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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

ORIENTACIONES

De momento empate

De momento empate

Info|krisis.- Si Rajoy pensaba que el independentismo catalán podía conjurarse recordando que la cúpula del nacionalismo histórico era una pandilla de salteadores de caminos (que lo es), es evidente que se ha equivocado. Hubo masas independentistas en la “diada” y, en contrapartida, la manifestación de Societat Civil Catalana en Tarragona fue mínima. Ahora veremos porqué hubo masas en la “V”. Pero lo importante es que Estado e independentismo catalán, en estos momentos, están empatados. Y lo peor es que ahora todo depende de lo que ocurra en ocho días en Escocia. Vamos a intentar resumir el estado de la cuestión a 12 de septiembre.

1. Hubieron masas en la calle

De momento, la estrategia de Rajoy para conjurar al independentismo catalán se ha demostrado un fiasco. Ayer estuvieron presentes masas en la confluencia entre la Gran Vía y la Diagonal (entro tiempo, Avenida de José Antonio y Avenida del Generalísimo Franco, respectivamente…). Es evidente que 1.800.000 personas, la cifra manejada por la Generalitat es visiblemente exagerada (no hay en una Cataluña con 7.000.000 de personas, posibilidad material de reunir un 33% de la misma en Barcelona), pero incluso dando por buenas las cifras aportadas por el Gobierno Civil, se trata de la manifestación más masiva que ha tenido lugar en la historia de Cataluña.

2. Eran masas independentistas

A pesar de que los organizadores de la consulta reivindicaron el “derecho al voto” como tema de la manifestación, lo cierto es que en este momento “partidarios del referéndum” e “independentistas” suponen dos conjuntos que se superponen. En efecto, si bien no todos los que proponen la consulta son independentistas, la inmensa mayoría sí lo son. De hecho, si la Generalitat ha dado la cifra de 1.800.000 asistentes es porque, a fin de cuentas, esa es la cifra de votos que recibiría como mínimo el “Si a la independencia” en caso de celebrarse el referéndum del 9-N.

3. El “efecto Pujol” no basta

El escándalo del gang Pujol, lanzado “providencialmente” por el gobierno 50 días antes de la manifestación, ha hecho caer la infamia sobre CiU… pero no ha tenido el más mínimo impacto sobre el objetivo último del gobierno: desmovilizar el independentismo. Es más, ha sido contraproducente en la medida en la que el nacionalismo sociológico se ha ido radicalizando y abandonando los campamentos de CiU (partido político virtualmente deshecho) para desplazarse al sector independentista. De hecho, esta manifestación fue más masiva que en los dos años anteriores.

4. Empate político y concesiones

En la actualidad, estamos ante un empate en la competición insensata entre el independentismo catalán y el Estado Español. Éste ha conseguido hacer caer la vergüenza (nacional e internacional) sobre los gestores de la Generalitat en los últimos 34 años, pero, en contrapartida, la Generalitat ha demostrado que hay importantes masas populares apoyando el proceso independentista. Estamos ante un 1 a 1, peligroso resultado cuando se aproxima la fecha del 9-N y que deja pensar en que en un intento de salvar a CiU (en realidad, a lo que podría quedar de “nacionalismo moderado”), Rajoy negociará importantes concesiones y traspasos a la Generalitat (en la misma línea que el gobierno del Reino Unido ha propuesto para conjurar al independentismo escocés).

5. Debilidad del “unionismo”

En Tarragona no estuvieron presentes más de 8.000 personas (según las cifras de la Delegación del Gobierno), ni menos de 3.000 (según las cifras de la Generalitat). Unas cifras en cualquier caso, pobres, sino pobrísimas, menos que las que acudieron a la concentración “unionista” de la Plaza de Cataluña. Societat Civil Catalana no puede alardear de disponer detrás de un “músculo” parecido remotamente a lo que ha logrado movilizar el independentismo. Esto indica que los sectores sociales dispuestos a movilizarse contra el independentismo, tienen todavía mucho que andar. Han empezado tarde y les va a costar recuperar el terreno perdido, por mucho de que, históricamente, sus posiciones sean las justas y las del independentismo meras falacias.

6. El drama del PSC escenificado

El PSC dio libertad para acudir a estas dos concentraciones (la “V” de Barcelona y la unionista de Tarragona). A pesar de que la noticia es que Carmen Chacón estuviera presente en Cataluña y que en la “V” apenas asistieron dirigentes conocidos del PSC, lo cierto es que este partido se ha eclipsado en la calle antes de desplomarse en las próximas elecciones municipales de mayo. En ningún caso, la “tercera vía” socialista, ha demostrado disponer del más mínimo apoyo en la calle y se ha producido lo que denunciábamos desde hacía meses: que el desplome del socialismo español se ha iniciado en Cataluña.

7. El balcón del gang Pujol como símbolo de CiU

El 11-S las persianas del domicilio del gang Pujol en la Avenida del General Mitre han permanecido bajadas durante todo el día… con una bandera catalana horizontal situada a lo largo, símbolo de la insostenible posición de CiU. Como si el Estado Mayor del ejército que ha conducido la estrategia nacionalista en las últimas décadas pusiera las armas a la funerala y estuviera de luto. Lo más significativo de la nueva situación en Cataluña es que las dos fuerzas “constitucionales” hasta ahora mayoritarias (PSC y CiU) están en caída libre en este momento, mientras que ERC y Podemos se encuentran en fase de ascenso.

8. Ahora todo depende del Reino Unido

A la vista del empate entre “unionismo” e “independentismo”, la que, a plazo inmediato, podría suponer el que una de las partes tomara la delantera, serán los resultados del referéndum que tendrá lugar el día 18 en Escocia. Allí, obviamente, se han planteado las cosas de forma diferentes, a través de un consenso entre el gobierno de Londres y el nacionalismo escocés. Es evidente que si allí vence el SI, la posición del independentismo catalán se verá reforzada y, a pesar de que aún queda tiempo para el final del encuentro, habrá que contar en su haber con un nuevo tanto, un 2 a 1 desequilibrador. Se demostrará que una nueva nación está en curso de nacer en las islas británicas… en el territorio de la UE. Y si allí puede ser ¿por qué no aquí? A la inversa: si vence el unionismo, la posición del independentismo catalán se resentirá negativamente.

9. Fracaso de la estrategia de Rajoy

Si, hasta ahora, la estrategia de mostrar las vergüenzas y la corrupción del nacionalismo no ha logrado aminorar la carga del independentismo, y si la segunda táctica empleada (favorecer la aparición de organizaciones unionistas en la sociedad civil) está únicamente en su fase inicial y dista mucho para que logren arrastrar masas dignas de tal nombre, Rajoy tiene solamente dos posibilidades para mantener la unidad del Estado: una es poco, la otra decepcionante y pesará como una losa sobre el PP. Nos referimos al recordatorio de la apelación a la “legalidad vigente” (que tiene el mismo impacto que cuando los franquistas recordaban en 1978 que la marcha hacia la democracia era ilegal según las Leyes Fundamentales, remedo de constitución del régimen franquista) y a las concesiones político-económicas para desmovilizar temporalmente al nacionalismo. Rajoy no dispone de otra vía.

10. Inestable y grisáceo “unionismo”

El “frente unionista” formado por PP, una parte del PSC, Ciutadans y UPD, tiene poco arraigo en Cataluña y, para colmo, mantiene los prejuicios propios de las fuerzas que dieron vida a la constitución de 1978: marginar, por ejemplo, a PxC cuando manifiesta su voluntad de asistir a la convocatoria de Tarragona, como prolongación del “sin enemigos a mi derecha” que impusiera Manuel Fraga en 1978. Pero el PP y el PSC en Cataluña se han convertido en residuos de otros tiempo, exponentes del “ancien régime” fracasado. Y en lo que se refiere a Ciutadans y a UPD, su ascenso como “partido protesta” se ha visto bloqueado por la irrupción de Podemos. Además, el carácter de “centro izquierda” de ambas formaciones, el retraso en llegar a un pacto por culpa del personalismo de Rosa Díez y el estancamiento al que hemos aludido, no los configuran, ni siquiera en Cataluña (tierra originaria de Ciutadans), como alternativas sólidas.

11. Fracaso del Estado, éxito del gramscismo cultural

Detrás de la movilización independentista lo que subyace es el fracaso del Estado y de su concepción de “Estado de las Autonomías”, el fracaso del nacionalismo moderado que no es sino una etapa intermedia y previa del independentismo y, finalmente, el éxito del gramscismo cultural de la Generalitat. Lo realmente sorprendente es que las bases históricas del independentismo catalán son todas, sin excepción, una mera falacia (empezando por el significado histórico de la caída de Barcelona el 11 de septiembre de 1714 que no suponía otra cosa sino el hundimiento de las pretensiones austriacistas a la Corona de España, y terminando por el “Colón catalán” y la “Gioconda pintada al pie de Montserrat”...), pero esa falacia ha terminado siendo asumida por un amplio sector de la opinión pública catalana. Lo cual no la legitimiza, ni la convierte en realidad… Eso solamente ha sido posible por 35 años de paciente y tenaz mentalización de la opinión pública realizada desde los medios de comunicación catalanes subvencionados y por un sistema educativo que el Estado entregó al nacionalismo.

12. Mas entre la espada y la pared

La disyuntiva que se plantea a Artur Mas es insoportable: o respeta la legalidad del Estado y se opone a las masas que ayer estuvieron en la calle, o bien se deja arrastrar por esas mismas masas y termina ante los tribunales y/o desencadenando una situación de enfrentamiento abierto. En cualquiera de los dos casos, la posición de Artur Mas tiene mala salida (a ello se unirán nuevas noticias sobre la corrupción de la Generalitat que, sin duda, le salpicarán directamente) y hoy puede considerarse como un político amortizado, que irá a parar al basurero de la historia junto a otros ilustres mediocridades (empezando por Zapatero y terminando por Maragall, desde Aznar hasta Felipe González).

13. La vida sigue igual, la globalización también.

El éxito de la manifestación independentista no implica el que se haya implantado ya una frontera en el Ebro, sino simplemente, un empate político momentáneo. Los gobiernos del Estado lo han hecho muy mal en los últimos años y no es raro que haya oposición a “Madrid” en Cataluña (pues no en vano el gobierno español se encuentra en Madrid). En buena medida, las masas que estaban en la calle en Cataluña pidiendo la independencia son masas que protestan contra la crisis y que, educadas durante 30 años en el nacionalismo, creen que solos les puede ir mejor que acompañados por el resto de regiones de España. Esas mismas masas volverían a ser “unionistas” en una Cataluña independiente que no satisficiera las expectativas de progreso económico que les motiva hoy. Es inevitable que encuadremos estos acontecimientos dentro de la perspectiva mundial de la globalización: ésta precisa barrer a los Estados Nacionales que disponen de recursos jurídicos, institucionales, legislativos y coercitivos que supongan barreras a la globalización. Estados pequeños, inviables, débiles y cuyas clases políticas hayan demostrado altos niveles de corrupción, son mucho más manejables para los mentores de la globalización, que los actuales Estados-Nación. Y esto –la globalización y el mundialismo- no cambiarán, ni con Cataluña unida al Estado, ni con una Cataluña independiente.

14. Perspectivas sombrías de uno y otro lado

La única salida de que dispone Mas que le evite el riesgo de aventuras independentistas fuera de la ley y de ser arrasado por el independentismo al que él dio alas en los primeros meses de su gobierno, consiste en convocar elecciones anticipadas después de que el gobierno recurra la ley de consultas catalanas en los próximos días. Sabe que las va a perder (nadie puede ganar unas elecciones con la cúpula histórica de CDC a punto de sentarse ante los tribunales) y que va a arrastrar a CiU a la catástrofe y se resistirá a no agotar la legislatura: pero la envergadura de la manifestación de ayer y, especialmente, si en los próximos días, Rajoy se mantiene firme, no le dejan otra salida para evitar una estallido nacionalista en el más puro estilo Companys… Y una respuesta, al más puro estilo 11 de abril de 1934: a cañonazos ante la puerta del Palau de la Generalitat. Si Rajoy se siente acomplejado por la manifestación del 11-S y tiene la tentación de hacer más concesiones para evitar el enfrentamiento, tampoco parece que vaya a resolver gran cosa e incluso demostraría su lado más débil a la derecha de su propio partido. En los próximos meses, además, la posición de Rajoy se va a ir debilitando a medida que demuestre la falsedad sobre los “brotes verdes” económicos. La posición de Rajoy no es mucho más cómoda que la de Mas. La partida sigue abierta.

© Ernesto Milà - info|krisis - ernesto.mila.rori@gmail.com - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

Dos episodios significativos

Dos episodios significativos

Info|krisis.- En la última semana, la prohibición para repartir alimentos “sólo para españoles” en la localidad valenciana de Xirivella y el acoso al que se ha visto sometido el Hogar Social Patriota Ramiro Ledesma en Madrid, indican la intolerancia del Partido Popular por un lado y de la extrema-izquierda por otro y su decidida intención de hostigar todo aquello que pueda suponer concienciar a la población de uno de los grandes problemas del momento: la extensión de la pobreza en nuestro país y la necesidad de iniciativas para defender a la población de origen español, abandonada por la “discriminación positiva” del PP y por la “xenofilia” de la extrema-izquierda.

¿Hasta qué punto un Ayuntamiento puede impedir una distribución de alimentos gratuitos? Es simple: basta con que el alcalde sea del PP para que se sienta obligado a emular a Manuel Fraga Iribarne cuando dijo aquello de “la calle es mía” (y no tolero que nadie me haga competencia en el dominio de la calle) y aquello otro de “sin enemigos a mi derecha” (es decir, que todo lo que aparece “a la derecha del PP” no debe tener el derecho de expresarse, ni de figurar políticamente). Esto es lo que ha hecho el alcalde del PP, como antes lo hizo en la capital valenciana la propia Rita Barberá y como suelen hacer otros alcaldes peperos en la Comunidad Valenciana.

Mientras el alcalde sea el “dueño de la calle” y sólo aplique este sentido de propiedad a asfixiar a los que realizan tareas humanitarias que no implican ninguna carga para el Ayuntamiento, y mientras no se dedique con todas sus energías a utilizar sus recursos para combatir a una delincuencia atraída por el “efecto llamada para delincuentes” que se ha dado en nuestro país (y en todos los municipios) desde tiempos de Aznar, ni la sociedad irá bien, ni la vida ciudadana restablecerá su normalidad. Porque lo que están haciendo los grupos que reparten “alimentos para españoles”, no es solamente realizar una necesaria tarea humanitaria que nadie está realizando, sino porque están contribuyendo a denunciar una situación de la que la clase política –“la casta”- es culpable.

Es significativa la complicidad del resto de fuerzas políticas en la prohibición para repartir alimentos gratuitos para españoles en la Comunidad Valenciana. Ni el Partido Socialista “Obrero”, ni la “izquierda plural”, ni “Compromís”, ni UPyD, ni fuerza política alguna, levantaron su voz para recordar que hay un 25% de los ciudadanos nacidos en España que están próximos al umbral de la pobreza. Y si callan es porque todos ellos son responsables de lo que está ocurriendo y tienen conciencia de que si esta verdad se conoce en la calle, en poco tiempo pueden perder buena parte de su intención de voto, lo único que, a fin de cuentas, les interesa.

Ahora bien, en Madrid ha ocurrido otro episodio igualmente significativo. No era la primera vez que en España, en la estela de la Casa Pound italiana, se ha ocupado un edificio por jóvenes vinculados a grupos patrióticos, la novedad estriba en que no se ha tratado de una ocupación efímera, rápidamente resuelta por la policía, sino que los ocupantes lo han hecho con voluntad de permanencia. La reacción ha correspondido esta vez, no al ayuntamiento, ni al gobierno autonómico, sino a la extrema-izquierda que, rabiosa, se ha lanzado contra el “racismo en el barrio” (como si aludir a “españoles” en lugar de a “multiculturalidad” fuera una expresión de “racismo y xenofobia”). También aquí el PP ha puesto su granito de arena en forma de absentismo policial. Una vez convocada la manifestación de la extrema-izquierda contra el Hogar Social Patriota Ramiro Ledesma, la policía –bajo control político del PP, no se olvide nunca- se ha inhibido, dejando las manos libres para la agresividad de la extrema-izquierda.

No es la primera vez que esto ocurre. Ya en Barcelona en 2003 se percibió que la policía autonómica hacía oídos sordos a la denuncia de un partido de carácter patriótico que había abierto una sede en el barrio de Pueblo Seco (que entonces empezaba a tener una abrumadora presencia de inmigrantes) ante la proximidad de una manifestación izquierdista. Cuando se produjeron los reiterados intentos de asalto en el mes de julio de 2003, los “mozos de escuadra” se limitaron a filmar los incidentes desde la esquina. Poco después, frente al restaurante La Font del Bosc, en el curso de una cena organizada por este mismo partido, quien esto escribe localizó un vehículo en el interior del cual un individuo estaba filmando a los que entraban. Al día siguiente, pude enterarme de que la matrícula correspondía a un vehículo propiedad de una compañía que habitualmente los alquilaba a los Mossos d’Esquadra… Entonces también gobernaba el PP en el Estado y también gobernaba CiU en Cataluña.

Y es que la derecha, la derecha españolista o la derecha catalana, se toma a la policía como una especie de instrumento propio al servicio de sus intereses políticos y que puede ser apuntada a voluntad contra sectores disidentes. Este absentismo policial formaba entonces y sigue formando ahora, una pinza con la extrema-izquierda, mano de obra barata para bloquear el ascenso de grupos patrióticos, alternativos y disidentes. Así que no estamos ante un fenómeno nuevo, sino ante algo que se ha producido antes y que seguramente veremos reproducirse con frecuencia a partir de ahora.

La diferencia estriba en que antes el sistema gozaba de buena salud. Hoy, en cambio, es un montón de ruinas decrépitas que puede derrumbarse ante cualquier pequeño impulso. Por tanto, es previsible que este tipo de presión aumente en los años venideros. Lo que obliga, necesariamente, a tomar medidas y a actuar según el “principio de precaución” por parte de los patriotas decididos a emprender el camino de la “ayuda social patriota” o de constituir “organizaciones de apoyo a la población española”.

En primer lugar, es preciso organizar la autodefensa ante la agresividad de la extrema-izquierda, de las bandas latinas y de las bandas llegadas con el “efecto llamada para delincuentes”. La idea de “defensas cívicas” debe completar a la de “organizaciones de apoyo a la población española”.

Ahora bien, “la basura la retiran los basureros”, lo que traducido quiere decir que cualquier situación de alteración del orden público tiene que ser resuelta por los organismos constituidos por la sociedad para ello. Dicho de otra manera: a la extrema-izquierda agresiva e intolerante, en tanto que vulnera la ley y se convierte en un obstáculo para el ejercicio de la libertad de expresión, debe combatirla la policía y si la policía no lo hace –y es previsible que no lo haga en las actuales circunstancias- ¡hay que obligarle a ello!  Se trata pues de filmar los incidentes que se produzcan, evidenciando el absentismo policial y presentar denuncias ante el Juzgado de Guardia contra los mandos policiales que ordenan no intervenir ante este tipo de incidentes, contra el delegado del gobierno y contra el Ministerio del Interior. Antes o después se producirá alguna sentencia favorable que establecerá responsabilidades.

Lo importante es tener clara una cosa: la extrema-izquierda no es el “enemigo principal” de los hogares social-patriotas, ni se pueda caer en una especie de guerra de bandas que absorba todos los esfuerzos y haga imposible cualquier otra actividad que no sea la de responder a sus provocaciones y el estar en guardia ante su agresividad compulsiva y propia de psiquiatras. La tarea de los hogares social-patriotas y para lo que han sido creados, es la ayuda social a la población de origen español. Las calles las limpian los basureros. No es nuestra tarea. Lo que se trata es de obligar a la policía a que haga su trabajo.

