Blogia

INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

Con Céline en la noche oscura...

Con Céline en la noche oscura...

Infokrisis.- Han pasado ochenta años desde la publicación de la primera edición del Viaje al fin de la noche y nadie hubiera dicho, ni siquiera hace 20 años que la editorial Edhasa publicaría en el año 2001 la décima edición española de esta obra, ni tampoco –especialmente después de la Segunda Guerra mundial– que Louis Ferninand Destouches, alias “Céline”, sería hoy considerado, no sólo como el mejor escritor de su generación, sino como el gran escritor en lengua francesa del siglo XX. Finalmente, Céline ha logrado ser profeta en su tierra. Eso sí, con setenta años de retraso. Más vale, en cualquier caso, tarde que nunca.

En la Francia de los años 20 existían autores tranquilizadores y otros “difíciles”. Como en la Sevilla del Siglo de Oro, cuando Murillo pintaba sus angelitos redondeados, sonrosados y tiernos suscitando el entusiasmo de la crítica, mientras un pintor muy superior a su banalidad, Valdés Leal, causaba espanto con su tenebrismo y su desesperanza y ahí están sus cuadros, en la Casa de la Caridad en Sevilla, In ictu oculi y Finis Gloriae Mundi cuya geometría siniestra es sin duda superior a cualquier angelote tranquilizador. Con Céline pasa otro tanto. Por ejemplo cuando escribe este fragmento ¿qué crítico podría jalearlo y apreciar la energía de su prosa?

Los hombres se aferran a sus cochinos recuerdos, a todas sus desgracias, y no se les puede sacar de ahí. Con eso ocupan el alma. Se vengan de la injusticia de su presente revolviendo en su interior la mierda del porvenir. Justos y cobardes que son todos, en el fondo. Es su naturaleza.

El reflejo de la genialidad

Estaba traduciendo las memorias de Stefano Delle Chiaie cuando he llegado a la ocasión en la que en la Roma de la postguerra y del neorrealismo, tuvo ocasión de entrevistarse con Ezra Pound en un pequeño apartamento de via Merulana. En un momento dado y tras formularle una pregunta relativa a su opinión sobre los Estados Unidos, Pound se quitó las gafas y se acarició con el pulgar y el índice la base de la nariz como pensando la respuesta, justo en ese momento Delle Chiaie creyó percibir en el ambiente de la pequeña estancia la presencia de la genialidad. Pues bien, eso mismo me ha pasado a mí leyendo la traducción del Voyage au fin de la nuit. No esperéis grandes historias, ni la transmisión de elevados valores éticos  morales en el Voyage… Es solamente una colección de experiencias existenciales en las que lo grotesco, la hilaridad, lo absurdo, lo ridículo, lo miserable, lo desesperanzado, se suceden en singular cadencia. Eso si qué es realismo y no las artificiales miserias contadas por los cineastas de postguerra que hicieron de un globo un símbolo de una generación.

En efecto, cuando en el cine de los Escolapios, proyectaron El globo Rojo cuando apenas tenía seis años, la película, literalmente, me pareció pura basura. En el fondo, En El Globo Rojo, ni siquiera está claro quién encuentra a quién, si el niño al globo o el globo al niño. La película se filmó en 1956 y se desarrolla en los arrabales parisinos que luego conocí durante mi exilio y que fueron el escenario en el que nació Céline. Apenas tiene diálogos y el niño protagonista era el hijo del propio director. Así que no esperen maravillas. Mi padre decía que una película “de barbas” (histórica) o con niños, no puede ser nunca una buena película. Y tenía razón. La película fue para todos los que la vimos, los alumnos de Párvulos D, algo inolvidable. Todos terminamos horrorizados. Finalmente, unos hijoputas revientan el globo del niño que se queda, literalmente, huérfano deambulando por los arrabales parisinos. Imposible evitar el llanto. Para colmo, los escolapios nos pusieron apenas una semana después la película de Disney, Bambi, en donde la muerte de la madre de Bambi nos traumatizó convenientemente. Siempre, a partir de entonces, sospeché que Disney era un sádico redomado siempre dispuesto a hacer sufrir a los niños y traumatizarlos para el resto de sus días. Deberían de denunciar a Disney como creador de un universo singular en el que los niños, sino lloran, sino están traumatizados, es porque no son suficientemente sensibles o, quizás, porque sus padres no les han castigado lo suficiente llevándolos al cine.

Pues bien, el genio, el verdadero genio, no está allí en donde se apela al sentimiento como ariete contra la virilidad, sino allí en donde se denuncia una época casi con nombres y apellidos. Y eso es lo que hace Céline en su Voyage. Cultivar y aprovecharse de la sentimentalidad de los humanos es patrimonio de los humanistas. Los “fuertes” prefieren recordar los sentimientos como fatalidad y saben que los sentimientos son el producto de la debilidad y solamente en una civilización como la actual pueden ser situados en el centro de “lo humano”. Tal será una de las líneas directrices de toda la obra de Céline. Los sentimientos son el tributo al humanismo y a todo aquello que es débil y timorato; son un producto de las emociones y dicen que permiten reconocer a cada cual el estado de su propio estado anímico. No me lo creo. Los sentimientos son engañosos, reflejan sensaciones y como todas las sensaciones son cambiantes y se adaptan a nuestras necesidades coyunturales. Y todo gracias a la química del cerebro. Dopamina, noradrenalina, serotonina, son neurotransmisores que actúan en nuestro cerebro y conducen, orientan y reorientan nuestros sentimientos… Así pues, para el humanismo moderno y para la ciencia que va a remolque, resulta que somos química y nada más que química. Ya lo decía el conde de Lautremont en sus Cantos de Maldoror:

“Soy hijo del hombre y de la mujer, y eso me extraña porque creía ser mucho más”.

Si usted acepta que es sólo química no lea el Voyage, no lo entenderá. Céline no lo acepta: es de algo más que sentimientos y miserias humanas de lo que nos habla. En realidad, el libro no es más que el primer reflejo, temprano y primaveral, de su genialidad.

El autor francés más traducido, leído y compartido

Se dice que Céline es el autor francés más traducido después de Camus… Ejem… el pobre Camus hoy es un huérfano de lectores. Los profesores de literatura sesentones que siguen recomendándolo olvidan que sus alumnos ya no aprecian, como los de otras generaciones, sus planteamientos progresistas. En realidad, puede –y lo dudamos– que Camus sea el más traducido e incluso podríamos aceptar para evitar discusiones que es el más leído, sí, por obligación. Nadie lee a Céline por obligación. Se asume a Céline como autor de cabecera, primero por curiosidad y luego por afán de ir más allá, casi como adicción y enganche. Camus, lo único que trasmite es aburrimiento, desesperación y moral de derrota. En Céline, que en el fondo, vivió casi la misma época de Camus, el aburrimiento se ha convertido en irrisión, la desesperación en la única actitud que se puede adoptar ante la vida  y la moral de derrota en comentario irónico. El pesimismo trágico inherente a todos los fascismos está presente en cada página de Céline tanto como el pesimismo humanitarista (esto es, el pesimismo de quien ama a la humanidad aun sospechando que la humanidad precisa cualquier cosa, incluso ser exterminada, mucho más que amada) está inciso en cada título de Camus (El hombre rebelde, Reflexiones sobre la guillotina, La Peste, La muerte feliz, La caída…). No es raro que un “progre” pesimista, roto por la contradicción, sea llevado en volandas al suicidio y que un pesimista trágico como Céline vea en cada destrucción de la modernidad un signo que confirma lo justo de sus posiciones.

Concedamos que Céline es el autor francés más traducido a lenguas extranjeras y que es el novelista francés más leído del siglo XX. Cabe preguntarse por qué. Hay que leer el Voyage para entenderlo. Y, sobre todo, cabe preguntarse, porque siendo el más leído y, presumiblemente, también el de prosa más enérgica, siendo como es el más traducido, ¿por qué diablos no recibió el premio Nobel?

Respondamos primero de todo a la segunda cuestión. Se suele decir que Céline no recibió el Nobel simplemente porque era antisemita y cometió el pecado contra el espíritu de colaborar con los alemanes. Haría falta matizar que esta colaboración se limitó a escribir en algunas publicaciones de la época y que nunca realizó grandes elogios ni alabanzas al III Reich del que apreciaba especialmente su antisemitismo. Sí, porque Céline era sobre todo y por encima de todo, antisemita. Razón suficiente para que el Nobel le fuera enajenado. ¿Han pensado la cantidad de escritores más o menos buenos, cuya obra alumbra cinco o diez años, tiempo justo para estar en el candelero, dar su discurso en Estocolmo y caer en el más absoluto olvido? Céline no necesitó el Nobel para afirmar su calidad intelectual, y ni siquiera fue merecedor del Goncourt por el Voyage… 

Se dice que porque era su primera novela y el Goncourt es para autores consagrados. ¿Cuántos Goncourt han ganado autores “consagrados” de los que nunca más ha vuelto a oírse hablar? Y por situarnos en nuestro horizonte lingüístico: ¿cuántos autores han ganado el Premio Planeta simplemente por tener algún impacto mediático y una calidad literaria a la altura de las cloacas? Así que dejémonos de premios y galardones y estimemos que en un momento desquiciado de la historia como el nuestro y como el que vivió Céline, el genio no puede ser públicamente reconocido porque su reconocimiento implicaría compararlo con los enanos mediáticos. Y la lectura de Céline es suficiente como para que cualquier otro “gigante” de la literatura de los últimos 70 años pase a ser redimensionado a su dimensión de enano irrelevante, bienintencionado en el mejor de los casos y fenómeno mediático habitualmente. No puede extrañar, por tanto, que el tribunal francés que lo procesó como “colaboracionista” lo declarase textualmente una “desgracia nacional”. En aquellos tiempos en los que los jueces llegaron en los furgones de cola de los vencedores angloamericanos, cualquiera que no los hubiera aplaudido era reo digno de picota y/o paredón (a punto estuvo de lo último y siempre a partir de 1945 se encontró públicamente expuesto a lo primero).

¿Antisemitismo en el Voyage…?

En 2011 se cumplió el 50 aniversario de la muerte de Céline. Hubo homenajes pero nada de reconocimientos oficiales ni de medallas. El propio Ministerio de Cultura francés (en su ejercicio de nuevo “Ministerio de la Verdad” orwelliano) sentenció que no se podía homenajear al “autor de inmundos escritos antisemitas”. Claro está que el gobierno francés estaba en la época presidido por un judío húngaro.

¿Qué había dicho Céline en el fondo? Entresaco alguna de sus boutades “antisemitas”: “No sé que es más asqueroso, si una mierda de judío bien aplanada o un burgués francés de pie” (se diría que la invectiva no va tanto contra los judíos como contra los burgueses que han asumido el afán de lucro y la capacidad usurera que caracterizó durante siglos al judaísmo). Y qué me dicen de aquella otra que dice así “si en Francia existiera una asociación antisemita, el presidente, el vicepresidente y el tesorero serían judíos”, que es como decir “nada es lo que parece”, algo en lo que hoy todos convendremos que es rigurosamente cierto. En cuanto a la última frase antisemita pronunciada en la postguerra también puede entenderse de muchas maneras: “Los judíos deberían elevarme una estatua por el mal que no les hice y que tendría que haberles hecho”, que implica el reconocimiento del victimismo judío y también el reconocimiento de que su antisemitismo fue fundamentalmente visceral y popular. ¿O es que vamos a olvidar que a principios del siglo XX prácticamente todo el espectro político francés estaba poblado de antisemitas y que antes del caso Dreyfus existía un antisemitismo de izquierdas tan fuerte como el de extracción católica? Hoy, después de 70 años de que la ONU y la UNESCO subvencionen la condena a cualquier juicio antisemita, es difícil entender la mentalidad de la época en la que Céline creció, cuando el judío era considerado como usurero y, por tanto, excluido de los “honestos”, cuando se consideraba que la banca y la alta finanza eran indudablemente de extracción judía y especulaban sobre la miseria humana y cuando los obreros estaban convencidos de que los judíos eran quienes les explotaban mucho más que los patronos franceses.

Zeev Sternhell, él mismo judío, ha realizado estudios científicos sobre la materia y ha concluido que en Francia existió lo que llama un “antisemitismo popular” a principios del siglo XX que solamente fue borrado tras la Segunda Guerra Mundial con todo el tema del Holocausto, los seis millones de judíos muertos y el diario de Ana Frank. En la época en la que creció Céline, el antisemitismo era prácticamente una obligación de todo patriota, como en la época en la que yo me crié los niños insultaban a otros llamándolos “perro judío”, o simplemente “judío” sin aludir a la condición canina, se daban vueltas a las carracas en Pascua, cuando Cristo fue crucificado, y se nos explicaba que en cada vuelta moría un judío. Realmente, el antisemitismo de Céline no se basa en aspectos religiosos sino que es, fundamentalmente, una dinámica heredada de su infancia, cuando se sentaban en el Parlamento diputados de un Partido Antisemita con los que el presidente del gobierno debía pactar para formar gobierno.

Tiene gracia que, incluso, en aquellos mismos años, el alcalde de Argel, antisemita y exiliado, visitara España y encontrara como interlocutor válido a los pro–hombres de la Lliga Regionalista de Cataluña que veían con buenos ojos las invectivas contra los judíos. Todo esto, patrimonio de un amplio dossier, será publicado en los próximos números de la RHF y demostrará que el antisemitismo fue connatural a las poblaciones europeas hasta 1945 y que a Céline, en este sentido, lo único que podría reprochársele es ser hijo de una época y haber mamado hasta las heces los rasgos de su tiempo.

Hubo judíos entre sus admiradores: Lévy–Strauss, Ginsberg, ¿Sartre? ¿Burroughs? Todos ellos no tuvieron inconveniente en reconocer en el autor del Voyage a un autor fundamental para entender la renovación de la literatura francesa en el siglo XX y entender cómo esta renovación se transmitió a la literatura universal. Así pues, hay que tener a los “progres” de hoy como más papitas que el papa. Hay que reconocer a muchos intelectuales judíos una sensibilidad y un respeto por la verdad que desde luego siempre ha estado ausente en la progresía (y de eso sabemos mucho en este país en donde todavía el “progre”, “los de la ceja”, los “intelectuales y artistas comprometidos”, siguen dictando sus normas sobre el mundo de la cultura hasta el punto de que hoy la palabra “cultura” haya dejado de tener sentido y significado positivo pasando a ser sinónimo de tópicos sin fin y de todo aquello que otras épocas han rechazado, no por ignorarlo sino por abominar de lo conocido).

También suele decirse que Céline es con Marcel Proust el gran renovador de las letras francesas en el siglo XX. Quien haya leído a Proust conoce perfectamente su pedantería decadentista que quizás renovara la literatura de principios del siglo anterior pero que en la actualidad ha quedado como paradigma del tedio y de la fatuidad. Y lo dice uno que experimenta hacia Proust la más profunda de las solidaridades, pues no en vano nuestros recorridos se cruzaron en un punto que a ambos con ochenta años de diferencia nos embelesó, el Château du Reveillón en el Marne apenas a 70 kilómetros de París. Tuve ocasión de permanecer seis meses disfrutando allí de los rosales búlgaros en los que Proust entró en éxtasis y dormimos en la misma cama en la que había escrito las mejores páginas de su Jean Lantier. Pero justo es reconocer que su estilo ya no dice nada a las nuevas generaciones y su decadentismo que hace algo más de cien años causó furor es hoy apenas un subterfugio narrativo que ha dejado de impresionar. Con Céline, todo es otra cosa…

El hecho de que la edición del Voyage… en castellano haya superado con mucho la décima edición (sin olvidar las que se publicaron en España, entre otras la primera en 1956 traducida por Carmen Kurtz y, por supuesto, las varias que se han publicado en Argentina) demuestra que hay al menos un tipo de público que no se alimenta sólo de best–sellers de baratillo escritos por autores de aluvión. Haced una prueba: recomendad a no importa quien la lectura del Voyage…, no importa su edad, ni sus gustos, ni las ideas políticas que pueda tener o su ausencia de ellas), hacedlo y percibiréis un extraño consenso en todos ellos: aun a pesar de su desmesurada longitud, apenas de haber sido escrito hace ochenta años, a pesar de las traducciones y de ser hijo de otra cultura nacional, a pesar incluso de ser obra de un autor, para los más, completamente desconocido, a pesar de que habla de otra época, a pesar de los pesares, todos, absolutamente todos, convienen, sin excepción, que se trata de una novela notable que no pueden abandonar sea cual sea el soporte que utilicen.

Hoy los medios de difusión de la cultura se han multiplicado en razón inversa al interés que las poblaciones albergan por la cultura (a más medios convencionales, digitales, e–books, internet, pdf, audiolibro, corresponde un menor interés general por la cultural). Hoy es fácil conseguir a precio cero, a través de cualquier programa P2P, el PDF del Voyage, insertarlo en un portátil, en un tablet, en un e–book reader o incluso en una tv digital, para leerlo. No hay excusa. Está al alcance de todos y a coste cero. Pues bien, si enviáis a alguien el libro y empieza a leerlo, siempre, inevitablemente, queda atrapado, le es imposible abandonar su lectura hasta las últimas páginas, no consiente alternar su lectura con cualquier otra, ni siquiera con las de los best–sellers de moda en ese momento. Y, creedme, que os agradecerá el regalo. Quien disponga todavía de algo de sensibilidad y compare las 600 páginas del Voyage con las 600 de cualquier obra de Ken Follet o de Dan Brown, verá en términos celinianos la diferencia entre la pura basura convertida en mero excremento cultural, y la alta literatura de una época. Y es que el Voyage es la vida misma.

Todos encontraremos algo en nuestra vida que nos haga solidarios de Destouches/Céline. El autor ha conseguido hablar de sí mismo de tal forma que está hablando de todos nosotros, de nuestras angustias y de nuestras decepciones, de nuestros deseos y nuestras frustraciones, de todo aquello que constituye la miseria de lo humano y que no tiene grandeza, porque en lo humano existe cierto conservadurismo que se resiste al cambio y que tiene en la muerte el colofón del nihilismo.

¿De qué nos habla realmente el Voyage…?

En su Voyage, Céline nos habla de sí mismo. No es por tanto raro que la narración destile una irreprimible desesperación que solamente es compensada por el estilo a ratos irónico y en otras destilado de una irresistible tristeza. Suele decirse que Céline fue un “hombre atormentado” y que su vida estuvo marcada por el infortunio. La suya fue una vida dura y es su vida la que se narra en el Voyage.

Elaborando este artículo he mirado las fotos que existen sobre Céline. Su rostro, especialmente a medida que avanza su edad, se va haciendo el espejo indeleble de su amargura interior. Cada arruga de su rostro evidencia un conflicto que ha debido afrontar. Y su rostro estuvo plagado de frunces y profundas estrías. Es curioso, pero si debiéramos contabilizar las arrugas del rostro de Ezra Pound y las de Céline, resultaría difícil establecer cuál de los dos estaría más surcado por los profundos golpes de la vida. En cierto sentido ambas fueron vidas paralelas: si Pound figura como uno de los renovadores de la poesía inglesa, Céline lo es de la prosa francesa. Y también en lo que se refiere a la salud mental de ambos, los dos fueron tenidos por locos, Pound encerrado y Céline al borde del frenopático por razón de Estado, esto es, por la razón de los vencedores del conflicto que decretaron, a partir de entonces, quien estaba o dejaba de estar loco.

El Voyage es, pues, una novela autobiográfica pero hace falta ahora saber a qué episodios se refiere en concreto. En sus 600 páginas, Louis Ferdinand Destouches, que primero pasó a ser Céline y más tarde por arte y gracia de su pluma pasó a ser “Ferdinand Bardamu”, nos habla de la que tiene por su gran estupidez, presentarse voluntario en la Primera Guerra Mundial para sufrir durante cuatro años las peripecias de un combatiente de a pie. Trincheras, barro, nieve, muertos y destripados en torno suyo. No lo lamenta, simplemente se limita a juzgar que lo que se defendía era muy poco para un sacrificio tan extremo. Lo que se defendía, Céline lo tenía muy claro, era la democracia, el capitalismo liberal y los negocios de aquellos que nunca estarían en los frentes porque la usura –también en esto las vidas y las condenas de Pound y Céline son paralelas– solamente puede ejercerse desde rascacielos lujosos y a resguardo de la metralla y de las cargas a la bayoneta.

Bardamu se hace pasar por loco. A fin de cuentas no le era tan difícil en medio de aquel universo de destrucciones sincopadas. Encerrado en un hospital psiquiátrico lo que más teme es una declaración de cordura que inevitablemente le acarrearía de nuevo un agujero en el frente. Y la muerte, claro. En el relato no da la sensación de que le importase mucho morir, pero sí por tan poco: de hecho, el sacrificio que se exigía a los combatientes eran tan extremo que entraba en contradicción con la pobreza y la obvia falsedad de los ideales a defender. Eso era lo que no podía soportar: morir en defensa de los intereses de los especuladores y de los agiotistas, en defensa de los usureros y de los grandes negocios hechos a la sombra de la carne destripada, de los cuerpos triturados y del despilfarro de sangre vertida. Escribe al respecto:

Os lo digo, infelices, jodidos de la vida, vencidos, desollados, siempre empapados de sudor; os lo advierto: cuando los grandes de este mundo empiezan a amaros es porque van a convertiros en carne de cañón

Bardamu como Destouches como Céline es médico. Le gusta su profesión y la intenta ejercer con dignidad. Cree que todos merecemos una sanidad digna (hoy esta idea se cuestiona en las alturas y se muestra cada vez más como una exigencia entre las poblaciones) y él está dispuesto a ir a los barrios populares a atender a unos pacientes, en su mayoría zafios, embrutecidos, chabacanos, lenguaraces e impertinentes, con sus mujeres gruesas, con sus hijos desnutridos, esqueléticos, con sus ideales de mera supervivencia y su incapacidad para el agradecimiento y, por supuesto, para el pago de las facturas. En realidad, casi nadie paga al buen doctor Bardamu que pronto se convierte en objeto de chácharas y comadreos. Los miserables parecen odiar a quien sienten que está muy por encima de ellos. Ha ocurrido siempre y no sólo en los arrabales de París, allí donde terminan los bulevares y empieza la maldita banlieu.

