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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

CULTURA

Cine: "La Búsqueda" o los deseos ocultos de EEUU

Cine: "La Búsqueda" o los deseos ocultos de EEUU Redacción.- La película “La Búsqueda” encierra en sí misma un argumento en absoluto original, buitreado de distintos best-sellers aparecidos en los últimos 20 años y que, finalmente, John Turteltaub, se ha atrevido a llevar al cine. Con un reparto de lujo, la película intenta emular a la saga de Indiana Jones y generar un thriller trepidante… tras el cual pueden verse algunas de las obsesiones y de las carencias de la cultura americana, esa que, como dijo Zbigniew Brzezinsky, “es hegemónica a pesar de su tosquedad”.

RASTREANDO UNA SAGA ETERNA Y ANTIGUA

Hace falta remontarse cuarenta años para ir a los orígenes de esta saga. Le cupo a un periodista francés, Gerar de Séde, escribir una curiosa obra titulada “Templiers parmi nous” (“Templarios entre nosotros”) que alcanzó un gran éxito en Francia y cuya traducción pasó casi desapercibida en España. En el libro de Séde iniciaba su peripecia en torno al supuesto tesoro que se encontraría en una cripta bajo la fortaleza de Gisors. Dicho hallazgo lo habría encontrado un porquerizo por su cuenta y no consiguió que nadie le creyera. De Séde, sin embargo, le dio crédito y escribió con los datos facilitados por este individuo, un artículo que mereció la atención de un “documentalista” del que el autor, como única pista, dijo que era “suizo”. De Séde lo visitó y vio que tenía en su posesión un plano que coincidía con lo descrito por el porquerizo. A partir de aquí, este “documentalista” se transformó en los diez años siguientes en la principal fuente de información de De Séde al cual debió buena parte de las informaciones para concluir unos cuantos best-sellers: “El Tesoro Cátaro”, “El Oro de Rennes”, “Los merovingios”, etc.

Hasta la aparición de “El Enigma Sagrado”, realizado por dos periodistas ingleses de la BBC y un francés, que no fue sino un desarrollo de un documental realizado para la cadena de TV británica, no se supo quién era el “documentalista”: Se trataba de un pintoresco individuo, Pierre Plantard, al que nadie, en buena lógica hubiera prestado la más mínima atención, de no ser por que su obsesión, desde muy joven, consistió en crear una historia de capa espada apoyada sobre “documentos” depositados en la Biblioteca del Arsenal (París).

La historia venía a decir que el oro que los legionarios de Tito llevaron a Roma tras el saqueo del Templo de Jerusalén, fue luego recuperado por los visigodos franceses, y heredado por la monarquía merovingia (la primera monarquía francesa). Pero, con el último merovingio la pista del tesoro se habría perdido. No para todos, desde luego, un peculiar sacerdote francés lo habría encontrado escondido en las inmediaciones del pequeño pueblo francés de Rennes-le-Château.
Sin embargo, la dinastía merovingia no se había extinguido, sino que su último vástago consiguió sobrevivir y ser protegido por una orden que veló por la continuidad de su sangre hasta nuestros días. El descendiente del último merovingio no sería otro que Pierre Plantard y la orden secreta, el Priorato de Sión. En sucesivas entregas de la serie resultó ser que –tal como defienden los monárquicos franceses- la monarquía merovingia descendería directamente del propio Jesús y, por tanto, del Rey David y, por esa misma línea sucesoria, Pierre Plantard (embellecido el nombre con el añadido “de Saint Claire”) sería, ni más menos que el “rey del mundo”. Ejem…

Lincoln, Baignet y Leigh, los autores de “El Enigma Sagrado” dieron crédito a todos los datos facilitados por Plantard y donde no había nada, crearon un fantasma –el “Priorato de Sión”- que, a partir de entonces, andaría solo. Por poco tiempo. Los mitos que planteaba el libro estaban muy arraigados en la mentalidad europea como para que no tuvieran un revival: el rey perdido y el tesoro, la orden secreta que custodiaba a uno y al otro, la conspiración oculta a través de los siglos… El primero que aprovechó todo el material recopilado por los tres autores, fue Humberto Eco en su novela “El Péndulo de Foucolt” que no empleó mucho tiempo en buscar datos, simplemente aprovechó los contenidos en el libro de Lincoln, Baigent y Leigh. Con la obra de Eco, la bola de nieve fue creciendo.

En 2001 se publicó en EEUU “El Código da Vinci” que, por segunda vez utilizaba material extraído del “Enigma Sagrado” reordenándolo en forma de novela firmada por Dan Brown, donde se mantenían los mismos mitos, los mismos nombres y los mismos elementos dramáticos que en los anteriores libros que hemos mencionado.

Pues bien, “La Búsqueda” es el hijo cinematográfico de todo este material: masones, templarios, egipcios, pistas secretas, códigos ocultos, héroes titánicos que buscan y encuentran…

DE LOS CUENTOS DE MASONES A LOS MASONES PROPIAMENTE DICHOS…

Cuando en 1975 Franco, el 1 de octubre, ante su último contacto con las masas oceánicas que le vitorearon en la plaza de Oriente contó aquello de que “todo era una conspiración comunista en connivencia con la masonería internacional”, produjo una sonrisa generalizada, salvo en sus partidarios. De hecho, la sonrisa estaba justificada solo a medias. Ningún contacto liga a la masonería con el comunismo. De hecho se ha tratado de enemigos, frecuentemente irreconciliables. El partido de las revoluciones burguesas –la masonería- difícilmente podía tener ningún punto de encuentro con el partido de las revoluciones proletarias –la internacional comunista-. Franco no lo veía así, era hijo de la doctrina católica que simplificaba sus razonamientos diciendo: “El comunismo es anticatólico, la masonería es anticatólica, luego, el comunismo y la masonería son lo mismo”. No lo eran. Pero, por entonces aludir a la masonería parecía exponer un cuento chino… se caía en un conspiracionismo deleznable y detestado por los “historiadores objetivos”. Y no lo era: detrás de toda revolución burguesa y democrática, existieron logias operativas.

Y así lo recuerda la película “La Búsqueda”. Ciertamente, la primera revolución burguesa fue la americana. La mayor parte (un 82%) de los generales de George Washington eran masones y la mayor parte de los firmantes de la Declaración de Independencia (un 75%) eran masones. Y –oígase bien- la totalidad de los firmantes de la Declaración de Fredeksburg (sobre la que se elaboró la carta magna norteamericana), eran, así mismo, masones. Por eso, para quien conoce la historia real, la película “La Búsqueda” aporta poco. En ella se reconoce taxativamente este hecho: que la revolución americana fue cosa de masones.

Ahora bien, habría que preguntarse qué es la masonería. Es fácil responder a esa cuestión. A lo largo del siglo XVII, las asociaciones profesionales de canteros –las logias de constructores- habían caído en la atonía en Inglaterra. Con el paso de los años, para protegerse de las ingerencias de los poderosos habían incorporado en sus filas a gentes que no ejercían el oficio de la construcción, con ellos formaron lo que pueden ser considerados como “comités de patronato”. Su labor no era “operativa”, se limitaban a reunirse en la logia en las fiestas y celebraciones en tanto que “masones especulativos”. En 1717, cuatro logias londinenses que ya no tenían actividades operativas, se reunieron en la Taberna del Ganso de Londres y crearon la primera Gran Logia. Este, precisamente, es el punto de arranque de la masonería moderna.

