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INFOKRISIS, el blog de Ernest Milà

Metralla para una reflexión global (III de VII). El problema autonómico

Sin embargo, existe un problema autonómico...

Sin duda. Y ahí si que tenemos algo que decir. El Estado de las Autonomías es inviable. El Café para todos de Suárez y la transformación de España en un mosaico de 17 taifas, ha terminado siendo una carga insoportable para el erario público. Es evidente que  esto no puede seguir así. Los problemas son cuatro:

1)    Despilfarro económico, sueños faraónicos de proyección internacional especialmente en autonomías gobernadas por nacionalistas, intento de asimilación a un Estado independiente aprovechando vacíos legislativos.

2)    Inflación burocrática: millones de funcionarios autonómicos que se superponen a otros millones de funcionarios municipales y a más todavía de funcionarios estatales. Las autonomías no han simplificado la administración, la han complicado.

3)    Aparición de desigualdades de unas autonomías a otras: en materia de coberturas sociales, en materia sanitaria, en materia educativa, en materia de gestión medioambiental, en materia energética, en materia de infraestructuras, en materia lingüística, en materia administrativa.

4)    Aumento de una clase política parasitaria autonómica: que aumenta todavía más el problema de corrupción. Cada autonomía es una taífa que da empleo a segundones del partido y contribuye a aumentar el gasto público.

Todo esto es inadmisible. En períodos de crecimiento económico, hay dinero para despilfarrar y nadie se preocupa de la irracionalidad autonómica. Ahora es diferente: el Estado de las Autonomías es cuestionable.

¿Cuál es tu balance del Estado de las Autonomías?

Una mierda seca bien aplanada bajo cuya costra reseca se ha producido una proliferación vermicular de gusanos corruptos. Nada más. La irracionalidad al poder.

¿Y la solución?


Sólo hay tres y cada una es excluyente con las demás:

-    O se abole toda la legislación autonómica, lo que parece excesivo y, en cualquier caso un retorno a una situación anterior que no era de recibo: todo se resolvía en Madrid. La complejidad del Estado moderno es tal que los centros de decisión deben ser ágiles y próximos a los ciudadanos.

-    O se "profundiza en el Estado de las autonomías" multiplicando las taras inherentes a él: burocracia, despilfarro, faraonismo, taífas, corruptelas, etc.

-    O se reduce el número de autonomías. Existen autonomías uniprovinciales incomprensibles. Existen conjuntos históricos, culturales y antropológicos fraccionados en cuatro o cinco autonomías (Castilla, por ejemplo). De 17 autonomías habría que reducirlas a la mitad imponiendo límites drásticos a la deuda pública autonómica (igual que a la estatal y a la municipal), refundir instituciones (¿Qué se hace con las diputaciones públicas?) y, sobre todo, el Estado tiene que recuperar las competencias en materia educativa, sanitaria y social.


(c) Ernesto Milá - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

Metralla para una reflexión global (IV de VII). El "caballo de batalla"

¿Cuál es en tu opinión el caballo de batalla sobre el que se puede construir una alternativa?

Si estamos ante una crisis social de dimensiones incalculables, el frente de acción prioritario es justo ese: el social. Todos los demás pasan a segundo plano. La actividad en el "frente social" está favorecía por un hecho sin precedentes: la traición de los sindicatos que, en el momento más duro de la crisis, llaman a votar al gobierno que ha hecho posibles 4.250.000 parados.

¿Por qué han actuado así?

Por que han dejado en la cuneta su tradición reivindicativa y su defensa de los trabajadores. Hoy los sindicatos son estructuras burocráticas que agrupan sobre todo a trabajadores de edades intermedias con contratos fijos y que ocupan cargos intermedios en las empresas en las que trabajan y que, sobre todo, contemplan la posibilidad de alejarse de los tajos con la excusa de las "horas sindicales" y la perspectiva de ser "liberados" por el aparato sindical. Si a esto unes que sus burocracias están compradas al peso, que su afiliación es mínima, y sus cotizantes menos aún, entenderás porque el Cándido, el osito de peluche de UGT y el Toxo mudo de CCOO que sustituyó a Fidalgo (el último líder sindical con visión económica suficiente), se esfuerzan solamente por arrancar cuatro subvenciones directas, cursos de formación y demás canonjías ofrecidas por el zapaterismo para tener tranquilo al frente sindical.

Así pues ¿cómo habría que actuar?


Nuestra militancia tiene una composición mayoritariamente trabajadora… "parajódicamente" estamos completamente ausentes del mundo sindical. Bastaría desembarcar a 400-600 afiliados en sindicatos independientes para abrir un frente sin grandes inversiones logísticas, ni estrategias complicadas. Ni CCO, ni UGT podrán mantener durante mucho tiempo la cómplice pasividad con el inútil ZP que ni se enteró por qué crecíamos, ni cae en la cuenta de por qué decrecemos ahora. Es cuestión de tiempo que la crisis social reabra el frente sindical: si CCOO y UGT anteponen sus prebendas a los intereses de los trabajadores, con más de 5.000.000 de parados, las burocracias sindicales serán superadas, desbordadas y arrasadas por las bases, aumentará el sindicalismo independiente… ¡que debe convertirse en nuestro frente prioritario de actuación!

¿Y por qué no fundar sindicatos propios?


Por que no tenemos capacidad, no tenemos experiencia sindical, no tenemos fuerza social suficiente para hacerlo, ni siquiera existe espacio sindical. Además, por otra parte, ¿por qué deberíamos hacerlo si ya existen sindicatos independientes con fuerza, solera y decisión suficientes? Se trata, simplemente, de curtir a nuestros militantes en la acción sindical.

Pero ¿por qué exactamente desplazar fuerzas al mundo sindical y retirarlas de la actividad política?


Pues es muy simple: por que el "frente social" va a ser a partir del último trimestre del año el de más actividad y tensión: la crisis económica se habrá transformado en crisis social. El paso siguiente (que inevitablemente se producirá cuando la depresión se prolongue) será la crisis política. Ese será el momento de unir "frente social" y "frente político" con garantías de ganar una parte importante de la población española para la tarea de regeneración del Estado, de la Nación, de la Economía y de la Sociedad española.

¿E2000 ha realizado intentos en esa dirección?

Sí y esos intentos han sido muy interesantes: ocupaciones de oficinas del INEM, marchas de protesta en Valencia en las mañanas, ante las sedes de CCOO y UGT al grito de "sindicatos traidores"… creo que tenemos una experiencia en este terreno que queremos transmitir, dejando aparte que siempre hemos recomendado a nuestra afiliación que participara en la actividad de los sindicatos independientes.

¿Cuál ha sido el resultado?

Aplausos de los presentes, ira exteriorizada en el interior de los bunkers sindicales, muestras de solidaridad por parte de los parados y de la población y ni un solo incidente. Incluso CCOO publicó un llamamiento para "acabar con las provocaciones fascistas", respuesta a nuestro llamamiento para "acabar con los mamoncillos sindicales al servicio de ZP".

¿Y la conclusión?


Que hay que profundizar en esa dirección, porque es el eslabón más débil por donde se puede desplomar el statu quo construido por el PP y el PSOE. Los sindicatos mayoritarios ya solamente representan a burocracias amamantadas por el gobierno de turno. A nadie más. Llamarles "interlocutores sociales" o "agentes sociales" es abusivo para todos los trabajadores. Son cúpulas que se representan a sí mismas, a nadie más… Y esto en un momento de paro y privaciones para jóvenes, para mayores de 45 años, para parados, CCOO y UGT son un verdadero insulto para los trabajadores, bandas de pobres aprovechados que comen de la mano del gobierno de turno, con los cojones empotrados en su propio culo.

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Metralla para una reflexión global (V de VII). Hacia la reconstrucción de una estrategia global

Hay un problema de fondo en todo esto: la cuestión estratégica. Desde 1981 la derecha radical carece de estrategia. ¿Crees que es posible reconstruirla en este momento?

Sí, pero vale la pena recordar que es estrategia: el plan general de operaciones para la conquista del objetivo político prefijado. Así pues, para hablar de estrategia hará falta aludir antes al problema de los objetivos políticos.

¿Cuál en tu opinión el objetivo político principal en este momento?

Zapatero se mantiene en el poder (y con él la ideología humanista-universalista que le anima y, con él, el proyecto globalizador que tiene detrás) gracias a la "paz social" comprada a los sindicatos. Es precisamente por el silencio de los sindicatos por lo que está tranquilo. El mundo sindical es inaccesible para el PP, por tanto, mientras esté callado, ZP conservará lo esencial de su base electoral. De ahí que la desestabilización del mundo sindical sea la condición previa para la caída de ZP y el inicio de la caída de las fichas del dómino en cadena. El problema actual es que ni centro-derecha, ni centro-izquierda tienen alternativas ante la crisis, y no la tienen porque su postura a favor de la globalización hace imposible construir alternativas sólidas a la crisis. De ahí la necesidad de encontrar el "eslabón más débil" en la cadena de apoyos de Zapatero. Si el objetivo es la desestabilización de la caída de Zapatero, habrá que buscar el eslabón más débil de su cadena de apoyos. Por otra parte, la caída de Zapatero entrará la subida al poder del PP… que actuaría exactamente como actúa hoy ZP. La caída de Zapatero es, pues, la condición previa y sine qua non para desencadenar la crisis del sistema político español y la construcción de un sistema con más altas cotas representativas y más solidez y racionalidad.

A partir de este objetivo ¿es posible definir la estrategia?


Con facilidad. El eslabón más débil del sistema político español es el mundo sindical. La crisis devenida en depresión, se carta a espaldas de las clases medias y de los trabajadores. Las primeras no están organizadas, pero en las segundas todavía existen los instrumentos sindicales. El gobierno de ZP (y ayer el de Aznar) lo ha entendido bien y por eso ha comprado al peso a las cúpulas sindicales. Pero esa adquisición no ha evitado que la crisis se cargue en buena medida a espaldas de los trabajadores. Resulta sorprendente que UGT y CCOO hayan llamado solidariamente a votar al PSOE en las anteriores elecciones europeas: esto es, al gobierno de los cinco millones de parados. Del compra de los sindicatos por parte de ZP no se benefician los afiliados, ni mucho menos el mundo laboral. Esto indica cuál es el eslabón más débil: el mundo sindical. Por tanto, cualquier estrategia de desestabilización del gobierno ZP pasa necesariamente por la actuación en el mundo sindical. Y eso es posible a través de los sindicatos independientes. Estos sindicatos están configurados hoy como "tercera fuerza" en el terreno obrero, con cotas que oscilan entre el 3 y el 10% de delegados, según las ramas y las regiones. Suficiente para, en un momento de crisis, y de traición de UGT y CCOO, sea posible desbordar a las cúpulas sindicales mafiosas y señalar al gobierno ZP como el principal enemigo de los trabajadores y de las clases medias. Es lo que llamamos la "estrategia de desbordamiento sindical": actuar desde dentro del mundo sindical para desbordar a las cúpulas sindicales mafiosas, desestabilizando la base social del gobierno ZP.

