actúe con autorización del Papa. La tercera opción teológica considera que de los tres obispos, solo uno es quien opera la consagración, siendo los otros dos, simples testigos. En caso de faltar los testigos, la consagración sería válida pero ilícita y otro tanto ocurriría si no existiera la autorización papal.
Otras circunstancia, como la edad o incluso el estado previo a la consagración, no entran en juego. Desde Trento, solo se exige que el candidato haya recibido el sacramento de la Confirmación y el propio Santo Tomás negó que fuera preciso ser ordenado antes sacerdote o diácono para poder ser promovido a la condición de Obispo. Sin embargo, teólogos posteriores pusieron en duda esta opinión. La tradición de la Iglesia, a partir de Bellarmino, tendió a que los obispos fueran previamente sacerdotes, lo que implica que consagraciones realizadas sobre laicos son válidas, pero ilícitas. Tal es el caso de buena parte de los obispos consagrados por Monseñor Ngo Dhim Thuc. Pero los "sedevacantistas" más radicales ven las cosas de otra forma. Para ellos las consagraciones del obispo disidente y las que, a su vez, han realizado los obispos así consagrados, son "válidas y lícitas". El argumento sobre la validez es el mismo que el utilizado por Monseñor de La Thibauderie, pero el relativo a la licitud, varía en la medida en que los "sedevacantistas" sostienen que no hay un Papa en Roma, por lo tanto, difícilmente la autoridad ausente podría autorizar la consagración . Los "sedevacantistas" destacan que Monseñor Thuc estaba en plenitud de facultades, incluso lúcido, cuando realizó las consagraciones episcopales; en las ceremonias mantuvo una observación estricta de los ritos, tal como pueden atestiguar las pocas personas que estuvieron presentes.

Aun en el supuesto de que las retractaciones que le atribuyen los medios vaticanistas, fueran ciertas, esto no implicaría que las consagraciones que realizó antes fueran inválidas. Diferente es el caso de las consagraciones realizadas en El Palmar de Troya; Monseñor Thuc, no solo se retractó acto seguido, sino que, además, las consagraciones realizadas por Clemente Domínguez, se realizaron sin el más mínimo respeto y consideración por los ritos; su adulteración supuso que las consagraciones eran inválidas. En cuanto a lo clandestino de las consagraciones de Monseñor Thuc, los "sedevacantistas" arguyen que Pío XI, por necesidades obvias, consagró, sin luz ni taquígrafos, a algunos obispos que debían desarrollar su ministerio en la URSS. Son las circunstancias las que permiten que la consagración se realice de una manera u otra, es aspecto, en cualquier caso, parece secundario desde cualquier punto de vista, en la medida en que, a pesar de no tratarse de consagraciones públicas, existieron testigos cualificados.

Tras la desaparición de Monseñor Thuc, el sedevacantismo radicalizó sus posiciones y se dedicó a una lucha inmisericorde -y aparentemente incomprensible- contra otros sectores tradicionalistas, en especial contra Lefevre. Es lo propio de la marginalidad, la lucha fraccional.

(C) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es"