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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

Inmigración (III) 1996-2004

Infokrisis.- El “aznarato” (1996-2004). Cuando en 1996, el PP gana las elecciones apenas mencionaba de pasada el tema de la inmigración. El realidad, el problema salvo en Ceuta y Melilla no existía y los niveles de inmigración que existían en aquel momento no dejaban prever la importancia del conflicto que dejaría atrás Aznar cuando los atentados del 11-M y los errores imperdonables en materia de política exterior especialmente en la cuestión de Iraq y se seguidismo bovino hacia la agresiva administración americana de la época, lo apearían inesperadamente del poder.

a. La inmigración en los programas del PP

En el programa del PP para las elecciones de 1996, la inmigración era mencionada apenas en una decena de ocasiones. Nadie podía prever que el modelo económico que Aznar pondría en marcha a partir de ese momento, se basaba en cuatro puntos, tres de los cuales tenían relación directa con la inmigración: basar el crecimiento económico en salarios bajos y mano de obra barata destinada a impulsar el sector de la construcción y la hostelería, para lo cual era preciso importar masivamente inmigración, un modelo suicida que, como era de prever desde el principio era “pan para hoy, hambre para mañana” y quiebra para pasado…

En la página 204 del programa de 1996 el PP anotaba como intención general en materia de “integración social de los inmigrantes”: El fenómeno de la inmigración en España obliga a la adopción de una política de integración social de los inmigrantes y de sus descendientes que abarque, entre otros, los campos del empleo, la educación y la sanidad. Se debe mejorar la atención a los peticionarios de asilo y prever mecanismos de inserción social y de alojamiento para los acogidos. Se elaborará, asimismo, un marco legal que regule adecuadamente los mecanismos de ayuda a los refugiados por los hechos de guerra. Los poderes públicos deberán intensificar la colaboración con las organizaciones sociales que se dedican a esta tarea”; y en la página siguiente proponía algunas medidas concretas para llevar a cabo esta línea: “Promoverá la aplicación del Convenio de Schengen como regulador básico de una política europea de inmigración” y un par de párrafos más adelante: “Extremará la persecución de las mafias organizadas que introducen y emplean a inmigrantes ilegales en España y aumentará los controles administrativos en aquellos sectores productivos que tradicionalmente utilizan inmigración ilegal”. En la página 215, mezclaba la velocidad con el tocino proponiendo el “Apoyo a mayores grados de integración en el pilar de justicia e interior y en particular en el ámbito de la cooperación judicial y policial, asilo e inmigración, en la lucha contra el terrorismo y la criminalidad organizada, especialmente contra el narcotráfico. No se reconocerá al territorio de Gibraltar como frontera de la UE”.

La retahíla habitual de tópicos que se repetía en la época aparece en el programa del PP en la página 221: “La Conferencia Intergubernamental de 1996, en materia de Justicia e Interior, debería resolver definitivamente la puesta en marcha de EUROPOL y abordar los siguientes aspectos: una mayor comunitarización de las políticas que afectan en este campo al conjunto de la UE, tales como: las decisiones relativas a la política de asilo, el paso de las fronteras exteriores de los Estados miembros, la política de inmigración y la política relativa a los nacionales de terceros países, la lucha contra la droga y el crimen organizado, el terrorismo, la xenofobia y el racismo y la cooperación judicial en materia civil y penal. Algunas de estas cuestiones exigen la previa resolución del problema de la colonia de Gibraltar, pero ello no exime de adoptar posiciones de principio que permitirían avanzar en la creación de un espacio policial y judicial europeo” (la negrilla está en el original). Tópicos que se repetían en relación a Marruecos en la página 227: “Los esfuerzos de cooperación con el Magreb deberán ser acompañados de una política de inmigración en el contexto de nuestras obligaciones derivadas de acuerdos internacionales, tales como el Acuerdo de Schengen y de nuestra pertenencia a la Unión Europea”.

Finalmente, en el “Índice de voces” (página 249) se dice que el término “inmigración” está tratado en las páginas 211, 212-213… pero, sorprendentemente, cuando consultamos estas páginas, vemos que no hay absolutamente ninguna referencia a la inmigración, lo que denota el interés del PP en la materia. Esto era todo.

Lo primero que puede deducirse es que, tópicos aparte (equiparar la “lucha contra la droga y el crimen organizado, el terrorismo” que existían en aquel momento de manera espectacular, con la “xenofobia y el racismo” y colocarlo todo bajo la misma rúbrica, parece una concesión al clima de la época en donde la izquierda todavía alimentaba el mito del “papeles para todos”. El único incidente racista se había producido con la muerte, aún reciente, de Lucrecia Pérez que, para colmo, se trataba de una acción unilateral de un individuo exaltado y nada indicaba que existiera una oleada de “xenofobia y racismo”. Pero era la frase recurrente para “quedar bien”. No dejaba de ser una enormidad comparar el secuestro de Ortega Lara o el asesinato de Miguel Ángel Blanco, o las decenas de asesinatos de ETA en la época, con la “xenofobia y el racismo” que no aparecían por ninguna parte.

Además, en aquel tiempo (1996) todavía no habían estallado los grandes conflictos localizados (El Ejido, Ca’n Oriac, La Almunia) que se manifestarían entre finales de los 90 y la primavera del 2000, primer anuncio de que algo no funcionaba bien y que había zonas en las que el listón del 5% de presencia inmigrante hacía tiempo que se había superado quedando abierto el camino hacia el conflicto. El PP en aquella época no percibía a la inmigración como problema: sería a lo largo del “aznarato” cuando aparecería como tal y generado –es bueno no olvidarlo jamás- por el propio PP.

Ninguna de las propuestas del PP en materia de inmigración se cumplió en la primera legislatura de Aznar: EUROPOL no pudo ser implementada en la medida en que aún no se había constituido el marco legal y de previsión de conflictos que debería haber acompañado y precedido a los acuerdos de Schengen. El marco legal para regular la llegada de inmigrantes varió sí, pero no a iniciativa del PP, sino del resto de grupos parlamentarios –mayoritarios frente al PP en aquella primera legislatura “popular”- que impusieron una ley de inmigración que desencadenó el primer gran “efecto llamada”.

Pero si en 1996, la inmigración estaba casi completamente ausente y reducida al mero nivel de tópico o bien aparecía de manera extemporánea, en un lugar siempre completamente irrelevante, en cambio es menos comprensible que en las siguientes elecciones de 2000, la cuestión de la inmigración ocupase un lugar asimismo irrelevante, cuando ya estaba en camino de convertirse en un problema muy real. El programa del PP para las elecciones del año 2000 en materia de inmigración sigue manteniéndose en el terreno de los tópicos, salvo la introducción de algún elemento nuevo. Véase, por ejemplo, en la página 104, esta muestra de tópicos y agradecimientos: Contribuiremos a que España sea una sociedad integrada y abierta. Nuestro compromiso y participación en el proceso de construcción europea define la respuesta que España ha de dar al fenómeno de la inmigración: desarrollo de una política común de la Unión Europea y acogida a quienes buscan nuevas oportunidades dentro de nuestras fronteras. Reconocemos la aportación que hacen a nuestra sociedad, a cuyo bienestar contribuyen con su trabajo”... y ya podían reconocerlo porque el modelo económico de Aznar seguía apoyándose en buena medida en la inmigración, sin advertir que en el momento en que la construcción pinchara (lo que estaba claro que ocurriría en un sector sometido a ciclos) y el turismo se estabilizara o remitiera (una posibilidad cierta a la vista de que los países del Este de Europa veían en este sector una posibilidad de impulsar sus economías y otro tanto ocurría en el Norte de África), quedarían en la calle cientos de miles de inmigrantes destinados a ser mantenidos por las arcas del Estado que pesarían como una losa sobre nuestra economía.

Pero era en la página 147 del programa “popular” en el que se abordaba directamente la cuestión de una política de inmigración, en el apartado “Gestión de flujos migratorios”. Y el texto no podía ser más decepcionante:

“En estrecha cooperación con países de origen y de tránsito, se llevarán a cabo campañas de información sobre las posibilidades reales de inmigración legal y se impedirá toda forma de trata de seres humanos. Deberá seguir desarrollándose una activa política común en materia de visados y documentos falsos, incluidas en una cooperación más estrecha entre los consulados de la UE en terceros países. También se prestará atención especial en los ámbitos nacional y europeo para hacer frente a la inmigración ilegal en su origen, en especial luchando contra quienes se dedican a la trata de seres humanos y la explotación económica de los emigrantes, y se salvaguardarán en todo momento los derechos de las víctimas de esas actividades, con especial atención a los problemas de mujeres y niños. De acuerdo con nuestros compromisos comunitarios, se reforzará la cooperación y la asistencia técnica mutua entre los servicios de control fronterizo con los demás Estados miembros con programas de intercambio, transferencia de tecnologías, y con una especial atención a las fronteras marítimas. Adoptaremos las iniciativas necesarias para desarrollar la asistencia a los países de origen y tránsito de inmigrantes con objeto de promover el retorno voluntario y ayudar a las autoridades de esos países a mejorar su capacidad para combatir eficazmente la trata de seres humanos”.

Si estas eran las orientaciones, cabe decir que en marzo de 2004 todas ellas, sin excepción o no se habían puesto en práctica o simplemente habían fracasado estrepitosamente en la anterior legislatura, como veremos más adelante. No existió cooperación con los países emisores o por los que pasaban inmigrantes en tránsito, no solamente no se pudo combatir “la trata de seres humanos” sino que en esos años las mafias de la inmigración camparon por sus respetos desde Marruecos, no solamente no se afrontó a la inmigración ilegal, sino que se la ocultó a los ojos de la opinión pública, se minimizaron las cifras (que alcanzaban los 800.000 ilegales presentes en 2004) y se sobreprotegió tanto a los “menores” inmigrantes que se olvidó que el mejor destino de un menor era junto  a sus padres en el país de origen y no bajo la tutela del Estado Español. En cuanto a la “asistencia de los países de origen y tránsito” se convirtió simplemente en un pozo sin fondo que consumió recursos del Estado sin que se obtuviera ni un solo éxito. Repetimos: ni uno solo. No solamente no se impidió la “trata de seres humanos” como proponía el programa, sino que de pasar a ser algo con repercusión mínima pasó a tener una envergadura desproporcionada. Por otra parte, aludir a la “trata de seres humanos” era equívoco: la inmigración no tenía nada que ver con la existencia de mafias organizadas que trajeran inmigrantes contra su voluntad, sino que se trataba de verdaderas “agencias de viajes” que ofrecían una amplia gama de servicios que los inmigrantes pagaban gustosos por caros que fueran. En cuanto al concepto de “sociedad integrada y abierta” sonaba mucho mejor, desde luego, que proponer una “sociedad desintegrada y cerrada”, pero no dejaba de ser otro tópico sin contenido similar a los que manejaba el PSOE en la época. Los cuatro años que había estado el poder no le habían servido para aquilatar experiencias sobre la materia, ni siquiera a investigar cómo se desarrollaba la cuestión en una Europa que empezaba a estar desesperada porque todos los fondos destinados a la integración era dinero tirado en un agujero negro que no cosechaba el más mínimo resultado.

Todo esto es todavía más incomprensible cuando recordamos que al plantearse las elecciones del 2000, ya se habían producido tensiones étnicas en Aragón y Cataluña, y El Egido estaba a punto de estallar. El PP practicó en esa segunda legislatura la política del avestruz: no querer ver los problemas, mirar a otro sitio y no se trataba de alarmar a la opinión pública que ya empezaba a relacionar y a vincular inmigración con delincuencia. En la página 183 del programa “popular” se proponía: “La lucha contra toda forma de violencia contra las personas, incluido el ámbito doméstico, con la adopción de medidas preventivas hacia personas y grupos de riesgo (mujeres, menores, mayores y marginados), en el tráfico de la inmigración ilegal y en las diversas manifestaciones de la explotación sexual”… En aquella época la violencia doméstica ya había repuntado y desde el principio resultaba evidente que la incidencia de la inmigración masiva era la única causa que lo podía explicar. Pues bien, esto que hoy es evidente para todos –Amnistía Internacional terminó reconociéndolo solamente en 2006- era una herejía “xenófoba y racista” en 2000, herejía en la que el PP no estaba dispuesto a caer, ni siquiera a reconocer… Seguíamos con la política de ambigüedades y tópicos.  Y vale la pena recordar todo esto cuando en la actualidad el PP catalán se muestra como redentor de la sociedad en materia de inmigración.

La prueba de que la inmigración se había convertido en un problema era que desde el año 2000 aparecía regularmente en las encuestas del CIS como uno de los cinco problemas que más preocupaban a los españoles. De ahí que el PP abordará las elecciones de 2004 con un nuevo programa que ya dedicaba una sección entera a la inmigración: “21. Inmigración ordenada en una sociedad abierta” que abarcaba de la página 169 a la 173, prueba de que las cosas habían cambiado a lo largo del “aznarato” cuando, de ser una problema inapreciable, se pasó a ser un problema ocultado por todos, antes de convertirse en un problema incontrolable y particularmente experimentado especialmente por las clases trabajadoras en las que se habían instalado bolsas ingentes de inmigrantes con las que les parecía muy difícil convivir.

El programa del PP en esa ocasión empezaba constatando lo obvio (“La inmigración es uno de los fenómenos más importantes que afectan y seguirán afectando a nuestro país y a nuestro entorno europeo en los próximos años. Hemos de hacer un esfuerzo para anticiparnos al reto que va a suponer la adaptación de nuestras estructuras sociales a esta cuestión”) y lo que hoy causa carcajadas leerlo (“La entrada de inmigrantes se ha acelerado en los últimos años como consecuencia de nuestro desarrollo económico y de las oportunidades de empleo de nuestra sociedad. España se sitúa entre los países mas prósperos y desarrollados del mundo, pasando de ser un país de emigración a ser un país de acogida”). Se constata que 900.000 extranjeros cotizaban entonces a la SS… en un momento en el que entre legales e ilegales, empadronados y no empadronados, las cifras de inmigración alcanzaban los 3.000.000, de los que 800.000 eran ilegales (según declaraciones de Jesús Caldera, primer Ministro de Trabajo e Inmigración que justificó la regularización masiva de febrero-mayo de 2005 alegando que el nuevo gobierno socialista había heredado esta bolsa y algo debía hacer).

Luego, el PP afirmaba con una seriedad pasmosa que nuestra política de inmigración debía regirse por la política de la Unión Europea en la materia… olvidando que no existía una política común de inmigración y que las políticas nacionales practicadas en Europa, incluso la más avanzada y reverencia, la holandesa, se habían mostrado como un fracaso.

Finalmente, el PP proponía: “La ordenación legal de los flujos migratorios, la integración real y efectiva de los extranjeros que lleguen legalmente a nuestro país, la lucha contra la inmigración ilegal, poniendo especial acento en la persecución del trafico y explotación de seres humanos, la cooperación al desarrollo de los países de emigración...”. Y da gusto leer este programa porque es, más o menos, el mismo que enarbolaba el PSOE en esas mismas elecciones y el mismo que ambos siguen ocho años después, cuando está próximo otro proceso electoral: también el programa del PSOE hablaban de “una política de inmigración basada en planteamientos integradores y respetuosos” (pág. 23), ayudas a los países emisores de inmigración (pág. 17), “fomentaremos programas de integración de la inmigración” (pág. 49), y, finalmente, se coincidía también con el PP en que la inmigración era necesaria, enriquecedora y juega un papel fundamental en el crecimiento económico (pág. 125). Ambos insistían –con las mismas palabras- en la “ordenación de los flujos migratorios, adaptada a nuestra capacidad de acogida”, el “estímulo de programas de acogida”. Había, eso sí un único elemento diferencial entre ambos programas: mientras el popular aludía, no sin cierto cinismo, a la repatriación de los ilegales (algo curioso porque en los ocho años del “aznarato” no se había abordado esa política de repatriaciones lo que generó la acumulación de 800.000 ilegales a la que aludía Caldera unos años después). Dejando aparte esta pequeña diferencia, las propuestas de los dos grandes partidos en materia de inmigración eran como dos gotas de agua: exactamente iguales y superponibles. 

b. Las leyes de extranjería con Aznar

A principios de 2000 se promulgó la nueva Ley de Extranjería, que sustituía a la vigente desde 1985. A pesar de ser el PP el partido de gobierno, esta ley nació con la oposición del gobierno, apoyado por los partidos de izquierda y algunos nacionalistas. El PP advirtió que, en caso de obtener la mayoría absoluta, en las siguientes elecciones, modificaría la ley, como, de hecho, ocurrió. El 15 de diciembre de 2000, la nueva ley presentada por el gobierno fue aprobada por una cámara en la que el PP contaba con mayoría absoluta. Así pues, hemos de hablar de tres leyes de Extranjería en apenas 15 años: la de 1985, la de principios de 2000 y la que entró en vigor en el 2001...

Los textos legislativos relativos a la inmigración anteriores a la ley de 1985 respondían a la práctica inexistencia del fenómeno. Así, por ejemplo, en la ley de 30 de diciembre de 1969 se equiparaban los trabajadores hispanoamericanos, portugueses, brasileños, andorranos y filipinos, que residían y se encontraban legalmente en España, con los trabajadores españoles en sus relaciones laborales y aludía especialmente a su inclusión en los distintos regímenes de la Seguridad Social. Era un texto que en buena medida rezumaba una buena predisposición hacia los inmigrantes “luso-americano-filipinos”, dentro del concepto de Hispanidad que subsistió en el tardofranquismo. En las últimas fases de la transición democrática, en 1980 se promulgó el Real Decreto 1031/80 del 10 de mayo, que regulaba la concesión de los permisos de residencia y trabajo, que derogó textos anteriores (el Real Decreto 1874/78 de 2 de junio de 1978 y el 522/74 de 14 de febrero de 1974) sobre la misma materia. El origen de la ley del 85 hay que buscarlo en el proyecto de Ley Orgánica sobre Derechos y Libertades de los Extranjeros residentes en España remitido por el gobierno al Congreso el 14 de abril de 1981. Tuvieron que pasar cuatro años para que el texto, inicialmente redactado por UCD, fuera modificado y aprobado finalmente por una cámara en la que el PSOE era mayoritario. Básicamente se reconocían a los inmigrantes los derechos contenidos en el Título I de la Constitución, se regulaba la concesión de permisos de trabajo y residencia y los mecanismos y motivos de expulsión. El hecho de que, una vez aprobada, la ley tardara un año en entrar en vigor, indica a las claras que en aquel momento no existía problema alguno con la inmigración y se concedía a los pocos miles de extranjeros residentes en España un amplio plazo para que regularizaran su situación. En sus 15 años de vida, la ley sufrió distintas modificaciones siempre en el sentido de una mayor protección de los derechos de la inmigración y de conceder cada vez más garantías para evitar expulsiones. En julio de 1987 se derogaron tres artículos y se facultó a los jueces para anular una decisión de expulsión. En la tardía fecha del 2 de febrero de 1996 se aprobó la reforma del Reglamento de Ejecución de la Ley de 1985. En ese momento se implantó el permiso de residencia permanente, que evitaba que los residentes tuvieran que renovar periódicamente sus permisos. Quedaron tipificados los distintos permisos de trabajo y residencia, la reagrupación familiar, la regulación de los centros de internamiento, el régimen sancionador para los no nacionales, las circunstancias de expulsión y la regulación sobre visados de acuerdo con las directrices europeas y el acuerdo de Schengen.

La Ley de 1985 había sido contestada por numerosos colectivos sindicales (CCOO) y sociales (SOS Racismo) que solicitaban su derogación y el que fuera sustituida por otra capaz de "facilitar la convivencia en igualdad”, que según ellos trataba a la inmigración pobre “como un problema policial, reprimiéndola". Estos colectivos criticaban a la Ley de Extranjería, especialmente a partir de mediados de los años 90 por considerar que había quedado desfasada al convertirse España en un país receptor de inmigrantes. Para estos colectivos la Ley de 1985 era insuficiente para regular estos nuevos flujos migratorios que entraban a mayor velocidad que cuando fue redactada. La ley, decían, no estaba preparada para soportar los retos que planteaban las primeras oleadas de inmigrantes de la globalización. Para estos sectores sociales y sindicales, orientados a la izquierda, la Ley de Inmigración debe, sobre todo, garantizar los derechos sociales y políticos de los inmigrantes extracomunitarios. Estos grupos empezaron a movilizarse a partir del asesinato de Lucrecia Pérez y de los primeros naufragios en el Estrecho. Las Olimpiadas de Barcelona y la Expo de Sevilla, como hemos visto, habían favorecido la entrada de inmigrantes –habitualmente marroquíes- que contribuyeron al buen fin de las obras. En 1998, los grupos pro inmigracionistas presentaron en Interior 1.400 “autoinculpaciones" de personas que se declaraban objetores de la declararon objetores de la Ley de Extranjería: "Nos declaramos culpables de infringir el artículo 98 de la Ley de Extranjería, que sanciona con multa de hasta medio millón de pesetas a aquellas personas que ayuden o protejan a un inmigrante indocumentado". Esta iniciativa formaba parte de la campaña "Papeles para todos. Ningún ser humano es ilegal". La finalidad de la campaña era que "ningún inmigrante fuera considerado como ilegal en España por no cumplir determinados requisitos administrativos".

Esta presión social se unió al informe sobre migraciones elaborado por la Comisión de Política Social y Empleo del Congreso de los Diputados aprobado en abril de 1998. Este informe incluía anotaciones para la modificación de la ley de extranjería y la elaboración de un nuevo texto legislativo. De este informe surgió el proyecto de ley de principios de 2000, consensuado por los socialistas con otras fuerzas de izquierda. Como puede verse por su origen y orientación, se trataría necesariamente de un proyecto de ley extraordinariamente generoso con los derechos de los inmigrantes.

Tras aprobarse esta segunda ley se abrió un período extraordinario de regularización de inmigrantes ilegales que duró desde el 31 de marzo al 31 de julio. En ese período, las 245.000 peticiones de regularización desbordaron todas las previsiones y doblaron las que se esperaban. En la práctica durante este tiempo se inició el “efecto llamada”. Fue este efecto el que esgrimió el gobierno para cambiar el texto y hacerlo algo más restrictivo. Sólo en ese año los tránsitos ilegales de pateras y que pudieron ser constatados habían pasado de ser 3.569 en 1999 a casi 15.000 en el 2000.

El 22 de diciembre de 1999 el Parlamento español aprobó la nueva Ley Orgánica sobre los Derechos y Libertades de los Extranjeros en España y su Integración Social, que sustituía a la legislación aprobada en 1985. Los aspectos más problemáticos de la ley fueron limados por el PP y CiU en el Senado. Ambos partidos habían alertado de la posibilidad de que la “generosidad” del texto promoviera un “flujo masivo de inmigración” (entonces no se hablaba todavía del “efecto llamada”).

Los puntos más polémicos se referían al reconocimiento de derechos a todos los inmigrantes residentes en España sin aludir a su situación de legalidad o ilegalidad; el mecanismo de regularización permanente que permitía legalizar su situación a quienes acreditaran dos años de permanencia en territorio español; la posibilidad de recurrir las denegaciones de visado ante los tribunales. Era imposible redactar una ley más progresista... y al mismo tiempo más ignorante de la legislación europea de la época. Porque, desde la Cumbre de Tampere (1999), la Unión Europea había establecido una política común de asilo y gestión de flujos migratorios... algo que, literalmente, parecía traérsela al fresco al PSOE y sus aliados en esta aventura, IU, PNV y Grupo Mixto. Al aprobarse estas enmiendas, la izquierda intentó movilizar a la calle. En aquel momento proliferaron las manifestaciones callejeras (no particularmente concurridas, por cierto), pero que abrieron el camino para que, de regreso al Parlamento, las enmiendas introducidas en el Senado fueran rechazadas.

La nueva ley estaba compuesta por 64 artículos. La primera disposición transitoria exponía que "El Gobierno establecerá el procedimiento para la regulación de los extranjeros que se encuentren en territorio español antes del día 1 de junio de 1999 y que acrediten haber solicitado en alguna ocasión permiso de residencia o trabajo o que lo hayan tenido en los tres últimos años". Una de las disposiciones finales establecía que "los que promuevan, favorezcan o faciliten el tráfico ilegal de personas a España serán castigados con las penas de prisión de seis meses a tres años y multa de seis a doce meses". El capítulo I, que se titulaba "Derechos y libertades de los extranjeros", las definía idénticos a los que gozaban los españoles: libertad de circulación, reunión y manifestación, derecho a la educación, al trabajo, a la asistencia sanitaria, a los servicios sociales y a la Seguridad Social. El artículo 10 precisaba que "todos los extranjeros menores de 18 años tienen derecho a la educación en las mismas condiciones que los españoles, derecho que comprende el acceso a una enseñanza básica, gratuita y obligatoria". El artículo 15 establecía que "los extranjeros, cualquiera que sea su situación administrativa, tienen derecho a los servicios y prestaciones sociales básicas". Se establecía que bastaba inscribirse en el padrón municipal para tener derecho a las prestaciones sanitarias necesarias desde el ingreso en un centro hospitalario o en un servicio de urgencias, hasta el alta médica. El reagrupamiento familiar quedaba contemplado en el capítulo II. Se reconocía el derecho de los familiares de los inmigrantes que residían en España a reagruparse con el residente; la medida abarcaba al cónyuge, a los hijos del residente y del cónyuge, los ascendientes del residente y cualquier otro familiar si se justifica por razones humanitarias. El capítulo III, aludía a las garantías jurídicas ("los extranjeros tienen derecho a la tutela judicial efectiva") y a la asistencia jurídica gratuita. Luego, en el artículo 24, se regulaban los requisitos de entrada en España ("se podrá autorizar la entrada de los extranjeros que no reúnan los requisitos establecidos cuando existan razones excepcionales de índole humanitaria"). Aparecía la figura de la “residencia temporal” (artículo 30) para la que era necesario acreditar "una estancia ininterrumpida de dos años en territorio español, figure empadronado en un municipio en el momento en que formule la petición y cuente con medios económicos para atender a su subsistencia". Los permisos de trabajo “se concederán por una duración inferior a cinco años y podrán limitarse a un determinado territorio, sector o actividad”.

A decir verdad, la ley 4/2000 no entró con buen pié. Los socialistas pasaban por un período en el que sus bases gritaban “papeles para todos” (o poco menos) y elaboraron una ley que, en la práctica equiparaba la situación de los inmigrantes ilegales a la de los legales. Y, para colmo, esta ley se anticipó solamente unos días a los incidentes de El Egido. La ley se había elaborado por consenso de todos los partidos políticos, salvo el PP. Cuando, en las elecciones de marzo, éste obtuvo la mayoría absoluta redactó un nuevo proyecto de ley con dos objetivos: adecuar la legislación española de inmigración a la normativa europea y detener el “efecto llamada” generado por el período extraordinario de regularización. Aznar, completó esta medida con la creación de una Delegación del Gobierno para la Extranjería y la Inmigración, al frente de la cual situó a uno de sus hombres de confianza, Enrique Fernández-Miranda. Este presentó un informe al Consejo de Ministros en el mes de junio de 2000, que serviría de base para el proyecto de modificación de la ley anterior.

A pesar de discutirse el nuevo proyecto de ley con todos los grupos parlamentarios, no pudo existir el consenso. IU-IC, BNG, IC, UGT y CCOO, rechazaron la reforma; CiU, ERC, CC, CHA y el PA se mostraron dispuestos a asumir cambios desde el diálogo. El PSOE en aquella época era el líder en la promoción y defensa de los derechos de los inmigrantes. El 27 de junio de 2000, el PSOE presentó en el Congreso una proposición no de ley que planteaba esperar un año, para conocer los efectos de la ley 4/2000 antes de proceder a su reforma... Algo absurdo por que resultaba evidente en ese momento que el “efecto llamada” ya se había desatado. La mayoría absoluta del PP bastó para que la proposición fuera rechazada. Con todo, la propuesta logró 117 votos del PSOE, IU, PNV, y grupo mixto. En esta ocasión CiU y Coalición Canaria se abstuvieron, demostrando hasta qué punto eran volubles y no habían meditado mucho su opción que permitió salir adelante a la ley 4/2000 sólo unos meses antes. Claro que rectificar es de sabios, por que el 1 de julio de 2000 el número de inmigrantes interceptados en los seis primeros meses del año suponía un incremento del 460% con respecto al anterior. Pocos días después, Jordi Pujol reconocía que el "efecto llamada" era una consecuencia de la legislación aprobada y se decantó por su reforma urgente.

En julio de 2000 se aprobó el anteproyecto de reforma, ratificado el 4 de agosto. Tras el retorno de las vacaciones parlamentarias, en octubre, comenzó el debate en el Congreso, con carácter de urgencia. Las enmiendas a la totalidad presentadas por IU, PNV y el Grupo Mixto, fueron rechazados; fueron aceptadas cerca de una cincuentena parciales procedentes de casi todos los grupos e incorporadas al texto. La ley vigente en la actualidad fue, finalmente aprobada a finales de noviembre de ese año. En el Senado el proyecto fue rechazado por el PSOE al rechazar el PP incorporar en el texto una referencia al derecho de reunión, asociación, sindicación, huelga y manifestación, de los inmigrantes ilegales. Finalmente, la ley fue aprobada el 14 de diciembre con los votos del PP, Coalición Canaria y CiU. El 23 de enero de 2001 entraría en vigor.

La nueva Ley de Extranjería difería en algunos puntos de la anterior. En el área de sanidad limitaba la atención médica de los inmigrantes ilegales a las urgencias. De la educación no se aludía a la pre-escolar ni al bachillerato y se garantizaba, por el contrario, la enseñanza gratuita para hijos de inmigrantes ilegales a la primaria. Seguía manteniéndose la posibilidad de que los inmigrantes pudieran pedir el amparo de los tribunales, incluso los rechazados en la frontera. La única limitación estribaba en que solamente los inmigrantes legales podrían recurrir a la asistencia jurídica gratuita en los litigios que pudieran tener. La nueva ley excluía del principio de publicidad, audiencia del interesado y motivación de las resoluciones, a los visados, cuya denegación sólo habrá que motivar cuando la petición apele a la reagrupación familiar o al trabajo por cuenta ajena. Se incorporaron también algunas modificaciones sobre el proceso de expulsión. El mero hecho de estar en España en situación irregular, hace acreedor de la medida de expulsión. Si un inmigrante es expulsado por orden judicial o administrativa o se le deniega a seguir en España, deberá salir del país obligatoriamente. Las expulsiones preferentes son inmediatas. Las normales establecían que se debe abandonar el país en el plazo fijado, que nunca será menor a 72 horas. También se limitaba el derecho sindicación, huelga, asociación y reunión de los inmigrantes ilegales. Para que pudiera acogerse a la reagrupación familiar era necesario que el inmigrante hubiera cumplido un año de residencia legal en España. También se establecía responsabilidad penal para los que transportaran a inmigrantes y les ayudaran a ingresar ilegalmente en España.

Tal es el marco legal vigente en durante el segundo período de gobierno de José María Aznar.

 

c. ¿Cuántos inmigrantes albergaba la España de Aznar?

Eurostat calculaba que en el año 2001, 1.068.000 inmigrantes nuevos entraron en la Unión Europea. Tres años antes lo habían hecho justamente la mirad (581.000 personas). El mismo organismo privado declaró que España era el país de la UE con mayor flujo migratorio en el 2001. En efecto, la cuarta parte de los inmigrantes que llegaron a la UE, se asentaron en nuestro país. Italia y Alemania, con el 17%, y el Reino Unido, con el 15%, nos seguían en este ranking. En el 2001 la población de la Unión Europea llegó a 379,4 millones de habitantes, aumentando un 3’9% en relación al año anterior. Pues bien, el 70% de ese incremento se debía a la inmigración. El año 2002, el Ministerio del Interior británico cifraba en un millón las personas que querían cruzar cada año las fronteras de la UE. El Centro Internacional para las Inmigraciones estimaba que 500.000 conseguían entrar anualmente.

En junio de 2002 tuvo lugar la Cumbre de Sevilla de la UE que situó el control de la inmigración ilegal como una de sus prioridades. De allí, y por boca de Aznar, salió la voluntad de tomar cartas en el asunto a partir del 1 de enero de 2003. Y se tomaron. El 28 de enero de 2003 se inició en Baleares la operación "Ulises", primera iniciativa de la UE contra la inmigración ilegal y que debía ser el “germen” de la futura policía europea de fronteras. Patrulleras y corbetas de España, Reino Unido, Francia, Portugal e Italia participaron en la operación. Lamentablemente –como ya hemos recordado- en esa zona la inmigración en pateras era nula... Quienes entraban ilegalmente en Baleares lo hacen por los aeropuertos o los ferrys, nunca en pateras. El aterrizaje era bueno, pero los cerebros de la operación “Ulises” se habían equivocado de “aeropuerto”. Si se quería valorar la eficacia de la experiencia debía haberse hecho en el Mar de Alborán o en Gibraltar, no en una zona huérfana de pateras.

El 19 de diciembre del 2002 la UE emitió una directiva por la que, a partir de junio de 2003 se exigiría visado a los ecuatorianos que pretendieran entrar en la UE. Aznar, el hombre que se había manifestado en la cumbre de Sevilla como partidario de contener la inmigración, logró retrasar la aplicación de esta medida en España hasta el 1 de enero del 2003... Hay que preguntar a Aznar: los inmigrantes ecuatorianos que llegan a España ¿entraban por algún aeropuerto europeo que no sea por Barajas? Difícilmente; entonces, retrasar la aplicación de la directiva en España hasta enero del 2004, representaba retrasar su aplicación práctica en toda Europa. Por lo demás, el anuncio de esta medida hizo que entre enero y mayo solamente entraran en España 250.000 ecuatorianos (la información procede del portavoz de la asociación de ecuatorianos Ruminahui, Raúl González). Una vez más, el gobierno español generó y estimuló de manera irresponsable (o interesada) el “efecto llamada”. Si un cuarto de millón de ecuatorianos entraron en España en apenas cinco meses, ¿cuántos entraron hasta que se les aplique la exigencia de visado?

El 26 julio 2002 los ministros del Interior de los países candidatos a entrar en la UE firmaron la “Declaración de Salzburgo”, en la que acordaron coordinar sus políticas contra la inmigración ilegal y las mafias organizadas. El 26 septiembre 2002, Bélgica, Francia y Gran Bretaña crearon controles comunes de inmigración en el puerto belga de Zeebrugge y en el tren bajo el Canal de la Mancha. Pocos meses después, el 3 de diciembre de 2002, la Comisión Europea dio a conocer que invertiría 934 millones de euros hasta 2006 en los países de origen de inmigrantes ilegales para atenuar el flujo; 350 millones de euros se destinarán a Bosnia, Albania, Croacia y Macedonia, 119,9 millones a Marruecos - el país al que la UE destinará más ayuda- además de Afganistán (60 millones), Somalia (51 millones), Ucrania (33,5 millones), Colombia (25,3 millones), China (10), Etiopía (6,5), etc.  A partir del 29 de noviembre de 2002 se negociaron acuerdos de readmisión de inmigrantes ilegales con Turquía, Albania, Yugoslavia, Rusia, Túnez, Ucrania, Argelia y China; se recomendaron penas de ocho años de cárcel para los traficantes de inmigrantes. Ese mismo día se aprueba un presupuesto de 17 millones de euros para el regreso a Afganistán de 100.000 afganos que permanecían en la UE.

Antes de la Cumbre de Sevilla, el 23 de mayo de 2002, finalizaba la segunda Operación RIO (Risk Inmigration Operation) consistente en realizar controles conjuntos en 25 aeropuertos internacionales de la UE. Se impidió la entrada de 4.597 inmigrantes irregulares. España fue con 601 el segundo país de los veinte participantes que más personas interceptó, después de Francia que interceptó el doble… ¿Cifras prometedoras? Más bien ridículas, si tenemos en cuenta que aproximadamente el 90% de todo el pasaje de aviones de ciertos países sudamericanos (Ecuador, en concreto, y más tarde Bolivia y Perú) eran inmigrantes ilegales que aspiraban a quedarse en nuestro país. Desde hacía dos años, la UE venía realizando tímidos intentos de afrontar el problema, más que nada para contentar a un electorado que cada vez más se adhería a las posiciones antiinmigracionistas de algunos partidos hasta entonces marginales. El 28 de julio de 2000, la UE celebró en Marsella, por primera vez, un debate sobre las perspectivas a largo plazo de la inmigración y sobre la posibilidad de coordinar sus políticas en la materia. El 5 abril de 2002, la Conferencia Ministerial del Grupo Europa-Asia (ASEM), celebrada en Canarias, acordó crear una red de vigilancia de la inmigración ilegal. Una semana después, la Comisión Europea difundió el Libro Verde, “Una Política comunitaria de retorno de los residentes ilegales”, que proponía normas para la repatriación. Poco después, ese mismo mes, los ministros de Interior de la UE barajaron sanciones contra los países de donde hayan partido las embarcaciones, que deberán readmitir a los ilegales que llegan a las costas de la UE. El acuerdo no tendrá continuación. Todas estas medidas se mostraron completamente ineficaces.

Además, el problema era otro. La cuestión no era sólo cortar el flujo de inmigrantes, sino ¿de qué manera repatriar a los que se encuentran en situación ilegal? Y en este terreno no había que caer en trampas estadísticas: ciertamente en la UE se decretaron en el año 2000, algo menos de 200.000 expulsiones, pero lo que la estadística no cuenta es cuántas de estas fueron efectivas. Por que, en el fondo, la expulsión no es más que un papel que se remite al interesado que éste puede asumir o ignorar; no todas las expulsiones decretas son expulsiones reales.

Aznar, a todo esto, no se interesaba por la inmigración, salvo por su impacto en el crecimiento económico. Hacia 1998 ya era evidente que el sector de la construcción estaba creciendo a una velocidad para la que ya no existía mano de obra española. De ahí que el gobierno Aznar fuera entreabriendo las puertas a la inmigración: era evidente que la inmensa mayoría de andinos que entraban por Barajas lo hacían para quedarse y que los visados de turista harían que 90 días después iniciaran una situación de ilegalidad… pero no importaba, y a pesar de lo fácil que era aplicar medidas, no solamente no se hizo, sino que se evitó hacerlo con todo tipo de excusas, lo que implicaba, incluso, no cumplir los preceptos de la propia ley de extranjería reformada por el propio gobierno de Aznar. A medida que se examina una y otra vez los orígenes del problema de la inmigración en España, aparece cada vez más evidente la responsabilidad de José María Aznar en esta materia.

El presidente del gobierno español, estaba confundida con las declaraciones de organismos internacionales sobre la materia. En efecto, en febrero de 2001, la “División de Población” de la ONU emitió un informe en el que se afirmaba que “el futuro de la economía y el bienestar de Europa dependían de la inmigración”. El informe era alarmista y, a todas luces, exagerado y producto de la actividad del lobby pro inmigracionistas que actúa en el interior de este organismo internacional. Se decía que en los próximos 50 años la población europea pasará de los 729 millones actuales a 628 millones. Sólo la llegada de ¡159 millones de inmigrantes! podrá garantizar la fuerza de trabajo y paliar el envejecimiento de la población. El informe afirmaba que la “hipótesis cero”, es decir, el cierre de fronteras a la inmigración haría caer la población de la UE de 372 millones de habitantes en 1995 a 311 millones en el 2050; solamente un mínimo de 79 millones de inmigrantes asegurarían el mantenimiento de las pensiones y la viabilidad de la industria. España, además, se convertiría en el país con la media de edad será la más elevada del mundo en el 2050. Se precisaría la entrada de 300.000 inmigrantes al año hasta el 2025, una cifra análoga en Italia, 500.000 en Alemania. Francia, necesitará “según los expertos”, 23 millones de nuevos activos a un ritmo de 766.000 por año. Hoy, esas cifras solamente se recuerdan en las hemerotecas y nadie ha pedido explicaciones a los redactores del informe, que contribuyó solamente a que la credibilidad de la ONU descendiera un poco más. En lugar de abordar políticas lógicas de fomento de la natalidad en Europa y control de la natalidad en el Tercer Mundo, lo que la ONU proponía era distribuir los excedentes de población de los países con mayor tasa a los de menor tasa, sin importar que esto supusiera el desarraigo de millones de habitantes, porque a fin de cuentas lo que interesa especialmente a los funcionarios de la ONU y de la UNESCO era la creación de una sociedad multiétnica y multicultural, fantasía recurrente de la progresía. En 2003, la tasa de natalidad media en la UE era de 1’4 niños por mujer, con la que no se garantizará la continuidad de la población europea, máxime si se tiene en cuenta que en esta cifra entran ya inmigrantes de segunda y tercera generación, étnicamente no europeos, pero administrativamente con todos los derechos (y que en 2011 en España son ya 1.000.000 y aumentará hasta los 3.000.000 en los próximos cinco años). En 100 años los europeos, étnicamente descendientes de los pueblos históricos del continente, corremos el riesgo de convertirnos en una especie en vías de extinción.

La dejadez y desinterés del gobierno en materia de inmigración, la conveniencia de atraer al mayor número de inmigrantes para poner ladrillos y servir cañas, hizo que al iniciarse el “aznarato” en 1996, estuvieran presenten en España 542.314, el 1,37%, para pasar a ser 637.085 (1,60%) dos años después y ya en el 2000 llegaran a 923.879 (2,28%). En 2001 llegaron oficialmente 450.000 inmigrantes, ascendiendo la cifra a 1.370.657 (3,33%), pero en 2002 se produjo la entrada de 600.000 inmigrantes más llegando casi a los 2.000.000 (4,73%) y un año después se registraran 650.000 entradas alcanzándose la cifra de 2.664.0168 inmigrantes (6,24%) habiéndose rebasado la conflictiva barrera del 5% a partir de la cual todo podía pasar. Pero esa inmigración estaba desigualmente repartida y ya entonces eran perceptibles grandes concentraciones en la costa mediterránea y en Madrid o en Andalucía, mientras que en la cornisa cantábrica y en amplias zonas de Castilla-León apenas había inmigrantes. Cuando Aznar abandona el poder como resultado de las bombas del 11-M, la inmigración ha superado los 3.000.000, de los que 2.200.000 son legales y el resto ilegales existiendo un cierto número de no empadronados o de otros que habiéndose empadronado años antes no sabían que tenían que renovar su inscripción y habían sido dados de baja, con lo que no aparecen en las estadísticas, aunque podrían evaluarse en 250.000 más.

Todo esto era más incomprensible a la vista de que en 1997, uno de cada cinco trabajadores españoles estaba en paro y se había roto la barrera de los 2.000.000 de parados (véase ABC del 30 de diciembre de 1997, pág. 149). La pregunta es obligada: en un país con 2.000.000 de parados ¿son necesarios 3.000.000 de inmigrantes?

d. Aznar con Turquía contra Europa

En la última etapa de su mandato, Aznar asumió el papel de vanguardia proamericana en la Unión Europea. Hasta ahora ese papel había sido desempeñado casi en exclusiva por Blair que no hacía sido seguir la tradicional política atlantista y proamericana de Inglaterra. Pero desde el verano de 2002 a Blair le había salido un competidor, José María Aznar. En realidad, ambos, más los polacos, se habían revelado como la quinta columna de los EE.UU. en Europa, frente al eje París-Berlín que optaba por una política de mayor independencia. Unas semanas después del incidente de Isla Perejil, Aznar se convirtió en el principal valedor de Turquía en la Unión Europea.

Turquía tiene una importancia estratégica singular. No es Occidente, sin embargo, pertenece a la OTAN, de la que es la excepción islámica. Tiene un pie en suelo europeo (Tracia), pero el otro está en Asia (Anatolia). Está en Oriente Medio, pero no es árabe. Es islámica, pero no es un Estado confesional, sino una república laica; laica, si, pero gobernada por un partido islamista. Turquía es un país de contrastes, pero a nadie se le escapa que ni por cultura ni por pasado, es remotamente similar a los países de la UE. Turquía es, además, el aliado principal de EEUU en Oriente Medio, sin duda después de Israel, pero con mucha mas importancia estratégica que él; sin embargo, Turquía mira a Europa. La geopolítica concede a Turquía un valor muy especial. Cierra las puertas de Rusia al Mediterráneo. Su territorio es fronterizo con las naciones de Oriente Medio y abre también las puertas a las repúblicas ex soviéticas de Asia central, mayoritariamente musulmanas. En 1996, Turquía selló un pacto con Israel que atenazaba a Siria. El gran impulsor de este pacto fueron los EEUU. Turquía apoyó a EEUU en las guerras de Corea (1950-53), del Golfo (1990-91) y de Afganistán (2001-02). "Turquía es un ejemplo para el resto del mundo musulmán", manifestó recientemente en Bruselas Stephen Hadley, el segundo de Condoleezza Rice, consejera de seguridad nacional de Bush. Pero Turquía, pese a ser una excepción islámica, seguía sin cumplir, para los europeos, los  mínimos democráticos requeridos.

Existen varios obstáculos que impiden el ingreso de Turquía, con unos 70 millones de habitantes (95% musulmanes), en la Unión Europea. Algunos países desconfían de la competencia agrícola turca. Pero esta desconfianza deriva también del conflicto con Grecia que tiene a Chipre como foco central de tensión y la cuestión kurda. La U.E. desconfía del respeto a los derechos humanos en Turquía y mucho más del integrismo islámico que ya ha aflorado en aquel país.

