Tea Party: Intraducible

Publicado: Sábado, 05 de Marzo de 2011 10:51 por Ernesto Milá en CULTURA

Infokrisis.- Covadonga es a España lo que el “motín del té de Boston” es a los EEUU. En esta hora crepuscular de la nación americana el Tea Party ha tomado el relevo del fundamentalismo religioso de la época Bush. Si antes los fundamentalistas consideraban al terrorismo islámico como el gran enemigo, ahora el Tea Party hace de los comunistas el mayor peligro que los EEUU deben afrontar en los próximos años. Poco importa que no haya comunistas en los EEUU. De hecho tampoco está claro que hubiera terroristas islámicos. Éste es el Tea Party, la última locura del conservadurismo norteamericano. Vamos a realizar un estudio crítico sobre este movimiento.

Algunos medios de comunicación españoles han intentado identificar el Tea Party con determinadas corrientes del PP o en sectores situados fuera del PP que pugnan por organizarse. Vanos intentos de atribuir una filiación carpetovetónica a una iniciativa que por sus características y contenidos es exclusiva de la civilización norteamericana. El Tea Party puede ser definido como la reacción de un sector importante del pueblo norteamericano ante la deriva actual de los EEUU, que habría logrado identificar algunos de los problemas –y no todos…– que afectan a aquella sociedad pero que dista mucho de haber aislado sus causas; para colmo, las soluciones que propone, de aplicarse, contribuirían a agravar aún más los problemas ante los que intentan reaccionar.

El Tea Party en el origen de los EEUU

Al iniciarse el último cuarto del siglo XVIII, el Reino Unido afrontaba dificultades de tesorería y el rey Jorge III decidió aumentar algunos impuestos especialmente en las colonias de Nueva Inglaterra. A partir de la promulgación de la Stamp Act en 1765, Gran Bretaña podía imponer impuestos especiales a sus trece colonias de “Nueva Inglaterra”. Como toda nueva tasa fue muy mal percibida por los destinatarios que carecían de representación en el Parlamento Británico (los colonos sostenían que a un territorio no representado no se le podían aplicar nuevos impuestos, no taxation without representation).

El impuesto sobre el té encareció extraordinariamente este producto y se convirtió en un elemento de fricción entre la metrópoli y sus colonias. Instigados por John Hancock, propietario de una corbeta que realizaba contrabando de té, se declaró un boicot al té llegado del Reino Unido y transportado por la Compañía Inglesa de las Indias Orientales. En pocas semanas las ventas de té realizadas por esta Compañía pasaron de 145.000 kilos a sólo 240… aumentando el consumo de té procedente del contrabando.

A partir de 1773 los stocks almacenados por la Compañía de Indias y las pérdidas de ingresos empezaron a ser insoportables. Fue entonces cuando el gobierno británico promulgó el Tea Act que autorizaba a la Compañía de Indias a vender té en las colonias de Nueva Inglaterra sin pagar tasas y a un precio más barato que el ofrecido por los contrabandistas. Éstos eran todos ellos colonos o vinculados con la piratería caribeña. Fueron estos contrabandistas y piratas quienes iniciaron una campaña para seguir boicoteando el té comercializado por su competencia, la Compañía de Indias.  

El 16 de diciembre de 1773, sesenta miembros de la Logia masónica local de Boston, Hijos de la Libertad, disfrazados de indios mohawks, asaltaron tres mercantes británicos y arrojaron al mar 342 fardos de té propiedad de la Compañía de Indias, en total 45 toneladas de esta mercancía valoradas en 10.000 libras de la época. El asalto había sido dirigido por el John Warren, “venerable” de la logia masónica de Boston. El episodio pasó a la historia como el “Tea Party Boston”…

