Blogia

INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

Diario de BCN de un descastado. 13.08.210 (IV de ¿?). Plaça Rovira i Trias

Diario de BCN de un descastado. 13.08.210 (IV de ¿?). Plaça Rovira i Trias

Infokrisis.- Gracia calienta motores para unas fiestas pasadas por agua que empiezan a la voz de ya. Afortunadamente, no más de una quincena de calles están engalanadas. Si todas, hicieran lo mismo, Gracia sería inhabitable. Me acabo de cruzar en la calle Providencia a uno de los vecinos que hace apenas una hora ha entrevistado TV3. Lo he visto por el monitor de casa con polo rojo, sombrero de paja y una escalera de aluminio bajo el brazo. Cuando me lo he cruzado llevaba el mismo sombrero sobre la sesera y la misma escalera de aluminio bajo el brazo. Es un hombre constante, no me cabe duda. Nuestras miradas se han cruzado y él ha parecido pensar: “seguro que me has visto”. Es primordial salir por la tele como forma de afirmar la propia existencia. Si no sales por la tele, no existes; eso al menos es lo que parecen pensar miles de ciudadanos que al cabo del año logran quedar en ridículo delante de su familia, de sus vecinos, de sus compañeros de trabajo en las decenas de talk shows que infectan las decenas de emisoras de TV. Pero, eso sí, han logrado afirmar su existencia teniendo sus 5 minutos de ridículo mediático.

Cerca del abuelo con escalera de aluminio bajo el brazo está la plaza de Rovira i Trias. La estatua del propio Rovira aparece sentada en un banco de piedra de la plaza, a tamaño natural y como para afirmar su humanidad. A sus pies está enclastrado en el suelo una placa de bronce que reproduce el plano del Ensanche que presentó a concurso a mediados del siglo XIX. Lo malo para Rovira es que también el estudio de los Fontseré, consumados maestros de obra, presentó otro proyecto con el aliciente de estar apoyado por la masonería barcelonesa que ya por entonces hacía del consistorio un coto cerrado. Sin embargo, tampoco el proyecto de los Fontseré fue el elegido. Otro, antes bien,. se antepuso y venció al estar avalado por aquel otro francmasón adscrito al Gran Oriente de España (los Fonteseré pertenecían a la muy provinciana Gran Logia Simbólica Regional de Catalunya) con amistades en el gobierno de Madrid. Y, por lo demás, los Fonseré estaban dotados de mandil y de mallete, pero no tenían el genio y la técnica de quien se impuso finalmente, Ildefonso Cerdá con mandil, mallete, escuadra y compás.

Sobre la estatua de Rovira i Trias la lluvia cae y las palomas defecan regularmente, pero dotado de un perfil bonachón el arquitecto parece agradecido de que alguien se haya acordado de un proyecto urbanístico merecedor del olvido.

Están engalanando también la plaza que lleva su nombre: botellas de plástico recortadas y hojas verdes extraídas de plásticos del mismo color, unidas a tubería de plástico negra, cubren todo el cielo de la plaza imitando ¿un bosque? ¿un paisaje del futuro? Bosques hay varios en las calles de Gracia, todos hechos con residuos, botellas de plástico inservibles, cajas de madera que en otro tiempo trasportaron frutas, latas de reflescos, garrafones de agua mineral, paraguas de desecho comprados en todos a 100 chinos y demás detritus industriales.

También están montando los bares para la fiesta. He llegado a contar en el de la plaza Rovira i Trias 160 barriles de cerveza a estrenar. La fiesta promete. El presidente de la comisión de festejos también ha podido expresarse hoy en TV3: las fiestas de Gracia este año aumentarán sus actividades diurnas. No es que vayan a acortar las nocturnas como hubieran esperado, deseado y exigido los vecinos, es que va aumentar la oferta de actividades diurnas para familias y amantes de la cultura. Dicho de otra manera: la fiesta atronará a los vecinos, como cada año, hasta las 5 ó 6 de la madrugada. Las fiestas de Gracia, como las de Sans, como las de cualquier otra ciudad, barrio, villa o puebo, ya no son fiestas de los vecinos, sino fiestas contra los vecinos.

No se ve por tanto mucha vida en las viviendas de la plaza de Rovira i Trias, como si los de siempre, los vecinos, ante lo que se les viene encima hubieran huido en la semana de fiestas. Algunos están todavía cargando sus neveras portátiles en lo que parece una tocata y fuga hasta la semana que viene. Nada esencialmente distinto a lo que he visto en Levante o en la Mancha. Las fiestas están  ideadas para satisfacer a los comerciantes festeros, a unos cuantos conjuntos de música de segunda o tercera división desahuciados por la SGAE y a los mismos borrachos de siempre que migran de una fiesta a otra buscando su ración de los 160 barriles de cerveza.

No es raro que frecuentemente estallen riñas que aumentan aún más si cabe la algarabía y el “rebombori” nocturnos. No sería la primera vez que se han producido fiambres y apuñalamientos en el curso de las fiestas. Por ahí, los anarquistas y separatas celebran a uno de los suyos cosido a machetazos por un skinete. Real como la vida misma. El ayuntamiento pone la juerga, el respetable las molestias y los exaltaos los muertos. Así todo queda repartido equitativamente. Esperemos que este año, como máximo, los Mossos d’Esquadra reciban las pedradas que les entran en el sueldo base. El porro es el consumo más habitual entre los jóvenes a corta distancia del calimocho y la litrona. Ruido, olores, chapoteo entre meadas, comas etílicos, zurcidos en el costillar y ataques de nervios será lo más habitual en Gracia en la semana que empieza mañana.

Tristes fiestas en donde la previsión atmosférica de lluvias y vientos es lo único que puede salvar a los vecinos de los sobresaltos nocturnos. Triste la estatua de Rovira i Trias que contempla absorto en sus contorno de bronce su plano del frustrado proyecto del Eixample que recuerda a todos los barceloneses que el hado de la fortuna (y los compinches masónico de Fontseré y de Cerdá) evitaron que  el desatino se llevara a la práctica y convirtiera a la ciudad en todavía más caótica de lo que es hoy.

Por algún motivo los esgrafiados del edificio situado en la esquina de calle Rabassa con Providencia se me aparecen como un quiero y no puedo, un delirio de nuevos ricos de finales del XIX en un barrio de obreros y menestrales. La construcción –que alberga en los bajos a una Caixa- está fuera de lugar. Afortunadamente, la carbonilla impide que se aprecien en su fealdad los esgrafiados. La carbonilla es la compañera permanente de los barceloneses en esta postmodernidad.

Es paradójico que el extremo norte del distrito de Gracia se llame “barrio de la Salud”. Aquí venían los tísicos y los niños con tosferina a reposar y respirar un aire que en otro tiempo se consideraba mirífico y saludable. Hoy un tísico vería aquí carcomidos sus pulmones en tiempo record y la tosferina se agravaría hasta la incapacidad permanente. Verán, hoy he tocado las plantas del balcón, las he visto de un verde desvaído que evidenciaba que algo no iba bien. Sus hojas estaban cubiertas de una capa de carbonilla untosa que me ha teñido el pulgar de negro con solo pasarlo por el haz de una hoja. Ha habido que limpiarlas hoja por hoja prolongando su agonía. ¿Quieres plantas en tu balcón ciudadano? Ponlas de plástico, al menos no tendrás que asistir a sus funerales. En el barrio de la Salud, distrito de Gracia, la polución es tan inquietante que el nombre del barrio se transforma en un mal chiste. Como llamar Buenavista a una colina situada ante el vertedero de basuras, o Deodato a un hijoputa.

Todo esto me recuerda al “doble lenguaje” que estableciera George Orwell en su “1984”: “la paz es la guerra”, “la salud es la enfermedad” (y se podría añadir, la salud es el hollín o las fiesta el martirio). A los pies de la estatua de Trias está escrito: “Algo más que un arquitecto” y, en efecto, el plano recuerda que era más bien un pobre diablo al que algún ser querido le engañó caritativamente: “Tu si que sirves para planificar”, cuando en realidad, según la regla del doble lenguaje orwelliano quería decir: “menuda chapuza de Ensanche planificaste, mamón”.

Me voy de la plaza cuando ya uno de los 160 barriles de cerveza arroja al exterior sus primeras espumas. Sant Medir nos guarde que el ayuntamiento de Barcelona, lejos de proteger a sus ciudadanos los expone a molestias y riesgos. Sant Medir nos guíe porque lo que son estos “regidores” nos llevan por la ruta  de la amargura que conduce al precipicio.

Hay una casa ocupada en la Plaza de Rovira i Virgili. Seguramente de ahí ha partido el cartel que he visto colocado en las paredes del barrio anunciando una “fiesta alternativa”: “No queremos ser muertos en vida” nos proponen los tataranietos de Kropotkin y los émulos tardíos de Bakunin y Abad de Santillán. Lamentablemente su fiesta alternativa solamente propone ojos vidriosos inyectados en sangre –así lo reproducen en el cartel- sobre esqueletos descarnados y escuálidos. Su “alternativa” nunca es la alternativa real, sino la radicalización de los errores a los que aspiran a contestar. Los ácratas son así, como la revolución de 1917 que fue la revolución francesa más la cheka y la revolución de mayo de 1968 que fue como la de 1917 más el cubata y los Beatles. Seguimos en el doble lenguaje: “Su alternativa no es la alternativa”; “La verdad es la mentira”, Orwell dixit. La fiesta de Gracia no hace reír a sus vecinos.  

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción sin indicar origen.

Diario de BCN de un descastado. 13.08.210 (III de ¿?). Plaça de las Dones del 36…

Diario de BCN de un descastado. 13.08.210 (III de ¿?). Plaça de las Dones del 36…

Infokrisis.- Subiendo por Torrent de l’Olla una buena noticia: la sucursal de la Caixa del Penedés que allí se encontraba está cerrada y el local en venta. Antes, la horchatería de la esquina con calle Asturias, luce todavía un cartel que muestra pintados los productos. Se nota que el cartel ha sido “renovado” y pintado encima una y otra vez. Es el mismo cartel que había visto desde que tengo memoria (años 50) en distintas horchaterías y heladerías de Barcelona, del Raval a la Rivera, del Ensanche a San Gervasio, cuando la mayor satisfacción para mí era un cucurucho con bola de helado o un corte de barra de tres gustos. Sin contar, claro esta, el polo de a 10 céntimos, mera agua helada con colorante de postguerra. Con qué poco nos conformamos en la infancia.

Siempre he tenido una predilección particular por Torrent de l’Olla, cuyo nombre nos recuerda a los barceloneses (incluso a los autoexiliados como yo) que el origen de buena parte de las calles de la ciudad, especialmente de las que apuntan hacia el mar, son precisamente rieras y torrentes. La misma calle mayor de Gracia –hoy Gran de Gracia y durante la República calle Salmerón- empezó no siendo más que una pequeña elevación entre las rieras de Vallcarca y la del Torrent de l’Olla. Anoto el dato que recuerdo haber leído en no sé qué historia de la ciudad, posiblemente de la pluma de Víctor Balaguer, cuando me encuentro en Gala Placidia a dos pasos de la Travesera de Gracia que corta a todas estas rieras. Desde la época de mamá Roma, cuando los legionarios de Augusto construyeron la Vía Francisca en esos mismos andurriales. Hoy a la Vía Francisca se le llama Travessera de Gracia, quizás para recordar que esa segunda ese es más catalana y se presta a menos bromas que el nombre originario.

De las vías descendentes de la montaña al mar, solamente una de las notables (el Ensanche es otra cosa) obedece a un origen diverso, el Paseo de Gracia que se trazó casi con tiralíneas y en mesa de delineante en el primer tercio del siglo XIX aprovechando los previos ya existentes. Algún liberal, en efecto, quiso unir la Puerta del Ángel que todavía existía como brecha en la muralla de la ciudad con el convento dels Josepets situado en lo que hoy es la modelada, remodelada y reremodelada Plaza de Lesseps (he conocido ya tres plazas de Lesseps cada una más intrincada que la precedente, hoy en ella es difícil distinguir lo que es monumento y mobiliario urbano de lo que son grúas, poleas y polipastos que aún quedan en las obras). De hecho, la misma plaza de Lesseps es el emplazamiento del antiguo convento. En 1827 se inauguró el Paseo de Gracia con un ancho portentoso de 42 metros de acera a acera, similar al de los Campos Elíseos.

¿Y qué había antes en la zona? Pues en la confluencia con la calle de Aragón existía un convento franciscano que daba nombre a la ruta de acceso, el Camí de Jesús. Luego, en línea recta, siempre hacia arriba, llegaba hasta els Josepets y más allá, nuevamente, nos encontrábamos con un iter romano, el llamado Camino de Sant Cugat en donde se desarrolla la leyenda fundacional del cristianismo barcelonés (la de San Medir, sus habas, y los primeros mártires durante la mítica persecución de Daciano que, de paso, dio cuenta también de Santa Eulalia, episodios todos estos narrados en infokrisis (serie sobre la Catedral de Barcelona) o en mi Guía del a Barcelona Mágica que anda por la tercera edición en estos tiempos de miseria libresca y que no puede sino hacerme que me hinche como un pavo real).

El paseo de Gracia, cuentas las crónicas se financió como el zapaterismo financia el déficit: a latigazos de fiscalidad que hoy nos parecen casi entrañables. Sí, porque entre 1925 y 1927 la construcción del paseo se financió gravando con 5 reales de vellón por cada cerdo sacrificado en la Ciudad Condal, que ya iba siendo cada vez menos Condal y más liberal, esto es, más industrial y menos habitable.

En el Paseo de Gracia que conocemos hoy, desde el principio circularon los buses. Primero a caballo y sobre raíles, en algún momento puntual a vapor, más tarde, desechado el hollín y la humareda, eléctricos; luego el franquismo, tras haber comprado de reventa unos tranvías en Washington los sustituyó por buses petardeantes a diésel y los ayuntamientos democráticos, seguramente porque las comisiones eran jugosas, los “ecologizó”… antes de decidir que había que volver al tranvía de toda la vida, a tracción eléctrica y que, mira por donde, era lo más ecológico después de las cagadas de los caballos ochocentistas.

En el XIX el diseño urbanístico brillaba por su ausencia, así que los tranvías de caballos circulaban entonces por el centro geométrico del Paseo de Gracia. Quien se subía a ellos debía de arriesgarse luego a cruzar los 21 metros que le separaban de una segura acera. Claro que, en aquel tiempo solamente recorrían el lugar monturas, calesas y simones y carretas de a mula, mulilla, caballo y asno catalán hoy en vías de promoción patriótica y “construcción nacional”.

Me hubiera gustado conocer ese Paseo de Gracia en lugar de este de ahora, portento de diseño, clavetado por oficinas bancarias, inmobiliarias tambaleándose en la cuerda floja de la quiebra o cadenas de bares con chicas venezolanas o colombianas sirviendo, encargado autóctono y personal magrebí apelotonado tras la puerta de la cocina no sea que el cliente les vea la cara. Y es que esta ciudad y este ayuntamiento ha llegado a hacer invisibles a los marroquís guetizados en el Raval, mientras los pakis languidecen en Poble Sec y los andinos en esta Gracia de mis amores.

Subía, pues, por Torrent de l’Olla y terminé encontrando un espacio nuevo en el barrio. En 2005, el Ayuntamiento terminó de vaciar un espacio de viviendas situadas por encima de calle Asturias y por debajo de Santa Ágata, arista principal en Torrent de l’Olla, grande, casi dos tercios de una manzana del Ensanche. En los últimos tiempos, la zona era pasto de okupas, mendigos e inmigrantes atraídos por la impunidad de nuestro sistema judicial y el atractivo de nuestros subsidios y subvenciones. La piqueta los desplazó a otras zonas de la ciudad que heredaron el sambenito. Cuando el ladrillazo tocaba a su fin empezaron a construirse en ese espacio seis bloques de viviendas de moderada altura y buena presencia que se debieron vender (los que vendieron) a precio de oro. En el espacio sobrante el ayuntamiento montó una plaza discreta.

La plaza no es muy frecuentada, ni siquiera cuando el sol declina y la sombra de los edificios sustituye a la que los esmirriados árboles allí plantados tardará todavía cincuenta años en ofrecer. A pesar del amplio espacio y de lo recoleto del lugar, los bajos están prácticamente vacíos ofreciendo una sensación de irreprimible tristeza, ningún bar, ninguna terraza, nada que anime la plaza que hoy es mohína y a ratos inquietante (sobre todo cuando ves que en unos 4.000 metros cuadrados eres el único que disfrutas de los bancos de a 6.000 euros unidad (comisiones municipales y autonómicas incluidas). Los bajos vacíos tienen pocas esperanzas de alquilarse o venderse en los próximos lustros y la plaza menos aún de animarse. Algunos edificios muestran ya en sus muros las “bromas” de exocupas de ayer y antisistema de hoy: varias bolsas de pintura azul estalladas a diez metros de altura que demuestran que los estos chicos necesitan practicar más el frontón, fumar menos canutos y hacer más deporte y, seguramente, sus padres haberse incluido en un programa eugenésico.

En cuanto a la plaza es modesta, sin ambiciones y en realidad el producto de esa transición esperada por todos –menos por bancos, consistorio y gobierno central y autonómico- entre el fin del ladrillazo y la eclosión de la gran crisis, época en la que el azar quiso que esta plaza se cobrara forma y quedara lastrada hasta la próxima reforma y la siguiente tanda de comisiones y corruptelas.