La política exterior norteamericana en Turquía no es esencialmente diferente de la inglesa en el siglo XIX durante la Guerra de Crimea. En efecto, aquella guerra tuvo como objetivo impedir a los rusos el acceso al Bósforo y a los Dardanelos, es decir, al Mediterráneo y, a través del Indukús, al Océano Indico. Se trataba de cerrar el paso a Rusia a los mares cálidos del sur. Esta política ha sido reactualizada completamente por los estrategias del Departamento de Estado norteamericano. El comodín que ayer tuvo Inglaterra y hoy está a disposición de EEUU es el aliado turco. Los dos oleoductos que conducirán el petróleo del Caspio serán trazados con el visto bueno de los EEUU: uno atravesará Kurdistán y Afganistán para llegar a los mares cálidos del Índico a través de Pakistán; el otro, pasará por Turquía y su trazado discurrirá al sur del Cáucaso, es decir, fuera del área de influencia rusa.

La política inglesa en el siglo XIX consistía en penetrar en los Balcanes para proteger sus posiciones en Suez e impedir que otras potencias europeas (incluida Rusia) se abrieran hacia Asia. Hasta que el kaiser Guillermo II viajó a Turquía para inaugurar una nueva política, Inglaterra bloqueó cualquier paso europeo hacia el Este. Guillermo II fraguó una corta alianza con los turcos en la que estos, en lugar de orientarse hacia el Oeste, es decir, hacia Europa, rectificaron su expansión, dirigiéndose hacia el sur (hacia Irak, el Golfo Pérsico y el Indico). Por primera vez los turcos dejaron de pensar en marchar sobre Viena o remontar el curso del Danubio. Esta alianza intentaba transformar el imperio turco en algo más que un agregado de cultura y orientación islámica, aliado de Europa, pero la iniciativa duró poco tiempo. La primera Guerra Mundial y el ataque del Imperio Británico contra Turquía y los Imperios Centrales, rompió esta alianza. Alemania pretendía que Turquía, en lugar de seguir una expansión de Este a Oeste, siguiera una expansión de Norte hacia el Sur, alejando el peligro para Europa, pero esta política fue derrotada y tras la II Guerra Mundial se regresó a la anterior política capitaneada por Inglaterra y que actualmente es defendida por EEUU: intentar que Turquía se expanda hacia el Oeste, es decir, hacia el marco de la Unión Europea. Y esa política es la traición a nuestro pasado histórico, la traición a Don Juan de Austria y a Felipe II, la traición a Carlos V y a los lucharon y murieron en Lepanto, en la defensa de Viena y mucho antes en los muros de Constantinopla en donde formaron caballeros castellanos y aragoneses. Esa política criminal y antieuropea, fue la asumida por Aznar.

A finales de 2002, Giscard d’Estaing afirmó que la entrada de Turquía en la Unión Europea supondría el fin de esta institución; la subsiguiente victoria islamista en las elecciones turcas, no hizo sino avivar la polémica. El por qué EE.UU. trata a Turquía como aliado preferencial se entiende mejor si se recurre a un mapa de la zona. En efecto, la geopolítica ha determinado que Turquía sea un país fronterizo con Iraq, Irán, Siria, Georgia y Armenia. Su frontera Este está separada por apenas 600 km de la cuenca del Caspio. En otras palabras, Turquía es una cuña en las zonas por las que EE.UU. muestra en estos precisos momentos un mayor interés. En efecto, es una cuña situada entre el país con las segundas mayores reservas petrolíferas mundiales (Iraq) y la zona del Caspio en donde se encuentras las terceras mayores reservas petrolíferas… Con Bush, gobierna en Washington el lobby de los petroleros. No es raro que se preocupen de aquel país que les permite estar presentes, con armas y bagajes, en aquella zona que para ellos constituye en la actualidad su principal teatro de operaciones.

El 8 de octubre de 1997, la Comisión Europea, dio un espaldarazo a la ampliación de la U.E. con la recomendación oficial de que se incorporaran 10 países del Este Europeo en el año 2004, en lo que constituirá la ampliación más importante de la U.E. Así, mientras que la República Checa, Hungría, Polonia, Eslovenia, Eslovaquia, Lituania, Letonia, Estonia, Chipre y Malta reciben el aprobado de Bruselas, se rechazó la entrada de Turquía, alegando que, “a pesar de los avances registrados desde el verano, Turquía no cumple todavía los requisitos políticos ni económicos para convertirse en un futuro en miembro de la UE”. Aunque Turquía cumpliera con las exigencias económicas y políticas, no debería entrar en la U.E. y esto por que supondría la ruptura de la continuidad cultural de la federación, permitiría la diseminación por el territorio de Europa Occidental de 70 millones de potenciales inmigrantes y  no es un aliado de Europa, es un aliado de EEUU. Turquía sería el primer país islámico que entraría en la U.E., como ya hemos dicho, eso rompería con la continuidad y uniformidad cultural de la U.E., necesaria en todo país que aspira a ser una gran potencia. Pero, Turquía es algo más que un país de mayoría islámica construido sobre la destrucción de la cultura europea, es, sobre todo, un aliado preferencial de EE.UU. Y, no hay que olvidar, que si la U.E. tiene futuro, este pasa por ser un contrapeso internacional a la agresividad y el expansionismo norteamericano. De hecho, EE.UU. ya considera a la U.E. como un competidor comercial, previo paso a considerarla como un adversario político.

Aznar hizo algo más que permanecer de espaldas tras haber entreabierto las puertas a la inmigración en España: pretendió que toda Europa sufriera las consecuencias de la dispersión de millones y millones de turcos por Europa. No puede decirse que la gestión de Aznar en esta materia fuera excepcionalmente lúcida porque ya en 2002 era evidente que el problema de la inmigración estaba siendo percibido como tal en la calle y que se había transformado en una molestia permanente para muchos ciudadanos. Vale la pena recordar lo que ocurrió en aquellos años.

e. La inseguridad ciudadana durante el “aznarato”

El Ejido no fue un episodio aislado, pero sí el más dramático de una situación que desde entonces, viene repitiéndose con relativa frecuencia. En Jumilla el 22 de julio de 2003 los vecinos convocaron una manifestación en el curso de la cual se pidieron a gritos la expulsión de todos los inmigrantes sin papeles; “Nos están matando, nos están robando y no hacéis nada”, recriminaron los vecinos al alcalde y al resto de concejales. En mayo del 2003, un inmigrante murió en una pelea entre ecuatorianos y marroquíes. Jumilla como antes El Ejido no estaban acostumbrados a esta situación.

Todo esto viene a cuento del barómetro del CIS publicado el 1 de agosto de 2002, cuando media España estaba de vacaciones que reveló que el 60% de los españoles relacionaba inmigración con delincuencia y el 84% pensaba que la inmigración debe limitarse en nuestro país a aquellos que vengan con contrato de trabajo. En la encuesta se ofrecían otros datos significativos: sólo un 9% consideraba que no debería haber obstáculo legal a la entrada de inmigrantes, cuando hace un año el 13% reclamaba "papeles para todos"; el 54% consideraba que eran "demasiados" los extranjeros que vivían en España, frente a un 42% el año anterior; el 35% afirmaba que eran "bastantes, pero no demasiados" y sólo al 4% le parecían pocos. El 40% pensaba que la inmigración es positiva, pero el 29% la consideraba negativa. El 28% afirmaba que los inmigrantes debían “asimilarse”, es decir, renunciar a sus costumbres; para el 67% debían aprender nuestra lengua y costumbres y compatibilizarlas con las suyas propias.

A partir del primer trimestre del 2002 era evidente que la población percibía que la delincuencia había aumentado en la mayor parte de ciudades de España y que una parte muy significativa de esta delincuencia estaba protagonizada por extranjeros. Algo debía de saber la ciudadanía porque era ella quien sufría la delincuencia. En septiembre de 2002, Aznar se vio forzado a tomar medidas contra la “pequeña delincuencia”. Estas medidas fueron más electoralistas que otra cosa, destinada a tapar la boca de quienes denunciaban la situación, más que a resolver el problema. Esta pequeña delincuencia estaba siendo copada progresivamente por inmigrantes ilegales. Pero, luego estaba la “gran delincuencia” que igualmente con una frecuencia progresiva aparecía en las primeras páginas de los diarios: asesinatos, ajustes de cuentas, crímenes truculentos, también tenían como protagonistas cada vez con más frecuencia a ilegales. Y quedaban finalmente las agresiones domésticas. En 2002 algunos ya empezaban a intuir que la violencia doméstica no había aparecido como una mutación de la sociedad española, sino que empezaba a ser relacionada con la inmigración. Para los que trabajaban en sectores profesionales relacionados con la violencia doméstica (médicos de urgencias y asistentes sociales) para advertir que una parte sustancial de las agresiones domésticas están relacionadas directamente con la entrada masiva de inmigrantes.

Pero en 2003, para algunos, vincular delincuencia a inmigración constituía una opción xenófoba aun a despecho de las cifras de presos extranjeros en nuestras cárceles y a despecho de la observación pura y simple de la realidad social. El 1 de junio de 2003, la directora del Centro de Estudios Criminológicos de la Universidad de La Laguna, Patricia Laurenzo, explicó que la vinculación que se ha hecho entre inmigración y delincuencia ha insensibilizado a la sociedad frente a los inmigrantes, a los que ahora percibe como un peligro. A finales de abril de 2003 se publicaron las cifras de la criminalidad referidas al año anterior. Según fuentes del Ministerio del Interior se registraron 2.148.469 actos delictivos, lo que representa un incremento del 8,7% respecto al año 2001. Otra información –tan oficial como contradictoria con la anterior- facilitada por el Gobierno al Parlamento, indicaba que los actos delictivos cometidos en 2002 habrían crecido un 53,9% respecto a 2001 hasta alcanzar los 3.042.447 delitos y faltas. Sin embargo, el 31 de marzo de 2003, el Gobierno anunciaba que el incremento de las infracciones penales en 2002 había sido del 4,95%, lo que a todas luces no respondía a la realidad. Mucho menos realista era la declaración del Ministro del Interior, Ángel Acebes, quien anunció en junio de 2003 que los índices de delincuencia habían caído en el primer trimestre de 2003 un 1,59%, descenso que hubiera sido posible gracias al descenso de los delitos en un 7,28% que compensó el aumento de las faltas en un 4,44%. La verdad es que el Ministerio no mintió al liberar la cifra de 3.042.447 de delitos y faltas, los sacó de la Revista Estadística del propio Ministerio, datos sin aderezar de cara a la opinión pública y que dan como resultado el verídico y escalofriante aumento del 53'9% de la delincuencia en nuestro país protagonizada en un 77'3% por extranjeros. SOS Racismo Madrid tachó todo esto de “política de criminalización”.

El 10 de noviembre de 2002, el Grupo de Estudios Estratégicos formulaba la pregunta clave: “La pregunta verdaderamente interesante es si el porcentaje de delincuentes en la población inmigrada es mayor o menor que en la autóctona”. La conclusión del GES era incuestionable: “el número de detenidos extranjeros casi se ha triplicado entre los años 1992 y 2000, lo que implica una tasa media de incremento anual del 12%, levemente superior a la tasa de incremento de los residentes regulares extranjeros”. El informe se completaba realizando un estudio de la delincuencia por nacionalidades: “La tasa de delincuencia de los residentes extranjeros es de 35 por mil (35 detenciones por mil habitantes), es decir tres veces superior a la de los ciudadanos españoles. Los ciudadanos de los demás países de la Unión Europea presentan la tasa más baja, 20 por mil, mientras que para el resto del mundo se eleva al 41 por mil”. Argelinos y colombianos tienen unas tasas de criminalidad superiores a marroquíes y ecuatorianos, a pesar de ser países vecinos. La conclusión era inapelable: “resultara difícil negar que efectivamente la población extranjera presenta en España una tasa de delincuencia mayor que la autóctona”. No era nada que no supiera quien tuviera ojos y viera, y entendimiento y entendiera. A fin de cuentas era lo mismo que estaba ocurriendo en esos mismos años en Europa Occidental: al Alemanoa la tasa de delincuentes extranjeros era cuatro veces mayor a la de autóctocos, en Suiza en 1993 los inmigrantes suponían la mitad de los condenados por homicidio y violación. Así pues, la relación entre delincuencia e inmigración que el propio Aznar había negado en julio de 2002 no era un mito.

f. La opinión de los ciudadanos durante el gobierno Aznar

En el 2001 hubo 96 muertes violentas en Madrid y 19 de ellas fueron de colombianos. En los años siguientes, delincuentes colombianos se han visto envueltos en ajustes de cuentas, secuestros, asesinatos contra españoles, ecuatorianos y colombianos, redes de tráfico de mujeres para esclavizarlas en la prostitución, falsificación de documentos y moneda, extorsiones y muertes al intentar asaltar viviendas. Solo en los 6 primeros meses de 2003, las muertes violentas en Madrid ascendieron a 77 y mayoritariamente estaban vinculadas a temas de alguna manera relacionados con la inmigración ilegal. “Mire usted: ¿Cómo pretende que los españoles no desconfiemos de los colombianos, si son los que se matan a tiros en las calles y llenan de cocaína a España?”, manifestó a un conocido diario nacional un airado vecino de Tres Cantos, población aledaña a Madrid. 

Hasta el mes de septiembre de 2002, el gobierno había evitado relacionar el aumento de los índices de delincuencia con el aumento de la inmigración. No sólo eso, sino que, por aquello de que “España va bien”, se había negado incluso a admitir que la delincuencia estuviera aumentando. Pero la calle tenía otra percepción y, por lo demás, Aznar es consciente de que hasta ahora una de los logros del PP es carecer de enemigos a su derecha. Sin embargo en septiembre de 2002, Aznar se vio obligado a rectificar y tomar medidas. Este cambio de posición no era voluntario, sino forzado por la publicación de la encuesta del CIS sobre las preocupaciones de los españoles. En efecto, los primeros síntomas de que la percepción de la opinión pública estaba cambiando se tuvieron en el mes de mayo cuando el barómetro del CIS revelaba que uno de cada tres españoles achacaba el avance de Le Pen, Fini, Haider, etc, a la inmigración. En efecto, el 34’5% de los encuestados señala que la inmigración es la primera causa del avance de la ultraderecha, mientras que el 23’1% opinaba que el ascenso de esas formaciones se debe a la desconfianza en los partidos tradicionales. El 12% opinaba que el electorado quería cambios y estas formaciones se lo ofrecían. Ya en esa encuesta aparecían cifras extremadamente preocupantes para el gobierno: el 23,8% de los encuestados citaban la inseguridad ciudadana entre esos problemas y el 23,5% hablaba de la inmigración. La encuesta se había realizado bajo el impacto del triunfo electoral de Le Pen en las presidenciales francesas, pero daba la sensación de que, por primera vez se había destapado la caja de los truenos y una parte de la población manifestaba públicamente sus miedos, aunque fueran políticamente incorrectos. Más de dos de cada tres españoles dijo conocer los resultados de los comicios franceses. Además, el 45,5% de los entrevistados aseguraba estar "poco" o "nada preocupado" por los resultados cosechados por el partido ultraderechista liderado por Le Pen. También se preguntó a los encuestados sobre la posibilidad de que en España pudiera surgir un partido de estas características, a lo que el 46% creía "poco o nada probable" frente al 27% que opinaba lo contrario.

Pero si así estaban las cosas a nivel nacional, en algunas ciudades las encuestas daban cifras todavía más preocupantes. La percepción de inseguridad en Barcelona había aumentado espectacularmente. En la encuesta trimestral realizada por el Ayuntamiento de la ciudad condal, se reflejaba que el 26,5% de los ciudadanos constataban la falta de seguridad en las calles y la delincuencia como los principales problemas que debían afrontar. La sensación de peligro ante la delincuencia volvía a dispararse creciendo un 5,5% respecto a el estudio anterior (la encuesta se había realizado mediante entrevistas telefónicas a una muestra de 800 barceloneses mayores de edad). En 1999 había aparecido por primera vez este problema en apenas un 4% de los barceloneses. El foco del conflicto se encontraba en Ciutat Vella y en los barrios limítrofes, Eixample y Sans-Montjuich. En Barcelona la inseguridad ciudadana no era un problema más, era “el problema”, seguido a distancia por la preocupación por la circulación (18%), los problemas asociados a la inmigración (12,4%), el paro (5,9%) y las obras y el urbanismo (4,1%).

“Malditas estadísticas”, debió pensar Aznar y los responsables de Interior cuando supieron que otra encuesta revelaba que en Cataluña solamente se denunciaban la mitad de los delitos cometidos. Esto explica por qué la población tiene la sensación de que los delitos aumentan, mientras que el gobierno afirma que disminuyen. Según la encuesta de 2002 sobre la seguridad pública en Cataluña, el problema que más preocupa a los catalanes (14%), seguida de la inmigración (12,2%) y el paro (11,3%). La cifra era todavía más significativa por que se trata de una respuesta espontánea de los entrevistados, no inducida por los encuestadores y además se había celebrado antes del marasmo de las elecciones francesas, entre enero y marzo de 2002, sobre una muestra de 18.679 personas. Era, además, el primer sondeo que realizaban conjuntamente el Departamento de Interior de la Generalitat, el Ayuntamiento de Barcelona y la Mancomunidad de Municipios del Área Metropolitana, ya que hasta ese momento cada institución hacía su estudio. La cifra más reveladora de la situación era que sólo el 50,8% de los ciudadanos encuestados víctimas de un delito presentaron denuncia. La cifra era muy similar en la ciudad de Barcelona (50,3%) y algo superior en el área metropolitana (52,6%). Lo que traducido implicaba que las cifras dadas por el interior sobre el número de delitos ¡había que multiplicarlas por dos!

La interpretación de esas cifras cuestionaba las estadísticas policiales: el hecho de que descendieran los delitos no implicaba que bajase la delincuencia. Si la inmensa mayoría de los delitos que se denuncian eran cuestiones menores, resultaba acertado pensar que los que no se denunciaban eran faltas. Así pues, si tenemos en cuenta uno de los documentos estadísticos más serios, la “Memoria de 2001 del Juez Decano de Barcelona” que situaba el hurto como delito más frecuente (104.029 diligencias), seguidos de los robos (63.166 diligencias), se tendrá que las cifras totales de delitos serán de 204.058 hurtos y 126.232 robos para una población de 1.500.000 de habitantes censados. El 12,7% de los entrevistados en el conjunto de Cataluña declararon que habían sufrido algún delito. Los encuestados afirmaron sentirse menos seguros que hace un año, tanto en su barrio como en su ciudad. En una escala de ocho puntos sobre el nivel de seguridad hubo un descenso de 7,1 a 6,2 en el barrio y del 6,9 al 6 en la población. Igualmente significativa era la respuesta a la pregunta de cuál era el problema principal que afronta la sociedad catalana; el 14% afirma que la inseguridad ciudadana, el 12,2% indica la inmigración, seguían el paro (11,3%) y la falta de valores (8’9%).

Pocos meses después, las encuestas daban cifras todavía más dramáticas para el gobierno Aznar. En septiembre de 2002 otra encuesta demostró que el 44% de los españoles apoyaría a un partido que limitara el exceso de inmigrantes. La inmigración había dejado de ser un problema ajeno a los españoles para pasar a ser la cuarta preocupación, por delante incluso de las drogas, que tradicionalmente ocupaban en las estadísticas un lugar preferente entre los problemas más importantes para los españoles. Más de un 90% consideraba que la llegada de ciudadanos de países de fuera de la Unión Europea era un problema en mayor o menor medida. Y lo que era peor, casi la mitad de los encuestados -44,2%- apoyaría a un partido que luchase “contra el exceso de inmigración”. El 72,3% de los encuestados ya relacionaban mayoritariamente el aumento de la delincuencia con la inmigración.

En septiembre de 2002 una encuesta de Ipsos-Eco Consulting para ABC reflejaba que la inseguridad ciudadana se había convertido en el tercer problema de los españoles (31%), sólo por detrás del paro (71,3%) y del terrorismo (60,6%). La inseguridad ciudadana tenía una repercusión más directa que el terrorismo, incluso en Madrid (ciudad que se ha visto afectada por sangrientos crímenes de ETA con demasiada frecuencia), en donde un 66% de los ciudadanos percibían el deterioro del orden público, por delante de los valencianos (un 57%) y de los catalanes y gallegos (52’5%). El 12% de los encuestados afirmaba haber sido víctima de algún delito a lo largo del 2001.

En septiembre de 2002, Mariano Rajoy, entonces Ministro de la Presidencia, flanqueado por los titulares de Justicia e Interior, Michavila y Acebes, fueron los encargados de presentar a bombo y platillo el pomposamente llamado Plan de Lucha contra la Delincuencia anticipado por Aznar en el anterior Debate sobre el estado de la Nación. El plan se basaba en tres ejes: la revisión de leyes, mayor eficacia policial y aumento de efectivos policiales y de la magistratura. Un plan ambicioso, mucho más desde luego que la dotación presupuestaria para llevarlo a cabo: apenas 500 millones de euros. El plan contemplaba juicios rápidos, reforma de la prisión provisional y del Código Penal, desarrollo de la Ley de Responsabilidad Penal del Menor que ponga especial atención en la reinserción, reforma de la Ley de Extranjería, mejora del trato dado a las víctimas del delito, con especial hincapié en las de violencia doméstica y ampliación de plazas de jueces y fiscales. Pero los “siete programas operativos” para poner en marcha este plan (12.825 policías nacionales y 7.175 guardia civiles patrullando en las calles, refuerzo de la seguridad en los barrios, especial atención a las nuevas formas de delincuencia, contacto permanente de las Fuerzas de Seguridad con el público y dotación de más formación y equipos, convenios con la policía local y cooperación internacional) no dieron absolutamente ningún resultado, la delincuencia siguió subiendo y este plan como el anterior, el plan Policía 2000, se saldaron con el más estrepitoso fracaso y un pálido recuerdo. Ni había jueces ni fiscales, ni posibilidad de formarlos a corto plazo; tampoco aumentó la plantilla policial por falta de fondos… En cuanto a la propuesta de que tres faltas fueran consideradas delitos y entrañaran la expulsión inmediata, obviamente no prosperó a la vista de que hoy a inmigrantes con 400 y hasta 600 detenciones se les renueve el permiso de residencia.

El balance no podía ser más desalentador para Aznar. Desde 1996 a 2001, la criminalidad había crecido un 10%; la criminalidad violenta aumentó un 25% y la criminalidad rural se incrementó en un 42%. La tasa de homicidios en España era ya la más alta de toda la Unión Europea. Desde 1996 6.000 policías menos patrullaban las calles españolas, mal equipados, peor pagados y, en consecuencia, la desmoralización se extendió en el cuerpo como una mancha de aceite. Fanático de la privatización de todo lo privatizable, Aznar y su equipo, tras el truculento asesinato de un abogado ante su familia en La Moraleja, aconsejaron desvergonzadamente “el que quiera seguridad que la pague”.

g. Expulsión de ilegales durante el aznarismo

Durante el gobierno Aznar, paradójicamente aumentó el número de expedientes de expulsión incoadas, pero disminuyó porcentualmente el número de expulsiones efectivas. El año 2000 se habían incoado 35.476 expedientes de expulsión (de ellos 21.706 marroquíes). A lo largo del 2001 un total de 44.841 inmigrantes fueron devueltos a su país de origen o expulsados cuando intentaban entrar ilegalmente en España, se encontraban irregularmente en el país o cometieron alguna de los supuestos que conlleva un expediente de expulsión. El 15 de Noviembre de 2002 el gobierno filtraba la noticia de que 62.423 inmigrantes ilegales habían sido repatriados hasta el mes de noviembre, el doble que en 2000. Las mismas fuentes aseguraban que Interior se disponía a aumentar su presupuesto de expulsiones en un 186% para llegar a las 110.000 devoluciones anuales en 2003. Entonces casi el 40% de los repatriados procedían de Europa del Este. Y, efectivamente, las cifras eran espectaculares en relación al año 2000 cuando la Administración repatriaba al mes a una media de 2.956 inmigrantes, en su inmensa mayoría marroquíes. Dos años después, la firma de convenios de inmigración con Rumanía, Ecuador, Colombia o Polonia hizo que las repatriaciones aumentaran. Durante el 2002 la media de expulsiones mensuales era de 6.242 personas, un 211 por ciento más que hace tan sólo dos años. En 2002, en los pasos fronterizos de La Junquera, Campodrón, Portbou, Canfranc, Les e Irún habían sido interceptados 18.264 ciudadanos del Este de Europa, de los que 11.851 eran rumanos.

Pero hay dos datos que ennegrecen la brillantez de estas cifras. De un lado, la mayor parte de estos inmigrantes ilegales fueron detectados en las dos ocasiones en que se suspendió el acuerdo de libre circulación de personas por motivos de seguridad durante el semestre de presidencia española de la Unión Europea. De otro lado, los mandos policiales más optimistas calculaban que el número de expedientes de expulsión es cinco veces inferior al de ciudadanos que logran penetrar en España. El 6 de marzo de 2003 se publicó la noticia de que las autoridades españolas habían expulsado en el curso del año 2002 a 12.159 inmigrantes irregulares, apenas el 30,3% de los 40.131 contra los que se abrió un expediente de repatriación. Estas cifras diferían extraordinariamente de las oficiales. En diciembre de 2002 el Ministerio de Interior, señaló que 74.467 personas en situación irregular fueron repatriadas a lo largo del año. Sin embargo El Pais y Europa Press afirmó que la suma de extranjeros rechazados, devueltos y expulsados eran casi la mitad, 38.132… y para confirmarlo citaban datos que la Comisaría General de Extranjería entregó a Cáritas. Según El País los otros 27.972 extranjeros (de los 40.131) que permanecen en territorio español recibieron de las autoridades una orden que les impedía trabajar legalmente.

h. ¿Racismo y xenofobia?

En el informe publicado en marzo de 2001 por el Observatorio Europeo de Fenómenos Racistas y Xenófobos, sólo el 4% de los españoles se declaraba intolerante hacia otros grupos minoritarios, frente al 14% de la media comunitaria. Bélgica (con un 25%), Dinamarca (20%) y Grecia (27%) eran los países donde una mayor parte de los ciudadanos se declara intolerante. En las antípodas estaban España (4%), Luxemburgo (8%) y Finlandia (8%). El informe insistía en que en España existía "un nivel alto de aceptación de inmigrantes". El 77% de los españoles se declara tolerante, aunque el 61% asegura ser “tolerante pasivo” y sólo el 16% o tolerante "activo". El 25% de los europeos en aquellos mismos años tenían una posición ambivalente, es decir, que tienen actitudes a la vez positivas y negativas frente a las minorías, pero en el caso de España son menos, el 18% de la población.

i. Las cárceles al completo

En 2003, el Ministerio del Interior firmó acuerdos para la construcción de cuatro nuevas cárceles (Madrid, Castellón, Sevilla y Cádiz), para descongestionar el sistema penitenciario que entonces sumaba 54.653 presos (ocho años después casi se ha duplicado…). Las 77 prisiones existentes entonces sólo contaban con 36.197 celdas, con un 150% de ocupación. Según las cifras oficiales el 22% de los penados son extranjeros.

La distribución era desigual. En la región valenciana el 50% de los presos de Fontcalent eran de origen extranjero y se organizan según su nacionalidad. El robo de pisos se había convertido en el delito “estrella”. Las cifras de esta comunidad superan incluso a las de Madrid. Argelinos, rumanos, lituanos y yugoslavos habían asumido esta especialidad delictiva. Los ladrones, aun a pesar de resultar detenidos con cierta frecuencia, no eran acusados de robo sino solo de receptación. En los últimos 5 años, la delincuencia extranjera se había triplicado en Levante: los argelinos estaban especializados en robos en el interior de pisos, robos de vehículos, uso de tarjetas de crédito falsificadas; los marroquíes dirigían el tráfico de hashchish, delitos contra los derechos de los trabajadores, tráfico de inmigrantes y secuestros de compatriotas; los rumanos estaban vinculados a la prostitución, falsificación de tarjetas y robos. Los rusos eran diestros en la falsificación de pasaportes, el tráfico de inmigrantes, secuestros de compatriotas, robo de vehículos de lujo con manipulación de números de bastidor; los lituanos ejercían de ladrones con violencia en domicilios habitados y falsificación de moneda; los yugoslavos practicaban también el robo en domicilios; los albanokosovares especializados en el robo de oficinas, establecimientos y domicilios por el procedimiento del butrón; los polacos en la prostitución; los checos maestros en la falsificación de tarjetas; los nigerianos en el timo de los billetes tintados y la falsificación de tarjetas, los colombianos en narcotráfico y los atracos a joyerías, y así sucesivamente.

El 28 de agosto, los teletipos informaban que con 55.000 reclusos, las prisiones de España habían alcanzado un índice de ocupación superior al 100%. Solo en Cataluña se ha producido un aumento del 21% en apenas dos años. El ministerio del Interior había hecho todo lo posible por silenciar estas cifras. Interior enumeró los factores que habían hecho aumentar el número de presos: juicios rápidos, mayor eficacia policial, tribunales ágiles y aparición de nuevos tipos de delitos...

j. Prostitución extranjera

En 2003, la prostitución movía en España 18.000 millones de euros y empleaba a 300.000 personas, según la Asociación Nacional de Locales de Alterne. Suele decirse que después del tráfico de armas y de drogas, la prostitución es el negocio que globalmente mueve más dinero. La “facturación” –si es que así puede llamarse- de una prostituta era de una media de 300 euros al día obtenidos con un promedio de siete “contactos”, pero las hay que llegan a 15 e incluso más. Los “servicios” costaban entonces de 20 a 60 euros hasta 1.200. ANELA afirma que cada día los españoles gastan 50 millones de euros en prostitución. Dos mil locales de alterne y un número imposible de determinar de pisos compiten con prostitutas callejeras que pululan por las grandes ciudades.

Pues bien, sean cuales sean las cifras, lo cierto es que de esas 300, 350.000 o más prostitutas, en un 98% extranjeras. El resto –en proporciones siempre indefinidas- eran oriundas de África, Asia y, especialmente, de Iberoamérica. Si el 98% de las 300.000 prostitutas que ejercen en España eran extranjeras y las cifras oficiales hablaban en 2001 de un millón y medio de inmigrantes en nuestro país.  Médicos Mundi en su Informe Exclusión de 2001 reduce el porcentaje de prostitutas extranjeras al 66%. Nueva cifra que reduce el porcentaje de inmigrantes que se dedican a la prostitución hasta un 10%, 1 de cada 10 inmigrantes (sobre 2.000.000 según cifras oficiales en 2003), proporción que sigue pareciendo alta y que, necesariamente, sigue implicando que el número de inmigrantes es mayor.

La ley de Extranjería, en su artículo 59, establecía que las mujeres forzadas a la prostitución que cooperasen con la policía propiciando datos esenciales contra los extorsionadores, podrían quedar exentas de responsabilidad administrativa y no serían expulsadas. Pero esto no ha evitado el miedo a las represalias de las mafias, contra ellas o contra sus familiares en el país de origen. Por lo demás también han existido casos de chicas que han denunciado a sus extorsionadores y no han podido evitar la orden de expulsión y ser contempladas como inmigrantes ilegales. “Se les incoa una orden de expulsión que tarde o nunca se materializa”, según el responsable de la Sección de Extranjería del Colegio de Abogados de Valencia, Francisco Solans. Solamente en el año 2000 y 2001 se desarticularon 244 redes de trata de blancas.

k. Reaparición de enfermedades desterradas

Durante el aznarismo se percibió que una de las consecuencias de la llegada masiva de inmigrantes generó el retorno de enfermedades que estaban desterradas de España. Cuando en el año 2000 se produjo la ocupación de la Iglesia del Pi por parte de un grupo de inmigrantes, en su mayoría paquistaníes, se produjeron varios casos de tuberculosis, enfermedad erradicada desde finales de los años 70. También aparecieron virus tropicales traídos por inmigrantes subsaharianos. A partir del 2001 la sífilis y la gonorrea experimentaron un despunte. El doctor Vilalta comentó que estas enfermedades se debían a la prostitución procedente principalmente de países del este y del Caribe. El dermatólogo Salvador Laguarda, de la clínica Casa de la Salud, señaló que estaban aumentando la tasa de enfermedades desaparecidas como las de transmisión sexual, que son importadas como “la sífilis, la gonorrea, la sarna y otros gérmenes de enfermedades de transmisión sexual debido a la expansión de la prostitución y a la falta de precauciones”. Y todo esto también podía preverse. De hecho, se había previsto.

El 12 de diciembre de 1994, la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (SEPAR) alertó sobre la fuerte expansión de la tuberculosis en España, donde aparecían unos 20.000 nuevos casos cada año, y denunció el descontrol de las autoridades sanitarias ante esta enfermedad. Según datos de esta sociedad, España, con una incidencia de 40 casos por cada 100.000 habitantes, es el país con mayor número de enfermos de la UE y la única nación comunitaria que registra actualmente un aumento sifnificativo de casos. Según se explicó en este congreso, las causas del incremento de esta enfermedad eran, el SIDA y el aumento de la inmigración desde el tercer mundo.

A esto se unen las Enfermedades de Transmisión Sexual que tienen que ver especialmente con la prostitución en la que, como hemos visto, la inmigración ocupa un papel central. En la encuesta de Salud 2001-2004 realizada por la Conselleria de Sanidad de la Generalitat de Valencia se puso de relieve que el 53% por ciento de los varones no utilizaba preservativo en sus relaciones sexuales para prevenir enfermedades de transmisión sexual, frente al 46% de las chicas. A lo que hay que añadir las características específicas de algunas de estas enfermedades. La gonorrea, por ejemplo, es una enfermedad venérea fácil de detectar en los varones a causa de la secreción purulenta que genera en la uretra y que produce dolor al orinar, sin embargo en la mujer es mucho más difícil de detectar. Cualquier persona que tenga relaciones con una mujer infectada sin saberlo, pasará a sufrir la enfermedad.

No hay que olvidar que la mayoría de países establecen que para poder gozar de permiso de residencia es preciso someterse a un examen médico que certifique la ausencia de enfermedades. Esto no se exige en España. El resultado es que parte de los inmigrantes que llegan desde países subsaharianos sufren de SIDA. No es raro puesto que en el continente negro existen entre 20 y 40 millones de infectados con el VIH. En su país de origen, pocos son los que pueden recibir cuidados y medicación adecuados. Pero es evidente que Europa no dispone de recursos suficientes como para atender a todos los casos de SIDA que aparecen en África. Y, por lo demás, ¿hasta qué punto es ético asegurar los cuidados solo de los africanos que logran llegar hasta nuestro país y olvidar a los que no tienen fuerzas ni decisión suficientes como para seguir el mismo trayecto? Hablando de ética: cuando se inició la epidemia de neumonía asiática, los afectados fueron aislados; no se hizo lo mismo con los afectados del SIDA en su momento y la enfermedad se expandió por todo el globo. ¿Y ahora? ¿Resulta aceptable que la población española corra riesgos de contaminación por el hecho de que en el momento de aprobarse la Ley de Extranjería, incluir un artículo sobre la revisión médica de quienes aspiraran a estar entre nosotros fuera considerado por algunos “políticamente incorrecto”?

l. El problema de los menores inmigrantes bajo Aznar

El 2 de noviembre de 2001, el gobierno autónomo asturiano aprobaba un crédito para establecer medidas alternativas al internamiento de los menores delincuentes. En enero de 2001, se aprobaron la construcción de centros de internamiento para menores en la comunidad de Castilla-La Mancha. En Toledo se creará un nuevo centro terapéutico para jóvenes con trastornos psiquiátricos; Ciudad Real acogerá otro lugar de internamiento en régimen cerrado y semiabierto y se ampliarán las actuales instalaciones de Albaidel en Albacete, con la creación de un nuevo módulo de internamiento. Así mismo, en Santa Cruz de Tenerife la Dirección General de Protección del Menor amplía su red para la aplicación de la Ley de Medidas Judiciales para menores en régimen abierto con cinco centros de día, tres en Gran Canaria y dos en Tenerife. Podríamos multiplicar los ejemplos. Se abren nuevos centros y se inauguran proyectos alternativos, por que hay una mayor delincuencia juvenil. Lo que es peor: hemos puesto ejemplos de ciudades de dimensión media. En las grandes ciudades el problema es mucho mayor.

En el 2000 se inició el “efecto llamada”; por entonces, los primeros “niños de la calle” marroquíes llegaron a Barcelona; un año después se habían transformado en una legión de delincuentes juveniles atraídos por la idea de que en la Ciudad Condal podía hacerse cualquier desmán sin coste penal alguno. A principios de abril de 2001 actuaban como mínimo en Barcelona 500 delincuentes menores de edad, apenas niños; sus delitos habían generado una sensación de inseguridad en los barrios del Raval y de la Ribera, y en el turístico Barrio Gótico. Tras un año de pasividad, la fiscalía y las autoridades empezaron a reconocer lo que el ciudadano medio percibía desde el principio, a saber, que el problema se había descontrolado. La Guardia Urbana de Barcelona estrenó en julio el llamado Turno C, formado por 50 funcionarios que sólo trabajan de jueves a sábado y en vísperas de festivos, de las 21 a las 7 horas. La mayoría patrullaba por las zonas más castigadas por la delincuencia del Casco Antiguo. Así mismo la policía nacional vio reforzados sus efectivos en la Ciudad Condal. Era la respuesta al brutal incremento de la inseguridad ciudadana...

La seguridad ciudadana en Barcelona había alcanzado mínimos históricos más que alarmantes. En pocos meses los robos a viviendas crecieron un 29% y los robos con intimidación un 11%. Pero había algo peor que no registraban las estadísticas: la sensación de inseguridad que vivían los barceloneses y que se ponía de manifiesto en conversaciones privadas y en tertulias.  Tanto la Guardia Urbana como la Policía Nacional mostraban un grado aceptable de eficacia. Las detenciones practicadas por estos últimos subieron un 15’7% en el 2001. Los agentes adoptaron los más inverosímiles disfraces y camuflajes para detener con las manos en la masa a los sirleros más peligrosos. Paralelamente, la brutalidad de los delincuentes menores iba en aumento: lejos de actuar en solitario, recorría el casco antiguo de la ciudad en bandas lanzándose sobre las víctimas. En algunas ocasiones su técnica consistió en atacar por la espalda rodeando el cuello de la víctima con una cuerda o un alambre, provocándoles asfixia; así el resto de delincuentes de la banda, logran sustraerles con más tranquilidad la cartera. En otros casos, la chaqueta de la víctima era rociada con un disolvente que los delincuentes prendían fuego. En un gesto instintivo, la víctima tendía a despojarse de su chaqueta y arrojarla al suelo... con la cartera. Los delincuentes se limitaban a salir corriendo con el botín. En el ferrocarril metropolitano de Barcelona entre 2001 y 2003 habían irrumpido los carteristas (que hoy en 2011 han pasado a ser legiones en las mismas líneas del suburbano).

En 2001, según un folleto entregado por el Consulado Norteamericano de Barcelona a los turistas de esa nacionalidad, una de las situaciones de máximo riesgo es cuando el turista pasa junto a un grupo de niños que juegan a la pelota en el Casco Antiguo. Si detectaban que era portador de algún objeto de valor, le arrojarán con fuerza la pelota y en la confusión procurarán apropiarse de bolsas, maletas o cartera. En el mismo folleto se exhortaba encarecidamente a sus ciudadanos que no se detuvieran por nada del mundo a jugar al fútbol con niños...  En calles extremadamente céntricas, como la calle Pelayo, grupos de menores marroquíes rodeaban a automóviles, especialmente de turistas, incluso arrojándose sobre el capó. Cuando el coche se detenía, la banda abría las puertas del automóvil sustrayendo todos los objetos de valor. Pasear por el Barrio Gótico suponía inevitablemente ver alguna carrera entre un ladrón que huía con el bolso de algún turista y en el peor de los casos, ser uno mismo víctima de estos robos. Dejar el coche aparcado en plenas Ramblas era ya en 2001 un acto de insensatez: existía un razonable porcentaje de posibilidades de que será saqueado. En la misma Plaza de Cataluña, el centro de la ciudad, grupos de “descuideras” “Rom” (gitanos rumanos) robaron durante meses indiscriminadamente bolsos de turistas.

Si la delincuencia se disparó en Barcelona, no es por ineficacia policial, sino por la lentitud de reacción, la apatía, y la inercia de autoridades, juristas y partidos políticos. De hecho, todos los cuerpos policiales se sienten desmotivados y cansados de ver como los mismos delincuentes que detienen cada día, vuelven a aparecer al día siguiente realizando los mismos delitos en casi los mismos lugares.

Los protagonistas de casi todos estos incidentes, en la época eran menores en situación ilegal en nuestro país; no se trata de delincuentes habituales curtidos, sino de adolescentes que apenas han dejado atrás la niñez. Un miembro de la Guardia Urbana declaraba a un medio de comunicación local: “Cada día tenemos que soportar que algunos delincuentes que hemos detenido en veinte o treinta ocasiones, nos digan que esta noche dormirán en el calabozo y mañana desayunará en su pensión. Así no se puede trabajar; mientras no se reformen las leyes no va a haber seguridad ciudadana”. Quinientos menores habían logrado desmoralizar a las distintas policías…

Los pequeños comerciantes se veían imposibilitados para hacer frente a la pequeña delincuencia; una de sus representantes, Teresa Caja, a mediados de 2001, presentó denuncia ante el Juzgado de Guardia contra la directora de la Direcció General d'Atenció al Menor (DGAM), Anna Soler, por dejación de funciones, abandono de menores e incumplimiento de la ley de atención al menor. Por su parte, los consulados de EE.UU., Francia, Italia, Alemania e Inglaterra, remitieron tras el verano del 2000 una carta al entonces alcalde Joan Clos, transmitiendo su preocupación por las agresiones y robos de que habían sido objeto los ciudadanos de estos países mientras visitaban Barcelona. Mientras que en junio de 1999 la delincuencia figuraba en el séptimo puesto de la escala de preocupaciones de los barceloneses, con un 4’3 de puntuación, en la encuesta realizada por el Ayuntamiento dos años después, la delincuencia había pasado a ser percibido como el principal problema con un 17’1% de puntuación. Ese año el 15% de los barceloneses sufrieron en su propia carne algún tipo de actividad delictiva. Fuentes de la Guardia Urbana declararon a La Vanguardia el 17 de julio de 2001 que el 85% de los detenidos por robo son extranjeros. Se reconocía que unos 400 delincuentes “peinaban” a diario las principales zonas turísticas de Barcelona, en especial Ciutat Vella (El Raval y el Barrio Gótico), con el único propósito de llevar a cabo hurtos o robos con intimidación a la población y a los turistas.

Este ejército de delincuentes está formado por multirreincidentes que, en total, acumulan ¡más de 12.000 detenciones!, según datos manejados por el Cuerpo Nacional de Policía. Algunos de estos delincuentes rebasan las cien detenciones y la media se sitúa en torno a las treinta. Solo un 15% eran españoles. La Direcció General d’Atenció al Menor (DGAM) de la Generalitat elaboró un protocolo consensuado con la fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Catalunya (TSJC) para que los fiscales puedan pedir a los juzgados civiles el internamiento “forzoso” de los menores inmigrantes indocumentados, más conocidos como “niños de la calle” y que, principalmente viven en las calles del distrito de Ciutat Vella de Barcelona. Hasta 2002, estos menores, que continuamente cometían pequeños hurtos y robos con violencia, eren tutelados por la Generalitat, pero, sin embargo, no podían ser obligados a quedarse en un centro de menores.

En la época la Generalitat que gestionaba los Centros de Acogida, afirmaba que no realizaba distingos por raza, origen o nacionalidad, con lo que resulta imposible hacerse una idea del impacto que generaron entre 2001 y 2003 los “niños de la calle” en Barcelona. Sin embargo, funcionarios que trabajan en estos centros comentaban que en 1999, apenas existían “niños de la calle” ingresados, sin embargo, en 2003 ascendían al 80% del total.