Las consecuencias de este episodio fueron dos: de una parte, el suceso se convirtió en el arranque simbólico de la “revolución americana” que desembocó en la independencia de los Estados Unidos. De otra parte, para compensar las pérdidas generadas por el boicot al té en Nueva Inglaterra, la Compañía de Indias empezó a vender opio indio en China que terminaría causando una verdadera mutación catastrófica para la sociedad de ese país. Más tarde, en el primer tercio del siglo XIX, entraron en ese comercio mercaderes norteamericanos generando grandes acumulaciones de capital y un entendimiento con los comerciantes británicos que cristalizó en la formación de las primeras asociaciones internacionales anglosajonas compuestas por las grandes fortunas formadas a partir de estos comercios: el Consejo de Relaciones Exteriores en Nueva York, la asociación Skull & Bones de estudiantes de Yale, el Instituto de Relaciones Internacionales en Londres, etc.

No es, pues, por casualidad que el actual Tea Party Mouvement haya tomado este curioso nombre que no dice nada en Europa pero que está en el arranque de la historia de los EEUU. 

De Bush a Sarah Palin

Cuando en 1979 se produjo la victoria de Ronald Reagan, el fundamentalismo religioso ya había impregnado a amplios sectores de la sociedad norteamericana. La victoria de Reagan estuvo apoyada en primer lugar por el llamado “dinero nuevo” (pequeñas compañías petroleras y nuevas empresas surgidas al calor de las incipientes nuevas tecnologías) que se oponía al “dinero viejo” (procedente de las antiguas dinastías capitalistas norteamericanas habitualmente decantadas hacia posiciones liberales e identificadas con el Partido Demócrata).

A lo largo de los ocho años de gobierno de Ronald Reagan estos sectores fundamentalistas aumentaron su penetración en la sociedad norteamericana, pero las aventuras exteriores de George Bush y la recesión económica que acompañó a los últimos meses de su gobierno, decantaron al electorado hacia Bill Clinton. No es que la derecha religiosa hubiera desaparecido, ni siquiera se trataba de que hubiera aminorado su impacto, sino que este sector político se estaba recomponiendo en la oposición.

Durante la segunda mitad de los años 90 asistimos, paralelamente, a una mutación ideológica del capitalismo norteamericano. La característica habitual de esta mutación fue la formación de un nuevo tipo de “logias”, verdaderas sociedades discretas y elitistas que agrupaban a elementos que compartían el mismo pensamiento y que no eran más que dos percepciones diferentes del neoliberalismo: de un lado, los “objetivistas” discípulos de Ayn Rand cuya cabeza visible era Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal con Bush, y de otro los discípulos de Leo Strauss que constituyeron lo esencial de la primera administración de George W. Bush.

Este segundo sector estaba formado mayoritariamente por individuos procedentes de la izquierda trotskista de los años 60 y 70, reciclados en el neoconservadurismo en los 80 y 90. Todos o casi todos eran agnósticos, muchos de ellos judíos y todos sin excepción partidarios de un entendimiento preferencial con el Estado de Israel, sin embargo eran conscientes de que sus ideas eran excesivamente sofisticadas como para que pudieran ser apreciadas por el electorado norteamericano, así que no dudaron en aconsejar al candidato presidencial George W. Bush que buscara una alianza con la derecha religiosa que en la segunda mitad de los años 90 tenía como denominador común al llamado “movimiento de los cristianos renacidos”: éstos pusieron la masa, los otros las ideas. Cuando a finales de 1999, Bush llega al poder lo hace aupado por la masa de este movimiento religioso fundamentalista… pero su administración no está gestionada por ellos, sino por cerebros agnósticos, ultraliberales y ultrabelicistas: los Wolfowitz, los Kristel, los Perle, etc, etc, discípulos de Leo Strauss.