Céline había nacido en Courvevoie. Yo he vivido unos meses en esa población de la banlieu transformada ya en “zona de inmigración” y hoy en “zona libre de franceses autóctonos”. Aquello es otro mundo y da la sensación de que en el período en el que el joven Céline creció entre aquellas calles anónimas ya era algo radicalmente distinto a los bulevares parisinos. Quien dice banlieu dice miseria existencial y tristeza en las calles. Cambia poco si son turbantes o minifaldas las que pueblan la banlieu parisina. En otro tiempo eran ciudades dormitorio, hoy son almacenes de parados de razas llegadas de vaya usted a saber dónde. Es posible incluso que vivan allí extraterrestres y nadie lo haya advertido…

En esa frontera se diría que uno se sumerge en un primitivismo moral y en una ausencia de valores éticos que hurta la posibilidad a la mayoría de habitantes de ser llamados “humanos”. Y ahí está Bardamu renunciando a lo imposible, a que sus pacientes le paguen el estipendio, olvidadizos cuando logra curarlos y acusado de ser el causante del fallecimiento de aquellos que revientan como chinches por cualquier enfermedad surgida de la pobreza. Aquello le abomina. Es la Francia de los años 20 en donde un desertor no puede aspirar a un puesto en la naciente medicina pública. Así que decide ir a otros horizontes. A África.

Habría que preguntarse qué pensaba encontrar Destouches–Bardamu en un continente que si se caracteriza por algo es por ser en su conjunto más primitivo que el parisino de banlieu más primitivo. Aquello todavía le quema más. Hay un momento en el que se diría que se está leyendo a Joseph Conrad y su perturbadora obra El corazón de las tinieblas (en las que se inspiró Coppola para rodar su Apocalypse Now: el horror, fundamentalmente por el horror que destila). Esta parte del libro es sorprendente porque en ella Céline anticipa algo que luego se convertirá en de dominio público: la colonización fue un mal negocio para Europa, fuimos allá en busca de materias primas y para extender los límites de la nación para mayor gloria de los burgueses que gobernaban y de sus negocios y, al vernos obligados a “colonizar”, esto es, a establecerse y educar a las poblaciones, nos dimos cuenta de que existían brechas antropológicas y culturales insuperables.

Así pues era bueno que ambas situaciones quedaran separadas por la distancia, pero el maldito humanismo pareció inducir a “civilizar” a poblaciones que se movían en otras coordenadas. La descolonización de los años 60 constató el fracaso de todo aquello y el neocolonialismo –esto es, la compra al peso de los jefecillos tribales– que la ha sustituido parece mucho más atractiva para los buenos negocios de los especuladores y burgueses cuya conciencia queda tranquilizada con el 0’7%...

Como contraste a la presencia en África, Bardamu logra alcanzar Nueva York. En la ciudad de los rascacielos, en aquel momento, se estaba completando la primera “línea del cielo”. Manhattan estaba adquiriendo el perfil que conocemos hoy. Desde hacía poco, el hierro y el acero se habían incorporado a la construcción así que era posible edificar edificios cada vez más altos con estructuras internas que garantizaban la estabilidad y que permitían tanto el alzar edificios cada vez más altos, como el que estos dispusieran de ventanales mayores. Hierro, cemento, vidrio y acero se convirtieron en el alma de la Nueva york que conoció Céline. Pero él iba en busca de otra cosa: de mujer. Durante su período en el hospital militar había conocido a una enfermera norteamericana. Habían copulado de todas las maneras posibles.

 A fin de cuentas, Céline era un mujeriego empedernido (otra cosa que parece imperdonable a los ojos de la progresía; otra cosa sería si hubiera triscado tras culos peludos, pero a Céline, hombre, ya se sabe, chapado a la antigua, le gustaba la mujer, mujer y, preferentemente, blanca). La mujer era una de las coberturas al nihilismo que tenía nuestro autor. Escribe sobre ello con estas palabras:

Para el pobre existen en este mundo dos grandes formas de palmarla, por la indiferencia absoluta de sus semejantes en tiempos de paz o por la pasión homicida de los mismos, llegada la guerra. Si se acuerdan de ti, al instante piensan en la tortura, los otros, y en nada más. ¡Sólo les interesas chorreando de sangre, a esos cabrones! Princhrad había tenido más razón que un santo al respecto. Ante la inminencia del matadero ya no especulas demasiado con las cosas del porvenir, sólo piensas en amar durante los días que te quedan, ya que es el único medio de olvidar el cuerpo un poco, olvidar que pronto te van a desollar de arriba abajo.

Céline en ese tiempo, solamente quería amar para olvidar lo que le rodeaba, en las trincheras, en África y en los docs de Manhattan. Así que en Nueva York visitó a su amada que, de paso, era millonaria. La mujer americana existió verdaderamente en la vida de Céline y todo induce a pensar que si no la saca con rasgos particularmente benévolos es precisamente porque algo ocurrió en su relación que la rompió para siempre. La mujer, si hemos de creer a Céline, era completamente histérica y raro es que el consorcio mutuo no terminara a sangre y fuego (aunque a punto estuvo según el relato).

Céline nos cuenta la vida en las fábricas, la pobreza del obrero industrial, la aburrida y agotadora cadencia de trabajo de las fábricas de vehículos. Lo alienado, en definitiva, de una actividad que debería aportar un medio de vida pero que, en realidad, sirve para perder la vida. Se va a Detroit con un amigo estrafalario, trabaja más y más, pero apenas logra dinero para pagar una cuchitril miserable y comer en figones del tres al cuarto. Aquello le desagrada pero, afortunadamente, un mujeriego como él encuentra finalmente a la mujer que más le conviene. Una prostituta, por supuesto. Habitualmente, las prostitutas están adiestradas para dar placer a no importa quién, la diferencia con los amantes que ellas mismas han elegido es que además del placer le dan su corazón. El problema es que Bardamu no tiene mucho interés en hacer gran cosa con el corazón de la chica, aunque sí con sus entrepiernas. “Humano, demasiado humano”, pero también real como la vida misma. Con los dineros de la prostituta logra abandonar aquel paraíso de la locura que son los EEUU (Pound tardará unos años más en hacerlo). Es así como retorna a sus enfermos parisinos, desagradecidos y zafios.

En la última parte de la novela, lo miserable adquiere tintes de epopeya. Bardamu se ve rodeado de oportunistas sin escrúpulos, estafadores, ancianas bondadosas, curas adustos de poca caridad cristiana, niñas casaderas estúpidas, invasiva y celosas y, finalmente, amigos que no dudan en asesinar para salir de la miseria aunque el rigor de las desdichas se abata finalmente sobre ellos. Es la banlieu parisina en la que siempre se han enseñoreado las ruinas espirituales y materiales.

Bardamu–Céline–Destouches sobrevive a todo esto y se muestra como un observador que en ocasiones cree estar viviendo un sueño. Él mismo se pregunta en más de una ocasión cómo es posible que exista gente tan absurda circulando por las calles.

En síntesis, el Voyage au bout de la nuit es una novela iniciática, como lo es la que hemos mencionado de Conrad. Si éste en El corazón de las tinieblas nos remite a un viaje por el río Congo (que Coppola convertirá en la búsqueda del coronel Kurtz a través de un internarse por el río Mekong), Bardamu nos enseña lo mismo viajando por el mundo y deambulando por las calles que le vieron nacer. A lo largo de los frentes del Marne, del hospital militar, de visitar a cientos de enfermos y desahuciados, de los miserables poblados y factorías africanas, de vapores infectos y de unos EEUU presos ya de su delirio mecanicista, todo para Céline es un viaje iniciático en el curso del cual el protagonista va ganando acidez, se va desengañando de la vida y de sus placeres y termina pensando incluso que es él quien sobra en la farsa de la vida. No es la primera vez en el siglo XX que un autor ha utilizado el recurso del viaje como forma para articular un relato al que llamamos “iniciático”, simplemente porque permite ver al autor, a través de su protagonista, el verdadero rostro de la vida. Céline refleja ese rostro no solamente en su propia vida sino en la de los demás protagonistas de la novela (apenas figuras periféricas que gravitan en torno a Bardamu). 

Cuando la vida es la obra…

Céline nació en Courvevoie, en plena banlieu, justo donde el “doctor Bardamu” (médico como Céline) ejercerá en la novela. A los 18 años se alistó en una unidad de caballería siendo gravemente herido en Ypres (no muy lejos de allí, tanto en el espacio como en el tiempo, sólo que al otro lado de la trinchera, resultaría lesionado en los ojos un desconocido cabo que había mostrado un comportamiento heroico a lo largo del conflicto; se llamaba Adolf Hitler. Ambos, Céline y Hitler, restablecida la paz se convencieron de que la guerra había sido el paraíso de especuladores y traficantes que habían jugado con las vidas de millones de jóvenes como ellos) y esta experiencia –con su brazo dañado, sus zumbidos en los oídos y sus dolores de cabeza a raíz de una herida grave, cuyos efectos le acompañarán durante toda su vida– será la que trasladará a la primera parte de su Voyage.

En 1916 se enroló en el cuerpo de explotación forestal y partió a África. A poco de llegar y tal como su proverbial suerte hubiera dejado esperar, contrajo la malaria. Tal es lo que narra en la segunda parte de su libro. No explica, sin embargo, que trabajó como asesor médico para la Sociedad de Naciones y que eso le permitió viajar mucho más, sin duda, de lo que hubiera deseado. Fue en ese momento en el que volvió a África (a lugares tan atractivos como Nigeria y Senegal en los que no pudo sino sentirse como un extraterrestre arrojado a un planeta hostil) pero también fue entonces cuando conoció Canadá, Estados Unidos e Inglaterra y esas experiencias las terminará refundiendo en la parte del Voyage que alude a su estancia en Nueva York y Detroit.

Mujeres. Siempre mujeres en torno a Céline. Y en 1926 aparece en su vida Elizabeth Craig. Tiene 24 años y será su compañera en los siete años siguientes. Él mismo afirma en esa época que la Craig es una de sus “maestras de vida”. Es evidente que, cuando la relación entre ambos se había ya deteriorado, él se inspira en ella para componer los rasgos de “Lola” (la enfermera norteamericana que conoce en el hospital militar y luego volverá a ver en Nueva york) y “Molly” (la prostituta amantísima que le acompañará en su periplo en Detroit).

Y luego están sus experiencias como médico en la banlieu. También ellas han sido experimentadas en primera persona. A lo largo de su libro, Céline insiste mucho en una idea aparentemente banal: los pobres no le pagan casi nunca y prácticamente nunca en efectivo. Lo sabe bien porque en 1927 había abierto un consultorio particular que se hundió precisamente porque los enfermos querían su asistencia pero no estaban dispuestos a sacrificar unos pocos francos que preferían gastar en vino peleón y prostitutas no menos peleonas. Tras su fracaso, se empleará como ayudante de dispensario en Clichy. También aquí Bardamú es Céline.

Será en 1931 cuando entregará a una secretaria casi ochocientos folios manuscritos en una letra nerviosa. Es el original del Voyage… Aparecerá al año siguiente. Esta primera obra hizo de Céline un escritor consagrado. No ganó el Goncourt por los pelos (y con gran enfado por parte de Léon Daudet) pero sí el Premio Renaudot.

El Voyage es la historia de la vida de Céline-Bardamu-Destouches, de sus ilusiones y de sus fracasos, es la historia nuestra de cada día, de cada uno de nosotros, de los ciudadanos de a pie que tenemos nuestras aspiraciones constantemente decepcionadas, de nuestros fracasos y de nuestros pequeños y temporales triunfos que no son más que paréntesis hasta el fracaso final, la muerte, último destino inevitable de lo humano.

¿Cómo escribió el Voyage?

Voyage au bout de la nuit está clasificado en sexto lugar entre los 100 mejores libros del siglo XX, votado por 17.000 franceses y fue la opera prima de Céline el cual irrumpió con esta obra en la literatura francesa utilizando por primera vez el lenguaje argótico. Nadie lo había hecho antes, ni siquiera los naturalistas del siglo XIX. La literatura hasta Céline era una cosa muy seria que tenía poco que ver con el lenguaje utilizado en la calle. Y en Francia, el argot es quizás más rico que en ningún otro país del mundo. Céline sostenía que la lengua de los diccionarios era una “lengua muerta”: ¿quién va a llamar “tubérculo” a la “patata”? ¿Quién va a llamar en Francia colation a la boufe? La lengua viva es la que se habla en las calles, especialmente en un período como el nuestro (y el de Céline): la era de las masas. En su conjunto, las obras de Céline son “ilustradas”: los razonamientos son implacables, la crítica que realiza a la modernidad, a la masificación, a la sociedad de masas, es absolutamente demoledora y excepcionalmente directa, no suele utilizar alegorías, alusiones y perífrasis simbólicas, llama “mierda” a lo que no es más que “mierda” y jamás se hubiera permitido tildarla de “detritus” ¿para qué suavizar la vida que, de por sí, es dureza, enfrentamiento, incomprensión, choque, conflicto?

Pero en sus obras, Céline no hace lo que cualquier otro autor –naturalistas incluidos– hubiera estado tentado de hacer: sus personajes hablan en argot, pero él, el narrador utiliza un lenguaje culterano para que no lo confundan, él, el autor de la obra quiere presentarse como un hombre culto y refinado, capaz de extraer belleza de ahí incluso donde no la hay. Ese no es Céline: el narrador se funde en el argot utilizado por las capas populares y por su lenguaje coloquial.

En el Voyage se percibe un rechazo radical, extremo y absoluto hacia el idealismo: para Céline todo idealista es simplemente “mentira”. El idealismo es una forma de enfermedad del espíritu, patrimonio de los débiles, que se configura como una especie de filtro que separa de lo único que le interesa a Céline: la objetividad, la verdad, la realidad vista tal cual es. Médico de profesión, Céline tiende a reducir el ser humano a un paquete de células más o menos bien organizado que para llevar una vida en sociedad precisa de una norma ética.  Para aproximarse a lo humano es preciso hacerlo a través de la biología y de la psicología. No es raro que con esa concepción de la vida, Céline termine pensando que el ser humano es “basura en suspenso”. No es precisamente sentido lo que Céline percibe en la vida.

La novela se publicó en 1932 y la primera traducción española se realizó poco después de la pluma de Carmen Kurtz (una periodista y escritora barcelonesa que solía colaborar en las publicaciones del movimiento franquista con una columna durante décadas en el diario vespertino La Prensa). Su siguiente novela, Mort á crédit, tuvo un éxito más patente a pesar de ser, en nuestra opinión, inferior en calidad. Otras obras, publicadas antes de la guerra de 1939, contribuyeron a reforzar el prestigio literario de Céline considerado como énfant terrible de las letras francesas, una calidad que él jamás hubiera reivindicado.

El desenlace desafortunado para la opción que hacía asumido Céline durante la Segunda Guerra Mundial contribuyó a que fuera considerado como un “escritor maldito” especialmente por quien no lo había leído. No fue sino hasta que Jean Paul Sartre lo calificó como “el autor francés más importante del siglo XX”, cuando empezó a revisarse el valor de su producción literaria. A todo esto, Céline ya había muerto. Había escrito en una de sus grandes novelas (y, sin duda, de las más discretas y desconocidas) Semmelweiss:

“Todo se paga en esta vida, tanto el bien como el mal. El bien, forzosamente resulta mucho más caro”.

© Ernesto Milà – ernesto.mila.rodri@gmail.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

 

Acaba de aparecer RHF-XV

Acaba de aparecer RHF-XV

Acaba de aparecer el nº XV de la Revista de Historia del Fascismo cuyo sumario está compuesto por los siguientes temas:

DOSSIER: Masonería y fascismo. Fascistas en la masonería… fascismo contra la masonería

El fascismo fue esencialmente un movimiento nacionalista antiliberal, con lo que no podía sino enfrentarse a aquella organización de cuya mano el liberalismo irrumpió en Europa: la masonería. El enfrentamiento entre masonería y fascismo fue duro, pero esta dureza no puede hacer olvidar que en los primeros pasos del fascismo participaron en él hombres vinculados a la masonería y que incluso a finales de los años 20, la masonería (o al menos algunos sectores) todavía se podía expresar con relativa facilidad. Con el paso de los años, el régimen fascista fue adquiriendo un tono más visceralmente antimasónico en la misma medida en que lo esencial de la masonería internacional practicaba una política cada vez más antifascista. Esta es la crónica de un desencuentro. (pags. 4-65)

DOSSIER: 29 de octubre de 1922-2012. 90º Aniversario de la Marcha sobre Roma

Como no podía ser de otra manera, este mes de octubre, cuando se cumple el noventa aniversario de la Marcha sobre roma, la Revista de historia del Fascismo dedica un amplio artículo a describir lo que ocurrió en aquel momento histórico. La Marcha sobre Roma implica el tránsito del “fascismo movimiento revolucionario activista” al “fascismo opción de Gobierno”. En ese mismo momento se inaugura lo que será el “Ventennio”, los veinte años en los que Mussolini gobernará Italia. El espíritu de la “revolución fascista” se difuminó ciertamente y el tono se atemperó en ese tránsito. Sin embargo, será paradójicamente en la senda de la derrota, cuando ese espíritu renazca de nuevo en el programa y en el estilo de la República Social Italiana. Este artículo traza el instante de tránsito entre las dos primeras fases. (págs. 66-87)

NEOFASCISMO: Del CABDA a Jeune Europe. La gran aventura paneuropea del neofascismo

Los años que van de 1960 a 1964 son intensos para arraigar la idea paneuropea en el seno de una extrema derecha continental que hasta ese momento, en su componente
mayoritaria, se había visto dominada por el nacionalismo. A pesar de que entre 1950 y 1960 aparecieron intentos de coordinar a los grupos neofascistas y a las extremas derechas europeas, no fue sino hasta la irrupción de Jean Thiriart cuando estos proyectos tuvieron una desembocadura más sólida. Thiriart aportó tres cosas: una doctrina paneuropea extendida a varios países del continente y elaboró una estrategia continental. Todo eso en el curso de apenas cuatro años en los que se produjo una rápida evolución. El texto que presentamos forma parte de la memoria para obtener el Diploma de Estudios Avanzados paresentada por Yannick Sauveur, bajo la dirección del profesor Gerbert, en la Universidad de París, Institut d’Études Politiques, ciclo de Estudios de historia del siglo XX. (págs. 88-109)

FASCISMOS: Fascismo holandés. Antón Mussert y el N.S.B.

Uno de los fascismos más creativos e interesantes fue el holandés, seguramente gracias a la orientación que supo dar su cúpula dirigente presidida por Anton Mussert. El fascismo holandés, más próximo al modelo alemán que al italiano, no fue una mera imitación del primero, sino un movimiento nacido de la sociedad holandesa y adaptado a sus características. La Segunda Guerra mundial y la ocupación alemana de Holanda determinaron el trágico destino de Mussert y de los suyos que colaboraron con los alemanes, enviaron voluntarios a la cruzada antibolchevique y tras la rendición alemana pagaron estos gestos con su vida. Esta es la historia de uno de los fascismos más originales y creativos de los años 30-40. (págs. 110-131)

FREIKORPS: Así se inició todo… La génesis de los Freikorps y la ruina del viejo Reich

Los Freikorps son hijos directos de la derrota y en su interior se forjó la mentalidad que desembocó en la formación del movimiento nacionalsocialista. Vale la pena conocer en qué ambiente histórico y que vicisitudes concurrieron en la coyuntura en la que nacieron los Freikorps, porque sin este elemento es absolutamente imposible entender el desarrollo del nacionalsocialismo y su fulgurante éxito. En esta entrega ofrecemos la traducción de los dos primeros capítulos de Baltikum, titulados La revolución viene del mar y La disolución del ejército imperial. (págs. 132-165)

ECONOMIA: La crisis del 29 (I de II) ¿La oportunidad de los fascismos?

Se suele unir la crisis económica de 1929 al ascenso de “los fascismos”. El hecho de que esta opinión sea generalizada no quiere decir que responda necesariamente a la realidad. No parece que esta crisis influyera decisivamente en la ascensión de otro fascismo que no fuera el representado por el NSDAP. Es cierto que en todo el ámbito del mundo capitalista aumentó el paro y buena parte de lo afectados respondieron adhiriéndose al fascismo, pero solamente fue en Alemania en donde el movimiento se convirtió en una alternativa de poder. La crisis de 1929 no tuvo nada que ver con el ascenso del fascismo italiano, ni del resto de los fascismos mediterráneos y muy poco que ver con el ascenso del fascismo británico o del fascismo belga. E incluso en el
caso del fascismo alemán hay que preguntarse si el impacto causado por la crisis hubiera sido suficiente para aupar al NSDAP al poder de no ser por la concurrencia de otros factores (especialmente por el odio generalizado hacia el Tratado de Versales). Tal es la temática que vamos a analizar: los rasgos de la crisis económica de 1929 y las repercusiones que tuvo en el desarrollo de los movimientos fascistas. (págs. 176-215)

Características:

Formato libro 150 x 210 mm

Páginas 212

Tapas en cuatricomía con solapas

Pedidos: eminves@gmail.com

Precio venta al público: 18,00 euros + 3,00 euros de gastos de envío (precios para España, resto mundo, consultar)

Forma e-pago: ingreso en cuenta corriente BBVA (al hacer el pedido indicamos el número) o pago a través de pay-pal (ver columna de la derecha)

Suscripción:

6 números: 100 euros

12 números: 200 euros


 

 



La mutación nacionalista

La mutación nacionalista

Infokrisis.- El nacionalismo catalán apareció históricamente en el último tercio del siglo XIX y tras un principio del siglo XX en el que se aprovecho la crisis de “lo español” tras la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, y posteriormente, del caos generalizado instalado durante la II República, desapareció por completo durante 40 años. Tras su salida a la superficie en 1977 se convirtió en el eje determinante de la política catalana y española. Como era inevitable la persistencia de la crisis económica iniciada en julio de 2007 repercutió en el nacionalismo, apareciendo una corriente independentista que hasta ese momento había sido completamente residual. Pero el independentismo nacionalista de 2012 no es el mismo que el regionalismo nacionalista de 1870-1909. Muchas cosas han cambiado y vale la pena realizar un análisis de esos cambios.

