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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

10 Tesis sobre el patriotismo (I de II) - El patriotismo en su teoría

Infokrisis.- Siempre me ha llamado poderosamente la atención esa sobreactuación en materia patriótica y el desconocimiento sobre el mismo tema que la suele acompañar. La conclusión a la que he llegado es que resulta triste -sino tristísimo- defender una determinada doctrina -en este caso el "patriotismo"- y no termina de saber en qué consiste ni lo que implica. Estas notas, realizadas apresuradamente intentar resumir y definir claramente este orden de ideas en torno al patriotismo y responde a dos cuestiones fundamentales: ¿Qué es el patriotismo, su origen y su causa primera? y ¿Cuál es su futuro en el siglo XXI?.


I Parte: la teoría del patriotismo

 

1ª Tesis: El patriotismo es una virtud del espíritu


-  El origen del término “patriota” es suficientemente ilustrativo sobre su contenido: Deriva de la unión de los términos “patris” y “otes”, indicando lo perteneciente o relativo a la tierra del padre. Su significado es similar al término “arraigo”, esto es la capacidad de unión entre un hombre y la tierra que la ha visto nacer. El novelista J.R.R. Tolkien decía razón al decir que “las raíces profundas no se congelan jamás”: contra mayor es el arraigo de un hombre en su tierra natal mayor es su capacidad de sobrevivir a los desafíos de la modernidad

- Hay distintas formas de vivir el patriotismo. La más completa es, sin duda, aquella que consiste en identificarse con la tierra en donde se ha nacido y con sus valores, donde están enterrados los padres y es pisada por la comunidad a la que se pertenece. Esto implica un conocimiento y una fidelidad a los de la tierra natal, a su tradición, a su sustrato etno-cultural, esto es, en definitiva, a su identidad.

- El patriotismo no es ni una emoción, ni un sentimiento. Cualquier sentimiento y carga emotiva que se da en un individuo dependen solamente de procesos químicos que alteran los equilibrios hormonales en el interior de su cerebro. Las situaciones de miedo, tensión o euforia surgen de descargas de determinadas hormonas en el cerebro. El patriotismo es otra cosa muy diferente y mucho más profunda que una filia o una fobia momentánea que dura lo que duran los 90 minutos de un encuentro de fútbol o la celebración de una victoria deportiva, por ejemplo.

- Llama la atención que en la modernidad tardía las muestras más exaltadas de “patriotismo” se den en los estadios de fútbol y en las competiciones deportivas en donde se producen fenómenos de hipnosis colectiva en donde las masas son “seducidas” por una figura del deporte o por los colores de un equipo, produciéndose un fenómeno de exaltación irracional y una descarga de emotividad que están muy lejos del patriotismo tal como se entendió en las Ciudades Griegas o en la Antigüedad Romana.

- El “patriotismo” que aparece en los estadios no es, en rigor, patriotismo, sino un estado de exaltación que no surge de la identificación con la tierra natal, sino de un espectáculo que entra dentro del entartainment y de la modernidad de más bajo nivel.

- Para vivir el patriotismo es preciso que el individuo identifique y viva los valores de su comunidad. Esto implica un cierto grado de educación y de comprensión de cuáles son esos valores. No se trata de que el patriotismo dependa del mayor o menor nivel cultural de una población, sino de su capacidad para identificar y vivir los valores como propios y transmitirlos en el decurso de las generaciones. Y precisamente por todo esto es una “virtud del espíritu”, entendiendo por “espíritu” el principio generador de carácter íntimo que es su esencia y sustancia.


2ª Tesis: El patriotismo es la modulación humana del instinto territorial presente en las especies superiores


- ¿De dónde surge esta cualidad del espíritu? Para responder a esta pregunta debemos recordar lo que es la naturaleza humana: de una parte un sustrato biológico que comparte con los animales y de otro un soplo de genialidad superior y racionalidad, ausente en otras especies. En tanto que compartimos un sustrato biológico con las especies superiores compartimos también los instintos presentes en estas: instinto de reproducción y de placer, instinto de agresividad y supervivencia, instinto territorial.

- Estos instintos presentes en las especies biológicas superiores, se modulan en el ser humano dando forma a valores, comportamientos y actitudes concretas y civilizadas. El instinto de reproducción y de placer tienen que ver con la sexualidad; el instinto de agresividad pasa a ser el valor fundamental del estamento guerrero y de la milicia; y el de supervivencia es una síntesis de los dos anteriores. Derivan de la época en la que el ser humano era cazador-recolector.

- Junto a estos instintos se moduló también el instinto territorial que hace que una especie superior o un individuo perteneciente a esa especie considere determinado territorio como propio y esté dispuesto a defenderlo (con el instinto de agresividad) y a sentirse seguro para cumplir la ley de su especie (mediante el instinto de reproducción). Los avances de la etología desarrollada especialmente en los años 60 y 70 estudiaron este instinto y no permiten discutir científicamente esta conclusión.

- Los instintos son imprescindibles para la supervivencia de una especie. Si se pierden o se atenúan eso significa que la especie que padece este adormecimiento de lo instinto, corre peligro de extinguirse. El instinto territorial nos proporciona la sensación de que el territorio que ocupamos es inviolable. Cualquier intruso que penetre en él desencadena inmediatamente el instinto de agresividad ante la posibilidad de que pueda suponer un peligro para nuestro instinto de supervivencia y reproducción.

- En la medida en que la naturaleza humana es biología pero va más allá de la biología, tiende siempre a modular estos instintos y a darles un significado mucho más concreto que en el medio animal: el “territorio propio” es la habitación que poseemos en un hogar, es el barrio e el que hemos nacido, es la comarca que conocemos bien, la tierra chica, la Patria, y en acepciones superiores, todo nuestro entorno cultural.

- Si el instinto territorio trasladado a lo humano constituye el desencadenante inevitable del patriotismo, es evidente que negarlo implica negar también la naturaleza humana o, como mínimo, desconocerla. De ahí que todo lo que suponga una negación intelectual del patriotismo sea siempre una construcción teórica deshumanizada y despersonaliza que ignora el impacto de los instintos en nuestra naturaleza.


3ª Tesis: El patriotismo es completamente diferente al nacionalismo.

- Se tienen tendencia a confundir “patriotismo” con “nacionalismo”. Históricamente, el “nacionalismo” aparece con la nación y ésta lo hace en un momento reciente de la historia (el último cuarto del siglo XVIII con la Revolución Americana y la Revolución francesa). La transformación de los “reinos” en Estados-Nación y la sustitución del vínculo de fidelidad para con la figura del Rey por la doctrina de los Derechos y Deberes del Ciudadano implicó insertar en el concepto “nación” y en su derivado el “nacionalismo”, una carga ideológica que dependía precisamente del marco intelectual en el que se produjo la transformación de los Reinos en Estados-Nación: la ideología liberal.

- El “nacionalismo” está íntimamente unido a una serie de fenómenos históricos concretos: el advenimiento de la burguesía como clase hegemónica, la revuelta del burgués y del comerciante contra las aristocracias guerreras, la democracia como forma política, el liberalismo como su traducción económica, y al individualismo como forma de concebir el mundo. No hay más nacionalismo que el vinculado a todas esta tendencias que aparecen en un momento reciente de la historia, perfectamente identificable.

- En lo que se refiere al patriotismo, su origen se pierde en la noche de los tiempos. Si bien en el mundo clásico ya existía esta concepción, todo induce a pensar que en formas de civilización anteriores ya estaba presente.

- Fundamentalmente, el nacionalismo aspira a la hegemonía de su nación y  como Napoleón en el caso francés, aspira a imponer los valores de la ideología burguesa a todo el mundo. Por eso todo “nacionalismo”, a la postre es en cierta medida “internacionalismo” en la medida en que asume una tarea misional de extensión de sus valores nacionales a todo el orbe.

- El patriotismo es todo lo contario. Sabe cuál es su tierra y que valores le corresponden. Básicamente los regímenes patrióticos tienen tres vertientes en las que suelen insistir: la preservación de la soberanía y de la unidad del territorio; el culto a los héroes y a los antepasados como formas de unir el pasado con el presente y proyectarlo hacia el futuro; y, finalmente, conservar los valores propios calificados como “valores patrios”. No hay pues, en el patriotismo, forma alguna de expansionismo, ni de imperialismo. Aspirar a dominar a tal o cual nación carece de sentido para un patriota interesado únicamente en aquella tierra en donde están enterrados sus antepasados y en donde se encuentra la forma de vida que ha conocido desde su nacimiento.

- En la medida en que se ha definido al nacionalismo como el individualismo de los pueblos los choques entre naciones han sido una constante en los dos siglo XIX y XX que pueden ser considerados en rigor como los siglos de las luchas nacionalistas, cuando cada nación ha querido imponerse sobre el vecino, fundamentalmente por intereses económicos, en la medida en que la clase hegemónica en los Estados-Nacional es la de la burguesa y la comerciante. Esta tendencia solamente ha terminado cuando la propia dinámica del sistema capitalismo-liberal ha terminado considerando que los intereses oligárquicos del sistema se defienden del hoy mejor en el marco de un mundo globalizado en el que la ideología dominante es el humanismo universalista difundido por la Unesco, la economía ha dejado de ser liberal para ser financiera, la cultura ha pasado a ser entertaintment y el Estado-Nación se va disolviendo progresivamente y ve limitada su soberanía por la oligarquía financiera internacional.


4ª Tesis: El patriotismo está situado más allá del racionalismo y del irracionalismo


- De la misma forma que el nacionalismo está vinculado a la ideología que arranca con el racionalismo cartesiano, prosigue luego con la Ilustración y está presente en el romanticismo alemán, el patriotismo se sitúa fuera de las corrientes ideológicas: es simplemente un instinto humano derivado del instinto territorial propio a los animales superiores.

- El patriotismo, no es, pues, desde luego, una forma de racionalismo (doctrina que sostiene que todo lo real es racional y sólo lo racional puede aspirar a ser real, por tanto todo lo que es material es, a la postre, real y no existe más realidad que la material), pero tampoco es irracionalismo, ni mucho menos emotividad y sentimiento. El patriotismo es esa sensación mesurada y objetiva en la que el sujeto se identifica con la tierra y con la comunidad que reside sobre esa tierra así como con sus antepasados que están allí bajo esa misma tierra. Su origen remoto es el sustrato biológico modulado por el genio de lo humano.

- En unos momentos de fuerte cambio social, científico y cultural, en donde adaptarse continuamente a la corriente de las innovaciones se hace cada vez más difícil, es cuando el arraigo y el patriotismo se configuran como el único valor capaz de mantener la cadena entre las generaciones.

- Al situarse en el terreno de la instintividad –que es un automatismo del comportamiento-, el patriotismo es una sana reacción y una base sólida para el desarrollo de las comunidades y un mecanismo que les da coherencia y continuidad generacional, situado por encima de las ideologías y de las concepciones propias de cada individuo. Es un dominador común presente en todas las estructuras horizontales y verticales de la sociedad y, por tanto, un factor de estabilidad, coherencia y orden social y político.


© Ernest Milà – infoKrisis – infoKrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

Las medidas propuestas por Zapatero: presión insoportable sobre la sociedad española

Infokrisis.- La batería de medidas propuesta por Zapatero en el Congreso de los Diputados quizás logren paliar el déficit, pero no desde luego contribuirán a resolver la situación creada por un gasto insostenible y en perpetuo crecimiento.

Tales medidas, impuestas por el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional han demostrado la incapacidad el gobierno español para adoptar por sí mismo cualquier medida y actuar solamente en función de la presión internacional. El editorial de El País de hoy 13 de mayo es elocuente: “Zapatero ha matado a ZP”. En efecto, el “ZP social”, el “ZP ingeniero social”, el “ZP humanista y universalista”, el ZP más similar a una ONG que a un estadista, se ha disuelto como un azucarillo en el océano y se ha reinventado a sí mismo como el hombre que adopta “medidas duras pero inaplazables”…

No está todo dicho, ni todas las medidas adoptadas

Le falta decir que para algunos estas medidas deberían haberse puesto en práctica hace dos años y no esperar a que la situación fuera completamente insostenible. Falta decir también que está por ver si estas medidas logran disminuir el déficit hasta el 3% en años. Y falta decir, por supuesto, si una gestión prudente y mesurada del Estado hubiera hecho inaplazables estas medidas.

Ayer Zapatero se presentó como el hombre que “hizo lo que tenía que hacer”, cuando en realidad era sino el hombre que no hizo lo que tenía hacer cuando tocaba hacerlo y que ahora lo hace acomplejado por la colleja recibida de Europa y de las instituciones financieras. Llama la atención, por cierto, que esto ocurra en el “semestre español” cuando Zapatero es “presidente” de la UE…

Zapatero tenía que haber aligerado el gasto del Estado desde 2004 en lugar de ampliarlo vertiginosamente. Debió taponar el gasto y moderarlo cuando la situación del país era aceptablemente buena en lugar de patearse literal y alegremente las reservas del Estado hasta hace pocos días. El hombre que quería pasar a la historia de España como el que alteró profundamente la estructura de la sociedad española gracias a sus propuestas de ingeniería social, finalmente pasará al mañana como la persona que liquidó el Estado del Bienestar e hizo pagar la crisis a los modestos y a los humildes.