Durante el último período del mandato de George W. Bush se produce la crisis de las subprimes y las ayudas estatales a los grandes consorcios bancarios afectados por la crisis. Una parte del electorado conservador se siente defraudado y recupera el discurso originario propio de los “cristianos renacidos”: la culpa de todo la tiene “el gobierno federal” y los “izquierdistas infiltrados” en el Congreso que han logrado crear falsos señuelos y favorecer a las grandes acumulaciones de capital en detrimento de la población norteamericana. Hace falta pues, disminuir el peso del gobierno federal y volver al “realismo”, esto es a la identificación de los grandes peligros que acechan a los EEUU. En este contexto reverdecen personajes como Ron Paul o irrumpen otros como Sarah Palin. Es, en definitiva, éste el caldo de cultivo que un año después de la subida de Barack Obama al poder generará el Tea Party Mouvement.

Las propuestas del Tea Party se contienen en el llamado Contrato de América sintetizado en 10 propuestas políticas, la primera de las cuales consiste en establecer la constitucionalidad de toda nueva propuesta de ley como paso previo a su debate en el congreso. A partir de aquí, la doctrina del Tea Party es propia de cualquier otro movimiento neoconservador (menos impuestos, mayor fiscalización de la administración, más control del gasto público y disminución del peso de las agencias federales). Pero algunas ideas del Tea Party, añadidas a este cuadro, son extremadamente sorprendentes y le otorgan una especial carta de naturaleza.

La conspiración comunista

El temor a Bin Laden propio de la derecha religiosa neoconservadora ha sido sustituido en el Tea Party por el temor a “los comunistas”. Poco importa que en EEUU haya tantos comunistas como terroristas islámicos (es decir cero o poco menos que cero), lo que importa es que los miembros del Tea Party creen ver a comunistas agazapados tras la administración Obama. Están convencidos de que las decisiones de Obama –especialmente en materia de reforma del sistema sanitario– están orientadas por esos comunistas (los más moderados prefieren utilizar el término “socialistas”, pero, a fin de cuentas, unos y otros pretenden decir lo mismo). Glen Beck, un periodista de la Fox News lo expresa con claridad meridiana: “los comunistas, y no los yihadistas, tratan de destruir a nuestro país”.

Para el Tea Party nada ha cambiado en el mundo desde finales de los años 40 cuando se inició la Guerra Fría: la URSS ha caído, sí, pero, a fin de cuentas, para ellos, la URSS es Rusia y Rusia sigue existiendo y constituye el principal valladar para limitar la hegemonía mundial norteamericana. Y, por lo demás, la República Popular China es un gobierno que se autoproclama “comunista” a pesar de que en los últimos seis años haya apuntalado a la economía norteamericana con fuertes inversiones que permiten a los EEUU asegurar su consumo interior…

Los miembros del Tea Party ven en el Estado Federal al Gran Satán que ya no es una potencia concreta, sino una amenaza interior. En realidad, esta percepción no es muy diferente de aquella otra que se materializó en las jornadas posteriores al 11–M cuando cada individuo con rostro árabe era inmediatamente considerado como un enemigo que conspiraba contra el pueblo americano y un terrorista en potencia. Pero los comunistas ahora son mucho más peligrosos: están agazapados bajo el escritorio del despacho oval de la Casa Blanca y harán que un día Norteamérica amanezca con un régimen “socialista” que amputará las libertades y realizará una interpretación libre de la Constitución.

Si Bush jugó con el antiterrorismo sin terroristas a partir del 11–M, el Tea Party alerta sobre la amenaza comunista en un país en el que no hay comunistas y en donde los socialistas más radicales equivaldrían a los socialdemócratas europeos más moderados. La percepción del problema es buena: es cierto que existe una amenaza contra las libertades, no solamente norteamericanas, pero el riesgo no parte de socialistas ni comunistas sino del propio sistema neoliberal que ha generado la globalización y que tiene su base en el libremercado mundial.

La inmigración masiva

La misma percepción errónea de un problema muy real es el que mantiene el Tea Party en relación a la inmigración masiva. Benn Michels, un profesor de Literatura de la Universidad de Illinois ha expresado con claridad la naturaleza del problema: “la amenaza no son los saudíes en aviones, sino los mexicanos a pie…”. Michels no pertenece al Tea Party, se limita a analizarlo, pero quien sí pertenece es Debie Riddle, miembro de la Cámara de Representantes de Texas y puntal del Tea Party y le da la razón en su percepción de la inmigración.