Así pues, hay pocos secretos en la masonería. Se trató de una asociación estrenada en el siglo XVIII que irradió rápidamente como “sociedad de pensamiento” en toda Europa. ¿Y los templarios? Nada, los templarios se extinguieron en 1314 y, desde entonces, todos los rumores sobre su pervivencia se han demostrado carentes de fundamento. Si acaso hubo alguna pervivencia local del templarismo, éste, desde luego hay que buscarlo entre los rosacruces del siglo XV y XVI, entre los “Fieles de Amor” gibelinos de la época… y poco más.

Ciertamente, en la masonería existen “grados templarios” y “grados rosacruces”… incorporados en el Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Pero se trata de meras agregaciones a efectos de generar en torno a este rito una aureola de misterio y un pedrigree esotérico. En la tercera parte de “El Misterio del Grial y la Tradición Gibelina del Imperio” de Julius Evola se aborda con detalle esta parte, a la que remitimos a los interesados.

Toda esta temática es recuperada por John Turteltaub, director de “La Búsqueda”.

UNA PELICULA ENTRETENIDA, PERO SIN HISTORIA

Después de una jornada laboral de ocho horas, de tensiones y de problemas, cuando el espectador se sienta en la butaca y las luces ambientales se apagan, uno está deseando recibir “enterteinment”. Y el coste de la película “La Búsqueda” queda amortizado por lo que el espectador recibe. No es una gran película. Esta una película ambiciosa aupada por un cuatro de actores de lujo: Nicolas Cage, Justin Bartha, John Voight, Christopher Plumier, Hervey Keitel, etc.

La película empezó a filmarse en agosto de 2003, si bien se ha dicho que el proyecto databa de 1999 a efectos de no ligarlo directamente a la novela de Dan Brown “El Código Da Vinci”. Es significativo que el film haya salido de la factoría Disney… como un producto, sino para niños, si para adolescentes y jóvenes. La producción es de Jerry Bruckheimer, que, de por sí, es una garantía de que el aburrimiento será erradicado.

Con un estilo propio de Indiana Jones, Nicolas Cage busca, por tradición familiar un antiguo tesoro de la edad Media que ha sido protegido por años por los Caballeros Templarios y los Masones, y escondido durante siglos. Los primeros veinte minutos son en los que descubrimos que está sucediendo y qué sucederá a partir de ahora. Conocemos rápidamente a los personajes principales, con un tratamiento a modo de documental.

Tiene gracia que el protagonista –Nicolas Cage- se llame a efectos de ficción “Gates”… miembro de una saga de custodios de información privilegiada sobre el tesoro de los templarios llevado a EEUU por los monjes guerreros. “Gates” es, efectivamente, el apellido del hombre más rico del mundo, cuya fortuna nacida al calor de la era de la informática, evoca directamente al tesoro.

Durante años Benjamín Franklin Gates, y su familia han sido despreciados por su creencia de que un gran tesoro había sido llevado a América por los Caballeros Templarios y había sido escondido por los Masones. El padre de Benjamín no cree en la leyenda, pero su abuelo le entrega una pista que llegó a sus manos gracias a Charles Carroll, el último firmante de la Declaración de la Independencia. Gates llega a un barco perdido –el Charlotte- en donde encuentra una pipa labrada en espuma de mar, donde encuentra otra pista que le lleva hasta la Declaración de Independencia que terminará robando. En el curso del robo, conoce a la “chica” de la película (Diane Kruger). Los “malos” terminan haciéndose con la Declaración, menos mal que ahí está un policía convencional, Harvey Keitel, que sigue de cerca la trama. Comprenderán que renunciemos a contarles mucho más, no solo por lo enrevesado de la trama, sino para evitarles el placer de conocerlo por sí mismos.

El anterior “producto Bruckheimer”, “Piratas del Caribe”, es muy superior a esta película. Nicolas Cage, es masiado sobrio en su papel y la Kruger no emplea sus encantos al cien por cien. Otra cosa fue el Johnny Deep, exótico pirata que atrabiliaria historia. Cage no llega a las alturas intepretativas de Deep, pero sale airoso de las peripecias de esta cinta de masones, templarios y tesoros ocultos.

Vayan a verla, se entretendrán, aunque nada de lo que vean les resulte excesivamente convincente, ni siquiera los datos reales (los símbolos masónicos e iluministas del dólar norteamericano y la responsabilidad de los masones en la revolución americana).

EL SUEÑO OCULTO DE LA MENTALIDAD AMERICANA

La única tradición específicamente americana es la de los indios pielesrojas. No hay tradición propia en la América blanca. La tradición masónica americana está hoy rebajada hasta el absurdo. Los títulos de maestro masón, caballero de las dos espadas, ilustre comendador, etc, todos los 33 grados del Rito Escocés o los 99 grados del Rito de Menfis-Misraim… pueden comprarse por correo. Los americanos son especialistas en pulverizar cualquier tradición.

Sin embargo, en el fondo de la película puede percibirse con claridad las carencias de la mentalidad americana y donde duelo. En efecto, es significativo que el guión muestre que el tesoro de los templarios –que realmente existió y realmente desapareció- está escondido en Washington (cuya distribución de los principales edificios públicos marca sobre el plano de la ciudad una estrella de cinco puntas)… cuando no hay ni una sola prueba objetiva de que así fuera. De hecho, distintos autores (Louis Charpentier y nuestra amigo el fallecido Jaime María de Mahieu) trataron esta temática.

El tesoro templario sería evacuado desde el puerto franco-atlántico de la Rochele en varias naves que lo conducirían con destino desconocido… Mahieu y Charpentier insinuaban que había sido escondido en Iberoamérica y el primero presentó pruebas objetivas de que marinos templarios remontaron el Amazonas. Él mismo nos enseñó algunas de las fotos de estelas templarias que había hecho remontando el gigantesco río. Ni Charpentier ni Mahieu hablaron de que el tesoro templario fuera ocultado en América del Norte y mucho menos por los firmantes de la Carta de la Independencia.

Ahora bien, en las últimas escenas, la película ofrece algunas claves para entender lo que pasaba por la cabeza del director y de los guionistas que “trabajaron” su idea. En efecto, una vez los intrépidos protagonistas, seguidos de cerca por los malvados, descubren el tesoro, bajo la Trinity Church, en el cruce entre Wall Street y Broadway. Allí están los grandes tesoros de la humanidad de todos los tiempos: papiros de la Biblioteca de Alejandría, estatuaria egipcia, urnas griegas, armaduras medievales, etc. El mensaje de estas últimas escenas es claro: sobre EEUU no hay rastro de tradición alguna, sin embargo, allí los templarios depositaron una tradición universal, por lo que, finalmente, los EEUU se convierten como por arte de magia, en el crisol, síntesis y receptáculo del gran tesoro de la humanidad que, por supuesto, procura éxito, fama y honores a los protagonistas (una casa señorial en el campo para la pareja protagonista y un Ferrari rojo para al meritorio…).

Pero no, es se trata de una ficción: en el subsuelo de los EEUU no hay absolutamente nada, salvo la tradición casi completamente extinguida de los pieles rojas y de los puritanos calvinistas del siglo XVII. En la era de las masas, la única cultura que podría dominar es la americana, la cultura de la no-cultura, la cultura de la ausencia de cultura, la cultura de masas. Esa que el propio Brzezinsky calificaba como “tosca”. Y a fe que lo es.

