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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

CULTURA

Cinco canciones para un ideal (III). "Los muchachos peronistas" o la impermanencia del populismo

Infokrisis.- Creo que fue Ángel Ricote, el fundador de CEDADE, quien me dejó un viejo disco de canciones peronistas que le había regalado un antiguo miembro de la Tacuara cuando ya había dado el salto al peronismo. Era un long-play de audición dificultosa que me costó trasladar a cinta casete durante mi estancia en el Círculo José Antonio de Barcelona. En aquella época, teníamos la sensación de que lo más parecido a "lo nuestro" era el peronismo. En esa época mantenía contacto epistolar con algunos argentinos que se mostraban mucho más críticos hacia el fenómeno. Los viejos militantes de la Tacuara y de la Guardia Restauradora, en su mayoría no eludían críticas hacia el peronismo. Tardé en entender que "nuestro ambiente" en Argentina estaba roto desde los años 40 en dos líneas: el peronismo y el nacionalismo. Era difícilmente comprensible porque en el peronismo hay un fondo de nacionalismo y los nacionalistas, por su parte, acompañaban sus proclamas de frecuentes alusiones a la política social. Les separaba el origen y la historia.

El long-play de canciones peronistas contenía algo más de una docena de himnos que no he logrado recuperar en Internet. Tan solo he encontrado el más famoso de todos ellos, "La Marcha peronista", "Juventud peronista", o el nombre más habitual "Los muchachos peronistas". En realidad, es la marcha oficial del partido justicialista. Un canto encomiástico hacia el general que contiene alusiones a su mujer. Se hicieron varias versiones. Los montoneros -la izquierda peronista- introdujeron alguna modificación. Es una marcha alegre cantada con ese particular acento arrabalero que se suele asociar al tango, esa maravilla musical de la Argentina canalla y arrebatada. Pegadiza y de fácil canto, la he oído acompañada por decenas de bombos.

La oí por primera vez en la soledad de mi habitación de estudiante harto de formular hidróxidos y de aprender la química del carbono. Me sugirió que un movimiento que había sabido conquistar el corazón del pueblo argentino era algo grande. Debieron de pasar todavía siete años antes de que pudiera establecer contactos directos con camaradas argentinos peronistas y no peronistas y volviera a oír la marcha en manifestaciones y actos de protesta. Una vez exiliado en París, llegó el jefe de la juventud peronista de la época acompañado por un diputado de camino a Roma en donde debían entrevistarse con Juan Pablo II para solicitar que mediara en la liberación de María Estela Martínez de Perón, presa por el gobierno militar en San Juan de Bariloche.

En aquella época, París era un hervidero del exilio argentino (por algún motivo, París siempre ha constituido la meca del exilio argentino y el tango dedicado a "La Maga" habla de otros tiempos remotos en los que ya era así). De un lado el almirante Masera había instalado en Neully su Centro Piloto, dirigido por la sobrina del general Lanusse, una especie de institución para promocionar las aspiraciones del almirante a ser elegido democráticamente presidente del país. Masera había organizado un "reservado" en la Escuela de Mecánica de la Armada (la "pecera") en donde los montoneros "recuperables" eran separados de los aspirantes a desaparecer y empleados en tareas burocráticas y de información periodística. Algunos, tras ser liberados, habían recalado en París. Otros como el antiguo Tacuara Rodolfo Galimberti se habían refugiado allí trenzando una leyenda sobre si habían tenido que ejercer oficios malamente remunerados para sobrevivir (en realidad el "loco Galimba" contaba con una seriedad pasmosa que había sido taxista, aun cuando fuera incapaz de distinguir Clichy de Montmartre). En realidad, la cúpula montonera vivía discretamente, pero en absoluto en la miseria, gracias a los buenos dólares de los hermanos Born, secuestrados por los montoneros y liberados contra el pago de 100 millones de dólares. De hecho, lo que ocurrió después del cobro del secuestro explica el fin de los montoneros: Galimberti y Firmenich enviaron al interior a los exiliados… que fueron detenidos en los mismos aeropuertos. Con razón suele decirse que ambos "cagaron" la vida de toda una generación de revolucionarios.

Pero en el París de aquella época, además de argentinos exiliados existían antiguos nacionalistas que ejercían funciones en la misión diplomática. Hablando con uno de ellos consiguió explicarme la fractura entre nacionalistas y peronistas. Elitistas los primeros y populistas hasta las trancas los segundos el encuentro era casi imposible. Para colmo, los primeros -en buena parte militares- ironizaban sobre las múltiples formas que el peronismo había adoptado. En la embajada de calle Cimarossa me mostraron filmaciones de la época del retorno de Perón, entre ellas la famosa ruptura con los montoneros pocos meses antes de la muerte del general, cuando los expulsó de la plaza de Mayo tras llamarles imberbes y negar sus méritos. Si lo hizo fue porque el run-run de los montoneros como música de fondo terminó por hacer blanco de sus críticas a "Isabelita" Perón. Aquel acto, naturalmente, terminó en medio de un ambiente excepcionalmente enrarecido, con el canto de "Los muchachos peronistas".

De nada servía que recordara a los militares nacionalistas los desvelos de Eva Perón por su pueblo. Simplemente la despreciaban. Recordaban que los arrebatos de "caridad" de Eva Perón, arrojando los trajes de su fondo de armario por la ventana de la Casa Rosada no eran más que demagogia ofensiva incluso para los beneficiarios. En esa misma época, Jaime María de Mahieu que había ocupado el cargo de director de la Escuela Superior de Conducción Política del Movimiento Justicialista, había terminado separándose del peronismo y no ahorraba críticas mordaces. Había, eso sí, otros amigos y camaradas que habían conocido a Perón y lo comparaban con Degrelle o con un Codreanu pampeño. Pero también estos contaban historias preocupantes: uno de ellos había sido testigo en la mansión de Puerta de Hierro de un ataque de ira de "Isabelita" cuando al general se le cayó al suelo un libro que le había regalado Rucci (poco después asesinado por los montos) en el interior del cual se encontraba un mensaje privado. Ni "Isabelita" ni López Rega ("Lopecito", como lo trataba despreciativo el general) permitían que nadie tuviera reuniones privadas con Perón. El cerco que le habían estrechado era férreo en esa época.

Hacia 1980 seguía leyendo las revistas peronistas y… las anti-peronistas, pero empezaba a dudar de que aquella línea populista fuera la correcta. Es cierto que Perón realizó grandes aportaciones a la clase obrera argentina… pero es que en aquella época en todo el mundo ocurrían fenómenos parecidos. Aquí, en esos mismos años, Girón de Velasco instituyó la Seguridad Social. No hay pues que sorprenderse mucho. Lo preocupante era que los contornos del peronismo no estaban nada claros: por una parte abarcaban desde la publicación "Cabildo"  con ósmosis con la ultraderecha clásica, hasta "las organizaciones armadas" que compartían espacio con los trotskistas del ERP. Demasiado espacio como para poder encontrar un denominador común. Llegó un momento en que era posible dudar de todo: ¿Quién mató a Rucci? ¿Quién secuestró a Aramburu? Estaba claro, los montoneros. Lo que no estaba tan claro es si actuaban por iniciativa propia o en sinergia con algún sector militar. Los contactos entre Masera y Firmenich en París hacia 1977-8 dejan interrogantes en el aire.

Las dudas se disipaban mal que bien oyendo y repitiendo las estrofas de "Los Muchachos peronistas". Cuando permanecí en el Cono Sur, la política que seguíamos era intentar soldar el movimiento nacionalista con el movimiento sindical. Practicábamos la misma política en Bolivia en donde mantuvimos buenas relaciones tanto con los militares como con Juan Lechín Oquendo, el presidente de la Central Obrera Boliviana. En Chile ya se había producido alguna aproximación de este tipo entre los gremios y el poder militar. Sosteníamos en la época que los dos sectores más sanos de la política sudamericana eran los militares y los sindicatos y que un sistema de pesos y contrapesos en la colaboración entre ambas fuerzas hubiera podido dar 20 años de estabilidad a la política sudamericana. Ciertamente, algunos sectores recogieron este mensaje, pero había muchas más fuerzas en juego y se sabe lo que ocurrió después. Los gobiernos militares cayeron y les sustituyó el liberalismo salvaje, los ajustes y reajustes económicos, la corrupción. Y en eso están. Dentro de este clima "Los Muchachos Peronistas" suponían un soplo de aire fresco.

Volví a oír esta marcha peronista no hace mucho acompañada por imágenes en youTube. La volví a percibir con otros ojos. El peronismo se ha institucionalizado desde Carlos Saúl Menem y no digamos con la saga de los Kirchner. Lo que había de revolucionario, de alternativista, se ha evaporado. Hoy es un partido más cuyas bases siguen manteniendo algunos rituales peronistas, pero cuya cúspide solamente precisa de la sigla para asegurarse un suelo mínimo de votos. Del justicialismo de Perón ya no queda nada, salvo en recuerdo y el mito. Los ideales centrados en un personaje carismático, nacen, crecen, viven y mueren habitualmente con la muerte del fundador. El peronismo sobrevivió a Perón apenas una década. Durante el gobierno militar, el peronismo estalló, unos colaboraron abiertamente con los mílicos, otros lo hicieron desde las alcantarillas, muchos permanecieron indiferentes, otros optaron por la oposición política y otros por la oposición armada. Acabada la dictadura, el radicalismo ocupó el poder y cuando el peronismo regresó ya era otra cosa muy diferente a lo creado por Perón y por Evita.

A fin de cuentas, lo que me ha sugerido hoy "Los muchachos peronistas" es la impermanencia de lo político. Una ideología -y el justicialismo lo era- pierde pronto actualidad y termina siendo un arcaísmo en el mejor de los casos y una traición al ideal en el peor. Por otra parte, el populismo, cualquier forma de populismo es siempre una concesión a lo más primario (en ocasiones a lo más primitivo) que pueda anidar en el "demos". Sirve para ganar elecciones y para movilizar masas, pero no para construir estructuras duraderas y estables. Dicho de otra manera, el populismo es pan para hoy y hambre para mañana, éxito hoy y derrumbe mañana. No es, desde luego, la vía, por atractiva que sea la marcha peronista por excelencia.

Letra de "Los muchachos peronistas"

Los muchachos peronistas
todos unidos triunfaremos,
y como siempre daremos
un grito de corazón:
¡Viva Perón! ¡Viva Perón!

Por ese gran argentino
que se supo conquistar
a la gran masa del pueblo
combatiendo al capital.

¡Perón, Perón, qué grande sos!
¡Mi general, cuanto valés!
¡Perón, Perón, gran conductor,
sos el primer trabajador!

Imitemos el ejemplo
de este varón argentino,
y siguiendo su camino
gritemos de corazón:
¡Viva Perón! ¡Viva Perón!

Porque la Argentina grande
con que San Martín soñó,
es la realidad efectiva
que debemos a Perón.

¡Perón, Perón, qué grande sos!
¡Mi general, cuanto valés!
¡Perón, Perón, gran conductor,
sos el primer trabajador!

Después de haber liberado
a toda la economía
gritamos SOBERANÍA
con fundamento y razón
¡Viva Perón! ¡Viva Perón!

Porque las Islas Malvinas
y el Antártico Sector
son netamente argentinos
aunque nos digan que no.

¡Perón, Perón, qué grande sos!
¡Mi general, cuanto valés!
¡Perón, Perón, gran conductor,
sos el primer trabajador!


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Cinco canciones para un ideal (I) La frustración hecha música: "Envío" de Ángel María Pascual

Infokrisis.- Debió ser hacia 1970, poco después del Proceso de Burgos contra los militantes de ETA que habían participado en los primeros asesinatos de la banda (¡Quién me iba a decir que 15 años después, uno de los abogados de los acusados, José María Bandrés, a pesar de nuestras diferencias políticas, iba a presentar mi petición de indulto cuando ya había empezado a cumplir dos años de condena por manifestación ilícita en la prisión Modelo de Barcelona!). No recuerdo exactamente el motivo, seguramente era en tareas de captación, el caso es que visité un sábado por la tarde el Hogar Extremadura de la OJE. Allí en "el bunker" estaba un camarada cantando a pleno pulmón y sin acompañamiento, una canción que desde el primer momento me pareció un himno a la nostalgia y a la frustración.

Volví a ver a aquel camarada en otras muchas ocasiones. Su canto de entonces era el Envío, cuya letra había sido escrita por Ángel María Pascual. Quiso ser arquitecto, pero la vida le llevó por el derecho y la filosofía; Fermín de Yzurdiaga lo condujo a la falange navarra en 1934. Pasó la guerra y la inmediata postguerra en redacciones dando vida a las publicaciones del movimiento franquista, primero al Arriba y luego a JERARQVIA, así escrita con el grafismo que apasionaba a Pascual. Eugenio d’Ors que lo conoció en esa época lo pinto como adicto a los olores de la imprenta: "Pasaron, primero para mí, las noches de Pamplona. Después para los españoles terminó la guerra. Cada cual entre nosotros cambió, a medida de las nuevas circunstancias, el estilo de sus días. Unicamente no cambió el estilo de días, que eran noches, de Ángel María Pascual. Híbrido de camisa azul y zapatos de orillo, el oscurecimiento en que lo conocí siguió acompañándole en los años de paz como en los de guerra, siempre al pie de sus máquinas; siempre, con el ojo sin nube fijado en las platinas; siempre Laocoonte de galeradas; siempre arbitrando primores entre hedores; siempre en la abnegación de una asfixia del propio mérito". (Eugenio d´Ors, Novísimo Glosario, Noches de Pamplona. Arriba 2520 (1947)

Amadís es su primer libro escrito en 1942. Es joven pero su vida se agota. Muere en 1947 cuando apenas ha cumplido 35 años. Algunos de sus amigos dijeron que murió, simplemente, de tristeza. Miguel Ángel Vázquez publicó a finales de los 80 una de sus pocas obras: San Jorge o la política del dragón. Europa, en esos momentos, está ardiendo. A este lado de los Pirineos los "camisas nuevas" celebran las victorias del Eje y las glorias del "caudillo invicto". Pascual en cambio se dedica en ese libro a hacer una crítica al franquismo desde el punto de vista de un fundador de la Falange.

Lo que se presiente en San Jorge o la política del dragón se hace música con el Envío. Su hay algún subtítulo que pudiera aplicarse a estas estrofas es el de "Canción de la Falange perdida". A fin de cuentas, el Envío es la canción que expresa el desencanto de los falangistas que creyeron verdaderamente en la necesidad de una revolución nacional  y poco después de calladas las armas en España vieron que habían contribuido a alumbrar un régimen en el que el oportunismo, el contrabando, la corrupción, las restricciones y las injusticias que querían desterrar gozaban de buena salud. El franquismo no fue ninguna ganga y quienes más lo sintieron fueron aquellos que habían contribuido a auparlo. Pascual entre ellos. Unos se sumergieron en el olvido, otros colaboraron con el régimen por inercia, algunos optaron por morir en Rusia para evitar el pronunciarse por o contra el franquismo (a veces una guerra es mucho más fácil de soportar que una paz y la posibilidad de morir en el frente infinitamente más atractiva que la muerte por aburrimiento). Y luego estaba Ángel María Pascual que, simplemente, murió de pena.

Creo que las estrofas, con la métrica de un soneto, de aquella canción que oí cantar a aquel camarada resumían perfectamente el estado de ánimo de muchos falangistas. La experiencia falangista había sido "un verso malogrado". El militante que creyó en el ideal se sintió abandonado por muchos, incluso por los que no debían fallar ("A ti que gimes sin oír al lado aquella voz segura de otras ves"). Lo construido al precio de la sangre no sirvió de nada ("En tu propio solar quedaste fuera"). Muchos se han relajado o han abandonado el ideal ("Si desfalleces, del acoso de todos y cansado"). El franquismo ha decepcionado ("Ves tu afán como un verso malogrado"). Queda la camaradería ("Bebamos juntos en las mismas heces"), pero poco más. El ideal ha sido traicionado ("Del orbe de tus sueños hacen criba"). Sólo hay una posibilidad de mantenerse en pie ("Allí donde estés, cree y espera"). A la espera de que un día retorne la Primavera ("El cielo es limpio y en sus bordes liba claros vinos del alba"). Aunque quizás, la esperanza solamente pueda anidar en el otro mundo ("Por arriba tus ojos. Siempre arriba"). Sería difícil expresar con menos estrofas un estado de ánimo frustrado y depresivo.

Letra y música fueron incorporadas a los canciones del Frente de Juventudes, a la vista de que se cantaba sin cesar en los Hogares de la OJE y en las centurias del Movimiento. Se le dio, por supuesto, otra explicación, pero la que he aportado recogía el sentimiento de los camaradas que de 1945 a 1975 la cantaron como encarnación de su frustración y en muchos casos de su desesperación por el ideal perdido.

