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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

11-S. LA GRAN MENTIRA. (I de XV). Introducción. La hipótesis de esta obra

Infokrisis.- Iniciamos la pubicación en quince entregas de la obra publicada apenas cuatro meses después de los atentados del 11-S de 2001. La obra, editada por PYRE se encuentra agotada desde 2003 y no habíamos tenido ocasión de ofrecerla a nuestros amigos. Es evidente que, desde entonces, se ha avanzado mucho más en la tarea de desmontado de la "versión oficial" del 11-S. Hoy, cualquier persona que se haya tomado la molestia de informarse mínimamente, sobre el 11-S llega a la conclusión de que la "versión oficial" no tiene ni pies ni cabeza y si piensa terminará sospechando que el atentado no pudo realizarse sin una tupida red de complicidades... dentro de la Administración norteamericana. El interés de este trabajo radica en la hipótesis interpretativa del crimen y, especialmente, en que nueve años después, ninguna de las cuestiones que se planteaban entonces ha sido contestada satisfactoriamente por la administración norteamericana.

 

 

11-S. La Gran Mentira

 

Dedicado al pueblo americano, primera víctima de su gobierno

 

 “Pronto el estadista inventará mentiras baratas, culpando a la nación que es atacada, y todos se darán por satisfechos con semejantes falsedades que alivian la conciencia y las estudiarán diligentemente, y rehusarán examinar cualquier refutación; y así se convencerán poco a poco de que la guerra es justa, y agradecerán a Dios por lo mejor que duermen después de tan grotesco proceso de autoengaño”.

Mark Twain. El Misterioso Extranjero, 1916

En las páginas que siguen, el lector va a encontrar dos tipos de argumentaciones: las que afectan a los hechos desnudos y la que supone un análisis de la realidad política internacional. La lógica de esta división es simple: en la primera parte se intenta encontrar un móvil a los atentados y se encuadra el episodio dentro de la nueva política internacional de los EE.UU.; en la segunda parte se intentará desmontar la tesis oficial sobre los atentados. En la introducción nos limitaremos a explicar los motivos que nos han llevado a redactar estas páginas.

Lo que vimos el 11 de septiembre a través de los televisores, decenas de veces repetido, fue algo más que el primer episodio traumático del siglo XXI: fue la culminación de un giro decisivo en la política internacional; como si, bruscamente, se precipitaran los acontecimientos y EE.UU. quisiera apresurar y precipitar una situación. Este libro le ayudará a entender, desde luego, por qué pasó y quizás le aproxime a cómo pasó.

Pero vale la pena que tenga en cuenta desde el principio que lo que usted vio el 11 de septiembre, tiene poco que ver con lo que en realidad pasó. El error de todos nosotros consistió en identificar lo que vimos con la explicación que nos dieron sobre lo que vimos. A pocos minutos del primer impacto en la Torre Norte del WTC ya nos habían facilitado una explicación: “el atentado ha sido reivindicado por el FPLP”. Desde el primer momento se apuntaba a una responsabilidad islámica. Poco después la reivindicación difundida fue la del Ejército Rojo Japonés cuyas siglas evocaban también pasados episodios de terror y secuestros aéreos en Oriente Medio. Hubo que esperar unas pocas horas más para que se desmintieran las anteriores reivindicaciones y se diera como cierta la de Bin Laden... a pesar de que siempre –a pesar de lo que se ha dicho- el interesado siempre desmintió su participación. A partir de aquí, la versión oficial, se mantuvo impertérrita creciendo en superficie como una mancha de aceite, pero no en profundidad. Cada día, durante semanas, aparecían nuevos datos dispersos; antes de que pudieran verificarse, otros desligados de los anteriores, ya habían saltado a la palestra. Era imposible seguir el ritmo trepidante de las nuevas informaciones que surgían minuto a minuto. Y lo que estaba sucediendo es que olvidábamos lo obvio: la perspectiva. A esta perspectiva va dedicada la primera parte de este libro. En la segunda, usted empezará a dudar de que lo que vio se correspondiera con lo que verdaderamente pasó.

 

PRIMERA PARTE

I

LA HIPOTESIS DE ESTE LIBRO

Casi cuarenta años después del asesinato del presidente Jhon F. Kennedy, se ha vuelto a repetir la historia de una conspiración nacida en las esferas del poder de los Estados Unidos. Tal es la tesis de este libro. Nos han mentido a todos. Y la mentira ha sido presentada con tal lujo de detalles impactantes que, a primera vista -al igual que el asesinato de Kennedy- resultaba extremadamente convincente.

Pero no para todos, especialmente para quienes en el curso de nuestra vida hemos tenido ocasión de familiarizarnos –y soportar en nuestra propia piel- las técnicas de intoxicación de los servicios de inteligencia. A partir del 11 de septiembre y durante cuarenta días, el bombardeo de información era tan intenso que resultaba imposible extraer conclusiones, tamizar aquello que podía ser cierto de lo que, desde luego, era falso. Porque, desde las primeras horas que siguieron al atentado, era fácil detectar –para quien quisiera hacerlo- que se estaban filtrando informaciones inverosímiles. Y la primera de todas ellas era que una operación tan compleja como el secuestro de cuatro aviones hubiera podido llevarse a cabo sin que ningún servicio de inteligencia ni de policía, lo detectara.

Por experiencia propia sabemos como actúan los servicios de inteligencia: sirven a los intereses de la política exterior de su país, sin interesarse si su actividad es éticamente admisible. La única ética que entienden, como buenos funcionarios que son, es la de cumplir los objetivos que les han asignado, sin preocuparse de las vidas que destruyen física o moralmente. Yo mismo me vi en el centro de una de estas operaciones hace 20 años, así que sé de lo que estoy hablando, créanme. Y puedo decir que he tenido suerte; otros amigos de aquellos tiempos fueron asesinados en el curso de operaciones muy similares.

Lo que ocurrió el 11 de septiembre en EE.UU. no es algo nuevo en la historia de los servicios de inteligencia, ni en la historia de aquel país. Nuestra tesis es que existió una conspiración. Estamos persuadidos de que en los próximos meses, informadores mejor situados que nosotros y con más medios de investigación, irán esclareciendo lo que verdaderamente ocurrió y, quizás en unos años, podamos tener una visión global bastante aproximada sobre el origen de esta conspiración... al igual que hoy podemos intuir, a partir de datos fragmentarios, que la versión oficial contenida en el Informe Warren sobre el asesinato del presidente Kennedy, fue fraudulenta, torpe y mendaz.

Para elaborar la hipótesis de este libro hemos seguido el principio de toda investigación criminal preguntándonos “¿a quién beneficia el crimen?”. Esta pregunta ha tenido una respuesta negativa: “el crimen no beneficia al integrismo islámico que se ha enfrentado a un poder extraordinariamente mayor que él y ha resultado derrotado en Afganistán”. Por el contrario, el crimen beneficia al país que ha aportado las víctimas del atentado: Gracias al 11-S la administración Bush ha ganado tres cosas:

1)     ganar influencia en una zona de extraordinarias reservas petrolíferas,

2)     afirmar el liderazgo de un presidente que llegó al poder a través de un recuento dudoso y

3)     mejorar posiciones de cara a enfrentamientos futuros.

La hipótesis de trabajo de este libro, de ser cierta, es, sin duda, monstruosa: Los cerebros criminales que idearon, planificaron y ejecutaron los atentados del 11-S sirven a los intereses del país que aportó el mayor número de víctimas. No la podemos demostrar; sin embargo, creemos haber reunido un número suficiente de datos que permiten dudar de la tesis oficial; pero cuando esta se hunde ¿qué otra se puede asumir?

Oswald era un asesino solitario o, de no serlo, existía una conspiración. No existía una tercera vía. Otro tanto ocurre con los atentados del 11-S. O Mohamed Atta era el coordinador de una operación terrorista de envergadura gigantesca (y veremos que era imposible que lo fuera) o existió una conspiración.

El principal dato que permitirá asumir la monstruosa tesis de la conspiración es el hecho de que es posible detectar tantas informaciones falsas tendentes a reforzar la idea de que Mohamed Atta dirigió el comando que, una vez más, puede aplicarse el dicho de “quien quiere demostrar mucho, no demuestra nada”. Por que si Atta hubiera sido el coordinador de los atentados, una investigación detallada hubiera aportado los datos suficientes como para que su nombre fuera maldito por generaciones de americanos y de hombres y mujeres de buena voluntad de todo el mundo, como asesino de 3500 personas inocentes. No hubiera hecho falta difundir informaciones falsas, crear pistas que sólo llevaban a callejones sin salida o, simplemente, como se hizo, sustituir los datos objetivos por hojarasca ficticia. Quien ideó la operación, dejó muchos cabos sueltos; exageró donde no tenía que haberlo hecho, repitió excesivas veces el mismo esquema, sin duda, pensando que el caos informativo que se iba a generar en los días, semanas y meses posteriores al atentado, iba a maquillar estos agujeros negros de la tesis oficial.

Cuando escribimos estas líneas –febrero de 2002-, apenas han pasado cinco meses desde los atentados. La opinión pública los ha relegado al recuerdo solo a costa de noticias no menos espectaculares: bombardeos masivos sobre Afganistán, masacres en ambos bandos, extensión del conflicto a toda una zona geográfica... Se diría que hoy el atentado a las Torres Gemelas queda lejos. Aun en el caso de que algún día se pudiera demostrar la tesis de la conspiración, lo que la historia jamás podrá hacer es dar marcha atrás. Las tropas angloamericanas están en una zona geopolíticamente sensible y no se van a ir de allí. Las medidas de control de Internet pesarán sobre la libertad de expresión en la red por siempre jamás; y si alguien osa pedir su derogación, se le contestará que contra el terrorismo “hay que tener siempre la guardia alta”. No, definitivamente, nada volverá a ser como antes del 11 de septiembre de 2001. Nunca.

Pero, a pesar de que el tren de la Historia no dé nunca marcha atrás, la verdad merece conocerse. Creemos que aunque la hipótesis que presenta este libro sea errónea –hay que distinguir entre el error y la falsedad; el error es involuntario, la falsedad no- habremos intentado estimular la capacidad crítica de nuestra época, algo que ha estado ausente de la mayoría de medios en los últimos meses. La verdad es algo que vale la pena conocer, sea cual sea. Y la verdad lo es, en tanto que es incuestionable, nunca como dogma impuesto.

También hemos detectado una sensación de miedo. En los medios en los que nosotros mismos hemos colaborado en estos últimos meses, no hemos publicado apenas nada sobre el 11-S. ¿Cómo hacerlo? Bush lo dijo con una claridad meridiana: “Quien no está con nosotros, está con el terrorismo”. ¿Cómo estar del mismo lado que los asesinos? Esa pequeña frase encierra una alta sabiduría de lo que es la “guerra psicológica”. Pero también en ella reside la extrema debilidad del poder americano actual.

Casi todos los países del mundo están en la “coalición contra el terrorismo”, por convencimiento –caso de Inglaterra-, por interés –caso de España o de China, ya veremos el por qué- o... por miedo. Miedo a ser tratado como adversario y masacrado (como ocurrió –y ocurre- en Iraq, Yugoslavia o Afganistán). Miedo a ser perseguido o asesinado por servicios que no tienen el más mínimo escrúpulo en asesinar a sus propios ciudadanos inocentes. Miedo a nadar contra la corriente. Miedo a la soledad, al ridículo, al ostracismo... en el fondo, es humano tener miedo.

¿Sabéis lo que es el miedo? Yo si. Es una sensación espantosa. Perdemos el control de nosotros mismos y al mismo tiempo experimentamos sequedad en la boca, una mezcla de tensión y debilidad en todos los músculos, los testículos se nos retraen, sudamos, la respiración y el ritmo cardíaco se nos alteran. Nuestro cerebro es incapaz de coordinar ideas o soluciones. Puede que nos tiemblen las piernas. Eso es el miedo. ¿Os imagináis el miedo que debieron sentir aquellas gentes que quedaron aisladas en las Torres Gemelas, sin poder escapar a las llamas o al derrumbe? Allí no había salida posible, salvo rezar para los creyentes. Sea cual sea el miedo que genere el intento de buscar la verdad, será menor que el que pasaron aquellos desgraciados. Por lo demás, nosotros no estamos en su situación: podemos hacer algo más que rezar.

¿Y si nuestra hipótesis es falsa? Cuando se marcha contra la corriente general, siempre es necesario evitar perder la perspectiva. Es posible que la hipótesis de una conspiración sea falsa o simplemente una media verdad. Errar un humano y nosotros deberemos reconocer –y lo haremos sin dificultad- que nos hemos equivocado. A la vista de los datos que se disponen hoy en día consideramos que la posibilidad de error está por debajo del 25%, pero aun así existe. Por otra parte, lo que nos interesa no es tanto hacer triunfar nuestra hipótesis, sino demostrar la falsedad de la tesis oficial. Un error por nuestra parte implicaría solo una mala articulación o interpretación de los datos; algo que apenas afectaría al que suscribe estas líneas. Nuestro tiempo puede permitirse este tipo de errores; lo que no puede permitirse es la mentira puesta al servicio de una basta conspiración gubernamental.

En uno de los momentos cumbres de la literatura medieval, cuando en el ciclo del Grial, Arturo pregunta a Merlín cuál es el valor más alto que puede asumir un caballero, éste le responde: “la Verdad; la Verdad siempre”. Creemos que este episodio muestra algo más que uno de los momentos inspirados de la literatura. Marca un camino a seguir. Estamos en un momento histórico en el que todo induce a pensar que el respeto a la Verdad se ha perdido como nunca antes había ocurrido. Cada día, cientos de periodistas de todo el mundo asisten a ruedas de prensa y reproducen frases e ideas en las que no sólo no creen, sino que saben positivamente que son falsas. Lo hacen por necesidad de supervivencia. En el fondo todos precisamos un medio de vida. Pero es que, en aras de lo políticamente correcto, se está sacrificando, día a día, la Verdad. El pensamiento único es la estética de nuestro tiempo. Pero habrá un día, acaso cercano –amaríamos que así fuera- en el que sólo será considerado como estéticamente perfecto, aquello que sea éticamente aceptable. Para llegar a ello, oponerse al pensamiento único y a lo políticamente correcto, es un deber. La tesis oficial sobre los atentados del 11 de septiembre ha podido imponerse en tanto que llevamos más de 10 años en los que el tránsito hacia el Nuevo Orden Mundial –entendido como algo más que una reordenación de los intercambios económicos y la hegemonía mundiales- se produce a golpes de pensamiento único y con el cliché de lo políticamente correcto. Estas páginas pretenden romper esta lógica, tomando como excusa el episodio traumático de los atentados del 11 de septiembre.

© Ernest Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es  http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

Renovación Española y Acción Española, la derecha fascista (VI de VI). CONCLUSIÓN: de Renovación Española a Fuerza Nueva

Infokrisis.- Los años 20 y 30 fueron en toda Europa de gran efervescencia política especialmente en la derecha: por una parte despuntó el fascismo, por otra los grupos monárquicos experimentaron cambios y renovaciones. Los años del “antiguo régimen” estaban muy próximos en algunos países de Europa Central y el monarquismo contaba aún con sólidas bases sociológicas. Maurras aportó vientos de renovación para el ideal monárquico, lo racionalizó y convirtió en “ideología” lo que hasta ese momento había sido solamente una institución llegada de la noche de los tiempos. Grupos de aristócratas en toda Europa (1), hacían fermentar nuevas ideas y proyectos. Las divisiones siempre eran las mismas: o monárquicos constitucionalistas o monárquicos tradicionalistas. Estos últimos terminaron confluyendo con el fascismo. El hecho de que en la patria de origen de esta doctrina, Italia, la monarquía de los Saboya pudiera entenderse rápidamente con Mussolini abrió las puertas para la colusión de intereses entre ambos sectores políticos. A fin de cuentas los dos partían de un mismo principio: la lucha contra el liberalismo.

Sin embargo, de esta ósmosis los monárquicos no salieron siempre beneficiados. La gran debilidad de la monarquía era la nulidad de algunos exponentes de los linajes de sangre azul, lo que permitía atacar al principio monárquico a causa de la mediocridad de sus representantes actuales. El fascismo, no presentaba ese riesgo: era la ideología del cesarismo, de las personalidades excepcionales que con su voluntad de poder se alzan contra la mediocridad general y gobiernan, generan impulsos en las masas, les dan un ideal, las forjan como pueblo y, finalmente, son sustituidos por otros césares que, sin ser de la misma sangre, son eso sí partícipes del mismo principio. Si “monarquía” es, etimológicamente, el mando de uno sobre el resto, esta concepción está extremadamente próxima a la de cesarismo. No es raro que, en los años 20 y 30 muchos monárquicos de toda Europa se fueran acercando al fascismo. Maurras mismo, cuyo pensamiento era lo suficientemente sólido como para soportar la tentación, no pudo evitar que Action Française, su organización, se convirtiera en un semillero de cuadros, dirigentes y militantes de las ligas fascistas francesas. Otro tanto ocurrió en Alemania en donde la derecha tradicionalista, organizada en los círculos de la “revolución conservadora” como el Herrenkub o en revistas como Der Ring, dirigidas por aristócratas prusianos, se vio rebasada por el nacionalsocialista y, finalmente, a partir del gobierno de Franz von Papen, aceptó colaborar con el partido hitleriano primero, disolver el Reichstag luego y, finalmente, ingresar en el NSDAP y en sus organizaciones masas hasta el punto de que para la aristocracia alemana, ser miembro de las SS era figurar en la organización más honorable del nuevo régimen.

En la propia Italia, Julius Evola, aristócratas del Sur, se relacionaba con todos estos círculos europeos. Evola, sustancialmente diferente de otros “tradicionalistas”, había llegado primero a esta doctrina y luego, como derivación lógica, había aceptado la monarquía como forma de organización del gobierno. Evola, a través de la red de contactos del Príncipe Karl Anton von Rohan, mantuvo contacto desde finales de los años 30 hasta 1945 con los monárquicos tradicionalistas europeos y la lectura de sus artículos de la época y de los escritos en la postguerra, puede deducirse que conocía perfectamente la médula del tradicionalismo español del siglo XIX, profesando particular admiración por Donoso Cortés.

Al igual que Evola, otros monárquicos tradicionalistas europeos, percibían el fascismo como un aliado que no era exactamente de su misma naturaleza, pero que, como mínimo defendía algunos valores idénticos. Todos los tradicionalistas profesaban cierta repugnancia al populismo del que hacían gala los partidos fascistas, pero el respeto hacia las tradiciones ancestrales, la crítica y la lucha contra el liberalismo y contra el marxismo, la creencia en una organización jerarquizada del Estado por encima de los partidos políticos, el corporativismo, la valorización de lo nacional por encima de cualquier expresión de clase, el gusto por el orden y la disciplina, la movilización nacional y la creencia en jefes providenciales, facilitaban la ósmosis de ideas entre fascismo y monarquismo y el que, poco a poco, los segundos se fueran aproximando a los primeros.

Está claro que el estallido de la II Guerra Mundial alteró todo esto y finalmente los monárquicos sintieron que habían sido ganados por un espejismo y figuraron entre los primeros que desertaron del campo fascismo. No todos, desde luego. El propio Evola que nunca había militado en el Partido Nacional Fascista, sí aceptó comprometerse en la derrota con Mussolini, no tanto por identidad con los ideales de la República Social (a los que criticó) como por lealismo y combatentismo. Otros monárquicos hicieron otro tanto, de la misma forma que en España, la guerra civil y lo que sucedió después alteró todo el campo monárquico.

Los dirigentes de Renovación Española y los redactores de Acción Española que sobrevivieron al conflicto tuvieron actitudes muy diferentes respecto al nuevo régimen. Sainz Rodríguez y otros monárquicos sintieron que sus lealtades “juanistas” reverdecían justo en el momento en el que la guerra se volvía en contra del Eje y se distanciaron de él, refugiándose en Estoril tras las trincheras del Consejo Privado de Don Juan. Los hubo que colaboraron con el franquismo, sin renunciar a su “juanismo” (caso de José María Pemán). Pero también los hubo que se transformaron en más franquistas que monárquicos y no tuvieron inconveniente en circular por los caminos trazados por Franco. En el caso del carlismo, la mayor parte de sus militantes se retiraron a lo largo de los años 60, disolviéndose lo que hasta ese momento habían sido sus feudos históricos y no quedando en algunas zonas ni rastro de los mismos (en Andalucía por ejemplo o en Cataluña).

Ya hemos dicho que Acción Española fue el autor intelectual de la sublevación franquista y de los principios que, hasta los años 60, informaron al régimen, mucho más que cualquier otra tendencia del mismo. Y en cuanto a Renovación Española, justo es reconocer que ahí donde la intransigencia del carlismo no hacía de la Comunión Tradicionalista el sector más adecuado para buscar cuadros de gobierno para la nación, allí donde la juventud y la exaltación de la Falange desaconsejaban contar con ellos para los cargos técnicos del nuevo Estado, sin embargo los dirigentes de Renovación Española, con un excelente nivel cultural, con redes propias de contactos tanto en España como fuera de España, con una experiencia política que databa de la propia dictadura de Primo de Rivera, católicos dotados de cierto sentido social y de indudable patriotismo, fueron utilizados como clase política que superponer a los mandos militares en el momento en que se hizo necesario componer un gobierno que reorganizara a la sociedad.

La importancia de Renovación Española no deriva pues del número de diputados que tuvo antes de la guerra civil y durante la República, sino de su compromiso con la sublevación militar y de la composición de sus cuadros que se situaban mucho más próximos a Franco que los de la CEDA, de la Falange o del Carlismo. Y lo supieron aprovechar.

Pero a poco que se realice un examen muy superficial del período franquista y de algunos de sus rasgos, se percibe que la influencia de Renovación Española y de Acción Española en la forma política del franquismo fue determinante y logró influir decisivamente en él hasta la senectud del anterior Jefe del Estado. Si existió un “Estado Orgánico” y una “Democracia Orgánica” fue precisamente porque antes de la guerra ya estaba teorizado y muchos de los procuradores en Cortes que votaron en 1967 la Ley Orgánica del Estado sintieron que finalmente los ideales de José Calvo Sotelo adquirían forma de Estado, pues no en vano en las gradas de las Cortes franquistas se sentaban los últimos dirigentes vivos de aquella formación. Cuando el gobierno aludía constantemente a la “justicia social” la tendencia actual es creer que lo hacía simplemente presionado por los falangistas, cuando en realidad, los miembros de Renovación Española incluidos por la Rerum Novarum siempre habían expresado la necesidad de llevar a las masas a una situación en la que desaparecieran sus privaciones y existiera un “justo reparto de la riqueza”. El mismo Calvo Sotelo había dicho poco antes de ser asesinado que algunas propuestas de Renovación Española en materia social eran “de izquierdas”. El ámbito de lo social fue otro de los terrenos en los que se produjo la ósmosis entre monarquismo y fascismo. Al igual que en lo relativo a la vertebración del Estado, la monarquía tradicional aludía al corporativismo (es decir, a dar la primacía de representación popular a los cuerpos intermedios de la sociedad) que fue, justamente, lo que Mussolini recuperó cuando intentó dar coherencia a su régimen.