A lo largo del 2002 la situación pareció mejorar. El número de delitos protagonizados por los menores magrebíes descendió… pero el problema no ha desaparecido: aún hoy en 2011 sigue habiendo delincuencia de menores inmigrantes ilegales en Barcelona y el descenso se ha debido a que varias decenas han abandonado una ciudad en la que eran suficientemente conocidos y donde se iba endureciendo el comportamiento de las instituciones hacia ellos. Simplemente, el problema ha descendido en Barcelona por que muchos delincuentes menores se han ido a otras ciudades más “blandas”. Coincidiendo con el final de la presencia de los “niños de la calle” marroquíes, aparecieron en Barcelona y en las grandes aglomeraciones urbanas, las “bandas latinas”…

La falta de seguridad inquietaba también en otras zonas turísticas de Cataluña. En la autopista A-7, donde los robos protagonizados por la “banda de los peruanos” volvieron a ser habituales a partir de mediados del 2001. En Madrid, en los barrios de La Latina, Carabanchel, Los Cármenes o San Isidro, registraron un aumento desmesurado de la violencia juvenil a lo largo del 2003. A los problemas de siempre se había añadido la presencia de bandas juveniles latinoamericanas. Los Latin Kings aparecieron en España hacia el mes de septiembre del 2002.

m. Ablación del clítoris

La “ablación” es, según el diccionario, la separación o extirpación de cualquier parte del cuerpo y la “ablación genital femenina”, la mutilación genital o ablación del clítoris. Una práctica que jamás se ha conocido en el viejo continente, ni siquiera períodos prehistóricos. Hasta no hace mucho se creía que era una rareza antropológica de pueblos primitivos. La llegada de riadas masivas de inmigración a nuestro continente que llevaban con ellos sus tradiciones y costumbres, ha hecho que, bruscamente, hayamos tomado conciencia del drama por el que atraviesan millones de mujeres del Tercer Mundo. ONU y UNICEF consideran que entre 130 y 150 millones de mujeres han sido martirizadas con esta mutilación que les dejará secuelas durante toda su vida. Los países con mayor número de ablaciones son Nigeria (33 millones), Etiopía y Egipto (24 millones cada uno), Sudán (10 millones), Kenia (7 millones) y Somalia (4’5 millones). Con cifras menores, pero con unos porcentajes extremadamente altos, figuran los países del África Occidental: en especial Malí, Camerún, Costa de Marfil, etc. En países como Djibuti o Egipto entre el 80 y el 90% de las niñas sufren ablación. Según un dosier informativo de INFOMUNDI, se calcula que dos millones de niñas son sometidas anualmente a mutilación genital. Hay aproximadamente seis mil nuevos casos por día, o sea, cinco ablaciones por minuto...

Desde 1999 empezaron a llegar a las consultas pediátricas españolas casos de niñas que habían sido sometidas a esta mutilación en nuestro país. Antes, en 1989 se detectó el primer caso en el Reino Unido y en 1998 aparecieron en Italia y Francia. Frecuentemente, las familias aprovechan períodos vacacionales en sus países para someter a la niña a mutilación sin los problemas legales que esto podría acarrear en Europa. Posteriormente, cuando regresan y llevan a la niña a la consulta pediátrica, se evidencia la mutilación. La obligación de los médicos es comunicar el caso a las autoridades. Esto ha hecho que las fiscalías de Barcelona, Madrid, Baleares, Zaragoza y Valencia, tomaran cartas en el asunto ante estos casos. También se han producido insólitas situaciones en las que los familiares de la niña han solicitado al pediatra que procediera a la mutilación ritual, con cargo a la “seguridad social”. El argumento es simple: si las niñas regresan a África sin haber sido mutiladas serán, irremediablemente, repudiadas... Distintas ONG’s y servicios de Asistencia Social de los Ayuntamientos están intentando llevar campañas de sensibilización e información sobre los peligros que acarrea la ablación y su prohibición en nuestro país. Sin embargo, hasta ahora y según reconoce una asistenta social del Raval, los resultados son mínimos: “La ablación está tan arraigada en aquellas culturas africanas que la niña que está “entera” es considerada con un rango similar a las “prostitutas” y no tiene ninguna posibilidad de inserción normal en su sociedad de origen”.

El 21 de mayo de 2001, La Vanguardia publicaba un artículo titulado: “Un imán de Lérida justifica la ablación si se hace en zonas muy calurosas”. Abdelwahab Houze matizó que en los textos sagrados queda muy claro que esta práctica sólo es defendible en países muy calurosos. Estas declaraciones venían a remolque de otras realizadas por el imán de la otra mezquita local, Morro Jaitch que permanecía ambiguo ante las ablaciones: “Ni hacerla ni no hacerlo son pecado”. Ninguno de los dos mostró su rechazo a tal práctica yambos consideraron exagerado perseguir en España a los musulmanes que sometan a sus hijas a una escisión del clítoris. La fiscalía de Lérida no encontró indicios de delito en las manifestaciones de los dos imanes que podían haber sido constitutivas de apología de lesiones.

En junio de 2001, una jueza de Mataró prohibió que unas niñas de Malí volvieran a su país dado el riesgo que tenían de sufrir ablación. Unos días después, la fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Aragón (TSJA) abrió diligencias para investigar seis casos de ablación sufridos por niñas de origen Áfricano que fueron detectados por pediatras de dos centros de salud de Zaragoza. El fiscal jefe del TSJA, Alfonso Arroyo de las Heras, dicidió investigar los casos de mutilación de clítoris denunciados por el portavoz del grupo socialista del Ayuntamiento de Zaragoza. Igualmente en Banyolas (Gerona), la policía autonómica catalana abrió una investigación por las sospechas que recaían sobre la comunidad gambiana de realización de ablaciones por 15.000 pesetas. La Generalitat advirtió a los médicos de Gerona que extremaran la vigilancia para impedir este tipo de prácticas y comuniquen cualquier tipo de mutilaciones de este tipo.

Esta es quizás la herencia más siniestra que llegó en las maletas de la inmigración africana durante el período de gobierno de José María Aznar. Hoy, las cosas siguen exactamente igual que hace diez años y la ablación del clítoris en una lacra que sigue castigando a las niñas africanas en el territorio nacional.

n. Conclusión

Durante el felipismo el problema de la inmigración era inexistente y podía entenderse que por una tradición ideológica muy específica de la izquierda, la política socialista fuera de manga ancha con la inmigración. Venían los que querían y, de hecho, salvo en las inmediaciones de los eventos del 92 y durante la regularización que siguió a la primer Ley de Extranjería que afectó especialmente a Ceuta y Melilla, no existía en el gobierno la voluntad deliberada de importar masivamente inmigración. Tal voluntad apareció solamente durante la primera legislatura del PP cuando este empezó a aplicar su nuevo modelo económico que implicaba importación masiva de inmigrantes. A partir de entonces el fenómeno que se había previsto desde mediados de los años 80, eclosiona sin que el Ministerio del Interior reaccione y en poco tiempo se produce un descontrol total de las cifras de inmigrantes ilegales, la ausencia de iniciativas legales para paliar la riada de recién llegados, el retraso innecesario de medidas que eran urgentes desde 1997, el negar pertinazmente la existencia del problema, el ocultar a la opinión pública las cifras reales de inmigración, el utilizar varios subterfugios para negar que el impacto de la inmigración en el fenómeno de la delincuencia, etc... todo ello ha sido la política del PP en materia de inmigración.

A pesar de que en el 2004, ya se habían producido media docena de estallidos de cólera en distintos puntos de la geografía nacional, los partidos políticos seguían negando la existencia del problema. Y hacían algo más: todo lo posible por aumentar la riada migratoria. Cuando se produce el tránsito del aznarismo al zapaterismo hay una cosa que está clara: se vivía una época de “vacas gordas” gracias al tirón increíble que estaba teniendo la construcción y al mantenimiento del fenómeno turístico, pero algunos empezaban a tener la sensación de que había llegado demasiado inmigración y que seguía llegando a velocidad cada vez mayor. Se insistía en que la inmigración era necesaria para “pagar las pensiones de los abuelos”, pero algunos visionarios empezaban a tener la sensación de que en el momento en que remitiera siquiera levemente el sector de la construcción o tuviéramos una mala temporada turística, tendríamos aquellos 900.000 inmigrantes que cotizaban a la Seguridad Social en 2004 (¿y de qué vivían los otros dos millones y pico largo que estaban pero no cotizaban?) viviendo al calor de las ubres del Estado. Dicho de otra manera: en período de “vacas gordas”, quienes se beneficiaban especialmente de la llegada de oleadas de inmigración eran las patronales de la construcción y de hostelería, pero la factura la pagaría luego toda la sociedad española. Incluso en período de “vacas gordas”, el Estado perdía al tener que dedicar cada vez más recursos al problema (dotaciones policiales, penitenciarias, servicios sociales, ayudas de todo tipo). La sociedad pierde porque aparecen fenómenos de tipo racista y xenófobo de un lado y de otro esa sociedad empezaba a ser víctima de la inseguridad, el choque de cultural y el mantenimiento de los salarios más bajos a límites que imposibilitan una normal vida cotidiana. Un sector privado ganaba por que optimizaba sus beneficios: recurría a mano de obra más barata, frecuentemente ilegal, con lo que no tenía que afrontar cargas sociales, pero no rebajaba los precios, sino que, antes bien, los aumentaba; el negocio era redondo.

La política de Aznar en materia económica era aventurera e irresponsable. Era evidente que su modelo económico alimentaba las burbujas especulativas y era insostenible a medio plazo (¿o alguien pensaba que se podría seguir construyendo indefinidamente en España más que en Francia, Alemania y el Reino Unido juntos?). Pero en materia de inmigración la política de Aznar fue no menos irresponsable y, sobre todo, ciega: si la inmigración gradual y controlada, hasta un 5% de la población no suponía grandes traumas para la sociedad, cuando adquirió el carácter masivo que revistió a partir de 1999 era evidente que terminaría estallando.

El año 2000 estuvo marcado por los sucesos de El Egido. De aquella semana de incidentes solamente se recuerda que unos ciudadanos enloquecidos intentaron linchar a varios miembros de la comunidad magrebí y lograron dar palizas a varios. Pero esta agresividad incontrolada e irracional no fue más que la reacción contra tres asesinatos cometidos en menos de diez días por miembros de la comunidad magrebí contra ciudadanos de El Ejido. Si las autoridades de Interior hubieran advertido que desde principios de 1999, el índice de delitos había aumentado significativamente en El Ejido (algo de lo que se quejó el consistorio en varias ocasiones), habrían actuado en consecuencia y, probablemente, no hubieran sido asesinados 3 ciudadanos, y muchos cientos no hubieran visto sus hogares expoliados. Y, en consecuencia, seguramente, tampoco se habría llegado al estallido general de cólera que finalmente tuvo lugar. Nadie puede justificar aquellos incidentes que, por lo demás, ya han sido juzgados por los tribunales, pero tampoco nadie nos puede negar el derecho a revisar lo que pasó en El Ejido y a comprender (no a justificar) como se acumuló un formidable potencial explosivo que terminó estallando pocas horas después del tercer asesinato.

El período de gobierno de Aznar, con sus errores en cadena en materia de inmigración y el descontrol mas absoluto del fenómeno supuso el arranque de la peor catástrofe de la historia reciente de España: la alteración de su sustrato étnico y cultural, la creación de unas bolsas de inmigración que siempre, desde el principio, se convirtieron en una bomba aspiradora de fondos públicos, y que tras llegar la crisis se iban a transformar en una verdadera losa para nuestra sociedad; esta losa ya había introducido modificaciones sociológicos que afectaron desde la violencia doméstica hasta la inseguridad ciudadana, desde la saturación de los juzgados, hasta el desbordamiento de la policía y de las cárceles, desde la irrupción de fenómenos tan desagradables como la ablación del clítoris y fenómeno como el aumento de los accidentes de tráfico, que es uno de los factores de la crisis de la educación y también de conflictos callejeros y de molestias para los ciudadanos que viven en las zonas con gran aglomeración de inmigrantes. Todo esto, absolutamente todo esto, nació bajo el aznarismo y fue el resultado de su erróneo, suicida e irresponsable modelo económico.

Pero lo peor estaba todavía por llegar. Y “lo peor” tenía nombres y apellidos: “José Luis Rodríguez Zapatero”. Solamente los increíbles errores cometidos por Zapatero han contribuido a hacer olvidar que la gestión de Aznar en este terreno había sido sencillamente lamentable.

© Ernesto Milà – infokrisis – http://infokrisis.blogia.comhttp://info–krisis.blogspot.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

Inmigración (II) 1983-1996

Infokrisis.- El felipismo (1983-1996). Cuando el felipismo llega al poder apenas hay en España 200.000 inmigrantes y cuando pierde las elecciones de 1996, la cifra ha crecido pero muy levemente: apenas 542.314 ciudadanos extranjeros, el 1,37% de la población residen dentro de nuestras fronteras. En buena medida se trata de inmigrantes marroquíes que han participado como mano de obra barata en los “eventos del 92”, especialmente en la Expo de Sevilla y muy particularmente en las obras vinculadas a las Olimpiadas de Barcelona. Aun así se trata de una inmigración que está muy por debajo de la de otros países europeos y que crece muy lentamente: en 1986 apenas había 241.971 inmigrantes (el 0,63%), cinco años después sube un 0,30% pasando a 360.655 y cuando Felipe González debe entregar el poder apenas ha subido medio punto quedando en 542.314 inmigrantes. Buena parte de esa inmigración todavía procede de la Unión Europea o bien se trata de estudiantes adscritos a distintos programas de intercambio de alumnos o simplemente becarios extranjeros que siguen preparándose en España. De todas formas, a partir de 1992-3 es cuando empiezan a notarse acumulaciones de inmigrantes en algunas zonas de Barcelona y de la costa catalana, en el cinturón de Madrid y poco más. ¿Qué estaba ocurriendo?

Dejando aparte los GAL, la corrupción y el nepotismo, el terrorismo, el desbarajuste autonómico, las características del período felipista se reducen a nuestro ingreso (mal negociado) en la Comunidad Europea (luego Unión Europea) que impuso una brutal reconversión industrial, el inicio de la llegada de fondos estructurales a modo de compensación y la política de prestigio concentrada en la fecha emblemática de 1992. Todo ello sobre el trasfondo de una situación internacional extremadamente movediza que se inicia con la crisis de la URSS y del bloque comunista y termina cuando el mundo ya está abocado al proceso globalizador.

El análisis de lo que representó este período está muy lúcidamente realizado en el llamado “Informe Petras” (2). Lo primero que destacó el sociólogo norteamericano James Petras es que todas las medidas económicas adoptadas por el gobierno de Felipe González estuvieron inspiradas por criterios en absoluto socialistas y completamente liberales: “La modernización de la economía española entre 1982 y 1995 comprendió básicamente tres estrategias interrelacionadas: liberalizar la economía, insertar más a España en la división internacional del trabajo (integrada en la CE) y configurar un nuevo "régimen regulador". La liberalización abarcó todo el periodo socialista y afectó profundamente a todos los sectores, regiones y clases de población. Las medidas clave incluían la liberalización de los mercados, privatización de empresas públicas y bancos, libre convertibilidad y flexibilización del mercado laboral. La creciente inserción de España en la división internacional del trabajo, en especial como miembro de la CE, significaba básicamente especialización, desde el momento que España sólo era capaz de competir con éxito en un número limitado de áreas. La integración acarreó dos procesos asimétricos interrelacionados: una transferencia desproporcionada de fondos de inversión de la CE a España y una balanza comercial muy desfavorable para el país. También fue asimétrica la "internacionalización del capital". La práctica común del capital foráneo (europeo, en la mayoría de los casos) fue adquirir empresas españolas, mientras no hubo apenas participación española en compañías extranjeras. El resultado ha sido la conversión de España en una plataforma de exportación de mano de obra a compañías multinacionales de capital extranjero. Emergió un nuevo "régimen regulador" (conjunto de reglas que dan forma al proceso de acumulación, y los actores sociales que las establecen). El período posterior a 1982 constituyó un periodo de transición entre una industria nacional (que se fue gestando a partir de 1960 bajo el franquismo y en los años de la transición), y una posición internacional basada en los servicios. Durante el régimen regulador "industrial nacional", los principales actores sociales eran funcionarios públicos nacionales y dirigentes empresariales, cívicos y sindicales. Bajo el nuevo régimen regulador, los actores principales pasaron a ser prestamistas extranjeros, directores de bancos y de multinacionales, altos funcionarios de la CE y funcionarios públicos vinculados a las redes internacionales”.

Este “nuevo régimen regulador” tuvo como efecto el inicio del tránsito de una economía productiva a una economía financiera con la consiguiente desindustrialización, la conversión de España en un “país de servicios” y, finalmente, la “desnacionalización” de la economía (esto es, el que sectores cada vez mayores de la economía española pasaran a estar controlados por el capital extranjero). No es que se “desregulara” la economía, sino que se reguló (en la jerga de la época, se “liberalizó”) para que beneficiara al capital financiero internacional y a la penetración de las multinacionales. Socialmente, en ese período se desmanteló la legislación laboral procedente del franquismo y, por tanto, proclamada con demasiada celeridad como “anti-obrera” y “anti-demócrata”, y se sustituyó por otra que tenía como pivote la flexibilización laboral, apoyada por los sindicatos y que, a fin de cuentas, atentaba contra los derechos de los trabajadores y era anti-obrera en la práctica diaria. Si esta era la vía que el felipismo inició, hoy no cabe sino considerar a esta política y a su impulsor sino como una de las mayores tragedias en la historia social de España.

A partir de la estatización de RUMASA (menos de 100 días después de que Felipe González jurara el cargo) resultó evidente que quienes gestionaban el poder en ese momento tenían la ambición de incluirse en la élite económica –la beautifoul people- y para hacerlo estaban dispuestos a cualquier cosa: ciertamente, el PSOE llevaba más de 40 años aquejado de una irreprimible “hambre” de poder, pero eso no le legitimaba para expropiar un holding gigantesco y liquidarlo por precios irrisorios a los amigos del poder, justo tras haberlo saneado con cargo al presupuesto público. Desde ese momento hasta cuando poco antes de estallar el escándalo que afectó a Luis Roldán (cuando, Cristina Alberdi, ministra de justicia felipista, salió en su defensa diciendo que el único pecado de Roldán era haberse lanzado “al mercado” y salir beneficiado), resultó evidente que la corrupción empezaba a generalizarse y se transformaba –como el caciquismo durante la restauración- en el principal rasgo de la estructura del poder del régimen nacido en 1978.

Lo más sorprendente es que el felipismo –que desde el principio al fin no supuso otra cosa recortes a la democracia, a los derechos de los trabajadores, una exacción continua de los fondos públicos, la malversación permanente y el comisionismo convertido en la actividad política más lucrativa- pudiera sostenerse durante trece largos años en el poder. Si lo hizo, tal como señala Petras en su informe fue porque: “En un Estado que se encamina a dominar las cadenas de comunicación y a concentrar el liderazgo en la élite política, la 'ciudadanía' se reduce a votar por un menú político de élite, en vez de ser orientada activamente a formular los contenidos del menú. En este sentido, los votantes no son ciudadanos, en la medida en que en nigún modo son miembros de una comunidad política”. Para el felipismo la “modernización” del país era la justificación para todos los desajustes que estaba teniendo el sistema. Nos decían por activa y por pasiva que esa “modernización” revertiría en la consolidación de la democracia en España... cuando en realidad ocurrió justamente lo contrario. La primera mutación se produjo en las clases trabajadores.

Hacia 1988 ya era evidente que la primera legislatura felipista ya había operado una ruptura en el interior de la clase obrera: la mutación que habían sufrido los sindicatos era elocuente. El grueso de sus afiliados ya no eran obreros de tajo y taller, sino encargados y cuadros intermedios, trabajadores fijos y funcionarios sindicales todos ellos dotados de unos salarios situados por encima de la media; por el contrario, lo que ya por entonces era el grueso de la clase obrera estaba fuera de los dos sindicatos mayoritarios; se trataba de jóvenes, trabajadores eventuales, trabajadores a tiempo parcial o irregular, nuevos contratos cada vez más en precio, con sueldos escasos, sino ridículos. El felipismo generó una fractura social e incluso generacional. En efecto, los padres eran los mejor pagados y por tanto, los hijos podían permitirse el trabajar por sueldos miserables que no les permitían vivir solos pero sí acceder al mercado del consumo. Y esto correspondía a la división laboral antes citada: los “padres” correspondían a los trabajadores fijos y los “hijos” a los eventuales. Se había iniciado la gran (y fatal) mutación que permitió diez años después a la inmigración acceder como nueva masa laboral eventual que al no disponer de “padres” arraigados en el mercado laboral tuvieron que sobrevivir a base de pisos patera, regímenes de realquiler en el que cada habitación de un piso alquilado a un inmigrante era aprovechado por éste para realquilar las habitaciones a otros inmigrantes o el desgraciado y lamentable régimen de “camas calientes” en donde las mafias de la inmigración alquilaban tres turnos de camas, cada una de 8 horas, para que los inmigrantes durmieran. Los inmigrantes, a falta de “padres” con contratos fijos, cobrando incluso menos que los eventuales nacionales, debieron agruparse para poder sobrevivir y a la vista de que algunos que habían practicado la reagrupación familiar demandaban mejores condiciones, el aznarismo más tarde inició un régimen de subsidios a la inmigración que el zapaterismo exasperó.

Durante el felipismo el miedo se introdujo en la sociedad española y contribuyó a estabilizarla socialmente: nadie protestaba porque quien lo hacía –si no era delegado sindical y estos estaban poco dispuestos a hacerlo- se arriesgaba a ser despedido y perder su estatus laboral iniciando el incierto camino del paro cuya mejor posibilidad era la de encontrar antes o después un puesto de trabajo que ya no estaría nunca más acogido a un contrato indefinido. El miedo introdujo en la segunda mitad de los años 80 el silencio ante la patronal y la aceptación de cualquier tipo de condición que el empresario quisiera imponer a sus trabajadores. Eso o el paro. Los años 60 y 70 habían quedado atrás: en esa época era posible trabajar mucho y ganarse bien la vida accediendo al sueño español (piso de propiedad, segunda residencia, vacaciones para toda la familia y utilitario). El proteccionismo franquista era especialmente visible en la contratación laboral a fin de cerrar las puertas a revueltas obreras (y también porque una parte importante del régimen estaba afecta a las ideas nacionalsindicalistas y a la doctrina social de la Iglesia con toda su carga de paternalismo social). A partir de mediados de los 80 el empleo se convierte en la prioridad número uno de los españoles. Perderlo supone una tragedia personal. Se gana dinero, pero las jóvenes generaciones, a pesar de que trabajen con denuedo, cobran poco y no pueden formar nuevas familias, la natalidad que ya flaqueaba desde la segunda mitad de los años 70 (a causa de la inseguridad de la transición, de los primeros problemas de inflación y empleo que aparecieron en esa turbulenta época y del cambio de costumbres de la sociedad española) se desploma a partir de ese momento… Y ese es otro de los elementos nuevos que aparecen y que son a menudo utilizados como excusa para justificar la llegada masiva de inmigración: la baja demografía. Era baja, en efecto, y seguía bajando, pero eso no implicaba que la sociedad fuera a medio plazo inviable, sino que la tendencia podía rectificarse mejorando la fiscalidad de las nuevas parejas que decidían tener hijos, mediante un régimen de ayudas a la maternidad y, finalmente, mediante campañas favorables al aumento de la natalidad… medidas todas ellas que individuos como Alfonso Guerra consideraban “fascistas”. Guerra llegó a quitar los “puntos” que el franquismo había concedido a los trabajadores por cada hijo que tuvieran. La “ingeniería social” practicada por Zapatero no es una fatalidad del PSOE: es una constante desde la transición (3). Veinte años después de que el felipismo saludara el descenso de natalidad como un resultado de la nueva moral sexual (¡!) y que apareciera la figura del trabajador precarizado, en 2005, Zapatero sentenciaba que había que abrir las puertas a la inmigración y aceptar lo que viniera para compensar nuestra caída demográfica reconociendo que la política social del felipismo había constituido una verdadera catástrofe para este país.

¿Qué había detrás de todo esto? La irrupción del liberalismo y la asunción de esta doctrina por parte de la socialdemocracia. Para estabilizar a un régimen de este tipo es preciso que las clases populares, la mayoría de la población, esté instalada en la inseguridad y que ella misma se vaya instalando en esos pagos. Un trabajador que con su pareja apenas gana 2.500 euros, que está pagando una hipoteca y el plazo de un vehículo y le quedan todavía décadas por liberarse de estas deudas, difícilmente se “portará mal”, tenderá a ser un ciudadano inhibido de cualquier cosa que le pueda causar problemas, estará ausente de cualquier protesta e incluso aceptará que lo degüellen si eso le pudiera mantener en su status laboral y en la seguridad de que podrá seguir pagando (en un plazo remoto) su última deuda.

A lo que hay que añadir el entartaintment, la doctrina del entretenimiento enunciada por Zbgnieg Brzezinsky en la primera mitad de los años 70 y que puede resumirse así, de la misma manera que el imperio romano al iniciarse su fase crítica y cuando los problemas se acumularon para la población, decidió ofrecer a sus ciudadanos “panem et circensis”, ahora, los regímenes capitalistas a la vista de las crisis que tendrían que ver en las décadas siguientes solamente podría desmovilizar las protestas mediante el recurso al espectáculo. No fue por casualidad que durante el período de Felipe González se pusiera especial énfasis en el desarrollo de las televisión privada, se incentivara la creación de canales regionales de TV y, finalmente, se universalizara la contemplación de cualquier deporta, especialmente el fútbol, que, en su conjunto se convirtieron en un verdadero “opio del pueblo”, o sin utilizar un lenguaje tan arcaico, pasaran a ser el elemento desmovilizador y narcotizante de la ciudadanía.

No es raro que durante los años de Felipe González la sociedad civil, el asociacionismo, entraran en crisis. Inmediatamente después de la subida del PSOE al poder ya se hablaba de “desencanto”. Diez años después, el desencanto se había transformado en frustración y decepción y lo que era peor “absentismo” de cualquier actividad comunitaria o política con el consiguiente repliegue a lo particular. Los únicos sectores políticamente activos pertenecían a la extrema-izquierda entre cuyos tópicos figuraba desde el episodio del asesinato de Lucrecia Pérez (4)

Esta característica introducida por el felipismo contribuyó a crear un clima de condescendencia hacia la inmigración. En aquellos años, la inmigración era un fenómeno todavía virginal, los inmigrantes eran todos considerados como reediciones de la desgraciada Lucrecia Pérez, y en realidad eran algo mucho más terrible: el ejército de reserva del capitalismo liberal que se estaba formando en aquel momento y cuya función era tirar a la baja de los salarios aumentando artificialmente el número de trabajadores en busca de un empleo y, consiguiente e inapelablemente, reduciendo el precio de la fuerza de trabajo (5). Negar la repercusión negativa de la inmigración en el coste de la fuerza de trabajo es negar la lógica más elemental que rige la economía de mercado. Hoy no puede cuestionarse –a menos racionalmente, harina de otro costal es si lo que se pretende es negar contra toda lógica los argumentos anti-inmigracionistas recurriendo a la interpretación torticera de estadísticas o simplemente a su falseamiento amparados moralmente en el hecho de que la realidad es susceptible de generar “xenofobia y racismo”. Ya hemos recordado en la introducción que aunque el PIB español haya crecido entre el 3% y el 4% en la década que va entre 1997 y 2007, los salarios reales han disminuido especialmente en construcción, hostelería, servicio doméstico y agricultura. Dicho de otra manera: la inmigración, desde el principio, perjudicó a las franjas salariales peor pagadas de estos cuatro sectores (6).

James Petras tenía razón en situar el papel felipismo como elemento transformador de la sociedad española cumpliendo el encargo de asignarle un lugar en la división internacional del trabajo: ese lugar era la desindustrialización de España y su conversión en un “país de servicios”. Lo más sorprendente –y lo que verdaderamente sorprendió a Petras- fue que los “progresistas” admitían la gestión de Felipe González y el contraste entre sus propuestas de la transición y la tarea de gobierno diametralmente opuesta a sus principios desde la integración en la OTAN hasta la defensa cerrada de liberalismo. Escribía Petras: “Es llamativa la indiferencia de los progresistas frente al destino de millones de ciudadanos mal pagados y subempleados sin futuro. ¿Dónde están?” y él mismo se respondía: “Están activos; pero concentran su actividad en asuntos que afectan a minorías que representan a lo sumo un 2% de la población: minorías étnicas, drogodependientes, prostitutas, gays y lesbianas, racismo, acoso sexual... ¿Por qué eluden un compromiso con la realidad nacional y social?”. El felipismo entendió pronto que luchar por los derechos de las minorías no le comportaba ningún riesgo de enfrentarse al capital, harina de otro costal era asumir la defensa de los desheredados y de los trabajadores: implicaba la posibilidad de chocar con el capital, la alta finanza, las multinacionales y los conglomerados mediáticos que asumía su defensa en tanto que eran creación suya. Las minorías empezaron siendo para el felipismo la coartada moral que implicaba pocos riesgos. Además, las ONGs se conformaban con unas subvenciones que permitían que una parte de los fondos concedidos revirtieran en forma de gabelas a los mismos que las concedían, permitían “colocar” a los amigos o a los familiares, y finalmente generaban “buena conciencia”. Fue a partir del felipismo cuando las ONGs más absurdas empezaron a ser jugosamente subvencionadas y desprovistas de toda forma de fiscalización a pesar de vivir de los dineros públicos. La tendencia no varió con el aznarismo que siguió subvencionando a esas ONGs en la inmensa mayoría de los casos absolutamente inútiles y, finalmente, el zapaterismo extremizó esta práctica dilapidando fondos en los proyectos más absurdos, distantes y enloquecidos. Paralelamente, mientras el PSOE hablaba del 0’5% de ayuda al desarrollo, mientras entregaba fondos a espuertas para “tareas humanitarias”, desviaba la atención del problema central que se estaba generando: la pobreza iba en aumento en España, el empleo se precarizaba, la corrupción se enseñoreaba del Estado, los ayuntamientos y las comunidades autónomas. El régimen de subsidios y subvenciones que ha conocido bajo el zapaterismo su período dorado, nació con el felipismo y se mantuvo durante el aznarato. Nadie, absolutamente nadie, ningún gobierno ni de centro-derecha ni de izquierda es completamente inocente del desbarajuste que está rodeando al fenómeno migratorio en España.

Pero hubiera sido imposible llegar a ese desbarajuste sin establecer antes el marco legal a… vulnerar. Fue en 1985, cuando el felipismo trató de evitar (por imposición del club europeo) que España se convirtiera en la puerta trasera por la que se colaban millones de inmigrantes en el viejo continente. Por entonces España no estaba todavía integrada en la Comunidad Europea así que la Ley Orgánica 7/1985 de 1º de julio sobre Derechos y Libertades de Extranjeros en España tenia como finalidad establecer restricciones a la llegada de inmigrantes a nuestro país. La ley era restrictiva y se dijo que era de las más duras de Europa. Objeto de un recurso de inconstitucionalidad interpuesto por el Defensor del Pueblo, la sentencia del Tribunal Constitucional 115/1987 de 7 de julio, que anulaba algunos artículos (art. 26.2, párrafo segundo, el inciso «y solicitar del órgano competente su autorización» del art. 7 de la Ley Orgánica 7/1985, de 1 de julio, el art. 8.2 de la Ley Orgánica 7/1985, de 1 de julio, el inciso segundo del art. 34 de la Ley Orgánica 7/1985, de 1 de julio, «en ningún caso podrá acordarse la suspensión de las resoluciones administrativas adoptadas de conformidad con lo establecido en la presente Ley»). La Ley, hecha a prisa y corriendo para satisfacer a los futuros socios europeos y el aumento de los flujos migratorios experimentada a causa de los eventos del 92, generaron la necesidad de una nueva ley que se elaboró cuando todavía persistía el impacto del asesinato de la dominicana Lucrecia Pérez y estaba al frente del ministerio Cristina Alberdi. Por entonces ya existían asociaciones de inmigrantes que presionaron al gobierno y llegaron a exigir que la reagrupación familiar fuera automática y entendida como “derecho fundamental” (véase El País. 18, abril, 1985), realizada por la presidente de Madres Dominicanas, Bernarda Jiménez, de la misma nacionalidad que Lucrecia Pérez. Otras asociaciones siguieron insistiendo en que la ley daba excesivo protagonismo a la policía en materia de inmigración planteándose que cuando España ocupara el semestre de presidencia europea, se redactara una nueva ley a lo que Felipe González accedió (y, por supuesto, no cumplió). En esos años también empieza a parecer en los medios la retórica de la “integración” como objetivo fácilmente alcanzable (a pesar de que nunca se había alcanzado, y nunca se alcanzaría en país alguno de Europa) pero el nuevo mito mediático ya estaba lanzado al terreno y a partir de ahí de lo que se trataba era de dilapidar cuantos más fondos mejor en “proyectos de integración”, los mismos que sistemáticamente habían ido fracasando en Europa. Pero en aquel tiempo los socialistas españoles, completamente ignorantes de lo que estaba ocurriendo en países como Reino Unido, Francia, Holanda, Alemania, pensaban que más allá de nuestras fronteras todo iba bien y que si existían tensiones era por la presencia de grupúsculos xenófobos y racistas, los mismos que habían asesinado a Lucrecia Pérez. El PSOE no podía evitar coquetear en aquella época con el “papeles para todos”, de la misma forma que su sindicato y sus juventudes estaban completamente instalados en esa ficción al calor de la cual José Luis Rodríguez Zapatero formaría su criterio político en la materia.

El 26 de octubre de 1992 una comisión interministerial del Gobierno aprobó un anteproyecto de ley para agilizar la concesión de visados a los familiares de los cerca de 110.000 inmigrantes instalados legalmente en España, es decir sobre la reagrupación familiar de los trabajadores extranjeros establecidos en España. La comisión no fijó ningún límite numérico a esta reagrupación. Por entonces, las cifras oficiales de inmigrantes extracomunitarios no superaban los 150.000. Así pues, esta ley, aprobada en un momento en el que la cifra de inmigrantes era baja, no preveía el boom del fenómeno. Al producirse éste, la política de reagrupación familiar fue solo uno más de los muchos elementos que confluyeron a la cristalización del “efecto llamada”. Solamente a principios de septiembre de 2003, manifestó su intención de limitar la reagrupación familiar a los cónyuges, hijos y padres. Y desde luego no se trataba de una propuesta muy sincera sino simplemente tranquilizadora porque en las encuestas del CIS hacia dos años que la inmigración aparecía entre los cuatro grandes problemas que preocupaban a los españoles.

La lectura de las noticias de aquella época hace casi sonreír. La muy felipista Comisión Interministerial de Extranjería acordó con toda solemnidad poner en marcha diversas medidas para reforzar la persecución del trabajo clandestino realizado por los inmigrantes y la explotación de estos empleados por parte de empresarios españoles… Eso mismo volvió a proclamar años después con no menos solemnidad Jesús Caldera tras la regularización masiva de febrero-mayo de 2005 cuando reiteró que los empresarios que contrataran a ilegales serían duramente castigados. Y lo mismo volvieron a hacer los socialistas en 2010 cuando la necesidad de recaudar más fondos imponía actuar contra el trabajo negro. En ninguno de estos casos, por muchas comisiones creadas y mucha solemnidad con que se enfatizaron las frases, se consiguió absolutamente nada.

En octubre de 1993, la administración socialista proclamaba –en medio de la penúltima gran crisis económica que vivió nuestro país hasta la fecha- que España había dejado de ser un país “de emigrantes” sino país “de inmigración”, algo que, por algún motivo y contra toda lógica, el felipismo consideraba un éxito (seguramente porque esa era la orden emanada de los centros de poder económico mundial). El director general de Migraciones del Ministerio de Asuntos Sociales, Raimundo Aragón, fue el encargado de llevar a la opinión pública este triunfalismo en un curso organizado en la Universidad de Oviedo. Según Aragón, se podía decir que desde el año 1974 ya no se emigra de España, como demuestra que en 1991 sólo unas 10.000 personas salieran del país y que sólo un 5 por ciento de la población haya expresado su deseo de vivir en el extranjero. Aragón afirmó que, por el contrario, la inmigración "ha sufrido una evolución distinta" y ha registrado un fuerte incremento, favorecido en parte por el proceso de regularización de inmigrantes desarrollado a partir de la denominada Ley de Extranjería de 1985.

Un año después, en 1994, el gobierno socialista aprobó un plan para la integración social de los inmigrantes –el primero de una larga serie de proyectos descarrilados todos y sobre los que nadie ha pedido explicaciones de a dónde han ido a parar los fondos dilapidados-, promovido por la entonces ministra socialista de Asuntos Sociales, Cristina Alberdi (pasada en 2004 al PP cuando parecía que este partido revalidaría su triunfo electoral y nadie daba un duro por aquel iluminado que parecía ser José Luis Rodríguez Zapatero, y que efectivamente lo era no solamente cómo suponía buena parte del país, sino mucho más de lo que era capaz de suponer el país). La Alberdi consideraba preocupantes que hubieran aparecido “algunos fenómenos racistas" (una vez más se refería al Caso Lucrecia porque examinando la prensa de la época -1994- se constata que no hubo absolutamente ningún otro incidente racista digno de relieve) y expresaba su preocupación y la del gobierno por “estos posibles brotes de xenofobia". Lo más significativo de ese proyecto de integración fue la creación del Observatorio de Inmigración y del Foro de los Inmigrantes instrumentos que debían desarrollar el plan. El primero debía servir para realizar diagnósticos cuantitativos y cualitativos sobre la naturaleza del flujo de inmigración que llegaba a España. Casi veinte años después de aquellas iniciativas, ya sea en su versión original o en la remodelación que impulsó Consuelo Rumi en 2006, no sirvieron absolutamente para nada salvo para dilapidar fondos.

Otra de las curiosidades de la época consistió en la reunión plenaria del Senado el 5 de julio de 1990 en el curso de la cual el PP pidió “enérgicamente” la regulación de la inmigración en España. En una loable defensa a los derechos de los inmigrantes, el portavoz del grupo, José Miguel Ortí, aseguró que la Ley de Extranjería “no sólo está produciendo lesiones de los derechos y libertades de los extranjeros en España, sino que está dando lugar a reacciones de xenofobia en sectores minoritarios de nuestra población”… Ortí, no estaba tocado con el don de la videncia y no podía prever que una vez instalado en el poder con mayoría absoluta, el PP aprobaría una ley más restrictiva... que, paradójicamente, tampoco tendría ningún efecto regulador.

El Plan de Inmigración felipista debería “sentar las bases para afrontar el incremento de refugiados e inmigrantes que se producirá antes del año 2000”, tal como anunció. Alberdi, que calificó de "generosa" la política de España en materia de inmigración, advirtió que "vamos hacia una sociedad multicultural y multiétnica en la que el respeto y la tolerancia serán valores básicos"… era la primera vez que un miembro del gobierno socialista en ejercicio de su cargo hablaba en estos términos que luego se harían habituales en el zapaterismo.

Efectivamente, la postura del PSOE podía ser considerada como “generosa” y así lo reconocía en agosto de 1994 la Fundación Agnelli en la conclusión del informe “El Islam en Europa”. España era considerada como el país de la Unión Europea (UE) que concedía mayores reconocimientos a la religión islámica, pese a que la inmigración a esa nación era un fenómeno muy reciente y que la población de fe musulmana no superaba el 0,6 por ciento del total en aquellos años. "España, Italia y Grecia –señalaba el informe- se han convertido en meta de los flujos migratorios a partir de mediados de la década de los 80, a menudo considerados como países de primer acceso para luego posiblemente proseguir hacia las naciones más apetecibles del norte de Europa". Según el informe, el acuerdo del 28 de abril de 1992 entre el Estado y la "Comisión Islámica de España" concedía "mayores reconocimientos a la religión islámica”.

En efecto el gobierno felipista, reconocía que el Islam es "de tradición secular en nuestro país y de relevante importancia en la formación de la identidad española". Seguramente querían decir que la identidad española se forjó precisamente en la lucha contra el Islam desde la batalla del Guadalete hasta Lepanto... No es precisamente “memoria histórica” lo que sobra en el socialismo español, sino abundancia de tópicos prendidos con alfileres y de criterios históricos mal asimilados y peor vulgarizados.

Llama también la atención que en los últimos veinte años no hayan aparecido problemas nuevos relacionados con la inmigración que los que ya empezaban a fraguar durante el felipismo. A título de ejemplo podemos citar las  El 10 de enero de 1994, el flamante subsecretario de Interior, Fernando Puig de la Bellacasa, aseguro que “las autoridades españolas serán inflexibles con la delincuencia extranjera” añadiendo, no sin razón que “los primeros beneficiados de esta lucha son los extranjeros que viven y trabajan de una forma normal en España". Las declaraciones que dio a “El País” recién ascendido a número tres de Interior vale la pena recordarlas. Dijo por ejemplo: que la llegada de inmigrantes a España "es un fenómeno positivo, en términos de enriquecimiento social y cultural". Añadió luego que "En caso de que no consigamos controlarlo estaríamos dando una base para la explotación de esta mano de obra de forma abusiva y estaríamos creando un ambiente que favorecería la xenofobia". Identificó a las mafias como las grandes beneficiarias del conflicto. Y no estuvo muy afortunado cuando aludió a que “es un tópico que España sea la frontera sur de Europa en cuanto a inmigración. España tiene menor presión migratoria del sur que muchos países del norte de Europa". O, para tranquilizar a la opinión pública explicó, con una seriedad pasmosa que "desde el verano pasado las embarcaciones detectadas han sido menos", atribuyendo dicho descenso al “esfuerzo” de las autoridades marroquíes. Más lúcido estuvo cuando declaró al finalizar la entrevista que "Otro tópico es que los flujos migratorios son incontrolables y que están relacionados con el hambre. Los niños famélicos de Sudán no emigran", dijo el nuevo subsecretario.

Esa tendencia a tranquilizar a la opinión pública es la que luego, examinando archivos de prensa, produciría carcajadas de no ser por la gravedad de los hechos. Fíjense sino; el 28 de octubre de 1992, el ministro marroquí en el Exterior, Ratig Haddaui, dijo que la colaboración hispano-marroquí para controlar la inmigración ilegal "empieza a dar sus frutos", tras ser recibido por el Defensor del Pueblo, Alvaro Gil Robles. El ministro de la Comunidad Marroquí en el Exterior se mostró satisfecho por "todo lo que hace el Gobierno español" y subrayó que hay determinados problemas que no se pueden resolver sin una colaboración muy estrecha entre ambos gobiernos.  Haddaui afirmó que la situación de los marroquíes en España "mejora día a día" y anunció que "las cosas van a mejorar mucho más en las próximas semanas". Es evidente que algo ha pasado para que algo más de diez años después, la situación sea justamente la peor de todas las posibles.

Quedaba aludir, por supuesto, a la zona más candente de todo el problema: Ceuta y Melilla. Sin exagerar podemos decir que Felipe González es el responsable del vuelco demográfico producido en estas plazas y del consiguiente aumento del islamismo.

En 1985, la Ley 7/1985, sobre derechos y libertades de los extranjeros en España, como era de prever, suscitó problemas en Ceuta y Melilla. Un número extraordinariamente alto de ciudadanos de origen marroquí radicados en estas plazas, carecían de la documentación suficiente para residir con plenitud de derechos en estas dos ciudades. Cúmplase la ley: luego expúlsese a los ilegales. Demasiado como para pensar que el felipismo sería consecuente con su propia legislación. En noviembre de 1985 se produjeron incidentes que fueron presentados en Marruecos como principios de una insurrección de las comunidades musulmanas. La cosa no llegó muy lejos y pronto la agitación remitió dando paso a un acuerdo entre la comunidad musulmana y el gobierno español que triplicó el número de nacionalizados españoles de religión islámica y procedencia marroquí. A nadie se le escapaba –sólo al gobierno del PSOE- que se trataba de un error y, más en concreto, de una muestra de debilidad. Aumentar la presencia de una comunidad objetivamente dispuesta a sostener las posiciones de Marruecos, constituía la baza más fuerte de la partida entregada gratuitamente a Marruecos por el gobierno de Felipe González. Hassán II decidió dar un nuevo paso al frente, proponiendo la creación de una “célula de reflexión” y para ello utilizó un lenguaje deliberadamente conciliador. Hassán II, mucho antes que Zapatero, había inventado el recurso al “talante” para “proponer soluciones dentro del marco de los derechos imprescriptibles de Marruecos y de los intereses vitales de España”. El gobierno español se negó: había percibido, finalmente, que la ambigüedad y la debilidad no eran los mejores argumentos ante Hassán II.

Esta dificultad hizo que Hassán II variara su estrategia. Para colmo se le venía encima una crisis económica sin precedentes y la población juvenil prefería emprender el camino de la inmigración antes que permanecer en una patria que no ofrecía perspectivas. El mundo islámico, por lo demás, también estaba en permanente mutación a partir del ascenso de Jomeini al poder en Irán. Hassán II, para preservarse del potencial desestabilizador de todos estos elementos, intentó un alineamiento con los países occidentales y abordó el inicio de su idilio con los EEUU que su hijo ha concluido con la firma del Acuerdo de Libre Comercio de 2004.

En 1990, cuando EEUU llamó al orden a Irak tras la ocupación de Kuwait, Marruecos participó en la coalición internacional. Logró, a través de la influencia francesa, un acuerdo de asociación con la CEE mediante la cual fue recibiendo jugosas ayudas para programas de cooperación. Incluso con España, Rabat estuvo en condiciones de trenzar acuerdos de amistad y cooperación. En 1985 adquiría material de guerra en nuestro país (error: no hay nada peor que contribuir a rearmar al adversario geopolítico). Oficialmente, ambos países vivían un nuevo idilio presidido por un ambiente de armonía y comprensión recíproca. Sin embargo, los problemas se multiplicaban y acumulaban: las exportaciones de hachísh a Europa empezaban a ser masiva, los productos hortofrutícolas marroquíes suponían una competencia desleal para los productos españoles y, además, entraban en los mercados europeos pasando por España, la inmigración marroquí estaba invadiendo Europa y, más en concreto, Francia y Bélgica. Marruecos creaba problemas y Europa (particularmente España) financiaba a Marruecos. Error: no financies a quien te crea problemas.