Aquella tarde de sábado de 1970, las estrofas de una canción habían conseguido transmitirme un estado de ánimo y un drama. Muchos falangistas habían luchado por Franco y tras la victoria de 1939 se vieron literalmente "pillados" entre la fidelidad al que había sido su jefe en la guerra y la fidelidad a unos principios que no terminaban de llevarse a la práctica. A decir verdad, nunca terminaron de superar esa contradicción.

Es lo malo que tienen los movimientos políticos con inflación de poetas entre sus filas: la melancolía termina jugando malas pasadas. En la falange, acaso hubo demasiados poetas. Faltaron hombres duros como el acero que, curvado una mil veces, recupera siempre su posición originaria dispuesto de nuevo para herir. Quizás fue que estos poetas tenían la vista puesta en el Párnaso y no en la montaña de Zaratustra donde la posibilidad de morir de pena o de asco está proscrita. Quien cree en algo solamente tiene un camino por delante: el que lleva a hacer realidad el ideal.

Letra de Envío

"A ti, fiel camarada, que padeces
El cerco del olvido atormentado.
A ti, que gimes, sin oír al lado
Aquella voz segura que otras veces.

Te envío mi dolor. Si desfalleces
Del acoso de todos y, cansado,
Ves tu afán como un verso malogrado,
Bebamos juntos en las mismas heces.

En tu propio solar quedaste fuera.
Del orbe de tus sueños hacen criba.
Pero, allí donde estés, cree y espera.

El cielo es limpio y en sus bordes liba
Claros vinos del alba, Primavera.
Pon arriba tus ojos. Siempre arriba".


La música puede encontrarse en Rumbos.net

© Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

Raíces paganas (I de n) La barretina y yo: cuando el factor diferencial no lo es tanto…

Raíces paganas (I de n) La barretina y yo: cuando el factor diferencial no lo es tanto…

Infokrisis.- El autor de estas líneas tiene en su poder una foto (la que acompaña este artículo) de sí mismo a la dulce edad de cuatro años, vestido para cantar “caramelles” y, por supuesto, provisto de la tradicional  faixa y  de la no menos consabida barretina catalana. La foto tiene su gracia porque en aquella edad me dejé vestir así simplemente porque sabía que así acompañaría al primer amor de mi vida, cuyo nombre  ni recuerdo y cuyo rostro conservo solamente a través de  otras fotos. La barretina es uno de los signos de identidad de Catalunya y yo ,como catalán, en las profundidades del franquismo, allí por 1956, me fotografié, rubito como era, ejerciendo de catalán.  A partir de ahí todo se hizo cuesta arriba...

Poco después los escolapios glosaron en mi primer año en el Colegio de las Escuelas Pías de la calle Balmes, a la virgen negra de Montserrat. Nos explicaron a nosotros, pobres ingenuos, que los africanitos tenían mucha fe en aquella imagen pues, no en vano, era la “única” virgen negra… Luego, todo este mundo patriótico y regionalista empezó a caérseme encima cuando supe que, por lo menos, en Censtochowa (Polonia) había otra virgen con idénticos atributos de color. Y peor fue cuando me enteré que entre los varios cientos de tallas de color, en Madrid, dos vírgenes negras competían con la solitaria "moreneta" de Montserrat, la virgen de Atocha una de ellas. Hoy sé que hay varios cientos de vírgenes negras, algo que jamás perdonaré a los escolapios. Me lo ocultaron durante más de diez años. El "mestre Coll", profesor de música del Col, incluso me seleccionó como "escolanet" y candidato a cantar en la Escolanía de Montserrat. No había una "virgen negra", había cientos. Me indujeron a que lo creyera y cuando descubrí que me la habían metido doblada, supe que había algo en el catalanismo que a fuerza de deformar la realidad, inducía a la duda sistemática y cartesiana.

Pero siempre, pensé, me quedaría la barretina.

A decir verdad, la barretina es una especie de calcetín de lana que si se luce con gracia hasta tiene la virtud de quedar estética. A mí me quedaba bien cuando acompañaba al primer amor de mi vida, amor puro e ingenuo, único, a cantar caramelles. Para quien no lo sepa, haya perdido sus raíces o sea de más allá del Ebro, le diré que las caramelles son canciones populares, siempre ingenuas, que se cantan en Pascua  Florida por grupos de chicos jóvenes que recorren las calles acompañados de instrumentos musicales de “la terra” (el cèrcol, rigo rago, el regue-rec, el cataclinc, els bastonets, la xifra o el picanya que tampoco está mal o la gralla que no puede faltar). La gracia es que los jóvenes, mientras cantan, elevan una cesta con un bastón [véase en la foto el palo situado a la derecha] y el (o la)  destinataria de la caramella, introduce un regalo. Somos del Penedés en donde ya de esta costumbre no queda ni el folre [forro], por mucho que lograra sobrevivir al franquismo (estoy hablando de 1956) pero, desde luego no sobrevivió a la transición ni a 30 años de 5% de comisión. Después, cuando estaba más formadito como adolescente, en Sant Juliá de Vilatorta, volví a cantar las caramelles justo el día en que fui consciente de que lo mío con las mujeres iba a ser duro y largo. Allí, en efecto, conocí a la primera ricahembra de ojos profundos que hoy, cuarenta y tantos años después sigue conservándolos intactos y extremadamente expresivos, eso sí, con cuarenta quilos de más.

*    *    *

Debí de superar la adolescencia, la juventud y lanzarme en plancha en la madurez bien llevada y en las canas que denotan serenidad, para saber que las caramelles eran un antiguo rito pagano que, en primavera, cantaba la resurrección de la naturaleza. Dar la noticia mediante las canciones cantadas de casa en casa, era hacerse acreedor de butifarras y demás derivados del cerdo. Era la gula, el indicativo de que Doña Cuaresma había acabado su reinado. Ese mismo día la madrina nos regalaba la “mona”, hoy un pastel insulso y remilgado y ayer austero, circular y con el huevo duro en el centro, símbolo de toda generación. La sociedad tradicional en Catalunya sobrevivió al franquismo pero no ha podido sobrevivir a la Generalitat. Por lo que recuerdo, las caramelles que cantábamos eran del tipo pedo-caca-culo, burlonas, satíricas, tirando a guarras, pero eso sí, dotadas de una ingenuidad desaparecida hoy.

Como digo, de las caramelles no queda ni el “folre”. Afortunadamente la barretina goza de buena salud.

Para un nacionalista catalán la barretina es signo primigenio de identidad. Si la barretina no se lleva empotrada en la cabeza, se lleva, al menos, grabada a fuego en el corazón. Yo tengo lo mía, la que lucí en 1956, figurando entre mis tesoros familiares (junto a un documento por el que mi tatarabuelo, indiano él, compraba tres esclavos en Cuba). De casta le viene al galgo. Y sin embargo nada tan universal, y, por tanto, tan poco catalán, como la barretina.

Lo entendí el día en que, mirando la enciclopedia del arte que mi padre había comprado vi a una figura masculina cabalgando un toro, mejor dicho apuñalando a un toro y luciendo la barretina. Yo, en aquel momento, estaba buscando simplemente esa estatuaria clásica despendolada que empezaba a indicarme –tenía ocho años– que entre hombres y mujeres existía una sutil diferencia en la parte genital y pectoral y que había algo que me atraía de las formas femeninas, aunque no tenñía muy claro qué era. Y lo que encontré fue el gorro frigio que más tarde volvería a ver como atributo de los revolucionarios franceses de 1789. No vale la pena engañarse: nuestra barretina es el gorro frigio de los "guillotinistas" franceses y el tocado de los iniciados mitríacos.

Joan Amadés, para colmo, me confirmó en lo que sospechaba: que lo que vale la pena de Catalunya es lo que es universal o, como mínimo, mediterráneo. En una librería de remate, en plena calle Condal (¿qué mejor nombre para una calle barcelonesa?) adquirí un volumen del etnógrafo catalán titulado, justamente, La Barretina. Esta obra resultó ser un facsímil del mismo ejemplar que fue publicado por el autor en 1956 (año en el que yo me desgañitaba con las caramelles en la Pascua Florida) y tirado, indicaba la edición, en 125 ejemplares. Es decir, que una obra catalana, escrita en catalán y sobre etnografía catalana, pudo publicarse en lo más oscuro del franquismo -1956, repito, cuando todavía seguías las restricciones eléctricas, los cupones de racionamiento y la huelga de tranvías se estrenó violentamente– pero sus impulsores consideraron que con 125 ejemplares tenían suficiente… y seguramente sobró alguno.

Amadés es probablemente una de las personalidades más vigorosas de la cultura catalana del siglo XX. Sobre Catalunya no se sabe nada más que lo él supo. Reconstruyó una tradición antropológica y cultural y lo hizo sin subvenciones, ni parabienes oficiales. Lo hizo, simplemente, porque amaba su Tierra. Y además, era lo suficientemente sincero como para no engañar con maximalismos exclusivistas y con grandezas inconmensurables. En sus escritos, siempre, está presente una frescura y una ingenuidad que hoy ya ha desparecido en las filas regionalistas.

Me leí en una tarde la obra de Amades. Valía la pena. Sin duda, nunca nadie ha escrito 78 páginas tan intensas y profundas sobre la barretina catalana. Mi barretina. Todo lo que pueda decirse sobre la barretina si no está en las páginas de Amades es que es falso y si está ¿para qué repetirlo de nuevo? En cuestión de antropología catalana, Amades lo es todo. A él se lo debemos todo en cuestión de barretinas.

*     *     *

Sin prejuicio de que la barretina tuviera una antigüedad mucho mayor, es hacia el siglo XIV cuando consta que los catalanes se tocaban la cabeza con ella gracias a una cita de Bernet Metge en Lo Somni que indica incluso su color: “vermell”, rojo. Juan de Austria, gobernador de Catalunya, keynesiano ante litteram, fijó los precios para evitar subidas del mercado y estableció que las barretinas traídas de Nápoles, de tafetán, debían costar no más de 7 sueldos, la misma ordenanza alude también a barretinas de seda y de “llana enfortida”, lo que indica que la prenda servía igual para un roto que para un descosido.

Fijada su antigüedad, valdrá la pena decir algo sobre la fácil etimología del término. Barretina deriva de barret, sombrero y, éste a su vez de birrus que en castellano ha dado origen a birrete y en catalán ha terminado por definir a esta prenda con forma de bolsa o mejor de manga, cerrada por un extremo. Birrus, a su vez, indica en latín, y según el eminente etimólogo Meyer-Lübke, rojo o bermellón… elemento importante éste, pues el nombre no deriva de la forma ni de la función sino del color, lo que indica que éste era el verdaderamente importante y lo que imprimía carácter.

Esa etimología permite rastrear como llegó a la civilización medieval. El birrus, en Roma, era una especie de capa roja dotada de una capucha, finalmente, la capucha se independizó del resto de la pieza y el nombre de la prenda pasó solamente a determinar la capucha. Pero, andando etimologías, todavía puede viajarse más atrás en el tiempo y establecer que el término latino birrus deriva del griego pyr, equivalente a fuego. Así pues, debemos ver en la barretina algo que, originariamente, estuvo ligado al fuego. Seguramente es por esto que en el Rosellón, en los valles de Andorra y en el Urgell, no se habla de “la barretina”, sino “del barretí” atribuyéndole un “sexo” masculino, el mismo precisamente que el del fuego.

Así pues barretina define a un tipo específico de tocado, mientras que barret es el sustantivo propio de cualquier prenda que se lleve en la cabeza. También aquí la etimología puede ser utilizada como recurso: el barret es, generalmente, una barretina modificada, a la que se le colocado algún tipo de visera. De ahí que lo que en castellano se conoce como sombrero, en catalán antiguo fuera barret amb ales o en mallorquíno barret amb ventalla, por no hablar del barret amb orelles, en valenciá.

Por cierto, en toda la cuenca mediterránea aparecen nombres similares: en Niza es el barretú, en casi toda Italia hay rastros de berretta o berreto, en el Mediodía de Francia no hay dificultad en encontrar el barretín,  y el barro aplicados a las gorras infantiles, incluso alejados de la luz y del sol mediterráneos en los Alpes Grisones y en Engadine, la Suiza romanche, aparecen también barreta y barretin para describir a lo que es una simple boina. O en Tolosa donde se decía de los orgullosos y altivos que “no te puedes fiar de ellos más que de un hombre con barreto” (plus fier que un home de barreto). En la Gascuña y en el Bearn, también a la boina se le conoce como “berreta” y en toda Italia, desde el Friuli hasta Cerdeña y del Piamonte hasta Sicilia, la barretina (o derivados) aparecen en términos como barete, baretine, baretone, baretate, baretute , barreta, barreto, bertone, berrita demostrando la innata creatividad itálica, capaz de multiplicar ad infinitum el número de barretinas tanto como las variedades de pastas cocidas.

Esta excursión por las etimologías nos ha permitido también introducirnos en el “área geográfica” de expansión de la barretina que en la romanidad fue todo el Mediterráneo. En realidad, la expansión de la barretina se realiza en aquella época y quizás antes, cuando los marineros griegos empezaron a cruzar todo el  Mare Nostrum. Era Eduard Toda, diplomático y compañero de correrías infantiles en Reus junto a su amigo del alma Antoni Gaudí, viajero impenitente que llegó a disfrazarse de faraón en Egipto, masón de tomo y lomo, quien fue el primero en darse cuenta de que en todos los puertos mediterráneos y en todas las zonas costeras existía algo parecido a la barretina: siempre roja o bermellón, siempre con forma de bolsa, de entre dos y seis palmos de longitud y ocasionalmente provisto de una borla en el punto de encuentro de las tramas de la lana y cierre de la bolsa. Eduard Toda indicaba además, y la precisión es importante, que solamente en la orilla norte del Mediterráneo existieron o existen barretinas. Poco o nada en el sur. De hecho, a partir de Valencia ya es difícil encontrarlas, aunque se tiene la convicción (gracias a un Atlas del siglo XVI) que se utilizó hasta Cádiz. Nada, desde luego, en el Plus Ultra, esto es, al otro lado del Estrecho. En el Este hay rastros de barretina hasta Istria y Dalmacia y desaparece más allá del Adriático. También se le encuentra en algunas zonas del Norte de Portugal.

Esto define un espacio geográfico que, aparentemente y en parte coincide con el ámbito de expansión de la Corona de Aragón. Aunque no siempre. Las amplias barretinas utilizadas por los “forçados” portugueses, largas y con borla, en sus espectaculares suertes ante los astados, se dan sobre el Atlántico, donde Catalunya no tuvo nada que ver. La cosa es más complicada de lo que parece y todo induce a pensar que la superposición entre el área de expansión marítima de la Corona de Aragón y el área de utilización de la barretina sean casuales. Y si fuera de esta zona de expansión también se utilizaba la barretina era simplemente porque era anterior a la existencia de los Condados Catalanes.

Hay que seguir a Amades en este tema para entender que los daos que aporta son esenciales para comprender la naturaleza del problema. Después de leerlo se tiene la sensación de que la barretina es tan catalana como la ley de la gravedad o como el pino mediterráneo: están en Catalunya, pero también en cualquier otro lugar.

Los pueblos antiguos de Asia Menor utilizaban un tocado de forma cónica que aparece en numerosas esculturas y punturas, algunas de las cuales parecen estar describiendo a las actuales barretinas por su extraordinaria similitud. También en Karnac, en el antiguo Egipto y en Tebas, aparecen bajo relieves y pinturas en las que los esclavos prisioneros llevan unos capirotes puntiagudos a modo d cucurucho que los arqueólogos consideran parientes cercanos de la barretina hacia en 1.400 antes de nuestra era, es decir, hace la friolera de 3.500 años. En el famoso Obelisco Asirio de mármol negro, depositado en el British Museum hemos visto escenas de manumisión a Asiria de los pueblos tributarios. Los esclavos de Senaquerib iban tocados con este mismo capirote. Citando estos datos, Amades, menciona expresamente a Brunet i Ballet –quizás como para quitarse de encima responsabilidades– cuando éste afirma que “entre los pueblos mediterráneos que tomaron parte en la conquista de Egipto había catalanes que llevaban barretina”. Los prisioneros representados en el Obelisco Asirio, como por arte de magia, se han transformado en improbables catalanes por la magia del arte de su tocado. Como para disculparlo (Amades era antes antropólogo y folklorista que nacionalista), escribe que “el señor Brunet escribió su trabajo cuando los estudios prehistóricos en nuestra casa estaban casi vírgenes y era viable su suposición”, todo para desmentir luego al “señor Brunet”: “según la opinión de la prehistoria actual, no podían existir catalanes entre las gentes mediterraneas que tomaron parte en el fracasado intento de conquista de Egipto”. Verdad histórica restituida, pues.

