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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

ORIENTACIONES

Cosmismo bolchevique y cosmismo de Occidente (I de VII)

Infokrisis.- Fue en 1992 (o quizás fuera en 1994) cuando conocidos a Alexandr Duguin, el cual nos habló por primera del “cosmismo”. Lo que nos dijo en aquel momento, casi textualmente, fue lo que pudimos leer luego en su libro Rusia y el Misterio de Eurasia, en donde tocaba con cierto detenimiento (pero no exhaustivamente), los rasgos y el papel del cosmismo en la historia reciente de Rusia y del período soviético. Desde aquel momento experimentamos un vivo interés por esta corriente filosófica, sin embargo, la falta de traducción de las obras de su fundador, Fiodorov, eran un obstáculo para poder penetrar en ella. Con el tiempo, Internet ha ido facilitando progresivamente el conocimiento y comprensión de esta doctrina  ofreciendo fuentes documentales en distintos idiomas occidentales accesibles. Este trabajo es, pues, en cierto sentido, un trabajo de síntesis en castellano sobre todo lo publicado sobre el cosmismo en Internet, pero es algo más. Es un trabajo crítico y, al mismo tiempo que intenta aportar un elemento decisivo y nuevo: el cosmismo en Occidente. Por que lo sorprendente es que, de manera expontánea, aparentemente sin lazos orgánicos directos, las mismas ideas puestas en circulación por Fiodorov fueron asumidas por personajes y movimientos muy diversos en los países occidentales y, más o menos, en las mismas épocas. Identificar cuáles eran esas corrientes y como se manifestaron supone un ejercicio intelectual curioso no realizado hasta ahora.

Ha dado la casualidad que hemos alternado este trabajo con otro sobre “conspiración – conspiradores – conspiranoicos”, de ahí que nos haya preocupado extraordinariamente un concepto derivado de la “paranoica”, una especie de visión paranoica atenuada de los “enlaces” entre los hechos, lo que se llama en literatura “apofenia”. La apofenia sería el estalecimiento de patrones y conexiones entre sucesos aleatorios que no tienen ninguna vinculación entre sí. No se trataría de una “enfermedad mental”, sino más bien de un patrón de comportamiento provisto de algún rastro de psicosis conspiranoica. Sin embargo, los estudios sobre la apofenia han demostrado que puede aparecer en individuos sanos y cuya mentalidad tiene una carga de creatividad superior a la normal. Hemos procurado huir de cualquier tentación conspiranoica y de caer en esta “apofenia”. Así pues nuestro trabajo ha consistido simplemente en describir el fenómeno cosmista y el movimiento de “los constructores de dios” que apareció en Rusia en el siglo XIX y se insertó como corriente dentro del partido bolchevique (siendo atacada inmisericordemente por Lenin y, desmostrando explícitamente su existencia y peligrosidad para el materialismo dialéctico marxista), y, paralelamente, el desarrollo de ideas extremadamente similares en Occidente y antes las cuales es lícito realizar un paralelismo crítico, aun reconociendo que no existen vínculos orgánicos demostrables entre las ideas nacidas en Rusia y esas mismas ideas nacidas en Occidente (en franjas del ocultismo, en el sector de la New Age, en el pensamiento de Teilhard de Chardín y en el humanismo universalista de la UNESCO). Lo cual es todavía más sorprendente... Huir de la "apofenia", paradójicament, nos sitúa en un terreno directamente "conspiranoico".

El huir de la tentación “apofénica” nos sitúa pues en un contexto todavía más sorprendente: si las ideas “cosmitas” en Rusia y el “universalismo” occidental son tan parecidos, pero no existen vínculos orgánicos entre ellas (salvo a través del concepto de noosfera utilizado tanto por Teilhard como por el cosmista Vernadski)… ¿de dónde deriva esa similitud? Pregunta que dejamos en el aire, tras mencionar la doctrina de la “contra iniciación” y de la “anti tradición” que corresponde a la interpretación realizada por René Guénon.

Cabría añadir antes de iniciar nuestro estudio que la atención que ha merecido el cosmismo en Occidente ha sido mínima y, paradójicamente, hasta no hace mucho, solamente los medios marxistas estaban al corriente de su existencia, no tanto por el conocimiento directo de sus textos, como por saber de ella a causa de la crítica que Lenin le formuló en su Materialismo y Empirocriticismo, libro que en los años setenta seguía siendo manual de cabecera de los marxistas españoles.... En los últimos años, medios de la derecha (FAES, en concreto) se han hecho eco de la existencia del cosmismo (véase la publicación FAES correspondiente a abril-junio de este año en la que se publica el artículo El cosmista Stalin y el socialismo del siglo XXI, escrito por Edward Tarnawski, profesor de Ciencia Política de la Universidad de Valencia; el artículo, a pesar de los títulos del autor, contiene, no solamente errores metodológicos, sino de bulto en la valoración de la información y casi podría ser considerado como mera intoxicación).

Sin embargo, dichos artículos no se intertan en una perspectiva "integradora", sino que pretendenten “denunciar” al cosmismo como una forma de irracionalismo bolchevique (lo que por otra parte es, pero no sólo es eso, sino que su proyección va mucho más allá de una mera heregía dentro del campo comunista). Por otra parte, el artículo que hemos mencionado de FAES va en la dirección habitual en la derecha liberal occidentalista: establecer vínculos con los EEUU e intentar desvincular y romper cualquier nexo que pudiera existir entre Rusia y Europa.

A nadie que conozca la trayectoria de infokrisis, se le escapa que, por nuestra parte, el eje a construir en el futuro es Madrid – París – Berlín – Moscú y que de su construcción dependerá el orden mundial que sustituya al unilateralismo que hoy agoniza. Sin embargo, consideramos que ni el cosmismo de Rusia, ni el cosmismo de Occidente son puentes que aproximen en lo positivo, sino, más bien, opciones ideológicas que conducen más bien a una misma posición: lo que en Rusia es el “cosmismo”, en Occidente es el “universalismo”. Ambos son, en definitiva, degeneraciones de la perspectiva tradicional y, por tanto, rechazables. Tal es la tesis que vamos a intentar establecer en el presente ensayo.

La Santa Rusia tierra de promisión del bolchevismo y de la tradición

Pocas ideologías han tenido tantas repercusiones como el cosmismo ruso y pocas han sido tan desconocidas e ignoradas como ésta. El racionalismo cartesiano llegó tarde a Rusia y nunca tuvo el impacto que llegó a tener en Occidente a partir del siglo XVII. Y esto explica también el que durante el período soviético pudieran coexistir dos formas antitéticas de racionalidad: la de los materialistas dialécticos y la de los cosmistas. Si el régimen soviético logró imponerse con facilidad en Rusia era porque la sociedad agraria de aquel país estaba mucho más próxima de la tradición que cualquier otro país occidental. Allí el campesino tenía todavía un peso decisivo y opinaba que existe una relación orgánica entre el ser humano y la naturaleza que le rodea. Este simple principio de sabiduría campesina también ha estado presente en Occidente, pero muy debilitado.

El “comunismo”, en el fondo, responde a las tradiciones campesinas de solidaridad y apoyo mutuo que siempre estuvieron más vivas a lo largo del siglo XX en el Este Europeo que en el Oeste y Sur del continente. Incluso podría argumentarse que si la clase obrera europea admitió pronto formas de socialismo como doctrina propia era, precisamente, porque no hacía mucho tiempo que el proletariano tenía un origen campesino. De ahí que el comunismo tenga un doble aspecto: racionalista de un lado, esto es, heredero de la ilustración y el cartesianismo, pero también tradicional y comunitario, producto de la mentalidad campesina.

El comunismo nunca pudo superar estas dos tendencias: la que procedía de la ideología marxista, fría, materialista y economicista, con pretensiones de explicar e interpretar la historia, y aquella otra que tendía apenas a resaltar los vínculos entre los seres humanos, la necesaria solidaridad entre los hombres, sus intereses comunes, y la libertad de la que un campesino que trabaja su tierra es el primero en conocer. Desde este punto de vista, el comunismo nunca superó la tensión entre estos dos conceptos. El primero estuvo presente en las direcciones, desde Marx y Engels hasta Lenin. Sin embargo, el segundo fue lo que galvanizó a las masas, mucho más que las frías teorías y el hiperrracinaismo (que, por lo demás, jamás “funcionó”, como en Lenin que analizando la clase obrera suiza, llega a la conclusión de que será en ese país en donde estallará la primera revolución proletaria, o bien en Castro y el Ché que, aun sin contar con las “condiciones objetivas necesarias” se lanzan a la guerrilla y, contra todo pronóstico, triunfan, demostrando que lo esencial no es la teoría marxista, sino la voluntad de poder, esto es, lo negado por el hiperracionalismo marxista).

Hay algo en todas las sociedades tradicionales que remite a la solidaridad y a la práctica comunitaria, formas de pre-individualismo que consideran a la sociedad como el escenario “común” ideal para el ser humano. Los proletarios de principios del siglo XX, eran campesinos solamente una generación antes y todavía habían sido educados en esos valores, por lo tanto, pudieron entender mejor que nadie –incluso mejor que los propios líderes bolcheviques- los llamamientos a la solidaridad, y al “comunismo”. Y esto explica también por que la segunda gran revolución marxista se produjo en China… y fue protagonizada solamente por campesinos, contraviniendo todas las previsiones marxistas y leninistas.

Por otra parte, no hay que olvidar que tanto en la revolución soviética como en el triunfo del maoísmo en China, ambas sociedades estaban próximas a la “tradición”. La primera gracis a la presencia de la Iglesia Ortodoxa, seguramente la forma más tradicional del cristianismo, próxima a su concepción medieval. La segunda, gracias a la patina con que el confucionismo había cubierto a la sociedad china desde el siglo VI a. de JC. También aquí cabe decir que los dirigentes bolcheviques y maoístas nunca supieron verdaderamente por qué triunfaban en esos países y no fueron capaces de entenderlo, ni luego supieron por qué el régimen se esclerotizó primero y se convirtió en algo frío, dictatorial e inhumano: fue, simplemente, por que se intentó desarraigar a las poblaciones de las concepciones comunitarias tradicionales, emprender una lucha sin perdón contra todo lo que era “tradición”, considerado como un “residuo pequeño burgués”. Cuando ésta desapareció, lo único que quedó fue el individualismo, tan sólo contenido por una estructura tecnoburocrática dictatorial e inmisericorde. Una vez más, el sueño de la razón, produjo monstruos: las fosas de Katyn, el stalinismo, Pol-Pot, el universo concentracionario soviético, Paracuellos del Jarama, etc.

En este sentido, el “cosmismo” se adaptaba perfectamente a la naturaleza del régimen soviético de los primeros tiempos y a esa tensión dialéctica entre racionalidad extrema y tradición. Por eso, no es raro que los cosmistas se movieran bien dentro del partido bolchevique y que el propio Lenin advirtiera en ellos a su peor enemigo interior. Las casi 400 páginas de su Materialismo y Empirocriticismo van dedicadas especialmente a luchar contra esta corriente interior. Sin embargo, la corriente sobrevivió a Lenin y Stalin y sus sucesores debieron recurrir a ella para hacer de la URSS una potencia en astronáutica y cosmonáutica. A pesar de su evidente deformación, el cosmismo muestra un aroma inequívoco a doctrina que toma algunos elementos “tradicionales”: el cosmos como unidad, el ser humano como algo no concluido, superable, el vínculo entre el ser humano y la naturaleza, la percepción de ésta como de algo vivo… Estas ideas solamente pueden estar depositadas y prosperar en un medio que se haya visto libre de las contaminaciones industriales y que se haya mantenido arraigado en los valores tradicionales, esto es, una sociedad agraria. El Este eslavo era la mayor sociedad agraria de Europa y, por tanto, era allí done solamente una filosofía de este tipo podía enlazar con el folklore y las concepciones ancestrales de la Santa Rusia. El hecho de que la Iglesia Ortodoxa no hubiera “evolucionado” en el sentido en el que lo hizo su homóloga vaticana, acentuaba esta tendencia. Además, como se ha resaltado, uno de los ejes fundamentales de la teología ortodoxa son las relaciones entre el “Creador” y la “Creación”. Algunos cosmistas, como Florenski fueron auténticos teólogos ortodoxos, lo cual no puede extrañarnos. La idea que preside el fondo de la cuestión es la idea de “unidad”. El hombre es una pieza intermedia entre el “Creador” y la “Creación”, la pieza que asegura la unidad total del conjunto. Cuando el hombre toma conciencia de esta dimensión, adquiere su naturaleza “cósmica” que da explicación al nombre de la corriente de pensamiento. Lo “cósmimo”, en este sentido… es también “colectivo” y “común”, de ahí el interés que esta corriente tiene por el “comunismo” y por eso su militancia mayoritaria en el bolchevismo.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahho.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este artículo sin indicar origen

Crítica de la ideología liberal (II de IV) Alain de Benoist

El liberalismo debe sin embargo reconocer forzosamente la existencia del hecho social. Pero antes que preguntarse porque existe lo social, los liberales se han preocupado sobre todo de saber cómo éste puede establecerse, mantenerse y funcionar. La sociedad, como se sabe, no es para ellos una entidad diferente de la simple suma de sus miembros, el todo no es nada más que la suma de sus partes. Sólo es el producto contingente de las voluntades individuales, un simple acercamiento de individuos que buscan todo de defender y a satisfacer sus intereses particulares. Su objetivo esencial es regular pues las relaciones de los intercambios. Esta sociedad puede ser concebida, ya sea como la consecuencia de un acto voluntario racional inicial (es la ficción del “contrato social"), o como el resultado del juego sistémico de la totalidad de las acciones producidas por los agentes individuales, juego regulado por la “mano invisible" del mercado, que “produce" lo social como el resultado no intencional de los comportamientos humanos. El análisis liberal del hecho social descansa así, sobre una aproximación contractual (Locke), o sobre el recurso a la “mano invisible" (Smith), o sobre la idea de un orden espontáneo, no subordinada a un cualquier diseño (Hayek).