¿Y en cuanto a las tácticas?

Es evidente que hará falta desembarcar a la militancia a disposición en los sindicatos independientes y, a partir de ahí, iniciar el trabajo de denuncia y las movilizaciones. Vamos a trabajar sobre un terreno abonado por la crisis y para ello hemos acumulado algunas experiencias en los últimos meses. En Valencia hemos percibido que en las oficinas del INEM la gente es extremadamente sensible a nuestros argumentos. Es significativo que las únicas reacciones hostiles que se han producido en el curso de las marchas y ocupaciones que hemos realizado, ha sido por parte de los funcionarios de CCOO y de UGT atrincherados dentro de sus bunkers sindicales. Ambos sindicatos, incluso, han llegado a emitir un comunicado conjunto de denuncia de estas movilizaciones… Señal de que les ha dolido y de que son perfectamente conscientes de que a partir de ahora les va a ser difícil mantener la impunidad.

Así pues, la consigna es priorizar el trabajo dentro de los sindicatos independientes…

No se trata de abandonar el "frente político", sino de crear las condiciones necesarias para que éste frente tenga la masa crítica suficiente como para que sea posible un salto de cualidad. Hasta ahora esto no ha sido posible por muchos motivos, pero ahora es posible resolver algunos problemas que han limitado nuestra actividad: la multiplicidad de siglas con orientaciones muy parecidas, por ejemplo. Es lo que he llamado "el bosque de los pitufos". Hay que encontrar de alguna manera la fórmula para simplificar este panorama y reducirlo a una o dos siglas, como máximo. Y mientras dura este proceso de simplificación, insistir en el trabajo en el "frente social".

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Metralla para una reflexión global (VI de VII). Inmigración y otros elementos

¿Es decir, que la inmigración no es el gran problema del país?

No me entiendas mal: sigue siéndolo. ¡Y de qué manera! La inmigración fue traída por las patronales de hostelería, servicios y construcción para rebajar el precio de la mano de obra. Su mera presencia (una media de 600.000 inmigrantes adultos llegados desde 1996 a 2007) ya garantizaba que el medidor del consumo, el PIB, iría creciendo. No hacía falta nada más que inyectar inmigrantes para alardear de "triunfos económicos". Se nos dijo que venían para "pagar las pensiones de los abuelos". Era falso: cotizaban por las franjas salariales más bajas y, para colmo, nunca han cotizado más de 1.150.000 inmigrantes en la SS ¡sobre un total de 6.250.000 inmigrantes! Desde el principio, han absorbido más recursos públicos de los que han aportado. No solamente no pagarán las pensiones a los abuelos, sino que la quiebra del sistema de pensiones deberá mucho a su presencia.

¿Pero no se están yendo a causa de la crisis?


No, esa es la gran mentira de nuestro tiempo. Están ralentizando su llegada, que es muy diferente… están retornando a sus países de origen los rumanos, polacos y búlgaros -salvo los gitanos romanís- pero siguen llegando magrebíes y andinos, y no ilegalmente, sino por "reagrupación familiar" y por "arraigo". Se van pocos o muy pocos. El año pasado, menos de 2.000. Este año no superarán los 6.000 retornos voluntarios… ¡compensados por los que entran en una sola semana!

¿Y la solución?

Nadie les llamó… y vinieron. Impusieron su presencia vulnerando la legislación española, por la fuerza del hecho consumado. Exigieron la legalización. Los gobiernos del PP y del PSOE les legalizaron. Bajó el precio de la mano de obra, absorbieron servicios sociales, becas de alimentación en los colegios, aumentaron las población penitencia, los accidentes tráfico y los accidentes laborales, aumentaron las bolsas de trabajo negro y compitieron deslealmente con los trabajadores españoles, aceptando trabajar más por menos salario. Bien, ahora el problema es otro. Llegaron y se les recibió bien. Ahora no hay trabajo y se tienen que ir. La consigna del momento debe ser: "menos gasto público y más coberturas sociales para todos los españoles. Basta con repatriar 4.500.000 de inmigrantes". No hay trabajo para ellos. La preferencia nacional debe ser restituida como norma para la contratación. Cuando haya pleno empleo entre españoles, que vengan los necesarios de fuera, no antes: hoy se tienen que ir.

¿La izquierda lanzará la acusación de xenofobia y racismo?

Los intereses de los trabajadores inmigrantes y de los trabajadores españoles son diferentes y excluyentes. La izquierda predica que "el capital" baja los salarios… pero prefiere ignorar por qué puede hacerlo: si es capaz de disminuir salarios es porque ha aumentado el volumen de la masa laboral. No es cierto el piadoso razonamiento de la izquierda sobre que no existen contradicciones entre intereses de los trabajadores inmigrantes y de los autóctonos. Claro que hay contradicciones. Si no disminuye el número de trabajadores en España mediante la repatriación de inmigrantes y si no disminuye el número de inmigrantes que aspiran recursos públicos en forma de subsidios, subvenciones, beneficios sociales, etc, el Estado quebrara. Por eso decimos: "Menos gasto público, más coberturas sociales para españoles: repatriación inmediata de 4.500.000  de inmigrantes". El que no perciba la justeza y exactitud matemática de este razonamiento o es ciego o es idiota, cualidades que, inevitablemente, acompañan al "progre" de izquierdas: los salarios no subirán mientras haya un exceso de fuerza de trabajo; el Estado no aguantará la carta de 950.000 inmigrantes que cotizan por las franjas salariales más bajas y a una masa inerte de 5.000.000 de inmigrantes que viven del trabajo negro y los subsidios. La izquierda humanista y progre es cómplice del capital más depredador: ambos quienes que España sea tierra de inmigración aunque por razones diversas. Unos para hacer gala de mestizaje y multiculturalismo. Los otros para rebajar salarios. Si la izquierda defendiera los derechos de los trabajadores autóctonos, en lugar de monsergas universalistas y humanistas, sería la primera en liderar la necesaria repatriación de los inmigrantes. Pero la izquierda es ciega, sorda, muda y, la española, por lo demás, la más cerril y estúpida de Europa Occidental. Tiene el corazón escindido entre el humanismo universalista que le induce a solidarizarse con toda la inmigración por el simple hecho de existir, a pesar de ser uno de los factores en los que se apoya la globalización (siendo el otro la deslocalización empresarial), y de otro lado su lucha anticapitalista que debería tender a bloquear los mecanismos del capitalismo: el fomento de la inmigración el primero de todos. La izquierda está presa de la contradicción insuperable y está más perdida que la virginidad de una prostituta cincuentona.

El tema social desemboca fatalmente en la lucha contra la inmigración masiva y en la contradicción entre los derechos de los trabajadores autóctonos y los inmigrantes, ¿hay algún otro caballo de batalla?

Sí, muchos. Para que un eje de propaganda sea eficaz debe cumplir una serie de condiciones:

1)    Ser un tema en exclusiva o, al menos, poderlo desarrollar de manera original.

2)    No ser reconducible por los partidos mayoritarios.

3)    Estar explotado inteligentemente.

4)    Tener interés real entre la población: estar en el debate sobre la actualidad.

5)    Tener un enunciado claro.

6)    Enlazar con el discurso central.

En este sentido, hay como mínimo una decena de temas de agitación: la corrupción (PP y PSOE están implicados en casos de corrupción que afectan a sus cúpulas), degeneración del sistema democrático español en partitocracia (poder omnívoro de los partidos) y plutocracia (poder del dinero) que llevan a un déficit representativo, reforma del Estado de las Autonomía (con simplificación del mapa autonómico), reforma de todo el sistema educativo (de la preescolar a la enseñanza universitaria), ruptura con la globalización en beneficios de lo que Guillaume Faye llama "grandes espacios de economía integrada", autonomía alimentaria y decrecimiento en materia ecológica, necesidad de una ética y de una moral en la gestión de la cosa pública, profunda reforma constitucional, políticas de natalidad y de defensa de la familia, disminución progresiva de las diferencias de poder adquisitivo y distribución de la riqueza; en economía, reconocer que hay que recuperar el tiempo perdido y revertir el fenómeno de la deslocalización mediante la introducción de niveles de planificación y proteccionismo… temas no faltan.

Es decir, que hay elementos suficientes para redactar un programa original…

Sobran. El problema es que no todos tienen la misma importancia y el mismo tirón. Se trata solamente de asumir en cada momento aquellos que sean más rentables políticamente. El problema real es no confundir los deseos con realidades. Habrás observado que en toda esta lista no aparece el tema de la "unidad nacional" como caballo de batalla. Esto por una sola razón: hoy, ninguna fuerza política apreciable cuestiona esta unidad, entonces ¿para qué colocar en el eje central de la agitación algo que no existe como problema? Hasta ahora todos los programas de los partidos de extrema-derecha empezaban así: "Reconocemos la inquebrantable unidad de España…", dando por supuesto que el país estaba al borde de la quiebra. Esa quiebra no se ha producido y hoy España está más segura que nunca en los últimos 30 años de que no habrá movimientos secesionistas, entonces ¿para qué insistir en un tema que está resuelto justo en el momento en que hay como mínimo otros diez temas de mucha más actualidad? Durante estos últimos 30 años, a fuerza de alertar sobre el riesgo inminente de centrifugación nacional, la ultraderecha lo que ha conseguido es llevar votos al PP: si el riesgo existía, lo más adecuado era apoyar al partido que en la prensa aparecía como garante de la unidad nacional, antes, por supuesto, que a los pequeños grupos ultras. Cuando en 2006, medio millón de personas contestaron en Madrid con banderas españolas la política nefasta de ZP en la cuestión del diálogo con ETA, del Nou Estatut, éste partido encarnó el nacionalismo español configurándose como el mejor garante de la unidad del Estado… entonces ¿para que apoyar a grupos residuales? Tal fue la contestación de Mayor Oreja a César Vidal, cuando éste le preguntó por qué votar al PP y no a AES…

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Metralla para una reflexión global (VII de VII). El balance electoral

Los resultados de las elecciones europeas han sido muy comentados, a partir de ahí has formulado la teoría de los "tres bloques", ¿por qué ahora?

A veces hay que fracasar para comprobar que lo que se hace no resuelve los problemas y para tener una buena dosis de realismo. En cada elección que pasa, el rasgo distintivo de la ultraderecha es alcanzar niveles cada vez mayores de fragmentación: en estas elecciones se ha alcanzado el máximo: 7 candidaturas presentados y otras tanto que renunciaron a hacerlo. En tales condiciones, es evidente que nadie se toma en serio a un sector con tal grado de fragmentación… Dicho de otra manera: sobran siglas. Este es el primer problema. En casi todos los países europeos existe uno o dos partidos que representan las ideas que en España defienden 10 ó 12 siglas. Esto no es admisible. La teoría de los "tres bloques" es un intento de simplificar y racionalizar una disminución de siglas.

Entonces ¿cuál es tu balance de las elecciones?

