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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

365 QUEJIOS (32) bus aereo

365 QUEJIOS (32) bus aereo

365 QUEJÍOS (31) – UNA DE AUTOBUSES VOLADORES LOW-COST

Hubo un tiempo en que viajar en avión suponía ingresar en un club glamuroso en el que azafatas hermosas, viajeros distinguidos, gallardos capitanes y público distinguido en la cola de facturación, eran lo que uno esperaba desde el momento en que ponía pie en el aeropuerto. En el “puente aéreo” de Barcelona, te podías encontrar entre 1973 y 1977, a la creme de la creme de la sociedad catalana y madrileña. A partir de esa fecha, solamente encontrabas a políticos y desde hace unos años, reza para que no haya un partido Barça-Madrid porque te puedes encontrar viajando con hinchas descontrolados. Me quejo de que, hoy, volar es lo más parecido a viajar en autobús.

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365 QUEJIOS (31) cruces en playas

365 QUEJIOS (31) cruces en playas

365 QUEJÍOS (31) DEJAD QUE LOS ENFERMOS PONGAN SUS CRUCES AMARILLAS

¿Están enfermos los independentistas? Lo están: el nacionalismo es una sífilis que corroe el cerebro, una de las coberturas más eficaces al nihilismo y el recuerdo de nuestra herencia animal (lo que Nietzsche decía sobre que “hemos recorrido el camino entre el gusano y el hombre y aún queda en nosotros mucho de gusano”). José Antonio Primo de Rivera situó al nacionalismo como “lo espontáneo” en contraposición a su concepción sobre la Nación concebida como una “unidad de destino” (que representaría “lo difícil”, antítesis de “lo espontáneo”). Debió llegar Konrad Lorenz para situarlo como una modulación del “instinto territorial” propio de las especies animales. Bien, pero todo tiene un límite. Porque una cosa es ser y sentirse apegado a la tierra que a uno le vio nacer, otra cosa es convertir ese apego en obsesión política (en “pequeña política”, tan distante de la “gran política” de la que hablara Nietzsche como un analfabestia puede estarlo del Nobel). Existe un nivel todavía más lamentable: cuando el nacionalismo se transforma en enfermedad y arrasa con la racionalidad. Es lo que en estos momentos está ocurriendo en Cataluña. Las cruces amarillas en las playas son muestra de que los servicios de salud mental de Cataluña (convenientemente transferidos desde hace décadas por el gobierno del Estado) no terminan de funcionar bien. Me quejo de que alguien se ha vuelto loco en Cataluña y la sanidad catalana no hace nada para impedirlo.

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365 QUEJIOS (30) antivirus

365 QUEJIOS (30) antivirus

365 QUEJÍOS (30) ¿EUTANASIA? ¿PERO DE QUÉ HABLA?

Se entiende por eutanasia, el acto de provocar intencionalmente la muerte de una persona que padece una enfermedad incurable para evitar sufrimientos. Pareja bastante lógico que cuando se ha abandonado toda esperanza en encontrar una cura y no queda más que esperar la muerte, los médicos decidan acortar el sufrimiento y la agonía.  Sin embargo, entiendo perfectamente que haya médicos que se nieguen a practicar la eutanasia, como los hay que se niegan a practicar abortos. A los que, desde luego, no puedo entender es a los que exigen que se reconozca el derecho a la eutanasia… porque ese derecho ya está reconocido y se aplica desde hace años. ¿Qué se pretende? ¿Otra ley del aborto mal redactada que, en realidad, es un coladero para tranquilizar a los más reticentes llamando por otro nombre a lo que es, desde el principio aborto libre?

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365 QUEJIOS (29) fiestas

365 QUEJIOS (29) fiestas

365 QUEJÍOS (29) PELIGRO: SE ACERCAN LAS FIESTAS MAYORES

Créanme si les digo que temo el período en el que se acercan las fiestas mayores. Parece como si los calores de San Juan desataran el fenómeno que se prolonga hasta finales de septiembre. Y no será porque no me gusta la diversión e incluso el exceso. Pero las fiestas mayores se han convertido en un espectáculo lamentable. Culpa de unos ayuntamientos que solamente dan “pan y circo”: pan a la inmigración y circo a los más descerebrados. De eso me quejo.