Los liberales desarrollan la idea de una superioridad de la regulación mediante el mercado que sería el medio más eficaz, más racional, y más justo, para armonizar los cambios. En primer lugar, el mercado se presenta ante todo como una “técnica de organización" (Henri Lepage). Desde el punto de vista económico, es a la vez lugar real en el que se intercambian las mercancías y la entidad virtual en la que se forman de modo óptimo las condiciones del cambio, es decir el ajuste entre la oferta y la demanda y el nivel de los precios.

Pero los liberales no se preguntan sobre el origen del mercado. El intercambio comercial es, en efecto, para ellos el “modelo natural” de todas las relaciones sociales. Deducen de ello que el mercado es también una “entidad natural”, definiendo un orden anterior a toda deliberación y a toda decisión. Constituyendo la forma de intercambio más conforme a la naturaleza humana, el mercado estaría presente desde el alba de la humanidad en todas las sociedades. Encontramos aquí la tendencia de cada ideología a “naturalizar” sus presupuestos, es decir a presentarse, no por lo que es, una construcción del espíritu humano, sino como un simple descriptivo, una simple nueva transcripción del orden natural. Rechazando paralelamente el Estado como un artificio, la idea de una regulación “natural" de lo social mediante el mercado puede entonces imponerse.

Comprendiendo la nación como mercado, Adán Smith opera una disociación fundamental entre las nociones de espacio y de territorio. Rompiendo con la tradición mercantilista que identificaba todavía territorio político y espacio económico, muestra que el mercado no podría por naturaleza estar encerrado en límites geográficos particulares. El mercado no es, en efecto, tanto un lugar como una red. Y esta red tiene vocación de extenderse hasta los confines de la tierra, ya que su único límite reside a fin de cuentas en la facultad de intercambiar. " Un comerciante, escriba Smith en un fragmento célebre, no es necesariamente ciudadano de ningún país en particular. Le es, en gran parte, indiferente el lugar  en el que tenga su comercio, y no le hace falta ás que un pequeño disgusto para que se decida a llevar su capital de un país en otro, y con él toda la industria que esta capital puso en actividad” (13). Estas líneas proféticas justifican el juicio de Pierre Rosanvallon que ve en Adán Smith al primer internacionalista consecuente". "  La sociedad civil, concebida como un mercado fluido, añade Rosanvallon, se extiende a todos los hombres y permite superar las divisiones de países y razas."

La principal ventaja de la noción de mercado es que permite a los liberales solucionar la difícil cuestión  del fundamento de la obligación en el pacto social. El mercado puede ser considerado como una ley reguladora del orden social sin legislador. Regulado por la acción de una “mano invisible", neutra por naturaleza en tanto que no encarnada por individuos concretos, establece un modo de regulación social abstracta, fundado sobre “leyes" objetivas consideradas como capaces de regular las relaciones entre individuos sin que existan entre ellos ninguna relación de subordinación o mando. El orden económico estaría así llamado a realizar el orden social, pudiendo definirse uno y otro como una emergencia no instituida. El orden económico, dice Milton Friedmann, es “la consecuencia no intencional y no querida de las acciones de un gran número de personas movidas solamente por sus intereses”.  Esta idea, abundantemente desarrollada por Hayek, se inspira e la fórmula de Adán Ferguson (1767) evocando hechos sociales que “derivan de la acción del hombre, pero no de su diseño"

Se conoce la metáfora de Adam Smith sobre la “mano invisible":  “Buscando su propio beneficio, el individuo [es conducido]  por una mano invisible a promover un fin que no forma parte en absoluto de su intención” (14). Esta metáfora va mucho más allá de la observación, en general banal, de que los resultados de la acción de los hombres a menudo son muy diferentes de los que ellos mismos esperan (lo que Max Weber lo llamó la “paradoja de las consecuencias"). Smith localiza en efecto esta observación en una perspectiva optimista. " Cada individuo, añade, pone sin cesar todos sus esfuerzos esfuerzas en buscar, por todo el capital de que pueda disponer, el empleo más ventajoso; es cierto que es su beneficio lo que contempla y no el de la sociedad;  pero el cuidado que se da para encontrar su beneficio personal lo conduce naturalmente, o más bien necesariamente, a preferir precisamente este género de empleo que le parece ser más ventajoso para la sociedad". Y más lejano: “Aun buscando nada más que su interés personal, trabaja a menudo de una manera más eficaz para el interés de la sociedad que si realmente este fuera su objetivo".

Las connotaciones teológicas de esta metáfora son evidentes:  la” mano invisible" sólo es un avatar profano del Providencia. Hace falta también precisar que contrariamente a lo que a menudo se cree, Adán Smith no asimila el mecanismo mismo del mercado al juego de la mano invisible", porque no hace intervenir ésta más que para describir el resultado final de la composición de los cambios comerciales. Sin embargo, Adam Smith todavía admite la legitimidad de la intervención pública cuando las meras acciones individuales no logren realizar el bien público. Pero esta restricción saltará velozmente. Los neoliberales reniegan de la noción misma de bien público. Hayek prohibió por principio toda aproximación global a la sociedad:  ninguna institución, ninguna autoridad política debe asignarse  objetivos que pudieran cuestionar el buen funcionamiento del "orden espontáneo". En estas condiciones, el único papel que la mayor parte de los liberales permiten a atribuir al Estado es de garantizar las condiciones necesarias para el libre juego de la racionalidad económica a través del mercado. El estado no podría tener finalidad propia. No hay más que garantizar los derechos individuales, la libertad de los intercambios y el respeto a las leyes. Dotado de pocas funciones más que de atribuciones, deben en todos los demás campos ser neutral y renunciar a proponer un modelo de “vida buena” (15).

Las consecuencias de la teoría de la “mano invisible” son decisivas, en particular sobre el plano moral. En algunas frases, Adán Smith rehabilita en efecto muy exactamente comportamientos que los siglos pasados siempre habían condenado. Afirmando que el interés de la sociedad está subordinado al interés económico de los individuos, hace del egoísmo la mejor forma de servir a otros. Tratando de maximizar nuestro mejor interés personal, obramos sin saberlo, y sin que contemplemos siquiera el interés de todos. La libre confrontación en el mercado de los intereses egoístas permite “naturalmente, o más bien necesariamente", su armonización mediante el juego de “la mano invisible" que los conducirá a la excelencia social. No existe pues nada inmoral en buscar prioritariamente su interés propio, ya que a fin de cuentas la acción egoísta de cada uno acabará, como por casualidad, en el interés de todos.  Es lo que Fréderic Bastiat resumirá con la fórmula:  “Cada uno, trabajándole para sí mismo, trabaja para todos” (16). El egoísmo no es pues finalmente más que un altruismo bien comprendido… Y son las actuaciones de los poderes públicos quienes merecen por el contrario ser denunciadas como inmorales" cada vez que, bajo pretexto de la solidaridad, contradicen el derecho de los individuos a actuar en función de sus meros intereses.

El liberalismo vincula individualismo y mercado declarando que el libre funcionamiento del segundo también es el garante de la libertad individual. Asegurando el mejor rendimiento de los intercambios, el mercado garantiza la independencia de cada agente en efecto. Idealmente, si el buen funcionamiento del mercado no es estorbado por nada, esta adecuación se opera de modo óptimo, permitiéndole alcanzar un conjunto de equilibrios parciales que definen el equilibrio global. Definido por Hayek como “catalaxia", el mercado constituye un orden espontáneo y abstracto, soporte instrumental formal del ejercicio de las libertades privadas. El mercado no representa pues sólo la satisfacción de un ideal de optimación económica sino la satisfacción de todo aquello a lo que aspiran individuos considerados como sujetos genéricos de libertad. Por fin, el mercado se confunde con la justicia misma, lo que conduce Hayek a definirlo como un “juego que aumenta las probabilidades de todos los jugadores", antes de añadir que, en estas condiciones, los perdedores harían mal en quejarse y no tienen más que o cogerse a sí mismos. El mercado sería por fin, intrínsecamente “pacificador", ya que reposa sobre él “dulce comercio" que, reemplazando por principio la negociación al conflicto, neutraliza al tiempo tiempo el juego de la rivalidad y de la envidia.

Se notará que en Hayek, la teoría de ella “mano invisible" es formulada de nuevos en una prospectiva “evolucionista". Hayek rompe, en efecto, con cada razonamiento de tipo cartesiano como con la ficción del contrato social, que implica la oposición, clásica a partir de Hobbes, entre estado de naturaleza y sociedad política. En la línea de Davide Hume, hace por el contrario elogio de la costumbre y del hábito, que opone a todo “constructivismo”.  Pero afirma al mismo tiempo que la costumbre selecciona las reglas de conducta más eficaces y más racionales, es decir las reglas de conducta fundadas sobre los valores mercantiles, cuya adopción conduce a rechazar el "orden tribual" de la “sociedad arcaica”. Por esta razón, aún reclamándose de la tradición", critica los valores tradicionales y condena firmemente toda visión organicista de la sociedad. Para él, el valor de la tradición deriva efectivamente y ante todo de que es espontánea, abstracta, impersonal, y por tanto, inapropiable. Es el carácter selectivo de la costumbre lo que explicaría que el mercado haya de imponerse poco a poco. Hayek estima así que todo orden espontáneo es fundamentalmente “justo" al modo como Darwin afirma que los supervivientes de la lucha por la vida" necesariamente son los mejores". El orden del mercado constituye desde ese momento un orden social que prohíbe por denifición a los que formar para de él tratar de reformarlo.

Se percibe así que la noción de mercado constituye va en los liberales mucho más alla de la esfera económica.  Mecanismo de alquiler óptimo de los recursos raros y sistema de regulación de los circuitos de producción y consumo, el mercado también es –sobre todo- un concepto sociológico y “político”. El propio Adán Smith, en la medida en que hace del mercado el principal protagonista del orden social, es llevado a concebir las relaciones entre los hombres en función del modelo de las relaciones económicas, es decir, como relaciones con la mercancía. La economía de mercado desemboca de manera natural en la sociedad de mercado. "El mercado, escribe Pierre Rosanvallon, es primeramente una forma de representación y estructuración del espacio social;  solamente en segundo lugar es un mecanismo de regulación descentralizado de las actividades económicas mediante el sistema de precios” (17).

Para Adán Smith, el cambio generalizado es la consecuencia directa de la división del trabajo:  “Así, cada hombre subsiste mediante cambios y se convierte en una especie de mercader y la sociedad misma pasa a ser específicamente una sociedad comerciante” (18). El mercado es, pues , en la prospectiva liberal, el paradigma dominante en el seno de una sociedad llamada a definirse en parte ella misma de parte a parte como sociedad de mercado. La sociedad liberal no es más que el lugar de los cambios utilitarios en los que participan individuos y grupos que son movidos por el mero deseo de maximizar su interés propio. El miembro de esta sociedad, dónde todo puede comprarse y venderse, es comerciante,   propietario o productor, y en todo caso, consumidor.  “Los derechos superiores de los consumidores, escribe Pierre Rosanvallon, son a Adam Smith lo que la voluntad general es a Rousseau."

En la época moderna, el análisis económico liberal se verá extendido progresivamente a todos los hechos sociales. La familia será asimilada a una pequeña empresa, las relaciones sociales a una interacciones de estrategias competitivas interesadas, la vida política a un mercado dónde los electores venden su voto a la mejor oferta. El hombre será percibido como una capital, el niño como un bien de consumo duradero. La lógica económica será proyectada sobre el conjunto de toda la sociedad en la que está encastrada, hasta a englobarla completamente. Tal como ha escrito Gérald Berthoud, “la sociedad puede entonces concebirse a partir de una teoría formal de la acción finalizada. La relación costo-beneficio pasa a ser el único principio que guía al mundo” (19). Todo se convierte en factor de producción y consumo, todo se supone que debe resultar de la adecuación espontánea entre la oferta y la demanda. Cada cosa vale lo que vale su valor de cambio, mesurado por su precio. Y, paralelamente, todo lo que no puede expresarse en términos cuantificables y mesurables es tenido como carente de interés o inexistente. El discurso económico se revela profundamente cosificador de las prácticas sociales y culturales, intensamente ajeno a cada valor que no se expresa en términos de precio. Reduciendo todos los hechos sociales a un universo de cosas mesurables, por fin transforma a los mismos seres humanos en cosas, cosas sustituibles e intercambiables ante la mirada del dinero.

(c) Alain de Benoist

(c) Por la traducción Ernest Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es  http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.

Crítica de la ideología liberal (I de IV) Alain de Benoist

No habiendo nacido sólo de un solo hombre, el liberalismo no se ha presentado nunca como una doctrina unificada. Los autores que se han reclamado de esta corriente han dado con mucha frecuencia interpretaciones divergentes, sino contradictorias de la misma. Sin embargo, hizo falta hubiera entre ellos suficientes puntos comunes para que se lis pudiera considerar a unos y otros como autores liberales. Son precisamente estos puntos comunes los que permiten de definir el liberalismo como escuela. El liberalismo es, por una parte, una doctrina económica que tiende a hacer modelo del mercado auto regulado el paradigma de todos los hechos sociales:  lo que se llama el liberalismo político sólo es un modo de aplicar a la vida política principios deducidos de esta doctrina económica, la cual tiende a limitar siempre lo más posible la parte del político. (En este sentido ha podido decirse que una “política liberal" era una contradicción en sus mismos términos. Por otra parte, el liberalismo es una doctrina que se basa en una antropología de tipo individualista, es decir que descansa como sobre una concepción del hombre como ser no fundamentalmente social.

Estos dos rasgos característicos, que poseen ambos una vertiente descriptiva y una vertiente normativa, (el individuo y el mercado son descritos al mismo tiempo como hechos y presentados como modelos) son directamente antagonistas de las identidades colectivas. Una identidad colectiva no podría analizarse de manera reduccionista como la simple suma de las características que poseen individuos asociados en el seno a una colectividad dada. Requiere que los miembros de esta colectividad tengan la clara conciencia que su pertenencia engloba o supera a su ser individual, es decir que su identidad común resulta de un efecto de composición. En la medida en que se basa en el individualismo, el liberalismo tiende a romper todas las uniones sociales que van más allá del individuo.