Consecuencias inmediatas

Quedan por saber las consecuencias que tendrán estas medidas. Las resumimos:

-    En primer lugar, el cese de inversiones en el sector público y la imposibilidad de nuevos Plan E, Plan E2000 o Plan VIVE, generará en los próximos meses un repunte del paro que, a estas alturas a nadie le extrañará que supere con mucho los 5.000.000 de desempleados en febrero de 2011.

-    Ese aumento del paro hará imposible el repunte del consumo y el PIB –el fetiche de la economía moderna- descenderá en los próximos trimestres.

-    En los próximos meses –y sin duda aprovechando las vacaciones y la desconexión estival- se adoptarán nuevas medidas a la vista de que éstas propuestas ahora son insuficientes: subirán los impuestos indirectos sobre la gasolina, el tabaco y el alcohol; se subirá la edad de jubilación dos años y se recortarán más y más prestaciones sociales, al tiempo que se eliminan reducciones fiscales y, para colmo, en la esperanza de que repunte el mercado laboral se aprobará el despido libre y sin paliativos.

-    Las consecuencias sociales de estas medidas serán inevitables a corto plazo y obligarán a los sindicatos a convocar protestas o bien correrán el riesgo de verse rebasados por la protesta social. En cualquier caso, el punto en el que la crisis económica se transformaba en crisis social se ha alcanzado. De persistir entre dos y tres años esta crisis social se transformará inevitablemente en crisis política.

-    A pesar de la cocina del CIS y de la identificación del PP con la corrupción, lo cierto es que Zapatero y la sigla PSOE están desahuciadas políticamente. Su crisis es la crisis de la socialdemocracia europea que no ha sabido, querido, ni podido desvincularse de las consecuencias de la crisis y ha aparecido como uno de los responsables de la misma.

La pregunta del millón: ¿Por qué las propuestas de Zapatero no bastarán?

Nuestro pesimismo antropológico quizás no sea el mejor argumento para explicar porqué las medidas propuestas por Zapatero no bastarán para paliar el déficit. Y, sin embargo, es muy simple de entender.

Zapatero ha apuntado sus baterías contra sectores poco movilizables en la calle: especialmente contra funcionarios y jubilados… pero estos sectores no son, desde luego, los que más gasto generan en el Estado. Zapatero ha eludido tocar al sector social que globalmente absorbe extraordinarias partidas presupuestas y produce menos ingresos: la inmigración.

Ni una sola medida, ni una, tiene que ver con la inmigración, ni se habla de recortes a esa “integración” imposible e improbable, ni se tiene en consideración que la inmigración es una fuente de gasto insoportable en el terreno de la sanidad (el 45% de infectados por el VIH son inmigrantes y su tratamiento cuesta 18.000 euros al mes, en natalidad la inmigración supone un gasto entre cuatro y cinco veces superior al porcentaje de gasto autóctono) la educación (donde la inmigración absorbe un 15% del presupuesto), de las prisiones (casi un 50% se lo lleva la inmigración), en paro (la inmigración absorbe cada año 6.000.000 millones de euros) y resulta un misterio saber cuánto se lleva en justicia e interior, pues la opacidad estadística en estos terrenos es absoluta.

Zapatero llegó a la secretaría general del PSOE en mayo de 2000 con un programa cuyo primer punto era la “ayuda a la inmigración”. Hizo público ese programa cuando los socialistas leoneses avalaron su candidatura en una provincia en la que en el año 2000 no había ni un centenar de inmigrantes. Y es que, al menos desde entonces, la inmigración constituye una verdadera obsesión para Zapatero que sueña en un mundo mestizo y feliz, multicultural y multiétnico, surgido de su Alianza de Civilizaciones. Para Zapatero la inmigración es un dogma y ese dogma lleva a su pequeño melting pot.

Por eso prefiere literalmente crujir a las clases medias, por eso quiere aspirar a acogotar a impuestos a los trabajadores y a los funcionarios, restar beneficios sociales a los jubilados y pagar con el sudor de la población autóctona, su última fantasía estúpida inmigracionista.

Y es ante el final del Estado del Bienestar y ante la España mestiza que Zapatero no renunciará a subsidiar hasta que sea arrojado al basurero de la historia, contra la que es preciso revelarnos. Porque está claro que con estas medidas sobre la sociedad española (esto es, contra la sociedad española), la temperatura de este país en los tres próximos años va a ser la propia de una olla a presión. Mucho más de lo que nos podemos permitir y mucho más de lo que merecemos y merecen nuestros hijos.

Esta situación ha sido creada por un inepto y la debe pagar ese inepto convocando lo antes posible elecciones anticipadas. Solamente la protesta social le convencerá de que su hora ha pasado y debe hacer mutis por el foro. Y cuanto antes mejor.

Repetimos la fórmula para disminuir drásticamente el déficit de un día para otro: repatriar a los inmigrantes en situación de ilegalidad, repatriar a los inmigrantes en situación de paro de larga duración, cesar la política de regularizaciones por arraigo, cortar en seco la reagrupación familiar, mayor disciplina presupuestaria y aligeramiento de todos los niveles de la administración. Todo esto permitiría disminuir el déficit sin afectar a los derechos sociales de la población autóctona e incluso mejorándolos.

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Reflexiones sobre el encuentro Zapatero-Rajoy

Infokrisis.- Al gobierno Zapatero se le ha acabado el tiempo. Desde hace dos años y medio, es decir, justo desde el momento en el que el peor presidente de la historia de España juró su cargo por segunda vez, lo que ha estado haciendo ha sido “comprar tiempo”. Zapatero logró mantenerse en el poder en aquellas malhadadas elecciones gracias a una mentira mil veces repetida durante la campaña: “No hay crisis”. Puede ser que sinceramente lo creyera (lo cual agrava aún más el problema) pero, sea como fuere, desde entonces se ha dedicado a subsidiar a sectores cada vez más amplios de la sociedad (desde los bancos hasta los parados, desde inmigrantes hasta concesionarios de vehículos) hasta agotar no solamente los recursos actuales del Estado sino aquellos otros que estarán a disposición del Estado en los próximos cinco años.

Cuando ya no queda tiempo que comprar


Cuando Zapatero tuvo la crisis encima empezó a “comprar tiempo” pensando que, antes o después, la crisis amainaría, que se trataba de una crisis coyuntural y que pronto la economía norteamericana o las locomotoras europeas, tirarían de nuevo del carro y la economía española se recuperaría automáticamente.

Así pues, desde esta perspectiva, Zapatero no creía que la crisis fuera a durar hasta 2012 (algunos economistas, Niño Becerra entre ellos, ya barajan la cifra del 2020 como fecha en la que España logrará finalmente salir del “bache”). Así pues, para Zapatero se trataba sólo de contentar durante uno o dos años a los parados, generar puestos de trabajo de corta duración que dieran derecho a más subsidios de paro (Plan E y Plan E 2010), subsidiar algunas actividades y, sobre todo, tener contenta a la banca. Y, por supuesto, tranquilizando a la opinión pública.

Cuando llegase la recuperación económica –que Zapatero calculaba que iba a ser en su infinita ingenuidad a lo largo de 2011- tendría tiempo para volver a alardear de éxitos económicos y recuperar la confianza. Incluso, en esa perspectiva, bastaba con sacar del armario de la Moncloa a “Josu Ternera” para que estampara su firma en el acuerdo que desmovilizara definitivamente a ETA. En 2012 le esperaba, pues, un nuevo período de cuatro años de gobierno en el que volvería a sus monsergas de “ingeniería social”, buenismo y renuncia preventiva.

Pues bien, nada de todo esto tendrá lugar. Zapatero calculó mal; todo le ha salido al revés y ha terminado pudriéndose justo en el “semestre español” al frente de la UE.

Cita con el destino: el “ajuste duro” a las puertas

El problema  hasta ahora no ha sido que cualquier analista español mínimamente avisado reconociera en Zapatero al peor presidente de la democracia, sino que esa misma opinión es la que han terminado por compartir todos los gobiernos europeos y, por supuesto, el capital financiero del que hoy depende la economía español. Falta de liderazgo, falta de decisión para adoptar medidas urgentes, aplazamiento de soluciones a la espera de que los problemas desaparezcan y, finalmente, frases pretendidamente optimistas que han convertido una muletilla grotesca en el discurso de Zapatero, han hecho que el conflicto sea inaplazable.

La UE y el FMI, a la vista de cómo está la situación en la Península, han pedido al gobierno español un plan integral de saneamiento de la economía. Pero Zapatero no está en condiciones de realizarlo so pena de perder más y más apoyos y llegar a las elecciones del 2012 en el peor momento del reajuste. Su debilidad es tal que si ahora pusiera en práctica ese plan, probablemente debería de convocar elecciones anticipadas (no entre julio y enero porque se solaparían con las elecciones autonómicas catalanas, ni tampoco entre febrero y agosto de 2011 en donde lo harían con las elecciones municipales; así pues solamente queda un resquicio en Enero, unir elecciones generales, municipales y autonómicas, o bien adelantarlas hasta septiembre de 2011… apenas medio año antes de la fecha en que corresponderían normalmente, en marzo de 2012).

Un dejà-vû

Lo que parece claro es que estamos en uno de estos períodos en la historia política de la España contemporánea en donde la vida y la economía estarán paralizadas mientras no se celebren elecciones anticipadas. El felipismo agónico ya desde 1989, se salvó de la debacle por los pelos en 2003 para finalmente ser derrotado en 2006, pero ese largo período de siete años estuvo dominado por la parálisis económica, especialmente los últimos tres años en los que el felipismo, utilizando todos los trucos electorales , hizo todo lo posible por prolongar su estancia en el poder a pesar de la desconfianza que generaba en los inversores y de que su ciclo se había agotado.

 Hoy ocurre otro tanto. El zapaterismo es un sistema político agotado y desecho, un producto de la crisis de la socialdemocracia europea, del que no se salvará nada. Las Bibiana Aído, las Leyre Pajín, los Pepinho Blanco y demás nulidades aun más nulas que su jefe, regresarán a su mediocridad habitual y de ellas y ellos nunca más se volverá a saber nada. En cuanto a Zapatero su nombre será maldecido por las generaciones venideras que tendrán que pagar sus errores durante décadas.

El encuentro ZP-Rajoy o la escenificación de la impotencia

Y es en ese punto en donde todos –salvo el propio interesado- advierten con facilidad que Zapatero es un político amortizado, cuando se escenifica una “reunión de alto nivel” en la Moncloa para devolver a los mercados la confianza en la economía española. Error. Era muy arriesgado reunir a un presidente que se niega a tomar medidas porque de hacerlo está convencido que perdería las próximas elecciones, junto con un jefe de la oposición que tampoco quiere proponer medidas porque desvelar sus cartas implicaría que no ganaría las próximas elecciones.

Ambos saben que las medidas que exige la UE, la alta finanza internacional y el FMI irán dirigidas contra las clases trabajadoras, contra las clases medias y contra los que hoy son los grupos sociales más afectados por la crisis, mientras que los causantes de la misma se van de rositas y nadie se acuerda de ellos.

Es significativo que ambos “líderes” aludieran a un “pacto sobre las Cajas de Ahorra” (a buena hora mangas verdes, cuando Fernández Ordóñez ya está dispuesto a enviar inspectores a las Cajas que no se han fusionado para examinar sus cuentas, lo que equivaldría a revivir el caso de Caja de Ahorros Castilla La Mancha en media docena de entidades) y a un “pacto sobre la educación” (cuando el fracaso escolar no es de ayer sino que tiene ya 20 años de antigüedad y alcanza regularmente el 30% y el sistema educativo generado por PP y PSOE ha creado de este fracaso la famosa generación “ni-ni” que, en realidad es “ni-ni-ni” (ni trabajan, ni estudian, ni piensan).

Era evidente que para un viaje de tan corto calado no hacían falta alforjas. En apenas una semana –incluido el día del encuentro y el posterior- las bolsas españolas han perdido el 12% de su valor, un 3,7% tras la reunión… La alta finanza, los inversores, los operadores del dinero han comprobado con cierto sobresalto que España es también un país ni-ni ,ni gobierno, ni oposición.

En realidad, el encuentro Zapatero-Rajoy ha servido para una sola cosa: escenificar ante toda la opinión pública que en la España democrática solamente hay una alternativa: o votar PP o votar PSOE, las dos caras de la misma moneda.

Ahora bien. , desde hace dos años, en infoKrisis ya habíamos previsto cómo iban a evolucionar los acontecimientos: la crisis económica se sentiría con más dramatismo y brutalidad en España a causa de nuestro peculiar sistema económico basado desde el aznarismo en la hipertrofia del sector de la construcción, en salarios bajos, inmigración masiva y crédito abierto a espuertas. Decíamos entonces que la crisis económica, de prolongarse –y no albergábamos la menor duda de que se prolongaría- desencadenaría una crisis social. Hoy, cuando hemos llegado a los 5.000.000 de parados reales, con unos sindicatos mudos, sin perspectiva de reducir el paro como no sea en períodos estacionales, hemos llegado a esa crisis social que bulle en las familias, en los bares y en los lugares de reunión pero que todavía no se ha manifestado en la calle. Es cuestión de tiempo. En el momento en el que el zapaterismo o su sustituto pretendan aplicar las medidas tan largamente esperadas por la UE y el FMI, se producirá el estallido social y lo que hasta ese momento era solamente una crisis social larvada se convertirá en crisis política.

