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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

“Pagant, Sant Pere canta”. Cuando el nacionalismo dio marcha atrás

“Pagant, Sant Pere canta”. Cuando el nacionalismo dio marcha atrás

Redacción.- Hace cien años, algunos políticos catalanistas creyeron poder alcanzar la independencia. Luego, percibió la imposibilidad del proyecto. ¿Vamos por el mismo camino? Vale la pena bucear en la historia del catalanismo político para convencerse de que no hay nada nuevo bajo el sol. El ejemplo histórico demuestra que hasta los más catalanistas son capaces de dar marcha atrás cuando su ideal puede afectar a sus negocios. “Pagant, Sant Pere canta” (Pagando, San Pedro canta) es un refrán típicamente catalán.


En los orígenes del nacionalismo catalán
A mediados del siglo XIX, “Jove Catalunya”, fue la primera asociación que propuso reivindicaciones catalanistas. El entonces joven, Eusebio Güell Bacigalupi, conde de Güell, la financió generosamente y su apoderado, el poeta Picó y Campanar, fue su presidente. Güell, financiaba todo lo que olía a catalán. De él, Jordi Pujol aprendió que primero era necesario “fer país” (hacer tarea cultural catalanista) para luego poder “fer politica” (alcanzar un peso político decisivo). Güell fue un precursor a la hora de financiar la lengua y la cultura catalana: asiduo del Liceo barcelonés, no le gustaba el neopaganismo germanizante de Wagner, así que intentó promover una ópera genuinamente catalana. Afortunadamente le fue mejor con el cemento Asland y con los textiles, por que la ópera “Garraf”, vanguardia de lo que hubiera debido ser la “ópera nacional catanala” fue un tostón insoportable. Allí murió el proyecto.
Güell, financió las construcciones más osadas de Gaudí que junto con Elías Rogent, Puig i Cadafalch y Doménech i Montaner, intentaron establecer una “arquitectura nacional de Catalunya”. Promovió la poesía de Joan Maragall y de Jacinto Verdaguer quienes crearon en el entramado legendario y romántico que dieron al naciente nacionalismo catalán un contenido emotivo y sentimental.
Las originalidades del Conde de Güell
Güell viajó con Verdaguer a los Alpes Rethios, en la Suiza Romanche. Allí, se habla una lengua que recuerda vagamente al catalán. En el acto inagural de los Juegos Florales de 1901, Güell explicó que el catalán no derivaba del latín, sino del rethio. Con una seriedad pasmosa, sostuvo que el catalán era más antiguo que el latín... Ni uno sólo de los representantes de la crema y de la intelectualidad catalana que estaban presentes, se levantó para objetar lo obvio. Güell financiaba los Juegos Florales. Quien paga, manda.
El conde de Güell había quedado decepcionado cuando se desechó el proyecto de Doménech i Montaner para la fachada de la Catedral de Barcelona (hasta finales del siglo XIX, la catedral careció de fachada y mostraba una tapia encalada). El proyecto entraba dentro del concepto de “arquitectura nacional de Catalunya”. Doménech i Montaner  diseñó la fachada y Gaudí lo rotuló; pero, la construcción, financiada por el empresario Manel Girona, se hizo de espaldas al catalanismo político.
A partir de ese momento, los medios catalanistas, tomaron al asalto, el entonces incipiente proyecto del templo de la Sagrada Familia y lo recondujeron hacia sus planteamientos. Güell, Gaudí y los demás prohombres del nacionalismo catalán de la época, quisieron hacer del barrio de la Sagrada Familia, el centro de la “Catalunya nova”, desplazar el Ayuntamiento y los demás servicios centrales de la ciudad, en torno a un templo que fuera la encarnación de las virtudes catalanistas.
Cuando el nacionalismo catalán renuncia al nacionalismo

En sus estancias en Barcelona, Franco y Alfonso XIII, residían en la antigua finca de los Güell en Pedralbes. Allí, en 1968, el catedrático Joan Bassegoda, descubrió una fuente perdida entre la maleza. La fuente, diseñada por Gaudí, tenía un caño con forma de dragón del que manaba agua sobre una pileta de mármol decorada con las cuatro barras catalanas. La pileta estaba destruida...


 

 

Güell, había impulsado la formación de los grupos políticos catalanistas, en especial la Lliga. En 1902, la Lliga creía que Catalunya podía ser independiente y venturosa. Olvidaban a la clase obrera catalana. Ésta manifestó su fuerza durante la “Semana Trágica” de 1908. Mientras en Barcelona estallaba la huelga general en Barcelona, 2000 soldaditos españoles morían en las laderas del Gurugú defendiendo intereses, en gran medida, ligados a los Güell.


 

 

Todo esto convenció a Eusebio Güell de que el nacionalismo catalán, debía dar marcha atrás: la clase obrera catalana suponía un peligro para sus intereses, y el único que podía conjurarla era… el Ejército Español.


 Los Güell, en señal de buena voluntad, cedieron el Palacio de Pedralbes a la corona, pero, antes, se cuidaron de eliminar el único signo catalanista del lugar: la pileta con las cuatro barras catalanas, diseñada por Gaudí.
La historia vuelve a repetirse

Si los negocios peligran, la patronal catalana se resfría y la fiebre llega hasta el Palau de la Generalitat. Los grandes negocios de La Caixa, dependen de la política del Estado Español. Gas Natural apenas es un gaseoducto de alto riesgo cuyo origen está en Argel y su final en Sevilla; Repsol, realiza prospecciones en el mar de Alborán, en el Estrecho y en Canarias, muy lejos del domicilio fiscal de La Caixa, uno de sus accionistas mayoritarios. El principal consumidor de cava catalán es la población del resto del Estado.


 

 

Hoy no hay fuerzas armadas en Catalunya. El movimiento obrero catalán es una sombra de lo que fue hace cien años. Pero hay un factor nuevo: el consumidor español.


 

 

El consumidor español tiene en sus manos la posibilidad de presionar a la patronal y al electorado, e inducirle a reflexionar sobre hasta dónde puede llegar y advertirles cuándo se ha franqueado un límite. El límite es la unidad del Estado y la igualdad de derechos entre todas las “regiones” y “nacionalidades” del Estado.


 

 

Catalunya está aquejada de una sífilis ideológica (el nacionalismo) que interactúa con la perspectiva del botín (la autonomía fiscal). De esa sinergia de intereses, no puede salir nada bueno, ni para España, ni para Catalunya. El boicot es una forma, perfectamente legítima, de corregir tendencias. No toda la política se hace en el Parlamento y en tenidas íntimas de élites exquisitas. La calle también tiene algo que decir.


 

 

Nadie discute el derecho de Carod a defender su opción. Pero, tampoco nadie puede impedir el derecho del consumidor español a presionar a la sociedad catalana. Lo que se pide a la clase política catalana no es precisamente que rompa a martillazos sus cuatro barras, como hicieron los Güell en Pedralbes, sino que encaje esas cuatro barras en España. Para eso, ya existe un Estatut y una Constitución.


 

 

A los 25 años, un joven sigue siendo joven. Y nuestros documentos básicos de convivencia, tienen esa edad. ¿Para qué jubilarlos? Es, más bien, Maragall quien tendría que ir pensando en su jubilación. Sobran razones para ello.


 © Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es
 
 

 

Carod Rovira: alea jacta est

Carod Rovira: alea jacta est

Redacción.- En las dos últimas semanas estamos asistiendo al linchamiento público y a la satanización de Carod-Rovira, por TODOS los medios de comunicación. Algo está ocurriendo para que exista tal unanimidad. Carod no tiene hoy nada que no merezca. Su "aliado" ZP, le está entregando a los leones. Y viceversa. Con amigos así, ¿para que necesitan enemigos?


La unanimidad de los medios
 
Cuando se cumplen dos años del tripartito catalán, el balance no puede ser más duro para Carod-Rovira. Literalmente se ha convertido en el espantajo nacional (español, claro), una especie de pin-pan-pum que está recibiendo palos desde todos los puntos de vista. Esto es nuevo. Hasta hace poco, Carod-Rovira era un “político nacionalista que aseguraba la gobernabilidad del Estado”. Hoy es un inepto (Carlos Carnicero, PSOE), que dirige un partido cuya seriedad está carente (El País), y que hace peligrar el buen nombre y la credibilidad del gobierno Zapatero (Francino en la SER).
 
En estos días de diciembre está resultando absolutamente imposible encontrar a un solo defensor de Carod-Rovira en España. Las cosas no ocurren por qué si. Si los periodistas amamantados por el Prisoe no dan la cara por sus aliados es que estamos asistiendo al nacimiento de una nueva estrategia de supervivencia del gobierno ZP.
 
Las encuestas fúnebres para ZP
 
Las encuestas de los últimos dos meses no pueden ser más descorazonadoras para ZP: los medios que comen de la mano del socialismo, han caído en el descrédito más absoluto; mientras que Onda CERO y, particularmente, la COPE, han ganado casi millón y medio de oyentes, la SER y RNE están cayendo literalmente en picado.
En prensa escrita, el País pierde lectores, mientras El Mundo, La Razón y ABC aumentan sus ventas. Las cosas no van mejor para el gobierno en televisión. Antena 3 pasa a ser líder de audiencia y, por el contrario, la Quatro, creada por Prisa gracias al pago de los servicios prestados realizado por ZP y aprobada por ERC –no lo olvidemos- queda estancada. Gabilondo no responde bien en las audiencias televisivas y el resto de programas de la parrilla del nuevo canal, no alcanzan absolutamente ninguna audiencia relevante: la mezcla entre supervivientes de la telebasura de Sardá y progres a los Gabilondo, no ha dado el resultado esperado.
 
La ventaja que inicialmente tenía ZP en medios de comunicación, se ha perdido, quizás irremisiblemente. Para los periodistas y tertulianos que en distintos canales de radio y TV, les toca la triste misión de defender a su patrón, el PSOE, están literalmente acorralados. Todos ellos han reaccionado unánimemente –sin duda por las órdenes recibidas del propio Polanco- y han elegido como chivo expiatorio a Carod-Rovira.
 
Dos sensibilidades dentro de PRISA
 
Está claro que dentro del grupo PRISA existen distintas “sensibilidades”: para el patrón, Polanco, empieza a resultar evidente que ZP no da la talla y que se está convirtiendo en un problema, más que en un adalid de la defensa de los intereses del grupo; para otros, como Cebrián, exdirector de El País, ZP es el “progresista” que hay que apuntalar en su puesto, en tanto que sus posiciones están identificadas con las del propio grupo de prensa.
 
Así se entiende mejor lo que está ocurriendo. Ambos sectores están de acuerdo en que hay que sacrificar a Carod-Rovira. Solamente así se detendrá la caída en picado del PSOE. La cuota electoral del PSOE mejoró unas centésimas cuando CiU se ofreció para compartir la gobernabilidad del Estado. A nadie se le escapa que la caída en picado del PSOE se ha debido al tema del Estatuto catalán y a las declaraciones repetidas de Maragall y Carod-Rovira. Pero mientras Maragall es “propio” y, en el fondo, ZP le debe a él la secretaría general del PSOE, Carod es “ajeno” y, por lo demás, su valor político es “sacrificable”. 
 
Pero este es el punto de acuerdo entre los dos sectores de PRISA. Queda ahora hablar de sus divergencias. La primera de todas tiene que ver con la valoración de ZP como presidente del gobierno. Para Polanco, ZP no da la talla, debe ser sustituido cuanto antes o bien generará una hecatombe política que dará el poder al centro-derecha durante un mínimo de dos legislaturas. Esto ocurre en un momento en que las inversiones de PRISA, especialmente en materia televisiva, o dan resultados o bien pueden comprometer la estabilidad económica del grupo. Para Cebrián, en cambio, ZP es la quintaesencia de la socialdemocracia del mañana: un líder visionario que ha entendido cuál es el signo de los tiempos mejor que cualquier otro (la globalización, la fusión cultural, la mirada compasiva hacia el Tercer Mundo, etc.); hay, pues, que apoyarlo, a pesar de que su bisoñez haya entrañado problemas puntuales.
 
El hecho de que las discrepancias entre Bono y Moratinos hayan salido a la superficie con la brutalidad con que lo han hecho; el hecho de que cada vez menos periodistas –incluidos los contratados por PRISA- salgan en defensa del Estatuto de Catalunya o de la Ley Orgánica de la Educación; el hecho de la propia PRISA valore la posibilidad de que se produzca un reajuste ministerial; la pobreza de la campaña de relanzamiento del gobierno iniciada en la segunda quincena de noviembre; la endeblez argumental de la última trinchera de defensa del gobierno (el Prestige y la guerra de Irak); todo esto, evidencia la falta de apoyos de PRISA al gobierno y lo limitado de la campaña de relanzamiento gubernamental que no ha encontrado el eco necesario en PRISA. A decir verdad, PRISA piensa como una “empresa”. En el momento en que la defensa, hasta hace poco numantina, que PRISA ha realizado de ZP, ha dejado de generar beneficios y las orientaciones políticas del gobierno se han revelado como odiosas por una parte de los consumidores de los productos PRISA, la cadena mediática está viendo como su volumen de negocios va descendiendo. Y esto si es intolerable para sus accionistas.
 
La mediocridad general de ERC
 
Ya lo dijimos en su momento: el mejor hombre de ERC, su valor más seguro, es José Luis Carod-Rovira. Fuera de Carod, el resto de dirigentes de ERC son una panda de mediocres, sino analfabestias políticos, cuyo nivel de conocimientos y de capacitación política está incluso muy por debajo de la media nacional.
Bargalló es un pobre diablo cuya única aportación a la política catalana es alardear de no usar corbata. Puigcercós, sigue teniendo mentalidad de jefe de tribu urbana, a pesar de que vista de Armani (corbata incluida) y de que se siente a negociar los grandes del PSOE. Benach es un adiposo con el cerebro vacío de racionalidad, dominado por la gestualidad dramática que se espera de un “independentista y republicano”. Ridao, portavoz de ERC, da la sensación de ser un personaje surgido del cerebro de Woody Allen. Tardá y Puig, no pasan de ser niños traviesos perdidos en una institución, el Parlamento, que –a pesar de los pesares- les viene demasiado grande. Las juventudes de ERC no pasan de ser otra tribu urbana a medio camino entre el kaleborroka y los boy-scouts díscolos.
 