© Ernesto Milá – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

Antropología de la Vieja España (IX): La Boda

Antropología de la Vieja España (IX): La Boda Redacción.- La novena entrega de esta serie está dedicada a analizar las costumbres de boda y las partes integrantes de los rituales de unión, tal como fueron entendidos y concebidos en la España tradicional. Después de haber pasado revista en anteriores entregas a los ritos de conocimiento y cortejo, abordamos ahora la formalización de dichos encuentros en el "hasta que la muerte" los separe...

Antes de Trento el matrimonio católico consistía en una simple bendición que el sacerdote impartía a los novios. Después de Trento se convirtió en un sacramento. Menos mal, por que anteriormente hemos podido hablar del “odio teológico hacia el sexo” que practicaba el cristianismo y que se evidencia en los escritos de los primeros cristianos. San Ciricio papa escribía a los obispos de Hispania describiendo al sexo como “inmundicia y polución de la carne” y otro teólogo medieval, Alejandro de Oettingen consideraba el matrimonio como una forma de prostitución. Hay que imaginar el efecto que debió tener la predicación cristiana de la castidad entre las familias de la Roma patricia a tenor del concepto que tenían de la sociedad y la religión. Luego estaban los gnósticos cristianos que prohibían incluso a los esposos bendecidos mantener relaciones sexuales; el límite extremo lo encontramos en los saturnilianos, una forma de gnosis cristiana que consideraba el matrimonio y la procreación como obras de Satán ¿o acaso no era éste quien había creado el mundo? Y el mundo ¿no era malvado? Luego, todo lo que había sobre el mundo y lo que tendía a perpetuarlo, eran obras de Satán. Como el sexo, por ejemplo. Nunca se vio tanta lógica en tanta locura. Afortunadamente, tras el Edicto de Constantino, el Emperador fue el primero en desear que estas excentricidades desaparecieran y así se inició la larga marcha que culminó en la formación de la catolicidad medieval y en la superación de los rasgos más problemáticas del cristianismo primitivo.

Pero, a decir verdad, aunque el sexo, canalizado por el matrimonio, fuera elevado a la categoría de sacramento, no hizo que desapareciera completamente el “odio teológico” del que hablábamos antes. En una boda a la que asistimos no hace mucho, el sacerdote en la homilía tuvo la excentricidad de solicitar de los novios la práctica de la “castidad matrimonial”, como forma de respeto el uno para el otro. ¡A ellos que llevaban tres años de noviazgo, que estaban en los años de fogosidad y pasión, y que precisamente querían la bendición para poder “folgar” con sanción eclesiástica! Hay que poner las cosas en su lugar: la castidad es aceptable solamente para aquellos que han elegido una vía sacerdotal que, como cualquier elección, implica una renuncia: el consagrarse al servicio de Dios implica la renuncia a la sexualidad. Pero el cristianismo comete el error de extender a toda la feligresía algo que solamente es necesario para la vida sacerdotal. Desde los primeros cristianos hasta Juan Pablo II, los mentores de la Iglesia no han dejado de evidenciar una desconfianza hacia el sexo que incluso está presente en las imposiciones que el papado mantiene incluso en nuestros días: no a la utilización de cualquier forma de anticonceptivos, no a las relaciones sexuales fuera del matrimonio y no a las relaciones sexuales con otro fin diferente a la procreación. ¿Conclusión? Si lo que la Iglesia pretendió algún día fue el evitar razonablemente que las buenas gentes no se obsesionaran con el sexo (algo aceptable), lo que consiguió es transmitir una moral sacerdotal a una población no llamada para esa vía de castidad y celibato. Ni las alusiones de San Pablo al matrimonio como “misterio” (idea romana), ni la elevación de algo proscrito a sacramento en Trento, sirvieron para normalizar la desconfianza del catolicismo hacia el sexo que todavía persiste en el siglo XXI. Y no había para tanto, francamente.

A lo que vamos. El catolicismo arraigó en nuestro país con el episodio de la conversión de Recaredo en donde, según la historiografía católica, España empieza a ser tal, lo que implica desconocer que los romanos otorgaban a la Península una personalidad unitaria –Hispaniae- y los griegos veían en nuestro suelo el País de las Hespérides –Hesperia-. España en aquellas centurias, propiamente no era “España”, pero ya era una unidad geopolítica para quien tuviera dos dedos de frente. La historiografía católica une catolicidad a España, lo que implica en la práctica que ahora que España “ha dejado de ser católica” (y no cuando Azaña lo sentenció hace setenta años), España por eso mismo ha dejado también de ser España. En fin, que cuando se adopta como patrón de análisis historiográfico a la religión, uno se arriesga a perderse en el mundo de la subjetividad y lo tautológico.

Sorprende que en estos momentos, cuando el 18% de la población española, más de la mitad de los matrimonios son religiosos (en torno al 65%), lo que implica que hay un 47% de casados por la Iglesia que no volverán a pisar un templo quizás hasta el bautizo de su primer hijo y luego no volverán a hacerlo hasta su primera comunión . El resto son matrimonios civiles. Dado que el matrimonio civil ha ido imponiéndose a partir de 1976 (en 1977 era preciso todavía pedir el descorazonador “certificado de apostasía” para contraer matrimonio civil) y que ha ocupado buena parte de la historia de España, vamos a realizar un repaso rápido a las tradiciones y costumbres que se conservaron de estas ceremonias hasta no hace mucho y que están muy atenuadas en los matrimonios civiles, o simplemente ha desaparecido en ellos todo rastro.

LA BENDICIÓN SACERDOTAL

Hubo un tiempo en que casarse implicaba anunciarlo a bombo y platillo. No solamente se enviaba participación de bodas, sino que incluso se anunciaba el próximo matrimonio. Luego estaban las llamadas “amonestaciones” que sustituían al proverbial “que hable ahora o calle para siempre” de las actuales ceremonias nupciales. La costumbre fue iniciada, nos cuentan, por el emperador Carlomagno. En aquella época, se producían muchos matrimonios consanguíneos, con lo que el emperador obligó a los novios a comunicar su compromiso una semana antes de la boda. El cura, desde el púlpito proclamaba la próxima unión de los novios y preguntaba si alguien tenía algo que oponer. Lo hacía en tres domingos o fiestas de guardar sucesivas anteriores a la celebración del matrimonio. El sacerdote lee las “amonestaciones” y la feligresía en algunos pueblos del Norte contestaba “Que Dios les ayude”. En la actualidad son el anuncio público de la futura boda, para que si hay alguien que crea que no debe celebrarse dicha boda pueda impedirlo. Las amonestaciones o avisos públicos se colgaban en la puerta de la iglesia accesibles a toda la feligresía.

También hay que situar previamente a la celebración de la boda la tradición de llevar huevos a Santa Clara, a alguna imagen suya o a algún monasterio de clarisas el mismo día de la boda o unos días antes. Los huevos representan el embrión de todas las cosas, lo que va a nacer (con el huevo de Pascua se inicia de la primavera) y el alejamiento de la desgracia. Cuando se llevan a Santa Clara es para rogar que haga buen tiempo el día de la Boda, un buen augurio para la futura vida de casados.

Luego los novios se encargaban de mostrar mediante gestos simbólicos su próxima unión ante sus convecinos. Fue costumbre que en muchos pueblos de la Península, los novios acudieran juntos y a caballo en la romería o en la fiesta mayor. En algunas zonas de gran dispersión de la población, como Asturias, existió la costumbre de que la novia iba caserío por caserío comunicando a todos el evento. Al hacerlo ofrecía a los caseros picadura de tabaco que llevaba dentro de una caja de plata. Si los caseros aceptaban podían darse por invitados y, al mismo tiempo, quedaban obligados a aportar un regalo. El correo y el teléfono vinieron a arruinar estas tradiciones.