En 1988 España concedió un crédito multimillonario a Marruecos. En 1989 se firmaron acuerdos de protección de inversiones y cooperación militar. Poco después se sabía de un faraónico proyecto de unir España y Marruecos mediante un puente o un túnel submarino. Se institucionalizaron las conferencias bilaterales, de rango similar al que España celebraba con países europeos. Finalmente, el 4 de julio de 1991 se firma un Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación, ratificado en 1993. A este acuerdo siguió otro firmado en 1993 para el desarrollo del Norte de África y, en 1996, otro más para cambiar deuda externa por participaciones empresariales; y, finalmente el acuerdo para combatir el cultivo de cannabis… El cultivo del cannabis es ahora un 250% mayor al del momento en que se firmó el acuerdo. Error: no firmes tratados con alguien que, día a día, evidencia no ser un buen vecino.

En 1994, Marruecos volvió a la carga en su parlamento reivindicando la devolución de los “enclaves coloniales” y todo el asunto de la “célula de reflexión”. El primer ministro Adelatif Filali, volvió a insistir en la “recuperación de las dos ciudades usurpadas, Ceuta y Melilla, y las islas vecinas” y, ante NNUU, aludió a “las últimas colonias en África”. Ayuda, cooperación, a cambio de reivindicaciones e insultos. Error: no ayudes a quien te insulta.

En realidad, toda la política felipista en materia de inmigración había sido un enorme, increíble y fenomenal error que repercutiría negativamente en los veinte años siguientes.

© Ernesto Milà – infokrisis – http://infokrisis.blogia.comhttp://info–krisis.blogspot.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

Inmigración (I) 1960-1982

Infokrisis.- Veamos algunas cifras reales que tienen muy poco que ver con las cifras que nos han dado desde 2002 los sucesivos gobiernos que han asumido el timón de este país: según el informe del Instituto Nacional de Estadística en enero de 2011 residían en España 6.700.000 de inmigrantes de los que 1.000.000 había adquirido la nacionalidad española. Esto es, el 14,1% de la población total residente en territorio nacional que asciende a 47,1 millones de personas (1). No es como para tomárselo a broma. No hace mucho, en 2010, el gobierno insistía, jugando con la calificación de “legales” e “ilegales”, con la de inmigrantes empadronados y no empadronados y evitando la cifra de inmigrantes naturalizados (seguramente uno de los secretos mejor guardados en este país), para reconocer apenas 4.800.000 inmigrantes, dos menos de los reales. De aquella España salida del desarrollismo y en camino hacia la democracia formal en donde apenas existían unos pocos miles de inmigrantes, a la España de 2011 en donde esa cifra aumenta sin cesar, hay un trecho que pasa por tres etapas que nombraremos según quien estuvo en el timón del Estado: el felipismo, el aznarismo y zapaterismo.

Quien quiera ver en la inmigración el resultado de las políticas erráticas del gobierno Zapatero, se equivoca. La debilidad programática del zapaterismo y su irresponsable política de ingeniería social supusieron apenas un agravamiento de un problema pre-existente, pero en absoluto su origen. Podemos distinguir cuatro períodos que han contribuido a la formación del fenómeno migratorio en España:

1) El período franquista que a nuestros efectos se prolonga desde 1960 hasta 1982 en el cual se establecen las bases de lo que será el modelo económico español que ha persistido hasta nuestros días (basado en turismo, construcción y agricultura), sectores con baja productividad, bajo valor añadido y que requieren altos niveles de contratación.

2) El felipismo (1983-1996) que ya demostró desde el principio una intención multicultural y un  favorecimiento a la entrada de inmigrantes (especialmente en Ceuta y Melilla) preparándose las bases legislativas del fenómeno. En ese período, el ingreso en la Unión Europea acarreó un período de crecimiento económico ficticio (hubo abundancia, especialmente porque los fondos estructurales recibidos lo eran en cantidades exageradas) y no exento de sombras (la “reconversión industrial” se realizó liquidando sectores enteros de nuestra economía, especialmente industria y recursos estratégicos –astilleros, minería, altos hornos- en beneficio de sectores proclives a las “burbujas” –turismo y construcción- sentándose las bases del actual descalabro económico-social).

3) El aznarismo (1996-2004) período durante el cual se van hinchando las burbujas beneficiadas por el modelo económico enunciado por el nuevo presidente del gobierno (basado en salarios bajos, acceso fácil al crédito, inmigración masiva y ladrillo) que requiere de la importación de mano de obra barata que tire hacia abajo los salarios, por su misma presencia genere crecimiento económico y aumente el consumo interior.

4) El zapaterismo (2004-2011) período marcado en una primera fase por una irresponsable y dogmática política de ingeniería social dentro de la cual la inmigración era uno de los factores claves para “cambiar la sociedad española” y llegar a una sociedad multicultural. Durante esa primera fase se abrió de par en par las puertas a la inmigración. La segunda fase coincidió con el segundo mandato de Zapatero y con el inicio de la gran crisis económica: la inmigración siguió llegando aun cuando suponía un peso muerto para nuestra economía y una losa para nuestra recuperación.

Pues bien, vamos a intentar analizar con cierto detalle cada uno de estos períodos para entender cómo hemos llegado el 2011 a un estadio en el que la inmigración tiene difícil salida si lo que se pretende es resolver el problema. Mucho nos tememos que en los próximos años, el gobierno de turno se limite a negar la existencia del problema, a aumentar las inversiones en materia de subsidios y subvenciones y a seguir regularizando inmigrantes aun cuando nuestro mercado laboral sobresaturado no podrá integrarlos –en el supuesto de que lo pueda hacer alguna vez- según los más optimistas hasta 2021 y según los más pesimistas hasta 2025… Esta es, pues, la historia de un despropósito y de sus cuatro fases.

I. El período franquista (1960-1982)

Si durante los años del franquismo el desarrollo español hubiera sido más temprano (se inició realmente en 1960 y todo lo anterior no fue más que intentos de supervivencia y esfuerzos –a menudo frustrados- por salir de la miseria) y más sólido (los tres pilares de nuestra economía entre 1960 y 1973 fueron construcción, turismo y envío de remesas por parte de nuestros inmigrantes en el exterior), España jamás hubiera pactado unas condiciones perjudiciales para sí misma durante la negociación con la UE y los flujos migratorios hubieran podido ser mejor regulados y absorbidos más fácilmente por nuestro mercado laboral. Por eso es importante tener en cuenta el origen del problema: el modelo económico de desarrollo –erróneo en nuestra opinión- que se construyó en los años 60.

Fue en 1960 cuando podemos considerar que arranca el desarrollismo. Ese año el gobierno liberalizó el comercio exterior, el nivel de vida se elevó considerablemente y la producción industrial aumentó espectacularmente; el sector “secundario” pasó a abarcar un 30% de la economía del país. En 1960 era ya evidente que nos encontrábamos en una situación muy diferente a la de 1951 (la guerra, por entonces había terminado doce años antes pero sus consecuencias seguían experimentándose dramáticamente)…

En 1945 una mala cosecha hizo que reapareciera el peligro del hambre. Nuestra renta per cápita estaba por los suelos y la de 1951 equivalía en todo a la de 1913 en donde 513 pesetas de ese año equivalían a las 7.000 de entonces. Entre 1939 y 1951 no hubo impulso económico sino, como máximo, economía de subsistencia. Y en el período que abarca de 1951 a  1960 el crecimiento es lento, irregular, inconstante y poco evidente. En realidad, España vivió entre 1939 y 1959 veinte años de soledad y autarquía económica. Las barreras aduaneras eran casi insuperables, lo poco que se importaba y exportaba se había por cupos y estos estaban sometidos a una corrupción de la que se hablaba poco pero que todos sabían que existía.

En los años 50, España seguía teniendo un perfil rural y la mitad de la población vivía en el campo. Medio siglo antes eran dos tercios de la población los dedicados a actividades agrícolas y ganaderas, pero entre 1965 y 1970 ese porcentaje disminuyó hasta un tercio de la población. Nuestro gran período fueron los años 60: entonces si que pudo hablarse de despegue económico. El consumo y el nivel de vida aumentaron hasta el punto de que cuando se llegó a 1970, nuestra renta per cápita había alcanzado los 820 dólares (cuando se consideraba que más de 400 era un síntoma de desarrollo. Ciertamente, el sector primario en 1969 abarcaba el 15%, mientras que en Europa oscilaba entre el 3 y el 9%, pero esto indicaba solamente nuestra situación en el concierto de las naciones europeas: estábamos por detrás de Francia, el Reino Unido y Alemania y ocupábamos una posición intermedia entre Italia a un lado y Grecia y Portugal a otro.

A lo largo de los 60 nuestra producción de frigoríficos aumento catorce veces y la de coches lo hizo nueve veces. Entre 1960 y 1966 se duplicó la producción de acero. Era el resultado de las medidas liberalizadoras de nuestra economía aprobadas en consejo de ministros el 30 de julio de 1959 y que afectaron a 1/3 de nuestro comercio exterior. Se importaron materias primas (especialmente hidrocarburos, siderurgia y productos químicos), bienes de equipos y alimentos. Las exportaciones sin embargo crecieron poco, apenas productos del campo (frutos secos, vino, aceite y hortalizas), pero muy pocas manufacturas. Las pocas que se producían no eran en absoluto competitivas, hacía falta tecnología e inversión y no había ni de lo uno ni de lo otro. Todo esto hizo que aumentara el déficit de la balanza comercial. En 1963 eran 1.219 millones de dólares y en 1970 habían llegado a los 2.337.

Si el desarrollo económico español fue viable se debió a tres factores que, en cierta medida han seguido estando presentes en nuestra historia económica reciente: de un lado el turismo hizo que afluyeran divisas suficientes como para compensar la balanza de pagos. De otra, casi dos millones de españoles habían marchado al exilio económico y enviaban cada mes remesas de dinero en divisas a nuestro país (como ocurre hoy en sentido inverso con los inmigrantes que envían caudales a sus respectivos países siendo en varios de ellos –Ecuador y Marruecos especialmente- la primera o la segunda fuente de ingresos de esos Estados. Finalmente la recepción de inversiones extranjeras garantizó un nivel aceptable y acelerado de desarrollo. No solamente el déficit fue cubierto, sino que aumentaron las reservas de oro y de divisas. A lo largo de los años 60 estas reservas se habían sencillamente duplicado.

El turismo, desde luego, fue nuestro gran invento y desde entonces ha quedado fijado a la economía española en un puesto preferencial. Solamente en 1961 los ingresos por turismo habían compensado el déficit comercial. Así que podíamos estar moderadamente tranquilos. En 1970 los ingresos por turismo habían sido 1680 millones de dólares que cubrían el 81% del déficit comercial. Por delante solamente teníamos a un país en número de pernoctaciones turísticas: Italia. Pronto la superaríamos. A pesar de que fueran las suecas quienes se llevaron la fama, la mayoría de los turistas que llegaban a nuestras playas procedían del Reino Unido, Francia y Alemania, venían en torno a 1.000.000 de norteamericanos peregrinando por los sanfermines y las ferias taurinas y 800.000 escandinavos que se dejaban notar en nuestras playas. Entonces eran menos… pero dejaban más. Pronto nos convertimos en la meca turística de la clase media europea.

La emigración también aportó lo suyo. En 1966 teníamos a 1.800.000 trabajadores sudando fuera de nuestras fronteras. Su perfil era el de un obrero de entre 20 y 40 años que estaba entre dos y tres años trabajando en Alemania, Francia o Suiza para regresar luego con fondos suficientes con los que levantar un pequeño negocio o, simplemente, comprarse un piso. El fenómeno alcanzó relieve en 1960 y cuatro años después, muchos de los que se habían ido ya estaban volviendo. Esa nueva emigración era radicalmente diferente a la que se había conocido hasta entonces. Si exceptuamos el período entre 1936 y 1945 en donde no hubo inmigración de ningún tipo, a parte de la forzada por cuestiones políticas, en 1950 empezaron de nuevo los flujos migratorios hacia Iberoamérica (50.000 al año), y solamente fue a partir de 1960 cuando se empezó a sentir la tendencia a emigrar a Europa (y a disminuir las fugas hacia Iberoamérica). De hecho, la emigración de españoles fue una de las resultantes del Plan de Estabilización de 1959. El propio gobierno facilitó y estimuló el fenómeno.

Finalmente, la inversión extranjera que en el período autárquico había quedado limitada (la ley de 24 de noviembre de 1939 limitada al 25% la participación extranjera en empresas españolas) se amplió en 1950 hasta el 50% y aumentó especialmente a partir de 1961. Necesitábamos inversiones en el sector turístico para afrontar una creciente demanda y también necesitábamos inversiones directas en empresas. Llegaron capitales de Alemania, Francia Inglaterra, Suiza y EEUU (184 millones de dólares en 1965… lo que apenas suponía el 1,3% de la inversión norteamericana en Europa). Fruto de estas inversiones fue el impulso dado a algunas empresas (Barreiros y Altos Hornos, por ejemplo).

España estaba cambiando. Entre 1870 y 1970 la población del país se duplicó (de 16 millones de habitantes a 33). En 1952, cuando nació el que suscribe estas líneas, nuestro índice de natalidad superaba en un 10% al de mortalidad. La mortalidad infantil empezó a descender a partir de mediados de los años 50 y la población fue creciendo… como también crecieron sus necesidades de consumo. Y, como se sabe, en Europa al menos, el crecimiento de la población es un estímulo para el crecimiento subsiguiente del capitalismo.

Éramos y somos un país desequilibrado demográficamente: una parte importante del centro estaba despoblado (provincias como Guadalajara, Soria, Cuenca, Teruel o Huesca tenían una densidad de población de apenas 20 habitantes por kilómetro cuadrado), a parte de Madrid (que absorbía un 10% de la población total del país a finales de los 50 (33 millones de habitantes), las ciudades de mas de 500.000 habitantes se situaban en la periferia costera.

Peor estaban las cosas en materia educativa: en 1965 apenas había en todo el país 13.687 ingenieros y ese año 22.000 reclutas que ingresaron en el ejército eran completamente analfabetos. Nuestro sistema educativo era insuficiente y nuestro tejido de profesionales técnicos y científicos extremadamente tenue. Un tercio de la enseñanza primaria estaba en manos de las órdenes religiosas en 1968. Ese año el 16% de los niños de 6 a 13 años estaban sin escolarizar y otros 770.450 tenían una escolarización muy deficiente. A pesar de que el II Plan de Desarrollo proveía crear más de medio millón de nuevas plazas escolares, ese objetivo seguía siendo pobre.

*     *     *

De todo esto se deduce un panorama en el que convivían dos “Españas” la desarrollada y la del subdesarrollo. Había en todo esto un problema “histórico”. El capital disponible en España se había orientado hacia sectores de muy baja productividad (construcción, turismo y especulación) y la clase dirigente no había asumido el mismo papel que la burguesía en el pelotón de cabeza de Europa. Y en eso seguimos cuarenta años después.

El problema del capitalismo español era endémico y nuestros problemas no venían ni de la República ni del franquismo. A éste último, como máximo, se le puede responsabilizar el que intentara recuperar el tiempo perdido por la vía de la planificación, el autoritarismo y el sacrificio de las libertades políticas. En todos los terrenos de la economía, nuestro país había ido acumulando unos retrasos espectaculares. A pesar de ser un país, en la época, eminentemente agrícola, nuestro sector primario estaba inadecuado para la producción en los años 50.

A mediados del siglo XIX, antiguos ganaderos favorecieron el impulso cerealista que se vivió en la época, pero hasta mediados del siglo XX existió muy poca mecanización para facilitar las tareas del campo. Además, nuestra sociedad rural mantuvo hasta hace poco estructuras sociales que no eran sino reminiscencias del antiguo régimen. Solamente distintas oleadas de inmigración a la ciudad rompieron esta tendencia: el campo empezó a despoblarse y en apenas tres décadas precisaría mano de obra, pero ésta parecía no encontrarse ya en el país sino que se prefirió recurrir a mano de obra de importación.

Peor iba la industrialización que se había iniciado en Catalunya en la segunda mitad del siglo XVIII con la industria del algodón y la aparición de la Compañía Catalana de Hilados de Algodón. La burguesía de aquella región empezó a demostrar actitudes para ir de capital industrial del Reino. La fábrica de tejidos que se instaló en Guadalajara, en cambio, resultó un fracaso. Afortunadamente, el edicto de 1771 confirmó las tendencias proteccionistas prohibiendo la entrada en España de textiles extranjeros. Solamente fue en la segunda mitad del siglo XIX cuando aparecieron los polos industriales modernos. En Bilbao se aprovechó la presencia de mineras muy bueno de hierro para establecer hornos Bessemer en 1856 que en 1899 lograba exportar 9.500.000 de toneladas de mineral. Se pactó con Inglaterra el cambio de mineral de hierro por carbón. Otro tanto ocurrió en Asturias al iniciarse la explotación de minas de carbón.

A partir de 1891 se produce el enfrentamiento histórico entre grandes industriales catalanes y vascos y grandes propietarios agrícolas castellanos y andaluces, al intentar restaurarse un severo proteccionismo que se agravó con la pérdida de las colonias. El mercado nacional era todavía débil la concurrencia limitada y existía un enfrentamiento con el proteccionismo. No eran, desde luego, las mejores condiciones para lograr el desarrollo económico de nuestro país.

El desarrollo industrial se apoyó en Bancos propiedad de familias muy ricas a la vista de que el ahorro de las empresas y de las familias era casi inexistente. Aún en 1965, esa situación apenas había variado. Los bancos, ese año proporcionaban los dos tercios del crédito. Los bancos (el Bilbao, el Vizcaya, el Hispano, el Banesto y el Central) dominaban el mercado de capitales y, por tanto, controlaban amplios sectores de la industria. Los diez mayores monopolios representaban el 45% del capital de las 150 empresas nacionales mayores, pero sólo el 35% de sus beneficios. Pero los bancos españoles eran todavía pequeños en el contexto internacional. El primer banco español estaba situado en el puesto 70 en el ranking internacional. Nuestras empresas eran minúsculas: la francesa Rhône Poulenc del sector de químicas era tan grande como las 14 empresas del sector que existían en ese momento en España. Existió un régimen capitalista en esa época (1960-1983) pero hasta 1975 fue escuálido.

La autarquía que irrumpió entre 1939 y 1959 empeoró todavía más la situación. En 1960, la gran polémica en España era entre partidarios y contrarios al proteccionismo. Cuando ganaron estos últimos, buena parte de las empresas que se habían construido (y que se levantarían en la próxima década) no eran competitivas ni técnicamente estaban a la altura. No solamente la producción de mercancías estaba a mínimos en relación con Europa (por lo menos hasta 1960), sino que la circulación de esta producción constituía un verdadero martirio. La red ferroviaria era insuficiente. Las carreteras de muy mala calidad. Y en cuanto al parque de camiones baste decir que en el Benelux había diez veces más que en España y, para colmo, más modernos. No había capital ni recursos para que el Estado fomentara un programa de obra pública con envergadura suficiente como para compensar el atraso consuetudinario. Y este no llegaría hasta la muerte de Franco y con el inicio de la transición cuando se comprobó que, efectivamente, España se encaminaba hacia una democracia formal aceptable para los países del entonces Mercado Común Europeo.

La situación de los ferrocarriles fue particularmente preocupante hasta los años 60. La red radial beneficiaba al centro pero perjudicaba a la periferia y ayudó a que se agudizara la diferencia sociológica entre el interior y la costa: mientras que esta cada vez se poblaba más, el centro (salvo Madrid) tendía justo a lo contrario. En 1849 se inauguró el ferrocarril Barcelona-Mataró y en 1901 existían 13.168 km construidos que en 1966 solamente habían crecido hasta 18.200 km. Lo peor no solamente era que el ferrocarril creciera poco, sino que el que existía estaba abandonado. En 1940 había traviesas de madera que tenían ya 50 años de antigüedad con la inseguridad que esto conllevaba. Incluso después del período de crecimiento 1960-70, en 1969 el nivel del tráfico español de mercancías era de 7.886 millones de toneladas lo que apenas suponía un 15% del que tenía lugar en Francia, lo índice el nivel de nuestro atraso en esta materia. Si bien en los años sesenta aparecieron nuevos modelos de ferrocarriles (el Taf, el Talgo, el Ter), en 1970 íbamos muy por detrás de cualquier país europeo e incluso había regiones como Extremadura prácticamente aisladas.

Nuestras carreteras no iban mucho mejor, sin embargo nuestro parque de automóviles es lo que mejoró con más celeridad como muestra del consumismo de los 60. Si en 1955 corrían por nuestras carreteras apenas 233.000 vehículos, en 1965 ya eran 1.900.000 y en 1970 habían llegado a 4.000.000. Los vehículos crecieron a más velocidad que la red de carreteras. No es raro que el II Plan de Desarrollo dedicara la mitad de los fondos públicos a mejorar las carreteras. El Plan Nacional de Autopistas preveía que para 1975 existieran 500 km de peaje y los primeros km solamente se inauguraron en Barcelona en 1979 y 1971-72. En 1967 el Plan de Renovación de Carreteras preveía la construcción de 5.000 km nuevos. Pero las carreteras secundarias hacía años que no se habían renovado. Nuevamente era la falta de financiación lo que retrasaba proyectos que los tecnócratas del régimen habían diseñado sobre el papel pero que eran inviables a la vista de la realidad económica del país.

Tampoco en los transportes marítimos estábamos en los años 60 mejor situados a pesar de que en 1966 un tercio de las importaciones se transportaban en barcos españoles. Había muchos puertos pero de poco tráfico y de muy primitivos equipamientos. Cinco de los grandes puertos estaban en el Cantábrico mientras que el petróleo entraba por Tenerife, Cartagena y Huelva y las mercaderías secas por Bilbao y Barcelona. En 1969 nuestra flota era la catorceava del mundo con 3.330.000 toneladas. Había muchos barcos… pero demasiado viejos. En 1963 el 38% de nuestros barcos tenía más de 25 años (por un 6’7% en el mundo desarrollado). A partir de 1960 se dio un fuerte impulso a la construcción naval que facilitó el que en 1967 los barcos mayores de 25 años hubieran descendido al 17’6% y los que tenía menos de 5 años pasaron a ser el 34%. Pero existían demasiadas empresas navieras y astilleros y era evidente que no todos eran competitivos.

La minería era escasa a pesar de que España había sido desde el Imperio Romano considerado como un país minero. Se extraían 15 millones de toneladas en 1967 suficientes como para cubrir las necesidades del país. Pero ese carbón era de mala calidad y las minas eran de difícil explotación. Esto hacía que solamente pudieran emplearse como combustible en plantas térmicas. Después de los años de proteccionismo se estabilizó la producción y en los años 60 hubo que cerrar muchas minas por ser antieconómicas. Por otra parte cada vez hubo que soportar más la competencia de América y África.

Nuestro talón de Aquiles para la era industrial era el petróleo. No teníamos y las explotaciones que se iniciaron en Ayoluengo y luego en La Rápita o las pizarras bituminosas de Puertollano no lograron jamás autoabastecernos. En 1960 la distribución de carburante era mediocre y la capacidad de refinado no cubría las necesidades, pero en los diez años siguientes la incorporación de nueve plantas consiguió un fenomenal salto adelante pasando España a abarcar el 1% del refinado mundial.

En el sector de la electricidad es donde recuperamos el tiempo perdido. Hasta mediados de los años 50 seguían produciéndose “restricciones” eléctricas. Sin embargo, en 1970 se producían 56.486 millones de kilowatios lo que suponía el triplicar la producción de 1960. El éxito se había conseguido gracias a una política racional de embalses. No solamente se producía electricidad sino que se facilitaba la irrigación de los campos. Siguió utilizándose hulla de baja calidad para las centrales térmicas y empezó a utilizarse la energía nuclear pues, no en vano, existían minas de Plutonio en España. En 1970 se inauguraron las centrales de Zorita, Garoña y Vandellos y nuestro país pudo exportar energía eléctrica a Francia (a la inversa  de lo que ocurre hoy).

El panorama de nuestra industria era miserable en 1950 y siguió siéndolo hasta 1960. A partir de ese momento se produce una recuperación que durará a lo largo de toda la década. En 1970 las perspectivas eran insuficientes pero mucho mejores. Ese año nuestra producción era modesta (4.122.000 de toneladas de fundición y 7.386.000 de toneladas de acero). En este terreno éramos la octava potencia europea. Pero no era suficiente: la falta de acero era el primer obstáculo con que se enfrentaba nuestra industria. Además, la productividad en siderurgia era bajísima: en 1962 un obrero español producía 429 toneladas de acero mientras que en Europa ese mismo obrero producía 12075 toneladas. Esta diferencia no se debía a falta de cualificación de nuestros trabajadores sino a atraso tecnológico de los altos hornos generada por la autarquía que existió hasta 1959 y que la tecnología nacional no estuvo en condiciones de superar.

En 1966 el 33% de la producción de carbón y acero y el 50% de laminados eran producidos por empresas integrales que se habían polarizado en zonas geográficas: en Asturias y en la ría del Nervión, en Santander y en Sagunto. Existían tres grupos: Ensidera, propiedad del INI, creada en 1950 y que veinte años después producía 2,14 millones de toneladas de acero; Uninsa, creada en 1965 con capital Krupp, producía 359,999 toneladas de fundición y 400.000 de acero; y, finalmente, Altos Hornos de Vizcaya, líder del sector hasta 1970, con una producción de 1.700.000 toneladas en factorías instaladas en Sestao y Baracaldo, propiedad de United States Steel. Era algo, pero era poco y lo que es peor: no era suficiente para cubrir siquiera las necesidades manufactureras de nuestro país.

En el sector de químicas ocurría otro tanto: si bien a partir de los Planes de Desarrollo el sector fue creciendo y se mostró excepcionalmente dinámico, a pesar de que sus exportaciones eran mínimas. La producción de abonos era quizás donde éramos más competitivos. El sector era uno de los que habían recibido más capital extranjero, esencialmente norteamericano, pero trabajábamos con patentes extranjeras y no existía investigación suficiente para elaborar nuevos productos.

Las cementeras a partir de 1960, cuando se liberó el comercio y empezó el furor constructivo, crecieron desmesuradamente entre 1963 y 1970 (266 kg per cápita en 1963, 405 kg en 1966 u 506 en 1970). El volumen total de producción era de 5.000.000 de toneladas en 1960 que se habían multiplicado por 3,25 en 1970. Era mucho –y el auge de las cementeras auguraba lo que iba a ocurrir treinta años después cuando el modelo económico español era altamente tributario de la construcción- pero se trataba de uno de los sectores más conflictivos. El cemento era ya en aquella época, muy sensible a las oscilaciones del mercado y resultaba complicado transportarlo.

Hasta aquí las cifras de nuestra industria. Entre 1960 y 1970 España había experimentado un auge económico y había emprendido la vía del despegue. Estábamos más cerca del desarrollo pleno que del subdesarrollo (a diferencia del período comprendido entre 1939 y 1959), pero las bases productivas de nuestro desarrollo en lo relativo a industrias básicas eran todavía muy débiles.

Otro tanto podía decirse de la industria de transformación y pesca. Esta industria manufacturera se desarrolló más rápidamente que las industrias básicas entre 1960 y 1960. Solamente había un excepción: la industria del automóvil, la más sensible a las fiebres consumistas. Se trataba de un sector protegido. La Empresa Nacional de Autocamiones (Enasa) dependiente del INI, ocupaba un 13% en la producción nacional de vehículos en 1970 y estaba asociada a Britsh Leyland que poseía una cuarta parte de las acciones. Los astilleros en 1966 estaban al nivel de Francia y nos situaba en el noveno lugar mundial. Cuatro años después la producción se duplicó. Para esa época el 50% de los barcos botados eran petroleros. Existían astilleros en la ría del Nervión, en Cádiz, en El Ferrol, en Cartagena, en Santander, en Vigo, en Valencia, la Maquinista Terrestre y Marítima en Barcelona, Barreiros y Barckock & Vilcox en el País Vasco, etc. Los astilleros y la producción naval eran nuestros pulmones en materia de exportaciones desde mediados de los años 60.

La obra pública recibió a partir del I Plan de Desarrollo un impulso decisivo siendo a mediados de los años 60 el sector que daba trabajo a un mayor número de obreros: algo más de 1.000.000 entre 1965 y 1969, en torno al 8,8%. A lo largo de esa década la inversión pública en construcción pasó del 20% al 38%. El sector de la construcción estaba dominado por grandes empresas con capital extranjero. Si España era un destino atractivo para inversiones de este tipo se debía a causa de lo barato de la mano de obra que procedía del entorno rural y tenía escasa cualificación. La vivienda de protección oficial experimentó un crecimiento inusitado cada vez mayor a medida que nos aproximábamos a 1970. Ese año estaban terminadas 187.000 viviendas de protección oficial, se habían iniciado otras 279.000 y estaban en fase avanzada de construcción 441.137 más.

Fue aquella la gran época de las industrias del consumo. La textil catalana por ejemplo producía en 1969 115.352 toneladas de hilados de algodón, 107.726 toneladas de hilado de tejidos y 35.000 toneladas de fibras sintéticas que en aquel momento causaban furor. Pero la industria tenía sus problemas: había pocas materias primas para procesar lana y el algodón era demasiado caro. Así que había que importar del extranjero. En cuanto a las fábricas de fibras artificiales trabajaban con patentes extranjeras. Además existían demasiadas factorías. El I Plan de Desarrollo reguló el sector, destruyendo 500.000 husos y 20.000 telares.

En lo que se refiere al automóvil, aquellos fueron también grandes años. Era, sin duda, la industria más expansiva. En 1966 esperó en un 177,8% las previsiones del Plan de Desarrollo. Y en 1970 ocupábamos el octavo lugar en el mundo de producción de vehículos con 450.000 unidades salidas de nuestras fábricas. SEAT fue la gran apuesta. Esta empresa penetrada en un 36% por la FIAT, había sido fundada con capital estatal en 1952. La FASA Renault en Valladolid, y la Citröen en Vigo, Morris en Pamplona y SIMCA-Chrysler en Galicia contribuían al dinamismo del sector. El Estado aprovechó la fiebre de la compra de vehículos para gravar el automóvil con un impuesto que supuso en 1965 el 15% de los ingresos del Estado. Dos años después el mercado daba los primeros síntomas de saturación y en 1970 se fabricaron 400.000 turismos que seguían sin ser suficientes para cubrir el consumo nacional.

El sector, a pesar de su impulso y dinamismo no estaba exento de problemas. Los vehículos nacionales eran todavía caros, era imposible exportarlos al extranjero (sólo se hacía en un 1% de la producción). Dado que era inevitable proceder a exportaciones, el gobierno protegió a la industria nacional grabando los vehículos llegados del extranjero con unos derechos de aduana que suponían el 57,3% del precio total. Además, si bien es cierto que se fabricaban muchos vehículos en España, no es menos cierto que una parte sustancial de los componentes se hacía con patentes extranjeras. Aquello debió hacernos reflexionar y entender que era preciso proceder a la investigación de patentes propias. Pero en España todavía se repetía el unamuniano “que inventen ellos”.

Otro de los sectores que experimentó más auge en la industria manufacturera fue, por supuesto, la producción de electrodomésticos y televisores. Hasta 1955, en España no se producía ni una triste nevera eléctrica. Fue a partir de entonces cuando se inició el despegue de esta industria que dos años después conseguía producir la ridícula cifra de 15.000 unidades. En 1960 ya se habían alcanzado los 100.000 televisores anuales. Y cinco años después la cifra se había multiplicado por cinco. Al acabar la década de los 60, en este terreno con 162 monitores por cada 1.000 habitantes, ya nos acercábamos a los niveles de consumo de Francia (185 monitores por cada 1.000 habitantes) y Francia (249 monitores por cada 1.000 habitantes). Pero había poca liquidez, así que el 90% de los televisores se compraban a crédito. Para las familias trabajadores el acceso al monitor y al pequeño utilitario fue una forma de despertar al consumo.

Nuestra pesca en 1966 iba de maravilla. Habíamos duplicado las capturas en los últimos diez años y nos encontrábamos a la cabeza de Europa y en sexto lugar mundial. En 1970 habíamos llegado a 1.500.000 de toneladas de capturas. Este éxito se debía a la renovación de la flota pesquera operado a partir de 1961 y a las subvenciones recibidas por el sector. Solamente entre 1965 y 1966 se botaron 25.229 toneladas de buques pesqueros y en 1970 el sector daba trabajo –tiempos aquellos- a 100.000 pescadores (hoy da trabajo justamente a la mitad…)

El cambio que tuvo lugar en la agricultura durante los años 60 fue espectacular. España hacia finales de la década anterior había dejado de ser una nación agrícola y en 1970 un tercio de las exportaciones eran agrícolas y apenas un tercio de la población se dedicaba a la agricultura que representó un sexto del PIB de aquel año.

En 1959 las exportaciones agrícolas eran la primera fuente de divisas y representaban el 17,2% de los ingresos globales. Iban destinadas fundamentalmente a los países del Mercado Común Europeo y de ellas casi dos tercios eran naranja. Ese mismo año, por raro que pueda parecer, se empezó a exportar productos agrícolas al Este europeo. En 1968 se había conseguido que 121.000 toneladas de plátano entraran en el Reino Unido y Suecia. En 1970 Italia se configuró como la primera compradora mundial de nuestro aceite que volvía a refinar y exportaba a EEUU. De 1860 a 1970 el objetivo nacional en agricultura fue autoabastecerse de trigo y leguminosas, que con el pescado y el arroz eran la base alimenticia del país. Pero a partir de 1970 no se pudo mantener ya la demanda interior a la vista del aumento del nivel de vida y hubo que proceder a la importación de maíz.

La mecanización de nuestros campos había sido lenta. En 1959 solamente existían 50.000 tractores y 4.000 cosechadoras que se triplicaron en 1965 cuadruplicando las cosechas ese año. En 1970, se consiguió que el parque de tractores subiera a 260.000… justo la mitad de lo que era necesario para garantizar una producción suficiente. También el consumo de abonos nitrogenados se disparó entre 1964 y 1970, mientras que en ese mismo tiempo se triplicaban los abonos potásicos y se duplicaban los fosfatados.

Las instituciones oficiales de crédito impulsaban este crecimiento. Los bancos de Crédito Agrícola y del Crédito Hipotecario, así como el Instituto Nacional de Colonización realizaron un esfuerzo extraordinario cuyos resultados estaban a la vista. En apenas 10 años, de 1960 a 1970, nuestra agricultura experimentó un tirón como nunca antes lo había hecho. Sin embargo, el campo español tenía una serie de problemas consuetudinarios. Menos del 20% de los propietarios poseían dos terceras partes de la tierra cultivable. El latifundio con bajos niveles de explotación lastraba nuestra producción agrícola. A diferencia de otros países europeos, en España la posesión de amplias extensiones era una forma de acumulación de riqueza y así se operó desde los tiempos de la Reconquista al sur del Tajo hasta mediados del siglo XX. Sin embargo, la mala distribución del agua, el minifundismo y su contrapartida el latifundismo constituían los hándicaps históricos del sector. Era el momento de hacer una reforma en profundidad que eliminara el problema que se empezaba a adivinar en aquellos momentos: el abandono del campo por parte de las nuevas generaciones. Para ello había que mecanizarlo, abrir líneas de créditos blandos, aumentar la producción y las exportaciones, proceder a políticas de cooperativismo y concentración parcelaria, y así se hubieran evitado tanto el abandono del campo como la llegada masiva de inmigrantes a partir de 1996, como los salarios de subsistencia que proliferaron a partir de entonces.

En 1950 ya era evidente que se estaba produciendo un creciente despoblamiento de las zonas rurales a las urbanas: nadie hizo nada para detenerlo, sino que se estimuló. Y así sucedió que en 1950 la agricultura absorbía al 47’5% de la población activa, pero diez años después, esta cifra había descendido hasta el 39’7% y en 1970 se había contraído hasta el 27,9%. Si se pudo mantener e incluso aumentar la producción fue gracias a un esfuerzo de racionalización. Veinte años después, la población activa residente en zonas agrícolas se había reducido al 9,8% y esta actividad apenas ocupaba un 9,8% de nuestro PIB.

Entre 1900 y 1960, los terrenos de regadío habían crecido poco e iban muy por detrás de las necesidades alimentarias del país. La creación del Instituto Nacional de Colonización en 1939 y la “reforma agraria” que acometió mediante una política de concentración parcelaria avanzaron muy lentamente y fue solamente gracias a la política hidráulica que mejoró algo la situación. Los latifundios, con todo, no se tocaron. Una ley de 1953, preveía la expropiación de tierras sin cultivar o mal cultivadas. Como quien oye llover. En 1970 no se había producido todavía expropiación alguna…

Esta era la situación de nuestra economía durante el franquismo. Podemos establecer, a partir de ahora algunas constantes: una parte sustancial del esfuerzo de desarrollo se basó en el turismo, lo que implicó urbanizar amplias zonas de la costa mediterránea y de las islas Canarias. Eso generó un importante esfuerzo del sector de la construcción que demostró ser uno de los que garantizaban mayores beneficios en el mejor tiempo. Así mismo, la política gubernamental de creación de “casas baratas” o viviendas de protección oficial generó un nuevo impulso para la construcción que se contagió inmediatamente al sector de la vivienda pública. Turismo, política social del franquismo y furor consumistas generaron un impulso constructivo desproporcionado y sin medida con ningún otro país europeo.

Esa fue nuestra mayor desgracia (los ciclos de la construcción son para amplias franjas de trabajadores especializados en sus distintos oficios pan para hoy y hambre para mañana) porque determinó nuestro futuro en las décadas siguientes y precipitó el desinterés de los distintos gobiernos para formar profesionales cualificados en cualquier otra área que no fuera el construcción. Lo mismo ocurría en el sector turístico en donde para cubrir los nuevos puestos de trabajo que se iban creando no era preciso gente joven con un alto nivel educativo y una preparación técnica, sino apenas mano de obra capaz de abrir una botella con una mano, llevar de la cocina a la mesa platos de tapas, limpiar hoteles, etc. Durante el tiempo en que España tuvo ambiciones de convertirse en una potencia industrial –hasta mediados de los 90- la formación profesional ocupó un lugar privilegiado en la formación de los jóvenes (baste recordar la importancia que el franquismo atribuyó a este ciclo formativo), pero a partir de la reconversión industrial y mucho más desde 1996 cuando Aznar enunció su modelo económico, ya no tenía mucho sentido formar profesional, técnica y culturalmente a jóvenes… sino simplemente ponerlos a trabajar lo antes posible como peones en los sectores “punteros” (construcción, turismo y campo). A partir de ese momento se produjo una degradación progresiva de nuestro sistema educativo y una negligencia por parte de la clase política para invertir el fenómeno. En cuanto a la enseñanza universitaria fue todavía peor: el Estado de las Autonomías hizo que todas las comunidades aspirasen a tener universidades provistas de todas las facultades posibles. En poco tiempo el número de graduados aumentó desproporcionadamente pero siempre descompensados a raíz de la absurda partición de las enseñanzas de bachillerato a partir de los años 80 en donde las carreras de “letras”, registraron un flujo masivo de estudiantes que, sobre todo, no querían cursar nada que  ver con las “matemáticas” durante la EGB y que se orientaron hacia las carreras que consideraban más fáciles… y que, en cualquiera caso, eran las que registraban menor demanda laboral y tenían menos que ver con el desarrollo económico. Pero ni siquiera entre los salidos de facultades de “ciencias” se generaron puestos de trabajo suficientes para absorberlos. Se creó, por tanto, era figura del “becario” que cada vez ocupa más espacio en la vida de un joven, los salarios se contrajeron al mileurismo y, para colmo, la contratación-basura se hizo habitual desde los últimos años del felipismo.

Lo ocurrido con el sistema de enseñanza y su degradación en los últimos 30 años no es sino la constatación de la falta de imaginación de un régimen que se ha resignado a vivir de los mismos sectores que ya estableció el franquismo como pilares del desarrollo: turismo y construcción… aceptando (como aceptó el felipismo y luego el aznarismo en los años en los que todavía se recibía masivamente fondos estructurales masivos de la UE). Con el paso de los años y con la irrupción de la globalización, el precio de la mano de obra de las manufacturas se fue abaratando y los países de Europa Occidental ya no estuvieron en condiciones de competir con los costes laborales que se estaban dando en los Países de Oriente (China y los “tigres asiático”) que, además estaban más cerca de la mayoría de materias primas utilizadas. España, a la que primero se le había amputado con la “reconversión industrial” sectores enteros de su economía, luego vio (en la segunda mitad de los 90 y durante todo el siglo XXI) como su sector industrial se veía implicado en una deslocalización masiva de plantas de producción, quedando únicamente como sectores clave de la economía el ladrillo y el turismo… que para abaratar los costes salariales precisaban importación masiva de mano de obra.

El problema, pues, no es nuevo: deriva de un capitalismo tardío, de la difícil situación de nuestro erario público entre 1939 y 1959, del escaso y poco sólido tejido industrial que existía en la época, de la falta de financiación, de las múltiples necesidades de desarrollo tecnológico (energía, comunicaciones, infraestructuras) que solamente pudieron desarrollarse parcialmente durante el franquismo a la vista de las restricciones para importar capitales que siempre existieron entre 1039 y 1975. Faltó financiación para industrias competitivas estratégicas, falto financiación para acometer un ambicioso plan de obra pública en un país que como hemos visto apenas disponía de una rudimentaria red de carreteras y ferrocarriles. Y, para colmo, el régimen político español era considerado en Europa como una dictadura y, en cualquier caso, como un régimen de facto que no tenía nada que ver con la democracia formal exigida a los socios del club europeo fundado a partir del Tratado de Roma de 1956. Así pues todo terminó siendo en esa época: turismo, construcción, industria incipiente pero limitada, proteccionismo, agricultura y poco más. Un modelo de desarrollo de bajo perfil, cada vez con menos ambiciones y que, finalmente, sería inviable en el tiempo de la desregulación y de la globalización. Tan sólo quedaba construcción y turismo. El riesgo había aparecido en 1960 pero nadie en los últimos 50 años se preocupó de enmendarlo, ni de rectificarlo, todo lo contrario: la quiebra real de nuestro sistema educativo hizo que la inmensa mayoría de nuestros jóvenes pasaran a ser empleados de estos dos sectores (sometidos a burbujeo cíclico), o bien mileuristas en precario, o bien parados de larga duración cuando ya la inmigración competía ventajosamente con ellos en puestos de trabajo.

© Ernesto Milà – infokrisis – http://infokrisis.blogia.comhttp://info–krisis.blogspot.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

El rostro de Breivik (y V)

5. Para lo que va a servir el crimen de Anders Behring Breivik: el contexto histórico

Desde hace 65 años, Europa Occidental está gobernada por partidos que llegaron en el furgón de los vencedores de 1945. Básicamente estos partidos respondían a dos características: en la izquierda, el tradicional movimiento obrero organizado en partidos socialistas, en la derecha las clases medias organizadas en partidos liberales, democristianos o conservadores. El sistema político de Europa Occidental se mantuvo firme desde entonces reposando sobre estas dos columnas: una de centro–derecha y otra de centro–izquierda. Con sus características propias, con sus etiquetas particulares, este sistema atravesó la Guerra Fría, llegó al efímero período de “fin de la historia” y se adentró en la era de la globalización.

Un largo recorrido en el que, en política internacional se pasó del bilateralismo al unilateralismo y hoy se encamina hacia el multilateralismo. Pero así como el tránsito del primero al segundo supuso una victoria de los EEUU sobre la otra potencia mundial, la URSS, el tránsito del unilateralismo norteamericano al multilateralismo no puede ser considerado sino como derrota del “imperio”. Y esa derrota es algo más que la de un país arruinado que soñó durante un breve período –de 1989/91 a 2008, es decir, de la victoria norteamericana en la guerra de Kuwait, paralela al hundimiento del muro de Berlín y del bloque soviético, hasta la llegada al poder de Obama que coincide con la segunda etapa de la crisis económica internacional originada en EEUU en junio de 2007– con ser la única potencia mundial: es la crisis de un estilo de vida, de una forma de Estado, de una concepción del mundo, de una forma económica, de un estilo de organizar los Estados en base a un sistema partidocrático, es, digámoslo ya, una crisis global. Todo lo que hemos visto hasta ahora puede ser considerado como el “viejo mundo”, la etapa que se abrirá en los años que seguirán –que se está abriendo ya ante nuestros ojos y que no vemos todavía porque hemos estado demasiado tiempo con los ojos acostumbrados a la oscuridad– será tan radicalmente diferente a la que conocemos que, en rigor, podemos llamarla el “nuevo mundo”.

Estamos, pues, asistiendo a la desintegración del sistema mundial, no de tal o cual régimen, sino de todo un sistema que cobró forma a partir de 1945 y que ha ido prolongando su existencia, mal que bien, desde entonces. Nuestra generación ha visto como caía uno de los puntales de ese sistema mundial, la URSS, pero todo induce a pensar –y no es un deseo– que veremos también como la potencia norteamericana se extingue y con ella un “nuevo orden” cobra forma. En el tránsito entre lo que se extingue hoy y lo que vendrá mañana se producirán los inevitables dolores del parto: un sistema se niega a desaparecer y utiliza para ellos sus peores armas, otro sistema pugna por nacer y al verse taponado genera períodos de tensión, por otra parte, el tránsito del unilateralismo al multilateralismo no se producirá sin tensiones internacionales extremas.