La actitud de los alcaldes del PP es más inteligente porque implica menos desgaste en el orden público. Entre las atribuciones del alcalde, efectivamente, está el prohibir los actos que puedan generar desórdenes públicos o vulnerar la ley. Así pues, siempre que se les notifique que se va a producir uno de estos repartos, se producirá la prohibición automática. Ahora bien, esta actitud también tiene un alto coste político para quien la protagoniza: porque si se difunde entre la población que el ayuntamiento está PROHIBIENDO el que se repartan alimentos gratuitos entre ciudadanos solamente porque están destinados a NACIDOS EN ESPAÑA, la reacción puede ser de incomprensión primero, hostilidad después y desprecio finalmente. Sobre todo cuando los ayuntamientos gastan cantidades desproporcionadas de dinero en las más atrabiliarias subvenciones a los más increíbles proyectos que no tienen nada que ver con el bienestar al ciudadano, mientras presionan mediante multas y aumentos en los impuestos municipales a la población. Recordarlo: el actual sistema de partidos español pende de un hilo, se están produciendo corrimientos de fuerzas y cualquier pequeña campaña puede generar el que un partido hasta ese momento mayoritario en un municipio, quede en las siguientes elecciones convertido en partido marginal.

Así pues, cuando un ayuntamiento prohíbe la distribución gratuita de alimentos, hay que responderle de dos maneras:

1) manteniendo el reparto de alimentos pero dentro de las sedes de las “organizaciones de apoyo a la población española” (OAPEs) y

2) denunciando mediante panfletos, carteles, charlas y notas a los medios, la actitud irracional de los ayuntamientos y su odio instintivo hacia quieres solamente proponen distribuir ayuda humanitaria entre españoles.

A la vista de que los repartos de alimentos tendrán lugar dentro de los locales, no hay excusa jurídica suficiente para prohibirlos. Como cualquier local, el derecho de admisión está garantizado.

¡Hay que conseguir que cualquier prohibición de este tipo se convierta en un descrédito para quien la dicta! ¡Cada prohibición debe convertirse en un arma arrojadiza contra quienes la provocan! Y esto solamente se puede conseguir difundiendo masivamente, por todos los medios a nuestro alcance, el hecho entre la población.

Los ayuntamientos peperos se tienen que habituar a ver que hay organizaciones patrióticas que hacen en la calle lo que ellos no están dispuestos a hacer desde sus poltronas. El caso de los ayuntamientos de Valencia, Xirivella u Onda, de Silla o de Alcalá en los que hemos podido asistir a prohibiciones de este tipo contra iniciativas de las OAPEs vinculadas a España 2000 demuestra que la población ya no acepta fácilmente estas cacicadas municipales realizadas con la excusa de “xenofobia y racismo” y que ayuntamientos gobernados despóticamente que dilapidan mensualmente miles y miles de euros carecen de DERECHO MORAL para realizar este tipo de actuaciones.

Se trata de intercambiar experiencias entre OAPEs, extraer de ellas lecciones para afinar estrategias y tácticas, pero sobre todo es preciso entender algo que nuestros adversarios peperos o izquierdistas nos han recordado: que, a fin de cuentas, la ayuda social no es más que una parte de la lucha política y que para que la ayuda social termine generando frutos, es preciso que exista un fuerte movimiento político identitario, presente en las instituciones. Se quiera o no se quiera, la “acción social” de las OAPEs no puede ser a la larga más que una parte de una lucha mucho más amplio de respuesta política contra la corrupción y contra la crisis, contra la casta y contra la inmigración masiva, contra las instituciones degeneradas y burocratizadas y contra la falta de perspectivas y de futuro para nuestro pueblo y especialmente para nuestra juventud.

(c) Ernesto Milá - infokrisis - ernesto-mila.rodri@gmail.com - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

 

La lucha por la identidad

La lucha por la identidad

Info|krisis.- Después de casi un año de no haberlo perdido encuentro en una carpeta el texto de la charla que debía haber leído en Sintra en el acto de presentación de la traducción portuguesa de mi libro Identidad, patriotismo y arraigo en el siglo XXI. Se trató de un acto muy emotivo para mí porque me permitió entrar en contacto con Portugal y con los amigos portugueses. El archivo que contenía la charla había estado perdido durante meses y finalmente tuve que improvisar la disertación. Ahora que lo encuentro, lo reproduzco tal como lo escribí hace casi un año.

 

Señoras y señores, queridos amigos:

Gracias en primer lugar por asistir y gracias especialmente a los amigos que han tenido a bien tomarse la molestia de traducir y publicar mi libro e invitarme a estar entre ustedes. El tema del libro gira sobre la Identidad y lo identitario. Voy a intentar explicarles la idea que me hago personalmente de este concepto, su alcance y su importancia.

Se trata, ante todo, de un problema semántico. En estas últimas décadas y desde que tengo uso de razón político, el problema de dar una adjetivación a nuestra lucha política ha constituido un punto central de nuestras preocupaciones: en las largas conversaciones que he mantenido con camaradas españoles y extranjeros, incluso en los lugares más alejados del planeta, siempre este tema ha sido esencial: ¿cómo debemos llamar a la doctrina que sustenta nuestra lucha política? A esta pregunta intenta responder esta pequeña obra.

Los rasgos del fascismo histórico

Era evidente que en 1945 se había iniciado en todo el mundo un nuevo ciclo histórico en el que todavía hoy estamos inmersos. Las definiciones que se habían tenido hasta ese momento ya no servían y las que habían sobrevivido –caso español con el nacionalsindicalismo- a medida que avanzaba la flecha del tiempo, cada vez mostraban más una inadecuación creciente al tiempo nuevo.

Este tiempo nos había traído muchas cosas inexistentes antes: el mundo se había empequeñecido, el boom de las comunicaciones y de los transportes, las nuevas tecnologías que entonces empezaban cambiarían en los siguientes 40 años nuestro mundo. Era evidente que las doctrinas que habían aparecido antes de la guerra carecían de respuestas concretas para los problemas nuevos que iban apareciendo. Estas doctrinas a las que podemos llamar genéricamente, “los fascismos”, a pesar de sus diferencias y del hecho de que se trató siempre de “movimientos nacionales”, tenían como constantes presentes en todos ellos:

- El cesarismo

- Un sistema jerarquizado de concebir el Estado como integrador de toda la sociedad

- La crítica a la democracia y al parlamentarismo

- El culto a la juventud y los mitos románticos propios de cada formación

- La militarización de las masas

- El nacionalismo

- Las políticas sociales de superación del capitalismo

- El Antimarxismo

En 1945 lo que quedó fue una Europa derrotada y dividida con dos ideología dominantes que, a fin de cuentas, no eran más que las dos caras de una misma moneda: el materialismo que resultaba opresivo para la persona aplastada por el poder de las corporaciones multinacionales en el Oeste y por el poder de una ideología que trataba de interpretarlo todo científicamente pero ignoraba la realidad de lo humano. Ambos eran profundamente reduccionistas y apenas consideraban al ser humano como productor y consumidor.

El fascismo, en el fondo, históricamente no fue nada más que un intento de encontrar una solución al fracaso del parlamentarismo (a lo que opuso el cesarismo y el totalitarismo), a la masificación (a lo que opuso la militarización de las masas y el sistema jerarquizado), a las injusticias sociales (para lo que aplicó correcciones más o menos grandes al capitalismo, limitando sus efectos devastadores sobre las masas) y al cosmopolitismo del capital o del internacionalismo proletario (al que opuso el nacionalismo), oponiendo al mito del consumo y al mito del proletariado, otros mitos de carácter nacional y especialmente el culto a la juventud.

Lo que supuso 1945

Eso y no otra cosa fue el fascismo. En 1945, la época del cesarismo ya había pasado. Se había creado un nuevo derecho: el derecho de Nuremberg y organismos internacionales derivados del mismo, la ONU, especialmente, que limitaban la soberanía nacional y la relegaban a un segundo plano. Para colmo se había entrado en la época del gigantismo y de la política de “bloques”. Cada vez les era más difícil a las naciones mantener su soberanía y sobrevivir. A pesar de no haber resuelto la crítica al parlamentarismo, ni haber introducido correcciones, los regímenes que se impusieron a partir de 1945 fueron en Europa Occidental democracias parlamentarias articuladas en función de un centro-derecha y de un centro-izquierda que se alternaban en el poder ayudados por una tercera fuerza menor. Eran los regímenes de bipartidismo imperfecto que, poco a poco, se han ido estableciendo en toda Europa.

Fue a partir de entonces cuando, quienes aspiraban a reaccionar contra el capitalismo y el comunismo experimentaron la sensación de que habían perdido terreno y aun repitiendo un discurso doctrinal justo, se encontraban con que tal discurso era inaplicable en la práctica. Y luego quedaba el espinoso problema del nombre para definir su doctrina: ¿nacionalismo en una época en la que los Estados Nacionales eran insuficientes para resolver los problemas de las comunidades y en la que carecían de soberanía plena? ¿cesarismo cuando ya no había líderes capaces de arrastrar a masas? ¿militarización en tiempos de pacifismo a ultranza? ¿mitos románticos en un tiempo en el que el único mito aceptable era el consumo? ¿jerarquía en unos momentos en los que la igualdad y la homogeneización se imponían por todas partes? Estaba claro que un movimiento de respuesta a la modernidad debía nadar contra la corriente, pero, poco a poco, se percibía que la corriente era demasiado fuerte para sobrevivir.

La necesidad de una nueva definición

¿Se podía seguir utilizando los viejos calificativos y las nuevas ideas en un mundo que había cambiado radicalmente? Era evidente que había que introducir correcciones y lo que era mucho más interesante: crear un nuevo marco doctrinal que integrara tradición (lo irrenunciable) y modernidad (aportar enfoques y respuestas nuevos). Hubo distintos intentos: algunos utilizaron términos nuevos para tratar de definir lo que querían construir: hubo quien asumió el nombre de nacional-revolucionario, otros en el ámbito francés optaron por “solidarismo”, los hubo que se dedicaron a la lucha cultural, “nueva derecha”, algunos creyeron en vías armadas y/o terroristas (en Iberoamérica, en Italia), los más moderados optaron por mimetizarse como partido político moderado y de ellos surgió la “derecha nacional” que sería un intento de diferenciación de la “derecha liberal” y de la “derecha conservadora”; también hubo quienes optaron por la “derecha radical” frente al “centro-derecha” e incluso quienes vieron en la “Europa de las etnias” y en el etnicismo una salida sustituyendo el marco nacional por el de las nacionalidades y regiones. Sería largo y arduo realizar una crítica y una exposición sobre la evolución de todas estas corrientes que tenían como denominador común el desconocer la realidad del tiempo nuevo y el colocar como primer punto de referencia el nacionalismo, lo que les impedía el considerar la posibilidad de colaboraciones extranacionales. Los que optaron por la vía europea (Thiriart concretamente, los nacional-europeistas) nunca alcanzaron fuerza suficiente para pasar del estado de grupúsculo.

Las limitaciones del planteamiento “nacional”

La gran contradicción que apareció en los años 50-60 fue que el nacionalismo era el principal atractivo de todos estos grupos contestatarios, pero, así mismo, su principal limitación: en efecto, el nacionalismo impedía elaborar estrategias más amplias para las que había que tener en cuenta lo que estaba ocurriendo en naciones vecinas. Todos los intentos de postguerra (Movimiento Social Europeo, Partido Nacional Europeo) que intentaron crear una sinergia europea, fracasaron, entre otras cosas, porque ni siquiera sus mismas direcciones creían en ellos. Cuando se creó el parlamento europeo se percibió aún más este problema: al no existir una estrategia común para todos estos grupos, era frecuente que se produjeran contradicciones y conflictos entre lo que hacía y decía un partido en un país y las repercusiones negativas que esto podía tener en otro. Nunca fue posible ni siquiera crear un grupo unificado en el parlamento europeo que defendiera en aquel foro (cada vez dotado de más poder) los valores de quienes rechazaban la herencia de 1945 y querían otro modelo de sociedad, de política, y de economía.

No había unicidad por que cada nacionalismo afrontaba sus problemas nacionales desde una perspectiva propia que hacía muy difícil las cooperaciones e incluso las aproximaciones: la “mala imagen” de Le Pen fuera de Francia parecía contaminar a otros partidos de Europa Central, pero, igualmente, el etnicismo de formaciones flamencas constituía un menoscabo para los partidos que defendían la existencia de los Estados Nación. En el Este Europeo se producían desajustes en sus sistemas políticos muy diferentes a los que tenían lugar en Europa Occidental. Era imposible crear estrategias comunes con estas perspectivas que introducían elementos muy distintos en la ecuación: necesidades de imagen, intereses nacionales, afinidades ideológicas, multiplicidad de fuerzas en una misma nación, incluso intervención de servicios de seguridad y de intereses foráneos (como el caso de la corriente “Eurabia” que hace de la admiración por el Estado de Israel el elemento central de su planteamiento).

En los años 90 empezó a percibirse en la mayoría de los países europeos, de manera desigual, el impacto que estaba generando la inmigración masiva y los riesgos que implicaba de desfiguración del perfil cultural, antropológico y cultural del continente. A partir de ese momento, la mayoría de formaciones insistieron en la idea de que era necesario contener esta riada de inmigrantes, idea negativa y que, por tanto, podía ser utilizada como propuesta, pero que no tenía nada que ver con aspectos doctrinales. Ya a partir de 1977 el Front National francés había insistido en que “un millón de inmigrantes es un millón de parados de más”. Reflexionando sobre el tema de la inmigración, pronto se vio que tendría importancia desde el punto de vista antropológico y cultural y que contribuiría a desfigurar el perfil de los estados europeos: y a eso se le llamó “identidad”. Así pues, no fue por una reflexión doctrinal, sino por una mera necesidad política como cobró forma una idea afortunada, la de “identidad nacional”.

Las fuentes doctrinales, a partir de ese momento fueron, las que había aportado en los primeros años 70 la Nouvel Droite francesa desarrollando el concepto de “arraigo”, adaptando la idea que ya había utilizado el “primer Maurras” y añadiéndole la idea de que el “instinto territorial” de los mamíferos superiores, obligaba al ser humano a sentir una relación de dependencia y atracción hacia su tierra natal. En aquel momento, Benoist y su equipo intentaban realizar una crítica a las pretensiones “científicas” del marxismo y eso les llevaba a preocuparse por la biología, la genética y la etología. Más tarde, uno de los disidentes de la Nouvel Droite, Guillaume Faye, fue un poco más lejos, aporto los elementos antropológicos y la crítica política. Eso hizo que, especialmente en Francia, grupos que hasta ese momento habían utilizado el nombre de “nacional-revolucionarios” (una doctrina que jamás pudo disponer de un corpus homogéneo y que cada cual entendía a su manera) pasaran a llamarse “identitarios”. Pronto adoptaron, como tributo al pasado ancestral de Europa, la lambda que históricamente estaba insertada en los escudos espartanos, como signo distintivo de una fidelidad histórica a los orígenes mismos de la cultura europea. Estos grupos hicieron algo más: inauguraron una nueva forma de trabajar políticamente. No aspiraron a configurarse como grupúsculos extremistas que, a modo de vanguardia revolucionaria, hacían la guerra al partido moderado, al Front National, sino que se configuraron como redes que convocaban actos propios para luego, en momentos electorales, apoyar las candidaturas del Front National.

El nuevo paradigma identitario

“Identitarios” constituía, pues, un nuevo paradigma. Palabra griega que significa “patrón”, un paradigma es un modelo que contiene las bases a desarrollar de un sistema y es utilizado como marco teórico para un conjunto de ideas y teorías que se desarrollarán a partir suyo e inspirarán el desarrollo científico o cultural de manera uniforme durante toda la época en la que esté vigente. El término después de siglos de olvido volvió a ser utilizado en ciencia por Thomas Kuhn en su libro La estructura de las revoluciones científicas (1962) y fue recuperado por Fritjof Capra en El Teo de la física. Hoy se aplica también a los modelos culturales y políticos. Así pues, toda “identidad” o todo sistema “identitario” deriva a la postre de un paradigma.

¿Cuál es ese “paradigma”? Mientras las ideologías que han dado vida a la modernidad y que fueron hegemónicas a partir de 1945, derivaban todas del viejo paradigma mecanicista e inorgánico para el cual la idea de totalidad y de unidad era inexistente y se trataba de dividir cualquier objeto de estudio en sus partes constitutivas, tratando de encontrar las leyes propias a cada una de ellas, el paradigma identitario, si se quiere afirmar, debe ser holístico, es decir integrador y totalista, ofrecer una visión completa de los problemas de la sociedad considerando a los problemas como derivados de una misma fuente y que por tanto no pueden tener soluciones parciales unos separados de los otros, sino que a la coherencia del paradigma mecanicista que tiende a la dispersión se trata de aplicar otra coherencia, la del paradigma holístico que tiende a la integración de las partes.

Lo que se pretende en el texto que hoy presentamos es precisamente dar algunos pasos en la elaboración del paradigma identitario.

Lo primero a definir es cómo viajar al fondo de nuestra identidad. Y lo que nosotros respondemos es: en primer lugar hay que tener en cuenta la naturaleza biológica del ser humano, por tanto hay en nosotros algo que responde a los comportamientos que son habituales en especies próximas. Lo que en la etología es el instinto territorial, en la persona humana se modula como “arraigo” en la tierra natal. Eso explica el por qué el apego a la “patria chica”, “al terruño”, “a la patria carnal”, es tan fuerte y está tan a flor de piel. Es un producto de nuestra naturaleza biológica.

Pero la persona humana es algo más. Dispone de un cerebro que le confiere unos rasgos completamente distintos al resto de las especies biológicas. Piensa, razona, tiene conciencia de sí mismo, tiene una vida intelectual, que le hace concebir dimensiones de organización social y política más amplias que la “tierra natal” en donde no se manifiesta el arraigo pero sí están presentes otras facultades. La herencia y la evolución histórica ha hecho que nuestros pueblos se organicen y deriven a partir del siglo XVIII en Estados-Nación con una estructura jurídico-administrativa particular, un principio de soberanía que es una realidad incuestionable en nuestros días: existe Portugal, porque existe detrás una historia de Portugal, porque existe un pueblo portugués y porque existe un Estado Portugués. El devenir histórico nos ha llevado justo a donde nos encontramos hoy. Así pues, a la identidad derivada de la tierra natal, de la patria carnal, se añade esta otra, derivada de la historia, de la política y de la antropología, de la que surge la identidad nacional, el perfil de nuestros Estados-Nación y de los pueblos que el Estado engloba a modo de encarnación jurídica de la Nación.

La nación puede englobar a un conjunto de etnias bien ser homogénea en lengua y en RH. Lo que interesa es que la nación es el resultado de una historia común, un legado, una herencia, una tradición, un proyecto de vida en común.

Creo que es importante, llegado a este punto, rechazar el nacionalismo surgido de la Revolución Francesa y del sonido de la guillotina. Cristalizado en forma de jacobinismo, la revolución francesa abolió las identidades regionales en las que se manifestaban las “patrias carnales”, en su igualitarismo homogeneizó el territorio nacional hasta extremos insensatos y finalmente, a pesar de que la guillotina evidenció la ruptura con el antiguo régimen, el jacobinismo no fue nada más que una extensión del absolutismo a la nación: en ambos, en efecto, están presentes las tendencias igualitarias, uniformizadoras y niveladoras incompatibles con las personalidades regionales y con los méritos de las personas.

Pero si nos quedáramos ahí, lo que estaríamos sería defendiendo meros nacionalismos de hecho, históricamente, el nacionalismo como culto a la nación aparece con la revolución francesa y está ligado a la hegemonía de la burguesía mercantil. La Nación es un intermedio entre las “patrias carnales”, las regiones, y un concepto que habitualmente se tiende a eludir en política: los orígenes culturales. No podemos eludir el hecho de que somos hijos de una misma cultura, la cultura europea y que esta ha tenido distintas manifestaciones: somos hijos de la cultura clásica, somos hijos de las distintas convulsiones que tuvieron lugar en los siglos VI-VII, con las invasiones germánicas. La combinación entre cultura clásica y germanismo es lo que rectificó los aspectos problemáticos del cristianismo primitivo y los convirtió en catolicidad. Somos hijos también de la catolicidad.

Aceptar esto supone aceptar que por encima del Estado-Nación existe otra forma de identidad, la identidad espiritual que, de una forma u otra, nos une o al menos hace que sea posible plantearnos un destino común. A fin de cuentas lo espiritual es superior a lo humano (la historia) y lo humano es superior a lo biológico (la patria carnal). Y es así como llegamos a una concepción holística y totalista de la identidad.

Y la primera conclusión a establecer: un programa identitario, debe incluir la defensa de la patria carnal, esto es, de las regiones, la defensa del Estado Nación y asumir una dimensión europea.