En cuanto al funcionamiento optimo del mercado, implica que nada estorba la libre circulación de los hombres y las mercancías, lo que implica que las fronteras deben ser consideradas finalmente como inexistentes, algo que todavía contribuye aún más a la disolución de las estructuras y de los valores compartidos. Eso no significa, naturalmente que los liberales no hayan podido defender nunca identidades colectivas, sino que implica que no han podido hacerlo más qué en contradicción con los principios de los que se jactan.

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Louis Dumont ha mostrado perfectamente el papel jugado por el cristianismo en el tránsito en Europa de una sociedad tradicional de tipo holista a una sociedad moderna de tipo individualista. Desde su origen, el cristianismo sitúa al hombre como individuo que, antes de cualquier otra relación, está en relación interior con Dios y que puede esperar a salvarse gracias a su transcendencia personal. En esta relación con Dios se afirma el valor del hombre en cuanto individuo, valor en relación al cual el mundo se encuentra necesariamente rebajado o devaluado. El individuo es por otra parte, parejo a todos los demás hombres en tanto que titular de un alma individual. Igualitarismo y universalismo se introducen así en el plano ultramundano:  el valor absoluto que el alma individual recibe de su relación filial con Dios es compartido por toda la humanidad.

Marcel Gauchet ha retomado la constatación de una unión de causalidad entre la emergencia de un Dios personal y el nacimiento de un hombre interior, cuya suerte en el más allá sólo depende de sus actuaciones individuales y cuya independencia se encamina hacia la posibilidad de una relación íntima con Dios, es decir de una relación que solamente le compromete a él. "Cuanto más se aleja Dios en su infinitud, escribe Gauchet, más tiende a convertirse la relación con él a algo puramente personal, hasta excluir toda mediación institucional. Elevado a su absoluto, el sujeto divino no tiene más de legítimo que en su presencia íntima. Así la interioridad, por de pronto, se convierte decididamente en individualidad religiosa” (1)

La enseñanza paulista muestra una tensión dualista que hace del cristiano, sobre el plano de su relación con Dios, un “individuo fuera del mundo":  convertirse en cristiano implica de algún modo renunciar al mundo. Sin embargo, en el curso de la historia, el individuo fuera del mundo va a contaminar progresivamente la vida mundana. A medida que adquiera el poder de conformar el mundo en función de sus valores, el individuo que se situaba inicialmente como fuera de este mundo va a volver a él progresivamente para transformarlo en profundidad. El proceso se realizará en tres etapas principales. En un primer tiempo, la vida en el mundo ya no es rechazada, sino relativizada:  es la síntesis agustina de las dos ciudades. En un segundo tiempo, el papado se arroga el poder político y se convierte a su vez en poder temporal. Finalmente, con la Reforma, el hombre se apropia totalmente en el mundo, dónde trabaja para mayor gloria de Dios, buscando un éxito material que puede ser interpretado como la prueba misma de su elección. El principio de igualdad e individualidad que no funcionaban inicialmente más que en el registro de la relación con Dios, y podía pues aún coexistir con un principio orgánico y jerárquico estructurador del todo social, va de esta forma a encontrarse remitido progresivamente sobre la tierra para desembocar en el individualismo moderno que representa su proyección profana. "Para que nazca el individualismo moderno -escribió Alain Renaut quien expone las tesis de Louis Dumont- será necesario que la componente individualista del cristianismo termine, por así decirlo, "contaminando" a la vida moderna, hasta el punto de que progresivamente las representaciones se unificarán, el dualismo inicial se borrará y "la vida en el mundo será concebida como pudiendo ser enteramente conformada como valor supremo": al final de este proceso, "el individuo-fuera-el-mundo se habrá convertido en el moderno individuo-en-el-mundo" (2).

La sociedad orgánica de tipo holista, entonces, habrá desaparecido. Para retomar una distinción célebre, diremos que se habrá pasado de la comunidad a la sociedad, es decir a la vida común concebida como simple asociación contractual. Pero éste ya no será más el todo social quien ocupará el primer lugar, sino los individuos titulares de derechos individuales, atados entre ellos por los contratos racionales interesados.

Un momento históricamente importante de esta evolución corresponde al nominalismo que se afirma en el siglo XIV, con Guillermo de Occam, que ningún ser existe más allá del ser singular. Otra momento-clave corresponde al cartesianismo quien pone ya, en el campo filosófico, al individuo tal como será más tarde supuesto por la perspectiva jurídica de los derechos del hombre y por esta otra, intelectual, de la razón y de las Luces. A partir del siglo XVIII, esta emancipación del individuo con respecto a sus uniones naturales será interpretada regularmente como signo del acceso de la humanidad a una "mayoría de  edad", en una perspectiva de progreso universal. Entendida por pulsiones individualistas, la modernidad se distinguirá primeramente como el proceso mediante el cual los grupos de parentesco y vecindad y las comunidades más amplia, desagregarán progresivamente para “liberar al individuo", es decir , de hecho, para disolver todas las relaciones orgánicas de solidaridad.

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Ser humano ha significado en todos los tiempos afirmarse a la vez como una persona y como un ser social:  dimensión individual y dimensión colectiva no son idénticas, pero son indisociables. En la percepción holista, el hombre se construye él mismo sobre la base de lo que hereda y en referencia al contexto social-histórico propio. Este modelo, que es el modelo más general de la historia, al que el individualismo, que es preciso mirar como una particularidad de la historia occidental, termina oponiéndose directamente.

En el sentido moderno del término, el individualismo es la filosofía que considera al individuo como la única realidad y lo toma como principio de cada evaluación. Este individuo es considerado en sí mismo, abstracción hecha de todo contexto social o cultural. Mientras el holismo expresa o justifica la sociedad existente en referencia a los valores heredados, transmitidos y compartidos, es decir en último análisis en referencia a la sociedad misma, el individualismo plantea independientemente sus valores de la sociedad tal como la encuentra. Por ello no reconoce ningún estatuto de existencia autónoma a las comunidades, a los pueblos, a las culturas o a las naciones. En estas entidades, no ve más que sumas de átomos individuales y plantea que sólo estos poseen valor.

Esta primacía del individuo sobre la colectividad es al mismo tiempo descriptiva, normativa, metodológico y axiológica. El individuo es considerado como primero. Ya sea que se le suponga anterior a los social en una representación mítica de la “pre-historia”" (anterioridad del estado de naturaleza), ya sea que se atribuye un simple primado normativo (el individuo es lo que vale de más). Giorgio Bataille afirmó que "en la base de cada ser, existe un principio de insuficiencia". El individualismo liberal afirma al revés la plena suficiencia del individuo singular. En el liberalismo, el hombre puede considerarse como individuo sin tener que pensar en su relación con los demás hombres en el seno de una socialidad primaria o secundaria. Argumento autónomo, propietario de sí mismo, movido por su único interés particular, se define, por oposición a la persona, como “un ser moral, independiente, autónomo y tan esencialmente no social” (3).

En la ideología liberal, este individuo es titular de derechos inherentes a su “naturaleza" cuya existencia no depende en ninguna modo de la organización política o social. Los gobiernos tienen el deber de garantizar estos derechos, pero no sabrían fundarlos. Siendo anteriores a cada vida social, no han salido inmediatamente de deberes, pues los deberes implican precisamente que hay un principio de vida social:  no hay deberes hacia otros si no hay ya otros. El individuo se convierte así en el manantial de sus propios derechos, empezando por el derecho a actuar libremente según la conveniencia de sus intereses particulares. Se encuentra entonces “en guerra" con todos los demás individuos, ya que éstos son impulsados a actuar de la misma forma en el seno de una sociedad concebida como un mercado competitivo.

Los individuos pueden optar por asociarse entre ellos pero las asociaciones que forman tienen un carácter condicional, contingente y transitorio, ya que quedan subordinadas al consentimiento recíproco y no tienen otro objetivo que satisfacer mejor los intereses individuales de cada una de las partes. La vida social, en otras palabras, no es más que un asunto de decisiones individuales y de opciones interesadas. El hombre se comporta como un ser social, no porque esté en su naturaleza, sino porque tiende a buscar su beneficio y sus ventajas. Si no encuentra ventajas, puede en cualquier momento (al menos en teoría), romper el pacto. Es incluso en esta ruptura que manifiesta mejor su libertad. En oposición a la de los Antiguos, que consistía primeramente en la posibilidad de participar en la vida pública, la libertad de los Modernos reside, en efecto, ante todo en el derecho a apartarse. Esto es así porque los liberales siempre tienden a dar a la libertad una definición sinónimo de independencia  (4). Benjamín Constant celebra “él el gozo pacífico de la independencia individual privada", añadiendo que "los hombres no necesitan, para ser felices, más que ser dejados en una independencia perfecta, en  todo lo que tiene relación con sus ocupaciones, empresas, a su esfera de actividad, sus fantasías” (5). Este “gozo apacible" debe entenderse como un derecho a escindirse, derecho a no ser tenido por ningún deber de pertenencia ni por ninguno de estos vasallajes que, en ciertas circunstancias, pueden, en efecto, revelarse incompatibles con la "independencia privada".

Los liberales insisten de modo particular sobre la idea de que los intereses individuales no tienen que ser sacrificados nunca al interés colectivo, al bien común o a la salud pública, nociones que consideran como inconsistentes. Esta conclusión se desprende de la idea de que solo los individuos tienen derechos, mientras las colectividades, siendo sumas de individuos, no tendrían ninguno que les perteneciera en propiedad. "La expresión "derechos individuales" es una redundancia, escribe Ayn Rand,  no hay ninguna otra fuente de derechos” (6). "La independencia individual es la primera de las necesidades modernas, afirmó ademán Benjamín Constant. Por tanto, no hace falta preguntar nunca el sacrificio para establecer la libertad política” (7). Antes suyo, John Locke declaró que "un niño no nace sujeto a ningún país", ya que, convertido en adulto, “tiene la libertad de elegir el gobierno bajo el cual encuentra bueno de vivir, y unirse al cuerpo político que más le guste” (8).

La libertad liberal supone, por tanto, que los individuos pueden hacer abstracción de sus orígenes, de su entorno natural, del contexto en el que viven y dónde se entrenan sus opciones, es decir de todo lo que hace que sea como es y no de otra manera. Supone, en otras palabras, como dice John Rawls, que el individuo siempre es anterior a sus fines. Nada demuestra sin embargo que el individuo pueda considerar a sí mismo como un sujeto libre de todo vasallaje y al margen de todo determinismo. Nada demuestra por lo demás tampoco que preferirá en todas circunstancias la libertad a cualquier otro bien. Tal concepto ignora por definición los compromisos y las uniones que no deben nada al cálculo racional. Es una concepción puramente formalista que no permite de darse cuenta de lo que es una persona real.

La idea general es que el individuo tiene el derecho a hacer todo lo que quiere mientras el uso de su libertad no interfiera con la de los demás. La libertad se definiría así como pura expresión de un deseo que no tiene otro límite teórico que el idéntico deseo de los demás, estando mediatizados el conjunto de estos deseos por los cambios económicos. Es lo que Grotius, teórico del derecho natural, ya afirmó en el siglo  XVII: “No es contrario a la naturaleza de la sociedad humana trabajar para su propio interés, mientras se haga sin lesionar los derechos de los otros” (9). Pero es evidentemente una definición “irénica”:  casi todos los actos humanos se ejercen de una forma u otra a expensas de la libertad de los otros, y además es casi imposible determinar el momento en que la libertad de un individuo puede ser considerada como lesiva para la de otros.

La libertad de los liberales es efectivamente ante todo libertad de poseer. No reside en el ser, sino en el tener. El hombre es considerado libre en la medida en que es propietario, y. en primer lugar, propietario de sí mismo. Esta idea de que la propiedad de sí mismo determina fundamentalmente la libertad será, por otra parte, retomada por Marx (10).

Alain Laurent define la realización de sí mismo como una “insularidad ontológica cuya primera finalidad consiste en la búsqueda de su propia felicidad” (11). Para los autores liberales, la “búsqueda de la felicidad" se define como la libre posibilidad de intentar maximizar los propios intereses. Pero el problema que se plantea acto seguido es saber lo que debe entenderse por “interés”, tanto más cuando los tenedores de la axiomática del interés raramente se preocupan por evocar la génesis o por describir sus componentes, de la misma forma que tampoco se preguntan si todos los actores sociales están en el fondo movidos por intereses idénticos o si sus intereses son conmensurables y compatibles entre ellos. Presionados en sus posiciones, tienden a dar al término una definición trivial: el "interés" se convierte en sinónimo de deseo, de proyecto, de acción orientada hacia un fin, etcétera. Todo se convierte en “interés”, incluso la acción más altruista, más desinteresada, puede ser definida entonces como egoísta e interesada, ya que responde a la intención voluntaria y al deseo de su autor. Pero en realidad, está claro que para los liberales, el interés se define primeramente como una ventaja material que, para ser apreciado como tal, debe poderse cuantificar y calcular, es decir poder expresarse bajo el horizonte de este equivalente universal que es el dinero.

No puede sorprender por tanto que el ascenso del individualismo liberal se haya traducido, primeramente por una dislocación progresiva de las estructuras de existencia orgánicas características de las sociedades holistas, luego por una disgregación generalizada de los lazos sociales, y finalmente por una situación de relativa anomia social, dónde los individuos se encuentran al mismo tiempo cada vez más ajenos unos a otros y potencialmente cada vez más hostiles entre sí, en esa competencia generalizada que toma la forma moderna de una “lucha de todos contra todos". Tal es la sociedad descrita por Tocqueville en la que cada miembro, “retirado y aparte, es como extranjero para todos los otros". El individualismo liberal tiende a destruir dondequiera que se instaure la sociabilidad directa que durante mucho tiempo ha impedido la emergencia del individuo moderno y las identidades colectivas que le son asociadas. "El liberalismo, escribe Pierre Rosanvallon, de alguna manera hace de la despersonalización del mundo las condiciones del progreso y la libertad" (12).