Hay un elemento que indica que han ido peor que mal, a pesar de las apariencias. Desde hacía años, los grupos ultras sacaban 30-40.000 votos en conjunto, ahora han sacado 75.000. ¿Un avance? En absoluto: ha habido más votos porque ha habido más candidaturas y, por tanto, ha habido mayor "error técnico". Si se presenta una sola candidatura solamente existe una posibilidad de alguien se equivoque de papeleta, o vote por azar a cualquiera, pero si hay siete, esta posibilidad se multiplica por siete. Además hay otro fenómeno todavía más preocupante sobre el que hay que reflexionar.

¿A qué te refieres?


Hay que reconocer la realidad. En ocasiones esa verdad sirve para denunciar la naturaleza mentirosa, fullera, tramposa y degenerada de la democracia española: a poco que se examinan los resultados electorales ciudad por ciudad y pueblo por pueblo, se percibe sin dificultad que hay resultados incoherentes. En pueblos del País Vasco en donde ninguno de estos grupos ha hecho campaña, aparece un número extremadamente crecido de votos. Esto había pasado en alguna ocasión en anteriores elecciones: de repente en el pueblo X, la candidatura Y, obtenía 260 votos sobre 2.000 electores, sin que se hubiera hecho campaña. Sin embargo, algún partido con presencia en el ayuntamiento incluso… tenía cero votos. Era evidente que había un "error técnico": al escribir los votos de este partido, alguien se había equivocado y los había adjudicado a otro. En estas elecciones, ha habido entre 25.000 y 30.000 de difícil explicación. Pero si se analizan los resultados con más detenimiento todo induce a pensar que "alguien" ha trasvasado votos de Iniciativa Internacionalista a diversos grupos minoritarios. Es más: lo ha hecho sistemáticamente.

¿Y eso que implica? ¿por qué?

Cuando un fenómeno de estos pasa tres o cuatro veces sobre 5.000 mesas electorales, es posible que se trate de un error involuntario. Pero cuando pasa en demasiadas ocasiones, no es error: es conspiración. No es aventurado pensar que interventores del PP y del PSOE se han puesto de acuerdo, allí donde han podido -donde no estaban presentes los de otros partidos- para desviar votos de II a otras candidaturas minoritarias y sin posibilidades. Los que recibían los votos jamás protestarían… En otras palabras: no solamente somos despreciables desde el punto de vista electoral, sino que "el sistema" lo reconoce implícitamente hurtando votos a una candidatura (por odiosa que sea) y endosándolos de tapadillo al bosque de siglas ultras. La inmoralidad de esta práctica reside en que, a fin de cuentas, la candidatura de II había sido aceptada por el Supremo… De haber salido Alfonso Sastre como diputado, PP y PSOE lo hubieran considerado una afrenta: si se presentaba era para perder por vía del fraude si era necesario. Esta práctica ha alcanzado en estas elecciones cotas que, en mi opinión alcanzan a un 20% de la media obtenido por estos grupos: es decir, un error técnico maximizado.

¿Y según tú habría que reconocerlo públicamente?

Sí. Creo que, a la vista de los resultados, es más importante reconocer que alardear de unos votos obtenidos en lugares donde no ha hecho campaña. Antes he dicho que una de las líneas de trabajo es demostrar que el sistema es tramposo y traiciona continuamente sus propios principios e instituciones. Es posible que algunos votos de II hayan ido a parar a candidaturas como el POSI, el PACMA o Por un mundo más justo. A mí no me importa que Sastre ladre en el Parlamento Europeo, bastante he tenido con sus obras de teatro plastas y con demagogia de baratillo propia del progre alucinado que es. A mí lo que me importa es que "el sistema" juegue con mi ambiente político, lo hinche artificialmente… lo que equivale a demostrar su irremediable marginalidad. Si no quieren a Sastre en el Parlamento Europeo que se mojen ellos y su puta madre, pero que no nos mezclen a otros. Reconocerlo públicamente sería poner el letrero de ALT! a las mentiras del sistema y una forma de decir a la extrema-izquierda: "El enemigo, gilipollas, el enemigo no somos nosotros, sino esos bastardos de los partidos mayoritarios que juegan con vosotros y con nosotros, así que en lugar de enviar a descerebrados a hacer "antifascismo", mirad al PP y al PSOE que, no son en absoluto fascistas, pero que son los verdaderos culpables de la mala calidad del sistema democrático español". De hecho, yo animaría a los que han detectado errores obvios en sus resultados que se adelantaran y presentaran una denuncia a la Junta Electoral Central.

¿Alguna otra consideración sobre los resultados del "ambiente"?


Cuando se obtienen resultados por debajo del 1% y estos están repartidos en siete candidaturas cualquier análisis sociológico y cualquier extrapolación es completamente imposible. Hay que reconocer, no solamente que se ha obtenido menos de un 1% (muchísimos menos), sino que con siete candidaturas pisándose unas a otras la manguera, es imposible obtener mejores resultados.

En consecuencia…

En consecuencia hay que podar lo que he dado en llamar, tristemente, "el bosque de los pitufos" por donde circulan caracoles a velocidades de glaciar alpino. Cada grupo está convencido de que él va a obtener los mejores resultados y que éstos van a indicar una tendencia al crecimiento sobre los otros. Pero no hay nada que hacer, desde hace 20 años ninguno de estos grupos logra destacar y cada vez es peor, incluso, porque cada vez hay más candidaturas. La militancia -estimada en algo así como uno 1.500 activistas- está dispersa, carece de masa crítica suficiente para poder realizar campañas de propaganda en condiciones, rentabilizar las inversiones o aprovechar su nivel de desarrollo. Era necesario experimentar otra vez el fracaso sin paliativos para plantear la necesidad de cambiar el chip. Tal es el mensaje de esta campaña. Por otra parte, "ahora o nunca".

¿"Ahora o nunca"?

Se cumplen dos años del inicio de la crisis de la subprime. Uno desde que el gobierno español se enteró de que algo no funcionaba. La precipitación de una crisis social para después del verano y lo que cada vez se adivina como una prolongada depresión, va a hacer que entre en los próximos seis años (como mínimo) se esté en condiciones de ganar fuerza social, a condición de simplificar el mensaje, atinarlo y adaptarlo a las necesidades del pueblo español, de tal manera que cuando la crisis social se precipite en crisis política (ningún partido mayoritario aguantará dos elecciones con de 5 a 7.000.000 de parados) podamos jugar en condiciones de obtener resultados políticos apreciables. Jugar para perder eternamente, se ha convertido en un hábito ya incorporado a nuestra tradición política. Esta situación no se va a volver a producir en nuestras vidas. Nosotros tenemos algunas soluciones… pero, sin "masa crítica" militante, con dispersión de medios, sin unos niveles mínimos de coordinación y con 12 siglas pisándose la manguera, es imposible despegar. Hace falta reimplantar el sentido común en la práctica política.

Y entonces planteas la teoría de los "tres bloques"…

… Católicos, falangistas e identitarios (o anti-inmigracionistas). Si en lugar de docena o docena y medio de siglas, existieran tres, o al menos se coordinaran tres bloques, se habría avanzado bastante y si existieran solo dos, mejor aún. Dos se entienden mejor que catorce…

Hay camaradas que dicen que hay más sectores…

El problema es que a fuerza de hacer matizaciones y especificaciones lo que se consigue es pasar de nuevo a las 14 siglas como representantes de su sector en propiedad. Hay un sector que pone la moral católica por encima de todo, otro ve en la inmigración masiva un peligro y el tercero es el "sector azul". ¿Para qué complicarnos más? También existe el sector cocaínico, el sector mangantón, el sector zumbado perdido, el sector maracas-de-Machín, el sector Amadineya-Gran-Timonel y el sector masturbador mental… ¿y…?  Seamos serios por una vez y busquemos ser diferentes a todos los demás ("nosotros solos contra el universo") por que en tanta matización radica el estado actual de debilidad del "área".

¿Cómo plantear unas conversaciones intergrupales?


Convocándolas. ¿Quién lo puede hacer? En principio, los blogs "unitarios" que para eso están y que deberían dar un salto de cualidad: de publicitar acríticamente las actividades de todos los grupos, a asumir la coordinación de unas conversaciones. Al menos dentro del sector anti-inmigración, ello es posible. Paradójicamente, la ventaja son los años de incomunicación y fricciones: no han servido para nada, han debilitado, ningún grupo ha destacado sobre los demás y la mayoría de los dirigentes (salvo alguno que precisa camisa de fuerza) están de vuelta de ardores de otros tiempos. El problema de los blogs unitarios es que aspiran a "unirlo todo", a fuerza de ir reproduciendo, insisto acríticamente, noticias de TODOS, se han olvidado de que existen grandes diferencias entre algunos partidos y otros. Con la teoría de los "tres bloques" lo que he intentado es racionalizar los pasos para desbrozar el terreno de siglas. No es más unitario el que más veces repite en menos tiempo la palabra "unidad", sino el que es capaz de dar los pasos razonables para hacer efectiva esa unidad. Y esto hoy pasa por reconocer tres sectores en el "área": católicos, antiinmigracionistas y falangistas.

Conversaciones ¿sobre qué?


Primero, toma de contacto. Segundo, afirmación de buenas intenciones. Tercero, deshacer equívocos. Hasta aquí sería la fase previa. En segundo lugar: informar de actitudes e intenciones. En tercer lugar: ir escalando desde niveles mínimos de coordinación hasta niveles máximos. Creo que se pueden definir cuatro niveles: el más básico es la coordinación a mínimos, pacto de no agresión; luego seguirían colaboraciones puntuales; por encima, colaboraciones tácticas y finalmente coordinación estratégica.

¿Y con los católicos?

Primero hace falta ver si siguen y cómo siguen. Alguna conclusión habrán extraído de los resultados. Es otro sector, así que a ellos solos les compete la reflexión. En mi opinión, si existiera una voz única dentro del sector identitario, valdría la pena intercambiar puntos de vista con ellos. Mientras esta voz única no exista, no lo veo posible. Además, claro está, hace falta ver a través de sus declaraciones si algo ha cambiado en ellos o siguen en las mismas posiciones que les llevaron a los resultados del 7-M. Lo importante es no forzar situaciones, mejor homogeneidad antes que variedad excesiva. Por lo demás, insisto, todos esperamos un balance que permita percibir el grado de satisfacción o insatisfacción con el trabajo realizado.

(c) Ernesto Milá - infokrisis - infokrisis@yahoo.es - http://infokrisis.blogia.com - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

Los Gays vistos por un hétero (I de VII). De la autocensura al delito

 

Infokrisis.- En 2005 publicamos con el seudónimo de "Rafael Pi" esta pequeña obra en Editorial PYRE, con una tirada de 2.500 ejemplares que nos valió algunos encontronazos con el mundo gay organizado, pero no con nuestros conocidos gays que conocían desde hacía tiempo esa posición y que la sabían desprovista completamente de prejuicios. Agotada absolutamente y sin que quede ejemplar alguno en almacén, aprovechamos para publicarla en seis entregas, una por cada capítulo.