Ciertamente, Renovación Española no estuvo en condiciones de superar la dicotomía entre ambas ramas del monarquismo español. A pesar de los esfuerzos de Calvo Sotelo y de Goicoechea, a un lado quedaron los carlistas y a otro los alfonsinos. El devenir del tiempo generó fenómenos que podríamos llamar “regresivo”. En efecto, la derrota del eje tuvo entre los monárquicos españoles un efecto similar al que se operó en Italia en 1943 o en Alemania en junio de 1944. En efecto, percibiendo la derrota militar los monárquicos italianos y la propia Casa de Saboya, en un afán de supervivencia, intentó deshacerse del fascismo. En Alemania, los monárquicos conservadores, tras el desembarco en Normandía atentaron contra Hitler para negociar la rendición con los aliados. En España las cosas no fueron tan dramáticas, pero si tuvieron algo de oportunismo. Algunos supervivientes de Renovación Española en 1943 percibiendo aires de cambio democrático en Europa mantuvieron su fidelidad hacia Don Juan de Borbón pero –a la vista de que el tercer hijo de Alfonso XIII, parecía completamente desinteresado por la política española- se limitaron a “modelar” sus opiniones políticos y a hacer de él un campeón de las libertades democráticas… No podían suponer que el régimen aguantaría 33 años más y que finalmente volvería a traer a un rey a España en la persona del hijo de Don Juan, utilizando Franco las mismas palabras que Calvo Sotelo había pronunciado a principios de los años: “Esto no es una restauración, sino una instauración”. Era 1967. Juan Carlos juraba como sucesor de Franco en la Jefatura del Estado en sesión solemne en las cortes franquistas. En el hemiciclo muchos antiguos miembros de Renovación Española aplaudieron el gesto. Otros, sin embargo, desde Estoril siguieron viendo con desconfianza la maniobra. Eran conscientes de que no se trataba solamente de “instaurar” la monarquía en España, sino que esta tuviera en el interior un fuerte respaldo popular y en el exterior las formas de una monarquía parlamentaria. Sí, porque parte de los dirigentes de Renovación Española, al ser derrotado el fascismo, se “desfascistizaron” y democratizaron con la misma facilidad con que antes se habían “fascistizado” y “corporativizado”.

Hoy es raro el monárquico que sigue haciendo causa común con el fascismo, es raro incluso el monárquico español que aún lee y que conoce la obra de Charles Maurras. Da la sensación de que durante algo más de un lustro –el que media entre 1932 y el Decreto de Unificación franquista, el monarquismo español deriva hacia posiciones fascistas y luego, a partir de 1943 se orienta más bien hacia una coexistencia con las corrientes democristianas y, en cualquier caso, democráticas y… liberales. En España, como en el resto de países europeos en los que el fascismo se convirtió en un fenómeno de masas, también apareció una “derecha fascista” que aquí estuvo formada por partidarios de la monarquía tradicional, en su mayoría alfonsinos. Pero, e la misma forma que se “fascistizaron” y, en un momento dado, estaban mucho más próximos a las formas y a los ideales del fascismo, situando la restauración (o instauración) monárquica en un plano muy secundario, llegado un momento, se “desfascistizaron” y en aras a garantizar su supervivencia de la institución monárquica, asumieron posiciones liberales y democráticas que hasta ese momento siempre habían rechazado.

Es evidente que la personalidad de Calvo Sotelo era una de las más lúcidas y atractivas de la España de la época. Su viraje hacia el fascismo fue progresivo, pero también innegable. Cuando es secuestrado por la camioneta de la Guardia de Asalto repleta de matarifes socialistas, a quien se llevan para darle un tiro en la nuca, no es solamente a un líder monárquico de la derecha, sino más bien a un dirigente del fascismo español con mucha más experiencia política que el juvenil José Antonio Primo de Rivera, con más seguidores y con una experiencia de gobierno y una agilidad en los debates parlamentarios que habían hecho de él, un líder carismático y, tal como lo consideraba la izquierda, el “líder político del fascismo español”. Y tenían razón. Los bosques de brazos en alto que lo despidieron en el cementerio lo atestiguan, sus intervenciones parlamentarias lo confirman. Murió, no fascistizado, sino propiamente fascista. Y, si queremos afinar un poco más el tiro, murió como líder de la derecha fascista, una forma de concebir el fascismo en España, en Italia y en toda Europa.

Nuestra excursión a través de la génesis de esa derecha fascista en España nos ha llevado por la senda trazada por Charles Maurras en Francia, nos ha permitido conocer el seguimiento de este autor en España y la concreción tardía de sus ideas entre las filas monárquicas. Así mismo, hemos podido comprobar que estos medios monárquicos tenían una relación de ósmosis con los partidarios más visibles del fascismo en España: los Ramiro Ledesma, los José Antonio Primo de Rivera, los Giménez Caballero, incluso podríamos agregar aquí al Conde de Motrico y a tantos otros. Para completar nuestro estudio sobre la derecha fascista hubiera sido preciso recurrir a un análisis pormenorizado del maurismo y, en concreto de las Juventudes Mauristas, y también, aunque casi en lo anecdótico, reconstruir las andanzas del doctor albiñana y de su Partido Nacionalista, lo que nos hubiera llevado a establecer con más nitidez los contornos de la derecha fascista española. Tarea inconclusa ahora que reemprenderemos en breve. Así como los albiñanistas quedaron subsumidos por el Decreto de Unificación y fuera de su bastión burgalés apenas tuvieron fuerza (aunque sí una mínima presencia en Navarra, Barcelona y Madrid), y el tiempo de los mauristas había quedado muy atrás, la corriente de Acción Española y de Renovación Española supo prolongarse en el tiempo –al menos en su corriente mayoritaria- a través del franquismo, aportando lo que éste no tenía: una doctrina política que, casi sin forzarla, coincidía exactamente con la derecha fascista tal como se dio en Europa desde 1925 hasta 1944. Tal es su mérito y también su responsabilidad.

A pesar de que la mayoría de sus bases lo ignoraban, lo cierto es que en la transición floreció durante unos años el partido Fuerza Nueva que se quería quintaesencia del franquismo. Este partido, dirigido por un antiguo propagandista católico, Blas Piñar, aspiraba a ser el continuador del Movimiento franquista surgido del Decreto de Unificación. Sus miembros solían ir uniformados con la camisa azul de la Falange y la boina roja del Requeté… sin ser en realidad, ni falangistas ni carlistas. Eran más bien “movimentistas” y, más que “movimentistas” franquistas. Sus afiliados solían leer las obras completas de José Antonio Primo de Rivera y cantar el Cara al Sol primero y el Oriamendi después, brazo en alto. Blas Piñar no aspiraba a otra cosa que a que perviviera la obra de Franco, su democracia orgánica, su instauración monárquica, sus ideales católicos, una política social de carácter confesional y que España fuera fiel a su tradición católica. A pesar de que Blas Piñar hizo algunas alusiones en su fogosa oratoria a la figura de Calvo Sotelo, las bases –en su mayoría juveniles- apenas recordaban de él que fue el “protomártir de la Cruzada”. Ignoraban que más que tributario de la falange y del carlismo, el espíritu de Fuerza Nueva era sobre todo similar al de la Renovación Española de José Calvo Sotelo.

Pero cuando Blas Piñar colocaba arena en los cojinetes de la transición, los que fueran líderes de Renovación Española o ya habían muerto, o eran muy mayores, o estaban alejados de la política, o simplemente habían adoptado el liberalismo para salvar a la monarquía. Pero sobre todo, si algo faltó en Fuerza Nueva y en los intentos de reconstruir una derecha fascista en España, fue capacidad intelectual. En 1976-81, ya no existían los formidables teóricos de la derecha fascista española. A pesar de que se inició la edición mensual de la revista Razón Española cuyos objetivos eran muy parecidos a los de la revista de Ramiro de Maeztu, faltaba una clase intelectual que diera forma a tanta energía. Blas Piñar se declaraba partidario de una monarquía “católica, social y representativa”, sin establecer de qué rama dinástica se declaraba. Faltó el concurso de los intelectuales, faltó el concurso de una nobleza que era fuerte en los años 30 pero que en los años 70 ya se había difuminado. Hemos seleccionado un fragmento de un discurso de Blas Piñar realizado durante la transición para ilustrar el porqué decimos que el heredero de Renovación Española fue Fuerza Nueva. Si hacemos abstracción a la voz y al personaje, el mismo discurso podía haber sido suscrito por José Calvo Sotelo.

Los tiempos habían cambiado y la correlación de fuerzas sociales era muy diferente. Por otra parte en Fuerza Nueva no existían estrategas, ni clase política alguna, sino partidarios enfervorizados, poco dúctiles y poco capacitados para reorganizar las ideas que Maeztu o Calvo Sotelo afirmaron en los años 30. Tampoco había un fascismo que sirviera como paraguas protector, ni un Maurras que fuera el inspirador. Y, en aquellos años, ni siquiera la inmensa mayoría de militantes del partido había oído hablar de Renovación Española, aunque sí tenuemente recordaban la figura del “protomártir”.

Marx decía que la historia se repetía primero como tragedia y luego como comedia. Fuerza Nueva, a decir verdad, fue una segunda parte de Renovación Española, y, desde luego, no su fugaz paso por la escena política, no fue trágico. Blas sobrevivió a la pérdida de su acta como diputado y a su partido que él mismo disolvió en dos ocasiones. La opinión pública les veía como fascistas si bien en realidad lo único que querían era restaurar el franquismo. Ni siquiera fueron fascistizados, sino simplemente, un movimiento perdido en un tiempo que ya no era el suyo. Algo que Renovación Española y Acción Española, en cambio, siempre tuvieron en cuenta. Si en Fuerza Nueva el diseño de estrategias era algo que parecía rebasarles, en los años 30, Renovación Española no solamente fue capaz de colaborar en estrategias golpistas, sino de aportarles una doctrina del Estado y una ideología de la que el estamento militar no disponía. Fuerza Nueva, cuarenta años después, se vió, simplemente, arrastrada por las circunstancias y perdida en medio de un ambiente crispado que nunca estuvo en condiciones ni de comprender ni de afrontar.

(1)    ver nuestro trabajo sobre Julius Evola y el III Reich en Cuadernos Julius Evola y la serie de artículos sobre el conde Coudenhove-Kalergi y la idea Pan-Europea

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Renovación Española y Acción Española, la derecha fascista (V de VI). d) La derecha antiliberal bajo la II República

Infokrisis.- En la derecha, ya desde principios de siglo se había producido una fractura importante en función de la actitud a adoptar frente al liberalismo: a se aceptaba o se rechaza, pero si se aceptaba había que aceptar también todo lo que caminaba con él: democracia inorgánica, renuncia a la defensa de la monarquía tradicional y todo, a la postre, quedaba como un intento de mejorar el país, garantizando la propiedad privada y poco más. Se trataba, a decir verdad, de una forma de pragmatismo que aludía a la “accidentalidad de la forma del Estado”, discusión que en aquellos momentos estaba en su cénit (no se trataba de que la Iglesia reconociera solamente una forma de Estado que se adaptara a la defensa de sus contenidos, sino que cualquier forma de Estado, especialmente el liberal, podía realizar esas políticas con tan sólo proponérselo). Gil Robles, inicialmente carlista, reconocía la imposibilidad práctica de proceder a una restauración y, por tanto, creía que la defensa de la institución monárquica durante la II República solamente conduciría a la marginación de quienes lo propusieran. Él por su parte, no estaba dispuesto a hacer de la cuestión monárquica una cuestión de principios –a pesar de ser monárquico- sino que proponía una aceptación del republicanismo para salvar lo salvable: la propiedad próvida y la seguridad de la Iglesia. En torno a Gil Robles y a Herrera Oria se concentró ese conglomerado de derecha liberal que primero fue Acción Popular y luego fue la CEDA. Pero el campo monárquico antiliberal también se organizó.

En enero de 1933, tres líderes de la derecha monárquica que ya habían colaborado en el marco de Acción Española, fundaron un nuevo partido político, Renovación Española, que tendría a gala confesar su predisposición monárquica y alardear de su fidelidad al rey exiliado. Uno de ellos era Ramiro de Maeztu. Curtido inicialmente en el periodismo de izquierdas, formó con Azorín y Baroja el llamado Grupo de los 3, uno de los puntales de la Generación del 98. Hasta principios de los años 20 no rectificó sus posiciones políticas que progresivamente se fueron caracterizando por una desconfianza hacia el liberalismo y una adhesión al catolicismo. Enviado por la dictadura como embajador en Argentina allí conoció a Zacarías de Vizcarra, clérigo vasco residente en Argentina y que realmente es el inventor del término “hispanidad” en contraposición al término “raza” (el 12 de octubre era hasta entonces “el día de la raza”, a partir de la influencia de Vizcarra va ganando el término hispanidad que encuentra en Maeztu a su principal propagandista.

Maeztu se había interesado especialmente por el estudio de la decadencia española y por su remedio que para él no es otro que el retorno a los orígenes de la tradición católica y de la idea de hispanidad como fuerza civilizadora. Colaborador de Acción Española de la que fue su director, mantuvo contactos con los integralistas portugueses de Antonio Sardinha y finalmente publicó Defensa de la Hispanidad en 1934 cuando ya era diputado de Renovación Española por Guipúzcoa. La idea central de Maeztu es los países de habla española contiene valores propios en función de los cuales puede desarrollarse una comunidad cultural alternativa a las culturas anglosajona o francesa. De ahí saldría la idea de reconstrucción imperial, “en sentido espiritual”, cuando resurgiera el antiguo “ímpetu hispánico”. El libro debía de haber sido la primera entrega de un trilogía de la que las otras dos serían la Defensa del Espíritu (que finalmente escribió a pesar de que se perdieron algunos fragmentos durante su detención por milicianos del Frente Popular) y la Defensa de la Monarquía (que no llegó a escribir). Estos tres, precisamente, serían los pilares del pensamiento de Maeztu. A poco de iniciar la guerra fue fusilado en Aravaca. A nuestro entender, la obra de Maeztu es el último gran intento de revisar la idea de España y encontrar un sentido a nuestra historia.

Ramiro de Maeztu era el gigante intelectual de Renovación Española, mientras que Antonio Goicoechea fue su jefe político y Calvo Sotelo su líder carismático. Diputado maurista en varias legislaturas, fue miembro de la Unión Patriótica y luego de Acción Nacional para separarse y fundar Renovación Española. En febrero de 1936 perdería el acta de diputado y en los primeros días de la guerra civil marchó con Sainz Rodríguez a Roma para solicitar ayuda del régimen italiano. Tras firmar un llamamiento para la restauración de la monarquía en España en 1943 abandonó la actividad política siendo presidente de varios bancos públicos.

El tercer promotor de Renovación Española, Pedro Sainz Rodríguez era un intelectual brillante y excepcionalmente bien relacionado: fue amigo de Franco, pero también del conde de Romanones lo que le permitió jugar un papel importante en los primeros días del nuevo régimen. Junto con Calvo Sotelo impulsó la creación del Bloque Nacional (intento de aglutinar a los albiñanistas, a tradicionalistas y a Renovación Española) y contribuyó activamente al movimiento golpista asegurando el contacto con el general Sanjurjo. Ministro de Educación Nacional en el primer gobierno de Franco, fue el impulsor del Bachillerato implícito en el plan de educación por él creado que mantuvo su vigencia durante décadas. Sin embargo, en 1941 fue cesado, no regresando hasta 1969 tiempo en el cual residió en Estoril como consejero de Don Juan de Borbón.

Renovación Española fue un partido parlamentario durante el tiempo que duró la República, minoritario en relación a la derecha sociológica representada por la CEDA, carecieron de base popular amplia pero estuvieron suficientemente representados en colegios profesionales y entre la patronal. Calvo Sotelo, percibiendo la realidad del panorama monárquico en ese tiempo, fue el principal impulsor de un acercamiento a los carlistas: éstos disponían de muchísimos menos medios económicos, pero de un mayor arraigo popular en determinados zonas y se encontraban en ese momento, gracias a la infatigable tarea de Fal Conde, en franca (e inesperada) expansión en Andalucía, siendo como siempre habían sido una fuerza de gran arraigo en Navarra, País Vasco y Valencia y con fuerte presencia en la montaña catalana y en Castilla. De todas formas, a pesar del establecimiento en 1933 de una oficina electoral común, TYRE, Tradición y Renovación Española, lo cierto es que Calvo Sotelo, a pesar de su extraordinario prestigio en las filas monárquicas, nunca pudo superar completamente las reservas históricas que los carlistas mostraban en relación a los alfonsinos. En realidad, esta maniobra tuvo como resultado el desgaste de los carlistas divididos en dos tendencias: la de Fal Conde contraria a cualquier colaboración y la del conde de Rodezno favorable a un entendimiento rápido con los alfonsinos.

Mejor le iba a los “accidentalistas” de Acción Popular que ante las elecciones de 1933 se había coaligado con la Derecha Regionalista Valenciana y la Agrupación Regionalista de Santander, amén de otros pequeños partidos localistas, formando la Confederación Española de Derecha Autónomas. Si victoria electoral no consiguió que Alcalá Zamora nombrara a Gil Robles para formar gobierno y la CEDA tuvo que conformarse con apoyar a los radicales de Lerroux. Esta colaboración generó problemas en el interior de la CEDA y resucitó el proyecto de Calvo Sotelo de unir a todas las fuerzas que no aceptaban la II República. Esta operación que llevaría a la constitución del Bloque Nacional no puede decirse que triunfara completamente. Los falangistas, después de rechazar la entrada de Calvo Sotelo en su partido, hicieron oídos sordos al llamamiento y en varias ocasiones, tanto en Arriba (semanario de Falange) como en distintos discursos y ante el mismo Tribunal Popular de Alicante, José Antonio, explicó sus razones para negarse a esta colaboración.

Las referencias a la figura de Calvo Sotelo que pueden encontrarse en las Obras Completas de José Antonio dejan traslucir cierto resentimiento y una indisimulada antipatía profesada por el hijo del dictador al que fuera exministro de su padre. Dice por ejemplo ante el Tribunal Popular: Calvo Sotelo (…) era fogoso, tenía una oratoria confusa, se le disparaban torrentes de palabras que algunas veces hasta llegaban a perder el sentido. Calvo Sotelo iba diciendo por ahí: "No hay más que dos fuerzas nacionales, Falange Española y los hombres del Bloque Nacional." Entonces yo le contesté con una coz, con una cosa durísima que se encuentra en uno de esos pasquines en letras grandes que veréis a la cabeza de todos los números de nuestro periódico ¿Por qué no deja en paz a la Falange? Su elogio nos hace la misma gracia que ese refrán de: "El hombre y el oso cuanto más feos más hermosos." Que nos llamen feos no nos importa, pero que nos empareje con el oso...". Y en el semanario Arriba había publicado antes: “Sentimos comunicar a nuestros lectores que la fornida masa de cemento presentada al mundo, hace meses, con el sonoro nombre de Bloque Nacional, empieza a presentar impresionantes resquebrajaduras (…) En el fondo, el Bloque quedó reducido a una incómoda invasión, por parte del señor Calvo Sotelo, de las jefaturas desempeñadas por dos personas tan irreprochablemente prudentes y correctas como el señor Goicoechea y el conde de Rodezno. Singularmente por la proximidad, el primero era quien con más elegante discreción soportaba los empellones de impaciente ex desterrado de París. Pero si el señor Goicoechea no era capaz de provocar desagradablemente una cuestión de límites, en las filas de Renovación Española, especialmente en su juventud, la tirantez ha llegado a términos de rompimiento”. Los argumentos de José Antonio y de la Falange contra el Bloque Nacional y contra Renovación Española eran bastante simples: la Falange no era monárquica y, en cambio, si era revolucionaria. Sin embargo, lo cierto es que cuando se fundó la falange en 1933, una parte sustancial de su impulso procedía de los medios monárquicos que estaban presentes en el nuevo partido a través del Marqués de Eliseda, su financiador inicial y al mismo tiempo, junto con José Antonio Primo de Rivera, ambos diputados por la Unión Monárquica, luego por Rada y Arredondo, también monárquicos y corporativistas y posteriormente con Juan Antonio Ansaldo, notorio alfonsino y jefe de las milicias falangistas. Salvo Rada, el resto pasaron a Renovación Española, lo que evidencia que entre la Falange y Renovación Española existió cierto trasiego de militancia. Así mismo, tras las elecciones de febrero de 1934 se inició una corriente de tránsito de las Juventudes de Acción Popular a la Falange, cuando aquellas, como le ocurría a Renovación Española ya estaban muy “fascistizadas”. El hecho de que los líderes de la Falange colaboraran con artículos en la revista Acción Española, cuya vinculación con Renovación Española era demasiado evidente como para poderse negar, evidencia que la divisoria entre falangismo y derecha monárquica no estaba todo lo claro que los falangistas deseaban demostrar en sus proclamas revolucionarias. Así mismo, el hecho de que Sainz Rodríguez, ante la falta de una base militante agresiva y combativa, pensara en Falange Española como sustitutivo, ofreciendo su apoyo económico, es también significativo. O que el precursor de Falange, Ramiro Ledesma, luego coaligado con el partido, fuera también auxiliado económicamente por gente de Renovación Española después de romper con José Antonio Primo de Rivera.

Fuera del “perjuicio monárquico”, al que cabe vez los propios alfonsinos atribuían menor importancia, el aspecto exterior de los rituales de Renovación Española, el contenido de los discursos de Calvo Soteno, el énfasis creciente puesto en el corporativismo y cada vez más vencido, no tanto por Maurras como por el Estado Corporativo italiano, indica que entre 1934 y 1936 existió un “corrimiento” de las influencias políticas. De iniciarse la república con un pequeño grupo de fascistas en 1931 –La Conquista del Estado-, crecer luego entre 1933 y 34 en el entorno de Falange Española, a partir de ese momento, primero Renovación Española y luego las Juventudes de Acción Popular asumen cada vez más valores del fascismo español hasta el punto de que son precisamente los hombres de este partido –y no los falangistas o los de la CEDA- quienes una vez estallada la sublevación militar, corren a entrevistarse con las máximas jerarquías del fascismo italiano para recabar su apoyo.

Es cierto que el Bloque Nacional no satisfizo todas las esperanzas puestas en el proyecto. A pesar de ser Calvo Sotelo la cabeza visible, lo cierto es que el proyecto había sido pergueñado por Pedro Sainz Rodríguez con el visto bueno de Goicoechea. Contrariamente a lo que decía José Antonio Primo de Rivera, no era para menoscabar ningún liderazgo sino para lograr una máxima eficacia de los monárquicos en su oposición a la República. La idea no solamente era reunir en una sola fuerza política a todos los monárquicos, sino romper la CEDA y atraerse a los diputados monárquicos que pudieran quedar en esa formación así como a una parte sustancial del electorado. Es significativo que uno de los grupos que aceptaron formar parte del Bloque fuera el Partido Nacionalista y su servicio de orden, los Legionarios de España que, en rigor puede considerarse como el primer partido de la derecha fascista española.

Era fácil intuir los motivos de esa estrategia de aproximación entre los monárquicos. A poco de instaurarse la República, cuando ya empieza la quema de conventos en mayo de 1931, los monárquicos no sueñan más que con conspirar y crear un orden nuevo por la vía golpista. Pero en 1931 siempre existía la posibilidad de que, finalmente, por vía electoral, la derecha alcanzara el poder y procediera a una “reordenación” de la República sin el recurso al pronunciamiento militar. De 1933 a febrero de 1936 esta línea república fracasa en medio de un clima de agitación siempre creciente. De ahí que, cuando se convocan las elecciones de 1936 y el Bloque Nacional se presenta cuando la conspiración está en marcha. La idea del Bloque Nacional, a fin de cuentas, no suponía nada más que la creación de una estructura político-civil de apoyo a la insurrección que ya estaba perfilando.