(c) Alain de Benoist

(c) Por la traducción: Ernest Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción de este texto sin citar procedencia.

Prontuario y argumentario para entender lo que es y lo que supone la “autonomía histórica”

Infokrisis.- Quizás sea bueno recordar lo que es la “autonomía histórica”. En España es en el único país en donde se ha realizado una teorización de este tipo; en ningún otro ha hecho falta porque a partir de 1945, era evidente en toda Europa que había que proceder a una renovación integral de los movimientos nacionalistas por imperativo legal, para evitar hacer causa común con la derrota y con aspectos problemáticos de su pasado y por cambio radical de la situación en Europa en 1948 y 1948.

Parece absolutamente increíble que solamente fuera en 1996 cuando en España se planteó la necesidad de superar el modelo histórico en el ámbito de DN. Y mucho más increíble que en la actualidad éste tema no sea asumido por buena parte del área.

De ahí la necesidad de recordar sucintamente qué es la “autonomía histórica” y por qué es hoy más necesaria que nunca.

1. Los razonamientos para llegar a la teoría de la autonomía histórica

I) “Las manzanas también caen en Tasmania”.- La Ley de la Gravedad, como toda ley física, es universal. Es cierta, no porque una manzana cayera sobre la cabeza de Newton en una tarde calurosa de 1666, sino porque las manzanas han caído en toda las eras y en todos los lugares del mundo… incluida en Tasmania.

II) “No hay nada nuevo bajo el sol”
.- Si hubiera que quedarse con una sola frase del Antiguo Testamento, ésta extraída del Eclesiastés. A lo largo de 4.500 años de historia, todo ha sido dicho. Probablemente lo que quedaba por decir es lo que no vale la pena considerar. En el siglo XXI nada de valor se dirá que no se haya dicho anteriormente.

III) “Valores originarios antes que valores originales”.- Los fanáticos de tal o cual pensador sostienen que hasta llegar a su aparición, nada de lo dicho anteriormente tenía valor y con posterioridad a su irrupción solamente los que transcurran por su senda merecerán ser considerados. Sin embargo, la historia de las ideas nace con el ser humano. Los valores que valen la pena defender son los “originarios”, no los “originales”.

IV) “Antes una comunidad que un individuo”.- El individuo no es nada, salvo un accidente circunstancial y transitorio. Su pensamiento vale poco. Como máximo sirve para calificarlo. Lo que realmente cuenta es el pensamiento de la comunidad, los valores que defiende, el estilo de vida que practica desde su origen, esto es, su identidad. Quien dice “identidad”, dice comunidad.

V) “La única identidad que vale asumir es la originaria”.- Un pueblo que genera un código de valores propio o no otro, es porque se encuentra más a gusto con ese sistema de creencias y valores para actuar sobre la realidad y para valorarla. Un pueblo que pierde sus valores o asume otros contrarios a los suyos es un pueblo en crisis.

VI) “Los valores son permanentes, las formas históricas que los encarnan circunstanciales”.- el Honor nació cuando un cazador neolítico supo que su comunidad estaba antes que él y se sacrificó en defensa de los suyos. Ese mismo valor ha recorrido la historia de Europa desde la antigüedad y ha tenido el mismo contenido a pesar de que las circunstancias históricas hayan variado.

VII) “Los momentos históricos son únicos e irrepetibles”.- Es inútil aferrarse a determinados momentos históricos. Éstos, por definición, tienen siempre “principio de razón suficiente” que hace que sean únicos e irrepetibles, diferentes a cualquier otro. Lo que remite a la frase de Marx de que la historia se repite: la primera vez como tragedia y luego como comedia.

VIII) “Arqueofuturismo es asumir valores de la más remota antigüedad para un futuro siempre en construcción”.- El futuro es inexorable y devora el tiempo. La modernidad es una meta volante que jamás se termina alcanzando. La única referencia para viajar en la modernidad siempre en construcción son los valores. Se trata simplemente de adaptar esos valores a los rasgos de cambiantes de la modernidad más avanzada.

IX) “La autonomía histórica consiste en reconocer que un tiempo nuevo precisa nuevas formas de expresión de los valores”.-  La actividad de un grupo político no puede identificarse con un determinado modelo histórico, ni con una ideología cerrada. Los valores se traducen en concepciones del mundo abiertas y adaptables; mientras que las ideología son sistemas cerrados que pronto pierden actualidad y capacidad para interpretar la realidad.

X) “Reconocerse o exaltar la última o la penúltima forma histórica que ha revestido un sistema de valores supone perder la noción sobre el contenido mismo de esos valores”
.- Reconocerse en un movimiento histórico de los años 30 carece de sentido desde el momento en que la historia ha avanzado a velocidad de vértigo en los último 75 años y el mundo de los años 30 es hoy irreconocible. De ahí la inadecuación de símbolos, actitudes, planteamientos, siglas, esquemas ideológicos, programas políticos y formas organización, de los “modelos históricos” del pasado.

2. La autonomía histórica como ventaja

La autonomía histórica deriva de estos diez puntos. Se enuncia diciendo que el movimiento X asume la autonomía histórica cuando es independiente de las formas históricas que revistieron otros movimiento en la historia reciente de nuestro país y de Europa.

Esto entraña una serie de ventajas:

I) “Tabula rasa: la historia comienza con nosotros”.- La teoría de la “autonomía histórica” deriva de una necesidad surgida de la experiencia. Un movimiento en el siglo XXI no puede ser tributario y depender de la imagen que haya dejado un movimiento nacido en el primer tercio del Siglo XX. De la misma forma que son dos mundos completamente diferentes, los movimientos políticos deben adecuarse a las realidades históricas

II) “Optimizar el tiempo: discutir de política, no de historia”.- La experiencia demuestra que lo que cuenta en la lucha política es el debate político, no el debate histórico, ni la mirada hacia el pasado inmediato. Cuando un movimiento asume alguno o la totalidad de los rasgos de los movimientos de los años 30 lo que está haciendo es situarse, por este mismo hecho, fuera del debate político del presente y, por lo tanto, condenarse él mismo a la esterilidad.

III) “Optimizar la doctrina: valores no su cristalización en un momento concreto”.- Es fundamental distinguir entre “doctrina”, “programa”, “ideología” y “concepción del mundo”: doctrina es el conjunto de principios teóricos que informan a un movimiento político; programa es el conjunto de propuestas que ese movimiento presenta a la sociedad, propuestas de orden político; ideología es una sistema de creencias cerrado que pronto cae en la inadecuación; concepción del mundo: es un sistema abierto de valores. El programa varía a medida que varían las condiciones sociales; doctrina y concepción del mundo son lo mismo. La identidad entre doctrina e ideología y su defensa de un programa político de otro tiempo son las características de los “sectores históricos”.

IV) “Adaptabilidad del movimiento”.- El movimiento político debe ser adaptable a las circunstancias siempre cambiantes y a las distintas fases por las que atravesará en el curso de su lucha política. El movimiento político debe estar inmerso en los debates políticos de su tiempo. Si pertenece al “sector histórico” continuamente es arrastrado por debates… sobre la historia reciente y el pasado inmediato.

V) “Asumir una imagen acorde con el tiempo”.- Cada tiempo concreto tiene unos códigos de comunicación adaptados a él y comprensibles para toda la población. Utilizar códigos de comunicación, símbolos políticos, fraseología y consignas de otro tiempo, supone una imposibilidad para comunicar las propias ideas a la población.

VI)  “Asumir una memoria histórica integral”.- La memoria histórica, para ser tal debe ser integral y esto implica reconocer que la historia no es un campo por el que han discurrido inocentes. Todos los que han construido la historia tienen elementos conflictivos. En la historia no hay culpables o inocentes, sino “grandes” o “pequeños” y esta clasificación no es apta debates políticos.

VII) “Evitar ser devorados por el tiempo”.- La teoría de la “autonomía histórica” emerge de la necesidad de evitar ser devorados por el tempo. El tiempo devora a todo aquello que no se mueve con la suficiente velocidad como para escapar a sus garras o para adaptarse. Ser devorado por el tiempo implica que para alguien  se detenga el reloj de la historia y  le resulte, por tanto incomprensible, entender los ritmos del tiempo nuevo.

3. Algunas conclusiones ineludibles

I) La autonomía histórica para ser eficaz tiene que ser completa.- No vale serlo hasta aquí y más allá, rechazarla. En el momento en que no es completa, los problemas que genera la vinculación al “modelo histórico” se reconstruyen inmediatamente.

II) ¿Por qué es necesario plantear el tema de la autonomía histórica hoy?.-

a) Por el nivel de confusión ideológica de nuestro ambiente y de atomización política, lo que evidencia que “algo” falla: el fallo consiste en la inseparabilidad de nuestro ambiente del recuerdo a la historia del franquismo. Contra más se distancia una opción del "modelo histórico", mejores resultados electorales obtiene.

b) Porque los grupos sociales que más fácilmente pueden integrarse en nuestro ambiente (a causa del problema de la inmigración) son clases trabajadoras: y estas no manifiestan absolutamente ningún interés por el franquismo
. Es más, las clases trabajadoras –mucho más que los estudiantes- constituyeron el núcleo de la oposición democrática al franquismo y esa sensación de extrañeidad sigue vigente.

c) Porque el tiempo va pasando y quienes tenían 60 años en 1975 y habían vivido la totalidad del franquismo adhiriéndose a él, hoy tienen 95: es decir, la generación que podía apoyar al franquismo y todo lo que representó… ya ha desaparecido. El caso del MSI es significativo: cuando las filas de partidarios de la República Social empezaron a clarear a causa de las defunciones, el partido pasó de "neo-fascista" a "post-fascista".

d) Porque el franquismo ya no dice nada a la inmensa mayoría del pueblo español que considera ese período de nuestra historia como superado y no percibe de ninguna manera el interés político que pueda tener. Definirse como franquista o falangista hoy, tiene el mismo valor que definirse como pro-numantino o partidario de Juana la Beltraneja.

e) Porque resta apoyos y hace el vacío en torno suyo.-  la adscripción al franquismo o a las formas tradicionales que ha revestido “lo facha” en España logran que el grueso de la población evite relaciones con esos sectores y los condene a la esterilidad política, al aislamiento y a la indiferencia en las elecciones.

f) Porque todos, absolutamente todos, los movimientos políticos que han logrado avanzar en Europa -SIN EXCEPCIÓN- se basan en el principio de autonomía histórica. No hay absolutamente ninguno de estos movimientos que pertenezca al “sector histórico”. Si se quiere “despegar” es preciso asumir el modelo de autonomía histórica. Harina de otro costal es que aquí, muchos en lugar de despegar se prefiera hacer testimonialismo.

III) ¿Y qué se hace con los que se sienten ligados a los “modelos históricos”?.- Alguien ligado al sector histórico debe entender que lo suyo no es la política sino el testimonialismo y que desde el punto de vista del sector histórico, la eficacia de la acción política siempre quedará comprometida por el lastre insuperable que supone la referencia al modelo histórico. Éste debe entender que su terreno de expresión no es la política, sino el mundo de las fundaciones, de la historia, de las actividades culturales, pero no el de la acción política.

IV) Pequeña biografía de la autonomía histórica.- A pesar de haber sido teorizada en el marco que dio origen a Democracia Nacional, su primera manifestación fue a principios de los años 60 en el movimiento Jeune Europe fundado por Jean Thiriart entre 1962 y 1966. Las necesidades de adaptación de todos los partidos a las legislaciones vigentes en Europa, sí como el paso del tiempo, hicieron que poco a poco se fueran renovando las actitudes y las formas de expresión de los distintos partidos de carácter nacionalista. Esta renovación no se manifestó nunca en España hasta la creación de DN (1996). Pero, a partir de 2005, DN entró en una deriva problemática que borró en poco tiempo los rastros de cualquier concepción doctrinal. En los pocos casos que en España se han obtenido concejales en pueblos de tamaño significativo, se ha hecho con “colores” de autonomía histórica, lo que, por sí mismo, debería bastar para mostrar la idoneidad del planteamiento.

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción de este artículo sin indicar procedencia.

La pasada autoritaria inevitable: de la monarquía inútil a la República Presidencial

Infokrisis.- Los más amantes de la libertad somos sin duda los que hemos experimentado su privación, por tanto podría parecer paradójico que nosotros, que hemos conocido la prisión y el exilio por motivos políticos, seamos quienes defendamos ahora una necesaria “pasada autoritaria” para el próximo futuro. De hecho, la libertad solamente puede ejercerse en condiciones de “normalidad” y, en las actuales circunstancia, la “normalidad” es algo que pertenece al pasado, casi como un recuerdo de otro tiempo. No digamos ya al futuro. Vivimos una situación de EXCEPCIONALIDAD y ante situaciones de este tipo hacen falta medidas excepcionales, actitudes excepcionales y reformas excepcionales.

A medida que se profundiza en la crisis crece la sensación de que vivimos momentos excepcionales.
No son momentos, pues, en los que todos podemos alegremente opinar, en donde cualquier solución que cuente con un respaldo electoral suficiente puede ser aplicada, sino el momento en el que las riendas deben ser entregadas a técnicos y expertos. Eso, o de esta crisis no nos salva ni dios.

1. Un largo período de declive previo

Durante décadas hemos vivido un proceso de socavamiento de todos los valores y estructuras de las que había vivido nuestra sociedad hasta no hace mucho. El proceso empezó en los años sesenta y ha proseguido inexorable hasta hoy.

