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Infokrisis.- Cuando en noviembre de 2003, en el portal Krisis.info, comentábamos la formación del gobierno tripartito catalán, a la vista de la naturaleza de sus componentes, anticipábamos lo difícil que iba a ser agotar la legislatura. Y dábamos al tripartito un límite de 24 meses. Nos equivocamos solo por cinco meses. Toca ahora hacer balance del gobierno más lamentable que ha tenido Catalunya en toda su historia y también pensar en el futuro.


El problema ha estado en la presidencia de la Generalitat

La revisión de lo que han supuesto estos últimos dos años y medio, indica que después de veinte años de gobierno de CiU, no existía una alternativa mínimamente solvente. Hoy se empieza a sospechar que la alternativa a Pujol… era Mas y no Maragall. Maragall ha sido un paréntesis lamentable en la política catalana tal y como, por lo demás, podía intuirse. Lo dijimos desde el principio de la legislatura catalana: Maragall no está en condiciones de presidir la Generalitat. El rumor sobre su alcoholismo ha recorrido transversalmente las redacciones de los diarios y se ha repetido en cientos de blogs. Nosotros mismos lo hemos oído en las redacciones catalanas de los principales semanarios de información. Sea o no cierto, lo importante es que ya desde el tiempo en que Maragall era alcalde de Barcelona, los rumores sobre su comportamiento y actitudes eran múltiples y variopintos. Se decía –lo decía Pujol- que Maragall era un personaje “genial” que cada día llegaba a su despacho en el Ayuntamiento con media docena de ideas nuevas. Sus colaboradores se preocupaban de que la mayoría de esas ideas no prosperase. De tanto en tanto, tenía alguna idea genial y de varias de ellas, alguna era aplicable e incluso tenía éxito.

Maragall es hijo de la alta burguesía catalana. Militó en el FLP y, tras la desarticulación, sus padres lo enviaron a estudiar a las mejores universidades inglesas y norteamericanas. Regresó y militó en el PSC, pero siempre fue un individualista, poco a dado a someterse a la disciplina de partido. Una especie de “bala loca”, aupado en el prestigio de su apellido, en los dineros de papá y en sus méritos como ex del FLP.

Como cualquier persona, Maragall tenía un límite y una ambición. Su límite era ser alcalde de Barcelona. Si tenemos en cuenta que sobre 6 millones de catalanes, 4 viven en el área metropolitana de BCN, es casi más importante estar en el lado del Ayuntamiento en la Plaza de Sant Jaime, que en el lado del Palau de la Generalitat. Maragall tenía ese desparpajo fuera de protocolo y esa sensación de proximidad y populismo con el que muchos alcaldes suelen “enlazar” con los ciudadanos. No era ni un gran gestor, ni un buen administrador, pero sabía ser popular entre los electores de la ciudad. El problema aparece cuando alguien aspira a un cargo situado más allá de su preparación y de sus límites personales. Hacia 1996, de regreso de Roma, a Maragall se le ocurrió que estaba llamado a ser “president de la Generalitat”. No lo consiguió hasta el 2003. Pero el cargo le cogía demasiado mayor, desgastado, incluso desprestigiado en las filas del propio PSC. Y, por lo demás, las cualidades que le habían hecho triunfar en el Ayuntamiento no eran las que requería el cargo de President. Pero, desde el fracaso de Nadal como candidato del PSC (ex alcalde de Gerona, pero con mucha más solvencia personal y política que Maragall), la única figura que podía hacer sombra, si no a Pujol, sí al menos a su sucesor, Artur Mas, era Maragall.

El PSC le venía pequeño y las reuniones de comités ejecutivos, de comités centrales, la democracia interna, todo eso, le fastidiaba profundamente. Así que Maragall creó su propia estructura política: “Ciudadanos por el cambio”. Las relaciones entre esta plataforma y el PSC jamás fueron todo lo claras que hubiera convenido al PSC, pero, en el fondo, Maragall era lo único que podía presentar ante Mas. A lo largo de la campaña electoral de 2003, Maragall demostró la conveniencia de permanecer callado: cada vez que abría la boca, existía un 50% de posibilidades de que su opción perdiera votos. En realidad, el PSC no podía perforar el techo de CiU por una sencilla razón: se veía incapaz de ganar votos en el cinturón industrial castellano-parlante, no conseguía incorporar los votos de la otrora importante fuerza política que fue el PSUC y, tampoco lograba convencer a los electores de CiU de que cambiaran su opción.