Pero ¿de dónde surge todo nacionalismo?

Es muy simple: en el Antiguo Régimen el poder estaba en manos de la realeza y de su prolongación, la aristocracia. Cuando se produjo la acumulación de capital y el inicio de la primera industrialización (segunda mitad del siglo XIX) la burguesía naciente acarició la idea de desplazar a la aristocracia de los resortes hegemónicos del país. Ese fue el sentido de las revoluciones liberales (empezando por la americana y por la francesa): la sustitución de la aristocracia por la de la nueva burguesía. Los que empezaban a tener el “poder económico” querían también el “poder político” para gestionar mejor sus negocios. La burguesía empezaba a acariciar el sustituir a la aristocracia como clase hegemónica.

A fin de redondear una ideología completa y cerrada, la burguesía enmascaró sus ambiciones con una superestructura emotiva y emocional: reconstruyó (o, simplemente, falsificó) la historia, empezó a hablar de “nación” en lugar de “reino” y de “democracia” en lugar de instituciones forales. Se construyeron los “mitos nacionales” capaces de reunir en torno suyo todo el potencial emotivo que era capaz de suscitar adhesiones entusiastas e irracionales por parte de la población y allí en donde los hechos históricos no bastaban, simplemente se recurrió a la falsificación de la historia y a la adulteración de los hechos históricos. También se olvidaron algunos en los que la “historia nacional” no quedaba en excesivo buen lugar. Así se construyó también el “nacionalismo español”, de matriz liberal, que tiene sus orígenes en las Cortes de Cádiz y también en el “trienio liberal” (182-1823). A no confundir –y eso es extremadamente importante- “nacionalismo” con “patriotismo”…

Este mismo proceso se reprodujo, a modo de fotocopia reducida, en determinadas regiones en las que las burguesías locales habían logrado tener un mayor desarrollo y conseguido una mayor acumulación de capital en torno suyo. No es, sin duda, por casualidad, que este proceso se produjo en España en dos regiones fronterizas: las provincias vascas y Cataluña. El comercio, la banca y las fundiciones fueron los puntales sobre los que se elevó una pujante burguesía vasca que tras la decepción de las guerras carlistas y con los cambios de la época desembocó en el nacionalismo aranista. En Cataluña, los capitales amasados en las Antillas especialmente, invertidos en especulación inmobiliaria en el llano de Barcelona con la formación del Eixample (Ensanche) de la ciudad gracias al proyecto de Ildefonso Cerdá, y con la formación de una amplia industria de hilaturas, dio como resultado la formación de una pujante burguesía que, al igual que la vasca, unía a su ferviente catolicismo una inquebrantable vocación de gobernar sus propios destinos sin depender de un gobierno distanciado 600 km de la capital catalana. Especialmente en torno al Vizconde de Güell y a asociaciones culturales nacidas desde mediados de siglo (Jove Catalunya) apareció un movimiento cultural, financiado por los Güell, que pretendía generar ese entramado emotivo y sentimental propio de todo nacionalismo. A eso se le llamo eufemísticamente “construcción nacional de Cataluña”.

Vale la pena recordar que, tras las pretensiones “patricias” de esta nueva aristocracia económica catalana, muy frecuentemente se trataba solamente de veleidades culturales que hoy hacen sonreír a los más piadosos y reír a carcajadas a los inmisericordes adversarios del nacionalismo catalán. Se sabe, por ejemplo, que en los Juegos Florales de 1901 (pagados por el Güell) en su alocución inicial Don Eusebio Güell Bacigalupi explicó con una seriedad pasmosa que el catalán es una lengua anterior al latín y que deriva de un dialecto hablado en los Alpes Réticos. Y la crema de la cultura catalana que estaba sentada en la platea aplaudió a rabiar esta enormidad… acaso porque todos ellos, en mayor o menor medida, estaban financiados por el prócer que así les hablaba.

Los Maragall, los Verdaguer, los Pico i Campanar, el trío de arquitectos modernistas Gaudí-Doménec-Puig i Cadafalc, músicos como Pep Ventura (murciano), etc, intentaron –siempre a las órdenes de la alta burguesía catalana que aspiraba a ser dueña de su propia fiscalidad con la obvia intención de pagar menos impuestos y ver más beneficiados sus negocios- crear una “cultura catalana” partiendo de elementos fragmentarios o simplemente inexistentes (el modernismo, por ejemplo, encontró sus raíces no en la arquitectura tradicional catalana, sino en la obra del arquitecto francés Viollet le Duc y en su Diccionario Razonado de Arquitectura Francesa). Autores como Maragall o Verdaguer, con la mejor intención del mundo recuperaron fragmentos de leyendas pirenaicas, se limitaron a cristianizarlos, a cambiar su sentido y convertirlos en puntales emotivos de la “nacionalidad catalana”. En música, los Güell horrorizados por que la burguesía catalana aplaudía una “música extranjera” en el Liceo (el wagnerianismo estaba muy extendido en la Cataluña de principios de siglo XX) intentaron crear una “ópera catalana” de la que la obra Garraf (texto de pico i Campanar y música de García Robles) es muestra de hasta qué punto se puede bostezar escuchando música… Los Güell subvencionaron a poetas, a artistas plásticos y, al mundo del teatro. Incluso los bailes regionales fueron adulterados y la “jota”, uno de los bailes populares más extendidos por la Cataluña ochocentista y decimonónica, fue sustituido por la sardana, inicialmente una música de moda (el equivalente moderno sería… Giorgi Dan) tomada de Zarzuelas. Aquella música tuvo éxito y Pep Ventura se convirtió en el prodigioso compositor de “sardanas”.

Precisamente en la sardana se percibe claramente el por qué era necesario falsificar la historia para crear un nacionalismo fuerte. En efecto, la historiografía oficial catalana nos cuenta que la sardana deriva de las danzas griegas de hace tres mil años… luego añaden que procedía de un baile popular bailado en la Cerdaña… A fin de cuentas, la Cerdaña, junto con el Rosellón forman parte de las reivindicaciones del nacionalismo. Que nosotros sepamos no existen huellas de ese baile pirenaico, sin embargo, lo que sí se baila todavía en la isla de Cerdeña (Sardegna) es un baile que se baila en círculo con los participantes cogidos por las manos y punteando los pasos con los pies. A este baile se le llama el “ballo sardo”: a observar que la raíz “sard” es la misma que la de “sardana” (sin olvidar que uno de los primeros pueblos que poblaron aquella isla eran… los “sárdanas”). Es evidente que el tráfico mediterráneo trajo este baile de la isla mediterránea a Cataluña (y no al revés puesto que el nombre delata el origen) y que en el siglo XIX fue aprovechado para dar una coreografía a las composiciones populares (sino populacheras) compuestas por el murciano Pep Ventura. No se podía, así mismo, reconocer que era extraterritorial, así que se recurrió a la asimilación con el nombre del condado ultrapirenaico de la Cerdaña. Era importante que la sardana, el “baile nacional de Cataluña” hubiera nacido en territorio catalán reivindicado y no en una isla lejana del Mediterráneo…

Lo que fue un cuerpo mercenario que agrupaba a poblaciones pirenaicas no solo catalanas sino gasconas, vascas y castellanas, dirigidas por un antiguo templario alemán, Roger von Blum, expulsado de la Orden por haber vendido pasajes de su navío (perteneciente a la Orden) durante la evacuación de Tierra Santa, se convirtió en el gran mito de la cultura catalana: los Almogávares. El problema era que sus andanzas estaban perfectamente documentadas y su recuerdo en el Imperio Bizantino resultaba todavía hoy imborrable. El catalanismo evita aludir a los desmanes, las venganzas, los actos de terrorismo y criminalidad pura y simple que rodearon a aquel cuerpo mercenario de una pantalla de odio que finalmente acabó con la vida de sus capitanes y con la extinción de sus huestes.

Los toros han sido proscritos de Cataluña aun a pesar de que los grandes episodios de la historia de Cataluña del siglo XIX suelen estar vinculados a la “fiesta nacional”, incluidas las bullangas de 1835 iniciadas tras una corrida en la que se lidiaron toros mansos bajo el sol sofocante de julio en la plaza situada en donde hasta no hace mucho estaba la Estación de Cercanías.

Y así podríamos seguir para llegar a la conclusión de que lo que hoy se llama “cultura catalana” es una mixtura de agregados de distintas procedencias, algunos de ellos inventados ad hoc durante el último tercio del siglo XIX y a la que el rodillo del nacionalismo ha podido darle un aire de relativa coherencia y unicidad. Esto solamente ha sido posible a partir de que a mediados de los años 80 el nacionalismo pasara a subvencionar a los medios de comunicación catalanes hablados, vistos y orales. Hoy más que nunca la dependencia de cualquier medio de comunicación editado en Cataluña de los fondos de la Generalitat hace imposible pensar en una prensa catalana libre.

Nacionalismo de ayer, nacionalismo de hoy

El proceso de fundación de todo nacionalismo como vinculado a la burguesía local es algo innegable que hoy nadie tiene interés en dudar, ni puede hacerlo. Salvo, por supuesto, los nacionalistas que lo presentan como un producto del ansia de la población catalana de autodeterminación e independencia. Bien… antes de las revoluciones liberales no existía el concepto de “nación” por tanto, difícilmente Cataluña hubiera podido ser “independiente” antes del siglo XIX, lo que existieron fueron “condados” catalanes y todos ellos admitían su vinculación al Reino de Aragón (reino y no “federación” tal como se intenta hoy presentarlo desde la historiografía “oficial” dictada desde la Generalitat). Después de la irrupción del liberalismo es obvio que Cataluña jamás ha sido independiente y, no solo eso, sino que el siglo XIX fue el “gran siglo español de Cataluña”. Los catalanes lucharon contra los jacobinos franceses en la “Guerra Gran”, invadieron el Rosellón y la Cerdaña, no para conquistar territorios propios, sino para aliviar la presión que esos mismos jacobinos franceses estaban generando en el País Vasco y Navarra. Luego participaron en la resistencia antinapoleónica, no al grito de “Visca Catalunya”, sino en nombre de España y de su Junta Central de Defensa. Los menestrales barceloneses fusilados por los napoleónicos son buena muestra de esa actitud que contrastaba con la legislación napoleónica que separaba a Cataluña de España, la incorporaba a Francia con el catalán como lengua oficial. Ese proyecto napoleónico fue rechazado de plano por el pueblo catalán y obligó a los pocos que lo aceptaron a irse en los furgones de cola de los ejércitos imperiales en retirada. Sin olvidar, por supuesto, el esfuerzo catalán en la defensa de Venezuela y de Cuba, mayoritariamente colonizado por catalanes.

Así pues, históricamente, las ínfulas independentistas no son más que un mal cuento para pobres infelices adoctrinados por un profesor tan oportunista como cínico e ignorante, pagado por la alta burguesía catalana.

En nuestro artículo sobre las 300 familias que componen el núcleo duro de “lo catalán” y que controlan lo esencial de la sociedad civil catalana no entramos en un elemento que hoy nos parece el central porque condiciona la actualidad política del nacionalismo y su deriva independentista

Veamos… El nacionalismo independentista actual no es ya una emanación de la burguesía catalana para beneficiar a sus negocios y lograr que los destinos de la población que viva en Cataluña sea regida en función de decisiones tomadas en Barcelona por esa misma alta burguesía. Habitualmente los analistas no han percibido que se ha producido en los últimos 25 años una mutación histórica y no se es frecuente que al analizar el nacionalismo catalán se recurra a elementos que están más allá de los altos muros de su huerto particular.

Pero lo cierto es que desde principios de los años 70 la industria textil catalana entró en crisis (en esa época el III Plan de Desarrollo previó la destrucción subvencionada de varios miles de usos y telares) y que veinte años después la globalización terminó de rematar la faena enviando a Marruecos, a China, a Vietnam y, en cualquier caso fuera del territorio catalán, a miles de empresas del sector textil. Cuando tenían lugar los fastos del 92, la burguesía catalana ya se dedicaba de manera creciente y progresiva a actividades especulativas o a sectores de bajo valor añadido… similares en todo a las que constituían los elementos centrales de la actividad económica en el resto del Estado: construcción y turismo. Los beneficios obtenidos con la venta de propiedades familiares, con los ingresos por actividades derivadas de estas dos actividades, con la venta de sectores enteros de la economía a multinacionales o con cierres subvencionados, no se utilizó en generar una nueva industria catalana… sino que pasó a los circuitos especulativos que, a partir de ese momento, ya no dependían ni siquiera de la bolsa de Barcelona. Bastaba con que uno de estos antiguos “próceres” apretara al “enter” de su ordenador para que cientos de millones de euros fueran invertidos en la bolsa de Nueva York, en industrias petroleras iberoamericanas o en iniciativas turísticas en el sudeste asiático. Por otra parte no era raro a partir de finales de los 80 que quienes disponían de ingentes medios económicos los llevaran –habitualmente de manera ilícita- al paraíso fiscal andorrano (el “país de los Pirineos”, el único en el que la lengua catalana es oficial, pasó de ser una calle en donde se vendían especialmente manufacturas de contrabando, a ser un paraíso fiscal que recogió buena parte del capital catalán… que huía de Cataluña con la sana intención de evadir impuestos. Montserrat Caballé llevó lo esencial de lo obtenido con su voz a Andorra, mientras que la familia Pujol lo enviaba a Iberoamérica).

Es cierto que las 300 familias siguieron teniendo una influencia determinante en el seno del nacionalismo pero para ellos el intervenir en política ya no era la cuestión central. A partir de los años 90 los grandes nombres que hasta entonces habían sido habituales en el nacionalismo de los últimos 100 años, desaparecieron de la primera fila de la acción política. En buena medida esas familias tenían problemas internos (se sabe que en Cataluña los abuelos crean las empresas, los padres las promueven a grandes empresas y los hijos las revientan…) y se veían sometidas a los mismos problemas que cualquier otra familia catalana y española: divorcios, edad avanzada para tener hijos, poca descendencia, etc. De hecho, las cifras de natalidad en la Cataluña actual están adulteradas por dos factores: primero por la presencia masiva de inmigrantes que están próximos a protagonizar 1 de cada 3 nacimientos de niños en Cataluña y en segundo lugar por los contingentes de inmigración interior llegados al cinturón industrial de Barcelona entre los años 50 y 80. Dicho de otra manera los hijos de catalanes-catalanes son hoy una exigua minoría como si en ellos se hubiera agotado un principio vital.

La conclusión fácil a la que llegamos es que, aun teniendo un extraordinario peso en la sociedad civil y en el mundo de los negocios (negocios que se realizan en su mayor parte fuera de Cataluña y que no tributan en las provincias catalanas), la alta burguesía catalana ya no es lo que hace sólo 30-35 años. Entonces ¿quién está detrás del nuevo impulso nacionalista?

Es fácil advertirlo: abandonados por la alta burguesía (que cada vez envía más a sus hijos a estudiar –los que deciden estudiar o sirven para ello- al MIT o a Oxford) los mitos del nacionalismo, sin embargo, estaban ahí, iban de la mano de partidos como Convergencia Democrática de Cataluña o Unión Democrática de Cataluña, sirviendo solamente en las campañas electorales para aportar ese factor emotivo que siempre precisa el nacionalismo, pero los que hasta ese momento habían sido sus patrones, da la sensación de que se fueron desentendiendo de la acción política especialmente durante los años 90 cuando se evidenció que la política realizada a la luz pública era un terreno demasiado arriesgado y que, antes o después, traería problemas (los procesamientos de Félix Millet por un lado y de los más próximos colaboradores de Pujol por otro, Prenafeta y Alavedra, les dieron la razón a quienes opinaban esto). Luego vino el marasmo de los años del tripartito en donde el nacionalismo de CiU en lugar de ser sustituido por un gobierno que insistiera en avances sociales mucho más que en reivindicaciones nacionales, volvió a ser más de lo mismo. En esos años ocurrió algo notable: la Generalitat se convirtió en un monstruo burocrático y como en cualquier otra entidad del mismo tipo (la ONU, la UNESCO, como ejemplos más evidentes), en su interior se creó una casta de funcionarios cada vez más amplia cuyo medio de vida era… la Generalitat y cuyos negocios estaban puestos al calor de la misma.

Ya no es que, como ocurría durante el período de gobierno de Pujol, éste pusiera el cazo en Madrid para pedir más y más fondos que servirían para financiar las actividades de los “amigos” (esto es de las 300 familias), sino que se trataba de pedir siempre más fondos para alimentar a la élite burocrática en cuyas manos está la Generalitat. Para esta élite funcionarial, la Generalitat ya no es la expresión del gobierno autónomo de Cataluña, sino un fin en sí mismo: si se está “dentro” de la Generalitat (en cualquiera de sus despachos oficiales, de sus cientos de “institutos”, de sus negociados kafkianos) se están “en el ajo” y se obtiene la posibilidad de hacer buenos y grandes negocios en los que lo importante no es tanto los beneficios obtenidos como el apoyo prestado por la institución a la que se pertenece, la Generalitat).

Históricamente, lo que ha ocurrido es que el eje del nacionalismo catalán se ha desplazado de la alta burguesía industrial a la baja burguesía funcionarial que aspira a convertir la Generalitat en su modus vivendi ad infinitum.

Así es comprensible que el principio histórico del nacionalismo catalán (“Cataluña es la parte seria de España y por tanto los catalanes reivindicamos la primacía de gobernar en España”) haya sido sustituido por el simple afán de obtener una fiscalidad catalana propia: si a lo que se aspira es a vivir de la Generalitat lo normal es que se reivindiquen las llaves de la caja y que esta tenga la potestad para recaudar toda la fiscalidad generada en Cataluña pagando al Estado una cantidad estipulada en calidad de “pago por alquiler” de servicios e infraestructuras. A esto, en definitiva, es a lo que aspira Artur Mas con su reivindicación de un concierto económico.

El resto no es más que el agregado emotivo y sentimental de siempre (con su alto grado de falsificación histórica, con sus nimiedades convertidas en elementos centrales para la “construcción nacional de Cataluña” y con sus obsesivos programas sobre castellers y sardanas servidos por el Canal 33 justo antes de fusionarse, ante la caída en picado de audiencia, con el Canal Super 3 de carácter infantil…) necesario en la medida en que de lo que se trata es de ganar elecciones apelando a los instintos más bajos y a la ignorancia de las poblaciones.

Artur Mas es el responsable de que el independentismo catalán haya subido como la espuma en el último año. No en vano ha inyectado 200 millones de euros en las entidades que lo promueven. Para colmo, ese independentismo ha encontrado un período excepcionalmente apropiado para un discurso simplista: “Madrid es el responsable de la crisis, no salimos de la crisis por culpa de Madrid, Madrid nos roba”… y a tenor de quien ha gobernado en Madrid en las últimas décadas cabe decir que la posición del gobierno del Estado es indefendible en la medida en que desde Felipe González e incluso desde Adolfo Suárez no se ha podido gestionar peor el poder en el Estado.

El nacionalismo catalán ha ejercido el chantaje contra el Estado en los últimos 33 años. En unas legislaturas todo se ha reducido (así se diseñó la constitución: para permitir el chantaje de los nacionalistas catalanes y vascos) a cambalachear votos en el parlamento a cambio de dinero y en otras a atizar el fantasma independentista (o terrorista) con aquello de “si no nos dais lo que pedimos los radicales independentistas lo tendrán fácil para hacerse con el control de la situación y con ellos os será más difícil negociar”… tal fue el discurso de Pujol en algunos momentos y el discurso con el cual se fue a Madrid Artur Mas después de la manifestación del 11-S para, nuevamente, poner el cazo.

Lo que ocurrió es sabido: hay crisis económica y el Estado no dispone de los fondos necesarios que en otro tiempo hubiera entregado al rector de la Generalitat para que hiciera lo que quisiera con ellos. Ahora, simplemente, no hay dinero y España está bajo el microscopio de la Unión Europea y determinadas “alegrías” podrían acarrear censurar por parte de la UE. De retorno, Mas se encontró entre la espada y la pared: no podía interrumpir bruscamente el discurso soberanista (aun a sabiendas de que carece de desembocadura práctica), pero tampoco podía permitir que el monstruo independentista que él mismo creó creciera hasta el punto del “surpaso” en relación al nacionalismo de CiU. Y convocó elecciones anticipadas. Nadie convoca este tipo de elecciones si no tiene garantía de que las va a ganar.

Con el paso de las semanas, Mas va “modulando” su discurso: él es el primero en saber que la independencia es imposible así que insiste en la “autodeterminación” (que es como decir, quiero que se vote que podemos convocar un referendo por la independencia pero no digo lo que voy a votar, si a favor o en contra) idea ambigua en la que cabe cualquier interpretación. Sabe que la legislación española no lo permitiría pero que la UE excluiría pura y simplemente a Cataluña de su diseño, lo que equivaldría a un mayor empobrecimiento de esa región, que con su 1.500.000 de inmigrantes, sus bajas tasas de natalidad y la premura con que los jóvenes se están dando en abandonarla hacia otras regiones del Estado o hacia el extranjero especialmente, y dadas las altas tasas de natalidad de la inmigración, en apenas 20 años, es presumible que la población inmigrante y la población autóctona se hubieran igualado existiendo antes la posibilidad de que se implantara la sharia antes que el derecho foral catalán.