Poco a poco han ido cayendo las estructuras tradicionales de las sociedades occidentales y no han sido sustituidos para nada sólido: la familia se ha ido disolviendo y cada vez más ha perdido su papel de “célula base de la sociedad”; la religión tradicional se ha perdido y es hoy objeto de minorías pero la mala noticia no es esa, sino que no ha sido sustituido por un sistema orgánico de valores éticos y morales, sino por vaguedades y valores finalistas de un lado y por supersticiones de otro. Los valores economicistas se han convertido en la única preocupación a medida que el sistema económico y la inestabilidad hacían obligaban a que el individuo se preocupara cada vez más de cómo ganarse la vida y como salir adelante, él y los suyos.

El Estado ha ido cayendo progresivamente en manos de corruptos y corruptores y, hoy, cualquier parecido con una democracia digna de tal nombre es pura coincidencia. Partidocracia y plutocracia son las calificaciones que mejor le cuadran. La educación se ha hundido desde principios de los años 70 y cada vez de manera más irreversible. La universidad se ha afianzado cada vez más en su papel de fábrica de futuros parados o de mileuristas en precario. Todo esto, naturalmente, sin hablar de la quiebra ecológica (que se aproxima a su límite) y de un urbanismo salvaje que cada vez construye ciudades más inhabitables y hostiles. Y no encontraríamos dificultades en seguir enunciando conflictos que ahora, ya, están llegando a su límite.

Más allá de ese límite no existe sino el colapso del sistema político-económico-ecológico-social. Estamos a punto de llegar a ese punto y, probablemente, cuando se perciban las dimensiones de la crisis económica y la imposibilidad de salir del agujero negro del endeudamiento y la contradicción entre una marcha atrás necesaria y la imposibilidad de emprenderla sin cuestionar las bases mismas del sistema capitalista, entendamos que la situación no tiene salida.

2. Elecciones para tiempos “fáciles”: cortoplacismo

Las elecciones partidocráticas sirven para renovar la representación en los órganos legislativos y en el ejecutivo. Son útiles cuando un partido no ha estado a la altura de su tarea y es preciso aplicar rectificaciones y correctivos, entonces entra otro partido para aplicar soluciones, de la misma forma que cuando una camisa tiene una pequeña mancha, se la coloca en la lavadora y sale como nueva. Pero el problema hoy, es que esa camisa, no tiene sólo una pequeña mancha, sino que está completamente desgastada, con las costuras a punto de romperse, con el paño hecho girones, manchada una y mil veces hasta haber perdido la memoria de su color originario. Así está nuestro actual sistema global. Unas simples elecciones no bastarán para aplicar las medidas urgentes e ineludibles que se precisan.

Desde los orígenes de la democracia en España (1978), los partidos han venido pensando sólo en agendas a cuatro años vista. Ni al poder ni a la oposición les interesa mucho nada que se sitúe más allá de los próximos cuatro años que son, a fin de cuentas, los que van a estar en el poder. En estas circunstancias ¿para qué van a planificar a 8, 12 ó 16 años vista, cuando el país y los propios partidos mayoritarios los dirigirán otras personas y los actuales cuadros bastante tendrán con disfrutar de los pingües beneficios obtenidos –quizás legal, pero siempre ilícitamente- procedentes del tiempo en el que “tocaron poder”?

Las estructuras democráticas tal como han sido concebidos en la actualidad, son eficaces en los tiempos “sin historia”, nunca en los tiempos en los que la historia se acelera y se precipitan las crisis. Éste es uno de ellos
. En las actuales circunstancias, la salida a la crisis no puede dejarse en manos de un patán ignorante en economía como ZP que ha elegido a una ministra fashion por el simple hecho de que, al no entender ella tampoco absolutamente nada de economía, no cuestionará las decisiones tomadas desde La Moncloa, decisiones, por supuesto, adoptadas siempre por motivos electoralistas.

3. De los “floreros” a la fuga de los expertos

Lo más triste de la situación actual es que el PSOE, pero más en concreto quien marca el ritmo y quien ha sustituido a la sigla histórica por la suya, ZP, es que las “ministras de cuota”, sin excepción, se han demostrado como el más increíble fiasco de la historia democrática de España y como meros floreros. Si hay alguien que ofende a la dignidad de la mujer, que coloca mujeres en puestos clave, no tanto por su preparación sino como guiño al 50% del electorado, ese es ZP.

Y lo más terrible es que en España existen mujeres suficientemente preparadas y que conocen mucho mejor los problemas reales del país, que los “floreros” colocados por ZP. El problema es que en el entorno ingenuo-felizote, sin la más mínima solvencia intelectual, sin más ambición intelectual que la de atenerse a lo políticamente correcto, nadie, ningún técnico, ni experto, ningún profesional preparado, encaja. Más bien ocurre lo contrario: cuando un presidente se cree capacitado para exponer en materia de energía nuclear su opinión, a despecho de la de los técnicos, éstos prefieren alejarse y el entorno del presidente ZP queda vacío de opiniones autorizadas y relleno sólo con ministras que no conocen nada de defensa, de transportes y comunicaciones, de sanidad, de cultura o de economía… O simplemente por tontas de baba al estilo de la Aído cuya presencia en el gobierno, califica por sí mismo, el entorno del zapaterismo.

4. De esta no se sale con otra convocatoria electoral…

Los dos grandes partidos, los únicos que con el sistema de listas cerradas y bloqueadas, pueden gobernar el país, se parecen demasiado como para que las políticas aplicables de uno a otro se diferencien excesivamente. Donde unos dicen Malesa, Filesa y Time Export, los otros dicen Operación Gürtel; donde unos proponen como necesaria la entrada de Turquía en la UE, los otros opinan justamente lo mismo; donde unos entreabrieron las puertas a la inmigración, los otros las abrieron completamente; allí en donde unos desde el poder conceden dinero público a los sectores que han generado la crisis (banca y construcción), los otros protestan en realidad por no haber podido ser ellos quienes apliquen esas medidas. Unos se oponen a los otros cuando no son poder, pero cuando acceder al poder hacen justamente lo mismo que lo que criticaban… Y todo ello, siempre, eternamente, con una agenda a cuatro años vista. Nunca a más. Y esta crisis precisa planificación a largo y medio plazo. Si no hay este tipo de planificación, no habrá salida posible, ni dentro de dos, ni dentro de seis años, aunque Zapatero haya pasado al basurero de la historia.

Los problemas de nuestra civilización y de nuestro momento histórico son excesivos como para que pueda salirse de ellos sin un proceso de concentración del poder, de poder ejercido por técnicos y expertos de indudable capacitación profesional, pero también de entrega, responsabilidad y patriotismo, que actúen por encima de los intereses partidistas de los gobiernos.

Hace unos años nadie en España planteaba la cuestión de la cadena perpetua. Nuestra constitución la había proscrito. Ahora, la cadena perpetua es una exigencia unánime de la sociedad y ya muchos empezamos a pensar si no sería cuestión también, a la vista de cómo están las cosas, de restablecer la pena de muerte para delitos de gravedad excepcional, actos de traición y corrupción, acción de las mafias de la droga y delitos de terrorismo con derramamiento de sangre.

De seguir así, en pocos años, muchos empezarán a sostener la necesidad de paredones improvisados y juicios sumarísimos.

5. El papel de la monarquía en esta España en crisis

Es lo normal de las crisis: después de años de una lenta degradación, a medida que se profundiza en ella, la velocidad de caída va acelerándose hasta alcanzar una curva asindótica negativa. Y de esta solamente se sale a través de lo que hemos definido como una “pasada autoritaria”: esto es, de un período en el cual la población renuncie voluntariamente a elegir a un gobierno cada cuatro años, para aceptar que el poder esté gestionado por técnicos y expertos y nunca más por amateurs, aficionados, ministras de cuota o gobiernos de telegenia, marketing y buen rollito…

La constitución de 1978 atribuyó a la monarquía un papel de representación alejado de cualquier poder real. Era el tributo que la oposición democrática pagó al franquismo sociológico: un rey para evitar que la izquierda pudiera alardear de “ruptura”, pero un rey sin poder. ¿Y para qué sirve un rey sin poder? Las alocuciones de fin de año son un pobre capítulo de buenas intenciones ofrecido regularmente cada navidad, pero sin valor real. Por lo demás, Juan Carlos I tampoco tiene excesivo interés en nada más que sea mantener la corona y cederla a su hijo primogénito en herencia. El resto, no parece interesarle mucho. Un plotter sanciona las leyes aprobadas por el parlamento. Esos son todos sus poderes.

Una monarquía así concebida es una monarquía inútil. Y lo que es peor, resta la posibilidad de que existe un “poder” central situado por encima de los partidos que tenga voluntad de ejercer sus prerrogativas. La existencia de ese poder sería el que en las actuales circunstancias tuviera capacidad para recusar a ZP como presidente del gobierno. Si la sigla PSOE ha obtenido una mayoría que gobierno el PSOE… pero no el incapaz que está al frente del PSOE. Y si la gestión del gobierno sigue sin ser eficaz, tiene que haber un poder superior que obligue a la convocatoria de nuevas elecciones.

6. De la monarquía inútil a la República Presidencial


Sí, estamos defendiendo que España se transforme –lo antes posible- en una República presidencial. El añadido “presidencial” es importante. No se trata de tener un presidente sin capacidad para el ejercicio real del poder, sino de un presidente que esté por encima de la lucha de los partidos y de sus mezquindades y tenga prerrogativas de ejercicio de poder real.

Hasta ahora siempre habíamos defendido que la dicotomía monarquía-república era un tema secundario que afectaba poco a la población y ante el que la inmensa mayoría de los ciudadanos parecía completamente indiferente, por tanto, no valía la pena “tocarlo” como elemento de agitación política. Sin embargo la profundidad de la crisis nos ha inducido a cambiar de criterio: una monarquía que carece de poder y que es solamente una cáscara sin vida, no tiene ya sentido. Diferente hubiera sido que la monarquía reivindicara en algún momento prerrogativas, que tomara la iniciativa ante según qué problemas (la larga agonía del felipismo duró cinco años y ZP logró el poder en 2004 sobre 192 muertos y en 2008 sobre la gran mentira de la inexistencia de la crisis), que vetara decisiones que lesionaban visiblemente a la sociedad, que hiciera constantes declaraciones públicas y que utilizara sus prerrogativas constitucionales para inducir cambios en la línea política de los gobiernos. Esa monarquía se hubiera ganado el jornal y el respeto de la población, más allá de la prensa del colorín, de las bodas y los bautizos convertidos en única actividad pública de una institución ya caducada. No queremos un presidente del gobierno con las mismas atribuciones y cuyo único aliciente sea su cambio de cara cada cinco años.

7. El problema de fondo: Autoridad para establecer un Orden

La situación actual es de tal gravedad que es preciso recuperar la idea de un Poder capaz por sí mismo de generar Orden, a la vista de que tenemos un simulacro de poder incapaz de sacarnos del caos.

No es hora de plantear si república o monarquía, sino de proponer una República Presidencial con un presidente elegido democráticamente y situado por encima de los partidos políticos y dotado de poderes reales de veto, disolución de las cámaras y elección de jefe de gobierno. A eso le llamamos un “poder real”, frente a la ausencia de poder y a la sumisión a las necesidades marketing de los gobiernos.

¿Bastaría una República Presidencial para sacarnos de la crisis? Sería necesario, pero no suficiente. Los períodos de reconstrucción (y aquí es todo un mundo el que hay que reconstruir: la noción de poder, la vertebración del Estado, la estructura económica de España, su encaje con la UE, la transmisión de valores, el sistema educativo, el desenganche con la globalización) requieren de una palabra: planificación. Nunca como hoy se ha precisado alejarse tanto de la economía neo-liberal que proscribe cualquier forma de planificación e intervención del Estado.

De hecho, los años de la globalización han arrinconado al Estado. Éste ha debido ceder parte de sus competencias en materia económica a organismos internacionales y ve limitado su margen de actuación por múltiples estructuras supranacionales y acuerdos suscritos con otros países. Estamos en un momento en el que el Estado-Nación todavía no ha desaparecido, pero ha entregado parte de sus atribuciones a estructuras supranacionales. A fin de cuentas, eso es la globalización. Pero el proceso todavía no es imparable. El Estado-Nación sigue teniendo atributos, recursos, estructuras de poder que puede utilizar a condición de tener voluntad política. Se trata, simplemente, de ejercer esa voluntad. Y en ocasiones de ejercerla brutalmente, pues muy frecuentemente, cuando los cánceres hacen metástasis, no queda más remedio que aplicar el bisturí o lo que se llama “procedimientos agresivos” si de lo que se trata es de recuperar la normalidad.

No creemos que la sustitución de un régimen monárquico huérfano de poderes reales por un régimen republicano presidencialista bastara sólo para regenerar el país. Hace falta algo más: un giro radical en las orientaciones políticas, económicas, sociales y culturales de un país. Y hay que llamar a las cosas por su nombre: un mínimo concepto de Orden no puede reconstruirse sin que le acompañe de cerca el concepto de Autoridad. Cuanto mayor sea la Autoridad, mayor será la estabilidad del Orden constituido. Y quien dice autoridad, dice aceptación de la responsabilidad que implica el ejercicio del poder: sin miedos, sin más limitaciones que el bien público, las necesidades del momento y una ética y una moral rigurosa. ¿La ley es una limitación al poder? Claro que lo es… en situaciones normales. En situaciones de crisis generalizada, la ley va muy por detrás de las necesidades de la población, por tanto no es la referencia suprema. Lao-Tsé lo tuvo muy claro en el siglo VI antes de JC cuando escribió: “La justicia es como el timón, hacia donde se le da, gira”. El timón es importante, pero la voluntad del timonel y su pericia para llegar a puerto, lo son todavía más.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com



¿Sigue siendo la inmigración el primer problema de España? Necesaria actualización del tema...

Infokrisis.- Desde 1999 hasta 2007, la situación estaba claro: entraban cada años un promedio de 500.000 inmigrantes, mucho más de lo que la capacidad de asimilación (hablo de asimilación, no de integración) de España se podía permitir y mucho más de lo que un crecimiento razonable de nuestra economía podía soportar. De hecho, el crecimiento del PIB en ese período tuvo que ver más con el aumento de la población (más población, más consumo, más PIB). La inmigración crecía por encima del nivel de sostenibilidad social y muy por encima de las necesidades de la economía real.