El día de la boda ni los asistentes acudían a la iglesia en sus medios de locomoción, ni los novios lo hacían en una pretenciosa y hortera limusina. Para acudir al templo la tradición imponía el cortejo nupcial. La tradición procedía, como casi siempre en lo que a las bodas se refiere, de la antigua Roma. El cortejo acompañaba a los novios al lugar de la ceremonia. Habitualmente los varones acompañaban al novio y las mujeres a la novia. Los iban a buscar a sus respectivos hogares paternos. Como muestra del “tanto monta”, en algunos pueblos, ambos cortejos se unían en un punto del recorrido, a la ida va el cortejo de mujeres delante y a la vuelta detrás. De todas formas hubo múltiples variantes en el protocolo de estos cortejos. Sólo en algunas zonas (Albarracín), el cura los acompaña.

Capítulo aparte –y Casas, así lo constata- es la costumbre que se daba en algunas poblaciones catalanas de contar entre los miembros del cortejo con un animador ataviado con capa larga y barretina, collar de tenedores y cucharas y cinto de cencerros y campanillas, tocando la flauta dulce y precediendo el cortejo. Se trata del último muchacho casado el año anterior en la comunidad, que ejercía de “abate de los locos”, papel que emerge en las tradiciones de varias comunidades fronterizas con Francia en donde tiene su origen hasta el punto de haber inspirado un ciclo de cuentos populares (“cuentos de mi madre la oca”, esto es, “cuentos de mi madre loca”) y en donde existen las “fiestas de los locos” en distintos períodos del año. En la noche de navidad, el “abate de los locos” transfiere su cargo al sucesor entregándole un cuerno.

Lo importante, por cercano que esté el domicilio de la novia del templo, es que ésta no pise el suelo. Ayer la novia se dirigía en montura (noble bruto o pollino, según bolsillo) y hoy lo hace en automóvil de postín, lo importante es que a través del suelo no se le transmitan malas influencias. Podrá poner pie a tierra en el suelo sagrado del templo, no antes. El origen de la costumbre se pierde en la noche de los tiempos. Al parecer, ya las novias íberas acudían a contraer matrimonio en carroza. Casas cuenta que la cosa, lejos de variar, se acentuó con la presencia romana hasta el punto de que si la novia fallecía camino del templo y, por tanto, caía al suelo, la dote volvía a la casa del novio. Durante la Edad Media, ni en Castilla, ni en León, ni en Aragón o Cataluña, se modificaron estas costumbres que incluso estuvieron recogidas en los compendios legislativos. En algunas regiones de Asturias el camino hacia el altar se despejaba mediante el recurso a la pólvora. Los amigos y familiares de los novios, manejando trabucos y petardos a tutiplé, ahuyentaban a los malos espíritus.

El cortejo discurría por calles engalanadas. Si es que ha acudido en carroza o en montura, aquella va ornada con flores y ésta enjaezada de lujo. Al llegar al templo y al salir de él, era frecuente que un pasillo de flores o de ramas formado por los mozos y las mozas, a uno y otro lado del camino, cerrasen un arco sobre ellos. En zonas de fuerte tradición gremial, el arco está formado por los instrumentos del oficio, ruecas entre los tejedores, azadas entre los agricultores, etc.

El cortejo no discurría libre de problemas. De hecho, los vecinos solían colocar a lo largo del camino cintas o cuerdas que solamente eran levantadas cuando la novia entregaba un presente. En Lérida ocurría al revés, la cinta cerraba el paso a los novios al salir de la Iglesia y solamente era entregada a la novia cuando ésta daba unas monedas. En Menorca son jóvenes los que intentaban obstaculizar el paso a los novios. Y no ahorran en poner dificultades inimaginables que amargan el camino a la pareja. Sin embargo, en los balcones y colgando de los edificios los vecinos han colocado flores y cintas de colores. El mensaje es claro: por un lado aparecen las dificultades –en el suelo-, por otro las venturas –en lo alto-. Otra explicación atribuiría las dificultades a un residuo simbólico de la arcaica costumbre de secuestrar a la novia por parte de quien será su compañero, que la sustrae al hogar paterno no sin que aparezcan dificultades y retos que deberá superar. En cuanto a las flores y a las cintas serían un rito de abundancia y fertilidad. Es posible que ambas explicaciones sean ciertas.

Para recargar los cortejos en algunas zonas de la Península se añadían los presentes que los novios habían recibido de sus amigos y familiares. Incluso en Catalunya se añadían los colchones del tálamo y sobre ellos cabalgaba la novia. Como los de Bilbao siempre han tenido fama de exagerados, allí no bastaba con los colchones, era toda la cama la que se mostraba sobre un carromato. En el País Vasco los regalos se trasladaban en carro de bueyes, con los ejes sin engrasar y cencerros al cuelo de los mansos para que el estruendo fuera mayor y la expectación creciera también.

Tras superar todos estos conflictos y observar las tradiciones de acceso al templo, llegaban al pie del altar. Era el momento cumbre. Se sabe en qué consiste un casamiento religioso así que no insistiremos mucho en su desarrollo, pero si enfatizaremos algunos particulares.

Desde el período visigótico se conocen las tradiciones relativas a la bendición sacerdotal e incluso lo que tenían que pagar los novios para obtener el pasaporte que les impediría ser considerados como muestra de indeseable concubinato. Eloy Montero en un erudito y exhaustivo estudio sobre la “Evolución de la institución matrimonial en la legislación española” explica que en los primeros siglos, dado que la Iglesia consideraba el celibato como el estado ideal de la perfección cristiana, descuidó establecer fórmulas específicas de bendición. Luego se estableció la necesidad de que la unión fuera bendecida por un sacerdote, pero siguieron existiendo matrimonios “civiles” que gozaban de igualdad jurídica con la “parejas de hecho”. Trento lo cambió todo: el matrimonio solo sería válido si había sido bendecido. Pero Trento no logró abolir completamente las costumbres populares. Casas escribe que “De aquellos tiempos laicos quedan algunos vestigios”. Y los cita: “en algunos pueblos españoles se lee la Epístola y se colocan los anillos en el porche de la Iglesia: Villarramiel (Palencia), Valle de Burunda (Navarra), Navahermosa (Toledo), La Alberca (Burgos) y pueblecitos de Segovia, León y Santander. En otros en el atrio: Viana del Bollo, Maragatos y Lagartera. En Navarra en la sacristía. En Oropesa, ni dentro ni fuera de la iglesia: el novio se coloca en la puerta de modo que está en la calle y medio dentro de la iglesia, y después de entrar las arras y colocado el anillo, penetra en la iglesia y oye la misa de desposorios”. Todas estas costumbres periclitaron con el ocaso de la vida rural y del mundo tradicional.

La ceremonia hoy se celebra en los juzgados o en la Iglesia. El altar está decorado con flores -preferentemente blancas- y los novios, arrodillados ante el altar. Ella a la izquierda, costumbre que deriva del secuestro de que era objeto in illo tempore; se temía que los familiares de ésta vinieran a rescatarla, con lo que el novio debía tener la mano derecha libre por si tenía que empuñar la espada. En un momento dado, el oficiante les requiere para que den su consentimiento. Una vez hecho les imparte la bendición. Están unidos a partir de ese momento, pero queda la bendición de los anillos (antes éste acto precedía a la bendición del matrimonio). Mientras los novios se colocan uno al otro el anillo, el sacerdote hace la señal de la cruz. Antiguamente el novio siempre acompañado de algún amigo iba a secuestrar a la novia. Actualmente, en algunas regiones existe la costumbre de que el padrino recite un verso a la novia. También suele ser el padrino el que regala el ramo a la novia.