Así que, en las elecciones de 2003, Maragall, con menor número de votos que CiU, gobernó gracias a la improvisación de un gobierno tripartito, junto a ERC (en ese momento en auge) y la fuerza residual rosa-verde de ICV-EUiA. Lo normal hubiera sido un gobierno CiU-PSC, pero las dos “grandes reinonas”, Maragall y Mas, jamás hubieran podido entenderse. El problema era que un gobierno de este tipo no entraba en la estrategia del PSC, pero sí en la de ERC.

Durante años ERC difundía la idea de que el independentismo catalán solamente era viable si se conseguía ganar a los sectores socialistas. Así pues, el partido mayoritario (PSC), fue incluido en la estrategia del minoritario (ERC). Maragall dio TODO a ERC: le permitió que el “conseller en cap” fuera, primero Carod, y luego el gris, desdibujado y mediocre Bargalló; le dio más consejerías y más importantes de lo que su peso político real indicaba; y, finalmente, entró en la dinámica de ERC de avanzar hacia la independencia mediante un “nuevo estatuto” que alcanzara un techo competencial sin precedentes. Porque era ERC y no el PSC el que creía en el “nuevo estatuto”. Maragall y los socialistas catalanes se encontraron, de pronto, encarrilados en una dirección que no era la suya. Sin embargo, Maragall, asumió pronto la idea. Era la posibilidad de pasar a la historia de Catalunya en una sola legislatura y superar incluso la fama de su tío-abuelo, el insigne poeta. Las bombas del 11-M crearon una situación favorable para la coalición ERC-PSC y para los delirios de Maragall y las realidades estratégicas de Carod. Zapatero precisaba los votos de ERC para lograr mayoría parlamentaria. Y, además, Zapatero era secretario general del PSOE gracias a los votos de Maragall y del PSC. Estaba claro que, al menos durante un tiempo, iba a existir “feeling” entre Carod, Zapatero y Maragall. Existía una comunidad de ideas: Maragall y Zapatero eran firmes defensores del “federalismo asimétrico” y de una nueva reestructuración de España. Estaban también de acuerdo en que era preciso una “segunda transición” y estaban dispuestos a asumir los riesgos de pilotar al país por horizontes situados más allá de la Constitución.

A partir de ese momento quedaba abierta la vía para el “nou estatut”. Desde que llegó al poder el tripartito, más que gobernar, se había dedicado a “catalanizar el país” y meterse en camisa de once varas. Eso llevó a crear fricciones en Catalunya. El uso del castellano empezó a ser estigmatizado más allá de lo tolerable, mientras que la legislación anterior, extremadamente proteccionista con el catalán hizo caer el peso de sus posibilidades punitivas. Menudearon las multas a los comerciantes que “vulneraban” la ley de uso del catalán. Los “comisarios lingüísticos” se hicieron odiosos en las emisoras de radio y TV, incluso para los propios catalanoparlantes y, para colmo, lo que más llamaba la atención es que la labor de gobierno del tripartito brillaba por su ausencia. Tal como Maragall reconoció, el 90% de su esfuerzo estaba centrado en la elaboración del “nuevo estatuto”.

El lamentable espectáculo de Carod entrevistándose con los dos grandes carniceros de ETA en Perpignan, la bochornosa actuación de la Generalitat (la de CiU y la del tripartito) en el asunto de El Carmelo, con la secuela ignominiosa del 3% encubierta por todos los partidos, la llave de Carod queriendo indicar quién tenía la sartén por el mango en la gobernabilidad, no sólo de Catalunya sino también del Estado, las soflamas federalistas de Maragall, y el resultado de la discusión estatutaria con el boicot a los productos catalanes, todo esto y nada más, ha sido la caótica realidad de estos tres años de gobierno del tripartito. Maragall es el gran culpable de lo ocurrido. Maragall y los que, dentro del PSC, sabiendo que estaba en condiciones de ocupar el poder, lo auparon hasta allí y se refugiaron tras él para hacerse con jirones del poder.

