El camino a la bullanga…

Publicado: Lunes, 18 de Marzo de 2013 22:51 por Ernesto Milá en NACIONAL
20130318225128-semana-tragica-1909-.jpg

Infokrisis.- Las “bullangas” fueron disturbios cívicos de mucha intensidad y corta duración que se generaron en España a mediados del siglo XIX, especialmente en las grandes ciudades. El diccionario de la Real Academia no lo reconoce como disturbio popular (o populachero) sino que apenas dice que es un “bullicio y jaleo producido por la gente”. Sinónimos de “bullanga” son jaleo, follón, tumulto, vocerío, bulla, tropel, desorden, gresca, bullicio, pendencia, confusión, escandalera, trifulca y jarana… Sirva todo esto para decir que la bullanga es, sobre todo, un estallido de cólera que nada tiene que ver con la diversión y mucho, en cambio, con la violencia. La España de mediados del XIX fue el paraíso de las “bullangas”, no hay ningún otro país del mundo en el que se hayan producido disturbios similares.

Habitualmente se considera que la “bullanga” es una revuelta anticlerical. Las de 1835 lo fueron como represalia contra las órdenes religiosas por su apoyo a la causa carlista. Estallaron en Aragón y especialmente en Cataluña y los historiadores las suelen situar dentro de la revolución liberal contra la regente María Cristiana de Borbón Dos Sicilias… Pero habría mucho que hablar sobre ello. Los conservadores de la época vieron detrás de las “bullangas” una conspiración urdida por las sociedades secretas liberales (carbonarios, comuneros y masones) y si bien seguramente hay algo de todo esto, no es menos cierto que se trataron de explosiones de cólera popular, largamente contenida que si no hubieran estallado en ese momento, lo habría hecho más tarde.

Esquilache como ejemplo…

Y es que España es patria de las “bullangas” y tierra fértil y abonada para estallidos de ese tipo. El motín de Esquilache (más bien, el motín contra Esquilache) fue uno de ellos y demostró que el pueblo español era, por naturaleza, inmovilista y cualquier reforma le asustaba y era difícil que saliera adelante. Así pues había que “reformar”, pero con mucho tiento y sin que las aguas se salieran de madre. Frecuentemente se intentó hacer así, pero la timidez de las reformas hacía que los cambios propuestos nunca fueran definitivos y cuando llegaban, ya urgían otros nuevos. Es el sino de nuestra historia.

En 1766, un ministro no particularmente malintencionado, ilustrado y con vocación regeneracionista ante litteram, el bueno de Esquilache intentó cambios sociales y políticos durante la monarquía de Carlos IV, ese rey que inauguró una saga de reyes indolentes, sino nefastos, que prosigue hasta nuestros días. Para colmo, Esquilache era italiano y como a Carlos I, el “flamenco”, su llegada y sus medidas sentaron mal desde el principio. Bastó un necesario decreto sobre los atuendos para que el pueblo de Madrid saltara, mostrando las uñas y los dientes. Allí acabó el intento reformista de Esquilache y allí terminó también cualquier intento reformista en el siglo XVIII y, como guinda, por expulsar a alguien se expulsó a los jesuitas. Por supuesto, la leyenda cuenta que la masonería estaba detrás de todo y no se trataría de una masonería francesa (como la que llegó después con las tropas napoleónicas), ni mucho menos inglesa (la fundada por el duque de Warthon y desaparecida sin dejar señas), sino racial y autóctona organizada por la nobleza que figuraba en torno al conde de Aranda. A saber…

El pueblo español se ha negado siempre ha hacer las reformas que él mismo precisaba para sobrevivir. Lo que le ocurre a nuestro pueblo es que además de negarse, le ha ocurrido como a las ollas a presión, que si no las abres a tiempo, antes o después, estallan. Y, en cualquier caso, estalla siempre a destiempo y, frecuentemente, cuando no toca.