El resultado ha sido que en estos momentos tenemos a 7.000.000 de extranjeros, de los que casi dos millones no aparecen en las estadísticas: unos por ilegales y otros porque han adquirido la nacionalidad española. Aún hoy, una de las esperanzas del zapaterismo para evitar el desplome del PIB es precisamente que siga entrando inmigración… a razón de 400.000 al años. Ese fue aproximadamente el número de los que entraron en 2008 (cuando la crisis ya se había oficialmente declarado) y el número de los que entrarán en 2009.

¿Por qué la inmigración aumenta? Simplemente porque las repatriaciones (5.000 en 2008 y que no llegarán a más de 8.000 en 2009) incentivadas por el Plan de Retorno Voluntario suponen en todo el año los mismos inmigrantes que siguen llegando por el Pirineo (gitanos rumanos), por Barajas (andinos) y por Gibraltar (magrebíes y subsaharianos) en ¡una sola semana!

Sin olvidar, por supuesto, que por dura que sea la crisis en España, al menos aquí reciben un trato humano, subsidios y subvenciones para ellos y para sus hijos, asistencia sanitaria y social, educación gratuita e incluso si optan al acceso a la universidad se les rebajan las exigencias de nota… Cuarenta millones de afectos por el SIDA en África que no reciben ninguna asistencia en sus países de origen, 200.000 albinos de raza negra discriminados en sus países, millones de jóvenes magrebíes tirados literalmente en los zocos de sus países y en los arrabales de Quito, Lima, Bucaramanga o La Paz, sin la más remota posibilidad de obtener empleo y miles de menesterosos de todo el mundo, ven en los escaparates de consumo, en las coberturas sociales y en el sistema sanitario, un ideal… por mucha crisis que haya. ¡Y no digamos del “efecto llamada” que nuestro permisivo y garantista sistema jurídico-penal opera sobre la delincuencia internacional!

Así pues, no dejarán de seguir llegando inmigrantes por profunda que sea la crisis en España. Y los problemas que esta inmigración plantea se van a ir acumulando. Por este orden:

1) Son una bomba aspiradora de recursos públicos que éste país no tiene. La inmigración ha supuesto un gran negocio para la construcción y hostelería que han obtenido grandes beneficios al hundirse el precio de la mano de obra. Pero han sido un desastre para el Estado (esto es, para todos), aumentando asindóticamente el gasto social.

2) El impacto para las clases trabajadoras ha sido insuperable: han competido con ellas en salarios, han arrojado al paro a millones de trabajadores españoles, les han usurpado subsidios y subvenciones del Estado que les correspondían a ellos, a sus familias y a sus hijos (¿hay alguna beca de alimentación escolar en toda España que la cobre todavía alguna familia española?)

3) Se han agrupado en guetos marginales olvidando que en toda Europa esos guetos se han constituido como focos de conflictividad. Era la forma en que los inmigrantes defendían “su identidad”, agrupándose con los que son como ellos. Pero, finalmente, “identidad” implica “territorialidad”. Poco a poco, esos guetos irán configurándose como enclaves territoriales de otras nacionalidades.

4) Después de 10 años de trabajo intenso (contribuyendo al desarrollo hipertrófico de la construcción y de la hostelería) el paro afecta a la inmigración de manera creciente: sin esperanzas en que ni hostelería ni construcción recuperen nunca los niveles de desarrollo que tuvieron antes de la crisis y sin que la mano de obra inmigrante pueda acceder a otros sectores económicos (¿a cuáles?, por cierto)

Todo ello hace que la inmigración se haya convertido en una fuente de problemas y que el balance económico final  sea negativo: han contribuido al aumento de los beneficios de algunas patronales, pero han sido responsables de que el gasto público en materia social se haya disparado.

Mientras esta situación va acumulando un formidable potencial explosivo, a partir de mediados de 2007, empieza a aflorar la crisis económica. Si existe hoy una palabra que pueda definir el estado ánimo de las poblaciones de Europa Occidental y, más en concreto de España, esa palabra es crisis.

Da la sensación de que la crisis económica y todo lo que ello implica, han sustituido a la inmigración como primer problema percibido por los españoles en las encuestas del CIS. Y efectivamente, es así. Pero no hay que olvidar que inmigración y crisis económica están tan unidos como en otro tiempo estuvieron unidos PIB e inmigración.

Efectivamente, no hay que perder de vista que:

1) Con las actuales cifras de inmigración residente en España, no hay solución posible a la disminución del gasto público. Éste seguirá aumentando asindóticamente mientras la bomba aspiradora de recursos públicos siga creciendo. Detener el gasto público implica:

- contener definitivamente y para siempre la invasión (porque se trata de una invasión, no de una migración ordenada y en función de las necesidades del país receptor).

- repatriar a los excedentes de inmigración que llegaron anárquicamente a nuestro país y forzaron su regularización gracias a la absurda reforma Caldera de la Ley de Extranjería en 2005.

2) El paro entre españoles está –contrariamente a las voces “políticamente correctas”- ligado íntimamente a la presencia de mano de obra extranjera que trabaja por salarios menores. Cuantificándolo: 4.000.000 de parados (de los que 1.000.000 es extranjero) son 4.000.000 de inmigrantes de más. Esto implica percibir que, como máximo, la cifra de entre 1.500.000 y 2.000.000 de inmigrantes es el máximo que podría admitir la sociedad española: un 5%, el límite admitido por los sociólogos más allá del cual se inician los problemas de integración y convivencia.

3) Entre 1996 y 2007, nuestro país sufrió una transformación basada en un aumento de la actividad del sector de la construcción  y del sector hostelero. Se abarataron costes laborales (mediante la entrada masiva de inmigrantes que hicieron que aumentara la fuerza de trabajo a más velocidad que la demanda de trabajo, por lo que el coste de los salarios bajó) y se compensó la merca en los ingresos abriendo la espita del crédito: el resultado ha sido

- malo para las familias que se han visto endeudadas por cuantías superiores a sus posibilidades de pago.

- malo para las entidades de crédito que concedieron préstamos alegremente (los impagados entre inmigrantes triplican a los impagados entre autóctonos).

- malo para el Estado que creyó –estúpidamente- que el aumento de ingresos por aumento de la actividad económica duraría siempre y que el mercado laboral se mantendría siempre en alza.

4) El futuro se adivina todavía más negro que el presente: un 60% del capital financiero flotante disponible para créditos está siendo absorbido por el Estado y desviado hacia la compra de deuda pública (la inversión más segura por el momento), así pues, el Estado (a causa de su exceso de gasto público) absorbe el dinero que necesita la industria productiva (la real, no el pastelazo inmobiliario-hostelero) para relanzarse. Y esta carencia no tiene salida de ningún tipo.

Así pues, el balance de la situación es el siguiente:

- Es cierto que existe una crisis económica que ha tomado el relevo de la inmigración como focalizador de las preocupaciones del pueblo español. De hecho, el CIS informa que las tres principales preocupaciones a julio de 2009 son: paro, crisis económica y, en tercer lugar, la inmigración.

- Pero no es menos cierto que paro, crisis económica e inmigración son tres fenómenos que a la postre son el mismo: la crisis del modelo productivo español adoptado por el aznarismo y revalidado por el zapaterismo, basado en salarios bajos, hipertrofia de la construcción, aumento del peso del sector servicios y acceso fácil al crédito.

Ni uno solo de esto tres problemas tienen solución por sí mismos:

- no habrá salida posible a la crisis si no se estimula el empleo

- no habrá estimulación del empleo si no hay inversiones

- no habrá inversiones si el Estado no relaja su ritmo de endeudamiento

- no habrá disminución del gasto público si no disminuye el número de inmigrantes

En las actuales circunstancias no se puede ser muy optimista en cuanto a la evolución de la situación que, con pequeñas variantes tenderá a recorrer las siguientes fases:

1) Después del verano, la crisis económica, en tanto que crisis persistente, se revelará como depresión. Esta depresión a fuerza de persistir en los próximos 3-5 años, arrastrará una crisis social de dimensiones incalculables, especialmente porque la riada migratoria no se detendrá (no se está deteniendo)

2) Tras un período de crisis y convulsiones sociales en los que el Estado habrá superado con mucho su límite de endeudamiento, la crisis social se transformará en crisis política. Los rasgos de esta serán:

- el dislocamiento de los partidos mayoritarios que hasta ese momento hayan gobernado España (PP y PSOE) que serán considerados como responsables del proceso de profundización de la crisis.

- en consecuencia, la caída del modelo de Estado que se puso en marcha en 1978, al derrumbarse las dos columnas sobre las que mantenía su  estabilidad.

- de las convulsiones que nos quedan por delante, así como de la transformación de la crisis social en crisis política, depende la configuración de nuestro futuro.

Es importante no confundir deseos con realidades, pero es lícito suponer que con el hundimiento del sistema político surgido en 1978 se hundirán también muchos de los rasgos que le habrán acompañado:

- la intocabilidad de la monarquía y el tránsito hacia la república o al menos hacia una consulta popular sobre esta materia

- la partidocracia y la plutocracia, principales lacras del sistema político español.

- el reconocimiento del fracaso del “Estado de las Autonomías”

Así pues, todas las posibilidades y las perspectivas están abiertas en el futuro inmediato. Vamos a asistir al parto de un nuevo sistema mundial y, por supuesto, España no va a permanecer al margen de este proceso que entre nosotros revestirá características propias. Y como todo nuevo nacimiento, no podrá hacerse sino en medio del dolor, precio a todo cambio y precio exigido especialmente por culpa de quienes han hecho posible el que llegáramos a la situación actual.

Crisis económica, paro e inmigración, no son más que las tres caras de un mismo problema y no se resolverán sin antes alterar el sistema político que los han hecho posibles.

© Ernest Milà – infokrisis – http://infokrisis.blogia.com – infokrisis@yahoo.es – Prohibida la reproducción de este artículo sin indicar origen.

Notas para entender el siglo (I de V). PERSPECTIVA INTERNACIONAL. Las líneas de derrumbe del sistema mundial y de la globalización (y 14).Definición del papel de España en política internacional

a. España como frontera sur de Europa y marca anti-islámica

La geografía, la historia y los intereses nacionales condicionan el papel de España en la escena internacional.

- La geografía nos sitúa como la frontera sur de Europa, como el país más próximo de Europa Occidental a territorios africanos: es decir como frontera con otro espacio geopolítico provisto de otros ritmos de vita, otras tradiciones étnicas y otro ritmo de desarrollo.

- La historia nos indica que todo lo que ha llegado del Sur del Estrecho de Gibraltar han sido elementos conflictivos: invasión islámica en el siglo VIII y presencia durante ocho siglos de una ocupación militar que alteró la vida de los territorios mientras estuvieron ocupados, imponiendo un régimen político-religioso islámico.

Hoy, España sigue siendo la frontera sur de Europa y el interés nacional indica que se trata de asumir la experiencia histórica asumida durante 800 años y cerrar el paso al Islam salvo que se pretenda alterar profundamente el tejido social y cultural de nuestro país, transformándolo en una quimera multicultural que, finalmente, terminaría inclinándose a la voluntad del sector más intolerante: el islamismo.

Y este problema no es únicamente español, sino europeo. Por tanto, la responsabilidad de España como centinela frente al sur no supone solamente una defensa de nuestra integridad territorial, sino de la defensa y libertad de Europa. Hoy, este papel es más necesario que nunca a la vista de que puede discutirse si los contingentes llegados del sur están protagonizando una "inmigración" o más bien una invasión: esto es un proceso de sustitución cultural, étnico y antropológico y una ocupación física del territorio.

b. España como puente con Iberoamérica

Así mismo, la historia, la lengua y la geopolítica obligan a considerar a España como un puente entre Europa e Iberoamérica. Contrariamente a lo que los teóricos de la Hispanidad pensaban, el continente Iberoamericano dista mucho de ser homogéneo y se encuentran partes completamente diferenciadas. En general -y aparte el caso brasileño- Iberoamérica está fracturada en dos sectores: el que étnica, cultural y antropológicamente es una extensión de Europa y el que es, por el contrario, y aspira a seguir siendo, algo completamente diferenciado de Europa, que podemos llamar el mundo andino o el mundo indígena. Los primeros asumen como propia la herencia europea y los segundos atribuyen a esa herencia la fuente de todas sus desgracias refugiándose en un indigenismo hostil, similar a cualquier otra ideología tercermundista nacida en África o en Asia.

Ante esto es preciso ser claro: el indigenismo andino es una forma encomiable de "retorno a las fuentes" y de práctica y afirmación de una identidad concreta. Sólo que esa identidad no es la europea y, en tanto que culpabilizadora por la colonización, se afirma como adversaria. Europa y, más en concreto, España o Portugal, no tienen absolutamente nada de lo que arrepentirse ni de lo que pedir perdón por colonizar unas tierras que en el momento de la llegada de los conquistadores registraba sistemas degenerados con una irreprimible tendencia a la práctica de los sacrificios humanos masivos y con estructuras político-sociales agotados que demostraron su debilidad ante la llegada de pequeños puñados de colonizadores.

Si se acepta este punto de vista, se acepta su corolario: estrechar al máximo las relaciones con los países que aceptan sin reservas el ser hijas de la conquista hispano-portuguesa, y mantener un cordón sanitario contra aquellos regímenes indigenistas que alimentan el odio identitario contra nuestro país.