Otros como Pella i Forgas ha creído que si en Catalunya ha sobrevivido la barretina mejor que en otros lugares (llegan incluso del mar a la Catalunya interior, profunda y hecha de reciedumbres y fortalezas plurimilenarias) se debió a que en aquella santa tierra hubo una influencia semita muy antigua y de intensidad muy superior a lo que se viene considerando. Catalunya sería pues para Pella i Forgas una sucursal de Fenicia y de ahí derivarían todos los rasgos del carácter catalán empezando por su espíritu comercial. El viajante de comercio catalán no sería sino el descendiente del fenicio cargado de telas que surcaba el Mediterráneo en todas dirección. Y también al ethos fenicio debería de atribuirse ese carácter catalán ahorrativo. Amades que cita también a Pella i Forgas, lo disculpa, casi dándose por ofendido: “No tenemos datos de que nuestro pueblo hubiera recibido ninguna influencia de razas de Asia Menor”.

Y después de esta última frase, Amades pone punto y aparte empezando el párrafo siguiente con la verdad unánimemente admitida:  “La opinión generalmente aceptada cree que la barretina es descendiente del antiguo gorro frigio”. Bingo. Ahora ya estamos bien situados.

*     *     *

Contrariamente a lo que se tiene tendencia a pensar, el gorro frigio no era solamente un “gorro”, sino una prenda que cubría hombros y espalda fijada al cuerpo a través de cintas que se ataban bajo la barba. El hecho de que terminara en punta hacía que siempre, ésta cayera hacia delante dándole esa forma particular que está presente en los gorros frigios que acompañan a las escenas del sacrificio del toro en los cultos mitríacos. Pero hubo un antes de Mitra. El dios romano Mitra, de hecho, procedía de Persia, donde se encuentra el origen de este culto que no sería sino una derivación del zoroastrismo, culto solar por excelencia.

Es fácil realizar una analogía que lo explica todo. Un tocado de color rojo, ligeramente caído sobre la frente, es asimilable a la cresta del gallo, el animal que saluda el nacimiento del sol. De ahí que, el gorro frigio haya pasado a ser en la historia de las religiones, el “gorro de los iniciados”, aquellos que reciben mediante el acto de la iniciación, el “poder solar” que les permite recorrer el tránsito del mundo físico al metafísico. Así pues, su origen era fundamentalmente sagrado. La cosa continúa no sin cierto dramatismo en el culto a Cibeles, madre de toda una escuela de misterios.

El mito explica que Cibeles, deslumbrante y cautivadora atrajo los amores de Attis, pastorcillo de Frigia que utilizaba el gorro de los pastores de esa comarca de Asia Menor.

Atis fue castigado por esos amores. Simplemente enloqueció, sentando el precedente de todo varón que convierte a una ricahembra en objeto de su obsesión. Y puestos a hacer locuras, simplemente se castró. En Roma, las fiestas en honor a Cibeles alcanzaron las más altas cotas de desmadre obligando al Senado a tomar medidas. Los sacerdotes de Atis (los “coribantes”, se autoflegalaban con látigos hechos con tiras de piel de cabrito, alcanzaban un estado de éxtasis salvaje, en el curso del cual, frecuentemente, se castraban rememorando al semidios frigio.

Cibeles no era más que otra prefiguración simbólica de la “madre tierra”. Su nombre deriva del griego, Kybélé, “la del pelo”… Y, ya se sabe que donde hay pelo hay alegría; de ahí que el gorro frigio fuera uno de sus atributos. La diosa pertenecía al ramo de las antiguas diosas mediterráneas, desde la Gea hasta la Rea minoica, diosas telúricas y ginecocráticas, diosas de ordeno y mando, de sociedades matrilineales y de sometenimiento de la virilidad al eterno femenino. Diosa de cavernas, bosques y montañas, deidad de vida, muerte y resurrección, pero también de las murallas (de ahí que se la represente en algunas ocasiones con una corona con murallas, véase el símbolo de la República Italiana, por ejemplo), señora de las bestias y Gran Madre neolítica…

Muchas democracias han tomado a Cibeles como símbolo y han colocado su imagen o simplemente el gorro que “la del pelo” lleva asociado en sus escudos nacionales. Es evidente que se ha producido una caída en el nivel simbólico: el gorro frigio que rememoraba al gallo compañero eterno del Sol y su anunciante, esto es, reflejo de una voluntad metafísica de trascendencia se ha transformado en un mero reclamo publicitario de “la libertad”. El símbolo está presente en las iconografías de las dos primeras revoluciones burguesas: la americana y la francesa.

En esta óptica casi banal, el gorro frigio representaría la libertad y su color rojo, simplemente, la sangre que se está dispuesto a derramar para obtenerla. La Gran Madre se ha transformado en la Marianne de la República francesa, pues, no en vano se decía que el gorro frigio era utilizado por los esclavos libertos en la República Romana. Es significativo igualmente que se la represente de cuerpo entero con un timón, un saco de trigo medio derramado… símbolos del comercio, lo único que interesaba a las burguesías revolucionarias de finales del XVII. Hay que atribuir buena parte de este disparate simbólico a la masonería que, a fin de cuentas, era la expresión organizada en esa época de la burguesía revolucionaria. Cuando Eugene Delacroix pinta en 1830 su famoso cuadro “La libertad guiando al pueblo en las barricadas”, asocia definitivamente el poder republicano y laico a una imagen concreta: la Marianne revolucionaria, “la pelos”, cubierta por el gorro frigio. Hoy ha sobrevivido a cinco Repúblicas.

Afortunadamente, otra línea emanada de Persia dio origen a otro ramillete de cultos, contrarios radicalmente al de Cibeles y sus castrati, el de Mitra. Si el primero fue telúrico y ginecocrático, el segundo fue viril y patriarcal, solar, a fin de cuentas. Y esto enlazaba mejor con el gorro frio, verdadera cresta del gallo solar. Se sabe perfectamente cómo se extendió el culto mitríaco a toda la Europa Romana: a través de los legionarios que tuvieron conocimiento de él en las campañas de Oriente y que luego fueron trasladados a otras latitudes o fijados sobre un terreno en el momento de su licenciamineto, cuando el Estado les atribuyó por los servicios prestados, lotes de tierra. De ahí que se asocie continuamente el culto a Mitra con las legiones, esto es con un culto guerrero.

En tiempos de Constantino, el mitraismo y el cristianismo se disputaban la primacía espiritual en Roma. Finalmente, el Galileo logró destruir los altares paganos e interrumpir la tarea de repaganización de la romanidad con el Emperador Juliano quien con propiedad puede ser llamado “el último romano”. He hablado con tradicionalistas italianos que me han asegurado con una seriedad pasmosa que el culto a Mitra había sobrevivido en la clandestinadad y que si quería inciarme salía barato. No lo creo. Al menos no creo que haya sobrevivido como tal. Sí, en cambio, creo que la fiesta del toreo, hasta el siglo XVIII aristocrática y realizada siempre sobre montura, por tanto, propia solamente de la nobleza, como si se tratara de una montería a la peninsular, hay algo que pertenece al antiguo mitraismo. Ya he recordado que, no en vano, los forçados portugueses, portan el gorro frigio en su suerte que, a fin de cuentas, no es más que un “coger el toro por los cuernos” y que, seguramente es el último reflejo de las hermandades mitríacas en las que todo el grupo actuaba como un solo hombre… Como los admirados  forçados portugueses.

Por otra parte, las relaciones del torero con el toro denotan que van más allá del espectáculo. Existe en el arte del toreo algo tremendamente sexual. Lo han dicho muchos toreros, algunos de los cuales han confesado haberse corrido entre pase y pase. Otros te cuentan que el toro “sabe” si has estado con una mujer la noche anterior. Y más de uno y más de veintiuno han ejercido de tronchamozas obsesivos en todas las camas que se les han presentado. Sin olvidar, claro está, el atractivo que pueda tener para algunos el traje de luces de mitad para abajo. Esta misma interpretación enlaza con la escuela psiquiátrica que ve en el gorro frigio un simple símbolo fálico: está en la cabeza, tiene forma de pinganillo flácido y para colmo es rojo color de la excitación, la sexualidad y el polvo del siglo. El hecho de quien cabalga al toro, en los antiguos cultos mitríacos, porte gorro frigio y al mismo tiempo asesta puñaladas al astado hasta desangrarlo, indicaría una forma de penetración virtual. Por esto mismo, también habrá quien se crea autorizado a ver en la barretina una especie de preservativo gigantesco apto sólo para cipotones XXL.

Pero todo esto ya está fuera de lugar. Demasiadas elucubraciones para tan poca épica. Sea como fuere el gorro frigio fue adoptado por las cofradías de marineros del Mediterráneo acaso porque ya era atributo propio desde la más remota antigüedad o porque se vieran reforzadas por las fratrias mitríacas, o por ambos motivos o incluso simplemente por puro pragmatismo. En Catalunya, las relaciones comerciales fluidas a través del cauce del Llobregat, facilitaron el comercio entre la costa y el interior y, por tanto, la transmisión de objetos que resultaban prácticos, baratos, fáciles de reproducir y cómodos de llevar (los mozos de cuerda –“bastaixos de capçana”– llevaron hasta el primer tercio del siglo XX largas barretinas de cuatro y seis palmos, que les servían para amortiguar la carga que llevaban en su espalda y así puede vérseles en uno de los forjados medievales de la puerta de Santa María del Mar [la “catedral del mar” o la “sede de la peixetería”, la iglesia de los maestros constructores de Barcelona]).

El hecho de que la barretina se transmitiera en Catalunya desde la costa al interior garantizó mucho mejor su subsistencia (las poblaciones del interior suelen ser más conservadoras que las de la costa) y de ahí que un símbolo casi universal, haya pasado a ser exaltado como reflejo de la catalanidad y cimera de la identidad catalana. No había para tanto. Nuestras pesquisas siguiendo la barretina, el barrus romano, el gorro de los coribantes iniciados en los misterios de Atis y Cibeles, la firmeza de los frates mitríacos y la luz originario de la Persia indo-aria,  nos han dado la ocasión de repasar, no tanto la historia de Catalunya o la identidad catalana como la de una raza y de un pueblo por encima de fronteras nacionales y autonómicas, que quiso emular al  gallo y vincular su propia vida a la del Sol.

Y luego siempre persiste esa sensación de que el gorro frigio nos quiere decir algo mágico que parece haberse perdido en la modernidad. No en vano, los pitufos, esos dibujos animados que remedan a los genios del bosque del viejo paganismo, van tocados con el gorro frigio, a pesar de que él sea blanco y ellos azul cobalto… Es como si nos llegara de la antigüedad el reflejo remoto proyectado sobre un prisma que casi impide reconocer la luz originaria.

Yo por mi parte, me puse faixa y barretina en el lejano 1956 y  acompañé a los que eran como yo a cantar caramellas, en la Pascua Florida, justamente en el mismo día en que los iniciados en los misterios de Atis y Cibeles celebraban sus fiestas portando esos mismos gorros en el Equinoccio de Primavera. Estas son mis raíces, paganas, por supuesto.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen


Aribau: buceando en los orígenes de la Renaixença (y IV de IV). VI. La “ruta” de los liberales ochocentistas

A los veintidós años exactos de la muerte de Bonaventura Carles Aribau (o Buenaventura Carlos Aribau como él firmaba siempre sus escritos) se inauguraba en el Parque de la Ciudadela de Barcelona la estatua que lleva su nombre, cincelada por Manuel Fuxá. En la decoración de la plazoleta donde se encuentra y en la peana, participó el arquitecto Antoni Gaudí en lo que constituyó uno de sus primeros trabajos en 1875, cuando todavía era estudiante (58). Tanto la ubicación del monumento como la pena de la estatua son extremadamente significativos.

En la peana se reconocen con facilidad símbolos masónicos: taus, piedras cúbicas, piedras puntiagudas, piedra sin desbastar y, por supuesto, hojas de acacia que indican a las claras una inequívoca influencia masónica. Así mismo, en nuestra obra Gaudí y la Masonería resaltamos dos hechos anómalos en la historia y la ubicación de la plazoleta (59) que contribuyen a generar un rompecabezas de muy difícil solución. De un lado, las obras del Parque de la Ciudadela fueron confiadas por el Ayuntamiento a los hermanos Fontseré, maestros de obras con los que trabajó Gaudí mientras era estudiante. Se trataba de dos hermanos que alcanzaron altos grados en la masonería de Barcelona, concretamente en la obediencia disidente dirigida por Ronsend Arús i Arderiu, la Gran Logia Simbólica Regional de Catalunya. De hecho, puede afirmarse que si recibieron el encargo del ayuntamiento fue precisamente por su adscripción a la masonería. Ahora bien, el otro elemento es mucho más perturbador: la llamada “plazoleta Aribau” donde se encuentra la estatua está situada en un extremo del parque y tiene forma triangular, como si se tratara de una punta de flecha que apunta en dirección oeste. Pues bien, en nuestra obra mencionada demostramos que ese punto constituía uno de los vértices de un triángulo rectángulo formado por otros dos puntos situados en el Turó de las Menas del Parque de Güell y por el dragón Ladón de las cuadras Güell en Pedralbes, diseñadas y construidas también por Gaudí a lo largo de su trayectoria. El eje de este triángulo está orientado hacia el norte y la decoración del Turó de las Menas es así mismo extraña: se suele decir que se trata de tres cruces, pero no es cierto. Son tres símbolos que indican las seis direcciones del espacio: la ascendente y descendente, la norte y sur y la este oeste. Estas cuatro últimas están representadas por “cruces” cuyos brazos horizontales están orientados en esas direcciones geográficas… y coronadas ambas por piedras cúbicas terminadas en punta, una decoración inédita en la iconografía cristiana, pero habitual en la masónica: esas piedras cúbicas puntiagudas (remedo de los obeliscos egipcios) indican la “obra” que debe realizar quien quiera acceder al grado de Maestro, tercero en la jerarquía masónica. Lo sorprendente es que la “cruz” que indica la dirección arriba-abajo fue “restaurada”, pero la que cuenta es la versión originaria: mostraba muy claramente un triángulo rectángulo de lados iguales con el vértice de 90º orientado hacia arriba. Hay que decir que ese pequeño triángulo reproducía el triángulo gigantesco cuya hipotenusa arranca de la Plazoleta Aribau, sigue a través del Eixample (cruzando la Plaza de Letamendi, la única plaza del Eixample) y llega hasta la verja del dragón en las cuadras Güell).

Todo esto es suficientemente extraño y, aunque no es éste el lugar para intentar esclarecer la intencionalidad de todo el conjunto, sí es la hora de preguntarnos qué hace Aribau en todo esto. Albergamos la convicción moral, aunque no lo podemos demostrar, que Aribau fue miembro de la Sociedad Carbonaria durante un período de su vida. Ese período es posible que se inicie en pleno trienio liberal o bien, inmediatamente termina, cuando Barcelona está repleta de carbonarios italianos exiliados, a los que conoce bien y con los que colabora en El Europeo, cuyo mismo nombre en la época era de resonancias carbonarias como hemos demostrado. Antes, Aribau había sido un liberal exaltado, a partir de ese momento se irá moderando progresivamente, cada vez más. La imagen que se ha pretendido dar de él como de un “modesto oficinista” es evidentemente falsa. Es cierto que nunca fue un multimillonario al estilo de Villavecchia o Remisa para los que trabajó, pero también es cierto que disfrutó durante un largo período de una situación económica muy desahogada y que ocupó cargos de mucha relevancia, de los que el menor no era, precisamente, ser uno de los hombres de confianza del mayor banquero de la época de Isabel Segunda. Lo cierto es que estuvo ocupando puestos de gran responsabilidad y de poder antes de cumplir los 60 años. Entonces enfermo, se trasladó a Barcelona y fue agotándose su patrimonio hasta el punto que su viuda solicitó una pensión a la Casa Real por los servicios prestados. No fue nunca, salvo en sus primeros de juventud, un “pobre oficinista”, especialmente cuando atenuó sus ardores juveniles, se convirtió en alguien que estuvo siempre cerca de los centros de poder, que sobrevivió e 1826 a 1858, más de treinta años, frecuentando los centros de poder y ocupando cargos de responsabilidad pública de primer orden. También aquí la historiografía catalanista ha creado la ficción de un catalán que malvivió en Madrid, incomprendido y añoradizo, ignorado por las gentes de la capital que desconsideraban su talento y lo marginaban por su catalanismo. No hay nada de eso. Ni Aribau fue marginado, ni llevó una vida oscura, ni siquiera alardeaba de catalán, ni mucho menos de catalanismo.

Murió durante las fiestas de la Merced, patrona de Barcelona. Aprovechando esa festividad, Anselm Clavé había organizado en los “Campos Elíseos”, zona de recreo próxima a lo que hoy es el Paseo de Gracia, un festival de tres días, con sus “masas corales”. A hemos dicho que la inspiración de Clavé para crear grupos corales derivaba de la lectura del Viaje a Icaria de Étienne Cabet. Clavé, más tarde, después de una vida vinculada desde su juventud a los movimientos liberales más radicales, ingresó en la masonería y hoy figura en el cuadro de honor de los masones célebres españoles.

