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GEOPOLITICA

Análisis Geopolítico de España (V)

Análisis Geopolítico de España (V) Redacción.- Presentamos la penúltima entrega de este ensayo sobre la geopolítica de España. Se trata de la segunda parte de las reflexiones en torno a España considerada como “poder marítimo” o “poder naval” que fue abordada en la segunda entrega de este trabajo. Prácticamente con esta aportación completamos este estudio del que únicamente faltan por elaborar las conclusiones y que en las próximas semanas intentaremos articular y organizar en un único ensayo desarrollando estos capítulos que, en el fondo, son casi notas periodísticas.

LA CRISIS Y LA PERDIDA DEL SENTIDO DE ESTADO

La configuración geográfica de España determina que en su proyección exterior, se vea limitado por el hecho de ser una península. Esta península está situada en el confín de Eurasia: tiene una doble vertiente, Atlántica y Mediterránea. Mientras que por tierra se encuentra limitada a la frontera pirenaica, son los mares los que abren los horizontes geopolíticos de España.

El drama de nuestro país consiste en que a partir de la batalla de Trafalgar, su poder naval resultó absolutamente pulverizado y ya no estuvo en condiciones de asegurar la neutralización de las tendencias independentistas de las nacientes burguesías locales iberoamericanas. En pocos años se perdieron las colonias y cuando España logró, hacia finales del siglo XIX haber reconstruido un mínimo poder naval, la escuadra fue barrida por la estadounidense. A partir de ese momento y hasta nuestros días, la capacidad naval española ha estado a mínimos y solamente en los años del franquismo logró disponer de una industria naval, fundamentalmente orientada hacia la construcción civil, pero que no dispuso nunca de presupuesto suficiente como para reverdecer nuestro poder naval.

De hecho, mientras duró el período imperial de los Austrias, España alternó la capacidad naval con la terrestre. Pero resulta evidente que alternar estos dos dominios tenía contrapartidas negativas: no poder especializarse en ninguno. En aquellos mismos siglos, Inglaterra, fue desarrollando una marina progresivamente más poderosa que, finalmente, logró llevar su pabellón a todo el mundo y asegurar un siglo XIX de crecimiento industrial acelerado. Esto, unido a los yacimientos de hierro y hulla, aseguró la preponderancia británica en el XIX. Pero en España, en ese mismo momento, fallaron tres elementos básicos que hicieron que España perdiera el paso de la modernidad: faltó la estabilidad política y sobraron las discordias civiles interminables a lo largo de todo el siglo; faltaron materias primas y, faltó, por tanto posibilidades de desarrollo industrial; finalmente, amputado el poder naval, España se recluyó en sí misma sin grandes posibilidades de proyectarse hacia el exterior. Así se perdió el siglo XIX. España pasó a ser una “potencia atrancada” según la denominación que Haushoffer puso a aquellos países que veían su poder inmovilizado por falta de materias primas y de energías vitales interiores. Lo segundo fue reconocido y paliado por la Generación del 98, pero lo primero resultó un handicap irremediable (a pesar de que España y Suecia se transformaron en exportadores de hierro a Inglaterra cuando éste se agotó en las islas británicas.

Las crisis políticas que se desarrollaron al entrar en el siglo XIX y que han proseguido, prácticamente sin fin hasta nuestros días (entendemos que la situación autonómico-constitucional actual es la enésima evidencia de esa inestabilidad) han demostrado suficientemente la incapacidad de España y del pueblo español para comprender lo que es el Estado, la misión del Estado, las políticas de Estado, la vinculación entre el Estado y la Nación y la situación superior del Estado sobre las facciones políticas que se disputan su administración. Todo esto ha generado una situación de inestabilidad cuya primera característica ha sido la impermanencia y la facciosidad irreconciliable de las partes.

De hecho, el mayor alegado contra los nacionalismos vasco y catalán es que precisamente en esas dos nacionalidades (las llamamos nacionalidades y no simplemente regiones en tanto que disponen de rasgos identitarios propios y siempre han sido partes personalizadas de un todo, aun cuando no hayan alcanzado nunca situaciones de independencia tal como se conciben en nuestros días, sino más bien, regímenes forales particulares) encarnan, mejor que cualquier otra, el ser y la personalidad españolas. De la misma forma que se habla de las “dos españas”, así mismo puede aludirse a los “dos Países Vascos” o las “dos Catalunyas” con la misma facilidad: la Catalunya de Maciá no es la de Cambó, la de Gaudí no es la de Dalí, ni el País Vasco de Arana es el de Baroja o Unamuno.

La disparidad de caracteres que se da en nuestro país, facilitada, además por la dispersión de los núcleos geo-históricos, parece inhabilitar a nuestro país, al menos desde inicios del XIX para comprender lo que es la “misión del Estado y de la Nación” en la modernidad.

Ahora bien, uno de los rasgos habituales del “poder terrestre” es la capacidad para estructurar Estados complejos y dotados de un fuerte sentimiento de “misión” y “destino”. Este no es el caso de la España actual. Su sentido colectivo del Estado pareció agotarse a finales a lo largo del siglo XVIII. Y, desde entonces sigue ausente, con breves centelleos puntuales, más en personalidad aisladas que en movimientos políticos de masas.

LAS ORIENTACIONES GEOPOLITICAS DEL FRANQUISMO

En este sentido, es preciso reivindicar al franquismo como uno de los momentos específicos de la historia de España, que no se trata de juzgar en términos de actualidad política. El franquismo surgió de una revuelta militar contra la legalidad republicana, una legalidad que no lograba sacar a España del empantanamiento secular de los dos últimos siglos: por que, a pesar de las buenas intenciones, los intentos liberales y especialmente los de la II República, se habían traducido en sonoros fracasos históricos. Afortunadamente, en los últimos años, ha aparecido una tendencia revisionista que ha cuestionado la versión tan políticamente correcta como maniquea que ve en la República una legalidad lacerada por la una insensata revuelta militar. Las cosas son mucho más complejas.

El franquismo, históricamente, recompuso una política de Estado y, sobre todo, supuso una concentración de esfuerzos –bajo la forma de una dictadura- para lograr recuperar el paso con la industrialización. La historia enseña que, tanto en España como en Rusia, países atrasados en el primer tercio del siglo XX, la única forma de lograr recuperar el terreno perdido, consiste en concentrar esfuerzos, subordinar cualquier energía al desarrollo económico y planificarlo evitando el riesgo de cambios políticos bruscos que adopten decisiones contradictorias. Es innegable que el franquismo estuvo lejos de los estándares democráticos que entonces se daban por Europa, pero no es menos cierto que el atraso industrial de más de un siglo que tenía la España de 1939, entró en vías de superación. La España democrática de 1979, fue posible gracias al crecimiento de las fuerzas productivas realizado durante los veinticinco años anteriores (a partir del Plan de Estabilización) que, a partir de cierto punto, para seguir progresando, precisaban de un marco democrático (que permitiera la apertura de nuevos mercados a través de la integración en la entonces llamada Comunidad Económica Europea.
Resultaría difícil juzgar en términos políticos actuales la tarea histórica de Napoleón reduciéndola a un simple golpista contra el Directorio, o bien limitando el papel político de Stalin a ser un gran masacrador. Ciertamente, Napoleón era un general poco dispuesto a ser eternamente un segundón en manos de un directorio de limitada talla, y Stalin debió afrontar problemas de modernización, conflicto y conspiraciones muy reales en el interior, pero fue algo más que un gran represor. En el momento en que el franquismo sea analizado como una parte de la historia de España en lugar de cómo un elemento de caracterización (y caricaturización) política del presente, habremos ganado perspectiva y madurez histórica.

El hecho de que el núcleo inicial del franquismo fuera un grupo de oficiales africanistas que habían vivido la experiencia de la guerra de África y, en buena medida, se tratara de oficiales brillantes, técnicos en estrategia que habían actualizado sus conocimientos al paso con los importantes avances de la ciencia militar y de las ciencias geográficas que se produjo en el primer tercio del siglo XX, generaron el que, tras la derrota de las potencias del Eje –a las que Franco era altamente tributario, pero a las que no ayudó en la medida requerida por la situación estratégica creada por la primera fase de la Segunda Guerra Mundial- la clase política del franquismo se viera obligada a establecer una política exterior (y en buena medida una geopolítica, no olvidar que buena parte de los investigadores alemanes terminaron residiendo en España a partir de 1945 e incluyeron en el interior del régimen aportando sus conocimientos y asesoramiento técnico) que, fue aplicada durante 20 años ininterrumpidamente [ver nuestro artículo sobre “Política Exterior española, de Castiella a ZP”].

El franquismo insistió en desarrollar una innegable potencialidad marítima que se tradujo en un formidable impulso a la construcción naval con fines comerciales, que no tuvo su paralelo en la reconstrucción de una flota potente y dotada de los más modernos adelantos técnicos. Entre 1956 y 79, España se vio obligada a aprovechar el detritus naval norteamericano y jamás pudo llevar a efecto un programa naval que superara el atraso secular generado a partir de Trafalgar, Cavite y Santigo de Cuba.

Para el franquismo resultó evidente que España solamente podía reconstruir su potencia a través de los mares. La amistad que le deparó la Argentina de Perón y la tarea de los ideólogos de extracción falangista del régimen, impuso la recuperación de la “hispanidad” como eje central de una política exterior mucho más ambiciosa de lo que parece hoy y que tuvo traslaciones en todos los terrenos: desde la creación del Instituto de Cultura Hispánica, hasta la celebración del Congreso Hispano-Luso-Americano-Filipino, o incluso al mantenimiento de relaciones con Cuba, incluso tras la subida de Castro al poder, pasando por iniciativas tácticas mucho más banales como la participación en los festivales de la OTI (Organización de Telecomunicaciones Iberoamericanas) o el impulso de emisiones de TV transcontinentales como “Trescientos Millones”. Estas iniciativas, así como la presencia de jóvenes iberoamericanos en los congresos anuales organizados por la Delegación Exterior del Frente de Juventudes, tendían a establecer puentes con Iberoamérica, que revalidaban los nexos históricos del pasado, justo en el momento en que parecía difícil que de Europa pudiera llegar otra cosa que no fuera una riada turística, pero, desde luego, mucho menos capitales y un régimen de aranceles bastante desalentador.

Ahora bien, los problemas que afrontaba el franquismo impedían que en este terreno –como en la creación de una fuerza fuera nuclear española cuya creación, Carrero Blanco contempló a finales de los años 60 e intentó llevar a la práctica hasta el momento mismo de su muerte- se pudiera ir muy lejos. Lo importante era que estaban sentadas las bases para el futuro.

EL DESMANTELAMIENTO DE LA POLITICA EXTERIOR

En lugar de considerar al franquismo como historia y como acción de gobierno, a partir de 1977 y especialmente de 1997, se rompió con todas estas iniciativas. La idea de la “hispanidad” empezó a ser denostada como reaccionaria. El intento del PSOE de proyectar nuevamente el papel internacional de España a través de los “eventos del 92” quedó limitado y fue incapaz de insuflar lo esencial: el sentido de cooperación en el marco de la idea de “hispanidad”, retenida como reaccionaria. En lugar de eso, tanto en la Expo, como en el entramado de las celebraciones del V Centenario, se empezó a exaltar el “mestizaje” y se pidieron disculpas taxativas al trato que los Conquistadores dieron a los indígenas. A decir verdad, poco había de que disculparse. Ciertamente, las culturas indígenas habían desaparecido, pero es innegable que esta desaparición se produjo, no tanto por la acción de un pequeño puñado de conquistadores sino por que sus posibilidades vitales interiores se habían agotado. No eran otra cosa que una superestructura burocrático administrativa, tiránica, que se desmoronó con la mínima presión, abandonada especialmente por sus propios súbditos.

Cuando se alude a “mestizajes interculturales”, de ahí resulta absolutamente imposible detraer algún tipo de criterio geopolítico aplicable a la orientación de las relaciones internacionales: lo que se está haciendo es reactualizar el papel de culturas que fueron barridas por la historia y que no tienen lugar en la modernidad, culturas que tienen interés para los antropólogos, etnólogos e historiadores del pasado, pero no para la creación de lineamientos políticos del presente.

El problema era que, realmente, los socialistas creían que este mestizaje era “justo y necesario”, mientras que al aznarismo le faltó tiempo y valor para no entrar en el juego de lo políticamente correcto.

La cuestión es: el mestizaje real existió solamente en Centroamérica y en los países andinos donde el peso de los indígenas sudamericanos era mayor, pero estuvo casi completamente ausente en el cono sur. Además, es innegable que absolutamente en toda Iberoamérica, incluida Cuba, las élites gobiernantes eran étnicamente descendientes de los colonizadores europeos (hasta el punto de que países como Argentina son, en realidad, “latinoamericanos”, más que “iberoamericanos” en sentido estricto). Reconocer este hecho, es reconocer por donde ha discurrido la historia: las clases dirigentes iberoamericanas han sido de origen europeo, los indígenas han estado casi completamente ausentes o han protagonizado episodios que no han desembocado en formas estables. En estos momentos, en países andinos como Bolivia, estamos asistiendo al reverdecer del indigenismo. Va a ser cuestión de analizar de cerca la evolución de este pais (y de los vecinos) para advertir si, realmente, el indigenismo es capaz de insertarse en la modernidad o, simplemente, se trata de un fenómeno de rechazo al fracaso de formaciones políticas tradicionales.

Por nuestra parte, consideramos a dichos movimientos como inestables: de la misma forma que inicialmente absorbieron los valores del catolicismo llevados por los colonizadores, perdieron en pocas décadas sus propias tradiciones, se sumaron al consumismo y a los valores de la cultura americana en los años 70-80, fueron objeto preferencial de penetración de las sectas evangélicas y de los cultos exóticos llegados de EEUU (en los 90), su reverdecer en estos momentos se realiza sobre el vacío. En efecto, las tradiciones indígenas son tradiciones muertas, de las que apenas queda constancia en los libros de antropología y en los estudios especializadotes sobre chamanismo y cultura andina, pero que, en la práctica no son otra cosa que unas pocas costumbres tribales que han subsistido hasta nuestros días, habiéndose perdido el eje central de esas tradiciones y no existiendo ninguna transmisión directa capaz de reconstruirlas. A pesar de lo que se suele decir en Bolivia y Perú, nuestra opinión es que, en los siglos XVII y XVIII se agotaron completamente los filones centrales de las culturas indígenas americanas, permaneciendo sólo algunos aspectos parciales, folklóricos y costumbristas a partir de los cuales resulta imposible reconstruir el conjunto.

La Hispanidad es el único criterio cultural capaz de establecer un denominador común y una referencia universal para todos los países de Iberoamérica sobre la que fundamentar una cooperación común y un proceso de convergencia (que, en la actualidad solo puede ser económico) capaz, no solo de propulsar sus maltrechas economías, sino además, de establecer puentes con Europa a través de España.

EXIGENCIAS DEL PODER NAVAL

Ahora bien, decir “potencia marítima” implica necesariamente aludir a los rasgos que acompañan a este tipo de poder: el carácter comercial.

Los fracasos históricos del siglo XIX generaron el atraso económico de España. La falta de una industria de exportación hizo que España no destacara como potencia comercial. El Imperio Español, por lo demás, se había forjado con la idea mesiánica de expandir la catolicidad, lo que le dio una solidez misional y un destino histórico en cuya realización se agotó y desangró. En este sentido, tanto Colón como los Reyes Católicos tenían excepcionalmente claro que en el Nuevo Mundo se encontraba un nuevo terreno para obtener buenos rendimientos económicos que permitirían, entre otras cosas la organización de una nueva cruzada en Tierra Santa. El problema fue que, a medida que fue acentuándose la decadencia española, la colonización mostró ser un “mal negocio”: la piratería siempre hizo que no llegaran a España los beneficios de la colonización y la precariedad de los tránsitos marítimos unidos a climatologías adversas hicieron que parte de lo obtenido con la explotación de las riquezas naturales se perdiera por el camino. Este hecho, unido a la formación de incipientes burguesías locales, indujo a la independencia progresiva de las naciones americanas.

Pero hasta el último momento se demostró que existía una posibilidad muy cierta y real de que España y los españoles representáramos un papel de primer orden en los intercambios comerciales entre ambos lados del Atlántico: el papel de los “indianos” no puede ser olvidado, sino que es preciso reivindicarlo como uno de los momentos más creativos y vitales de nuestra trayectoria como pueblo. Prácticamente, toda la geografía española produjo esta raza de hombres indómitos, llamados al comercio y a la aventura de ultramar. Ciertamente, no todos ellos, obtuvieron ingentes beneficios, pero si es rigurosamente cierto que a partir de ellos, se generaron dinastías económicas que tuvieron importancia a lo largo de todo el siglo XIX español y que incluso existen en nuestros días. Hombres de la talla de Joan Güell i Ferrer, de los hermanos Vidal-Quadras, del gallego Pedro Ximeno, de Joseph Xifré, de los Partagaz y de tantos otros muestran que nuestro pueblo, si está dotado para el comercio, tal como, por lo demás, confirman hoy la presencia de empresas españolas en Iberoamérica y el hecho de que sea España el principal inversor en aquella zona.

Pues bien, esta tendencia debe hacernos pensar que el destino geopolítico de España consiste en aumentar su poder naval. Incluso dentro del marco de la Defensa Europea Común, asegurar con nuestras propias fuerzas, el control del eje central del Mediterráneo Occidental (el mismo que ya fue la columna vertebral de la expansión marítima de la Corona de Aragón a partir de las costas mediterráneas de España y del portaviones balear), dando sentado que el flanco norte está cubierto por la marina francesa e italiana y el flanco sur, hoy, como ayer, es inestable y hostil.

Por otra parte, en el Atlántico, es indispensable fortalecer el eje Cádiz – Canarias (que, como prolongación del eje Alborán – Baleares) constituye la columna vertebral de nuestro glacis defensivo, con tres objetivos:

1) Asegurar una política contención respecto al Magreb en cuyo contexto hay que incluir la cláusula de salvaguardia de los derechos y libertades del pueblo saharui,

2) Garantizar la libre navegación por el Atlántico Sur a partir de Canarias y la integridad del tráfico entre marítimo entre los países de la Hispanidad, y

3) Asegurar el último tramo de la ruta del petróleo del golfo pérsico hacia Europa.