He vivido algunos años de mi vida en el barrio de Gracia, no muy lejos de la plaza del Diamant. Se supone que las fiestas de aquel barrio son de carácter “popular” porque una docena de calles, de las estrechas y umbrías, lucen algunos adornos puestos por los vecinos. Y es así. Como es igualmente cierto que buena parte de los habitantes de Gracia prefieren irse a otros destinos cuando empiezan las fiestas. Otro tanto ocurre con los Sanfermines: 

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365 QUEJIOS (28) negritud

365 QUEJIOS (28) negritud

365 QUEJÍOS (28) DEL “NEGRO DE LA PELÍCULA” A “PELÍCULA CON ESPECIMEN BLANCO”

(en la foto, el presidente Zuma de la república sudafricana en campaña electoral) Desde hace unos meses vengo observando la invasión masiva de series de televisión (distribuidas estratégicamente en distintos canales generalistas y plataformas en streamming) y de largometrajes, en los que se revaloriza, más allá de cualquier límite y mesura, lo que podemos llamar “la negritud”. No me voy a quejar de eso, porque lo entiendo perfectamente (el trasvase de poblaciones operado desde mediados de los 90 de África a Europa ha generado sociedades llamadas “multiculturales” y, de alguna manera, el cine debe responder a esta situación y presentar la nueva realidad étnica del viejo continente). No, de lo que me quejo es de que el elogio a “la negritud” se está realizando, no en función de la misma negritud, sino de tratar de insertarla con calzador en la cultura europea:

- hemos visto a africanos dentro de las legiones romanas que ocuparon Bretaña en la serie Britannia.

- hemos visto convertidos a Zeus y a Aquiles en “africanos de color” (de color negro) en la última revisión de Troya: la caída de una ciudad.

- esta misma semana, hemos visto como el protagonista de una pieza teatral de Jules Romains cambiaba el aspecto de su personaje central y transformaba a Omar Sy (francés de origen africano) en increíble protagonista de la obra de teatro escrita por un conservador: El doctor de la felicidad.

- hemos visto series norteamericanas protagonizadas por negros de carácter descaradamente racista (Queridos Blancos) hasta el punto de formalizarse un boicot a Néflix por atreverse a exhibir un panfleto racista negro.

Podríamos seguir indefinidamente. Pero tampoco me quejo de esto: a fin de cuentas, cada cual ve lo que quiere y “de tó tié qu’haber”  (que decía aquel). DE LO QUE ME QUEJO ES DE QUE ESTA REVALORIZACIÓN DE LA NEGRITUD DA LUGAR, A PRODUCTOR DE MALÍSIMA CALIDAD QUE SOLAMENTE PUEDEN ASUMIRSE A CONDICIÓN DE TENER CARENCIAS CULTURALES EVIDENTES Y UNA IGNORANCIA TOTAL DE LA REALIDAD EUROPEA. En ninguna de estas series, por ejemplo, se dice que el 80% de los musulmanes presentes en Europa viven de subsidios públicos, no del producto de su trabajo. Se dice y se repite que las razas son iguales y así lo ha establecido la UNESCO, así que hay que aceptarlo como dogma incontrovertible. El problema es que, por mucho que se repita el dogma, la contribución de las distintas razas al progreso de la humanidad ha sido muy diferente: que no sea de “buen tono” recordarlo es una cosa, que no sea real es otra. Quedamos, pues, a la espera de la explicación que dará la UNESCO al respecto y, mientras, nos abstendremos de decir algo que vulnere la corrección política.

Dicho de otra manera: estas series y películas pueden “venderse” en Europa a costa de que los europeos PIERDAN SU IDENTIDAD.

Claro está que detrás de todo esto existe un drama. ¿Podéis imaginar lo que supone para un niño negro que siga clases en un colegio público en Europa el conocer que todos los matemáticos, que todos los filósofos, que todos los científicos, que casi todos los literatos que va a estudiar ¡NINGUNO DE ELLOS ES CÓMO ÉL! 

¿Cuánto tiempo tardará él mismo niño negro en descubrir, por sí mismo y sin que nadie se lo recuerde, que la contribución de la raza negra a la historia de la humanidad, ha sido reducida? ¿Y cómo reaccionará entonces? Reconozco y lamento que dicha toma de conciencia para un chaval de raza negra en cualquier país de Europa Occidental, puede ser devastadora. Se trata de una de los “efectos colaterales” de la movilidad étnica.