Estos dos años y medio de Maragall han constituido un seísmo en la política catalana y han hecho saltar por los aires todo el planteamiento del nacionalismo desde Prat de la Riba. Este planteamiento sostenía que Catalunya era la “parte seria de España” y que el destino de los catalanes consistía en “tomar las riendas del Estado Español”, a cambio de unos altos niveles de autonomía. El mayor nivel de industrialización y de riqueza, e incluso la perfecta organización de la Olimpíada del 92, parecían dar la razón a los nacionalistas. No era del todo cierto: durante el período de Jordi Pujol, Catalunya fue la zona del Estado en donde arraigó con más fuerza la corrupción. Sin embargo, esta corrupción ha permanecido soterrada e ignorada, gracias a la complicidad de los medios de comunicación catalanes, defensores siempre de la idea de “Catalunya = seriedad” que excluía de partida la existencia de corrupción entre las autoridades.

Sea como fuere, los veinte años de Pujol constituyeron una balsa de aceite en comparación a los dos años y medio de Maragall. Después de Maragall, Catalunya no volverá a tener esa imagen de “seny”, eficacia y cordura que intentó imprimir Prat de la Riba y los impulsores del nacionalismo catalán.

El “nuevo estatuto” y el acuerdo Más-Zapatero

Primero el debate previo a su entrada en el Parlament, luego la discusión parlamentaria, más tarde la aprobación, finalmente el traslado a Madrid, la discusión en comisión, la aprobación parlamentaria, luego la aprobación en el senado; y entre medio de todos estos peldaños, interminables discusiones, boicots sin precedentes a los productos catalanes, declaraciones contradictorias, maximalistas, y un inmenso cansancio, no solo en la sociedad catalana, sino en toda la sociedad española con la historia del “nuevo estatuto”.

La sociedad catalana y española se cansó pronto del tema por la sencilla razón de que jamás había demandado la reforma del Estatut. Ni siquiera los independentistas iban en esa dirección. Para la mayoría el “camino estatutario” se había agotado y era mejor plantear el derecho de autodeterminación, antes que un “nuevo estatuto”. Para la inmensa mayoría del electorado convergente, socialista y no digamos popular o para la opinión pública, el Estatuto de Nuria estaba bien planteado y no daba problemas así que ¿para qué reformarlo?.

Era la clase política del PSC, especialmente, la que contemplaba mejoras en su situación si lograban un techo estatutario mayor. El razonamiento es simple: un 3% sobre X es menor que un 3% sobre 4X. Se trataba, simplemente, de obtener un mayor control sobre los recursos fiscales recaudados en Catalunya. Así habría más que repartir. No hay otro motivo razonable para aspirar a un “nuevo estatuto”. Este “nuevo estatuto” se ha elaborado DE ESPALDAS a las necesidades, a los intereses y a la atención del pueblo catalán. Y, en el fondo, es lo único que ha hecho el tripartito en estos dos años y medio.

Y, lo mejor, es que podrían haberse ahorrado todo este trabajo. En la larga tramitación del “nuevo estatut”, todos los partidos optaron por intentar rebasar al de al lado en nacionalismo y cada uno colocó el listón más alto que su competidor. El resultado fue un proyecto de Estatuto anticonstitucional que resultó aprobado por el 90% de los parlamentarios catalanes… Era evidente que ese Estatuto, ni podía ser aprobado en el parlamento español, ni hubiera superado un análisis superficial de constitucionalidad.

La mediocridad y falta de claridad de Rodríguez Zapatero contribuyó a enmarañar todavía más este proceso y a levantar falsas expectativas en algunos de los protagonistas de esta tragedia catalana. Carod-Rovira, presentado como el “malo” de la película ha sido, en realidad, la esposa engañada, la última en enterarse de la infidelidad de su marido del alma con un nuevo partener.