La crisis política en puertas


Y este es el problema, porque si el PSOE identificado con la sigla ZP será responsabilizado de la crisis y quedará al pie de los adoquines (y hará falta ver si no queda más bajo, en la fosa séptica de las siglas consumidas cuando se desvele lo que ocurrió realmente el 11-M), no albergamos la menor duda de que una reestructuración económico-social como la que precisa España (y que dudamos mucho que el PP esté en condiciones de realizar e incluso de idear), será inaplicable por un partido de derechas que no tiene más programa económico que el impuesto desde la UE y desde las recomendaciones del FMI.

El problema no es que el PSOE-ZP no esté en condiciones de solucionar la crisis, sino que el verdadero problema es que el PP tiene idénticas limitaciones pues no en vano es la otra cara de la misma moneda.

¿Qué ocurrirá cuando el electorado, hacia finales de 2012 o seis meses después de que se convoquen las próximas elecciones anticipadas, descubra que el PP tampoco es capaz de sacarnos de la crisis? ¿Quedará en 2015-2016 algo del sistema de partidos políticos generado en 1978? Lo dudamos mucho.

La crisis económica devenida ya crisis social, en el momento en que se quiera paliar con las fórmulas de manual impuestas por la UE y el FMI desencadenará una crisis política sin precedentes que arruinará el sistema que el centro-derecha y el centro-izquierda idearon en 1978 para eternizarse en el poder.

Y creo que debemos felicitarnos porque nuestra generación vea ese día no muy lejano.

© Ernest Milà – infoKrisis – infoKrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

Lo que ocurre en Grecia: espejo de lo que ocurrirá en España

Infokrisis.- Grecia ha estallado. Dos meses de agitación social terminaron en una gigantesca manifestación sindical el pasado 5 de mayo que terminó en incidentes (incidentes, por lo demás, poco claros) con un balance de tres muertos. La izquierda –y más concretamente la extrema izquierda comunista- está liderando la agitación. El pasado 4 de marzo, la policía griega pasó por encima de Manolis Glezos, de 88 años, un antiguo resistente de izquierdas. La prensa progresista clamó contra lo que consideraba una agresión a los “símbolos de las democracia griega”. El día antes, Yorgos Papandreu (socialista) había anunciado un plan de austeridad extremadamente severo. La calle estalló en apenas 24 horas.

El “plan” griego para salir de la crisis

Es bueno recordar en qué consiste ese “plan” que ha puesto a Grecia en pleno estallido social porque es el que se va a intentar aplicar en España este verano: congelación salarial de los funcionarios y descenso del 10% en algunas categorías, subida general de impuestos, reducción de subsidios, flexibilización de la contratación,  y eliminación de las pagas dobles.

Al igual que Zapatero en España, también Papandreu llegó al poder con una campaña plagada de mentiras: “¡Las arcas del Estado están llenas, miente quien diga lo contrario!” había repetido una y otra vez antes de demostrarse justamente lo que todos intuían: que las arcas del Estado no solamente estaban vacías sino mucho más vacías de lo que se imaginaba la opinión pública e incluso las instancias económicas internacionales. Goldman Sachs, en comandita con el gobierno griego, había enmascarado 40.000 millones de déficit.

Al día siguiente de la aplicación de estas medidas, una oleada de protesta cristalizó en la calle: “¡que paguen la crisis quienes la han creado, no los trabajadores!”. Lo mismo se podrá oír en España dentro de pocas semanas. Pero han ocurrido otras muchas cosas en el interior de la sociedad griega en los últimos meses: la criminalidad se ha disparado y no hay maquillador estadístico que haya logrado enmascarar la realidad; la inmigración, especialmente turca e islámica está en el candelero y la opinión pública le atribuye el repunte de la delincuencia. A cada manifestación sindical, sucede una oleada de violencia (en parte provocada por agitadores a sueldo de no sé sabe bien quien, posiblemente a cuenta del propio gobierno que aspira a desprestigiar a los sindicatos y a presentarlos ante la opinión pública como “estimuladores de la violencia extremista”).

¿Por qué se ha hundido Grecia?

Esta es la pregunta capital y aquí los paralelismos son sorprendentes entre nuestro país y Grecia. Sí, ¿por qué ha estallado Grecia? Por convergencia de distintos factores de crisis: crisis de la deuda soberana, fiscalidad absurda, sistema político bipartidista que apenas deja espacio para opiniones disidentes, endeudamiento de todos los estratos de la sociedad (familias, empresas, pymes, pequeño comercio) y de la administración (gobierno central y ayuntamientos).

El problema no es de ahora. Se arrastra desde los años 50 cuando el 80% de la recaudación impositiva del Estado procedía de impuestos indirectos (gasolina, alcohol, tabaco) y del impuesto sobre los salarios… ¿Os suena? Es como en España. ¿Cuál es la diferencia? Que Grecia tiene un sector nacionalizado más amplio que España. ¿En qué se parecen más ambos países? En que el gasto público ha ido subiendo progresivamente mucho más allá de lo que podía soportar la solvencia del país cuya economía se mantenía gracias… al turismo y al sector inmobiliario ¿A qué esto también suena? La izquierda solamente ganaba las elecciones cuando proponía ampliar coberturas sociales  a costa de aumenta más y más el gasto público y sin mirar la situación real de la economía del país. Exactamente igual que ha ocurrido en la España de Zapatero.

Donde Grecia se equivocaba: la UE apoya a quien no genera problemas

A cada “plan de estabilización”  ordenado por la UE, la economía griega respondía con más evasión fiscal, más especulación, más economía financiera y más beneficios bancarios y bursátiles. El gobierno lo intentaba solucionar todo… subiendo el IVA. Hubo crecimiento económico y… el gasto público se redobló más y más sin que se reformara la fiscalidad.

Tanto la derecha como la izquierda griega estaban persuadidas de que en caso de que las cosas fueran a peor, la Unión Europea ayudaría a Atenas a salir del problema. Pero olvidaban que todos los gobiernos de la UE, a fin de cuentas, se deben al humor de sus electores y que ninguno iba a poner en la balanza cientos de millones de euros para ayudar a un país que se había dormido a la hora de practicar reformas necesarias en su estructura económica y en sistema fiscal. Atenas, en los últimos años, llegó a comprar cantidades innecesarias de armamento francés y alemán (ocho fragatas) para congraciarse con ambos gobiernos en caso de crisis. El resultado ha sido inesperado: ambos motores de la UE han pedido ha Grecia que pusiera en marcha un plan de austeridad… salvo en materia armamentista.

Grecia y España se parecen incluso en que tienen un adversario islámico. Lo que Marruecos es para España, para Grecia es Turquía, el vecino molesto, intratable, intervencionista y quisquilloso. Lo que España tiene pendiente con Marruecos en Ceuta, Melilla, las islas adyacentes e incluso Canarias, Grecia lo tiene con Turquía en Chipre y en islas del Egeo que reivindica el país islámico. Sin embargo los griegos, más belicosos que nuestro país, gastan un 4’3% de su presupuesto en defensa, casi el doble que España.

Recientemente se ha dicho que una tuberculosis en Grecia tiene el mismo impacto en la UE que un resfriado en España… Cierto, pero hay que pensar lo que ocurriría en la UE si el enfermo tuberculoso tuviera las dimensiones de España. España no es Grecia, pero se le parece mucho y valdrá la pena que veamos los sucesos que están ocurriendo en Grecia en estos momentos como el espejo de lo que va a ocurrir en España en el próximo verano y otoño. El estallido social griego precede al que se producirá en España inevitablemente cuando el gobierno –el que sea- se vea obligado a aplicar medidas de un impacto y de una brutalidad desconocida hasta ahora, especialmente sobre las clases más modestas.

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La yihad no es como para tomársela a broma (II de II)

La yihad no es como para tomársela a broma (II de II)

Infokrisis.- Ofrecemos la segunda parte de este pequeño estudio sobre la yihad y que, en realidad, se trata de un capítulo de una obra mayor, exactamente de la II Parte de nuestro libro "Milicia" que está en fase de ampliación y revisión. Algunos de los comentarios y contenidos de este pequeño ensayo tiene, pues, más lógica y son más fácilmente comprensibles en el contexto de esta obra de la que todavía quedan seis capítulos más por completar.

 

 

¿A quién hacer la guerra y cómo hacerla?

En sus primeras décadas, como toda religión joven, el Islam se mostraba excepcionalmente optimista en relación a su destino. Existían tradiciones islámicas –incluso atribuidas a Mahoma- que aseguraban que pronto caerían Constantinopla y la odiada Roma (justo en esas mismas centurias oscuras los rapsodas que caminaban por Europa cantaban a “Roma La Grande”). La situación anímica de estos islamistas era muy parecida a la de los cristianos en tiempos de Nerón cuando estaban persuadidos de que en breve caería la “gran prostituta del Apocalipsis” y quisieron ver en el incendio de Roma (si no lo provocaron ellos) una confirmación de la profecía.

Mahoma no previó todos los tipos de conflictos. Se limitó a proponer la guerra contra los infieles y a considerar ese “modelo bélico” como obligación de todos los musulmanes. Pero había otros tipos de conflictos que Mahoma no había previsto: revueltas interiores, guerras civiles, y episodios de lucha contra los infieles que no estaba claro cómo debían afrontarse: ¿qué hacer, por ejemplo, con los emisarios de los infieles, infieles a su vez? ¿Habría que degollarlos como enemigos que eran? ¿Debía respetárseles la vida en virtud de la hospitalidad? Los tratadistas islámicos desde el siglo VII emplearon buena parte de sus energías en discutir sobre esta materia.

Abu Bekr fue el primer en imponer algo de claridad cuando en el 632 escribía: “Os impongo diez normas ¡Aprendedlas bien! No prevariquéis ni os apropiéis de ninguna parte del botón, no practiquéis la traición ni la mutilación. No matéis a niños, ancianos, ni mujeres. No arranquéis ni queméis palmeras, ni cortéis árboles frutales. No degolléis ovejas, vacas o camellos si no es para comer. Encontraréis gente que se ha retirado a ermitas, dejadles cumplir el propósito para el que han hecho esto. Encontraréis personas que os dan fuentes con distintos tipos de comida. Si las aceptáis, pronunciad el nombre de Dios sobre cuanto comáis. Encontraréis gente que se ha afeitado la coronilla, dejando un poco de pelo a su alrededor. Golpeadles con la espada. Id, en nombre de Dios, y que Dios os proteja de la espada y de la peste”. Contradicciones aparte, el texto es una especie de “ley islámica de la guerra”, una “convención de Ginebra” que intentaba reglamentar la forma de hacer la guerra en relación al ganado y a los civiles infieles. A medida que pasó el tiempo y que la nueva religión se enfrentó cada vez ante más problemas, tuvo que aumentar sus escenificaciones.

Pronto apareció la teoría de los “cuatro enemigos” que es importante para considerar los deberes y las obligaciones de los islamistas ante sus enemigos. Estos cuatro enemigos son: infieles, bandidos, rebeldes y apóstatas. El tratamiento que el islam les depara es completamente diferente en cada caso y las leyes de la guerra empleadas son en cada uno diferente.

De estos tipos de conflicto, la guerra contra los infieles era la única sobre la que Mahoma había dicho algo y la que, en rigor, era considerada yihad. Desde la perspectiva de la ortodoxia islámica todo infiel es, por definición un enemigo y ante todo enemigo la obligación del islam es combatirlo. Este concepto no ha cambiado desde los tiempos de Mahoma y genera extraordinarias dificultades en los regímenes islamistas para explicar sus relaciones diplomáticas con regímenes infieles. En Irán, los musulmanes ortodoxos tienden a criticar al gobierno de la República Popular China simplemente porque es “ateo”, por mucho que éste país sea el único en el que se puede apoyar para contrarrestar el belicismo intervencionista norteamericano.

A pesar de que los tratadistas islámicos reconocen que el estado normal entre fieles e infieles es la guerra, se vieron forzados a reconocer que, en determinados momentos podía llegarse a acuerdos y pactos temporales, especialmente si permitían mejorar las propias posiciones. Lewis recuerda que los dos términos equivalentes a “pacto” son hudna (calma, tranquilidad) y sulh (pacto, armisticio). Pero, con todo, la palabra mejor conocida y más extendida que sugiere “paz” es salam. Al saludarle los musulmanes suelen utilizar la frase salam aleykum (la paz esté contigo)… pero vale la pena realizar una matización sobre esta expresión fraternal y hospitalaria. Es más, es un tipo de saludo que hoy podría entenderse como xenófobo en la medida en que solamente podía utilizarse entre musulmanes, pero no con infieles: con estos se utilizaban otras expresiones de saludo, pero nunca el deseo de “paz” pues, no en vano, el estado normal de las relaciones con infieles era –y sigue siendo- la guerra. Hay algo de cinismo en todo esto. Por ejemplo, en el Islam se suele utilizar esta fórmula de salutación dirigida a los infieles con los que se relaciona: “¡La paz sobre quien siga el camino de Dios!”… “camino” que es evidentemente el Islam, luego la fórmula solamente puede ser felizmente acogida por el islamista aun cuando el destinatario de la salutación aparentemente cordial no sea islamista. Era una fórmula cortés y remilgada que evitaba decir: “La paz sea contigo si sigues el camino del Islam y si no lo sigues esa paz no es para ti”… Las sutilezas islámicas son así.