Así pues, si Europa quiere no ofender la dignidad de estas minorías, si quiere que se sientan aquí como en Ghana o en Sudán, en Nigeria o en Camerín, Europa está obligada a renunciar a su identidad, a su pasado, a sus tradiciones, a recordar su historia y sus logrosnegros en europa. De eso si es de lo que me quejo

 

365 QUEJIOS (27) borregueros

365 QUEJIOS (27) borregueros

365 QUEJÍOS (27) ¿CERCANÍAS O BORREGUEROS?

Cuando estoy en España, evito al máximo bajar a Barcelona. Lo que ocurre es que algunas veces resulta inevitable. Suelo ir en tren… la R1, línea de cercanías. Acaso la peor línea de cercanías que alguien pueda concebir. A determinadas horas, creo que más del 50% de viajeros va si billete. Pero no me quejo de eso –aunque también- sino de los niveles de salvajismo que he llegado a ver en esa línea y que creo es único en España. Esa línea ha dejado de ser un tren de cercanías y se ha degradado en un borreguero de hace más de medio siglo: en efecto, en sus vagones circula mucho ganao de la peor especie.

No me extraña que cada año suban los billetes de RENFE: si cada vez pagan menos, alguien tiene que pagar más. Por supuesto, desde 2006 ó 2007, RENFE ha renunciado a que vayan revisores en el interior de los vagones. En aquellos años, ya intentaron linchar a alguno que se obstinaba en ser riguroso en su trabajo. A esto siguió la incorporación de seguridad, mucha seguridad en el interior de los trenes y en las estaciones. Por supuesto no sirve para nada: en las estaciones, los vigilantes tienden a ubicarse en los sitios menos expuestos y, deliberadamente, se alejan de los lugares por los que se cuelan los que quieren ir sin billete. Y los que iban en el interior de los trenes acompañando a los revisores hace tiempo que han desaparecido. Si en alguna ocasión hay una pareja, se limita a recorrer el tren de un extremo al otro, bajar en la siguiente estación y hacer otro tanto con el siguiente. Así que, primera queja: LA “SEGURDAD” EN LOS TRENES NO SIRVE ABSOLUTAMENTE PARA NADA. EN LAS ESTACIONES SIRVE AUN PARA MENOS.

En Canadá cuando vas a subir a un tren, hay un cartel que dice: Tickets pour l’honeur (Billetes, por el honor). Ni hay revisor, ni tienes que marcar el billete a la entrada, sino que simplemente, se te dice que puedes subir al tren dado que “por tu honor”, se da por supuesto, que tienes billete. En un país como España en donde el honor es algo que desde los años 80 no cuenta y que se ha retirado de la vida pública, un cartel así haría reír a los desaprensivos.

Pero lo peor no es que un cada vez más elevado porcentaje de viajeros vaya sin billete, lo peor es el ganao que corre por esa línea. Existen varios modelos:

1) aquel que sube al tren hablando por teléfono y 20 estaciones después sigue hablando a voz en grito (esto es particularmente grave entre andinos, africanos, chinos y magrebíes).

2) Luego está el colgao, empanao de los pies a la cabeza, con olor a porro ya impregnado hasta en el tuétano; hay que decir que es el que da menos problemas, simplemente se queda frito destilando ese olor característico que en la R1 ya es habitual y forma parte de la explosión de olores que el viajero experimenta al subir a uno de estos trenes (orines, sudores, porros).

3) También está el extranjero maleducado que ha salido de uno de los 750 clubs de cannabis existentes en Barcelona y antes de subir ha aprovechado para comprarse unas birras. Borrachuzos y colgados que no ahorran gestos para molestar a los viajeros y que les importa un pito lo que se pueda pensar de ellos o la sensación que puedan dar. Simplemente, no se enteran de nada.

4) Luego está el payaso que se cree que todos tenemos la obligación de escuchar su música. Música de mierda, claro está. Con móviles de mala calidad, atronando en el vagón.

5) No pueden faltar el gitano rumano con su música infumable, luego el rumano que pone pañuelos de papel con un mensaje escrito (que nunca me he molestado en leer) y que al cabo de un rato vuelve para recoger los beneficios (un día uno se olvidó un paquete cerca de mí, lo abrí y aquellos pañuelos parecían papel de lija del nº 3). Y así sucesivamente.

En fin de semana es todavía peor y si es a altas horas de la noche, peor todavía. Uno tiene la sensación de tener una experiencia similar a la descrita por Joseph Conrad en El Corazón de las Tinieblas (llevado al cine por Coppola en Apocalypse Now): a medida que la línea avanza (el río Congo en la novela y el Mekong en la película), el entorno se va haciendo cada vez más hostil y sombrío. Al final, el viajero tiene la sensación de que ha conocido “el horror”. Eso es la R1. Una de las líneas que merecen figurar como una de las más insoportables de los ferrocarriles mundiales.