España, en definitiva, debe mirar nuevamente hacia el mar. El fracaso de la política exterior norteamericana en Oriente Medio y su aislamiento creciente, el desmantelamiento efectivo de la Alianza Atlántica, la creación progresiva de un sistema integrado de Seguridad y Defensa Europea, abren las puertas a que las naciones de la Hispanidad conviertan de nuevo, como en los siglos XVI y XVII al Atlántico Sur en algo similar a un “mare clausum”.

Para asumir una tarea de estas características es, ante todo, imprescindible disponer de una industria naval propia, con una cartera de pedidos que justifique su existencia y a través de la cual se pueda abordar un programa de construcciones navales que garantice la existencia de una flota de superficie y submarina en condiciones de asegurar la integridad de los mares.

Además, de esta idea “oceánica” de España derivan también una serie de exigencias mínimas de política exterior:

1) Apoyar a Argentina en su recuperación de las Islas Malvinas y de las Georgias del Sur, posiciones clave ante el Estrecho de Magallanes y la Antártica y para garantizar la seguridad en la navegación por el Atlántico Sur.

2) Acelerar la retrocesión de Gibraltar, reconociendo -lo que parece ser el principal problema de la cuestión-, un estatuto especial para los “llanitos” que garantice sus actuales medios de vida, pero bajo soberanía española.

3) Apoyar las iniciativas francesas de presencia en el África Subsahariana, así como los programas de cooperación europea con esta zona deprimida. Apoyo a Portugal en el mantenimiento de lazos privilegiados con sus antiguas posesiones africanas. En este sentido, la norma que debe regir la cooperación al desarrollo y los paliativos a la caótica situación africana son: apoyo a cambio de seguridad y bases avanzadas.

Estos tres puntos marcan las prioridades de una política de Estado en el área atlántica. Una política que, aun siendo autónoma, debe ser encuadrada dentro del marco de la Unión Europea y que tiende a realizar el destino geopolítico de España: una vocación de integración en tanto que extremo occidental de Eurasia y una vocación oceánica propia en tanto que “madre patria” de los países de la Hispanidad.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

Análisis geopolítico de España (III)

Análisis geopolítico de España (III) En la primera entrega de nuestro estudio aludíamos a la doble tendencia presente en toda al historia de España que, por una parte, tendía a la fusión de los pueblos peninsulares y, por otra, alternativamente, al estallido y separación. Hoy nos encontraríamos en ese período de estallido que, a la postre, no sería sino el preludio de un nuevo período unitario… Vale la pena preguntarnos en qué elementos geopolíticos se apoyan las actuales tendencias centrífugas.

CARÁCTER MONTAÑES DE LOS NUCLEOS ORIGINARIOS DE LA RECONQUISTA

Tras producirse la dislocación del reino visigodo al producirse la invasión islámica, los distintos núcleos resistentes se refugiaron en las montañas de la cornisa cantábrica y de las vertientes pirenaicas. Buena parte de los resistentes eran representantes de la antigua nobleza visigoda y, desde los inicios de la lucha por la expulsión del Islam, quisieron mantener vivo el recuerdo del Reino Visigodo de Hispania. Todos ellos se consideraban, en definitiva, “reyes de las Españas”, sin renunciar al momento en el que se restituiría la unidad del viejo reino visigodo.

En este sentido, resulta difícil entender como, a partir de este entusiasmo unitario, los reinos peninsulares prosiguieron hasta el siglo XV su fragmentación. En el siglo XI, el cantonalismo hispano se extendía tanto en la España islamizada como en la cristiana: Galicia, León, Castilla, Navarra, Aragón y nueve condados en el espacio catalán, evidenciaban una parcelación extrema.

La geopolítica explica perfectamente el por qué de esta tendencia, cuando, realizando un análisis histórico, establece que siempre ha existido como constante el cantonalismo montañés. Los pueblos desarrollados en las montañas siempre han sido celosos de sus libertades, tradicionalistas, opuestos al progreso y desconfiados de todo lo que viene del llano, pero, así mismo, con tendencia a prevenirse de los montañeses de otras latitudes. En la primera fase de la Reconquista, absolutamente todos los núcleos de las que partieron los núcleos de resistentes, eran núcleos montañeses, cada uno de los cuales se desarrolló de manera independiente de los demás. La montaña les impuso unos rasgos de carácter para que pudieran sobrevivir en un medio hostil y aislado. Allí, en las alturas, nuestros ancestros almacenaron posibilidades históricas que se manifestaron en el momento oportuno. De hecho, la primera fase de la Reconquista no fue otra cosa más que una serie de descargas de agresividad de las poblaciones montañesas contra las llanuras habitadas por islamistas.
Esto hizo que hacia el siglo XI, los reinos de Galilcia, León, Castilla y Navarra, hubieran logrado expanderse casi en paralelo hacia el sur a partir de los originarios núcleos montañeses en donde se articularon los distintos focos de la resistencia. En los Pirineos subsistían los nueve condados catalanes y el Reino de Aragón, reducido éste último a una pequeña franja pirenaica y los otros a un conjunto de pequeñas piezas míticamente derivadas de “los nueve barones de la fama”, pero manteniendo prácticamente las mismas posiciones que formaron la Marca Hispánica en el siglo IX.

EL AVANCE DE LOS REINOS CRISTIANOS HACIA EL SUR

En la práctica, entre el siglo IX y el XI, en doscientos años, las posiciones cristianas en los Pirineos apenas avanzaron. Esto tiene mucho que ver con el conservadurismo propio de los habitantes de la montaña que les induce a permanecer encastillados en sus posiciones y limitados a operaciones de represalia contra los habitantes del valle. Geopolíticamente podemos establecer la constante de que, contra más próxima a sus orígenes está un pueblo, inicialmente montañés, menos se preocupa de ampliar sus dominios y se limita a meras represalias y racias en el valle.

Pero, a medida que mediante la colonización campesina, individuos afectos a los reinos montañeses, van estableciéndose en la tierra de nadie y el núcleo montañés ve expandir su territorio hacia el valle y deja, cada vez más atrás, su origen montañes, la expansión se vuelve cada vez más rápida: la velocidad de las conquistas de un pueblo montañés, están, así pues, en razón inversa a la proximidad a la montaña: contra mas próximos se encuentran a la montaña, menor es su voluntad conquistadora, cuanto más alejados están de las cumbres, avanzan a mayor velocidad hacia la conquista de nuevos territorios. En 1300, en apenas dos siglos, prácticamente, la conquista se consumó, exceptuando el Reino de Granada que subsistiría otros doscientos años más.

Es indudable que estos progresos en la Reconquista coincidieron también con otros episodios históricos, especialmente con las Cruzadas. La victoria de las Navas de Tolosa tiene lugar en el 1212 en la misma época en la que se había asentado el Reino Latino de Jerusalén. Puede decirse que el espíritu de la Cruzada fue asumido por los antiguos líderes montañeses, unificó sus criterios y favoreció políticas de fusión dinásticas que, finalmente, redujeron el cantonalismo peninsular a cuatro reinos: Portugal, Castilla, Navarra y Aragón.

DOS CUENCAS, DOS CORRIENTES HISTORICAS

Ahora bien, hay que tener en cuenta otro factor para explicar el por qué la Reconquista evolucionó como lo hizo. La orografía y los valles hicieron que las áreas expansivas de los Reinos peninsulares tomaron dos orientaciones. No es por casualidad que, finalmente, los ríos que atravesaban Castilla desembocaran en el Atlántico y el gran río que constituía la columna vertebral de Aragón, el Ebro, lo hacía en el Mediterráneo.

Desde siempre, los ríos han sido elementos clave de los desarrollos geopolíticos de los pueblos. A través de ellos se ha canalizado el transporte y el comercio, y mecánicamente, han llevado a averiguar qué se encontraba en las tierras bajas. Los antiguos se preguntaban siempre hasta donde se llegaba siguiendo el curso de los ríos. No es que los ríos fueran una frontera natural, de hecho, en realidad, los ríos constituyen, más bien, un eje de intercambios comerciales. En torno a los ríos, en los valles por los que discurren, se asientan poblaciones que viven de la agricultura y el comercio. En el lado castellano, las conquistas fueron marcadas por el avance hacia los valles del Duero primero, del Tajo después, del Guadiana más tarde y, finalmente del Guadalquivir. El curso de estos ríos atravesaba la meseta castellana y todo el problema consistía en cómo asegurar las conquistas mediante la instalación de castillos y de colonos. En cierto sentido, los campesinos hicieron Castilla tanto como los guerreros. La fidelidad a la tierra propia del campesino –el origen montañés de los reinos ya había quedado lejos- hizo que la Reconquista tuviera pocas regresiones y que, una vez se talaban los espesos bosques para asegurar visibilidad y zonas de cultivo en las que pudieran asentarse nuevos colonos, ese terreno ya no fuera recuperado jamás para el Islam.

Pero el Reino de Aragón se desarrolló de otra manera. El espacio geopolítico de Aragón era un triángulo constituido por los Pirineos de un lado, el curso del Ebro de otro y la costa Mediterránea finalmente. Más allá de la Cordillera Ibérica, Aragón no encontró las posibilidades de expanderse hacia el Oeste y, al encontrarse más allá de la desembocadura del Ebro, solamente pudo expanderse hacia el Sur, hasta el Paso de Bihar, lugar histórico de frontera entre Castilla y Aragón.

Precisamente la pujanza de Barcelona deriva de la privilegiada situación de Barcelona, en la costa, disponiendo del control de los pasos pirenaicos que, facilitaban el comercio hacia la Ciudad Condal. Además, la depresión prelitoral llevaba al emplazamiento de Barcelona, entre los ríos Besós y Llobregat, desde donde se abrieron caminos hacia el Valle del Ebro. Al adquirir la baronía de Flix, situada en la salida de la última garganta por la que atravesaba aquel río. Esa posesión fue esencial en el dominio económico de la Corona de Aragón.

El Reino de Aragón, al no poder expandarse más hacia el Sur, intentó en el siglo XII, una expansión hacia la otra vertiente de los Pirineos, ensayando el embrión de lo que geopolíticamente se llama un “Estado Encabalgado” (cuando un núcleo montañés dispone del control de los pasos de montaña y se expande a uno y otro lado de la montaña). Pero la reorganización del Reino Franco, hizo que tras la Batalla de Muret, las aspiraciones aragonesas sobre Cominges, Tolosa y el Languedoc, se disiparan. La derrota de Muret marco un giro neohistórico en el desarrollo de la Corona de Aragón y le obligó casi a seguir el curso del Ebro hasta más allá de su desembocadura: fue entonces cuando se inició la expansión mediterránea de la Corona de Aragón que en el siglo XIV ya disponía del control sobre las Baleares, Cerdeña y Sicilia, luego con Alfonso el Magnánimo, alcanzó hasta Grecia y los Balcanes, llegando hasta Tebas.

Tras producirse la unificación de los Reinos Peninsulares con los Reyes Católicos, mientras Castilla inició su expansión oceánica en el Atlántico, Aragón persistía en su vocación mediterránea. En los siglos XVI y XVII, españoles y portugueses podían considerar en rigor el Océano Atlántico como un “mare clausum”: dominaban absolutamente todas las puertas que daban su acceso. El Estrecho de Gibraltar, el Estrecho de la Florida, el Cabo de Buena Esperanza y el Estrecho de Magallanes. Pero, a decir verdad, los adelantos tecnológicos de la época no permitían todavía un tráfico fluido y mucho menos la existencia de comunicaciones estables en un espacio tan amplio como el Atlántico. El Mediterráneo, por el contrario, estaba hecho más a medida de la expansión que podía realizar una potencia en la época. Desde ese punto de vista, se produce una mayor acumulación de capital en la Corona de Aragón y, más en concreto, en la Ciudad de Barcelona que en Castilla.

Además, Catalunya se beneficia de la frontera de los Pirineos y especialmente con el tráfico polarizado en Port Bou. Una vez más, una frontera no es un lugar de separación, sino una zona de cooperación entre los dos países que allí se encuentran. Hasta bien entrado el siglo XVII, en concreto hasta la Paz de los Pirineos, no existían fronteras tales como las entendemos hoy. Apenas importaba otra cosa que el control de los nudos de comunicaciones, más que de un control concreto sobre una línea de frontera. La “Paz de los Pirineos” estableció como frontera la marcada por las “crestas divisorias” que, efectivamente, ya señalaban una línea perfectamente definida, tras la cual, tanto Francia como España, situaban plazas fortificadas tales como Salses diseñada por el ingeniero Vauban.

Así pues, la geopolítica determinó la existencia de tres fases: la creación de los reinos peninsulares a partir de dos núcleos montañeses de resistencia: el que apareció en la cornisa cantábrica y el que apareció en los montes Pirineos. Cada uno de estos núcleos, al expanderse hacia el sur, terminó fusionándose: los distintos reinos originados en la cornisa cantábrica convergieron en uno solo. Mientras que los reinos y condados pirenaicos, en su expansión hacia el valle del Ebro y el Mediterráneo, también terminaron constituyendo una sola unidad histórica.

EL REINO DE NAVARRA

¿Y Navarra y el País Vasco? El reino de Navarra había surgido a mediados del siglo VIII aprovechando los contrafuertes pirenaicos próximos al Cantábrico. En esos primeros años, los navarros se vieron presionados por el sur por los contingentes islamistas y por el norte por los francos. En el siglo IX, consiguieron estabilizar una dinastía iniciada por Iñigo Arista que en el siglo X fue sucedida por la dinastía Jimena con la que Navarra alcanzó su máximo esplendor. Sancho Garcés III “El Mayor” logró incorporar el Sobrarbe, el Ribagorza, Álava, Vizcaya y el condado de Castilla. A su muerte se inició la crisis de este reino que se fusionó con los aragoneses, luego con los francos y que, en la práctica, fue residual y comprimido por sus dos grandes vecinos, Castilla y Aragón. En el siglo XIV, Navarra permaneció ligada al reino de Francia. Durante el reinado de Juan II de Aragón se produjo la lucha contra su hijo el Príncipe de Viana con la división del reino en dos facciones: los agromonteses que apoyaron a Juan II y los beamonteses que apoyaron al Príncipe de Viana. Finalmente, en 1515, Fernando el Católico invadió navarra y la incorporó a la Corona de Castilla, integrándola de hecho en la unidad peninsular.

En el Reino de Navarra, incluso en la actualidad, son perceptibles los rasgos propios de las poblaciones montañesas. No es por casualidad que el nacionalismo vasco se haya encastillado en algunas comarcas montañosas y sea el núcleo del abertzalismo más radical, mientras que Navarra sea uno de los Reinos históricos en los que más se siente y se vive la idea de España. Fue allí donde arraigó con más fuerza el conservadurismo tradicionalista hasta mediados del siglo XX. Si examinamos los rasgos de carácter que la geopolítica atribuye a las poblaciones montañesas, veremos que tales tendencias no pueden extrañar. De hecho, estas tendencias solamente van atenuándose a medida que las poblaciones del valle van creciendo. Es preciso no olvidar que, la escuela francesa de geopolítica, ha insistido en que los valles de ayer son las ciudades de hoy. No es de extrañar, por tanto, que sea precisamente en las zonas rurales y especialmente montañosas en donde el radicalismo abertzale haya arraigado con más facilidad, y que el voto nacionalista sea un voto progresivamente ruralizado.

Por lo demás, el nacionalismo vasco sigue una tendencia que la geopolítica ha analizado hasta la saciedad y Vicens Vives ha llamado “tendencia a la Reconquista”: “Los núcleos neohistóricos tienden a justificar su actividad expansiva acogiéndose a la herencia de formaciones similares más antiguas que han ejercido soberanía sobre determinados territorios”. Y, acto seguido, pone como ejemplo los Estados cristianos medievales que reivindicaban la herencia visigoda y luego las cruzadas.

En el caso vasco-navarro, esta tendencia a la “reconquista” está presente especialmente en las falsificaciones históricas difundidas por el gobierno autónomo vasco (y también por el catalán): aislando momentos puntuales de la historia de estas zonas, casualmente, aquellos momentos en los que esas zonas alcanzaron una mayor expansión, se reivindican territorios, soberanías y unidades ideales a las que se pretende regresar. De hecho, todo el micronacionalismo moderno es un proyecto de “reconquista” de un territorio ideal sobre el que gobernó en un determinado momento histórico cuando no existía la noción de “Nación”.

EL DETERMINISMO GEOPOLITICO DE LOS NACIONALISMOS

No es en la historia en donde los micronacionalismos pueden asentar sus aspiraciones, sino más bien en criterios geopolíticos: es decir, no existen “naciones” dentro de la Nación Española, a causa de pasados históricos, ni siquiera por “factores diferenciales” de tipo étnico o cultural (el RH de los nacionalistas vascos y el idioma de los nacionalistas catalanes), sino por determinismos geopolíticos en función de los cuales se construyen ideologías y interpretaciones. El nacionalismo, menos que cualquier otra doctrina, es un títere de factores subpersonales y geohistóricos subjetivos.

Existen tendencias centrífugas en España por que existen redes fluviales paralelas que desembocan en el Atlántico y por que existe un gran río que desemboca en el Mediterráneo. Diferente hubiera sido si en España hubiera existido una configuración hidrográfica como la francesa en la que los ríos en lugar de ser paralelos, fueran centrífugos y partiendo de un núcleo central irradiaran. El germen de la centralización estatal que ha experimentado Francia desde el período de Felipe el Hermoso, es buena muestra de esta teoría. Sin embargo, la existencia de cuencas fluviales paralelas, pero en direcciones opuestas, tiene un poder disociativo extraordinario que hizo imposible, no sólo la aventura transpirenaica de la Corona de Aragón y su intento de extender su influencia por Bigorre, Foix, Toulouse y el Languedoc (oposición entre el Garona y el Ebro), sino que también explica la diversidad de vicisitudes históricas que han vivido Castilla y Aragón, cuyos núcleos fluviales caminan opuestos y cuyas aventuras marítimas se han hecho en función de mares opuestos.
Mientras el País Vasco es el último reducto de las primitivas poblaciones de la Península Ibérica (en este sentido, puede decirse, con cierta ironía por lo que a los nacionalistas se refiere, que los Vascos son… los primeros españoles) cuya existencia está justificada por la geografía vasca compuesta por altos valles encerrados entre zonas montañosas, el reino de Aragón, al disponer de una salida al Mediterráneo, se preocupó por ampliarla (una tendencia geopolítica habitual), expandiéndose hacia el sur, ocupando la costa del Levante, en la medida en que encontró cerradas sus posibilidades de expansión hacia el norte y la oposición entre las cuencas fluviales del Garona y del Ebro, impidió la constitución de un Estado encabalgado.