Era evidente que el motivo esencial del motín contra Esquilache no era la moda del tricornio y el capote corto, como lo esencial de la reforma no era la lucha contra la capa larga, el chambergo y el embozo, sino la planificación del país para evitar el hambre. Los insurrectos contra Esquilache ni siquiera habían caído en la cuenta de que Esquilache trabajaba para que un día aquel pueblo miserable, analfabestia y embrutecido pudiera un día tener cultura, saber leer y… vestir sin parecer bandidos. Fue la primera “bullanga” digna de tal nombre.

El 2 de mayo como “bullanga”… entre otras cosas

Aquella fue una reforma frustrada así que hubo que esperar 40 años más a que las cosas se pudrieran un poco más. Llegó Carlos IV un rey interesado solamente por las cacerías y en absoluto por el país, por su bienestar o por su futuro. A la vista de la mala bestia de su esposa, se comprende que el primogénito saliera literalmente cabronazo, Fernando VII, a quien a lo largo de su vida no le quedó nadie a quien traicionar, empezando por su padre. Fue en 1808. Carlos IV que no quería líos sino que siguieran dejándole cazar en paz y que reprochaba a Godoy que, continuamente le asaeteara con problemas o propuestas, cuando la situación social en España estaba definitivamente podrida. Menos mal para el orgullo patrio que el francés andaba por ahí y que coincidió el traslado de los infantes a Bayona, la presencia de las tropas napoleónicas de paso hacia Portugal, con la inflación y la carestía (la interrupción de las reformas emprendidas por Esquilache llevó a eso), para que una vez más, bruscamente, una buena mañana de mayo el pueblo de Madrid protagonizara una nueva “bullanga”.

La historiografía patriótica ha presentado el 2 de mayo y lo que siguió como una sublevación de “toda” la población contra la dominación francesa. Era eso… y no lo era. Salvo los artilleros sublevados en el cuartel de Monteleón, los madrileños que se enfrentaron a las tropas napoleónicas, pertenecían a las clases “populares”, los menestrales y el subproletariado urbano. Vivían mal, tenían hambre y no tenían muy claro quién era el responsable de su miseria: al igual que injustamente 40 años antes, Esquilache había, como se dice, pagado el pato, el 2 de mayo de 1808, el pueblo de Madrid, ignorando que el futuro Fernando VII le había traicionado y, de paso, traicionado a su padre, saltó contra el enemigo más visible, los franceses. Hubieran podido hacerlo años antes cuando Carlos IV se alineó con Napoleón y esto nos costó el derroche de heroísmo en Trafalgar, una flota y una generación de marinos ilustres y heroicos bajo las aguas. Pero, ya se sabe que el pueblo español reacciona tarde y mal.

En repetidas ocasiones hemos sostenido que la “guerra de la independencia” fueron, en realidad, tres guerras en una: una guerra civil entre españoles (la primera de las que jalonarían nuestra historia en los últimos 200 años) pues no en vano había españoles entre los resistentes y españoles entre los colaboracionistas (y la prueba fueron los casi 70.000 exiliados que siguieron a las tropas francesas en su retirada y que, al no regresar, y tratarse en gran medida de profesionales y técnicos “ilustrados”, provocaron una “pérdida de material” humano irremplazable); fue, en segundo lugar una “guerra de liberación” contra el invasor; y fue, finalmente, una guerra internacional en la que franceses e ingleses fueron a la greña persiguiéndose por nuestros campos y ciudades. Que la exigencia de construcción de “mitos nacionales” obligue, aún hoy, a ver sólo aquel conflicto de manera unidimensional en su forma de guerra de liberación, no es óbice para, entre usted y yo, convenir que fue también todo lo demás. Una vez más, la reacción de nuestro pueblo llegó tarde y la explosión de cólera fue tan brusca y tempestuosa como breve (en realidad, tras el 2 de mayo de 1808 y, prácticamente, hasta 1814 cuando se retiraron los franceses, no hubo mucha resistencia más contra el invasor, acaso por los fusilamientos de la Moncloa o acaso, también porque nuestro pueblo no parece hecho para disturbios de larga duración).