Lo que este colectivo de mediocres, fanáticos independentistas, inadaptados sociales y fantoches encubrados en poltronas que les vienen grandes, puede dar de sí, ya lo hemos visto en los dos últimos años. Nada de todo esto hubiera sido posible si el candidato socialista a la presidencia de la Generalitat de Catalunya hubiera sido alguien no aquejado de la nube mental que envuelve a Maragall. Por que, no han sido los electores, sino Maragall quien ha encumbrado a Carod-Rovira.  
 
Hoy, el tripartito catalán está en caída en picado en la intención de voto. De celebrarse hoy las elecciones autonómicas, CiU y, sobre todo, el PP, mejorarían extraordinariamente sus resultados. Seamos claros: ERC empieza a ser patrimonio del pasado. Los dos años de gobierno tripartito en Catalunya, tal como preveíamos hace dos años en Krisis.info, ha sido un “bienio negro” en la historia de Catalunya.
 
Carod-Rovira es un cadáver político. Su aspiración a superar en número de votos a CiU y, consiguientemente, a ocupar la presidencia de la Generalitat en el 2007, es un sueño cada vez más quimérico y lejano. De ser un apoyo para la gobernabilidad del Estado, se ha convertido en una irrisión que ha generado problemas en Catalunya (abandono de la tarea de gobierno en beneficio del “nuevo Estatuto” presentado como panacea de todos los males, boicot a los productos catalanes) y muchos problemas más a ZP (a él se debe, fundamentalmente, su desgaste electoral).
 
Las próximas elecciones catalanas, y, las que tendrán lugar el 2008 a nivel estatal, remitirán a Carod-Rovira al basurero de la historia. Es fácil intuir lo que pasará a continuación: humillado y derrotado Carod, Puigcercós le hará luz de gas y aspirará a su poltrona… La historia se repite: algo más de diez años después de la sustitución de Angel Colom por Carod-Rovira, éste será apuntillado también por su segundo de abordo, el ayer grumete Puigcercós. Si hay un partido en España que provoque náuseas, por su programa y sus gentes, este partido es ERC.
 
Donde no hay nada, no puede sacarse nada bueno. En ERC nunca ha habido nada de interés, ni de valor.
 
© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es
 
 
 

Ejército y Sociedad (VIII). El “imperativo territorial”

Ejército y Sociedad (VIII). El “imperativo territorial”

Redacción.- Robert Ardrey define el imperativo territorial como el impulso que lleva a todo ser viviente a conquistar y defender su propiedad contra eventuales violaciones realizadas por miembros de su especie. El territorio satisface la necesidad de identificación que todos los seres biológicos experimentan. Cada grupo de una especie, y cada individuo dentro de ese grupo, tienden a identificarse con una parcela territorial mayor que ellos y en donde su presencia sea más duradera. Los seres humanos somos “animales territoriales”, a los que el instinto de supervivencia nos impulsa a “poseer” un territorio (hogar, Nación, espacio físico vacío en torno nuestro al movernos) que podamos considerar inequívocamente como “nuestro”. Residimos y nos gusta poseer en propiedad un Hogar en el que vivir, que consideramos como territorio específicamente propio e, incluso, dentro de él, tenemos zonas en las que nos sentimos más cómodos y objetos que nos desagrada ver utilizados por otros, un sillón, un lecho, una habitación, la propia cocina, etc.
Si un delincuente irrumpe en nuestro hogar, sin duda, estaremos dispuestos a defenderlo con uñas y dientes y, la misma legislación, considerará un eximente, haber acabado con alguien que pretendiera saquear nuestro hogar. El cocinero reacciona de forma airada y hostil cuando otra persona se introduce en su espacio de trabajo. Así mismo, tenemos unos territorios colectivos (la Nación, la Región) que nos proporcionan distintos niveles de identidad, que los consideramos “nuestro” y que, así mismo, estamos dispuestos a defender. Este “instinto territorial”, como cualquier otro instinto, es irracional, pero, no por ello, menos real, normal e inevitable. Ardrey concluye: «El hombre posee un instinto territorial, y si defendemos nuestro hogar y nuestra patria es por razones biológicas; no porque decidamos hacerlo, sino porque debemos hacerlo». Más adelante prosigue: «El lugar desempeña un papel en la identificación: piénsese en el sudista borracho que llora su whisky con acentos de Dixie, en el perro que vuelve a la casa de la que le ha echado su amo, en el salmón del Pacífico que regresa, tras pasar años en el mar, al arroyo donde nació, e incluso en Leonardo tomando el nombre de su ciudad natal: Vinci».
El territorio es la zona en la que se desarrolla la vida y en donde se encuentran los elementos propios para la supervivencia; en su interior se ejerce el instinto de la reproducción. La tendencia innata de los animales a defender un área determinada que consideran propia, individualmente o de la manada, se pone en marcha, particularmente, contra miembros de la propia especie. Los territorios se defienden mediante pautas de conducta específicas: el perro “marca” su territorio orinando, mientras el ser humano coloca fronteras que delimitan su comunidad nacional, o bien paredes y puertas para marcar su territorio íntimo. Dentro de esos espacios, tanto el animal como el ser humano, se sienten seguros, conocen sus límites y esto les indica dónde empiezan sus dominios y el de sus vecinos.
El instinto territorial indica el límite de lo colectivo (el grupo, la manada, la nación) y de lo personal o familiar, describiendo relaciones jerárquicas más o menos complejas.
La territorialidad es una parte innata de la conducta animal. Toda las especie mantienen territorios fijos y espacios individuales; todas las especies establecen límites para acceder a esos espacios; todas las especies, finalmente, establecen límites, exclusiones o admisiones en los territorios de su propiedad. En la naturaleza, el “derecho de admisión” está siempre reservado. Y, por lo mismo, el patriotismo o el nacionalismo se interpretan como la expresión humana del instinto territorial de todo animal y la desconfianza al extranjero, al que no es como nosotros, es una tendencia natural que podrá ser atenuada, pero que jamás desaparecerá del todo, en tanto que instinto innato incrustado en nuestros genes. Robert Ardrey escribe: “Este lugar es mío, soy de aquí, dice el albatros, el mono, el pez luna verde, el español, el gran buho, el lobo, el veneciano, el perro de las praderas, el picón de tres espinas, el escocés, el skua, el hombre de La Crosse (Wisconsin), el alsaciano, el chorlito anillado, el argentino, el pez globo, el salmón de las Rocosas, el parisino. Soy de aquí, que se diferencia y es superior a todos los otros lugares en la Tierra, y comparto la identidad de este lugar, de modo que yo también soy diferente y superior. Y esto es algo que no me puede quitar nadie, a pesar de todos los sufrimientos que pueda padecer o a donde pueda ir o donde pueda morir. Perteneceré siempre y únicamente a este lugar".
La territorialidad humana es de la misma naturaleza que la animal, aunque, por la complejidad de las sociedades humanas, la territorialidad humana tenga un desarrollo más sofisticado. Es inevitable -repetimos, genéticamente inevitable- que el instinto territorial y sus cristalizaciones político-sociales entre los humanos, reaparezcan una y otra vez, obstinándose en desmentir las más osadas afirmaciones de los aventureros progresistas del intelecto.
Es evidente que los animales no son “imperialistas” y que, incluso, algunas especies evocan los deseos del ministro Bono (“prefiero morir a matar”); los ratones nórdicos, por ejemplo, cuando no encuentran alimento, se suicidan en masa. Pero se trata de excepciones. El imperialismo humano apenas es otra cosa que una patología de civilizaciones modernas, que aparece cuando los elementos económicos y la noción de beneficio, se convierten en dominantes. La noción de “Imperio” –opuesta a “imperialismo”- es cultural: un pueblo dotado de una misión y de un destino aspira a englobar en él a otros pueblos, a transmitirles su estilo de vida, que consideran superior; el Imperio Romano evidencia estas características como ningún otro. Sus legiones caminaban al paso con la civilización. Por lo demás, en aquellos tiempos, también existió el caso excepcional de comunidades que, acosadas por púnicos o latinos, prefirieron el suicidio a la rendición. El instinto territorial era tan fuerte y estaba arraigado que la posibilidad de ser alejado del propio marco geográfico generaba un terror superior a la muerte. La muerte heroica no podía hacer olvidar la cuestión de fondo: perdida la tierra que nos vio nacer, mejor morir. ¿Y la libertad? La posibilidad de ser privado de ella, implica el estímulo del deseo de revuelta, hijo directo de la agresividad; cuando la revuelta, desde el punto de vista objetivo, resultaba imposible y conducía a una muerte inevitable, el sentimiento de agresión que, hasta entonces se había ejercido hacia el enemigo, se volvía contra uno mismo; por eso los habitantes de Numancia y Sagunto, o los zelotes de Massada, se suicidaron antes que rendirse. Por otra parte, da la sensación de que el instinto de conservación y de supervivencia, cuando se alcanzan situaciones límites, conducen a dos tipos de respuestas: la muerte heroica (la agresividad volcada hacia el adversario, fatalmente y sin posibilidad cierta de sobrevivir) y el suicidio (la agresividad volcada hacia uno mismo), cuando la intensidad del temor a la muerte es inferior al temor a la esclavitud, el sufrimiento, la tortura, la cárcel o el exilio.

Existen motivos que inducen a seres humanos a abandonar su territorialidad e inmigrar a otros territorios, tendencia que es presentada por los hostiles a la etología como indicativos de que el esquema, cierto en las especies animales, no puede aplicarse a los humanos. Pero, en estos casos también se reconstruye el proceso pues, no en vano, los inmigrantes tienden a agruparse en barrios y zonas específicas que, progresivamente, consideran como propias, se niegan a abandonar sus tradiciones seculares que les recuerdan a su tierra natal e, incluso, refuerzas sus vínculos identitarios. La “moriña”, la añoranza de la tierra natal entre gente que, por causas económico-sociales se han visto obligadas a inmigrar, es un último reflejo –de singular fuerza, por lo demás- que indica que el instinto territorial está siempre presente. En tiempos en los que las sociedades eran menos complejas, una de las máximas penas a las que podía ser condenado un reo era al “exilio”, es decir al abandono forzoso de la tierra que le vio nacer; era como si una parte del alma del condenado se perdiera. La historia, lo único que ha hecho ha sido reforzar la complejidad de las sociedades humanas, pero no alterar las pautas innatas de comportamiento.
Robert Ardrey es, sin duda, quien ha trabajado más el tema del instinto de territorialidad como elemento básico de las motivaciones del comportamiento. Ardrey se apoya en los trabajos que Elliot Howard, realizó en los “felices veinte” sobre las aves. Ardrey concluyó en su trabajo sobre el “Instinto territorial” que el hombre delimita fronteras y límites de propiedad, como evolución del instinto de los animales y de los métodos que utilizan para demarcar sus propiedades. Una alambrada, un cartel de “Aduana”, una barrera, delimitan una frontera, al igual que una puerta y unas paredes albergan el contenido de una “propiedad privada”, así el ser humano, evita conflictos innecesarios y el hecho de que “su espacio” pase inadvertido ante eventuales intrusos. Ese mismo comportamiento está presente en todas las especies animales. Los animales utilizan distintos procedimientos para marcar su territorio: las aves realizan advertencias sonoras, cantando en lugares bien visibles, el rugido del león se escucha a kilómetros de distancia anunciando su presencia y el dominio sobre su territorio; otras especies utilizan métodos olfativos y marcan su territorio son secreciones corporales, como la gacela Thomson, el venado rojo de Escocia, la hiena, diversas clases de antílopes, el león y nuestro habitual y consabido perro doméstico. Existen aves de plumaje endiabladamente cromático que se sitúan en los lugares más visibles de un territorio para indicar que es “suyo”. En general, las especies animales tienden a eliminar la ambigüedad en los procesos de reconocimiento de sus fronteras. Pues bien, a eso mismo, tiende el derecho internacional.

Las fronteras humanas, al igual que las establecidas por las especies animales, no son estáticas. Por el contrario, están sometidas a constantes procesos de modificación, por ejemplo, cuando una comunidad animal crece, precisa, inevitablemente, un mayor espacio territorial o si un fenómeno climático, acarrea una modificación en las condiciones del medio en el que se desenvuelve una especie concreta, esto repercute inmediatamente en el territorio que “precisa” controlar. Tanto el establecimiento de fronteras, como su defensa o ampliación, adquiere, entre las especies animales como entre las humanas, la dimensión de un conflicto. Las especies animales saben que contra más pequeño es un territorio a defender, con más ahínco se realiza y existen más posibilidades de éxito; por el contrario, si este espacio es extremadamente dilatado, sus posibilidades de defensa disminuyen. Análogamente, la historia de la humanidad demuestra que los grandes imperios son extremadamente vulnerables. Así lo entendió Julio César, genial caudillo militar y político extremadamente hábil, quien entendió que la dimensión geopolítica del Imperio Romano era el estanque mediterráneo y renunció a extenderse por los bosques de Germania. Por el contrario, Alejandro Magno, glorioso militar, carecía de visión geopolítica y no dudó, de victoria en victoria, en dilatar excesivamente las líneas de su imperio, abandonando sus límites geopolíticos, y, por tanto, condenando su construcción a un final rápido. Pocos años después de la muerte del Alejandro, su Imperio se había desaparecido completamente. Otro tanto ocurrió con Atila o con Gengis-Khan y, seguramente, con George W. Bush, líderes todos de imperios que han dilatado excepcionalmente su área de influencia, condenándose, por lo mismo, a un rápido desbordamiento. El propio territorio no se defiende con el mismo valor y arrojo que el territorio que se aspira a ocupar. Los marines americanos en Vietnam no entendían las razones de su presencia en el Sudeste Asiático, sin embargo, las Juventudes Hitlerianas respondieron en su territorio de manera fanática e insensata a los tanques soviéticos y norteamericanos cuando cruzaron el Rhin y el Oder.