LA UTOPIA GEOPOLITICA Y LA REALIDAD ESPAÑOLA

Es preciso retener el concepto de “núcleo geo-histórico”. Se trata del espacio natural favorecido por el cruce de comunicaciones y corriente de tráfico de donde (a causa de diversas coyunturas) ha surgido el ímpetu creador de una cultura o de un Estado. Dichas coyunturas han sido espoleadas por la ley de la adversidad creciente, según la cual, frente a un estímulo adverso, notable, pero no destructivo, una comunidad, reacciona y genera una vitalidad interior que la proyecta hacia el exterior de sí misma. La Grecia de los orígenes, establecida sobre un suelo agreste forzó a la emigración y a las actividades comerciales, esto les llevó a fundar colonias y a vivir un período de desarrollo económico que alumbró un régimen democrático y el desarrollo de las ciencias y las artes. Los núcleos geo-históricos de la Reconquista, como hemos visto fueron el galaico-portugués, el asturiano-castellano-leonés, el vasco-navarro y el catalana-aragonés.

Es preciso completar este concepto con otro no menos importante, el de “ecumene estatal”, porción del Estado que contiene la población más densa y numerosa y la red de comunicaciones más tupida. Habitualmente, este “ecumene” es también el núcleo neoeconómico de muchos Estados.

Vicens explica que la utopía geopolítica sería la coincidencia del núcleo neohistórico con el ecumene estatal en el centro geométrico del país. Esta utopía geopolítica se completa con el debilitamiento, tanto de la capacidad estatal, como de la económica y de la densidad de población, a medida que nos vamos separando de ese centro geopolítico que a la vez es centro geométrico. Este debilitamiento llegaría a una zona desértica que constituiría la frontera de esa utopía geopolítica ideal. Al menos sobre el papel.

Está claro que, en la práctica, un Estado de ese tipo es improbable y, por lo demás, inexistente. Frecuentemente, los núcleos geo-históricos pasan de una región a otra dentro incluso del mismo Estado, y las fronteras, lejos de ser territorios desérticos, son zonas geoeconómicamente importantes. Ahora bien, es preciso no perder de vista las dos nociones de “núcleo geopolítico” y de “ecumene Estatal”. Si aplicamos a España estos dos conceptos observaremos que, en la práctica:

- Existen distintos ecumenes estatales y no uno solo. A diferencia de Francia en donde París y sus alrededores concentran la mayor población y la mayor capacidad industrial del país, en España, tanto la población como la industria se han encontrado fragmentados en tres grandes núcleos: Madrid, Barcelona y Bilbao.

- Ciertamente, todos los pueblos peninsulares han sido espoleados en algún momento por la citada “ley de la adversidad creciente”, solo que han dado distintas soluciones a sus problemas: los castellano, extremeños, andaluces, navarros, la encontraron en la aventura Atlántica y en la conquista de América, mientras los catalana-aragoneses se centraban en el Mediterráneo.

- Catalunya y el País Vasco se han visto más favorecidas por la situación fronteriza y por disponer cada una de dos zonas preferenciales de cruce de los Pirineos (Portbou y Hendaya) lo que ha hecho que el comercio favoreciera extraordinariamente ambas zonas.

- Mientras España pudo mantener los virreinatos en América, era evidente que el núcleo neohistórico de España se situaba en Castilla, mientras que, a partir del siglo XVII, la presencia catalana-aragonesa en el Mediterráneo fue menguando y, en el fondo, la victoria de Lepanto, fue una victoria “de las Españas”, mucho más que de Castilla. No olvidemos que las galeras de la victoria se construyeron en las Atarazanas barcelonesas. Pero a partir de la independencia de las Colonias americanas y especialmente de la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, en un contexto de industrialización de Catalunya el País Vasco, el núcleo geo-histórico español, Castilla, perdió vigor. El vacío generado fue cubierto por el nacionalismo que aparece en el último tercio del siglo XIX en Catalunya y el País Vasco y que tiene una neta hegemonía en nuestro momento histórico.

© Ernesto Milá – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

Análisis Geopolítico de España (IIª entrega)

Análisis Geopolítico de España (IIª entrega) Redacción.- Presentamos la segunda entrega del ensayo de definición de la Geopolítica de España con la primera entrega del capítulo titulado “¿Potencia Marítima o potencia terrestre?” en el que realiza una aproximación a los condicionamientos de la geografía española, desembocando en una serie de conclusiones hacia el futuro. En la segunda parte se analizarán esos factores enfocados hacia el pasado intentando explicar la aparición de algunos conflictos del presente (tendencia al estallido nacional).

¿POTENCIA MARITIMA O POTENCIA TERRESTRE? [1ª Parte]

Reviste especial importancia la distinción geopolítica establecida entre espacio oceánico y espacio terrestre que lleva directamente a la clasificación de las naciones como “naciones marineras” o “naciones terrestres”, o bien “potencias oceánicas” y “potencias continentales”. Vale la pena resumir aquí lo que implica cada una de estas clasificaciones.

POTENCIAS OCEANICAS, RASGOS GENERALES

Las potencias oceánicas hacen del mar el eje de su actividad. Pronto, incluso en momentos muy tempranos de su desarrollo, el mar les lleva directamente al ejercicio del comercio. En el curso de su desarrollo, la actividad marítima se convierte en la actividad central que configura el carácter de la comunidad y las propias estructuras del Estado. El mar y la actividad comercial inducen a la relación con otros pueblos vecinos y las necesidades comerciales –las mismas en todas las épocas- favorecen un carácter tolerante y liberal e inducen en poco tiempo al cosmopolitismo. La guerra no se presenta como la primera actividad para conseguir nuevos mercados, sino que se intenta, inicialmente, la colaboración con otras potencias, los acuerdos bilaterales y el establecimiento de redes que busquen, fundamentalmente, un control comercial, no político, salvo, naturalmente, que para ampliar los mercados sea preciso recurrir a la fuerza; algo que no se evita, en absoluto. No son principios éticos y morales los que inducen al pacificismo, sino la economía de esfuerzos y el pragmatismo. Pero cuando la paz no lleva a la cuenta de beneficios al lugar deseado, se recurre a la guerra. En lo que se refiere a la forja del carácter, estos pueblos y sus negocios promueven automáticamente el individualismo y la falta de una conciencia colectiva arraigada. Ratzel explica que el poder marítimo contiene “elementos espirituales”: prudencia, perseverancia y amplitud de miras. Políticamente, su sistema de organización es liviano, tienden a disminuir el aparato estatal (no es la administración pública lo que interesa al comerciante, sino la rentabilidad de sus negocios, el Estado solo sirven en la medida en que a su sombra pueden realizarse también buenos negocios). Pero, claro, todo esto a condición de que las costas sean una puerta abierta y no una frontera desde la que se otee la presencia de un enemigo siempre dispuesto a atacar.

DE LAS DISTINTAS FORMAS DEL SER TERRESTRE

Frente a las potencias oceánicas, se encuentran las potencias continentales o terrestres, con unas características completamente diferentes. En este tipo de sociedades el individuo se disuelve en el grupo, encuentra su riqueza en la tierra y tiende a ampliarse constantemente mediante las conquistas. Mientras el mar es relativamente uniforme, el territorio terrestre es absolutamente diverso. En las zonas montañosas suelen asentarse poblaciones que adquieren un carácter áspero, apegado a sus tradiciones seculares, celosos de su independencia, tienden al aislamiento y a la formación de microestados, mientras que la población de los valles suele estar predispuesta a las renovaciones culturales y de cualquier otro tipo a las que se adaptan con facilidad y tienden a la formación de Estados complejos.
Existe pues, una contradicción fundamental entre “valle” y “montaña”. Vicens señala que tanto la “dieta, la ocupación o las costumbres de los pueblos de la montaña chocan con las de los valles”. Por lo demás, en la montaña se han refugiado los proscritos, los perseguidos, los individuos celosos de su libertad e independencia, en tanto que son lugares de difícil accesibilidad.

Históricamente, los pueblos montañeses se han visto estimulados por una climatología adversa (pero no excesivamente adversa) desplegando posibilidades históricas en un momento concreto y descargando fuertes dosis de agresividad contra la población de los valles. Frecuentemente los Estados situados en los llanos han sido arrasados por invasiones de pueblos procedentes de la montaña. Pero los pueblos montañeses jamás han tendido a la formación de Estados complejos sino, más bien, de microestados. Han protagonizado el cantonalismo y la parcelación del territorio; algunos de estos Estados montañeses todavía subsisten en Europa: Andorra, el principado de Mónado, San Marino o en Asia (Nepal o Buthan).
Los pueblos montañeses suelen adherirse sin gran dificultad a un poder central aglutinador, pero cuando éste falla, tienden a disgregarse. La conclusión final es que la montaña favorece el cantonalismo y acentúa (o facilita) las oposiciones sociales que lo generan.

Pero en la “tierra firme” existen otras características morfológicas: los ríos, por ejemplo, que se convierten en canales de tránsito de mercancías y de dinámicas históricas. En el pasado, las poblaciones de las montañas se vieron arrastradas por el curso de los ríos, hacia las tierras bajas, mientras que, frecuentemente, las invasiones se han canalizado ascendiendo a través de los ríos, como si se pretendiera elucidar el misterio de sus orígenes. . El río, a fin de cuentas, comunica, para bien o para mal. Los valles situados en torno a los ríos tienen también unas características neohistóricas muy concretas: están poblados por gentes de la misma cultura y lengua y limitan con cordilleras montañosas. Desde estas cordilleras es más fácil defender el territorio en la medida en que generalmente las riveras de los ríos están deforestadas y abiertas como resultado de la glaciación cuaternaria. En los valles resulta imposible establecer fronteras, éstas vienen dadas por cordilleras montañosas, ríos o selvas espesas.

En las cordilleras, la inaccesibilidad hace que los pasos, brechas o extremos se convierten en zonas de tránsito de invasiones en el peor de los casos, o que favorezcan las comunicaciones en el mejor. Los pasos de montañas se han definido geopolíticamente como “ganglios del sistema de comunicaciones” o “puertas de invasión”. Por el contrario, la presencia de masas boscosas ha supuesto la aparición de fronteras naturales bien protegidas y, desde luego, suponen un refugio superior a la montaña. Cuando el bosque se encuentra en zona montañosa, esa frontera resulta inexpugnable. Contrariamente al bosque, la estepa es una “región de comunicación abierta” a través de la que se producen las grandes invasiones y en torno a las cuales se forjan grandes imperios o Estados.

Finalmente, antes o después, toda masa terrestre termina en un litoral. Éste puede generar estímulos importantes a las poblaciones y movilizar energías sociales. Pero para que ello se produzca es preciso que se den una serie de condiciones: el papel de las costas será favorable cuando éstas se hallen a una prudencial distancia de otras que, económicamente, sean tentadoras y técnicamente alcanzables.

En general, cuando “cuaja” una potencia terrestre, suele dar mayor importancia al Estado. Al tener que administrar territorios progresivamente más extensos, se forman estructuras sólidas y complejas. El comercio es secundario en relación a la actividad del Estado.

LA SITUACION GEOPOLITICA DE ESPAÑA Y SU POLITICA EXTERIOR

Para definir el papel geopolítico de España es preciso atender a su situación geográfica en el extremo occidental de la masa continental eurasiática, constituyendo la frontera suroeste de Europa. Esta privilegiada situación hace que sobre nuestro territorio se hayan conjugado dos movimientos neohistóricos: el que tiende de Este a Oeste (corriente mediterráneo-atlántica) y el que tiende de Norte a Sur (corriente euroafricana).

No hay que olvidar que la marcha de la historia siempre ha sido de Este hacia el Oeste. En esa dirección se han generado los más fuertes movimientos históricos incluso en la actualidad, cuando la “Doctrina Rumsfeld” establece el Océano Pacífico como el teatro principal de operaciones de los EEUU, es decir, hacia su Oeste. En este sentido, la “fechada” atlántica de Europa está formada por la Península Ibérica, Francia y el Reino Unido. El papel de los países situados más al norte (Dinamarca, la Península Escandinava) es menor en función de su alejamiento geográfico y su proximidad a zonas de climatología más hostil.

El estudio sobre las líneas de comunicaciones desde finales de la Edad Media, cuando las condiciones técnicas facilitaron la navegación oceánica, indican que quedó definida una línea de expansión desde la Península hasta las Canarias y las Azores y de ahí hacia el Atlántico Sur con las “Cathay” como destino buscado y Sudamérica con el encontrado realmente. Anteriormente, otra línea de penetración, la Norte-Sur, había sido definida desde el Paleolítico y el Neolítico, trayectoria que luego siguieran en dirección descendente los vándalos hasta establecerse en el actual Marruecos, más tarde, nuestros antepasados para asegurarse una franja defensiva en el Principado de Marruecos que controlara el mar de Alborán y la otra orilla del Estrecho y previniera la posibilidad de nuevos ataques llegados del Sur.

Pero estas rutas no solamente han sido de tránsito hacia América o hacia el Magreb. También han sido rutas por las que han discurrido las invasiones: desde el Sur se produjo la primera oleada islámica y las que siguieron posteriormente, y desde el Atlántico llegaron los grandes ataques vikingos y normandos de la Edad Media que consiguieron adentrarse, remontando los ríos, por el corazón de la Península. Esta tendencia no ha cambiado durante el tiempo: hoy la inmigración constituye una verdadera migración de Sur a Norte, que desde el punto de vista geopolítico puede ser considerada una colonización pacífica (al menos por el momento), y de Este a Oeste se han producido, sobre el plano cultural, la penetración de los productos americanos, y sobre el plano militar, la construcción de bases avanzadas de la thalasocracia norteamericana.

Así pues, por su situación geográfica, España es.

1) Ruta avanzada y bidireccional de dos líneas de expansión: Norte-Sur y Este-Oeste.

2) Ocupa un tercio de la fachada atlántica de Europa

Mientras duró la “guerra fría” y la bipolaridad (1945-1989), aun cuando en teoría, España no hubiera estado adherida a la OTAN, en la práctica los acuerdos tejidos por Franco con los EEUU suponían una inclusión efectiva en la Alianza Atlántica a la que proporcionábamos cuatro elementos clave:

1) El control del tráfico naval sobre el Estrecho de Gibraltar, operado a través del Mar de Alborán cuya costa Sur, al independizarse el Principado de Marruecos quedó recudido a Ceuta, Melilla y las Islas Adyacentes, suficientes elementos como para asegurar el cierre del Estrecho y embotellar a la flota soviética en el estanque Mediterráneo.

2) “Profundidad” a la Alianza cuyas líneas que daban extendidas más de 1000 km con la inclusión de España. Sin esta inclusión era imposible defender Europa Occidental de un ataque soviético (real o supuesto) pues, entre la frontera Germano Occidental y el Atlántico francés de Bretaña y Aquitania, apenas existían entre 900 y 1000 km.

3) El portaviones atlántico del Archipiélago Canario situado en la ruta del Atlántico Sur, pero también en la ruta del petróleo que, desde el Golfo Pérsico bordea las costas de Africa para llegar a Europa, uno de los ejes en disputa en el mundo bipolar a partir de 1973 (primera crisis del petróleo con el cierre del canal de Suez e inicio de la era de los superpetroleros).

4) Base avanzada para la llegada de aprovisionamientos de EEUU, potencia aislada geográficamente y, por tanto, segura en el caso de confrontación bipolar, donde, históricamente se ha concentrado la producción de armamento destinado a los campos de batalla europeos durantes los dos últimos conflictos mundiales.

Ahora bien, liquidada la era de la bipolaridad, el mundo pasó a una situación de inestabilidad unipolar a cuyo fin estamos asistiendo. En esa nueva etapa, el papel geopolítica de España, lejos de atenuarse, queda realzado en la perspectiva de un mundo multipolar en el que España es la frontera Sud-Oeste de Europa y, por tanto, el puesto avanzado en las comunicaciones con tres bloques exteriores a Eurasia:

1) El Magreb, cuya evolución futura se basará en tres factores:

- Inestabilidad interior (conflicto sociales a causa de la pobreza, políticos a causa del déficit democrático y religiosos a causa de los choques entre distintas facciones del islamismo local) que pueden derivar en conflictos armados civiles.

- Presión demográfica propia y recepción de la presión demográfica procedente del Africa Subsahariana que exceden con mucho las posibilidades de integración de los Estados locales.

- Progresiva penetración de los EEUU que al verse rechazados en el territorio de la Unión Europea, intentan seguir presentes en el Mediterráneo a partir del Magreb (penetración efectiva en Marruecos y Argelia, presencia consolidada en Egipto desde su derrota en la guerra del Yonkipur y neutralización de las veleidades libias).

2) Iberoamérica, cuya evolución futura girará en torno a tres ejes:

- El intento de consolidación de Brasil como primera potencia regional si se dan distintos factores políticos (posibilidad de establecimiento de una política de Estado estable), sociales (disminución de la pobreza y el analfabetismo), de comunicaciones (si aumentan las vías de comunicación entre el Brasil atlántico y los países del Pacífico: especialmente Chile, Bolivia y Perú), lingüísticos (bilingüismo práctico en Brasil para facilitar el intercambio con el resto de Iberoamérica de lengua española).