¿Qué está ocurriendo en Europa en estos momentos? Que las fuerzas sobre las que se mantenían los distintos regímenes políticos de Europa Occidental, están entrando en colapso.

En 1945 las fuerzas políticas y sociales que alumbraron el nacimiento de estos regímenes tenían la iniciativa: la clase obrera organizada en partidos de izquierda era fuerte en el momento en que Europa iniciaba su reconstrucción y, el centro–derecha era la única alternativa apoyada en las clases medias. El atraso secular de los países mediterráneos hizo que este esquema retrasara su aplicación casi 30 años, pero a partir de la caída de Marcelo Caetano en Portugal y de la muerte de Franco, que coincidió prácticamente con el fin de la dictadura militar griega, esta zona del sur también se “normalizó”.

A diferencia de la Europa del Este en donde el tránsito del estalinismo a las democracias formales todavía encuentra problemas de ajuste, en Europa Occidental los distinto regímenes nacidos en 1945 –o a partir de 1975– sufren otros problemas comunes y característicos: falta de representatividad democrática, ascenso de nuevas opciones políticas, crisis económica, corrupción de la clases políticas dirigentes y descenso de su nivel de calidad, incapacidad para resolver los efectos de la crisis económica, deriva partidocrática y plutocrática, imposibilidad de estabilizar un sistema mundial globalizado… En realidad, puede decirse que lo que ha ocurrido es que las fuerzas que eran hegemónicas en 1945 (tanto a nivel internacional como a escala de cada una de las naciones de Europa Occidental) están en crisis y ya no tienen la preeminencia respecto a su momento histórico.

1. “Beneficiarios” y “Damnificados” por la globalización

Socialmente, es posible dividir a la población entre “beneficiarios” y  “damnificados” por la globalización. Entre los primeros se encuentran solamente una élite extremadamente reducida de financieros especializados en operar con capitales internacionales moviéndolos de un lugar a otro del planeta, allí donde hay posibilidades de grandes beneficios, frecuentemente comprando deuda soberana. Esta élite financiera está presente en las bolsas y, desde allí, penetra a las industrias multinacionales, está presente en los grandes conglomerados bancarios, en las instituciones financieras internacionales e impone su política a los gobiernos. Es el poder real que está por encima del poder virtual de los Estados cuyos gestores temporales –las clases políticas– comen literalmente de sus manos. Entre los segundos se encuentran especialmente las clases trabajadoras, las clases medias, los jóvenes, los pensionistas, es decir, la inmensa mayoría de la población. Pues bien, son los primeros los que mantienen su hegemonía sobre los segundos. Ya no hay luchas ideológicas como en la postguerra, ya no hay luchas sociales como hasta finales de los setenta, ya no existen ni siquiera distintos planteamientos globales en el seno del sistema: hemos llegado al pensamiento único que expresa los intereses del capital financiero, sólo eso y nada más que eso.

Pero el sistema globalizado ha cavado su propia tumba y ha sido el artífice de su propia desestabilización.

La globalización, a fin de cuentas, no es más que un intento de optimizar los beneficios del capital a nivel mundial. Para ello era preciso producir más y más barato: no es raro que la deslocalización diariamente se lleve empresas a los países emergentes, por alejados que estén, para lograr el abaratamiento de sus productos, a pesar de que ese proceder es aventurero, irresponsable y efímero: el pico de Hubber que marca el fin de la era del petróleo barato y el inicio del ciclo de agotamiento del crudo, en apenas treinta años, hará que los precios de los fletes encarezcan el transporte desde China (la “manufactura del mundo”) hasta los consumidores; por otra parte, la deslocalización hace que disminuya inevitablemente el consumo en los países del antiguo Primer Mundo cuya disminución apenas es compensada momentáneamente por el abaratamiento de los productos. Los puestos de trabajo perdidos en el sector industrial no son compensados por bolsas de nuevos empleos: el mercado laboral en Europa, poco a poco, se va contrayendo, especialmente en países que se han quedado con un tejido industrial anémico o que han vivido de burbujas especulativas pero no de economía productiva (Portugal, España, Grecia, Italia, Irlanda). Y este es el gran problema…

… Porque la globalización es una autopista de doble dirección: por una parte, la que conduce a la deslocalización, pero también hay otra no menos lesiva para los intereses de Europa Occidental, la inmigración que arroja a grandes masas de población hacia Europa. El fin de la inmigración no es otro que el de arrastrar a la baja a los salarios con el fin de hacer más competitiva los productos producidos. El trabajo en economía liberal no es más que un valor de mercado sometido a las leyes de la oferta y la demanda: más oferta de trabajo, con una demanda decreciente, lleva inevitablemente a descensos salarias virtuales (estancamiento salarial más inflación supone un descenso real del salario percibido) o reales: entre 1999 y 2006 los salarios aumentaron el 3’7%... mientras que la inflación acumulada lo hacía 1,4% en 1998, 2,9% en 1999, 4,0% en 2.000, 2,7% en 2001, 4,0% en 2002, 2m6% en 2003, 3,2% en 2004, 3,7% en 2005 y 2,7% en 2006, lo que globalmente supone un 25,8%, es decir, que durante el período anterior a la crisis (tiempo de gran crecimiento económico–especulativo), el salario global en España disminuyó ¡una cuarta parte! Según el informe anual de 2007 de la OCDE [Employment Outlook, 2007] sobre la situación de la población empleada, que incluye los países económicamente más desarrollados del mundo, España es, de los 27 países, el único que ha tenido durante el periodo 1995–2005 un descenso del salario promedio. El único dato –no hay otro– que permite explicar este fenómeno es la llegada masiva de inmigrantes precisamente en los años de auge económico. Solamente hasta 2007, cuando se inició la crisis, España era el segundo país del mundo en recepción de inmigrantes y solamente detrás de EEUU (2), lo que equivale a decir que España con poco más de 40 millones de habitantes recibía solamente algo menos inmigración que EEUU con ¡ocho veces más población! Anuario de la Comunicación del Inmigrante de 2007 (3) preveía que en 2025 tres de cada diez conciudadanos –unos ocho millones– podría no haber nacido en España o ser hijos de padres extranjeros, un porcentaje que incluso superaría al del país europeo con mayor proporción de inmigración, Suiza, con un 20% de la población llegada del exterior. Otros países europeos con más tradición en llegada de inmigrantes están por detrás de España: Francia (con el 9,6% de inmigrantes sobre 63,4 millones), Alemania (con el 8,9% sobre 82,6 millones) y el Reino Unido (con el 8,1% sobre 60,6 millones). La propia secretaria de Estado de Inmigración, Consuelo Rumí, uno de los miembros del lobby socialdemócrata pro–inmigracionista reconoció que la inmigración «el fenómeno social más intenso que ha sufrido España en décadas»…. Y, en efecto, así es, no solamente en España sino en toda Europa Occidental.

Pues bien, la inmigración es precisamente lo que ha contribuido a decantar a amplias franjas de la sociedad europea hacia las filas de nuevas opciones políticas ante el fracaso de las tradicionales para afrontar el fenómeno. La inmigración, generada por la globalización con la intención de “uniformizar” el mundo, crear un mestizaje universal que aboliera diferencias, quebrara rasgos diferenciales y encajara mejor con el concepto “global” que le interesa defender (ese que convierte en damnificados a las mayorías y beneficia solamente a unos pocos), paradójicamente ha supuesto el trampolín para desestabilizar al sistema.

2.- Las fuerzas políticas del “sistema”: sin futuro

A finales de los años 70, las masas trabajadoras y los intelectuales empezaron a desertar de los Partidos Comunistas, éstos cometieron posteriormente el error de considerar a la inmigración como la “nueva clase obrera” y se lanzaron a una enloquecida carrera para incorporarla a su base electoral: el resultado unánime en toda Europa Occidental (en España, Portugal y Grecia, el fenómeno tardaría algo más en manifestarse) fue que ni los trabajadores europeos (con quienes la inmigración competía en el acceso a los puesto de trabajo y que convivía en sus mismos barrios) entendieron el mensaje sino que lo consideraron como un atentado contra sus propios intereses, sino que la mayoría de trabajadores inmigrantes jamás se sintieron interesados por la política de los países de acogida. Si a esto unimos el descalabro de la URSS, podemos entender el porqué hoy el comunismo es un mal recuerdo de otro tiempo.

En cuando al socialismo, a partir del Congreso de Bad Godesberg del SPD alemán en 1959, la nueva línea quedaba marcada para el centro–izquierda: se renunciaba a Marx y se aceptaba como incuestionable la forma capitalista, tan solo se intentaba corregir algunos de sus aspectos más extremistas introduciendo políticas de bienestar social. Amplias franjas de trabajadores y de clases mediantes se incorporaron a este proyecto que, con mejor o peor fortuna, ha prolongado su vigencia hasta el inicio de la gran crisis económica. A la socialdemocracia europea se le ha perdonado su corrupción consuetudinaria que se ha prolongado durante décadas, se la ha perdonado su ineficiencia a la hora de gestionar la res publica, se le ha perdonado que cada vez con más frecuencia cayera en prácticas partidocráticas y se le ha perdonado su humanismo–universalista que tenía más que ver con las directivas de la UNESCO que con cualquier documento de la izquierda clásica. Pero hay una cosa que las masas no han perdonado a la socialdemocracia: el que, cuando se ha producido la gran crisis económica, tomara partido por la banca, por el gran capital y la alta finanza y que, lejos de defender los intereses de las clases trabajadores hiciera justamente lo contrario.

Y ese error de cálculo ha puesto aún más de relieve el pecado histórico del centro–izquierda europeo: abrir las puertas a la inmigración masiva cuya presencia atentaba y muy especialmente contra los intereses de sus bases electorales. Estos dos elementos son precisamente (junto a la gran crisis económica) los que han entrañado la crisis del centro–izquierda y el fenomenal descalabro que la socialdemocracia ha sufrido en todo el continente en los últimos cinco años.

En cuanto a la derecha, su papel ha sido igualmente poco airoso. Desde 1999 los conservadores se vieron ganados por el neoliberalismo y fueron perdiendo sus signos de identidad para sumergirse en una loca carrera para demostrar quién era más “liberal”, quién proponía más medidas para empequeñecer el Estado, quien encontraba nuevas propiedades públicas que privatizar, y quien iba más lejos a la hora de desregular completamente la economía: cualquier otra consideración pasaba a segundo plano o simplemente desaparecía de los programas del centro–derecha. Aznar fue el paradigma de esta tendencia. Todo fue bien hasta que se desencadenó la crisis económica generada… por ese mismo liberalismo que demostró no ser la solución sino lo esencial del problema. En el momento actual –cuando la crisis cumple ya su cuarto aniversario– el centro–derecha está sumido en plena confusión: es incapaz de asumir soluciones “nacionalistas” y se obstina en aceptar la globalización y la economía liberal como destino ineludible de las naciones. Para colmo, ha permanecido perplejo ante el fenómeno de la inmigración y se ve incapaz de plantear políticas restrictivas limitándose allí donde tiene ocasión a practicar las mismas políticas que la izquierda marcadas por las palabras “integración”, “inmigración ordenada”, y poco más que, en la práctica, se han traducido en fracasos absolutos el más espectacular de los cuales es, sin duda, el de Sarkozy en la vecina Francia.

Hoy, los votos que recoge el centro–derecha se deben en gran medida al fracaso y a la inadecuación crecientes del centro–izquierda, no a sus propios éxitos, ni a la capacidad de movilización de sus temas de propaganda. El centro–derecha es cada vez menos percibido como alternativa al centro–izquierda, tan solo se le ve como la otra cara de la moneda. Su crisis de contenidos se palia momentáneamente gracias a su capacidad para incorporar, cínica y de manera desaprensiva, temas de actualidad a su programa (en la cuestión de la inmigración, por ejemplo) que entiende mal, sobre los que no tiene respuestas y que, una vez en el gobierno, no puede resolver. En cuanto al centro–izquierda, su incapacidad para resolver los problemas, su complicidad con el capitalismo y, consiguientemente, la traición a su electorado natural, deja poco espacio al optimismo sobre su futuro inmediato.

3. El ascenso de nuevas fuerzas políticas a derecha, a izquierda y transversales

Pero ni los votos perdidos por el centro–derecha suelen ir a parar al centro–izquierda, ni los de este sector político terminan en el otro. En realidad, lo que está ocurriendo en los últimos cuatro años es que los índices de abstención, voto en blanco y voto nulo están aumentando situándose globalmente en la mitad del electorado en países como España, unido a la aparición de nuevas opciones tanto a la derecha como a la izquierda, como en espacios políticos nuevos. En otros lugares ya hemos aludido a la formación de Die Linke, la izquierda alternativa alemana, o a la del Nuevo Partido Anticapitalista, o en España a la formación de un espacio alternativo de izquierdas todavía en fermentación en lo que ha sido llamado el movimiento de los “indignados” o Movimiento del 15–M. Luego, naturalmente, están los partidos antiinmigración que, a decir verdad, suelen ser transversales y asumen la defensa de las clases trabajadoras frente a la inmigración masiva. Están presentes de manera creciente en toda Europa.

Y ese es el riesgo para el sistema: que aparezca un nuevo espacio político ya no situado en el centro–izquierda y en el centro–derecha clásica, sino que suponga una nueva forma de radicalismo transversal irrecuperable a diferencia de la “nueva izquierda” (incluido el Movimiento del 15.M) que, a fin de cuentas no se conforma con los principios del humanismo universalista de la “vieja izquierda” sino que los quiere llevar a la práctica. Cuando la “nueva izquierda” llama a “otra globalización”, sigue defendiendo en la práctica un levantamiento mundial de fronteras similar el que ha construido la alta finanza y el capitalismo internacional, pero con el único añadido del humanismo... La “nueva izquierda” aspira solamente a ir más allá de la actual forma de globalización, mientras que la “nueva derecha” quiere ir más acá, a formulaciones nacionalistas que, como máximo permitan niveles de cooperación e incluso de federación entre países del mismo bloque económico: son los partidos populistas nórdicos o los partidos identitarios de Europa del Oeste o los partidos nacionalistas de Europa del Este. En todos estos el elemento antiinmigración está muy presente. Podría hablarse también de partidos liberal–populistas pero solamente haríamos alusión a Geert Wilders y los minúsculos grupos que se sitúan en Alemania en su estela.

En general estos partidos nacionalistas, identitarios o populistas –a diferencia de Wilders– no manifiestan posturas que induzcan a pensar en el mantenimiento del estatus de los EEUU en Europa después de 1945, más se muestran partidarios de opciones “neutralistas”, no evidencian ningún interés por mantener a sus países en la OTAN y mucho menos por seguir a los EEUU en sus aventuras coloniales; mantienen una cuota electoral a costa de defender las conquistas sociales de la postguerra y están poco interesados en salir en defensa de la banca y de la alta finanza. Europa les interesa sólo muy relativamente y, desde luego, no esta Europa construida sobre la base económica y cuyo techo ya se ha alcanzado y a la que sólo le queda decaer a causa de la insolidaridad creciente generada para acudir al rescate de socios en crisis. Desconfían de la globalización y ni uno de ellos ha salido en defensa de esa muestra extrema de neoliberalismo agresivo. Son anti-islámicos pero, a diferencia de Wilders, no se muestran muy predispuestos a salir en defensa del Estado de Israel y la iniciativa de “Eurabia” surgida a principios de la década anterior de las agregadurías de prensa de las embajadas judías en Europa no ha logrado mejorar prácticamente la imagen de este Estado en nuestro continente. En realidad, opinan que el Islam no tiene lugar en Europa y es contrario a los valores tradicionales del continente, pero mantienen silencio sobre lo que ocurra más allá de Gibraltar: cada país debe seguir una línea diferente conforme a su tradición, la democracia no florece en determinados pueblos. Se sienten distanciados de las calidades democráticas de los actuales regímenes europeos, y, desde luego, rechazan unánimemente la partidocracia y el régimen clientelar de corruptelas y nepotismos. Son críticos respecto a la marcha de la educación en Europa, rechazan los valores del mestizaje y hay en ellos un intento de volver hacia “valores nacionales”. Rechazan unánimemente –a diferencia de los partidos tradicionales– la incorporación de Turquía y la aproximación de Marruecos a la Unión Europea, en tanto que países islámicos, así que reconocen implícitamente que Europa es un “club cristiano”, aun a pesar de que todos ellos son partidos laicos y que defienden el laicismo. Laicos, no cristianos, no defienden una religión, pero si una moral. Es un espacio político en efervescencia del que resulta aventurado todavía decir hacia dónde puede dirigirse pero no es tanto percibir qué papel está jugando en estos momentos: está arrinconando, poco a poco, al centro–derecha y al centro–izquierda incapaces de hacer frente a la crisis económica, esto es, a su propio crisis.

A partir de ahora, con las nuevas fuerzas políticas surgidas a la derecha y a la izquierda, surgidas en espacios transversales, el centro–derecha y el centro–izquierda ya no van a poder seguir monopolizando el poder durante muchos años: tendrán que pactar con una nueva izquierda o tendrán que pactar con nuevas formaciones populistas, identitarias o nacionalistas. Eso implica que muchas cosas van a ser cuestionadas en la próxima década: el neoliberalismo, la globalización, la OTAN, el papel de los EEUU en Europa, el poder omnívoro de los partidos, las propias constituciones de cada Estado y la fisonomía que han tenido hasta ahora, etc. Esto no va a ser una reforma: va a ser lo más parecido a una revolución gradual que en un plazo más o menos prolongado –que abarcará todo el tiempo en que se prolongue la crisis del sistema– dará lugar a un “nuevo orden” político y económico.

4.- Las trincheras defensivas del sistema

El sistema se va a defender, no está interesado en permitir el ascenso de nuevos actores políticos en Europa que, además, son imprevisibles y apuntan contra el corazón mismo de la economía financiera mundial y la división internacional del trabajo: apuntan contra la globalización en beneficio de la reivindicación de lo nacional. Tiene todas las armas a su alcance, si bien le falta la mejor de todas ellas: buena salud y posibilidad de prolongar mucho más allá de 20 años su actual estatus. El sistema está atrincherado en sus últimas líneas de defensa. Una de ellas es apelar a la emotividad y al sentimentalismo generado por operaciones terroristas. No sé cómo un chalado ha podido asesinar a casi un centenar de personas en Noruega, no sé –ni puedo saberlo– si ha sido sometido a un programa de “control mental” de los que se sospecha que se ensayaron en laboratorios vinculados a los grandes servicios de inteligencia desde los años 50, ni si se trata solamente de un cerebro enfermo, desorganizado con pulsiones paranoicas y homicidas. Nada más manipulable que un paranoico obsesivo y seguramente con elementos de psicópata. Ni lo podemos saber ni es el centro de la cuestión.

Hasta ahora fenómenos de este tipo han sido propios de la civilización americana: el tirador solitario, el asesino en serie, el alumno vejado por sus compañeros que toma venganza, el mitómano acomplejado amante de las armas y de gatillo fácil, el terrorista solitario a lo Unabomber, etc, han aparecido acompañando a la irracionalidad que late en el fondo del alma americana. Pero esto es Europa. Y dentro de Europa, esta última masacre ha tenido lugar en Noruega. Y de lo que no cabe la menor duda, es que esta masacre se ha utilizado deliberada y conscientemente, contra este espacio político nuevo.

Lo más sospechoso ha sido la rapidez con la que han respondido agencias de información internacionales en toda Europa, señalando al movimiento antiinmigración como “padre ideológico” de la masacre, sin pruebas y de manera a todas luces falaz, como si se tratara de una consigna a seguir. Esa rapidez y esa unanimidad en la reacción implica premeditación: alguien esperaba este atentado para cargar contra el ascenso de los partidos anti–inmigración en Europa. Ha constituido una maniobra arriesgada e insensata. A fin de cuentas, todavía quedan islotes de capacidad crítica en Europa y lo que ha funcionado en países como Marruecos (los atentados del 16 mayo de 2003 no tenían otro objetivo más que detener el ascenso del Partido de la Justicia y el Desarrollo: cosa que consiguieron. Aún subsiste la duda, por supuesto, de cómo se originaron aquellos atentados, por cierto, ni quién los impulsó, ni porque los “suicidas” se inmolaron ante objetivos de muy escasa entidad e incluso ante locales vacíos) o EEUU (sobre el 11–S en la propia sociedad norteamericana ha surgido un movimiento de protesta ante los agujeros negros de la versión oficial, pero es evidente que la llamada “crisis del ántrax” del que, finalmente se supo que la cepa había surgido de un laboratorio militar norteamericano, fue, con absoluta seguridad, un intento de generar miedo en la sociedad de aquel país para que aceptara –el miedo impide pensar– la aprobación del Acta Patriótica con la mínima resistencia), no tiene porqué funcionar necesariamente en el territorio europeo.

De todas formas esta es una discusión y una confrontación de hipótesis que no puede hacer olvidar el hecho esencial: sea quién sea, por el procedimiento que sea que se desencadenó la masacre de Oslo –un loco asesino o una operación “false flag” generada desde algún centro de poder–, no tiene nada que ver con el hecho esencial, a saber, que se ha utilizado el crimen contra las fuerzas anti–inmigración en ascenso en toda Europa y, particularmente, en los países escandinavos bajo su forma populista.

Queda por explicar porqué este drama ha ocurrido en Noruega. Es posible establecer distintas hipótesis la primera de las cuales pasa por el Partido del Progreso que en las pasadas elecciones municipales aventajó a la socialdemocracia con el 23% de los votos. El “surpaso” (la superación de alguno de los partidos tradicionales por la nueva opción) ya se había producido en Noruega. Hay que decir que el nombre más habitual en Oslo es… Mohamed (4) y que otras opciones populistas se han acomodado de manera creciente en los sistemas políticos de los países nórdicos: tanto en Finlandia (Partido de los Verdaderos Finlandeses, 19% de los votos), como en Suecia (los Demócratas de Suecia con sus 20 diputados y el 5,7% de los votos), pasando por Dinamarca (el Partido del Pueblo Danés, presidido por Pia Kjaersgaar, cuyo apoyo es fundamental para el minoritario Gobierno liberal–conservador, que está en el poder desde 2001) hasta llegar a Noruega… Los programas de todos estos partidos pueden leerse fácilmente en Internet (y el obstáculo del idioma ya no es tal gracias a la aproximación que permite realizar cualquier programa de traducción) y es fácil percibir que no hay en ellos absolutamente ninguna llamada al odio, ni al terrorismo, sino propuestas extremadamente sencillas a problemas absolutamente complejos. Y, sin embargo, la criminalización operada a toque de pito por los medios de comunicación los ha presentado a todos, incluso a partidos situados en el otro extremo de Europa (como España), como “cómplices del asesino de Oslo” cuyos puntos de vista “comparten”. El sistema está atrincherado en sus últimos bastiones defensivos: los medios de comunicación de masas que, desde hace décadas merecen más el nombre de “medios de manipulación” que comen de la mano el “viejo orden”.

El problema de la inmigración masiva llegada a Europa ha introducido en el interior del sistema un imprevisto factor de inestabilidad que está afectando a parte de los trabajadores, a las clases medias y a los jóvenes, dotando de base social a partidos de nuevo cuño y, paralelamente, restándosela a las viejas opciones fracasadas y abandonadas por el electorado. Y el sistema se defiende: para él, para mantener su red de intereses cualquier método es bueno.

No es la primera vez que el sistema recurre a la manipulación informativa para salvaguardar sus posiciones, ni tampoco –aun no es ese el extremo al que queremos discutir– la primera vez que recurre al terrorismo (¿habrá que recordar otra vez que durante 15 años, Italia, la Italia democrática del pentapartito, estuvo sometida a una serie de macro atentados criminales que fueron ideados en los laboratorios de los servicios de inteligencia a petición de centros de poder secreto y que se produjeron más de 200 muertos en atentados que fueron atribuidos al neofascismo?). La diferencia es que ahora, el sistema global se encuentra en una crisis terminal y ya no puede responder ni a la crisis económica, ni a la deuda soberana, ni a las contradicciones entre la población inmigrante y la población autóctona, exteriorización dramática de una crisis mucho más profunda experimentada por las masas populares ante la cual éstas responden cambiando la orientación de su voto y abandonando a las opciones tradicionales consideradas como “culpables” de la actual situación.

La lucha contra la inmigración masiva ha generado adhesiones en toda Europa. El sistema ha advertido el riesgo y… se defiende.

El sistema ha generado la inmigración para optimizar los costes de producción en Europa Occidental, como si se tratara de una vacuna. Pero la potencia del virus injertado ha sido insoportable para el organismo –el mismo sistema– y éste ha entrado en crisis cuando determinados grupos sociales –los “damnificados” de la globalización– han generado anticuerpos. Esos anticuerpos son los partidarios que manifiestan estar contra la inmigración masiva desde fuera del marco de los partidos de centro–izquierda y centro–derecha hasta ahora tradicionales. El sistema ha logrado aplazar 20 años los disturbios raciales en Europa a condición de subsidiar a la inmigración (especialmente en Francia y en el Reino Unido). Cuando la crisis ha hecho inevitable la reducción de estos subsidios o cuando se había llegado demasiado lejos en la tolerancia de la delincuencia y se inició un leve retorno a las políticas policiales y represivas, la inmigración inintegrable se ha revuelto en Francia en noviembre de 2005 y en el Reino Unido en agosto de 2011.

Los próximos años van a ser dramáticos: el sistema utilizará sus reflejos de supervivencia para garantizar poder mantener su trayectoria actual; los grupos sociales contrarios a la inmigración masiva vivirán cada vez con más dureza y desesperación el tener que competir en puestos de trabajo y en barrios con una inmigración que no tiene la más mínima intención de integrarse y que genera muchos mas problemas de los que resuelve o que en el futuro protagonizará más revueltas urbanas. Y todo esto sobre el trasfondo de la crisis económica que ya hoy se empieza a intuir que es completamente irresoluble a la vista de los niveles de la deuda mundial.

Los próximos años van a ser años de una dureza sin precedentes en Europa desde la II Guerra Mundial. Y el final de este conflicto solamente puede ser: o bien el sistema consigue desembarazarse –como sea- e integrar a sus adversarios a la derecha y a la izquierda, prolongando unos años más su existencia, o bien de la lucha y del ascenso de estos partidos surgirá una nueva clase política, una nueva voluntad y un nuevo proyecto de reconstrucción de la civilización europea y, por supuesto, de la misma Unión Europea.

La tercera opción (en absoluto a descartar) sería eventualmente que los regímenes de Europa Occidental –empezando por los del sur– se desintegraran a causa de los conflictos sociales que estallarán a partir del hecho incontrovertible de la imposibilidad de pagar la deuda y que las élites dirigentes siguieran optando por penalizar los ingresos procedentes del trabajo antes que hacerlo con las rentas procedentes del capital, triturando a las clases medias, a los trabajadores y a los jóvenes, generando situaciones de volatilización del Estado y conflictos sociales por la supervivencia que no dejarán de ser sangrientos.

Si el problema de la deuda es insoluble hasta que no se reconozca la imposibilidad de pagarla, la cuestión de la inmigración es menos insoluble aún hasta que no se reconozca que la única solución es la repatriación de los excedentes de inmigración y de cualquier inmigrante que no contribuya con su trabajo o con sus impuestos al mantenimiento del Estado del Bienestar. Quien ha venido a trabajar a Europa difícilmente puede permanecer aquí con la misma intención en momentos en los que en sus países de origen hay una situación mucho más favorable si de trabajar es de lo que se trata: el “retorno voluntario” es la única solución. Ahora bien, si se ha llegado hasta aquí para aprovecharse de lo que queda de nuestro Estado del Bienestar y del régimen de discriminaciones positivas impuesto por el lobby pro–inmigracionista, la repatriación forzosa es una obligación de los Estados Europeos.

¿Qué ha sido el atentado de Oslo? Como hemos dicho, poco importa si es la obra de un loco solitario o una operación “false flag”. Lo que importa es que ha sido utilizado para taponar el ascenso de fuerzas que pugnan por la renovación del sistema político–económico y que han surgido al calor de las protestas de los “damnificados” de la globalización para los que la inmigración masiva lesiona sus intereses personales y los de su país. En su última trinchera defensiva, el sistema no duda en utilizar la mentira contra las fuerzas políticamente en ascenso. Esta tendencia irá en aumento en los próximos años. Hay que retener esta idea: los rectores del sistema mundial carecen de ética y de moral, desconocen cualquier principio que vaya más allá de sus propios intereses: son, pues, capaces de las peores mentiras y de las maniobras más criminales. Y las utilizarán contra quienes amenacen sus privilegios. Pero la lógica interna del sistema lleva a la autodestrucción y nada le salvará de la imposibilidad de cubrir el agujero de la deuda o del fracaso de la globalización. El sistema, mediante sus últimas armas, apenas habrá logrado aplazar unos años su desintegración en el mejor de los casos. Como los animales heridos, el sistema se vuelve peligroso en su agonía. Aunque los gestores de la globalización y los partidos del sistema quieran ocultarlo, el hecho es que más allá de la crisis terminal del sistema, un nuevo paradigma político y económico es posible, pero éste ya no se está elaborando en los partidos tradicionales, ni en los laboratorios de la alta finanza, sino en los márgenes del sistema.

Anders Behring Breivik, en conclusión, no ha sido más que una pieza inconsciente en todo este mecanismo. Su locura criminal sino ha sido generada por el “sistema”, al menos sí ha sido aprovechada en un intento de estabilización del “viejo orden” y de criminalización de los partidos anti-inmigración.

© Ernesto Milà – infokrisis – http://infokrisis.blogia.comhttp://info–krisis.blogspot.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

El rostro de Breivik (IV)

4. Lo que podría ser Anders Behring Breivik: una personalidad manipulada

La característica común a la inmensa mayoría de los macro atentados que han tenido lugar en Europa en los últimos 50 años es que siempre han dejado agujeros negros inexplicables y misteriosos. Desde las strage di stato (masacres de Estado de la Italia de los años 60 y 70) hasta el crimen de Anders Behring Breivik, las “versiones oficiales” de los atentados tienen una irreprimible tendencia a mostrar zonas inexplicables y no resueltas por las autoridades. Hasta la aparición de Internet, la réplica contra las “versiones oficiales” no encontraba espacio en los medios de comunicación, sin embargo, a partir de la irrupción de la red como forma habitual de comunicación aparece el contraste entre la aceptación unánime de las “versiones oficiales” por parte de los medios convencionales y la proliferación de versiones alternativas aparecidas en la red lanzadas por grupos críticos que creen haber encontrado eslabones débiles en las explicaciones dadas por los gobiernos y los servicios policiales.

Así mismo, no hay que perder de vista que las organizaciones terroristas con finalidad política tienen en su mente planes criminales guiados por una estrategia implacable de conquista del poder político (caso de ETA o de las Brigadas Rojas, por ejemplo), por tanto nunca han practicado atentados indiscriminados contra una población entre las que se podrían encontrar sus propios partidarios; su terrorismo ha sido selectivo, y siempre las “versiones oficiales” carecen de “agujeros negros”. Pero, junto a este terrorismo de paternidad indubitable, existe otro especializado en macro atentados que no aparece como apoyado por ninguna organización tangible ni reconocible y que se trata siempre de atentados “únicos”: Mc Veigth no volverá nunca a repetir su ataque al edificio federal de Oklahoma, Oswald no tendrá ocasión de matar a nadie más que a JKF, Breivik permanecerá toda su vida en la cárcel, su crimen no tendrá continuación… son terroristas aparentemente solitarios, que pasan de no haber roto literalmente un plato durante toda su vida, a ser capaces de cometer un macro atentado superando incomprensiblemente todas las dificultades que frecuentemente llevan a los miembros de organizaciones terroristas a ser detenidos. Siempre es posible que aparezcan “locos solitarios”, pero da la sensación de que no todos ellos, aun estando locos, son tan solitarios y en muchos casos aparece la posibilidad de que hayan sido teledirigidos por alguien.

¿Quién tendría interés en manipular a alguien para cometer un macro atentado? El terrorismo, sobre todo si mueren decenas de ciudadanos, encierra un potencial emotivo superior a cualquier otro episodio: es la señal de que todos, nosotros y nuestros seres queridos, somos vulnerables, por tanto difunden el pánico entre la sociedad. El pánico impide pensar y el pensar hace que la sociedad reaccione siempre de manera previsible: en ocasiones la sociedad se refugiará bajo el paraguas protector del Estado (lo que ocurrió durante la serie de atentados conocido como strage di stato en Italia), en otras aceptará recortes a sus libertades (véase la aceptación del Acta Patriótica tras los ataques del 11–S, tras la “crisis del ántrax” y tras una veintena de alarmas terroristas), en otras contribuirá a hundir a un político y elevar a otro por mediocre que sea (inevitable recordar los atentados del 11–M en Madrid), otros contribuirán a culpabilizar a determinadas opciones políticas… y este último parece ser el caso del atentado de Oslo (como veremos en la última parte de este estudio). Sí, los interesados en cometer o aprovechar un macro atentado pueden ser muchos y el principio ancestral de investigación criminal implica la necesidad de partir siempre del principio “¿a quién beneficia el crimen?”. Sin embargo, en todos estos macro atentados jamás se tiene presente este principio de investigación…

¿Podemos encontrar “agujeros negros” en el atentado de Oslo? ¿Fue Breivik un ciego instrumento de algún centro de poder que considerase oportuno para la defensa de sus intereses el que cometiera esa masacre en ese preciso momento? La respuesta a esta pregunta es simple: si la “versión oficial”, con el paso del tiempo, se va demostrando que tiene “agujeros negros” completamente inexplicables, habrá que convenir que hay un misterio que se hurta a la opinión pública.

Él primer elemento sospechoso es la unanimidad con que los medios noruegos y la prensa internacional ha presentado el crimen: “se trata de un racista neonazi fanatizado y dispuesto a matar, obsesionado por la inmigración y cuyas opiniones fundamentales coinciden con los partidos de la extrema–derecha europea”… El estudio que hemos realizado hasta ahora a partir de la única fuente que está al alcance del público (el manifiesto de 1.500 páginas) nos muestra a un Breivik completamente diferente. Sin embargo, en cada país europeo, el atentado ha servido para criminalizar a las fuerzas sensibilizadas por la inmigración masiva. A toque te silbato, toda la prensa europea ha reaccionado de la misma manera. Y esto no es asumible en la medida en que un mínimo repaso al documento escrito por Breivik hubiera dejado claro que éste era un ultraliberal, filosemita, antinazi, lobo solitario sin vínculos con partidos identitarios y exclusivamente anti islamista, que incluso aspiraba a que los gitanos rumanos instalados en Europa Occidental se integraran en la lucha contra el islamismo… Esta unanimidad en la reacción por parte de todos los medios de comunicación, así como la negligencia a la hora de estudiar documentos que están al alcance de la mano, es absolutamente sospechosa.

El segundo factor de sospecha deriva de la lectura del manifiesto de Breivik. No solamente es caótico sino completamente incoherente. El manifiesto político que escribió estaba destinado a: 1) Dar a conocer la existencia de su orden neo–templaria, 2) dar a conocer las razones de su anti islamismo, 3) dar a conocer los principios de su combate y 4) realizar un diario sobre cómo planteó los atentados de Oslo y Utoya… ¿Tiene sentido dentro de este contexto explicar detalles irrelevantes sobre su vida personal como el que su madre tuvo un herpes genital transmitido por el que sería su segundo marido que, por su cuenta, mantuvo “más 500 relaciones sexuales con otras mujeres” (pág. 1.171)? ¿O que explique se fue a vivir con su madre para ahorrar y que le pagaba 450 euros por utilizar una habitación y comer (pág. 1.424)? Sin olvidar que sus referencias al dinero que consiguió para preparar el atentado no están en absoluto claras y que, más que resolver misterios, contribuyen a aumentarlos.

El viernes 22 –inmediatamente antes de los atentados– escribe: “Día 82: Iniciar secuencias de voladura en sitios pre–determinados. Prueba de pureza por gramo de oro por kg. Tienen suficiente material para al menos 20 explosiones. Inicio de capitalización del proyecto tan pronto como haya resultados. El tiempo se agota. Llamada y correo electrónico a todos mis contactos con los inversores actualizado documento en línea / pdf. Esto va a ser un escenario de todo o nada”. Parece, efectivamente, que vaya a cometer un atentado (un atentado del que no va a volver porque Utoya es una isla de la que debería saber que le iba a ser posible escapar cuando llegara la policía), pero inmediatamente después del texto anterior añade de manera incomprensible: “¡Tengo que completar la capitalización del proyecto de extracción de minerales en agosto a más tardar!” (pág. 1470).

Explica en el diario que en noviembre de 2010 inicia la "fase de investigación de los explosivos", una fase que resulta completamente surrealista (en esa parte explica también que el atentado tendrá lugar en otoño de 2011). Internet está repleto de webs en donde se informa sobre cómo fabricar los explosivos más simples. Habitualmente se trata de páginas anarquistas o ultraizquierdistas. La que utiliza él precisa de una cantidad desmesurada de productos farmacéuticos y, al mismo tiempo, de productos de fácil adquisición y nulo control en droguerías y en tiendas de fertilizantes agrícolas. De hecho, la fórmula que utiliza hubiera podido ser sustituida ventajosamente por otras infinitamente más fáciles de fabricas: el colodión, la gelignita, el fulminato de mercurio, etc, etc. Pide por Internet a empresas distantes aluminio en polvo (que podría haber sustituido por purpurina de plata), pide azufre (que se vende en sacos de 40 kilos en empresas de fertilizantes agrícolas), etc que paga mediante VISA y PayPal, como queriendo dejar huellas que de haber comprado todo este material al contado jamás hubiera dejado. Explica que mientras está haciendo el explosivo en la granja ve a un hombre haciendo fotos del lugar y dice que le parece que es un policía. El jueves antes del atentado explica que iba a conducir hasta Kautokeino (situada a casi 2.000 km de distancia de donde tuvieron lugar los atentados), para concluir el diario al día siguiente con anotaciones incomprensibles en las que parece entenderse que los explosivos de los que ha hablado serán utilizados en minería.

La policía ha presentado el documento de 1500 páginas como la prueba incuestionable de que Breivik preparó el atentado, lo protagonizó y lo ejecutó él mismo… cuando la primera duda que subyace es sobre la paternidad del documento y cómo fue colocado y difundido en Internet. El documento, como se sabe, ha circulado en versión PDF, pero también en versión Docx, formato de archivo que deja rastros –a través de la función “propiedades”– sobre el origen del documento. Y es ahí en donde la hora de la última anotación de Breivik (el viernes 22 de julio a las 12:51 horas) no coincide con lo que indica el documento Docx (las 11:31) de ese viernes. Breivik afirmó que había empezado a escribir el documento en 2009, pero éste indica que lo empezó el 7 de marzo de 2011.

No han quedado rastros de los explosivos –que se sepa– en la granja que utilizó como base, ni tampoco se sabe, ni él mismo lo explica qué utilizó como detonante para la explosión. Las explicaciones que da –muy completas en lo accesorio– sobre el explosivo, son excepcionalmente ambiguas –especialmente en lo esencial–. Para colmo, las redes sociales Twitter y Facebook borraron los perfiles que había construido Breivik. El borrado en Twitter, de todas formas, no se debió a una iniciativa corporativo sino al grupo de piratas informáticos que se presentan como miembros del colectivo Anonymous, ¿motivo? "Queremos que Anders sea olvidado. Etiquetas como 'monstruo' o 'maníaco' tampoco nos sirven. Los medios de comunicación considerarle patético, un donnadie". Pobre y extraña justificación que ha impedido a los blogueros e investigadores de a pie completar el cuadro ideológico y político de Breivik.

Para colmo, la agencia de prensa oficial rusa RIA Novosti difundió en lengua inglesa un parte que su antena española no ha traducido (y que si lo fue en América Latina): “Breivik se sometió a entrenamiento paramilitar en Bielorrusia”. La fuente originaria – Mikhail Reshetnikov, “un político de la oposición bielorrusa, citando fuentes de seguridad”– indicaba que "Breivik visitó Belarús en varias ocasiones en la primavera pasada como parte de sus preparativos para sus ataques. Visitó Minsk, donde recibió entrenamiento en un campamento paramilitar secreto". Reshetnikov es líder del Partido de los Patriotas, uno de los partidos de oposición al actual presidente Alexandr Lukashenko. La noticia apareció originariamente en el diario online Gazeta.ru y declaró que sus fuentes eran “organismos de seguridad”. En realidad Breivik menciona a Bielorrusia (Belarus) en 18 ocasiones en su manifiesto, afirma tener allí partidarios (pág. 1.411) y haber viajado personalmente allí para observar los efectos de la explosión de Chernobyl (que menciona en 33 ocasiones) en 1986 que atribuye a un atentado terrorista. RIA Novosti confirmó que la Agencia de Fronteras del Estado Bielorruso confirmó que efectivamente estuvo presente allí en marzo de 2005. Reshetnikov también afirmó Breivik habían participado en el "ejercicios de terrorismo y sabotaje " impartidos por un ex oficial bielorruso del servicio especial y que había utilizado un pasaporte falso para entrar en Bielorrusia. Añadió: "Su nombre clave en el KGB de Bielorrusia era Viking". Imposible, por supuesto, de confirmar. A pesar de que la noticia fue difundida en Iberoamérica por Novosti, en España pasó completamente desapercibida y no se encuentra en la base de datos de la agencia en nuestro país. Pero, en cualquier caso, hay un extraño nexo que une Breivik a Bielorrusia y una obsesión por considerar que lo ocurrido en Chernobyl fue una atentado. La información sobre el adiestramiento paramilitar de Breivik, en cualquier caso, está sin confirmar.

Hay otros dos extremos que tampoco están confirmados y que son importantes: ¿por qué Breivik eligió un campamento de jóvenes socialistas para cometer su masacre?, y ¿por qué la policía tardó tanto en llegar permitiendo que la masacre fuera aumentando? La primera pregunta está envuelta en el misterio más absoluto. Cualquier otro objetivo hubiera sido menos impopular y más acorde con su visión obsesiva: una mezquita, un centro cultural islámico, un coche bomba en un barrio con aglomeración de inmigrantes islamistas, etc. Incluso si atribuye responsabilidades a los “multiculturalistas” e identifica a los socialistas como el vector más numeroso de esta corriente, apunta su fusil ametrallador contra los jóvenes socialistas, en su mayoría menores de 20 años, no contra la sede del partido socialista, ni contra su grupo parlamentario, ni siquiera contra algún mitin electoral (puestos a cometer una masacre indiscriminada…). ¿Lo hace contra los más jóvenes para qué el impacto entre la opinión pública sea mayor? ¿Podía ignorar que una masacre de este tipo generaría una corriente de simpatía hacia ese partido en las próximas elecciones noruegas? Decididamente, uno de los extremos más oscuros del crimen es el procedo de decisión por el que Breivik elige como objetivo a los jóvenes socialistas en lugar de blancos mucho más razonables desde su perspectiva. Y su manifiesto no dice absolutamente nada al respecto, ni siquiera menciona a la organización de los jóvenes socialistas noruegos. La única certidumbre es que los ataques beneficiarán electoralmente al Partido Socialista Noruego…

En cuanto a la tardanza en la reacción policial (que le permitió seguir persiguiendo y matando a jóvenes durante una hora), resulta igualmente incomprensible. Un helicóptero averiado, un bote defectuoso, no justifican un retraso de una hora desde que se tiene noticia de los primeros disparos y mucho menos después de la explosión de Oslo. Las horas dadas por la policía son: notificación del tiroteo a las 17:27; agentes llegan al muelle del lado a las 17:52; la unidad especial de la policía llega al muelle de la isla a las 18:09; la unidad especial de la policía pone pie en la isla a las 18:25; esto es, en total 58 minutos en un día de alarma antiterrorista. Un tiempo incomprensiblemente prolongado especialmente porque los jóvenes socialistas asistentes al campamento mantenían el vínculo constantemente con sus familiares y con la policía a través de los teléfonos móviles y era evidente que aquello era una verdadera cacería que justificaba no sólo más celeridad en la intervención sino el envío de más efectivos.

Distintos testimonios confirman que Breivik iba drogado (http://www.infobae.com/notas/595855–El–autor–de–la–masacre–de–Oslo–sonreia–mientras–disparaba–a–sus–victimas.html): “Estaba sonriente, muy frío y se notaba que estaba bajo los efectos de las drogas. Mientras disparaba, sonreía”, aseguró Jürgen, un joven de 18 años que ahora asegura quiere reforzar su militancia política”. El País reprodujo la declaración de Geir Lippestad, su abogado defensor (http://www.elpais.com/articulo/internacional/asesino/frio/siente/ha/iniciado/cruzada/dice/defensa/elpepuint/20110726elpepuint_3/Tes): “Lippestad ha contado que Behring tomó drogas antes de la masacre para sentirse fuerte, eficiente y despierto”… parece cierto, pues, que actuó drogado. Pero hay un pequeño problema para entenderlo: a lo largo de su escrito de 1.500 páginas menciona en 38 ocasiones a las drogas, siempre para considerarlas como un instrumento de la izquierda y del multiculturalismo para neutralizar a la juventud. Critica a las drogas (véase pág. 1.143, 795 –“El multiculturalismo, como las drogas, es un arma insidiosa” y así sucesivamente, hasta en 20 fragmentos dispersos a lo largo de su manifiesto. Alguien con estas opiniones ¿podía asumir el drogarse? El caso recuerda extraordinariamente a Mohadmed Atta, presunto jefe del comando que secuestró los aviones el 11–S y que, a pesar de ser fundamentalista islámico, había sido visto la noche anterior a los ataques en estado de embriaguez…

Las únicas interpretaciones posibles al caso Breivik son dos: o se trata de un psicópata paranoico con la energía suficiente como para preparar un crimen masivo o bien se trata de un individuo con una psicología particular al que se le ha manipulado para cometer el crimen. No existe una tercera opción. La historia nos ha demostrado como la figura del “asesino solitario” solamente es aceptable cuando terminan conociéndose todas las particularidades del crimen de manera indubitable y sin que puedan existir “agujeros negros” en la interpretación.