Los humanos no son los únicos que reconocen que han sido vencidos. De hecho, en la mayoría de especies animales existen rituales de pacificación, especialmente en aquellos que actúan en los que actúan aislados. En esos casos, el individuo vencido no huye sino que adopta un comportamiento que evidencia su derrota y sumisión. Habitualmente, el vencido expone parte vulnerables de su cuerpo, a la vista del adversario, o bien, si es macho, adopta el comportamiento de una hembra. Entre los primates, el macho vencido se deja montar por el dominante, imitando la cópula, evidenciando su derrota. Individuos de otras especies, cuando experimentan la sensación de la derrota, muestran su trasero al macho dominante en señal de derrota. En el fondo, entre los humanos vencidos, el comportamiento no es distinto. En caso de derrota se firma un tratado de paz que deja humillado e indefenso al vencido (tratado de Versalles, tenido como paradigma de un tratado vengativo, o Proceso de Nuremberg, proceso contra Saddam Hussein, Causa General tras la Guerra Civil Española, verdaderos rituales de victoria que subrayan las culpas del vencido).
Existe otra analogía entre las especies animales y la humanidad civilizada. Los “jefes” ocupan siempre el lugar más seguro y los territorios menos expuestos, por el contrario, los que ocupan los lugares más bajos de la jerarquía están situados en las zonas más expuestas al enemigo. El bunker de la Cancillería de Berlín, estaba al abrigo de cualquier ataque aéreo o artillero; el refugio antiatómico en el que serían alojados los miembros del gobierno norteamericano en caso de ataque atómico, es, simplemente, inaccesible; sin embargo, los soldados del frente del Este, los pilos de caza nocturnos, los miembros de la Volkstrum, estaban expuestos a sufrir las mayores bajas en los combates en defensa del territorio alemán ante los tanques rusos. Y es que siempre, en todas las especies biológicas, los machos poseen una parcela cuya seguridad es inversamente proporcional a la distancia del centro del área en que vive el rebaño. El macho más fuerte –el líder- ocupa el territorio central y los demás se distribuyen en los alrededores. Contra más cerca se está del centro del territorio de una especie, más seguro se está, pero, así mismo, ese centro es defendido con más dureza. Al contrario, los territorios más distantes de ese centro –la periferia- se defienden con menos encarnizamiento. La tenacidad en la defensa de un territorio aumenta a medida que nos aproximamos a su centro y disminuye en la periferia.
El instinto territorial entre los humanos cristaliza en las ideas de patriotismo (apego a la “tierra de los padres”, ya sea una nación, un Estado o un territorio), nacionalismo (sobrevaloración de la propia nación en detrimento de las demás), el arraigo (apego del individuo a su patria chica, patria carnal o tierra natal), la identidad (conjunto de rasgos antropológicos y culturales de una comunidad concreta, verdadera conciencia territorial), la topofilia (sentimiento extremo de identidad con la tierra natal) y la geopiedad (lazo existente entre los habitantes de un territorio y la naturaleza).
La especialización de las actividades humanas hace que cuando se trata de la defensa colectiva de una nación o de una comunidad, la tarea haya sido encomendada a una “organización” específica, las fuerzas armadas. En esta estructura se encuadran los “guerreros” de otro tiempo, es decir, aquellos individuos mejor adaptados, física y mentalmente para esta tarea y encarnación de la necesidad de defensa de toda la Nación. A ellos les compete la defensa de la comunidad. La defensa de cada uno de nosotros. Negar la necesidad de las FFAA implica negar la posibilidad de defensa de la comunidad que, a la postre, no es otra cosa que la negación de un instinto básico de la naturaleza humana. En consecuencia, un puro sinsentido.
A fin de cuentas, la tarea de los etólogos ha consistido en cortar de raíz las especulaciones progresistas que habían creado un sistema de valores y una visión de la sociedad que era, justamente, la negación de nuestra naturaleza más profunda. Los lobos sueles ser ecuánimes, distan mucho de ser esos asesinos despiadados de ganado con que han sido pintados desde los cuentos infantiles; los lobos pueden perdonar al adversario vencido, pero jamás veremos un lobo pacifista, ni una hormiga dispuesta a dialogar con la “cultura” de los insectos rivales. Se conocen casos de delfines que han ayudado a sobrevivir a náufragos, aun a costa de su vida y es posible que ustedes, como yo, conozcan casos de perros que han evitado que sus dueños fueran expoliados por delincuentes. Castre a una especie de su instinto territorial o de su agresividad, y esa especie sucumbirá en esa misma generación. Forme generaciones de pacifistas, eluda hablar del combate y de la muerte, como posibilidad de lo humano, y lo que logrará, finalmente, es una comunidad que se derrumbará ante la primera dificultad. Se pueden reconducir, encuadrar e integrar la agresividad y el instinto territorial, pero jamás logrará desaparecer del todo. Cuando un ministro de defensa como José Bono afirma con una seriedad pasmosa que prefiere morir a matar, simplemente está engañando en el mejor de los casos (Bono siempre ha sido un fino estilista en el arte de la demagogia y el populismo) o, en el peor, es un rematado ignorante de la naturaleza humana. Pues bien, esto que parece extremadamente simple, demostrado por la etología, es negado por aquellos “humanistas” sobre la base de pensadores románticos, utopistas de todos los pelajes y soñadores que, por no conocer, ni siquiera conocen su propia naturaleza. Ilusos y babosillos cuyo orgullo intelectual les impide recordar que también en nosotros los humanos, existe un sustrato biológico que condiciona nuestra existencia.
Las doctrinas progres, negadoras de la evidencia
El marxismo, antes de entrar directamente en el basurero de la historia, percibió claramente que la etología y la biología clásica y la molecular, apuntaban directamente contra la línea de flotación de su doctrina. Hoy sabemos que los hombres no nacen “iguales” (aunque lo sean en derechos, no lo son biológica, física e intelectualmente). Hoy sabemos que la educación puede corregir tendencias, pero no abolir instintos. Hoy sabemos que el nacionalismo y el apego a la tierra natal, jamás lograrán ser sustituidos definitivamente por un vago internacionalismo o un “comunismo” primitivo que jamás existió. Sabemos también que la “lucha de clases”, cuando se da, no es sino la traslación de una forma de conflicto intragrupal, expresión del instinto de agresividad y de supervivencia de un grupo social concreto que aspira a conquistar el estatus del otro grupo. Negar la naturaleza biológica del ser humano y el peso de sus instintos en su ecuación personal, llega a monstruosidades como el GULAG soviético. Las ideas de los etólogos son, sencillamente, peligrosas para los teóricos del “humanismo progresista” actual, como ayer lograron desarmar ideológicamente al marxismo y convertir sus farragosas teorías en bromas pesadas. Pero esto no ha sido óbice para que el progresismo moderno siga siendo aplicado sistemáticamente en el Primer Mundo. Este pensamiento es dogmático (sus principios son presentados como inamovibles e indiscutibles, someternos a juicio equivale a hacerse sospechoso y culpable de delito intelectual) e intelectual (no se basa en principios científicos sólidos, sino en especulaciones y originalidades propias de charlatanes). Sus dogmas básicos son:
1) Todos los hombres somos iguales (habría que matizar: iguales en derechos, no en capacidades; incluso habría que revisar esta idea: los derechos deberían de estar –como, de hecho, estuvieron- establecidos en función de las responsabilidades y de los esfuerzos; la idea de igualdad no existe en la naturaleza; en metafísica, por lo demás, desde Aristóteles se sabe que cuando nos individuos son exactamente iguales, no estamos ante dos individuos sino ante uno mismo).
2) Las pautas de comportamiento y el carácter son fruto de la educación (lo cual no explica el por qué los psicótapas siguen siéndolo después de años de intentar modificar sus pautas de comportamiento y por que, jóvenes con la misma educación, edad y nivel cultural, responden de manera completamente diferente a los mismos estímulos).
3) La agresividad es producto de la "represión" (teoría que vale para algunas formas de agresividad y para algunos tipos humanos particulares; de hecho, la observación de la realidad indica que, en el mundo moderno, la disminución de represiones, tiene como contrapartida el aumento de las formas más patológicas de agresividad).
4) El progreso es la tendencia natural de la historia (olvidando que la historia de la humanidad evidencia que los movimientos de ascenso y descenso se han ido alternando en distintos momentos de la historia y que la creencia en el progreso general e indefinido de la humanidad es, acaso, el mito más difícil de demostrar).
5) las diferencias entre pueblos o razas son culturales, no biológicas (se absolutiza el papel de la cultura y se considera a la biología como un engorro que, en el fondo, puede ser superado mediante lavados de cerebro culturales; por tanto se niegan las diferencias antropológicas entre los pueblos, sus predisposiciones naturales, sus intereses y sus capacidades, se niega, en definitiva, su herencia biológica). ++
6) La economía es el único factor de la Historia (cuando la economía ha influido en la historia, no ha sido más que un instrumento del instinto de supervivencia y cuando, interaccionando con el instinto territorial y la agresividad, han motivado los grandes movimientos históricos).
Los desarrollos de la etología, según Benoist, sirvieron para desarmar ideológicamente al marxismo y al pensamiento rouseauniano. Dice Benoist: “La propiedad privada no es el resultado de la división del trabajo (como pretendía Rousseau), ni de una "contradicción" en la relación de las fuerzas productivas (como pretendía Marx). Simplemente es, como todos los fenómenos de posesión, una institución natural cuyo origen se pierde en los meandros de una herencia prehumana”. Las filosofías de Rousseau, de Marx o de Freud están ampliamente superadas por los descubrimientos de la antropología y la etología contemporáneas: “¿cómo podía Marx, en su época, saber que la propiedad está marcada por centenares de millones de años de evolución? ¿Cómo podía imaginar Freud que la jerarquía es una institución común a todas las sociedades animales, y que la tendencia a domar a sus congéneres, a devenir un "alfa", es un instinto tan vital como (él también) arcaico, de centenares de millones de años? Rousseau, ¿podía imaginar que el australopitecus africanus, del cual sin duda descendemos, era un carnívoro, un matador, y no un ser "bueno por naturaleza al que la sociedad corrompe"?”.
Gracias a las aportaciones de la etología es posible emprender, de ahora en adelante, una crítica radical a las filosofías basadas en el pensamiento de Rousseau. El hombre no es "bueno por naturaleza". En su nacimiento, no es ni "libre", ni "igual" ni nada de lo que de ello sigue. Profundizando en esta crítica, aun podemos sustituir las palabras de orden equívoco de "retorno a la naturaleza" por las de un "retorno a la cultura". La naturaleza, dicen los filósofos de la vida, nos enseña lo que somos, pero no lo que podemos llegar a ser.
Y lo que somos está demasiado claro a la luz de la etología científica como para que podamos negarlo: somos seres territoriales, estamos en la escala evolutiva en la que estamos gracias a que las armas nos ayudaron a sobrevivir en medios hostiles, descendemos de cazadores- guerreros, tenemos en nuestros circuitos biológicos un impulso agresivo modulado por la racionalidad.

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es

Ejército y Sociedad (VII). La guerra según la etología

Ejército y Sociedad (VII). La guerra según la etología

Redacción.- Desde el punto de vista de la etología, ¿qué es la guerra? Lorenz la define como un conflicto que aparece como resultado de un episodio armado intergrupal en el que abundan los factores culturales: desconfiamos de todo aquello que no conocemos y mucho más de lo que conocemos y juzgamos que no es como “lo nuestro”. Los grandes conflictos entre países aparecen como una derivación del rechazo al foráneo, al forastero o al extranjero. O, en otros casos, como la manera en que una Nación amplía su espacio territorial para satisfacer la necesidad de “espacio vital”. De no tenerla, aparecerían los conflictos internos y las patologías sociales.
La experiencia histórica demuestra precisamente que la convivencia entre dos comunidades cultural, étnica, antropológica y religiosamente diferentes, es conflictiva y, antes o después, termina en conflicto “caliente” o en agresividad indisimulada. La educación puede atenuar, cubrir o retrasar el conflicto, pero, éste, fatalmente, antes o después, se evidencia dramáticamente. Frecuentemente, entran en juego otros factores, especialmente en los grandes conflictos internacionales (factores geopolíticos y neoeconómicos), pero todo ello indica que existen una serie de determinismos de todo tipo que impulsan a la agresividad y al conflicto.

Salvo entre el Islam, el mandato divino, difundido por los grandes legisladores míticos, incluye el mandamiento “no matarás”. Este mandamiento está presente entre los pueblos cazadores y, en el extremo, entre los caníbales. Salvo la alusión a la “guerra santa” en el Islam, que citamos en tanto que excepción, vanamente buscaríamos cartas blancas para matar, en no importa que marco geográfico o histórico. Se trata de un “mecanismo inhibitorio” de la agresividad. Pero no se trata de un gran hallazgo de la humanidad. Tales mecanismos inhibitorios están presentes en las especies animales. Cuando los lobos y los perros alimentan a sus crías en la boca lo que están haciendo crear un mecanismo de este tipo para evitar la agresividad “intraespecífica”. No hay nada original en el “no matarás”. En cuanto a la compasión (repugnancia del acto de matar a un congénere) también está presente en las especies animales, como pautas “pre-programadas”, sólo que en la especie humana se justifican teóricamente mediante el recurso a valores éticos. La racionalidad, marca la diferencia… una diferencia relativa. Pero la evolución y la conservación de las especies se realizan al margen de cualquier pauta ética o moral. La complejidad de las sociedades humanas, excede con mucho las pautas organizativas de cualquier sociedad animal, y, precisamente por ello, precisan de valores, leyes y tradiciones, pero en el poso de ambos tipos de sociedades existe el mismo trasfondo: el sustrato biológico común que los humanos podemos reconducir, educar, encarrilar, pero no negar. Tenemos todo el derecho a negar que un átomo de oxígeno y dos de hidrógeno den como resultado agua; podemos incluso evitar que se produzca la fatal reacción, modificando las condiciones de presión y temperatura y, finalmente, podemos negar la realidad de los hechos, pero, jamás evitaremos que, antes o después, aparezca la fatal fórmula H2O.
Reconocer que la agresividad está en el interior de los genes –y que es bueno que esté por que, mientras siga presente, estaremos en condiciones de asegurar la supervivencia de la especie- es aceptar la realidad. Negarla, supone negar la evidencia. El pacifista tiene tendencia a guiarse por fantasías humanitaristas generadas por su imaginación visionaria y actúa a despecho de que la historia, la ciencia, la psicología, se empeñen en desmentir sus elucubraciones.