- La concentración de esfuerzos de EEUU para lograr una mayor penetración económica y un mejor control político, especialmente en los países de la cuenca del Pacífico (Chile, Perú, Ecuador y Venezuela). Lo que supondrá, en la práctica, una guerra comercial con España, principal inversor en la zona en estos momentos.

- La estabilización de una zona de librecomercio similar al antiguo Mercado Común que favorezca la integración de las economías regionales y genere un gran mercado de consumo en condiciones de propulsar una industria estratégica propia.

3) Los EEUU, cuya evolución en los próximos veinte años tendrá como ejes:

- El aumento de influencia de la minoría hispana en la vida cultural, en la sociedad y en la vida cultural de los EEUU que, por primera vez en su historia dejarán de ser un país WASP con minorías recluidas en ghetos y sin cultura ni tradiciones propias. [ver nuestro artículo “América se escribe con є publicado en infokrisis]

- Un aumento de la inestabilidad social a causa de las desigualdades crecientes e insoportables de renta y de la estratificación étnica de la misma. La integración racial de los años 60 ha fracasado completamente y EEUU tiene ante la vista un conflicto civil que será a la vez racial y social en un momento de regresión de las libertades públicas y de los beneficios sociales en nombre de un liberalismo salvaje cada vez más extremo.

- La sensación de fracaso civilizacional y neoimperial que generará la breve tentación unilateralista que se aseverará inviable cuando concluya el segundo mandato de Bush, debiéndose aceptar el hecho consumado de una multipolaridad. Esto hará que cristalicen de nuevo las tendencias aislacionistas tradicionales en EEUU y el país se recluya en su territorio nacional, y con aspiraciones hegemónicas reales solamente sobre Iberoamérica.

- Una quiebra inevitable de la economía norteamericana que arrastra desde principios de los 80 un incremento de la deuda pública, actualmente extremo y que solamente está avalado por la aparente estabilidad política y el peso militar de EEUU, como soportes para el valor de cambio del dólar, más que el valor de éste en sí mismo. Esta quiebra puede ser el desencadenante de la fractura racial y social a la que hemos aludido

- El desplazamiento del teatro principal de operaciones de EEUU, del Atlántico Norte al área del Pacífico con todo lo que ello implica: proliferación de bases militares y de intervencionismo en la zona, acuerdos comerciales preferenciales con esos países y, posibilidad de enfrentamientos con una zona, posiblemente no tan desarrollada como la Unión Europea, pero en situación ascendente y en donde EEUU va a encontrar fuertes competidores económicos (Japón) y a la vez militares (China y Rusia).

Cada uno de estos tres actores geopolíticos interacciona en el devenir histórico de España que, inevitablemente, va a estar vinculado a la Unión Europea, antes que a cualquier otro bloque, pero, al mismo tiempo, va a tener que afrontar problemas nuevos:

- El inevitable deterioro de las relaciones con Marruecos que no ha renunciado a sus aspiraciones sobre Ceuta, Melilla, Islas Adyacentes y Canarias, ni realiza esfuerzos reales para cortar la producción e haschís con la que inunda a España, ni tampoco para contener la riada de inmigrantes que aspiran a acceder a los escaparates de consumo europeos.

- El inevitable distanciamiento con los EEUU a causa de la “alianza más segura” que practica este país en la zona (actualmente orientada hacia Marruecos y entre 1956 y 1999 orientada preferencialmente hacia España) con la contrapartida del ascenso hispano en EEUU que tenderá a atenuar este distanciamiento.

- El inevitable endurecimiento de la relación económica con Iberoamérica que gravitará en torno a una potencia regional emergente (Brasil) que pretenderá hacer valer su influencia ante presencias exteriores, incluida la española y en torno a una potencia histórica presente en la zona desde la Doctrina Monroe (EEUU) que seguirá consideran a Centroamérica y el Caribe como su “patio trasero” y a la masa sudamericana como su “coto privado de caza”.

En este sentido, la política exterior española del futuro estará determinada por estos tres ejes:

- Desde el punto de vista cultural: contribuir al aumento de influencia del mundo hispano en los EEUU, haciéndolo extensible, no solamente a los troncos étnicos indios venidos del Sur de Río Grande, sino también a la propia población hasta ahora WASP, esto es, restando impacto a los productos culturales surgidos de ese núcleo, para lo que es preciso “hispanizarlo”. Esto, parecía ilusorio en décadas anteriores, pero un estudio de las curvas demográficas de la población hispana en los últimos diez años, deja prever un vuelco completo a la situación. En otras palabras: culturalmente, se trata de recuperar la idea de que parte de la tradición norteamericana es hispana y que la mitad del territorio de los EEUU (según atestigua el Tratado de Paz de París de 1763 que marca el límite entre las posesiones inglesas y españolas en América del Norte) fue hispano y colonizado por españoles (Florida y el Virreinato de Nueva España cuya parte superior correspondía a los actuales Estados de California, Fevada, Texas, Nuevo México y parte de Oregón). Esto aporta raíces históricas para avalar y justificar la penetración cultural.

- Política de contención hacia un mundo árabe imprevisible, atrasado y sin posibilidades de alcanzar un nivel óptimo de desarrollo económico a causa del atraso histórico que supone la religión islámica así como el fracaso de los intentos occidentalizadores (Naser, el baasismo iraqui, sirio y libanés, los vaivenes persa-iraníes), un mundo árabe al que le quedan únicamente treinta años de reservas petrolíferas para seguir manteniendo una providencial fuente de ingresos y dentro del cual no existe ni un solo país en el que pueda hablarse de una situación de estabilidad real.

- Política de cooperación con entre la Unión Europea e Iberoamérica en aras de asegurar la estabilidad de las inversiones españolas, evitar que los intercambios comerciales en el subcontinente se realicen solamente en dirección Norte-Sur con el grado de dependencia que implica. El mantenimiento de una situación imperial de los EEUU sobre Iberoamérica, implicaría en corto espacio la reaparición de una tentación intervencionista en el resto del mundo. De ahí que la Unión Europea y España en concreto deban apoyar el desarrollo de los grandes países iberoamericanos: Brasil (llamado a ser por sus geografía, reservas, población y tecnología, el germen de una potencia regional), Argentina, Chille (países con gran potencial económico y cultural, cuyas contraposiciones geopolíticas se trata de atenuar) y Venezuela (ruta más corta hacia Iberoamérica).

TRES CONSECUENCIAS PARA UNA POLÍTICA EXTERIOR

Lo visto hasta ahora nos permite formular tres consecuencias.

La primera consecuencia a desarrollar es el siguiente: contra más atenuada esté la influencia cultural protestante y calvinista en los EEUU, mayores espacios de libertad tendrán los pueblos Iberoamericanos y mayor estabilidad tendrá un sistema multipolar. En ese contexto el papel de España queda reubicado como puente -no retórico sino muy real- entre Eurasia y el continente americano.

La segunda consecuencia a desarrollar es: dada la inestabilidad del mundo islámico, la única política posible es la contención. De nada sirve ayudar a políticas de desarrollo regional en países que, de la noche a la mañana, pueden deslizarse bruscamente hacia el fundamentalismo más radical, o países que albergan en su interior un potencial explosivo que hace inviable la inversión en desarrollo; dadas las peculiares características del islam y la intensidad con que esta religión condiciona la vida de los pueblos árabes y magrebíes, les imprime agresividad, les dota de un mesianismo enfermizo e históricamente superado y genera objetivos teocráticos que enlazan con un pasado remoto, y dada, finalmente, la ubicación geográfica de “frontera sudoeste de la Unión” que tiene España, por todo ello, la contención es la única política posible, no solo para España sino para toda la Unión Europea. Este axioma puede ser desarrollado a partir de las tesis que expusimos en nuestra serie de artículos contrarios a la integración de Turquía en Europa y la posibilidad de que el “espacio turcófono” sea un factor de desestabilización permanente entre las tres potencias euroasiáticas.
La tercera consecuencia no es otra que reconocer que el destino de España y el de Europa, a lo largo de todo el siglo XXI, van a estar unidos. Si bien es cierto que en el pasado, las contradicciones y los intereses contrapuestos, frecuentemente, se tradujeron en guerras y conflictos, éste período ha concluido. La última guerra civil entre europeos (1939-45) y la fabricación de nuevas armas de destrucción masiva, indica que de producirse un nuevo conflicto de esas características en suelo europeo, implicaría casi necesariamente la desaparición de Europa, incluso físicamente.

[prosigue]

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

Ucrania: origen y desembocadura de una crisis

Ucrania: origen y desembocadura de una crisis Redacción.- Que Ucracia tiene un déficit democrático es evidente. Que lo que está en juego no es la credibilidad de la inexistente democracia ucraniana, es, así mismo, evidente. Que, finalmente, la cuestión de fondo es una Ucrania vinculada a “Occidente” o vinculada a Rusia, es obvio. No se trata de saber si las elecciones han sido justas o injustas (parece que en una parte del país las “trampas” han beneficiado al candidato y en otras zonas al actual presidente…). De lo que se trata es conocer lo que implica una u otra opción.

UNA NUEVA SITUACIÓN EN EL ESTE

En Enero de 2000, Jacques Delors, presidente de la Comisión Europea entre 1985 y 1995, no veía con buenos ojos la evolución de la política comunitaria. "Nadie se plantea los verdaderos problemas, los que irritan y dividen, nadie se pregunta cuál puede ser nuestro proyecto común cuando seamos 30 países. De entrada, ¿cuál es nuestro proyecto común a quince?", se pregunta Jacques Delors a través de las páginas de Le Monde. Poco antes, en la cumbre de Helsinki (diciembre 1999), invitó a 13 nuevos países a sumarse en el futuro a los Quince. Delors proponía una “federación de Estados-Nación”, una Europa política que fuera algo más que un “gran mercado único”. Para Delors, prometer 12 nuevos ingresos y darle el sí también a Turquía no es otra cosa que "una huida hacia adelante" que hace más grave "el dilema entre ampliación y profundización". Era la primera vez que una personalidad de la UE planteaba la cuestión de las “fronteras” de Europa. Delors, en aquella ocasión, añadía: “propongo abordar primero la cuestión desde un prisma geopolítico y luego tratarla desde otro político. En la primera opción, la geopolítica, entra Ucrania, una país vecino, en graves dificultades y que no sabe cómo liberarse de los vínculos tutelares que lo frenan, pero rechazo entrar en el debate explosivo y sin salida sobre el tema ¿dónde están las fronteras de Europa?".

Delors ponía el dedo en la llaga: geopolíticamente Ucrania es Europa, ahora sólo faltaba saber si “políticamente” convenía que Ucrania fuera Europa. Por que lo que está en el trasfondo de todo esto, por decirlo con palabras de Brzezinsky “Dados los particulares intereses geopolíticos de Alemania y de Polonia en la independencia de Ucrania, también es bastante posible que Ucrania sea gradualmente llevada a participar en la relación especial entre Francia, Alemania y Polonia. . Hacia el 2010 la colaboración política entre Francia, Alemania, Polonia y Ucrania que involucraría a unos 230 millones de personas, podría evolucionar hasta convertirse en una asociación que realzaría la profundidad estratégica de Europa” [“El Gran Tablero Mundial”. Z. Brzezinsky, pág. 92]. Y la para realzarlo sitúa sobre estas líneas un mapaña de Europa en donde, bajo el rótulo “El núcleo fundamental de la seguridad europea”, marca en una misma área a Francia, Alemania, Polonia y Ucrania.

En 1997, cuando Brzezinsky escribió estas líneas, la Rusia de Eltsin era un despojo. Muy pocos apostaban por una rápida recuperación. En 2004, el “milagro Putin” se ha operado. Rusia es en estos momentos una potencia en trance de recomposición interior y sigue siendo la segunda potencia mundial. Ciertamente, Brzezinsky acierta cuando ve en la incorporación de Ucrania a Europa una forma de realzar la “profundidad estratégica de Europa”… pero olvida que tal profundización implicaría necesariamente un enfrentamiento con Rusia. Pocas líneas después, Brzezinsky evidencia su verdadera intención: “La principal meta geoestratégica de los Estados Unidos en Europa se puede resumir en pocas palabras: consiste en consolidar, a través de una asociación trasatlántica más genuina, la cabeza de puente estadounidense en el continente euroasiático para que una Europa en expansión pueda convertirse en un trampolín más viable para proyectar hacia Eurasia el orden internacional democrático y cooperativo” [op. Cit., pág. 93]. Lo que está defendiendo Brzezinsky es una “Europa Trasatlántica”, esto es vinculada preferentemente a EEUU. El resto es palabrería. Lo que intenta es reforzar la OTAN y situar a Rusia –es decir, al otro actor Eurasiático- en situación de mansedumbre e impotencia. Con Eltsin, desde EEUU podía pensar en esta situación, pero no con Putin.

Por lo demás, cuando escribía esas líneas, la “reconciliación” germano-polaca estaba en sus primeros pasos. No se podía asegurar que desembocara en grandes logros. Así ha sido. De hecho, el nuevo factor geopolítico aparecido en Europa Central entre 1995 y 2004, ha sido este episodio: Alemania ha sido el principal valedor para la entrada de Polonia en la UE. A través de Polonia, Alemania ha irradiado hacia el Baltikum (Norte) y hacia Ucrania y Bielorrusia (Este). Desde la formalización del “triángulo de Weimar” (consultas realizadas en esa ciudad entre Francia, Alemania y Polonia que llevaron a la integración de este último país en la UE), EEUU ha intentado desvincular al “tercer término”. El último intento se ha realizado a través de José María Aznar y de Anthony Blair, cuando lograron que el presidente polaco firmara su Carta de los Ocho, apoyando la intervención norteamericana en Irak. En el momento actual, Polonia ha confirmado que retirará a sus tropas tras la celebración de elecciones en aquel país. Y, tras la defección de España con la llegada de ZP, era evidente que Polonia contemplaba la posibilidad de retirarse.

GEOHISTORIA DE UCRANIA

Ucrania, geopolíticamente es Europa, e históricamente, siempre ha estado vinculada a Rusia. Los varegos, eslavos en Kiev, siguiendo el curso del Dnieper se establecieron en la actual Ucrania y desde allí asediaron seis veces Constantinopla, buscando el control sobre el Bósforo. La restauración del Imperio Bizantino gracias a la dinastía macedonia y el hundimiento de Kiev con la invasión de los poloski en 1061) bloquearon el acceso de Rusia al Mar Negro. La conquista definitiva de Azov no se operaría sino siglos después, por Pedro el Grande y, luego, Catalina II, terminó la conquista de Crimea en un período tardío (1783).

En los siglos XI y XII, Kíev fue el centro del principado rus (poblado por eslavos orientales en la alta edad media, del que deriva el término ‘ruso’). La expansión mongol del siglo XIII y la Horda de Oro, se implantaron en la zona sometiendo al antiguo principado de Kiev, tan sólo se salvó el principado ucraniano occidental de Galitzia, fundado un siglo antes y que luego, en el siglo XIV, sería anexionado por Polonia. En esas fechas, los lituanos conquistaron Kiev y buena parte de Ucrania, en especial el principado de Bolina que luego se uniría a Polonia; sin embargo, los cosacos ucranianos permanecieron en la órbita de Rusia.

La recomposición de la zona hizo que en 1667 los territorios ucranianos al Este del Dniéper fueran cedidos a Rusia, mientras que el resto fue incorporado al Imperio Ruso tras la partición de Polonia en 1793. Galitzia, a todo esto, fue incorporada en 1772 al Imperio Austro-Húngaro del que formaría parte hasta su disolución en 1919. Ucrania, finalmente, alcanzó su independencia en 1917. Sin embargo, había territorios ucranianos fuera del control del formado Estado Ucraniano.

En Galitzia, Bukovina y los Cárpatos, aún bajo dominio austríaco, existía un fuerte movimiento nacionalista ucraniano que en 1918 cuajço en el establecimiento de una república independendiente en Galitzia Oriental, que pretendía unirse con el Estado ucraniano. La Conferencia de Paz de París (1919) entregó estos territorios a Polonia, lo que ocasionó la declaración de guerra a Polonia. A todo esto, la expansión bolchevique transformó al país en una República Socialista Soviética y en 1922, se integró en la URSS.

A partir de ese momento, tanto Lenin como Stalin realizaron esfuerzos para liquidar el nacionalismo ucraniano. La hambruna de 1932 y 1933 que siguió a la colectivización causó la muerte de siete millones de personas. El nacionalismo ucraniano siguió existiendo como fuerza de resistencia y en el exilio. En ese tiempo su objetivo era la creación de una Gran Ucrania independiente (el territorio de la entonces República Socialista Ucraniana, más la Galitzia polaca y la Rutenia checoslovaca. Paradójicamente parte de este proyecto fue realizado por Stalin tras la invasión de Polonia en 1939. Galitzia fue incorporada a la República Soviética de Ubrania. Más tarde, cuando las tropas alemanas invadieron Rusia, los nacionalistas anticomunistas creían que la nueva situación iba a permitir la constitución de un Estado unificado bajo protección alemana. Pero, lejos de esto, los alemanes devolvieron Galitzia Oriental a Polonia, mientras Besarabia, Bukovina entre el Dniéster y el Bug, fue entregado a Rumania y en el resto establecieron una administración ocupante propia. Cuando el Ejército Rojo volvió a ocupar en 1944 toda esa zona, la restablecida República Socialistas Ucraniana recuperó los territorios que habían ido a parar a Rumania y la Rutenia checoslovaca. Al finalizar la guerra se produjeron enormes desplazamientos de población que hicieron converger sobre el territorio de la República de Ucrania, a ciudadanos que hasta entonces habían vivido en otras zonas exteriores, especialmente en Galitzia. Casi por primera vez en su historia, los ucranianos consiguieron vivir en un solo Estado, si bien quedaban fuera del mismo territorios a los que habían aspirado desde hacía siglos. En 1954, la región de Crimen fue incorporada a Ucrania.

UCRANIA INDEPENDIENTE

Tras el hundimiento de la URSS, en 1991, Ucrania se autoproclamó república independiente. Leonid Makarovich Kravchuk, anterior secretario general del Partido Comunista, fue elegido presidente. En diciembre de 1992, el nuevo primer ministro, Leonid Kuchma, comenzó la introducción de reformas económicas: privatización de empresas estatales, menor control de precios, etc.