Mas está quemando los últimos cartuchos: las tasas de uso del catalán no avanzan y las cifras no hacen honor a la realidad. Solamente el 35% de la población utiliza habitualmente el catalán, pero no indican de qué edades. Los porcentajes de espectadores de cine catalán están bajo mínimos y son residuales, se lee poco libro en catalán, las web catalanas, a pesar de recibir impulsos y apoyos de la Generalitat, son pocas y de audiencias extremadamente débiles y en cuanto a la música catalana, pasada la época del “rock catalán” y recordándose solamente en libros de historia la “nova cançó” está simplemente estancada con tendencia a la desaparición. Y todavía queda por llegar lo peor.

Cuando la economía española esté intervenida por la UE, la “troika comunitaria”, los “hombres de negro” fiscalizarán cualquier gasto: hará falta mucha moral para explicarles los generosísimas entregas de fondos a la Generalidad y mucha mano izquierda para que ésta logre explicar qué hace con ellas y cuáles son las inversiones productivas que verdaderamente han dado algún resultado en estas últimas décadas. Desde la Generalitat se tiene horror a este momento porque la lupa no solamente se va a poner sobre el Estado, sino especialmente sobre las Comunidades Autónomas. La desaparición y las fusiones de canales de la TV catalana y de las radios catalanas, son un mal presagio. De ahí que para CiU sea extremadamente importante (es decir, para la élite funcionarial de la Generalitat) aposentarse ahora mismo del máximo de resortes de poder, porque a partir de la llegada de la “troika” la fiscalidad va a hacer muy difícil progresar bajo la lupa.

Por eso se han convocado estas elecciones autonómicas.

© Ernest Milà – infokrisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com

De las "Ruinas" al "Cabalgar"...

De las "Ruinas" al "Cabalgar"...

Es hora de cambiar Los Hombres y las Ruinas por Cabalgar el Tigre

PD.- Dedico estas líneas a Carlos Oriente Corominas, muy querido camarada, diez o doce años más joven que yo, que ha fallecido en Barcelona este fin de semana de manera inesperada. El hecho de que los “amados de los dioses mueran jóvenes” no implica que muchos dejemos de lamentar su pérdida. Él era uno de esos “tipos humanos superiores” capaces de comprometerse con cualquier causa con una completa entrega. Valiente, con un sentido del humor que impedía aburrirse a su lado, también él pertenecía a otro tiempo.

Este artículo será entendido perfectamente por los evolianos (gentes familiarizadas con el pensamiento de Julius Evola) y acaso sonará raro a quienes no se hayan aproximado hasta este autor que es considerado como el maestro de la “derecha tradicional” del siglo XX. En efecto, cuando Evola regreso a Italia en 1949 tras su periplo hospitalario tras la II Guerra Mundial, inmovilizado por las heridas en su médula, empezó a relacionarse con los medios activistas de la derecha radical, los neofascistas que formaban en las filas del entonces recientemente constituido Movimiento Social Italiano.

Percibía en ellos las mismas componentes que habían estado presentes en el fascismo de los orígenes con su activismo y su militantismo desenfrenado y en el fascismo de la República Social Italiana, con su fideísmo y su compromiso con una causa irremisiblemente perdida. En ambos casos se entregaba todo a cambio de nada. Evola había identificado en las primeras generaciones del MSI el mismo estado de ánimo y por eso se comprometió con ellos. A finales de los años 40 escribió un pequeño folleto, Orientamenti (Orientaciones), que con 14 breves puntos anticipaba lo que en 1954 iba a ser el verdadero manifiesto político de la “derecha tradicional” en la postguerra: Gli uomini e le rovine (Los hombres y las ruinas). Los dedica a los hombres que representan a un “tipo humano superior”, dotados de un carácter que hace de la acción el centro de su vida casi como si los antiguos guerreros hubieran resucitado entre las ruinas morales y materiales herederas del segundo conflicto mundial.

El libro iba dirigido a los militantes que creían que todavía podía hacerse algo, a aquellos en cuyos cerebros ardía un ideal. En el marasmo de la postguerra, esa generación se preocupaba mucho más de las actitudes que de la doctrina, pero en ese gesto estaba implícito su valía. Evola les facilitó elementos doctrinales y una ideología coherente, completa y orgánica. Muchos, desde las columnas de las múltiples revistas neofascistas de aquellos tiempos asumieron esos ideales y salieron a la calle desarrollando un activismo frenético con el respaldo de un proyecto político.

Pasaron 10 años, en ese tiempo (entre 1950 y 1960) Evola siguió colaborando con los generaciones del MSI, pero también tuvo entre sus alumnos (los que le iban a visitar a su domicilio romano) a cuadros de las organizaciones juveniles que se habían ido desgajando del MSI. Evola colaboró con Ordine Nuovo y con Avanguardia Nazionale. A partir del congreso de Bari del MSI (1950), fueron habituales la presentación de mociones evolianas que intentaron siempre encarrilar a esta organización sobre rieles tradicionalistas.

Justo cuando la “contestación” empezó a despuntar en los primeros años 60 desde los EEUU, Evola que con el tiempo se había configurado como un agudo observador de la sociedad norteamericana entendió cuál iba a ser el signo de los tiempos que estaba por llegar: fue el primero en analizar el pensamiento de Herbert Marcusse y percibió en el underground algo que ya había visto en sus escritos sobre la beat-generation, entendió que la revolución sexual de los 60 y el descubrimiento de la píldora anticonceptiva iban a revolucionar los usos sociales. Entrevió también los contenidos de la agitación estudiantil y empezó a preguntarse si todos estos elementos de crisis afectaban a quienes defendían ideas tradicionales. El fruto de estas reflexiones le llevó a establecer importantes conclusiones que cristalizarían, primero en la publicación de ensayos y artículos en las revistas próximas al MSI y a los grupos extraparlamentarios y luego en la publicación de un libro que todavía hoy no ha perdido actualidad: Cabalcare la tigre (Cabalgar el Tigre).

Esta nueva obra va dirigida a otro público: si Los hombres y las ruinas iba dirigido a los hombres que todavía querían hacer algo, Cabalgar el Tigre lo está a los “hombres diferenciados”, esto es, a aquellos que se sienten alejados de la modernidad, que no tienen sitio en la modernidad, que se reclaman “ciudadanos” de otra realidad (el mundo tradicional) y de otros valores y que no están dispuestos a la “acción exterior” simplemente porque ya no creen que pueda hacerse nada en este terreno. ¿De qué manera hombres así pueden vivir en el seno de la modernidad? Y Evola responde a lo largo de 250 intensas páginas.

El título, como se sabe, responde a la antigua idea oriental de que la única forma con la que alguien puede escapar del ataque de un tigre es… subiéndose a sus espaldas, cabalgándolo. En esa situación el tigre no puede atacar con sus garras y, finalmente, cansado con el peso de alguien que es invulnerable a sus espaldas, se sentirá agotado y se le podrá derrotar. De lo que se trata es, pues, de no dejarse ganar por la virulencia y la omnipresencia del “tigre”, sino vivir en una especie de permanente exilio interior. Evola utiliza entonces una frase de Hoffmansthal para definir un futuro en el que se darán la mano los que han estado en vela en la noche oscura con los que hayan nacido en el nuevo amanecer. Y plantea una imagen evocadora: la modernidad es como un alud que desciende por una montaña cada vez arrastrando más masa y a mayor velocidad: nadie puede detenerlo y situarse ante él para intentar frenarlo constituye la forma más directa de suicidarse. Evola, ya no está hablando de “mantenerse en pie entre las ruinas”, la actitud de aquellos jóvenes de la postguerra que intentaban detener el alud con la mera fuerza de su activismo. Está hablando a otro tipo humano, a los “hombres diferenciados”, aquellos que ESTÁN EN EL SENO DE LA MODERNIDAD, pero que NO SON DE LA MODERNIDAD.

Cabalgar el Tigre es hijo de dos influencias: la de Ernst Jünger, de sus Tempestades de acero y de su Trabajador, y de la experiencia acumulada por Evola a lo largo de su extenso periplo por las doctrinas tradicionales y especialmente por la llamada “Vía de la Mano Izquierda”. Así como en la “Vía de la Mano Derecha” de lo que se trata es de rechazar el mal y combatir las destrucciones, contraponiendo un programa positivo, en la “Via de la Mano Izquierda” de lo que se trata es de “convertir el veneno en remedio”, ver en todos los procesos de disolución, puntos de apoyo. Es evidente que la primera vía es la que corresponde a lo redactado para el “tipo humano superior”, mientras que la segunda es propia del “tipo humano diferenciado”. La primera es la propia de los lectores identificados con el proyecto político de Los hombres y las ruinas, y los segundos con los contenidos de Cabalgar el Tigre.

Evola explica que las destrucciones presentes en la modernidad no deben ser tenidas por el hombre que vive su exilio interior como algo negativo: a fin de cuentas, ese no es su lugar, no es la “sociedad tradicional” la que está en crisis sino la “sociedad moderna”, no es la “familia tradicional” sino la “familia burguesa” y las “nuevas fórmulas familiares” las que están en crisis, no es la “metafísica” la que experimenta una crisis terminal, sino las viejas fórmulas religiosas agotadas e inadaptadas por su dogmatismo y su rigidez; no es la economía orgánica y comunitaria la que vive su período postrero, sino la economía liberal que después de su fase industrial, luego multinacional y finalmente globalizadora, ha llegado a su última etapa; así pues, es la totalidad del mundo moderno lo que está en crisis, no los valores, las ideas y el mundo tradicional. El “hombre diferenciado” no debe entristecerse por estas desintegraciones que no son las de su mundo, sino las de una estructura que no tiene nada que ver con él. No debe hacer, por tanto, nada para defender ese mundo: su hundimiento es garantía de la próxima renovación, del “nuevo amanecer” al que aludía Hofmansthal.

Durante cuarenta años de mi vida he creído que “aún podía hacerse algo”, incluso que era posible hacerlo disponiendo de cuadros políticos perfectamente formados doctrinal y técnicamente. He creído que era posible, utilizando técnicas políticas, generar un movimiento de masas capaz de detener el proceso de disolución de la modernidad y revertirlo. He creído que en la misma lucha política operaría a modo de “fuego purificador” que afectaría en primer lugar a los “combatientes” (los “hombres en pie”, aquellos en cuyo cerebro arde un proyecto político que quieren dar vida) y que sería posible operar una transmutación del mundo: que el poder no estuviera en manos de una casta política degenerada y miserable que considera la política como la mejor relación “esfuerzo-beneficio”, que la comunidad nacional se viera libre de las ideas nacidas en 1789 con la revolución liberal, la ley de la cantidad (la democracia numérica) y el marxismo que vino luego, que desaparecieran partidos y sindicatos como sujetos políticos y fueran las estructuras intermedias de la sociedad quienes asumieran la representatividad en el marco de un Estado Orgánico y Comunitario. He creído incluso que la “construcción de Europa” superaría las carencias de los Estados Nacionales surgidos tras el Renacimiento lograría un marco con “dimensión adecuada” para responder a las necesidades de un tiempo en el que los “bloques” han condicionado le mundo y que una Europa surgida de la hermandad entre combatientes de distintos países estaría en condiciones de ser “primera fuerza” o bien un “espacio cerrado” a la economía globalizada. He creído que la “lucha cultural” era un complemento de la lucha política y que en ese terreno podía realizarse un trabajo que afectaría a toda la sociedad y construiría las bases de un “nuevo orden”. A fin de cuentas, combatir los “productos culturales” que llegan de la “cultura americana”, supone hoy una prioridad en la medida en que se trata de meros productos de intoxicación  contaminación. Todo eso (y mucho más) valdría la pena hacerlo y se podría hacer a través de la lucha política. Nadie me podrá reprochar que no lo intentara hasta el punto de que mi propia vida se ha visto comprometida y que incluso he recibido ataques (en Internet las mentiras sobre mí son uno más de los motivos que inducen a pensar que hoy calumniar salen gratis) de personajillos irrelevantes que jamás me han interesado ni preocupado. Pero todo esto ha llegado demasiado lejos y vale la pena detenerse un momento y reconocer, no solo mi fracaso personal, sino el de todo el ambiente que en un tiempo ya lejano pensó que era posible combatir “a la bestia” e incluso, vencerla.

Cuando escribí las Ultramemorias resultaba evidente mi alejamiento de la extrema-derecha y el análisis crítico que vertía en relación a los últimos 40 años de este ambiente político. Pero no quedaba cerrada la puerta a una acción política posterior. La puerta para desembocar en ella cada vez se ha ido estrechando más y más, y no creo que en la actualidad haya motivos para ser optimista: el percibir en España 7.000.000 de inmigrantes y un signo de desfiguración de la identidad nacional no implica que ese fenómeno vaya a generar una reacción y una respuesta a partir de la cual se vaya a construir un movimiento político sólido y en condiciones de responder a las exigencias de la lucha contra la modernidad, quiere decir solamente que la tierra sobre la que he nacido perderá su rostro y el pueblo al que he pertenecido puede desaparecer… La actual crisis económica es de una envergadura suficiente como para que no nos hagamos ni la más mínima esperanza sobre cómo va a desembocar: en Grecia se ha vivido en los últimos tres años una situación igual y la reacción ha sido mínima, a través del Amanecer Dorado, casi como una respuesta exclusivamente económico-social y el problema trasciende con mucho esa dimensión. En España ni siquiera ha aparecido un fenómeno similar. La economía liberal en su última etapa de desarrollo deglutirá naciones y pueblos enteros y estas naciones y pueblos solamente pensarán –solamente están pensando- como sucumbir antes y de manera más extrema, pues los gobiernos que han elegido democráticamente, ni tienen interés en defender otros intereses que los suyos propios, es decir, los de meros siervos del gran capital financiero internacional. En la modernidad y en la España actual no existen intelectuales y “hombres de tipo humano superior” como para establecer un pensamiento que alguien afecto a los principios tradicionales puede compartir ni mínimamente, ni existe tampoco un “pensamiento crítico” que abarque siquiera a una pequeña élite cultural en condiciones de repercutir sobre un sector social con claridad e impacto suficiente como para hacerse ilusiones de que algo pueda cambiar.

Introducirse en los circuitos culturales y políticos de la modernidad (y, por tanto, tener repercusiones y ver que el trabajo realizado sirve para algo) implica tal nivel de compromisos, renuncias y adaptaciones que, simplemente, no vale la pena ni abordarlo. En cuanto a los que hoy todavía tienden a presentarse como “intransigentes” y activistas que responderían a un “tipo humano superior”, o se engañan, o están en la lucha política por alguna carencia, o simplemente, por una dinámica endiablada, casi como si una fuerza de inercia les impulsase desde el pasado.

Evola me enseñó dos cosas: en primer lugar la necesidad de esforzarse en todo momento, a toda hora, en percibir los rasgos de un tiempo. A eso se le llama “objetividad” (y a definir una “nueva objetividad” utiliza 40 páginas de su Cabalgar…). Hay que esforzarse  continuamente en percibir el mundo tal cual es, intentando sobre todo no engañarse queriéndolo ver tal como a nosotros nos gustaría (o nos interesaría) ver. Objetividad siempre, objetividad ante todo. En segundo lugar me enseñó la importancia de la claridad: renuncias las mínimas, compromisos solamente cuando sean inevitables, calidad anterior y superior a cantidad, élite antes que masa, pero la élite es tal solamente cuando lo demuestra, no cuando se califica así misma como tal; la política no es un fin en sí mismo sino un medio para alcanzar un fin, la construcción de un marco orgánico para la Comunidad del Pueblo, de otra manera no es más que una forma para satisfacer egocentrismos de pobres tontos, carencias afectivas o simplemente para llenar el tiempo libre…

Lo esencial. Lo importante, lo auténticamente importante, es ser “de verdad” o bien un “tipo humano superior” o un “hombre diferenciado”, y demostrárselo a uno mismo, todo lo demás es completamente secundario.  

*     *     *

Por todo esto, estos días, mientras estaba escribiendo un ensayo sobre Julius Evola y el neofascismo que se publicará en los dos próximos meses en la Revista de Historia del Fascismo, he caído en todas estas reflexiones que transmito a los lectores de esta página. Los textos de apoyo pueden encontrarse en http://juliusevola.blogia.com en la Biblioteca Evoliana. No se trata de un debate nuevo sino de la continuación de una conversación que tuve en el invierno de 1980 con Philipe Baillet en París. Era Baillet traductor al francés de los textos de Julius Evola y autor de una notable biografía de Evola que traduje y edité al regresar a España. Un reciente viaje a Sardegna este mes de septiembre me ha dado la ocasión de meditar nuevamente sobre aquella conversación y de realizar una relectura de los textos de Evola para la confección del ensayo sobre las relaciones de Evola con los grupos neofascistas entre 1949  y 1974. Y esas líneas que he escrito suponen un hablar sólo en voz alta. Porque, en realidad, estamos solos, nacemos solos, aunque nos veamos rodeados de seres queridos, mantengamos una vida social intenta, en realidad, siempre estamos solos: dentro de mí no hay nadie… si hubiera alguien no sería yo, sería otro. Y si fuera otro estaría alienado, por tanto, cuando escribimos hablamos sólo para nosotros mismos. Evola lo sabía y sus libros no son más que las reflexiones interiores de un hombre preocupado por el tiempo en el que le había tocado vivir y que, en realidad, no era su tiempo.

© Ernesto Milà – infokrisis – Ernesto.mila.rodri@gmail.com

En venta el nº XIV de la RHF

En venta el nº XIV de la RHF

Acaba de aparecer el número XIV de la Revista de Historia del Fascimo correspondiente al mes de septiembre de 2012 con los siguientes contenidos

S U M A R I O

DOSSIER

Ramiro Ledesma:

¿frente a la derecha fascistizada o con la derecha fascistizada?

La figura y la gestión de Ramiro Ledesma sigue sien­do hoy objeto de polémicas y debates. Da la sensa­ción de que todavía queda mucho por decir sobre su andadura política. Las biografías que se le consagra­ron hasta 1975 son ampliamente incompletas, inclu­yendo errores de bulto y, desde luego, apenas hacían justicia al personaje ni realizaban un examen crítico de sus escritos y de su gestión. Los grupos falangistas más ortodoxos siempre desconfiaron de la figura de Ledesma y optaron por tener como única referencia doctrinal a las Obras Completas de José Antonio. Fi­nalmente en las últimas décadas se han escrito obras y artículos demasiado parciales, poco rigurosas, al­gunas excesivamente imaginativos y otros dispues­tos a hacer del personaje una especie de improbable nacional–bolchevique. No fue así. Ramiro Ledesma unió a sus cualidades teóricas, las de fino analista político y de estratega pragmático. Vamos a tocar en este artícu­lo las relaciones de Ramiro Ledesma con la derecha “fascistizada” en toda su complejidad. Y las conclusiones sin duda sorprenderán a muchos…

Págs. 5-99

ESOTERISMO

Rudolf von Sebottendorf , y el extrayo yoga que llevó de la masonería turca a la Logia Thule

Es suficientemente conocido que el Partido Obrero Alemán, DAP, embrión del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, NSDAP, fue una emanación de la Sociedad Thule. Lo que ya es menos conocido es que dicha entidad no era otra cosa que la rama bávara de la Orden de los Germanos, una de las organizaciones teosófico-völkisch-ariosófica las que ya dedicamos un estudio. Dicha sociedad había sido fundada por Rudolf von Sebotendorf, sin duda el líder ocultista que más ambiciones políticas tuvo en su tiempo. Una década antes había sido iniciado en la masone­ría turca, allí practicó técnicas de autorrealización con cierto parecido al yoga.

Págs. 100-114

PALEOFASCISMO

El integralismo lusitano: Monarquismo, crítica antidemocrática y paleo-fascismo en Portugal

Artículo publicado por primera vez en la revista Finis Mundi que traducimos y reproduci­mos con su amable autorización. El movimiento inte­gralista lusitano es mal conocido en España y puede ser comparado al movimiento formado en torno a Ramiro de Maeztu y a la revista Acción Española y también tiene concomitancias, tal como se mencio­na en el artículo, con Action Française. Sirva este artículo para conocer mejor el movimiento de ideas del país hermano. La trayectoria integralista se interrumpió con la creación del Estado Novo por parte de Oliveira Salazar quien compartía buena parte de los ideales integralistas, salvo el ideal monárquico…                                                                                                                                                                                                                                                                                                  

Págs. 115-149

JUVENTUDES

Las canciones juveniles del franquismo (V de V). Los valores a transmitir: tradición, revisión histórica, jorja de la juventud

Llegamos al final de este amplio estudio sobre el cancionero juvenil del franquismo. En esta última entrega seguimos aludiendo a los valores que se pretende transmitir y que en parte variaron a lo lar­go del tiempo. Existe en todas estas estrofas un hilo conductor pero que intentó -mal que bien- adaptarse a las circunstancias siempre cambiantes. En las más de cien páginas que hemos consagrado a este estudio publicadas en los últimos números de la RHF hemos resumido las líneas generales del pensamiento de las organizaciones juveniles del franquismo y de los tiempos de evolución en la dilatada historia del régimen surgido de la guerra civil.

Págs. 150-181

CULTURA FASCISTA

El Hombre a caballo. La Bolivia real y la Bolivia ideal en Drieu la Rochelle

El Hombre a Caballo es la última gran novela de Drieu la Rochelle, escrita a menos de dos años de su suicidio. Curiosamente la acción se desarrolla en la Bolivia del “socialismo militar” y está inspirado en personas y situaciones reales, a pesar de que Drieu jamás estuvo en Bolivia. El escritor francés tuvo como informadores a Jorge Luis Borges y a la Victoria Ocampo (su amante durante un tiempo). En este artículo se traza un cuadro de la Bolivia de aquella época y se buscan las fuentes de inspiración y los temas que atrajeron a Drieu. Con este artículo inauguramos la rúbrica de artículos sobre las mejores novelas escritas por los intelectuales adscritos al fascismo.