DE ESO ME QUEJO Y SOBRE TODO DE QUE ESTO NO SEA UNA SITUACIÓN ANÓMALA Y RECIENTE, SINO QUE LA LLEVO EXPERIMENTANDO CADA VEZ QUE COJO ESTA LÍNEA, COMO MÍNIMO DESDE EL AÑO 2009… Porque lo peor de toda esta historia es que los poderes públicos ya se han resignado a que estas situaciones sean irreversibles. RENFE, por supuesto, aplaza la incorporación de nuevos convoys más cómodos y modernos. ¿Para qué si dentro de unos días van a estar destrozados, pintados y repintados por fuera y poblados por frekys y monstruitos llegados de los cuatro rincones del planeta y los ciudadanos que cada día acuden a su trabajo, pagan su billete, no dicen nada, protestan, ni se rebelan? DE ESO SI QUE ME QUEJO.

365 QUEJIOS (26) precios turismo

365 QUEJIOS (26) precios turismo

376 QUEJÍOS (26) PRECIOS TURÍSTICOS PARA “NATIVOS”

Me quejo de que España es un paraíso turístico, tierra de balconing y de birra a 26 céntimos lata, país en donde emporrarse y entromparse sale barato. En esta tierra de promisión para el turismo, lo más complicado y molesto es ser hijo de esta tierra y tener que pagar por ello. Un país turístico –y el nuestro empezó a serlo desde finales de los años 50- es un país en el que todos los habitantes que no vivan del turismo se sienten como desplazados y relegados a la categoría de ciudadanos de segunda. DE ESO ME QUEJO: NO SOY TURISTA NI VIVO DEL TURISMO, POR TANTO SOY CIUDADANO DE TERCERA.

A decir verdad, fuera de la lata de cerveza DIA a 26 céntimos y de los porros, todo lo demás que se ofrece en España al turista es caro. Especialmente en las grandes ciudades y en los principales centros turísticos. El precio de la caña si uno se sienta en algún bar del centro de Barcelona está alto, otro tanto pasa con los alimentos o los transportes. Y lo que es peor: eso se nota, sobre todo, al iniciarse la temporada turística. El ron con cola es, para mí algo sagrado que habitualmente degusto en casa (ron caribeño, proporción adecuada, hielo pilé, cuchara larga para remover, copa enfriada con el propio hielo: todo un ritual). El otro día se me ocurrió pedir un cubatilla en un chiringuito recién abierto en la costa. Ron de garrafón (si se molestaron en ponerlo delante de mí, además escaso sino misérrimo), proporción incorrecta de hielo, vaso de abrevadero, todo ello a 6 euros… Dos euros más que el año pasado, por algo que no vale ni 3 euros beneficio incluido y cuyo coste real no llega a 1. ME QUEJO DE QUE EN TEMPORADA TURÍSTICA UNO TIENE QUE REFUGIARSE EN CASA PARA BEBER BIEN.

Peor es el tema de la comida: para un turista, una “paella” es arroz amarillento con algún mejillón perdido. Usted y yo sabemos que la paella es otra cosa. Pero el turista está predispuesto a pagar lo que sea por una paella tomada en las Ramblas, cinco segundos antes de que un choro llegado de cualquier lugar de la galaxia le robe la cartera o que pase un afiliado a la yihad con una camioneta por el centro o le presenten la cuenta igualmente apisonante y masacradora. Vienen de Francia, vienen de Inglaterra, vienen de Alemania, en donde comer en locales públicos es un 10-15% más caro y beber una cerveza en local público entre un 50% y un 100% más. Esto les parece barato. Yo, en tanto que, español y barcelonés, hace ya mucho tiempo que dejé de ir a las Ramblas (solía hacerlo en mi juventud) con otros amigos, para tomar unas cervezas (jarras de a litro, no cañitas) y ver al paisanaje sorprendente que siempre corría por allí. Aquella es zona de carteristas, turistas, yihadistas airados y vendedores de gadgets. Olvídente de la Rambla de las Flores, de los puestos de animales domésticos o de los kioscos con libros y revistas. Todo eso es historia. ¿Pagaría usted un precio abusivo por recorrer un campo minado? Eso son las Ramblas hoy. De todas formas, no es de eso de lo que me quejo, sino de quienes han permitido que las cosas llegaran hasta donde están.

SOY CIUDADANO ESPAÑOL, NO SOY UN TURISTA: NO MEREZCO SER TRATADO COMO TURISTA, NO MEREZCO PRECIOS ABUSIVOS PARA TODOS PERO QUE NO SORPRENDAN A TURISTAS PROCEDENTES DE PAÍSES CON SALARIOS MÁS ALTOS Y PRECIOS MÁS CAROS. MEREZCO PRECIOS QUE SE CORRESPONDAN A LOS SALARIOS DE AQUÍ.