A las dificultades económicas –una fuerte inflación- se unió la revancha rusa que promovió un movimiento independentista en Crimen, el cual proclamó la independencia en 1992. En ese período existieron tensiones por el control sobre la Flota del Mar Negro, con base en Sebastopol. En 1995 se llegó a un acuerdo para dividirla. En 1993, Kuchma dimitió ante el caos económico. Las reformas se paralizaron. Kravchuk pactó con la URSS la transferencia del arsenal nuclearq ue había quedado en su territorio a cambio de ayuda económica. En 1994 Yuryy Meshkov, resultó elegido presidente de Crimea en representación de una coalición que demandaba la reunificación con Rusia.

En 1994, los EEUU prometieron doblar la ayuda a Ucracia a cambio incorporarse al programa Socios por la Paz de la OTAN con el fin de restarlo a la zona de influencia rusa. Ese año Kuchma resultó elegido presidente de Ucrania con un 52% de los votos. Las elecciones supusieron el triunfo de los antiguos comunistas. Después el Banco Mundial aceptó realizar un préstamo de 500 millones de dólares; más tarde el FMI concedió otros 2.000 millones. Los problemas internos proliferaron a partir de entonces, y así han seguido agravándose hasta la actual crisis civil.

LA EXPLICACION GEO-HISTÓRICA DE LA ACTUAL CRISIS

La economía ucraniana sigue agotada. A diferencia de Rusia, en donde un presidente autoritario y decidido a acabar con las magias, ha conseguido arrinconar, encarcelar, atemorizar o arrojar al exilio a los magnates propietarios de fortunas hechas al calor de la corrupción, en Ucrania, la economía está trabada por la acción de las mafias locales, por una reconversión industrial salvaje que ha arrojado al paro a millones de trabajadores, especialmente en el sector minero, que ha generado hondos problemas sociales. La clase política local está desacreditada y la incertidumbre se ha apoderado de la población. Además existe incertidumbre tanto en el interior como en el exterior, sobre las relaciones internacionales y la opción final por la que se decantará el país. Pero nos equivocaríamos si pensáramos –como hace la prensa internacional- que esta situación ha hecho que parte de la población deposite su esperanza en cambios. En realidad, ni Yúshenko, ni Yanukóvic, al margen de la retórica utilizada y de sus reales o supuestas buenas intenciones, han sido muy explícitos sobre el tipo de cambios que quieren introducir en la vida del país.

Putin intenta reafirmar a Rusia como potencia. Ucrania es precisamente su prueba de fuego. Para Rusia, Ucrania es básica. Su territorio es el único a través del cual puede asegurarse las rutas de transporte de combustibles hacia Occidente. Rusia quiere disponer de una Ucrania situada en su órbita de soberanía. Y Ucrania mira de sobrevivir. En la actual situación –a decir verdad- el destino de Ucrania parece indisolublemente unido al de Rusia. Ucrania carece de reservas energéticas, es dependiente de los suministros de petróleo y gas natural que llegan de Rusia. Ve en Europa una fuente de financiación para su maltrecha economía y confía más en la lasitud europea que en el afán revanchista e intervencionista de Rusia. Pero el drama ucraniano actual radica en que precisa tanto a Rusia como a Europa. Y, si ahondamos un poco más la cuestión, en que está compuesta por dos partes que se han ido modelando históricamente: una parte pro-rusa y otra partes pro-europea…

A poco que veamos el resultado de las elecciones percibiremos a los dos candidatos rivales como encarnaciones de los “fatums” geopolíticos y neohistóricos del país.

El apoyo de Putin al candidato oficialista no se debe sólo a motivos geoestratégicos o económicos, sino también como apoyo al sector rusoparlante (situado en el Este del país, en donde el candidato oficialista ha obtenido la indiscutible mayoría). Este sector del país, tradicionalmente ha pertenecido a Rusia o bien ha estado siempre en su área de influencia. A diferencia del Oeste ucraniano (la antigua Galitzia que hasta no hace mucho formó parte del Imperio Austro-Húngaro) en donde el candidato opositor Yúshenko ha obtenido, por su parte, la mayoría. No existe una situación política nueva, sino la reproducción del destino histórico ucraniano, perpetuamente lacerado entre Rusia y Occidente. Pero a esto se une otro problema.

Probablemente, si este conflicto electoral se hubiera producido en los tiempos en los que Boris Eltsin gobernaba en el Kremlin, el candidato opositor y prooccidental hubiera podido proclamarse vencedor con un rápido recuento de votos y sin siquiera disponer de una mayoría de los sufragios. A fin de cuentas, Rusia ya estaba habituada a perder “provincias”: le ocurrió con los países del Baltikum que pasaron en pocos años, de formar parte de la URSS a independizarse primero y ser atraídos por la órbita de la Unión Europea; le volvió a ocurrir cuando se escindieron las repúblicas de mayoría islámica de Asia Central e incluso calló cuando los norteamericanos colocaron bases en Georgia (200 marines) y en Uzbekistán (1500).

Entre 1990 y 1995, la producción rusa cayó un 50% (Emmanuel Todd, “El Fin del Imperio”, pág. 176), la tasa de inversión de desmoronó a incluso se llegó a una economía de trueque. Las secesiones de Bielorrusia, Ucrania y Kazajastán, restaron a Rusia un potencial demográfico de 75 millones de personas. La tasa de homicidios ascendió en esa ápoca a un 23 por 100.000 habitantes (sólo superada por Colombia) y el de suicidios un 35 por 100.00 habitantes. La esperanza de vida se redujo de 64 años en 1989 a 60 en 1999, la mortalidad infantil se situó en 1999 en un 16’9% y, para colmo, la fecundidad se situó en los mismos términos que España: 1’2 hijos por pareja. La catástrofe demográfica rusa hará inevitable un descenso de la población, de los actuales 144 millones a 137 en el 2025. En 1995, todo indicaba que se estaba al borde del colapso ruso. Fue, precisamente, en ese momento, cuando en EEUU se asumieron los presupuestos del unilateralismo: puesto que ya no hay competidor, el superviviente de la época de la bipolaridad (EEUU) es ahora líder mundial, esto es, imperio….

Pero había elementos que variaron con posterioridad a 1996. En primer lugar Boris Eltsin, un verdadero cáncer para Rusia, fue arrojado a las tinieblas de las cantinas de peor calaña. En 1999 el PNB volvió a arrancar tras la disminución de un -4’9% que había tenido que soportar el año anterior. En 1999 subió un 5’4%, al año siguiente el 8’3% y en 2001 un 5’5%. La industria química, petroquímica y papelera se desarrolló un 11-12%. Los recursos del Estado pasaron de un 8’9% en 1998 a un 12’6% al año siguiente y a un 16% en 2000. Los gastos de defensa –significativos para la salud de una nación- fueron aumentando: 1’7% en 1998, 2’4% en 1999 y 2’7% en 2000. Los consejeros económicos norteamericanos contratados por Eltsin y que, como era de prever, supusieron una desgracia para Rusia, fueron despedidos sin miramientos. Hoy, en definitiva, Rusia es un socio económico fiable: reembolsa con facilidad y prontitud los préstamos que recibió en su momento de crisis, militarme está reconstruida y dotada de nuevos armamentos y… el área de influencia rusa, lejos de evaporarse, subsiste. Con sus reservas de gas y petróleo, Rusia sigue siendo un actor energético de primer orden y no necesita del resto del mundo para sobrevivir en este terreno. El pocos años, Rusia se habrá reconstruido completamente como gran potencia. En esa circunstancia –como recuerda Todd- “los 1500 soldados de EEUU en Uzbekistán hoy son considerados una punta de lanza, mañana serán rehenes”.

Ucrania es la periferia rusa. La tragedia ucraniana es que solamente puede escapar a la atracción fatal que ha ejercido históricamente Rusia sobre ella… a costa de entregarse a la Unión Europea, esto es, pasar de una a otra dependencia. Pero esto es el fatum histórico de Ucrania: estar sometido a dos influencias que han generado dos países distintos dentro del mismo Estado, y, finalmente, han concluido con el enfrentamiento entre dos candidatos partidarios, cada uno, de una opción histórica y geopolítica, frente a otra. Ucrania sufre un estado de hemiplejia absoluta.

Las cifras económicas son significativas: en 2000, Ucrania importó 8040 millones de dólares en bienes procedentes de la CEI (Rusia), 5916 del resto del mundo, especialmente de la Unión Europea, solo 190 millones procedentes de EEUU, esto es, un 1’4% del total. Ese mismo año, las exportaciones fueron por un valor total de 4.498 millones de dólares con destino a la CEI, 10.075 al resto del mundo, y 872 millones a EEUU.

Las conclusiones que pueden obtenerse a partir de estas cifras son signficiativas. Está claro que si alguien no puede influir en Ucrania son los EEUU que apenas cubren un 22% de las importaciones que les llegan de ese país. El déficit que mantiene Ucrania con respecto a Rusia indica que, efectivamente, Ucrania está escindida geopolítica, neohistórica y económicamente entre dos fidelidades: económicamente es altamente tributario de Rusia (especialmente en materia energética), pero en la cuestión de las exportaciones, Ucrania obtiene el doble de lo que consume interiormente… especialmente de la UE. En otras palabras: su economía depende tanto de Rusia como de la UE.

UCRANIA Y EL DESTINO DE LA RECONSTRUCCION RUSA

La crisis tiene, en efecto, a dos protagonistas: el primer ministro Yakunovich -delfín de Kuchma y carta de Putin, que pretende mantener a Ucrania bajo la órbita rusa- y, el liberal-reformista Yushchenko, que mira hacia la UE y a la OTAN, sin estar muy claro en dónde se siente más seguro: si en una Europa-europea o en una Europa-Atlántica con lazos privilegiados (y, por tanto, satelizada) por los EEUU.

A pesar de los posibles fraudes que se hayan producido –en las dos direcciones, desde luego- lo cierto es que el resultado ha sido muy igualado y evidencia la fractura vertical de la sociedad ucraniana que tiene ver con las vicisitudes neohistóricas del país.

En efecto, la población pro-occidental del oeste no se identifica con el Este industrial y pro-ruso, diferencias que probablemente queden de manifiesto en la respuesta popular a la huelga general anunciada por Yushchenko. En este sentido, los comicios no sólo ponen a prueba la democracia ucraniana sino su superviviencia como Estado.

Lo que está en juego en Ucrania y que probablemente las masas que se manifiestan a favor de tal o cual candidato en el momento de escribir estas líneas, ignoran es que Rusia precisa imponer un criterio propio en Kiev si pretende acelerar su confirmación como gran potencia.

Viacheslav Níkonov, presidente de una institución moscovita que ayudó activamente a Víktor Yanukóvich en los comicios presidenciales, lo dijo con estas palabras: "Rusia debe mostrar dureza insistiendo en el reconocimiento de las elecciones ucranias". Para Níkonov, Rusia no puede considerarse a sí mismo como potencia si no es capaz de enfrentarse con Occidente por Ucrania. En Ucrania no se repetirá la cesión de influencia que tuvo en el Baltikum, ni en Asia Central. Rusia sigue desconfiando de la OTAN y cree que si gobierna en Kiev, Yúshenko, se integrará en la Alianza con lo que Rusia tendrá clavada una profunda cuña en su estómago. La visión más aterradora que se tiene en estos momentos en Moscú es la de la VI Flota amarrada en Sebastopol y los bombarderos de la USAF junto a Poltava. Parece una visión extrema que no se corresponde exactamente con la realidad: la correlación de fuerzas interior de la OTAN, a partir del 11-S, ha indicado una progresiva pérdida de vigor del Tratado que, si bien es cierto, que integró a países hasta 1989 miembros del Pacto de Varsovia (preservando el glacis central de la URSS)… no es menos cierto que dicha integración tuvo menos efectos militares que económicos, pues no en vano fue el eslabón que permitió “tirar” de estos países e integrarlos en la UE. Pero el hecho importante no es describir la realidad sino ver como se percibe desde Moscú.

Para Moscú cualquier solución es buena salvo la presencia de un pro-occidentalista sentado en el palacio presidencial de Kiev. De hecho, Rusia está dispuesta incluso a romper Ucrania. Konstantín Zatulin, que también ha hecho campaña para Yanukóvich, ha hablado de una posible federación ucraniana al estilo de Bélgica. Cuando Putin apuesta por la “estabilidad” está apostando por una Ucrania aliada de su país, no con la mirada puesta en el Oeste. Si del actual pulso, se impone el candidato oficialista, Putin habrá ganado la partida. Si vence el candidato opositor, Rusia habrá salido derrotada. Si, finalmente, se consuma la fractura histórica entre las dos ucranias, Putin habrá demostrado que los tiempos de las concesiones han terminado y que ya nadie más va a poder jugar con disputar el área de influencia de la Federación Rusa. De todas formas, a Putin no se le puede reprochar falta de claridad. En su reciente viaje a La Haya, donde se reunió con el holandés Jan Peter Balkenende, entonces presidente de la UE, reivindicó el terreno de influencia de Rusia que incluye a Ucrania y, para que no quedaran dudas, felicitó al candidato panruso Yanukovich.

No parece posible que la protesta popular termine en una “revolución pacífica” como ocurrió en Georgia en 2003, ni que la presión interior (relativa) unido a la presión internacional (absoluta) lograran deponer tras unas elecciones similares a Milosevic hace cuatro años. Por que aquí lo que existe no es una confrontación política puntual entre dos candidatos, sino una confrontación neohistórica que ha dado como resultado un país dividido culturalmente.

Al estallar la crisis ucraniana, el diario The Guardian, escribió en su editorial: "No sólo está en juego el futuro de Ucrania, el ver si se orienta hacia Europa y la democracia o vuelve al autoritarismo de la Rusia de Putin. También está en cuestión el futuro de Rusia y, tal vez, el de toda Euroasia. Si Rusia reconquista Ucrania, como hizo con Bielorrusia, volverá a ser una Rusia imperial".

CONCLUSION PROVISIONAL

La cuestión ucraniana puede convertirse en un peligroso foco de confrontación entre Rusia y la Unión Europea. Algo que nadie desea: ni en Rusia ni en Europa. La estabilidad de Eurasia depende de las buenas relaciones entre los tres actores principales que protagonizan ese espacio: Rusia, China y la Unión Europea. Desde este punto de vista cualquier elemento que contribuye a crear fricciones debe ser considerado como peligroso. Hace pocas semanas, cuando expresábamos nuestra opinión sobre el NO a Turquía en la UE, la parte central de la argumentación se centraba en las fricciones geopolíticas que puede generar Turquía con cada uno de los tres actores. Con Ucrania, la partida se reduce a dos: Rusia y la UE (ya hemos visto lo poco que EEUU puede pesar en la zona).

Seamos claros en este punto: la cuestión ucraniana no tiene solución dentro del marco actual de las relaciones internacionales. Forzosamente uno de los tres protagonistas saldrá perdiendo: la UE, Rusia o… el pueblo ucraniano que verá como su Estado se parte en dos. Sólo resta desear que ninguno de estos tres elementos pierda excesivamente. Pero decir sólo esto, es decir muy poco.

Ahora bien, Ucrania es la excusa para poner sobre el tapete una cuestión más de fondo: las relaciones entre la UE y la Rusia reconstituida que está surgiendo. Está demasiado reciente el tiempo en que, dentro del marco de la OTAN, ningún país europeo, objetaba las decisiones tomadas en Washington (los criminales bombardeos de la OTAN sobre Serbia que pasarán a la historia como una de las mayores infamias permitidas sobre suelo europeo por los propios gobiernos europeos, tuvieron lugar hace menos de seis años). A partir del 11-S de 2001, los caminos entre EEUU y la UE se han ido separando poco a poco, algo que algunos líderes como José María Aznar, todavía no han llegado a entender. Da la sensación de que a algunos líderes europeos todavía les da vértigo el no disponer de la tutela nuclear de los EEUU, aunque ello supusiera un servilismo miserable y obsceno. Pero la historia va pasando, los calendarios agotan sus hojas y una nueva situación mundial se está generando.

Todavía no repuestos del sobresalto imperial-unipolar que EEUU imprimió a su política tras dar como irreversible el hundimiento de la URSS en 1995-96, algunos no han entendido que el mundo es ingobernable para aquellos países cuyas ambiciones los sitúan fuera de su propio marco geopolítico. Cada vez se tiende más a la creación de grandes espacios regionales: América del Norte, América del Sur, por un lado; los tres actores del espacio Eurasiático; el mundo árabe… La paz y la estabilidad mundial, como una mesa, se aguantan mejor con un dispositivo provisto de cuatro patas que por una sola.

En este sentido, no es Ucrania quien debe asumir una decisión histórica (con Europa o con Rusia), sino más bien Europa la que debe ser consciente de que le corresponde ganar credibilidad frente a Rusia. Y para ello, es preciso que los dirigentes europeos (empezando por el inexperto, titubeante y confuso, ZP) terminen de hablar del inercial mantenimiento de “relaciones privilegiadas con los EEUU” y vuelvan su mirada hacia Eurasia.

En 1989 no solamente cayó el Muro de Berlín, sino que un ciclo histórico, el iniciado en 1945, se cerró. Vivimos un período de transición en el que, por un momento, hemos creído que EEUU podía ser la única potencia mundial, cuando realmente, la situación interior de éste país, y especialmente su economía, imposibilitaban el cumplimiento de esa ambición histórica. El fracaso de la política norteamericana en Irak y la imposibilidad para doblegar a una potencia de tercer orden, más allá de los bombardeos estratégicos a gran altura y de los misiles lanzados desde grandes distancias, es suficientemente ilustrativo sobre la incapacidad norteamericana de controlar efectivamente –y rentabilizar- las zonas ocupadas.

Hemos confundido lo que son meros tiempos de transición entre una situación de bipolaridad y otra de multilateralidad, con un período unipolar e imperial. Y aún no hemos salido –nuestros dirigentes, no han salido- del asombro cuando hemos percibido el espejismo. EEUU no son nuestro destino. Ni siquiera la globalización (débil en el terreno cultural, inexistente en el intercambio de mercancías en donde lo que se da es una relación de contigüidad: se exporta y se importa de quien se tiene más próximo; y sólo real en la transmigración de capitales) es nuestro destino ineludible.