Págs. 183-218

Características:

Formato libro 150 x 210 mm

Páginas 222

Tapas en cuatricomía con solapas 

Pedidos: eminves@gmail.com 

Precio venta al público: 18,00 euros + 3,00 euros de gastos de envío (precios para España, resto mundo, consultar) 

Forma e pago: ingreso en cuenta corriente BBVA (al hacer el pedido indicamos el número) o pago a través de pay-pal (ver columna de la derecha)

Suscripción

6 números: 100 euros

12 números: 200 euros

Por el Estado o contra él

Por el Estado o contra él

Infokrisis.- La muerte de Santiago Carrillo ha servido para que se recordaran las excelencias de la “transición española” (1976-1983). ¿Cómo puede ser considerada como algo digno de elogio un período en el que fueron asesinadas más de 200 personas víctimas del terrorismo político? ¿cómo puede ser recordado con nostalgia un período en el que se inició la pérdida del poder adquisitivo de los salarios, cuando la inflación llegó hasta el 30% y empezaron a perderse derechos sociales en una carrera hacia atrás que todavía dura hoy? Una mentira mil veces repetida, no por ello pasa a ser una verdad. Y la transición fue uno de los períodos más sombríos de la historia de España en el que cada día los españoles nos levantábamos sin saber lo que iba a ocurrir a lo largo del día, pero convencidos de que, casi necesariamente, ocurriría alguna convulsión. Pero los desastres de la transición no se cerraron cuando los socialistas llegaron al poder con hambre atrasada, sino que sus consecuencias duran todavía hoy a causa de que la constitución aprobada en 1978 albergaba en su interior los gérmenes de futuras discordias.

En 1976 era evidente que había que imprimir un “nuevo curso” al franquismo y que una vez desaparecido su fundador, era imposible que las cosas siguieran como antes. En todo régimen personalista el poder el poder está íntimamente ligado a la personalidad de su fundador; desaparecido este se hace siempre muy difícil mantener la integridad del régimen que creó. Por otra parte, el franquismo creó a partir de 1959 una estructura económica típicamente capitalista que a lo largo de la “década gloriosa” (los años 60) de intenso desarrollo económico que generó un incipiente capitalismo español. Hacia principios de los años 60 se hizo evidente que ese capitalismo precisaba ingresar en el Mercado Común Europeo para ampliar sus mercados y, crecer. Pero eso solamente era posible si España adoptaba una forma política democrático-liberal y se adhería a la OTAN. Pues bien, fueron esas fuerzas las que promovieron la transición política.

El centro del debate político en 1978 fue el redactado del texto constitucional. Lejos de generarse un proceso constituyente, fue una comisión de diputados electos en junio de 1977 la encargada de redactar el texto que transformo a las Leyes Fundamentales del franquismo en Constitución Española. Esta constitución definía un sistema de bipartidismo imperfecto en el cual el sistema electoral hacía que se primase a las mayorías absolutas de tal manera que se pudiera blindar una alternancia de la presencia en el poder a un partido de centro-derecha y a otro de centro-izquierda. Cuando no existía esa mayoría absoluta (o cuando el sistema de votaciones parlamentario requería una mayoría de dos tercios) se preveía que dos partidos nacionalistas catalán y vasco (CiU y el PNV) entraran en juego… con lo que quedaba garantizado, no solamente el predominio permanente de la “banda de los cuatro” (PP+PSOE+CiU+PNV) sino también se daba pie a la implantación de las llamadas “autonomías históricas” en Cataluña, País Vasco y Galicia. Pero la definición de “España” entendida como “nación compuesta por nacionalidades” tenía como punto débil el que nadie definió lo que era una “nacionalidad” y así cada cual la entendía como quería entenderla: para los nacionalistas la “nación” era lo mismo que la “nacionalidad”, mientras que para los no nacionalistas “nacionalidad” y “nación” eran conceptos diferentes pero que nadie estaba en condiciones de definir con precisión.

Cuando el PNV gobernó en Euzkadi, CiU en Cataluña, al partido que entonces representaba al centro-derecha (la UCD) extendió el sistema autonómico a toda España en la esperanza de poder crear nuevos centros de influencia regional para sus dirigentes, tal como habían hecho los nacionalistas. Ese fue el llamado “café para todos”, sin duda, el mayor error histórico cometido por Adolfo Suárez.

Aquellas aguas trajeron estos lodos:

1)      La aparición de un descomunal “Estado de las Autonomías” compuesto por 17 pequeñas taifas autonómicas, con 17 pequeños gobiernos regionales, 17 pequeños parlamentos, 17 pequeños consejos de ministros y 17 sistemas autonómicos que tendían a reproducir el aparato del Estado a modo de fotocopia reducida, en cada autonomía. Un sistema económicamente inviable, burocratizado y paquidérmico.

2)      La aparición de nuevos centros de poder que desdibujaban las responsabilidades en los errores y tendían a atribuirse los éxitos. A partir del “Estado de las Autonomías” se echó en falta la existencia de un “centro de imputación” claro al que atribuir los éxitos y los fracasos, unido a otras instituciones intermedias (las diputaciones provinciales) que complicaron extraordinariamente la administración.

3)      La centrifugación creciente del país al exigir cada autonomía mayores niveles de autogobierno por el simple placer de controlar más masa presupuestaria y así facilitar el clientelismo y las corruptelas. Este proceso llegó a su cúspide durante el período 2004-2008 dada la incapacidad política de Rodríguez Zapatero, su falta de concepción del Estado y su desconocimiento completo de la diferencia entre “nación” y “nacionalidad”.

El enloquecido debate que tuvo lugar en Cataluña durante los años 2004-2008 en torno al “Nou Estatut” terminaron por envenenar el problema: Zapatero afirmó, a despecho de la legalidad constitucional, que aceptaría cualquier estatuto que saliera del parlamento catalán y cuando llegó al parlamento un texto que prácticamente convertía a Cataluña en nación-estado independiente salvo en lo relativo a defensa, la sentencia del Tribunal Constitucional constituyó una decepción para el nacionalismo catalán que se había hecho la ilusión de ser un Estado con todas las ventajas de la independencia y, al mismo tiempo, de ser región de un Estado Europeo.

A partir de ahí, especialmente tras la sustitución de Montilla por Artur Mas, CiU, a la vista de que legalmente no podía llegar al techo autonómico establecido en el Estatut, insistió en lo único que realmente le interesaba: el control sobre las llaves de la caja, esto es el alcanzar un “concierto económico” similar al vasco de tal manera que el 100% de los ingresos del Estado en Cataluña fueran recaudados por la Generalitat y ésta pagase solamente una cantidad pactada al Estado.

Pero cuando esto ocurría, la situación global del país había cambiado: en 2007 estalló la crisis económica más grande de la historia de España que, a medida que fue avanzando, demostró la falta de recursos del Estado: faltaba el dinero, por tanto, no había nada que repartir y menso que pactar. El problema se complicó porque entre 1992 y 2008, la Generalitat de Catalunya había entrado en una dinámica de despilfarro económico que solamente podía mantenerse en una situación de absoluta bonanza, pero que era insoportable en cuanto mermaran los ingresos.

El faraonismo de la Generalitat, su pesada burocracia y sus altos niveles de corrupción (no olvidemos el 3% de comisión cobrado por los partidos del poder por concesión de obra pública…) generaron una situación financiera insoportable en la que el gobierno autonómico catalán se situó (está hoy) al borde de la bancarrota.

Para Artur Mas de lo que se trataba era de mantener la estrategia de presión sobre el gobierno central que se mantenía desde hacía tres décadas: presionar políticamente para obtener ventajas económicas… pero faltaba el dinero y el gobierno del Estado ni estaba dispuesto, ni podía, entregar más dinero a la Generalitat. De ahí que, a partir de 2010, una vez llegado al poder, Artur Mas, adoptara una nueva estrategia: financiar a los escuálidos movimientos independentistas que hasta ese momento eran minúsculos. Y lo hizo inyectándoles 200 millones de euros en pocos meses.

La idea de Mas no era nueva, la había ejercitado Pujol mientras duró el fenómeno de Terra Lliure y el PNV con ETA: consistía simplemente en decir “si no accedéis a mis peticiones, crecerá el independentismo radical y tendréis un problema mayor”… Pero, a partir de la manifestación del 11-S de 2012 (en la que las cifras oficiales registraban la presencia increíble de… 1.500.000 personal (en realidad no pasaron de 300.000) Artur Mas corre el riesgo de perder el control del independentismo catalán y se enfrenta a la posibilidad de que desborde a la propia CiU, incluyendo el independentismo en su programa… algo a lo que la patronal catalana le tiene, simplemente, horror.

En realidad, CiU no es actualmente la expresión política de la burguesía industrial catalana como fue el catalanismo histórico desde finales del siglo XIX, sino una estructura parasitaria y funcionarial que vive del presupuesto de la Generalitat. Esto explica el porqué los intereses de la patronal y los de CiU difieren por primera vez en la historia de Cataluña.

Es evidente que estamos ante un momento decisivo, no porque la unidad del Estado corra peligro (el dispositivo constitucional, la legislación europea, incluso la correlación de fuerzas en Cataluña, son ampliamente desfavorables para el independentismo y hacen prácticamente imposible la secesión catalana) sino porque se producirán momentos de crisis, tensiones y desgarrones generados por todos los problemas acumulados hasta aquí en los últimos 30 años.

(c) E. Milà - infokrisis - ernesto.mila.rodri@gmail.com

¿Catalunya independiente? Ja...

¿Catalunya independiente? Ja...

Info-krisis.- El independentismo catalán era hasta hace poco un espantajo tras el cual solamente existían tres tipos de individuos: gente que no se había podido acomodar en CiU y canalizaba su nacionalismo por vías más radicales (fundamentalmente ERC y sus disidentes), unos grupos juveniles compuestos por inmaduros irremediables (los maulets y demás excrecencias del lítico PSAN) y una serie de individuos emotivos y sentimentales a los que la simple mención al “Estat Catalá” y al “Catalans ¡Catalunya!” hace llorar como margaritas… Entonces ¿De dónde ha salido el actual impulso independentista? ¿Podrá ser Cataluña independiente algún día? ¿Qué supondría esta perspectiva?

La nueva situación creada por CiU

Lo realmente nuevo en 2012 es que el independentismo que ha aflorado es un subproducto de CiU, el partido que, hasta ahora, se limitaba a ser “nacionalista y democrático”. El gobierno de la Generalitat (esto es, CiU) ha subvencionado en los últimos dos años con 200 millones de Euros a los grupos independentistas que hasta ese momento eran económicamente indigentes y con una posibilidad de acción política muy limitada. No es algo nuevo, desde los años 80, CiU viene utilizando esta práctica (entonces ya financió discretamente la Convenció per l’Independencia) con el fin de realizar un permanente chantaje al Estado e incluso antes, durante el franquismo y a la vista del buen resultado que había dado ETA al PNV (ya se sabe aquello de uno golpean al árbol y otros recogen las nueces…), en el entorno de lo que luego fue CDC, de alguna manera, se auspició, impulsó y cubrió aquel grupo terrorista que fue el Front d’Alliberament de Catalunya en los primeros años 70. El discurso es, desde entonces, siempre el mismo: “dadme lo máximo de lo que pido… porque si no vendrán los independentistas y os generarán más problemas de los que tenéis conmigo”. La estrategia de la amenaza, desde entonces, no ha cambiado. Lo que ha cambiado es la táctica utilizada.

En efecto, en las últimas décadas CiU ha ido sistemáticamente chantajeando a los gobiernos de izquierdas y derechas gracias a una constitución española generada para eternizar el poder de la “banda de los cuatro” (PP+PSOE+CiU+PNV). El sistema político español se basa en un bipartidismo imperfecto, es decir, dos opciones que se van alternando en el poder con el apoyo de una “tercera fuerza” que entra en acción cuando ninguna de las dos partes tiene mayoría absoluta. La arquitectura de este sistema que cumple ahora 33 años ha sido desastrosa para el Estado pero extremadamente beneficiosa para las autonomías más agresivas, especialmente para CiU y el PNV. Y tanto los gobiernos de Aznar, como de Felipe y Zapatero han ido cediendo a las exigencias de CiU mucho más allá de lo que el sentido común y la razón de Estado aconsejaban. Por eso CiU ha podido llevar treinta años de faraonismo catalanista.

Pero ahora se ha producido una crisis económica sin precedentes que impide que el erario público siga con esta política de concesiones sin límite a la autonomía catalana. Ésta, por lo demás, se encuentra en situación ruinosa, con una primera petición de ayuda al Estado (que no será la única) y con el “bono catalán” depreciado a la altura del bono griego como simple “bono basura”. Esto, que ya es dramático de por sí, lo es todavía más en Cataluña y especialmente para el catalanismo, en la medida en que éste quiere presentarse permanentemente como “la parte seria del Estado Español”, “los buenos administradores frente al despilfarro andalú”, “la autonomía con más seny en contraposición a las ganas de fiesta del resto de España”… cuando las cifras dicen que su negligencia a la hora de controlar las cuentas públicas no tiene precedentes, sus niveles de corrupción son similares a los de Andalucía, al igual que lo son los niveles de paro juvenil, paro global, desertización industrial y, acaso, el único punto en el que Cataluña supera a Andalucía es, precisamente, en número y porcentaje de inmigrantes…

No se trata de que el Estado no tenga ya dinero para comprar los votos y ceder al chantaje de CiU… es que los “hombres de negro” de la Unión Europea están al acecho y no permitirían nuevas cesiones de fondos que sirven solamente para alimentar los bolsillos de los dirigentes de CiU y generar nuevos impulsos catalanistas. Así que, a la vista de la situación, CiU ha tenido que recurrir a otra táctica: la del chantaje independentista. ¿Cómo lo ha hecho? Simplemente, en los dos últimos años se ha limitado a canalizar fondos hacia ese sector y a ordenar a sus “almogávares mediáticos” (especialmente a Zeta y al Grupo Godó) a que toquen arrebato por la independencia de Cataluña. De esas aguas nacieron los lodos que se manifestaron el pasado día 11 de septiembre después de 32 años de que esas manifestaciones movilizaran únicamente a los “maulets” y a las JERC (apenas unos pocos cientos de personas en las tardes del 11, habitualmente menores de 20 años con mas ganas de litrona que conciencia política…).

La opinión pública española no termina de entender cómo se ha producido el fenómeno independentista. Y no lo entenderán nunca porque ni PP ni PSOE van a reconocer que llevan tres décadas cediendo al chantaje de la Generalitat. Mientras el gobierno Rajoy (que sabe perfectamente lo qué hay y sabe cómo se ha generado el neo-independentismo de hoy) calla, la opinión pública española teme la secesión de Cataluña.

¿Es posible que Cataluña se independice?

Hay una serie de factores (seis en concreto) que juegan contra la independencia catalán. Por este orden:

1.- A pesar de las cifras triunfalistas el independentismo es todavía minoritario en Cataluña y ha sido sobredimensionado por los “almogávares mediáticos” que cobran de la Generalitat. Son ellos los que han hecho circular la cifra de 1.500.000 de asistentes a la manifestación y que dista mucho de ser real, pero no es discutir sobre la contabilidad miserable lo que nos interesa.

No hay que perder de vista que la “catalanización” de la sociedad, a pesar de haber llegado a su techo hace 15 años, es baja: si bien es cierto que el 95% “conocen” el catalán y lo entienden, no es menos cierto que solamente el 35% lo hablan con cierta tendencia descendente. El nacionalismo, el catalanismo y el regionalismo  están íntimamente unidos a la lengua a falta de cualquier otro “factor diferencial”.

No existe “fuerza social” suficiente como para afirmar que la independencia catalana sea apoyada unánimemente por la sociedad. Es más, hay zonas enteras (el cinturón industrial de Barcelona) en donde el uso del catalán está bajo mínimos e incluso sospechamos empíricamente que en determinadas zonas se habla más árabe que catalán). Sin “fuerza social” unánime no es posible la independencia.

2.- La Unión Europea es la póliza de seguros de la “unidad nacional”. Francia y Alemania (los motores de la UE) tienen problemas regionalistas, como mínimo tan graves como España, pero a diferencia de Cataluña (que nunca ha sido independiente), Baviera, por ejemplo, si lo ha sido e incluso hasta 1919 tuvo rey (de la dinastía de los Bitelsbach). Bretaña tiene muchos más elementos diferenciales en relación a Francia que Cataluña en relación a España… La independencia catalana generaría una próxima balcanización de Francia y Alemania que se presenta como indeseable para estos países. Sin olvidar que Francia se resiente del “problema regionalista” nacido a este lado de la frontera tanto en el País Vasco como en Cataluña. Esto era sabido, el elemento nuevo es que tras la manifestación del 11-S, la UE ya declaró explícita y taxativamente que el día en que Cataluña se independizara quedaba, por ese mismo hecho, fuera de la UE. Y las condiciones económicas, así como la situación en la que quedaría Cataluña en esas circunstancias, hacen imposible pensar en una inmediata incorporación a la UE con todo lo que ello implica (corte en seco de las exportaciones de productos catalanes a la UE).

3.- Aunque no lo parezca, España tiene una Constitución extremadamente clara en lo relativo a la secesión de las partes y a la centrifugación, así como a los mecanismos para mantener la unidad del Estado. El hecho de que Rajoy no lo haya mencionado antes (incluida la posibilidad menos dramática de suspensión del Estatuto de Cataluña o la más dramática de entregar a las fuerzas armadas el mandato de evitar la secesión) no quiere decir que algún presidente del gobierno español quiera pasar a la historia como el que permitió que se centrifugara lo que desde la antigua Hispaniae romana ha constituido una unidad. Es de todos conocido el victimismo habitual del nacionalismo catalán y el gobierno de la nación no está dispuesto a facilitar una excusa que pueda suponer reavivarlo. Incluso en el caso de que Rajoy se negara a la intervención de las FFAA haría falta saber cuál sería la reacción de éstas.

4.- La patronal catalana, en bloque, está contra la secesión. Contrariamente a lo que se tiene tendencia a pensar, la producción industrial catalana no se vende mayoritariamente en Europa, sino en… el resto del Estado Español. A nadie se le escapa que la secesión catalana generaría inmediatamente un rechazo visceral a los productos catalanes (algo que ya hemos visto con el cava catalán años atrás). Dejando aparte que una parte de la industria catalana se trasladaría a zonas más “amables” del Estado (distantes en ocasiones 20 km de su emplazamiento actual…), lo que quedase encontraría problemas para colocar sus productos en los mercados españoles y europeos. Esto, además, demuestra que hoy el nacionalismo, a diferencia del siglo XIX y de principios del XX ya no está promovido por la burguesía industrial catalana… ¡sino por aventureros políticos y por la vieja casta de las “200 familias” que quieren seguir controlando Catalunya como lo han hecho en los últimos 170 años! No es una clase económica sino una oligarquía de intereses muy distintos, lo que gobierna hoy desde la Plaza de San Jaime. Lo que  constituye hoy el Estado Mayor del nacionalismo ya no es una clase social homogénea (la “burguesía industrial catalana”) sino un conglomerado de las “200 familias” que ya no viven de lo que producen sus fábricas, sino del aprovechamiento miserable y mafioso de los recursos de la autonomía catalana, algunos de los cuales, incluso, tienen sus domicilios fiscales fuera de Cataluña…

5.- Cataluña tiene un problema que no quiere ser reconocido por el nacionalismo: la inmigración. Basta ir por las calles de Barcelona para reconocer la dimensión del problema: un 23-25% de inmigración, imposible de acomodar en un mercado laboral normal, verdadera bomba en la actual crisis económica y con las actuales tasas de paro y auténtica bomba atómica con espoleta activada en caso de secesión y de la crisis económica y la bajada de producción que seguiría… Esa inmigración ni está integrada, ni tiene intención de integrarse, ni podría integrarse a la vista de la brecha antropológica y cultural que tiene con Europa y específicamente con Cataluña. El hecho de que cada vez con mayor frecuencia aparezcan inmigrantes de todas las razas hablando catalán, no indica que estén integrados, ni siquiera que tengan intención de hacerlo: para ellos el árabe sigue siendo la “lengua sagrada” en la que está escrito el Corán y, por tanto, superior al catalán. Por otra parte, el catalanismo ya a principios del siglo XIX demostró no saber defenderse a sí misma (entonces ante el movimiento obrero y ante la Semana Trágica) y necesitar de “España” (y, en concreto, del Ejército Español) para sacudir los deseos de revancha social de la clase obrera ante la explotación de que era objeto). Cien años después las cosas no han cambiado: los Mossos d’Esquadra (lo único que Cataluña dispone como fuerza de orden público), hasta ahora han demostrado una absoluta ineficacia allí en donde se ha suscitado algún conflicto con la inmigración, frecuentemente han tenido que retirarse de barrios en revuelta y, desde luego, si se produjera algo parecido a la intifada que tuvo lugar en Francia en noviembre de 2005, se verían ampliamente desbordados. Previendo esto es por lo que Cataluña se ha negado a aplicar las medidas restrictivas dictadas por el gobierno Rajoy sobre la sanidad a ilegales. Pero una política de cesiones ante una cuarta parte del país que ha llegado de fuera y que quiere seguir recibiendo subsidios, subvenciones, becas y ayudas de todo tipo, es imposible de mantenerse hoy ¡y no digamos el día de la independencia! A Cataluña le queda por pasar un verdadero calvario en esta materia incluso aunque continúe vinculada al Estado: es el pago a la irresponsabilidad de la Generalitat en materia migratoria.