Hoy sabemos que durante los años de la Guerra Fría las dos superpotencias realizaron experimentos de control mental. El 14 de mayo de 2010, el Pentágono liberó el informe sobre los experimentos de control mental realizados con drogas durante ese período (véase: http://www.wired.com/dangerroom/2010/05/chemical–concussions–and–secret–lsd–military–releases–cold–war–mind–control–report/ ). Antes, existía una amplia literatura que indicaba que en 1948 ya se habían iniciado este tipo de experimentos utilizando como cobayas a prisioneros de guerra de las potencias vencidas. Se observó pronto que los prisioneros sometidos a un clima de estrés constante y a situaciones de terror continuo, terminaban convirtiéndose en mansos corderos capaces de hacer cualquier cosa que les ordenaran sus captores, aunque se tratase de iniciativas autodestructivas. Posteriormente, se conoció la existencia de la Operación Mk–Ultra que durante años fue negada e incluso ridiculizada por la administración americana. Esta operación incluía la introducción de determinadas drogas psicodélicas en las técnicas de control mental. El informe que salió a la luz en mayo de 2010 demostraba que Mk–Ultra no había sido la creación de mentes calenturientas, sino que se trató de una realidad. El informe que salió entonces a la luz se llamaba “Programas de experimentación conducidos por el Departamento de Defensa con patrocinio o participación de la CIA que involucraron a la administración de drogas a seres humanos con la intención de control mental o propósitos de modificación del comportamiento” y había sido escrito hace más de 30 años por el Consejo General del Departamento de Defensa.

En dicho informe se aludía a experimentos para desarrollar técnicas basadas en la utilización de drogas para “inducir una contusión cerebral sin traumas físicos”. Ese programa fue trasladado a la CIA debido a que involucraba “experimentos humanos que no eran fácilmente justificable en los terrenos médico–terapéuticos”. En otra operación, la Mk–Often se estudió los efectos de la dopamina y de la ibogaína (un hipnótico, afrodisiaco y alucinógeno que estimula el sistema nervioso central con efectos similares a las anfetaminas). La Marina norteamericana, por su parte, empleó heroína y mariguana para interrogar a los prisioneros y observar la reacción de voluntarios; fueron tratados ocho desertores soviéticos y seis voluntarios norteamericanos. En Mk–Ultra los cobayas humanos eran voluntarios que fueron tratados con drogas alucinógenas y psicodélicas, especialmente con LSD en los años 60. El programa Mk–Naomi incluía “materiales gravemente incapacitantes y mortales ... [y] aparatos para su difusión". El programa Mk-Chickwit fue diseñado para "conocer las novedades de drogas en Europa y Asia," y después "obtener muestras".

Todos estos programas tenían como función responder a la pregunta: “¿Es posible modificar el comportamiento de los sujetos?”. Era una pregunta que parecía interesar mucho a la CIA en los años 50 y 60. Pero hubo otros experimentos similares en la misma época que son mejor conocidos. En los 50, por ejemplo, se realizaron los primeros experimentos con propaganda subliminal que modificaban el comportamiento normal de los sujetos mediante la inclusión de imágenes estimulantes en forma de fotogramas en cintas de cine.

El 6 de enero de 2009 (ver http://www.wired.com/dangerroom/2009/01/mkultra–lawsuit/ ) la asociaciones de excombatientes, Vietnam Veterans of America, demandó a la CIA y al Pentágono por los abusos percibidos durante la implementación del llamado "Mk–Ultra" y de otros proyectos. Seis veteranos sufren de todo tipo de dolencias vinculadas a este "programa de prueba diabólica y secreta", según un comunicado del abogado de los veteranos. Los experimentos incluían "el uso de tropa voluntaria para poner a prueba gases nerviosos, psicoquímicos y otros productos tóxicos químicos o sustancias biológicas”. El resultado de estos experimentos fueron discapacidades permanentes en civiles y militares a los que no se les explicó en qué consistían los experimentos ni, por tanto, éstos pudieron dar su consentimiento. En un libro publicado en 1998, el ex militar psiquiatra James Ketchum describe un proyecto del Ejército que tuvo lugar en Edgewood Arsenal (Maryland). Ketchum escribió haber visto allí a los sujetos de prueba "mantener una conversación con varias personas invisible durante el tiempo que 2–3 días", mientras que otros "saludaban a las letrinas" o confundir una máscara de gas con una mujer.

En cuanto a la percepción subliminal hoy es definida como todo aquel mensaje audiovisual (compuesto por imágenes y sonidos) que se emite por debajo del umbral de percepción consciente y que incita al consumo de un producto. El ojo humano no es capaz de percibir conscientemente más de 14 imágenes por segundo, pero puede asumir inconscientemente una imagen insertada en el interior de una secuencia que le induzca a tal o cual comportamiento. Lo sorprendente es que los primeros experimentos subliminales se realizaron en 1957 pero a partir de 1962 se ignora el rumbo que tomaron estas investigaciones e incluso si prosiguieron. De lo que no hay duda es que en 1977 en la película de Walt Disney Los Rescatadores utilizó técnicas subliminales. En una secuencia de esta película aparecía una mujer desnuda en la ventana de un edificio que solamente podía verse conscientemente si se pasaba la película fotograma a fotograma. Comprobada la veracidad de la denuncia, la Disney se defendió afirmando que dicha imagen había sido insertada no por alguno de los encargados del montaje de dicho film (trabajo que había sido subcontratado a una empresa exterior). Miles de copias fueron retiradas del mercado (en http://www.snopes.com/disney/films/rescuers.asp puede verse la escena). Lo que se ignora es hacia dónde han evolucionado las técnicas de publicidad subliminal desde los años 60 y si han interferido con programas como Mk–Ultra. No parece razonable pensar que servicios de inteligencia que han abordado el estudio de técnicas de control mental y generado problemas psíquicos en voluntarios, en un momento dado, cuando sus resultados parecen “esperanzadores”, se abandonen bruscamente.

Mientras se realizaron experimentos con publicidad subliminal sobre los que se han publicado todos los detalles, fue posible saber que un anunció de una marca de té helado veía aumentar sus ventas más allá de las expectativas normales, especialmente entre personas que en aquel momento tenían sed. Esto indicaba que había un segmento del público predispuesto a asumir más fácilmente la publicidad subliminal. Y esto nos lleva nuevamente a Breivik: ¿era posible que su obsesión omnipresente contra el Islam le predispusiera a realizar algún acto criminal con una facilidad que no se hubiera dado en otro sujeto en el que esta obsesión estuviera presente?

¿Es Anders Behrig Breivik un sujeto que haya sido objeto de alguno de estos experimentos? No hay ninguna prueba. Salvo que cuando lo detuvieron, éste enemigo de las drogas… estaba drogado.

© Ernesto Milà – infokrisis – http://infokrisis.blogia.comhttp://info–krisis.blogspot.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

El rostro de Breivik (III)

3. Lo que era en realidad

Sabemos ahora que rasgos mediáticos le han atribuido los medios de comunicación (lo que no era) y lo que en realidad creía defender (lo que creía ser), sin embargo, el estudio sobre la personalidad y el perfil político de Anders Behring Breivik no estaría completo si no atendiéramos a lo que era en realidad (es decir, a una valoración objetiva de su personalidad, realizada, no en función de los rasgos que le han atribuido los medios, ni de cómo gustaba presentarse a sí mismo). Eso nos dará otro elemento importante en la ecuación personal del asesino de Oslo.

a.– Un desequilibrado

Desde el principio de este análisis hemos repetido en varias ocasiones que alguien que asesina a 73 personas solamente puede ser considerado como un desequilibrado. Las razones que pueda tener un desequilibrado para cometer un crimen son siempre inextricables y derivan de su personalidad desviada. En esta parte de nuestro estudio lo esencial va a ser realizar una aproximación a las alteraciones mentales de Breivik ante las que cualquier definición ideológica que pueda dar de sí mismo o que otros puedan inferir pasa a segundo plano. Un intento de definición de su perfil psicológico nos parece mucho más importante que cualquier otro dato que pudiera aportarse. A fin de cuentas, disponemos de dos elementos para analizar su personalidad: su “obra” (la bomba de Olso y la masacre de Utoya) y su “testamento” (las 1.500 páginas de su manifiesto político). No hace falta mucho más. Los cuatro rasgos que podemos deducir de todos estos elementos son cuatro:

– Paranoia.– Cuando Breivik alude al Islam no lo hace en términos mesurados y objetivos, sino absolutizando su importancia y situándolo en un punto central de su discurso político. Todo gira en torno al Islam. Cualquier cosa que se analice termina llevando al Islam como al gran enemigo y poco importa de lo que se trate, tanto si es política internacional, como sociedad, como convivencia. Ya hemos apuntado en la anterior parte de nuestro estudio que la magnitud concedida por Breivik al Islam contrasta con la importancia real que tiene éste en la sociedad noruega. Si bien explica que ha realizado varios viajes por Europa (véase http://www.larazon.es/noticia/943–breivik–sostiene–en–el–tercer–interrogatorio–policial–que–actuo–solo), en el momento de escribir estas notas tan solo consta –y no con certeza absoluta– el viaje que realizó a Londres en 2002 para constituir su orden neotemplaria. El viaje a Monrovia en el curso del cual conocería a militares serbios que estuvieron presentes en la guerra de Bosnia, parece envuelto en el mayor de los misterios. Tampoco parece claro con quién mantuvo correspondencia en estos últimos años, si bien tenía abierto un perfil en Facebook (que modificó pocos días antes de sus crímenes) y lo único sobre lo que no hay duda es de que tenía una abundante actividad en Internet.

En la web http://www.document.no/anders–behring–breivik/ aparecen refundidos los posts que envió desde el 7 de septiembre de 2009 hasta el 25 de marzo de 2011. La lectura de estos posts resulta curiosa: Breivik se muestra en todos ellos ecuánime y dialogante, aporta argumentos, propone actividades de difusión de ideas, y realiza intervenciones que incluso pueden ser consideradas como brillantes e inteligentes. Véase, por ejemplo: “Estoy totalmente de acuerdo en que Obama es un retórico brillante y un buen comunicador, uno de los mejores que hemos visto en los últimos 30 años. Pero en primer lugar, no puede ni debe compararse la lucha cultural en los EEUU con la de Europa. La retórica debe y tiene que ser diferente. El perfil del ala derecha republicana en los EEUU es "libertariana" (anti–socialista, pero multicultural), mientras que el conservador medio europeo es mucho más anti–multicultural y asume mejor los argumentos basados ​​en la resistencia cultural contra la islamización. Los llamados anti–multiculturales en los EEUU con su retórica sobre el etnocentrismo, difiere en gran medida de los europeos. Esta es la razón principal por la que debemos separar la lucha cultural de América y Europa (…) Independientemente de si estamos en los EEUU o en Europa, es esencial que usted tiene pregunte lo siguiente: ¿Es el multiculturalismo una ideología diseñada para deconstruir la cultura europea, las tradiciones, identidad y nación–estado? Si usted apoya a un líder que se declare multicultural, es lo mismo que si se adhiriera a la lucha de clases”. Breivik ni en este ni en otros lugares demuestra una especial agresividad y, pudiéndose estar de acuerdo o no con sus opiniones, resulta evidente que es capaz de defenderlas con argumentos razonables y, más o menos sólidos. Pero ese estilo cambia en su manifiesto de 1.500 páginas en donde la obsesión anti-islámica es constante, seguida solamente y a mucha distancia, por la obsesión contra el socialismo multicultural. Y esto es lo sorprendente y lo que no deja de causar perplejidad: porque si Breivik estaba obsesionado por el Islam ¿por qué no realizó su masacre un viernes a la salida de un mezquita? Y si de lo que se trataba era de atentar contra los socialistas ¿por qué no atacó directamente su sede o alguno de los mítines que se celebrarían dentro de pocas semanas durante la campaña electoral? ¿Por qué prefirió atentar contra las Juventudes Socialistas, cuyos miembros son meros comparsas de la dirección de su partido? Este es quizás uno de los elementos más oscuros de este atentado que quedarán presumiblemente sin explicación.

La paranoia se caracteriza por la presencia de delirios autorreferentes. Un delirio es una creencia patológica falsa derivada de un engaño de los sentidos. El sujeto aquejado de paranoia experimenta sensaciones angustiosas, percibe el futuro como ineluctable en función de su obsesión, cree que tanto a él como a los suyos determinadas fuerzas incontrolables le han programado un futuro destructivo (delirio o manía persecutoria) y que, de paso, él está llamado a redimirlos (delirio de grandeza) y tiene cierta relación con estallidos de violencia en los momentos en los que el sujeto cree ver confirmados sus temores.

La paranoia suele aparecer en sujetos propensos al narcisismo (véanse las fotos que Breivik colocó en su blog y en el manifiesto apareciendo con los uniformes y en las situaciones más diversas e incluso la importancia que se da a sí mismo en su diario, como veremos más adelante), frustraciones (Breivik fue abandonado por su padre cuando era extremadamente joven y no volvió a tener contacto con él, la ausencia de la figura paterna es uno de los elementos desencadenantes de la paranoia) y baja autoestima (lo que aparentemente no era el caso de Breivik que destacaba precisamente por todo lo contrario, si bien queda todavía realizar un análisis forense de su psicología). La paranoia aparece cuando en el sujeto se dispara un mecanismo psicológico para cubrir estos rasgos y empieza a atribuir a otros –siempre a los mismos– la razón de sus frustraciones y conflictos. Se trata también de un pensamiento teleológico en el cual solamente se toman en consideración los propios argumentos selectivos que contribuyen a focalizar cada vez más la responsabilidad del destinatario de la obsesión (una persona, un grupo social o étnico, una confesión religiosa, etc.). Ningún argumento o dato que no contribuya a ese fin teleológico es admitido ni asumido. 

Las más de 2.000 alusiones al Islam, al islamismo, al Corán, a Mahoma, que aparecen en las 1.500 páginas de su documento demuestran a las claras que en el cerebro de Breivik había lugar solamente para una paranoia, la manía anti–islámica, seguirá por la manía anti socialista y multiculturalista. Para él ningún otro problema real existía, todos derivaban de éste único y reduccionista planteamiento unidimensional.

– Egolatría.– Ya hemos visto que Breivik era incapaz de militar en Breivik era incapaz de militar en cualquier actividad colectiva: como masón fue un fracaso, no demostró el más mínimo interés en integrarse en las actividades de su logia; como miembro del Partido del Progreso fue también incapaz de asumir los objetivos, los métodos de la organización e integrarse con sus compañeros de partido; ni siquiera demostró interés en afiliarse a alguna de las muchas órdenes neo–templarias actualmente existentes, tuvo que crear una propia y allí sí, allí efectivamente se encontró a gusto (a pesar de que hoy no se sabe a ciencia cierta si se trataba de una orden neotemplaria real o virtual, teniendo más posibilidad esto último). Este simple hecho permite describir su personalidad como dotada de un fuerte sentimiento de distancia y superioridad: en las 1.500 páginas de su escrito no se perciben rasgos de empatía con ningún grupo social (salvo algunas frases en relación al pueblo judío). Solamente le interesa la lucha anti-islámica y no precisamente para mejorar la situación de los trabajadores europeos aquejados de dumping laboral.

Es curioso que una parte importante de su manifiesto sea una especie de diario personal sobre cómo preparó el atentado que empieza con la constitución de su orden neo–templaria en abril–mayo de 2.002 (pág. 1.414) y se prolonga hasta unas horas antes de los atentados (pág. 1.472). La inclusión de este verdadero “diario de un terrorista” complica mucho más las cosas de lo que parece (como veremos más adelante).

Anders Behring Breivik ha sometido a cirugía plástica en varias ocasiones, según declaró un amigo de la infancia (cirugía de nariz, frente y barbilla en los EEUU hace varios años) al diario noruego Dagbladet. Según algunos de sus amigos comenzó a tomar esteroides en su adolescencia, algo que también admitió en su manifiesto donde existen nueve referencias imprevistas a los “steroids”. Así mismo, en 145 ocasiones hace, con distintas excusas, referencia al “look” (la imagen), algo que le preocupaba mucho e incluso realiza recomendaciones para que sus partidarios asuman la imagen correcta.

Los esteroides posiblemente explican en cierta medida su comportamiento, pues no en vano sus efectos incluyen acné, crecimiento benigno de la próstata, aumento de la agresividad e ira incontrolable, alteración en la velocidad de coagulación de la sangre,  cambios en el sistema inmunológico, hipertensión arterial, problemas hepáticos, alteraciones cardiovasculares, atrofia testicular, choques anafilácticos, interrupción en el crecimiento si se toman desde la adolescencia, depresión nerviosa, daños renales (a causa de la retención de agua) disfunciones en el sistema reproductivo, cefaleas, calvicie y finalmente ginecomastia. Algunos de los efectos secundarios de los esteroides pueden interferir y potenciar otras componentes psicológicas de su personalidad, especialmente la agresividad factor característico en los psicópatas.

– Mesianismo.– El mesianismo supone una hipertrofia de la egolatría y, en el caso de Breivik está tamizado por la paranoia anti-islamista. El sujeto encuentra argumentos para demostrar que sólo él (y, eventualmente, su pequeño círculo) son los únicos que están en posesión de la verdad y que, por tanto, están legitimados para actuar en solitario en defensa de sus ideas. Es frecuente que ellos mismos se consideren los “más puros”, de hecho, los “únicos puros” y todo lo que observan a su alrededor, incluso grupos que mantienen objetivos muy parecidos, son criticados por un motivo u otro. En los ambientes extremistas, el mesianismo es habitual: grupos excepcionalmente reducidos, casi unipersonales (como en el caso de Breivik) sostienen que ellos son los únicos detentadores de la “verdad” y encuentran siempre alguna fantasía que achacar a otros para justificar el no viajar en el mismo vagón. Era el caso de Breivik criticando al Partido del Progreso por ser “moderado” o en nuestro horizonte nacional los ataques formulados por algunos antisemitas a todos aquellos que, sin haber exaltado jamás al sionismo, o sin haberlo mencionado, son considerados como “pro–sionistas”. En el caso de Breivik ocurre algo parecido: los tibios en la lucha contra el islamismo, son considerados, simplemente, como pro islamistas. Escribe por ejemplo: “Para Europa, la cosa más importante ahora es desmantelar la Unión Europea en su forma actual, y recuperar el control nacional sobre nuestras fronteras y nuestra legislación”. Esto puede ser incluso aceptable y asumible, pero ¿por qué Breivik pide esto? Él mismo responde: “La UE está profundamente viciada como organización, y fuertemente infiltradas por Eurabia y por el pensamiento islámico que simplemente no puede ser reformado. Y vamos a terminar con el apoyo estúpido los palestinos que los eurabianos han alentado, y empezar a apoyar a nuestra cultura primo, Israel” (pág. 330).

El rasgo habitual del mesianismo es “yo sólo contra el universo”. No importa el desequilibrio de fuerzas y las posibilidades de victoria, no importa siquiera que el combate no se plantee en términos de pragmatismo, sino de locura, lo único que importa es que “sólo yo (y nadie más que yo) puedo salvar al universo”. En la mayoría de los casos en los que el mesianismo está presente, éste queda en la esfera de los delirios teóricos, pero solamente en algunos raros casos, desciende al nivel de la práctica y solamente en alguno pasa a la acción terrorista. En estos últimos casos la personalidad mesiánica y paranoica debe coincidir con la personalidad propia al psicópata.

– Psicopatía.– Con cierta frecuente en la historia de estos últimos 11 años, los psicópatas han aparecido en la historia de España protagonizando clamorosos asesinatos. José María Silva Sande, dirigente de los GRAPO tenía los rasgos y el comportamiento propios del psicópata, llegó a pisar el cadáver aun caliente y despanzurrado de su compañera a la que le había estallado una bomba-lapa para abalanzarse sobre el agujero abierto en el furgón blindado y llevarse la bolsa con el dinero; entre los militantes de ETA se encuentran hombres y mujeres que ante los tribunales de justicia, por sus actitudes y comentarios, han demostrado ser psicópatas típicos tanto por sus expresiones como sus declaraciones. En realidad, la figura del psicópata no es rara en las sociedades occidentales y resulta una constante entre los grupos terroristas. El 10% de la población española presenta algún rasgo de psicópata y un 2% los tiene todos. En otra palabras 2 de cada 100 personas que nos cruzamos al cabo del día son psicópatas peligrosos. La mayoría son "psicópatas integrados" (220.000 en España). La justicia española sólo ha detectado (y condenado) a unos 10.000 psicópatas. ¿Dónde están los 210.000 restantes? Muy cerca nuestro, sin duda. Si pueden, intentarán engañarnos, estafarnos, arruinarnos y no experimentarán la más mínima sensación de culpabilidad. Las cifras en Noruega no deben de ser muy diferentes, pero sólo uno ha protagonizado las masacres de Oslo y Utoya.

En EEUU, uno de cada cuatro reclusos es psicópata. Entre 1960 y 1980 aumentaron un 300%, se redujeron algo en 1984, pero volvieron a aumentar en un 500% en los 90. El incremento en el número de delitos parece tener relación con el "boom" poblacional de los años 60, cuyos individuos han alcanzado la edad adulta en los 90. En Inglaterra las cifras son similares. ¿A qué se deben estos espectaculares aumentos? En la década de los 50 cada niño aprendía en familia a distinguir la verdad de la mentira, pero hoy, uno de cada cuatro niños americanos no vive en una familia tradicional. Uno de cada tres de estos niños ha nacido sin que sus padres estén casados y la mayor parte de sus madres tienen una educación mínima y una escasísima socialización. La proporción de nacimientos ilegítimos ha pasado del 5% en los años 60 al 30% hoy en día. Esto está relacionado con la situación familiar de Breivik: hijo de padres divorciados, cuya educación corrió a cargo de la madre, desde el momento en que el padre reconstruyó su vida en el sur de Francia hace más de diez años y con el que jamás había tenido buenas relaciones. En los psicópatas la figura del padre está casi siempre ausente (o se ha ido del hogar, o ha fallecido tempranamente o, simplemente, se ha despreocupado de hijos). En las páginas 1.386 y 1.387, Breivik explica algunas circunstancias de su infancia: “Mi padre, Jens Breivik, tenía tres hijos de un matrimonio anterior, Erik Jan y Nina, mientras mi madre, Wenche Behring, tenía una hija de una relación pasada, Elisabeth. Mi padres se divorciaron cuando tenía un año de edad”. El padre era diplomático y destacado a la embajada noruega en Londres y luego en París. Estos datos implican que, así como el padre dejó de tener contacto con el hijo en torno a 1.999, éste, en cambio, siguió interesándose por él y siguiendo su carrera diplomática. Los padres, reconoce, no militaban políticamente, pero en cambio la nueva compañera de su padre (a la que llama “mi madrastra”) era “marxista y feminista”, mientras que su padrastro (casado con su madre biológica) era “moderado”. En cuanto a sus padres biológicos eran simpatizantes del Partido Laborista Noruego. El padre biológico y la madrastra terminaron separándose cuando Breivik tenía 12 años pero él siguió manteniendo contacto con ella. Por su parte rompió completamente con el padre desde que hubo cumplido 15 años. A pesar de que escribe que no le guarda ningún rencor, también añade que “La cosa es que él es simplemente no es muy bueno con la gente. He intentado contactar con él hace cinco años, pero dijo que era no mentalmente preparado para una reunión debido a varios factores, siendo su mala salud uno de ellos”. La enfermedad del padre parece haber sido (y ser) la depresión, una enfermedad que suele transmitirse, en un amplio porcentaje, a los descendientes. Tampoco parece apreciar mucho a su padrastro: “trabajó como un comandante en el ejército noruego y ahora está jubilado. Aún mantengo contacto con él, aunque pasa la mayor parte de su jubilación con  prostitutas en Tailandia. Es una bestia sexual muy primitiva, pero al mismo tiempo muy agradable y bueno. No puedo decir que yo apruebo ese estilo de vida…”. A pesar de todo, como resumen final, escribe: “Me considero privilegiado y siento que he tenido una educación privilegiada con la gente responsable e inteligente a mi alrededor. No estoy de acuerdo con la super–liberal, la educación matriarcal, que carece por completo de disciplina y ha contribuido a feminizarme en cierta medida”.

El psicópata desde pequeño es radicalmente diferente de otros niños. Muestran un ego particularmente crecido y hostil –hasta el ataque de nervios– ante cualquier crítica. Aprenden a mentir y a enmascarar sus sentimientos; se consideran por encima de los demás y suelen despreciar a sus compañeros de clase. Sus padres comprueban que cambian pronto –y continuamente– de amigos. En su edad adulta no les quedan amigos de infancia. Ni les interesan los estudios, ni mucho menos el daño que puedan hacer a sus compañeros.

Algunas de los rasgos con los que Breivik se autodefine nos lo siguen situando como psicópata: las relaciones sexuales de estos enfermos son curiosas, habitualmente adoptan rasgos bisexuales. Les interesa muy poco la sexualidad como no sea como un medio para alcanzar un fin: la obsesión del momento, el escalar, el asegurarse una tranquilidad económica, el obtener, en definitiva, cualquier tipo de beneficios.

El psicópata funciona con una lógica propia: todo lo que le favorece y le facilita alcanzar sus objetivos es bueno, todo aquello que le impide llegar a ellos, es negativo. La ética y la normal moral, la ley unánimemente aceptadas, son para él peligrosas y, por tanto, es hostil a ellas. Al psicópata no le importa –y esto es particularmente importante en el caso de Breivik– hacer daño, estafar, engañar, arruinar a alguien e incluso asesinarle sin sentir el más mínimo complejo de culpabilidad. Para él, las personas con "cosas" destinadas a satisfacer sus fantasías, obsesiones y ambiciones. Jamás experimenta la más mínima sensación de remordimiento. Ahora bien, si es cierto que en determinados sujetos, especialmente en aquellos que han sido educados en ambientes católicos, se evidencia un complejo de culpabilidad latente que es causa todavía de mayores perjuicios: tiende a sublimar su complejo de culpabilidad encontrando siempre a alguien más culpable que él: los islamistas, por ejemplo, o los nazis, o los “marxistas”. Y eso lo repetirán una y otra vez a lo largo de su vida. Carecen completamente de empatía con los demás, no perciben cuando hacen daño a otros, ni tampoco les interesa, solamente trabajan por la satisfacción de su ego. Su encanto es superficial, causan una buena primera impresión que se va diluyendo a medida que se les conoce mejor, tienen pocas reacciones afectivas, en ocasiones suelen recurrir al suicidio o amenazar con él, su capacidad de razonamiento es insuficiente, no aprenden con la experiencia, experimentan una imposibilidad manifiesta para amar, suelen ser muy mentirosos y propensos a fantasear, sus códigos de comportamiento son propios y no tienen nada que ver con los demás. Estas características –que todos los manuales sobre la psicopatía consideran como rasgos habituales de esta dolencia– están indiscutiblemente implícitas en los 1.500 folios del manifiesto de Breivik–.

Otro rasgo del psicópata es su mala memoria patológica. Suelen olvidar lo esencial de lo que han hecho el día anterior. Llama la atención, por ejemplo, que en el diario de Breivik aparezcan algunas contradicciones: da cifras diferentes sobre el dinero que consiguió reunir para preparar los atentados pero no explica cómo lo obtuvo, menciona algunos episodios cuestionables y ni siquiera está claro si la orden neotemplaria que fundó contaba con algún miembro más aparte de él. Algunas peripecias –como el intento de comprar armas en los medios de la delincuencia en Chequia (pág. 1421) son novelescas y prácticamente increíbles, como sus contactos en Monrovia– y, finalmente, en la última página del diario explica que se le están acabando los fondos (que sólo unas páginas atrás hacia establecido en 500.000 euros en un lugar y en 4.000.000 euros en otro). Es inevitable percibir el aroma de la mentira deliberada en estos fragmentos, agravada por la proverbial falta de memoria propia de los psicópatas.

A pesar de que en el momento de escribir estas líneas da la sensación de que faltan elementos para completar la ecuación personal de Breivik (éste se ha negado a ser examinado por psiquiatras noruegos y ha puesto como condición incomprensible el que lo hagan psiquiatras… japoneses), lo cierto es que hay una serie de rasgos indelebles, deducidos de su escrito, que coinciden con los rasgos de la personalidad psicopática.

2.– Un autodidacta

La preparación intelectual de Breivik no era mala, conocía –como hemos visto en el capítulo anterior– lo esencial del pensamiento liberal, desde el clásico hasta el contemporáneo. Precisamente ese detalle y el hecho de que no realizara ninguna crítica al liberalismo es lo que nos ha permitido llamarlo “ultraliberal”. Como hemos resaltado en ese momento, no hay huellas de otro tipo de pensamiento, ni siquiera se ha interesado por la obra de los intelectuales identitarios (Faye), por la nouvelle droite (Benoist) o por cualquier otra corriente de pensamiento. Su formación tiene a Internet como centro. Era lo que podía ser considerado como “adicto a la red”. No recomienda apenas la lectura de libros, pero, en cambio, cada capítulo de su obra está seguido por un número variable de referencias a Webs, blogs y foros informáticos. Salvo la obra de Fjordman que aprecia y en la que se inspira, citándola a menudo como hemos visto, no le interesa ningún otro intelectual. Ha leído la obra de Bat Ye’or (a la que cita en 24 ocasiones), pero solamente porque elogia a Israel y alude al peligro islámico en Europa.

No es un hombre ordenado, sistemático, minucioso. La sensación que da su obra es la de ser un inmenso caos inorgánico en donde aparecen integrados elementos que nunca antes nadie se había arriesgado a unir: liberalismo con templarismo, recetas de explosivos con Friedrich Hayek, sexualidad (las referencias al sexo superan el centenar) con historia sui generis del peligro islámico, look con anti nazismo, y así sucesivamente.

Es lo propio del autodidacta. Aquella persona que no ha recibido una formación orgánica en una materia y que ha querido investigar por sí mismo, tiene siempre cierta tendencia a perderse. La egomanía le impedía admitir que tenía un maestro formador e incluso le impedía buscarlo. Su búsqueda se resolvía siempre en Internet y su falta de capacidad crítica hacía que no fuera capaz de operar la distinción entre las fuentes “fiables” y las fuentes “indignas de crédito”. El resultado es una amalgama inorgánica, un cut and paste de materiales muy diversos con el resultado de un mamotreto difícilmente digerible, contradictorio en algunos extremos, además de confuso y delirante. Decepciona para quien aspiraba a encontrar raíces profundas y un pensamiento –por delirante que fuera– cerrado y acabado con referencias a los grandes intelectuales europeos (a Nietzsche, por ejemplo, que solamente es citado una vez, Schopenhauer que ni siquiera aparece, como no aparecen Descartes, Platón, Séneca, Heidegger, etc. La filosofía no era lo suyo: lo suyo era, simplemente, la obsesión anti islamista y para satisfacerla surfeaba en los blogs de Eurabia, en webs anti islamistas, aludía al marxismo como si todavía viviera su mejor momento y no percibía que hacía ya 30 años que había sido arrojado al basurero de la historia. Confundía términos: hablaba de marxismo refiriéndose a la socialdemocracia (que había iniciado el abandono del marxismo desde el ya remoto Congreso del SPD en Bad Godesberg), reducía todo el “multiculturalismo” al “socialismo” (y, como Hayek, para quien cualquier cosa de no era capitalismo era “socialismo”, para él cualquier cosa que era “multiculturalista” era, por eso mismo, socialista), no había identificado siquiera el foco emisor del multiculturalismo (tan solo menciona en cinco ocasiones a la UNESCO y siempre relacionada con eventos de promoción del islamismo) y así sucesivamente.

Llama la atención que un pensamiento tan mal construido, tan limitado, tan contradictorio, fuera capaz de expresarse con semejante brutalidad y la irrelevancia doctrinal de sus 1.500 folios contrastan con el horror ilimitado que causó su acción y que, como hemos visto, es mucho más fácil interpretar en clave psicológica que en clave política.

 

© Ernesto Milà – infokrisis – http://infokrisis.blogia.comhttp://info–krisis.blogspot.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

El rostro de Breivik (II)

2. Lo que sí creía ser Anders Behring Breivik

A pesar de que Breivik cite a numerosos autores en sus escritos, a poco que uno se adentra en las 1.500 páginas de su manifiesto percibe el caos que llevaba en su interior: mezcla de autores mal asimilados, búsquedas inorgánicas en Internet que no tenían en cuenta el paso del tiempo y el que informaciones exactas hoy se van modificando a medida que avanza la flecha del tiempo, una ausencia completa de evaluación sobre la solvencia de las fuentes y, finalmente, errores metodológicos debidos a su particular ecuación personal con mucho de psicópata y mucho más de paranoico.

Anders Behring Breivik tenía una percepción alterada de sí mismo: tendía a sobrevalorar su ego tal como lo demuestra el que incluyese un amplio capítulo sobre cómo elaboró la bomba; esta egomanía la confirma el hecho de que jamás se sintiera integrado en organizaciones creadas por otros hasta el punto de que en 2002 sintió la necesidad de crear su propia orden neo–templaria. La egolatría es, siempre, uno de los rasgos más acusados de la personalidad del psicópata.

Pero Anders Breivik se veía a sí mismo de una manera muy diferente a cómo lo veían los que le rodeaban. Ya hemos visto lo que no era (la imagen que los medios han pintado de él) falta saber ahora qué visión ideológica había asumido y en función de la cual realizó las masacres de Oslo y de Utoya… y lo que encontramos no tiene nada que ver con lo que las grandes cadenas mediáticas han dicho sobre él. Una vez más, para saber por dónde discurría el pensamiento de Breivik hay que recurrir a la única fuente a nuestro alcance: su manifiesto de 1.500 páginas. Y mientras alguna orientación es obvia (la anti islamista), otras son encuentros imprevistos con familias ideológicas de las que los medios de comunicación se han guardado mucho de mencionar.

a.– Un anti–islamista

La palabra “Islam” es, con mucho, la que más veces aparece en el manifiesto de Breivik, exactamente en 1.465 ocasiones e “Islamic” en 1.358 ocasiones y “Muahmmad” en 232 ocasiones. Estas palabras son siempre citadas hostilmente por distintos motivos. Sin embargo, la palabra “immigration” aparece solamente en 486 ocasiones. Esto da que pensar: para Breivik el problema no es la inmigración masiva que están soportando los distintos Estados europeos, sino el hecho de que buena parte de esta inmigración procede de países islámicos… ¿Y qué ocurre con la inmigración procedente de países no islámicos? Andinos, subsaharianos, romanís, etc..., no parecen importar gran cosa a Breivik: en realidad, carecen de un proyecto político–místico expansionista, no tienen fedayines, ni muhaydines, ni talibanes, ni nada parecido, pertenecen a pueblos muy diversos sin denominador común, así que para él no constituyen absolutamente ningún peligro, o si los considera como tal se trata de un peligro muy secundario, casi irrelevante. Los “hombres negros” solamente son mencionados en cuatro ocasiones y de manera particularmente benévola: en la pág. 633, por ejemplo, considera que el rap es perjudicial incluso para la comunidad negra y en cuanto al hip–hop, explica en la misma página, que “[sus] expresiones y gestos (…) pueden impedir a un joven negro interactuar cómodamente con los compañeros de trabajo y clientes”, por lo que alarmará a los empleadores. Y en la página 1.147 elogia a los negros norteamericanos “que debieron desarrollar juntos la fuerza, la perseverancia y la resistencia para sobrevivir”. Estos párrafos, por sí mismos bastarían para ver en Breivik a alguien carente de prejuicios racistas. El tema racial le interesa pero casi de manera erudita. Es capaz, por ejemplo, de elaborar un listado de “cruces étnicos” (véase página 1.165) pero en absoluto extrae consecuencias y las que extrae son meras divagaciones y en absoluto radicales. Dice, por ejemplo, en esa página que “Cada tribu tiene que hacer absolutamente todo lo posible para que no ser atacada por otra tribu mediante la demografía, la inmigración o la tasa de natalidad”.

Noruega tiene una población inmigrante del 15%, entre 70 y 750.000 personas (incluida la población considerada como noruega administrativamente, pero compuesta por inmigrantes naturalizados), constituida por somalíes, árabes, albaneses, turcos y paquistaníes. Solamente en 2010 entraron 73 852 inmigrantes... El número de inmigrantes en Noruega es parecido al que hay en Cataluña (un 17-18%). La Oficina Central de Estadística Noruega prevé que la cantidad de inmigrantes y nacidos de padres inmigrantes aumentará desde la cifra actual que considera esta misma oficina, 0,6 millones en 2011 hasta 1,7 millones en 2060. En Oslo el número de inmigrantes alcanza el 34% de la población total. El número de islamistas en relación a la población en 2009 era de un 4-5%. Estas cifras, aun siendo tres veces más altas que las que da Wikipedia  (http://es.wikipedia.org/wiki/Noruega ) no explican la paranoia antiislámica de Breivik.

…Ahora bien, no todo el texto ha sido escrito por Breivik, en varias ocasiones éste cita artículos o fragmentos de artículos pertenecientes a un misterioso “Fjordman”: concretamente 37 artículos aparecidos en el blog http://fjordman.blogspot.com cuyo autor en total está citado en 111 ocasiones. La sensación que da es que “Fjordman” es el mentor ideológico de Breivik o al menos alguien en el que confía y al que le debe buena parte de su formación ideológica y de sus opiniones. Fjordman: ¿quién es Fjordman? Tardó poco en ser identificado después de los crímenes de Oslo y Utoya. De hecho, se trató de la persona más buscada en las horas siguientes a los atentados.

El verdadero nombre de “Fjordman” es Peder Jensen Nøstvold, un blogero noruego activo en el movimiento contra la jihad islámica y que sostiene que el multiculturalismo y muy especialmente la inmigración musulmana constituyen una amenaza a la civilización occidental. Pocos días después de la masacre, Jensen concedió una entrevista al informativo digital VG–Nett (que puede leerse en inglés en http://www.vg.no/nyheter/innenriks/oslobomben/artikkel.php?artid=10089390) en el curso de la cual expresa su sorpresa por haber sido citado por Breivik y considerado como inspirador doctrinal de la masacre. Fjordman–Jensen fue interrogado durante horas por la policía. Se trata de una persona de 36 años cuya vida quedará, a partir de ahora, condicionada por el atentado y por la utilización que Breivik hizo de sus textos. Al ser entrevistado (el jueves después de los atentados, es decir seis días más tarde) manifestó que no le quedaba más remedio que entrar en clandestinidad. El periodista que lo entrevistó lo definió como “De voz suave y sencillo, vestido con una camiseta blanca y jeans oscuros. Dice estar horrorizado por haber citado un total de 111 veces en el manifiesto Breivik”.

Jensen explicó que entre 2009 y 2010 recibió varios correos electrónicos de Breivik en los que le comunicó que estaba escribiendo un libro. En uno de estos intercambios de emails, hacia finales de 2009, Breivik le pidió conocerlo personalmente a lo que Jensen se negó. Explica: “No sé por qué quería reunirse conmigo, pero me negué. No por sus puntos de vista extremistas, sino porque no parecía interesante. «Castillos en el aire», me dije a mí mismo cuando volví a leer los correos electrónicos”. Explica luego que se siente obligado a dar una explicación a toda la nación y que la policía confiscó su ordenador en un intento de implicarlo en los crímenes.

Afirmó que solamente había tocado un arma durante su servicio militar obligatorio y que había cursado estudios de cultura y tecnología en la Universidad de Oslo, y ha estudiado árabe en la Universidad de Bergen y en la Universidad Americana en El Cairo. Es, pues, un hombre bien informado sobre la realidad de los países islámicos y su tesis trató sobre la censura y los blogs en Irán. Jamás ha militado en ningún partido político. Había nacido en el seno de una familia de izquierda socialista y durante un período militó en las Juventudes Socialistas.

Explica más adelante que “el punto de inflexión en la vida de Jensen llegó cuando era un estudiante en El Cairo durante los ataques del 11–S”. Explica: "la prensa occidental afirmó que los árabes no estaban contentos con los ataques. Esto no es cierto. Algunos de mis vecinos celebraron el acontecimiento con una fiesta espontánea, y sentían que los ataques habían sido geniales”. Después de esto, Jensen comenzó a enviar comentarios a los principales diarios de Noruega, pero sus opiniones ya anti–islamistas no fueron publicadas por los medios lo que le decidió a lanzar su propio blog utilizando el alias de "Fjordman" en 2005. Desde principios de 2002 hasta mediados de 2003, trabajó como observador para el ministerio noruego de Asuntos Exteriores y formó parte de la Misión Internacional en Hebrón. Sus escritos fueron reproducidos en blogs belgas y austríacos y una selección de ellos fue impresa por la editorial virtual lulu.com. Su blog consta de cientos de artículos sobre los temas más variados "desde la astrofísica hasta la historia del chocolate y la cerveza". Sería difícil ver en estos millones de palabras –dice que ha publicado unos 2.000.000 de palabras y que ha sido leído por millones de personas– rastros de extremismo político. Por supuesto, los textos más polémicos, los que han tenido más lectores y los que se han reproducido en más blogs son los anti–islámicos.

Su reacción inmediata tras los atentados fue malentendida por la policía: pocos minutos después de que se difundiera la noticia del atentado de Oslo definió al primer ministro noruego, Jens Stoltenberg como  “un tonto patético para el islam” y tras conocerse el tiroteo de Utoya  –cuando todavía no se sabía exactamente qué es lo que había pasado ni quién era el responsable– describió a los jóvenes socialistas como una "banda anti israelí y pro palestina”. Solamente más tarde, cuando se enteró de que Breivik lo consideraba casi como su inspirador intelectual, en un reflejo de autodefensa, lo definió como un "psicópata violento".

El blog de Fjordman contiene artículos en inglés y en noruego sobre el Islam, la democracia, el multiculturalismo, la Unión Europea y la cultura occidental. Las tesis que sostiene son las conocidas como “Eurabia”, proyecto que Breivik asume sin fisuras (cita este concepto en 112 ocasiones siempre elogiosamente). La Agencia de Noticias de Noruega definió a Fjordman como “una voz central de extrema derecha anti–islámica en Europa” (lo que, como mínimo parece aventurado… especialmente porque el proyecto Eurabia apunta más a fuerzas conservadoras de derechas como veremos más adelante). En cambio Fjordman negará ser un supremacista blanco, rechazará ser racista si bien sostendrá que solamente los pueblos blancos se aferran al universalismo mientras el resto de pueblos defienden especialmente a su propio grupo étnico. También, como Breivik, se declara antinazi y llega incluso más lejos acusando a los actuales gobiernos europeos de ser “nazis invertidos” al dar por sentado “que los pueblos blancos deben tener menos derechos que otros y pueden ser colonizados y sometidos a limpieza étnica impunemente”.

La idea de Breivik de que lo esencial de la violencia racista en los países occidentales está protagonizada por pueblos no europeos contra los europeos procede de Fjordman, de la misma manera que la idea de que los culpables de esta situación son “los socialistas”. Para ambos –pero los criterios de Breivik pertenecen a su mentor, Fjordman– “Occidente” no ganó la guerra fría en la medida en que todavía sigue existiendo el “socialismo”. Ninguno de los dos realiza una distinción clara entre “socialismo”, “socialdemocracia” y “comunismo”. Fjorman explica en su blog: “Los medios de comunicación occidentales trata a los musulmanes que atacan a la civilización occidental con más indulgencia que a los blancos que tratan de defenderse”. Y añade: “Las posiciones crítica ante la inmigración masiva son sistemáticamente satanizados como racistas, intolerantes, "extrema derecha" o de los fascistas y los nazis... Sin embargo, los grupos musulmanes que apoyan el terrorismo y quiere destruir la civilización occidental se llaman moderados en los medios occidentales”.

Ahora ya sabemos de dónde procedía la obsesión anti islamista de Breivik, poco justificada a raíz de la baja presencia de islamistas en Noruega: procedía de un bloguero situado en la línea de la “Operación Eurabia”. ¿Qué es y que implica este concepto?