Los resultados en las elecciones de 1933 eran muy elocuentes sobre cómo se distribuían las fuerzas: CEDA 115 escaños, Comunión Tradicionalista 20, Renovación Española 14, Falange Española 1. Sin embargo en febrero de 1933 la situación se había modificado: CEDA 101 escaños, Bloque Nacional 10, Comunión Tradicionalista 15, Falange Española 0. Sin embargo, la opinión unánime entre los historiadores es que en estas elecciones el fraude fue masivo en ambas direcciones, con lo que poco importa el número de diputados exacto de cada una de ellas, sino más bien habría que atender a la importancia activista de estos grupos. Las milicias tradicionalistas, mayoritarias entre las fuerzas de derechas, se habían ido formando clandestinamente en Italia, los falangistas iniciaron a partir de febrero un crecimiento a pesar de entrar en la clandestinidad poco después, pero beneficiados por su aspecto típicamente fascista que había atraído hasta ese momento a mucha gente a las JAP. Al quedar derrotado Gil Robles, parte de su militancia joven se fue disolviendo incorporada en parte de Falange, en parte a Renovación Española y en parte al tradicionalismo.

Claro está que había discrepancias. La jefatura suprema del carlismo recaía en Alfonso Carlos que era contrario a la unificación de las corrientes monárquicas. Alfonso Carlos había reorganizado el carlismo y creado la Comunión Tradicionalista en ese momento dirigida por el conde de Rodezno partidario de la aproximación a los alfonsinos, pero éste fracasó en el intento y Afonso Carlos disolvió la Junta Suprema de la Comunión. A partir de ese momento el carlismo se orienta hacia la conspiración y entonces cuando discretamente cientos de carlistas son enviados a Italia para recibir adiestramiento paramilitar y reforzar el Requeté (milicia carlista). Para colmo de males un sector minoritario del carlismo denunció la legitimidad de ambas corrientes –la Alfonsina y la tradicionalista- proponiendo a través de la revista El Cruzado Español y actuando como con el nombre de Núcleo de la Lealtad, una sucesión por vía femenina (ya que Alfonso Carlos tenía 82 años y no tenía descendencia masculina) en la persona de la hija mayor de Alfonso Carlos. Éste desautorizó la operación y designó como regente a su sobrino Javier de Borbón-Parma.

En todo este ambiente la revista Acción Española parecía ser la opción más consecuente y por ahí fue por donde se redoblaron los esfuerzos para una reaproximación entre los distintos sectores dinásticos. Tanto Acción Española como Calvo Sotelo fueron partidarios de presentar a Don Juan de Borbón, tercer hijo de Alfonso XIII, como la encarnación de esta alternativa, ya que sus dos hermanos mayores Alfonso y Jaime habían renunciado a la corona por distintos motivos (el primero por su matrimonio morganático y el segundo al ser sordomudo). Sin embargo, Alfonso XIII desde el exilio se negó a abdicar en su hijo y bastante le costó a Goicoechea mantener la fidelidad alfonsina de Renovación Española. Sin embargo, el proyecto de unificación de las dos ramas monárquicas en la persona de Don Juan de Borbón siguió viva a través de las columnas de Acción Española, de los diarios La Época y La Nación y, especialmente a través de Calvo Sotelo y el Bloque Nacional. El propio Don Juan a través de Eugenio Vegas Latapie fue convencido para lanzar una carta, inspirada especialmente por Maeztu en la que reconocía su tributo doctrinal al carlismo y, lo que era más importante, asumir la ideología de Acción Española… esto es, la doctrina maurrasiana aplicada a España, decididamente antiliberal.

Tras el pacto entre la derecha “accidentalista” de Gil Robles y los radicales de Lerroux, algunos diputados de la CEDA se pasaron a Renovación Española (Francisco Roa y Víctor Lis), mientras que José María Valiente,  jefe nacional de las JAP se pasaba al requeté carlista. Cuando se llega a las elecciones de febrero de 1936, el Bloque Nacional no tiene más remedio que unirse a la CEDA para presentar candidaturas únicas. Los propios falangistas fueron consultados para integrarse en estas listas, pero las exigencias de José Antonio Primo de Rivera fueron tales que excedían con mucho el margen de maniobra que había recibido Gil Robles de su partido. Reconocida la derrota de la derecha –con aroma de pucherazo y con miles de irregularidades- ya no quedaba más vía que el golpismo. Los carlistas se retiraron del Bloque Nacional el 16 de abril y concentraron sus esfuerzos en la sublevación, cuando el diario del bloque, La Nación ya había sido asaltado en marzo por las milicias frentepopulistas y nunca más volvería a aparecer. Dado que Goicoechea se había quedado sin escaño parlamentario, Calvo Sotelo habló en nombre de carlistas y alfonsinos hasta su asesinato y cuando ya estaba visiblemente escorado hacia el fascismo. En este clima la organización de Renovación Española estaba en crisis y apenas podía hacer gran cosa fuera de la dinámica parlamentaria. En 22 de abril se reunión su dirección por última vez antes del estallido de la guerra civil. No fue una reunión agradable: había deudas pendientes de pago y la militancia se estaba radicalizando de día en día, unos hacia el carlismo y otros hacia la Falange que crecerían como la espuma en las semanas previas al golpe militar y en los primeros meses de guerra civil.  

Los pactos de ayuda suscritos con la Italia fascista en 1934 por ambas ramas monárquicas dieron su resultado especialmente con el carlismo que en 1936 había permitido a Manuel Fal Conde el disponer de un “ejército popular” con capacidad para movilizar miles de combatientes en Navarra, Castilla y Andalucía, encuadrados por militares retirados y cuyo delegado nacional era Zamanillo y su inspector nacional, el general Varela. Sin embargo, Renovación Española no desapareció en el marasmo de la guerra civil. Sus dirigentes, políticos relevantes, personalidades del mundo de la industria y de la alta política, constituyeron lo esencial de la clase política del primer gobierno franquista. No estuvieron en condiciones de movilizar grandes masas militantes, sin embargo, en los primeros días de la guerra aparecieron los “boinas verdes” en Somosierra dirigidos por los hermanos Miralles, mientras que en Bugos 200 albiñanistas contribuyeron a la victoria del pronunciamiento militar. Carlos Miralles recibió directamente la orden del General Mola de garantizar el dominio del paso estratégico de Somosierra y el día 17 de julio, 14 de sus hombres ya forman guardia en la entrada del túnel. El 19 se produjeron los primeros enfrentamientos armados con milicianos republicanos y las primeras bajas. Miralles consiguió reunir a 100 efectivos madrileños, con 30 falangistas burgaleses y 12 guardias civiles que se ve forzado a dispersar a aldeas vecinas para defender la posición de tal manera que cuando los milicianos atacan masivamente el túnel este solamente está defendido por 47 hombres. En el curso de la lucha morirá Carlos Miralles y fusilados sus hombres.

Si bien Renovación Española jugará un papel extremadamente relevante en el gobierno franquista, sus milicias prácticamente desaparecieron. Apenas fue posible organizar dos tercios, el Cid y el Calvo Sotelo, formados por albiñanistas y algonsinos, que no contaron con más de 280 efectivos de los cuales 60 murieron en combate y otros 100 resultaron heridos en Villarreal de Alada, en el Monte San Pedro en Vizcaya y en Espinosa de los Monteros. Los supervivientes fueron agregados al Tercio de la Virgen Blanca. En cambio, los carlistas que sí habían participado masivamente en apoyo de la sublevación militar con sus 15.000 requetés y una reserva de 5.000 más, apenas tuvieron peso político en los gobiernos franquistas, exceptuando en el Ministerio de Justicia que siempre recayó en alguna personalidad del carlismo, empezando por el conde de Rodezno. Renovación Española se autodisolvió en los primeros meses de la guerra civil, no participando por tanto en el Decreto de Unificación que, en la práctica, afectó solamente a carlistas y falangistas.

Desde los orígenes de la II República el diario La Nación había labrado una red de amistades y complicidades con el “fascismo español”  puede considerarse que este diario supuso uno de los vehículos de la fascistización de la derecha monárquica. El diario había sido fundado en 1925 para apoyar a la Unión Patriótica de Primo de Rivera. Al caer la dictadura se convirtió en portavoz de la Unión Monárquica y siempre rechazó al régimen republicano. Uno de sus directores, Manuel Delgado Barreto, no se olvide, tras ser director de La Nación, pasó a encabezar la dirección de El Fascio que debía haber sido un semanario de orientación fascista cuando ya se interesaba por la experiencia italiana. También vale la pena recordar que ese primer número de El Fascio se imprimió en los talleres de La Nación. Delgado Barreto, luego miembro de Renovación Española fue otro de los canales a través de los cuales se operó la transformación de los “fascistizados” de ese partido en “fascistas de derecha”. Fue desde las columnas de La Nación desde donde se elogió la fundación de Falange Española, reproduciendo íntegramente el discurso de Primo de Rivera en el Teatro de la Comedia de Madrid. Así, a la largo de la II República, La Nación siguió siendo un diario monárquico, paro que concedía una extraordinaria importancia al fascismo hasta el punto de identificarse con sus postulados. Por el contrario, en las columnas del diario se atacaba constantemente a la figura de Gil Robles de la que se decía que sería el artífice de la derrota de las fuerzas nacionales mediante la división que imponía y los impedimentos para la presentación de una candidatura contrarrevolucionaria en las elecciones de 1936. Se trató de un diario extremadamente bien hecho, que utilizó frecuentemente el color y las tipografías llamativas –hoy se las llamaría “sensacionalistas”- que desapareció el 13 de marzo de 1936 cuando sus talleres fueron incendiados como represalia por el atentado fallido contra el socialista Giménez de Asúa.

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Renovación Española y Acción Española, la derecha fascista (V de VI). c) Los monárquicos durante la II Republica. Doctrina y situación

Infokrisis.- El 3 de enero de 1978 se presentaba un nuevo partido político en Madrid que, sorprendentemente llevaba el nombre de Renovación Española y, por aquello de la “coherencia” era todo lo que el partido histórico que llevaba ese nombre había negado y renegado. A la cabeza de la formación se encontraba José Antonio Trillo, hombre de Fraga, quien declaró que el partido era “auténticamente liberal, renovador, progresista y profundamente democrático”. Los huecos de Calvo Sotelo, Maeztu y Goicoechea se habrían estremecido en sus tumbas de oír el paradigma. Sería irrelevante saber qué llevaban en la cabeza los fundadores de la organización de la que no volvió a hablar mucho en los meses siguientes. De lo que no cabe la menor duda era que, aun ostentando el mismo nombre, la sedicente Renovación Española fundado en 1879 no solamente no tenía nada que ver con el partido histórico que llevó este nombre, sino que era su inversión casi completa. Tan sólo les unía tenuemente el monarquismo. Nada más. El camino que se había abierto en 1931 para la formación de Renovación Española había sido largo y difícil, nada que ver con la recomposición de la derecha en la transición.

Víctima de sus propios errores y de los de la dictadura, la monarquía borbónica había caído el 14 de abril de 1931. Con el dictador exiliado en París y el monarca en Roma, el derrumbe cogió a la derecha con el paso cambiado y anegada entre las masas que clamaban por la República. La dictadura había intentado organizar un partido, la Unión Patriótico, que cuajó solamente el tiempo en el que Primo de Rivera estuvo en el poder, siendo sustituida luego por la Unión Monárquica Nacional y el Centro Constitucional en el que figuraban mauristas y regionalistas. Ambos partidos se declaraban monárquicos, aunque el segundo con cierta timidez. El resto del monarquismo estaba dividido entre opciones más o menos excéntricas sino exóticas (los monárquicos alfonsinos proletaristas del Partido Laborista de Eduardo Aunós que miraba con simpatía al fascismo italiano, el Partido Socialista Monárquico, Reacción Ciudadana, Acción Nobiliaría y así sucesivamente) que demuestran la falta de liderazgo y el confusionismo confuso que reinaba en la derecha monárquica de la época. El intento más serio de constituir un polo monárquico, fue sin duda la creación del Círculo Monárquico Independiente que intentó reunir a los diputados monárquicos presentes en distintas formaciones parlamentarias y darles unos objetivos únicos (en Europa existían organizaciones similares en aquel momento y extremadamente influyentes como el Deustche Herrenklub). Pero en aquel momento de inestabilidad política era muy difícil que alguien tuviera valor para asumir la opción del bando derrotado: la caída de la dictadura, las elecciones de abril de 1931 y la quema de conventos del mes siguiente evidenciaron cómo iba a ser el ciclo que se abría en la Historia de España y no dejaban dudas sobre la inestabilidad futura. Para colmo, las quemas de conventos dieron a la derecha, mayoritariamente católica y monárquica, la sensación de que iba a ser imposible convivir con los republicanos. La guerra civil estaba implícita desde el mismo momento de la proclamación de la República.

En aquel mamen despuntó la figura de Ángel Herrera Oria, un publicista católico que fundaría el diario El Debate y lo que fue más importante, la Asociación Católica Nacional de Propagandistas. Se trataba de una asociación cuya finalidad era formar doctrinal y técnicamente a personas cualificadas de la sociedad civil capaces de asumir la defensa de los intereses de la Iglesia. Herrera Oria –que luego se ordenaría sacerdote y terminaría su vida como cardenal- impulsó la formación de un partido moderado católico que incorporara especialmente a sectores moderados de las clases medias, entonces mayoritariamente católicas y ansiosas de orden y estabilidad. Ese partido fue Acción Nacional que pronto debió cambiar el nombre por Acción Popular por imposición gubernativa. La inmensa mayoría de sus miembros eran monárquicos pero situaron por encima de todo la defensa de la Iglesia y de los intereses de las clases medias asustadas por el avance del comunismo y la radicalización del socialismo español.

Pero el hecho de que Acción Popular no situara entre sus ideales la defensa de la monarquía, hizo que quienes situaban este principio por encima de otro, pasaran a constituir nuevas organizaciones o a reforzar las ya existentes. Y esto llevó a la reorganización de las dos ramas del monarquismo español: los monárquicos alfonsinos y los monárquicos carlistas. Estos últimos tenían una organización fuerte en algunas regiones que ya había demostrado su arraigo en tres guerras carlistas pero también manteniendo siempre diputados en Cortes. Sectores enteros alfonsinos pasaron al carlismo junto a integristas, partidarios de Primo de Rivera y e Vázquez de Mella, etc, formando la Comunión Tradicionalista que, además de reunir a los reductor tradicionales del carlismo incorporaba también a amplios sectores andaluces. Es en ese contexto en el que personaje como el Conde Rodezno, presidente del tradicionalismo carlista conciben la idea de fusionar a las dos ramas monárquicas dando pasos en esa dirección.

Los alfonsinos eran conscientes de que les faltaba una base doctrinal coherente y que, precisamente por eso, les había sido imposible garantizar la estabilidad de la monarquía y el régimen de Primo de rivera. Así pues de lo que se trataba era de crear esas bases doctrinales. De ahí surgió, como hemos visto, la revista Acción Española. Luego, la “sanjurjada” (sublevación militar del general Sanjurjo en Sevilla que no logró extenderse a otras capitanías) provocó la dispersión de la derecha radical ya mayoría de cuyos dirigentes fueron deportados al Sáhara. Esta sublevación demostró que todavía existían, no solamente dos ramas monárquicas, sino también dos actitudes: en efectos, mientras los alfonsinos apoyaron el golpe, los carlistas se mantuvieron al margen al no estar dispuestos a participar en un movimiento que supusiera la restauración de la monarquía Alfonsina. Es en ese momento, cuando Vegas Latapié inicia la difusión del pensamiento de Charles Maurras y del tradicionalismo español de Balmes, Donoso, Menéndez Pelayo y demás tradicionalistas del XIX, a través de Acción Española. Y es esta revista la que se convierte en el escenario de la ósmosis entre las dos corrientes. Si bien la mayoría de la redacción era alfonsina, también colaboraron asiduamente el Conde de Rodezno y Víctor Pradera.

Las ideas que daban solidez a este proyecto habían sido elaboradas especialmente por Ramiro de Maeztu y podían sintetizarse así:

1) El mejor momento de nuestra historia fue el Imperio constituido a partir de los Reyes Católicos, por tanto cualquier forma de Estado que se aplicara en España no podía ser sino la continuación y la herencia de aquel afirmado en 1492.

2) El liberalismo rompió la memoria de nuestro pasado y abrió el camino a la decadencia, se trataba, por tanto, de rechazar cualquier tentación y cualquier forma de liberalismo.

3) La monarquía tradicional era la forma de Estado que mejor convenía a nuestro pueblo en la medida en que rompía con el liberalismo y encarnaba mejor nuestro pasado.

4) El rey era moderador entre los distintos poderes y el más cualificado para alcanzar el bien común, siendo el elemento integrador de clases, regiones, opiniones e intereses.

5) Lo hereditario de la institución monárquica garantizaba siempre la estabilidad y la continuidad del régimen y se concebía a ésta como “monarquía tradicional” esto es, alejada de dos polos, el absolutismo y la monarquía constitucional: el rey no sería ni un autócrata ni una figura decorativa, sería el moderador y garante de la unidad del Estado y de la autonomía de las partes que lo componían.

6) Los organismos representativos de la población no serían constituidos en base a partidos políticos, sino a criterios corporativos y orgánicos.

Tal era la doctrina monárquica, unánimemente aceptada durante la II República y que difundían los redactores de Acción Española y que encontrarían su plasmación programática en Renovación Española y en su figura señera, José Calvo Sotelo.

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Renovación Española y Acción Española, la derecha fascista (V de VI). Calvo Sotelo, alma del fascismo de derechas

De entre todos los “fascistizados”, sin duda la figura de José Calvo Sotelo es la más interesante hasta el punto de que, algunos lo han considerado como el representante por excelencia del “fascismo español” por encima de José Antonio Primo de Rivera. En realidad, la gran manifestación propiamente fascista inmediatamente anterior a la Guerra se dio con ocasión del entierro de Calvo Sotelo cuatro días antes del 18 de Julio. Apenas tenía 47 años.

El mapa de la derecha española durante la II República situaba a Calvo Sotelo en una posición entre la Derecha, más o menos liberal de Gil Robles y el fascismo activista de la Falange de José Antonio. Los tres sectores, ni se llevaban excesivamente bien, ni tampoco se combatían con saña, estaban interpenetrados (especialmente en lo que se refiere a las Juventudes de Acción Popular, rama juvenil de la CEDA). No solamente Calvo Sotelo fue partidario poco después de la fundación de Falange Española de integrarse en el partido, sino que en los meses que mediaron entre las elecciones de febrero de 1936 y el 18 de Julio de ese año, miles de militantes de las JAP pasaron a Falange Española, y las fotos tomadas durante el entierro de Calvo Sotelo resulta evidente que estamos mucho más próximos de un acto de carácter fascista que de una concentración de duelo monárquica.

La muerte de Calvo Sotelo sacudió como ninguna a toda la sociedad española y, a partir de ese momento, nadie debía llamarse a engaño: era una cuestión de tiempo que se produjera un golpe de Estado para restaurar el orden. Sólo hubo que esperar tres días.

Todavía se sigue debatiendo sobre si fueron las palabras de la Pasionaria tras un discurso parlamentario de Calvo Sotelo el   XXX de Julio de 1936, lo que entrañó su asesinato e incluso si la Pasionaria pronunció esas palabras. También se ignora a ciencia cierta la identidad de los asesinos del teniente Castillo cuya muerte acarreó como represalia la de Calvo Sotelo. Demasiados enigmas concentrados en tan pocos y tan intensos días.

Castillo no era un tenientillo entre muchos otros de la Guardia de Asalto. Era de familia liberal y aristocrática, había participado como alférez en la Guerra del Rif y en el desembarco de Alhucemas que le puso fin. Durante la II República se comprometió con el socialismo y al ser destacado con su unidad en Asturias para reprimir la sublevación de febrero de 1934 se negó a actuar alegando “yo no tiro contra el pueblo”, lo que le costó un año de prisión militar. Al salir radicalice aun más sus posiciones políticas, afiliándose a la Unión Militar Republicana Antifascista y a partir de ahí pasó a instruir militarmente a las Juventudes Socialistas. El 14 de abril de 1936, uno de los hombres de la sección de Castillo asesinó a Andrés Sáez de Heredia primo de José Antonio y el propio Castillo dejó herido de gravedad a un estudiante carlista, en el curso de una manifestación contra el Frente Popular. En esa ocasión Castillo estuvo a punto de ser linchado por los manifestantes. Fue este episodio el que situó a Castillo en el punto de mira de las milicias de derechas. El 12 de Julio, finalmente, cae asesinado a las 22:00 horas, nunca se sabrá exactamente por quién (por carlistas según Gibson o por falangistas según Preston). En la noche del 14 al 15, le toca a Calvo Sotelo. El 17 se iniciaba la sublevación del Ejército de África.

Veamos cuál fue su carrera política hasta su dramática muerte. Hijo de un juez, licenciado en derecho. Opositor nato (abogado del Estado, número uno de su promoción), inicio una colaboración con los medios mauristas en el Ateneo de Madrid, comprometiéndose con ellos y siendo miembro de la secretaría personal del líder conservador cuando se constituyó el nuevo “gobierno nacional” en mayo de 1918, elaborando proyectos para la reforma de la administración que luego fueron aprovechados por la Dictadura de Primo de Rivera.

Contrariamente a lo que se tiene tendencia a pensar, el conservadurismo de aquella época (no sólo en España, sino en toda Europa) tenía una fuerte intencionalidad social surgida de dos componentes: la doctrina social de la Iglesia y el corporativismo. Por eso, algunos pueden sorprenderse de que Calvo Sotelo cuando irrumpió en el Parlamento en 1919, como diputado por Orense, centrara sus críticas en el caciquismo y en la temática social. Esa preocupación social le acompañó siempre. En las elecciones de 1931, desde su exilio emitió un comunicado en el que podía leerse: “Soy avanzado en materia social y económica, mas no profeso el marxismo; [...] porque estimo esencial para el progreso humano el desenvolvimiento y difusión de la propiedad privada, y, en último término, porque hallo vital e insustituible el fervor religioso en la ordenación económica de la vida social. Pero frente a la propiedad hay que exaltar, como fuente suprema de derechos y prerrogativas, otro principio: el trabajo”.

Por eso tampoco puede extrañar que durante un tiempo colaborara con el sociólogo aragonés Severino Aznar, uno de los impulsores del sindicalismo católico y miembro de la Junta Central de Acción Social Agraria. Aznar sería también impulsor del primer núcleo democratacristiano español en 1921, del semanario Renovación Social y del fugar Partido Social Popular. Aznar colaboraría con la dictadura de Primo de Rivera, luego con la de Franco, diseñando la política sindical del nuevo Estado, como Consejero de Trabajo y primer director del Instituto de Previsión. La vida de Severino, como la de Calvo Sotelo son propias de hombres de derechas con inquietudes sociales. De hecho la trayectoria de Severino Aznar reproduce la de Calvo Sotelo y permite intuir cuál habría sido la actitud del líder fascista si hubiera sobrevivido a la guerra civil. Durante el nuevo período de gobierno de Maura iniciado en agosto de 1921, Calvo Sotelo ocupó el cargo de gobernador civil de Valencia y cuando se constituyó la dictadura fue nombrado Director General de Administración desde donde abordó distintas reformas de las que sin duda la de la administración municipal sería la que dejaría más huella. En el texto del Estatuto Municipal impulsado por Calvo Sotelo se perciben ecos del maurrasismo y del corporativismo. De un lado es democratizador y descentralizador en relación a la ley anterior en la medida en que trasladaba competencias a los ayuntamientos que hasta ese momento solamente pertenecían al Estado. Un tercio de los consistorios estarían formados por concejales elegidos por asociaciones profesionales y sindicatos obreros, una iniciativa muy parecida a la que en aquellos mismos momentos estaba teniendo lugar en Italia y que luego sería adoptada también por el franquismo.