¿Fue el caso Aribau similar al caso Clavé? La trayectoria de éste le llevó del liberalismo exaltado, al comunismo utópico y a la masonería. Aribau ¿debió realizar un recorrido similar del liberalismo constitucionalista, al carbonarismo y de ahí a la masonería? Esta trayectoria no es extraña entre los liberales del siglo XIX. ¿Fue el caso de Aribau? Fue, en cualquier caso, el caso de otro catalán, Adbón Terradas que siguió una trayectoria similar pasando por el carbonarismo, el republicanismo y… la literatura. Es lo que podemos llamar “la ruta de los liberales ochocentistas”.

VII. El caso de Abdón Terradas

Terradas fue carbonario y republicano. Colaboró asiduamente en las páginas de El Vapor, la revista que publicó la Oda a la Patria de Aribau. Terradas había ingresado en la fraternidad carbonaria en su tierra natal, Figueras, en el Empordà, en donde había alcanzado fama de agitador eficiente, de ahí que el carbonarismo la propusiera desplazarse a Barcelona para ampliar su radio de acción (60). Fue así como en 1836 se hizo cargo de la “venta” (61) carbonaria de Barcelona que empieza a utilizar el nombre Los Vengadores de Alibaud (62).

El carbonarismo catalán contaba con núcleos importantes en todo el Principat. También estaba presente en el País Valencià y Baleares, que irradiaron a partir del núcleo catalán. Barcelona fue durante unos años la meca del carbonarismo italiano en el exilio y por su situación geográfica fronteriza facilitó la ósmosis con el carbonarismo francés. El carbonarismo era una organización clandestina, inspirada en la masonería forestal de los bosques del Jura (inicialmente sus logias se llamaron “bosques jurásicos”…) y organizado en “ventas”. Habitualmente, dieron vida a organizaciones políticas que ejercían una actividad pública, pero frecuentemente, la represión hacía que se convirtieran pronto en grupos clandestinos. En Catalunya, el carbonarismo tuvo la primacía entre las asociaciones secretas conspirativas, mientras que en Madrid, la Sociedad de los Caballeros Comuneros era quien marcaba los ritmos. En Catalunya también hubo “torres” comuneras.

La primera sociedad carbonaria conocida en Catalunya fue la Societat dels Drets de l’Home. La clandestinidad, la represión, la incomunicación acentuaron la tendencia al fraccionamiento que siempre tuvo el carbonarismo y la comunería. Paralelamente se formó (con disidentes de ambas asociaciones) el grupo de Los Vengadores de Alibaud que terminó fusionándose con la Societat dels Drets de l’Home, adoptando el nombre de La Federación. Más tarde se integraron en La Federación las logias mazinianas de Joven España y los Carbonarios Unitarios que habían salido del encuentro entre distintas ramas carbonarias y masónicas, extendidos estos últimos por Castilla. Por lo que se sabe, la influencia de todos estos grupos alcanzó casi todo el territorio nacional. Los acuerdos tomados por La Federación implicaban que su presidencia estaría durante tres años en manos de catalanes surgidos de Los Vengadores de Alibaud y otros tres en manos de los carbonarios castellanos de Joven España, alternándose por períodos iguales. Eugeni Puch, Joan Lamarca y Ramón Pelachs eran los catalanes comisionados para mantener la relación con el resto de núcleos de La Federación. A partir de 1836, todos estos grupos tuvieron más relación con los carbonarios franceses que con los italianos, especialmente con la Socièté des Amis du Peuple, presidida por August Blanqui (63).

En 1840, Terradas, en Barcelona, incansable, organiza una sociedad secreta, la Sociedad Patriótica que difunde un ideario republicano a través de una Hoja Volante que luego se transformará en el semanario El Republicano (1942).  Ese mismo año fue elegido alcalde de Figueras pero al negarse a jurar lealtad a la regencia de Espartero, éste, a través del Duque de la Victoria, se niega a reconocerle el cargo, ingresándolo en el castillo-prisión de Figueras, desterrándolo luego a Perpignan. Allí redactará un poemita, el Pla de la Revolució, que será conocido como el “cant de la campana” y musicado por Anselm Clavé (64), un republicano habitual de todos estos círculos. Se trataba de una canción insolente y de contenido radical que tuvo éxito entre las clases populares. Luego, Terradas participó en las “bullangas” barceloneses, especialmente en la Jamancia de 1843, episodio tras el que resultó confinado en Vilafranca del Penedès y luego a Sigüenza. Se exilia en París desde donde lanza su llamamiento del 1 de julio de 1848 instando a los republicanos españoles a la insurrección y a romper su pacto con los carlistas. De retorno y algo serenados los ánimos, fue elegido en 1854 alcalde de Figueras, cargo que ocupó diez meses hasta que el capital general, de apellido Zapatero, lo destituyó desterrándolo a Cádiz donde moriría.

Abdón Terradas tenía también ambiciones culturales. Como Aribau escribió y, en buena medida, lo hizo también en castellano. Su primera novela data de 1835, La esplanada en donde realiza una descripción casi costumbrista de la Barcelona de la época. Diez años después, ironiza contra la monarquía –una de sus bestias negras- en El Rei Micomicó, escrita en catalán. Tradujo en 1846 al castellano la Historia popular de la revolución francesa de Etienne Cabet.

Terradas es liberal como Aribau, tiene ambiciones literarias como él y los datos sobre su militancia en el carbonarismo son numerosos a diferencia de Aribau del que solamente podemos sospechar que se vinculara a estos círculos. También la figura de Terradas ha sido objeto de “recuperación” por parte de la historiografía nacionalista catalana. También aquí, la figura de Terradas es la de un político nacido en Catalunya, pero que no manifiesta ningún entusiasmo por formas de nacionalismo. Tenderá hacia el federalismo en la última etapa de su vida, pero si esta está caracterizada por algo es –al igual que en todos los “cabetianos” conocidos, Clavé, Monturiol y, también Cerdá- por su proximidad a las clases populares, mucho más que a la identidad catalana. Así mismo, como Aribau, se expresa indiferentemente en catalán o en castellano, según convenga. No le conocemos ninguna manifestación de aprecio ni a los Jocs Florals, ni su opinión sobre la Oda a la Patria. Al igual que Aribau, Terradas tenía tendencia a escribir poemas satíricos en catalán sobre actualidad política, pero también ensayos y documentos políticos… fundamentalmente en castellano.

Quizás la figura de Abdón Terradas nos haya podido servir para aproximarnos algo más, por vía indirecta, a la figura de Aribau. Los dos, como hemos visto, tienen cierto número de rasgos comunes, es cierto que uno –Aribau- se modera en su madurez y que, en cambio, Terradas muere en Cádiz, desterrado y ostentando los mismos rasgos de radicalismo que en su juventud, pero ambos compartes posiciones liberales y progresistas. Ambos escriben indistintamente en castellano y en catalán. Ambos gozan de popularidad alcanzada gracias a unos pocos versos: el Cant de la campana para Terradas y la Oda a la Patria para Aribau. Terradas fue indiscutiblemente Carbonario. Aribau se rodeó en un período de su vida de carbonarios… luego, también pudo serlo.

VII. Del fin de la carbonaría al nacimiento de Jove Catalunya

La fama de Aribau y su consideración de la Oda a la Patria se consolidan gracias a la acción de la primera asociación catalanista. Su nombre: Jove Catalunya. Un nombre, inequívocamente de resonancias carbonarias y mazzinianas. Esta asociación se funda en 1870 y se disuelve en 1875 después de afrontar graves problemas interiores. Nunca superó el centenar de afiliados, pero se trató siempre de individualidades muy influyentes desde el punto de vista cultural y con relevancia social. La sociedad estaba sostenida económicamente por Eusebio Güell Bacigalupi.

No es, seguramente, por casualidad que la asociación se funda en 1870, el momento álgido en el que culmina la unificación italiana con la toma de Roma (en cuya defensa habían participado catalanes carlistas dirigidos por el Savall). Algunos consideran que el proceso de unificación italiano que culmina en la creación de una “nación”, puede tener paralelismo en Catalunya e inspirar la creación de un nuevo Estado-Nación. Además, es el año en el que una dinastía italiana irrumpe en la política española con Amadeo de Saboya, de ahí que los liberales catalanes consideren que un nombre que evoque la resistencia nacionalista y antimonárquica en Italia, adaptándolo a Catalunya, puede ser suficientemente explícito de la voluntad final de Jove Catalunya.

Los nombres no son neutrales, indican tendencias. La carbonería organizada se extingue en un momento impreciso en Italia (entre otras cosas porque alcanzan su fin, la unificación de Italia) en 1870 y las últimas conspiraciones impulsadas por Louis Auguste Blanqui diez años después. Las organizaciones carbonarias estaban ligadas indisolublemente a la palabra “joven” seguida del país (o la nación) correspondiente, de tal manera que incluir la palabra “joven” a mediados del siglo XIX en el nombre de una asociación implicaba aceptar una vinculación explícita al carbonarismo, de la misma forma que en el siglo XXI, aunque el comunismo haya pasado al basurero de la historia, utilizar la palabra “comunista” califica completamente a la organización que lo asume (65).

Jove Catalunya es una organización cultural, no política. Intenta “hacer país” trabajando el tema lingüístico. Aquí ya no hay bilingüísmo sino que sus miembros tan solo escriben en catalán y lo consideran como el testimonio de una fe política, su creencia en la existencia de una nación, Catalunya, oprimida y que tan solo cuenta con la lengua para garantizar su “factor diferencial”. Inicialmente, era una tertulia informal en la que participaban escritores catalanistas. Tenían un concepto romántico de Catalunya y es fácil pensar que estaban familiarizados con la obra de quienes habían introducido esta corriente estética en Catalunya: los redactores de El Europeo con Aribau a la cabeza. Este romanticismo hacía que, además de sus preocupaciones lingüísticas, los miembros de Jove Catalunya centraran su atención en la historia catalana del que Josep Mª Figueras dice que era “un catalanisme d’arrel historicista i més contemplatiu i reivindicatiu del passat que no pas dinàmic i de posicionament de futur” (66).

En la asociación participarán algunas de las plumas catalanas más brillantes de la época, como Ángel Guimerá o el arquitecto Domènech i Montaner. La presidencia de Jove Catalunya estuvo en manos del poeta Picó i Campanar, apoderado del Conde de Güell en sus negocios particulares. En aquella época estudiaron la posibilidad de crear un diario en catalán, pero no se consideró posible. Debieron contestarse con una revista mensual, La Gramalla, que sería el portavoz del grupo. Tras la disolución de Jove Catalunya la mayoría de sus miembros y el propio Güell Bacigalupi, siguieron alimentando las siguientes manifiestaciones y formas del catalanismo político-cultural. Fueron ellos, en primer lugar, quienes elevaron la Oda a la Patria al rango de “arranque de la Renaixença”… ¿acaso por que conocían la vinculación carbonaria de Aribau? De no ser así, resulta muy difícil de entender porqué ese poema escrito sin voluntad política ni patriótica, alcanzó un rango que su autor jamás reivindicó y, lo que es peor, jamás le interesó.

VII. Algunas conclusiones

A falta de un estudio más pormenorizado sobre el carbonarismo catalán (para el que hay que disponer de un tiempo que nosotros no disponemos, desgraciadamente) creemos que, a la vista de todo lo anterior, pueden establecerse algunas conclusiones irrefutables:

1) Aribau tiene una trayectoria política que durante toda su vida lo mantuvo en posiciones liberales y constitucionalistas, a pesar de que fueran atenuándose con el paso de los años.

2) Aribau compartió en Barcelona proyectos e iniciativas con los círculos carbonarios de la Ciudad Condal gracias a los cuales pudo sacar adelante la iniciativa de El Europeo e introducir el romanticismo en España.

3) Aribau, contrariamente a lo que sostiene la historiografía nacionalista catalana, desempeñó cargos de singular importancia en Madrid en un ambiente liberal trufado por la acción de tres sociedades secretas (carbonarios, comuneros y masones), es difícil pensar que lograra sobrevivir en ese ambiente (especialmente tras la muerte de Gaspar de Remisa) de o haber pertenecido a alguna de estas asociaciones.

4) Aribau jamás se interesó especialmente por la lengua catalana, ni por la cultura, ni prestó atención a los primeros destellos de la Renaixença. Simplemente escribió su Oda a la Patria como un encargo para satisfacer al jefe que le había contratado.

5) La masiva presencia de exiliados carbonarios en Barcelona entre 1820-23 posibilitó el que Catalunya se convirtiera en el foco de expansión de esta asociación.

6) A partir de ese momento, siempre existió un vínculo entre los nacientes regionalistas catalanes y los carbonarios italianos. Aquellos veían en el proceso de unificación de Italia el nacimiento de una nación como la que ellos aspiraban a formar. El nombre de la primera asociación catalanista, Jove Catalunya, es significativo al respecto.

7) La Sociedad Carbonaria tuvo en Catalunya implantación en el ámbito federalista, republicano y comunista utópico tal como lo demuestra la adscripción a la misma de figuras como Clavé, Monturiol, Terradas o Cerdá, influidos todos ellos por el Retorno a Icaria de Ètienne Cabet.

8) Es significativo que el gobierno nacionalista de la Generalitat no haya hecho absolutamente nada por estudiar la presencia en Catalunya de los grupos carbonarios y de los comunistas utópicos del siglo XIX que tuvieron una presencia y un peso excepcional en Catalunya y que contaron con la militancia de personalidades del mundo de la política, la cultura y las artes de la época. Seguramente porque ninguna de estas corrientes entra dentro del esquema histórica del nacionalismo catalán preocupado por demostrar que, a partir de la Oda a la Patria, todo catalán de relieve estaba más o menos implicado en la “construcción nacional de Catalunya”.

Notas

(58) Tratamos exhaustivamente el asunto de la estatua de Aribau en el Parque de la Ciudadela en nuestra obra Gaudí y la Masonería (Ernesto Milá, Editorial PYRE, Barcelona 2005, págs.. 83 a 92).

(59) Ernesto Milà, op. cit., págs. 168-173.

(60) Abdó Terrades, primer apostol de la democracia catalana, Josep Soler i Vidal, Ediciones de la Magrana, Barcelona 1983, pág. 36.

(61) Para una visión rápida y global de las sociedades conspirativas españolas durante la primera mitad del siglo XIX, puede consultarse nuestro artículo: La Sociedad Comunera, una masonería conspirativa española, que alude ampliamente a los carbonarios: http://infokrisis.blogia.com/2009/021302-la-sociedad-comunera-una-masoneria-conspirativa-espanola.php. La Sociedad Carbonaria estaba organizada en “ventas”, equivalentes a las logias masónicas o a las “torres” comuneras.

(62) Alibaud, oriundo de Perpignan fue detenido en esta ciudad por intento de regicidio contra la figura de Luis Felipe de Orleans cuando salía del palacio de las Tullerías para trasladarse a Neully. No acertó con el disparo. Un año antes, Alibaud había estado en Barcelona durante la revolución de 1835. En ese momento, el carbonarismo catalán estaba organizado en la Societat dels Drets de l’home. Josep Soler (op. cit., pág. 37) duda si Terrades lo conoció en calidad de “buenos primos” (trato que se deparaban unos a otros carbonarios del mismo rango) o bien como “oficial de organización interna”. El caso es que el paso de Alibaud por Barcelona dejó una profunda huella entre los carbonarios locales.

(63) Josep Soler, op. cit., pag. 38.

(64) Terradas y Clavé militaron juntos en el Partido Democrático o Partido Democratico-Progresista, fundado en 1849 en Madrid como escisión del ala izquierda y radical del Partido Progresista, cuya dirección estaba formada mayoritariamente por antiguos carbonarios. Los servicios policiales consideraron a este partido como la punta del iceberg de otra sociedad secreta, Los Hijos del Pueblo, fundada por Fernando Garrido (también carbonario) y debió refugiarse en la clandestinidad. Debió esperar hasta el bienio progresista (1854-56) para ser de nuevo legalizado. Puede ser considerado como una formación socialista utópica de carácter obrerista que en Catalunya fue dirigida por comunistas utópicos seguidores de Etiénne Cabet: Narcís Monturiol, Abdón Terrades, su discípulo Francesc de Paula Cuello, Pere Montaldo, Ceferí Tresserra y Anselm Clavé. En 1857, el partido seguía dirigido por antiguos carbonarios, como Ceferí Tresserra y Antoni Ignasi Cervera que habían creado la sociedad secreta El Falansterio que se impuso en la dirección. En 1859, de nuevo en la clandestinidad, se fueron radicalizando y participaron en distintas sublevaciones que fracasaron regularmente. Evolucionaron hacia un federalismo republicano de la mano de Pi i Maragall que en 1864 se impuso en la dirección del partido. Tras el triunfo de la revolución de 1868, junto a Prim se transformaron en el Partido Republicano Democrático Federal.