 

El 30.12.04, el Consejo de Ministros aprobó el Proyecto de Ley de Matrimonios Homosexuales. Así que, bruscamente, hemos tenido que considerar, en el ámbito de esta obra, el nuevo marco legal al que el gobierno tiende. De las adopciones de niños por parejas gays, mejor ni hablemos. Vamos, voluntariamente, a eludirlo en el contexto de esta obra. La enormidad es tal que apenas merecería comentarse sino fuera para exclusivo desdoro de quien lo ha propuesto. Vayan unas líneas a ese fin.

El principio según el cuál se han realizado las adopciones, hasta la fecha, no es la satisfacción de los padres, sino el bienestar de los hijos. Veremos, a partir de ahora, cuál es el patrón para juzgar lo apropiado o no de una adopción. La ley siempre ha situado el derecho del niño a la adopción y a un marco normal y favorable para su desarrollo, como superior al deseo de los padres a adoptar a un hijo. La voluntad del padre y de la madre y su mejor intención, no bastaban para acceder a la adopción; veremos, a partir de ahora, cuál es el patrón que aconsejará o no una adopción: ¿acaso un examen psicológico?, puede ser considerado como  discriminatorio y homófobo si es desfavorable; ¿el tiempo de vida en común?, entonces, habrá que bajar el listón a la vista del tiempo medio de las uniones gays (como todos los gays saben de puertas para adentro, pero niegan de puertas para afuera); sólo queda entonces, malhage, la capacidad económica... y si este es el único patrón aceptable, menuda monstruosidad.

Se ha dicho sobre este tema que la "sociedad no está lista para las adopciones gays". Falta saber si la sociedad debería estar "preparada" para algo que sólo afecta a la felicidad a la estabilidad y a la normalidad de los adoptados, no de la sociedad, ni de los adoptantes. De todas formas, el gobierno ZP estimó el 30 de diciembre de 2004 (dos días después del "Día de los Inocentes", con lo que de masacre devota evoca para unos y de broma descojonante sugiere a otros) que nuestra sociedad estaba madura para uniones y adopciones gays, y aprobó la legislación pertinente. En realidad, en los 9 primeros meses de gestión, el gobierno ZP, ha dado muestras más que suficientes de que apenas distingue entre lo que está maduro, lo que está verde y lo que está pocho. Quizás mejoren. O no.

A decir verdad, esta ley es posible que sea la única forma de saber, estadísticamente -dentro de 20 años, eso sí- qué tal les ha ido a los adoptados, y poder contabilizar si el número de divorcios es igual, superior o inferior al de parejas héteros, sacando las conclusiones pertinentes, inapelables a la luz del cálculo estadístico. Dentro de 20 años, también, sabremos, si hay víctimas de "violencia doméstica" entre las parejas gays y, como se contabilizan, a la luz de la ley previamente aprobada por el gobierno, que creaba un clima excepcionalmente proteccionista sobre la mujer, mucho más que sobre niños, ancianos o varones. Del "experimentos en casa y con gaseosa", hemos pasado al "experimentemos para confirmar lo previsible". Hay cosas sobre las que todo debate resulta inútil, hasta que no se prueban, aún a pesar de que estamos convencidos de que dentro de 20 años, algunos podremos decir, ciertamente sin satisfacción: "Ya lo habíamos advertido".

Desde las entidades gays, las cosas, naturalmente, se ven de otra manera. Entusiasmados, llegaron a calificar el proyecto de ley, de "histórico". Veremos si el patinazo no va a ser menos histórico. El presidente de honor de la Coordinadora Gay-Lesbiana, Jordi Petit, aseguró que esta normativa "no va en contra de nadie" (faltaría más) y se basa "en la separación entre el Estado y las diversas confesiones religiosas que conviven en la sociedad"… que es como mezclar la velocidad con el tocino. Petit, lleva, que yo recuerde, treinta y tantos años, reivindicando "lo gay".Poco le va a quedar por reivindicar, a partir de ahora; pero, a fuerza de reivindicar lo propio y de rodearse de gentes que habitualmente están de acuerdo con él y leer los titulares de prensa, ha cometido el error de creer que esa es la única opinión que bulle en la sociedad.

Ciertamente, la Conferencia Episcopal española ha sido la institución que se ha mostrado más beligerante en la oposición a los matrimonios gays. La Iglesia no precisa votantes y puede permitirse decir a las claras lo que piensa. Con los partidos políticos ya es otra cosa: están allí donde hay votos y un 3-5% de votos gays son una tajada suculenta que otorga o quita una mayoría absoluta. De ahí que los partidos callen o no saquen toda la artillería de sus arsenales; pero no nos engañemos, dentro de todos ellos -incluso de los de la izquierda más marcada- la opinión no es unánime: esclavos que sirven con fidelidad perruna a lo políticamente correcto, los partidos no van a chistar más de la cuenta ante los matrimonios gays. Voces discordantes las hay, y no sólo en el ámbito eclesial y celestial: también en la sociedad civil; si es que esta historia de las adopciones gays, nos da yuyu a muchos.

Lo "normal", puestos a regular, hubiera sido establecer un tipo de unión particular, diferente al matrimonio hétero que no considerara la posibilidad de adopción; con derechos diferenciados, porque diferente es el matrimonio con capacidad de procrear o de crear un marco familiar igual en esencia, con hijos adoptados por que algo ha fallado en su mecanismo biológico de procreación, que aquella otra pareja que nunca ha tenido ni tendrá la posibilidad de procrear. Que Petit y su parroquia no se confundan: no sólo la Iglesia está contra las adopciones gays, muchos ciudadanos, sin adscripción política, ni ideológica concreta, pero buenos observadores de la naturaleza humana y del día a día, gentes de mundo que hemos visto y vivido, sin prejuicios, pero sin servidumbres a lo políticamente correcto, muchos, con legislación o sin ella, para nosotros, un matrimonio gay seguirá pareciendo algo completa, absoluta y radicalmente diferente a un matrimonio hétero. No basta una ley para modificar la naturaleza, la biología ni la sensatez.

Por llamarlo, lo podríamos haber dejado en "pareja", "unión homosexual", o cualquier otra expresión diferente. Pero "matrimonio", lo que se dice matrimonio, pues francamente, como que no…

De la autocensura al delito

A la hora de iniciar un libro es fundamental que el autor defina exactamente cuál es su posición. Máxime cuando se la juega; y hoy hablar sobre el mundo gay sin aceptar hasta la última reivindicación que presentan los sectores más radicales del mismo, implica cierto riesgo. Existe una innegable presión que disuade, al menos en este tema, de decir lo que verdaderamente se cree, si no coincide con las exigencias del movimiento de liberación gay. Uno corre el riesgo de verse colocado en la picota, y ofrecer su pellejo al linchamiento moral.

Hemos pasado de la hostilidad desmesurada al silencio vergonzante. Se entiende que, en este tema como en ningún otro, parezca existir una especie de autocensura. No es bueno esto de la autocensura, pero haberla, hayla. Y eso genera la falsa ilusión de que todo el mundo está de acuerdo en la totalidad de reivindicaciones gay. Y no. Por ejemplo, una mayoría de encuestados por el CIS, están contra las adopciones de niños por parejas homosexuales. Sin ir más lejos  o sea que unanimidad, haberla, no hayla. Silencio vergonzante, en cambio, si.

Vamos a intentar realizar un ejercicio discursivo para aproximarnos lo más posible a una verdad que difícilmente será universal, pero que al menos será una parte de la Verdad y valdrá la pena, simplemente, para dejar patente que "la verdad gay" no es la única concebible. Contrariamente a lo que sugieren los gays, existe vida inteligente fuera de esa verdad, no sólo trogloditismo, prejuicios y homofobia.

Las noticias que llegan del extranjero van en la misma dirección. Hoy me cuentan que el gobierno francés ha prohibido los chistes que pudieran considerarse ofensivos para el mundo gay, equiparándolos a los actos de antisemitismo. A nadie se le escapa la enormidad del agravio comparativo: un gay le puede llamar a usted hijo de mala madre y usted, querido amigo, se la habrá de envainar, el qué no sé, pero se la envainará; a diferencia de un gay que podrá decir que usted le ha llamado "maricón" y equivaler eso, automáticamente, a "perro judío" con la consiguiente cuota de cárcel e indemnización añadida. ¡Lo que hay que hacer para captar el voto gay! Hasta el napoleónico Chiraq lo persigue y está dispuesto a conseguirlo aunque esto implique dar la espalda a la Francia racionalista y cartesiana.

Un tema como éste, en el que se corre el riesgo de que no defender las reivindicaciones del movimiento gay, suponga inmediatamente una acusación de homofobia, es literalmente un tema en el que la racionalidad, la lógica y el sentido común, han saltado por los aires. Y eso sigue sin ser bueno para la racionalidad, la lógica y el sentido común que, a la postre, están hechos de la misma materia con la que está construido el progreso. Chiquito de la Calzada o Arévalo podrían ser objeto de investigación en Francia a causa de algunos de sus chistes y, si se nos apura, condenados a la misma pena que quienes profanan tumbas de cementerios judíos pintando esvásticas o los que niegan el holocausto judío. Chiquito de la Calzada... en tierra gala sería carne de presidio, a partir de que contara con su particular deje aquello de que "tienes más plumas que un pavo real". Cualquier chiste sobre gays es considerado como homofóbico por el movimiento gay, salvo que lo cuente un gay, en ese caso existe dispensa e indulgencia plenaria, si se trata, claro está de un gay "movimentado" (perteneciente al movimiento gay) y de estricta observancia. Por que si se trata de un bisex, de un gay acoplado en el armarito o de uno que en un tiempo fue gay, pero cuyas hormonas se removieron hacia lo hétero, mal asunto, culpable y a compartir talego con el bueno de Chiquito o con cualquier otro que haya contado chistes de gays; así que ya saben, mejor dedíquense a contar chistes de catalanes, ingleses, franceses y españoles o de gangosillos. 

El hijo del exceso

Este libro arranca el día del orgullo gay de 2004. Las manifestaciones duraron unas pocas horas, pero las informaciones sobre las mismas se prolongaron durante tres días. Excesivo. Fue así como pudimos ver una manifestación de "carnes tolendas" en período no carnavalero. Lo lamento pero si no lo digo, reviento: aquella comitiva, trufada de travestidos, exhibicionistas y drags sobre carrozonas, más pareció un carnavl fuera de hora que una reivindicación social.

Carnaval es el exceso reglamentado para toda la sociedad: nadie es como se muestra en carnaval; o al menos, nadie debería serlo, pues la esencia de la fiesta es un psicodrama en el que nosotros mismos podemos ver lo ridículo que supone no ser lo que somos habitualmente. Las civilizaciones tradicionales establecieron una fecha en la que cada cual podía ser aquello que no era para comprobar hasta qué punto era ridículo que lo fuera: en Zamarramala, las mujeres gobiernan la casa un día al año y el marido ese día se comporta como habitualmente hace su esposa; en algunas fiestas populares el "rey niño" y su corte gobernaban sobre los adultos; en la Roma clásica, los patricios servían como esclavos y los esclavos ejercían de señores... así cada cual comprobaba cuál no era su lugar. Al día siguiente, todo volvía a la normalidad. La "normalidad"... una palabra que recorrerá insistentemente estas páginas.