Riddle es, además, una de las activistas más radicales de este movimiento; sus juicios son siempre tan beligerantes como iluminados, tan radicales como absurdos. Para la Riddle la “escuela pública” es una idea “venida de Moscú” esto es “de las calderas del infierno” (es ella quien realiza esta adjetivación) añadiendo luego “La presentan como una idea generosa para manipularnos. Pero no tiene nada de generosa. Llevará a este país a la ruina”. Riddle ha lanzado también la idea de los “terroristas infantiles”, como mínimo, curiosa…

Según Debie Riddle, las madres mexicanas embarazadas se esfuerzan en dar a luz en territorio norteamericano para luego retornar a sus hijos al sur de la frontera de río Grande pero ya con la nacionalidad norteamericana. Cuando hayan adquirido uso de razón, habrán sido educados en el odio a los EEUU, entonces volverán a cruzar la frontera del Norte con pasaporte norteamericano y conspirarán desde dentro para destruir a esa “gran nación”. En Riddle, además, están presentes las ideas del Tea Party aderezadas además con la pátina de fundamentalismo religioso habitual en la extrema–derecha norteamericana.

Así pues, la inmigración es negativa, no porque altere étnica y antropológicamente a los EEUU, o porque rompa el monopolio del inglés (en Miami el 80% habla castellano y en Houston el 40% ya es hispano parlante, cifras ligeramente más bajas se dan en California e incluso en la distante Nueva York cualquier ciudadano español podría desplazarse de un lado a otro de la ciudad sin necesidad de conocer la lengua inglesa). Lo que el Tea Party alerta es sobre la posibilidad de que los inmigrantes se conviertan en terroristas, por eso este movimiento que busca la desregulación de todas las actividades del Estado, paradójicamente, exige un control riguroso sobre la inmigración procedente especialmente del sur. Su lema es “inmigración sí, pero inmigración legal”.

Una vez más el Tea Party ha percibido el problema pero le ha dado un giro completamente estrafalario. En la cresta del movimiento (el pasado otoño), un portavoz del FBI debió aparecer ante las cámaras de TV para explicar que no existe absolutamente ningún dato que permita pensar en niños terroristas llegados de México con pasaporte norteamericano que se dispongan a atentar contra los EEUU. En realidad, para los EEUU la inmigración es un problema: los hispanos no son como los afroamericanos (que han perdido toda tradición propia salvo el tribalismo), ni mucho menos como los orientales (que constituyen pequeñas redes de apoyo mutuo insertadas en la sociedad WASP), los hispanos traen su lengua y sus tradiciones, junto a su tasa de reproducción extremadamente alta. Además están más próximos a la frontera Sur de los EEUU y fluyen a un ritmo mucho mayor. En apenas tres décadas han roto el monopolio del inglés y del calvinismo. Su modelo religioso es el “Cristo de los pobres”, no el Dios que premia con la riqueza a los justos. Y, para colmo, su concepción de la familia está en las antípodas de la civilización norteamericana.

La crisis económica

Esta oposición a la inmigración procedente del sur se relaciona también con un rechazo a algo que en Europa nos parece intocable: la escuela pública y gratuita. Para los miembros del Tea Party, como hemos visto, esta idea es “satánica” y ha sido introducida en la mentalidad norteamericana poder un “autócrata extranjero”: ese autócrata, paradójicamente, no es otro que el Gobierno Federal. La madre de todas las corruptelas es, para ellos, la clase política que vive mirando solamente a Washington de quien parten todos los impuestos y exacciones sobre “nosotros, el pueblo” (tal como gustan llamarse los miembros del Tea Party).