Finalmente están los apóstatas y la guerra contra ellos. Para todas las religiones abrahámicas la apostasía figura como el peor delito, pero así como en el judaísmo moderno implica apenas el alejamiento de la sinagoga y solamente entre judíos integristas supone una especie de repudio social, y en el catolicismo es algo que ha terminado por ser intrascendente, el islamismo sigue manteniendo el mismo fanatismo del período coránico.

De hecho el mundo no islámico es el Dar al-harb, literalmente “el Territorio de la Guerra” en donde al no creyente se le llama harbi, forma adjetival de la palabra guerra. El harbi no es lo mismo que el dimmi, o no creyente sometido a un gobierno musulmán (acepta la protección musulmana y paga impuesto al Estado islámico). La misma palabra dimmi implica “contrato”: derechos reconocidos a cambio de deberes hacia la autoridad musulmana. Existe un tercer tipo de “ciudadano” desde el punto de vista islámico, el mustam’min, que equivale al ciudadano no musulmán de paso por tierra islámica. A éste es al único que se le permite practicar su religión y está exento del pago de impuestos, pudiendo asociarse junto a otros como él en comunidades con leyes propias, sujetas al poder islámico. Un salvoconducto le permite que su condición sea reconocía.

Pronto la realidad situó a los islamistas ante algo que no habían prevista: deberían enfrentarse tanto a bandidos como a rebeldes de confesión islamista. Contra ellos no podía decretarse una movilización general ya que no se trataba de yihad. Los enemigos no eran infieles, sino islamistas y las leyes de la guerra no podían ser, pues, las mismas. En 1058 aparecen algunas normativas para el conflicto contra los bandidos. En efecto, al.Mawardi, un jurista musulmán de la época explica que “es lícito matarlos mientras van o vienen”, pero no se les puede perseguir… Si han asesinado se les puede exterminar, pero si no lo han hecho pueden salvar la vida. Son responsables de los daños materiales causados en el curso del conflicto. Pueden ir a la cárcel si son capturados y están a la espera de juicio. Si los bandidos recaudan impuestos el dinero recaudado tendrá la misma consideración como si hubiera sido robado y será reembolsado a quienes lo entregaron.

El islamismo distingue entre el grupo de bandidos (piratas, corsarios, salteadores) y rebeldes (golpistas, disidentes políticos, fracciones dinásticas). Se les combate con la misma intensidad pero con algunos matices. Al rebelde islámico, otro musulmán solamente puede matarlo en el campo de batalla, pero nunca será ejecutado por un brazo islámico. Tampoco pueden ser esclavizados (los infieles, en cambio, sí), ni ser secuestrados a la espera de un rescate (los infieles, sí) y las propiedades de que disponga solamente puede confiscarse si antes hubiera pertenecido al Estado; se les puede dar hospedaje (a los apóstatas, en cambio, no se les puede dar y a los infieles ni se considera la posibilidad de que algún islamista los aloje). Si los rebeldes recaudan impuestos, se consideran legítimos y no deben devolverse, ni volverse a recaudar. Con ellos pueden, finalmente, firmarse pactos.

La guerra contra rebeldes o los bandidos no era considerada yihad. Así como a los bandidos y a los rebeldes la legislación islámica los ve como a musulmanes que, por algún motivo, se han opuesto a la autoridad, pero que siguen siendo musulmanes y, por tanto, la guerra contra ellos nunca puede ser declarada “santa”. Algo que no se aplica en el caso de los apóstatas. En efecto, la lucha contra quienes han nacido en el Islam y han renunciado a él, no solamente adquiere ese carácter de yihad sino que suele revestir la mayor crudeza. Algunos tratadistas islámicos consideran que durante la lucha contra otros musulmanes se pueden firmar pactos y es necesario respetarlos, no así los que se firman con los gobernantes de los “territorios de guerra” (esto es con gobiernos no islámicos), ni con los apóstatas.

La lucha contra el apóstata es, en sentido propio, yihad. A diferencia del no creyente (kafir) que jamás ha aceptado al Islam, el apóstata ha conocido el Islam y ha renunciado a él, adquiriendo por eso mismo la consideración de enemigo; para el islamismo quién tiene la oportunidad de “conocer la verdad” y rechazarla, tiene olor azufre y un aroma satánico; hacerle la guerra es lícito y necesario.

A la hora de combatir contra el apóstata se emplearán normas de guerra mucho más duras incluso que contra el no creyente o el bandido. Nadie le podrá dar alojamiento, ni autoridad alguna lo dotará de salvoconductos; ningún pacto o armisticio podrá firmarse con él. Si resulta capturado jamás será considerado prisionero de guerra. Ni puede convertirse en dimmi, ni seguir el destino de los capturados en la yihad: ser esclavo. Sus únicas posibilidades son retractarse o morir. Si se retracta se le perdonará por los delitos cometidos durante el tiempo que duró su apostasía y se le devolverán las propiedades confiscadas. Si se niega resultará decapitado. El problema que ya denunció al-Gahiz en el siglo IX es que para los teólogos cualquiera que está en desacuerdo con ellos pasa a ser un apóstata…

En la práctica, la legislación islámica considera al apóstata como el peor de los delincuentes y, por tanto, en los países islámicos se procura que ningún ciudadano tenga la posibilidad de abandonar su religión secular y sumarse a otra. Y esto explica suficientemente porqué la libertad religiosa es completamente inaceptable en países como Marruecos y porqué se reprimen con singular dureza las muestras de proselitismo realizadas por otras religiones entre la población marroquí, íntegramente islámica (salvo la minoría judía).

El islam no es como otras religiones

En la historia del Islam aparecen figuras de una indudable talla guerrera y militar. Ahí está el piadoso Almanzor que llevó sus razzias desde Santiago de Compostela a Barcelona y, sin duda, la imagen de Saladino, cuyo sentido del honor caballeresco era, como mínimo, tan elevado como el de sus ponentes en las cruzadas. A fin de cuentas todo guerrero de raza termina siguiendo el mismo camino que cualquier otro distante en el espacio, en el tiempo, y compartiendo los mismos valores. La esencia de la tradición guerrera es la impersonalidad activa y poco importa si el vehículo es el islamismo, el cristianismo o el shinto. Pero, dejando aparte, la valoración extremadamente positiva de algunos guerreros islámicos en el trasfondo de esta religión se percibe un elemento problemático ya desde su origen.

¿Por qué una religión debería extenderse hasta el infinito? ¿Por qué todo lo que encierra es “orden” y lo que está fuera de ella “caos”? ¿No hay en todo ello un reduccionismo implícito? Y lo que es todavía peor, ¿por qué una religión debería propagarse mediante la guerra y no mediante la predicación y el convencimiento, o simplemente con el ejemplo?

Para responder a todo esto hay que tener en cuenta algunos elementos que se remontan al origen del islamismo. El Islam es la última religión “revelada”. Todo lo que ha seguido después apenas han sido sectas o confesiones minoritarias, irrelevantes en el devenir histórico. Es la única religión que se ha generado en el ciclo histórico que los clásicos llamaron “edad de hierro” y que corresponde a la misma época que los redactores de las sagas nórdicas titularon “edad del lobo” o que la india de los Brahamanes bautizó como “kalí-yuga”, la última de las edades, la más decadente, la edad de la disolución y el caos… nuestra “época”, en definitiva, un ciclo vital que según algunos historiadores de las religiones abarca entre 2.225 años y 2.500 y que en Europa debió iniciarse en el siglo VI a. JC tal como sostiene Guénon en La crisis del mundo moderno, situándose el año 0 de la Hégira (632) prácticamente en la mitad de ese ciclo “oscuro”.

El Islam es la religión más simple que jamás pueda concebirse en sus preceptos y en su práctica. Exige poco, pero exige sobre todo algo que no es propio del guerrero: la sumisión. Si el yihadista muere en combate es por “sumisión a Dios”, si la mujer lleva velo lo hace también por “sumisión”. Todo en el Islam es “sumisión” hasta el punto de que puede afirmarse que la sumisión es la ley interior del Islam y supone la imposición, por un poder exterior al guerrero, la obligación de luchar y morir para propagar su fe.

No hay en el Islam diferencias de casta. Y esto es muy importante. En todo el ámbito indo-europeo, la sociedad trifuncional definida por Dumezil reconocía que el combate y la guerra eran la función, no de toda la sociedad, sino solamente de una casta: la función guerrera. El islam carece de castas (que en Europa prolongaron su existencia hasta finales del siglo XVIII), en tanto que su foco originario partió de un sustrato etno-cultural diferente al de los pueblos indo-europeos. Su monoteísmo extremo (y absoluto en relación al cristianismo que concibe a Dios como “uno y trino” y reemplaza a las antiguas deidades romanas de las ciudades y de las corporaciones, por los santos específicos a cada una de ellas) lo confirma como “hijo del desierto” y de la monotonía del un paisaje sin matices y sin variaciones.

El Islam, promovido por Mahoma como forma de legislación para disciplinar a pueblos nómadas con rasgos primitivos e incluso salvajes, experimenta la contradicción entre lo que ha nacido para nómadas pero que aspira a imponerse como religión única y universal gracias a la yihad. Esto hace que muy frecuentemente hayan aparecido en el seno del Islam tendencias desconocidas en las sociedades guerreras: el guerrero indo-europeo asume la defensa de su comunidad, pero nunca está obligado a combatir permanentemente para ampliarla; en la sociedad islámica, la inexistencia de una división trifuncional hace que asuman la condición de guerreros gentes con una constitución interior diferente: artesanos enrolados como guerreros, gentes llamadas a la vía de la contemplación embarcados en razzias sin fin… gentes que se ven sometidas a tensiones muy superiores a las que su constitución interior soportaría y que no reaccionan como guerreros tal como evidencian episodios como la llamada Noche del Foso de Toledo y que repugnan a las tradiciones guerreras.

El episodio ha pasado a nuestra historia en la frase todavía hoy utilizada “pasar una noche toledana”. Ocurrió en el 797, cuando reinaba en Córdoba el emir Al Hakam I quien destinó a Amrus al Lleridi como gobernador de Toledo. Cuando, unos años después, A Hakam anunció que visitaría Toledo su gobernador supo qué presente le entregaría. Amrus convocó a toda la nobleza visigoda a un banquete y a medida que iban llegando, tras cruzar la puerta del alcázar, uno a uno fueron degollados y arrojados a un foso cavado al efecto. Según la leyenda, la masacre continuo hasta que alguien grito: “¡Toledanos, es la espada, voto a Dios, la que causa ese vapor [de la sangre] y no el humo de las cocinas!”. Sólo unos pocos nobles consiguieron sucumbir a la masacre que según algunos autores alcanzo a varios cientos de visigodos toledanos y otros a varios miles. Aún hoy, “pasar una noche toledana” significa en román paladino una noche desapacible de terror e inquietud. La narración envuelta en la bruma de leyenda oculta una verdad histórica estudiada por Levi Provençal sobre la que no hay ninguna duda.

Entre episodios como éste y episodios de fanatismo que todavía hoy siguen apareciendo en el Islam con inusitada frecuencia y manifestándose en lugares de fuerte tensión política, todo absolutamente contribuye a que se tienda a considerar al Islam como una religión diferente a cualquier otra. No hay absolutamente ninguna otra que haga de la guerra una obligación, ni de las armas la forma de realizar su tarea misional. No hay absolutamente ninguna religión que justifique el suicidio de sus miembros en lamentables atentados criminales. No hay gentes dispuestas a matar por su fe, salvo en el Islam.

Cuando se produjo el derrocamiento del Sha de Persia y la instauración de la República Árabe de Irán pudimos ver a masas de islamistas, absolutamente histéricos, manifestándose por las calles de Teherán. Era evidente que estaban sometidos a un proceso de despersonalización en el que se cumplían las leyes de Gustav Le Bon sobre la psicología de masas. Aquellos cientos de miles de individuos que se manifestaban parecían presas de un estado de posesión colectivo que hubiera injertado una sola voluntad. Y es que el Islam es una religión de masas y la única capaz en suscitar hoy el fanatismo de esas masas.