Dentro de este marco la cuestión ucraniana, irresoluble dentro del actual estado de cosas, puede servir –y de hecho debe servir– para plantear de una vez por todas el problema de fondo: las relaciones entre la Unión Europea y Rusia. Afrontado este tema, y manteniendo la necesidad de una estabilidad entre las dos potencias, como objetivo estratégico, la cuestión ucraniana caerá por sí misma.

La cuestión es si “Mister PESC”, Luis Solana, el miserable que ordenó los bombardeos de la OTAN sobre Yugoslavia 1999, enviado a Kiev para negociar en nombre de la Unión, es la persona más indica para crear un clima de confianza y negociación o si, por el mero hecho de ser el verdugo de los Eslavos del Sur, Solana despertará todas las reticencias de Moscú y de los ucranianos rusófilos.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es"

Turquía en la UE. Argumentos geopolíticos para el NO

Turquía en la UE. Argumentos geopolíticos para el NO Quedan algunas notas por añadir a lo ya dicho en entregas anteriores, sobre la geopolítica de Turquía. Sería difícil encontrar otro país que fuera tan difícilmente definible. Por que Turquía es a la vez: mediterránea, balcánica, forma parte de Oriente Medio, del Cáucaso y es, a fin de cuentas, también, euro-asiática.

MISSES, CANCIONES Y EQUIPOS DE FUTBOL TURCOS EN EUROPA

Durante el período de la Guerra Fría, por necesidades del guión, Turquía se alineó con los países occidentales. En aquel momento, todavía el país vivía de los réditos del kemalismo y fue cortejada por los aliados occidentales que la introdujeron en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico y, más especialmente, en la OTAN. Dentro de la Alianza Atlántica, le correspondió a Turquí cubrir el flanco sud-oriental de Europa. Todo fuera por la victoria sobre el bolchevismo…

Claro está que la inclusión de Turquía en estas organizaciones llevó a aumentar el espejismo de la “Turquía Europea”: poco después, Turquía fue admitida en los festivales de Eurovisión obteniendo algunos resultados notables por encima de países tan europeos como Austria, Portugal, Yugoslavia o Suecia… ¿Y qué decir de la participación de Turquía en las competiciones europeas de fútbol? También alguna miss turca ha obtenido puestos destacados en concursos de belleza femenina. Y, por algún motivo, a fin de cuentas, los turcos gozan de una extraordinaria reputación en el ambiente gay, cada vez más influyente en la Vieja Europa, sector decadente.

¿Basta todo esto para considerar a Turquía europea? ¿Y es suficiente como para valorar el impacto del ingreso de Turquía en la geopolítica de Eurasia? Desde luego que no.
Debemos procurar realizar un análisis holístico de lo que supone la candidatura de Turquía para la UE y para Eurasia. El tema, indudablemente, no puede despacharse con un mero “Turquía no es Europa” (sólo la décima parte de su territorio se encuentra en Europa), o considerando de forma aislada una perspectiva económica, geopolítica, neohistórica, antropológica, social o religiosa. Es preciso –y es lo que hemos intentado sintetizar en este trabajo- sintetizar los distintos aspectos de la cuestión, que tienen desigual importancia, como si se tratara de vectores que actúan en distinta dirección y, a partir de ahí, establecer la dirección del vector resultante: eso nos indicará, definitivamente, si Turquía tiene un espacio en la UE o si no lo tiene.

¿GEOPOLITICA O GEOHISTORIA?

La escuela española de geopolítica formada en torno al profesor Vicens-Vives, tiene tendencia a reducir la geopolítica a geohistoria. No en vano, Vicens-Vives era, fundamentalmente, historiador. En el Tratado General de Geopolítica (Ed. Vicens-Vives, 1950), Vicen-Vives explica su concepción de la geopolítica: una ciencia que tiene por objeto de estudio el movimiento de los pueblos sobre el espacio natural, dando lugar a la formación de las sociedades históricas y de los Estados. Así pues, el propio Vicens-Vives reconoce que valdría más llamar a esta ciencia geo-historia. Sólo más adelante, explica: “[la geopolítica] se ocupa también del aspecto geográfico de las relaciones internacionales”… para nosotros ese es, justamente, la razón de ser de la geopolítica y no otro.

En cualquier caso, la geopolítica convencional y la geohistoria de Vicens-Vives coinciden en un punto: en efecto, ambas consideran que una de las constantes comunes a todo devenir histórico es la reiteración cíclica de experiencia provocadas por la geografía. Allí donde hay una cordillera impenetrable, allí se establece una frontera segura. Allí donde hay un río caudaloso hay tráfico fluvial o también una demarcación fronteriza. Allí donde hay un estrecho hay una zona en disputa. Y todo ello, independientemente del momento histórico y de la naturaleza de los protagonistas.

REDIMENSIONAR ALGUNAS CONSTANTES GEOPOLITICAS

Hace falta preguntarse si esto es así o se trata de una apreciación que puede variar con el momento histórico. Se suele afirmar, por ejemplo, que el Bósforo y los Dardanelos son extremadamente importantes. Así ha sido a lo largo de los siglos y algunos partidarios de la entrada de Turquía en la UE, se basan en esta constante histórica para avalar el ingreso de éste país. Pero hay que relativizar esta importancia. O más bien, redimensionarla.

¿Sigue cerrando Turquía el acceso al Mediterráneo de Rusia? Si. Es evidente que el Bósforo y los Dardanelos impiden una salida de Rusia en esa dirección… pero esto era más importante ayer que hoy. Era importante durante la guerra fría y mientras duró el período soviético, cuando Rusia era percibida en Europa –gracias al papel de quintacolumnas de la política exterior soviética que siempre tuvieron los Partidos Comunistas de Europa Occidental- como “el enemigo”. Pero hoy, todo induce a pensar que los destinos de la UE y de Rusia se reencuentran tras dos siglos de alejamiento en los que el mundo anglosajón, constantemente, ha ido situando palos entre las ruedas y ha impedido la formalización del eje histórico París-Berlín-Moscú. Hoy, mal deberían ir las cosas, para que este acercamiento se rompiera. Europa es el Mediterráneo. Rusia llega a Europa a través de Bielorrusia. Pero también a través de Rumanía y Bulgaría (países que en el 2007 formarán parte de la UE), a través del Mar Negro…

La realidad para Turquía es que la creación de la UE ha relativizado la importancia del Bósforo y los Dardanelos. Dentro de un contexto de amistad y cooperación euroasiática entre Rusia y la UE, los puertos griegos del Egeo, los puertos de Montenegro, son puertos susceptibles de ser utilizados por Rusia para su comercio marítimo, sin necesidad de cruzar el Bósforo y los Dardanelos.

Está claro que este planteamiento parte de dos principios: la irreversibilidad de la Unión Europea y su progresiva transformación en una federación; y la política de amistad, cooperación y seguridad común que lógicamente debe establecer la UE con los otros dos actores eurasiáticos (Rusia y China). Resulta difícil pensar que este esquema podría verse modificado.

ESPACIO VITAL. FRONTERAS VIVAS. FRONTERAS MUERTAS

El riesgo de algunos aficionados a la geopolítica consiste en ir ampliando el análisis geopolítico de un espacio concreto hasta lugares extremadamente alejados del mismo. Es indudable que una migración de pueblos de Asia Central, en dirección Este a Oeste, puede acarrear una especie de caída de piezas del dominó hasta el extremo más occidental del mapamundi. Pero, hay que examinar este planteamiento con sumo cuidado o de lo contrario caeremos en el error de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial: invadir Rusia… ¿hasta donde? ¿hasta perseguir al último solado soviético defensor de Vladivostok en las orillas del Mar de la China? Ilusorio. Como ilusoria fue también la aventura de Alejandro Magno fuera del espacio vital griego, que le llevó fugazmente hasta las puertas de la India, antes de que todo se derrumbara a los pocos años de su muerte.

La geopolítica y la experiencia histórica enseñan que un pueblo, cualquiera, tiene un “espacio vital” que le corresponde, más allá del cual, aunque exista un principio de contigüidad territorial, está situado fuera del área-marco dentro de la cual puede reivindicar su misión histórica (que a fin de cuentas es el principio de razón suficiente de las naciones).

En este sentido, si bien podría examinarse detenidamente la conveniencia geopolítica del ingreso de Turquía en la UE, no es menos cierto que una UE con Turquía incorporada supondría que Europa se saldría de su espacio geopolítico vital, introduciéndose necesariamente en una zona caliente del planeta: Así Central y Oriente Medio.

Resulta evidente que, por razones económicas, Turquía necesita a Europa y que Turquía puede considerar a Europa como su “espacio vital”. Es en Europa en donde mejores condiciones económicas puede tener –al menos por el momento- la inmigración turca. No desde luego en Rusia o en China, ni mucho menos en el mundo árabe. Digamos que el espacio vital para treinta millones de turcos que pueden emigrar a Europa en los próximos años, de entrar Turquía en la UE, Europa es su “espacio vital”. La cuestión es si Turquía forma parte e interesa como espacio vital de Europa. Y, se mire por donde se mire, ese interés no es evidente. Todo lo contrario.

Hay un concepto de la geopolítica de Vivens-Vives que vale la pena traer a colación: el de “tensión geopolítica”. Existe tensión geopolítica en determinadas zonas inestables del planeta a causa de la fatalidad histórica, geográfica, étnica y antropológica, que ha resultado. Turquía está rodeada de fronteras en las que existe esa “tensión geopolítica”. Pasemos revista: conflicto greco-turco por la isla de Chipre, frontera con Persia (país con el que su confrontación ha sido constante), tensión con Rusia y China (a causa de la creación de un espacio turcófono que incluye a 100 millones de turcoparlantes de las antiguas repúblicas exsoviéticas independizadas y extensos territorios del Oeste de China), tensión con Irak (en tanto Turquía controla las cabeceras del Tigres y el Éufrates), problema kurdo extendido a otros países limítrofes (Irán e Irak, sin olvidar que Irán es hoy una potencia prácticamente nuclear).

Estas “tensiones geopolíticas” crean una contradicción entre las fronteras de la UE y las de Turquía: en efecto, mientras que en el interior de la UE, la Europa de los Veinticinco es una Europa de “fronteras muertas” que no van a modificarse previsiblemente, las fronteras que puede aportar Turquía son “fronteras vivas” en las que todo es posible: es posible que se cree un Estado Kurdo que modificaría decisivamente la geopolítica de la región; es posible [seguro] que aparezcan movimientos secesionistas turcófonos e islamistas en el Oeste de China; es posible que las iniciativas de creación de un espacio turcófono generen problemas entre las repúblicas exsoviéticas y la Rusia reconstruida del futuro… Y todo esto puede generar modificaciones en las “fronteras vivas” de Turquía. Cuando existe una “frontera viva”, lo importante es mantener los equilibrios regionales, reorientar las fuerzas pensionadas y, finalmente, alejar las consecuencias de los estallidos a que hubiera lugar. Esa es otra razón para mantener a Turquía fuera de la UE.

LA GEOPOLITICA COMO SINTESIS Y VIDA

Resulta evidente que la geopolítica es una ciencia que tiene un cierto grado de ambigüedad y en la que son frecuentes las apreciaciones subjetivas que dependen del propio punto de vista del “geopolitólogo”. Para Haushofer, la geopolítica es “la ciencia de los fundamentos territoriales y raciales que determinan el desarrollo de los pueblos y de los Estados”; para Kjellén, en cambio, es la “ciencia del Estado como organismo geográfico”. Ratzel opinaba que la geopolítica trataba de los Estados entendidos como entidades geográficas vinculadas a un espacio geográfico concreto. Para nosotros, la geopolítica es una parte de la ciencia política. Importante, pero también interdependiente con otras ciencias humanas: antropología, historia y economía.

En este sentido, el profesor Vicens-Vives sostiene una de las definiciones más exactas de la geopolítica, cuando dice: “La actualidad geopolítica sólo interesa en función de las fuerzas que actuaron ayer o como plataforma de los sucesos que acontecerán mañana. He aquí expresadas en dos palabras la esencia íntima de la geopolítica: síntesis y vida”.

Esto implica la imposibilidad de aislar a la geopolítica de otras ciencias humanas (síntesis), pero, así mismo, considerarla como una ciencia dinámica en la que los dogmas no pueden tienen lugar y en donde el devenir de la civilización modifica el impacto de las leyes de la geopolítica (vida).

En realidad, podríamos hablar de una geopolítica “de la tercera ola” en el sentido dado por Alvin Tofler a este concepto. Resulta imposible considerar el impacto de la geopolítica en el neolítico, cuando el ser humano se desplazaba a pie, carecía de medios de comunicación, o bien los desplazamientos de las poblaciones se volvían problemáticos más allá de la propia comarca en donde desarrollaba su vida un núcleo de población. Hoy, todo esto ha cambiado: telecomunicaciones, medios de transporte cada vez más rápidos, redes de comunicaciones progresivamente más tupidas, etc, modifican el impacto de las constantes geopolíticas. La “geopolítica de la tercera ola” debe hacer referencia a grandes bloques geopolíticos, a la forma en que Estados surgidos en la “segunda ola” –los Estados-Nación- pueden converger en grandes bloques geopolíticos, redefiniendo sus propios espacios vitales.

Lo que hemos intentado a lo largo de este dossier sobre Turquía es integrar la geopolítica en esta doble dimensión: como síntesis y como vida. El vector resultante nos parece difícilmente cuestionable y puede resumirse en cinco puntos:

1) conveniencia de mantener a Turquía fuera de la UE,

2) impedir que Turquía pueda generar conflictos en cualquiera de los tres actores principales de Eurasia

3) apoyar una reorientación de Turquía en dirección al mundo árabe, esto es, hacia el Sur,

4) alejar las fronteras de la Unión de las zonas de “tensión geopolítica” y

5) evitar la excesiva diversificación cultural, étnica, religiosa, psicológica, en el interior de la UE.

Puntos estos que contienen la “síntesis” y la “vida” de la que hablara Vicens-Vives.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

Respues a C. Mutti: Turquía no es Europa

Respues a C. Mutti: Turquía no es Europa Redacción.- Hemos tenido conocimiento del artículo de Claudio Mutti aparecido en el número 1 de la revista de Geopolítica EurAsia. Dado el debate que en estos momentos se está desarrollando sobre la incorporación de Turquía a la UE, creemos oportuno publicar esta respuesta que, prácticamente, reproduce en su totalidad el artículo de Mutti aparecido en la web de la citada publicación.


I. “TURQUIA ES EUROPA DESDE LA ANTIGÜEDAD”



Dice Mutti: “Turquía fue considerada como parte de Europa en la antigüedad. Eródoto (IV, 45) fijaba el confín oriental de Europa en el río Fasi, en las inmediaciones de los puertos georgianos de Poti y Batumi; en el Medievo, como aprendemos de Dante (Par. VI, 5), “el extremo de Europa” es situado en Anatolia. Hoy los geógrafos tienden a ver en la península anatólica, tras la península ibérica, itálica y griega, la cuarta península de la Europa Mediterránea”.



“Fundando sus propios argumentos sobre la geografía y sobre criterios de tipo geopolítico (importancia de los Estrechos y función de Anatolia en relación al Próximo Oriente), Jean


Thiriart ha sostenido que “Turquía es Europa” (Jeune Europe, 6 de marzo de 1964) y que “una Europa sin Turquía sería infantil y suicida” (…) “El Bósforo constituye el centro de gravedad de un Imperio que en un sentido da de Vladivostok a las Azores, y en el otro de Islandia a Pakistán” (1206 respuestas a Gil Mugraza, p.37)”.

Todos estos argumentos parecen no tener en cuenta ni la historia ni la realidad política sobre la que fueron escritos.

Cuando Anatolia era una prolongación de Grecia (especialmente su costa Oeste bañada por el Egeo), estábamos hablando de lengua, etnia y cultura europea. Pero a partir de la invasión otomana y de la destrucción de Bizancio, estamos hablando de un espacio geopolítico europeo ganado por un pueblo indiscutiblemente no-europeo. Y lo que es más: un pueblo que practicó la limpieza étnica y religiosa, destruyó la cultura bizantina y creó una situación nueva.

En cuanto a una definición de Europa que llegue “desde Islandia hasta Pakistán” parece aventurado recordar lo que ocurrió con el imperio de Alejandro Magno: extendió excesivamente sus líneas más allá de su espacio geopolítico propio (el Mediterráneo Oriental) y no pudo consolidarse, a diferencia de Roma que no se extendió más allá del estanque Mediterráneo y consiguió prolongar su existencia durante un amplio ciclo histórico.



El futuro sistema de seguridad euroasiático debe basarse en tres puntos:



1) En el multipolarismo basado en cuatro “patas” que estabilizan el sistema mundial: tres pertenecientes a Eurasia (la Unión Europea, Rusia y China) y uno (EEUU) exterior a él.
2) La necesidad de buenas relaciones y ausencia de fricciones en el espacio euroasiático.
3) La necesidad de contener al mundo islámico en tres frentes:
- las antiguas repúblicas de la URSS
- el Oeste de China
- y Europa (en los Balcanes y en Europa Occidental)



La dinámica geopolítica no puede ignorar, sino antes bien, integrar, los cambios históricos que a partir de la caída de Constantinopla han creado una situación completamente nueva y antagónica con la existente hasta ese momento.



Esto vale también para el análisis de Thiriart: hablar de un Pakistán “extremo de Europa”, apenas es una de las provocaciones a las que el fundador de “Jeune Europe” era tan aficionado… especialmente tras el hundimiento de “Jeune Europe”. Alejandro Magno ya intentó la marcha hacia el Este y su imperio no pudo mantenerse ni siquiera quince años. Salir fuera del propio espacio geopolítico, no autolimitar la definición de éste y prolongarlo hasta allí donde, razonablemente, puede prolongar, no solo su “influencia”, sino los límites de su Estado. En este sentido vamos a establecer de lo que estamos hablando: o bien de “Estado Europeo” o bien de “área de influencia europea”… Si estamos hablando de Estado Federal Europeo éste no puede ir razonablemente mucho más allá de donde se extiende hoy; debe necesariamente incorporar a los “eslavos del Sur” y establecer unas “áreas de influencia”, basadas en la contigüidad geográfica (Magreb, la Gran Albania, Turquía), procurando por todos los medios evitar el choque con el área de influencia rusa (que abarca el área de la antigua URSS). La existencia de zonas de “frontera” (Países Bálticos y Ucracia) es otra buena razón para cuidar excepcionalmente las relaciones con Rusia.