Pero lo bueno es el nombre que ha recibido. Es de esos nombres que satisfacen al ayuntamiento socialista y a sus socios de “izquierda progresista”, casi un manifiesto, no se pierdan la perla: “Plaza de las mujeres del 36”. Haría falta que bajo los rótulos de la plaza se ofreciera al ciudadano un folleto explicativo de quiénes eran las “mujeres del 36”. Yo les juro que no lo sé.

No sé si el nombre alude a las milicianas (tirando a bestias pardas bigotudas y malcaradas, de armas tomar y feminidad ignota) o a las novias de los milicianos (esas que se quedaron en casa compuestas y sin novio y cuando regresó lo hizo achicharrado por las ladillas o la sífilis contraída en algún burdel oportunista próximo al frente o de camino al mismo), o quizás eran aquellas pobres chicas cuyos maridos, novios o hermanos, abominaban de la política y les vieron irse cantando la Internacional o el himno de Riego con forzado entusiasmo; o quizás “las mujeres del 36” eran las novias de los jóvenes de derechas que aparecieron en las cunetas de la Rabassada, o incluso las que fueron, ellas mismas, a parar a las checas que proliferaron en la Barcelona a partir del 18 de julio del 36 cuando Stalin decía “perro ladra” y entonces el PSUC hablaba. O quizás el nombre aluda a las mujeres de derechas o incluso a la primera esposa de mi padre que tuvo que cruzar con él los Pirineos clandestinamente –yo seguiría el mismo camino 45 años después…- para entrar a través del Irún recién tomado por Franco por el mero hecho de ser de una familia acaudalada del Penedés. La tensión de la huida y la incertidumbre sobre el futuro de sus familiares fue seguramente lo que se la llevó al otro barrio a poco de acabada la guerra y en plena juventud.

¿Quiénes eran, por favor, las “donas del 36? digánmelo los sesudos “regidors” de la Barcelona, esos a los que les ha cabido el dudoso honor de querer transformar a este rincón feliz de la galaxia en una especia de Manhattan del diseño y se les ha quedado el proyecto en algo más parecido a un arrabal portuario de Marsella. Díganmelo porque hay en todo esto equívocos y ambigüedades que demuestran que a falta de ideas sobre como ordenar el presente, la izquierda opta por recordar machaconamente el pasado con el eufemismo de la “memoria histórica” que nos hace recordar heridas –como la huida y muerte de la primera esposa de mi padre- que no hubiéramos querido. Cuando un ayuntamiento solamente sirve para recordar las peores pesadillas de un pueblo, es que no vale ni los 5 reales de vellón que hubo que pagar para construir el Paseo de Gracia por sacrificio de cerdo.

El azar ha querido que descubriera esta plaza en agosto de 2010, justo un año después de que fuera inaugurada. Je… tiene gracia que en la inauguración el concejal de ERC y el de ICV estuvieran a punto de liarse a mamporros porque uno quería la bandera republicana y otro la estelada. Así lo leo –y así debió ser- en el Avui del 10 de agosto de 2009-. La foto que he encontrado muestra dicho acto y el interés que suscitó en un barrio poblado por 42.000 habitantes por kilómetro cuadrado. Se llevaron a unos abueletes  y abueletas del barrio para dar más colorido a la ceremonia. Ellas eran, a fin de cuentas, las “mujeres del 36” a pesar de que la única que estuvo presente tenía 11 años en aquella época. O la niña era adelantada y ya había tenido su primera menstruación o bien la plaza debió llamarse de “las niñas del 36” y así hubiera estado todo más claro a la vista de la ingenuidad de la infancia. La andadura de la nueva plaza se inicio con ancianos y funcionarios municipales, los únicos que el consistorio logró movilizar. Gracia permaneció ausente del evento.

¿Quién dijo que en Barcelona no existía brecha entre la Catalunya oficial y la Catalunya real? Seguramente un funcionario oficial. Lo dicho, estos no valen ni los 5 reales de vellón por cerdo sacrificado.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción sin indicar origen.

Renovación Española y Acción Española, la “derecha fascista española” (III de VI) b) Acción Española, autor intelectual de la sublevación franquista

Renovación Española y Acción Española, la “derecha fascista española” (III de VI) b) Acción Española, autor intelectual de la sublevación franquista

Infokrisis.- Se ha dicho que Acción Española tenía solamente el nombre de coincidencia con el maurrasianismo. No es cierto. Además del nombre –algo que, por otra parte, resulta evidente y difícilmente cuestionable- y de la común fe monárquica, el ideario antiliberal y católico era común en ambas. Lo que ocurre es que España tenía sus propias fuentes ideológicas (en todo coincidentes con las de Maurras) y el pensamiento conservador español del siglo XIX había figurado entre los más brillantes de Europa con teóricos dela talla de Donoso Cortés o Jaime Balmes, sin olvidar a Menéndez Pelayo y a Vázquez de Mella. El tradicionalismo francés no podia ser sino una influencia secundaria en un panorama tan bien surtido. Y sin embargo, esa influencia existió. Así mismo, si bien es cierto que la presencia de monárquicos alfonsinos en la redacción de la revista era muy superior a la de tradicionalistas carlistas, no es menos cierto que Eugenio Vegas Latapié reconocía que debía una parte de su pensamiento a la doctrina de Maurras (a diferencia de Maeztu que siempre fue ajeno a ella).

Acción Española fue el laboratorio ideológico de la derecha monárquica, un foro compuesto por intelectuales de prestigio antiliberales y antirepublicanos, monárquicos y tradicionalistas. En su seno se empiezan a percibir las influencias del fascismo italiano. Éste, a fin de cuentas, se insertaba dentro de un regimen monárquico que había conseguido revitalizar y mantener en el poder. Para Acción Española como para su equivalente francés, lo esencial era conectar el presente con el pasado y hacer que aquel pudiera utilizar como trampolín a éste. De entre las muchas partes de la historia de España que los hombres de Acción Española querían especialmente rescatar, es significativo que apelaran al Imperio… como hacía en esos mismos momentos el fascismo que había elegido como símbolo y mito movilizador, el águila de Roma.

Si Acción Española insistió en la necesaria descentralización del Estado, no fue solamente porque los carlistas mantuvieran en su tetralogía los “fueros” en tercera posición (detrás de Dios y la Patria y delante de la misma figura del Rey), sino porque Maurras estaba recordando e insistiendo en que la característica de los Estados liberales es el jacobinismo y la eliminación de los cuerpos intermedios de la sociedad. El rey, tanto en la perspectiva de Acción Española, como en la de Maurras, se limitaba a ser alguien independiente, moderador de los distintos poderes, situado al margen de los partidos, de los grupos oligárquicos y que encarnaba a toda la nación siendo, por tanto, la persona más adecuada para guiar a la nación; así, las instituciones tradicionales, “sociales y representativas”, evitarían caer en las peores formas de absolutismo que siempre –Maurras lo había enseñado- terminan conduciendo al republicanismo jacobino.

Al igual que Maurras, el monarquismo de Acción Española se basaba en la necesidad de encontrar una formula de orden y estabilidad para el Estado (que a un lado y otro de los Pirineos, se coincidía en que era incompatible con el liberalismo y la partidocracia). Por eso mismo no se aspiraba a una monarquía constitucional en la que el “rey reine pero no gobierne”: el rey debía de ser activo y no podia limitarse a un mero papel decorativo y protocolario.

En varios articulos de Acción Española se discute sobre el “Estado Corporativo”. Ciertamente; ciertamente tal era la formula propuesta por Maurras… pero también, en 1931, por el fascismo. Lo único que variaba entre el concepto maurrasiano y el mussoliniano era que lo que era “tradición” en los primeros, se convertía en culto y exaltación al trabajo, lo que entraba en la tradición socialista que fuera la del Mussolini joven.

Tanto en Maurras como en Acción Española la tradición católica ocupaba un lugar esencial: era el cimiento de las sociedades, el principal factor que les daba estabilidad. Para colmo, tanto Francia como España (y el Reino Unido) habían desarrollado teorías que llegaron hasta los años 30 en los que cada país se presentaba como la salvaguarda y defensa de la fe religiosa. En su pasado identificaban los elementos que les confirmaban en estas piadosas intuiciones. La monarquía era la institución defensora del catolicismo y que, a su vez, lo encarnaba en sí misma. El catolicismo, a su vez, era el signo distintivo del “país real” y el factor de coherencia y unidad de la nación. Por eso, Maurras, descreído y agnóstico, se había visto obligado a aceptar la necesidad del catolicismo en Francia, al no encontrar ningún otro elemento que pudiera servir de cristalizador de la unidad nacionalo. Esta componente no estuvo tan presente en el fascismo que, si bien tuvo una dimension “mística”, revistió más bien las formas de un neopaganismo mucho mas que una defensa de la fe católica (aunque estuviera implícita como demostró ampliamente la firma del concordato entre Mussolini y la Santa Sede).

A pesar de que la derecha española durante la Segunda República estuvo divida entre quienes aceptaron el hecho republicano (y sólo aspiraban a rebajar y a atenuar las leyes antirreligiosas proclamadas por la República) y los monárquicos, lo cierto es que, era frecuente que los votantes de Gil Robles prefirieran la monarquía a la república. A partir de 1933 empezaron a producirse “combinaciones” entre estos sectores y el fascismo que en estos momentos se había convertido –a partir del 1 de enero de 1933 cuando Hitler es llamado por Hindemburg para formar gobierno- en una moda para las derechas al encarnar el orden, la jerarquía y la autoridad, verdadera trilogia contrarrevolucionaria opuesta al libertad, igualdad, fraternidad liberales. Mientras Gil Robles evitaba que Acción Popular se declarara “monárquica” para eludir el aislamiento, cada día iba incorporando más y más elementos de la doctrina fascista en el fenómeno que Ramiro Ledesma llamó “fascistización”. En cuanto a las bases de su partido,  la CEDA, en un 90% eran monárquicas y en tanto que monárquicas, de este sector procedía el grueso de suscriptores de Acción Española.

A pesar de estar formada por “nacionalistas españoles”, la revista no se limitó a publicar solamente artículos sobre nuestro país escritos por plumas autoctonas; no tuvo empacho en publicar materiales procedentes de otros países, realizar traducciones de obras y artículos de Maurras y publicar artículos escritos por militantes fascistas italianos o integralistas portugueses.  También de neojacobitas ingleses, así como de Chesterton, nostálgico medievalista además de autor de prstigio. Como ya hemos dicho en la introducción le cupo a Acción Española la tarea de traducir tardíamente la Encuesta sobre la Monarquía de Maurras y alguna que otra obra procedente de su entorno. Víctor Pradera hizo su contribución sobre El Estado Nuevo resumiendo los ideales de la revista que, hace falta decirlo una vez más, coincidían con el protofascismo maurrasiano y, poco a poco, iba filtrando ideas del fascismo italiano y europeo propiamente dicho.  Ese medievalismo arcaizante está también impreso en artículos publicados en la revista FE, el primer semanario de Falange en donde se loaban las ruinas clásicas y la presencia latino-romana en la peninsula, antes de que otros autores específicamente falangistas –Santamarina, Fray Justo Pérez de Urbel, y otros muchos de los que ha dado cumplida cuenta Pascual Tamburri en su artículo El imaginario medieval en la Universidad franquista (Cuadernos del Instituto Antonio de Nebrija, 4 - 2001) lo que contribuye a demostrar la sintonía cultural entre lo que hemos dado en llamar “centrismo fascista” y “derecha fascista”.

El programa estratégico de Acción Española consistía en el restablecimiento de la “monarquía tradicional” en la que el monarca sería el moderador de los tres poderes. No se trataba de una forma de “absolutismo” sino que se establecía que el poder real estaría limitado por los “Consejos” y por los fueros tradicionles. En tanto que católicos, Acción Española sostenía que el poder real emanaba de Dios. La función de las estructuras corporativas sería representar y legislar junto al Rey. El enemigo principal era la República y la vía para “superarla”, con el paso de los meses y, especiamente despues de los episodios de Asturias y Catalunya en febrero de 1934, la vía insurreccional era la que fue ganando adeptos. Renovación Española compartía completamente este programa estratégico.

El proyecto de constitución de un círculo de este tipo arrancó en los últimos meses de la dictadura de Primo de Rivera y se prolongó hasta una vez proclamada la República en un período que va desde enero de 1930 a diciembre de 1931. Las fuentes ideológicas estaban claras: Acción Española, aun estando muy influida por el maurrasianismo, como movimiento patriótico que era, lógicamente, aspiraba a hundir sus raíces en pensadores autoctonos y estos no faltaban en el siglo XIX español. La tetralogía que inspira a la revista está formada por Jaime Balmes (union de lo histórico con lo apologético, según Sáinz Rodríguez), Menéndez y Pelayo (interpretación católica de la civilización española), Donoso Cortés (tradicionalismo contrarrevolucionario) y Vázquez de Mella (carlismo, antimasonismo, foralismo).

Oficialmente, Acción Española, como grupo se constitutó en octubre de 1931 y el primer numero de la revista aparecería en diciembre, primero con una cadencia quincenal y luego mensualmente. Fue prohibida de agosto a noviembre de 1932 (por sus elogios a la “sanjurjada) y su último número, el 88, se publicó poco antes de estallar la guerra civil, si bien apareció un número 89 en marzo de 1937, espectacular con 400 páginas que no era sino una antología de textos de la revista, con introducción del propio Franco y del Cardenal Primado. Calvo Sotelo y Víctor Pradera fueron los dos colaboradores más asiduos y la dirección quedó a cargo de Maeztu quien, sin embargo, ni pudo imponer el nombre que proponía para la revista –Hispanidad- en lugar del muy maurrasiano de Acción Española. Vegas Latapié y Fernando Gallego Marqués de Quintanar fueron los impulsores. Este último se había relacionado con Antonio Sardinha, el ideólogo de los “integralistas” portugueses que se llamaban a si mismo “tradicionalistas anticonservadores”, monárquicos, pero también sindicalistas, antiparlamentarios y antiliberales. Sardinha era “antiiberista”, pero consideraba que España y Portugal tenían que unificarse en una “alianza peninsular” que implicara la fusion de la dinastía Borbón y de los Braganza que repercutiría en el marco de la “Hispanidad”. Era justamente por eso por lo que Maeztu opinaba que la revista debía llamarse Hispanidad. Latapié, mucho más político que doctrinario, pensaba que la revista debía tener un carácter de análisis político y combate. El marqués de Quintanar fue el primer diretor de la revista hasta el número 27 y, a partir de ese número, Ramiro de Maeztu ostenta el cargo. En cuanto a la sociedad que impulsaba la revista, recibía el nombre de Cultura Española y estaba presidida por Ramiro de Maeztu con el Marqués de Quintanar, José María Pemán, Jorge Vigón, el Marqués de las Marismas, el Marqués de la Eliseda, Luis Vela y Vegas Latapié quien explica todo esto en sus memorias (Planeta 1983) esenciales para entender y situar en el tiempo esta iniciativa. Las oficinas estuvieron instaladas en la Glorieta de San Bernardo. A partir del número 36 adoptó una portada que hoy parece muy simple pero que en aquel momento era el “último grito” en diseño cubista y en tintas roja y negra que incluía uncírculo con la imagen esquemática de Santiago el Mayor y el lema “Santiago y Cierra España” (ver la curiosa explicación de la portada en http://www.filosofia.org/hem/193/acc/e36545.htm). En el libro de Luis María Anson titulado Acción Española (Editorial Círculo, Zaragoza 1960) se da la que parece ser la relación mas completa de colaboradores de la revista: Víctor Pradera, conde de Rodezno, Javier Reyna, Marcial Solana, González de Amezúa, pertenecientes al sector monárquico, gente de la CEDA como el marqués de Lozoya y Fernández Ladreda, pero también miembros de Falange Española: Eugenio Montes, Sánchez Mazas, Ledesma Ramos (lease, por ejemplo, http://www.filosofia.org/hem/193/acc/e24581.htm, publicado en el número 24 el 1 de marzo de 1933), Giménez Caballero, Emiliano Aguado. Tras ser suspendida durante la sarjurjada y reaparecer se publicó una nota firmada  por José María Pemán, Pradera, Ruiz del Castillo y Sáinz Rodríguez, Ramiro de Maeztu, el marqués de Lozoya, Calvo Sotelo, Ibáñez Martín, González de Amezúa, Juan Antonio Ansaldo, el marqués de Quintanar, Manuel Pombo Polanco, Eugenio Vegas y el marqués de la Eliseda, Javier Vela del Campo. Se empezaron a dar cursillos y conferencias. Sáinz Rodríguez tenía razón cuando dijo: «Acción Española ha logrado reunir a un grupo de intelectuales en torno a una idea de la cultura nacional.»