Tengo especial interés, en tanto que español y catalán, en desmontar un mito que recorre transversalmente el ambiente en el que me he movido: es el mito de la “Europa de las Etnias”. Esta idea fue formulada inicialmente en 1943 en el marco de las SS a efectos de reclutamiento de jóvenes de distintas regiones europeas para la lucha contra el bolchevismo. Se conoce el mapa que las SS elaboraron y publicaron en la revista Signal diseñando esa Europa.  No creemos en ese planteamiento porque hemos visto los extremos a los que puede conducir y la España actual o el proceso de descomposición de Yugoslavia son sus reflejos más problemáticos. Cuando se dice que “todo lo identitario es nuestro”, remedando a Maurras, frecuentemente lo que se está diciendo es que un nacionalismo regionalista constituido en torno a una burguesía mercantil que quiere ser hegemónica e independizarse del Estado al que ha pertenecido hasta entonces tiene el derecho a construir una identidad prefabricada artificialmente, exaltarla y hacerla indiscutible apelando los factores emotivos y sentimentales. Sin olvidar que la potencia nacional, único factor que garantiza la fortaleza de las naciones, deriva de su unidad y de su extensión y una Europa confederal formada por 150 regiones autónomas sería apenas la traslación a nivel continental del caos de una España compuesta por 17 autonomías.

No creemos que valga mucho la pena seguir aludiendo a la “Europa de las etnias” que intenta prescindir y negar la historia y el camino que ha llevado a la formación de los Estados Nación. Habitualmente, los partidarios de la “Europa de las etnias” se ven forzados a colaborar con regionalistas, nacionalistas e independentistas, simplemente porque existe ese factor común, olvidando que la inmensa mayoría de estas corrientes no son sino reproducciones a escala reducida de las instituciones y las taras de los Estados-Nacional actuales.

La lucha contra la globalización y el mundialismo

Y es importante destacar esto porque debe de quedar claro que la lucha de los identitarios es fundamentalmente una lucha por la renovación de las estructuras sociales, económicas y políticas actualmente existentes. Eso implica anti-liberalismo y anti-parlamentarismo. Ni la economía puede ser el escenario en el que las grandes acumulaciones de capital dictan los destinos de las naciones y de los pueblos, ni el parlamento puede ser el foro de expresión de la partidocracia, el sumidero de todas las impotencias y el caldo de cultivo de todas las corruptelas. Una economía sometida a la política y un parlamento integrado por representantes de los grupos sociales de la nación.

Desde el punto de vista económico social, es evidente que hay que poner coto a las grandes acumulaciones de capital y a las extraordinarias desigualdades sociales. Es evidente que se trata de defender las conquistas del Estado del Bienestar y que para ello hace falta una reforma radical de la economía y para ello es preciso realizar un diagnóstico preciso de los males de la modernidad. Es aquí donde nos acercamos al punto cero de la problemática: porque el caos económico actual tiene un responsable. Y ese responsable es la globalización y su matriz doctrinal, el mundialismo.

Un programa identitario debe ser fundamentalmente antiglobalizador y antimundialista. La globalización es el gran enemigo histórico:

- La globalización es el límite del extremo de la acumulación de capital y el último estadio de la evolución capitalista. Su objetivo no es otro que la optimización de los beneficios del capital, el mismo que el de cualquier otro estadio de desarrollo del capitalismo, sin embargo los instrumentos para lograrlo son nuevos: de un lado la deslocalización industrial, de otro la inmigración masiva. Se trata de dos movimientos realizados en direcciones opuestas: de este a oeste el primero y de sur a norte el segundo. Bajo fórmulas como “ganar competitividad”, “abolir fronteras arancelarias”, “lograr un mercado global”, “libre comercio internacional”, etc, lo que se tiende es a que la producción industrial se aleje de Europa y se asiente en los países con menos coberturas sociales y niveles salariales más bajos. Así mismo, la inmigración masiva tiene como objetivo, el aumentar la fuerza de trabajo en Europa, disminuyendo, por tanto, los salarios. La globalización se desencadenó después de la Guerra Fría como un proceso de libre tránsito de capitales, pero inmediatamente se convirtió en libre tránsito de personas y mercancías.

- El mundialismo es la matriz ideológica de la globalización y es el plan general diseñado para homogeneizar el planeta a nivel cultural – étnico – político – económico – religioso. La idea es un “humanitarismo” extremo en el que a una “humanidad” corresponda una sola cultura, una sola raza, una sola religión, un solo gobierno. El principal laboratorio ideológico de la globalización nació después de 1945, es la UNESCO. El embrión de gobierno mundial es la ONU. En la actualidad, el motor económico de la globalización es el Acuerdo General de Aranceles y el Banco Mundial. En torno a estos organismos nacieron otros muchos que insistían en algo tan banal y lógico como la “cooperación internacional”, pero que en realidad no eran más que organismos especializados en difundir las tesis mundialistas en distintos frentes (FAO, OIT) o en convertirse en thinks-tanks doctrinales (Club de Roma), operativos (Club de Bildelberg) o militantes (movimiento de la New Age)

Ambos elementos, globalización y mundialismo tienen un mismo y único objetivo a alcanzar mediante la aplicación de distintas tácticas: el gobierno mundial que cristalizará en un programa humanista-universalista, homogeneizador, nivelados y despersonalizador para llegar al cual será preciso abolir todo régimen de identidad. Mientras exista algún nivel de identidad, la globalización seguirá batallando para eliminarlo: porque frente a la Globalización y al mundialismo no hay más consigna que Identidad. El día que se pierda la última seña de identidad de todos nosotros, estaremos antes distopías al estilo de 1984 de Orwell o al mundo feliz de Huxley. Cuando la persona fue sustituida por el individuo en el proceso histórico que se prolongó desde el siglo XVIII a finales del XIX, cuando se proclamó que la “igualdad” era el valor más deseado, se estaba abriendo las puertas para la destrucción de todas las identidades y la primera de todas, la de cada uno de nosotros: la persona era el ser humano con un rostro concreto, con una tarea a realizar, insertado dentro de un sistema orgánico y articulado de señas de identidad familiares, regionales, nacionales. El individuo que lo sustituyó fue el grano de arena anónimo, exactamente igual a otros granos de arena, carente de rasgos diferenciales,  y en el peor de los casos, ese individuo ególatra con ego sobrevalorado que utiliza el “look” para diferenciarse. Pero el “look” no es la personalidad: sino un reflejo de la misma impuesto por una moda, es decir, la antítesis de la personalidad.

La aplicación del paradigma holístico

De ahí la importancia de la lucha identitaria que es, como decía al principio, HOLÍSTICA y debe manifestarse en todos los terrenos de la actividad humana porque es en todos estos terrenos en los que se percibe claramente la ofensiva globalizadora y mundializadora.

- Se trata de recuperar para el individuo un rostro propio: y esto pasa por darle una educación y por reformar de arriba a bajo tanto los sistemas de enseñanza como los principios por los que se mueven los medios de comunicación social. Es preciso realizar un esfuerzo por elevar el nivel cultural de las poblaciones, por darles a conocer una cultura orgánica dotada de valores instrumentales que sustituya a los valores finalistas que se imparten hoy. Se trata de estimular especialmente el espíritu crítico que ha desaparecido completamente de las nuevas generaciones.

- Se trata de recuperar espacios de soberanía perdidos por los pueblos y las naciones: y esto pasa por denunciar el unilateralismo norteamericano, los principios del “derecho de Nuremberg” y las instituciones mundialistas creadas a partir de 1945. Es evidente que la flecha de la historia implica una nueva forma de articular la vida de los Estados y de las Naciones y que la complejidad de la modernidad implica una cooperación de las Naciones entre sí, pero, de la misma forma que no existe “la humanidad”, tampoco existe la posibilidad de una “cooperación internacional” ilimitada y feliz: no todos los pueblos ni los estados tienen “contigüidad antropológica y cultural”, solamente es posible establecer cooperaciones entre bloques lo más homogéneos posibles. Europa es uno de ellos. Iberoamérica es otro. El mundo islámico otro. Y las relaciones entre todos ellos no deben ser necesariamente de hostilidad a pesar de que exista una “brecha antropológica” entre, por ejemplo, Europa y el Islam. La misma existencia de un “mundo multipolar”, implica necesariamente que cada uno de estos polos tiene acentuados sus rasgos diferenciales.

- Se trata de rechazar el humanismo-universalista promovido en los laboratorios de la  globalización y que cristaliza en opciones “progresistas” y de centro-izquierda e izquierda, que todavía es víctima del viejo esquema marxista elaborado en el siglo XIX del “progreso indefinido” y está persuadido de que cualquier cosa que rompa la Tradición de nuestros pueblos es, por ello mismo, aceptable. Es innegable que la Tradición y la Identidad son dos conceptos muy parecidos y casi superponibles: de ahí que defender una Identidad implica casi necesariamente defender la Tradición. Ahora bien, es importante no confundir Tradición con “ochocentismo” o con “burguesismo”. De hecho, lo que está muriendo en nuestra época son estos conceptos que no implicaban nada más que la universalización de los valores de la burguesía triunfante en 1789, en el período de la Revolución Francesa. Es eso lo que está en crisis, lo que se muestra inviable y lo que nos ha llevado, a través de mutaciones sucesivas, hasta la globalización y el mundialismo.

- Se trata de difundir un mensaje político extremadamente claro: no basta solamente con cambiar un gobierno, es preciso cambiar todo un sistema de arriba a bajo. Es preciso constatar sin miedo el fracaso del parlamentarismo y de la partidocracia, mucho más evidente aún en estos tiempos de desaparición de las ideologías. Con los principios del siglo XVIII no se podrá gestionar el mundo del siglo XXI y en el fondo esto es lo que nos propone la globalización: un sistema mundial regido por un parlamento mundial en el que la economía dirija a la política. Es evidente que en todas las democracias han desaparecido la figura de los grandes estadistas y apenas existen los gestores oportunistas de la cosa pública. Es evidente que las grandes ideologías han desaparecido y que donde estaban la corrupción, el nepotismo, el oportunismo y la ausencia de principios se han instalado. A eso se ha llegado desde que la política ha aceptado su subordinación absoluta a la economía en un proceso que ha durado más de dos siglos. Ahora se trata de restaurar la primacía de la política sobre la economía en tanto que la política es lucha, creación, destino y de ella depende la vida y la trayectoria de los pueblos. Mientras que la economía no es más que el terreno de la optimización de los beneficios financieros. Pero para poder hablar de restaurar la primacía de la política… hacen falta políticos y estos están hoy completamente ausentes del panorama.

El techo para la acción identitaria

Reconocer esto implica reconocer que existe un “techo” para la acción de los movimientos identitarios. Hace falta darse cuenta de lo que está ocurriendo con las fuerzas que en la actualidad, en Europa, contestan al actual sistema globalizador y mundialista: allí donde tienen algo de fuerza (caso de Francia) se les permite alcanzar un cierto nivel de crecimiento, pero bruscamente, éste es obstaculizado por reformas legislativas o por la creación de fuerzas políticas artificiales destinadas a bloquearlos (Austria) y allí en donde han crecido peligrosamente y afrontan una próxima competición electoral (Gracia) simplemente son objeto de una obvia provocación. En España, por ejemplo, no existe un movimiento alternativo fuerte, sino una casi una docena de grupos de los que apenas 2 disponen de concejales en ayuntamientos importantes, gracias a que en la transición los partidos y los medios de comunicación pactaron que no “habría nada” a la derecha del centro-derecha.

¿Qué conclusión puede sacarse de todo esto? Que en la actualidad los enemigos son demasiado fuertes como para pensar en victorias totales inmediatas. Haría falta que en un país europeo, con un fuerte peso político (Francia, sin duda), los partidos que han alterado el equilibrio de fuerzas nacido en 1945, llegaran al poder y difundieran un mensaje antiglobalizador que se tradujera en una rectificación de las orientaciones de la Unión Europea y en una ruptura con la OTAN. Que, desde uno de los motores de la UE empezara a hablarse de que Europa no tiene lugar dentro de la globalización y que la globalización es a medio plazo inviable tal como ha demostrado la actual crisis económica que puede ser definida como la primera y gran convulsión de la globalización que ha instalado la crisis y la inestabilidad en todo el mundo, siendo los instantes de estabilidad, paréntesis entre dos crisis. A partir de ahí podría pensarse en que en todo el continente sería imparable una marea que redujera a cenizas y en pocos años a los partidos y a las fórmulas que llegaron en 1945. La pregunta es:

¿Existirá la posibilidad de que gestionen el poder las fuerzas alternativas en alguna de las “locomotoras” de la UE? Una vez en el poder, estas fuerzas ¿Estarán en condiciones de aplicar programas radicales de rectificación de las líneas maestras del nuevo orden mundial? No hay duda que, de hacerlo así, disminuirá la presión sobre otras fuerzas similares en el resto de Europa y aumentará, igualmente, su peso político. Mientras los movimientos más o menos identitarios en toda Europa no actúen en función de una estrategia común y sigan haciéndolo con estrategias autónomas, va a ser muy difícil que consigan estabilizarse y afrontar la desproporción de fuerzas que deben afrontar dentro de cada nación. El caso griego está ahí para demostrarlo. Una victoria identitaria sería una victoria a nivel europea y procedería de un “país faro” que lograra suscitar una corriente de simpatía y desarmara a los adversarios en otros países europeos.

No podemos responder a estas preguntas porque no dirigimos ningún movimiento político, sino que nos limitamos a ser observadores ajenos al mundo de la política activa. Repetimos, en cualquier caso, que la primera impresión que tenemos es que los enemigos son demasiado fuertes como para poder pensar en victorias totales y definitivas y lo más que puede aspirarse es a retrasar lo más posible los últimos efectos de la globalización, generando una masa crítica suficientemente fuerte como para que pueda asumir el control de la situación en cuanto se produzca el desplome interior del sistema globalizado: desplome que inevitablemente se producirá siendo las actuales convulsiones económicas, las que preceden a la agonía final y al colapso del sistema globalizado.

Dos vías:

Quizás sea el momento de recordar la propuesta que realizaba Julius Evola hace medio siglo:

- Para restaurar los valores tradicionales que, aun no siendo exactamente lo mismo, coinciden globalmente con los valores identitarios, existe la vía de la acción: que es fundamentalmente, la vía de la participación y el militantismo político. Para ello se precisa una doctrina, unos objetivos, una estrategia, una táctica, una organización y un programa. Siempre que se sea consciente de que es preciso articular la propia estrategia nacional a un estrategia europea (o, como mínimo, estar pendiente de su evolución), la vía de la acción es adecuada para determinados caracteres y vocaciones personales.

- O bien para asumir la lucha por la identidad en estos tiempos extremadamente difícil la vía del “cabalgar el tigre” es la más adecuada para otros caracteres. Tal vía consiste simplemente en prepararse para el hundimiento de la modernidad globalizada y estar preparado para poder influir en lo que la sustituirá. Se trata de tratar de establecer, fuera del marco de la política, o no especialmente en el terreno político, aquellos frentes en los que mejor se puede operar, en donde se puede formular una crítica más demoledora a la modernidad, se trata de identificar los puntos críticos por donde el sistema quebrará, se trata de evitar el encuentro frontal con las fuerzas del sistema en el terreno político, preparando otros frentes de acción: la educación, el trabajo, la familia, la ciencia, el ocio, frentes en los que no existe tanta presión como en el frente político y en donde es fácil ampliar la influencia y difundir ideas contra-corriente. La lucha cultural es quizás uno de estos frentes adecuados hoy para “cabalgar el tigre”, siempre y cuando hablemos de “lucha” y no de mero intelectualismo.

Para terminar, insisto en que hay que esperar un desplome interior de la globalización. Ésta ha dejado de ser un programa de optimización de beneficios del capital, para convertirse en un monstruo con vida propia, que se mueve inexorablemente hacia sus objetivos finales, sin ningún tipo de control, como una locomotora que se dirige por una pendiente hacia un muro de hormigón. No hay salida para la globalización, ni para los que la promueven, ni para sus más humildes servidores. El problema es que, después del hundimiento de la globalización no se produzca un caos absoluto que haga retroceder la civilización varios siglos, sino que en ese momento exista una masa crítica con entidad suficiente como para instalar el paradigma identitario e inaugurar un nuevo ciclo histórico.

Con la intención de sumarse a esta aventura que es a la vez doctrinal, política y vivencial, se ha escrito este libro que no tiene más ambición que estimular debates, clarificar posiciones, definir objetivos y lanzar ideas sobre el tapete.

Muchas gracias.

© Ernesto Mila – infokrisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

 

 

 

 

 

 

Notas a un texto de A.Duguin

Notas a un texto de A.Duguin

Info|krisis.- Leo en la web The Fourth Political Theory un texto de Alexandr Duguin que resume una serie de percepciones, en mi opinión, erróneas y de ubicaciones conflictivas para el desarrollo de una lucha política eficaz. Intentaré contestar dicho artículo tocando diversos aspectos. El artículo de Duguin va dirigido “a los identitarios”, está escrito desde una perspectiva geopolítica y plantea la lucha contra el capitalismo como el primer objetivo. Se trata de un artículo breve, una especie de resumen, pero también un receptáculo de errores encadenados que vamos a tratar de exponer.

¿Desde qué perspectiva se realiza esta crítica? Desde ninguna. Desde la simple objetividad y la estricta racionalidad. En lo personal no me puedo considerar hoy “identitario” como ayer no me consideré “nacional–revolucionario”, espacios ambos sobre los que nunca ha existido una definición concreta y que se aplican a sectores muy diversos (Fidel Castro o las narcoguerrillas colombianas eran llamadas “nacional–revolucionarias”, nombre que ayer se aplicaban a sí mismos los militantes de CEDADE o sus descendientes; de la misma forma que hoy Jordi Pujol es un “identitario catalán” e identitarios se quieren también los miembros de grupos anti–inmigracionistas y anti independentistas). Así que, mejor no entrar en este tipo de definiciones y de la misma forma que “se hace camino al andar”, el rótulo que debe de acompañar a una crítica es mucho menos importante que la crítica en sí.

El artículo de Duguin está redactado casi en forma de manifiesto y, por tanto, su brevedad y la contundencia de algunos de sus juicios no vienen acompañados de argumentación. La argumentación existe en otros trabajos suyos. Por nuestra parte, nos podemos permitir no reducirnos solamente a lo expuesto en dicho artículo, sino extenderlo a una parte de las ideas expuestas por Duguin. Aislamos cinco actitudes que calificamos como erróneas.

Primer error: sobre el valor de la geopolítica

Duguin firma el artículo como “geopolítico” y vale la pena recordar lo que es la geopolítica. Recuerdo el Diccionario de Ciencia Política de Jacques de Mahieu: “Geopolítica: ciencia auxiliar de la política”. No es la única: la sociología, la economía, la historia, la psicología, etc, son otras tantas. El hecho de que alguien esté particularmente predispuesto hacia la geopolítica no implica que sea posible universalizar la importancia de esta CIENCIA AUXILIAR por encima de cualquier otra y reducir cualquier forma de “política” a una dimensión “geopolítica”.

La geopolítica no lo explica todo en la historia, aunque algunos aspectos de la historia pueden ser aclarados a través de la geopolítica. La geopolítica puede servir como una de las bases para realizar determinados análisis históricos; también permite aislar determinados elementos que se repiten en la historia (la contradicción potencias terrestres y potencias marítimas), permite tomar algunos conceptos (el de “límite geopolítico”) para explicar éxitos y fracasos históricos, son un elemento más para explicar comportamientos históricos (las fases de la Reconquista a través de la llegada a determinados ríos)… pero la geopolítica dista mucho de ser un determinismo histórico universal.

Un simple cambio climático determina más alteraciones que los comportamientos geopolíticos. La llegada de un valor nuevo, una nueva doctrina, genera impulsos vitales mucho mayores que una frontera natural o el estímulo que supone la existencia de un espacio oceánico. De hecho, los pueblos sin impulso vital no pueden aprovechar los beneficios de su situación geopolítica por privilegiada que sea. Brasil es un ejemplo de comportamiento geopolítico neutralizado por algo más importante que el poseer recursos naturales, espacio, tecnología, salida al Atlántico y posibilidad de alianzas con países que dan al Pacífico (Chile) o, finalmente, poseer “población”: todo el poder geopolítico que se podría atribuir a Brasil queda neutralizado precisamente por ese último factor, una población que dista mucho de ser homogénea y contiene en su interior elementos disolventes que por vía del mestizaje neutralizan la voluntad de poder geopolítico de pequeñas élites.