Se trata pues de disminuir el poder de Washington, de la presidencia de los EEUU, del Congreso y de las agencias federales en la sociedad norteamericana. De hecho, lo que el Tea Party quiere es un Estado reducido a la mínima expresión, una idea que ha sido introducida por Ron Paul y su Partido Libertariano y que hunde sus raíces en la tradición política de los “padres fundadores” de EEUU.

Todo esto enlaza también con su percepción de la crisis económica. La inmensa mayoría de miembros del Tea Party rechazan las operaciones de “salvataje” realizadas tanto por la administración Bush como por la administración Obama: el dinero público no es para invertirlo en salvar a entidades que han sido mal gestionadas, sino para disminuir el déficit económico. Es evidente que los miembros del Tea Party proceden de las clases medias, pero es todavía más significativo que su dirección esté compuesta por grandes fortunas.

La clase media norteamericana percibe que algo está cambiando en aquel país, el problema es que, una vez más, siendo esta percepción acertada, la interpretación que le dan es nuevamente abracadabrante. Las estadísticas les han enseñado que hace 30 años las clases medias y pobres que componen el 80% de la población norteamericana cobraban el 48% del “ingreso nacional”, pero en 2010 esta cantidad ha descendido casi 10 puntos. En 1982 –a poco de iniciarse la “era Reagan”– el 1% de los norteamericanos más ricos acaparaba el 12,8% de la riqueza nacional, pero en 2006 ya absorbían el 21,3%, casi el doble. La clase media se empobrece y los situados bajo el umbral de la pobreza van creciendo al tiempo que los más ricos detentan cada vez más riqueza: tal es la ley del capitalismo, tender hacia una creciente acumulación de capital… No hay por ello que sorprenderse excesivamente.

El único culpable de estos desequilibrios es el liberalismo, esto es, la doctrina fetiche del Tea Party. Cuando se realiza el análisis de por qué han surgido estas gigantescas acumulaciones de capital y por qué disminuyen los ingresos de las clases medias se constata que todo este proceso se ha generado gracias a la inmigración: al dejar pasar constantemente a inmigrantes (en torno a 1.000.000 anuales) el precio de la mano de obra ha ido bajando progresivamente, se han perdido puestos de trabajo entre los norteamericanos autóctonos y quienes siguen trabajando lo hacen por un salario menor –el trabajo es un elemento más de la economía de mercado sometido a la ley de la oferta y la demanda– de ahí el empobrecimiento de unos y el enriquecimiento de los grandes consorcios.

El Tea Party no dispone de una interpretación coherente para la crisis económica actual. Para unos se trata –obviamente– de una conspiración generada por la intromisión en las bolsas norteamericanas de capital extranjero (sin el cual los EEUU hace ya 30 años que habrían dejado de existir), por maniobras especulativas de “los países comunistas” (Rusia, China e India) y por el alto coste de la administración federal (sin embargo nada dicen de las guerras de expansión en Afganistán e Irán que suponen la principal fuente de gasto público en la actualidad y no la reforma del sistema sanitario).

No es difícil intuir por qué en el importante terreno económico el Tea Party no tiene doctrina propia: se trata de un movimiento contradictorio en el que sus bases han salido de las clases populares (incluso de inmigrantes hispanos llegados hace 30 ó 40 años) pero su dirección (y su financiamiento) está en manos de multimillonarios, esto es, de los primeros beneficiarios del sistema mundial globalizado. Uno de ellos es el multimillonario David Koch. En realidad, una parte del “dinero nuevo” de la época Reagan paga las chaladuras del Tea Party. Y no es raro que así sea: el problema para este sector del capitalismo norteamericano no es otro que constituir una base social lo suficientemente amplia como para que en el próximo ciclo electoral alcancen la mayoría absoluta. No es raro que el Tea Party hoy sea financiado con dinero procedente de las aseguradoras, de los consorcios hospitalarios, incluso de las empresas que regentan el cada vez más amplio sistema de cárceles privadas. Esto explica sus tomas de posición en estos terrenos.

