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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

El Islam contra Europa (III) Argelinos en Francia (2ª Parte) Intifada en Eurabia

El Islam contra Europa (III) Argelinos en Francia (2ª Parte) Intifada en Eurabia

Infokrisis.- Vale la pena recordar la cónica cercana del salvalismo. Los incidentes que tuvieron lugar en el "otoño francés" han constituido, sin duda, la revuelta urbana más graves que ha tenido lugar en Europa Occidental desde la posguerra. A su lado, el "mayo del 68" fue un juego de niños y el "otoño cálido" italiano una revuelta de guardería. Pero sobre todo fueel anticipo de la guerra civi, racial y social, que vendrá.

 

Las tres semanas de revuelta en los suburbios, puso a Francia ante el escenario de una guerra civil, étnica y social a la vez. Vale la pena pues seguir la cronología de los hechos para advertir que este tipo de violencia tiene la capacidad de extenderse como una mancha de aceita, no solamente sobre el hexágono francés, sino sobre toda Europa Occidental. De hecho, en aquellas tres semanas de odio, ya existió contagio a los países limítrofes.

A mediados de los años ochenta tuvieron lugar en Villeurban, una ciudad-dormitorio francesa, varias noches de incidentes que parecían el ensayo a pequeña escala de lo que veinte años después se extendería a nivel nacional. Solamente variaba la “táctica”. Los coches robados en otros barrios por las bandas de delincuentes, eran trasladados a su arrabal de residencia donde, ante la presencia de sus vecinos y amigos, los hacían derrapar en las plazas y, finalmente, los incendiaban cuando la policía llegaba. Solamente el Front National prestó atención a este primer estallido de violencia urbana. Diez años después nacían los primeros grupos de rap. Progresivamente, la sociedad francesa se fue habituando a que cada noche un centenar de automóviles fueran incendiados en los suburbios. Villeurban demostró que era “mejor” que la policía y los Compañías Republicanas de Seguridad no entraran en los barrios marginales poblados por inmigrantes o, de lo contrario, los incidentes exteriorizaban la existencia de un problema (con la consiguiente merma de réditos electorales) y la presencia policial parecía ser considerada como una provocación. Otro tanto empezó a ocurrir con representantes de otras instituciones republicanas. Era frecuente que en las carnicerías “halal”, trabajaran niños de 14 años, hijos de sus propietarios. La legislación republicana prohibía el trabajo de la infancia, pero detener o multar a uno de estos carniceros por explotar laboralmente a su hijo, vulneraba los hábitos antropológicos de la comunidad argelina, y, por tanto, provocar un nuevo foco de incidentes. Y ¿qué decir de la recaudación de impuestos? ¿Cómo iba a atreverse un inspector fiscal a penetrar en un barrio de mayoría argelina para solicitar los libros de contabilidad y extender una multa por impago de impuestos? Era otra provocación. Así que mejor no enviar a los inspectores fiscales a barrios conflictivos o se corría el riesgo de generar un nuevo foco de disturbios. La enseñanza, en cambio, funcionó bien en las escuelas republicanas de los suburbios. Pero, cuando el porcentaje de magrebíes se convirtió en asfixiante, la calidad de la enseñanza se resintió. La sociedad magrebí, tiene tendencia a minusvalorar la formación profesional y, no digamos, la universitaria. Para esta sociedad, lo esencial es convertir lo antes posible a los hijos en “fuerza productiva” y, para ello, no hacía falta estudiar literatura, historia, ciencias o filosofía. Entonces ¿para qué estudiar? ¿qué derecho podían tener los enseñantes a exigir un esfuerzo a los hijos de la inmigración magrebí? Al cabo de unos años de repetirse todos estos procesos, los distintos funcionarios comprendieron que los barrios con mayoría magrebí eran radicalmente diferentes al resto de la Francia republicana. Lo normal hubiera sido poner a la inmigración ante una disyuntiva sin fisuras: integración o repatriación, pero se optó por la más fácil, la política del avestruz y mirar hacia otra parte. Desde mediados de los años 80 los distintos gobiernos de izquierdas y derechas estaban persuadidos de lo importante era “no provocar incidentes”; el problema se solucionaría a medio plazo mediante inyecciones de fondos y subsidios, en el marco de ambiciosos planes de integración y promoción de las bolsas magrebíes. Pues bien, todos los fondos invertidos en la integración de los inmigrantes se han dilapidado y los proyectos de integración han fracasado. Pero entre el momento en que se percibió el problema (1985) y el instante en el que salió a la superficie (2005), el Estado Republicano se había evaporado de los suburbios con mayoría magrebí. Esos territorios, estaban en Francia… pero ya no eran Francia, ni sus habitantes se sentían franceses. En ese contexto se inicia la intifada de otoño.

El jueves 27 de octubre de 2005 dos jóvenes musulmanes de origen africano, Ziad Benna (17 años) y Baou Traeré (15 años), mueren electrocutados cuando huían de la policía en Cliché-sous-Bois, al noreste de París. Otro joven que los acompañaba Muhttin Altun (17 años) resultó herido. Los tres adolescentes huían de la policía y tras trepar a una subestación eléctrica se electrocutaron. La policía sostuvo que estaba persiguiendo a otros sujetos que habían eludido un control policial y los tres adolescentes creyeron que la movilización policial se dirigía contra ellos. A pesar de que no resultan claro los motivos de la huida de los jóvenes (¿por qué huían si no habían cometido ningún delito? ¿qué sentido puede tener huir de la policía para quien no tiene nada que ocultar?), por la noche, al extenderse la noticia, se desencadenaban los primeros incidentes que en las tres noches siguientes se limitarían al término de Clichy-sous-Bois. Ese mismo día, un varón blanco de 56 años fue golpeado hasta la muerte en Epinay por un grupo de magrebíes delante de su mujer e hija. Nadie, solamente una pequeña nota en Le Figaro, recordó este crimen.

Por la noche, decenas de jóvenes de origen magrebí y subsahariano atacan edificios públicos de la ciudad e incendian 23 vehículos. La policía y los bomberos que acudieron para sofocar los incidentes fueron recibidos con piedras y cócteles molotov. La “intifada de otoño” ha comenzado. El saldo de aquella primera noche de incidentes ascendió a 27 detenidos, 23 policías heridos.

El viernes 28 de octubre los incidentes continuaron con redoblado ímpetu. La noticia ya se había filtrado a los medios a causa de las dos muertes y de la violencia inusitada de los incidentes. El sábado 29, resultaron detenidos en Clichy, otros 14 alborotadores y 29 coches fueron incendiados. En torno a 500 personas habían participado ese día en una marcha de silencio en Clichy-sous-Bois, en memoria de los adolescentes muertos, con pancartas en las que se leía "muertos por nada". Los líderes religiosos de la comunidad musulmana llamaron a la calma. Pero, al día siguiente, el domingo 30, ellos mismos serían los primeros en excitar a la revuelta. En efecto, una granada lacrimógena cayó en las inmediaciones de una de las mezquitas de Cliché. La policía negó su responsabilidad, pero el hecho es que la granada era del mismo tipo a las utilizadas por los antidisturbios.  Ese día, otros 20 coches ardieron y 30 jóvenes fueron detenidos. Hasta ese momento no se habían disparado las alarmas; de hecho, incidentes como estos no eran una novedad en la sociedad francesa y cientos de episodios similares se habían reproducido desde los incidentes de Villeurban en 1985. Pero, al día siguiente, la novedad es que los incidentes habían dejado de ser un problema local de Cliché y se extendían al suburbio de Montfermeil, en Seine-Saint-Dennis. Las bandas magrebíes atacaron el cuartelillo de la policía municipal e incendiaron el garaje con una violencia inusitada y sin precedentes en los días anteriores. Parecía que se había llegado al límite de lo tolerable. Un miembro de “Action Police”, organización miembro de la Confederación Francesa de Trabajadores Cristianos, sindicato conservador, describió, por primera vez, los incidentes como “guerra civil” y pidió la intervención de las fuerzas armadas. Pero, en realidad, todavía quedaba mucho para alcanzar la cúspide de la violencia.

El 1 de noviembre los incidentes se habían extendido a otros nueve suburbios, especialmente en la región de Seine-Saint-Denis. En total esa noche 70 coches fueron incendiados. En Sevran una escuela fue incendiada por sus propios alumnos. En Aulnay se arrojaron cócteles molotov contra el cuartel de bomberos. Haciendo un esfuerzo, podría comprenderse que los adolescentes cuya vida era fronteriza con la delincuencia, albergasen resentimientos hacia la policía, pero ¿y hacia los bomberos? Por primera vez, empezaba a ser evidente que los incidentes se estaban transformando en una revuelta contra la sociedad y el Estado francés. La alcaldía también fue atacada y de nada sirvió que ese mismo día el primer ministro Villepinm se reuniera con los familiares de los tres adolescentes electrocutados en su huida de la policía. El llamamiento a la calma no hizo más que excitar los ánimos porque al día siguiente 177 vehículos fueron incendiados y en Hauts-de-Seine los revoltosos intentaron asaltar dos comisarías de policía. Otras dos escuelas, el edificio de correos, un centro comercial y varios establecimientos, resultaron así mismo incendiados y la policía y los bomberos hostigados. Mientras el presidente Chirac efectuaba otro llamamiento a la calma, Villepin convocaba al gobierno en reunión de urgencia. Todos intentaban serenar los ánimos y evitar la hostilidad del resto de la población hacia los magrebíes y subsaharianos de los suburbios, y no tanto por que desearan evitar una oleada de xenofobia y racismo, sino para no desdorar el porcentaje de respaldo popular. La opinión pública francesa pedía medidas enérgicas y el gobierno solamente acertaba a pedir calma. Además había que añadir la carrera iniciada entre Villepin y su ministro del Interior, Nicolás Sarkozy para lograr la nominación de su partido como candidato a las presidenciales del 2007. Así que si, Villepin pedía calma, Sarkozy –también para mejorar su imagen en las encuestas- lanzó una durísima alocución tratando a los alborotadores de “basura despreciable” y “escoria”, al tiempo que anunciaba “tolerancia cero” con la delincuencia. A partir de ese momento, los revoltosos ya tenían una excusa para sentirse “discriminados” y los disturbios se extendieron como una mancha de aceite el miércoles 2 de noviembre, cuando se cumplía una semana del inicio del conflicto.

El día 3 se demostró la capacidad de los revoltosos para interrumpir la red ferroviaria del país. En la mañana consiguieron cortar la vía férrea que conduce al aeropuerto Charles de Caulle, por la tarde atacaron dos convoyes en la estación Le Blanc-Mesnil. Un pasajero resultó herido a causa de un vidrio estallado. Un total de 27 autobuses fueron incendiados en las zonas en revuelta. También el tejido industrial francés empezó a resentirse: una fábrica de alfombras fue incendiada. En ese momento, las revueltas ya se habían extendido fuera de los suburbios situados en torno al Gran París. En Dijon, Ruán, Bouches-du-Rhone, se habían reproducido disturbios con los mismos protagonistas y la misma carga de violencia. Esa noche ardían 500 vehículos, nada realmente comparado con lo que se aproximaba. El día 4 los suburbios de los departamentos de Val d’Oise, Seine-et-Marne y nuevamente Seine-Saint-Denis registraban nuevos incidentes. En el entorno parisino volvieron a reproducirse las escenas de incendios, pillajes y saqueos. Pero habían ardido menos coches que en días anteriores –apenas medio centenar- así que las autoridades lanzaron un mensaje optimista. A pesar de que los incidentes habían alcanzado a Lille y Toulouse, se habían producido 150 incendios de coches menos que en la noche anterior, así que ¿por qué no ser optimistas? ¿Qué importaba si una sinagoga había sido atacada con cócteles molotov o si la pasajera de un bus incendiado había resultado con graves quemaduras? Y en cuanto a los apedreamientos de bomberos, ¿acaso no se habían visto ya en días anteriores? Las autoridades republicanas habían decidido transmitir optimismo: la situación estaba bajo control y entre las detenciones y el cansancio de los alborotadores, la crisis debía periclitar en breve. En realidad, todavía no había alcanzado su límite máximo.

En ese momento, la seguridad del Estado y la fiscalía de París ya tenían conocimiento de que los agitadores se coordinaban a través de Internet. El 28 de octubre ya se había creado el primer blog específico en solidaridad con los dos adolescentes muertos en el inicio de los distubios –Skyblog 93 Bouna- en el que los Internautas dejaban sus mensajes. Algunos eran condolencias, pero otros llamaban simplemente a profundizar la revuelta. Otro blog, Banlieue93.skyblog.com, recogía mensajes en los que se amenazaba a la sociedad francesa; pero también aparecían mensajes en los que aparecían actitudes hostiles contra los revoltosos. Uno de estos mensajes amenazaba con "coger el fusil y disparar a la cabeza contra quien pretenda quemar mi coche”. Si esto no era una pre-guerra civil, se parecía mucho. Algunos con pretensiones historicistas, se obstinaban en convocar para el día 12 de noviembre a una gigantesca manifestación insurgente en los Campos Elíseos para desescadenar "el mayor motín de la historia de Francia". Internet y los teléfonos móviles con sus mensajes SMS, se habían convertido en el elemento movilizador y coordinador de la guerrilla urbana. Había nacido la “organización espontánea”, el “swarming”. No existía un centro responsable de los incidentes, sino redes de “copains”, colegas, que se incitaban mutuamente a mantener la revuelta, se daban consejos sobre como hostigar más y mejor a los cuerpos de seguridad del Estado (y los “odiados” bomberos, por supuesto) e intentaban arrastrar a los jóvenes de otros suburbios a la violencia callejera. Pero el fiscal Yves Bot, terminó estropeando estas revelaciones, negando que existiera un trasfondo étnico en los incidentes. Total, el hecho de que estuvieran inevitablemente protagonizados por jóvenes de aspecto magrebí y subsahariano no quería decir nada, en opinión de las autoridades. Se trataba de defender, por todos los medios, el “modelo francés” de integración. Pero los fuegos de los suburbios habían evidenciado que ese modelo era una cáscara sin vida desde mediados de los años ochenta.

En la noche del 4 de noviembre se alcanzaron niveles de violencia inusitados hasta entonces. Era la noche del sábado al domingo, el punto álgido de los disturbios. Era noche fueron incendiados 1.295 vehículos y 312 personas resultaron arrestadas. Lo más espectacular de esa noche de los incendios fue que los revoltosos la emprendieron precisamente contra aquellas instituciones que habían sido creadas especialmente para ellos: en Grigny ardieron dos escuelas, otra en Vigneux, una guardería fue incendiada en Acheres, mientras que los puestos de policía de zonas tan distantes como Soissons, Nantes, Avignon, Montauban, Lille, Torcy y media docena de ciudades más, resultaron atacados con cócteles molotov y apedreados. Era toda Francia la que se estaba viendo afectada por los revoltosos. Pero lo sorprendente fue que estos incidentes se reprodujeran incluso en zonas, como Normandía, en los que la población inmigrante era menor e incluso gozaba de mejores condiciones de vida. En Evreux, por ejemplo, ardieron dos escuelas, un centro comercial, una oficina de correos y medio centenal de automóviles. Y en la noche, los incidentes se trasladaron de la banlieu al centro de París. Los disturbios afectaron también al centro de París. Solamente en las inmediaciones de la Plaza de la República fueron incendiados 32 vehículos. Seis helicópteros provistos de equipos de visión nocturna empezaron a sobrevolar los suburbios conflictivos tratando de controlar a la insurgencia. Esa noche los incidentes alcanzaron el histórico Distrito III sin que los 2300 policías movilizados fueran capaces de detener la oleada de fuego. A lo largo del día diversos corresponsales de prensa resultaron agredidos sin que pudiera interpretarse muy bien porqué. A partir de entonces, los periodistas se convirtieron en objetivo de los revoltosos. No en vano, los corresponsales se mueven con preciosos objetos (cámaras de fotos, ordenadores portátiles, teléfonos móviles de gama alta, cámaras de víde, etc) que constituyeron uno de los botines más suculentos de la revuelta. Hasta ese momento, los corresponsales de guerra habían sido enviados a las guerras balcánicas, a Irak, Afganistán y a otros frentes de combate, pero no desde luego al centro de París. París se había convertido en “territorio comanche”. Habitualmente, la tendencia mayoritaria de los medios de comunicación franceses era hacia el progresismo. Los inmigrantes se veían como “víctimas” de un sistema injusto y de unos gobiernos que no realizaban esfuerzos suficientes por integrarlos en las mieles de la sociedad europea. Podemos imaginar el trauma sufrido por estos mismos medios, cuando la ira de los revoltosos apuntó contra ellos. El choque con la realidad, siempre es duro, y mucho más cuando un grupo de salvajes te persiguen por las calles intentando robarte la cámara y, de paso, darte una paliza. En las redacciones de los principales medios de comunicación, los reporteros de a pie, que habían visto el salvajismo de los revoltosos, confeccionaban artículos describiendo lo que habían visto y cómo se habían sentido presas de fieras completamente irracionales. Pero sus directores, sentados en los cómodos sillones de la redacción, consecuentes con su progresismo propio de la “izquierda divina” o de la “izquierda caviar”, se negaban a aceptar la realidad. En este sentido, los artículos que Le Monde publicó en aquella época son antológicos. Y en lo que se refiere a los medios visuales el drama era todavía mayor. La carga emocional de un artículo se puede reducir amputando unas cuantas frases y adjetivos, pero las imágenes no precisan comentario alguno y las imágenes que llegaban a las redacciones de los informativos de TV eran demasiado elocuentes. Además, sobre todo y por encima de todo, de lo que se trataba era de no dar la razón a lo que el Front National había estado augurando en los últimos 20 años, so pena de que en las siguientes elecciones los partidos tradicionales pudieran tambalearse. Bastante le está costando al Estado francés el que el Front, con un 18% de apoyo en las pasadas elecciones presidenciales, no tenga ni un solo diputado nacional. Un sistema electoral que beneficie solamente a los grandes partidos y que ha costado tanto de adaptar a los vaivenes electorales para que siempre los grandes sigan siendo grandes y nos “nuevos grandes” no puedan estar representados, no se puede poner en peligro por unos miles de coches ardiendo, unas cuantas decenas de colegios, comisarías, guarderías y librerías incendiadas y unos miles de bomberos apedrados… Paul Nahon, director de “France 3” lo expresó hiperbólicamente: "El problema es saber cuántos minutos de imágenes podemos emitir para no ser instrumentalizados", lo que traducido quería decir que el problema era cómo dar la información para que los partidos mayoritarios no se resintieran del fracaso de su política de inmigración e integración. "Mostramos lo mínimo indispensable ", añadió. Y era raro, por que cualquier incidente xenófobo hasta entonces había sido analizado minuciosamente y durante días por esa misma cadena. Pero también aquí existe lo “mínimo indispensable” ante unos problemas y lo “máximo posible” antes otros. La directora de “France 2” exhortaba a sus informativos a “no pisar demasiado el acelerador” con objeto de “no publicitar acciones evidentemente condenables”. Y el director de informativos de la cadena privada TF1 afirmaba que su cadena ponía especial énfasis en no enardecer a la opinión pública ante "unas situaciones que ya conllevan muchas dificultades y peligrosidad". Para Arlette Chabot, directora de información de la cadena pública France 2, es preciso "no pisar demasiado el acelerador para no publicitar acciones que son evidentemente condenables". Todo esto evidenciaba que los intereses de los medios coincidían con los de los partidos mayoritarios: no reconocer la verdadera naturaleza del problema. En Corbeil-Essones, en la periferia sur de París, decenas de jóvenes magrebíes lanzaron desde un paso elevado un coche contra un autobús de antidisturbios. Ellos si sabían perfectamente cuál era el problema: odio y rechazo.

En la noche del domingo, se oyeron disparos de pistola y de escopetas de caza que alcanzaron a 34 policías en Grigny. Según ha declarado un portavoz de la policía parisina, unos 200 jóvenes habían disparado con escopetas de caza contra los antidisturbios, dos de ellos graves por impacto de perdigones. Ambos han sido hospitalizados, uno con heridas en la garganta y otro en la rodilla. "Buscaban claramente hacernos daño", dijo uno de los agentes heridos. La utilización de armas de fuego era una innovación que trajo ese nefasto fin de semana. Pero no sería la única. Por primera vez, y de forma coordinada, se produjeron los primeros ataques contra iglesias católicas. Solo en París ardieron casi 500 vehículos y un millar más en la periferia. Otra novedad registrada fue la extensión de los disturbios a Bruselas, Berlín y Bremen. No es raro que los vecinos de los barrios atacados llamaran a la intervención de las Fuerzas Armadas y a la formación de Comités Cívicos de Autodefensa. El gobierno, visiblemente desbordado y desorientado, incapaz de afrontar el fracaso de las políticas de integración, volvió a pedir calma. La respuesta, como podía esperarse, vino al día siguiente.

Un vecino de Stains, resultó linchado cuando intentó apagar el fuego que había prendido en un contenedor de basura próximo a su domicilio. En efecto, Jean Jacques Le Chenadec, trabajador jubilado, fue golpeado hasta la agonía, por los mismos incendiarios, cuyo “trabajo” intenba sofocar. Los medios registraron la declaración de Mousssa Diallo, transitorio portavoz de los insurgentes: “esto es sólo el principio. No vamos a parar hasta que hayan dos policías muertos”. Al menos las intenciones estaban claras y era evidente que los mensajes pacificadores del gobierno habían caído en saco roto. Fue entonces cuando “TV France 3”, optó por autocensurar las informaciones sobre los incidentes. A partir de ahora no ofrecería cifras de los daños ocasionados por los insurgentes. Se creía que estos datos contribuirían a excitar la ira de los franceses de origen y daría alas al ascenso de la xenofobia y el racismo. Encomiable intento que, como cualquier medida bienpensante, llegaba con veinte años de retraso: toda Francia ya sabía lo que estaba ocurriendo. La cuestión no era saber si se habían incendiado tantos o cuantos automóviles, la cuestión era que para muchos franceses la guerra étnica había comenzado y Jean Jacques Le Chenadec era el primer caído. Es, en cualquier caso, significativo que “France 3” optara por autocensurar sus informaciones el día en que fue asesinado un trabajador francés. Pero el gobierno había optado por la política del avestruz. Ese mismo día se supo que la comunidad judía de Francia había sido contactada discretamente por el gobierno para que evitara realizar declaraciones alarmistas o condenas públicas a los actos antisemitas. El gobierno optaba por minimizar el problema y mostrar ante la opinión pública una fortaleza que no tenía. El despliegue de 20.000 policías más era, tan sólo un teatral gesto de fuerza de un Estado que durante veinte años había evidenciado debilidad y cobardía para encarar el problema de las bolsas magrebíes y subsaharianas. Había signos de desesperación en las filas gubernamentales. Sarkozy pidió –y obtuvo- de la Unión de Organizaciones Francesas Islámicas una fattwa condenando la violencia. En realidad, esta unión había sido el hijo predilecto del ministro del interior, no sólo contribuyó a impulsarla, sino que la subvencionó con una generosidad dadivosa. A esas alturas, una parte importante de la sociedad francesa, empezaba a pensar que no existían organizaciones “francesas islámicas”, y que los incidentes demostraban la contradicción esencial entre Francia y el Islam. Uno de los que primero lo comprendieron fue el alcalde de Raincy, una de las ciudades en donde los disturbios habían alcanzado los más altos límites de violencia. Fue la primera ciudad en la que su alcalde decretó el toque de queda para menores de 15 años. En los días siguientes, otros muchos municipios adoptaron la misma medida, autorizados por el primer ministro a la vista de la situación.

En la noche del 7 de noviembre, 50 manifestantes detuvieron e incendiaron un autobús público en Toulouse. El conductor se salvó por los pelos de convertirse en una tea. Dos escuelas fueron incendiadas en Lille Sud y Bruay-su-Escaut, un gimnasio quemado en Villepinte. Incluso en Alsacia y Lorena, con bajas tasas de inmigración, estallaron violentos incidentes, lo que demuestra que no son las condiciones sociológicas de hacinamiento en el suburbio las que generan violencia, sino que los factores hay que buscarlos en el causas mucho más concretas. Hay agitación porque hay agitadores y hay agitadores porque existe odio y resentimiento contra Francia, la República y el pueblo francés. A lo largo del día los incidentes habían sido tan violentos que por la noche el primer ministro anunció que "los alcaldes podrán decretar el toque de queda donde sea necesario". Su voz no fue tan enérgica cuando descartó la intervención de las FFAA. En las primeras horas del 8 de noviembre, el presidente Chirac declaró el estado de emergencia y la legislación que permitía a las autoridades locales el estado de emergencia durante 12 días. Desde los peores momentos de la guerra de Argelia la República no había conocido esta situación, ni siquiera en los días de mayo del 68 –ese juego de niños- y cuando los peores momentos de la actividad terrorista de la OAS. Orleáns y Amiens decretaron el toque de queda esa misma noche. La novedad de la jornada fue que, por primera vez una iglesia protestante había sido atacada en Maulan. La segunda novedad fue comprobar la fragilidad de los sistemas de transporte públicos. Un simple cóctel molotov bastó para colapsar el nudo ferroviario de Lyon. La parte positiva de la jornada fue que “solamente” se incendiaron 617 vehículos y apenas habían estallado disturbios en 116 puntos… más o menos, la mitad que la noche anterior. Sin embargo, los incidentes se prolongarían por espacio de 10 días más.

El anuncio de los toques de queda y las medidas draconianas que los acompañaban, disuadió a muchos adolescentes de continuar con la revuelta. A fin de cuentas, a esas alturas ya se habían divertido lo suyo y estaban convencidos de haber hecho temblar a la República. Más o menos, era así. Pero cuando la República verdaderamente tembló fue cuando se pusieron de manifiesto las consecuencias económicas de la crisis. El euro había alcanzado en estos trece días de disturbios –desde la muerte de los dos adolescentes hasta el 9 de noviembre- su cotización más baja en los dos últimos años, en relación al dólar. Las empresas que estaban dispuestas a invertir en las zonas afectadas por los disturbios, pospusieron la decisión. Los comerciantes estuvieron a punto de perder las ventas de la temporada de invierno. Y, finalmente, se había producido una quiebra en la confianza que los inversores experimentaban hacia la capacidad de mantener el orden por parte de los gobernantes. Como se sabe, “el dinero” es cobarde y emigra a donde los riesgos son menores. Francia –y más en concreto, algunas zonas del país- se habían convertido en “zonas de riesgo” como podía serlo Haití, Colombia o la isla de Krakatoa horas antes de la explosión del volcán que la hizo célebre. Sarkozy, a todo esto, en plena campaña de promoción, jugando, una vez más, la carta de la pretendida dureza, comunicando que 120 extranjeros relacionados con los incidentes y en situación ilegal, iban a ser deportados. Y la campaña no le iba mal. Tras su alocución amenazando con “mano dura”, "Le Parisien", publicó una encuesta según la cual el 57% de los franceses apoyaban esta actitud.

Cuando el 9 de noviembre, se había decretado el toque de queda en 38 zonas (incluyendo Marsella, Niza, Cannes, Estrasburgo, Lyon, Toulouse y París), los actos de violencia disminuyeron hasta límites “razonables” lo que permitió decir al gobierno que “el problema se iba solucionando”. Efectivamente, esa noche solamente se produjeron 897 incendios de vehículos y 253 detenciones. Al mejorar la situación, Chirac adoptó aires de “padre de todos los franceses” y, magnánimo, reconoció los problemas de los suburbios y prometió “trabajar para solucionarlos”. "Sin importar nuestro origen –especificó- , somos todos hijos de la República y todos tenemos los mismo derechos". Y como para reforzar estas ideas e intentar tranquilizar a los suburbios, ocho policías fueron suspendidos por golpear a un joven magrebí. La decisión se acató, pero no gustó en los medios policiales galos. Además la situación distaba mucho de estar resuelta. Esa noche se quemaron 463 vehículos y el jefe de policía de París prohibió la venta de gasolina en latas. En Cannes y en otras siete poblaciones de los Alpes-Marítimos se decretó el toque de queda. La medida resultó, a la postre, de una eficacia radical. En todo el territorio francés, la vulneración de esta medida había sido mínima, casi anecdótica.

El 10 y 11 de noviembre tuvo lugar la XVIII Cumbre Hispano-Francesa, que reunió en la capital gala a Zapatero y Chirac. Inevitablemente, el comunicado final debía mencionar los incidentes étnicos. En la rueda de prensa, ambos manifestaron su voluntad de que no debía haber tregua a la delincuencia; "se ha de tener tolerancia cero", dijo expresamente Zapatero. Hacía solo cinco meses que el presidente español se había hecho acreedor de las peores críticas por parte de sus colegas europeos a causa de la irresponsable regularización masiva de inmigrantes iniciada en febrero y concluida en mayo, así que optó por justificar su postura. Explicó que la inmigración "no se trata de un fenómeno local", si no de "alcance europeo". Chirac añadió: "incluso mundial".

Las cifras indicaban una mejora, pero no la resolución del problema. El 12 de noviembre todavía, se quemaron 502 vehículos y resultaron detenidas 206 personas, al día siguiente las cifras se redujeron a 374 y 212 respectivamente. Lyon, Toulouse, Carpentras, Amiens y Grenoble, se veían todavía afectadas por los incidentes. Ese día disturbios de la misma naturaleza estallaron en Bélgica, Holanda y Grecia. En Bruselas ardieron 27 vehículos y en Liega uno de los alborotadores sufrió graves quemaduras graves al lanzar un cóctel molotov. Los incidentes de Atenas se concentraron en negocios de origen francés. El día 14 los disturbios seguían en Grenoble y Toulouse y se habían reproducido en Faches-Thumesnil y Halluin. En total ardieron esa noche 284 coches y 115 alborotadores fueron detenidos. Finalmente, el día 15, los incidentes remitieron sensiblemente. Se descendió a 215 vehículos quemados y 71 detenidos… casi las cifras habituales. En esta ocasión, los incidentes importantes se habían localizado en Bourges y Saint Chamond. Oficialmente la crisis había terminado. El balance final de los 19 días de crisis, había sido de 3.000 detenidos, de los cuales solamente 700 pasaron a la cárcel, casi 200 expulsados y 8700 vehículos carbonizados. Las autoridades esperaban que la aparición de los primeros fríos y las tormentas de nieve, disuadieran a los jóvenes de salir a la calle para promover nuevos incidentes.

La crisis se dio por concluida a mediados de noviembre, pero cuarenta y cinco días después se temió un nuevo repunte de los disturbios aprovechando la noche de fin de año. Desde hacía años, se había convertido en una odiosa tradición el que los jóvenes levantiscos de los suburbios incendiasen automóviles. Antes no se había dado excesiva importancia a estos acontecimientos, pero a mes y medio de la intifada, se temía que no fueran solo unos cientos, sino algunos miles de coches incendiados. Previendo lo que podía ocurrir en fin de año, el gobierno había decretado el “estado de emergencia” por tres meses, así pues esta situación debía concluir el 21 de febrero.

En realidad, la noche de fin de año era un indicativo para el gobierno de si los ánimos se habían calmado o no. Los puntos de referencia eran bastante claros: habitualmente, por increíble que parezca, las bandas de los suburbios queman una media de cien coches. Tal era el primer punto de referencia. El segundo lo constituían las cifras de coches quemados en las anteriores fiestas de Nochevieja. Por ejemplo, en la Nochevieja del 2004, ardieron 330, en las del 2003, 324 y en las del 2002, 379. Estas cifras no diferían mucho. Así pues, en Nochevieja resultaban incendiados entre 200 y 300 coches más que lo habitual cualquier otro día del año.

El gobierno francés se preparó para lo peor. Seis mil agentes suplementarios fueron movilizados esa noche. Se sometió a seguimiento los blogs conflictivos y los foros de discusión donde solían cruzarse mensajes los violentos. Finalmente las cifras de coches incendiados fueron superiores a otros años -425 calcinados totalmente- pero el aumento no fue espectacular y, desde luego, quedaba muy lejos de la media de 1000 siniestros que se había alcanzado en los incidentes de noviembre. Sin embargo, estos incidentes se habían producido en 267 municipios, mientras que el año anterior solamente habían estallado en la mitad. Así pues, las cifras podían interpretarse viendo la botella medio llena o medio vacía. Sea como fuere lo más dramático es que cuando amaneció el 1 de enero de 2006, Francia había concluido el año anterior con 40.000 vehículos calcinados a causa de la violencia de las bandas magrebíes y subsaharianas.