(65) La historia de Blanquí y de sus iniciativas conspirativas están perfectamente resumidas en la obra de Sarane Alexandrian, El Socialismo Romántico, op. cit., págs.. 180 a 273.

(66) Josep María Figueras, El primer diari en Llengua catalana,  Premio Nicolau d’Olwer 1995, Institut d’Estudis Catalans, Barcelona, 1995, pág 80 a 83. Traducción “un catalanismo de raíz historicista y más contemplativa y reivindicativa del pasado que no dinámica y con posicionamientos de futuro”.

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Aribau: buceando en los orígenes de la Renaixença (III de IV). IV. Gaspar de Remisa y el encargo

Las biografías más sucintas cuentas que Gaspar de Remisa era un financiero español nacido en Sant Hipolit de Voltregá en 1784 que hizo fortuna como asentista del ejército y empresario de obras públicas pasando a ser el banquero de Isabel II (38). Poco más. Habrá que profundizar un poco más para saber que Remisa era un individuo avanzado para su tiempo y trajo de París el primer daguerrotipo que se vio en España, regalado luego en 1840 al Liceo Artístico (39) del que el propio banquero sería presidente. En 1839 fundó el diario El Corresponsal, que se editó hasta 1844 (40) y en el que colaboró Aribau asiduamente. Isabel II distinguió a su banquero con los títulos de Marqués de Remisa y Vizconde de Casa Sanz (41). Remisa creo la bolsa de Madrid en 1831 (42) y fue Director General del Tesoro.

No es ningún misterio que los banqueros no tienen patria y Remisa tampoco la tenía. Sin embargo, sus subordinados se pusieron de acuerdo en obsequiarle en uno de sus aniversarios con un libro de poesías escritas por ellos mismos en distintos idiomas. Aribau era uno de sus empleados más destacados y le tocó escribir un poema en catalán.

Después del desastre del trienio liberal y de la brusca entrada de los “Cien mil hijos de San Luis”, Aribau se moderó un poco más. Los artículos que va publicando en El Europeo, nos lo muestran como una persona que sigue manteniendo sus ideas pero que ya ha perdido la fe exaltada de unos años antes. El riesgo de represión ejerce para él un peso decisivo a la hora de atenuar sus posiciones de juventud. Esa moderación le permite ser nombra el 8 de marzo de 1822 “juez de hecho” de la Diputación de Barcelona, pasar en el 23 a ocupar el cargo de Secretario de la Diputación de Lleida. En ese punto, irrumpen los “Cien mil hijos de San Luis”. Aribau se encierra en su casa. Solamente le sacarán para editar El Europeo. Cuando desaparece la revista, la Junta del Comercio le encarga su representación ante el gobierno de Madrid en donde tiene múltiples y buenas amistades. Se desplaza a Madrid y el 1826 entra a trabar con Gaspar de Remisa. La colaboración durará 20 años, hasta la fecha de fallecimiento del marqués en 1847. A Aribau le corresponderá redactar y leer el elogio fúnebre (43).

La muerte de Remisa coincide con otro período de inestabilidad política. El gobierno Pacheco lo nombra vocal del Consejo de Agricultura y Comercio y luego Director General del Tesoro. Su gestión al frente de estos organismos, fue eficaz, pero breve. Pacheco duró poco en el cargo y su caída arrastró la de Aribau. Pacheco pertenecía a los liberales moderados con los que Aribau había terminado identificándose. Tenía ambiciones literarias y escribió algunas obrillas que no pasarán a la historia literaria de España. Aribau, en esa época, debía haber moderado todavía más sus posiciones, hasta caer casi en el conservadurismo del que Pacheco estuvo próximo.

La Oda a Patria es una de las cuatro composiciones poéticas atribuidas a Aribau y redactadas en lengua catalana. Las otras son, una Carta dirigida desde Madrid al General Prim, Compte de Reus (1843) y un par de poemas. Sin embargo, será por la Oda a la Patria por la que Aribau pasará a la historia de la literatura en tanto que se considera que su publicación en El Vapor dio el pistoletazo de salida para la Renaixença. La obra fue escriba unos meses antes de su publicación. Los subordinados de Remisa pidieron a sus colaboradores más inmediatos que escribieran un poema, recopilados en un volumen que le regalaron el día de 1832. Más de un año después, el 24 de agosto de 1833, fueron publicados en El Vapor (44) que empezó a publicarse ese mismo año. 

La única intención de Aribau al escribir esto versos fue acceder a un encargo ideado para halagar a su jefe (45). No está, ni motivada por un fervor patriótico-lingüístico, ni siquiera por un interés cultural, sino solamente para acceder a un encargo que no podía rechazar, pero del que hay rastros que tampoco le hizo especial ilusión el realizar. Así, por ejemplo, cuando escribe a su amigo, Francesc Renart i Arús el 10 de noviembre de 1832, lo hace en estos términos (respetamos la ortografía de la época): “Recibe con paciencia mis pegigueras y disimula si sólo cuando las hay, tomo la pluma para escribirte. Necesito de ti de veras. Para el día de San Gaspar presentamos al Gefe unas composiciones en varias lenguas. A mí me ha tocado el catalán y he forjado estos informes alejandrinos que te incluyo para que los revises y taches y enmiendes lo que juzgares, pues yo en mi vida las vi más gordas” (46). El texto de la carta no demuestra ni un interés excesivo, ni siquiera la conciencia de que estaba haciendo una composición que pasaría a la historia. El tono es de un encargo fastidioso que aborda sin mucho interés y como “una pegiguera”. Si falta algo en la carta es, precisamente, el fervor patriótico que otros han querido ver en la obra de Aribau. Se evidencia, en particular, que a Aribau le ha tocado escribir en catalán, no lo ha elegido él, ni mucho menos parece tener interés en hacerlo. Y además, pide ayuda a su amigo catalán, en castellano. De hecho, Aribau parece tener en muy escasa consideración al catalán que ni siquiera menciona en el poema, aludiendo sólo (como más tarde hará Verdaguer en alguno de sus poemas) al “llemosí” (47).

V. Una vida de liberal ajeno al catalanismo

El Vapor fue uno de los canales a través de los que se difundió el romanticismo en Catalunya a partir de 1833. Se tradujeron en dicha revista muchos textos de procedencia alemana (pero traducidos de su versión francesa) que, junto con las obras de los socialistas utópicos Owen y Fourier (48), influirían decisivamente en los años siguientes en Catalunya. Esta revista, habitualmente –y para aumentar la sensación de contradicción- publicaba invectivas contra lo que calificaba de “provincianismo” (49), reivindicador del terruño frente a la Nación, idea propiamente liberal a la que se adscribía la revista.

El problema para los mentores de la Renaixença que centraron en Aribau su arranque es que nada, absolutamente nada en esta composición, en la vida de Aribau y en su entorno y en sus escritos, denota la más mínima “conciencia nacional catalana”. Esto ha llegado a preocupar a algunos catalanistas intermitentemente. Por ejemplo, a poco de establecerse la II República, el diario regionalista La Veu de Catalunya publicó estas consideraciones de Rubió i Lluch: “La manca d’intencionalitat de l’autor d’aquesta composició ha estat moltes vegades recordada. No cal, doncs, insistir en aquest punt, ni en faré retret al nostre celebrat poeta, a qui es podría aplicar aquella frase de Goethe: “A vegades cal recordar a l’autor la separa propia intenció”, però sí que li faré retret de l’absoluta indiefrència amb què ell contempla l’estela lluminosa que havia aixecat amb la seva noble inspiració” (50). Rovira i Virgili y Valentí Almirall se expresaron en idénticos términos (51).

Así mismo, Manuel de Montoliu comenta el caso anómalo de un “precursor” que no toma parte en el movimiento por él iniciado, concluyendo: “No podem parlar, malauradament, del catalanisme d’Aribau, ni solamente en la forma més atenuada” (52). Se puede, pues, poner en duda seriamente que Aribau fuera más que un funcionario nacido en Catalunya, que escribió sólo en contadas ocasiones, en catalán y que jamás atribuyó a estas cuatro poemas ningún interés particular. Los historiadores nacionalistas se las han visto y deseado para hacer de Aribau una “eminencia catalana”, de la misma forma que también la Renaixença hico de Domingo Badía (a) “Ali Bey”, otro “catalán ilustre” (su retrato figura entre los de los “catalanes ilustres” de la sala de reuniones del Centre Excursionista de Catalunya), nacido en Barcelona, francmasón y aventurero… que incluso ocultaba que era catalán (53). Dicho de otra manera: en ambos casos, tanto por lo que se refiere a Aribau como a Domingo Badía, la historiografía catalanista ha realizado una tarea de recuperación que se disuelve como una tela de araña ante la luz, a poco que se realice un examen crítico de los hechos.

En Aribau, esta “recuperación” ha llegado hasta extremos lamentables. Es frecuente en los escritos publicados sobre él en Catalunya, especialmente en los últimos tiempos, que no se aborde nunca su situación familiar. Se ha dicho que permaneció soltero o que no tuvo hijos, cuando la realidad es muy diferente. No solamente se casó, sino que lo hizo con una mujer de muy noble familia castellana, Juana López de la Torre Ayllon (54). Y además tuvo dos hijos. Nada que ver con la imagen melancólica de Aribau, paseándose como un extraño por las calles de un Madrid que consideraba ajeno completamente a él, meditabundo y muerto de añoranza por la tierra natal. En absoluto. No hay nada de eso. Es más: es justamente lo contrario. Aribau fue a Madrid por voluntad propia, jamás dio muestras de añoranza, rasgo del alma que, abusivamente, Verdaguer consideraba como parte del ser catalán (“Parléssiu el català, sabríeu què es l’enyorança”, que equivale a “Si hablarais catalán, sabríais lo que es la añoranza”). No solamente va a Madrid voluntariamente, sino que además, hace allí una brillante carrera que, posiblemente en Barcelona no habría pasado de ser la de un oficinista y contable. Salvo en el encargo de la Oda a la Patria (en donde de lo que se trataba no era tanto de loar a Catalunya sino de que la composición gustara y halagara –como cualquier regalo- a su jefe, Remisa) en donde hay atisbos de esa añoranza (pero es imposible deducir si era real o inducida por la necesidad de cumplir con el encargo), no hay ni un solo escrito de Aribau en donde evidenciara un mínimo arraigo a su tierra natal e incluso un mínimo interés por contemplarla como realidad cultural autónoma. Para colmo, por si esto fuera poco, la carrera político-funcionarial de Aribau se realiza a la sombra del liberalismo moderado español y Aribau se considera a sí mismo como un probo funcionario del Estado Español, en calidad del que en 1855 se traslada a Barcelona como comisario regio para el derribo de las murallas de la ciudad, después de lo cual será nombrado secretario de la Intendencia General de la Real Casa  Patrimonio.

De todo esto se puede deducir que es completamente falsa e indefendible la visión que Milá i Fontanals dio en su discurso necrológioc del Ateneo Barcelonés, precisando que “Lo que realmente le inspiró [a Aribau], lo que le dictó desusados y mágicos acentos fue el amor al país, convertido en mal uso de ausencia. Aribau era muy catalán y debió vivir fuera de Cataluña” (55)… No hubo nada de eso. Aribau como antes Domingo Badia, fueron catalanes de nacimiento pero nunca de convicción o de sentimiento. Y lo tiene muy difícil sino imposible quien aspire a demostrar lo contrario. A pesar de tener un reconocido prestigio literario, Aribau, que conoció en vida cuatro sesiones de los Juegos Florales restaurados, jamás se interesó por ellos y vuele a ser falsa, gratuita y menzas la opinión de Pere Coll i Vehí, según la cual “Aribau somniava d’obtenir l’Englantina d’or dels Jocs Florals de Barcelona, premi que ningú come ell no havia merescut” (56)… encomiables palabras que otros testimonios niegan completamente. Por ejemplo, Josep Miracle en su obra La Restauración dels Jocs Florals proclama “la indiferencia  amb què va veure el restabliment dels Jocs Florals, els quals, a desgrat de tenir Aribau en la categoría de capità i la seva obra en la de brúixola, mai, en els Quatre anys que es van celebrar en vida d’ell, no van rebre un mot d’encoratjinament de simpatía o de simple salutació” (57)… como para que Milà i Fontanals repitiera que Aribau merecía más que nadie la Englantina de Oro…

El día 26 de septiembre de 1882 el retrato de Aribau se colocó en la galería de catalanes ilustres del Ayuntamiento de Barcelona y dos años después se inauguraba el monumento con su imagen en el Parque de la Ciudadela. El mito estaba en marcha y aún sigue.

Queda un misterio por desentrañar. ¿Por qué Aribau fue elegido como portaestandarte y arranque de la Renaixença cultural catalana, si su papel en ella fue irrelevante y jamás tuvo interés en este movimiento? Sobre esto vale la pena decir algo.


Notas

(38) http://www.biografiasyvidas.com/biografia/r/remisa.htm

(39) José Martínez Ruiz, “Azorín”, en su obra Doña Inés, historia de amor (Ediciones de Elena Cadena, Clásicos Castalia, Madrid 1973), cita a Remisa en la página 74. Dice de él que en el museo romántico de Madrid existe un retrato suyo firmado por el pintor Vicente López. En cuanto al daguerrotipo, recuerda que el Liceo Artístico y Literario fue generosamente subvencionado por Gaspar de Remisa y José de Salamanca. A su vez, Azorín, extrae todos los datos que cita sobre Remisa de la obra de Ramón de San Pedro, El marqués de Remisa. Un banquero de la época romántica. Publicaciones del Banco Atlántico. Barcelona 1953.

(40) Citado en http://www.iberofotografia.es/index2.php?option=com_content&do_pdf=1&id=67

(41) http://www.raco.cat/index.php/ausa/article/view/39374/39248

(42) Citado, entre otros, en Historia de España contemporánea, José Luis Comellas, Rialp, Madrid, 1972  pág. 115.

(43) Datos biográficos extraídos de Josep Mª Poblet, op cit., pág. 21-24 que, a su vez, han sido extraídos completamente de la obra de Manuel de Montoliu.

(44) http://www.xtec.cat/~aribas4/literatura/comentari%20P%E0tria.htm

(45) Tal es la opinión de Josep María Miquel i Vergés en un comentario sobre la obra de Antinoi Puigblanch, lamentando su olvido y que cita Josep María Poblet, op. cit., pág. 31.

(46) Josep Mª Poblet, op. cit., pág 38.

(47) Se trataba de un error lingüístico habitual en la época: se consideró, hasta que los estudios filológicos lo desmintieron completamente que el catalán procedía de una lengua galo-romance, el llemosí, hablada por los habitantes de la Provenza. Inicialmente esta consideración se debía a la mala calidad de los estudios filológicos de la época, ciencia que experimentó un brusco desarrollo en la segunda mitad del siglo XIX. Sin embargo, cuando se sabía a ciencia cierta que el catalán era una lengua hispano-romance, los sectores catalanistas seguían insistiendo en que era un derivado del llemosí y, por tanto, galo-romance. A nadie se le escapa que si optaron por esta vía interpretativa sobre el origen del catalán se debía a consideraciones políticas. En efecto, era un intento de desenganchar a la lengua catalana de cualquier tributo que tuviera en relación a otras lenguas hispano-romances y a enlazar con las de un Estado, el francés, que no tenía nada que ver con Catalunya. Así mismo, se trataba de resaltar una historia de Catalunya que tuviera que ver con el Norte, mucho más que con el resto de la Península, a despecho de que después de la batalla de Muret en el siglo XIII, terminó la influencia de la corona de Aragón en el sur de las Galias y en la mayor parte de la Septimania (salvo en el Vallespir, Conflent y la Cerdaña).

(48)  La música, entre France et Espagne, Interactions stylistiques 1870-1939. Textos reunidos por Louis Jambou. Presses Universitaires de Paris, 2001. pág. 109. Esta obra recoge las actas del Coloquio Internacional celebrado en París en la Sorbona-Paris IV y en el Instituto Cervantes de la capital francesa.

(49) Véase a este respecto al texto de Josep Ramon Segarra i Estalleres, Provincianismo y proyecto liberal de Nación en la España del siglo XIX. http://www.ahistcon.org/docs/Santiago/pdfs/s2u.pdf, página 12.

(50) La Veu de Catalunya, En el primer centenari de la Oda, Rubió i Lluch, 24 de agosto de 1933. Traducción: “La falta de intencionalidad del autor de esta composición ha sido recordada en muchas ocasiones. No hace falta, pues, insistir en este punto, ni se lo reprocharé a nuestro celebrado poeta, a quien se le podría aplicar aquella frase de Goethe: “A veces  hace falta recordar al autor su propia intención”, pero si que le reprocharé la absoluta indiferencia con que contempló la estrella luminosa que había alzado con su noble inspiración”.