6.- La obsolescencia de las infraestructuras es un problema que se elude habitualmente pero que hoy, aquí y ahora, ya es muy visible en Cataluña: entre seguir aplicando una política de prestigio y de difusión del nacionalismo y mejorar las infraestructuras, la Generalitat opta siempre por lo primero. Cuando se compara, por ejemplo, el metro de Madrid o Valencia con el de Barcelona se percibe claramente que éste, a pesar de seguir ampliándose, es notoriamente inferior a los otros, que sus sistemas de ventilación se han quedado anticuados, por no hablar de la red de “cercanías” gestionada por la Generalitat con averías constantes, reducción de trenes, cada vez más gente de pie… ¡pero en donde se reparte gratuitamente la edición en catalán de La Vanguardia! Estos problemas que hoy se perciben claramente aumentarían asindóticamente en el momento de la independencia, cuando fuera necesario renovar infraestructuras y se viera ¡que no hay dinero para ello ni hay posibilidades de chantajear al Estado! La Generalitat haría lo único que puede esperarse de un gobierno desaprensivo en una situación así: privatizar todo lo privatizable. Ya hemos visto que Artur Mas no tenía absolutamente ningún inconveniente en que Eurovegas se instalase en Catalunya (es decir, un enclave con una legislación diferente que suponía en la práctica una renuncia a la soberanía sobre unas 200 hectáreas de territorio). Y es que CiU, no lo olvidemos, es un partido que defiende una economía liberal. Pero, hoy sabemos, que la privatización no es la solución y que solamente acentúa los problemas de obsolescencia de infraestructuras. Pero ¿qué pueden importar los transportes públicos, la sanidad, la red de carreteras y demás, a quienes solamente utilizan coche oficial para sus desplazamientos?

Por todo ello podemos establecer tres verdades irrebatibles:

- La independencia de Cataluña es inviable.

- La independencia de Cataluña supone un salto al vacío con batacazo final.

- La independencia de Cataluña jamás se producirá.

Pero ¿Y si Cataluña se independiza?

Los independentistas catalanes están aplicando desde hace décadas lo que podemos llamar “la estrategia del desestimiento”: presionar tanto y tan reiteradamente al Estado Español, hasta causar hartazgo en el resto del Estado y la tentación de decirles lo que dijo Jiménez-Losantos tras las manifestación del 11-S: “¿Divorcio de España? Sí, inmediato y sin pensión…”. Fuera de la tosquedad del “comunicador” lo cierto es que la hipótesis de una Catalunya independiente podría producirse en los próximos años a la vista de la cerrazón e irracionalidad de los independentistas. Veamos…

1.- Hemos dicho al principio que esta oleada independentista es una “farol” de CiU para mantener el chantaje y la presión sobre el Estado. Bien, pero ¿y si estimular artificialmente a los movimientos independentistas en una situación de crisis económica generalizada hace que el propio Mas pierda el control del movimiento? Tal es el mayor riesgo a la vista de las limitaciones y de la mediocridad de la clase política dirigente de CiU: la hipótesis en la que quien golpea el árbol y quien recoge los frutos sean la misma persona que se ha fortalecido a base de golpear una y otra vez el árbol, no debe eludirse. Si Artur Mas pierde el control sobre el independentismo y alimenta un monstruo que en un momento dado cobra vida propia, Cataluña se declararía independiente. Por eso Mas estudia celebrar elecciones anticipadas, para evitar que los partidos independentistas se refuercen demasiado y superen los resultados de CiU. La independencia sería un hecho si la “estrategia del desestimiento” hubiera hecho mella en el gobierno de Rajoy. ¿Qué ocurriría entonces?

2.- Los primeros meses del recién nacido “Estado Catalán” serían esplendorosos: nombramiento de embajadores en el extranjero, abolición de las provincias e implantación de las veguerías, manifestaciones de desacuerdo por la capitalidad de las mismas, noticias patrióticas y triunfalistas difundidos por los “almogávares mediáticos”, llamamiento a que España “pague su deuda histórica con Cataluña”, manifestaciones de inmigrantes con barretina y bandera catalana reivindicando todos los beneficios reivindicables, los “indignados” indignándose por la deriva neoliberal del nuevo gobierno… y euforia hasta que, sino en el primer trimestre, en el segundo ya no se pudieran pagar los sueldos de los funcionarios y se empezara a tener constancia de las cifras: cifras de ciudadanos “catalanes” que se han empadronado en provincias “españolas” limítrofes, de empresas que han desplazado su domicilio fiscal a Madrid (¿Qué pasaría, por ejemplo, con Planeta, por citar un solo ejemplo?). El bono catalán cada vez más depreciado, imposibilidad de lograr financiación por otra vía que no fuera por la venta de propiedades del nuevo Estado que, inevitablemente, debería de hacerse a bajo precio a la vista de la situación de precariedad del la Cataluña independiente…

3.- En un plazo que podemos situar entre el segundo semestre y el primer año, se produciría una recomposición de las fuerzas no independentistas, favorecida por la patronal catalana y que se vería favorecida por la certidumbre visible de que “la independencia no es la solución” o por aquello otra de que “antes estábamos mal… ahora estamos peor” que inevitablemente (ver los seis motivos por los que Cataluña no puede ser independiente… y que, en caso de serlo, se convierten en motivos de crisis insuperable). La aplicación de políticas neoliberales por parte del “nuevo Estado” generaría un rechazo especialmente en los sectores sociales que inicialmente apoyaron el independentismo para dar la posibilidad a que un “cambio de rumbo” mejorara las cosas. La “guerra social” se superpondría y caminaría paralela a la “guerra étnica”.

4.- Visto el aislamiento de Cataluña a nivel internacional y el resentimiento albergado en el resto del Estado Español, la economía catalana quedaría completamente asfixiada en un espectáculo dantesco en el que la guerra social y la guerra étnica serían el elemento desencadenante de un movimiento pendular en sentido inverso: la posibilidad de verse anegados por 1.500.000 de inmigrantes que agitarían banderas del islam y del indigenismo y la sensación de que la única defensa son unos “Mossos d’Esquadra” que buscaban un oficio tranquilo pero no ingresaron en el cuerpo para jugarse el físico, obligarían a los dirigentes del “nuevo Estado” a buscar el pacto con la inmigración. Pero, al menos una parte de la inmigración, lo que percibirían es, no ya la posibilidad de un nuevo status-quo sino de dictar leyes propias e imponer reglas del juego. No olvidemos que la “natalidad catalana” depende casi completamente desde el año 2000 de la inmigración y que el grupo catalán originario ¡tiene la tasa de natalidad más baja de todo el mundo! Cataluña podría ser en apenas 30 años el primer Estado Islámico de Europa Occidental, ejemplo y modelo para otros en Francia y Alemania…

En apenas dos años el problema habría revertido a su situación originaria: se habría demostrado la imposibilidad y la inviabilidad de la independencia catalana. Las cosas volverían al punto de partida con algunas novedades: el nacionalismo habría quedado completamente desacreditado, la crisis de la identidad catalana (la lengua es un factor de identidad, pero no el único, y en Cataluña no hay otro factor “diferencial”) habría desmantelado el anterior cuadro autonómico y se habría generado un resentimiento sin precedentes entre Cataluña y el resto del Estado. Las cosas volverían a su cauce entre dos y cuatro años pero los conflictos, desconfianzas y resentimientos generados se prolongarían durante generaciones.

“Cabalgando el tigre”: Lo bueno del proceso independentista

Contrariamente a lo que algunos tienden a pensar, no todo el independentismo es “malo”. Tiene algunos aspectos “positivos”. Mejor que estalle un proceso independentista aquí y ahora, y no importa cómo se resuelva (a tenor de lo escrito hasta aquí o ese proceso fracasa inmediatamente antes de salir del cascarón, o la propia realidad aplasta al pollito recién nacido a poco abandonarla), a seguir con la inercia autonómica de los últimos 30 años. El problema no es solamente Cataluña y su independentismo interesada y artificialmente fomentado por la Generalitat, ¡el problema es el Estado de las Autonomías y la absoluta inviabilidad del “café para todos” de Adolfo Suárez! Y eso es lo que hay que replantear.

El hecho de que se iniciara un proceso independentista real en Cataluña implicaría necesariamente que las cosas a partir de entonces ya no serían iguales ni allí ni en el resto de España. Muchas cosas deberían de cambiar y de adecuarse: la constitución debería abolir sus “instituciones florero” (Senado, autonomías, diputaciones provinciales, la propia monarquía) esto es, debería reformarse profundamente. Se cerraría un canal (el que se inició en 1979 con los primeros Estatutos de Autonomía y que dio una fisonomía ambigua al Estado) y, necesariamente, se abrirían otros acaso mucho más razonables y racionales.

Es incluso probable que el patriotismo español saliera reforzado a la vista de los desmanes del nacionalismo y de sus malos resultados una vez puesto en la práctica (tanto si se produjera una secesión temporal como si se tratara solamente de un conato). El nacionalismo dejaría de ser considerado como una “ideología más” para ser tenido como un “crimen en sí mismo”. Podría reconocerse, así mismo, que el mayor crimen de ETA, el “crimen histórico”, no era el haber asesinado a 800 personas (lo que es un “crimen de derecho común” en el mejor de los casos y un conato de genocidio en el peor) sino el haber predicado la secesión de un territorio histórico del Estado.

Afortunadamente, en Cataluña las cosas no son tan dramáticas hoy por hoy y, en la práctica, el 1 o el 2% de banderas independentistas que se pueden ver en los balcones de algunos barrios no indican tanto la posibilidad de una independencia, como el domicilio de un gilipollas, literalmente, en el diccionario, “persona que se hace daño a sí misma”…

© Ernest Milà – infokrisis – ernesto-mila-rodri@gmail.com

 

El Hombre a Caballo...

El Hombre a Caballo...

La Bolivia real y la Bolivia ideal en Drieu (y en el que suscribe)

“El hombre nace sólo para morir y nunca está tan vivo como cuando muere. Pero su vida solamente tiene sentido cuando él da su vida en lugar de esperar a que le sea recogida” (pág. 212).

Debía tener 16 años en 1968 cuando Bolivia empezó a ejercer cierta fascinación sobre mi mentalidad de adolescente. Había dos cosas que me llamaban poderosamente la atención: el hecho de que allí hubiera transcurrido la aventura del Ché y el que fuera aquel país el elegido por Drieu La Rochelle para situar su novela L’Homme à Cheval. Había comprado el volumen en la librería de Maurice Bardéche quien, por aquellas fechas publicaba mensualmente La Defense de l’Occident; mi francés era entonces deficiente así que entendí muy por encima la novela. Años después empecé a traducirla al castellano en las horas libres –pocas, por cierto– de las que dispuse durante el tiempo en que permanecí en Bolivia. Sí, porque cuando tenía 30 años llegué por primera vez a aquel país junto a otros militantes neofascistas europeos.

De aquel país regresé con unos pocos libros, muchas imágenes, algunos artículos y entrevistas realizadas y un volumen de experiencias políticas y humanas aquilatadas que jamás hubiera logrado experimentar en la vieja Europa. No suelo mirar al pasado más que cuando toca mirar al pasado, esto es, cuando vale la pena reactualizar alguna enseñanza recibida en otro tiempo. Por ello no he pensado con mucha frecuencia en aquellos años. Cuando estaba traduciendo en La Paz el Capítulo II de L’Homme à Cheval me enteré que acababa de ser publicado en México y con una traducción aceptable, así que abandoné la tarea. Ni siquiera conservo las 50 páginas traducidas. No había vuelto a pensar en esta novela desde hacía mucho tiempo.

Dos tiempos, dos actitudes, una Bolivia

La vida de Drieu es, como su obra, intimista, inestable, a ratos ambigua, con la estética pesando mucho más que la ética, un punto decadentista, saturada por una sobredosis de sensualismo y preocupaciones socialistas–nacionales, europeístas y a la búsqueda permanente de destellos de heroísmo como forma de autodestrucción. En ocasiones me he preguntado si he admirado a Drieu por sí mismo o si es que he tenido que admirarle porque eso estaba implícito en el ambiente político en el que he militado.

El caso es que hacía años que no pensaba en Drieu hasta que un querido amigo que sugirió la posibilidad de escribir una crítica a El Hombre a Caballo, edición en castellano, de la que todavía quedan algunos ejemplares en el almacén. Había donado mi ejemplar de la obra (como otros varios miles de libros) a la Biblioteca Pública de Villena así que tuve que pedirle que me enviara un ejemplar de la obra. Por azares de la vida, el sobre que lo contenía llegó justo al lado de otro libro que me había remitido otro amigo desde Trieste: L’Aquila e il Condor, volumen de memorias de Stefano Delle Chiaie a quien acompañé en su periplo boliviano.

A diferencia de Delle Chiaie (e incluso a diferencia de Drieu), yo no quedé “prendado” por Bolivia. He de reconocer que me sorprendió el país y mucho más sus gentes, pero que no dejaron una huella excesivamente profunda en mi; sí en cambio en Delle Chiaie tal como evidencia el título de su volumen de memorias: sabemos que L’Aquila es el águila romana, el águila que aparece como símbolo en todas las tradiciones europeas y en cuanto al Condor es, por supuesto, el cóndor de los Andes. Algo en el corazón de Della Chiaie se quedó atrapado en la “olla de La Paz” y en las planicies que la rodeaban, en las minas de Mipiri y Chungamayo y en las selvas que circundan Santa Cruz de la Sierra, la ciudad colonial más hermosa de Iberoamérica exceptuando, claro, a Cartagena de Indias, en las orillas del Titicaca y en el Mercado Indígena de la capital, en el Paseo del Prado y en la sede del Estado Mayor o de la Escuela Militar que debíamos frecuentar con asiduidad. Delle Chiaie empleó, a mi juicio, demasiado tiempo en Bolivia y allí cometimos el peor de todos nuestros errores: tener una influencia política demasiado evidente en el país en lugar de limitarnos a pasar desapercibidos, crear un “santuario” seguro para nuestros camaradas exiliados (nosotros mismos éramos casi todos perseguidos políticos en Europa y nos movíamos permanentemente con pasaportes y documentos falsos) y acumular fondos que nos estaban siendo preciosos para poder mantener unos niveles aceptables de lucha política en Europa e incluso para mantener a nuestra red de exiliados en activo dispersos por medio mundo. Pero estas críticas ya las formulé en su momento y ahora apenas tiene sentido actualizarlas a título de inventario.

La diferencia entre Drieu y Delle Chiaie radica en que, aunque ambos sintieron la “llamada de los Andes”, el primero jamás estuvo en Bolivia y todo lo que refirió de aquel país lo sabía por sus lecturas y seguramente por el testimonio directo de Borges y especialmente de Victoria Ocampo. Las informaciones que recabó fueron exactas en su mayor parte. En la última página de El Hombre a Caballo (pág. 221), el último párrafo implica una confesión de paternidad:

“Qué hubiera dicho mi abuelo si hubiera leído el manuscrito, titulado Fragmentos de memorias sobre Jaime Torrijos escritas por su hermano. En efecto, según la historia no había existido un Jaime Torrijos y este relato, que contiene monstruosas inexactitudes, parece haber sido escrito por alguien que jamás puso los pies en Bolivia, que cuando mucho lo soñó” (pág. 221).

La construcción de un personaje (I) De Melgarejo a “Jaime Torrijos”

Drieu escribió esta novela en 1943. Fue una de sus últimas obras, sin duda de las más maduras y brillantes, después solamente publicaría una Crónica Política (1934–43), las obras de teatro Charlotte Corday y Le Chef y Les Chiens de Paille, su última obra. La empezó a escribir el año anterior a su publicación. El tema de un apuesto capitán de caballería que se convierte en dictador (“protector” en el calificativo que le da Drieu en la novela), que quiere reconstruir el Imperio inca, se enfrenta a la oligarquía, la masonería, a los jesuitas y a los propios indios que desconocen qué es lo que les conviene, no es otro que la imagen del individuo que lucha contra el destino y que, más titánico que heroico, fracasa en su aventura. La obra se inspiró en varios personajes reales que Drieu sintetizó en la figura de “Jaime Torrijos” y que habían sido dictadores de Bolivia en el llamado período del “socialismo militar”: David Toro, Germán Busch, etc. El “socialismo” era otro de los leit–motiv ideológicos de Drieu. En ocasiones –en esta ocasión, por ejemplo– la realidad superó con mucho la ficción. Bolivia es un país que oscila entre la desmesura y lo banal. Con cierta frecuencia los dictadores suelen ser personajes desmesurados.

Jean Larteguy decía que detrás de todo militar boliviano existe un Melgarejo. Y es cierto. Melgarejo es, sin duda, el personaje más atractivo, y a la vez odioso, de la historia de aquel país. Los retratos que se conservan de Melgarejo nos lo muestran con expresión de alienado, endurecido por la crueldad y el afán de supervivencia; pero no importa si Melgarejo era cuerdo o loco, bueno o malo, porque de lo que no cabe la menor duda era que fue un “grande” frente a los “pequeños” y en los “pequeños”.

En la reputada obra de Alcides Arguedas, Los caudillos bárbaros, Melgarejo aparece como un tirado psicópata “irrespetuoso con la ley” y que no reconocía poder alguno superior al suyo en lugar alguno del planeta. Se conoce hasta la saciedad aquella anécdota de que montó al embajador inglés sobre un burro, atado y mirando la cola del jumento, paseándolo así por la capital. Enterada de la afrenta, la Reina Victoria de Inglaterra ordenó que la escuadra bombardeara Bolivia y solamente cuando supo que el país carecía de costas, simplemente se limitó a tacharlo del mapa: “Bolivia no yo existe”. Melgarejo, a todo esto, creía que iba a ser traicionado por todos. Un buen día, en un consejo de ministros, enfurecido gritó: “Todos me traicionan, no me puedo fiar ni de mi camisa”, y acto seguido se quitó la camisa y mandó que la fusilaran. He oído decenas de historias como estas contadas por tenientillos recién salidos de la Academia Militar (reformada por Ernst Röhm, el hombre de las Secciones de Asalto hitlerianas que preparó al ejército de aquel país para la Guerra del Chaco). 

Melgarejo, como “Jaime Torrijos”, el joven teniente de los caballeros de Agreda, había comenzado su carrera militar en Cochabamba. Con 35 años, en 1854 participó en su primer golpe militar con el dictador Isidoro Belzú. Fracasada la intentona, Melgarejo consiguió salvar la vida alegando una excusa que solamente en los países andinos puede ser entendida: que la culpa no era suya sino del  aguardiente (el shingani boliviano lo arroya todo como las aguas del Madrededios, nubla la visión como la más espesa de las brumas y es embriagados como el sexo más salvaje). Tras apoyar la dictadura de José María Linares, peleó en nombre del General José Achá que se convertiría, a su vez, en dictador. Isidoro Belzú consiguió hacerse de nuevo con el control de la mayor parte del país y seguramente lo habría logrado de no ser porque Melgarejo atravesó todo el territorio hasta encontrarlo, matándolo con su propio revólver. La leyenda cuenta que ante el palacio de gobierno (el llamado sintomáticamente “Palacio Quemado”) se concentró una multitud vitoreando a Belzú. Melgarejo salió al balcón y anunció “Belzú está muerto ¿quién vive ahora?” y la masa gritó “¡Larga vida a Melgarejo!”. Había entendido que la voluntad de las masas es una entelequia débil y tornadiza.

Luego, a medida que transcurre la narración de L’Homme à cheval se perciben más y más detalles dispersos de la vida de Melgarejo que Drieu cristaliza en su personaje. Éste es implacable, pero como Melgarejo, da extraordinarias muestras de piedad y benevolencia. Perdona a sus enemigos, aun a sabiendas de que volverán a traicionarlo. Es lo que hace Melgarejo con los chilenos y lo que hace “Torrijos” con quienes han conspirado contra él. Incluso con “Camila”.

Los seis años en los que Melgarejo estuvo al frente del gobierno fueron dramáticos para el país. Se enfrentó a los indios, cedió territorios inmensos a Brasil a cambio de un caballo. Analfabeto, un día un soldado de su guardia le observó que estaba leyendo el diario al revés; Melgarejo le contestó: “El que sabe leer, lee, no más”. Otro día ordenó a su guardia personal que avanzara en el interior del palacio desfilando al frente hasta un balcón por el que uno a uno fueron cayendo sobre la plaza. Todos lo hicieron produciéndose alguna torcedura y unos cuantos huesos rotos. De no hacerlo todos habrían sido fusilados.

La construcción de un personaje (II). Germán Toro y David Busch

Melgarejo murió asesinado –era previsible– por el hermano de su amante. Un final novelesco para una vida casi de ficción. Pero no fue el único que prestó sus rasgos al “Jaime Torrijos” de Drieu. Los dos presidentes que gobernaron Bolivia durante el período del llamado “socialismo militar” (David Toro y Germán Busch) aportaron también inspiración a Drieu. Se trataba de dos militares que cubrieron un ciclo en la historia de Bolivia entre 1936 y 1939. En el retrato de Germán Busch se pueden percibir los mismos rasgos físicos con los que Drieu pinta a “Jaime Torrijos”.

Este período de la historia boliviana es, sin duda, uno de los más atrayentes a causa de la personalidad de sus dictadores. El “socialismo militar” había aparecido en Bolivia al concluir la guerra del Chaco y de la mano de los que habían sido héroes en el conflicto. Se trató, obviamente de una de las formas que revistió el fascismo andino y fue impulsado por los excombatientes de la guerra y por jóvenes militares que unían nacionalismo y socialismo. No hay que olvidar que el capitán Röhm no había ido solo a Bolivia sino que le acompañaron varios miles de antiguos miembros de los Freikorps, que dieron forma al ejército boliviano. Röhm, en tanto que “soldado político” no debió enseñar solamente estrategia y tácticas sino que también debió transmitir las ideas por las que estaba luchando en ese momento en su tierra natal. Y lo mismo podía decirse del volumen de combatientes alemanes que pasaron a ser verdaderos “soldados perdidos” en el Altiplano.

En 1936 el general David Toro (cuando estuve allí conocí a uno de sus descendientes, el coronel Rico–Toro que me comentó algunos rasgos singulares de su antecedente) “golpeó” (verbo que solamente existe en Bolivia como alusión al acto de dar un golpe de Estado), derrocando al presidente Sorzano (que solamente dejó como recuerdo la urbanización de una deslucida plaza en un extremo de La Paz, camino al Estado Mayor, y adornada por la reproducción de varios monolitos de Tiwanaco tan inexpresivos como él). David Toro estaba imbuido por el “socialismo militar”.