Porque, a fin de cuentas, estos dos años y medio angustiosos y aburridos con la discusión estatutaria de fondo podían haberse ahorrado. Hubiera bastado agotar el Estatuto de Nuria y habilitar un par de decretos leyes sobre régimen fiscal, para llegar al mismo punto que se ha llegado con el acuerdo Mas-Zapatero. El hecho de que aparezca en el preámbulo la palabra “nación” es, hasta cierto punto irrelevante. El preámbulo del Estatuto es un mal chiste, ilegible, incomprensible, mal redactado desde el punto de vista sintáctico, deliberadamente ambiguo y opaco; intenta contentar a todos y apenas logra otra cosa que inducir a la duda y a la perplejidad. Lo realmente importante es que el “nuevo Estatuto” salido del Parlamento Español, no es el mismo que el “nuevo Estatuto” salido del Parlamento Catalán. Es el estatuto salido del acuerdo entre dos personas, tras una tarde de negociaciones. El resultado de un cambalacheo realizado a espaldas del pueblo español, del pueblo catalán y de las instituciones autonómicas, sin luz ni taquígrafos, sin la participación de los representantes electos, y además, una reforma encubierta de la Constitución. El “nuevo estatuto” es el estatuto de la infamia, aprobado por el 90% de los diputados catalanes, pero de espaldas al pueblo catalán; un “nuevo estatuto” aprobado por los pelos en el Senado español y un “nuevo estatuto” en el cual los diputados socialistas más hostiles dieron la medida de lo que valían: porque ni Guerra, ni los diputados extremeños y andaluces, ni Bono, ni los diputados socialistas madrileños o castellano-manchegos, que tanto habían chistado en la tramitación del “nuevo estatuto”, se atrevieron a moverse en la foto final. ¿Para qué pues un parlamento? Con apenas con los seis jefes de grupo parlamentario, el resto sobra.

El “nuevo estatuto” que, finalmente, será sometido a referéndum, no es, desde luego, el mismo estatuto maximalista que salió del Parlamento de Catalunya. Se han atenuado sus aspectos más escandalosamente anticonstitucionales y ha pasado a ser apenas una “dentellada” en la recaudación fiscal unido a unas cuantas frases incomprensibles en el preámbulo y a cuatro medidas que consagran el catalán como única lengua oficial en Catalunya y sellan la limpieza étnica de los castellanoparlantes. Nada más. Y todo pactado por Mas y Maragall.

Carod-Rovira, la figura dramática del tripartito catalán

Es difícil valorar a Carod-Rovira cuando todavía están demasiado cerca sus “hazañas”. Siempre hemos sostenido que Carod es el mejor valor de ERC, a mucha distancia del resto. Diremos incluso más: las metidas de pata de Carod se han debido no tanto a su falta de honestidad política, como a su falta de experiencia política real. Esa falta de experiencia es lo que le ha impulsado a decir lo que verdaderamente piensa, en lugar de practicar el doble lenguaje como ha hecho el resto de la clase política catalana. Carod es un personaje shakesperiano, dramático, que cree verdaderamente en lo que defiende y que nunca se ha definido más que como “independentista”. “No soy nacionalista, soy independentista”, ha dicho en reiteradas ocasiones. Y, en tanto que independentista, ha procurado llegar al máximo de posibilidades del Estatuto de Nuria y fraguar un nuevo Estatuto que llegara todavía más lejos, al que seguiría, naturalmente, acabadas las experiencias estatutarias, el proceso de autodeterminación.

Carod Rovira encajaba mal con la política catalana. Incluso en el interior de su propio partido, su figura parece extremadamente solitaria. Llegó a la Secretaría General después del lamentable período de Colom-Rahola y encontró un partido saqueado e insolvente. ERC era un cadáver cuando llegó Carod y, apoyado por circunstancias casuales, no solamente tuvo la habilidad de convertirlo en un partido de gobierno en Catalunya, sino incluso decisivo durante dos años para la gestión del gobierno ZP.

De Puigcercós puede decirse que es antiguo jefe de una banda juvenil, la JERC, con aires de suficiencia y la desmesurada ambición de sustituir a Carod al frente de ERC. De Bargalló puede decirse que es un individuo gris e irrelevante, sin capacidad, talla ni preparación, cuyo único mérito para ser “conseller en cap” fue pertenecer a una “colla de diables” y a otra de “castellers”. Por su parte, el president del Parlament, Benach, logra superar a Bargalló en mediocridad e irrelevancia (aparte de la aportada por su barriga). No hay mucho más de relevancia en ERC. Y, en cuanto a las bases, se trata en buena medida de ex. Ex militantes de Terra Lliure, ex militantes de CiU, ex militantes de Acció Ciudadana, ex militantes del MDT, ex militantes de La Crida, ex militantes del PSC, poco más. Unos han acudido a ERC cuando han sido relegados a posiciones secundarias en CiU o PSC, otros han llevado consigo su radicalismo y su falta de experiencia, los hay que han llegado a ERC por ambición de poder y deseo de apropiarse de alguna poltrona. En el fondo ERC es más pequeña que CiU y el PSC, así que eso garantiza poca competencia por la poltrona. No hay gran cosa de interés en ERC.