Mientras se prolongó la República, Acción Española, se limitó a ser un grupo de elaboración intellectual y preparación de cuadros de la derecha monárquica, cada vez más virada hacia el fascismo. La revista tendrá una influencia más amplia a la vista de su plantel de colaboradores que van desde la “izquierda fascista” (Ramiro Ledesma), hasta la “derecha fascista” (el Marqués de Eliseda) y abarcará, naturalmente a Renovación Española, a las JAP e incluso a amplios sectores de la CEDA. Raúl Morodo en su estudio sobre la revista ha sido de los que ha percibido el inequívoco deslizamiento hacia el fascismo en sus contenidos. Tan solo Sáinz Rodríguez y Vegas Latapié se verán libresde esa tendencia, paradójicamente, gracias a la influencia determinante de Maurras, el protofascista que aportó la mayoría de cuadros al fascismo francés y que, finalmente, se horrorizó de algo que, si bien era antiliberal e incluso que podia ser monárquico, también sacratilaba al Estado, destruía la autonomía de las partes que lo constituían y parecía culminar en una especie de absolutismo sin monarca o con un monarca títere. Morodo, termina diciendo: “Vegas Latapié y Sáinz Rodríguez serán así las escasas excepciones en la evolución de AE hacia el fascismo comisorio” y en esto coincide con Éugene Weber quien en su libro titulado Action Française explica que Latapié intentaba solamente extender el ideario de esta organización en Francia. En cuanto a Maeztu, hasta muy avanzado su proceso de elaboración ideological–que sera completamente diferente al de Maurras y que incluso desconfiaba de él- fue específicamente español, quería llamar a la revista, como hemos dicho, Hispanidad y, para colmo, encartarla en el diario conservador La Nación.

Nunca los fundadores de Acción Española se propusieron crear un nuevo partido, pero sí convertirse en una especie de escuela de cuadros y en un elemento de formación del pensamiento de la derecha monárquica que irrumpió en un mlmento tardío para esta idea, cuando ya la misma teorización de Maurras empezaba a quedar atrás y a verse rebasada por los fascismos europeos. El drama de Acción Española fue precisamente este: nace a caballo cuando Maurras ya da en Francia señales de perder peso específico y cuando el fascismo está en expansion. Era evidente que, la revista se iba a resentir de esta situación internacional y que, aun siendo Maeztu el director, muchos de sus colaboradores no iban en la misma dirección: unos por maurrasianos y otros por fascistas. Cuando Morodo alude a la colaboración de Ledesma con Acción Española destaca que “Ledesma Ramos no sólo colaborará en AE, es cierto que con un solo artículo, sino que mantenía relaciones conspiratorias con ellos” y en cuanto a José Antonio destaca que “los amigos tradicionales de José Antonio Primo de Rivera estaban casi todos ellos dentro de AE, en gran parte por haber sido colaboradores de su padre”. Si bien Sainz Rodríguez quería hacer de Acción Española un “laboratorio” de las derechas sobre la base de tres “antis”: antiparlamentarismo, antiliberalismo, antipartidismo de las que dise que son “las tres negaciones son un ansia total del alma española”. El grupo aspira a "la salvación de España" y la “regeneración nacional” partirá de una “minoría directora”. Pero la lucha –y es muy importante señalar este aspecto porque bruscamente nos pone con 35 años de adelanto sobre Alain de Benoist y la “nouvelle droite” que empezó a trabajar en Francia en junio de 1968- es, ante todo, ideological. Sáinz Rodríguez escribe: “Sólo se vence a la revolución derrotando previamente la ideología revolucionaria”. Y en ese momento (mediados de 1932) todavía la derecha guardaba un recuerdo nefasto del fracaso de la dictadura de Primo de Rivera que los hombres de Acción Española atribuían a una falta de claridad ideologica. Era esa indefinición, esa falta de adecuación del nacionalismo español a la nueva situación lo que había generado el hundimiento de la dictadura primero, de la monarquía después y lo que había abierto el camino a la “revolución española”. Era esta revolución la que se trataba de derrotar: y la “lucha final” se identificaba con la lucha contra la República.

Si la “lucha final” todavía no puede darse en 1933 es porque “No existe aún la minoría directora debidamente impuesta en los verdaderos principios sociales y políticos que nos es indispensable, y tampoco está maduro el ambiente que debe acompañar la existencia de esa selección". Y Maeztu, autor de esas palabras, añadía: “Nos encontramos con que lo más que necesitábamos en aquel momento no eran razones, sino espadas, pero para tener espadas necesitábamos de las razones”. Para Morodo (cuyo estudio sobre Acción Española está lastrado por una óptica progresista pero que agrupa datos e interpretaciones dignas de consideración) se trataba de crear un laboratorio de idas por encima de los partidos “de la derecha autoritaria y no liberal”. Cita a Quintanar: "AE nació porque el frente intelectual de la España tradicional estaba desguarnecido. Tenemos que afirmarlo con toda rotundidad: AE no vino en 1931 a llenar un hueco a los ocho meses de la revolución. No. AE vino a ocupar todo un frente extensísimo cara al enemigo ensoberbecido y pedante. AE ha ido volviendo a poner en pie esa tradición desempolvándola, sacándola a la luz... Y cuando la política de reacción fue mostrando el pecho y ofreciéndola a la lucha por sus ideales, fueron las páginas de AE a un terreno amigo y propicio, donde se encontraron los escritores de la 'Comunión Tradicionalista', de la gloriosa historia intelectual y moral, aquellos otros de 'Renovación Española', de reciente constitución, y muchos independientes de credos tan diversos dentro de su unidad españolista que van desde el filósofo católico hasta el doctrinario del nacionalismo integral. Que nuestra fórmula de reclutamiento y de convivencia es, por oposición a la de la democracia parlamentaria que no quiere enemigos a su izquierda, la de no tener a la derecha sino amigos, y entendiendo por derecha esa zona abnegada donde se funden todas las esencias nacionales". Las palabras fueron pronunciadas a principios de octubre de 1934 coincidiendo con la revolución de Asturias y la proclamación del Estat Catalá en Barcelona.

Es a partir de ese momento cuando la influencia del fascismo en España va creciendo y todo este sector se convence de que la malhadada República solamente podrá ser derrocaba por la vía golpista. Es a partir de ahí cuando Maeztu empieza a hablar de “armonizar inteligencia-espada”, idea que irá repitiendo machaconamente desde entonces. En esa idea se reconocían todos, desde Ramiro Ledesma a Albiñana.

Que nosotros sepamos no existen cifras de ventas, ni de suscripciones, ni mucho menos de lectores de la revista. El marqués de Quintanar estima que los suscriptores fueron entre 2.500 y 3.000 en 1934. Algunos son “suscriptores de honor” que aportan anualmente la cifra de 500 pesetas recibiendo a cambio una edición especial de cada número impresa en papel registro. Los datos estudiados por Morodo le llevan a intuir que existían dos grupos de suscriptores: industriales del Norte y terratenientes del Sur y, en Madrid, núcleos intelectuales, con algunos militares dispersos por toda la geografía, entre los que figuraba el propio Francisco Franco, como suscriptor.

Al producirse la sublevación de Julio de 1936 y, especialmente, en los meses siguientes, se percibirá con claridad que buena parte de los colaboradores, suscriptores, corresponsales y ensayistas de Acción Española reaparecen convertidos en funcionarios del nuevo regimen, incluso ocupando parte de los cargos ministeriales. Algunos de ellos habrán participado activamente en la conspiración. Muchos eran aristócratas (los marqueses de la Eliseda, del Saltillo, de Lozoya, de las Marismas del Guadalquivir, el marqués de Albayda, conde de Barcenas, marqués de Camposanto, vizconde de Casa Aguilar, conde de Casal, marqués de la Conquista, duquesa de Durcal, conde de Eaga, conde de Elda, marqués de Fuentes, conde de La Granja, conde de Haro, marqués de Hazas, marqués de Yturbieta, marqués de Manzanedo, marqués de Ordlana, marqués de Sales, vizcondesa de San Enrique, conde de Torneros, conde de Vega Florida, marqués de Villarrubia de Langre, entre los citados por Morodo. La lista de suscriptores y colaboradores parecía un verdadero Ghotta de la nobleza española.

Militares tampoco faltaban, además de Franco. Sanjurjo, por supuesto, y también los generales Orgaz y García de la Herrán que también era colaborador. El plantel de futuros ministros de Franco estaba bien nutrido: Ramón Serrano Suñer, Pero Sáinz Rodríguez, Esteban Bilbao, entre otros. Entre los falangistas y naciona-sindicalistas figura, como hemos vito, Ramiro Ledesma, pero también José Antonio Primo de Rivera (quien publica dos artículos) y Emiliano Aguado. Tampoco podían faltar los carlistas: Victor Pradera y Marcial Solana. O los corporativistas como Eduardo Aunós (que, maurrasiano de pro, difundirá el pensamiento corporativo de René de la Tour du Pin en España). Y, naturalmente, los clérigos presididos por el cardenal Gomá.

En cuanto a la lista completa de colaboradores, Morodo nos ofrece la siguiente en la que pueden percibirse apellidos que circulaban también por Falange Española e incluso por La Conquista del Estado, primera muestra del fascismo español: Emiliano Aguado, Alvaro Alcalá-Galiano, Rafael Alcocer, Manuel Alemán, conde de Altares, Martín Andréu Valdés, Juan Antonio Ansaldo, Luis de Araujo- Costa, Felipe Arcocha, José María de Areilza, Joaquín Arrarás, Cristina de Arteaga, José Artero, Pedro Artiñano, Eduardo Aunós. Jaime Balmes (textos), J. Barja de Quiroga, Antonio Bcrmúdez Cañete, Fernando Bertrán, José Bertrán y Güell, Esteban Bilbao, Mario Briceño, Manuel Bueno, Carlos Buhigas, Rafael Burgos, Luis Cabello Lapiedra, José Calvo Sotelo, Francisco G. del Campillo, Francisco Carmona Nenclares, Santiago Carro, Miguel Castells, Aniceto de Castro Albarrán, Juan de la Cierva, Coloma Gonzalo, Santiago Corral, José Corts Grau, Jorge de la Cueva, Juan Domínguez Berrueta, Armando Duran Miranda, marqués de la Eliseda, F. Enríquez de Salamanca, Gumersindo de Escalante, marqués de las Marismas del Guadalquivir (José Ignacio Escobar), Carlos Fernández Cuenca, José María Fernández Ladreda, Luis de Galinsoga, Félix García, R. García de Castro, Tomás García Figueras, Miguel García de la Hcrrán, Alberto García Nueva, Alfonso García Valdecasas, Zacarías García Villada, Vicente Gay, Ernesto Giménez Caballero, Antonio Goicoechea, cardenal Goma y Tomás, Agustín González de Amezúa, Wenceslao González Oliveros, César González Ruano, Nicolás González Ruiz, Antonio de Gregorio Rocasolano, Nemesio Guenechea (SJ), Carlos Hernández Herrera, Emilio Herrera, Miguel Herrero García, Javier Hurtado de Zaldívar, José Ibáñez Martín, Bruno Ibeas, Mauricio de Iriarte (SJ), Fernando Jiménez Placer, Alfonso Junco, Claudio de Lanzos, Ramón Ledesma Miranda, Ramiro Ledesma Ramos, Pablo León Murciego, F. de Llanos, Diego López Cabrera, José María Lorente, marqués de Lozoya, Ramiro de Maeztu, Jesús Marañón, Tomás de Martín Barbadillo, Cirilo Martín Retortillo, Marcelino Menéndez y Pclayo (textos), fray Albino Menéndez Reigada, Pedro Mourlane Michelena, padre Andrés Mesanza, Carlos Miralles, Eugenio Montes, Enrique Montesinos, H. Muñoz, F. Murillo, Teófilo Ortega, Julio Palacios, Leopoldo Eulogio Palcios, Francisco Pciró, José María Pemán, José Pemartín, Osear Pérez Solís, Francisco Pompey, Víctor Pradera, José Antonio Primo de Rivera, Mariano Puig- dollers, Juan Pujol, marqués de Quintanar, Javier Reina, Lorenzo Riber, Blanca de los Ríos, conde de Rodezno, padre Teodoro Rodríguez, F. Rodríguez Pomar, Antonio Rubio, Carlos Ruiz del Castillo, Rafael Ruiz y Ruiz, Antonio Rumeu de Armas, Pedro Sáinz Rodríguez, marqués del Saltillo, Rafael Sánchez Mazas, conde de Santibáñez del Río, Marcial Solana, Enrique Súñer, M. Terraval, José María Torres Murciano, Francisco Valdés, Juan Valera (textos), A. Vallejo Nájera, Vázquez de Mella (textos), José Luis Vázquez Dodero, Eugenio Vegas Latapié, Luis Vela del Campo, padre Vélez (OSA), Jorge Vigón, Lorenzo Villalonga, Zacarías de Vizcarra, José de Yanguas Messía, padre Pelayo de Zamayón y Eusebio Zuloaga.

La guerra civil separó a muchos de estos autores. Unos fueron fusilados por la república, otros –especialmente monárquicos- terminarían enfrentados a Franco y a su concepto de “monarquía sin rey”. Ansaldo, siempre xaltado, debió exiliarse y lo mismo hizo Sáinz Rodríguez. Otro participaron en la elaboración del dispositivo legal e institucional franquista, algunos mantuvieron buenas relaciones con Franco hasta el final aunque retornaron a su fe juanista tras la derrota de los fascismos. Muchos de ellos ocuparon cargos destacados en la estructura franquista, en el Consejo de Regencia, en los distintos ministerios, en las Cortes franquistas, alguno, incluso, como Luis Escobar, Marqués de las Marismas, triunfó como autor teatral primero y luego como actor cómico en distintas películas incluso hasta principios de los años 90, protagonizando a aristócratas descentrados en La Escopeta Nacional, Patrimonio Nacional o bien ironizando sobre la política de la época en Que vienen los socialistas.

Franco les agradeció a casi todos ellos su aportación a la creacion del regimen otorgándoles nuevos títulos de nobleza: a Bau Nolla el condado de Bau, a Churruca el de Abra, al conde de Rodezno la grandeza de España, a Esteban Bilbao y a Víctor Pradera un marquesado y un condado respectivamente. Morodo resume la situación del conjunto afirmando que “la inmensa mayoría se instalará en el establishment de la posguerra franquista”.

Es evidente el motivo de esas recompensas: la Falange Española que conoció José Antonio Primo de Rivera había desaparecido prácticamente fusilada por los republicanos o desangrada en los frentes de batalla. De las JONS no quedó absolutamente nada y Ramiro compartió paredón con Maeztu. El único núcleo intelectual capaz de aportar cuadros formados al regimen era la corriente maurrasiana que se fue fasiscizando con el paso del tiempo y que creó “espacios compartidos”. Con los fascistas. Ya hemos visto como colaboraron los maurrasianos catalanes de la Lliga Regionalista. Franco recurrió a ellos, especialmente, a la hora de “internacionalizar” su posición. Otro tanto hizo con Acción Española que con su crítica al liberalismo y al socialismo, con su ensalzamiento de la tradición española, del pensamiento corporativo y del Estado autoritario, elaboraron en los números que duró la publicación las bases doctrinales que luego aprovecharía el franquismo. E incluso más. El denominador común que une los tres períodos del regimen franquista (1936-43, 1943-56 y 1956-75) tan diferentes entre sí y lo que permitió dar coherencia al entramado franquista, fue precisamente el pensamiento divulgado por Acción Española antes de la guerra y que prolonga su influencia incluso en la Ley Orgánica del Estado que sienta las bases de un “Estado Orgánico”, eufemismo para evitar la palabra “corporativo” en desuso en 1967. Sería imposible de entender la propuesta de “Estado Orgánico” sin remontarnos a las fuentes “trabajadas” por Acción Española: Maurras y La Tour du Pin, especialmente, en un momento en el que ya era imposible establecer un andamiaje basado en el fascismo denostado en 1967.

La teorizacion que hoy se llamaría “metapolítica” (crear cuadros para obtener la hegemonía cultural y derrotar por ese camino a la “revolución”) la puso en práctica en exclusiva Acción Española y, lo precipitado de los acontecimientos hizo que diera sus frutos una vez estalló la sublevación franquista. Si el propio Franco era suscriptor de Acción Española y si buena parte de sus ministros lo eran también, era innegable que la orientación de su regimen iría en esa misma dirección: monarquismo (aunque sin rey hasta 1967), antiparlamentarismo, antiliberalismo, patriotismo, corporativismo, antimarxismo, vision católica de España y autoritarismo. Es significativo que el foralismo fuera precisamente el elemento maurrasiano y monárquico que estuvo ausente del franquismo… y que estuvo también ausente en los fascismos (véase Evola, El Fasismo visto desde la Derecha y las Notas sobre el III Reich para confirmarlo). ¿Por qué? Porque cuando estalla el 18 de Julio, Acción Española y Renovación Española se han ido fascistizando cada vez más y asumiendo los rasgos autoritarios y centralistas que han caracterizado siempre al fascismo. La ausencia de “foralismo” y la centralización que siguió demuestran por sí mismos que Acción Española se convirtió en, como mínimo, tan fascista como monárquica. Fue, en cualquier caso, el exponente de un “fascismo español de derechas”… en el que colaboró la “izquierdas fascista española” (Ledesma) y lo que hemos llamado el “centrismo fascista español” (falange), como creemos haber demostrado suficientemente. Claro está que entre estas tres tendencias había polemicas, rivalidades y fricciones… no podia ser de otra manera. Lo mismo ocurrió en Francia, en Alemania y en Italia. La coexistencia entre tres Corrientes del fascismo nunca fue completamente una balsa de aceita, como tampoco lo era la coexistencia entre marxismo-revolucionario, consejismo, trotskysmo, marxismo-leninismo y stalinismo en la otra acera política. La diferencia entre ambos extremos radicó en que mientras el “fascismo” fue capaz de cooperar estrechamente en España en sus tres Corrientes, las distintas Corrientes marxistas tenían cierta tendencia a la checa, el tiro por la espalda y la desaparición de los adversarios politicos, especialmente los del mismo bando.