La religión que Mahoma ideó para disciplinar a las primitivas y atrasadas tribus de la península arábiga, sigue anclada en el siglo VII, incapaz de evolucionar e incluso incapaz de entender lo que representa el devenir histórico y la modernidad. La obligación de la yihad, como precepto religioso, ya no tiene cabida en nuestro siglo, ni justificación en el nuevo milenio. Cuando el Islam sigue actualizando su precepto de la yihad no tiene cabida en el siglo XXI. Y si algún día renuncia a él, también habrá dejado de ser Islam. Y este es el gran drama: que el Islam tal como fue concebido en la época originaria es incompatible con cualquier otro pueblo no islámica, y especialmente dentro de pueblos no islámicos (fenómeno de la inmigración). Pero el Islam es un sistema religioso “cerrado” en el cual la reforma de una de sus partes es literalmente imposible. Es lo que tiene el desierto: si insertas en su centro un bosque, deja de ser desierto e incluso puede ser que arraigue la vida.

De los complejos y problemas del Islam en Europa

El guerrero es aquel ser que se mueve con una ley interior que le sitúa como baluarte de su comunidad, como defensor de la misma y como garante de la seguridad de todos. El guerrero no tiene más que fe que su código implícito casi en sus genes. El yihadista es un modelo anómalo de guerrero que no corresponde a la tradición indo-europea, sino más bien al hombre surgido del desierto y que quiere dejarlo atrás, alguien que por una especie de síndrome de fuga aspiró a huir de él, tanto en su expansión por el Mediterráneo hacia la Península Ibérica, como en su expansión en dirección al Este, hacia la Península Indostánica.

Para ese tipo humano, el incumplimiento de la sharia es el peor de los pecados; pero la dureza de la sharia es tal que él mismo, inevitablemente, no puede sino sentirse culpable. Si Mahoma estableció, nítida e inequívocamente, la obligación de la yihad, no practicarla implica sentirse culpable y la única manera de superar esta sensación trágica es encontrando a otro más culpable que él: al infiel, por ejemplo. En su odio hacia el infiel el islamista se reconcilia de nuevo con Mahoma y supera su complejo de culpabilidad: no está en guerra santa con el infiel, pero lo odia, y cuando las circunstancias estén lo suficientemente maduras para ello, se alzará contra el infiel. La yihad se retrasa pero no se olvida, se aparca momentáneamente pero no se destierra para siempre. Pero ¿es esa la yihad que predicó Mahoma o es más bien un sentimiento de venganza y la sublimación de otro complejo peor que el de culpabilidad: el complejo de inferioridad surgido en las últimas décadas?

Este complejo de inferioridad no es gratuito, está ahí y es fácilmente perceptible: la doctrina islámica y su imposibilidad para evolucionar con el paso de la historia (a causa de su rígida e inamovible simplicidad y del encuadre histórico-cultural en el que nació y del que siempre ha sido tributario) ha llevado a los países islámicos a quedar entre 300 y 400 años por detrás de la evolución de la historia; a esto se une el complejo de inferioridad propio de todo antiguo colonizado.

El complejo de inferioridad islámico se agrava además en algunos ambientes sociales islámicos: entre los jóvenes inmigrantes, por ejemplo, que acuden a escuelas europeas. ¿Qué puede pensar un joven de origen magrebí cuando, salvo Mahoma, aparecen muy pocos islamistas en la historia de las ideas o en la historia de la ciencia? ¿Qué puede pensar cuando en la historia de España, el Islam solamente aparece como adversario y enemigo constante desde Tariq y Muza hasta Lepanto, luego con la lucha contra los piratas berberiscos en el siglo XVIII y finalmente con Abdel Krim en el siglo XX? ¿Qué puede pensar cuando los escaparates de lujo españoles o las mujeres en topless que ha visto gracias a una parabólica en los arrabales de Casablanca o de Tánger, no están a su alcance una vez se encuentra a este lado de Gibraltar? Algo peligroso y visceral se revuelve dentro de él. Y ahí vuelve a encontrar al Islam para liberarle de todos estos complejos: y el Islam le dice, “el no islamista es tu enemigo”, “contra el no islamista el único estado amado por Alá es la yihad”.

Al atraso propio del Islam se une el resentimiento del colonizado que se agrava todavía más con el nacimiento de una sensación de frustración social del inmigrante islámico que llega a Europa y no tiene acceso a la mayoría de las excelencias del consumo europeo. En África negra, en gran medida islámica, se tiene tendencia a creer que todo europeo conduce un Porsche y tiene a una mujer con las característica de Claudia Schiffer… y en el Magreb el ídolo es Zinedine Zidan que ha llegado a vivir como cualquier potentado europeo; luego, una vez aquí, descubren que todo esto era falso: que solo hay un Zinedine Zidan y que no todas las mujeres son como Claudia Schiffer… y que a la mayoría de ellos todo esto les estará vetado durante toda su vida. El resentimiento del colonizado, agravado por el resentimiento social, tiende a generar un formidable potencial explosivo que estalló en noviembre de 2005 en toda su virulencia en los arrabales franceses y que, sin duda, volverá a estallar en otros muchos puntos de Europa a lo largo de esta década. Ese resentimiento social hace que muchos inmigrantes se vuelvan hacia la religión islámica que es la única que da forma a su comunidad (comunidad en el exilio económico) y que le da objetivos y metas a alcanzar: dominar al infiel, sublimando y liberando todos esos resentimientos en la realización de un plan divino.

Si a esto se le añaden problemas coyunturales (lo inadecuado del velo islámico para la mujer en Europa, el choque entre la tendencia europea a la igualdad y la integración de la mujer y la imposibilidad para el Islam de aceptar estas líneas), problemas banales de convivencia (la música árabe interminable y radiada a volúmenes extremadamente altos, los altos tonos de voz con los que hablan y discuten en los zocos, tradición trasladada a nuestros barrios de inmigrantes, las costumbres y festividades religiosas incompatibles con los ritmos europeos) todo ello lleva inevitablemente al conflicto y a aumentar las dosis de resentimiento contra las sociedades de acogida.

Además, en el caso español, todo esto se agrava aún más dado que para los imanes que instruyen en las madrassas y dirigen las mezquitas de este lado de Gibraltar, Al-Andalus (España) es tierra sagrada del Islam (aquí están enterrados sus muertos durante ocho siglos de conquista) que ha sido usurpada por “infieles y cruzados”.

No hay, ni puede haber, punto de encuentro posible porque el Islam no es una filosofía que se pueda discutir y con la que se puedan aceptar acuerdos, es una religión que hoy está prácticamente en el mismo estadio que cuando Mahoma la elaboró en el desierto arábigo en el siglo VII. Ellos no van a cambiar (cambiar supondría abjurar) y nosotros no podemos aceptar que una cultura que ha quedado atrás en el decurso los siglos se trasplante a la modernidad europea, condicionándola, amenazándola o atemperándola.

El conflicto está servido, y hay muchas posibilidades de que ese conflicto sirva para reavivar en Europa a la figura del “guerrero” (no del soldado, sino del hombre que asume libremente el papel de defensor de la comunidad) y la sitúe en el centro del protagonismo social.

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La yihad no es como para tomársela a broma (I de II)

La yihad no es como para tomársela a broma (I de II)

Infokrisis.- El problema con algunas concepciones religiosas del Islam es que no son tan terribles como habíamos imaginado, sino frecuentemente mucho más terribles de lo que éramos capaces de imaginar. Todo esto viene a cuento de la concepción islámica de la yihad (que nos resistimos a llamar “guerra santa”) y de sus implicaciones. Conocer el fondo de la concepción islámica de la guerra supone alertar sobre lo que significa el Islam y sobre su incompatibilidad, no solamente con las sociedades europeas, sino con cualquier otra forma de sociedad no islámica.

La guerra santa en el Islam. Matices. Detalles. Distinciones


¿Tiene algo que ver con la milicia el hecho de que alguien suficientemente estúpido como para ponerse un arnés lleno de explosivos se haga picadillo en el interior de un autobús en Israel o en el interior de un mercado en Bagdad? No, desde luego, se hará llamar “fedayín”, “yihadista” o “muyahidín”, pero no pasa de ser un estúpido con el cerebro tan absolutamente lavado que no le queda ni rastro de neuronas. O, quizás de alguien lo suficientemente desesperado por este valle de lágrimas (la vida en Palestina, Afganistán o Irak, tres países ocupados, no es, desde luego, ninguna ganga) que su última esperanza sea acelerar el tránsito hacia el paraíso de Alá. No se muere porque se renuncia o por distanciamiento de la vida (tal como predicaba el estoicismo romano), sino que se muere por ambición en alcanzar el paraíso sensualista en el más allá que compense de las privaciones en el más acá. Nada que ver con el estilo del guerrero europeo.

Sería hoy imposible eludir que la guerra está hoy presente en la modernidad, en buena medida, acompañada por el término “santa”. Y esto nos lleva, desde luego, al Islam. Sólo el Islam alardea de tener un concepto sagrado de la guerra que, en el fondo, no sería sino un último eco de la tradición guerrera ancestral. Pero hay que tener en cuenta con los equívocos: el terrorista actual no tiene nada de santo y quien mueve los hilos mucho menos. Un atentado suicida no suele ser un acto de heroísmo, sino un crimen detestable realizado habitualmente contra civiles indefensos. Vale la pena calibrar exactamente cuál era la noción de “guerra santa” en el Islam a la vista del uso abusivo del término que hacen algunos de sus actuales intérpretes.

La guerra santa es, en efecto, algo que está imbricado en la doctrina coránica… pero que también encuentra cierta resonancia con otros temas propios del catolicismo y del judaísmo, pues no en vano las tres religiones surgen del común tronco abrahámico. Israel combate en guerras ofensivas allí donde Yavhé se lo ordena. Otro tanto ocurre con el “deus vult” (Dios lo quiere) propio de la Edad Media europea. Existe en las tres religiones un común fatalismo que hace del ser humano una especie de elemento sometido a lo divino: si combate, es porque “lo quiere Alá”, Yavhé o Dios Padre. Si vence es porque el dios personal y único está con él. La guerra es pues algo en lo que se intuye un trasfondo sagrado.

A diferencia de las religiones no abrahámicas, el combate no es algo que compete en especial a una casta, la casta guerrera, sino que es la vía a través de la cual, en determinados momentos, el Dios hace cumplir a los hombres su voluntad. Las trompetas de Jericó, el asedio de Damieta y el cerco de Montsegur han sido ordenados por Dios. Los guerreros que participan en estas acciones lo hacen siguiendo la orden divina expresada a través de los mediadores entre lo trascendente y lo contingente, la casta sacerdotal. Basta con cumplir el mandato divino para hacerse acreedor de indulgencias o ganarse una plaza en el Paraíso situado más allá de la vida. Y luego, para algunos guerreros judíos, moros o cristianos, claro, está también la posibilidad de botín: si se muere en combate se alcanzará el paraíso y la recompensa infinita, si se sobrevive al acero se regresará a casa con un abundante botín que habrá justificado las penalidades, los miedos y las angustias de los combates.

Todo esto no parece demasiado edificante. Se lucha por la ambición, por el ego, por obtener algún beneficio e importa muy poco que sea material o espiritual. No es la idea que encontramos en la antigua romanidad, ni mucho menos la que está presente en el Bhagavad Gitta, el libro sagrado del khsatriya hindú, ni en el antiguo guerrero nórdico germánico, ni en la casta de los samuráis, cuyas vías se basaban en la renuncia absoluta, en un –como decía Cortázar en su Rayuela- “tirarlo todo por la ventana y luego en tirar la ventana por la ventana”. Es cierto que los teólogos católicos y musulmanes establecieron algunas correcciones en relación a la doctrina originaria y en determinadas órdenes militares que estaban presentes en ambos campos (especialmente durante las cruzadas) se alcanzó una visión incomparablemente más elevada que el binomio “muerte-recompensa”.

Resulta sorprendente advertir que el término “guerra santa” es, además, “reciente y foráneo” tal como explica Bernard Lewis en su obra El Pensamiento Político del Islam. El islam reconoce que hay “lugares” santos, “personas” santas, pero frecuentemente con connotaciones diferentes al concepto occidental: La Meca y Medina son “ciudades santas”, pero la palabra que se les aplica no deriva de la raíz qds, sino de la raíz hrm, cuyo significado básico es “prohibido” y remite a algo que inspira temor y que se considera inviolable. En cuanto a los “santos” islámicos, tampoco se utiliza la raíz qds sino el término wali que implica “estar cerca” (cerca de Alá, naturalmente). Así pues lo que en Occidente se llama “guerra santa” no es lo precisamente lo mismo que entiende el Islam. El concepto de santidad es muy diferente como veremos.

¿Dos “guerras santas”?

Todo el Islam descansa en el concepto de Sharia: la Ley. En tanto que escrito en mayúsculas implica que es la única ley que merece ser asumida y respetada: emana de Dios, no hay otra superior a ella. En esto el Islam sigue a cualquier otra civilización tradicional que solamente reconoce a leyes que tengan la sanción divina, no las que hayan emanado de los hombres. La diferencia entre las religiones abrahámicas y otras (indoeuropeas y orientales) estriba en que en éstas cada casta tenía su propia ley: la ley del guerrero no era la misma que la del sacerdote y la del artesano no era igual a la del campesino; sin embargo, el monoteísmo que acompaña a las religiones abrahámicas –y de manera mucho más especial al Islam-  introduce en el interior de cada una el elemento reduccionista. Sólo hay una única ley: la del Dios único. En el Islam uno de los preceptos de esa ley es precisamente la yihad.