Antes quedaban otras bendiciones que realizar: la de la cama era fundamental y se practicaba sobre todo en Galicia, tierra de marisco y recalentones. La importancia de este acto deriva de que hubo un tiempo que, como residuo de las costumbres romanas, el matrimonio no podía reconocerse como tal si no se consumaba en la cama. Aun hacía falta la bendición paterna para concluir la ceremonia. También éste es otro residuo de las costumbres romanas. El paterfamilias era, a la postre, el gran sacerdote del culto doméstico y por tanto era lógico que bendijera a la pareja, tanto como el cura. La costumbre se mantuvo en algunos núcleos rurales de la Península en la mitad norte, hasta Toledo. En la áspera meseta castellana, los novios leoneses se arrodillaban sobre un tapiz ante el padre, él, le besaba la mano, mientras recibía la bendición realizada con la otra mano. Al leer el relato de esta ceremonia no hemos podido más que sentir un estremecimiento como si ésta ceremonia nos pusiera en contacto con nuestro pasado clásico. Somos hijos de la vieja raza de Roma por mucho que algunos hablen de la Península como el “país de las tres culturas”.

La apoteosis tiene lugar tras cruzar el umbral del templo. Entonces la euforia contenida se desborda. La pareja es agasajada con invocaciones a la felicidad y a la salud. Es el momento en el que cae sobre el nuevo matrimonio arroz u otras semillas. Ambas costumbres derivan de rituales propiciatorios específicamente mágicos para llamar a la fecundidad y la prosperidad. Luego, el cortejo abandona el atrio del lugar sagrado para acudir al convite. Ayer los carros y hoy los automóviles ven como los invitados atan ayer zapatos y hoy latas. La tradición deriva de una costumbre de los Tudor. Los invitados arrojaban zapatos a la nueva pareja y se consideraba buena suerte si uno de ellos golpeaba en el carruaje.
Así terminaba la ceremonia, pero vale la pena examinar de cerca algunos elementos y objetos utilizados.

(c) Ernesto Milà - infokrisis - infokrisis@yahoo.es

Antropología de la Vieja España (VIII) El beso

Antropología de la Vieja España (VIII) El beso Redacción.- En esta VIII entrega de la Antropología de la Vieja España, abordamos la agradable cuestión del beso. Desde el primero, cuando se iniciaban los noviazgos, hasta el que cerraba el convite nupcial. Un filón de tradiciones desconocidas que practicaron nuestros ancestros.

El primer beso furtivo, tras haber “hecho el oso” o “pelado la pava”, el siguiente beso casto ante los padres justo en el momento de la pedida, el posterior beso no menos casto ante el altar, el beso ligeramente más lujurioso, pero con atisbos de pudor dado ante los comensales, tiene como lógica consecuencia el beso final enroscado de amor y pasión con que debe necesariamente culminar el matrimonio. El beso es inseparable del escalón que lleva a la pareja de la originaria chispa a la culminación de la pasión.

Hubo un tiempo en el que besar a una mujer subrepticiamente o por sorpresa equivalía a violarla. En esas mismas fechas en países con tanta reputación de liberales como Francia, si un hombre y una mujer jóvenes se veían a solas era como si hubiesen copulado y, necesariamente, debían casarse o de lo contrario, ella estaría deshonrada y él gozaría de fama de burlón y vividor. Así estaban las cosas a mediados del siglo XIX. Enrique Casas recuerda que “los besos no hacen chiquillos, pero tocan a vísperas”. Así pues, en Europa el beso era algo especial que no podía ser objeto de frivolidades de ningún tipo. Besar equivalía a comprometerse. No es seguro que los besos supieran mejor con tanta responsabilidad y presión.

Concebir así el beso era un legado de la tradición romana. Quintiliano, en el siglo I de nuestra era, consideraba que dos adolescentes, si se besaban, ya podían ser considerados marido y mujer. Esa misma legislación romana establecía que si dos novios se besaban antes de la bendición matrimonial y uno de ellos moría, el otro no podía recuperar las donaciones si había besado a la otra parte. En los tribunales romanos las partes presentaban pruebas y testigos de que el beso se había producido o no y, cuando la demostración se realizaba fehacientemente, el magistrado podía emitir sentencia rigurosa.

Los griegos preferían besar en la frente o en los ojos, pero no en los labios. Además, tenían a bien estirar de las orejas justo en el momento en que besaban en la frente. Era la mayor muestra de amor clásica. No dar el tirón implicaba desconsideración y ausencia total de afecto. Los íberos romanizados heredaron esta legislación pero con una limitación que destaca Hinojosa: “el íbero que besaba a la esposa antes de sacrificar a Ceres y sin que estuvieran presentes ocho testigos podía ser castigado por el suegro, privando a la novia de un tercio de sus bienes”. En el Fuero Viejo castellano e establecía que bastaba con que la mujer fuera besada para que retuviera toda su dote. Posteriormente, en las Leyes de Toro reducía esta cantidad a la mitad.

Llama la atención constatar dos contradicciones. Primero la solemnidad y seriedad que los antiguos atribuían al beso en contraste con lo banal del mismo acto en nuestros días. En segundo lugar la importancia que tuvo el beso entre los antiguos indo-arios y el desconocimiento del beso propio de muchos pueblos primitivos y no tan primitivos, pero sí lejanos. Los japoneses por ejemplo hasta no hace mucho eran refractarios al beso. Los filipinos –pásmense- besaban acercando las narices y sorbiendo. Cuando entraron en contacto con occidentales, cuentan los viajeros del siglo XVIII y XIX que se acostumbraron a besar con los labios, pero –vuelvan a pasmarse- no podían evitar deslizar la nariz. Para ellos, besar equivalía a oler. Lombroso opinaba que para los primitivos besar equivalía a oler. Así pues, no todos los pueblos besaban en el pasado. Entonces, ¿de dónde procede el beso utilizado por los amantes para demostrar su amor o por los novios para formalizar su matrimonio?

Hay interpretaciones para todos los gustos. En la prehistoria las mujeres mascaban la comida para sus pequeños, como ahora vemos en los documentales de la “2” que hacen muchas especies. La boca era, desde entonces, un instrumento de supervivencia. En el alba de la civilización el contacto entre las bocas para dar y recibir alimento, se convirtió en un rito de reconocimiento entre las familias, los clanes y el poder. Los chinos en esto fueron unos precursores y las más antiguas referencias al beso con lengua y saliva se remontan a la cultura taoísta. Estas tradiciones han subsistido hasta nuestros días en el Imperio Medio y se ha considerado que a través del beso se transmitía energía de la mujer al hombre. Las prácticas taoistas establecían técnicas para optimizar la acumulación de energía. El mejor momento era –tomen nota- justo cuando la mujer –a ser posible virgen- tenía su primer orgasmo. En ese preciso instante, el varón debía besarla en la boca y aspirar el aire que fluyera de sus pulmones. Así se aseguraba la eterna juventud. Ha habido interpretaciones más bien forzadas como la que apareció en la edad media. Tras el ritual del beso en las culturas judeo-cristianas es posible avistar la transmutación de las esencias, el vino y el pan, la saliva y la lengua. La saliva es el espíritu y la vida, por su parte, la lengua la carnalidad. En el siglo XIII, dos amantes, Paolo y Francesca, fueron descubiertos al intercambiar un beso. Muertos, son condenados a verse pero no tocarse. Así los ve Dante en su infierno particular. En el Renacimiento describir literariamente un beso equivalía a revelar un la consumación del acto sexual. En el siglo XVI, el beso se afirma en el galanteo. Es justamente en esta época cuando el beso consagra las ceremonias matrimoniales. El hombre da el beso y en este acto asume su rol de cabeza de familia con todos sus derechos y obligaciones.