Se trata de un concepto que proclama que en apenas unas décadas la cultura dominante en Europa será la islámica a causa de la inmigración masiva que padece el Viejo Continente. Se trata, obviamente de una exageración malintencionada difundida por una autora judía, Bat Ye’or (בת יאור, literalmente “Hija del Nilo” y de verdadero nombre Giselle Littman, nacida en Egipto, apátrida y residente durante muchos años en el Reino Unido y Suiza, que ha pronunciado conferencias en el Congreso de los EEUU y en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU) en un intento de beneficiar propagandísticamente al Estado de Israel y tratar de cambiar la opinión de los países europeos en relación al conflicto de Oriente Medio. La táctica consiste en aprovechar las resistencias que está encontrando la presencia de inmigrantes procedentes de países islámicos en Europa para sugerir a los europeos que ellos están del mismo lado que el Estado de Israel en la común lucha contra los árabes.

El centro de la reflexión de Bat Ye’or es la situación de los “dhimmis” (nombre con el que se conocen a los judíos y cristianos que viven en territorios islámicos). Menciona a Bashir Gemayel, el jefe de las milicias falangistas libanesas pro–israelíes, asesinado en 1982, como creador del concepto de “dhimmitud” que sería la sumisión al dominio islámico de las tierras y de los pueblos. La “dhimmitud” se hace efectiva cuando los no musulmanes pagan un tributo al poder islamista a cambio de recibir protección (“dhimma”). En su último libro, Eurabia: The Euro–Arab Axis, (2005, Fairleigh Dickinson University Press) expone la teoría de la colonización islámica de Europa mediante la inmigración.

En su obra Islam and Dhimmitude: Islam and Dhimmitude: Where Civilizations Collide (2001, Fairleigh Dickinson University Press) relata la destrucción de la comunidad judía egipcia (a la que pertenecía) y realiza una equivalencia entre “dhimmitud” e inseguridad y humillación de los infieles. Termina explicando que la “dhimmitud” es la consecuencia y el objetivo último de la Jihad (la guerra santa). De manera demasiado aventurada explica que la política de la Unión Europea en relación a Oriente Medio es pro–árabe (en realidad es más bien neutralista) desde la primera crisis del petróleo en 1973 que coincidió con el aumento de la presencia de inmigrantes islámicos en ese país. Francia pretendía –según esta interpretación– ganar poder para disminuir el poder de los EEUU, congraciarse con los regímenes árabes y asegurar el suministro de petróleo. El resultado fue una política anti–israelí desde entonces por parte de los gobiernos europeos (cuando en realidad, se trató y se trata de una oscilante política limitada de conciliación entre las dos partes).

Esta concepción de “Eurabia” ha ganado adeptos en la derecha y especialmente en algunos grupos anti–inmigración europeos. Guillaume Faye ha asumido en gran medida esta tesis de la identidad de destino entre Europa, Israel y EEUU. Y en los medios anti–inmigración europeos se suelen leer la treintena de webs y blogs que difunden las tesis de Eurabia. Y esto es peligroso para este sector político, porque Eurabia no es un concepto político o geopolítico: es una operación de inteligencia destinada a hacer aumentar la opinión favorable al Estado de Israel en Europa. Para ello, los blogs “Eurabia” suelen distribuir “información averiada” sobre el Islam y nunca puede saberse si los datos contenidos en ellos son reales o falsos. Así, por ejemplo, las acusaciones que suelen difundir estos blogs sobre la “pedofilia” de Mahoma o sobre prácticas pedófilas realizadas en los países árabes son completamente falsas y demuestran precisamente que se trata de operaciones psicológicas dirigidas desde Israel y probablemente ejecutadas por las agregadurías de prensa de las embajadas judías en Europa. A Israel no le basta que la Unión Europea promueva una política de negociación, estimule encuentros entre las partes enfrentadas en Oriente Medio y mantenga equilibrios entre las partes: Israel practica el principio de “el que no está conmigo está contra mí” y aspira a lo imposible: cambiar la percepción hostil que suele ser habitual en Europa hacia la política judía, frecuentemente intolerante, belicista y agresiva, por una política de solidaridad y apoyo plenos… ¿Y la presencia islámica en Europa? A Israel le importa poco que los núcleos islamistas en Europa crezcan más o menos: lo único que le importa es su causa, la supervivencia del Estado de Israel que precisa, no solo del apoyo de los EEUU, sino también de la Unión Europea. El enfrentamiento entre judíos y palestinos dura ya casi 70 años y ha ido empañando progresivamente la imagen de Israel especialmente en Europa. A diferencia de en los EEUU en donde el judaísmo tiene una influencia decisiva en medios de comunicación, industria del cine, comunicaciones y finanzas, en Europa el rol efectivo de los ciudadanos de origen israelita es mucho menor. Además, el judaísmo europeo está incluso dividido en relación a la percepción del problema de Palestina y carece de capacidad efectiva para que su presión sobre los gobiernos europeos sea decisiva y capaz de influir en la actitud de la Unión Europea en relación a este conflicto. Israel ha utilizado históricamente la cuestión del “holocausto” para congraciarse con la opinión pública europea. Ha bastado cualquier repunte de la conflictividad en Palestina para que los “agentes de influencia” israelitas distribuidos por todo el mundo pasaran a la ofensiva contrabandeando el desprestigio del Estado de Israel en estas cuestiones acentuando la victimización apelando al sentimentalismo y la emotividad europea con recuerdos sobre lo que se ha dado en llamar “holocausto”.

Sin embargo, esto ha logrado mantener solamente una especie de cordón umbilical emotivo, pero muy tenue, entre Europa e Israel que nunca ha ido muy lejos, especialmente porque en materia de política internacional los gobiernos europeos han mantenido la cabeza fría e Israel ha sido considerado como una especie de portaviones norteamericano en Oriente Medio y un foco permanente de conflicto. En momentos en los que Europa ha mantenido deseos de autonomía en relación al “imperio”, se ha acentuado la tendencia a participar en “procesos de paz”, facilitar negociaciones y ayudar a Palestina a que tenga algo parecido a un Estado. Por el contrario, en momentos en los que los gobiernos europeos han sido más partidarios del alineamiento pro–norteamericano, más se han inhibido de participar en iniciativas políticas en Oriente Medio, dejando al binomio EEUU–Israel la resolución del conflicto.

Pero a principios del milenio se puso de manifiesto una nueva variable en la ecuación. Desde el 11–S y más especialmente desde los meses previos al ataque a Irak, la opinión pública norteamericana tiene tendencia a considerar a Europa como “continente en fase de islamización”. De un lado se difunde la idea de que “París es islámico”… (que no está completamente desprovisto de sentido si tenemos en cuenta que el número de menores de 25 años de origen magrebí en París y Banlieu ya es superior al número de franceses de etnia europea y mucho más si tenemos en cuenta que el número de mezquitas aumenta en Europa más que en lugar alguno del mundo). Para colmo Turquía y Marruecos, avalados por algunos Estados europeos (entre ellos España) mantienen sus aspiraciones a ingresar en la Unión Europea y, entre tanto, colonizan los mercados continentales con sus productos agrícolas.

Formulado en forma de “teoría política”, “Eurabia” apenas es un mecanismo ideológico destinado, no tanto a ganar adeptos para la causa israelí, como a aumentar la brecha entre Europa y los regímenes árabes… que, en consecuencia, tiende a beneficiar al Estado de Israel.

Los principios de Eurabia son falsos:

– No es Europa quien ha pactado de espaldas a su aliado, EEUU, con los países árabes, sino EEUU quien ha hecho precisamente eso. Léanse las obras de Alexandre del Valle para conocer los apoyos documentales sólidos que demuestran que EEUU mantiene alianzas con buena parte del mundo árabe, incluso con los regímenes como el de Arabia Saudí más fundamentalistas y ello desde los años 30, siendo una constante de la política norteamericana desde entonces.

– La crisis iniciada con la guerra del Yon Kippur en 1973 sirvió, no para alinear a Europa con el Mundo Árabe, sino para romper y dividir al mundo árabe y lograr que algunos países que hasta  ese momento habían estado alineados con la URSS (Egipto, especialmente) pasaran a situarse bajo la órbita de EEUU.

– No es Europa quien se ha aproximado a Turquía y Marruecos, sino los EEUU los que desde hace más de diez años presionan a estos gobiernos para que entren en la UE y en ambos, en ambos, existen bases militares norteamericanas operativas.

– En cuanto al olvido de las “raíces cristianas” de Europa en el proyecto de Constitución Europea se produjo en un momento en que la socialdemocracia gobernaba en buena parte de Europa, exactamente en doce de los diecisiete Estados de la UE de la época. Hoy, cuando el socialismo gobierna en apenas tres países europeos, ni una sola fuerza política continental de peso apoya la entrada de Turquía en la UE (salvo en España que, como efecto precisamente la presión norteamericana, pues tanto Aznar como ZP la siguen apoyando…). No es “Europa” quien oculta esas “raíces cristianas”, sino la socialdemocracia europea… que hoy está sin duda atravesando una crisis histórica previa a su descomposición continental.

– En cuanto a la compatibilidad entre Islam y democracia, se trata de una doctrina norteamericana puesta en marcha en Afganistán e Irak convocando elecciones democráticas, no la actitud europea que se ha limitado –como máximo– en ir a remolque.

El objetivo de esta operación era: transformar el miedo del europeo medio al islamismo en una visión hostil hacia el binomio inmigración–etnia–religión–islamismo que generase en el objeto receptor del mensaje una situación mental predispuesta para apoyar y “comprender” al Estado de Israel y a su actuación en Oriente Medio por aquello de que “los enemigos de mis enemigos son mis amigos”, que a fin de cuentas era lo que se buscaba.

Frecuentemente hemos visto como difundían material burdamente falsificado haciendo especial énfasis –no en vano el actual jefe de operaciones psicológicas del Mosad tiene formación freudiana– en las perversiones sexuales del Islam. La habilidad de esta operación psicológica ha consistido en mezclar elementos auténticos, chocantes para la cultura europea (poligamia, harenes, velo, cierto menosprecio por la condición femenina, ablación del clítoris que, a fin de cuentas, es una costumbre pre–islámica extendida en África negra), con episodios pura y simplemente inventados que hacen alusión a la pederastia (hace unos meses estos medios difundieron fotos de una “boda” entre palestinos y niñas de 6 a 8 años… que resultó ser algo muy diferente: un homenaje a los huérfanos palestinos). Lo que se pretende es generar la náusea hacia las “prácticas islámicas”… Y hay que reconocer que para un público poco exigente desde el punto de vista cultural, habitualmente poco informado sobre el mundo islámico y sin conocimientos sobre esa religión, esa operación psicológica ha cosechado algunos éxitos especialmente entre grupos anti–inmigración europeos.

Por todo esto es preciso alertar sobre los riesgos de visitar las páginas rotuladas como “Eurabia”, reproducir su material y elaborar, a partir de estas fuentes, otros artículos. Se trata casi completamente como hemos dicho de “mercancía averiada”. En cuanto a los “análisis” sobre la religión islámica, formuladas desde las páginas web que se reclaman de esta tendencia, todas, absolutamente todas, parten de los laboratorios de operaciones psicológicas del Mosad y ni uno sólo está avalado por departamentos universitarios especializados en historia de las religiones. Se trata siempre de material “interesado”, mera intoxicación informativa. Y este es el gran problema: porque si existe el “terrorismo islámico” en la forma en la que ha sido presentado desde los EEUU ¿qué necesidad hay de desviar la atención hacia la religión y falsear burdamente lo que es la religión islámica como se hace constantemente desde las webs de “Eurabia”? Ninguna… Lo que se busca no es “conocer la verdad” sobre el Islam: sino predisponer a los europeos a favor de quienes combaten verdaderamente al Islam, esto es, el Estado de Israel…

Afirmar, por ejemplo, la pederastia de Mahoma, supone ignorar las tradiciones de las tribus árabes en las que nació Mahoma y a las que transformó en “pueblo”. La pederastia no existe en el Islam más que en cualquier otro horizonte cultural. Por otra parte, a otras latitudes, otras tradiciones y a otros siglos otras costumbres. Si tenemos en cuenta que los países islámicos mantienen un atraso secular de entre 3 y 4 siglos (o 10 en el caso afgano) se entenderá perfectamente que algunas costumbres árabes sean chocantes para un europeo laico del siglo XXI. A finales del siglo XVIII la guillotina era mucho más habitual en Francia de lo que hoy es la lapidación en cualquier estado islámico… Hoy en cambio, la guillotina revuelve las tripas de todo europeo y habrán de pasar unos siglos todavía para que ocurra lo mismo con la lapidación en el mundo árabe.

Por otra parte, quien recuerde que Mahoma “esposó” con una niña de 9 ó 12 años, se arriesga a que le repliquen –entre decenas de ejemplos– que Abraham hizo pasar a su esposa por “hermana” a fin de que copulara con egipcios y poder extraer ventajas, por no hablar de la edad de la Virgen María cuando esposó a San José… Sin olvidar que, tal como ha demostrado Mircea Eliade y tantos otros, los “textos sagrados” no son relatos históricos sino narraciones con fines moralizantes y esotéricos que frecuentemente incluyen conceptos de numerología y claves simbólicas, y así ocurre con el Islam y con cualquier otra religión tradicional.

Eso por lo que a la historia sagrada de cada religión. Y en cuanto a la actualidad de la pederastia, unos pueden recordar a un imán huido de España por ese motivo… y otros pueden recordar los casos de pederastia que han estallado en los últimos años en el ámbito de la cristiandad y entre sus ministro… La objetividad y el amor por la verdad es una de las características propias de Europa: la verdad en Europa lo es todo desde el “Amigo de Platón, pero más amigo de la verdad”.

No, el “frente religioso” no es, desde luego, el mejor para afrontar la polémica de la inmigración. Este “frente religioso” sirve sólo para idealizar a quienes combaten a los islamistas en Oriente Medio: esto es a Israel, “rodeado de pueblos salvajes que practican una religión salvaje” tal como sugiere la “Operación Eurabia”. Y aquí no pretendemos entrar ni salir sobre la naturaleza de ese conflicto lamentable que conocen cuatro generaciones de palestinos e israelitas. 

La idea de Eurabia hubiera pasado casi completamente desapercibida de no haber sido porque la periodista italiana Oriana Fallaci asumió sus tesis con posterioridad a los ataques del 11–S de 2001. En efecto, la periodista que hasta ese momento se había declarado apolítica, pero también antifascista, que junto con su amante Alekos Panagulis, había visto una increíble intencionalidad política en el asesinato de Pier Paolo Passolini, un mero crimen entre homosexuales, que había expresado su feminismo radical en muchas ocasiones y que se había sido al Partido Radical, se convertía en la última etapa de su vida, cuando ya estaba aquejada de un tumor incurable, en despiadada combatiente contra el fundamentalismo islámico. La Fallaci advirtió –en la línea de Bat Ye’or– a principios del siglo XXI que la presión inmigrante sobre Europa suponía la difusión del Islam en el continente. También en sus últimos años experimentó un giro en sus opiniones religiosas: la atea y anticlerical de toda la vida, se redefinió como “atea–cristiana” (véase la coincidencia en este terreno con las opiniones de Breivik, como veremos más adelante) e incluso se entrevistó con Benedicto XVI. Ese giro copernicano a las opiniones que había expresado a lo largo de toda su vida se prolongó entre el 11–S de 2.001 y la fecha de su fallecimiento en 2.006. El leit–motiv de su producción periodística en esos años fue la denuncia de un proceso de islamización de Occidente que habría contado con la complicidad de la izquierda europea: “Eurabia”. Y es aquí en donde la obra de las dos escritoras converge y termina influenciando en las apreciaciones de Breivik y de su mentor, Fjordman.

Pero, Bat Ye’or, mucho más que la Fallaci, condena la política “europea” (y no solo de la izquierda europea) por dos motivos: por considerarla anti–estadounidense y anti–sionista… La obra de Bat Ye’or es pues inseparable de los intereses de la política norteamericana en Oriente Medio y, naturalmente, de los intereses del Estado de Israel. Y, en realidad, mucho más inseparable de lo último que de la primero, pues, por ejemplo, en temas como la entrada de Turquía en la Unión Europea, Bet Ye’Or (y la Fallaci) se declaran radicalmente en contra, mientras que los últimos presidentes de los EEUU y en España tanto Aznar como Zapatero, se han erigido en los defensores de la candidatura turca. Por otra parte, sirve también a los intereses de la política exterior norteamericana pues, efectivamente, teme la aparición de un régimen autosuficiente en Europa y en buenas relaciones con el mundo árabe. Para filtrar esta posición aborda temas “sensibles” en Europa: la incompatibilidad cierta entre Islam y democracia (¿por qué la democracia debería ser un régimen exportable a todo el mundo?) y la defensa de las raíces cristianas de Europa (que serían las mismas que las raíces de los EEUU, “pueblo elegido de la modernidad” y, por tanto, resultante del “pueblo elegido de la antigüedad”, esto es, Israel. Tal es el esquema de Bat Ye’or popularizado y divulgado por la Fallaci. El esquema de Anders Bherin Breivik transformó en pesadillo. Éste conocía a la perfección la obra de Bat Ye’or a la que cita en su manifiesto en 65 ocasiones, directamente o a través de Oriana Fallaci (a la que cita 10 veces). Y, por supuesto, se identifica con el concepto “Eurabia” que cita en 174 puntos… No hay duda pues sobre el “anti–islamismo” que practicaba Breivik y sus implicaciones: defensa de Israel y del sionismo como aliado natural de “Occidente” (Europa + los EEUU) frente a la penetración árabe…

b.– Un defensor del “cristianismo cultural”

El cristianismo aparece en 1.140 ocasiones en el manifiesto de Breivik. Pero no siempre es tratado de la misma manera: existe desde una hostilidad manifiesta en algunos puntos y una admiración desmesurada en otros. Para Breivik el cristianismo es el artífice del mejor momento de la civilización cristiana, la Edad Media, en la que aparece una decidida voluntad de lucha contra el Islam en las Cruzadas y en la formación de órdenes ascético-militares de las que los templarios será aquella con la que realizará una identificación enfermiza.

En la mente simplista de Breivik, completamente agnóstico, el cristianismo es una palanca para impulsar la lucha anti-islámica en Europa que, a la posterior, no es sino la lucha en defensa del Estado de Israel y de los EEUU, pues en su criterio, todo, todo esto es “Occidente”. Israel es citado en 224 ocasiones, Occidente (West) en 434 y los EEUU (USA) en 62 ocasiones…

El manifiesto de Breivik llegó a conocimiento de la opinión pública siguiendo una extraña senda que Massimo Introvigne ha podido reconstruir apenas en parte (véase artículo publicado en http://www.ilgiornale.it/interni/perche_voleva_colpire_litalia_ratzinger/25–07–2011/articolo–id=536757–page=0–comments=1 ). Pocas horas antes del primer atentado de Oslo, el 22 de julio, Breivik envió el manifiesto a un cierto número de personas. Al día siguiente, Kevin Slaughter publicó el manifiesto en su blog ( http://www.kevinislaughter.com/2011/anders–behring–breivik–2083–a–european–declaration–of–independence–manifesto/ ). Pero lo que sorprende es que Slaughter no es un cristiano fundamentalista, ni siquiera un ateo agnóstico, es algo muy diferente a todo ello: es miembro de la Iglesia de Satán fundada por Sandor La Vey en los años 60 y que, según Introvigne, cuenta en Escandinavia actualmente “con el mayor número de adeptos”. Slaughter afirmó no conocer a Breivik ni haber mantenido contactos con él. El 28 de julio publicó en su blog este comunicado: “Ha comenzado a aparecer en la prensa extranjera sobre todo, que Breivik estaba en contacto conmigo. Ha quedado claro en varias ocasiones dónde y cuando encontré este documento en línea. Yo no había oído hablar ni había estado en contacto con Breivik ni conocía este documento antes de sus acciones terroristas en Noruega”. El misterio subsiste pues: ¿Quiénes fueron las personas a las que Breivik envió su manifiesto y porqué es precisamente un miembro de la Iglesia de Satán quien lo difunde en Internet? ¿Cómo llegó el documento a Slaughter?

A Introvigne no se le escapa el hecho de que uno de los elementos que más han llamado la atención en el manifiesto de 1.500 páginas (y que los medios de comunicación de todo el mundo han soslayado y silenciado de manera increíble y al unísono) es la defensa del Estado de Israel partiendo incluso de conceptos muy populares en el siglo XIX en donde a través de los escritos de Chamberlain se consideraba que los judíos (y más concretamente, los galileos) eran “étnicamente afines a los pueblos del Norte de Europa” y lanza un concepto nuevo como autodefinición ideológica: “cultural Christian”, cristiano cultural. Por ejemplo, cuando describe los “Requisitos para convertirse en Gran Maestro Supervisor” de su orden neo–templaria, escribe: “El individuo necesita un historial no necesariamente militar de cristiano cultural conservador y activista (anti–Jihad). El individuo tiene que ser un cristiano europeo, y como tal debe ser compatible con las tradiciones judeo cristianas. En otras palabras, el individuo tiene que oponerse a la islamización
de Europa y al multiculturalismo (…) No debe tener un historial de racismo o de apoyo al conservadurismo racial” (pág. 1.073). “… Hay que apoyar a los conservadores, anti–pacifistas, de los líderes cristianos culturales y asegurarse de que son capaces de influir en las iglesias europeas. No obstante, hay que distinguir claramente. La Iglesia no debe poner ningún límite alguno sobre cuestiones relacionadas con la ciencia, la investigación y desarrollo. Europa seguirá siendo el centro mundial de investigación y desarrollo en todas las áreas, reforzado por una predecible y "inmutable" marco cultural. De nuevo, esto reforzará considerablemente la cohesión de la sociedad europea y por lo tanto contribuirá a la formación de sociedades sostenibles, donde la armonía, el progreso, la libertad y la promoción de la humanidad sean los pilares primarios de la civilización” (pág. 1308).

A la pregunta que se auto formula sobre si ateos u odinistas podrían unirse a su orden neo–templaria a pesar de no ser ni cristianos ni católicos, él mismo se responde: “Si quieren luchar por la cruz y morir bajo la "cruz de los mártires", es necesario que sean cristianos practicantes,  agnósticos o ateos cristianos (cristianismo cultural). Los factores culturales son más importantes que su relación personal con Dios, Jesús o el Espíritu Santo. Incluso los Odinistas puede luchar con nosotros y serán considerados como hermanos en esta lucha, siempre y cuando acepten los principios fundadores de los Caballeros Templarios y estén de acuerdo en luchar bajo la cruz de los mártires. La esencia de nuestra lucha es derrotar a los regímenes marxistas culturales y multicultural de Europa Occidental”, añadiendo: “He estudiado la mitología nórdica y tengo un gran respeto por las tradiciones odinistas. Me considero cristiano, pero el Odinismo es todavía y siempre será una parte importante de mi cultura y la identidad”. (pág. 1.360). Cabría añadir que el término “odinismo” aparece en 6 ocasiones en el documento. Y, finalmente, “Como cristiano cultural, creo que la cristiandad es esencial por razones culturales. Después de todo, el cristianismo es la única plataforma cultural que puede unir a todos los europeos, algo que se necesitarán en el próximo período en la tercera expulsión de los musulmanes” (pág. 1.361).

Los padres de Breivik eran agnósticos pero él eligió voluntariamente ser bautizado y confirmado en la Iglesia Luterana Noruega, para convencerse más tarde de que el protestantismo nórdico es el responsable de la entrada de inmigración islámica: “Creo que los protestantes han perdido “identidad” mientras que la Iglesia Católica mantiene un mínimo de la misma”, escribe. Pero no hay que considerar a Breivik como un “fundamentalista cristiano”, se mire como se mire, es agnóstico y el concepto de “cristiano cultural” es para él simplemente una forma de aprovechar lo que queda de positivo en el cristianismo como palanca para luchar contra el Islam. Su posición ante el cristianismo es ambigua y oportunista: al igual que su mentor intelectual, Fjordman, opina que “tras el Medievo, el cristianismo, cuyos únicos aspectos positivos eran de origen pagano, se convirtió para Europa en una amenaza peor que el marxismo”. Piensa que el Papa ha traicionado al cristianismo al haberse entrevistado con líderes islámicos en el marco del ecumenismo y acusa a Benedicto XVI de “Papa cobarde, incompetente, corrupto e ilegítimo”.

Se tratará pues de convocar un congreso “Cristiano Europeo” del que nacerá una nueva “Iglesia Europea” que será “identitaria y anti–islámica”. Quien se oponga será objeto de las acciones de los “justicieros templarios”, esto es víctimas de atentados terroristas, que les harán “odiados por todos: pero se tratará de una forma de “martirio templario” destinado a despertar conciencias”. Esta idea del “martirio templario” (una verdadera pulsión sado–masoquista propia de una personalidad enfermiza propensa a buscar justificaciones para matar y morir) es una idea que para Breivik resulta obsesiva y se repite en 60 ocasiones a lo largo del texto (“Templar martyrdom”).

Como maestro de la arsenical de perjuicios racistas de Breivik cabe citar el hecho de que en su manifiesto aluda frecuentemente a la situación del cristianismo en África y, en particular en Liberia, un país que le preocupa sobremanera, a causa de su guerra civil y que es citado por esta causa en 11 ocasiones... Pero también alude a Liberia como el país en donde sus “justicieros templarios” han sido entrenados por “extremistas serbios próximos a Karadzic fugitivos en África” (pág. 1.378) añadiendo algo que en estos momentos se ignora si la policía noruega ha podido confirmar: “A través de Internet me puse en contacto con conservadores culturales serbios. Este contacto inicial con el tiempo daría lugar a contactos con varias personas clave en toda Europa y con la formación del grupo que más tarde restablecería la orden militar y el tribunal de los Caballeros Templarios. Recuerdo que me hicieron una selección completa y verificaron mis antecedentes para asegurar que daba la talla deseada. Dos de ellos tenían reservas a invitarme  debido a mi corta edad, pero el líder del grupo insistió en mi candidatura. De acuerdo con uno de ellos, estaban considerando varios cientos de personas en toda Europa para un curso de formación. Me reuní con ellos por primera vez en Londres y luego en dos ocasiones en el Baltikum. Tuve el privilegio de conocer a uno de los más grandes héroes vivos europeos de la guerra en ese momento, un cruzado de Serbia y héroe de guerra que había matado a muchos musulmanes en combate. Debido a la persecución de la UE por supuestas crímenes contra los musulmanes entonces estaba viviendo en Liberia. Lo visité en Monrovia, justo antes de la fundación en Londres el año 2002”… Es difícil saber si este relato corresponde a un hecho auténtico, o si se trata del reflejo de un mitómano a fin de dar la sensación de que dispone de una amplia red de contactos, o simplemente es una extrapolación realizada a posteriori por alguien que pretende beneficiarse del “caso Breivik”, una intoxicación oportuna: no hay que olvidar que los atentados tuvieron lugar el día 22 de julio y que dos días antes, el 20 de julio, había resultado detenido Gozan Hadzic, el último de los prófugos serbios buscados por el Tribunal Internacional de La Haya. Hadzic fue el líder de la efímera República Serbia de Kraína, formalmente perteneciente a la República Croata que fronteriza con Serbia y poblada mayoritariamente por serbios. La inserción de esta historia (o “historieta”) en el mamotreto de Breivik en la que aparece “uno de los más grandes héroes vivos” es inseparable de lo ocurrido dos días antes y el texto parece sugerir que el personaje que dice haber conocido en Monrovia debería ser Goran Hadzic… cuyas responsabilidades en la guerra civil yugoslava quedarían así “actualizadas” y vinculadas a la masacre de Oslo.

Breivik explica que lo que le llevó presuntamente a Liberia fue el “cristianismo” de ese país enfrentado a los islamistas locales (como en otros países africanos) y fue allí en donde habían encontrado refugio los “cristianos” serbios que se habían enfrentado a los islamistas bosnios, albaneses y macedonios. En su obsesión anti–islámica esta perspectiva tiene cierta coherencia en el particular pensamiento de Breivik… salvo que el documento de 1.500 páginas haya sido “podado” en unas partes mientras que en otras se hayan realizado “injertos” antes de su publicación on line. Y si esto ha sido así –y nosotros apostamos a que así ha ocurrido– la mención a los “cristianos” serbios se explica solamente por la detención dos días antes de Goran Hadzic y con toda probabilidad es una interpolación de última hora: en efecto, ambos personajes se retroalimentaban, el hecho de que un “criminal serbio” indeterminado mantuviera relaciones con el “asesino de Oslo” contribuía a enfatizar, dramatizar y multiplicar en ambas direcciones la sensación de horror y el rechazo hacia el terrorismo. Pero esto tiene más aroma de operación de inteligencia y, concretamente, de operación psicológica que de otra cosa.

Anders Behring Breivik, contrariamente a lo que se ha dicho, no era un “fundamentalista cristiano”. Ni siquiera era cristiano. Su concepto de “cristianismo cultural” lo entendía como agnosticismo respetuoso con la tradición cristiana de Europa. Nada más. El hecho de que gustara difundir en Facebook su fotografía con el mandil masónico y que hubiera militado en la Logia Søilene (“Pilares”), que practica el Rito Sueco, muy hostil al fundamentalismo cristiano, indica que Breivik no tenía nada que ver con esta corriente.

El ocio que practicaba Breivik parece bastante siniestro. No se explica como éste “cristiano cultural” pudiera estar obsesionado por el juego de rol  on line World of Warcraft (https://eu.battle.net/account/creation/wow/signup/index.xml?gclid=CPLr3t39uqoCFcUMtAodXT4I5A , cuyo contenido se explica en http://es.wikipedia.org/wiki/World_of_Warcraft ) típico juego de “dragones y mazmorras” que cuenta con 11 millones de jugadores en todo el mundo y juego, en definitiva, que traslada a un mundo mágico repleto de brujas, magos, chamanes, etc, o qué le atrajo de una serie tan siniestra como Blood Ties (en España “Hijos de la Noche”), cuya protagonista, una ex policía de Toronto se une a un vampiro de 480 años de edad.

El hecho de que explique en la página 1.424 que reservó 2.000 dólares para contratar a una prostituta “de alta calidad (…) que contribuirá a aliviar mi mente” antes de la “ejecución de la misión” (alude a los atentados de Oslo y Utoya) “justo antes o después de asistir a la Iglesia Frogner”, o el que considere a Pin Fortuyn (al que cita junto a Theo van Gogh en 9 ocasiones) como uno de los modelos a imitar a pesar de su homosexualidad poco compatible con su “cristianismo cultural”, o la relajación condescendiente con la que aborda el problema del aborto, incluso sus visitas (en caso de ser real el informe de la policía noruega) a la principal página de sexo noruega, sirven para que el vicepresidente de la Alleanza Cattolica, Massimo Introvigne niegue por completo la adscripción de Breivik al espacio “cristiano”.

Escribe Introvigne: “Si Breivik tiene un enemigo, el islam, también tiene un amigo imaginario, con el que no parece que haya tenido grandes contactos directos: el mundo judío que considera como el baluarte anti musulmán más seguro. El terrorista muestra un verdadero culto hacia el Estado de Israel y a su fuerza militas que corresponden a una viva aversión al nazismo”. Breivik llega incluso a sugerir en un foto neonazi de Internet que “el error más espectacular de Hitler ha sido el no entender que los occidentales más puros y nobles son los judíos y que si se hubiera tenido que exterminar a alguien debería haberse hecho antes con los musulmanes de Oriente Medio”. Su ilimitada admiración hacia el Estado de Israel le lleva incluso a recuperar la vieja idea decimonónica, muy difundida en los ambientes masónicos nórdicos de esa época, según la cual “los habitantes de la Europa del Norte son también hebreos, descendientes de las tribus perdidas de Israel: el nombre de los “daneses” alude, por ejemplo, a la tribu de Dan, según explica. El movimiento anglo–israelita se escindió en el siglo XX en dos troncos. El mayoritario, violento y responsable de atentados en los Estados Unidos, sostiene que los europeos del Norte son hoy los únicos “hebreos” auténticos, mientras que los que se hacen llamar hebreos en Israel y en otros lugares, no lo son étnicamente, ya que serían mayoritariamente Khazaríes miembros de un tribu centro–asiática convertida al hebraísmo entre los siglos VIII y IX. De ahí la aversión del “movimiento de la identidad” de origen anglo–israelita contra Israel y sus lazos con grupos antisemitas y neonazis”. En los Países Nórdicos domina la corriente que considera que los judíos son “los verdaderos herederos de la tribu de Judá, a la espera de reunirse con los hermanos anglosajones y escandinavos de las tribus perdidas. Quien mantiene esta visión considera pues a los europeos del norte como hermanos de los hebreos y, lejos de ser antisemita, defiende de una forma muy extrema al hebraísmo y al Estado de Israel” (Introvigne).

Estas ideas delirantes tienen, por supuesto, una vertiente política: suponen municiones para reforzar el vínculo con el Estado de Israel de la misma intensidad que el delirio geopolítico de Bat Ye’or o de Oriana Fallaci. No se trata en absoluto de ideas “cristianas”, ni siquiera nada que tenga que ver con el “fundamentalismo cristiano” (que es otra cosa en sus distintas acepciones, un exceso de fe en la misión de esta religión y un retorno a sus consideradas fuentes originarias). Es una doctrina propia elaborada por Breivik, el “cristianismo cultural” que sitúa a la tradición europea como subordinada a la tradición judía en la que, a fin de cuenta, opina, están los “verdaderos” orígenes de los pueblos nórdicos. Ninguno de los caminos seguidos por Breivik conducen al cristianismo, ni mucho menos al catolicismo… todo, en cambio, lleva al Estado de Israel.

c. Un liberal radicalizado

¿Qué tienen en común Adam Smith, John Stuart Mill, Maquiavelo, Orwell, Thomas Hobbes, John Locke, William James o Ayn Rand? Absolutamente nada, salvo que están todos ellos recomendados por Breivik como alternativas a la “sociología marxista”. Salvo Orwell (antimarxista) y Hobbes (teórico del absolutismo político), el resto, empezando por su enemigo, John Locke, contiene una absoluta mayoría de liberales: el propio Locke es padre del liberalismo moderno, el “utilitarista” Stuart Mill fue incluso miembro del Partido Liberal Británico, Adam Smith maestro de la economía liberal clásica y defensor del libremercado, William James teórico del funcionalismo y de la teoría liberal, para terminar la lista de grandes glorias del liberalismo con la ultraliberal rusa devenida norteamericana Ayn Rand. Si tales son las referencias doctrinales de Breivik (que expresa citando a todos estos nombres en la pág. 373–4 de su manifiesto), no cabe otra certidumbre que la de calificar a Breivik como un “liberal”, con el único añadido de anti–islamista y, en su particular óptica, “cristiano cultural”, esto es admirador incondicional del mensaje de Eurabia y del Estado de Israel.

Aynd Rand está citada en tres ocasiones (en realidad se citan tres párrafos de sus textos y recomienda la lectura de sus dos obras Atlas Shrugged y The Fountainhead,), Stuart Mill en cuatro ocasiones, William James en dos (recomendando la lectura de su obra, Pragmatism), Adam Smith en dos (también recomendando la lectura de sus obras), John Locke en cuatro ocasiones (con especial recomendación de su Second Treatise on Government) y, respecto a Orwell (al que cita en 12 ocasiones recomendando sus obras –en especial Homenaje a Cataluña– y citando fragmentos de las mismas virulentamente anti socialistas), confirman que el pensamiento liberal y anti socialista constituía la más nítida referencia ideológica para Breivik. No hay otra en las 1.500 páginas de su manifiesto. Repito: no hay otra y vanamente la buscaríamos.

Está claro que no puede atribuirse al pensamiento liberal co–responsabilidad en los crímenes de Breivik, pero no es menos innegable que él pensaba en términos de liberalismo. Y de una forma muy concreta de liberalismo: el difundido por la escuela austríaca de economía formada en torno a Friedrich Hayek (al que cita en 10 ocasiones especialmente sus ensayos The Intellectuals and Socialism y The Road to Serfdom).

La rehabilitación del liberalismo a finales de los 70 y principios de los 80 se debió primero a Margaret Tatcher y luego a Ronald Reagan, ambos bebieron en las fuentes de Friedrich Hayek, el cual, a su vez lo hizo en Friedrich von Misses. Esta es la escuela de la que se reclama Breivik. Llama la atención la simplicidad de esta escuela economicista y sus planteamientos esquemáticos que en otro tiempo no hubieran superado un examen de acceso a la universidad. Básicamente sostienen que todo lo que no es el “liberalismo” es “socialismo” y que, para evitar caer en el pecado de socialismo el Estado se tiene que abstener de cualquier interferencia en los “mercados” y reducirse a la mínima expresión imprescindible. De ahí el lema “más mercado, menos Estado”… Para Hayek cuando el Estado realiza una pequeña corrección en los mercados es que el “socialismo” se ha manifestado aun cuando esa corrección haya sido formulada por un partido de derechas. No puede extrañar que Hayek considerara a Keynes y a sus colaboradores como “una panda de socialistas”…

La crisis de 1929 desarzonó a todos estos teóricos del abstencionismo estatal. Misses fue durante muchos años olvidado y Hayek vivió durante casi toda su vida en una especie de “exilio interior”. Sin embargo, el ascenso al poder de Margaret Tatcher supuso la resurrección del zombi liberal. Algo antes, Milton Friedman y los “Chicago boys” habían hundido la economía chilena y generado una oleada de paro sin precedentes que fue más costosa para el gobierno del General Pinochet que cualquier medida represiva sobre la izquierda. En efecto, dando vía libre a las importaciones Friedman y sus compinches lograron que una cerilla fabricada en Canadá recorriera desde las Montañas Rocosas hasta los Andes y terminara prendiéndose en Valparaíso o Santiago entrañando la destrucción de sectores enteros de la economía chilena.

En los 15 años siguientes, “reajustes” como éste se dieron en toda Iberoamérica generando paro, miseria, destrucción de la clase media y establecimiento de sistemas democráticos de baja calidad guiados por títeres al servicio de las oligarquías locales y de la finanza internacional. El resultado a medio plazo ha sido la irrupción de un populismo de izquierdas en buena parte de Iberoamérica y, en especial de la “doctrina bolivariana” que hundía sus raíces en la desesperación de sectores de las clases medias en fase de proletarización y de los proletarios en fase de pauperización.

En realidad, la “pasada por el liberalismo” tuvo tres fases: una fase de impacto brutal sobre las economías locales, una segunda fase en el que “las cifras macroeconómicas” empezaron a registrar alzas y los Estados sacaron a flote sus economías (fundamentalmente como efecto de los beneficios obtenidos por la venta de las empresas de los sectores públicos, muy abundantes en Iberoamérica, mucho más que por su buena gestión), lograron atraer inversión financiera… antes de que todo esto se divisara como flor de un día, los beneficios obtenidos por la venta de empresas públicas tardaron poco en dilapidarse, volvió a hacer falta financiación, pero el Estado ya no disponía de sector público que avalase la petición de créditos y, finalmente, se produjeron fenómenos perversos como el “corralito” o vuelcos políticos como el que tuvo lugar en Venezuela, demostrando una vez más –y por si la historia del siglo XX no lo hubiera demostrado hasta la saciedad– que el “socialismo” es el resultado de los excesos del “liberalismo”.

Desde hace 150 el péndulo se decanta unas veces hacia el “socialismo” y luego vuelve hacia el “liberalismo”. Los liberales no reconocen este proceso dialéctico que une los excesos del liberalismo al nacimiento del socialismo y que luego va del agotamiento de éste a la búsqueda de su opuesto, el liberalismo, iniciando un nuevo ciclo. Los liberales de estricta observancia afirman con una seriedad pasmosa que jamás se ha llevado a la práctica su modelo teórico: siempre, en algún momento, el Estado ha intervenido en la economía falseando el mercado. Es una falacia. Habría que añadir que en determinados momentos, si el Estado no hubiera intervenido para salvar al seudo–liberalismo o neo–liberalismo, el propio sistema económico hubiera desaparecido y la última crisis económica en su primera fase así lo demuestra.

En el fondo, lo que subyace es un dogmatismo presente con tanta fuerza como estuvo presente en el marxismo: un enrocamiento en las propias posiciones concebidas de la manera más extrema y una justificación ante los errores afirmando que se habían producido porque la ideología no se había puesto en práctica sin alteraciones. Como si un marxista dijera que el fracaso del colectivismo se debiera a que nunca se fusiló suficientemente a todos los opositores. Más soft, el liberalismo atribuye sus fracasos al incumplimiento relativo y por la mínima del dogma del abstencionismo del Estado en materia de economía.

Esta última crisis económica, sin embargo, se ha producido dentro de una nueva perspectiva: ha sido una crisis del “sistema”, esto es, del liberalismo que desde el período Reagan–Tatcher abrió el camino a la globalización. Esta ha sido la primera gran crisis de la globalización y este modelo económico mundial es la quintaesencia del liberalismo: un mercado financiero mundial y unos Estados que ya carecen de potestad para regularlo dada la desproporción entre su dimensión y la del mercado… ¿Qué más quieren los liberales? Que el Estado desaparezca definitivamente.

Llama la atención que lo más cerca del liberalismo –al menos a nivel conceptual– sea… el anarquismo. En efecto, ambos predican la desaparición del Estado y su reducción al mínimo. A diferencia del liberalismo, el anarquismo predica también la desaparición del mercado y, en este pequeño detalle es donde radica la diferencia. Los EEUU constituyen sin duda el primer Estado liberal aparecido en la historia y aun hoy su población mantiene una extendida desconfianza hacia el aparato estatal al que frecuentemente atribuyen todos los males. El liberalismo pasa así como una forma diferencia al anarquismo al que, al igual que a éste, le repugna la presencia del Estado.

Y ¿qué es el mercado? Breivik lo tiene muy en cuenta, lo menciona en 118 ocasiones y no precisamente para criticar los resultados indeseables para la sociedad que conlleva su desregulación. El mercado es el escenario en el que discurre el juego de la oferta y de la demanda. Las “leyes del mercado” jamás podrán cumplirse tal como fueron concebidas teóricamente porque los procesos de acumulación de capital generan desequilibrios y asimetrías que falsean la libre competencia. Breivik, en perfecta ortodoxia “hayeckiana”, se declara partidario del capitalismo y del libremercado (pág. 1.355) con una sola reserva. Afirma: “Esto ni siquiera es una lucha entre capitalistas y socialistas, se trata de una guerra cultural entre nacionalistas e internacionalistas. Yo me considero un defensor del sistema capitalista, aunque no el capitalismo globalizador (donde las corporaciones internacionales dictan las reglas)”. Pero si está contra el capitalismo en su fase globalizada es porque facilita el “internacionalismo económico” y, en consecuencia, el cosmopolitismo que abre el camino al socialismo y a sus valores multicuturalistas, esto es, en su óptica… pro–islamistas. La alternativa que plantea Breivik (pág. 1.355) es la de los “bloques económicos homogéneos” (algo que ya había teorizado Guillaume Faye en su obra El Arqueofuturismo (http://www.quedelibros.com/libro/20081/El–Arqueofuturismo.html), pero siempre dentro del concepto de capitalismo liberal sin correcciones por parte del Estado y sin monopolios.

Breivik olvida que cuando un grupo de empresas (un oligopolio o un monopolio) alcanzan una posición hegemónica en el mercado tienden a utilizarlo a su antojo y a evitar que otras empresas puedan posicionarse en el mismo. Y, finalmente, cuando determinadas acumulaciones de capital superan –tal como ocurre hoy– el PIB de la mayoría de países, son los mercados los que imponen su tiranía a los Estados. Hace falta recordar que mientras los mercados son, en realidad, el teatro preferencial de la actividad de inversores y especuladores, el Estado somos –al menos en teoría– todos. Así pues, el liberalismo es el mejor escenario para que los tiranosaurios se coman a los humanoides… Porque si hay una idea que sea ajena al liberalismo es la idea de justicia social… Y si existe hoy una idea necesaria cuando una cuarta parte de la sociedad está rozando el umbral de la pobreza o zambullido en él, es precisamente la de justicia social.

Breivik olvida igualmente que el liberalismo ha generado la globalización y la globalización es la madre de las migraciones humanas y de  las deslocalizaciones industriales. La globalización tiende a que los rasgos de identidad de los pueblos se diluyan: a un mercado mundial, corresponde un melting–pot en donde cualquier producto tienda a poder venderse en cualquier lugar, fabricarse en donde sea más barato.

Y esto ha generado dos fenómenos peligrosos cuya responsabilidad descansa únicamente en el liberalismo: de un lado la deslocalización empresarial, fuga de las plantas de manufacturas a los países en donde el precio de la mano de obra es más barato… que no pueden ser sino países “socialistas”, como China en una curiosa colusión de intereses que atenta contra los trabajadores del Primer Mundo (que ven inevitablemente contraído el mercado de trabajo en sus países) y del Tercer Mundo (que ven cómo la riqueza para sus élites económicas se realiza a costa de salarios de hambre y trabajo semi–esclavo).

Pero hay otro fenómeno generado por la globalización liberal que constituye un verdadero atentado no sólo contra los pueblos sino también y sobre todo contra la historia: el facilitar el desplazamiento de millones y millones de personas hacia Europa para abaratar el coste de la mano de obra. Aznar, en este sentido, fue paradigmático en su política de generar un modelo económico liberal basado en salarios bajos, inmigración masiva, crédito fácil y beneficios rápidos para los inversores con un sector hipertrofiado de la construcción. Borrar los rasgos de identidad de los pueblos, tender a uniformizar (al abaratamiento y a la baja) los mercados de trabajo es algo que no puede hacerse sin insertar en Europa masas de población alógena. Y esto es lo que el liberalismo salvaje ha hecho contando con la ayuda inestimable del humanismo universalista socialdemócrata.