Queda ahora por resumir la trayectoria de Renovación Española que nos confirmará en esta tesis: el protofascismo maurrasiano cristaliza en España en Acción Española y en Renovación Española que constituirán, una vez fascistizadas, lo esencial de la “derecha fascista española”.

© Ernesto Milá – infokrisis – infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

Renovación Española y Acción Española, la “derecha fascista española” (III de VI) a) El campo monárquico durante la República

Infokrisis.- Continuando con la serie de artículos y comentarios sobre la "derecha fascista española", añadimos hoy esta introducción a la tercera parte que se titula: Acción Española, autor intelectual del alzamiento franquista, compuesto por tres partes: "El campo monárquico durante la República", "Acción Española" y "Revovación Española". Lamentamos no poder asegurar cuando estaremos en condiciones de completar la serie a causa de la falta de tiempo.

 

3. Acción Española, autor intelectual del alzamiento franquista

a) El campo monárquico durante la República

El reinado de Alfonso XIII no fue ni mejor ni peor que el de cualquier otro Borbón anterior o posterior a él, sin embargo su prestigio se vio erosionado en sus últimos años por los errores de la dictadura de Primo de Rivera. Enajenados los apoyos de las fuerzas sociales, primero de los trabajadores y luego de la patronal (contraria al dirigismo primorriverista) y, en última instancia, por fracciones enteras de las Fuerzas Armadas, poco a poco, el monarca, bastante pusilánime, había ido experimentando una sensación de abandono, depresión y soledad. En el espacio que medió entre la caída de Primo de Rivera y la proclamación de la II República, los odios recavados por el primero se dirigieron ya con el dictador exiliado en París, hacia la institución monárquica en exclusiva.

Cuando en 1930, durante el gobierno Berenguer, Alfonso XIII intenta volver al constitucionalismo percibe que los partidos monárquicos han salido de la dictadura extremadamente débiles e inmediatamente conocerse el resultado de las elecciones municipales de 1931 decide huir de España. Todavía resulta un misterio indescifrable conocer quién exactamente venció en quellas elecciones, pero lo cierto es que, a pesar de la debilidad de la derecha monárquica, sus partidos pudieron obtener 22.150 concejales seguros, contra 5.875 los republicanos, quedando otrs 52.000 sin que jamás se determinaran. Parece cierto, eso sí, que en las grandes ciudades vencieron los republicanos y en las zonas rurales, proclives al caciquismo, los monárquicos. Los resultados se consideraron un plebiscito a favor de la república. Siguió la convocatoria de Cortes Constituyentes en las que participaron partidos monárquicos polarizados en dos tendencias: el Centro Constitucional (mauristas, regionalistas, catalanistas) y la Unión Monárquica Nacional (ex Unión Patriótica). Fuera existían otros grupos, en Buena medida, atribiliarios como el Partido Laborista de Aunós (alfonsinos “proletarios”), Reacción Ciudadana (monárquicos de clases medias), Acción Nobiliaria (partido de aristócratas y terratenientes), Partido Socialista Monárquico, etc.

Con el paso del tiempo, los alfonsinos que pedían la restauración de la monarquía y el retorno del Rey, dirigidos por Maura y Alcalá-Zamora formaron el Círculo Monárquico Independiente cuya sede resultó destruida en los incidentes del 10 de mayo de 1931 en los que también ardieron iglesias y conventos madrileños. La iniciativa fracasó quizás por prematura y por haberse gestado en unos días de gran violencia social.

Hace falta añadir que un año antes, los líderes de la derecha monárquica (Maura, Alcalá Zamora, Sánchez Guerra) se habían declarado “republicanos”, contribuyendo a presentarse como liberales distanciados de la derecha de la monarquía. Estos pronunciamientos tuvieron como consecuencia el que el liberalismo monárquico quedara reducido a la minima expresion en el tránsito de la “dictablanda” de Berenguer a la República. El ideal monárquico, en ese mismo momento, pasara a ser patrimonio de sectores radicales que, para colmo, veían en la República la quintaesencia del ateismo militante a raíz de la temprana quema de conventos. Los datos que diariamente iban apareciendo sobre el papel de la masonería entre los republicanos, la expulsion de los jesuitas y de varios obispos y cardelanes, confirmaron la existencia de un enfrentamiento entre “católicos” y “ateos”, esto es, entre “monárquicos” y “republicanos” según el esquematismo y la simplificación de la época.

Ya por entonces, el periodista Ángel Herrera Oria fundaría la Asociación Católica Nacional de Propagandistas  con la intención de formar cuadros católicos capaces de defender a la Iglesia en el marco instuticional republicano. La ACNP desembocaría luego en la creación de Acción Popular, verdadero polo de la derecha sociológica en los primeros tiempos de la República. A pesar de que la mayoría de sus dirigentes eran monárquicos, el partido no ponía especial énfasis en el retorno del Alfonso XIII, sino más bien en la defensa de la propiedad, en apoyo de la Iglesia y en la lucha contra el ateísmo. No era el partido que veían con agrado los radicales monárquicos. Estos estaban en otra formación que cobró cuerpo en 1931.

En efecto, en 1931 se constituyó la Comunión Tradicionalista, formada esencialmente por el Partido Católico Nacional y por el Partido Católico Tradicionalista, que pronto logró arraigar en las zonas monárquicas tradicionales (Navarra, País Vasco, Aragón), consiguiendo arraigar de manera imprevisible en Andalucía gracias a la labor de Fal Conde. El PCN, más conocido como Partido Integrista, había sido fundado por Ramón Nocedal en 1888 tras su expusión de la Comunión Católico Monárquica. En cuanto al PCT había sido constituido por Vázquez de Mella en 1918 y en su ideario ya se refleja la influencia creciente de Maurras en los círculos monárquicos. A la Comunión Tradicionalista no solamente fueron a parar partidarios del carlismo sino que también recalaron algunos monárquicos alfonsinos radicales que consideraban incompatible un regimen liberal con la institución monárquica. En las distintas elecciones que tuvieron lugar durante la República, la Comunión Tradicionalista obtuvo, generalmente resultados apreciables, a pesar de que en su interior bullían distintas tendencias (y en los cuarenta años siguientes, estas tendencias entraron en colision incluso hasta mediados de los años 70). Su mentor ideológico no fue otro que Tomás Domínguez Arévalo, conde de Rodezno.

El conde de Rodezno apoyó el Estatuto Vasco a pesar de insistir en que hubiera debido de ser confessional, participó en el golpe de Sanjurjo en 1932 y, por supuesto, estuvo con Mola en el 18 de Julio de 1936, desde su exilio en Portugal. Ocupó el cargo de ministro de justicia durante la guerra civil y setenta y cinco años después de dejar el cargo, figuró como “imputado” por Baltasar Garzón por “crímenes contra la humanidad”, renunciando el juez a su procesamiento al comprobar, “fehacientemente”, que había fallecido… El proyecto del conde de Rodezno consistía en fusionar a los monárquicos de las dos ramas, carlista y alfonsina. La revista Acción Española sería uno de los elementos de reflexión de esta corriente.

En el nuevo partido monárquico existía la sensación de que había sido posible instaurar la República a causa de la debilidad ideologica de la dictadura de Primo de Rivera y el corolario de dicha afirmación era: solamente a través de una definición ideological precisa, coherente y orgánica sería possible construir un movimiento político capaz de derrocar a la República. Los alfonsinos Vegas Latapié y Ramiro de Maeztu compartían esta opinion y se aprestaron a reelaborar el ideal monárquico; para ello había tres elementos que jugaban a favor del proyecto: la elaboración maurrasiana en Francia (que Vegas Latapié compartía completamente), la existencia de un núcleo de brillantes intelectuales conservadores (encabezados por Maeztu) y los medios económicos (los marqueses de Pelayo que entregaron 100.000 pesetas de la época para favorecer el pronunciamiento del general Orgaz pero que terminaron utilizándose para lanzar la revista Acción Española). La unión de estos elementos cristalizaría en la formación del círculo Acción Española y en la revista del mismo nombre.

Era cuestión de tiempo que la revista no tuviera la tentación de transformarse en un partido monárquico que restase votos y bases a Acción Popular. Fue así como nacería en 1933 Renovación Española, promovido por Antonio Goicoechea, Sáinz Rodríguez y Ramiro de Maeztu. A pesar de que –como veremos más adelante- Renovación Española consiguió tener una presencia electoral, fracasó en su empeño de reconvertir al grueso de la derecha al monarquismo. La mayoría de votantes y militantes de derechas, consideraba imposible la restauración de la monarquía y no estaban dispuestos a votar ni a militar en un partido que se declarase a favor de una causa perdida. Y esto volvió a tener consecuencias en todo el ambiente católico.

A pesar de que, en un primer momento, Renovación Española se proclamó “constitucionalista”, pronto se produjo la ruptura con los liberales alfonsinos y se intentó reconstruir la unidad de acción con los carlistas cuando estos ya estaban dirigidos por Fal Conde, contrario a mantener tratos con la otra rama borbonica, tal como opinaba el entonces aspirante legitimista, Alfonso Carlos. El carlismo en ese momento empezó a sufrir divisiones internas que se prolongarían prácticamente hasta la muerte de Franco, e incluso durante la transición: Fal Conde con los integristas de la Comunión Tradicionalista optó por el rechazo a los alfonsinos, mientras que el conde de Rodezno se decantaba a favor, argumentando la falta de descendencia de Alfonso Carlos y la posibilidad de aprovechar la ocasion histórica de reconciliar a las dos ramas del monarquismo español. En 1933 se creó Tradicionalistas y Renovación Española (TYRE) a fin de preparar candidaturas conjuntas para las elecciones generales de ese año.

La victoria de la derecha en 1933 fue abrumadora y la sigla CEDA (Acción Popular, Derecha Valenciana, Agrupación Regionalista de Santander y grupos menores) teniendo detrás a casi 750.000 afiliados, se alzaron cómodamente con la victoria… a la que siguieron las dificultades para formar un gobierno y la ruptura en el seno de las derechas. Mientras la CEDA había obtenido 115 escaños, los radicales se habían quedado con 104, pero fue a Lerroux a quienes recurrió Alcalá Zamora para formar gobierno. El Partido Agrario, formado poco antes de las elecciones de 1933 obtuvo 36 escaños, tratándose de otro partido de la derecha con simpatías monárquicas, aunque liberales, que contó con cuatro ministerios durante el “bienio negro”, en tanto que representantes del poder terrateniente castellano. El secretario general de la formación, por cierto, fue Nicolás Franco. Junto a los intereses de los terratenientes y defendian a la Iglesia y hacían de la lucha contra el catalanismo el tercer eje de su política. Cuando la CEDA decidió colaborar con los radicales (habitualmente masones y republicanos), perdió a sus elementos monárquicos que ya a partir de ese momento empezaron a optar por la vía insurreccional. Es en esta circunstancia, cuando Calvo Sotelo vuelve de su exilio parisino y, tras un intento de ingresar en Falange Española, se convirtió en el líder de los monárquicos.

Inicialmente, el proyecto de Calvo Sotelo consistía en unir en un solo bloque a todas las fuerzas antirrepublicanas de la derecha. Los monárquicos, conscientes de la debilidad de sus consignas y de su bajo techo electoral, pensaron (como han sugerido algunos historiadores) en financiar a la Falange de José Antonio Primo. La existencia de ese pacto entre monárquicos y falangistas (que durante años negaron los falangistas de izquierda) fue finalmente firmado el 20 de agosto de 1934. El intermediario entre José Antonio y los alfonsinos fue el propio Sáinz Rodríguez y quien firmó finalmente el acuerdo, Antonio Goicoechea: el acuerdo preveía que la Falange dejaría de atacar a la monarquía y a cambio recibiría ayuda económica. Así se entiende el por qué Manuel Valdés Larrañaga en el acto promovido en Toledo por las Juntas Promotoras de FE-JONS en 1974, asegurara textualmente: “Paseando con José Antonio a orillas del Manzanares, me comentó la posibilidad de restaurar la monarquía en España” (los abucheos que siguieron le impidieron completar su discurso).

Lo cierto es que hoy ningún historiador serio duda de la realidad de este acuerdo que indica varias cosas: primero que Falange Española distó mucho de ser una organización que situara el antimonarquismo entre sus principales procupaciones y en segundo lugar que los alfonsinos aceptaban tener relaciones (y no solo eso, sino incluso financiar) a una organización identica en todo a los fascismos, lo que implicaba que, efectivamente, los alfonsinos se habían “fascistizado” (la información está extraída de la obra de Ian Ginson En busca de José Antonio, Barcelona 1980, pág. 104).

Si a esto unimos las declaraciones de José María de Areilza en su obra Mas que unas memorias en las que describe su última entrevista con Ramiro Ledesma y cómo gestionó la llegada de capitales conservadores y monárquicos vascos para los ultimos proyectos periodísticos del que fuera fundador de las JONS, parece evidente que los monárquicos conservadores consideraban a los grupúsculos fascistas como algo que estaba lo suficientemente en sintonía con ellos como para poder confiar en sus dirigentes y cederles carburante económico para que llevaran adelante sus proyectos.

Es cierto que José Antonio Primo prescindió de la ayuda económica de los alfonsinos (unos meses después obtuvo una subvención mensual del gobierno italiano que recogía el propio José Antonio en la embajada italiana en París cada dos meses), manifesto su deseo de independencia y autonomía política. El “nuevo curso” generó el primer problema en el interior de la naciente Falange, cuando Juan Antonio Ansaldo abandonó el movimiento, mientras que el marqués de Eliseda se eclipsaría discretamente y otros monárquicos (Arredondo, Rada) harían lo mismo para reaparecer acto seguido en el Bloque Nacional de Calvo Sotelo. Eso acentuó el republicanismo falangista y nos confirma en la primera impresión de que, a parte del hecho relativamente importante de que Falange no se considerase monárquica (en realidad tampoco hizo nunca profesión de fe republicana, pero es rigurosamente cierto que las referencias a la “monarquía” en las Obras Completas de José Antonio son apenas 21 entre las cuales no se encuentra ninguna condena explícita), un sector de los alfonsinos ¡si se consideraban próximos al fascismo español!). Incluso en el caso de la “izquierda fascista” de Ramiro Ledesma, los contactos facilitados por el conde de Motrico (Areilza) con sus amigos de Neguri, indican que la “derecha fascista” (“fascistizada” en opinion de Ledesma) veía con buenos ojos a cualquier forma de “fascismo español”.

En 1934, ya estaban perfiladas las tres Corrientes del fascismo en España: de un lado Falange Española (el fascismo más ortodoxo), de otro Ramiro Ledesma (más como ideólogo y como publicista que como jefe de un grupo que jamás tendría más de 200 adolescentes detrás, y finalmente Renovación Española y el Bloque Nacional y el órgano de prensa Acción Española. En ese momento, cuando ya se ha producido la sublevación socialista de Asturias y la proclamación del efímero Estat Catalá, los grandes casos de corrupción protagonizados por los radicales y, para colmo, se estaba organizando clandestinamente la Unión Militar Española, entre cuyos máximos impulsores se encontraba un miembro de la direccion de Falange Española, el teniente coronel Emilio Rodríguez Tarduchy… La organización agrupaba especialmente a militares monárquicos y, nuevamente, vuelve a indicar que algunos de ellos estaban “fascistizados”. Tarduchy ocupaba una de las jefaturas de servicios al celebrarse el I Consejo Nacional de Falange.

Dado que en el “bienio negro” quedó claro que los agrarios y Gil Robles habían aceptado la República, el campo de los monárquicos alfonsinos se redujo más aún. Calvo Sotelo y Pedro Sáinz Rodríguez idearon la creación de un “bloque nacional” que agrupara a la derecha monárquica y que incluyera desde los falangistas hasta el carlismo. En la práctica, todo quedó en un mero bloque electoral que contó con la adquiescencia del Partido Nacionalista Español del doctor Albiñana (una pequeña formación con todos los rasgos de los partidos fascistas de la época), pero no así de los falangistas, mientras que Renovación Española se avino a colaborar en las elecciones y otro tanto hicieron algunos sectores del carlismo tradicionalista. El problema más peliagudo consistía en a quién presentar como rey legítimo de España en aquel momento. Goicoechea, por su parte, optó por seguir a Alfonso XIII en su decision de no abdicar, otros defendieron a su tercer hijo, Don Juan conde de Barcelona (a la vista que los dos anteriores estaban inhabilitados, uno a causa de un matrimonio morganático y el otro por su minusvalía). Calvo Sotelo figuraba entre estos ultimos y con él la revista Acción Española.

En su primera declaración pública, Don Juan –según recuerda José Luis Orella, manejando las memorias de Vegas Latapié- el conde de Barcelona reconocía ser acreedor doctrinal de pensadores tradicionalistas alfonsinos como: Pemán, Sáinz Rodríguez, Goicoechea y Maeztu; carlistas como Pradera y Solana; falangistas, como Montes y Giménez Caballero y jesuitas como el P. García Villada. Además, Juan de Borbón reconocía asumir la ideología desarrollada por Acción Española".