En general podemos confirmar, sin temor a exagerar, que el beso como muestra de amor conyugal fue privativo de los indo-europeos. Fueron ellos los que elevaron el beso al rango de signatura del compromiso o de desliz que implicaba obligaciones estrictas. En el siglo XVIII las costumbres empezaron a alterarse en la Francia ilustrada y enciclopedista. Montaigne se lamentaba de la proliferación de esta costumbre y Santa Evremoniana escribía que “El beso que en Turquía, Italia y España es el comienzo del adulterio, no es en París más que un cumplido. Los besos son una mercancía que no cuesta nada, que no se gasta, que abunda siempre”. En esa época las cosas habían llegado muy lejos en el libertino país de Moliere: una dama estaba obligada a ceder sus labios a aquel que se los requiriese con tal de que el galán –por repugnante que fuese- estuviera acompañado por tres criados. Un fastidio para las madamas de la época. La revolución de 1789 acabó con todo esto, pero no pudo evitar que el romanticismo posterior restituyese el beso como muestra de pasión y compromiso. De ahí que los novios cuando se besan al ser unidos en matrimonio confirmen el valor de la bendición sacerdotal o de la sanción del juez con un beso y que vuelvan a exhibir su amor en el momento del brindis ya en el convite.
© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

Antropología de la Vieja España (VIII) El beso

Antropología de la Vieja España (VIII) El beso Redacción.- En esta VIII entrega de la Antropología de la Vieja España, abordamos la agradable cuestión del beso. Desde el primero, cuando se iniciaban los noviazgos, hasta el que cerraba el convite nupcial. Un filón de tradiciones desconocidas que practicaron nuestros ancestros.

El primer beso furtivo, tras haber “hecho el oso” o “pelado la pava”, el siguiente beso casto ante los padres justo en el momento de la pedida, el posterior beso no menos casto ante el altar, el beso ligeramente más lujurioso, pero con atisbos de pudor dado ante los comensales, tiene como lógica consecuencia el beso final enroscado de amor y pasión con que debe necesariamente culminar el matrimonio. El beso es inseparable del escalón que lleva a la pareja de la originaria chispa a la culminación de la pasión.

Hubo un tiempo en el que besar a una mujer subrepticiamente o por sorpresa equivalía a violarla. En esas mismas fechas en países con tanta reputación de liberales como Francia, si un hombre y una mujer jóvenes se veían a solas era como si hubiesen copulado y, necesariamente, debían casarse o de lo contrario, ella estaría deshonrada y él gozaría de fama de burlón y vividor. Así estaban las cosas a mediados del siglo XIX. Enrique Casas recuerda que “los besos no hacen chiquillos, pero tocan a vísperas”. Así pues, en Europa el beso era algo especial que no podía ser objeto de frivolidades de ningún tipo. Besar equivalía a comprometerse. No es seguro que los besos supieran mejor con tanta responsabilidad y presión.

Concebir así el beso era un legado de la tradición romana. Quintiliano, en el siglo I de nuestra era, consideraba que dos adolescentes, si se besaban, ya podían ser considerados marido y mujer. Esa misma legislación romana establecía que si dos novios se besaban antes de la bendición matrimonial y uno de ellos moría, el otro no podía recuperar las donaciones si había besado a la otra parte. En los tribunales romanos las partes presentaban pruebas y testigos de que el beso se había producido o no y, cuando la demostración se realizaba fehacientemente, el magistrado podía emitir sentencia rigurosa.

Los griegos preferían besar en la frente o en los ojos, pero no en los labios. Además, tenían a bien estirar de las orejas justo en el momento en que besaban en la frente. Era la mayor muestra de amor clásica. No dar el tirón implicaba desconsideración y ausencia total de afecto. Los íberos romanizados heredaron esta legislación pero con una limitación que destaca Hinojosa: “el íbero que besaba a la esposa antes de sacrificar a Ceres y sin que estuvieran presentes ocho testigos podía ser castigado por el suegro, privando a la novia de un tercio de sus bienes”. En el Fuero Viejo castellano e establecía que bastaba con que la mujer fuera besada para que retuviera toda su dote. Posteriormente, en las Leyes de Toro reducía esta cantidad a la mitad.

Llama la atención constatar dos contradicciones. Primero la solemnidad y seriedad que los antiguos atribuían al beso en contraste con lo banal del mismo acto en nuestros días. En segundo lugar la importancia que tuvo el beso entre los antiguos indo-arios y el desconocimiento del beso propio de muchos pueblos primitivos y no tan primitivos, pero sí lejanos. Los japoneses por ejemplo hasta no hace mucho eran refractarios al beso. Los filipinos –pásmense- besaban acercando las narices y sorbiendo. Cuando entraron en contacto con occidentales, cuentan los viajeros del siglo XVIII y XIX que se acostumbraron a besar con los labios, pero –vuelvan a pasmarse- no podían evitar deslizar la nariz. Para ellos, besar equivalía a oler. Lombroso opinaba que para los primitivos besar equivalía a oler. Así pues, no todos los pueblos besaban en el pasado. Entonces, ¿de dónde procede el beso utilizado por los amantes para demostrar su amor o por los novios para formalizar su matrimonio?

Hay interpretaciones para todos los gustos. En la prehistoria las mujeres mascaban la comida para sus pequeños, como ahora vemos en los documentales de la “2” que hacen muchas especies. La boca era, desde entonces, un instrumento de supervivencia. En el alba de la civilización el contacto entre las bocas para dar y recibir alimento, se convirtió en un rito de reconocimiento entre las familias, los clanes y el poder. Los chinos en esto fueron unos precursores y las más antiguas referencias al beso con lengua y saliva se remontan a la cultura taoísta. Estas tradiciones han subsistido hasta nuestros días en el Imperio Medio y se ha considerado que a través del beso se transmitía energía de la mujer al hombre. Las prácticas taoistas establecían técnicas para optimizar la acumulación de energía. El mejor momento era –tomen nota- justo cuando la mujer –a ser posible virgen- tenía su primer orgasmo. En ese preciso instante, el varón debía besarla en la boca y aspirar el aire que fluyera de sus pulmones. Así se aseguraba la eterna juventud. Ha habido interpretaciones más bien forzadas como la que apareció en la edad media. Tras el ritual del beso en las culturas judeo-cristianas es posible avistar la transmutación de las esencias, el vino y el pan, la saliva y la lengua. La saliva es el espíritu y la vida, por su parte, la lengua la carnalidad. En el siglo XIII, dos amantes, Paolo y Francesca, fueron descubiertos al intercambiar un beso. Muertos, son condenados a verse pero no tocarse. Así los ve Dante en su infierno particular. En el Renacimiento describir literariamente un beso equivalía a revelar un la consumación del acto sexual. En el siglo XVI, el beso se afirma en el galanteo. Es justamente en esta época cuando el beso consagra las ceremonias matrimoniales. El hombre da el beso y en este acto asume su rol de cabeza de familia con todos sus derechos y obligaciones.