Lorenz sostenía que una pauta de comportamiento agresivo puede ritualizarse y, por eso mismo, perder completamente su significado original. Una de las formas de este tipo de comportamiento es el galanteo que realizan la mayoría de las especies antes del apareamiento. Cuando el ganso salvaje intenta conquistar a la hembra que ha elegido, realiza una danza particular. Lorenz observó que el ganso imitaba los movimientos agresivos realizados contra rivales imaginarios. Por su parte, la hembra respondía huyendo del macho, luego daba la vuelta y se situaba tras él. La hembra, con estos gestos, respondía positivamente a la propuesta de apareamiento del macho. Pero este gesto era el mismo que realizaba la hembra cuando ella y su pareja se enfrentaban a una pareja rival. En esos casos, la hembra cargaba contra los rivales, pero cuando se alejaba del macho –esto es, cuando perdía su protección- se asustaba, retrocedía y se situaba tras él, buscando, evidentemente, su protección. En los procesos de apareamiento, la hembra ritualizaba el complejo ataque-huida, es decir, reconducía la agresividad hacia la sexualidad.
Entre los humanos, procesos similares de ritualización de la agresividad y del instinto territorial son extremadamente frecuentes. Se mantienen cuando ayudan a la supervivencia. Las novatadas, por ejemplo, tal como hemos visto, pertenecen a este tipo de manifestaciones. Las formaciones militares y la marcha al paso, tienen también un sustrato susceptible de ser interpretado mediante la ritualización de la agresividad. Lorenz explica que el instinto gregario de algunas especies animales es una forma de reorientar la agresividad hacia el exterior e inhibirla hacia el interior. Resulta difícil no pensar en las formaciones militares: la unidad de combate romana, se aproximaba al enemigo, apretando sus filas y cubriéndose con los escudos; era imposible que las flechas penetraran entre la muralla de escudos colocados sobre sus cabezas y en su frente. La Guardia Imperial napoleónica, formaba un cuadrado erizado de fusiles y bayonetas en las situaciones de apuro. Harold el Sajón, resistió hasta la muerte del último de sus soldados y la suya propia cuando, superados por los normandos de Guillermo el Conquistador, se replegaron sobre sí mismos en el recinto fortificado de Hastings; y, finalmente, durante la conquista del Oeste, la mejor forma que tenían las caravanas de carretas para rechazar los ataques de los indígenas, consistía en situarse de forma circular, cerrar filas y constituir un apretado cinturón defensivo desde el que disparar al enemigo. De todo esto podemos extraer una ley universal: contra mayor es la presión exterior del ambiente, la mejor respuesta es aumentar la cohesión interior.

Eibl-Eibesfeldt afirma que existe una contrapartida a la agresividad que impide que los seres vivos se destruyan unos a otros en agresiones intraespecíficas. Se trata de la tendencia innata a la sociabilidad que se manifiesta mediante ritos y pulsiones vinculadoras, que inhiben la agresividad contra los individuos de la propia especie. En la fiesta del Pijiguao celebrada por los Waikas, del alto Orinoco, los guerreros de tribus que sellan una alianza, realizan danzas. La danza es agresiva, pero tras cada guerrero danza un niño. La intimidación y la conciliación están presentes en el rito. Esta modula a aquella, tal como ocurre en el interior de las especies biológicas.

La sociabilidad se forja a partir del momento mismo del nacimiento. Entre aves y primates, pero también entre algunas tribus primitivas, las madres dan alimento a sus crías previamente masticado por ellas mismas. Todo esto indica que la cultura y la educación no bastan para explicar el comportamiento humano, sino al revés, nuestros actos tienen motivaciones biológicas condicionadas por la memoria genética. La diferencia entre las sociedades animales y las humanas, radica en que las humanas tienen libertad para elegir entre permanecer fieles a su legado biológico o a elaborar sus propias normas de vida. Es significativo que muchas leyendas arcaicas aludan a una “caída” que supuso la desvinculación de una realidad superior y de un estado de felicidad originario. Es probable que esta “caída” aluda poéticamente al momento en que el ser humano intentó olvidar su instinto biológico que le daba la felicidad originaria y elaboró normas sociales. Y si esto es cierto, no cabe la menor duda de que la conflictividad que ha acompañado a la historia de la humanidad es hijo de esta “caída”.

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Ejército y Sociedad (VI). Sobre el origen de la agresividad

Ejército y Sociedad (VI). Sobre el origen de la agresividad

Redacción.- En 1967, Konrad Lorenz enunció su famosa teoría sobre la agresividad. Ésta, no sería más que un instinto natural del hombre, una herencia genética de nuestros antepasados simios. En aquella época vivíamos la orgía marxista. Quien aspiraba a un lugar bajo el sol intelectual, debía, necesariamente, hacer profesión de fe marxista, y mucho mejor, freudo-marxista. El pensamiento de Marx y Engels era un dogma entre la mayoría de la intelectualidad europea: quien no era marxista, no sólo no era intelectual, sino que, frecuentemente, era reaccionario y fascista. Un hijoputa ignorante, vaya. Sin embargo, el marxismo jamás estuvo en condiciones de interpretar tolo lo que no encajara con su esquema de lucha de clases, con el materialismo dialéctico y con su economicismo cargante. Si había violencia y agresividad era porque existía lucha de clases. Y no al revés, tal como demuestra la etología. No es raro que Lorenz y sus discípulos fueran atacados y denigrados por el stablishment cultural marxista.


En realidad, el marxismo y luego el progresismo, interpretaron mal –o quisieron entender mal- las palabras de los etólogos. En todas las especies animales, la agresividad es solamente una de las opciones a las que recurrir ante un conflicto. Existen otras muchas. Algunas variedades de primates evitan las peleas ofreciendo al adversario la posibilidad de compartir comida, o sencillamente ignorándolo. En el caso de que se llegue a situaciones de violencia, los primates son capaces de reconciliarse, abrazarse y besarse. Pero esto tiene también su base biológica: los rituales de pacificación limitan los conflictos sangrientos, preservan la cohesión de las manadas y eliminan la posibilidad de que luchas excesivas terminen por hacer peligrar la supervivencia de la especie. Hoy se sabe que entre los animales también existen “negociadores”, habitualmente los jefes de la manada o los más respetados por todos, que animan a los contendientes a superar sus conflictos.
Nuevas técnicas de investigación, como la resonancia magnética y la tomografía por emisión de positrones, han permitido identificar algunas de las regiones cerebrales en las que se producen las emociones. A partir de ahí se sabe que no todos los individuos son capaces de controlar su agresividad de la misma manera. Existen individuos predispuestos a la violencia y que no dudan en evidenciar su agresividad, más que cualquier otro. Hoy se sabe que estos individuos son necesarios en la sociedad: gracias a ellos, en momentos de crisis, la sociedad sabe a quién recurrir para su defensa. Disponer de un mayor potencial de agresividad no implica, necesariamente, demostrarlo, ni orientarlo hacia la delincuencia o la depredación. El ser humano tiene la capacidad de regular y encarrilar su violencia. Luego veremos que la “casta guerrera” es aquella en la que está más vivo el potencial de agresividad y, también por esto, es la que se somete a una disciplina y a un entrenamiento más duro para canalizarla.
Existen tres teorías sobre el origen de la agresividad. Nosotros nos adherimos a la primera, la teoría del origen instintivo, propugnada por Konrad Lorenz, Robert Ardrey, Desmond Morris, Anthony Storr y Niko Tinbergen. Para ellos la agresividad es o procede de un instinto innato. Para Lorenz es un impulso biológico filogenéticamente adquirido con miras a la adaptación; la conducta agresiva se explica como una forma de descarga de la tensión acumulada. Luego existe la teoría de la frustración-agresión, nacida en EEUU como respuesta a la anterior. Dollard y Millar (en Frustración y Agresión), se apoyan en Freud, para quien la agresión era un reflejo del impulso hacia la muerte (tanatos), pero la sustituyen por una correlación entre frustración y agresividad: la agresividad es el producto de una frustración. Esta teoría, que data de los años 30, está hoy completamente desacreditada: existe agresividad sin frustración; es más, en las especies animales, tal correlación está completamente ausente. Los perros deberían de ser extremadamente agresivos, cuando se sientan ante la mesa de su dueño, o de desconocidos y observan como éstos comen los alimentos que ellos desean y que no les serán dados. La frustración del perro ante el alimento no recibido no se traduce en agresividad contra su dueño. Por último, la teoría cultural, de carácter conductista, difundido por Bandura y Walters (Aprendizaje social de la conducta desviada) y Ashley Montagu (La naturaleza de la agresividad humana), considera la agresividad como una respuesta socialmente aprendida. Esta teoría goza de cierto crédito en la actualidad, si bien hace aguas por todas partes. Sirve de base para las teorías psicosociales de la agresividad aprendida por imitación. Reconoce que en la agresividad humana existe un poso biológico, pero afirma que la conducta humana no depende en última instancia de ella, sino que se moldea mediante el entorno cultural en el que se inserta. El caso es que siempre, antes o después, esa agresividad reaparece por mucho cuidado que una cultura concreta –la nuestra, por ejemplo- haya puesto en su desaparición. Incluso en el interior de grupos pacifistas existen disidencias, escisiones y conflictos internos que no son más que el reflejo de pulsiones de agresividad, incluso entre gente predispuestas a la defensa de la “paz”. Incluso, criterios, en principio razonables derivados de esta teoría, como el aumento de la agresividad entre los jóvenes derivado de la violencia televisiva o de la violencia en los videojuegos, está sujeta a caución, como hemos visto.
La agresividad no es más que un aspecto funcional de la evolución de la especie que, tanto en las especies animales, como en el ser humano, delimita y mantiene las jerarquías sociales, es un medio para conservar las pautas grupales (lo que en la comunidad humana sería la “tradición”) y aquel miembro de una tribu que no coopera con ella es atacado por los demás; sirve para delimitar un territorio sobre el que un individuo o una comunidad de esa especie, domina, es decir, define una conducta territorial; y, finalmente, en el terreno de la sexualidad, determina una especie de sistema eugenésico, mediante el cual crea un orden en la reproducción, asegurando la selección natural de la especie a través de las luchas por el apareamiento. Y todo esto, es común, como he dicho, tanto entre las especies animales, como entre el ser humano. Está claro que la educación humana atenúa y encarrila toda esta agresividad, la regula y la somete a reglas precisas, pero en absoluto la hace desaparecer.

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Ejército y Sociedad (V). Cuando la etología viaja al origen de las armas