En las elecciones de 1933, Renovación Española había obtenido 16 diputados que disminuyeron a 12 en febrero de 1936 con la etiqueta de Bloque Nacional. Tras la derrota de las derechas y, especialmente tras el asesinato de Calvo Sotelo, todo saltó por los aires: falangistas, monárquicos alfonsinos, carlistas y militares optaron por la vía insurreccional. En ese momento, los falangistas ya se encontraban en la clandestinidad, los alfonsinos en derrota (su diario La Nación, había sido incendiado) y Renovación Española, llena de deudas, había cesado prácticamente de actuar salvo a nivel parlamentarios. Tras el asesinato de Calvo Sotelo, Goicoechea asume de nuevo el liderazgo del Bloque, cuando la conspiración está muy avanzada. Tras las elecciones, las Juventudes de Acción Popular empiezan a pasar a la Falange clandestina y los carlistas no ocultan sus preparativos insurreccionales que la UME tiene muy avanzados.

En ese momento, Mussolini, el jefe del fascismo italiano, ya estaba en contacto con Antonio Goicoechea… No creemos que fuera solamente porque buena parte de la dirección falangista estaba encarcelada, sino por las afinidades existentes entre el facismo que gestionaba el Estado italiano en ese momento y el líder de Renovación Española. Las relaciones entre Mussolini y Goicoechea demuestran una vez más que si José Antonio era interlocutor del fascismo italiano… los alfonsinos radicales no lo eran menos. En cuanto a los carlistas estaban organizando una milicia de base popular –el Requeté- cuyos cuadros militares se entrenaban en la misma Italia fascista.

En cuanto a la CEDA, su fascistización iba aumentando de día en día. Basta ver las consignas, los símbolos y la coreografía de las que se dotó en esa época (especialmente las Juventudes de Acción Popular) para advertir que, a falta de una major definición político-doctrinal y casi como signo de los tiempos, Gil Robles repetía que su intención era la de “superar la democracia liberal mediante un sistema corporativo”. Es cierto que luego, Gil Robles explicó que lo que en aquel momento le interesaba y quería decir iba en dirección de un “economía keynesiana” en la que el Estado interviniera en economía, mientras que sentía reservas hacia “los regímenes fascista, sofocadores de las libertades”. Si esto fuera lo que verdaderamente hubiera aspirado, sus seguidores lo hubieran percibido, pero, estos, en cambio, profesaban cada día una admiración más evidente hay el “orden” de los Estados fascistas, la decision con la que habían acometido en la superación de la partidocracia y el liberalismo y en el aplastamiento del comunismo y la socialdemocracia. 

En cuanto a Calvo Sotelo sus loas al fascismo italiano eran muy anteriores y, entre otros ejemplos, tras producirse la insurrección de octubre en Asturias, no dudó en ensalzar al fascismo en un discurso parlamentario. Resulta innegable que las fascinación creciente que la derecha española experimentó por el fascismo y que, poco a poco, le hizo incorporar más y más parcelas de su doctrina, estaba también condicionada por las conveniencias en política interior. Ni Calvo Sotelo, ni mucho menos Gil Robles, pretendieron jamás compartir los errores de los regímenes fascistas, de ahí que en ciertos momentos se distanciaran públicamente de estos regímenes. Pero no hay que otorgar mucha credibilidad y peso a estas afirmaciones que respondían a situaciones concretas. Lo cierto es que las JAP, Falange Española, Renovación Española, el Bloque Nacional, compartían las mismas consignas de “Patria, pan, justicia”, saludaban al grito de “Arriba España”, saludaban brazo en alto, se declaraban antiliberales, defendían formas de corporativismo y acudían a la Italia fascista en busca de de subvención y apoyos. Cuando se produce el asesinato de Calvo Sotelo, todo este proceso ya está muy avanzado: en realidad, en lo que se refiere a un sector muy amplio de la derecha, básicamente las JAP y el Bloque Nacional, no puede hablarse ya de “fascistizados”, sino de gruposque habían asumido todas las características del fascismo histórico. Las fotos del entierro de Calvo Sotelo son elocuentes: el féretro avanza entre una nube de brazos en alto que a nadie llamaban a engaño: la derecha fascista española se había consolidado.

Al estallar al cabo de pocos días la guerra civil, llamó la atención los escasos efectivos militantes que lograron movilizar los alfonsinos madrileños, apenas el grupo dirigido por los hermanos Miralles que recibieron la orden de tomar Somosierra el 17 de Julio, en donde resistieron hasta el 21. Más adelante, los miembros de Renovación Española lograrían formar los Tercios Cid y Calvo Sotelo que contaron con 280 efectivos de los que 60 murieron en combate y un centenary resultó herido. Mientras, falangistas y carlistas participaron masivamente en la insurrección (en torno a 23.000 carlistas fueron movilizadosen pocos días, demostrando que su “aparato militar” era extraordinariamente eficaz) y en la organización de milicias para los primeros meses de combate, unidos a pequeños grupos albiñanistas y alfonsinos (47 “boinas verdes” en Somosierra, 200 albiñanistas en Burgos y unas cuantas decenas en Pamplona y poco más).

Todo esto parece poco para un movimiento que contó con una sólida base parlamentaria. En realidad, donde la aportación de Renovación Española y de Acción Española fueron definitivos fue en la tarea de dar una forma política a la zona franquista. Y esto explica el porqué desde los primeros días de la sublevación, La derecha alfonsina fascistizada que apenas había conseguido movilizar unas pocas decenas de activistas para el 18 de Julio, acaparó buena parte de los cargos politicos del nuevo regimen, estando presente incluso en las últimas Cortes franquistas.

Estaba claro que estos sectores en Julio de 1936 pertenecían a la “derecha fascista española” (lo que hemos definido como una forma conservadora de fascismo, pero fascismo al fin y al cabo) y que en sus hechos posteriores iban a dar una orientación fundamentalmente paternalista y autoritaria al nuevo regimen del que, a medida que el fascismo histórico fuera derrotado a partir de 1943, se iría configurando como una nueva forma de conservadurismo monárquico que, al renunciar a parte del bagaje fascista, se quedó a partir de la Ley Orgánica del Estado de 1967 con parte de los rasgos propios de la concepción maurrasiana del Estado… salvo la descentralización foral. Muchos de los monárquicos alfonsinos que habían apoyado la creación del Bloque Nacional, luego, en el Estado franquista y a la vista de los vientos que soplaban por Europa se volvieron, súbitamente o después de reflexiones más o menos improvisadas, liberales e indujeron a que Don Juan de Borbón, se presentara como otro tanto. En realidad, éste jamás se interesó apenas por los acontecimientos que tuvieron lugar en España y poco le importó que su “consejo privado”, presidido por José María Pemán desde 1961, que ya había isdo miembro de Acción Española y de Renovación Española. Hacia los años 70, lo que quedaba del sector alfonsino, en general, se había transformado en liberal y “evolucionista”

En cuanto a los falangistas de los años 50 y 70 cometieron el error de verse como un fenómeno radicalmente diferente a cualquier otro que se hubiera dado tanto en política internacional como en el interior de Espapa. Siguieron repitiendo que “José Antonio no había ido al Congreso Internacional de Montreux” y que, por tanto, no era fascista, ni lo había sido nunca, se negaron a reconocer que sí había ido (y que incluso había tomado la palabra) y que José Antonio recibía dinero en mano de la Italia mussoliniana, y, por supuesto, rechazaron que existiera un “fascismo de derecha” representado por Acción Española, el Bloque Nacional y Renovación Española, como negaron que hubiera existido un “fascismo de izquierdas” embrionario en torno a la personalidad de Ramiro Ledesma. De ahí todas las confusiones e interpretaciones parciales que sitúan los estudios sobre el “fascismo español” solo sobre Falange Española, desdiciendo lo que existía a su derecha y lo que pudo existir a su izquierda.

© Ernest Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

Diario de BCN de un descastado. 9.08.210 (II de ¿?). Las plazas de Gracia: El Diamant, La Virreina...

Diario de BCN de un descastado. 9.08.210 (II de ¿?). Las plazas de Gracia: El Diamant, La Virreina...

Infokrisis.- Si el barrio de Gracia tiene algo de característico es, sin duda, la relativa abundancia de plazas públicas que alivian su elevada densidad de población. Tiene gracia este barrio compuesto por un 30% de gente con estudios medios o superiores, pero que tiene unos ingresos per capita inferiores en un 4% al resto de la ciudad. Las estadísticas demuestras a las claras que en este corazón de la Catalunya urbana que es Gracia no hace falta estudiar para ganarse cómodamente la vida. Hoy, cuando la generación “suficientemente preparada” ha sido sustituida por la generación “ni-ni”, también aquí muchos aspiran a convertirse en los Belén Esteban de TV3 o de los múltiples canales locales de los que hemos sabido gracias a la incorporación del TDT a nuestras vidas. Odín sabe lo que vendrá después. Gracia parece ser hoy una estadística más que un barrio. Una publicación local me informa de que la densidad media del barrio es de 28.400 habitantes por kilómetro cuadrado, pero llega hasta 42.649 en las zonas más densas. Un verdadero hormiguero o, quizás, un termitero. Afortunadamente están las plazas de Gracia para esponjar el barrio.

La primera a la que llego es la del “Mestre Balcells”. Más que una plaza es un jardín empinado poblado por cacatúas, una verdadera metáfora de la sociedad catalana y de su clase política: hablan y hablan repitiendo un discurso machacón y manido en medio de la indiferencia general. Estar sentado en un banco de esta plaza vale por un curso de etología urbana. Bajo los árboles empiezan a llegar los habitantes naturales del barrio, palomas y palomos (¿es manía mía o ahora son más gordos que hace unos años?). Bruscamente aparece una cacatúa seguramente hija y nieta de la pareja primigenia que algún vecino compró y de la que se deshizo poco después a la vista de que no podía sacarse ningún sonido articulado de aquella garganta hecha para graznar y picotear. Se reprodujeron sin que nadie se preocupara y ahora están ahí disputando ésta y otras plazas a las palomas y palomos mejor cebados de la historia barcelonesa. Al graznido de esta primera cacatúa responden otras y luego otras más en progresión geométrica. Finalmente, las palomas, acongojadas y empequeñecidas, presionadas por la marea verde se van retirando. El verde, por cierto, es el color del Islam, aunque la buena noticia es que apenas hay moros en Gracia, como máximo paquistaníes dentro de sus comercios y siempre dispuestos a venderte a cualquier hora del día. El pequeño comercio local está agonizando -¿existe todavía?- pero el pequeño comercio paquistaní o chino es más poderoso que nunca.

Saliendo de los jardines del Mestre Balcells, se llega a menos de 100 metros a la Plaza del Nord, con sus Lluïsos de Gracia (los que asaltó la Guardia de Franco, organización militante del Movimiento, en los años sesenta y con permiso de los Creix, todopoderosos hacedores de la Brigada Político-Social) y algo más allá el Colegio de La Salle Josepets (donde tuvo su “gran cuartel general” el famoso Hermano Clemente, un hitleriano bondadoso que decía haber nacido en “Bergen” (en realidad asomó a este mundo en Berga), lucía botas de montar bajo la sotana y en su habitación, sólo para los íntimos, mostraba orgulloso un reloj que al dar las horas tocada los compases del Die Fanhe Hoch y, sustituyendo al cuco, aparecía –como era posible intuir- una bandera con la svástica.

En los dos años que no paseaba por la Plaza del Nord algunas cosas han cambiado. Incluso en épocas de crisis económica, la inercia del afán constructivo anterior prosigue a ritmo acelerado. Las dos tabernas típicas que siempre estuvieron en una esquina ha dado lugar a un edificio anodino y a otro en construcción cuya estructura de hormigón no deja presagiar nada bueno. La plaza ha perdido personalidad y el edificio de los Lluïsos es el último resto de otro tiempo.

Las acacias parecen más tristes que nunca en la Plaza del Nord. Especuladores tardíos y ladrilleros espabilados no dan pie a muchas alegrías. En cuanto a la plaza en sí parece ser, más que un espacio público, una zona de cagadas caninas, espacio de resacas y zona en la que niños díscolos gritan como posesos en los columpios empujados por sus padres inexpresivos con una furia tal que se diría que quisieran arrojarlos a la lejanía, o bien que se despellejan las rodillas hasta la sangre en esa mezcla de arenilla y gravilla fina que cubre el suelo polvoriento de la plaza y el calzado de quien la atraviesa. El Barrio de la Salud ha quedado atrás y esta plaza, ahora mismo, parece más bien la del berrinche infantil y la del colocón alcohólico. Esa es la plaza del Nord.

Trescientos metros hacia abajo se encuentra la que sin duda es la plaza más hermosa del barrio de Gracia, la de la Virreina, llamada así, creo recordar porque en un tiempo lejano estuvo el domicilio de un virrey, aunque quien quedaba en casa era ella, la virreina, hasta apellidar al lugar. Dominan la plaza un chalet “jugendstill” (que aquí se tradujo como “modernista”) y la Iglesia de Sant Joan de Gracia, parada obligada de Gaudí en los monótonos y cansinos tránsitos que realizada desde su chalet en el Park Güell hasta la Sagrada Familia. Sant Joan de Gracia le quedaba, más o menos, a medio camino si ese día no había decidido darse una vuelta por el oratorio de San Felipe Neri y –piadoso arquitecto- echar unos paternosters. Ambos edificios, Sant Joan y el chalet están en oposición en la plaza, como si se tratase de un remedo de la Barcelona medieval y renacentista: a un lado el clero, a otro la aristocracia, en medio el campo de batalla. Nunca la sotana y la espada se llevaron bien en la Barcelona de aquellos tiempos.

Hace cinco años, una poderosa colonia de borrachos, autóctonos y de importación, se concentraban en las escaleras de Sant Joan, ojos enrojecidos y vidriosos, roña a tutiplé y olor a cloaca, acompañados de algún que otro esquizofrénico. Allí, se forjaba la hermandad de los marginados y allí compartían e intercambiaban medicamentos unos por latigazos de Don Simón.

Soy un hombre de fe, así que jamás me he introducido en el interior del templo de Sant Joan. Lo supongo víctima de una ominosa restauración tras haber sido incendiado durante la Semana Trágica, con el párroco, amigo de Gaudí, dentro. En cuanto al aristocrático chalet, terminó siendo alquilado por habitaciones y a principios de la década albergaba a un bar vegetariano cuyos promotores se obstinaban en convencerte de que bebieras una cerveza sin alcohol (cuando habías pedido una Voll) o Coca-Cola sin cafeína y sin azúcar (cuando te apetecía justo lo contrario). Con tamaño celo misionero no es raro que el bar vegetariano apenas durara un semestre, huérfano de clientela y con los habituales hartos deque a cada cosa que pidieras te enmendaran la plana.

La pequeña pero concurrida oficina del BBVA que hubo en una esquina de la Plaza de la Virreina ha sido sustituida por un “espacio digital” (que no tengo muy claro lo que pueda significar) y en cuanto a la granja que estaba a la derecha de la iglesia, hoy es una heladería italiana. Gelateria que le dicen, ignoro si en italiano o en catalán. La casa en la que vivió Joaquín Blume sigue siendo la casa en la que vivió Joaquín Blume. La placa que lo recuerda –por las placas y las lápidas no pasa el tiempo- sigue estando donde siempre. En cuanto a la fuente de la plaza, encharcada, como siempre, y las terrazas de la plaza cobrando a tres euros consumición mínima, verdadero atraco a mano armada en tiempos de crisis. No les falta, sn embargo, clientela, jóvenes y transitarios dispuestos a pagar eso y mucho más por sentarse a la sombra de los plátanos.

De la Virreina al Diamant, la plaza más conocida de Gracia, aunque no la mejor, apenas hay otros doscientos metros. Caminando de una a otra me doy cuenta de que la sede del Lectorium Rosacruz ya no está allí. Era un local recoleto y en el que se respiraba paz. Parecen haberse ausentado sin dejar señas. Hoy ya no se cree en nada, ni siquiera en sectas, destructivas o no. Y no sé que es peor: creer en una secta, a fin de cuentas, suponía aferrarse a un clavo ardiendo como última esperanza para dar un sentido a la vida. Acaso lo que hay que hacer es justamente lo contrario, lo que nos recomendaba Cortázar en Rayuela: tirarlo todo por la ventana y luego, tirar la ventana por la ventana, o si se quiere más rústicamente, pasar de todo incluido del pasar de todo. A lo mejor, cuando ya no hay ninguna certidumbre a la que asirse veremos el mundo de otra manera y seremos dueños y señores de decidir sobre nuestro futuro: o vivir o tirarse como fruta madura del último piso de cualquier rascacielos. El último gustazo de volar sin alas, seguramente vale por muchos placeres y, desde luego, por todos los sinsabores que nos esperan en la vida.

Hay muchos jóvenes en la plaza del Diamant, pero percibo en muchos de ellos una expresión de preocupación y casi de tristeza, incuso en aquellos –los menos- que son padres y que van acompañados de sus retoños. Como si pasara algo que ampliara la vieja consigna de “no hay futuro”, emanada del punki más punki de todos los punkis, a toda una generación que viste normalmente y en lugar de cresta engominada y salpimentada, se va quedando calva prematuramente.

Para colmo, la oficina de La Caixa (la de la estrella) ha desaparecido y en su lugar luce un enorme todo a cien chino donde se pueden encontrar bastoncillos para los oídos (de esos que a poco que se hurgue el algodón sintético se queda pegado al cerumen) hasta sustrato para macetas (parásitos y gusanos incluidos). No es calidad, precisamente, lo que llega de China.