(c) Ernesto Milá Rodríguez - infokrisis - infokrisis@yahoo.es 11.05.06

El Islam contra Europa (II) Argelinos en Francia (1ª Parte) La revuelta del Rap

El Islam contra Europa (II) Argelinos en Francia (1ª Parte) La revuelta del Rap

Infokrisis.- El rap y el hip-hop han constituido la "banda sonora" que ha precedido y acompañado a la intifada francesa que estalló en el otoño de 2005. Dentro de la serie "El Islam contra Europa" vamos a dedicar unas cuantas entregas a valorar la magnitud de aquellos incidentes que hoy parecen olvidados, a pesar de que apenas han pasado de ellos algo más de medio año. 

 

Hasta ahora el rap era una música particularmente molesta para algunos, con letras procaces y frecuentemente estúpidas, mientras que otros la tenían como  la compañía más querida para sus oídos; pero, solamente a partir de la “intifada” de otoño, pareció haberse elevado de rango y convertirse en el “motor intelectual” de la revuelta. Como, por otra parte, era de prever…

Miente quien diga que la violencia instigada por el rap es meramente coyuntural y reactiva, También en él existe un “proyecto de futuro” y una intención de “construir la historia”. Por ejemplo, una de las canciones incluidas en el álbum “Tous ensemble” de IV my people” dice: “Espero que hayas captado la idea: todos juntos, todos juntos; esta vez no habrá un Carlos Martel”. La inmensa mayoría de los participantes en la intifada francesa, jóvenes menores de veinte años y la mayoría de entre 13 y 18, lo ignoraban todo sobre la historia de Francia, pero seguramente sabían que Carlos Martel derrotó a la musulmanes en Poitiers. La letra encarna, por tanto, en el espíritu de la revuelta, un proyecto de futuro: los adolescentes magrebíes y subsaharianos quieren “derrotar a Francia” y a todo lo que representa. Tal es su objetivo final. Francia, a todo esto, responde al desafío del odio con un nuevo esfuerzo de integración y, sobre todo, subsidios.

La intifada de otoño es la revuelta de lo irracional: ni reivindicaciones razonables, ni doctrina revolucionaria, ni conciencia política o social, ni programa, ni objetivos; tan sólo “tácticas” (quema de coches, incendios, saqueos, destrozo del mobiliario urbano y linchamientos), Un “kale borroka” a estaca del Estado francés. Vanamente buscaríamos algo consistente en la intifada que, a primera vista, no es sino una sucesión masiva de actos de puro gamberrismo. Pero es mucho más. Es la revuelta del Rap. La falta de doctrina revolucionaria y de reivindicaciones, se sustituye con el mensaje de odio encarnado por los conjuntos raperos y dirigido hacia los fracasados de arrabal, magrebíes y subsaharianos. La relación del Rap con la revuelta es reconocida por Sako, líder del grupo “Les Chiens de Paille” (Los Perros de Paja) quien dijo en una entrevista realizada durante las jornadas más duras de la intifada:Si el ministro Sarkozy hubiera escuchado rap seguramente lo que ha sucedido en Francia no habría pasado. Estaba todo escrito ahí". Y decía la verdad.

“Monsieur R”, por su parte, uno de los grupos más conocidos y deleznables del panorama rapero francés, canta esta letra: “Francia es una furcia; no pares de tirártela hasta dejarla agotada”. El nombre de otro conjunto es todo un programa: “Nique ta mére”, cuya traducción más aproximada es “Jode a tu madre”. Uno de sus álbumes se titula “Paris bajo las bombas”, casi un anticipo compuesto hace 10 años. El grupo, fundado en 1994, abandonó pronto los arrabales -sus integrantes tuvieron un efímero éxito y ganaron mucho dinero- aunque su producción musical siguió estando dedicada a los jóvenes marginales. La letra de una de sus canciones –“Plus jamais ça”, más o menos, “nunca más esto”- decía así: “La juventud ha de llegar a tiempo a la cita fijada / En efecto: para mearse sobre la bandera tricolor, / El puto estandarte del partido de los cerdos. / ¿Soy muy hardcore? / ¡Pero si me gustaría verles a todos muertos! / Sueño a veces verles como víctimas, mártires en un film gore...”. Por su parte, “Smala” canta: “Guerra racial, guerra fatal, ojo por ojo, diente por diente, organización radical, por todos los medios tenemos que tirarnos a sus madres francesas, eres tú quien pierdes” y “Lunatic”, finalmente, sostiene en su rap: “Cuando veo a Francia abierta de piernas le doy por culo sin aceite”. Lo dicho, todo un programa. Y no habría ninguna dificultad en encontrar letras de los grupos “113”, “Ministèrre AMER”, “Fabe” y “Salif”, como mínimo tan ofensivas como estas para Francia, los franceses, la cultura en general y el sentido común.

No es raro que al concluir la intifada, un grupo de 153 diputados y 49 senadores franceses solicitase medidas para prohibir la difusión de letras que promovieran el “racismo anti-blanco y el odio a Francia”. Pero ya era tarde. Le Pen y el Front Nacional venían advirtiendo desde hacía quince años sobre este tipo de excesos, sin embargo, los guardianes de la ortodoxia republicana y, en especial, el muy progresista “Movimiento contra el Racismo, el Antisemitismo y por la Paz” (MRAP), solamente contemplaba y denunciaba la existencia de un racismo fascista de extrema-derecha que regularmente denunciaba a la menor muestra, real o supuesta. El diputado de Francois Grosdidier, promotor de la iniciativa anti-rap explicó: “El mensaje de violencia de estos raperos recibido por jóvenes desarraigados, sin cultura, puede legitimar para ellos la incivilidad, o lo que es peor, el terrorismo”, y el también diputado Daniel March, añadió “los ataques a la dignidad de Francia no pueden esconderse detrás de la libertad de expresión”. Pero estas medidas llegaban tarde, demasiado tarde. Hace quince años, cuando empezó el fenómeno, todavía podían albergarse esperanzas sobre las posibilidades de su erradicación, pero no, desde luego, hoy, cuando el rap es la música preferida por la inmensa mayoría de los jóvenes magrebíes y subsaharianos de la “banlieu”. El rap está identificado con su revuelta; más aún, el rap es el” motor idoelógico” de su revuelta en tanto que es la forma subcultural que ha encarnado el odio y la frustración contra Francia y los ciudadanos blancos de Francia.

El ministro de Justicia francés vio la luz y percibió la importancia de encontrar un chivo expiatorio que, por lo demás, no era completamente inocente. Tenía razón en señalar con el dedo acusador a los raperos como instigadores del odio racial y la violencia étnica, pero, a decir verdad, todo este entramado de conjuntos de infame calidad musical y provisto de letras extremadamente toscas y brutales, era solamente el epifenómeno que evidenciaba la existencia de causas más profundas. El epifenómeno se muestra en el centro de la superficie afectada por un terremoto, pero no es ahí donde se ha originado, sino en las profundidades de la tierra. Allí está su causa originaria. Pues bien, señalando a los grupos rap –en lugar de situarlos en su verdadero nivel de responsabilidad- se lograba la coartada perfecta, al mismo tiempo que se eludía reconocer a los verdaderos orígenes del problema. Porque la intifada de otoño fue el producto directo del fracaso de la política francesa de integración de los inmigrantes. Así pues, el Ministro de Justicia dio instrucciones al Procurador General de París para abrir una investigación sobre los grupos sospechosos de promover el racismo y el odio inter-étnico. No le iba a ser difícil encontrar letras de contenidos racistas y violentos, pero todo esto llegaba ya demasiado tarde. 

Hacía 10 años, en 1995, que esas letras corrían por los suburbios y desde hacía 10 años, amplios contingentes de adolescentes magrebíes y subsaharianos iban permanentemente –incluso en el interior de las clases docentes– con los auriculares de los Walkman encajados en los oídos no oyendo más música que esta. Las buenas intenciones del Ministro de Justicia o de los 200 diputados y senadores, llegaba con diez años de retraso. Desde 1995, los raperos como Joel Starr difundían mensajes como este entre los adolescentes de los suburbios: "¿Cuánto tiempo más va a durar esto? Hace ya muchos años que todo hubiera debido explotar. / La guerra de los mundos la habéis querido, aquí la tenéis. / ¿Qué esperamos para incendiarlo todo? / ¿Dónde están nuestros modelos? De toda una juventud quemasteis las alas / sin sueños, se agota la savia de la esperanza". Era todo un programa de violencia civil que nadie atendió, salvo Le Pen y su Front National o los intelectuales de la Nouvelle Droite.

En efecto, en 1996, a poco del primer sarpullido de grupos raperos suburbiales, Guillaume Faye, uno de los intelectuales surgidos del entorno de la Nueva Derecha francesa, publicaba su obra “Arqueofuturismo” en donde ya advertía sobre los riesgos de contemplar el rap como una muestra inofensiva de “cultura popular”. Decía Faye: La cultura de los “jóvenes nacidos de la inmigración” que se benefician de la admiración de los mass-media, conquistando un espacio social cada vez más importante, encierra algunos valores perfectamente antidemocráticos. La “cultura beur-black” y el comportamiento de sus miembros, amplificados por la propaganda de las letras de fragmentos de rap, difunden actitudes y estados de espíritu totalmente opuestos a las convicciones de las elites “políticamente correctas” que los apoyan: machismo, clanismo, tribalismo agresividad, visión racial de la sociedad, espíritu de ghetto, desprecio por la mujer, culto al jefe de la banda, valorización de la violencia primaria, rechazo de toda responsabilidad social, apología de la violencia de grupo, desprecio total por “Francia” o por la “nación”, etc. La nueva “cultura de las ciudades periféricas” difunde entre la juventud –es decir, entre las generaciones futuras valores sociales antitéticos de los de la famosa “República”. Pensar que será posible, mediante la “educación” y la “persuasión”, transformar en “ciudadanos responsables” a los jóvenes portadores de estos tipos de mentalidad, es una vez más creer en los milagros, una enfermedad senil de la ideología occidental. Es paradójico que los “demócratas” apoyen y excusen esta emergencia de un primitivismo social. Este tipo de ilusiones siempre es el hecho de las ideologías hegemónicas, las cuales, demasiado seguras de ellas mismas, ya no son capaces de analizar la realidad”.

Los “investigadores sociales” suelen explicar que el rap es la forma de protesta que tienen los jóvenes “olvidados, frustrados, abandonados por un sistema que no les da soluciones”. Llegado a Europa a mediados de los años ochenta, su origen hay que buscarlo en las canciones de los negros de Brooklyn y Harlem, compuestos en los “square” y en sus canchas urbanas de baloncesto. A pesar de su escasa calidad y de su baja gama tonal, los intelectuales progresistas siempre dispuestos a elaborar nuevas teorías sociológicas, lo presentaron como la forma de expresión propia de los barrios deprimidos. Tanto el Rap como el hip-hop serían muestras de cultura urbana cargado de mensajes de frustración. Pero, prosiguen nuestros intelectuales, el culpable de la irrupción de la violencia no es el Rap, sino el “sistema”. A los raperos les gusta esta coartada que les exime de cualquier responsabilidad y tiende a victimizarlos. Sako, uno de los raperos franceses de pro dice: "No es el hip-hop el culpable, sino el abandono de toda una parte de la sociedad por un Estado, denunciado por mí y por otros en forma de rap hace mucho tiempo”. Pero el “sistema” es algo excesivamente general. No es un “sistema” abstracto e indefinido el culpable de la violencia urbana, sino ¡el fracaso de las políticas de inmigración! El sistema es la Seguridad Social, el sistema educativo, el sistema policial y penal, tanto como la infraestructura de carreteras, de ocio o los mercados de abastos… Las políticas de inmigración no son “el sistema”, sino una parte del mismo, en el que su eficacia viene dada por la interacción entre los promotores de esas políticas y los receptores de las mismas. Ahora bien, si las medidas adoptadas por los primeros ignoran la realidad étnica, cultural y antropológica de la inmigración, y si los segundos se obstinan en victimizarse antes que en realizar un esfuerzo de integración, esas políticas están condenadas al fracaso. Tal es lo que se ha evidenciado en la intifada de otoño. Además, hay algo que se escapa a los intelectuales “progresistas” y a los ideólogos de las políticas integración republicanas.

La clase obrera europea está, como mínimo, tan deprimida y castigada como la inmigrante, especialmente, los jóvenes “blancos y pobres”, en busca de un primer empleo. Las reiteradas campañas de las ONG’s de solidaridad con los inmigrantes, suelen olvidar que no solamente hay pobres entre la inmigración, sino también –y quizás mucho más en número– entre los franceses. En Francia se está llegando a una situación similar a la que se alcanzó en EEUU desde principios de los años ochenta. El drama no es pertenecer a una minoría étnica. Todas las minorías étnicas –y especialmente los afroamericanos- reciben sustanciosas subvenciones y entran incluidas en ambiciosos programas sociales diseñados especialmente para ellos. Además, las empresas ofrecen incentivos si contratan a jóvenes, a mayores de 45 años o a mujeres. El verdadero “drama americano” consiste en ser blanco, varón, pobre, de entre 30 y 50 años. Para éste grupo social no existen programas de ayudas, ni dotaciones presupuestarias. Otro tanto empieza a ocurrir en Europa. En la UE, junto a los escaparates de consumo mejor dotados, también existen bolsas de pobreza autóctonas. Sin embargo –y esto es lo importante– estas bolsas no tienen periódicos estallidos de cólera. Nunca ha existido nada parecido a la intifada de otoño, protagonizado por jóvenes parados de origen francés, subcontratados, skins o por clochards. Por otra parte, a las mismas condiciones de precariedad laboral y pobreza, no corresponden, sin embargo, las mismas tasas de delincuencia entre la comunidad francesa y la inmigrante. Y esto es lo que los intelectuales progresistas deberían explicar: ¿por qué los jóvenes inmigrantes, o bien hijos y nietos de inmigrantes, expresan su odio de manera tan violenta, mientras que los autóctonos no responden de la misma manera?

El Rap es la exteriorización del fracaso de estas políticas de integración y del nulo esfuerzo de integración de sus receptores. Sus letras expresan las sensaciones presentes en los suburbios: odio social, hostilidad étnica, resentimiento, incomprensión hacia todo lo que representa esfuerzo, falta de competitividad, etc. Ni una sola letra de rap es constructiva y evidencia una voluntad mínima de integración. Si tenemos en cuenta que el Rap es el único “producto cultural” consumido en los suburbios por la inmensa mayoría de la juventud magrebí y subsahariana, no es raro que retroalimente su odio y deseo de revancha.

 

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 11.05.06

 

La Sagrada Tierra de Europa (II). París: la ciudad de Isis y de los Nautas

La Sagrada Tierra de Europa (II). París: la ciudad de Isis y de los Nautas

Infokrisis.- Hemos pasado una parte de nuestra propia vida en París, tanto en la clandestinidad como en la normalidad, así que podemos hablar con conocimiento de causa sobre esta ciudad que todavía hoy ejerce para nosotros una atracción particular. En el artículo siguiente ofrecemos algunas pinceladas sobre la Historia de París y unas cuantas "rutas mágicas" que el visitante podrá recorrer. Esperamos que nuestros lectores puedan recorrerlas experimentando la misma satisfacción que nos produjeron a nosotros. 

 

París a través de los siglos

            Cincuenta y tres años antes de Cristo, las legiones romanas llegaron a un meandro del Sena. A una orilla del río les miraban cuatro colinas, Passy, Chaillot, Montmartre y Belleville, que han dado lugar a cuatro conocidos barrios del París actual. En la otra orilla divisaron la quinta colina, hoy llamada Montaña de Sainte Genevieve. En el centro de la corriente, unas cuantas islas albergaban un lugar de culto druídico. Las inmediaciones estaban habitadas por una tribu de origen celta, los Parisii, que formaban una extraña corporación iniciática de navegantes cuyos barcos recorrían el Sena, pero también el Loira y el Garona. La fortaleza de los Parisii, situada en la colina de Sainte Geneviene, se llamaba entonces, las Arenas de Lutecia. Lutecia ha quedado grabado en la historia como el primer nombre de París. Tras una batalla en el llano de Grenelle (hoy famoso barrio parisino), el caudillo galo Camulogène fue derrotado; entonces Roma inició la construcción de la ciudad que hoy se llamará París, una de las ciudades más mágicas del mundo.

            Cada ciclo histórico tiene una ciudad señera. El ciclo actual, desde la Alta Edad Media, tiene a París como centro de Europa. Carlomagno abrió el nuevo ciclo. La Roma Imperial fue sustituida por el nuevo poder cuya sede estaba en París. A partir de entonces la Ciudad de la Luz ha sido capital política de Europa, residencia de las vanguardias culturales y foco de difusión de las más variadas corrientes esotéricas, ocultistas y mágicas.     

            Aquel pequeño villorrio que encontraron los legionarios de César y que fortificaron, es hoy, en las puertas del siglo XXI una ciudad cuyos aspectos mágicos siguen presentes. No en vano, la renovación mágica de París se ha producido en los años ochenta con un Presidente, aparentemente alejado de las conventículos esotéricos y ocultistas, como Mitterand. Y sin embargo, como veremos, Mitterand se ha situado en la tradición de los constructores del París Mágico.

BREVE HISTORIA DE PARIS

1. El París Romano y Pagano

            A partir de la presencia romana, París se fue extendiendo desde la actual Montaña de Sainte Genevieve a lo que hoy es el Barrio Latino (la orilla izquierda del Sena). París, en esa época, no dejará presagiar su gloria futura. Lyon (un lugar de culto al dios Lug) será la capital y Sens, el centro administrativo. París se extenderá hacia el Sur, a través de la Vía Apia. En la actual rue de la Tombe-Issoire, se encontrará uno de los cementerios romanos. El teatro se construirá en el actual emplazamiento de Liceo Saint-Louis, en el barrio de Saint Germain  las termas en la rue Cluny, no lejos de allí. El templo estará en el conocido boulevard Saint Michel. En el siglo II, bajo el mando de Marco Aurelio, la ciudad alcanzó su apogeo: 20.000 habitantes abigarrados en torno a los muelles de la orilla izquierda y más al sur, villas romanas de descanso y un complejo de servicios, acueductos, termas, lugares de ocio y diversión. De todo esto hoy no quedan más que unos pocos capiteles y muros derruidos y mudos. En el 280 los bárbaros arrasaron este emporio de ocio que había olvidado la función principal con la que fue creado el fuerte de Lutecia: la vigilancia del llano del Marne.

            La administración imperial envió a un glorioso general que luego daría que hablar en sus breves años de emperador: Juliano, conocido como el Apóstata. Provisto de una notable cultura filosófica, iniciado en los Misterios de Mitra y ardiente defensor del paganismo, Juliano se procuró de estudiar los textos cristianos; "Leí, estudié, comprendí", escribió tras renunciar al cristianismo, mientras sus legionarios construían el primero de los seis recintos amurallados que llegaría a tener la ciudad. Juliano estableció su palacio de gobierno en la Cité, donde hoy se encuentra el Palacio de Justicia, frente a Notre Dame. Juliano es, pues, el primer gran constructor de París.

2. París cristianizado

             Los primeros cristianos celebraban sus misterios en las faldas de la Montaña de Sainte Genevieve. Esta, junto con San Dionisio (Saint Dennis) son los dos patrones de París. En recuerdo del martirio del segundo se construirá una iglesia en Montmartre de la que hoy no quedan restos. La primera basílica cristiana de París, la de Saint Marcel, estuvo situada en el barrio actual de Gobelins, en el centro de un cementerio hoy inexistente.

            El primero de los reyes merovingios, Clovis dió a París por primera vez en su historia, el título de capital. Bajo su mando, el templo pagano de Sainte Genevieve se convirtió en basílica de San Pedro y San Pablo. Un siglo después, el lugar central de culto cristiano ya se había desplazado a la isla de la Cité, donde los romanos encontraron un templo druídico. Parece que allí existió un menhir, que algunas crónicas llamar "Pilón de los Nautas". Hasta principios del siglo XIII en que se construyó Notre Dame de París, el mismo emplazamiento había visto alzarse, sucesivos templos que respondían a los estilos de las distintas épocas: paleocristiano, merovingio, románico y, finalmente, el gótico que conocemos.

3. París en el año 1000

            La pujanza de París, derivada de su favorable situación geográfica, hizo que florecieron templos y parroquias que frecuentemente compitieran en cuanto a la calidad de sus respectivas construcciones. La parroquia de Saint Germain -que aun existe- fue la más pujante en torno al año 1000. En torno a las parroquias se concentraba la vida comercial de cada barrio. Pero los terrores del año 1000 no fueron teóricos: París sufrió saqueos, invasiones normandas y vikingas, guerras civiles, conflictos feudales. En el siglo XI, la ciudad estaba postrada. Fue entonces cuando subió al poder la dinastía de los Capetos.

            Se dice de los capetos remontaban su sangre a la dinastía de David. Hasta Luis XVI -último rey coronado- los reyes de Francia curaban por imposición de manos; incluso el desgraciado Príncipe de Viana, de ascendencia francesa por parte de madre, era tenido en Barcelona como rey taumaturgo. La historia ha conservado documentación objetiva sobre la capacidad de Luis XVI para curar las migrañas.

4. El Temple y el París gótico

            Felipe-Augusto fue, con Juliano y Clovis, el gran impulsor de París. Los trabajos que emprendió en la capital francesa han contribuido, en parte, a darle su aspecto actual. Felipe Augusto se vio auxiliado por el Abad Suger de Saint Dennis (hoy en la banlieu París), verdadero creador del Arte Gótico. En esa época se construyó el segundo gran cinturón amurallado de París que extendía la ciudad hasta la orilla derecha, en la zona que hoy se llama el Marais; se construyó también el fuerte del Louvre y se fundó la primera universidad. De esa época data el gran mercado de Les Halles y la construcción del Petit Chatelet, convertida luego en prisión de Estado.

            Pero la obra más importante fue el templo de Notre Dame. Estamos a principios del siglo XIII. París es en aquella época una gigantesca cantera. Buena parte de estas obras se debe al impulso del templarismo. Las cruzadas hace un siglo que han comenzado. La pujanza del Temple se hizo patente en la capital. Las hermandades de constructores y los maestros de obras, las cofradías secretas de alquimistas, los monjes guerreros, los filósofos y científicos venidos de toda la cristiandad, fueron a coincidir en el mejor período de la humanidad medieval, sobre este trozo de tierra gala.

            A pocas décadas de distancia, San Luis, rey de Francia, abordó la construcción de la Saint Chapelle, un gigantesco relicario que debía de servir para albergar las Santas Reliquias confiadas al Rey Cruzado por el Emperador Balduino de Constantinopla. Se ignora el nombre del maestro de obras que la edificó. En el período de San Luis, Robert de Sorbon, su capellán, recogió a "16 pobres maestros en artes" en un edificio de la calle Coupe-Gueule, frente al palacio de Thermes. Este fue el origen de universidad de La Sorbona.

            Los templarios poseían 130 Hectáreas en el término municipal del París actual. Eran, desde luego, la primera empresa inmobiliaria de la ciudad. Sus monjes-guerreros cultivaban aquella tierra -la mayoría situada en el barrio del Marais, en la orilla derecha del Sena- entre Saint Gervais y la colina de Belleville. En una zona situada al sur construyeron su fortaleza, que fue casa central de la Orden, la Torre del Temple, no muy lejos se construyó el fuerte de la Bastilla. Allí mismo serían detenidos Jacques de Molay y los dirigentes de la orden en 1307... Siete años después fueron quemados en un islote del Sena, próximo al ábside de Notre Dame. La historia de París proseguiría sin ellos, pero las torres de Notre-Dame jamás se terminaron. Fue la protesta de los canteros medievales por la ejecución de quienes tanto les habían ayudado.

5. Hacia su aspecto actual

            Hacia el siglo XV, después de sufrir unos años de ocupación inglesa, París experimenta un nuevo crecimiento y ve alzarse monumentos góticos que han llegado hasta nosotros: las iglesias de Saint Severin, Saint Nicolás des Champs, Saint Germain Auxerrois, Saint Laurent, Saint Medard, el claustro de las Billetes y el refectorio de los Cordeleros. Se trata de lugares góticos sensiblemente diferentes a los construidos bajo la inspiración directa del abad Suger y de sus continuadores. El nuevo gótico es más recargado, la ornamentación domina sobre la línea vertical. El nuevo estilo -flamígero- no gusta excesivamente a los parisinos que, antes que gozarlo, lo sufren. También los valores han cambiado: el mundo, poco a poco, se ha vuelto antropocéntrico; estamos en los albores del Renacimiento. Ya no se trata tanto de crear instrumentos de elevación del hombre hacia la Divinidad (el gótico austero tradicional), sino de satisfacer los gustos sofisticados y las necesidades de la nueva clase emergente: la burguesía. París, cubre el vacío templario, adquiriendo un nuevo color, el del comercio y la industria. En 50 años, entre el reinado de Luis XI y Francisco I, París cambia de aspecto, mientras en la Sorbona bullen ideas nuevas.

            Francisco I -derrotado en Pavía por Carlos I, Emperador de Europa- era un hombre cultivado abierto a las ideas renacentistas. Promulgó ordenanzas sobre la pavimentación y alcantarillado de París; iniciará la construcción del cuarto cinturón defensivo de la ciudad. Reconstruirá algunos puentes del Sena y facilitará el contacto entre ambas orillas. Reformará el Hotel Carnavalet y el Louvre que seguirá siendo un fuerte, pero en sus alrededores se construirá un barrio. El rey adquirió un huerto próximo que había pertenecido al gremio de tejedores. Ese huerto fue transformado en un suntuoso jardín cien años después y aun se conoce como Las Tullerías (de Tuiliers = tejedores). París en ese momento se extiende a lo largo de 439 Ha., tiene 500 calles y 10.000 fuegos, o si se quiere, 400.000 habitantes. Las Iglesias de Saint Merry, Saint Eusteche y la famosa de Saint Gervais, son de esa época. Pero junto a los templos, proliferan las construcciones civiles: el College de France, el hospital de Enfants-Rouges, etc.

            Al morir Francisco I, estallan las guerras de religión que degeneran en Francia en una verdadera y prolongada guerra civil. La ciudad es incendiada y, por primera vez, se producen violentos incidentes entre facciones rivales en las calles de París. Por primera vez se elevan barricadas y se combate desde las ventanas.        Catalina de Medicis es, a continuación y durante unos años, la gran reina de París. Supersticiosa e imbuida de concepciones mágicas como los otros Medicis, un astrólogo le pronosticó que moriría "cerca de Saint Germain"; juzgando que el Louvre estaba demasiado próximo a la iglesia de la "orilla izquierda", Catalina se instaló en Soissons, en las proximidades de la actual Bolsa del Comercio. Allí instaló su gabinete de astrología del que solamente que una curiosa columna dórica.

            Tras el contingente italiano que acompaña a Catalina de Médicis y que se instalará en las inmediaciones del barrio hoy conocido como Place des Italiens en el Sur de París y en el Boulevard des Italiens en las proximidades de la Opera, es coronado Enrique IV. A él se debe la construcción del Pont Neuf bajo el que todavía circulan los bateau-môuches. En este período París sufre un nuevo estirón. Cuando Enrique IV es coronado a principios del siglo XVI, París parece el santuario de la miseria. Es insalubre y oscuro. El rey abordará reformas en profundidad. Las calles de la "orilla izquierda" eran hasta entonces estrechas, tortuosas y sórdidas. Gracias a él París empieza a ser la ciudad luminosa, ordenada y limpia que ha sido hasta hace poco. En aquella época París no conocía plazas; todo era un continuum de calles más o menos angostas. Enrique IV pone de moda las plazas, habitualmente con una estatua en el centro, en ocasiones con una fuente, muy a menudo aparecen grandes edificios bajo cuyos soportales se agrupan comerciantes y mercaderes. El paradigma de este período es la Place Royal que todavía puede visitarse. Bajo este reinado se termina también el actual Ayuntamiento de la ciudad. El estilo ya no es gótico, sino una imitación, de los modos clásicos, a menudo grosera y sin otro arte que el de los copistas. En sus 14 años de gobierno, Enrique IV cambió París.

6. Capital de las sociedades secretas

            De mediados del XVII a fines del XVIII, la monarquía vive su período de mayor fortuna, pero también, tras la muerte de Luis XV, se presagia lo peor: "Después de mí el diluvio". El diluvio llegó cuando el Louvre empezaba a cobrar su actual fisonomía y se habían construido buena parte de las calles que hoy conocemos y por las que podemos transitar: la rue Rivoli, bordeando el palacio del Louvre, la rue Saint Honoré, un poco más al interior, la lujosa Place Vendôme, lugar de la judería acomodada. Dos pequeños islotes situados tras el ábside de Notre Dame se unirán con escombros y urbanizándose en pocos años: la isla de Saint Louis. El estilo de la época es el neoclásico: aparecen nuevas y atrevidas cúpulas inspiradas en las antigüedades romanas. Algunas iglesias como Saint Gervais son modificadas en sus fachadas y al gótico tardío se superponen nuevas formas. El pastiche es, frecuentemente, lamentable. El Marais, entre tanto, está olvidado. Y sin embargo allí es donde va a desarrollarse uno de los dramas que sellarán la caída del antiguo régimen.

            En efecto, encarcelados tras su intento de fuga una vez iniciada la Revolución Francesa, la familia Real -Luis XVI, María Antonieta y sus dos hijos- son encarcelados en la fortaleza de los templarios constituida en prisión del Estado. El antiguo régimen hábía utilizado la vecina fortaleza de La Bastilla para presos políticos. Allí estuvo encarcelado el Marqués de Sade, período que aprovechó para escribir algunos de sus más atrevidas novelas.

            Cuando todo esto ocurre, París es un hervidero de conspiraciones. La masonería ha prendido pronto en la ciudad de la luz. Dos obediencias rivales se disputan la primacía y el reconocimiento de la Gran Logia de Inglaterra. Hasta poco antes de la revolución, se han refugiado en el interior de las logias, miembros de otras corrientes místicas: los discípulos de Martínez de Pasqually y los del "filósofo desconocido", Louis Claude de Saint Martin, situados en la órbita de un confuso misticismo cabalistico; junto a ellos han aparecido nuevas sectas. La más pujante es la de Franz Anton Messmer, cuyos experimentos sobre "magnetismo animal" han hecho furor. Delisle de Sales, que terminará casándose con la hija de nuestro Domingo Badía, alias "Alí Bey", encabezará un conventículo pitagórico del que surgirán ocultistas de la talla de Fabre d'Olivet. Messmer se instalará en la Place Vendôme y desde allí realizará sus curaciones milagrosas. Los Iluminados de Baviera han clavado allí sus siniestras garras. El abate Barruel, dos años después de que Luis XVI pasara por la guillotina, ya achacaba a la secta la paternidad de la revolución francesa.

7. La reconstrucción gótica de París: de Viollet a Fulcanelli

            Cuando Messmer inventa el "magnetismo animal", el siglo XIX acaba de inaugurarse. Cien años después, París se ha convertido en la capital indiscutible del ocultismo occidental. Pero será a costa de muchas desgracias. La revolución de 1789 fue una masacre, no solo de personas, sino de monumentos. Los estratos más virulentos -los comunistas de Hebert y los seguidores de Marat- destruyeron lo esencial del gótico parisino. Y no solo eso, sino que lograron que la ideología dominante, la burguesa, considerara el arte gótico como "arte bárbaro". La revolución no solo destruyó el fuerte del Temple y la Bastilla; tras la revolución, Notre Dame de París, Saint Denis, Saint Jean de la Boucherie y demás templos góticos, amenazaban ruina. Debió llegar un hombre providencial para que estos monumentos, legados por la antigüedad medieval, llegaran hasta nuestros días. Este hombre fue Emmanuel Viollet le Duc. Gracias a él y a la obra de Víctor Hugo, "El jorobado de París", se generó una opinión pública favorable para la reconstrucción de los monumentos arruinados con la revolución. Si Hugo fue el responsable intelectual de la renovación, Viollet, fue el director técnico de los trabajos. Nombrado Conservador de los Monumentos de Francia, acometió la incesante tarea de llegar allí donde los revolucionarios habían clavado su pica. De Chartres pasó a París, de París a la ciudadela de Carcasona, de Carcasona a Bourges y a Amiens, a Arras, a Toulousse y, Beauvais, la catedral gótica más alta de todo el orbe: 42 metros desde el suelo a las claves de bóveda. A partir de 1870, fecha en que se produjo la sublevación de La Comuna, Violet fue ayudado por un joven oficial de ingenieros que daría que hablar en los años siguientes. Violet supo infundir a este joven el amor por el arte gótico y la paciencia para desvelar su lenguaje secreto. Este oficial, escribió luego dos obras capitales en la alquimia occidental, que firmó con el seudónimo de "Fulcanelli".