Desde el punto de vista lingüístico yihad implica solamente “combate”, “batalla”, “esfuerzo” y habitualmente la palabra va seguida por la frase “en la senda de Dios”, esto ha permitido traducirlo de manera abusiva como “guerra santa”. Y no hay duda de que se trata a la guerra convencional. Sin embargo, algunos tratadistas han sugerido que la alusión a la “guerra” podría ser entendida como algo espiritual mucho más que militar.

Julius Evola, por ejemplo, comenta a este respecto:

“… Se basa en un hadith del Profeta, el cual, llegado de una expedición guerrera había dicho: "Hemos vuelto de la pequeña guerra santa para la gran guerra santa". La "pequeña guerra" corresponde a la guerra exterior, a la que, siendo sangrienta, se hacía con armas materiales contra el enemigo, contra el "bárbaro", contra una raza inferior frente a la cual se reivindicaba un derecho superior o en fin, cuando la empresa estaba dirigida por una motivación religiosa, contra el "infiel". Por terribles y trágicas que puedan ser las incidencias, por monstruosas como sean las destrucciones no deja de ser menos cierto que esta guerra, metafísicamente, es siempre la "pequeña guerra". La "Gran Guerra Santa" es, al contrario, de orden interior e inmaterial, es el combate que se libra contra el enemigo, el "bárbaro" o el "infiel" que cada uno abriga en sí mismo y que ve aparecer en sí mismo en el momento en que ve sometido todo su ser una ley espiritual: tal es la condición para esperar la liberación interior, la "paz triunfal" que permite participar en ella a aquel que está más allá de la vida y de la muerte, pues en tanto que deseo, tendencia, pasión, debilidad, instinto y lasitud interior, el enemigo que está en el hombre debe ser vencido, quebrado en su resistencia, encadenado, sometido al hombre espiritual”.

Evola añade en defensa de su tesis que “en el Islam, "guerra Santa", “yihad” y "Vía de Dios" son utilizados indiferentemente. Y añade:

“Quien combate lo hace sobre la "Vía de Dios". Un célebre hadith característico de esta tradición dice: "La sangre de los Héroes está más cerca del Señor que la tinta de los sabios y las oraciones de los devotos". Aquí también, como en las tradicionales de las que ya hemos hablado, la acción asume el exacto valor de una superación interior y de acceso a una vida liberada de la obscuridad, de lo contingente, de la incertidumbre y de la muerte. En otros términos, las situaciones y los riesgos inherentes a las hazañas guerreras provocan la aparición del "enemigo interior", el cual, en tanto que instinto de conservación, dejadez, crueldad, piedad o furor ciego, sirve como aquello que es preciso vencer en el acto mismo de combatir al enemigo exterior. Esto muestra que el aspecto central está constituido por la orientación interior, la permanencia inquebrantable de aquello que es espíritu en la doble lucha: sin participación ciega, ni transformación en una brutalidad desencadenada, sino, por el contrario, dominio de las fuerzas más profundas, control para no estar jamás arrastrado interiormente sino permaneciendo siempre como dueño de sí mismo, lo que permite afirmarse más allá de cualquier límite. Abordaremos ahora una imagen de otra tradición en donde esta situación está representada por un símbolo característico: un guerrero y un ser divino impasible, el cual, sin combatir, sostiene y conduce al soldado junto al cual se encuentra sobre el mismo carro de combate. Es la personificación de la dualidad de los principios que el verdadero héroe posee, ya que las emanaciones tienen siempre algo de eso sagrado de lo que es portador. En la tradición islámica, se lee en uno de sus textos: "El combate es la vía de Dios (es decir, la guerra santa) aquel que sacrifica la vida terrestre por la del más allá, combate por la vía de Dios, ya resulte muerto o vencedor y recibirá una inmensa recompensa". La premisa metafísica según la cual se prescribe: Combatid según la guerra santa a aquellos que hagan la guerra", "matadles donde los encontréis y aplastadlos", "no os mostréis débiles, no les invitéis a la paz", pues "la vida terrestre es solamente fuego que se extingue" y "quien se muestra avaro no es avaro más que consigo mismo". Este último principio evidentemente puede compararse a aquel otro evangélico: "El que quiere salvar su propia vida la perderá y quien la pierda obtendrá la vida eterna", confirmado por este texto: "¿Qué hicisteis vosotros que creéis cuando se os ordenó: descended a la batalla para la guerra santa? Os quedasteis inmóviles. Habéis, pues, preferido este mundo a la vida futura" por lo tanto "vosotros ¿esperáis de nosotros recompensa y no las dos supremas, victoria o sacrificio?"

Por mucho que admiremos y sigamos a Evola (y lo seguiremos siempre), en este punto su planteamiento es frágil pues deriva de una selección incorrecta de fuentes En la doctrina de Julius Evola esta noción de “pequeña” y “gran guerra santa” tiene un lugar central en su consideración del Islam… si bien es algo que el Islam prácticamente desconoce y de lo que Bernard Lewis nos dice apenas que “la inmensa mayoría de los teólogos, juristas y tradicionalistas clásicos, entendieron la obligación de la yihad en un sentido militar y así lo han estudiado y expuesto”. Lewis sostiene que las afirmaciones de las que se hace eco Evola “fueron defendidos por los teólogos chiítas de la época clásica y con mayor frecuencia por los modernistas y reformistas de los siglos XIX y XX”.

Por la época en que se introdujo este concepto, es posible que esta traslación del concepto de “guerra santa” priorizando su carácter “interior” y místico fuera un producto de la colonización europea y que los teólogos islámicos quisieran quitar hierro a la idea de “guerra santa” en un momento en el que tenían todas las de perder. Además, el concepto hubiera alertado a los colonizadores sobre el carácter permanente de la guerra considerada en el sentido islámico. A pesar de que el Islam chiíta enlace con el planteamiento que tanto Evola como su maestro inspirador, René Guénon, se hacen de la “tradición”, lo cierto es que en la corriente mayoritaria del Islam, es difícil reconocer aquello que está presente en otras tradiciones guerreras indoeuropeas u orientales.

Por que, en efecto, dejando aparte que escuelas místicas de ayer y de hoy, e incluso pequeño grupos sufíes, hayan aprovechado el concepto de guerra como una especie de perífrasis simbólica para aludir a una forma de ascesis interior, lo cierto es que en los textos islámicos existe una superabundancia de citas que indudablemente aluden a la guerra en el sentido militar del término y sólo a él recomendando, además, estrategias y normativas para el desarrollo de las operaciones; tal como dice Lewis: “normas que gobiernan el inicio, el desarrollo y el fin de las hostilidades y que tratan cuestiones tan específicas como el comportamiento con los prisioneros y con las poblaciones conquistadas, el castigo a los espías, la utilización de los bienes del enemigo y la adquisición y distribución del botín. Aunque las disposiciones muestran una clara preocupación por los valores y normas morales, es difícil conciliarlas con una interpretación moral y espiritual de la yihad como tal”. Así pues de lo que estamos hablando –y de lo que hablan los islamistas- es de guerra en el sentido contingente de la palabra, no en el sentido trascendente.

La yihad es una obligación en el islam, un mandamiento básico que forma parte de su “revelación”. La yihad no es una guerra ofensiva en la que se pretende derrotar a un enemigo, sino que lo que aspira es a extender la fe islámica. El “misionero” islámico no es aquel que lleva el Corán bajo el brazo e intenta convencer a unos o a otros para la nueva fe con la palabra al estilo del predicador cristiano, sino el yihadista que en otro tiempo llevó cimitarra, luego espingarda y hoy AK-47 o lanzagranadas RPG. Y no es una obligación restringida a una casta concreta, sino de toda la comunidad islámica.

Dado que el mensaje de Mahoma (como el del catolicismo) tiene un carácter universal, de lo que se trata para sus partidarios es para extenderlo a todo el mundo… mediante la yihad (a diferencia del catolicismo que opta por la palabra de sus predicadores y misioneros). No hay otro medio para el Islam de propagar la buena nueva más que la yihad. Y no importa si se trata de un comerciante, de un meditador o de un artesano, la yihad es propia de cualquier varón de la comunidad musulmana. No hay límite temporal para la yihad: durará todo el tiempo en el que tarde el Islam en extenderse a todo el orbe.

Mientras esto no ocurra, el mundo estará dividido entre “caos” y “orden”, esto es entre el mundo de los infieles y el mundo islámico, el dar al-harb y el dar al-Islam. No hay término medio en este combate, lo único que existen son “zonas de combate”, zonas grises en donde ninguna el Islam no tiene fuerza suficiente para imponerse sobre la otra parte; el concepto de “Alianza de Civilizaciones” si se aplica entre el Islam y Europa, no es ni asumible, ni concebible para la otra parte. Durante la trasformación del dar al-harb en dar al-Islam, si en algún momento se establece una tregua o un alto el fuego, siempre será inestable y temporal, aceptado sólo en la medida en que beneficia al Islam, no por afán de “paz”. En rigor será una verdadera “tregua trampa”.

La “Paz”, en mayúsculas, solamente sobrevendrá cuando se haya producido la victoria definitiva del Islam sobre sus enemigos, esto es, sobre todo lo que no es Islam. La guerra para el Islam es pues –en palabras de Lewis: algo “moralmente necesaria, legal y religiosamente obligatoria, hasta el final e inevitable triunfo del Islam sobre los no creyentes (…) No puede acabar con una paz, sino sólo con la victoria final”.

De la razzia y de los distintos nombres del guerrero islámico


En la estricta ortodoxia islámica el fiel musulmán tiene está siempre sometido –y recalcamos lo de “siempre”- a la obligación de practicar la guerra santa. Imaginemos lo que podría suponer para un católico, siempre y en todo momento tener presente que debe de combatir contra los infieles para extender su propia fe hasta bautizar al último de todos ellos y quizás podamos comprender mejor lo que supone este pilar de la doctrina islámica.

Los viejos tratadistas insisten en que esa obligación se mantiene en el momento en el que cambia un gobierno y un califa belicoso es sustituido por otra manso, o cuando un califa prudente y mesurado sucede a otro ambicioso y arrojado, o simplemente psicópata… en todos estos casos, la obligación del musulmán es la misma: practicar la yihad hasta el punto de que Al-Muttaqi explica: “La yihad te incumbe bajo cada emir, tanto si es piadoso como impío y aunque cometa los peores pecados”. Y Lewis, comentando este texto añade: “En la yihad el deber normal de obediencia del súbito se convierte en un poyo armado activo”.

En el lenguaje pre-islámico de la península arábiga hay una palabra, gaziya, que implicaba una incursión en un territorio hostil. Cuando los franceses conquistaron Argelia en 1830 esta misma palabra pasó a ser utilizada en francés y por medio de una alteración fonética perfectamente estudiada se transformó en razzia, prácticamente sin alterar su significado. En árabe y en turco, el participante en una gaziya es el gazi que también se aplicó a los soldados que defendían las fronteras del Islam y que, por tanto, eran los que solían participar en incursiones en territorio enemigo. El gazi (o yahzi) es uno de los nombres con los que se conocen a los guerreros islamistas, lo que los medios occidentales llaman hoy “yihadistas”. Pero hay otros.

La palabra gazi fue utilizada en vida de Mahoma para llamar a quienes le acompañaron en sus expediciones militares. Luego se utilizó para designar a los participantes de las expediciones que irradiaron en los primeros siglos de expansión del islam. Algunos sultanes turcos utilizaron el término casi como título nobiliario el gazi era el “señor de la frontera del horizonte” queriendo significar con ello a los que se encontraban en permanente lucha para extender las fronteras del Islam. Y en una época tardía, hacia el siglo XV, Ahmedi, un poeta otomano, escribe que el gazi es “el instrumento de religión de Dios, el siervo de Dios que limpia la tierra de la inmundicia del politeísmo, la espada de Dios”.

Fedayin, por su parte, es un término con el que los europeos se familiarizaron en los años 60 cuando la resistencia palestina (la Organización para la Liberación de Palestina) empezó a multiplicar sus comandos y sus operaciones en territorio judío. Cada combatiente palestino era un fedayín, un término que había surgido en las cruzadas. Etimológicamente sugiere a “aquel que abandona su vida por una vida mejor” y está ligado a las corriente ismaelitas y, en concreto a los famosos “hashshashín” controlados por Hassan i Sabbah (1034-1124) instalado con sus fieles en la fortaleza de Alamut y conocido como el “Viejo de la Montaña”.

Tras la destrucción de la fortaleza de Alamut y de la liquidación de los “hashshashín”, el término fedayín fue prácticamente desterrado de la lengua árabe y sobrevivió sólo como culteranismo hasta que en el siglo XIX un grupo de conspiradores otomanos lo recuperó. En cuanto a la palabra “hashshashín”, como se sabe, ha pasado a nuestro idioma en el término “asesinos”. En realidad, los hashshashín fueron solamente los guerreros ismaelitas y el término desapareció cuando los mongoles destruyeron Alamut.