En 1925, Calvo Sotelo lanzó otra reforma de gran calado, el Estatuto Provincial en donde redefinía -a la luz también de la doctrina maurrasiana que insistía particularmente en la reducción de la dimensión y de las atribuciones centralizadoras del Estado- el papel de las provincias (que no debían ser para Calvo Sotelo instancias al servicio del Estado), sino al servicio de los municipios que las componían, los cuales tenían la potestad de disolver las diputaciones provinciales. Así mismo las atribuciones de los gobernadores civiles quedaban limitadas y se seguían las mismas pautas corporativas del Estatuto Municipal. También en el Estatuto Provincial, Calvo Sotelo daba la posibilidad de que, mediante la aprobación de tres cuartas partes de la población de las provincias afectadas, se constituyeran “regiones”. Quizás sorprenda saber que el primer atisbo de “autonomización” del país fue propuesto en esta ley que abría la posibilidad de que las regiones tuvieran asambleas deliberantes y asumieran competencias. En 1931 proclamaría: “A esos preceptos me ciño: Nación, sólo una: España; Estado, sólo uno: el español. Y dentro de él las regiones que se quiera, con autonomía plena, intensa y profunda, pero sin romper jamás el cordón umbilical que debe unirlas a la madre patria”.

Efectuado este trabajo de reforma de la administración (que solamente en una mínima parte pudo ser llevado a la práctica por las circunstancias históricas que siguieron), fue promovido al importante cargo de ministro de Hacienda. Y en este terreno su proyecto de reforma contemplaba medidas de optimización del funcionamiento y de la recaudación. Algunas de las medidas propuestas eran drásticas (plazo de tres meses para declarar los bienes rústicos y urbanos con la advertencia de que si lo declarado era un 50% inferior al valor real se procedería a la expropiación de la finca, medida que le valió el mote de “ministro bolchevique”. Primo de Rivera dio marcha atrás a la medida a pesar que la gestión de Calvo Sotelo al frente de la Hacienda pública logró aumentar la recaudación en cinco apenas cinco un 25%, A él se le debe también la creación del actual IRPF. Así mismo impulsó una ambiciosa política de emisión de deuda pública para crear y mejorar infraestructuras, renovar el país y reducir el trecho que nos separaba del pelotón de cabeza e Europa. 

Otras dos medidas generaron expectación internacional. De un lado la creación CAMPSA, monopolio de petróleos (que costó el que el presidente de la Shell amenazara con el embargo a España… y que se eludió con acuerdos firmados entre Primo de Rivera y Stalin) que debía controlar todo lo relativo a carburantes, incluida la comercialización de los productos, la explotación de yacimientos, la gestión de la flota petrolera (que entonces no existía y que se trataba de construir) y el refinado del crudo (otra industria hasta entonces inexistente). A esta medida siguió otra no menos importante: la creación de una “banca pública” con dos instituciones, el Banco Exterior y el Banco de Crédito Local creadas al efecto y el reforzamiento del Banco Hipotecario y del Banco de Crédito Industrial.

Todas estas medidas indican el espíritu reformista y modernizador de Calvo Sotelo y, especialmente, dicen mucho sobre su experiencia en la gestión pública y en la administración del Estado. Lamentablemente, durante su mandato al frente de Hacienda, la peseta se devaluó un 60%, dimitiendo el 20 de enero de 1930 después de un encontronazo con el dictador, el cual dimitía una semana después.

En plena etapa de sustitución de Primo de Rivera por Berenguer, Calvo Sotelo fue nombrado presidente del Banco Central, en febrero de 1930, cargo del que dimitió apenas medio año después tras comprobar que los problemas de liquidez de la entidad se debían a créditos impagados concedidos a miembros del Consejo de Administración de la entidad.

En ese período, Calvo Sotelo junto a otros exministros de la dictadura contemplaba la posibilidad de formar un partido político que estuviera presenta en los siguientes comicios y que presentara como candidato a Primo de Rivera con el que llegó entrevistarse en París, el cual aceptó el proyecto que, sin embargo, jamás se llevaría a la práctica por fallecimiento del dictador a las pocas horas del encuentro. Sin embargo, Calvo Sotelo sacaría adelante el proyecto fundándose la Unión Monárquica Nacional el 5 de abril a la que se sumó el joven hijo del dictador José Antonio Primo de Rivera. Sin embargo, la tarea de esta formación se interrumpirá con la proclamación de la II República el 14 de abril. A las pocas horas Calvo Sotelo se exilió a Portugal. No volvería sino tres años más tarde.

Tras abandonar Portugal se instalará en París en donde casi inmediatamente conoce a Charles Maurras, que influyó extraordinariamente en sus concepciones que, en tanto que monárquico convencido encontraron un eco en él. Desde París, Calvo Sotelo pudo ver como Roosevelt afrontaba la crisis del 29 y reconoció en las medidas de aumento de la inversión pública las mismas medidas que él había intentado aplicar durante los años de la dictadura. París era también la atalaya más favorable para percibir otro fenómeno que estaba naciendo aquellos momentos en Europa: el fascismo. No sería hasta después de que Calvo Sotelo regresara a España cuando las “ligas fascistas” alcanzaron un fuerte impacto en Francia, pero ya entre 1930 y 1933 existían grupos fascistas y sobre todo revistas y doctrinarios, muchos de ellos católicos y procedentes de Action Française que habían abrazado el fascismo. Más tarde, en 1932, viajaría a Italia conociendo personalmente a Italo Baldo y a Mussolini.

A su regreso a España, Calvo Sotelo volvía con su convicción monárquica reforzada por los encuentros con Maurras y por su conocimiento del fascismo. Sin embargo, a partir de ese momento, ese ideal ha sufrido algunas matizaciones. Primeramente dejará de hablar de “restauración monárquica” e insistirá en la idea de que si España  vuelve a ser una monarquía se tratará de una “instauración”, evitando así la penosa obligación de realizar un análisis de la monarquía Alfonsina y de su fracaso; la nueva monarquía, la llegada por una “instauración”, deberá ser radicalmente diferente a la anterior, idea que Franco repitió  en varias ocasiones especialmente a partir de la aprobación de la Ley Orgánica del Estado de 1967. En su momento, Alfonso XIII profesó una absoluta desconfianza hacia Calvo Sotelo quien le había sugerido que abdicara en su hijo Don Juan.

Cuando en 1933, es elegido diputado por Orense en la lista de Renovación Española no pudo retornar a España inmediatamente sino que hubo de esperar hasta la amnistía de 30 de abril. Once días después, Calvo Sotelo empezaba a trabajar presentando propuestas parlamentarias. Tras los años de exilio su acomodamiento en las fuerzas políticas de la derecha fue complicada: a pesar de ser miembro de Renovación Española el presidente del partido era Antonio Goicoechea; de haber querido figurar entre los líderes de la derecha, hubiera debido competir con Gil Robles en la jefatura de la CEDA y si hubiera preferido orientarse hacia la Falange, aquel era el coto del hijo del dictador. Cabe decir que Calvo Sotelo ni antes ni después enarbolaría ninguna ambición personal y se conformaba con ser un diputado eficaz que sabía de lo que hablaba y que preparaba sus intervenciones minuciosamente.

Sobre los contactos entre Calvo Sotelo y Falange Española se han dado distintas versiones avaladas todas por unos u otros testimonios pero por ningún documento escrito. A poco de regresar a España, Juan Antonio Ansaldo lo visitó para proponerle que se integrara en el partido falangista del que él era el jefe de las milicias. Ramiro Ledesma dio otra versión según la cual habría sido Calvo Sotelo quien solicitó por iniciativa propia su ingreso en Falange. A pesar de que tenemos tendencia a reconocer como cierta la primera versión –Ledesma no participó en las negociaciones y en este terreno hablaba de oídas- ambas concluyen en el mismo punto. José Antonio Primo de Rivera se negó a admitirlo al albergar ciertas reservas en relación a la colaboración de Calvo Sotelo con su padre. El fundador de Falange en ese momento no se sentía monárquico y tenía cierto desprecio por los “señoritos” monárquicos, tal como señala Payne. Ansaldo atribuyó la negativa a un personalismo de José Antonio Primo de Rivera (poco después sería expulsado del partido).  

El 14 de junio de 1933, Calvo Sotelo, a través de una entrevista en ABC, planteó la necesidad de crear un “bloque” con todas las fuerzas que rechazaban la constitución de 1931. En los meses siguientes se publicaría un manifiesto firmado por personalidades de todos los sectores de la derecha monárquica. Fuera de los tradicionalistas y de Renovación Española, el resto de firmantes eran grupos de escasa entidad: el Doctor Albiñana, agrarios, restos de los antiguos Sindicatos Libres de Barcelona y de la Agrupación de Juventudes Antimarxistas vinculados a ellos, sectores desgajados de la CEDA, pero lo esencial de este partido y, por supuesto, los falangistas, no respondieron.

En el manifiesto el Bloque Nacional publicado el 8 de diciembre de 1934 se aludía a la “exaltación frenética de la unidad española que la Monarquía y el pueblo labraron juntos a lo largo de quince siglos (…) el hecho católico fue factor decisivo y determinante en la formación de nuestra nacionalidad”. Seguía luego un ataque al liberalismo y a la Revolución Francesa que “como Cánovas predijera, nos arrastra al comunismo”. Se llamaba a la constitución  un “Estado fuerte” del que más adelante se dice que será “integrador” y para todo ello se propone la constitución de un Bloque Nacional “que tenga como objetivo la conquista del Estado”.

Entre los firmantes del manifiesto figuraban Jacinto Benavente, Ramiro de Maeztu y José María Pemán. Sería en diciembre de 1934 cuando el llamamiento tomaría forma y daría lugar al Bloque Nacional. A pesar de que siempre fue una formación minoritaria, la personalidad de Calvo Sotelo hizo que, prácticamente, fue el portavoz parlamentario de toda la derecha.

Al aproximarse las elecciones de febrero de 1936, Calvo Sotelo no albergaba ninguna duda sobre el triunfo de la izquierda e intento que el ejército se sublevara antes de las elecciones llegando incluso a entrevistarse con Franco. Tras la segunda vuelta de las elecciones, el Frente Popular pretendía anular las dos actas obtenidas por Calvo Sotelo. Ya en ese momento se destacó la Pasionaria como principal instigadora de esta negativa a concederle el acta de diputado llegando a gritar en el momento de la votación “!Justicia para los asesinos del pueblo!”. Le fue restituida el acta, pero al presidente de Renovación Española, Antonio Goicoechea le fue denegada con lo que Calvo Sotelo quedó como jefe de su minoría parlamentaria.

En los meses de mayo y junio de 1936 siguió creciendo la tensión tanto en la sociedad como en el parlamento. El 15 de abril, Azaña al presentar su programa de gobierno fue replicado por Calvo Sotelo quien le recordó que solamente en dos meses se habían producido un centenar de muertos y quinientos heridos por la violencia política, exigiendo que el gobierno se preocupara de mantener el orden. Paralelamente siguió manteniendo sus llamamientos públicos y privados para que el ejército asumiera sus responsabilidades. Vulnerando la legislación de la época, Azaña, sin mandamiento judicial, ordenó que se intervinieran permanentemente los teléfonos de Calvo Sotelo. Y en medio de un clima tensión exasperada se produjo la sesión parlamentaria del 16 de junio de 1936.

El discurso parlamentario de Calvo Sotelo el 16 de junio fue una interpelación a Casares Quiroga, entonces Ministro de Gobernación, e particularmente interesante para ver que, en ese momento, ya había asumido todos los valores del fascismo, de hecho él mismo, tras definir lo que era el fascismo se declaro tal. En el discurso atacó especialmente las “fórmulas financieras de capitalismo abusivo”, uno de los temas favoritos del populismo fascista de la época, fue uno de los discursos más “sociales” de Calvo Sotelo y, desde luego, en donde el monarquismo estuvo completamente ausente. La búsqueda del orden, la oposición a los lock-outs patronales y a las huelgas salvajes, la denuncia del desorden que se estaba dando en las calles y en la economía, la necesidad de estimular la “producción nacional”, la concepción de un Estado situado más allá de la lucha de clases, todo ello resumían las ideas del fascismo. Sugirió la posibilidad de un golpe de Estado militar en caso de que todos estos problemas se prolongaran y atacó la pasividad del gobierno ante las milicias de izquierda. Se produjo un intercambio de insultos con Wenceslao Carrillo, padre de Santiago Carrillo y dirigente socialista, que no figuraron en el Diario de Sesiones. Casares le hizo responsable de una sublevación eventual de parte del ejército que, Calvo Sotelo consideró como una “amenaza”. Desde los escaños comunistas, Dolores Ibárruri consieró una “vergüenza” que Calvo Sotelo no hubiera sido juzgado como ministro de la dictadura y organizador de la represión contra el sindicalismo (algo en lo que Calvo Sotelo jamás participó).

Es en esa sesión, probablemente la más crispada que se ha producido jamás en un parlamento español, cuando se atribuye a Dolores Ibárruri pronunciar la “sentencia de muerte” contra Calvo Sotelo: “Este hombre ha hablado por última vez”. Sin embargo, es cierto que la frase no figura en el Diario de Sesiones y que La Pasionaria rechazó haberla dicho. Pero otros testimonios declararon que sí había pronunciado la frase y muy poco sospechosos de derechismo o de complicidad con Calvo Sotelo. Uno de estos testimonios es el de Josep Tarradellas, miembro de ERC que luego sería presidente de la Generalitat de Catalunya en el exilio y más tarde presidente de la Generalitat restaurada por Suarez (1) y el otro Salvador de Madariaga (2). Es normal que la Pasionaria, a la vista de que el asesinato de Calvo Sotelo se considera unánimemente como detonante de la guerra civil, evitara reconocer que había pronunciado aquellas palabras. En cuanto a que no figuren en el Diario de Sesiones, no es relevante a la vista de que en esa misma sesión el propio Martínez Barrio pidió que no aparecieran frases enteras del rifirrafe producido durante la intervención de Calvo Sotelo.

En la siguiente sesión parlamentaria del 1 de julio, Calvo Sotelo volvió a tomar la palabra para atacar la reforma agraria del gobierno explicando. A poco de iniciar su discurso y a mencionar el papel de la URSS en el auge del fascismo, los diputados comunistas iniciaron sonoras protestas. Calvo Sotelo para confirmar sus tesis aludió a la participación de los agricultores en la toma del poder por parte del fascismo italiano y terminó proclamando que solamente un Estado Corporativo aliviaría los males del campo en España. Esa alusión es, para nosotros suficiente, para asumir que Calvo Sotelo, había culminado ya su viraje hacia el fascismo. Las crónicas lo siguen llamando “diputado monárquico” pero, en realidad, se había operado en él un deslizamiento progresivo hacia el fascismo que le llevó en esa, su última sesión parlamentaria, a aludir al “Estado Corporativo”, no en la versión de Maurras, sino directamente ligado al movimiento de Mussolini. Toda la derecha, no solamente los diputados del Bloque Nacional-Renovación Española, sino también los de la CEDA, aplaudieron la intervención de Calvo Sotelo. Y estos sí podían considerarse “fascistizados” en la medida en que en su actitud no había una profunda reflexión doctrinal, sino apenas una actitud visceral dictada por la polarización de la cámara.

En esa sesión, resultó expulsado un diputado de la derecha que se solidarizó con Calvo Sotelo, la Pasionaria desde su escaño siguió gritando llamamiento a “arrasar” a la derecha (que tampoco figuraron en el Diario de Sesiones pero que oyeron perfectamente otros diputados), el socialista Galarza defendió el uso de la violencia contra el fascismo (palabras que fueron borradas del diario de sesiones), todo ello en medio de un clima de guerra civil que había llegado antes al parlamento que a la sociedad.

El asesinato del teniente Castillo el 12 de julio. Era evidente que se iba a producir una represalia. La duda estriba en si el asesinato de Calvo Sotelo se produjo como represalia a la muerte de Castillo o estaba preparada antes. Lo cierto es que a partir de la sesión parlamentaria del 6 de junio cuando se produjeron movimientos extraños dirigidos por el Director General de Seguridad que cambió la escolta de Calvo Sotelo juzgada como excesivamente solidaria con el político. Fueron nombrados dos masones para escoltar a Calvo Sotelo, Garriga Pato y Serrano de la Parte, izquierdistas notorios. La orden era que en caso de atentado simularan proteger al escoltado, pero no defenderlo y en caso de que se produjera un atentado y no resultara muerto, rematarlo. Una filtración permitió a Joaquín Bau Nolla enterarse de estas instrucciones y alertar a Calvo Sotelo, el cual obtuvo otra escolta que tampoco era de su confianza. El 10 de julio otro diputado de Renovación Española, Cortés Cabanillas, volvió a alertar a Calvo Sotelo de otro proyecto de asesinarlo surgido de las filas socialistas proponiéndole una guardia compuesta por militantes de su partido a lo que el interesado contestó que lo más probable es que fuera asesinado por el propio gobierno.

Al ser trasladado el cuerpo del teniente Castillo a la Dirección General de Seguridad se encontraron muchos militantes socialistas y de la UMRA y parece que allí se tomó la decisión de asesinar en ese momento a Calvo Sotelo. Gobernación ordenó la detención de los sospechosos de poder haber cometido el atentado contra Castillo y uno de los grupos que partió para esta tarea, dirigido por el capitán de la Guardia civil Fernando Condés (conocido socialista expulsado del cuerpo por haber participado en la revolución de Asturias, también francmasón), amigo de Castillo y destacado miembro de la UMRA, acompañado por una docena de milicianos socialistas habitualmente escoltas de Indalecio Prieto, varios miembros de la policía y un escolta de la diputada socialista Margarita Nelken. La camioneta fue directamente en busca de Calvo Sotelo, mientras que otra partió en busca de Gil Robles que se encontraba fuera de España en ese momento.

Tras detener a Calvo Sotelo y montarlo en la camioneta un tal Luis Cuenca Estevas, escolta de Prieto y conocido como “El pistolero”, lo asesinó a la altura de la calle Velázquez con Ayala, con un tiro en la nuca y un segundo tiro cuando ya estaba en el suelo de la camioneta rematándolo. Abandonaron el cadáver en el Cementerio del Este en una acera. Luego fueron al cuartel de Pontejos en donde “El Pistolero” se presentó al comandante Burillo (también francmasón) que lo abrazó. No es cierto, como durante años se sostuvo que fueran Guardias de Asalto quienes formaban parte de la dotación de la camioneta y que efectuaron su acción como represalia por la muerte de su compañero el teniente Castillo. La composición del comando asesino sugiere que se trató de un grupo bien relacionado en  las altas esferas socialistas y que contaba con un número extrañamente significativo de franc-masones socialistas. De hecho el propio Luis Cuenca, visitó a las 8:00 de la mañana a Julián Zugazagoitia, director de El Socialista comunicándole el crimen. No se trataba pues de Guardias de Asalto marginales o poco representativos, sino de militantes socialistas con fuerte presencia en las logias. En cuanto al capitán Condés, a las 8:30 llamó a la sede del PSOE comunicando al diputado Juan Simeón Vidarte que acababa de asesinar a Calvo Sotelo yendo a ocultarse a la casa de la diputada socialista Margarita Nelken. La mujer de Calvo Sotelo lo identificó inmediatamente, lo que no fue óbice para que se Condes se entrevistara con Indalecio Prieto. En resumidas cuentas, en los días que siguieron al crimen tres diputados socialistas –y no precisamente tres diputados de base- encubrieron y ocultaron a los asesinos. El 25 de julio, una vez desencadenada la guerra civil, las milicias socialistas robaron a punta de pistola el sumario instruido por el crimen. Se trató de un verdadero “crimen de Estado”.

Sin embargo, la violencia acompañó a Calvo Sotelo hasta su tumba. Tras una encendida oración fúnebre pronunciada en el cementerio por el presidente de Renovación Española y ante varios miles de partidarios que le despidieron brazo en alto al estilo fascista, se produjo una concentración en la calle Goya esquina Alcalá siendo brutalmente disuelta por la Guardia de Asalto causando cinco muerto y cuatro heridos. Dos oficiales que se negaron a disparar sobre la masa fueron detenidos. El gobierno, en lugar de optar por detener y procesar a los responsables del crimen de Calvo Sotelo, optaron por detenciones masivas de activistas de derecha para evitar represalias, ignorando que lo único que habían logrado era decantar bruscamente a militares que hasta ese momento habían dudado en pronunciarse contra la República y acelerar el pronunciamiento militar.

A nadie se le escapa que de haber sobrevivido a la guerra civil, Calvo Sotelo hubiera sido una de las eminencias grises del nuevo régimen y que hubiera ocupado hasta el final de su vida altos cargos en la administración franquista tal como la ocuparon algunos de sus amigos íntimos y colaboradores en Renovación Española, Bau Nolla o Corté Cabanillas que estuvieron presentes en las altas esferas del régimen hasta su fallecimiento. El régimen franquista profesó un culto casi idolátrico a Calvo Sotelo a quien le dio el título de “Protomártir de la Cruzada”, pero seguramente, de haber sobrevivido, la evolución del régimen hubiera sido muy diferente. Si Gil Robles optó por ausentarse de España y José Antonio Primo de Rivera no pudo evitar ser fusilado por la República, seguramente la presencia de Calvo Sotelo en la “Zona Nacional” hubiera contribuido a dar una mayor coherencia al régimen, habría disminuido el peso de la falange (que en el momento de producirse el 18 de julio era una fuerza juvenil demasiado pequeña) y seguramente el papel de Calvo Sotelo hubiera consistido en dar la fisonomía política al nuevo régimen que, no lo dudamos, hubiera sido fascista, quizás con menos exaltaciones imperiales pero seguramente con mayor profundidad doctrinal.

Como hemos visto a lo largo de esta breve biografía, había que descartar que hubieran podido surgir diferencias entre Franco y Calvo Sotelo. Este admitía perfectamente jugar un papel secundario y dedicarse a los debates parlamentarios o bien a la reforma de la administración. Nunca disputó a nadie el liderazgo, ni nunca rivalizó con nadie por ocupar puestos de poder. Su superioridad intelectual estaba fuera de duda y su capacidad para la gestión de la cosa pública que demostró durante la dictadura era incuestionable. Por eso su decantación hacia el fascismo era importante: porque no se trataba de un joven exaltado, ni de alguien obsesionado por la estética y la retórica fascista, sino de un gestor eficaz que racionalmente había llegado a asumir que en los años 30 el “orden” caminaba al paso con el “fascismo”.  

(1)  Josep Tarradellas: El único camino. Barcelona, Bruguera, 1979, p. 248.