En realidad, puestos a establecer preeminencias, casi valdría más situar la psicología por encima de la geopolítica a la vista de que de aquella dependen los impulsos vitales y los proyectos de expansión y grandeza de los Estados. Es cierto que los accidentes geográficos están ahí y que seguirán estando cuando lo humano haya desaparecido, pero no es menos cierto que sin los pueblos, de poco sirven las riquezas naturales o los determinismos geográficos. Situar la geopolítica por encima de cualquier otra ciencia conduce directamente a errores de percepción y a la ineficacia de cualquier trabajo político que se emprenda sobre esas bases.

Segundo error: “Eurasia” como concepto aplicable a la política

Desde hace más de treinta años, Duguin defiende la idea de “Eurasia”, pero da la sensación de que ni en Rusia ni en lugar alguno en donde existen núcleos de “eurasistas” (Francia, Italia, especialmente) ha cristalizado ninguna organización capaz de adoptar esta posición como bandera y conseguir avances fehacientes. Quizás sea porque, como demostramos más adelante, no se puede partir de un concepto tan amplio y lejano como “Eurasia” para interesar a las masas. Así pues, si no se trata de hacer política de a pie (esto es ganar elecciones, tener cargos públicos electos que defiendan las propias posiciones en la tribuna de las instituciones, en una palabra de ganar a las masas) ¿de qué se trata, pues?

Es aquí donde encontramos la influencia de la nueva derecha francesa y sus reflexiones sobre la lucha cultural sobre la práctica “eurasista”. Alain de Benoist lleva desde junio de 1968 implicado en la “lucha cultural” y a pesar de que aún no se ha realizado un balance de la influencia de la “nueva derecha” en la vida cultural francesa, la sensación que da es que el trabajo abordado en este casi medio siglo, no tiene absolutamente nada que ver con el hecho de que el Front National sea en estos momentos el primer partido en intención de voto en Francia. Los miembros del GRECE que se sumaron en los años noventa al Front National lo abandonaron con la escisión de Bruno Maigret y hoy no queda nadie dentro de este partido que sea un “peso pesado” de la “nueva derecha”.

Sin olvidar algo que el “gramscismo de derechas” ha olvidado habitualmente: que Gramsci no fue un teórico, o al menos no fue solamente un teórico, sino que fue un militante, un dirigente político, secretario general del Partido Comunista de Italia, de la misma forma que Marx no fue sólo un doctrinario sino que se “mojó” en el terreno político, que perteneció a la Primera Internacional y que fue con Engels el redactor del Manifiesto Comunista. Cuando se separa la teoría de la práctica se producen desfases como el que se ha producido con claridad en Francia: Medio siglo de teorización cultural no han conseguido apenas influir en el Front National (no digamos en otros partidos…).

Así pues, cuando Duguin y otros “eurasistas” sugieren un “trabajo de élites” o avanzar en mayores niveles de “profundización doctrinal”, cabe pensar que están olvidando lo esencial de la lucha política que conduce al poder: ganar a las masas, encender voluntades, despertar instintos dormidos, arrebatar corazones. No se puede eternamente lanzar manifiestos en el desierto, interesar solamente a escasos intelectuales cada uno de los cuales pondrá un reparo o formulará un matiz. No se puede eternamente “escribir” y “teorizar”: es preciso actuar construyendo organizaciones sólidas capaces de transmitir un mensaje a las masas, levantarlas y generar nuevas simetrías políticas.

Ahora bien, si de lo que se trata es de “asesorar” a grandes dirigentes políticos, si uno se conforma simplemente con escribir o ha hecho de escribir una profesión (como es nuestro caso), si se aspira solamente a influir sobre élites culturales, actitudes todas ellas razonables, es preciso no olvidar que existen decenas de círculos y personas que intentan hacer exactamente lo mismo, mucho mejor relacionados y mucho mejor conectados con esferas influyentes y, por tanto, es más que posible que el trabajo teórico que se realice no puede ser aprovechado absolutamente por nadie, que la influencia realizada sobre las “altas esferas” sea, en la práctica, nula, y que, al final del camino, ni se tenga peso político, ni peso cultural, ni siquiera élite alguna reconozca el trabajo realizado por tales círculos. Mucho nos tememos que esto es lo que le ha ocurrido al movimiento “eurasista”.

Tercer error: reducir capitalismo a “imperialismo norteamericano”

Eurasia es un concepto geopolítico extremadamente grande, diverso, desigual, contradictorio y heterogéneo, como para que pueda aplicarse a la política real.

A fuerza de mirar a Eurasia corremos el riesgo de olvidamos de lo que ocurre en el ángulo en el que nos ha tocado vivir, Europa. Si tenemos en cuenta que la producción globalizada hace de China y del Sudeste Asiático las “factorías del mundo”, podemos decir que en parte vivimos ya una realidad “euroasiática”. La industria europea se deslocaliza a China y los chinos establecen sus redes de distribución en Europa.

En cuanto a Rusia hay que dejar claro algunos elementos: con algunas restricciones, China y Rusia son dos países capitalistas, competidores de los EEUU y, especialmente en lo que se refiere a China, con enormes intereses en los EEUU (solamente en Fanny Mae y Freddy Mac, los dos grandes bancos hipotecarios norteamericanos, China tenía en 2008 invertidos medio billón de dólares) hasta el punto de que puede decirse que la economía norteamericana resiste en buena parte por la llegada de dinero fresco chino a las bolsas norteamericanas. Rusia, por su parte es una gran potencia económica con intereses propios.

El gran valor de Putin en la política rusa consiste en haber restaurado la dignidad del Estado y en haber reconstruido el poder del Estado Ruso. Pero Rusia y su gobierno tienen intereses nacionales que se sitúan muy por encima de cualquier otra consideración. Ocurre como en Irán que alberga el proyecto de convertirse en potencia regional hegemónica en la zona, proyecto al servicio del cual el régimen sacrifica todo lo demás.

Desde el punto de vista de Europa Occidental, la amistad con Rusia debería cultivarse especialmente de cara a garantizar el suministro de un petróleo y un  gas que, desde luego, nunca llegarán de los EEUU. Y para cultivar esa amistad hace falta una política neutralista cuya primera muestra sea la disolución de la OTAN y el decoupling con los EEUU. Pero se trata de política, de aplicación de un sentido pragmático, mucho más que de una consideración geopolítica. A fin de cuentas, si esta es la política exterior que más convendría para Europa se debe a la proximidad geográfica con Rusia. Mientras que sean las necesidades comerciales de los EEUU las que siguen manteniendo en pie a la OTAN, Europa seguirá bajo el riesgo de convertirse en campo de batalla de un conflicto entre superpotencias. Así pues –desde mi punto de vista– no se trata tanto de cambiar de alianzas (ayer con EEUU, hoy con Rusia) como de forjar un “poder europeo”.

Obviamente este “poder europeo” sería una “pata” más de un mundo multipolar en el que dentro de Eurasia, China, Rusia, India y el mundo árabe serían otras tantas “patas”… O si se quiere plantear en los mismos términos que lo hicieron los economistas del Tercer Reich, estaríamos delante de “grandes espacios económicos” cada uno de los cuales sería independiente de los demás (con lo que la globalización quedaría rota), colaborando solamente en la exportación y el intercambio de excedentes de producción o de excedentes por recursos energéticos. Eso, además, contribuiría a reconocer la diversidad irreductible de las distintas cultural presentes en cada uno de esos “espacios”. Sin olvidar, por supuesto, que existe un continente americano y que hay dos américas perfectamente definidas: la hispana y la anglo–sajona.

El hecho de que buena parte de las multinacionales tengan su sede social en los EEUU y el hecho de que las Bolsas anglosajonas de Londres y Nueva York sigan siendo las que acaparan mayor volumen de transacciones, no debe de hacer olvidar que la estructura del capitalismo internacional ha ido variando sensiblemente en los últimos treinta años. Estamos hablando de un capitalismo globalizado. Estamos hablando, no solamente de un polo capitalista (EEUU), sino de varios: de hecho, cuando se está hablando de “potencias emergentes”, se entiende por tales a países que están progresando aceleradamente como “Estados capitalistas”, con intereses propios, con élites capitalistas propias, presentes en los mercados globalizados. Seguir reduciendo “capitalismo” a “imperialismo” e “imperialismo” a “EEUU” supone permanecer en el mundo situado el día antes de la caída del Muro de Berlín.

Estamos en un mundo radicalmente diferente en el que Rusia y China en primer lugar, luego India e Irán, finalmente Brasil, quieren hacerse un hueco en el mercado mundial globalizado. Y cada parte defiende sus propios intereses. No puede esperarse que ninguna de ellas ayude a cualquier otra… sino es para tomar ventaja sobre algún adversario. Quedaría por establecer dos elementos: 1) la viabilidad de los EEUU a corto plazo a la vista de su situación económica y de su insostenible déficit, de la irrupción de lo hispano como alternativa al mundo WASP, sin olvidar las tensiones étnicas y las enormes diferencias interiores y 2) la futura evolución de la Unión Europea abocada a su refundación a la vista de su ineficacia o bien a su disolución a la vista del aumento del euroescepticismo. Obviamente, estos extremos no entran dentro de la perspectiva de este artículo.

Cuarto error: el desconocimiento del “método de masas”

La evolución de Jean Thiriart (considerado como uno de los padres del “eurasismo”) es bien significativa. Mientras que Thiriart fue el conductor de un movimiento político, Joven Europa, le interesaron muy poco las doctrinas geopolíticas. Simplemente se limitaba a tomar partido a favor o en contra de determinados acontecimientos porque estaba obligado a hacerlo por necesidades cotidianas de la lucha política. En su obra Europa: un imperio de 400 millones de hombres, la geopolítica no aparece como tal. Se expresan ideas para la construcción de un movimiento político, algunas de las cuales tienen que ver con la geografía, pero no se subordina en absoluto la política a la geopolítica. Las necesidades de la lucha política cotidiana se expresan a través de tomas de posición sobre lo cotidiano, a partir de las cuales, Thiriart infiere actitudes, valores y comportamientos universales. Dice: “la sublevación húngara ha sido aplastada por los tanques soviéticos, luego hay que luchar contra el comunismo en defensa de la libertad de Europa”. Dice: “los marines pusieron los pies en Europa en 1944 y todavía siguen aquí, lo notamos por la dependencia de las políticas de los gobiernos europeos en relación a la política exterior norteamericana, luego hay que luchar contra los EEUU en defensa de la libertad de Europa”.

Fue solamente en un segundo tiempo, tras el fracaso de La Nation Européenne, cuando Thiriart se retiró de la política activa y del militantismo e inició un período de quince años de ejercicio de su profesión, para reaparecer luego como geopolítico y euroasista. Lo que nos interesa destacar de su evolución es que cuando existen necesidades políticas inmediatas de conducción de un movimiento político no hay cabida para las abstracciones teóricas y estas ocupan un lugar subordinado en el esquema doctrinal que se forja tal movimiento político. Sin embargo, cuando las necesidades inmediatas de la acción política destinada a captar a las masas, desaparecen, existe una tendencia irreprimible a construir castillos en el aire.

Cuanto más separado de la realidad política se está, tal castillo tiende a ser más desmesurado. Hay límites extremos. Uno de ellos, por ejemplo, tiende hacia el ocultismo: tal es el caso de la obra de Miguel Serrano que da una visión irreal y completamente distorsionada del nazismo para ver en Hitler un “avatara” para la “nueva era”. Aquí no hay ninguna consideración terrenal que pueda ser tomada en consideración. La fuga de la realidad es absoluta. Otro límite extremo tiende a visiones geopolíticas irrealizables. “Eurasia” es precisamente la muestra.

Una cosa es sostener que un sistema mundial se mantiene mejor si es multipolar que si es unipolar y otra muy diferente establecer una contradicción entre “Eurasia” y los EEUU. Y cuando un movimiento adopta como nombre Movimiento Euroasista ya está claro en donde sitúa el énfasis, no tanto en la defensa de la multipolaridad, como en la constitución de un bloque euroasiático tan lejano e improbable como las galaxias que debe observar el telescopio Hubble.

El error del “eurasismo” es no tener en cuenta que no es la geopolítica, sino la economía lo que rige los destinos de la globalización en este inicio del siglo XXI. El desconocimiento de la realidad económica de nuestro tiempo es lo que permite a Duguin establecer su doctrina geopolítica euroasiática.

La evolución del nacional–socialismo es significativa a este respecto. Llegado al poder con una teoría económica que apenas pasaba de dos enunciados básicos (la lucha contra la servidumbre del interés y el valor–trabajo), a partir de 1933 el Tercer Reich se vio obligado a establecer una estrategia político–económica que le permitiera sobrevivir. Fue entonces cuando se enuncia la teoría de los “grandes espacios económicos” cuyo primer principio es tomar en consideración espacios homogéneos, económica y antropológicamente, con los que pueda existir “complementareidad”. Era la única forma de “construir Europa” (una Europa en la que el Tercer Reich fuera potencia hegemónica, naturalmente…, lo que Thiriart llamaba la “Europa alemana”) y emanciparla de las tendencias especulativas del capitalismo anglo–sajón. Hoy Europa tiene una necesidad similar: precisa unidad e independencia, precisa convertirse en un “poder” internacional.

Estamos hablando de “poder” y de “voluntad de poder”. Ésta anida en una élite, pero al mismo tiempo esa élite debe saber transmitir su proyecto a las masas. Cada vez más, a partir de la Revolución Francesa, el poder pasa por las masas, por su conquista, por su neutralización o por su adhesión, pero siempre pasa por ellas. Ningún proyecto político que se pueda mantener en el tiempo puede hacerlo sin la adhesión de sectores de las masas. Mientras las masas no acepten, entiendan y compartan todo esto, las cosas seguirán exactamente como hasta hora: inestabilidad económica mundial generada por la globalización e inestabilidad política internacional generada por la voluntad de persistir del unilateralismo norteamericano.

Así pues es preciso incorporar a las masas a cualquier tarea política, transmitirles unas sugestiones y unos nexos causales que les induzcan a apoyar un proyecto político en lugar de otros. Los bolcheviques rusos (y Lenin en particular) idearon para este fin el llamado “método de masas” que tiene un carácter universal. Su primer principio es: unir lo particular a lo global (siendo los otros dos “unir la teoría a la práctica” y “unir la vanguardia a las masas”)

Las masas tienen la visión corta. Carecen de la capacidad para ver más allá de los problemas inmediatos, y lo máximo que puede hacer una propaganda política eficiente y un movimiento político es partir de problemas que las masas experimenten como propios, explicándoles que solamente tendrán solución dentro de una perspectiva más amplia. Lo que recomienda el “método de masas” no es decir: “hay que luchar contra el capitalismo para que la alimentación sea más barata”, sino “el encarecimiento de la cesta de la compra tiene lugar porque los intereses de los intermediarios y especuladores, por tanto, si queremos poder adquirirlos será preciso desmontar el capitalismo especulador”. Unir lo particular con lo global, en definitiva.

Nadie experimenta “Eurasia” como una necesidad, muy pocos la tienen como una posibilidad remota, por tanto, no se puede partir de este concepto para acompañar una lucha política de liberación. Es más bien de las necesidades reales e inmediatas de las que hay que partir para  poder alcanzar valores universales como la “lucha contra el capitalismo y la especulación”, “la lucha contra la globalización” y demás.

Quinto error: considerar “Eurasia” como un todo

Desde, como mínimo, 2001, vengo diciendo y escribiendo:

1) En la actualidad (no hace 20 ni 50 años, hoy, aquí y ahora), la única fuerza política verdaderamente existente en el mundo árabe es el Islam. Así pues, hay que entenderse con el Islam para determinar políticas exteriores europeas orientadas hacia Oriente Medio.

2) Europa no tiene nada que ganar ni que perder en el conflicto de Oriente Medio entre palestinos y árabes; la postura más adecuada sería inducir a las partes a la negociación a la vista de que hay un problema que dura ya setenta años. Cualquier posición “a favor de” y “en contra de” responde solamente a un intento de racionalización de filias y fobias.

3) El sionismo no es nada más que el intento de formar un Estado judío y, por tanto, en la práctica, supone el alejamiento de los judíos de Europa en dirección a Israel (idea que me parece menos conflictiva que mantener a los judíos en Europa), por tanto no me opondré al Estado de Israel… aunque creo que debería ser un Estado pluriétnico a la vista de que existían poblaciones anteriores a la llegada en masa de judíos después de 1945.

4) la presencia de inmigrantes procedentes de países islámicos del Magreb, África Subsahariana y Asia en Europa es innecesaria desde el punto de vista económico, contraproducente desde el punto de vista social y cancerígena desde el punto de vista de la identidad europea.

5) El límite del Islam es el Mediterráneo y los estrechos del Bósforo y Dardanelos, de allí hacia el sur y hacia el Este, eso es tierra islámica; más acá estamos en Europa y Europa no puede permitirse enclaves que generen conflictos sociales, religiosos y económicos.

Duguin en cambio nos dice que los identitarios no tienen razón “cuando atacan a los inmigrantes musulmanes”. Y sí la tienen: la perspectiva que utiliza Duguin para juzgar este hecho deriva 1) de la incomprensión hacia lo que representa el problema de la inmigración en Europa (fundamentalmente vinculada a la globalización) y los problemas de todo tipo que genera, y 2) del intento de presentar su teoría de manera coherente: no se puede apoyar la lucha del pueblo palestino y, como ha ocurrido, manifestarse en las calles de Europa en apoyo a la causa palestina… junto a inmigrantes de países islámicos, ¡cuya repatriación se pide en tanto que inmigrantes! Una vez más, el sueño de la coherencia produce paradojas insostenibles.

La coherencia alternativa que proponemos es de otro tipo:

1) Reconocer que el conflicto de Palestina solamente puede resolverse por la vía de la negociación y que las “filias” y las “fobias” no ayudan a resolver el problema sino simplemente a generar un terreno particularmente crédulo para la propaganda negra generada por ambos bandos,

2) Reconocer que la inmigración islámica (y no islámica) presente en Europa constituye un problema derivado de las exigencias de una economía mundial globalizada y que la repatriación de estos excedentes de inmigración es la única forma de restablecer la normalidad del mercado laboral, la paz social y los conflictos étnicos y religiosos traídos por la incapacidad para asimilarse de los contingentes llegados con la inmigración,

3) Reconocer que Europa no es territorio del Islam y que, por tanto, el Islam no tiene nada que hacer entre nosotros ni puede aspirar a un reconocimiento como cualquier otra religión dadas, además, sus particulares características y su increíble tendencia hacia el fundamentalismo y la expansión mediante uno de sus “pilares”, la guerra santa,

4) Reconocer que el mundo islámico es una realidad y que es otro de los “grandes espacios” y, en tanto que tal, otra “pata” de un mundo multipolar y que Europa debe reconocer su independencia, su naturaleza religiosa y su peso económico, pero teniendo como contrapartida el establecimiento de una línea clara de división (el Mediterráneo y el Bósforo) más allá del cual es “territorio del Islam” y más acá “territorio europeo”.

Y es que, el fondo de la cuestión es que “Eurasia” no es un todo homogéneo, sino un gigantesco conjunto extremadamente heterogéneo que en el siglo XXI solamente puede ser gobernado, o bien por la globalización o bien mediante el establecimiento de “grandes espacios económicos” homogéneos cada uno de los cuales no tenga derecho de injerencia en los asuntos del resto (y, por supuesto, se trata de arrojar a la basura el “derecho de Núremberg” y sus secuelas).

Sexto error: tratar de abolir la Nación aquí y ahora

Duguin tiene formación tradicionalista… lo cual no es decir mucho, porque yo también la tengo. Dejando aparte los distintos matices de cada visión “tradicionalista”, el problema del tradicionalismo se complica cuando se intenta aplicar a la política cotidiana. He visto justificar con una cita de Evola el terrorismo islámico. Y he visto como los evolianos y guenonianos de “estricta observancia” terminan excluyéndose unos a otros por un quítame allá esas pajas. Propio de sectas. Es por lo demás, completamente subjetivo elegir el lugar en el que se aplica un “análisis tradicionalista” y aquel otro en el que se ignora el tradicionalismo. Encontraría normal, por ejemplo, que se aplicara un análisis tradicionalista a la “nación” y que dicho análisis se aplicara tradicionalista también a la raza o a Europa, o a la forma de gobierno en la que desemboca un sistema tradicionalista (inevitablemente, la monarquía). Lo que es discutible es aplicar el análisis tradicionalista solamente allí en donde interesa, simplemente porque refuerza el propio criterio, para eludir aplicarlo en lugares en los que se muestra contrario a las propias “filias”.