            Tras Napoleón, París se extendió como una flecha desde el Louvre hasta L'Etoile, pasando por el Arco del Carrillón. Un monolito egipcio traído en la campaña de Napoleón marca el lugar en el que este eje se cruza con otro perpendicular: el que une la iglesia neo-clásica de La Madeleine con el edificio de la Asamblea Nacional. Es la plaza de la Concordia. A lo largo de esta zona son reconocibles las hazañas de los "napoleónidas", los nombres de cuyas batallas están inscritas en los muros que sostienen el arco de L'Etoile y, las más gloriosas, en torno a la tumba del Gran Corso bajo la cúpula de los Inválidos, hospital creado para atender a los numerosos heridos de las campañas.

            Su sucesor Luis Felipe y, posteriormente, Napoleón III -su mujer, Eugenia de Montijo, era espiritista convencida y ambos estuvieron siempre relacionados con círculos ocultistas de su tiempo- dieron a París un aspecto muy próximo al que conocemos en la actualidad. Distintas exposiciones internacionales sembraron París de nuevos monumentos de los que la Torre Eiffel es, sin duda, el mas significativo. Mientras, los Salones Rosacruces de Josephin Peladan y Stanislas de Guaita, las logias teosófistas y antroposóficas, los grupos satanistas y el esoterismo católico, florecieron por todos los barrios de París.

            El gran urbanista del siglo pasado fue Hausmann y, tras la Segunda Guerra Mundial, el arquitecto Le Corbussier, imprimió su sello en París en las nuevas construcciones universitarias. En tiempos más recientes, Pompidou remodeló la zona de Les Halles y Mitterand renovó el eje central de París con construcciones masónicas.

            De los nautas de ayer solo quedan los "bateau-mouches", lo cual no es poco, gracias a ellos podemos recorrer en poco más de dos horas lo esencial del París monumental.

 

ITINERARIOS MAGICOS

EL BLASON MAGICO DE PARIS

            Se han dado dos interpretaciones al nombre de París y, probablemente, las dos sean válidas. De un lado una corporación de bateleros fluviales llevaría ese nombre. De otro París sería una contracción de "Par Isis", por Isis, la diosa negra del Nilo, cuyo culto expandieron las legiones romanas hasta las fronteras del Imperio. En cualquiera de los dos casos, el escudo de París no deja de tener un evidente significado simbólico.

            Dicho escudo escudo puede verse en varias zonas de la capital, está formado por un barco cuyo casco, navegando sobre las aguas, tiene la forma de un creciente lunar. La vela del barco, por el contrario, tiene el aspecto de un triángulo invertido. Así el escudo de París es una reiteración de su etimología: si bien alude a los bateleros, nos dice muy claramente cual era la diosa tutelar de los parisinos de antaño: una diosa femenina (el símbolo del creciente lunar, la vela en forma de triángulo invertido, símbolo del agua y de la mujer y, finalmente, las aguas turbulentas, reiteración del símbolo femenino). París es, pues, una ciudad, puesta por sus antepasados bajo la advocación de la Gran Diosa Negra, Isis, transformada desde el siglo XII en forma de Virgen Negra. La cripta en la cual se le rendía culto está hoy abierta en el subsuelo situado en la Isla de la Cité, frente a Notre Dame.

LA RUTA DE NICOLAS FLAMEL

            Hubo un hombre llamado Nicolás Flamel. Su historia es la de una peregrinación. Vivió en el siglo XIV no lejos del actual Centro Pompidou. Hoy todavía algunos lugares y calles recuerdan su portentosa historia.

            Flamel nació a mediados del siglo XIV en Pontoise, hoy situado en la "banlieu" de París. Trabajó como escribiente y se instaló en las proximidades del cementerio de los Santos Inocentes. Luego se trasladó a las inmediaciones de Saint-Jacques de la Boucherie. Allí existía una gran iglesia gótica que rivalizaba en magnificencia con la no muy lejana Notre Dame. Saint-Jacques estaba situada cerca del Chatelet. Disturbios e incendios en el siglo XIX terminaron con esta iglesia monumental cuyo pórtico principal esta ornado con relieves herméticos que los alquimistas de todo el mundo venían a consultar. Los peregrinos franceses que se desplazaban a Compostela, solían concentrarse bajo sus naves. Hoy de esta iglesia solamente queda la Torre de Saint Jacques, último testigo de su grandeza.

            Tras perseguir inútilmente la fabricación de la piedra filosofal, Flamel abandonó a su mujer Perrenelle y marchó a Santiago de Compostela. En el camino tuvo la revelación y de regreso, encendidos los hornos, la obtuvo en pocas semanas. A partir de ese momento se dedicó a realizar obras de caridad y a infestar París de construcciones asistenciales, albergues para peregrinos, hospitales, etc. A pesar de que la vida de Flamel y de su mujer están suficientemente documentados, se trata, evidentemente, de figuras simbólicas: el nombre de Flamel evoca fuego, Nicolás, derivaba del término griego que indica piedra; por lo demás, el nombre de su mujer Perrenelle, indica que la "piedra estaba en ella" (Perre, contracción de Pierre, piedra; elle, ella en francés).

            La casa donde vivió el alquimista se encontraba en el Barrio de Saint Jacques de la Boucherie, en la esquina de la rue des Ecrivains y la rue des Marivaux. El lugar es ocupado hoy por la plaza que rodea la Torre de Saint Jacques. En el siglo XVI, en recuerdo del alquimista, se dieron los nombres de rue Nicolás Flamel y de su esposa, rue Perrenelle, a dos calles de este mismo barrio, la correspondiente al alquimista desemboca sobre la Plaza de Saint Jacques.

            En el número 51 de la rue Montmorency existe todavía una de las casas construidas por Nicolás Flamel para albergar a estudiantes pobres. En la planta baja del edificio existe una taberna que lleva el nombre del alquimista. Del edificio original subsisten los sótanos abovedados.

            En el Museo de Cluny se encuentran algunas piezas interesantes relativas a la alquimia y al hermetismo. Algunas de llas relativas a Nicolás Flamel. En la escalera que conduce a la sala donde están expuestos los tapices llamados de "La Dama del Unicornio". Canseliet y su maestro Fulcanelli pusieron de manifiesto las connotaciones herméticas de este relato: el fantástico animal, concluyen, es el símbolo del Mercurio hermético. Pues bien, no lejos de la sala del Unicornio, en este museo se encuentra la placa funeraria de Nicolás Flamel entre otras cinco lápidas adosadas al muro. En la parte baja de la lápida, puede verse un cadáver en descomposición, mientras que en lo alto, una estrella de nueve puntas brilla; la primera y la última fase de la obra están así, esquemáticamente, representados. Una filacteria muestra la leyenda: "De la tierra soy y a la tierra volveré".

LA RUTA DE FULCANELLI Y DE LA ALQUIMIA

            Cuenta una tradición que el último de los alquimistas conocidos que obtuvieron la Piedra Filosofal atendía al seudónimo de Fulcanelli. Hay que distinguir entre el "Fulcanelli-persona" y el "Fulcanelli-colectivo". El primero fue un practicante de la alquimia que, al parecer, fabricó la Piedra Filosofal; el segundo fue un colectivo de estudiosos formado en torno a la Librairie du Marveilleux; formaban parte de este círculo: los hermanos Dujols, el ilustrador Champagne, el egiptólogo Schwaller de Lubicz y el oficial de ingenieros que respondía al seudónimo de Fulcanelli. Champagne y Fulcanelli tenían íntima amistad con grandes de la cultura y la ciencia francesas: Anatol France (que pintó el clima alquímico parisino en aquella época en su obra "L'hosterie de la regne Pedauque"), Pierre y Marie Curie (con quienes compartió conversaciones sobre la naturaleza del átomo y de la materia) y, sobre todo, con el constructor del Canal de Suez, Fernando de Lesseps (antiguo embajador francés en Barcelona, francmasón y, él mismo, amante de la alquimia). Se conserva la casa en la Avda. Montaigne, donde vivieron los Lesseps y donde Fulcanelli operó en el horno de fusión. El hijo de Lesseps, también llamado Fernando, montó un laboratorio en la rue Vernier donde trabajo Champagne. El grupo se reunía en los locales de la Livrairie du Marvellieux, propiedad de los hermanos Dujols, en el número 76, de la rue de Rennes.

            Otro de los lugares frecuentados por Fulcanelli en París era el 59 bis de la rue de Rochechouard, que todavía existe. Allí, su amigo y alumno, Jean Julien de Champagne, ilustrador de sus obras, tenía una "garçoniere" en el último piso. Canseliet, vivió durante una temporada en otra habitación próxima en el mismo edificio. Ambos, Canseliet y Champagne fueron en 1926 a visitar al editor Jean Schemit a su domicilio del 45 rue Lafitte, con el manuscrito de "El Misterio de las Catedrales" bajo el brazo. En un principio apenas se tiraron 300 ejemplares. En España, desde 1969 se han vendido más de 50.000 ejemplares...

            Estos lugares, en los que ninguna placa recuerda los pasos del alquimista, dicen bien poco sobre la vida y la obra del último alquimista. Sin embargo, sus obras estuvieron consagradas a estudiar las "moradas filosofales" (soportes físicos de verdades herméticas). Gracias a él hemos podido conocer muchos de estos lugares en París y en el territorio de Francia.

LOS LUGARES HERMETICOS DE PARIS

            Un cierto número de moradas parisinas, ostentan símbolos herméticos que muestran fehacientemente que sus constructores pertenecieron al clandestino "gremio" de alquimistas que se concentraron en París entre mediados del siglo XV hasta finales del XVII. Una de ellas es particularmente hermosa. Situada en la Rue Le Regrattier, una de las calles transversales de la Isla de Saint Louis.

            Esta casa fue construida hacia mediados del siglo XIX, pero en el ángulo que va a dar al Sena, se encuentra un resto del edificio anterior, construido en el XVII. Se trata de la llamada "estatua de la mujer sin cabeza", que sostiene un vaso en la mano y muestra la inscripción "todo es bueno". Canseliet, el discípulo de Fulcanelli, al comentar esta mansión comenta que la copa representa el "disolvente universal" que aparece en la Obra Filosofal tras la culminación de la primera fase de la Obra. Si en el plano físico, esta fase corresponde a la putrefacción de la materia prima gracias a la acción del disolvente, psicológicamente, esta fase implica, en el alquimista, el traspaso de la conciencia del cerebro al corazón; de ahí que la estatua esté decapitada, como otras muchas que aparecen en catedrales e iglesias góticas.

            Si, tras la putrefacción, la materia prima puede reavivarse, es decir, si en términos herméticos, el muerto puede resucitar, es por que existe en el núcleo de su persona algo que no ha muerto. La alquimia medieval generó la leyenda del "Arbol Seco"; Adán se llevó un esqueje del Arbol del Paraiso y lo plantó en Hebrón. La rama floreció, pero cuando Cristo murió, se secó y solo volverá a florecer cuando un Emperador venido de Occidente cante misa bajo sus ramas. En Avignon, Cahors y en la Catedral de Barcelona, existen representaciones de ese "árbol seco" que muestran algunas hojas en la base: el árbol está seco, pero no muerto, tiene vida latente y, por eso puede resucitar. Pues bien, en París existe la Calle del Arbol Seco situada ante el Louvre, perpendicular a rue de Rivoli, de la que, a partir de ahora, conocemos el motivo de su nombre enigmático. Allí se situaba desde el 1300 un albergue que acogía a los pelegrinos llegados de Tierra Santa.

            Tras la revitalización de la materia prima, aparece la segunda fase de la Obra Hermética, la Obra al Blanco. Dicen los alquimistas que en esta fase se unen los dos principios, el activo y el pasivo, la materia prima y el "primer agente", lo masculino y lo femenino. No es raro que esta fase se represente con el símbolo del "Rebis" (contracción de Rex-bis = Rey Doble) o Andrógino (símbolo de la unión de ambos sexos). En París existe una "morada filosofal" en el número 47 del Boulevard Pereire, justo en la esquina con la rue Monbel. En la entrada encontramos el bajorelieve de dos adolescentes entrelazados; se trata, evidentemente, de una representación del andrógino. Para que no haya dudas sobre su significado hermético, el edificio nos muestra también a dos dragones a un lado y a otro, un dragón alado. En la esquina de la rue Monbel, existe otra representación del dragón enroscado sobre una viña. Representan tres estados da la Operatoria Hermética: los dos principios que se anulan uno al otro, el principio volatil liberado y fijado finalmente en torno a la materia renovada (la viña fuente primaria del "agua de vida", el vino).

            Otros símbolos herméticos clásicos pueden verse en la fuente de Vertbois (Vert bois = madera verde). Construida en 1633 por los benedictinos de Saint Martin des Champs, fue desplazada de su lugar originario y se encuentra hoy en la esquina de la rue du Vertbois con la rue de Saint Martin. La fuente muestra un navío acompañado por un delfín. La nave, muestra una vela elevada sostenida por cabrestantes en forma de X, símbolo hermético del crisol. Un caduceo de mercurio, símbolo de la Obra Alquímica consumada, puede verse también en la fuente. El frontón de la fuente actual es una copia del original, se encontraba una concha de Santiago, sostenida por dos alas. Es el símbolo del Mercurio de los alquimistas.  

            Estos mismos símbolos pueden verse en el Museo del Louvre, en la Sala de Antigüedades Egipcias. Esta sala es, en su conjunto, un agregado de motivos herméticos propios de la antigua religiosidad egipcia. Sobre el sarcófago de Poeris, sacerdote tebajo, pueden verse emblemas alquímicos similares a los utilizados aun hoy por los estudiosos del Noble Arte de la Alquimia. Es particularmente visible Saturno, pintado con el color verde.

            Otro lugar repleto de símbolos esotéricos y herméticos es el Observatorio de París. Dos puntos son particularmente interesantes en ese lugar: la fuente, en la que cuatro tritones (caballos marinos) sostienen una peana sobre la que se encuentran cuatro figuras femeninas aguantan la bóveda del cosmos. Este se ve representado con los doce signos del Zodíaco. El edificio del Observatorio delimita la longitud y la latitud de París. En otro tiempo existió allí una Virgen Negra, que, según Fulcanelli, es réplica de la de Chartres. En 1671 todavía quedaban huellas de esta Virgen Negra en unos versos grabados en piedra que invocaban el nombre de Nostre-Dame de Dessoubs Terre, es decir Nuestra Señora Subterránea. La Virgen se encontraba bajo las escalezas de las bodegas del Observatorio.

            Cuando el visitante se acerca al Centro Pompidou o a Les Halles, debe necesariamente visitar la Iglesia de Saint Merri. Este Santo -llamado a veces Saint Mederic- es redentor de cautivos. La iglesia, a pesar de su aspecto gótico, fue construida en el siglo XVII. Solo la capilla es del XIV. Entre otras figuras de inspiración hermética puede verse una pequeña imagen de Satán con senos femeninos sentado entre dos ángeles en lo alto del pórtico principal. Si seguimos observando los motivos ornamentales de la Iglesia descubriremos muchos elementos extraídos del Tarot y que tienen muy poco que ver con la iconografía cristiana.

            Finalmente, la Sainte Chapelle es otro de los paradigmas herméticos que el visitante interesado por lo oculto debe conocer. La Sainte Chapelle tiene una técnica constructiva diferente de Notre Dame. No hay ni muros ni arbotantes, todo se sostiene a base de contrafuertes. Entre cada uno de ellos se encuentran altos ventanales cubiertos con vitrales. Todo el techo de la Sainte Chapelle está decorado como si se tratase de la bóveda celeste. Pues bien, estos vitrales, especialmente los de la fachada Sur, fueron elaborados por procedimientos alquímicos. En cuanto a los temas Fulcanelli nos dice de ellos que son "la colección más considerable de fórmulas del esoterismo alquímico" y cita como ejemplo los símbolos que aparecen en el vitral que representa la Masacre de los Inocentes.

EL PARIS MASONICO

            París es una ciudad en donde las huellas del pasado y del presente masónico son más evidentes. Desde mediados del siglo XVIII, durante todo el siglo XIX y hasta el gobierno de Mitterand, se han sucedido vertiginosamente las construcciones y los monumentos de inspiración masónica.

            A pocos metros donde fueron ejecutados Luis XVI y María Antonieta, en el Puente de la Concordia, se encuentra el edificio de la Asamblea Nacional. En el frontispicio puede verse un alto relieve que muestra la República con sus atributos femeninos, ostentando el lema masónico-republicano "Libertad-Igualdad-Fraternidad", entre dos ramas de acacia, el árbol sagrado de la masonería. A un lado se encuentra la alegoría de la libertad y al otro del orden, en la periferia se mueven diversos genios. El tema está inspirado en la literatura masónica de principios del XIX.

            En las proximidades de Sainte Genevieve se encuentra el Pantheon, donde están enterrados los hombres y mujeres ilustres de la historia reciente de Francia. En el frontispicio, una imagen femenina, la Patria, distribuye coronas a Monge, Manuel, Laplace, La Fayette y Voltaire, todos ellos masones. Pueden verse ramas de acacia y los signos masónicos de la escuadra y el compás.

            Apenas a cien metros del Pantheon, al otro lado de la montaña de Sainte-Genevieve se encuentra el edificio del Instituto Politécnico (Escuela de Ingenieros). Se trata de la zona más atractiva del Barrio Latino, junto a Saint-Michel. El Politécnico fue siempre una fábrica de élites. Allí, los alumnos recogieron en los años 30, la herencia de Saint-Yves d'Alveydre, el gran ocultista francés del siglo XIX, y constituyeron el Movimiento Sinárquico del Imperio. También de ahí surgió La Cagoule (la capucha), movimiento de extrema-derecha inspirado en las ideas sinárquicas de Alveydre.

            El Politécnico contó entre sus fundadores con la presencia de dos masones, Monge y Laplace, el naturalista. En el bajo relieve situado a la izquierda del pórtico principal, se pueden ver distintas alegorías masónicas: el atanor (horno de los alquimistas), la escuadra, el nivel, el reloj de arena.

            En el Arco del Triunfo de la Place de l'Etoile pueden verse algunas alegorías masónicas. Dos de los escultores a los que se debe buena parte de los relieves, Rude y Cortot, eran, igualmente, masones. Del propio Napoleón se ha dicho que fue iniciado en Roma en una Logia de Rito Egipcio. Lo cierto es que la mayor parte de su familia estaban integrados en Logias. Su cuñado Murat llegaría a ser Gran Maestre de la Masonería, mientras que José Bonaparte ocuparía el cargo durante largo tiempo.

            Existen monumentos desperdigados por París en los que la influencia masónica es visible. En la Place Nation se encuentra la estatua de "La República Triunfante". Los símbolos masónicos están situados en la peana. En Vincennes, las dos columnas dóricas evocan las dos situadas en todos los templos masónicos: Jakin y Boaz. El barón Taylor, alto dignatario del Rito Escocés, tiene su lugar en el París masónico en la plaza de Johann-Strauss. En la peana son visibles las ramas de acacia y los instrumentos masónicos. Una reproducción de la estatua de la libertad, idéntica a la situada en el puerto de Nueva York, y a la que se encuentra en el interior de la biblioteca Arús en Barcelona (biblioteca masónica por excelencia), se encuentra en París sobre uno de los puentes del Sena. Construida a escala 1/5, como su hermana mayor neoyorquina, alza la prometeica llama del conocimiento con la mano derecha.

            En el cementerio de Montparnase abundan las tumbas con símbolos masónicos. La tumba del diputado radical socialista André Pétrot es la que cuenta con una mayor carga simbólica: escuadra, compas, acacia, letra G, etc. No es la única que encontraremos. Y otro tanto ocurre en el cementerio de Pere Lechaise. El monumento a los Derechos Humanos situado en el Campo de Marte, reproduce de nuevo el simbolismo estilizado de las dos columnas del templo masónico. Finalmente, en el square des Epinettes se encuentra la estatua a Marie Deraismes, fundadora del primer rito masónico mixto, el Derecho Humano. Su sede se encuentra en la rue Jules Breton, en el Distrito XIII.

            Pero ni siquiera el Louvre, redecorado en el siglo XIX por arquitectos y artistas masónicos, se ve libre de esta marejada de símbolos. No solo en el interior del Louvre se guardan piezas -especialmente en la galería egipcia- de gran riqueza esotérica e iniciática, sino que en las fachadas, no falta la inspiración masónica y hermética. En el frontis que va a dar a la Cour Carré, el gallo irradiante está situado en el interior de un círculo que no es otro que el Ouróboros, la serpiente que se muerte la cola. En la fachada opuesta que va a dar al Sena, se encuentra una representación del caduceo de mercurio sobre el "toque masónico" (dar la mano extendiendo el índice hasta tocar la otra muñeca) junto a los instrumentos masónicos por excelencia: la escuadra y el nivel. Idénticos símbolos encontraremos en los artesonados que ornamentan el interior del edificio de la Bolsa.

            Las construcciones realizadas por Mitterand entran dentro de este contexto masónico. Nunca, desde 1901, la masonería había tenido tanto poder en Francia, como en la época de Mitterand. Gracias a su impulso se realizaron tres construcciones que entran dentro de la tradición arquitectónica de la masonería: el Arco de la Defense, situado en el eje central de París. Se trata de la estilización de una piedra cúbica, símbolo del grado de Compañero, segundo en la jerarquía masónica. En el otro extremo, entre los salas del Louvre, en la Cour, la Pirámide. Formada por 666 rombos de vidrio unidos por una estructura de acero, la pirámide remeda las antiguas construcciones egipcias, pero es también símbolo del Grado de Maestro Masón, el tercero de la masonería. La última construcción masónica de Mitterand, iniciada bajo su mandato y todavía no concluida, es la Biblioteca Nacional. La planta del edificio está formada por cuatro escuadras estilizadas.

            Y es que París sigue siendo, en definitiva, un laberinto masónico. Por cierto, si alguién quiere ir directamente a las oficinas de la veintena de obediencias masónicas que existen en París no tiene nada más que consultar "Minitel" o las "páginas amarillas". Las sociedades secretas ya no son lo que eran...

LA SOMBRA DE LOS MISTERIOS TEMPLARIOS

El barrio del Temple, antes llamado "de los templarios", se extiende hoy entre la Plaza de la Republica y la Iglesia de Saint Nicolas des Champs. Sin embargo las posesiones del temple eran mucho más extensas y se extendían a lo largo de toda la orilla derecha del Sena. Los terrenos hoy ocupadas por las plazas de Nation, Republique y, naturalmente, la Bastille, pertenecieron en otro tiempo al Temple, cuyos tentáculos llegaron hasta el barrio de Saint Jacques de la Boucherie.

            La plaza de La Bastille se abrió tras derribarse la fortaleza del mismo nombre, desde donde se dirigían todas las encomiendas de la Orden. Solamente tras abrir el Metro de París se descubrió que quedaban un resto del basamento del fuerte que hoy puede visitarse en el interior de la estación de Bastille. En 1830 se levantó un monumento en memoria de los revolucionarios muertos en esta ocasión, adornado con el muy masónico "Genio de la Libertad" sobre una columna a 52 m. de altura. Los muertos de las revoluciones de 1830 y de 1848 fueran enterrados en el subsuelo.

            La tradición de órdenes militares y de banco de metales preciosos prosigue en la actualidad. En efecto, equidistante de la Place de la Republique y del Carreau du Temple, se encuentra la iglesia de Sainte Elisabeth, hoy iglesia de los Caballeros de Malta, sucesores de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, rivales de los templarios en las cruzadas. El Carreau du Temple y los Jardines del Temple anexos, fueron en otro tiempo, dependencias de la Orden. Los templarios fueron hábiles banqueros y especuladores, tradición que ha proseguido en el barrio, donde hoy se encuentra el "Hotel de la Garantie", sociedad estatal donde se operan los controles de metales preciosos y joyas.      

            En 1808 la Torre de los Templarios fue destruida hasta los cimientos para evitar las peregrinaciones monárquicas. Allí había estado encerrada la familia real antes de ser guillotinados y allí desapareció el Delfín, convertido, a partir de entonces, en "rey perdido". El lugar se llama hoy Carreau du Temple. La Iglesia del Temple de París, allí situada, se componía de una sola nave y, cosa frecuente en las construcciones templarias, con una inmensa rotonda en el centro. Poseía seis pilares unidos con doce trasaños que formaban, sobre el plano, una estrella de seis puntos, el sello de Salomón de los Alquimistas y el Escudo de San Miguel. Allí se encontraba la Cripta. En el período inmediatamente posterior a la ejecución de los templarios, circuló por toda Europa una persistente leyenda sobre este lugar: cada año en la noche que había sido decretada la abolición de la Orden, el espectro de un templario que algunos identificaban con Jacques de Molay, aparecía a medianoche en la cripta del Temple. Una voz sepulcral preguntaba: "¿Quién liberará Jerusalén?" y el mismo eco respondía "Nadie por que el Temple ha sido destruido".

            El lugar donde fueron ejecutados Molay y su compañero Geofrey de Charnay no está marcado por signo alguno; las orillas del Sena se han modificado desde 1307. Sin embargo, el visitante lo puede ubicar con cierta facilidad. La ejecución tuvo lugar en la llamada Isla de los Judíos, donde antes se habían ejecutado a algunos rabinos. Estaba próxima a la orilla izquierda del Sena, entre la Isla de la Cite y la de Saint Louis. Allí se clavaron dos postes de encina que habían servido para amarrar barcos; estaban húmedos y eso impedía que ardieran. Se utilizó poca leña para quemarlos a fuego lento. Cuando las llamas habían sido prendidas Jacques de Molay maldijo al Papa y al Rey y les emplazó ante el tribunal de Dios a 40 días y a un año vista. Así ocurrió, efectivamente, ambos murieron antes de transcurrir dicho plazo.

NOTRE-DAME DE PARIS: PARADIGMA HERMETICO

            Víctor Hugo describió a Notre-Dame como el "manual más satisfactorio de la ciencia hermética". A lo largo del siglo XIV, los alquimistas de París se encontraban, cada sábado, ante la fachada principal, para estudiar los medallones herméticos.

            Lo esencial del simbolismo alquímico de Notre-Dame se encuentra en la base del pórtico principal, bajo el llamado "porche del Juicio"; el situado en el centro. En la columnilla que sostiene el dintel de la puerta se encuentra un medallón de aproximadamente 50 cm. de diámetro que es el paradigma de la alquimia: una mujer  -que representa a la Alquimia- sentada en un trono, su cabeza toca las ondas del cielo. En la mano izquierda ostenta el cetro del arte real, en la derecha, tiene dos libros, uno abierto y otro cerrado (la materia sin trabajar y la materia "penetrada" por la filosofía hermética"). Ante sí, la Dama Alquimia tiene una escalera con los nueve peldaños de la perfección (las nueve operaciones que conducen a la obra hermética). A uno y otro lado de está puerta se encuentran dos series de medallones que muestran los distintos elementos y operaciones alquímicas. Algunos están muy deteriorados, otros en cambio, son perfectamente comprensibles. Ni uno solo de ellos es susceptible de una interpretación "religiosa" o "devota". Veámoslos rápidamente:

            Parte superior, a la izquierda:

- Un hombre parado ante una fuente.- es la fuente de vida de la que hablan los textos herméticos.

- Un caballero con armadura sobre las almenas de un fuerte. Tras él atanor (horno) arde; es el símbolo de la cocción.

- Un cuervo, símbolo de la Obra al Negro, fase de putrefacción.

- Caduceo de Mercurio, símbolo de la Obra realizada, de los dos principios opuestos (las serpientes), superados (la vara central)

- Mujer con salamandra en un medallón: símbolo del fuego y de la calcinación (la salamandra se dice que soporta las llamas).

- Varón con medallón en el que se ve un carnero: símbolo del principio metálico masculino.

- Oriflama con tres pennons: los tres colores por los que atraviesa la materia prima en el matraz (negro, blanco, rojo).

- Mujer con medallón en el que se ve cruz griega, es la Filosofía; a lo alto, el sol y la luna, azufre y mercurio respectivamente.

            Parte superior, a la derecha:

- Mujer con medallón en el que se ve un atanor (horno de fusión). En la obra mano sostiene una piedra en bruto (materia prima).

- Mujer con medallón que incluye un glifo: guardián del oro, formado por águila y león, unión de los opuestos.

-  Mujer con un fragmento de madera en el medallón (principio vegetativo y pasivo).

- Mujer con medallón en el que se ve animal mixto de gallo y zorro (símbolo del Azufre rojo e incombustible).

- Toro esculpido en un disco. El toro, animal consagrado al Sol, representa el Azufre, principio masculino de la Obra.

- Caballero provisto de armadura y espada. El medallón-escudo muestra un león (símbolo del oro alquímico).

            Parte inferior izquierda (algunos medallones inferiores -el 5º y el 11º- han sufrido los destrozos del tiempo y apenas puede distinguirse nada):

- Caballero aproximándose a la montura: el caballo símbolo de rapidez  ligereza contrapuesto al principio metálico pesado.

- Un personaje en movimiento nos muestra espejo (gracias al cual se alquimista ve los secretos de la naturaleza) y cuerno abundancia (fase final de la obra: la multiplicación); cerca el Arbol de la Vida.

- Personaje con balanza: todo en la Obra debe ser medido y pesado.

- Anciano apoyado sobre piedra: es Saturno, emblema de la primera fase de la obra, obra al negro o putrefactio.

- Un personaje (alquimista) ve a una mujer en el espejo (la naturaleza a investigar, observar, descubrir e imitar).

            Parte inferior derecha:

- Un personaje va a cruzar el umbral de palacio: imagen del aprendiz que va a penetrar en los misterios de la alquimia.

- Dos niños pelean: principio fijo y volatil que hay que armonizar a lo largo de los trabajos herméticos.

- Reina sentada que derriba a joven arrodillado: representa la disolución de la materia prima para obtener el Mercurio.

- Guerrero con espada en tierra, mira a un carnero al pie de un árbol que lleva tres enormes frutos; cerca un árbol con un pájaro: alusión a Jasón en el Jardín de las Hespérides.

Otros temas herméticos complementarios se encuentran en Portal Norte o Pórtico de la Virgen. Entre otros se encuentran los doce signos zodiacales. También el Portal Sur o de Santa Ana muestra algunos signos de inequívocara raíz hermética, entre otros, la imagen de San Marcelo, que indica la "vía seca", una técnica específica de trabajo sobre la Materia Prima. La leyenda de San Marcelo, lo incluye entre los "matadores de dragones".

            Vale la pena reparar en el interior del Templo en algunos detalles: los vitrales, especialmente el gran rosetón central, reproducen en el vidrio emplomado y tratado alquímicamente los motivos ya comentados de los porches (hay que decir que uno de los experimentos que realizaron miembros del "Colectivo Fulcanelli" -Schwaller y Campagne- fue reproducir el rojo y el azul alquímico de los vitrales góticos por procedimientos herméticos).