Pero hoy, da la sensación de que todos los días son carnaval. A fin de cuentas el problema ha consistido en que, a algunos, finalmente, les han gustado demasiado los excesos de carnaval, mucho más que la normalidad de sus vidas. Y quieren reeditar cada día la fiesta del exceso y el desenfreno, el travestismo y la ambigüedad. Desde Roma se sabía que una sociedad podía soportar un día de carnaval al año; nuestras civilizaciones modernas todavía no han advertido la inviabilidad de un carnaval permanente y elevado al rango de normalidad desdramatizada y de buen rollito. Pero en eso estamos.

Verán ustedes, me considero un liberal cualquiera, pero el otro día, cuando machaconamente todos los programas de TV y todas las emisoras de radio informaron una y mil veces sobre una intrascendente manifestación carnavalera del orgullo gay, me di cuenta, bruscamente, de que se había franqueado una barrera, se había rebasado un límite, se había abierta una brecha en la muralla: aquellos chicos alegres que habían hecho de su opción sexual una bandera, mostraban sus plumas, tangas, avalorios, lentejuelas, licras, latexs y cueros de polipiel, sobre un cuerpo adoptado como templo del placer y santuario del sexo homofílico, se me aparecieron como patéticos y con un punto grotesco. Por que una cosa es el derecho a amar a quien se quiera y otra ir de carnaval el día que no toca. Lo primero es tan inalienable y obvio que ni siquiera hace falta que lo sancione la Constitución, como el derecho a respirar o a pensar. Lo segundo, apenas es un exhibicionismo fatuo y, en ocasiones, desagradable y antiestético, que ningún favor hace a la causa que dice defender. Como, por lo demás, muchos gays saben.

La pasada manifestación del orgullo gay rebasó todos los límites, pero no tanto por el contenido, como por la repercusión mediática: durante tres días tres, tuvimos que tragarnos algo que ni nos iba ni nos venía, pero que, a fuerza de ir y venir con tanta pluma y desmadre, terminó por hastiarnos. Este libro es hijo de aquel exceso informativo. Hijo airado, si me apuran.

Propósito y credo particular

No hay libro sin tesis y no hay tesis sin que el autor se moje. Así que partamos de una autodefinición que disipe lo que, a estas alturas, ya deben ser pocos equívocos. Pues bien, efectivamente, tal como habían presumido desde el pie de imprenta, nos oponemos frontalmente a las reivindicaciones que el movimiento gay realiza en el momento de escribir estas líneas. Creemos que en 2004, los gays han alcanzado un razonable nivel de integración jurídica y social, más allá del cual el horizonte se vuelve problemático, no para ellos, pero si para la sociedad... Una reivindicación exagerada deja de ser una reivindicación para convertirse en el desmadre. Con esto de las reivindicaciones gays, estamos desde hace tiempo, instalados en el desmadre.

Nuestra oposición a las reivindicaciones de lo que podríamos llamar el "movimiento gay radical" no la realizamos, precisamente, desde una postura homófoba, sino desde la defensa del derecho a nuestra libertad de expresión. Se discrepa de los argumentos de un colectivo radical organizado y se argumenta con otros razonamientos. Faltaría más. Este proceso discursivo es lo que ha hecho avanzar a la civilización, tanto como la invención de la rueda que ha culminado en el CD o la evolución de la garrota al láser (que todo ha contribuido).

Hemos procurado racionalizar al máximo nuestras argumentaciones y evitar cualquier tendencia homofóba subjetiva, de la que nos manifestamos no contaminados; y, sobre todo, se ha procurado no ofender ningún tipo de sensibilidad  sexual. Los argumentos del movimiento gay, en tanto que argumentos, son contestables. Y esto es lo que hacemos en esta pequeña obra polémica.

Lo mejor para empezar, es entonar el credo. Pues bien, este es mi credo sobre la materia:

Creo
que el sexo y la sexualidad son algo polimorfo. Existen muchas formas de vivir el sexo y la sexualidad. Una de ellas es la opción gay.

Creo que cualquier opción sexual pertenece al dominio de lo íntimo. Entiendo que haya gente atraída por este tipo de relación y no voy a ser yo quien lo juzgue: en tanto que acto íntimo, pertenece al dominio de lo privado. Pero si puede resultar contestable el intento de elevar este tipo de relaciones de lo íntimo a lo público y su aspiración a equipararse con la pareja heterosexual.

Creo
firmemente en los dos roles sexuales: masculino y femenino encarnados en dos tipos fisiológicos concretos: hombre y mujer, que la evolución ha adaptado física y fisiológicamente, para complementarse.

Creo
que la sexualidad tiene dos funciones: el placer y la reproducción y que ambos son instintos básicos, inseparables de la condición humana. Cuando se niega el principio del placer o cuando se pierde el instinto de la perpetuación de la especie, es que existe una patología social.

Creo que en la capacidad reproductiva da la pareja heterosexual radica su diferencia y superioridad sobre la homosexual, no apta para esa finalidad.

Creo que lo comunitario es superior a lo privado.

Creo
que el principio del placer y como lo resuelva cada individuo, pertenece al dominio de lo privado, pero la reproducción, hasta cierto punto, tiene mucho que ver con lo público: en efecto, cuando no hay nacimientos, peligra la vida de un Estado, de una familia, de un linaje y de una Comunidad; así pues, la paternidad y la maternidad, "hasta cierto punto", rebasan el dominio de lo privado. Las parejas gays, obviamente, carecen de la posibilidad de la paternidad o de la maternidad. Luego son un "menos", en relación a un "más".

Creo
que todo lo que no encuentra lugar en ese patrón de normalidad, no es "anormalidad", sino que supone distintos niveles de distanciamiento del "estándar razonable de normalidad"; más allá de un determinado punto, se alcanza, efectivamente, la anormalidad. En el sexo no todo es admisible: determinadas prácticas y formas extremas de sexo evidencian niveles obvios de anormalidad.

Creo que hay que impedir al poder público que yazca en el lecho de los amantes; no son buenas las leyes que pretendan regular el ejercicio del placer; pero el Estado si tiene mucho que decir a la hora de estimular la natalidad: todo lo que hace el Estado para estimular la natalidad es bueno; cuando un Estado desconsidera la natalidad es que ahí existe un problema. Por cierto, hoy no existen políticas de natalidad dignas de tal nombre. Luego... aquí hay un jodido problema.

Creo
que las reivindicaciones gays relativas a la abolición de cualquier tipo de discriminación por razón de sexo son asumibles por la sociedad (y, de hecho, ya han sido asumidos y difícilmente el mundo gay podría hablar hoy de discriminación).

Creo, por el contrario, que las reivindicaciones destinadas a equiparar en derechos a las parejas homosexuales con las parejas heterosexuales son muy discutibles, especialmente en lo que se refiere a la adopción.

Creo
que, tanto en el terreno de los derechos de la mujer y de los derechos de los homosexuales, ya se ha alcanzado el nivel de "normalidad". Ir más allá de ese nivel, con "discriminaciones positivas" o leyes protectoras desmesuradas, es innecesario salvo por los partidos que aspiran a ganar la sumisión clientelar  de determinadas bolsas de votantes. Algunos sectores políticos han intentado cosificar en forma de votos al mundo gay asumiendo las reivindicaciones de los sectores más radicales sin creer en ellas.

Creo que algunas manifestaciones extremas del "universo gay" evidencian profundos desequilibrios interiores en sus exponentes y una obsesión enfermiza por exteriorizar la propia opción sexual.

Creo
que determinadas prácticas eróticas o alteraciones físicas voluntarias evidencian tales desequilibrios.

Creo
que hay que distinguir entre virilidad y machismo, entre tolerancia y homofilia, entre reivindicaciones asumibles y reivindicaciones fuera de toda medida, y para ello es preciso redefinir el estándar de "normalidad". En lugar de eso, la consecuencia de la "revolución sexual" iniciada en los 60 ha sido dinamitar cualquier noción de normalidad y la filtración en el curso de la confusión de propuestas razonables con reivindicaciones reprobables, derechos a la libre opción individual con obligaciones y reconocimientos por parte de la sociedad.

Creo
que la madre de todas las batallas en este terreno consiste en una necesaria redefinición de un paradigma de normalidad.

Y a eso vamos.

(c) Ernesto Milá - infokrisis - PYRE - http://infokrisi.blogia.com - infokrisis@yahoo.es - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

 

Los Gays vistos por un hétero (II de VII). El paradigma de normalidad

Los hay que salen del armario para afirmar su propia sexualidad. Y otros que, más bien, deberíamos acomodarmos en su interior para hacer otro tanto, aunque sólo fuera por que seguimos un camino opuesto a los primeros.

Hubo un tiempo en el que la homosexualidad era denostada y perseguida. Ni nosotros, heterosexuales del siglo XXI, fuimos responsables de aquel ostracismo, ni tenemos ahora por qué pagar las culpas de otros. Hoy no hace falta afirmar la legitimidad de la sexualidad gay por que se encuentra plenamente reconocida: quien desea salir del armario ya no tiene miedo a ser estigmatizado. Lo cual es justo y necesario; pero nuestro deber y salvación es que lo "normal" siga siendo normal, por la misma eterna ley -que diría Dylan- por la que el presente de hoy, es pasado, mañana.

De seguir como hasta ahora en la velocidad en el cambio de la percepción sobre la sexualidad, corremos el riesgo de que lo que hasta ahora era "normal", excluido de lo "políticamente correcto", pase a ser anómalo y lo que hasta ahora se ha considerado "anómalo" sea la única realidad concebible. Y, ni tanto, ni tan calvo.

En el "armario" hay cadáveres guardados y secretos que se tienen por inconfesables. Salir del armario, en el argot gay, es dejar atrás todo eso y confesar abiertamente la propia sexualidad. Como si a alguien debiera interesarle las filias o fobias sexuales de tal o cual fulano. De ahí que algunos gays sostengan que "salir del armario" va mucho más allá de lo personal y reviste un carácter ético-político definido como "progresista". Es posible, pero los contenidos de la palabra "progre" son tan ambiguos como el sexo de los ángeles. En general, ser "progre", es ser "de izquierda". Y ser de izquierda es hacer todo lo contrario que hace la derecha, menos en el terreno económico, en donde un buen "izquierdista progre" quiere lo mismo que un buen "derechista regre", a saber, forrarse. No sigamos con esta digresión que podría llevarnos a derroteros muy alejados de la ebanistería. Por que la cosa va de armarios. El armario, según la mitología gay, oculta la identidad sexual de alguien; abandonarlo implica hacerla pública.