Dice Duguin haciendo gala de ortodoxia evoliana: “No puedo defender la nación, porque la nación es un concepto burgués imaginado por la modernidad para destruir las sociedades tradicionales (Imperio) y las religiones para su sustitución por pseudo–comunidades artificiales basados en la identidad individual”, frase que suscribimos de principio a fin. Incluso podemos suscribir también la disyuntiva que cita unas líneas más adelante “Tradición o modernidad”. Ahora bien…

El propio Evola reconoce que la historia contemporánea es dinámica. Cita, por ejemplo, que el concepto de “liberalismo” nació a la izquierda del mapa político, pero en doscientos años se ha ido desplazando progresivamente hacia la derecha y hoy es considerado como una doctrina de derechas. Así mismo, si el tradicionalismo cristaliza en el plano político en posiciones aristocráticas y monárquicas, habría que recordar que este último concepto se ha pervertido por completo, tal como pudo verse en la reciente mascarada parlamentaria de “entronización” de Felipe VI, una ceremonia descafeinada en la que la monarquía se traicionó a sí misma renunciando incluso a su propia tradición, representada en el escudo por los símbolos de los Reyes Católicos, el yugo y las flechas.

Estamos en tiempos de caos y crisis; la confusión está presente en todos los territorios que exploremos y no podemos emitir un juicio sin tratar de definir antes los elementos de la ecuación.

Quizás el problema estribe en tratar de aplicar las categorías políticas tradicionalistas a un mundo que hace más de dos siglos ha dejado de ser tradicionalista. Evola en Los hombres y las ruinas fue el último en tratar de elaborar una línea política para la derecha tradicionalista de postguerra; su proyecto tuvo cierta influencia entre los cuadros del Movimiento Social Italiano y entre la nueva derecha francesa. Pero ya en aquel momento se demostró la dificultad para adaptar la teoría tradicionalista a la práctica política y este intento desembocó en posiciones pro–atlantistas: Evola mismo opinaba que el bolchevismo anulaba completamente cualquier margen de actuación, mientras que la democracia tutelada por los EEUU permitía trabajar políticamente. Sin olvidar que el MSI, en su tendencia mayoritaria fue siempre pro–atlantista y que existen artículos de Evola en la misma dirección.

La alta estima que siento por Evola no se ve empañada por estos errores de percepción que, simplemente, me llevan a reconocer la imposibilidad de formular un análisis político tradicionalista. En lo personal, hace tiempo que hemos renunciado a aplicar las categorías y los análisis tradicionalistas a la política, para aplicarlos solamente a la búsqueda de una práctica individual que conduzca a la liberación interior y al desplazamiento del eje de la personalidad a capas más profundas y auténticas. A fin de cuentas, uno de los aspectos que planteaba Evola en Cabalgar el tigre.  Para lo cual existen distintas vías que pueden experimentarse sin necesidad de la rigidez propuesta por Guénon y de su sobrevaloración del fenómeno iniciático. Pero no es este el tema que estamos tratando ahora.

¿Es la nación un instrumento de la burguesía o un “concepto burgués” imaginado para “destruir las sociedades tradicionales”? Lo fue durante la revolución americana y la revolución francesa, lo fue durante las revoluciones burguesas impulsadas fundamentalmente por la masonería… No lo es hoy. La historia ha desplazado la importancia y el interés de la nación.

Hay que tratar de situar de nuevo el papel de las naciones. La nación es un “menos” en relación a un “más” que es el Imperio. Pero las naciones son un “más” en relación a una situación inferior e indeseable que es el “internacionalismo” de matriz marxista (hoy reconvertido en “altermundialismo”) y que es también la globalización de carácter económico y la mundialización de carácter cultural.

Desde un punto de vista espacial y tradicionalista, todo lo que conduce hacia “arriba” (hacia el Imperio”) es positivo, y todo lo que lleva hacia “abajo” (la globalización) es negativo. Si se acepta esto y si se considera el análisis de la globalización que hemos desarrollado en nuestra obra Teoría del mundo cúbico, se aceptará que las naciones, hoy, aquí y ahora, son muros contra la globalización en la medida en que disponen de realidad jurídica, instrumentos coercitivos, leyes e instituciones propias que impiden que el rodillo globalizador las uniformice. De ahí la necesidad actual de defender el concepto de Nación y la posibilidad de ganar espacio político dentro de los parlamentos y de las instituciones nacionales que supongan reforzamiento del papel antiglobalizador de las naciones.

Lo que es una irresponsabilidad y algo completamente irreal es olvidarse de la existencia de las naciones actuales y proclamarse “euroasista”, proponiendo además, la destrucción de los Estados–Nación actuales por ser “creaciones de la burguesía”. Verdadero salto mortal al vacío sin red. Sería mucho más lógico aceptar que la marcha de la historia obliga a la colaboración entre naciones, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial y, mucho más aún, que se precisa una colaboración entre naciones europeas (y no la destrucción de las mismas o su sacrificio en aras de la entelequia “euroasista”). Es cierto que el tiempo de la “dimensión nacional” ha pasado y que ésta ya no responde a la realidad de un mundo hecho por las grandes potencias: de ahí el énfasis puesto en la colaboración entre naciones. De la misma forma que los distintos países europeos desde hace 40 años ya no están en condiciones de realizar cada uno de ellos, independientemente de los otros, grandes proyectos de investigación científica, se ha afirmado la tendencia a impulsar grandes proyectos como el Airbus o el avión europeo de combate, que han requerido la colaboración de distintos Estados–Nación.

Realizar una crítica a la Nación afirmando que fue creada por la burguesía, no dice nada sobre el papel actual de la Nación (papel que el propio Evola aceptaba y reconocía en los años cincuenta, por cierto). Y, desde luego, lo que no puede olvidarse es que aboliendo la Nación o no defendiéndola con suficiente vigor o defendiendo su centrifugación en nombre de las identidades regionales, lo que se abre es el paso a la globalización. Así pues, la alternativa de hoy es “nación o globalización” y la óptima sería “grandes espacios económicos o globalización”. Pero nunca, “¡abajo la nación!” ni la igualdad “nación - poder burgués”.

De hecho, aquí aparece otra vez una incomprensión de los mecanismos económicos que han llevado a la modernidad: ya no hay “poder burgués”, el capitalismo hace décadas que dejó de tener relación con los ideales burgueses (eso correspondía al capitalismo artesanal y al primer capitalismo industrial, en absoluto al capitalismo multinacional, ni mucho menos al capitalismo globalizado) y, en absoluto, es protagonizado e impulsado hoy “por la burguesía”, sino por élites financieras que invierten mucho más allá de los límites de sus Estados–Nación y que en los que ya no resta nada o muy poco de los ideales burgueses. Algo que implícitamente reconoce Duguin cuando dice: “Las naciones han cumplido su papel de destructor de identidades orgánicas y espirituales, y ahora los capitalistas destruyen sus propios instrumentos para hacer posible la globalización”, a pesar de que no extrae las conclusiones necesarias de esta realidad.

Lo que estaba unido en el inicio de las naciones históricas (el poder económico burgués y la necesidad de la burguesía de un marco jurídico nacional favorable con el que amparar su pretensión a la hegemonía) ya no está unido en el siglo XXI y, por tanto, no puede ser juzgado de la misma manera. Las naciones se levantaron sobre las ruinas de los Reinos y las cabezas cortadas de los Reyes… hace 225 años. Hoy son defensas frente a la globalización.

Séptimo error: proponer la aparición de “identitarios de izquierda”

Dice Duguin: Sería algo bueno ver aparecer “Identitarios de izquierda” que por un lado defendiesen la justicia social, atacando el capitalismo, y por otro defendiesen las tradiciones espirituales atacando la modernidad”. Dejando aparte qué habría que hablar de cuáles son esas “tradiciones espirituales” y si alguna todavía goza de buena salud y dejando aparte que se trata de una discusión apta solamente para élites culturales que dominen la temática, en España es frecuente decir “antes muerto que sencillo”.

En esta pobre y peripatética España han florecido capullos “nacional–bolcheviques”, “falangistas de izquierda”, “castro–cristianos”, “anarco–fascistas”, y no importa quién ha tocado la gaita que le ha venido en gana por puro afán de originalidad. Así que ahora faltan solamente “identitarios de izquierdas”, como hubo pretendidos “nacional–revolucionarios de izquierdas”, strasserianos o postulantes de la línea de Farinaci frente a la derecha fascista. Hasta incluso hemos leído que Ramiro Ledesma era “nacional–bolchevique” simplemente porque “unía lo nacional y lo social”. Franco, por esto mismo, lo sería también; a fin de cuentas, los derechos sociales que se nos van restando ahora para “ganar competitividad” tienen su origen en el período franquista en su intento de ganarse a las masas. Así pues, tenemos a Francisco Franco convertido en “identitario de izquierdas”, pues no en vano, reconoció que el catolicismo era el primer rasgo de nuestra identidad y lo que le daba forma desde la conversión de Recaredo. Seamos serios y no simplifiquemos tanto…

A estas alturas ya resulta enfermizo seguir esquematismos de este tipo: la “derecha” defiende lo nacional, la “izquierda” defiende lo social… Estas categorías sumarias ya no tienen nada que ver con la realidad. Cada día estamos viendo partidos “socialistas” realizando políticas de apuntalamiento del capitalismo y hemos visto como el Front National ha recuperado prácticamente a todo el electorado obrero francés ¿para una política de derechas? Más bien para políticas sociales... Y en España, derecha e izquierda, estatalistas o nacionalistas, todas riman con corrupción, así que ¿para qué seguir con adjetivaciones que solamente evocan partidocracia, cleptocracia y simple bandidismo propio de salteadores de caminos?

Escribe Duguin: “Si los Identitarios realmente aman su identidad, se han de convertir en eurasistas y unirse a los tradicionalistas, los enemigos del capitalismo de todos los campos políticos, razas, religiones o culturas. Ser hoy anti–comunista, anti–musulmán, anti–oriental, pro–yankee, atlantista, significa pertenecer al otro campo, estar en el lado del Nuevo Orden Mundial y de la oligarquía financiera”… frase que, en su conjunto, ya ha sido respondida en las líneas precedentes.

Nosotros, en cambio, decimos:

Si los identitarios aman su identidad, deben defender a sus naciones y lo que representan. Estamos todos obligados, claro, a no limitarnos a la “dimensión nacional” y a buscar fórmulas de cooperación que generen un “gran espacio económico europeo” y supongan una alternativa al actual Tratado de la Unión Europea.

Estamos obligados a establecer estrategias realistas que no pueden ser sino gradualistas y elegir en cada momento entre enemigos principales y enemigos secundarios. No basta ya con decir “contra el capitalismo allí donde esté”: hay que poner nombres y apellidos, señalar enemigos concretos y no formular meras abstracciones generalizadoras.

No basta con decir sólo “contra los EEUU”, cuando existen otros centros del capitalismo y de la globalización y aunque los EEUU desaparecieran –y hay motivos suficientes como para pensar que un proceso de desplome interior pudiera producirse en aquel país– la globalización y el capitalismo seguirían existiendo.

No se puede tomar partido ni manifestar solidaridad incondicional por proyectos políticos que no son los propios (el proyecto nuclear iraní, el proyecto de reconstrucción del poder ruso, el proyecto de unificación del mundo árabe), esos proyectos solamente hay que valorarlos en relación a sus repercusiones entre nosotros.

Y sí se puede proponer una ruptura de la globalización y el establecimiento de “grandes espacios económicos” autosuficientes en área con cierto grado de homogeneidad. Nunca atacar a los Estados–Nación actuales, barreras ante la globalización. Nunca dejar que utopías futuras distraigan de realidades presentes. Nunca mezquitas en mi tierra, ni población halógena innecesaria. Nunca más una OTAN para defendernos de enemigos inexistentes. Nunca más mitos multiculturalistas. Nunca más valores humanistas y universalistas de la mano de la ONU y de la UNESCO. Nunca más intentar gobernar el mundo del siglo XXI con ideas del siglo XVIII.

Nunca más izquierdas ni derechas. Nunca más conservadores con poco que conservar, ni progresistas haciendo permanentes acrobacias de ingeniería social. Nunca más élites narcisistas separadas de la población: elaborar una línea política y una práctica política que pueda ser entendida por las masas. La tarea del revolucionario hoy es, fundamentalmente, educadora y su práctica debe consistir en encontrar en los elementos de la cotidianeidad que experimenta la población como negativos, aquellos argumentos y caminos que hacen entender a los ciudadanos cuáles son las vías a través de las que opera la globalización y porqué hay que combatirla.

Dicho sea todo ello, sin ánimo de polemizar, naturalmente…

© Ernesto Milá – infokrisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

 

Artículo:

Sobre los Identitarios, la Tradición y la Revolución global

Alexandr Duguin

Considero que los Identitarios son aliados cuando rechazan la modernidad, la oligarquía global y el capitalismo liberal mortífero para las culturas étnicas y las tradiciones. El orden político moderno es esencialmente global y se basa puramente en la identidad individual. Es el peor orden posible y debe ser totalmente destruido.

Cuando los Identitarios militan por una reafirmación de la Tradición y de las antiguas culturas de los pueblos europeos, tienen razón. Pero cuando ellos atacan a los inmigrantes, musulmanes o a los nacionalistas de otros países (en base a conflictos históricos), cuando defienden a los Estados Unidos, el atlantismo, el liberalismo o la Modernidad, cuando consideran a la raza blanca (la que ha producido la modernidad) como la raza superior y afirman que las otras razas son inferiores, estoy en total desacuerdo con ellos.

Más que eso, no puedo defender a los blancos contra los no-blancos por la única razón de que yo mismo sea un blanco y un indoeuropeo. Reconozco la diferencia de otros grupos étnicos como una cosa natural y rechazo cualquier jerarquía entre los pueblos, ya que no existe, y no puede existir, una medida universal para la comparación de las sociedades étnicas y los sistemas de valores.

Estoy orgulloso de ser ruso, exactamente como los estadounidenses, los africanos, los árabes y los chinos están orgullosos de ser como son. Es nuestro derecho y nuestra dignidad afirmar nuestra identidad. No la de unos contra otros, sino los unos al lado de los otros, sin resentimiento hacia los demás ni remordimientos hacia uno mismo.

No puedo defender la nación, porque la nación es un concepto burgués imaginado por la modernidad para destruir las sociedades tradicionales (Imperio) y las religiones para su sustitución por pseudo-comunidades artificiales basados en la identidad individual. Actualmente, la nación está siendo destruida por las mismas fuerzas que la crearon en el primer período de la modernidad. Las naciones han cumplido su papel de destructor de identidades orgánicas y espirituales, y ahora los capitalistas destruyen sus propios instrumentos para hacer posible la globalización.

Debemos atacar el capitalismo como un enemigo absoluto, responsable tanto de la creación de la nación como simulacro de la sociedad tradicional como de su destrucción actual. La razón de la catástrofe actual tiene sus raíces en los fundamentos ideológicos y filosóficos del mundo moderno. Y la modernidad que era blanca y nacional en su origen se ha vuelto global al final. Es por eso que los Identitarios deben elegir su campo real: la Tradición (lo que incluye su propia tradición indoeuropea) o la modernidad. El atlantismo, el liberalismo, el individualismo son las formas del mal absoluto para la identidad indoeuropea, que son incompatibles con ella.

Si los Identitarios realmente aman su identidad, se han de convertir en eurasistas y unirse a los tradicionalistas, los enemigos del capitalismo de todos los campos políticos, razas, religiones o culturas. Ser hoy anti-comunista, anti-musulmán, anti-oriental, pro-yankee, atlantista, significa pertenecer al otro campo, estar en el lado del Nuevo Orden Mundial y de la oligarquía financiera. Pero es una actitud ilógica porque las consecuencias de la globalización destruyen todas las identidades excepto las individuales y hacer una alianza con aquellos que la apoyan significa traicionar la esencia misma de la identidad cultural.

El problema con la izquierda es diferente. Es positiva en su oposición al orden capitalista, pero carece de la dimensión espiritual. La izquierda se presenta habitualmente como una vía alternativa a la globalización, que es la razón de su oposición a los valores orgánicos, a las tradiciones y a la religión.

Sería algo bueno ver aparecer “Identitarios de izquierda” que por un lado defendiesen la justicia social, atacando el capitalismo, y por otro defendiesen las tradiciones espirituales atacando la modernidad.

El enemigo es único, es el orden global liberal del capitalismo de la hegemonía norteamericana (que también va dirigida contra la verdadera identidad americana).

Nosotros ganaremos si unificamos nuestros esfuerzos.

http://www.4pt.su/fr/content/sur-les-identitaires-la-tradition-et-la-revolution-globale

 

 

 

Elección de alcaldes y PP

Elección de alcaldes y PP

Info|krisis.- Elección directa de alcaldes, última esperanza del PP. Las reformas se imponen en el sistema político español que desde hace años parece no dar más de sí. Sin embargo, el PP ha empezado por reformas que demuestran lo que ya dijo Platón en el siglo VI antes de JC, que los políticos nunca adoptan medidas que les puedan perjudicar. Cuando el PP insiste como única idea en que los alcaldes deben ser elegidos directamente, lo que está intentando desesperadamente es no perder alcaldías (especialmente en las grandes ciudades) en las próximas elecciones de mayo de 2015. Esperanza vana porque nada salvará al PP de las nuevas simetrías políticas que aparecerán en ese momento.

El PP ve, horrorizado, que puede perder la mayoría absoluta en algunos ayuntamientos importantes (entre ellos Valencia y Madrid) en las elecciones de mayo de 2015. Su gestión municipal no ha sido precisamente un modelo de eficacia. Cuando el sector inmobiliario ya no es el motor de los recursos municipales, los ayuntamientos gobernados por la derecha, dan una sensación de abandono y de falta de proyectos. No es que a los ayuntamientos gobernados por la izquierda les vaya mejor, ocurre simplemente, que mientras los votos de derecha pueden ir circulando por distintas opciones (PSOE, IU, Podemos, Compromís) a partir de las cuales es posible articular nuevas mayorías, la derecha se ha encontrado con que no tiene con quien pactar.

“Sin enemigos a la derecha…” (Manuel Fraga)

Esta situación dramática es la contrapartida a la exigencia de Fraga Iribarne en 1978 cuando impuso su criterio de que en el sistema político español que en esos momentos nacía, todo lo que se situara a la derecha de la entonces llamada “Alianza Popular”, fuera arrojado al foso de los leones, considerado como franquismo y situado extramuros del sistema. La frase que Fraga utilizó en aquellos momentos fue “sin enemigos a mi derecha”, afirmando con ello que el sistema político español terminaba con él en ese ángulo. Lo que se situaba más allá era, pues, extremismo, actitudes ultramontanas y radicalismo franquista.

Desde entonces, con la nueva constitución hoy agónica, el sistema político  español se orientó hacia el centro: en los treinta y seis años siguientes gobernarían opciones de centro (UCD), centro–izquierda (PSOE) y centro–derecha (PP), por mayoría absoluta o, cuando no disponían de ella, apoyados por partidos centristas autonómicos (CiU y PNV). Estas simetrías han dado lugar un sistema políticamente estable, pero cuyos resultados en lo que se refiere a la gobernabilidad del Estado y a la eficacia en la gestión, han sido discretos y en ocasiones catastróficos.

En su fase terminal, el régimen de 1978 se muestra excepcionalmente cruel con el centro–derecha: si bien la izquierda está fragmentada en distintas opciones con capacidad para dialogar y negociar, la derecha se agota en sí misma. Tal como Fraga exigía no hay un plus ultra más allá de su sigla, de tal manera que el PP es incapaz de encontrar aliados y solamente puede gobernar –en ayuntamientos y en comunidades autónomas– a través de una propia mayoría absoluta, o bien resignarse a perder el poder.

De los distintos intentos de crear una derecha–derecha…

El proceso de formación de la derecha durante la transición fue duro y difícil. Cuando los “siete magníficos” procedentes de distintas familias franquistas (Reforma Democrática de Fraga, Unión del Pueblo Español de Martínez Esteruelas, Acción Democrática Española de Silva Muñoz, Democracia Social de Licinio de la Fuente, Acción Regional de López Rodó, Unión Nacional Española de Fernández de la Mora y Unión Social Popular de Thomas de Carranza) unieron sus siglas el 9 de octubre de 1976, la coalición distó mucho de ser homogénea y operativa. ADE y UNE actuaron por su cuenta y se desvincularon del proyecto pasando a fundar Derecha Democrática Española, primer intento de organizar una formación a la derecha del partido capitaneado por Fraga.

La UNE, fundada en 1975 cuando el asociacionismo político promovido por el tardofranquismo parecía inevitable, agrupó a antiguos tradicionalistas que reconocieron a la monarquía instaurada por Franco en la persona de Juan Carlos I. Entre sus promotores figuraron personajes del mundo de los negocios, antiguos ministros franquistas y un buen número de “procuradores en Cortes”: Antonio María de Oriol y Urquijo, Juan María Araluce Villar, José Luis Zamanillo, José María Valiente, Manuel Fagoaga, Ricardo Larrainzar Yoldi, Carlos Arauz, José María Velo de Antelo y Fernández de la Mora. Durante un tiempo, intentando rivalizar con las juventudes de Fuerza Nueva llevaron como uniforme camisas grises.

El partido se aproximó a Alianza Popular pero en los momentos previos al referéndum constitucional y a la vista de que el proyecto presentado a consulta suponía una verdadera “ruptura” con el orden franquista con el que los miembros de la UNE y de ADE se sentían comprometidos, en lugar de una evolución del mismo, se situaron fuera de la disciplina de Fraga. Ocupó la presidencia del partido Fernández de la Mora que intentó paliar su debilidad numérica aproximándose al grupo de Federico Silva, Acción Democrática. Sin embargo, a diferencia de la UNE, AD carecía completamente de base militante, siendo apenas un grupo de personalidades en torno al ex ministro de obras públicas de Franco. A pesar de que en diciembre de 1979 ambas formaciones, UNE y ADE formaron Derecha Democrática Española, en aquel momento Fuerza Nueva era demasiado potente como para que pudieran hacerse un hueco a la derecha de Fraga.

Cuentan las crónicas que Loyola de Palacio o el mismo Mariano Rajoy ingresaron en política desde la filas de la UNE. Otros eran antiguos falangistas vinculados a El Alcázar, como Ismael Medina, secretario regional andaluz de esta formación. El intento de acomodo en la Unión Nacional, junto a Fuerza Nueva y Falange Española, no prosperó y en 1983, cuando se convocaron las elecciones que dieron la victoria a los socialistas, ni la UNE, ni ADE, ni DDE existían ya. Protagonismos aparte, la mayor discrepancia se dio a nivel de política de alianzas: DDE proponía un frente desde UCD hasta la Unión Nacional (Fuerza Nueva + FE–JONS), algo que ni era viable, ni suscitaba muchos entusiasmos en esta última formación. Creyéndose respaldados por su mayor prestigio político, de la Mora y Silva, no entendieron que Blas Piñar tenía mayor capacidad de movilización y un proyecto político nacional–católico muy diferente de la concepción evolucionista del franquista que representaban ellos.

En noviembre de 1983, Fuerza Nueva se auto–disolvió y la DDE, simplemente, desapareció. Si le cuadraba alguna calificación política sería sin duda la de “derecha nacional”. No sería el último intento de crear una formación que ocupara ese espacio político.

En 1997, después de trece años de dura lucha por apartar al PSOE del gobierno, Alianza Popular, reconvertida ya en Partido Popular, llevaba casi un año gobernando. Un sector del partido, su ala derecha, se vio fuera de los repartos de poder y reaccionó por la vía de la escisión. Su dirigente indiscutible fue el diputado murciano Juan Ramón Calero Rodríguez. Sin embargo, sería aventurado calificar al Partido Demócrata Español –más conocido por su sigla PADE– como de “derecha nacional” a la vista de la definición que él mismo dio: “humanista–cristiano, liberal–reformista y moderado”… es decir, los mismos rasgos con los que la antigua AP venía defendiendo desde su fundación. En este sentido, el PADE podría ser llamado una “AP–auténtica” en el sentido de que el PP para Calero habría supuesto una modificación de los ideales originarios.

Si el PADE fue considerado como partido “de extrema–derecha” se debió, no tanto a su orientación como a la presencia de cierto número de antiguos miembros de Fuerza Nueva que ingresaron en AP al dejarlos huérfanos Blas Piñar tras disolver el partido en 1983. Tales elementos eran precisamente los que habían quedado completamente marginados del reparto de poder.

La historia del PADE fue, sobre todo, la historia de una larga agonía. En las elecciones generales de 2000 apenas obtuvo 10.000 votos que se transformaron en la mitad cuatro años después. Al convocarse las elecciones municipales de 2003 apenas obtuvieron 32 concejales en toda España, descendiendo a 20 en 2007. Resultados a la vista de los cuales el PADE decidió no presentarse a las elecciones generales de 2008, desapareciendo por completo sin dejar señas. Así concluyó el segundo intento de crear una “derecha de la derecha”. Sin pena ni gloria. Justo como DDE quince años antes.

El tercer intento ha sido protagonizado por Vox y en estos momentos es pronto para decir hacia dónde evolucionará y si las elecciones municipales de mayo de 2015 le darán alguna presencia o bien esta será similar a la que logren los distintos partidos de carácter identitario (PxC, PxL o E2000). A pesar de que la Fundación para la Defensa de la Nación Española, creada en 2006, es el origen de esta formación, Vox se fundó oficialmente en noviembre de 2013 cuando Santiago Abascal, presidente de DENAES, abandonó el Partido Popular en desacuerdo con la oleada de corrupción que se venía arrastrando desde la irrupción del Caso Gürtel y por la política antiterrorista. Si Ramón Calero había acusado a Aznar quince años antes de traicionar los ideales de AP, ahora Abascal acusaba a Rajoy de “traicionar las ideas del PP”. Se trataba, pues, de reconstruir un “PP-auténtico”.

Los ejes de la propaganda de Vox eran, pues, los propios de la derecha: defensa de la unidad de España, regeneración política del país, política de victoria sobre el terrorismo, antiabortismo. Los resultados obtenidos por Vox en las elecciones europeas estuvieron por encima de lo esperado, pero por debajo de sus expectativas. Con un cuarto de millón de votos y el 1’57%, Vidal Quadras no pudo entrar en el Parlamento Europeo, desvinculándose del partido posteriormente. Las críticas realizadas por Cristina Seguí a la dirección parecen ser un nuevo obstáculo cuyas repercusiones todavía no pueden valorarse.

Al igual que el PADE, Vox es un partido conservador pero no de “derecha nacional”, sino más bien de “derecha liberal” en la medida en que se acepta una economía no regulada, a pesar de que el resto de posiciones conservadoras (y especialmente, la actitud antiabortista) chocan con los pocos liberales que todavía siguen aceptando esta definición y detentan la patente.

… El PP víctima de su aislamiento

La esperanza del PP a partir de 2004 era que aparecieran grupos de carácter centrista que, fundamentalmente, recogieran los votos de electores que hasta ese momento habían apoyado al PSOE o al PP atraídos por su “centrismo”, pero que, decepcionados por unos u otros motivos, no se resignaran a abandonar esa área. De ahí el interés del PP (y de los medios de comunicación vinculados a la derecha) en promover la opción de Rosa Díez y, posteriormente, la de Albert Rivera.

A pesar de que Rosa Díez había sido consejera durante varios años en gobiernos de coalición con el PNV y a pesar de que solamente abandonó el PSOE cuando jugó y perdió contra Zapatero y no vio acomodo dentro de este partido, la irrupción de una nueva formación política que parecía restar votos centristas al PSOE podía paliar el aislamiento del PP. Tal aislamiento se había puesto dramáticamente de relieve a partir de la segunda legislatura de Aznar y especialmente durante los primeros años del zapaterismo impuesta por el tripartito catalán. Sin embargo, las estadísticas demostraron que, inicialmente, Rosa Díez, atraía más votos procedentes del PP que del PSOE. En las siguientes elecciones se demostró que UPyD era solamente el “partido de Rosa Díez”, dirigido de una manera autocrática y personalizada que causó ya problemas con otros fundadores del partido que se retiraron tempranamente. En la actualidad dicho espíritu autocrático ha ocasionado una primera crisis grave con las declaraciones (muy razonables, por otra parte) del diputado europeo Sosa Wagner, proponiendo una fusión con la formación de Albert Rivera, Ciudadanos. En cuanto a esta última formación, su ámbito de aplicación parece reducido a Cataluña y solamente por su crítica a la política lingüística de la Generalitat. Ambos partidos, UPyD y Ciudadanos, se definen como “de centro–izquierda”, pero Rosa Díez ya ha declarado en múltiples ocasiones que “son diferentes” y que cada cual tiene su propio camino.

Hasta las elecciones europeas de 2014, el PP tenía la esperanza de que ambas formaciones, Ciudadanos y UPyD, aumentasen sus bolsas de votos y se convertirían en una especie de sustitutos de los partidos nacionalistas, CiU y PNV, con los que cada vez resultaba más difícil (y costoso) pactar. Sin embargo, los resultados de las europeas demostraron que ambos partidos se habían estancado en su crecimiento y que, bruscamente, Podemos, les había quitado el espacio de la protesta. Y eso alteraba gravemente la situación para el PP.

Si bien, hasta ahora, los votos desencantados con el PSOE y con el PP iban a parar a UPyD o a Ciudadanos, partidos con los que el PP se entiende bien (a pesar de su más que ilusoria ubicación en el “centro–izquierda”…), con Podemos cualquier entendimiento es imposible. Y así se llega de nuevo a la dramática situación de aislamiento por parte del PP: su política de “sin enemigos a la derecha” ha hecho el que no existan formaciones de alcance nacional que ocupen ese espacio político y los votos que el PP pierde por la derecha vayan “a donde más duele”, a la abstención, o incluso a Podemos a la vista de que la sensación generalizada, que va incluso ganando peso en la derecha es de que el régimen se encuentra completamente corrupto y dominado por una “casta” de la que el propio PP forma parte.

Alcaldes elegidos directamente…

Todo este aislamiento es lo que ha inducido a Rajoy a plantear el proyecto de elección directa de los alcaldes. Fuera del PP este proyecto ha generado un rechazo unánime y parece difícil que Rajoy se atreva a imponerlo. De hecho, no se entiende cómo podría gobernar un alcalde elegido por la lista más votada –el PP, por ejemplo– en un consistorio en el que los concejales de la oposición sumaran mayoría. ¿Qué margen de maniobra podría tener un alcalde en esas condiciones? ¿Qué proyectos y gastos estaría en condiciones de ser aprobados por el pleno municipal? Todo empezaría y terminaría otorgando a los alcaldes del PP solamente unos años de margen en los que la inestabilidad municipal y la parálisis en las decisiones estratégicas serían la dominante. Por otra parte no se entiende el por qué los alcaldes deberían ser elegidos por la población, pero no así los presidentes autonómicos o el mismo presidente del gobierno.

Así pues se trata de una medida partidista que tiene como objeto preservar el mayor número de ayuntamientos del PP del riesgo que puede suponer el que gobierne una coalición de izquierdas. Se trata de un reforma que no palía las consecuencias más nefastas del régimen creado en 1978 (la partidocracia que conduce directamente a la generalización de la corrupción), sino que abunda en la misma dirección, como una forma de descender un poco más por la sima. No es una “reforma”, sino más bien una “persistencia” en los factores negativos ya experimentados traídos por la constitución del 78.

Ya hemos dicho que en caso de aplicarse, tal reforma acarreará inestabilidad (entre otras cosas porque en las comunidades catalana y vasca, muchos ayuntamientos quedarían en virtud de esa reforma en manos de radicales de ERC o de Amaiur) de los municipios en donde el alcalde electo tenga que trabajar con un consistorio en el que no dispone de la mayoría. Pero es que esa inestabilidad se va a convertir en la característica más acusada de esta fase de desintegración del sistema político español. Concebido inicialmente como “bipartidismo imperfecto”, una de cuyas “patas”, el PSOE, se encuentra en una crisis estructural profunda (tal como demuestra el hecho de que mes y medio después de la elección de un nuevo secretario general, éste no haya destacado ni un solo momento, ni haya generado polémicas, ni siquiera creado expectativas…). En los próximos años se verá cómo un sistema con tal arquitectura es incompatible con la proliferación de siglas, la erosión de la “banda de los cuatro” (PP+PSOE+CiU+PNV) y los partidos nuevos que están apareciendo en todos los niveles del Estado.

El problema para el PP es cómo quedará en las elecciones de mayo de 2015: qué gobiernos autonómicos perderá, en qué grandes ciudades dejará de tener mayoría absoluta y cómo podrá afrontar a una izquierda que se recompondrá mediante coaliciones entre sus distintas piezas. Y todo esto en el supuesto de que las “cifras macroeconómicas” que pueda presentar le sean favorables hasta ese momento (algo muy discutible, por lo demás). En caso contrario, en caso de que la ralentización de la economía europea y la crisis de las economías argentino–brasileñas haya supuesto una disminución de las exportaciones y un repunte del paro, el PP podría entrar también en una crisis, inicialmente coyuntural, pero cuyo alcance estaría en razón directa a los resultados obtenidos y a la pérdida de fuerza social del gobierno Rajoy.

Tal es el resultado del “sin enemigos a la derecha”… sin enemigos, pero también sin “amigos”, sin interlocutores, sin posibles aliados, sin esperanzas. A la prepotencia de Fraga le llega ahora el tiempo de la expiación.

© Ernesto Milá – infokrisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

 

Errores de Podemos (III)

Errores de Podemos (III)

Info|krisis.- Los errores de Podemos (III): El democratismo, una enfermedad infantil. Podemos debería leer aquella obra de Lenin, El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo. Allí hay alguna de las claves de porqué el proyecto lanzado por Pablo Iglesias y sus amigos, tendrá éxito… pero será estéril. Ganar votos no es difícil, basta con prometer el oro y el moro, disponer de altavoces mediáticos y enlazar con el estilo de una época. En esto ha consistido el éxito presente y futuro de Podemos. En esto radicará también su esterilidad. A fin de cuentas, toda política realista pasa por reconocer los problemas de la población: y uno de ellos, acaso el primero de todos, es que el grueso de la población española carece de capacidad crítica, voluntad, interés e incluso conciencia de cuáles son sus problemas más allá de los estrictamente inmediatos... En esas circunstancias las organizaciones de tipo asambleario o el recurso constante a apelar a consultas a la población, carece de sentido. Solamente está en condiciones de opinar de manera precisa y objetiva quien conoce la naturaleza de los problemas… no quien, simplemente ha oído hablar de ellos

En la izquierda se da por descontado que la democracia es el mejor sistema posible… aunque es frecuente que no exista coincidencia sobre qué se entiende por “democracia”. No es lo mismo la democracia tal como la consideran los “indignados”, el movimiento del 15–M y Podemos, que la “democracia” tal como la concebía Lenin o como la querían los socialdemócratas de su tiempo, o sus equivalentes en nuestros días. “Democracia” es, sin duda, el término más desnaturalizado del vocabulario político desde Aristóteles y Platón hasta nuestros días, hasta el punto de que cabe preguntarse, si es viable hablar de “mando del pueblo” en el actual momento histórico y si es posible hablar de “democracia” sin definirla antes.

¿”Mando del pueblo”? ¿Existe el “pueblo”?

En su acepción más extendida, “democracia” es una forma de elegir a los representantes de un pueblo mediante el recuento numérico de votos. A través de un acto casi mágico, la parcela de “soberanía individual” que reside en cada ciudadano, tras el recuento de votos, se suma a otras parcelas individuales, expresando la decisión de la mayoría. Se trata de un proceso meramente cuantitativo. De ahí que no pueda extrañar la “calidad” de los políticos y la eficiencia de las opciones que han recibido al favor mayoritario de los votos. La calidad siempre, absolutamente siempre, está reñida con la cantidad. Y en “democracia”, lo cualitativo desaparece siempre en beneficio de lo cuantitativo. Ahí está la trampa. No es raro, por tanto, que en las democracias de “baja calidad” como la española, todas las opciones mayoritarias estén de acuerdo en reducir al máximo la capacidad crítica de la ciudadanía, no vaya a ser que el ejercicio del arma de la crítica hiciera en algún momento pasar a la clase política por las armas de la justicia.

De todas formas, el objetivo de este artículo no es realizar una crítica a la democracia cuantitativa, crítica que desde Enrique Ibsen y su obra de teatro –verdadero ensayo político– El enemigo del pueblo, ya está realizada y nunca ha sido ni contestada, ni superada, ni refutada. De hecho, siempre que un “demócrata” asume la defensa de la democracia, a la vista de la enormidad de datos en contra se limita a una tímida argumentación basada en las boutâdes: “la democracia es el menos malo de todos los sistemas políticos” o aquello otro de que “la democracia es el peor sistema político a excepción de todos los demás”…

La base sobre la que se establecía el poder ha pasado de ser de “origen divino” a tener una “base popular”. En los antiguos regímenes el rey detentaba el poder por “voluntad de Dios”. En la actualidad la soberanía reside en el “pueblo”. Pero las cosas no son tan simples. La primera cuestión es saber si existe el “pueblo”.

Si consideramos como “pueblo” a los habitantes de un conjunto territorial es evidente que la respuesta debe ser afirmativa. Pero lo que ya no está tan claro es si estamos aludiendo a “pueblo” o a “masa de población”. El pueblo deja de ser una “masa” cuando está organizado, y vertebrado por principios, estructuras orgánicas y cultura digna de tal nombre. Nada, por tanto, de lo que existe hoy. Luego, la soberanía, en la práctica no puede residir en la “masa” cuya característica esencial es que carece de capacidad de decidir: para decidir hay que comprender las situaciones, conocer los problemas, tener capacidad discursiva para plantear iniciativas. Difícilmente una masa que apenas tiene capacidad para pensar en la satisfacción de sus necesidades primarias, que carece de ideales y conciencia comunitarios y que se rige fundamentalmente por la ley del mínimo esfuerzo y la máxima satisfacción, podría decidir sobre algo más que cuestiones muy básicas. Y, aun así, los mecanismos de control mental que se vienen utilizando en los últimos cien años, contribuirían a condicionar las respuestas según los intereses de quienes controlaran los medios de comunicación.

Para colmo, en un marco en el que los canales educativos han tendido sistemáticamente en las últimas décadas a amputar desde la escuela la capacidad crítica a los alumnos, lo que tenemos es una masa invertebrada incapaz de responder con criterio objetivo a cualquier cuestión que se le plantee. No es que el “pueblo” no tenga razón; es que la “masa” nunca puede tener respuestas a problemas que excedan más allá de los meros instintos primarios o del sentimentalismo y la emotividad.

Algunos ejemplos del “derecho a decidir”

Es inútil preguntar a la masa si quiere o no quiere estar en la OTAN. Sea cual sea la respuesta (OTAN si, OTAN no) nunca será capaz de advertir las implicaciones finales de la opción. Todo lo más que podrá hacer será fiarse de una serie de consideraciones subjetivas que toman cuerpo en función de sugestiones generadas por intereses ajenos a las masas y suscitadas desde los medios de comunicación o desde los distintos centros de poder; nunca desde la racionalidad, la frialdad y la objetividad.

Es inútil exigir el “derecho a decidir” si quienes tienen que “decidir” ignoran lo esencial del problema que se les plantea y si entrar en la materia, conocerlo e informarse, les supone un esfuerzo excesivamente superior para su capacidad y su disponibilidad, esfuerzo que no están dispuestos a realizar en modo alguno e incluso para el que no tienen capacidad intelectual de discernimiento. La quiebra de un sistema educativo no se mide por el número de suspensos que cosechan sus alumnos, sino por el grado de preparación que demuestran para vivir en sociedad y afrontar los problemas y retos de una sociedad moderna. En este sentido, la quiebra del sistema educativo español, puede decirse que es absoluto.

En un problema como el referéndum soberanista catalán, por ejemplo, la carga emotiva se sitúa en que todos tenemos derecho a decidir sobre “nuestro” futuro y, por tanto, todos quieren tener la oportunidad de decidir si a Cataluña le iría mejor separada de España… pensando que la mayoría de los electores tienen a su disposición los instrumentos suficientes como para poder responder a esta pregunta, sin olvidar que lo esencial de la cuestión no es esa.

Porque el “derecho a decidir” solamente puede aplicarse cuando existe un conocimiento de la situación y del problema en los términos en los que se plantea en un momento dado.

Y en lo que se refiere a la formación de una nación o a la secesión de una parte del Estado, no estamos hablando de decidir en función de los datos disponibles en “un momento dado” y que están al alcance de una generación en una determinada coyuntura… sino que afecta a todas las generaciones que vendrán y modificará la obra realizada por las generaciones que nos han precedido. Algo que no se puede expresar en votos. De ahí que nunca, ninguna nación se haya formado por acuerdo de una mayoría, sino que haya expresado una voluntad histórica manifestada a lo largo de generaciones.

Existen otras decisiones en las que tampoco la mejor opción nacerá de la suma de los votos a favor y de los votos en contra obtenidos en referéndums. ¿Es posible plantear a la “masa” preguntas técnicas sobre cómo resolver sus problemas? ¿Puede una masa conocer cuál será la línea económica que le aportará más seguridad a él y a la comunidad en la que vive? ¿Tiene conocimientos técnicos para poder discernir sobre la materia y valorar las implicaciones de su opinión cuando la tome? Si a una masa se le preguntara qué es más importante impulsar un programa de investigación aeroespacial o repartir todos esos fondos para uso y disfrute de las masas ¿qué elegiría? Si se organizara un referéndum en el interior de una prisión ¿podría reconocerse la victoria “electoral” de 51 violadores sobre 49 funcionarios de prisiones…? Eso precisamente es la democracia: la ley del número, al margen de cualquier otra consideración.

No es raro que  en las elecciones sea frecuente que no ganen “los mejores”, sino aquellos que mienten con más desparpajo, que adulan a las masas cultivando así su voto, que prometen sin intención de cumplir pero con la expectativa de un apoyo electoral masivo por parte de los engañados y de los seducidos. No hay nada más que ver los debates electorales, los argumentarios de las campañas, para percibir la calidad de los candidatos y el fuste de los vencedores. Luego ocurre que, en el ejercicio de su cargo, un Chaves, un Griñán, un Pujol –por citar solamente a los que hoy están en el candelero de la actualidad– saquean el erario público, extorsionan, roban o simplemente hacen de su gestión una verdadera práctica propia de salteadores de caminos. Han salido del voto de una masa cerril que ha visto en ellos al no va más de la honestidad y la eficacia.

Hemos elegido a presidentes que han ordenado masacres con cargo a los presupuestos generales del Estado (Felipe y los GAL). Hemos elegido a presidentes que han provocado verdaderas hecatombes económicas (con Aznar y su modelo económico). Hemos elegido a verdaderos inútiles que han generado, por su propia ignorancia e incapacidad para ocupar el cargo, convulsiones sociales y endeudamiento masivo por generaciones mientras predicaban ingeniería social y alianzas de civilizaciones. Y, como colofón, las urnas han dado las riendas del poder a alguien para quien los problemas tienen solución o no la tienen. Si la tienen, el tiempo la da, y si no la tienen, ¿para qué preocuparse? Ese es Rajoy y esto es lo que han dado de sí 36 años de “democracia constitucional”. Hemos votado en no menos de treinta ocasiones para llegar a donde estamos… a un lugar que no es el mejor de los mundos posibles.

No era esta, desde luego, la democracia que defendía Platón, ni tiene nada que ver con el concepto clásico de “mando del pueblo” o del “Senatus Populusque Romanorum”. Es más bien un ejercicio práctico de uno de los corolarios del “principio de Murphy”, aquel que dice que “si alguien puede equivocarse, se equivoca”…

Podemos y el democratismo

Podemos tiene, por el momento, una estructura organizativa de carácter asambleario. Herri Batasuna, en sus primeros tiempos mantenía asambleas abiertas a todos los ciudadanos (allá por los años 80). El “movimiento de los indignados” fue en todo momento asambleario y abierto. De hecho, el programa de Podemos ha surgido de las aportaciones introducidas por cientos de asambleas.

Existe una idea que planea sobre el programa de Podemos desde sus primeras páginas: la idea de “democracia”. Hay en el programa, tres puntos que definen la tendencia que ya desde Lenin se llamó “democratismo”: el suponer que cualquier alternativa que se plantee a una comunidad puede ser respondida a través de una votación popular. En tres puntos concretos del programa de Podemos se insiste en esta idea y en cómo llevarla a la práctica:

-          El punto 4.1. Impulso a la participación.

-          El punto 5.5. Garantizar la celebración de referendos

-          El punto 5.7. Ejercer el derecho a decidir.

Los títulos de estos parágrafos son suficientemente elocuentes como para que valga la pena reproducir su contenido. Lo que se está proponiendo a la población es que tenga el derecho a expresar sus opiniones… lo que parece algo sumamente razonable, especialmente si tenemos en cuenta que la inmensa mayoría de decisiones tomadas por los gobiernos suelen ir en contra de los intereses populares (harina de otro costal es que esos gobiernos estén en el poder por votación irreprochablemente democrática…). Pero si tenemos en cuenta todo lo dicho en los parágrafos anteriores, empezaremos a albergar las más serias dudas sobre la posibilidad de que, no el “pueblo”, sino la “masa” pueda opinar con conocimiento de causa, y por tanto, con precisión.

Lo más elocuente no son los tres puntos en donde se explicita el “democratismo” de Podemos, sino en el espíritu que planea sobre la totalidad de su programa. Estamos ante una especie de absolutismo al revés: “todo para el pueblo… pero decidido sólo por el pueblo”. Podemos parece no haber contemplado la situación de la sociedad española: con su sistema educativo quebrado, con una población apática, que ha votado durante décadas a sus verdugos, con una izquierda que se mueve en el terreno de los tópicos humanistas–universalistas, con una masa que ha perdido la noción de “comunidad del pueblo”, que, como máximo tiene minorías obsesionadas con algunos temas (el animalismo, la ecología, el feminismo y los derechos de las minorías sexuales, el papeles para todos, etc)… eso es la sociedad española, lo más alejado de un mundo feliz.

Quizás en esto radique la mayor ingenuidad de Podemos y su mayor riesgo: Podemos se niega a reconocer el rosto auténtico de nuestra sociedad (una sociedad que no tiene “derecho a decidir” porque ha manifestado una “incapacidad para decidir”; una sociedad que carece de capacidad crítica y discursiva para poder decidir con conocimiento de causa; una sociedad a la que se le ha amputado su capacidad crítica especialmente por sucesivas reformas educativas planteadas siempre por socialistas…) y casi parece un límite extremo y vertiginoso al “optimismo antropológico” del que hacía gala el peor Zapatero.

Podemos ha realizado algo que ni el político más corrupto se había atrevido a hacer: no solamente ha cortejado a franjas del electorado adulándolo y satisfaciéndolo en su narcisismo, sino que ha trasladado esta adulación a toda la masa: “tú, masa, tienes derecho a decidir sobre tu futuro y sobre cualquier tema que te afecte. Tú puedes opinar de economía, de política internacional, sobre educación y defensa, sobre sanidad y ciencia. Y, poco importa si en las últimas décadas, tú mismo, masa, te has puesto la cuerda en el cuello y has tirado de ella, poco importa si has elegido a los políticos más corruptos e inútiles que te han puesto la bota sobre el cuello y, poco importa, si ni siquiera tienes interés en opinar, lo que importa es que puedes hacerlo y, por tanto, tienes derecho a hacerlo”. Dejando aparte las buenas intenciones de los votantes de Podemos e incluso aplicando el principio de honestidad a su dirección, vale la pena recordar que de principios falsos y de bases movedizas no pueden surgir líneas políticas que aporten rectificaciones radicales a los rumbos problemáticos que ha tomado la modernidad.  

Vale la pena recordar la Política de Aristóteles: Una quinta especie [de democracia] es aquella que traspasa la soberanía a la multitud, que reemplaza a la ley; porque entonces la decisión popular, no la ley, lo resuelve todo. Esto es debido a la influencia de los demagogos” (Lib. VI, Cap. IV, Especies de democracia). Esta fue la primera definición del democratismo que ha asumido Podemos.

No olvidemos el origen de esta organización: el 15–M del 2011, el “pueblo” tomó la calle. El 25–M del 2012, ese mismo “pueblo” rodeó el parlamento. Era evidente que la fase siguiente del movimiento iba a ser introducirse en el parlamento. La doctrina organizativa en todos estos “tempos” ha sido la misma: organización asamblearia, impulso a las iniciativas legislativas populares, utilización de las nuevas tecnologías para ejercer el voto en las asambleas, etc. La estrategia es que, los representantes de Podemos en el Congreso, en los futuros ayuntamientos y comunidades autónomas,  sabrán atender a las necesidades de la población por que las decisiones han surgido del “pueblo mismo, sin mediación alguna”, de tal forma que cuando Podemos tenga mayoría en el parlamento, será el pueblo quien esté representado y tomando las decisiones. Así se resetea el sistema como en un ordenador, para cuando se active de nuevo el sistema operativo se instale la “democracia real”.

Cuando un “comunista consejista” como Anton Panneköek criticaba la nueva constitución soviética aprobada por Stalin decía de ella que era la “más democrática del mundo” pues afirmaba que el Partido Comunista en el poder era el representante de “toda la población”. Sin establecer paralelismos sobre Stalin y Podemos, si percibimos el mismo espíritu “democratista”, ese “fundamentalismo democrático” que ya había criticado Lenin con su peculiar visión mecanicista de la acción de la vanguardia organizada en el partido comunista en su folleto El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo.

Podemos cae dentro de los errores de la izquierda progresista que ya se habían expresado desde la Revolución Francesa. El propio Roberspierre en su Discurso sobre los principios de la moral política pronunciado el 18 pluvioso del año II (…o más claramente, el 5 de febrero de 1794) se había dado perfecta cuenta del problema: “La democracia no es un estado en el que el pueblo –constantemente reunido– regula por sí mismo los asuntos públicos; y todavía menos es un estado en el que cien mil facciones del pueblo, con medidas aisladas, precipitadas y contradictorias, deciden la suerte de la sociedad entera. Tal gobierno no ha existido nunca, ni podría existir sino fuera para conducir al pueblo hacia el despotismo”. Lenin, posteriormente atacó con los mismos argumentos a las corrientes izquierdistas, recordando que cuánto más democrático era un país capitalista, más se encontraba su parlamento sometido a los intereses de la bolsa y de los banqueros.  Recordará que las ideas “democratistas” son residuos pequeño–burgueses procedentes del anarquismo, tanto en su teoría como en su práctica y que, habitualmente, tienden a converger finalmente con la socialdemocracia y los movimientos más tibiamente reformistas.

Podemos es, en el sentido leninista, una organización “democratista”, de modelo organizativo inspirado en el anarquismo asambleario que terminará por converger con otros restos de la izquierda en descomposición. Después de las elecciones autonómicas y municipales de mayo de 2015, Podemos estará en condiciones de formar gobiernos en algunas autonomías y en decenas de ayuntamientos, no en solitario sino en coalición con lo que haya sobrevivido del PSOE, de IU, Equo, Compromís, etc.

Eso no será lo peor: lo peor es que ni Podemos, ni el conjunto de la izquierda postmoderna lograrán entender nunca que una “masa” no es un “pueblo” y que para lograr un cambio efectivo en la sociedad hace falta una vanguardia organizada que, con frecuencia, se vea obligada a actuar contra la “masa” y en contra del peso muerto de las “masas”.

© Ernesto Milá – infokrisis – ernesto.mila.rodri@gmail.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

 

 

 

Rumanos y... roms

Rumanos y... roms

Infokrisis.-Soy un rumano en Madrid… puntualizando. La protesta de amplios sectores de la sociedd española ante la inmigración masiva no puede confundirse con el ejercicio de la xenofobia y el racismo de más bajo nivel. Todo esto viene a cuento del videoclip lanzado por Ignacio Allende, alias "Torbe", titulado Soy un rumano en Madrid. El vídeo colocado el 19 de julio lleva 250.000 visitas en youTube en el momento de escribir estas líneas. En general, el vídeo no dice nada que no hayamos pensado en alguna ocasión... así que el aterriaje de "Torbe" es perfecto... pero se ha equivocado de aeropuerto. No es el contingente de "rumanos" el que crea malestar y problemas entre la sociedad española, sino el de "roms" (etnia de origen gitano procedente de Rumania)...

De momento, la Federación de Asociaciones Rumanas en Europa –FADERE– presentó denuncia contra Ignacio Allende por su videoclip Soy un rumano en Madrid, en función de su carácter “discriminatorio y xenófobo”. En efecto, en la letra de la canción se alude a “los rumanos” como “ladrones, carteristas y prostitutas”. El propio Allende, imitando el acento rumano, explica en la canción que sus hermanas limpian coches o que sus sobrinos roban móviles. En cuanto al estribillo no es menos significativo: "Soy un rumano en Madrid. Yo te robo la cartera, te sustraigo todo el cobre, no te enfades, solo quiero divertir". ¿Quién es Torbe”? ¿Cómo puede calificarse la temática del videoclip? Tales son las dos cuestiones a dirimir antes de poder pronunciarnos sobre el tema.

Ignacio «Natxo» Allende Fernández (a) Torbe, 

Nacido en Portugalete (residente en Guexo y en Bilbao, dicen), Torbe es uno de esos tipos exuberantes empeñados en llamar constantemente la atención: editor y dibujante de cómics, actor, director y productor porno, escritor, cantante, locutor, showman televisivo… Utilizó en los inicios de su carrera (nació en el 69) el alias de Natxo Torbellino,  apodo que tenía en el grupo musical Miles de Albañiles. De “Torbellino” se quedó con “Torbe”, que le va como anillo al dedo. Se le conoce como “Rey del Porno Freak” y alardea de haber estado con 2000 mujeres (la proximidad a Bilbao, le marca). Era lo que se podía esperarse de un alumno del Opus Dei rebotado con la “obra”.

Nos equivocaríamos si pensáramos que se trata de uno de esos “artistas provocadores” carentes de estilo y sensibilidad y con un historial profesional igual a cero. Como dibujante obtuvo el premio al “mejor fanzine de 1995” por el prestigioso Salón del Cómic de Barcelona. Trabajó en Onda Cero de Bilbao como humorista. Y en cuanto a su vertiente musical ha llegado a la final del Imaginarock de la Cadena 100 en 1998 y ha participado en decenas de conciertos. Fue de los primeros españoles que se lanzaron –en el lejano 1996– por la senda de Internet. Su web putalocura.com tiene hoy 300.000 visitas diarias.

Ha colaborado en distintos programas de TV en cadenas nacionales y en la ETB. Aparece en un cameo en Torrent 2: Misión en Marbella, en Torrente 3: El Protector y en Isi&Disi, alto voltaje. Obviamente, amigo y colaborador de Santiago Segura, se orientó finalmente hacia el cine porno, participando como actor en 20 películas, montando su propia productora «Perroflauta Producciones SL». También en este terreno ha cosechado éxitos notables, estando nominado como mejor actor de reparto en los Premios AVN de Las Vegas, los llamados “Oscars del porno”. Cuando en 2013 decide componer de nuevo canciones estaba lejos de suponer que la diáspora rumana iba a ponerlo en su punto de mira.

Los escándalos le acompañan. En la red hay rastros innumerables de los líos en los que se ha metido por los motivos más inverosímiles (contra el Metro de Bilbao cuyo dominio usurpó), contra el Ayuntamiento de Torrelavega que lo persiguió por llamar feas a las mujeres de esa localidad, por filmar a una menor sin saberlo, por desviar llamadas de un concurso de TV a un número propio… y, finalmente, por su canción Soy un rumano en Madrid…

Los títulos de algunas de sus películas porno son emblemática: Pito de Oro, Torbe y sus Cerdillas, Guarreridas, Pilladas, Pibonazo, Padre Damián, Spanish Glory Hole e igualmente recordadas son sus “versiones libres porno” de Verano Azul (Verano Afull), Torrente (Torrente X. Operación Vinagra, Torrente X 2. Misión en Torrelavega y una adaptación porno de las cintas de Pajares y Esteso (Pajotes y Espeso). Apenas unas semanas antes de Soy un rumano en Madrid lanzó su canción Hay que meterla como sea.

Torbe resultará un personaje desaprensivo para algunos (seguramente para sus antiguos profesores del Opus) o para aquellos otros que piden un poco de cultura clásica y algo más de mesura en la expresión de la propia sexualidad. En Torbe, desde luego, la moderación es una cualidad que no le adorna. Se trata de un tipo dionisíaco en el sentido más desmadrado de la palabra, pero al menos tiene la virtud de no tener duplicidades en cuanto a sus gustos. No irá al Valle de los Caídos a filmar una película porno y al día siguiente plantará un puesto en la puerta vendiendo libros glosando a la Falange.

Sin embargo, en Soy un rumano en Madrid ha cometido un patinazo notable.

Rumania, sagrada tierra de Europa

La antigua Dacia romana, es algo más que el país del que procede algo más de un millón de inmigrantes residentes en España. Y, por supuesto, es mucho más que el país que exporta carteristas, prostitutas y ladrones de cobre. Es el país que ha dado a la cultura y a la historia de Europa algunos de sus mejores momentos.

El mismo nombre del país, indica cierta proximidad con las naciones de origen latino: el término “Rumania” indicaría, inicialmente, aquel conjunto de territorios en los que se hablaba alguna lengua románica, esto es, derivada del latín. Luego, ese nombre pasó a definir a los territorios colonizados por el Imperio Romano en la antigua Dacia. Fue un emperador romano de origen español, el gran Trajano, nacido en las inmediaciones de la actual Sevilla, quien la incorporó al Imperio. Los germanos y los godos ocuparon el país. El imperio bizantino influyó también en la zona, y también los húngaros en el siglo XI. Valaquia y Moldavia pagaron tributos al Imperio Otomano pero siempre se mantuvieron fieles a su fe ortodoxa, aunque existen también fuertes comunidades católicas y protestantes. En cierto sentido, Rumania es una síntesis de Europa.

El número de personalidades que ha dado Rumania en el siglo XX al mundo de la cultura, de las artes y de la política, es extraordinario y exime a aquel país de la sospecha de cualquier sentimiento antieuropeo. Los que sentimos un particular interés por la historia de las religiones sabemos que la mejor aportación a esta temática en el siglo XX fue la de Mircea Eliade; quienes nos sentimos atraídos por los estudios sobre la Tradición y el pasado ancestral, tenemos en el círculo nacido en torno a Eliade y a Michel Vâlsan, a algunos de sus mejores exponentes, junto a los nombres señeros de Evola o Guénon. Quienes amamos el teatro sin duda tendremos a Eugene Ionesco como el autor teatral más revolucionario de la postguerra europea (¿cómo olvidar El rinoceronte o La cantante calva?), sin olvidar a Emil Cioran uno de los mejores filósofos del siglo, a Tristan Tzara, gran impulsor de las vanguardias artísticas, dadaísmo y surrealismo, en el primer tercio del siglo XX, o a los escritores María y Eugen Lovinescu, cuyas carreras se desarrollaron especialmente en Francia, a Ioan Culianu, el gran historiador especialmente del misticismo europeo, en la senda de Eliade, sin olvidar naturalmente, a Corneliu Codranu el fundador de la Guardia de Hierro, raro equilibrio entre el moralismo y la acción política, entre el radicalismo y la espiritualidad.

Rumania no es un país al que se pueda despreciar, ni el rumano es comparable con su compatriota forzoso, el “gitano rumano”.

“Rumano” no es igual a “rom”

El 95% de la población rumana es étnicamente europea. Existe un 6% de población húngara, aparte de una exigua minoría turca que no llega al 0’1% y… una minoría “gitana” cifrada en un 2,5%. Así pues, en un país de 22.000.000 de habitantes hay en torno a 550.000 “gitanos”. Se trata de gitanos con unos usos y costumbres completamente diferentes a los españoles y que, en general, se llevan mal o muy mal con ellos.  Algunas fuentes opinan que el número de gitanos está falseado y que llega hasta 1.500.000 de los que en torno a la mitad residen fuera del país.