            Así mismo, si el visitante tiene la oportunidad de visitar Notre Dame un 21 de junio, entre las 14 h 15' y las 14 h 30', situándose en la parte derecha del crucero, dando la espalda al rosetón Sur, cerca de los tres escalones que conducen al deambulatorio próximo al coro, asistirá a un fenómeno sorprendente. Un rayo de solsticial va a parar justo al pilar derecho del coro; primero tiene forma de círculo, luego de óvalo y, finalmente, se transforma en un corazón de poco más de 30 cm. El rayo parte de una hábil perforación realizada en el rosetón sur. Parece que en otro tiempo hubo allí una estatua que, una vez al año, quedaba iluminada por el rayo. Hemos contemplado fenómenos análogos en Chartres y en varias encomiendas templarias.

            Finalmente, vale la pena recorrer los más de trescientos peldaños de la escalera de caracol que, por el interior de la torre izquierda, nos conducirán hasta la azotea de Notre Dame. Allí podremos ver las famosas "quimeras" reconstruidas algunas e inventadas otras por Viollet le Duc. Monstruos mitológicos, símbolos alquímicos y la imagen inequívoca del alquimista tocado con su gorro frigio, observar, desde las alturas, la agitada vida parisina. Apenas treinta escalones más y accederemos al entramado de madera que sostiene las gigantescas campanas. En estos oscuros lugares se desarrolla la trama de "El Jorobado de París" de Víctor Hugo. Aun hoy el guía turístico -un jamaicano- comenta la visita presentándose: "My mane is Quasimodo"...

MAGIA, OCULTISMO, ESPIRITISMO

            Ya hemos dicho que París fue el centro del ocultismo mundial en el siglo XIX. Ya en el siglo XII apareció un personaje notable que ganó merecidamente fama de filosofo, mago y alquimista: San Alberto Magno. Practicante de la alquimia, las leyendas urdidas en torno a su figura nos lo presentan como un hábil taumaturgo. Los parisinos desconfiaron de él. Le llamaban "el mauvais Albert", el malvado Alberto. Ochocientos años después de su muerte, su nombre sigue presente en el callejero de París en la Place Maubert (contracción de "mauvais" y Albert), en pleno barrio latino donde vivió.

            Eliphas Levi en su monumental "Historia de la Magia" explica que durante un período se albergó en un hotel de la rue Vavin, situado a pocos metros del famoso restaurante La Coupole del boulevard Montparnase y del Boulevard Raspail. Este pequeño hotel, remodelado, existe todavía hoy. Levi no fue el único ocultista que se alojó en él. Treinta años después, Aleister Crowley, el mago y satanista británico fue a parar al mismo hotel. Otros intelectuales y artistas pasaron por allí. Levi explica que desde ese hotel pudo ver el estallido de la revolución de 1848, instigado por las sociedades secretas y los grupos masónicos y utópicos. Bastó con que un joven enloquecido que había escapado del hospital psiquiátrico de La Salpetriere, poseído de una furia satánica, se pusiera a tocar un tambor en el centro de la calzada de la rue de Rennes, para que tras él se concentrara una multitud enfurecida. La Salpetriere estuvo dirigida, poco después, por el famoso profesor Charcot, hipnotizador capaz de inducir síntomas de histeria en sus pacientes o de eliminarlos mediante el trance. Freud trabajó unos años en La Salpetriere a las órdenes de Charcot: su fracaso como hipnotizador le llevó a crear el psicoanálisis.

            En el barrio de Opera se albergaron los dos salones rosacrucianos de Stanislas de Guaita y de Josephin Peladan, disidente del primero. No lejos de allí, en un hotel de Place Vendôme hoy convertido en sociedad de joyería, Franz Anton Messmer estableció su centro de curaciones y de práctica de "magnetismo animal". Los teósofos inspirados en la Blavatsky abrieron su primera logia parisina, la Logia Isis, en el boulevard de Port Royal. Edouard Schouré, autor de "Los grandes iniciados" fue uno de sus más altos grados. Los espiritistas de Allan Kardec tuvieron centros de difusión de sus ideas en todos los barrios de París. Cien años después apenas queda de ellos el recuerdo y la tumba de Allan Kardec en el cementerio neo-romántico del Pere Lechaise. Su tumba, la más adornada de flores de todo el cementerio, está situada cerca del Columbario. Es de las más céntricas; se encuentra en la calle que se inicia en la misma puerta del cementerio, entrando por la plaza Gambetta. En otro tiempo podían introducirse los brazos en la tumba, por sendos agujeros y tocar el féretro de Kardec. Muchos espiritistas, al hacerlo, entraban en trance. No lejos de la tumba de Kardec, se encuentra la del historiador Michelet cuyas obras sobre el templarismo, la caballería y la brujería medieval, son todavía hoy consultadas por los estudiosos.

            En el Quai de Montebello, en la "rive gauche", frente a Notre Dame, a pocos metros del Boulevard Saint Michel, se encuentra la famosa librería Editions Traditionelles, inspirada por el gran esoterista René Guenon. Hoy es, sin duda, una de las mejores librerías esotéricas de París. René Guenon, durante su estancia en París, residió en un apartamento de la Isla de Saint Louis, en la calle del mismo nombre. Allí fue objeto de "ataques psíquicos" de grupos satanistas que llegaron a destrozar parte del mobiliario, vidrios y espejos. 

            Episodios parecidos ocurrieron en la misma época protagonizados por magos rosacrucianos, satanistas y esoteristas católicos. En 1895 estaló lo que se llamó "la guerra de los magos" que afectó a grandes de la intelectualidad y del ocultismo francés. La "guerra" se resolvió finalmente con un duelo entre Jules Bois y Stanislas de Guaita. El duelo tuvo lugar en Vincennes. Antes de llegar Bois sufrió dos accidentes que atribuyó a los "magos negros".

            Quizás el más siniestro de todos estos "magos negros" fue Georges Monti, de nombre iniciático, "Marcus Vella". Relacionado con círculos rosacrucianos, secretario de Peladán, franc-masón y satanista, inspiró el grupo rosacruciano con el que contacto el padre Berenger Sauniere, protagonista del misterio de Rennes-le-Château. "Marcus Vella" inspiró la asociación Alpha Galatas en los años 30 que presidió Pierre Plantard, luego Gran Maestre del Priorato de Sión. "Vella", finalmente, resultó asesinado en su domicilio del 80, rue Rocher, un inmueble que todavía existe.

            Cerca de la Place de Saint Michel se encuentra la mejor librería especializada en hermetismo y alquimia, en la rue du Chant qui Pèche. Allí es posible tomar contacto con grupos de hermetistas y, en cualquier caso, realizar "buenos contactos".

EL PARIS DE LOS "COMPAGNONS": DE NOTRE DAME A LA TOUR EIFFEL

            Una de las instituciones mas antiguas, enigmáticas y tradicionales de Francia es el "compagnonage". El término equivalente sería "gremialismo". Los "compagnons" son los miembros de las corporaciones gremiales. De la misma forma que los guerreros se agruparon en torno a las Ordenes Militares y la vocación sacerdotal se organizó en Ordenes Religiosas, la tercera casta, la burguesa, tuvo sus Ordenes Gremiales. En Francia alcanzaron gran peso desde la más remota antigüedad. Ya hemos visto que los primitivos parisinos constituían una corporación de navegantes.

            Las legiones romanas trajeron nuevas corporaciones. Los templarios apoyaron a algunas hermandades gremiales. La Revolución Francesa las obstaculizó primero y prohibió después; el sindicalismo, limitó su influencia, pero hoy todavía siguen existiendo con un vigor renovado y los profesionales salidos de sus filas son apreciados. Los "compagnons" utilizan técnicas de construcción y carpintería propias de la Edad Media. Su valor en restauración de inmuebles y monumentos medievales es incalculable.

            En París existen distintos centros de "compagnons". Para ellos la palabra "deber", quiere decir, profesión. La "Asociación Obrera de los Compañeros del Deber de la Vuelta a Francia" tienen su centro instalado en el nº 1 de la Plaza de Saint-Gervais. Esta asociación ha integrado dos asociaciones históricas: los Hijos del Maestre Jacques y los Hijos del Padre Soubise. La Federación Compagnonica de los Oficios de la Construcción fue fundada en un período más tardío, si bien sus raíces parten de los antiguos Compañeros del Deber de la Libertad. Su sede se encuentra en el 161 de la avenue Jean Jaurès; la mayoría de sus miembros son carpinteros. La tercera -y más pequeña- federación es La Union Compañónica de los Deberes Unidos, creados por Agricol Perdiguier, el reformador del movimiento en el siglo XIX. El ritual de acceso todavía hoy incluye, entre las preguntas rituales: "¿Cuáles son tus nuevos maestros?" y la respuesta: "El maestro Jacques, Jacques de Molay, Gran Maestre de los Templarios y el Padre Soubise, monje benedictino, arquitecto de catedrales".

            En las tres fraternidades pueden encontrarse rasgos similares a la masonería, que precedieron en el tiempo. Los "compagnons" celebran sus iniciaciones en templos decorados con un notable simbolismo esotérico, muy similar al de las logias masónicas.

            El acceso al grado de "maestro", el tercer nivel de aprendizaje, implicaba la realización de una "obra maestra": un trabajo manual en el curso del cual los nuevos maestros demostraban su pericia. Las "obras maestras" quedan en poder de las fraternidades que han sembrado toda Francia de museos que las exponen. Paradójicamente en París no existe ninguno propiamente "compañónico". El principal se encuentra en Tours (8, rue National). Sin embargo distintos museos de arte y etnología recojen algunas "obras maestras" de los "compagnons" (Museo del Hombre en el Palais Chaillot).

            Todas las construcciones importantes de París, sin excepción se han construido con el concurso de esta sociedad de artesanos ligados por el juramento de secreto. La pericia de los "compagnons" se puso de manifiesto en el siglo pasado cuando ayudaron a Viollet le Duc a restaurar todo el gótico destruido con la revolución. Entre 1887 y 1889, trescientos "compagnons" dirigidos por Eiffel construyeron la torre que lleva su nombre. El ingeniero no se fiaba de otros operarios que no hubieran sido educados por los gremios.

            Cien años después esos mismos gremios la restauraron. Fue así como la historia de París se cerró sobre sí misma. El primer menhir que encontraron los romanos en la isla de La Cité, encontró su réplica, dos mil años después, en este otro monumento surgido de la revolución industrial, hecho con 500.000 pequeñas piezas metálicas. Situada frente a la colina de Chaillot, una de las cinco que divisaron los legionarios de Augusto, la Torre Eiffel quiso ser el gigantesco pararrayos de París; la estructura debía captar la ira de los dioses del cielo, de la misma forma que el primitivo "Pilón de los Nautas" se alzó para canalizar las energías telúricas que fluyen en aquel meandro privilegiado del Sena. Dos épocas distantes, dos ideas opuestas para una misma ciudad.

 

(c) Ernesto Milà Rodríguez - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - 10.05.06 

El Islam contra Europa (I) Turcos en Alemania (1ª Parte)

El Islam contra Europa (I) Turcos en Alemania (1ª Parte)

Infokrisis.- Iniciamos una serie de diez artículos sobre las relaciones entre el Islam y Europa. Hemos elegido como primera entrega, la situacion de los inmigrantes turcos en Alemania, como puente entre nuestra anterior serie aún no concluida, sobre Turquia en la Unión Europea. El balance sobre la presencia islámica en los distintos países europeos nos ayudará a extraer unas conclusiones de carácter universal.

Desde finales del siglo XIX, existen estrechas relaciones entre Alemania y Turquía. El kaiser Guillermo II logró que Turquía orientara su política hacia el Sur y hacia el Sur-Este y fue recibido triunfalmente en la inauguración del ferrocarril Berlín-Ankara. Durante la I Guerra Mundial, Turquía y Alemania combatieron en el mismo bando y en la Segunda, los turcos solamente entraron en guerra en los últimos meses del conflicto. En la posguerra los gobiernos turcos apoyaron a Alemania Federal en todas las instancias internacionales. Pero, a medida que la posguerra quedó atrás y la inmigración turca hacia Alemania se convirtió en masiva, la situación entre ambos gobiernos se fue deteriorando. Cuando la “generación del 68” impuso su voz, aparecieron en la propia Alemania voces críticas hacia el genocidio kurdo y el armenio y ante las reiteradas violaciones de los derechos humanos y la falta de democracia de Turquía. Así mismo, el gobierno alemán ha expresado su insatisfacción por el hecho de que los turcos nacionalizados alemanes conserven su pasaporte. Con todo Turquía tiene a Alemania como principal mercado a donde dirigen un 20% de las exportaciones y un 15% de las importaciones. Salvo el gobierno Schröder, anteriores gobiernos alemanes han evitado pronunciarse a favor del ingreso de Turquía en la UE. Las relaciones entre ambos países llegaron a su punto mínimo cuando, Turquía solicitó la creación de una comisión de investigación sobre los derechos humanos en Alemania en respuesta a las reiteradas peticiones de éste país para que se reconociera el genocidio armenio, se restablecieran las libertades políticas en Turquía y se concediera la autodeterminación al Kurdistán. Hoy, en Ankara se tiene la sensación de que es Alemania el principal obstáculo para su ingreso en la UE, a pesar de que les corresponda a Grecia y Austria el honor de ser los portavoces oficiales de la resistencia antiturca en Europa. La Alemania moderna conoce bien a Turquía por que, desde hace cuarenta y cinco años, casi cuatro millones de inmigrantes turcos permanecen sobre su suelo.

A pesar de que la disciplina germánica es proverbial, en la actualidad se ignora el número de turcos residentes en Alemania. Hubo un tiempo en el que el modelo alemán regulaba la inmigración de manera inflexible. Hoy no. Ni siquiera existen estadísticas fiables sobre residentes turcos. Se sabe los que se encuentran en situación legal en el país con nacionalidad turca, pero se ignora el número de turcos nacionalizados alemanes y el número de turcos que han entrado ilegalmente en el país. Dado que en Alemania están prohibidas las encuestas que aludan a la naturaleza étnica de la población, se ignora si los turcos nacionalizados alemanes (que en 2001 ascendían a medio millón) han tenido hijos y cómo los educan y si se han casado con mujeres de su nacionalidad o de otras. Las cifras más realistas indican que en la actualidad se encontrarían en territorio alemán en torno a cuatro millones de turcos. En alguna escuela pública todos los alumnos son ya de origen turco. Han aparecido las inevitables tensiones étnicas y las políticas de inmigración han ido alternando en los últimos veinte años rigorismo y manga ancha. El resultado ha sido un descontrol creciente al que se ha sumado la tendencia de las nuevas generaciones a alistarse en las filas del islamismo radical. Una situación que, en general, no permite ser nada optimista.

La reconstrucción de Alemania

La historia de Alemania, desde su fundación hasta la reunificación de 1989, ha sido difícil y repetidamente traumática. Cuando concluyó la Primera Guerra Mundial, Alemania estaba arruinada, pero no destruida. Toda la guerra perdida había tenido lugar fuera de las fronteras nacionales de Alemania, así que había poco que reconstruir. Para colmo, la República de Weimar vivió en la precariedad más absoluta, con graves alteraciones político económicas desde su fundación hasta su liquidación por Hitler en 1933. Durante el régimen nazi y, especialmente, a partir del inicio de la Segunda Guerra Mundial, fueron incorporados a la mano de obra alemana, grandes contingentes de trabajadores extranjeros, voluntarios unos y “mano de obra esclava” otros. Los que sobrevivieron al conflicto fueron repatriados al concluir el conflicto. En mayo de 1945, cuando el Almirante Döenitz rindió los últimos núcleos de resistencia alemanes, el país estaba casi completamente destruido. Las grandes ciudades habían debido soportar tres años de bombardeos de terror (ingleses en las noches y norteamericanos durante el día). Ambos conflictos, por lo demás, habían producido una merma de entre 12 y 14.000.000 de personas, cuya falta, tras la Segunda Guerra Mundial, no se percibió inmediatamente, sino a partir de 1960, cuando la oferta de trabajo empezó a ser superior a la demanda de empleos. Las muertes por los bombardeos o en el frente se habían contrapesado por el trasvase de grandes contingentes de población alemana que residía en provincias del Este que, como Prusia Oriental, fueron incorporadas a Polonia o Rusia, y también por la huida de ciudadanos de la República Democrática Alemana hacia el Oeste.

En 1961, en la República Federal Alemana se encontraban en torno a 700.000 extranjeros, la mayoría de origen latino. En cuarenta y cinco años esta cifras se ha multiplicado por doce y ha pasado a 9.000.000, lo que supone un 10% de la población. Vale la pena atender a estas cifras. Se ha pasado del 1 al 10% en 45 años. En España ese tramo lo hemos recorrido en apenas 6. Ahora bien, a lo largo de esos 45 años, el flujo de inmigrantes no ha sido constante, sino que ha alternado verdaderas oleadas con reflujos relativos. La estadística registra unos “dientes de sierra” ascendentes. Hoy, cuando ya no hay una Alemania a reconstruir, cuando el tejido industrial y agrario está en recesión, la inmigración, tal como se podía prever, está siendo percibida como conflicto por buena parte de la población.

La primera oleada se había producido entre 1961 y 1973. Luego se detuvo, para recuperarse nuevamente a partir de 1978 al aplicarse la ley de reagrupación familiar y a la llegada de asilados políticos. En 1983 se facilitó el retorno a sus países de origen a quienes lo desearan y en los dos años siguientes, el saldo migratorio resultó negativo. Pero, a partir de 1985, volvió a aumentar a causa de la llegada masiva de refugiados de las guerras Balcánicas. El punto álgido de esta tercera oleada migratoria se alcanzó entre 1988 y 1990 llegando al 8’4% el porcentaje de población extranjera. Pero en 1991 se produjo la reunificación de las dos Alemanias y, bruscamente, se pasó a un Estado con 80 millones de habitantes. Dado que en Alemania Oriental apenas residían inmigrantes, el porcentaje global descendió momentáneamente. Pero en 1993 ya se había disparado de nuevo y volvía al 8’5%. En la actualidad se ha llegado al límite del 10%, con una notable desaceleración compensada por el nacimiento de hijos de inmigrantes, cuya tasa de natalidad, como es habitual, supera con mucho a la de los alemanes. En las dos primeras oleadas migratorias, los turcos constituyeron el grupo nacional mayoritario. Hoy, su número es tres veces superior al de inmigrantes procedentes de la antigua Yugoslavia, que constituyen el grupo inmediamente siguiente en número. En 2001, de los 7.500.000 de inmigrantes legales, dos eran turcos y de estos, un tercio habían nacido en Alemania. Los turcos menores de 20 años residentes en Alemania en el año 2000, eran un 1.250.000 y se aproximaban a dos a principios de 2006.

La reconstrucción de Alemania después de la Segunda Guerra Mundial se prolongó hasta finales de los años 60. Fue entonces cuando se percibieron las consecuencias de las pérdidas en vidas humanas ocasionadas por el conflicto. Sin embargo, la expansión económica alemana había empezado antes. A principios de la década de los sesenta, ya era evidente que Alemania, renunciando a aventuras bélicas y reduciendo al mínimo el presupuesto de defensa, estaba invirtiendo solamente en su propio desarrollo. La combinación del esfuerzo por la reconstrucción de Alemania, unido al “boom” económico y a la merma de población activa a causa de las bajas en el conflicto, hizo inevitable la llegada de contingentes de trabajadores al país. En 1961, el número de ofertas de trabajo no cubiertas ascendía a 500.000, mientras que solamente 180.000 alemanes se encontraban en las listas del paro. Se había alcanzado el pleno empleo. Por entonces la demanda de puestos de trabajo se iba cubriendo con alemanes del Este que huían de la carestía y de la represión política, pero cuando se construyó el Muro de Berlín y se reforzó la vigilancia en la frontera entre las dos Alemanias este flujo se interrumpió y entonces fue preciso recurrir a la inmigración.

La intención de la inmigración turca

De todas formas, inicialmente, la inmigración se reguló milimétricamente. A partir de 1955 el gobierno alemán firmó acuerdos con distintos países para facilitar el acceso al mercado de trabajo alemán (con Italia en 1955, con España en 1960, con Grecia en 1961, y, posteriormente con Portugal, Yugoslavia, Marruecos… Con Turquía el acuerdo se había firmado el 31 de octubre de 1961 cuando el gobierno de ese país liberalizó la salida de sus ciudadanos al extranjero. A partir de ese momento empezó a llegar una riada migratoria procedente de las zonas más deprimidas de Turquía. Ciertamente no iban a ocupar empleos cualificados, pero, en tanto procedían de regiones rurales del oriente de la Península Anatólica, estaban habituados a trabajos agrarios. En las grandes ciudades turcas se establecieron 500 “oficinas de intermediación” que facilitaban el camino hacia Alemania. El acuerdo turco-alemán, preveía que los inmigrantes fueran sometidos a un examen médico riguroso y a un certificado de penales. Quien estuviera aquejado de infecciones o enfermedades graves, o quien hubiera estado condenado a prisión en los últimos cinco años, era formalmente rechazado[1].

La intención de los turcos que emigraban a Alemania era, inicialmente, la misma que la de los españoles e italianos que, en la misma época (años sesenta), hacían otro tanto. Se trataba de permanecer unos cuantos años en Alemania trabajando duramente para emprender luego el viaje de retorno con algunos ahorros que permitieran montar algún pequeño negocio o comercio. Durante el tiempo que permanecían en el país iban girando a sus familiares pequeñas cantidades de marcos que les permitían vivir dignamente en su país. Este esquema permitía era extremadamente ventajoso para ambas partes, al menos sobre el papel. Por una parte, los trabajadores turcos regresaban a su país con medios suficientes como para ascender unos cuantos peldaños en la escala social. Además, durante su estancia en Alemania, aprendían técnicas de trabajo y de organización para ellos desconocidas que les permitiría, o bien ser contratados como trabajadores especializados al regreso a su país, o bien aplicar estos conocimientos a sus propios negocios. Para Alemania, por su parte, existía la posibilidad de una “rotación laboral”. Se preveía que siempre existiera un contingente de trabajadores en permanente flujo –unos regresaban a su país, otros nuevos llegaban a Alemana- lo que garantizaba que solamente permanecían en suelo alemán trabajadores en activo que el propio mercado de trabajo se encargaba de regular. Ni la seguridad social se sobrecargaría con familiares a cargo de los trabajadores en activo, ni se formarían guetos, ni se resentiría el sistema educativo o la seguridad ciudadana: quien no tenía contrato de trabajo o quien era despedido del empleo y en un plazo concreto no encontraba otro, debía volver a su país. Tal era el concepto de “trabajadores invitados”.

Pero lo que en teoría era un panorama excepcionalmente ventajoso para ambas partes, pronto se comprobó que no satisfacía a ninguna. Los primeros disconformes con este planteamiento fueron los empresarios que veían como los trabajadores que tanto les había costado formar, regresaban a su país, justo cuando empezaban a ser productivos. El sistema de la “rotación” les obligaba a una formación profesional sin descanso y sin esperanza. La parte turca no estaba menos descontenta. Los primeros inmigrantes que regresaron a su país, no habían podido amasar el dinero suficiente como para poder montar negocios rentables. Esto disuadió a otros contingentes de intentar el retorno. Bruscamente, el gobierno alemán, entendió que la rotación se había detenido. Llegaban más, pero regresaban muy pocos. Además las circunstancias políticas y económicas de Turquía no animaban al retorno. La inflación galopante hacía que los marcos ganados tras años de ímprobos esfuerzos, nada más ingresados en bancos turcos empezaban un rápido proceso de devaluación que impedía cualquier inversión.

Para colmo en 1973 el ejército egipcio cruzó el Canal de Suez y abrió el paso a la Tercera Guerra Árabe-Israelí. El fatal desenlace de este conflicto para los ejércitos árabes hizo que, en represalia, se redujera la producción de petróleo y se aumentara su precio. Esto provocó una recesión económica internacional. Unas empresas cerraron y otras abandonaron sus programas de expansión. La contratación de turcos se paró en seco. Y en 1974, el millón de turcos que se encontraban en el país empezaban a ser un problema. Sobraban. El gobierno de Willy Brandt, cesó la contratación de extranjeros y de primar el retorno con aportaciones económicas. El remedio fue peor que la enfermedad: los que estaban en el país decidieron permanecer aunque fuera en el paro; en el fondo, para ellos, era mejor eso que volver a la miseria de la que habían salido. Para colmo la ley de “reagrupación familiar”, aprobada en 1974, hizo aumentar la cifra de residentes turcos. Este fenómeno se prolongó durante todos los años 70 y 80. Y, a esto se añadía otro fenómeno. Si hasta principios de los 70, el 80% de los turcos llegados a Alemania eran varones, a partir de entonces, empezó a formarse una incipiente comunidad femenina de origen turco, que dio lugar a nuevos matrimonios. Pero, mientras que los matrimonios mixtos fueron escasos, proliferaron los matrimonios entre miembros de la misma comunidad y eso dio lugar a una numerosa descendencia. A partir de ese momento, las ciudades dormitorio en donde residían los turcos empezaron a transformarse en verdaderos guetos. Finalmente, la situación política turca expidió al exilio a disidentes políticos que pidieron asilo en Alemania. Solo en 1980, cuando se produjo el golpe de Estado en Turquía, entraron por este canal 200.000 nuevos inmigrantes. En 1981 rondaban en torno al millón y medio.

El gobierno de Helmul Kohl se decidió a estimular el retorno de inmigrantes. En 1983 se estableció que todos aquellos inmigrantes que desearan retornar al país de origen entre el noviembre de 1983 y octubre de 1984, recibirían una prima de 10.500 marcos, más 1.500 por cada hijo, además de las restituciones de las prestaciones por jubilación entregadas a la Seguridad Social. Pero los turcos respondieron escasamente a esta oferta. Del 1.600.000 turcos que se encontraban regularizados en ese momento, solamente 250.000 regresaron a su país. Las compensaciones económicas no compensaban el abandono del paraíso alemán y la inmersión en la estabilidad turca. En 1993, cuatro de cada cinco inmigrantes turcos no quería regresar a su país.

Desde los años 60 muchas cosas habían cambiado en Turquía. El país, lentamente y, frecuentemente a empellones, iba desarrollándose paulatinamente. La población rural estaba migrando a las ciudades y el trabajo empezaba a proliferar. El país incluso se había convertido en receptor de inmigrantes. Cuando Jhomeini subió al poder, trescientos mil ciudadanos iraníes prefirieron exiliarse, por motivos políticos en Turquía. Así mismo, el país recibió a decenas de miles de turcos que residían en Bulgaria en una situación de discriminación. Pero, en lo que se refería a Alemania, si bien, anualmente entre 30 y 40.000 turcos regresan a su país, una cantidad mayor decide emprender el camino de la inmigración. Y ya no se trata de trabajadores, sino de familiares de inmigrantes o bien mujeres que viajan a Alemania llamadas por los que serán sus maridos.

Hoy, entre cuatro y cinco millones de turcos viven en el extranjero, el 80% de los cuales está radicado en Alemania. Los que llegaron como “gastarbeiter” (trabajadores invitados), con carácter de provisionalidad y con intención de retorno, se han convertido con el paso del tiempo en habitantes de guetos instalados sobre territorio alemán sin la más mínima intención de regresar a su país, pero tampoco de integrase en la sociedad alemana, más allá del disfrute de sus ayudas sociales.

Sociología de la emigración turca en Alemania

La población turca es joven mientras la edad media de la población alemana sigue creciendo. Los mayores de 65 años de origen alemán son cuatro veces mayores que la población turca de la misma edad. Pero empieza a haber una fracción importante de la población turca que se aproximarse a la edad de jubilación, lo que va a suponer un esfuerzo suplementario a la Seguridad Social alemana. Pero, desde luego, la parte sustancial y preocupante de la emigración turca son los menores de 20 años que…

Renania del Norte-Westfalia es la región en la que concentra mayor inmigración turca, con un 34% del total de originarios de ese país. En este lander y en Baden-Wurtemberg, Baviera y Hesse vivían en 2002 tres de cada cuatro inmigrantes turcos, concentrados en las grandes ciudades. Esto indica que los turcos que, inicialmente, se integraron en tareas agrícolas, poco a poco, han ido abandonándolas e instalándose en las ciudades; precisamente por eso los guetos turcos han podido cuajar con facilidad a partir de los años 80. Sin embargo en los landers pertenecientes a la antigua República Democrática Alemana el porcentaje era imperceptible.

Otro problema que se contempla en Alemania (y, por extensión, en toda Europa) es que la inmigración, que, inicialmente, había llegado para cubrir los empleos que la mano de obra nacional no podía absorber, finalmente han terminado teniendo una tasa de paro muy similar a la de esta mano de obra. Parece normal que solamente la mitad de la población alemana esté integrada en los circuitos laborales, lo que no parece tan normal es que entre la población inmigrante ocurra justamente lo mismo. En 2005, el 10% de los que buscan trabajo en Alemania son de origen extranjero, cifra que corresponde exactamente al porcentaje de extranjeros residentes en el país. Desde los años 80 la tasa de paro de la población turca fue creciendo hasta igualar en el momento actual a la alemana, pero en el momento actual, la tasa de mujeres inmigrantes en paro ya dobla a la de mujeres alemanas en la misma situación. Pero, en el futuro este estado de cosas va a agravarse. Dado que la tasa de natalidad de los alemanes es cuatro veces inferior a la de los turcos, dentro de diez años empezarán a entrar, proporcionalmente, más turcos que alemanes en el mercado de trabajo.

En los últimos 25 años, la tasa de ocupación de los extranjeros se ha ido reducido significativamente. Mientras que en 1975, el 53% de éstos tenía ocupación, en 1999 el porcentaje se situaba en el 39,5%, en la actualidad, la tasa de empleo de los extranjeros es inferior a la de los alemanes y la de los turcos aún más. En 1975, del millón de turcos residentes en Alemania, la mitad tenían empleo; pero en 1999, sobre dos millones oficiales (algo más, en realidad) apenas trabajaban 780.000, es decir, el porcentaje había descendido del 53% al 38%.

La mayoría de turcos trabajan en la industria, en la minería, en el textil y en el sector limpieza, pero apenas se encuentran casi completamente ausentes en el sector servicios y en trabajos cualificados. El sector que más ha crecido en los últimos años es el de autónomos que entre 1985 y 2000 se había multiplicado por tres, mientras que la población turca en Alemania solamente se había duplicado. La mayoría de autónomos tiene que ver con comercio minorista y gastronomía. Se trata en su mayoría de inmigrantes de segunda generación

En estos momentos residen en Alemania en torno a cuatro millones de inmigrantes, de los cuales casi la mitad son turcos. Junto con Luxemburgo, Austria y Bélgica, Alemania es uno de los países con mayor tasa de población extranjera. A partir de la regularización masiva de 2005, España se ha integrado en este pelotón. Estas cifras impusieron diferentes reformas de la legislación de extranjería. Al igual que en la España de Zapatero, también en Alemania la coalición de socialdemócratas y ecologistas, promovió una legislación extremadamente generosa con los inmigrantes, a partir de la cual se disparó la «xenofobia» y los episodios de racismo. Inicialmente, esta ley preveía dar la nacionalidad alemana a todos los que hubieran nacido sobre territorio alemán. La oposición de los democristianos y socialcristianos bávaros y, la inquietud evidente con la que respondió la calle, hicieron ue el gobierno Schröder atenuara algunas de las medidas más “progresistas” de dicho proyecto. La ley entró en vigor en enero del 2000 y reconoce automáticamente la nacionalidad alemana a aquellos hijos recién nacidos cuyo padre o madre hayan residido durante un mínimo de ocho años en el país y a los menores de diez años en la fecha de entrada en vigor de la ley, nacidos en Alemania o inmigrados con sus padres. Se concedía igualmente la nacionalidad alemana a los extranjeros que residieran más de ocho años en Alemania.

En 1976 se registraron 10.000 solicitudes de asilo y cuatro años después, esta cifra se había multiplicado por diez, a cauda del golpe de Estado. Entre 1986 y 1989, esta cifra volvió a elevarse. El Estado alemán se vio obligado a introducir el visado obligatorio para ciudadanos procedentes de Turquía y endurecer las condiciones de asilo. Era evidente que muchos de los que habían solicitado asilo encubrían una inmigración económica. En 1992, se alcanzó la escalofriante cifra de 438.000 solicitudes de asilo. La petición de asilo era el “coladero” para burlar la ley de inmigración. El gobierno alemán tardó en reaccionar. Cualquier medida tendente a limitarlo era utilizado por la izquierda y la extrema-izquierda para tronar contra lo que llamaban “aparición de tendencias xenófobas y totalitarias”. Lo cierto es que los propios socialdemócratas debieron limitar las subvenciones concedidas a los reales o supuestos exiliados políticos, les prohibieron ejercer cualquier trabajo mientras duraba la tramitación de la solicitud y anularon algunas de las prestaciones económicas, sustituyéndolas por entregas en especie.