Ejército y Sociedad (V). Cuando la etología viaja al origen de las armas

Redacción.- La etología apareció a finales del siglo XVIII de la mano de un guardabosques de Versalles, G.G. Leroy, a quien se le ocurrió describir la psicología animal en su libro La inteligencia y afectabilidad de los animales desde un punto de vista filosófico. Más tarde, Lamarck sostuvo que la adaptación de las especies era altamente tributario de ese impulso animal al que se había referido Leroy. En la segunda mitad del siglo XIX, Alfred Girad aludirá por primera vez a la “Etología” para describir sus investigaciones sobre la psicología animal. Pero sería el vienés, Konrad Lorenz, nacido con el siglo y apasionado por la naturaleza animal el que daría el verdadero impulso a esta rama de las ciencias naturles. Lorenz, estaba titulado en medicina, filosofía y zoología y a lo largo de su vida –recibió, finalmente, el Premio Nobel en 1971- demostró ser casi un sabio renacentista, interesado por todo y que siempre tenía algo que decir sobre las ciencias de la naturaleza; además, durante la II Guerra Mundial fue soldado en el frente del Este. Observando las reacciones de los soldados en los combates y de su cautiverio (permaneció dos años preso en Liberia), entendió que algunos elementos centrales de su etología, podían ayudar a entender ciertos procesos de lo humano. Sus dos grandes aportaciones a la etología fueron –además de su sistematización- el concepto de lo innato y el de agresividad.
Sobre lo innato cabe decir que, todas las especies biológicas, incluido el ser humano, disponen de un mensaje genético que condiciona su comportamiento y les obliga a reaccionar ante estímulos determinados. La mente humana no es un cuaderno en blanco, en donde la cultura, la educación y la experiencia van grabando ideas, sino que el ser humano lleva en sus genes instintos que le obligan a reaccionar de forma concreta. Muchos aspectos del comportamiento humano solamente pueden explicarse en función de su sustrato biológico.
Lorenz descubrió que el individuo llega al mundo con un bagaje de pautas y pasiones innatas, que derivan de la historia evolutiva de la especie. Hoy, esta teoría está demostrada experimentalmente. Aves recién nacidas que jamás han visto a especies enemigas, reaccionan ante ellas o ante algo que se les parezca. Otras aves consideran que su madre es el primer ser vivo que ven, sea de su misma especie o de cualquier otra. Lorenz cita el caso de las pavas que matan a cualquier animal que se encuentre en su nido. Y si son sordas y no oyen piar a sus propias crías, las llegan a matar también. ¿La conclusión? En los genes de las pavas, existe el impulso innato a matar a cualquier ser vivo que se encuentre próximo a sus crías. Solamente, sus propias crías inhiben su agresividad.
Uno de sus discípulos, Ireneäus Eibl- Eibesfeldt caminó por los mismos pasos que su maestro definiendo la guerra en términos etológicos, como “conflicto intergrupal armado”, modulación específicamente humana de la agresión intergrupal (entre grupos rivales) e intraespecífica (en el interior de un mismo grupo). Lorenz y Eibl- Eibesfeldt, negaban que la guerra fuera el resultado de un instinto bestial degenerado, verdadera forma de sadismo y necrofilia, tal como Erich Fromm había pretendido establecer. Desde el punto de vista de la ecología, la guerra define y redistribuye los territorios propiedad de los diversos grupos humanos. Es una técnica adaptativa practicada por la especie humana que, además, tiene una función de control y equilibrio demográfico. Eibl-Eibesfeldt escribe a propósito: «La guerra, en consecuencia, es un medio que sirve a los grupos para competir por la posesión de bienes de interés vital (tierra, riquezas del subsuelo). Se ha dicho también que sirve para mantener el equilibrio demográfico, pero éste es, sin ningún género de dudas, un efecto secundario. O para regular variables psíquicas (desahogo de tensiones psíquicas). En este punto se confunden los móviles individuales con las ventajas desde la perspectiva de la selección». Lorenz y Eibl-Eibesfeldt resultan extremadamente convincentes cuando explican que si la guerra fuera «contra-funcional» (si hiciera peligrar la existencia de la especie humana), habría sido eliminada por la presión de la selección natural. Pero esto no ha ocurrido. Es más, los tratados sobre la limitación de las armas nucleares, evidencian un cierto autocontrol de la capacidad destructiva de la humanidad. Lorenz escribe, a propósito: «O bien la guerra es nociva o bien es útil desde el punto de vista de la selección. Si la primera posibilidad se hubiera cumplido siempre, hace ya mucho tiempo que se habría organizado una contra-selección, extremo éste que, como demuestra la historia, no se ha dado».
De todas formas, Eibl-Eibesfeldt, señala que la irrupción de las armas de repetición rompió el equilibrio adaptativo al aumentar el número de bajas en los combates. Mientras estos eran, cuerpo a cuerpo, las guerras tenían un número limitado de muertes, pero a partir de la aparición de las armas de la “segunda ola” (siguiendo la gradación de Toffler), el número de muertos y mutilados se disparó. A partir de la aplicación de los criterios de “guerra total”, las bajas no se daban solamente entre los combatientes de primera línea, sino que aumentaban desmesuradamente entre la población civil. Ya volveremos a este tema más adelante. Eibl-Eibesfeldt y Robert Ardrey niegan que en su origen, la raza humana estuviera formada con pacíficos cazadores-recolectores rousseaunianos, sino por tribus armadas y organizadas que superaron a grupos peor armados y peor organizados. Cuando los antropólogos “pacifistas” responden que hoy existen grupos esquimales, bosquimanos, indígenas del Kalahari, kwakiult, etc, que no evidencian estos rasgos, sus respuestas son unánimes: se trata de grupos que parecen haber agotado sus posibilidades vitales, no evolucionan, sino que, más bien, se extinguen progresivamente...
Parece claro que fueron, precisamente, las armas, lo que posibilitó que en los albores de los tiempos, una raza físicamente débil en comparación con otros mamíferos depredadores, estuviera en condiciones de sobrevivir, se debió solamente a que su inteligencia y habilidad manual le permitió construir armas que no eran sino la prolongación de sus miembros y los mejoraban para combatir y sobrevivir. Las armas no son un accidente desagradable en la historia humana, son, precisamente, la herramienta gracias a la cual hoy seguimos vivos. Nacieron con el ser humano primitivo. El “buen salvaje” rousseauniano jamás existió más allá de las elucubraciones progresistas y pacifistas.
Agresividad y supervivencia
“El guerrero homérico que quiere rendirse y pide gracia, arroja su yelmo y su escudo, cae de rodillas e inclina la cerviz, acciones que manifiestamente facilitarían a su contrario el darle muerte, pero que, en realidad, dificultan semejante acción. Todavía hoy, en los gestos habituales de cortesía se descubren indicios simbólicos de semejantes gestos de sumisión: reverencias, quitarse el sombrero, presentar las armas en las ceremonias militares. Por lo demás, los gestos de sumisión de los guerreros griegos no parecen haber sido de extraordinaria efectividad; los héroes de Homero no se dejaban influir y por lo menos a este respecto, su corazón no era tan fácil de enternecer como el de los lobos. El cantor nos relata numerosos casos en los cuales el que pedía merced era muerto sin piedad -o a pesar de la piedad-. También la leyenda heroica germánica abunda en casos donde fallan los gestos de sumisión, y hay que esperar hasta la edad caballeresca del Medievo para encontrar la gracia para el vencido. Sólo el caballero cristiano es, sobre las bases tradicionales y religiosas de su moral, tan caballeresco como pueda serlo, mirándolo objetivamente, el lobo como fruto de instintos e inhibiciones profundamente arraigados. ¡Qué paradoja más asombrosa!
Konrad Lorenz,
Si alguien usurpa nuestros derechos, tenemos a gala defendernos. Si una potencia extranjera invade nuestro país, y nuestra sociedad es sana, se defenderá hasta expulsar al ocupante. Y no importarán las pérdidas que se sufran; en las “guerras de liberación”, el objetivo común –la derrota del enemigo- se sitúa ante cualquier otra prioridad, asumiéndose que la lucha va a ser larga y se sufrirá un alto número de bajas. Pero también hay situaciones más vanales: una banda callejera se siente “dueña” de “su” territorio, el barrio, y en los transportes públicos, nos desagrada que alguien se nos acerque demasiado, incluso reaccionamos agresivamente, si franquea ciertos límites. Tenemos un “espacio personal” cuya longitud depende de muchos factores (en culturas rurales es más amplio, en zonas urbanas se restringe a unos pocos centímetros; de ahí la incomodidad que se experimenta en el interior de un ascensor repleto de gente o en los transportes públicos en horas punta). Y los países que viven del turismo, incluido el nuestro, albergan un doble sentimiento hacia el visitante: por una parte, se le reverencia en tanto que aporta riqueza económica, pero por otra, se experimenta una sensación invasiva, como ante cualquier otro “forastero”. Todos estos fenómenos tienen que ver con el “imperativo territorial”; el mantenimiento de la propia identidad y de la integridad del territorio es una de las raíces de la agresividad humana.
Lorenz sostiene que el impulso agresivo es el impulso básico del que derivan las demás pautas de comportamiento, por ritualización, redirección o transformación. Distingue dos tipos bien diferenciados de comportamiento agresivo: la agresión interespecífica (cazador-presa, fundamentalmente, rivales de especies distintas) y la intraespecífica (entre rivales de la misma especie). En ésta última, antes del combate, se producen una serie de reacciones fisiológicas en los sujetos; aparece el llamado stress de ataque-huida (impulso agresivo que impulsa al ataque e instinto de conservación que sugiere huida). En la mayor parte de las agresiones intraespecíficas, los contendientes no se hacen daño, solamente establecen jerarquías en el interior de la manada. Estas luchas se inician con gestos en los que cada parte intenta amedrentar a la contraria. Luego se desarrolla el combate hasta que una de las dos partes se siente derrotada; entonces, el vencido realiza gestos rituales de sometimiento y pacificación: acepta el liderazgo del vencedor y el situarse en un nivel jerárquico inferior a él. La función de los rituales de pacificación es inhibir la agresividad del oponente, de la misma forma que un ejército vencido enarbola bandera blanca o coloca las armas a la funerala (con el cañón boca abajo).
En cambio, en la agresividad interespecífica, todo este proceso se desencadena de forma diferente. Ni hay ritual intimidatorio previo, ni hay pacificación posible. El depredador intenta que la lucha sea breve, una corta persecución, un movimiento por sorpresa, un gesto brusco realizado tras horas de inmovilidad, cualquier cosa con tal de aniquilar a la presa de forma contundente.
Freud, fue el primero en ver en la agresividad un instinto, puesto al servicio de la sexualidad. Años después, Lorenz le corrigió: instinto si, pero innato e independiente del complejo eros-tanatos, tan querido por el psiquiatra vienés. En efecto, para Konrad Lorenz, la agresión es una disposición espontánea e innata, factor imprescindible para la supervivencia. Ni una sola especie hubiera podido sobrevivir –y, por lo tanto, la evolución hubiera sido inconcebible- sin la agresividad. Así pues, la agresividad, lejos de ser un factor negativo, es una condición sine qua non para la supervivencia de las especies. Todavía no se ha comprendido exactamente en qué medida la bioquímica, las hormonas y la fisiología del cerebro, interactúan con la agresión. No se alberga, sin embargo, la menor duda de que la agresividad existe tanto en los animales y como en la especie humana y que, en ambos casos, es de la misma naturaleza.
Desde finales de los años 60, se sabe que la conducta de los animales puede modificarse implantando electrodos en el cerebro capaces de inhibir la agresividad. El psicólogo español José Delgado detuvo la embestida de un toro mediante este procedimiento; a medida que repitió muchas veces esta experiencia con el mismo toro, percibió que el animal se volvía cada vez menos agresivo. Otras experiencias similares consiguieron que ratas de laboratorio se volvieran más agresivas o mansas, según el tipo de droga que se les administraba. Así mismo, estudios psico-fisiológicos sobre individuos aquejados de patologías cerebrales, han podido establecer que las conductas extremadamente agresivas se relacionan siempre con trastornos cerebrales, alteraciones de la química del cerebro provocadas artificialmente o a causa de dolencias. Entre los violadores y personas con tendencia a practicar una violencia excesiva, aparecieron enfermedades del sistema límbico y del lóbulo temporal. En psicópatas criminales se descubrió un cromosoma de más, el XYY.
Todo esto demuestra que existe una agresividad natural en el ser humano, que marcha al paso con el instinto de supervivencia y con el instinto territorial, y es una garantía para la perpetuación de la especie. Si esos instintos desaparecieran, la especie humana correría el riesgo de no estar a la altura de los desafíos que encuentra cada día ante sí. Ahora bien, cuando mediante una patología social, o a través de una manipulación de la bioquímica del cerebro, esta agresividad se torna extrema, no estamos ante una garantía de supervivencia, sino ante un riesgo. En los años sesenta, Albert Bandura realizó un experimento en el que expuso a diversos grupos de niños a varios modelos agresivos. A otros grupos de niños se les mostraron modelos no-agresivos. Los niños que observaron los modelos agresivos imitaron muchos de los actos que habían visto. Luego Bandura expuso a los escolares a modelos de agresores que eran castigados. Al presenciar el castigo en dichos modelos, los niños mostraran una menor agresión imitativa. Quedó, así mismo, demostrado que la agresión no era un acto temporal: la agresión, una vez aprendida, no es fácil de olvidar. Pero las conclusiones de Bandura parecían aventuradas: porque la agresividad “natural” está siempre presente en el ser humano y sólo desaparece cuando se manipula su cerebro; no es la educación, ni los estímulos (recompensas, castigos, frustraciones), lo que la generan, sino que, más bien, estos estímulos lo que hacen es “despertarla”. De la misma forma que una educación “pacifista” no logrará hacer seres pacíficos, sino seres en los que interiormente aparezca una tensión entre una educación no-natural y un sustrato genético en el que la agresividad está siempre presente. La educación pacifista, es la forma de injertar en el individuo algo parecido a los electrodos incrustados en el cerebro del toro para conseguir que niegue su verdadera naturaleza. El ser humano ha heredado de los estratos anteriores de la evolución, ese instinto agresivo. Quién ha renunciado a tal instinto, no es una ser “evolucionado”, sino, más bien, una víctima, un ser amputado de uno de los elementos que garantizarán su supervivencia.
Bandura, en el fondo, era un conductista que creía que las reacciones agresivas suponen una salida a las situaciones que nos provocan ansiedad. La agresión, en ese contexto, estaría en el origen de experiencias desagradables o derivaría del ofrecimiento de recompensas. Por su parte, los psicoanalistas consideraban que la frustración y cualquier otra experiencia desagradable, bastaba para generar agresividad. Ambas teorías compartían un punto común: la creencia de que los impulsos agresivos pueden ser eliminados o sublimados y derivan de traumas o de malos hábitos culturales. Hoy se sabe que todo esto era un error.
Aún los progres creen que las historietas de horror, el cine, la radio, el rock, el género negro o los libritos de cuentos, tienen la culpa de las patologías sociales. Hoy, la televisión es el principal objeto de críticas, junto con los videojuegos e Internet. Los porcentajes de violencia, aparentemente en aumento entre los jóvenes, se relacionan con estos medios que son el principal vehículo cultural de transmisión de la violencia. Eliminando estos vehículos o reconduciéndolos hacia orientaciones no-violentas, no se eliminaría ni remotamente la agresividad. A pesar de lo tópico y reiterativo de los planteamientos de este tipo, no está en absoluto claro que exista la relación entre violencia en medios de comunicación y agresividad entre los jóvenes. La ambigüedad de un experimento realizado en EEUU es paradigma de la frivolidad de tales argumentos.
En la década de 1970 un estudio del Instituto Cirugía General de Norteamérica, aseguró haber descubierto un vínculo entre el acto de ver la televisión y la conducta violenta. Bastaría con reducir la violencia televisiva para desterrar progresivamente la violencia de la sociedad, afirmaban los autores de tal estudio. Pero no estaba claro en los estudios experimentales si los programas violentos excitaban la agresividad entre los jóvenes o si éstos elegían programas violentos a causa de otros factores que no entraban en el estudio y que les dictaban un comportamiento agresivo. Hoy se tiende a responsabilizar a los videojuegos de la violencia entre los jóvenes, pero, lamentablemente, en los pocos estudios que se han realizado no está claro si los jóvenes habituados a videojuegos no violentos experimentan la misma agresividad: algunos sospechan que es el medio y no el contenido lo que excita la violencia. Juegos de ordenador, aparentemente inofensivos e ingenuos, a fuerza de ser utilizados interminablemente, crisparían al usuario, aunque entre ellos no hubiera violencia (el Tetris, por ejemplo). Por lo demás, otros estudios –de Feshbach y Singer, psicólogos norteamericanos- sostienen que ver la violencia por televisión no tiene efecto e, incluso, reduce la agresión real. En general, da la sensación de que todos estos estudios son parciales, limitados y maniqueos; no vale la pena perder mucho tiempo considerándolos. Para entender las raíces de la agresividad, debemos entender a la sociedad y el lugar que ocupa la violencia dentro de ella.
La agresividad tiene algo de manifestación cultural, y como tal, resulta aceptable en algunas situaciones y condenable en otras. Un par de jóvenes que practican el boxeo dentro de un ring o el karate en un dojo, son hechos aceptados socialmente; pero si esos mismos jóvenes luchan con navajas en las calles, su acto es considerado delictivo. O lo que es peor: un piloto puede ser condecorado por haber bombardeado un puente situado al lado de una escuela y, sin embargo, así mismo, será juzgado y condenado si golpea a su mujer o atropella a alguien durante la conducción de un automóvil. En el siglo XIX, entre las clases trabajadoras inglesas, abundaba la violencia doméstica que era interpretada como una muestra de la frustración natural de las clases desfavorecidas. Hoy, ya no se sabe a qué obedece esa misma violencia doméstica, especialmente cuando se da en un marco en el que no existen problemas económicos. Luego se dio como desencadenante de la violencia a las malas condiciones de vida; pero hoy, en ciudades bien planificadas y en cómodas viviendas, esa violencia sigue igualmente presente. Sin duda, la violencia doméstica, tiene un aspecto cultural (en España han aumentado las cifras, paralelamente, al aumento de la inmigración y a la llegada de contingentes étnicos en cuya tradición cultural está presente el desprecio a la mujer o en donde las tasas de alcoholismo exceden la normalidad), sociológico (la división de funciones, en buena medida, derivada de la fisiología diferente entre hombre y mujer, hasta ayer clara, ya no existe y la igualdad ha generado cierta confusión), antropológico (restos de machismo aun presente en nuestra sociedad) y jurídico (estadísticas adulteradas por denuncias falsas que favorecen a la mujer en los procedimientos de divorcio sin acuerdo mutuo). Por nuestra parte, creemos que, al margen de estas causas, los niveles de violencia doméstica entre la población de origen español, son “normales” y corresponden al inevitable porcentaje de psicópatas presentes en toda sociedad. Es más, en España, los porcentajes de violencia doméstica son menores que en otros países de Europa. Y esto tiene su explicación: las bolsas de violencia doméstica han crecido en toda Europa a causa de la inmigración y este fenómeno, en España, es demasiado reciente como para que pueda haberse evaluado su impacto. De hecho, los porcentajes de violencia doméstica son tres veces superiores entre determinadas comunidades inmigrantes en relación a los que se dan en la población autóctona. Así que los nacidos aquí podemos estar tranquilos: ni somos más machistas, ni somos particularmente maltratadores, ni albergamos sentimientos sexistas, ni mucho menos, tengamos una afición particular a maltratar a nuestras compañeras, por mucho que algunos de nuestros gobernantes se empeñen en culpabilizarnos. Hay violencia doméstica porque hay un porcentaje inevitable de psicópatas (enfermedad, de la que hoy se tiene casi la seguridad de que radica en los genes), toxicómanos y miembros de la tercera edad aquejados de demencia senil, que bastan para explicar satisfactoriamente los porcentajes de violencia doméstica de nuestro país.