Toro fue sucedido por Germán Busch, éste tenía algo de sangre indígena y seguramente alguno de sus abuelos lo había sido. También, estando en Bolivia conocí a uno de sus descendientes, el general Alberto Natush-Busch. El golpismo le iba a la saga de los Busch porque este que conocí en 1981 fue presidente durante 19 días por la consabida vía del golpe. Todo su recorrido transcurrió entre el Palacio Quemado, el Parlamento, la catedral metropolitana y el Banco Nacional, cuadrilátero del poder situado en la misma plaza Murillo en el centro de La Paz. Era este Natush–Busch un tipo excepcional cuando lo conocí, un cerebro privilegiado echado a perder por el alcohol y la coca. Murió con apenas 62 años y con el comezón de no haber logrado igualar a su tío.

Un año después de acceder al poder, David Toro, no había conseguido el apoyo de los indios, ni había satisfecho las necesidades de la débil burguesía local. Tan solo se había enfrentado a “La Rosca” que intentó desplazarlo del poder, pero sería su compañero de armas, Germán Busch a quien entregaría el poder.

Ascendió al poder en julio de 1937 (en Bolivia y en España, los calores del verano parecen inducir el golpismo más que en cualquier otra época del año) teniendo como aval el haber sido uno de los héroes de la batalla del Fuerte Boquerón durante la guerra del Chaco. Atractivo, idealista, exaltado, impuso reformas que beneficiaron al país y especialmente a las clases más desfavorecidas. Aprobó una nueva constitución, firmó la paz con Paraguay e impuso que el 100% de las divisas procedentes de la venta del estaño fueran entregadas a la Tesorería Nacional. Estableció la sindicalización obligatoria, creó un ministerio obrero dirigido por un obrero, fundó el Banco Minero y nacionalizó las propiedades de la Standard Oil Company. Pero su gran obra fue la creación de los Yacimientos Petrolíferos Fiscales YPF… que sin duda sonará a los lectores por su retorno a Bolivia durante el gobierno de Evo Morales que lo arrancó de la tutela de Repsol. Por supuesto, con este historial de reformas y nacionalizaciones, Germán Busch se creó incontables enemigos.

Drieu aprovecha el físico de Germán Busch para crear a su personaje “Jaime Torrijos”. Escribe Drieu en el primer párrafo de su obra:

“Jaime Torrijos era teniente del regimiento de caballería de Agreda, que mantenía su guarnición en Cochabamba. Oficiales y soldados lo admiraban, porque tenía en su cuerpo una fuerza y una audacia extraordinarias. Las mujeres lo amaban por la misma razón” (pág. 9).

Ante la imposibilidad de llevar adelante sus reformas, Germán Busch se suicidó. Aunque él se puso la pistola en la sien, puede aceptarse que fue la presión de “La Rosca” quien apretó el gatillo…

El enemigo (I). La Rosca o los “barones del estaño”

Lo que Drieu elude en toda su novela es hablarnos de “La Rosca” y la historia de Bolivia en la primera mitad del siglo XX no puede entenderse sin esta institución oligárquica. Es cierto que Drieu alude constantemente a “los poderosos” que se configuran desde el principio como los enemigos de “Jaime Torrijos”, pero no parece muy interesado en establecer paralelismos entre “La Rosca” que realmente existió y “los poderosos” a los que alude y a cuya clase pertenece “Camila”, la amante aristocrática y conspiradora. “Felipe”, el narrador y guitarrista le dice un día:

“– …Quisiera que charlaras con ella. A través de Camila te familiarizarías con el espíritu de los grandes y aprenderías a cuidarte mejor.

– Los conozco. Me odian, pero eso no importa, porque son unos cobardes. ¿Cuántos lucharon en el ejército de don Benito? Son demasiado delicados para tomar las armas”.

En efecto, Camila pertenecía a una de las más grandes familias del país, pero “la mayor parte de los grandes estaba con el partido de los rojos vencidos por Jaime en la persona de don Benito y, viendo a Jaime buscar apoyo popular, vivían en la más hostil reserva para con él”. Tales son “los poderosos” y su actitud. Seguramente, para no complicar la narración, Drieu ha preferido simplificar y eludir cualquier alusión a “La Rosca”. Esta institución estaba compuesta por los llamados “barones del estaño”, quienes pasaban por ser los hombres más ricos del mundo en el país más pobre de la tierra. Y, además, todos, sin excepción, eran judíos. Los Aramayo, los Patiño, los Hotschild, empresarios mineros que exportaban el producto de la explotación del minero a los EEUU, hacían y deshacían a su antojo y evitaban que se pudiera estabilizar cualquier gobierno que no “pasara por la rosca”, esto es, que no limitara ni un ápice sus beneficios.

Pronto “La Rosca” entendió que Germán Busch apuntaba contra su corazón. Le hizo la vida imposible, conspiró contra él, hasta que, finalmente, harto de ver que jamás podría aplicar su programa, se suicidó el 23 de agosto de 1939, el día antes de la firma de los pactos Molotov–Ribentrop y una semana antes del inicio del conflicto fronterizo germano–polaco que luego la habilidad del gran capital financiero anglosajón transformó en Segunda Guerra Mundial. Si la vida de Germán Busch había sido sorprendente y desmesurada, heroica sin duda, su muerte lo elevó a la categoría de mito. Era el mito que convenía a Drieu para terminar de redondear a su “Jaime Torrijos”. Por una vez, y seguramente a título de excepción, un relato de Drieu termina sin suicidio o sin muerte sacrificial. “Torrijos” simplemente dimite después de haber declarado la guerra a Chile (y haber perdido) y designa un sucesor y se va hacia el Norte, hacia el Amazonas:

“– Vas a entrar en desiertos inexorables.

– Puede ser. Cuando era niño, soñaba con esas regiones desconocidas. Seré el hombre que habrá intentado todos sus sueños. Después de todo, no tenía tantos.

– Dicen que los incas primitivos se refugiaron por allí, hace cuatro siglos.

– Tal vez.

– Nadie puede acercárseles

– ¿Quién sabe?”(pág. 218).

El hombre a caballo y la idea de la muerte

No es el suicidio de Germán Busch lo que recoge Drieu, sino el abandono del poder de su protagonista. A fin de cuentas ¿qué supone para un dictador el abandono del poder, sino la muerte? Dice el narrador: “Somos de los que quieren morir con los ojos abiertos”. Se trataba, en definitiva, de muerte. Germán Busch lo entendió: la imposibilidad de romper el destino de su país, la tiranía de “La Rosca”, le impulsaron a tomar la pistola, como otros personajes de novela de Drieu, y suicidarse. Entre el “Alain” protagonista decadente de Fuego Fatuo (a quien le pesen las letras y no localice la novela traducida le puedo recomendar la película de Louis Malle que podrá bajar a través de cualquier peer–to–peer, Le feu follet) y el muy real Germán Busch, dictador de Bolivia, el final es el mismo: “Una pistola es un objeto… chocar al final con un objeto” fueron las frases finales del Fuego Fatuo que podrían haber sido también las de Germán Busch harto de chocar con “los poderosos”, “La Rosca”, la apatía indígena o la frivolidad.

Cuando “Jaime Torrijos” y “Felipe” se separan en las laderas de los Andes, éste escribe la frase que da el título a la novela:

“Miré la espalda de ese hombre detrás del cual había caminado durante veinte años. El hombre a caballo iba a pie” (pág. 220).

“Torrijos” no se suicida como Busch, simplemente desaparece. En el particular lenguaje simbólico rocheliano, descender del caballo implica renunciar a la vida. Se vive cuando se cabalga, es decir, cuando se está más cerca del cielo. Se muere cuando se toca la tierra, cuando se camina. Para evitar que otro de sus personajes muriera trágicamente, Drieu evita el suicidio (muchos decían que Drieu llevaba siempre el suicidio en la sangre y otros lo tenían por un maniaco depresivo) y recurre al símbolo inspirado por el drama de Germán Busch, el “socialista militar” que no puedo sobreponerse a la presión de “La Rosca” y a la incomprensión del indio.

Ante la belleza, ante el erotismo, ante la pasión

Drieu es un esteticista que suele vivir sus propias pasiones con singular intensidad. Ya hemos dicho (y lo reiteramos ahora) que situaba siempre la estética por encima de la ética. Véase, por ejemplo, las sensaciones que experimenta ante el desfile de los jinetes de Agreda. No hay rastro de otra cosa más que del Drieu sensualista:

“Hombres y caballos, en el colmo del espíritu animal, constituían centauros que se lanzaban en una oleada semidivina hacia nuestro campanario. Las campanas deberían haber sonado. ¡Oh magnífica hilera de pechos que avanzaban hacia nosotros, que subían hacia nosotros! ¡Oh crines! ¡Oh colas! ¡Oh sudores! ¡Oh largo grito perdido! ¡Misterio de humanidad que se da por nada, a nada! ¡Oh belleza que te bastas sola frenéticamente! ¡Oh minuto perdido para siempre y por siempre terno en el corazón!” (pág. 47)

Es más, cuando alude a “los poderosos”, hay algo que le impide condenarlos en bloque. “Camila” forma parte de “los poderosos”. Y “Camila” es hermosa. Nuevamente la ética queda subordinada a la estética, la belleza hace inclinar ante sí a la justicia. Drieu, el Drieu maduro en la última etapa de su vida, no puede por menos que escribir:

“Cuando  miraba sus pies y sus manos, bendecía la crueldad de su familia que, desde hacia tres siglos, dominaba a los indios para asegurar la perfección del ocio en dedos tan justamente finos y severos” (pág. 63).

Es la maldición de Drieu: perderse ante la belleza. De hecho, cuando regresa del Congreso de Nuremberg de 1935, tras haber visto el formidable alarde del NSDAP y del Reich reconstituido, describe lo que vio con tintes mucho más estéticos que políticos o ideológicos. Si el bolchevismo hubiera sido capaz de generar belleza, no me cabe la menor duda de que Drieu se hubiera arrojado tras su estela.

Los indios: el alma de Bolivia

Sabemos quienes inspiraron a Drieu a la hora de crear a la imagen de “Torrijos” (con fragmentos de Melgarejo, restos de Germán Busch y recuerdos de David Toro). Sabemos incluso cómo pudo atribuir rasgos ideológicos y de un programa político a su “dictador”: simplemente se limitó a extraerlo del “socialismo militar” que realmente existió y que viviría su etapa final cuando el presidente Gualberto Villarroel entre 1943 y 1946. Villarroel fue el último gran “socialista militar”, promulgó una legislación favorable a los indios; el 21 de julio de 1946, una turba asaltó el Palacio Quemado –y lo incendió de nuevo– sede de la presidencia de la República y asesinó a Villarroel colgando su cuerpo de una farola ante el palacio presidencial. Cuando estuve por allí me fotografié bajo esa farola. Villarroel fue asesinado justamente por aquellos a los que había tratado de defender: por los indios. Drieu escribe:

“Los indios soportan todo y, luego, un día, lo arrasan todo. Se apodera de ellos un delirio absoluto. Se precipitan juntos y matan e incendias. Matan todo lo que es esencial: hombre, mujeres, niños, viejos; sacrifican a los animales, incendian y arrasan las casas. En una palabra, proyectan esa desolación que hay en sus corazones (…) He aquí lo que sucedía bajo el gobierno de Jaime, que amaba a los indios, que soñaba con hacerlos salir de su abyección, que al vez tenía sangre india” (pág. 132).

L’Homme à cheval se escribió tres años antes de que el cadáver de Gualberto Villarroel pendiera de la farola de Plaza Murillo. Cuando leemos el capítulo titulado La rebelión de los indios, se diría que Drieu intuyera lo que iba a suceder:

– Cómo pudo suceder eso? Lo que he hecho en el gobierno ha sido mejorar la suerte de esas pobres gentes. ¿Es eso lo que los ha incitado? Me veo forzado a reprimirlos. No se puede transigir con la locura: están locos, destruyen todo, se destruyen a sí mismos. Lo que estoy obligado a hacer aquí es atroz” (pág. 133).

Hubiera sido difícil describir el drama del “socialismo militar” boliviano de los años 30. Drieu saca a un nuevo personaje, “Tamila”, una especie de brujo indígena, dirigente de su comunidad. Es el único indígena que aparece en la trama y nuevamente Drieu lo pinta con rasgos que corresponden a la realidad de aquella raza (“Tamila era el hombre más silencioso, el más ensimismado. Y su mujer podía ser tan muda como él”, pág. 136). Es “Felipe” quien va a entrevistarse con él para recabar sobre las causas de la revuelta indígena:

– ¿Por qué se han sublevado?

– Los indios son desdichados. Prefieren la muerte a la vida.

– ¿Por qué ahora?

– Ayer o mañana, poco importa para el hombre que desea la muerte” (pág. 136)

No logra aclarar gran cosa y se pregunta:

“¿Era un vulgar hechicero del pueblo? ¿o bien poseía secretos antiguos y profundos? ¿Tenía un poder decisivo sobre los indios? ¿O bien no era más que un agente político sin mucha importancia, un intermediario al servicio de los aventureros de cualquier procedencia? (…) ¿Creía que era sincero con él? ¿Tenía ideas claras? ¿O estaba embrutecido?” (pág. 136).

Son las preguntas pertinentes que afloran en cuanto se tiene contacto con el alma india. Yo mismo me preguntaba esas cuestiones cuando hablaba con algunos indios y luego, repasando, la biografía del Ché Guevara me di cuenta de que también él se había preguntado lo mismo. Cuando intentó cruzar el continente latinoamericano en motocicleta, debió atravesar en camión, acompañado por su amigo argentino, la frontera entre Bolivia y Argentina: escribió entonces sobre aquellos rostros inexpresivos, aparentemente apáticos de los indígenas, completamente impenetrables, nunca se sabe exactamente qué tienen en la cabeza, qué piensan, es imposible saber si te están dando la razón sinceramente o simplemente lo hacen para traicionarte mejor después. Cualquiera de ellos sería un jugador excepcional de póker en Las Vegas y no hay nada más parecido a la expresión de un indio boliviano que la mirada hierática y congelada de los monolitos tiwanacotas reproducidos en Plaza Sorzano o en Miraflores. Hay en La Paz, en la falda de una colina, un mercado indígena y dentro de él una calle, la calle de las Brujas en donde es posible comprar desde un feto de llama para que las minas produzcan hasta dulces de colores chillones cuya única utilidad es ser ofrendas a la Pachamama. Vanamente intenté comunicarme con aquellos indios y nunca supe si su “ciencia” procedía de los antiguos incas o simplemente un gancho para crédulos y supersticiosos.

El indio constituye el alma de Bolivia. Drieu lo entrevió e incluso pinto a “Tamila” con los caracteres que le corresponden a todos los indios bolivianos. Delle Chiaie se sentía muy próximo a ellos, probablemente con la misma simétrica lejanía que yo experimentaba hacia ellos. Sí, quedaban las ruinas de Tiwanaco, la Puerta del Sol y la Puerta de la Luna, la Pirámide de Atacama (que un vasco, un tal Oyaldeburo, literalmente destrozó; en efecto, se trataba de un tronco de pirámide situada en un recodo del complejo tiwanacota; en la superficie de la cumbre había un estanque –que todavía subsiste hoy– con el altar y el ara de sacrificios; el bueno de Oyaldeburu llegó allí y oyó las historias de los incas; que si en el corazón de la pirámide hay oro y plata… Y Oyaldeburu, morrosko y diestro levantador de piedras, removió toda la estructura de tal manera que hoy, desde lejos ni siquiera se percibe que era una pirámide sino que más bien parece como una colina de faldas irregulares. Era evidente que el “oro y la plata” eran el sol y la luna reflejados en la piscina que se encontraba en la plataforma superior de la pirámide…), los monolitos, los templetes subterráneos, etc.

Bolivia era un hervidero de sociedades secretas cuando la conocí. Existía una organización llamada la “Logia del Cóndor Negro” que no era más que el círculo interior de una sociedad cultural abierta a todos, la “Sociedad Cultural Los Andes”. Todos, prácticamente todos, los militares que dieron el golpe en julio de 1980 pertenecían a la Logia, incluido Klaus Altman que entonces se encontraba allí. Habían reconstruido una especie de misticismo extraño a medio camino entre oriente y occidente. Las “prácticas espirituales” que realizaban se reducían al mismo “desdoblamiento astral” que practicaban otros muchos grupos ocultistas en Europa y, por supuesto, en Bolivia. Nunca conseguí tomarme en serio ni la magia indígena, ni la reconstrucción de la religión inca que habían realizado los miembros de la “Logia del Cóndor Negro”. Cuando, años después en Europa, conocí a un curioso personaje andino, Fernando Ponce de León, antiguo teósofo que andaba medito en las primeras ONGs de ayuda a los indios (él mismo era mestizo) tampoco consiguió convencerme de que la tradición incaica se había logrado perpetuar ininterrumpidamente desde la colonización española hasta nuestros días. Me parecía mucho más creíble Hergé en su Tintín en el Templo del Sol. Por lo demás, incluso Alfred Rosemberg cuando repasaba la tradición nórdico–germánica insistía en que “Odín ha muerto y sigue muerto” que era como reconocer que una tradición cuando cae ya no puede ser levantada por nada ni por nadie porque sus mismos dioses han muerto con ella. Si el siglo XIX hacía sentenciado la muerte de dios y el XX trajo la muerte del hombre y, por tanto, el reino de las masas, hacia siglos que las viejas tradiciones incaicas al otro lado del charco y paganas a este, habían muerto. Nada podía hacerse por ellas y, desde luego, la reconstrucción antropológica era solo algo menos mala que mantener la ficción de que algo era “originario” y “regular” cuando solamente era simulación y superstición. “Tamila” aparece sorpresivamente en la novela de Drieu para acompañar algunas de estas reflexiones.

El Protector de Bolivia

En el principio de la novela cuando “Jaime Torrijos”, inmediatamente vence a sus oponentes, se sienta en el butacón de la presidencia y desde allí labra proyectos y reformas. Como Melgarejo hay en sus rasgos algo de megalómano:

“… ¿Estoy acaso aquí para esas pequeñas astucias? Me hallo aquí para destrozar a los grandes, despertar a los indios y rehacer el Imperio Inca” (pág. 109).

Su interlocutor, el narrador y guitarrista, “Felipe” entiende entonces la altura del personaje:

“Estas palabras fueron como un rayo. Un sudor de vergüenza se derritió sobre mi cuerpo. ¿Qué era yo junto a él? Toda mi hipócrita vanidad era un escombro a sus pies. Él estaba ahí, delante de mí, grande, solo” (pág. 109). 

Drieu “preparó” concienzudamente su libro, se informó seguramente a través de conversaciones con amigos que habían pasado por allí y leyó artículos sobre Bolivia publicados en la prensa francesa. Es significativo que utilizara la palabra “Protector” en sustitución de “dictador”. “Jaime Torrijos” no es “presidente de la república”, tampoco es “dictador de facto”, es simplemente “El Protector”. El título no es frecuente en Iberoamérica pero había sido utilizado por el general San Martín cuando asumió la presidencia del Perú en 1821, el general Santa Cruz fue ungido como “Supremo Protector” y luego “Protector de la Confederación Perú–Boliviana” en 1837. Se utilizó este título porque se consideraba que era provisional y en cuando desaparecieran las circunstancias excepcionales que lo habían generado.

La relectura de la obra me ha confirmado en que, efectivamente, Drieu estuvo mucho tiempo leyendo e inquiriendo sobre la realidad boliviana. Los mismos proyectos militares que atribuye a “Jaime Torrijos” tienen mucho que ver con la psicología de los militares de aquel país tal como eran en 1940 y seguían inmutables cuarenta años después cuando los conocí. En efecto, si todo oficial boliviano tiene un Melgarejo dentro, también en el corazón de todo militar boliviano late una especie de relación de amor–odio con sus colegas chilenos.

Chile, como se sabe, es el adversario geopolítico de Bolivia. Han sido frecuentes las alianzas entre Perú y Chile para garantizar que Bolivia jamás tendría una salida al Pacífico. Mientras estuve allí, Pinochet gobernaba y los militares bolivianos aspiraban más a imitarle a él que a la Junta Militar Argentina que, a fin de cuentas, había facilitado el golpe de Estado de julio (siempre julio) de 1980. Drieu lo sabía:

“Una vez más en mis adentros me burlaba vilmente de él; en Cochabamba, se iba de juerga y no pensaba más que vagamente en atacar Chile de cuando en cuando, como todo boliviano después de beber” (pág. 109) “De cuando en cuando iba a verlo y cada vez me parecía más absorto por proyectos militares. Organizaba al ejército con vistas a la guerra contra Chile, y ponía ahí una devoción, un ardor y un genio que ameritaban la vigilancia más implacable de mi parte” (pág. 122).

“Felipe”, el guitarrista, le recuerda que para emprender una guerra necesitará poner en la palma de la mano tanto a los “grandes” como al “pueblo”. Y “Torrijos” asiente:

“No, no podré avanzar sin haber destrozado a los grandes” (pág. 110).

El enemigo (II). Masones y jesuitas

Aquí parece que sea el programa de los socialistas militares el que habla por él. Ahora bien, hay dos fuerzas ocultas que menciona Drieu y que aparecen en roles odiosos en su novela: los jesuitas y la masonería. Ambos se amparan en el secreto, ambas intentar mover los hilos desde las bambalinas, ambas conspiran, ambas huyen, en definitiva, de la luz del sol. Es difícil que Drieu tuviera conocimiento del papel de la masonería en Bolivia que se remontaba a la independencia y a algún que otro episodio aislado del gobierno. Cuando tuve ocasión de pulsar todos estos ambientes a principios de los años 80, los jesuitas ya estaban completamente desmantelados. Puede decirse que si el Concilio Vaticano II había ido mal para alguien había sido para ellos y que la Teología de la Liberación había hecho de ellos una fuerza residual. Y lo que era peor: las sectas protestante avanzaban a mucha más velocidad y de manera mucho más visible que el catolicismo (y el jesuitismo) andino.