En este sentido, las iniciativas pan-turcas acometidas desde Ankara en los últimos quince años y que prevén la creación de un área turcófona, supone un obstáculo y una amenaza para Rusia. La disyuntiva determinante para la Unión Europea es:



- amistad con Rusia y estabilidad del área euroasiática
- o integración de Turquía en la Unión, arrastrando al área turcófona con el consiguiente enfrentamiento de la UE con Rusia.



El sentido común excluye la segunda posibilidad que, si bien alarga fantasmagóricamente “Europa” por las zonas más conflictivas de Asia Central, crea más conflictos de los que resuelve.



II. “TURQUIA ES MUSULMANA COMO LO HA SIDO ESPAÑA, SICILIA O FRANCIA”



Escribe Mutti algunas líneas interesantes sobre la realidad étnica turca: “desde el punto de vista étnico, el pueblo turco establecido en la Península Anatolia constituye el resultado de la síntesis entre pueblos de diverso origen. Desde la antigüedad, Anatolia ha sido habitada por pueblos arios: hititas, frigios, lidios, licios, armenios, celtas, etc. Con la llegada de los turcos seléucidas y luego de los turcos otomanos, tuvo lugar una fusión del elemento autóctono con el turánico, por lo que hoy se tiene en Turquía a un tipo medio que es considerado más de factura eurpea que asiática (Renato Biasutti, Le razze e i popoli della terra, Utet, Torino 1967, vol. II, p. 526). Un notonorio experto en cuestiones étnicas y lingüísticas afirma que los turcos de anatolia son en su mayoría európidos purísimos, pasados por el tiempo al uso de una lengua turca por obra de los conquistadores centro-asiáticos (Sergio Salvi, La mezzaluna con la stella rossa, Marietti, Genova 1993, p. 60).



La lengua oficial de Turquía, el turco otomano (osmanli), como todas las lenguas turco-tártaras pertenece al grupo altaico. Se trata de una lengua no indoeuropea, al igual que no son indoeuropeas tantas otras lenguas habladas en Europa: las lenguas turco-tártaras de Rusia, las lenguas caucásicas, las lenguas ugrofinesas (húngaro, finés, estoniano, careliano, lapón, mordvino, ceremiso, sirieno, votaico, etc.) y el vasco.



La religión profesada por la casi totalidad del pueblo turco es el Islam, una religión presente en Europa desde el siglo VIII. La Turquía es musulmana como lo fueron España, Francia Meridional y Sicilia; tal como lo fueron también Sicilia; así como lo son aún hoy algunas regiones de Rusia, Cáucaso y los Balcanes. Por lo que respecta a la Unión Europea, viven catorce millones de musulmanes en su interior. Bajo este perfil, pues, Turquía no representa nada excepcional”.



Pero, a pesar de lo documentado de la exposición, hay que realizar algunas matizaciones.



A efectos de lograr una exposición convincente, Mutti elude describir la historia de la conquista otomana de Bizancio. Allí asistimos a la destrucción de la civilización y de la cultura occidental. Sin matices y sin paliativos: destrucción. Al igual que en España, la ocupación islámica no fue un baño de rosas, sino que tuvo como primera consecuencia la destrucción del reino visigodo, la persecución religiosa a oleadas que siguió a la relativa tolerancia originaria (tolerancia basada en que los no-musulmanes debían pagar un pesado impuesto y, por tanto, interesaba que pudieran hacerlo mucho más que se convirtieran al Islam). La “noche de las fosas” en Toledo en la que fue degollada a traición y por la espalda, de uno a uno, toda la nobleza visigoda de la ciudad (Toletum había sido la capital del reino), y la represión contra el culto mozárabe, así como, finalmente, la alianza entre los moriscos de las Alpujarras y los otomanos… todo ello hacen que en España, la memoria histórico establezca la realidad de un Islam intolerante, conquistador y agresivo, tanto en Toledo como en Bizancio.



Esto sin hablar sobre la limpieza étnica en los Balcanes con posterioridad a la irrupción turca. En 1389, un ejército otomano venció al ejército serbio en la Batalla de Kosovo que llevó a la conquista de Serbia por el Imperio otomano en 1459 y de Albania y Bosnia poco después. La mayoría de albaneses y bosnios dejaron el catolicismo y adoptaron el Islam durante la ocupación otomana que duró hasta 1912, pero la mayoría de serbios sostuvieron su religión ortodoxa hasta que se retiraron los turcos en 1878. Durante estos cuatro siglos, los serbios fueron hostigados constantemente por los turcos



Habría valido la pena decir que en España fue posible restablecer la situación de normalidad previa a la invasión islámica, al igual que en Francia o el Sur de Italia, mientras que la Península Anatolia se convirtió en el centro del imperio turco y jamás ha sido posible restablecer la situación anterior al 1453 (fecha de la caída de Bizancio), mientras que en 1492, la conquista de Granada, concluyó lo que había empezado el 711 en España. El 29 de mayo de 1953 se celebró la última Eucaristía en Santa Sofía. Tanto el Emperador Constantino XI como el patriarca de la ciudad murieron combatiendo en las calles. Buena parte de la población fue asesinada y la ciudad incendiada. Uno de los mitos del cristianismo ortodoxo es que en Hagia Sophia se restaurará algún día el culto ristiano y que el servicio divino interrumpido por los turcos se cantará de nuevo en esta catedral. Tras la dispersión de la población, los turcos no se sintieron a gusto en la ciudad y Mohamed II permitió que los habitantes de Constantinopla volvieran a la ciudad. A partir de entonces la administración islámica puso, depuso y asesinó a su antojo a los patriarcas de Constantinopla, impidió que se edificaran nuevas iglesias, no se pudieron utilizar las campanas, ni verse en público la cruz, se impidió la educación superior a los clérigos, y se limitó la enseñanza del cristianismo a los niños. A intervalos de cinco años, los jóvenes cristianos de entre 8 y 15 años eran inspeccionados por los turcos que seleccionaban a los más fuertes, los convertían al islamismo y les hacían esclavos de los sultanes. A los más fuertes se les arrastraba a un cuerpo especial, los “jenízaros” que constituyeron el instrumento principal de opresión, a menudo con el fanatismo del “converso”. Este tributo duró dos siglos y terminó en 1685, en ese período se produjeron migraciones de cristianos anatolios hacia Occidente.



Cuando Mutti dice que no es nada excepcional la existencia de núcleos musulmanes en Europa, pero se equivoca: si es excepcional y lo que es peor, tanto entre la inmigración norteafricana como en los Balcanes, se ha evidenciado una total imposibilidad de mantener una relación de normalidad. El Islam que conocen Mutti y los intelectuales europeos que tras la lectura de Guénon han llegado a la fe islámica, es radicalmente diferente del Islam real que ha llegado del Magreb y del Islam mayoritario de las zonas de Kosovo, Bosnia y Albania en las que, la realidad de los hechos, demuestra, una coexistencia difícil, sino imposible: las guerras balcánicas de los años 90, han sido fundamentalmente, guerras de religión. Si bien no existen diferencias notables entre las distintas comunidades cristianas europeas y solamente en Irlanda, por motivos muy concretos, se ha mantenido una guerra de religión latente que ha durado hasta hace poco, las guerras de religión terminaron en Europa hace más de trescientos años. El territorio actual de la UE tiene una uniformidad religiosa evidente que la incorporación de nuevos socios contribuirá a romper. Por lo demás, no resulta tranquilizador que en estos momentos, cuando el terrorismo clásico ha sido derrotado en todo el territorio europeo, aparezca un nuevo terrorismo de matriz islámica, que, aun exagerado por Washington y reconducido para su política de expansión que cabalga con la excusa de la “lucha antiterrorista”, es una realidad, no en EEUU sino en el territorio de la Unión.



Desde el punto de vista de Muti, un pueblo exterior a Europa cuando se asienta en suelo geográficamente europeo pasa, automáticamente, a ser así mismo, europeo. Nosotros negamos este automatismo: el hecho accidental de haber ocupado territorio europeo no implica la adecuación del calificativo “europeo”. En estos momentos, este calificativo viene atribuido a naciones que derivan, o bien de los pueblos nórdico-germánicos, o bien del mundo clásico greco-latino, y que han tenido una matriz común en el cristianismo. Estas naciones son hoy democracias estables con un sistema económico liberal, en los que nadie sensato duda de la separación entre la religión y el Estado. Turquía es hoy un país inestable, sometido a tensiones constantes, en las que el fundamentalismo religioso avanza, donde la separación entre religión y política no es nítida para el partido en el poder y donde existen lastres antropológicos y culturales propios del Islam.



Mientras que Mutti cita a Thiriart para avalar su posición, lo cierto es que el propio Thiriart en “Europa, un Imperio de 400 millones de hombres” recuerda en su primer capítulo:
“(…) Hemos tenido a los musulmanes ante Burdeos y a los turcos frente a Viene. Muchos de ellos han dejado sus cadáveres en nuestros campos, y los supervivientes huyeron. Y que nos agradezcan que Europa no los haya perseguido tras sus propias líneas, destruyendo Cartago, arrasando el Imperio persoa, conquistando el mundo musulmán y arruinando el Imperio otomano. Europa se ha alcazo siempre y siempre ha salido triunfante, a lo largo de veinticinco siglos de dificultades y combates. (…) Sólo una mirada retrospectiva sobre la Historia nos permite apreciar la gigantesca perspectiva de veinticinco siglos:



- Maratón (490 a. de JC).- Victoria de Milcíades sobre los generales de Darío.
- Salamina e Himera (480 a. de JC).- Temístocles derrota a la flota de Jerjes cerca de Atenas. A partir de este momento desaparece el peligro asiático. Coincidencia simbólica: ese mismo año los griegos de Sicilia baten a los cartagineses en Himera.
- Platea (479 a. de JC).- Los generales griegos Pausanias y Arístides aniquilan al general persa Mardonio.
- Gránico (334 a. de JC).- Victoria de Alejandro de Macedonia sobre Darío III, cuyo ejército era muy superior en número.
- Arbeles (331 a. de JC).- Arbeles (hoy Erbis en Irak) presencia una gran victoria griega de Alejandro que, partiendo de Egipto y atravesando el desierto de Siria, pasa el Eufrater y el Tigres y vence a los persas.
- Cartago (146 a. de JC).- Roma ha relevado a Grecia en Europa. Después de las penosas y largas guerras púnicas, Asdrúbal se rinde y Escisión Emiliano ordena destruir Cartago.
- Campos Cataláunicos (451).- Tras cuatro siglo de paz romana –una de las cimas de nuestra Historia-, se atravieran difíciles momentos. No importa. Surge la reacción, y en las llanuras de Chambord, en la región de los catalaunis, en la Bélgica Secunda de los romanos, a 30 km de la actual Troyes, Atila y los hunos fueron batidos y rechazados. Habían llegado a 160 km de París. Aecio, caudillo de la milicia romana y aliado de los burgundios, dirige una coalición de visigodos españoles, francos salios, mandados por Teodorico y Merovigio.
- Poitiers (732).- Adberramán, jefe de los sarracenos de España, cruza los Pirineos y ocupa Burdeos. Continúa luego hacia el norte, en direcicón a Prís, y se detiene a 300 km, en Potiers, ante la presencia de Carlos Martel, duque de los francos e hijo de Pepino de Herstal.
- Jerusalén (1099).- Godofredo de Bouillon, duque de Lorena, nacido en el Brabante valón, destacado ya en la primera cruzada, bate al ejército egipcio de Escalón, a la cabeza de los caballeros del Mosa y Mosela; en 1099 entra victorioso en Jerusalén.
- Granada (1492).- Los Reyes Católicos hacen su solemne entrada en Granada el 2 de enero. Era el coronamiento de la larga reconquista iniciada siglos antes en un foco visigodo (…) Los musulmanes, aunque sólidamente establecidos en la península ibérica, fueron rechazados.
- Viena (1529).- Viena, en el corazón de Europa, tuvo a los turcos ante sus muros en 1529, tras haber ocupado Belgrado en 1521, Rodas en 1522 y gran parte de Hungría en 1526, al mando de Solimán II. Fernando de Austria, hermano del emperador Carlos V, vence a los turcos y los rechaza.
- Lepanto (1571).- Otra vez, ésta en el mar, son batidos los turcos. En Lepanto, en el golfo de Corinto, por don Juan de Austria al mando de la flota de la Santa Liga, inspirada por España e integrada por Venecia y el Papa. Allí combatieron heroicamente los célebres marinos venecianos Sebastián Venir y Agustín Barbárigo, y fue gravemente herido Miguel de Cervantes.
- San Gotardo (1664).- En esta pequeña ciudad de Hundría, del condado de Vas, fue derrotado un numeroso ejército turco de más de cien mil hombres, por un ejército europeo de veinticinco mil mandado por Montecuccoli. Un símbolo notable: Luís XIV envió a los austríacos un cuerpo de 6000 voluntarios franceses, mandado por Jean de Coligny.
- Viena (1683).- En una pequeña iglesia, en lo alto de uan colina vienesa, podemos descifrar aún una lápida de mármol que dice textualmente: “Mit dem auf dieser Bergeshöhe am 12 IX 1683 durch Pater Marco d’Aviaho dargebrächten HL. Messopfer begann der entsats Wiens und hiermit die rettung Abendländischer Christlicher Kultur”. Los turcos están ante Viena por segunda vez. En ese momento, mientras Versalles baila, es defendida Viena por el duque Carlos de Lorena, ayudado poderosamente por Juan Sobieski y el ejército polaco. El gran visir Kara Mustafá perdió allí la vida y la batalla”.



Estos son los hitos históricos que Thiriart señala y que corresponden, a grandes rasgos, a las etapas de formación de la identidad europea. Basta examinar someramente esta relación para advertir que básicamente las amenazas contra Europa proceden del actual mundo islámico (Cartago de ayer es el Zagreb de hoy, el mundo persa en el mundo islámico de hoy, el enemigo otomano es… la Turquía de nuestro tiempo. Digámoslo ya: la identidad europea se ha forjado en lucha contra el mundo islámico. Por otra parte, las guerras balcánicas de los años 90 han sido, en buena medida, la resaca de la presencia islámica en los Balcanes.



III. PEQUEÑOS Y GRANDES HECHOS HISTÓRICOS



Sigue Mutti: “Los hechos históricos han hecho de Turquía, tras su asentamiento en Anatolia y Tracia, un pueblo europeo. El Imperio Otomano fue regido durante siglos por una dinastía en la que la tasa de sangre turca disminuía en cada generación, ya que la validé (o sea la madre del Sultán) era o griega o eslava o circasia o también italiana. En cierto sentido, se podría decir que los sultanes otomanos eran “más europeos” que los reyes húngaros descendientes de Arpad, todos ellos turanios por parte de padre y de madre. En cuanto a la clase dirigente otomana, fueron innumerables los visires, los funcionarios políticos y los oficiales del ejército pertenecientes a los pueblos balcánicos. Los mismos jenízaros, es decir, la élite militar del Imperio, no eran de origen turco. Otros datos significativos en lo que concierne a la transmisión de la herencia política y cultural de Bizancio a Turquía otomana se pueden encontrar en nuestro artículo Roma Otomana (“Eurasia”, 1, 2004)”.



Ya hemos hablado sobre el proceso de formación de los jenízaros para volver a insistir… De todas formas, la casuística histórica es peligrosa a la hora de valorar los movimientos políticos del presente. En España esta tendencia “idealista” tiende a aludir al “espacio hispanoamericano” (“iberoamericano” si se incluye a Portugal y “latinoamericano” si se hace con la inmigración italiana a Sudamérica…) como el “lugar natural” de influencia española. Así lo fue en los siglos XVI-XVIII, pero no ahora: ahora existen 15.000 km de distancia entre España y sus excolonias… mientras que con Europa existe contigüidad territorial, lo que implica mayor volumen de intercambios humanos y comerciales.



Ahora bien, si vale la pena examinar los datos históricos para intentar establecer las correlaciones del futuro, es en la macrohistoria y en los grandes movimientos históricos en donde nos debemos fijar, no en la casuística histórica: esta nos dice “originalidades” tales como que los templarios mantuvieron contactos con los musulmanes, que el Cid fue un mercenario al servicio de alguna de las taifas peninsulares, o que unos cuantos poetas sufíes vivieron en la Andalucía medieval… pequeños detalles que son apenas nada frente a los grandes hechos históricos de la Reconquista o las Cruzadas.



Aún suponiendo que los jenízaros fueran jóvenes bizantinos voluntarios en el ejército turco y convertidos al Islam de motu propio, este detalle sería poco ante las batallas de Lepanto y Viena o ante la batalla de Kosovo, de la misma forma que esclavos cartagineses que gozaron en Roma de reputación extraordinaria no desdicen el formidable impulso romano contra la Cartago adoradora de la diosa y potencia marítima y comercial enemiga.



Turquía jamás ha sido una potencia europea, como los EEUU tampoco lo han sido a pesar de que en el siglo XIX, enviaran por primera vez a su flota al Mediterráneo para combatir la piratería –fundamentalmente magrebí, por cierto- que obstaculizaba el comercio y las exportaciones de algodón a los puertos europeos del Sur. El hecho de que los marines y la Air Force tengan bases en Europa, no implica que los EEUU hayan sido, ni por asomo, una potencia europea. Otro tanto ocurre con Turquía: el hecho de que la Tracia, indiscutiblemente europea, apenas un 5% del territorio turco, sea, geográficamente, Europa, no implica que “todo lo que va detrás”, lo sea. Turquía ha sido, históricamente, una potencia adversaria de Europa. Cuando Mutti dice que “desde la época de Soleimán el Magnífico, cuando la monarquía francesa instauró una alianza con el “Gran Turco”, hasta el tratado de París de 1856, cuando se estableció expresamente que Turquía era “miembro efectivo de la familia de las naciones europeas”. En la última fase de su historia, Turquía era el “enfermo de Europa””... También Francia ha mantenido intereses preferenciales en el Zagreb y también la UE ha firmado acuerdos con esta zona, lo cual no implica que el Zagreb sea Europa, como tampoco lo es EEUU con el cual las democracias europeas se aliaron desde 1939 para combatir primero el hitlerismo y luego al comunismo soviético.