Los poetas, muy frecuentemente, han equivocado sus modelos. Los tortolitos, que han pasado a la historia de la poesía como quintaesencia de la delicadeza y del amor, en realidad, son unos perfectos sádicos que no dudan en liquidar a sus víctimas aunque estén indefensas y vencidas. Agresividad obliga. Por el contrario, los lobos, suponen un ejemplo de nobleza. Basta que el adversario proporcione alguna muestra de sumisión para que le perdone la vida. Es más, dentro de la misma manada, el adversario vencido pasa a estar unido con lazos de fidelidad y lealtad a su adversario, y viceversa. He visto, personalmente, al jefe de una manada de caballos, perseguir a uno de sus hijos en el cercado, hasta agotarlo y, cuando ha estado vencido y rendido, golpearle con las pezuñas en la columna vertebral, hasta romperla. Me acuerdo, todavía más, porque hube de sacrificar al joven potrillo con un tiro en la nuca. Así pues, ¿quién es el cretino que va a decirme que los humanos somos la única especie que nos matamos entre nosotros? La agresividad está inscrita en el código genético de todas las especies. El lobo, por algún motivo, sin duda genético, la administra y la limita, como el hombre; el tortolito, en cambio, no. A la vista de los datos facilitados por la observación animal, no estamos muy seguros de si es bueno o malo que el hombre sea un lobo para el hombre; de lo que estamos seguros es de que “cuando dos tortolitos se aman”, seguramente darán a luz seres tan intransigentes y crueles como ellos.

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es

Ejército y Sociedad (IV) La milicia en los genes.

Ejército y Sociedad (IV) La milicia en los genes.

Redacción.- Somos seres territoriales, estamos en la escala evolutiva en la que estamos gracias a que las armas nos ayudaron a sobrevivir en medios hostiles, descendemos de cazadores- guerreros, tenemos en nuestros circuitos biológicos un impulso agresivo modulado por la racionalidad. En los seres humanos prevalecen dos instintos: el instinto territorial y el instinto de agresividad. Ambos tienen una relación directa con la defensa nacional y con la tarea de las fuerzas armadas. Negar los instintos humanos equivale, a fin de cuentas, a negar la propia naturaleza humana. Los experimentos pacifistas están construidos sobre el vacío, ignoran lo esencial de la naturaleza humana, y, por tanto, inevitablemente, fracasan. Existen distintos grados de agresividad; cuando ésta es máxima, es preciso modularla y atemperarla dentro del marco de “hermandades”, “órdenes” o “cofradías” guerreras, expresiones de la “casta guerrera”, propia de todas las sociedades indo-europeas. Aparecen así los valores que ilustran la vida de esta casta.

Lo animal y lo humano.
El ser humano, es el producto final de la evolución de las especies. La materia orgánica ha dado lugar a una cadena de especies biológicas, progresivamente más perfeccionadas, hasta que, finalmente, las células cerebrales del ser humano han alcanzado el grado máximo de la evolución y han sido capaces de generar el pensamiento lógico. Sin embargo, en el ser humano, existe un sustrato biológico similar a otras especies. El orgullo intelectual del ser humano, le hace olvidar, frecuentemente, que, como decía Nietzsche a través de su Zaratustra, “hemos recorrido el camino entre el gusano y el hombre y aún queda en nosotros mucho de gusano”. Esta herencia biológica hace que el pensamiento lógico no sea la única vía recorrida por el ser humano.
Alain de Benoist en Vû de Droite, se pregunta: “¿Cuál es el lugar del hombre en la naturaleza? ¿Es el hombre un animal? Si es así, ¿No es nada más, o es otra cosa?”. Y él mismo aborda las respuestas realizando una breve incursión en la historia del pensamiento humano, partiendo del antropomorfismo que, durante siglos gobernó a los espíritus. El antropocentrismo hizo del hombre el "rey de la creación" y el centro del universo. Se decía que la "naturaleza" humana era radicalmente distinta a la del resto de los seres vivientes. También se decía que el Sol y los astros giraban en torno a la Tierra, donde habitaba el hombre. Pero, esta visión del mundo se derrumbó cuando Nicolás Copérnico resucitó la vieja teoría de Aristarco de Samos, según la cual la Tierra y el resto de los planetas de nuestro sistema giraban en torno al Sol. El 5 de marzo de 1616, la Congregación del Index condenó el libro de Copérnico. Reivindicando el pensamiento de los primeros físicos de Jonia, Galileo Galilei, demostró la realidad del heliocentrismo: es la Tierra efectivamente, la que gira en torno al Sol. Las ruinas de la cosmología de Aristóteles hacen posible la obra de Newton y sus sucesores. "Al mundo cerrado y finito de los antiguos y los escolásticos le sustituye el mundo abierto e infinito que entusiasma a Giordano Bruno y aterroriza a Pascal" (Louis Rougier). Kepler, en el siglo XVII, demostró que los planetas describen elipses y no se desplazan sobre sus órbitas siguiendo movimientos uniformes. A partir de entonces, la Tierra fue un planeta entre muchos otros, de dimensión mediocre, situado en un lugar mediocre del sistema solar, iluminado por una estrella de dimensiones, así mismo, mediocres y situado en un lugar mediocre de una galaxia de dimensiones, finalmente, también mediocres. En el siglo XVIII, Jean-Baptiste Vico afirmó que la humanidad, en Occidente, es la única responsable de su destino. Lavoisier afirmó que "El hombre es un nuevo Prometeo, un segundo creador". En 1859, Charles Darwin publica El origen de las especies, demostrando que "el hombre es, con otras especies, el codescendiente de una forma antigua, inferior y extinta".
Alain de Benoist prosigue su repaso sobre la evolución de lo humano con Bufón y Línneo que, un siglo antes de Darwin, habían presentido la evolución de las especies. Lamarck, incluso, explicó que los caracteres de la organización humana podían haber sido producidos por los "cambios de hábitos de un mono". Darwin fue más lejos. “Utilizando pruebas –prosigue Benoist- de orden taxonómico, morfológico y embriológico, establece el hecho de la evolución, cuyo mecanismo se explica por la selección natural (que elimina a los más débiles) y la fertilidad selectiva (que favorece la multiplicación de los mejores). Muestra que las especies proceden unas de las otras, y que el hombre, si bien es el último párrafo de la evolución, no es la última palabra”.
La publicación de los trabajos de Darwin desencadena lo que Jean Rostand ha denominado el "orgullo del hombrecillo". Wilberforce, abad de Oxford, en una reunión de la British Association, pregunta a Huxley si descendía del mono por parte de su abuelo o de su abuela. La "humillación zoológica", siguió, tres siglos después de Galileo, la "humillación cosmológica".
Se tiene la seguridad de que los simios (especie, aparentemente, más cercana al hombre) proceden de una rama que se separó de los primates hace unos veinte o treinta millones de años. Benoist ofrece una lista de restos paleontológicos que permiten datar la aparición de las nuevas razas homínidas. Los fósiles descubiertos en el norte de Kenia, se datan en cinco millones de años. Sobre la depresión de Hadar, en Etiopía, se exhumó en 1974 el esqueleto de un australopiteco "grácil" de tres millones y medio de años, denominado "Lucie". Otros fósiles, como el ramapiteco (descubierto por Fort Ternan en el África oriental), tienen entre catorce y quince millones de años, y ocupan igualmente su lugar en la ascendencia humana.
Konrad Lorenz –a cuyas tesis nos referiremos constantemente en este capítulo- establece que es posible hablar de "hominización", cuando están presentes una mano prensil, adaptabilidad al medio y aptitud cultural. "El hombre posee los mismos sentidos que los animales, por tanto sus intuiciones fundamentales deben ser las mismas", había escrito Darwin abriendo el camino a la moderna etología.
Entonces, ¿cuál es La diferencia entre lo animal y lo humano? Ardrey la recuerda: “!El espíritu humano es libre, porque no obedece ni estricta ni directamente al instinto. En toda su rabia instintiva, el hombre siempre puede dominar sus impulsos". Valdrá la pena tener en cuenta esta diferencia a lo largo de todo este capítulo. Y Benoist escribe sobre el mismo tema: “La realidad de nuestra herencia prehumana no puede ser negada. Se expresa en los niveles más profundos de nuestro cerebro (el paleocortex). Por las especies que le han precedido, el hombre es heredero de tres mil millones de años de vida. Este inmenso pasado corresponde a su dimensión biológica”. Lorenz, evidencia cierto abatimiento cuando debe reconocer «la amarga verdad de que, colectivamente, los seres humanos, en principio no actuamos de modo distintos a las ratas, por ejemplo, que en su afán por crear bandas provocan la superpoblación de su espacio vital, lo cual, a su vez, da lugar a las guerras de aniquilación”. Y añade: “El símil, realmente, no puede ser más triste».
Decir que el hombre es un animal es un hecho a la vista de su innegable sustrato biológico. Pero, ¿en qué difiere del resto de los animales? Después de siglos de antropomorfismo, es importante no caer en el puro zoomorfismo o en el biologismo. Benoist, recurriendo a otros científicos, sostiene que la realidad humana tiene cuatro niveles: el microfísico (la energía), el macrofísico (la materia), el biológico (la vida); y el nivel específicamente humano, caracterizado por la cultura y la conciencia histórica. “El hombre comparte con el resto del universo sus tres primeros niveles. Solamente el último le pertenece en exclusividad”. Ciertas ideologías (materialismo, freudismo, marxismo, particularmente), considerando sólo algunos de estos niveles, borran las cualidades emergentes que caracterizan y diferencian cada nivel, en una inadmisible panorámica reduccionista.
Los etólogos constatan un cierto número de analogías entre los reinos animal y humano. La conclusión a la que llegan comparando hábitos de, ser humano con los de distintas especies animales, les lleva a concluir que el ser humano es menos el descendiente de tal o cual rama de la evolución que el heredero de la totalidad del reino animal. El hombre no está "desprovisto de instintos", como afirma el americano Ashley Montagu, sino que posee al contrario, todos los instintos. Esto le obliga a adoptar entre distintas opciones, esto es a actualizar tal o cual instinto en detrimento de los otros. Después de haber mostrado que el hombre, en su dimensión biológica (y sólo en ella), está sometido, como todos los animales, a la "ley natural" de los sistemas vivos, Lorenz siempre se ha ocupado por demostrar la originalidad del fenómeno humano. Y para ello tomaba como referencia a uno de los maestros de la "antropología filosófica", el sociólogo y filósofo Arnold Gehlen.
Para Gehlen, uno de los rasgos característicos del hombre reside en el hecho de que no está adaptado a un medio ambiente particular, sino a todos los medios, lo que le permite construir él mismo su medio. El hombre, por ello, dispone de una posibilidad de elección, de una libertad que no le pertenece más que a él. Se distingue de otras especies sujetas al medio que les es propio, y por ello mismo, están altamente especializadas. Benoist define al ser humano como "el especialista en la no-especialización". "Imaginemos –escribe Lorenz–, un triatlón cuyas condiciones serían una carrera de fondo de treinta kilómetros, una subida de cuatro metros a la cuerda lisa y una inmersión de veinte metros con la misión de llevar a la superficie un objeto sumergido. No se encontraría ningún mamífero capaz de cumplir estas condiciones, que sin embargo pueden ser difíciles pero no imposibles para cualquier ciudadano medio".
Los animales están "programados" para tal o cual fin: el lobo, el tigre, el babuino saben, por instinto, cómo y sobre quién debe ejercerse su agresividad, cuáles son los alimentos de los que se debe nutrir, cómo y sobre quién deben ejercer su pulsión sexual, etc. En el hombre no hay nada de todo esto. A la pluralidad de instintos que existen en él se corresponden un cierto número de pulsiones sin objeto predeterminado, entre las cuales no sólo debe elegir, sino eventualmente dominar, y a las cuales puede dar un número virtualmente infinito de expresiones concretas. "La respuesta a una pulsión humana –escribe Konrad Lorenz- no está modelada de modo tan rígido como la respuesta a un instinto animal. El hecho de que un hombre tenga una pulsión dictada por el hambre, por ejemplo, no nos dice nada sobre el modo en que tal hombre se procurará el alimento, ni siquiera si comerá o no comerá: tal vez esté a dieta de adelgazamiento, o tal vez sea un asceta y haga penitencia". Mientras el animal actúa rígidamente según su pertenencia a una especie dada, el hombre, al contrario, "está parcialmente liberado de su pertenencia a la especie" (Spengler). Su neocortex puede sobreimponer su voluntad a sus impulsos, sus emociones y sus humores producidos por el paleocortex. La razón, en él ser humano, es capaz de domesticar al sentimiento. Su libertad de elección está en todo momento preservada. Tal es el sentido de la frase de Nietzsche, recuperada por Benoist: "El hombre: consecuencia de un divorcio violento con el pasado animal".
Por otra parte, Benoist define al ser humano como un "ser inacabado", del que dice: “Su no-especialización se explica por el hecho de que, en él, la capacidad de adaptación dura toda la vida, en tanto en las otras especies se reduce al corto periodo de la infancia. Un animal joven, liberado a sí mismo, puede desenvolverse por sí sólo. Sabe instintivamente lo que necesita y lo que debe evitar. A las trece semanas, un chimpancé comienza a masticar el alimento sólido. A los dieciocho meses está perfectamente familiarizado con todas las "técnicas" de los adultos. El joven humano es muy diferente: todo lo aprende. Entre un bebé de tres meses y un mono de la misma edad, el mono supera al niño en todos los dominios. Al cuarto mes, los conocimientos del mono se estancan, mientas que los del niño aumentan exponencialmente. En la escala de los seres organizados, cuanto más se alarga la maduración, más tiempo se requiere para hacer un individuo acabado. Los grandes simios alcanzan la pubertad entre los siete y los nueve años (para una longevidad que se sitúa entre los cuarenta y los cuarenta y cinco años). En el hombre, sobreviene entre los once y los quince años”.
El hombre es, entonces, un ser de juvenil persistencia. Su periodo de "aprendizaje" se prolonga indefinidamente. Su espíritu es un "sistema abierto" hasta los últimos momentos de su existencia. De esta superioridad deriva la grandeza de la especie humana, pero también su extrema fragilidad. El cangrejo, en el momento de la muda, debe abandonar su concha: en ese momento es vulnerable. El hombre está “mudando" toda su vida. Arnold Huelen dice que el ser humano es un "ser-en-riesgo".
El pensamiento humano es esencialmente imaginativo, incluso puede expresar sentimientos que no ha sentido en sí mismo. Su saber no se nutre exclusivamente de experiencias sino también de intuiciones, análisis y deducciones. El ser humano es el único que tiene conciencia de sí mismo. Los animales no tienen conciencia de la muerte mas que cuando les llega, los seres humanos y las culturas que han construidos, sin embargo, saben que son mortales. Los comportamientos que, en el animal, son puramente instintivos y predeterminados, se encuentran en la especie humana "pensados" e “historizados”. Benoist pasa revista a este proceso en algunas actividades humanas: “De la sexualidad, el hombre genera el erotismo; del trabajo, la acción organizada; de la agresividad, una estrategia; de la "palabra", un discurso; de una serie de sucesos, historia. Único ser que puede decir "tengo juicio", es también el único que puede capitalizar su herencia ancestral, reactualizarla en todo momento, enriquecerla y renovarla. En ello consiste su "libre albedrío"”.
Mientas el animal nace "amaestrado", el hombre debe amaestrarse a sí mismo. Es un "ser de entrenamiento", tal como expresó Gehlen. De ahí la importancia de la educación y la necesidad de una disciplina, a fin de crear hábitos de costumbre.
Y es entonces, cuando Benoist aborda la naturaleza cultural del ser humano. Éste, en definitiva, es un ser profundamente cultural. Las capacidades potenciales innatas que laten en el interior del ser humano, se desarrollan o se dificultan por el medio ambiente, y son reorientadas sin cesar por el aprendizaje y la herencia cultural. El hombre hereda una tradición. Pero, en el interior de la misma innova constantemente: sutil, dialécticamente, combinando sus elementos permanentemente. Subraya Arnold Gehlen: "El hombre nace con la facultad de asimilar la cultura, no con la cultura". Lorenz escribe: "cada modificación de nuestro medio ambiente da nacimiento a nuevas presiones selectivas que operan tanto a nivel genético como a nivel cultural".
¿Cómo era el hombre primigenio? Los homínidos que habían dejado atrás los árboles como hábitat, habían pasado a vivir en la sabana africana y este nuevo espacio hizo que pasaran de alimentarse de frutos a ser carnívoros. Su estructura ósea les permitía caminar erguidos y, por tanto, sus manos estuvieron liberadas para manejar las armas propias del cazador. Los primeros seres humanos dignos de este nombre fueron cazadores guerreros, no pacíficos y rouseaunianos recolectores. La humanidad no controló el fuego sino muy tardíamente, mientras que las legumbres precisan necesariamente se cocinadas antes de ser ingeridas, hecho que excluía el vegetarianismo originario. Y si no se alimentaban de vegetales, es por que serían carnívoros, esto es, cazadores. Si cazaban, precisaban armas.
Como cazador que era, el ser humano defendió su territorio frente a otros grupos hostiles y con las armas en la mano. Lo más probable –tal es la hipótesis de Ardrey- es que las primeras armas fueran fémures de gacelas y costillas afiladas. Así, las tribus cazadores-guerreros pudieron sobrevivir en un medio hostil y peligroso. Tras miles de generaciones, la agresividad y el instinto territorial fueron recibidos por la humanidad moderna, moduladas y reconducidas por la racionalidad, pero en su fondo es fácilmente observable su impronta biológica.