(51) Josep Mª Poblet, op. cit., pag 32.

(52) Manuel de Montoliu, op. cit., pág 124. Traducción: “No podemos hablar, desgraciadamente, del catalanismo de Aribau, ni siquiera en su manifestación más atenuada”.

(53) “Otro testimonio de su paso por Segovia es elucidador. Estuvieron con él [con “Alí Bey”] dos catalanes, Jaime Amat y su sobrino, Torres Amat, el primero siendo Tesorero de Intendencia y Administrador de Bienes Nacionales, el cual escribe en sus memorias: "A pesar de tratarle familiarmente y de no poder ignorar que estábamos allí, jamás supimos que fuera catalán" (...) "oíamos, si, la voz popular de que era judío, que estaba circuncidado, que había sido musulmán y otras mil especies con que el pueblo se complacía en presentarle, no solo como afrancesado, sino como masón e impío"... pues bien, es posible que todas estas acusaciones tuvieran un poso de realidad.”, fragmento de nuestro artículo Ali Bey: aventurero y descendiente del profeta. http://infokrisis.blogia.com/2009/021304-ali-bey-aventurero-y-descendiente-del-profeta.php

(54) Josep Mª Poblet atribuye a Elias de Molins la visión de un Aribau soltero y muerto por la melancolía, en su Diccionari d’escriptors i artistas catalans. Op. cit., pág. 25.

(55) Citado por Josep Mª Poblet, op. cit., pág. 26

(56) La referencia a Coll i Vehí está extraída del Diario de Barcelona de fecha 9 de octubre, poco después del fallecimiento de Aribau y citada por Josep Mª Poblet, op. cit., pág 27. Traducción: “Aribau soñana con obtener la Englantina de Oro de los Juegos Florales, premio que nadie mejor que él hubiera merecido”.

(57) Citado por Josep Mª Poblet, op. cit., pág. 31: Traducción: “La indiferencia con que vio el restablecimiento de los Juegos Florales, los cuales, a pesar de tener Aribau en la categoría de capitán y su obra en la de brújula, nunca, en los cuatro años que se celebraron con él vivo, recibieron una palabra de ánimo, de simpatía o simplemente de saludo”.

Aribau: buceando en los orígenes de la Renaixença (II de IV). Aribau, presunto carbonario

Infokrisis.- En la historia del siglo XIX catalán suelen aparecer personajes que han alcanzado fama (Anselm Clavé, Narcís Monturiol, Ildefons Cerdá, etc.) de los que prácticamente se oculta que pertenecieron a asociaciones secretas y grupos conspirativos. Y esa militancia no era un mero “detalle” secundario en sus vidas: si se tuviera en cuenta que Clavé o Monturiol eran comunistas utópicos en la línea de Etienne Cabet, se entendería el por qué se aprestaron a propagar el canto coral entre los trabajadores o de dónde procedía el interés en la navegación submarina o por qué las manzanas del Eixample barcelonés tienen forma ochavada (18). A nadie que haya estudiado mínimamente la vida y la obra de estos tres personajes de la cultura catalana del XIX se le ocurrirá disociar su militancia política de las aportaciones que realizaron; es más, si realizaron unas aportaciones concretas fue en función, solamente de sus creencias políticas y como aplicación de las mismas. De ahí que tenga importancia fijar si Aribau era o no carbonario o si, como mínimo estaba implicado en el universo conspirativo liberal de la primera mitad del siglo XIX.

De la infancia de Aribau se sabe lo justo con alguna duda y varias imprecisiones. Se sabe que nación el 4 de noviembre de 1798 y que era hijo de una familia acomodada cuyo patrimonio derivaba del comercio. Estudió en el Seminario Conciliar de Barcelona, le apasionó la lectura de los clásicas y entre 1814 y 1816 estudia ciencias varias. De ese período se polemiza sobre un defecto en la pronunciación que le hacía hablar con dificultad. Unos atribuyen este defecto a una segunda dentición anormal y otros a un susto que le produjo la irrupción en el domicilio familiar de soldados franceses para detener a su padre (19). Parece ser que ese defecto nunca lo terminó de superar y le acompañó durante toda su vida.

En 1815, a poco de abandonar las tropas francesas Barcelona, Aribau participa en la constitución de la Sociedad Filosófica en a que figuran también Ignasi Savall, Francisco Llaró, Antoni Monmany, Miquel Antón Martí, Ramón Muns, Somponts i Llobet, López Soler. Todos son amigos, jóvenes y atraídos por los ideales de la ilustración, todos con ganas de obtener fama literaria. El cenáculo intelectual tuvo corta vida y se disolvió en 1821. El alma de la Sociedad fue Francisco Llaró i Vidal. Manuel de Montoliu que es a quien seguimos en esta parte, estudió toda la documentación de la Sociedad Filosófica, depositada en la Acadèmia de Bones Lletres. La Sociedad tenía tres secciones: Metafísica, Física, y Oratoria y Poesía. Su boletín tenía el pretencioso nombre de Periódico Erudito. Los artículos no se firmaban con el nombre sino con un seudónimo. El de Aribau era “Ubariso”. El de López Soler, “Lopecio”; “Silvio” el de Savall; “Montano” el de Muns… ¿eran los “nombres iniciáticos” con los que en aquella época era habitual que utilizaran los miembros de las sociedades sacretas? No hay que descartarlo en absoluto. Todos ellos comparten los mismos ideales constitucionalistas; son antiabsolutistas y en sus reuniones parece que hablan más de política que filosofía. 

La revista apareció de junio de 1815 a 1820. Montoliu define el nivel de la revista como “mediocre y pedante” (20). Aparecen artículos irreverentes y anticatólicos. Hay continuas referencias a Adam Smith, Rousseau, la Enciclopedia, el marqués de Caracciolo. Las traducciones son de obras que ya gozaban de reconocida fama en Europa y que llegaron tarde a España. Contrariamente a lo que algunos han dicho, en la Sociedad Filosófica no hay ni rastro de romanticismo. Aribau lo descubre entre 1820 (cuando la Sociedad Filosófica ya está agonizando) y 1823 (21).

En 1815 la masonería todavía no se había reconstruido en Barcelona. Se sabe que, en aquellas primeras logias traídas por las tropas napoleónicas, iniciaron a algunos barceloneses, pero lo más probable es que se tratada de “afrancesados” y que siguieran a las tropas napoleónicas en su retirada. Por tanto, hay que descartar influencia masónica en la Sociedad Filosófica, por lo menos en sus primeros pasos. Por otra parte, la trayectoria de los miembros de la sociedad y del propio Aribau les caracteriza como opositores a la presencia francesa y, por tanto, necesariamente exteriores a las logias. Como se sabe, en aquel momento la masonería internacional estaba fracturada en dos grandes tendencias: las logias de obediencia francesa (en general republicanas, laicas y liberales) y las logias de obediencia inglesa (conservadoras y teístas). Antes de la entrada de las tropas napoleónicas existían logias en España de obediencia inglesa, sin embargo, el carácter anticatólico de los textos difundidos por la Sociedad Filosófica impide reconocer influencia de esta rama de la masonería. Sin embargo, el marasmo de la guerra de la independencia y las convulsiones políticas inmediatamente anteriores debieron arrasar completamente con esta masonería. Cuando, Domingo Badía (a) “Alí-Bey”, decide realizar su viaje a La Meca, previniendo que necesitará ayuda y apoyos en el curso de su expedición decide ingresar en la masonería, pero debe de ir a Londres para hacerse iniciar (22). Son los últimos años del reinado de Carlos IV y de la presencia de Godoy, lo que indica que ya en esa época, inmediatamente anterior a la invasión napoleónica, la masonería de obediencia inglesa se había extinguido en España.

En cuanto a la Sociedad de los Caballeros Comuneros no se había constituido todavía y los primeros carbonarios italianos solamente llegarían a Barcelona en 1820, coincidiendo, eso sí, con el cambio de actitudes en el interior de la Sociedad Filosófica y con su disolución.

Así pues, resulta extremadamente difícil establecer si existió detrás de la Sociedad Filosófica alguna influencia organizada de grupos secretos que operaban en su interior y mucho más difícil todavía establecer de dónde venía esa influencia. En cualquier caso, no hay ninguna duda de que, al menos en su juventud, todos sus miembros fueron liberales y constitucionalistas. El recurso sistemático al seudónimo (practicado en la Orden de los Iluminados de Baviera, en buena medida formada por intelectuales y artistas, y en la masonería, no deja de ser sospechoso y permite pensar que detrás pudiera haber algo más que una simple hermandad literaria compuesta por jóvenes pedantes.

En el caso de Aribau, no sólo él sino también su padre, son constitucionalistas convencidos, opositores a Fernando VII y partidarios de la Constitución de Cádiz. El padre debe exiliarse y la madre enferma. Bonavertura Carles Aribau debe entonces ponerse a trabajar en el comercio (en Casa Dodero). Desde el principio colaborará en el estallido de la revolución liberal de 1820 (23).

Así mismo, tampoco hay que olvidar que en el primer tercio del siglo XIX, la actividad política liberal se desarrolló casi siempre en condiciones políticas muy precarias, a un paso de la clandestinidad y con un riesgo permanente de sufrir la represión. No es raro, por tanto, que los liberales se organizaran desde el principio en organizaciones secretas juramentadas (como el carbonarismo o la comunería) o siguiendo la tradición del siglo XVIII en cenáculos intelectuales tras los que se ocultaban otras intenciones. De no ser así, la Sociedad Filosófica sería como mínimo un foco de actividad liberal, una agrupación de admiradores de las modas enciclopedistas y de la Ilustración, llegadas a España con retraso.

La Sociedad Filosófica terminó disolviéndose e integrándose en la Academia de Buenas Letras de Barcelona en 1821. Las fichas de ingreso de los nuevos socios son de fecha 4 de junio. Poco más de veinte días después, el 26 de junio de ese año, uno de los miembros de la Sociedad Filosófica, López Soler, será nombrado secretario general de la institución (24). Se trataba de uno de los activistas constitucionalistas más exaltados. Aribau ingresa también en la Academia (25).

Aribau, a todo esto, ha publicado en 1817 su primer libro que lleva el título de Ensayos poéticos, escrito en castellano y que resume sus intervenciones en los cenáculos de la Sociedad Filosófica entre 1815 y 1817. En 1820 es un revolucionario (26) que no duda en ponerse del lado de Riego cuando promueva el movimiento constitucionalista. Aribau escribe versos que se popularizarán pronto y el famoso himno:

Libertad, libertad sacrosanta,
nuestro numen por siempre serás:
podrás vernos morir en tus aras,
que vivir en cadenas, jamás!
(26)

Sigue colaborando en ese período con Ramón López Soler (27), el más exaltado de los miembros de la Sociedad Filosófica con el que incluso escribe un nuevo himno político del que vale la pena transcribir un fragmento:

Mientras tú a los esclavos persigues
Oh, Lopecio, con fiero clamor,
Yo pretendo cantar a los libros,
Que no en vano soy libre y cantor.
Benjamín, los loores recibe
De un extraño que te es superior,
Que tú eres francés y cautivo
Y yo soy español y señor. (28)


El texto es de 1920 y es casi un paradigma de los ideales constitucionalistas de la época e incluso del estilo: declamatorio, desgarrado, arrebatado y nacionalista. Sin embargo, poco a poco se irá moderando (a diferencia de López Soler que morirá antes de llegar a la madurez con el mismo radicalismo que le acompañó desde la adolescencia). En esa época absolutamente nada vincula a Aribau a algo que pudiera considerarse remotamente como precedente del regionalismo catalanista. Es liberal de la época y, por tanto, nacionalista español, sin más matices. En esa misma época, para demostrarlo, colabora con las publicaciones liberales más famosas de la época: empieza colaborando con El Constitucional, pero sus artículos son criticados por demasiado moderados; pasa luego a La Voz de la Razón, en donde Josep Mª Poblet dice que el moderado es él (29). Colaborará con otras muchas revistas (la más fluida con El Vapor, otra portavoz de los liberales exaltados). Sigue sin aparecer el catalanismo por ningún sitio. Estos artículos, además, los escribe siempre en castellano. Para colmo, tras la peripecia de la Sociedad Filosófica, Aribau pone en marcha junto con el editor Rivadeneyra la Biblioteca de Autores Españoles que publicará las obras de Cervantes y de Leandro Fernández de Moratín. En los tres primeros volúmenes de esta obra Aribau colabora redactando ediciones críticas, introducciones y cuidando los detalles de la edición de estos autores españoles. Tampoco aquí aparece ningún prurito catalanista. De esa época datan también poemas en castellano incluidos en su primera obra –Ensayos Poéticos- de 1817. Uno de ellos es curioso porque nos sitúa en plena temática panteísta. Aribau creo que la Creación es la mejor prueba de la existencia de Dios. Y cuando alude a la “creación” se está refiriendo a la naturaleza, de ahí que la naturaleza sea la manifestación de Dios y pueda llegarse a éste a través de su contemplación (30). Panteísmo ingenuo y juvenil de un  poeta castellano nacido en Catalunya que en ese momento apenas tiene 19 años. Igualmente significativo es que en la introducción a esta obra Ramón Muns i Seriñá, otro miembro de la Sociedad Filosófica, aluda a la poesía como “la primera fuerza civilizadora del mundo” y remita a la Edad de Oro y al mito de Orfeo, temas… que se repiten en la simbólica masónica de aquella época con singular reiteración y que en Barcelona están muy presentes en el bagaje simbólico que acompaña la decoración del Parque del Laberinto (31).

Las sospechas de que a partir de 1820, cuando Aribau se vincula al carbonarismo se basan en tres pruebas circunstanciales que, por sí mismas no demuestran nada, pero sí que contribuyen a generar la noción de una “duda razonable”. Estas pruebas circunstanciales son tres:

- La colaboración de Aribau junto a Ignacio Villavecchia, comerciante italiano afincado en ese momento en España.

- A esta relación sigue la creación por parte de Aribau de la revista El Europeo, que encarnaba el título de la asociación carbonaria creada por Garibaldi, en esos mismos años, Joven Europa y que en España contó con una sucursal.

- El hecho de que en Barcelona se albergaran durante el trienio liberal a 600 carbonarios italianos que vivieron arracimados en la calle Industria, a la derecha de las Ramblas, próximos al puerto de la ciudad. De la actividad propagandística de estos carbonarios surgió la rama española de la secta secreta conspirativa.

Estos hechos pueden encadenarse unos a otros y todos aparecen justo en el momento en el que la Sociedad Filosófica, radicada en Barcelona (puerta de entrada del carbonarismo) se disuelve. A falta de un estudio más pormenorizado es posible pensar que es precisamente la difusión de las ideas carbonarias a partir de 1820, cuando se produce el desembarco masivo de carbonarios italianos en Barcelona, es el factor desencadenante de la ruptura dentro de la Sociedad Filosófica. Es, en cualquier caso, curioso que la diferencia que hay entre la Sociedad Filosófica y las iniciativas posteriores de Aribau consiste en que, a partir de 1820 asume el romanticismo como idea filosófico-existencial y da un tinte romántico a sus publicaciones. El Europeo será considerado como el vehículo de introducción de las ideas románticas en España. Pero es que, el romanticismo en Italia se identifica completamente con los ideales carbonarios y especialmente es encarnado por la figura de Garibaldi, a medio camino entre el agitador político heroico y el condotiero renacentista.

No es solamente cuestión del título. La presencia carbonaria en la redacción de El Europeo es asfixiante. Colaboran en su redacción el inglés Cook y los italianos Galli y Montegia, los tres conspicuos conspiradores carbonarios. Por otra parte, todo esto es inseparable de la vinculación, justo en ese momento, de Aribau al industrial italiano Villavecchia del que, muy probablemente, surgieron, sino la totalidad, al menos lo esencial de los fondos gracias a los cuales fue posible lanzar la publicación El Europeo, una de las mejores revistas de su tiempo y que trascendía la idea de una pequeña revista de agitación y propaganda realizada por liberales exaltados.