Salvo Carod-Rovira…

Y el error de Carod-Rovira fue creer que podía confiar en un político de sonrisa fácil, escasas ideas y traidorzuelo de vocación, como José Luís Rodríguez Zapatero. El problema fue que las encuestas demostraron a ZP –como tuvimos ocasión de comentar en infokrisis- que el independentismo, poco recatado de Carod, era odiado en el resto de España. Y que una alianza con Carod implicaba una caída en picado en las encuestas. Así que ZP decidió sacrificar a Carod. Para ello solamente tuvo que hacer una llamada a Artur Mas. No era la primera. Cuando CiU se plantó en el tramo final de la discusión sobre el “nuevo estatuto” en el Parlamento de Cataluña, ZP debió llamar a Mas para desbloquear la situación. De aquella primera llamada nació un principio de entendimiento. A partir de ese momento, Carod se convirtió en sacrificable. CiU tenía mejor imagen ante el resto del electorado español. Claro está que sacrificar a ERC implicaba también sacrificar a Maragall, pero, en el fondo, ¿a ZP que le importaba? Maragall era un cadáver político y, además, un foco de problemas. Era más viable entenderse con Artur Mas y CiU instalados en el Palau de la Generalitat que seguir las piruetas, los sobresaltos y las excentricidades de Maragall. Así que cuando el Estatut empezó a debatirse en el Congreso de los Diputados, el acuerdo Mas-Zapatero dio un nuevo golpe de tuerca y configuró el futuro político catalán. Y este futuro ya no pasaba por Carod-Rovira. Mas, en el fondo, era un político más pragmático, menos dogmático, si se nos apura, sin ideales ni otro objetivo que no fuera asir las riendas del poder. La flexibilidad de Mas –heredero de los veinte años de experiencia de gobierno de CiU- contrastaba con el dogmatismo de Carod. Carod, no solamente se dice demócrata, es que, además es fiel a la idea que se hace de democracia. Así, cuando llamó a la sofisticada idea de votar “nulo” en el referéndum sobre el Estatut las bases le rectificaron, aunque esa rectificación supusiera en la práctica ofrecer la excusa para que el tripartito saltara por los aires. Y Carod, demócrata de pro, aceptó la decisión de las bases a sabiendas de que, probablemente, eso implique su hara-kiri político.

Los errores políticos de Carod han terminado pasándole factura. El principal fue sobredimensionar sus propias fuerzas. Hubiera debido manejar su capital político con más discreción, hubiera debido evitar meterse en camisa de once varas, como sus contactos con ETA. Hubiera debido ser menos compasivo con la tradición catalana de “aquí no pasa nada” y haber hecho de la investigación del 3% un hecho fundamental para seguir en el gobierno. Calló en ese momento. Cuando se supo que ERC cobraba un “racket” del 20% a sus altos cargos, y cuando alguno de sus militantes fue detenido en redadas policiales contra las redes de pederastas, la imagen del partido –y la del propio Carod, bestia negra de casi todos- se resintió, hasta ser el político peor valorado en todo el Estado. Algo excesivo: en lo personal, es evidente que los ideales de Carod no son los míos, sin embargo no tengo el más mínimo problema en reconocer que me da la sensación que Carod-Rovira es el último político que antepone sus ideas al pragmatismo sin principios que se ha apoderado de la política español.

Y de ahí que, si bien Maragall es el aspecto esperpéntico de estos dos últimos dos años y medio, Carod-Rovira encarna el idealismo independentista traicionado por el socio en el que había confiado (ZP), por el otro partido nacionalista (CiU) y sacrificado, finalmente, por aquel a quien durante dos años intentó cubrir todas sus vergüenzas (Maragall).

El futuro político de Carod dependerá del resultado de las próximas elecciones catalanas. Ha cometido demasiados errores como para salir indemne. Y, desde luego, parece difícil que él o alguno de su partido, entren en una nueva combinación de gobierno. Creo que la política española terminará echándolo en falta.

© Ernesto Milà Rodríguez – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – 13.05.06


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