España, tierra fértil para el bullangueo…

Luego llegaron las bullangas de mediados de siglo. Muchas. Especialmente en Barcelona y Madrid. Bastaba con que alguien señalara a un crío diciendo que había envenenado el agua de los pozos o la cuba de los aguadores, para que todo estallara y las ciudades se vieran cubiertas por el humo de los incendios. En Barcelona, bastó con una corrida de toros mansos el 25 de julio de 1834, que al desdecir el dicho de que “no hay quinto malo”, unos mozos saltaran al ruedo, mataran al toro a cuchilladas (para que luego digan que no había afición taurina en Barcelona), lo arrastraron por la ciudad por el paseo de Colón y, a la vista de que pasaban por delante de Capitanía General, la asaltaran, tiraran por la ventana al gobernador, sustituyeron el toro por el cuerpo del general y, subiendo por las Ramblas, quemaran todos los conventos que encontraron a su paso. Antes la “bullanga” había estallado en Reus y unos años después volvería Barcelona a ser el centro del conflicto, terminando la broma con el bombardeo de Barcelona por Espartero desde las baterías del fuerte de Montjuich. Mejor no hablar del patrimonio histórico-artístico que se fue al tacho con todo este tejemaneje de bombazos, disturbios y teas incendiarias.

La cosa no se extinguió ahí. Pasaron las décadas y la proclamación de la II República, tuvo más de “bullanga” que de movimiento nacional. En Barcelona, donde las lecciones se aprenden más tarde de lo normal, aun antes de conocerse los primeros resultados de las elecciones municipales de abril del 31, Luis Companys y un grupo de amigotes, sin pensarlo dos veces, proclamaron ante una plaza de Sant Jaume vacía el Estado Catalán. Tres años después, volverían a hacerlo desde el mismo balcón en octubre de 1934. Bastó un cañón para que los “insurrectos” huyeran por las alcantarillas. Y la respuesta al golpe cívico-militar de julio de 1936, también en la Ciudad Condal, tuvo más de “bullanga” que de “revolución española” como sus cantores se obstinan de presentar.

Por no hablar del 23-F que, si vamos a eso, fue casi una “bullanga” protagonizada por militares malhumorados por una década en la que era muy fácil prever como terminaría y atizada por armadores profesionales con oficina en las cloacas.

Así reaccionará nuestro pueblo pasado mañana…

¿Dónde queremos llegar con este repaso histórico, superficial y henchido de desgracias? Pues, simplemente, a establecer que este pueblo nuestro aguanta carros y carreras, calla ante el hambre, calla ante el paro, calla ante las privaciones, permanece ciego ante la proximidad de problemas ineludibles, calla, baja la vista, se repliega en sí mismo, se hunde en el silencio y en la indiferencia, va acumulando potencial de odio, atmósferas de resentimiento y océanos de desesperación, hasta que finalmente, a veces apenas sin motivo, estalla. Dado que la “funesta manía de pensar” no ha sido uno de los entretenimientos habituales entre nuestra gente, está claro que el estallido será 1) a destiempo, 2) contra quien pasaba por allí, 3) contra un enemigo visible, pero no contra el problema de fondo, 4) violento hasta la náusea y 5) fracasado.

Tal es la enseñanza histórica que esta crisis nos renueva: ya desde finales de los años 90 estaba claro 1) que la adhesión de España a la OTAN y a la UE se había realizado frívolamente, sin negociar un acuerdo ventajoso para nuestro país, 2) que el modelo económico de José María Aznar era, literalmente, un suicidio nacional, y que favorecía directamente la burbuja inmobiliaria, 3) que estaban entrando más inmigrantes de los necesarios y con menos formación de la que requeríamos, 4) que desde la primera medida de ZP a la última, un memo al frente del gobierno es una ruina nacional, 5) que las medidas que adoptó ZP y las que adopta Rajoy entrañan el fin del Estado del Bienestar y los que han generado la crisis se ven recompensados por los que la están sufriendo… y en todo este ciclo de casi 20 años, el pueblo español ha callado, apenas ha protestado, ha permanecido mudo, y lo único que ha dado han sido movimientos “de moda”, que si los “indignados”, que si la “primavera valenciana”, que si “la oleada blanca y verde”… en definitiva, cada año una moda que sustituye a la anterior.