En general podemos confirmar, sin temor a exagerar, que el beso como muestra de amor conyugal fue privativo de los indo-europeos. Fueron ellos los que elevaron el beso al rango de signatura del compromiso o de desliz que implicaba obligaciones estrictas. En el siglo XVIII las costumbres empezaron a alterarse en la Francia ilustrada y enciclopedista. Montaigne se lamentaba de la proliferación de esta costumbre y Santa Evremoniana escribía que “El beso que en Turquía, Italia y España es el comienzo del adulterio, no es en París más que un cumplido. Los besos son una mercancía que no cuesta nada, que no se gasta, que abunda siempre”. En esa época las cosas habían llegado muy lejos en el libertino país de Moliere: una dama estaba obligada a ceder sus labios a aquel que se los requiriese con tal de que el galán –por repugnante que fuese- estuviera acompañado por tres criados. Un fastidio para las madamas de la época. La revolución de 1789 acabó con todo esto, pero no pudo evitar que el romanticismo posterior restituyese el beso como muestra de pasión y compromiso. De ahí que los novios cuando se besan al ser unidos en matrimonio confirmen el valor de la bendición sacerdotal o de la sanción del juez con un beso y que vuelvan a exhibir su amor en el momento del brindis ya en el convite.
© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

Antropología de la Vieja España (VIII) El beso

Antropología de la Vieja España (VIII) El beso Redacción.- En esta VIII entrega de la Antropología de la Vieja España, abordamos la agradable cuestión del beso. Desde el primero, cuando se iniciaban los noviazgos, hasta el que cerraba el convite nupcial. Un filón de tradiciones desconocidas que practicaron nuestros ancestros.

El primer beso furtivo, tras haber “hecho el oso” o “pelado la pava”, el siguiente beso casto ante los padres justo en el momento de la pedida, el posterior beso no menos casto ante el altar, el beso ligeramente más lujurioso, pero con atisbos de pudor dado ante los comensales, tiene como lógica consecuencia el beso final enroscado de amor y pasión con que debe necesariamente culminar el matrimonio. El beso es inseparable del escalón que lleva a la pareja de la originaria chispa a la culminación de la pasión.

Hubo un tiempo en el que besar a una mujer subrepticiamente o por sorpresa equivalía a violarla. En esas mismas fechas en países con tanta reputación de liberales como Francia, si un hombre y una mujer jóvenes se veían a solas era como si hubiesen copulado y, necesariamente, debían casarse o de lo contrario, ella estaría deshonrada y él gozaría de fama de burlón y vividor. Así estaban las cosas a mediados del siglo XIX. Enrique Casas recuerda que “los besos no hacen chiquillos, pero tocan a vísperas”. Así pues, en Europa el beso era algo especial que no podía ser objeto de frivolidades de ningún tipo. Besar equivalía a comprometerse. No es seguro que los besos supieran mejor con tanta responsabilidad y presión.

Concebir así el beso era un legado de la tradición romana. Quintiliano, en el siglo I de nuestra era, consideraba que dos adolescentes, si se besaban, ya podían ser considerados marido y mujer. Esa misma legislación romana establecía que si dos novios se besaban antes de la bendición matrimonial y uno de ellos moría, el otro no podía recuperar las donaciones si había besado a la otra parte. En los tribunales romanos las partes presentaban pruebas y testigos de que el beso se había producido o no y, cuando la demostración se realizaba fehacientemente, el magistrado podía emitir sentencia rigurosa.

Los griegos preferían besar en la frente o en los ojos, pero no en los labios. Además, tenían a bien estirar de las orejas justo en el momento en que besaban en la frente. Era la mayor muestra de amor clásica. No dar el tirón implicaba desconsideración y ausencia total de afecto. Los íberos romanizados heredaron esta legislación pero con una limitación que destaca Hinojosa: “el íbero que besaba a la esposa antes de sacrificar a Ceres y sin que estuvieran presentes ocho testigos podía ser castigado por el suegro, privando a la novia de un tercio de sus bienes”. En el Fuero Viejo castellano e establecía que bastaba con que la mujer fuera besada para que retuviera toda su dote. Posteriormente, en las Leyes de Toro reducía esta cantidad a la mitad.

Llama la atención constatar dos contradicciones. Primero la solemnidad y seriedad que los antiguos atribuían al beso en contraste con lo banal del mismo acto en nuestros días. En segundo lugar la importancia que tuvo el beso entre los antiguos indo-arios y el desconocimiento del beso propio de muchos pueblos primitivos y no tan primitivos, pero sí lejanos. Los japoneses por ejemplo hasta no hace mucho eran refractarios al beso. Los filipinos –pásmense- besaban acercando las narices y sorbiendo. Cuando entraron en contacto con occidentales, cuentan los viajeros del siglo XVIII y XIX que se acostumbraron a besar con los labios, pero –vuelvan a pasmarse- no podían evitar deslizar la nariz. Para ellos, besar equivalía a oler. Lombroso opinaba que para los primitivos besar equivalía a oler. Así pues, no todos los pueblos besaban en el pasado. Entonces, ¿de dónde procede el beso utilizado por los amantes para demostrar su amor o por los novios para formalizar su matrimonio?

Hay interpretaciones para todos los gustos. En la prehistoria las mujeres mascaban la comida para sus pequeños, como ahora vemos en los documentales de la “2” que hacen muchas especies. La boca era, desde entonces, un instrumento de supervivencia. En el alba de la civilización el contacto entre las bocas para dar y recibir alimento, se convirtió en un rito de reconocimiento entre las familias, los clanes y el poder. Los chinos en esto fueron unos precursores y las más antiguas referencias al beso con lengua y saliva se remontan a la cultura taoísta. Estas tradiciones han subsistido hasta nuestros días en el Imperio Medio y se ha considerado que a través del beso se transmitía energía de la mujer al hombre. Las prácticas taoistas establecían técnicas para optimizar la acumulación de energía. El mejor momento era –tomen nota- justo cuando la mujer –a ser posible virgen- tenía su primer orgasmo. En ese preciso instante, el varón debía besarla en la boca y aspirar el aire que fluyera de sus pulmones. Así se aseguraba la eterna juventud. Ha habido interpretaciones más bien forzadas como la que apareció en la edad media. Tras el ritual del beso en las culturas judeo-cristianas es posible avistar la transmutación de las esencias, el vino y el pan, la saliva y la lengua. La saliva es el espíritu y la vida, por su parte, la lengua la carnalidad. En el siglo XIII, dos amantes, Paolo y Francesca, fueron descubiertos al intercambiar un beso. Muertos, son condenados a verse pero no tocarse. Así los ve Dante en su infierno particular. En el Renacimiento describir literariamente un beso equivalía a revelar un la consumación del acto sexual. En el siglo XVI, el beso se afirma en el galanteo. Es justamente en esta época cuando el beso consagra las ceremonias matrimoniales. El hombre da el beso y en este acto asume su rol de cabeza de familia con todos sus derechos y obligaciones.