En realidad, los socialdemócratas y verdes tenían otros intereses mucho menos confesables. La fractura entre derecha e izquierda era notable en la sociedad alemana. La izquierda veía como la clase obrera, la tradicional cantera de votos de la socialdemocracia, se iba diluyendo como un azucarillo. Así pues, era preciso buscar un electorado de reemplazo. Facilitando el acceso de los inmigrantes a la nacionalidad alemana, se les convertía, como por arte de magia, en nuevos electores, aparentemente predispuestos a entregar el voto a sus beneficiarios. Por otra parte, calculaban los socialdemócratas, era difícil que la derecha cristiana decidiera hacer de la inmigración una bandera a causa de la facilidad con que podía recibir calificaciones de xenofobia y racismo. Y, en cuanto a las pequeñas formaciones de extrema-derecha, si iban a erosionar a alguien en su crecimiento, seguramente era a la derecha. Además, la CDU creía sinceramente que era preciso mejorar las garantías jurídicas de los extranjeros residentes en Alemania y tenía fe en que era preciso realizar un esfuerzo de integración.

El pueblo alemán considera a los inmigrantes, especialmente a los de los países árabes, como “diferentes”, por eso la sociedad alemana no se ha tomado con excesiva pasión el debate sobre los signos externos islámicos. Estos signos aumentan la sensación de “diferencia”. Llama la atención que la posición más hostil hacia la inmigración proceda de los länders de la antigua República Democrática Alemana, donde hay menos inmigración, y que las resistencias en el Este y en el Oeste aumenten desmesuradamente cuando se habla de inmigrantes de origen musulmán. La cosa no es nueva. Ya en 1966 los inmigrantes eran percibidos como problema. En aquella lejana fecha, dos tercios de la población expresaban la preferencia de «librarse» de los inmigrantes. Diez años después, seis de cada diez alemanes pensaban que los extranjeros debían retornar a sus países en períodos de crisis económica. A partir de principios de los años 80, el 82% de los alemanes declaraba que había demasiados extranjeros. En el año 2000, no se valoraba favorablemente la competencia laboral de los inmigrantes, los intentos de integrarlos en la política y en las instituciones eran contemplados con desconfianza; y mayoritariamente opinaban que la integración de los inmigrantes dependía de los inmigrantes mismos y de sus propios esfuerzos.

La cuestión religiosa entre los turcos

El Islam, es, en la tierra de Lutero y de Meister Eckhardt, la segunda religión por número de seguidores. A los emigrantes turcos se unen los marroquíes y los bosnio-musulmanes. En total, en torno a cinco millones de islamistas de los que un 7% no tienen el más mínimo reparo en declarar a los encuestadores que son «muy religiosos», dicho en términos “políticamente correctos”, lo cual, en un lenguaje más coloquial equivale a hablar de fundamentalistas religiosas.

En esa misma encuesta el 93% de los encuestados se declararon musulmanes, practicar el Ramadán, respetar las prescripciones sobre alimentación y dar limosna. Este factor religioso explica suficientemente el porqué apenas existen matrimonios de turcos con mujeres alemanas. Es más, encuestados sobre este tema, al 60% le producía “malestar” cualquier forma de matrimonio mixto. Incluso los más jóvenes –alemanci- mantienen estas reservas y participan en las fiestas comunitarias.

Existe una gran preocupación en los servicios de seguridad del Estado por la influencia cada vez mayor de las organizaciones fundamentalistas entre los jóvenes. Los datos publicados hasta la fecha no son concluyentes, pero demuestran muy a las claras que los jóvenes de origen turco, en ocasiones nietos de inmigrantes de primera generación, dan muestras de canalizar sus ímpetus de rebeldía hacia el fundamentalismo.

El sistema educativo alemán registra unos porcentajes extremadamente altos de fracaso escolar en el caso de estudiantes de origen turco. En este sentido el fenómeno es extremadamente parecido al que generó en Francia la “intifada” de otoño del 2005, los adolescentes de origen turco abominan los ritmos de trabajo de sus padres, quieren tener acceso a los escaparates de consumo sin agotarse en interminables jornadas laborales. Ni se sienten alemanes en Alemania, ni turcos en Turquía. A diferencia de los inmigrantes de primera generación para los que sus raíces estaban claras –eran turcos que habían ido a trabajar al extranjero- para los hijos y nietos de esa generación, las cosas son bastante más complejas: tienen un problema de identidad. No son ni turcos ni alemanes. Experimentan una carencia de puntos de referencia y perciben el rechazo en el entorno, saben que no son como los alemanes, pero tampoco tienen muy claro qué son exactamente. Y es en medio de esta confusión, falta de raíces y de arraigo, cuando aparecen las organizaciones islamistas y su tarea de captación.

Los “Lobos Grises”, asociación de jóvenes vinculados al Partido de Acción Nacional de Alparslan Türkes, les ofrece todos los servicios a los que un joven puede aspirar en Alemania. Se irá de vacaciones en colonias y campamentos de los “Lobos Grises”, seguirá cursos de informática o asistirá a fiestas de fin de semana, con los “Lobos Grises”, participará en la liga de fútbol o en las clases de religión islámica… junto a los “Lobos Grises”. Un estudio confirma que una cuarta parte de los menores de 25 años tienen relaciones continuada con esta asociación y otras similares y un 43% mantiene un contacto ocasional. Allí, lejos de aprender tolerancia y recibir un impulso para su integración en la sociedad que acogió a sus padres y les vio nacer a ellos, les imbuyen un sentimiento de superiores que florece en un terreno abonado por el resentimiento y el fracaso escolar. Pertenecen al Islam, la “única religión verdadera”. Y, no sólo eso, sino que aprenden lo que es la “guerra santa”, y conceptos como “el infiel”, la “umma”, el “dar-al-Islam”, etc. Así, en poco tiempo, pasan del escepticismo, y la falta de identificación positiva con la comunidad de acogida, a una hostilidad manifiesta canalizada por el espíritu religioso. Nada podría favorecer menos la integración que este tipo de planteamiento. Cuando se produce este fenómeno, la condescendencia de medidas tales como introducir en las escuelas clases optativas de religión islámica, es percibida como un signo de debilidad. Alemania, en este terreno, ha seguido la misma trayectoria que Francia, Bélgica, Holanda o Gran Bretaña.

En la actualidad existen unos 650.000 alumnos musulmanes en primaria. La ley de educación alemana permite que se impartan clases de religión y cultura isámica en la clase de lengua materna. Estas clases, aunque son voluntarias, corren a cargo de las mezquitas. El 89% de los niños procedentes de familias de religión islámica, asisten voluntariamente a estas clases… aunque sus padres se autodefinan como “poco o nada religiosos”.

La comunidad turca en Alemania está en proceso de islamización. De hecho siempre ha sido una comunidad confesionalmente islámica, la novedad estriba en que esto ocurre ahora, justo cuando es evidente que estamos ante un conflicto de civilizaciones. Y, por otra parte, esta islamización, especialmente entre los jóvenes no se está haciendo por líderes religiosos que crean en la tolerancia y la integración, sino por formaciones fundamentalistas.

Asociacionismo islámico emanado de las mezquitas

Tras el golpe militar de septiembre de 1980 aparecen asociaciones turcas que empiezan a plantear constantemente derechos y reivindicaciones. La inmensa mayoría de estas tres mil asociaciones han emanado de las mezquitas. Sus actividades habituales consisten en organizar peregrinaciones a la Meca, cursos de filosofía coránica, ceremonias y actividades de ocio. Los incentivos para este asociacionismo radican en las subvenciones recibidas por los distintos entes del Estado. Sobre todo, han contribuido a fortalecerla identidad turca en Alemania. Estas asociaciones están agrupadas en tres federaciones: la Unión Turco-Islámica (DITIB), dependiente del gobierno turco y es de carácter moderado, cuenta con 150.000 afiliados; la Comunidad Islámica Milli Görus (IGMG), con una línea antikemalista su principal reivindicación es obtener el reconocimiento oficial de los islamistas como minoría religiosa en Alemania, con 30.000 afiliados está vinculado al Partido de la Prosperidad y cuenta con más de 500 mezquitas; la Unión de Centros de Cultura Turcos (VIKZ), conservadora y laicista, cuenta con unos 20.000 afiliados y se declara independiente de cualquiera de los partidos políticos que actúan en Turquía. Existen otras pequeñas organizaciones más radicales de orientación islámica no incorporadas a estas tres grandes federaciones y, por tanto, de difícil control. El 36% de los asistentes a las mezquitas están incorporados a alguna asociación. Hay que tener en cuenta que los kurdos, turcos de pasaporte que no de identidad, no se contabilizan como asistentes a las mezquitas. En Alemania residen en torno a medio millón de kurdos de los cuales un 2% está afiliado al Partido Obrero del Kurdistán, considerado como extremista por las autoridades alemanas.

El Ministerio del Interior alemán ha calculado que, en torno a 30.000 personas están vinculadas a asociaciones islamistas radicales. Estas asociaciones radicales pasaron desapercibidas para la población hasta que se produjeron los atentados del 11-S y emergió la figura –o el mito- de Bin Laden. La inquietud aumenta cuando se intuye que no todos los extremistas están afiliados a asociaciones y la sensación de que, sin duda, los más radicales y más dispuestos para la acción, han trenzado redes clandestinas. No hay que olvidar que el “Comando Meliani”, al que la seguridad norteamericana y alemana, atribuyó cierto nivel de responsabilidades en los atentados del 11-S, estaba radicado en Hamburgo.

Cuando el número de turcos nacionalizados alemanes empezó a ser notable y tener cierta presencia electoral, todos los partidos políticos (salvo la extrema-derecha, naturalmente) constituyeron correas de transmisión entre esta comunidad. La Federación de Asociaciones Socialdemócratas Turcas (HDF) colabora con el SPD, mientras que la Amistad Turco-Alemana y la Unión Turco Alemana, lo hacen con la CDU y la Unión Liberal Turco-Alemana (LTD) se vincula con el Partido Liberal. Finalmente, los verdes terminaron constituyendo también el InmiGrün, para promover la interculturalidad y la lucha contra la xenofobia y el racismo. En general, la militancia de todas estas asociaciones es escasa y su composición incluye, sobre todo, a turcos que se forjan esperanzas de realizar una pequeña carrera política como asesores de inmigración de los partidos o de los grupos municipales. La realidad es que la inmensa mayoría de la comunidad turca está de espaldas a la política alemana. Sólo un 11% de encuestados muestra algún interés por la cosa pública alemana. De este porcentaje las preferencias se orientan hacia el SPD (64%), siguiendo luego el Partido Verde (9%), lo que nos confirma en nuestra tesis de que la pérdida del electorado tradicional –es decir, la conveniente electoral y no la ideología- impulsó al SPD a adoptar medidas que popularizaran su imagen entre la inmigración turca. Es significativo que de los 900.000 militantes del SPD, 25.000 sean de origen turco.

En los ayuntamientos alemanes existen los llamados “consejos de extranjeros”, el medio para establecer la participación de los inmigrantes en la política local, tramitar sus reivindicaciones y lograr mayores niveles de integración. Pero también aquí existe un desinterés absoluto por este canal participativo. Tan solo el 10% de los inmigrantes –frecuentemente procedentes de países de la UE- participan en la actividad de estos consejos.

Los turcos no pueden quejarse sobre las ayudas que reciben de la administración. Por ley están equiparados a los alemanes de origen. Las encuestas indican que estas ayudas benefician más a los turcos que a los alemanes. En 2002, por ejemplo 2.760.000 beneficiarios de subsidios, el 22% eran extranjeros (9% de la población en aquel momento). El términos globales, un 2,9% de los alemanes recibía prestaciones, por un 8,4% de extranjeros. La idea era que extender los derechos sociales a los inmigrantes contribuiría a su integración. En realidad ha contribuido a su relajación. Si hay subsidios ¿para qué esforzarse excesivamente en trabajar? No es, naturalmente, un caso que se dé solamente en Alemania, en toda Europa, incluida España, contra más derechos, subsidios y ayudas se dan, más disminuye la población activa inmigrante y más se sumerge en el trabajo negro.

La catástrofe educativa turco-alemana

El paro ha afectado especialmente a la población turca. Si ésta representaba en 2000 al 30% de los inmigrantes residentes en Alemania, su porcentaje de parados subía hasta el 40%. Con casi 200.000 parados, por cada cuatro trabajadores turcos en activo había uno en paro. Y, en principio, resulta incomprensible en que otras comunidades como la yugoslava por cada once trabajadores haya uno en paro. La cifra turca es superior a cualquier otra. Esto se suele interpretar a causa de la “xenofobia” y el “racismo” de los empleadores alemanes, pero existe otra posibilidad mucho más: los empleadores valoran la capacitación, el interés y la preparación profesional de los aspirantes al puesto de trabajo. Y en el terreno de la formación profesional, los turcos son ampliamente deficitarios.

Entre el 70 y el 75% de los trabajadores turcos en activo en Alemania, tenían solamente estudios primarios. El 70% de jóvenes alemanes entre 15 y 18 años se forman profesionalmente. Esta cifra desciende nuevamente a la mitad entre los turcos. Entre la población alemana este porcentaje se reduce a la mitad. En ese grupo de edades el 40% de turcos que iniciaban un curso de formación profesional, no lograban concluir los estudios; el porcentaje descendía al 15% entre los alemanes. A igualdad de posibilidades de formación, los turcos tienen la mitad de interés en seguir cursos de capacitación que los alemanes.

Una encuesta demostró que el 15% de las mujeres turcas jóvenes no tienen ningún título, ni siquiera el de estudios primarios, pero este porcentaje se reduce al 3% entre los varones. Esto explica las elevadas tasas de paro entre los jóvenes turcos, pero también la responsabilidad de las familias en esta situación. Los padres turcos parecen no saber atribuir la importancia correcta a la formación profesional.

Si a la carencia de titulación y de formación adecuada, unimos el escaso dominio de la lengua alemana, entenderemos la falta de competitividad de buena parte de los jóvenes turcos hijos o nietos de inmigrantes de primera generación. El hecho de que estos primeros inmigrantes lograran insertarse en el mecanismo productivo alemán, en las mismas condiciones de falta de titulación y escasa capacidad para manejar la lengua de Goethe, no implica que treinta o cuarenta años después, pueda repetirse el mismo proceso.

La sociedad actual es mucho más competitiva que la de entonces, y los puestos de trabajo escasean mucho más. Precisamente por eso la comunidad turca tiene unas tasas de paro entre sus jóvenes muy superiores a los de cualquier otra comunidad inmigrante. Los jóvenes españoles hijos de inmigrantes tienen unas tasas de éxito en la formación profesional espectaculares sin recibir ayudas. Sin embargo, los turcos se benefician de ayudas que no reciben los inmigrantes comunitarios entre ellos los españoles. Entonces ¿qué está ocurriendo con los turcos?

El mismo problema ocurre con los argelinos en Francia y con los marroquíes en España. Así pues, estamos ante un problema que se reproduce en toda Europa: el rendimiento de los estudiantes procedentes de Turquía, Marruecos o Argelia, es extremadamente inferior al de otras comunidades de inmigrantes y al de los jóvenes de los países de acogida. Así pues, no es en el sistema educativo de los países de acogida en donde radica el problema, sino en las comunidades inmigrantes. Y estas comunidades tienen un rasgo común: son islámicas. Por algún motivo, el Islam encaja mal en el estilo de vida occidental. Al menos en lo que se refiere al estudio, porque en lo que se refiere al consumo, los turcos están por delante de cualquier otra comunidad inmigrante, e incluso de los propios alemanes. Veamos algunas cifras.

Mientras que el 53% de los hogares alemanes dispone de automóvil, esta cifra se eleva hasta el 67% entre los turcos. La posesión de sofisticados equipos de alta fidelidad asciende al 48% entre los hogares alemanes, pero sube hasta el 62% en los turcos. A esto se une la creciente tendencia de los turcos –que ya no tienen intención de regresar a su país- a comprar un piso de propiedad. Esto ha hecho que algunos barrios de las grandes ciudades (Berlín-Kreuzberg, Duisburg-Hüttenheim y Hamburgo-Wilhelmsburg) se hayan convertido en lugares preferentes de residencia para los turcos. En la actualidad un 22% de turcos poseen pisos de propiedad. Esos pisos están situados en zonas de alta concentración de pisos de alquiler habitados por turcos y han generado en torno suyo una innegable “economía étnica” formada por todo tipo de pequeños comercios cuyos clientes son casi exclusivamente miembros de la propia comunidad turca. Quienes trabajan en estos circuitos, prácticamente no necesitan perfeccionar su alemán; incluso su ocio se consuma en la lengua originaria.

Estas cifras son indicativas de tres fenómenos: 1) que buena parte de la población turca inmigrante no tiene intención de regresar a su país, 2) que la reagrupación familiar ha hecho disminuir sustancialmente las remesas de dinero enviadas a Turquía y el excedente económico se orienta hacia un consumo desenfrenado y 3) que la comunidad turca está escindida interiormente entre la fidelidad a sus orígenes étnicos y culturales de un lado y las formas más degradadas del estilo de vida occidental. El consumismo es, de hecho, el único terreno en el que la comunidad turca ha intentado imitar a la alemana.

Lo más sorprendente de algunos intelectuales alemanes es que todos sus desvelos intelectuales parecen consagrados en exclusiva a la inmigración y, más en concreto, a la inmigración turca. Para estos intelectuales solamente existirá una verdadera democratización en Alemania, cuando todos los inmigrantes gocen de los mismos derechos que los alemanes. Esto implica una completa integración de los turcos en la sociedad alemana. Naturalmente, estos intelectuales no se han planteado cuál es la voluntad de la comunidad turca. Simplemente han decidido unilateralmente que los turcos deben tener los mismos derechos que los alemanes de origen. Todo lo que no sea eso es racismo, xenofobia y totalitarismo fascista. Suelen equiparar el antisemitismo a la más mínima reserva que pudiera expresarse ante la comunidad turca e ignoran deliberadamente que un 3% de la comunidad turca se niega –una encuesta así lo establece- a tener amistad con alemanes, un 20%, por voluntad propia, tiene la menor relación posible con alemanes…

Ahora bien, parece evidente que, a pesar del trabajo “educativo” de estos intelectuales, existen ciertas reservas entre la población alemana a firmar contratos de inquilinato, dar trabajo o trabar amistad con turcos. Y esto es lo más significativo: no es el rechazo al extranjero, sino el rechazo al turco y al islamista, el que se pone de manifiesto en la sociedad alemana. Ni los españoles ayer, ni los yugoslavos, griegos o italianos hoy, experimentar así esta discriminación. Y, en realidad, hablan lenguas diferentes, tienen peculiaridades étnicas y antropológicas distintas e incluso su religión no coincide necesariamente con la de los alemanes de origen. ¿Por qué los turcos y los islamistas son discriminados y en cambio otros grupos de inmigrantes no? La pregunta puede formularse también de otra manera: ¿Por qué los inmigrantes islamistas en Alemania son de difícil integración, mientras que otras comunidades se integran con facilidad? ¿No será que el problema no está en la sociedad alemana sino en la comunidad turca? O lo que es peor, ¿por qué estas mismas situaciones se repiten en toda la Europa receptora de inmigración?

Las respuestas son muchas e incluso contradictorios y, se tiene tendencia a pensar que dependen de la orientación política de quien responda. Para un progresista, el turco es víctima de las discriminaciones sin fin de una sociedad racista y que le resulta extremadamente hostil; para un xenófobo y racista, el turco es un delincuente que ha llegado para chupar la sangre y los recursos generados por el pueblo alemán. Las cosas, evidentemente, son mucho más complejas. El hecho incontrovertible es que el gobierno alemán y los demás gobiernos europeos han hecho lo divino y lo humano por intentar integrar a las comunidades inmigrantes de origen islámico, sin lograr el más mínimo resultado. Otras comunidades, tal como hemos visto –españoles y portugueses entre ellos- se han adaptado espontánea y perfectamente en Alemania y Suiza, en Francia y Holanda, sin que se hayan invertido esfuerzos ni fondos en procurarlo. Ese es el dato objetivo ligado, fundamentalmente, a comunidades musulmanas.

Tal como analizaremos en otro punto, el problema de la sociología “políticamente correcta” es que parte de una base científicamente incorrecta: excluir de partida la responsabilidad de las comunidades musulmanas en la segregación que experimentan y que afectan de manera infinitamente menor a otros colectivos inmigrantes. Así pues estamos obligados a una conclusión: la brecha antropológica que existe entre el Islam y Europa es de tal magnitud que cualquier intento de reducirla es vano e infructuoso. Las cosas se agravan con la pretensión del Islam de ser la única religión verdadera y la revelación divina más completa y perfecta. La existencia de la brecha antropológica objetiva lleva a una inadaptación radical a la modernidad y a todo lo que representa: tolerancia, igualdad de la mujer, democracia, libertad de expresión, competitividad, etc., provoca la inevitable marginación de la inmigración islamista. El único punto de apoyo para evitar el complejo de inferioridad permanente, lo da la religión islámica: marginados, si; poco competitivos, también; ocupando puestos de trabajo subalternos y sin cualificación… todo lo que se quiera, pero “Alá es grande y recompensa a sus fieles”. Siempre queda superar el complejo de inferioridad real o supuesto, con la contrapartida de poseer la única religión verdadera. Así pues, el ciclo de la marginación se cierra con una especie de revancha espiritual, inseparable, por lo demás, del rechazo y la desconfianza hacia el no islamista. Situación endiablada y sin posibilidades de ser reconducida.

© Ernesto Milà Rodríguez – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 10.05.06



[1] Hace falta meditar sobre este acuerdo, especialmente si tenemos en cuenta que, a partir de mediados de 2005, los contingentes de inmigración ilegal que están llegando a España procedentes del África Subsahariana tienen un notable porcentaje de enfermedades infecciosas e, incluso, por lo que se refiere a los afectados por el SIDA, el reclamo no es otro que el de acogerse a los tratamientos gratuitos contra esta enfermedad. Si tenemos en cuenta que se calcula que el número de africanos contagiados por el SIDA oscila entre 30 y 50 millones, nos daremos cuenta de que el “efecto llamada” no deriva solo de la posibilidad de ganarse la vida trabajando, sino también de acceder a unas condiciones sanitarias infinitamente mejores que en el país de origen. Pero el derecho de toda persona a recibir un tratamiento médico, no puede de ninguna manera hacer olvidar que la Seguridad Social española está actualmente excesivamente sobrecargada por tratamientos de este tipo. Las sucesivas reformas de la Ley de Inmigración deberían haber tomado como modelo la legislación alemana de los años sesenta sobre esta materia en lugar de aceptar el hecho consumado y violento de las regularizaciones masivas de ilegales. El ilegal ha forzado una ley y, por tanto, como cualquier infractor debe ser castigado. No hacerlo, simplemente, y plegarse al hecho consumado de su presencia en España, constituye el “efecto llamada” más radical, tal como ha demostrado l hecho de que un año después de la regularización masiva de febrero-mayo de 2005, en un año haya llegado otro millón de inmigrantes ilegales que, sin duda, serán regularizados tras las elecciones de 2008….

La decadencia militar, base de la ruina del Imperio Romano

La decadencia militar, base de la ruina del Imperio Romano

Infokrisis.- En el alba del día de la batalla de los Campos Cataláunicos, Atila, al  observar la disposición del enemigo, ordenó a sus tropas que se dirigieran contra visigodos y alanos, eludiendo el enfrentamiento con los romanos. "El polvo de la batalla les agobia muestras luchan en formación cerrada bajo una cortina de escudos protectores", dijo a sus comandantes. Atila tenía razón al despreciar la capacidad militar de los romanos de su tiempo. Los días de grandeza del Imperio habían quedado atrás. La crónica de la decadencia romana, fue, ante todo, la crónica de su decadencia militar.

Estamos en el siglo V, un siglo antes Roma dispone de una capacidad militar extraordinaria que le permitía proteger con facilidad sus extensas fronteras y enfrentarse a cualquier ejército enemigo. ¿Qué había ocurrido en apenas un siglo para que el Imperio empezara a desmoronarse a la velocidad que lo hizo? La victoria de los Campos Catalaúnicos tiene lugar en el 451 y la disolución oficial del Imperio Romano de Occidente se produce veinticinco años después, en el 476. Ciertamente, Aecio puede ser considerado como “el último romano”; a su muerte no hubo un solo hombre en Roma capaz de asumir la corona imperial o el mando de las legiones. Pero ¿basta la ausencia de personajes de alto temple para justificar la decadencia imperial? En absoluto, la decadencia de Roma es paralela a su decadencia militar. De no haber decaído militarmente, Roma hubiera sobrevivido tanto a Atila como a lo que vino después.

De los Campos Catalaúnicos a la entrada de Odoacro en Roma

Se ignora la ubicación exacta de los Campos Cataláunicos. Buscarlo es el pasatiempo favorito de coroneles retirados franceses. Se cree que se encuentra en algún lugar de la región de Champagne, a la izquierda del río Marne, entre Châlons y Troyes. Se ignora también el número de combatientes por ambos bandos. Las cifras han oscilado entre medio millón en total (lo cual parece imposible) a cincuenta mil (lo que parece más razonable), o incluso veinticinco mil (cifra excesivamente reducida). Se ignora, finalmente, el número de bajas, aunque la apreciación más insatisfactoria, pero seguramente la más exacta sea la que dio un cronista: “cadavera vero innumera”, literalmente, “en realidad, innumerables cadáveres”. Otro cronista atribuyó tintes míticos a la batalla. Se decía que, una vez terminado el choque, los espíritus de los combatientes muertos, seguían luchando en los cielos.

Lo que si conoce con certeza es el casus belli empleado por Atila para invadir las Galias. El caudillo huno Aspiraba a obtener la mitad del Imperio Romano de Occidente como dote por haber sido prometida a la hermana del emperador Valentiniano III. Era frecuente que para obtener alianzas o pacificar regiones, los emperadores concedieran la mano de sus hermanas o hijas a jefes considerados bárbaros. En el caso de Valentiniano III, se desdijo de lo pactado y Atila entró en el Norte de las Galias y sitió Orleáns. En ese momento, Roma –y más que el Imperio, su “magíster militum”, Flavio Aecio– consiguió movilizar una coalición de alanos (los más inseguros), visigodos (los más numerosos y combativos que décadas antes debieron cruzar el Rhin presionados por los hunos), romanos (a los que costó mucho movilizar) y pequeños contingentes burgundios y francos. Los hunos, por su parte, estaban flaneados por ostrogodos, gépidos, algunos francos y pequeños núcleos de pueblos del Este.

La noticia de la marcha del ejército de Aecio hacia Orleáns, obligó a Atila a abandonar el asedio de esta ciudad para evitar luchar constreñido contra sus murallas y lograr una ventaja táctica en campo abierto. El caudillo bárbaro situó a los ostrogodos en el flanco derecho y a los gépidos y germanos en el derecho, reservando el centro de la formación para sus propios combatientes hunos. Frente a él, tenía a los alanos que Aecio había situado en el centro, mientras los romanos lo hacían en la izquierda y los visigodos de Teodorico a la derecha. La batalla comenzó con un inesperado avance romano que logró rebasar la débil línea de Atila y permitió dominar una colina estratégica. Quizás si Atila hubiera renunciado en el ese momento a presentar batalla y se hubiera retirado forzando al enfrentamiento en otro lugar más ventajoso para él, no hubiera debido huir esa noche; pero el impulsivo caudillo prefirió arengar a sus tropas e iniciar el combate lanzando a los hunos contra los alanos, protegidos por una lluvia de flechas de la que se dice que “tiñó el cielo de negro”. El frente se hundió en ese punto hasta que los visigodos lograron taponar la brecha, espoleados por Teodorico. El rey visigodo seguía la batalla en primera fila hasta que resultó derribado y muerto. Hubo un momento de vacilación entre los visigodos, por la falta de mando, pero en la retaguardia, los ancianos eligieron como nuevo rey a Turismundo, hermano de Teodorico. Inmediatamente, Turismundo se incorporó al combate, los visigodos, redoblaron sus esfuerzos y consiguieron romper la línea ostrogoda; mientras, los hunos fueron rechazados una y otra vez por los romanos desde la colina perdiendo gran número de efectivos. En ese momento, Atila, comprendiendo que existía la posibilidad de ser rodeado y aniquilado, emprendió la huida hacia su campamento.

Los campamentos hunos se caracterizaban por situar en un círculo al personal no combatiente y a los víveres y provisiones, rodeados por un los carromatos; así, constituían un eficaz recinto defensivo. Mientras Atila ordenaba que le prepararan su pira funeraria, sus hombres se defendieron a distancia utilizando sus arcos y flechas. Sorprendentemente, Aecio decidió detener el ataque y ofrecer un “puente de plata” al enemigo dispuesto para huir, tal como recomienda el antiguo axioma militar. Aecio quería evitar que una derrota total de Atila aumentara el poder de los visigodos y, finalmente, decidieran tomar el control de toda la Galia e incluso marchar sobre Roma. Pero, las cosas se veían de otra manera en la capital imperial, especialmente, cuando al año siguiente, Atila, recuperado de la batalla, invadió Italia.

Los destrozos que provocó en el Norte de la Península Itálica, solamente fueron detenidos por la peste y la carestía que acecharon a su ejército. Esto, unido a la intervención del Papa León I y a los malos augurios que experimentaba Atila, lo convencieron para que se retirara. Un año después moría. El Imperio Huno se deshizo como un azucarillo, y el Imperio Romano salió airoso de la prueba. Por última vez la victoria sonreía a las águilas romanas. El hecho de que Aecio no hubiera acudido en defensa del territorio de la Península Itálica cuando se produjo el ataque de Atila, dio la sensación a Valentiniano III de que su “magíster militum” albergaba la ambición de ostentar la corona imperial. Lo cierto es que Aecio experimentaba una sensación de lejanía hacia la capital imperial y su mundo eran las Galias. El que fuera llamado “el último romano”, no era sino un romano “barbarizado”, educado junto a los visigodos y apenas identificado con la pasada grandeza de Roma que, en cualquier caso, le era incomprensible. Valentiniano III, pensó que, a partir de la retirada de Atila, Aecio pasaba a ser un posible rival, así que decidió eliminarlo. Tres años después de la Batalla de los Campos Cataláunicos, el general fue llamado a Roma y asesinado por el propio emperador. Un año después, en el 455, dos esclavos de Aecio, a su vez, mataban a Valentiniano III. Lo que se inicia a partir de ese momento, puede ser llamado en rigor “la caída del Imperio Romano”. Ambas muertes inician la crisis terminal de la ciudad de Rómulo.

Al conocerse la muerte de Valentiniano III se produjeron algunos disturbios en Roma y el senador Petronio Máximo –quizás instigador del asesinato– compró el apoyo de tropas cercanas y se aseguró el título de Emperador. Para intentar legitimar mínimamente la situación, se casó con la viuda del emperador asesinado, mientras su hijo lo hacía con la hija de éste. Olvidaba que ésta había sido prometida a los cinco años con el caudillo vándalo, Genserico que, al conocer la noticia, marchó sobre Roma. Máximo, al intentar huir, fue asesinado por la plebe, pero este acto no pudo evitar el saqueo de la ciudad durante catorce días. No se produjeron muertes, incendios, ni violaciones, pero cualquier objeto de valor fue robado por los vándalos. Ni siquiera se salvaron las tejas de bronce dorado del Templo de Júpiter Capitolino; desmontadas y cargadas en los carromatos bárbaros, sufrieron análogo destino al tesoro del Templo de Jerusalén traído a Roma por Tito y sus legionarios. Lo más grave, es que ya no había emperador, ni fuerzas militares capaces de detener el saqueo o, simplemente, de proteger la ciudad cuando los vándalos se retiraron.

