Infokrisis.- Iniciamos la pubicación en quince entregas de la obra publicada apenas cuatro meses después de los atentados del 11-S de 2001. La obra, editada por PYRE se encuentra agotada desde 2003 y no habíamos tenido ocasión de ofrecerla a nuestros amigos. Es evidente que, desde entonces, se ha avanzado mucho más en la tarea de desmontado de la "versión oficial" del 11-S. Hoy, cualquier persona que se haya tomado la molestia de informarse mínimamente, sobre el 11-S llega a la conclusión de que la "versión oficial" no tiene ni pies ni cabeza y si piensa terminará sospechando que el atentado no pudo realizarse sin una tupida red de complicidades... dentro de la Administración norteamericana. El interés de este trabajo radica en la hipótesis interpretativa del crimen y, especialmente, en que nueve años después, ninguna de las cuestiones que se planteaban entonces ha sido contestada satisfactoriamente por la administración norteamericana.

 

 

11-S. La Gran Mentira

 

Dedicado al pueblo americano, primera víctima de su gobierno

 

 “Pronto el estadista inventará mentiras baratas, culpando a la nación que es atacada, y todos se darán por satisfechos con semejantes falsedades que alivian la conciencia y las estudiarán diligentemente, y rehusarán examinar cualquier refutación; y así se convencerán poco a poco de que la guerra es justa, y agradecerán a Dios por lo mejor que duermen después de tan grotesco proceso de autoengaño”.

Mark Twain. El Misterioso Extranjero, 1916

En las páginas que siguen, el lector va a encontrar dos tipos de argumentaciones: las que afectan a los hechos desnudos y la que supone un análisis de la realidad política internacional. La lógica de esta división es simple: en la primera parte se intenta encontrar un móvil a los atentados y se encuadra el episodio dentro de la nueva política internacional de los EE.UU.; en la segunda parte se intentará desmontar la tesis oficial sobre los atentados. En la introducción nos limitaremos a explicar los motivos que nos han llevado a redactar estas páginas.

Lo que vimos el 11 de septiembre a través de los televisores, decenas de veces repetido, fue algo más que el primer episodio traumático del siglo XXI: fue la culminación de un giro decisivo en la política internacional; como si, bruscamente, se precipitaran los acontecimientos y EE.UU. quisiera apresurar y precipitar una situación. Este libro le ayudará a entender, desde luego, por qué pasó y quizás le aproxime a cómo pasó.

Pero vale la pena que tenga en cuenta desde el principio que lo que usted vio el 11 de septiembre, tiene poco que ver con lo que en realidad pasó. El error de todos nosotros consistió en identificar lo que vimos con la explicación que nos dieron sobre lo que vimos. A pocos minutos del primer impacto en la Torre Norte del WTC ya nos habían facilitado una explicación: “el atentado ha sido reivindicado por el FPLP”. Desde el primer momento se apuntaba a una responsabilidad islámica. Poco después la reivindicación difundida fue la del Ejército Rojo Japonés cuyas siglas evocaban también pasados episodios de terror y secuestros aéreos en Oriente Medio. Hubo que esperar unas pocas horas más para que se desmintieran las anteriores reivindicaciones y se diera como cierta la de Bin Laden... a pesar de que siempre –a pesar de lo que se ha dicho- el interesado siempre desmintió su participación. A partir de aquí, la versión oficial, se mantuvo impertérrita creciendo en superficie como una mancha de aceite, pero no en profundidad. Cada día, durante semanas, aparecían nuevos datos dispersos; antes de que pudieran verificarse, otros desligados de los anteriores, ya habían saltado a la palestra. Era imposible seguir el ritmo trepidante de las nuevas informaciones que surgían minuto a minuto. Y lo que estaba sucediendo es que olvidábamos lo obvio: la perspectiva. A esta perspectiva va dedicada la primera parte de este libro. En la segunda, usted empezará a dudar de que lo que vio se correspondiera con lo que verdaderamente pasó.

 

PRIMERA PARTE

I

LA HIPOTESIS DE ESTE LIBRO

Casi cuarenta años después del asesinato del presidente Jhon F. Kennedy, se ha vuelto a repetir la historia de una conspiración nacida en las esferas del poder de los Estados Unidos. Tal es la tesis de este libro. Nos han mentido a todos. Y la mentira ha sido presentada con tal lujo de detalles impactantes que, a primera vista -al igual que el asesinato de Kennedy- resultaba extremadamente convincente.

Pero no para todos, especialmente para quienes en el curso de nuestra vida hemos tenido ocasión de familiarizarnos –y soportar en nuestra propia piel- las técnicas de intoxicación de los servicios de inteligencia. A partir del 11 de septiembre y durante cuarenta días, el bombardeo de información era tan intenso que resultaba imposible extraer conclusiones, tamizar aquello que podía ser cierto de lo que, desde luego, era falso. Porque, desde las primeras horas que siguieron al atentado, era fácil detectar –para quien quisiera hacerlo- que se estaban filtrando informaciones inverosímiles. Y la primera de todas ellas era que una operación tan compleja como el secuestro de cuatro aviones hubiera podido llevarse a cabo sin que ningún servicio de inteligencia ni de policía, lo detectara.