El Diamant ha mejorado, hay que reconocerlo. Hace diez años la plaza estaba dominada por la entrada al refugio antiaéreo que, al parecer es el bien más preciado del lugar. Dicen los publicistas del barrio que debería abrirse al público como signo de la voluntad pacífica de sus vecinos (aunque un refugio subterráneo más parece evocar miedo a la luz y vida de topo). Voto, de todas formas, por ello, a condición de que se abra también la checa de la calle Vallmajor para poder tomarnos unas copitas mientras recordamos lo que fue la locura stalinista, la crueldad científica que exportó a estos lares y como en esta tierra encontró a valedores sumisos de Stalin, correveidiles mamoncillos, maromos serviles y palafreneros diligentes en aquel partido que se llamó PSUC.

La plaza está adornada con sábanas descoloridas y que no resistirán el próximo vendaval sin hacerse jirones: “Volem dormir” se lee en todas ellas. Encomiable y pacífico deseo. No es para menos. Lo ajado de las pancartas no da motivos para la esperanza y mucho menos cuando falta apenas una semana para la próxima edición de la Fiesta Mayor del barrio. Cuando se inicia ese ciclo, no solamente los vecinos del Diamant no pueden dormir, sino que todo el barrio opta por poner pies en polvorosa ante la otra opción: abrirse las venas en canal antes que tener que soportar hasta las 5 de la madrugada a bandas de rock, de rap, de Indie o de havy, pagadas por el ayuntamiento, concursando a ver quien desafina mejor. Y todo para satisfacer a miles de colgados llegados incluso de allende fronteras.

El monumento a la Colometa es discreto pero antológico y resume el sentir del barrio. La Colometa ese personaje mitificado por la Rodoreda en la novela que hizo que el nombre de esta discreta plaza garciense llegara a todo el mundo, sigue presente en la plaza. Se la ve a ella –a la Colometa- atravesar un muro y gritar. Acompaña ese grito con una expresión de horror reforzada por la posición de sus brazos. Sin duda, por los bombardeos. Hoy no hay bombardeos, pero el ruido –las sábanas colgadas nos lo cuentan- en sobredosis, insoportable para los vecinos, pero pagado por el ayuntamiento, hace que todo el vecindario se identifique con la expresión de la Colometa.

No veo a la colonia de clochars que hubo aquí a poco de estrenado el milenio. O están en la IV Galería de la Modelo, o la cirrosis terminó derritiéndoles el hígado o se han regenerado y ahora son, simplemente, parados. Más pesar me causa el ver como una tienda de la plaza ha desaparecido. Hubo, en efecto, en los últimos 15 años en esta plaza un “pasatge del Llibre” en donde se vendían partidas de lance, libros descatalogados, cuentos, DVDs de saldo y cosas así. Tenía ka costumbre de pasar por allí siempre que venía a Barcelona y nunca me fui decepcionado de aquel “pasatge”. La cultura no debería de ser un mal negocio en una plaza bendecida por la literatura. Hoy, sin embargo, vuelvo aquí y el lugar esta en alquiler. Encima una bandera independentista muestra la fe de su inquilino. Allá él.

Hubo un tiempo, hacia mediados del 2005 en el que la zoma pareció colonizada por andinos y paquistaníes. Hoy no hay ni rastro de estos “nuevos catalanes”. No es porque hayan regresado a sus países de origen sino porque se han ido concentrando en otros barrios. Una terraza sablea al incauto y un acordeonista que de cada 10 notas acierta 2, completa la tortura. Se rebota, además, con la falta de generosidad del personal, aunque debiera agradecerles el que no se decidan por la ejecución sumaria a la vista del destrozo musical. En los 20 minutos que ha estado martirizándonos a todos no he reconocido ni una sola pieza. No me extraña que la Colometa siga congelada con su mejor expresión de horror.

El barrio tradicional de Gracia, el que fue poblado por obreros y menestrales desde principios del XIX, ha desaparecido. Su repliegue es tan evidente que la lengua que llegó a hablar hasta el 86% del barrio, cada vez se escucha menos. Tiene gracia: los pocos niños que he visto en el barrio hablan castellano aunque sus padres les insistan: “T’enbrutarás”, “No facis aixó”, unido al tradicional “Nen, aixó es caca”. Y el niño jura y blasfema en castellano, a pesar de que a la tutela paterna se une la tutela de una inmersión lingüística sin escafandra. Ciertamente, el catalán no pasa por un buen momento y acaso la presencia de ERC en el tripartito autonómico y en el consistorio municipal tenga algo que ver con la recesión lingüística de la lengua de Pompeu. Paradójicamente es un africano azabacheado quien me pregunta en una jerga macarrónica que, sí, mira por donde, rmeite al catalán: “On estaá la plaza del Daiamant”. Aquí mateix, noi. ¿Cómo no va a gritar la Colometa?

La estatua, por cierto, consta de anverso y reverso. En el anverso luce un par de tetas más o menos discretas –no opulentas ni aniñadas- pero bien puestas. Había que esperar, pues, un culín respingón, ligeramente escurrido, pero redondeado y firme. Sin embargo, el reverso de la estatua y el revrso de la Colometa están púdicamente cubiertos por una falda que para colmo tiene la forma de cuartos traseros de cucaracha. Sería difícil encontrar en estatuaria alguna pegote tan inoportuno como el que cubre la grupa de la Colometa. No me cabe la menor duda que un artista jamás destrozaría su obra con  semejante añadido. Debió ser el consistorio quien indujo al artista que, a fin de no ofender las buenas costumbres y a la infancia, cubriera nalgas retaguardias de la pobre Colometa. Hay mentes preclaras en el ayuntamiento barcelonés que siempre han sido más pudibundas y timoratas que el padre Oltra y el censor más acalanbrado del franquismo.

El tugurio que conocí y frecuenté hasta 2005 y en el que servían unas anchoas remarcables, ya no existe. Ni el tugurio ni lo que albergaba encima. Ahora es una tienda de congelados en cuyo cierre unos remamagüevos han pintado una loa a ETA y una protesta por las detenciones de gilivascos en Francia.

Si la estatua de la Colometa no gritase habría que darle una patada en ese trasero acucaracho que el consistorio le ha dado. Grita por todo un barrio que desapareció sin dejar señas, por la Barcelona tradicional que se ha evaporado, grita por todos nosotros, por esos jóvenes de expresión triste y ausente que cruzan sus baldosas sin prisas y sin objetivos, grita porque no hay futuro, ni en este barrio, ni en esta ciudad que agoniza, cuando apenas acaba de nacer. Gracia, no tiene más que 200 años. Y en esos 200 años ha cerrado un ciclo: de la independencia municipal a la inclusión en el municipio de Barcelona, de ahí a la segregación y a una nueva e irreversible integración final. Y de ahí, a una homogeneización con el resto de la ciudad. Las plazas de Gracias son los único que hace diferente a este barrio del resto de la ciudad. Y como ven, estas plazas ya no son ninguna ganga.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción sin indicar origen.

Renovación Española y Acción Española, la “derecha fascista española” (II de VI) Maurras en España ( y 2ª parte)

Infokrisis.- A pesar de que sea un capítulo prácticamente desconocido de nuestra historia en el que el franquismo no insistió por varios motivos (primero por la condena de Maurras por parte de la Santa Sede y la colocación de varios de sus libros en el índice y luego por la victoria aliada y la condena de prisión a perpetuidad para el fundador de Action Française) el caso es que el pensamiento de Maurras si influyó fuera de Francia de manera decisiva en la evolución de la derecha monárquica (y no solo de ese sector politico, sino que también el regionalismo catalanista experimentó decisivamente su influencia) fue precisamente en España.

b. Penetración maurrasiana en España

Que nosotros sepamos el historiador González Cuevas ha sido quien ha explotado este filón de manera sistemática y a él tenemos necesariamente que referirnos en especial a sus dos estudios de título significativo: el artículo titulado Charles Maurras y España, publicado en Hispania: Revista española de Historia, nº 54, y el artículo titulado Maurras en Cataluña, publicado en el nº 85 de la revista Razón Española. Ambos artículos son esenciales para establecer los vínculos del pensamiento maurrasiano  a este lado de los Pirineos.

Debemos recordar que esta insistencia en Maurras se debe a nuestro objeto de estudio: la derecha fascista española. Al igual que en Francia, Maurras puede ser considerado como proto-fascista y una parte sustancial de sus discípulos a partir de mediados de los años 20 empezó a escorarse hacia los movimientos fascistas en una tendencia que duraría los quince años siguientes. Para ellos el maurrasianismo fue un momento en su evolución política, un momento esencial pero provisional que preludió su adhesion al fascismo. En España, como veremos, ocurrió otro tanto.

En ambos países existían restos de la nobleza que alimentaban que se encontraban vinculados al antiguo regimen y a modelos aconómicos agrícolas y pre-industriales. En tanto que tradicionalistas y legitimistas, eran monárquicos y se oponían a los procesos de modernizacion. Maurras daba a estos sectores un pensamiento orgánico y sistemático lo suficientemente brillante como para que fue asumido también por elites intelectuales que se identificaban con los sectores de la aristocracia tradicionalista, a través de los cuales ésta se expresaba.

En algún momento, hacia principios del siglo XX, Maurras albergó la ambición de “exportar” su sistema e incluso darle una dimension europea. Había escrito: “Europa es un edificio geográfico e histórico que no resulta temerario considerar un gran bien. Es de interés de la humanidad mantenerlo y defenderlo”. Pero las reservas de Maurras hacia el Europa germáncia y hacia el mundo anglosajón eran insalvables, así que prefirió referirse en años sucesivos a la “latinidad”. Y en esa latinidad entraba España. La latinidad sería la heredera del mundo greco-latino, compartía la común fe católica y era aquel conjunto de naciones que se regían por un sistema monárquico.

Maurras deparaba una particular simpatía a Cánovas del Castillo del que González Cuevas dice que consideraba superior a Bismarck. Cuando Maura ascendió a la dirección del conservadurismo, Maurras multipló elogios a su favor, y con un valor añadido: Maura era un firme partidario de la descentralización administrative, alg uqe encajaba con la perspectiva regionalista de Maurras. Éste llamó a Maura “ilustre campeón del regionalismo”. Sin embargo, en ambos politicos españoles, Maurras encontró un fallo: eran, más o menos, liberales y no advertían los riesgos del sistema parlamentario.

El hecho de que hasta 1935 no se tradujera ninguna de las obras de Maurras al castellano no debe engañarnos: su obra era conocida en nuestro país desde finales del siglo XIX. Periodistas e intelectuales españoles, incluso politicos monárquicos y tradicionalistas, lo seguían con fruición, estaban suscritos al semanario Action Française e incluso habían viajado o residido en París y pudieron conocer personalmente al “maître”.

Se ha discutido sobre si, a parte de “Azorín” (José Martínez Ruiz), hubo algún otro español que estuviera íntimamente familiarizado con Maurras y mantuviera contactos con él antes de 1931. La respuesta que nos da González Cuevas escarvando en memorias de distintos politicos de la derecha es que sí: referencias no faltan, muchas de ellas, como mínimo tan conocidas como Azorín. Éste, por lo demás, militaba en el conservadurismo y en el regeneracionismo español propio del 98, pero se mostraba partidario de políticas autoritarias y en absoluto liberales. Rechazaba el pragmatismo de Cánovas del Castillo y era consciente de que hacía falta forjar una ideología similar a la Action Française que pudiera ser asumida por los intelectuales y lograr la hegemonía en este terreno. Durante la I Guerra Mundial, Azorín fue corresponsal en París y allí empezó a familiarizarse con los ideales maurrasianos e incluso pudo entrevistarse en varias ocasiones con él a quien definió como “luchador pertinaz”.

Hijo de una familia conservadora perteneciente a la burguesía acomodada, en su juventud tuvo veleidades krausistas y anarquistas e incluso colaborará con Blasco Ibáñez. Medio republicano, medio anarquista, colaboró en periódicos lerrouxistas, era lo que podría ser considerado en la época un progresista virado a la izquierda. Sin embargo en 1905 empieza a colaborar en ABC, conoce a Maura y a De la Cierva y se instala en pleno conservadurismo. Más tarde, se negó a aceptar cargo alguno de la dictadira primoriverista. Huyó del Madrid republicano al estallar la Guerra Civil y resibió en Francia durante la contienda regresando solo una vez acabada esta gracias a la amistad con Serrano Suñer. Nunca fue un militante político pero sí un intelectual conservador y, como tal, Maurras le facilitó el entramado ideológico que daría coherencia a su pensamiento. Hubo otros que antes y después de Azorín llegaron a similares conclusiones, especialmente en Cataluña. De hecha, la influencia de Maurras en Cataluña presizaría de un estudio pormenorizado que terminaría siendo extraordinariamente intenso.

La perspectiva regionalista que apareció en Cataluña encajaba perfectamente con el proyecto maurrasiano antijacobino y antirrevolucinario. Hoy se suele olvidar que los orígenes del regionalismo catalán y vasco eran ultraconsevadores y amanaban de un sector de las burguesía locales acomodadas y católicas. Incluso es su tendencia al proteccionismo económico que ya se había evidenciado en Cataluña desde el período de Espartero sintonizata también con el pensamiento maurrasiano. Maurras no hubiera tenido nada en contra de la obra de Torras I Bages, Obispo de Vic y uno de los motores de arranque del regionalismo catalán. Torras, como Maurras, admiraba al conde de Maistre y a Hipólito Taine: sus fuentes eran las mismas. Además –y esto es extremadamente importante- Torras era antiliberal y se oponía el Estado Español en el que veía al liberalismo en acción. Uno de los discípulos de Torras, Sardá i Salvany escribió una obra con el título suficientemente significativo de El Liberalismo es pecado. Otro de sus émulos, Verdaguer i Callís era admirador, no solo de Maurrás, sino también de Maurice Barrés, otro de los intelectuales conservadores franceses seguidor de Taine y de Renan. Barrés jamás se adhirió a Action Française (nunca quiso apoyar a la monarquía) pero siempre mostró, hasta su muerte, simpatías por la causa maurrasiana. Verdaguer i Callís hacia escrito: “el parlamentarismo no nos detendrá. Ha aparecido la idea que ha de matarlo, el regionalismo”. Maurras no habría dicho otra cosa.

Ahora bien, el regionalismo catalán dispone en el último cuarto del siglo XIX de muchos autores e intelecturales pero no sera sino hasta la llegada de Prat de la Riba cuando adquiera un pensamiento homogéneo. Y la influencia de Maurras sobre Prat de la Riba es demasiado evidente para poder negarse. Parece contradictorio -y de hecho lo sería de no recordarse que la derecha, inicialmente fue monárquica y que, como tal, defendía los fueros regionales otorgados por el antiguo regimen- que el nacionalismo francés al descender al sur de los Pirineos, inicialmente no fuera asumido por el nacionalismo español de derechas… sino que influyera decididamente sobre el regionalismo catalanista. Y, sin embargo, así fue: Maurras podia ser leído por los reginalistas catalanes sin que les chirriara en la medida en que era antijacobino y foralista.

La similitud entre el pensamiento de Maurras y el de Prat de la Riba no se escapó al historiado catalanista Rovira Virgili quien escribirá: «En algunos momentos Prat recuerda a los polemistas franceses de la derecha religiosa y política, y nos parece estar leyendo a Veuillot o a Maurras». 
Y, a la inversa, también en Francia algunos maurrasianos agudos como Robert Brasillach nacido en Perpignan y Maurice Bardèche, su cuñado, en su libro sobre la guerra civil española consideraron –exajeradamente- a la Lliga de Catalunya como “monárquica, casi al estilo maurrasiano”.

Otros muchos intelectuales catalanes de la época (Jaume Bofill, entre otros) pudieron hablar del “catalanismo integral” de Prat como traslación del “nacionalismo integral” maurrasiano. Las fuentes doctrinales de Prat eran, de nuevo, las mismas que las de Maurras: Fustel, Taine, Comté, Renan, de Maistre… La vision que Prat tenía de la nación era identical a la de Maurras: una “comunidad natural, anterior y superior a la voluntad de los hombres”. Y, por lo demás, ambos fueron antiparlamentarios hasta el punto de que la crítica que realiza Prat del sistema de partidos parece calcado del de Maurras. También en lo que se refiere a la organización del Estado, ambos eran corporativistas. El único punto de discrepancia sería, naturalmente, la monarquía. Prat no era monárquico, pero, a fin de cuentas, Maurras consideraba la monarquía como algo esencial en Francia, pero opinaba que cada país debía deducir el sistema que más se adaptara a su realidad y a sus circunstancias históricas. En el fondo, como recuerda González Cuevas, Prat no hacía de la monarquía un problema capital, lo consideraba como extremadamente secundario: lo importante no era el sistema de gobierno sino las libertades regionales: la república francesa había demostrado asfixiarlas, mientras que la monarquía respetó los fueros regionales. En una concesión a Maurras, Prat elogió y se identificó con la “monarquía tradicional” de Jaume I y Pere III e incluso, más adelante, en algún momento, quiso ver en Alfonso XIII un valedor del regionalismo.

El conservadurismo catalán y el maurismo pactaron un proyecto regeneracionista para España (que Víctor Alba estudia concienzudamente en su obra La Derecha Española) que en Cataluña se concretó en la formación de la “Mancomunitat” en 1813 de la que Prat sería presidente y que solamente sería abolida bajo la dictadura de Primo de Rivera.