La vida de El Europeo será breve, apenas seis meses. El primer número salió el 18 de noviembre de 1823 y el último el 24 de abril de 1824. El pie de imprenta demostraba que la publicación se realizaba desde Barcelona impulsada por un “grupo de intelectuales que se daba a sí mismo el nombre de Escuela Romántico Espiritualista” (32). La militancia carbonaria de dos de ellos, Luigi Monteggio y Fiorenzo Galli, está fuera de duda y la vinculación de Cook a los círculos místico-románticos con vinculaciones a grupos masónicos o próximos a la masonería. Carl Ernst Cook, contrariamente a lo que se tiene tendencia a pensar, no era inglés sino alsaciano y se le considera uno de los introductores del romanticismo en España a donde llegó como exiliado liberal (33). Se trasladó pronto a Menorca en donde fundó un colegio que alcanzó pronto prestigio científico. De ahí salió el frenólogo y masón Mariano Cubí. Emigró a Italia para participar en los combates por la unificación del país, junto a Mazzini y Garibaldi. Aunque se ignora si perteneció a la carbonaría, se alineó siempre junto a carbonarios y es con ellos con los que en 1821 se convierte en un exiliado más llegado de Italia a Barcelona. En la Ciudad Condal conocerá a Aribau y a López Soler y junto con Moteggio y Galli fundarán El Europeo. En ese momento las preocupaciones de Cook no son solamente políticas, sino que sigue orientaciones muy comunes en aquella época entre los liberales exaltados: se interesa por el magnetismo animal de Franz Anton Mesmer y por la frenología de Sprunz, Gall y Mayer, aspectos de un conocimiento en evolución que todavía no había conseguido abandonar su etapa pre-científica (34).

Se suele enfatizar que el Europeo fue la primera publicación que difundió los ideales románticos en España de manera organizada y sistemática. Eso es innegable, pero no es menos innegable, que estaba fundada y promovida por cinco liberales exaltados de los que dos son carbonarios, sobre Cook existe la seguridad de que también lo fue, y sobre Aribau y Ramón López es fácil pensar que se sintieron atraídos por el carbonarismo y dispuestos a difundir su ideario identificado con el romanticismo (35).

Cuando se empieza la publicación de El Europeo, el trienio liberal ha concluido con la entrada de los “Cien mil hijos de San Luis”. La agitación política debe moderarse, sino se quiere terminar en prisión o algo peor. Esto explica el carácter literario de la publicación El Europeo y el que el elemento político haya pasado a un plano secundario. En los ambientes liberales la experiencia de la Santa Alianza y su operación en España cortando radicalmente el trienio liberal, tuvo un extraordinario impacto. Empezaron a pensar que, de la misma forma que las monarquías europeas actuaban unificada y solidariamente, las fuerzas liberales debían de hacer otro tanto. De ahí que, a partir de entonces, los liberales empezaran tempranamente a aludir a la “idea europea”. En 1836, distintas asociaciones carbonarias nacionales  creadas a la imagen y semejanza de Giovine Italia, la organización de Mazzini y Garibaldi, fundaron Joven Europa que evidencia que la idea europea estaba viva en el carbonarismo (36).

De 1924 a 1836 median doce años. A la revista El Europeo le cabe el honor de haber albergado al primer núcleo carbonario que comprendió que para afrontar la ofensiva de la Santa Alianza era preciso una alianza entre los liberales europeos.

A partir de ese momento, la actividad política de Aribau disminuye y se reduce solamente a la publicación de artículos en distintas revistas, cada vez más moderadas. Y en Madrid funda el periódico El Corresponsal y más adelante, cuando este desaparece, vuelve a colaborar con El Constitucional así como con una publicación nueva: La España… En esa época publica la Oda a la Patria (37).


NOTAS

(18) En nuestra obra Guía de la Barcelona Mágica (op. cit., págs.. 218-225) tocamos brevemente esta temática. Existen rastros documentales suficientes de que Clavé, Monturiol y Cerdá compartían el ideal de Etienne Cabet expuesto en su libro Retorno a Icaria. El propio Monturiol tradujo al castellano esta obra en 1848 que fue publicada por la Imprenta y Librería Oriental de Martín Carlé y reeditada en 1985 por Ediciones Orbis, SA. Durante su estancia en el Empordá en calidad de perseguido político, Monturiol observó los sufrimientos de las familias de los pescadores cuando salían a la mar y su “amor a la humanidad” le indujo a inventar un navío insumergible, el submarino. En cuanto a Clavé, su impulso por el canto coral deriva de que tal como explica Cabet en su obra (pág. 60-61, entre otras muchas referencias) el canto refuerza la solidaridad y la unión entre las personas. Cabet explicaba que los icarianos cantaban mientras trabajaban. En cuanto a Cerda, tal como expusimos en la Guía de la Barcelona Mágica, ideó el Eixample en función de las inspiraciones que extrajo de la lectura de Cabet, cuando éste aludía a que Icaria era una ciudad circular con grandes avenidas rectilíneas y con manzanas cuadradas. Cerdá se limitó simplemente a diseñar sus manzanas de tal manera que contuvieran la cuadratura del círculo (problema que no tiene solución matemática pero sí geométrica) ante la imposibilidad de que el Eixample fuera circular como proponía Cabet. Mantuvo, eso sí, la consigna de trazar avenidas rectilíneas para que “pudiera circular un aire más limpio” (Cabet, op. cit., pág. 71). El hecho de que el nombre de Icaria quedara grabado en el callejero barcelonés es suficientemente significativo de la importancia que tuvo el comunismo utópico en aquella ciudad. Sorprendentemente ni la Generalitat ni el Ayuntamiento de Barcelona han realizado medida alguna para recuperar este pasado, seguramente porque no tenía absolutamente nada que ver con el regionalismo catalanista que se ha intentado en todo momento convertir en el eje y en la clave de bóveda de la sociedad catalana.

(19) Poblet, op. cit., pág 19.

(20) Manuel de Montoliu, op. cit., pág. 47: “En general, els trevalls originals del socis de la Filosófica no pasan dels limits de una mediocritat bon xic pedantesca” (Traducción: “En general, los trabajos originales de los socios de la Filosófica no superar los límites de una mediocridad muy pedante”.)

(21) Manuel de Montoliu, op. cit., pág. 49.

(22) Hemos tocado este tema en nuestro artículo “Alí Bey, aventurero y descendiente del profeta”, publicado en Saber Mas, Barcelona 1998, pág, 23-25 y en el blog infokrisis: http://infokrisis.blogia.com/2009/021304-ali-bey-aventurero-y-descendiente-del-profeta.php

(23) Constitución Catalana y cortes de Cataluña. Excerpta vuitcentista de Peguera, a càrrec de Ramon López Soler, Jaume Ribalta i Haro, Universitat de Lleida. http://www.raco.cat/index.php/RevistaDretHistoric/article/view/27898/27732

(24) Jaume Ribalta, op. cit., pág. 4 y también http://lletra.uoc.edu/ca/autor/bonaventura-carles-aribau

(25) http://lletra.uoc.edu/ca/autor/bonaventura-carles-aribau

(26) Jaume Ribalta, op. cit., pág. 5

(27) Una biografía literaria de Ramón López Soler, puede encontrarse en el artículo Ramón López Soler, el romanticismo en su teoría y en su práctica, http://www.cervantesvirtual.com/portal/romanticismo/actas_pdf/romanticismo_8/cremades.pdf

(28) Citado, entre otros por Josep Mª Poblet, op. cit., pág. 21.

(29) Josep Mª Poblet, op. cit., pág. 21.

(30) Citado por Manuel de Montoliu, op. cit., pág. 50.

(31) En nuestra obra Misterios de Barcelona, Editorial PYRE, Barcelona 2001, pág. 9-27, realizamos un análisis simbólico e histórico del Parque del Laberinto y establecimos que su decoración atiende a los patrones de la mitología griega redividos por el neoclasicismo del siglo XVIII, pero también anotamos que, determinados detalles, hacen que la cosa no sea tan simple: esos mismos temas mitológicos aparecen también en la decoración de la Casa Xifré en Barcelona (véase la misma obra, páginas 28-42) y ahí ya es posible demostrar que están vinculados a la franc-masonería y al martinismo.

(32) Antonio de Montoliu, op. cit., pág. 54

(33) Los datos sobre Cook han sido extraídos de http://es.wikipedia.org/wiki/Carlos_Ernest_Cook

(35) Sobre la frenología y la figura de Mariano Cubí de un lado y el mesmerismo de otro, véase el artículo publicado por nosotros en infokrisis: Mariano Cubí y las glorias de la frenología, en donde se aportan datos sobre las relaciones de Cubí y de los frenólogos con la masonería. http://infokrisis.blogia.com/2008/121202-mariano-cubi-y-las-glorias-de-la-frenologia.php

(35) Véase la totalidad de la obra El Socialismo Romántico, de Sarane Alexandrian, Editorial Laia, Barcelona 1985, que en su mayor parte está dedicado al socialismo utópico, a las conspiraciones carbonarias, al comunismo icariano y al positivismo tardío que entran perfectamente en este contexto político-liberal-espiritualista.

(36) En 1931 Mazzini fundó Giovine Italia que fue completamente desarticulada tras la conspiración fallida en Savoia en 1834. Un año antes, Mazzini fundó Goivine Europa en Berna con el fin de “coordinar a los pueblos europeos que aspiraban a la independencia nacional”. Estaban presentes representantes de Suiza (La Jeune Suisse), Polonia (Joven Polonia), Joven Alemania (cuya actividad era de socorros mutuos y difusión cultural entre los emigrados alemanes). En 1836, la asociación había dejado de existir, cuando ya se habían formado grupos similares en toda Europa, incluida España. La asociación Joven España fue generada por carbonarios. Así mismo existió Joven Inglaterra que contó al Disraeli entre sus afiliados.

(37) Para ampliar todos estos datos puede consultarse la obra de Antonio de Montoliu, op. cit., págs. 45-59 y Josep Mª Poblet, op. cit., págs.. 21-23.

(c) Ernesto Mià - infokrisis - infokrisis@yahoo.es  - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducicón de este texto sin indicar procedencia.

Aribau: buceando en los orígenes de la Renaixença (I de IV)

Infokrisis.- La tesis de este pequeño trabajo es que, Bonaventura Carles Aribau, considerado como el punto de arranque de la Renaixença catalana, permaneció durante toda su vida completamente ajeno a cualquier idea catalanista y participó en su juventud de la actividad de las sociedades secretas carbonarias que operaban en España. Este dato no es desdeñable a la vista de que otros patriarcas del catalanismo o del republicanismo catalán, eran cambien miembro del carbonarismo, sin olvidar que la primera asociación cultural catalanista, Jove Catalunya, tenía profundas raíces carbonarias.

Así pues, este trabajo puede considerarse como un intento de establecer si existieron ligámenes y hasta qué punto fueron profundos, entre el carbonarismo y la primera generación catalanista, todo ello tomando a Aribau y su Oda a la Patria como excusa.

I. Y en aquel tiempo, nació Aribau…

A pesar de que Bonaventura Carles Aribau i Farriols nació en los últimos años del siglo XVIII, su vida es propia de un liberal del XIX. Nace en un momento en que los ideales de la Revolución Francesa han eclosionado, cuando la Revolución Americana ya está más que consolidada y los EEUU en plena expansión. Hacía poco que la “Guerra Gran” había concluido y ya se había firmado el Tratado de San Indefonso.

En aquella ocasión, los misioneros jacobinos procedentes de Francia multiplicaron sus campañas de agitación en Catalunya, cosechando un rechazo general. En aquel momento (1793), la Convención francesa declaró la guerra a España e invadió Catalunya y Euzkadi. Sin embargo, una oleada de fervor patriótico –impensable hoy- recorrió Catalunya (1). Pérez Bustamante lo describe así: “El entusiasmo de la España católica y monárquica para luchar contra la Francia revolucionaria fue extraordinario: de todas partes afluían donativos y soldados voluntarios”. Ángel Osorio y Gallardo da cuenta del mismo clima con unas pocas pinceladas: “Los obreros de una fábrica de Barcelona ofrecieron parte de su salario para contribuir a la defensa de nuestra sagrada Religión, de nuestro Augusto Soberano y de sus Estados” (2)  y para Nicolau d’Olwer, independentista y miembro de la asociación de extrema-derecha catalanista Palestra en los años 25-36, fue luego ministro español de economía y unos de los defensores del Estatuto de Autonomía, es decir, una fuente poco sospechosa que reconoce que se trató de lo que define como “primer acto de españolismo de los catalanes” (3), algo que refrenda otro historiador catalanista, Ferrán Soldevilla cuando escribe: "Catalunya comparte los sentimientos del pueblo español, combate sin ninguna aspiración de reconquista autonómica, no siente, en ninguno de sus estamentos o de sus hombres la más tenue vacilación, ante la oportunidad que, para recuperar la libertad, le ofrezcan las insinuaciones, las esperanzas y hasta los proyectos de los revolucionarios” (4).

Habían transcurrido apenas 75 años desde 1714 y al pueblo catalán de aquel momento parecía no importarle absolutamente nada la abolición de la Generalitat y la integración en el proyecto nacional-borbónico. De hecho, el período que va desde 1714 hasta la Oda a la Patria es muy molesto para los historiadores nacionalistas porque no se perciben rastros documentales de que existiera mucha oposición a la “españolización” de Catalunya. Es más, en los poemas, canciones y aucas que se publicaron en aquel momento para excitar a la resistencia contra los jacobinos, el catalán es el idioma dominante sin discusión (5), lo que deja pensar que, contrariamente a la versión oficial (que alude a su desaparición) seguía utilizándose en manifestaciones públicas… a favor de España.

Los sucesos se desarrollaron rápidamente: el general Ricardos penetró con fuerzas catalanas en el Vallespir y el Rosellón en donde los españoles fueron recibidos como libertadores y siguieron avanzando hasta las puertas de Perpiñán, interrumpiendo la ofensiva y generando desánimo en los habitantes de la zona que… después de 150 años de dominio francés seguían sintiéndose incómodos tanto en la República Francesa como antes durante la monarquía.

La detención de los tropas de Ricardos permitió la contraofensiva francesa y su ocupación de Ripoll, Camprodón, Androrra y Arán, hasta la fortaleza de Figueras donde murió el Capitán General Conde de la Unión que había resucitado los somatenes armados disueltos por el Decreto de Nueva Planta. Su sucesor, el general Urrutia, convocó una Asamblea General del Principat que acordó la formación de los Tercios de Catalunya y pasó de nuevo a la ofensiva entre un redoblado entusiasmo popular que se manifestó en las donaciones dadas por particulares para mantener este cuerpo. A la altura del río Fluviá, Urrutia logró frenar la vestida francesa y forzar la Paz de Basilea (1795) por la que Francia restituía todo el terrero ocupado a cambio de algunas ventajas económicas y de la mitad de la isla de Santo Domingo.

A este pacto siguió el tratado de San Ildefonso que alió estratégicamente a España en la órbita de Francia, lo que supuso desde el primer momento un desastre para España (ataques ingleses en las colonias, destrucción de la flota en Tafalgar, etc.).

Luego llegó la guerra abusivamente llamada “de la independencia”. En realidad se trató de distintos conflictos unos situados dentro de otros. En realidad, la insurrección de las clases populares el 2 de mayo en Madrid adquirió las características propias de una protesta social muy similar a los motivos que se habían producido anteriormente (el llamado “motín de Esquilache”, el de Aranjuez y otras algaradas similares), sólo que, en esta ocasión, el elemento más odioso era la presencia francesa. Sin embargo, el 2 de mayo no tuvo ni el concurso de la inmensa mayoría del ejército (salvo el episodio de Daoiz y Velarde), ni de la burguesía, ni de la aristocracia, que censuraban desde sus ventanas del Madrid de los Austrias los incidentes. Luego, la intervención inglesa, persistente a lo largo de la contienda hizo que en buena medida Francia e Inglaterra dirimieran sus diferencias también en España y, después de Bailén, las grandes batallas de la guerra fueran protagonizadas por tropas inglesas.

Lo sorprendente es que solamente en Catalunya la “guerra contra el francés” adquirió tintes comunitarios. En Barcelona, las clases populares, los menestrales, las aristocracia, tomaron partido casi unánimemente durante toda la guerra en contra del ocupante (a diferencia de en Madrid en donde, tras el estallido del 2 de mayo no hubo resistencia significativa, sino que se instauró la corte de José I sin grandes problemas). La insurrección catalana se inició en Lleida, se extendió luego a Barcelona y a Girona. Fue precisamente de camino a Lleida para sofocar la rebelión cuando se produjo la derrota francesa del Bruch a manos de somatenes de la región. Otro episodio similar tuvo lugar en el Ordal con tropas francesas que intentaban alcanzar Tarragona.