IV. ANKARA Y EEUU. TRES OPCIONES Y LA CUARTA



El último tramo del artículo de Claudio Mutti aborda las relaciones entre Ankra y Washington: “Más fundadas aparecen las razones por las que se rechaza la idea del ingreso de Turquía por el temor que Ankara provoca, en el seno de la UE, en tanto que caballo de Troya o mejor caballo de Washington”. Esta reserva es rigurosamente cierta. En octubre de 2002, los dos principales valedores de Turquía en la UE eran José María Aznar, entonces en plena borrachera proamericana, y el presidente Bush. Ciertamente, la política internacional, avanza a velocidad endiablada y, los gobernantes de Ankara y Madrid en la época, no son los mismos que hoy. En Ankara gobierna un equipo más religioso y menos laico que el anterior y en Madrid, al menos, en política internacional, se ha recuperado cierta sensatez, acompañada, eso sí, de una falta lacerante de habilidad.



Por esto mismo, Mutti tiene menos razón cuando expresa lo siguiente: “A decir verdad, si las condiciones de adhesión a la UE debieran ser la orientación europeísta de los gobiernos europeos, no sabemos qué países merecerían permanecer en Europa. Algunos, a partir de Italia, deberían ser inmediatamente expulsados. Coherencia pues, implicaría, como mínimo, que se invocase la no admisión en la UE de países que son filoamericanos como mínimo tanto como Turquía: Bulgaria, Rumanía y Albania”.



Aquí Mutti tiene razón, pero con dos salvedades. En primer lugar, la influencia turca en Bulgaria es notable, no solo políticamente, sino también desde el punto de vista étnico y antropológico. En cuanto a Albania, comparte con Turquía la común fe islámica y es una excepción en Europa. La política de hostigamiento constante y desmembración de Yugoslavia que abordaron los EEUU (con el apoyo del Vaticano y de Berlín, en un primer momento), llevó a una inevitable alianza entre Albania y Washington que, efectivamente, excluye a este país necesariamente de la Unión Europea. Sin olvidar que Albania, espoleada desde Washington ha intentado (e intenta) constituir una “Gran Albania” que incluiría el territorio del actual país balcánico, Kosovo, amplias zonas de Macedonia (la patria de Alejandro Magno islamizada…) y Bosnia, un Estado que, indudablemente, no tendría lugar en la Unión Europea, como Canadá no lo tiene en los EEUU aun a pesar de que limite al norte con Alaska, Estado de la Unión, y al Sur con el territorio USA. Y es que la contigüidad geográfica es necesaria, pero no suficiente, para poder cristalizar federaciones.



Por otra parte, no olvidemos que otras naciones europeas han ostentado posturas proamericanas por distintos motivos y que, llegado a un punto, han variado su orientación. A nadie se le escapa que la construcción de Europa es una reconstrucción de los vínculos atlánticos que nos unían (al menos a Europa Occidental) con los EEUU. EEUU tiene mucho más que perder que nosotros con esta reconstrucción y con la instauración de una vocación eurasiática de la UE.



Sigue Mutti: “En un amplio y documentado estudio sobre la cuestión (Dall’Impero all’Eurasia, “Eurasia”, 1, 2004), Tiberio Graziani estudia tres escenarios diversos, que intentamos recapitular a continuación:



El primer escenario (“euroccidental”) es el de la UE ampliada a Rumanía y Bulgaria, pero no a Turquía. Desde el punto de vista geopolítico, esta Europa de los veintisiete no sería una unidad completa, por que estaría privada del contrafuerte sudoriental (Turquía, precisamente) y tendría un escaso peso militar en el Mediterráneo. La Europa de los veintisiete continuaría siendo la cabeza de puente para la conquista americana de Eurasia. Turquía, mantenida fuera de la UE y utilizada por los EEUU, representaría un serio factor de desestabilización para Europa, por que mantendría alta la tensión en los Balcanes y obstaculizaría la integración de Croacia, Serbia, Macedonia, Bosnia, Herzegovina y Albania. Y este escenario que se realizaría siempre que permaneciera la toma de posición de los diversos “Francia-Israel”, Ratzinger, islamófobos y neolepantistas de todo tipo.



El segundo escenario (“euroamericano”) considera que Turquía entre en la UE para reforzar al partido atlántico, ampliamente representado por Gran Bretaña, Italia, Polonia, y Hungría y para sabotear los conatos franco-alemanes de emancipación. Esta estrategia (que tiene su base en las teorías de Huntingon) prevé que las posiciones turcófobas de algunos pensadores europeos se refuercen ulteriormente, de forma tal que la turcofobia, sumada a la más amplia campaña de difamación del Islam, excave una fosa geopolítica entre Europa y los países musulmanes del Mediterráneo. Este segundo escenario nos presenta una Europa que, comprendiendo Turquía, sería geopolíticamente completa; aunque tal unidad estuviera vanificada por el papel occidentalista confiado a Turquía. También en este caso, Europa resultaría desestabilizada. Es el escenario auspiciado por Berlusconi, Fini, Panella, Bonino.
A este segundo escenario se remite la hipótesis del ingreso de Turquía pueda anticipar y justificar el ingreso de la entidad sionista en la UE, también si es preciso tener en cuenta hechos relevantes, como los recientes desavenencias diplomáticas ocurridas entre Ankara y Jerusalén, a causa del rechazo de Turquía a participar en la agresión de Irak.



El tercer escenario (“eurocentrico”) prevé el desplazamiento del baricentro político europeo en el eje París Berlín y el simultáneo deslizamiento de Turquía de posiciones filoatlántica a las continentales. Así los EEUU perderían un precioso aliado y Europa adquiriría un elemento indispensable. Del frágil trilateralismo actual (Londres, París, Berlín), subordinado al condicionamiento angloamericano, se pasaría al eje París-Berlín-Ankara. Con la inserción de Turquía, la Unión Europea adquiriría, fuera de la NATO, el control de los Estrechos y la oportunidad de hacer valer las propias exigencias ante los países productores de petróleo. En el contexto de la UE, las cuestiones de Chipre y Kurdistán encontrarían una solución. Es este el escenario temido por Brzezinski y deseado por los euroasiáticoS (cfr. Entrevista de Aleksandr Dugin al diario turco “Zaman”).



Desde el punto de vista europeo, este tercer escenario, es indudablemente el más favorable. Para que se realice son necesarias al menos dos condiciones: la primera consiste en un ulterior refuerzo de la opción política que ha triunfado en las últimas elecciones turcas y en el paralelo debilitamiento de los centros de poder kemalistas. La segunda condición consiste en la atenuación, si no en la desaparición, de los sentimientos turcófobos e islamófobos difundidos en Europa y cultivados por los autores del “choque de civilizaciones”.



En estos razonamientos existe algo de razonable y exacto y, al mismo tiempo, otra parte en la que se toman solamente aspectos parciales del problema y se evitan otros.



La primera posición “eurooccidental” (Rumanía y Bulgaria en la UE y Turquía fuera) debería ser matizada. ¿Tendría Europa necesidad de un contrafuerte en el flanco sudeste? ¿estaría debilitada en el Mediterráneo? ¿se obstaculizaría la integración balcánica, especialmente de Serbia y Croacia? No es evidente. Es mucho más que discutible e incluso improbable. Planteemos las cosas de otra manera: ¿sería favorable que la UE tuviera fronteras directas con el polvorín de Oriente Medio? Respuesta: no; sería peligroso. ¿Estaría la UE debilitada en el Mediterráneo? Respuesta: no. El control de los Dardanelos y el Bósforo por parte de Turquía sería muy poco, menos que nada, en el supuesto de unas relaciones de amistad y cooperación entre una Rusia salida de su crisis postcomunista y reconstruida, y una Unión Europea que controla la orilla Norte del Mediterráneo, especialmente con los “serbios del Sur” integrados. En esa hipótesis, Turquía quedaría completamente aislada. De hecho, hoy, ya está aislada. Tras el derrumbe de la URSS y del Pacto de Varsovia, la OTAN murió de éxito. La incorporación de los países del Este a la OTAN, no sirvió para reforzar el “atlantismo” europeo, sino para acelerar la integración de esos países en la UE. Fue la consecuencia imprevista por Washington. Así mismo, Francia y Alemania, tras un lustro de relaciones frías (1990-2001), tras el 11-S recuperaron la buena armonía y reaccionaron conjuntamente ante la guerra de Irak sin dejarse arrastrar como ocurrió en Afganistán. En ese tiempo, los EEUU lograron situar bases militares minúsculas en Georgia y Uzbekistán, en caso de conflicto, en lugar de ser plataformas ofensivas… pueden convertirse en rehenes de algunos de los actores.



Ciertamente, el alineamiento de Turquía con la UE la separaría a éste país de EEUU, pero, antes que buenas relaciones con Turquía, Europa debe estar en condiciones de asegurar sus relaciones con las principales potencias eurasiáticas (Rusia y China). Precisamente, en este terreno, la propulsión de un espacio turcófono en las exrepúblicas soviéticas de la exURSS y en el Oeste de China, puede generar conflictos. Por el contrario, el eje Europa-Rusia-China, además de asegurar la estabilidad en Eurasia y el cierre de este vasto espacio geográfico a cualquier intento desestabilizador interior o exterior, bloquearía también las aspiraciones de cualquier otro actor secundario que pudiera concretarse: el Islam chiíta, el Gran Zagreb, el espacio pan-turco, etc. Entre las dos opciones: Turquía en la UE (con el riesgo de conflicto con Rusia y China) o Turquía fuera de la UE y alineada con los EEUU (en donde supondría apenas nada), la opción razonable parece la segunda, a menos que, utilizando argumentos religiosos y los intereses de cierto “tradicionalismo” de raíz guénoniana, se eludan los aspectos conflictivos que el Islam real (no el intelectual) que ha llegado a Europa en el último decenio está causando al Viejo Continente.



Por otra parte Mutti se equivoca cuando habla de un “trilateralismo” en el que participarían Londres-París-Berlín. En absoluto: este eje, por el momento es inexistentes. Los estrategas anglosajones, siguen temiendo el eje París-Berlín-Moscú con la misma intensidad que lo temieron a lo largo de todo el siglo XIX. Londres sigue sin definirse como “potencia europea”, prefiere seguir siendo un “país anglosajón” a pesar de los desprecios e insultos que Brzezinsky y otros geopolíticos norteamericanos, le han prodigado en los últimos años y a pesar de ser la infantería colonial de EEUU en Irak, como en campañas anterior los gurkas han sido la fuerza de élite colonial inglesa.



Creemos que la tendencia en Europa es irreprimible: no solamente en Francia y en Alemania existe un progresivo alejamiento de EEUU, sino también del resto de Europa. La caída del PP ha demostrado la fragilidad de las políticas proamericanas en Europa, desarrolladas a espalda de las preferencias de los electores. El 11-S de 2001 fue el último momento en que Europa hizo causa común con EEUU. Desde entonces la distancia entre las dos orillas del Atlántico no ha dejado de ensancharse. Poco importa que algunos como Aznar no lo hayan advertido todavía. En Italia y en Polonia parece que no caben muchas dudas. En los países del Este, durante unos años el reflejo pro-norteamericano es el resultado de los años de gobierno comunista en la que lo más alejado de la situación era, precisamente, los EEUU. Es hasta cierto punto lógico que estos países, jóvenes democracias, contemplen a EEUU, no como un enemigo a aislar, sino como un aliado que les ha salvado de la carestía, la opresión y la falta de libertades… Tiempo tendrán de rectificar, como, por lo demás, ha rectificado buena parte de Europa.



Lo que algunos antiguos miembros de organizaciones “terceristas”, como el propio Mutti, no están en condiciones de ver es que con el final de la guerra fría, los partidarios del “atlantismo” quedaban sin argumentos sólidos que justificaran el puente oceánico de la OTAN. Pero con el fin de la guerra fría se han remodelado las alianzas mundiales: nada impide el acercamiento entre una UE reforzada y la nueva Rusia en vías de reconstrucción. Nada impide el acercamiento entre la UE y China, a diferencia del recelo justificado que mantienen los chinos con EEUU. El pro-americanismo está fuera de la historia en Europa. Quizás los Fini, los Blair, los Aznar, todavía no se han enterado. De momento, las urnas ya se lo han recordado a Aznar y Blair será el siguiente en soportar el castigo. Como aquel cuento de Jorge Luis Borges, la UE y EEUU han llegado “a los senderos que se bifurcan”.



El peligro para cada uno de los tres actores principales en Eurasia (UE, Rusia y China) es que Turquía opte por orientar su política hacia el Oeste (40 millones de inmigrantes turcos nos esperan), hacia el Norte (el espacio turcófono amenaza con unir en un frente antiruso a pueblos hasta hace poco vinculados a la exURSS) o hacia el Este (las minorías islamistas turcófonas del Oeste de China pueden interesar a Washington para desestabilizar a este país ¡sea cual sea el alineamiento de Turquía!). La única opción viable es la que ya se produjo a principios del siglo XX, cuando el Kaiser Guillermo II logró que Turquía reorientase su dirección estratégica hacia el Sur: esto es, hacia el mundo árabe. Y es lógico que así sea.



Turquía es menos “europea” que Grecia, pero más que Arabia Saudí. Lo esencial en estos momentos no es tanto integrar a Turquía en la UE (lo cual crearía desequilibrios interiores en la UE y sería susceptible de crear fricciones con otros países euroasiáticos), sino conseguir que lleve la llama de la racionalidad al mundo árabe. Europa ahí no tiene nada que hacer ni nada que decir: otra civilización, otra cultura, otros interlocutores. Turquía, por ejemplo. Es preciso hacer ver a Turquía que su destino histórico no está en Europa de donde fue rechazada en el siglo XVII y en donde ni su cultura ni su tradición antropológica tienen nada que ver como no sea en los guetos de inmigrantes de Hamburgo, Hessen y Munich. Las legiones de turcos occidentalizados tienen una misión y un destino: rescatar para el mundo del siglo XXI a las poblaciones árabes, la mayoría de las cuales siguen viviendo como en la Edad Media. El Islam redimensionado a una religión que renuncia a intervenir en asuntos políticos, una sociedad laica (ejemplos no faltan: el kemalismo, el baasismo, el panarabismo naserista) en marcha progresiva hacia estándares representativos y de derechos políticos similares a los occidentales… tal es la tarea más realista que debe asumir Turquía en el siglo XXI.



El momento actual tiene una falsa percepción: que es preciso contestar con un SI o un NO a la integración de Turquía en la UE… cuando en realidad, el problema es otro, Turquía es, desde todos los puntos de vista, exterior y ajena a Europa: no se trata de decir NO a Turquía, sino de orientar a este país hacia el Sur, por que la hipótesis más razonable no es ninguna de las tres enunciadas por Graziani sino esta otra: la integración de Turquía en EU puede desequilibrar la Unión, crear más problemas de los que resuelve; el atlantismo pro-americano turco quedará asfixiado por sí mismo como ha demostrado la oposición turca a dejar estacionar tropas americanas para atacar Irak en 2003; queda solo la hipótesis no contemplada por Graziani: la reorientación de Turquía hacia el Sur, hacia el mundo árabe. Mejor un mundo árabe dirigido por islamistas moderados, que un mundo árabe sometido a las locuras del irracionalismo mágico wahabbita.



V. NOTAS FINALES



Una notación final: la alusión a los sentimientos “islamófobos o turcófobos” que han aparecido en Europa, no es, como quiere Mutti o Graziani, producto de la obra de Huntington sobre el choque de cultural… sino, antes bien, del roce entre la cultura islámica y la europea allí donde ha habido bolsas de inmigrantes. Es precisamente la realidad de estos contactos los que confirman en la inviabilidad de la presencia turca en Europa. Eso, o de lo contrario, 40 millones de turcos iniciarán en los próximos veinte años el camino hacia Finisterre, generando en Europa la alteración demográfica más brutal de toda la historia de la humanidad. Los sentimientos “islamófobos o turcófobos” no han aparecido por casualidad… sino que evidencian el profundo malestar generado por la ósmosis entre las culturas. Y este malestar deriva, no de un hecho teórico (le lectura de Huntington), sino de la apreciación práctica de las poblaciones europeas que han debido convivir con las minorías islámicas.



A fin de cuentas, la geopolítica no puede perder el contacto con la realidad. En EEUU lo saben: para que los designios geopolíticos de tal o cual grupo de presión (“la cábala” de Leo Strauss y sus discípulos, la geopolítica trilateralista de Brzezinsky hoy o la de Kissinger ayer…) es preciso contar con el apoyo de las poblaciones. En EEUU, más que en ningún otro lugar del mundo, saben que la política interior tiene un peso decisivo a la hora de imponer una política exterior. Y la realidad es extremadamente elocuente: no camina a favor de la integración de Turquía en la UE, sino todo lo contrario. “Turcofobia” e “islamofobia” no han aparecido por casualidad, sino a caballo con las legiones de inmigrantes que han irrumpido en el Viejo Continente. Esos impulsos, lejos de atenuarse, irán aumentando a medida que aumenten los contingentes islámicos en Europa. Si, eso no es geopolítico; pero es la realidad que tenemos ante la vista. Cualquier aspecto de la ciencia política para ser útil debe, necesariamente, sustentar sus especulaciones sobre realidades, no eternamente sobre las famosas “ficciones geopolíticas”.



© Ernesto Milà - Alicante, 2 de Noviembre de 2004 – infoKrisis –infokrisis@yahoo.es