Del corralito chipriota a la España de charanga, pandereta

Y, de repente, ocurre el corralito chipriota. El que, bruscamente, el Estado se quede con el 10% de los ahorros de los ciudadanos, no ocurre en un país remoto, sino en un pequeño país mediterráneo, miembro de la UE, con un PIB similar al de Canarias y un “rescate” de apenas 10.000 millones de euros. Un sondeo. Y los chipriotas callados, con alguna pancarta en la calle y poco más. Así pues, puede hacerse, habrán pensado en Bruselas, en el FMI y en el BCE. Puede hacerse y a la vista de que los países mediterráneos vamos en lote y las cosas no están yendo bien (e irán a peor) en Grecia (bendito Amanecer Dorado), en Chipre, en Italia (¿qué vendrá detrás de Grillo?), ni por supuesto en España (¿vendrá algo después de Rajoy o simplemente el caos se eternizará?)… hay que pensar que el ensayo chipriota volverá a hacerse en cualquiera de estos países.

No creo que hoy lunes 18 de marzo los bancos españoles hayan experimentado una merma en sus depósitos. Y sin embargo hubiera sido lógico por aquello de que “cuando veas las barbas de tu vecino afeitar…”. En un país con 6.000.000 de parados, otros 6.000.000 con salarios submileuristas y provistos de contratos basura, 7.000.000 de inmigrantes, 1.000.000.000.000 (un billón) de euros de deuda, sin contar los intereses, con una edad de jubilación y unas pensiones que equivale a que en plena carrera la meta se vaya desplazando hacia adelante y con el evidente objetivo de que la edad de jubilación coincida con la de fallecimiento, y lo que es peor, sin perspectivas, sin que ningún puto partido, ni ningún maldito político nos explique cómo vamos a salir de la crisis, en qué sectores se van a crear empleos y unos ministros cretinizados que hablan de cursos para encontrar empleo en un país en el que no hay empleo, que como fórmula mágica alargan la edad de jubilación olvidando que hoy eso supone prolongar los años en el paro… y con un pueblo compuesto por muditos, o que protesta por las corridas de toros, o por que han disminuido la subvención a la fiesta del orgullo gay, o cuya principal batalla es el aborto, la legalización del porro (cosa hecha en breve), o que cree que acampando en una plaza unos días de juerga y rosas, ya ha cumplido… con todo esto, no se puede ser optimista.

Tendremos nueva “bullanga”. Es el sino de nuestro país. Poco importa, cuándo y dónde estalle. Madrid o Barcelona tienen todos los puntos porque ahí la vida urbana parece haber contribuido a pudrir más la situación. Y esta “bullanga” será terrible porque, aquí no hay partidos, ni sindicatos dignos de tal nombre, ni líderes políticos, ni medios de comunicación que puedan encauzarla o simplemente evitar que degenere en masacres, incendios y disturbios. Nuestra historia –como la olla a presión de la cocinera- indica que la presión no puede crecer sobre la población eternamente sin que, antes o después, se produzca la deflagración. Se repetirá de nuevo la historia: será una “bullanga” a destiempo (tarde y mal) y no apuntará contra el verdadero culpable (la globalización), sino contra uno que pase por ahí (la extrema-derecha, Rajoy, Bárcenas, las corridas de toros o los desahucios…).

Los destinos históricos, frecuentemente, son tristes cuando el pasado es una “gigantesca pirámide de fracasos”. Y los destinos no van a cambiar para nuestra generación, coriácera, blandurria, resignada e indolente como pocas. Ahora solamente queda esperar y procurar que no nos pase por encima.

© Ernesto Milá – infokrisis – ernesto.mila.rodríguez@gmail.com – Prohibida la reproducción sin indicar origen.

 

Comentarios  Ir a formulario