Acabaré añadiendo algo: soy turista vocacional. Sé que los precios en París, Berlín y en Londres son lo que son. También sé que hay otros países mucho más baratos y más asequibles a los bolsillos españoles. Me adapto y me gusta adaptarme, PERO EN NINGÚN PAÍS HE VISTO ESA PRÁCTICA DE QUE LOS PRECIOS SE ELEVEN ASINDÓTICAMENTE CUANDO SE INICIA LA TEMPORADA TURÍSTICA, AL TIEMPO QUE DESCIENDE LA CALIDAD DE LO VENDIDO. De eso si que me quejo.

 

 

365 QUEJIOS (25) palomiteros

365 QUEJIOS (25) palomiteros

365 QUEJÍOS (25) ¿VAIS AL CINE A COMER PALOMITAS O A VER UNA PELÍCULA?

Hará 10 años que dejé de ir al cine… Veo películas (quizás más que nunca) pero no en locales público. Últimamente –por lo que recuerdo y por lo que otros me confirman- las salas de cine se han convertido en verdaderos manicomios: de entre todas las especies que me dicen que hoy invaden las salas, figuran los que ni siquiera se preocupan de apagar el móvil (e incluso los hay que ¡contestan cuando les llaman!), luego están los que se pasan la proyección hablando entre sí, no olvidemos tampoco a los que entran en la sala oliendo a sobaquina o a porro y expanden ese olor como las tropas del Kaiser hicieron con el gas mostaza en la llanura de Yprés en 1916. Y, finalmente, los más habituales, pero no por ellos, los más digeribles, aquellos que han transformado el cine en un comedero de palomitas y en un abrevadero de refrescos azucarados. ME QUEJO DE QUE, ENTRE TODOS, RESULTA IMPOSIBLE VER Y APRECIAR UNA PELÍCULA.

Se dice que el vídeo mató a las salas de cine, pero, en realidad, a las que asesinó a conciencia fue a las salas de re-estreno de nuestra infancia. Cuando hacíamos campana y nos refugiábamos en salas donde emitían “extraordinarios programas dobles” (los más veteranos nos decían que incluso hubo un tiempo con “programas triples”). Así que las salas que sobrevivieron, para compensar bajadas de espectadores, instalaron puestos expendedores de palomitas y refrescos, cada vez más amplios. A fin de cuentas, en EEUU se hacía desde el principio de la industria cinematográfica, así que por qué no, en esto también, realizar una imitación.

El problema es que esto es Europa: aquí, incluso censurábamos al espectador que no era suficientemente hábil para comerse un caramelo sin que sonara el celofán. La caída en picado siguió. Luego apareció el “busca” y sus pitidos y más tarde el “móvil”. Hubo un tiempo, incluso en que era de buen tono y signo snob el demostrar que se tenía un teléfono móvil (se decía entonces “¿En qué se parecen un teléfono móvil y un preservativo? En que los dos dan cobertura a un capullo”). Creo que opté por no volver a las salas de proyección el día en que a un tipo le sonó el teléfono e incluso se cabreó cuando le reprocharon el que contestase en medio de la muy infame película Balada triste de trompeta. No sé que era peor: la película en sí, el sonido de las palomitas trituradas por molares cuyas caries creían por los refrescos azucarados, el “festival” de olores y aromas que se respirada o el giliflautas que contestó al teléfono.  Me dije que esa sería la última vez y no he vuelto.

ME QUEJO DE HABER TENIDO QUE DEJAR DE IR A UNO DE MIS ENTRETENIMIENTOS FAVORITOS A CAUSA DE LA CAÍDA EN PICA DE LA EDUCACIÓN, EL SENTIDO COMUN Y EL BUEN GUSTO DE UNA SOCIEDAD. Y, además, estoy seguro de que no volveré porque los problemas de ese tipo, lejos de arreglarse, se agravan de día en día.

¿Para qué ir al cine? ¿Para sufrir el asalto de la mala educación? Odio salir de una sala de cine e ir pisoteando restos de bebidas, de envases de palomitas, de todo lo que se ha caído o se ha arrojado al suelo. Me parece increíble que se lleguen a los extremos que he visto. Me temo que hay gente habituada a vivir en estercoleros y que, allí por donde pasa, tiene tendencia a convertir cualquier lugar en un campo de inmundicias. Estoy harto y me quejo de una sociedad que ha perdido cualquier norma de ESTILO y que evoluciona, no hacia algo superior, sino a la más pura y simple animalidad. De eso me quejo, fundamentalmente.