Cuando el 18 de junio de 1808 se articula la resistencia en torno a la Junta Superior de  Catalunya lo hacen en nombre de España y de Fernando VII. Napoleón intentó instigar el nacionalismo y el regionalismo ofreciendo la incorporación de Catalunya a Francia y el libro uso del catalán en lo que se dio en llamar “política fraacesa de captación”. Napoleón en su correspondencia dejó escrito incluso que su intención era incorporar Catalunya a la corona francesa algo que solamente pudo hacerse tardíamente el 26 de enero de 1812. El Principat fue dividido en “departamentos”. Pero… el catalán que hasta ese momento había sido tolerado por los franceses en virtud de su “captación”, fue por primera vez proscrito e incluso se intentó la penetración del francés. No hubo nada que hacer. Salvo la colaboración interesada de individualidades pertenecientes siempre a la alta burguesía y a la aristocracia ilustrada, ni menestrales, ni burgueses, ni clases populares, aceptaron el dominio francés como demuestra la famosa conspiración del Día de la Ascensión y los fusilamientos y las protestas que siguieron. Inútil recordar la resistencia numantina de Girona con sus dos “sitios” y la resistencia de Tarragona, sin olvidar que el mito heroico de la contienda, por excelencia, fue la figura de Agustina Zaragoza i Domenec, nacida en Barcelona y alma de la resistencia zaragozana.

En la noche del 27 y 28 de mayo de 1814, las tropas francesas evacuaron Barcelona tras seis años de ocupación. Llevaban la bandera borbónica para evitar represalias de la población civil. Durante la ocupación, las tropas francesas habían creado algunas logias masónicas a la que en el último período accedieron a iniciar a barceloneses. Sin embargo, la impopularidad del ocupante, por sí misma, explica el hecho de que al retirarse los franceses no quedara ni rastro de estas logias e incluso que la masonería tuviera en la Ciudad Condal mala fama durante muchas décadas.

Con estos datos el cuadro de la Catalunya que vio nacer a Aribau se completa: no había ni rastro de nacionalismo ni de regionalismo, se hablaba y se escribía en catalán. No existía ningún elemento objetivo que permitiera pensar que todavía quedaran cicatrices de los episodios de 1714, ni que existieran rastros de un regionalismo, ni siquiera del foralismo anterior, ni tensiones antiespañolistas ni antimonárquicas. No es por casualidad que algunos historiadores hayan afirmado que el siglo XIX fue el gran siglo español de Catalunya y que ésta misma época sea observada con desconfianza por los historiadores catalanistas.

En el momento en que Aribau escribe su Oda a la Patria no hay rastros de reivindicación regionalista en el horizonte.

II. La pre-Renaixença

La obra de de Josep Mª Poblet, Aribau, i abans i després (6) tiene la virtud de ser, así mismo, poco sospechosa: publicada durante el franquismo (1963) dentro de una editorial que difundía textos catalanistas abunda en detalles biográficos y, al mismo tiempo repasa, en su primer capítulo la situación de la literatura catalana “antes” de la llegada de Aribau. El autor, arrastrado por cierto prurito patriótico-catalanista no puede evitar quedar en evidencia en algunos momentos.

En el segundo párrafo del capítulo I aborda la letanía: “Després de 1714, les lletres catalanes tingueren una gran devallada”, para luego añadir a continuación: “La veritat és que abans d’aquesta data, el panorama no s’albiraba gens esperançador. Barcelona era una ciutat poc menys que somorta. Els seus habitants romanien aclofats, reclosos, en el Cercle emmurallat” (7). Así pues, la realidad es que ya antes de 1714 el panorama no era “muy esperanzador”.

En realidad, las escasas muestras de literatura catalana antes de 1714, al menos las de mayor calidad, se habían producido en el territorio del antiguo Reino de Valencia. El catalán era el idioma que se hablaba  en el Principat pero no había generado hasta ese momento una literatura remotamente parecida a la castellana. Josep Mª Poblet rebaña en la historia de la literatura catalana anterior a Aribau y anterior a 1714 y todo lo que encuentra se puede resumir en apenas 10 páginas. Del Medievo no queda nada salvo los “Misterios”, representaciones devotas de las que aún quedan rastros en la Comunidad Valenciana: el Misteri d’Elx, El Miracle de Sant Vicenç Ferrer o el Jesuset de Sant Cristofol.  Antes solamente hay rastros del uso literario del catalán en las Homilías de Organyà (finales del siglo XI), en las obras de Llull (siglo XIII) y Ausias March (siglo XV) y en el Tirat Lo Blanc de Joanot Martorell tan apreciado por Cervantes que es de los pocos libros que salva de la quema de El Quijote.

A decir verdad el “gran siglo” de la literatura catalana no se genera sobre el territorio de los condados catalanes sino en el siglo XV en el Reino de Valencia. Luego, la literatura que florece sobre el territorio del Principat es muy escasa y sin ambiciones. Habitualmente se trata de obras de teatro y sainetes muy ligeros. En 1700, por ejemplo, el Rector de Vallfogona (de apellido poco catalán, García) escribe una obra dramático-religiosa prácticamente imposible de representar en el teatro por su duración y complejidad.

A partir de ese momento se inicia una larga decadencia que va arranca desde el siglo XVI y que se prolonga oficialmente hasta 1833, fecha de la publicación de la Oda a Catalunya de Aribau. Pero, a decir verdad, a poco que se examine la marcha de la literatura catalana posterior a 1714 se ve claramente que no tiene grandes diferencias con la que existió en los 200 años antes. Tanto inmediatamente después como en los siglos anteriores, abundan las obras de carácter religioso, demostrando que en este terreno poco había cambiado: La Passió de Fra Anton de Sant Jeroni y los dramas que estrena Joan Ramis en Menorca, a cual más truculento.

En 1788 en el Rosellón se estrena El Café de Barcelona, un sainete de Ramón de la Cruz, de carácter bilingüe que será representado en Barcelona en el teatro de la Santa Creu (hoy teatro Principal en las Ramblas). Ignasi Sobravia estrena en esa época otra pieza cómica: Comedia del famós i divertit Carnestoltes.

En el período en el que Aribau es un adolescente emerge una figura estrafalaria, actor histriónico, agitador político, escritor irreverente, vinculado a sociedades secretas liberales y conspirativas: Josep Robreño a quienes algunos han presentado como el verdadero estimulador de la literatura catalana en su aspecto teatral. Avelí Artís confirma que “el mèrit del ressorgiment del Teatr Català, més que a Frederic Soler, es devia a Josep Robreño” (8).

Robreño era, sin duda, un tipo excepcional. Los que lo conocieron lo describen como de muy corta estatura, gordo, barrigón y cuellicorto, que se comportaba habitualmente como un verdadero histrión. Todos loan su vis cómica y Joan Amadés (9) lo sitúa delante del Teatro Principal, en las Ramblas, justo en donde hoy se encuentra la estatua a Frederic Soler (a) “Serafí Pitarra”, arengando a las masas insurgentes que, tras una desgraciada corrida de toros en la plaza de la Barceloneta habían asaltado la Capitanía General, asesinado al capitán general en la “bullanga” de 1835. Robreño excitó a las masas y les invitó a subir por las Ramblas y quemar “los centros del oscurantismo”. Así ardió buena parte del patrimonio gótico de Barcelona (10). Entre este detalle (no desde luego desdeñable, porque todavía hoy se sospecha que determinadas organizaciones secretas instigaron esa “bullanga”) y que Robreño era, habitualmente, alguien muy definido políticamente por los contenidos de sus obras, hay que situarlo forzosamente dentro de una de estas tres asociaciones: la Sociedad de los Caballeros Comuneros, la Sociedad Carbonaria o la franc-masonería que ya por entonces se identificaban con el liberalismo anticatólico y con el socialismo utópico. Debió ser en función de esta militancia que arengó a las masas en 1835.

Hijo de menestrales, Robreño, nacido en 1780, siguió el oficio de carpintero como sus padres. Sin embargo en 1811, en plena guerra de la independencia, se aficionó al teatro y realizó sus primeros papeles cómicos que alternaba con la redacción de panfletos y escritos antifranceses. El físico le acompañaba y nada más salir al escenario el público, muy benévolo, estaba dispuesto a reír. Además solía publicar aucas, novelas y panfletos en los que solía confirmar su vocación del liberal constitucionalista y su anticlericalismo. Su comedia más conocida es Lo sarau de la Patacada (11). El estilo de Robreño es irónico, utiliza los giros del pueblo llano, no tienden a resaltar la belleza de una rima, sino a buscar la carcajada más estruendosa. Solía atacar con aña a sus rivales y no se preocupaba mucho de deformar la realidad si ello le convenía. Por lo demás, su estilo era ingenio y directo, utilizaba un lenguaje que era el propio de las clases populares barceloneses de la época (12).

Debió ser después de la guerra de la independencia cuando asumió ideales de carácter liberal y exaltado que le llevaron a la prisión y al exilio hasta la amnistía de 1832. Tras su participación en la bullanga de 1835, conoció nuevos problemas judiciales, pero siguió su carrera como actor, comediógrafo y polemista sin grandes dificultades hasta 1838 cuando, en el curso de un viaje a Cuba, su navío embarrancó y tanto él como su mujer murieron de sed. Robreño fue considerado como el máximo exponente liberal entre los autores teatrales de su tiempo y entre los autores ligeros de sainetes y comedietas populares (13)

Se habla poco de Robreño en los manuales de literatura catalana. Tenía un problema: era bilingüe. Era capaz, incluso, en una misma comedia, de alternar catalán y castellano.  Y de la misma forma que en el movimiento gay se tolera malamente a los heterosexuales, entre catalanistas es de mal todo alternar ambos idiomas. Esa ligereza lingüística le ha valido a Robreño un olvido casi absoluto, tenuemente roto por la concesión anua de un premio de teatro que lleva su nombre.

Robreño suele ser encuadrado dentro de lo que se ha dado en llamar pre-Renaixença, junto al mataronés Antoni Puigblanch, otro liberal que moriría exiliado en Londres o Josep Renart i Arús, otro exponente del constitucionalismo, del que Comas Pujol dice que cuando querían escribir “en serio” lo hacían en castellano (14). Puigblanch (así firmaba sus libros y artículos pero su verdadero nombre era Antoni Puig i Blanch, era hebraísta (15) y siguió estudios eclesiásticos que abandonó. Se declaró liberal y fue expulsado de España radicando en Londres en donde siguió escribiendo material gramatical en catalán y algún problema en este lengua. Sin embargo, también aquí, cometió “pecado de bilingüismo”, escribiendo sus grandes libros (Inquisición sin máscara y Opúsculos gramático-satíricos) en castellano. Víctor Balaguer afirma que Puigblanch “fou el primer que al segle XIX assajà a donar vida literaria a la Llengua catalana” añadiendo que se atribuyó a otros la gloria literaria que merecía sólo Puigblanch (16). Se suele loar su obra Les Comunitats de Castella como el primer producto literario catalán de gran nivel, dirigido a “gente preparata” y a eruditos (17)

Hubieron más autores (Manuel de Montoliu dedica todo un libro a la figura de Aribau y al movimiento cultural y literario catalán que le precedió) que se expresaron en catalán, pero también en castellano. Carecían pues de prejuicios lingüísticos. Eran partidarios de dirigirse al público “popular” en catalán (pero no sólo en catalán, sino también en castellano), mientras que las obras a las que pretendían dar cierto “empaque” las redactaban en castellano. Da la sensación de que a principios del siglo XIX, nadie atribuía particular interés a la cuestión lingüística, sino más bien a los contenidos.

Llama la atención el que fue parte de estos autores son liberales exaltados que conocen las incomodidades del exilio por sus ideas políticas. Dos de ellos –Robreño y Puigblanch- son agitadores liberales en un tiempo en el que “ser liberal” iba necesariamente parejo a pertenecer a alguna “sociedad secreta”. Y sólo había tres (eso sí, divididas en múltiples tendencias): la masonería, el carbonarismo y la Sociedad Comunera. La primera conclusión que se impone es:

- hubo literatura catalana antes de Aribau;

- la primacía de Aribau como autor del pistoletazo de salida de la Renaixença es discutido por varios autores;

- no existía problema lingüístico en Catalunya en aquel momento. Un mismo autor se expresaba en el idioma que creía más conveniente para hacer llegar su mensaje

- y buena parte de los literatos catalanes de aquella época estaban ligados políticamente a corrientes liberales y conspirativas.

Parte II de III

III. Aribau, presunto carbonario

IV. Gaspar de Remisa y el encargo

V. Una vida de liberal ajeno al catalanismo
Parte III de III

VI. La Sociedad Carbonaria en España

VII. Del fin de la carbonaría al nacimiento de Jove Catalunya

VIII. Abdón Terradas carbonario y republicano

IX. Algunas conclusiones

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Notas a pie de página

(1) Otra historia de Catalunya. Marcelo Capdeferro. Ediciones Acervo. Barcelona 1986, pág. 80.

(2) Historia del pensamiento político catalán durante la guerra de España con la República francesa. Ángel Osorio y Gallardo. Madrid, 1913, pag. 23.

(3) Resum de literatura catalana. Nicolau d’Olwer. Barcelona, 1927, pág. 96.

(4) Citado por M. Capdeferro, op. cit., pág. 381.

(5) Véanse estos fragmentos rescatados por Capdeferro:

“¿Qué pensavas, tal vegada / gabaig, que Espanya dormía / perque ses tropas tenía descansant dins l’estacada?”, publicado inicialmente en El Diario de Barcelona de 19 de diciembre de 1793.

“Vallespir, Roselló, la França entera / Del valor español lo excés admira: / Ya espera resistir, ya desespera // Ya brama contra el Cel, però delira: / Que lo cel es qui vol que torne a Espanya / Lo Rosselló, Navarra y la Cerdanya”, publicado en El Diario de Barcelona el 1 de octubre de 1792, titulado “Soneto Catalá”.

(6) Aribau i abans i després, Josep Mª Poblet, Rafael Dalmau Editori, Col.lecció Episodis de la Historia, nº 47, Barcelona 1963.

(7) Aribau…”, op. cit., pág. 7. Traducción: “Después de 1714, las letras catalanas tuvieron un gran descalabro”… “La verdad es que antes de esta fecha, el panorama no veía nada esperanzador. Barcelona era una ciudad poco menos que mortecina. Sus habitantes permanecían recluidos, en el recinto amurallado”

(8) Citado por Josep Mª Poblet, op. cit., pág. 11. Traducción: “el mérito del resurgimiento del Teatro Catalán, más que a Federico Soler, se debía a Josep Robreño”.

(9) Historia de Barcelona, Joan Amadés, Ediciones 29, Barcelona 1983, vol. I, pag. 293.

(10) En nuestra obra Guía de la Barcelona Mágica (Martínez Roca, Bacelona, 3ª Edición, Barcelona 2008), hemos aludido ampliamente a estas destrucciones que afectaron especialmente a los conventos que se encontraban en las propias Ramblas (el de los trinitarios, el de los jesuitas) y luego cerca de la catedral, el convento de Santa Caterina, joya del gótico catalán, en donde hoy se sitúa el mercado del mismo nombre.

(11) El “ball de la Patacata” era un local de moda en la primera mitad del siglo XIX, que estuvo en la calle Tapies antes de que ésta sufriera una degradación a finales del siglo XIX y hasta finales del XX, previa a su desaparición.

(12) La biografía de Josep Robreño puede leerse en http://ca.wikipedia.org/wiki/Josep_Robrenyo_i_Tort, en donde entre otras cosas se reconoce que “Es pot considerar com el precursor de la Renaixença literària catalana especialment en el món del teatre.” (Traducción: “Se le puede considerar como el precursor del Renacimiento literario catalán especialmente en el mundo del teatro”).

(13) Orígenes Culturales de la sociedad liberal, Jesús A. Martínez, Biblioteca Nueva, Editorial Complutense, Casa Velázquez, Madrid, 2003. pág. 262.

(14) Gran Enciclopedia Rialp, artículo firmado por  A. Comas Pujol. Dice Comas: “Josep Robrenyo y Francesc Renart, que son en realidad sus precursores, empezaron a escribir para sesiones familiares y luego representaron sus obras públicamente. Fervientes partidarios del constitucionalismo, sus obras responden a sus ideales políticos. Los personajes, para darse a entender mejor, hablan en catalán, pero cuando desean producir una impresión de seriedad lo hacen en castellano. Josep Robrenyo (1780-1838) escribió además numerosos pasquines, proclamas, himnos patrióticos, octavillas revolucionarias, que las clases populares aprendían de memoria con entusiasmo”. http://www.canalsocial.net/GER/ficha_GER.asp?id=9229&cat=Literatura.

(15) En Viquipedia están incluidos algunos detalles biográficos de Puigblanch, entre ellos que fue catedrático de hebreo en la universidad de Alcalá, publicando Elementos de Gramática Hebrea. http://ca.wikipedia.org/wiki/Antoni_Puig_i_Blanch

(16) Citado en Aribau i el seu temps, Manuel de Montoliu, Aedos, Barcelona, 1962. pág. 81. Traducción: “fue el primero que en el siglo XIX intentó dar vida literaria a la lengua catalana”.

(17) Tal es la opinión de Josep Mª Poblet, entre otros, op. cit., pág. 14 y la de Enric Jardí que dedicó un denso volumen a la vida y a la obra de este autor: Antoni Puigblanch. Els precedents de la Renaixença, Aedos, Barcelona 1960.

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