Imposible saber el número de gitanos rumanos que se encuentran en estos momentos en España. No deben ser menos de 100 a 125.000. A pesar de que fue en 2002 cuando quedó abolida la exigencia de un visado para ciudadanos rumanos que desearan entrar en España, la llegada de gitanos rumanos de manera ilegal era algo anterior. Su presencia data de los primeros años del milenio en donde era frecuente ver en las calles de Barcelona a gitanas rumanas mendigando acompañadas siempre por un bebé recién nacido… un delito en la legislación española.  También en los trenes de cercanías era frecuente el que subieran gitanos rumanos provistos de acordeón castigando los gustos musicales de los viajeros. Quince años después, todo sigue igual en Cataluña. En los ferrocarriles metropolitanos de Madrid y Barcelona, la actividad de grupos de carteristas gitanos rumanos ha sido continua en los últimos años, amparados en una legislación permisiva y en la apatía del “poder legislativo” para modificar una normativa que favorece a la pequeña delincuencia y genera innumerables molestias a los usuarios.

Lo importante es no confundir –como ha hecho Torbe– entre “rumano” y “gitanos rumanos”. El hecho mismo de que los gitanos rumanos y los gitanos españoles tengan unas relaciones muy dificultosas, nos inducen a referirnos a aquellos como “roms” (así se les conocen en Francia).

Desde 2001, los servicios sociales de Ciutat Vella en Barcelona se sorprendieron cuando entrevistaron a miembros de esta comunidad étnica completamente diferenciada –y esto es importante– del resto de la comunidad rumana. Percibieron que en su escala de valores era imposible hacerles entender que robar, mentir o engañar a cualquier otra persona que no fuera miembro de su comunidad, era también moralmente condenable. Para ellos, se trataba de algo normal. No es raro que el gobierno rumano no haya hecho absolutamente nada para impedir la emigración masiva de estos “roms” que han emprendido en camino de Europa del Oeste.

Su presencia se hizo notar en 2007–2009 en Italia, hasta el punto de dictarse una legislación que los expulsaba del país; buena parte de los “roms” que abandonaron Italia se dirigieron hacia la España de Zapatero, paraíso de la inmigración masiva, y muchos de ellos se asentaron en Sevilla en donde el gobierno autónomo y el ayuntamiento les ofrecieron casa y sueldo a cambio de no mendigar ni robar, en lo que en Francia se llamó el “modelo español de integración”, no sin cierta ironía. Cuando eso ocurría, Sarkozy ya se había visto obligado a tomar medidas de expulsión contra ellos.

En España, “roms” se han caracterizado por: 1) ejercicio de la mendicidad en calles y trenes, 2) carterismo en los metros, 3) pequeños robos en comercios, 4) robos de móviles en lugares públicos y 5) robos sistemáticos de cobre. En su conjunto, la presencia de “roms” en España ha generado desde su llegada innumerables molestias a los ciudadanos, un perjuicio notorio a la industria turística, poniendo en peligro las comunicaciones a causa de sus robos sistemáticos de cable utilizado en conducciones eléctricas, redes de comunicación y red viaria, en lo que podría ser muy bien un “delito contra la seguridad pública”. Sin embargo, solamente pocos “roms” acusados de delitos graves forman parte del 65% de presos de origen extranjero que se encuentran en estos momentos albergados en cárceles españolas.

Como vemos, el “perfil” del “rom” se adapta perfectamente a la letra de la canción de “Torbe”. Su error no ha consistido en componer una canción de este tipo, sino en tomar la parte por el todo, extender a la totalidad de rumanos y a Rumanía, lo que solamente corresponde a los “rom” (que ni siquiera tienen conciencia de “nacionalidad rumana”). Pecado venial, a fin de cuentas, en estos momentos en los que someterse a la corrección política es la vía más directa para el reconocimiento social… Un buen aterrizaje el aeropuerto erróneo.

(c) Ernesto Milá - infokrisis - ernesto.mila.rodri@gmail.com - Prohibida la reproducción de este artículo sin indicar origen.

 

 

 

 

 

Errores de Podemos (II)

Errores de Podemos (II)

Infokrisis.- El programa de Podemos es bastante ambiguo en la cuestión de la vertebración del Estado. Los términos “Cataluña”, “Euzkadi”, “independencia”, “nacionalismo”, no aparecen en ningún lugar. Por otra parte, si bien es cierto que Pablo Iglesias no ha defendido a ETA en ninguna ocasión, no es menos cierto que Podemos ve con “simpatía” la celebración de referendos sobre el derecho de autodeterminación. Todo esto es completamente incoherente con su opción antiglobalizadora. Es más, ignora el origen de los nacionalismos y el hecho de que combatiendo a los Estados Nacionales se allana el camino para la globalización.

El “derecho de autodeterminación” en el programa de Podemos.

Vanamente buscaríamos en el programa electoral de Podemos una toma de posición clara y rotunda en relación a los nacionalismos periféricos. Podría pensarse, inicialmente, que esta formación recupera el sentir de la “izquierda tradicional” que siempre ha sido, en toda Europa, jacobina, partidaria de la unidad de los Estados–Nación e incluso apisonador de las autonomías regionales. Sin embargo, a poco que se examina el “espíritu” de Podemos, se percibe que no es así y que, en su “ultrademocratismo” tiende a ver con buenos ojos las reivindicaciones del “derecho de autodeterminación” que defienden los independentistas catalanes y vascos.

En efecto, las palabras “Cataluña”, “Euzkadi”, “independencia” y “nacionalismo” no aparecen en lugar alguno del programa de Podemos, a diferencia de la palabra “fascismo” que aparece, sorprendentemente, vinculada a las instituciones europeas y a sus directivas “racistas y xenófobas”… Si tenemos en cuenta que las instituciones de Bruselas si pueden ser definidas como algo es como “ultraliberales”, es evidente que esto casa muy mal con el calificativo de “fascismo” que reciben en tanto que su orientación es precisamente, su antítesis: el anti–ultraliberalismo. Pero el universo conceptual en el que se mueve Podemos es absolutamente tributario de los mitos y de las confusiones generadas en la postguerra y se sitúa en el ámbito genérico del “progresismo”, construido más por tópicos que por razonamientos coherentes. Esta falta de rigor y de coherencia vuelve a encontrarse en la actitud de este partido ante el Estado, ante los nacionalismos y ante los procesos independentistas catalán y vasco.

Lo que si aparece en el programa de Podemos y en dos ocasiones es la palabra–mágica “autodeterminación”. Una de estas referencias no tiene nada que ver con España y pide una razonable Política de apoyo a la autodeterminación del Sáhara Occidental. Reconocimiento del Estado Palestino y exigencia de la devolución íntegra de los territorios ocupados por Israel”; pero la segunda referencia es mucho más interesante. En el apartado “Conquistar la libertad, construir la democracia”, se enfatiza la necesidad de que la población sea consultada en referendos y se propone:

“2.2 – Ampliación y extensión del uso de las Iniciativas Legislativas Populares en los distintos ámbitos, incluido el europeo. Ampliación y extensión de la figura del referéndum vinculante, también para todas las decisiones sobre la forma de Estado y las relaciones a mantener entre los distintos pueblos si solicitaran el derecho de autodeterminación. Democratización de todas las instituciones, incluida la jefatura de los Estados, desde los niveles locales de la administración a la propia UE, y el nombramiento y control de los órganos ejecutivos de la UE”. 

Así pues, no hay duda: Podemos se sitúa a favor de cualquier tipo de referendo que tenga que ver con la “autodeterminación” de partes del Estado. No hace falta, pues, que exista una declaración directa de apoyo a las pretensiones de Artur Mas. Podemos evita pronunciarse sobre si está a favor o en contra de la independencia –lo que parece comprometido–, y adopta simplemente una posición ambigua a favor de este tipo de consultas, amagando cuál será su opción en la misma. Es la eterna trampa en la que han caído todo aquellos que, presos por sus tópicos ideológicos, terminan considerando que la defensa de la “unidad del Estado” es cuestión de “fachas” y “franquistas” y que cuantos más referendos se convoquen para cualquier cuestión, desde las más trascendentales hasta las más mezquinas, es “positivo para la democracia”.

Referendos ¿hasta dónde? Idealismos y realidades

Sobre esto cabe señalar dos actitudes: en primer lugar, valdría la pena que los dirigentes de Podemos fueran capaces de realizar un ejercicio de objetividad: deberían mirara  su alrededor, percibir el ambiente de apatía, desinterés, ignorancia, empobrecimiento cultural creciente, para percibir que la inmensa mayoría de la gente carece de conocimientos e información suficiente como para poder dar un voto razonado que no sea, simplemente, el producto de su ignorancia.

No se puede reconocer que España está a la cola de Europa en materia educativa, ni se puede reconocer el proceso de visible empobrecimiento cultural y brutalización de la sociedad española, para luego defender el “un hombre, un voto” y el ultrademocratismo. Una cosa es que todos seamos “iguales” en derechos y otra muy distinta pensar que todos somos iguales en “capacidades”. En un referéndum sobre política internacional española, no puede pesar lo mismo el voto de un miembro del cuerpo diplomático o el de un profesor de geopolítica, que el voto de un ni–ni o de una chony poligonera… Está claro que estos últimos son víctimas de un sistema educativo frustrado, fracasado y que se ha cuidado especialmente de amputar la capacidad crítica de las nuevas generaciones (sin olvidar que ese sistema educativo ha sido obra exclusiva en democracia del PSOE que siempre ha considerado ese terreno como propio y que se ha opuesto rabiosamente a cualquier injerencia en la materia…), pero tales son las condiciones en las que hoy se celebraría cualquier referendo: con una población manipulable por cualquiera de las partes.

Así pues, es posible admitir las bondades de los referendos en materias que afectan muy directamente a la totalidad de la población y sería, efectivamente, de desear que este tipo de consultas se realizaran más a menudo (por ejemplo, sobre el tema de si España precisa o no más inmigración), pero cuando se trata de asuntos más graves, más importantes y de “políticas de Estado”, hace falta expresar las más sólidas reservas.

Crear una nación, romper otra, pertenece a esos “grandes temas” cuya resolución no puede depender de un electorado que, en buena medida, ignore lo esencial de la materia. Por otra parte, ninguna Nación se ha creado gracias a un referéndum; cuando estos se han convocado y han generado una ha sido porque el conjunto al que pertenecían hasta ese momento era el producto de un pacto coyuntural realizado en unas condiciones muy concretas que, una vez desaparecían, situaban a ese Estado ante el vacío (caso de Yugoslavia creada tras la Primera Guerra Mundial por las potencias aliadas y para reordenar Europa Central y los Balcanes tras la desmembración del Imperio Austro–Húngaro, rota durante la Segunda Guerra Mundial, reconstruida por el mariscal Tito en la postguerra y desmembrada de nuevo a su muerte y tras el hundimiento del “telón de acero”). No es el caso de España, país que tiene una existencia histórica y una homogeneidad que se remontan a la noche de los tiempos.

Nación, nacionalismo y fondo de la cuestión

Las naciones no se crean porque una generación, en un momento dado de la historia, lo haya decidido, ni se destruyen porque otra, en otro tiempo, haya querido ser independiente y lo haya expresado mediante un referendo. La aparición del “deseo de independencia” denota, simplemente, la existencia de un desajuste y de un malestar en un momento dado de la historia, pero no sentencia ni el fin de una Nación, ni el alba de otra.

Las naciones nacen de procesos históricos y tienen raíces profundas que trascienden con mucho lo que pueda opinar una generación en un momento dado. Es evidente que si en un Estado funciona correctamente, si la población progresa y las instituciones funcionan, si la vida política se desarrolla de manera ponderada y se reconocen derechos culturales y lingüísticos a una parte y esa parte, sigue manteniendo lealtad hacia el Estado, los independentismos no prosperarían. Es sólo cuando aparece una crisis en el Estado, un mal gobierno en el centro y egoísmos nacionalistas en la periferia, cuando aparecen los procesos independentistas. Ejercer el derecho de autodeterminación en cada uno de estos dos momentos, dará, obviamente resultados diferentes, de lo que se deduce que tal derecho no puede aplicarse a cuestiones que, en sí mismas, están situadas por encima del tiempo y de las generaciones.

Una “nación” existe cuando tiene raíces profundas y cuando se ha ido gestando a lo largo de la historia. Sin olvidar, por supuesto, las condiciones geopolíticas, étnicas, religiosas, etc, que sin ser determinantes, sí al menos contribuyen a dar “identidad” de conjunto a una Nación. De hecho, los Imperios históricos que hemos conocido en Europa, han sido cualquier cosa menos “imperialistas” y, ante todo han sido crisoles de lenguas, de etnias y de nacionalidades. Unidad, nunca está reñido con diversidad.

¿Cuál es el fondo de la cuestión? Que existe “problema nacional” en España porque los nacionalismos periféricos catalán y vasco, han actuado deslealmente en relación al Estado Español. Han adulterado la historia, retorciéndola hasta lo ridículo, han ofrecido una visión de su propia nacionalidad que nada tiene que ver ni con la historia, ni con las raíces y han construido una “nación” que tiene tanto que ver con la realidad como una planta de plástico tiene que ver con una real por cuyas hojas corra la savia y la vida.

En la medida en que la constitución de 1978 se redactó de manera ambigua y la arquitectura electoral fue elaborada para generar un régimen de bipartidismo imperfecto, en el cual, cuando alguno de los dos grandes partidos no tenía la mayoría absoluta debía recurrir a alguno de los dos partidos nacionalistas para poder gobernar, el peso del nacionalismo catalán y vasco, quedó sobredimensionado. A partir de entonces, ambos nacionalismos pasaron a extorsionar cada vez más al Estado para aumentar, no solamente el techo autonómico, sino su dotación presupuestaria y sus manos libres en materia educativa y cultural. El resultado ha sido el que conocemos que no es independiente del “sentir” de los nacionalistas.

Pero, a fin de cuentas, ¿qué es el nacionalismo?

Porque, otro de los errores–clave de Podemos consiste en apoyar los “procesos de autodeterminación”… ignorando que están dirigidos y condicionados por el nacionalismo e ignorando, por tanto, lo que es precisamente el nacionalismo. Históricamente la Nación surge entre las guillotinas de la Revolución Francesa, cuando cae la monarquía, y el “Reino” pasa a ser “Nación”, cambiando el protagonismo del Rey a los “ciudadanos”. Pero, en realidad, tal cambio implica un tránsito del poder de la aristocracia a la burguesía. Es la burguesía la que crea todos los nacionalismos y, por tanto, esta ideología está vinculada a sus intereses como grupo social. En el momento en el que en algún lugar de un Estado–Nación aparece una burguesía pujante, homogénea, vinculada por lazos de sangre o por lazos económicos (y frecuentemente por los unos y por los otros entremezclados) esa burguesía tiende siempre, automáticamente, a generar un “nacionalismo” y abordar el “proceso de construcción nacional”, partiendo algún “hecho diferencial” (la lengua, el RH…) que tiende a magnificarse.

Ese proceso se ha dado en España desde que las circunstancias históricas de la segunda mitad del siglo XIX, por distintos motivos, generaron el que en Cataluña y en Euzkadi aparecieran burguesías regionales en torno a las cuales se articuló el nacionalismo. Pero quien dice “burguesía local” está diciendo también capitalismo local. Esas burguesías fueron las clases sociales explotadoras contra las que la izquierda trató de movilizar al proletariado (“que no tiene patria”). Un partido de izquierdas  como es Podemos, debería haber realizado un análisis de la génesis de los nacionalismos catalán y vasco, examinar sus “logros” desde 1978 y condenarlos sin más dilación como instrumentos de las altas burguesías locales que explotan (y crean de la nada mediante intelectuales retribuidos) unas visiones “nacionales” que apelan a la emotividad y el sentimentalismo de las poblaciones y a las que estas pueden hacer caso en tiempos de crisis.

En lugar de eso, Podemos lo que ha hecho ha sido adoptar la vía más incoherente: “ejercer el derecho al voto es democracia, queremos más democracia, luego ejerzamos el derecho al voto cuantas más veces mejor y no importa sobre qué tema, ni el resultado que pueda tener esta orgía de consultas”…

Nacionalismo y globalización

Pero este apoyo a los “derechos de autodeterminación” y a lo que implican es todavía más insensato si tenemos en cuenta el actual momento histórico en el que el “enemigo principal” no es otro que la Globalización. La globalización es una apisonadora de pueblos, la creación de un mercado mundial en manos de especuladores, alta finanza y neocapitalismo salvaje operando en un territorio propio: “los mercados”. Si aceptamos esto, deberemos aceptar también que para defenderse de la globalización hace falta poner palos en sus engranajes y establecer barreras defensivas. Algunas ya existen: son los Estados Nacionales.

La existencia de un Estado Nacional implica la existencia de un arsenal legislativo, de instituciones, de barreras con fuerza coactiva y disuasiva para quienes intenten atentar contra los intereses de la población. De ahí que la globalización sea incompatible con las fronteras nacionales, porque estas implican la existencia de Estados Nación que pueden oponerse a su rodillo. No es raro que una de las armas de la globalización sea precisamente el controlar a los Estados mediante la deuda pública, aumentarla y hacerlos depender de los poseedores de sus títulos que, además, cobran por ello intereses.

Así pues, puede establecerse este axioma: en las actuales circunstancias históricas, todo aquello que tienda a debilitar a los Estados Nacionales existentes y a romperlos en unidades menores y, por tanto, más vulnerables, es negativo. En cambio, todo aquello que tiende a la cooperación entre Estados Nacionales para crear espacios económicos desconectados del proceso de globalización, es positivo. Por eso, quien no asume hoy la defensa del Estado Español trabaja en beneficio de los intereses de la globalización.

Habría que añadir también que la principal tarea histórica de nuestros días consiste en restaurar la autoridad y la dignidad del Estado, caído –como en el caso español– sobre el estiércol por culpa de la mala gestión, la ineficiencia y la corrupción de una clase política que debe desaparecer en la oscuridad de las prisiones. Sin una regeneración del Estado Español es imposible que éste cumpla sus fines. Y “regeneración” no quiere decir “desintegración” ni siquiera “desagregación”.

Conclusión: otro fallo argumental de Podemos

Podemos insiste mucho en que es un movimiento que lucha contra la globalización. Debería de demostrarlo en su programa. Hoy, es evidente, que todos los que nos sentimos incómodos con la actual situación de nuestro país, estamos situados ante la necesidad de establecer un “modelo de Estado”. Ese modelo debe garantizar, de un lado justas políticas sociales para nuestro pueblo (y aquí hay que distinguir entre “nosotros” y “los otros”, no en vano, manifestar la solidaridad por un malgache o zambiano o un habitante de las Galápagos, está muy bien… cuando se hayan resuelto los problemas y los derechos de nuestro pueblo en nuestra tierra), de otro integridad, dignidad, estabilidad y viabilidad del Estado (cuanto más fuerte es un Estado más está en condiciones defender los derechos y el bienestar de sus ciudadanos) y esto es incompatible con la inflación de referendos vinculantes que propone Podemos.

La “regeneración” del Estado Español no implica el apisonamiento de las autonomías y de las características regionales, lo que implica es que en esas autonomías existan libertades tan básicas e indiscutibles como para elegir el idioma en el que se quieren que sean educados los hijos, implica rigor en los conceptos culturales e históricos que se enseñanza al margen de la lengua en la que se enseñan, implica tolerancia y libertad… algo que ningún nacionalismo ha podido soportar nunca.

A fin de cuentas, quien dice nacionalismo dice sobrevaloración de la propia nación en relación a otras y, finalmente, enfrentamientos con las otras. Quien dice nacionalismo dice manipulación de la emotividad y de los sentimientos de apego a la tierra natal. Quien dice nacionalismo dice hegemonía de las burguesías locales y postración ante los intereses de estas entendidas abusivamente como “intereses nacionales”… Y, finalmente, quien dice nacionalismo dice debilidad ante la globalización.

Por todo ello, nos resulta imposible entender la incoherencia de los planteamientos de Podemos ante estos problemas y percibimos aquí otro error de planteamiento que puede ser “fatal” para el futuro de un partido hoy en ascenso.

(c) Ernesto Milá - infokrisis - ernesto.mila.rodri@gmail.com - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.