Este esquema puede trasladarse también a lo que representa la inmigración procedente de Iberoamérica en el siglo XXI: si se trata de dar cabida a inmigrantes en nuestro país, a la vista del hundimiento demográfico, está claro que quienes afluyan a Europa deben ser lo más similares a las poblaciones europeas actuales. Solamente el mito relativiza la importancia de este factor aceptando la llegada de contingentes separados por una brecha  cultural y antropológica de las poblaciones europeas y que, además, en muchos casos, llegan con presuntas reivindicaciones históricas o con resentimientos y odios latentes. El principio universal aceptado en todos los tiempos es: "lo semejante se une a lo semejante y lo semejante rechaza a lo opuesto". Y este principio debe mantenerse igualmente en política internacional en relación a Iberoamérica: apoyo, solidaridad y estrechamiento de vínculos con aquellos países que acepten el asumir los valores europeos, valores del mundo clásico y de la catolicidad de la época, rechazo a las ensoñaciones pre-colombinas y a quienes condenan la nueva etapa en la historia del subcontinente iniciada en 1492.

c. Papel geopolítico de España

Por su situación geográfica, España es:

1) Ruta avanzada y bidireccional de dos líneas de expansión: Norte-Sur y Este-Oeste.

2) Ocupa un tercio de la fachada atlántica de Europa

Mientras duró la "guerra fría" y la bipolaridad (1945-1989), aun cuando en teoría, España no hubiera estado adherida a la OTAN, en la práctica los acuerdos tejidos por Franco con los EEUU suponían una inclusión efectiva en la Alianza Atlántica a la que proporcionábamos cuatro elementos clave:

1) El control del tráfico naval sobre el Estrecho de Gibraltar, operado a través del Mar de Alborán cuya costa Sur, al independizarse el Principado de Marruecos quedó recudido a Ceuta, Melilla y las Islas Adyacentes, suficientes elementos como para asegurar el cierre del Estrecho y embotellar a la flota soviética en el estanque Mediterráneo.

2) "Profundidad" a la Alianza cuyas líneas que daban extendidas más de 1000 km con la inclusión de España. Sin esta inclusión era imposible defender Europa Occidental de un ataque soviético (real o supuesto) pues, entre la frontera Germano Occidental y el Atlántico francés de Bretaña y Aquitania, apenas existían entre 900 y 1000 km.

3) El portaviones atlántico del Archipiélago Canario situado en la ruta del Atlántico Sur, pero también en la ruta del petróleo que, desde el Golfo Pérsico bordea las costas de Africa para llegar a Europa, uno de los ejes en disputa en el mundo bipolar a partir de 1973 (primera crisis del petróleo con el cierre del canal de Suez e inicio de la era de los superpetroleros).

4) Base avanzada para la llegada de aprovisionamientos de EEUU, potencia aislada geográficamente y, por tanto, segura en el caso de confrontación bipolar, donde, históricamente se ha concentrado la producción de armamento destinado a los campos de batalla europeos durantes los dos últimos conflictos mundiales.

Ahora bien, liquidada la era de la bipolaridad, el mundo pasó a una situación de inestabilidad unipolar a cuyo fin estamos asistiendo. En esa nueva etapa, el papel geopolítica de España, lejos de atenuarse, queda realzado en la perspectiva de un mundo multipolar en el que España es la frontera Sud-Oeste de Europa y, por tanto, el puesto avanzado en las comunicaciones con tres bloques exteriores a Eurasia:

1) El Magreb, cuya evolución futura se basará en tres factores:

- Inestabilidad interior (conflicto sociales a causa de la pobreza, políticos a causa del déficit democrático y religiosos a causa de los choques entre distintas facciones del islamismo local) que pueden derivar en conflictos armados civiles.

- Presión demográfica propia y recepción de la presión demográfica procedente del Africa Subsahariana que exceden con mucho las posibilidades de integración de los Estados locales.

- Progresiva penetración de los EEUU que al verse rechazados en el territorio de la Unión Europea, intentan seguir presentes en el Mediterráneo a partir del Magreb (penetración efectiva en Marruecos y Argelia, presencia consolidada en Egipto desde su derrota en la guerra del Yonkipur y neutralización de las veleidades libias).

2) Iberoamérica, cuya evolución futura girará en torno a tres ejes:

- El intento de consolidación de Brasil como primera potencia regional si se dan distintos factores políticos (posibilidad de establecimiento de una política de Estado estable), sociales (disminución de la pobreza y el analfabetismo), de comunicaciones (si aumentan las vías de comunicación entre el Brasil atlántico y los países del Pacífico: especialmente Chile, Bolivia y Perú), lingüísticos (bilingüismo práctico en Brasil para facilitar el intercambio con el resto de Iberoamérica de lengua española).

- La concentración de esfuerzos de EEUU para lograr una mayor penetración económica y un mejor control político, especialmente en los países de la cuenca del Pacífico (Chile, Perú, Ecuador y Venezuela). Lo que supondrá, en la práctica, una guerra comercial con España, principal inversor en la zona en estos momentos.

- La estabilización de una zona de librecomercio similar al antiguo Mercado Común que favorezca la integración de las economías regionales y genere un gran mercado de consumo en condiciones de propulsar una industria estratégica propia.

3) Los EEUU, cuya evolución en los próximos veinte años tendrá como ejes:

- El aumento de influencia de la minoría hispana en la vida cultural, en la sociedad y en la vida cultural de los EEUU que, por primera vez en su historia dejarán de ser un país WASP con minorías recluidas en ghetos y sin cultura ni tradiciones propias.

- Un aumento de la inestabilidad social a causa de las desigualdades crecientes e insoportables de renta y de la estratificación étnica de la misma. La integración racial de los años 60 ha fracasado completamente y EEUU tiene ante la vista un conflicto civil que será a la vez racial y social en un momento de regresión de las libertades públicas y de los beneficios sociales en nombre de un liberalismo salvaje cada vez más extremo.

- La sensación de fracaso civilizacional y neoimperial que generará la breve tentación unilateralista que se aseverará inviable cuando concluya el segundo mandato de Bush, debiéndose aceptar el hecho consumado de una multipolaridad. Esto hará que cristalicen de nuevo las tendencias aislacionistas tradicionales en EEUU y el país se recluya en su territorio nacional, y con aspiraciones hegemónicas reales solamente sobre Iberoamérica.

- Una quiebra inevitable de la economía norteamericana que arrastra desde principios de los 80 un incremento de la deuda pública, actualmente extremo y que solamente está avalado por la aparente estabilidad política y el peso militar de EEUU, como soportes para el valor de cambio del dólar, más que el valor de éste en sí mismo. Esta quiebra puede ser el desencadenante de la fractura racial y social a la que hemos aludido.

- El desplazamiento del teatro principal de operaciones de EEUU, del Atlántico Norte al área del Pacífico con todo lo que ello implica: proliferación de bases militares y de intervencionismo en la zona, acuerdos comerciales preferenciales con esos países y, posibilidad de enfrentamientos con una zona, posiblemente no tan desarrollada como la Unión Europea, pero en situación ascendente y en donde EEUU va a encontrar fuertes competidores económicos (Japón) y a la vez militares (China y Rusia).

Cada uno de estos tres actores geopolíticos interacciona en el devenir histórico de España que, inevitablemente, va a estar vinculado a la Unión Europea, antes que a cualquier otro bloque, pero, al mismo tiempo, va a tener que afrontar problemas nuevos:

- El inevitable deterioro de las relaciones con Marruecos que no ha renunciado a sus aspiraciones sobre Ceuta, Melilla, Islas Adyacentes y Canarias, ni realiza esfuerzos reales para cortar la producción e haschís con la que inunda a España, ni tampoco para contener la riada de inmigrantes que aspiran a acceder a los escaparates de consumo europeos.

- El inevitable distanciamiento con los EEUU a causa de la "alianza más segura" que practica este país en la zona (actualmente orientada hacia Marruecos y entre 1956 y 1999 orientada preferencialmente hacia España) con la contrapartida del ascenso hispano en EEUU que tenderá a atenuar este distanciamiento.

- El inevitable endurecimiento de la relación económica con Iberoamérica que gravitará en torno a una potencia regional emergente (Brasil) que pretenderá hacer valer su influencia ante presencias exteriores, incluida la española y en torno a una potencia histórica presente en la zona desde la Doctrina Monroe (EEUU) que seguirá consideran a Centroamérica y el Caribe como su "patio trasero" y a la masa sudamericana como su "coto privado de caza".

En este sentido, la política exterior española del futuro estará determinada por estos tres ejes:

- Desde el punto de vista cultural: contribuir al aumento de influencia del mundo hispano en los EEUU, haciéndolo extensible, no solamente a los troncos étnicos indios venidos del Sur de Río Grande, sino también a la propia población hasta ahora WASP, esto es, restando impacto a los productos culturales surgidos de ese núcleo, para lo que es preciso "hispanizarlo". Esto, parecía ilusorio en décadas anteriores, pero un estudio de las curvas demográficas de la población hispana en los últimos diez años, deja prever un vuelco completo a la situación. En otras palabras: culturalmente, se trata de recuperar la idea de que parte de la tradición norteamericana es hispana y que la mitad del territorio de los EEUU (según atestigua el Tratado de Paz de París de 1763 que marca el límite entre las posesiones inglesas y españolas en América del Norte) fue hispano y colonizado por españoles (Florida y el Virreinato de Nueva España cuya parte superior correspondía a los actuales Estados de California, Nevada, Texas, Nuevo México y parte de Oregón). Esto aporta raíces históricas para avalar y justificar la penetración cultural.

- Política de contención hacia un mundo árabe imprevisible, atrasado y sin posibilidades de alcanzar un nivel óptimo de desarrollo económico a causa del atraso histórico que supone la religión islámica así como el fracaso de los intentos occidentalizadores (Naser, el baasismo iraqui, sirio y libanés, los vaivenes persa-iraníes), un mundo árabe al que le quedan únicamente treinta años de reservas petrolíferas para seguir manteniendo una providencial fuente de ingresos y dentro del cual no existe ni un solo país en el que pueda hablarse de una situación de estabilidad real.

- Política de cooperación con entre la Unión Europea e Iberoamérica en aras de asegurar la estabilidad de las inversiones españolas, evitar que los intercambios comerciales en el subcontinente se realicen solamente en dirección Norte-Sur con el grado de dependencia que implica. El mantenimiento de una situación imperial de los EEUU sobre Iberoamérica, implicaría en corto espacio la reaparición de una tentación intervencionista en el resto del mundo. De ahí que la Unión Europea y España en concreto deban apoyar el desarrollo de los grandes países iberoamericanos: Brasil (llamado a ser por sus geografía, reservas, población y tecnología, el germen de una potencia regional), Argentina, Chille (países con gran potencial económico y cultural, cuyas contraposiciones geopolíticas se trata de atenuar) y Venezuela (ruta más corta hacia Iberoamérica).

Esto permite formular tres consecuencias.

La primera consecuencia a desarrollar es el siguiente: contra más atenuada esté la influencia cultural protestante y calvinista en los EEUU, mayores espacios de libertad tendrán los pueblos Iberoamericanos y mayor estabilidad tendrá un sistema multipolar. En ese contexto el papel de España queda reubicado como puente -no retórico sino muy real- entre Eurasia y el continente americano.

La segunda consecuencia a desarrollar es: dada la inestabilidad del mundo islámico, la única política posible es la contención. De nada sirve ayudar a políticas de desarrollo regional en países que, de la noche a la mañana, pueden deslizarse bruscamente hacia el fundamentalismo más radical, o países que albergan en su interior un potencial explosivo que hace inviable la inversión en desarrollo; dadas las peculiares características del islam y la intensidad con que esta religión condiciona la vida de los pueblos árabes y magrebíes, les imprime agresividad, les dota de un mesianismo enfermizo e históricamente superado y genera objetivos teocráticos que enlazan con un pasado remoto, y dada, finalmente, la ubicación geográfica de "frontera sudoeste de la Unión" que tiene España, por todo ello, la contención es la única política posible, no solo para España sino para toda la Unión Europea. Este axioma puede ser desarrollado a partir de las tesis que expusimos en nuestra serie de artículos contrarios a la integración de Turquía en Europa y la posibilidad de que el "espacio turcófono" sea un factor de desestabilización permanente entre las tres potencias euroasiáticas.

La tercera consecuencia no es otra que reconocer que el destino de España y el de Europa, a lo largo de todo el siglo XXI, van a estar unidos. Si bien es cierto que en el pasado, las contradicciones y los intereses contrapuestos, frecuentemente, se tradujeron en guerras y conflictos, éste período ha concluido. La última guerra civil entre europeos (1939-45) y la fabricación de nuevas armas de destrucción masiva, indica que de producirse un nuevo conflicto de esas características en suelo europeo, implicaría casi necesariamente la desaparición de Europa, incluso físicamente.

d. España en Europa: renegociar el acuerdo con la UE

Europa es nuestro principal campo de integración. Esto no implica aceptar acríticamente la actual relación con la UE. Si la UE aspira a ser aceptable e irreversible debe acometer una profunda reforma interior (cuyo primer paso es definir sus objetivos, su modelo y sus límites) y, al mismo tiempo, el Estado Español debe renegociar sus condiciones de integración, especialmente en materia agrícola y alimentaria.

Europa sigue siendo todavía hoy, excesivamente desigual en materia económica y la política de adaptación que siguió a nuestra integración (la conocida como "reconversión industrial") no generó nuevos horizontes económicos sino que liquidó sectores enteros de nuestra industria (siderurgia, minería, astilleros) que solamente fueron compensados mediante jubilaciones anticipadas y subsidios, pero no con la creación de empresas sólidas que pudieran sustituir a los sectores industriales desarticulados. Durante veinte años, la llegada masiva de Fondos Estructurales, hizo olvidar que España abordó un proceso de desertificación industrial a mediados de los años 80 que, agravó luego la deslocalización y que se ha hecho dramática en el momento en que coincidió el cese de flujo de Fondos europeos, la crisis económica, la crisis de la construcción, la crisis turística y la crisis financiera internacional.

Así mismo, las políticas agrícolas de la UE atribuyen un papel cada vez más privilegiado a los productos horto-frutícolas procedentes del Magreb y de Israel que lesionan especialmente nuestra agricultura. El establecimiento de cuotas en la producción de leche, el régimen de subvenciones (a menudo regulado con principios absurdos: subvención a la plantación de vides y subvención al arranque de vides…), genera situaciones poco asumibles y muy alejadas del principio de "autonomía alimentaria" que debe regir para todo el territorio de la Unión.