Desde Arlés, el general Avito se sublevó apoyado por los visigodos y cruzó los Alpes, proclamándose Emperador. Bizancio lo reconoció inmediatamente. Poco después, un general bárbaro a su servicio, Recimero, lo deponía. A partir de ese momento, el destino del Imperio –o de lo que quedaba de él– estuvo ligado a éste jefe militar. Recimero era un típico producto de su tiempo y del caos étnico en que cayó el Imperio cuando en el 406 los suevos, vándalos y alanos cruzaron el Rhin. Era cristiano arriano, nieto del rey visigodo Walia por parte de madre, su padre era suevo y su tío, Gundebad, fue rey de los burgundios. Sirvió a las órdenes de Aecio, y consiguió vencer a los vándalos en Sicilia y posteriormente les hizo retirarse de Córcega. Era un hombre enérgico y de carácter, pero no sentía la necesidad de ostentar la corona imperial; de hecho ¿para qué hacerlo si podía nombrar emperadores títeres? Mayoriano fue el primero de estos enanos históricos, elevados al trono de Octavio y Augusto. Aún así, obtuvo algunas victorias contra los burgundios que ocupaban Lyon y contra los visigodos que sitiaban Arlés. Durante su efímero gobierno, una vez más, la Galia Romana siguió ligada al Imperio. Pero la suerte le abandonó en su enfrentamiento con los vándalos de Genserico que, finalmente, lo derrotaron en el mar. Cuando regresó vencido a Roma, Recimero, simplemente, lo ejecutó, nombrando, acto seguido, a Libio Severo como nuevo emperador. Pero Severo tampoco logró detener las conquistas vándalas en Sicilia y el Peloponeso. Bizancio no pudo evitar reconocer el hecho consumado de que Genserico dominaba África del Nor-Oeste, las islas Baleares, Córcega y Cerdeña.

Las victorias de Genserico, evidenciaron a ojos de otros pueblos bárbaros, la debilidad del Imperio. En el 466, los visigodos de las Galias se independizaron y Roma ya no estuvo en condiciones de enviar tropas, ni ayudar a los galo-romanos. El rey visigodo Eurico extendió sus dominios hasta Arlés y más tarde a toda Aquitania, Provenza y buena parte de Hispaniae. En el 475, Roma había perdido ya la Galia y toda la Península Ibérica y apenas quedaba del viejo imperio, la Península Itálica, y las regiones de Retia y Nórica.

Cuando Recimero muere en el 472 –había derrocado a otros dos seudo-emperadores y nombrado, así mismo, a sus sucesores– vuelve a haber un vacío de poder que, ante la incapacidad para elegir nuevo emperador, obliga a Bizancio a enviar a su sobrino Nepote a hacerse cargo de los destinos de Roma. Orestes, un general que había sido secretario personal de Atila, educado, por tanto, en las costumbres bárbaras, se sublevó contra Nepote e impuso a su hijo, Rómulo Augústulo como emperador en el 475.

La agonía concluyó cuando los germanos exigieron al nuevo emperador una parte del Norte de Italia para asentarse. Orestes, quien ejercía verdaderamente el poder, no aceptó. Una asamblea de tribus germánicas, eligió a Odoacro, rey de los Hérulos, como jefe para marchar sobre Roma. En el 476, sin lucha, Roma se abrió a Odoacro sin lucha. Orestes fue ejecutado y el efímero emperador recibió una pensión vitalicia y se le envió a vivir a una villa donde el último César de Roma cultivó vides y olivos. Odoacro envió las insignias imperiales a Constantinopla. Era el reconocimiento oficial de que la agonía había terminado. El Imperio Romano de Occidente había dejado de existir. Desde hacía muchos años la pasada gloria de Roma era tan solo un recuerdo lejano.

Las causas de la decadencia militar

Así fueron los últimos veinticinco años del Imperio Romano de Occidente; ahora vale la pena preguntarse por qué esta decadencia fue tan rápida y acentuada a partir, paradójicamente, de una victoria como la de los Campos Cataláunicos. No se entiende bien porque el Imperio Romano de Oriente aguantó durante otro milenio los asaltos de sus enemigos, mientras el Imperio Romano de Occidente no pudo prolongar su existencia. Otra pregunta subyace inmediatamente: ¿cuándo se perciben los primeros rastros de esa decadencia? Y, finalmente, ¿cuáles fueron los motivos desencadenantes de este proceso?

Antes hemos subrayado que la decadencia fue, ante todo y sobre todo, militar. Un Imperio se hunde cuando sus ejércitos no están en condiciones de asegurar su cohesión, unidad y defensa. En los años en los que el marxismo fue la única teoría histórica “aceptable”, se tenía una irreprimible tendencia a atribuir cualquier proceso de decadencia a causas económicas. Nosotros, por el contrario, afirmamos que la decadencia romana fue, inicialmente, militar y, en función de las pérdidas territoriales, se generaron consecuencias económicas, muy secundarias en relación a la crisis militar.

La milicia es una forma de vida dura. Y en el antiguo Imperio Romano, más dura todavía. En el período republicano y hasta la decadencia imperial, todos los jóvenes romanos, sin distinción de clase, debían servir en las Legiones. Dependía del nivel de ingresos de su familia, que formaran parte de unas u otras categorías militares. Contra mayores eran sus ingresos, se suponía que tenían más que defender y, por tanto, sus responsabilidades eran mayores. Así mismo, se tenía en cuenta la edad. El tiempo de servicio militar duraba veinticinco años y empezaba muy pronto. En los primeros años de servicio, los legionarios no estaban todavía curtidos y en los últimos, sus fuerzas empezaban a flaquear, pero, la experiencia que faltaba al principio, sobraba al final. Así pues, el lugar ocupado en las batallas dependía de la edad y de la experiencia. Pero, en cualquier caso se trataba de una vida particularmente dura, gracias a la cual Roma pudo alcanzar su gloria, extender su Imperio y prolongar su vida durante un ciclo de mil años.

Da la sensación de que esa dureza solamente puede ser soportada por pueblos particularmente enérgicos. Dureza y civilización parecen encajar mal. Roma, sin embargo, fue una excepción. Los antiguos romanos fueron excepcionalmente cultos y piadosos y, por supuesto, pragmáticos. Durante unos siglos, los refinamientos de la sociedad romana, coexistieron con la cultura, la religiosidad y el pragmatismo. Sin duda, de esos elementos, y de una formidable capacidad para producir grandes conductores militares y afinados estrategas, derivó la grandeza y la persistencia de la romanidad. Pero hubo un momento en el que distintas causas precipitaron la decadencia militar. En primer lugar, apareció lo que podemos llamar “selección a la inversa”.

A lo largo de siglos de combates y guerras sin fin, Roma se había ido desangrando. En los combates, los jefes militares de ayer y de hoy, envían a las posiciones más difíciles y a las misiones más arriesgadas a los más valientes y a los mejores. Solo así se garantiza la victoria. Pero las pérdidas son inevitables y, a medio plazo, mueren “los mejores”. Los que inevitablemente sobreviven a la dureza de los combates, son los que han desarrollado con el paso del tiempo un sexto sentido para evitar los lugares de riesgo, quienes se las han ingeniado para estar siempre en retaguardia, en segunda línea, o para eludir responsabilidades y riesgos, siempre terminan por sobrevivir. A lo largo de generaciones y generaciones, esta selección natural terminó por repercutir negativamente en la “calidad” de la “raza de Roma”. Durante los tiempos de Estilicón, esta crisis se evidencia con toda su brutalidad. La “selección a la inversa” termina creando una haciendo que los mejores elementos sucumban y dejen el paso a los menos dispuestos al sacrificio. La coartada de estos es la “civilización”. Habría que hablar, más bien, de “refinamiento” y de “sofisticación”. Cuando aparecen, una civilización está muerta aunque durante un tiempo, todavía, siga en pie por inercia. El carpetazo definitivo sucede cuando aparece otro pueblo “joven”, que encarna la dureza y la fuerza de los orígenes.

Hans Delbrück escribió: “Los bárbaros tenían a su disposición el poder guerrero de los instintos animales desenfrenados, del vigor básico. La civilización refina al ser humano. Lo hace más sensible y el hacerlo decrece su valor militar, no solo su fuerza corporal, sino incluso su valor físico”. Esta explicación es perfectamente válida, a condición de que se le superponga, la teoría que hemos enunciado antes sobre la “selección al revés”. De hecho, los bárbaros” en cierto sentido tenían los mismos refinamientos que los romanos de tiempos de la República. Los guerreros visigodos, por ejemplo, llevaban entre su equipo de campaña un estuche para el aseo personal en el que figuraban incluso pinzas para arrancarse los pelos de la nariz y las orejas. En cuanto a Roma, un embajador ateniense afirmó que pensaba que el Senado Romano era una “horda de bárbaros”, pero se encontró ante una “asamblea de Reyes”. El refinamiento y la irrupción de la molicie que inevitablemente le acompaña, es una condición suficiente para la que irrumpan procesos de decadencia, pero no necesaria. Un pueblo fuerte y valiente no es necesariamente un pueblo “primitivo”. La condición necesaria para la decadencia aparece cuando un pueblo ya no está en condiciones de “producir soldados”, es decir, cuando no existen suficientes individualidades de temple capaces de asumir la defensa de sus comunidades. Eso ocurrió en Roma a partir de mediados del siglo IV y se evidenció en la reforma del ejército abordada por Estilicón y, más tarde, en el desprecio con que Atila consideró al adversario romano en el alba de los Campos Cataláunicos.

Un siglo antes de la deposición de Rómulo Augústulo, los visigodos habían atravesado el Danubio con permiso del César en tanto que “foederatus” (aliados) de Roma. El Imperio era fuerte y tenía las mismas dimensiones que en tiempos del Divino Augusto. Las legiones romanas seguían siendo capaces de luchar en los lugares más alejados de la capital. En Persia, por ejemplo.

Tras la derrota de Adrianápolis ante los visigodos, el Imperio siguió manteniendo su solidez y debieron pasar otros treinta años hasta el saqueo de Alarico. Aún en la derrota de Adrianópolis, el ejército romano mantuvo las posiciones aun a pesar de que la derrota ya era segura. La disciplina y el espíritu de sacrificio todavía estaban presentes en las Legiones. No era una nueva situación. Desde las Guerras Púnicas, Roma estaba habituada a conocer la derrota en enfrentamientos tácticos, pero obteniendo, sin embargo, victorias estratégicas. Aníbal se retiró de la Península Itálica sin sufrir una sola derrota. Los nombres de Tesino, Trebia, Trasimeno, Canas, evocaron a los patricios romanos momentos de crisis, pero, al mismo tiempo, los nombres de Escipión o Quinto Fabio Máximo, remitían a grandes conductores militares, geniales estrategas, capaces de superar derrotas tácticas. El factor humano seguía siendo el básico, pero además, hasta mediados del siglo IV, Roma fue capaz de producir recursos humanos y materiales para superar todas las crisis. La solidez del Imperio fue altamente tributaria de estas ventajas.

Sin embargo, tras el 410, Roma ya no estuvo en condiciones de producir nuevos soldados y, lo que casi era peor, de entrenarlos conforme a tácticas militares adaptadas a los nuevos enemigos que empezaban a acechar al Imperio desde las fronteras de Germania. Pronto se perdieron Britania y África. No fue el potencial militar de pictos, bereberes, numidas o vándalos, lo que obligó a la retirada, sino el no poder enviar nuevas tropas a estas provincias imperiales. En los treinta años siguientes, las fronteras siguieron estrechándose, poco a poco. Esto suponía perder, no solo territorios, sino también y sobre todo recursos humanos, materias primas y moneda acuñada. A medida que el Imperio se replegaba sobre sí mismo, su defensa resultaba progresivamente más difícil al faltar cada vez más medios y recursos.

Mientras Estilicón se enfrentaba a Alarico y a sus visigodos, sublevado contra el poder imperial, el 31 de diciembre del 406, suevos, vándalos y alanos, cruzaban las fronteras del Rhin y penetraban en dirección al Oeste. En ese momento, el Imperio Romano de Oriente y el de Occidente estaban igualados en potencia y recursos. Estilicón no reaccionó, ocupado en intervenir en las polémicas generadas por Alarico. Al año siguiente se evacuó Britania. En el 410 Alarico saqueaba Roma. El emperador Honorio, refugiado en Ravena, entre saraos y francachelas, parecía ajeno a estos acontecimientos. En el 410 se produce la pérdida de Britania y la entrada de los bárbaros en Hispaniae, tras haberse asentado en las Galias. Se suele responsabilizar al emperador Honorio de estas derrotas. Estilicón, por su parte, como Aecio después, dejó escapar en varias ocasiones a Alarico y, consciente de que los nuevos reclutas empezaban a echarse en falta en las legiones, optó por incorporar a los bárbaros federados al ejército. Él, por su parte, también era de origen bárbaro. Roma parecía no disponer ya de jefes con el fuste suficiente para aquellos tiempos. A partir de entonces, el ejército romano dependió cada vez más de la incorporación de bárbaros.

En los últimos veinte años del Imperio, prácticamente la totalidad de soldados romanos tenían un origen bárbaro. Nadie defiende una patria ajena con la fuerza y el vigor de sus oriundos; ahora bien, se pueden obtener excelentes soldados –la existencia de la Legión Extranjera francesa o española, así lo demuestran– mediante un adiestramiento intensivo y una disciplina férrea. Y eso fue precisamente lo que faltó en aquel momento crucial.

El entrenamiento de las tropas se había reducido al mínimo y era, a todas luces, insuficiente para asegurar el correcto desarrollo de las tácticas de combate. Para colmo, el “orden cerrado” propio de las Legiones Romanas exigía un entrenamiento muy superior a cualquier otra forma de combate. Este tipo de formación, heredada de la falange hoplítica griega, exigía la habilidad para avanzar sin separar los escudos, ni ofrecer fisuras en la línea frontal. Se trataba, no solamente de pasar del “orden grueso” (formación dotada de profundidad) al “orden delgado” (despliegue en formación más abierta y con menos profundidad de combatientes), sino de maniobrar taponando brechas cuando el adversario lograba penetrar en las primeras líneas. Avanzar sin romper la formación, abriéndola o cerrándola, evolucionar en pleno combate respondiendo a las órdenes, era imposible sin un entrenamiento que solamente existió hasta mediados del siglo IV. Esta deficiencia era la que el genio militar de Atila advirtió desde sus primeros choques con los romanos y lo que se indujo a ningunearlos en el alba de la batalla de los Campos Cataláunicos.

Pero había otro problema todavía mayor. Los romanos estaban tan bien dotados para el combate como los germanos o los hunos, o antes, como los cartagineses o los galos. Si lograron imponerse sobre unos y otros, fue gracias a su maquinaria militar y a su armamento superior. Pero no advirtieron que los nuevos pueblos que se aproximaban a las fronteras del Imperio y amenazaban su perímetro, utilizaban nuevas tácticas militares ante las que jamás se habían enfrentado. La utilización masiva de la caballería y, por tanto, de una mayor movilidad en el campo de batalla, el uso de espadas más largas, los ataques en cuña, eran elementos nuevos a los que el ejército romano tardó en adaptarse y en comprender. No es de extrañar que fuera de derrota en derrota y sus fronteras se estrecharan cada vez más. Tarde, demasiado tarde, comprendieron que para contener a los bárbaros se precisaban fuerzas igualmente móviles, capaces de actuar en orden abierto y que era necesario alargar los “gladios” a las necesidades del ataque de caballería.

El hecho decisivo era que Roma no pudo adaptarse eficazmente ni analizar las tácticas empleadas por los nuevos enemigos. En lugar de forjar una nueva doctrina militar, se limitó a reclutar sistemáticamente a bárbaros para que desempeñaran las mismas tareas que hasta ese momento correspondían a los ciudadanos romanos en período de servicio militar. Roma puso especial énfasis en nombrar generales a aquellos romanos que podían ser “aceptables” por sus soldados bárbaros. Se trataba, en general de generales que o eran bárbaros (como Estilicón), o habían sido educados entre los bárbaros (como Aecio) o a los que habían servido (como Máximo), y que, emocional y culturalmente, estaban ya más próximos a ellos que al viejo espíritu de la Roma Patricia. La decadencia militar era inevitable. Y esa decadencia arrastró a la decadencia política.

Los “limes” como muestra del cambio de la concepción militar romana

El cambio en la estrategia militar romana pudo percibirse a partir del siglo III, cuando se construyeron los “limes” o murallas fronterizas en las fronteras más expuestas a las invasiones bárbaras. Hasta entonces, las legiones romanas habían sido una fuerza ofensiva, empeñada año tras año en ampliar las fronteras del Imperio. A partir de entonces, con la pax romana, la misión de las legiones varió sustancialmente. Se trataba, a partir de entonces, de asegurar las fronteras, contener al adversario y reprimir eventuales sublevaciones internas. El grueso de las legiones fue distribuida en los distintos limes. A partir de entonces da la sensación de que la tensión guerrera disminuyó en Roma. El entrenamiento se relajó, cada vez surgían más excusas para que los ciudadanos con recursos pudieran eludir la prestación del servicio militar, sin ver mermados sus derechos políticos; la “pax romana”, literalmente, supuso, ciertamente, lo mejor del Imperio, pero allí también empezó el “apoltronamiento” de sus guerreros. Esta relajación estaba magistralmente simbolizada en la estrategia de los “limes”.

La palabra “limes” designaba en latín a cualquier camino de frontera vigilado por el ejército y, por extensión, pasó a nombrar las defensas y murallas situadas en esas zonas. Se trataba verdaderamente de murallas salpicadas de torres de madera o de piedra, donde residían los defensores. Así era la muralla de Britania. Por el contrario, en la frontera de Germania, se trataba de una cadena de fuertes y torres de vigilancia bastante próximos entre sí. Los muros de Adriano, Antonino, Septimio Severo en Britania, el limes del Rhin en Germania (que seguía la orilla izquierda del río hasta los Alpes), el limes del Danubio (que protegía Dacia y Panonia) y el limes Africano (que separaba el África Romana de la controlada por las tribus bereberes y numidas), eran las resultantes de una política de defensa que había perdido su impulso y aspiraba solamente a contener al enemigo.

Cuando Augusto dio por finalizada la expansión del Imperio con la Pax Augusta, las legiones, hasta entonces empeñadas en guerras de conquista, fueron acuarteladas en las inmediaciones de los limes. Roma contaba con 150.000 hombres, distribuidos en 30 Legiones, más las fuerzas auxiliares que suponían 100.000 hombres más, un número bajo de efectivos que contrapesaba su inferioridad numérica con una superioridad táctica, en entrenamiento y disciplina. Los germanos eran la única amenaza real de ese período tal como demostró el desastre de Varo y de sus tres legiones en el Bosque de Teotoburgo. Sin embargo, Marco Aurelio conjuró durante décadas los riesgos derivados de esa frontera. Fue con su sucesor, Cómodo, cuando el ejército empezó a involucrarse en las luchas políticas y el poder imperial sufrió el primer colapso. A la muerte de Valeriano, el apoyo del ejército era disputado por todos los aspirantes al trono. Las recompensas que los emperadores daban a los militares que les habían apoyado, hizo que los ojos de los generales se desviaran de la defensa de las fronteras del Imperio e intentaran por todos los medios obtener beneficios de la clase política. Pero Roma tenía aun mucha vida por delante.

La energía de Diocleciano devolvió la fortaleza militar a Roma y aseguró el mantenimiento de la seguridad en las fronteras creando lo que hoy llamaríamos una “fuerza de intervención rápida” capaz de acudir donde fuera necesario. La eficacia de esta unidad de choque aumentaba gracias a la infraestructura de comunicaciones que comunicaba a los puntos más distantes del Imperio. Diocleciano creó un tipo de ejército defensivo pero capaz de pasar a la ofensiva en cualquier momento. Sin embargo, sus sucesores volvieron a priorizar la estrategia defensiva y al cabo de dos generaciones, las legiones empezaban a desdeñar el entrenamiento y los ejercicios en formación cerrada; apenas sabían hacer otra cosa que defender murallas. El “ejército móvil” era la única fuerza que todavía conservó su ímpetu y su entrenamiento ofensivo. Es significativo que Esparta jamás tuviera murallas. Los propios espartanos decían que ellos eran las verdaderas murallas de la ciudad. Los romanos, en cierta medida, asumieron esta concepción durante el período republicano y en los primeros cien años de Imperio, pero, a partir de entonces, es significativo que se dieran las órdenes de crear los muros fronterizos y, al mismo tiempo, de fortificar las ciudades. Eran las señales de que estaba cambiando la mentalidad. Trajano, Escipión, César, Mario, siempre asediaron ciudades, pero nunca –Salvo César en el extraordinario sitio de Alesia- jamás se parapetaron tras muros de protección.

El cambio de estrategia no desanimó a los enemigos de Roma. Cambiaron sus nombres, cambiaron los frentes, pero siempre, a lo largo de toda su historia, Roma vivió en un permanente estado de guerra, soportando presiones en todas sus fronteras. Cuando no eran los partos eran los germanos, cuando no los britanos o los persas. Julio César comprendió pronto que las estrategias defensivas no bastaban para garantizar la integridad del Imperio, era preciso ir hasta el corazón del enemigo, aniquilarlo lo más lejos posible del propio territorio imperial. César entendió que un cerco persistente, termina por rendir una ciudad, que un muro defensivo puede ser cercado y rebasado y, tarde o temprano, termina por caer. Cuando fue asesinado preparaba la guerra contra los partos. Cuando las legiones romanas perdieron su ímpetu ofensivo, el imperio empezó a decaer.

El concepto defensivo se afirma con Augusto y encuentra en Adriano su máxima expresión. Ambos no conocían la vida militar, no habían experimentado ni la tensión de los combates, ni el olor del enemigo, olvidaban que los pueblos que rodeaban al Imperio no estaban dispuestos a aceptar una paz que les vedaba el acceso a las riquezas de Roma. Pero además de la ambición estos pueblos estaban sometidos a los movimientos geopolíticos de las poblaciones asiáticas y a su tendencia a desplazarse de Este a Oeste, presionando a los pueblos situados en su camino. Esto hizo que una serie de pueblos bárbaros amenazaran las fronteras imperiales del Rhin y del Danubio e hicieran estallar la sensación de falsa seguridad que se había generado desde la “pax augusta”.

Hubo que esperar a la llegada de Emperadores de la talla de Juliano para que Roma decidiera recuperar las viejas estrategias militares y atacar fuera del perímetro del Imperio. Pero Juliano fue derrotado y muerto el 22 de junio del 363 por Sapor I en Maranga, cerca del Tigres. A pesar de lo que supuso esta derrota y la muerte en combate del Emperador, lo esencial del ejército romano consiguió replegarse sin pérdidas territoriales. Pero esta derrota repercutió muy negativamente en la mentalidad ofensiva romana. El golpe definitivo fue asestado con la derrota de Adrianápolis, donde el Emperador Valente fue derrotado por los visigodos. Y ahí si que las pérdidas humanas fueron insuperables. Sobre un ejército de 60.000 combatientes, Valente perdió 40.000 y él mismo sucumbió en combate. Era el 9 de agosto del 378, aniversario del triunfo de César en Farsalia. Estas dos derrotas en apenas tres lustros, con las pérdidas de dos emperadores fueron demoledoras e hicieron saltar por los aires el mito de la invulnerabilidad de los “limes”. A partir de entonces se abren las fronteras a los “foederatus” y se les incorpora en el ejército. No parecía una mala idea: se incorporaba a combatientes enérgicos y ya experimentados, lo que, por lo demás, resultaba más barato que formar nuevos soldados. Había empezado la “barbarización” del ejército.

Este proceso implicó el abandono de las propias tradiciones militares, un cambio en las tácticas de combate y en el armamento empleado. La disciplina también se resintió. La falta de disciplina de los combatientes bárbaros se contagió pronto a las legiones romanas. La caballería ganó importancia en detrimento de la infantería. Hasta entonces el romano estaba habituado a combatir a pie; la infantería era la “reina de los combates” y la columna vertebral del ejército. César había demostrado una y otra vez que el “orden cerrado” de la infantería era invulnerable a los ataques de la caballería, a condición, naturalmente, de que la infantería estuviera suficientemente entrenada. El caballo y el jinete eran rápidos pero vulnerables y eran fácilmente detenidos por una fila de lanzas y escudos. Los estrategas romanos empezaron por reforzar las protecciones del caballo y del caballero en lo que prefigura la imagen de la caballería pesada medieval. Esto forzó la modificación radical del “gladius hispaniensis” por la “spatha” copiada de la caballería germánica. Da la sensación de que la “raza de Roma” se había debilitado: los legionarios se quejaban del peso de la armadura, el casco y el escudo, así pues se sustituyeron por otros más ligeros. El tradicional “pilum” fue sustituido por la lanza de carga, el escudo rectangular se sustituyó por otro ovalado y plano, pero sobre todo, más ligero. Los tiempos en los que diariamente los legionarios cargaban con un pesado equipo de treinta kilos y andaban con él y con sus armas de ordenanza, treinta kilómetros, habían quedado atrás.

¿Qué estaba ocurriendo? Es indudable que en aquel momento se estaban viviendo las consecuencias de la crisis económica que sucedió a la retirada de África y a la pérdida de Britania. No había dinero suficiente para equipar a las tropas necesarias para asegurar el mantenimiento del Imperio. Durante la República, los propios legionarios pagaban a sus expensas su equipo y su armamento, pero eso ya no era posible cuando el Imperio alcanzó las dimensiones que tuvo en tiempos de César o Constantino. En el año en que éste último dividió el Imperio, Roma disponía de 450.000 combatientes, 35 fábricas de material militar distribuidos por todo el Imperio. Los alimentos eran aportados por campos de cultivo y pastos, próximos a los campamentos y gestionados por exlegionarios o por sus hijos. El mecanismo militar parecía rodar sin grandes dificultades. Hasta que Teodosio puso al frente del ejército al alano Estilicón y éste inició el proceso de “barbarización” del Ejército. Las consecuencias fueron dos: se relajó la disciplina (los pueblos bárbaros confiaban más en su bravura individual y en su resistencia física que en el orden de combate o en la capacidad de evolucionar sobre el campo de batalla) y se varió la táctica.

El muro de Adriano se extendía a lo largo de 117 kilómetros desde el golfo de Solway hasta el estuario del Tyne. Estaba compuesto por una muralla de piedra de entre 3,6 y 4,8 metros de altura y de 2’5 a 3 metros de ancho, además de 14 fuertes y 80 fortines, con un foso de protección de diez metros de ancho. Los pictos lograron cruzar esta muralla el 367. Quince años después sería definitivamente abandonada. Era el inicio de la retirada de Britania. Pocas décadas después, irrumpían en la escena los personajes históricos que en la Edad Media se convertirían en los protagonistas del Ciclo del Grial.

© Ernesto Milà Rodríguez – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

 

06.05.06

Entrevista a Leon Klein, autor de “Marruecos, el enemigo”

Entrevista a Leon Klein, autor de “Marruecos, el enemigo”

Infokrisis.- La publicación de la última obra de León Klein, "Marruecos, el enemigo", llega en un momento en el que la llamada "crisis de las vallas" parece olvidada y en un momento idílico de las relaciones hispano-marroquíes, al menos según Zapatero. Pero la realidad es muy distintas. Por eso entrevistamos al autor para que nos hable sobre este libro y sobre las cuestiones de fondo
Título: "Marruecos, la amenaza"
Subtítulo: "Su guerra de baja cota contra España"
Editado por: PYRE, SL
Dimensiones: 16 x 23 cm.
Número de páginas: 288 páginas
PVP: 16,00 €
Pedidos a Editorial PYRE
Infokrisis.- ¿Cómo surgió la idea de escribir este libro? ¿es una revisión de tu obra anterior “Marruecos, el enemigo del Sur”

León Klein.- Editorial PYRE me comunicó hace año y medio que “Marruecos, el enemigo del Sur” estaba completamente agotado y que las librerías y distribuidoras seguían pidiéndolo. No estaba muy motivado para escribir una revisión de la obra, hasta que por motivos profesionales tuve que viajar varias veces a Marruecos durante el verano y el otoño de 2005. En el curso de esos desplazamientos empecé a agrupar notas y materiales sobre mis impresiones. Cuando la asociación “Tierra y Pueblo” me ofreció la posibilidad de que diera una conferencia sobre Marruecos en el curso de su coloquio de noviembre, decidí ordenar todo este material y fue así como cobró forma la idea de “Marruecos, la amenaza”.

Pero no se trata de una “revisión” sino de otro planteamiento completamente diferente. No solamente se han tocado aspectos que no se habían reflejado en “Marruecos, el enemigo del Sur” (por ejemplo, el tema de las fuerzas armadas en conflicto, o la situación argelina, o el tema del terrorismo), sino que, se ha incorporado la información surgida en los cuatro últimos años. Y que no es poca, especialmente en el terreno político.

El resultado ha sido una obra nueva con tesis nuevas que hemos ido elaborando a medida que avanzábamos en nuestro trabajo.

Infokrisis.- ¿Qué tesis son esas?

León Klein.- La primera parte de una constatación innegable, a saber: que en todo el norte de África, en los últimos cuatro años ha aparecido una nueva fuerza política y social que ya hoy es mayoritaria, el Islamismo. El Islamismo se ha configurado como una fuerza político-social de primer orden, siguiendo una tendencia iniciada desde principios de los años noventa. Y esto ha ocurrido desde Marruecos, en donde la victoria del Partido de la Justicia y del Desarrollo solamente ha sido ocultada por las artimañas del mejzén y del sistema político que gestiona, hasta Egipto en donde las elecciones de 2005 han dado la victoria a los islamistas. Los datos objetivos nos permiten constatar que el islamismo es la fuerza político-social hegemónica en el Norte de África.

Ante los islamistas se encuentran los viejos regímenes, corruptos y desprestigiados, desde Mohamed VI, el que fuera presentado durante el primer año de su gobierno como “el rey de los pobres”, hasta Mubarak, el válido de EEUU en Egipto. Estos regímenes son verdaderos cadáveres ambulantes. Se mantienen a costa de una red de intereses oligárquicos y de la represión más feroz y primitiva. Pero esto no durará siempre. Y Occidente se equivocará –tal es nuestra tesis- si en el momento de la crisis terminal de estos regímenes, decide contribuir a apuntalarlos. Europa no puede verse implicado en el avispero que se avecina en África del Norte. Eso queda para los EEUU, verdaderos especialistas en entrar de pies y manos en avisperos. Europa, como la Roma antigua, debe ser realista y pragmática y reconocer el hecho consumado: el islamismo es la fuerza politico y social hegemónica en la zona.

Infokrisis.- Entonces, si lo he entendido bien, lo que tu estás proponiendo es un entendimiento con el islamismo radical…

Leon Klein.- Efectivamente. Mira, nosotros no podemos entrar ni salir en los asuntos internos de África del Norte. No podemos meternos a redentores y defensores de causas perdidas. Y los actuales regímenes en el poder allí son eso precisamente: causas perdidas, ruinas completas. Caerán y solamente la intervención occidental lograría prolongar su agonía. Francia se equivocó induciendo el golpe de Estado en Argelia en los años noventa. Al golpe siguió una larga guerra civil aun latente y que no ha logrado restar el protagonismo a los islamistas. Así pues, de lo que se trata no es de inmiscuirse en asuntos internos de terceros, sino en reconocerles su derecho a elegir su destino. El destino que han elegido sus poblaciones, es el islamismo. De lo que se trata es, simplemente, de pactar con los islamistas. “Vuestro territorio está al sur del Mediterráneo, gestionarlo como queráis. Si demostráis un mínimo de solvencia y responsabilidad, incluso podemos ayudaros en vuestro desarrollo. Pero, no lo olvidéis, el Norte del Mediterráneo pertenece a Europa, ahí no tenéis nada que hacer”. Un planteamiento de este tipo tendría mucho más éxito que el de ponerse de parte de los virtuales perdedores de la confrontación. Mira: los regímenes islamistas me resultan ampliamente desagradables, su “doctrina del desierto”, unidimensional, repugna a mi conciencia europea. Ahora bien, los actuales regímenes norteafricanos son depravados, oligárquicos, mentirosos, dictatoriales hasta la crueldad y, sobre todo, irresponsables. Los conocemos demasiado bien como para seguir apoyándolos. Los islamistas moderados son una incógnita, pero creo que responden mucho mejor a la realidad de sus sociedades e, incluso, percibo en ellos mucho más honestidad que en los Mohamed VI, Hassan II, Mubarak o Gadafi. De lo que se trata es de dejar las cosas claras con los islamistas: ni un intento de penetración en Europa, ni un intento de colocar peones en Europa, ni una exigencia en Europa que ellos mismos no estén dispuestos a conceder en su territorio.