Por experiencia propia sabemos como actúan los servicios de inteligencia: sirven a los intereses de la política exterior de su país, sin interesarse si su actividad es éticamente admisible. La única ética que entienden, como buenos funcionarios que son, es la de cumplir los objetivos que les han asignado, sin preocuparse de las vidas que destruyen física o moralmente. Yo mismo me vi en el centro de una de estas operaciones hace 20 años, así que sé de lo que estoy hablando, créanme. Y puedo decir que he tenido suerte; otros amigos de aquellos tiempos fueron asesinados en el curso de operaciones muy similares.

Lo que ocurrió el 11 de septiembre en EE.UU. no es algo nuevo en la historia de los servicios de inteligencia, ni en la historia de aquel país. Nuestra tesis es que existió una conspiración. Estamos persuadidos de que en los próximos meses, informadores mejor situados que nosotros y con más medios de investigación, irán esclareciendo lo que verdaderamente ocurrió y, quizás en unos años, podamos tener una visión global bastante aproximada sobre el origen de esta conspiración... al igual que hoy podemos intuir, a partir de datos fragmentarios, que la versión oficial contenida en el Informe Warren sobre el asesinato del presidente Kennedy, fue fraudulenta, torpe y mendaz.

Para elaborar la hipótesis de este libro hemos seguido el principio de toda investigación criminal preguntándonos “¿a quién beneficia el crimen?”. Esta pregunta ha tenido una respuesta negativa: “el crimen no beneficia al integrismo islámico que se ha enfrentado a un poder extraordinariamente mayor que él y ha resultado derrotado en Afganistán”. Por el contrario, el crimen beneficia al país que ha aportado las víctimas del atentado: Gracias al 11-S la administración Bush ha ganado tres cosas:

1)     ganar influencia en una zona de extraordinarias reservas petrolíferas,

2)     afirmar el liderazgo de un presidente que llegó al poder a través de un recuento dudoso y

3)     mejorar posiciones de cara a enfrentamientos futuros.

La hipótesis de trabajo de este libro, de ser cierta, es, sin duda, monstruosa: Los cerebros criminales que idearon, planificaron y ejecutaron los atentados del 11-S sirven a los intereses del país que aportó el mayor número de víctimas. No la podemos demostrar; sin embargo, creemos haber reunido un número suficiente de datos que permiten dudar de la tesis oficial; pero cuando esta se hunde ¿qué otra se puede asumir?

Oswald era un asesino solitario o, de no serlo, existía una conspiración. No existía una tercera vía. Otro tanto ocurre con los atentados del 11-S. O Mohamed Atta era el coordinador de una operación terrorista de envergadura gigantesca (y veremos que era imposible que lo fuera) o existió una conspiración.

El principal dato que permitirá asumir la monstruosa tesis de la conspiración es el hecho de que es posible detectar tantas informaciones falsas tendentes a reforzar la idea de que Mohamed Atta dirigió el comando que, una vez más, puede aplicarse el dicho de “quien quiere demostrar mucho, no demuestra nada”. Por que si Atta hubiera sido el coordinador de los atentados, una investigación detallada hubiera aportado los datos suficientes como para que su nombre fuera maldito por generaciones de americanos y de hombres y mujeres de buena voluntad de todo el mundo, como asesino de 3500 personas inocentes. No hubiera hecho falta difundir informaciones falsas, crear pistas que sólo llevaban a callejones sin salida o, simplemente, como se hizo, sustituir los datos objetivos por hojarasca ficticia. Quien ideó la operación, dejó muchos cabos sueltos; exageró donde no tenía que haberlo hecho, repitió excesivas veces el mismo esquema, sin duda, pensando que el caos informativo que se iba a generar en los días, semanas y meses posteriores al atentado, iba a maquillar estos agujeros negros de la tesis oficial.

Cuando escribimos estas líneas –febrero de 2002-, apenas han pasado cinco meses desde los atentados. La opinión pública los ha relegado al recuerdo solo a costa de noticias no menos espectaculares: bombardeos masivos sobre Afganistán, masacres en ambos bandos, extensión del conflicto a toda una zona geográfica... Se diría que hoy el atentado a las Torres Gemelas queda lejos. Aun en el caso de que algún día se pudiera demostrar la tesis de la conspiración, lo que la historia jamás podrá hacer es dar marcha atrás. Las tropas angloamericanas están en una zona geopolíticamente sensible y no se van a ir de allí. Las medidas de control de Internet pesarán sobre la libertad de expresión en la red por siempre jamás; y si alguien osa pedir su derogación, se le contestará que contra el terrorismo “hay que tener siempre la guardia alta”. No, definitivamente, nada volverá a ser como antes del 11 de septiembre de 2001. Nunca.