Tea Party: hechos y rostros

El Tea Party nació justo cuando el presidente Obama llegó al poder y como respuesta a una de sus primeras decisiones polémicas: el plan de relanzamiento económico que suponía una inyección de 787.000 millones de dólares. Una blogger de Seattle, Keli Carender organizó la que ha pasado a la historia como la primera manifestación pública del Tea Party cuando convenció a 120 seguidores de su blog a participar en una manifestación contra este plan económico que debía votarse al día siguiente. Poco después, el febrero de 2009, Rick Santelli, periodista de la CNBC propuso a través de un vídeo subido a YouTube protestar contra la decisión presidencial de habilitar un presupuesto para ayudar a los propietarios de casas amenazados por la ejecución de sus hipotecas. Así nació el Tea Party en Chicago. Desde el primer momento la revista de Dick Armey, FreedomWorks, aseguró la financiación del movimiento a través de capitales llegados de ATT, Philip Morris, Verizon, etc. Luego se sumaron los septuagenarios libertarianos de origen judío, David y Charles Koch, petroleros que ya antes habían apoyado a Reagan y que han permanecido al tanto de todas las iniciativas conservadores garantizando su financiación.

Las protestas contra los planes económicos de Obama y especialmente contra la reforma de la sanidad, relanzaron la carrera política de Sarah Palin y del propio Partido Republicano batido en las anteriores elecciones presidenciales. Su primera gran victoria fue la elección de Scott Brown como senador por Massachusetts.

Sin embargo, tal como se demostró en las elecciones legislativas de noviembre de 2010, el Tea Party no es completamente identificable con el Partido Republicano, ni siquiera con su “ala derecha”. Es, en realidad, un movimiento social neoconservador una parte del cual está incluido en el Partido Republicano y otra agrupa a movimientos cívicos, a pequeños partidos, círculos de opinión e influencia mucho más radicales que el propio Partido Republicano. Durante meses sus miembros valoraron la posibilidad de que los candidatos del Tea Party concurrieran a los comicios con listas propias compitiendo con los republicanos.

A la hora de la verdad, los resultados fueron más magros que los esperados. Si bien tanto el Partido Republicano como el Demócrata se vieron obligados a incorporar algunos temas propios del Tea Party, los mejores resultados los obtuvieron en Florida, pero, en general el radicalismo de sus posiciones asustó a buena parte de los electores republicanos que obtuvieron resultados inferiores a los esperados allí en donde sus listas seguían la doctrina del Tea Party. En el feudo de Sarah Palin, Alaska, la candidata republicana Lisa Murkowski, sostenida por el Tea Party llegó en segundo lugar tras el aspirante demócrata.

En febrero de 2010 Ron Paul y Sarah Palin participaron en la primera convención nacional del Tea Party Nation celebrada en Nashville. Se trata sin duda de las dos figuras públicas más conocidas del movimiento, si bien no son reconocidos como sus líderes; de hecho, el movimiento está muy descentralizado y prácticamente sólo dispone de líderes locales.

Lo más preocupante es que un reciente sondeo demostró que el 54% de los norteamericanos “piensan que el movimiento del Tea Party es positivo para el sistema político americano”. Quienes respondieron favorablemente al Tea party eran “americanos más ricos y más educados que la media y mayoritariamente republicanos”, blancos, casados, mayores de 45 años y pertenecientes a la clase media”… el problema es que este perfil corresponde hoy solamente a un 18% del electorado.

Además de Sarah Palin que formó equipo con McCainn como aspirante a la vicepresidencia en las pasadas elecciones presidenciales, el nombre de Ron Paul, como hemos dicho, es el más conocido de los que se mueven en el entorno del Tea Party. Paul, es Republicano y fue represente por Texas entre 1976 y 1985 y luego nuevamente volvió al Congreso a partir de 1997. Libertariano (no anarquista, sino partidario de la disminución del peso de la administración) aspiró a la nominación por el Partido Republicano en 2008. Es uno de los inspiradores y financiadores del movimiento Zeitgeist que denuncia la deriva del capitalismo moderno y expresa sus reservas hacia la versión oficial sobre los atentados del 11–S. Su hijo Rand Paul es también miembro del movimiento y senador republicano por Kentucky.