¿Y qué implica entrar dentro del armario? Salvaguardar de las miradas ajenas la propia intimidad. Yo lo hago. No me gusta que la vecina del tercero -esa bruja- esté pendiente -sé que lo está- de cuando hago el amor con mi mujer; ni mucho menos me gustaría aparecer en tal o cual portada de una revista explicando mi opción sexual. No señor. Fuera cual fuera. Lo privado es privado y cuando se hace público, deja de ser privado. Entonces, no es nada. Ningún guión exige realizar un streeptease ético-erótico. Dentro del armario está la propia intimidad. Fuera de él, la pecera, el Gran Hermano. Lo siento: estoy mejor dentro del armario (también los heterosexuales tenemos nuestro armarito); es así como afirmo un gran valor ético-político, además de erótico: el derecho a la propia identidad y a la intimidad. Manifiesto, en definitiva, pudor. Se ha olvidado y denostado la noción de pudor.

Lo que pasa es que los hay exhibicionistas. Si no dicen lo que llevan dentro, revientan. Allá ellos. También los hay que se sienten forzados por la presión del ambiente: ¿si todos salen del armario por qué no tú? "Puesto que no es pecado ser rinoceronte..." que diría Ionesco. Algunos, no es que tengan muchas ganas de salir del armario, pero los "colegas" los sacan con forceps y palanqueta. Luego, pasa lo que pasa cuando uno no está muy convencido de lo que hace: que viene el llanto y el crujir de dientes. Como algunos de los rostros de portada de la revista "Zero" de los que al cabo de unas semanas sabemos que están de baja por depresión o han pedido la excedencia de tal o cual cuerpo o instituto armado.

Decía que, entrando en el armario, afirmamos nuestro derecho a la intimidad. La sexualidad -lo he dicho antes- es polimorfa, nadie puede decir de esta agua no beberé. En el sexo cabe casi todo. Es íntimo, pero no puede excluirse el exhibicionismo. Es dulce, pero también brutal; es la caricia y el látigo, la seda y el cuero. La mirada casta y esos mismos ojos que lanzan un reclamo desvergonzado. Es cosa de dos, pero también hay cabida para los múltiplos y para los números impares. Heterosexual impenitente, ignoro si un día, un brusco cambio hormonal me llevará por otros derroteros. Cosas más sorprendentes se han visto y tengo contabilizados varios casos de cambio imprevisto de afinidades eróticas de una a otra acera, y viceversa; así que ya me dirán. Pues bien, todo esto, incluso el morbo exhibicionista de buscar hacer el amor en lugares en donde corremos el riesgo de ser descubiertos, todo esto pertenece a lo privado y se inserta, puertas para adentro, en el armario. Me interesa sólo a mí y a mi partener.

En la apolillada cartilla militar se evaluaba el "valor" del soldado e, inevitablemente, un escribiente esforzado escribía "Se le supone". La sexualidad también es algo que se supone íntima. Algo íntimo es algo resguardado de la luz pública. Por eso entro en el armario, cuando otros salen y es allí -al resguardo del ojo público- donde afirmo mi identidad... heterosexual. Hagan como yo, defiendan su intimidad entre la carpintería de un armario discreto, espacioso y bien acondicionado

A todo esto ¿qué es la normalidad?


Resulta arriesgado definir un estándar de normalidad. Cada momento histórico ha tenido el suyo. Es posible que Aquiles se beneficiara de Patroclo o que algunos de los filósofos clásicos hicieran otro tanto con sus discípulos. Aquellos eran tiempos míticos o situados veinticinco siglos para atrás en la historia. También es cierto que hubo un estadio de la civilización en la que el canibalismo era casi universal, lo cual no es el mejor argumento para justificar su vigencia en nuestra huxleyana era de progreso cybernético. Cada momento histórico ha tenido su paradigma de normalidad. Cada momento, menos el nuestro donde la velocidad de los cambios es tal que, a la sociedad le resulta imposible consensuar algún tipo de criterio de normalidad estable. Y sin embargo, es preciso restablecerlo o, de lo contrario, la ausencia de estándares implicará, a la postre, la ausencia de norma moral y la imposibilidad de definir criterios éticos, más allá de las zarandajas progres.

Ya que resulta imposible establecer un criterio de normalidad utilizando parámetros culturales, en la medida en que son estos precisamente los que mutan a mayor velocidad; ya que es imposible aludir a criterios religiosos en una sociedad que vive de espaldas a la religiosidad tradicional pero sumergida en la superstición; en la medida en que resulta imposible utilizar criterios jurídicos para establecer patrones de normalidad... nos veremos obligados a utilizar criterios que aludan a lo más auténtico de la naturaleza humana: su sustrato biológico. Es decir, su animalidad, en el buen sentido, claro está. Por que todos, usted y yo y, sobre todo la vecina del quinto, somos naturalezas con una componente animal, esto es, biológica.

A fin de cuentas somos mamíferos superiores. Tenemos un cuerpo físico que es la joya de la evolución, dotado de unas células nerviosas interrelacionadas en nuestro cerebro que generan el pensamiento lógico y nos dan conciencia de nosotros mismos. Desde Darwin y desde la primera etiqueta del Anís del Mono, nos sabemos pertenecientes a una especie biológica desarrollada de la que puede decirse, con Nietzsche que "Hemos recorrido el camino entre el gusano y el hombre y aún queda en nosotros mucho de gusano". Pues bien, utilicemos esta naturaleza biológica para iniciar el largo viaje en busca de la normalidad.

Tampoco es tan difícil imaginar la normalidad: chico conoce chica; chico se acuesta con chica (o viceversa que tanto monta); chico y chica gozan juntos; con esa o con otra pareja, chico o chica, tienen descendencia. En este guión están contenidos los dos elementos básicos del estándar de normalidad: instinto del placer e instinto de la reproducción. Ambos insertos en nuestra naturaleza animal. Lo que nos diferencia de los mamíferos superiores hacia abajo es que tenemos conciencia de nosotros mismos. Eso y que, la sexualidad humana tiene tres elementos que lo diferencian de otras especies animales: una parte del eros anida en el corazón, otra en el cerebro, y otra en las vísceras. Estos tres elementos no están presentes en la misma medida, ni siquiera es necesario que estén presentes los tres. Puede haber sexo sin amor o sexo sin erotismo. Y, por supuesto, puede existir amor con el erotismo más cerebral y menos tributario de las vísceras. El instinto del eros nos envuelve y paradójicamente está irremisiblemente unido al thanatos.

El ser humano sabe que busca el orgasmo, a diferencia del animal que lo ignora. Y sabe también que en el momento del orgasmo se produce una abolición de las fronteras del yo con el no-yo, el suelo falta bajo los pies, nos situamos en el límite extremo del agotamiento físico. Ese es el objetivo de la unión sexual. No albergamos la menor duda de que, en función del polimorfismo sexual, las formas de alcanzar el orgasmo pueden ser diversas e incluso sorprendentes: los hay que lo obtienen a través del dolor y, para otros, la ternura es el único camino; y, por supuesto, existe el orgasmo homosexual y el orgasmo heterosexual. Así pues, a fin de cuentas, a primera vista, no existe nada que, esencialmente sea diferente, en el terreno del placer entre una relación heterosexual y otra homosexual.

Cabría, eso sí, a segunda vista, no olvidar que las posibilidades de placer de la pareja heterosexual son mayores. Falta algo en el partener masculino que si está presente en el femenino: en su oquedad anal no existe una particular acumulación de terminales nerviosas, ni nada parecido al clítoris femenino. Dejando aparte que la funcionalidad de la vagina es recibir al pene y sólo en unas cuantas ocasiones en la vida servirá de autopista de salida para el feto. No puede decirse lo mismo del ano que precisa una lubrificación artificial, a diferencia de la vagina que se lubrifica por sí misma indicando con ello, además, el grado de disponibilidad y satisfacción de la mujer para el acto. Ciertamente, el orgasmo de la mujer es clitórico y no vaginal, algo de lo que las feministas de los sesenta ya se encargaron de recordar hasta la saciedad: para obtener placer, la mujer no precisa de la penetración... lo cual no quita que la relación de una mujer suela ser (excepciones, claro está, no faltan) más gratificante con un hombre que con un pulgar. Además, el aparato sexual femenino es un entorno "acogedor y amigable" para el pene y es la fricción la que le provoca el placer y esta fricción es tanto más agradable contra más lubrificado está. Así mismo, el varón no extrae ningún placer del clítoris. O quizás si: el placer de ver a su compañera excitada y gozando. Hay también en ello un placer mental. Somos humanos, ¡que le vamos a hacer!

La naturaleza humana ha dotado al aparato sexual femenino de una extraordinaria duplicidad: sirve para su propio placer (en el clítoris) y da, al mismo tiempo placer (en la vagina). En el varón, ambas funciones están concentradas en el pene: el pene da placer (aunque el orgasmo sea clitórico) y, al mismo tiempo, en él, se focaliza el inicio del propio orgasmo.

Claro está que el amante tiene a su disposición recursos eróticos diversos: su boca, sus dedos y, en el fondo, la totalidad de su cuerpo puede ser utilizado para dar y recibir placer... pero unas partes están más adaptadas que otras. Los pezones femeninos, por ejemplo, habitualmente de mayor tamaño, tienen una superior capacidad para la excitación que los pezones masculinos, aun a pesar de que buena parte del erotismo gay se centre precisamente en ellos.

Ciertamente, en esto del placer existe una innegable componente mental. Una querida amiga, por ejemplo, cree en la capacidad orgásmica del dedo gordo del pie. Se lo juro. Lo acaricia con sus labios como otras se llevan otra parte indudablemente mucho más sensible de la anatomía masculina. Al principio me extrañó, pero luego hube de concluir que si, que cierto gustirrinín, si da. Por lo mismo, me resulta imposible pensar que durante milenios el mundo gay haya realizado las mismas prácticas eróticas sin que les hayan procurado un razonable nivel de gozo. Ahora bien, nos parece incuestionable el hecho de que el cuerpo de la mujer y el del hombre están modelados por millones de años de evolución para complementarse en el placer y adaptarse íntegramente uno al otro.

A los gays no les gusta excesivamente que se recuerde en ambientes heteros que la forma más habitual de obtener placer para ellos sea recurriendo a la penetración anal. En las 777 páginas de su  "Diccionario de cultura homosexual, gay y lesbiana", Albert Mira pasa de soslayo términos como "penetración anal", "orgasmo", "sodomía" y resulta evidente que faltan entradas de conceptos relativos a la forma gay de concebir el placer. Pero el ano, triste es recordarlo para algunos, no está hecho para la penetración de algo, sino para la salida de heces fecales; caca, vamos. Si hubiera sido diseñado para aquel fin, la lubrificación vendría incorporada. Y no. Las fábricas de vaselina son hoy un valor en alza.

En tanto que terminal de la función digestiva, realizada, habitualmente, una vez al día, no parece que el ano sea un canal particularmente adecuado para el placer, pero esta modalidad erótica ha estado unido tan íntimamente a las prácticas gays que, frecuentemente sus miembros han sido calificados de "sodomitas", calificativo que rechazan como el mayor de los oprobios. Y sin embargo, me da la sensación de que no existe una relación gay intensa, sin penetración anal. Que se lo digan a Dalí cuando intentó penetrarlo Lorca.