© Ernest Milà – infoKrisis – infoKrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

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Pág. 03 - Credo Español


Pág. 04 - 06 ACTUAL: Patrimonio BONÍSIMO. Pues que ningún partido es inocente para cada uno lo importante es demostrar que el otro es más culpable

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Pág. 07 - 10 PAÍS: Riesgo de desplome del sistema. Ni PP ni ZP nos sacarán de las crisis. Es más probable que la crisis acabe con ellos.

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- Ataques contra iglesias por la exclusiva de la palabra "Alá"
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"El misterio del vino". Louis Charpentier (VIII PARTE). Traducción

22. La embriaguez sagrada

Noé, cualquiera que fuera la forma en la que realizó vino, incluso si se contentó con el mero mosto de uva, lo bebió considerándolo como un licor capaz de hacer alcanzar un estado diferente.

Para ello es preciso pues –al haber sido advertido por Dios o de cualquier otra manera– que considere que lo obtenido del fruto de la viña, dispone de un valor somático capaz de procurarle un estado de embriaguez religiosa.

Parece incluso que el valor particular de la viña haya sido conservado. Algunos fragmentos de la Thora contendrían la idea de que esta viña habría sido el famoso árbol del paraíso terrestre del cual Eva cogió, a pesar de la prohibición, el fruto que comparte con Adán.

Fruto del Arbol del Bien y del Mal

Fruto del Conocimiento

Fruto de todo Conocimiento

¿Eva había compartido con el primer hombre esta cosecha por la cual se ilustra Noé? ¿Conocieron ambos esta embriaguez que abre la Puerta de la percepción?

Haría falta saber de qué embriaguez se trata. Es difícil creer que Noé se hubiera emborrachado por azar; si lo hizo fue, más bien, porque quería hacerlo, porque seseaba alcanzar este estado de conciencia diferenciado que permite al hombre ponerse en relación con sus dioses, en este caso con Yavhé; o, si se prefiere, desearía comprender algunas cosas que permanecían ocultas cuando se encontraba en estado normal de conciencia.

Y si, estando ebrio, se ha mostrado desnudo ante de sus hijos, no es ciertamente de su desnudez física de lo que podían escandalizarse, sino más bien de que al haber puesto su pensamiento al desnudo, habría revelado secretos iniciáticos que debía conservar sólo para él, o no transmitirlos más que a quienes podían entenderlos o comprenderlos.

Dado que sus tres hijos se encontraban allí –de razas diferentes, no lo olvidemos– solo Jafet cubrió su desnudez, es decir, el de raza blanca, el único que podía comprender sus revelaciones, velándolas de nuevo. Si Cam se había burlado, es que esas palabras no tenían ningún sentido para él.

¡In vino veritas! Lo que significa, en realidad, no es en absoluto que el hombre algo ebrio dirá la verdad, sino que esta verdad se mostrará en él, y, como arrastrado por una fuerza irresistible, será, de alguna manera, obligado a reconocerla: en este estado, el espíritu estimulado por el vino se desprende de la materia y se convierte en clarividente.

Los germanos, que conocían los efectos místicos de embriaguez, habían recurrido a ella en circunstancias graves para la tribu, porque hacía de ellos seres inspirados y posesos, al facilitarles un contacto inmediato con los espíritus de los dioses, según su creencia. Bebían pues mucho, hasta embriagarse durante las grandes deliberaciones: elección de un jefe, alianza de tribus, declaración de la guerra o firma de la paz… Tomaban sus decisiones tras haber bebido y las ejecutaban luego sin cambiar nada: los dioses les habían aconsejado durante su embriaguez.

Pero beber no consiste solamente en la búsqueda de facultades superiores; para muchos, beber es olvidar. No se puede negar el papel consolador de la embriaguez. Es un medio a disposición del hombre para escapar, aunque sea durante un breve instante, a las preocupaciones y sobre todo a las fatigas de la vida cotidiana.

El bebedor se instala en un refugio donde nada, ni nadie, al parecer, puede alcanzarlo. Ama la alegría bulliciosa de los cafés o la alegría comunicativa de los banquetes, donde encuentra un auditorio al mismo tiempo que comparte las intenciones de quienes le rodean. Experimenta una agradable euforia durante la cual, separado de todo y de todos, se entrega, bajo el imperio de la bebida, al poder de las ilusiones y a las quimeras que surgen de las profundidades de su subconsciente.

En este estado, arrojado a una especie de serenidad beata, en un sueño sin fin, es liberado:

    Heme aquí libre y solitario
    Estaré esta noche ebrio y muerto… dice el poeta1

Embriagarse es una de las últimas posibilidades que le quedan al hombre cuya existencia roza el colmo de la miseria.

El alcoholismo, tal como se practica hoy por los jóvenes y la clase obrera, es una fuente constante de desesperanza; por su parte, el alcoholismo, tal como es practicado por las clases medias, con aperitivos a horas fijas, lo es igualmente; y el alcoholismo, practicado por las clases superiores, a base de mal “wisky”, no lo es menos.

No nos detendremos aquí.

Así mismo, no nos detendremos con los bebedores de cerveza. La cerveza, que ansían los melancólicos de los países brumosos, es una llave grosera del paraíso hacia el cual tiende el bebedor. Actúa sobre todo por cantidad. No se bebe cerveza en pequeños tragos, en vasos de cristal: se bebe en largos tragos y en grandes jarras.

Y, naturalmente, Dionisos, el gracioso dios del vino y de la naturaleza, coronada de sarmientos cargados, está ausente de estas bebidas. Deja la plaza a Gambrinus, uno de los groseros señores de la Fiesta, que desciende más bien de los Ases nórdicos que de los dioses griegos del Olimpo


Dejemos pues la cerveza a los bárbaros de las tribus sajonas, con su embriaguez pesada, y ved que diferencia entre las regiones donde madura el vino sagrado: Suabia, Mosela, Rhin… y demás.

Pues el vino, el verdadero, es una bebida sagrada; y la embriaguez de vino –de vino verdadero– es una embriaguez sagrada que no podría compararse con la embriaguez alcohólica que pueda procurar con extrema facilidad no importa que bebedizo y con el que no tiene nada que ver..

Cuando san Jerónimo decía: “No pertenece al mismo hombre conocer el peso de las piezas de oro y el sentido de las Escrituras, degustar los vinos y comprender a los profetas y a los apóstoles”, no parece que él mismo, obispo en alguna parte de España, lo hubiera comprendido como lo comprendieron los apóstoles a los que Cristo había ofrecía el cáliz diciéndoles: “Bebed, mi sangre”. ¿Cómo iba a poder comprender este mensaje sagrado que constituía el espíritu mismo de la religión, sin entrar en aquel santuario espiritual del que el vino es la llave?

El hombre debe conocer la embriaguez; pero no cualquier embriaguez. La mayor parte no son ni benéficas ni espirituales… Ninguna bebida sin espíritu podría provocar una embriaguez espiritualmente válida.

El vino, es nuestro sôma, para nosotros europeos nuestra bebida iniciática. Dejemos el agua para los musulmanes. Se ve muy bien a donde les ha conducido; no por culpa de los persas, responsables de toda la civilización árabe, haberlos prevenido.

Si no lo creéis, releed los encantadores poemas de Omar Khayyam que, tal como estos, celebraban el vino:

Aplícate a no permanecer ni un momento privado de vino, pues el vino
Que da reflejo a la inteligencia, en el corazón del hombre, a la religión,
Si el diablo había probado un solo instante, habría adorado Adán
Y habría hecho ante él dos mil genuflexiones.

Para producir la embriaguez que abre la Puerta, que da el espíritu, es preciso recurrir a una cantidad concreta. La dosis podría ser muy débil o demasiado fuerte. En uno o en otro caso, o bien no alcanza su fin, o lo excede. Solis dosis facit venenum, decía con razón Paracelso2.

El vino es agradable al gusto y, como la gama es casi infinita, existe vino para todos los gustos. Se les degusta más que se les bebe. Se saborea su aroma antes de degustarlos; su perfume es ya una promesa de felicidad. Es necesario que el alcohol esté allí, pues es quien proporciona este gusto particular, “el bouquet del vino”.

El vino es un presente de los dioses, que exige ser tratado según su rango. El conocedor –el que sabe estimar sus dones en todo su valor, no el que se emborracha, sino el que celebra el Misterio, que bebe precisamente lo necesario para aproximarse a los dioses– cuando levanta su copa, parece ver a lo lejos a través suyo, y cuando lo lleva a sus labios, tiene el aire de aquello que no sólo, escucha una melodía, sino que adivina, tras él, el silencio.

Incluso aun cuando el vino no embriague, realiza una imperceptible caricia en el sistema nervioso que da la seguridad de la existencia de un poder mágico muy presente. Pues su poder, efectivamente, roza la magia; vuelve al hombre mejor o peor, pero seguramente lo cambia.

Está presente en buena medida en la acción heroica. Lejos de despreciar a los héroes –los admito y los envidio demasiado para esto–, recuerdo humildemente que, por mi parte, cada vez que me fue dado realizar un acto de heroísmo durante la guerra o en la Resistencia, siempre estuve de tal manera embriagado que tomaba a las balas que silbaban cerca de mis orejas por ruidosos moscardones.

Incluso Bossuet había comprendido muy bien el efecto del vino, en un siglo que no era particularmente abierto al espíritu: “El vino, decía, es el valor, la fuerza, la alegría, la embriaguez espiritual. El vino tiene el poder de de llenar el alma de toda verdad, de todo saber y filosofía”.

Así, una mujer que ha bebido un poco –solo un poco– gana en picante y adquiere un no se qué agradable: sus ojos brillan primero, se vuelve alegre, se anima y por poco que tenga espíritu, se convierte en espiritual:

Un poco de vino vuelve más alegre;

El vino da ímpetu3…

Y Baudelaire hacía decir al vino:

Alumbraré los ojos de tu mujer arrebatada4…

Si la mujer que ha bebido un poco de vino es más encantadora, si el hombre se convierte en superior a sí mismo, hemos visto también que, por otra parte, su inteligencia se abre en un sentido oculto, en el sentido místico de las ideas: “se puede considerar la euforia de la embriaguez como un salvoconducto, en virtud del cual el espíritu libera de la naturaleza”, escribía Jünger.

La embriaguez es el estado que más se aproxima al éxtasis religioso; son dos estados del mismo orden y hay entre ellos una mayor similitud de lo que se podría pensar, semejanza que siempre ha sido conocida por los sacerdotes, los conductores de hombres y los magos. La embriaguez sigue siendo un medio para liberar los propios límites sobre el plano espiritual y entrar en comunión con lo que lo supera. Abre el alma y da acceso a un mundo sobrehumano. Crea el estado sagrado que eleva al hombre a la vida divina y lo une a sus semejantes, ebrios como él, pero lo une igualmente a los dioses.

El hombre cesa así de ser él mismo y se evade de las fronteras estrechas de la personalidad, para perderse en una especie de éxtasis.

Tal es precisamente lo que buscan los pueblos llamados primitivos, consumiendo bebidas que les hacen perder el sentido. Hemos visto lo que ocurría con los germanos que querían embriagarse; así ocurre también entre los adeptos del vudú: la unión con un espíritu o un dios, unión que llega hasta la posesión del hombre por un loa.

Es evidente que quien está bajo la influenza de un éxtasis místico y el hombre que se embriaga, pasan por las mismas fases que les permiten estar fuera de sí mismos, en un estado diferenciad de conciencia; y tanto uno como el otro experimentan las mismas dificultades para retornar a su estado de normalidad. Los relatos de Santa Teresa de Ávila y de santa Catalina de Siena lo atestiguan; y el biógrafo de esta última, Raymond de Capua, cuenta que al concluir sus éxtasis, cuando volvía a sí misma, “parecida una borracha que no puede despertarse de su sueño”.

La embriaguez, este éxtasis sin duda de un carácter inferior, no existe menos en tanto que éxtasis tal como ha escrito William James: “La atracción irresistible ejercida por el alcohol es debida sin duda a que excita las facultades místicas de la naturaleza humana, rechazadas habitualmente por la frialdad y la aridez de la vida normal”.

También es evidente que el artista sentirá la necesidad de usar e incluso de abusar de esta droga que es el vino, a fin de encontrarse, ante el arte, en un estado de gracia que le permita crear.

Tras una estancia en Holanda, Maillol decía: “No se pueden crear esculturas en un país donde no existe ni el sol ni el vino”.

Y Nietzsche proclamaba que “para que haya arte, para que haya una acción o una contemplación estética, la condición fisiológica preliminar e indispensable es la embriaguez.

Con él, ciertos autores pretenden que, si la embriaguez no ha educado los sentidos del hombre, el arte es imposible; para ellos, todos los tipos de embriaguez pueden producir arte. Sin embargo, no se puede negar que el resultado será diferente si la embriaguez se obtiene con vino antes que con cualquier otra bebida. Así el tipo de obra escrita al calor del vino, es la de Rabelais; no olvidemos que “carburaba” cuando consumía vino tinto, mientras que Verlaine daba lo mejor de sí mismo sólo en la atmósfera de las tabernas con su ambiente alcohólico.