Sharron Angle (senadora por Nevada hasta ser derrotada en 2010) es otra de las activistas más radicales del Tea Party. Entre otras lindezas propone la desaparición del Ministerio de Educación, considera que el calentamiento climático es una superchería y, como guinda, apoya los programas de desintoxicación de la Iglesia de la Cientología de la que es simpatizante. Ah… también está contra la “fluoración del agua”. Por algún motivo el Tea Party la ha emprendido contra el fluor y los fluorescentes. Michele Bachmann, diputada por Minessota llega a afirmar que es falso que las lámparas fluorescentes consuman menos que las de resistencia eléctrica y considera que el Estado no debe influir en los gustos del consumidor en esta materia.  Otro caso curioso es el de Ron Johnson, senador por Wisconsin, que aportó de su bolsillo ocho millones para su campaña electoral basada en la falsedad del cambio climático.

Una parte del éxito del Tea Party ha consistido en su fuerte implantación en las redes sociales especialmente en Facebook, Twitter y MySpace, así como una actividad infatigable en blogs de amplio seguimiento popular. Solamente así se entiende la popularización de sus ideas en tan poco tiempo.

Un balance global

Nos equivocaríamos si pensáramos que el Tea Party es un movimiento unitario: en realidad se trata de un movimiento heteróclito que tiene solamente unos pocos puntos en común: arraigo en una percepción rigorista de la Constitución, intocable, irremplazable, inadaptable, oposición al Estado Federal, liberalismo de estricta observancia (con sus contradicciones) y rechazo a la inmigración ilegal hispana y a las subidas de impuestos. A esto se une especialmente una psicología muy particular surgida de los bajos fondos de la mentalidad norteamericana formada a partir de 1945 y que tras alimentar durante cuarenta años a aquella nación, lejos de difuminarse al desaparecer el comunismo, sigue en vigor como en los años 50 ó 60.

Esta mentalidad está formada por cierto “providencialismo” (propio de la cultura americana: EEUU es el “pueblo elegido” de la modernidad, mientras que Israel es el “pueblo elegido” de la Antigüedad y la alianza entre ambos es la garantía de un futuro esplendoroso y querido por Dios…) y altas dosis de “conspiracionismo” (la intuición de que tras las grandes decisiones y los grandes momentos históricos actúan fuerzas desconocidas que buscan la perdición de los EEUU). Una mentalidad así está alimentada (como cualquier otro fenómeno norteamericano) por sectores del gran capital pero su base social es otra: las clases medias empobrecidas o en riesgo de empobrecimiento.

El Tea Party es un producto de este pensamiento y del activismo de la derecha ultraconservadora norteamericana que difícilmente aceptó la victoria de Obama en 2008. En cada movimiento del nuevo presidente, el Tea Party percibe “gasto innecesario” que supondrá un aumento de impuestos. Poco importa que estos gastos estén destinados a la protección social o sean subsidios para la reactivación de la economía. No hay forma humana de que entiendan que son medidas requeridas para su seguridad, bienestar y para la reactivación de la economía.

¿Qué proponen? Una idea extremadamente atractiva: la restauración del espíritu fundador de los EEUU. Contrariamente a lo que algunos han explicado y a lo que se tiende a pensar en Europa, el nombre de Tea Party no ha sido elegido porque sus miembros se reúnan para debatir asuntos políticos mientras degustan un té, sino porque ese nombre se encuentra en el arranque de la independencia de los EEUU.