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es

Ejército y Sociedad (III): Las novatadas como rito de iniciación

Ejército y Sociedad (III): Las novatadas como rito de iniciación

Redacción.- Ahí tenemos a nuestro “recluta mamón”, al “recluta gili”, al “recluta marica”, al “recluta casposo”, al “recluta de mierda”, en definitiva, en su primera noche en la litera cuartelera. Hubo un tiempo en el que en ese momento esperaba de un momento a otro la novatada. El Ego se le empieza a cuartear. Ya no tiene cerca ni los cuidados de mamá, ni al primo de Zumosol, listo o tonto, culto o garrulo, está bajo el mismo techo que el resto de la compañía y, más vale que se apresure a entender que esos muchachos de su edad, van a ser sus camaradas durante el tiempo que dure su compromiso con el ejército.

Cuando la personalidad es abolida en beneficio del esprit de corps

Al cabo de pocos días, surgen las primeras amistades; los reclutas se agrupan por afinidades o simplemente por vecindad en las literas. Se forjan los primeros vínculos interpersonales. Pero no bastan. Es preciso dar a este conjunto heterogéneo y heteróclito, una identidad y una unicidad que exceden con mucho, la cohesión vincular que une a los grupos de amigos de uniforme. Al día siguiente, el recluta aprende a formar y a desfilar. El cuadrado que forman las filas de la compañía es el primer rasgo de que todas aquellas gentes llegadas de procedencias diversas, deben sentirse y ser, un solo hombre. No hubo diferencia de clase mientras existió servicio militar obligatorio. Para muchos hijos de la alta burguesía, esa era la única vez en su vida que hablarían con un campesino o con un proletario. Para los orgullosos, formar entre los modestos, era una cura de humildad. A algunos les sirvió para rectificar su tendencia a la prepotencia y al desprecio a los inferiores. Hubo muchos, entre los más desfavorecidos por la fortuna y la educación, que aprendieron a leer y a escribir durante su paso por las fuerzas armadas, los hubo que aprendieron profesiones que antes no tenían y que les ayudaron a salir adelante en la vida; y también, el contacto entre gentes procedentes de los grupos sociales más diversos, contribuyó a que unos aprendieran de otros. Mientras duró, el servicio militar obligatorio, fue un factor de conocimiento social y un sistema de establecimiento de vínculos entre gentes que, de otra manera, jamás habrían tenido la posibilidad de trabar amistad. Pero esto no es suficiente. Un ejército precisa ser algo más que el marco adecuado para el mutuo conocimiento social. Precisa ser eficaz y convertirse en una unidad cohesionada, en donde todos respondan a las órdenes, inmediatamente las reciben, de manera colectiva, como un solo hombre. Esta es una de las acepciones, sin duda la más importante, del llamado “espíritu de cuerpo”.
Por que, de lo que se trata, a fin de cuentas, es de que el Ego de los reclutas sea sustituido por una especie de “Super-Ego”: el de la unidad en la que están encuadrados. Cuando una unidad de combate está formada por personalidades diversas, esa unidad será inevitablemente, liquidada por el enemigo; la guerra moderna es un escenario en el cual el militar individual tiene pocas posibilidades de sobrevivir si lo fía todo a su “personalidad”. Pero, si en lugar de una personalidad individual, lo que está presente en el campo de batalla es una “personalidad colectiva”, uniforme y perfectamente definida, las posibilidades de supervivencia son superiores.
Por eso, el recluta aprende a desfilar. Debe renunciar a su propia forma de caminar, debe de marcar el paso con sus compañeros de armas. El mismo paso; al milímetro. Las unidades más eficaces en el combate han sido las que han desfilado con más energía y uniformidad, sin notas discordantes, sin despistados que pierden el paso o que les importe un higo no marcar el paso con sus compañeros. Esforzarse en ser uno con la unidad a la que se pertenece es un buen síntoma: eso implica decir que el recluta está renunciando a su propio Ego. El empuje de la Legión al desfilar hace presentir su empuje en la batalla. Vale la pena recordar de nuevo otros fragmentos del “Credo de la Legión”:
“El Espíritu de Compañerismo: con el sagrado juramento de no abandonar jamás a un hombre en el campo hasta perecer todos.
El Espíritu de Amistad: de juramento entre cada dos hombres.
El Espíritu de Unión y Socorro: a la voz de "A mí la Legión", sea donde sea, acudirán todos y con razón, o sin ella, defenderán al legionario que pide auxilio.
El Espíritu de Marcha: jamás un legionario dirá que está cansado hasta caer reventado. Será el cuerpo más veloz y resistente”.
Alguien puede decir: “Bueno, pero todo esto se dice en voz alta por que lo exige el mando, pero de ahí a creérselo va un trecho”. Error. Quien eso afirma, seguramente no ha conocido la vida militar en un cuerpo de élite. En 2003, un millar de nuestros soldados fueron desplazados a Irak. Para muchos de ellos, la ocupación americana era un puro saqueo indigno con el que había que tener estómago para identificarse. Sin embargo, muchos legionarios de los que creían que la guerra era injusta, pidieron ser destinados allí, ¿motivo? Releed las líneas que preceden a este párrafo y lo entenderéis: el “espíritu de amistad”, el “espíritu de compañerismo”, el “espíritu de unidad y socorro”, el “espíritu legionario”, en definitiva. Uno de aquellos jóvenes españoles que fueron allí voluntariamente, me lo sintetizó: “El hecho de que algunos de mis compañeros fueran a Irak era suficiente para que yo fuera también. El Credo de la Legión así lo establece”. ¿Para qué complicarse la vida pidiendo más razones para acudir a Irak?
En el Bhagavat-Gita, un antiguo texto hinduista para uso de la casta guerrera, se decía: “Tanto la renuncia como la realización, conducen a la liberación. Y en verdad te digo que la acción es superior a la inacción. La verdadera renuncia es la de aquel que ni busca ni elude la acción, que no se deja llevar ni por el agrado ni por la repulsa, liberado de la esclavitud de los pares opuestos. (…) Cumple tu deber, pues la acción es superior a la inercia; ni siquiera la vida normal sería posible en la inacción”. La vía de la milicia es la vía de la acción, no, desde luego, la de la palabra. Y eso le honra. Es a los políticos que adoptan decisiones equivocadas o, simplemente, miserables e inmorales, a los que cabe denostar y abominar. A los milites que cumplen con su deber: honor y reconocimiento.
A principios de julio de 2004, se produjo en Irak, el secuestro del cabo Wassef Alí Hassoun, marine de la 101ª División Aerotransportada de los EEUU. Uno de sus compañeros, Andrew A. Bufalo, sargento mayor retirado del Cuerpo de Marines, escribió una carta abierta a los secuestradores, que difundió a través de Internet y que alcanzó gran eco en la prensa mundial. La carta es una muestra del “espíritu de cuerpo” que supera con mucho, las iniquidades y miserias de la clase política de su país. Reproducimos algunos fragmentos:
“A los terroristas que operan en Iraq: Observo que habéis capturado a un marine de los Estados Unidos, y que pensáis cortarle la cabeza si no se atiende a vuestras demandas. Gran error. Antes de que llevéis a cabo vuestra amenaza os sugiero que repaséis la historia del Cuerpo de Marines. Vosotros miráis hacia América y veis un objetivo blando, y en buena medida tenéis razón. Nuestro país está lleno de gente echada a perder que conduce BMW, sorbe cafés descafeinados y ve por televisión ridículos «reality shows». La mayoría de ellos son ciudadanos decentes que trabajan duro, pero son blandos. Cuando le cortasteis la cabeza a Nick Berg, esa gente exhaló un grito ahogado; vosotros conseguisteis la cobertura mediática que andabais buscando, y entonces esa gente volvió a sus vidas. Esta vez es diferente. Nosotros también tenemos una cultura de guerreros en este país, y se llaman Marines. Ésta es una hermandad forjada en el fuego de muchas guerras, y el vínculo entre nosotros es más fuerte que la sangre. Antes de que el actual clima de corrección política envolviera nuestra cultura, uno de los eslóganes de reclutamiento de nuestra banda de hermanos era: «El Cuerpo de Marines construye Hombres». Pronto os daréis cuenta de cuán cierto es esto. Vosotros, por otro lado, no sois más que una panda de mujeres. Si fuerais hombres, deberíais mostrar vuestros rostros y aceptar el desafío de luchar contra nosotros en una pelea justa. En lugar de eso, sois unos cobardes que os escondéis detrás de máscaras y decapitáis a víctimas indefensas. Si realmente representarais el interés del pueblo iraquí, no andaríais tendiendo emboscadas a los que llegan a vuestro país para reparar vuestras plantas eléctricas, ni sabotearíais los oleoductos que alimentan la economía iraquí. Lo que os mueve es el odio, lisa y llanamente. Cuando alcéis esa espada, quiero que recordéis una cosa. El cabo Wassef Ali Hassoun no está solo. Cada uno de los Marines que alguna vez ha vestido ese uniforme está allí con él, y cuando le asestéis el golpe, estaréis golpeándonos a todos nosotros. Somos los Marines de los Estados Unidos, y vamos a ir a por vosotros».
Las novatadas fueron particularmente duras en el cuerpo de marines. No es raro que, incluso, los retirados del cuerpo sigan manteniendo, años después del término de su compromiso, el mismo “código” propio de todos los cuerpos de élite. En otro extremo cultural y antropológico en el Japón, el Hagakure, breviario del samurai, explica: “Un samurai no debe jamás, mientras viva, permitirse distanciarse de aquellos de los que es deudor espiritualmente”.
El oficial mira con condescendencia a sus soldados realizando las más duras novatadas contra los nuevos reclutas. Sabe que esas novatadas les salvarán la vida. En noviembre de 2005 se supo que algunos marines de los EEUU destacados en Irak, “jugaban” a clavar las condecoraciones en los pechos de los recién llegados. Algunos se desmayaban y la escena, filmada por uno de los asistentes, denotaba una brutalidad inequívoca… si, pero esos mismos soldados que eran víctimas de la novatada, deberían sufrir en el campo de batalla, riesgos muchísimo mayores y, desde luego, una bala, un fragmento de metralla, o la tortura en caso de caer prisionero, debe, necesariamente, soportar un alfiler clavado sobre su pecho. Es mejor que se acostumbre al dolor provocado por sus propios camaradas, que por el enemigo. Tendrá ocasión de superar el dolor y el miedo. Ahora bien, si se queja a sus superiores, si denuncia la ofensa a los medios de comunicación, al defensor del pueblo, del soldado o a mariasantísima, es más que probable que ese recluta jamás esté en condiciones de superar la tensión y la exaltación del combate.
En una novatada, se aprende a superar la vergüenza y el miedo. La vergüenza es patrimonio del Ego. El miedo es natural en medio de la batalla. La cuestión no es carecer de miedo. Solo los insensatos no temen a nada. Los valientes dominan su miedo y de eso se trata. El recluta sometido al pinchazo del alfiler de una condecoración por parte de sus camaradas, tendrá, naturalmente, miedo al dolor, pero, así mismo, estará en condiciones de intentar superar por primera vez su miedo. La novatada, en este sentido, es pedagógica, educativa y, en su contexto militar, necesariamente forma parte del entrenamiento de los cuerpos de élite.
La guerra es un drama de brutalidad inusitada y mucho más la guerra moderna. Quien no es capaz de superar una novatada, no sobrevivirá jamás al campo de batalla, ni responderá como se espera de él. La novatada, en este sentido, es también un filtro: el que denuncia la novatada, o no la logra superar, no tiene lugar en un cuerpo de élite. Valdrá para cualquier otra cosa, incluso es posible que su contribución a la comunidad sea decisiva… desde otro lugar, no luciendo los distintivos de un cuerpo de élite.
Cuando reacciona el instinto, no el cerebro