Infokrisis.- Lo que estás planteando es un acuerdo sobre la inmigración norteafricana…

León Klein.- Vamos a ser claros de una vez por todas: las bolsas islamistas en Europa son imposibles de integrar. Tienen una tendencia natural a constituirse en guetos. Así pues, integración o repatriación. Tal es la disyuntiva. La integración ha fracasado en los países en los que más lejos se había llegado: en Holanda, el “modelo” por excelencia, no soportó el asesinato de Theo van Gogh, en Francia, país con tradición en inmigración, saltó por los aires con la intimada del otoño de 2005, en Alemania, los guetos se han configurado como islas de países y culturas extranjeras en territorios europeos. No, definitivamente, no. Los turcos son un problema en Alemania, los argelinos lo son en Francia, los marroquíes en España. Las políticas de integración ya han demostrado lo que valen: no son esas políticas las que fracasan, sino la comunidad a la que van destinadas que ha demostrado ser completamente irreductibles a Europa. Así pues, sólo un imbécil –y la política europea tiene inflación de imbéciles- puede seguir pensando que un buen día profundizando en el camino ya fracasado, se logrará alcanzar el paraíso multicultural y políétnico. Abandonemos toda esperanza: solo queda la repatriación masiva de turcos, argelinos y magrebíes a sus países de origen.

Infokrisis.- Eso, además, contribuiría a disuadir a otros de penetrar ilegalmente en Europa.

León Klein.-.Si, el objetivo a pactar con el islamismo es la repatriación –incluso podría aceptarse que fuera incentivada- de los contingentes que han alcanzado Europa. Pero hoy la política de inmigración tiene una urgencia: la contención de los flujos migratorios. Esta contención puede hacerse con facilidad y miente quien diga que es inevitable. Basta con expulsar a la misma velocidad con la que se entra en Europa. Sin miramientos, sin contemplaciones, de manera expeditiva. Cualquier otra política contribuirá a aumentar el “efecto llamada”.

Marruecos ha creado una nueva forma de hacer política internacional, basada en el chantage. Ha abierto la espita de la inmigración y los flujos han asediado nuestras fronteras en Ceuta y Melilla. Mohamed Vi sabe de la pusilanimidad de los gobiernos europeos y del español en particular. Así que, cuando desató la “crisis de las vallas”, sabía perfectamente que durante semanas el gobierno español no respondería, como así fue. Y cuando lo hizo, solamente fue capaz de ofrecer dinero a cambio del cierre de la espita. La crisis de octubre se saldó con cuarenta millones de euros en “ayudas” a Mohamed VI. Al firmar el talón, lo que el día antes había sido imposible de controlar, se resolvió al punto. Caldera decía que los asaltos a las vallas era una consecuencia del “hambre en África”. Pues, seguramente, al día siguiente de firmar el talón, el hambre desapareció de África, porque ya no volvieron a repetirse los asaltos. El problema ha sido que los malos ejemplos cunden. Ahora es Mauritania quien ha comprendido la esencia del chantaje a los sentimientos. Las pateras que salen de Mauritania en dirección a Canarias han causado ya 7.000 ahogados y desaparecidos. El gobierno ZP lo sabía desde enero y no hizo nada hasta que el tema saltó a los medios de comunicación. Y entonces, el gobierno ZP desplazó a la Vicepresidenta Fernández de la Vega, con el talonario. Dentro de poco Malí se decidirá a imitar la estrategia del chantaje a los sentimientos.

Para colmo, Canarias está saturada de inmigrantes. Ni caben más, ni hay trabajo para ellos, ni los cabildos insulares pueden atenderlos. Así pues, el gobierno ZP comete la más increíble y surrealista contradicción: lleva en avión a los inmigrantes hasta la Península… provistos de su carta de expulsión. Hasta el último africano tiene más inteligencia que los cerebros pensantes del gobierno ZP. No es raro que en África se vea a Europa como “débil” y “afeminada”.

Infokrisis.- Pongámonos en una hipótesis extrema, pero no descartable en función de lo que has dicho antes: el régimen de Mohamed VI, se ve cada vez en una situación más delicada, abandonado por las fuerzas populares; en ese momento, remite la jugada que su padre ya hizo durante la “Marcha Verde”, es decir, apelar a los sentimientos patrióticos para neutralizar a los islamistas. Y entonces organiza una nueva “Marcha Verde” sobre Ceuta y Melilla. Eso ¿nos llevaría a un conflicto armado?

León Klein.- No, hay que descartar la hipótesis del conflicto armado. El ejército marroquí es débil, mal entrenado y con escasa motivación. Es, además, el colectivo social en el que el islamismo avanza más rápidamente. A pesar de que el Ejército Español tiene sus deficiencias –y en el terreno de los conflictos internacionales, el hecho de que el 7% de nuestros soldados sean extranjeros en busca de la nacionalidad, es, sin duda, la mayor- tenemos la iniciativa absoluta en aire y mar y, a través de la Legión, también en infantería. Así pues, el conflicto armado no es viable. Ningún país inicia un conflicto armado para perderlo.

Ahora bien, creo que nuestras FFAA deben trabajar sobre una hipótesis, la de que, antes o después, terminará realizándose: que Marruecos lance el órdago sobre Ceuta y Melilla. En las actuales circunstancias cualquier ofensiva sobre Ceuta y Melilla sería contestada por el gobierno español con una retirada inmediata. No se llegaría a la guerra, porque el gobierno socialista español, ignora cualquier política de defensa digna de tal nombre. El gobierno ZP es el de la “renuncia permanente”, no lo olvidemos. Para “progres” de la calaña de ZP, Ceuta y Melilla son restos del “colonialismo” español y, por tanto, prescindibles.

El gran riesgo de este momento consiste en que Mohamed VI conoce la debilidad del gobierno español en materia internacional y la mentalidad progresista en la que se mueve. Antes o después se decidirá a rematar la cuestión de las dos Plazas de Soberanía.

Infokrisis.- ¿Por qué no lo ha hecho ya?

León Klein.- Hay una explicación. España tiene todavía un as en la manga: la cuestión del Sáhara. Mientras España se mantenga en su posición tradicional, sostenida por franquistas, socialistas, centristas y populares, desde 1975 a 2004, Mohamed VI se autocontrolará. Le interesa más rematar la cuestión del Sáhara y terminar integrándolo oficialmente en la corona marroquí, que obtener el botín de Ceuta y Melilla. Para recuperar el Sáhara, Marruecos debe contar con que España varíe su posición y termine aceptando la colonización del Sáhara como hecho consumado, a cambio de una autonomía para esa región. Ahora bien, si ZP, por aquello del “diálogo de civilizaciones”, pacta asumir la posición marroquí sobre el Sáhara a cambio de frenar las reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla, Mohamed VI respetará el pacto, solamente el tiempo en el que NNUU tarde en reconocer la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara.

Infokrisis.- ¿España no puede apoyarse en Argelia para debilitar a Marruecos?

León Klein.- No, hay un elemento nuevo en el Magreb, el interés de EEUU por la zona en la que alberga fundadas esperanzas de que en breve se producirá un volumen importante de petróleo. Argelia es el principal suministrador de gas natural a España a través del gaseoducto Argel-Marruecos-Sevilla, un canal demasiado sensible como para que pudiera garantizar el bombeo de gas en caso de conflicto. Hace falta establecer políticas energéticas más sólidas. La red europea de gaseoductos que traslada el gas ruso hasta los Pirineos, podría haber prolongado su zona hasta Gibraltar sin que hubiera grandes dificultades técnicas. Y esto hubiera contribuido a afianzas un poco más un eje “euro-ruso” que tiene muchos más posibilidades de futuro que un eje euro-magrebí.

Cuando escribí “Marruecos, el enemigo del Sur”, todavía no existía la “Iniciativa Pan Shael”, programa de ayuda de EEUU a los países de la “franja del Shael”. En “Marruecos, la amenaza”, recojo esta iniciativa “antiterrorista” que, en realidad, es una intromisión de EEUU en la política interior de esta zona estratégica, a causa de los hallazgos petroleros en toda la costa africana, desde el Golfo de Guineas hasta Gibraltar.

Apoyar a Argelia frente a Marruecos, sería una mala forma de inaugurar una nueva política europea en el Magreb. Repito lo dicho: hay que dejar que los propios magrebíes elijan su futuro. Elegirán el Islam, bien, si, pero es su opción. No tenemos nada que decir, al respecto. Es posible que dos gobiernos islámicos en Marruecos y Argelia se entiendan mejor que una democracia disminuida en Argelia y una monarquía chapucera de “derecho divino” en Marruecos. Hay que ser fieles a los principios: decir no ingerencia en asuntos internos del Magreb, quiere decir… no ingerencia en asuntos internos del Magreb y abandonar las políticas maquiavélicas de pesos y contrapesos. El tiempo de esa diplomacia ya ha pasado. Mejor un Magreb unido con el que sea posible dialogar, gobernado por islamistas fieles a la palabra dada, que un Magreb enzarzado en un rosario de conflictos internos que escupirían entre dos y cuatro millones de inmigrantes más hacia Europa.

Infokrisis.- En tu libro hablas muy a menudo del “majzén”, ¿nos puedes explicar la naturaleza de ese concepto y la importancia que reviste en la política marroquí actual?

León Klein.- Algunos estarían tentados de traducir el “majzén” como la “corte”, es decir, el entorno del monarca. Pero nos equivocaríamos. El majzén es una red de intereses y corrupción como no existe igual en ninguna monarquía europea. Imaginemos cien Prado y Colón de Carvajal, miles de Prado y Colón de Carvajal. Eso es el majzén. Por lo demás, una monarquía europea es perfectamente consciente que depende de la constitución, está sometida a la constitución y no puede hacer más allá de lo estipulado en la constitución. En Marruecos, por encima de cualquier límite está la figura del monarca y, por tanto, sus amigos también están por encima de la constitución. Eso es el majzén: el depositario del verdadero poder en Marruecos. No es un grupo de presión: es el poder en sí mismo que actúa por delegación del monarca absoluto. Sin límites, sin cortapisas, sin freno, con una ambición y una irresponsabilidad absolutas.

El poder del majzén es precisamente lo que hace crecer al islamismo moderado. El majzén –y la monarquía que lo tolera y sobre el que se apoya- es el principal factor de desigualdad social. Esta desigualdad genera dos fenómenos correlativos: la inmigración y la islamización de la sociedad marroquí.

Además, el majzén es miope. Frecuentemente ha intentado combatir a las izquierdas fomentando el islamismo radical. El resultado ha sido que las izquierdas son extremadamente débiles en Marruecos, pero el islamismo es extremadamente fuerte. Este proceso lo estudio con detalle en mi libro y creo que es una de las partes mejor documentadas. No albergo la menor duda de que la sociedad marroquí estuvo dispuesta a perdonar cualquier vileza de Mohamed VI, pero no así los excesos del majzén. Estoy firmemente convencido de que el majzén será el principal factor de ruina de la monarquía alahuíta.

Infokrisis.- Muchas gracias por estas respuestas.

Título: "Marruecos, la amenaza"
Subtítulo: "Su guerra de baja cota contra España"
Editado por: PYRE, SL
Dimensiones: 16 x 23 cm.
Número de páginas: 288 páginas
PVP: 16,00 €
Pedidos a Editorial PYRE

© Ernesto Milà Rodríguez – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 02.05.06

La Sagrada Tierra de Europa (I) El mito de Guillermo Tell y la religión de los druidas

La Sagrada Tierra de Europa (I) El mito de Guillermo Tell y la religión de los druidas

Infokrisis.- Al regreso de Suiza, hemos vertido en Word algunos de los apuntes tomados a lo largo del viaje y los hemos cotejado con notas previas sobre el paganismo celta. El resultado ha sido identificar en la tierra helvética un centro del cultu druídico, del que el mito de Wilhelm Tell es, sin duda, su postrero reflejo. Vale la pena conocerlo para conocer un poco más sobre el pasado de Europa.

Suiza no es solo el lugar más estable de Europa, sino también el país donde el pasado celta se ha conservado con mayor pureza. Desde hace más de setecientos años, aquellos altos valles mantienen vivo el recuerdo de Guillermo Tell, el héroe de la indepen­dencia suiza. Su leyenda encubre una vieja tradición de origen celta. Pero no es esta la única huella de la religión de los druidas en los Alpes. Incluso la actual fiesta nacional suiza, -1º de agosto- coincide con el Lugnasad, la fiesta del Sol de los antiguos druidas.

GUILLERMO TELL Y SU LEYENDA

En el siglo XIII, Uri -uno de los actuales cantones suizos- se encontraba bajo dominación de los Habsburgo. El gobernador Gessler había colocado su sombrero en el centro de la villa, en lo alto de una lanza, para que el pueblo al pasar por delante le rindiera homenaje. Pero un maestro arquero -Thael, Thall, Tal, Tallen, Tell, según las distintas versiones de la leyenda- se negó. Tell fue obligado a disparar una flecha a una manzana colocada sobre la cabeza de su hijo. La atravesó, pero el gobernador le preguntó por qué había cogido dos flechas si solo podía fallar o acertar una vez. Tell le contestó que en caso de haber fallado, la otra flecha iba destinada al gobernador.

Apresado y encadenado, Tell y el gobernador atravesa­ron en barca un lago. Una violenta tempestad amenazó con hundir la frágil embarca­ción. Tell propuso al gobernador: "Si me desatas, salvaré la nave". Así lo hizo y, al mando del timón, Tell consiguió llevar a la embarcación hasta el lugar que hoy se conoce como Tellenplatte. Una vez en tierra, en las proximi­dades de la capilla de Santa Margarita de Thellen, en Küss­nacht, Tell logró atravesar con una flecha el corazón de Gessler y regresar a su tierra natal, el país de Uri. Tal es, en síntesis, la leyenda de la que corren distintas versiones redactadas en los siglos XIV a XVI.

TELL Y EL MUNDO CELTA

En alemán "toll" quiere decir "loco", "exaltado"; no es aquí donde debemos buscar la etimología de la palabra, pues Tell es el paradigma de la astucia, la reflexión y la serenidad. Tell, no es un personaje histórico, sino legendario que resume las virtudes de todo un pueblo. Sin embargo, la leyenda de Tell estuvo lo suficientemente arraigada como para que se diera su nombre a lugares geográficos (Tellen Blatten, Tellenplatte, Thellen, y otros muchos de la Confede­ra­ción Helvéti­ca).

Solo en la mitología celta encontramos nombres que correspondan a los contenidos que la tradición atribuye al maestro arquero. Un departamento del Ulster, donde las tribuas de Irlanda se reunían para celebrar el Lugnasad se llamaba Teltown, nombre derivado del nombre Tailtiu o Tallan, la madre nutricia del dios Lug. Talamh fue, en otro tiempo, el nombre de Irlanda y Tailtiu adoptó, finalmente, el nombre de una divinidad telúrica nacional. Tailtiu/Tallan dieron en la antigua lengua gala, "talamo", la tierra.

Todas estas divinidades fueron adoradas por los celtas en lugares donde actualmente se levantan capillas en memoria de Tell y son especialmente abundantes en Suiza Central. El mito del arquero rebelde es una reedición de la diosa celta de la Tierra. Los antiguos cronistas colocaron a quien debía representar su papel de héroe nacional, el nombre de la diosa celta, del cual sería su hijo, como Lug lo era de Tailtiu/Tallan.

LOS PRIMEROS HABITANTES DE SUIZA

Es difícil establecer cuales fueron los límites dentro de los cuales se extendieron los pueblos celtas. Se sabe que procedían de un pueblo anterior llamado de los "campos de urnas", dado que icineraban a sus muertos y los guardaban en urnas funerarias. Este pueblo apareció en Alemania del Sur y Europa Central 1500 años antes de Cristo. Creron la primera civilización del hierro (de Hallstatt, entre el 500 y el 700 antes de JC) que se extendió desde el Norte de las Galias, hasta el Bajo Rhin y las islas Británicas. A esta siguió la época de la Tène (500 al 50 a. de JC). Es en esta segunda época cuando los celtas entran en la historia, si bien desde mediados del siglo VI a.JC ya habían llamado la atención de los historiadores griegos y romanos. Ciudades muy diversas como Londres, Milán, Génova, Viena y París, deben su nombre a la antigua lengua celta.

El núcleo originario de los pueblos se encuentra en el norte de los Alpes, en una zona llamada por los antiguos Bosque Herciniano que comprende un espacio situado entre el actual länder alemán de Baden-Wüttem­berg y la Baja Austria. A partir de aquí irradia­ron en oleadas sucesivas hasta cubrir todo el territorio de las Galias, las Islas Británicas, los Alpes, Iberia, el Norte de Italia, los Balcanes, llegando hasta Asia Menor. La misma raíz se encuentra en lugares tan distantes como las Galias, Galicia, Galitzia, Gales, etc. Entre el -400 y el 150, más de la mitad de Europa era celta y se podía viajar desde Escocia a Turquía hablando esta lengua de origen indo-europeo.

En la antigüedad recibieron distintos nombres que procedían de deformaciones fonéticas: celtas, galos, gálatas... Jamás constituye­ron un Estado único o un Imperio, nunca tuvieron una administración centralizada. Su concepción social estaba próxima a las polis griegas. Cada pueblo constituía unidades independientes con un "rix" a la cabeza elegido por una asamblea de hombres libres. En tiempos de guerra y ante un enemigo común, podían federarse y elegir a un "rey de las batallas". Vercingetórix sería una de ellos, cuando debieron afrontar la lucha contra Roma.

El pueblo celta más importante en Suiza eran los Helvetios. Julio César los cifró en 263.000 miembros y elogió su valor. Reconoce que su alianza con cimbrios y teutones amenazó durante años al imperio. No fue sino hasta el 102 cuando Roma los venció definitiva­mente. En el 58 César ya había creado campamentos para sus legiones en Helve­tia, después de que mostraran su valor auxiliando a Vercinge­tórix sitiado en Alesia. Los sucesores de César lograron asegurarse la fidelidad de las ciudades alpinas, pero el "pagus", el territorio que las rodeaba seguía sin colonizarse y ninguna presión fue capaz de hacer cambiar a los campesinos el celta por el latín. Cuando en el siglo V los alamanos invaden los valles suizos todavía se hablaba la lengua celta. El cristianismo no pudo hacer mucho más.

SANTA ANA: LA MADRE DE LA MADRE

Al viajar a través de Suiza, llama la atención, la prolife­ración que ha alcanzado el culto a Santa Ana y, por exten­sión, a la Virgen. En la misma tierra donde la tradición afirma que nació Guillermo Tell, en Bürglen, existe una capilla dedicada a Santa Ana. Pero esta Santa no aparece en página alguna del Nuevo Testamento y su culto es una reminiscencia céltico-pagana.

Ana es considerada la "madre de los dioses de Irlanda". Ana, originariamente fue, con este mismo nombre, una diosa celta. Cerca de Münster existen dos colinas llamadas los "dos senos de Ana". Se trata, pues, de una diosa de la fertilidad, pero al mismo tiempo es la esposa de Belenos, dios del Sol. El matrimonio entre el Cielo y la Tierra genera todo lo visible. Pero, en tanto que diosa de la Tierra, lo es también de las profundi­dades, del mundo oscuro y telúrico que los celtas consideraban el reino de los muertos.

Hasta el siglo VIII no apareció Ana, ni su esposo, Joaquín, como padres de la Virgen María. Sin embargo, en la ceremonia de consagra­ción de la Catedral de Apt el 776, ante Carlomagno, un ciego y sordomudo excavó en el piso del templo descubriendo una cripta donde la Santa estaba enterrada durante siglos alumbrada por una lámpara perpetua. Esta lámpara evocaba el carácter luminoso de la diosa celta. La inscrip­ción era inequívoca: "Aquí yace el cuerpo de la bienaventurada Ana, madre de la Virgen María". El ciego y sordomudo fue curado milagrosa­mente indicando el poder regenerador de la Madre Tierra.

A la capilla suiza de Sainte-Anne de Romont acudían las mujeres embarazadas que querían garantizar un feliz nacimiento. Más al Norte, en las viejas leyendas Irlandesas, Ana está presente como diosa de los Tuatha De Dannán, constructores de dólmenes. En Bretaña, las regiones que tienen ermitas y templos dedicados a Santa Ana, son igualmente, las más ricas en megalitos. A poco que observemos la naturaleza de estos lugares comprobaremos que el culto a Santa Ana está más vivo en zonas de difícil acceso (valles situados entre altas montañas en Suiza), islas (Irlanda) o penínsulas (Bretaña), o bien en zonas, como Barcelona, donde la presencia de provenzales de origen celta, fue importante. Pues bien, en estas zonas pudo conservarse el recuerdo de la diosa-madre céltica cuyo carácter luminoso, regenera­dor y fecundo pervive en la tradición católica.

LA RENOVACIÓN DE LA TRADICIÓN CELTA

Los territorios celtas de Suiza fueron cristianizados en una época tardía, hacia finales del siglo IV. Las "Actas de los Mártires" mencionan a San Mauricio, martirizado en Agaune. Pero las invasiones bárbaras destruyeron momentáneamente la estructura de la iglesia suiza. No fue sino hasta el siglo VII cuando aparecieron en la región los monjes irlandeses de San Columbano y San Gall. Columbano, de linaje irlandés, partió en el siglo VI para evangelizar el mundo celta, llegando hasta Italia. San Gall, por su parte, junto con 12 discípu­los, bordeó el lago Constanza y en el 614 construyó el monasterio que todavía hoy puede visitarse en las riberas del Steinach.

El cristia­nismo que predicaban estos dos santos, no era el "primitivo" que predicaron los discípulos de Cristo, sino un catolicismo teñido con influencias celtas. Las diferencias entre ambas confesiones eran múltiples: celebraban en fechas diferentes las fiestas de Pascua, no aceptaban la regla benedictina, ni aplicaban la tonsura romana (la tonsura celta tenía forma de media luna, con la parte frontal del cráneo rasurada), los católicos celtas daban más importan­cia al monacato, que conside­raban de idéntica dignidad a los antiguos druidas; para ellos, el monje debía prevale­cer sobre el sacerdote secular, el monasterio sobre la diócesis, el abad sobre el obispo. San Columbano presentó estas tesis a dos papas -Gregorio I y Bonifacio IV- siendo vivamente criticado por los obispos continen­tales. Columbano, fue obligado a abandonar Luxeil, donde predicaba, y se estableció en el cantón de Lucerna, pasando la última etapa de su vida en Italia.

Así fue como Suiza, nación de origen celta, volvió a renovar su contacto con los orígenes, gracias a los monjes de Columbano y Gall. Gracias a ellos llegó a Suiza el culto a la antigua Diosa Madre, a la Madre de la Madre, la Madre de la Virgen María, Santa Ana.

No muy lejos de San Gall se encuentra la cueva de San Beato. Este santo procedía, igualmente, de Irlanda y vivió en esta gruta hacia el siglo VI. La leyenda cuenta que venció a un peligroso dragón y predicó el cristianismo irlandés entre los paganos. San Beato es otro vencedor de dragones, animal que aparece muy frecuentemente en la mitología celta. No muy lejos de la cueva de San Beato se encuentra la ciudad de Arth. Allí, en el campanario de la iglesia, está representado un dragón que en otro tiempo amenazó a la villa. Pero Arth remite directamente a la tradición artúrica...

SAN GOTARDO Y LA TRADICION ARTURICA

El oso rampante figura en el escudo del Cantón de Berna, donde se instalaron las tribus germánicas en el siglo V. El oso era un símbolo familiar para los celtas y el animal totémico de la casta guerrera, mientras el jabalí lo era de los sacerdotes druidas. En una antigua estatui­lla encontrada en Muri, proximidades de Berna, se representa a la Deae Artioni, con un roble, un oso y una mujer llevando frutos. Esta estatui­lla simboliza la concepción social de los celtas, con sus tres funciones: el roble, simbolizando el poder de los druidas, la función sacerdotal, el "eje del mundo" que comunica la Tierra y el Cielo; el oso, símbolo de la casta guerrera; finalmen­te, la mujer, represen­ta la función productiva, el artesanado y la indus­tria, la diosa-madre que los celtas veneraban con varios nombres -Rosmerta, "la proveedora"- compañera del dios Lug, el Mercurio celta.

En el cantón de Uri se levantó el monasterio benedictino de San Gotard (en alemán Gotthard), en honor del obispo de Hildesheim en el siglo XI. El nombre de Gotard disimula la raíz Got-, dios, y arkt-, oso. San Gotardo no es más que una reminiscencia del antiguo "dios oso" de los celtas. La raíz latina de oso es "ursus"; pues bien, por si había alguna duda, al pie del Gotard existe el valle de Urseren, cuyo escudo muestra un oso y uno de los antiguos nombres de la montaña era "Ursernberg", montaña de los osos.

En el macizo alpino del Gotard están unidos simbólicamente el cielo y la tierra. Una de sus cumbres es el Anaberg, literalmente, "montaña de Ana", la diosa madre de la tierra. Fue cerca de aquí, donde San Gall, el discípulo de Columbano, domesticó a un oso, el animal solar. En homenaje a este hecho, el Emperador Federico II, creó la "Orden del Oso" u "Orden de San Gall" para defender el territorio de las invasiones extranjeras y participar en las cruzadas.

El nombre del oso se reproduce en muchos toponími­cos de Suiza. En el cantón de Schwyz existe la ciudad de Arth (raíz art-, oso). El patrón de Arth es San Jorge, el arcángel combatiente y, por tanto, represen­tante de la función guerrera representada por el oso. La ciudad se encuentra situada entre dos lugares extraños, Ecce-homo y el macizo de Rigi. Ecce-homo debe su nombre a una imagen de Cristo pintada en una piedra y encontrada en el interior de un roble. Arbol sagrado de los celtas y emblema de los druidas, el culto al roble fue proscrito por Carlomagno en el siglo IX. En la antigua lengua celta, Rix era la palabra con la que se conocía al rey, mientras que reina en irlandés, se dice "rigan". Desde que en 1368 se dió al macizo recibió el nombre de "Mons Riginan", los antiguos celtas querían ver en esta impresio­nante montaña la residencia de la Diosa Madre.

HACIA LA CONFEDERACION HELVETICA

El 1 de agosto de 1291, los represen­tantes de los cantones de Uri, Schwyz y Unterwld se reunieron para liberarse de la dominación de los Habsburgo. Este pacto se firmó en el prado de Rütli. ¿Por qué el 1º de Agosto? ¿Por qué en Rütli?

A finales del siglo XIII, la cultura celta estaba viva y activa en Suiza. Se seguía adorando a los robles y a las fuentes del bosque. Incluso en el siglo XVI la estatua de una diosa madre pagana que se descubrio en Seelisberg fue objeto de un culto clandestino y luego transformada en "Maria Sonnenberg".

El 1º de agosto, los pueblos celtas celebraban su fiesta más importante. Desde Irlanda a los Balcanes, las hogueras se encendían el Lugnasad y en las proximidades de Lyon tenia lugar cada año, el "Concilium Galliarum", asamblea de los galos. Era la fiesta pancélti­ca por excelencia, el día de la "gran asamblea". Aun hoy en Suiza numerosas fiestas locales se celebran en torno a los primeros días de agosto. ¿Qué mejor augurio para una confederación célta que fundarla el día en que los ancestros se reunían en la "gran asam­blea"?

Además, en los textos legendarios que refieren este episodio se habla de tres fundadores, Arnold de Melchtal, propietario de una yunta de bueyes, símbolos de riqueza y fecundidad, hombre tranquilo y reposado, ­Wal­ter Fürst, campesino que responde por la fuerza al abuso de los Habsburgo, y Stauffacher, que ante el abuso reflexiona, se deja aconsejar y delibera... una vez más estamos en presencia de la concepción celta de las tres funciones: la sacerdotal (Stauffa­cher), la guerrera (Fürst) y la productiva (Malchtal). En otras versiones de la leyenda, Guillermo Tell reemplaza a Fürst o lo acompaña. En el juramento de Rütli están presentes, tres cantones, pero, lo que era más importante en la época y en la sociedad celta, tres estamentos que se juramentan para combatir a la dinastía extranjera.

Los prados de Rütli se extienden por las riberas del lago de los Cuatro Cantones, rodeados de bosques. El lugar era un "neme­ton", santuario celta donde se rendía culto al dios Lug. Cerca de allí está el santuario de María Sonnen­berg; "Sonnenberg", literal­mente, quiere decir "Montaña del Sol", es decir, monte de Bel, dios celta del Sol. Así mismo, en la otra orilla del lago se encuentra Seelisberg, donde circulaba la leyenda de un cabrero que había perdido su ganado; buscándolo, había encontra­do una cueva subterránea donde tres personajes yacían dormidos. Eran los "tres Tell" (die drei Tellen), genios guardianes de la tierra que protejen los valles alpinos de las invasiones extranjeras. La leyenda tiene el mismo significado que el mito de Avalon, donde los reyes heridos o los héroes muertos, llevan una vida latente y esperan para volver y ayudar a su pueblo. Así mismo, el hecho de que el episodio tenga lugar en el Lago de los Cuatro Cantones es significa­tivo: indica la idea sagrada de centrali­dad como el reino de Rheged en Gran Bretaña. La pradera de Rütli era, pues, el centro de las cuatro tribus helvetias primitivas, allí donde celebraban su gran asamblea anual y el culto común, el 1º de agosto, al dios del Sol y a la diosa de la Tierra.

El juramento que está en el origen de la independen­cia de Suiza tuvo lugar en aquel lugar en Rütli un 1º de Agosto, como reduerdo y fidelidad a los orígenes célticos de sus habitantes.

EL FINAL DEL PAGANISMO SUIZO

El pacto de Rütli tuvo lugar en 1291. Poco antes habían sido liquidados los cátaros en Montsegur y poco después lo serían los templarios. La humanidad medieval vivía sus últimos momentos y la tradición celta no pudo perpetuarse en Suiza. En los años siguientes, el país se vería afectada por los procesos inquisitoria­les contra la brujería. Las últimas ejecuciones tendrán lugar en 1782. Pero mucho más violento que la Inquisición, actuó el protestan­tismo. La destrucción de las religuias, la supresión de las imágenes de los santos, la prohibición de las oraciones por los difuntos y la condena de las leyendas piadosas, la supresión del culto a la Virgen, y la violencia con que calvinistas y luteranos las impusieron, borraron de la faz de Suiza el vigor de la tradición celta en unas pocas décadas. La iglesia suiza, por su parte, aprovechó la coyuntura posterior a la reforma, para eliminar las huellas de paganismo que habían logrado subsistir. Los lugares de culto a los bosques y a las fuentes, se saturaron de ermitas y templos piadosos.

Desde que se amputó la herencia pre-cristiana hoy solo quedan las leyendas y los lugares en donde se desarro­llaron. Lo cual no es poco.

P o s t – s c r i p t u m

GUILLERMO TELL Y LA MANZANA

La tradición celta y la judeo-cristiana tienen en común la presencia de la manzana. Pero lo que en el mito de Adán y Eva es una tentación y causa de perdición, entre los celtas era un signo solar y de realización. Si partimos una manzaña por la mitad, perpendicu­lar­men­te a su eje, nos aparece en el centro, una estrella de cinco puntas, formada por la disposición de las semillas.

La redondez de la manzana y el hecho de que sea rojiza o amarillenta, le confieren un carácter solar. Alcanzar con una flecha el centro de la manzana es signo de realización y perfección interior. La manzana es un símbolo real y como tal aparece en la mitología indo-europea y celta. Para colmo, en el mito de Guillermo Tell, su hijo, con la manzana en la cabeza, está apoyado sobre un roble, árbol sagrado.