En realidad, el liberalismo es hijo de la burguesía; fue este grupo social el que reivindicó en el siglo XVIII la primacía como clase hegemónica de la sociedad en detrimento de la aristocracia. Hoy, sigue queriendo tener la primacía pero se ha convertido en una aristocracia económica. No aspira a controlar a los Estados directamente sino a través de los mercados.

En la actualidad, para salir de la crisis, el Estado tiene que ampliar sus poderes. De una sima como la que estamos no salimos con los mercados… sino con la planificación. Y eso solamente corresponde a los Estados. El mercado no puede planificar porque está sometido a las leyes de la oferta y la demanda, corregidas y condicionadas por el peso de los grandes capitales financieros y de las gigantescas concentraciones de capital. El “mercado” no tiene necesidad de salir de ninguna crisis, simplemente porque no la percibe: se beneficia de ella (esto es, se benefician quienes controlan los mercados). Pero no ocurre lo mismo con el conjunto de las poblaciones sí. Y para eso hace falta justamente el remedio contrario al que propone el liberalismo: planificación, planificación y planificación. Y mucho más en España en donde desde el franquismo el modelo económico se ha basado en turismo y construcción.

Un somero repaso a la situación de la economía mundial (capitalismo liberal) y del sistema político que le acompaña (democracia liberal) indican muy a las claras que las dos opciones políticas sobre las que se mantiene el sistema político (centro–derecha y centro–izquierda, socialdemocracia liberal y liberalismo conservador) son dos formas de un mismo sistema que se está desintegrando ante nuestros ojos. Si hoy la socialdemocracia solamente gobierna en dos países europeos y si partidos de derecha y de centro–derecha se enseñorean por toda Europa, no es más que porque el “pensamiento único” ha hecho imposible la emergencia de otras opciones. Pero ambos están agotados: la socialdemocracia porque, en su intento de insertarse en el “pensamiento único” y multiculturalismo y en su aceptación del liberalismo, lo ha gestionado de manera atroz mientras ha permanecido en el poder, y el liberalismo conservador, habitualmente identificado con partidos de centro–derecha, de derecha e incluso extremo–liberalismo (caso de Gert Wilders), ha fracasado a causa de su absoluta insensibilidad en materia social. Breivik es un reflejo, precisamente, de esa insensibilidad: en ninguna de las 1.500 páginas de su manifiesto aparece ninguna referencia a los “problemas sociales”.

Incapaz de hacer un análisis histórico sobre el origen del liberalismo y sobre los últimos 200 años de vida europea, Breivik, obsesionado por la presencia del Islam en Europa, olvida que el liberalismo está tan avejentado como el viejo marxismo y huele a tanto alcanfor como su colega el anarquismo. Ideologías surgidas hace 200 años y en el caso del liberalismo, cuya matriz se remonta a 250 años en pleno siglo XVIII, ya no están en condiciones de aportar nada a las sociedades del siglo XXI, como no sean su cadáveres siempre en condiciones de ser triturados y aptos para fermentar como cualquier estiércol, a la tierra. Hoy es el tiempo en el que no se trata tanto de rescatar cadáveres como de abordar la creación de nuevos modelos que trasciendan tanto al liberalismo como a la socialdemocracia.

Creemos que la adscripción de Anders Behring Breivik al pensamiento liberal más difundido en la actualidad (en torno a Hayek con los fundamentos morales que pretendió aportar Ayn Rand) es el único con el que puede emparentarse tras la lectura de sus 1.500 páginas de su manifiesto. Breivik es pues un liberal. Obviamente nada que ver entre su liberalismo y el que practican los habituales liberales que se sitúan en un espacio centrista entre la socialdemocracia y el conservadurismo, frecuentemente predispuestos a pactar con lo segundos. La introducción de los elementos anti–islamistas y pro–israelíes en la ecuación ideológica de Breivik (cuyas referencias en el texto son constantes) unido a su radicalismo surgido de una mente enferma, obsesiva, paranoica y psicópata, son los que hacen que, en rigor, pueda aludirse a un “extremismo liberal” si lo que queremos es definir las coordenadas de su pensamiento.

No hay, y en esto somos terminantes, no hay ninguna otra componente doctrinal en las 1.500 páginas de su manifiesto.

© Ernesto Milà – infokrisis – http://infokrisis.blogia.comhttp://info–krisis.blogspot.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

El rostro de Breivik (I)

Anders Behring Breivik

Lo que no es, lo que cree ser, lo que es,
lo que podría ser y a quién sirve su crimen

 

Introducción

Es preciso leer los 1.500 folios escritos por el autor de la masacre de Oslo con la intención de situar su locura en el panorama político. Vaya por delante que los locos –y asesinar a 73 personas define, por sí misma, su personalidad– no merecen la molestia de leer los productos de su alienación mental, pero si en este caso es necesario repasar su escrito es solamente para poder establecer los contornos ideológicos precisos que asumía. El único testimonio que tenemos de él es el documento titulado “2083, Una declaración de independencia europea – De Laude Novae Militia – Pauperes Commilitones Christi Templiqui Salomonici” y firmado por el propio interesado By Andrew Berwick, London – 2011”.

El documento es frecuentemente contradictorio, da la impresión de que está escrito por varias manos y en algunas partes parece que el autor haya intentado realizar una investigación “seria” mientras que en otras se muestra simplemente como un loco; desde luego, la primera impresión que se tiene en la parte relativa al diario donde cuenta cómo elaboró la bomba y preparó sus crímenes, hay errores incluso de expresión que dan que pensar sobre si se trata de un texto manipulado escrito por otra persona, no por el autor de los atentados. Aún así, vamos a dar el documento por bueno, especialmente en la parte “doctrinal” lo que nos permitirá tener una visión aproximativa del pensamiento de Anders Behring Breivik

1. Lo que no era Anders Behring Breivik

En esta Europa construida a golpes de fraudes económicos, insuficiencias políticas, simplicidad educacional e insolvencia mediática, la imagen que tenemos del “asesino de Oslo” ha pasado a ser la de un militante político fanático que por originalidad se metió en la francmasonería pero que en realidad era un neonazi que apoyaba a los partidos identitarios situados en la extrema–derecha del espacio político. Pues bien, ni una sola de estas sugestiones generadas y transmitidas por los medios tiene razón de ser. Veamos:

a.– No era un militante político

Se ha querido ver en Breivik a un militante de extrema–derecha e incluso en cada país europeo se han emprendido campañas contra organizaciones y militantes identitarios y anti–inmigración presentándolos como émulos del asesino de Oslo. Y sin embargo, la militancia política de Anders Behring Breivik es quizás más tenue que cualquiera otra de las características que le han atribuido. En una entrevista concedida al diario El Periódico (28 de julio de 2011), el líder de las juventudes del Partido del Progreso, Ove A. Venbo, explicaba que en el momento de cometer la masacre, Breivik ya no era miembro de las juventudes del partido en las que militó entre 1997 y 2007 añadiendo que Hemos hablado con gente que estuvo en contacto con él y nos dicen que como miembro de las juventudes del Partido del Progreso era muy pasivo”. Dicho con otras palabras: la militancia política nunca le interesó lo más mínimo, ni siquiera cuando estaba afiliado a las juventudes del partido, pero no participaba en sus actividades. Venbo recordó que Breivik había perdido la fe en el Partido del Progreso: “Decía que éramos parte del problema”. Su opinión tenía muy poco que ver con criterios políticos: estaba convencido de que era necesario forzar un enfrentamiento directo con el Islam y estaba dispuesto a utilizar –como luego se vio– el terrorismo como estrategia. La política, por tanto, no podía interesarle. Si le hubiera interesado, habría estado en condiciones de advertir que el terrorismo SIEMPRE daña a la causa que se pretende defender en la medida en que genera una reacción en dirección contraria a la que el grupo terrorista pretende suscitar: le ocurrió a Al Qaeda, le ocurrió a ETA y le ocurrió al GRAPO, por citar unos pocos ejemplos más habituales en nuestro país. Pero Breivik lo ignoraba todo sobre las leyes de la política y de la sociología (las 1500 páginas de su escrito nos hablan de las cosas más inverosímiles pero no se adentran en terrenos de la política y cuando lo hace sus interpretaciones resultan delirantes y demuestran la falta de solidez de sus conocimientos sobre la materia.

El moderantismo del Partido del Progreso (del que la entrevista citada con Venbo es una clara muestra) debió ponerle en la puerta de salida del mismo. Breivik precisaba posiciones más radicales y agresivas, posiciones que, en realidad, no defendía ninguna organización con mínima entidad de la extrema–derecha europea. Afirmaba que el Partido del Progreso no era la solución sino una parte del problema y, por tanto, jamás manifestó entusiasmo ni interés por realizar un trabajo político bajo esta filiación. Breivik cita en 46 ocasiones al Partido del Progreso y confirma las explicaciones dadas por Venbo:

“Traté de formalizar la cooperación entre el Partido del Progreso y del documento (tanto los moderados como culturales entidades conservador), al menos en un período de incubación. Sin  embargo, después de discutir esto con tanto en fibra de vidrio y Hans, parece como que no quieren tomar parte en cualquier forma de la cooperación entre nosotros” (pág. 1416).

“Voy a suspender mi participación en el Partido del Progreso noruego, he perdido la fe en la lucha democrática para salvar a Europa de la islamización. Después de 65 años de duras la opresión política, la demonización y ridiculización de la cultura comunista-globalización establecimiento, dirigido a todo aquel que se opone al multiculturalismo, todavía no hay indicios de que esta hegemonía comunista-globalización nunca permitirá que PP para tomar el control. Mi
partido es sistemáticamente vilipendiada y saboteado por un medio de comunicación unidos ante todos y cada uno elección. E incluso si alguna vez se las arregló para formar un gobierno de mayoría con Høyre (el Partido Conservador), sus principios y programa del partido no serían suficientemente conservadores para poner fin a la actual guerra demográfica islámica o aumentar la tasa de fertilidad de la etnia noruega del 1,4 a 2,1. Lo único que el PP ha logrado hasta ahora es dar falsas esperanzas a noruegos. Dicen que la lucha democrática es la única solución, cuando  claramente ya se ha perdido. ¿Cómo podemos competir democráticamente con un régimen que importa a masas de cientos de miles de nuevos votantes? El PP pacifica a los noruegos, dándoles falsas espero y me niego a seguir teniendo participación alguna en esto. La lucha armada aparece
inútil en este momento, pero es la única manera de avanzar.” (pág. 1414)

Estos juicios se repiten en varias ocasiones a lo largo del texto.

El Fremskrittspartiet (FRP) o Partido del Progreso, había conseguido asentarse cómodamente como segundo partido del país aventajando a la socialdemocracia que había quedado en las últimas legislativas de septiembre del 2009 en tercer lugar. En esa ocasión logró el 22,9% de los votos y 41 escaños en el Parlamento. No se trata, en absoluto, como han repetido por activa y por pasiva, los medios de prensa de Europa Occidental, de un partido “extremista y xenófobo”: ni siquiera pide la expulsión de los islamistas presentes en aquella sociedad, sino tan solo su integración. Desde el punto de vista económico es un partido liberal (en su programa pide la bajada de impuestos, la desregulación de la economía y el libre mercado) y desde el punto de vista político es conservador y populista (propone límites estrictos a la entrada de inmigrantes y en política internacional no se diferencia en nada de cualquier otra opción conservadora de Europa del Sur: limitar y regular las llegadas de inmigrantes, aumentar la cooperación con la OTAN, con los EEUU y con el Estado de Israel, junto a la descentralización del Estado).

El partido fue creado el 8 de abril de 1973 por Arders Lange que aspiraba a impulsar un movimiento de protesta contra la socialdemocracia y sus principios intervencionistas en la vida pública y económica. Durante sus primeros cuatro años se llamó en realidad “Partido de Anders Lange para una reducción de impuestos, tasas y del intervencionismo público”. Solamente en 1977 tomó su nombre actual. Su primer éxito tuvo lugar a poco de su fundación cuando en septiembre de 1973 recogió el 5% de los votos y cinco diputados en las legislativas. En 1978 Carl Hagen asumirá la presidencia del partido que ostentará hasta 2006, período en el cual de ser un partido marginal pasará a ser el segundo partido nacional de Noruega. En 1997 obtendrá su primer gran resultado: el 17% de los votos en las municipales obteniendo decenas de concejales y algunos alcaldes.

La vida de este partido no estará exenta nunca de problemas interiores, luchas fraccionales y escisiones. Surgirá de su interior en 1983 una tendencia “libertariana”, más adelante aparecerán tendencias “populistas” que terminarán yéndose del partido y formando el grupo Los Demócratas presidido por Vidar Kleppe que ya antes había protagonizado la escisión de los “solistas”. A pesar de los frecuentes problemas internos que aparecen en su interior será a partir de las legislativas de 2005 cuando el partido inicia la progresión que ha durado hasta el atentado de Oslo: el 22,1% en las legislativas de 2005, 27,8% en las elecciones legislativas de septiembre de 2009 ascendía hasta el 22,9% (los laboristas obtenían el 34,5%) con tres diputados más que no son suficientes para forzar una coalición de derechas con el Partido Conservador (86 votos para la izquierda contra 84 para la derecha).

Contrariamente a lo que se tiene tendencia a pensar, y a diferencia de los populismos de la Europa central y del Sur, el Partido del Progreso menciona el tema de la inmigración como una más de sus ejes de propaganda –en absoluto el central- que, en realidad, tienen mucho más que ver con la economía y la reducción de impuestos, especialmente de impuestos para las rentas procedentes del trabajo, y sobre el precio de los alimentos. Contrario a las regulaciones en el mercado de trabajo, lo es también a la intervención del poder en la economía y partidario de un “adelgazamiento” del aparato del Estado y la privatización de los servicios públicos. Así pues, en el supuesto de que Breivik hubiera asumido la ideología del partido en el que militó 10 años (con interés decreciente), se trataría de una doctrina ultraliberal que tendría que ver más con posiciones sostenidas por Margaret Tatcher o Ronald Reagan a principios de los años 80 que con las actitudes de Marina Le Pen, Jörg Haider o cualquier otro líder de la derecha radical antiinmigracionista de la Europa del Sur.

Es cierto que durante los años 90 y a la vista de su ascenso, el Partido del Progreso recibió cada vez más en su país la calificación de “extrema derecha” e incluso de “derecha radical extremista”. Este cambio en la valoración (hasta entonces había sido calificado como “partido populista” o “partido anti-impuestos”, pero nunca implicado en el radicalismo político), es comprensible. A partir de ese período el ascenso del Partido del Progreso amenaza el estatus del centro–derecha y del centro–izquierda noruegos y estos no pueden permitir que un club político nuevo compita con ellos, porque si se produce el ascenso de una nueva fuerza política, nada garantizará que otras no hagan otro tanto y ambos partidos pierdan el monopolio del ejercicio del poder. Pero, en realidad, ni la dirección del partido, ni su base militante, se han implicado jamás en episodios de violencia política o social, ni siquiera habían protagonizado declaraciones racistas o xenófobas. La excusa para esta radicalización de las opiniones en contra procedía de la consideración –a partir de 1995– de la inmigración como problema. El cordón sanitario creado por los partidos noruegos tradicionales (y apoyados por la extrema–izquierda) ha persistido desde esos años, pero su crecimiento electoral en las últimas elecciones permitía pensar antes de los atentados de Oslo y Utoya que la derecha conservadora terminaría pactando con él en caso de no obtener mayoría absoluta para batir a los socialistas.

Pero hay poco de radical en las propuestas del Partido del Progreso en materia de inmigración. A penas propone otra cosa que la aceptación de los inmigrantes que trabajen en el país y la expulsión de los inmigrantes que hayan protagonizado episodios de delincuencia. Por otra parte, el partido criticó en la campaña electoral de 2007 la política de inmigración a la que calificó de “fracaso”, pero no aludía a la integración, sino a que los inmigrantes que habían protagonizado delitos no fueran expulsados. Las estadísticas les dan la razón: en el informe titulado Kriminalitet gjennom ungdomstiden blant nordmenn og ikke–vestlige innvandrere (“La delincuencia juvenil entre los noruegos y los inmigrantes no occidentales”, que puede ser leído en Internet gracias a la traducción automática al castellano en http://www.ssb.no/emner/03/05/notat_200633/notat_200633.pdf , Torbjørn Skarðhamar, Oficina Central de Estadísticas de Noruega, 2006), se demuestra que la delincuencia crece entre los adolescentes del grupo de inmigrantes a mayor velocidad que entre los adolescentes autóctonos. En las conclusiones se apunta: “Los inmigrantes no occidentales están sobre representados en las estadísticas de personas acusadas en relación con el grupo de comparación de personas no inmigrantes. Ese exceso de representación en las estadísticas también se ha detectado en otras actividades y no es nueva en sí misma”. El Partido del Progreso siempre ha negado tener huellas de racismo y ha insistido en que sus propuestas en materia de inmigración se limitan a controlar a los delincuentes extranjeros y a evitar que se falseen las peticiones de asilo político. En 2005, la publicación de un panfleto del partido en el que se mencionaba la nacionalidad de un criminal le valió ataques desproporcionados por parte de los democristianos a pesar de que en el mismo panfleto se repetía que no había nada en contra de la inmigración y se pedía respeto por las leyes que defienden a la sociedad noruega de cualquier discriminación basada en el color de la piel y los orígenes étnicos o religiosos.

No es raro pues, a la vista de la línea política extremadamente centrista y moderada seguida por el Partido del Progreso que Anders Behring Breivik no hubiera ido más allá de afiliarse a este partido sin tener protagonismo alguno (se presentó como candidato en una lista del partido en 2002 y fue vicepresidente en 2002-3 de la juventudes del partido en Olso-Este, según explica en la pág. 1.399). La moderación no correspondía a su análisis; tan sólo veía una estrategia en la lucha armada, los atentados terroristas, las ejecuciones sumarias de traidores (eso fue precisamente lo que le llevó a disparar a jóvenes socialistas en Utoya en lugar de apostarse ante una mezquita y realizar la carnicería en la piel de sus odiados islamistas). Cuando comenta su presentación como candidato a las elecciones escribe: “Ese momento supuso para mi una "encrucijada". En esos momentos estaba decidido a abandonar la política convencional (y la carrera que podía hacer como político convencional) o aprovecharla como solución para adquirir fondos para la futura operación o abandonar la política convencional completamente y dedicarme a impulsar una iniciativa empresarial como fuente de  financiación para mi participación en la futura y clandestina Movimiento de la Revolución Conservadora Paneuropea Movimiento / Movimiento de  Resistencia Paneuropeo”. Pero luego fundó su orden neo-templaria de la que dice, no sin cierta ingenuidad, que fue uno de los primeros “comandantes justicieros templarios” (pág. 1.399)

Ni antes ni después mantuvo contactos tampoco con otras fuerzas del populismo noruego a las que cita únicamente de pasada en su enumeración de grupos anti-inmigracionistas del continente Europeo; de su país menciona a otros dos grupos, además del Partido del Progreso, el NorgesPatriotene y el Federlandspartiet. El primero, cuyo nombre traducido es Patriotas de Noruega (NP) es un verdadero partido antiinmigración fundado en 2007 al que se incorporaron los Demócratas Nacionales un año después. A diferencia del Partido del Progreso, este grupo es particularmente beligerante en materia de inmigración y de islamismo. Cabría pensar que Breivik, por pura lógica, debería haberse aproximado a esta organización que hacía gala de cierto radicalismo político e incluso anti–islámico. No lo hizo. Se trata, en realidad, de una partido identitario próximo a los de Europa Occidental y más en concreto a la Lega Nord, el BNP inglés o al Vlaams Belang. En las elecciones de 2009 obtuvo un número despreciable de votos y algunos militantes fueron procesados y condenados por amenazas al ministro de Justicia, Knut Storberget. En junio de 2009 en el curso de una manifestación autorizada del partido, la extrema–izquierda realizó ataques produciéndose algunos incidentes que causaron estupor en la balsa de aceite noruega. El 28 de agosto de 2009, el presidente del partido Øyvind Heian fue atacado en el curso de un debate. La interrelación entre los malos resultados, los procesos judiciales abiertos y los ataques de la extrema–izquierda, determinaron que la cúpula del partido anunciara que la organización entrara en letargo 17 de septiembre de 2009. La propia web de la organización dejó de existir poco después. Parecido sendero recorrió el Fedrelanspartiet o Partido Patriótico fundado en Bergen en 1990 y de carácter nacionalista, que obtuvo su mejor resultado en las elecciones de 1993 (el 0’5% de los votos y algo más de 11.000 votos) autodisolviéndose el 31 de diciembre de 2008.

Llama la atención que Breivik en su listado de “partidos antiinmigración europeos” (págs. 1244–1252) cometa errores de bulto, lo que no es tan comprensible es que cite junto al Partido del Progreso a otras dos fuerzas bastante más radicales pero que ni siquiera existían desde hacía tres años. Si comete estos errores en su “testamento político” es precisamente porque no creía en las posibilidades de la lucha electoral y permanecía ajeno y de espaldas a ella. Los errores no son menores cuando habla de otros países, España, donde realiza una enumeración incompleta del “freakysmo nacional”, cuyas informaciones se remontan… al año 2007 las más recientes. Cita por ejemplo a la “Plataforma España” (en realidad, España 2000) “creada por Democracia Nacional ese año”. En el colmo de la desinformación llega a decir que el minúsculo partido Democracia Nacional obtuvo tres diputados en 2007 y da a Fuerza Nueva como todavía existente (partido disuelto en 1983), o menciona al Partido de Acción Demócrata Española (PADE), disuelto en 2008 como poseedor de 20 concejales y finalmente llega a decir que en las elecciones de 2007, resultaron electos 50 concejales anti–inmigración. En otros países los desfases entre la realidad y la versión que Breivik se ha construido rozan casi el surrealismo más absoluto, lo que demuestra muy a las claras que el autor de la masacre de Oslo ni siquiera había sido capaz de establecer a través de Internet relación con grupos de extrema–derecha europeos o con grupos antiinmigración.

En absoluto se trataba de un militante “antiinmigración”, sino exclusivamente anti islámico. Su obsesión anti-islámica llega hasta el extremo de explicar la expulsión de los gitanos de la península indostánica como una iniciativa de los islamistas y, por tanto, los “rom” (los gitanos rumanos a quienes cita elogiosamente en 18 lugares de su manifiesto) pasan a ser considerados como aliados en la lucha anti-islámica y les promete que tendrán un Estado independiente en Europa. No le interesa en absoluto que el rechazo que buena parte de la población europea a la presencia de Roms es, frecuentemente, mucho más intenso incluso que en relación a buena parte de la inmigración islámica. No es la inmigración lo que le interesa sino la lucha contra el Islam.

Todo esto demuestra, en definitiva, que la acción política no era precisamente aquella actividad para la que estaba predispuesto, al menos desde 2002, seguramente por una deformación mental que incluiría desde paranoia hasta rasgos propios del psicópata, lo único que le interesaba era la salida “caballeresca” que en su peculiar manera de entender el mundo, se reducía al terrorismo en tanto que “caballero justiciero”. Esto explica la propensión de Breivik a considerarse heredero de los templarios, los guardianes de Tierra Santa a la que otorgaba un protagonismo en la lucha anti-islámica y su alejamiento de cualquier forma de acción política. De paso, esta constatación es suficiente para establecer que jamás tuvo relaciones con grupos organizados de extrema–derecha, ni con partidos anti–inmigración, ni siquiera con militantes de base de estas formaciones en las distintas naciones europeas. Y esto explica la segunda confusión con la que Breivik ha aparecido ante los medios de comunicación.

b.– No era un miembro integrado en la francmasonería 

La prensa de derechas ha insistido mucho en la militancia masónica de Breivik. En la derecha rige la misma hemiplejia mental que en la izquierda. Si ésta última se obsesiona en sostener que el asesino de Oslo es “de extrema–derecha”, la derecha, por su parte, se aferra a su condición de francmasón. En realidad ambas posiciones son erróneas e interesadas.

Efectivamente, Breivik militó durante unos años en la francmasonería noruega; para quien conoce la triste realidad de la masonería moderna sabe perfectamente que esa militancia supone muy poco. En efecto, en la masonería actual nos encontramos con una inmensa mayoría de afiliados que han entrado para “buscar algo”, y no precisamente la “palabra perdida”; buscan, por lo general, mejorar su posición y sus contactos, habitualmente para realizar buenos negocios o simplemente buscar un empleo. Nada más. El documento de Breivik no da la sensación de que estuviera particularmente integrado en la masonería, sino más bien que buscaba allí apoyos para su enloquecido proyecto y especialmente miembros que engrosaran la orden neotemplaria que había constituido en 2002. No era la primera vez en la historia de la masonería que alguien entraba en sus filas para reclutar allí con facilidad a miembros para los más variados proyectos: lo hizo Adam Weishaupt en el siglo XVIII para encontrar nuevos miembros para su Orden de los Iluminados de Baviera creando una tradición que han realizado la mayoría de entidades neo–templarias, neo–rosacrucianas y neo–ocultistas desde entonces. En ocasiones –y tal parece ser el caso de Breivik– además de utilizar a la masonería como lugar de reclutamiento, también es posible que la utilizara para inspirar los rituales de su orden neotemplaria.

Este detalle no ha pasado desapercibido del investigador católico Massimo Introvigne quien publicó un primer y breve informe sobre la personalidad del asesino realizado en base a las 1.500 páginas de su manifiesto. En efecto, en el documento existen apenas tres referencias a la masonería (pág. 815 y dos en la página 1.865… pero estas dos últimas alude apenas a la “albañilería” que en lengua inglesa tiene el mismo nombre a causa de su origen –las corporaciones de constructores del siglo XVIII–  que la orden secreta; la distinción se establece añadiendo el prefijo “free” para referirse a ésta), sin embargo existen en el mismo documento 207 referencias a los “caballeros templarios”, especialmente de las páginas 812 a 833 en donde describe los objetivos, los rituales, la uniformidad y los distintivos y la historia de la Orden histórica de los templarios y la reconstrucción que él mismo ha hecho. Y es aquí en donde Introvigne encuentra distintas influencias de los “grados templarios” del Rito Escocés Antiguo y Aceptado de la Franc–Masonería escribiendo al respecto: “El terrorista habría fundado, en 2002, en Londres, junto a otros activistas, la orden templar de los Pobres Compañeros de Cristo del Templo de Salomón, inspirado en los grados Templarios de la  Masonería – una organización de la que forma parte Breivik y a la que alabó por su “papel esencial”, pero a la que considera incapaz de pasar a la acción militar”. Pero Breivik pertenecía a la Logia Søilene que practicaba el Rito Sueco (adaptado para “hermanos” de origen cristiano y resulta incomprensible que abandonara la masonería pero, sin embargo, colocase en su perfil de Facebook en 2011 su foto con el mandil masónico con la nota “Mi logia…”

En realidad, lo que Breivik ha escrito en la página 815 de su manifiesto era muy interesante porque sitúa el papel de la “caballería” y de la “masonería” en su pensamiento. Escribe: “Las modernas organizaciones de caballería no tienen nada que ver con la caballería, el martirio, valentía y honor a través del servicio militar (para la protección de los europeos o de la cristiandad). La Caballería se erosionó gradualmente en una tradición corrupta y ahora está principalmente orientada a conferir prestigio a las personas, muy a menudo los productores de música, los deportes, estrellas u otras personalidades de la cultura. Masonería y similares órdenes cristianas no son más que las redes de la novedad y completamente apolíticas. No obstante, debe ser elogiada por su labor en la conservación de los antiguos rituales”.

Breivik tiene una concepción extremadamente limitada de la “caballería” a pesar de estar fascinado por ella. Sólo ha retenido de ella una idea: asumió la lucha contra el Islam. Olvida que existió una “caballería errante” como realidad histórica (véase la obra de Martín de Riquer sobre Caballeros andantes españoles y que las órdenes “caballerescas” tuvieron otros enemigos además del Islam). Esa analogía abusiva “caballería – anti islamismo” le lleva a considerar que la masonería, junto con algunos autores como heredera del templarismo, en otra interpretación no menos abusiva que debería limitarse como máximo a determinadas logias escocesas del siglo XVII cuyo origen estaría en los templarios franceses que huirían a Escocia cuando se produjo la persecución de la orden por Felipe el Hermoso y que participaron en la batalla de Bannockburn junto al Rey Bruce. El resultado victorioso de la batalla determinó que Bruce creara para ellos la Orden de San Andrés del Cardo (símbolo de Escocia), en la que algunos historiadores masónicos sitúan el origen del Rito Escocés Antiguo y Aceptado compuesto por 33 grados, algunos de los cuales remiten a temas templarios.

Es evidente que la desproporción entre el tratamiento que Breivik da a la masonería (citándola en apenas una ocasión) y la que otorga a los caballeros templarios (207 menciones) así como el hecho de que él mismo fuera el fundador de una nueva orden neo–templaria en 2002, indican muy a las claras cuáles eran sus simpatías y porqué entró en la masonería.

Breivik consideraba que dentro de la masonería había pervivido la tradición cristiana en una de sus formas originales y lo que le interesa, a pesar de ser completamente agnóstico, es disponer de un trampolín que le permita abordar una lucha contra el islam. Se fija en la Edad Media –y en particular en la Reconquista de los reinos ibéricos en la Edad Media–, le llama la atención el papel del templarismo en la lucha contra el Islam e intenta reproducir el mismo esquema 700 años después de la disolución de la Orden. De hecho, cita en 14 ocasiones la palabra “reconquista” en su forma castellana, en ocho ocasiones con mayúsculas, y no en su forma inglesa –en la que está escrito el manifiesto– “reconquest”.

La orden que dice haber creado en Londres tiene como siglas latinas PCCTS de Pauperes Commilitones Christi Templique Solomonici (Pobres Soldados de Cristo y del Templo de Salomón), cuyo nombre y símbolo –la cruz templaria– aparecen en la portada y en la firma del documento de 1.500 páginas. Por algún motivo confuso, considera que la orden no es solamente una orden combatiente contra el Islam sino también un “tribunal” encargado de impartir justicia y de cumplir sentencias. Y este tema será clave a la hora de establecer porqué cometió el crimen de Oslo y de Utoya: cumplir una sentencia (él mismo se había otorgado el nombre de “Caballero de la Justicia”) contra los socialistas noruegos considerados como marxistas y multiculturalistas, quinta columna del islam. Fija como objetivo de su orden “la defensa de Europa, la defensa de la cristiandad europea, la  destrucción del marxismo y la reconquista. Explica (todo ello en las págs. 832–834) que la orden debe lealtad a “los pueblos indígenas libres de Europa y los católicos europeos, Iglesia Protestante y Ortodoxa”. Para actuar precisa “entre 15 y 80 caballeros”. Su patrón y protector es Bernardo de Claraval y Jacques de Molay, su Santo Guardián San Jorge de Lydda y su bandera “la Cruz de los mártires”. Y el lema “El martirio antes que la dhimmitud”, palabra procedente del francés como neologismo, derivada del término árabe dhimmi que significa tanto sumisión de los no musulmanes a la autoridad musulmana como relación del no musulmán con el mundo islámico. Es evidente que Breivik lo toma en la primera acepción.

Las características de la orden serán “el amor fraternal, la obediencia fiel, la aceptación del martirio y la pobreza voluntaria. El “tipo de organización” la define como “orden militar y tribunal penal” considerándolo como “uno de los muchos movimientos patrióticos de resistencia armada en Europa, movimiento de los derechos de los indígenas europeos y movimiento paneuropeo de cruzados. Los objetivos no eran menos delirantes: “plan para hacerse con el poder político y militar en todos los países de Europa occidental y destrucción del marxismo político y cultural (el multiculturalismo), como política y la expulsión del Islam por tercera vez. No oculta sus intenciones terroristas en la táctica: la destrucción del multiculturalismo y del marxismo se hará, nos dice: “A través de golpes militares, derrocar a todos los multiculturalistas (cultural marxista) en los regímenes de Europa occidental en el año 2100 y reemplazarlos por los gobiernos (…) conservadores y nacionalistas, siempre demócratas, dentro de un nuevo ordenamiento constitucional que restringa los derechos “de las compañías mediáticas, de los periodistas independientes y de la globalización”. Acto seguido explica su plan estratégico:

– Fase 1 (1999–2030): ataques basados en células de choque, el sabotaje, etc.

– Fase 2 (2030–2070): Igual que el anterior, pero las células más grandes y redes, creación de milicias armadas.

– Fase 3 (2070–2100): golpe de Estado y asunción de responsabilidades en materia de seguridad y las ejecuciones de (…) traidores.

Este proyecto debería culminar en el 2083 con la constitución en Europa de un “modelo japonés, Corea del Sur (un monocultivo, muy desarrollado y progresista de la sociedad)”. Solamente después de la expulsión del Islam habrá –sigue– que pensar en la creación de la Unión Europea con forma federal que define como “un sistema descentralizado de la UE con un fuerte énfasis en la soberanía nacional, una nueva hegemonía cultural conservadora / nacionalista (anti–marxista)” con puentes hacia Rusia, EEUU, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica. Es proyecto será llevado a cabo –Breivik prosigue su delirio– mediante una “dirección descentralizada con una estructura de liderazgo y una red de código abierto, en lugar de una estructura jerárquica típica”. Al frente de cada célula estará “un auto designado comandante de células voluntarias (Justiciar Knight Commander) que mandará a dos colaboradores operativos, los Knight Justiciar (caballeros justicieros), o que hizo pensar a la policía que Breivik había contado con dos colaboradores para cometer los atentados de Oslo y Utoya a la vista de que él mismo se había atribuido el título de Justiciar Knight Commander. Cada célula será “independiente y autónoma” en un estructura celular piramidal.

El diseño de la orden neotemplaria prosigue dando cada vez más la sensación de que se trata de un delirio casi infantil y que haría sonreír de no ser por los 73 asesinados. Ni es la primera ni la única, si la última orden de este tipo que alguna mente calenturienta ha diseñado sobre el papel y que jamás ha contado más que con su presencia y la de unos pocos amigos. Breivik menciona que la orden fue constituida en Londres por 9 personas pertenecientes a ocho nacionalidades diferentes “cuyos nombres son confidenciales”. Sin embargo, 15 días después del atentado no se conocía ningún dato nuevo sobre la orden más allá de lo contenido en las 1.500 páginas del manifiesto redactado por Breivik, lo que hace pensar que la orden jamás tuvo existencia real y nunca, por supuesto, hizo trabajos de reclutamiento.

Ninguno de estos proyectos pasa por nada que se haya conocido en la masonería que aparece sólo tangencialmente en el escenario que rodeó al asesino de Oslo y que solamente ha sido resaltado por la prensa de derechas, de la misma forma que solamente los grupos ateos militantes destacaron que Breivik insistía en que toda su acción tenía como finalidad apelar a la herencia cristiana de Europa como punta de lanza para su lucha contra el islam, olvidando que el llamamiento de Breivik iba dirigido a “cristianos, cristianos–agnósticos y ateos–cristianos”, esto es a todos los que reconocían la importancia del cristianismo en la formación de la personalidad del continente. Incluso iba más allá: llamaba también a “paganos y nórdicos” a incorporarse a la lucha en tanto que enemigos del islam. Los judíos, de hecho, son nombrados en 155 ocasiones en el manifiesto y siempre de manera elogiosa, alude en 22 ocasiones al “mutacionismo” pero en relación a otros genocidios y nunca pone en duda la muerte de los 6.000.000 de judíos atribuidos al “holocausto” y a la persona de Adolf Eichmann como su ejecutor (págs. 16, 134, 640, 712, 735, 1.366, especialmente). La obsesión de Breivik es el Islam y todo lo mide en función de quién puede apoyar su lucha contra esta religión y poco le importa si estas fuerzas anti-islámicas son, en sí mismas contradictorias: ahí está para él la masonería (como expresión de los “rituales cristianos”), los judíos (enfrentados a los palestinos islámicos), los EEUU (que proclamaron la lucha contra el “terrorismo internacional”, especialmente de matriz islamista), los liberales (cuyos conceptos están enfrentados a los de la economía islámica), los armenios (masacrados por los turcos tras la I Guerra Mundial) y un largo etcétera.

Breivik, finalmente, entra en la masonería en 2008, pero seis años antes da la fecha de fundación de su orden neotemplaria con la que firma su manifiesto, por lo que es forzoso reconocer que para él su paso por la masonería, era puramente instrumental –acaso, como hemos dicho, para captar miembros para su orden, habida cuenta de la importancia que el Rito Escocés atribuye a los “grados templarios”, o acaso para inspirarse en sus rituales para crear el de su propia orden. Sea como fuere, no hay nada profundo en la presencia de Breivik en la masonería, ni por supuesto nada que comprometa a esta estructura en los atentados de Oslo y Utoya.

Resulta imposible atribuir a Anders Behring Breivik una inspiración masónica en su crimen.

c.– No era un neo–nazi 

Algunos medios de comunicación se obstinarán en llamarle por tiempo indefinido como “neo–nazi” a pesar de que en los 1.500 de su manifiesto en muchísimas ocasiones sitúa al nazismo al mismo nivel que el comunismo o el Islam y lo considera como su tercer enemigo. Esto, por supuesto, no importa mucho a los constructores de la opinión pública que realizan el siguiente razonamiento: “el nazismo es el mal absoluto, Breivik ha realizado un atentado criminal incomprensible… luego Breivik es neo–nazi”. Razonamiento falaz donde los haya y que demuestran la pereza mental de ciertos comunicadores que no afrontan el coste temporal de leer los 1.500 folios de su manifiesto.

Breivik menciona en 30 ocasiones al nazismo en su manifiesto. En ni una sola ocasión lo hace de manera encomiástica. La principal crítica que hace al nazismo es el haber sido “amigo” de los árabes y ser “socialista”. Llega incluso a afirmar que el socialismo de los países nórdicos es altamente tributario del nacional–socialismo hitleriano. En la página 638 escribe: “Los nazis estuvieron, por lo tanto, económicamente a la izquierda, en comparación con muchos de los partidos obreros de Europa occidental en la actualidad”. Como Adolf Hitler declaró –Breivik lo cita- en 1927: "Somos socialistas, enemigos, enemigos mortales de la economía capitalista actual sistema con la explotación de los económicamente débiles, con la injusticia de los salarios, con sus evaluación inmoral de los individuos de acuerdo a la riqueza y el dinero en vez de la responsabilidad y el logro, y estamos decididos en todas las circunstancias para erradicar esta sistema". En la misma página denuncia que los socialistas suecos aplicaron en su país medidas eugenésicas antes de que el nazismo hubiera llegado al poder.

En su manifiesto, la palabra nazismo aparece siempre acompaña de una connotación crítica y negativa: ya sea por su “socialismo”, por el apoyo que prestó a los árabes, o, finalmente, por su real o supuesto anticristianismo. Breivik no es cristiano, pero considera que el cristianismo es “una herencia”. De ahí que cuando constituyó en 2.002 en Londres –o al menos eso es lo que dice en su manifiesto– la Orden Templaria de los Pobres Compañeros de Cristo del Templo de Salomón, la hace “abierta a “los cristianos, cristianos–agnósticos y ateos–cristianos”, es decir, a todos aquellos que reconocen la importancia de las raíces culturales cristianas, “pero también a las judías e ilustradas”, así como a las “paganas y nórdicas” por oponerse a los verdaderos enemigos, el Islam y la inmigración.

En la página 1.162 dice: “Cuando alguien me pregunta si soy un nacional–socialista me siento profundamente ofendido. Si hay una figura histórica y líder germano al que odio es Adolf Hitler. Si pudiera viajar en una máquina del tiempo para Berlín en 1933, sería la primera persona en ir a ver con el propósito de matarlo. ¿Por qué? Ninguna persona ha cometido un crimen más horrible en contra de su pueblo que Hitler. Gracias a él, las tribus germánicas se están muriendo y pueden desaparecer por completo a menos que consigamos ganar dentro de 20–70 años”. De hecho, Breivik propone en varias páginas de su manifiesto una gran alianza de los pueblos nórdicos y los judíos para luchar contra el enemigo que le obsesiona, el Islam (véase página 1.163).

En tanto que “neo–templario” se muestra obsesionado por la “liberación de los Santos Lugares”. Escribe en página 1163: “Si verdaderamente amamos a nuestra tribu, las tribus nórdicas o cualquier tribu europea, debemos reconocer que Hitler es un traidor a Alemania y a todas las tribus europeas, NO es un héroe. Hitler tenía las capacidades militares necesarias para liberar a Jerusalén y la las provincias cercanas de la ocupación islámica. Fácilmente podría haber elaborado un acuerdo con el Reino Unido y Francia para liberar a los antiguos territorios cristiano–judíos con la propósito de dar a los Judíos de nuevo sus tierras ancestrales”, fragmento que, además nos pone en la pista de otro elemento que lo hace incompatible con el nazismo pero que se repite con cierta frecuencia en el texto: sus posiciones favorables al Estado de Israel y a la causa judía (que ya trataremos en otro lugar).

Para Breivik uno de los errores de Hitler fue el haber roto contra la tradición cristiana debido a su ideología político–religiosa “pro–semita” y “pro–israelí”. En la página 687 compara a Hitler con Stalin y con Saddan Husseim. En la página 712 afirma que el Holocausto estuvo inspirado en el genocidio armenio, cometido por islamistas turcos. Más adelante, en la página 805 escribe: “Hitler, Stalin y Pol Pot eran idealistas a su manera equivocada. Independientemente de sus intenciones torcidas todos son todos los asesinos en masa y deben ser tratados como tales”. En la página 1.261 considera que las juventudes socialistas son las “nuevas Hitler Jugend”… hasta el punto de que cabe recordar que su masacre tuvo como escenario un campamento de los jóvenes socialistas noruegos.

Sin duda, en los capítulos en donde más se percibe el alejamiento del autor del nazismo es en los relativos a la “orden neo–templaria” que constituyó. Escribe, por ejemplo, en la página 1.102: “El saludo militar de la PCCTS, los Caballeros Templarios es el saludo puño en alto. Consiste en levantar el brazo derecho con el puño cerrado (preferiblemente con un guante blanco). El puño simboliza la fuerza, el honor y el desafío contra el marxismo tirano de Europa, mientras que el guante blanco simboliza la pureza, el deber, el parentesco y el martirio. Utilizar el brazo derecho simboliza la tradición de la "Oposición de Derecha". Nuestro saludo militar no tiene nada que ver con el llamado "poder blanco" o con el "saludo romano" (Saluto Romano), con la palma de la mano y los dedos extendidos, a menudo conocido como el saludo de Hitler utilizado por los nacionalsocialistas”…

No nos resistimos a dar una última prueba de que Breivik, el asesino de Oslo distaba mucho de ser un neonazi. En la página 1097 el autor describe cómo es la insignia de “Caballero Justiciero”, uno de los grados de la orden neo–templaria que dice haber constituido en 2.002. Si traemos a colación este apartado es porque gráficamente resulta inapelable:

Emblema de los

La insignia, tal como puede verse en la ilustración que acompaña el texto de Breivik, como el mismo explica está compuesto por “una calavera blanca, marcada con los símbolos del comunismo, el Islam y el nazismo en la frente, junto a la cruz de los mártires clavada y sobre fondo es negro. La insignia de Caballero Justiciero Mayor ilustra nuestra lucha patriótica / oposición contra las tres ideologías de odio primario de nuestro tiempo: el Islam, Multiculturalismo (el comunismo) y el nazismo. La insignia de Caballero Justiciero Mayor se lleva en la parte superior izquierda brazo, mientras que la bandera nacional se lleva en la parte superior del brazo derecho. Nuestro uniforme militar con menciones, insignias y tarjeta de identificación deberán ser usados después de cualquier operación exitosa en los casos en que el Caballero Justiciar sobrevive”. A modo de curiosidad, el autor añade en una letra de cuerpo menor: “Pedí dos insignias a la Compañía de Arte Indio (indianartco@gmail.com) que poseen una imagen de alta resolución en el archivo (nombre de archivo: daga y el cráneo). Las dos insignias me ha costado un total de 220 USD (150 USD para las insignias y otros USD 70 por Fedex gastos de envío)…

Esta obsesión por equiparar nazismo – comunismo – Islam estuvo presente a lo largo de los últimos años de Breivik. Así, por ejemplo, en el blog noruego http://www.document.no (que define como “blog noruego de derechas equivalente en contenidos a BrusselsJournal.com, GatesOfVienna.blogspot.com, JihadWatch.org o AtlasShrugs2000.typepad.com”, pág. 670), al que en los tres últimos años envió numerosos posts, aparece uno fechado el 17 de febrero de 2.010 en el que concluye: “El Islam ha conducido históricamente a 300 millones de muertes.  El comunismo ha conducido históricamente a 100 millones de muertes. El nazismo ha conducido históricamente a 6–20 millones de muertes. Todas las ideologías de odio deben ser tratados igualmente”.

¿Todavía hay alguien que siga sosteniendo seriamente que Breivik es un neo–nazi?

© Ernesto Milà – infokrisis – http://infokrisis.blogia.comhttp://info–krisis.blogspot.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen