20-D ¿votar? ¿para qué?

Publicado: Miércoles, 09 de Diciembre de 2015 06:16 por Ernesto Milá en ORIENTACIONES
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Info|krisis.- Cuando en 2011, Mariano Rajoy llegó al poder, lo hizo recibiendo la lamentable herencia del zapaterismo, especialmente en materia económica, y en los peores momentos de la crisis de la deuda. Desde entonces, todos los esfuerzos del gobierno se concentraron en el terreno económico. No tanto por las medidas adoptadas por el gobierno Rajoy como por las nuevas orientaciones de la política de la Unión Europea, el peligro de que España fuera incapaz de cumplir sus compromisos de pago, fue conjurado: pero, salvo este elemento, todo lo demás, en el terreno económico y en los demás terrenos, sigue exactamente igual que en las postrimerías del zapaterismo.

Ni se ha creado empleo de calidad, ni la capacidad adquisitiva de la sociedad española ha aumentado, ni siquiera han disminuido –sino todo lo contrario– las bolsas de pobreza, ni se ha creado industria, ni, por no disminuir, ha disminuido tampoco el mayor de la deuda sino que tan solo se han podido afrontar los intereses generados, ni se ha hecho nada por responder a la pregunta clave de la economía española después del inicio de la crisis económica de 2007–8: ¿cuál va a ser el modelo económico español?, pregunta todavía más pertinente a la vista de que el modelo Aznar fue el que nos llevó directamente a experimentar las consecuencia de aquella crisis de manera mucho más intensa que cualquier otro país europeo.

Desde que en 1989 la caída del Muro de Berlín aceleró la vía hacia la globalización, resulta evidente que este modelo económico mundial es inviable y tiende hacia la desindustrialización de Europa, a la transferencia de las plantas de producción hacía allí donde los salarios son más bajos y las coberturas sociales más reducidas (o incluso inexistentes) y a la transformación de la economía productiva en especulativa. Sin olvidar que la globalización se inició al desaparecer las fronteras para el tránsito de los capitales especulativos y éstos, en busca siempre de mayores beneficios, migran constantemente de un país a otro generando burbujas e inestabilidad permanente en unos u otros puntos del planeta, haciendo imposible –por las interconexiones entre todas las economías mundiales– una estabilización económica mundial: así pues, cuando la crisis se atenúa en unas zonas del planeta, estalla en otras. Nunca, absolutamente nunca, un mundo globalizado puede ser un mundo económicamente estable.

Crisis económica versus crisis social versus crisis política...

con el denominador común de la crisis cultural

Cuando irrumpió la crisis de 2008 en España –generada por el estallido de la burbuja inmobiliaria generada a partir de los primeros tiempos del aznarismo– saltó por los aires el modelo económico desarrollado durante los años de presidencia de Aznar y la primera legislatura de Zapatero. Era previsible e inevitable ¿o acaso alguien pensaba que el precio de la vivienda se podía revalorizar a un ritmo del 15–20% anual o que se podría construir sin interrupción por tiempo indefinido? A partir de ese momento era preciso trabajar en la elaboración de un nuevo modelo económico para España que no estuviera basado solamente en la hipertrofia de la construcción y del sector turístico. Pero no se hizo –acaso porque tal modelo no existía en la medida en que la UE había arrojado a España a la periferia de Europa en donde el margen de maniobra es muy reducido y la misma Europa se iba desdibujando económicamente en una economía mundial globalizada– y, desde entonces, España sigue sin modelo económico.

La crisis económica, al prolongarse, pasó a ser una crisis social sin precedentes que arrojó a una cuarta parte de la población a las proximidades del umbral de la pobreza o por debajo del mismo. Y en eso sigue la sociedad española. En una situación así, era evidente que para atenuar, como mínimo, tal crisis social y descender drásticamente el gasto público y las cifras del paro, se imponía repatriar a la inmigración masiva que había llegado en los años del crecimiento económico y que ahora estaba aquejada de un paro crónico y viviendo a expensas del Estado. En lugar de eso, se optó por esperar a que el tiempo les hiciera desaparecer de las listas del paro para que reaparecieran como “nuevos españoles”, estrenando nacionalidad e igualmente subsidiados por el Estado. Así se ha comprado la paz social y la paz étnica durante una década, mientras creía el riesgo yihadista.

Era evidente, por otra parte, que si no se podían aplicar políticas monetaristas, ni, a la vista del proceso inflacionario que supuso la implantación del euro. La única posibilidad para nuestra economía era producir más, exportar más, consiguiendo reducir los costes de producción, lo que en buena medida se hubiera podido hacer a base de inversiones e incentivos fiscales: en lugar de eso, se prefirió que siguieran entrando inmigrantes para que esa masa inerte siguiera tirando a la baja de los salarios y estos permanecieran estables mientras se encarecía el coste de la vida (con la consiguiente pérdida de poder adquisitivo de los grupos sociales más modestos). Hubiera sido preciso que nuestro gobierno se impusiera en los foros europeos y bloqueara los acuerdos preferenciales con Turquía, Israel o los países del Magreb que compiten, especialmente, con España, en producción agrícola.

Para todo ello, especialmente para adoptar soluciones drásticas ante la crisis, era preciso, en definitiva, que existiera un Gobierno con mayúsculas y digno de tal nombre, capaz de obligar a la patronal a ir más allá de las políticas neoliberales basadas en, obtener más beneficios reduciendo los salarios y abaratando el despido. Era preciso que existiera una banca pública que se abriera a la pequeña y mediana empresa y concediera créditos a intereses mínimos (algo viable cuando las tasas de interés están próximas a cero). Nada de todo esto se hizo y, como medida básica, se tendió a aumentar la presión fiscal sobre las clases medias en la esperanza de que pudieran seguir pagando, por siempre jamás, los intereses generados por la deuda.

Era preciso, en otro terreno, que se invirtiera la curva descendente de nuestro sistema educativo y que se reforzara la preparación cultural y científica de nuestros jóvenes, pero no por el placer de que las universidades produjeran más y mejores técnicos y científicos que inmediatamente acababan la carrera emprendían el camino del exilio económico ante la posibilidad de convertirse en puestos de trabajo inadecuados para su titulación, mal pagados y eventuales ¡sino para acometer la necesaria renovación tecnológica que precisa el sector productivo español! Era preciso, en definitiva, que se generara un nexo sólido, un puente amplio, entre la empresa y la universidad, en lugar de la desconexión absoluta que existe hoy entre ambos.

Porque había un elemento que la “banda de los cuatro” (PP+PSOE+CuU+PNV) que ha gestionado el poder entre 1977 y 2015 se ha negado siempre a reconocer: que la crisis económica se transformaría en crisis social y que, al persistir ambas, terminaría convirtiéndose en una crisis política, pero que toda esta sucesión de crisis perfectamente concatenadas, se producía sobre el común denominador de una crisis cultural iniciada durante la transición. Esta crisis se manifiesta en el hecho de que la sociedad española cada vez más tiene una formación cultural de perfil más bajo, aumenta el analfabetismo estructural, se ha perdido toda capacidad crítica, incluso amplios sectores de la sociedad desconocen ya lo que es el razonamiento lógico. No es solamente que exista más dos millones de jóvenes que ni trabajan, ni estudian, es que buena parte de los que trabajan salen de los centros de estudio sin preparación suficiente y buena parte de los que hoy estudian no acabaran los ciclos de formación que están cursando. España es hoy el país de Europa con mayor porcentaje de fracaso escolar y con mayor índice de universitarios que no terminan sus estudios y se atascan en el primer año de carrera.

Paralelamente a esto la sociedad española consume más drogas de todo tipo que cualquier otra sociedad europea, el consumo de drogas se ha banalizado y se tiende cada vez más a aceptarlo socialmente. El porro está sino legalizado, si, en cualquier caso, permitido en la práctica. Mientras, la capacidad de comprensión de la sociedad y de respuesta ante los problemas del siglo XXI, incluso ante los más elementales, es mínima.

En tales circunstancias no resulta aventurado decir que “consultar” al pueblo español en la urnas supone tener la seguridad de que la mayoría de votantes, no solamente ignora las repercusiones de su voto, sino que es incapaz de elegir con un mínimo conocimiento de causa. Y en estas circunstancias, la democracia es pura ficción...

Cuando una sociedad consume más y más telebasura, sin inmutarse; cuando los productos culturales más difundidos son siempre los de niveles más zafios; cuando se produce una cinematografía próxima a la indigencia a pesar de las subvenciones; cuando las nuevas generaciones no son capaces de leer un libro, ni resisten un artículo digital de más de 400 palabras, cuando expresan ideas con apenas 140 caracteres y aun les sobran; cuando lo ignoran todo sobre su pasado, sobre su historia, sobre su identidad, sobre sus orígenes, cuando su vocabulario no excede más allá de las 2.000 palabras; cuando los valores individualistas se han convertido en los únicos comprensibles y asumibles por la sociedad… en esos momentos es cuando ni la economía, ni la política, ni la sociedad, pueden funcionar bien por “democrática” que sea la sociedad ¡por que la población carece de bases culturales y del fundamento suficiente como para poder ENTENDER primero, REACCINAR después y SUPERAR a las crisis! ¡Ni siquiera existen en este momento élites política capaces de dar diagnósticos y mucho menos de establecer recetas para superar las crisis! La frivolidad de los argumentos y planteamientos de Ciudadanos o los estereotipos progresistas inamovibles con los que se mueve Podemos, las simplificaciones nacionalistas de un Bildu o de una ERC, nos indican a las claras que las “nuevas opciones” siguen la senda de las “viejas”.

¿Votar el 20–D? ¿Votar para qué?

Me niego a participar en la ceremonia mágico–religiosa de votar

Si alguna candidatura se atreviera a dar respuestas a los problemas reales de la sociedad española y lo hicieran con realismo y franqueza, no nos cabe la menor duda de que, o bien no serían entendida por una amplia mayoría de la población o bien, simplemente, sería considerada como algo ajeno y exterior al sistema, como el “enemigo”. El más odiado por el ignorante es aquel que le recuerda su condición.

Por eso estas elecciones no aportarán nada nuevo: faltan alternativas y faltan ideas claras. Las “nuevas” siglas aparecidas en la izquierda y en la derecha o en el soberanismo, no son más que la reedición del izquierdismo y del centrismo o del soberanismo de toda la vida por los que nuestro país ya pasó en los años 77–83. Por eso no resolverán ningún problema, como no lo han resuelto hasta ahora, sino que generarán una situación todavía más endiablada: coaliciones inestables, formadas por líderes superficiales deseosos de saciar su ego, o bien llenarse los bolsillos (o ambas cosas a la vista de que egolatría y sinvergonzonería se dan, a menudo, la mano), pero incapaces de establecer fórmulas para superar la crisis cultural, social, política y económica del país.

Justo ahora, cuando más necesarios son gobiernos fuertes y decididos, gobiernos con claridad en los proyectos y voluntad implacable en su aplicación, justo ahora, las simetrías políticas que nacerán el próximo 20–D darán como resultado gobiernos débiles que oscilarán como cañas al viento ante los soplos de la globalización, incapaces de resistir la intensidad de los fenómenos que tienen que combatir (Tsipras es un buen ejemplo).

En cuatro años, sino menos, en las siguientes elecciones, una sociedad todavía más sumida en la crisis, volverá a votar a unos candidatos igualmente ignorantes de su identidad, de su historia y de su futuro, huérfanos de proyectos y con sobredosis de look, las encuestas de popularidad, los sondeos de opinión y el postureo más irresponsable.

¿Votar en estas circunstancias? ¿Votar para qué? Louis Ferdinand Céline decía que él nunca iba a votar: “La mayoría está compuesta por idiotas, así que ya sé quién ganará”. Estas elecciones, en efecto, están terminando siendo una reedición de la “cena de los idiotas”, en donde la superficialidad de los candidatos tiene sólo parangón con la vacuidad de sus propuestas. La abstención, el voto nulo o el voto en blanco, parecen las opciones más razonables (a menos que uno tenga preferencias por algún candidato o por alguna pequeña opción sin esperanzas en obtener escaño y que quiera rendir un homenaje a los que muestran más moral que el Alcoyano).

La proximidad de las fechas navideñas hace todavía más desaconsejable el voto, incluso el prestar atención a los candidatos y a sus promesas cínicas: mejor dedicar los 30 minutos que uno tarda en votar, en comprar regalos para la familia, pasarlo con los hijos explicándoles el sentido de la Navidad y del Solsticio de Invierno, aumentar los conocimientos leyendo un libro o viendo esa película que hace tiempo teníamos ganas de ver, mejor hacer el amor como leones, tomar unas cañas con los amigos y cultivar habilidades sociales, que participar en esa ceremonia del voto de la que sabemos que no saldrá nada nuevo, ni nada bueno.

Para tener las ideas claras antes del 20–D

Así pues, vale la pena resumir:  

  1. Estas elecciones no resolverán nada esencial porque ni siquiera los candidatos son capaces de aislar los problemas reales y definirse sobre ellos.

  2. Ninguna candidatura propone un nuevo modelo económico concreto con el que sustituir al ya fracasado.

  3. Los sondeos electorales prevén que de un parlamento con PP, PSOE, CiU y PNV se pasará a otro en el que estas fuerzas compartirán bancadas con Cs, Podemos, ERC, Bildu–Sortu: un sistema constitucional de bipartidismo imperfecto, difícilmente sobrevivirá a una situación de atomización política creciente.

  4. Se han acabado las épocas de las mayorías absolutas o de los gobiernos en minoría apoyados por nacionalistas: a partir de ahora se abre el turno a los gobiernos de coalición, inestables por definición, o de los gobiernos en minoría más inestables aún. El caos catalán va a hacer que todas las fuerzas políticas (salvo quizás Podemos) creen cinturones de protección ante los nacionalismos, definitivamente apeados de la historia por mucho que aun no lo hayan advertido.

  5. Desde el punto de vista de la vertebración del Estado, lo grave no es el “desafío catalán” –ya superado y al que sólo le queda remitir–, ni mucho menos el “desafío vasco” –redimensionado a lo irrelevante sin la existencia de una vanguardia terrorista–, sino el hecho de que “España” es una nación sin rumbo, que va a la deriva sin que nadie sea capaz de asignarle una “misión nacional” y un “destino histórico” que suponga un verdadero “proyecto nacional” de futuro.

  6. El primer problema nacional es el que afecta a la identidad española, a su definición, a su futuro y a su defensa. Y este problema está íntimamente ligado –igual que el problema social– a la presencia de inmigración masiva. Quien no proponga de manera clara detener los flujos migratorios de los que España está saturada y poner coto a la expansión del Islam, no merece ni un minuto de atención.

  7. El que no exista ninguna posibilidad de alcanzar nuevos consensos y, por tanto, sea imposible modificar la constitución, no quiere decir ni que ésta goce de buena salud, ni que debamos plegarlos a lo evidente: que la constitución de 1978 está agotada (fracaso en la vertebración del Estado, fracaso en la división de poderes, hipertrofia del fenómeno de la corrupción, sistema electoral injusto y discriminatorio, texto constitucional reducido a mera declaración de principios que son negados por el día a día, etc, etc) y es preciso otro modelo de organización del Estado.

  8. Significativamente, ninguna fuerza política alerta sobre el riesgo de que, antes que crisis económica, antes que crisis social o nacional, arrastramos una crisis cultural que pesa como una losa sobre cualquier intento de regeneración nacional. Este proceso tiene influencia directa sobre el proceso de desintegración que afecta a la sociedad española y al hundimiento de nuestro sistema educativo.

  9. Finalmente, no existen ni una sola fuerza política con entidad suficiente, para poder enderezar la situación política, social, económica o cultural en España, con densidad de cuadros suficientes como para proveer de sangre nueva a los organismos del Estado, lo que hace que el acto de acudir a votar sea meramente testimonial.

    Y es por todo ello, por lo que el próximo día 20–D ni me he tomado la molestia de votar por correo, ni creo que valga la pena que nadie se lo tome muy a pecho. La partida no la juegan los electores, estos lo único que pueden hacer es restar legitimidad al sistema, absteniéndose, votando en blanco, votando nulo. De las urnas solamente saldrá

    A. Una victoria del PP (la ley d’Hont premia al partido mayoritario y a partir de 130 diputados, así que no hay que descartar que una victoria del PP le haga rozar la mayoría absoluta y le permita gobernar en minoría), 

    B. Un gobierno de coalición PP-Ciudadanos que aunaría a las políticas ya conocidas del PP con las prácticas centristas más oportunistas. 

    C. Un gobierno de coalición PP-PSOE, es decir la política neoliberal de derechas junto a un PSOE extremadamente fracturado y sin liderazgo que afrontaría una lucha interna entre Sánchez y Susana Díaz por el poder. 

    No hay otra fórmula: o gobierna un PP debilitado y en solitario, o gobiernan dos posibles coaliciones inestables.

Sabemos, pues, lo que saldrá de las urnas y que las urnas no solucionarán nada: más vale emplear el tiempo forjando instrumentos de trabajo que eviten que dentro de cuatro años siga existiendo un vacío de alternativas.

Hacemos votos para que esta sea la última elección en la que tenemos que recomendar abstención, voto nulo o voto en blanco y esperamos que en las próximas competiciones electorales ya estén presentes fuerzas políticas de carácter alternativo con mayor nivel de definición y mayor radicalidad en los objetivos (radical = el que va a la raíz, en este caso la “radicalidad” implicaría atacar a los problemas en sus raíces, no en sus causas últimas), a la que se le pueda votar sin la sensación de entregar el voto por compasión a una opción minoritaria y sin posibilidades, o simplemente de ir a votar con la nariz tapada o de abstenerse simplemente porque se tiene –como ahora- la sensación indeleble de que nada mejorará.

© Ernesto Milà – info–krisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

 

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