(2)  Salvador de Madariaga: España: ensayo de historia contemporánea, 1979, pg. 384

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Reflexiones sobre España y los españoles (I). Consumismo y ética del catolicismo

Reflexiones sobre España y los españoles (I). Consumismo y ética del catolicismo

Infokrisis.- Se conocen suficientemente las tesis de Max Weber sobre la ética protestante y el espíritu del capitalismo (1) que apenas tienen importancia para nuestro país como no sea por la vía de la negación. Dado que a este lado de los Pirineos el calvinismo apenas suscitó interés salvo en círculos muy restringidos a los que la Inquisición disuadió de cualquier tentación de organizarse, no apareció esa ética que en Centroeuropa y en EEUU encontró su meca.

Dos éticas, protestante y católica, frente al capitalismo

Weber parte de la observación de que la estructura religiosa de una sociedad afecta profundamente a sus comportamientos sociales  y, a partir de ahí explica que el capitalismo ha arraigado mejor en unos países que en otros, constata que es allí en donde el protestantismo cuajó en donde mejor arrancaron las economías capitalistas más frenéticas. Ética del trabajo y del esfuerzo como forma de pagar nuestros pecados, ética de la austeridad y del rigorismo moral, convicción a fin de cuentas de que Dios toca a sus elegidos con la fortuna material y la riqueza cuando siguen esa vía. Tales son las ideas de Weber en este terreno.

Esta tesis se adapta como un guante a las fases iniciales del nacimiento del capitalismo, pero diría mucho menos sobre las fases posteriores de su desarrollo y, a decir verdad, estaría en franca contradicción con el consumismo que apareció en los años veinte y treinta y que se exasperó a partir de los años 50 y en nuestro país una década después. Y si intentamos adaptar la tesis de Weber a nuestro país tan sólo servirá para explicar porqué llegamos tarde al arranque el capitalismo pero en absoluto para explicar la fisonomía capitalista de nuestra sociedad que, a todas luces, tiene en el catolicismo a su única componente religiosa. Dicho de otra manera: la cuestión a plantear es ésta: ¿cómo influyó el catolicismo en el desarrollo del capitalismo español? Porque, este es el hecho inicial constatado por Weber, toda estructura religiosa de una sociedad determina la fisonomía de la estructura económica de esa misma sociedad.

El único punto que posibilita arrancar una discusión sobre este tema es la diferencia entre las dos éticas, la protestante y la católica. Se conviene que la ética protestante supone una relación individual y personalizada con Dios (a partir del “libre examen” de los textos bíblicos y de la interpretación que cada uno le dé), mientras que la católica implica una aceptación colectiva de los principios enunciados por la Iglesia a la que se reconoce “autoridad”. Es lo que va de un sistema individualista y liberal a un sistema autoritario y jerarquizado de creencias. En el protestantismo no existe jerarquía, la función del “pastor” es, como máximo orientar a los fieles y presidir su asamblea, mucho más que guiar y establecer normativas. En el catolicismo, en cambio, todo está jerarquizado, regulado y sometido a normas emanadas por la cúspide vaticana. La jerarquía católica dice lo que es justo y necesario, establece el patrón de normalidad y el modelo a rechazar. No fomenta la iniciativa individual que podría ser peligrosa para su sistema de creencias y, por tanto, en su interior solamente han destacado como grandes capitalistas aquellos que experimentaban una sensación extrema de pecado y culpa, convencidos de que solamente el sufrimiento y el trabajo a este lado de la existencia conseguirán redimir la falta originaria. Pero siempre, en el catolicismo, se ha tratado de excepciones; la regla ha sido muy diferente.

De la sociedad trifuncional al consumismo

En efecto, en los estatutos de los gremios y de las corporaciones de los oficios medievales que subsistieron en todo su esplendor hasta la Revolución Francesa y en España hasta el trienio liberal, prolongando su presencia incluso hasta los años 60 del siglo XX, estuvo siempre presente una componente de austeridad pero también de moderación en el comportamiento. El artesano afiliado a los gremios trabajaba para vivir honesta y dignamente, no para amasar riquezas. Le bastaba obtener unos medios que garantizasen su dignidad, la de sus aprendices y de su familia, y ello le bastaba para seguir el mandamiento bíblico de “trabajarás con el sudor de tu frente”. No existió jamás en el gremialismo europeo la obsesión por el trabajo como apareció en el siglo XVI con la reforma protestante en Europa Central. Es significativo, por ejemplo, que en el Reino Unido, tras la escisión anglicana, los gremios siguieron siendo católicos y que, incluso en el área del Sacro Imperio tuvieron una alta componente católica hasta su desaparición de sus últimos restos en el marasmo de la II Guerra Mundial.

Es importante recordar que el papel de los gremios en las culturas indo-europeas fue el de encuadrar a la “función productiva”, tercera pata de una estructura social completada por la “función guerrera” y la “función sacerdotal”: hombres para defender a la comunidad que agrupaba a las personalidades dadas a la acción, hombres para orar por la comunidad para personalidades dadas a la contemplación y hombres para producir bienes para la comunidad dados al trabajo sobre la materia.

En realidad, debemos entender el capitalismo como una anomalía que apareció a finales de la edad media en este universo orgánico, jerárquico y trifuncional. En esa época, cuando se inició el comercio con Oriente, aparecieron un tipo de persona que estaba fuera de la disciplina de cualquiera de estos tres estamentos: el comerciante. Este se había especializado en traer mercancías de la Oriente para venderlos en Europa Occidental y fue capaz de generar un excedente de capital sin medida ni límite, y, por supuesto, sin la imposición moral del gremialismo.

En el momento en que la figura del comerciante se interrelacionó con la del banquero (habitualmente judíos, genéticamente especializados en la especulación y el préstamo con usura dado que el católico lo tenía prohibido), se sentaron las bases para la futura eclosión del capitalismo. Y ese proceso se dio también en las sociedades no calvinistas de la Europa del Sur y del Oeste y explica parte de las acumulaciones de capital anteriores al siglo XVIII en nuestro país.

El “rentista” producto de nuestra historia patria

Cuando se empieza a producir la decadencia del Imperio Español, aparecen fenómenos extraños y casi diríamos enfermizos en nuestro arte: de un lado irrumpe la arquitectura barroca que en España adopta unas formas excepcionalmente retorcidas y complejas; por otro la poesía cultera de Góngora que traslada a la literatura esta misma complicación. El barroco termina siendo yeso cubierto de purpurina –esto es, pobreza de materiales encubierta por formas complejas-, una especie de quiero y no puedo, un estar a la altura del lujo y de la riqueza muy por encima de las propias posibilidades.

Por entonces España ha tenido también una alteración sociológica. Aparece la figura del rentista, habitualmente un noble que percibe rentas de sus amplias posesiones agrícolas. No trabaja, ni siquiera organiza el trabajo, ni planifica la producción, ni se responsabiliza de ella, simplemente se limita una vez al año a percibir las rentas productos del trabajo de otros realizado sobre los territorios de su propiedad. En realidad, éste mismo sistema estaba en vigor en la misma época en toda Europa, pero con una pequeña diferencia: la nobleza española era extraordinariamente más numerosa que la de cualquier otro país europeo. Esto se debió a dos fenómenos complementarios: de un lado los ocho siglos de Reconquista, prolijos en hechos heroicos que tuvieron como contrapartida la concesión de títulos de nobleza y la superposición posterior de la nobleza del blasón a esta nobleza de la sangre, es decir, de los títulos nobiliarios concedidos alegremente en los años de la decadencia imperial y posteriormente con la llegada de los borbones, para mostrar agradecimiento a los cortesanos sin que mediara acción heroica alguna.

En tanto que rentistas, esta ingente masa de títulos nobiliarios, llevaron una vida completamente ociosa sin preocuparse ni por la producción, ni por la ordenación de los cultivos, ni por la administración de los tierras, sino solamente ocupados a llevar un ritmo de vida improductivo sostenido por... las rentas. Cuando en el siglo XIX y XX, los volúmenes de estas rentas fueron descendiendo, esa nobleza siguió subsistiendo vendiendo lotes de tierra según las necesidades de su economía, proceso que todavía sigue hoy en algunas zonas de la España rural.

La figura del rentista es importante porque su figura iba acompañada de una serie de seudo-valores: es una persona que goza de “prestigio” (no trabaja, no se esfuerza, tiene veinticuatro horas del día para disponer de su tiempo a su libre antojo, dispone de una vida social extremadamente rica y diversificada), tiene “posesiones” (una casa o un palacio que destilan riqueza, ostentación, dispone de criados y sirvientes uniformados que, incluso, en algunos casos, caminan por las calles ostentando en sus vestidos las iniciales de su señor como forma extrema de ostentación), dedica buena parte de su tiempo a los “juegos” causando admiración general por sus vestidos extremadamente cuidados y sus habilidades y, finalmente, tiene, en conjunto, una “imagen” extraordinariamente atractiva y atrayente. Se le puede ver en las fiestas comunitarias, presidiéndolas, se prodiga en general mucho más en los ambientes populares que cualquier otra nobleza europea, mucho más reducida y extremadamente elitista.

La figura del aristócrata rentista se complementa con la de la estructura religiosa que destila jerarquía. El Papa ordena a los cardenales, estos tienen prelación sobre los obispos y los monseñores y estos, a su vez, sobre los sacerdotes diocesanos y, paralelamente, las órdenes religiosas están igualmente estructuradas jerárquicamente. La jerarquía es el rasgo de las sociedades españolas incluso durante los siglos de la decadencia.

Sociedades católicas y consumismo

Y en lo que se refiere a las artes, nada que ver el desarrollo casi hipertrófico de las artes en la Europa Católica como la austeridad propia de la Europa Protestante. En realidad el protestantismo realiza una primera laicización de la sociedad europea concentrando su esfuerzo en la palabra el pastor en la asamblea de los fieles, mientras que el catolicismo desarrolla una liturgia extremadamente florida que sugiere una tendencia a lo suprasensible, precisa de ornamentos para expresar sus dogmas, adorna sus centros de culto con metales preciosos y demás formas de arte sagrado que intentan expresar la grandeza de lo divino y dar a la “casa de Dios” el aspecto que debe corresponder por la grandeza del Altísimo.

Finalmente, todo esto determina un ethos comunitario en el catolicismo, mientras que el protestantismo favorece la exasperación de formas individualistas.

Y es así, sobre estas características como se explica el hecho de que las sociedades protestantes y calvinistas hayan sido extremadamente diestras en arrancar el sistema capitalista y obtener de él el máximo de beneficios… mientras que las sociedades católicas –y la española más que ninguna otra- quedaban atrás y solamente alcanzaron en rigor un nivel de vida similar, cuando irrumpió la “sociedad de consumo” ya en el siglo XX.

Efectivamente, dadas las características del catolicismo, difícilmente podía alumbrar una sistema de tipo capitalista (lo que, como hemos dicho no excluía el que algunas personalidades torturadas por la idea del pecado original y la redención mediante la expiación de la culpa, vieran en el trabajo un camino) pero sí en cambio eran el campo mejor abonado para el crecimiento rápido –casi diríamos instantáneo- de la sociedad de consumo.

En la sociedad de consumo percibimos, laicizadas, todas las “virtudes” presentes en la sociedad católica de la decadencia española: poseer es símbolo de “prestigio” social, ya no se trata de “ser” sino de “parecer”, y para ello se recurren a la “posesión” de signos externos de riqueza que, en su conjunto, ofrecen una imagen de la persona, teniendo en cuenta que la imagen es un reflejo de la persona y no la persona en sí misma. ¿Qué es el consumidor moderno sino un receptáculo de todos estos seudo-valores? La idea del “qué dirán” presente ya en la literatura –por tanto en la sociedad- española del siglo XVII y XVIII pasa a ser la doctrina del consumidor español del siglo XX.

Para colmo, la estructura jerárquica de la Iglesia Católica había calado profundamente en la sociedad española a diferencia de las sociedades protestantes. Esta noción explica el porqué en los EEUU se invierten muchos más recursos en publicidad que en España. En efecto, mientras que en EEUU costaba arrancar al consumidor target de la ideología de la austeridad que acompaña al calvinismo, en España ha bastado siempre con que los llamados “líderes de opinión” (individuos considerados como imágenes para la sociedad) usaran determinados bienes de consumo para que estos fueran inmediatamente anhelados por el resto de la sociedad. Era el resultado de una sociedad jerarquizada habituada a seguir e imitar a quien se sitúa en la cúspide.

Mientras que las sociedades protestantes y calvinistas son “esencialistas”, las sociedades católicas son “esteticistas”, tal como hemos visto al aludir al desarrollo desigual de las artes en ambas doctrinas. Las sociedades esteticistas, al evolucionar, se pierden en los escaparates de consumo; mientras que las esencialistas atienden solamente a sus necesidades y a satisfacerlas, las esencialistas para satisfacerlas miran a la cúspide de la pirámide social e intentan imitarlas.

Por eso, en las sociedades católicas como la española es donde el consumismo se ha extendido como un reguero de pólvora en el momento en que se han dado las condiciones adecuadas para ello (en los años 60). A la inversa, las sociedades protestantes les ha costado menos llegar al capitalismo que al consumismo: lo han logrado a fuerza de habituar al ciudadano a consumir mediante sobredosis de publicidad.

El origen de la sociedad de consumo

Vale la pena recordar el origen de la sociedad de consumo para situar un poco mejor la cuestión. Con el siglo XX nacieron dos fenómenos que deberían cambiar la faz de la Tierra: el fordismo y el taylorismo. El fordismo consistía simplemente en el abaratamiento de los costes de producción y en la transformación del proletariado de trabajadores alienados en consumidores integrados mediante el aumento del salario. A su vez, el taylorismo suponía una optimización al máximo de los movimientos y de los gestos de los trabajadores, calculando la duración media de cada uno de ellos, simplificándolos y racionalizándolos para que en el mismo tiempo lograron una máxima productividad. Estos dos fenómenos, favorecieron el que al estallar la I Guerra Mundial pudieran producirse grandes cantidades de armamento y equipo para los combatientes. Al acabar el conflicto, las plantas de producción seguían en pie, pero debían dedicarse a la producción para usos civiles. Pronto estuvo claro que el consumo interior constituía un mercado insuficiente para absorber los bienes producidos, y esto forzó a recurrir a la exportación, pero pronto se hizo evidente que ni siquiera así se podían absorber las enormes cantidades de bienes producidos y eso fue lo que forzó a modificar el modo de vida de las poblaciones y llevó a la sociedad de consumo. Los dos instrumentos básicos para esta transformación fueron el marketing y la publicidad y el enemigo era la sociedad tradicional que no soportó más de 20 años en ataque (los que mediaron entre 1919 y 1939).

Antes de iniciar la II Guerra Mundial, el consumismo ya había irrumpido en EEUU y en los países más avanzados de Europa. En España apenas había despuntado. La Guerra Civil interrumpió el tímido proceso hacia el consumismo; luego, la miseria de la postguerra y el aislamiento internacional que se prolongó hasta 1956 no fueron los terrenos más abonados para establecer una verdadera sociedad de consumo: todavía existían las restricciones de energía y las cartillas de racionamiento.

Fue a partir de principios de los años 60 cuando aparecieron masivamente los productos de consumo, vehículos, electrodomésticos, vestido, etc, en número suficiente como para estimular su compra sin que aparecieran problemas de desabastecimiento. Pero en España el afán de “propiedad” de nuevos objetos alcanzó a sectores que habían estado ausentes en la fiebre del consumo generada en otros países europeos. En efecto, mientras que en el Reino Unido en 1980 solamente el 21,2% de las viviendas era de propiedad privada y el 78,8% de titularidad pública, en España el 93,3% era privado y el 6,7% público. En lo relativo a las viviendas de alquiler en ese mismo período, mientras que en Alemania el parque era del 58% en España apenas llegaba al 12%.

Es fácil interpretar esta tendencia en el contexto que hemos definido anteriormente: si la sociedad española tenía una conciencia jerárquica traspasada por el catolicismo y tendía a imitar los comportamientos de quien se encontraba en la cúspide de la jerarquía, estaba claro que los bienes inmuebles eran la forma de propiedad que caracterizaba a esa cúspide. De hecho pueden encontrarse también rastros en la exagerada eclosión de la burbuja inmobiliaria en el período 1995-2007.

Así mismo, el desprecio por el trabajo manual que fue una de las características de la aristocracia española desde los grandes Austrias. Ese mismo desprecio se daba en Europa, pero, como ya hemos dicho, la aristocracia española tenía un carácter hipertrófico. Y esto ha llegado también hasta nuestros días en el ideal del “pelotazo” y en la búsqueda de un rápido enriquecimiento mediante el recurso a la economía especulativa. El “rentista” de ayer es el especulador de hoy: casi un ideal colectivo en España. ¿Y la economía productiva? En ningún país como en el nuestro se ha producido un descrédito y una desprotección por parte de las autoridades a la economía productiva. Es todo un país hoy el que parece decir: “¿Trabajar? ¿Para qué?”.

El pueblo español procedió al “consumo por imitación” y lo hizo de manera colectiva, como se hacen las cosas en toda sociedad de origen católico. El resultado ha sido deletéreo: no quedan rastros de la sociedad tradicional; el catolicismo, después de proporcionar el esquema de fondo para la orgía consumista en los años 60, fue decayendo a partir de entonces y hoy apenas tiene influencia social salvo en zonas rurales. La trampa consistía en que el consumo de bienes materiales arrastra hacia la materia y la materia aleja del espíritu, por tanto una sociedad consumista es, casi necesariamente, una sociedad volcada hacia lo contingente. El catolicismo hizo el trabajo sucio, adecuó mentalmente a nuestro pueblo para asumir el consumismo y cuando éste irrumpió, ese mismo pueblo dio la espalda a la religión tradicional.

(1)    Max Weber, Ética protestante y espíritu del capitalismo, Fondo de Cultura Económica, México 2003.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

Mitopoética del nacional-socialismo. Un texto de Franco Cardini (revista Totalité,1981)

Infokrisis.- El texto que sigue a continuación es la traducción de un artículo publicado en 1981 por el medievalista italiano Franco Cardini en la revista Totalité en el año 1981. Esta revista era, en aquel momento, el boletín del círculo "Cultura y Tradición" que en aquella época y en los años siguientes realizó un extraordinario esfuerzo por difundir los textos de Julius Evola en lengua francesa, primero a través de las revistas Totalité, Rebis, Kalki, y posteriormente a través de la Editorial Pardés que  continúa en funcionamiento. El articulo que sigue es una interpretación "mitopoética" del naconal socialismo y, en realidad, aborda la cuestion de cómo un especialista en historia medieval analizaría el fenómeno del nacional-socialismo en función de los mitos y de las leyendas medievales. Particular fuerza adquiere el artículo cuando refiere la vieja leyenda germánica del Flautista de Hamelin en relación a la historia de Hitler y de su función entre 1933 y 1945. Debió ser hacia 1985 cuando realizamos la traducción de este artículo que casualmente hemos encontrado en el mes de agosto.

Mitopoética del nacional-socialismo

Cuando hace unos años se desencadenó una polémica contra la presunta rehabilitación de Mussolini y del fascismo por De Felice, hubo, además de críticas apoyadas sobre un examen científico serio, otras conducidas de manera histérica, o que no tuvieron reparos en descender al nivel del linchamiento. En este segundo terreno tan poco ejemplar, alguien sugirió la vergonzosa idea de que un día Hitler y el nacional‑socialismo podrían encontrar igualmente su De Felice.

George L. Mosse está muy lejos de ser “rehabilitar" al movimiento hitleriano; en la historia, por lo demás, las rehabilitaciones ‑lo mismo que en el de las exaltaciones, las condenas y las justificaciones‑ son un falso problema. El hecho de que en Italia algunas conclusiones de Mosse, aunque fundadas científicamente ‑o quizás por eso mismo‑ hayan levantado el escándalo, prueba una vez más que en este país la libertad de opinión, cuando se trata de ciertos temas, se convierte en una utopía, no sólo, sobre el plano histórico (lo que sería, más o menos, normal), sino también sobre el plano científico. Afrontar temas tales como Hitler y el nacional‑socialismo exige que primeramente se trace el círculo mágico ritual y se pronuncien los exorcismos pertinentes: es decir, que se repita ‑con algunas variantes si es necesario‑ la preliminar y “evidente" fórmula de condena. Esta no debe tampoco ser abandonada al dominio del pleonasmo y del sobreentendido: como toda fórmula mágica auténtica, exige ser pronunciada en voz alta y con precisión. Quien no lo haga corre el riesgo de pasar por cómplice, por simpatizante del enemigo del hombre.

Es preciso preguntarse si el recuerdo de aquella gran catástrofe que fue la Segunda Guerra Mundial, la memoria dolorosa del exterminio querido y programado de millones de seres humanos; el horror por los crímenes, las deportaciones, las devastaciones, los saqueos a gran escala que caracterizaron la fase final del hitlerismo pero que, en el fondo, estaban ya en germen en su espíritu, si toda esta lamentable tragedia ¿bastan para justificar el sentimiento de horror, extendido y arraigado, respecto el nacional‑socialismo? Entendámonos bien, puede que éste lo haya merecido plenamente: sin embargo, es inquietante constatar que la condena, entre las jóvenes generaciones sobre todo, se apoye siempre sobre un conocimiento causal extrañamente limitado, incierto e impreciso; es, en otros términos, una actitud conformista, una adhesión tibia y cómoda a una idea impuesta desde el exterior, antes que pensada desde el interior.

Aquí, no se trata ciertamente de depurar una vez más las responsabilidades en el proceso de Nuremberg, o de reavivar la polémica sobre los famosos seis millones de víctimas para establecer si han sido más o menos numerosas que la cifra indicada. No existe nada más innoble que esta macabra contabilidad. En el nacional‑socialismo, es la atrocidad del genocidio en tanto que tal y, más allá de él la atrocidad del desprecio del hombre y de la vida lo que asombran, sobre todo porque han tenido lugar tras siglos de humanismo, al menos teórico y verbal. Pero lo que termina por inspirar temor, es que su trono siniestro en el museo de los horrores históricos no acabe por servir como pantalla a otros hechos y hombres que tendrían el mismo derecho de figurar en él. Todos los grandes verdugos, todos los carniceros a gran escala del mundo contemporáneo ‑han existido y existen existiendo hoy, por no hablar de los que les precedieron‑ pueden agradecer a Hitler haberles permitido aparecer con ropas respetables y maquillar sus gestos con sonrisas cautivadoras.

En suma, es triste y miserable que no pueda organizarse Nurembergs serios (el Tribunal Rusell ha sido una farsa facciosa) para los responsables de las masacres de hugonotes, pieles rojas, católicos irlandeses, istrianos, kulaks, armenios, kurdos, palestinos o mongoles.