Cuando el pensamiento de Prat de la Riba cristaliza especialmente en la Lliga de Catalunya, su máximo dirigente, Francesc Cambó estará más influido aun por Maurras y, no solo por él, sino por los lugares comunes del pensamiento conservador de la época: Fustel, Barrés, Taine… El drama de Cambó consistió en que durante toda su vida fue un nacionalista liberal que quiso compatibiliar ambos sistemas. Si los últimos años en la vida de un hombre resumen su orientación definitiva, cabe decir que Cambó finalmente se decantó por el franquismo durante la guerra civil escorándose, pues, hacia el nacionalismo y alejándose del liberalismo.

Cambó multiplica sus elogios a Maurras: reconoce su superioridad intellectual y su espíritu aristocrático (lo que era importante porque ese elogio es el que se repetía más frecuentemente prodigado al conde de Güell financiador en esa época del regionalismo catalanista). Además, Cambó estaba familiarizado con la obra de otro de los pesos pesados de Action Française, León Daudet. A pesar de ser un liberal en el carácter, Cambó abominaba del liberalismo jacobino e igualitario que había destruido “la vida orgánica de los pueblos”. Para Cambó, si había que votar, debía votarse corporativamente. Utilizando la paradoja decía: «El sufragio inorgánico es conservador (…) nunca dá entrada a las minorías que son las que lleva en sí el germen de las grades transformaciones». Como Prat, Cambó no era monárquico, si bien nadie duda que prefería la monarquía a la república y que su concepto de monarquía era como federadora de las distintas nacionalidades del Estado.

Los casos de Prat y de Cambó no son excepciones dentro del regionalismo catalanista. Si bien es cierto que no todos los miembros de la Lliga Regionalista estaban influidos por Maurras, si es cierto que sus dirigentes más activos solían conocer su obra y leerla asiduamente.

El caso de Joan Estelrich confirma la tesis que aspiramos a presentar en este artículo, a saber: que el fascismo español de derechas fue extremadamente influyente y que tuvo a Maurras entre sus inspiradores. Estelrich, en efecto, es el gran maurrasiano catalán. Director de la Fundación Bernat Metge (que publicó, dato significativo, los clásicos griegos y romanos en catalán) fue uno de los más próximos colaboradores de Cambó. Como otros muchos regionalistas catalanes y vascos de primera hora, Estelrich había sido tradicionalista y colaboró con distintas revistas integristas. Durante una visita a París en 1919 conoció a Maurras y se sintió cautivado por su obra, reconociéndose en sus temas de descentralización, admiración por el mundo clásico y carácter natural y orgánico de la nación.

Al estallar la guerra civil, Estelrich se encargo de dirigir la propaganda franquista en la Europa no fascista y colaboró especialmente en Francia con Maurras a través de la revista “Occident” en la que colaboraron Drieu la Rochelle, Bernard Fay, Daudet, Claudel, el propio Maurras, junto a Unamuno, Ortega y Gasset, Zuloaga y Menéndez Pidal. El Manifiesto a los Intelectuales Españoles que suscribieron todos los intelectuales franceses vinculados a Action Française, o que habían estado o que simpatizaban con ella, fue el gran logro de esta cooperación. Estelrich, además, escribió la introducción a la obra de Maurras sobre la guerra de España y desempeñó hasta su muerte en 1956 importantes cargos en la propaganda franquista, el último de los cuales fue ser el delegado de España en la UNESCO.

Jaume Bofill fue otro miembro de la Lliga ganado para el maurrasismo. También era de origen carlista y en su juventud había leído a los clásicos de la derecha, Maurras entre ellos. Miembro de la Lliga, terminó separándose de ella y fundando una agrupación que bautizaría en 1922 con el significativo nombre de “Acción Catalana” que recordaba excesivamente a la “Acción Francesa” de Maurras.

Manuel Brunet, que sería editorialista de La Veu de Catalunya, portavoz de la Lliga, pasó del marxismo al conservadurismo católico y, como tal, sufrió también el influjo de Maurras a quien definió como “un monumento a la inteligencia”.

Josep Pla, sin duda el major prosista que haya dado jamás la lengua catalana, con su ironía particular demuestra haber conocido perfectamente la obra de Maurras y, no sólo eso, sino haber compartido sus postulados en su madurez. Gracias a Pla sabemos que en las tertulias intelectuales barcelonesas de los años 20 y 30 se hacía constante allusion a Maurras y que muchos intelectuales y artistas atalanes de esa época estaban suscritos al semanario de Maurras (Manel Hugué, Joan Creixells, Pere Rahola, Quim Borralleres, Enric Jardí). Pla en los años previos a la guerra civil fue evolucionando hasta un conservadurismo que le llevó –como otros muchos catalanistas- a colaborar en el esfuerzo bélico del franquismo. Pla, además, sentía especial predilección por Daudet.

Como se sabe, durante la Primera Guerra Mundial, varios miles de catalanes se alistaron en las filas del ejército francés (hasta el punto de que en los años 20 se produjo en Cataluña una epidemia de morfinómanos, la mayoría antiguos combatientes catalanes heridos en el frente del Marne a los que se había suministrado morfina para aliviar sus dolores) algo que no escapó a los elogios de Maurras. Esto hizo que los vínculos de Maurras con Catalunya se estrecharan todavía más. Maurras elogió, por ejemplo, al poeta Josep Maria Junoy, uno de los “francófilos” más activos durante el conflicto, con el que pudo reunirse en 1919 y al que prodigó elogios al retornar, recuperando de paso lo esencial de sus tesis. Cuando el Vaticano excomulgó a Maurras, Junoy –y otros catalanistas católicos como Miquel d’Esplugues, unos de los clérigos más influyentes en el entorno regionalista, o el canónigo Cardó, o el propio Joan Creixells- atenuaron su maurrasianismo y, en el caso de Cardó, lo condenaron.

González Cuevas alude a dos “representantes del nacionalismo catalán radical”: Josep Vicenç Foix y Josep Carbonell, como extremadamente influidos por el maurrasianismo. Ambos reconocerán en sus escritos el tributo que le debían a Maurras. Ambos participaron en la revista “Monitor” que incluía a disidentes de la Lliga y decepcionados con la política de Cambó. Carbonell –cuenta González Cuevas- “acusaba a Cambó de no haber entendido la novedad del fascismo y de no plantearse su adaptación a la realidad catalana”. En “Monitor” se empieza ya a entrever la influencia creciente del fascismo en los círculos regionalistas y antiliberales, solo que se consideraba –no sin razón- a Maurras como proto-fascista. Es en este entorno de “Monitor” en donde el regionalismo de Cambó empieza a transformarse en nacionalismo independentista… aunque matizado. Se aspira al “equilibrio político peninsular” y, lo que lo hace más próximo al fascismo italiano, se aspira al “Imperio”. Cada “nacionalidad ibérica” intentará extenderse hacia un horizonte geográfico: Catalunya por el Mediterráneo, Andalucía hacia el Sur, Portugal por el Atlántico, Castilla en Hispanoamérica. A esto lo definen como “movimiento patriótico romano”. Maurras les había dado la primera inspiración (la “latinidad”), Mussolini el impulso imperio. Carbonell y Foix, como no podia ser de otra manera, se adhirieron a Acción Catalana en cuyo boletín publicaron algunos artículos, comentarios y menciones a sus homólogos franceses.

Al estallar la guerra civil, Cambó y la mayoría de dirigentes de la Lliga se decantaron por el bando franquista. Eso reavivó la colaboración con Maurras, quien en Francia había celebrado la sublevación. Uno de sus hombres de confianza, Maxime Real del Sartre visitó en varias ocasiones durante el conflicto, España y se preocupó de reclutar voluntarios para combatir en el bando franquista, la Legión de Juana de Arco. Más adelante, cuando sería liberado de prisión, el propio Maurras –como hemos visto- se entrevistó con Franco recomendándole “comprensión” hacia Catalunya e instauración de una “monarquía tradicional” bajo cuyo manto se resolviera el problema apelando al foralismo carlista. Cuando, en 1945 Maurras fue juzgado como "colaboracionista" (lo sorprendente es que Maurras nunca había llamado a colaborar con los alemanes a causa de su nacionalismo y de su antigermanismo) y condenado a cadena perpecua, Cambó, Brunet y D’Ors siguieron elogiándolo. Pla y D’Ors no dudaron en escribir elogios fúnebres cuando falleció en 1956.

Pero si en Catalunya fue donde el maurrasianismo alcanzó más influencia, también algunos intelectuales catalanes se convirtieron en sus promotores en el resto del Estado. Las posiciones políticas de Eugenio d’Ors, por ejemplo, testimonian por sí mismas, como un sector del catalanismo, no solamente miraba con buenos ojos el pensamiento de Maurras, sino que en el momento de la guerra civil estuvieron dispuestos a comprometerse con la causa franquista precisamente por coherencia con sus principios politicos asumidos al conocer la obra del pensador francés. La otra tesis que defendemos en este estudio es que Maurras contribuyó, años después de su muerte, a dar forma al Estado franquista y es evidente que quienes redactaron la Ley Orgánica del Estado estaban familiarizados con él.

D’Ors, para González Cuevas, es el gran introductory de Maurras en España y si tenemos en cuenta que las orientaciones culturales de los primeros momentos del franquismo se deben precisamente a D’Ors, pore se camino puede deducirse la impronta maurrasiana en el franquismo.

En su juventud, D’Ors pasó algunos años en París. Allí leyó a Maurras y Barrés, pero también a Sorel y tuvo contacto con estudiantes de Acción Francesa. Volvió de París convertido al clasicismo, lo que le condujo al “novecentismo” como respuesta al “modernismo”. D’Ors aceptaba la tesis maurrasiana de una contradicción entre latinidad y germanismo, es decir, orden, armonía, racionalidad, frente a emotividad, romanticismo y apasionamiento. D’Ors tachó a la poesía de Maragall y a la arquitectura de Gaudí de “sublimes anormalidades”. Era cuestión de modas. El modernismo que había sido hegemónico en Catalunya en  las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del XX, había remitido (una ciudad como Barcelona, replete de edificios gaudinianos hubiera sido, propiamente, una pesadilla. El reflujo del modernismo hizo que aflorara el fenómeno novecentista y uno  de sus puntos de apoyo es precisamente Maurras y Barrés. En su manifiesto estético-teatral, La Ben Plantada, D’Ors evidenciaría la influencia maurrasiana. Hay que recordar que en esa obra –influida por El Jardín de Berenice de Barrés- intenta definir “lo catalán” y su personaje central, “Teresa”, es símbolo de la tradición catalana: orden y armonía. En un momento dado, “Teresa” dirá: “Yo no he venido a instaurar una nueva ley, sino a restaurar la ley antigua!”

D’Ors compartía con Cambó la idea de que Catalunya era la “parte seria de España” y que le correspondía, por tanto, el llevar las riendas del país. Eso implicaba alcanzar una hegemonía politica de Catalunya en el reto del Estado. Al mismo tiempo, D’Ors como Maurras experimentaban simpatías no disimuladas hacia la izquierda social no marxista: Sorel y Proudhom y los distintos experimentos sindicalistas y nacionalistas que fueron apareciendo en Francia en esos años. La bestia negra era para D’Ors, el liberalismo.

Cuando las riendas de la Lliga fueron a parar a Puig I Cadafalch, D’Ors se vio hostilizado y excluido trasladándose a Madrid en donde prosiguió, ya en los medios de comunicación madrileños, difundiendo las tesis de Maurras. Tales tales llamaron la atencion de gentes procedentes de la derecha monárquica que, además eran, especialmente, antiliberales. José María Salaberría fue uno de ellos.

Salaberría fue uno de los regeneracionistas que utilizaron la prensa diaria para difundir sus ideas. Su obra “Vieja España (Impresión de Castilla”)" reagrupa los artículos que publicó en 1906 en El Imparcial. Nietzsche le inspiró y Maurras de dio coherencia. Él mismo reconoce que, a partir de 1914 sufrió la infliencia maurrasiana desembocando en un tradicionalismo nacionalista. Durante los primeros años del franquismo, Salaberría fue uno de sus propagandistas. Jamás militó enpartido político alguno pero aportó sus ideas al conservadurismo que más tarde daría lugar a la “derecha fascista española”.

En tanto que Maurras preconizaba una monarquía tradicional, era normal que los sectores del tradicionalismo carlista se fijaran en su obra y la consideraran como fuente habitual de inspiración. La diferencia de Maurras en relación a otros pensadores monárquicos radica en que él consiguió influir en sectores más amplios e incluso sectores que no eran monárquicos. Víctor Pradera estaba suscrito al semanario de Maurras. Este discípulo de Vázquez de Mella percibía una sintonía completa con Maurras: foralismo, monarquismo legitimista, antiliberalismo y reconocimirnto del papel del catolicismo, consideración de la patria como un hecho natural. Lo mismo opinaba Salvador Minguijón, otro de los ideólogos del carlismo.

Sin embargo, la influencia de Maurras fue mucho más allá de los círculos carlistas. Antonio Maura conocía perfectamente sus doctrinas e incluso mantendrá correspondencia con Maurras. Antonio Goicoechea, entonces jefe de las Juventudes Mauristas, experimentó la misma sensación de proximidad al fundador de Acción Francesa

Cuando se produjo la condena de Maurras por parte del Vaticano, parte de la derecha se alarmó, pero otros –como Álvaro Alcalá Galiano, mayordomo de Alfonso XIII que luego asesinado por las huestes de Santiago Carrillo en Paracuellos del Jarama (“memoria histórica” obliga) en su calidad de redactor de Acción Española- lejos de aceptar la excomunión acusaron al Vaticano de “traicionar a unos de sus grandes defensores”.

No fue lo normal. La condena vaticana, en aquella época, dañó irremisiblemente la difusión del pensamiento maurrasiano en España. El sacerdote Carles Cardó i Sanjoan, por ejemplo, difusor de la doctrina democristiana en Catalunya y muy familiarizado con el pensamiento de Maurras, realizó una crítica a Maurras desde la ortodoxia vaticana. Vio en él a un “naturalista pagano”, un racionalista que concebía el mundo a la manera mecanicista sin percibir la intervención de Dios en lugar alguno. Cardó, familiarizado con Maritain fue uno de los fundadores de la Unió Democrática de Catalunya y su obra puede ser considerada como la vertiende liberal del oblispo Torras I Bages.

Personajes notables de la España del primer tercio de siglo, aun sin compartir las ideas maurrasianas, incluso criticándolas a menudo, demostraban por este mismo hecho que el pensamiento de Charles Maurras era muy conocido en las elites intelectuales españolas de la época, especialmente entre las que dominaban el francés. Ortega y Gasset, en tanto que liberal, por supuesto no podia reconocerse en la obra de Maurras, sin embargo, es significativo que la criticara con cierta frecuencia. Otro tanto sucedería con Manuel Azaña que reconocería su talla intellectual. Pero es, naturalmente, Miguel de Unamuno quien critica más duramente el compendio maurrasiano  incompatible con sus sentimientos antimonárquicos. Unamuno residió durante la dictadura de Primo de Rivera en París y, como era casi obligatorio para un intellectual residente en Francia, hubo de conocer la obra de Maurras. No le gusto ni su monarquismo ni su neotradicionalismo y mucho menos el que, sin ser católico, Maurras quisiera aprovechar el catolicismo francés para reordenar Francia. Definió la obra de Maurras como “carne podrida procedente del matadero del difunto conde José de Maistre”… lo cual quiere decir que lo conocía suficientemente o al menos había intentado informarse sobre él. Maurras era una “parada y fonda” imprescindible para cualquier intellectual español que se preciara de serlo en la España del primer tercio del siglo XX.

© Ernest Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

Diario de BCN, por un descastado. 8.08.2010 (I de ¿?). Redimensionando a Gaudí

Diario de BCN, por un descastado. 8.08.2010 (I de ¿?). Redimensionando a Gaudí

Infokrisis.- He vuelto al Park Güell al que, en buena medida le dediqué un libro –Gaudí y la masonería- cuya tesis central es que Gaudí plasmó en dicha conjunto su “testamento ideológico”. Hoy me mantengo todavía en esa tesis, a pesar de que siento que la brecha que me separa del gaudinismo se va ampliando cada vez más. No estoy de acuerdo con Eugenio D’Ors en su crítica al modernismo, cuando dice aquello de que se trató de una “sublime anormalidad”, de hecho fue una anormalidad a secas a la que se podrían añadir algunos epítetos poco caritativos para sus máximos exponentes, pero que, en cualquier caso, son complementarios: kisch, insensato, patético, grotesco, y así sucesivamente, sin necesidad de cargar las tintas, pero esos motivos vegetales de piedra y aquellos otros esgrafiados vegetales clamaban al cielo en su época y están excluidos de por vida del paraíso de la estética.

Fue una suerte que el modernismo en Barcelona apenas constituyera una moda pasajera que se extinguió en el tránsito entre dos siglos. A decir verdad, apenas cautivó a unas pocas docenas de burgueses encopetados con ansias de mecenazgo y de lucir palmito con la moda del momento sin importar cual fuera. Más suerte aun fue que Gaudí –para quien el modernismo apenas fue un paréntesis en su obra- no tuviera epígonos y quedara como un punto y aparte en la historia de la arquitectura. Hasta Jujol –quien mejor comprendió la estética del arquitecto- era capaz de saltar al clasicismo a poco que se lo sugirieran (ahí su Senatus et Populusque Barcinona inscrito en la fuente que todavía luce hoy en el centro de la Plaza de España).