Por otra parte, el hecho de que, después de la entrada de España, se hayan producido otros ingresos y se haya trenzado una trama de acuerdos con países no europeos, modifica extraordinariamente las condiciones iniciales que firmó nuestro país en el momento de su ingreso en la Unión Europea. Todo ello, unido, lleva a dos necesidades: la de "cerrar" Europa, con toda la prudencia que requiere, lo antes posible, esto es poner límites a Europa y priorizar el desarrollo de las economías interiores del continente y reducir al mínimo imprescindible los acuerdos preferenciales con países extra-europeos.; y la de renegociar las condiciones de afiliación de España a la UE a la vista de los cambios operados en los últimos años.

e. España y Portugal

La cooperación hispano-portuguesa en el momento actual es fundamental, no sólo por razones históricas y culturales, sino fundamentalmente por motivos políticos y estratégicos. En primer lugar, ninguna razón geopolítica justifica la existencia de dos naciones peninsulares que, solamente se apoya en episodios históricos (Aljubarrota, 1385, con la derrota castellana y la nefasta gestión del Conde-Duque de Olivares en 1640 que determinó la bifurcación definitiva de los caminos de España y Portugal).

En segundo lugar por que la huella dejada en Suramérica no fue solamente obra de españoles, sino también de portugueses y hoy, no puede abordarse una política europea común en relación a Iberoamérica sin tener en cuenta el papel de uno de los aspirantes a ser potencia regional, Brasil con obvios vínculos lingüístico y culturales con Portugal.

En tercer lugar porque el mantenimiento de la actual situación favorece la alianza de Portugal con Inglaterra y, por tanto, el reforzamiento del eje anglo-sajón, cuando en realidad, el objetivo estratégico de los países europeos en este momento debe ser la emancipación política y especialmente económica del sistema anglo-sajón afectado de un cáncer profundo e irremediable: la deuda.

En cuarto lugar porque los problemas políticos, estratégicos y económicos y los intereses derivados de ellas, son prácticamente los mismos entre ambos países. España y Portugal pueden duplicar su interés estratégico en la zona del Estrecho y en el triángulo Gibraltar - Canarias - Azores, controlando buena parte de los accesos y rutas del Atlántico.

Finalmente, porque dos culturas del mismo origen, que han recibido las mismas influencias y que han compartido experiencias históricas similares, pueden reforzar extraordinariamente su presencia en el mundo a costa de caminar juntas.

Por todo ello, y al margen de los acuerdos con la Unión Europea, España y Portugal deberían de avanzar hacia estadios superiores de colaboración nacional y de establecimiento de objetivos estratégicos conjuntos que, además, reforzarían su papel en la Unión Europea y en la escena internacional.

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Fin Documento I

 

Notas para entender el siglo (I de V). PERSPECTIVA INTERNACIONAL. Las líneas de derrumbe del sistema mundial y de la globalización (13). El papel de Europa en la escena internacional

a. De 1945 al Mercado Común y a la UE

Tres guerras franco-alemanas en menos de 70 años era demasiado para ambos países, así que un lustro después de acabada la II Guerra Mundial, los gobiernos francés y alemán dieron los primeros pasos para construir lo que luego sería (en 1951) el Mercado Común Europeo. Atendiendo a los razonamientos que había expuesto antes de la guerra el conde Coudenhove-Kalergi, la unificación europea se abordó desde un punto de vista económico y, más concretamente, alimentario. La iniciativa, lanzada por Roberto Schuman y recogida entusiásticamente por Konrad Adenauer. En los años siguientes se firmaron distintos acuerdos que reforzaban la creación de "las comunidades europeas": el acuerdo CECA (Comunidad Económica del Carbón y del Acero), la Comunidad Europea de Defensa, la Unión Europea Occidental, Euratom, etc.

Después de siglos de enfrentamientos, lo único que en la postguerra podía servir como punto de encuentro a naciones que, cada una de las cuales, tenían agravios comparativos con otras, era la necesidad de subsistencia económica. Los primeros acuerdos del MCE tuvieron que ver especialmente con sectores económicos estratégicos (siderurgia y agrario). Se pretendía sobre todo lograr estabilidad en los precios y abastecimiento en los mercados.

Los primeros 20 años fueron de escasas realizaciones, tan solo en 1965 se crearon los órganos directivos: la Comisión Europea y el Consejo de Europa. En 1986 se firmó el Acta Única Europea y, a partir de entonces la construcción europea cobró un nuevo impulso hasta la firma del Tratado de Maastrich (1992) y la formación de la UE. La voluntad inherente a Maastrich era transitar de la "unión económica" a la "unión política". La ambición era constituir una "federación" capaz de jugar un papel internacional decisivo que superara la debilidad política de los países europeos y la elevara al nivel de su potencia económica.

La Unión Europea es, por el momento, un proyecto frustrado.

b. Los errores en la construcción de Europa

Los errores en la "construcción de Europa" se remontan al mismo inicio del proceso cuando se trató solamente de una "unión económica". Aceptando la primacía del factor económica, se logró que, desde el primer momento, no existiera entusiasmo ni aceptación popular. Los primeros ataques que recibió la idea europea consistieron en apostrofarla como "Europa de los Tenderos". El problema no era ese, sino que, en realidad, se trataba de una "Europa de los Tecnócratas" que gobernaban de espaldas a la población. Desde entonces, casi siempre que se han realizado consultas populares sobre Europa, o bien la participación ha sido escasa (media de participación electoral en toda Europa por debajo del 50%), o bien lo votado era diametralmente opuesto a las directrices de la cúspide de la UE (rechazo franco-holandés al proyecto de Constitución Europea).

Tras unos primeros veinte años en los que prácticamente el MCE no creció, bruscamente, hacia mediados de los años 80, se inició una enloquecida carrera de ampliaciones que aumentó con la instauración de la democracia en el Ester Europeo. Se ganó en extensión, pero se perdió en coherencia. Si bien hasta 1986, todos los países que formaban parte del MCE eran muy homogéneos en cuanto a su estructura y a su nivel de desarrollo y si bien las incorporaciones de los países mediterráneos llegados a la democracia después de experiencias autoritarias, pronto alcanzaron niveles similares de desarrollo gracias a los fondos estructurales (y con la contrapartida de haber tenido que liquidar sectores enteros de su industria en lo que se llamó "la reconversión" de la segunda mitad de los 80), lo cierto es que los nuevos países del Este estaban todavía separados por una brecha brutal y, desde el momento en que entraran en la UE se iban a convertir en una verdadera aspiradora de fondos estructurales.

Para colmo, la UE, a partir de Maastrich adoptó medidas apresuradas y poco meditadas. La creación del "Espacio Schengen" era una arriesgada aventura, especialmente si antes no se regulaban los aspectos más conflictivos y se garantizaba la protección de las fronteras exteriores de la UE. Al no haberse hecho así, un narcotraficante turco que haya introducido un cargamento de heroína a través del llamado "corredor turco" de los Balcanes (formado por los núcleos islámicos de esta zona), puede hacerlo llegar sin ninguna dificultad a Finisterre al no existir controles fronterizos.

Por otra parte, la UE tiene una actitud esquizofrénica en relación a los EEUU: una especie de relación amor-odio. En EEUU las cosas están mucho más claras: UE sí, pero sometida al "imperio", a modo de "potencia regional" y tapón frente a Rusia. El euro constituyó una amenaza para la economía norteamericana al aparecer un moneda de cambio internacional capaz de rivalizar con el, hasta entonces, indiscutible dólar. De hecho, la señal para la invasión de Irak fue la decisión de Saddam Husein de exigir el pago de euros por el petróleo iraquí vendido. En este contexto de imposiciones norteamericanas a la UE por medio de sus peones interpuestos, figura la ideo de que Turquía pertenece a Europa. Los EEUU se han manifestado como los grandes valedores de la incorporación de Turquía a la UE pues, no en vano, saben que desparramar a 90 millones de islamistas turcos por Europa supondría un desquiciamiento social para el Viejo Continente. No es raro que fueran los principales aliados de EEUU en Europa quienes siempre han propuesto esa integración: Aznar y Blair.

Si el proyecto de constitución europea fracasó en Francia y en Holanda fue precisamente porque la campaña orquestada en su contra se centró en la "cuestión turca" que, además, impedía la definición de las fronteras de Europa y del carácter de la Unión. No es raro que, después de una primera fase de indecisión y armonización de mercados interior (1951-1965), tras una segunda fase de balbuceos y ampliaciones temerosas (1965-1986), siguiera una fase de transformar el MCE en una federación política (1986-1996), a la que siguiera una ampliación en cadena, excesivamente acelerada y poco meditada, seguida de una parálisis institucional (1996-2009).

c. Las negatividades en la construcción de Europa


Como ya se ha dicho, lo más negativo en todo este proceso es:

- el "buenismo" y la ambigüedad que impide asumir y defender los rasgos de la identidad europea a fin de evitar "ofender" a otros continentes. Esto ha terminado en la incapacidad de los tecnócratas de la UE para crear "mitos movilizadores" y, por tanto, han sellado, el que la  construcción europea se realice de espaldas a las masas.

- la ausencia de una voluntad de defensa que sigue subordinando la estructura política de la UE a la estructura militar de la OTAN y ésta, a su vez, a las paredes del Pentágono. Dado que la UE no ha "crecido" en la convicción de la existencia de "enemigos exteriores" (especialmente a partir de 1989), ha evitado pronunciarse sobre sus necesidades e defensa.

- los teóricos de la UE no han sabido deslindar el concepto de "Europa" (geográfico, geopolítico, cultural e incluso étnico: todos los europeos tienen un sustrato común indo-europeo) del concepto de "Occidente" (completamente artificial, propagado durante la Guerra Fría y que contempla como "lo mismo" a Europa y a los EEUU).

- los vaivenes políticos y los diferentes humores de los que han hecho gala las distintas cancillerías europeas se ha traducido en diferentes ritmos asumidos en la construcción de Europa, así mismo, la presencia de políticos más o menos mediatizados por los EEUU ha hecho que, frecuentemente, el destino de Europa siga en manos extra-europeas.

Esto ha llevado al punto  actual: Europa sigue siendo en gigante económico y un enano político. Europa sigue careciendo hoy de la idea de "misión" y "destino" que solamente pueden alumbrar el nacimiento de una federación dotada de voluntad política. Europa sigue siendo un "apéndice" de Occidente. Europa sigue sin asumir su defensa. Sigue mirando al Este como al enemigo y sigue condicionada por los criterios geopolíticos anglosajones del siglo XIX formulados para beneficiar precisamente al mundo anglosajón. Después de décadas de lenta y laboriosa construcción europeo, ahora Europa vive uno de sus peores momentos: políticamente paralizada y económicamente en crisis.

d. Europa desenganchada de Occidente


Europa es Europa, no es Occidente. Occidente es un concepto propagado durante la Guerra Fría dentro de la teoría de los "tres mundos" (Primer mundo: el desarrollado habitualmente identificado con los países de la OTAN; Segundo Mundo: países comunistas organizados en el Pacto de Varsovia y Estados aliados asiáticos; y, Tercer Mundo o países no alineados con ninguno de los dos bloques anteriores, en vías de desarrollo o subdesarrollados). La idea de Occidente es rechazable desde todos los puntos de vista:

-    No es una idea geopolítica: no se apoya sobre entidades geopolíticas realmente existentes sino que incluye a países muy diversos y alejados entre sí que no tenían nada que ver salvo… su alianza con los EEUU y su papel anticomunista (Australia, Nueva Zelanda, Turquía e, incluso, Sudáfrica.

-    No es una idea histórica: Occidente es un concepto sin precedentes en la historia, ha existido el mundo clásico, Hélade y el Imperio Romano, la catolicidad medieval bajo la forma de Sacro Imperio, el imperio español, el francés, el inglés, pero nunca "occidente".

-    No es un concepto cultural: a pesar de que se haya querido presentar a Occidente como la antítesis de "Oriente", entendiendo por tal el comunismo y manifestaciones culturales que se consideraban como "contrarias a Occidente": el budismo, el  confucianismo, el islam, etc.

Occidente es algo mucho más banal e irrelevante: es un concepto abstracto destinado a unir el destino de Europa al del americanismo, sin ningún tipo de sostén. En función de ese concepto se ha justificado la sumisión de Europa a los intereses económicos, estratégicos y políticos de los EEUU. Se trata, en definitiva, de un concepto que no tiene posibilidades de acomodarse en un mundo post-globalizado.

Europa tiene la obligación de definirse:

- O con "occidente", poniéndose en el furgón de cola del americanismo,

- O independiente y libre mirando realizando el eje geopolítico Madrid-París-Berlín-Moscú.

Cada opción tiene sus implicaciones inexorables: la primera supone el reconocimiento y la certificación ad infinitum de la decadencia de Europa y de su renuncia a ejercer un papel activo en la escena internacional. La visión "ideal" que los EEUU tienen de Europa es: un continente multiétnico (y, por tanto inestable), balcanizado como hasta ahora en decenas de naciones y nacionalidades (y, en tanto que balcanizado, débil), y por tanto fácilmente adaptable a las exigencias de su política.

Pero, como hemos visto, la crisis del americanismo no va a retrasarse mucho: el endeudamiento del Estado federal, de las administraciones locales, de las empresas y de las familias es tal, que EEUU no tiene posibilidades de salir de esta crisis indemne. En el momento en que se desplome el poder "imperial" de los EEUU ya no estarán en condiciones de ejercer su influencia en la escala internacional. Ese será el momento para reconstruir Europa y reformular las relaciones con Moscú.

En un futuro nuevo orden internacional multipolar, Europa debe ser una de las piezas claves para la estabilidad de Eurasia: nuestro primer objetivo geopolítico.