Está claro que en el erotismo heterosexual también existe penetración anal, pero no es la habitual. La mujer suele ser reacia a esta práctica y cuando la acepta, no le proporciona ningún placer físico; como máximo lo hace para acceder al deseo de su partener o bien por curiosidad, solamente en unos pocos casos, experimenta un placer morboso y cerebral. El hombre, por el contrario, siente cierta atracción por esta práctica como forma de erotismo morboso en la que pone la mujer a su servicio, una fantasía sexual masculina tan discutible como recurrente.

En el caso de las relaciones heterosexuales, la penetración anal suele ser la excepción (de la misma forma que algunas mujeres se sienten atraídas ocasionalmente por el morbo de penetrar a sus compañeros con consoladores); cuando se convierte en obsesiva y en la única forma concebible para el varón heterosexual de obtener placer, lo mejor es seguir el camino que conduce al consultorio del sexólogo o, directamente, del psiquiatra. ¿Por qué? Cuando la penetración anal se convierte en el único recurso erótico (como puede ocurrir en otros casos con el sadomasoquismo, el exhibicionismo, la zoofilia, el triadismo, y cualquier otra variante), especialmente en una práctica como ésta en la que la mujer no recibe placer, entonces es que algo no funciona en el cerebro del sujeto. Por que en esto del sexo debe existir cierto grado de consenso entre las partes, y ambas, o se ponen de acuerdo en las formas de erotismo que les reportan placer, o la relación se convierte en un infierno o lo que es peor, algo que sólo satisface a una de las partes.

Literalmente, los "sodomitas" son los habitantes de Sodoma. La primera vez que vi esa palabra fue en el título de un libro: "Sodomitas", lo firmaba Mauricio Carlavilla y denunciaba una conspiración de homosexuales en las Naciones Unidas. Carlavilla era, evidentemente, un exagerado, pero no iba desencaminado: los ambientes gay de cierto nivel son los primeros en reconocer que en la sede de las NNUU en Nueva York los homosexuales ligan más y mejor que en cualquier otro lugar de la ciudad de los rascacielos. Pero el caso es que los sodomitas bíblicos fueron castigados por Yahvé y ni siquiera las súplicas y el regateo de Lot sobre el número de justos mínimos para salvar la ciudad, evitaron el diluvio de fuego hollywoodyano final. El nombre de la ciudad ha pasado a ser sinónimo de perversión y penetración anal. También de zoofilia, que tampoco está mal. Resumiendo: que desde Lot y la destrucción de Sodoma, dar por el culo, forma poco refinada pero no menos auténtica de aludir a la penetración anal, además de ser una guarrada, ha sido considerado un "pecado nefando".

Tenemos pues un primer estándar de normalidad: en el centro se encuentra la pareja heterosexual cuyos cuerpos son complementarios y han sido modelados, como hemos dicho, por miles de años de evolución. El principio del placer ha definido el primer punto de ese estándar. En el centro del centro, se encuentra la pareja heterosexual y algo más alejado del centro, todas las modalidades que quiera, empezando por la pareja homosexual: también busca el placer, pero... para obtenerlo deben recurrir a prácticas eróticas para las que deben recurrir a "ayudas": dilatadores, lubrificantes.

Segundo instinto de la naturaleza animal: la supervivencia de la especie. La finalidad de toda especie es sobrevivir y lo consigue adaptándose al medio y ejerciendo la función reproductora. El sexo garantiza la reproducción. No todo acto sexual está orientado hacia la reproducción, pero no hay reproducción posible sin sexualidad.

Está claro que también aquí, la ciencia introduce un elemento de corrección (fecundación in vitro), pero esto no es lo que nos interesa en este momento; en el fondo, las formas de concepción en las que participe alguna técnica artificial de fecundación, no son "anormales", simplemente son más o menos "excéntricas" en relación a la indiscutible normalidad: hombre fecunda mujer; mujer pare hijo. La perpetuación de la especie queda asegurada mediante esta dinámica.

En el centro del estándar de normalidad está la pareja heterosexual que decide (o no) tener un hijo. Y los tiene de forma natural, colocando el semen donde nos enseñan desde niños que hay que colocarlo con toda aquella coña de los ejemplos sobre la polinización de las flores y tal. En la naturaleza reina la ley de la perfección: sólo sobreviven los nacidos en pleno uso de sus facultades, el resto mueren. Afortunadamente, esto que es normal en la naturaleza animal, ha sido modificado por la civilización. El mero hecho de nacer implica la adquisición de unos derechos y una dignidad. Contra más débil es un recién nacido, más protección precisa. La civilización es civilización por que asegura (o debería hacerlo) el derecho de los débiles a la supervivencia. Así mismo, la ciencia y el progreso (progreso no es lo mismo que progresismo y progreso científico, casi diríamos que es lo inverso de progresismo fatuo) ofrecen la posibilidad a parejas con problemas de esterilidad de tener acceso a la descendencia. Así pues, la normalidad de un hombre y una mujer que se unen para tener hijos, tiene también distintos grados de excentricidad: en el límite se encuentra la adopción, una institución que ya existía en las antigüedades clásicas.

La adopción por parte de parejas heterosexuales desemboca en una forma casi idéntica a la descendencia obtenida mediante la  unión sexual... pero no es lo mismo: el código genético de los padres persiste en los hijos cuando estos son biológicos, pero está completamente ausente en los casos de adopción. Y esto tiene importancia: los padres biológicos se reconocen en los hijos, incluso físicamente; hoy se tiene la sospecha de que en los genes se transmiten algo más que las capacidades biológicas. Y hay algo que es muy elocuente: los padres que quieren serlo recurren a la unión sexual como procedimiento "normal". Cuando este falla, recurren a otros, el último de los cuales suele ser la adopción. Es decir, que la propia dinámica social se encarga de establecer jerarquías de normalidad y grados de proximidad con el estándar. El recurso a los artificios científicos para acceder a la paternidad es la ultima ratio para quienes experimentan el instinto de prolongar la especie.

A partir de aquí, cuando se introducen elementos diversos (familias monoparentales, familias homosexuales) lo que estamos haciendo es alejarnos del estándar de "normalidad". Una mujer soltera que desea tener hijos realiza su instinto maternal. No es una "familia" en sentido estricto, pero si es un proyecto personal que parte de un instinto natural. Así mismo, una pareja gay, experimenta la necesidad de entregarse el uno al otro, de dar y recibir placer, sólo que con otros de su propio sexo. Está presente cierta instintividad, educada en forma de deseo, pero en la medida en que la relación está inhabilitada para "fructificar" en forma de familia, está algo más alejada del paradigma de "normalidad" que las familias monoparentales y, desde luego, mucho más que la familia heterosexual.

Damos mucha importancia a la procreación por que a través suyo se plasma el instinto de supervivencia de la especie. Si hoy estamos preocupados por la desaparición de las ballenas o del tigre africano, ¿cómo no vamos a estar preocupados por la supervivencia de nuestra propia especie? Esta posibilidad marca la diferencia y la superioridad de la pareja heterosexual en relación a la homosexual y la sitúa, necesaria e indiscutiblemente.

Estándar de normalidad: 1) pareja heterosexual unida por lazos afectivos, pragmáticos, eróticos y 2) que cumple su función de perpetuar la especie mediante la procreación. Si los progres hubieran entendido la noción de "jerarquía" comprenderían que el "centro del centro" define un centro de normalidad y los distintos escalones de alejamiento de ese centro, son distintos niveles de alejamiento de ese centro de normalidad. La homosexualidad, se mire por donde se mire, supone un peldaño distante de ese centro, fuera en cualquier caso, del mismo. Salvo que, como hacen algunos representantes extremos del mundo gay organizado, la "alternativa gay" constituya un nuevo estándar de normalidad y los gays no tengan nada que aprender del mundo heterosexual. Cosa dudosa en extremo.

Estamos hablando de "pareja" y de "sexo".  Pero al llegar aquí, vale la pena realizar un alto en el camino, refrescarnos y prepararnos para entrar en otro derrotero íntimamente ligado a éste: la historia de la pareja desde 1789 hasta nuestros días.

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Los Gays vistos por un hétero (III de VII). Apresurada historia de la "revolución sintimental"

La sexualidad tradicional era muy diferente a la sexualidad que aparece a partir de finales del siglo XVIII y que evoluciona de forma acelerada desde entonces hasta nuestros días. Hay que especificar que sobre la historia de la sexualidad no existen criterios unánimes. Cada cual interpreta los mismos datos según su leal saber y entender. Incluidos nosotros, claro. En nuestra opinión no existe una evolución lineal entre la sexualidad tradicional (pre-moderna) y la sexualidad tal como se vive en las sociedades de finales del siglo XX y principios del XXI. Más que de evolución, deberíamos hablar de ruptura. En efecto, a partir de 1789, esa gran masacre que se llamó "revolución francesa", introdujo elementos que desembocaron, a través de sucesivas etapas, en las formas actuales de la sexualidad.

Da la sensación de que antes de 1789 el sexo influía mucho menos que en la actualidad en los comportamientos individuales. Salvo las figuras de los grandes erotómanos del siglo XVIII (los Sade, los Casanova y demás) y las cortesanas más o menos emputecidas, parece que Guillaume Faye tiene razón cuando dice: "[El erotismo] estaba socialmente limitado a algunas categorías y, para las demás, ocupaba un lugar fuera de los lazos del matrimonio, especialmente en el marco de actividades festivas y comunitarias. Esquemáticamente, nuestros ancestros hacían el amor menos frecuentemente que los contemporáneos, invertían menos tiempo en el sexo y lo vivían más libremente". En aquellos tiempos, erotismo y conyugalidad, no se confundían.  Faye añade: "La sexualidad tradicional se caracterizaba, en efecto, por su polivalencia: hacer el amor toma múltiples significados, genesíacos, maritales, lúdicos, religiosos, etc. Pero, sobre todo, el matrimonio no cristalizaba en el monopolio del amor físico". Y concluye: "En las sociedades tradicionales, el sexo no estaba situado en el centro de la vida social. Actividad social como cualquier otra, la sexualidad era a la vez polivalente, plural y reglamentada. Todo estaba permitido... pero en un marco comunitario preciso".

Faye intuye que hasta el siglo XVIII, la Iglesia influyó mucho menos de lo que se tiene tendencia a pensar, en la ideología sexual de Occidente. El cristianismo, tal como lo hemos conocido y vivido hasta el siglo XX, no se implantó de manera efectiva hasta el siglo XVII. Basta examinar algunas tradiciones antropológicas que han llegado, incluso en España, hasta mediados del siglo XX, para advertir restos de una ideología sexual completamente diferente. La covada, rito que se ha practicado hasta hace poco en zonas rurales del País Vasco, consiste en que el padre asume el rol de la madre, travistiéndose incluso, justo después del nacimiento de su hijo. Travestismo, si, pero ritualizado y reservado a unas pocas fechas en la vida. Como el carnaval, que un día al año no hace daño. Igualmente, en distintas zonas de la Piel de Toro, se formalizaban parejas mediante la dramatización de ritos de rapto. La antropología es una mina de datos, a condición de retener que las sociedades antiguas tendían a la ritualización de cualquier actividad social.