Se ha dicho por activa y pasiva que Gaudí “imitaba a la naturaleza”. No lo dudo, a la vista de lo visto, pero por eso mismo creo que lo único que consiguió fue una pobre imitación distanciada años luz del modelo original y excesivamente retorcida sino abrakadabrante. Puesto a imitar a la naturaleza ahí está la simplicidad de los jardines japoneses que destilan el mismo producto que envasa la naturaleza: serenidad y recogimiento. Nada hay en Gaudí –y especialmente en el Park Güell- que apunte a en esa dirección, sino más bien en la diametralmente opuesta. Acaso es que la naturaleza no pueda imitarse y que, como el titán clásico, quien lo intenta toma la dirección que dice “fracaso”.

Estaba paseando por los “viaductos” del Park Güell cuando bruscamente he advertido que los motivos decorativos eran groseros, ásperos, bruscos, como diseñados a brochazos, con trazos gruesos, vastos y deslabazados. Las piedras encajan con algo tan poco natural como son paletadas de cemento (su mecenas, Güell, hizo su fortuna con el cemento portland, como Bill Gates la acrecienta hoy byte sobre byte), siempre en permanente restauración y con riesgo de desprenderse ante la cámara del turista de turno. Las formas que resultan de piedras sin desbastar agregadas con paletadas de portland dar lugar a formas inarmónicas, desordenadas, a ratos groseras y, a poco que uno se recupera de la primera sorpresa, feas en definitiva.

Me recuerdan a aquella pizzería que se encuentra en Roma justo frente a la salida de los Museos Vaticanos. Allí, el turista tiene la ocasión de comer las peores pizzas del mundo: una pasta alisada cubierta de lo que algún romano me definió como “cacca”. La filosofía del pizzero, sin embargo, era mas que razonable e irreprochablemente realista: dado que la inmensa mayoría de turistas jamás volverán en su vida a los museos vaticanos, poco importa que se lleven una deplorable impresión de lo que acaban de comer. Otro tanto ocurre con los turistas que vienen de Japón (y, sorprendentemente, cada vez más de China): jamás volverán y cuando vuelquen la memoria de su cámara digital en el ordenador, ya será tarde para percibir la fealdad inherente a la mayor parte del Park Güell.

La naturaleza ni se aproxima a como la muestra Gaudí. Incluso en los parajes más miserables y pobres en vistas estéticas se percibe una grandeza que está ausente por completo en el tristes remedos realizados por Gaudí. Evola, manejando la “nueva objetividad” de Guyau, nos decía que la naturaleza es libre porque no precisa de nada ni de nadie, no ha sido hecha para que la podemos disfrutar, sino que es independiente de nuestras necesidad y de nuestra presencia. Las formas gaudinianas del Park Güell precisan, en primer lugar, restauraciones constantes; cuando no se desprende un pedrusco en un lugar, unas lluvias generan un corrimiento de tierras en otro; si no se riegan, la vegetación se seca (no en vano justo al lado se encuentra la “Montaña Pelada”). Ayer el buen burgués catalán visitaba la zona entreviendo lo que debía ser una urbanización para bolsillos notables y títulos nobiliarios comprados al peso; hoy, turistas inexpresivos son los visitantes habituales que fotografían sin ver y acumulan polvo en sus chancletas sin entender de qué va todo aquello, pero conscientes de que les tiene que gustar porque están educados en el “todo vale” y aceptan acríticamente todo lo que la Guía Michelín a la japonesa les indica como “bueno y digno de visitarse”.

Hoy he caído en la cuenta de que el Park Güell es el símbolo del fracaso gaudiniano a la hora de imitar a la naturaleza. Item más: una muestra locura liberada que alguien tuvo la mala pata de considerar “libre creatividad”, cuando apenas era una muestra de neurosis y locura por parte de Gaudí y de snobismo por parte del mecenas Güell.

Desde lo alto del Park se ve toda Barcelona y especialmente los edificios notables que van surgiendo aquí y allí. Es imposible evitar reconocer a primera vista la Sagrada Familia y lamentar el verla convertida en una acumulación de piedra artificial. Hubo un tiempo en el que Dalí pudo hablar de la “verticalidad de las catedrales góticas” remachando, arrastrando y prolongando hasta la exasperaciónn las erres y aludiendo luego a las torres de la Sagrada Familia. Eran los años 50 y apenas estaba concluido el ábside, la fachada del Nacimiento y poco más. A la vista de la lentitud de la obra, mi padre, una y otra vez me comentaba que ni él ni yo veríamos acabado el Templo que tardaría, según estimaciones de la época, otros 150 años en concluirse. La informática desmintió estas pesimistas previsiones y a partir de finales de los 60 arrancaron las torres del Pórtico de la Pasión. Bueno, ya no eran cuatro torres verticales y extremadamente estilizados, sino ocho, casi reproducidas por gemación a partir de las primeras. Pero la verticalidad se mantenía.

Fue un buen asunto: los amantes de las aristas y de la piedra apenas desvastada tenían el Pórtico de la Pasión para recrearse, luego ilustrado por Subirats que si algo fue, fue fiel al espíritu de Gaudí (de hecho, él mismo nació nueve meses después de morir el arquitecto con lo de emblemático tiene un azar así). Si el Pórtico de la Pasión ha suscitado severas críticas, no es a Subirats a quien corresponde recibirlas, sino al propio Gaudí, en calidad de maestro armero, pues, no en vano, el Pórtico está siendo lo que Gaudí quiso que fuera. Harina de otro costal es que el efecto estético sea convincente o contribuya a aumentar la sensación de pastiche estético del conjunto. En cuanto a los amantes de la “arquitectura comestible” a la que se refirió Gaudí, para ellos es el Pórtico del Nacimiento en donde el Gaudí más auténtico y maduro se manifiesta sin complejos y de manera abrumadora para quien contempla un conjunto de símbolos que desde las dos tortugas que sostienen las columnas del pórtico, hasta el árbol de la vida, para mayor INRI pintado de verde y poblado de unos chillones palomos blancos, corona el lugar y aumenta la sensación de que si lo kisch está en algún lugar, es ahí, mucho más que en aquellos motivos decorativos valencianos hechos a base de pechinas de crustaceo y araldit de las que por cierto en el Museo Marés de la Ciudad Condal se encuentra una muestra que sólo verla de lejos abotarga los sentidos y produce una extraña sensación de inquietud. ¡Cómo diablos es posible tan pésimo gusto!

Sí, porque el problema de la Sagrada Familia no es el ábside neogótico, ni la cripta que Gaudí ni construyó ni diseñó pero sí modificó y enmendó, ni tampoco los machones del ábside que, más que palmas de olivo, parecen plumas de avestruz, ni siquiera el cuerpo de las torres en donde aparece una influencia modernista que desaparece en los remates puramente surrealistas, aumentando esa sensación de pastiche que el propio Subirats me reconoció tras confesar que no, que la Sagrada Familia no era precisamente lo mejor de Gaudí.

Lo peor de todo esto es que las obras no han concluido aún.

Ya desde el Park Güell se percibe como las torres iniciales más las cuatro construidas con posterioridad, van progresivamente siendo asfixiadas por el mazacote de agregados compuesto por la cúpula del ábside y la cobertura de la nave central que se rematará con otras ocho torres más altas aún y con un cimborrio central, aun más elevado, de esos que se suelen tildar de “kolossales” cuando no hay otra palabra para describirlo y dejan boquiabiertos no tanto por su calidad como por su “masividad”.  El palabro sugeriría una masa de piedras y una construcción maciza, no precisamente estética ni mucho menos estilizada. Esa es la idea que sustituye a la de “verticalidad”, precisamente: “masividad” es lo que me sugiere la Sagrada Familia hoy. Y tengo para mí que aquello terminará siendo considerado como una de las “siete desgracias del mundo”. Sin contar, por supuesto, que el pórtico principal, tal como nos lo muestran las proyecciones informáticas es, sencillamente de juzgado de guardia, sino de paredón y ejecución sumaria.

Mi padre me transmitió el amor por la arquitectura de Gaudí y yo, al menos en esto, un buen hijo, admiré durante años al arquitecto hasta que un día percibí su obra como una pobre, impotente y frustrada imitación de la naturaleza o si se quiere como un ejercicio de imaginación enfermizo y titánico. Hijo de mi padre, pero más hijo de la verdad y amando a mi padre como un hijo puede amarlo, lamentablemente en esto debo desdecirle. Si un día me fije en la arquitectura de Gaudí y de dediqué tres libros (de los que uno, Gaudí y la masonería, está ciertamente “trabajado”) fue por mi padre. Sé que jamás me hubiera reprochado disentir en él de esto.

Y en todo esto me reafirmo hoy, con mis 58 años recién cumplidos, cuando he vuelto a visitar estos parajes extraños y frustrados, bajo un sol de plomo, entre bandas de música brasileira, percusión rumana y miles de turistas homogeneizados cámara digital en ristre. Ante la presunta “estatua de la lavandera (acaso la peor muestra de la estatuaria europea, véase la foto) situada como cariátide de uno de los viaductos situados a la izquierda de la Sala Hipóstila, no he podido por menos que esbozar una sonrisa. A veces hay muñecos de nieve que salen mejor.  Los artistas de principios de siglo, desmereciendo el arte estereotipado, decían aquello de que “si sale con barba, San Antón, y si no La Purísima Concepción”. No me extraña que Rojo Albarán en sus disquisiciones sobre el Park Güell haya querido ver en “la lavandera” de Gaudí a una sacerdotisa egipcia. Por el mismo precio podía haber sido una botella de Coca-Cola casualmente surgida de un agregado de piedra y portland.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción sin indicar origen.

Renovación Española y Acción Española, la “derecha fascista española” (II de VI) Maurras en España (1ª parte)

Infokrisis.- A finales del siglo XIX, Charles Maurras inició una teorización personal a partir del Caso Dreyfus que, integrando elementos procedentes de distintos orígenes debería renovar el horizonte del nacionalismo francés y darle un tono muy distinto al que había tenido hasta ese momento hasta el punto de dar coherencia a las ideas de la derecha monárquica no solamente en Francia sino en otros países europeos en donde su obra fue leída.

Las ideas de Maurras pueden sintetizarse en estos puntos:

  1. Reconversión del positivismo, amputándolo de ideas masónicas, seudomísticas y progresistas y aplicándolo a la política francesa. Se trataba de una forma de racionalismo extremo (González Cuevas recuerda que Maurras siempre alardeó de haber llegado a sus conclusiones por métodos “estrictamente inductivos y empíricos”). Necesidad de subordinar la crítica a la observación mediante el recurso a la sociología, la biología, la historia.
  2. Síntesis y renovación del pensamiento conservador francés de finales del XVIII y principios del XIX con Josep de Maistre (franc-masón y místico católico en la línea de Böheme, Saint Martin y Swedemborg), Louis de Bonald (primero adherido a la revolución de 1789 y luego convertido al tradicionalismo ultralegitimista), Fustel de Coulanges (historiador conservador cuya “Ciudad Antigua” reaviva el interés por el mundo greco-latino en Francia), etc.
  3. A partir de estos dos elementos (positivismo y pensamiento conservador) elabora su método: el “empirismo organizador”. Esta forma de empirismo aspira, no solamente a intentar describir el pasado sino a utilizarlo como trampolín para el futuro. Aspira también, a partir de estos elementos, a sentar una sólida base para la acción política. El “empirismo organizador” le lleva inmediatamente a establecer que toda sociedad para ser viable y poderse prolongar en el tiempo precisa de un “principio de orden”.
  4. La sociedad debe regirse por “principios naturales” (esto es, independenties de la voluntad humana). Cada sociedad debe descubrir sus propias leyes a las que deben someterse todos sus elementos. En tanto que “agregado natural”, la sociedad se rige por los principios de “orden, autoridad y jerarquía” y la función de todo gobierno es asegurar la continuidad de esa sociedad.
  5. La instauración de la civilización hace que los grupos sociales evoluciones desde la familia hasta la nación. La nación se sitúa como estadio supremo de civilización, especialmente desde la Paz de Westfalia. Es superior a los individuos que la componen y a las clases y castas en las que está dividida.
  6. El gran enemigo de la nación es el individualismo presente en las “tres R” que Maurras constantemente anatomizaba (Reforma, Revolución, Romanticismo). Para Maurras, la reforma protestante supone el primer despunte del individualismo. Los románticos introducían el sentimentalismo junto al individualismo distorsionando su visión del pasado. Finalmente, la revolución de 1789 fue un atentado contra la tradición francesa que Maurras consideraba “católica y monárquica”. La Republica, además, había dado alas a los “cuatro estados confederados: protestantes, judíos, masones y extranjeros", que llevaron a la derrota de Francia ante Prusia en 1870.
  7. De estos fenómenos la revolución  de 1870 era, sin duda, el más perverso: una nación es fuerte cuando las partes que la componen lo son también. La República, debilitando a las regiones, instaurando un jacobinismo absorbente, disolviendo los gremios, arrancando Francia de su tradición, hizo que la nación cayera por la pendiente de la decadencia.  La República, inevitablemente, tendía a la burocratización como producto del jacobinismo centralizador.
  8. Tras la demagogia de los “derechos del hombre y del ciudadano”, tras las proclamas sobre la “libertad, la igualdad y la fraternidad”, lo que ofrecía la revolución era la división de la nación y del cuerpo electoral en partidos políticos, y el sometimiento del conjunto del cuerpo social a las oligarquías económicas.
  9. En su “empirismo organizador”, Maurras advertía que el catolicismo era el cemento de Francia a pesar de que él careciera de fe. Considera que el cristianismo primitivo era anárquico y disolvente y considera afortunado el que la romanizad lo corrigiera y lo reconvirtiera en “catolicismo”. El catolicismo en Francia había sido un factor de orden social y así debía seguir siéndolo en el futuro.
  10. La doctrina política de Maurras, elaborada a partir de los anteriores principios, le llevaba a enunciar un “nacionalismo integral” en el que, al frente de la Nación, se encontraba el monarca “tradicional, legítimo y representativo” (los mismos términos que utilizó el franquismo para reinstaurar la monarquía con la Ley Orgánica del Estado de 1967) junto a los valores católicos y clásicos. Los sistemas con base electiva llevan a la Nación a las “3 D”: "división, desorganización, discontinuidad" en el ejercicio del poder.
  11. La monarquía, pues, no debía ser parlamentaria y ni siquiera debían existir los partidos políticos. El monarca asumiría y ejercería la totalidad del poder, sin embargo existiría una “cámara corporativa” de representación de la Nación en la que estarían presentes representantes de los distintos “cuerpos intermedios” de la sociedad (nuevamente se ve aquí la influencia que tuvo el maurrasianismo en la elaboración de la Ley Orgánica del Estado de 1967 que instauró la llamada “democracia orgánica” que creó un “parlamento” formado por “tres tercios”: el familiar, el sindical y el corporativo). La monarquía debía ser pues garante de las autonomías regionales y corporativas (lo que en España se llamó “foralismo”). La influencia de la Iglesia, una vez restaurada, serviría de cemento moral a la sociedad.

Tal era el esquema del pensamiento maurrasiano que nació en los últimos años del siglo XIX (con el asunto Dreyfus) y consiguió ser la doctrina más seguida por los jóvenes y los estudiantes hasta finales del primer cuarto del siglo XX, cuando la organización política constituida por Maurras, Action Française, empezó a sufrir las primeras disidencias de grupos juveniles que empezaban a fijarse en el modelo fascista italiano.

Al aparecer en escena Benito Mussolini, Maurras vio en él a un socialista emancipado del economicismo, de la partidocracia y de la lucha de clases. Se dejó fascinar por la cohabitación entre el Duce y la monarquía de los Saboya, solamente en una segunda fase empezó a entrever que el estatismo mussoliniano relegaba a la monarquía muy a segundo plano.

En cierto sentido tenían razón aquellos jóvenes militantes de Action Française que acusaban a Maurras de haberse “quedado anticuado” hacia finales de los “felices 20”. Maurras y su “nacionalismo integral” supusieron la cristalización del pensamiento de derechas que hasta su irrupción en la escena política no había conseguido formar un cuerpo doctrinal sólido y estable. Con Maurras lo que el “nacionalismo integral” realiza es generar un parentesis que ocupa desde la revolución de 1789 hasta el caso Dreyfus, período en el que tan solo aparecen “destellos” de una teoría política de derechas, pero nadie tiene la altura intellectual para realizar una síntesis actualidad: De Maistre es casi pre-revolucionario, Bonald se limita a realizar una defensa cerrada del antiguo regimen sin aspirar a forjar una doctrina coherente y actualizada; y en cuanto a Fuster de Coulanges, literalmente estaba embebido por sus estudios históricos.

Todos estos intentos se reconocían en “la derecha” en la medida en que ese era el lugar en el que se habían sentado los diputados monárquicos en la Asamblea Nacional. La síntesis realizada por Maurras es casi titánica y explica perfectamente el porque su construcción intellectual atrajo a dos generaciones de jóvenes franceses de excelente nivel cultural y porqué todavía hoy Action Française sigue existiendo. Explica también el motivo por el que algunos brillantes ensayistas españoles del primer tercio del siglo XX, repararon en su figura, leyeron sus obras y encontraron fuentes de inspiración. Esto explica también porqué incluso en un período tardío (1967) la construcción política que se quiso crear en España para perpetuar el franquismo llevaba en buena medida el sello maurrasiano.

© Ernest Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.