El problema es que han pasado casi 250 años desde la Declaración de Independencia y el tiempo no pasa en vano. Las ideas generadas a mediados del siglo XVIII y que cristalizaron especialmente en la Revolución Americana y apenas unos lustros después en la Revolución Francesa han inspirado más de dos siglos de civilización pero hoy están rancias y se muestran completamente inadecuadas para gestionar el mundo del siglo XXI. La visión rigorista y esclerotizada de la Constitución Norteamericana es un producto de los puntos de vista religiosos tan particulares propios de aquel país, intraducibles a cualquier otro.

Repleta de contradicciones, percibiendo los problemas pero nunca sus causas últimas y mucho menos las soluciones, todo lo que el Tea Party propone son recetas que ya estaban implícitas en la Constitución devenido texto verdaderamente sagrado. En relación al movimiento de los “cristianos renacidos” que consideraban que el Nuevo Testamento no era solamente un libro repleto de parábolas y alegorías, sino que debía seguirse al pie de la letra porque toda la verdad estaba contenida en su interior, el Tea Party tiende a sacralizar los textos fundamentales redactados por los “padres fundadores”.  Algo que no es bueno para el sentido común…

[recuadro fuera de texto]

Nada es lo que parece…

Resulta curioso constatar que el “motín del té de Boston” (Tea Party Boston) fuera la primera operación “false flag” (bandera falsa) de la historia: masones disfrazados de indios dieron el pistoletazo de salida para la independencia de los EEUU… y la operación tuvo éxito. Seguramente por eso, la historia de los EEUU no es más que la sucesión de otras operaciones “false flag” cada una de las cuales ha ido ampliando el radio de acción de este país.

Operación “false flag” fue la voladura del acorazado Maine en el puerto de La Habana que dio origen a la guerra hispano–norteamericana, destruyó para siempre la presencia española en el Caribe y en Filipinas y dio la hegemonía a los EEUU en estas regiones. “False flag” fue también el cargamento de armas y el artillado del vapor Lusitania, en el que viajaban también turistas, cuyo hundimiento fue la excusa de los EEUU para entrar en la Guerra Europea en 1916 que convirtió a los EEUU en una potencia internacional. “False flag” fue, por supuesto, la presión y el bloqueo sobre Japón en 1940–41 que desencadenó el ataque a la rada de Pearl Harbour vaciada de los únicos navíos estratégicamente importantes, los portaviones. El ataque, conocido anticipadamente por el Pentágono, no fue obstaculizado a fin de permitir la entrada de los EEUU en la Segunda Guerra Mundial y confirmar su duopolio internacional junto a la URSS, durante 50 años. En estos casos, la opinión pública norteamericana era contraria a la intervención en estos conflictos y solamente estos episodios traumáticos, verdaderos casus belli, lograron variar esta posición.

El “false flag” ha estado presente en todos los episodios de la historia de los EEUU: la guerra de Vietnam se inició con el “incidente de Tonkin” que hoy se sabe que jamás existió; la conquista de Nuevo México y la expansión hacia el sur fueron posibles gracias al episodio traumático de El Alamo que el ejército norteamericano podía haber liberado pero que era necesario que fuera sitiado y asaltado por las tropas del general Santana para sacudir el deseo de venganza del pueblo norteamericano. Y es así como llegamos al atentado de las Torres Gemelas en 1993 en el que el explosivo, el montaje de la bomba, la conducción del vehículo fueron realizados por confidentes del FBI mientras que el Imán inspirador intelectual del atentado pudo entrar en los EEUU gracias a la CIA. Ocho años después, dos aviones se estrellaban contra esas mismas Torres Gemelas entrando los EEUU en una nueva política intervencionista en todo el mundo bajo el rótulo de “lucha contra el terrorismo internacional”.

Hoy, en los EEUU, no todos los detractores de la versión oficial sobre el 11–S figuran entre los miembros del Tea Party Mouvement, pero todos los miembros de este sector emergente rechazan la versión oficial del atentado con Ron Paul a la cabeza. Quizás este extremo sea el más interesante que ofrece el movimiento.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.eshttp://infokrisis.blogia.comhttp://info-krisis.blogspot.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen.

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