El mundo moderno no considera pues a Hitler como un enemigo cualquiera: lo ha elevado al rango de enemigo metafísico. Sin embargo, vista desde cerca, esta observación es incluso insuficiente. Su condena es una demnatio memoriae, absolutamente sui generis. Parece casi que, aunque se haya exorcizado al monstruo demoníaco y que se continúe teniéndole respeto por una especie de "caza de brujas" que tiene algo de grotesco, se sufra aún una terrible fascinación: la atracción del abismo. Pongamos incluso de lado la interpretación del nacional socialismo como una especie de fatum helénico, de némesis inevitablemente ligada el hybris de las clases dirigentes alemanas: es decir, la interpretación de Thomas Mann en la que se han inspirado Luchino Visconti y también Berthold Brecht está menos alejada de lo que parece, ya que el desarrollo de su Arturo Uí demuestra que, sobre todo, la ascensión del jefe de la banda de gansters es menos “resistible” que lo que afirma el título de la polémica obra de teatro. Asistimos desde hace algún tiempo a una nueva ola de hitlerismo, y lo que es peor: ni los historiadores ni los sociólogos parecen darse cuenta de que es mucho más grave o inquietante que cualquier rehabilitación político‑ideológica. Tenemos comics y films “nazi‑porno", "nazi‑sado‑masoquista", que se acompañan de fenómenos de signo análogo pero de valor diferente, como el music‑hall Das Reich con su Hitler superstar sucesor de los triunfos de Oh Calcutta y de Hair. Naturalmente, no se verá Das Reich en nuestro país, como tampoco el film Hitler, eine Karriere a pesar de su excepcional valor documental. A cambio, hemos visto Salon Kitty y toda la gama de sus subproductos incalificables

Por lo demás, a su manera incluso: estos fenómenos subculturales son muy significativos. A nivel de transfert la culpabilización del hitlerismo es la desembocadura cómoda de tendencias sado‑masoquistas que, fuera de casos límite, no le eran del todo específicas (podía tener otras tendencias: pero ‑precisamente‑ no éstas) mientras que son propias a los complejos engendrados por la sociedad de consumo, por la sociedad permisiva. Luego, porque, tras estos complejos se esconde la vulgarización de un procedimiento de represión ideológica que los historiadores conocen bien: la polémica de los defensores de un "sistema" cualquiera contra los no conformistas. Celso, ya, dirigía a los cristianos acusaciones de realizar ritos infames y de desórdenes sexuales; en la época medieval y protomoderna, los polemistas católicos hacían lo mismo respecto a los herejes y las brujas, mientras que en los EEUU los maccarthystas emplearon el mismo procedimiento contra los “rojos”, o supuestos tales y, más tarde, este debía ser el caso de los extraños representantes de las "mayorías silenciosas" contra los hippies. Es inútil añadir que, habitualmente, acusaciones de este tipo, son absolutamente falsas y gratuitas sobre el plano fenomenológico; es más bien la interpretación de los hechos a la que dan lugar lo que está profundamente falseada.

Ciertas formas histéricas e irracionales de demonización de un fenómeno histórico tan complejo y articulado como el nacional‑socialismo descubren un fondo colectivo que debería ser explorado con los elementos del psicoanálisis antes sin duda, que con los de la política y la sociología. Existe un lazo profundo entre nazifobia (una forma de psicosis extendida que nada tiene que ver con el antinazismo serio y coherente) y la actitud de desacralización de la vida que invade plenamente al way of life occidental. No son ciertamente objetivos político‑ideológicos del nacional‑socialismo cuyo renacimiento se teme: hoy, ninguna persona inteligente y de buena fe puede verdaderamente temer el renacimiento del racismo anti‑judío, del nacionalismo pangermanista o del militarismo neo-prusiano.

Lo que se quiere más bien es exorcizar aquello a lo que el nacional‑socialismo debió lo más profundo de su éxito: la proyección mítica, e incluso ‑es decir, sobre todo‑ la capacidad mitopoética. Solamente bajo este ángulo la histeria nazifoba adquiere una racionalidad paradójica: es la respuesta radical del hombre moderno, del homo rationi consentaneus, al hombre arcaico, al homo mythicus: es evidente que empleo aquí el adjetivo mythicus en al sentido que le da Macrobio, a saber, “autor de mitos". Y ya que estamos en la hora de las precisiones semánticas, añado que empleo el adjetivo "arcaico” en el sentido técnico que Jung le atribuye: es decir, el hombre arcaico como hombre del arca, del origen, de los comienzos; hombre del illud tempus, opuesto al hombre del progreso lineal.

En otros términos, el nacional‑socialismo ‑al margen de sus componentes progresistas y tecnocráticas, las cuales fueron por lo demás masivas y evidentes‑ fue un movimiento radicalmente antimoderno y anti‑historicista en su capacidad mito‑poética precisamente, mucho más profunda que el recurso exterior y a menudo vulgar a datos y elementos atávicos que hacían de él un movimiento "de derecha", según un análisis que, a decir verdad, parece excesivamente esquemático.

Puede ocurrir también, en el fondo, que el nacional‑socialismo haya sido sobre el plano fenomenológico ya que no sobre el plano del historicismo, un acontecimiento revolucionario pero ‑a pesar de sus componentes obreras y "de izquierda" que existían y que tenían cierta consistencia, guste o no guste recordarlo‑ si fue así, no tuvo gran cosa en común con la revolución francesa o soviética. Las precisiones formuladas por varios historiadores especializados en la influencia jacobina y luego nacional‑liberal recogidas más tarde por el hitlerismo tienen sin duda su valor, de la misma forma que buena parte, de los nacional‑socialistas sufrieron la fascinación de la Revolución de Octubre; sin embargo, la revolución a la cual el nacional se pareció más es la revolución japonesa de la época Meijí: en el sentido que, al igual que esta, tendió a afirmar un cuerpo tecnológicamente avanzado en el sentido occidental del término sobre un alma dirigida en sentido inverso, en una dirección programáticamente consciente hacia el retorno a las antiguas tradiciones heroicas. Con esta diferencia sustancial, naturalmente, a saber, que estas tradiciones estaban vivas y actuantes en la cultura japonesa, donde se trataba sólo de despertar y reconducir a una pureza consciente un mensaje religioso y nacional; mientras que en Alemania se trataba de reconstruir ‑y de una forma no exenta de arbitrariedades y exageraciones, y consecuentemente con resulta­dos sustancialmente falsos y artificiales‑ una cultura prácticamente destruida = desde la Alta Edad Media, admitiendo que haya existido jamás bajo formas que evocaran incluso de lejos lo que se imaginó. El "germano" salido del laboratorio hitleriano se parecía al del Edda y del Nibelungenlíed como la criatura monstruosa del doctor Frankenstein al modelo que había inspirado al sabio.

Si la sociedad actual vive de utopías ‑y lo que es peor, las estima racionales e incluso “científicas”‑ en cambio detesta los mitos. Y la obstinación en hacer representar al socialismo el papel de chivo expiatorio para las desgracias del segundo cuarto del siglo XX y más allá parece ser principalmente una técnica liberadora en relación al mito y al “peligro" de la mitopoética, es decir, de este extraña capacidad humana de escapar a lo materialmente “real”, a lo cotidiano, e incluso de apropiarse y dominarlo. Se acusa la adhesión al mito de representar una “fuga de la realidad”, una “evasión”: pero la prisión de lo que se califica habitualmente de real engendra a su vez la desesperanza.

En un sentido general la relación entre “emancipación” del mito y angustia es muy estrecha: “se ha sostenido incluso que las inquietudes y las crisis de las sociedades modernas se explican por la ausencia de un mito que les sea particular", escribe Mircea Eliade. Si Eliade tiene razón en percibir la relación de este illud tempus, de este tiempo sagrado “anterior a la caída” hacia la cual toda la humanidad se volvería, unida a pesar de la variedad de los mensajes religiosos- aunque la experiencia religiosa se plantearía  en tanto que tal, en último análisis, como una “nostalgia de los orígenes” y en el rito la restauración de este tipo sagrado, pues una técnica de anulación de la historia con su vis involutiva y de relación periódica con un estado de perfección  y de armonía entre el hombre y el cosmos: si todo esto es exacto, en parte al menos, entonces el proceso de desacralización del mundo contemporáneo, su rechazo del mito, la degradación del rito en la ceremonia pública, luego en “forma vacía”, en “manifestación exterior”, en “convención”, este proceso definitivamente ha cortado los puentes entre la humanidad y no importa qué tipo de realidad superior. Se puede ser o no religioso (por lo demás, el adjetivo “religioso” es en sí mismo ambiguo): pero debe constatarse que la religión representa de todas formas una defensa individual y colectiva contra la aparición de la angustia existencial; sea negada o criticada, el hombre –al cual, evidentemente la desesperante constatación sartriana de la nada no basta, quien, por el contrario, tiene naturalmente horror a ella- se vuelve hacia la investigación de sucedáneos, los cuales adquieren a su vez el carácter de nuevos mitos o seudo-mitos. A menos que no se reemplace el mito, el “retorno a los orígenes”, por la utopía, por la búsqueda de un porvenir jamás alcanzado y comprendido como definitivo: inmóvil meta al final de un dinámico iter.

Tal es la cuestión: lo que el mundo contemporáneo no perdona a Hitler, es me nos su inhumanidad como su antihumanismo. Ser enemigo de la historia y del historicismo mediante libros y escritos es ya grave, pero serlo con las divisiones acorazadas, resulta intolerable.

El nacional‑socialismo  no fue propiamente un movimiento político, sino que fue especialmente un movimiento religioso‑milenarista; y HitIer, más que un jefe político incluso excepcionalmente dotada desde el punto de vista carismático, fue sobre todo ‑y él tuvo conciencia‑ un soter, un “salvador”. Tanto los cristianos alemanes que saludaban en él a "nuestro dulce Cristo germánico” como sus oponentes católicos y protestantes que percibían en su persona los rasgos del anticristo, percibían todos con una misma exactitud ‑aunque divergiendo en la interpretación que facilitaban respectivamente‑ esta voluntad cristométrica que aparecía sin equívoco en tantas actitudes y discursos hitlerianos.

A este respecta, la insistencia en el carácter, neo‑pagano, del nacional‑socialismo ha podido constituir un factor de desorientación para más de un historiador. La rehabilitación del germanismo pagano durante el Tercer Reich es algo incontrovertible, al igual que la polémica contra el cristianismo, religión percibida como “no-heroica” y, en tanto que tal, inadaptada al pueblo alemán. Pero, por regla general, se trataba siempre de consignas de propaganda, ideológicamente superficiales y dispersas, aunque obsesivamente recuperadas a nivel de propaganda y que no llevaron jamás a un intento serio de reforma ética y cultural. Se trató en el fono de un nostalgismo wagneriano, revestido de sensibilidad romántica, y sobre el cual se apoyaba una no menos superficial glorificación nietzscheana de la voluntad de poder; el todo se resumía (ya que el racismo y el militarismo hitlerianos tenían otras raíces más concretas) en un neo‑germanismo estético y arqueológico que tenía poca incidencia sobre la vida y las costumbres, no digamos siquiera de los alemanes en general, sino de los cuadros mismos del NSDAP, anticlericales tanto como se quiera pero siempre ligados al "cristianismo positivo” de los 25 puntos del programa original. La mezcla de profesiones de fe en "Dios" y en la "Providencia", ardientes pero ambiguas, y de parrafadas anticlericales extraídas del más lóbrego bagaje librepensador o de los subproductos del Kulturkampf ‑mezcla desagradable, frecuentemente presente en los discursos de los jefes nacional‑socialistas y del mismo Hitler parece más bien inspirarse en un deísmo aproximativo post‑iluminista, extendido entre las capas burguesas euro peas medianamente cultivadas. De otra parte, personajes como Rosemberg y Hitler se inspiraban más que en alguna forma de religiosidad neo‑pagana, en un misticis­mo esotérico ligado al amplio mundo misteriosófico de finales del siglo XIX que había dado origen a la “Golden Dawn”, la “Thulegesellschaft", la Orden neorosacruciana, en suma el mundo de la reacción espiritualista al cientifismo del siglo XIX: un mundo de donde surgieron o iban a surgir hombres tan diferentes como un Aleister Crowley, Montague Summers, Gurdjieff, Rudolf Steiner, René Guénon.

Se objetará que en algunas ceremonias como la atribución del nombre al recién nacido, el matrimonio, los funerales, al menos en los ambientes SS, o en los medios nacionalsocialistas de más estricta observancia o bien del tipo, por así decir, “experimental”, como los Ordensburgen o los centros Lebensborn, las componentes neo-paganas aparecían con evidencia, al igual que en los ritos colectivos del Primero de Mayo, del Solsticio de Invierno, del Teatro Thing. Pero una vez más, es preciso prestar atención a no confundir lo simbolizante con lo simbolizado y a no generalizar los casos límites. Entre la utilización de cierto aparato repelente bajo formas simplificadas y aproximativas, un germanismo de superficie y el regreso a los mitos odínicos, existe una diferencia profunda. Además la estética artística y arquitectónica nacional‑socialista se refiere más a ejemplos clásicos que al viejo germanismo (el cual, aquí, no tendría gran cosa que aportar fuera de algunos elementos): y sobre esta permanencia de la vocación estética clásica de Alemania y sobre los valores ligados a ella, Mosse ha escrito páginas fundamentales. Más allá de los atavismos del "Renacimiento nórdico" que, en tanto que corriente literaria, era más bien un romanticismo provincial retardado, el esfuerzo ético-histórico de los mejores intelectuales del Tercer Reich, comprometidos hacia un plausible modelo cultural indo-europeo, estaba dirigido en un sentido que me atrevería a llamar “dorio”. Piénsese sino en los trabajos de Helmut Berve y, sobre todo, de Hans F. K. Günther: ética, estética y eugenésica nacional‑socialistas veían su modelo histórico en Esparta y Platón. Por lo demás, acentos homéricos y platónicos rellenen la cultura alemana de los siglos XVIII y XIX, e igualmente se había hecho referencia a Platón en el círculo poético de Stefan George. El ethos nórdico que se quería oponer el pathos “semítico-mediterráneo” se expresaba en términos más homérico‑platónicos que “nórdicos”. El Walhalla erigido por Leo von Klenze entre 1830 y 1842 cerca de Regensburg como templo de la unidad alemana y de sus glorias, absolutamente clásico en sus líneas aunque corregidas con motivos ornamentales germánicos, es una extraordinaria relectura ante litteram de la relectura nacional‑socialista de los mitos odínicos: una relectura en la cual está presente toda la Kultur aristocrática y académica de las clases dirigentes alemanas.

Algunos se dirán convencidos que al menos la mística del Blut und Boden tenía un carácter germano‑pagano atávico. En realidad, en las fuentes germánicas este carácter es notable hasta cierto punto, en las concepciones de Sippe y de Geschlecht, sin embargo, el lazo biológico de la sangre puede ser reemplazado ritualmente por ceremonias de fraternización en el interior de la Gefolgschaft: la idea de una unidad igualmente biológica era, para los viejos germanos, familiar, y tribal, no étnica, y corregida de todas formas por otros conceptos y por numerosas otras circunstancias; aquí, como en otras partes, los nacional‑socialistas cometieron una exageración arbitraria atribuyendo a sus pretendidos ancestros preocupaciones que dependían todas de la biología y del pensamiento del siglo XIX. La ética del Blut und Boden representaba en el Tercer Reich la base emotiva y solidarista de los principios racistas cuya aplicación sobre los planos jurídico, sanitario, institucional (en suma las leyes de Nuremberg de 1935) dependían de premisas claramente neo‑malthusianas y social‑darwinistas; por lo demás, la Weltanschaung hitleriana relativa a los tomas de la naturaleza, de la selección de los pueblos y de las razas, de la lucha por la supervivencia, era darwinista, mientras que el tema del Lebensraum era neo‑maltusiana. El racismo nacional‑socialista no había nacido de un laboratorio científico, sus antepasados se llamaban Lessing, Herder, Fichte, Gobineau, Chamberlain, Wagner…

Sin embargo, atención a los golpes de efecto... El racismo ‑o, mejor, el antisemitismo- era una de las llaves del éxito de la propaganda del nacional‑socialismo, al igual que el patriotismo y el antibolchevismo. Sin embargo, la Europa de la época estaba repleta de movimientos de carácter antisemita, patriótico y antibolchevique; pero ninguno de ellos se convirtió en nada comparable al nacional‑socialismo, aunque todos lo hubieran imitado tras 1933. La esencia del enigma del nacional‑socialismo, de su ascenso y de su dominación absoluta sobre Alemania no se encuentra en estas ideas elementales y en las jamás se profundizó. Igualmente, tampoco se encuentra en el wagnerianismo, ni en el neo‑clasicismo monumental. Sobre el plano social, su éxito no se explica, plenamente ni por el recurso al tema de la alianza entre la pequeña burguesía y la clase media frustrada, antiguos combatientes rechazados y gran capital industrial, ni por.la aspiración al orden cuya expresión habría sido el lúcido pensamiento conservador, por ejemplo de un Carl Schmitt. Cuando, a través de una maniobra cuyo mero esquematismo deja perplejo, se separa el movimiento del régimen poniendo como lógica discriminante sino cronológica la "noche de los cuchillos largos", no se facilita ninguna solución al enigma: el nacional‑socialismo no fue el hijo único de los Freikorps ‑que tuvieron numerosos hijos e incluso varios de ellos bastardos‑; en su seno la seria y consciente izquierda sindicalista de los hermanos Strasser, cuya buena fe y calidad como organizaciones de las fuerzas obreras han sido saludadas incluso por historiadores marxistas, no tiene tampoco un derecho real de paternidad y otro tanto ocurre con la izquierda violenta del Lumpemproletariat, con sus canciones groseras, su "Hitler será nuestro Lenin”, la actitud de lansquenetes y de jefes de Bauerkrieg de sus comandantes, el misticismo de cervecería de las “secciones bistec" (llamadas así porque estaban compuestas de antiguos comunistas y se decía, "rojas por dentro, pardas por fuera": precisamente como un bistec). La fuerza del nacional‑socialismo reposaba sobre la síntesis de estas fuerzas, pero su esencia, no era esta síntesis ni ninguna otra.

La esencia del nacional‑socialismo sigue siendo Adolf Hitler. Diciendo esto naturalmente no pretendo hacer ninguna concesión a las viejas tesis superadas sobre las personalidades excepcionales que harían la historia. Estoy convencido que las contribuciones personales a los acontecimientos históricos son decisivas, pero también que, en último análisis, son las fuerzas lato sensu sociales y espirituales (y su interdependencia recíproca) quienes determinan y califican dichos acontecimientos. Pero Hitler es un unicum en la historia contemporánea, al igual que el mito inextricablemente ligado a su persona, un mito que no era del todo sic et sempliciter el del renacimiento de la patria o de un misticismo pangermanista y racial, del antisemitismo, de la antigüedad germánico‑pagana aunque sus ideas-fuerza se refirieran a todo esto.

Su mito consistía en situarse como alter Christus: es decir a presentarse como profeta‑salvador en un país dividido y desorientado, empobrecido por la guerra civil, el hambre, el paro, el espectáculo cotidiano de las desigualdades sociales más dramáticas (nada mejor que los gravados del anti‑nazi Georg Grosz para ilustrar algunos temas de la propaganda hitleriana antes de la llegada al poder; en un país recorrido por el escalofrío de la humillación y del odio a causa de inicuos tratados de paz, cuya aquiescencia al revanchismo francés es la primera razón que ha lanzado al pueblo alemán en brazos del nacional‑socialismo incluso que ha inventado el nacional‑socialismo. Tras la crisis de 1919‑23, cuya culminación fue la ocupación abyecta del Ruhr, el hundimiento de 1930‑32, consecuencia de la crisis de Wall Street ‑y que habría podido ser evitada, o al menos, contenida, si las clases dirigentes de Weimar hubieran elegido otra política económica: cosa que los nacional‑socialistas y la izquierda habían comprendido desde hacía años y habían rápidamente reprochado a Strasemann‑ arrojaron al país a la sima de una depresión y de una destrucción menos grave quizás que las precedentes, pero espiritualmente mucho más dramática, en la medida en que dieron la impresión de un fracaso global de la experiencia de Weimar y del engaño realizado a costa de los trabajadores alemanes, a los cuales se les había hecho creer que la falsa prosperidad que gozó el país gracias al plan Dawes de 1924 (que apoyaba ciertamente la recuperación del marco y concedió créditos a la industria, pero ligaba también la economía alemana a la economía extranjera, americana en particular) había sido, por el contrario, un resultado obtenido de manera autónoma gracias a la política gubernamental.

En este derrumbe de esperanzas y de ilusiones, en este desbordamiento de rabia y desesperanza colectivos, el mensaje de Hitler‑ que parece a distancia amasado de rencor y de irracionalismo y que, en el fondo, era precisamente esto, apareció como una llamada calurosa e irresistible a la fraternidad nacional, a la superación armoniosa de las divisiones, al esfuerzo unitario por el renacimiento. Ciertamente, se repetía que este acto de amor patriótico podía ser indoloro, que los “parásitos” y sobre todo los judíos debían ser eliminados (so lamente sobre el plano político) si se quería vivir normalmente. Claramente, más que el terror ‑en un primer momento se puede decir a pesar de él‑ fue el consenso, un consenso de masas lo que llevó al pequeño cabo austríaco a la cancillería.

Pero dejemos ahora de lado las consideraciones socio‑históricas y ocupémonos ‑pues tal es el tema de nuestro texto‑ del elemento mitopoético del nacional‑socialismo. El mito del renacimiento a través de sufrimientos, el esfuerzo colectivo y la eliminación del enemigo metafísico, encarnado por el judío no es del todo un mito nuevo en la vida del pueblo alemán. Si el ascenso del nacional‑socialismo ha sido favorecido, en cierta forma, por las estructuras del inconsciente colectivo, estas estructuras reforzaban sus raíces en la Alemania Cristiana de la Edad Media y de la reforma, no en la Alemania del atavismo germánico-pagano, una Alemania que no ha existido jamás, ni sobre el plano antropológico, ni sobre el histórico. Puede decirse más bien que la Alemania medieval fue el producto de una aculturalización acelerada entre el cristianismo y antiguos valores germánicos, los cuales, de hecho, fueron absorbidos, pero no borrados y permanecieron vivos en el nivel volkisch. Pero el hecho de transformar esta cultura subalterna, a la cual el nacional‑socialismo ‑en esto heredero de la filosofía romántíca‑ consagró un verdadero culto, una herencia atávica, y toma la viviente presencia popular de esta por la supervivencia de aquella, es un desprecio grosero y vano. Que esto guste o no, da igual, las raíces del nacional‑socialismo son cristiano populares, no paganas.

La historia del niño solitario de Branau, del pobre pintor bávaro, se parece en realidad a una fábula. Si se hubiera detenido antes de la guerra de 1914‑18, su protagonista habría podido pasar por uno de los personajes de Andersen: pero nadie habría hablado de él y su sosias‑adversario, su "sombra” en el sentido junguiano del término, aquel que, detestándolo, lo comprendió más a fondo –Charlie Chaplin‑ no se habría ocupado de él. Todo esto podría facilitar material para un buen trabajo de psicoanálisis. A partir de esto la fábula de Adolf Hitler adquiere en realidad los rasgos de una de las fábulas más terribles del folklore popu­lar germánico: la del flautista de Hamelin.

En resumen, la leyenda es conocida. En una ciudad sacudida por una invasión de ratas (¿es quizás el recuerdo colectivo de la peste de 1347?), un pequeño hombrecillo se presenta ofreciéndose a liberarla a cambio de una pequeña recompen­sa: habiendo recibido la promesa de que se le concedería tal recompensa recorre las calles tocando su flauta mágica cuya música tiene un efecto irresistible so­bre los anímeles, los cuales salen de todas partes para seguirlo; entonces el  flautista los lleva hasta el arroyo donde se ahogan. Pero los comerciantes que gobiernan la ciudad, al verse libres del peligro, comienzan a olvidarse de sus promesas y a dar la espalda al flautista; en represalia, éste, habiendo atraído con su flauta a todos los niños del lugar, los conduce fuera de los muros de la ciudad hacia una montaña mágica que se los traga a todos.