© Ernesto Milà Rodríguez – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 02.05.06

“Gladius Hispanensis” contra “Falcata Ibérica”

“Gladius Hispanensis” contra “Falcata Ibérica”

Infokrisis.- En las guerras púnicas chocaron sobre el suelo de la Península Ibérica, dos armas nacidas originariamente en Hispaniae, la Falcata Íbera y el Gladius Hispaniensis. Manejada la primera por los mercenarios íberos que lucharon con Aníbal, la segunda fue adoptada por las legiones romanas. Ambas armas pueden ser consideradas como las primeras muestras de la "tecnologías armamentística" surgida en la Península.

La llamada “falcata ibérica” se incorporó a la lucha de Cartago contra Roma en el curso de la Segunda Guerra Púnica, cuando se incorporaron al ejército de Aníbal, mercenarios íberos con sus armas habituales: hondas para las tropas reclutadas en Baleares y falcatas para los mercenarios íberos reclutados en el sudeste de la Península. Pero una vez en territorio itálico, comprobaron que sus adversarios utilizaban una espada que conocían bien, el Gladius Hispanensis, utilizado por tribus celtas del Norte de la Península y adoptada como espada de ordenanza de las legiones romanas.

Entras las dos armas surgidas de lo más remoto de nuestra antigüedad existen no pocas similitudes y suficientes diferencias como para pensar que ya, en sí mismas, prefiguraron las “dos Españas” que, desde entonces, siguen chocando sus filos. En realidad, lo que algunos han llamado “el drama histórico de España” puede entenderse a partir de las vicisitudes y orígenes de estos dos modelos de armas. Así pues, vamos a revisar primero las características e historias de cada arma y luego intentar extraer algunas conclusiones.

La verdadera fisonomía de la Península Ibérica en el siglo III a. JC

Sobre la Falcata y su historia no puede decirse nada más de lo que ya dijo Fernando Quesada Sanz, sin duda el máximo estudioso de este arma, a la que consagró un volumen publicado por la Diputación Provincial de Alicante (“Arma y Símbolo: la Falcata Ibérica”) en 1992. Es a esta obra y a su autor a los que nos vamos a referir continuamente en las líneas que siguen. Quesada parte de una pregunta verdaderamente misteriosa: “¿Cómo unos íberos y galos de reclutamiento reciente, que combatían a su estilo indígena –supuestamente irregular y guerrillero- pudieron ser colocados por Anibal en el centro de su línea de batalla, justo donde más dura habría de ser la batalla en formación cerrada de infantería pesada?”. Y él mismo da la única respuesta posible: “Sólo si su armamento era el adecuado podía hacerse tal cosa, lo que a su vez sugiere nuevas preguntas sobre la supuesta “ligereza” del armamento de galos e íberos”. El ejemplo de Cannas nos hace caer en la sospecha de que, posiblemente, el pasado no fue tal como nos lo han contado. La imagen creada en nuestro subconsciente por la historia nos induce a pensar que los íberos y los galos combatían anárquicamente y de manera desordenada, prácticamente desconocían cualquier táctica y suplían su falta de conocimientos militares y estratégicos con su mero valor y heroísmo, rayano en la temeridad. La imagen que nos hacemos de los guerreros de la Hispaniae antigua nos los muestra cubiertos con pieles y cascos toscos, capaces solamente de asegurarse la victoria, amparados tras muros inexpugnables o bien en la sorpresa propio del guerrillero. Pero Cannas fue otra cosa. Para salir victorioso de Cannas era preciso disponer de infantería pesada, disciplina y conocer las técnicas de las formaciones de combate. No existen estudios completos sobre las técnicas de combate ibéricas, pero podemos tener la legítima sospecha de que eran, como mínimos tan complejas como las de sus oponentes romanos. De otra manera Aníbal no hubiera hecho bascular sobre ellos todo el peso de la batalla de Cannas. Así pues, hay algo que la historia todavía no nos ha revelado. Damos por sentado que existían tribus íberas cuyos sistemas de combate eran extremadamente sofisticados y, probablemente, superiores a las de los pueblos vecinos del norte de los Pirineos.

Se cuenta, por ejemplo, y más adelante volveremos a ello, que mientras los galos en combate veían como sus espadas se doblaban y mellaban tras los primeros golpes, las espadas íberas, tanto la Falcata como el Gladius eran extremadamente sólidas. Eso deja presuponer una tecnología metalúrgica sofisticada. Se dice que los íberos, para demostrar la elasticidad y resistencia de sus espadas, se colocaban el centro de la hoja sobre la cabeza y conseguían doblarla hasta que la empuñadura y la punta les tocaban los hombros. Si no hubiera sido mediante una tecnología ampliamente sofisticada y mediante conocimientos militares avanzados, como mínimo tanto como los que podían disponer en aquel momento otros pueblos del Mediterráneo, hubiera sido imposible que Tartessos hubiera destacado y dominado durante siglos en una zona estratégica y comercial de primer orden como era Gibraltar y el suroseste de la Península. El hecho de que fenicios, griegos e incluso egipcios, se interesaran por el comercio con los pueblos del litoral peninsular, deja pensar que existían ya gentes con capacidad adquisitiva y un nivel de civilización suficiente como para realizar notables intercambios culturales.

El estudio de los dos tipos de espadas oriundas de Hispaniae nos va a permitir, no solamente conocer un poco mejor nuestro pasado ancestral, sino también y sobre todo, completar la imagen que tenemos de nuestros antepasados. En los combates de la antigüedad, la espada era el arma esencial en los combates. Las legiones romanas lanzaban las dos jabalinas que portaba cada soldado y a continuación atacaban con la espada. Por su parte, las falanges cartaginesas tenían tácticas similares. La espada era, en última instancia, el arma que contribuía a resolver los combates. Es altamente significativo que en el curso de la Segunda Guerra Púnica, las espadas que utilizaron uno y otro bando tuvieran un origen español. Casi veintitrés siglos después, los combates los resuelve fundamentalmente la superioridad aérea, tanto estratégica como táctica, podemos imaginar lo que supondría que los países de la Península Ibérica el ser, durante el período de la Guerra Fría, el suministrador de cazas y bombarderos tácticos a ambos bandos.

Los guerreros íberos al fallecer solían ser enterrados con sus armas para que pudieran seguir combatiendo en el más allá. El nombre de “Falcata” quería decir, precisamente, “compañera” o “bienamada” y era la pertenencia más preciada del guerrero íbero. “Arma sanguine ipsorum cariora” (“las armas eran más queridas que su propia vida”) había escrito Pompeyo Trogo sobre los pueblos de la Península Ibérica. Quesada recuerda que en varias ocasiones diversos distintos ejércitos celtibéricos se negaron a rendirse al exigirles los romanos abandonar sus armas, prefirieron ser aniquilados. Así ocurrió con los íberos al servicio de Cartago, sitiados por Marcio y con Viriato que estuvo a punto de entregarse a Popilio hasta que éste le solicitó las armas; en ese momento reemprendió el combate. El arma era lo que caracterizaba al hombre libre. El celtíbero “prefería morir luchando con gloria a que sus cuerpos desnudados de sus armas fueran entregados a la más abyecta servidumbre”, cita Diodoro Sículo. Por eso, íberos y celtíberos atribuían tanto valor a sus armas y por eso se habían preocupado por hacer de ellas, las mejores armas de la antigüedad.

La Falcata Ibérica

Los arqueólogos e investigadores han convenido que la Falcata era el arma por excelencia de la Península en la Segunda Edad del Hierro. Existen espadas con relativa similitud a la Falcata, pero ninguna igual, por lo que puede deducirse que esta espada fue ideada en nuestro territorio. Su forma es muy particular, fácilmente identificable y perfectamente estudiada para obtener el máximo resultado de cada golpe. Su hoja y su empuñadura son únicas. La hoja ancha y curvada, la empuñadura con la cabeza de animal. Abunda en la Península, especialmente en el Sur-Este, mientras que en el centro y Norte se encuentran habitualmente espadas de hoja recta. No existe ninguna duda de que las espadas curvas eran íberas, mientras que las rectas eran utilizadas por guerreros celtíberos.

Quesada describe así la morfología de la Falcata: “es una espada de mediado tamaño con una longitud media de unos 60 centímetros. Se caracteriza por una hoja ancha asimétrica, con un filo principal y otro secundario, de modo que en apariencia es un tipo de sable corto. La hoja aparece surcada por profundas acanaladuras, ocasionalmente decoradas con damasquinados de plata. Sin embargo, el elemento más característico de la falcata es su empuñadura, típica de un arma cortante, que se curva para abrazar la mano que la empuña y remata en la cabeza de un animal, ave o caballo”.

Al igual que el Gladius Hispanensis, la Falcata está forjada por tres láminas de metal soldadas entre sí. La central es más ancha y su prolongación forma la empuñadura, mientras que las extremas más delgadas. Se han encontrado medio millar de Falcatas en la Península Ibérica y varias decenas en Italia, llevadas por los mercenarios íberos que lucharon con Aníbal. La media de longitud es de 60,2 centímetros. Es pues un arma de infantería; su longitud sería demasiado menguada para poder ser utilizada por la caballería en un momento en el que el estribo todavía no se conocía y cualquier golpe demasiado enérgico que no alcanzara su objetivo podía desequilibrar al jinete. La mayoría de armas encontradas son del siglo IV a.JC., aunque se cree que las primeras armas de este tipo debieron forjarse en los siglos VI-V a.JC y hasta el siglo I a.JC apenas evolucionaron. La mayor concentración de Falcatas se encuentra en la provincia de Alicante y, luego, en la vecina Murcia.

Pero ¿por qué una forma curva de la hoja? El filo principal tiene una forma de “S” invertida con la parte cóncava más próxima a la empuñadura y la convexa hacia el filo. Esto hace que el centro de percusión se encuentre hacia la punta, mientras que el centro de gravedad está hacia la empuñadura, con el resultado de cargar peso sobre la parte del extremo y hacer que los golpes alcancen, por eso mismo, su máxima potencia sin desequilibrarse. El dorso de la hoja, no está afilado y es la parte más gruesa de la hoja. Esta forma de la hoja facilita golpear tanto con el filo como con la punta, siendo una de las pocas espadas que lo permiten.

Lo más sorprendente de la hoja son las acanaladuras que muestra. Algunas espadas tienen acanaladuras muy simples y en otras extremadamente complejas cubiertas de plata y con inscripciones y dibujos geométricos. Se ha discutido mucho sobre el significado y la utilidad de estas acanaladuras. Hoy se sabe que la explicación dada hasta hace poco es errónea. Las acanaladuras no sirven para que penetre aire en las heridas y esto genere gangrena; de hecho, cuando el filo de una espada ha penetrado seis o nueve centímetros en un cuerpo, con un tajo lateral, o bien más de cinco centímetros en un pinchazo con la punta, no hace falta que aparezca la gangrena, la víctima puede considerarse, prácticamente, por muerta. En realidad, las acanaladuras atribuyen a la espada nuevas cualidades físicas y mecánicas: de un lado, el metal que se sustrae a la hoja, hace que su peso total disminuya y de otro, las acanaladuras hacen que aumente la superficie de la hoja y, por tanto, su resistencia a los golpes, tanto frontales como laterales. En otras palabras, aumenta la resistencia y disminuye el peso.

En cuanto a la empuñadura de las Falcatas Íberas evoca la de las antiguas espadas griegas, especialmente cuando tienen formas de aves. Simbólicamente, la espada que silva con el viento, es que tiene alguna relación con el elemento aire y, por asimilación, con las aves. Lo sorprendente de la empuñadura es su pequeñez. Llama la atención e induce a pensar que la mano del íbero no era excesivamente grande. En realidad, la empuñadura está perfectamente estudiada para que todos los dedos, salvo el pulgar, la agarren cómodamente. Además tiene una estructura anatómica que contribuye a mejorar esta característica.

No se sabe mucho de cómo era llevada esta arma antes de los combates. Las vainas que se han encontrado están excesivamente deterioradas como para que nos den una respuesta exacta. Tampoco se sabe si se llevaba en el costado derecho o en el izquierdo, colgada del cinto o con un tahalí. Parece que la mayor parte de las fundas debían ser de cuero con cuatro refuerzos metálicos. En los dos superiores se encuentran las anillas de suspensión y, en algunas, se han encontrado pequeños puñales que se sostendrían con la presión ejercida por el metal sobre el cuero. El extremo estaría rematado por una bola.

A excepción de Bosch Gimpera, quien opina que la Falcata tiene un origen norpirenaico oriental, y habría pasado de los celtas de la Meseta Central a los íberos del Sur y Sur-Este, el resto de los arqueólogos e investigadores opina que se trata de un arma autóctona de origen íbero. En 1944, Bosch Gimpera rectificó algo su posición y afirmó que se trataba de un arma inspirada en los antiguos cuchillos griegos cretenses y minoicos, anteriores a las invasiones aqueas y dorias. La Falcata sería suficientemente similar a la “macharia” griega como para poder afirmarse que era hija de la misma inspiración. Esta arma llegaría a los íberos a través de los etruscos a principios del siglo IV. Otros autores han planteado un origen fenicio de la Falcata y otros han señalado que desde la Edad del Bronce se viene encontrando armas similares en el ámbito de la cultura de Mecenas e incluso en Egipto. Ahora bien, todos estos pueblos pertenecen a la misma familia de pueblos Mediterráneos, anteriores a la llegada de los indoeuropeos, así pues, no hay que extrañarse que existan ciertas similitudes en las armas que utilizaban, en la medida en que su psicología era la misma o muy similar.

Parece poco probable que a partir de las invasiones de aqueos y dorios, espadas con esta forma subsistieran en Grecia. La forma de combate que emanó desde las población de estos troncos indoeuropeos más puros, era en forma de “falange” en formación cerrada y utilizando la lanza como arma ofensiva. En esta formación solamente se recurría a la espada cuando el arma principal, la lanza, quedaba inutilizada. Los griegos y los romanos adoptaron la misma forma de combate y tipos similares de armas: la espada corta para el cuerpo a cuerpo, que mataba con la punta. La “machaira” no servía para esta forma de combate: era excesivamente larga y debía manejarse de arriba a bajo, dejaba durante el momento de asestar el golpe, desprotegida la exila y, además, existía la posibilidad de herir al compañero que combatía detrás. La “machaira” y el “kopis” griegos, eran espadas demasiado largas, adaptadas quizás para el combate sobre caballos, pero no para la formación hoplítica.

La Falcata podía utilizarse tanto de punta como por el filo, al igual que el Gladius Hispaniensis, pero así como la primera se utilizaba “preferentemente” con el filo y solo aleatoriamente de punta, en el Gladius sucedía justamente lo contrario. Ambas espadas eran polivalentes, pero cada una priorizaba determinado tipo de golpe, evidenciando, por otra parte, las características psicológicas de los guerreros que las empuñaban. La táctica del combate determina que la Falcata se utilizada de manera diferente ante cada situación. Mientras que la formación de combate era cerrada, las espadas sobresalían entre los escudos y tendían a herir con la punta al adversario, pero cuando, ya fuera por dispersión y persecución del adversario o bien por derrumbe de las propias líneas, unos guerreros combatían a distancia de otros, el golpe con el filo debía ser utilizado preferentemente.

Fue un arma que abarcó entre cuatrocientos y quinientos años de civilización. Las últimas encontradas se datan en el siglo I a.JC. Cuando la Falcata periclita, el Gladius Hispaniensis goza de su momento de gloria. Está presente en todos los teatros de operaciones, desde Bretaña hasta Palestina y desde la antigua Cartago hasta las fronteras con Germania. Pero en ese tiempo se ha producido un cambio la Península Ibérica. Los últimos rescoldos cántabros de insurgencia han sido incorporados finalmente al Imperio por las legiones de Augusto. De hecho, aquellos combatientes ya no utilizaban la Falcata, sino el Gladio. Los íberos habían sido vencidos y los celtíberos se habían incorporado a la romanidad. La civilización había arraigado en Hispania. El estilo que triunfó era el heredado de los pueblos aqueos y dorios, mucho más el estilo de Esparta que el de Atenas, que, por lo demás, también era común a los romanos de los orígenes. El hecho de que nuestra Hispania fuera incorporado a la romanidad tuvo como consecuencia el abandono de la Falcata, símbolo del vencido, y la adopción del Gladius Hispanensis, como característica del vencedor. Porque, por ironías del destino, la espada del vencedor también había sido diseñada y fabricada en la vieja Hispania.

El Gladius Hispanensis

A lo largo de 400 años, el Gladio fue diestramente manejado por infantes romanos y se dice que causó más muertes que todas las armas juntas en todas las guerras durante la Edad Media. Se afirma también que el Glaudius Hispaniensis es el arma que tuvo en su haber más víctimas hasta la invención de la pólvora. Polibio (VI, 23, 6, 7) escribe: “A este escudo le acompaña la espada, que llevaban colgada sobre la cadera derecha y que se llamaba “hispana”. Tiene una punta potente y hiere con eficacia por ambos filos, ya que su hoja es sólida y fuerte”. El historiador latino está hablando del “Glaudius Hispaniensis”, o “espada hispana”.

Cuando los griegos empezaron a frecuentar la costa mediterránea de la Península Ibérica, al regresar a tu tierra explicaron que Hércules había tenido dos hijos llamados celtas e Iber, de los que descendían los pueblos que habían conocido en el extremo occidental del Mediterráneo, íberos y celtas. Para el mundo clásico –y para nosotros mismos– Hércules está ligado al origen ancestral de Hispaniae o de las Hespérides. Desde aquella remota época, el alma de Hispaniae esta relacionada con el heroísmo y el combate (por Hércules) y con la muerte (al estar situada en el Oeste donde se pone el sol). Es posible que estas concepciones griegas derivasen de la influencia de nuestros primeros visitantes marítimos, los fenicios. Estos debieron introducir el culto a Melkarte, el Hércules fenicio y a Tania, diosa de la guerra. Cuando llegaron los griegos, comprobaron las similitudes entre íberos y otros pueblos del Mediterráneo. Éforo los relacione con los sículos y dice incluso que conquistaron la Península Itálica. Otros explican que la “Magna Iberia” se extiende desde el Ródano y el Garona a las Columnas de Hércules y que colonizaron el Norte de África. Otros autores clásicos emparentan los íberos con los oscos, los etruscos, los ausonios y los ligures.

Cuando aparecen los romanos, las tribus íberas ya estaban mezcladas con las celtas y en amplias zonas de la meseta se había llegado a la fusión. Estas mezclas étnicas, sin duda, generaron las luchas tribales que percibieron los latinos al llegar a nuestra tierra. Pero a pesar de los mestizajes, a los romanos les llamó la atención el que los habitantes de la Península practicaran una especie de culto a las armas, al heroísmo, al honor y a la dignidad, a la guerra y a la muerte en combate.

El Gladius se diferencia de la Falcata en que tiene una hoja bien recta y una punta pronunciada. Mientras que la Falcata solamente tiene corte por el filo principal, el gladio lo tiene por ambos lados y penetración por punción. Polibio añade que la mayor parte de los legionarios iban equipados con el Gladius Hispaniensis que junto con el pilum era su arma reglamentaria. La infantería pesada se protegía con un escudo rectangular alargado y utilizaba el gladio como arma ofensiva.

Los romanos habían adoptado de los indígenas hispanos, no solamente el Glaudio, sino también el capote militar de lana negra y gruesa (sagum), los pantalones (bracae) que, a su vez los celtas habían copiado de los escitas, y la jabalina (pilum). En el año 212 las legiones romanas admitieron, por primera vez a mercenarios de origen extranjero. Se trataba de celtíberos que trajeron consigo sus armas. Los romanos se limitaron a incorporar al gladio su propia empuñadura. Estas espadas constituyeron una gran novedad en las Legiones Romanas. Su punta afilada contrastaba con la que hasta entonces habían utilizado, roma y pensada solamente para cortar, no para pinchar. Esto implicó un cambio radical en las técnicas de combate.

El Gladius Hispaniensis es la versión celtíbera de la espada gala tipo de La Tène I. Los celtíberos de la Meseta Central se limitaron a modificarla añadiéndole diez centímetros más a la longitud de la hoja y realizar otras modificaciones menores en el sistema de suspensión y en la vaina.

Los primeros datos sobre esta espada llegan hasta nosotros a través del historiador griego Polibio que acompañó a Escipión en la mayoría de sus campañas y, naturalmente, en la hispana. Polibio nos habla de una espada “llamada iberiké” de cuyas características cita la “punta potente y que hiere con eficacia por ambos filos”. No cabe duda que está hablando al Gladius Hispaniensis. Algo más adelante la compara con la espada gala de la que dice que “hiere solo de filo”. Polibio, añade: "Se ha notado ya que, por su construcción, las espadas galas (machaira) sólo tienen eficaz el primer golpe, después del cual se mellan rápidamente, y se tuercen de largo y de ancho de tal modo que si no se da tiempo a los que las usan de apoyarlas en el suelo y así enderezarlas con el pie, la segunda estocada resulta prácticamente inofensiva. [...] Los romanos entonces acudieron al combate cuerpo a cuerpo y los galos perdieron en eficacia, al no poder combatir levantando los brazos, que es la costumbre gala, puesto que sus espadas (xiphos) no tienen punta. Los romanos, en cambio, que utilizan sus espadas (machaira) no de filo, sino de punta, porque no se tuercen, y su golpe resulta muy eficaz, herían, golpe tras golpe, pechos y frentes, y mataron así a la mayoría de enemigos" (Polibio, 2, 33). César, décadas después, mantendrá el secreto de la forja de las espadas romanas para evitar que los galos pudieran copiarlo. Al parecer, entre el relato de César “La Guerra de las Galias” y el tiempo en que Polibio acompañaba a Escipión en sus campañas, los galos no habían sido capaces de mejorar su tecnología de la forja.

En la Suda Bizantina, escrita en el siglo X, se coincide con lo expuesto por Polibio, pero se añaden unos datos preciosos: "Los celtíberos difieren mucho de los otros en la preparación de las espadas. Tienen una punta eficaz y doble filo cortante. Por lo cual los romanos, abandonando las espadas de sus padres, desde las guerras de Aníbal cambiaron sus espadas por las de los iberos. Y también adoptaron la fabricación, pero la bondad del hierro y el esmero de los demás detalles apenas han podido imitarlo".

Tito Livio realiza alguna referencia a la “espada hispana”: "Los galos y los hispanos tenían escudos casi iguales; sus espadas eran distintos en uso y apariencia, las de los galos muy largas y sin punta". (Liv. 22,46,5). Y, aún existe otra referencia en la que alude al efecto que esta espada causaba entre los macedonios hacia el año 200 a. JC: "acostumbrados a luchar con griegos e ilirios, los macedonios no habían visto hasta entonces más que heridas de pica y de flechas y raras veces de lanza; pero cuando vieron los cuerpos despedazados por el Gladius Hispaniensis, brazos cortados del hombro, cabezas separadas del cuerpo, truncada enteramente la cerviz, entrañas al descubierto y toda clase de horribles heridas, aterrados se preguntaban contra qué armas y contra qué hombres tendrían que luchar". (Liv.31,34).

Existieron distintos tipos de Gladios en función de los lugares en donde se han encontrado restos o de su procedencia. El mas antiguo de todos ellos es el “Gladius Hispaniensis”, a partir del cual fueron realizadas las distintas variantes posteriores, la más antigua de las cuales era el modelo “Mainz”. Su hoja llegaba a los 55 centímetros de largo por 7’5, como máximo, de anchura. Sus filos no eran completamente rectos y hacia la mitad de la hoja, mostraba un estrechamiento y su punta era larga. Inicialmente se creyó que éste modelo era el verdadero, ya que era una reproducción del modelo que las legiones conocieron en sus primeras incursiones en Hispaniae. Durante el siglo I d.C. el Gladius se estilizó. Los bordes de la hoja se hicieron rectos y la punta menos pronunciada. Ésta fue la espada de las legiones de Trajano. El “Fulham” era algo más estrecha, apenas cinco centímetros, y sus lados eran completamente rectos, salvo un ligero ensanche en la parte más próxima a la empuñadura. Finalmente, el tipo “Pompei”, tenía los filos completamente paralelos y la punta ligeramente más corta que los modelos anteriores. En los tres casos, la sección de la hoja era romboidal, sin acanaladuras.

El procedimiento de fabricación consistía en formar el alma de la hoja con acero bajo en carbono, mientras que los filos eran altos en carbono. La hoja se unía a la empuñadura mediante un vástago que se recubría con una cacha anatómica y con un clavo decorativo en el extremo. Se llevaban en el interior de una guarda, colgadas del lado derecho por una correa de cuero (tahalí) de 1,25 a 2,5 centímetros de ancho. La vaina disponía de cuatro anillos para colgarla de la correa. En los primeros momentos, la “Mainz” se colgaba del cinturón y la vaina tenía solamente dos anillos para fijarla.

Era un arma diseñada para perforar con su hoja de 60 centímetros de largo. Los maestros de armamento romanos habían comprobado que un corte con el filo de la espada no era necesariamente mortal, salvo que alcanzase algún punto vital del cuerpo y, ni siquiera era seguro que dejara fuera de combate, en cambio, bastaba con una penetración de cuatro o cinco centímetros con la punta para que la herida fuera, especialmente en el abdomen, casi siempre, mortal y, como mínimo dejara fuera de combate al adversario.

Además de su cualidad punzante, la sección romboidal del Gladio le confería una extraordinaria solidez y estabilidad. Esta espada demostró siempre su eficacia en el combate cuerpo a cuerpo y a distancia corta. La técnica de lucha con esta espada era muy simple. El infante debía estar protegido por el escudo con el que paraba los golpes de la espada del adversario, esperando encontrar el momento para clavar la punta del Gladio en el flanco descubierto o en el abdomen. Esta espada evitaba los largos movimientos de arriba abajo o transversales, que dejaban instantes de vulnerabilidad, sustituyéndolos por movimientos de atrás a delante. Evidentemente, se trataba de un arma ofensiva que servía muy poco en caso de defensa estratégica. Las mortandades que causó en Cannas y, ya manejada por los legionarios romanos, frente a los macedonios, atestiguaron su extraordinaria efectividad en el combate. Los romanos vieron como en los primeros choques con los celtíberos, su escudo era perforado por los soliferrum, tras lo cual el enemigo desenvainaba su espada corta y cargaba protegido por un escudo de origen celta. En una economía de esfuerzos excepcional, el único movimiento que realizaba el guerrero era mover el brazo perpendicularmente al cuerpo, hacia delante. El armamento romano, en esa época, estaba pensado para golpear al enemigo, pero al alzar la espada dejaba a cubierto su flanco, momento en el cual era atravesado por el Gladio.

El Gladio desorientó inicialmente a los legionarios romanos al llegar a Iberia; jamás habían encontrado una forma de lucha igual en sus anteriores campañas y, después de los primeros combates se convencieron de su superioridad. A raíz de estas experiencias, el Senado Romano decidió adoptarla como espada de ordenanza en sustitución de la espada griega hoplítita. Manejadas por los expertos infantes españoles en sus guerras contra Roma, estas formidables armas causaron tal terror en los legionarios romanos que el Senado decidió adoptarla como arma estándar en el equipo romano sustituyendo a la espada griega de hoplita. El genial pragmatismo romano logró superar esta táctica incorporando el escudo samita a la defensa del infante. Éste escudo era de mayor tamaño que el celta y ofrecía una mayor protección.

A pesar de que la palabra Gladio y Gladiador tengan la misma raíz fonética, no era la espada utilizada habitualmente por los combatientes del Circo. Estos utilizaban una espada extremadamente corta, de apenas 30 centímetros. El ciclo del Gladius Hispaniensis llega desde la Segunda Guerra Púnica hasta que se generalizaron los enfrentamientos con las tribus germánicas y las modificaciones de la estrategia romana hicieron que aumentara la importancia de la caballería. Para las unidades a caballo era preciso disponer de una espada más larga. Esta resultó ser la “spatha” copiada directamente los enemigos germanos y de la que deriva el término espada. La spatha tenía entre 70 y 100 centímetros de hoja y se generalizó en el siglo II para las unidades de caballería y a partir del IV también para la infantería. La spatha permitía el combate a distancia e intentar derrotar al enemigo mediante el tajo y no solamente con la punta. La spatha subsistió al hundimiento del Imperio Romano y modelos evolucionados se encuentran entre los vikingos del siglo IX a XI. Se suele aceptar que la spatha es un producto de la evolución que va del Gladius Hispaniensis a la espada medieval.

Metafísica de las dos espadas

Con relativa seguridad podemos reconocer en el Gladius Hispaniensis una espada de origen celtíbero o la evolución de una espada de origen celta, mientras que la Falcata es un arma utilizada por los pueblos íberos. En el estado de nuestros conocimientos parece poderse afirmar que mientras los pueblos íberos procedían del Norte de África y eran pueblos específicamente mediterráneos de los mismos troncos étnicos que minoicos, cretenses, etruscos o pelasgos, los celtas pertenecen al mundo indo-europeo. Al tratar de interpretar los datos facilitados por la hematología ya aludimos a la contradicción esencial entre ambos tipos de pueblos que se manifiesta incluso en la forma de las dos armas.

Los pueblos mediterráneos practicaban el culto a la Gran Madre, a la diosa, y eran fundamentalmente telúricos y lunares. Inevitablemente, la Falcata Ibérica ha sido comparada a las espadas de tipo asimétrico cuya forma evoca precisamente al perfil de la luna en creciente. Por su parte, los pueblos indo-europeos practicaban los cultos masculinos, viriles y solares. Cabré, arqueólogo español que dedicó algunas páginas al Gladius Hispaniensis, quiso ver en esta espada una prolongación del brazo elevado y con la palma extendida con el que los celtíberos saludaban al sol.

No se trata solamente de su origen, sino de cómo se incorporaron estas almas al gran conflicto en el mundo antiguo. La Falcata terminó incorporándose a los ejércitos cartagineses que penetraron en la Península Itálica durante la Segunda Guerra Púnica, mientras que el Gladius Hispaniensis se incorporó a las legiones romanas. En la lucha entre Roma y Cartago, el mundo antiguo vio el gran choque entre dos concepciones del mundo irreductiblemente opuestas entre sí. Los cartagineses, adoradores de Tanit y de Astarté, potencia comercial puesto al servicio de los intereses de la oligarquía comerciante, potencia naval por excelencia, fueron, finalmente batidos por los adoradores de Apolo y de Zeus, imperio político puesto al servicio del impulso civilizador, potencia continental. El enfrentamiento entre Tierra y Mar, entre Política y Economía, entre diosas telúricas y dioses solares, entre comerciantes y guerreros, se saldó con la victoria de Roma.

Sobre el territorio de la Península Ibérica, estas dos armas, Gladius Hispaniensis y Falcata Ibérica, diseñadas con dos concepciones diferentes para el combate, son, en última instancia, la prefiguración del drama de este país: en la más remota antigüedad, ya existieron “dos Españas”.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

Anexo: Sobre el valor de la espada según el “Boewulf”

“Toma estos tesoros, tierra,

ahora que nadie viviente puede disfrutarlos,

fueron tuyos, en el principio;

permite que regresen.

La guerra y el terror han aniquilado a mi gente,

cegado sus ojos al placer y a la vida cerrada

la puerta a toda alegría.

Nadie queda para empuñar esas espadas y pulir esas copas enjoyadas;

nadie guía, nadie sigue.

Esos cascos forjados, adornados con oro, se enmohecerán y quebrarán;

las manos que deberían limpiarlos y pulirlos están detenidas para siempre.

Y esas cotas de malla, probabas en combate,

en un tiempo en que las espadas golpeaban

y sus hojas mordían los escudos y a los hombres,

se oxidarán como los guerreros que las poseyeron.

Ninguno de esos tesoros viajará a tierras distantes, siguiendo a sus Señores.

El brillante sonido del arpa,

el halcón que cruza la sala sobre sus alas ligeras,

el garañón pateando en el patio… todos muertos, criaturas todas

las razas, y sus dueños, arrojados a la tumba”.