Pero, a pesar de que el tren de la Historia no dé nunca marcha atrás, la verdad merece conocerse. Creemos que aunque la hipótesis que presenta este libro sea errónea –hay que distinguir entre el error y la falsedad; el error es involuntario, la falsedad no- habremos intentado estimular la capacidad crítica de nuestra época, algo que ha estado ausente de la mayoría de medios en los últimos meses. La verdad es algo que vale la pena conocer, sea cual sea. Y la verdad lo es, en tanto que es incuestionable, nunca como dogma impuesto.

También hemos detectado una sensación de miedo. En los medios en los que nosotros mismos hemos colaborado en estos últimos meses, no hemos publicado apenas nada sobre el 11-S. ¿Cómo hacerlo? Bush lo dijo con una claridad meridiana: “Quien no está con nosotros, está con el terrorismo”. ¿Cómo estar del mismo lado que los asesinos? Esa pequeña frase encierra una alta sabiduría de lo que es la “guerra psicológica”. Pero también en ella reside la extrema debilidad del poder americano actual.

Casi todos los países del mundo están en la “coalición contra el terrorismo”, por convencimiento –caso de Inglaterra-, por interés –caso de España o de China, ya veremos el por qué- o... por miedo. Miedo a ser tratado como adversario y masacrado (como ocurrió –y ocurre- en Iraq, Yugoslavia o Afganistán). Miedo a ser perseguido o asesinado por servicios que no tienen el más mínimo escrúpulo en asesinar a sus propios ciudadanos inocentes. Miedo a nadar contra la corriente. Miedo a la soledad, al ridículo, al ostracismo... en el fondo, es humano tener miedo.

¿Sabéis lo que es el miedo? Yo si. Es una sensación espantosa. Perdemos el control de nosotros mismos y al mismo tiempo experimentamos sequedad en la boca, una mezcla de tensión y debilidad en todos los músculos, los testículos se nos retraen, sudamos, la respiración y el ritmo cardíaco se nos alteran. Nuestro cerebro es incapaz de coordinar ideas o soluciones. Puede que nos tiemblen las piernas. Eso es el miedo. ¿Os imagináis el miedo que debieron sentir aquellas gentes que quedaron aisladas en las Torres Gemelas, sin poder escapar a las llamas o al derrumbe? Allí no había salida posible, salvo rezar para los creyentes. Sea cual sea el miedo que genere el intento de buscar la verdad, será menor que el que pasaron aquellos desgraciados. Por lo demás, nosotros no estamos en su situación: podemos hacer algo más que rezar.

¿Y si nuestra hipótesis es falsa? Cuando se marcha contra la corriente general, siempre es necesario evitar perder la perspectiva. Es posible que la hipótesis de una conspiración sea falsa o simplemente una media verdad. Errar un humano y nosotros deberemos reconocer –y lo haremos sin dificultad- que nos hemos equivocado. A la vista de los datos que se disponen hoy en día consideramos que la posibilidad de error está por debajo del 25%, pero aun así existe. Por otra parte, lo que nos interesa no es tanto hacer triunfar nuestra hipótesis, sino demostrar la falsedad de la tesis oficial. Un error por nuestra parte implicaría solo una mala articulación o interpretación de los datos; algo que apenas afectaría al que suscribe estas líneas. Nuestro tiempo puede permitirse este tipo de errores; lo que no puede permitirse es la mentira puesta al servicio de una basta conspiración gubernamental.

En uno de los momentos cumbres de la literatura medieval, cuando en el ciclo del Grial, Arturo pregunta a Merlín cuál es el valor más alto que puede asumir un caballero, éste le responde: “la Verdad; la Verdad siempre”. Creemos que este episodio muestra algo más que uno de los momentos inspirados de la literatura. Marca un camino a seguir. Estamos en un momento histórico en el que todo induce a pensar que el respeto a la Verdad se ha perdido como nunca antes había ocurrido. Cada día, cientos de periodistas de todo el mundo asisten a ruedas de prensa y reproducen frases e ideas en las que no sólo no creen, sino que saben positivamente que son falsas. Lo hacen por necesidad de supervivencia. En el fondo todos precisamos un medio de vida. Pero es que, en aras de lo políticamente correcto, se está sacrificando, día a día, la Verdad. El pensamiento único es la estética de nuestro tiempo. Pero habrá un día, acaso cercano –amaríamos que así fuera- en el que sólo será considerado como estéticamente perfecto, aquello que sea éticamente aceptable. Para llegar a ello, oponerse al pensamiento único y a lo políticamente correcto, es un deber. La tesis oficial sobre los atentados del 11 de septiembre ha podido imponerse en tanto que llevamos más de 10 años en los que el tránsito hacia el Nuevo Orden Mundial –entendido como algo más que una reordenación de los intercambios económicos y la hegemonía mundiales- se produce a golpes de pensamiento único y con el cliché de lo políticamente correcto. Estas páginas pretenden romper esta lógica, tomando como excusa el episodio traumático de los atentados del 11 de septiembre.

© Ernest Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es  http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

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