Todo esto importa sólo muy relativamente a nuestros efectos; lo que tratamos de demostrar es que hasta el siglo XVII en unos países y hasta el XVIII en otros, no existió una efectiva cristianización de la moral sexual en Europa. Cuando ésta se manifestó, el resultado fue paradójico: percibiendo, con razón, rastros de paganismo, en algunas tradiciones eróticas practicadas por las poblaciones, el cristianismo predicó una moral restrictiva y manifestó lo que desde los primeros padres de la Iglesia ya era perceptible: cierta desconfianza teológica hacia el sexo, esto es, una desconfianza absoluta hacia todo lo que pudiera suponer goce físico y sensualidad carnal. Y esto se tradujo en una moral sexual represiva que generó, en apenas cien años un movimiento de sentido opuesto: la ideología de la liberación sexual. A la "revolución antisexual" del cristianismo siguió la "revolución sexual" del freudismo y derivados. Es en el seno de ésta en donde habrá que escribir con letras rosas al movimiento de liberación sexual.

Etimológicamente la palabra "revolución" implica "volver al punto de origen"; el planeta tierra culmina una "revolución" en cuanto alcanza el mismo punto del que había partido en su movimiento de traslación. Eso no ocurre con la "revolución sexual" iniciada a finales del siglo XVIII que, en el fondo, en lugar de restablecer los criterios de normalidad anteriores a la victoria de la moral sexual cristiana, fue más allá de ésta, confundiendo la conyugalidad, el erotismo y los vínculos afectivos. ¿Qué había ocurrido? Que el individualismo había triunfado y con él viajaba también una concepción individualista del eros. Hasta ese momento, el eros no pertenecía al dominio de lo individual, sino que se insertaba en un marco más amplio.

El primer paso para la manifestación de ese individualismo fue la "revolución sentimental". Hasta ese momento existían relaciones sexuales y parejas en tanto se inscribían en un marco comunitario, no individualista. La gente tenía hijos, no por que "les gustaran" los niños, sino para mantener algo que era superior a ellos: el linaje y la Comunidad. Pero, además, existían posibilidades de desfogue sexual en el curso de fiestas comunitarias.

A partir de 1789, cuando el individualismo triunfa en todos los terrenos, también penetra en el lecho de los amantes. Se impone el amor pasional que hasta ese momento había sido reservado al teatro y a representantes aislados de algunas élites sociales. Entre mediados del siglo XVIII y el primer tercio del siglo XIX, la "revolución sentimental" triunfa. La gente -mire usted- va, y se casa por amor. Un cónyuge espera del otro que lo quiera y lo satisfaga "hasta que le muerte los separe". Sólo entonces termina el contrato. La cornamenta está pero que muy mal vista en este contexto. Lo que implica que el sexo es el nexo de unión de la pareja y que todo criterio de "lealtad" se reduce, en la práctica a la "lealtad sexual", es decir, a lucir o no la dichosa cornamenta.

Hasta ese momento, la relación entre esposos era puramente pragmática: se casaban por conveniencias, pactos familiares, compromisos adquiridos por los padres, por cualquier tipo de intereses, pero no necesariamente por amor. Si éste aparecía, bien. Si no, también. El marido yacía con la mujer cuando buscaba tener descendencia. Si lo que buscaba era placer, lo encontraba en las aventuras extraconyugales. Y en este terreno, existían verdaderas artistas. Habitualmente, la esposa no consideraba este comportamiento como infidelidad. Infidelidad sería vender una parte del patrimonio a sus espaldas o dar el apellido a un hijo tenido con alguna amante, pero no el hecho en sí de yacer en otra cama con otro cuerpo. Y es que la sexualidad no era el centro de la vida social, por mucho que nos cueste imaginar un mundo diferente al actual en el que pudiera existir algo fuera del sexo y la televisión.

Se dirá que en aquella sociedad seguía considerando muy negativamente la infidelidad femenina mucho más que la masculina. Afirmativo. La mujer no gozaba de la misma libertad y "comprensión" para tener aventuras sexuales fuera del matrimonio. ¿Motivo? Biología obliga. No hay que olvidar que el centro de la vida comunitaria era la descendencia. Era la mujer la que podía quedarse embarazada en sus aventuras extraconyugales y, por tanto, introducir en el linaje "sangre" ajena. Eso se valoraba mucho, aun cuando se desconocía la importancia del código genético. Y es curioso, por que hoy cuando se ha descifrado ese código, la idea de linaje está completamente ausente.

Evidentemente, la "revolución sentimental" tiene como contrapartida la exasperación de la idea de "fidelidad conyugal". Existe fidelidad mientras los cónyuges no yacen con terceros. Se llega incluso a alturas de la mística en esto de la fidelidad: no se trata solamente de fidelidad de los cuerpos, sino también de las almas... y no se entiende bien por qué cuando moría una de las partes, se interrumpía tal fidelidad y el viudo o la viuda alegre podían casarse después de un moderado luto.

Aparece la noción de adulterio como forma de infidelidad dotada de una doble vertiente: afectiva y erótica. Hasta ese momento, la infidelidad había buscado solamente satisfacer las necesidades fisiológicas. A partir de ese momento será una alternativa erótica y sentimental al universo conyugal... Pero la fidelidad es algo más que acostarse con otro; reducir la fidelidad a un problema de intercambio de fluidos parece una pobre concepción de la misma, pero indica hasta qué punto el sexo se había transformado en el centro del matrimonio. Es en ese momento en donde empieza a imponerse la sensación de que existen "represiones" de la instintividad.

Progresivamente, erotismo y sentimentalidad van uniéndose a lo largo del siglo XIX y así se coagula el modelo de familia burguesa. Esta evolución es paralela a la evolución de la sociedad burguesa. Desde la Ilustración el fenómeno era previsible. Ya por entonces empezó a teorizarse que el fin de la sociedad y del Estado era facilitar a los individuos el camino que llevara hasta su felicidad individual. Hasta entonces la tarea del Estado había consistido en asegurar la supervivencia de los linajes familiares y de la comunidad. Faye explica: "Individuo y Felicidad: he aquí las dos ideas nuevas, los dos objetivos culturales que penetraron en las sociedades occidentales a finales del siglo XVIII. El matrimonio y el lazo sexual, al igual que no importa que otra institución social, van a culminar en el individualismo y el hedonismo".

El "espíritu doméstico" sustituye a las relaciones del linaje. La familia se convierte en un "espacio afectivo", mucho más que económico y social. Se forman unidades familiares cuando se advierte que la búsqueda del romanticismo íntimo ha culminado. El cemento de la familia burguesa es el amor-pasión... algo que, evidentemente, no puede prolongarse durante mucho tiempo. Siempre, antes o después, la pasión se traslada a otro cuerpo o, bien, se relaja hasta desaparecer. Se daba el remedio: "cuando la pasión desaparezca, el amor de permanecer". La desaparición de la pasión hacia un cuerpo no implica, necesariamente, la volatilización del deseo orientado hacia otro. En la medida en que toda fidelidad ha sido reducida al catre, el matrimonio burgués se convierte en algo progresivamente inestable y sometido a crisis cíclicas. Contra más oferta de sexo existe, menos solidez tiene esta forma de relación. Razón tenía quien dijo que formar una familia, educar unos hijos y cumplir el hasta que la muerte os separe, era la tarea más heroica que podía realizarse en el marco de una sociedad burguesa.

El amor así concebido no es más que mero sentimentalismo. El sentimentalismo individual genera, a la postre, la fragilidad de la institución matrimonial. Y lo que es peor: en tiempos de inmadurez afectiva como los nuestros y de superabundancia de oferta erótica, las parejas se forman en base a criterios inmaduros, que permanecen apenas el tiempo que tardan en proyectarse sobre otros parteners. En este sentido, la formación de parejas heterosexuales con fecha de caducidad inferior a los cinco años es cada vez más frecuente. Ya hablaremos de la duración de las parejas gays en su momento.

Todo esto hace que la crisis actual no sea tanto una crisis de la pareja heterosexual, como la crisis de la pareja burguesa, individualista y hedonista, formada en base a criterios emotivos y sentimentales. Contra más presentes están estos valores, más fragilidad e inestabilidad tiene la pareja. Paradójico, pero no por ello menos real. La emotividad y el sentimentalismo son propios de la adolescencia y la inmadurez: basar sobre estos criterios la búsqueda de la pareja supone prolongar el comportamiento adolescente por siempre jamás. Nada bueno, vamos. Las lunas de miel no duran toda la vida. Ni el espíritu de latin-lover.

Por que, la nueva paradoja es que la pareja moderna vive en un sinvivir entre la angustia de la soledad y el fantasma de la peremnidad. La soledad asusta. El "hasta que la muerte nos separe" da mal fario. Matrimonio civil o religioso, heterosexual o gay, o simplemente formalización de pareja de hecho, no nos engañemos, la cosa no varía mucho: se intenta homologar una relación pasional, dotarla de un fundamento jurídico, como si se la pretendiera eternizar, aun a sabiendas de que, en el fondo, la perennidad da pánico y se convierte, para muchos, en insostenible. En este sentido, a muy pocos se les escapa que si las parejas heterosexuales son inestables, las homosexuales también lo son y, a falta de estadísticas fiables, da la sensación de que aún muestran una mayor fragilidad. O lo que es lo mismo: he visto y he vivido amores pasionales desgarrados entre heterosexuales, pero acaso de una intensidad menor que las pasiones homosexuales para las que cualquier ruptura con el chorbo conocido una semana antes, adquiere caracteres de tragedia griega. Al menos durante los primeros tres días. Estamos aquí expresando una sensación, no un criterio científico: "nos da la sensación" de que las parejas homosexuales tienen un índice de rupturas muy alta y una fecha de caducidad excepcionalmente breve; y nos da también la sensación -a tenor de lo visto- de que las pasiones homosexuales adquieren una intensidad en el tiempo superior a la media de las pasiones heterosexuales y recalcamos lo de que "nos da la sensación" por que desconocemos estadísticas y debemos guiarnos por lo visto y vivido, que no es poca fuente de información a partir de cierta edad.

Esto implica, a la postre, que las relaciones homosexuales no se basan en algo radicalmente diferente a las relaciones heterosexuales habituales: sentimentalismo, pasión, erotismo y fidelidad encamada. Frutos de la inmadurez juvenil, en definitiva. Más adelante veremos que en el mundo clásico, los episodios de homosexualidad tenían muy poco que ver con la homosexualidad actual, por mucho que los teóricos del movimiento gay y su cohorte de historiadores, psicólogos, divulgadores y demás, se empeñen.

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