¿Y el Greco?, ¿bebía? Se sabe que amaba la mesa y el vino; pero ¿era se trataba del vino o utilizaba cualquier otro tipo de excitante cuando pintaba durante la noche?, parece como si sus pinceladas escapasen de los rostros y las siluetas tan alargadas y tan místicas no podían ser pintadas mas que en un estado alterado. A menos que la noche y la soledad no le hayan bastado por sí mismas, pues, también ambas procuran una especie de embriaguez donde el artista extrae siempre fuerzas nuevas.

La embriaguez ¿sería pues una condición para la producción artística o literaria?

Existen un gran número de personas, cuya naturaleza exige imperiosamente el vino como alimento esencial de la vida. Iré más lejos: algunos de ellos no están verdaderamente en su estado normal más que cuando han bebido una cierta dosis de vino; están entonces alegres, encantadores, inteligentes y espirituales, abiertos a las múltiples facetas de la conversación. Es sólo gracias al vino que se muestran bajo su verdadero rostro.

Cuando por cualquier razón se priva a estos hombres de su vino, se convierten en taciturnos, sin espíritu de iniciativa, son conformistas, se contentan con todo y con todos; su personalidad queda, por todo ello, desfigurada e incolora, como la de los que, contra su voluntad, se ven privados de vino.

Uno de mis amigos, a quien la Facultad había prohibido el vino, decía hablando de la época feliz en la que vivía podía gozar con su alimento: “Era el tiempo en que yo vivía”. Para él, vivir sin vino no era vivir.

Francisco I, a quien la historia presenta como un alegre gentilhombre, amigo de Rabelais, protector de las Letras –pero que hizo cerrar escuelas e imprentas– promulgó un edicto particularmente severo para los borrachos:

“Cualquiera que sea encontrado ebrio por primera vez será preso a pan y agua. Por segunda vez será azotado. Por tercera vez, lo será públicamente. Y en caso de recaída, será castigado con la amputación de la oreja y la infamia y desterrando su persona”.

Sin embargo, dejar a las pobres gentes la facultad de alegrarse algo y la posibilidad de olvidar momentáneamente su miseria no revela solo humanidad: es sabiduría.

Los griegos, maestros de toda filosofía, lo comprendieron bien: no solamente divinizaban la belleza, el amor, la fuerza, sino que buscaron también la “embriaguez divina” en el vino, embriaguez que consideraban como sagrada. Los griegos habían divinizado todo lo que les parecía que aportaba una posibilidad de evolución para el hombre a fin de convertirse en un ser más fuerte, más hermoso, y sobre todo más lúcido.

En la Grecia antigua, la embriaguez no era escandalosa, como tampoco en Egipto: era un arte de vivir, casi una broma. El Banquete de Platón, que es un himno magnifico, muestra, al final, a Sócrates solo, perorando todavía al levantarse el sol para gentes que no lo escuchaban ya: todos los convidados estaban ebrios muertos en el trilinium donde habían bebido…

Licurgo, en Esparta, había hecho arrancar las viñas. ¿El resultado? Esparta no supo crear más que una virtud militar, dura y heroica, pero ausente de todo lo que embellece y ennoblece la vida. Mientras que en Atenas, madre de las Artes y de las Letras, Solón había simplemente prescrito beber vino con moderación.

Todos los grandes filósofos y poetas griegos cuyas obras siguen siendo modelos después de tantos siglos, amaban el vino y sabían apreciarlo. Y es de los cortejos báquicos y del delirio de las fiestas dionisíacas de donde han nacido la tragedia y de comedia.

Hoy, la verdadera virtud del vino, su fuerza mágica, su poder divino, se revelan aun en las fiestas otoñales y primaverales de los países vinícolas. El vino, entonces, fluye de los toneles, como si se tratara de fuentes; la embriaguez gana incluso a los que no suelen beber: sólo respirarlo basta para alcanzar la embriaguez que aporta la exaltación de la alegría de vivir y de amar.

Dionisos, finalmente, ha resucitado.

El hada o diosa gala Kerridwen era la personificación de la naturaleza e inspiradora de la poesía: en un caldero sagrado preparaba el brebaje de la sabiduría. Era una mixtura (gréal), compuesto, al parecer, por seis plantas mágicas que era preciso hervir durante todo un año.

Un día, mientras que iba a recoger hierbas, dejó el caldero a cargo de su enano Gwion. Pero, desgraciadamente, mientras el enano removía el precioso brebaje, le salpicaron tres gotas sobre sus dedos. Instintivamente, se llevó los dedos a la boca y así adquirió el Conocimiento.

Luego huyó. Perseguido por Kerridwen, una lucha con metamorfosis incluidas, se entabló entre ellos. Finalmente, Gwion, a fin de escapar a la magia, se transformó en grano de mijo que, ella convertida en gallina, comió; nueve meses después, tuvo un hijo, Taliesin, que más tarde sería el gran maestro de la sabiduría, un druida sabio entre todos.

Este caldero de Kerridwen, es igualmente el caldero de Lug; el caldero de la abundancia, el constructor, el mago. Es el Lug del largo brazo, el operativo. Hay un caldero en el cual hierven estas pociones que curan enfermos y heridos, que resucita a los muertos, el primero de los griales… Es médico y alquimista”1.

Al llegar el cristianismo, el caldero donde se prepara el brebaje divino se convierte en el vaso sagrado que Cristo había mostrado a sus apóstoles invitándolos a beber, “li vaissiaus u Jhesus sacrifioit”, aquel donde se ofrecía a sí mismo.

La leyenda cristiana de la Edad Media quiere que José de Arimatea haya recogido, en este mismo vaso, la sangre de Cristo que manaba del corazón traspasado por la lanza de Longinos: “Et la sanc qui en dégoutait mist en son vaisiel”.

El Grial es pues el instrumento de una comunión con el mundo sobrenatural; por otra parte, conservó los caracteres esenciales del caldero sagrado de las antiguas religiones célticas: da la sabiduría y, sobre el plano material, posee el poder de curar, así mismo apacigua la sed y el hambre. Así, cuando José de Arimatea sea encarcelado durante cuarenta y dos años sin recibir ningún alimento, le bastará contemplar el Grial que había conservado, para no tener necesidad ni de alimento ni de bebida.

“La historia de las cruzadas revela que, tras la toma de Ascalón, un vaso sagrado correspondió a los genoveses, un vaso de forma octogonal, de oro, y de este vaso nació la leyenda del Grial…2.

Por otra parte el tesoro de la catedral de Valencia, en España, dice poseer el verdadero Graal, que es igualmente un muy bello cáliz de oro adornado con piedras preciosas, que me ha sido dado admirar.

Volveremos a encontrar este vaso maravilloso a finales del siglo XII, en los relatos de Chrétien de Troyes:

Perceval, que cabalga solo en busca de aventuras, llega una tarde a orillas de un amplio río que no puede atravesar. Ve una barca sobre la que se encuentran dos hombres. Uno de ellos le ofrece hospitalidad: es el “rey pescador” o rey méhaigné (herido).

Cuando el joven caballero llega al castillo del “rey pescador” los servidores le rdciben despojándolo de su armadura y cubriéndolo con un manto escarlata. Luego, es conducido a la gran sala del castillo, en donde según nos dice Chrétien, había lugar para cuatrocientos caballeros. El señor que le ha invitado, anciano y casi enfermo, esta recostado sobre un lecho, ante una chimenea donde arde el fuego y ruega a Perceval sentarse a su lado. Y allí ocurre una escena extraordinaria:

Un valet3 entra, manteniendo por medio de un mango una lanza escarlata. En la punta de esta, una gota de sangre discurre lentamente a lo largo de la lanza, hasta la mano del valet.

Le siguen dos hermosos jóvenes llevando cada uno de ellos, candelabros de oro en los que arden gran numero de velas. Una joven les sigue detrás de ellos:

    Un graal antre ses deux mains
    Une damoiselle tenoit,
    Que avuec les valsez venoit,
    Bele et jante et bien acesmée4.
    Quant elle fut leanz antrée
    Atot le graal qu’elle tint,
    Une si granz clartez i vint
    Qu’aussi perdirent les chandoiles
    Lor charté come les estoiles
    Quant li solauz lieve ou la lune5.

Según Chétien de Troyes, el Graal era de oro puro. La joven que lo lleva es seguida de otra que sostiene una pequeña bandeja plana.

Se sirve una comida suntuosa… Y al día siguiente Perceval se pone en camino hacia la corte del Rey Arturo donde le esperan numerosas aventuras.

La muerte prematura de Chrétien de Troyes le impidió terminar el relato.

Inmediatamente tras él, a principios de siglo XIII, Wolfram von Eschenbach recuperó el mismo tema y concluyó el relato. Según la antigua leyenda germánica, Titurel habría levantado un templo al Santo Grial, en Montsalvat, y lo habría confiado a la guardia de doce caballeros templarios. Pero una tradición quiere que von Eschenbach diera como marco a su canción de gesta, el monasterio de San Juan de la Peña, cerca de Jaca, en España, morada de los templarios, guardianes del Grial, y donde aún pueden verse, esculpidos en el monasterio, sus enseñas

Para el poeta, el Grial es una piedra maravillosa “que en su esencia es toda pureza”, que sana e impide morir.

En su relato, el cortejo que recorre el castillo es mucho más fastuoso que en el de Chrétien; la reina, Repanse de Joie, está precedida por jóvenes magníficamente vestidas y “sobre un pañuelo verde esmeralda, lleva un objeto tan augusto que el paraíso no sería más hermoso. Este objeto, se llamaba el Grial”. Lo coloca sobre la mesa tallada en jacinto.

“Tres tablas han llevado al Grial. Una es redonda, la otra es cuadrada y la tercera rectangular y las tres tienen la misma superficie…”

“Y estas tres mesas están presentes en el plano de Chartres, siendo el medio de construcción más extraordinario y, por así decirlo, más extravagante que me he atrevido a describir”6.

Existe igualmente una “leyenda según la cual el Grial habría sido tallado en una esmeralda desprendida de la frente de Lucifer (Lux, lucis y fero: el que lleva la luz), al caer junto a los ángeles rebeldes a las esferas de la luz increada…”7

“De textura hialina, esta gema preciosa entre todas debe su color verde al spiritus mundi, al espíritu del mundo que se introdujo como en un vaso de elección”8.

Y esto plantea una cuestión: ¿qué era pues el Grial, este vaso misterioso del que se busca siempre su exacto significado? ¿Era el caldero sagrado donde los celtas preparaban sus “medicinas universales”? ¿O más bien era la copa que, tras haber contenido el vino de la Cena, hubo recogido la preciosa sangre de Cristo? ¿O la esmeralda, esta piedra preciosa como no hubo jamás, caía de la frente de Lucifer? ¿O según Wolfram von Eschenbach, la piedra maravillosa?

¿Continente o contenido?

Es evidente que “la leyenda cristiana del Grial no es más que la adaptación de una leyenda celta muy anterior. La palabra Graal es, en sí misma, un vocablo celta.

“Su origen no es, sin embargo, céltico. Puede ser mucho más antiguo. En mi opinión esta palabra deriva de la raíz “Car” o “Gar”, que significa “piedra”. El Gar–Al, o Gar–El, podría haber sido el vaso que contuvo la piedra, o el vaso de piedra (Gar–Al), o la piedra de Dios (Gar–El)”9.

Sea como fuere, es indudable que el símbolo es alquímico, tal como nos permiten pensar todos los poemas y leyendas que giran en torno a la preciosísima copa.

En el relato de Chrétien de Troyes, en la procesión que atraviesa la gran sala, una joven lleva el Grial de oro puro, otra sigue llevando una bandeja de plata; el sol y la luna, los dos padres herméticos de la piedra filosofal. Y la lanza, indispensable para  la obra alquímica, aún manchada con la sangre del dragón.

Y más adelante en el poema, Perceval, apoyado sobre su lanza, contempla –sin entender exactamente lo que está viendo– la sangre que ha extendido sobre la nieve blanca, una oca herida. El caballero está fascinado por estos dos colores, rotundos bajo el sol de invierno: el blanco y el rojo.

En la novela gala de Peredur, un pato había resultado muerto; sobre la nieve manchada con su sangre, se abatió un cuervo. Como Perceval, Peredur se detuvo a fin de mirar el cuervo negro, la nieve blanca y la sangre roja.

Es fácil reconocer en todo esto los tres colores alquímicos; en Chrétien, solamente aparecen dos: la obra al blanco y la obra al negro.

Para Wolfram von Eschenbach, es, como hemos visto, la piedra de “toda pureza, que cura e impide morir”, virtudes características de la piedra filosofal.

Y para nosotros cristianos, es el vaso sagrado que ha contenido el vino precioso de la Cena: la sangre de Cristo. Vino que cura el alma y le da la vida eterna.

En realidad, la solución del enigma nos es dada en el portal norte de la catedral de Chartres, el portal de los iniciados: Melquisedech lleva el Grial, el “santísimo vaso”, de donde emerge, perfectamente visible, la piedra filosofal. “Es el Santo Grial, es la gracia del Espíritu Santo”, tal como había dicho San Bernardo.

 

© Por el texto original en francés: Louis Charpentier

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