En el curso del último siglo un erudito espiritual, alineándose con la moda en vigor en su época en los estudios de mitología comparada, demostró como se podía probar mediante estos métodos que Napoleón jamás existió, sino que se había tratado de un "mito solar”. En el caso de Hitler, si por una hipótesis fantástica las prue­bas históricas de su existencia faltaran algún día, podría pensarse en un sabio mágico‑chamánico como el que hemos aludido. Alemania es invadida por las ratas de la desesperanza, de la discordia civil, de la abyección; el pueblo alemán ‑o, si se prefiere, una parte de su clase dirigente‑ ofrece el poder al flautista mágico a condición de que sepa liberar a Alemania; pero éste va más allá de las tareas que le han sido indicadas inicialmente, domina incluso a las fuerzas que tenían la ilusión de controlarlo pactando con él y arrastra a su pueblo, sobre todo a los jóvenes, hacia el Gotterdammerung. ¿Qué alegoría más trágica de los últimos días del Tercer Reich que el Todtentanz de los niños de Hamelin marchando en bandadas tras el flautista en dirección a la montaña dispuesta para tragarlos?

Antropológicamente hablando, el flautista ‑es decir el músico-mágico que manda a los animales y guía a los espíritus hacia el Más Allá‑ es comparable al modelo de Orfeo; es un chamán, un músico‑danzarín‑taumaturgo en contacto con el mundo de los muertos. Y Hitler, que disponía por lo que parece de conocimientos superficiales muy pobres sobre la mitología germánica, demostró, por otra parte, que su función política fue extrañamente parecida al papel mítico del dios Wotan, cuyas connotaciones chamánicas –es sin duda el menos indo‑europeo de los Ases‑ han sido puestas de relieve en varias ocasiones.

Hay que añadir a este respecto que los caracteres de la experiencia dictatorial de Hitler fueron más los de un "rey mago" que los de un guerrero. Si quisiéramos adaptar al régimen nacional‑socialista los cánones de la tripartición funcional propuesta por Dumezil, veríamos con claridad los rasgos de la preponderancia del elemento "chamánico‑‑‑sacerdotal", centrado sobre el Führer y su misión, ‑sobre el elemento guerrero ‑la casta militar fue quizás menos todopoderosa bajo el Tercer Reich que bajo Weimar‑ y sobre el elemento productivo (representado menos por las élites de la industria o por la clase obrera, que por la esfera de la economía, constantemente sacrificada por el gobierno nacional‑socialista a la esfera de la política).

Por lo demás, a pesar de las prerrogativas institucionales y de sus dones notables, más que intuitivos, de estratega, Hitler no confirió jamás a su prestigio personal un aura particularmente belicosa. Entre los grandes dictadores de los años treinta, fue sin duda el más avaro en actitudes guerreras. Pero hay más. Por regla general y en la vida cotidiana, Hitler era un hombre tímido, reservado, no sólo por razones de oportunidad, sino también a causa de su carácter. Sus gustos igualmente, sus escritos privados, sus bocetos de cuadros, los objetos que amaba testimonian su naturaleza reservada: sus gustos eran “normales", pequeño‑burgueses, un poco groseros tal como nos lo muestran todos sus biógrafos poniendo de relieve su carácter esquizoide. Pero en las grandes liturgias de masa el hombrecillo se transfiguraba: era entonces un Gran Chamán, el regidor‑protagonista-sacerdote, el, catalizador de las tensiones de la masa, el microcosmos del alma colectiva; incluso, en las grandes ocasiones mundanas, se convertía en agradable y gentil, espiritual, elegante, afable, charming. Y sus exaltaciones improvisadas, su capacidad para sostener una tensión interior y exterior gigantesca, desembocaban luego en una sombría depresión de varias horas, durante las cuales parecía destruido, agitado, como vacío.

Pero atención: actitudes banales y solemnidad sacerdotal estaban en él cuidadosa­mente estudiadas. El hecho es que quería ser, habitualmente, cotidiano y banal; había comprendido perfectamente que, para presentarse verdaderamente como la hipóstasis del alma colectiva de su pueblo, como encarnación del Volkgeist, debía= prodigar menos los gestos grandilocuentes y el espíritu de camaradería un poco ridículo de condotiero que hacer de manera de todos los alemanes sobre todo los más modestos, pudieran reconocerse en él e identificarse con él, pudiendo decir: "Es uno de los nuestros, es como nosotros". Igualmente el cine nacional‑socialista asociaba las estrepitosas evocaciones históricas a las comedias de enredo y a los castos idilios campestres, igualmente Hitler vestía habitualmente trajes usados por el modesto del hombre de la calle, el honesto funcionario público con gustos simples. Pero sobre la escena de las grandes liturgias, cuando sabía que encarnaba a todos sus partidarios y sentía que cada uno de ellos se reconocía en él, cambiaba. No era por casualidad ni por retórica de propaganda que el nacional‑socialismo se expresó así sobre todo en reuniones como el parteitag de Nuremberg. Fue sobre todo “fiesta” en el sentido sociológico del término: celebración permanente de la unidad nacional reencontrada y de le potencia germánica renaciente, en apariencia al menos, de la "nada", de la crisis. Esto no era simple exterioridad: la liturgia política representaba verdaderamente, como en la Iglesia católica (la comparación puede parecer terrible, pero no debe parecer blasfema), el punto de encuentro entre clase dirigente y las clases subalternas, el momento de la fusión mística en la contemplación evidente, física, de la comunidad nacional en acuerdo con sus símbolos y sus jefes. Ceremonias como las grandes paradas nocturnas, la llamada de los muertos de la Feldherrnhalle las piras de libros prohibidos comprendidos como ceremonia lustral antes que como sombrío autodafe represivo, tenían verdaderamente ‑y los documentos filmados nos lo muestran‑ una potencia verdaderamente sacra. Reducir esto a la habilidad "publicitaria” del doctor Goebels sería dar muestras de superficialidad imbécil y extraña hasta el punto de que sorprende que algunos historiadores serios y documentados hayan cometido un error de este tipo.

Además del mesías‑juez‑libertador Hitler supo además encarnar los rasgos de una forma que recuerda de cerca y, si nos está permitido expresarnos así, al pie de la letra, a otras figuras de la historia alemana. Si la propaganda nacional‑socialista más común lo veía de forma wagneriana, como Siegfried en actitud de despertar a la Walkiria durmiente ("Deutschland Erwachel") su sorprendente carrera y su destino trágico de martillo de Israel recuerdan más bien al misterioso Emich de Neiningen, oscuro jefe de la "cruzada popular”, de 1006 que desapareció como por encanto tras haber provocado y guiado el exterminio de las comunidades judías en las riveras rheno‑danubianas y a propósito del cual reverdeció la leyenda ya consagrada a Theodorico: habría desaparecido (he aquí de nuevo al flautista mágico) en las laderas de una montaña ardiente. Pero esta leyenda es también la que concierne en Alemania ‑con una variante conocida como arturiana‑ igualmente a Carlomagno y, sobre todo, a Federico I, aunque también haya sido adaptada a Federico II de Suabia. Barbarroja, desaparecido durante la tercera cruzada, según la Saga no estaría muerto. Dormiría en una caverna situada en el corazón de la montaña Kyffhauser en Turingia, de donde un día despertará -"cuando suene la hora"‑ y volverá sobre la tierra para guiar a sus fieles hacia la última batalla como adversario del Anticristo. La Gotterdammerung de Hitler en el incendio de la cancillería y los rumores insistentes de que so­brevivió y sobrevive en un escondite secreto desde donde prepararía y coordina­ría la revancha ‑existe toda una literatura a este respecto‑ se relacionan con este patrimonio arqueológico alemán. Desde su bunker en llamas, el Gran Flautista permanece siempre fiel a su mito.

¿Por qué pues tanto interés y tanta expectación en torno a una figura que pa­rece sin embargo ser objeto de una condena unánime? La unanimidad del veredicto no debería ser, en sí misma, suficiente para agotar la discusión?

Evidentemente las cosas no son completamente lo que parecen ser. El Gran Flautista está muerto ahora, sin sombra posible de duda, sobre el plano político‑ ideológico no menos que sobre el plano físico. Pero la maniobra consistente en utilizarlo como chivo expiatorio de todas las faltas y como responsable de todas las desgracias de la humanidad no ha triunfado. Sus responsabilidades son ciertamente pesadas, inmensas; sin embargo, el mal que pesaba sobre la tierra en 1945 no ha desaparecido con él. Los hombres y las fuerzas que se le habían opuesto se han manchado con delitos análogos a los suyos. "La luz, que se creía tan pura, está lleno de hijos de la noche" podríamos repetir con el viejo Michelet. Hitler ha desaparecido pero los genocidas le han sobrevivido, así como los campos de concentración, las vejaciones de todo tipo, la intolerancia ideológica y religiosa, la calumnia y la intimidación como instrumentos sistemáticos de lucha política. Si ha fracasado como condotiero y como ideólogo, el Gran Flau­tista triunfa como maestro ‑eventualmente desconocido‑ en metodología: y esto no es ciertamente su falta.

Pero, felizmente, su camino no pudo ser recorrido. El consenso falaz, pero sincero y sorprendente que se había creado en torno a su persona y que fue tan fuerte que resistió ‑ciertamente apoyado, pero no provocado por la Gestapo y los tribunales especiales‑ incluso a la tragedia de la guerra perdida, es algo que ninguna ideología, ni ningún ídolo político conseguirá repetir. La Alemania de 1933 estaba aterrada y recorrida por un acceso de odio: el mundo de hoy se en­cuentra igualmente así, pero además, es presa de una desesperanza sombría y opresora. Lo que Hitler comprendió, es que la humanidad tiene necesidad del mi­to y que este ‑incluso cuando es llamado para servir a la causa más infame‑ no es nunca, por su naturaleza, negativo. Hitler creó pues el imperio de la violencia, del terror, pero fue también predicador de la fraternidad patriótica, del fin necesario de los egoísmos privados, de la belleza del trabajo y del sacrificio en el interés común, del carácter constructivo de las virtudes cívicas, de la dignidad de un modo de vida austero; y él supo incluso presentar la segrega­ción de los judíos como una necesidad dolorosa pero indispensable para la obtención de los fines que consistían precisamente en alcanzar un objetivo mítico: la regeneración colectiva, el regreso a la pureza de los orígenes. ¿Orígenes germánicos? Es precisamente la profundidad arquetípica del mensaje mítico lo que entra en juego aquí. ¿Orígenes metahistóricos? el illud tempus.

El mito de la regeneración es hoy imposible de proponer a cau­sa de la desacralización actualmente en curso. Esto nos pondrá quizás al abrigo de un nuevo nacional‑socialismo, pero nos pone también al abrigo de todo intento para remontar la pendiente de un movimiento que, a partir de ahora ‑el mito del pro­greso se ha anotado ya‑ parece conducir a la humanidad sobre una pendiente des­cendente hacia lo que podría ser el hundimiento, en plazos quizás muy alejados en el tiempo. La cupio dissolvi de las jóvenes generaciones en la violencia nihilista, cuyos pretextos políticos se convierten cada vez más en inconsisten­tes o en el nirvana desesperado de la droga, es una advertencia: se muere hoy para hundir y para hundirse, y se mata por el mismo motivo. Nadie o casi nadie muere o mata más para construir una sociedad nueva, aunque sea injusta. Sobre los labios de los jovenzuelos de ultra‑izquierda, adeptos de la P‑36, el comunismo recuerda el paraíso del Viejo de la Montaña: he pensado siempre que eran “assassins” pero sobre todo en el sentido etimológico del término. Para una utopía desesperada se puede dar aún y recibir la muerte: ciertamente no por la sociedad del bienestar y del consumo, como tampoco por la dictadura del proleta­riado cuyo tren de vida y las perspectivas son siempre pequeño‑burguesas, o por un comunismo convertido él mismo en rutina burocrática y policial. La violencia de los jóvenes que parece tan gratuita ‑¿por qué deberían rebelarse, es­tos muchachos que lo tienen todo y no han sufrido nada en apariencia, si no es precisamente por esto?‑ se opone desesperadamente a un mundus senescens que no terminará por explotar, sino por extinguirse. A esta sombría impresión de parálisis progresiva -que es en el fondo, creo, lo contrario de toda visión cíclicamente regeneradora o apocalíptica propuesta por algunas religiones‑ es contra quienes reaccionan hoy los jóvenes.

La fascinación, negativa o no, que Adolf Hitler ejerce aún sobre ellos no es extraña. La atroz primavera hitleriana, fue promesa de una esperanza de vida no realizada. La vieja intelligentsia racionalista, la que se obstina en calificar de irracional y criminal la revuelta actual de las jóvenes generaciones, odia sobre todo en Adolf Hitler la última ilusión mítica, la cruel juventud perdida.

Franco Cardini

© Franco Cardini

© Ediciones Perdés

© Por la traducción Ernest Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

 

Del Opus Dei al Islam pasando por el terrorismo. Eduardo Rózsa: interrogantes sobre su vida y su muerte

Infokrisis.- Judío húngaro residente en Bolivia, miembro del Opus Dei, converso al islam, voluntario en la guerra serbo–croata al lado de los croatas, amigo del terrorista Carlos Illich Ramírez (a) “Carlos”, formado militarmente en escuelas militares húngaras y en la escuela Derjzhisky del KGB en Moscú, periodista recordado por Manu Leguineche, corresponsal de La Vanguardia, esta biografía debería ser suficiente como para suscitar perplejidad. Y sin embargo alguien así existía: Eduardo Rózsa Flores, muerto el pasado 20 de abril en Santa Cruz de la Sierra cuando su grupo preparaba –al parecer, ¿o quizás no? – un atentado contra Evo Morales por cuenta de la derecha secesionista. ¿Quién da más? Entre los terroristas, la policía boliviana identificó a un cocinero de Elche. Esta es la sorprendente historia del comando terrorista (o de un grupo de irresponsables).

En la guerra servo–croata de 1992–98

Su rostro apareció en 1992 por primera vez en la BBC en el documental Perros de la Guerra que mostraba a mercenarios británicos, con base en Osijek. El encargado de dar órdenes a los mercenarios británicos era Eduardo Rózsa Flores, jefe del Pelotón Internacional de Voluntarios. Tenía entonces 32 años. Poco después sería investigado por la muerte del fotógrafo británico Paul Jenks y de un periodista suizo, Christian Württemberg, en enero de 1992. Württemberg investigaban el tráfico de iconos robados en iglesias serbias y se había logrado infiltrar en el Pelotón Internacional de Voluntarios. Cuando el 13 de enero de 1992, Paul Jenks y su colega Hassan Amino visitaron la base del Pelotón Internacional de Voluntarios para preguntar lo que había ocurrido con Württemberg, el primero resultó asesinado de un tiro en la nuca. Los croatas ocultaron durante mucho tiempo las muertes. Scotland Yard abrió la investigación y debió cerrarla por falta de pruebas, cuando Rózsa ya había sido condecorado por Tudjman y disponía de pasaporte croata. ¿Cómo había llegado hasta allí?

En 1988 Rózsa se relacionó con un prominente miembro del Opus Dei, Ricardo Estarriol, corresponsal de La Vanguardia en Viena. En 1991, Estarriol lo envío primero a Albania y luego a Croacia que vivía una situación pre–bélica. El diario barcelonés publicó sus crónicas durante meses hasta que se comprobó que, además de escribir, se había sumado a las milicias croatas y había sido fotografiado –las fotos y el ego fueron la perdición de Rózsa– frente a un T–62 de uniforme y con armas. Había cambio la máquina de escribir por el AK–47. Justificó esta mutación alegando que le indujo a tomar las armas la muerte de Zarko Kaic, periodista de la TV croata. Manu Leguineche dijo de él que fue “un periodista que tomó partido”.

En realidad, a pesar de llegar como corresponsal de La Vanguardia a finales de agosto de 1991, Rózsa se alistó inmediatamente en la Guardia Nacional Croata en la localidad de Lazlovo (lo que demuestra que había llegado ya con intenciones pre–establecidas), en una zona poblada por etnia húngara. Fue allí donde junto a un norteamericano de origen croata, Johnny Kosie, y un húngaro de la aldea, formaron el núcleo del Pelotón Internacional de Voluntarios. A través del jefe de la milicia local de Osijek, lograron el reconocimiento de las autoridades croatas. La unidad llegó a tener 320 voluntarios procedentes de 20 nacionalidades, especialmente del Este europeo, que iban a afluyendo al conflicto. Todos llamaban a Rózsa “Chico”. La unidad fue disuelta el 31 de julio de 1994.

De la relación con Estarriol quedará su tenue vinculación al Opus Dei que seguramente fue un paréntesis oportunista para ser enviado como corresponsal al conflicto serbo–croata y tener puntos de apoyo en la católica república balcánica. Si sorprendente es su aventura croata, más sorprende aún es su pasado.

Antes de Croacia

Eduardo Rózsa–Flores había nacido en la tierra en la que terminó muriendo: Santa Cruz de la Sierra, en el Este boliviano, el país de los cambas. Su padre, György Obermayer Rózsa, era un pintor húngaro, de ascendencia judía, atraído por la vida bohemia de París a donde llegó en 1948. En 1952, György se integró en una misión científica francesa y recaló en Bolivia donde conoció a Nelly Flores Arias con la que se casó. Siguió siendo comunista durante mucho tiempo y dirigente del Partido Comunista Boliviano. A raíz de la aventura guerrillera del Ché Guevara en Bolivia, György fue expulsado por oposición a la línea de la dirección que implicaba cortar vínculos con la guerrilla guevarista y pasó a prestar apoyo logístico a la guerrilla, asumiendo la tarea de evacuar a los supervivientes hasta Chile. De todo este período quedó en la mente del joven Eduardo Rózsa, la imagen del Ché Guevara como ejemplo e ideal a seguir.

Cuando en 1972, se produjo el golpe de Estado de Hugo Banzer en Bolivia, los Rózsa huyeron a Chile. El joven Eduardo, tenía 13 años. En septiembre de 1973, tras el golpe de Estado de Pinochet, la pareja huyó primero a Suecia y luego a Hungría. En Budapest estudio enseñanza media, realizó el servicio militar como guardia en el aeropuerto Fery Hegy de la capital y luego, por motivos que se desconocen, probablemente porque su padre siempre había trabajado para los servicios secretos del Este Europeo, Eduardo Rózsa fue transferido a la Academia Dzerjzhinsky en la URSS, donde recibían formación básica en inteligencia los agentes del KGB.

La investigación abierta por Scotland Yard a raíz de las muertes de los dos periodistas citados en Croacia, determinó que Rózsa había sido incorporado a los servicios de inteligencia húngaros. En esa época reconocerá haberse encontrado con Carlos Ramírez “El Chacal”, “Carlos”. Fue el último Secretario de la Organización Comunista Juvenil en la universidad húngara de Eötvös Loránd en 1990. Al producirse la transición húngara fue portavoz de la Agrupación Martos Bela un grupo de militares comunistas partidarios del mantenimiento del antiguo régimen… y de ahí al Opus Dei en un triple salto mortal.

Rózsa minimizó estas relaciones indicando que apenas hizo otra cosa que cooperar con los servicios secretos húngaros como estudiante. Sus primeros trabajos periodísticos los realizó para Prensa Latina, agencia de prensa vinculada a la seguridad cubana. En los años siguientes, estuvo presente en los desplomes de los regímenes comunistas de Hungría y Albania y en la secesión de Eslovenia.

A la vista de éste historia, pacientemente reconstruido por la seguridad inglesa, es fácil percibir que, como mínimo, en 1980 y hasta su entrada en Croacia en 1991, Rózsa estuvo vinculado a los servicios de inteligencia del Este Europeo. ¿Qué ocurrió después? ¿Entró en Croacia como agente de la inteligencia rusa? ¿Había cambiado de campo? ¿Era miembro de la inteligencia húngara y cuando se produjo el desplome del régimen comunista se convirtió simplemente en mercenario? ¿Enloqueció simplemente y se dejó arrastrar por el afán de aventura?

Santa Cruz: última etapa

Por la boca muere el pez. El septiembre de 2008, Rózsa abandonó Hungría no sin antes conceder una entrevista al periodista Lázar Gyorki. Explicó como siempre sus excentricidades con todo lujo de detalles, entre otros explicó haber realizado diversas tareas de reclutamiento de jóvenes dispuestos a “liberar Santa Cruz”. Era fácil pensar que estas informaciones publicadas en la prensa húngara serían leídas por la delegación diplomática boliviana en Budapest. Lo que ocurrió luego era previsible: el 16 de abril, los comandos Delta de la policía boliviana irrumpían en los hoteles Asturias y Las Américas, y desarticulaban completamente el grupo deteniendo a todos sus miembros y matando a tres, incluido Rózsa. La prensa boliviana habló de un complot de ultraderecha a la vista de que en los meses anteriores Rózsa había multiplicado sus contactos con organizaciones húngaras de extrema–derecha (concretamente con Jobbik, Székely Legio y Lelkiismeret).

El grupo desarticulado estaba integrado por dos supervivientes al tiroteo, Mario Tadik Astorga (58 años), derechista veterano del ejército boliviano, de ascendencia croata, y Elod Toaso, conocido nacionalista húngaro y experto informático, los dos mercenarios en el PIV, y otros dos muertos, además de Rózsa, Michael Martin Dwyer, irlandés (24 años), que había estudiado en el Galwy–Mayo Institute of Technology de Irlanda, del que se dijo que era aficionado a las armas de fuego y Arpad Magyarosi, experto francotirador rumano perteneciente a la minoría húngara. Dos días más tarde, resultaron detenidos Juan Carlos Gueder y el paraguayo Alcides Mendoza, miembros de la Unión Juvenil Cruceñista, brazo de choque del opositor Comité Cívico de Santa Cruz. Más tarde se sabría la implicación de un ciudadano español residente en Elche.

Pocos días después del tiroteo en Santa Cruz, la Policía Federal de Brasil detuvo a otro miembro del grupo Rózsa en el aeropuerto de Brasilia, el irlandés de nombre islámico Yasser Mohammed, acusado por el Gobierno de magnicidio, según ANF. La detención coordinada por Interpol fue realizada por miembros de la inteligencia brasileña y boliviana. El detenido sería el proveedor de armas del grupo, habría salido de Bolivia para intentar alcanzar Lisboa al estar buscado por tráfico de drogas y blanqueo de dinero. La cocaína es otro elemento a tener en cuenta. Santa Cruz es la capital de los “cocineros” de la coca. Es posible que el atractivo de la aventura para el grupo de mercenarios, no fuera tanto lograr la secesión como hacerse un hueco en el mercado de la droga. A fin de cuentas ellos lo podían conseguir: estaban fuertemente armados, tenían experiencia en guerras irregulares y, sobre todo, ambición.

La investigación posterior intentó demostrar que el grupo había sido contratado por autoridades de Santa Cruz a fin de generar un clima de inestabilidad que posibilitase la secesión de las provincias del Este boliviano. Esa secesión estaba alimentada por la extrema–derecha cruceña que habría contratado a Rózsa, no tanto por afinidad ideológica como por su condición de “mercenario internacional”. Si alguien quiere desestabilizar precisará mercenarios. Lo sorprendente es que en su blog todavía pueden verse los links de las organizaciones cívicas secesionistas cruceñas de extrema–derecha, junto a enlaces con organizaciones palestinas, iraquíes, antisionistas, etc.