Levantarse de madrugada al oír el toque de diana, parece algo completamente inútil. Cuando existía el servicio militar era frecuente oír a los reclutas quejarse especialmente en los primeros días de su servicio: “¿Por qué, en lugar de a las 7:00 a.m., no es más cómodo que esa maldita diana suene dos horas después? ¿Y esa maldita costumbre de tener que saludar a los oficiales y suboficiales? Y en cuanto al entrenamiento ¿para qué hablar? Nos obligan a realizar mil veces las mismas maniobras, ensayar las mismas posiciones, desfilar sin cesar, marcar el paso una y otra vez, recorrer las mismas pistas a la carrera y, para colmo, tener que echarnos al suelo una y otra vez, pasar por debajo de alambradas puestas allí solo para joder, y en ocasiones, a algún sádico se le ocurre disparar sobre nuestras cabezas…”. Todas estas cuestiones tienen sus respuestas precisas. En el ejército no se hace nada que no sea estrictamente necesario.
El soldado debe responder en el combate de manera absolutamente inmediataza. No tiene tiempo para pensar que si se oye un disparo en la lejanía, deberá arrojarse al suelo. Si piensa –oídlo bien si piensa- está muerto. La vida o la muerte, dependen siempre de unos pocos milímetros. Una bala puede volar la yugular, o simplemente perderse en el horizonte; un disparo de mortero puede volarte la cabeza o simplemente la onda te rasgará el uniforme y de dejará momentáneamente atontado. La vida o la muerte dependen, en definitiva, de que el entrenamiento militar haya sabido dar al milite una inmediatez en sus respuestas.
Cuando entre una detonación y la llegada de la bala al objetivo apenas media una fracción de segundo, la supervivencia no puede depender del razonamiento lógico: “He oído un disparo; eso quiere decir que alguien, allí enfrente, está apuntándonos; no sé a quien de nosotros, pero es posible que sea a mí, por lo tanto es mejor que me tire al suelo; vamos a ver si encuentro el lugar adecuado para no caer encima de un zarzal o de un charco”. Si algún recluta se obstina en pensar así, estamos ante un futuro cadáver. No, este tipo de razonamiento conlleva un camino excesivamente dilatado entre el desencadenante y la respuesta: el oído escucha la detonación, envía la información al cerebro, éste calcula lo que debe hacer –arrojarse al suelo- y la vista mira en donde puede hacerlo más cómodamente. Lo dicho: soldado muerto.
El comportamiento en la guerra, antigua o moderna, no puede estar guiada por el cerebro. Incluso los buenos oficiales son aquellos en los que además de las concepciones estratégicas y de un adecuado conocimiento del terreno, existe algo –acaso un sexto sentido- que excede con mucho la lógica y la razón. Wellington, solía viajar mucho y siempre solía apostar con sus compañeros lo que se encontraba al otro lado de la colina que tenían ante ellos. Por algún motivo Wellington siempre acertaba. Él mismo lo explicaba a su interlocutor: “No le extrañe; me he pasado la vida intentando averiguar lo que había al otro lado de la colina”. Eso le había permitido desarrollar un instinto más allá de las informaciones objetivas y del razonamiento lógico.
Otro tanto ocurre con el recluta: no es la lógica cartesiana la que debe guiarlo en el campo de batalla, sino el instinto. La educación del instinto forma parte central del entrenamiento militar. Oír un disparo y arrojarse al suelo, todo uno, sin tiempos de espera; la supervivencia se convierte en un automatismo inconsciente. “Antes de que mi cerebro pueda percibir racionalmente que he oído un disparo, debo estar ya en el suelo”, tal es la regla de oro de la supervivencia en el combate.
En otro tiempo, cuando se luchaba con la espada, el guerrero más hábil era aquel capaz de abstraerse en la acción, y dejar que sus movimientos fueran guiados por el instinto de supervivencia. El ser humano es la única especie capaz de poder educar sus instintos. La vida militar ayuda a ello. La educación de los instintos es dura: de la misma forma que para enderezar un árbol, hay que forzar su tronco, para encarrilar la instintividad, sacarla a la superficie, es preciso un entrenamiento duro, incluso brutal. Y, desde luego, no es cuestión de un día.
Desde muy temprano el niño samurai aprendía a esgrimir la espada. A los cinco años de edad, lucía por primera vez el uniforme de Samurai y recibía las primeras nociones sobre la carrera de las armas. La espada de madera con la que había jugado hasta ese momento, era cambiada por una de acero. A esa temprana edad, estaba obligado a salir de su hogar, luciendo siempre la espada. A los 15 años recibiría las dos espadas que le acompañarían durante toda su vida, la Katana (de hoja larga) y el Wakizashi (de hoja corta, utilizada en el “sepuku” o “hara-kiri”, el suicidio ritual). Con la espada recibía también el sentimiento de dignidad, pero también de que sobre él recaía una responsabilidad superior a cualquier otro ser humano. La espada era el símbolo de su honor y de su lealtad; no podía ser utilizada a destiempo, ni indebidamente. Hacerlo así sería cosa de fanfarrones o irresponsables, esto es, de gentes sin honor o de cobardes. Su espada era un objeto sagrado, una prolongación de su alma. La espada solamente podía blandirse en situación de estabilidad total de la mente.
Entre los samurais, el ejercicio millones de veces repetido con la espada, unido al abandono del Ego (es el Ego el que tiene miedo, el que sabe que la forma más fácil de sobrevivir es retrocediendo, el que antepone el miedo al honor, el oportunismo a la lealtad, la búsqueda de la comodidad al sacrificio), tenían como resultado la destreza en el manejo de la espada, la aparición de una instintividad que hacía adelantarse a los movimientos del adversario, golpearle allí en donde se intuía que era más débil. Para ello hacía falta estabilizar la mente, desterrar el odio o la impulsividad y hacer que en su lugar apareciera una fría lucidez y una determinación impasible. Los mejores campeones automovilísticos o motoristas, saben también de lo que estamos hablando: es el instinto el que les hace conducir de manera arriesgada e intrépida un bólido. Los conocimientos técnicos son necesarios, por supuesto, pero la fría lucidez es lo que marca la diferencia. Los campeones son campeones por un arrojo que difícilmente está presente en los técnicos que diseñan las máquinas que utilizan.
También aquí, la individualidad y el Ego son los enemigos. El entrenamiento constante tiende a atenuar al máximo el impacto del Ego en el milite. La dureza del entrenamiento militar tiene como objetivo imponer automatismos al cuerpo, evitar que sea el cerebro el que responda. ¿Por qué solamente tiene que dirigir la maquinaria humana el cerebro? ¿Y el corazón? ¿y la instintividad? El cerebro sirve cuando el razonamiento lógico y el pensamiento cartesiano son asumibles. Ante un problema matemático, ante una investigación científica, pero no en los momentos en los que se dirime la vida y la muerte, el heroísmo y la defensa de la comunidad. El protagonista de “El Hombre que pudo reinar”, de Kypling, cuando está entrenando a sus nuevos reclutas pastunes, les dice: “El soldado de su Majestad no piensa, ¿creéis que si pensara daría la vida por la Reina?”. En los muros del Berlín destruido de 1945, los jóvenes lobos del nazismo, educados en el espíritu de sacrificio y resistencia, habían escrito: “Nuestros muros han cedido, pero nuestras voluntades no cederán jamás”. Y una vez más, el eterno credo de la Legión se inicia con esta contundente frase: El Espíritu del Legionario: es único y sin igual, es de ciega y feroz acometividad, de buscar siempre acortar la distancia con el enemigo y llegar a la bayoneta”. La exaltación de las cargas a la bayoneta, el desafío al dolor y a la muerte, a la adversidad y al miedo, solamente pueden conseguirse mediante un entrenamiento que tienda a atenuar el impacto del Ego en la ecuación personal del combatiente y, a sustituir sus mecanismos de reacción lógica, por automatismos inconscientes. Para ello, deberá renunciar a su Ego.
El Ego anida en el cerebro. La instintividad en el corazón. El entrenamiento militar, lo primero que tiende es a desplazar el eje del futuro guerrero, del cerebro al corazón. Solo entonces se entra en el templo de la milicia. Si la llave que da acceso a ese templo es el adiestramiento miles de veces repetido, en su atrio se encuentra el acceso que pasa a través de la novatada.
Los marines ingleses destacados en Irak, combatiendo entre sí, completamente desnudos, con esterillas enrolladas en sus brazos y ante la presencia de sus oficiales, puede parecer una escena cruel y humillante para los presentes, sin embargo, cada elemento de este cuadro, tiene su razón de ser: la desnudez contribuye a forjar el espíritu de cuerpo, la vergüenza y el pudor no tienen lugar entre iguales, el Ego se oculta detrás de modas, la desnudez evita la presencia del Ego; las esterillas enrolladas en los brazos son el arma de combate elegida por los jóvenes gladiadores: así podrán mostrar valor y agresividad, sin destrozar físicamente al adversario, que no es más que otro camarada; la acometividad, la agresividad, la determinación y la lucidez en el combate le serán necesarias al recluta, y en el curso de la novatada tiene la primera ocasión de comprobarlo. En cuanto a la presencia de oficiales es determinante, institucionaliza la novatada, la inserta en el programa de entrenamiento de la tropa.
La novatada no es más que un hecho antropológico. Puede ser considerada como una ceremonia de iniciación. No hay ceremonia de iniciación que no implique dolor, incluso amputación, y en donde el neófito no deba de mostrar valor y determinación. El adolescente africano que aspira a ser considerado como un hombre por su tribu, deberá ser circuncidado primero y luego deberá realizar una “proeza iniciática” (cazar a un león, por ejemplo). Sólo entonces se le tendrá por hombre. La ceremonia iniciática, el rito de paso, implican un dejar atrás el “hombre viejo” (lo que hemos sido hasta ese momento) para pasar a ser un “hombre nuevo” (en lo que nos vamos a convertir: en milites). ¿Cómo desterrar las novatadas de las fuerzas armadas? En realidad forman parte de la educación militar. Contra más duras, mejor. Es probable que esa dureza disuada a algunos a entrar a formar parte de tal o cual cuerpo de élite. Mejor, en realidad, de eso se trata: quien juzga que no va a poder soportar una novatada es que carece de condiciones para formar parte de ese cuerpo de élite. Hay otros más benignos. Y, en la vida civil, las novatadas son inexistentes. Probablemente, lo que el sujeto debe reconocer es que si le han dicho que se entra en las fuerzas armadas para ganarse el pan, para alcanzar la nacionalidad o para repartir bocadillos en el lugar más olvidado de la mano de Dios, no le han dicho toda la verdad. O acaso si, y el problema es conceptual de quienes han diseñado tal o cual campaña de reclutamiento. Las fuerzas armadas, mal que les pese a algunos, no son una ONG.

La novatada es el primer acto de la formación del “hombre nuevo”, muerto para la vida civil y trasformado en guerrero. Verá como su pelo cae, como sus vestidos de civil son cambiados por un uniforme, como su individualidad se integra en una formación a la que deberá sacrificar todos los rasgos de su individualidad; verá como el espíritu de cuerpo se superpone a todo lo que de personal y egótico tiene; y, finalmente, aprenderá a reaccionar con automatismos, al recibir una orden o percibir un estímulo. Sólo así se forman milites capaces de sobrevivir en el combate y de cumplir la tarea que se les ha encomendado: la defensa nacional; por que, en el fondo, de eso es de lo que se trata: de defender un país, un territorio, a sus habitantes, su tranquilidad, su bienestar, sus libertades su estilo de vida. ¿Creéis que la envergadura de esta tarea puede ser realizada por gentes que abominen de una novatada?

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es