En cuanto a la masonería solamente conocí masones en el colegio de abogados. Prácticamente habían desaparecido de cualquier otro sector de la vida nacional. No creo que Drieu tuviera información privilegiada sobre unos y otros. En los años 30 y 40 tampoco existían estudios pormenorizados sobre los jesuitas y sobre la masonería en Bolivia, así que Drieu se limitó a trasladar a Bolivia el modus operandi de estas dos asociaciones. Y lo hace con una habilidad excepcional, especialmente en lo relativo a la masonería.

El “padre Florida”, el jesuita conspirador, aparece pintado con unos rasgos particularmente desagradables y en cuanto a “Bélmez”, el masón, es así mismo odioso sino repugnante. Incluso “Tamila” siente distancia hacia “Bélmez”: opina que “Bélmez es un gran hechicero entre los españoles” (pág. 162). “Bélmez” y “Florida” habían participado en la conspiración para sublevar a los indios contra “Torrijos”. Ambos eran pues hijos de la misma madre:

“… al final de interrogatorio se había establecido que Florida y Bélmez habían participado por igual en el fomento de la rebelión de los indígenas; que Bélmez había conseguido de Florida que el gobernador de Oruro, devoto de los grandes, atormentara a sabiendas a los indígenas para conducirlos a la desesperación y que, por otra parte, Bélmez había animado y sobornado a los agitadores por medio de las logias. Muchos párrocos eran masones y le obedecían directamente sin pasar por Florida” (pág. 165). “… Porque la masonería comparte con la Iglesia las responsabilidades y las hipocresías de la propiedad (…) La Iglesia y la masonería son a menudo aliadas, encontrándose irremediablemente confundidas en sus orígenes, pero son aliadas intermitentes”” (pág. 179). Florida sabe que el cristianismo sucumbirá o se transformará. Bélmez sabe que ahí donde el cristianismo sucumbe, la masonería no tiene para mucho tiempo. Pues ésta nunca ha tenido la fuerza como para consolidar serios medios sociales a su sueños, que es el de reemplazar a la Iglesia. Los masones no son capaces de reemplazar a la Iglesia, no pueden ni saben actuar sino a su sombra” (pág. 181).  “Estas dos oscuridades, los jesuitas y los masones, debían encontrarse a menudo enredados en las mismas conspiraciones. Y me acordé de las palabras de Jaime al comienzo: “Los masones y los jesuitas nunca han podido más que reconocer los hechos consumados”. Dos oscuridades, dos ineficacias, pero dos sombras apasionadas, debilitadoras, engendrando lo odioso y ridículo alrededor de las grandes acciones” (pág. 94).

El eterno femenino: entre la hetaira y la oligarga

Ejército (“Dragones”, el regimiento de “Agreda”), masonería (“Bélmez”),  jesuitas (“padre Florida”), indígenas (“Tamila”), La Rosca (“los poderosos”, los “Bustamante”), son los protagonistas que encarnan a las distintas fuerzas sociales que operaban en los años 30 y 40 en aquel remoto lugar del mundo. La novela va del poder de unos sobre los otros, de la manipulación de las gentes y de los personajes, de las rivalidades humanas y, en definitiva, de las pasiones. Porque el centro de la novela, el centro de la propia obra de Drieu, no es sino la pasión. Y cuando hablamos de pasión nos estamos refiriendo a pasión entre un hombre (“Jaime”) y dos mujeres (“Camila” la hija de “los poderosos” y “Conchita”, la bailarina y prostituta).

Las novelas de Drieu son, todas, novelas apasionadas, repletas de sensualidad y, frecuentemente, de erotismo. Y esta no iba a ser diferente. Hay dos mujeres en la trama, dos caracteres completamente diferentes, dos distintas actitudes ante la vida, dos clases sociales irreconciliables e incompatibles, para una misma pasión. El amor de la prostituta, experto, sin mentiras, interesado, sensual, diestro en procurar placer sin pedir nada a cambio más que la remuneración; la hetaira presente en todas las épocas que es “Conchita” sabe que las contorsiones de su cuerpo –ella es bailarina– generan sensaciones eróticas irremplazables en los hombres, así que usa y abusa de sus habilidades de manera consciente. “Jaime” es su amante, pero ella tiene otros muchos amantes. “Felipe”, el narrador apunta:

“Conchita y yo tocamos y cantamos alternadamente. Luego, fue necesario que bailara. Para ahorrar el aburrimiento, había bebido mucho, tanto que se contorneaba con una lascivia que deshacía las ataduras que la oprimían (pág. 33). ¿Y Conchita? ¿Qué era de ella? Se pensaba que Jaime la había hecho encerrar en alguna parte, a no ser que hubiera decidido lo peor. Hice una súplica a la Madona para que esto fuera verdad. Después de todo, quizás la Madona fuera tan indulgente con las putas como con su Hijo (pág. 36). ¿Qué hiciste con Conchita? –La azoté. Seré vencedor antes de que esté curada” (pág. 38).

“Torrijos” no es benévolo con “Conchita”. La trata como se trata a las putas, apenas como objetos de placer, no hay ni pizca de humanidad en esa relación, sólo erotismo que aflora de manera salvaje especialmente en la escena en la que “conchita” baila en el palacio ante un grupo de “poderosos” entre los que se encuentra “Camila”. “Camila” no es un animal erótico, es simplemente la hija de “los poderosos”, esculpida para gustar y de un fuste muy diferente (“Ahí estaban los pechos más enteros que se podían ver en La Paz. Había incluso en el deterioro de los de la madre un recuerdo majestuoso. Y en el teatro siempre era un placer popular espiar al fondo del palco más bello la altiva perspectiva de ese tesoro múltiples bajo las mantillas”, pág. 60), el erotismo de “los poderosos” esta modulado por su poder sobre las cosas que parece otorgarles control y restarles espontaneidad en el erotismo. “Camila” es hermosa, no erótica, y no se siente a gusto en un ambiente sensual como el que crea “Chonchita” cuando danza en la fiesta de palacio:

“La colgadura se levantó… y Conchita–Concepción hizo su entrada. Concepción en un magnífico atuendo de bailarina, enmascarada. Estaba enmascarada. Y también llevaba un gran chal sobre los hombros que escondía como por efecto de un súbito pudor o reto extravagante” (pág. 82). Comenzó a bailar. Sus primeros pasos iban a quebrantarse, parecía, en el silencio asustado y hostil, como un vaso en que el agua se hiela. Pero conjeturar eso, era ceder a sus nervios y olvidar el orgullo de Concepción, el orgullo de Jaime. ¿Era necesario por lo demás, llamar con el nombre de orgullo el vivo sentimiento de pureza animal que revestía a esos dos seres, ella bailarina y él jinete, en medio de todos esos asistentes (pág. 83). Ella bailó. No, no bailaba. Eso no era un baile, eso era apenas algo de toda esa danza futura al sol embrión oscuro, imprevisible en un mundo subterráneo. Envuelta en su inmenso chal sombrío, del que había hecho recaer al principio, con un ligero movimiento, los pliegues hasta lo más bajo de su brillante vestido, se cubría nuevamente la cabeza, pisoteaba imperceptiblemente sobre su lugar, sin hacer el menor ruido con sus talones (pág. 83). Bailo mucho tiempo, con más fuerza que jamás mujer alguna haya bailado. Las gentes olvidaron todo, quienes eran, porqué habían venido, la presencia de Jaime, el lugar en donde estaban, quién era Concepción. Aplaudían enérgicamente, con una violencia sombría como si se entregaran con un abandono de voluptuosidad a lo inesperado y a la contrariedad de la situación (pág. 85). De pronto, terminó el último baile. Apareció desnuda hasta la cintura. Sus dos pechos admirables, cubiertos de sudor, resplandecían con sus puntas endurecidas por la excitación moral” (pág. 86).

Hace falta leer todo el texto para advertir que frente al erotismo y a la sexualidad salvaje de “Conchita” y frente a la mesura y a la belleza sobria y clásica de “Camila”, Drieu opta, sin duda, por la primera.

Bolivia es un país en el que no faltan prostitutas. El mayor burdel de La Paz era propiedad del entonces presidente de la Asociación de Mutilados de la Guerra del Chaco. Amigo nuestro, claro está. Y era curioso porque aquel hombre, que a pesar de la edad seguía siendo alto y caminando erguido, aparentemente no tenía ninguna mutilación. El día que me atreví a preguntarle qué le faltaba, maldije lo obvio: la falange del dedo gordo del pie derecho… Había distribuido entre los “asesores” europeos unas tarjetas que aseguraban un sustancial descuento en los servicios de su burdel, algo que siempre agradecían los consumidores. Por otra parte, el primer día de mi llegada allí, cuando no hacía ni una hora que había descendido del avión y seguía lamentándome por la pérdida del equipaje, en el Hotel Plaza conocí a una aventurera y prostituta francesa que recorría el mundo en busca de aventuras, fortuna y sensaciones. Un estrecho maillot atigrado le ceñía todo el cuerpo desde los vertiginosos tacones hasta los hombros y permitía adivinar lo rotundo de sus curvas. Y luego, una vez establecido allí no faltaron prostitutas que conocer, amantes de ministros, amantes de industriales, amantes de narcos, amantes de paramilitares, amantes de políticos, amantes de profesores de yoga y de oficinistas, amantes de todo lo que se moviera, en definitiva.

Es curioso, Bolivia es un país hecho –como las antiguas Cortes franquistas– hecho a “tercios”: un tercio de “machos”, un tercio de esposas y un tercio de amantes, todo ello casi en equilibrio ecológico. No es raro que Drieu introdujera este tema en su novela y creara la antítesis con la mujer seria y de belleza serena. A no contraponer la “mujer madre” con la “mujer amante” como hijo Evola en su Metafísica del Sexo. De hecho en la novela no hay más madre que la de “Camila” y sus hermanas y aparece solamente en una alusión en la novela solamente para recordar que sus pechos seguían generando admiración. No hay hijos en las novelas de Drieu. La paternidad tiene poco de sensual y la maternidad ni siquiera resulta excitante. “Camila” aparece orgullosa y displicente contra “Torrijos”, contra “Felipe”, por supuesto contra “Conchita”. ¿Y “Conchita”?  “Felipe le dice a “Torrijos” hacia el final de la novela:

“–Conchita es más mujer que usted. Es una puta, pero nunca lo engañó como usted.

– Bolivia es mi mujer, rió Jaime.

– Tú eres la mujer de Bolivia también. El genio macho de Bolivia fundó tu alma flexible de hombre de acción. Bolivia y usted forman uno solo: usted es el andrógino perfecto, se encontraron porque ya estaban unidos.

– Dices cosas extrañas, Felipe

– Te digo cosas extrañas desde que te conozco, Jaime, y las decía antes de conocerte.

– ¿Quién eres?

– La mitad de ti mismo, como lo es cada uno de los que te siguen. Comenzando por Conchita” (pág. 188).

Poco antes, “Felipe”–Drieu ha definido a la perfección el tiempo del amor: tres días (“El amor no puede durar más de tres días. Eso basta para entrar en la eternidad” (pág. 186). ¿Acaso Cristo no murió y resucitó en tres días? Antes había escrito: “Las nupcias de los humanos no duran mas que un relámpago, como las de los dioses y las de los animales” (pág. 98).

El centro de la novela es, pues la pasión: pasión de un “jefe” por su país, pasión de un amigo (“Felipe” el guitarrista) por “Jaime”, pasión de “Jaime” por las mujeres, pasión de masones y jesuitas por las conspiraciones, pasión. Hay mucha pasión en Bolivia. Se trata de un país telúrico. Cuando estuvimos trabajando allí todos estábamos de acuerdo en ese punto. He visto pocas mujeres tan heroicas y esforzadas como las bolivianas. A decir verdad, ellas son las que mantienen en pie el país. El alcoholismo ha hecho mella en los hombres de aquella raza. Entonces lo supe cuando estuve entre ellos, hoy no hace falta ir tan lejos, casi dos millones de andinos están entre nosotros y nos demuestran día a día que el indio tiene mal beber. A principios de los 80 la mujer Boliviana tenía una fuerza y una energía que había desaparecido de la mayoría de los barones. No me sorprende, pues, que le hubiera llegado a Drieu algún eco de todo esto (Victoria Ocampo debió de transmitírselo) y que le predispusiera a situar su relato en aquel país (¿por qué no en Argelia o en algún recodo olvidado del continente africano?, lo hubiera podido hacer como hizo con alguna otra de sus novelas: Beloukia en la kabylia, Una mujer en su ventana entre las turbulencias griegas).

Los confidentes de Drieu: la Ocampo y Borges

Detrás de todo esto, claro, hubo una mujer. Victoria Ocampo. Ha habido que esperar a la publicación en Francia de la correspondencia entre Pierre Drieu la Rochelle y Victoria Ocampo, la conocida escritora argentina. Entre 1929 y 1944, ambos mantuvieron una relación más que estrecha, especialmente en los primeros años. Amantes primero, cuando se extinguió la pasión, consiguieron salvar la sintonía mutua que sentían el uno por el otro en una amistad que se prolongó hasta el suicidio de Drieu.

Ambos se conocieron en 1929 en el domicilio de Isabel Dato; en aquella ocasión estaban presentes Paul Valery y Ortega y Gasset. Ese mismo año había conocido también al conde de Keyselring convirtiéndose desde ese momento en amante de Drieu y admiradora del filósofo. Drieu le presentó a Malraux, Huxley, Aragon. La relación es tan apasionada como en las descripciones que Drieu hace de los instantes eróticos en sus novelas. Pero la relación tiene altibajos: él es depresivo y para colmo usa y abusa de prostitutas. Ambos son la noche y el día: él admira la pintura de Watteau, ella la detesta; ella es políticamente liberal mientras que él se orienta pronto hacia el fascismo. Y sin embargo, conviven y sobreviven a sus contradicciones.

En mayo de 1932, ella le invita a pasar una temporada en Argentina. Conoce a Jorge Luis Borges en el Jockey Club de buenos Aires (luego escribirá “Borges bien vale el viaje”, mientras que en las postrimerías de su vida, Borges preguntado sobre Drieu responderá que “había sido un fascista por pereza”). Y desde el 32 hasta el 44 mantendrá una fluida correspondencia con ambos. Los datos esenciales sobre Bolivia y los bolivianos, proceden precisamente de esa correspondencia y de las lecturas recomendadas por los dos grandes de la literatura argentina (y en lengua castellana) al grande de la literatura francesa.

La estructura de la novela

La novela responde a una estructura excepcionalmente bien lograda. En sus primeros capítulos es el “viejo orden” el que cae. El antiguo dictador, por su misma presencia, consigue que “Torrijos” se resuelva a actuar contra él. Las descripción del golpe es quizás la que más alejada está de las realidades. Los golpes de Estado en Bolivia son mucho más novelescos que los que podría narrarse en la mejor de las novelas. Son, simplemente, increíbles. Os lo aseguro. De esa primera parte, sin duda, la fuerza radica en las descripciones que tienen a “Conchita” como protagonista.

Luego, el autor deja de mostrar a “Torrijos” como un “joven héroe” para atribuirle rasgos propios del estadista: describe su proyecto político, describe sus inquietudes, describe su voluntad y, sobre todo, describe los factores que entran en juego en la sociedad boliviana. Y, al describir a “los poderosos”, describe necesariamente a la contrapartida de “Conchita”, a “Camila”. A partir de ahí la trama describe los juegos de influencias, las manipulaciones de unos hacia los otros, las bajezas humanas, las perfidias y traiciones, las estancias más sombrías del alma humana. Aquello que todos conocemos pero que no todos somos capaces de describir con la maestría de Drieu.

Siguen luego los resultados de tanta bajeza: la revuelta de los indios. Drieu –que se ha preocupado poco en las 150 páginas anteriores por describir la situación de los indígenas– lo hace ahora. Los indios constituyen la mayoría de la población de Bolivia. Sino indios, mestizos. Como en todas las sociedades tercermundistas los escalones más altos de la sociedad los ocupan los “blancos” y en el más bajo se encuentran los “indígenas” (indios en los Andes, negros en África). En el estrato intermedio figuran los mestizos (curiosamente en el ejército boliviano la alta oficialidad frecuentemente es blanca, la tropa es indígena y los cuadros son mestizos y el mismo esquema suele repetirse en los países andinos y centroamericanos). “Jaime Torrijos”, el atractivo militar con pizca de sangre indígena parece ser una síntesis de Bolivia. En este capítulo aparecen los indios representados por “Tamila” (deliberadamente o por azar, Drieu atribuye al escalón inferior de la sociedad indígena un nombre simétrico al de la representante del escalón más alto, de “los poderosos”, “Camila”). Jaime llega al hartazgo. Él es un “hombre a caballo”: precisa estar siempre en marcha (Kerouac posiblemente se inspiró en él apenas un lustro después para escribir On the road -En el camino- verdadero manifiesto, junto con el Aullido de Ginsberg, de la beat generation). Drieu, el autor, siente que sus días se están agotando, que el Reich de los mil años no conocerá muchos más días gloriosos y que el holocausto final adquirirá tonos wagnerianos y arrastrará en su caída a todos los que creyeron en él.

La última parte es verdaderamente un manifiesto político y una lección de prospectiva. Se trata de 20 páginas, de la 200 a la 220, que aparecen bajo el rótulo En el lago Titicaca. Drieu habla del poder, de la renuncia, de las ilusiones perdidas, de lo que cada mujer le inspiró, de lo que le inspiró su patria imaginaria, Bolivia, del futuro, augura la resurrección del inca, la futura revuelta de los indios y de los mestizos y lo hace con tanta precisión que se diría que estuviera asistiendo a la toma de poder de Evola Morales. Son 20 páginas lúcidas, intensas, de las que no puede destacarse nada porque todo ello merecería ser reproducido. Cuando el “hombre a caballo” desciende de su montura, ahí termina el relato. El hecho de que Drieu no nos hable ni del final de “Camila”, ni de lo que hizo “Conchita” después de los hechos, es significativo: sentía que para él la vida había terminado y que la muerte era el fin del mundo… No es, L’Homme à Cheval, una novela optimista pero si un ejercicio estético extremadamente rico en matices.

No sé si hubiera elegido el Titicaca para esa última escena. Tiwanako me pareció mucho más adecuado para un final wagneriano: a la sombra de los monolitos, con la Puerta del Sol a contraluz, con el destrozo generado por el bueno de Oyaldeburu en la pirámide y el desnivel del templete semisubterráneo, hay mucho más misterio allí que en el plácido Titicaca. Fue, por cierto, por el Titicaca, camino de Perú, por donde debí huir cuando terminó nuestro periplo boliviano. A diferencia de Drieu y de “Jaime Torrijos”, no tengo intención de descender del caballo.

Balance de una relectura de El Hombre a caballo y recomendación

Al leer de nuevo la novela he recordado muchas cosas de aquella experiencia. A ello me ha ayudado, sin duda, el libro de memorias de Della Chiaie, uno de cuyos capítulos está dedicado a nuestra aventura boliviana. Nunca entendí porqué a él le marcó tanto. Pero si me ha llamado la atención la descripción que hace Drieu de cómo el manuscrito con la historia que él mismo acababa de relatar llegó a sus manos. Dice: “Mi abuelo sospechaba que este salvaje era sin duda un farsante, no sudamericano sino español de España, refugiado político”. Se refiere a “Felipe” que había terminado viviendo en Paris y fascinado por la Comédie Française y los conciertos. Cabe decir que antes de ir a Bolivia había vivido en París, ciudad que me capturó de tal manera que incluso hoy, no puedo sino retornar a la capital francesa (entre otras cosas para constatar su decadencia que es, a la postre la decadencia de lo europeo). No hay ciudad del mundo en la que lo haya pasado peor y que sin embargo haya dejado en cada uno de los viajes que realicé allí (y que tengo grabados en mi mente de manera indeleble) unos recuerdos tan imborrables.

No somos protagonistas de novelas y resulta peligroso identificarse con ellos. Somos, simplemente, pobres individualidades a caballo de la vida incluso a pesar nuestro. Algunos de nosotros no aspiramos a otra cosa que a mirar el mundo desde la altura de nuestra montura, sin importarnos mucho lo que veamos, convencidos de que todo es “vanidad de vanidades”, o incluso compartiendo con el Buda la verdad de que “nada existe, todo es ilusión”, aspirando a ser simplemente, como escribía Drieu en las últimas paginas “de los que quieren morir con los ojos abiertos”, a la espera de que llegue el tiempo en el que “vayamos muriendo el uno para el otro como para todo lo que amamos” (pág. 216).

*     *     *

Hay solamente dos obras en la literatura francesa del siglo XX que merecen ser leídas y adquirir el rango de “imprescidibles”. Una es El Hombre a Caballo de Drieu (que puede ser pedida a Librería Barbarroja http://www.libreriabarbarroja.com/, telfs. 915332783 Y 687156184). El otro es el Viaje al fin de la noche de Louis Ferdinand Céline (veremos a ver qué editor tiene el valor de imprimir esta obra maestra). Un día de estos la comentaré como hoy he comentado a Drieu. Mejor recurrir a lo eterno que comentar la miseria política, económica y existencial de nuestra patria, allí en donde solamente los políticos y los señores del dinero cabalgan sobre los lomos de los borregos. ¿Quiere un consejo? No sea borrego.

© Ernest Milà – ernesto.mila.rodri@gmail.com

 

Pierre Drieu La Rochelle, El Hombre a Caballo, La Nave de los Locos, Premiá Editora, México 1981. Distribución en España: Librería Barbarroja, telf.: 915332783 Y 687156184