A las 6:30 del 21 de abril, la policía boliviana se personó en la Feria de Exposición (Fexpo) de Santa Cruz encontrando un pequeño arsenal compuesto por una escopeta, cuatro fusiles, una carabina, una ametralladora y cierta cantidad de explosivo C–4 en el stand de la cooperativa cruceña de telecomunicaciones COTAS. Algunos medios atribuyeron a COTAS complicidad con el grupo terrorista. En realidad, el stand de COTAS, una empresa de telecomunicaciones que resultó completamente exonerada en semanas sucesivas, estaba instalada en Fexpo, propiedad de la empresa CAINCO cuyo presidente era Carlos Dabdoud, uno de los más activos defensores del separatismo cruceño. Así pues, según la versión oficial, los responsables de financiar al comando y quienes diseñaron el plan desestabilizador serían: Mirko Marinkovic, ex presidente del poderoso Comité Cívico, los directivos de CAINCO (Cámara de Industria y Comercio de Sant Cruz) y varios empresarios cruceños.

Se dijo que el grupo terrorista intentaba hundir un barco que realiza travesías en el Lago Titicaca y en el que se realizan algunas sesiones del consejo de ministros presidido por Evo Morales. Demasiado fantasioso –incluso para Rózsa– para ser cierto.

Puntos negros del tiroteo en Santa Cruz

Pronto empezaron a surgir sospechas sobre lo que había ocurrido. Uno de los muertos en el tiroteo, Michael Dwyer falleció a consecuencia de seis disparos según la autopsia realizada por la policía boliviana, sin embargo, una nueva autopsia realizada en Dublín concluyó que había muerto de un solo disparo en el corazón, como si se tratara de una ejecución sumaria. El embajador de Gran Bretaña en Bolivia, Nigel Baker, aludió a que el informe del gobierno boliviano tiene “demasiados puntos dudosos”.

Por su parte, Andras Kepes, periodista del canal estatal Magyar Televizió, autor de la última entrevista a Rózsa, afirmó a dos diputados opositores bolivianos que llegaron a Budapest para aclarar el asunto Rózsa que la conversación había sido desvirtuada por el gobierno boliviano y los medios afines a él. Kepes les informó que Rózsa tenía solamente la intención de “defender” la autonomía de Santa Cruz, creando una “milicia armada” y que no se trataba de llevar la guerra civil a Bolivia. Los dos diputados se entrevistaron también con miembros de la comunidad islámica húngara quienes les aseguraron que se sumarían a la demanda internacional contra el gobierno de Evo Morales por “ejecución sumaria”. La demanda fue presentada por los familiares de Michael Dwyer y del rumano Arpad Magvarosi.

La investigación se inició a raíz de que el gobierno boliviano se negara a enviar el resultado de las investigaciones sobre el episodio. Irlanda, el país más activo en la investigación, solicitó el 24 de octubre a la cancillería boliviana el informe oficial sobre los presuntos terroristas. Para colmo, Evo Morales, en el curso de una rueda de prensa, aludió a que el comando terrorista había sido financiado por la Fundación Iberoamérica–Europa con sede en calle Hermano Bécquer, 6 de Madrid y presidida por Pablo Izquierdo Juárez, ex diputado del PP y antiguo jefe de prensa de Aznar. Entre 1999 y mediados de 2008, la Fundación había recibido 4.370.477 euros, de los que la cuarta parte estaban dedicados a la “cooperación en Bolivia”. Esto y la presencia de otros dos ex parlamentarios del PP (José Manuel Peña y Joaquín Cotoner), evidencian la vinculación de FIE al entorno del PP o más exactamente a FAES, quien fue denunciada por Hugo Chávez como cómplice de la oposición venezolana. Se trata de una extraña Fundación que desde 2007 está siendo investigada por la UE por supuesto fraude, según información del diario Público. FIE transfirió enormes cantidades de dinero a la Cámara de Comercio de Santa Cruz (CAINCO), uno de los puntales de la oposición contra Evo Morales y a quién éste implicó en la “conspiración Rózsa”.

Diez días después del tiroteo de Santa Cruz, el presidente de la Comisión de investigación sobre el episodio acusó al prefecto cruceño Rubén Costas y al ex presidente del Comité Cívico de Santa Cruz, Branko Marinkovic, de haber ideado el plan de desestabilización del que Rózsa era el ejecutor. Ambos negaron terminantemente las acusaciones. Las pruebas eran bastante tenues: uno de los directivos de CAINCO, Alejandro Melgar había viajado a Madrid en noviembre de 2007 y sería desde Madrid, un año después que el grupo presuntamente terrorista viajó a Santa Cruz en vuelo de Aerosur…

La tesis oficial del gobierno boliviano sostenía que se trataba de repetir en Bolivia la misma estrategia que la aplicada en Kosovo durante la guerra de 1999, practicando el terror sobre las poblaciones. Lo que sí es cierto es que tanto en Kosovo en 1999 como en Bolivia diez años después, el embajador norteamericano era el mismo: Philip Goldberg. Lo cierto que es inmediatamente después de la llegada de Goldberg a Bolivia, el país empieza a padecer una oleada de separatismo en los departamentos del Este, un proceso que recuerda extraordinariamente a la desmembración de Yugoslavia. El hecho de que el multimillonario boliviano de ascendencia croata Branko Marinkovic adoptara una posición decididamente favorable a la secesión de la “Nación Camba” (formada por los departamentos de Santa Cruz, Beni, Pando y Tarija), contribuía a reforzar esta hipótesis.

Pero había algo raro en todo esto. Alonso, el periodista español que conoció a Rózsa afirma que “Dos amigos de Rózsa, uno en Budapest y otro en Beli Monaster (Croacia), recibieron en el mes de marzo –es decir, poco antes del tiroteo– un video de Rózsa, en el que, según sus receptores, el mercenario se sentía traicionado por los que le habían contratado. Decidió grabarlo para que, en el caso de que lo eliminasen, se supiese cómo y quién había contratado sus servicios para organizar algo desconocido en Bolivia”. Si esto es así, ¿por qué no abandonó inmediatamente Bolivia? ¿Qué les decidió a permanecer en un lugar en el que le “habían traicionado”.

El factor ilicitano…

El pasado mes de agosto el fiscal de La Paz, ordenó a la policía de fronteras comprobar si el ciudadano español Alejandro Hernández Mora, había entrado legalmente en Bolivia. Según la tesis de la fiscalía, Hernández Mora había entrado en el país llamado por su antiguo camarada Eduardo Rózsa para encargarlo de la fabricación de armas y explosivos, en tanto que especialista en la materia. Sería él, pues, quien debería manipular el explosivo C–4 y las varias decenas de detonadores encontrados por la policía boliviana tras la masacre del hotel Las Américas. Hernández Mora pertenecería, pues, a la segunda oleada de terroristas que llegarían cuando el primer grupo hubiera construido una infraestructura en Santa Cruz.

Hernández Mora era un antiguo miembro del Pelotón Internacional de Voluntarios, con el alias de “Malaria”. Antes, había sido antiguo soldado voluntario en el Ejército Español y se relacionó en su ciudad natal con medios del grupo La Falange. Era considerado un tipo inestable y algo freaky y antes de partir para Bolivia colocó un anuncio solicitando trabajo como cocinero (véase el link: http://www.xing.com/profile/Alejandro_hernandezMora en donde él mismo, entre otras habilidades, explica que es “perforador de canteras y minas, barrenero” y en donde dice hablar serbo–croata).

En el momento de producirse el tiroteo de Santa Cruz, el propio Hernández Mora declaró encontrarse en Israel, sin especificar exactamente qué estaba haciendo. Lo sorprendente es que el anuncio en Xing buscando trabajo no se remonta más atrás de junio de 2008. Algo debió ocurrir cuando, en lugar de acomodarse en el sector de la hostelería pudo viajar a Israel donde abundan las empresas de seguridad especializadas en dar entrenamiento a miembros de servicios especiales públicos y privados. Según el acta de acusación, él debería haber fabricado explosivos para detonar en distintos puntos de La Paz creando un “estado de confusión que propiciaría un atentado contra el presidente de Bolivia Evo Morales”, atentado a partir del cual se formalizaría la escisión de los departamentos del Este boliviano.

Hernández Mora admitió en una entrevista a Elchedigital que en enero de 2009, Rózsa se puso en contacto con él para participar en una misión encaminada a derrocar a Evo Morales. Textualmente afirma que le dijo que “Hay mucho dinero por medio, detrás de todo esto hay ganaderos y compañías petroleras”, pero Hernández Mora afirmó haber rechazado la oferta: “estaba muy a gusto sin meterme en más líos”.

El vecino de Elche admitió que Eduardo Rózsa, ordenó al húngaro Óscar Würrtel, que asesinara al periodista suizo Christian Württemberg, cuando éste se enteró de que se había infiltrado como voluntario en las Brigadas Internacionales para realizar un reportaje para la BBC.

¿Hay una explicación al enigma Rózsa?

No hay duda de que Rózsa fue un aventurero, acaso psicópata, de vida agitada y superficial en sus juicios. A partir de esta ecuación todo es posible: Rózsa estaba dirigido solamente por sus vísceras y sus intereses personales y estos variaron a medida que fueron variando las condiciones políticas de  los países en los que residió (Bolivia, Chile, Hungría…). A partir de entonces empezó a actuar por su cuenta, sin respetar a ningún patrón. En tanto que histrión y ególatra, no podía evitar llamar la atención en cualquier país en el que vivió.

Fue comunista y miembro de la inteligencia húngara antes de la caída del comunismo. Quizás fuera rescatado por sus amigos de la Academia Derjzhisky del KGB en donde cursó estudios y fueron ellos quienes le sugirieron que se trasladara al escenario albano-croata en misión de información. La puerta de entrada en la católica Croacia era el Opus Dei y la carta de presentación una corresponsalía de cualquier diario (en este caso La Vanguardia) algo muy habitual para cualquier agente de información. Sin embargo, una vez sobre el terreno, Rózsa se convirtió en incontrolable, dejó de informar: la guerra le atraía más que el espionaje y el saqueo y el botín mucho más que los ingresos en cuentas cifradas. En la guerra olvidaba los trastornos de su personalidad (ver recuadro sobre su perfil psicológico) que no eran pocos. Una vez dado este paso comprobó que podía vivir huyendo de sí mismo en guerras oscuras y en misiones humanitarias en los lugares más recónditos del planeta.

No era un hombre de extrema-derecha, de hecho no tenía ideas políticas: podía trabajar con palestinos, con gobiernos de izquierda, y la definición que le cuadraba y que asumió era la de “nacional anarquista”, paradójicamente se definió también como “patriota internacionalista”. Le atraían las ideas de Alain de Benoist sobre el arraigo y la identidad… a él que era un mestizo de judío, húngaro y boliviano. Buscó contactos con el gobierno venezolano de Hugo Chávez que pronto advirtió su superficialidad y la posibilidad de manipularlo hacia mediados de 2008.

En ese momento, la situación en Bolivia estaba muy tensa. El “creciente boliviano” amenazaba escindirse y la misma posibilidad haría peligrar al gobierno de Evo Morales (el departamento de Santa Cruz es el más rico del país). Se daba la circunstancia de que el multimillonario Branko Marinkovic, cabeza visible de la disidencia, era de padres croatas. Era fácil improvisar una operación de inteligencia en la que alguien convenciera a Rózsa de acudir en defensa de las libertades cívicas de Santa Cruz (era un superficial que entendía poco de política y mucho menos de política boliviana; vivía en Budapest).

Incontrolable como siempre pensó en una nueva aventura: Bolivia era cocaína, Bolivia era la tierra donde el Ché Guevara –su ídolo- había ejecutado su aventura, Bolivia era la tierra de su madre, Bolivia era la posibilidad de montar una guerra que filmar con su cámara (ver recuadro sobre Chico y Guerra Sucia). Movilizó a su grupo, cometió incluso algunos atentados (en la casa del obispo de La Paz). Como era de esperar y como había hecho siempre, se fotografió con algún arma en la cama, explicó a la TV húngara sus planes… y marchó, alegre e inconsciente, hacia su muerte y la de dos de sus amigos.

La operación movida desde Venezuela tuvo éxito: como por azar, los comandos Delta de la policía boliviana lo localizaron en el hotel más lujoso de Santa Cruz y, a pesar de que en la habitación solamente se encontraba una pistola, no dudaron en asaltar la habitación ejecutando a Rózsa y a sus dos compañeros. Pero el objetivo estratégico de la operación no era acabar con un aventurero enloquecido, sino sembrar la desconfianza en la derecha cruceña e inhabilitar su proyecto secesionista… que desde aquel tiroteo no vuelto a agitar la bandera de la secesión. Operación concluida. Era cuestión de tiempo que algún servicio de inteligencia se fijara en la portentosa y desmesurada vida de Eduardo Rózsa Flores y lo utilizara para sus planes.

[Recuadros fuera de texto]

Recuadro I

Un extraño itinerario religioso

A pesar de la ascendencia judía de su padre, Rózsa parece haber sido impermeable a la influencia de la Torah hebraica. De hecho, desde muy pronto optó por la causa palestina, a pesar de que en su blog y en sus escritos siempre matizó esa posición, declarándose en contra del sionismo, pero mirando con benevolencia al judaísmo cabalístico no sionista. Poco puede decirse de su fugaz paso por el Opus Dei a quien reconoció siempre el haber “disciplinado su vida espiritual” y “favorecido en todos los sentidos”. Da la sensación de que con ese paso lo único que pretendía era obtener buenas relaciones para allanar su paso posterior por la católica Croacia. En todo momento Rózsa elogió los escritos de Escribá de Balaguer. Mucho más interesante –y reciente– fue su incorporación al islam.

Rózsa justificó el haberse integrado en la Umma islámica y sus fluctuaciones religiosas aludiendo en una entrevista a que “siempre se trata del mismo Dios” y añadiendo que “estamos hablando de los mismos valores universales y, por tanto, no veo ninguna contradicción”. Sin embargo, en la misma entrevista enfatizó su adhesión al Corán con palabras encendidas: Soy parte de un proyecto universal, iniciado con la revelación del Santo Corán a nuestro querido Profeta, y como tal, intento comportarme, llevar una vida encausada, e intento ayudar a mis hermanos, estén donde estén”.

Según explicó, se convirtió al Islam en una mezquita de Sarajevo en 1995, durante un asedio serbio. “Estaba allí, para hacer entrega directa de un paquete que contenía mapas, fotos, datos recopilados en la frontera húngaro–serbia, sobre el tráfico ilegal de armas que se hacía en esa zona, eran armas que iban a parar en manos de las bandas de serbios salvajes que estaban masacrando a la población bosniaca...Me invitaron a una mezquita, llegué allí poco antes de la oración vespertina. Nunca antes había estado durante la oración en una mezquita, así que me ubiqué en la fila trasera, intenté seguir el ritmo de la oración, y lo que se me ocurrió orar fue una frase muy simple: Dios es Uno, Dios es Uno...Sentí una gran satisfacción y alegría de estar allí, y hasta un poco de orgullo”. Y entonces se produjo su “iluminación”.

Con su habitual facilidad para alcanzar protagonismo allí donde iba, pronto empezó a realizar propaganda a favor del Islam. En Yakarta, habló en una mezquita ante centenares de islamistas presentes. Participó en misiones humanitarias en Sudán, Irak y en otros países. Defendió la inocencia de los implicados en el 11–S al que calificó como “empleados de la administración norteamericana”, añadiendo que “todo lo acaecido después del 11–S sólo ha favorecido o a los grupos de interés que deseaban esa atroz, injusta e inmoral guerra contra Iraq”.

En Hungría estaba considerado como “líder musulmán” siendo vicepresidente y diputado de la comunidad islámica de aquel país. En una entrevista realizada en Venezuela, termina con la exclamación islamista: “Allah Akhbar!”… En 2003 para sellar esas vinculaciones con el islamismo afirmó ser portavoz de un grupo disidente iraquí que se autodenomina el Gobierno Iraquí Independiente.

Islam, opusdeísmo católico, simpatías por el judaísmo no sionista, tales han sido las distintas posiciones religiosas adoptadas por Rózsa. ¿Eran sinceras? ¿No serían más bien excusas que le permitieran adentrarse en distintas zonas conflictivas sin despertar sospechas, presentándose como un rigorista de cada una de estas religiones y, por tanto, como personaje fuera de toda sospecha? Y si era así ¿al servicio de quién?

[Recuadro II]

Eduardo Rózsa Flores: perfil psicológico

Algunos de quienes lo conocieron decían que se veía a sí mismo como un "Patriota Internacional" que perseguía convertirse en héroe y alcanzar notoriedad, protagonismo y gloria. En ese sentido era un megalómano egocéntrico con unos fetiches a los que aspiraba a imitar. El Ché Guevara, sin duda, el primero de todos, pero también a Amir Ibn Al Khatabb, muerto en Chechenia, llamado “el Ché Guevara musulmán” y, cómo no, a Carlos Illich Ramírez (a) “Carlos”. Es posible que hubiera en su carácter cierta inmadurez o una personalidad no completamente redondeada que le llevaba a ensoñaciones, fugas fantasiosas y a cierta mitomanía enfermiza.

El psiquiatra Marcos Domich definió el perfil psicológico de Eduardo Rózsa Flores con estas palabras: “este tipo de casos dominados por el patetismo y la impulsividad y son las personalidades adecuadas para las acciones extremas”. No es raro que en su dramaturgia particular fuera particularmente aficionado a utilizar la consigna atribuida a Cayo Bruto en el instante de asesinar a Julio César: “sic Semper tyrannis” (muerte al tirano), pronunciada también por John Wilkes Wood, asesino de Abraham Lincoln, un actor frustrado.

Era un fanático de las armas: solía fotografiarse acompañado por algún arma o vestido de uniforme. Le costó caro. En noviembre de 2008 se fotografió en el Hotel Buganvillas de Santa Cruz en la cama con un fusil de asalto M–16 y una Uzi judía con silenciador. Había abandonado Hungría tres meses antes. Un psiquiatra freudiano lo tendría muy fácil para calificar el estado mental de Rózsa: en la cama acompañado por un arma de asalto entre las piernas… “complejo de castración”. Blanco y en botella. Algo, desde luego, no funcionaba bien en su sexualidad.

Un periodista español que le conoció en Albania y luego en Croacia, Julio César Alonso, recuerda un oscuro incidente que le costó a Rózsa el ser expulsado del hotel de la prensa tras salir de su habitación un niño con signos claros de abuso sexual y encontrarse en ella cierto número de granadas de mano. Años después volvió a verlo en Osijek en donde el jefe de la milicia le ofreció ametrallar su vehículo para poder acumular laureles como periodista de riesgo. Quien se lo propuso añadió que “El húngaro me ha pagado 50 dólares por disparar al suyo”. El  húngaro, naturalmente, era Rózsa. Horas después cuando lo encontró, efectivamente, con su vehículo ametrallado, Rózsa, en el bar, provisto ya de una metralleta Skorpion, instaba a otros periodistas a “defenderse”. Dos meses después ya dirigía el Pelotón de Voluntarios.

También resulta sorprendente que desde hace 20 años su hermana, residente en Santa Cruz, cortara toda vinculación con Eduardo, el cual siempre permaneció soltero y sin que se le recuerden compañías femeninas.

En cuanto a sus dotes histriónicas también están suficientemente claras. El dramatismo de algunas de sus afirmaciones y gestos, el histrionismo que lo suele acompañar en sus fotografías y declaraciones, unido a los argumentos con los que justifica sus saltos mortales políticos e ideológicos, lo definen como alguien superficial, visceral, para quien el gesto y el exhibicionismo son mucho más importante que los razonamientos o las opciones meditadas.

Había cierto infantilismo en todas sus acciones. Se definía a sí mismo como “nacional–anarquista” e incluso había intentado reagrupar a los exóticos individuos que en todo el mundo se reclamaban de esta corriente. No dudó en presentarse como exponente “nacional–anarquista” y su muerte fue recibida con lamentos en blogs, alguno de los cuales creados por él mismo como http://national–anarchism.blogspot.com/

¿Era Rózsa un psicópata? Algunos de los rasgos de su personalidad así pueden indicarlo (falta de empatía con los demás, facilidad para la mentira y la simulación, superficialidad en los juicios, búsqueda sin escrúpulos de apoyos a los que luego abandona o traiciona, sensación de desprecio hacia los inferiores, capacidad para cometer asesinatos fríamente). Seguramente era también el resultado turbulento del mestizaje entre tres sociedades: la judía, la boliviana y la húngara. Alguien desarraigado que optó por la aventura como forma de vida. Sin escrúpulos. Sin más objetivos que sembrar la guerra y el caos allí donde iba. Sin ideales más allá de seguir a las propias vísceras y sin la discreción suficiente como para poder realizar operaciones clandestinas como las que se propuso en Santa Cruz de la Sierra, última etapa de su aventura.

[recuadro III]

Chico: autobiografía llevada al cine

Es una película notable que ha obtenido varios galardones internacionales. Rodada en 2002 y dirigida por la directora magiar Ibólya Fekete no solamente está inspirada en la vida de Rózsa, sino, además, protagonizada por él mismo. La película entra dentro del exhibicionismo propio de la personalidad de Rózsa: no solamente ha vivido una aventura, sino que además necesita contarla y, por supuesto, embellecerla.

Chico se rodó en Hungría, Croacia, Albania, Chile y en la Tierra Santa. Estaba contratado para el papel de protagonista un actor de origen judío que no gustaba a Rózsa, así que asumió en la película su propio papel. En una de las escenas Chico–Rózsa escenifica su encuentro con Illich Ramírez (a) “Carlos”, añadió: “Quise que se expresara mi opinión sobre el Comandante, y que se intentara derrumbar ese mito negativo que se ha construido sobre su persona y sobre sus actos”. El “comandante” al que se refiere es “Carlos” y la revista en la que se publicó la entrevista es “ICR” (Imagen y Comunicación Revolucionaria) que agrupa a los simpatizantes de “Carlos” en Venezuela. En la película Chico se muestra como un hombre que viaja por todo el mundo, persiguiendo un ideal que encuentra en el conflicto balcánico asumiendo la causa croata. La película intercala escenas de ficción con fragmentos de documentales reales. Obtuvo las mejores críticas y cuenta entre sus galardones con los premios a la mejor dirección y el premio ecuménico en el Festival Karlovy Vary, de la República Checa.

Pero Chico no colmó las aspiraciones cinematográficas de Rózsa que, se creyó en la obligación de filmar una segunda parte, Guerra Sucia, título de uno de sus libros. No pudo rodarla. Los productores a los que acercó el guión, literalmente, se horrorizaron. El periodista español César Alonso, que lo conoció bien, explica que Rózsa “En Hungría consulta con varios técnicos de cine una idea macabra: rodar (grabar) una película real de cómo se puede provocar una guerra. Las imágenes serían reales y los muertos y torturados también. Pero nadie sabía dónde habría de realizarse. El proyecto quedó aplazado primero y desechado después… ¿Del todo? En realidad, la última aventura boliviana de Rózsa tenía todo el aspecto de tener muchas intencionalidades diversas: una de ellas correspondía exactamente con la intención que revela César Alonso sobre el tema de su nueva película, aquella que debería consagrarlo n la cinematografía internacional: un hombre que no dudaba en montar un conflicto y filmarlo desde el primer momento para demostrar la facilidad con la que se pueden organizar guerras y masacres. Quería hacer en cine lo que Orson Wells hizo en radio con la Guerra de los Mundos: convertir la ficción en realidad.

© Ernest Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.