En general podemos confirmar, sin temor a exagerar, que el beso como muestra de amor conyugal fue privativo de los indo-europeos. Fueron ellos los que elevaron el beso al rango de signatura del compromiso o de desliz que implicaba obligaciones estrictas. En el siglo XVIII las costumbres empezaron a alterarse en la Francia ilustrada y enciclopedista. Montaigne se lamentaba de la proliferación de esta costumbre y Santa Evremoniana escribía que “El beso que en Turquía, Italia y España es el comienzo del adulterio, no es en París más que un cumplido. Los besos son una mercancía que no cuesta nada, que no se gasta, que abunda siempre”. En esa época las cosas habían llegado muy lejos en el libertino país de Moliere: una dama estaba obligada a ceder sus labios a aquel que se los requiriese con tal de que el galán –por repugnante que fuese- estuviera acompañado por tres criados. Un fastidio para las madamas de la época. La revolución de 1789 acabó con todo esto, pero no pudo evitar que el romanticismo posterior restituyese el beso como muestra de pasión y compromiso. De ahí que los novios cuando se besan al ser unidos en matrimonio confirmen el valor de la bendición sacerdotal o de la sanción del juez con un beso y que vuelvan a exhibir su amor en el momento del brindis ya en el convite.
© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

Antropología de la Vieja España (VIII) El beso

Antropología de la Vieja España (VIII) El beso Redacción.- En esta VIII entrega de la Antropología de la Vieja España, abordamos la agradable cuestión del beso. Desde el primero, cuando se iniciaban los noviazgos, hasta el que cerraba el convite nupcial. Un filón de tradiciones desconocidas que practicaron nuestros ancestros.

El primer beso furtivo, tras haber “hecho el oso” o “pelado la pava”, el siguiente beso casto ante los padres justo en el momento de la pedida, el posterior beso no menos casto ante el altar, el beso ligeramente más lujurioso, pero con atisbos de pudor dado ante los comensales, tiene como lógica consecuencia el beso final enroscado de amor y pasión con que debe necesariamente culminar el matrimonio. El beso es inseparable del escalón que lleva a la pareja de la originaria chispa a la culminación de la pasión.

Hubo un tiempo en el que besar a una mujer subrepticiamente o por sorpresa equivalía a violarla. En esas mismas fechas en países con tanta reputación de liberales como Francia, si un hombre y una mujer jóvenes se veían a solas era como si hubiesen copulado y, necesariamente, debían casarse o de lo contrario, ella estaría deshonrada y él gozaría de fama de burlón y vividor. Así estaban las cosas a mediados del siglo XIX. Enrique Casas recuerda que “los besos no hacen chiquillos, pero tocan a vísperas”. Así pues, en Europa el beso era algo especial que no podía ser objeto de frivolidades de ningún tipo. Besar equivalía a comprometerse. No es seguro que los besos supieran mejor con tanta responsabilidad y presión.

Concebir así el beso era un legado de la tradición romana. Quintiliano, en el siglo I de nuestra era, consideraba que dos adolescentes, si se besaban, ya podían ser considerados marido y mujer. Esa misma legislación romana establecía que si dos novios se besaban antes de la bendición matrimonial y uno de ellos moría, el otro no podía recuperar las donaciones si había besado a la otra parte. En los tribunales romanos las partes presentaban pruebas y testigos de que el beso se había producido o no y, cuando la demostración se realizaba fehacientemente, el magistrado podía emitir sentencia rigurosa.

Los griegos preferían besar en la frente o en los ojos, pero no en los labios. Además, tenían a bien estirar de las orejas justo en el momento en que besaban en la frente. Era la mayor muestra de amor clásica. No dar el tirón implicaba desconsideración y ausencia total de afecto. Los íberos romanizados heredaron esta legislación pero con una limitación que destaca Hinojosa: “el íbero que besaba a la esposa antes de sacrificar a Ceres y sin que estuvieran presentes ocho testigos podía ser castigado por el suegro, privando a la novia de un tercio de sus bienes”. En el Fuero Viejo castellano e establecía que bastaba con que la mujer fuera besada para que retuviera toda su dote. Posteriormente, en las Leyes de Toro reducía esta cantidad a la mitad.

Llama la atención constatar dos contradicciones. Primero la solemnidad y seriedad que los antiguos atribuían al beso en contraste con lo banal del mismo acto en nuestros días. En segundo lugar la importancia que tuvo el beso entre los antiguos indo-arios y el desconocimiento del beso propio de muchos pueblos primitivos y no tan primitivos, pero sí lejanos. Los japoneses por ejemplo hasta no hace mucho eran refractarios al beso. Los filipinos –pásmense- besaban acercando las narices y sorbiendo. Cuando entraron en contacto con occidentales, cuentan los viajeros del siglo XVIII y XIX que se acostumbraron a besar con los labios, pero –vuelvan a pasmarse- no podían evitar deslizar la nariz. Para ellos, besar equivalía a oler. Lombroso opinaba que para los primitivos besar equivalía a oler. Así pues, no todos los pueblos besaban en el pasado. Entonces, ¿de dónde procede el beso utilizado por los amantes para demostrar su amor o por los novios para formalizar su matrimonio?

Hay interpretaciones para todos los gustos. En la prehistoria las mujeres mascaban la comida para sus pequeños, como ahora vemos en los documentales de la “2” que hacen muchas especies. La boca era, desde entonces, un instrumento de supervivencia. En el alba de la civilización el contacto entre las bocas para dar y recibir alimento, se convirtió en un rito de reconocimiento entre las familias, los clanes y el poder. Los chinos en esto fueron unos precursores y las más antiguas referencias al beso con lengua y saliva se remontan a la cultura taoísta. Estas tradiciones han subsistido hasta nuestros días en el Imperio Medio y se ha considerado que a través del beso se transmitía energía de la mujer al hombre. Las prácticas taoistas establecían técnicas para optimizar la acumulación de energía. El mejor momento era –tomen nota- justo cuando la mujer –a ser posible virgen- tenía su primer orgasmo. En ese preciso instante, el varón debía besarla en la boca y aspirar el aire que fluyera de sus pulmones. Así se aseguraba la eterna juventud. Ha habido interpretaciones más bien forzadas como la que apareció en la edad media. Tras el ritual del beso en las culturas judeo-cristianas es posible avistar la transmutación de las esencias, el vino y el pan, la saliva y la lengua. La saliva es el espíritu y la vida, por su parte, la lengua la carnalidad. En el siglo XIII, dos amantes, Paolo y Francesca, fueron descubiertos al intercambiar un beso. Muertos, son condenados a verse pero no tocarse. Así los ve Dante en su infierno particular. En el Renacimiento describir literariamente un beso equivalía a revelar un la consumación del acto sexual. En el siglo XVI, el beso se afirma en el galanteo. Es justamente en esta época cuando el beso consagra las ceremonias matrimoniales. El hombre da el beso y en este acto asume su rol de cabeza de familia con todos sus derechos y obligaciones.

En general podemos confirmar, sin temor a exagerar, que el beso como muestra de amor conyugal fue privativo de los indo-europeos. Fueron ellos los que elevaron el beso al rango de signatura del compromiso o de desliz que implicaba obligaciones estrictas. En el siglo XVIII las costumbres empezaron a alterarse en la Francia ilustrada y enciclopedista. Montaigne se lamentaba de la proliferación de esta costumbre y Santa Evremoniana escribía que “El beso que en Turquía, Italia y España es el comienzo del adulterio, no es en París más que un cumplido. Los besos son una mercancía que no cuesta nada, que no se gasta, que abunda siempre”. En esa época las cosas habían llegado muy lejos en el libertino país de Moliere: una dama estaba obligada a ceder sus labios a aquel que se los requiriese con tal de que el galán –por repugnante que fuese- estuviera acompañado por tres criados. Un fastidio para las madamas de la época. La revolución de 1789 acabó con todo esto, pero no pudo evitar que el romanticismo posterior restituyese el beso como muestra de pasión y compromiso. De ahí que los novios cuando se besan al ser unidos en matrimonio confirmen el valor de la bendición sacerdotal o de la sanción del juez con un beso y que vuelvan a exhibir su amor en el momento del brindis ya en el convite.
© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es